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Comunismo y miedo en EE. UU.

Este documento discute el uso de la palabra "comunista" como un epíteto intimidante durante la Guerra Fría en Estados Unidos para suprimir el debate racional y justificar atrocidades. Explica cómo la Comisión de Actividades Antinorteamericanas difundió propaganda anticomunista y acosó a personas bajo sospecha de simpatizar con el comunismo. Aunque el miedo al comunismo distorsionó la política estadounidense, el movimiento por los derechos civiles y la oposición a la guerra de Vietnam llevaron

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Comunismo y miedo en EE. UU.

Este documento discute el uso de la palabra "comunista" como un epíteto intimidante durante la Guerra Fría en Estados Unidos para suprimir el debate racional y justificar atrocidades. Explica cómo la Comisión de Actividades Antinorteamericanas difundió propaganda anticomunista y acosó a personas bajo sospecha de simpatizar con el comunismo. Aunque el miedo al comunismo distorsionó la política estadounidense, el movimiento por los derechos civiles y la oposición a la guerra de Vietnam llevaron

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Dónde buscar un comunista - Howard Zinn

Ahora que la Unión Soviética se desmoronó y los otros países del “bloque del Este”
experimentaron cambios radicales en su dirigencia, la palabra “comunista” no parece muy
peligrosa. Pero durante cuarenta y cinco años después del fin de la segunda guerra mundial, el
temor a una “amenaza comunista” distorsionó de mil maneras la vida política de los Estados
Unidos. En el otoño de 1988 se celebró un congreso de dos días en la Universidad de Harvard
sobre “El anticomunismo” y sus efectos. Me invitaron a dar una charla para inaugurar las
sesiones. Los editores de Newsday me pidieron que escribiera una columna basada en la
charla y la publicaron el 22 de enero de 1989. Llevaba por título “Las palabras intimidatorias
a todos dejan cicatrices”. Otra versión se publicó ese mes en Z Magazine.
En 1948, la Comisión de Actividades Antinorteamericanas distribuyó varios panfletos
titulados: “100 cosas que usted debe saber sobre el comunismo”. Cuando me encontré con eso
en mis archivos (ellos tienen archivos sobre mí; yo tengo sobre ellos), me impresionó que esta
Comisión supiera 100 cosas sobre el comunismo. Los panfletos traían preguntas y respuestas:
Pregunta 1: “¿Qué es el comunismo?” (La idea es empezar con algo fácil.) Respuesta:
“Un sistema en el que un pequeño grupo intenta dominar el mundo”.
Pregunta 76: “¿Dónde hay comunistas en la vida cotidiana?” (Esta pregunta me
interesó porque algunas veces yo había necesitado un comunista y no sabía dónde
encontrarlo.) Respuesta: “Búscalo en tu escuela, tu sindicato, tu parroquia o tu club cívico.”
Pregunta 86: “¿La Asociación de Jóvenes Cristianos es un blanco de los comunistas?
(Esto realmente me preocupó. Siempre me había preguntado por qué la pileta de la Asociación
de Jóvenes Cristianos tenía tanto cloro.) Respuesta: Sí, también la Asociación de Jóvenes
Cristianas.
En 1950, Harold Velde, representante de Illinois, ex miembro del FBI y luego
presidente de la Comisión de Actividades Antinorteamericanas, habló en el Congreso en
oposición al servicio de bibliotecas circulantes en las zonas rurales porque, según dijo:
“Educar a los estadounidenses por medio de bibliotecas podría traer aparejado un cambio en
su actitud política más rápido que ningún otro medio. La base del comunismo y de la
influencia socialista es la educación del pueblo.”
Pero pasemos a 1987, el año del “contragate”, a Robert McFarlane, que conspiró con
John Poindexter, William Casey, Oliver North, Richard Secord y, seguramente, George Bush
para violar las leyes y la constitución de los Estados Unidos a fin de facilitarles armas a los
terroristas de América Central. McFarlane comentó después que sabía que la política de dar
armas a los contras no iba a funcionar (no que estuviera mal, sino que no iba a funcionar).

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Afirmó: “Mi error fue no tener las agallas para decírselo al presidente. La verdad,
probablemente la razón por la que no lo hice es que, si lo hubiera hecho, Bill Casey, Jeane
Kirkpatrick y Cap Weinberger me habrían acusado de ser un rojo.”
Nuestra rara preocupación por el comunismo, que desconcierta a la mayoría de las
personas de otros países, duró mucho tiempo. Ronald Reagan, en su primera campaña
presidencial, dijo: “No nos engañemos. La Unión Soviética es la única causa de las
situaciones conflictivas de la actualidad. Si ese país no participara de este juego de dominó,
no habría ninguna zona de conflicto en el mundo.”
Esto es absurdo, pero representa algo muy grave porque hay ciertas palabras que se
usan con la intención de detener el pensamiento, acabar con el discurso racional, generar odio;
palabras que son asesinas. En nuestra época, teníamos palabras que se usaban de esa manera.
Las palabras “negro” y “judío” produjeron linchamientos, asesinatos masivos. La palabra
“comunista” se utilizó para justificar el apoyo brindado a dictaduras (en Chile, las Filipinas,
Irán), el intento de invadir a otros países (Cuba), el bombardeo de aldeas campesinas (en
Vietnam, Laos, Camboya, El Salvador), la destrucción de la economía de un país pequeño y
pobre (Nicaragua). También se la utilizó para gravar los salarios que los estadounidenses
ganan con esfuerzo, y así financiar miles de millones de dólares en armamentos.
¿Es una exageración llamar asesinas a esas palabras? Un despacho de Seattle
(Washington), del 10 de junio de 1986, decía: “Un hombre que se proclamó soldado contra el
comunismo fue condenado a muerte hoy por el veredicto de un jurado que lo declaró culpable
de asesinar a cuatro miembros de la familia de Charles Goldmark. Rice manifestó que asesinó
a la familia Goldmark porque pensó que eran parte de una conspiración internacional de
comunistas, judíos y los directivos de la Reserva Federal.”
Los abogados de la defensa expresaron que esta creencia era prueba de que el asesino
era débil mental. Pero lo único que me haría pensar que estaba mentalmente enfermo es su
acusación contra la Reserva Federal. Fuera de eso, las ideas de Rice concuerdan con las que
sostenía la Casa Blanca durante los años de Nixon, cuando el comunismo era motivo para
asesinar campesinos en el sudeste asiático, y cuando el presidente interrogó a H.R. Haldeman
(fuente: cintas del Watergate) sobre cuántos de “los ocho de Chicago” eran judíos.
La palabra “comunista” utilizada como epíteto, como provocadora de gran temor,
encierra la intención de poner fin al debate racional del comunismo en sí. Necesitamos, claro
está, una crítica sensata de la Unión Soviética, cuyas políticas dieron mala reputación al
socialismo. Para mí, por la lectura de Karl Marx, Eugene Debs, Helen Keller (¿cuántos de sus
admiradores saben que era socialista?) y Emma Goldman, el socialismo tenía buena fama.
Todo socialista que se precie de serlo debe sentir enojo e indignación ante lo que se le hizo a

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seres humanos en la U.R.S.S. Pero hay una diferencia entre esa indignación y un odio
indiscriminado y producto de la histeria que hace que amenacemos con destruir una nación de
280 millones de personas —las mismas personas que decimos que están sufriendo bajo el
régimen comunista—. No es lo mismo, tampoco, que hagamos una crítica racional del
socialismo a que tomemos las armas, nosotros o nuestros mercenarios, para impedir el cambio
en países que lo necesitan desesperadamente.
En Vietnam, palabras incendiarias provocaron atrocidades incalificables. Charles
Hutto, un infante de marina de los Estados Unidos, declaró ante la División de
Investigaciones Criminales del Ejército: “Me acuerdo de la noche que atacamos a My Lai...
La noche anterior, recibimos las instrucciones del Capitán [Ernest] Medina... Aseguró que, en
esa aldea, todo era comunista... Le disparamos a hombres, mujeres y niños.”
Hutto, que ahora vive en Monroe (Louisiana) con su esposa y dos hijos, dice: “Yo
tenía diecinueve años y siempre me habían dicho que obedeciera a los mayores. Pero ahora a
mis hijos, si los llama el gobierno, les voy a decir que usen su propio criterio... Ahora creo
que ni siquiera debería existir lo que llamamos guerra... porque confunde la mente de las
personas”.
El cambio en la manera de pensar de Hutto es instructivo. Este país, después de la
guerra de Vietnam, no es el mismo de antes. Millones de estadounidenses aprendieron a
pensarlo dos veces cuando alguien grita: “¡Comunista!”. Ésa es la razón, como lo muestran
todas las encuestas de opinión pública, por la que no están dispuestos a emprender una
invasión a Nicaragua.
Este país no es el mismo después de las enseñanzas que nos dio el movimiento por los
derechos civiles. Ese movimiento, en su base —al nivel del Comisión de Estudiantes No
Violentos, y Rosa Parks, y Ella Baker, y Martin Luther King Jr., y los negros de Montgomery
y Selma— no se desvió de su trabajo, a pesar de ser acusado de comunista. Harry Truman se
refirió a las sentadas de la década de 1960 como: “inspiradas por comunistas”. Cuando le
pidieron que diera pruebas, reconoció que no las tenía. “Pero sé que, por lo general, cuando
algún problema acosa al país, el Kremlin siempre tiene algo que ver.” El FBI trató de vincular
a Martin Luther King con el comunismo, pero el movimiento no se apartó de su propósito.
En la década de 1950 la Comisión de Actividades Antinorteamericanas fue poderosa.
En la década de 1960 despertaba dudas en la población estadounidense. En 1970,
desacreditada y ridícula, se la disolvió. En ese entonces, sus interrogatorios podían llegar a dar
risa, como en el siguiente diálogo de 1958 que mantuvieron la Comisión y Joseph Papp,
director del Festival de Shakespeare de Nueva York. Le preguntaron a Papp: “¿Usted tiene la

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posibilidad de introducir en sus obras algún tipo de propaganda política que pueda influir para
que otros simpaticen con la filosofía comunista?”
Papp respondió: “Señor, las obras que representamos son de Shakespeare.
Shakespeare dijo: ‘Sé honesto contigo mismo’”
Richard Arens, funcionario de la Comisión, aclaró: “Ni el presidente de esta Comisión
ni nadie aquí sugiere que Shakespeare fuera comunista. Eso es ridículo y absurdo. Eso es lo
que dicen los rojos”.
El uso de apodos intimidantes y discriminatorios es totalmente antidemocrático.
Impide el debate, crea una atmósfera en la que las personas tienen miedo de decir lo que
realmente piensan, de analizar todas las ideas. Lo mismo sucedió en la Unión Soviética,
donde se usaron palabras como “contrarrevolucionario”, “burgués”, “trotskista” para impedir
la libre exposición de ideas, eliminar a los herejes, mandar personas a Siberia. Seguramente,
ahora Mikhail Gorbachov entiende que la Unión Soviética necesita hacer a un lado sus
palabras asesinas porque tiene problemas graves que resolver.
Nosotros, en los Estados Unidos de Norteamérica, tenemos demasiado por hacer para
que además vayamos a la quiebra económica por temor al comunismo. Hay personas que no
tienen dónde pasar este invierno, otras que no pueden pagar el alquiler, ancianos que viven en
asilos y que no pueden bajar al comedor porque no hay dinero para pagarle a alguien que
empuje sus sillas de ruedas. Pero sí hay dinero para los aviones bombarderos B1, para los de
combate Stealth y para los submarinos Trident. Habiendo niños hambrientos en todo el
mundo, tenemos que dejar de gastar 300 mil millones de dólares al año en basura militar y
destinar el dinero a satisfacer necesidades humanas.
Para lograr todo esto, necesitamos soluciones audaces, y por lo tanto es preciso un
debate abierto que no se vea limitado por el temor a que se utilicen apodos: comunista,
socialista, anarquista, incluso progresista. No deberíamos tener miedo de hablar de redistribuir
la riqueza y de una comunidad mundial, así como tampoco deberíamos tener miedo de
renunciar al nacionalismo que se empecina en que seamos el número uno.
A Bertolt Brecht, el dramaturgo alemán, nunca le permitieron leer su declaración
cuando se lo citó ante la Comisión de Actividades Antinorteamericanas. Transcribo aquí un
fragmento: “Vivimos en un mundo peligroso. Nuestra civilización llegó a un estado en que la
humanidad ya puede hacerse enormemente rica, pero a nivel mundial aún se encuentra sumida
en la pobreza. Se sufrieron grandes guerras. Nos dicen que otras más grandes son inminentes.
¿No creen que en una situación tan atroz deberían analizarse todas las ideas nuevas a fondo y
con total libertad?”.

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