L. Morgan. A. Bandelier - México Antiguo
L. Morgan. A. Bandelier - México Antiguo
ANTIGUO
L. M O R G A N
&
A. B A N D E L I E R
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antropología
traducción de
STELLA MASTRANGELO
(Morgan: La comida de Moctezuma; Bandelier: Sobre el arte de la guerra y el modo de
guerrear de los antiguos mexicanos, Sobre la distribución y la tenencia de la tierra y las
costumbres relativas a la herencia entre los antiguos mexicanos, Sobre la organización
social y la forma de gobierno de los antiguos mexicanos)
JOSEFINA ANAYA
(Morgan: La condeferación azteca; Bandelier: Sobre los calpulli mexicanos, su admi-
nistración, su origen y el principio comunista implicado en ellos)
MÉXICO ANTIGUO
por
LEWIS H. MORGAN
y
ADOLPH F. BANDELIER
prólogo y edición de
JAIME LABASTIDA
Anexos
ALONSO DE ZORITA
Breve y sumaria relación de los señores de la Nueva España
siglo
veintiuno
editores
edición al cuidado de gabriela parada valdés
portada de ivonne murillo
isbn 968-23-2452-1
título original y primera edición en francés: a.f. bandelier: “des calpullis mexicains,
de leur administration, de leur origine et du principe communiste qu’ils impliquent”
(1879), en el congrès international des américanistes
A la memoria de mi amigo
Enrique Bracamontes
(α 1954 - Ω 2003)
Esta página dejada en blanco al propósito.
ADVERTENCIA
Que nadie se engañe. El libro que el lector tiene ante sus ojos es un largo texto de
arqueología y los fósiles que contiene son de orden teórico. Los ensayos que lo
conforman se sitúan en el siglo XIX, un siglo que en buena medida resulta extra-
ño a la forma de pensar que rige en la actualidad: a ese siglo pertenecen las ideas
básicas de sus autores, los etnólogos Lewis H. Morgan y Adolph Bandelier. Por si
esto fuera poco, en un apéndice se recoge un texto más arcaico (del siglo XVI),
obra de un jurista, Oidor de la Corona española, por un lado; pero, por otro y
por sobre todo, un protector de los pueblos amerindios apenas conquistados (su
nombre era Alonso de Zorita).
Entiendo por el concepto de arqueología una excavación en los estratos más
profundos de las ideas, un esfuerzo por desenterrar (o sea, por entender) teorías
situadas en épocas sumergidas en el humus de la historia. Subrayar que las tesis de
Morgan y Bandelier pertenecen a una etapa arcaica significa decir que la investi-
gación etnológica y la historia de las culturas amerindias han rendido ya frutos
decisivos que son, en muchos de los casos, contrarios a las ideas de estos dos
etnólogos. No puedo omitir, por lo tanto, que sus teorías constituyen ahora una
grave piedra de escándalo. De nuevo, que nadie se engañe: esta arqueología y
esta paleontología teóricas no revelan sólo aquello que está sepultado en el tiem-
po: revelan al arqueólogo o al paleontólogo que exhuman el fósil (no importa
que en este caso se trate de un fósil teórico), ya que ponen en acto su método y su
forma de pensar. Por lo tanto, la acción arqueológica o paleontológica me pone
en evidencia, ya que toda visión del pasado es también una visión (digo, una
teoría) del presente.
Grecia ha servido de fundamento a las teorías políticas más opuestas. Acaso
empezó por ser el cimiento (o el pretexto) sobre el que se levantó el edificio del
Renacimiento, opuesto a la oscuridad medieval, no importa si con razón o sin
ella. Luego, a partir de la época neoclásica, el arte de la Hélade fue visto como
ideal (Marx lo consideró todavía el “modelo inalcanzable”). Grecia se convirtió
en un milagro (la expresión fue de un positivista, Ernest Renan, e hizo fortuna).
Todavía hoy, la Atenas democrática sigue en lucha contra la Esparta oligárquica
en el imaginario de los hombres.
Otro tanto ocurre con el proceso de rescate de civilizaciones y culturas aún
más alejadas de nosotros que las helenas. Tal vez el descubrimiento de esas len-
guas que ahora, a falta de título mejor, llamamos indoeuropeas (y cuyas raíces nos
son aún desconocidas, por más que las busquemos en el sánscrito y en los textos
[ix]
X PRÓLOGO
1
Claude Lévi-Strauss, Antropología estructural. Mito, sociedad, humanidades, trad. Juan Almela, México,
Siglo XXI, 1979, p. 23.
PRÓLOGO XV
tejo debía hacerse con cuidado, sin importar que fuera lento, si había de recurrirse
a ediciones críticas modernas; ese trabajo lo llevaron a feliz término Gabriela
Parada y Victoria Schussheim, a quienes doy aquí mi sincero agradecimiento.
Ni Morgan ni Bandelier tuvieron acceso a textos nahuas de los que hoy dispo-
nen los investigadores (Informantes de Sahagún). Bandelier buscó en fuentes del
siglo XVI (Anglería, Cortés, Bernal, Durán, El Conquistador Anónimo, Gómara,
Ixtlilxochitl, Sahagún, Molina, Tezozomoc o Zorita) y en las posteriores (Acosta,
Gama, Sigüenza, Clavijero), así como en los historiadores mexicanos del siglo
XIX (Orozco y Berra, Chavero, García Icazbalceta, Vigil). Es obvio que poseía un
agudo sentido crítico; sabía discriminar las fuentes; era capaz de hallar el matiz
lingüístico; mostraba el campo semántico que cubría una palabra; no dudaba al
mostrar el error de sus contemporáneos, aun cuando se tratara de Humboldt o
Prescott (dice que éste tiene valor de literato, no de historiador).
Para la interpretación de las voces nahuas, desde un ángulo lingüístico mo-
derno, por el que se pueda apreciar toda su real carga semántica, conté con la
invaluable ayuda de los nahuatlatos Patrick Johansson e Ignacio Guzmán Be-
tancourt, sabios amigos a quienes reitero mi gratitud (Por cierto, debido a las
múltiples variantes en la transcripción al español de las voces nahuas, se decidió,
para esta edición, no acentuar gráficamente ninguna de ellas). Empero, soy res-
ponsable de la consecuencia de esas interpretaciones, al establecer un posible
paralelo con la carga semántica que poseen voces griegas o latinas, al parecer tan
ajenas de las voces mesoamericanas. No me atrevo a comparar la cultura de
Mesoamérica con otras culturas y lenguas. Para que un diálogo como éste pueda
ser continuado, es necesario entrar en el mundo de las religiones védica y egip-
cia, igual que en las culturas de Asia, África y Oceanía, labor para la que estoy
absolutamente impedido. Por lo anterior, insisto en que mi interés consiste en
poner ante el lector, especializado y lego, el conjunto de los textos, polémicos sin
duda, de estos dos etnólogos, para discutir, sin prejuicios, sus tesis.
Morgan establece un sistema clasificatorio que tiene enormes aportaciones,
pero también límites. Posee un vínculo, no importa si necesario o casual, con
algunos textos antropológicos de Marx. Es obvio que varios de los textos de
Marx son anteriores (por más de veinte años) a su lectura de Morgan (se expre-
san en los llamados Grundrisse, el material manuscrito que sirvió de preparación
para la Contribución a la Crítica de la Economía política de 1857). Otros textos, igual
que los de Friedrich Engels, son de fecha posterior a su lectura de Morgan y se
vinculan a la polémica sobre el modo de producción asiático (al publicarse, en 1957,
el libro de Karl Wittfogel, El despotismo oriental). Esa polémica tuvo un eje político
y étnico (en el fondo, aparecía el tiempo del desprecio y el tiempo de los asesinos): se
oponía el atraso asiático a la estructura política, “abierta y democrática”, de las socie-
dades occidentales: la tiranía, la crueldad y el despotismo asiáticos eran contrarios a
las formas abiertas de la Europa moderna. Desde Montesquieu y desde Hegel,
esa tesis fue el apoyo que justificó la violencia contra China, Turquía, Japón o
Mongolia. Para el examen de todos esos asuntos, subrayo que existen al menos
PRÓLOGO XVII
me revelan, pero también hablan de ti, del mexicano que afianza su credo al
afirmar que desciende de los mexicas, que dice que los españoles lo conquistaron,
que cree que la Malinche es su madre y que es, por supuesto, hijo de la chingada
(repite palabras, míticas, de Octavio Paz). La arqueología habla también del
chicano que, al atravesar la frontera, cree pisar el suelo mítico y nutricio de México
y sus antepasados, la tierra donde supone que iniciaron los aztecas su peregrina-
ción y en donde se levanta la ciudad de Aztlan.
México tiene carácter propio, no tengo dudas, pero pertenece al Extremo
Occidente: quienes hablamos español en México somos occidentales. La mayo-
ría nacional es, por lo tanto, occidental. Pero incluso los hispanoparlantes somos
un fruto híbrido, en tanto que somos hijos de las castas. Hemos integrado en
nuestro carácter los aspectos decisivos de Mesoamérica y de Aridoamérica. La x
con la que escribimos el nombre de nuestro país es un síntoma (pues en el ori-
gen, el grafema x intentaba reproducir el fonema sh de la lengua nahuatl y poco
a poco se transformó en el fonema j, velar, sordo y fricativo del español moder-
no). Esa x pone en relieve el hecho de que, acaso en la misma proporción en la
que se halla una letra entre seis (la x de México), hemos asimilado diversos aspec-
tos de las culturas prehispánicas: Mesoamérica está incorporada en el tronco de
nuestra forma occidental de ser, mientras que el mestizaje de las comunidades
amerindias tiene carácter distinto: en ellos, al núcleo mesoamericano se añaden
elementos occidentales (de la cocina a la forma de medir el tiempo). Los tzeltales
de los Altos de Chiapas se dedican a pastorear borregos y se visten con cotones
de lana; usan aceites vegetales y grasas animales desconocidas en el mundo de la
antigua Mesoamérica, comen gallinas, reses y puercos europeos y se rigen por el
calendario gregoriano. Pero su lengua es distinta de la española y su forma de
pensar está hincada en las ideas míticas de Mesoamérica: para ellos, Cristo es el
Sol, y la Semana Santa una pasión del cosmos. En grado mayor o menor, lo
mismo sucede en las comunidades de nahuas, coras, huicholes, pames, purhé-
pechas, mixtecas o yoremes. Los hispanohablantes ya hemos incorporado Me-
soamérica a nuestra cultura, mientras que los indígenas hacen lo inverso: incor-
poran elementos occidentales a un tronco antiguo.
Europa se define, a lo largo de su historia, por su relación con el pasado
clásico. De Grecia, unos exaltan la democracia o la racionalidad. Otros ven en
ella un milagro. Otros acentúan su lado oscuro y muestran al hechicero griego en el
momento mismo en que florecían la luz y la razón, la lógica y la geometría. A
cada quién su Atenas, su Esparta, su Alejandría, su Sicilia. A cada quién su Tenoch-
titlan, su Texcoco o su Aztlan. No es correcto deformar la cultura mesoamericana
con el solo objeto de exaltarla. Urge ver en ella lo que en verdad es, sin ningún
agregado extraño. El diálogo con el Otro se ha hecho imprescindible. Hay que
dialogar con quien discrepa de las tesis dominantes en nuestro país.
PRÓLOGO XIX
Morgan inicia su examen de “La confederación azteca” con estas de por sí polé-
micas palabras: “Los aventureros españoles que tomaron el pueblo de México
adoptaron la teoría errónea de que el gobierno azteca era una monarquía, análo-
ga en sus aspectos esenciales a las existentes en Europa.” Y añade: “Con esta
concepción errada vino una terminología que no concuerda con las institucio-
nes” mexicas y “que ha viciado la narración histórica tan completamente como si
fuera, en conjunto, una invención deliberada”.2 Luego dice que los aztecas des-
conocían el hierro; que carecían de herramientas de este metal, igual que de
moneda; que hacían trueque de sus productos, aunque ya disponían de sistemas
de riego, tejían telas de algodón y fabricaban una excelente cerámica. “En conse-
cuencia”, concluye, la sociedad azteca “había alcanzado la etapa media de la
barbarie”.
Dos aspectos debo destacar aquí. Primero, Morgan critica los términos usados
por los conquistadores españoles, que asimilan el conjunto de las instituciones
mesoamericanas a las europeas. Pese a que inicialmente podría decirse que se
trata sólo de un problema de conceptos que conduce a una total incomprensión
de las formas de organización de los mexicas (las narraciones de los conquistado-
res, dice, semejan una “invención deliberada”), la crítica de Morgan va aún más
allá. El europeo ve la sociedad recién conquistada con los criterios religiosos,
políticos y económicos que le son propios (los únicos de que dispone). No podía
ser de otro modo: la antropología y la etnografía no existían en cuanto ciencias.
Debe estimarse como una verdadera hazaña del pensamiento el método de reco-
lección de fuentes puesto en acto por los franciscanos Fray Andrés de Olmos y
Fray Bernardino de Sahagún: pese a que su intención era de orden estrictamente
evangélico (deseaban conocer la cultura del vencido para erradicar de ella cuan-
to a su juicio significaba idolatría, vicios diabólicos y costumbres paganas), estu-
diaron con extremo rigor lo que combatían. Ni Cortés ni los primeros conquista-
dores intentaron traducir los conceptos nahuas al español (disponían de lenguas
que lo hacían: la más ilustre fue Malintzin); más bien, pusieron en el español de
su época objetos e instituciones, como las comprendían, asimilándolas a su léxi-
co. Fueron los misioneros, obligados como estaban a evangelizar a los indios,
quienes tradujeron los conceptos nahuas al español y a la inversa. Esta labor
carece de paralelo: en ninguna otra guerra de conquista se ha redactado tal con-
junto de gramáticas y vocabularios indígenas (suman tres centenares).3
2
Lewis H. Morgan, Ancient Society, Massachusetts, Cambridge, Harvard University Press, Leslie A.
White (ed.), 1964, p. 164 (en esta edición, infra, p. 36; la primera edición es de 1877).
3
Ascensión H. de León-Portilla, “El despertar de la lingüística y la filología mesoamericanas:
gramáticas, diccionarios y libros religiosos del siglo XVI”, en Beatriz Garza Cuarón y Georges Baudot,
Historia de la literatura mexicana, t. I, Las literaturas amerindias de México y la literatura en español del siglo
XVI, México, Siglo XXI, 1996, pp. 351ss.
XX PRÓLOGO
4
Hernán Cortés, Cartas de relación, pássim (sigo la lectura que nos propone Mario Hernández
Sánchez-Barba, en Hernán Cortés, Cartas y documentos, México, Porrúa, 1963; todas las citas poste-
riores serán hechas sobre esta edición).
PRÓLOGO XXI
5
Morgan, Ancient Society, op. cit., p. 60.
6
Morgan, ibid. (véase, en especial, la 2a. parte, “Growth of the Idea of Government”, pp. 47-322 y
la 3a., “Growth of the Idea of the Family, pp. 323-442).
7
Homero vive en la edad del hierro, aun cuando diga siempre que las armas y los escudos de los
guerreros sean de bronce. En realidad, sus héroes usaron hachas, picas, lanzas y espadas de hierro.
Los hechos que canta son hechos sólo en un sentido metafórico: la sociedad a la que glorifica ha
desaparecido 300 años atrás. Véase, entre otros, Emily Vermeule, Grecia en la edad del bronce, trad.
Carlos Villegas, revisada por José L. Melena (México, FCE, 1996); Pierre Vidal-Naquet, La democracia
griega, una nueva visión, trad. Mar Llinares García, Madrid, Akal, 1992 (en uno de los pasajes, Vidal-
Naquet señala que “la sociedad evocada por Homero no corresponde ni al mundo micénico ni al de
la joven ciudad griega, sino a una época ya lejana para los aedos, la de los ‘siglos oscuros’ que separan
la caída de Micenas del gran despegue de la época arcaica”, p. 26); así como la Introducción a Homero,
de Francisco Rodríguez Adrados, Manuel Fernández-Galiano, Luis Gil y José S. Lasso de la Vega,
Madrid, Guadarrama, 1963.
XXII PRÓLOGO
como del espacio geográfico. Su sistema es, como lo ha señalado Vere Gordon
Childe, homotaxial, o sea, de orden estrictamente funcional.8 Una sociedad deter-
minada puede situarse en un punto abstracto de la escala, así haya conocido su
etapa de auge dos mil años después que otra: los aztecas quedan situados en
una etapa homotaxial anterior a los griegos homéricos, a pesar de que hayan teni-
do su desarrollo veinte siglos después. De igual manera, los aborígenes australia-
nos deben situarse en la etapa inferior del salvajismo, no importa que sean los
contemporáneos de sociedades más avanzadas que la suya (viven hoy, nos acom-
pañan). Los pueblos de Mesoamérica pueden situarse en una etapa similar, homo-
taxialmente hablando, al auge de asirios, babilonios, egipcios (las dos primeras
dinastías), hebreos (anteriores a Abraham). Esas culturas usarían el mismo tipo
de herramientas (de piedra tallada), tendrían una manera similar y, por lo tanto,
un grado semejante de expresar gráfica y espacialmente su pensamiento (su escri-
tura sería en lo esencial semejante) y dispondrían de instituciones que deben ser
consideradas en el orden homotaxial de su desarrollo. Pueblos y culturas son, según
Morgan, homotaxialmente iguales en su nivel de desarrollo, aun cuando no sean
contemporáneos. ¿Qué criterios usa Morgan para clasificar pueblos y culturas y
para situarlos en un punto u otro de la escala? Los criterios son de dos tipos:
materiales e intelectuales. Entre los de carácter material se hallan los inventos y
los descubrimientos técnicos (el uso del fuego, el arte de tallar la piedra; fabricar
cerámica, domesticar metales, plantas y animales). Los de orden intelectual son
las instituciones.9 Morgan no tiene la menor duda: existe un progreso en el desa-
rrollo de la humanidad; su criterio se halla en oposición a la teoría estructuralista
de Claude Lévi-Strauss (su construcción teórica es paralela a la de Darwin).
Por el concepto de instituciones, Morgan entiende las formas de la familia, las
creencias religiosas, el desarrollo del lenguaje, las formas de representación grá-
fica del pensamiento, hasta alcanzar el alfabeto fonético y la escritura abstracta,
así como las ideas sobre la propiedad y el gobierno. Es evidente que Morgan
apenas si roza la historia de las mentalidades y que hace caso omiso de la mitolo-
gía. Insisto: le preocupa establecer los criterios básicos que le permitan indicar
los grandes periodos étnicos. Así como la biología exigió de sí misma, primero,
un sistema clasificatorio coherente, que partiera de los caracteres internos y fun-
damentales para llegar a los externos y secundarios, con el objeto de desplegar-
los en su movimiento (la teoría de la evolución demostraría el movimiento inter-
8
Vere Gordon Childe toma el concepto de homotaxialidad, según lo afirma él mismo, del biólogo
inglés Thomas Huxley (“La arqueología como ciencia social”, Homenaje a V. Gordon Childe, Suple-
mentos del Seminario de Problemas Científicos y Filosóficos, México, UNAM, 1959). En “Arqueolo-
gía y antropología”, Childe afirma que “la división en siete partes que bosquejó Lewis H. Morgan y
que fuera refinada por Federico Engels […] no ha sido superada” (ibid., p. 320) y en un texto mayor,
Childe dice que “las diversas Edades son homotaxiales, es decir, que cada una de ellas ocupa siem-
pre la misma posición relativa en la secuencia, donde quiera que ésta se haya realizado” (Evolución
social, trad. Daisy Learn y Eli de Gortari, Ediciones del Seminario de Problemas Científicos y Filosó-
ficos, México, UNAM, 1964, p. 26).
9
Morgan, Ancient Society, op. cit., p. 12.
PRÓLOGO XXIII
10
John Locke, An Essay Concerning Human Understanding, lib. III, cap. III, § 11 (sigo la lectura de
Great Books, Encyclopaedia Britannica. Hay magnífica edición española, cuya traducción se debe
nada menos que a Edmundo O’Gorman, México, FCE, 1956, p. 403).
11
Gottfried Wilhelm Leibniz, Nouveaux essais sur l’entendement humain, París, Garnier-Flammarion,
1966, p. 251. Como se sabe, este largo texto de Leibniz es una discusión, línea por línea, del Ensayo
de Locke; así, mientras que Locke es llamado en el curso del diálogo Philalèthe (o sea, amigo de la
verdad), Leibniz se da a sí mismo el nombre de Théophile (es decir, amigo de Dios).
12
Buffon sostiene que “la primera verdad que se desprende” de un “examen serio de la natura-
leza es una verdad posiblemente humillante para el hombre”, o sea, que “él mismo debe situarse en
la clase de los animales”; que se “puede descender, por grados casi insensibles, desde la criatura más
perfecta hasta la materia más informe”; que “esos matices imperceptibles son la gran obra de la
naturaleza” y que “la historia de un animal debe ser, no la historia del individuo, sino de la especie
entera de esos animales” (Buffon, “La statique des végétaux et l’analyse de l’air”, en Œuvres
Philosophiques, edición de Jean Piveteau, Corpus Général des Philosophes Français, t. XLI, París, Presses
Universitaires de France, 1954, pp. 10 y 16; pero se puede rastrear esa línea de investigación a lo
largo de todos los textos que recoge este grandioso volumen). Linneo resuelve la cuestión al modo
aristotélico: su sistema binario establece la nomenclatura por género próximo y diferencia específica,
según se advierte en sus Systema Naturae y Genera Plantarum (del año 1735). Alexander Von Humboldt
y Aimé Bonpland siguen el sistema de Linneo: ver Essai sur la Géographie des plantes (París, Levrault,
1805), del que existe una reciente edición española según la traducción de Jorge Tadeo Lozano
(México, Siglo XXI, 1997).
XXIV PRÓLOGO
nes humanas; esa primera forma de gobierno no tiene rasgos de carácter político.
La segunda de las formas de gobierno se funda en la propiedad y en el territorio;
ya es un Estado; Morgan lo llama civitas.13 De igual manera que hoy, en la socie-
dad occidental, según la tesis de Jacques Lacan, rige el nombre del padre (o, según
Pierre Legendre, la filiación se da por el padre), se podría decir que en el régimen
gentilicio impera la filiación por la gens y que allí rige el nombre del tótem.14 Hasta
donde los registros históricos alcanzan, el creador del segundo plan de gobierno
es Clístenes, el ateniense.15
Es de extrema importancia para el objeto de este análisis que entremos un
poco más en las tesis de Morgan. ¿Qué es, para él, eso que llama un Estado? ¿Por
qué no puede hablarse de esta categoría política en las formaciones sociales
homotaxialmente anteriores a la Grecia de Clístenes? Morgan no dice que en esas
sociedades no exista una idea de gobierno (autoridad, ley, prohibición). Lo que
le interesa subrayar es que ese segundo plan de gobierno, la civitas, es un invento
de Atenas, que se acompaña de la escritura alfabética y de otras instituciones
claves de la humanidad, como la matemática, la filosofía y el ágora política.16
¿En qué consiste este segundo plan de gobierno? Cabe que nos preguntemos
por qué la humanidad tuvo necesidad de crearlo. Sin duda, en las sociedades
arcaicas (hasta la etapa superior de la barbarie, inclusive, de acuerdo con el siste-
ma taxonómico de Lewis Morgan), la sociedad tribal no era capaz de admitir
ningún nuevo huésped en su seno ni podía tolerar la presencia de nadie residen-
te en su espacio sagrado si no era ritualmente reconocido como un consanguí-
neo o un pariente (era necesario vincularlo, así, al padre mítico, al tótem, o sea,
hacerlo miembro de la gens). Morgan pone en relieve cómo Atenas y Roma fue-
ron invadidas por extranjeros a la tribu original. Estos extranjeros se oponen a los
13
Morgan, Ancient Society, op. cit., p. 14. Es necesario examinar, sobre todo, los capítulos 10 y 13 de
la 2a. parte, “The Institution of Grecian Political Society” y “The Institution of Roman Political Society”,
para entender, de manera cabal, las tesis de Morgan.
14
Jacques Lacan sostiene que “en el nombre del padre es donde tenemos que reconocer el sostén de
la función simbólica que, desde el albor de los tiempos históricos, identifica su persona con la figura
de la ley”: “Función y campo de la palabra”, en Escritos 1, trad. Tomás Segovia, con la colaboración
de Jacques Lacan y Juan David Nasio (México, Siglo XXI, 1984, p. 267). Pierre Legendre ha desa-
rrollado hasta sus últimas consecuencias las tesis lacanianas: ver L’inestimable objet de la transmission.
Étude sur le principe généalogique en Occident (París, Fayard, 1985; edición española en Siglo XXI, trad.
Isabel Vericat, 1996) y Le crime du caporal Lortie. Traité sur le Père (Fayard, 1989; edición española en
Siglo XXI, trad. Federico Álvarez, 1994).
15
Pierre Lévêque y Pierre Vidal-Naquet, Clisthène l’Athénien. Sur la représentation de l’espace et du
temps en Grèce de la fin du VI siècle à la mort de Platon, París, Macula, 1964.
16
Lo he dicho, pero lo subrayo. Nada importa si, desde el punto de vista histórico, es Clístenes el
verdadero autor del segundo plan de gobierno. Es probable que, antes de Atenas, varias ciudades de
Jonia se hayan organizado ya conforme a ese plan de gobierno, pero no tenemos evidencia real del
hecho. En Clisthène l’athénien (op. cit., p. 123) se dice que “la atmósfera intelectual de finales del siglo
VI se caracterizaba por una cierta coincidencia entre la visión geométrica del mundo, tal como la
tenía Anaximandro, y la visión política de una ciudad racional y homogénea, tal y como la realizó
Clístenes”. Después veremos el plan o el trazo de México-Tenochtitlan.
XXVI PRÓLOGO
17
El concepto µεταναστες da origen al de µετοιχος, o sea, un “vil refugiado”, un “fugitivo”, un
“emigrante” (bajo esa entrada, véase Pierre Chantraine, Dictionnaire étymologique de la langue grecque.
Histoire des mots, París, Klincksieck, 1974). Plebis se opone, en un principio, aseguran Ernout y Meillet,
a populus, aunque más tarde se confunda con él. La razón es clara: plebis designa, en su inicio, a los
extranjeros, distintos a los habitantes originales, el populus romano.
18
Pese a todo lo que se diga hoy en contra suya; pese a todos los matices, sigue siendo una lectura
obligada La ciudad antigua, de Fustel de Coulanges (ed. y trad. esp. José-Francisco Yvars, Barcelona,
Península, 1984). En el prólogo a esa edición, Georges Dumézil destroza al libro y a su autor, si con
razón no, sí, acaso, con fundadas razones.
19
En Roma, el concepto pater no indica la paternidad física (para la que se reservan los términos
parens y genitor), sino la paternidad genealógica; tiene valor social y religioso, como herencia del
indoeuropeo, según los lingüistas A. Ernout y A. Meillet (Dictionnaire étymologique de la langue latine.
Histoire des mots, París, Klincksieck, 1979, bajo la entrada pater, -tris).
20
Para δη̂µος como equivalente, en Morgan, de township, ver Ancient Society, p. 236; allí dice
Morgan, refiriéndose a la nueva organización de Atenas hecha por Clístenes, que “el nuevo elemen-
to que le dio estabilidad y orden al Estado, fue el demos o township” (subrayado mío). Por su lado,
Pierre Chantraine afirma que δη̂µος designa, al principio, una porción de territorio, pero que ha
terminado por designar, en el curso de la historia, “pueblo” (bajo la entrada δη̂µος).
PRÓLOGO XXVII
21
Morgan, Ancient Society, op. cit., p. 166; en esta edición, pp. 37-38.
22
Alonso de Molina, Vocabulario en lengua castellana y mexicana y mexicana y castellana, facsímile,
México, Porrúa, 1992; Rémi Siméon, Diccionario de la lengua nahuatl, México, Siglo XXI, 1977, bajo
la entrada calpulli. Para Siméon, es aumentativo de calli, casa.
XXVIII PRÓLOGO
23
Bandelier encuentra el cargo de cihuacoatl (mujer serpiente, también nombre de una diosa del
panteón mexica), el segundo en la guerra, ocupado durante largos años por Tlacaelel, un hermano
de Ahuitzotl; el cargo es idéntico en los indios iroqueses. Siméon dice que su poder era tanto que
equivalía al de “un virrey”. Es evidente que Bandelier se apoya en las tesis de Morgan y que, por lo
mismo, ve objetos teóricos distintos a los que ven otros investigadores; según él, se trataba del poder
real. Miguel León-Portilla redescubre el cargo de cihuacoatl 80 años después. Véase, además, Patrick
Johansson, “Tlahtoani y cihuacoatl: lo diestro solar y lo siniestro lunar en el alto mando mexica” (Estu-
dios de cultura nahuatl, vol. 28, México, UNAM, 1998).
24
Dice Lévi-Strauss que “es bastante notable que en la casi totalidad de las sociedades llamadas
‘primitivas’ sea inconcebible la idea de un voto por mayoría, ya que la cohesión social y el buen
entendimiento en el seno del grupo se tienen por preferibles a toda innovación. De ahí que no se
tomen sino decisiones unánimes” (Antropología estructural, op. cit., pp. 300-301).
PRÓLOGO XXIX
que indica que no era ninguna forma democrática de gobierno (como se obstina
en creer Morgan), sino genocrática (la gens o, en todo caso, el γένος, ejerce el
poder).
Además de todo lo anterior, es también obvio que el pueblo mexica en su
conjunto se nos revela como un pueblo que ejercía un dominio (o un despotismo,
si se prefiere esa expresión), en muchos casos brutal, contra otros pueblos de
Mesoamérica. ¿Qué sucede? ¿Había o no explotación en este sistema? Algunos
autores llaman a esta forma de dominio un Estado despótico-tributario. Corrigen a
Engels y aceptan la tesis de Marx en los Grundrisse. ¿Qué dice en este texto in-
concluso Marx? Por esa época, ya lo he dicho, no ha leído el libro de Morgan (se
publicará veinte años después), pero sí a un conjunto de investigadores ingleses
que examina la estructura de India y que ha visto una extraña unidad superior que
enlaza a las comunidades aisladas entre sí. El Estado despótico-tributario, la comuni-
dad superior que surge en los más diversos espacios de la historia, desaparece sin
dejar rastro y las comunidades dispersas vuelven a su antigua condición de ma-
rasmo. ¿Se puede calificar a esa situación extraña como un modo de producción?
Marx acuña, para explicar el fenómeno (a su juicio, anómalo), un concepto por
demás nebuloso, el de modo de producción asiático. No encuentro razón suficiente
que explique el concepto. ¿Son causas geográficas y no de orden estructural las
que definen un modo de producción? Marx establece allí un orden en el desarro-
llo de la sociedad, que no coincide con el de Morgan. Según lo establece en la
Introducción a la Contribución a la Crítica de la Economía política, han existido
cuatro formaciones económicas: primero, el modo de producción asiático; lue-
go, el antiguo (o sea, el de Grecia y de Roma); después, el feudal y, por último, el
moderno burgués.25 El texto es de 1857. Veinte años más tarde, en 1877, Marx
leyó a Morgan en la primera edición y su perspectiva cambió. Por esto, no es en
modo alguno extraño que en los Grundrisse Marx no diga una sola palabra de la
comunidad primitiva ni de la gens ni haya usado un solo concepto de los que
pondría en circulación el etnólogo estadunidense.
¿Qué es el modo de producción asiático? El concepto es por demás equívoco, en
tanto que se refiere a un continente (es decir, a una porción geográfica) y no a
una estructura social. Se podría por lo mismo decir modo de producción europeo,
igual que modo de producción africano, modo de producción americano y modo de pro-
ducción australiano. Pero así no se avanzaría un solo paso en la determinación de
categorías científicas. Lo que, por el contrario, se pone en relieve ahora es la
profunda unidad de las estructuras de la especie humana, sin importar el conti-
nente en el que nos hallemos. Ahora bien, en el llamado modo de producción asiá-
25
Karl Marx, “Introducción” a la Contribución a la Crítica de la Economía política, en Marx y Engels,
Obras, Moscú, Ediciones en Lenguas Extranjeras, s.f., t. I, p. 374. Los apuntes etnológicos de Karl Marx,
transcritos, anotados e introducidos por Lawrence Krader (trad. José María Ripalda, Madrid, Siglo
XXI, 1988), recogen sólo aquellas notas que Marx escribió a partir de 1877, cuando leyó Ancient
Society, de Morgan.
XXX PRÓLOGO
26
Molina, op. cit., bajo la entrada tequitl; Siméon, op. cit., bajo la entrada tequitl, dice: “tributo,
impuesto, trabajo, tarea, empleo, funciones, cargo, deber, embargo”; se advierte que en ningún caso
se trata de trabajo voluntario si no impuesto. Bajo la entrada notequiuh, Molina anota que se trata de
“mi oficio”. Debe entenderse que el tequitl es un trabajo forzado sólo en tanto que se ha contraído una
deuda ritual, fruto del destino que se deriva de la guerra florida. El mismo Sol está obligado, de
acuerdo con la concepción nahuatl prehispánica, a realizar un trabajo, itequiuh.
27
Para el concepto de mita o de mitazgo, de origen incaico, véase J.M. Ots Capdequí, El Estado
español en Las Indias, México, FCE, 1957 (allí se dice que la mita es “una institución de origen indígena
que, en su desarrollo histórico a lo largo de las distintas etapas del periodo colonial presentó caracte-
rísticas diversas según los tipos de trabajo: minero, agrícola, pastoril, servicio doméstico, etc. […] Por
virtud de esta institución, los indios de un determinado lugar se sorteaban periódicamente para traba-
jar durante un plazo de tiempo determinado al servicio de los españoles”, p. 34). Es evidente que el
sistema colonial se aprovecha del trabajo forzado, existente en la comunidad mesoamericana. De ello
da cuenta, a su vez, Zorita (véase esta edición, infra, pp. 478-480).
28
Dice Herodoto que en la construcción de las pirámides egipcias “trabajaban en diez miríadas
de hombres, cada uno durante un trimestre” (Historias, II, 124; sigo la versión de Arturo Ramírez
Trejo, Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana, México, UNAM, 1984). Si fuera
así, significaría que, de modo alterno, grupos de 100 mil hombres trabajaban durante periodos de
tres meses. No era un trabajo permanente, como el de un esclavo, sino un tributo obligatorio en tra-
bajo, como el tequitl mexica. Cabe recordar que la palabra trabajo viene del latín vulgar tripaliare,
torturar, que se deriva de tripalium, una suerte de instrumento de tortura (véase J.A. Corominas y
J.A. Pascual, Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, Madrid, Gredos, 1991, t. V; bajo la
entrada “trabajar”).
PRÓLOGO XXXI
esclavitud y desde luego, incluso, esclavitud por medio de la guerra y las deudas:
lo que no existe es el trabajo productivo esclavo). Así pues, la renta producida por
el trabajo del guerrero vencido es posible sólo cuando aparecen los instrumentos
de producción basados en el hierro: antes de que hubiera ese metal, el prisionero
de guerra era propiedad de quien lo aprehendía, pero no era un sujeto de traba-
jo: se le quemaba o se le sacrificaba a los dioses; sólo por último se le esclaviza-
ba.29 Benveniste dice que la voz comprar, en su origen, en las lenguas indoeuropeas,
significaba rescate, en el sentido de rescatar al cautivo de guerra.30
¿Qué se revela aquí? ¿Existe en verdad esto que se llama un modo de producción
asiático, específicamente asiático, un modo de producción que tan sólo exista en
Asia? No, por cierto, lo que se pone en relieve es que la estructura productiva
descrita por Marx vincula de modo externo a productores, de un lado, y beneficia-
rios de tributos, por otro: de una parte están las comunidades, las etnias o las
tribus sometidas; de otra, está la tribu dominante. Pero ni en la tribu superior ni
en las subordinadas ha surgido nada semejante al segundo plan de gobierno:31 aún
no aparecen en su horizonte ni la propiedad privada de la tierra ni la vinculación
mítica con el suelo, característica de la forma política de gobierno: no hay δη̂µος, por
lo tanto. Esos pueblos, tanto los sometidos como los dominantes, son tribus or-
ganizadas de modo gentilicio.
Morgan no se ocupa ni de la sociedad asiria, ni de la caldea ni de la egipcia,
menos aún de China, Japón o Vietnam. Por lo que corresponde a los pueblos de
África, le parecen un caos, mezcla de salvajismo y barbarie. Pero, a partir de sus
premisas, se puede y se debe establecer un criterio científico, para estimar así en
qué grado de desarrollo se halla cada pueblo. Para Morgan, antes de Grecia y de
Roma, hablando en términos homotaxiales, no habían aparecido en Mesopotamia,
Caldea, Asiria, Egipto, China o India ni el δη̂µος (la institución por la que se
vinculan las personas al territorio) ni la propiedad privada. Con otras palabras,
la sociedad gentilicia es, en los términos de Morgan, una societas, una organiza-
ción apoyada en la relación de consanguineidad tribal; mientras que la otra for-
ma de organización es una civitas, una ciudad que pone el acento en la relación
con el suelo, del que la persona es sólo un accesorio.
29
Dice Morgan: “En los tres subperiodos de la barbarie aparecen sucesivamente tres usos diferen-
tes con respecto a los prisioneros. En el primero era quemado, en el segundo era sacrificado a los
dioses y en el tercero se convertía en esclavo” (op. cit., p. 170, nota; esta edición, p. 42, n. 9).
30
Émile Benveniste dice que numerosos datos lingüísticos llevan a pensar que en fechas antiguas
lo que se compraba y vendía eran seres humanos y no mercancías: “comprar” era “liberar” o “resca-
tar” prisioneros de guerra: “el derecho de aquel que captura sobre aquel que es capturado, la trans-
ferencia de prisioneros, la venta de hombres en subasta, he ahí las condiciones de donde progresiva-
mente han derivado las nociones de ‘compra’, de ‘venta’, de ‘valor’”; además, el concepto tenía
fuertes connotaciones de orden religioso, ya que se expiaba una culpa (Vocabulario de las instituciones
indoeuropeas, trad. Mauro Armiño, Madrid, Taurus, 1983, pp. 84ss.).
31
Herodoto dice que los egipcios estaban divididos en νόµοι y no en δη̂µος (op. cit., II, p. 164). El
concepto de νόµος guarda relación con la ley y la costumbre. Acaso lo que quiere decir Herodoto es
que los egipcios no se dividían por demarcaciones territoriales sino gentilicias o tribales.
XXXII PRÓLOGO
Lo que debemos concluir es, sin embargo, que en la sociedad gentilicia había
una división en estamentos o castas y, desde luego, explotación del trabajo, pues
los miembros de la tribu le entregaban tributos a su jefe, con objeto de liberarlo
del trabajo directo, desde una época homotaxialmente anterior a la que ejemplifica
el pueblo mexica. Así lo establece el propio Morgan a propósito de las tribus
norteamericanas (los iroqueses). Acaso sea doloroso reconocer que la explota-
ción del hombre por el hombre, en este caso, la sujeción a un tributo, nace mu-
cho tiempo antes de que aparezca la propiedad privada sobre los instrumentos
de producción y la división de la sociedad en clases. Marx cree en la existencia de
una comunidad primitiva, que sería anterior a la propiedad privada; asegura
que la propiedad privada nace por la violencia, cuando una clase pequeña se
apropia de los instrumentos de producción (en primer lugar, del suelo, del ager
cultivable). Cree que bastará una sencilla ecuación para anular la explotación: o
sea, volver a una fase anterior, aquella en la que no existía la propiedad privada,
para que desaparezca el Estado. Pero ¿es así? ¿Se puede volver a la etapa ante-
rior? ¿Qué sucede con la sociedad gentilicia? Marx, cuando postula esa tesis,
¿sabe que la comunidad primitiva se funda sobre la relación mítica, el vínculo con
el tótem, con el mítico antepasado común? No, no lo sabe aún (no había leído a
Morgan) y por esa razón no advierte que había explotación en aquellas socieda-
des, aunque haya sido sólo de orden externo (bajo la forma, por ejemplo, del
botín de guerra: el tributo extiende, de una manera permanente, el botín de
guerra). El pueblo mexica recibía diversos tributos de los pueblos sujetos a él; los
testimonios abundan y son inobjetables: los pueblos tributarios se hallaban so-
metidos a la entrega periódica de servicios en trabajo o en especie; le entregaban
al pueblo mexica (a la unidad superior) los productos que éste fijaba, o le daban el
fruto de ciertas parcelas, para el efecto indicadas por el recaudador de tributos,
el calpixqui, odiado y temido por los pueblos sojuzgados de Mesoamérica (del
odio desatado por los tributos mexicas se vale Cortés para obtener aliados, que
se obligan con él después de haber sido vencidos en la guerra). Es también evi-
dente que el pueblo dominante, el mexica, dejaba a los pueblos sometidos bajo
el gobierno de sus jefes y que no intervenía en sus asuntos internos. Las guerras
mesoamericanas no tenían como objeto la conquista del suelo, sino que las inspi-
raba obtener tributos o prisioneros para el sacrificio, como en Tlaxcala.32
De aquí se desprenden diversas conclusiones de importancia. La primera: la
explotación del hombre por el hombre es anterior, en sentido homotaxial, al naci-
miento de la propiedad privada sobre los instrumentos de producción (y, en
especial, sobre la tierra). La segunda: aún no habría Estado, en el sentido político
estricto en el que Morgan lo entiende y, sin embargo, un pueblo sometía a otros
32
Diego Durán afirma que “en realidad de verdad, no se hacían para otro oficio ni fin las guerras
entre México y Tlaxcallan, sino para traer gente de una parte y de otra, para sacrificar”: Historia de
las Indias de Nueva España e Islas de la Tierra Firme (Ángel María Garibay, ed., México, Porrúa, 1984,
p. 33). La guerra florida, xochiyaoyotl, tenía carácter de reciprocidad.
PRÓLOGO XXXIII
33
Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, cap. CCIV (sigo la
versión de Joaquín Ramírez Cabañas, México, Porrúa, 1977, t. II, p. 331).
34
Sigmund Freud establece que “todo sacrificio era primitivamente un sacrificio colectivo del
clan” y que “la muerte de la víctima pertenecía originalmente a los actos prohibidos al individuo y sólo
justificados cuando la tribu entera asumía la responsabilidad”. Freud habla siempre de animales que pue-
den ser sacrificados sólo “con el consentimiento y la participación de todos los miembros del clan
[…]. La regla de que todo invitado a la comida del sacrificio ha de gustar de la carne del animal
sacrificado tiene igual significación que la prescripción según la cual un miembro de la tribu que ha
incurrido en falta ha de ser ejecutado por la tribu entera […] el animal sacrificado era tratado como
un miembro de la tribu, y la comunidad que ofrecía el sacrificio, su dios, y el animal sacrificado eran de la
misma sangre y miembros de un único y mismo clan” (Tótem y tabú, en Obras completas, trad. Luis López
Ballesteros, Madrid, Biblioteca Nueva, t. II, 1981, p. 1834). En el caso de los mesoamericanos, es
necesario ver cómo el cautivo sacrificado en el centro ceremonial, en la ciudad que es también un
reloj astronómico, tiene el mismo carácter del animal de que habla Freud. El sitio donde se realiza el
sacrificio ritual, la pirámide trunca, está rodeada por una gran plaza en la que se reúne el pueblo
entero para así participar del asesinato y lo prohibido. Tal vez el concepto nahuatl que se aproxima
al de tabú sea el de tetzauhtlatlacole, que Molina y Siméon asocian a conceptos semánticamente con-
tradictorios y complejos: tanto a pecado como a portento, tanto a maldad y crimen como a prodigioso y
horrible. Un sobrenombre de Huitzilopochtli es tetzauhteotl, “dios horrible, que espanta”. Sólo el
supremo sacerdote puede matar. Dice Durán que “el ministro […] que tenía el oficio de matar era
tenido y reverenciado como supremo sacerdote, o pontífice” (op. cit., p. 31). Herodoto hace constar
XXXIV PRÓLOGO
Émile Benveniste: para éste, la etimología de sacerdos indica que es quien hace
sagrada a la víctima por medio del velo de la muerte.35 En las Tablas que se le atri-
buyen a Moisés se establece la prohibición de matar, pero no se hace ninguna
diferencia en el objeto de la muerte; no se dice: no matarás a otro hombre: se expresa
la prohibición, el tabú de matar (seres humanos lo mismo que animales). La sexta:
las instituciones de Mesoamérica son semejantes, en lo esencial, a las indoeuropeas,
lo que revelaría una estructura fundamental de la especie humana.
Una observación más. La taxonomía de Lewis Morgan puede parecer fuerte y
hasta ofensiva. Pero no cabe duda de que ofrece la posibilidad de una secuencia
rigurosa. En cambio, la taxonomía de arqueólogos e historiadores, por medio de
la que intentan ordenar el desarrollo cultural de Mesoamérica, es de carácter
interno y sirve sólo para mostrar diferencias entre diversas etapas de esas cultu-
ras, a partir de la teotihuacana. Estos periodos reciben los nombres de “preclásico”,
“clásico”, “clásico tardío”, “postclásico”, mientras que los periodos étnicos de Morgan
permiten una clasificación general del desarrollo de la humanidad como un todo.
Insisto: el sistema de Morgan es omnicomprensivo y toma en cuenta no sólo as-
pectos de orden económico, sino también institucionales y culturales. Como lo
dice Vere Gordon Childe, todavía no existe otro mejor.
Añado una reflexión más. El Estado, ¿debe ser considerado a la manera como
lo conciben Marx y Engels? Quiero decir, ¿sólo en su calidad de instrumento de
opresión y dominio? ¿Tan sólo como el arma de la lucha de clases, es decir, para
mantener sujetas a las clases explotadas? Pregunto ¿de dónde vienen las pala-
bras dominio y Estado? ¿No se comete un anacronismo cuando se habla de un
Estado en la Grecia clásica? La voz Estado es latina, por supuesto; quiere decir
“estar de pie”, en su primera acepción; “estar inmóvil”, en su segunda.36 Sin
embargo, más allá de su etimología, lo que me interesa destacar es que sólo
aparece en la conciencia europea (en las fórmulas canónicas del derecho en la
Baja Edad Media) cuando vuelve al Occidente el derecho romano.37 Se trata de
que los egipcios sólo comían animales que hubieran sido purificados (sacrificados o vueltos sagrados)
por un sacerdote (op. cit., II, pp. 39ss.).
35
Émile Benveniste dice: “¿Por qué ‘sacrificar’ quiere decir, de hecho, ‘ejecutar’, cuando propia-
mente significa ‘hacer sagrado’? ¿Por qué el sacrificio comporta necesariamente una ejecución? […]
El sacerdos es el agente del sacrificium, aquel que está investido de los poderes que le autorizan a
‘sacrificar’ […]. Aquel que es llamado sacer lleva una verdadera mancilla que le pone al margen de la
sociedad de los hombres: hay que huir de su contacto […]. Un homo sacer es para los hombres lo que
el animal sacer es para los dioses; ni uno ni otro tienen nada en común con el mundo de los hom-
bres” (op. cit., pp. 350-351). Creo que lo propio puede afirmarse respecto del tlahtoani mexica: su
contacto está prohibido porque es tabú: tocarlo provoca terror sagrado. De acuerdo con Patrick
Johansson, esta prohibición se inicia con Motecuhzoma Ilhuicamina.
36
Ernout y Meillet, op. cit., bajo las entradas sto, stas, steti y stano.
37
Ver Pierre Legendre, L’empire de la vérité. Introduction aux espaces dogmatiques industriels, Fayard,
1983; Dieu au miroir, Étude sur l’institution des images, Fayard, 1994 y Le désir politique de Dieu. Étude sur
les montages de l’État et du Droit, Fayard, 1988. Según Legendre, “con el derecho romano, entramos en
la intimidad del sistema de instituciones que se construye como imperio universal de la Razón”
(L’empire de la vérité, p. 132).
PRÓLOGO XXXV
una metáfora: el cuerpo del rey aparece con la cabeza en alto. Por otro lado, la
voz dominio se asocia a la de casa; es decir, al dueño, al señor de la casa (domus).38
Había, sin duda, dominio pleno sobre personas, tanto en el interior como en el exte-
rior de las tribus, antes de que existiera la propiedad privada sobre la tierra (se
entiende, la tierra de cultivo) y otros instrumentos de producción, o sea, pues,
antes del Estado. No pueden borrarse dos mil quinientos años de historia. La
vinculación mítica con el suelo enlaza a millones de hombres el día de hoy, mien-
tras que la vinculación mítica por el tótem sólo vinculaba a unos miles. La etnia es
un organismo social complejo y posee su lógica interna, desde luego;39 a la vieja
sociedad mítica se debe la domesticación de las plantas, los animales y los meta-
les que tenemos todavía; pero, sin duda, es menos densa y menos compleja que
la sociedad moderna.
38
Ernout y Meillet señalan que domus se opone a peregri, foris y militiae. Benveniste nos dice, por
otra parte, que el verbo heleno que derivó en el latín domus era damao, “que indicó primero la do-
ma de caballos, practicada por los pueblos de jinetes”. Hay tres unidades “distintas e irreductibles”:
1. “hacer violencia”; 2. “construir”; 3. “casa” (Vocabulario…, op. cit., p. 200).
39
Claude Lévi-Strauss, El pensamiento salvaje (trad. Francisco González Aramburo, México, FCE,
1964); Antropología estructural (trad. Juan Almela, México, Siglo XXI, 1979) y los cuatro volúmenes
de Mitológicas, cuya traducción es también de Juan Almela (I. Lo crudo y lo cocido, México, FCE, 1968;
II. De la miel a las cenizas, México, FCE, 1971; III. El origen de las maneras de mesa, México, Siglo XXI,
1970 y IV. El hombre desnudo, México, Siglo XXI, 1976).
XXXVI PRÓLOGO
por tres personas: un sacerdote, un contador del rey (que vigila el quinto real,
porcentaje que le corresponde a la Corona) y un escribano (o notario público).
Cortés lleva consigo resmas y resmas de papel. De todo quiere que se dé fe y se
protocolice, pues los testigos tienen autoridad y están sujetos a la ley castellana.40
¿Qué le preocupa tanto a Cortés? ¿Por qué ese afán por dejar constancia escrita
de sus actos? ¿Por qué le interesa protocolizar, disponer del fundamento de la
fides notarial de cuanto hace? Ni uno solo de los actos que realiza deja de tener
sustento jurídico. ¿Por qué? Cortés ha roto su contrato con Diego Velázquez, el
Gobernador de Cuba.41 Cierto, se trata de un contrato entre particulares (tenía
por objeto el de hacer trabajos de rescate, eufemismo bajo el que se esconde el
acto de saqueo por el que se aprehenden hombres que luego se volverán mano
de obra esclava en las islas del Caribe). Sin embargo, en el momento en que
Cortés cobra conciencia de la dimensión enorme del continente que apenas ha
tocado con sus plantas, al darse cuenta de que el territorio por el que avanza es
mucho más rico que el de todas las islas de las que viene, funda la Villa Rica de la
Vera Cruz y obliga a que el Cabildo de la misma le dé la orden de poblar el
territorio.42 Sus actos ya no habrán de limitarse al rescate de indios. El contrato
con Velázquez, contrato de rescate, ha de ser sustituido por otro: el de población. El
asunto es que, pese a que se trate de contratos entre particulares, Cortés asume
que se le puede acusar de desacato a una autoridad cuyo poder emana directa-
mente del rey y que, por lo tanto, tendrá que enfrentarse, desde ese instante y
hasta sus días postreros, a un crimen de lesa majestad, que sus enemigos van a
levantar en contra suya. El contrato, así sea entre particulares, tiene un garante
legal: la Corona española.43 El emperador no invierte un maravedí en la con-
quista; pero todo se hace en su nombre y bajo su autoridad. Para justificar sus actos,
a Cortés no le resta otro recurso sino el de ponderar la riqueza del territorio en
40
Hernán Cortés, segunda Carta de relación, donde, entre otros pasajes, dice: “Porque en cierto
infortunio ahora nuevamente acaecido, de que adelante en el proceso a vuestra alteza daré entera
cuenta, se me perdieron todas las escrituras y autos que con los naturales de estas tierras yo he
hecho, y otras muchas cosas” (es obvio que Cortés se refiere a los hechos de la llamada Noche Triste;
adviértanse los conceptos usados por Cortés: “escrituras” y “autos”: op. cit., p. 33).
41
Un examen preciso de esos aspectos jurídicos y políticos lo ofrece Silvio Zavala en su trabajo
pionero, Los intereses particulares en la Conquista de la Nueva España, cuya primera edición es de 1933
(2a. ed., México, UNAM, 1964).
42
En la que se conoce como la primera de las Cartas de Relación (fechada en la Villa Rica de la Vera
Cruz el 6 de julio de 1519), se dice “que lo mejor que a todos nos parecía era que en nombre de
vuestras reales altezas se poblase y fundase allí un pueblo en que hubiese justicia, para que en esta
tierra tuviesen señorío […]. Y acordado esto nos juntamos todos, y acordes de un ánimo y voluntad,
hicimos un requerimiento” a Cortés para “que luego cesase de hacer rescates de la manera que los
venía a hacer, porque sería destruir la tierra en mucha manera” (op. cit. p. 20).
43
Pierre Legendre sostiene que, aun entre particulares, existe una tercera instancia, garante de la
ley, es decir, el Estado, que en la tradición jurídica occidental está representado simbólicamente por
la figura mítica del Padre (ver, sobre todo, Les enfants du texte. Étude sur la fonction parentale des États,
Fayard, 1992; pero Legendre se ocupa también de este asunto en Le désir politique de Dieu. Étude sur
les montages de l’État et du Droit y Le crime du caporal Lortie).
PRÓLOGO XXXVII
44
Cortés, segunda Carta de relación, op. cit., pp. 68-69.
45
Ibid., p. 63.
46
Cortés, Cartas de relación, pássim.
XXXVIII PRÓLOGO
todos los que Cortés considera súbditos del emperador de México, Motecuhzoma, o
sea, los miembros del pueblo mexica, a acatar ese vasallaje. Con el pacto suscrito,
el suelo del imperio de México-Tenochtitlan en su totalidad, así lo cree con certeza
Hernán Cortés, pasa a formar parte del dominio de la Corona de España. El
suelo, que se hallaba bajo el dominio del señor de México, de ese modo lo entien-
de Cortés en términos jurídicos europeos; el suelo, del que era dueño y señor el
emperador de México, Motecuhzoma y, con el suelo, en tanto que accesorios suyos,
sus habitantes, han pasado al dominio de Carlos I de España, al que deben reco-
nocer, otra vez en términos jurídicos europeos, como su “natural señor”. El Cor-
tés jurista considera que el contrato suscrito fue roto cuando el pueblo mexica se
rebeló contra Pedro de Alvarado. A partir de ese hecho y desde ese momento, los
mexicas son vistos por Cortés como rebeldes que han roto un pacto suscrito por
su emperador, a quien deben respeto y obediencia: el pueblo mexica se convierte
en rebelde que se ha sublevado ante su rey, al mismo tiempo que ante la autoridad
de Carlos I. El pueblo mexica ha roto un pacto político y no respeta a Motecuhzoma
ni la sumisión o el vasallaje a que lo obliga el pacto entre los dos emperadores. Los
mexicas, así lo cree Cortés, le deben obediencia a su rey, a Motecuhzoma, igual
que a la Corona española, porque el rey español se ha vuelto dueño, por el con-
trato firmado entre Cortés, su representante, y el emperador Motecuhzoma, de las
tierras que éste le entrega, por su conducto, al emperador español. Pero, si este
no fuera el caso, en las Bulas Intercaetera el Papa Alejandro VI donó las tierras
descubiertas a los reyes de Portugal y Castilla, para extender la religión cristiana
entre los habitantes de las mismas: se ha de bautizar a los indios y se ha de
propagar la fe; de lo contrario, afirma Cortés, se estaría obligado a la restitución
(tesis que retoma Francisco de Vitoria).47
Contra estas argumentaciones jurídicas se levanta la teoría de Morgan y
Bandelier. Motecuhzoma carecía de todo título legítimo sobre el suelo; ni él ni
sus antepasados, los llamados reyes mexicas, eran dueños del suelo ni disponían
de ninguna atribución jurídica que les permitiera firmar este (supuesto) contrato
de sumisión y de vasallaje a que Cortés obligó al tlahtoani. Sus títulos de dominio,
que por supuesto tenía, se originaban en otra fuente: el proceso de elección
genocrática que hacían los veinte calpuleque o jefes de calpultin. No había propie-
dad de la tierra; ni a título real ni a título privado. De allí que, aún hoy, las
comunidades indígenas exhiban, como títulos de legítima propiedad, las merce-
des reales otorgadas por la Corona española. Las tesis de Morgan son otro argu-
mento en la defensa del sistema de posesión territorial de los indígenas.
Por esa misma causa, Morgan dice que lo que halló Cortés en el islote del lago
fue un pueblo, el pueblo de México, pero no la ciudad de Tenochtitlan. El matiz
parece intrascendente o, en todo caso, sin relieve; acaso indicaría, otra vez, el
47
Cortés, III y IV Cartas de relación. Es una verdadera lástima que este documento, con todo el botín
de guerra de los españoles, se haya perdido en la Noche Triste. Sobre Francisco de Vitoria, ver el
excelente ensayo de Antonio Gómez Robledo, Política de Vitoria (México, UNAM, 1940).
PRÓLOGO XXXIX
48
Cortés, segunda Carta de relación, p. 72.
49
Marx, “Formas que preceden a la producción capitalista”, en Elementos fundamentales para la
crítica de la Economía política, trad. José Aricó, Miguel Murmis y Pedro Scarón, México, Siglo XXI,
1971, t. I, p. 442.
XL PRÓLOGO
En el mundo antiguo vemos que la vida pastoril prepara a los pueblos cazadores para la
vida agrícola. En el nuevo, buscamos en vano los desarrollos progresivos de la civiliza-
ción, los momentos de reposo, esos estadios en la vida de los pueblos […] debemos repre-
sentarnos a los pueblos cambiando de modo continuo de residencia en el curso de un río.
En efecto, aún ahora el indígena del Orinoco viaja con sus granos, transporta sus cultivos
(conucos), de igual modo que el árabe transporta su tienda y cambia de pastos. El número
de plantas cultivadas que se hallan en estado salvaje en medio de los bosques prueba que
existen costumbres nómadas en un pueblo agrícola.51
como en Egipto (un don del Nilo, según Herodoto) y en otras zonas del Asia.
Ángel Palerm ha demostrado que en Mesoamérica se crearon grandes sistemas
de riego, y que éstos se hallaban en manos de los que ejercían el dominio.52 No lo
dudo. Pero quisiera añadir que hay otro sistema de dominio, anterior al sistema de
riego y que no tiene relación con los sistemas de riego, en tanto que implica
dominar otro aspecto, más decisivo aún: el que se ejerce sobre la voluntad del
trabajador. El sacerdote-mago controla una técnica extraña por la cual obtiene
lluvia (semen mágico y divino). Esta técnica mágica nos parece a los occidentales,
ahora, carente de todo fundamento racional, pero es una técnica por la que se
domina el pensamiento y la voluntad del agricultor y que lo lleva, por decirlo así,
como de la mano, a su parcela. Este instrumento, el rito mágico, permite a todo
el pueblo someter a las fuerzas vivas de la naturaleza (lo que hoy se llama natura-
leza) a su dominio. El mago exige a un cuerpo natural vivo que otorgue agua y
frutos por un mecanismo ritual en extremo complejo. El objeto natural, que hoy
nos parece algo inerte, estaba, en la mente de los pueblos de la Edad Mítica
(tanto para el mago, insisto, como para el propio trabajador), vivo: era un sujeto,
un hombre semejante a él, que hablaba y disponía de una voluntad. El sacerdote
sabía cómo hablar con este ser viviente, cómo dominar a este extraño sujeto,
porque dominaba la técnica específica por la que hablaba con él (era la raciona-
lidad interna que tiene la magia). Entendamos que la agricultura es una forma
de trabajo que apenas consume una tercera parte del tiempo de la actividad
económica anual. ¿Qué puede hacer el pueblo los otros 240 días restantes del
calendario económico? El pueblo de la Edad Mítica llena su tiempo (económico
y vital) con actos y rituales mágicos y religiosos, entre otros, la guerra y la cacería.
Dominar la conciencia del trabajador agrícola es necesario en esta forma de
trabajo productivo o, si se prefiere decirlo de otro modo, en el pensamiento
mítico que rige la agricultura mesoamericana: no es preciso dominar los siste-
mas de riego para dominar así al campesino. Basta con dominar al dios (a los
dioses), al sujeto (al conjunto de personas) que controlan agua, tierra, viento,
Sol.53 El mago domina el proceso, comprensible sólo por el mito cósmico del
origen, que da la lluvia y el maíz.
México-Tenochtitlan es una “urbe” acuática, es cierto. Eso es lo primero
que llama la atención de Cortés, de Bernal Díaz del Castillo (quien la compara
con el libro de Amadís: la cree fruto del encantamiento, pues lo que escribe ha
ocupado por entero su memoria, hace ya cuarenta años);54 de El Conquistador
52
Ángel Palerm, Agricultura y sociedad en Mesoamérica (México, Gernika, 1992) y Agricultura y civili-
zación en Mesoamérica (México, Sep-Setentas, 1972).
53
Sigo las tesis, brillantísimas, de Ernst Cassirer, Filosofía de las formas simbólicas, vol. II. El pensa-
miento mítico, trad. Armando Morones, México, FCE, 1972. Cassirer desarrolla buena parte de sus
argumentos apoyado en las ideas de Konrad Theodor Preuss. Ya me he referido a este asunto en
Cuerpo, territorio, mito (México, Siglo XXI, 2000).
54
Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España (México, Porrúa,
1977, t. I, p. 260), dice: “Y otro día por la mañana llegamos a la calzada ancha y vamos camino de
XLII PRÓLOGO
Estapalapa. Y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua, y en tierra firme otras
grandes poblazones, y aquella calzada tan derecha y por nivel cómo iba a México, nos quedamos
admirados y decíamos que parecía a las cosas de e-ncantamiento que cuentan en el libro de Amadís,
por las grandes torres y cúes y edificios que tenían dentro del agua.”
55
El Conquistador anónimo, Relación de algunas cosas de la Nueva España, y de la gran ciudad de
Temestitán Mexico, escrita por un compañero de Hernán Cortés (en Joaquín García Icazbalceta, Colección de
documentos para la historia de México, 2a. ed. facsimilar de la 1a., México, Porrúa, 1980, t. I, pp. 368-
398; en original italiano y versión española).
56
De los textos de Alejandro de Humboldt sobre la ciudad de México, rescato uno, que estimo
sintomático (pertenece a su diario de viaje): “Creo que se ha querido forzar a la naturaleza, ya que el
antiguo México era como Venecia, lleno de canales. Se ha deseado desecar todo, hacer una Villa de
tierra firme y para lograr ese objetivo se ha intentado esterilizar de una vez y para siempre el valle,
hacer correr el agua de los lagos. ¡Cuánto más bella sería la ciudad, llena de canales, como Rotterdam!
[…] Los españoles han tratado al agua como a un enemigo. Parecen desear que esta Nueva España
sea tan seca como el interior de su antigua. Desean que la física se asemeje a su moral y en esto han
tenido buen éxito” (Reise auf der Rio Magdalena, durch die Anden und Mexico, Margot Faak (ed.), Ber-
lín, Akademie-Verlag, 1986, pp. 324 y 355).
57
Ver esta edición, infra, pp. 39-41 y pp. 76-77 respectivamente.
58
Cortés, segunda Carta de relación, op. cit., pp. 72-74.
PRÓLOGO XLIII
dicen que tenía Tenochtitlan.59 La verdad es que la ciudad de México tuvo esa
cantidad de habitantes cerca del año 1900, cuando ya se había extendido por casi
todos los rumbos de la cuenca lacustre, tenía construcciones de acero y de con-
creto, y edificios de varios pisos de altura. Quienes afirmen que en la ciudad
había 300 mil habitantes en 1519 deben demostrar de qué manera se hacinaban
tantos miles de seres en las parcelas donde vivían (el hombre de Mesoamérica
vivía al lado de su milpa y su hortaliza). Recuerdo que en Tenochtitlan había un
recinto sagrado que cerraba el espacio del Templo Mayor (el gran teocalli ocupa-
ba casi un tercio del terreno del islote, pues tenía un muro de casi 500 metros por
lado). 300 mil personas en siete kilómetros cuadrados, en casas de un piso, da
una densidad mayor a 42 mil habitantes por kilómetro cuadrado, lo que es social
y materialmente imposible.60
México-Tenochtitlan era, en verdad, un centro ceremonial en el que vivían
unas pocas centenas de funcionarios. La mayor parte del pueblo azteca, la etnia
nahua, ese grupo de seres humanos a los que Morgan considera una tribu forma-
da por veinte gentes, o sea, los veinte calpultin, vivía al lado de su milpa y su horta-
liza, en la tierra que sembraba, por medio del sistema de rotación (de roza y
quema). En esa tierra depositaba, en un acto ritual y sexual, en su base idéntico
al acto sexual humano, como si se tratara de un coito mítico, una semilla sagra-
da, el maíz, el centli o cintli.61
Los españoles admiraron la extensión de esa ciudad lacustre, este centro cere-
monial, ese pueblo de Tenochtitlan. Ahora, algunos investigadores modernos di-
cen que Mesoamérica llegó a tener 27 millones de habitantes.62 Para demostrar
59
Lo que sostiene Alfonso Caso en su ensayo “Los barrios antiguos de Tenochtitlan y Tlatelolco”
(Memorias de la Academia Mexicana de la Historia, México, 1956) sólo es válido para el México de la
Colonia. Los barrios y el mapa que los describe se refieren a la ciudad colonial (desde luego, con los
nombres nahuas unidos a la nomenclatura cristiana: por ejemplo, “Santiago Tlatelolco”). Los pri-
meros “mapas” de la ciudad de Tenochtitlan tienen tanto valor científico como tiene el de Hecateo
de Mileto respecto de la Tierra en su conjunto. Tal vez el primer “plano” del pueblo de Tenochtitlan
sea el que aparece en la primera Lámina del Códice Mendocino: es de orden mítico y el águila que allí
surge (en el centro de los cuatro cuadrantes de Tlactipac) representa al Sol.
60
Morgan rechaza estas cifras y compara la densidad de población, por milla cuadrada, con los
estados norteamericanos de Nueva York y Rhode Island, además de la población de Londres, por los
mismos años de la conquista. Morgan considera que los llamados palacios de Motecuhzoma eran
semejantes a las grandes casas comunales de otros pueblos en igual estadio de su desarrollo. Por lo
demás, tampoco acepta estas cifras Mauro Olmeda (El desarrollo de la sociedad mexicana, I. La fase
prehispánica, México, Mauro Olmeda Editor, 1966).
61
Maíz es voz caribe; centli, voz nahua. Son las primeras voces, recogidas por los españoles en las
islas del Caribe, las que permanecen en nuestra lengua, como huracán, hamaca, canoa, coa, cacique,
maíz. Hago notar que la lengua nahuatl no es abstracta, sino profundamente concreta y, por ello
mismo, compleja. Así pues, no existe una sola voz para designar lo que nosotros llamamos maíz.
Según el estado de desarrollo en que se halle el grano de maíz, todavía hoy, y por influencia del
nahuatl, en el español mexicano se distingue entre jilote (el maíz recién nacido, en la mazorca); elote
(el maíz maduro, en mazorca) y olote (la mazorca, ya sin el grano de maíz).
62
Sherburne F. Cook y Woodrow Borah, Ensayos sobre historia de la población: México y el Caribe
(trad. Clementina Zamora, México, Siglo XXI, 1977) y, por los mismos autores, El pasado de México:
XLIV PRÓLOGO
esas cifras, esos autores se apoyan en las matrículas de tributos, en datos de Fray
Bartolomé de las Casas y en análisis estadísticos que parten de cifras virtuales.
No intento hacer un estudio de esos datos, pero sí preguntar en qué se apoya el
Códice Mendocino (en toda su segunda parte en verdad una matrícula de tributos)
para establecer el exagerado y cuantioso monto de tributos en las épocas pre y
postcortesiana, unos cálculos inadmisibles, si hacemos caso de Alonso de Zorita.63
A las cifras virtuales de Cook y Borah habría que dar una respuesta lógica. ¿De
qué se podía alimentar el pueblo de la región central de México, el espacio que
hoy se conoce como Mesoamérica? ¿Cuál era el índice de productividad de la
tierra, con el sistema de roza y quema, en 1519, si se toma como base el cultivo
de maíz? No llegaba a media tonelada por hectárea. Recuerdo que, aún por
1910, el rendimiento medio de hectárea sembrada de maíz llegaba a sólo 570 kg.
(ya se usaban yuntas de bueyes y de mulas, además de tractores en tierras de
regadío). Es necesario poner los pies en la tierra y recordar que en la República
Mexicana hubo 25 millones de habitantes apenas por el año de 1950, una vez
que la superficie cosechada, estimando tierras de riego y temporal, era superior
a cuatro millones de hectáreas y el rendimiento medio era de 721 kg. por hectá-
rea.64 Ahora, en las zonas de riego el cultivo del maíz alcanza un promedio de
hasta doce toneladas por hectárea. Pero, en aquel entonces, ayudado sólo del
instrumento de cultivo que ahora llamamos, con una voz caribe, la coa (el palo
puntiagudo y a la vez endurecido en un extremo con fuego), el hombre de
Mesoamérica podía entrar unos centímetros en el suelo. La tierra de ese modo
trabajada producía menos de una media tonelada por hectárea. Como el sistema
de roza y quema no permite trabajar dos años consecutivos la misma tierra (re-
cuerdo que esa agricultura es nómada) y se vuelve a la misma parcela cada siete
años, se requiere de un gran número de hectáreas bajo cultivo para satisfacer las
necesidades de 27 millones de personas. Con los sistemas modernos de agricul-
tura, en 1980 México aún no lograba el promedio de dos toneladas por hectárea.
Ahora el territorio de la república tiene dos millones de kilómetros cuadrados,
pero no todos ellos están sujetos a la agricultura y México es aún deficitario en la
producción de granos, que importamos.65
aspectos sociodemográficos (trad. Juan José Utrilla, México, FCE, 1989). Ver, además, Charles Gibson, Los
aztecas bajo el dominio español. 1519-1810 (trad. Julieta Campos, México, Siglo XXI, 1967).
63
Zorita afirma que, antes de la conquista, “acudíanles con tributos de sementeras que les hacían,
porque esta era la común y general manera que tenían de tributar, y de lo que en la tierra se cogía y
hacía, y con lo que era de su oficio de cada uno; todo poco y pocas cosas y de poco valor y de menos
trabajo […]. Cuando se ganó la Nueva España, se quedó en ella esta manera de gobierno entre los
naturales” (Breve y sumaria relación de los señores y maneras y diferencias que había en ellos en la Nueva
España, en Pomar-Zorita, Relaciones de Texcoco y de los señores de la Nueva España, México, Salvador
Chávez Hayhoe, 1941, p. 92; en esta edición, infra, p. 482).
64
Todas las cifras provienen del Instituto Nacional de Geografía y Estadística, INEGI, Estadísticas
históricas de México, t. I, cuadros 1.1; 1.4.2 y 10.6.17.
65
Ver Alejandro Tortolero Villaseñor, De la coa a la máquina de vapor. Actividad agrícola e innovación
tecnológica en las haciendas mexicanas: 1880-1914 (México, Siglo XXI, 1995). El análisis de Tortolero
PRÓLOGO XLV
muestra de manera bastante clara la baja productividad de las haciendas en México, pese a que el
rendimiento era superior al de la época prehispánica.
66
Los datos pueden ser corroborados con dos evidencias: de un lado, lo propuesto por Laurette
Séjourné: “La Tira de la Peregrinación es […] categórica: después de hacer de Culhuacán el punto
de partida de los aztecas, señala su llegada a Coatepec y Tula sólo después de varias páginas […] el
conjunto de los datos obliga a situar desde ahora a Aztlán cerca de Culhuacán-Chicomoztoc –y a
desechar en consecuencia la hipótesis de un Aztlán sito fuera del altiplano” (Arqueología e historia del
Valle de México, 1. Culhuacán; México, Siglo XXI, 1991, pp. 21 y 27); de otro, lo que ofrece la moderna
investigación etnolingüística: no hay evidencia de que exista ninguna lengua nahuatl, al modo que
puede llamarse clásico, fuera de la cuenca lacustre de México y de la región situada al lado oriental
de los volcanes Popocatepetl e Iztaccihuatl, como Huexotzingo, Atlixco y Tlaxcala. Al norte de
Mesoamérica, existen lenguas yutoaztecas, otomangues y otras, pero ninguna de origen estricta-
mente nahuatl: ver Leonardo Manrique, “Historia de las lenguas indígenas de México”, en Garza
Cuarón y Baudot, op. cit., pp. 51ss. y el excelente ensayo de Ignacio Guzmán Betancourt, “¿Dónde y
cuándo se habló el nahuatl en Sinaloa?”, en Tres estudios sobre el Noroeste, El Colegio de Sinaloa,
Culiacán, 2003. Guzmán Betancourt demuestra que el nahuatl hablado en Sinaloa es posterior a la
conquista: fueron los grupos nahuas, llevados por Nuño de Guzmán y otros conquistadores, los que
dejaron pequeños núcleos lingüísticos en la región. Además y en realidad, lo que se relata en la Tira
de la Peregrinación es un recorrido mítico y no histórico: Coatepec es la montaña mítica que emerge de
las aguas primordiales. Por otro lado, desde su arribo a las costas del actual estado de Veracruz,
Cortés oye que a México se le llama culúa: los mexicanos vienen de Culhuacan.
67
He tratado el tema con cierta amplitud en dos ensayos previos: “El mito de los cinco soles” y
“El pensamiento mítico de los coras”: Cuerpo, territorio, mito (México, Siglo XXI, 2000).
XLVI PRÓLOGO
siete cuevas indican que el hombre mexica nace del centro de la Tierra, donde
está el maíz.
Las formas de organización consanguínea se apoyan además en sistemas com-
plejos de exclusión e identidad. Cada ciudad, cada pueblo es el centro de lo que
ahora llamamos cosmos o universo. Ningún pueblo mesoamericano tenía la vi-
sión general, universal, del planeta, la Tierra o el cosmos. Por el contrario, había
para ellos tantos centros del cosmos como urbes existían: en cada uno de esos
centros ceremoniales o centros cósmicos, el pueblo veía todos los días el naci-
miento del Sol (pero todas las tardes su muerte): en la Piedra del Sol o Calenda-
rio azteca se ve a Tonatiuh salir del centro de tlactipac que es, a la vez, el inicio del
tiempo mítico del pueblo mexica y de su ciudad. Lo propio debe decirse de los
hombres que se llaman a sí mismos hermanos de sangre y hombres verdaderos.68 No
existe en ellos la idea de un vasto origen común por el que la humanidad sea
vista como un todo (sólo son hermanos entre sí los que se vinculan a través de la
sangre mítica, el tótem). Cada una de las naciones nahuas es poseedora exclusiva
de la hermandad de la sangre, la solidaridad consanguínea (en el sentido
morganiano de la expresión), causa por la que excluye a otras etnias nahuas (y,
con tanta o mayor razón, a los olmecas, los purhépechas, los coras o los
chichimecas). No existía, en ningún pueblo de Mesoamérica, este concepto ge-
nérico de humanidad, concepto, por lo demás, tardío.69
Subrayo que tampoco existía en Mesoamérica la propiedad de la tierra, en el
sentido jurídico occidental del término. Lo que sí había, en efecto, era la posesión
colectiva del suelo, posesión a la que se tenía acceso sólo en tanto que se era
68
Todavía hoy, los tojolabales, dice Carlos Lenkersdorf, se consideran así (Los hombres verdaderos.
Voces y testimonios tojolabales, México, Siglo XXI, 1996). “Para vastas fracciones de la especie humana”,
sostiene Lévi-Strauss, la noción de humanidad, “durante decenas de milenios, parece totalmente
ausente. La humanidad cesa en las fronteras de la tribu, del grupo lingüístico, a veces hasta del
pueblo […] gran número de poblaciones llamadas primitivas se designan a sí mismas con un nom-
bre que significa ‘los hombres’ (o a veces … los ‘buenos’, los ‘excelentes’, los ‘completos’), implican-
do así que las otras tribus, grupos o pueblos no participan de las virtudes o aun de la naturaleza
humana” (Antropología estructural, op. cit., p. 309). A su vez, Émile Benveniste dice que “Cuando los
pueblos se dan a sí mismos nombres, éstos se reparten […] en dos categorías: o bien la étnica consis-
te en un epíteto decorativo: ‘los Valientes, los Fuertes, los Excelentes, los Eminentes’ o bien, y esto es
lo más frecuente, se llaman simplemente ‘los hombres’”. Benveniste añade que, desde Germania a la
América del Sur, pasando por Kamchatka, “encontraremos por decenas pueblos que se designan a sí
mismos como ‘los hombres’: cada uno de ellos se ofrece así como una comunidad de igual lengua y de la
misma ascendencia y se opone implícitamente a los pueblos vecinos” (Vocabulario…, op. cit., p. 238).
69
Según todas las evidencias disponibles, este concepto sólo aparece en la filosofía de Johann
Gottfried Herder, hacia finales del siglo XVIII, bajo las voces de Menschheit, Menschlichkeit y Humanität
(La idea de humanidad, selección, traducción, prólogo y notas de Catalina Schirber, Facultad de Filo-
sofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, 1954 y J.G. Herder, Une autre Philosophie de l’Histoire,
edición bilingüe, traducida y anotada por Max Rouche, Aubier-Montaigne, Mayenne, 1964). Los
diferentes pueblos se consideran elegidos por su dios respectivo, y ellos deben merecer tal elección,
como es el caso típico, hasta nuestros días, del pueblo hebreo. Cristo da un paso hacia la universali-
zación del concepto cuando se dirige a todos los hombres y no sólo a los que entienden la lengua en la
que les habla.
PRÓLOGO XLVII
Las tesis de Bandelier acaso fueron impugnadas por primera vez de modo siste-
mático en el libro La organización política y social de los aztecas, de Manuel M. Mo-
reno, cuya edición inicial se hizo en 1931. Desde aquel preciso momento contó
con la aprobación del antropólogo Alfonso Caso, por ese entonces la autoridad
máxima e indiscutida de la historia antigua de México. Caso señaló, en el breví-
simo Prólogo del libro, que “la teoría de Bandelier era, antes del trabajo de
Moreno, la última palabra sobre este asunto”; que, a su juicio, éste había “rebati-
do con éxito la teoría de Bandelier en sus puntos esenciales” y que, por esto,
presentaba “una descripción de la sociedad azteca que se ajusta mucho más a la
verdad que la que hizo el sabio suizo-americano”.71
Por su parte, Moreno dijo, treinta años después de haberse publicado la pri-
mera edición de su libro, que en 1962 “prevalece” su tesis, “contra la opinión,
entonces predominante, del historiador suizo americano”.72 ¿Qué sostiene Mo-
reno y cuál es su método? En su calidad de jurista, esboza un argumento sencillo.
Cree que el régimen gentilicio sólo rige mientras una tribu es nómada; si ésta se
vuelve sedentaria y practica la agricultura, los clanes se disuelven y surgen, de
70
Dice Zorita que “calpulli ó chinancalli, que es todo uno, quiere decir barrio de gente conocida ó
linaje antiguo, que tiene de muy antiguo sus tierras y términos conocidos, que son de aquella cepa,
barrio ó linaje, y las tales tierras llaman calpulli, que quiere decir tierras de aquel barrio ó linaje […]
y estas tierras no son en particular de cada uno del barrio, sino en común del calpulli, y el que las
posee no las puede enajenar, sino que goce de ellas por su vida, y las puede dejar a sus hijos y
herederos” (op. cit., pp. 86-87; en esta edición, infra, p. 478).
71
Alfonso Caso, en Manuel M. Moreno, La organización política y social de los aztecas, 2a. ed., Méxi-
co, INAH, 1962, p. 7.
72
Ibid., p. 9.
XLVIII PRÓLOGO
modo casi espontáneo (no hay una explicación que lo demuestre) la propiedad
privada y las relaciones de propiedad. Por el mero paso del tiempo, merced a
una evolución que no explica, el Estado nace. Para Moreno, apropiación de territo-
rio y relaciones políticas van de la mano, como se asocian, de manera indisoluble,
la propiedad y el Estado.73 Pese a que Moreno es jurista, resulta notable su incapa-
cidad para establecer la necesaria diferencia entre posesión y propiedad del suelo.
Para Hegel, lo recuerdo, la forma jurídica más simple y, por ende, la más abstracta,
es la figura de la posesión: por ella se inicia la Filosofía del derecho.74 Sin embargo,
con total independencia de la tesis de Hegel, el derecho civil, que arranca de
Roma y llega a nuestros días, distingue entre posesión, forma jurídica simple, y
propiedad, forma jurídica compleja, que se expresa en el texto de la ley.
Advierto que Moreno discute la tesis de Bandelier, pero no los argumentos de
Morgan (a quien no cita jamás a lo largo de su libro, pese a que aparezca en la
bibliografía final). Por otra parte, es obvio que Moreno es incapaz de realizar una
crítica consecuente de los textos de los cronistas del siglo XVI: una expresión,
hallada en un historiador, se toma como si fuera artículo de fe, sin realizar en
ningún caso el análisis semántico necesario (en este caso, el análisis semántico
jurídico). Tomo como ejemplo los términos rey, hidalgo (en español viene de hijo
de algo o de hijo de alguien, el que posee bienes), caballero (el que dispone de un
caballo, opuesto al villano o al campesino, que carecen de tal derecho.75
Veamos el argumento básico de Moreno. “Con el cambio de género de vida”,
“fijados” los “clanes en un territorio, los lazos de la familia totémica se debilitan
hasta que llega un momento en que es substituida en absoluto por la familia
individual”.76 Así, Moreno considera obvio que el mecanismo que debilita la fami-
lia totémica es el asentamiento en un territorio y luego el solo paso del tiempo.
Es enfático: “Desde entonces las relaciones de parentesco dejan de ser la base de
la sociedad; el lazo social pierde el carácter familiar y deviene resueltamente
político” y subraya que “en este momento ha nacido el Estado”.77 ¿Es verdad? ¿Existe
alguna base antropológica que permita dar el aval a la absurda tesis de Moreno?
Ninguna. Por el contrario, multitud de testimonios, en todas partes del mundo
(ya que la tesis de Moreno pretende tener carácter universal), muestran lo opues-
to: el vínculo consanguíneo sólo se disuelve cuando en el espacio ocupado por la
tribu, en la ciudad antigua, se asientan los extranjeros, los peregrinos, los extraños,
como quiera llamárseles: metecos, plebe que, al exigir sus derechos frente al γένος
73
Manuel M. Moreno, op. cit., pp. 19ss.
74
Georg Wilhelm Friedrich Hegel, Principes de la philosophie du Droit, trad. André Kaan y prefacio
de Jean Hyppolite, París, Gallimard, 1940. La primera parte es “El derecho abstracto”, en cuya
primera sección, llamada “La propiedad”, el primer capítulo recibe el nombre de la “Toma de pose-
sión”. Allí dice Hegel que “el acto corporal de tomar algo es, desde el punto de vista sensible […] el
modo más perfecto de tomar posesión” (§ 55).
75
Ver estos vocablos en Corominas, bajo las entradas “hijo”, “caballo” y “villa”.
76
Manuel M. Moreno, op. cit., p. 22.
77
Ibid.
PRÓLOGO XLIX
si todos los varones son guerreros, no puede existir una clase militar. Lo cierto es
que el agricultor es, al mismo tiempo, guerrero.
La última tesis contradictoria de Moreno acaso sea ésta. Dice que existe un
“Estado mexica, imperfecto, rudimentario y” (se debe advertir el extraño truco
teórico que introduce) “semitotémico si se quiere; pero Estado al fin, caracte-
rizado por su aspecto oligárquico, teocrático y militar”.82 Expresaré mi asombro.
¡Cómo!, el Estado mexica ¿“semitotémico” y, sin embargo, “Estado al fin”, es
también “oligárquico, teocrático y militar”? ¿Qué quiere decir esa expresión, “semi-
totémico”? ¿En una mitad “totémico” pero en otra no? ¿Una de sus mitades “oli-
gárquica” y la otra mitad “totémica”? ¿En una mitad consanguíneo, apoyado en
el lazo mítico de la relación totémica, y en su otra mitad oligárquico? ¿Era, a un
tiempo, “semioligárquico” y “semitotémico”? ¿“Semitotémico” y “semiteocrático”?
¿“Medio militar” y “medio totémico”? ¿Mitad totémico y mitad teocrático, oli-
gárquico, militar? En suma, ¿en una de sus “mitades” Estado, y en otra no? ¿En
una de sus “mitades” Estado y en la otra gentilicio? ¿De un lado societas, de otro
civitas? Moreno debió haber discutido a fondo las tesis de Morgan y demostrar
cómo la sociedad azteca había abandonado el primer plan de gobierno, la societas, y
había pasado al segundo, la civitas. Pero no pudo hacerlo.
Veamos ahora el libro de Friedrich Katz, que originalmente se editó en Berlín,
con la excepción del último capítulo, el año de 1956.83 En el prólogo a la edición
española, publicada diez años más tarde, Katz afirma que, por 1956, la concep-
ción de Bandelier “estaba todavía ampliamente aceptada”, pese a que existía una
serie de ensayos que refutaban sus ideas. “Hoy día”, dice, o sea, 1966, “la refuta-
ción de las ideas de Bandelier acerca de la organización social azteca es univer-
sal”.84 Katz señala que Bandelier “comprobó con gran claridad los elementos de
la organización gentilicia dentro de la sociedad azteca”, aunque “lamenta” que
haya ido “demasiado lejos”, hasta considerar “la organización social azteca como
similar a la de los iroqueses”.85 ¿Qué significa ir “demasiado lejos”? Katz hace
una afirmación carente de todo sustento. ¿En dónde y de qué manera establece
Bandelier la “similitud” entre iroqueses y aztecas? De acuerdo con Morgan, lo
recuerdo, ambas sociedades pertenecen a dos periodos étnicos diferentes.
Pese a que Katz establece matices finos, que no habían sido considerados an-
tes por ningún historiador, acaba por sostener una tesis vulgar: existen un “rei-
no”, un “imperio”, un “Estado” en el que prosperan “propiedad privada” y “cla-
ses”, aun cuando todo esto se encuentre “en transición”. Así, por ejemplo, dice
que, “al arribo de los españoles, la zona de dominación azteca se extendía a la
casi totalidad del actual México”, pero, en la medida misma en que ese periodo
de dominación sólo abarcaba los últimos 90 años (previos a la llegada de los
82
Manuel M. Moreno, op. cit., p. 123.
83
Friedrich Katz, Situación social y económica de los aztecas durante los siglos XV y XVI, Instituto de
Investigaciones Históricas, México, UNAM, 1966.
84
F. Katz, op. cit., p. V.
85
Ibid., p. 8.
PRÓLOGO LI
86
F. Katz, op. cit., p. 18.
87
Ibid., p. 174. Allí reproduce una larga cita de El origen de la familia, la propiedad privada y el
Estado, en la que Engels se refiere a las formaciones militares de los griegos en la época de Homero,
asimilándolas a la formación social mexica; dice Katz: la descripción de Engels “corresponde casi
con exactitud a la situación imperante entre los aztecas”. Por el contrario, ya he señalado que, si-
guiendo la taxonomía del propio Morgan, no es posible denominar como si fuera una “democracia
militar” el régimen de gobierno mexica. Hay una contradicción en los términos.
88
Ibid., pp. 176ss.
89
Ibid., pp. 173ss.
LII PRÓLOGO
90
F. Katz, op. cit., p. 33.
91
“En cualquier época, y por muy alto que nos remontemos, la lengua aparece siempre como una
herencia de la época precedente”, señala Ferdinand de Saussure (Curso de lingüística general, trad.
Mauro Armiño, Barcelona, Planeta-Agostini, 1993, p. 109).
92
C. Lévi-Strauss, El pensamiento salvaje, op. cit., pássim.
93
Alfredo López Austin, La constitución real de México-Tenochtitlan, México, Instituto de Historia,
UNAM, 1961.
PRÓLOGO LIII
textos nahuas, tal como se hallan en los mismos códices. López Austin hace la
traducción de estos códices y, por lo tanto, acude a la palabra nahua, tal como se
expresa en su idioma original. ¿Qué puede objetarse a este análisis? Nada, muy
poco, al parecer. Sin embargo, creo que hay en él, desde su inicio, un problema
sin solución. Me refiero al uso indiscriminado de la terminología occidental, en
especial la de orden jurídico: sostener que existía en México-Tenochtitlan una
constitución, de carácter realengo, además, asimila, se quiera o no, el gobierno mexica
a un régimen político occidental. El gran nahuatlato e historiador Miguel León-
Portilla, en el prólogo al texto de López Austin, dice que éste realiza un “trabajo
de hermenéutica” en el que no “aplica forzadamente a la cultura del México
Antiguo módulos mentales que no le pertenecieron” y que “se abstiene hasta
donde le es posible de calificar o de encontrar semejanza entre las categorías
jurídicas prehispánicas y las de otros ordenamientos legales”.94
Sin embargo, no es así. Según López Austin, en Tenochtitlan “el orden jurídico
descansaba en el orden cósmico”; en la Tierra se imitaba el “ordenamiento mate-
mático de la divinidad”.95 Sin duda, había una relación directa, en la cosmovisión
de todos los pueblos mesoamericanos, entre el orden celeste, el orden de la su-
perficie de la Tierra y el orden del inframundo o mundo subterráneo. Igual que
en las lenguas indoeuropeas en las que existe un concepto supremo de orden,
medida, sucesión y, en cierto sentido, armonía natural,96 en la cultura meso-
americana existía un concepto semejante. Eso no implica que el orden mítico se
constituya en “un orden jurídico”, si por tal entendemos un orden jurídico expre-
so. León-Portilla llama a los textos indígenas examinados por López Austin
“ordenamientos jurídicos más o menos implícitos”. Estoy totalmente de acuer-
do: en efecto, se trata de reglas “más o menos implícitas”, no de textos en el sen-
tido actual del término ni de textos jurídicos como tales.
Dice López Austin que “la Constitución […] era el reflejo de la divinidad, de
la división cuaternaria, de los trece cielos, del orden cósmico”. Por reflejo del
orden celeste en la superficie de la Tierra, “el poder estaba en la dualidad, en la
representación masculina del Tlatoani y en la femenina del Cihuacoatl”.97 Es
cierto, los mexicas disponían de esa dualidad en su forma de gobierno; pero
conviene notar que esa dualidad ya existía en un periodo étnico anterior (ya la
encuentra Morgan entre los iroqueses y Bandelier la confirma en la sociedad
94
Miguel León-Portilla, en Alfredo López Austin, op. cit., p. XI.
95
Ibid., p. 14.
96
Émile Benveniste afirma que, “desde el estado indoeuropeo, puede plantearse un concepto
sumamente importante: el del ‘orden’ […] es una de las nociones cardinales del universo jurídico y
también religioso y moral de los indoeuropeos: es el ‘Orden’ que regula tanto la disposición del
universo, el movimiento de los astros, la periodicidad de las estaciones y de los años como las rela-
ciones de los hombres entre sí” (Vocabulario… op. cit., p. 297). La regla que rige en el interior de la
familia recibe en griego el nombre de Θέµις; la del derecho interfamiliar, ∆´ικη.
97
A. López Austin, op., cit., p. 16. Patrick Johansson ha puesto en relieve, como ya dije, el carácter
solar, masculino, diestro y diurno por lo tanto, del tlahtoani y el lunar, a su vez, femenino, siniestro y
nocturno del cihuacoatl.
LIV PRÓLOGO
mexica: cada estadio étnico, según Morgan, recoge eso que ha sido inventado en
el anterior y le da otra función).
López Austin dice, con razón, que “nada puede asegurar que los puestos fue-
sen hereditarios” y añade que “el primer derecho” de un noble (pilli) consistía en
quedar exento del tributo: el pilli podía alcanzar, si se esforzaba, la “posición de
tributado”; el macehualli, en cambio, sólo podía aspirar, “por el mismo camino, a
dejar de ser tributario”.98 En esto se presenta una total falta de simetría y es una
desigualdad notoria. Sin embargo, pese a que este “primer derecho” de los piltin
era un privilegio que estaba negado a los macehualtin, no era hereditario y no
constituía un derecho de clase.
López Austin establece precisiones sutiles, que esclarecen el verdadero senti-
do del régimen de gobierno mexica. Aunque no cite a Bandelier ni a Morgan,
coincide con ellos al mostrar que en todos los calpultin existían tierras, que culti-
vaban sus miembros y cuyos rendimientos se entregaban, bajo forma de tributo,
a los sacerdotes del propio calpulli y a los miembros del gobierno de la tribu.
Sin embargo, no omito señalar que López Austin utiliza una terminología
vulgar, la hispánica del siglo XVI: “la estructuración política existió”, dice, “desde
el momento en que los mexicanos se establecieron en el centro del lago”: en ese
lugar y en ese tiempo se constituyó “un gobierno monárquico conforme a ideas
propias”.99 López Austin queda atrapado en una terminología híbrida: “Antes y
durante la peregrinación, los calpulli constituían los núcleos de la organización
política, y a la fundación de México-Tenochtitlan se distribuyeron en la ciudad
conservando tanto su división política como territorial”.100 ¿Qué era, pregunto
de nuevo, un calpulli? ¿Era una gens y, como tal, la célula del sistema consanguí-
neo? O ¿era, por el contrario, un “núcleo de organización política” a la vez que
“territorial”? Las tesis de López Austin van en contra de cuanto se sabe de los
sistemas mesoamericanos.
Examinemos ahora, por último, la famosa tesis de Federico Engels, aquella
que se sostiene, pues, en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (tesis
oficial, en el marxismo, si se habla de la posible extinción del Estado): “el Estado
no ha existido eternamente. Ha habido sociedades que se las arreglaron sin él,
que no tuvieron la menor noción del Estado ni de su Poder. Las clases desapare-
cerán de modo tan inevitable como surgieron en su día. Al desaparecer las clases
desaparecerá inevitablemente el Estado. La sociedad reorganizará de otra mane-
ra la producción, sobre la base de una asociación libre de productores iguales y
enviará toda la máquina del Estado al lugar que entonces le ha de corresponder:
al museo de antigüedades, junto a la rueca y al hacha de bronce”.101 Me pregunto
si es así, si puede ser así. Es obvio que, para Engels, el Estado es un órgano
98
A. López Austin, op. cit., p. 57.
99
Ibid., p. 83.
100
Ibid., p. 130.
101
Federico Engels, en C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, t. II, Moscú, Ediciones en Lenguas
extranjeras, s.f., p. 340.
PRÓLOGO LV
represivo, de clase, que surge sólo cuando aparece la propiedad privada sobre
la tierra y, en general, sobre los instrumentos de producción. Vamos entonces
otra vez a las tesis de Morgan. Para éste, lo que marca la diferencia entre la
societas y la civitas consiste en un hecho clave (y este hecho es el que se debe
discutir, si se quiere captar el fondo del problema): en la civitas se disuelve la
relación consanguínea como cemento mental básico que aglutina a la sociedad,
aun cuando la gens se conserve durante un tiempo, como base de la identidad
religiosa. El cemento mental que cohesiona a la sociedad, a partir del nacimiento
del δη̂µος (voz que debe tomarse en tanto que demarcación territorial, el township
de Morgan) pasa a ser político: nace el ciudadano, vinculado de modo mítico al
suelo. Morgan no hace predicciones ni dice que el Estado ha de desaparecer.
Dice sólo que el Estado es una forma superior, en el sentido de la evolución, a la
organización gentilicia: es una forma, nueva, de establecer las relaciones entre
los hombres.
Por otro lado, el mismo concepto de Estado es problemático. En ninguna ciu-
dad de la Grecia clásica estuvo en vigor y en Roma misma se usaba con otro
sentido el concepto de estatus (equivalente del griego στασις): como situación de
la ciudad (status ciuitatis) o situación de la república (status rei publicae). En Roma,
hasta donde se sabe, nunca se usó el concepto de status como si fuera el equiva-
lente de lo que ahora se llama Estado.102 Por otra parte, es claro que este concepto
aparece en Europa apenas en la Baja Edad Media (en el siglo XIII), gracias al
redescubrimiento, hecho por los filósofos escolásticos, de la jurisprudencia lati-
na clásica (la vuelta al Occidente del derecho romano, que se conservaba en
Bizancio, en el Imperio Romano de Oriente). Merced a este proceso de relectura
de Justiniano se construyó el concepto del Estado, como se conoce hoy, según la
tesis de Legendre, a la que me adhiero.103
¿Podrá desaparecer el Estado? Depende de qué entendamos por este concep-
to. Para Engels, el Estado sólo cumple una función represora. No hay en su
análisis el menor espacio para la ley, como no sea, otra vez, en el solo sentido de
leyes de clase o leyes que se establecen para sostener la propiedad privada. Engels no
capta la función que tienen el tabú, la prohibición y, en Occidente, la figura del
Padre como germen del Estado. Yo creo, por el contrario, que el modo en que se
desarrolla la historia humana se aproxima, ya lo he dicho, al movimiento descri-
to por Hegel (aufhebung): se niega y se conserva a la vez. El Estado ¿pasará al
museo de antigüedades, junto a la rueca y el hacha de bronce? El Estado no sólo
cumple una función represiva, de clase; cumple el papel, nada despreciable, de
controlar pulsiones colectivas. A mi juicio, la ley tiene su origen remoto en el
tabú y en la prohibición del incesto. Pero el Estado en el sentido morganiano,
102
Véase Ernout y Meillet, bajo las entradas sto, stas, steti; sisto, sistis y, sobre todo, stano.
103
Al derecho romano se le llama “la razón escrita (Ratio scripta”); así, “el derecho romano, impe-
rial y cristiano, significa para los occidentales la institución de la Razón” (Pierre Legendre, L’empire
de la vérité, op. cit., p. 53). Así lo establece también el Diccionario de política, de Norberto Bobbio,
Nicola Mateucci y Gianfranco Pasquino, bajo la entrada estado moderno.
LVI PRÓLOGO
como un sistema de gobierno que enlaza de modo mítico al hombre con el suelo,
crea otro vínculo mítico a su vez, por el que se aglutinan millones de personas.
Por el contrario, la sociedad que se apoyaba en la relación totémica o consanguí-
nea no es capaz de aglutinar conjuntos mayores a los 50 mil miembros; ocupaba
un territorio pequeño donde regía la posesión común de la tierra (principio jurí-
dico que sólo se ejercía a través del clan o de la gens). En cambio los Estados en
sentido estricto, que surgen como hongos, desde el momento homotaxial que po-
demos situar convencionalmente en la Grecia clásica (desde ese momento hasta
hoy), ocupan millones de kilómetros cuadrados y pertenecen a ellos millones de
personas, solidarias del conjunto político por el solo hecho de haber nacido en
ese territorio. Digo de nuevo que las estructuras creadas por el hombre en el
curso de la historia no se esfuman, sino que se transforman (se niegan y conser-
van a la vez). Pongo el caso del orden económico que conocemos con el nombre
de manufactura heterogénea, y que es, desde un ángulo histórico o diacrónico,
anterior al sistema de la manufactura orgánica: se debe decir que no ha muerto,
sino que es la base de las maquiladoras y la filosofía toyota.104 Ha desaparecido el
hacha de bronce, pero no las hachas ni el bronce ni, menos todavía, la fundición de
los metales. Es cierto, ha desaparecido la rueca; pero permanece la función que
dio origen al tejido. La matemática, la geometría, la filosofía, acaso la escritura
fonética, nacieron en la Grecia arcaica, pero están aquí, vivas, transformadas,
cumpliendo otras funciones.105
Es necesario, pues, captar con todo rigor la tesis de Morgan: la aportación de
Clístenes no consiste, propiamente hablando, en el invento de la democracia en
cuanto una forma de gobierno (según Morgan, la societas es en esencia democráti-
ca). Lo que Clístenes aporta es un concepto novedoso, por el que se sustituye el
viejo lazo consanguíneo. El nuevo vincula los hombres al territorio y no al tótem
ancestral. Así, Atenas era una democracia y Esparta una oligarquía, pero las dos
vinculaban a sus ciudadanos al suelo. Roma era en sus inicios una república y
luego fue un imperio: en las dos formas de constitución, hay un ciudadano, ya no
un miembro de la gens. La asamblea ateniense era “un mitin masivo al aire libre
en la colina llamada Pnix” y en la época de Pericles, el número de sus electores
alcanzaba una cifra aproximada de 45 mil: se excluía a las mujeres y los libres (no
ciudadanos a pesar de ser griegos), además de los esclavos y los adolescentes; de
suerte que apenas cuatro o cinco mil ciudadanos, sin que sepamos a ciencia cier-
ta quiénes, acudían a las asambleas, dice Moses Finley.106 Nada de esto es decisi-
vo: lo que en verdad importa es que, bajo una monarquía o una república, en la
oligarquía igual que en la democracia, desde Clístenes hasta hoy, el ciudadano ha
104
Benjamin Coriat, Penser à l’envers. Travail et organisation dans l’entreprise japonaise (París, Christian
Bourgois Éditeur, 1990; ed. esp. en México, Siglo XXI, 1992).
105
Michel Serres, Les origines de la géométrie, París, Flammarion, 1993, p. 61 (trad. Ana María
Palos, revisada por Federico Álvarez y Jaime Labastida, México, Siglo XXI, 1996).
106
M.I. Finley, “Demagogos atenienses”, en M.I. Finley (coord.), Estudios sobre historia antigua,
trad. Ramón López, Madrid, Akal, 1981, pp. 20-21.
PRÓLOGO LVII
107
Hans Kelsen, Teoría general del derecho y del Estado, trad. Eduardo García Máynez, México, UNAM,
1958. Véase también Pierre Legendre, sobre todo, L’empire de la vérité.
108
Referencia a Tlacaelel, tortillas frescas para el comal del dios.
LVIII PRÓLOGO
Sahagún, de modo inequívoco: “el señor del cautivo” (o dueño del cautivo) “no
comía de la carne” del sacrificado, “porque hacía de cuenta que aquella era su
misma carne, porque desde la hora que le cautivó le tenía por su hijo, y el cautivo
a su señor por padre, y por esta razón no quería comer de aquella carne; empero
comía de la carne de los otros cautivos que se habían muerto”.109 He aquí expre-
sada, pues, con entera claridad, la causa profunda del sacrificio ritual: la comu-
nión totémica, digo, la hermandad fratricida por la cual un guerrero adopta a otro, el
cautivo, como su hijo ¡y éste, a su vez, lo adopta como su padre! Es evidente que
el guerrero tlaxcalteca o purhépecha ejercían derecho de reciprocidad: sacrifica-
ban al mexica cautivo.110
Era necesario obtener, para cada fiesta del dios, el número de prisioneros que
hiciera falta. El cautivo de guerra no era, si se habla con propiedad, un esclavo;
no huía, pues estaba convencido de que era un honor ser sacrificado. Tampoco
se puede pensar en él como si fuera víctima: luchaba por atrapar a otro y, si era
atrapado, creía convertirse en la carne del dios. Se trataba de un juego ritual, a
vida y muerte, por medio del cual el pueblo entero otorgaba su sangre con objeto
de mantener vivo el cosmos: así se establecían el día, el campo y la duración de la
batalla. Al final de la jornada bélica, los ejércitos se retiraban del campo sagrado.
Cabe preguntar, ¿quién combatía? ¿De qué modo se integran los ejércitos en
Mesoamérica? Para dar una posible respuesta, hay abundantes elementos en
Bandelier. Primero, le interesa calcular la cantidad total de guerreros combatien-
tes y parte de los datos de El Conquistador Anónimo;111 así deduce el número de
guerreros, la estructura del ejército y hasta el número de habitantes de México-
Tenochtitlan. En tanto que los guerreros son diez mil, multiplica la cifra por
cinco (los miembros de una familia monogámica: padre, madre, tres hijos) y
obtiene el posible número de habitantes de la “urbe”. Segundo, ¿cómo se organi-
zaba el ejército? Bandelier acude otra vez a El Conquistador Anónimo; dice que
el ejército mexica se organizaba o identificaba por pendones y que éstos indicaban
los calpultin, las gentes, o sea, los barrios, los clanes y las fratrías.112
¿Qué se podría deducir de estos hechos? Primero y antes que nada: que el
ejército mexica se componía, igual que cualquier otro de los ejércitos de los pue-
blos nómadas que habitaban en el actual territorio de Estados Unidos, por el
total de los varones aptos para la guerra. De este hecho podría desprenderse una
109
Fray Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de la Nueva España, México, Porrúa,
1956, t. I, lib. II, cap. XXI, p. 146, § 34.
110
Yolotl González Torres, El sacrificio humano entre los mexicas, México, FCE, 1994.
111
El Conquistador anónimo dice que en México Tenochtitlan había “una guarnición de diez mil
hombres de guerra, todos escogidos por valientes” (op. cit., p. 394).
112
El Conquistador Anónimo afirma: “Guardan cierto orden en sus guerras, pues tienen sus
capitanes generales, y además otros capitanes particulares de cuatrocientos y de doscientos hom-
bres. Cada compañía tiene su alférez, quien lleva la bandera en su asta, de tal manera atada a la
espalda, que no le molesta para pelear […] tanto los jubones como las calzas los cubren por encima
de plumas de diversos colores […]: unas compañías de soldados las usan blancas y encarnadas, otras
azules y amarillas” (op. cit., pp. 371-372). Se agrupan, pues, por calpultin.
PRÓLOGO LIX
113
Georges Dumézil ha reconocido “el carácter indoeuropeo común del marco ideológico de las
tres funciones –administración de lo sagrado, del poder y del derecho; de la fuerza física; de la abun-
dancia y de la fecundidad” (véase, entre otros, El destino del guerrero, trad. Juan Almela, México, Siglo
XXI, 1971).
LX PRÓLOGO
mismo Lévi-Strauss, este etnólogo que ha hecho el mayor esfuerzo por evitar
todo posible evolucionismo, el que ha hecho del método estructural el método
de una etnología científica, no omite hacer una taxonomía evolutiva por la que
sostiene una clasificación jerárquica.117 No hallo la terminología completa, que
sustituya a la de Morgan, para clasificar y determinar el posible desarrollo de los
pueblos. Pese a todo, por lo tanto, con toda su carga evolucionista y jerarquizadora,
la taxonomía de Morgan es holista e impide caer en términos vulgares que asimi-
lan, aun sin desearlo, los conceptos de autores hispanos y mestizos del siglo XVI.
Veamos, si no, lo propuesto por los escritores mestizos de la segunda mitad
del siglo XVI y la primera del XVII, autores clásicos e ilustres de la cuenca lacustre:
Texcoco, Culhuacan, Tenochtitlan: Fernando de Alva Ixtlilxochitl, Hernando
Alvarado Tezozomoc, Juan Bautista Pomar, Francisco de San Antón Muñón
Chimalpahin o del otro lado de la sierra, Tlaxcala (Diego Muñoz Camargo) que
escribían en nahuatl y en español.118 Esos mestizos descienden, por parte de
madre, de un tlahtoani nahua, al que la Corona española le ha concedido títulos de
nobleza y otros privilegios, desconocidos en la sociedad mesoamericana: la nueva estruc-
tura política del poder se apoya en los jefes antiguos, los tlahtoque, para mante-
ner sometido al pueblo. He aquí mi tesis: los textos de estos escritores pueden
asimilarse a los capítulos hispanos de probanza de méritos. Esos escritores han sido
educados en la tradición cristiana; hablan el nahuatl y se identifican con la cultu-
ra indígena (desde el punto de vista del que reclama títulos de nobleza, tierras y
prerrogativas que tienen su origen en la costumbre aristocrática europea, pero
que no corresponden a la estructura gentilicia de Mesoamérica, donde el mérito
recompensaba una hazaña –que no se heredaba a los hijos).
Tomaré, como ejemplo de lo que aquí propongo, un texto de Fernando de
Alva Ixtlilxochitl, que desciende, por vía materna, del último tlahtoani de Texcoco,
fiel aliado de Cortés en la conquista:
así claro parece en las historias que fue importantísima cosa la ayuda que tuvieron de
Tezcoco los dichos españoles, que después de Dios, Ixtlilxuchitl y los demás sus herma-
117
Claude Lévi-Strauss afirma que el conjunto de sus objeciones “no aspira a negar la realidad de
un progreso de la humanidad”, sólo que “nos invita a concebirlo con mayor prudencia”; por lo
tanto, el progreso no es, a su juicio, “ni necesario ni continuo”, sino que “procede por saltos”; estos
“saltos” no significan que se llegue “cada vez más lejos en la misma dirección” (Antropología estructu-
ral, op. cit., p. 317). En otro pasaje del mismo libro, Lévi-Strauss dice: “dependemos todavía de los
inmensos descubrimientos […de] la revolución neolítica: la agricultura, la ganadería, la alfarería, el
tejido […]. Desde hace ocho o diez mil años, nada más hemos aportado perfeccionamientos a todas
estas ‘artes de la civilización’” (ibid., p. 326).
118
Fernando de Alva Ixtlilxochitl, “Relación de la venida de los españoles y principio de la ley
evangélica”, en Fray Bernardino de Sahagún, Historia general…, op. cit., t. IV, apénd., pp. 187-276;
Hernando Alvarado Tezozomoc, Crónica mexicana (escrita hacia el año de 1598, notas de Manuel
Orozco y Berra, México, Leyenda, 1944); Diego Muñoz Camargo, Historia de Tlaxcala (publicada y
anotada por Alfredo Chavero, México, Tipografía de la Secretaría de Fomento, 1892); Juan Bautista
Pomar, Relación de Tezcoco, en Pomar-Zorita, op. cit., pp. 1-64; Chimalpahin, Relaciones originales de
Chalco Amaquemecan, paleografía, trad. y glosa de Silvia Rendón, México, FCE, 1965.
LXII PRÓLOGO
nos y deudos suyos, señores y caudillos que ellos eran, se plantó la ley evangélica, y se
ganó la ciudad de México, y otras partes, con menos trabajo y a costa que lo que podía
costar si no fuera por Tezcoco sus reinos y provincias. Ixtlilxuchitl desde que salieron a
Tezcoco Cortés y los demás vino con ellos, y se halló personalmente en todos los ochen-
ta días que duró la guerra de México, sin faltar uno solo, siendo el primero en todas
ocasiones […] y me espanta de Cortés, que siendo este príncipe el mayor y más leal
amigo que tuvo en esta tierra, que después de Dios con su ayuda y favor se ganó, no diera
noticia de él ni de sus hazañas y heroicos hechos, ya que no se le dio ningún premio; sino
que antes lo que era suyo y de sus antepasados se le quitó.119
119
Fernando de Alva Ixtlilxochitl, op. cit., pp. 205 y 212.
120
Ixtlilxochitl se sitúa en el “nosotros” español y se asume como cristiano; los “nuestros” son
siempre españoles; exagera: Ixtlilxochitl y los tezcocanos perdieron “más de treinta mil hombres”,
mientras que “de los mexicanos murieron más de doscientos cuarenta mil” (op. cit., p. 226).
PRÓLOGO LXIII
40% del total. Entonces eran cerca de dos millones y medio (sobre una población
total de cinco millones y medio). Han crecido al menos cinco veces: ahora son
alrededor de doce millones (sobre cien millones de habitantes). Dentro y fuera
de la república, en Europa sobre todo, se ve al indio como una frontera temporal
del desarrollo histórico, un límite, una reserva ecológica, un fósil que aún vive y respira,
pero que está en proceso de extinción y al que se debe preservar en su estado original,
sin contaminación ninguna, igual como se deben conservar los orangutanes de
Borneo o los tigres de Siberia.
Los pueblos amerindios han olvidado el calendario mítico y ritual que regía
en su cultura antes de la conquista; han adoptado el calendario gregoriano, al
que han incorporado cambios, sin duda, de importancia: sus fiestas rituales, cris-
tianas en apariencia, tienen más relación con la mitología de Mesoamérica y
Aridoamérica, que con el ritual católico. Desde luego, añado que lo que recibie-
ron fue la versión popular y no la versión culta y canónica de la religión católi-
ca.121 La investigación etnoastronómica y arqueoastronómica ha puesto en relie-
ve cuanto de la concepción mítica persiste hoy en los Altos de Chiapas o la Sierra
de Puebla.122
Manuel Gamio quería, para forjar su concepto de patria, que los pueblos
amerindios se integraran en una sola nación con los que hablan español. Busca-
ba la homogeneidad: asimilar los amerindios a la cultura occidental, dominante
en el país y a la que pertenece la mayoría nacional, la hispanófona. Yo creo que
es posible ofrecerles esta opción, con el objeto de que ellos elijan, evitando los
extremos de la marginación y la pobreza ofensivas, de un lado; la asimilación
violenta, del otro. México, al contrario de lo que deseaba Gamio, es rico porque
es un país multicultural, pluriétnico y plurilingüístico. No somos un país homo-
géneo. México es muchos Méxicos, pero en esa pluralidad consiste su riqueza.
Lejos del país abstracto que soñaban los filósofos de lo mexicano; lejos de ese país
homogéneo (con una sola lengua, con una sola “raza”, con una sola economía),
México se abre al siglo XXI como un país complejo y múltiple. Su cultura es
relativamente joven, pero debe asimilar los postulados de una tradición diferente.
Lo que se halla en el libro que el lector tiene ante sí es la persistencia de un
mundo distinto, al que se ha negado vida cabal. Una de las causas por las que las
comunidades amerindias han sido capaces de resistir las agresiones de que han
sido objeto por parte de nosotros, los mexicanos, igual que por el mundo occi-
121
“En efecto, existe, en la periferia del cristianismo bíblico, una memoria arcaica de tradiciones,
de ‘supersticiones’ y de leyendas que constituyen una auténtica mitología y que no poseen ninguna
justificación bíblica. En la Edad Media, estos ritos y estas creencias constituían el lenguaje natural de
un pueblo que no leía la Biblia”, afirma, con toda razón, Philipe Walter en Mythologie Chrétienne. Rites
et mythes du Moyen Age (París, Entente, 1992, p. 10). Esa misma mitología popular, mezcla de creen-
cias bíblicas y latinas con tradiciones celtas (en especial, los mitos druidas), es la que llega a la Nueva
España, pese a los esfuerzos de los monjes letrados.
122
Véase Johanna Broda, Stanislaw Iwaniszewski y Lucrecia Maupomé, Arqueoastronomía y etnoastro-
nomía en Mesoamérica, México, UNAM, 1991.
LXIV PRÓLOGO
LEWIS H. MORGAN
Esta página dejada en blanco al propósito.
LA COMIDA DE MOCTEZUMA*
Las primeras descripciones del pueblo** de México crearon una fuerte impresión
en Europa. En las Antillas los descubridores españoles hallaron pequeñas tribus
de indios gobernadas por jefes, pero en el continente, en el valle de México,
encontraron una confederación de tres tribus bajo un gobierno similar pero más
avanzado. En medio del valle había un pueblo grande, el mayor de América, ro-
deado de agua, al que se llegaba por calzadas; era, en suma, una fortaleza rodea-
da de agua, inexpugnable para atacantes indios. Este pueblo presentó a los aven-
tureros españoles el extraordinario espectáculo de una sociedad india que se
hallaba dos etapas étnicas atrás de la sociedad europea, pero con un gobierno y
un plan de vida a la vez inteligentes, ordenados y completos. Esto despertó una
insaciable curiosidad por obtener más detalles, curiosidad que ha continuado
durante tres siglos y que ha dado origen al mayor número de obras que jamás se
haya escrito antes sobre ningún pueblo de similar importancia y tamaño.Los
aventureros españoles que capturaron el pueblo de México vieron un rey en
Moctezuma, señores en los jefes aztecas y un palacio en la gran casa comunitaria
ocupada, al estilo indio, por Moctezuma y sus corresidentes. Ese autoengaño era
quizás inevitable en aquel momento, porque los recién llegados no sabían nada
del sistema social azteca. Desdichadamente, la historia de la América aborigen se
inauguró así sobre una concepción errónea de la vida india, que ha permanecido
sustancialmente indiscutida hasta este momento. Los primeros observadores di-
rectos dieron la clave de esta historia al presentar a Moctezuma como un rey, que
ocupaba un palacio muy grande lleno de cortesanos, en medio de una ciudad
grande y populosa de la cual –y de mucho más territorio– se lo consideraba el
amo. Sin embargo, con el tiempo las palabras rey y reinado resultaron demasia-
do comunes para expresar toda la gloria y el esplendor que la imaginación em-
pezaba a atribuir a la sociedad azteca, y así los términos emperador e imperio
sustituyeron gradualmente la concepción más humilde de los conquistadores.
Hoy, tanto tiempo después, el entusiasmo y el trabajo capaces de producir los
cinco volúmenes titulados Native races of the Pacific states nos inspiran respeto. El
entusiasmo unido al trabajo ha producido grandes obras para la humanidad en
todas las épocas, pero cuando los controla una imaginación brillante y desenfre-
nada existe el peligro –como lo demuestran estos volúmenes– de ver equivoca-
* Publicado originalmente como reseña de Native races of the Pacific states. Civilized nations, de
Hubert Howe Bancroft (Nueva York, D. Appleton, vol. II), en The North American Review, vol. CXXII,
Boston, 1876, pp. 265-308.
** Véase nota b, infra, p. 36. [E.]
[3]
4 LEWIS H. MORGAN
1
El valle de México, incluyendo las laderas adyacentes y excluyendo el área cubierta de agua, era
aproximadamente igual al estado de Rhode Island, cuya superficie es de 1 300 millas cuadradas
(3 350 km2 aproximadamente): un área insignificante para una tribu india americana. Pero la confe-
deración había sometido a una serie de tribus al sur y sureste del valle, hasta Guatemala, imponién-
doles tributo. Con su plan de gobierno era imposible incorporar esas tribus a la confederación
azteca, porque la barrera del lenguaje constituía un obstáculo insuperable, y por lo tanto continua-
ron gobernándose por sí solas con sus propios jefes y según sus propios usos y costumbres. Como no
se les impusieron el gobierno ni las costumbres aztecas, no se puede hablar de ellas como miembros
de la confederación azteca, ni siquiera como un apéndice de su gobierno. El poder de esa confede-
ración no rebasaba ni cien millas el valle de México hacia el oeste, noroeste, norte, noreste y este, y
en todas esas direcciones chocaba con tribus independientes y hostiles.
La población de las tres tribus confederadas estaba limitada al valle y probablemente no supera-
ba las 250 mil almas, si es que llegaba a ese número, lo que daría casi el doble de la población de
Nueva York por milla cuadrada, y una mayor población por milla cuadrada que la que tiene hoy
Rhode Island. Los cálculos españoles de las poblaciones indias fueron muy exagerados. Los que
sostienen que la población del valle de México era mayor que la indicada tendrán que demostrar
cómo un pueblo bárbaro, sin ganadería ni agricultura extensiva, podía sostener en la misma área un
número de habitantes mayor que un pueblo civilizado poseedor de esas ventajas.
2
Véase H.H. Bancroft, Native races of the Pacific states. Civilized nations, Nueva York, D. Appleton,
vol. II, p. 124.
LA COMIDA DE MOCTEZUMA 5
estadunidenses no han querido dedicarse a una tarea tan vasta. En este momento
se puede decir con verdad que sólo en parte conocemos la estructura y los prin-
cipios de la sociedad india, y que el propio indio norteamericano sigue siendo
un enigma para nosotros. Todavía nos enfrentamos, como nación, a la cuestión
de si emprenderemos el trabajo de presentar al mundo una exposición cientí-
fica de la sociedad india, o la dejaremos tal como ahora aparece, tosca, insignifi-
cante, ininteligible, un caos de contradicciones y absurdos pueriles. Con un cam-
po de riqueza sin paralelo y de vasta extensión, con la misma raza roja en todas
las etapas de adelanto indicadas por tres grandes periodos étnicos, es decir, la
etapa de salvajismo, la etapa de barbarie inferior y la etapa media de la barba-
rie,3 debería haber más personas dispuestas a trabajar sobre este material, para
renombre de los estudiosos norteamericanos. Será preciso que hagan lo que hizo
Herodoto en Asia y África: visitar a las tribus nativas en sus aldeas y campamen-
tos y estudiar sus instituciones como organismos vivientes, su condición y su plan
de vida. Cuando esto se haya hecho desde el mar Ártico hasta la Patagonia, la
sociedad india resultará inteligible, porque se comprenderán su estructura y sus
principios. La sociedad india muestra tres fases diferentes, cada una con un culto
peculiar, anteriores a la civilización y la etapa superior de la barbarie, y con muy
poco en común con la sociedad europea de hace 300 años y con la sociedad
norteamericana de hoy. Sus instituciones, invenciones y costumbres no tienen
nada en común con las de las naciones civilizadas, y no es posible explicarlas en
términos adaptados a éstas. Nuestros investigadores actuales están trabajando
cada vez más mediante visitas directas, y no tengo duda de que todavía surgirá
entre nosotros una ciencia de la etnología norteamericana, y se elevará en la
estimación pública por los importantes resultados que alcanzará en breve. Preci-
samente lo que hace falta ahora es el examen y el tratamiento científicos de ese
material.
Después de una condena tan general de los escritores españoles y estadu-
nidenses por la forma en que representan a la sociedad y el gobierno aztecas,
sería preciso presentar algunos hechos y algunas razones que la justifiquen. Re-
conociendo esa obligación, me propongo cuestionar la credibilidad del segundo
volumen de Native races, y de muchas otras historias españolas, en todo lo refe-
rente a dos temas: el carácter de la casa en que residía Moctezuma, que describen
como un palacio, y la relación de la célebre comida de Moctezuma, que nos
representan como el banquete cotidiano de un potentado imperial. Ninguno de
esos temas tiene gran importancia considerado en sí mismo, pero si demostra-
3
Las tribus indias que carecían del arte de la cerámica, igual que una serie de tribus costeñas de
Norte y Sudamérica, estaban en el salvajismo; las tribus que practicaban ese arte, como las de Esta-
dos Unidos al este del Mississippi, pero ignoraban el uso de los ladrillos de adobe y la piedra en la
construcción de casas, estaban en la etapa inferior de la barbarie; y las tribus que construían casas de
adobe y piedra, pero desconocían el hierro, como las de México y Nuevo México, Centroamérica y
Perú, estaban en la etapa media de la barbarie.
LA COMIDA DE MOCTEZUMA 7
mos que sobre estos dos puntos sus relatos son ficticios y engañosos, habremos
abierto una brecha en una sección vital de la trama de la novela azteca, que es
hoy el estorbo más mortal para la etnología americana.
Podemos decir de antemano que es muy probable, por lo que sabemos de la
vida y la sociedad indias, que la casa en que vivía Moctezuma fuera una residen-
cia colectiva del modelo aborigen americano, propiedad de un gran número de
familias emparentadas y ocupada en común por ellas como copropietarias; que
la comida en cuestión fuera la habitual única comida diaria de la casa comunita-
ria, preparada en una cocina comunitaria con provisiones comunitarias, y dividi-
da, al estilo indio, al salir de la olla, y que todo lo que los españoles encontraron
en México fuera una simple confederación de tres tribus indias, igual a las que se
encontraron en todas las regiones del continente.
Podemos decir además que los aventureros españoles que acudieron en tropel
al Nuevo Mundo después de su descubrimiento encontraron la misma raza de
indios de tez roja en las Antillas, en Centro y Sudamérica, en Florida y en Méxi-
co.4 En su forma de vida y sus medios de subsistencia, en sus armas, artes, usos y
costumbres, en sus instituciones y en sus características físicas y mentales, eran el
mismo pueblo en distintas etapas de progreso. No se observaron diferencias de
raza, y en realidad no existían. Estaban divididos en numerosas tribus indepen-
dientes, cada una gobernada por un consejo de jefes. Entre las tribus más ade-
lantadas existían confederaciones, que representaban el grado más alto alcanza-
do por sus instituciones gubernamentales. En algunas, como la confederación
azteca, había un jefe guerrero principal, elegido de por vida o mientras su com-
portamiento fuera satisfactorio, que era el comandante en jefe de las bandas
militares. Sus poderes eran los de un general, y necesariamente arbitrarios cuan-
do se hallaban en campaña. Detrás de ese jefe guerrero –descrito, a decir verdad,
por autores españoles, pero sin explicar o siquiera comprender sus funciones–
estaba el consejo de jefes, el gran consejo sin cuya autoridad, como observa Acosta,
Moctezuma “no hacía ni podía hacer cosa de importancia”.5 Los poderes civiles y
militares del gobierno estaban en cierto sentido coordinados entre el consejo de
los jefes y el comandante militar. El gobierno de la confederación azteca era
esencialmente democrático, porque su organización y sus instituciones lo eran.
Si se necesita una designación más especial, bastará con describirlo como una
democracia militar.
Los españoles que conquistaron México y Perú dieron una interpretación muy
diferente de esas dos organizaciones. Supusieron que habían hallado dos monar-
4
“Pero entre todos los demás habitantes de América hay una similitud tan notable en la forma de
su cuerpo y en las cualidades de su mente, que a pesar de las diferencias ocasionadas por la influen-
cia del clima o por el progreso desigual del perfeccionamiento debemos creer que descienden de
una sola fuente” (Robertson, History of America, ed. de Law, p. 69).
5
Joseph de Acosta, The natural and moral histor y of the East and West Indies, trad. ing. Grimstone,
Londres, 1604, p. 485 [Historia natural y moral de las Indias, 2a. ed., México, FCE, 1962, cap. 25, p. 313].
8 LEWIS H. MORGAN
quías absolutas con características feudales, y en ese molde vaciaron toda la his-
toria de las instituciones indias. La mayor parte de la atención de los europeos
en el siglo XVI se dirigió a esos dos gobiernos, a los que se subordinaron los
asuntos de las muchas otras tribus y confederaciones, y la historia posterior si-
guió recorriendo por los mismos surcos durante más de tres siglos, esforzándose
diligentemente por confirmar lo que no tenía confirmación posible. Quizá fuese
bastante correcto generalizar que si las instituciones de los aztecas y peruanos,
las tribus indias más avanzadas, culminaban en la monarquía, las de las demás
tribus en general eran esencialmente monárquicas, y por consiguiente las de
México y Perú debían representar las instituciones de la raza roja.
Podemos adelantar, por último, que las historias de la América española son
dignas de confianza en todo lo referente a los hechos de los españoles y a los
hechos y las características particulares de los indios, en lo que concierne a sus
armas, instrumentos y utensilios, tejidos, comidas, vestidos y cosas de ese carác-
ter. Pero en lo que respecta a la sociedad y el gobierno indios, sus relaciones
sociales y plan de vida, no tienen ningún valor, porque de eso no entendieron
nada ni llegaron a saber nada. Estamos en plena libertad de rechazarlos en esos
aspectos y empezar de nuevo, utilizando todos los elementos que contengan que
concuerden con lo que sabemos de la sociedad india. Fue una calamidad para
toda la raza roja que los logros de los indios sedentarios de México y Cen-
troamérica, en el desarrollo de sus instituciones, hayan sufrido semejante desas-
tre casi total. El único remedio para el mal que se les hizo es recuperar en lo
posible el conocimiento de sus instituciones, que es lo único que puede ubicarlos
en su justo lugar en la historia de la humanidad.
Para comprender un acontecimiento tan simple en la vida india como la comi-
da de Moctezuma es necesario conocer ciertos usos y costumbres e incluso ciertas
instituciones de las tribus indias en general que tenían relación directa con la
comida de todos los indios de América en la época de la conquista española. Por
extraño que parezca, para comprender esa comida se requiere conocer varias
clases de hechos, porque es necesario liberar la mente de una descripción ficticia
antes de sustituirla por otra. Con ese propósito, y dentro de las imprescindibles
limitaciones de este artículo, me propongo explicar de manera sumaria una serie
de instituciones y costumbres que eran universales en la familia india, y por lo tan-
to presumiblemente existían entre los aztecas, haciendo referencia a la vez a lo
que sabemos de la existencia y las prácticas de estos últimos. Son las siguientes:
1] la organización en gentes, fratrías y tribus
2] la propiedad en común de la tierra
3] la ley de la hospitalidad
4] la práctica del comunismo en la vida
5] el carácter comunitario de las casas
6] la costumbre de preparar una sola comida al día
7] la separación durante las comidas: los hombres comían primero y las muje-
res y los niños después.
LA COMIDA DE MOCTEZUMA 9
Como los autores que escribieron sobre los asuntos aztecas no consideraron
digno de investigación ninguno de estos puntos, salvo el segundo, es necesario
mostrar su presencia generalizada en otras tribus indias para establecer la proba-
bilidad de su existencia entre los aztecas, así como señalar todos los indicios de
su existencia en ese grupo que esos escritores han dejado de forma incidental. La
imperfección de las descripciones españolas nos impone este largo proceso.
Cada gens tenía su propio sachem y uno o más jefes elegidos entre sus miem-
bros. El cargo de sachem era hereditario en la gens, en el sentido de que se llenaba
tan pronto como quedaba vacante, mientras que el cargo de jefe no era heredita-
rio, porque se concedía como recompensa al mérito y moría con el individuo.
Distinguimos así dos grados primarios de jefes, de los cuales todos los demás
grados son variedades. Un hijo no podía ser elegido para suceder a su padre si la
descendencia era por la línea femenina, porque pertenecía a otra gens, y ninguna
gens aceptaría un sachem o jefe de una gens diferente. El cargo pasaba de hermano
a hermano, o de tío a sobrino; pero como todos los primos varones eran herma-
nos en su sistema de consanguineidad, la persona elegida no era necesariamente
un hermano de padre y madre; y como todos los hijos de las primas de una
persona eran sus sobrinos, el sobrino elegido no era necesariamente el hijo de
una hermana de padre y madre del sachem muerto. Se menciona esta regla por-
que la sucesión azteca era exactamente igual a la iroquesa; el cargo que ocupaba
Moctezuma pasaba de hermano a hermano y de tío a sobrino. Suponiendo que
entre los aztecas existían gentes, con descendencia por línea femenina, la suce-
sión azteca es perfectamente inteligible.
La gens se caracterizaba por los siguientes derechos, privilegios y obligaciones:
1] el derecho a elegir su sachem y sus jefes
2] el derecho a destituir su sachem y sus jefes
3] la obligación de no casarse dentro de la gens
4] derechos mutuos de herencia de la propiedad de los miembros muertos
5] obligaciones mutuas de ayuda, defensa y reparación de agravios
6] el derecho de dar nombre a sus miembros
7] el derecho de adoptar extraños como miembros de la gens
8] un lugar de entierro común
9] un consejo de la gens.
Es imposible exponer estas características en detalle por falta de espacio. To-
dos los miembros de la gens eran libres, y estaban obligados a defender la liber-
tad de los demás; eran iguales tanto en su posición como en sus derechos perso-
nales, y ni el sachem ni los jefes se consideraban superiores; todos formaban una
hermandad unida por los lazos de parentesco. Libertad, igualdad y fraternidad
eran los principios generales de la gens, aunque nunca se formulaban. Estos he-
chos son importantes porque la gens era la unidad de su sistema social y guberna-
mental, la base sobre la cual se organizaba la sociedad india. Una estructura
formada por tales unidades necesariamente llevaría la impronta de su carácter,
porque según la unidad será el conjunto. Esto explica ese sentido de independen-
cia personal que es un atributo tan universal del carácter indio. Ése, y tan sustan-
cial, era el carácter de la gens, tal como existía entre los aborígenes americanos y
como todavía existe con toda su vitalidad en muchas tribus indias. La gens era la
base de las fratrías, la tribu y la confederación de tribus. Tres mil sénecas dividi-
dos en ocho gens darían un promedio de 375 personas en cada gens.
El siguiente paso en la escala ascendente de la organización es la fratría, que
LA COMIDA DE MOCTEZUMA 11
diez curias constituían una tribu; la curia era el equivalente de la fratría, y residían
en Roma localmente por gentes, curias y tribus. Los ramnes ocupaban el monte
Palatino, los tities estaban en su mayoría en el Quirinal y los luceres en el Esquilino.
Si los aztecas eran una sola tribu y estaban organizados en gentes y fratrías, necesa-
riamente debían vivir en tantos barrios como fratrías había, y en general cada
gens de la misma fratría residiría localmente en un lugar. El hecho de que el
cargo de jefe guerrero azteca pasaba de hermano a hermano o de tío a sobrino es
confirmado por dos elecciones que transcurrieron ante los ojos de los españoles.
Moctezuma fue sucedido por su hermano Cuitlahuac, y este último por su sobri-
no Cuauhtemoctzin. Sabemos que lo mismo había ocurrido en una serie de suce-
siones anteriores. Por consiguiente podemos sugerir, como probable explicación
de la forma de elección, que el cargo era hereditario en una gens, cuyos miem-
bros eran los que elegían. A continuación, el candidato elegido por ellos era
presentado para su aprobación o rechazo a las cuatro fratrías aztecas, y también a
los texcocanos y tlacopanos, que estaban directamente interesados en la elección
del comandante confederado. Una vez que todos habían considerado y confir-
mado la elección, cada grupo nombraba un elector para expresar su aprobación;
de ahí los seis electores. La función de éstos era comparar los votos de sus respec-
tivos electores, y si concordaban anunciar el resultado. Esto lo presento como
una conjetura con base en los fragmentos de evidencia que nos quedan, pero
como se ve coincide con los usos de los indios y con la teoría del cargo de un jefe
indio electivo. También vale la pena mencionar que Moctezuma fue destituido
por cobardía mientras era prisionero de Cortés, y su hermano Cuitlahuac puesto
en su lugar: esto se deduce clara y necesariamente del relato de Herrera,6 y muestra
que el poder que elegía y destituía del cargo estaba presente de manera constan-
te. Además, implica una sociedad organizada y expresa la vitalidad del sistema
social.
Si recurrimos a la organización iroquesa, podemos señalar que la gens se basa-
ba en el clan, la fratría en el grupo de gentes emparentadas, la tribu en el dialecto
y la confederación en el tronco lingüístico. El resultado era una sociedad basada
en gens, fundamentalmente diferente de la sociedad política, basada en el terri-
torio y en la propiedad. Se observará además que las instituciones de los iroqueses
eran en esencia democráticas, lo que en última instancia ocurre con todas las
tribus y confederaciones de aborígenes americanos.
Además de la iroquesa, existían otras confederaciones, entre las cuales pode-
mos mencionar la confederación creek, formada por seis tribus, la confederación
powhattan, de la que poco se sabe, la confederación otawa de tres tribus, la Liga
Dakota de los Siete Fuegos del Consejo, la confederación de los siete pueblos
moquis de Nuevo México y la confederación azteca, de tres tribus. En otras zonas
6
Antonio de Herrera y Tordesillas, History of America, trad. Stevens, Londres, 1725, 1, c.i.i, p. 66
[Historia general de los hechos de los castellanos en las islas y tierra firme del Mar Oceano, Madrid, Oficina
Real de Nicolás Rodríguez Franco, 1726, déc, II, lib. X, cap. X].
14 LEWIS H. MORGAN
7
E.B. Tylor, Early history of mankind, p. 287.
8
Herrera, p. 287 [déc. V, lib. I, cap. I, pp. 3-4].
9
Ibid., p. 377 [déc. V, lib. IV, cap. I, p. 83].
10
Ibid., p. 171 [déc. IV, lib. X, cap. IV, p. 210].
LA COMIDA DE MOCTEZUMA 15
Entre los iroqueses las tierras públicas eran propiedad común de la tribu. Una
persona que cultivaba la tierra tenía un derecho posesorio a su uso mientras la
ocupara; a su muerte pasaba a sus herederos en la gens como su propiedad perso-
nal. Así era en general la tenencia de la tierra de las tribus nórdicas. Los aztecas,
que estaban un periodo étnico más adelantado que aquéllas, habían llevado su
sistema de tenencia de la tierra un paso más allá. Sus tierras estaban divididas en
tres partes principales, una de las cuales estaba destinada al mantenimiento del go-
bierno, otra al mantenimiento de la religión y la tercera al mantenimiento del
pueblo, en sus subdivisiones sociales. Clavijero observa que
las tierras llamadas altepetlalli, o tierras de los pueblos, eran las que poseía el común de
cada ciudad o lugar, las cuales estaban divididas en tantas partes cuantos eran los barrios
de la población y cada barrio poseía su parte con entera exclusión e independencia de los
demás. Estas tierras no podían en manera alguna enajenarse.11
Y en una nota agrega que las leyes reales otorgaban a cada pueblo o asenta-
miento de indios el territorio circundante “hasta la distancia de 600 varas o 257
toesas”. Esas “comunidades de pueblos” situados cada uno por su lado pero pro-
pietarios de tierras en común hacen pensar en la gens. Las concesiones españolas
eran a la comunidad, y probablemente se basaban en esa antigua forma de te-
nencia de los aborígenes. Los iroqueses poseían la tierra por tribus y los aztecas
por gentes.
La tenencia de la tierra entre los peruanos era análoga. Garcilaso de la Vega,
citando a Blas Valera, observa que las tierras estaban divididas en tres partes
destinadas a diferentes usos. La primera parte era para el sol, con sus sacerdotes
y ministros; la segunda para el rey, y para el mantenimiento de sus gobernadores
y oficiales, y la tercera para los nativos y habitantes de las provincias, y se dividía
en partes iguales de acuerdo con las necesidades de cada familia.12
Aun cuando es posible que estas afirmaciones no muestren la situación exacta-
mente tal como era en México o en Perú, son suficientes para indicar que la
tierra era propiedad de comunidades de personas, probablemente gentes, con un
sistema de cultivo que apunta a grupos de casas grandes. Ni los aztecas ni ninguna
11
Francisco Clavijero, History of Mexico, trad. de Cullen, Filadelfia, 1817, t. II, p. 141 [Historia
antigua de México, 4 vols., México, Porrúa, 1958, lib. VIII, cap, 14, pp. 211-212].
12
Garcilaso de la Vega, Royal commentaries of Peru, trad. de Rycaut, Londres, 1688, p. 154
[Comentarios reales de los incas, Buenos Aires, EMECÉ, 1943 [fotocopias], lib. V, cap. I, p. 226]. Sobre el
cultivo y almacenamiento en común, Herrera (t. IV, p. 249 [déc. V, lib. II, cap. IX, p. 39]) observa que
“i acercandose los Castellanos al Pueblo, iban descubriendo, i mirando el Exercito del Inga, alojado
en la falda de una Sierra [...] gustaban de ver la hermosura de los Campos cultivados con maravillosa
orden, porque era Lei antigua entre aquella Gente, que todos comiesesçn de los Depositos del Comun,
I nadie pudiese tocar à los Sembrados”.
16 LEWIS H. MORGAN
3. LA LEY DE LA HOSPITALIDAD
Entre los iroqueses, si un hombre entra en una casa india de cualquier pueblo,
las mujeres de la casa tienen la obligación de ponerle comida delante; omitirlo
sería una descortesía equivalente a una afrenta. Si el hombre tiene hambre, come;
si no, la cortesía exige que pruebe el alimento y agradezca a quien se lo dio. Esto
se repetirá en todas las casas a las que entre, a cualquier hora del día. Como
costumbre, está respaldada por un riguroso sentimiento público. Lewis y Clarke
hacen referencia a la misma costumbre entre todas las tribus del Missouri. “To-
das las naciones del Missouri –observan– tienen la costumbre de ofrecer comida
y un refrigerio a cuanto hombre blanco entra por primera vez en sus tiendas.”13
Esto no era otra cosa que aplicar a los visitantes blancos la regla de hospitalidad
que usan entre ellos. Ésta tendía a igualar la subsistencia, y a impedir la miseria
en cualquier parte de la comunidad mientras alguna casa tuviera un excedente.
Esa ley de la hospitalidad era universal entre las tribus del norte, y al parecer
entre toda la familia india, y lo que la hacía posible era el modo de vida en
común.
En todas las regiones de América que visitaron, los españoles, pese a su núme-
ro como fuerza militar, recibieron alojamiento en casas indias desocupadas por
sus habitantes para ese fin y abundantemente aprovisionadas. Así, Herrera nos
dice que, en Tlaxcala, Cortés y sus hombres fueron recibidos generosamente y
provistos de todo lo necesario,14 y lo mismo al llegar a Cholula, donde los aloja-
ron con todos los indios que los acompañaban en una casa totalmente segura y
abundantemente equipada.15 Aunque, contando a sus aliados indios, eran alre-
dedor de dos mil personas, hallaron albergue en una sola casa comunal o de uso
común de modelo aborigen americano. Al hablar de los indios de Yucatán, Herrera
observa que son generosos y liberales de corazón, al punto que ofrecen de comer
a todo el que llega a su casa.16 Esto describe bastante bien la ley iroquesa de la
hospitalidad entre los mayas. Pizarro halló la misma costumbre entre los perua-
nos y otras tribus andinas. Cuando llegó a la costa de Tumbez, antes que desem-
barcara se hicieron a la mar de inmediato diez o doce balsas con abundantes
13
Lewis y Clarke, Travels, Longman, 1814, p. 649.
14
Herrera, t. II, p. 279 [déc. II, lib. VI, cap. XI, p. 154].
15
Ibid., t. II, p. 311 [déc. II, lib. VII, cap. I, p. 169].
16
Ibid., t. IV, p. 171 [déc. IV, lib. X, cap. IV, p. 210].
LA COMIDA DE MOCTEZUMA 17
provisiones,17 y una vez que llegó efectivamente a Perú los mensajeros de Atahualpa
se presentaron a ofrecer al gobernador diez o doce llamas de parte del inca, y
otras cosas de poco valor, diciéndole cortésmente que Atahualpa les había orde-
nado que le preguntasen qué día se proponía llegar a Cajamarca, a fin de dispo-
ner provisiones en el camino.18 Estos ejemplos, que podrían multiplicarse, son
suficientes para dar idea de la hospitalidad que se brindó a los españoles.
Era una costumbre bien establecida y activa en la sociedad india, que practica-
ban entre sí y con los miembros de otras tribus, y que naturalmente extendieron a
los que ahora aparecían por primera vez entre ellos. Si se considera el número
de los españoles, y otro hecho que los aborígenes observaron de inmediato, el de
que un español consumía y desperdiciaba cinco veces lo que requería un indio, en
muchos casos esa hospitalidad debe de haberles resultado sumamente gravosa.19
Se ha llamado la atención sobre esta ley de la hospitalidad, y sobre su univer-
salidad, por dos razones: porque implica la existencia de almacenes comunita-
rios que proporcionaban los medios necesarios para su práctica, y porque donde
quiera que aparece implica también la residencia comunitaria en grupos de ca-
sas grandes. Es evidente que los iroqueses y otras tribus del norte no hubieran
podido ofrecer provisiones a visitantes y extranjeros, y mucho menos los indios
sedentarios de México, Centro y Sudamérica a las fuerzas españolas, con tanta
uniformidad, si la costumbre hubiera dependido en cada caso de la contribución
de familias particulares. Si así hubiera sido, habría fallado en la mayoría de los
casos. La ley de la hospitalidad, tal como la administraban las tribus americanas,
indica que existía entre ellas un plan de vida que ha escapado por completo a la
observación histórica y cuya explicación debe buscarse en la propiedad y labran-
za comunitarias de las tierras y en la distribución de sus productos por casas en
las que se practicaba el comunismo. Son necesarios almacenes comunitarios para
grupos de casas grandes, y posiblemente para el pueblo, con el objeto de mante-
ner la hospitalidad, para explicar esta práctica. Sobre esa base podría haberse
llevado a cabo, y es difícil ver que haya sido sobre otra.
Esto, de nuevo, puede ilustrarse con los usos de los iroqueses. En sus pueblos
construían casas de 15, 25 y 30 metros de largo, con un corredor a lo largo del
centro, una puerta en cada extremo, y el interior dividido en porciones de poco
más de dos metros. Cada uno de los departamentos o compartimientos así for-
17
Herrera, t. III, p. 399 [déc. III, lib. X, cap. IV, p. 284].
18
Ibid., t. IV, p. 244 [déc. V, lib. I, cap. IV, p. 10].
19
“El apetito de los españoles parecía a los americanos insaciablemente voraz, y afirmaban que
los españoles devoraban en un día más comida que diez americanos” (Robertson, p. 72).
18 LEWIS H. MORGAN
mados quedaba abierto del lado del corredor. En esas casas vivían entre 10 y 30
familias, y su población se constituía con base en el principio del parentesco: las
mujeres casadas y sus hijos pertenecían a la misma gens, cuyo símbolo a menudo
estaba pintado sobre la casa, mientras que sus maridos pertenecían a otras varias
gentes. Así, la casa grande estaba formada, normalmente, por parientes de gens, y
el cuadro que presenta es general para la vida de los indios en todas las regiones
de América. Todo lo que cualquier miembro de la casa obtenía en sus expedicio-
nes de caza y pesca, o producía por medio de sus cultivos, pasaba a ser propiedad
común. Dentro de la casa se vivía de las provisiones comunes. Después de coci-
nar la comida del día en los diversos fogones, se llamaba a la matrona de la casa,
a quien correspondía la tarea de repartir la comida de la olla a las varias familias,
de acuerdo con sus respectivas necesidades. Lo que sobrara quedaba a cargo de
otra persona hasta que la matrona lo requiriera.
Caleb Swan, quien visitó a los indios creek en 1790, observa que “el menor de
sus pueblos tiene entre 20 y 40 casas, y algunos de los mayores entre 150 y 200,
bastante compactas. Esas casas están en grupos de cuatro, cinco, seis, siete y ocho
juntas [...] cada grupo de casas contiene un clan o familia, que come y vive en
común”.20 Lewis y Clarke, al hablar de las tribus de Columbia, señalan que “sus
grandes casas generalmente contienen varias familias [...] que tienen sus provi-
siones en común, y cuya armonía rara vez es interrumpida por disputas”.21 Los
autores españoles no mencionan la práctica del comunismo entre los indios se-
dentarios de México y Centroamérica: no nos ofrecen ninguna información prác-
tica sobre su modo de vida. Stephens da un ejemplo directo y moderno de la
práctica entre los mayas de Yucatán. En Nohcacab, a corta distancia al este de las
ruinas de Uxmal, hay un pueblo de indios mayas donde Stephens observó una
forma de vida comunista cuando fue allí a reclutar trabajadores. Registra que
la comunidad está formada por cien labradores o trabajadores; tienen sus tierras en co-
mún, y comparten los productos entre todos. La comida se prepara en una casa, y cada
familia manda buscar su porción allí, lo que explica un singular espectáculo que vimos al
llegar: una procesión de mujeres y niños, cada uno con un cuenco de barro lleno de caldo
humeante, que bajaban todos por el mismo camino y desaparecían en las diferentes cho-
zas [...]. Por nuestra ignorancia de la lengua [...] no pudimos averiguar todos los detalles
de su economía interna, pero parecía aproximarse a ese estado perfeccionado de asocia-
ción de que a veces se oye hablar entre nosotros; y como esto ha existido por una cantidad
de tiempo ignorada, y ya no puede ser considerado experimental, quizás Owen y Fourier
podrían aprender mucho de ellos.22
Cien trabajadores indican un total de 500 personas cuya comida diaria se pre-
para con provisiones procedentes de almacenes comunitarios, en un solo fuego,
20
Schoolcraft, Hist. cond. and pros. of indian tribes, t. V, p. 262.
21
Lewis y Clarke, p. 443.
22
Stephens, Incidents of travel in Yucatan, t. II, p. 14.
LA COMIDA DE MOCTEZUMA 19
También esto puede ilustrarse con las costumbres de los iroqueses, que sólo coci-
naban una comida al día. Era todo lo que podían hacer con sus recursos y su
23
Herrera, t. II, 320 [déc. II, lib. VII, cap. III, p. 174].
24
Ibid., t. II, p. 325 [ibid., p. 175].
20 LEWIS H. MORGAN
Esta costumbre ha sido observada tan generalmente entre las tribus indias que
creo que se puede decir que era universal entre ellas. Era una consecuencia de la
rudeza de su modo de vida y de esa apreciación imperfecta del sexo femenino
que corresponde a su etapa de adelanto. Sin embargo, por lo que sabemos de su
25
Clavijero, t. II, p. 262 [lib. VII, cap. 68, p. 338].
LA COMIDA DE MOCTEZUMA 21
Tenia tres maneras de Calles, anchas i espaciosas: las unas eran de Agua sola, con Puen-
tes: las otras de sola Tierra: las otras de Tierra, i Agua, porque la Gente de à pie andaba
parte do havia Tierra, i la otra por el Agua con Canoas. De manera, que las mas de las
Calles, por la una parte, i por la otra, tenian terrapleno, i el Agua iba por medio.29
Muchas de las casas eran grandes, mucho más allá de lo correspondiente a las
presentes necesidades de una familia india. Sus muros estaban construidos de
adobe y piedra y recubiertos por ambos lados con yeso, que les daba un brillante
color blanco, aunque había algunas casas hechas de una piedra porosa roja, que
26
Robertson, p. 78.
27
Herrera, t. IV, p. 175 [déc. IV, lib. X, cap. IV, p. 211].
28
Sahagún, Historia general, lib. IV, p. 36 [Historia general de las cosas de Nueva España, México,
Porrúa, 1956, t. I, lib. IV, cap. XXXVI, p. 363, § 10].
29
Herrera, t. II, p. 361 [déc. II, lib. VII, cap. XIII, p. 190].
22 LEWIS H. MORGAN
las casas de los ricos y señores eran de cal y canto, y tenían altos con varias salas y cámaras
y grandes patios; el techo plano, de buena madera y bien labrado con su terrado; las
paredes eran tan bien encaladas y bruñidas que las primeras que vieron de lejos los
españoles les parecieron de plata; el pavimento de argamasa, perfectamente plano y
bruñido [...] Las más de las casas de la capital tenían dos puertas; una que era la principal
a la calle y la otra al canal o acequia; ni una ni otra entrada tenían puertas de madera.31
30
Clavijero, t. II, p. 238 [lib. VII, cap. 53, p. 304].
31
Ibid., p. 232 [ibid.].
32
Informe del teniente, hoy general, J.H. Simpson, U.S. Senate Ex. Doc. No. 54, 31st. Congress,
1st. Session, 1850.
33
Bernal Díaz del Castillo, Conquest of Mexico, trad. de Keatinge, t. I, p. 18 [Historia de la conquista
de Nueva España, México, Patria, 1983, cap. LXXXVIII, p. 239]. Herrera (t. II, p. 327 [déc. II, lib. VII,
cap. V, p. 176]) dice 300.
LA COMIDA DE MOCTEZUMA 23
Llegaron a un patio muy grande, que era Recamara de los Idolos, que fue la Casa de
Axayacacin, Padre de Moteçuma [...] à Hernando Cortes el qual fue aposentado con su
Gente, Castellanos, è Indios, en una tan gran Casa, que aunque parece increìble, havia
Salas con sus Camaras, que cabian, cada uno en su cama, ciento i cincuenta Castellanos.
Y lo que era mucho de ponderar, que con ser tan grande la Casa, estaba toda ella, sin
quedar rincón, mui limpia, lucida, esterada, i entapiçada, con parametros de Algodon, i
Pluma de muchos colores, con Camas de esteras, con sus toldillos encima, porque à nadie
se daba mas Cama, por Gran Señor que fuese, porque no la usaban.
La pulcritud de la casa nos da cierta idea del carácter de las mujeres aztecas.
Las casas comunitarias o residencias colectivas y el modo de vida que indican
eran desconocidos en Europa en esa época. Correspondían a un estadio más
antiguo de la sociedad. Por eso no es sorprendente que los españoles, asombra-
dos por sus dimensiones, las hayan llamado palacios, ni que hayan considerado
rey a Moctezuma, puesto que éste los había recibido con un despliegue militar,
como comandante en jefe de las fuerzas aztecas, y la monarquía era la forma de
gobierno que los españoles mejor conocían. Basta con decir que una de las gran-
des casas de los aztecas era capaz de alojar a Cortés y sus 1 450 hombres, igual
que antes, en su camino hacia México, se habían hospedado en una casa de
Cholula, y en otras. Desde Nuevo México hasta el istmo de Panamá, difícilmente
había un pueblo importante donde no hubieran podido acomodarse en una sola
casa. Cuando descubrimos que no es necesario calificarla de palacio para expli-
car sus dimensiones, llegamos a la conclusión de que una casa azteca normal fue
desocupada por sus habitantes a fin de dejar espacio a sus indeseados visitantes.
Y tras recibirlos, la hospitalidad azteca los dotó de provisiones.
Ahora consideraremos el segundo presunto palacio, donde vivía Moctezuma,
y la comida de Moctezuma que los soldados españoles presenciaron y que ha
pasado a la historia como una de las pruebas de que en México existía una mo-
narquía de tipo feudal. Tuvieron poco tiempo para hacer sus observaciones, por-
que ese imaginario reino pereció inmediatamente y la mayor parte de su pobla-
ción se dispersó.
El séptimo día después de la entrada de los españoles a México, Moctezuma
34
Díaz del Castillo, t. I, p. 191 [cap. LXXXVIII, p. 242].
35
Hernán Cortés, Despatches, trad. de Folsom, p. 86 [“Segunda carta-relación”, en Cartas de rela-
ción, México, Porrúa, 1988, pp. 51-52].
24 LEWIS H. MORGAN
36
Clavijero, t. II, p. 364 [lib. IX, cap. 5].
LA COMIDA DE MOCTEZUMA 25
37
Herrera, t. II, 360 [déc. II, lib. VII, cap. XIII, p. 190].
26 LEWIS H. MORGAN
casi increíble, porque es muy mayor que Granada y muy más fuerte y de tan
buenos edificios y de muy mucha más gente que Granada tenía al tiempo que se
ganó”.38 En esa época había en España catedrales góticas, la Alhambra de Grana-
da y sin duda edificios públicos y privados de piedra tallada dispuesta en hileras.
La comparación era falaz, pero podemos comprender el deseo del conquistador
de agrandar sus hazañas. Herrera, que vino después y tenía más recursos, obser-
va que el palacio en que habitaba Moctezuma
tenía veinte Puertas, que todas, por su orden, salian à la Plaça, i Calles publicas, tres
Patios mui grandes: en el uno havia mui linda Fuente de mucha Agua [...] Havia muchas
Salas de à cien Aposentos, de à veinte i cinco, i treinta pies de largo, i hueco, i cien Baños.
El maderamiento era menudo, sin clavaçon, mui fixo, i fuerte, que no poco espantò à los
Castellanos. Las Paredes de Marmol, Jaspe, Porfido, Piedra Negra, con unas betas colora-
das, como sangre: Piedra blanca, y otra que se trasluce. Los Techos de la Madera bien
labrada, i entallada [...]. Las Camaras pintadas, i esteradas muchas de ellas, entapiçadas
de ricas Telas, de Algodón, Pelo de Conejo, i de Pluma. Las Camas no respondian à la
sobervia de la Casa, i adereço de ella, porque eran pobres, i malas: eran de Mantas, sobre
Esteras, o sobre Heno [...]. Dormian pocos hombres en esta Casa Real. Havia mil Mugeres,
aunque otros dicen, que tres mil, i esto se tiene por mas cierto [...]. Las Señoras, Hijas de
Caballeros, que eran muchas, i mui bien tratadas, tomaba para sì Moteçuma.39
Los muros exteriores de las casas estaban encalados. Por la descripción parece
probable que en el interior de las grandes salas la piedra de las paredes fuera
visible en algunas partes: a veces piedra porosa roja, otras mármol y algo similar
al pórfido, porque no se puede creer que pudieran cortar esa piedra con instru-
mentos de pedernal. Es posible que dejaran al descubierto algunas piedras gran-
des utilizadas en la cara interior de los muros, dando la variada apariencia que se
menciona. Los aztecas no tenían estructuras comparables a las de Yucatán. Su
arquitectura se asemeja a la de Nuevo México siempre que sus rasgos aparecen
en documentos dignos de crédito. Las mejores habitaciones que se encuentran en
esta última región son de trozos delgados de piedra caliza obtenidos por fractura
y colocados con una cara uniforme, sin uso de mortero. Herrera no tuvo ocasión
de hablar del empleo de mármol y pórfido en los muros de esa casa sino en
forma muy vaga y sobre la base de información más vaga todavía. Y la referencia
a las mil o más mujeres que formaban el harén de Moctezuma es una vil calum-
nia. Hubert H. Bancroft, el último de la larga línea de escritores que se han
ocupado de los asuntos de los aztecas, agregó el toque final al cuadro en los
siguientes términos:
El palacio principal del rey de México era un conjunto irregular de edificios bajos, de
enorme extensión, construido de grandes bloques de tetzontli, piedra porosa muy común
38
Cortés, p. 11 [p. 41].
39
Herrera, t. II, p. 345 [déc. II, lib. VII, cap. IX, pp. 183-184].
LA COMIDA DE MOCTEZUMA 27
en aquella región, unidos con mortero. La disposición de los edificios era tal que cerra-
ban tres grandes patios o plazas públicas, en una de las cuales jugueteaba incesantemente
una hermosa fuente. Veinte grandes puertas se abrían sobre las plazas y las calles, y sobre
ellas estaba esculpido en piedra el escudo de armas del rey de México, un águila soste-
niendo en sus garras un jaguar. En el interior había muchas salas, y un escritor que
acompañó a Cortés, conocido como el Conquistador Anónimo, dice que era tan grande
que cabían en ella tres mil hombres [...]. Además de éstas, había más de cien habitaciones
menores, y el mismo número de baños de mármol [...]. Las paredes y los pisos de las salas
y los departamentos estaban en muchos casos cubiertos con losas pulidas de mármol,
jaspe, obsidiana y tecali blanco; altas columnas de las mismas piedras finas sostenían
balcones y pórticos de mármol, cubiertos en toda su superficie de maravillosas tallas
ornamentales, o bien sostenían cabezas esculpidas, grotescas y sonrientes. Las vigas y los
postigos eran de cedro, ciprés y otras maderas valiosas, profusamente tallados y armados
sin clavos [...]. Soberbias esteras de la más exquisita factura se extendían sobre los pisos de
mármol; los tapices que ornaban las paredes y las cortinas que colgaban frente a las
ventanas eran de una tela admirable por su delicada textura, sus elegantes diseños y sus
brillantes colores; mil incensarios de oro, donde ardían especias y perfumes preciosos,
difundían un aroma sutil por salas y corredores.40
Sobre este despliegue bastará con observar que las salas eran totalmente des-
conocidas en la arquitectura india. Hasta ahora no se ha visto nunca una sala, en
el sentido en que empleamos el término nosotros, en una casa india, ni entre las
ruinas de ninguna estructura india. Ocasionalmente se ha hallado un corredor
exterior en ruinas de casas en Centroamérica. Las cortinas de telas admirables
por su delicada textura, los baños y pórticos de mármol y los pisos de losas de
mármol pulido son engendros de una imaginación perturbada que evocan la
brillante descripción del gran reino de las islas Sándwich, con su rey, sus minis-
tros del gabinete, su parlamento, su ejército y su marina, que Mark Twain carac-
terizó correctamente como “un intento de hacer navegar una lata de sardinas
con maquinaria de trasatlántico”, y también hace pensar en el jefe indio que
menciona humorísticamente Irving, “ataviado con sombrero de tres picos y saco
militar, en contraste con su taparrabos y sus polainas de piel, de modo que se
veía como un grandioso oficial en la parte superior y como un indio harapiento
en la inferior”.41 Digan lo que digan los autores crédulos y entusiastas para ador-
nar ese pueblo indio, sus casas y su población cubierta con taparrabos, no puede
ocultar al “indio harapiento” vistiéndolo con un traje europeo.
La comida de Moctezuma, observada por los soldados españoles en los cinco
días mencionados, llega hasta nosotros con una proporción muy escasa de he-
chos dignos de crédito. Los relatos de Bernal Díaz y Cortés constituyen la base
de todas las descripciones posteriores.42 Moctezuma era la figura central en tor-
no a la cual debían moverse todas las demás. Según Bernal, siempre había una
40
Bancroft, t. II, p. 160.
41
Bonneville, p. 34.
42
El Conquistador Anónimo no la menciona.
28 LEWIS H. MORGAN
serie de hombres en la casa y los patios, yendo de un lado a otro, y se creía que
parte de ellos eran jefes que servían a Moctezuma, y el resto guardias. Pero hace
falta mejor prueba del uso de guardias que la sugerencia de Bernal Díaz, porque
ese uso implica un conocimiento de la disciplina militar que las tribus indias no
tenían. Se observó que los indios llegaban ante Moctezuma descalzos, y eso fue
interpretado como un acto de servilismo y deferencia, a pesar de que los pies
descalzos deben de haber sido la regla, antes que la excepción, en Tenochtitlan.
En el comer [el mismo cronista nos informa] le tenían sus cocineros sobre treinta maneras
de guisados hechos a su modo y usanza; y teníanlos puestos en braseros de barro, chicos,
debajo, porque no se enfriasen. E de aquello que el gran Montezuma había de comer
guisaban más de trescientos platos, sin más de mil para la gente de guarda; y cuando
había de comer, salíase el Montezuma algunas veces con sus principales y mayordomos, y
le señalaban cuál guisado era mejor o de qué aves e cosas estaba guisado, y de la que
decían, de aquello había de comer [...] y él sentado en un asentadero bajo, rico e blando,
e la mesa también baja, hecha de la misma manera que los asentaderos, e allí le ponían
sus manteles de mantas blancas y unos pañizuelos algo largos de lo mismo, y cuatro
mujeres muy hermosas y limpias le daban aguamanos en unos como a manera de agua-
maniles hondos, que llaman jicales, y le ponían debajo para recoger el agua otros a mane-
ra de platos, y le daban sus toallas, e otras dos mujeres le traían pan de tortillas; e ya que
comenzaba a comer, echábanle delante una como puerta de madera muy pintada de oro,
porque no le viesen comer; y estaban apartadas las cuatro mujeres aparte, y allí se le
ponían a sus lados cuatro grandes señores viejos y de edad, en pie, con quien el Montezuma
de cuando en cuando platicaba e preguntaba cosas, y por mucho favor daba a cada uno
de estos viejos un plato de lo él comía [...]. Servíase con barro de Cholula, uno colorado y
otro prieto [...] mas lo que yo vi, que traían sobre cincuenta jarros grandes hechos de
buen cacao con su espuma, y de lo que bebía; y las mujeres le servían al beber con gran
acato [...] y es, que le servían al Montezuma estando a la mesa cuando comía, como dicho
tengo, otras dos mujeres muy agraciadas; hacían tortillas amasadas con huevos y otras
cosas sustanciosas, y eran las tortillas muy blancas, y traíanselas en unos platos cobijados
con sus paños limpios, y también le traían otra manera de pan que son como bollos
largos, hechos y amasados con otra manera de cosas sustanciales, y pan pachol, que en
esa tierra así se dice, que es a manera de unas obleas. También le ponían en la mesa tres
cañutos muy pintados y dorados, y dentro traían liquidámbar revuelto con unas yerbas
que se dice tabaco, y cuando acababa de comer, después que le habían cantado y bailado,
y alzada la mesa, tomaba el humo de uno de aquellos cañutos, y muy poco, y con ello se
dormía [...] y cuando el gran Montezuma había comido, luego comían todos los de su
guarda e otros muchos de sus serviciales de casa, y me parecen que sacaban sobre mil
platos de aquellos manjares que dicho tengo: pues jarros de cacao con su espuma, como
entre mexicanos se hace, más de dos mil, y fruta infinita. Pues para sus mujeres y criadas,
e panaderas e cacaguateras era gran cosa la que tenía [...] esperábamos admirados del
gran concierto e abasto que en todo había.43
43
Díaz del Castillo, t. I, pp. 198-202 [cap. XCI, pp. 249-251].
LA COMIDA DE MOCTEZUMA 29
estaba escribiendo en 1568),44 lo que podría servirle de excusa para hablar del
uso de verdaderas mesas y sillas donde no existían, y para describir al resto sen-
tándose a comer. Tezozomoc, seguido por Herrera, dice que la mesa de Moctezuma
consistía en dos pieles, aunque no explica cómo estaban unidas y en qué se apo-
yaban.
Las afirmaciones de las cartas de Cortés, según las vemos ahora, superan a
Bernal Díaz, porque elevan aún más el tono. Cortés dice de Moctezuma:
La manera de su servicio era que todos los días, luego en amaneciendo, eran en su casa
más de seiscientos señores y personas principales, los cuales se sentaban, y otros andaban
por unas salas y corredores que había en la dicha casa, y allí estaban hablando y pasando
tiempo sin entrar donde su persona estaba. Y los servidores de éstos y personas de quien
se acompañaban henchían dos o tres grandes patios y la calle, que era muy grande. Y
todos estaban sin salir de allí todo el día hasta la noche. Y al tiempo que traían de comer
al dicho Mutezuma, asimismo lo traían a todos aquellos señores tan cumplidamente cuanto
a su persona, y también a los servidores y gentes de éstos les daban sus raciones. Había
cotidianamente la despensa y botillería abierta para todos aquellos que quisiesen comer
y beber. La manera de como le daban de comer, es que venían trescientos o cuatrocientos
mancebos con el manjar, que era sin cuento, porque todas las veces que comía y cenaba le
traían de todas las maneras de manjares, y así de carnes como de pescados y frutas y
yerbas que en toda la tierra se podían haber. Y porque la tierra es fría, traían debajo de
cada plato y escudilla de manjar un braserico con brasa para que no se enfriase. Poníanle
todos los manjares juntos en una gran sala en que él comía, que casi toda se henchía, la
cual estaba toda muy bien esterada y muy limpia, y él estaba sentado en una almohada de
cuero, pequeña, muy bien hecha. Al tiempo que comía, estaban allí desviados de él cinco
o seis señores ancianos, a los cuales él daba de lo que comía, y estaba en pie uno de
aquellos servidores, que le ponía y alzaba los manjares, y pedía a los otros que estaban
más afuera de lo que era necesario para el servicio. Y al principio y fin de la comida y
cena, siempre le daban agua a manos, y con la toalla que una vez se limpiaba nunca se
limpiaba más, ni tampoco los platos y escudillas en que le traían una vez el manjar se los
tornaban a traer, sino siempre nuevos, y así hacían de los braseros.45
44
Díaz del Castillo, t. II, p. 423 [cap. CCX, p. 883].
45
Cortés, p. 123 [p. 68].
30 LEWIS H. MORGAN
casa y los patios durante el día, y sus familias, eran corresidentes y copropieta-
rios del establecimiento, junto con Moctezuma. En estas descripciones se mez-
clan dos o tres estructuras, que probablemente tenían usos y ocupaciones por
entero distintos.
Herrera reunió las posteriores versiones aumentadas de la historia, que indu-
dablemente causaron una gran sensación en Europa como parte del cuadro de la
vida en el Nuevo Mundo, y por puro gusto las embelleció convirtiéndolas en un
cuento maravilloso. Los escasos hechos registrados por Bernal Díaz, como ex-
presión de la interpretación de los soldados españoles, fueron semillas fecundas
sembradas hace 300 años, que la imaginación de autores entusiastas desarrolló
hasta convertirlas en una narrativa pintoresca y deslumbrante. La parte princi-
pal del relato de Herrera dice:
Comia solo Moteçuma, i era tan grande el abundancia de vianda, que se le llevaba, tan
varia, i de tantas maneras adereçada, que podian comer de ella todos los Principales de
su Casa. La Mesa era una Almohada, ó un par de cueros de color. La Silla, un Banquillo
baxo, hecho de una pieça, cabado el asiento, labrado, i pintado quan ricamente ser podia:
los Manteles, Pañiçuelos, i Toallas, eran de Algodon mui sutil, mas blancos que la nieve:
i puestos una vez, nunca se ponian otra: goçaban de ellos los Camareros, i Oficiales de
Boca. Traìan la comida quatrocientos Pages, Caballeros, Hijos de Señores: ponianla toda
junta en una Sala: iba el Rei, miraba las viandas, i con una vara, ò con las manos, señalaba
lo que mejor le parecia: i luego el Maestre-Sala ponia debaxo de ello Braseros, para que
no se enfriase: i nunca dexaba de hacer esto, sino alguna vez, que los Maiordomos le
alababan mucho alguna vianda. Antes que se sentase à comer, llegaban veinte Mugeres,
de las mas hermosas: servianle las Fuentes con gran reverencia: sentado à la Mesa, el
Maestre-Sala cerraba una varanda de madera, que dividia la Sala, para que la Nobleça,
que acudia à verle comer, no embaraçase la Mesa, i èl solo ponia los Platos, i los quitaba,
porque los Pages, ni llegaban, ni hablaban palabra. Havia gran silencio, i no hablaba
nadie, sino algun Truhan, ò à quien El preguntaba algo: i el Maestre-Sala estaba siempre
de rodillas, i sin Çapatos, sirviendo, ni alçaba los ojos: no entraba Hombre calçado en la
Sala, so pena de muerte: el mismo Maestre-Sala servia la Copa, que era una Xicara, de
diversas hechuras, unas veces de Plata, otras de Oro, i algunas de Calabaça, i otras de
Conchas de Pescados, de estrañas hechuras.46 Asistian à la Comida, aunque algo desvia-
dos, seis Señores Ancianos, à los quales daba algunos Platos, del Manjar que le sabia bien:
i alli los comian, con gran veneración: serviase siempre con mucha Musica de Flautas,
Çamponas, Caracoles, Huesos, Atabales, i otros instrumentos, de poco deleite à los oidos
de los Castellanos [...] Havia siempre à la Comida, Enanos, Gibados, i otros tales, para
mover à rifa, i comian de los relieves de la Mesa, al cabo de la Sala, con los Truhanes, i
Chocarreros: lo demàs que sobraba, comian tres mil Indios de Guarda ordinaria, que
estaban en los Patios, i Plaça, i por esto se llevaban siempre tres mil Platos de Comida, i
46
A Solís una cáscara de coco le parece demasiado simple y la embellece con joyas: “Los vasos de
oro sobre salvas de lo mismo; y algunas veces solía beber en cocos o conchas naturales costosamente
guarnecidas.” History of the conquest of Mexico, trad. Townshend, Londres, 1738, t. I, p. 417 [Historia de
la conquista de México, población y progresos de la América septentrional, conocida por el nombre de Nueva
España, México, Porrúa, 1978, lib. 3, cap. XV, p. 175].
LA COMIDA DE MOCTEZUMA 31
tres mil Vasos con Vino: jamàs se cerraba la Despensa, i Botilleria, por lo que de ordinario
entraba, i por lo que se sacaba. Guisaban en la Cocina, de quanto se vendia en la Plaça,
que era infinito, sin lo demàs que traìan Caçadores, Renteros, i Tributarios. Los Platos, i
todo el servicio, era de de Barro mui bueno, i no se servia al Rei mas de una vez: tenia mui
gran Baxilla de Oro, i Plata, con diversas figuras de Animales: no se servia de ella, por no
usarla dos veces.47
Más adelante, y fuera de lugar, Herrera nos describe lo que parece haber sido
la llamada a comer a los dispersos miembros de la casa:
Ya que era hora de comer, como apercibiendo à los que havian de bailar despuès de la
Comida, silvaban ocho, ò diez Hombres mui recio, tocando los Atabales fuertemente:
venian luego los bailadores, que para hacer servicio al Gran Señor, havian de ser todos
Señores, Caballeros, i Personas Principales, vestidos, quanto cada uno podia, riquisi-
mamente, con Mantas ricas, blancas, coloradas, verdes, amarillas, i otras texidas de diver-
sos colores.48
Las cuatro mujeres que según Bernal Díaz ofrecían agua a Moctezuma se ele-
van ya a veinte, pero como los autores españoles son muy generosos en relación
con las cifras, una multiplicación por cinco no es tal vez desproporcionada, espe-
cialmente porque a Herrera no se le ocurrió la posibilidad de que ya Bernal Díaz
hubiera multiplicado por cuatro el número real. Los “trescientos o cuatrocientos
jóvenes” que traían la comida según Cortés se convierten en Herrera en “qua-
trocientos Pages [...] Hijos de Señores”; y aquí debemos reconocer la discrimina-
ción del historiador, que encontró plenamente adecuado a la ocasión el número
más alto dado por Cortés. Hay otras dos cosas notables: los zapatos han desapa-
recido de los pies de todos los indios frente a la posibilidad de un castigo terri-
ble; y hay tres mil indios hambrientos que esperan muy tranquilos mientras su
comida se enfría en el suelo y Moctezuma come en solitaria grandeza. Ningún
indio americano podría comprender este cuadro. Le falta el realismo de la vida
india, e incorpora una dosis de puerilidad que no cabe en la naturaleza india.
Los europeos y los estadunidenses pueden ponerse a la altura de la ocasión por-
que su alcance mental es mayor y su imaginación se ha alimentado más de los
cuentos infantiles. Bernal Díaz se había conformado con decir que Moctezuma
“tenía sobre doscientos principales de su guarda en otras salas junto a la suya”,49
en los que podemos reconocer a sus corresidentes; pero Cortés [p. 68] generosa-
mente aumenta su número a “más de seiscientos señores y personas principales”,
que aparecían al amanecer y permanecían de servicio durante todo el día. Sin
embargo, ninguna de esas cifras era suficiente para la concepción del historiógrafo
de España, quien en consecuencia adoptó tres mil, todos guardias, como número
47
Herrera, t. II, p. 336 [déc. II, lib. VII, cap. VII, p. 180].
48
Ibid., p. 443 [ibid., cap. VIII, p. 183].
49
Díaz del Castillo, t. I, p. 198 [cap. XCI, p. 248].
32 LEWIS H. MORGAN
suficiente para dar eclat a la comida de Moctezuma. Bernal Díaz [p. 25], sin
embargo, afirma que “mil platos de aquellos manjares que tengo dicho” se colo-
caban delante de los guardias y servidores. Si alguien con buen conocimiento del
carácter indio demostrara por qué medio es posible mantener a 500 indios jun-
tos todo el día al servicio de cualquier otro ser humano, por sentido del deber,
agregaría algo a nuestro conocimiento de la raza roja; y si además pudiera pro-
bar que realmente esperaban, en presencia de otros tantos platos de barro en los
que humeaba su comida, mientras su jefe guerrero comía solo en la misma habi-
tación, agregaría al carácter indio un elemento de paciencia que hasta ahora
nunca se había observado. Podemos aceptar el bloque de madera ahuecado como
asiento, porque tiene el sabor de la simplicidad del arte indio. Que los aztecas
tuvieran servilletas de textura gruesa, tejidas a mano, es probable, así como que
fueran blancas, porque el algodón es blanco. La imaginación fácilmente podría
convertir una servilleta en un mantel, si existiera una mesa sobre la cual exten-
derlo; pero en este caso, sin considerar debidamente la relación entre las dos
cosas, se ha creado el mantel, y sin embargo la mesa se niega a aparecer. Por lo
tanto este asunto de la servilleta parece haber sido algo exagerado. Por último, la
llamada a los dispersos miembros de la casa para comer, por medio de tambores
y silbidos, tiene un sabor de usos y costumbres indios demasiado fuerte para
convertirlo en una llamada a los danzarines, como sugiere Herrera. Esa llamada
a comer azteca, en una escala proporcional a una gran casa comunitaria, se ha-
bría perdido para la historia si no fuera por el especial uso que se le dio al ador-
nar una historia con ella. Corresponde a los hábitos errabundos de un grupo
residencial azteca, y posiblemente a la irregularidad de la hora de comer.
Pasando por alto las descripciones de Sahagún, Clavijero y Prescott, que se
han inflamado de entusiasmo en torno a esta comida de Moctezuma, permitire-
mos a Hubert H. Bancroft que nos dé la última versión:
Todos los días [observa este autor] desde el amanecer hasta el ocaso las antecámaras del
palacio de Moctezuma en México estaban ocupadas por 600 caballeros, que pasaban el
tiempo holgazaneando y comentando los chismes del día en tono bajo, porque se consi-
deraba una falta de respeto hablar fuerte o hacer ruido dentro de los límites del palacio.
Disponían de departamentos en el palacio y se alimentaban de lo que quedaba de la
superabundancia de la mesa real, igual que sus sirvientes después de ellos, pues cada
persona de calidad tenía derecho a tener de uno a treinta servidores, según su rango.
Esos servidores, en número de dos o tres mil, llenaban varios patios exteriores durante
todo el día. El rey comía solo en uno de los salones más amplios del palacio [...] sentado
en un cojín de piel cubierto con varias pieles suaves, y su mesa era similar, salvo que era
mayor y más alta, y estaba cubierta con tejidos de algodón de la textura más fina. La
vajilla era de la más fina cerámica de Cholula, y muchos de los recipientes eran de oro y
plata, o fabricados de finas conchas. Se dice que poseía un servicio completo de oro
macizo, pero como se consideraba indigno de un rey usar dos veces un misma objeto,
Moctezuma, con toda su extravagancia, se veía obligado a guardar esa costosa vajilla en el
templo. El menú incluía todos los peces, aves y animales comestibles que se podían en-
LA COMIDA DE MOCTEZUMA 33
En este relato, que sin embargo se basa en los de Bernal Díaz y Cortés y no
presenta nada esencialmente nuevo, tenemos el producto final del crecimiento
de la historia hasta nuestros días, aunque no hay ninguna seguridad de que se
hayan alcanzado los límites de su posible expansión. Para salvar la inteligencia
50
El “copero” hace juego con las “cortinas”.
51
Bancroft, t. II, pp. 174-178.
34 LEWIS H. MORGAN
a
“The Aztec confederacy”, cap. VII de Ancient society, 1a. ed. 1877, por Leslie A. White, Cambridge,
Massachusetts, Belknap Press of Harvard University Press, 1963, pp. 164-184 [Las notas con asteris-
co pertenecen al ed. norteamericano, Leslie A. White; los que llevan letras del abecedario son del ed.
mexicano, Jaime Labastida, y las que siguen la numeración arábiga corresponden al propio Lewis
H. Morgan.].
* A Morgan le irritaban las descripciones de la cultura azteca dejadas por los primeros cronistas
españoles y más tarde por los historiadores americanos, en particular H.H. Bancroft, que hablaba de
reinos y después de imperios, de Moctezuma como un gran monarca residente en un suntuoso
palacio. Morgan estaba convencido de que los aztecas estaban organizados sobre la base de princi-
pios esencialmente idénticos a los de los iroqueses, de que Moctezuma era simplemente un “jefe de
guerra” en una “democracia militar” y de que su “palacio” no era más que una “casa multifamiliar”.
En 1873 Adolphe Francis Alphonse Bandelier (1840-1914), joven estudiante de historia docu-
mental hispanoamericana que más tarde se convertiría en un arqueólogo e historiador distinguido,
después de una velada con Morgan inició una correspondencia sobre el tema que continuó hasta la
muerte de Morgan. Con el tiempo Bandelier se convirtió a la visión de Morgan de la cultura abori-
gen americana, y como discípulo ferviente dedicó mucho tiempo a la defensa de las concepciones de
Morgan (véase Leslie A. White [ed.], Pioneers in American anthropology: The Bandelier-Morgan letters,
1873-1883, 2 vols., Albuquerque, 1940). La introducción, pp. 1-108, hace un examen crítico de las
tesis de Morgan y los estudios de Bandelier sobre los aztecas).
En 1876 Morgan publicó un ensayo brillante, “La comida de Moctezuma”, en North American
Review, 122, pp. 265-308 [pp. 3-35 de este volumen], en el que sometía a los primeros cronistas a un
estudio crítico y a autores posteriores, especialmente Bancroft, a una crítica muy dura.
b
En español en el original. No es casual que sea así. No consideraba a Tenochtitlan una ciudad
propiamente dicha, en la medida misma en que se distingue la societas de la civitas.
c
Morgan dice guvernmental fabric: el concepto es latino y viene del verbo faber. Tiene aquí el sen-
tido de “edificio”, como en Vesalio: De corporis humani fabrica libri septem, o sea, del edificio del cuerpo
humano “fabrica”, tanto el producto como el instrumento, aun el edificio que guarda la máquina.
[36]
LA CONFEDERACIÓN AZTECA 37
1
Las historias de la América española merecen confianza en todo lo que se refiere a los actos de
los españoles y a los actos y las características personales de los indios, así como en lo relativo a sus
armas, herramientas y utensilios, telas, alimentos y vestidos y cosas de carácter similar. Pero en todo
lo referente a la sociedad y el gobierno de los indios, sus relaciones sociales y plan de vida, son casi
totalmente inútiles, porque no se enteraron de nada ni supieron nada de todo eso. Estamos en plena
libertad de rechazarlos en esos aspectos y empezar de nuevo, utilizando cualesquiera hechos que
puedan contener que concuerden con lo que sabemos sobre la sociedad india.
38 LEWIS H. MORGAN
razón para lanzar reproches contra nadie, sino más bien para lamentarlo pro-
fundamente. Incluso lo que se ha escrito con tanto esfuerzo puede resultar útil
para algún futuro intento de reconstruir la historia de la confederación azteca.
Subsisten algunos datos de tipo positivo de los que pueden deducirse otros, de
modo que no es improbable que una investigación original bien dirigida pueda
recuperar, por lo menos en forma medible, los rasgos esenciales del sistema so-
cial azteca.
El “reino de México”, como se le llama en las primeras historias, y el “imperio
de México”, como aparece en las posteriores, es un invento de la imaginación.
En la época parecía haber algún fundamento para describir el gobierno como
una monarquía, en ausencia de un conocimiento correcto de sus instituciones,
pero ya no es posible seguir defendiendo ese error. Lo que los españoles encon-
traron era simplemente una confederación de tres tribus indias, cuya contrapar-
tida existía en todas las regiones del continente, y en sus descripciones no tuvie-
ron ocasión de avanzar un solo paso más allá de ese único hecho. El gobierno era
administrado por un consejo de jefes, con la cooperación de un comandante
general de las bandas militares. Era un gobierno de dos poderes, estando el
poder civil representado por el consejo y el militar por un jefe de guerra princi-
pal. Como las instituciones de las tribus confederadas eran esencialmente demo-
cráticas, si se desea una designación más específica que confederación se puede
decir que el gobierno era una democracia militar.
Tres tribus, los aztecas o mexicas, los texcocanos y los tlacopanos, estaban
unidas en la confederación azteca, que llena los dos miembros superiores de la
serie social orgánica. De ninguno de los autores españoles se desprende en for-
ma definida si poseían el primero y el segundo, es decir la gens y la fratría; sin
embargo describieron vagamente algunas instituciones que sólo pueden enten-
derse suponiendo los dos miembros perdidos de la serie. La fratría no es esen-
cial, pero la gens sí, porque es la unidad en la que se basa el sistema social. Sin
entrar en el vasto e impenetrable laberinto de los asuntos aztecas en su situación
histórica actual, me atrevo a llamar la atención sobre tan sólo unos pocos detalles
del sistema social azteca, que podrían tender a ilustrar su carácter real. Pero
antes de hacerlo es preciso señalar las relaciones de los confederados con las
tribus que los rodeaban.
Los aztecas eran una de siete tribus emparentadas que habían migrado del
norte para establecerse en y alrededor del valle de México, y estaban entre las
tribus históricas de ese país en la época de la conquista española. En sus tradicio-
nes se llamaban colectivamente nahuatlacos. Acosta [Joseph de], que visitó México
en 1585 y cuya obra fue publicada en Sevilla en 1589, dio la versión corriente de la
tradición nativa de sus migraciones, una tras otra, desde Aztlan, con sus nombres
y lugares de asentamiento. Según él, el orden de llegada fue el siguiente: 1] los
xochimilcas, “gente de sementeras de flores”, que se establecieron sobre el lago
de Xochimilco, en la parte sur del valle de México; 2] los chalcas, “gente de las
bocas”, quienes llegaron mucho después de los anteriores y se asentaron cerca de
LA CONFEDERACIÓN AZTECA 39
ellos, sobre el lago de Chalco; 3] los tepanecas, “gente del puente”, que se estable-
cieron en Azcapozalco, al oeste del lago de Texcoco, en la parte occidental del valle;
4] los culhuas, “gente corva”, que se asentaron en la ribera oriental del lago de
Texcoco y después fueron conocidos como texcocanos; 5] los tlatluicas, “gente de la
sierra”, que encontraron ocupado el valle alrededor del lago y en consecuencia
cruzaron la sierra hacia el sur y se establecieron al otro lado; 6] los tlaxcaltecas,
“gente de pan”, quienes después de vivir algún tiempo con los tepanecas final-
mente se asentaron más allá del valle hacia el este, en Tlaxcala; 7] los aztecas,
que llegaron al último y ocuparon el lugar de la actual ciudad de México.2 Acosta
observa además que venían “de otra tierra remota hacia el Norte, donde agora se
ha descubierto un reino que llaman el Nuevo México”.3 La misma tradición re-
fiere Herrera4 y también Clavijero.5 Se observará que no se menciona a los de
Tlacopan. Lo más probable es que fueran una subdivisión de los tepanecas que
permaneció en el área original de la tribu, mientras que el resto aparentemente
se mudó a un territorio inmediatamente al sur de los tlaxcaltecas, donde fueron
encontrados con el nombre de tepeacas. Estos últimos tenían la misma leyenda
de las siete cuevas y hablaban un dialecto de la lengua nahuatlaca.6
Esta tradición encarna un hecho significativo que no puede haber sido inven-
tado, a saber, que las siete tribus tenían un origen inmediato común, hecho que
sus dialectos confirman; y un segundo hecho de importancia: que provenían del
norte. Muestra que en origen eran un pueblo, que se había convertido en siete o
más tribus por el proceso natural de segmentación. Además, este mismo hecho
es lo que hizo la confederación azteca posible además de probable, ya que una
lengua común es la base esencial de tales organizaciones.
Los aztecas encontraron ocupados los mejores lugares del valle, y después de
varios cambios de posición terminaron por establecerse en una pequeña exten-
sión de tierra seca en medio de un pantano bordeado por pedregales con estan-
ques naturales. Allí fundaron el celebrado pueblod de México (Tenochtitlan) en el
año 1325 d.C., según Clavijero, 196 años antes de la conquista española.7 Eran
pocos en número y pobres de condición, pero afortunadamente el desagüe de
los lagos de Chalco y Xochimilco y las aguas de varios arroyos de las lomas al
2
Joseph de Acosta, The Natural and Moral History of the East and West Indies, trad. ing. de E. Grims-
ton, Londres, 1604, pp. 497-504 [Historia natural y moral de las Indias, México, FCE, 1962, lib. VII, cap.
3, pp. 322-324].
3
Ibid., p. 499 [lib. VII, cap. 2, p. 321].
4
Antonio de Herrera y Tordesillas, The General History of the Vast Continent and Islands of America,
trad. ing. de Capt. John Stevens, 6 vols., Londres, 1725-1726, t. III, p. 188 [Historia general de los
hechos de los castellanos en las islas, y tierra firme de el Mar Oceano, Madrid, Imprenta Real de Nicolás
Rodríguez Franco, 1730, déc. III, lib. II, cap. X, p. 59].
5
Francisco Javier Clavijero, The History of Mexico, trad. ing. Charles Culen, 2 vols., Londres, 1807,
t. I, p. 119 [Historia antigua de México, 4 tomos, México, Porrúa, 1958, lib. II, cap. 17, pp. 186-187].
6
Herrera, t. III, pp. 110, 112 [ibid.].
d
En español en el original.
7
Clavijero, t. I, p. 162 [lib. II, cap. 19, p. 201].
40 LEWIS H. MORGAN
e
En español en el original.
f
En español en el original.
g
En español en el original.
LA CONFEDERACIÓN AZTECA 41
8
Clavijero, t. I, p. 229 [lib. IV, cap. 3, pp. 268-270]; Herrera, t. III, p. 312 [déc. III, lib. IIII, cap. XIV,
p. 133]; William H. Prescott, The conquest of Mexico, 3 vols., Nueva York, 1843, t. I, p. 18 [Historia de la
conquista de México, Argentina, Imán, 1994, t. I, lib. I, cap. 2, p. 28].
42 LEWIS H. MORGAN
9
Los aztecas, igual que los indios del norte, no intercambiaban ni liberaban prisioneros. Entre
los últimos, el destino del cautivo era la muerte, a menos que lo salvara una adopción; sin embargo,
entre los primeros, según las enseñanzas de sus sacerdotes, el infeliz cautivo era ofrecido en sacrifi-
cio al principal de los dioses que veneraban. Utilizar la vida de los prisioneros en servicio de los
dioses, como en los usos inmemoriales de salvajes y bárbaros, era la concepción elevada de la prime-
ra jerarquía en el orden de las instituciones. Un clero organizado apareció por primera vez entre los
aborígenes americanos en la etapa media de la barbarie, y está relacionado con la invención de
ídolos y sacrificios humanos, como medio de adquirir autoridad sobre la humanidad a través de los
sentimientos religiosos. Probablemente en todas las principales tribus de la humanidad la historia
es la misma. En los tres subperiodos de la barbarie aparecen sucesivamente tres usos diferentes con
respecto a los prisioneros. En el primero era quemado, en el segundo era sacrificado a los dioses y en
el tercero se convertía en esclavo. Se basaban unánimemente en el principio de que la vida del
prisionero pertenecía a su captor. Ese principio llegó a arraigar en la mente humana tan profunda-
mente que para desplazarlo hizo falta la combinación de la civilización y el cristianismo.
LA CONFEDERACIÓN AZTECA 43
h
En español en el original.
i
En español en el original.
10
Hay diferencias sobre las estimaciones de la población de México que se encuentran en las
crónicas españolas, pero varias de ellas concuerdan en el número de casas, que por extraño que
parezca se ubica en 60 mil. Zuazo, quien visitó México en 1521, escribe sesenta mil habitantes (Prescott,
ibid., t. II, p. 112, nota [t. I, lib. 4, cap. I, p. 361, nota 13]) el Conquistador Anónimo, que acompañó
a Cortés, también escribe sesenta mil habitantes, “soixante mille habitans” (H. Ternaux-Compans, Voyages,
rélations et mémoires originaux pour servir à l’histoire de la découverte de l’Amérique, París, 1838, vol. X:
Recueil de pièces relatives à la conquête du Mexique, p. 92 [“Relación de algunas cosas de la Nueva
España, y de la gran ciudad de Temestitán México”, en Joaquín García Icazbalceta, Colección de
documentos para la historia de México, México, Porrúa, 1980, t. I, p. 391]); pero [Francisco López de]
44 LEWIS H. MORGAN
No será necesario examinar la posición y relaciones de las tribus del valle más
allá de lo ya sugerido. La monarquía azteca debe ser eliminada de la historia
aborigen de América, no sólo por falsa sino por ser una representación errónea
de los indios, que no habían desarrollado ni inventado instituciones monárqui-
cas. El gobierno que tenían era una confederación de tribus y nada más; y proba-
blemente no era igual al de los iroqueses en su plan y simetría. Al ocuparnos de
esa organización, los títulos “jefe de guerra”, sachem y “jefe” serán suficientes
para distinguir a sus personajes oficiales.
El puebloj de México era el más grande de América. Se hallaba románticamen-
te situada en medio de un lago artificial, sus grandes casas multifamiliares esta-
ban recubiertas de yeso que hacía que fueran de un blanco brillante, y se llegaba
a ella por calzadas; de lejos presentó a los españoles una visión notable y fasci-
nante. Era la revelación de una sociedad antigua que se encontraba dos periodos
étnicos detrás de la sociedad europea, y eminentemente calculada, por su orde-
nado plan de vida, para despertar curiosidad e inspirar entusiasmo. Cierta ex-
travagancia en las opiniones era inevitable.
Se han mencionado algunos detalles que tienden a mostrar el grado de pro-
greso de los aztecas, a los que ahora pueden agregarse otros. Encontraron jardi-
nes ornamentales, almacenes de armas y trajes militares, vestimenta elaborada,
telas de algodón de manufactura de elevada calidad, herramientas y utensilios
complejos y una gran variedad de alimentos; tenían una escritura pictográfica,
que usaban principalmente para indicar el tributo en especie que debía pagar
cada una de las aldeas dominadas; un calendario para medir el tiempo y un
mercado abierto para el intercambio de mercancías. Se habían creado cargos
administrativos para responder a las demandas de una vida municipal creciente;
se había establecido un clero o conjunto de sacerdotes, con culto en templos y un
ritual que incluía sacrificios humanos. El cargo de principal jefe de guerra tam-
bién había aumentado en importancia. Estas y otras circunstancias de su condi-
ción que no es necesario detallar implican un desarrollo correspondiente de sus
instituciones. Tales son algunas de las diferencias entre la etapa inferior de la
Gómara y Pedro Mártir escriben sesenta mil casas, y ese cálculo fue adoptado por Clavijero (ibid., t. II,
p. 360 [lib. IX, cap. 3, p. 110), por Herrera (ibid., t. II, p. 360 [déc. II, lib. VII, cap. XIII, p. 190) y por
William H. Prescott (ibid., t. II, p. 112 [t. I, lib. 4, cap. I, p. 361]). [Don Antonio de] Solís dice sesenta
mil familias (Historia de la conquista de México, México, trad. ing. Thomas Townsend, 2 vols., Londres,
1738, t. I, p. 393 [Miguel Á. Porrúa, 1987, lib. 3, cap. XIII, p. 260]). Este cálculo daría una población
de 300 mil habitantes, aunque en esa época Londres tenía sólo 145 mil (Adam y Charles Black, Gui-
de to London..., Edimburgo, c. 1870, p. 5). Finalmente Torquemada, citado por Clavijero (ibid., t. II, p.
360, nota [lib. IX, cap. 3, nota 3, p. 110]), osadamente escribe 120 mil casas. No puede caber mayor
duda de que las casas de ese pueblo eran en general grandes casas comunales, como las de Nuevo
México en el mismo periodo, suficientes para que en ellas residieran de 10 a 50 y 100 familias en
cada una. Cualquiera que sea la cifra adoptada, el error es enorme. Zuazo y el Conquistador Anóni-
mo están más cerca de una estimación razonable, porque no hicieron más que duplicar la cifra
probable.
j
En español en el original.
LA CONFEDERACIÓN AZTECA 45
barbarie y la etapa media, tal como las ilustran las situaciones respectivas de los
iroqueses y los aztecas, que sin duda poseían las mismas instituciones originales.
Hechas estas sugerencias preliminares, quedan por considerar las tres cuestio-
nes más importantes y más difíciles con respecto al sistema social de los aztecas.
Se refieren, en primer lugar, a la existencia de gentes y fratrías, en segundo a la
existencia y funciones del consejo de jefes y en tercero a la existencia y funciones
del cargo de comandante militar general, que ocupaba Moctezuma.
Puede parecer extraño que los primeros autores españoles no hayan descubierto
las gentes aztecas, si es que efectivamente existían; pero lo mismo estuvo a punto
de ocurrir con los iroqueses, observados por nuestro propio pueblo durante más
de 200 años. Desde el principio se observó la existencia entre ellos de clanes, con
nombres de animales, pero sin sospechar que era la unidad de un sistema social
en el cual se basaban tanto la tribu como la confederación.11 El hecho de que los
investigadores españoles no hayan notado la existencia de la organización
gentilicia entre las tribus de la América española no es prueba de que no existie-
ra: si efectivamente existía, ello probaría simplemente que en ese aspecto su
trabajo fue superficial.
En los autores españoles hay gran cantidad de evidencia fragmentaria e indi-
recta que apunta tanto a la gens como a la fratría, parte de la cual consideraremos
ahora. Ya se ha hecho referencia al uso frecuente del término “parentesco” por
Herrera, que demuestra que se observó la existencia de grupos de personas liga-
das por afinidades de sangre. Por el tamaño del grupo, esto parece referirse a
una gens. A veces se emplea el término “linaje” para indicar un grupo aún mayor,
lo que implicaría una fratría.
El pueblo de México estaba dividido geográficamente en cuatro cuarteles, cada
uno de los cuales estaba ocupado por un linaje, un conjunto de personas relacio-
nadas entre ellas por consanguineidad más estrechamente que con los habitan-
tes de los otros cuarteles. Presumiblemente, cada linaje era una fratría. Además
cada uno de los cuarteles estaba a su vez subdividido, y cada una de las
subdivisiones locales estaba ocupada por una comunidad de personas vinculadas
por algún lazo común.12 Presumiblemente, esa comunidad de personas era una
gens. Pasando a la tribu de los tlaxcaltecas, emparentada con la anterior, reapare-
cen prácticamente los mismos hechos. Su pueblo estaba dividido en cuatro cuar-
teles, ocupados cada uno por un linaje. Cada uno tenía su propio tecuhtli o jefe de
11
Lewis H. Morgan, The League of the Ho-de-no-sau-nee, or Iroquois, Rochester, Nueva York, 1851,
p. 79.
12
Herrera, t. III, pp. 194, 209 [déc. III, lib. II, cap. IX, p. 61].
46 LEWIS H. MORGAN
Y hecho esto, mandó el Idolo á un Sacerdote que les dixese, que se dividiesen los Señores
cada uno con sus parientes, i allegados en quatro Barrios, tomando en medio aquella
casa, que se avia hecho para su descanso, i que cada parcialidad edificase á su voluntad:
i estos son los quatro Barrios de Mexico, que se llaman oi San Juan, Santa Maria la
Redonda, San Pablo, i San Sebastian. Y hecha la division sobredicha, mandóles su Dios,
que repartiesen entre sí, los Dioses que él les nombrase, i que cada Barrio señalase otros
Barrios particulares adonde aquellos Dioses fuesen reverenciados: i asi, cada Barrio de
los grandes tenia debaxo de sí otros muchos pequeños, segun el numero de los Idolos,
que su Dios le mandó adorar [...] Y de esta manera se fundó, i vino en gran crecimiento
Mexico Tenuchtitlan. [...] Hecho el repartimiento sobredicho, los que se hallaron agra-
viados, con sus Parientes, i Amigos, se fueron á buscar otro sitio [adyacente: Tlatelolco].16
13
Herrera, t. II, p. 297, 304 [déc. II, lib. VI, cap. XI, p. 154, y cap. XVII, p. 164]; Clavijero, t. I, p. 146
[lib. II, cap. 16, pp. 185-186].
14
Clavijero, t. I, p. 147 [ibid.]. Los cuatro jefes de guerra eran ex officio miembros del consejo, t. II,
p. 137 [lib. VII, cap. 13, p. 208].
15
Herrera, t. II, p. 310 [déc. II, lib. VII, cap. I, p. 170].
16
Ibid., t. III, pp. 194-195 [déc. III, lib. II, cap. XI, pp. 61-62, y cap. XII, p. 62].
LA CONFEDERACIÓN AZTECA 47
curia análoga a la fratría; y en Roma se establecieron por gentes, por curias y por
tribus. Los ramnes ocuparon el Monte Palatino, los tities estaban sobre todo en el
Quirinal y los luceres en su mayoría en el Esquilino. Si los aztecas se organizaban en
gentes y fratrías, siendo una sola tribu, necesariamente se les encontraría en tan-
tos barrios como fratrías tenían, con cada gens de la misma fratría ubicada en
general por sí misma. Como marido y mujer eran de diferentes gentes, y los hijos
pertenecían a la gens del padre o de la madre, según que la descendencia fuera
por la línea masculina o femenina, en cada localidad el número preponderante
sería de la misma gens.
Su organización militar se basaba en esas divisiones sociales. Así como Néstor
aconsejó a Agamenón organizar las tropas por fratrías y por tribus, los aztecas
parecen haberse organizado por gentes y por fratrías. En la Crónica mexicana del
autor indígena Tezozomoc (por la referencia al pasaje siguiente estoy en deuda
con mi amigo A.F. Bandelier de Highland, Illinois, quien trabaja actualmente en
su traducción) se hace referencia a una propuesta invasión a Michoacán:
Axayaca habló á los capitanes mexicanos Tlacateccatl, Tlacochcacatl y á todos los demás,
y preguntó que si estaban ya apercibidos todos los mexicanos segun uso y costumbre de
cada barrio, cada uno con su capitan: que comenzasen á caminar, que allí en Matlatzinco,
Toluca, se habian de juntar todos.17
Esto indica que la organización militar era por gentes y por fratrías.
La existencia de gentes entre los aztecas se infiere también de su forma de
tenencia de la tierra. Clavijero señala que
Las tierras que llamaban altepetlalli [altepetl = pueblo] o tierras de los pueblos, eran las que
poseía el común de cada ciudad o lugar, las cuales estaban divididas en tantas partes
cuantos eran los barrios de la población y cada barrio poseía su parte con entera exclu-
sión e independencia de los demás. Estas tierras no podían en manera alguna enajenarse. 18
En cada una de esas “tierras de los pueblos” debemos reconocer una gens,
cuya localización era una consecuencia necesaria de su sistema social. Clavijero
toma los distritos por la comunidad, mientras que era esta última la que consti-
tuía el distrito y poseía en común las tierras. El elemento de parentesco que unía
a las comunidades y que Clavijero omite lo menciona Herrera:
Havia otros Señores, que llamaban Parientes maiores [sachem], i a todas las Heredades
eran de un Linage [gens], que vivia en un Barrio: y havia muchos de estos, que fueron
Repartimientos de quando vinieron a poblar la Tierra de Nueva España, i se dio su parte
á cada Linage, i hasta oi las han poseído, i no son particulares de cada uno, sino en
17
Fernando de Alvarado Tezozomoc, Crónica mexicana, trad. ing. Lord Edward King Kingsborough
en Antiquities of Mexico, 9 vols., Londres, 1830, t. V, p. 83 y t. IX [México, Porrúa, 1980, cap. LI, p. 419].
18
Clavijero, t. II, p. 141 [lib. VII, cap. 14, pp. 211-212].
48 LEWIS H. MORGAN
comun: i el que las poseía, no las podia enagenar, aunque las goçaba por su vida, i dexaba
a sus Hijos, i Herederos: i si alguna Casa se acababa, quedaba el Pariente mas cercano,
que las daba al que las havia menester del mesmo Barrio, o Linage, i no se daban á otro,
i se podian dar á Renta á los de otro Linage.19
En esta notable descripción nuestro autor tiene dificultad para armonizar los
hechos con la teoría prevaleciente sobre las instituciones aztecas. Nos presenta a
un señor azteca que tenía la tierra en feudo y un título de rango ligado a ella
como un señor feudal, y que transmitía ambas cosas a su hijo y heredero. Pero en
obediencia a la verdad registra el hecho esencial de que las tierras eran propie-
dad de un cuerpo de consanguíneos cuyo supuesto pariente mayor es ese señor,
lo que quiere decir que podemos suponer que era el sachem de la gens, la cual
tenía en común la propiedad de esas tierras. La sugerencia de que tenía las tie-
rras en fideicomiso no significa nada. Según Herrera encontraron jefes indios
vinculados con gentes; cada gens poseía en común una extensión de tierra y cuan-
do el jefe moría era sucedido en su cargo por su hijo. Hasta ahí, puede haber
cierta analogía con un feudo y título español, y el error puede haber resultado
del desconocimiento de la naturaleza y las atribuciones del cargo de jefe. Encon-
traron que en algunos casos el hijo no sucedía al padre, sino que el cargo pasaba
a otra persona, de ahí que diga: “y si alguna Casa se acababa”, es decir, otra
unidad feudal, “quedaba el Pariente mas cercano”, lo que quiere decir que ele-
gían sachem a otra persona, hasta donde el lenguaje nos permite concluir. Lo
poco que los autores españoles nos han dejado sobre los jefes y la tenencia de la
tierra en las tribus de los indios está corrompido por el uso de un lenguaje adap-
tado a instituciones feudales que no existían entre ellos. En este “linaje” pode-
mos reconocer una gens azteca, y en ese “señor” a un sachem azteca, cuyo cargo
era hereditario en la gens en el sentido ya expuesto en otra parte, y electivo entre
sus miembros. Si la descendencia se contaba por la línea masculina, la elección
recaía en uno de los hijos del sachem muerto, propio o colateral, o en un nieto por
uno de sus hijos, o en un hermano, propio o colateral. En cambio, si iba por la
línea femenina el sucesor sería un hermano o un sobrino, propio o colateral,
como ya se ha explicado en otro sitio. El sachem no tenía ningún derecho sobre
las tierras, y por lo tanto no tenía tierras que transmitir a nadie. Se pensó que era
el propietario porque ocupaba un cargo perpetuo y porque la gens de la que era
sachem siempre tenía tierras en propiedad. La concepción equivocada de este
cargo y de sus atribuciones ha sido fecundo origen de innumerables errores en
nuestras historias aborígenes. El “linaje” de Herrera y las “comunidades” de
Clavijero eran evidentemente organizaciones, y la misma organización. En esa
organización de parentesco, sin saberlo, encontraron la unidad del sistema so-
cial, y debemos suponer que era una gens.
Los autores españoles se refieren a los jefes indios como “señores” y les atribu-
19
Herrera, t. III, p. 314 [déc. III, lib. III, cap. XV, p. 135].
LA CONFEDERACIÓN AZTECA 49
yen derechos sobre tierras y personas que nunca tuvieron. Imaginar a un jefe
indio como un señor en el sentido europeo es un error porque implica una situa-
ción de la sociedad que no existía. Un señor tiene un cargo y un título que le
pertenecen por derecho hereditario y que le corresponden por una legislación
especial que deroga los derechos de la población en su conjunto. Desde la caída
del feudalismo ese cargo y título no conlleva ninguna atribución que pueda ser
legalmente reclamada por el rey o el reino. En cambio un jefe indio ocupa su
cargo no por herencia sino por haber sido elegido por un electorado que conser-
va el derecho de deponerlo si hay motivo para ello. El cargo llevaba consigo la
obligación de desempeñar determinadas tareas en beneficio de sus subordina-
dos. No tenía autoridad sobre las tierras y propiedades ni sobre las personas de
los miembros de la gens. Por lo que se ve, no hay analogía entre un señor y su
título y un jefe indio y su cargo. Uno pertenece a la sociedad política y representa
una agresión de los pocos contra los muchos, el otro pertenece a la sociedad
gentilicia y se basa en los intereses comunes de los miembros de la gens. Los
privilegios desiguales no tienen lugar en la gens, la fratría o la tribu.
Aparecerán nuevas indicaciones de la existencia de las gentes aztecas, pero por
lo menos ya se ha presentado una fundamentación prima facie de esa existencia.
También había en ese sentido una probabilidad previa, por la presencia de los
dos miembros superiores de la serie orgánica, la tribu y la confederación, y por el
predominio general de esa organización entre otras tribus. Con muy poca inves-
tigación los primeros autores españoles podrían haber zanjado la cuestión sin
dejar duda, y en consecuencia habrían dado una forma muy distinta a la historia
azteca.
Los usos que regulaban la herencia de propiedades entre los aztecas han lle-
gado hasta nosotros en situación confusa y contradictoria. No son importantes
para este estudio, salvo en la medida en que revelan la existencia de cuerpos de
consanguíneos y que los hijos heredaban de sus padres. Si esto último es efectiva-
mente así, significaría que la descendencia se contaba por la línea masculina, y
también un adelanto extraordinario del conocimiento de la propiedad. No es
probable que los hijos disfrutaran de herencia exclusiva, ni que ningún azteca
fuese propietario de un palmo de tierra que pudiera llamar suya, con poder de
venderla y transmitirla a quien le viniera en gana.
La existencia de este consejo entre los aztecas podría haberse deducido de ante-
mano de la necesaria constitución de la sociedad india. Teóricamente habría
estado formado por esa clase de jefes, distinguidos como sachem, que representa-
ban a cuerpos de parientes a través de un cargo mantenido en perpetuidad.
También aquí, como en otras partes, se ve la necesidad de las gentes, cuyos jefes
50 LEWIS H. MORGAN
Primeramente es de saber que, después de electo el rey en México, elegían cuatro señores
de los hermanos del rey, o parientes más cercanos, a los cuales daban dictados de prínci-
pes. Y de aquellos cuatro habían de elegir rey y no de otros. [Los nombres de esos dicta-
dos eran: “Tlacochcalcatl”, “Tlacatecatl”, “Ezuauacatl” y finalmente “Tlillancalqui”.] A
estos cuatro señores y dictados, después de electos príncipes les hacían del consejo real,
como presidentes y oidores del consejo supremo, sin parecer de los cuales ninguna cosa
se había de hacer.21
20
[Charles Étienne] Brasseur de Bourbourg, Popol Vuh, introd., p. 117, nota 2. [Bandelier anali-
zaba críticamente la obra de Brasseur de Bourbourg en sus cartas a Morgan. N. del ed. inglés.]
21
Diego Durán, History of the Indies of New Spain and Islands of the Main Land, ed. José F. Ramírez,
México, 1867, p. 102. Publicada del manuscrito original [Historia de las Indias de Nueva España e Islas
de la Tierra Firme, México, Porrúa, 1984, t. II, cap. XI, p. 103, § 29-33].
22
Acosta, p. 485 [lib. VI, cap. 25, p. 313].
23
Herrera, t. III, p. 224 [déc. III, lib. II, cap. XIX, p. 76].
24
Tezozomoc, XCVII [cap. XCVII, p. 638].
LA CONFEDERACIÓN AZTECA 51
25
Fernando de Alva Ixtlilxochitl, History of the Chichimecas, trad. ing. Lord Edward King Kings-
borough en Antiquities of Mexico, t. IX, p. 243 [Historia de la nación chichimeca, en Obras históricas,
México, Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM, 1977, t. II, cap. XXXIV, p. 88]. [Fue Bandelier
quien hizo conocer a Morgan la Histoire des Chichimèques ou Rois de Tezcuco de Fernando de Alva
Ixtlilxochitl (c. 1568-1648), un “mestizo de Tezcuco”. Era un intérprete oficial, y por orden del
virrey escribió varias obras sobre los antiguos mexicanos. Véase White, Pioneers in American Anthropology,
t. I, p. 132. N. del ed. inglés.]
26
Clavijero, op. cit., t. II, p. 132 [lib. VII, cap. 10, pp. 202-203].
52 LEWIS H. MORGAN
El nombre del cargo que ocupaba Moctezuma, según la mejor información dis-
ponible, era simplemente el de tecuhtli, que significa “jefe de guerra”. Como
miembro del consejo de los jefes a veces se le llamaba tlatoani, que significa “el
que habla”. Ese cargo de comandante militar general era el más alto que cono-
cían los aztecas. Era el mismo cargo y era desempeñado con el mismo mandato
que el de principal jefe de guerra en la confederación iroquesa. Quien lo ocupa-
ba era ex officio, miembro del consejo de jefes, como puede deducirse del hecho
de que en algunas tribus el principal jefe de guerra tenía precedencia en el con-
sejo tanto en el debate como en pronunciar su opinión.27 Ninguno de los autores
españoles aplica este título a Moctezuma ni a sus sucesores, sustituyéndolo por el
inadecuado título de rey. Ixtlilxochitl, descendiente de texcocanos y de españo-
les, describe los principales jefes de guerra de México, Texcoco y Tlacopan con
el simple título de jefe de guerra, más otro para indicar la tribu. Después de
hablar de la división de poderes entre los tres jefes cuando se formó la confede-
ración, y de la reunión de los jefes de las tres tribus en esa ocasión, continúa:
27
“El dictado de teuctli se añadía al nombre propio de la persona, como Chichimecateuctli, Pilteuctli
y otros. Precedían los teuctlis en el senado a todos los demás, así en el asiento como en el sufragio y
podían llevar por detrás un criado cargado con el icpalli o taburete, que era un privilegio de mucho
honor” (Clavijero, t., II, p. 137 [lib. VII, cap. 13, p. 208]). Aquí tenemos una reaparición del sub-
sachem de los iroqueses detrás de su principal.
LA CONFEDERACIÓN AZTECA 53
de Tepanécatl Tecuhtli, que es el título que tuvieron los reyes de Azcaputzalco. Y desde
este tiempo los que fueron sucediendo, tuvieron estos títulos y renombres.28
El Itzcoatzin (Itzcoatl) que menciona era jefe de guerra de los aztecas cuando
se formó la confederación. Como el título era el de jefe de guerra y en esa época
lo tenían muchas otras personas, la distinción consistía en vincularlo con una
designación tribal. En habla indígena el cargo ocupado por Moctezuma era equi-
valente al de principal jefe de guerra, y en una lengua moderna, como el inglés,
al de general.
Clavijero reconoce ese cargo en varias tribus nahuatlacas, pero no lo aplica
nunca al jefe de guerra azteca.
28
Ixtlilxochitl, t. IX, p. 219 [cap. XXXII, pp. 82-83].
29
Clavijero, t. II, p. 136 [lib. VII, cap. 13, p. 207].
54 LEWIS H. MORGAN
de sucesión era desconocido para los españoles, hay menos posibilidades de que
se hayan equivocado con respecto al hecho principal. Además, hubo dos sucesio-
nes bajo los ojos de los conquistadores. Moctezuma fue sucedido por Cuitlahuac.
En ese caso el cargo pasó de hermano a hermano, aunque no podemos saber si
eran hermanos propios o colaterales sin conocer su sistema de consanguineidad.
A la muerte de este último, Cuauhtemoc fue elegido para sucederlo. Aquí el
cargo pasó de tío a sobrino, pero no sabemos si era sobrino propio o colateral.
En casos anteriores el cargo había pasado de hermano a hermano y también de
tío a sobrino.30 Un cargo electivo implica un electorado, pero ¿quiénes eran en
este caso los electores? Para responder a esta pregunta, los cuatro jefes que men-
ciona Durán (supra, p. 50) son presentados como “electores”, a los que se suman
un elector de Texcoco y uno de Tlacopan, con lo que llegan a seis, que a conti-
nuación son investidos del poder de elegir, dentro de una familia determinada,
el principal jefe de guerra. Esto no se corresponde con la teoría de un cargo
electivo entre los indios, y podemos dejarla de lado como improbable. Sahagún
indica un cuerpo de electores mucho mayor.
Cuando moría el señor o rey, para elegir otro juntábanse los senadores que llamaban
tecutlatoque, y también los viejos del pueblo que llamaban achcacauhtin; y también los capi-
tanes, soldados viejos de la guerra, que llamaban yaotequiuaque, y otros capitanes que eran
principales en las cosas de la guerra, y también los sátrapas que llamaban tlenamacazque o
papauaque. Todos éstos se juntaban en las casas reales, y allí deliberaban y determinaban
quién había de ser señor, y escogían uno de los más nobles de la línea de los señores
antepasados, que fuese hombre valiente, ejercitado en las cosas de la guerra, osado y
animoso [...], y cuando todos, o los más, concurrían en uno, luego le nombraban por
señor. No se hacía esta elección por escrutinio, o por votos, sino todos juntos, confiriendo
los unos con los otros, venían a concertarse en uno. Elegido el señor luego elegían otros
cuatros que eran como senadores, que habían siempre de estar al lado del señor y enten-
der en todos los negocios graves del reino.31
Este sistema de elección por una asamblea numerosa, si por un lado muestra
el elemento popular en el gobierno que sin duda existía, no concuerda con el
método de las instituciones de los indios. Para que los poderes de este cargo y su
elección se nos vuelvan inteligibles es necesario averiguar si estaban o no organi-
zados en gentes, si contaban la descendencia por la línea masculina o por la feme-
nina y algo sobre su sistema de consanguineidad. Si tenían el sistema que se
encuentra en muchas otras tribus de la familia ganowaniana, lo que es probable,
un hombre llamaría “hijo” al hijo de su hermano y “sobrino” al hijo de su herma-
na; llamaría “padre” al hermano de su padre y “tío” al hermano de su madre;
30
Clavijero, t. II, p. 126 [cap. 6, p. 197].
31
Historia general de las cosas de Nueva España, cap. XVIII [México, Porrúa, 1956, t. II, lib. VIII, cap.
XVIII, p. 321, § 1-3]. Se trata probablemente de una traducción de la obra de Sahagún que Bandelier
proporcionó a Morgan. [N. del ed. inglés.]
LA CONFEDERACIÓN AZTECA 55
32
En las Antillas los españoles descubrieron que cuando apresaban al cacique [en español en el
original] o jefe de guerra de una tribu y lo mantenían prisionero los indios se desmoralizaban y se
negaban a pelear. Aprovechando ese conocimiento, cuando llegaron al continente se esforzaron por
atrapar al jefe principal, por la fuerza o mediante fraude, y mantenerlo prisionero hasta alcanzar su
objetivo. Cortés simplemente actuó con base en esa experiencia cuando apresó a Moctezuma y lo
mantuvo preso en su alojamiento, y lo mismo hizo Pizarro cuando capturó a Atahualpa. De acuerdo
con las costumbres de los indios, los prisioneros eran ejecutados, y si se trataba de un jefe principal
el cargo revertía a la tribu y se volvía a llenar de inmediato. Pero en estos casos el prisionero seguía
con vida, de modo que no se podía llenar el cargo. La acción del pueblo quedaba paralizada por las
nuevas circunstancias. Cortés puso a los aztecas en esa posición.
k
En español en el original.
33
Herrera, t. III, p. 66 [déc. II, lib. X, cap. X, p. 266].
34
Ibid., p. 67 [pp. 266-267].
35
Clavijero, t. II, p. 406 [lib. IX, cap. 17, p. 158].
36
Ibid., p. 404 [cap. 16, p. 156].
LA CONFEDERACIÓN AZTECA 57
factoria que podemos extraer de los autores españoles. No hay razón para supo-
ner que Moctezuma poseía algún poder sobre los asuntos civiles de los aztecas.
Además, todo parece indicar lo contrario. En asuntos militares, una vez en el
campo tenía la autoridad de un general, aunque probablemente los movimien-
tos militares eran decididos por el consejo. Es interesante observar que el cargo
de principal jefe de guerra tenía además las funciones de sacerdote, y según se
afirma también las de juez.37 La temprana aparición de esas funciones en el
crecimiento natural del cargo militar se mencionará nuevamente en relación con
el del βαςιληυσ. Aun cuando el gobierno era de dos poderes, es probable que el
consejo fuera el poder supremo, en caso de un conflicto de autoridades, en asun-
tos tanto civiles como militares. Es preciso recordar que el consejo de jefes es más
antiguo en el tiempo, y tenía una sólida base de poder en las necesidades de la
sociedad y en el carácter representativo del cargo de jefe.
Las características del cargo de jefe de guerra principal y la presencia de un
consejo con poder para deponerlo tienden a mostrar que las instituciones de los
aztecas eran esencialmente democráticas. El principio electivo en relación con el
jefe de guerra, y que debemos suponer que existía también con respecto al sachem
y el jefe, y la presencia de un consejo de jefes, determinan el hecho material. Una
democracia pura de tipo ateniense es desconocida en las etapas inferior y media,
e incluso superior, de la barbarie; pero cuando intentamos entender las institu-
ciones de un pueblo es muy importante saber si son esencialmente democráticas
o esencialmente monárquicas. Las instituciones del primer tipo están casi tan
separadas de las del último como la democracia de la monarquía. Sin investigar
la unidad del sistema social, si estaba organizado en gentes como probablemente
estaba, y sin llegar a tener un conocimiento del sistema que efectivamente exis-
tía, los cronistas españoles osadamente inventaron para los aztecas una monar-
quía absoluta con características de alto feudalismo, y lograron ubicarla en la
historia. Ese error ha subsistido, gracias a la indolencia americana, todo el tiem-
po que merece. La organización azteca se presentó a los españoles claramente
como una liga o confederación de tribus. Sólo la más burda perversión de los
hechos evidentes pudo permitir a los autores españoles inventar la monarquía
azteca a partir de una organización democrática.38
Teóricamente los aztecas, los texcocanos y los tlacopanos deberán haber teni-
do cada cual un sachem principal que representara a la tribu en los asuntos civiles
cuando el consejo de jefes no estaba en sesión, y que tomara la iniciativa en la
preparación del trabajo de éste. Hay vestigios de ese funcionario entre los azte-
cas en el ciuahcoatl, llamado a veces segundo jefe, así como al jefe de guerra se le
llama primer jefe. Pero la información disponible sobre ese cargo es demasiado
limitada para permitir un examen del tema.
37
Herrera, op. cit., t. III, p. 393 [déc. III, lib. IIII, cap. XVI, p. 135].
38
[Cf. “La comida de Moctezuma”, supra, p. 35.]
58 LEWIS H. MORGAN
ADOLPH F. BANDELIER
Esta página dejada en blanco al propósito.
SOBRE EL ARTE DE LA GUERRA Y EL MODO DE GUERREAR
DE LOS ANTIGUOS MEXICANOS*
* Artículo publicado en Tenth Annual Report of the Peabody Museum of American Archaeology and
Ethnology, Cambridge, Massachusetts, 1877, pp. 95-161 (las demás notas aparecen al final del capítu-
lo debido a su extensión).
[61]
62 A.F. BANDELIER
Así mismo también fuí yo mandado de esta venida, y se me dió por cargo traer armas,
arco, flechas y rodela; mi principal venida y mi oficio es la guerra, y yo así mismo con mi
pecho, cabeza y brazos en todas partes tengo de ver y hacer mi oficio en muchos pueblos
y gentes que hoy hay. Tengo de estar por delante y fronteros para aguardar gentes de
diversas naciones, y he de sustentar, dar de comer y beber, y allí les tengo que aguardar y
juntallos de todas suertes de naciones, y esto no graciosamente.
A continuación enumera una lista de objetos que después serían dados a los
mexicanos como tributo, y concluye así: “todo lo tengo de ver y tener, pues me es
mandado, y mi oficio, y á eso vine”.4 Imbuidos del espíritu que esas frases expre-
san en forma legendaria, los mexicanos hicieron su aparición entre las tribus
agricultoras del valle de México como una multitud de intrusos hambrientos
pero desesperados, fueron recibidos como tales y obligados, después de una va-
lerosa resistencia, a refugiarse en un trozo de tierra naturalmente aislado, rodea-
do por ciénagas y pantanos.5
En esa posición defensiva, que posteriormente los mexicanos convirtieron en
el sitio más fuerte jamás ocupado por indios hasta el siglo XVI,6 alimentaron y
desarrollaron cuidadosamente sus costumbres y propensiones guerreras. La gue-
rra, al principio defensiva, después ofensiva, pasó a ser la vida de la tribu. La reli-
gión la requería para sus sangrientos ritos; la venganza, tan profundamente arrai-
gada en la naturaleza india, la reclamaba a cada momento. Pero sobre todo era
necesaria para la subsistencia de la tribu, cuyos miembros en aumento no podían
vivir de la agricultura en el escaso suelo que les había sido concedido, y que por
lo tanto estaban obligados a depender del botín obtenido en incursiones contra
sus vecinos. Si no había alguna guerra en marcha, los mexicanos se consideraban “ocio-
sos”.7 Por lo tanto podemos suponer que la organización militar de los mexica-
nos, sus preparativos para la guerra y el modo de guerrear son rasgos de impor-
tancia y merecen seria atención.
EL ARTE DE LA GUERRA 63
Llámanse estos templos teocallis, y hallamos en toda esta tierra, que en lo mejor del pue-
blo hacian un gran patio cuadrado; en los grandes pueblos tenia de esquina á esquina un
tiro de ballesta, y en los menores pueblos eran menores los patios. Este patio cercábanle
de pared [...] [miraban] sus puertas á las calles y caminos principales, que todos los hacian
que fuesen á dar al patio; y por honrar mas sus templos sacaban los caminos muy dere-
chos por cordel, de una y de dos leguas, que era cosa harto de ver desde lo alto del
principal templo, cómo venian de todos los pueblos menores y barrios los caminos muy
derechos, y iban á dar al patio de los teocallis [...]. No se contentaba el demonio con los
teocallis ya dichos, sino que en cada pueblo y en cada barrio, y á cuarto de legua, tenían
otros patios pequeños adonde habia tres ó cuatro teocallis.
de ciertos mayordomos (calpixca) que las distribuían a los jefes militares de la tri-
bu cuando lo requería alguna decisión del consejo o una emergencia súbita.32 En
algunos de esos lugares se guardaban incluso ornamentos y trajes.33
Podemos dividir el armamento de los mexicanos en armas ofensivas y armadu-
ra defensiva de protección.
Entre las armas ofensivas el lugar principal corresponde a los proyectiles, como
podemos deducir del modo general de guerrear de los indios, que consiste en
atacar al enemigo, en lo posible, desde cierta distancia, y con el mínimo riesgo
posible para el atacante. Los dardos y las jabalinas, las hondas y las piedras eran
pues de la mayor importancia para el guerrero mexicano.
El dardo o jabalina (tlacochtli, tlalzontectli) era la principal arma de los mexica-
nos.34 Consistía en una lanza corta hecha de una caña dura y elástica (otlatl), con
una punta generalmente de pedernal, de obsidiana y quizás ocasionalmente de
cobre, igual a las conocidas puntas de flecha. Esa punta se insertaba en una
hendidura practicada en el extremo del asta, se aseguraba con goma y además se
sujetaba mediante un fuerte cordel enrollado alrededor.35 A veces la jabalina te-
nía dos o tres ramas con puntas, para poder dar varios golpes a la vez,36 y el
guerrero solía llevarla amarrada al brazo con una cuerda larga, aunque en oca-
siones llevaba una serie de dardos sueltos.37
Probablemente todos los guerreros usaban arcos y flechas, arma menos conve-
niente que el simple dardo.38 El arco (tlauitolli)39 estaba hecho de la misma made-
ra que el asta de las jabalinas (otlatl); su largo variaba según las tribus, pero los de
los mexicanos eran cortos.40 La cuerda se hacía de pelo o nervios de venado. No
hace falta describir la flecha (mitl). A veces tenía varias ramas o puntas. Llevaban
las flechas en aljabas colgadas de los hombros. Los mexicanos no utilizaban fle-
chas envenenadas.41
Por último, aunque no menos importantes, debemos incluir entre los proyec-
tiles las piedras, arrojadas mediante hondas o a mano.42 Los almacenes conte-
nían cantidades de hondas (tematlatl),43 mientras los proyectiles se acumulaban
para la defensa en los techos planos,44 o en el campo abierto se recogían donde
los hubiera para emplearlos como arma.45
Después de los proyectiles agresivos, en orden de importancia, como armas
para emplear de cerca, tenían los mexicanos la espada y la maza. La lanza
(tepuztopilli)46 no era probablemente un arma original mexicana, y aun cuando la
usaron contra los españoles hacia el final de su defensa, parece haber sido más
usada por tribus situadas más al sur.
La espada (maccuahuitl) medía un metro o poco más de largo por diez o quin-
ce centímetros de ancho.47 El Conquistador Anónimo48 dice que “tienen tambien
espadas que son de esta manera: hacen una espada de madera á modo de mon-
tante, con la empuñadura no tan larga, pero de unos tres dedos de ancho, y en el
filo le dejan ciertas canales en las que encajan unas navajas de piedra viva, que
cortan como una navaja de Tolosa”.49 Esa piedra era obsidiana (iztli), y el filo de
la espada, formado por fragmentos “3 dedos de longitud y uno más de latitud”
66 A.F. BANDELIER
resultaba al principio tan cortante como el de una navaja. Los fragmentos esta-
ban firmemente cementados en la madera pero, aun cuando la espada tenía dos
filos, pronto quedaba convertida en una simple maza, porque la obsidiana es
muy frágil y se rompía tras unos pocos golpes contra una armadura de hierro. Al
comienzo de los combates los españoles temían mucho esta arma.50 El guerrero
llevaba la espada atada o colgada de la muñeca.51 También es posible que usaran
mazas (quauhololli), pero aparentemente los mexicanos no conocían el hacha de
guerra, ni nada similar al chumpi peruano.52
Si pasamos ahora a las armas defensivas, a la armadura protectora propiamente
dicha, encontramos en primer término el escudo (chimalli). No se trata de los
escudos meramente ornamentales que los guerreros y los jefes llevaban y usaban
únicamente en ocasiones festivas,53 sino del pequeño escudo redondo, la “rode-
la” que los “valientes” llevaban sobre el brazo izquierdo, hecha de “buenas cañas
macizas (otates) que se dan en aquella tierra, entretejidas con algodón grueso
doble, y encima ponen plumas y planchas redondas de oro, con lo que quedan
tan fuertes, que no se pasan si no es con una buena ballesta”.54
Con este escudo, cuerpo a cuerpo, detenían los golpes en la lucha55 e incluso
flechas y dardos a toda velocidad. Probablemente cada guerrero llevaba su escu-
do, aunque a veces se dice que los arqueros se protegían tras el escudo de otro al
disparar.56 Sin embargo, esto implicaría un mayor progreso del arte militar entre
los mexicanos del que podemos admitir con certeza.
El resto de la armadura protectora de los mexicanos está íntimamente conec-
tado con su atuendo.
La vestimenta ordinaria del mexicano consistía en una camiseta sin mangas
(huepil) prendida sobre el hombro derecho, y un taparrabos (maxtlatl). La cabeza,
los brazos y las piernas, de la rodilla para abajo, iban desnudos. Completaba el
atuendo un manto, corto para los indios comunes y más largo para los jefes.57 A
veces iban a la guerra sin otra protección, pero en la mayoría de los casos el
guerrero llevaba una chaqueta de algodón acolchado, de espesor de entre uno y
dos dedos, y por lo tanto suficientemente fuerte para resistir un tiro de flecha, o
incluso un dardo a cierta distancia. Ésa es la armadura de algodón que después
los españoles adoptaron con el nombre de “escaupil” (ichcahuipilli).58 En ocasio-
nes esa armadura acolchada cubría también los miembros,59 y la parte exterior
del ichcahuipilli estaba adornada con plumas y placas de oro o plata. Los pies
estaban protegidos por suelas de cuero o zapatos similares a los mocasines (cactli,
“cotaras”), pero su uso no era general.60 Los guerreros de mérito, sobre todo,
metían la cabeza en unas formas de madera, a medio camino entre la máscara y
el casco, que imitaban cabezas de bestias feroces como tigres, leones, lobos y
también serpientes, y estaban cubiertas con la piel de esos animales.61 Los prin-
cipales capitanes y jefes de guerra se distinguían por sus mantos largos y am-
plios,62 por el corte y trenzado de sus cabellos63 y por los altos penachos de plu-
mas verdes que coronaban los “cascos” con que se protegían la cabeza.64
Más adelante tendremos ocasión de volver sobre la cuestión del atavío y los
EL ARTE DE LA GUERRA 67
clara de las mismas en México, puesto que, como ya hemos dicho, esas institucio-
nes han desaparecido, al igual que sus restos arquitectónicos, y las otras fuentes
para su conocimiento suelen ser vagas y contradictorias en sus descripciones.
Además, todas las autoridades antiguas sobre la América española se encontra-
ban bajo la influencia de ideas orientales (europeas o asiáticas), y todo lo que les
parecía extraño o nuevo en América lo comparaban con lo que les parecía análo-
go en las naciones del Viejo Mundo.74 Lo que en su primer proceso de pensa-
miento era meramente comparativo muy pronto se convirtió en una terminología
positiva para describir instituciones a las que esa terminología extranjera nunca
se adaptó. Ese expediente, creado a fin de ser comprendidos en el extranjero, y
porque la ciencia de aquella época no ofrecía otros términos de comparación, es
lo que opone las mayores dificultades al estudio de las antigüedades americanas.
Ese obstáculo puede ser superado hasta cierto punto mediante el establecimien-
to de la verdadera significación del término nativo para cada institución conside-
rada, para cada cargo, hasta donde sea posible; y el uso de la terminología nativa
para indicar el verdadero carácter de la vida nativa. Éste es el curso que intenta-
remos seguir al abordar la organización militar de los mexicanos.75
Poco después de su asentamiento en el pantano donde más tarde se construyó
el pueblo [en español en el original], la tribu de México se había dividido en
cuatro partes o “barrios” (calpulli),76 cada una de las cuales incluía varios grupos
de parentesco o “barrios menores”, como los llama Torquemada.77 Los cuatro
grandes barrios eran las principales subdivisiones de la tribu para fines tanto
civiles como militares, y los hombres armados de cada uno de ellos constituían
un cuerpo separado, sin importar su número.78 Esos cuerpos, a su vez, estaban
subdivididos en escuadrones de entre doscientos y cuatrocientos guerreros cada
uno,79 que probablemente correspondían a los varones físicamente capaces (con
excepción de los sacerdotes en muchos casos) de un “clan” particular.80 Esos cuer-
pos menores tenían cada uno su “librea” particular,81 llevaban su propio emble-
ma visible por encima de la tropa, como una bandera, y finalmente se subdivi-
dían en fracciones de alrededor de veinte hombres.82 En la víspera de un combate
se producía otra subdivisión, en grupos de cuatro a seis hombres, como veremos
más adelante.
Una vez esbozada lo mejor posible la división o disposición de las fuerzas
mexicanas, todavía tenemos que investigar cómo, y por quién, eran comandados
los guerreros de la tribu, cómo llegaban a su cargo esos dirigentes, y cuál era el
orden de su rango y dignidad. Pero debemos decir por anticipado que entre los
mexicanos ningún cargo, ningún tipo de dignidad, era transmisible por herencia. Sólo el
mérito en el campo de batalla podía promover a un hombre al rango de jefe guerre-
ro, al influir en las elecciones celebradas para ese fin.83 El jefe civil (tecuhtli, de
tecul, abuelo) alcanzaba su cargo a través de rigurosas observancias religiosas y de la
edad.84 No había nobleza de ninguna clase en México, y el jefe sólo era jefe mientras
sus subordinados lo considerasen digno de esa posición.85
Por arriba del guerrero común (yaoquizqui) había dos clases de superiores: los
EL ARTE DE LA GUERRA 69
de plumería (el quachiatli) que les colgaba desde la coronilla hasta la cintura o la
faja.122 Además llevaban un pequeño tambor con el que hacían señales a sus
hombres.123
Una representación muy bella de ese traje, especialmente del tocado caracte-
rístico, puede verse en Palenque, en las hermosas figuras de los bajorrelieves del
“altar” y el “tablero de la cruz”. Esos tableros y figuras muestran, en el atavío,
una semejanza tan notable con lo que sabemos de la indumentaria militar de los
mexicanos, que se acerca mucho a la identidad.124
Tanto el “jefe de hombres” como su “coadjutor”, el cihuacoatl, si bien en ciertas
circunstancias extraordinarias tenían poderes discrecionales en asuntos milita-
res, estaban sometidos a una autoridad superior, que era la del consejo de los jefes125
(tlatocan), del cual eran miembros ex officio, con el título adicional de “hablado-
res” (tlatoani) y ocupando por lo tanto el tlatoca-icpalli, o “asiento del que ha-
bla”.126 Era ese consejo el que poseía el supremo poder del gobierno, y sus funciones
eran por igual legislativas y judiciales; la ejecución de sus decretos correspondía a
los jefes guerreros. La paz y la guerra estaban en sus manos, los jefes de guerra
por sí solos no podían decidir ninguna de las dos cosas.127 La existencia de ese
consejo como autoridad suprema prueba que los mexicanos no estaban sometidos
al gobierno despótico de un monarca, sino organizados según los principios de
una democracia militar. Eran una comunidad bárbara, pero libre y guerrera.
Con frecuencia los mexicanos encontraban causas legítimas para hacer la gue-
rra. Sus mercaderes, o los de tribus aliadas o sometidas, a menudo eran agravia-
dos o maltratados por y entre pueblos “extranjeros”. Tales actos eran considerados
siempre como una justificación de guerra abierta, y aprovechaban de inmediato
la oportunidad. Pero también buscaban ansiosamente pretextos,128 y por lo tanto
nunca les faltaba algún motivo para lanzarse sobre cualquier tribu que provocara
su codicia. Ya hemos dicho que hacer la guerra era para ellos una forma de sub-
sistencia; además la necesitaban para obtener víctimas humanas, porque su reli-
gión exigía sacrificios humanos por lo menos 18 veces al año.129 Cualquier acon-
tecimiento importante, como el mejoramiento de un teocalli130 y especialmente la
instalación de un nuevo jefe guerrero supremo (tlacatecuhtli) debía celebrarse con
una matanza de hombres, y las víctimas debían obtenerse en la guerra.131 De ahí
la conocida costumbre de los mexicanos, en el campo de batalla, de procurar
apresar a sus enemigos antes que matarlos.132
La cuestión de la paz o la guerra sólo podía ser decidida por el supremo
consejo de jefes.133 Si había de haber guerra, algunas veces, pero no siempre, se
resolvía enviar delegados a la tribu en cuestión, desafiándola a luchar o someter-
se y pagar tributo a los mexicanos.134 Esos delegados llevaban insignias distinti-
vas particulares135 y llegaban sin ser molestados hasta el pueblo al que debían
notificar; allí penetraban hasta la casa del consejo y exponían brevemente el
objeto de su venida ante los jefes congregados. Si la tribu así amenazada, des-
pués de deliberar, resolvía someterse y pagar tributo, todo estaba bien y los dele-
gados se retiraban cargados de presentes. Pero si en cambio la tribu visitada
72 A.F. BANDELIER
expediciones de pillaje, sino que exigieron a los conquistados que se les unieran
en armas cuando así lo requirieran.146 No intentaremos examinar aquí cuáles
eran las relaciones existentes entre los mexicanos y otras tribus del valle, espe-
cialmente las de Texcoco y Tlacopan: ese tema se reservará para otra oportuni-
dad;147 aquí basta con establecer que todas esas tribus, que ahora la historia con-
sidera ya como aliadas o confederadas de los mexicanos o bien como súbditos
suyos, de cualquier modo estaban bajo la supremacía militar de México.148 Por lo tanto,
siempre que, por cualquier causa, el consejo supremo mexicano acordaba la gue-
rra, se enviaban delegados a todas las tribus relacionadas con México,149 a fin de
que enviaran sus fuerzas, con armas y provisiones, a determinado lugar donde se
reunirían con los mexicanos para continuar todos juntos, bajo el mando de los
mexicanos, en la expedición decidida por la tribu del centro del lago.150
Esas notificaciones nunca eran desoídas por los pueblos del valle,151 y menos
aún por los de distinta lengua que vivían fuera del valle y eran súbditos tributa-
rios de los mexicanos.152 Por lo tanto, el ejército que salía de México tenía la
seguridad de encontrar, en el lugar señalado, numerosos refuerzos de diversas
tribus, totalmente armados y equipados, con una organización similar a la de
ellos,153 listos para la marcha al término de la cual, si tenían buen éxito, verían
sus esfuerzos recompensados con parte de las víctimas humanas y del botín.154
Una vez reunidas todas las fuerzas en el lugar escogido, emprendían una mar-
cha rápida, y en lo posible en línea recta, hacia el territorio del enemigo. Las
diversas tribus, así como sus respectivas subdivisiones, se mantenían separadas,
al mando de sus respectivos jefes nativos. Los mexicanos estaban en su mayoría
en la retaguardia. La aproximación de ese cuerpo de guerreros no siempre era
agradable para los asentamientos tributarios o amigos situados a lo largo de su
ruta: se esperaba que acudieran con refuerzos, provisiones y regalos, y si alguno
de ellos no cumplía con lo requerido quedaba expuesto a la violencia más bárba-
ra. En su furia, los mexicanos llegaban incluso a vaciar y destruir las reservas de
maíz, y a matar cruelmente a los pocos animales domésticos (perros y aves) de los
desdichados habitantes.155
El objetivo de esa marcha era, como ya se ha dicho, el territorio enemigo. No
había una frontera definida entre las distintas tribus de México: cada una estaba
rodeada simplemente por un cinturón de tierra deshabitada o desierta.156 Era en
esa faja de terreno neutral donde el enemigo esperaba a los mexicanos (siempre
que supieran que se acercaban y se sintieran lo suficientemente fuertes para
enfrentarlos en campo abierto),157 por lo cual lo llamaban “terreno de guerra o
de batalla” (yaotlalli),158 y en cuanto el ejército mexicano se aproximaba a esa
zona su movimiento iba haciéndose menos rápido y más cauteloso. Hacia el oca-
so se detenían en esa área peligrosa, escogiendo para acampar, en lo posible, una
posición alta y abierta que no favoreciera la sorpresa. Se levantaban apresurada-
mente las chozas (y quizá tiendas) y enramadas para las cuales llevaban algunos
materiales y cada tribu acampaba separada de las demás; los mexicanos ocupa-
ban el centro del campamento.159
74 A.F. BANDELIER
Era costumbre de los mexicanos enviar espías que, con diferentes disfraces,
penetraban en el territorio hostil antes que el ejército se acercara.160 Además,
apenas éste se detenía en el “terreno de guerra”, numerosos guerreros se adelan-
taban como exploradores, avanzando disimuladamente por el monte hasta acer-
carse lo más posible al enemigo a fin de descubrir su posición y número, así
como su armamento. La información reunida por ellos se hacía llegar durante la
noche al jefe mexicano, quien celebraba consejo de guerra con los otros jefes
principales. Esa reunión, guiada en parte por la información así obtenida, traza-
ba el plan de ataque para el día siguiente. Las tácticas de los mexicanos eran
sumamente simples: un señuelo, en forma de retirada precipitada, y una embos-
cada al término de la misma, parece haber sido su máxima concepción. Por lo
tanto, con frecuencia durante la noche cavaban pozos muy adelante del campa-
mento, donde al término del consejo se ocultaban los guerreros más atrevidos
(ocasionalmente incluso el propio comandante mexicano), con el cuerpo cubier-
to de paja, ramas o follaje.161 Mientras tanto los guerreros estaban transportando
sus armas o pintándose de nuevo, y los capitanes atendían a sus respectivos des-
tacamentos, exhortando a los hombres a mostrar valor y resistencia. Cada tribu
tenía su propio grito de guerra, que se usaba sólo en la acción. Finalmente, a
veces todo el campamento se unía en un alarido espantoso: el desafiante grito de
guerra de millares de indios, destinado a indicar no su presencia (que se suponía
conocida) sino su número y ferocidad. No era raro que ese grito provocara una
respuesta del enemigo que esperaba enfrente.162 Después, por fin, caía sobre la
“tierra de guerra” la quietud de la noche, de la lóbrega y traicionera noche pre-
via a una batalla india.
La quietud no duraba mucho. Aun en caso de que ninguno de los contrincan-
tes intentara sorprender al otro amparado por la oscuridad, ciertamente ambos
estaban alertas antes que amaneciera.163 Las fuerzas mexicanas, precedidas por
una nube de guerreros dispersos –escaramuzadores o exploradores–, avanzaba
cautelosamente, no en un solo cuerpo sino por tribus y subdivisiones de tribus,
igual que en la marcha. Muy pronto sus avanzadas se encontraban con las del
enemigo, se alzaban gritos de guerra de ambos lados y a lo largo de toda la línea
se trababa una serie de combates personales. Se arrojaban por medio de las
hondas las piedras llevadas para ese fin, y otras recogidas del suelo, acompaña-
das por gritos horrendos y epítetos desafiantes. Seguían dardos y flechas, mien-
tras todos danzaban para evitar los proyectiles. Mientras tanto avanzaban seccio-
nes de los cuerpos principales y la lucha iba librándose cada vez más de cerca,
ahora con espadas y mazas. Si el enemigo era lo bastante fuerte para no retroce-
der de inmediato, los mexicanos fingían retirarse, precipitándose hacia el sitio
donde se había preparado la emboscada. El enemigo iba en su persecución, y
una vez metido en la trampa sus rivales caían sobre él de todas direcciones, de
modo que sus esfuerzos por liberarse siempre iban acompañados de grandes
pérdidas de hombres muertos o apresados. En otros puntos de la línea, los ene-
migos tendían lazos similares a los mexicanos. Así la lucha procedía como una
EL ARTE DE LA GUERRA 75
gran escaramuza, cada una de las partes intentaba debilitar a la otra mediante
pérdidas parciales a través de toscas estratagemas, hasta que el enemigo, reduci-
do su número y desanimado por la muerte o captura de muchos de sus principa-
les guerreros, cedía en forma indudable.164 A continuación se iniciaba una preci-
pitada retirada de un lado, y una persecución igualmente rápida del otro.165 El
objetivo de esa retirada era el asentamiento o pueblo [en español en el original]
de la tribu atacada, pero si el vencido lograba poner entre ellos y sus perseguido-
res algún obstáculo natural, como un río o un barranco hondo, o refugiarse en
un altura escarpada y boscosa, entonces los vencedores se detenían, porque rara
vez se atrevían a atacar cuando el ataque exigía un gran esfuerzo simultáneo de
todas las fuerzas.166 Menos aún podían ejecutar movimientos rápidos de flanco.
Con tiempo lograban rodear algunos obstáculos, pero sus provisiones eran tan
limitadas que si no había indicación positiva del buen éxito, ya fuese atacando la
posición sin gran peligro, o capturándola en muy poco tiempo mediante algún rudo
artificio, preferían desistir de ulteriores intentos y volver a casa con lo que hubie-
ran podido capturar en el campo de batalla. Así “acollaraban”167 a sus prisione-
ros (que habían estado cuidadosamente vigilados detrás del campo de batalla) y
regresaban a México en son de triunfo moderado, para proclamar en el futuro
que tal y cual tribu había sido sometida por ellos, cuando en realidad sólo la
habían derrotado en una batalla, y después de eso la tribu había conservado su
total independencia.168
Si la tribu vencida no encontraba ningún refugio, la persecución continuaba
sin desmayo hasta llegar al poblado mismo. Con frecuencia, perseguidos y per-
seguidores penetraban en él al mismo tiempo. Lo primero era entonces prender
fuego al templo, y luego se iniciaba una matanza indiscriminada de no comba-
tientes.169
La carnicería no se detenía con nada menos que la rápida sumisión al tributo.
Por lo tanto, los vencidos, a menos que estuvieran dispuestos a abandonar sus
hogares para siempre,170 hacían señales de paz. Venía entonces un parlamento,
seguido por la rendición de la tribu derrotada. En general se pagaba por adelan-
tado el tributo de un año, y así los mexicanos podían regresar a sus casas carga-
dos tanto con los despojos obtenidos en el campo de batalla como con la primera
garantía de futuras contribuciones de la tribu vencida.171
A veces, sin embargo, ocurría que la tribu atacada había dotado a su pueblo de
defensas artificiales, y los mexicanos, victoriosos en campo abierto, se encontra-
ban en presencia de fortificaciones simples, que más delante describiremos, como
empalizadas o incluso plataformas de tierra o de piedra coronadas por parape-
tos. Sólo se intentaba atacar tales fortificaciones si el buen éxito parecía induda-
ble, ya fuera como consecuencia de la superioridad de los mexicanos o de las
grandes pérdidas sufridas por los defensores en las luchas anteriores.172 En ese
caso, y sólo en ese caso, se construían escaleras173 y se escalaban los muros, con la
debida precaución y bajo la protección de diversos artificios.174 Un asedio regular
era impensable, puesto que los mexicanos no estaban equipados para permane-
76 A.F. BANDELIER
con que los tlaxcaltecas cerraron el valle en sus confines orientales.181 En gene-
ral, la concepción de las tribus de México de la fortificación de algún lugar con-
sistía en elevarlo por encima del nivel circundante y coronar esa área elevada con un
parapeto de piedra o de madera. No está bien claro si la elevación se extendía
siempre hasta el área del asentamiento así encerrado, formando una terraza o
plataforma, o si simplemente constituía un cinturón alrededor de él. Como princi-
pal medio de protección recurrían a la elevación.182
El pueblo [en español en el original] de Cuauhquechollan (hoy Huacachula, en
el estado de Puebla), situado al sureste de México y tributario de los mexicanos
en 1520, era considerado muy fuerte, y Cortés nos ha dejado la siguiente des-
cripción de sus defensas, tanto naturales como artificiales:
Esta ciudad de Guacachula está asentada en un llano, arrimada por la una parte a unos
muy altos y ásperos cerros, y por la otra todo el llano la cercan dos ríos, a dos tiros de
ballesta el uno del otro, que cada uno tiene muy altas y muy grandes barrancas. Y tanto,
que para la ciudad hay por ellos muy pocas entradas, y las que hay son ásperas de bajar y
subir, que apenas pueden bajar y subir cabalgando. Y toda la ciudad está cercada de muy
fuerte muro de cal y canto, tan alto como cuatro estados por de fuera de la ciudad, y por
de dentro está casi igual con el suelo. Y por toda la muralla va su pretil tan alto como
medio estado; para pelear tiene cuatro entradas como uno puede entrar a caballo, y hay
en cada entrada tres o cuatro vueltas de la pared de la cerca, que encabalga un lienzo en
el otro; y hacia a aquellas vueltas hay también encima de la muralla su petril para pelear.
En toda la cerca tienen mucha cantidad de piedras grandes y pequeñas y de todas mane-
ras con que pelean.183
do lazos de amistad con sus antiguos jefes militares, y sólo la superficie del lago
y las calzadas quedaron en poder de la tribu y los guerreros adicionales que se le
habían unido en su refugio para compartir su destino. Mientras las canoas
mexicanas pudieran navegar libremente por el lago, cualquier punto de la tierra
firme estaba expuesto al ataque de sus guerreros. Por eso Cortés botó sus bergan-
tines, que pronto dominaron el lago de Texcoco propiamente dicho, obligando a
las canoas a refugiarse en los estrechos canales que corrían por toda la ciudad.
Fue entonces cuando los mexicanos quedaron efectivamente encerrados, sin nin-
guna salida más allá de la limitada circulación de los estanques situados al oeste
de las calzadas principales. El primer paso de Cortés fue tomar Chapultepec y
cortar el suministro de agua limpia que desde allí corría a lo largo de la calzada
hasta México.205 Privada así de agua para beber, puesto que la de la laguna no era
potable, con reservas limitadas de alimentos, la tribu mexicana estaba rodeada
por enemigos humanos afuera, mientras que dos de los mayores azotes de la
humanidad, el hambre y la sed, la amenazaban por último desde adentro.
Cortés pudo haber esperado quieto hasta que esos dos terribles aliados hicie-
ran su obra casi solos, de no ser por dos razones.
La principal era que su posición, entre las tornadizas tribus indias que la sed
de venganza, la codicia del botín y sus propios deslumbrantes éxitos habían uni-
do transitoriamente a su suerte, no resultaba segura. Un sitio prolongado estaba
más allá de las concepciones militares y hasta de la capacidad militar de los in-
dios. No podían permanecer lejos de su casa por tanto tiempo.206
Por otra parte los mexicanos, que tampoco estaban preparados para una de-
fensa prolongada, lo obligaban a la acción agresiva.
Recurriendo al único modo de guerrear que conocían cuando ya no era posi-
ble el ataque súbito con fuerzas abrumadoras,207 hicieron una serie de fintas con
el fin de atraer a sus enemigos a una emboscada. Avanzaban contra los españoles
y sus aliados por las calzadas y luego huían precipitadamente hacia la primera
transversal en cuanto su ataque era rechazado. Cuando sus perseguidores llega-
ban al cruce, nutridos grupos de guerreros los atacaban por los flancos, mientras
desde adelante les llovían proyectiles de todo tipo, arrojados desde los terraple-
nes erigidos por el lado interior de las zanjas.208 Pero los españoles sabían dema-
siado bien lo desastrosa que sería una retirada en esas circunstancias, de modo
que, seguidos por sus aliados nativos, persistían y superaban los obstáculos por
asalto. Justamente la táctica india empleada para destruir a los blancos permitió
a éstos lograr una base en las calzadas con menos pérdidas de las que habría
provocado un ataque directamente planeado.209
Hasta ahí, los mexicanos podían hacer uso de sus canoas para hostigar tanto
los flancos como la retaguardia de sus enemigos. Pero Cortés rápidamente en-
sanchó la primera abertura en la calzada, y envió al lado occidental sus barcos
con artillería.210 De ahí en adelante los bergantines, si bien no pudieron hacer
nada contra el mismo pueblo, mantuvieron a raya a las canoas de los mexicanos,
y desplazándose a lo largo de las calzadas junto con las fuerzas de tierra apoya-
82 A.F. BANDELIER
ron exitosamente, con un intenso fuego, los esfuerzos de éstas contra las defen-
sas en los cortes de las represas.211
De ese modo las tácticas favoritas de los mexicanos, el señuelo y la emboscada,
fueron gradualmente derrotados paso a paso, con pocas pérdidas. Sus traicione-
ros ataques no sólo no eran temidos sino que eran incluso deseados, ya que cada
uno de ellos procuraba una nueva base a los atacantes, que así poco a poco llega-
ron, por tres lados, a la entrada del pueblo. Éste yacía ante ellos aparentemente
abierto y sin fortificaciones. No era un pueblo continuo, sino un grupo de nú-
cleos menores con huertos cruzados por cursos de agua en todas direcciones. En
las grandes plazas se alzaban pirámides truncadas coronadas por adoratorios.
Varias grandes avenidas llevaban hasta el teocalli principal, que los españoles
consideraban el centro de la población. Los mexicanos habían cortado también
esas avenidas, erigiendo detrás de esos cortes baluartes de piedras y tierra. Los
españoles tomaron por asalto esas defensas y llegaron al corazón del pueblo, pero
una vez allí, muy lejos de su base, los victoriosos españoles vieron las azoteas
cubrirse súbitamente de indios que arrojaban contra ellos toda clase de proyecti-
les, mientras a sus espaldas grandes grupos de guerreros salían de callejuelas y
pasajes, ocupando las mismas trincheras que ellos acababan de pasar y atacando
su retaguardia. A los atacantes no les quedó otra salida que retirarse por las
calzadas, movimiento no siempre fácil y que ciertamente fue acompañado por
muchas pérdidas. Para evitar esas peligrosas emboscadas, en que los templos
servían de señuelo y cada casa comunitaria era un escondite para el enemigo,
Cortés se vio obligado a avanzar en forma lenta y cautelosa, sin dejar a sus espal-
das ninguna zanja sin rellenarla debidamente y por fin, al ver que todo el pueblo
no era sino una complicada trampa en que cada casa podía servir de baluarte,
muy a su pesar recurrió al desesperado expediente de arrasar por completo cual-
quier construcción que pudiera ofrecer escondite a los mexicanos.
Así, paso a paso, la tribu de México fue empujada a un espacio cada vez me-
nor. Un cinturón cada vez más ancho de ruinas humeantes fue cerrándose a su
alrededor por todas partes, y si una y otra vez se lanzaron con la energía de la
desesperación contra ese cerco mortal, en sus límites interiores se encontraban
con sus precavidos adversarios, que los rechazaban y aprovechaban la ocasión
para avanzar otro poco contra ellos. Mientras tanto, en sus filas aumentaba el
hambre y surgía la epidemia. Sus cuerpos se debilitaban día a día, no les queda-
ban medios de subsistencia, las mujeres y los niños vagaban como cadáveres
vivientes, sin temer a los despiadados aliados indios de Cortés. Sin embargo, la
tribu no se sometió, y cuando por dos veces los jefes guerreros explicaron la inu-
tilidad de cualquier defensa ulterior, el “consejo principal” como autoridad su-
prema declaró firmemente “que más vale que todos muramos en esta ciudad
peleando, que no vernos en poder de quienes nos harán esclavos y nos atormen-
tarán”.212
Por fin, el 13 de agosto de 1521 condujo Cortés “sus belicosas huestes, para
atravesar los incendiados y destruidos barrios que circundaban la capital azteca”,
EL ARTE DE LA GUERRA 83
mezclados unos con otros de todos sexos y edades, en la mayor confusión y formando
masas tan compactas que se empujaban unos a otros por sobre las orillas de la calzada y
caían abajo al agua. Algunos se habían subido a las azoteas; otros que apenas se podían
tener en pie, necesitaban apoyarse contra las paredes de los edificios. Sus sucios y desga-
rrados vestidos, dábanles un aspecto de la mayor rudeza selvática, la cual realzaban más
y más la ferocidad de su expresión y las encendidas miradas que dirigian al enemigo, en
las que se mezclaban el odio y la desesperación.213
a. El autor se refiere a Fray Diego Durán, en realidad nacido en España, de padres penin-
sulares, pero llegado niño a la Nueva España; él mismo dice que aprendió el nahuatl o
“lengua mexicana” en Texcoco y que allí “mudó de dientes”; su obra fundamental es la
Historia de las Indias de Nueva España e Islas de Tierra Firme. Hernando Alvarado Tezozomoc es
mestizo de español e india, igual que Fernando de Alba Ixtlilxochitl. [E.]
1. Nos adherimos al nombre “mexicanos” por deferencia hacia una costumbre estable-
cida; mexica o mexitin sería más correcto. El primero es utilizado por un distinguido estu-
dioso de la ciudad [city] de México, Alfredo Chavero (véase su “Calendario azteca”). La
etimología de las palabras “azteca”, “aztlantlaca” y otras queda fuera del propósito del
presente ensayo.
2. Véase fray Juan de Torquemada, Los veinte y un libros rituales y monarchia indiana con
el origen y guerra de los indios occidentales, Madrid, 1723 (reimpreso por Barcia del original
de 1613), vol. I, lib. II, cap. XI, pp. 92-93 [6a. ed. facsimilar, México, Porrúa, 1986, pp. 92-
93]. Este autor agrega que el arte de la pesca era desconocido para las tribus agricultoras
del valle hasta la llegada de los mexicanos (cf. fray Diego Durán, Historia de las Indias de
Nueva España y islas de tierra firme, escrito entre los años de 1579 y 1581, publicado por
José F. Ramírez, México, 1867, vol. I, caps. IV y V [México, Porrúa, 1984]).
3. Fernando de Alvarado Tezozomoc, Crónica mexicana: “mas de las Tierras, y Montes
que hoy havitan los Chichimecas, que es por Santa Barbola” (en lord Kingsborough,
Antiquities of Mexico, vol. IX [México, Porrúa, 1980, p. 224]). Hablando de las “siete cue-
vas” (Chicomoztoc) de donde las tribus nahuas (incluidos los mexicanos) afirmaban ha-
ber salido, Durán dice: “Estas cuevas son en Teoculuacan, que, por otro nombre, se llama
Aztlan, tierra de que todos tenemos noticia caer hacia la parte del norte y Tierra Firme,
con la Florida” (cap. I, p. 8 [p. 18, § 28]); “Pasaron y rodearon toda la tierra de los chi-
chimecas, sin dejar cosa por ver en toda la tierra nueva y llanos de Cibola” (cap. II, p. 21
[cap. III, p. 30, § 14]). Se ha sugerido que Cíbola era el nombre dado a Zuñí, pueblo que
hasta hoy existe en Nuevo México (véase “Historie of the great and mightie kingdom of
China, and the situation thereof, etc.”, trad. del original español del padre Juan González
de Mendoza (1588) por R. Parke, y publicado nuevamente por la Hackluyt Society en su
volumen de 1853 (2 tomos). Zuñí: “los españoles lo llaman Cíbola”.
4. Tezozomoc, cap. I, p. 6 [pp. 225-226]; Joseph de Acosta, Historia natural y moral de
las Indias, Madrid, 1608, lib. VII, cap. 4, p. 459 [México, FCE, 1962, p. 324]). Brasseur de
Bourbourg (Popol Vuh, introd., pp. 137, 140) da a entender que Huitzilopochtli es un mito
común a los habitantes de Centroamérica en general.
5. El lugar adonde huyeron los mexicanos, y que posteriormente llegó a ser el núcleo
de Tenochtitlan y de Tlatelolco, era tierra seca, entre juncos y cañas (Tezozomoc, cap. I, p. 5
[p. 224]: “porque el día que llegaron á esta Laguna mexicana, en medio de ella estaba, y
tenia un sitio de tierra, y en él una peña”). Fray Jerónimo de Mendieta (Historia eclesiás-
tica indiana, publicada por mi muy estimado amigo J. García Icazbalceta, erudito estudio-
so mexicano, en 1870, lib. II, cap. XXXIV, p. 148 [México, Porrúa, 1980, p. 148]): “Y luego
se hicieron fuertes en este sitio, tomando por muralla y cerca las aguas y emboscadas de
la juncia y carrizales y matorrales de que estaba entonces poblada y llena toda la laguna,
[84]
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 85
que no hallaron el agua descubierta sino en sola una encrucijada de agua limpia desocu-
pada de los matorrales y carrizales, formada á manera de una aspa de S. Andrés. Y casi al
medio de la encrucijada hallaron un peñasco.” Torquemada (lib. II, cap. XI, p. 92): “En
este lugar se ranchearon (como decimos en el Libro de las Poblaçones) haciendo unas
pobres, y pequeñas Choças, rodeadas de Carriço, y Espadañas, que ellos llaman Xacalli”,
etc. Joseph de Acosta (Historia natural, lib. VII, cap. 7, p. 465 [pp. 329-330]): “Y dividién-
dose a una parte y a otra por toda aquella espesura de espadañas, y carrizales y juncia de
la laguna, comenzaron a buscar por las señas de la revelación, el lugar tan deseado.”
6. Que yo sepa, no había sino una posición similar: la de Atitlán, en Guatemala
(véase “Segunda relación por Pedro de Alvarado à Hernando Cortés”, 28 de julio de
1524, en E. de Vedia, Historiadores primitivos de Indias, Madrid, 1852, vol. I, pp. 460-462
[“Segunda Relación hecha por Pedro de Albarado a Hernando Cortés en que se refiere a
la conquista de muchas ciudades, las guerras, batallas, traiciones y rebeliones que suce-
dieron…”, en Relación hecha por Pedro de Alvarado a Hernando Cortes, en que se refieren las
guerras y batallas para pacificar las provincias del antiguo reino de Goathemala, México, José
Porrúa, 1954, pp. 40-42]). También esa tribu era considerada muy feroz.
7. Tezozomoc (cap. XXI, p. 32 [p. 287]): “Pasados algunos años dijo el rey Moctezuma
a Ciahuacoatl Tlacaeleltzin general y oidor: ¿paréceme que ha muchos dias que estamos
muy ociosos?” Ese término, ociosos, se refiere a que no había ninguna guerra, puesto que
inmediatamente después se inició la guerra contra Chalco, con la más abierta provoca-
ción por parte de los mexicanos.
8. F.J. Clavijero, Storia del Messico, Cesena, 1780, lib. VI, cap. 36 [Historia antigua de
México, 4 vols., México, Porrúa, 1958]. Francisco López de Gómara (“Historia general de
las Indias”, 2a. parte, Conquista de Méjico, en Vedia, vol. I, p. 438 [Historia de la conquista
de México, Venezuela, Ayacucho, 1979, cap. CCXVIII, p. 335]) dice: “Hecho esto, les ponen,
si es varón, una saeta en la mano derecha, y si hembra, un huso o una lanzadera, deno-
tando que se habían de valer, él por las armas, y ella por la rueca”. Torquemada (vol. II,
lib. XII, cap. XX, p. 450 [lib. XIII, cap. XX, p. 450]) dice que esto se hacía cuatro días
después del nacimiento. Clavijero indica que sólo los niños “cuyos padres eran guerre-
ros” recibían ese tratamiento, pero eso no está confirmado. Motolinia (“Historia de los
indios de la Nueva España”, en García Icazbalceta, Colección de documentos para la historia
de México, 1866, vol. I, trat. I, cap. V, p. 37 [México, Porrúa, 1980, p. 37]): “y entonces si
era varon poníanle una saeta en la mano […], el varon porque fuese valiente para defen-
der á sí y á la patria, porque las guerras eran muy ordinarias cada año”. No había profe-
siones u oficios hereditarios.
9. Tezozomoc, cap. LXXXIV, p. 141 [pp. 581-582], y cap. XC, p. 158 [p. 605]; Acosta,
lib. IV, cap. XXVI, pp. 442-443 [lib. VI, cap. 26, pp. 314-315].
10. Lo que los alemanes llaman Allgemeine Wehrpflicht [servicio militar obligatorio] existía
entre los mexicanos en la escala más vasta. Sin embargo, sus fuerzas, aunque estaban
siempre dispuestas, nunca salían del pueblo permanentemente, porque no eran lo bastante
numerosas y no almacenaban provisiones en cantidades suficientes para eso. Dentro del
pueblo de México no había necesidad de estar armado, y por lo tanto en el pueblo los
mexicanos andaban desarmados. Los “guardias” de que hablan Gómara y Bernal Díaz
nunca existieron (véase Gómara, p. 345 [cap. LXXIV, p. 120]: “En la ciudad nadie trae
armas”).
11. Ni siquiera Bernal Díaz dice nada. Fernando de Alva Ixtlilxochitl (“Relaciones
históricas”, en lord Kingsborough, Antiquities of Mexico, vol. IX, Relación XIIIa. De la veni-
da de los españoles” [“Décimatercia relación. De la venida de los españoles y principio de
86 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS
la ley evangélica”, en “Relaciones históricas”, Obras históricas, t. I, cap. III, México, UNAM,
1975], también traducida al francés por Ternaux-Compans con el título “Cruautés horri-
bles des conquérants du Mexique”, en la primera serie de su inestimable colección de
traducciones) dice que los mexicanos perdieron más de 240 mil hombres durante el sitio
de México. El único cálculo razonable lo encuentro en Durán (cap. XXXVII, pp. 287-288
[p. 281, § 4]): antes de ir contra Michoacán en 1479, los mexicanos (incluyendo Texcoco
y Tlacopan y otros del valle) contaron sus fuerzas y “hallaron que había veinticuatro mil
combatientes”. Esto es posible.
12. Sobre la población de México hay diversos informes. Los extremos son: 60 mil almas
(Conquistador Anónimo [“Relación de algunas cosas de la Nueva España, y de la gran
ciudad de Temestitán México”], en García Icazbalceta, Colección de documentos, vol. I, p. 391)
y 60 mil familias.
13. El largo de los muros de esa plaza, según Gómara, era de “un tiro de ballesta”.
¿Cómo es posible que hubiera diez mil hombres siempre allí, además de los sacerdotes y
sus numerosos asistentes?
14. Los que mencionan las “guardias” son Bernal Díaz del Castillo (Historia verdadera de
la conquista de la Nueva España, en Vedia, vol. II, cap. XCV [México, Patria, 1983, cap. XCV]),
Gómara (p. 342 [p. 121]), Torquemada (vol. II, lib. II, cap. VI, p. 544 [lib. XIV, cap. VI, p. 544])
y otros. En cambio Cortés y Andrés de Tapia no hacen mención de ellas.
15. Tres testigos presenciales han descrito ese célebre encuentro: Cortés (Cartas de re-
lación, en Vedia, vol. I, “Carta segunda”, p. 25 [“Segunda carta-relación”, en Cartas de rela-
ción, México, Porrúa, 1988, p. 51]), Bernal Díaz del Castillo (cap. LXXXVIII, p. 83 [p. 240])
y Andrés de Tapia (“Relación hecha por el señor Andrés de Tapia, sobre la conquista de
México”, en García Icazbalceta, Colección de documentos, vol. II, p. 578 [pp. 578-579]).
Ninguno de ellos habría dejado de notar la presencia de hombres armados entre los
indios, si los hubiera habido con Moctezuma.
Los mexicanos, por su parte, no habrían dejado de hacer ostentación de una guardia
armada, si ésta hubiera existido, al recibir a los extranjeros armados a la entrada del
pueblo.
16. Ixtlilxochitl (Histoire des Chichiméques ou des anciens rois de Tezcuco, trad. M. Ternaux-
Compans, cap. 85 [“Historia de la nación chichimeca”, Obras históricas, t. II, cap. LXXXV,
p. 220]): “Acudieron luego a palacio todos los españoles y muchos de los caballeros y
señores de la ciudad, parientes y amigos del rey, todos tristes y llorosos, mirándole a la
cara si les daba licencia para librarle.” El mismo autor (“Relación XIIIa” [“Decimotercia
relación”, p. 452]): “La gente ilustre y los capitanes mexicanos todos se espantaron de tal
atrevimiento, y se retiraron a sus casas.” Gómara, que menciona una guardia de Moctezuma
formada por tres mil hombres (“Corte y guarda de Moctezuma”, p. 345 [cap. LXXVI, p.
121]), la olvida completamente cuando relata la captura de Moctezuma. Cortés (“Carta
segunda”, p. 27 [“Segunda carta-relación”, p. 54]) no menciona ninguna guardia que
estuviera con el jefe. Tampoco lo hace Andrés de Tapia (Colección de documentos, vol. II, p.
580 [p. 579]). Sin embargo, la captura de Moctezuma no tuvo el efecto deseado. Él no era
tan poderoso como los españoles creían, y su influencia se desvaneció apenas fue hecho
prisionero, y por lo tanto efectivamente descalificado para el cargo.
17. Los cuerpos de guerreros mexicanos que Cortés posiblemente encontró en dife-
rentes lugares fuera de México cuando avanzó por segunda vez contra esa tribu no eran
guarniciones apostadas en esos lugares, sino que habían sido enviados especialmente
contra los españoles. Ni en Cempoala ni en Quiahuiztlan encontró guarniciones de tro-
pas mexicanas. En el combate en que fue muerto Juan de Escalante los adversarios eran
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 87
mas fuerzas, salian á las guerras, y los otros iban también á ver y deprender cómo se
ejercitaba la milicia.” Tezozomoc (cap. LXXI, p. 121 [p. 523]): “y examinados todos los
mancebos escogidos, y muchos mancebos que no habían ido, de ver tan lucido el campo,
armados segun la usanza de aquellos tiempos, iban con los otros y les llevaban al matalo-
taje y armas, por ver la manera de la batalla, para quedar ellos enterados para otra oca-
sión del ánimo, coraje, destreza, ardides, sutilezas en el arte militar”.
22. México estaba dividido en cuatro calpulli (barrios), cada uno de los cuales tenía su
telpuchcalli, “adonde los achcacauhtin los ensayaban con valerosos ánimos y las maneras de
combatir” (Tezozomoc, caps. LXXI y LXXVIII, p. 134 [p. 551]).
23. Sobre la larga lista de festivales religiosos de los mexicanos, tanto ordinarios como
extraordinarios, véase casi cualquiera de los autores de los siglos XVI, XVII y XVIII, sobre
México. En cuanto a los despliegues y ejercicios militares durante las fiestas, véase espe-
cialmente Antonio de Herrera (Historia general de los hechos de los castellanos en las islas y
tierra firme del mar oceano, Madrid, 1730, déc. II, lib. VII, cap. XI, p. 187): “Ninguno era
osado traer Armas por la Ciudad, solamente las llevaba à la Guerra, ò à la Caça, ò en la
Guarda que hacian al Rei: el qual, en Fiestas, i Dias señalados, hacia exercitar à los Caba-
lleros moços en ellas, para quando fuese menester, i para animarlos ponia Premios, para
los que mejor lo hiciesen: hallabase El presente, i aun algunas veces tiraba el Arco, i
esgrimia la Espada, que lo hacia muy bien, i con mucha gracia, aunque mui pocas veces,
por Magestad.” También Torquemada (lib. X, cap. XIV, p. 256, pero especialmente cap.
XI, p. 252 [p. 253]): “En esta fiesta hacían alardes, y escaramuças todos los Soldados, y
Hombres de Guerra, donde cada qual pretendia aventajarse al otro; y se mostraban mui
valientes, y esforçados; de donde nacia señalarse muchos, y aventurarse á casos mui peli-
grosos” y Mendieta, lib. II, cap. XXXI, p. 143.
24. Tezozomoc, cap. LXXXIV, p. 147 [p. 582], y cap. XC.
25. Es bien sabido que los mexicanos se habían dividido anteriormente en dos tribus:
los mexicanos propiamente dichos, de Tenochtitlan (tenochcas), y los de Tlatelolco. Estos
últimos nunca negaron su origen común. Se dice que en el momento de su conspiración
para derrotar a los tenochcas acordaron “que no ha de haber memoria de Mexicatl
Tenuchcatl, sino Tlatilulco México y cabeza del mundo” (Tezozomoc, cap. XLI [p. 377]).
No carece de interés observar que todavía en 1473 (el año 7 calli), es decir, apenas 48 años
antes de la conquista española, la existencia misma de la potencia mexicana estuvo seria-
mente amenazada por una tribu pequeña, que subsistía como pueblo independiente a un
tiro de mosquete de México. Ese hecho, y las negociaciones de los tlatelolcas con otras
tribus del valle, en ese mismo periodo, dan una de las mejores ilustraciones de la laxitud
de los vínculos que unían a los mexicanos con las tribus sometidas del valle, en la época
de Cortés. Después de la derrota de los tlatelolcas por Axayacatl de México, su pueblo
pasó a ser el quinto barrio o calpulli, y después, bajo el gobierno español, tomó el nombre
de Santiago.
26. Tezozomoc, cap. XLI; Durán, cap. XXXIII, pp. 259, 260 [pp. 253, 254, § 5-6]. Según
este último, al principio practicaban con la honda, lanzando piedras contra una figura de
madera; no menciona el uso de espada o maza, sino sólo el de proyectiles. Por lo demás,
ambos autores concuerdan perfectamente.
27. Tezozomoc, cap. LXXXIV, p. 147 [p. 582], y Herrera, vol. I, déc. II, lib. VII, cap. II [cap.
XI], p. 187.
28. Tezozomoc, cap. LXXI, p. 121 [pp. 522-523]. Inmediatamente antes de la expedi-
ción contra Xoconochco, “los mancebos iban cada día á los barrios al ejercicio de las
armas, á la escuela de armas Telpuchcalco” (cap. LXXVIII, p. 134 [p. 551]). El Conquistador
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 89
paña. La cita anterior es de su Historia de los indios de Nueva España, escrita alrededor de
1540 (trat. I, cap. XII, pp. 63, 65). Murió el 9 de agosto de 1569.
32. Los calpixqui eran funcionarios civiles, mayordomos, recaudadores de tributo, a
cuyo cuidado estaban confiados los almacenes públicos. El nombre fue traducido gene-
ralmente como “mayordomo” incluso por Molina (II, p. 11 [p. 12; Siméon, p. 62]). Su
significación, sin embargo, derivaría de tlacatl, hombre, noble señor, y pixquitl, cosecha,
siega, y por lo tanto correspondería a recaudadores o recolectores. Cuenta Tezozomoc
que antes de la expedición contra las tribus de Cuetlaxtlan “Con esto los mayordomos y
calpixques de los pueblos dieron á sus barrios maíz para hacer bizcocho, tlacatutopochtli,
pinole, chile molido, chian, frijol y todo lo perteneciente á ello” (cap. XXXII, p. 49 [pp. 329-
330]). Bernal Díaz (cap. XCI, p. 87 [p. 252]) dice que las “casas de armas” estaban contro-
ladas por “mayordomos”. El principal de ellos era el petlacalcatl, hombre de la casa de las
arcas, de petlacalli, arca o caja hecha de cañas. Bernal Díaz del Castillo menciona a ese
funcionario, pero dice que lo llamaban Tapia y no recuerda su título indio (cap. XCI).
Cada una de las tribus sometidas a México tenía un calpixqui que residía en ella.
33. Tezozomoc, cap. XXXV, p. 35 [p. 349], y cap. LXX, p. 119 [p. 520].
34. Tezozomoc nunca menciona el arco y las flechas, sino siempre “varas tostadas”,
“varas arrojadizas”, tlalzontectli. Los mexicanos emplearon varas endurecidas al fuego una
vez, en su momento de más abyecta miseria, cuando luchaban con los culhuas contra
Xochimilco (Clavijero, lib. II, cap. 16). Hasta los pobres aborígenes de las Lucayas
(Bahamas) utilizaban puntas de hueso de pescado, y no simplemente de madera endure-
cida (Mendieta, lib. II, cap. XXVI, p. 130).
35. Gómara, p. 345 [cap. LXXIV, p. 120].
36. Clavijero, lib. VII, cap. 23.
37. De otro modo sería difícil explicar el número de dardos “gastados” en las batallas,
si cada guerrero no llevaba más que una jabalina. Torquemada (lib. VI, cap. XXI, p. 43)
menciona una especie de ballesta, que llama atlatl, por medio de la cual se decía que
arrojaban sus dardos (“que tiraban con cierto artificio, que llamaron Atlatl”). Sin embar-
go, atlatl significa correa, el “amiento” que sujetaba el casco bajo el mentón. Dice Mendieta
[p. 130]: “Al principio jugaban de hondas y varas como dardos que sacaban con jugaderas
y las tiraban muy recias.” “Jugadera” equivale a lanzadera. En su nota a Durán (cap. IV, p. 31
[p. 39, § 16]): “inventando aquel modo de armas y varas arrojadizas que llamamos fis-
gas”, Ramírez dice: “Refiérese probablemente al arma Mexicana llamada Atlatl, especie
de ballesta, que según la tradición fue inventada en Tacubaya.” La “fisga” es un arpón o
tridente. Sin embargo, el uso de la ballesta por los mexicanos –como lo indica el término
“ballesta” usado por los cronistas– no está del todo establecido, a nuestro parecer. Es
posible que tuvieran algo similar a la ballesta, pero no era un arma comúnmente usada,
y yo sugeriría que la “invención” del atlatl en Tacubaya no está relacionada con la ballesta,
como sugiere el señor Ramírez, sino con la “fisga” o arpón, es decir, la jabalina sujeta a su
portador por una cuerda larga. Además, los mexicanos tenían un nombre muy caracterís-
tico para la ballesta (Molina, I, p. 116 [Siméon, p. 506]): tepuztlauitolli, compuesto de
tepuztli, hierro o cobre, y tlauitolli, arco: un arco de hierro, lo que indica con claridad que el
arma sólo fue conocida por ellos durante la conquista o después. Gonzalo Fernández de
Oviedo y Valdés, en su Historia general y natural de Indias, escrita hacia la mitad del siglo
XVI pero publicada por entero apenas en 1853, por la Academia de Madrid, da (vol. III,
lám. 1, figs. 2 y 3) un dibujo de un instrumento usado por los indios de Cueva (Coyna), en
el istmo de Darién, para arrojar sus dardos. Dice (lib. XXIX, cap. XXVI, p. 127): “En algu-
nas regiones del país los indios son guerreros, en otras no. Casi nunca utilizan el arco,
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 91
sino que luchan con macanas, lanzas largas, y dardos que arrojan por medio de estóricas
[una especie de avientos], artefacto de madera bien hecho. Con eso arrojan la jabalina,
conservando siempre la estórica en la mano.” El dibujo representa una lámina de madera
más corta que el dardo mismo; este último se apoyaba sobre esa lámina, que tenía a
ambos lados un anillo por el que pasaban dos dedos, sosteniéndola en medio apoyada en
la palma de la mano. Eso les daba considerable fuerza y exactitud al arrojar el dardo. Una
representación tosca pero muy clara de un artefacto similar se encuentra en la lám. V del
cap. V del segundo tratado de Durán, lo que muestra que el atlatl no es otra cosa que la
“estórica” de Oviedo. Además, F.W. Putnam, curador del museo Peabody, identifica el
atlatl, con toda probabilidad, con el propulsor que todavía utilizan los aleutianos del nor-
oeste.
38. Aun cuando el arco y las flechas son armas muy mortíferas, el dardo era más conve-
niente y por lo tanto más popular entre los mexicanos, al menos al empezar el combate
(Mendieta, lib. II, cap. XXVI, p. 130).
39. Molina, I, p. 13.
40. Clavijero, lib. VII, cap. 23. Algunas tribus usaban arcos de más de 1.50 m de largo.
Los nativos de Tehuacan eran arqueros extraordinariamente buenos (Mendieta, lib. II,
pp. 130 y 131).
41. No hay indicios de flechas envenenadas al norte del istmo del Darién. Cf. “Rela-
ción de los sucesos de Pedrarias Dávila en las provincias de Tierra firme o Castilla del
oro… escrita por el Adelantado Pascual de Andagoya”, en Martín Fernández de Navarrete,
Colección de los viajes y descubrimientos, Madrid, 1829, vol. III. También Pedro de Cieza de
León, “Crónica del Perú”, en Vedia, vol. II, cap. VII, p. 361 [La crónica del Perú, Buenos
Aires, Espasa-Calpe, 1945, cap. VII, p. 52].
42. Mendieta, lib. II, cap. XXVI, p. 130. Las piedras eran recogidas durante el combate
y arrojadas al adversario en el campo. Tezozomoc menciona piedras arrojadas “con cor-
deles”, pero no poseemos ninguna descripción de la honda.
43. Clavijero, lib. VII, cap. 23; Motolinia, trat. III, cap. VIII, p. 188; Herrera, déc. II, lib. VII,
cap. XI, p. 187. No es fácil reconstruir la etimología de la palabra tematlatl. Podría derivar
de temac, en manos de alguien, y atlatl, correa, o de temalli, sustancia o cuerpo, y atlatl.
44. Bernal Díaz del Castillo, caps. LXXXIII y CXXVI; Cortés, “Carta tercera”, p. 41 [“Se-
gunda carta-relación”, p. 44]; Gómara, p. 373 [p. 169].
45. Cortés, “Carta segunda”, p. 50 [p. 92]; Mendieta, lib. II, cap. XXVI, p. 130.
46. De tepuztli, hierro o cobre, y topilli, palo o vara. Las lanzas largas o picas eran
usadas sobre todo por los habitantes de Chiapas. Durante el sitio de México los aboríge-
nes que lo defendían usaban “lanzas largas de las nuestras, o dalles que habían hecho,
muy más largas de las armas que tomaron cuando el gran desbarate que nos dieron en
México” (Bernal Díaz del Castillo, cap. CLI, p. 178 [p. 506]).
47. Clavijero, lib. VII, cap. 23; Bernal Díaz del Castillo, caps. LXII y LXV. Este último las
llama “espadas de dos manos”.
48. Conquistador Anónimo, p. 373.
49. Véase también Herrera, déc. II, lib. VII, cap. XI, p. 187; Mendieta, lib. II, p. 130;
Motolinia, trat. III, cap. VIII, p. 188.
50. Clavijero afirma categóricamente que el filo era de obsidiana, y el pedernal no
podría haber dado un filo tan cortante. Mendieta (lib. V, parte II, cap. VII, pp. 757 y 758)
llama a las espadas “macanas” y dice que la madera estaba “cercada de navajas de piedra
por ambas partes”. Los primeros golpes eran terribles, pero sólo ésos, porque después el
filo se rompía. Cf. Herrera (déc. II, lib. VII, cap. XI, p. 187): “i enconan las Espadas de Palo
92 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS
con agudos pedernales, engeridos por los filos […] que dando grandes golpes no se
deshacia: cortaban en lo blando, quanto topaban, pero en lo duro resurtian, como eran
los filos mui delgados”. Clavijero (lib. VII, cap. 23 [p. 236]): “sólo el primer golpe era el
temible, porque inmediatamente se embotaba el filo”. El nombre macuahuitl podría deri-
var de maitl, mano, y cuahuitl, árbol. En las láminas que acompañan la obra de Durán hay
muchas representaciones del macuahuitl. La empuñadura consiste generalmente en una
bola, o a veces un aro.
51. H.H. Bancroft, Native races of the Pacific states of North America, vol. II, p. 411. Si hasta
aquí no hemos citado, y quizá no volvamos a citar, esta espléndida compilación es simple-
mente porque preferimos remitir a las autoridades originales, y en absoluto por falta de
aprecio por la valiosa colección de datos que este distinguido autor ha proporcionado a la
ciencia.
52. Bancroft da una excelente ilustración de una maza empleada en la actualidad por
algunos indios de la República de México. Sin embargo, entre los mexicanos propia-
mente dichos la espada, macuahuitl, era el arma más común y con mayor frecuencia usa-
da. Clavijero la representa como la hoja de un pez sierra, con dientes, y Tezozomoc la
llama “espadarte”. Sin embargo, no cabe duda de que la intención de los indios era hacer
una hoja (o filo) continua, y no una hilera de dientes. (Es posible que a lo largo de la
costa, la “trompa” del pez sierra se usara ocasionalmente como arma, pero ciertamente
nunca se convirtió en modelo.) El chumpi peruano era un arma peculiar, y no hay nada
análogo en este continente. Para usarlo había que emplear las dos manos. Su imagen
puede verse en Herrera, frontispicio de la década V, donde están retratados trece incas.
Tanto Manco Capac como Viracocha tienen un chumpi o pica rematada en una gran estre-
lla, como la Morgenstern [estrella de la mañana] de los suizos.
Algunos autores insisten en llamar “macana” a la espada mexicana, pero esa palabra no
es mexicana. Tampoco es caribe. Fue importada de las Antillas por los españoles, y es
probablemente “arua”. Von Tschudi describe la macana que todavía utilizan los indios
salvajes de la montaña peruana, al este de los Andes (Peru. Reise-skizzen, St. Gall, 1846,
vol. II, cap. 7, p. 231). Dice este autor: “La espada, macana, también está hecha, igual que el
arco, de la dura chunta. Esta madera es de color oscuro, y muy dura y pesada. La macana
mide más de un metro de largo por tres centímetros de espesor y alrededor de quince
centímetros de ancho; en la empuñadura tiene sólo unos ocho centímetros de ancho y es
redondeada; los dos filos son tan aguzados como los de un sable.” El mismo autor descri-
be también la maza, matusino, de las mismas tribus, que es una imitación tosca del chumpi
de los incas, con cuernos de venado en lugar de la estrella metálica. Mide entre un metro
y uno y medio de largo. Durán incluye también dibujos de una maza mexicana, que
corresponden a la figura que da Bancroft.
53. Esos escudos, ricamente adornados con plumería, se usaban en los grandes festi-
vales, en las danzas. Hay representaciones en Herrera (frontispicio de la década II), en
Clavijero y especialmente en la “Raccolta di Mendoza” [Códice Mendocino] publicada por
lord Kingsborough. Con frecuencia se enviaban como presente, y entre los regalos que
recibió Cortés en Veracruz, Gómara menciona una vez “Veinticuatro rodelas de oro y
pluma y alfójar, vistosas y de mucho primor”, y otra vez “Cinco rodelas de pluma y plata”
(p. 322 [cap. XXXIX, p. 68]), que distingue del escudo de guerra que describe como “Una ro-
dela de palo y cuero, y a la redonda campanillas de latón morisco, y la copa de una
plancha de oro, esculpido en ella Vitcilopuchtli, dios de las batallas, y en aspa cuatro
cabezas con su pluma o pelo, al vivo y desollado, que eran de león, de tigre, de águila y de
un buarro.”
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 93
54. Conquistador Anónimo, p. 373. Cf. Torquemada, lib. IV, cap. XXXI, p. 423, y Clavi-
jero, lib. VII, cap. 23.
55. Véase las descripciones de un combate singular entre un cempoalteca y un tlaxcalteca
en Herrera, déc. II, lib. VI, cap. VI, p. 143 [p. 144], y Torquemada, lib. IV, cap. XXXI, p. 422.
56. Clavijero (lib. VII, cap. 23) y el Conquistador Anónimo afirman que cada guerre-
ro llevaba un escudo. Pero Mendieta es aún más claro (lib. III, cap. XXVI, p. 130): “Tras
estas llegaban los golpes de espada y rodela, con los cuales iban arrodelados los de arco
y flecha, y allí gastaban su almacén.” Sin embargo, fray Diego Durán (cap. XIV, p. 121
[p. 120, § 18]) dice: “Y llegados a un lugar que llaman Tecuiltlatenco, hicieron alto y
esperaron la armada de México, que venía por la laguna, que eran mil canoas, muy bien
aderezadas de gentes y paveses con gran número de fisgas y varas arrojadizas, flechas y
rodelas, y de hombres para defensa de los flecheros; los cuales estaban tan diestros en
desviar flechas con las rodelas, que era espanto, porque en viéndolas venir luego les
daban con la rodela que las echaban a través.” Esto parece indicar que se trataba de
hombres especialmente destacados para proteger a los arqueros, y por lo tanto una divi-
sión en diferentes armas, aunque no hay otra evidencia de este hecho. Es posible que así
haya sido en este caso, porque la lucha (contra Cuitlahuac) debía tener lugar principal-
mente en el agua, pero en ninguna otra parte encontramos una división por armas, como
arqueros, lanceros, espadachines, etc. Todos los guerreros mexicanos iban armados lo
más igual posible. El Conquistador Anónimo, después de mencionar las diferentes ar-
mas, dice: “y comunmente llevan todas estas armas” (p. 374).
57. Gómara (p. 440 [cap. CCXXII, p. 340]): “Calzan unos zapatos como alpargatas;
pañicos por bragas; visten una manta cuadrada, añudada al hombro derecho como gita-
nas.” Conquistador Anónimo, “La forma de vestir de los hombres”, p. 376 [“Vestidos de
los hombres”, p. 376]). Tezozomoc (cap. XXXVI, p. 58 [p. 353]): “los mazehuales bajos
habian de traer las mantas cortas, llanas, de algodón basto ó de nequen”. El maxtlatl es
descrito por el Conquistador Anónimo como sigue: “unas toallas muy vistosas, que son
como pañuelos grandes de los que usan en la cabeza para caminar, de varios colores y
adornados de diferentes maneras, con sus borlas que al ponèrselas viene à caer la una
delante y la otra atràs”. Era común a los aborígenes de México y Centroamérica, y está
representado en las esculturas de Palenque, Copán y Chichén Itzá. Las ilustraciones de
Durán contienen posiblemente la representación más digna de confianza de esos atuendos.
58. Ichcahuipilli deriva de ichcatl, algodón, y huepil, chaqueta. Alvarado, en su segunda
carta a Cortés, fechada el 28 de julio de 1524 (Vedia, vol. I [p. 42]), menciona un ichcahuipil
usado por indios de Guatemala, que tenía tres dedos de espesor y les llegaba hasta los
tobillos: “porque venían tan armados, que el que caía en el suelo no se podía levantar; y
son sus armas coseletes de tres dedos de algodón, y hasta en los pies”.
59. Hay varias representaciones de esa protección de los muslos, y también de los
brazos, especialmente en la espléndida obra de lord Kingsborough, tomadas del Códice
Mendocino. Todo el traje, del cuello a las rodillas, parece ser de una pieza. Sin embargo,
no tenemos ninguna descripción precisa de él. Es dudoso si terminaba en perneras altas
o en una especie de faldón que llegaba de la cintura hasta las rodillas: es posible que las
dos cosas, pues hay indicios de ambas (Conquistador Anónimo, p. 374; Clavijero, lib. VII,
cap. 23). Sin embargo, la ausencia de ichcahuipilli no siempre era indicio de rango menor:
algunos guerreros de mérito particular iban a la guerra casi desnudos. Cf. Humboldt,
lám. XIV, fig. IV, y Herrera, déc. II, lib. XXI, p. 287, que al hablar de los nativos de Tepeaca,
que eran vasallos de México, dice: “i los mas valientes iban embijados, pintados en car-
nes, de colorado, i negro, con sus Pañetes”. Por consiguiente, no había uniformidad abso-
94 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS
luta ni distinción uniforme en atavío y ornamentos, y esto aumentaba aún más por la
variedad de costumbres existente entre las numerosas tribus que auxiliaban a los mexica-
nos en la guerra, porque cada tribu tenía su propio traje y en el campo de batalla se
mantenían separadas. Un ejército mexicano debe de haber sido una multitud variada y
extraña. Sin embargo, es probable que hubiera menos diversidad en él que en los cuerpos
guerreros de Perú. Sobre la variada apariencia de estos últimos, cf. Francisco de Xerez,
secretario de Pizarro (Vedia, vol. II).
60. Cactli, corrompido en “catle”, lo registra Molina (II, p. 11) como “cacles, o çapatos,
sandalias” [Siméon, p. 58, como “zapatos, sandalias, calzado en general”]. Torquemada
dice: “el Rei llevaba Çapatos de Oro, que llaman Cacles, y son á la manera antigua de los
Romanos; tenian gran Pedreria de mucho valor, las Suelas estaban prendidas con Co-
rreas” (vol. I, lib. IV, cap. XLVI, p. 450); “davanle Cotaras, ó Sandalias labradas” (vol. I, lib.
XI, cap. XXX, p. 365). Gómara (p. 322 [p. 68]), en la lista de regalos que Cortés envió al
emperador, menciona “Muchos zapatos como esparteñas, de venado, cosidas con hilo de
oro, que tenían la suela de cierta piedra blanco y azul […]. Otros seis pares de zapatos de
cuero de diverso color, guarnecidos de oro o plata o perlas.” La cuestión es si eran mocasines
o sandalias. Las esculturas de Palenque muestran algo que puede ser las dos cosas. Durán
(cap. XXVI, p. 214 [p. 211 , § 3-4]), hablando de las distinciones en el vestido, dice: “Y así,
lo primero que se ordenó fue que los reyes nunca saliesen en público, sino a cosas muy
necesarias y forzosas. Que sólo el rey se pusiese corona de oro en la cabeza, en la ciudad, y
que, en la guerra, todos los grandes señores y valientes capitanes se la pudiesen todos po-
ner, y fuera de allí, no. Los cuales en la guerra representaban la persona real y así podían
en la guerra ponerse corona e insignias reales. Ordenóse que sólo el rey y su coadjutor
Tlacaelel pudiesen traer zapatos en la casa real, y que ningún grande entrase calzado al
palacio, so pena de la vida, y que sólo ellos pudiesen traer zapatos por la ciudad y ningún
otro, so pena de la vida, excepto los hubiesen hecho alguna valentía en la guerra, por su
valor y señal de valientes, les pudiesen permitir traer unas sandalias, de las más comunes
y baladíes, porque las doradas y pintadas sólo los grandes las podían traer.” Yo sugeriría
que los cactli o “cotaras” eran medios mocasines, como pantuflas. No carece de interés
observar aquí que hasta el uso de tales artículos dependía del mérito real y la reputación
alcanzada en la guerra, y no de la riqueza o la herencia. La guerra era verdaderamente “la
vida de la tribu”.
61. Conquistador Anónimo, p. 372; Clavijero, lib. VII, cap. 23. Hay dibujos en Clavije-
ro, en el Códice Mendocino publicado por lord Kingsborough y en el frontispicio de la
década II de Herrera (vol. I). Es posible que los títulos honoríficos de “bravos leones,
tigres y águilas”, que tanto han contribuido a que se creyera en la existencia de “órdenes
militares” u “órdenes de caballería”, se basaran en el uso de tales máscaras por los gue-
rreros. Como ya se ha dicho, no todos llevaban esos cascos o máscaras, pero los datos que
posemos son demasiado incompletos para permitirnos hacer afirmaciones positivas so-
bre la clase o posición de quienes las usaban.
62. Durán (cap. XXVI, p. 215 [pp. 211, 212, § 5-7]): “También se determinó que sólo el
rey pudiese traer las mantas galanas de labores y pinturas de algodón e hilo de diversas
colores y plumería, doradas o labradas con diversas labores y pinturas, y diferenciarlas
cuando a él le pareciese, sin haber excepción en traer y usar las mantas que él quisiese. Y
los grandes señores, que eran hasta doce, las mantas de tal y tal labor y hechura, y los de
menos valía, como hubiesen hecho tal o tal valentía o hazaña, otras diferentes. Los solda-
dos, de otra menos labor y hechura, no pudiendo usar de otra preciosa labor ni diferen-
cia, más de aquella que allí se le señalaba, con sus ceñidores y bragueros que aludían y
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 95
seguían la hechura de la manta que les era permitida. Toda la demás gente, so pena de la
vida, salió determinado que ninguno usase de algodón, ni se pusiese otras mantas sino
de nequén, y que estas mantas no pasasen más de cuanto cubriesen la rodilla y si alguno la
trujese que llegase a la garganta del pie, fuese muerto, salvo si no tuviese alguna señal en
las piernas de herida que en la guerra le hubiesen dado.” También Tezozomoc, cap.
XXXVI, p. 58 [p. 353]. Aquí de nuevo encontramos el tipo y corte del manto y su ornamen-
tación determinados por las realizaciones guerreras de su portador.
63. Tezozomoc, cap. XXXVI, p. 57 [p. 352]; Humboldt, vol. I, p. 345 [pp. 103-104]. La
figura del Atlas in folio [Atlas pintoresco] proviene del Codex Anonimus del Vaticano. Dice el
Conquistador Anónimo: “A este que así se ha distinguido le hacen una señal en el cabe-
llo, para que sea conocido por su hazaña, y todo el mundo lo advierta á primera vista,
porque no acostumbran traer cubierta la cabeza” (p. 371 [pp. 371-372]). A veces se daban
como regalo trenzas, tanto de cabello como de piel, y se usaban. Tezozomoc las menciona
con frecuencia, con varios nombres.
64. El tocado, o “divisa” –tlauiztli o quetzalpatzactli– está representado en casi todas las
pinturas o dibujos mexicanos. También está representado en la piedra del sacrificio, ador-
nando al guerrero victorioso de cada grupo. Generalmente se exagera su tamaño. Gómara
(p. 322 [p. 68]) incluye en la lista de objetos enviados por Cortés al emperador “Un
morrión de madera chapada de oro, y por fuera mucha pedrería, y por bebederos veinti-
cinco campanillas de oro, y por cimera un ave verde, con los ojos, pico y pies de oro.”
Tezozomoc (cap. LIV, p. 88 [p. 430]) da la siguiente descripción de la figura de Axayacatl,
tallada en la roca de Chapultepec, “con cabello de muy preciada plumería, y teñido con
colores de la propia manera del pájaro Tlauhquechol”. El pájaro cuyas plumas constituían
el material se llamaba quetzal-tototl y es el Tragon resplendens (cf. San Salvador und Honduras
im Jahre 1571, trad. alemana de la relación de Diego García de Palacio, por A. von Frantzius
de Freiburg, p. 39, nota 61. Las notas del erudito traductor, así como las del Dr. Berendt,
son sumamente valiosas). También se usaba el tlauhquechol.
65. Prescott, History of the Conquest of Mexico, 1869, vol. I, lib. I, cap. II, pp. 45, 46 y 47
[Historia de la conquista de México, México, Porrúa, 1976, lib. I, cap. II, pp. 27 y 28].
66. Conquistador Anónimo, p. 372.
67. Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, Vedia, II, cap. CLIII, p. 188 [p. 533].
68. Podemos presumir que los colores eran de los destacamentos a los que esos solda-
dos pertenecían. Como quiera que sea, muestra que los mexicanos, igual que los indios
del norte, tenían una “pintura de guerra” especial. Los de Tepeaca, sus aliados o vasallos,
usaban negro y rojo (Herrera, déc. II, lib. X, cap. XXI, p. 287). Clavijero (lib. VII, cap. 23
[p. 234]) dice que “Los soldados rasos iban enteramente desnudos, sin más vestido que el
maxtlatl o pañetes que defendían las partes que oculta el pudor; pero fingían la ropa que
les faltaba con los diversos colores con que teñían su cuerpo.” Y más adelante (cap. 24
[pp. 237-238]) agrega: “Además del estandarte común y principal del ejército, cada com-
pañía que era de 200 ó 300 hombres, llevaba el suyo particular, la cual se distinguía de las
demás, no solamente en la forma del estandarte, sino también en el color de las plumas
que llevaban sobre sus armas los nobles y oficiales.” Si bien esto no es evidencia directa
del hecho, tiende a indicar que la pintura usada por los guerreros comunes era una
imitación de la plumería peculiar del cuerpo al que pertenecían. También se pintaban la
cara antes de un combate, a veces de negro. Tezozomoc cuenta que en una ocasión Ahuitzotl
se pintó la cara “con un betún amarillo”. Su armadura era azul: “tiznándose las caras con
la tizne divina, que ellos así llamaban. Y el rey Ahuitzotl, vestido de ricas mantas y debajo
muy bien armado con unas armas azules” (Durán, cap. XLVI, pp. 371-372 [p. 360, § 14]).
96 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS
69. A. de Humboldt (Essai politique sur la Nouvelle Espagne, 1825, lib. II, cap. VI, p. 274
[Ensayo político sobre el reino de la Nueva España, México, Miguel Ángel Porrúa/Instituto
Cultural Helénico, 1985, ed. facsimilar, t. I, lib. II, cap. VI, p. 175]) dice: “Su sistema de
feudalidad, su gerarquía civil y militar se encuentran ya desde entonces tan complicadas,
que es preciso suponer una larga serie de acontecimientos políticos, para que se hubiese
podido establecer el enlace particular de las autoridades de la nobleza y del clero, y para
que una pequeña porcion del pueblo, esclava del sultan megicano, hubiese llegado á
sojuzgar la gran masa de la nacion.” Véase W.H. Prescott, lib. I, cap. II, p. 23 [pp. 18 y 19],
y lib. II, cap. VI, p. 312 [pp. 142-144]; Brasseur de Bourbourg, Histoire des nations civilisées
du Mexique et de l’Amérique Centrale; H.H. Bancroft, Native races of the Pacific states. Cito
solamente los escritores sobre México más prominentes de este siglo [XIX].
70. James Adair, History of the American Indians, Londres, 1775.
71. Recherches philosophiques sur les Américains, libro muy insensato que por su extrava-
gancia y audacia ha hecho mucho daño. Permitió incluso a Clavijero atacar a Robertson,
porque este último también había aplicado una crítica sana al estudio de la historia ame-
ricana aborigen, y al colocarlos a ambos en la misma plataforma contrarrestó buena parte
de los efectos benéficos de la obra de Robertson.
72. History of America (9a. ed., 1800, vol. III, lib. VII, p. 274): “Los mexicanos y los
peruanos, sin conocimiento de los metales útiles y sin ayuda de animales domésticos,
trabajaban con desventajas que deben de haber retardado mucho su progreso, y en su
etapa de mayores realizaciones su poder era tan limitado, y sus operaciones tan débiles,
que difícilmente se puede considerar que habían avanzado más allá de la infancia de la
vida civil.” Si la primera parte de esta cita es evidentemente incorrecta, puesto que los
mexicanos utilizaban el cobre, la plata y el oro, y quizá también el estaño, y los peruanos
hacían aleaciones, la última parte es indudablemente cierta. Además, el autor la funda-
menta aún más con la siguiente observación: “La infancia de las naciones es tan larga, y
aun cuando todas las circunstancias favorecen su progreso, avanzan tan lentamente hacia
cualquier madurez de fuerza o de política, que el origen reciente de los mexicanos parece
una presunción algo exagerada, según las espléndidas descripciones que se han dado de su
gobierno y costumbres” (p. 281). Pese a estas observaciones tan claras y sensatas, Robertson
aceptó, aunque con vacilaciones, el feudalismo y la monarquía feudal en México (p. 292).
73. Véase “Systems of consanguinity and affinity of the human family”, en Smithsonian
contributions to knowledge, cap. VI, p. 488, “The communal family”. También “Montezuma’s
Dinner”, en North American Review, abril de 1876 [“La comida de Moctezuma”, supra,
pp. 3-35]. Este erudito autor ha hecho un osado esfuerzo por establecer la etnología
americana sobre nuevas bases.
74. “La comida de Moctezuma” (supra, p. 4): “Con típica prodigalidad norteamerica-
na, nuestro autor ha aplicado toda la grandiosa terminología del Viejo Mundo, creada
bajo instituciones despóticas y monárquicas durante varios miles de años de civilización,
para decorar a determinados hombres y clases de hombres, a simples sachem y jefes gue-
rreros indios, sin darse cuenta de que con ello agraviaba a los pobres indios, que no
habían inventado tales instituciones ni formado una sociedad como la que esos términos
implican.” Morgan, con cuya generosidad y amistosa protección tengo una deuda muy
grande, no me entenderá mal si digo aquí que, si bien su crítica de la corriente de ideas
que corre por todas las fuentes sobre el México antiguo me parece la más verdadera y
lógica, sus observaciones sobre los escritores mismos no siempre se justifican. Confío en
que esta observación, que viene de alguien a quien él ha hecho el honor de ser su guía y
maestro, sea aceptada con espíritu generoso.
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 97
75. Así, la palabra mexicana para tribu, ciudad y asentamiento es la misma, altepetl,
pero los españoles la aplicaron también al rey (Molina, II, p. 4 [Siméon, p. 21]). El nombre
tlatoani, que los mexicanos daban a sus principales jefes y que ha sido traducido como
“rey”, significa “el que habla” (“hablador”, Molina, II, p. 141 [“el que habla bien”, Siméon,
p. 674]), de ni-tlatoa, hablar (tlatolli, “habla” [“palabra, discurso”]). El consejo se llamaba
tlatocan, lugar del habla, pero Molina lo traduce como “corte o palacio de grandes seño-
res” [“corte, palacio de gran personaje”, Siméon, p. 675]. El término “habla”, o más bien
el verbo “hablar”, se encuentra en una serie de términos nativos, como tlatoca-icpalli,
asiento del que habla, que ha sido traducido también como “trono”. Ciertamente no hay
en todo esto nada que se parezca a un título regio. El supuesto “rey” era sólo uno de “los
que hablan”, un miembro prominente del consejo. Un tribunal, que los cronistas llaman
“audiencia”, era tecutlatoloyan, o “jefes hablando, o inclinando la cabeza”.
76. Durán, cap. V, p. 42 [p. 50, § 19]; Acosta, lib. VII, cap. VII, p. 467 [pp. 330-331];
Tezozomoc, cap. III, p. 9 [pp. 231-232]; Herrera, déc. III, lib. II, cap. II [cap. XI], p. 61.
Popol Vuh, introd., p. 117, nota 1 de Brasseur de Bourbourg: “En fin, casi todas las ciuda-
des o tribus están divididas en cuatro clanes o barrios, cuyos jefes forman el gran conse-
jo.” Tlatelolco, que fue conquistado por los mexicanos en 1473, formó de ahí en adelante
un quinto “barrio”. Los nombres de los cuatro originales eran: Teopan, lugar de Dios,
Aztacalco, casa de la garza, Moyotlan, lugar del mosquito, y Cuepopan. Posteriormente,
durante el gobierno español, se convirtieron en los barrios de San Pablo, San Juan, Santa
María la Redonda y San Sebastián. Tlatelolco pasó a ser el “barrio indio” y se llamaba
Santiago.
77. “Y asi estaba ordenado, que en cada Pueblo, conforme tenia el numero, y cantidad
de Gente, huviese parcialidades de diversas Gentes, y Familias […]. Estas Parcialidades
estaban repartidas por Calpules, que son Barrios, y sucedia, que una Parcialidad de estas
dichas tenia tres, y quatro, y mas, Calpules, conforme la Gente [que] tenia el pueblo” (lib.
XIV, cap. VII, p. 545).
Durán (cap. V, p. 42 [p. 50, § 21]) es aún más explícito. Después de decir que los
mexicanos se dividieron en cuatro barrios principales, agrega: “mandóles su dios que
repartiesen entre sí los dioses y que cada barrio nombrase y señalase barrios particulares,
donde aquellos dioses fuesen reverenciados. Y así, cada barrio de éstos se dividió en
muchos barrios pequeños, conforme al número de los ídolos, que ellos llamaban
‘Calpulteteo’” (debería ser “Calpulteotzin”). Sin embargo, la división en por lo menos
siete “barrios”, o grupos de parentesco, existía ya antes de ese acontecimiento (Tezozomoc,
cap. I, p. 6 [p. 224]; Durán, cap. III, p. 20 [p. 29, § 12-13]). “Rapport sur les différentes
classes de Chefs de la Nouvelle Espagne”, de Alonso de Zorita, trad. M. Ternaux Compans
[Breve y sumaria relación de los señores de la Nueva España, en el apéndice de este volumen,
infra, pp. 463-564]. Esta importante autoridad hace, entre otras afirmaciones, la siguien-
te observación: “y lo que en la Nueva España llaman calpullec es lo mesmo que entre los
israelitas llaman tribus” (p. 53 [p. 478]).
78. Tezozomoc, cap. XCI, p. 161. Cuando, bajo el último Moctezuma, se inició la lucha
contra Huexotzinco, “tomó la voz Cuauhnochtli de juntar luego los cuatro caudillos de los
cuatro barrios […] en que aderezasen rodelas, espadartes de navaja y pedernal fuerte,
varas tostadas, tlatzontectli y chcahuipiles”.
79. Conquistador Anónimo, p. 371; Clavijero, lib. VIII, cap. 24.
80. Estos cuerpos de 200 a 400 hombres son mencionados por Durán (cap. XIX, p. 169
[p. 166, § 19]) como “cuadrillas” o “escuadrones” que llevaban cada uno la “bandera” de
su “barrio”; en este caso se refiere a los “barrios menores”. Véase la nota 82, infra.
98 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS
otomí era Oqhá, y para hombre na nyéké (Grammatica ragionata della lingua otomi del conde
Piccolomini, Roma, 1841, siguiendo a Neve y Molina).
87. Tezozomoc, cap. XCVI, p. 171 [p. 635]. Después de la exitosa expedición de los
mexicanos contra Tuctepec (bajo el último Moctezuma) se vio que habían sido apresados
260 de los “tequihua”. Conquistador Anónimo (p. 373 [pp. 371-372]): “A este que así se
ha distinguido le hacen una señal en el cabello, para que sea conocido por su hazaña, y
todo el mundo lo advierta á primera vista, porque no acostumbran traer cubierta la cabe-
za. Cada vez que hace alguna otra acción notable, le ponen otra señal parecida.” Véase
también Torquemada, lib. XIV, cap. V, p. 543. Durán (cap. XIX, p. 169 [p. 167, § 24]) tam-
bién es muy claro. Clavijero (lib. XII, cap. 23 [lib. VII, cap. 23, pp. 233-234]): “Los señores
[…] llevaban la cabeza metida dentro de una cabeza de león, de tigre o de serpiente
hecha de madera o de otra materia, con la boca abierta y armada de dientes para causar
más terror.”
88. Durán (cap. XXXVII, p. 289 [p. 283, § 10]): “habiendo puesto en delantera todos los
soldados viejos y señores y capitanes y todos aquellos que ellos llamaban cuachic, que eran
una orden de caballería que no había de volver pie atrás, o morir”. Tezozomoc dice que
los “otomíes, cuachic y tequihuaques” eran “siempre delanteros” (cap. XXXVIII, p. 61 [p. 359],
y cap. LVII, p. 97 [p. 442]). El mismo autor (cap. XXXVIII, p. 610 [p. 359], y cap. LI, p. 83 [p.
419]) afirma que tenían que cuidar de los novatos o jóvenes valientes (cap. LXXI, p. 121
[p. 523]). Además dice (cap. LI, p. 83 [p. 419]): “llevando, como soleis, entre cinco jóve-
nes un cuachic, entre otros cinco ó seis un otomitl, y por su Órden en otros tantos un
achcauhtli, y luego un tequihua, todos conquistadores”. Esto se hacía inmediatamente an-
tes de iniciarse el combate. El otomitl, ocasionalmente, también es llamado por Tezozomoc
“general”, pero eso sólo muestra que, a opción de los jefes guerreros, uno u otro de los
guerreros antes mencionados podía ser puesto a la cabeza de un cuerpo mayor, aunque
siempre era considerado como de rango inferior. Sahagún (lib. IX, cap. VI, p. 264 [t. III,
lib. X, cap. VI, p. 112, § 4): “El hombre varón fuerte llamado quáchic tiene estas propieda-
des, que es amparo y muralla de los suyos.” Torquemada (lib. IV, cap. XCIX, p. 565) dice
que el quachicque era un “matasiete”.
89. Lo que queremos decir con esto es que ni el favor personal ni otras cualidades
prominentes podían procurar los títulos en cuestión a nadie que no se hubiera distingui-
do en la guerra. Los títulos se conferían inmediatamente después de la lucha, o al regre-
sar a México. No podemos decir quién los confería, ni qué ceremonias acompañaban el
acto, aparte del corte de pelo ya mencionado. Los mexicanos tenían mucho cuidado de
dar a cada hombre el prisionero que había capturado, y “la pena por quitar un cautivo a
su legítimo conquistador era la muerte”. Mendieta (lib. II, cap. XXVII, p. 132): “El que
llevaba algún prisionero, si otro se lo hurtaba de día ó de noche, ó tomaba por fuerza, por
el mismo caso moria como cosario ladron que se adjudicaba y queria para sí el precio y la
honra del otro.” La razón de ese enérgico castigo era no sólo que con eso el captor
original perdía el objeto para su sacrificio a los dioses, sino, más aún, que el ladrón le
robaba su título y rango.
Acosta (lib. VI, cap. 26, p. 434 [p. 314]) y Clavijero (lib. VII, cap. 21 [p. 230]) mencionan
tres “órdenes militares” u “órdenes de caballería”. El último las llama achcauhtin, cuauhtin
y ocelo, términos que traduce por príncipes, águilas y tigres, respectivamente. Acosta no
está muy lejos de la verdad cuando afirma que cada una de esas subdivisiones tenía su
lugar especial para sentarse en la casa oficial o tecpan (el “palacio” de las primeras fuen-
tes; tecpan deriva de tecuhtli, jefe, y pan, afijo de lugar), ya que en un consejo general de la
tribu (de lo que esto podría ser una indicación) los distintos grados de guerreros tende-
100 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS
rían naturalmente a agruparse. Pero los nombres dados a esas tres “órdenes” son erró-
neos. Achcauhtin (que como veremos nunca significó “príncipes”, pues los mexicanos no
tenían ninguna palabra con ese significado) era solamente el título de una clase de jefes
guerreros. Quauhtin es el Cuachic, y ocelotl evidentemente el tequihua. Sin embargo, estos
últimos dos títulos nunca se usaban para guerreros de grado superior más que en una
forma general: quauhtin-ocelotl significaba los valientes en general (Torquemada, lib. XI,
cap. XXIX, p. 362, y lib. XIV, cap. II, p. 537), y corresponde a “águilas, leones o tigres”,
como a menudo llama Tezozomoc a los tres grados en cuestión.
Torquemada, que a pesar de su indudable credulidad es sumamente importante sobre
todas las cuestiones relacionadas con las antigüedades mexicanas, dice (lib. XIV, cap. V,
p. 543): “Los capitanes tenian por insignia de honra vna labor […] guarnecidas, con
pinturas, é insignias, conforme cada vno havia mostrado el valor, y valentía en las Gue-
rras, en que se havia hallado, porque no sacaba otra cosa del peligro de ellas; y asi como
cosa ganada, por sus propias Personas, las estimaban en mucho.” Cada uno tenía que
ganarse su grado, merecer su título.
90. Todos estos cargos eran electivos, y nos ocuparemos de probarlo en cada caso.
91. Ternaux-Compans (p. 225) dice: “Los tribunales de esos oficiales estaban estable-
cidos en la capital.” Clavijero los llama “príncipes”, Torquemada “capitanes de las guar-
dias”, Sahagún “viejos” y Mendieta incluso “abad principal”. La misma confusión mues-
tra que no habían prestado mucha atención al asunto, puesto que Sahagún también llama
al tiacauh (que es lo mismo que achcacauhtin) “el hombre valiente” (lib. IX, cap. VI, p. 263
[t. III, lib. X, cap. VI, p. 111, § 3]) y Torquemada llama “alguacil mayor” al achcauhtli. Sólo
Tezozomoc es consistente, al mencionar frecuentemente a los achcacauhtin como coman-
dantes en la lucha, para los tres grados de valientes distinguidos (cap. XXXVIII). Esto lo
confirma Molina (I, p. 25), quien traduce teachcauhti como “capitán de gente”. Tezozomoc
los llama además “mayorales, maestros de armas, y de doctrina y ejemplo” (cap. XXXVIII,
p. 61 [p. 359]) y “señores de los barrios y maestros de mancebos” (cap. LVII, [p. 444]).
92. Tezozomoc, caps. XXXVIII y LVII.
93. Molina (II, p. 113): “tiachcauh, hermano mayor, y persona, o cosa aventajada, ma-
yor y más excelente que otras” [Siméon, p. 545: “tiachcauh, valiente, animoso […]
notiachcauh, mi hermano mayor”]. Zorita (p. 60 [p. 478]) llama al jefe del calpulli “parien-
te mayor”, lo que concuerda con la definición de Molina.
94. Sahagún (lib. IX, cap. VI, p. 264 [t. III, lib. X, cap. VI, p. 112, § 6]): “El maestre de
campo, o capitán, es de esta calidad, que para mostrar su oficio trae coleta de cabellos
que cuelga atrás, y bezote y orejeras, y trae siempre sus armas consigo.” Esto último es
dudoso, por lo menos.
95. Durán, cap. XXVI, p. 216 [p. 213]. Respecto a su carácter electivo véase Ternaux
Compans, “De l’orde de succession”, p. 225: “no había otras elecciones de oficiales”. Sin
embargo, no es cierto respecto a otros oficiales. Cf. Zorita (p. 61 [p. 480]): “y lo elegían y
eligen entre sí”.
96. Durán (cap. XIX, p. 169 [pp. 167-168, § 20]): “Luego salieron los viejos que tenían
oficios de ordenar la gente de guerra, que eran como maestres de campo, con sus basto-
nes en las manos y unas cintas apretadas a la cabeza, y unas orejeras de concha largas y
unos bezotes en los labios; muy bien armados, y empezaron a componer la gente.” Tam-
bién Sahagún, lib. IX, cap. VI, p. 264 [t. III, lib. X, cap. VI, p. 112, § 6].
97. Tezozomoc (cap. XCI, p. 161 [p. 611]): “tomó la voz Cuauhnochtli de juntar luego
los cuatro caudillos de los cuatro barrios, Moyotlan, Teopan, Atcacoalco, Cuepopan, en que
aderezasen rodelas, espadartes de navaja y pedernal fuerte, varas tostadas, tlatzontectli, y
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 101
1532, dice: “un oficial llamado Guamuchil hace las veces de alguacil mayor” (Ternaux-
Compans, p. 249). También Torquemada, que llama “juez” al cuauhnochtli, después lo
llama alguacil mayor (lib. XI, cap. XXV, pp. 353-354). Finalmente Tezozomoc (cap. XXXVI,
p. 57 [p. 352]), después de enumerar los principales dignatarios mexicanos, “tres de ellos
que son Cuauhnochtli, Tlacateccatl y Tlacochcalcatl, que estos eran señalados Cuachic,
tanto como cualquiera de los otros que por su alto valor y valentía traían trenzado el
cabello en la cabeza, con un cuero colorado, detrás del colodrillo”.
Los “cuachic” de Tezozomoc son los “quachictin” de Torquemada (lib. XIV, cap. V, p. 543),
“y vna de las maiores grandeças, a que llegaba, era atarle el cabello, que era demostra-
ción de Gran Capitan, y estos se llamaban Quachictin, que era el mas honroso nombre,
que á los Capitanes se los daba, y pocos lo alcançaban”. El cuauhnochtli era pues “cuachic”
o “quachictin”, mientras que el tlillancalqui no es sino un jefe civil o religioso, como lo
muestra además el hecho de que fue enviado como delegado a Cortés a la costa (Tezozomoc,
cap. CVII, p. 191 [p. 687]).
Me he aventurado a sustituir al primero como uno de los cuatro jefes guerreros que
comandaban a los guerreros de los cuatro barrios mayores de México. Se podría objetar
que, aparte de Tezozomoc, no he presentado ninguna otra prueba directa de la existen-
cia real de esos cuatro capitanes. Ya he hecho alusión a la probable razón por la que las
fuentes de la historia aborigen mexicana no los mencionan como tales: tanto su verdade-
ra posición como la naturaleza de su cargo fueron simplemente ignorados. Sin embargo,
sabemos que la tribu de México se había dividido en cuatro partes; sabemos también que
no sólo en México sino en toda Centroamérica existía la misma división, para fines tanto
civiles como militares. Por lo tanto, cada una de esas cuatro grandes secciones debe de
haber tenido un jefe militar y civil, y es natural admitir que esos jefes deben de haber sido
los guerreros más distinguidos de la tribu, puesto que lo único que justificaba el ascenso de cargo
y de rango era el mérito, y no la ascendencia o la riqueza. Por lo tanto, los jefes militares de los
cuatro barrios mayores deben de haber sido los cuatro cuachic de México. Por otra parte,
esos cuatro dignatarios eran elegidos y no nombrados, pero para que haya elección tiene
que haber electores. Sabemos que los “capitanes” eran elegidos por los clanes que debían
mandar, y es lógico suponer que los cuatro grandes jefes militares de la tribu eran elegidos
para mandar sus cuatro grandes subdivisiones. Por lo tanto, de nuevo, los cuachic de Tezozomoc
deben de haber sido los jefes militares de los cuatro barrios mayores de México. Además,
podemos preguntar: ¿por qué cuatro, y no cualquier otro número, si no era porque esos
cuatro jefes principales correspondían, y en realidad representaban, a un número igual de
grandes partes de la tribu?
Si los autores más antiguos observan cierta uniformidad en su enumeración de esos
cuatro jefes, empezando siempre por el tlacochcalcatl, no debemos deducir de eso que uno u
otro de ellos fuera inferior o superior a los demás. Eran todos iguales en rango, aun cuan-
do Clavijero (lib. VII, cap. 21) ubica al tlacochcalcatl por encima de los demás. (Cf., por ejem-
plo, Torquemada, lib. II, cap. LXII, p. 185, con cap. LXV, p. 189, y lib. IV, cap. XIII, p. 379.)
De todas estas afirmaciones, especialmente las categóricas y consistentes de Tezozomoc,
resulta que, si bien los cuatro eran iguales en rango, a veces ocurría que uno u otro de
ellos, por su edad o su experiencia, tomaba el mando supremo en una emergencia. Su
influencia era incluso decisiva, en ocasiones, ante el jefe guerrero principal de México.
Cf. el papel desempeñado por el tlacochcacatl en el ataque contra Tlatelolco (Tezozomoc,
cap. XLV, p. 73 [p. 391]) y la decisiva acción del tlacateccatl en la batalla contra los tarascos de
Michoacán, que tuvo lugar en 1477, cuando obligó a Axayacatl a retirarse ante el enemi-
go victorioso (Tezozomoc, cap. LII, p. 84 [p. 423]). Cf también la afirmación de Acosta
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 103
(lib. VI, cap. 25 [p. 313]): “sin cuyo parecer el rey no hacía ni podía hacer cosa de im-
portancia”.
102. Torquemada (vol. IV) menciona a un itzquauhtin. Esto significaría águila de
obsidiana o águila de pedernal. Debemos distinguir siempre los nombres personales de los
títulos. En la mayoría de los casos sólo se dan estos últimos, y por lo tanto se puede
suponer que el título tomaba el lugar del nombre. Mi amigo J.M. Melgar y Serrano, de Veracruz,
dice: “Creo deber aconsejar a Usted no tome como nombres de las personas muchas de
las palabras con que estaban designadas, pues eran el que se los daban el título del cargo
que tenían” (carta fechada el 26 de enero de 1875).
103. Tezozomoc, cap. XXXVI, p. 57 [p. 352]; Torquemada, lib. XIV, cap. V, p. 543. Acosta,
(lib. VI, cap. 26, p. 434 [p. 314]): “Los más preeminentes de éstos eran los que tenían
atada la corona del cabello con una cinta colorada, y un plumaje rico, del cual colgaban
unos ramales hacia las espaldas, con unas borlas de lo mismo al cabo; estas borlas eran
tantas en número, cuantas hazañas había hecho. De esta orden de caballeros era el mis-
mo rey también, y así se halla pintado con este género de plumajes, y en Chapultepec,
donde están Motezuma y su hijo, esculpidos en unas peñas, que son de ver.” Clavijero
(lib. VII, cap. 21) no hace más que resumir lo dicho por Acosta. Humboldt (Vistas de las
cordilleras, vol. I, p. 104): “Moctezuma lleva los cabellos enlazados en lo alto de la cabeza
y amarrados con una cinta roja, distinción militar que sólo se otorgaba a los príncipes y a
los capitanes más valientes.” La figura es del Códice anónimo del Vaticano.
104. Este título lo da Tezozomoc, y también Ramírez de Fuenleal, en Ternaux-Compans,
Recueil de pièces, p. 247: “Moctezuma llevaba el nombre de tlacatectli, tetuan, jutlacal.” Es
fácil discernir tlacatecuhtli y tlatoani; de este último título hablaremos más adelante. Tam-
bién: “Existe entre ellos una especie de jefe al que daban el nombre de tacatecle o tlatuan.”
105. La lengua mexicana no tiene una palabra que corresponda a emperador (Molina, I,
p. 51), pero Tezozomoc traduce la expresión cemanahuac tlatoani como “emperador del mun-
do”. Sin embargo, significa simplemente “el que habla por lo que reside cerca del agua”.
106. La cuestión de la sucesión en el cargo entre los mexicanos es muy difícil. Con
todo, es seguro que nunca pasaba de padre a hijo, sino que se transmitía por elección, ya
sea a un hermano o a un sobrino del anterior ocupante. Sahagún [t. II, lib. VIII, cap. XVIII,
p. 321, § 1-3] da una descripción muy completa de la forma de elección del tlacatecuhtli de
México: “Cuando moría el señor o rey, para elegir otro juntábanse los senadores que
llamaban tecutlatoque, y también los viejos del pueblo que llamaban achcacauhti; y también
los capitanes, soldados viejos de la guerra, que llamaban yaotequiuaque, y otros capitanes
que eran principales en las cosas de la guerra, y también los sátrapas que llamaban tlena-
macazque o papauaque. Todos estos se juntaban en las casas reales, y allí deliberaban y
determinaban quién había de ser señor, y escogían uno de los más nobles de la línea de
los señores antepasados, que fuese hombre valiente, ejercitado en las cosas de la guerra,
osado y animoso, y que no supiese beber vino; que fuese prudente y sabio, que fuese
criado en el Calmécac, que supiese bien hablar, fuese entendido y recatado, y animoso y
amoroso, y cuando todos, o los más, concurrían en uno, luego le nombraban por señor.
No se hacía esta elección por escrutinio, o por votos, sino que todos juntos, conferiendo
los unos con los otros, venían a concertarse en uno.” Durán (cap. XI, p. 103 [pp. 103-104,
§ 33-34]), hablando de los cuatro jefes guerreros, dice: “y, muerto el rey, de aquellos había de
ser electo rey y no de otros. Y tampoco podían ser puestos en este cargo y dictados, si no
eran hijos u hermanos de reyes […] nunca heredaron los hijos por vía de herencia, los dic-
tados y los señoríos, sino por elección […] y así, nunca salía de aquella generación aquel
dictado y señorío, eligiéndolos poco a poco”. Acosta (lib. VI, cap. 24, p. 431 [p. 311]):
104 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS
“Lo primero en que parece haber sido muy político el gobierno de mexicanos, es en el
orden que tenían y guardaban inviolablemente, de elegir rey.” Es muy dudoso que poda-
mos ir más allá de decir que el tlacatecuhtli tenía que pertenecer a un grupo de parentesco
determinado.
107. Moctezuma fue destituido en vida, y Cuitlahuac nombrado para sucederlo. Se-
gún Bernal Díaz del Castillo (cap. CXXVI, p. 132 [p. 377]), al hablar a Moctezuma dijeron:
“‘Hacémoos saber que ya hemos levantado a un vuestro primo por señor’; y allí le nom-
bró cómo se llamaba, que se decía Coadlabaca, señor de Iztapalapa; que no fue Guatemuz,
el cual desde a dos meses fue señor.” Cortés (nota 2 a la “Segunda relación”, p. 42): “los
Indios le mataron por cobarde”. Véase también Torquemada, lib. IV, cap. LXVIII, p. 494 y
cap. LXX, p. 497; Herrera, déc. II, lib. X, cap. X, p. 267.
108. El cihuacoatl (de cihuatl, mujer, y cohuatl, serpiente) es designado como “virrey”,
“capitán general”, “juez supremo”, “coadjutor del rey”, “segundo rey”. Era un guerrero
también, y durante el sitio actuó como comandante en jefe, junto con Cuauhtemotzin,
según se desprende de la afirmación de Torquemada (lib. XI, cap. XXV, p. 352) de que era
igual al supuesto “rey”. No es éste el lugar para discutir cuáles eran exactamente las
funciones de su cargo; para los fines de este ensayo basta con determinar que con toda
probabilidad había dos jefes supremos de la tribu mexicana, o dos jefes guerreros princi-
pales, igual que entre los iroqueses. Según Tezozomoc, también el cihuacoatl era electivo.
109. Así vemos a veces al tlacochcalcatl, otras al tlacateccatl o al cuauhnochtli como coman-
dantes en jefe.
110. Esos tres fueron: Moctezuma II (Moctezuma Xocoyotzin), Cuitlahuatzin y Cuauhte-
motzin.
111. Sahagún (lib. II, cap. VI, p. 264 [t. III, lib. X, cap. VI, p. 112, § 7]): “El capitán
general tiene por su oficio el mandar en la batalla, y dar orden y manera para efectuarla,
y concertar los escuadrones, teniéndose por grande águila y león y presumiendo de ser
victorioso, por los buenos aderezos con que va adornado a la guerra, a manera de águila, y
dando a entender que su oficio es morir en la guerra por los suyos.” Acosta (lib. VI, cap. 24,
p. 431 [p. 311]): “Ordinariamente eligían a mancebos para reyes, porque iban los reyes
siempre a la guerra, y cuasi era lo principal aquello para lo que los querían, y así miraban
que fuesen aptos para la milicia, y que gustasen y se preciasen de ella.” Mendieta (lib. II,
cap. XXVII, pp. 132 y 153): “Tenian estos naturales en mucho cuando su señor era esfor-
zado y valiente, porque teniendo tal señor y capitan, salian con mucho ánimo á las gue-
rras”, y: “Demas de esto, tenian respeto entre los hijos […] á aquel que en las guerras se
habia mostrado animoso, y á este elegian”. Véase también Torquemada, lib. XI, cap. XXVII,
p. 357.
112. Durán (cap. XI, p. 103 [§ 33]): “A estos cuatro señores y dictados, después de
electos príncipes les hacían del consejo real, como presidentes y oidores del consejo su-
premo, sin parecer de los cuales ninguna cosa se había de hacer, y, muerto el rey, de
aquellos había de ser electo rey y no de otros.” Acosta (lib. VII, cap. 25, p. 441 [lib. VI, cap.
25, p. 313]): “Todos estos cuatro dictados eran del consejo supremo […] y muerto el rey,
había de ser elegido por rey, hombre que tuviese algún dictado de estos cuatro.”
113. Esta distinción la usaban los jefes indios de México por lo menos veinte años
después de la conquista. Cf., en el vol. II de la Colección de documentos de J. García Icazbalceta,
la “Relación de la jornada que hizo Don Francisco de Sandoval Acazitli, cacique y señor
natural que fué del pueblo de Tlalmanalco, Provincia de Chalco, con el Señor Visorrey
Don Antonio de Mendoza…” (en 1541). “Don Francisco Acazitli llevó por divisa y armas
cuando fué á la guerra de los chichimecas, una calavera de plumería con sus penachos
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 105
verdes, una rodela de lo mismo, y en ella un bezote de oro retorcido, con su espada y su
ichcahuipil, y vestido con un jubon colorado, y sus zaragüelles, zapatos y borceguíes, y un
sombrero blanco, y un pañuelo grande con que se amarraba la cabeza, y un collar de pe-
drería con dos cadenas” (p. 307). García del Pilar, “Relación de la entrada de Nuño de
Guzmán”, en ibid., p. 255): “Y viéndose así los señores destas comarcas, que eran Tapiezuela,
señor desta cibdad, y el señor de Tatelulco, y el de Guaxucingo, y el de Tascaltecle, y otros
muchos señores y principales destas comarcas, le fueron á rogar y suplicar […] que se
sirviese de todas sus divisas que eran de oro y de plumas verdes muy galanas.” Véase
también “Relación de Acazitli”, en ibid., p. 311: “con su divisa de quetzalpatzactli de
plumería verde”.
114. Durán, cap. XXVI, p. 215 [p. 212].
115. Nacochtli (Molina, I, p. 91).
116. Yacaxiuitl, de yacatl, nariz, y xiuitl, turquesa o piedra fina verde en general.
117. Tentetl, de tentli, labios, y tetl, piedra.
118. Matzopetztli, brazalete (Molina, II, p. 54 [Siméon, p. 263]).
119. Matemacatl, “braçalete de oro, o cosa semejante” (Molina, II, p. 53 [Siméon, p. 257:
“brazalete ordinariamente de oro, etc.”]).
120. Cozcatl o cozcapetlatl o cozehuatl. Cozcatl es una joya, una cadena o un collar, con
colgantes de piedras preciosas.
121. El “rey” y el cihuacoatl llevaban el mismo atavío e iguales ornamentos. Durán (cap.
XXVI, pp. 215 y 216 [p. 211. § 4 y p. 212, § 11]): “Ordenóse que sólo el rey y su coadjutor
Tlacaelel pudiese traer zapatos en la casa real”, y: “Item: que sólo el rey y los reyes de las
provincias y grandes señores pudiesen usar de brazaletes de oro y de calcetas de oro a las
gargantas de los pies, y ponerse en los bailes cascabeles de oro a los pies y guirnaldas y
cintas de oro a la cabeza, con plumas.” Todas las tribus mexicanas tenían esta dualidad
del principal cargo militar, como lo afirma claramente Tezozomoc. Además, también
aparece claramente en América Central. El Popol Vuh (Popol Vuh. Las antiguas historias del
Quiché, México, FCE, 1976, 2a. parte, cap. I, p. 50) menciona a “Hun-Camé” y “Vucub-
Camé” como los dos jefes de “Xibalbá”: “En seguida entraron todos en consejo. Los
llamados Hun-Camé y Vucub-Camé eran los jueces supremos” (véase también pp. 78-79).
Véase Herrera, déc. III, lib. IIII, cap. XVIII, p. 141. Una dualidad similar se encontró entre
los itzáes que habitaban en el lago Petén cuando los conquistó Ursua, en 1698. “Canek”
y “Quincanek” eran los títulos de los dos jefes. Se llamaban “primo” uno al otro (“Histo-
ria de la conquista de la provincia de el Itza, reduccion y progressos de la de el Lacandon…”,
por Juan de Villagutierre Sotomayor, Madrid, 1701).
122. El término quachiatli proviene de Torquemada (lib. XIV, cap. V, p. 543). Molina no
incluye esta palabra. Clavijero (lib. VII, cap. 22, [p. 232]) lo describe, sin darle nombre,
como “un precioso tejido de bellas plumas que le bajaba de la cabeza por las espaldas a la
cintura”. Véase también Tezozomoc, cap. LXXVI, p. 129 [p. 542].
123. Clavijero, lib. III, cap. 18 [lib. VII, cap. 25, p. 240]; Tezozomoc, cap. LXXVI, p. 129
[p. 543]; Mendieta, lib. II, cap. XXVI, p. 130. Durán (cap. XXXV, p. 277 [p. 272, § 31], y
cap. XLVI, p. 372 [p. 360, § 14]): “Y yendo el rey Axayácatl victorioso tocando un tambor
de oro que a las espaldas llevaba –lo cual se usaba cuando iban en alcance”; “y a las
espaldas, un atambor de oro, con que los reyes hacían señal al arremeter y en el retirar, de
suerte que los reyes servían de atambor, o sus generales, los cuales tocaban alarma y a
recoger los ejércitos”.
124. Especialmente la figura de la izquierda del llamado “altar”. La figura de la dere-
cha podría ser un sacerdote, pero yo sugeriría que ambas figuras son de jefes, de los cuales
106 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS
ciones por parte de los mexicanos (Tezozomoc, cap. XIX, p. 30 [p. 282], cap. XXI, p. 33
[p. 289] y cap. XXXI, p. 48 [p. 327]; Torquemada, lib. II, cap. XL [cap. XLVIII], p. 159;
Clavijero, lib. IV, cap. 13). Durán lo niega tajantemente y afirma que los mexicanos nunca
hacían la guerra a menos que los provocaran, pero esto es manifiestamente falso (cf.
Gómara, p. 442 [cap. CCXXVIII, p. 346]).
129. Considerando los festivales mensuales ordinarios solamente.
130. Durán (cap. XXXVII, p. 287 [p. 281, § 1]), sobre cuando se decidió la guerra contra
Michoacán, dice: “y que la principal causa porque se quería probar con ellos era para ver
si podría con ellos hacer la fiesta de la estrena de su piedra, que era semejanza del sol, y
ensangrentar su templo con la sangre de aquellas naciones”. Gómara (ibid.): “y para,
como ellos dicen, haber esclavos que sacrificar a los dioses y cebar a los soldados”.
131. Era obligatorio para el jefe inaugurar su administración con una hazaña militar,
y se daba gran importancia al hecho de que el jefe hiciera prisioneros con sus propias
manos en esa ocasión. Acosta, lib. VI, cap. 24, p. 431 [p. 311]; Tezozomoc, cap. LVII, p. 93
[p. 440], cap. LXI, p. 101 [p. 461] y cap. LXXXIV, p. 147 [p. 581] (estos tres pasajes se re-
fieren a Tizoctzin, a Ahuitzotl y al último Moctezuma, respectivamente); Mendieta, lib. II,
cap. XXVII, pp. 131-133; Torquemada, lib. II, cap. LV, p. 172 y cap. LXIX, p. 195.
132. Esa costumbre les resultó fatal contra los españoles. Si los mexicanos se hubieran
dedicado a matar, en lugar de tratar de dominar a sus enemigos sin matarlos, su resis-
tencia habría sido más eficaz. Así, para capturar a un solo jinete sacrificaban temeraria-
mente a gran número de los suyos, cuando creían poder rodearlo y separarlo de sus
compañeros. Sin embargo, esa costumbre era general entre las tribus nahuatlacas.
133. Sobre esto tenemos la declaración del último Moctezuma. Cuando la tribu de
Huexotzinco envió delegados a México, proponiendo una alianza contra Tlaxcallan,
Moctezuma les respondió: “hijos y hermanos, seais muy bienvenidos; descansad, que
aunque es verdad soy rey y señor, yo solo no puedo valeros, si no son todos los principales
mexicanos del sacro senado mexicano” (Tezozomoc, cap. XCVII [p. 638]). Cf. también
Gómara, p. 442 [p. 346].
134. Mendieta, lib. II, cap. XXVI, p. 129: “Esto era lo ordinario, aunque otras veces los
tomaban descuidados.”
135. Torquemada (lib. XIV, cap. I, p. 534): “en la mano derecha llevaba una Flecha por
la punta, las Plumas ácia arriba, y en la izquierda una pequeña Rodela”.
136. Ixtlilxochitl (Histoire des chichiméques, cap. XXXVIII, pp. 269-272 [“Historia de la na-
ción”, cap. XXXVIII, pp. 103-105]) afirma que se enviaban tres requerimientos diferentes,
uno por los mexicanos, otro por los texcocanos y otro por los tlacopanos, pero no hay otra
confirmación de esto. La respuesta, a menos que pidieran expresamente tiempo y los
mexicanos considerasen político esperar, se decidía la primera vez.
Mendieta (lib. II, cap. XXVI, p. 129): “Determinados y acordados ya que se hiciese la
guerra, tomaban ciertas rodelas y mantas, y enviábanlas á aquellos con quienes querían
trabar guerra (porque era siempre su costumbre no hacer un mensaje sin llevar presen-
te).” Torquemada, lib. XIV, cap. II, p. 537, es casi una copia literal de Mendieta; Tezozomoc,
cap. VIII, p. 15 [p. 245] y cap. XXVII, p. 40 [pp. 306-307], etc.; Ixtlilxochitl, ibid., cap.
XXXVIII; Durán, cap. IX, p. 74 [p. 78, § 20] y cap. LVII, p. 450 [p. 433, § 2] (Moctezuma
desafiado por los huexotzincas) y cap. LIX, p. 464 [p. 447, § 2] (por los cholultecas). La
pintura blanca, tiçatl (Molina, II, p. 113: “cierto barniz, o tierra blanca” [Siméon, p. 546:
“especie de barniz, tierra o polvo blanco”]; véase también Tezozomoc, cap. VIII), era un
emblema de muerte, el escudo “para que se defendiera” y la espada “para ofender si era
capaz”. Esto último es análogo al tomahawk rojo que los salvajes del norte enviaban en
108 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS
prenda de guerra (Loskiel, Geschichte der Mission der evangelischen Brüder unter den Indianern
in Nord-Amerika, Barby, 1789, parte I, cap. XI, p. 187; véase también Adair, History of the
American Indians).
137. Torquemada (lib. XIV, cap. I, p. 535): “que aunque estas Gentes eran de su natural
condicion mas vengativas, que todas las del Mundo, respetaban á los Embaxadores de sus
mortales enemigos, como á Dioses, teniendo por mejor violar qualquier rito de su Reli-
gión, que pecar contra la fee dada a los Embaxadores”.
138. Para comparar con lo que dice Loskiel sobre los indios del norte, véase Tezozomoc,
cap. VIII, p. 15 [p. 246]. Cuando el “Atempanécatl Tlacaeleltzin” volvió por segunda vez a
Azcapotzalco, ahora para desafiar a los tecpanecas a luchar en guerra abierta, y después
que adornó debidamente a su jefe guerrero Tezozomoctli, éste le dio una espada, un
escudo y un casco, diciendo: “tomad tambien vos en que vais envuelto y esta rodela, y este
espadarte macuahuitl, y mirad si podeis volveros á vuestra casa.” Atempanecatl fue ataca-
do por exploradores tecpanecas y perseguido hasta suelo mexicano, y sólo escapó gracias
a su valentía personal y a su rapidez. Este episodio lo confirman Durán (cap. IX, p. 74
[pp. 78-79]) y Acosta (lib. VII, cap. 12, pp. 482-483 [p. 341]), aunque ambos dicen que el
delegado mexicano escapó evitando a los guerreros tecpanecas por senderos ocultos. Sin
embargo, esto prueba que el regreso era muy peligroso. Clavijero (lib. III, cap. 17) atribu-
ye esa acción al primer Moctezuma (“Huehue Moctezuma” o “Moctezuma Ilhuicamina”).
139. Bernal Díaz del Castillo (cap. XCII, pp. 90-91 [p. 261]) dice que en la cima del
templo mayor “tenían un tambor muy grande en demasía, que cuando le tañían el sonido
dél era tan triste y de tal manera, como dicen instrumento de los infiernos, y más de dos
leguas de allí se oía: y decían que los cueros de aquel atambor eran de sierpes muy
grandes”. Además de ese tambor usaban gran número de caracoles grandes, creando así
un terrible estrépito. Los españoles llegaron a conocer muy bien esas temibles señales la
noche del 1 de julio de 1520, cuando esos instrumentos llamaron a los guerreros mexica-
nos a la persecución que fue causa de la masacre en la calzada de Tlacopan. Cualquiera
que lea la espléndida descripción de Prescott (lib. V, cap. III, [p. 380]) recordará que “el
enorme tambor [huehuetl] vibrando en el desierto templo del dios de la guerra, hizo
escuchar aquellos solemnes tonos que oídos sólo en ocasiones de gran calamidad, se
hacían escuchar por todos los ángulos de la capital”.
140. También sucedía que transcurriera un intervalo de veinte días (un mes mexica-
no) entre la proclamación de la guerra y la partida final. Por lo menos, en la mayoría de
los casos, los preparativos tomaban varios días, ya que los mexicanos tenían que dar
tiempo a sus aliados o sujetos para que se preparasen también. Tezozomoc (cap. XXXVI
[cap. LVII, p. 441] y cap. LVII [cap. XLI, p. 462]): “Los mexicanos en este tiempo adereza-
ban en todos los barrios las armas, rodelas, espadartes, y hacian y labraban muchas varas
tostadas, Tlatzontectli, hondas, piedras como pelotas, arrojadizas con sogas recias”, y
“Dentro de veinte días compusieron y aderezaron las armas de todo género. Primera-
mente los cinco barrios de la ciudad de México Tenuchtitlan, Moyotlan, Teopan, Itzacualco,
Cuepopan, y los de Tlatelulco, que ahora son llamados de Santiago”. Sin embargo, en
muchos casos se hacía necesario movilizar súbitamente todas las fuerzas. México, en tiempo
de paz, tenía que estar siempre listo para la guerra. Véase también Tezozomoc, cap.
XXXII, pp. 49-50 [p. 329].
141. Las canoas (acalli, de atl, agua, y calli, casa) se utilizaban para el tráfico con la
tierra firme, pero también para el transporte de guerreros. Es bien sabido que desempe-
ñaron un papel muy importante en la lucha contra los españoles durante el sitio. Sobre
los movimientos de los mexicanos contra tribus enemigas, tanto por tierra como por
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 109
agua, véase Durán, cap. XIV, p. 121 [p. 120, § 19], donde describe el ataque contra Cuitla-
huac, tanto por tierra como con canoas.
142. Durán (cap. XLVI, p. 369 [p. 358, § 6]): “porque demás de lo que los reyes pro-
veían de sus grandes trojes y graneros, cada soldado llevaba a cuestas su particular comi-
da, todo lo que podía llevar, atada a la carga la espada y la rodela”.
143. Las mujeres preparaban la comida, pero también ocurría que los mayordomos la
distribuían. Tezozomoc (cap. XXXII, p. 49 [pp. 329-330]): “Con esto los mayordomos y
calpixques de los pueblos dieron á sus barrios maiz para hacer bizcocho, tlacactutopochtli,
pinole, chile molido, chian, frijol y todo lo perteneciente à ello, habilitándose de todo lo
necesario para cierto día señalado para su viage y camino.” El tlaxcactutopochtli (de tlaxcalli,
tortillas, y totopochtli, pan quemado) sería como galleta de maíz, y por lo tanto los españo-
les lo llaman “bizcocho”. El pinolli o pinole, harina de maíz con chile, era un elemento
importante. La comida de los mexicanos en general, fuera de las carnes (principalmente
aves y alguna caza) y animales acuáticos, consistía en maíz en varias formas, sazonado con
chilli o chile. Su principal bebida era el cacao, y llevaban consigo buena provisión de éste.
Véase también Durán (cap. XLVI, p. 358 [§ 6]): “maíz tostado y otro molido y hecho
harina, frijol molido, pan bizcochado, tamales mohosos y curados al sol, grandes fardos
de chile, cacao molido hecho en pellas”. También utilizaban el maíz para preparar una
bebida llamada yolatl, que tenía especiales propiedades vivificantes (véase la nota de
Ramírez a la p. 290 de Durán, ed. Ramírez) y que incluso se distribuía en el campo de ba-
talla (Durán, cap. XXXVII; Tezozomoc, cap. LII).
144. Esos cargadores eran llamados tamemes, y en general se considera que eran escla-
vos, pero probablemente eran sólo proscritos de los lazos de parentesco, u hombres de las
tribus recién conquistadas (como Tlatelolco por algún tiempo después de su derrota) a
quienes se imponía ese trabajo degradante (¡¡porque era como de mujeres!!) como castigo. Los
esclavos no eran numerosos entre los mexicanos, si es que los había, fuera de los prisione-
ros de guerra, que no podían ser usados como tales. Algunos jóvenes acompañaban a los
guerreros cargando sus armas y provisiones, a fin de ver y aprender (Tezozomoc, cap.
LXXI, p. 121 [p. 523]). Pero el número de esos cargadores (cien mil) está muy exagerado.
Entre los varios objetos que los mexicanos llevaban a sus campañas según Tezozomoc
“hay tiendas, chozas bajas y petates para los xacales”. “Tienda” en mexicano se dice
quachcalli, de quachtli, manto, y calli, casa. Ciertamente usaban xacalli de paja o enrama-
das, y es un paso pequeño de la choza a la tienda cubierta con lo que entre los indios del
norte llamamos una cobija. Durán menciona con frecuencia “tiendas y xacales” (cap. XXI,
pp. 183 y 186 [pp. 179 y 180], cap. XXII, p. 190 [pp. 186-187], etc.). Los utensilios de
cocina, como ollas y cazuelas, eran por supuesto indispensables, así como los petlatl o
esteras para dormir, y probablemente también para techar las chozas. Por último, mantos
de “nequen” (henequén), el material de que ordinariamente se hacía el vestido de la
mayoría de los mexicanos: el huepil del mexicano corriente era de henequén. Esos man-
tos se usaban como protección para el sol; eran ligeros, y por lo tanto cómodos para usar
y para cargar (véase Tezozomoc, cap. XXXII, pp. 49-50 [p. 330]).
145. Tezozomoc (cap. XXXIII, p. 50 [p. 330]): “y los mayordomos personalmente fue-
ron á esta jornada” (contra Orizaba).
146. Las tribus sometidas por México estaban obligadas a unirse al ejército mexicano
cuando las llamaran. Tezozomoc rara vez habla de alguna expedición sin mencionar que
las tribus sometidas tomaron parte, convocadas para ello por los mexicanos. Véase Herrera,
déc. III, lib. IIII, cap. XV, p. 133, y Tezozomoc, cap. XXXI, p. 49 [p. 327], cap. XLVII, p. 77 [p.
401] y cap. LI, p. 83 [p. 419]. Casi no hay testimonio directo, pero está abundantemente
110 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS
entre sus Terminos, los cuales llamaban Yauhtlalli, que quiere decir: Termino ó Lugar de
la Guerra. Aqui salian los Propietarios de la Tierra á recibir á los contrarios.” También
Gómara, ibid.
158. De yaotl, enemigo, o yaoyotl, batalla o guerra, y tlalli, suelo o terreno.
159. Durán (cap. XIX, p. 168 [p. 165, § 14]): “Así se partió el ejército de Tulancinco y
caminó hasta llegar a vista de los enemigos, donde empezaron a hacer tiendas y jacales,
cada provincia y nación por sí”; cap. XXI, pp. 183-184 [pp. 181-182]; cap. XXII, p. 190
[p. 185]; y cap. XXVII, p. 288 [p. 282, § 4]: “donde, al tercer día, se juntaron todos los
soldados y gente de guerra, con toda la prisa posible, y mandaron asentar el real, el cual
asentaron con muchas tiendas y casas de esteras, que ellos usaban en sus guerras y hoy en
día las usan en los mercados que son unos tendejones de juncos que echan las espadañas”.
Tezozomoc, cap. LI, p. 83 [p. 418]; cap. LXXVIII, p. 135 [p. 552]; este autor contiene tantos
detalles sobre este asunto que omitiremos dar más citas con capítulo y página. Dice clara-
mente que cada tribu acampaba por su lado, los mexicanos en medio.
160. Mendieta (lib. II, cap. XXVI, p. 130): “enviaban delante sus espías muy disimula-
das y pláticas en las lenguas de la provincia á do iban á dar guerra”. Torquemada (lib. XIV,
cap. II, p. 538) lo copia casi textualmente.
161. Tezozomoc menciona esto con mucha frecuencia. En el cap. XLVIII relata cómo el
jefe Axayacatl se escondió él mismo en uno de esos pozos, en la expedición contra los
matlatzincas, cosa que Durán confirma (cap. XXXV, p. 277 [p. 271, § 27]): “Y quedándose
en celada el rey, metidos entre las ramas (unos), y otros, debajo de la tierra escondidos
todos los soldados viejos y principales valerosos.” También menciona (cap. XIX, pp. 169-
170 [p. 167]) una gran emboscada de ese tipo contra los huaxtecos. Dice Mendieta (lib. II,
cap. XXVI, p. 131) que “Usaban poner celadas, y muchas veces eran muy secretas y disi-
muladas, porque se echaban en tierra y se cubrían con paja ó yerba.” Torquemada (lib.
XIV, cap. II, p. 539) concuerda casi literalmente con lo anterior. También Clavijero (lib. VII,
cap. 25 [p. 241]): “Usaban mucho de la guerra de emboscada, agazapándose entre la
hierba y ocultándose en hoyos que hacían en la tierra, de lo cual tuvieron bastante expe-
riencia los españoles y frecuentemente simulaban fuga para llevar a los enemigos empe-
ñados en el alcance a algún sitio peligroso, o cargarles con nueva gente por las espaldas.”
Volveremos sobre este punto más adelante.
162. Lo que los cronistas españoles llaman “el alarido” o “la grita” es diferente del
“grito de guerra”, que servía para identificar a los guerreros de la misma tribu o “barrio”.
El primero es tzatziliztli y el segundo yaotzatziliztli.
163. El momento habitual de tales ataques eran al alba o al amanecer (Tezozomoc,
cap. LXXXIV, p. 148 [p. 584] y cap. LXXXVIII, p. 185 [p. 599]: “al amanecer del alba”).
164. Además de Tezozomoc, quien da tantos detalles sobre estas luchas que sería un
derroche citarlo extensamente, encontramos las afirmaciones más concisas y dignas de
confianza en la Historia eclesiástica indiana de Mendieta. Las descripciones de Mendieta
concuerdan perfectamente con las de Tezozomoc (no tanto con las de Durán), pese a que
por lo demás los dos autores no tienen mucho en común. El reverendo padre franciscano
Mendieta terminó su obra alrededor de 1596, y el simple indio Tezozomoc completó su
manuscrito en 1598. Ninguna de esas obras fue impresa hasta este siglo [XIX]. Mendieta
dice (lib. II, cap. XXVI [pp. 130-131]): “Al principio jugaban de hondas y varas como
dardos […]. Arrojaban también piedras de mano. Tras estas llegaban los golpes de es-
pada y rodela, con los cuales iban arrodelados los de arco y flecha, y allí gastaban su alma-
cén. En la provincia de Teoacan habia flecheros tan diestros que de una vez tiraban dos y
tres saetas juntas, y las sacaban tan recias y tan ciertas, como un buen tirador una sola.
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 113
nos de su infortunado ataque a los tarascos (Tezozomoc, cap. LII, p. 84 [p. 423]) fue lo más
parecido posible a una fuga desordenada. Dice Durán (cap. XXXVII, p. 291 [p. 284, § 17]):
“El rey Axayácatl mandó alzar su real y, casi como huyendo y medio afrentado, con la
poca gente que le había quedado, todo desbaratado y lo más de la gente herida.”
166. Mendieta (lib. II, p. 131): “Los que vencian la batalla seguian el alcance con la
victoria hasta que los contrarios cobraban algun lugar donde se hacian fuertes.” También
Tezozomoc, cap. XXII, p. 34 [p. 290] y cap. LVII, p. 94 [p. 441].
167. Si un hombre capturado en el campo de batalla todavía se resistía, le cortaban los
tendones de los pies, dejándolo incapaz de moverse. Después de la acción los prisioneros
eran asegurados con collares de madera (cuauh-cozcatl) y así eran llevados de vuelta en la
vanguardia del ejército. Al llegar a México los llevaban primero al gran teocalli, y después
de postrarse ante Huitzilopochtli los hacían marchar alrededor de la gran piedra de los sacrifi-
cios. (Cf. la relación de Adair, History of the American Indians, argumento XVI, pp. 165, 167,
regreso de un grupo guerrero chikkasah de una expedición a Illinois, en 1765.)
168. Tal era el caso de Meztitlan (Tezozomoc, cap. LVII, p. 94 [p. 441] y Durán, cap. XL,
p. 314 [p. 304, § 9]). Tizoczic hizo alrededor de 40 prisioneros y regresó con 300 hombres
menos (“y que con aquello habían los contrarios recogídose a sus lugares”). Sin embargo,
Ixtlilxochitl lo menciona como sometido y tributario de las tribus del valle.
169. Como el teocalli o templo estaba en el centro del poblado, y era su edificio más
alto y por consiguiente, según la concepción india, el más fuerte, su destrucción por el
fuego era la señal de la victoria definitiva de los atacantes. Véase Tezozomoc, cap. XIX,
pp. 30-31 [p. 282], y Durán, cap. XV, p. 129.
170. Cuando el pueblo de los enemigos había sido completamente abandonado, ya
fuese por la huida de sus habitantes o por su exterminio, como en el caso de Alahuitztlan, lo
repoblaban con colonias de origen nahua. Tezozomoc (cap. LXXIV, pp. 125-126 [p. 534])
y Durán (cap. XLV, pp. 364ss. [pp. 351-355]) relatan en detalle cómo ocurrió. Esto podría
explicar hasta cierto punto la presencia de nahuas a cierta distancia del valle, y es posible
que arroje alguna luz incluso sobre la singular colonización de los mitimaes peruanos.
171. Esta petición de paz, cuando la tribu era de otra lengua, tenía lugar a veces por
medio de intérpretes “nahuatlatos”, y a veces simplemente por señas. En general los de-
rrotados huían a la cima de un cerro y desde allí pedían a los perseguidores mexicanos
que detuvieran la matanza, con gestos humildes y lastimosos. La masacre de mujeres y
niños a menudo recomenzaba hasta dos veces, hasta que el tributo ofrecido por los ven-
cidos satisfacía a los mexicanos. El tributo exigido era proporcional a la resistencia ofre-
cida y a los recursos de la tribu. Una vez acordada la paz, los mexicanos seguían consu-
miendo las provisiones de aquellos a quienes habían derrotado despiadadamente. Los
prisioneros, una vez capturados, jamás eran liberados ni intercambiados. Tenían que
cargar hasta México los despojos y el tributo, pero eran bien cuidados y alimentados
hasta el día en que eran sacrificados a los ídolos.
172. Hay una buena ilustración de esto en Tezozomoc (caps. XC y XCI), cuando descri-
be la expedición contra Tututepec y Quetzaltepec. Pero Durán es todavía más explícito
sobre los mismos acontecimientos. Según él (cap. LVI, p. 547 [pp. 428-431, § 18-32]),
después de saquear el pueblo no fortificado de Tututepec, los mexicanos avanzaron hacia
Quetzaltepec, que estaba bien fortificado y cuyos habitantes salieron a enfrentar a los
mexicanos en campo abierto por tres días seguidos, hasta que al tercero fueron claramen-
te derrotados, y sus defensas avasalladas.
173. Tezozomoc, caps. XC y XCI, y Durán, cap. LVI, p. 448 [p. 429, § 23]. El primero
describe minuciosamente esas “escalas”, dando sus dimensiones y el número empleado.
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 115
174. Tezozomoc habla de arqueros apostados afuera, protegiendo con una lluvia de
proyectiles el ascenso de los escaladores, mientras otros grupos perforaban el muro. Durán
(p. 448 [cap. LVI, p. 430, § 28-29]) da una descripción más plausible: “Otro día salió al
campo la gente tepaneca con toda su provincia, que eran gran número de gente, la cual
se hubo tan valerosamente que, no les pudiendo resistir los de la ciudad, se empezaron a
retraer hacia el muro. Motecuhzoma, viendo que los tepanecas peleaban tan valerosa-
mente y que hacían retirar al enemigo, mandó tocar al arma y en un punto salió el
mexicano al campo, y por otra parte el tezcucano y, arremetiendo todos en tropel, apelli-
dando los unos, México, México, y los otros, Tezcuco, Tezcuco, acudieron cada uno por
su parte rompiendo por el ejército de los enemigos. Y aunque de las murallas recibían
gran daño de las piedras grandes y trozos de palos que derribaban, llegaron a ella y,
arrimando escalas, y otros como gatos, subieron por ella. Y otros, cavando por el cimien-
to, ganaron la primera cerca.” Esto muestra que en realidad era un ataque precipitado.
175. Por esta razón las guerras con las vecinas tribus de Tlaxcallan, Huexotzinco y
Cholullan consistían en combates regulares en momentos determinados. Una campaña
prolongada era impensable. Es posible que en el curso de este ensayo examinemos bre-
vemente la cuestión de las guerras entre México y Tlaxcallan, aunque no pertenece pro-
piamente al tema de este estudio.
176. Tezozomoc (cap. LXXXIV, p. 148 [p. 584]) describe el ataque a Nopallan e Ycpatepec
de la siguiente manera: “Llegaron á media noche, yendo tan secretamente, que hasta la
casa real entraron, contaron las calles, sus entradas y salidas, y subieron encima del tem-
plo.” A continuación los exploradores volvieron al templo mayor, informando lo que
habían encontrado, y cuando el lucero de la mañana se elevó cayeron sobre el pueblo, “de
suerte que iban como un recio paredón […] fueron como rayos, y comenzaron a matar
tantos de los enemigos, que no dejaban viejo ni vieja, mozas, ni criaturas, que todos iban
por un rasero, y comenzaron á quemar casas, y luego el templo, que lo asolaron y derriba-
ron, que parecian los pueblos humo que salia del volcán”. (Cf. las descripciones de la
quema de Schenectady por los franceses e indios en 1689, en Documentary History of the
State of New York, vol. I, pp. 297-312.)
177. Tezozomoc, cap. LII, y Durán, cap. XXXVII. La fecha fue determinada por Alfredo
Chavero en su valioso ensayo titulado “Calendario azteca” (p. 4).
178. Esa confederación estaba formada por Tlaxcallan y Huexotzinco, quizá también
Atlixco. Es posible que Cholula haya formado parte de ella hasta cierto punto, pero cier-
tamente ya no era así cuando llegó Cortés. Por el contrario, Cholula estaba entonces en
términos amistosos con México. Dice Cortés (“Carta segunda”, p. 19 [p. 42]): “porque los
naturales de ella eran amigos de Mutezuma”, y más adelante (p. 21 [p. 45]): “e hice que
los de esta ciudad de Churultecal y los de Tascaltecal fuesen amigos, porque lo solían ser
antes, y muy poco tiempo había que Mutezuma con dádivas los había seducido a su
amistad y hecho enemigos de estos otros”.
179. La persecución duró hasta que llegaron a Tlaximaloya (Tajimaroa), en los confi-
nes de Toluca. Tezozomoc (cap. LII, p. 85 [pp. 423-243]) dice: “Llegó el campo tarasco,
hasta Tagimaroa, que dicen Tlazimaloyan. Los otros que habían llegado hasta los térmi-
nos de Toluca, se volvieron viendo que su campo no llegaba, ni iba adelante.” La persecu-
ción de los michoacanos consistía en atacar a los mexicanos con flechas, pero no se habla
de combates más de cerca.
180. Las guerras de los mexicanos contra Tlaxcallan y sus asociados eran una lucha
por la supremacía definitiva, y no, como dicen muchos autores, batallas regulares arregla-
das de antemano con el propósito de obtener para ambas partes víctimas para ofrendas
116 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS
religiosas y para ejercitar a los jóvenes en el arte de la guerra. El hecho de que esas
batallas tuvieran lugar en fechas fijas y en ciertos lugares determinados no es prueba de
eso, sino que resultaba simplemente de la costumbre de desafiar al enemigo y encontrarlo en
un momento determinado en el “terreno de guerra” (cf. Durán, cap. LIX, p. 465 [p. 447,
§ 2]). Como las fuerzas respectivas eran bastante parejas, esas acciones se renovaban de
tanto en tanto, cada parte con la esperanza de agotar a la otra hasta lograr asestar un
golpe decisivo; pero hasta entonces ninguna había tenido éxito, de modo que en general
las batallas quedaban prácticamente sin resolver. Contra Tlaxcallan los mexicanos hicie-
ron un gran intento, cuando la confederación de la primera con los de Huexotzinco se
rompió por algún tiempo y estos últimos pidieron ayuda a México contra los tlaxcaltecas,
que habían invadido tierras de Huexotzinco. Hasta ahora hay mucha contradicción y
oscuridad acerca de esas guerras intertribales, y las pomposas descripciones que de ellas
dan muchos autores no son muy dignas de confianza. Un punto parece seguro, y es que
por más que con frecuencia los mexicanos hayan llevado la peor parte en esas luchas, ni
los tlaxcaltecas ni sus aliados llegaron nunca a amenazar seriamente a México. No cabe
duda de que con el tiempo los mexicanos hubieran agotado y derrotado a sus adversa-
rios, igual que antes habían agotado y derrotado a la tribu de Chalco, en el valle. Por una
descripción realmente natural de esos combates, véase Durán y especialmente Tezozomoc.
181. Véase Cortés (“Carta segunda”, p. 15 [p. 36]): “Y a la salida del dicho valle hallé
una gran cerca de piedra seca, tan alta como estado y medio, que atravesaba todo el valle de
la una sierra a la otra, y tan ancha como veinte pies, y por toda ella un pretil de pie y
medio de ancho para pelear desde encima y no más de una entrada, tan ancha como diez
pasos, y en esta entrada doblada la una cerca sobre la otra a manera de rebellín, tan
estrecho como cuarenta pasos.” También Bernal Díaz del Castillo, cap. LXII; Gómara
[cap. XLV]: “El primer reencuentro que Cortés hubo con los de Tlaxcallan”; Torquemada,
lib. IV, cap. XXIX; y Herrera, déc. II, lib. VI, cap. IV.
182. Motolinia (trat. III, cap. XVI, p. 229), hablando de Tlaxcallan, dice: “La causa de
edificar en lugares altos era las muchas guerras que tenian unos á otros; por lo cual para
estar mas fuertes y seguros buscaban lugares altos y descubiertos, adonde pudiesen dor-
mir con menos cuidado, pues no tienen ni muros ni puertas en sus casas, aunque en
algunos pueblos habia albarradas y reparos, porque las guerras eran muy ciertas cada
año.” El nombre mexicano para tribu, asentamiento o pueblo, altepetl, indica en sí mismo
un objeto elevado, puesto que tepetl significa cerro.
183. Cortés, “Carta segunda”, p. 50 [p. 92]; también Bernal Díaz del Castillo, cap.
CXXXII, p. 143 [p. 409], y varios más. Clavijero (lib. IX, cap. 28 [cap. 29]) dice que los
muros de Cuauhquechollan eran de más de 20 pies de altura y 12 pies de ancho, y tenían
un parapeto de tres pies de elevación. El “estado”, “braza” o “toesa” es igual a dos “va-
ras”, o seis pies castellanos. Según esto, el muro habría estado cerca de siete metros por
encima de la superficie exterior. El texto de Cortés indica “tan alto como cuatro estados
por de fuera de la ciudad, y por dentro está casi igual con el suelo”. Esto significa que el
muro era más bien el recubrimiento de piedra de una amplia terraza, sobre la cual se hallaba
el pueblo mismo.
184. Chamula, o “Chamhó”, según Brasseur (Ruines de Palenque, cap. II, p. 33, nota
10), es todavía el lugar más populoso del estado de Chiapas y se encuentra alrededor de
tres leguas al noroeste de San Cristóbal. Sus habitantes hablan la lengua tzotzil. Nunca
fueron conquistados, y quizá ni siquiera atacados, por los mexicanos. La descripción de
sus fortificaciones proviene de la “Relación hecha por Diego Godoy a Hernando Cortés”
(Vedia, t. I, p. 466). Bernal Díaz del Castillo (cap. CLXVI) y Herrera (déc. III, lib. V, cap. VIII,
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 117
p. 163) también las mencionan. Encontramos aquí una clara descripción de terraplenes
de piedra o de tierra coronados por guardas de madera. Esto podría arrojar luz sobre
algunas de las circunvalaciones que se encuentran en los Estados Unidos y que se atribu-
yen a los “constructores de montículos”. Una descripción aún más detallada de un lugar
con fortificaciones similares la da Cortés en su quinta carta, del 3 de septiembre de 1526
(Vedia, vol. I, p. 128 [Cartas de relación, p. 240]). Cf. Historia de la conquista y reducción de los
itzáes, lib. I, cap. VII, p. 41.
185. Para una descripción de Quetzaltepec (“Cerro de matices verdes brillantes o cam-
biantes”) véase Tezozomoc (cap. XC, pp. 158-159 [pp. 606-607]), y especialmente Durán
(cap. LVI, p. 443 [p. 426, § 8-9]): “porque Tototepec, demás de tener el río grande por
amparo, hizo hacer cinco cercas de las más fuertes que pudo, todas de piedra y tierra muy
apisonada y de maderas grandes y de todo género de fajina. Acabadas estas cercas –que
la que cercaba el pueblo era de seis brazas en alto y de cuatro en ancho, siendo las demás
que se les iban siguiendo de a cuatro y de a cinco de alto”. Aun cuando Durán emplea el
término “cerca”, no hay mayor duda de que no eran sino plataformas, coronadas por
parapetos de piedra o de madera. Tezozomoc (cap. XC) habla de seis “albarradas” o
“paredones”, pero dice claramente que había chozas o casas sobre ellas (“luego mando
poner fuego á la segunda albarrada, que tenian encima mucha casería de buhiyos”; “El
primer paredon era de cinco brazas de ancho y de tres de altura, y mucha peña encima:
la segunda, tercera, cuarta y quinta al propio tenor, excepto la sexta que era de dos brazas
de altura, y de seis brazas de ancho, muchos buhiyos ensima, xacales, y mucha gente”, p. 158
[p. 606]).
Esto recuerda vivamente la colina de Sacsahuamán, en el Cuzco, en Perú, cuyas defen-
sas, según E.G. Squier, consisten en “tres líneas de muros enormes, cada una de las cuales
soporta una terraza y un parapeto. Los muros son casi paralelos, y tienen ángulos entran-
tes y salientes casi exactos por toda su extensión actual de alrededor de 600 metros. El
primer muro exterior tiene una altura promedio, en la actualidad, de cerca de 10 metros;
el segundo está como 10 metros más adentro y tiene 6 metros de alto; el tercero está 6
metros adentro del segundo, y tiene menos de 5 metros de altura en su parte más alta. La
elevación total de la obra, por consiguiente, es de cerca de 20 metros”. Según las descrip-
ciones de Tezozomoc y Durán las fortificaciones de Quetzaltepec eran muy similares a las
de la fortaleza incaica del Cuzco, aunque quizá más extensas. Sin embargo, en el arte de
la fortificación los incas estaban muy adelantados con respecto a los demás aborígenes
americanos. En ningún otro lugar de este continente encontramos nada parecido a
Ollantaytambo, Pisac o Piquillacta. Los pueblos fortificados de México eran probable-
mente análogos a las “pucaras” o fuertes de los indios aymaras del altiplano boliviano (cf.
E.G. Squier, Peru. Incidents of travel and exploration in the land of the Incas, Nueva York,
1877).
186. Xochicalco, el “lugar de la casa de flores” (de xochitl, flor, y calli, casa), se encuen-
tra cerca de Temixco, al sureste de Cuernavaca (la antigua Cuauhnahuac) en el Estado de
México propiamente dicho. Es probable que el primero en describir la pirámide fuera
don Joseph Antonio de Alzate y Ramírez en su Descripción de las antigüedades de Xochicalco,
México, 1791. Robertson (vol. III, p. 139, n. 39) describe “un templo cerca de Cuernavaca,
en el camino de México a Acapulco”. Las descripciones más completas, sin embargo, son
las de Pietro Marquez (Due antichi monumenti di architettura messicana, Roma, 1804); del
barón A. von Humboldt (Vues des cordillères et monuments des peuples indigènes de l’Amérique,
1816, vol. I, pp. 129-137 y lám. IX del Atlas in folio [Vistas de las cordilleras, pp. 57-59 y
lámina IX]); de Nebel; de E. Tylor (Anahuac) y de Brantz-Mayer (Mexico as it was and as it is,
118 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS
3a. ed., 1847). Lord Kingsborough, desde luego, ha dado espléndidas ilustraciones del
monumento en el vol. IV de su Antiquities of Mexico, así como la descripción del capitán
Dupaix en el vol. IV, p. 430. También lo ha hecho H.H. Bancroft, con la habitual lealtad a las
fuentes que caracteriza a este eminente compilador. Citamos de Bratnz-Mayer (p. 178):
“Desde esta eminencia el guía […] me señaló un cerro pequeño, en el extremo del llano
frente a nosotros, sobre el cual se encontraba la pirámide de Xochicalco, objeto de nues-
tras exploraciones del día. El cerro parece alzarse directamente de entre dos montañas, y
la llanura que se extiende hasta su pie mismo parecía poder atravesarse en media hora.”
Sin embargo, ese espacio resultó estar interrumpido por profundas barrancas, de mane-
ra que el trayecto hasta el cerro resultó tedioso, difícil y largo. Ésta es la descripción
general de la eminencia por el mismo autor (pp. 180-181): “A la distancia de seis leguas
de la ciudad de Cuernavaca se encuentra un cerro de cien metros de altura, conocido,
con las ruinas que lo coronan, con el nombre de Xochicalco o ‘cerro de las flores’. La base
de esa eminencia está rodeada por los claros restos de una zanja profunda y ancha; se
llega a su cima por cinco terrazas en espiral; los muros que las sostienen son de piedra,
unida con cemento, y están todavía en bastante buen estado. A distancias regulares, como
para sostener esas terrazas, hay restos de baluartes semejantes a los bastiones de una
fortificación. En la cima del cerro hay una amplia explanada, en cuyo lado oriental se
perciben todavía tres conos truncados, parecidos a los túmulos que se encuentran entre
muchas ruinas similares en México. En los otros lados también hay grandes montones de
piedras de forma irregular, que parecen haber formado parte de montículos o túmulos
similares, o quizá de fortificaciones relacionadas con el muro que, según los escritores
antiguos, rodeaba la base de la pirámide, aunque no pude discernir ningún vestigio de
ella.” En la parte más alta de esa explanada parece haber habido un edificio de cinco
terrazas (según la descripción de Alzate) o pisos, del que sólo existe el inferior. Nebel ha
dado una reconstrucción ideal de ese edificio (Viaje pintoresco y arqueológico a la República
de México) y también Alzate.Como conclusión de su investigación de los ornamentos y
esculturas que aún pueden verse en las ruinas de la cima, Brantz-Mayer observa: “El día
estaba muy avanzado cuando me detuve por última vez en el ángulo de la terraza supe-
rior y contemplé el bello paisaje que me rodeaba. Estaba en el centro de una imponente
llanura. Corriendo hacia el norte se veían los restos de un antiguo camino empedrado
que sobre llano y barrancas llevaba a la ciudad (Quauhnahuac), claramente visible al pie
de la Sierra Madre” (p. 187). El barón de Humboldt da las medidas como sigue: altura
del cerro desde su base, 117 metros, divididos en cinco niveles. Cada nivel tiene alrede-
dor de 20 metros de alto. Circunferencia de la base del cerro, alrededor de 4 mil metros.
La plataforma de la cima tiene 72 metros de largo, de norte a sur, y 86 metros de este a
oeste. El muro que otrora rodeaba esta plataforma tenía alrededor de 2 metros de alto. La
base del edificio de la cima mide 20.7 metros por 17.4. En el lado norte hay una serie de
excavaciones en las rocas, cavernas artificiales, cuyas bocas encontró Brantz-Mayer “al
pie de la primera terraza en el lado norte del cerro”. Se dice que esas excavaciones fueron
visitadas en 1835.
El barón de Humboldt concluye (p. 134 [Vistas de las cordilleras, pp. 58-59]): “La fosa de
que está rodeada la colina, el revestimiento de las graderías, el enorme número de estan-
cias subterráneas cavadas en la roca, hacia el lado norte; el muro que defiende el acceso
a la plataforma, todo se conjuga para dar al monumento de Xochicalco el carácter de un
monumento militar. Los naturales designan a las ruinas de la pirámide que se eleva en el
centro de la plataforma, todavía en los momentos presentes, con un nombre equivalente
al de fortaleza o ciudadela. La gran analogía que se advierte entre esta pretendida ciuda-
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 119
dela y las casas de los dioses aztecas (teocalli), me hace suponer que la colina de Xochicalco
no era otra cosa que un templo fortificado.”
E.B. Tylor (Anahuac, cap. VII, p. 186), hablando de Xochicalco, dice: “Era una colina
fortificada de gran fuerza.” Para Humboldt era “un templo fortificado”. Sin embargo, el
cerro es demasiado alto y demasiado grande para ese propósito solamente. Además, los
cuartos excavados en la roca, similares a las casas excavadas en las barrancas (cliff-houses)
de Arizona, el camino que llevaba a Cuauhnahuac, la propia posición central de la colina,
todo indica que “Xochicalco” fue otrora un pueblo, fortificado según los principios aborígenes,
cuyos habitantes vivían parte en la roca, parte en las terrazas o en la explanada que se
había nivelado en la cima. El teocalli o templo ocupaba la cima, hallándose en el centro de
la población, igual que en cualquier pueblo situado en el llano. Las cinco terrazas o niveles
estaban probablemente bordeados por parapetos de madera que han desaparecido hace
mucho, y sólo la plataforma superior tenía un muro de piedra alrededor.
Hay otra estructura piramidal, hallada por el capitán Dupaix cerca de Viejo Tepexe, en
Tehuantepec, representada en Antiquities of Mexico, vol. IV, parte 3, lám. I, de lord Kings-
borough. Tiene ocho niveles o pisos. Dupaix observa (lord Kingsborough, vol. VI, p. 467):
“Este muro presenta una especie de fortificaciones que no puedo convencerme de que los
habitantes del Viejo Continente hayan conocido alguna vez.” En sus líneas, la estructura
se parece más a la imagen que da Clavijero del gran teocalli de México que a ninguna otra.
El dibujo del erudito abate es muy erróneo en lo que se refiere al templo de México, pero
no está fuera de lugar si se aplica a un pueblo fortificado, que ocupaba toda la parte
superior de un cerro.
Cuando los mexicanos, antes de su huida a Culhuacan y luego al centro del lago,
fueron encerrados en el cerro de Chapultepec por las tribus del valle, fortificaron el cerro
de la siguiente manera, según Durán (cap. III, pp. 27-28 [p. 35, § 45]): su recién elegido
jefe guerrero (Huitzilihuitl) “mandó que por toda la frontera de aquel cerro se hiciesen
muchas albarradas de piedra, las cuales a trechos iban subiendo, unas tras otras, a mane-
ra de escalones anchos, de un estado de ancho. Las cuales, en la cumbre, venían a hacer
un espacioso patio, donde todos se recogieron y fortalecieron, haciendo su centinela y
guardia de día y de noche, con mucha diligencia y cuidado, poniendo las mujeres y niños
en medio del ejército, aderezando flechas, macanas, varas arrojadizas, labrando piedras,
haciendo hondas para su defensa”. Según esto, el cerro de Chapultepec presentaba posi-
blemente un aspecto no muy diferente del de Xochicalco, o Tepexe: cubierto de terrazas,
como los “andenes” peruanos. Cervantes de Salazar, cuyos Tres diálogos latinos o México en
1554 [México en 1554 y Túmulo imperial, México, Porrúa, 1963] fueron publicados nueva-
mente en 1875 por Joaquín García Icazbalceta (a cuya gran generosidad quiero ofrecer
aquí un humilde tributo de gratitud), parece aludir a los restos de ese escalonamiento
original en su tercer diálogo, cuando Alfaro (uno de sus personajes) pregunta (p. 277
[p. 64]): “¿Para qué son estas gradas tan anchas y largas, que llegan hasta arriba y rodean
casi todo el cerro?” Y más adelante dice: “¡Cómo se va adelgazando el cerro hasta el
pequeño edificio!”, y “Zuazo” da la muy característica respuesta: “Así vino bien para que
se pudiera ver todo lo que está abajo” (como lo requeriría una posición militar). En la
introducción a este diálogo (p. 256), el erudito estudioso mexicano observa: “Parece que
estas albarradas o escalones se conservaron hasta después de la conquista, y que los em-
peradores aztecas los habían llenado de tierra, convirtiéndolos en jardines, por no tener
ya objeto como obras de fortificación.”
187. La carta escrita desde México por “Fray Francisco de Bologna” al provincial de
Bolonia, publicada en traducción francesa por Ternaux-Compans (Recueil de pièces), dice:
120 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS
“En general sus poblaciones no estaban cercadas, pero los españoles les enseñaron a
rodearlas de murallas” (p. 212). La lengua mexicana distingue altepetl, pueblo o tribu [en
el sentido de tribu, nación o comunidad originaria, como γένος –E.], de tename-altepetl,
pueblo rodeado por un muro [en el sentido de asentamiento, como en griego δη̂µος, que
significa pueblo asentado en territorio –E.], de tenamitl, muro, lugar cercado. La lengua
quiché de Guatemala ha adoptado la palabra nahuatl tenamitl, convirtiéndola en tinamit,
para significar tribu o lugar.
188. Motolinia, vol. I, trat. I, cap. XII, pp. 63-65.
189. Ibid., trat. III, cap. XVI, p. 229, y cap. VIII, p. 187; Clavijero, lib. VII, cap. 26.
190. Según Cortés (“Carta segunda”, p. 20 [p. 43]) y Bernal Díaz del Castillo (cap.
LXIII, p. 75 [cap. LXXXIII, p. 216]), poco después de entrar en Cholula los españoles
descubrieron que “las azoteas que las tienen llenas de piedras e mamparas de adobes”. Ya
los tlaxcaltecas habían advertido a Cortés respecto a Cholula, diciendo (ibid., p. 19 [p. 43])
“que tenían muchas de las calles tapiadas y por las azoteas de las casas muchas piedras
para que después que entrásemos en la ciudad tomarnos seguramente y aprovecharse de
nosotros a su voluntad”. También le advirtieron sobre México, diciendo: “y todas las
casas son de azoteas, y en las azoteas tienen hechos como a manera de mamparas, y
pueden pelear desde encima dellas” (Bernal Díaz, cap. LXXVIII [p. 202]). Durante la lu-
cha en las calles, antes de la retirada de Cortés el 1 de julio de 1520, y también durante la
captura gradual de México, los mexicanos lucharon desesperadamente desde las azoteas,
arrojando piedras contra los invasores. Véase Cortés, ibid., pp. 41-43 [pp. 80, 81], y “Car-
ta tercera”, pp. 74, 76, 84, 86 [“Tercera carta-relación”, pp. 137, 140, 156-157, 160; y
Bernal Díaz del Castillo, cap. CXXVI, pp. 130-131 [pp. 376-377] y cap. CLI, p. 183 [p. 512].
Me abstengo de citar a escritores posteriores que sobre todo copiaron a los testigos pre-
senciales, y agregaré solamente las palabras de fray Toribio de Benavente (Motolinia), en
su Historia, escrita alrededor de 1540 (vol. I, trat. III, cap. VIII, p. 187): “Estaba México
muy fuerte y bien ordenada […]. Tenia por fortaleza los templos del demonio y las casas
de Mocteuczoma, señor principal, y las de otros señores.”
191. Cortés (“Carta segunda”, p. 42 [p. 80]): “y en la torre más alta y más principal de
ella se subieron hasta quinientos indios, que, según me pareció, eran personas principa-
les. Y en ella subieron mucho mantenimiento de pan y agua y otras cosas de comer y
muchas piedras, y todos los demás tenían lanzas muy largas con unos hierros de pedernal
más anchos que los de las nuestras y no menos agudos, y de allí hacían mucho daño a la
gente de la fortaleza porque estaba muy cerca de ella. La cual dicha torre combatieron los
españoles dos o tres veces y la acometieron a subir; y como era muy alta y tenía la subida
agra porque tiene ciento y tantos escalones, y los de arriba estaban bien pertrechados de
piedras y otras armas.” Véase también Bernal Díaz del Castillo, cap. CXXVI, p. 131 [p. 377].
Este último, en el muy “probable” estilo de la Historia verdadera, dice que había cuatro mil
hombres en un teocalli. Cortés es más modesto y seguramente está más cerca de la verdad.
Véase también Motolinia, trat. III, cap. VIII, p. 187: “Tenía por fortaleza los templos del
demonio.” Cuando los mexicanos conquistaron Tlatelolco, la principal fortaleza de los
tlatelolcas fue su templo. Véase Tezozomoc, cap. XLV, p. 74 [pp. 392-393]. Durán (cap.
XXXIV, p. 268 [p. 263]): “el rey subió a lo alto del templo, con otros caballeros suyos,
aunque con mucho trabajo, por la mucha resistencia que halló”. De nuevo remitimos a lo
que ya se ha dicho: que como el templo era la parte más alta del pueblo, y por consiguien-
te la más fuerte, su captura o destrucción era la señal de la victoria.
192. Las tribus de Chiapas eran muy temidas por su ferocidad y por sus plazas natural
y artificialmente fuertes. Cf. Bernal Díaz del Castillo (cap. CLXVI [p. 630]): “porque cier-
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 121
tamente eran en aquel tiempo los mayores guerreros que yo había visto en toda la Nueva-
España”. Cachula, Chiapas y Chamula eran todos lugares naturalmente fuertes y además
bien fortificados. Ya hemos hecho referencia a Atitlán, en Guatemala (“Segunda relación
por Pedro de Alvarado…”, Vedia, vol. I, p. 460 [“Segunda relación hecha por Pedro de
Albarado a Hernando Cortes, en que se refiere a la conquista de muchas ciudades…”, en
Relación hecha por Pedro de Alvarado…, p. 36]); Bernal Díaz del Castillo, cap. CLXIV, p. 221
[p. 621]: “y que eran muy malos y de peores condiciones”). La propia Tlaxcallan gozaba
de una posición defensiva muy fuerte, aunque el lugar estaba abierto y no amurallado.
Motolinia (trat. III, cap. XVI, p. 229): “El señor más antiguo y que primero la fundó,
edificó en un cerrejón alto que se llama Tepeticpac, que quiere decir encima de sierra.”
Cortés (“Carta segunda”, p. 18 [p. 41]): “porque es muy mayor que Granada y muy más
fuerte”. Torquemada, lib. III, cap. XII, p. 265; Gómara, p. 333 [p. 78], etc. Utatlán, o más
bien “Gumarcaah”, el pueblo quiché de Guatemala, del que sobre todo Fuentes ha hecho la
capital de un vasto “imperio quiché”, era sumamente fuerte por su ubicación (cf. Stephens,
Travels in Central America…). El pueblo de Santa Cruz del Quiché se encuentra hoy en sus
inmediaciones. Alvarado, que lo conquistó, dice (Vedia, vol. I, p. 458 [“Primera relación
hecha por Pedro de Albarado a Hernando Cortes, en que se refieren las guerras y batallas
para pacificar las provincias…”, en Relación hecha por Pedro de Alvarado…, p. 28]): “la
ciudad es muy fuerte en demasía, y no tiene sino dos entradas, la una de treinta y tantos
escalones de piedra, y por la otra parte una calzada hecha a mano”. El abate Brasseur lo
describe como sigue (Popol Vuh, cap. IX, pp. 312-313, nota): “Utatlán o Gumarcaah estaba
formado por tres niveles distintos, rodeados por fosos comunicados, sin embargo, por
senderos (o caminos) flanqueados por piedras cortadas […]. No había más que una en-
trada a ese gran pueblo, la misma por la cual se llega a él hoy.” (El texto quiché dice [Popol
Vuh, México, FCE, 1976, 4a. parte, cap. IX, p. 149]: “cuando construyeron de cal y canto la
ciudad de los barrancos”.) Vemos pues que los principales pueblos de Mesoamérica [Middle
America] estaban establecidos en fuertes lugares defensivos, puesto que México, como
hemos dicho, era quizás el menos vulnerable de todos, y también el que ocupaba la
posición más prominente.
193. Motolinia, trat. III, cap. VIII, p. 187. Cuando los tlaxcaltecas explicaron a Cortés
los peligros a que se exponía yendo a México, no mencionaron fortificaciones (Bernal
Díaz del Castillo, cap. LXXVIII, p. 70 [p. 202]), sino simplemente que el lugar estaba
rodeado de agua, la resistencia de las casas y la dificultad del acceso.
194. Tezozomoc, cap. I, p. 5 [p. 224]; Durán (cap. IV, pp. 36-37 [pp. 43, 44, § 45, 50])
es muy explícito: “y, pasados de la otra parte del río, [la desembocadura del lago de
Xochimilco] metiéronse en los carrizales y tulares de la laguna”, y “De este lugar vinieron
buscando y mirando, si hallarían algún lugar que fuese acomodado para poder hacer
asiento. Y andando estas partes de esta manera por unas y por otras, entre los carrizales
y espadañas hallaron un ojo de agua hermosísimo.” Mendieta, lib. II, cap. XXXIV, p. 148;
Torquemada, lib. II, caps. X y XI, p. 92.
195. Durán (cap. XII, p. 112 [§ 37]): “Pero vuelto a los de Xuchimilco, les mandó que
luego, sin más tardar, mandasen a todos los de la ciudad hiciesen una calzada de tres
brazas en ancho desde su pueblo hasta la ciudad de México, de piedra y tierra, cegasen
el agua que el término de esta calzada tomase e hiciesen sus puentes a trechos, para que el
agua tuviese por dónde salir de una parte a otra” (véase también cap. XIII, p. 113).
196. Debemos recordar que el nivel de la “plaza mayor” de México estaba, a comienzos
de este siglo, apenas una vara (de tres pies castellanos), un pie y una pulgada por encima
del nivel del lago de Texcoco. Esa elevación era puramente artificial (Humboldt, Essai
122 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS
politique, vol. II, pp. 96-98 [Ensayo político, t. I, lib. III, cap. VIII, pp. 398-399]). Una vez
construidas las calzadas que corrían de norte a sur, las aguas que llegaban al lago desde el
oeste ya no podían fluir libremente hacia la cuenca salobre de Texcoco: eran efectivamente
contenidas alrededor del pueblo, y así el pantano se convirtió en un lago. Que las fuentes
eran suficientes para ese propósito lo demuestra ampliamente la gran inundación que
causó la descuidada apertura de las compuertas bajo Ahuitzotl, en 1498 (ibid., p. 101 [pp.
400-401]), de la que hay amplio testimonio en los autores más antiguos. Durán, caps.
XLVIII y XLIX; Tezozomoc, cap. LXXX; Ixtlilxochitl, “Historia de la nación”, cap. LXVI;
Torquemada, lib. II, cap. LXVII, pp. 192-193.
197. El nivel de los lagos de Xochimilco y Chalco es una vara y once pulgadas más alto
que la plaza mayor de México. Esos lagos desaguaban hacia el noroeste, entre Churubusco
e Iztapalapa. Anteriormente, cuando México estaba rodeado de agua, ese desaguadero
estaba entre Mexicaltzinco y Churubusco (que se llamaba entonces Huitzilopochco). En
Churubusco empezaba la gran calzada, y las aguas que venían del lago de Xochimilco
fluían hacia el lago de Texcoco a lo largo de su lado derecho. Esto significa que las calza-
das aumentaron los efectos de drenaje natural hacia la cuenca central. La de los mexica-
nos era sin duda una obra primitiva pero sumamente efectiva. Encontramos un paralelo
en época relativamente reciente en Bolivia. Cuando Andrés Tupac Amaru, hijo del infor-
tunado José Gabriel Condorcanqui, estaba bloqueando Sorata en 1782, no podía tener
esperanza de tomar el pueblo, que estaba bien fortificado, sin artillería. Entonces, me-
diante un sistema de circunvalación, hizo que lo rodearan las aguas de la sierra, las cuales
finalmente destruyeron los terraplenes, dejando entrada libre a los indios enfurecidos.
En la masacre que siguió perecieron 22 mil blancos.
198. Debemos a L.H. Morgan los primeros indicios sobre el verdadero carácter y obje-
tivo de esas calzadas. Su propósito no era asegurar simplemente la comunicación con la
tierra firme, sino, sobre todo, la defensa de México. Sin ellas el área situada entre el
pueblo y la orilla occidental habría seguido siendo, en el mejor de los casos, un pantano,
o se hubiera secado, como ha ocurrido ahora. Cualquiera de las dos cosas habría signifi-
cado el fin del poder defensivo de los mexicanos, y el curso de los acontecimientos habría
sido muy diferente.
199. Se habla de algún tipo de fortificación en “Xoloc”, donde el ramal de Coyoacan
se unía a la calzada principal (esto debe de haber sido en las inmediaciones de San
Antonio).
200. Esas canoas, acalli, estaban constantemente en movimiento por el pueblo y sus
alrededores. Mantenían la comunicación con las orillas y también servían para transpor-
tar a los guerreros, cuando era necesario. Nos abstendremos de repetir las versiones muy
exageradas sobre su número.
201. Además, los sacerdotes mantenían una vigilancia constante desde lo alto de los
templos-pirámides. Ellos eran los verdaderos “guardianes” del pueblo, tanto de día como
durante toda la noche.
202. Prescott, vol. I, lib. III, p. 445 [lib. III, cap. III, p. 206].
203. Las descripciones que dan varios autores del siglo XVI de esa campaña contra
Tlaxcallan son sumamente contradictorias. Ixtlilxochitl (en su 3a. relación [“Décimatercia
relación”, p. 451]) dice que de Cempoalan a Tlaxcallan “los naturales les recibían con
mucha alegría y regocijo sin ninguna guerra ni contraste, y si alguno hubo, fue dándoles
ocasión para ello”. En la “Historia de la nación chichimeca”, en cambio, el mismo autor
habla de una acción de dos días, en que calcula el número de los tlaxcaltecas en 150 mil
hombres (cap. LXXXVIII, p. 189 [p. 233]). Tezozomoc (cap. CX, p. 196 [p. 701]) relata que
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 123
los otomíes de Tecoac se reunieron y dijeron: “¿por dicha somos sus vasallos de estos que
vienen? ¿ganáronnos en justa guerra? Ea, chichimecas, á las armas contra ellos: y como
gente serrana, tomaron luego armas, y como venian dando alarido tirando varas, tocaron
al arma y dan con ellos una rociada de pelotas y luego tiros de campo, que en una hora no
hubo que hacer, y quedó el campo cubierto de cuerpos muertos”. Esto concuerda casi
literalmente con Sahagún, lib XII, cap. X, p. 422 [t. IV, lib. XII, cap. X, p. 98, § 3-5].
Cortés (“Carta segunda”, pp. 16-17 [pp. 37 y 38]) da una descripción más clara, de la
que extraemos los siguientes hechos: al penetrar en territorio tlaxcalteca, la vanguardia
de los españoles cayó en una emboscada, que pronto superaron. “Y desque supieron que
los nuestros se acercaban, se retrajeron, porque eran pocos, y nos dejaron el campo.” A
continuación los españoles avanzaron hasta un arroyo, una legua más allá, donde arma-
ron su campamento. Al día siguiente continuaron avanzando, y pronto fueron atacados
por cierto número de indios “muy armados y con gran grita, y comenzaron a pelear con
nosotros tirándonos muchas varas y flechas”. Ese ataque era un señuelo y atrajo a los
españoles hacia una emboscada “hasta nos meter entre más de cien mil hombres de pelea
que por todas partes nos tenían cercados, y peleamos con ellos, y ellos con nosotros, todo
el día hasta una hora antes de puesto el sol, que se retrajeron”. Sin embargo, continuaron
avanzando durante todo el día, y a la noche ocuparon la posición defensiva (“aquella noche
me hice fuerte en una torrecilla de sus ídolos, que estaba en un cerrito”) que Cortés
después mantuvo hasta que los tlaxcaltecas se rindieron. Al día siguiente hicieron una
exitosa incursión contra cinco o seis pueblos pequeños, y a la otra mañana los tlaxcaltecas
a su vez intentaron atacar el real español. Ese ataque fue rechazado rápidamente y los
españoles fortificaron su posición de manera “que en obra de cuatro horas habíamos
hecho lugar para que en nuestro real no nos ofendiesen, puesto que todavía hacían algu-
nas arremetidas”. En otras palabras, los tlaxcaltecas se lanzaron contra el campamento
español, fueron rechazados, y pasaron el resto del día allí, librando pequeñas escaramu-
zas y tratando de atraer a sus enemigos hacia emboscadas que tenían preparadas. De ahí
en adelante los indios nunca atacaron, pero Cortés hizo ocasionales salidas e incursiones,
reaprovisionando a sus hombres y quemando casas y cosechas de los nativos, hasta que la
tribu propuso la paz.
Andrés de Tapia, otro testigo presencial y oficial de alto rango (“Relación”, en Colec-
ción de documentos, vol. II, pp. 567-568 [p. 567]) confirma plenamente el relato de Cortés
y describe el combate del primer día en la siguiente forma: “é como á cosa de las ocho del
dia salia á nos tanto número de gente de guerra, que me parece que serient mas que cient
mill, é hay opiniones que eran muchos mas de los que digo. Algunos de ellos nos aguar-
daron en ciertas quebradas hondas de unos arroyos que atravesaban el camino; é pasán-
dolas con harto trabajo, nos metiamos en medio de ellos […]. El marqués é los de a
caballo iban siempre en la delantera peleando, é volvia de cuando en cuando á concertar
a su gente, é hacerlos que fuesen juntos é en buen concierto, é así lo iban. Hubo indios,
que arremetien con los de caballo á les tomar las lanzas; é así peleando se fué este dia á
aposentar á una casa de un ídolo que tinie alrededor de sí dos ó tres casillas, é allí pusie-
ron los españoles el hato que llevaban: salieron á pelear por la órden que el marques les
mandaba.”
Según los dos testigos citados, la “gran batalla” del 2 de septiembre de 1519 (Prescott,
vol. I, p. 427 [lib. III, cap. II, pp. 198-200]) parece haber consistido, por parte de los
indios, en un violento ataque (quizás una finta) rápidamente rechazado, una emboscada
pronto forzada, y por el resto del día constantes escaramuzas y hostigamiento a la marcha
de los españoles, hasta que éstos alcanzaron una posición fuerte. La “victoria decisiva”
124 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS
del 5 de septiembre del mismo año (Prescott, vol. I, pp. 437-447 [lib. III, cap. III, pp. 202-
210]) consistió en un violento ataque al campamento español al amanecer (“Otro día en
amaneciendo, dan sobre nuestro real más de cinto y cuarenta y nueve mil hombres”,
Cortés, p. 16 [p. 38]) que encontró pronta respuesta, y el resto del día pasó con escaramu-
zas más o menos serias para ambas partes. Ésos fueron los dos días de luchas más promi-
nentes en las dos semanas completas de hostilidades contra Tlaxcallan, y ciertamente no
fueron batallas campales, como suele admitirse. Una lectura atenta y crítica incluso del
tercer cronista participante, el demasiado estimado Bernal Díaz del Castillo (caps. LXIII,
LXIV y LXV, pp. 55-58 [pp. 188-196]), confirma esta opinión en todo, aun cuando este
autor, inclinado a recordar incidentes personales, y menos enterado de las operaciones
generales por su posición subalterna, exagera la importancia de la acción mucho más allá
de la verdad.
De todo esto no se debe deducir que las realizaciones de los españoles son por eso
menos memorables. Si bien la lucha se daba en una escala diferente de la de las guerras
europeas, era agotadora. Cualquier carga de unos pocos jinetes lograba dispersar al ene-
migo, pero un momento después se podía esperar un nuevo ataque desde alguna direc-
ción imprevista. El peligro no consistía tanto en las heridas recibidas en el campo de
batalla como en el gradual agotamiento de los hombres por la necesidad de estar cons-
tantemente alerta. Tanto la capacidad militar de los españoles como su gran comandante
merecen el mayor crédito por el triunfo final.
204. Cortés (“Carta segunda”, pp. 45-46 [pp. 85-86]): “Y pareció que el Espíritu Santo
me alumbró con este aviso, según lo que a otro día siguiente sucedió; que habiendo
partido en la mañana de este aposento y siendo apartados legua y media de él, yendo por
mi camino, salieron al encuentro mucha cantidad de indios, y tanta, que por la delantera,
lados ni rezaga, ninguna cosa de los campos que se podían ver, había de ellos vacía. Los
cuales pelearon con nosotros tan fuertemente por todas partes, que casi no nos conocía-
mos unos a otros, tan revueltos y juntos andaban con nosotros […]. Y con este trabajo
fuimos mucha parte del día, hasta que quiso Dios que murió una persona tan principal de
ellos, que con su muerte cesó toda aquella guerra. Así fuimos algo más descansados,
aunque todavía mordiéndonos, hasta una casa pequeña que estaba en el llano, adonde
por aquella noche nos aposentamos.”
La emboscada había sido preparada durante varios días (Bernal Díaz del Castillo, cap.
CXXVIII, p. 136 [p. 388]), porque durante su incesante persecución de los días anteriores
los mexicanos les gritaban: “Allá iréis donde no quede ninguno de vosotros a vida.” Sahagún
(lib. XII, cap. XXVII, p. 434 [t. IV, p. 133, § 3-4]) dice que los españoles se detuvieron: “Y
cuando los vieron los españoles, cuando fijaron en ellos los ojos, se dispusieron a hacerles
frente: mucho pensaban en qué forma harían contra ellos. Así las cosas, se abalanzan los
mexicanos contra los españoles, se aprietan hasta cercarlos.” Véase también Ixtlilxochitl,
“Historia de la nación”, cap. LXXXIX. Fue ciertamente una lucha cuerpo a cuerpo en que los
indios, seguros de dominar a sus enemigos, luchaban por capturar vivos a todos los que
fuera posible. Eso, y los pocos caballos que les quedaban, salvaron a las tropas españolas.
Sobre la base de la afirmación de Bernal Díaz de que cuando caía el emblema o insig-
nia que portaba uno de los jefes principales, o cerca de él, la lucha cesaba, ha surgido la
idea de que la caída de la bandera principal decidía el destino del combate. Pero no hay
ningún otro indicio de la existencia de una bandera o emblema central.
205. México disponía de un suministro constante de agua potable de Chapultepec
(Clavijero, lib. VII, cap. 54). Los canales eran de piedra, de cinco pies de alto y dos de
ancho (Cortés, “Carta segunda” [p. 65]). Una de las primeras acciones de Cortés fue
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 125
capturar los manantiales que abastecían esos canales. Los mexicanos, comprendiendo la
importancia de esa acción, defendieron esa posición desesperadamente. Bernal Díaz del
Castillo (cap. CL, p. 176 [p. 500]): “acordamos que entrambas capitanías fuésemos a que-
brar el agua de Chapultepeque, de que se proveía la ciudad, que estaba desde allí de
Tacuba aun no media legua. Y yendo a les quebrar los caños, topamos muchos guerreros,
que nos esperaban en el camino; porque bien entendido tenían que aquello había de ser
lo primero en que los podríamos dañar; y así como nos encontraron cerca de unos pasos
malos, comenzaron a nos flechar y tirar vara y piedra con hondas, e nos hirieron a tres
soldados; mas de presto les hicimos volver las espaldas, y nuestros amigos los de Tlascala
los siguieron, de manera que mataron veinte y prendieron siete u ocho de ellos; y como
aquellos grandes escuadrones estuvieron puestos en huida, les quebramos los caños por
donde iba el agua a su ciudad, y desde entonces nunca fue a México entre tanto que duró
la guerra.” Véase también Cortés, “Carta tercera”, p. 71 [pp. 131-132].
206. Bernal Díaz del Castillo (cap. CLIII, p. 188 [p. 533]): “Dejemos de hablar de los
grandes combates que nos daban, y digamos cómo nuestros amigos los de Tlascala y de
Cholula y Guaxocingo, y aun los de Tezcuco, acordaron de se ir a sus tierras.” El viejo
capitán dice (p. 186 [p. 532]) que se habían desanimado, y es comprensible, ya que el
lugar no había sido tomado al estilo indio, en un ataque rápido, y así se cansaron de
esperar.
Esto es el más decisivo testimonio en favor de nuestra opinión, ya expresada, de que
los indios mexicanos no podían realizar campañas prolongadas, mucho menos un sitio
de cierta duración.
207. Casi no cabe duda de que durante el sitio los aliados de Cortés superaban en
número a los mexicanos. Desde luego no sería seguro confiar en los números que dan las
autoridades antiguas, que además no concuerdan. Pero si recordamos que Tlaxcallan,
Huexotzinco, Cholula, Chalco, Texcoco y algunas más de las tribus principales se unieron
a los españoles, necesariamente tenemos que convencernos de que la superioridad nu-
mérica estaba del lado de los atacantes. La gran habilidad de Cortés estuvo en unir las
fuerzas de esas diferentes tribus, que en muchos casos tenían entre sí enemistades muy
antiguas. Con los españoles a la cabeza de ellas, si persistían lo suficiente, el destino de
México estaba sellado. En todos los combates los españoles formaban el núcleo en torno
del cual se conglomeraban los aliados. Si ellos avanzaban, los otros los seguían, ocupando a
muchos de los mexicanos e impidiendo que cayeran sobre los blancos con demasiado
peso. Sin embargo gradualmente, a medida que disminuía la fuerza de los mexicanos, los
aliados de Cortés tomaron una parte cada vez más prominente en las acciones, porque
había cada vez más no combatientes que masacrar.
208. Todos los puentes habían sido quitados, y detrás de ellos se habían erigido para-
petos. Además se habían cavado pozos, con terraplenes a ambos lados, expresamente
para detener a la caballería. Los mexicanos utilizaron largas lanzas, equipadas con hojas
de espadas tomadas a los españoles durante la “noche triste”, para atacar a los de a caba-
llo. Contra los bergantines habían hincado en el fondo del lago hileras de troncos aguza-
dos, por debajo de la superficie. Bernal Díaz del Castillo (cap. CL, pp. 176-177 [pp. 499 y
500]) cuenta que, después que el grupo comandado por Alvarado ocupó Tacuba, los
mexicanos empezaron a gritarles desde las calzadas y el agua (que entonces todavía ocu-
paban libremente), “y aquellas palabras que nos decían eran con pensamiento de nos
indignar para que saliésemos aquella noche a guerrear, y herirnos más a su salvo”. Y más
adelante dice: “Y como aquello hubimos hecho, acordaron nuestros capitanes que luego
fuésemos a dar una vista y entrar por la calzada de Tacuba y hacer lo que pudiésemos
126 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS
para les ganar una puente; y llegados que fuimos a la calzada, eran tantas las canoas que
en la laguna estaban llenas de guerreros y en las mismas canoas y calzadas, que nos admi-
rábamos dello; y tiraron tanta de vara y piedra con hondas que en la primera refriega
hirieron treinta de nuestros soldados e murieron tres; y aunque nos hacían tanto daño, todavía
les fuimos entrando por la calzada adelante hasta una puente, y a lo que yo entendí, ellos
nos daban lugar a ello, por meternos de la parte de la puente; y como allí nos tuvieron,
digo que cargaron tanta multitud de guerreros sobre nosotros que no nos podíamos va-
ler.” Los mexicanos siempre provocaron el ataque español, hasta que los bergantines domi-
naron también los estanques situados al oeste de México (Cortés, “Carta tercera”, p. 71
[pp. 129-130]).
209. El primer ataque de Alvarado fue rechazado, pero después tomaron muchos
puentes, en una lucha sumamente enconada en que los mexicanos atacaban a todas horas
del día y de la noche. Véase Prescott (vol. III, lib. VI, pp. 106-107 [lib. VI, cap. V, p. 473]):
“En los cinco o seis primeros días, los molestaron mucho los indios, que demasiado tarde
procuraban impedirles se posesionasen de un punto tan cercano a la capital, y que ha-
brían cuidado mejor si hubieran tenido mayores conocimientos en el arte de la guerra.
Contra su práctica general, dirigieron varios ataques de día y de noche. Los canales
estaban cubiertos de canoas, que aunque se colocaban a alguna distancia por temor de
los bergantines, se acercaban lo bastante, especialmente cuando las protegía la oscuri-
dad, para arrojar sobre el campo cristiano tal multitud de flechas.”
210. Los bergantines eran botes de fondo plano equipados con cañones pequeños.
Aun en el agua, los mexicanos recurrían a emboscadas. Rodearon las inmediaciones de la
ciudad con hileras de troncos aguzados hincados en el fondo, por debajo del agua, y
enviaban escuadrones de canoas a atraer a los bergantines hacia esos lugares. En una
ocasión lograron capturar uno de ellos de esa manera (Prescott, vol. III, p. 28 [lib. VI, cap. I,
pp. 433-434], citando a Bernal Díaz).
211. Los puntos ocupados por las tres divisiones españolas eran: Tepeyacac (Guadalupe
Hidalgo) al norte, Tacuba al oeste y Coyoacán al suroeste. El propósito original de esta
última era ocupar Iztapalapan, pero no pudo tomarla y por eso Sandoval, que la coman-
daba, marchó hacia el lado norte. Avanzando desde Coyoacan, la división pronto tomó
Xoloc, donde se unían las represas, y cortó la comunicación con el sur. Después de despe-
jar el lago y desalojar a los mexicanos de algunas elevaciones que asomaban del agua y
sobre las que se habían erigido pequeños teocallis, los bergantines mantuvieron la comu-
nicación entre las tres divisiones y las apoyaron en sus esfuerzos contra las zanjas de las
calzadas.
212. Bernal Díaz del Castillo, cap. CLIV, p. 191 [p. 542] y cap. CLV, p. 194 [p. 548]. El
consejo se opuso al consejo de Cuauhtemoctzin, que proponía rendirse, “poniéndole por
delante el fin de su tío el gran Montezuma”.
213. Prescott, lib. VI, cap. VIII, pp. 200-201 [pp. 511-512].
SOBRE LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA
Y LAS COSTUMBRES RELATIVAS A LA HERENCIA
ENTRE LOS ANTIGUOS MEXICANOS*
* Artículo publicado en Eleventh Annual Report of the Peabody Museum of American Archaeology and Ethno-
logy, Cambridge, Massachusetts, 1878, pp. 385-448 (las demás notas aparecen al final del capítulo).
[127]
128 A.F. BANDELIER
El terreno así ocupado por el calpulli NO era, como admite Torquemada, asignado
por un poder superior,32 puesto que el gobierno tribal no tenía NINGÚN DOMINIO
que pudiera repartir entre subdivisiones o individuos, ya fuese gratuitamente o a
cambio de ciertas prestaciones ni de ninguna otra manera.33 El territorio tribal
era distribuido en el momento de su ocupación en derechos de posesión que eran de
LOS GRUPOS DE PARENTESCO COMO TALES, por consenso tácito general, derivado
naturalmente de su organización y estadio cultural.34
Los trozos de terreno sólido en que se asentaron esos “barrios” fueron gra-
dualmente cubriéndose de construcciones, primero de cañas y barro y luego, a
medida que los medios aumentaban, de adobe y piedra ligera. Esas casas eran de
gran tamaño, puesto que se nos dice que incluso en la época de la conquista
“pocas veces dexaban de morar dos, quatro, i seis Vecinos, i asi era infinita la
Gente: porque como no tenian menage, ni otro aparato de Casa, donde quiera,
cabian muchos”. La vida comunitaria, como lo implica la idea del calpulli, parece
por lo tanto haber predominado entre los mexicanos todavía en el periodo de su
mayor poderío.35
Probablemente el suelo en que se alzaban las construcciones de los calpulli
fuese por algún tiempo la única extensión de tierra firme en poder de los mexica-
nos. Pero gradualmente se sintió la necesidad de extenderse. Mientras residían
sin ser molestados “entre los carrizales”, su número fue aumentando, y a cierta
altura les hizo falta una extensión mayor, tanto para residir como para alimen-
tarse. La pesca y la caza ya no satisfacían a una población originalmente inclina-
da a la horticultura: aspiraban a cultivar el suelo como lo habían hecho anterior-
mente y como lo hacían las tribus que los rodeaban, y con ese fin empezaron a
crear pequeños huertos artificiales o chinampas,36 en los que plantaban maíz indio y
quizás otros vegetales. Esos “jardines flotantes” todavía pueden verse en las in-
mediaciones de la actual ciudad de México, y un viajero de nuestro siglo las ha
descrito así:
Son jardines artificiales de cincuenta o sesenta metros de largo y no más de cuatro o cinco
de ancho, separados por zanjas de tres o cuatro metros, y se hacen sacando tierra de esas
zanjas intermedias y arrojándola sobre la chinampa. Por ese medio se eleva el suelo gene-
ralmente alrededor de un metro, formando así un pequeño jardín fértil, cubierto por los
más finos vegetales culinarios, frutas y flores.37
las porciones productivas; cada calpulli era soberano dentro de sus límites, y asigna-
ba a sus miembros individuales, para su uso, las parcelas menores en que el suelo
se dividía según su modo de cultivo. Por lo tanto, si los términos altepetlalli y
calpulalli son considerados a veces como idénticos es porque el primero indica la
ocupación del suelo y el segundo su distribución.41 Así, reconocemos en el calpulli, o
grupo de parentesco, la unidad de tenencia de cualquier terreno que los mexica-
nos considerasen digno de posesión definida. Más adelante indagaremos hasta
qué punto los individuos, en cuanto miembros de esa unidad comunal, partici-
paban en la tenencia colectiva.
Con el paso del tiempo, a medida que la población seguía aumentando, se
produjo una segmentación de los cuatro “barrios” originales, formándose nuevos
calpulli.42 Para fines gubernamentales, esa segmentación produjo un resultado nue-
vo al dejar los primeros cuatro grupos como grandes subdivisiones, particularmen-
te en asuntos militares.43 En cambio, apenas se subdividieron dejaron de ser unida-
des de posesión territorial, porque las áreas que originalmente tenían pasaron a los
“barrios menores” (como los llama Herrera, por ejemplo) que ejercían, cada uno
dentro de sus límites, la misma soberanía que el calpulli original tenía antes sobre
el todo.44 Otra consecuencia de esa subdivisión (al alejar el consejo tribal de los
calpulli) fue la necesidad de un edificio oficial dedicado exclusivamente a los asun-
tos de la tribu entera.45 Ese edificio era el tecpan,46 que incluso Torquemada llama
“casa de la comunidad”;47 y puesto que el consejo de los jefes era la suprema
autoridad del gobierno, era propiamente la “casa del consejo”. Se construyó cer-
ca del centro del pueblo, frente al espacio abierto reservado a las celebraciones
públicas. Pero aunque al comienzo bastaba con que los jefes se reunieran prime-
ro en forma ocasional, que luego se fue volviendo regular, por fin se hizo necesa-
ria su presencia diaria y constante, a tal punto que se llegó a la residencia per-
manente del jefe supremo en el tecpan, como uno de los deberes de su cargo. En
consecuencia el tlacatecuhtli, su familia y los asistentes que le hicieran falta (como
mensajeros) vivían en la “casa oficial”. Pero esa ocupación no estaba relacionada
en forma alguna con un derecho posesorio del ocupante, cuya familia abando-
naba la vivienda apenas el jefe moría, dejando así su cargo. El tecpan sólo era
ocupado por los jefes guerreros supremos mientras ejercían las funciones de ese
cargo.48
Alrededor de la época en que ocurrían esos cambios, la dignidad de tlacatecuhtli
parece haberse convertido en un rasgo permanente del gobierno de la tribu
mexicana.49 Además, casi al mismo tiempo los mexicanos sintieron la necesidad
de establecer comunicación con las tribus que habitaban las orillas del gran pan-
tano en medio del cual vivían, a fin de obtener algunas de las mercancías produ-
cidas por esas tribus. Suficientemente fuertes para su defensa, pero demasiado
débiles todavía para la ofensiva, los mexicanos se aproximaron con cautela a sus
vecinos más cercanos y más poderosos, los tecpanecas, con el objeto de obtener
su permiso para comerciar y también para utilizar uno de los manantiales de
tierra firme. Ese permiso les fue concedido a cambio de que pagaran cierto tri-
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA 133
buto, que sin embargo no era ninguna prestación de tipo feudal –pues no estaba
relacionado de ningún modo con la tenencia del suelo ni la ocupación del terri-
torio– sino simplemente como un impuesto a la facultad de realizar trueques. Es
muy probable que se les haya impuesto además la obligación de prestar su asis-
tencia militar, de manera que los mexicanos pasaron a ser, no súbditos como
comúnmente se dice, sino aliados más débiles de los tecpanecas.50
El establecimiento de relaciones directas con el exterior no sólo condujo al
aumento de los asuntos públicos de los mexicanos, sino que hizo indispensable
un mercado permanente para el intercambio de mercancías. El pueblo de México,
antes evitado por los forasteros, pasó a ser visitado por delegaciones de las tribus
vecinas y especialmente por comerciantes. La hospitalidad india imponía recibir a
esos visitantes como huéspedes; el lugar donde se brindaba esa hospitalidad era
la casa oficial de la tribu, y quienes la ocupaban tenían el deber de hospedar y
alimentar a los extranjeros.51 Como la población aumentaba continuamente, el
tecpan pronto resultó insuficiente, de modo que cada calpulli construyó, en su
propia área, su propia casa de consejo para la resolución de sus asuntos internos,
y siguiendo el modelo del tecpan alojó en ella a sus propios jefes y ejerció allí su
parte de la hospitalidad general. Así surgieron en diversos puntos de México
construcciones públicas, que necesariamente se distinguían de los demás edifi-
cios por sus dimensiones y disposición.52
Los jefes y sus familias, que residían en las casas oficiales, y a quienes correspon-
día el ejercicio de la hospitalidad pública, continuaban participando con su cuo-
ta de la tierra poseída y cultivada por el calpulli al que pertenecían por su linaje;
sin embargo, el aumento de los negocios públicos les imposibilitó trabajarlas ellos
mismos, como lo hacían antes, y esa tarea fue pasando primero a sus hijos y fami-
liares y después, cuando también ellos fueron absorbidos por las tareas de la casa
oficial, a los demás miembros del grupo de parentesco. No era vasallaje, sino una re-
muneración por los servicios públicos de los jefes. Lo mismo ocurría en relación
con el tecpan y sus ocupantes. No obstante, con el aumento de las relaciones, las
escasas cosechas recogidas de ese modo llegaron a ser insuficientes, y fue preciso
instituir una contribución regular de todos los miembros del parentesco o linaje
para atender a las necesidades de los jefes y de los visitantes que debían recibir.
Se apartaron algunas parcelas para el cultivo en común, cuyos productos se des-
tinaban exclusivamente a lo que podríamos llamar “fines oficiales”. Así, los pro-
pios miembros de la tribu, en forma voluntaria, no sólo crearon un impuesto
sino que introdujeron un rasgo nuevo en la distribución de la tierra. Pero el
modo de tenencia no cambió, y no aparecieron derechos de propiedad heredita-
rios en favor de los jefes ni sus descendientes.53
Después de su establecimiento en el lago, los mexicanos pasaron casi un siglo
confinados a su área original y a las huertas artificiales que lograron acumular a
su alrededor mientras sus aliados en tierra firme, los tecpanecas, iban haciéndo-
se cada vez más temibles en la guerra con otras tribus, auxiliados por los mexica-
nos. Sin embargo, llegó el momento en que estos últimos, asegurados en una
134 A.F. BANDELIER
siderable con los tributos –entre los cuales destacaban los productos de las tierras
tributarias– y con el comercio. Sólo una de las tribus nahuas del valle conservaba
su independencia: los acolhuas de Texcoco. Sin embargo, en lugar de iniciar un
conflicto mortal, cuyo resultado podría haber sido igualmente desastroso para
ambas partes, entablaron negociaciones que terminaron con la formación de
una confederación militar, encabezada por México.61
Aparentemente en esto, como en todas las cuestiones de la misma naturaleza,
hubo concesiones mutuas. Así, los texcocanos aceptaron la dirección militar de los
mexicanos, mientras que éstos tuvieron que admitir en la confederación a una
parte de los tecpanecas que, desde la destrucción de Azcapotzalco, reconocían su
pueblo principal en Tlacopan (Tacuba). Es posible que, por influencia texcocana,
los mexicanos hayan renunciado incluso al tributo que esa tribu pagaba.62
Las principales características de la confederación parecen haber sido las si-
guientes:
Estaba formada por las tres tribus de México, Texcoco y Tlacopan. Cada una
era independiente de las otras en su territorio así como en el manejo de sus
propios asuntos.63
El mando militar de las fuerzas correspondía al supremo jefe guerrero de la
tribu mexicana, probablemente con poder de delegarlo.64
Cada una de las tres tribus elegía sus propios jefes de guerra según sus pro-
pias costumbres, pero la instalación en el cargo, la investidura, tenía lugar con la
concurrencia de los supremos jefes guerreros de las otras. Eso ocurría especial-
mente en México, cuyo tlacatecuhtli pasaba a ser comandante en jefe de la con-
federación.65
Cada tribu podía librar independientemente sus propias guerras, tanto ofen-
sivas como defensivas, pero las otras debían auxiliarla si lo pedía. En ese caso,
México asumía la dirección.66
En consecuencia, cada tribu podía tener sus propias conquistas, y exigir sus pro-
pios tributos a las tribus que había conquistado sola.67
En cambio, cuando la confederación conquistaba a una tribu extranjera, tanto el
botín como los subsecuentes tributos eran distribuidos entre los tres miembros,
tocando dos quintos a México, otro tanto a Texcoco y un quinto a Tlacopan.68
El establecimiento de esa confederación no alteró en forma alguna los princi-
pios ya reconocidos para la tenencia y distribución de la tierra. Sólo muestra, y la
carrera subsiguiente de la confederación lo confirma, que esos principios eran
comunes para las tres tribus interesadas. Cada vez que sus conquistas se exten-
dían, los conquistados no eran anexados, sino simplemente obligados a pagar
tributo; su territorio y su autonomía tribal se mantenían y no se introducía nin-
gún cambio en la distribución del terreno más allá de la reserva de parcelas para
el cultivo destinado al tributo. Los únicos representantes de la confederación o
de cualquiera de sus miembros que residían permanentemente con los tributa-
rios eran los mayordomos, o calpixca.69 En suma, el mismo tratamiento que ha-
bían recibido los tecpanecas de la tribu mexicana sola era el que recibían las
136 A.F. BANDELIER
Si bien las cosechas y otros productos de esas tierras se destinaban al tributo, la tierra
misma pertenecía al pueblo. Esto muestra algo que hasta ahora no se ha comprendido
debidamente. Cuando alguien quiere tierras, se considera suficiente si puede demostrar
que pertenecían al Inca o al sol. Pero en esto los indios son tratados con mucha injusticia.
Porque en aquellos tiempos ellos pagaban el tributo, y la tierra era de ellos.87
limitada a los hijos de género masculino, con exclusión del clan y de los agnados.107
Los efectos personales que un hombre dejaba al morir –con excepción de los que
se ofrecían en sacrificio en las ceremonias fúnebres– se distribuían entre sus hijos
varones, y si no los había entre sus hermanos. Las mujeres no poseían nada
aparte de las ropas que usaban y algunos adornos personales.108
A la muerte de un padre, el tlalmilli en sí pasaba a su hijo mayor, junto con la
obligación de cultivarlo en beneficio de toda la familia, hasta que los demás hijos
e hijas se hubieran casado.109 Pero los otros hombres podían pedir un tlalmilli
propio al jefe del calpulli:110 las mujeres iban con sus maridos. Entre los mexica-
nos, el celibato parece haber existido sólo en caso de votos religiosos, en cuyo
caso la subsistencia del célibe correspondía a la parte asignada al culto, o en caso
de enfermedades o defectos graves, y de éstos el calpulli se hacía cargo.111 No hay
mención de que la viuda participara en los productos del tlalmilli, aunque pode-
mos suponer que el hijo mayor se encargaba de mantenerla. Hay indicios de que
podía volver a casarse, en cuyo caso quedaba desde luego a cargo de su nuevo
marido.112
Las costumbres relativas a la herencia, como ya hemos dicho, eran iguales
para los jefes y para todos los miembros ordinarios de la tribu. De los efectos
personales poco quedaba, puesto que cuanto más alto era el cargo ocupado por
el difunto, mayor era la pompa de sus ceremonias fúnebres, lo que significaba
que la mayor parte de sus ropas, armas y adornos se quemaban con su cuerpo.113
En cuanto a las tierras, los jefes sólo tenían cada uno su tlalmilli en la forma
usual, como miembros de su grupo de parentesco, mientras que las otras parce-
las “oficiales” pasaban a los nuevos ocupantes de los cargos. Es preciso tener
siempre presente que ninguno de esos cargos era hereditario, si bien en general
se admite que existía cierto “derecho de sucesión”. Así, entre los texcocanos el
cargo de jefe de guerra supremo podía pasar de padre a hijo,114 en México de
hermano a hermano y de tío a sobrino.115 Esto eventualmente podría haber ten-
dido a perpetuar el cargo en la familia, y con él la posesión de determinadas tie-
rras vinculadas a sus tareas y funciones. Sin embargo, es seguro también que en
el momento de la conquista española ninguna de las tribus de México había
alcanzado ese estadio de desarrollo.
Por consiguiente, en la época en que los españoles entraron en contacto por
primera vez con aborígenes mexicanos, no había ningún sistema feudal estable-
cido entre los indios de México. La sociedad aborigen, basada exclusivamente en
el grupo de parentesco, presentó entonces a los primeros europeos que la vieron
un espectáculo extraño, en parte deslumbrante y en parte repulsivo, y de todos
modos asombroso. No carece de interés y es incluso importante para nosotros
considerar cuáles fueron los efectos de ese contacto de unas gentes imbuidas de
los principios de la feudalidad medieval con tribus aún adheridas a ideas mucho
más primitivas, sobre el modo de tenencia y distribución de la tierra de estas
últimas.
La base ostensible sobre la cual basaron los españoles su afirmación de dere-
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA 141
chos sobre cualquier parte de América está expresada en la bula dictada por
Alejandro VI en Roma el 4 de mayo de 1493. Por ese acto de la Santa Sede, los
reyes de España (Fernando e Isabel), en consideración a su devoción por la reli-
gión católica y a su celo en la propagación de la fe cristiana por los más remotos
rincones de la superficie de la tierra, son declarados poseedores absolutos, para
ellos y para sus herederos y sucesores, de todas las tierras descubiertas o por
descubrir por ellos o por sus agentes en el Nuevo Mundo. Las condiciones que
acompañaban esa concesión eran que “consiguieran mandar a las dichas islas y
tierra firme hombres buenos, temerosos de Dios, educados y expertos, para ins-
truir a los dichos habitantes y nativos la fe católica y enseñarles buenos modos
con la debida diligencia”.116 Este título, si bien participa de la naturaleza de un
feudo, creó virtualmente un dominio de la corona española. Con esa bula, y ple-
namente convencidos de su validez,117 los españoles vieron el suelo de México
como de su propio rey, y por lo tanto en cuanto agentes suyos reclamaron el
derecho a disponer de ese suelo distribuyéndolo según las leyes y costumbres de
su patria. Sin embargo, en lugar de proclamar su título inmediatamente después
de desembarcar, como se hizo en muchos otros puntos de las costas america-
nas,118 Cortés consideró preferible demorar esa declaración formal hasta averi-
guar, por inspección personal, los modos y medios adecuados para alcanzar su
posesión. Pronto comprendió el estado inconexo del país, aunque lo atribuyó a
causas que en realidad no existían,119 y es bien sabido cómo lo aprovechó para
sus planes. Por eso trató en secreto, hasta donde pudo, con miembros de tribus
sometidas (o más bien tributarias) de los mexicanos y sus confederados,120 y les
prometió diversos favores si abrazaban la causa española.121 El primer documen-
to producido por europeos en suelo mexicano se refiere a una negociación de ese
tipo con los jefes de las tribus de Axapusco y Tepeyahualco, situados ambos den-
tro del propio valle de México,122 y promete a esos jefes tierras en propiedad. Los
recipientes no tenían idea de la verdadera importancia de lo que aceptaban, así
como Cortés no podía concebir la naturaleza de las ideas de los primeros. Los
indios querían solamente liberarse de la obligación de pagar tributo a los mexica-
nos, como lo habían hecho hasta entonces, pero en esa época no tenían idea de la
propiedad del suelo.123 Esa primera transacción (efectuada probablemente el 20
de mayo de 1519) fue en sí misma una perfecta revolución, o al menos el primer
paso hacia ella. Sin saberlo ellos mismos, esos indios se convirtieron en feudatarios
del rey de España, y así se sembró la primera semilla, que al desarrollarse gra-
dualmente subvirtió el orden aborigen de las cosas en México.124
Todas las tribus que se rindieron de ahí en adelante aceptaron del mismo mo-
do el nuevo principio introducido. Los indios no se daban cuenta, y como la idea
de dominio territorial era desconocida para ellos, no podían comprender la in-
terpretación que los invasores europeos estaban dando a su sumisión. Les resul-
taba imposible saber o percibir que si el consejo de la tribu decidía aceptar a los
españoles en lugar de sus anteriores conquistadores mexicanos ello podía entra-
ñar la enajenación de su territorio. Por otra parte, los españoles, que no compren-
142 A.F. BANDELIER
En segundo lugar, los españoles tomaron todas las tierras separadas por los
indios para fines gubernamentales como dominio público de los mexicanos, y
por eso siempre que una tribu se resistía a su invasión consideraban que había
renunciado a esas tierras oficiales, que pasaban a ser propiedad de la corona o
eran asignadas a alguno de los primeros inmigrantes españoles. Ya hemos visto
que esas tierras eran realmente suelo común, aun cuando sus productos se desti-
naban a usos especiales. Ahora, súbitamente, ese modo de tenencia fue abolido,
y en su lugar se estableció el principio de la propiedad privada o pública. Por eso no
es sorprendente encontrar, en el “Libro del Cabildo” de la joven ciudad de Méxi-
co, entre 1524 y 1529, numerosas entradas que registran peticiones de españoles
de lugares que según ellos estaban ocupados por residencias privadas de jefes
mexicanos, y las concesiones correspondientes.133 Esto se aplicaba no sólo a las
“tierras de las casas de la comunidad” o tecpantlalli y de las “casas de los que
hablan” o tlatocatlalli, sino especialmente a las pillali o tierras asignadas a cada
jefe en cuanto miembro de un barrio. De esa manera, el suelo del grupo consan-
guíneo, la base de la tenencia de la tierra en México, fue invadido directamente,
y partes de él se desgarraron de sus vinculaciones originales.
Por último, los españoles, cuando encontraron comunidades indias organiza-
das en forma demasiado fuerte y permanente para aplicar una reforma súbita y
violenta, accedieron a permitir su mantenimiento hasta donde lo entendían. Sin
embargo, como estaban plenamente convencidos de que los jefes eran gober-
nantes monárquicos o despóticos –amos del suelo tanto como de sus habitantes–,
cada vez que esos jefes se mostraban personalmente amistosos, o cada vez que
consideraban políticamente conveniente hacerlo, confirmaron lo que imagina-
ban ser sus prerrogativas.134 Así, los consideraban propietarios de las diferentes cla-
ses de tierras oficiales, y por eso reconocían formalmente su propiedad de tierras
e incluso reconocían que eran “legítimamente expropiadas en feudo de ello”.
Los tlalmaites pasaron a ser legalmente vasallos de aquellos a quienes antes con-
sideraban apenas como funcionarios electivos.
No contentos con eso, y para recompensar a algunos jefes por servicios pres-
tados durante la conquista o buena conducta después de ella, los conquistadores
españoles también les concedieron repartimientos, o les dieron tierras, a veces
tierras baldías desocupadas, en propiedad privada.135 Un caso es la ya mencionada
merced a los caciques de Axapusco y Tepeyahualco.136
Entre los documentos del tipo de los “repartimientos” hay una merced de
Cortés a doña Isabel Moctezuma, hija del antiguo tlacatecuhtli de México, que es
sumamente interesante para los fines de nuestra investigación. Está fechada el
26 de junio de 1526 y concede a dicha señora, en consideración a la ayuda pres-
tada por su padre a Cortés, todo el territorio de la tribu tecpaneca, reconociendo al
mismo tiempo que “lo tenga como cosa suya propia y que de derecho le pertenece”.137
Ahora bien: nosotros sabemos que los tecpanecas eran el tercer miembro de la
confederación nahua del valle de México, y tanto ellos como su suelo eran to-
talmente independientes de los mexicanos,138 pero Cortés creía realmente que
144 A.F. BANDELIER
todo eso formaba parte de los dominios mexicanos, y dispuso de ello sobre la
base de esa creencia, plenamente convencido de que estaba efectuando un acto
de justa restitución. Esto da una medida de lo equivocado de las ideas que preva-
lecían entre los españoles acerca del modo de tenencia y distribución de las tie-
rras en el México antiguo.
Así se inauguró un estado de cosas que inevitablemente debía conducir a re-
sultados desastrosos. Los indios recibieron el tratamiento más desigual. En algu-
nas partes, un calpulli y hasta una tribu entera no fueron molestados, mientras
las tierras de otros eran asignadas a españoles. Algunas áreas fueron separadas
de los terrenos comunales y convertidas en propiedad privada de conquistadores
individuales. Pero ciertamente la influencia más desastrosa fue la ejercida a tra-
vés de la asignación de tierras a individuos indios, porque creó en todas y cada
una de las comunidades aborígenes una desigualdad contra la que se rebelaban
los menos favorecidos, al paso que los elegidos, que ahora tenían a la vez autori-
dad y propiedad, enfrentaban la tentación de abusar de su nueva posición.139 Y
naturalmente los españoles aprovecharon esa división y conflicto entre los pro-
pios aborígenes para extender sus invasiones. Muchos encomenderos utilizaron
la autoridad de los jefes para convertir a sus siervos indios en auténticos esclavos,
mientras que otros perfeccionaron la nueva perspectiva abierta a los nativos ha-
cia la adquisición de tierras privadas, con el propósito de minar la influencia y la
autoridad de los jefes.140 Además, con frecuencia la ignorancia en que se hallaban
los indios acerca de la importancia y el valor reales de las concesiones de tierras
fue aprovechada para quitárselas, a través de litigios o de intercambios inescru-
pulosos.141 Desconocedores del nuevo orden de cosas que de pronto se les impo-
nía, y por consiguiente incapaces de aprovecharlo para su subsistencia, los nati-
vos de México no pudieron impedir que la transición que los hizo pasar en pocos
años de una sociedad tribal y comunitaria a una civilizada los degradara en lugar
de elevarlos y mejorar su condición.142
Como consecuencia de esto, empezó a prevalecer un estado de desorganiza-
ción que amenazaba con arruinar al país. Sin embargo, precisamente cuando los
indios estaban perdidos en el laberinto de dificultades en que también los con-
quistadores andaban a tientas, surgió de improviso una protección y un alivio. El
13 de mayo de 1524, “un día antes de las vigilias de Pentecostés”, desembarcó en
San Juan de Ulúa un grupo de doce franciscanos, enviados a México en respues-
ta al pedido original de Cortés, con el objeto de convertir a los indios.143 Esos
frailes comprendían plenamente lo que se esperaba de ellos, pero fueron más
allá, al convertirse no sólo en los consejeros espirituales sino en los protectores
materiales de los aborígenes. Con base en la autoridad conferida por el pontífice
romano, denunciaron públicamente no sólo los actos de individuos españoles
sino incluso los de oficiales reales.144 Eso no podía dejar de incitar a los indios a
la resistencia, y cuando los conquistadores recurrían a la violencia, los oprimidos
no sólo hallaban refugio y protección en los conventos recién erigidos, sino que
uno de los más distinguidos franciscanos, fray Toribio de Benavente (Motolinia)
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA 145
En entender el armonía de estos calpullec ó barrios va mucho para los sustentar en justi-
cia y para no los confundir, como lo están casi todos, é tan divisos, que nunca tornarán a
la buena orden que en esto tenían: é por no los querer entender ni hacer caso de ello, se
han adjudicado á muchos las tierras que tenían de su calpulli para las labrar en la manera
que se ha dicho, por probar que las han poseído y labrado ellos y sus pasados, impuestos
para ello por españoles é mestizos y mulatos que se aprovechan y viven de esto […] y no
les vale á los principales contradecirlo y decir que son del calpulli, y clamar sobre ello,
porque no son entendidos, y es gran perjuicio de los demás que se queden sin aquel
aprovechamiento que pretenden, y porque aquellos á quienes se adjudican las venden y
enajenan en perjuicio del calpulli.
Partiendo de los escasos vestigios que nos han quedado de ciertos rasgos de la
vida aborigen en el México antiguo, así como de las contradictorias informacio-
nes sobre la historia de los inicios de ese país, hemos intentado reconstruir las
concepciones de los aborígenes mexicanos en torno a la tenencia de la tierra y su
forma de distribuirla. Nuestras indagaciones parecen justificar las conclusiones
siguientes:
1] los antiguos mexicanos desconocían la idea de la propiedad abstracta del
suelo, tanto por una nación o un Estado como por el jefe de su gobierno o por
individuos;
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA 147
1. “On the art of war and mode of warfare of the ancient Mexicans”, publicado original-
mente en el Tenth Annual Report of the Peabody Museum of American Archaeology and Ethnology
[“Sobre el arte de la guerra y el modo de guerrear de los antiguos mexicanos”, en este
volumen, supra, pp. 61-126].
2. “Sobre el arte de la guerra”, supra, pp. 67-71, en especial las notas (69 a 127). Véase
también L.H. Morgan, “The Aztec confederacy”, en Ancient society, Nueva York, 1877, 2a.
parte, cap. VII, pp. 188-214 [“La confederación azteca”, supra, pp. 36-58].
3. Las primeras informaciones tendientes a describir la situación de México como un
estado feudal provienen probablemente de Cortés, o por lo menos de su expedición. Las
relaciones del anterior viaje de Grijalva (1518) no contienen ninguna afirmación categó-
rica. Por otra parte, el certificado expedido por Cortés (probablemente alrededor del 20
de mayo de 1519, o 29 días después de su desembarco en Ulúa) a los jefes de Axapusco y Te-
peyahualco ya habla de “el gran Moctezuma, que reside en esa gran ciudad de Tenochtitlan
y toda su provincia”. No tenemos la primera carta de Cortés al emperador, pero en la
segunda, del 20 de octubre de 1520, menciona a “un gran señor que se llamaba Mutezuma”
(Vedia, Historiadores primitivos de Indias, vol. I, “Carta segunda” pp. 12-13 [“Segunda car-
ta-relación”, en Cartas de relación, México, Porrúa, 1988, p. 32]). Ese mismo despacho
contiene una serie de detalles acerca del poder de Moctezuma, sobre la base de los cuales
necesariamente se imaginó un imperio feudal, como por ejemplo: “Hay en esta gran
ciudad muchas casas muy buenas y muy grandes, y la causa de haber tantas casas princi-
pales es que todos los señores de la tierra, vasallos del dicho Moctezuma, tienen sus casas en la
dicha ciudad” (p. 33 [p. 65]); “Pero por lo que se alcanzó y yo de él pude comprender, era
su señorío tanto casi como España” (p. 31 [p. 66]). Gómara, quien publicó su Historia de
la conquista de México en 1552, ya habla de “treinta señores con cien mil vasallos cada uno, y
tres mil señores menores” (Vedia, vol. I, p. 345, “Corte y guarda de Moctezuma” [Historia de
la conquista de México, Venezuela, Ayacucho, 1979, cap. LXXVI, p. 121]). Oviedo (Historia
general y natural de Indias, Madrid, 1853, vol. III, lib. XXXIII, cap. XLVI, p. 503) también
habla de “más de tres mil señores vasallos suyos, con muchos súbditos cada uno, y cada
uno tenía su casa principal en Tenochtitlan, y residía allí ciertos meses del año”. El autor,
amigo de Colón que conoció personalmente a todos los hombres eminentes de la conquis-
ta, residió en las Antillas y en Nicaragua hasta 1556 (si bien durante ese tiempo hizo al
menos seis viajes a España) y es uno de los más cautelosos y mejor situados de los anti-
guos cronistas. Pero el principal originador de la visión feudal es Fernando de Alva Ixtlil-
xochitl, mestizo oriundo de Texcoco y perteneciente al grupo de parentesco de los jefes
de esa tribu que escribió hacia el año 1600. Sus dos obras, las Relaciones históricas y la His-
toria de los chichimecas o reyes antiguos de Texcoco, presentan –no puede negarse– un cuadro
lógico del desarrollo de instituciones feudales en suelo mexicano. Torquemada, desde
luego, concuerda. Esperamos poder investigar en otro trabajo el derecho de Ixtlilxochitl a
ser considerado como una fuente digna de confianza. Sin embargo, la honestidad nos
obliga a mencionar aquí a estos autores como principales soportes de la opinión corriente.
4. “Sobre el arte de la guerra”, supra, pp. 61, 71 y 83.
[148]
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 149
5. Joseph de Acosta, Historia natural y moral de las Indias, Madrid, 1608, lib. I, cap. 25,
p. 83 [2a. ed., México, FCE, 1962, lib. I, cap. 25, p. 64]. El pasaje se refiere directamente
a Perú, pero es aplicable a México.
6. Nos atrevemos a suponer que es en este periodo cuando realmente se inicia la
historia tradicional de México, aunque desde luego los autores que se han dedicado de
manera especial a fabricar una cronología mexicana se remontan mucho más atrás. El
difunto abate Brasseur de Bourbourg, por ejemplo, cita el Códice Chimalpopoca [Códice
Chimalpopoca. Anales de Cuauhtitlan y Leyenda de los soles, México, Imprenta Universitaria,
1945, p. 119] que, según dice, lleva la fecha 22 de mayo de 1558 y se inicia como sigue
(“Historia de los tres soles” [se refiere, como es obvio, en realidad a la que Francisco del
Paso y Troncoso llamó Leyenda de los soles. Se trata de cinco soles no de tres –E.]): “Aquí
están las consejuelas de la plática sabia. Mucho tiempo ha sucedió que formó los anima-
les y empezó a dar de comer a cada uno de ellos: sólo así se sabe que dio principio a
tantas cosas el mismo Sol, hace dos mil quinientos trece años, hoy día 22 de mayo de
1558.” El distinguido historiador concluye de esto que para el 955 a.C. ya había habido
en Mesoamérica una división de tierras de acuerdo con un registro sistemático (Popol Vuh,
introd., p. CXI). La cronología de Clavijero empieza en el 596 d.C. (Storia del Messico,
Cesena, 1780, lib. II, cap. 1 [Historia antigua de México, 4 vols., México, Porrúa, 1958]).
Don Mariano Veytia (Historia antigua de México, ed. de Ortega, 1836 [2 vols., México,
Leyenda, 1944]), después de fijar la fecha del establecimiento de “Huehuetlapallan” en
el año 2237 de la creación de la Tierra (vol. I, cap. II, p. 16 [p. 23]), o 1796 a.C., empieza
con el establecimiento de los toltecas en Tulantzinco en 697 d.C. (vol. I, cap. XXII, p. 121
[p. 155]). Ixtlilxochitl (Histoire des Chichiméques ou des anciens rois de Tezcuco, trad. M. Ternaux-
Compans, cap. II, p. 13 [“Historia de la nación chichimeca”, en Obras históricas, t. II,
México, UNAM, 1975, cap. II, p. 10]) dice que los toltecas fundaron Tollan en el año 503
d.C. No se puede dar crédito a esas afirmaciones y fechas. No son ya tradicionales, sino
míticas, y si bien estamos lejos de ignorar la importancia de los mitos y las leyendas para
la investigación histórica, no podemos aceptarlas como bases cronológicas. La fecha más
antigua de la historia de México que parece ser aproximadamente segura es la del esta-
blecimiento de los mexicanos en el pantano donde después construyeron el pueblo de
Tenochtitlan, que sería 1325 d.C. Si calculamos dos siglos más para el periodo en que los
mexicanos y demás tribus emparentadas con ellos llegaron al valle, llegamos al siglo XII
como época desde la cual han llegado hasta nosotros tradiciones definidas. Todo lo situa-
do más allá puede ser ocasionalmente valioso para fines etnológicos, pero no admite un
uso histórico definido.
7. Nuestra información acerca de los toltecas es limitada y oscura. El nombre mismo
parece ser un apodo: toltecatl, “oficial de arte mecánica, o maestro” (Molina, Vocabulario en
lengua mexicana y castellana, México, 1571, 2a. parte, p. 149 [México, Porrúa, 1992,
reimpresión facsímile, 2a. parte –Siméon, Diccionario de la lengua nahuatl o mexicana, México,
Siglo XXI, 1992, p. 713: “artesano, maestro, obrero hábil, artista”]). Torquemada (Los
veinte y un libros rituales y monarchia indiana con el origen y guerra de los indios occidentales, Ma-
drid, 1723, vol. I, lib. I, cap. XIV, p. 37 [6a. ed. facsimilar, México, Porrúa, 1986, p. 37]):
“Sólo digo, que Tulteca quiere decir, Hombre Artifice.” Veytia, vol. I, cap. XXI, pp. 203,
206 [pp. 145, 149]. Sahagún (Historia general de las cosas de Nueva España, ed. de Carlos Ma.
Bustamante, 1829, vol. III, lib. X, cap. XXIX, p. 650 [México, Porrúa, 1956, t. III, lib. X, cap.
XXIX, p. 184, § 1-3]): “Primeramente los toltecas, que en romance se pueden llamar oficia-
les primos […] y no tenían otro nombre particular, sino el que tomaron de la curiosidad
y primor de las obras que hacían, que se llamaron toltecas, que es tanto como si dejésemos
150 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS
oficiales pulidos y curiosos.” Su nombre propio, como veremos más adelante, era
“chichimecas”, en común con todos los aborígenes de México. Incluso las tribus que
según se nos informa los precedieron, como los xicallancas y los olmecas, están conecta-
das con relaciones que indican el mismo origen. Así Motolinia (“Historia de los indios de
Nueva España”, en J. García Icazbalceta, Colección de documentos para la historia de México,
1866, vol. I [México, Porrúa, 1980]) dice en su “Epístola proemial” (p. 7 [pp. 7-8]) que
los xicallancas y los mexicanos descendían de hijos de un mismo padre. Gómara (p. 432
[p. 321]) dice lo mismo, y también que “Ulmecatl” era uno de esos hermanos, y de él
descendieron los olmecas. Sin embargo, Sahagún (lib. X, p. 147 [p. 214, § 138]) lo contra-
dice, excluyendo a los “olmeca, uixtotin, y nonooalca” del nombre general de chichimecas,
aunque atribuye un origen común a casi todas las demás tribus de México. Veytia, en
cambio, parece considerar que los olmecas y los xicallancas descienden del mismo tronco
que los toltecas (vol. I, cap. XII, p. 150 [p. 105]), aunque sus declaraciones podrían ser
más precisas. La lengua tolteca era el nahuatl, hecho mencionado con demasiada fre-
cuencia como para que hagan falta más citas. Por allí su conexión con las tribus del valle
de México –tlaxcaltecas, huexotzincas, cholultecas– y con los niquiraos de Nicaragua está
establecida en forma indudable. Su división del tiempo y su sistema numérico (hasta
donde el lenguaje permite juzgarlo) eran los mismos de los nativos de Michoacán, Oaxaca,
Chiapas, Yucatán y Guatemala. Si agregamos a estas indicaciones las derivadas de mitos y
leyendas locales, nos inclinamos a creer las afirmaciones de que los aborígenes de Yucatán
y Guatemala, por ejemplo, son descendientes directos de los toltecas, o por lo menos de
su tronco original. Este hecho adquiere cierta importancia porque nos permite juzgar en
parte, partiendo de la condición de esas tribus en el momento de su primer contacto con
los españoles y de sus tradiciones locales, la condición de los toltecas, y quizá reconstruir
su organización social.
Para intentar una investigación de la verdadera condición de la sociedad tolteca debe-
mos considerar tres puntos diferentes, que son los siguientes: relaciones sobre los toltecas
en fuentes mexicanas, puesto que sólo en México se les llamaba por ese nombre; relacio-
nes sobre la condición de los toltecas en México después de su dispersión; condición y
organización de las tribus que, fuera de la influencia mexicana directa, todavía recono-
cían una conexión original con los llamados toltecas de México.
Si seguimos las tradiciones corrientes en el valle de México, tal como las registra pri-
mero Sahagún (casi ninguno de sus predecesores menciona a los toltecas, hecho que no
carece de cierta importancia), resulta simplemente que los toltecas eran un pueblo seden-
tario, por lo tanto de agricultores, y proporcionalmente hábiles en el uso de metales y
piedras (lib. X, cap. XXIX [pp. 184-189]). El mismo autor, en su relato de la suerte de
Quetzalcoatl, a quien claramente considera relacionado con el destino de los toltecas,
dice (lib. III, cap. V [t. I, p. 281]) que el pueblo de Tollan tenía dos jefes y que estaba en
guerra con una tribu no muy distante, Coatepec (cap. VI, p. 249 [p. 283]), lo que muestra
que los toltecas no estaban sometidos a un gobernante residente en Tula, como se dice
comúnmente, sino que Tula (o Tollan) era el asentamiento de una tribu, sin autoridad
sobre ninguna otra. En la misma leyenda de Quetzalcoatl hay otras indicaciones de que
los toltecas o Tula eran muy independientes de sus jefes (caps. VI a XI). Más adelante, si
seguimos las peregrinaciones de Quetzalcoatl según esta misma autoridad, llama la aten-
ción el hecho de que ese personaje mítico viajó por un país singularmente fragmentado,
puesto que en todas partes encuentra lugares extraños (caps. XII a XIV) no sometidos a la
tribu de la que había salido originalmente.
Torquemada (lib. I, cap. XIV, p. 37) da más detalles. Afirma que los toltecas eran gober-
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 151
nados originalmente por siete jefes, pero que después de establecerse en Tulantzinco
eligieron un “rey”, con la regla de que ninguno de esos supuestos monarcas debía “rei-
nar” más de 52 años, y si moría antes “gobernaba la República hasta llegar al Año dicho”.
En su relación de la historia de Quetzalcoatl (lib. III, cap. VII, pp. 234-236 [pp. 254-256]),
a quien relaciona claramente con Tula, menciona el mismo hecho que Sahagún, de que
los habitantes del país estaban divididos en tribus independientes, como Tula, Cholula,
Cuauhquechollan y otras.
Sin embargo, es Fernando de Alva Ixtlilxochitl el que ha aportado los materiales prin-
cipales para la historia tolteca, hechos que él había recibido de sus antepasados y, según
dice, de antiguos documentos pintados que éstos le explicaron (“Historia de la nación”,
dedicatoria al virrey de México, pp. XIII y XIV), así como de canciones. Es una base ende-
ble para sus muy categóricas aseveraciones, puesto que bien podemos suponer que en su
tiempo ya no existían documentos pintados toltecas, a menos que aceptemos los que son
análogos al Códice de Dresde (Humboldt, Vues des cordillères et monuments des peuples indigènes
de l’Amérique, 1816, lám. XLV del Atlas in folio [Vista de las cordilleras y monumentos de los
pueblos indígenas de América. Láminas, México, Siglo XXI/Smurfit Cartón/Papel de México,
1995, lám. 45]) y los consideremos de origen tolteca. Sin embargo, en esa época ningún
nativo mexicano podía interpretarlos.
Ixtlilxochitl también habla de siete jefes de los toltecas (“Historia de la nación”, cap. II,
p. 13 [p. 10]): “traían siete caudillos, que por sus tiempos, siempre entre estos siete ele-
gían uno que los gobernaba”; también “Relación segunda”, en lord Kingsborough,
Antiquities of Mexico, vol. IX, p. 323 [“Relaciones históricas”, en Obras históricas, t. I, México,
UNAM, 1975, cap. II, p. 397]). Menciona igualmente el periodo de 52 años del jefe supre-
mo (ibid., y “Tercera relación”, p. 325 [“Tercera relación. De los tultecas”, cap. III, p. 419]),
y agrega: “Mitl, el cual quebrantó la orden de sus pasados, y gobernó cincuenta y nueve
años.”
Sin embargo, en su “Segunda relación” [“Relación de la historia de los tultecas” en
“Relaciones históricas”, p. 268] nos dice también que en Tollantzinco “hicieron una casa
muy grandísima de tablas en donde cabía toda la gente”, y parece aludir al surgimiento
de una serie de asentamientos dispersos, aunque insiste en que todos eran dependencias
de un gran “imperio” tolteca. Con todo, su descripción de las guerras entre los toltecas
(“Quinta relación”) no apoya esta última hipótesis.
Es principalmente en afirmaciones de este tipo en las que don Mariano Veytia ha
basado la historia tolteca con que empieza su Historia antigua de México. Pero además el
eminente estudioso mexicano (que escribió a mediados del siglo XVIII) agrega algunos
detalles que no nos atrevemos a pasar por alto aquí.
Igual que todos los demás, Veytia ubica el origen de los toltecas al norte, donde sitúa la
gran ciudad de Huehuetlapallan. Sobre esta ciudad dice (cap. XXII, p. 221 [cap. III, p. 18]):
“Las casas en que habitaban, así en la ciudad como en las demás poblaciones, no eran
otras por entonces y muchos siglos después, aun cuando tuvieron ya reyes y gobiernos,
que las cuevas que hallaron hechas por disposición de la naturaleza, a cuya semejanza
formaban otras, y estas eran todas sus habitaciones; su mantenimiento las frutas, yerbas
y caza; y su vestuario las pieles de los mismos animales que cazaban.” De allí salieron
bandas de familias (cap. II, p. 24 [p. 17]), “tomando cada uno diverso nombre, según el
del jefe o padre de familia que la gobernaba”, y una de esas bandas fueron los toltecas.
Los toltecas estaban formados a su vez por siete linajes (cap. XXI, p. 207 [p. 149]), y el
gobierno residía “en los siete principales señores” (cap. XXII, p. 214 [p. 151]). Al describir
las peregrinaciones de esa tribu hasta llegar al centro de México, de nuevo menciona la
152 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS
gran casa construida en Tollantzinco “que, concluida cupo en ella toda la gente” (cap.
XXII, p. 221 [p. 155]), y finalmente (cap. XXIV, p. 227 [p. 163]) el cambio formal hecho por
libre consentimiento general de todos los toltecas, del gobierno democrático que habían
tenido hasta entonces a una monarquía despótica, con descendencia por la línea mascu-
lina y con el mandato de cada uno de esos déspotas limitado a 52 años (cap. XXV). Escribe
también acerca de una serie de pueblos que coexistían con Tollan pero eran considerados
como sujetos a ella, en directa oposición con Sahagún y Torquemada, y a veces incluso
consigo mismo. Desde luego, abundan los detalles acerca de las artes y ciencias atribuidas
a los toltecas, la magnificencia de los edificios, etc. Haremos referencia a todo esto en
otra ocasión. Con respecto a las armas y las costumbres militares, Veytia confirma lo que
ya se ha dicho (“Sobre el arte de la guerra”, supra, p. 71 y n. 124) sobre la gran similitud
entre los mexicanos propiamente dichos y otras tribus más antiguas (cap. XXXIII, p. 289
[pp. 204-207]).
Veytia fue precursor y contemporáneo de Clavijero, pero la obra de este último, Storia
antica del Messico, se publicó 56 años antes que los escritos del primero. Lo que dice
Clavijero es una repetición abreviada de las afirmaciones de Veytia, con quien mantuvo
correspondencia.
Si consideramos atentamente lo dicho, veremos fácilmente:
1] que los toltecas descendían, por lo menos, de seminómadas;
2] que estaban organizados en grupos consanguíneos soberanos, cuyos jefes formaban
el consejo de la tribu;
3] que tenían un jefe de guerra supremo, elegido de por vida, puesto que la limitación
del mandato a 52 años es en sí una admisión de que el elegido era vitalicio;
4] que practicaban el comunismo en la vida;
5] en consecuencia, su organización e instituciones eran democráticas, no monárqui-
cas, y es un error describir un imperio feudal entre ellos.En general se admite que en el
siglo X u XI de nuestra era los toltecas de México se dispersaron, quedando sólo unos
pocos asentamientos. Los principales de éstos fueron trasladados a Texcoco, “y así se
poblaron dentro de ella en cuatro barrios, por ser otras tantas las familias de estos tultecas,
o según en este tiempo se llamaban, culhuas” (Ixtlilxochitl, “Historia de la nación”, cap.
XIII, p. 87 [p. 34]; en la versión por nosotros utilizada, Ternaux-Compans, en Recueil de
pièces, traduce “tribus”, pero el original español dice “familias”.) Esto es otra prueba de lo
que hemos adelantado, ya que los cuatro barrios son grupos consanguíneos localizados o
gens, tal como define el término Morgan en Ancient society. Sin embargo, el feudalismo es
incompatible con la sociedad gentilicia.
Se dice que los toltecas que emigraron huyeron hacia el sur, donde quizá habían sido
precedidos por otros pueblos de su misma lengua. Entre los que se han mencionado
como del mismo origen destacan los mayas de Yucatán y los quichés de Guatemala. Orozco
y Berra, en su excelente Geografía de las lenguas y carta etnográfica de México, considera el
maya y el quiché como “lenguas hermanas” (1a. parte, cap. IV, p. 18). Si es correcta la
suposición de que eran descendientes de los toltecas, las descripciones de la condición de
esas tribus en la época de la conquista, o en su condición aborigen inalterada, tienen
importancia para este estudio.
En la época del descubrimiento, Yucatán estaba ocupado por numerosas tribus seden-
tarias, no conectadas entre sí (Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de
la Nueva España, en Vedia, vol. II, cap. XXIX, p. 24 [México, Patria, 1983, p. 69]; Villagutierre
y Sotomayor, Historia de la conquista y reducción de los itzáes y lacandones, lib. I, cap. V, pp. 28-
29; Antonio de Herrera, Historia general de los hechos de los castellanos en las islas y la tierra
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 153
firme del mar oceano, Madrid, 1730, déc. IV, lib. X, cap. II, p. 206, y cap. III, p. 208) salvo por
su lenguaje común. Esas tribus estaban formadas por linajes o grupos consanguíneos.
Herrera (déc. IV, lib. X, cap. IV, p. 211 [p. 210]) dice: “Solian ser muy Linajudos, por lo
qual se tenian todos por Parientes, i se aiudaban à otros mucho.” Su forma de vida era
comunal. Lorenzo de Bienvenida, en su carta al emperador fechada el 10 de febrero de
1548, en Yucatán (Recueil de pièces relatives à la conquête du Mexique, p. 331), afirma: “Vues-
tra majestad debe saber que es muy raro encontrar una casa con un solo habitante, pues
todas tienen dos, tres, cuatro, seis y aún más, con el padre de familia como jefe.” Cuando
en 1698 Martín de Ursúa capturó el último pueblo habitado por indios mayas, Tayasal,
en el lago de Petén, se descubrió que las casas “estaban sucias y descuidadas por dentro.
Todos los habitantes vivían brutalmente juntos, con una familia entera en una sola casa”
(Historia de la conquista de los itzáes, lib. VIII, cap. XII, p. 494). Ya hemos aludido (“Sobre el
arte de la guerra”, supra, p. 105, n. 121) al hecho de que los itzáes tenían dos jefes; la
información procede de esta misma obra (lib. VIII). Sobre los mayas véase además L.H.
Morgan, Ancient society, 2a. parte, cap. VI, p. 181. Todas estas indicaciones ciertamente no
hablan en favor de la feudalidad entre los nativos de Yucatán.
El territorio de Guatemala, cuando fue visitado por primera vez por Pedro de Alvarado
en 1524, también estaba dividido entre varias tribus sedentarias que convivían en violen-
ta enemistad. La más conocida de esas tribus es la de los quichés de Utatlán, o más bien
Gumarcaah, cerca de donde está hoy Santa Cruz del Quiché. Su historia ha sido escrita
por Juarros (Compendio de la historia de Guatemala, 1808-1818), basado especialmente en el
manuscrito del capitán Francisco Antonio Fuentes y Guzmán, quien escribió alrededor
de 1690 una Recordación florida llena de exageraciones y errores, según la admisión gene-
ral de hoy. Según Juarros, los quichés son descendientes directos de los toltecas, que se
establecieron en Guatemala bajo cierto rey llamado “Nimaquiché” y a partir de ahí cons-
truyeron un poderoso imperio feudal, que estaba en todo su esplendor cuando los espa-
ñoles lo derrotaron. La inexistencia de ese imperio queda demostrada por las dos prime-
ras cartas de Alvarado (en E. de Vedia, Historiadores primitivos de Indias, vol. I, Madrid,
1852 [Relación hecha por Pedro de Alvarado a Hernando Cortés, en que se refieren las guerras y
batallas para pacificar las provincias del antiguo reino de Goathemala, México, José Porrúa,
1954]), por Herrera (déc. III, lib. V, cap. X, p. 166), que también dice (déc. III, lib. IIII, cap.
XVIII, p. 141) que los quichés tenían tres jefes “i la elección la hacian los Principa-les en la
forma, que se ha dicho en lo de Mexico”. Torquemada (lib. XII, cap. XIII, p. 386) va aún
más allá, y afirma que “los que eran Cabeças de Familias, ó Casas Solariegas” tenían
derecho a matar al “rey” si no actuaba bien. También él considera a los toltecas los prime-
ros pobladores.
Pero el documento que contiene la información más detallada sobre los quichés es el
Popol Vuh. Esta singular obra, que consultamos en la traducción publicada por Brasseur
de Bourbourg [para la edición española se consultó la versión de Popol Vuh. Las antiguas
historias del Quiché, México, FCE, 1976], parece ser, en los primeros capítulos, una evidente
falsificación, o al menos adaptación, de la mitología indígena a concepciones cristianas –un
fraude piadoso. Sin embargo, es igualmente evidente que la mayor parte es una colección
de tradiciones originales de los indios de Guatemala y, en cuanto tal, la obra más valiosa
para el conocimiento de la historia y la etnología aborígenes de Centroamérica. No po-
demos entrar aquí en una discusión bibliográfica, aunque será indispensable incluir al-
gunas citas de la 3a. parte del Popol Vuh (cap. III, p. 207 [p. 108]). Después de dar los
nombres de las cuatro madres de los quichés, dice: “Balam-Quitzé era el abuelo y padre de
las nueve casas grandes de los Cavec; Balam-Acab era el abuelo y padre de las nueve casas
154 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS
grandes de los Nihaib; Cahucutah, el abuelo y padre de las cuatro casas grandes de Ahau-
Quiché. Tres grupos de familias existieron; pero no olvidaron el nombre de su abuelo y
padre, los que propagaron y multiplicaron allá en el oriente.” Esto es el comienzo de una
verdadera genealogía, que continúa desarrollándose con gran precisión.
A continuación viene una larga descripción de cómo cada una de esas “familias” reci-
bió un ídolo para sí, de tal modo que “uno solo era el nombre del dios, y por eso no se di-
vidieron las tres [familias] quichés” (cap. IV, p. 217 [p. 111]). De ahí fueron a “Tulán-Zuiva
[la Cueva de Tulán], Vucub-Pec [Siete Cuevas], Vucub-Ziván [Siete Barrancas]” [p. 110]. En
esa época todavía no tenían más que pieles de animales para cubrirse, pero “A Tulán […]
grande fue su sabiduría” [cap. VI, p. 116]. Esto recuerda notablemente las tradiciones
mexicanas antes mencionadas sobre los primeros tiempos de los toltecas. Establecidos en
Izmachi, ocupaban cuatro barrios [4a. parte, cap. VI, p. 143]: “y eran cuatro los montes a
cada uno de los cuales le dieron el nombre de su ciudad” (Brasseur traduce tinamit algu-
nas veces como tribu y otras como pueblo [town]; yo prefiero lo primero). En Izmachi
construyeron casas de piedra y cal (cap. VII, p. 301 [p. 144]): “Solamente tres Casas gran-
des existieron allí en Izmachí. No había entonces las veinticuatro Casas grandes, sola-
mente tres eran sus Casas grandes, una sola Casa grande de los Cavec, una sola Casa
grande de los Nihaib y una sola de los Ahau-Quiché.” Recapitulando los festivales dice
(p. 305 [p. 146]): “Y así se juntaban las tres Casas grandes, por ellos así llamadas, y allí
bebían sus bebidas, allí comían también su comida, que era el precio de sus hermanas, el
precio de sus hijas, y sus corazones se alegraban cuando lo hacían y comían y bebían en
las Casas grandes.” Esto claramente alude a comidas comunitarias y a una vida comuni-
taria. Por último, se cuenta que (cap VIII, p. 309 [p. 148]): “Allí se identificaron, y allí les
dieron sus nombres, se distribuyeron en parcialidades, en las siete tribus principales y en
cantones.” Pasando a Gumarcaah o Utatlán, se subdividieron en “veinticuatro Casas gran-
des […] y se distribuyeron sus honores entre todos los Señores. Formáronse nueve fami-
lias con los nueve Señores de Cavec, nueve con los Señores de Nihaib, cuatro de los
Señores de Ahau-Quiché y dos con los señores de Zaquic”.
Es fácil detectar los siguientes puntos:
1] los quichés estaban organizados originalmente en tres grupos consanguíneos, a los
que después se sumó un cuarto;
2] esos grupos de parentesco se localizaron como cuatro barrios, y vivían en forma
comunitaria;
3] posteriormente se dividieron en 24 grupos de parentesco, constituyendo otras tan-
tas gentes;
4] el gobierno de la tribu estaba en manos de los jefes de esas gentes.
Ese gobierno, como lo dice claramente el último capítulo del Popol Vuh, estaba forma-
do por 24 jefes. Tres de ellos, uno de cada uno de los grandes “barrios”, llevaba el título
de “Nim-Chocoh” o “gran elegido”. “Había, pues, tres Nim-Chocoh, que eran como los
padres [investidos de autoridad] por todos los Señores del Quiché. Reuníanse los tres
Chocoh para dar a conocer las disposiciones de las madres, las disposiciones de los pa-
dres. Grande era la condición de los tres Chocoh.” Ellos mandaban las fuerzas de la tribu.
Por lo tanto, tenemos aquí la organización de los quichés como una democracia mili-
tar, basada en grupos consanguíneos, con tres jefes de guerra electivos a la cabeza. La
analogía de esta organización con la de los iroqueses es realmente notable, y descarta por
completo cualquier idea de feudalidad.
Si los quichés eran realmente descendientes del tronco tolteca, como admite la mayo-
ría de las fuentes antiguas, creemos que lo anterior ciertamente apoya nuestra opinión
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 155
sobre la condición de esas tribus, y justifica nuestra afirmación de que los toltecas “no
habían avanzado en ninguna parte hasta la condición de una nación o Estado”, sus insti-
tuciones eran democráticas y su forma de vida comunal, siendo desconocidas para ellos
la monarquía y la feudalidad.
8. Compárese la leyenda de Quetzalcoatl tal como la relatan Sahagún (lib. III, caps. III-
XIV) y Torquemada (lib. III, cap. VII) y como está además contenida en el Popol Vuh, donde
por supuesto es llamado Gucumatz (3a. parte [4a. parte], cap. VIII). Véase además Veytia
(cap. XXII, hasta el fin del vol. I).
9. La etimología de la palabra chichimecatl que nos hemos atrevido a proponer no es
apoyada, que sepamos, por ningún autor. La damos por lo que pueda valer. Mucho se ha
dicho sobre su probable derivación. Durán (Historia de las Indias de Nueva España e islas de
tierra firme, cap. II, p. 13 [México, Porrúa, 1984, t. II, p. 24, § 24]) dice: “chichimeca, que quie-
re decir ‘cazadores, o gente que vive de aquel oficio’, agreste y campesino”, lo que mues-
tra que la palabra es nahuatl, y su explicación debe buscarse en términos nahuas. Ixtlil-
xochitl (“Relaciones históricas”, 2a. parte, “Historia de los señores chichimecos”, “Relación
primera” [“Primera relación. De los chichimecos”, cap. III, p. 417]) dice: “y todos ellos
ahora llaman tultecas, aculhuas, mexicanos, que hay en esta tierra se precian y dicen ser
del linaje de los chichimecas; y la causa es, según parece en sus historias, el primer rey
que tuvieron se llamaba Chichimécatl”. Torquemada (lib. I, cap. XV, p. 39) afirma: “Toma-
ron nombre de Chichimecas, estas gentes (que así se nombraron) del efecto, significa su
Nombre; porque Chichimecatl, tanto, quiere decir, como Chupador, ù Mamador; porque
Chichiliztli, es el acto de mamar, ó la mamadura; y Chichinaliztli, es el acto de chupar
[…] en sus principios se comian las Carnes de los Animales, que mataban, crudas, y les
chupaban la Sangre, à manera del que mama, por eso se llamaron Chichimecas, que
quiere decir, Chupadores, ò Mamadores.” Joseph de Acosta (lib. VII, cap. 2, p. 453 [p. 320]):
“fueron hombres muy bárbaros y silvestres, que sólo se mantenían de caza, y por eso les
pusieron nombre de chichimecas”. Betancurt incluso hace derivar la palabra de chichini,
huesos de perro. Es de nuevo Veytia quien va más lejos que sus predecesores, con un
juicio claro y positivo. Fue el primero (creemos) en descubrir el término mecatl, que signi-
fica cordel (cap. XII, p. 143 [p. 101]), en las últimas dos sílabas de la palabra. Eso lo llevó
naturalmente al término emparentado mecayotl, que designaba a un pariente consanguí-
neo, y finalmente a la etimología de “parentela de Chichen”, suponiendo que Chichen
era el nombre de su primer jefe. Sin embargo, no hay prueba de esto último, y menos aún
de que Chichimecatl fuera su nombre personal. Por otra parte, todos los autores concuer-
dan en afirmar que la localidad en que habitaban originalmente los chichimecas se lla-
maba Huehuetlapallan, el viejo lugar rojo, y según se dice uno de los sitios ocupados por
las tribus en sus migraciones hacia México se llamaba Chichilticalli, casa roja. Por consi-
guiente, no es del todo improbable nuestra sugerencia de que chichimecatl deriva de chichiltic,
objeto rojo, y mecayotl, grupo de parentesco y por lo tanto significa “el grupo de parentes-
co de los hombres rojos”.
Según Manuel Orozco y Berra, el distinguido autor de la Geografía de las lenguas, es
probable que los chichimecas que invadieron México después de la dispersión de los
toltecas, o habitaron allí al mismo tiempo que ellos, hablaban una lengua diferente que
después desapareció (1a. parte, cap. I, p. 8). Apoya esa opinión otro eminente estudioso
mexicano, don Francisco Pimentel (Cuadro descriptivo y comparativo de las lenguas indígenas
de México, vol. I, p. 155). Sin embargo, la unidad de origen de los chichimecas, los toltecas
y demás tribus de origen “nahuatl”, incluyendo por supuesto a los mexicanos, es admiti-
da no sólo por Ixtlilxochitl, sino ya por Sahagún (lib. X, cap. XXIX, p. 147 [t. III, p. 214,
156 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS
§ 136]), quien la resume como sigue: “Todas las dichas familias se llaman chichimecas, y
aun de tal nombre se jactan y se glorían, y es porque todas anduvieron peregrinando
como chichimecas por las tierras ante dichas, y de allí volvieron para estas partes aunque a
la verdad no se llamaban tierras de chichimecas, por donde ellos anduvieron, sino Teotlalpan,
Tlacochcalco Mictlampan, que quiere decir campos llanos y espaciosos que están hacia el
norte.” Veytia, que prácticamente incluye las afirmaciones de todos sus predecesores, lo
confirma como sigue (cap. II, p. 24 [p. 17]): “De este imperio, pues, fué Huehuetlapallan
la famosa corte, y de él fueron después saliendo en bandadas o cuadrillas en diversos
tiempos para poblar dilatadísimas regiones, tomando cada uno diverso nombre, según el
jefe o padre de familia que la gobernaba, y haciéndose con el discurso del tiempo nacio-
nes distintas con diferentes lenguajes o dialectos, de manera, que según la creencia de
estos naturales y su historia, de estas siete familias tienen su origen y principio todos los
habitadores de este nuevo mundo, y esta ciudad de Huehuetlapallan tiene la gloria de
haber sido la primera fundación que en él se hizo después del diluvio, y cuna de todos sus
pobladores, cuya memoria conservaron siempre los de la Nueva España, llamándola su
antigua patria.”
(Compárese con esta visión del poblamiento de México la hermosa descripción de
Morgan del poblamiento de América a partir de centros de subsistencia, como puntos
iniciales de migraciones, en Ancient society, 2a. parte, cap. IV. Morgan reconoce tres centros
de ese tipo en Norteamérica, el más prominente de los cuales estaba en el valle de Co-
lumbia.)
El título de chichimecatl, a menudo extendido a chichimecatl-tecuhtli, se encuentra con
mucha frecuencia no sólo entre los mexicanos sino también entre los texcocanos y los
tlaxcaltecas. Era un título que se daba como recompensa al mérito personal en la guerra.
10. Ixtlilxochitl nos ha presentado un imperio chichimeca feudal más completo y
típico que las instituciones feudales de Inglaterra. Sin embargo, al mismo tiempo describe a
los chichimecas como meros salvajes (“Historia de la nación”, cap. IV, p. 30 [p. 14]): “El
cual llegó a un lugar que se llama Tenayocan Oztopolco, lugar de muchas cuevas y caver-
nas, que era la principal habitación que esta nación tenía” (también cap. IX, pp. 65, 69
[pp. 26, 27]). Torquemada (lib. I, cap. XV, pp. 38-39 [p. 38]) los describe como “Gente
desnuda, de Ropas de Lana, Algodon, ni otra cosa, que sea de Paño, ù Lienço; pero
vestida de Pieles de Animales: feroces en el aspecto, y grandes Guerreros; cuias armas,
son Arcos, y Flechas.” “Estas Chichimecas Naciones, fueron Governados, y Regidas, de
Valerosos, y Esforçados Capitanes” (ibid., p. 39). Ixtlilxochitl, además, dice (cap. IX, p. 66
[p. 27]): “Los cuales andaban por familias, y los que no tenían cuevas, que era su princi-
pal habitación, hacían sus chozas de paja; y la caza se cazaban los de cada familia, la
comían todos juntos, excepto las pieles que eran del que la cazaba.” Sin embargo, los dos
autores que acabamos de citar registran una distribución de tierras por parte de los jefes,
en forma de donaciones individuales y feudos, en fecha temprana. En cambio, Ixtlilxochitl
(ibid., pp. 63-64 [p. 26]) afirma que el cultivo de la tierra e incluso la planta del maíz eran
desconocidos para ellos hasta el siglo XII d.C. Torquemada es aún más explícito (lib. I,
cap. XLII, p. 67): “Tampoco hicieron caso de él los dichos Chichimecas, por raçon de que
los Señores, y Reies, tenian Bosques de Conejos, y Venados, donde tenian la Carne segu-
ra, y los Plebeios, y Macehuales, los buscaban, y caçaban por los Campos, y con esto, se
sustentaban, y mantenian, sin otro genero de sustento, que huviese de costalles, trabajo
de Sembrarlo, por no averse criado con el vso de ello.” Pasó más de un siglo, según estas
fuentes, antes de que empezara a aparecer entre ellos la horticultura, y por consiguiente
la vida sedentaria. ¿Cómo podía haber al mismo tiempo tenencia feudal de la tierra? No
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 157
necesitamos aludir aquí a otros autores, ni a las descripciones sobre la condición de los
chichimecas al norte del valle de México en la época de la conquista (Motolinia, Historia
de los indios, trat. III, cap. VII, p. 185 [pp. 185-186]): “Fueron señores en esta tierra, como
ahora son y han sido los Españoles, porque se enseñorearon de la tierra, no de la manera
que los españoles.”
11. Véase Albert S. Gatschet, Zwoelf Sprachen aus dem Südwesten Nordamerikas, Weimar,
1877, valiosa contribución a la lingüística y la etnografía. También “Lieut. G.M. Wheeler’s
Zweite Expedition nach Neu Mexiko und Colorado, 1876”, de Oskar Loew, en el vol. 22
de Petermann, Geographische Mitteilungen, p. 209; y The Spanish Conquest of New Mexico, de
W.W.H. Davis, 1869. Los indios sedentarios ocupaban menos espacio, y también eran
inferiores en número a las bandas que vagaban entre y alrededor de ellos.
12. Estos hechos son generalmente reconocidos, así como que las migraciones vinie-
ron del norte. Además de los autores mencionados en nuestro trabajo anterior y en éste,
nos limitaremos a citar: Gregorio García, Origen de los indios del Nuevo Mundo e Indias
Occidentales, Madrid, 1729 (2a. ed., la primera es de alrededor de 1606 [Origen de los indios
del Nuevo Mundo, México, FCE, 1981, facsimilar de la 2a. ed.]): “Nuevo Mexico de donde
vinieron los Siete Linajes, que poblaron la Nueva España” (lib. III, cap. I, p. 81). Historia
de la conquista de la Provincia de la Nueva Galicia, escrita por el licenciado Don Matías de la
Mota Padilla en 1742, y publicada por la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística
en 1870 (cap. I, p. 21). Se trata de la siete tribus del tronco “nahuatl”, y la comunidad de
lengua es suficiente por sí sola para demostrar su origen común.
13. Todos los autores más antiguos concuerdan en afirmar que las diferentes tribus se
establecieron independientemente. Cf. Motolinia, Historia de los Indios, “Epístola proemial”;
Sahagún (lib. X, cap. XXIX, p. 145 [p. 213, § 130 y 132]): “Sucesivamente se volvieron los
náhuas, que son los tepanecas, los acolhuaques, los chalcas, los uexotzincas y los tlalcaxltecas,
cada familia por sí, y vinieron a estas partes de México. […] Y así venidos todos a estas
partes, y tomada la posesión de las tierras y puestas las mojoneras entre cada familia.”
Durán (cap. II, p. 10 [p. 22, § 7]): “El de Xuchimilco, como primero en su llegada, des-
pués de haber rodeado todo el circuito de la laguna grande, pareciéndole ser buen sitio y
apacible en que agora posee, se asentó en él y tomó todo lo que fue menester, sin contra-
dicción de personas, ni perjuicio”. Los chalcas se establecieron cerca de los xochimilcas,
“quieta y pacíficamente” (p. 11 [p. 22, § 8]). Lo mismo hicieron los tecpanecas, así como los
texcocanos y demás (pp. 12-14 [pp. 22-24, § 9-17]). Joseph de Acosta (lib. VII, cap. 3, p. 456
[p. 322]): “Al tiempo que to-das estas naciones poblaban, los chichimecas, antiguos po-
bladores, no mostraron de contradicción ni hicieron resistencia, solamente se extraña-
ban, y como admirados, se escondían en lo más oculto de las peñas.” No carece de interés
recordar aquí las afirmaciones de Cortés sobre lo dicho por Moctezuma, “Carta segun-
da”, p. 25 [p. 52]; Gómara, pp. 321ss; Mendieta, Historia eclesiástica indiana, publicado
por García Icazbalceta [México, Porrúa, 1980], lib. II, cap. XXXIV, etc. Sin embargo,
Ixtlilxochitl y Torquemada han difundido la opinión de que todas estas tribus se estable-
cieron en el dominio chichimeca, y los ocupantes originales de todo el país les asignaron
territorios especiales. Pero ya hemos establecido la naturaleza de la ocupación de la tierra
por los chichimecas, y no podemos deducir de ella que existiera ningún título, ni que fuera
posible dar ninguno a los recién llegados.
14. Los relatos acerca de la preponderancia de ciertas tribus, como los texcocanos o los
tecpanecas, no son sino un resultado de las relaciones intertribales en el valle de México.
Basta consultar los escritos de Ixtlilxochitl en “Historia de la nación”, caps. XI, XII, XIV y
XVI; y Torquemada, lib. I, cap. XXXVII, p. 62 [p. 63].
158 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS
Veytia (lib. III, cap. XIV, p. 367 [p. 294]): “No bien se aseguró de su muerte el consejo del
rey, cuando se creyó obligado a elegir quien le sucediese, como lo hacían los mexicanos.”
Carlos María de Bustamante, Tezcoco en los últimos tiempos de sus antiguos reyes, México,
1825 [1970], 3a. parte, cap. IV, pp. 218-220. Alonso de Zorita (“Rapport sur les différentes
classes de Chefs de la Nouvelle Espagne”, trad. M. Ternaux Compans, p. 12 [Breve y
sumaria relación de los señores de la Nueva España, en el apéndice de este volumen, infra,
pp. 463-564]): “La mesma orden se tenía en la sucesión y elección de los Señores supre-
mos á los de México y Tlezcuco y Tacuba” (infra, p. 470).
Ya hemos examinado la suposición de un imperio feudal en Texcoco. Fue una inven-
ción de cronistas que creían tener un interés directo en apoyar la afirmación de la tribu
texcocana de su supremacía original. Los celos y las rivalidades tribales, poderosos alia-
dos de los españoles en la conquista, subsistieron después del establecimiento pleno de la
dominación española.
17. La diferencia entre las tribus del valle y las del territorio montañoso tlaxcalteca ni
siquiera es muy grande. En realidad no es sino aparente. Por la naturaleza del suelo, los
grupos de parentesco de Tlaxcala estaban más dispersos y por esa razón eran aparente-
mente democráticos. Lo mismo ocurría con los niquiraos de Nicaragua. Cf. Oviedo, lib.
XLII, cap. I, pp. 37-38, y E.G. Squier, Nicaragua, vol. II, “Aborigines of Nicaragua”, cap. II,
pp. 340-348.
18. De otro modo no podría haberse formado ni podría haber subsistido la confedera-
ción, en términos de igualdad, de las tribus del valle, que existió por más de un siglo
antes de la conquista y que trataremos más adelante. Sin embargo, el hecho de que todos
los cronistas antiguos mencionen a las tribus de México bajo un título común, y describan
sus costumbres como generalmente idénticas, prueba que podemos suponer con seguri-
dad que los mexicanos eran típicos en ese aspecto. Algunas tribus estaban más adelanta-
das que otras en ciertas artes mecánicas, pero eran diferencias de detalle y no de princi-
pios orgánicos.
19. Cf. “Sobre el arte de la guera”, supra, p. 73. La línea fronteriza que menciona
Ixtlilxochitl (cap. XXXIII, p. 125 [p. 84]) y también Veytia (lib. III, cap. III, p. 167 [p. 159]),
si es que existió, como afirma este último, no dividía tanto los territorios de las tribus
como el terreno sobre el que cada una podía extenderse libremente, después de la forma-
ción de la confederación. Veytia afirma que los restos de ese confín todavía podían verse
en su tiempo, y eran conocidos como “la albarrada de los indios”.
20. “Sobre el arte de la guerra”, supra, p. 84, n. 1. Ya hemos hecho alusión a la deno-
minación común de “chichimecas”. Sahagún (lib. X, cap. XXIX, p. 147 [p. 214, § 137])
dice: “propiamente se dicen atlacachichimeca, que quiere decir pescadores que vinieron de
lejas tierras”. Esto corroboraría hasta cierto punto la afirmación de Torquemada (lib. II,
cap. XI, pp. 92-93 [p. 93]) de que los mexicanos introdujeron el arte de pescar en el valle
de México. No puede dejar de sorprendernos el prefijo atlaca; si se descompone en atl,
agua, y tlacatl, hombre, asignaría a los mexicanos un hogar original en las inmediaciones
del mar, o de grandes cursos de agua. Tezozomoc, en su primer capítulo, hablando de
Aztlan, de donde se dice que vinieron los mexicanos y de donde deriva el nombre de
“aztecas”, escribe: “Tenian en las Lagunas, y su tierra” (p. 5 [p. 223]). Aztlan mismo
significa “asiento de la Garza”, que es un ave acuática. (Véase también Veytia, lib. II, cap.
XII, p. 91 [p. 287].) Este autor ubica a “Aztlan” hacia el extremo norte.
21. Hemos adoptado para esas capitanías el número siete a pesar de que el intérprete
del Códice Mendocino (lám. I, en lord Kingsborogh, vol. I [Antigüedades de México. Basadas en
la recopilación de Lord Kingsborough, México, Secretaría de Hacienda y Crédito Público,
160 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS
1964, vol. I, 1a. parte, p. 3, lám. 1]) dice que eran diez: “El exército Mexicano tubo por
caudillos, diez personas nombradas” (vol. V, p. 40). Tanto Durán como Tezozomoc dicen
siete, y lo mismo Veytia. Los dos primeros dan incluso los nombres de los ídolos que cada
uno de esos grupos adoraba y llevaba consigo en sus migraciones. No es necesario aquí
demostrar en detalle la índole democrática de esos siete “linajes”. Veytia, por ejemplo
(lib. II, caps. XII y XIII), cita a Chimalpahin como autoridad, y aun cuando asigna a los
mexicanos un “caudillo” llamado Huitziton, también parece indicar que sólo en Cha-
pultepec, “emulando a las demás naciones que estaban aquí pobladas, determinaron
elegir un rey que los gobernase” (p. 109 [p. 299]). Durán (cap. III, p. 27 [p. 28, § 7]).
Clavijero menciona (lib. III, cap. 1 [p. 205]) una organización “aristocrática” de los mexi-
canos hasta el año 1352: “obedeciendo siempre la nación a un cuerpo formado de las
personas más notables y distinguidas. Los que mandaban cuando fundaron la ciudad
eran 20”. Ésta es una nueva versión. Véase también Gregorio García, lib. V, cap. III. Si
eliminamos al mítico Huitziton, encontramos ocasionales jefes de guerra supremos. Veytia
incluso nos asegura que después de la fundación de México eligieron “uno que les go-
bernase, aunque no en calidad de rey, sino de caudillo o capitán” (lib. II, cap. XVIII, p. 159
[p. 331]).
22. La serie regular de jefes de guerra supremos mexicanos (tlacatecuhtli) se inicia aproxi-
madamente a mediados del siglo XIV. Antes de eso el cargo parece haber sido ocupado
ocasionalmente por guerreros, cuando la emergencia lo requería. Compárese Veytia, lib. II,
caps. XII y XIII, con cap. XV, p. 131 [p. 311], cap. XVIII, p. 159 [p. 331] y cap. XXI, pp. 186-
187 [pp. 346-347]; Torquemada, lib. I [lib. II], cap. III, p. 83; cap. IV, p. 84; cap. XII, p. 95;
Mendieta, lib. II, cap. XXXV [cap. XXXIV], p. 148; y Joseph de Acosta, lib. VII, cap. 8, pp.
468-469 [p. 331], etcétera.
23. Motolinia, trat. III, cap. VII, p. 186; Durán, cap. III; Tezozomoc, caps. I, II y III;
Joseph de Acosta, lib. VII, cap. 4, p. 459 [pp. 324-325]; García (lib. III, cap. III, § V, pp. 99-
100): “que los haria Principes, i Señores de todas las Provincias, que havian poblado las
otras seis naciones, que antes de ellos havian salido”.
24. “Sobre el arte de la guerra”, supra, pp. 84-85, n. 5; pp. 121-122, n. 194, 195, 197 y
198. L.H. Morgan, Ancient society, 2a. parte, cap. VII, pp. 190-191. Entre los autores más
antiguos, Mendieta es muy explícito (lib. II, cap. XXXV [cap. XXXIV], p. 148): “Y este
asiento les cuadró mucho por hallarlo abundante de caza de aves y pescados y marisco
con que se poder sustentar y aprovechar en sus granjerías entre los pueblos comarcanos,
y por el reparo de las aguas con que no les pudiesen empecer sus vecinos.”
25. Ixtlilxochitl (cap. X, p. 72 [p. 29]) dice que los mexicanos pidieron “estar debajo
del amparo del rey de Azcaputzalco, en cuyas tierras comenzaron a poblar”. Torquemada
(lib. II, cap. XI, p. 92) describe su asentamiento como una huida a un lugar seguro. También
Mendieta, lib. II, cap. XXXV [cap. XXXIV], pp. 147-148. Durán (cap. V, p. 41 [p. 49, § 13])
incluye el notable pasaje siguiente: “que aun el suelo no era suyo, pues era sitio y término
de los de Azcaputzalco y de los de Tezcuco, porque allí llegaban los términos del uno y del
otro pueblo, y, por la parte del mediodía, términos de Colhuacan”. (Esto indica que
estaban en terreno neutral, que separaba de las tribus que los rodeaban.) Tezozomoc lo
confirma (cap. III, p. 9 [p. 231]): “estando en término de los de Azcaputzalco, Aculhuaques,
Tezcucanos y los de Culhuacan”.
Durán (cap. V, p. 41 [p. 49]) dice además que lucharon por ser amos de su tierra, sin
deber lealtad ni obediencia a nadie. Véase también Tezozomoc, cap. III; Motolinia, p. 5;
Gómara, p. 431 [cap. CCIX, p. 321].
26. Ya hemos hecho alusión al número de los jefes que guiaban a los mexicanos en la
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 161
época de su asentamiento en la laguna. Varía entre cuatro y veinte. Pero el hecho de que
originalmente se hayan asentado en cuatro “barrios” me lleva a creer que quedaban
cuatro grupos de parentesco mexicanos, habiéndose separado uno para formar la tribu
de Tlatelolco. Esa división en cuatro partes es el único hecho que podemos dar por
seguro (cf. n. 27, 29, 30 y 31).
27. Este hecho está ampliamente demostrado y no necesita referencias especiales.
Ignoramos cómo ocurrió, puesto que las distintas fuentes de autoridad lo relatan de las
maneras más variadas. Si es cierto que incluso durante sus migraciones los mexicanos
propiamente dichos y los tlatelolcas se mantenían separados, como componentes tribales
o probablemente fratrías, resulta fácil de explicar el hecho de que se establecieran como
tribus independientes entre sí. Véase Veytia, lib. II, cap. XV, p. 135 [pp. 316-317].
28. La fecha de su conquista por los mexicanos es alrededor de 1473 (“Sobre el arte de
la guera”, supra, p. 64). Puede verificarse fácilmente por la fecha de la llamada “piedra
del calendario” en la ciudad de México (véase A. Chavero, “Calendario azteca”).
29. Todavía no está resuelta la cuestión de si esos cuatro “barrios” eran cuatro grupos
de parentesco originales, o si ya eran cuatro “hermandades de clanes” (fratrías), análogas
a las curias romanas formadas por (o más bien últimos vestigios de) la disgregación de
grupos de parentesco originales. Esto último podría parecer probable por el hecho del
mayor número de jefes (más de cuatro) mencionado por los autores antiguos. Al mismo
tiempo se reconoce claramente la existencia de grupos aún menores. Durán dice (cap. V,
p. 42 [p. 50, § 19]): “Aquella noche siguiente que los mexicanos acabaron de reparar la er-
mita donde su dios estaba, teniendo ya gran parte de la laguna cegada y hecha ya la
planta y asiento para hacer casas, habló Huitzilopochtli a su sacerdote o ayo y dijo: –‘Di a
la congregación mexicana que se dividan los señores, cada uno con sus parientes, amigos
y allegados, en cuatro barrios principales, tomando en medio la casa que para mi descan-
so habéis edificado; y que cada parcialidad edifique en su barrio a su voluntad.’” Esos
barrios son los que hoy subsisten en México con los nombres de San Pablo, San Juan,
Santa María la Redonda y San Sebastián. Después que los mexicanos se repartieron entre
esos cuatro lugares, su dios les ordenó que distribuyeran entre ellos los dioses, y que cada
barrio nombrara y designara lugares particulares donde adorar a esos ídolos particulares.
Así, cada barrio se dividió en muchos barrios menores, de acuerdo con el número de
ídolos llamados Calpulteona (debería ser Calpulteotzin, compuesto de calpulli, barrio, y
teotl, dios), que significa dios del barrio (véase Joseph de Acosta, lib. VII, cap. 7, p. 487
[pp. 330-331]). Tezozomoc (cap. III, p. 9 [pp. 231-232]): “y siendo de noche hicieron
junta y les dijo el sacerdote Quauhtloquetzqui: hermanos, ya es tiempo que os dividais un
trecho unos de otros, en cuatro partes, cercando enmedio el templo de Huitzilopochtli y
nombrad los barrios en cada una parte, y así concertado para dividirse”. Torquemada
(lib. III, cap. XXIV, p. 295) confirma esas afirmaciones, aunque protesta contra el origen
de esa división. Dice: “Confieso, que es asi verdad, que esta Ciudad de México está repar-
tida en quatro Barrios Principales, y cada Barrio de estos, tiene otros menores, y particu-
lares, inclusos en si; y todos asi en comun, como en particular, tienen sus Mandones, y
Gente.” Más adelante (lib. XIV, cap. VII, p. 545) dice: “Estas Parcialidades estaban repar-
tidas por Calpules, que son Barrios, y sucedia, que vna Parcialidad de estas dichas tenia
tres, y quatro, y mas Calpules, conforme la Gente.” Más adelante investigaremos esta
objeción de Torquemada. Con todo, el mismo autor reconoce (lib. III, cap. XXII, p. 288)
que los fundadores de México eran “nueve familias […]. Estas Familias començaron la
Fundación de esta Ilustre, y Magnífica Ciudad”. Hay un hecho que parece más allá de
toda duda: que la primera fundación de México fue hecha sobre la base de una división
162 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS
p. 228 [Décadas del Nuevo Mundo, México, José Porrúa, 1965, t. II, déc. v, lib. X, p. 539])
dice: “Las [casas comunes] del pueblo, empero, se alzaban sobre una base de piedra […],
como defensa contra las crecidas de la laguna a causa del flujo o de los aluviones del río
que en ella desemboca. Sobre esos grandes cimientos construían el resto de la fábrica con
ladrillos, ya cocidos, ya desecados al sol en verano, entremezclando vigas. Todas las casas
tienen un solo piso.” Esto recuerda las casas de los itzáes sobre el lago Petén, halladas en
1695 (Historia de la conquista de los itzáes, lib. VIII, cap. XII, p. 494): “Estaba todo lleno de
casas, algunas con muros de piedra de más de una vara de alto, y más arriba de madera,
y los techos de paja, y algunas sólo de madera y paja. En ellas vivían todos los habitantes
de la isla brutalmente juntos, con un grupo de parentesco ocupando una sola casa.”
Véase también la utilísima introducción de mi excelente amigo J. García Icazbalceta al
segundo diálogo de Cervantes de Salazar (México en 1554, pp. 73-74).
36. La palabra chinampa deriva de chinamitl, “seto o cerca de cañas” (Molina, Vocabula-
rio, p. 21 [Siméon, p. 103: “separación, cerca de cañas”]). Este modo de cercar el terreno
era muy utilizado en el valle, al punto de que un grupo de asentamientos entre Churubusco
y la laguna oriental recibió de ello su nombre de “Chinampanecas” (mencionado con
frecuencia por Tezozomoc y Durán). La palabra chinamitl fue adoptada por los quichés de
Guatemala, transformado en chinamit y usada para designar un grupo de parentesco (véase
Popol Vuh, pp. 301, 304, 306 [pp. 144, 146, 147], donde se traduce chinamit como “fami-
lia”). Incluso en esas remotas regiones donde los territorios de Yucatán y Guatemala se
unen, o más bien se confunden, alrededor del lago Petén, donde la lengua nahuatl es casi
desconocida, encontramos en los siglos XVII y XVIII una tribu de “chinamitas”, que según
se dice habitaban un área rodeada de magueyes como cerca defensiva (Historia de la con-
quista de los itzáes, lib. VIII, cap. XI, pp. 490-493). Esto muestra que al menos el significado
original de la palabra estaba relacionada con la idea de un grupo familiar.
37. W. Bullock, Six Months Residence and Travels in Mexico, Londres, 1824, cap. XIII, p. 179.
No carece de interés comparar las observaciones de este observador superficial, aunque
fiel, con la descripción de las antiguas chinampas que conservan Tezozomoc (cap. III, p. 9
[p. 230]) y Durán (cap. VI, pp. 50-51 [p. 59, § 22]). Las balsas mencionadas por estos dos
autores no eran sino las chinampas o “jardines flotantes”. Tezozomoc emplea además el
término “camellón”. (Véase también Joseph de Acosta, lib. VII, cap. 9, p. 472 [p. 334];
Torquemada, lib. XIII, cap. XXXII, p. 483; Veytia, lib. II, cap. XV, p. 142 [p. 319].)
38. Durán, cap. V; Tezozomoc, cap. III, p. 8 [p. 231]; Joseph de Acosta, lib. VII, cap. 9,
p. 473 [p. 333]; Torquemada, lib. III, cap. XXXIII [cap. XXIII], p. 291 y lib. II, cap. XV, p. 101
[p. 100]; Clavijero, lib. II, cap. 17.
39. Zorita, p. 51 [pp. 477-478]; Ixtlilxochitl, cap. XXXV, p. 242 [p. 91]; Torquemada,
lib. XIV, cap. VII, p. 545; Bustamante [3a. parte, cap. V], p. 232.
40. Zorita, pp. 52, 56, 57, 60 [pp. 478-781]. “De l’ordre de succession observé par les
indiens”, copia de un MS anónimo de Simancas, col. Uguina, traducido por Ternaux-
Compans en su Recueil de pièces, pp. 223-224.
41. Zorita, pp. 51-64 [pp. 478-481]; Herrera, déc. III, lib. IIII, cap. XVII, p. 138; Ramírez
de Fuenleal, obispo de Santo Domingo, carta de México, 3 de noviembre de 1532, al
emperador Carlos V, en Ternaux-Compans, Recueil de pièces, p. 253. Véase también la
introducción de J. García Icazbalceta a la “Real Ejecutoria de S.M. sobre tierras y reservas
de pechos y paga, perteneciente a los caciques de Axapusco”, en Colección de documentos,
vol. II, p. XIII.
42. Esta sucesiva formación de nuevos calpulli no está explícitamente relatada en nin-
guna parte, aunque está implícita en el pasaje de Durán ya citado (cap. V, p. 42 [p. 50]),
164 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS
cir, los Palacios Reales, ó el Alcáçar, y casas de el Señorío” (lib. VII, cap. XXI, p. 119 y lib.
XIII, cap. XXX, p. 477). Pero especialmente lib. VI, cap. XXVII [cap. XXIV], p. 48, donde
dice, refiriéndose a las afirmaciones de fray Bernardino de Sahagún de que “estando en
la Ciudad de Xuchimilco, oió una noche […] que preguntando otro dia, de mañana, que
qué voz era aquella tan grande? Le respondieron los indios, que de la Tecpan, ó Comuni-
dad llamaban á los Macehuales, para que fuesen a trabajar”.
48. Así, todos los autores que intentan describir en detalle la “casa principal” (tecpan)
dicen que contenía grandes salas (salas de consejo). Véase la descripción del tecpan de
Texcoco por Ixtlilxochitl (cap. XXXVI, p. 247 [p. 96]): “con muchos torreones y chapiteles
adornada la casa, y el otro patio, que era el mayor y servía de plaza, en medio de la cual
estaba el juego de pelota; y hacia la entrada del segundo patio estaba un brasero más
grande sobre una peana, el que siempre ardía día y noche, sin que jamás se apagase”.
Ibid., cap. XXXVIII; Torquemada, lib. III, cap. XXVII, p. 305; lib. II, cap XLIV [cap. XXXXI],
pp. 146-147; lib. XI, cap. XXVI, pp. 354-355. El propio Cortés (“Carta segunda”, pp. 34-
35 [pp. 67-68]) habla de las grandes salas que había en lo que llama “las casas de
Moctezuma”. Bernal Díaz del Castillo (cap. XCI, pp. 86-87 [cap. XCII, p. 262]) lo confirma.
Véase también Gómara (pp. 342-343 [cap. LXXI, p. 117]): “Donde él moraba y residia a la
continua, llaman Tepac, que es como decir palacio […] había en él muchas salas.” Sahagún
(lib. VIII, cap. XIV, p. 302 [t. II, p. 309, § 1]): “El palacio de los señores, o casas reales, tenía
muchas salas.” El tecpan estaba cerca del centro del pueblo. Véase Gómara (p. 341 [cap.
LXV, p. 110]): “Llegaron pues a un patio grande, recámara de ídolos, que fue casa de
Axayaca.” Cortés, “Carta tercera”, pp. 74-76 [p. 140], etcétera.
Bernal Díaz del Castillo, cap. LXXXVIII, pp. 242ss. Según García Icazbalceta (México en
1554, p. 182, n. 38 al segundo diálogo de Cervantes de Salazar), las “casas viejas de
Moctezuma” ocupaban (aproximadamente) la plaza al oeste de la actual ubicación de la
catedral, mientras que las “casas nuevas” se encontraban donde hoy está el Palacio Nacio-
nal. Se admite que la catedral ocupa el lugar del teocalli principal, en el centro del antiguo
pueblo (Torquemada, lib. III, cap. XXII, p. 290). García Icazbalceta prueba en forma con-
cluyente que así es en la n. 40 al segundo diálogo de Cervantes de Salazar (p. 194, y lám.
en p. 197, así como la importante disertación de la p. 201) y en la n. 51. Así queda
establecida la ubicación central del tecpan de México.
La residencia permanente en el tecpan del jefe guerrero supremo, su grupo doméstico
y algunos asistentes se ha mencionado con demasiada frecuencia como para requerir
pruebas adicionales, pero no está de más investigar aquí si esa residencia estaba vincula-
da a la persona y la descendencia del jefe, o bien solamente con el cargo.
Encontramos registrado que los edificios ocupados por los españoles cuando llegaron
por primera vez al pueblo de México eran “las casas del padre de Moctezuma” (Axaya-
catzin, probablemente). Todos los testigos presenciales concuerdan en ello y no hace falta
citarlos en detalle. En consecuencia, había una casa donde vivía el grupo de parentesco del
jefe, aparte del tecpan, porque como entre los mexicanos la descendencia se reconocía por
la línea masculina, el hijo seguía ocupando la residencia de su padre y (como se practica-
ba la residencia comunitaria) de los parientes consanguíneos de su padre. (Sabemos que
esos hijos y descendientes eran educados para las ocupaciones habituales de la vida, igual
que cualquier otro indio de México. Sahagún (lib. V, cap. XV, p. 117 [lib. VI, cap. XVII, pp.
123-124, § 17]) registra el discurso de un viejo jefe a sus hijos, en que los exhorta a
cultivar las artes mecánicas y la agricultura, agregando las notables palabras: “En ningu-
na parte he visto que alguno se mantenga por su hidalguía, o nobleza, tan solamente.”
En el caso de Ahuitzotl, Durán cuenta (cap. XLI, p. 316, § 16) que “yendo todos los
166 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS
grandes con todo el pueblo al lugar y colegio donde los hijos de los reyes y grandes
estaban recogidos y donde los industriaban e imponían en las cosas de la virtud y en las
cosas de las armas y buena crianza. Y llegados, le sacaron [a Ahuitzol] de entre todos y le
llevaron al palacio real y le asentaron en el trono”. Tezozomoc (cap. LX, p. 100 [p. 457]),
hablando de la elección de Ahuitzotl, dice: “y así fueron doce princípales mexicanos á
traer de la casa de Tlilancalco al rey Ahuitzotl”. “Y no le dijeron nada hasta estar en el
gran palacio” (cap. LXI, p. 100 [p. 459]). La elección de Moctezuma, en cambio, da oca-
sión a este autor para una afirmación muy importante (cap. LXXXII, p. 143 [p. 572]):
“pues sabeis, señores, que se crian, y son ya criados muchos de los señores hijos de los re-
yes pasados, que algunos se han hecho cantores, otros Cuachicmees, otros Otomies, y los
demás van tomando vuestros nombres, y renombres de Tlaacateccatl, Tlacochcalcatl,
Ticocyahuacatl, Acolnahuacatl, Hezhuahuacatl, otros muchos, y otros menores que están y
residen en la casa principal de los reyes en Calmecac”. Se señala, además, cuán impru-
dente sería elegir a un hombre soltero, y finalmente escogen a Moctezuma, que según
nos dice tenía en ese momento 34 años, y lo sacan del calmecac y lo escoltan hasta la casa
principal (tecpan). Pero la prueba más importante deriva del hecho de que el cargo era
electivo y no hereditario. ¿Cómo podía la familia del difunto ex ocupante del cargo per-
manecer en posesión del edificio oficial, cuando el cargo ya era ocupado por otro?
49. Ya hemos hecho alusión (n. 22) al hecho de que antes de Acamapitzin la serie de
jefes supremos mexicanos aparece como irregular e interrumpida, mientras que desde
este último en adelante se registra una ocupación regular de ese cargo. De ahí en adelan-
te el término “palacio”, relacionado con el cargo, aparece en los historiadores españoles.
Cf. Durán, Tezozomoc, Joseph de Acosta y Torquemada (especialmente lib. II, cap. XIV).
50. Todos los autores concuerdan en el hecho de que la vida de la tribu mexicana en
Tenochtitlan fue en los primeros tiempos de retraimiento y pobreza, incluso miseria.
Véase sobre todo Torquemada (lib. II, cap. XI, pp. 92-93): “En este Lugar se ranchearon
(como decimos en el Libro de las Poblaçones) haciendo vnas pobres, y pequeñas Choças,
rodeadas de Carriço, y Espadañas, que ellos llaman Xacalli […] pasaban su vida, estre-
cha, y pobremente, y desamparado; y como Gente pobre, y desamparada, y guerreada de
todos los Pobladores de la Tierra Firme, comian Raíces de Tulli, y otras yervas, que en el
Sitio, y en sus alrededores se criaban.” Después empezaron a pescar. (Véase también
Tezozomoc, cap. III; Durán, cap. V; Clavijero, lib. II, cap. 17; Sahagún, lib. X, cap. XXIX;
Veytia, lib. II, cap. XV.) Durán y Tezozomoc afirman que lo primero que hicieron cuando la
población comenzó a aumentar fue tratar de comerciar, lo que sólo podían lograr me-
diante algún tipo de relación con sus vecinos más próximos y más guerreros, que en esa
época eran los tecpanecas. Durán (cap. V [p. 49, § 14]): “Empero, juntándose todos en
consejo, hubo algunos que fueron de parecer que con mucha humildad se fuesen a los de
Azcaputzalco y a los Tepanecas, que son los de Cuyuacan y Tacuba, y que se les ofreciesen
y diesen por amigos y se les sujetasen, con intención de pedirles piedra y madera, para el
edificio de su ciudad.” Crónica mexicana, cap. III: finalmente acordaron comerciar, con las
mínimas concesiones posibles por su parte. Los demás autores en su mayoría han conver-
tido esta alianza con los tecpanecas en una sujeción feudal, basada en la ocupación del
suelo y los matrimonios intertribales. Ambas cosas las desmienten Durán (cap. V, p. 41
[p. 49, § 13]): “pues era sitio y término de los de Azcaputzalco y de los de Tezcuco, porque
allí llegaban los términos del uno y del otro pueblo, y, por la otra parte del mediodía,
términos de Colhuacan”, y [§ 15]: “y que, como señores ya en aquel sitio, sin hacer buz, ni
reconocer sujeción alguna a ninguno, pues su dios les había dado aquel sitio, fuesen y
comprasen piedra y madera” y Tezozomoc (cap. III, pp. 9-10 [pp. 231-232]).
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 167
Hasta Torquemada reconoce el hecho de que los mexicanos eran originalmente inde-
pendientes (lib. II, cap. XI), y que estaban conectados con los tecpanecas por tributo (lib.
II, cap. XV, p. 99), afirmaciones que se contradicen frontalmente. En su anterior descrip-
ción de la condición inicial de las tribus, presenta a los mexicanos como proscritos sobre
los cuales ninguna de las otras tribus tenía derecho alguno ([lib. II, cap. XI], pp. 92-93).
No se hizo ningún intento de conquistarlos, porque el lugar adonde se habían retirado
era demasiado impenetrable (Torquemada, lib. II, cap. XI, p. 93; Mendieta, lib. II, cap.
XXXIV [cap. XXXIII], p. 146), de modo que su relación con las tribus de la tierra firme fue
voluntaria (Joseph de Acosta, lib. VII, cap. 7, p. 467 [p. 330]), y necesariamente adoptó la
forma de una alianza o liga. En ese caso la asistencia militar era el punto principal. Y en
efecto, en los cronistas que podríamos llamar “texcocanos”, como Ixtlilxochitl, Torque-
mada, Veytia y Clavijero, son los mexicanos los que auxilian a los tecpanecas (cf. “Historia
de la nación”, cap. XV, p. 102 [p. 39]; cap. XVI, p. 108 [p. 41]; cap. XX, pp. 131-132 [pp. 49-
51]; Monarquía indiana, lib. II, cap. XIX, p. 108; Historia antigua de México, lib. II, cap. XXVIII,
pp. 236-238 [pp. 382-383]; cap. XXIX, pp. 241-243 [pp. 386-387]; cap. XXX, p. 250 [p.
392]; Historia antigua de México, lib. III, cap. 8). Bustamante ([1a. parte, cap. I], p. 2) o
confirma, diciendo seguir a Boturini. Las realizaciones militares de los mexicanos en las
guerras entre los tecpanecas y los texcocanos no son presentadas por esos autores ni siquiera
como servicio debido, sino como acciones de aliados o confederados de los primeros.
51. Cortés (“Carta segunda”, p. 35 [p. 68]): “La manera de su servicio era que todos
los días, luego en amaneciendo, eran en su casa más de seiscientos señores y personas
principales, los cuales se sentaban, y otros andaban por unas salas y corredores que había
en la dicha casa, y allí estaban hablando y pasando tiempo sin entrar donde su persona
estaba. Y los servidores de éstos y personas de quien se acompañaban henchían dos o tres
grandes patios y la calle, que era muy grande. Y todos estaban sin salir de allí todo el día
hasta la noche. Y al tiempo que traían de comer al dicho Mutezuma, asimismo lo traían
a todos aquellos señores tan cumplidamente cuanto a su persona, y también a los servido-
res y gentes de éstos les daban sus raciones. Había cotidianamente la despensa y botille-
ría abierta para todos aquellos que quisiesen comer y beber.” Véase también Sahagún
(lib. IX, caps. I-V), sobre las recepciones ofrecidas a los mercaderes por los jefes supremos.
Torquemada (lib. II, cap. LXIX [cap. LXXXIX], p. 231) dice que todos los jefes subalternos, en
número de tres mil, más todos los servidores de éstos, comían “en su corte”. En el lib. XIV,
cap. I, p. 531 [p. 534], hablando de los mensajeros, dice que residían en el calpixca o casa
de la comunidad, pero en otro lugar menciona esa casa como tecpan. Véase la nota 47.
Durán describe varias solemnidades religiosas a las que asistían los jefes de tribus veci-
nas, que el jefe supremo de México tenía el deber de atender (cap. XX, pp. 175-176 [p. 172]
y cap. XXIII, p. 195 [pp. 191-192]). Los jefes de Texcoco, Tacuba, Chalco, Xochimilco,
etc., eran invitados a asistir, y cuando llegaban eran “aposentados en las casas reales”
(ibid., caps. I, III, pp. 416-421 [cap. LI, cap. LIII, pp. 405, 406] y cap. LIV, p. 428 [pp. 414-
415]). Los delegados de Chalco, Tlaxcala, Cholula, etc., eran alojados “en su mesmo pa-
lacio real” (cap. LVIII, p. 459 [p. 442]). Tezozomoc, cap. XXI, p. 33 [p. 288]; cap. LXI, p. 101
[pp. 448-449], donde se advierte especialmente a Ahuitzotl que debe alimentar a su pue-
blo; cap. LXXXII, p. 144 [pp. 573, 574]: “y los vasallos recibidos como á tales tributarios,
aposentándolos, vistiéndolos y dándoles lo necesario para las vueltas de sus tierras […]
con los viejos y viejas mucho amor, dándoles para el sustento humano: regalados los
principales, teniéndolos en mucho, y dándoles la honra que merecen, llamarlos cada día á
palacio que coman con vos”. Esto indica que la hospitalidad era obligatoria, etc. Zorita, p. 65
[p. 481]; Herrera, déc. III, lib. IIII, cap. XXII, cap. XVII, p. 138 [p. 139].
168 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS
52. Esas casas, llamadas a veces calpulli y otras calpixca, eran los palacios privados que
mencionan los autores españoles. En realidad eran edificios oficiales, probablemente
conectados con almacenes. Así como la tribu tenía su tecpan, cada calpulli o grupo de
parentesco localizado tenía su propia casa del consejo. Esto es un resultado de la organi-
zación en grupos de parentesco. Véase también “Sobre el arte de la guerra”, supra, p. 64.
Lo que diferenciaba a esas construcciones de las casas o viviendas comunes (calli) eran las
salas, y el tecpan se distinguía además por una torre o mirador (Durán, cap. XXVI, p. 215
[p. 212, § 9]; Tezozomoc, cap. XXXVI, p. 58 [pp. 352-353]). Esta distinción lo aproxima al
llamado palacio de Palenque, en Chiapas. Cf. además Zorita (p. 62 [p. 480]): “y en esto
gasta mucho, porque siempre en estas juntas, que son muchas por año, les da de comer é
beber, y es necesario para los tener contentos é quietos”. Herrera, déc. II, lib. VII, cap. XIII,
p. 190. Si hemos de creer el cuadro de México que presentan los autores de los siglos XVI
y XVII, debe de haber habido en México innumerables edificios de este tipo.
53. No hay mención de ningún impuesto o tributo recaudado para fines oficiales entre
los mexicanos hasta la época del último Moctezuma, cuando generalmente se admite,
como dice Gómara, “que todos pechan al rey de Mexico” (p. 345 [cap. LXXVII, p. 122]).
Sin aceptar la opinión expresada por Robertson (History of America, 9a. ed., 1800, vol. III,
lib. VII, p. 29), quien atribuye a la influencia de Moctezuma un cambio en el plan de
gobierno de la tribu mexicana, parece simplemente natural que mientras la tribu era
débil en número y en recursos haya prevalecido la forma original o típica de instituciones
comunitarias, pero con el aumento de la población y el consiguiente incremento del
trabajo gubernamental, los miembros de la tribu se hayan visto obligados a proveer al
sustento de los oficiales y sus familias. El primer paso fue el cultivo de las parcelas que les
correspondían como miembros de algún calpulli; esas tierras eran los pillali, comúnmente
considerados “terrenos patrimoniales.” Sin embargo, Torquemada (lib. XIV, cap. VII, p.
546) dice: “Otro genero de Tierras llamaban Pillalli, como decir: Tierras de Hidalgos, ó
Nobles: Estos eran en dos maneras; vnos, que con la Nobleça heredaban las Tierras, y
otros, que por Valor, y Hechos haçañosos en la Guerra, el Señor los hacia Nobles, como
Cavalleros Pardos, y les hacia mercedes de Tierras, de donde se sustentasen; pero estos
no podian tener terrazgueros, y podian vender á otros principales, como no fuese cosa,
que el Señor huviese hecho la merced condicionalmente; y á ningun Macehual [hombre
común, quizá de maitl, mano, y ceualli, sombra, la mano de alguien que da protección y
sombra] los vnos, ni los otros no podian venderselas; porque por el mismo caso quedaban
perdidas, y entraba el Señor poseiendolas, y quedaban aplicadas al Calpulli, en cuia fuerte
caían, para que los de aquella parcialidad pagasen Tributo, conforme a la cantidad de Tierras, que
eran; y si alguno de estos moria sin Heredero, lo era el Señor.” Herrera (déc. III, lib. IIII,
cap. XVII, p. 138): “Havia Tierras señaladas, que andaban con el Señorio, que llaman de
Señorio, i de estas no podian los Señores disponer, i las arrendaban como querian, i lo
que se daba de renta, que era mucho, se gastaba en casa del Rei, porque alli, demás de
comian todos los Principales, comian también los Pasageros, i los Pobres, i por esto eran
muy honrados, i obedecidos los Reies; i lo que faltaba para el gasto, los suplian de sus
Patrimonios.” Veytia (lib. III, cap. VI, p. 195 [pp. 177-178]): “por ahora baste decir para
inteligencia de lo dicho, que en cada pueblo y lugar había una suerte de tierra en lo
mejor de ella, que era del rey o señor del estado […]. Para la siembra y labores de estas
tierras nombraba diariamente el calpixque, que era un ministro de república que había
en cada pueblo, los operarios que habían de trabajar en ellas de la gente plebeya y tributaria
y todos los frutos de las tierras pertenecían íntegramente al señor destinadas para la
manutención de su casa”. Ixtlilxochitl, “Historia de la nación”, cap. XXXV, pp. 242-244
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 169
[pp. 89-91]; Bustamante, 3a. parte, cap. V, pp. 234ss; Oviedo, lib. XXXIII, cap. LI, vol. III, p.
536. Ya hemos establecido que la tenencia individual del suelo era desconocida, y tam-
bién hemos demostrado que los cargos no eran hereditarios; por lo tanto, no podemos
dejar de reconocer:
1] En el pillali de Torquemada, la chinampa original del jefe en cuanto miembro de un
grupo de parentesco.
2] En las tierras mencionadas por Herrera y Veytia, “tierras oficiales” especialmente
reservadas para las necesidades de las casas oficiales y sus ocupantes. Esas tierras “iban
con el cargo”.
No es posible asignar una fecha a la introducción de este nuevo rasgo entre los mexi-
canos, pero no podemos dejar de asombrarnos ante el hecho de que los cronistas texcocanos
lo mencionan especialmente, relacionándolo con la época en que Nezahualcoyotl llegó a
ser señor de Texcoco (cf. Ixtlilxochitl, cap. XXV; Veytia, lib. III, cap. VI, p. 195 [pp. 177-
178]; Bustamante, 3a. parte, cap. V). La relación está implícita más bien que expresa, y
apenas permite suponer que ese cambio debe de haber ocurrido alrededor del fin del siglo
XIV y comienzos del XV. Desde luego, nos referimos aquí sólo a los mexicanos, y no a las
tribus de tierra firme.
54. Durán, caps. IX y X; Tezozomoc, caps. VII a XV; Joseph de Acosta, lib. VII, caps. 12
y 14; Herrera, déc. III, lib. II, caps. XII y XIII; Ixtlilxochitl, caps. XXX a XXXII; Torquemada,
lib. II, caps. XXXV a XXXVII; Veytia, lib. II, caps. I, LI a LIV; Clavijero, lib. III, caps. 17-19;
Bustamante, 1a. parte, cap. XXIII; Prescott, History of the Conquest of Mexico, 1869, vol. I,
lib. I, cap. II, pp. 15 y 18 [Historia de la conquista de México, México, Porrúa, 1976].
55. Incluso se dice que la causa de la guerra fue la petición de piedra y madera que los
mexicanos hicieron para la construcción de un canal desde Chapultepec hasta su pueblo
(cf. Durán, cap. VIII, p. 63 [p. 70]; Tezozomoc, cap. V, pp. 11-12 [pp. 237, 238]). Joseph
de Acosta (lib. VII, cap. II, p. 476 [cap. 11, p. 337]): “Con esta ocasión, ora sea que ellos de
propósito la buscasen para romper con los tepanecas, ora que con poca consideración se
moviesen, en efecto enviaron una embajada al rey de Azcapuzalco, muy resoluta, dicien-
do que del agua que les había hecho merced no podían aprovecharse por habérseles
desbaratado el caño por muchas partes; por tanto, le pedían les proveyese de madera, y
cal, y piedra, y enviase sus oficiales, para que con ellos hiciesen un caño de cal y canto que
no se desbaratase.” De ahí en adelante Chapultepec fue territorio específicamente mexi-
cano, siendo la fuente de agua dulce de la ciudad. Cuando Cortés avanzó contra la tribu
por segunda vez, tomó el cerro después de una lucha breve pero desesperada (Cortés,
“Carta tercera”, p. 71 [pp. 131-132]; Díaz del Castillo, cap. CL, p. 176 [p. 500]; Clavijero,
lib. X, cap. 17). Véase también García Icazbalceta, en su introducción al tercer diálogo de
Cervantes de Salazar, en México en 1554, pp. 256-257; Veytia, lib. III, cap. I, vol. III, p. 142
[p. 156]; Bustamante, 2a. parte, cap. I, p. 148.
56. Joseph de Acosta (lib. VII, cap. XII, p. 485 [cap. 13, p. 343]) dice que tomaron todas
las tierras para sí: “Con esto, los de Azcapuzalco quedaron tan pobres, que ni aun semente-
ra para sí tuvieron.” Durán (cap. IX, p. 79 [p. 83, § 50]): “ellos fueron a Azcaputzalco y se
entregaron en las tierras de él y las repartieron entre sí”. Tezozomoc, cap. X, pp. 16-17 [p.
254]. Es difícil conectar éstas y otras afirmaciones similares con los hechos positivos que
relatan Zorita (p. 11 [p. 469]: “Al Señor de México habían dado la obediencia los Señores
de Tlezcuco y Tlacuba en las cosas de guerra, en lo demás eran iguales, porque no tenía
el uno que hacer en el señorío del otro”), Veytia (lib. III, cap. III, p. 161 [pp. 157-158]) e
incluso Ixtlilxochitl (cap. XXXIV, p. 235 [p. 88]), que establecen la completa independen-
cia territorial de los tecpanecas respecto a los mexicanos, incluso después de su derrota.
170 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS
Durán dice también (cap. IX, p. 77 [p. 81]) que los tecpanecas prometieron tributo y
tierras. Tezozomoc (cap. IX, p. 16 [p. 248]) lo confirma, diciendo que ofrecían tributo,
servicio personal y asistencia en la guerra. No es posible conciliar estas informaciones
divergentes más que admitiendo que los tecpanecas se sometieron a la manera ordinaria
de las conquistas indias, es decir, al tributo y la asistencia militar, y también a la reserva
para fines tributarios de ciertas parcelas cuyos productos se destinaban exclusivamente a los
conquistadores. De esto último tenemos prueba positiva (cf. Durán, cap. IX, p. 79 [p. 83];
Tezozomoc, cap. IX, p. 17 [p. 249]). Solamente estos autores mencionan que esas parcelas
fueron dadas a personas o individuos. Pero esto es imposible, puesto que en México no
aparece posesión individual de la tierra ni siquiera en la época de la conquista, como
veremos más adelante. Por consiguiente, esas parcelas deben de haber sido entregadas a
esas personas como representantes de determinados grupos de parentesco o calpulli, como
se desprende de las palabras de Tezozomoc (cap. XV, p. 21 [p. 268]): “y las tierras repar-
tamos entre todos nosotros, para que de ellas alguna pasadía y sustento de nosotros, de
nuestros hijos y descendientes”. Además, Durán afirma que la división tuvo lugar en
beneficio de los jefes y de los barrios (o calpulli), lo que de nuevo tiende a demostrar que
eran “tierras oficiales” o “tierras del grupo de parentesco” apartadas para los conquista-
dores en el territorio conquistado. Que una parte de ellas se destinaba a fines religiosos,
lo dicen Joseph de Acosta (lib. VII, cap. 13, p. 483 [p. 343]) y Durán (cap. IX).
57. Durán, cap. IX, pp. 79-80 [p. 83]. Tezozomoc (cap. IX, p. 16 [p. 248]): “Para aman-
sar y traer á paz á los mexicanos que tan pujantes y orgullosos estaban contra los tecpanecas,
dijeron estos: Señores mexicanos, como vencidos que somos de vosotros, ya os tenemos
dadas nuestras hermanas é hijas que os sirvan y á vuestras mujeres, y nos proferimos á
vasallaje, y todas las veces que fuéredes en guerras y batallas con extraños iremos noso-
tros como vasallos, y llevarémos á cuestas vuestro matalotaje, y llevaremos a cuestas vues-
tras armas, y en caso que en las guerras alguno ó algunos de los mexicanos murieren, nos
proferimos á traernos los cuerpos cargados á vuestra tierra y ciudad, y ser con honra
enterrados, y venidos que seáis de las guerras, y ántes y despues, barreremos y regaremos
vuestras casas; tendremos cuidado de vosotros con nuestros servicios personales, pues así
estamos obligados conforme á usanza de guerra, y nosotros de servidumbre.” Los mexi-
canos entonces hablaron para sí mismos, diciendo: “habéis oido y visto las promesas,
sujecion y dominio con que se someten a nosotros estos tecpanecas Atzcaputzalcas ofre-
ciéndose darnos para nuestras casas madera, tablazon, piedra, cal, y sembrarnos maiz,
frijol, calabaza, especia de la tierra, chile y tomate, y ser nuestros criados, y los mayores
de ellos nuestros mayordomos”. Esto expresa la medida de la sujeción de una tribu a otra.
Zorita nos informa además (pp. 66-67 [p. 481]) que “los reyes mexicanos y sus aliados los
de Tlezcuco y Tlacuba, en todas las provincias que conquistaban y ganaban de nuevo
dejaban los Señores naturales della en sus señoríos, así á los supremos como á los inferio-
res, y á todo el común dejaban sus tierras y haciendas, é los dejaban en sus usos é costum-
bres y manera de gobierno, y para sí señalaban algunas tierras, según era lo que ganaban,
en que todo el común les labraban y hacían sementeras, conforme á lo que en cada parte
se daba, y aquello era lo que se les había de dar por tributo y en reconocimiento de
vasallaje, y con ello acudían los súbditos á los mayordomos é personas que el Señor tenía
puestas para la cobranza, y ellos acudían con ello á las personas que les mandaban los
Señores de México ó de Tlezcuco ó de Tlacuba, cada uno al que había quedado por
sujeto, é con la obediencia, é á le servir en las guerras: y esto era general en todas las
provincias que tenían sujetas, y se quedaban tan Señores como antes, con todo su señorío
é gobernación de él y con la jurisdicción civil y criminal”. Sin embargo, tenemos relatos
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 171
detallados sobre determinadas tierras que fueron asignadas por los mexicanos a determi-
nados jefes (Tezozomoc, cap. XV, p. 24 [p. 268]); se hizo en ocasión de conferir ciertos
títulos y dignidades a esos mismos jefes. Sin embargo, esos títulos y dignidades no eran
hereditarios sino electivos. Durán (cap. XI, p. 103 [pp. 103-104, § 33-35]): “A estos cuatro
señores y dictados, después de electos príncipes les hacían del consejo real, como presi-
dentes y oidores del consejo supremo, sin parecer de los cuales ninguna cosa se había de
hacer, y, muerto el rey, de aquellos había de ser electo el rey y no de otros. Y tampoco
podían ser puestos en este cargo y dictados, si no eran hijos o hermanos de reyes. Y así,
electo uno de estos cuatro, luego ponían otro en su lugar. Y es de saber que no ponían
hijo del que elegían por rey, o del que moría, porque –como ya tengo dicho– nunca
heredaron los hijos por vía de herencia, los dictados y los señoríos, sino por elección. Y
así, agora fuese hijo, agora fuese hermano, agora primo, como fuese electo por el rey y
por los de su consejo para aquel dictado, le era dado: bastaba ser de aquella línea y pa-
riente cercano. Y así iban siempre los hijos y los hermanos heredándolo, poco a poco; si
no esta vez, la otra, o si no, la otra, y así, nunca salía de aquella generación aquel dictado
y señorío, eligiéndolos poco a poco. Estos señores tenían vasallos que les tributaban;
pueblezuelos, estancias, terrazgueros que les daban de todo género de mantenimiento y
ropa.” También se dice que los mexicanos, cuando conquistaron a los tecpanecas, distri-
buyeron de sus tierras a los barrios (Durán, cap. IX, p. 79 [p. 83], y Joseph de Acosta, lib.
VII, cap. 13, p. 485 [p. 343]: “Señalaron también tierras de común para los barrios de
México, a cada uno las suyas, para que con ellas acudiesen al culto y sacrificio de sus
dioses”).
Si consideramos atentamente todo lo dicho, encontramos:
1] Que la conquista no ocasionó ninguna modificación en la tenencia de la tierra, ni la
conversión del territorio tecpaneca en dominio mexicano.
2] Que se apartaron algunas parcelas, que siguieron siendo de los conquistados y
trabajadas por ellos según el plan comunal acostumbrado, pero cuyos productos se desti-
naban exclusivamente al tributo.
3] Que esos productos se dividían, conforme a la organización de los mexicanos, entre
las necesidades oficiales (del tecpan y el calpulli en cuanto casa oficial de los barrios), las
del pueblo (los “barrios”) y las del culto. La analogía con Perú (incas, culto y pueblo) es
notable.
Por lo tanto la distribución de tierras a ciertas personas, mencionada en relación con
la conquista de los tecpanecas, indica simplemente que esas tierras fueron asignadas al
mantenimiento de esos cargos; no se convirtieron en “feudo” hereditario de una familia.
Durán expresa sin lugar a dudas que el oficio pertenecía al grupo de parentesco (la “lí-
nea”, la “generación”) y no era hereditario. Por consiguiente, las tierras pertenecían al
cargo como rasgo gubernamental del grupo de parentesco o calpulli, y no a la persona o
al hijo de su ocupante. Del mismo modo, algunas parcelas (o más bien sus productos)
iban al tecpan o a sus ocupantes, como rasgo gubernamental de la tribu (Bustamante, 3a.
parte, cap. V, p. 233).
58. Durán, cap. XII, cap. XIII, p. 114 y cap. XIV, p. 123 [p. 122]; Tezozomoc, cap. XVII,
p. 28 [p. 276] y cap. XVIII, p. 29 [p. 278]; y Joseph de Acosta.
59. Durán, cap. XVII, p. 152 [p. 151]; Tezozomoc, cap. XXVI, pp. 39-41 [pp. 303-304];
Joseph de Acosta, lib. VII, cap. 16, p. 493 [pp. 347-348], etcétera.
60. De las cinco tribus nahuas establecidas originalmente en el valle de México, tres
estaban por entonces sometidas a los mexicanos. En consecuencia, sólo faltaban los
texcocanos o acolhuas. Territorialmente, es probable que estos últimos ocuparan la ma-
172 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS
yor extensión, pero los mexicanos y sus aliados los aventajaban en posición y en número.
61. Durán (cap. XIV, p. 124 [p. 122] y cap. XV, pp. 125-132 [pp. 125-131]) menciona
una lucha fingida entre los mexicanos y los texcocanos, que terminó en una confedera-
ción. Joseph de Acosta (lib. VII, cap. 15, p. 490 [pp. 346-347]) lo confirma. Herrera (déc.
III, lib. II, cap. XIII, p. 64) habla de una sumisión voluntaria de los texcocanos. Tezozomoc
(caps. XIX y XX) afirma que los texcocanos fueron efectivamente conquistados por los
mexicanos. Por otra parte, Ixtlilxochitl (cap. XXXIV), Torquemada (lib. II, cap. LVII, p. 175),
Veytia (lib. III, cap. V) y Bustamante (2a. parte, cap. V) afirman que hubo una lucha, en la
que los mexicanos fueron derrotados y después de la cual quedó firmemente establecido
el “imperio” feudal texcocano. La verdad se encuentra probablemente entre los dos ex-
tremos, como lo reconocen Torquemada (lib. II, cap. LVII, p. 175) y Durán (cap. XIV, p. 123
[p. 121]) y lo expresa finalmente Zorita (p. 11 [p. 469]) en esta forma: “Al Señor de
México habían dado la obediencia los Señores de Tlezcuco y Tlacuba en las cosas de la
guerra, y en lo demás eran iguales, porque no tenía el uno que hacer en el señorío del
otro.” Herrera adopta esa opinión, que copia casi textualmente (déc. III, lib. IIII, cap. XV,
p. 133).
62. La única confesión existente en autores específicamente mexicanos sobre el tema
de los tecpanecas de Tlacopan está en Durán (cap. XIV, p. 123 [p. 122]). Pero Ixtlilxochitl
(cap. XXXII, pp. 218-220 [p. 83]) dice: “Y así muy a la clara se ve ser las tres cabezas de
esta Nueva España los tres referidos, y el de Tetzcuco y México ser iguales, y después de
ellos Tlacopan; demás de que esto está averiguado.” Torquemada (lib. II, cap. LVII, p. 175),
Veytia (lib. III, cap. III), Clavijero (lib. IV, caps. 2 y 3) y Bustamante (3a. parte [2a. parte],
cap. II, pp. 161-163) afirman categóricamente que los texcocanos insistieron en tener a
los tecpanecas como tercer miembro de la confederación. Como los autores mexicanos
no lo contradicen, y las fuentes imparciales como Zorita y Herrera afirman el hecho de la
igualdad de poderes y la autonomía territorial (véase n. 61), nos sentimos autorizados a
admitir esto como un hecho establecido.
63. Zorita, p. 11 [p. 468-469].
64. Zorita, p. 11 [ibid.]; Herrera, déc. III, lib. IIII, cap. XV, p. 133.
65. Mendieta, lib. II, cap. XXXVII, p. 153; Torquemada, lib. XI, cap. XXVI, p. 353; Durán,
cap. XXXII, p. 255 [p. 249], cap. XXXIX, p. 303 [p. 295], cap. XLI, p. 325 [p. 321] y cap. LII,
p. 409 [p. 397]; Tezozomoc, cap. XLI, p. 66 [p. 375], cap. LVI, p. 91 [p. 439], cap. LX, cap.
LXI, p. 100 [pp. 458-459] y cap. LXXXII, pp. 142-143 [pp. 572-573]; Ixtlilxochitl, cap. I,
pp. 2-3 [p. 7], cap. LX, p. 49 [p. 157] y cap. LXX, p. 102 [p. 177]. Véase también Veytia,
pero especialmente Clavijero, quien es sumamente categórico (lib. IV, cap. 3 [p. 269]):
“Además de esto, ambos reyes fueron constituídos electores honorarios del rey de Méxi-
co, el cual honor consistía solamente en ratificar la elección hecha.”
66. Zorita, p. 67 [pp. 481-482]; Herrera, déc. III, lib. IIII, cap. XV, p. 133; Torquemada,
lib. XIV, cap. VIII, pp. 546-547.
67. Herrera, déc. III, lib. IIII, cap. XV, p. 133.
68. Torquemada, lib. II, cap. LVII, p. 175 y cap. XXXIX, p. 144, y lib. XIV, cap. VIII, pp. 546-
548); Zorita, p. 12 [pp. 468-469]; Ixtlilxochitl, cap. XXXII, pp. 219-220 [pp. 82-83]; Veytia,
lib. III, cap. III, pp. 164-165 [p. 159]; Bustamante, 2a. parte, cap. III, pp. 163-165; Clavijero,
lib. IV, cap. 3.
69. Zorita, p. 67 y p. 66 [p. 481]: “se les había de dar por tributo y en reconocimiento
de su vasallaje, y con ello acudían los súbditos á los mayordomos é personas que el Señor
tenía puestas para la cobranza […] y se quedaban tan Señores como antes, con todo su
señorío é gobernación de él y con la jurisdicción civil y criminal”. Andrés de Tapia (“Re-
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 173
reales y de cultivar los jardines, concurriendo ellos con su dirección y costos, y los plebe-
yos de su distrito con su trabajo personal. Tenían también obligación de hacer corte al rey
y de acompañarle siempre que se dejaba ver en público, por los cual tenían mucha esti-
mación entre los mexicanos. Cuando moría algún señor de éstos, entraba el hijo mayor
en posesión de las tierras con el mismo gravamen que su padre; pero si iba a establecerse
a otra parte las perdía, y el rey o por sí nombraba un nuevo usufructuario, o lo dejaba a
arbitrio del pueblo en cuyo distrito estaban situadas las tierras.”
Estas citas muestran en forma concluyente que el suelo del tecpantlalli era del grupo de
parentesco, y sólo los productos se destinaban a ciertos propósitos oficiales. Sus ocupan-
tes no eran siervos, puesto que está claro que podían marcharse cuando quisieran; sólo
que –como cualquier otro miembro de un calpulli, según mostraremos más adelante– si se
iban perdían el derecho a usar esa parcela en particular. Eran realmente “artesanos ofi-
ciales”.
76. Ixtlilxochitl, cap. XXXV, p. 242 [p. 90]. Veytia (lib. III, cap. VI, p. 195 [p. 177]): “Esta
debía tener cuatrocientas medidas de las suyas en cuadro; cada medida componía tres
varas castellanas.” Cf. “Sobre el arte de la guerra”, supra, p. 116, n. 183. La vara castella-
na equivale a 83.59 centímetros.
77. De tlatoca o tlatoani, el que habla o los que hablan, y tlalli. Ms de Simancas, p. 223.
Herrera (déc. III, lib. IIII, cap. XVII, p. 138): “Havia Tierras señaladas, que andaban con el
Señorío, que llaman de Señorío, i de estas no podian los Señores disponer, i las arrenda-
ban como querian, i lo que se daba de renta, que era mucho, se gastaba en casa del Rei.”
78. Veytia, lib. III, cap. VI, p. 195 [p. 178]. Sería superfluo volver sobre la errónea
opinión de que los jefes podían disponer de ellas.
79. Con frecuencia se habla de “propiedades patrimoniales”, pero la cuestión es dón-
de se encuentran. Ni el tecpantlalli ni el tlatocatalli, y mucho menos el calpulalli, muestran
ningún rasgo de propiedad individual. La palabra “heredad” se aplica indistintamente a
milli y cuemitl (Molina, I, p. 57 [Siméon, p. 276]). Este último término se traduce también
como “tierra labrada, o camellón” (Molina, II, p. 26 [Siméon, p. 133]), lo que recuerda al
chinamitl (también “camellón”), y lo reduce a las proporciones de una parcela cultivada
ordinaria, igual a las otras contenidas en el área del calpulli. Las “tierras o heredades de
particulares, juntas en alguna vega” son llamadas tlalmilli, palabra que se descompone en
tlalli, suelo, y milli. Pero “vega” significa un campo fértil, y así tenemos de nuevo la con-
cepción de tierras comunales, divididas en parcelas cultivadas por familias particulares,
como necesariamente implica la idea de tenencia comunitaria.
80. “Sobre el arte de la guerra”, supra, pp. 78-79. L.H. Morgan, Ancient society, 2a.
parte, cap. VII, pp. 190-191.
81. Humboldt, Essai politique sur la Nouvelle Espagne, 1825, vol. II, lib. III, cap. VIII, p. 50
[Ensayo político sobre el reino de la Nueva España, México, Miguel Ángel Porrúa/Instituto
Cultural Helénico, 1985, ed. facsimilar, t. I, lib. III, cap. VIII, pp. 338-339]. Casi todos los
autores antiguos dicen que los edificios públicos estaban rodeados por jardines ornamen-
tales. Considerando que la ciudad había sido fundada en 1325, y los mexicanos habían
dedicado casi un siglo a rellenar el pantano a fin de extender el espacio originalmente
pequeño en que se habían establecido, es muy sorprendente que tan pronto hubiesen
podido crear parques ornamentales en esa área, absolutamente vital para su subsistencia.
82. La tribu mexicana propiamente dicha residía exclusivamente en la población de
Tenochtitlan. Los asentamientos de Iztapalapan, Huitzilopochco y Mexicaltzinco no eran
sino puestos militares que protegían las salidas de las calzadas hacia el sur. Tepeyacac
(Guadalupe Hidalgo) era una posición similar –insignificante en cuanto a su población–
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 175
en el norte. Chapultepec era un lugar sagrado, prácticamente deshabitado, que los mexi-
canos reservaban exclusivamente para entierros, y por los manantiales que proveían a la
ciudad de agua potable.
83. Tezozomoc, cap. XV, p. 24 [p. 268]. Cf. n. 57.
84. Tezozomoc, cap. X, p. 18 [p. 253]; Zorita, p. 227 [pp. 517-518]. Herrera (déc. III,
lib. IIII, cap. XVII, p. 138): “i no era en mano del Señor disponer de estos Tributos á su
voluntad, porque se alteraba la Gente, i los Principales”. Esto se refiere especialmente al
tributo por barrios.
85. Historia antigua de Mexico, lib. VII, cap. 14 [pp. 211-212].
86. Ixtlilxochitl, cap. XXXV, p. 242 [pp. 90-91]; Torquemada, lib. XIV, cap. VII, p. 545.
87. Narratives of the Rites and Laws of the Yncas, translated from the original Spanish
manuscripts, and edited by Clement R. Markham, ed. Hakluyt Society, 1873. [Instrucción contra
las cerimonias y ritos que usan los indios conforme al tiempo de su infidelidad (c. 1560) y Tratado
y averiguación sobre los errores y supersticiones de los indios (c. 1560), en Colección de libros y
documentos referentes a la historia del Perú, 1a. serie, vol. III, Lima, 1917; “Relación acerca del
linaje de los Incas y cómo conquistaron y acerca del notable daño que resulta de no
guardar a estos yndios sus fueros” (1571), en Colección de documentos inéditos relativos al
descubrimiento, conquista y colonización de las posesiones españolas en América y Oceanía, sacados
en su mayor parte del Real Archivo de Indias, dir. por Joaquín Pacheco, F. de Cárdenas y Luis
Torres de Mendoza, 42 vols., Madrid, 1864-1884, vol. 17 (1872), pp. 1-177.] Juan Polo de
Ondegardo fue regidor del Cuzco en 1560 y sus relaciones son documentos sumamente
importantes (cf. Prescott, History of the Conquest of Peru, n. al lib. I, cap. V). Confirmado por
García, lib. IV, cap. XVI, p. 102 [p. 162].
88. Zorita (p. 50 [p. 478]): “La tercera manera de Señores se llamaban y llaman calpullec
ó chinancallec en plural [esto es evidentemente incorrecto, puesto que es fácil distinguir
entre sí las palabras calpulli y chinancalli. Sin embargo, chinancalli significa según Molina
(II, p. 21 [Siméon, p. 103]), “cercado de seto”, es decir, un lugar cercado, y si lo conecta-
mos con el original chinamitl evoca poderosamente los primeros tiempos, en que los mexi-
canos vivían en una extensión muy reducida de suelo más o menos sólido. Hay más
evidencia en apoyo de la opinión que hemos adoptado sobre el desarrollo de la tenencia
de la tierra en la tribu mexicana. No debemos olvidar que el término es nahuatl, y reco-
nocido como tal por todas las demás tribus aparte de los mexicanos propiamente dichos.
La interpretación como “familia” en la lengua quiché de Guatemala, que ya hemos men-
cionado, aparece aquí con la mayor importancia], y quiere decir, cabeças ó parientes
mayores que vienen de muy antiguo; porque calpulli ó chinancalli, que es todo uno,
quiere decir barrio de gente conocida ó linaje antiguo, que tiene de muy antiguo sus
tierras y términos conocidos, que son de aquella cepa, barrio ó linaje.” “Estos capullec ó
linajes ó barrios son muchos en cada provincia, y también tenían estas cabezas ó calpulli
los que se daban á los segundos Señores, como se ha dicho, de por vida. Las tierras que
poseen fueron repartimientos de cuando vinieron á la tierra y tomó cada linaje ó cuadri-
lla sus pedazos ó suertes y términos señalados para ellos y para sus descendientes, é ansí
hasta hoy los han poseído, é tienen nombre de calpullec; y estas tierras no son en particu-
lar de cada uno del barrio, sino en común del calpulli.” Ramírez de Fuenleal, carta fecha-
da en México, 3 de noviembre de 1532 (en Ternaux-Compans, Recueil de pièces, p. 253):
“Hay muy pocas personas en los pueblos que tengan tierras propias […] porque las tie-
rras se tienen y se cultivan en común.” Herrera (déc. III, lib. IIII, cap. XV, p. 137 [p. 135])
confirma en forma condensada las afirmaciones de Zorita: “i no son particulares de cada
uno, sino en común”. Torquemada, lib. XIV, cap. VII, p. 545. Veytia (lib. III, cap. VI, p. 196
176 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS
[p. 178]): “Finalmente había otras suertes de tierra en cada pueblo, que llamaban calpollali,
es decir tierra de los barrios, que se labraba también en comunidad.” Oviedo, lib. XXXII,
cap. LI, pp. 536-537; Clavijero, lib. VII, cap. 14; Bustamante, 3a. parte, cap. V, p. 232.
89. Zorita (p. 52 [p. 478]): “el que las posee no las puede enajenar, sino que goce de
ellas por su vida”. Herrera (déc. III, lib. IIII, cap. XV, p. 135): “i el que las poseía, no las
podia enagenar, aunque las goçaba por su vida”. Torquemada, lib. XIV, cap. VII, p. 545.
Hay frecuentes menciones de disputas por tierras, pero se refieren al disfrute y la pose-
sión, no a la transferencia de la propiedad. El barón de Humboldt (Vistas de las cordilleras,
lám. 12) reproduce una pintura mexicana que representa un litigio por tierras. Sin em-
bargo, esa pintura es posterior a la conquista, como lo demuestra el hecho de que uno de
los litigantes es indio y el otro español. Ocasionalmente se dice que ciertas tierras “po-
dían venderse”, pero ya hemos mostrado que todas esas tierras, como el pillali, eran
propiedad colectiva, y sólo su uso se concedía a individuos y sus familias.
90. Zorita (p. 93 [p. 478]): “Podíanse dar estas tierras á los de otro barrio ó calpulli á
renta; y era para las necesidades públicas y comunes.” Herrera (déc. III, lib. IIII, cap. XV,
p. 134 [p. 135]): “i se podian dar à Renta à los de otro Linage”.
91. Zorita (p. 52 [p. 478]): “si alguna casa se acaba, ó acaba muriendo todos, quedan
las tierras al común del calpulli, y aquel Señor ó pariente mayor las da á quien las ha
menester del mismo barrio”.
92. Zorita, pp. 60-62 [pp. 478-479]; Ramírez de Fuenleal, p. 249.
93. Zorita, p. 60 [p. 480]: “Los comunes de estos barrios ó calpullec siempre tienen
una cabeza, é nunca quieren estar sin ella, é ha de ser de ellos mesmos é no de otro
calpulli, ni forastero, porque no lo sufren, é ha de ser principal y habil para los amparar
y defender; y lo elegían y eligen entre sí […] y no por sucesión, sino muerto uno eligen á
otro, el más honrado, sabio y hábil á su modo, y viejo, el que mejor les parece para ello. Si
queda algún hijo del difunto suficiente, lo eligen, y siempre eligen pariente del difunto,
como lo haya y sea para ello” (pp. 50 y 222 [pp. 478 y 517-518]). Ms de Simancas (p. 225):
“En cuanto al modo de regular la jurisdicción y elección de los alcaldes y regidores de los
pueblos, nombraban a hombres notables que tenían el título de achcacauhlitin.” Cf. “So-
bre el arte de la guera”, supra, p. 69.
94. Zorita, pp. 60-61 [pp. 479-481]. Herrera (déc. III, lib. IIII, cap. XV, p. 123 [p. 135]):
“i le elegian entre si, i tenian por maior”.
95. Zorita (pp. 61-62 [p. 480]): “Este principal tiene cuidado de mirar por las tierras
del calpulli y defenderlas, y tiene pintadas las suertes que son, y las lindes, é adónde é con
quién parten términos, y quien las labra, é las que tiene cada uno, y cuáles están vacas, y
cuáles se han dado á españoles, y quién é cuándo é a quien las dieron; y van renovando
siempre sus pinturas según los sucesos, y se entienden muy bien por ellas.” Es singular
que Motolinia, en su “Epístola proemial” (García Icazbalceta, Colección de documentos, vol. I,
p. 5), no mencione estos registros entre los cinco libros de pinturas que dice que tenían
los mexicanos. Tampoco aparecen en su carta de Cholula, 27 de agosto de 1554 (Ternaux-
Compans, Recueil de pièces). Sahagún (lib. VIII, cap. XV, p. 301 [cap. XIV, pp. 310, § 2.1])
dice: “porque primeramente demandaban la pintura, en que estaban escritas, o pintadas
las causas, como hacienda, o casas o maizales” (ibid., cap. XXV p. 314 [cap. XVII, pp. 315-
316, § 1-2]). Esto tiende a probar la existencia de tales pinturas. Mendieta, lib. II, cap.
XXVII, p. 135. Torquemada (lib. XIV, cap. VIII [cap. VII], p. 546): “y para escusar confusion
en el conocimiento de estas Tierras, las tenian pintadas, en grandes lienços; de tal mane-
ra, que las tierras de los Calpules, estaban pintadas con color amarillo claro, y las de los
principales con un color encarnado, y las Tierras de la recamara del Rei, con color colo-
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 177
rado, mui encendido, y así con estos colores, en abriendo cualquier pintura se veia todo
el Pueblo, y sus Terminos, y limites, y se entendia cuias eran, y en qué parte estaban, que
era vna curiosidad mui grande”. Esto de nuevo confirma nuestra opinión sobre la distri-
bución del suelo, y puede ser significativo el hecho de que las dos últimas clases se distin-
guieran sólo por diferentes matices de rojo. Clavijero (lib. VII, cap. 14) lo confirma. Sin
embargo, la explicación de Zorita cubre todo el asunto y explica las dos últimas afirma-
ciones.
96. Zorita, pp. 56, 62 [pp. 478-479, pp. 480-481]. Citamos de preferencia a Zorita
porque ningún otro autor, que sepamos, da tantos detalles.
97. Tlalmilli, “tierras o heredades de particulares, que están juntas en alguna vega”
(Molina, II, p. 124 [Siméon, p. 602: “Tierra cultivada, campo, propiedad”]).
98. Cada familia, representada por el hombre que la encabezaba, obtenía determina-
da extensión para su cultivo y uso. Zorita, p. 55 [pp. 478-479] dice que algún miembro
del calpulli, porque ningún miembro de otro tenía derecho a establecerse en esa área; p. 53
[p. 479]: “había ó hay sin tierras, el pariente mayor, con parecer de otros viejos, les daba
y da las que han menester, conforme á su calidad y posibilidad para las labrar: y pasaban
y pasan a sus herederos”; p. 56 [p. 479]: “El que tenía algunas tierras de su calpulli, si no
las labraba dos años por culpa o negligencia suya, y no habiendo causa justa […] le
apercibían que las labrase á otro año, y si no, que se darían a otro, é así se hacía.”
Bustamante, 3a. parte, cap. I, p. 190. El hecho de que cualquier asignatario de un tlalmilli
pudiera arrendar sus tierras, si estaba ocupado en algo que le impedía trabajarlas perso-
nalmente, deriva de que las tierras del calpulli se describen a veces como comunales y
otras como privadas. Además, se dice de los comerciantes que, por la naturaleza de sus
ocupaciones, estaban la mayor parte del tiempo ausentes, que también eran miembros y
participantes de un calpulli (Zorita, p. 223 [pp. 517-518]; Sahagún, lib. VIII, cap. III, p. 349
[cap. XIX, pp. 325-327]). Pero como todos los mexicanos pertenecían a algún grupo de
parentesco, que tenía tierras según el plan antes expuesto, se comprende que los que no
podían trabajarlas personalmente, por tener otras tareas al servicio de los intereses de la
comunidad, conservaban sus parcelas por medio de otros que las trabajaban en su bene-
ficio. No era el derecho de tenencia lo que autorizaba la labranza, sino que el hecho de
labrar la tierra para cierto propósito y beneficio aseguraba la posesión o la tenencia.
99. Es precisamente el pillali lo que plantea las mayores dificultades a esta investiga-
ción, y a una concepción clara del modo de tenencia de la tierra en el México antiguo. En
general aparece (cuando se menciona) como dominio privado de los jefes. Torquemada
(lib. XIV [cap. VII], pp. 545-546) distingue dos tipos de pillali. Dice que el primero se podía
vender, aunque con la restricción de que las tierras obtenidas por conquista (“sujeción”)
o por “merced” del jefe debían pasar a los descendientes como mayorazgo, y si el ocupan-
te moría sin herederos pasaban al rey o señor, y eran incorporadas a sus tierras reales. El
otro tipo era absolutamente intransmisible. Clavijero, lib. XVII, cap. 14. Observamos aquí
una confusión entre las tierras oficiales y las parcelas del calpulli que correspondían a la
familia del jefe por su pertenencia la grupo de parentesco, y también entre las “tierras
tributarias” y las tierras oficiales de tribus conquistadas. Torquemada reconoce que, en
caso de extinción de la familia, el pillali era incorporado al calpulli al que esa familia
pertenecía, “para que pudieran pagar tributo”. Esto debería bastar para definir su verda-
dera situación y naturaleza.
100. De tlalli, suelo, y maitl, mano: “manos del suelo”. Molina (II, p. 124) incluye tlalmaitl,
labrador o gañán [Siméon, p. 601: “labrador, cultivador, jornalero”]. Este nombre se da
como distinto de “macehuales” o personas que trabajan la tierra, en general. Los tlalmaites
178 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS
son equivalentes a los mayeques. Véase Zorita (p. 224 [p. 518]): “tlalmactes ó mayeques,
que quiere decir labradores que están en tierras ajenas”. Los distingue claramente de los
teccallec, que son los tecpanpouhque o tecpantlaca ya mencionados, como encargados de una
clase de tierras oficiales (p. 211 [pp. 517-518]). Herrera (déc. III, lib. IIII, cap. XVII, p. 138):
“Estos Mayeques no se podian ir de unas Tierras á otras, ni dexar las que labraban, i
pagaban Renta de ellas á los dueños, en lo que se concertaban, en lo mesmo que cogian:
no tributaban á nadie, sino al Señor de la Tierra.”
Esto parece indicar que no existía una obligación establecida, una servidumbre, sino
un contrato voluntario; que los tlalmaites no eran siervos, sino simplemente arrendata-
rios. Torquemada (lib. XIV, cap. VII, p. 545): “los que eran Caballeros, y Descendientes de
las Casas de los Reies, y Señores, tenian sus Tierras conocidas, y sus arrendamientos,
donde muchos de ellos tenian terrazgueros, que los servían, labraban, y cultivaban las
sementeras, y les servian en sus Casas; estas Tierras se llamaban Pillalli, que quiere decir:
Tierra de Hidalgos, y Caballeros.” Nosotros preferimos la etimología de piltontli, “niño ó
niña, muchacho ó muchacha”, según Molina (II, p. 82 [Siméon, p. 384]) o pilzintli, “niño,
niña”, es decir, tierras de los niños, a la derivación de pilli. El título del jefe era tecuhtli, y
la palabra pilli seguramente sólo se usa para el ocupante de un puesto o cargo particular
y no es un título en sí. Bustamante (p. 330 [p. 230]): “Tanto los soberanos como los señores
inferiores y otros principales tenían tierras propias patrimoniales, y en ellas sus mayegues
ó Tlalmayes: lo que estos rendian eran tributos del señor.” Ibid., pp. 233-234.
Los “tlalmaites” parecen haber estado libres de otros tributos, y también de todo tra-
bajo comunal fuera del pillali (Bustamante, p. 233; Herrera, déc. III, lib. IIII, cap. XVII, p.
138). No está del todo claro, sin embargo, si esto se aplica únicamente a la tribu con-
quistada, como en el caso del tributo que esa tribu debía a sus conquistadores. Las re-
laciones detalladas entre ambas cosas todavía son algo oscuras y confusas en algunos
puntos.
101. Ramírez de Fuenleal, p. 253; Ms. Simancas, p. 224; Herrera, déc. III, lib. IIII, cap.
XVII, p. 138; Torquemada, lib. XIV, cap. VII, p. 545; Clavijero, lib. VII, cap. 14. Estos auto-
res mencionan únicamente el pillali, pero Motolinia (trat. II, cap. V, pp. 120-121) y Gómara
(p. 434 [cap. CCXII, p. 326]) lo aplican en general, y este último es incluso muy claro
acerca de los tributarios (“los pecheros”). También Zorita (p. 56 [pp. 478-479]), aunque
se contradice en la p. 51 [pp. 477-478].
102. Motolinia (trat. II, cap. V, p. 120): “sino que dejaban las casas y heredades á sus
hijos”. Gómara (p. 434 [cap. CCXII, p. 326]): “Es costumbre de pecheros que el hijo mayor
herede al padre en toda la hacienda raíz y mueble, y que tenga y mantenga todos los
hermanos y sobrinos, con tal que hagan ellos lo que él les mandare.” Clavijero (lib. VII,
cap. 13 [p. 209]): “Sucedían en México y en casi todo el imperio, a excepción, como ya
dijimos, de la casa real, los hijos a los padres y, a falta de los hijos, los hermanos.”
Bustamante, p. 219 [3a. parte, cap. IV, pp. 218-219]. Este autor habla sólo de los jefes,
pero las citas de Motolinia y Gómara se refieren directamente al pueblo en general.
103. L.H. Morgan ha investigado las costumbres relativas a la herencia no sólo entre
los indios del norte sino también entre los pueblos de Nuevo México, y ha establecido el
hecho de que el grupo de parentesco o gens, que podemos considerar con justicia como la
unidad de organización de la sociedad americana aborigen, participaba en la propiedad
del difunto. Lo ha demostrado entre otras cosas para los iroqueses (Ancient society, 2a.
parte, cap. II, pp. 75-76), los wyandottes (cap. VII, p. 153), las tribus de Missouri (p. 155), los
winnebagos (p. 157), los mandans (p. 158), los minnitarees (p. 159), los creeks (p. 161),
los choctas (p. 162), los chickasas (p. 163), los ojibwas (p. 167), así como los potowattomies,
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 179
crees y miamis (p. 168), los shawnees (p. 169), los saux, foxes y menominies (p. 170), los
delawares (p. 172) y los munsees y mohegans (p. 173). Finalmente, muestra que los indios
pueblo de Nuevo México tienen un modo de herencia si no idéntico al menos similar.
Sería fácil hallar más evidencias también de Sudamérica.
104. Ancient society, 2a. parte, cap. II, p. 75 y 4a. parte, cap. I, pp. 528-537.
105. Gómara, p. 201; García, lib. IV, cap. XXIII, p. 247; Piedrahita, 1a. parte, lib. I, cap.
5, p. 27; Joaquín Acosta, Compendio histórico del descubrimiento y colonización de la Nueva
Granada, cap. XI, p. 201; Ternaux-Compans, L’ancien Cundinamarca, pp. 21, 38.
106. Motolinia, trat. II, cap. V, p. 120; Gómara, p. 434 [cap. CCXII, p. 326]; Clavijero,
lib. VII, cap. 13; Zorita, pp. 42-43 [pp. 476-477].
107. Carta de Motolinia y Diego de Olarte a Luis de Velasco, Cholula, 27 de agosto de
1554 (Recueil, p. 407): “Las hijas no heredaban, era el hijo de la esposa principal.” Ade-
más, casi todos los autores indican sólo a un hijo varón, o a los hijos varones, como
herederos, sin que haya ninguna mención de hijas. En Tlaxcallan también se nos dice
expresamente que las hijas no heredaban (Torquemada, lib. XI, cap. XXII, p. 348). En
general, la posición de la mujer en el México antiguo era de gran inferioridad, escasa-
mente superior al que ocupa entre la mayoría de los indios. Compárese la descripción de
Gómara, p. 446 [cap. CCXXIII, p. 341] con las de Sahagún (lib. X, cap. I, p. 584 [p. 98] y
cap. XIII, pp. 602-604 [pp. 124-126]). Es un hecho generalmente admitido. H.H. Bancroft,
Native races, vol. II, cap. VI, p. 224, etcétera.
108. Motolinia, trat. II, cap. V, p. 120; Torquemada, lib. XIII, caps. XLII a XLVIII, pp.
515-529; Joseph de Acosta, lib. V, cap. 8, pp. 228-230; Gómara, pp. 436-437 [cap. CCXII,
pp. 326-327]; Mendieta, lib. II, cap. XL, pp. 162-163. Clavijero (lib. VI, cap. 39 [cap. 40,
p. 174]): “quemaban la ropa, las armas y algunos muebles”.
109. Motolinia (trat. II, cap. V, p. 120): “el cual hacer de testamento no se acostumbra-
ba en esta tierra, sino que dejaban las casas y heredades á sus hijos, y el mayor, si era
hombre, lo poseia y tenia cuidado de sus hermanos y hermanas, y yendo los hermanos
creciendo y casándose, el hermano mayor partia con ellos según tenia; y si los hijos eran por
casar, entrábanse en la hacienda los mismos hermanos, digo en las heredades, y de ellas
mantenian a sus sobrinos y de la otra hacienda”. Gómara (p. 434 [cap. CCXII, p. 326]): “Es
costumbre de pecheros que el hijo mayor herede al padre en toda la hacienda raíz y
mueble, y que tenga y mantenga todos los hermanos y sobrinos, con tal que hagan ellos lo
que él les mandare. A esta causa hay siempre en cada casa muchas personas. La razón por
donde no parten la hacienda es para no disminuirla con la partición y particiones que
una tras otra se harían.” Ms de Simancas (p. 224): “En relación con el calpulalli […] casi
todo lo heredaban los hijos varones.”
110. Zorita (p. 55 [p. 479]): “Si alguno había ó hay sin tierras, el pariente mayor, con
parecer de otros viejos, les daba y da las que han menester, conforme á su calidad y
posibilidad para las labrar.” Herrera, déc. III, lib. IIII, cap. XV, p. 135.
111. Esas mujeres célibes eran las “monjas” mencionadas con frecuencia por los escri-
tores antiguos. Tendremos ocasión de investigar el punto también en nuestro trabajo
sobre el sacerdocio en el México antiguo. Como ayudantes del culto, participaban en los
tributos que para ese fin pagaba cada calpulli, de los que ya hemos hablado.
112. Oviedo (lib. XXXIII, cap. LIV, pp. 547ss) registra una conversación con don Juan
Cano, sostenida en Santo Domingo el 8 de septiembre de 1544, en que Cano afirma
haberse casado con la hija de Moctezuma, viuda de Quauhtemotzin. Hay una informa-
ción indefinida de que cuando se casó con Quauhtemotzin ya era viuda de Cuitlahuatzin.
En Yucatán había matrimonios entre viudos y viudas, pero sin ninguna ceremonia. Cf.
180 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS
Landa, Relación de las cosas de Yucatán, París, 1865, ed. de Brasseur de Bourbourg, XXV,
p. 142 [México, Porrúa, 1959, cap. XXV, p. 43].
113. Véase supra, n. 108; las mismas citas son aplicables. Remitimos además a las
numerosas descripciones de ritos fúnebres, o más bien cremaciones, contenidas, por ejem-
plo, en Durán, Tezozomoc, Ixtlilxochitl, Veytia y Bustamante. También la cremación del
supremo jefe de guerra de Michoacán, relatada por Mendieta (lib. II, cap. XLI, pp. 164-
167). Nos abstenemos de incluir más citas porque el tema está ampliamente tratado por
todos los autores mencionados.
114. Zorita, p. 12 [pp. 468-469]; Gómara, p. 434 [cap. CCXII, pp. 326-327]; Torquemada,
lib. IX, cap. IV [cap. V, p. 177 y lib. XI, cap. XXVII, p. 356, etcétera.
115. Este hecho está demasiado demostrado para necesitar referencias especiales, y
reservamos su estudio definitivo para el trabajo que nos proponemos realizar sobre los
jefes de los mexicanos, y los deberes, poderes y funciones de su cargo.
116. Martín Fernández de Navarrete (Colección de los Viajes y Descubrimientos, vol. II,
Madrid, 1825, pp. 29-35): “Et insupre mandamus vobis in virtute sanctae obediantie est (sicut
pollicemini et non dubitamus pro vestra maxima devotione et Regia magnanimitate vos esse facturos)
ad terras firmas et insulas praedictas viros probos, et Deum timentes, doctos, peritos et expertos ad
instruendam incolas et habitatores praefatos in Fide Catholica, et in bonis moribus imbumdam destinare
debeatis, omnum debitam diligentiam in praemisis adhibentes.”
Mendieta, lib. I, cap. III, pp. 20-22; Herrera, déc. I, lib. II, cap. IIII, p. 41; Gómara,
pp. 168-169; Oviedo, lib. II, cap. VIII.
117. Herrera, déc. I, lib. II, cap. IV, p. 41; Oviedo, lib. II, cap. VIII, pp. 31-32; Gómara,
p. 168; Mendieta, lib. I, cap. III, pp. 18-20; y muchos otros. Todas estas autoridades
pueden resumirse en las palabras clásicas de Robertson (vol. I, lib. II, p. 159): “El papa,
como vicario y representante de Jesucristo, tenía supuestamente un derecho de dominio
sobre todos los reinos de la tierra.” Al parecer ya Grijalva, en 1518, había tomado formal-
mente posesión de la costa mexicana (Oviedo, lib. XVII, cap. XV, p. 525).
118. Herrera, déc. I, lib. VII, cap. XIV, pp. 197-198; Robertson, vol. I, lib. III, p. 271 y la
n. XXIII, p. 378.
119. Cortés supuso que existía un Estado o imperio mexicano y tomó sus medidas de
acuerdo con esa idea (“Carta segunda”, p. 12 [p. 32]). Gómara, p. 313 [cap. XXXIII, pp. 58-
59]; Díaz del Castillo, pp. 32-33 [cap. XXXVIII, pp. 93-94]; Oviedo, lib. XXXIII, cap. II, p. 261;
Torquemada, lib. IV, cap. XVI, pp. 386-387, etcétera.
120. Cortés, “Carta segunda”, pp. 13 y 15 [pp. 32 y 34]; Díaz del Castillo, cap. XLI, p. 36
[pp. 104-105]; Oviedo, lib. XXXIII, cap. II, p. 261; Andrés de Tapia, pp. 561-562; Gómara,
p. 320 [cap. XXXVII, p. 6]. Pero la principal evidencia es la que nos proporciona el docu-
mento publicado por García Icazbalceta en el vol. II de su Colección de documentos, titulado
“Real Ejecutoria de S.M., sobre tierras y reservas de pechos y paga, perteneciente a los
caciques de Axapusco, de la jurisdicción de Otumba” (pp. 5-9).
121. “Real Ejecutoria”, p. 7; Gómara, p. 320 [cap. XXXVII, p. 65]; Clavijero, lib. VIII,
cap. 11.
122. Los pueblos de Axapusco y Tepeyahualco están situados sobre el camino que va
de la ciudad de México a Tullantzinco, en el estado de México, al noroeste de San Juan
de Teotihuacan. Como indica el documento al que hemos hecho referencia, bajo el go-
bierno español estaban incluidos en la jurisdicción de Otumba. Ese documento merece
particular atención. Fue publicado por García Icazbalceta en el vol. II de su Colección de
documentos para la historia de México, y su autenticidad ha sido cuidadosamente examinada
–y en nuestra opinión plenamente probada– por José F. Ramírez. Su historia no carece
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 181
tenencia del suelo en el México antiguo. Para los fines de esta nota, nos detendremos
únicamente en su autenticidad, reservando los demás puntos para notas subsiguientes,
con excepción de dos que examinaremos a continuación.
De la merced de Cortés se desprende:
1] Que los jefes de Axapusco y Tepeyahualco no tenían tierras que consideraran de su
propiedad, hasta que Cortés se las dio.
2] Que su cargo no era hereditario hasta que Cortés lo convirtió en tal en esa misma
ocasión.
Las dos conclusiones son de gran importancia para el tema de este trabajo, y deben
tenerse presentes porque tendremos ocasión de volver a referirnos a este documento.
123. “Real Ejecutoria”, p. 6; Andrés de Tapia, p. 561; Cortés, “Carta segunda”, pp. 12
y 13 [pp. 33 y 34]; Gómara, p. 318 [cap. XXXIII, pp. 58-59], sumamente explícito y categóri-
co; Oviedo, lib. XXXIII, cap. II, pp. 261-263; Díaz del Castillo, caps. XLVI y XLVII; Ixtlilxochitl,
cap. LXXX, pp. 173-175 [pp. 200-202]; Torquemada, lib. IV, cap. XX, pp. 397-399; Clavije-
ro, lib. VIII, caps. IX y XI; Robertson, vol. II, lib. V, p. 286; Prescott, lib. II, cap. VII.
124. “Real Ejecutoria” (pp. 6 y 7): “y que desde agora en adelante y para siempre se
ofrecian fieles y leales vasallos de su majestad ó emperador”, y “y me suplicaron les diese
testimonio de la obediencia que dieron á Dios Nuestro Señor y á S.M.”.
125. Cortés, “Carta segunda”, p. 30 [pp. 59-60]; Díaz del Castillo, cap. CI; Oviedo, lib.
XXXIII, cap. IX.
126. A menudo se emplea el término “rebelión” para indicar el levantamiento de los
mexicanos durante la breve ausencia de Cortés en su expedición contra Narváez, y su
subsecuente resistencia al poder español. En realidad, aparece con tanta frecuencia en
documentos y crónicas del siglo XVI, que nos abstendremos de dar referencias especiales.
127. Cortés, “Carta cuarta”, pp. 113-116 [pp. 196-199]; Díaz del Castillo, cap. CLXIX,
pp. 237-238 [pp. 664-665]; Gómara, p. 394 [cap. CXLVII, p. 232]; carta de los soldados de
Cortés al emperador, Colección de documentos, vol. I, p. 431. También lo reconoce el propio
Cortés en su carta al emperador del 15 de octubre de 1524, donde afirma expresamente
(Colección de documentos, vol. I, pp. 472-474) que no se atrevía a promulgar los últimos
despachos recibidos de la corte española, porque le ordenaban abstenerse de “repartir ni
encomendar”. Esto indica claramente que ya había hecho repartimientos.
128. Navarrete, vol. II, pp. 215-216; Herrera, déc. I, lib. III, cap. II, p. 66.
129. Herrera, déc. I, lib. III, cap. XVI, p. 95; Oviedo, lib. III, cap. VI, p. 72.
130. Herrera, ibid.; Oviedo, ibid., pp. 32-33.
131. Carta de Ramírez de Fuenleal, p. 244; carta del Lic. Ceynos, Colección de documentos,
vol. II, pp. 162-163; carta de Ramírez de Fuenleal, vol. II, pp. 170-172; carta del P. Domin-
go de Betanzos, vol. II, pp. 190-197; Díaz del Castillo, cap. CCX, p. 313 [p. 884].
132. Parece indudable que la intención original era que los indios trabajaran la tierra
en beneficio de los propietarios españoles, como lo demuestran Herrera (déc. I, lib. III,
cap. XVI, p. 95) y Oviedo (lib. III, cap. VI, p. 72). Oviedo era contemporáneo de esos
acontecimientos. Sin embargo, está claro, principalmente por las quejas acerca del mal-
trato de los indios y las sugerencias para su remedio, que muy pronto los españoles con-
virtieron esa situación en una verdadera esclavitud personal. Véase carta de Ramírez de
Fuenleal, pp. 167-168; carta de Alonso del Castillo, p. 202 [pp. 202-203]; parecer del
licenciado Marcos de Aguilar, 8 de octubre de 1526, vol. II, pp. 549-553; carta de Motolinia,
vol. I, 2 de enero de 1555, todas en Colección de documentos.
133. Humboldt, Ensayo político, vol. II, lib. III, cap. VIII, pp. 64-65 [p. 356].
134. Carta del P. Toribio de Benavente (Motolinia), 2 de enero de 1555 (Colección de
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 183
documentos, vol. I), y especialmente la larga carta de Mendieta fechada en Toluca el primer
día de 1562 (Colección de documentos, vol. II, p. 538): “Sexto. Paréceme que es razon se
tenga en cuenta con los señores naturales y legítimos […]. Mas trato de los señoríos
particulares, en cuanto á ser señores de sus indios y pueblos, los que antiguamente los
poseian, porque pienso que algunos están expelidos, y aun no sé si vueltas macehuales ó
tributarios; y otros, ya que se les dé alguna miseria, es por título de gobernacion, de
manera que quitados de ella, se quedan á buenas noches.” Aquí el buen religioso expresa
claramente cómo concebían los españoles la jefatura india en la época de la conquista
(como un señorío feudal). Véase también carta del arzobispo de México, fray Alonso de
Montúfar, 30 de noviembre de 1554 (Ternaux-Compans, Cruautés horribles des conquérants
du Mexique, apéndice, pp. 258-260).
135. “Real Ejecutoria”, p. 20; concesión de Cortés a Doña Isabel Moctezuma, en Prescott,
vol. III, apénd., pp. 460-464 [apéndices, pp. 637-640]; memorial de varios señores mexi-
canos a Carlos V, 1532, en Ternaux-Compans, Cruautés horribles, p. 261.
136. Dice (“Real Ejecutoria”, p. 18): “y pues eran tan servidores de S.M., los hiciese
libres de todos pechos y contribuciones perpetuamente los dichos sus pueblos y ellos, y
les hiciese merced de cuatro sitios de estancias, y gobernadores perpetuos de sus pueblos,
sin que ninguno de sus inferiores pueda serlo”. El rey y su Consejo de Indias, por consi-
guiente, ordenaron: “por la presente declaramos á los susodichos por libres y quitos, no
obligados á tributos, diezmos, primicias y otros pechos, ni contribuciones, acostumbra-
das y por acostumbrar, y que ellos y sus descendientes perpetuamente tengan el gobierno
de sus pueblos, con todos los aprovechamientos y comunidades de las cuatro estancias,
como señores de ellos, y que es nuestra merced y voluntad” (p. 21). Finalmente al descri-
bir las tierras deslindadas para dichos caciques, dice: “y son tierras ásperas, montuosas,
sin ninguna agua; de lo cual los susodichos tomaron posesión” (p. 24). Claramente, se
estaban deslindando algunas partes del suelo comunal, que pasaban a ser propiedad
privada de los caciques. Es interesante ver en relación con esto la siguiente afirmación de
Zorita (p. 57 [p. 479]): “ha habido é hay desorden en los que se han dado y dan á españo-
les; porque en viendo ó teniendo noticia de algunas que no están labradas, las piden al
que gobierna”.
137. Felizmente, esta concesión fue publicada por Prescott, en un apéndice a Historia
de la conquista de México (vol. III, pp. 461-464 [pp. 636-640]). Lleva el título “Privilegio de
Doña Isabel Motezuma, hija del gran Motezuma, último rey indio del gran Reyno y Cibdad
de México, que bautizada y siendo Christiana casó con Alonso Grado, natural de la villa
de Alcántara, Hidalgo, y criado de su Magestad, que había servido y servía en muchos
officios en aquel Reyno. Otorgado por Don Hernando Cortés, conquistador del dicho
Reyno, etcétera.” Lleva la fecha 26 [27] de junio de 1526. Menciona a Doña Isabel como
“la mayor y legítima heredera del dicho Señor Moteçuma” y formula la concesión propia-
mente dicha como sigue: “Con la qual dicha Doña Isabel le prometo y doi en dote y arras
á la dicha Doña Isabel y sus descendientes, en nombre de S.M., como su Governador y
Capitán General destas partes, y porque de derecho le pertenece de su patrimonio y le-
gítima, el Señorío y naturales del Pueblo de Tacuba, etc.”, y agrega: “Yeteve, Izqui Luca,
Chimalpan, Chapulma Loyan, Escapucaltango, Xiloango, Ocoiacaque, Castepeque,
Talanco, Goatrizco, Duotepeque, Tacala.” Pese a las deficiencias de la grafía (Escapu-
caltango por Azcapotzalco, Duotepeque por Ometepec, etc.), es fácil discernir el territo-
rio de la tribu tecpaneca, como lo prueban además las propias palabras del “Privilegio”:
“las quales dichas estancias y pueblos son subjetos al Pueblo de Tacuba y al Señor della”.
138. Además de los testimonios ya citados, véase la carta de fray Toribio (Motolinia) y
184 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS
fray Diego de Olarte, fechada en Cholula el 27 de agosto de 1554: “Todos los demás obe-
decían a Moctezuma, al soberano de Texcoco y al de Tacuba. Esos tres príncipes estaban
estrechamente confederados y se repartían entre ellos los territorios que conquistaban”
(Ternaux-Compans, Recueil des pièces, p. 403). En la “Relación de los servicios prestados
por el Marqués del Valle” (Cortés) entre 1532 y 1535, presentada al emperador por el
licenciado Núñez, se hace referencia a la concesión original a Cortés, de tierras que con-
tenían “veinte y tres mil vasallos” e incluían los pueblos tecpanecas de Coyoacan y
Atacubaya. Esos pueblos eran reclamados como pertenecientes a México “por industria
del presidente Nuño de Guzman y de los oidores Matienzo y Delgadillo”, pero el caso fue
juzgado en la Nueva España y Cortés presentó amplias pruebas de “cómo las dichas
tierras son términos é juridicion por sí distintos y apartados de la cibdad de México, é
que siempre las tovieron y poseyeron en haz y en paz los señores naturales de los dichos
pueblos de Cuyoacan y Atacubaya” (Colección de documentos, vol. II, p. 56). Si eso ocurría
con esos dos pueblos, mucho más ocurría con Tacuba y sus alrededores, que eran los
principales asentamientos de la tribu tecpaneca, tercer miembro de la confederación
nahuatl del valle de México.
139. La merced de Cortés mencionada en la nota anterior es un caso de aglomeración
de varios pueblos bajo un mismo propietario. Debe de haber habido muchos más, puesto
que originalmente Cortés creó apenas 200 repartimientos en todo el territorio. El licen-
ciado Ceynos, en su carta del 22 de junio de 1532 (Colección de documentos, vol. II, p. 159),
menciona “hasta en número de cuatrocientas personas”, de las cuales 200 debían estable-
cerse en la ciudad de México. El obispo Fuenleal, en su parecer de 1532 (Colección de
documentos, vol. II, p. 176), menciona (entre otros) los siguientes repartimientos: Huexo-
tzinco a Diego de Ordaz, la provincia de Tepeaca a Pedro Almíndez Chirino, Chilchota a
Juan de Sámano, etc. Cada uno de esos repartimientos, especialmente el primero, incluía
varios pueblos, cuando no una tribu entera.
Cf. la carta del arzobispo Montúfar, 30 de noviembre de 1551 (Cruautés horribles, apén-
dice, pp. 255-260); Zorita, pp. 63-64 [pp. 481-482]. Las quejas se refieren particularmen-
te a los que ocuparon cargos bajo los conquistadores, a quienes se les dieron tierras saca-
das de los calpulalli. El memorial de Montúfar es una acusación terrible contra los jefes
indios. Para Gómara, sin embargo, uno de los buenos efectos de la conquista es que de
ahí en adelante los indios “son dueños de sus tierras”, vol. I [p. 252]. Motolinia (trat. I,
cap. I, p. 17) es muy severo con los recaudadores de los blancos, pero él mismo reconoce
en sus cartas de Cholula que la mayoría de esos recaudadores eran indios jefes.
140. Motolinia, trat. I, cap. I, p. 17; Montúfar, pp. 255-260; Zorita, pp. 63-64 [pp. 481-
483]; Ceynos, 2a. carta, 1 de marzo de 1565, Colección de documentos, vol. II, pp. 240-241.
Zorita (p. 83 [pp. 483-484]) es especialmente importante porque expone las intrigas de
los conquistadores españoles en las comunidades indias, incitando a los nativos a iniciar
litigios contra sus jefes. Mendieta, en su notable carta (Toluca, 1 de enero de 1562) a fray
Francisco de Bustamante, comisario general en México, dedica lo mejor de su atención a la
perniciosa influencia de los intérpretes y abogados españoles, incitando a los indios a
litigar ante la audiencia y no ante el virrey. Dice por ejemplo (p. 532): “que sin compara-
ción eran mejor su estado y conversacion y manera de vivir antigua, como tuvieron la fe
y sacramentos que tienen, que su ser y estado de ahora. Porque en tiempo de su infideli-
dad ni supieron qué cosa era letrado, ni escribano, ni procurador, ni qué cosa eran plei-
tos, ni gastar en ellos sus haciendas y ánimas; y ahora con darle la ocasion en las manos,
y ser ellos de su natural bulliciosos, amigos de novedades y de hacerse mal unos á otros,
hanse regostado tanto á los pleitos, que no se hallan sin ellos, antes sin ninguna ocasion
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 185
ni fundamento los mueven, y siempre los mas perdidos y bellacos del pueblo. Y á esta
causa no hay cuasi república ni comunidad en la Nueva España que no esté turbada y
revuelta, y que no gaste tanto ó poco menos en pleitos entre año como en tributar á S.M.
ó á su encomendero; y como todos ellos sean menores (como arriba dije) y no capaces de
los términos y disposiciones del derecho, téngolo por tan robado cuanto los trujamanes y
ministros de pleitos les llevan, como si de noche se lo hurtasen de sus casas; y esto confe-
sado por boca de los mismos, que conocen llevarlo con mala conciencia, y no tienen para
con Dios ni para con los hombres otra con que la cubran, sino con decir que lo hacen con
licencia de S.M.” En la p. 536 dice: “Gran daño es el que en todos los pueblos hacen
indios particulares revoltosos, con el recurso que á la audiencia real saben que tienen; y
entre otras cosas con que suelen dorar su malicia y proponer sus quejas con algun color,
tienen dos por mas ordinarias, y estas son pedir cuenta de los bienes de comunidad,
diciendo que los principales se los comen y beben, y residenciar á los gobernadores,
alcaldes y regidores y otros oficiales, de los agravios y molestias que dicen haber hecho
durante sus oficios.” Zorita (p. 83 [p. 485]), hablando de las intrigas contra los jefes, dice:
“y hacen que no les acudan con el servicio y tributos que solían darles y faltándoles esto
quedan paupérrimos é abatidos é miserables, é como asombrados, sin osar hablar y sin
saber qué se decir, ni qué hacer, ni a quién acudir, ni de quién ni á quién ni cómo se
quejar […] é á sus encomenderos dáseles poco, porque su tributo no se pierde, antes le
acuden mejor con él porque calle y sea con los revoltosos que tienen al común de su
mano. Así que en un momento los derribaron y derriban, y los destruyen y deshacen,
porque todo su ser y sustento consiste en el servicio que sus vasallos les dan, y como esto
les falte, aunque no sea más que un día, les falta la comida y todo lo demás necesario para
poder vivir”. (Creemos que esta cita constituye la más amplia confirmación de lo que
hemos propuesto sobre el tema de la tenencia del suelo aborigen, y refuta totalmente la
suposición de que los jefes tenían tierras propias.) Véase también el “Memorial de
Bartolomé de Las Casas”, Coleccion de documentos, vol. II, pp. 229-230.
141. Zorita, pp. 63-64 [pp. 481-483]; Mendieta, carta en Colección de documentos, vol. II.
142. Ante los europeos se abría un vasto campo de actividad. Eran superiores a los
aborígenes mexicanos no sólo en organización, sino especialmente en artes mecánicas e
invenciones para la subsistencia. Ahora los indios tenían que asimilar de repente todos
esos progresos, que los europeos habían dominado a través de siglos de larga experimen-
tación, y acostumbrarse a ellos en poco tiempo, así como sentirse de golpe felices y satis-
fechos en un estadio social que aniquilaba todos esos lazos de parentesco que desde
tiempos inmemoriales constituían la base de su organización. Era pedir demasiado, y si
consideramos que además no se les pedía sino que se les imponía por la fuerza, las con-
secuencias degradantes eran inevitables. Por eso los más ardientes defensores de los in-
dios insistían en que los dejaran en paz en sus comunidades, incluso prohibiendo el
acceso a ellas a los colonizadores españoles. Fray Bartolomé de Las Casas, en su memorial
conjunto con fray Domingo de Santo Tomás en favor de los indios del Perú, escrito alre-
dedor de 1560 (Colección de documentos, notas bibliográficas, p. XLII), dice: “Lo segundo,
que porque los españoles son siempre del bien de los indios contrarios, por su propio
interese, y en especial lo son y han de ser impedidores de aqueste negocio y concierto,
que han de estorbar por cuantas vías pudieren que los indios no paguen á S.M. ni puedan
pagar este servicio; por tanto es necesario que se prohiba que ningún comendero éntre
por ninguna causa ni razon en los pueblos de los indios que tienen encomendados, ni sus
mujeres, que son las mas crueles y perniciosas, ni negro, ni criado, ni otra persona suya”
(p. 233). Alonso de Zorita, en su memorial escrito en México entre 1554 y 1564 (Colección
186 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS
de documentos, vol. II, p. XLVII), insiste enérgicamente en separar a los indios de los blancos
(p. 335). Con respecto a la degradación, véase la carta de Mendieta del 1 de enero de
1562 (Colección de documentos, vol. II, p. 532). Motolinia, trat. I, cap. I).
143. Los franciscanos obtuvieron su primera concesión del papa León X, en una bula
fechada el 25 de abril de 1521 (Mendieta, lib. III, cap. V, pp. 188-190). Esa bula fue
ejecutada en favor de fray Francisco de Quiñones (fray Francisco de los Angeles) y fray
Juan Clapion. Sin embargo, esos frailes nunca llegaron a México. Antes de eso habían ido
a la Nueva España tres misioneros flamencos, fray Juan de Tecto, fray Juan de Aora y fray
Pedro de Gante, por su propia decisión y sin sanción papal. Pero si bien Pedro de Gante,
por ejemplo, prestó valiosos servicios a la ciencia con una de sus cartas, es entre los “doce
apóstoles de México” entre los que encontramos a los que combinaron el heroísmo en la
defensa de los indios con el debido interés por la preservación de sus recuerdos y tradi-
ciones históricas. Esos “doce” eran: fray Martín de Valencia, fray Francisco de Soto, fray
Martín de la Coruña, fray Juan Xuares, fray Antonio de Ciudad Rodrigo, fray Toribio de
Benavente, fray García de Cisneros, fray Luis de Fuensalida, fray Juan de Ribas, fray
Francisco Ximénez, fray Andrés de Córdoba, fray Juan de Palos (Mendieta, lib. III, caps.
X, XI, etc.). Tendremos ocasión de utilizar sus escritos más adelante, de ahí este humilde
tributo de gratitud a su memoria.
144. Cf. la hermosa introducción de José F. Ramírez a la Historia de los indios de la
Nueva España de Motolinia, en Colección de documentos, vol. I, pp. XLVIIss, en que se cita un
acta de Gonzalo de Salazar, del 28 de julio de 1525 (contenida en el “Libro de Cabildo”
de México), que contiene una queja contra los franciscanos por meterse en “la juridicion
é juricatura cebil é criminal” [p. XLIX]. Véase también lo que dice Herrera sobre la Junta
de Barcelona de 1529 (déc. IV, lib. VI, cap. XI, pp. 118ss).
145. Introducción a Motolinia, vol. I, p. L; Torquemada, lib. XV, cap. XXII, pp. 56-59.
146. Colección de documentos, vol. II, pp. 155-157. Carta conjunta de frailes franciscanos
y dominicos (pp. 549ss).
147. Colección de documentos, vol. II, pp. 155-157, 549ss; también carta de fray Domingo
de Betanzos, pp. 196-197. A pesar de la coincidencia de franciscanos y dominicos sobre
ese punto, Las Casas continuó protestando con la mayor vehemencia contra el reparti-
miento. Cf. el memorial del dominico y fray Domingo de Santo Tomás (Colección de docu-
mentos, vol. II, pp. 231-236) y el de 1562 o 1563 al Consejo de Indias (vol. II, pp. 595-598),
en que dice: “La tercera, que las encomiendas ó repartimientos de indios son iniquísimos,
y de per se malos, y así tiránicas, y la tal gobernación tiránica. La cuarta, que los que las
dan pecan mortalmente, y los que los tienen están siempre en pecado mortal, y si no las de-
jan no se podrán salvar.”
148. Era costumbre que cada encomendero tuviera jurisdicción civil y criminal dentro
de su repartimiento.
149. “Leyes y Ordenanzas. Nuevamente hechas por S.M. para la gobernación de las
Indias, y buen tratamiento y conservación de los indios (Colección de documentos, vol. II,
pp. 204-227), fechadas en Valladolid (España) el 4 de junio de 1543, promulgadas en
México el 24 de marzo de 1544. Herrera, déc. VII, lib. VI, cap. V, pp. 110-113. Esas leyes
nuevas fueron causa de disturbios sangrientos en la América española (Gómara, pp. 249-
250 [cap. CLXVII, p. 257].
150. Hay muchas evidencias de que este dicho fue puesto en práctica. Joaquín Acosta,
cap. XVII, p. 316. Al llegar a Cauca el licenciado Armendáriz, enviado a imponer las leyes
nuevas, Belalcázar las hizo promulgar sin tardanza, pero asumió la responsabilidad de
suspender inmediatamente su aplicación. Sobre esta acción escribió al rey desde Cali, en
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 187
1544. Dice Acosta: “Entonces comenzó en el nuevo mundo español á campear la fórmula
irrisoria de se obedece, pero no se cumple; con que se eludían las órdenes que no les
convenia ejecutar a los funcionarios de aquellas apartadas comarcas.” Herrera, déc. VII,
lib. VII, cap. XXIII, pp. 157-158.
151. James Pascoe, un caballero inglés residente en Toluca, ha dado una descripción
detallada de la situación de los indios de esa región en una carta comentada en el Journal
des Missions Evangéliques (francés) de 1874. Sus afirmaciones acerca del sistema de tenen-
cia comunitaria, la elegibilidad de sus jefes o “gobernadores”, etc., son muy claras y
precisas.
Stephens, en sus Travels in Yucatan (vol. II, cap. I, pp. 14-15), describe el estilo de vida
del rancho de Schawill cerca de Nohcacab, que contenía alrededor de “cien labradores, o
trabajadores, que tienen y trabajan sus tierras en común, y reparten sus productos entre
todos. Preparan su comida en una casa, y todas las familias mandan allí por su parte,
etcétera”.
Brantz-Mayer (Mexico as it was and as it is, 3a. ed., 1847, p. 175) cuenta que estando en
la hacienda de Temixco, cerca de Cuernavaca, “nos indicó el lugar de un pueblo indio, a
una distancia de tres leguas, cuyos habitantes están casi en su estado nativo. Nos dijo que
no admiten visitantes blancos; que son más de tres mil, y salen en delegaciones a trabajar
en las haciendas, mientras que en su pueblo los gobiernan sus propios magistrados, ad-
ministran sus propias tierras, y emplean a un sacerdote católico para que los limpie de
sus pecados una vez al año. El dinero que reciben como salario en las haciendas lo llevan
a su pueblo y lo entierran; y como ellos producen algodón y pieles para sus vestidos, y
maíz y frijoles para su comida, no compran nada en las tiendas”. E.G. Squier, en su
excelente obra sobre Nicaragua, hace las siguientes importantísimas observaciones sobre
la tenencia de la tierra allí (vol. I, caps. 290 y 291): “El municipio de Subtiaba, así como
los barrios de algunas ciudades, tiene tierras en virtud de mercedes reales, como he
dicho, que pertenecen a la organización. Esas tierras son inalienables, y se arriendan a
los habitantes a precios bajos y casi nominales. Todo ciudadano tiene derecho a una
cantidad suficiente para permitirle mantenerse a sí mismo y a su familia; por eso paga
entre cuatro reales (medio dólar) y dos dólares al año. Esa práctica parece haber sido una
institución aborigen, pues bajo la antigua organización aborigen se reconocía el derecho
a vivir como un principio fundamental del sistema civil y social. Se suponía que nadie
tenía derecho a tener más tierra de la necesaria para su sustento; tampoco se le permitía
tener más, con exclusión y daño de otros. En realidad, muchas de las instituciones de los
indios de este país fueron reconocidas y perpetuadas por los españoles.” Es fácil com-
prender la importancia de estas observaciones para nuestro tema, de modo que no nece-
sitan más comentario. La parte de la población indígena a que se refiere el erudito viaje-
ro es del mismo tronco que los mexicanos.
El documento que ya ha ocupado nuestra atención, es decir, la merced de Cortés a los
jefes de Axapusco y Tepeyahualco (véase supra, n. 136), también aporta evidencia de la
existencia de esas tierras comunales en México, y su reconocimiento por el gobierno
español. Esa merced fue el objeto o la causa de un largo litigio al que haremos referencia
más adelante; los habitantes de los dos pueblos demandaron a sus jefes por la restitución
de la propiedad comunitaria. Esto muestra que el calpulli en realidad, aunque quizá no de
nombre, existía todavía por lo menos hasta el siglo pasado. Ese litigio ocurrió entre 1655
y 1764.
152. La mayoría de esas protestas siguieron el ejemplo de fray Bartolomé de Las
Casas, y sería inútil mencionarlas en detalle. Sin embargo, es notable la libertad de len-
188 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS
guaje con que se permitió hablar a este personaje, noble aunque violento. Ya hemos
citado (supra, n. 147) su memorial al Consejo de Indias (escrito en 1562 o 1563); en ese
documento llega a decir: “La primera, que todas las guerras que llamaron conquistas
fueron y injustísimas y de propios tiranos. La segunda, que todos los reinos y señoríos de
las Indias tenemos usurpados […]. La quinta, que el rey nuestro señor, que Dios prospere
y guarde, con todo cuanto poder Dios le dió no puede justificar las guerras y robos he-
chos á estas gentes, ni los dichos repartimientos ó encomiendas, más que justificar las
guerras y robos que hacen en los turcos al pueblo cristiano […]. La octava, que las gentes
naturales de todas las partes y cualquiera dellas donde hemos entrado en las Indias
tienen derecho adquirido de hacernos guerra justísima y raernos de la faz de la tierra, y
este derecho les durará hasta el día del juicio” (Colección de documentos, vol. II, pp. 597,
598). Éstas son expresiones muy fuertes del obispo de Chiapas, no sólo contra el empera-
dor sino contra la Santa Sede, que había concedido las Indias a España.
153. Es bien sabido que la liberación de los indios de la servidumbre personal fue una
medida no sólo de humanidad y de justicia, sino también de política, del gobierno espa-
ñol, tendente a debilitar el creciente poder de los conquistadores y primeros colonizado-
res. Los problemas del Perú son un buen ejemplo de esa situación.
154. José F. Ramírez comenta así el litigio por la merced a los caciques de Axapusco y
Tepeyahualco a la que hemos hecho referencia en la n. 151, en su carta del 30 de septiem-
bre de 1863 en que demuestra la autenticidad de ese documento, publicada en la intro-
ducción a la “Real Ejecutoria”: “D. Juan de los Santos, D. Antonio Esteban, D. Juan y D.
Lorenzo Morales, con el título de ‘caciques y principales’ de Tepeyahualco, y con el dere-
cho de sucesores y descendientes legítimos de D. Juan y D. Francisco Morales, ‘compañe-
ros (decian) del ilustre Hernán Cortés en la conquista y pacificación de estos reinos’
habian estado en posesion del gobierno municipal de aquel pueblo y de Axapusco, y por
consiguiente en la administración de sus bienes comunes. La diestra política del gobier-
no español comprendió los riesgos de este sistema, que en su principio fue muy general,
y lo minó empleando sus propios medios. Procuró dar todo el conveniente desarrollo á la
institución municipal, y poniendo así en accion el elemento democrático, puso también
en oposición á los caciques con sus antiguos súbditos, destruyendo su influjo y su poder.
En el caso que nos ocupa, el virey autorizó á los mencionados pueblos para hacer eleccion
de autoridades municipales, y por ella resultaron separados del poder y de la
administracion de los bienes, Santos y los Morales.” Estas observaciones son sumamente
importantes. Sin embargo, las partes apelaron esa división y sobrevino un prolongado
litigio. Los jefes basaban sus reclamos en la merced de Cortés exclusivamente (pp. XIII y
XIV), y los pueblos atacaban la legitimidad de ese documento, invocando al mismo tiem-
po sus derechos de plena posesión. El resultado del pleito lo describe así: “declaró la
posesion en favor de los pueblos, condenando á Santos á la restitucion de los frutos, y
dejando á salvo los derechos de las partes para el juicio de propiedad”. El caso muestra que
el gobierno español reconocía:
1] La organización comunitaria de las tribus y el carácter electivo de sus jefes.
2] Que el cargo hereditario de los jefes y la propiedad hereditaria de tierras eran
innovaciones españolas (“que a su principio fue muy ordinario”): ciertamente el “princi-
pio” al que hace referencia no se remonta más allá de la conquista.
3] Que el único derecho y título que los jefes afirman deriva de la merced de Cortés, y
no alegan ningún derecho anterior, relacionado con herencia o privilegio de casta.
4] En consecuencia, que el propio gobierno español reconocía la anterior organiza-
ción democrática de la comunidad india, y sus costumbres, que consideraba como preva-
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 189
lecientes incluso por encima de los actos y disposiciones de Cortés –aunque era a él que
los españoles debían la conquista del país.
155. Breve y sumaria relación, pp. 63-64 [pp. 480-481]. El original de este importante
documento dirigido al rey de España ha sido publicado, aunque en forma muy deficien-
te, en la Colección de documentos inéditos relativos al descubrimiento, etc. Es de lamentar que
mi erudito amigo J. García Icazbalceta no haya incorporado la copia perteneciente al
señor Ramírez a su valiosa Colección de documentos para la historia de México. Alonso de
Zorita vivió en América de 1540 a 1560, es decir, alrededor de 19 años, pasando dos años
en Santo Domingo, tres en Nueva Granada –Santa Marta, Cartagena y el Cabo de la Vela–,
tres en Guatemala y alrededor de once en México. Su Breve y sumaria Relación consiste en
una serie de respuestas al cuestionario enviado por el rey desde Valladolid en diciembre
de 1553. Nuestro conocimiento de la historia y la etnología aborígenes de la América
española ganaría mucho si pudiéramos encontrar todas las respuestas dadas a ese cues-
tionario desde todas las regiones, y todas fueran tan veraces y elaboradas como las de
Zorita, Palacio y Polo de Ondegardo.
SOBRE LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA
DE GOBIERNO DE LOS ANTIGUOS MEXICANOS*
Si de las demarcaciones del imperio [de México, según su perspectiva] pasamos a consi-
derar las razas que lo poblaban, encontraremos como una verdad innegable que tanta
tribu diversa no tenía un lazo común de unión. Cada una era independiente bajo el
mando de sus señores. Las ambiciones particulares encendían la guerra, y la misma fami-
lia se fraccionaba. A su semejanza, cada pueblo tenía un jefe que de nombre reconocía al
señor principal, y todas las provincias estaban subdivididas hasta formar un sistema bajo
algunos puntos semejante al feudal. Rencores y odios apartaban las tribus, y la guerra era
constante, porque siendo una de sus principales virtudes la valentía, no podían verse sin
combatirse, a imitación de los orgullosos animales que sirven de diversión en los palen-
ques. Por instinto o porque las generaciones son arrastradas aun a su pesar por la co-
rriente de los tiempos, los mexicanos emprendieron la tarea de reunir en un solo haz
todos aquellos pueblos, de formar de ellos una nación, y de asimilar sus intereses con los
intereses del imperio. Para llevar a cabo semejante tarea era preciso la fuerza para poder
triunfar, un sistema proseguido con tino y con tenacidad, y el tiempo bastante para que el
* Artículo publicado en Twelfth Annual Report of the Peabody Museum of American Archaeology and Eth-
nology, Cambridge, Massachusetts, 1880, pp. 557-699 (las demás notas aparecen al final del capítulo).
[190]
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO 191
odio se borrara y dejara nacer las simpatías. Pero la unidad que solicitaban los mexicanos
llevaba a las tribus al más espantoso de los despotismos; el imperio era muy nuevo para
haber alcanzado otra cosa que reducir a la servidumbre, sin poder contar con el amor de
sus vasallos, de manera que en lugar de amigos tenía enemigos solapados, y su grandeza
era sólo engañosa apariencia. En esta sazón se presentaron los conquistadores españoles.
Cualquiera fuerza extraña había de hacer vacilar al coloso; las tribus, mal halladas con la
servidumbre, vieron en los invasores a quienes podrán salvarlas del yugo; en su juicio
rencoroso no quisieron advertir que por alcanzar una estéril venganza aventuraban su
propia existencia, y corrieron de tropel a colocarse bajo las banderas de los extranjeros.4
teza de su madre, mientras que puede no tenerla de su padre,11 creó con el paso
del tiempo y con el aumento del número una tendencia a reunirse en grupos
basados en la certeza de una ascendencia común. Esos grupos eran los grupos de
parentesco, que los autores españoles llamaron significativamente “linajes”. Por lo
tanto, todos los que se reconocían descendientes de una madre común compo-
nían uno de esos grupos, cualesquiera que fuesen sus antepasados masculinos.
Todavía no se reconocía la familia –como grupo que incluye a los hijos y descen-
dientes de ambos progenitores– y para todos los propósitos de la vida pública el
grupo de parentesco ocupaba su lugar, constituyendo la unidad de organización social.
Sin embargo, a medida que crecían el conocimiento y la experiencia, y paralela-
mente las necesidades, también aumentó la importancia del hombre. El “dere-
cho materno” empezó a ceder, y la descendencia por la línea femenina a trans-
formarse en “descendencia por la línea masculina”. Sin embargo, el grupo de
parentesco siguió siendo la unidad de aglomeración social, con la única diferen-
cia de que se reconocía por los hombres, y ya no por las mujeres. Fue necesario el
derrocamiento final del grupo de parentesco como institución pública para que
surgiera la forma actual de ese grupo íntimo, la familia, entre las naciones más
avanzadas.12
Los dos extremos del crecimiento de la familia, caracterizados por el surgi-
miento del grupo de parentesco, y por la familia después de la desaparición de
aquél, se distinguen por la terminología de parentesco. En el primero los parien-
tes son clasificados de manera inmediata; en la segunda son meramente descritos.
Y nuestras investigaciones sobre las costumbres relativas a la herencia entre los
antiguos mexicanos nos han llevado a concluir que ya habían progresado hasta la
descendencia por la línea masculina.13 Entre ellos existía la familia real, por lo menos
en forma incipiente.
Pero aquí nos encontramos con un rasgo singular en la designación de los
parientes. Ascendiendo desde “ego” como punto de partida, encontramos en el
lenguaje mexicano (nahuatl) los siguientes términos:
padre – tatli, teta14
hermano del padre o de la madre (tío materno o paterno) – tlatli, tetla15
abuelo – tecul
tío abuelo – tecol16
bisabuelo – achtontli17
madre – nantli, tenantzin, teciztli18
tía – auitl, teaui19
abuela y tía abuela – citli20
bisabuela – piptontli21
Descendiendo desde “ego”:
hijo – tepiltzin, tetelpuch; pero las mujeres (madre, hermanas, etc.) lo llaman
noconeuh22
hija – teichpuch, tepiltzin; las mujeres la llaman teconeuh23
nieto o nieta, primo o prima se llaman igual – yxiuhtli, teixiuh24
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO 193
sobrino y sobrina – machtli o temach; pero las mujeres les dicen nopillo25
Esto trae a luz varios hechos curiosos.
En primer lugar, los siguientes grados de consanguineidad se designan con
los mismos nombres: abuelo y tío abuelo, abuela y tía abuela, padre y tío, nieta,
nieto y primo, prima, sobrino y sobrina.
En segundo lugar, el parentesco en escala descendente se describe más de
cerca que el de la escala ascendente.
En tercer lugar, en algunos casos las mujeres emplean nombres diferentes de
los utilizados por los hombres.
De esto resulta que el sistema clasificatorio todavía predominaba, en gran
medida, en la nomenclatura de parentesco mexicana, mientras que el más mo-
derno sistema descriptivo sólo aparece en una minoría de los casos. Esto condu-
ce a deducir que la propia familia mexicana todavía estaba sólo imperfectamente
constituida. Aún no estaba lo bastante establecida como para formar un grupo
definido, y por lo tanto no se puede esperar que ejerciera influencia alguna en el
campo de la vida social pública. Por lo tanto, de nuevo estamos justificados en
ver el grupo de descendencia como unidad de organización social, dentro de los
límites de ese conglomerado mayor, la tribu.26
Relatos tradicionales sobre el primer asentamiento del hombre en México y
Centroamérica lo atribuyen claramente a “linajes” o grupos de parentesco. La
tribu está sólo implícita, y no aparece en forma definida hasta después de ocurri-
do ese asentamiento.
El Popol Vuh, colección de registros cosmológicos y tradicionales de los quichés
de Guatemala, después de enumerar las cuatro esposas de los primeros cuatro
hombres creados, dice incluso: “Ellos engendraron a los hombres, a las tribus
pequeñas y a las tribus grandes, y fueron el origen de nosotros, la gente del
Quiché.” Es posible que esto indique la descendencia por la línea femenina, en
una fecha muy antigua.27
El primer poblamiento de Chiapas se atribuye, en la historia de Votan, a siete
familias.28 Pero además hay otra tradición aún más notable conectada con esto.
Igual que los aborígenes mexicanos de estirpe nahuatl, los tarascos de Michoacán,
los mayas de Yucatán y los quichés, cakchiqueles y zutuhiles de Guatemala, los
aborígenes de Chiapas tenían un mes de 20 días, cada uno con su nombre parti-
cular. Una autoridad muy antigua afirma claramente que esos 20 días llevaban
los nombres de otros tantos jefes de un número igual de linajes o grupos de
parentesco, y que el último era el de los primeros pobladores de la región. Ade-
más, entre esos 20 nombres hay cuatro claramente distinguidos en todas partes.
No sólo indican el primer día de cada “semana” de cinco días, sino que además
designan los años del calendario. Es bien sabido que el mayor ciclo auténticamente
establecido de indígenas centroamericanos y mexicanos duraba 52 años, es de-
cir, 13 repeticiones del mismo ciclo de cuatro, siempre con los mismos nombres,
respectivamente los de cada uno de los cuatro días iniciales de la semana. Esa
peculiaridad, unida a la descripción precisa que da el Popol Vuh de la segmenta-
194 A.F. BANDELIER
Aquella noche siguiente que los mexicanos acabaron de reparar la ermita donde su dios
estaba, teniendo ya gran parte de la laguna cegada y hecha ya la plancha y asiento para
hacer casas, habló Huitzilopochtli a su sacerdote o ayo y dijo: –“Di a la congregación
mexicana que se dividan los señores, cada uno con sus parientes, amigos y allegados, en
cuatro barrios principales, tomando en medio la casa que para mi descanso habéis edifi-
cado; y que cada parcialidad edifique en su barrio a su voluntad.”
Estos barrios son los que hoy en día permanecen en México, es a saber: el barrio de
San Pablo, el de San Juan y el de Santa María la Redonda, que dicen, y el barrio de San
Sebastián.
Después de divididos los mexicanos en estos cuatro lugares, mandóles su dios que
repartiesen entre sí los dioses y que cada barrio nombrase y señalase barrios particulares,
donde aquellos dioses fuesen reverenciados. Y así cada barrio de éstos se dividió en
196 A.F. BANDELIER
muchos barrios pequeños, conforme al número de los ídolos, que ellos llamaban
“Capulteteo”, que quiere decir “dioses de los barrios”. Y no señalaré aquí los nombres de
los dioses de los barrios por no hacer al caso a la historia; empero sabremos que estos
barrios son como los que en España dicen “colación de tal y tal santo”.41
que sea, el número es mayor que el de los que originalmente constituían la tribu,
lo que muestra que la segmentación tan característica de la sociedad tribal, se-
gún Morgan, ya había comenzado. Del gobierno de la tribu, Clavijero dice: “obe-
deciendo siempre la nación a un cuerpo formado de las personas más notables y
distinguidas”.45 En ninguna parte se hace mención todavía de un jefe guerrero
superior a todos los demás; ese cargo peculiarmente militar aún no se había
establecido de manera permanente. Sin embargo, hay indicios de que posible-
mente existía ya, al menos en forma rudimentaria, un jefe ejecutivo para asuntos
tribales, el cihuacoatl (mujer-serpiente), aunque los atributos de ese cargo no le
daban ninguna prominencia notable.46
Hacia la mitad del siglo XIV la posición de la tribu mexicana era todavía muy
precaria. Con terreno apenas suficiente para residir, bloqueada por así decirlo
por tribus poderosas establecidas en la costa del lago; con el núcleo indepen-
diente de Tlatelolco, celoso y amenazante, a menos de un tiro de flecha de sus
hogares, se vio obligada a asumir una peculiar actitud de defensa militar. Los
elementos para una organización guerrera estaban en los grupos de parentesco,
reunidos en los grupos mayores de las hermandades, que en conjunto formaban
la tribu. Los comandantes se reclutaban entre los oficiales y jefes de los grupos
de parentesco. Pero el estado de inseguridad prevaleciente hacía necesario un
cargo cuyo ocupante se encargara permanentemente de los asuntos militares de
la tribu. Esto estaba claramente dentro de los límites de la sociedad tribal: ya
anteriormente se habían ejercido esas funciones en momentos de particular ne-
cesidad. Ahora, bajo la presión de las circunstancias y con un asiento estable, la
permanencia del cargo se hizo indispensable.47
Por lo tanto, el cargo de “jefe de hombres” (tlacatecuhtli) parece haber sido
establecido cerca del octavo decenio del siglo XIV, es decir, alrededor de treinta
años después de la fundación de México.48 Esto se ve comúnmente como la crea-
ción de la monarquía, aboliendo así la base de la propia organización, o sociedad
tribal. Sin embargo, se pasa por alto el hecho de que sólo se creó un cargo, y no
una dignidad hereditaria con el poder de gobernar.49 El primer ocupante de ese
cargo, “Manojo de Cañas” (Acamapichtli), fue debidamente elegido, y lo mismo
sus sucesores.50 Ya hemos visto que la propia familia mexicana estaba constituida
en forma tan imperfecta que excluía la idea misma de una dinastía, y por lo
mismo, como veremos más adelante, la llamada sucesión, o más bien la elección,
estaba limitada al “grupo de parentesco”.51 No sabemos, ni podemos conjeturar
con certeza, cuál fue el particular calpulli de México del que, hasta 1520 d.C.,
salieron los supremos jefes guerreros.
De manera análoga a los indios pueblo de Nuevo México, la tribu mexicana
tuvo de ahí en adelante su supremo consejo y finalmente dos jefes principales
ejecutivos; porque con la creación del cargo militar de “jefe de hombres” la im-
portancia del “mujer-serpiente” aumentó en forma proporcional.52 No hubo cam-
bios en esa organización hasta la conquista española, aunque en el periodo de
casi 150 años que esto significa encontramos, en tres épocas distintas, menciones
198 A.F. BANDELIER
relación de los sexos, esto significa que la relación sexual asumió gradualmente
una forma regulada, proporcional al progreso de las instituciones. Los antiguos
mexicanos, como ya hemos dicho, avanzaban hacia la descendencia por la línea
masculina y habían alcanzado un estado naciente de la familia moderna. El ma-
trimonio era bien conocido por ellos como una norma. Pero la influencia ejercida
por el grupo de parentesco como unidad de la vida pública era tal que, una vez
reconocida la unión ritual de una pareja como necesidad para su futura vida en
común, el grupo imponía a sus miembros varones la obligación de casarse con el
objeto de propagar y aumentar el grupo de parentesco. Sólo estaban excusados los
que eran naturalmente incapaces y los que hacían voto de castidad permanente
en relación con la “medicina”. Por lo tanto, cualquier otro joven que se negara a
tomar esposa a la edad apropiada era tratado con desprecio y en consecuencia
expulsado del grupo de parentesco.80
La MUJER, entre los aborígenes mexicanos, se hallaba en una situación parti-
cular. Con el establecimiento de la descendencia por la línea masculina, perdió
su importancia en la vida pública (que después recuperó con el establecimiento
de la familia propiamente dicha) y por lo tanto quedó siendo poco menos que un
objeto en poder del hombre. Sin embargo, una vez adoptado el acto ritual del
matrimonio, la obligación de casarse, que como ya hemos visto se imponía a los
hombres, recaía también sobre las mujeres, y por lo tanto cualquier muchacha
que no hubiera “hecho voto” en relación con la “medicina”, o que no fuera física-
mente deforme, también era objeto de reprobación si no se unía a un marido a la
edad adecuada.81
A estos dos tipos de excluidos hay que agregar otros. Es un hecho conocido
que si algún miembro del calpulli dejaba de cultivar su parcela por dos años, o
hacerla cultivar en su nombre, perdía todo derecho a ella. Eso implicaba expul-
sión del calpulli, lo que significaba también expulsión de los lazos de parentesco.
Cualquiera que se alejara del barrio o calpulli al que pertenecía perdía sus dere-
chos, convirtiéndose en un proscrito.82
La suerte de esas personas, expulsadas por así decirlo de la sociedad regular,
no era nada envidiable. Mudarse a otra tribu era no sólo peligroso, sino imprac-
ticable en los primeros tiempos, cuando esta clase hizo su aparición. Pero tenían
que vivir, de manera que los hombres se contrataban con los miembros de los
grupos de parentesco que podían permitirse alimentarlos a cambio de su trabajo
manual.83 No se podía pensar en otra remuneración que la subsistencia, de modo
que era por la subsistencia por lo que el proscrito se convertía en lo que la mayo-
ría de las autoridades llama un esclavo.
Fray Juan de Torquemada escribe:
La manera, que estos Indios tenian de hacer Esclavos, era mui diferente de las Naciones
de Europa, y otras partes del Mundo, y fue cosa mui dificultosa à los principios de su
conversion, acabarla de entender; pero sacada en limpio (en especial segun se acostum-
braba, en Mexico, y Tetzcuco; porque en otras Provincias, que no estaban sujetas à estos
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO 205
Reinos, havía otras maneras de hacer Esclavos) decimos, que les faltaban muchas condi-
ciones en esta materia, para hacerlos Esclavos propiamente; porque estos Esclavos de
esta Nueva España, algunos tenian Peculio, adquirian, y poseían proprios, y no podian
ser vendidos, sino con las condiciones, que luego diremos: El servicio que hacian à sus
Amos, era limitado, y no siempre, ni ordinario; y unos, que servian, por Esclavos, casandose,
o haviendo servido algunos Años, ò queriendose casar, salian de la servidumbre, y entra-
ban otros sus Hermanos, ó Deudos, en su lugar. Tambien havia Esclavos habiles. Y dili-
gentes, que demás de servir à sus Amos, mantenian casa, con Muger, y Hijos, y compra-
ban Esclavos, y los tenian, y se servian de ellos: los Hijos de los Esclavos nacian libres.84
El septuagésimoctavo edificio se llamaba Calpulli; estas eran unas casas pequeñas de que
estaba cercado todo el patio de la parte de adentro; a estas casillas llamaban calpulli, a
estas casas se recogían a ayunar y hacer penitencia cuatro días todos los principales y
oficiales de la república, las vigilias de las fiestas que caían de veinte en veinte días, de
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO 209
manera que hacían de vigilia cuatro días. En este ayuno unos comían a la medianoche, y
otros al mediodía.115
También era un delito capital que cualquier hombre adoptara el traje o los
ornamentos de un cargo sin ser el ocupante legítimo del mismo. Además de un
insulto grave a ese legítimo ocupante, era una peligrosa ofensa contra el grupo
de parentesco, especialmente en caso de guerra, cuando equivalía a traición.131
Como el grupo de parentesco tenía el deber de proteger no sólo a las perso-
nas sino también las propiedades de sus miembros, el adulterio cometido con
una mujer casada significaba la pena de muerte para el hombre, casado o no. Su
crimen era el de robar la más preciosa de las propiedades de un miembro del
calpulli. La mujer también merecía la muerte, como participante en el delito.
Ambos eran ejecutados en público.132 El robo de objetos recibía diversos castigos.
Si el artículo era de poco valor y se podía devolver, el asunto se resolvía con su
restitución;133 pero si su valor era mayor y la restitución era imposible, el ladrón
pasaba a ser “esclavo” del propietario ofendido, o incluso podía ser castigado
con la muerte.134 Ignoramos si la esclavitud era por cierto tiempo o por el resto de
la vida. Si alguien alteraba los límites de una parcela particular (tlalmilpa) o de los
terrenos oficiales, perdía la vida. Su crimen no era tanto contra el ocupante como
contra el grupo de parentesco, que había determinado los límites de cada parce-
la y su destinatario.135 También se menciona a quienes derrochaban la propiedad
de menores a su cargo, y por ello eran castigados con la muerte. Sólo podía ser el
caso de un hijo mayor, o un hermano del padre, a cuyo cuidado quedaba el
tlalmilli trabajado por el difunto, para que lo cultivara en beneficio de los hijos de
éste. Si ese tutor no labraba la parcela por dos años, sus pupilos la perdían y por
lo tanto quedaban sin medios de subsistencia. En ese caso no había restitución
posible, y por lo tanto el administrador negligente debía pagar la negligencia
con la vida.136
En general, podemos discernir el principio gobernante de que sólo había dos
formas de expiación del robo: la devolución del bien robado y, si eso ya no era
posible, el ladrón tenía que sufrir en su persona. Cuando no había trabajo físico
capaz de remplazar el valor de lo perdido (como en el último caso mencionado),
la vida del delincuente quedaba en manos del grupo de parentesco, puesto que
era a éste al que los ofendidos se dirigirían pidiendo justicia.137 Esto nos lleva a
los robos y delitos similares cometidos contra el culto o “magia”.
Cualquier intento de seducir a una mujer que había hecho voto de castidad en
relación con el culto merecía el castigo más cruel, tanto para el seductor como
para ella; y si uno de los “hechiceros” faltaba a sus votos, padecía una muerte
horrible.138
Ya hemos dicho que para un guerrero era un delito capital tomar para sí un pri-
sionero de guerra capturado por otro.139 Tales casos ocurrían sólo durante un
combate, o inmediatamente después. Es fácil deducir por qué una acción de ese
tipo merecía un castigo tan riguroso, si recordamos que los prisioneros de guerra
se volvían inmediatamente sagrados, objetos de culto. No había pago posible
por semejante ofensa, puesto que había sido cometida contra “los ritos del cul-
to”, uno de los atributos más sagrados e importantes del grupo de parentesco.
212 A.F. BANDELIER
Bajo el mismo título debe colocarse el castigo capital de los que se apropiaban
injustamente de oro o plata: estos dos metales eran considerados objetos del
culto, y quien se apoderaba de ellos sin derecho cometía un crimen contra el cul-
to también.140
En esta lista de delitos y sus castigos, conectada directamente con la regla de la
sociedad tribal que coloca a las personas y propiedades de los miembros de un
grupo de parentesco bajo la protección especial del mismo, no pretendemos
haber ofrecido sino algunos ejemplos, no un catálogo completo. Sin embargo,
creemos haber dicho lo suficiente para explicar lo que suele llamarse el “código
penal” de los antiguos mexicanos. Es bien sabido que no existían leyes escritas,
pero, por otra parte, en la época de la conquista española los nativos aún tenían
gran número de pinturas que representaban sus propios modos y costumbres.
Como una proporción considerable de esas pinturas trataban los mismos temas,
es fácil inferir que indicaban formas para la guía del pueblo o, dicho de otro
modo, que eran un sustituto de un código escrito. Pero no era ésa su finalidad.
Eran simplemente esfuerzos del arte nativo por representar escenas de la vida
cotidiana, que eran los temas más a mano para ese propósito. Por lo tanto, esas
pinturas deben ser vistas como útiles vestigios del arte aborigen por los que
podemos conocer muchos detalles sobre las costumbres aborígenes, pero no como
fuentes “oficiales” en que buscar información sobre las “leyes del país”.141
En este rápido esbozo no hemos encontrado, entre las formas de castigo abo-
rígenes, dos que eran comunes a casi todas las naciones del viejo mundo: los
azotes y la prisión.
Los azotes, latigazos o golpes, tanto entre los mexicanos como entre todos los
nativos americanos, sólo eran conocidos como insultos mortales. Es cierto que el
Códice Mendocino contiene figuras que representan a un padre mexicano que apli-
ca a su hijo la vara del castigo.142 También es cierto que el candidato al cargo de
señor tenía que soportar golpes143 entre los diversos sufrimientos de esa época
de prueba. Pero ningún “esclavo” era azotado ni golpeado jamás, ni se sometía a
ningún delincuente a esa degradante pena, a la que la muerte habría sido mil
veces preferible.144
Los mexicanos tenían lugares de confinamiento –recintos oscuros y sombríos
con entradas “como puertas de palomar”.145 Los había en todos los edificios ofi-
ciales y también en los lugares de culto. Se llamaban teilpiloyan, “lugar del apre-
sado”;146 tecaltzaqualoyan, “lugar de entierro o de confinamiento”;147 y quauhcalli,
“casa de madera”.148 Esta última, descrita como una jaula de madera colocada en
una cámara oscura, estaba reservada a aquellos cuyo destino estaba sellado, cri-
minales sentenciados a ejecución inmediata o bien cautivos que pronto serían
sacrificados.149 Los dos primeros tipos de prisión eran utilizados para los culpa-
bles de delitos leves. En todo caso, no eran sino lugares de detención transito-
rios, porque cualquier prisionero que permaneciera allí por algún tiempo invaria-
blemente moría de hambre, suciedad y aire impuro. El confinamiento permanente
significaba simplemente la muerte.150
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO 213
las numerosas festividades, religiosas y otras.158 Tenía a sus órdenes directas a los
calpixqui o “mayordomos” que atendían todos los detalles referentes a la recolec-
ción, el almacenamiento y la distribución de todas las provisiones.159 Es probable
que él mismo designara a los mayordomos, que luego debían ser aprobados por
el consejo.160 Aparte de esos subalternos el calpullec tenía sus mandaderos y asis-
tentes, en su mayoría miembros de la casa, quizás “esclavos”. Su poder judicial
estaba limitado a los casos menores, y es más que dudoso que tuviera, por sí solo,
autoridad para decidir en cuestiones de vida o muerte. Sin embargo, hay autori-
dad que afirma que tocaba a este funcionario defender a los miembros del calpulli
y hablar por ellos.161 Podemos preguntarnos si esto indica quizás que el calpullec
era también el tlatoani o “vocero” que representaba al grupo de parentesco en el
consejo supremo de la tribu. Sin embargo, esta pregunta debe ser respondida
con una negativa, por la obvia razón de que no podía estar en dos lugares al
mismo tiempo. Se le asignaba como residencia la casa oficial del grupo para que
pudiera estar siempre en funciones allí, y por consiguiente no podía pasar tiempo
fuera de ella, en la casa oficial de la tribu.162 Además de este funcionario (que
corresponde casi exactamente al sachem de las tribus del noreste de Estados Uni-
dos), encontramos al “hermano mayor” –teachcauhtin, achcacauhtin o, por corrup-
ción, tiacauh, que como ya se ha dicho era el comandante militar o capitán del
grupo de parentesco, y el instructor de los jóvenes en los ejercicios marciales;
pero además era también el ejecutor de justicia; no el magistrado, sino el jefe de
policía (para emplear un término de comparación moderno) o más bien el “al-
guacil” del calpulli.163 Como comandante militar podía designar a sus subalter-
nos en el campo, y como ejecutor de justicia tenía el mismo privilegio en el
pueblo. Por lo tanto, el teachcauhtin escogía a sus propios asistentes y mensajeros.
Acompañado por ellos y llevando el bastón de su cargo, cuyo penacho de plumas
blancas indicaba que su llegada podía traer amenaza de muerte,164 el “hermano
mayor” circulaba por su calpulli, preservando el orden y la tranquilidad en todos
sus lugares públicos. Si encontraba o se enteraba de alguien que molestaba o
cometía algún delito, podía aprehenderlo de inmediato y hacerlo trasladar a la
casa oficial, para allí disponer de él en la forma requerida por las costumbres y
leyes del grupo. Sin embargo, es dudoso que estuviera autorizado a hacer justicia
por propia mano, sin conocimiento y consentimiento del consejo, salvo en cir-
cunstancias extraordinarias.165
Antes de pasar ahora de las funciones del grupo de parentesco a las de la
antigua tribu mexicana, debemos detenernos un poco en una institución pecu-
liar, que los mexicanos tenían en común con las tribus indias en general. Nos
referimos al rango y la dignidad de JEFE. La jefatura y el cargo están lejos de ser
equivalentes. La primera es una distinción puramente personal, no hereditaria,
que se confería como recompensa al mérito solamente, mientras que el segundo
forma parte de la maquinaria gubernamental.166 Por lo tanto, un jefe podía ocu-
par un cargo o no, y seguía siendo el jefe, mientras que no era necesario ser un
jefe para ocupar ciertos cargos. Con todo, es evidente que, como los jefes siem-
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO 215
pre eran hombres de especial capacidad, los cargos más altos solían ser ocupados
por jefes.
El título y rango de “abuelo” (tecuhtli),167 que era el término mexicano para
jefe en general, estaba abierto a cualquiera que se esforzara por merecerlos. Se
confería:
1] como recompensa por hazañas guerreras, acciones de intrepidez personal y
gran astucia. La valentía sola no podía alcanzarlo; por eso los “guerreros distin-
guidos” no siempre eran jefes;168
2] como recompensa por acciones que denotaran particular sabiduría y saga-
cidad, y en reconocimiento por servicios en los consejos, o como comerciantes.169
En las dos instancias (o los dos tipos de instancias) anteriores, las acciones de
particular mérito facilitaban, por lo menos, la adquisición del título, pero tam-
bién podía obtenerse:
3] por la observancia de rigurosos y aun crueles ritos de “magia” durante un
tiempo determinado, que ponían a prueba del modo más severo el valor, la for-
taleza y al autodominio del candidato.170 Una descripción detallada de esos ritos
podía reservarse quizá para un subsiguiente bosquejo del culto de los antiguos
mexicanos, pero también merecen un lugar aquí.
Al parecer, el candidato era presentado en el gran lugar central de culto por
los representantes de su calpulli, y quizá también por los demás señores de su
tribu. Allí sufría durante cuatro días y cuatro noches los más crueles tormentos.
Sólo se le permitía tomar muy poco alimento (algunos llegaban incluso a no
comer nada en absoluto durante ese tiempo), mientras que se le hacía sangrar en
abundancia y no se permitía a sus cansados ojos sueño alguno. De tanto en tanto
era expuesto a burlas, palabras injuriosas, bofetadas e incluso golpes. Mientras
estaba así, hambriento y sediento, debilitado por la pérdida de sangre debido al
autosacrificio, otros comían y bebían ante sus ojos. Finalmente le arrancaban las
ropas del cuerpo y, cubierto sólo con el taparrabos, al fin lo dejaban solo en el
calmecac para hacer allí el resto de su penitencia. Una vez transcurridos esos
cuatro días de iniciación, el candidato regresaba a su calpulli a pasar el resto del
tiempo (alrededor de un año) en retiro y abstinencia, que se acompañaban fre-
cuentemente por más o menos sufrimientos físicos autoinfligidos. La investidura
tenía lugar cuando el grupo de parentesco había reunido la cantidad necesaria
de artículos para ofrendar al culto y regalar a los “hechiceros”, funcionarios,
señores e invitados que asistirían a la ceremonia, siempre que el novicio conser-
vara su valor y fortaleza hasta ese momento. La prueba concluía con otro perio-
do de ayuno, sacrificio y tortura similar al que abría la carrera de preparación, y
de nuevo, algunas de las ordalías eran sumamente duras. Por fin se distribuían
los regalos reunidos, y la comida y la bebida alternaban con solemnes danzas al
son de los monótonos ruidos rítmicos que los indios llamaban música. Por últi-
mo, se vestía nuevamente al candidato con ropas adecuadas y se le permitía
recuperarse, siendo ahora “el festejado”.171
Los hombres que habían superado semejantes pruebas, aunque fuesen jóve-
216 A.F. BANDELIER
distribución del tributo que recibía, podía quejarse, por medio de su delegado o
“hablador”, de los oficiales tribales responsables de ello ante el tlatocan.194 La
investidura de los señores y oficiales de los grupos de parentesco también corres-
pondía a la suprema autoridad de la tribu.195 Con frecuencia se distorsiona ese
“derecho de investir a los oficiales y jefes de los grupos” convirtiéndolo en un
derecho a nombrar o por lo menos a confirmar un nombramiento o una elec-
ción,196 mientras que no era más que un acto de cortesía que había llegado a
convertirse en costumbre establecida. Pero lo más importante era preservar la
independencia frente al mundo exterior, y por lo tanto todas las relaciones con
otras tribus, y todas las decisiones finales concernientes a alianzas, declaraciones
de guerra y tratados de paz estaban, como ya hemos dicho en otra parte, en
manos del consejo.197 No se podía iniciar ningún ataque ni expedición si no era
por orden suya, y los delegados de tribus extrañas o enemigas, aunque no siem-
pre eran admitidos a la presencia del tlatocan, tenían que esperar a que ese orga-
nismo se pusiera de acuerdo y formulara una respuesta.198
Tales eran, en general, las funciones superiores del consejo mexicano, y si se
nos permite caracterizarlas, parecen ser sólo arbitrales y directivas. Sin embargo,
los miembros de ese consejo tenían otras funciones de índole puramente judi-
cial.
No había conflicto entre su jurisdicción y la de los grupos de parentesco. No
era ni superior ni inferior a ellos, sino totalmente independiente, incluso sin
conexión con ellos. Por consiguiente, se extendía:
1] a la clase de los desvinculados, los agregados a la tribu o proscritos de los la-
zos de parentesco;199
2] a todas las personas que componían la tribu, independientemente de los
vínculos de parentesco, en lugares especialmente colocados al cuidado de la tri-
bu, o reservados para negocios tribales, y que por lo tanto eran terreno neutral
para los miembros de todos los calpulli. Esos lugares neutrales eran los edificios
oficiales, la “casa de dios” central o tribal, y especialmente los grandes tianquiz o
mercados.
Felizmente para la preservación de la sociedad tribal, los proscritos no eran
muy numerosos. Sin embargo, desde su origen mismo eran la parte más desor-
denada del pueblo y ciertamente los delitos eran más comunes entre ellos que
entre los demás, cuyas pasiones tenían un saludable freno en los vínculos de
parentesco y las obligaciones derivadas de ellos. Hacía falta un poder judicial
constantemente a mano para reprimir y castigar las transgresiones de los miem-
bros de esta clase.
El tecpan, el gran teocalli central y la plaza en que se alzaba, y el mercado eran
lugares habituales de reunión para gente de todos los calpulli, sobre los cuales
ningún grupo de parentesco podía ejercer control alguno.200 Ese control había
sido delegado en el tlatocan como consecuencia de la formación de la tribu. Los
delitos cometidos en tales lugares eran castigados con severidad poco usual, por-
que profanaban terreno neutral y por consiguiente más digno de respeto, por
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO 219
estar abierto al uso común de todos los grupos.201 Era tanta la gente que se reunía
allí diariamente, que el ejercicio diario, o al menos la presencia, de la autoridad
judicial era absolutamente indispensable,202 y por esa razón se imponía la pre-
sencia cotidiana, en la casa oficial de la tribu, de un cuerpo de “jueces”. Las
decisiones de esos jueces tenían que ser definitivas, incluso en asuntos de vida o
muerte. Por lo tanto, los jefes que constituían la autoridad suprema de la tribu, los
miembros del consejo o tlatoca, eran también sus jueces supremos. Se dice que
para esa diaria tarea los 20 “habladores” se subdividían en dos organismos que se-
sionaban simultáneamente en dos salas separadas del tecpan. Uno de esos orga-
nismos ha sido llamado “tribunal de los nobles”, porque se ocupaba no sólo de
casos tribales sino especialmente de asuntos gubernamentales en general, mien-
tras que el otro se limitaba a cuestiones judiciales.203
Así hemos encontrado en el tlatocan o consejo la suprema autoridad directiva
de la tribu, el árbitro entre sus componentes orgánicos, y el supremo poder judi-
cial de la tribu. Es fácil reconocer en él un equivalente del consejo del grupo de
parentesco.
Al igual que el grupo, que tenía dos funcionarios superiores subordinados a
los decretos de su consejo para la ejecución de los mismos, la tribu tenía a su vez
dos funcionarios ejecutivos principales.
Aun en un periodo comparativamente remoto de la historia de los antiguos
mexicanos podemos discernir dos cargos, no creados de manera formal sino
surgidos naturalmente de lo que quedaba de organización tribal, que marcan los
inicios de un supremo ejecutivo tribal. Uno de ellos es el “viejo sabio” que con-
ducía la “conversación”;204 el otro es el “gran guerrero” que conducía a los valien-
tes a la batalla.205 Hay indicios de que por algún tiempo estos dos cargos fueron
desempeñados por la misma persona, pero desde la época en que se formó la
confederación reconocemos dos agentes supremos del ejecutivo,206 uno de los
cuales es el llamado “mujer-serpiente” o cihuacoatl, y el otro (erróneamente lla-
mado “rey”) es el “jefe de hombres” o tlacatecuhtli.
El cihuacoatl era elegido por el consejo para el resto de su vida, mientras su
conducta fuera buena.207 En el Códice Mendocino –la fecha más antigua relaciona-
da con el cargo– encontramos el símbolo del “mujer-serpiente” agregado a la
cabeza de “Manojo de cañas”, quien fue instaurado como “jefe de hombres” en
1375.208 Por lo tanto, podemos deducir que en un tiempo la misma persona
ocupaba ambos cargos. Como quiera que sea, el cihuacoatl sólo adquiere promi-
nencia después de la formación de la alianza tripartita de las tribus de México,
Texcoco y Tlacopan.209 Pero la posición que ocupa de ahí en adelante es muy
importante. Las crónicas más específicamente mexicanas lo llaman “coadjutor
del rey”, “segundo rey” y “gobernador”.210 Otras autoridades lo mencionan como
“virrey”,211 y aún más frecuentemente como “supremo juez”.212 Por último, testi-
gos presenciales de la conquista aplican al “mujer-serpiente” los títulos de “guar-
dián del tributo”213 y “capitán general” de los mexicanos.214 Cada una de estas
designaciones contiene cierta parte de verdad, aunque ninguna de ellas define
220 A.F. BANDELIER
otro jefe que, después de haber sido en origen el principal jefe guerrero de los
mexicanos, pasó a ser por último comandante de las fuerzas confederadas.221
Volveremos a las posiciones que ocupaban relativamente los dos oficiales, pero
por ahora sólo queremos advertir sobre el hecho de que, como este último ha
sido llamado generalmente monarca, se explican, aunque no se justifican, las
designaciones de “coadjutor del rey”, “segundo o segunda persona del rey”, igual
que los títulos de “virrey” o “lugarteniente. Por último, el cihuacoatl era, ex officio,
comandante en jefe de los mexicanos propiamente dichos, al tiempo que su co-
lega encabezaba las fuerzas confederadas.222 Sin embargo, si esto no ocurría, este
último podía comandar personalmente a los mexicanos, o bien un sustituto de
los dos podía ejercer el mando.223 Durante los últimos días del México aborigen,
cuando en la ciudad sitiada se apiñaban guerreros de diferentes tribus, junto con
los jefes supremos de Texcoco y Tlacopan, el llamado “rey de México” aparecía
como comandante de los confederados, mientras que el “mujer-serpiente” sólo
ejercía la autoridad y desempeñaba las funciones de “capitán general” del con-
tingente mexicano.224
Todos estos diferentes atributos podrían estar unidos en las funciones de un
cargo: el de jefe supremo de la tribu. Como tal debemos considerar al cihuacoatl,
y como tal fue reconocido por Cortés cuando en 1521 nombró al último “mujer
serpiente” como “gobernador” de los restos de la tribu mexicana y de los llama-
dos barrios de indios en los que fueron establecidos posteriormente.225
Ya hemos visto que el “mujer-serpiente” era el colega, o asociado en asuntos
de importancia tribal, de otro oficial que originalmente había ocupado su pues-
to, pero cuya esfera de acción se había extendido tanto por la formación de la
confederación que se hizo necesario crearle un colega para los asuntos tribales.
Ese oficial, llamado comúnmente “rey de México”, y a veces incluso “emperador
del Anahuac”, era el “jefe de hombres” o tlacatecuhtli.226
En el año 1375, de acuerdo con el Códice Mendocino, el primer ocupante del
cargo fue elegido por voto popular.227 De ahí en adelante el oficio siguió siendo
estrictamente electivo y no hereditario, salvo en la medida en que, igual que
ocurría con los funcionarios del calpulli, los descendientes del anterior ocupante
tenían preferencia para sucederlo, a condición de que fueran competentes.228
Pero no había ninguna regla de sucesión que limitara la elección a una familia, y
posiblemente ni siquiera a un grupo de parentesco.229 Como cualquier otro car-
go, era preciso merecerlo,230 y no se alcanzaba por nacimiento ni por artificio,231 ni
se transmitía por herencia.232
La historia de este cargo puede dividirse en dos periodos: el primero se cierra
con la formación de la confederación en el primer cuarto del siglo XV; el segun-
do empieza en ese momento y dura hasta la anulación final del cargo por los
españoles, en 1521.233 Durante el primer periodo, el “jefe de hombres” no era,
como ya se ha dicho, sino el jefe ejecutivo de la tribu, y los deberes de su cargo en
esa época incluían los del cihuacoatl, según hemos explicado. La confederación
había modificado la situación de tal modo que este funcionario pasó a ser “gene-
222 A.F. BANDELIER
puesto eran oportunidades para lucir las mejores galas indias, incluyendo una
serie de elementos con que se adornaba al “jefe de hombres”, como sus insignias
oficiales; sin embargo, la costumbre de mantener los ojos bajos mientras se le
hablaba no era tanto una marca de particular respeto sino un hábito totalmente
indio de tímida desconfianza, que hasta hoy es común a tribus mucho más ru-
das;250 y los trajes y ornamentos peculiares, como el tocado tan apropiadamente
llamado por los españoles “media mitra” y otros elementos ya descritos por no-
sotros en una ocasión anterior, no los usaba sólo él, sino que el cihuacoatl tenía el
mismo privilegio.251 Esto, y los ritos fúnebres a los que no podemos referirnos en
detalle aquí,252 demuestran una vez más la igualdad de rango de ambos oficiales,
además de disipar las concepciones de etiqueta real y magnificencia que han
envuelto a la figura del “Señor Iracundo” (Moctezuma) en la historia.
Como cabeza de la casa oficial, el “jefe de hombres” necesitaba muchos asis-
tentes y subordinados. Debía tener mayordomos que se encargaran de las provi-
siones y su distribución diaria,253 y requería sobre todo de corredores que entre-
garan sus mensajes. Esos funcionarios podían ser elegidos por él, y en esa medida,
pero no más, tenía derecho a designar a sus subordinados.254 Pero el hecho de ser
designado por el “jefe de hombres” para determinada tarea no confería ningún
cargo ni rango hereditario; por el contrario, incluso es probable que la mayoría
de esos puestos fueran ocupados por proscritos, puesto que en realidad ése era el
grupo del que podían sacarse servidores inferiores para el manejo de los asuntos
tribales sin perturbar el equilibrio del poder entre los grupos de parentesco.
El tecpan era, como hemos dicho, la “casa de la comunidad”, es decir, el lugar
donde se resolvían los asuntos de todo el grupo social, y también, como se ha
demostrado, la sede regular de la suprema autoridad o “consejo tribal”; en con-
secuencia, deben de haber existido relaciones peculiares y distintas entre ese
consejo y el supremo funcionario, que tenía el deber de residir en esa misma
casa. En parte nos explica esas relaciones la afirmación de que el “jefe de hom-
bres” estaba allí como un guardia, para proteger los intereses de la tribu en me-
dio de los negocios de la confederación:255 era su deber estar presente día y
noche en esa casa, centro donde convergían los hilos de información traídos por
mercaderes, recaudadores de tributos, exploradores y espías, así como todos los
mensajes enviados o recibidos de todas las tribus vecinas, amistosas u hostiles.
Cada uno de esos mensajes iba directamente al “jefe de hombres”, a quien co-
rrespondía, antes de actuar, transmitir su contenido al cihuacoatl y convocar el
tlatocan por medio de él.256 Así, el “jefe de hombres” ocupaba una posición inter-
media entre la confederación y la tribu. Podía, ex officio, estar presente en las
deliberaciones del consejo, aunque su presencia no era obligatoria; y su voz y
voto no eran decisivos ni tenían más peso que el que pudieran darle su razona-
miento y la consideración personal que alcanzara por sus méritos y experiencia.
Cuando se llegaba a una decisión, tocaba al “jefe de hombres” proveer a su
ejecución. Así, si los mercaderes regresaban maltratados y golpeados y el consejo
mexicano clamaba venganza, era él quien enviaba a sus mensajeros a las tribus
224 A.F. BANDELIER
oficiales de justicia, hemos de buscar justamente entre los jefes de más alto grado
de las fuerzas tribales a los funcionarios de la justicia tribal. El cihuacoatl, como
jefe guerrero ex officio de la tribu, no podía, como hemos visto, ejercer esa fun-
ción, pero el “jefe de hombres” estaba claramente investido con el poder de
castigar, a tal punto que llegaba a adquirir un carácter de arbitrariedad y despo-
tismo. Sin embargo, si examinamos cuidadosamente los casos registrados, pare-
cen limitarse:
1] a casos de insubordinación, deslealtad o traición en la casa oficial;268
2] a casos de insubordinación militar, o traición;269
3] a casos de gran importancia que requirieran acción súbita a fin de evitar un
peligro público.270
El poder de nombrar de que disfrutaba el “jefe de hombres” dentro de los
límites de la casa oficial implicaba en la misma medida el poder de destituir y
castigar. Ni siquiera era necesario trasladar tales casos al consejo.
Al castigar sumariamente los actos de insubordinación o de traición, cuando
se cometían durante la guerra, el “jefe de hombres” actuaba como comandante
en jefe y en estricto cumplimiento de los deberes de su cargo.
Por último, el comandante en jefe estaba investido de cierto poder discrecio-
nal para bien del público. Colocado en el tecpan para “vigilar, guardar y prote-
ger” a la tribu y la confederación, era necesario que el tlacatecuhtli tuviera poder
para actuar de inmediato en casos de gran urgencia. No era un privilegio de la
realeza ni un derecho despótico, sino una obligación derivada de la naturaleza
de su cargo.
En consecuencia, el “jefe de hombres” tampoco era exactamente el ejecutor
de la justicia tribal: esa tarea correspondía a otros jefes guerreros de menor ran-
go que, aunque superiores en mando a los dirigentes de los grupos de parentes-
co en tiempo de guerra, fuera de él jamás interferían en las acciones de éstos, del
mismo modo que la justicia tribal no interfería en la justicia autónoma de aqué-
llos. Esos jefes eran los cuatro dirigentes principales de los cuatro grandes ba-
rrios de México-Tenochtitlan271 o, como ya hemos dicho, de las cuatro fratrías en
que los 20 grupos de parentesco se habían aglomerado para fines religiosos y
militares. Esos cuatro “grandes barrios”, llamados respectivamente Moyotlan,
Teopan, Aztacalco y Cuepopan,272 no eran, como ahora se supone, otras tantas
subdivisiones gubernamentales del México aborigen. Cascos de otros tantos gru-
pos de parentesco originales, todo lo que quedaba del antiguo grupo orgánico
era el culto en común, tal vez, y el mando común en batalla.273 No es éste el lugar
apropiado para investigar los ritos practicados por una fratría, y ya hemos exa-
minado la posición y funciones que tenía en la guerra. Pero el cargo de ejecutores
de la justicia tribal que correspondía a los “cuatro dirigentes” de las cuatro fratrías
merece particular atención en este momento.
Los nombres, o más bien títulos oficiales, de los cuatro capitanes guerreros
eran: “hombre de la casa de los dardos” (tlalcochcalcatl), “cortador de hombres”
(tlacatecatl), “derramador de sangre” (ezhuahuacatl) y “jefe del águila y la tuna”
226 A.F. BANDELIER
sistema de caminos análogo al de los romanos, que cubría toda el área del Méxi-
co actual, sino un sistema postal perfecto en pleno funcionamiento. Con respec-
to a la primera suposición, véase la carta del licenciado Salmerón, fechada en
México, el 13 de agosto de 1531, y dirigida al consejo de Indias:
Creo que en toda la tierra deberían abrirse caminos para bestias de carga y para carros.
Eso aumentaría mucho la seguridad de nuestras posesiones. Como los indios no tenían
bestias de carga, sus senderos eran rectos y estrechos, y tan directos que no se desviaban
una pulgada para evitar el ascenso de la montaña más escarpada.303
Por esos senderos indígenas, con pesadas losas de piedra que ocasionalmente
cubrían los hoyos o cruzaban barrancos pequeños,304 se enviaba el tributo a la
población de Tenochtitlan, y los mensajeros necesarios se desplazaban rápida-
mente en todos los sentidos, según lo requiriera la ocasión. Pero no había regu-
laridad en esas comunicaciones. No había postas, y para atravesar las amplias
extensiones de tierras despobladas entre una tribu y otra los mensajeros confiaban
en su propia resistencia y en la bolsa de provisiones que llevaban consigo.305
En ocasiones solemnes, los convoyes del tributo no sólo eran escoltados por
guardias y mensajeros destacados para ese fin por el calpixqui, sino acompañados
personalmente por este funcionario, quien entraba a Tenochtitlan a la cabeza del
grupo.306 Los artículos eran llevados al tecpan y allí terminaban los deberes del
“jefe de hombres” en relación con el tributo en general. Porque ese tributo no se
debía a él, sino a la tribu, y se entregaba a los representantes tribales.307 Si la
recolección del tributo requería un conjunto de funcionarios necesariamente
colocados bajo las órdenes del jefe militar, para su preservación y juiciosa distri-
bución hacía falta otro. Si el primero estaba formado por mayordomos que vi-
vían fuera del pueblo, el otro incluía exclusivamente mayordomos residentes en
él, de manera que cada convoy era entregado al funcionario apropiado, que se
encargaba de recibirlo y después seguía las instrucciones de sus superiores en
cuanto a su distribución.308
Ya hemos mencionado al cihuacoatl como el funcionario responsable ante el
consejo por la administración de las provisiones y su correcta distribución, si
bien tenía a sus órdenes otro que prácticamente, en realidad, se encargaba de
esas tareas. Torquemada y los que siguieron su escuela llaman a ese subordinado
“el gran recolector de cosechas”, hueycalpixqui,309 mientras que Tezozómoc y Durán
le aplican el título de “Hombre de la casa de los cofres” o petlacalcatl.310 En ambos
casos, sin embargo, aparece como el “jefe de mayordomos” al que todos los de-
más debían rendir cuentas. Él supervisaba la distribución del tributo,311 y a él
acudían los grupos de parentesco para recibir su parte, quizá la mayor de todas.
Desdichadamente no podemos determinar los principios que guiaban la divi-
sión. Todo lo que sabemos es que la tribu recibía una porción y los grupos de
parentesco o calpulli otra, y que el “hombre de la casa de los cofres”, bajo cuyos
ojos se efectuaba la distribución, se ocupaba después en particular de las provi-
230 A.F. BANDELIER
siones almacenadas que estaban reservadas para la tribu, es decir, para las nece-
sidades del gobierno tribal.312 Por eso el “hombre de la casa de los cofres” parece
con frecuencia estar a las órdenes directas del “jefe de hombres”, quien podía
pedirle en particular los artículos necesarios para el ejercicio de la hospitalidad
tribal, incluyendo regalos, o las elegantes vestiduras que lucía en ocasiones espe-
cialmente solemnes.313 Es cierto que, como hemos mostrado en otra parte, había
algunas parcelas, tecpantlalli, reservadas entre las tribus tributarias para las nece-
sidades de las casas oficiales;314 sin embargo, en muchas ocasiones, festivas o de
dificultad, las cosechas levantadas en ellas resultaban insuficientes, y por eso,
por prudencia, se almacenaban además otras provisiones.315 El petlacalcatl estaba
encargado de ellas también. Lo más probable es que este funcionario fuera de-
signado por el consejo, y debía rendir cuentas en primer término al cihuacoatl,
quien llevaba un registro o lista de los artículos recibidos y de su distribución.
Son esas toscas pinturas en piel preparada, o en tejidos, lo que ha dado origen a
la fábula de que las poblaciones aborígenes de México, Texcoco y Tlacopan te-
nían “archivos”.316
Las provisiones necesarias para el culto y para el mantenimiento de los “he-
chiceros” de la “casa de dios” central también procedían de este tributo, y eran
asignadas a los “hechiceros” de acuerdo con sus necesidades. Pero presumible-
mente la mayor parte del tributo se destinaba a los grupos de parentesco, que lo
distribuían entre sus miembros, después de reservar la cuota necesaria para su
gobierno y el culto. De este modo llegaban por fin al individuo los beneficios de
la asociación tribal –no a través de la tribu, a menos que fuera un proscrito, sino
a través del grupo de parentesco, y así éste aparece de nuevo como unidad activa
de la sociedad organizada, incluso en el tema vital de la subsistencia.
La procuración de la subsistencia por medio de la guerra es el más amplio
campo de acción tribal conocido en el México aborigen. Es lo que vincula al
grupo de parentesco con la tribu y da una razón de ser a la más alta forma
conocida de sociedad tribal: la confederación.
Después de lo dicho en este ensayo y en los anteriores, sería superfluo volver
en detalle sobre la confederación formada por las tres tribus nahuas de México,
Texcoco y Tlacopan. Ya hemos indicado en otra parte sus “términos de acuerdo”,
y conocemos la posición de preeminencia, desde el punto de vista militar, que
ocupaba la tribu mexicana en esa asociación, formada para la guerra y el pillaje.
Todo lo que nos queda por destacar es que esa conexión intertribal del valle de
México no se extendía más allá de una asociación tripartita para los fines men-
cionados. No había interferencia por parte de los conquistadores en los asuntos
de los conquistados, ni intento de meter gradualmente a los elementos
heterogéneos en un molde uniforme, porque no se concebía otra forma de socie-
dad que la basada en el grupo de parentesco y, de esa sociedad, la tribu, caracteri-
zada por un territorio independiente, un dialecto propio y un nombre y culto
comunes, constituía la más alta expresión gubernamental.
Así, casi involuntariamente hemos vuelto a nuestro punto de partida y justifi-
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO 231
[232]
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 233
ral, como una de las más valiosas contribuciones a la historia de México, basada en auto-
ridades que deberían ser publicadas cuanto antes. Para beneficio de los estudiantes, men-
ciono algunas de ellas:
1] Memorial dirigido al rey por Don Hernando Pimentel Nexcavualcuyutl, cacique y goberna-
dor de la provincia de Tezcuco, etc. Ésta es la célebre relación utilizada por Torquemada y
Fernando de Alva Ixtlilxochitl, y que fue propiedad del cavaliere Boturini Benaducci.
2] Relación de Senpuhuala del corregidor Luis Obregón, 1580, ms.
3] Relación de Epazoyuca por el corregidor Luis Obregón, 1580, ms.
4] Relación de Tetliztaca por el corregidor Luis Obregón, 1580, ms.
5] Relación de Meztitlan por el alcalde mayor Gabriel de Chavez, 1589, ms.
6] Relación de Atengo por el corregidor Juan de Padilla, 1579, ms.
7] Relación de Atlatlauca por el corregidor Gaspar de Solís, 1580, ms.
8] Relación de Acapiztla por el alcalde mayor Juan Gutierrez de Liebana, 1580, ms.
9] Relación de Culhuacan por el corregidor Gonzalo Gallego, 1580, ms.
10] Relación de Iztapalapa por el corregidor Gonzalo Gallego, 1580, ms.
Como la mayor parte de estos valiosos manuscritos son propiedad del señor Orozco y
Berra, podemos esperar que se publiquen pronto.
El señor Orozco y Berra llega ahora a la importante conclusión de que:
a] Aculhuacan o Tezcuco tenía asentamientos que eran tributarios suyos exclusiva-
mente (p. 246);
b] el “imperio” tenía tributarios propios;
c] algunos pueblos pagaban tributo tanto a Tezcuco como a México (p. 246). Epazoyuca
“pertenecieron también a Tetzcoco, y en el reinado de Itzcoatl quedaron por mitad para
México y para Tetzcoco, a fin de que de allí sacaran los imperiales las navajas para sus
macanas.” Tomado probablemente de la relación 3.
Los “imperiales” eran pues los confederados, y el “imperio” la confederación. Pero si,
dentro del área conquistada por los confederados, cada uno de éstos recibía su parte de
tribus tributarias, ¿cómo podía ser su tarea o su tendencia unificar o nacionalizar, si cada
uno de los tres asociados no era sino una parte de esa potencia, y su asociación era
voluntaria?
II. Ninguno de los confederados tenía ningún poder sobre los demás, más allá de la
dirección exclusivamente militar delegada en los mexicanos propiamente dichos. Véase
“Rapport sur les différentes classes de Chefs de la Nouvelle Espagne”, de Alonso de
Zorita, trad. M. Ternaux Compans e impresa en 1840 por éste en su Voyages relations et
mémoires originaux pour servir à l’histoire de la découverte de l’Amérique [Breve y sumaria relación
de los señores de la Nueva España en el apéndice de este volumen, infra, pp. 463-564] (p. 11
[p. 469]): “En México y en su provincia había tres Señores principales, que eran el Señor
de México y el de Tlezcuco y el de Tlacopan, que ahora llaman Tlacuba. Todos los demás
señores inferiores servían y obedecían á estos tres Señores; y porque estaban confedera-
dos, toda la tierra que sujetaban la repartían entre sí. Al señor de México habían dado la
obediencia los Señores de Tlezcuco y Tlacuba en las cosas de guerra, y en lo demás eran
iguales, porque no tenía el uno que hacer con el señorío del otro”; (p. 16 [p. 470]): “cada
Señor de estos tres confirmaba la elección de sus súbditos; porque como está dicho, cada uno
de ellos tenía su señorío conocido y apartado, con jurisdicción civil y criminal”.
Fray Toribio de Motolinia, Historia de los indios de Nueva España, en García Icazbalceta,
Colección de documentos, vol. I, “Epístola proemial”, p. 5, dice: “Despues el señorío de
Tetzcoco fué tan grande como el de México”; “Los de Tetzcoco, que en antigüedad y
señorío no son menos que los mexicanos” (p. 11); “Esta ciudad de Tetzcoco era la segun-
234 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
que no reconocían al uno ni al otro.” Cito este pasaje simplemente como una ilustración
general.
Fray Bernardino de Sahagún (Historia general de las cosas de Nueva España, ed. de Car-
los Ma. Bustamante, 1829, vol. II, lib. VIII, cap. III, p. 276 [México, Porrúa, 4 tomos, 1956,
lib. VIII, cap. III, p. 288, § 4]): “El cuarto señor de Tezcoco se llamó Nezahualcoyotzin, y
reinó setenta y un años, y en tiempo de éste se comenzaron las guerras, y tuvo el señorío
de Tezcoco siendo señor de los de México Itzcoatzin, y éstos entrambos hicieron guerra a
los tepaneca o de Atcapotzalco, y a otros pueblos y provincias, y él fué el fundador del
señorío de Tezcoco o Acolhuacan.” También vol. III, lib. XII, cap. XLI, p. 59 [t. IV, p. 165],
fin del capítulo.
Fray Diego Durán (Historia de los indios de Nueva España e islas de Tierra Firme, publicado
por José Fernando Ramírez en México, 1867, cap. XIV, p. 123 [México, Porrúa, 1984, cap.
XIV, p. 122, § 28]): “El rey Itzcoatl, aunque mal dispuesto, holgó de la victoria y dio las
gracias a todos los señores y principales. Al cual, agravándosele la enfermedad, enten-
diendo de sí acercársele la muerte, mandó llamar al señor de Tezcuco, Nezahualcoyotl,
pariente cercano suyo, y aconsejóle que no tuviese guerra con los mexicanos, sus parien-
tes y amigos, sino que antes se hiciese con ellos y fuese en su favor siempre, y dejó orde-
nado que desde (entonces) en adelante fuese Tezcuco el segundo rey de la comarca y el
tercero, el de Tacuba, a quien llamaban el rey de Tlaluacpan.” “Y sólo estos tres reyes
mandaron y gobernaron la tierra de ahí en adelante, siendo el de México sobre todos
ellos, y casi como emperador y monarca de este nuevo mundo” (p. 124 [pp. 122-123, § 31]).
Casi todo el capítulo XV está dedicado a la formación de la confederación, pero no es
posible insertarlo aquí. El editor de 1867, sin embargo, parece inclinarse hacia la opinión
de que había una confederación en términos de igualdad (p. 130, n. 2). El mismo autor
también afirma repetidamente que los máximos jefes de Texcoco y Tlacopan también
sacrificaban (mataban) cautivos en el gran teocalli de México en ocasiones muy solemnes,
junto con el máximo jefe de México, lo que muestra que tenían iguales derechos (cap.
XXIII, pp. 197 y otras [p. 193]). Pero su afirmación más clara se encuentra en el cap. XLIII
(p. 317 [pp. 335-336, § 14-15]), y dice: “Algunos han querido decir que el reino de Tezcuco
era libre de todo reconocimiento y parias al monarca de México y que en nada le era
sujeto. Lo cual hallo al contrario en esta historia mexicana, porque aunque a la verdad no
tributaban a México mantas ni joyas ni plumas ni cosas de comida, como otras provin-
cias tributaban, hallo empero a los mexicanos metidos en las tierras tezcucanas, donde
sembraban y cogían y algunos de ellos, hechos terrazgueros de los señores de México, y
hallo que en ofreciéndose estas fiestas y solemnidades, daban tributo de esclavos para
ella, de lo cual ninguno estaba exento ni reservado. También hallo que, ofreciéndose dar
guerra a alguna ciudad y provincia, al primero que llamaban y acudían para que aperci-
biese sus gentes era al rey de Tezcuco. Y como habremos notado en esta historia, le
hacían venir a México todas las veces que se ofrecía ocasión. Lo cual no era poca sujeción,
dado que tuviese sus preeminencias y libertades de rey y señor de aquella provincia de
Aculhuacan.”
Fernando de Alvarado Tezozomoc (Crónica mexicana, en lord Kingsborough, Antiquities
of Mexico, vol. IX [México, Porrúa, 1980]). Este autor concuerda tan exactamente con
Durán que no es preciso citarlo extensamente. Véase caps. XIX y XX sobre la pretendida
conquista de Texcoco por los mexicas. Tezozomoc es terminante sobre la cuestión de los
sacrificios conjuntos (cap. LXIX, p. 117 [p. 499]). Sin embargo, hay una observación sin-
gular (cap. XCVII, p. 172 [p. 639]): después que los huexotzincas mandaron delegados a
México a pedir la paz, fue convocado el consejo mexica y “dijo Cihuacoatl resoluto: señor,
236 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
¿cómo será esto, si no lo saben vuestros consejeros de guerras, los reyes de Aculhuacan
Netzahualpilli, y el de tecpanecas Tlaltecatzin? Hágase entero cabildo y acuerdo: fué acor-
dado así”. Este importante incidente muestra que ni siquiera los mexicas tenían derecho
a tratar separadamente con una potencia hostil a las tres tribus, y por consiguiente que
los otros dos eran sus confederados, y no sus vasallos feudales. Durán confirma este inciden-
te en el cap. LX (p. 473 [p. 454]) de su obra antes citada.
Joseph de Acosta (Historia natural y moral de las Indias, Madrid, 1608 [2a. ed., México,
FCE, 1962]), deriva su información de la misma fuente que los dos anteriores, es decir, el
Códice Ramírez. Acosta menciona y describe (lib. VII, cap. 15, p. 490 [p. 346]) la guerra
tradicional entre mexicas y texcocanos y termina: “Con esto quedó el rey de Mexico por
supremo señor de Tezcuco, y no quitándoles su rey, sino haciéndole del supremo consejo,
suyo” (ibid. [pp. 346-347]). Menciona a los dos jefes de Texcoco y Tlacopan como “electo-
res” del gran jefe mexicano.
Sebastián Ramírez de Fuenleal, Obispo de Santo Domingo y Presidente de la Real
Audiencia de México, “Lettre… à sa majesté Charles V”, de fecha 3 de noviembre de
1532, traducida por M. Ternaux-Compans en su Premier recueil de pièces relatives à la Nouvelle
Espagne (p. 254): “Los soberanos de Tezcoco, de Tacuba, que eran muy poderosos en esta
región, obraban igual que Mutizuma. Repartían entre ellos y este soberano el fruto de sus
conquistadas; sin embargo, los soberanos de México eran los más poderosos, y tuvieron
siempre una enorme diferencia.” Las mismas palabras se repiten en el Second recueil,
impreso en 1840 (el primero es de 1838), p. 222, donde se dice que la carta es del presi-
dente y la audiencia.
“Lettre des Chapelains Frère Toribio et Frère Diego D’Olarte à Don Luis de Velasco
etc.”, fechada en San Francisco de Cholula, 27 de agosto de 1554 (en Ternaux-Compans,
Premier recueil, p. 403): “Todos los demás obedecían a Montezuma, al soberano de Tezcuco
y al de Tlacopa. Estos tres príncipes estaban estrechamente confederados; se repartían
entre ellos todos los pueblos que sojuzgaban. Montezuma ejercía la omnipotencia en los
asuntos relativos a la guerra y al gobierno de la confederación.”
Fray Gerónimo de Mendieta (Historia eclesiástica indiana, publicada por García
Icazbalceta en 1870). Después de haber mencionado (lib. II, cap. XXVI, p. 129) que los
jefes de México y de Texcoco habían enviado a desafiar a tribus extrañas para que reconocie-
ran al señor de México como su superior y le pagaran tributo, dice (cap. XXVIII, p. 134):
“Es de saber que los señores de México, Tezcuco y Tacuba, como reyes y señores supre-
mos de esta tierra.” “Los señores de las provincias ó pueblos que inmediatamente eran
subjetos á México, iban luego allí á ser confirmados en sus señoríos, despues que los
principales de sus provincias los habian elegido. Y con algunos […]. En los pueblos y
provincias que inmediatamente eran subjetas á Tezcuco y á Tlacuba tenian recurso por la
confirmacion a sus señores; que en esto y otras cosas estos dos señores no reconocian superior”
(cap. XXXVII, p. 156). (Las cursivas son mías en todos los casos.)
Antonio de Herrera (Historia general de los hechos de los castellanos en las Islas y la Tierra
Firme del mar Océano, Madrid, 1726, déc. II, lib. VII, cap. XII, p. 190). Herrera casi copia a
Gómara, y con respecto a la prisión de Cacamatzin no sólo confirma a Cortés, Gómara y
Bernal Díaz, sino que es todavía mucho más detallado y categórico (déc. II, lib. IX, cap. II,
pp. 217, 218). Por último afirma [déc. III, lib. IIII, cap. XV, p. 133]: “Con Mexico estaban
confederados los Señores de Tezcuco, i Tlacopan, que aora llaman Tlacuba, i partian lo
que ganaban, i obedecian al Señor de Mexico, en lo tocante á la Guerra, i tenian algunos
Pueblos comunes en sucesion, asi de los Señorios, como de los maiorazgos, i haciendas.”
Pasamos ahora a un autor que adopta claramente un punto de vista opuesto, afirman-
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 237
puede sacarse suficiente para demostrar que esta pesada pero importante autoridad no
reconoce ningún imperio mexicano, sino una confederación de mexicanos, texcocanos y
tlacopanos.
Fray Agustín de Vetancurt (Teatro mexicano, ed. de 1870, 2a. parte, trat. I, cap. XIV, p.
291 [Teatro mexicano. Descripción breve de los sucessos exemplares de la Nueva-España en el
nuevo mundo occidental de las Indias, 4 tomos, Madrid, José Porrúa, 1960, p. 261]), admite la
supremacía de los mexicanos, “y remataron la fiesta quedando Yzcohuatl por Rey supre-
mo del Imperio Tepaneca por ser primero Rey que Nezahualcoyotl, y este por Rey de los
Aculhuas, y al de Tacuba le hizieron Rey de la parte de Mazahuacan”. Pero la confedera-
ción o “liga” de los tres jefes está reconocida en todas partes (véase también 2a. parte,
trat. II, cap. III, p. 382 [p. 338]): “Quando los Mexicanos, los Tezcocanos, o de Tlacopan
(que eran los Reyes que estaban confederados para las guerras).”
A esta larga colección de citas podrían agregarse muchas otras, tanto del mismo perio-
do como de fecha posterior. Parece justificar la proposición adelantada: que ninguno de
los confederados ejercía ningún poder sobre los demás, más allá de la dirección exclusiva-
mente militar, que había sido confiada a los mexicanos propiamente dichos.
Los conquistadores nunca interfirieron con el gobierno, la organización y la forma de
vida de las tribus conquistadas. No se hizo ningún intento, directo o implícito, de asimi-
larlas o incorporarlas.
Mi amigo el doctor G. Brühl, autor de la interesantísima y muy cuidada obra Die
Culturvoelker des alten Amerika (Cincinnati, 1876-1878), me ha llamado la atención, en re-
lación con afirmaciones hechas en “Sobre el arte de la guerra” (supra, p. 63, n. 17; p. 73,
n. 152) y en “Sobre la tenencia de la tierra” (supra, p. 134, también n. 56; pp. 135-136,
también n. 69) sobre un pasaje de Sahagún (lib. VIII, cap. XXIV, p. 313 [t. II, lib. VIII, cap.
XVII, p. 317, § 1.11]): “Habiendo pacificado la provincia luego los señores del campo
repartían tributos a los que habían sido conquistados, para que cada un año los diesen al
señor que les había conquistado; y el tributo era de lo que en aquella provincia se criaba
y se hacía, y luego elegían gobernadores y oficiales que presidiesen en aquella provincia,
no de los naturales de ella sino de los que la habían conquistado.” Sin embargo, el propio
autor explica lo que quiere decir con “gobernadores y oficiales que presidiesen en aquella
provincia”. En el libro XII (cap. II, p. 5 [t. IV, p. 25, § 1]) dice: “La primera vez que pa-
recieron navíos en la costa de esta Nueva España, los capitanes de Mocthecuzoma que se
llamaban Calpixques que estaban cerca de la costa, luego fueron a ver qué era aquello que
venía, que nunca habían visto navíos, uno de los cuales fué el Calpixque de Cuextecatl
que se llamaba Pinotl: llevaba consigo otros calpixques, uno que se llamaba Yaotzin, que
residía en el pueblo de Mictlanquauhtla, y otro que se llamaba Teozinzocatl, que residía
en el pueblo de Teociniocan, y otro que se llamaba Cuitlalpitoc, este no era calpixque,
sino criado de uno de estos calpixques, y principalejo, y otro principalejo que se llamaba
Tentlil.” En esto Sahagún concuerda con Tezozomoc (caps. CVI-CIX), en la medida en que
este último también dice que los funcionarios eran calpixques, es decir “mayordomos” o
“recaudadores de tributos”. Cf. Alonso de Molina, Vocabulario, II, p. 12 [Vocabulario en
lengua castellana y mexicana y mexicana y castellana, México, Porrúa, 1992, reimpresión
facsímile, 2a. parte, p. 12; también Rémi Siméon, Diccionario de la lengua náhuatl o mexica-
na, México, Siglo XXI, 1992, p. 62]).
Los nombres de esos indios que recibieron a Cortés se encuentran casi iguales en
todos los autores, pero nos llama la atención el hecho de que muchos de ellos llaman a los
nativos “gobernadores” de Moctezuma. Cito a Bernal Díaz (cap. XXXVIII), Gómara (pp.
312, 314 [cap. LXIV, pp. 106-108]), Ixtlilxochitl (cap. LXXIX, p. 160 [pp. 198-199]), Cruautés
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 239
horribles (p. 3), Herrera (déc. II, lib. V, cap. IV, p. 116 y cap. V, p. 117), Torquemada (lib. IV,
cap. XVI, p. 387; cap. XVII, p. 389, etc.), Vetancurt (vol. II, cap. IV, p. 43 [trat. I, pp. 39-40]),
fray Joseph Joaquín Granados y Gálvez (Tardes americanas, México, 1778, 9a. tarde, p. 234
[“Tarde nona” en Tardes americanas, México, Centro de Estudios de Historia de México,
1984, p. 234]), abate Francisco Xavier Clavijero (Geschichte von Mexiko, Leipzig, 1790,
trad, alemana del original italiano publicado en Cesena en 1780, vol. II, lib. VIII, cap. V, p. 16
[Historia antigua de México, México, Porrúa, 1958, 4 tomos, lib. VIII, cap. 20, p. 65]. Estos
gobernadores, por lo tanto, no eran sino calpixques, en otras palabras, recaudadores de
tributos. Esto lo dice ya Oviedo (t. III, lib. XXXIII, cap. I, p. 239), al hablar de Cempoala,
“porque los indios y ministros que allí estaban para mandarlos, eran oficiales y mayordo-
mos de la ciudad de México”.
La “Real Ejecutoria de S.M. Sobre Tierras y Reservas de Pechos [tributos] y Paga, per-
teneciente á los Caciques de Axapusco, de la Jurisdicción de Otumba” (García Icazbalceta,
Colección de documentos, vol. II, p. 5) menciona a los indios en cuestión como “enviados por
el gran Moctezuma”.
Esto explica la aparente contradicción de Sahagún.
Es un hecho singular, pero ampliamente demostrado por los documentos de la con-
quista, que en toda su marcha desde la costa hasta México en ningún lugar se encontra-
ron los españoles con administradores o gobernantes de tribus sometidas. Las citas son inúti-
les, y remitiremos solamente a la notable descripción que ofrece Bernal Díaz de los
acontecimientos de Quiahuiztlan (cap. XLVI, pp. 40, 41 [pp. 116, 117]), que culminaron
con la violencia hecha a los “recaudadores de Moctezuma”. Esa escena, que es sumamente
característica, ha sido “remodelada” y embellecida, mediante unas pocas omisiones, por
nuestro gran W.H. Prescott (History of the conquest of Mexico, 1869, lib. II, cap. VII, p. 349
[Historia de la conquista de México, México, Porrúa, 1976, lib. II, cap. VII, pp. 160-161]).
Finalmente, hay abundantes pruebas de que ni los mexicanos ni ninguno de sus confe-
derados intentaron jamás cambiar o subvertir la organización y la forma de gobierno de
ninguna de las tribus que sometieron. Remito a Oviedo (lib. XXXIII, cap. XLVI, p. 502),
Torquemada (lib. XIV, cap. VIII, p. 547), Ixtlilxochitl (cap. XXXVIII, p. 274 [pp. 103, 104]),
Andrés de Tapia (Relación sobre la conquista de México, en García Icazbalceta, Colección de
documentos, vol. II, pp. 501, 502 [p. 592]): “México tenia en su tiempo en el hacer guerra
esta órden: que yendo á la guerra, el que se daba de paz no tenia sobre él tributo cierto,
sino que tantas veces en el año le llevaban presente á su discrecion del que lo llevaba;
pero si era poco mosábales [sic] mal rostro, y si mucho agradecíaselo. Y en estos no ponia
mayordomo ni recaudador ni cosa: el señor se era señor. Los que tomaba de guerra
decian tequitin tlacotle, que quiere decir, tributan como esclavos. En estos ponía mayordo-
mos y recogedores y recaudadores; y aunque los señores mandaban su gente, eran debajo
de la mano destos de México”; Motolinia (trat. III, cap. VII, p. 185 [p. 184]); Granados y
Gálvez (“Tarde quinta”, p. 168), singular cuadro de la más pura feudalidad, del que es
posible que Gómara sea en parte responsable; Ramírez de Fuenleal (pp. 245-247); com-
párese Zorita (p. 16 [pp. 468-469]) con Mendieta y Torquemada.
En consecuencia, no había tendencia a la unificación o nacionalización en todas las
exitosas y vastas campañas que los nahuatlacos del valle de México realizaron durante
más de un siglo. De esas sangrientas luchas no resultó ningún cuerpo orgánico mayor
que la tribu, porque la confederación misma no era el fin, sino el comienzo de esas
empresas. Esto justifica el punto de vista que adopto de aquí en adelante con respecto a
la naturaleza de la confederación: que era una simple asociación para llevar adelante el
negocio de la guerra, que a su vez era parte integrante del modo de subsistencia.
240 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
22. Molina, I, p. 71. Aquí aparece una etimología singular: el hombre dice “tu/su (pl.)
niño”, o “tu/su joven” (te-piltzin, te-telpuch, de tehuatl o te); “tu/su” y piltzintli, “niño” (masc.
o fem.), Molina, II, p. 82 [Siméon, p. 384]; o telpuchtli, “joven” (Molina, II, p. 97 [Siméon,
p. 466]). Pero la mujer, en cambio, dice “mi hijo” (o muchacho, puesto que el nombre es
el mismo para ambos sexos), de conetl, “niño o niña” (Molina, II, p. 25 [Siméon, p. 125])
y el posesivo no, según H.H. Bancroft, Native races of the Pacific States (vol. III, cap. IX, p.
734) o noca, “de mí” (Molina, II, p. 72 [p. 73; Siméon, p. 347]). Pero no son éstos los
únicos apelativos. Además tenemos:
Hijos y nietos de ambos sexos, colectivamente: tepilhuan, teixhuan (Molina, I, p. 71). El
primero se descompone fácilmente en te, “suyo” (pl.), pilzuitli “hijo/a” y un afijo posesivo
huan (Bancroft, vol. III, cap. IX, p. 732).
Hijo o hija mayor: teyacapan, yacapantli (Molina, I, p. 71), de nicyacatia, “ser el primero
o delantero” (Molina, II, p. 22 [Siméon, p. 157]) y yacatl, “nariz”, probablemente debido
a su protuberancia o prominencia (Molina, II, p. 31 [Siméon, ibid.]).
Segundo/a hijo/a: tlacoyeua, tetlamamallo (Molina, I, p. 71). El primero podría derivar
quizá de centlacol, “mitad” (Molina, I, p. 83 [p. 85]), puesto que Molina agrega (II, p. 118
[p. 119]) “el segundo hijo o hija, o de tres o cuatro engendrados o nacidos” [Siméon, p.
574: “hijo segundo (niño o niña) de una familia que cuenta con tres o cuatro hijos”]. La
etimología del otro, si es correcta, podría ser singular: viene ya sea de tetla, “tío”, y tetlan
nino mamali, “hender, o meterse entre mucha gente” (Molina, II, p. 52 [Siméon, p. 253:
“hender, la multitud, meterse en medio de los demás”]), o bien de te, “suyo”, y tlamama,
“el que lleva carga acuestas” (Molina, II, p. 125 [p. 126; Siméon, p. 775]). En ambos casos
indica una posición inferior.
Hijo/a menor: xocoyotl, texocoyouh (Molina, I, p. 71). Definiciones demasiado dudosas.
Finalmente están los apodos, como cozcatl quetzalli, “collar de cambiantes matices verdes”,
tecuzcauan, tequetzalhuan (Molina, I, p. 71), que tienen todos el mismo significado, en
general, de “gema preciosa” o “joya”. Estos nombres metafóricos se encuentran en abun-
dancia en Tezozomoc.
El hecho señalado más arriba de que mientras que los hombres, si son extraños, lla-
man a los niños “su niño”, y las mujeres dicen “mi niño”, podría ser significativo. Podría
ser un vestigio del “derecho materno”.
23. Según Molina (I, p. 71) deriva de ichpocatl, “niña”, (Molina, II, p. 32 [p. 33; Siméon,
p. 167]). Hasta aquí teichpeuh. Los otros dos ya se han explicado.
24. Molina, I, pp. 88, 98 [pp. 89, 99]. Pero aparece también “nieto ó nieta dos vezes”,
ycutontli, teicuton. Sin embargo, según la misma autoridad (Molina, II, p. 34 [Siméon, p.
174]), el hermano o hermana mayor llama al menor n.icuh (n es abreviatura de no). Por
consiguiente, el significado sería “hermanito o hermanita menor”.
25. Molina, I, p. 109 [p. 110]; II, pp. 51, 73 [p. 74]. De nuevo en este caso la mujer dice
“mi niño” (no, “mi”, piltzintli, “niño”). La costumbre de que hombres y mujeres empleen
diferentes nombres para los parientes se encuentra en Perú entre los quechuas e incas.
Cf. Garcilaso de la Vega, Histoire des Incas rois du Pérou, trad. francesa de J. Baudouin,
Amsterdam, 1704, lib. IV, cap. XI, vol. I, pp. 359-360; J.J. von Tschudi, “Peru” Reiseskizzen,
St. Gall, 1846, (un libro excelente), vol. II, cap. X, p. 380. Una costumbre similar se obser-
va también en Nueva Granada entre los muisca. Cf. L.H. Morgan, Systems of consanguinity,
p. 265, según Uricochea.
26. Doctor Adolphus Bastian, “Über die Eheverhältnisse”, Zeitschrift für Ethnologie,
Berlín, 1874, vol. V, presupone una familia, definida y clara: “Aus der Ehe, als erster Kreisung
der Gesellschaft geht die Familie hervor, aus gedehnter Peripherie als gens (unter Erweiterung durch
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 243
die Agnaten) aus ursprusnglichen Patriciern; wo der Grupo de parentesco unter Aufuahme fictiver
Verwandter und zu gehorigen seinen abschluss unter der Patriarchen bewahrt.” Esta posición
ofrece una explicación suficiente, si se aplica indiscriminadamente a los habitantes de
todos los continentes, de por qué la organización de algunos aborígenes de este continen-
te es todavía considerada monárquica. La naturaleza y las funciones del grupo de paren-
tesco indio se entienden totalmente mal, y en consecuencia se representan igualmente
mal (véase también ibid., p. 396).
27. Popol Vuh, en la traducción del original quiché por C.E. Brasseur de Bourbourg,
París, 1861, 3a. parte, cap. III, p. 205 [Popol Vuh. Las antiguas historias del Quiché, México,
FCE, 1976, p. 107, a la que haremos referencia en adelante]: “E pogol vinak, chuti amag,
nima amag; are cut u xe kech, ri oh Queche-vinak; tzatz cut x-uxic ri Ahqixb Ahqahb; mana xa E
cahib chic x-uxic, xere cahib ri qui chuch oh quiche vinak”. Brasseur traduce vinak alternativa-
mente como “hombres”, “tribus” y “naciones”. Sin embargo, de acuerdo con su propio
vocabulario, no significa sino “hombre” o “el aumento” (véase Grammaire, p. 233). En su
traducción del Rabinal Achí (Grammaire, 1a. escena, pp. 27 y 35, etc.), traduce vinak tam-
bién como “jefe”. Pero la verdadera palabra quiché para “tribu” es amag (Grammaire, p.
167). Esto altera el sentido en la medida en que en lugar de “tribu quiché” debería leerse
“hombres de Quiché”, o más bien “hombres quiché”. Las últimas palabras citadas, “xere
cahib ri qui chuch oh quiche vinak”, literalmente dicen: “aunque cuatro éstas (que, quienes)
ciertamente fueron madres de nosotros, hombres quiché”. La nota del célebre abate (p.
207, n. 3), en que dice que “madre” se aplica con frecuencia al jefe, encuentra paralelo en
muchos pasajes de Tezozomoc en que la tribu es mencionada, asimismo, como padre y
madre. También Durán, cap. XV, p. 127.
La creación de esos cuatro hombres y cuatro mujeres precede inmediatamente, en el
Popol Vuh, al relato del primer sacrificio y la distribución de los ídolos, y se dice claramen-
te que tuvo lugar durante la época de oscuridad, y que el lucero del alba fue su única guía
y más brillante luminaria (Popol Vuh, pp. 209, 211 y 213 [pp. 108-110]). Sahagún relata
una historia análoga (lib. VII, cap. II, pp. 248ss [t. II, pp. 258ss]) sobre la primera apari-
ción del sol y la luna. Los dioses disputaban sobre el lugar donde se elevarían los dos
cuerpos celestes, y cuatro de ellos, junto con cuatro mujeres, se volvieron hacia el este para
ver su llegada. La tradición quiché (p. 207 [p. 108]) también ubica la llegada de estos
primeros seres humanos en el este. Por lo tanto, parece ser una tradición originariamente
común a los nahuas y a los quichés, y su relación con el punto en discusión es aún más
prominente.
28. Como no dispongo actualmente de las dos fuentes principales sobre Chiapas,
Núñez de la Vega (Constitución diocesana del Estado de Chiapas, Roma, 1702) y fray Alonso
de Remesal (Historia de la Provincia de Chyapa y Guatemala de la Orden de Santo Domingo,
Madrid, 1619 [Historia general de las Indias Occidentales y particular de la gobernación de
Chiapa y Guatemala, México, Porrúa, 1988, que citaremos en adelante], sólo puedo remitir
a los estudiosos a ellas, así como a las siguientes obras: Lorenzo Boturini Benaducci (Idea
de una nueva historia general de la América septentrional, Madrid, 1776, § XVI, p. 115, copia
de Núñez de la Vega, 34, § XXX [México, Porrúa, 1974, p. 77]); Mariano Veytia y Echeverría
(Historia antigua de México, Ortega, vol. I, 1836 [Mexico, Leyenda, 1944], cap. II, p. 15 [p.
12]); Clavijero, lib. II, cap. XII, pp. 164-165 [cap. 14, p. 179]; Paul Félix Cabrera, Teatro
crítico americano, trad. alemana del teniente general J.H. von Minutoli, incorporada en el
libro de este último, Beschreibung einer alten Stadt, die in Guatimala (Neuspanien) unfern
Palenque entdeck worden ist, pp. 30ss, también siguiendo a Núñez de la Vega; Brasseur de
Bourbourg, en su introducción al Popol Vuh (pp. LXXIII, LXXVII, CXII, etc.); Alexander von
244 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
Humboldt (Vues des cordillères et monuments des peuples indigènes de l’Amérique, 1816, vol. I,
pp. 382-383; vol. II, pp. 356-357 [Vista de las cordilleras y monumentos de los pueblos indígenas
de América. México, Siglo XXI/Smurfit Cartón/Papel de México, 1995, pp. 88-89; Lámi-
nas, lám. XIII]); H.H. Bancroft, vol. III, cap. X, pp. 450, 454, y especialmente vol. V, cap. III,
p. 159 en adelante. Como siempre muy completo y valioso, aun cuando no menciona
ninguna fuente fuera de Núñez de la Vega. Finalmente, A. Bastian, Die Culturländer des
alten Amerika, 1878, vol. II, pp. 360 y 362, quien dice que Votan encontró Chiapas ya
poblada. No confirma esto lo que conozco de Núñez de la Vega y de la otra autoridad
(posterior), don Ramón Ordóñez y Aguiar (Historia de la creación del cielo y de la tierra, Ms.
en el Museo Nacional de México). Votan fue “enviado a dividir y distribuir la tierra”, dice
Cabrera (p. 33), basado en comunicaciones verbales de Ordóñez y Aguiar: “Él [Votan]
afirma que trajo siete familias a este continente de Valum Votan, y les asignó tierras.”
29. Sin hacer citas superfluas para probar hechos bien conocidos –los datos básicos,
por así decirlo, de la arqueología mexicana y centroamericana–, colocaremos lado a lado
los nombres de los días del mes mexicano, nicaragüense, yucateco, quiché, chiapaneco y
tarasco.
Para la interpretación que he intentado más arriba consulté el siguiente muy limitado
número de autores: Brasseur de Bourbourg, Relation des choses de Yucatan, etc., Popol Vuh,
Grammaire Qquiché, Ruines de Palenqué; H.H. Bancroft, vols. II y III; Orozco y Berra y otras
fuentes. Bancroft traduce el quiché akbal como “caos”. Yo sugeriría “casa”, con base en la
siguiente nota de Brasseur (Chronología antigua de Yucatan, por don Juan Pío Pérez, en
Choses de Yucatan, p. 375): “Akbal, palabra antigua que se encuentra en la lengua quiché
con el sentido de marmita, vasija, quizá la palabra con o comitl de los mexicanos.” Juan Pío
Pérez dice sobre la palabra: “desconocido: también se halla entre los días chiapanecos,
escrito aghual” (p. 374). En esto se equivoca el erudito yucateco, porque aghual corres-
ponde al maya y quiché ajau o ahau. En cambio la marmita o vasija estaba claramente
relacionada con el ama de casa, y puesto que el abate nos dice que la palabra akbal había
caído en desuso, la sugerencia de que pueda haber sido usada para indicar algo similar al
mexicano calli, casa, es por lo menos permisible.
He traducido deliberadamente kan por serpiente, en lugar de “cuerda de henequén”,
como anota Pío Pérez (p. 372). Cf. con la nota 1 del abate Brasseur.
Pío Pérez interpreta manik de la siguiente manera: “es perdida su verdadera acepción;
pero si se divide la expresión man-ik viento que pasa, quizá se entendería lo que fue”. Si
se acepta esto, entonces el significado podría ser “rapidez”, o “agilidad”, atributos del
venado, que es el signo correspondiente en los calendarios mexicano y quiché.
Chuen, por las razones indicadas por Brasseur (Chronología…, p. 372, n. 3), debe de ser
“mono”, igual que en las otras tres lenguas. Con respecto a gix, el señor Orozco y Berra
(2a. parte, V, p. 103) copia las tres interpretaciones de Pío Pérez, una de las cuales corres-
ponde a “el acto de saquear o robar un árbol”. ¿Es posible que haya alguna vaga relación
entre esto y el ocelotl mexicano, bestia de presa?
La palabra cauac se menciona como “desconocida” o en desuso. Sin embargo, es nota-
ble su semejanza con el quiché caok, así como con el tzeltal [el autor dice tzendal] cahogh
y también, por último, con el mexicano quiahuitl.
246 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
Con respecto al calendario de Chiapas, lamento decir que el material de que dispongo
es demasiado limitado para aventurar una interpretación. Ninguno de los pocos diccio-
narios o gramáticas tzeltales que aún existen se encuentra a mi alcance. Sin embargo,
debo observar que chan significa en tzeltal “serpiente”, de ahí mi traducción de chanan
(cf. Brasseur de Bourbourg, Recherches sur les ruines de Palenque, cap. II, p. 32, n. 4 y 5).
Abah es probablemente “piedra” (ibid., p. 65, n. 5).
Batz es identificado como “mono”, con los otros tres signos del mismo día, por Brasseur
(introd. Popol Vuh, p. CXXXV, n. 5; 2a. parte, cap. I, p. 69, n. 4).
Además, los signos imox, igh, hix y cahogh son análogos, si no idénticos –al menos en su
sonido–, a los signos correspondientes de los calendarios maya y quiché, y los signos
lambat, molo, been y aghual son similares a los mismos días del calendario maya solamente,
mientras que tzibin recuerda al tziquin del calendario quiché.
Tomando ahora como base el calendario mexicano, no podemos dejar de notar:
1] Que quince de sus signos son idénticos a los del quiché.
2] Tres son absolutamente idénticos a signos del maya, y cinco más son presumiblemente
idénticos.
3] Dos son idénticos a signos del tzeltal, y otros dos presumiblemente lo son.
Por lo tanto, parece justificado suponer que:
1] Los nombres de los días mexicanos y quichés tienen un origen común.
2] Que lo mismo es probable en relación con los días mayas, puesto que se considera
que mayas y quichés pertenecen al mismo tronco lingüístico.
3] Que es admisible la suposición de una relación similar con el tzeltal de Chiapas,
puesto que, aparte de los cuatro signos reconocidos como comunes a ambos calendarios, hay
por lo menos ocho más que son fonéticamente idénticos a otros de los calendarios maya
y quiché.
Por consiguiente, me siento autorizado a concluir:
1] Que los nombres dados a los días por los cinco grupos lingüísticos antes menciona-
dos fueron probablemente idénticos en origen.
2] Que esos nombres, por lo tanto, tienen un origen común.
Ese origen se expresa como sigue:
Mendieta (lib. IV, cap. XLI, p. 537): “Y afirmaban aquellos indios que en el tiempo anti-
guo vinieron á aquella tierra veinte hombres, y el principal de ellos se llamaba Cocolcan […].
Esto escribe el obispo de Chiapa.” Este obispo de Chiapas era fray Bartolomé de Las
Casas, quien en el ms. Apologética historia sumaria, vol. III, p. 124 [México, UNAM, 1967, t. I,
cap. CXXIV] parece dar más detalles. Cito a Las Casas de Brasseur y de H.H. Bancroft (vol.
III, p. 465), porque el ms. no está a mi alcance. Ahora se admite comúnmente, y esa
admisión (correcta o no) es tan general, que no hacen falta citas como prueba, que Cuculcan
o Cocolcan es idéntico al mexicano Quetzalcoatl. Pero a Quetzalcoatl se atribuye la for-
mación del calendario mexicano (Torquemada, lib. VI, cap. XXIV, p. 52; Mendieta, lib. II,
cap. XIV, pp. 97-98).
Con respecto al origen del calendario tzeltal, la tradición es muy clara. Boturini (pp.
115-121, § XVI [pp. 77-90]), citando a Núñez de la Vega (32, § XXVIII): “y prosigue el
Prelado diciendo, que al que llamaban Coslahuntox (que es el Demonio, según los Indios dicen,
con trece potestades) le tienen pintado en Silla, y con astas en la cabeza como de carnero, cuando
dicho Coslahuntox se ha de corregir en Ymos, o Mox, y no está puesto en el calendario
por Demonio, sino por cabeza de los veinte Señores, símbolos de los días del año, y así
viene a ser el primer símbolo de ellos”. Véase también pp. 118-119, citando a Núñez de
la Vega (33-35): “concuerda el sistema de los calendarios de Chiapas y el Soconusco con
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 247
el tolteco […] pues en lugar de los cuatro caracteres Tecpatl, Calli, Tochtli, Acatl, se sirven
los de Chiapas de cuatro figuras de señores, Votan, Lambat, Been y Chinax”.
Clavijero (lib. II, cap. XII, p. 164 [lib. II, cap. 14, p. 179]): “Los chiapanecas, si damos
crédito a sus tradiciones, fueron los primeros pobladores de América. Decían que Votan,
nieto del gran anciano que fabricó la barca grande para salvarse del Diluvio con su fami-
lia, y uno de los que concurrieron a la construcción del alto edificio que se hizo para subir
al cielo, pasó a poblar aquella tierra por orden de Dios.” Adoptado y citado también por
don Francisco Pimentel (Cuadro descriptivo y comparativo de las lenguas indígenas de México,
1865, vol. II, p. 232).
Clavijero (lib. VI, cap. XXIX, p. 412 [t. II, lib. VI, cap. 30, p. 137]): “Los chiapanecas […]
en vez de los nombres y figuras del conejo, la caña, el pedernal y la casa, los de Votan, Lambat,
Been y Chinax; y en vez de los de tiburón, viento, etc., para los días, usaban los de 20
hombres ilustres de sus antepasados, entre los cuales ocupaban los cuatro nombres ya
expresados el mismo lugar que entre los días de los mexicanos ocupaban los nombres del
conejo, caña, pedernal y casa.” Compárese también, en el apéndice al mismo tomo, p. 633
[pp. 373-383], la “Carta del abad Don Lorenzo Hervás”, Cesena, 31 de julio de 1780.
Clavijero (“Disertaciones”, cap. II, p. 281 [t. IV, “Primera disertación”, pp. 29-30]). Des-
pués de recordar la tradición de Votan, citando a Núñez de la Vega, agrega en nota b
[nota 8, p. 19]: “Votan es el principal entre aquellos veinte hombres ilustres que dieron su
nombre a los veinte días del mes chiapaneco.”
Estas afirmaciones, que se basan en los escritos de Núñez de la Vega y en los de Ordóñez
y Aguiar, fueron adoptadas por autores posteriores, entre ellos por Brasseur de Bourbourg
(introd. Popol Vuh, p. LXXII, § 5; “Chronologia”, p. 374, n. 4).
Por lo tanto, la identidad de los 20 días del mes chiapaneco con los nombres de 20
jefes de otros tantos grupos de parentesco es muy probable; y como hemos observado la
estrecha semejanza del calendario chiapaneco con el de los mayas yucatecos, se puede
suponer razonablemente que los nombres de los días mayas denotaban originalmente los
mismos 20 grupos de parentesco. Si éste es el caso (como también parece indicar la
historia de Cuculcan y sus diecinueve seguidores), entonces los 20 signos de los quichés
tienen un origen similar y, por último, la identidad del calendario quiché con el mexica-
no o nahuatl propiamente dicho lleva a la inferencia de que los 20 nombres de los días de
los grupos de indios sedentarios tzetzales, mayas y nahuas de México y Centroamérica
indican un origen común de esos tres grupos, a partir de 20 grupos de parentesco o gentes en un
periodo remoto.
Entre esos 20 grupos hay cuatro más prominentes que los demás. Esto, de nuevo,
podría indicar una derivación aún más antigua de cuatro, de los que surgieron los otros
16, por segmentación. Cómo puede haber ocurrido esa segmentación, está claramente
relatado en el Popol Vuh, y ya he hecho referencia a ello en “Sobre la tenencia de la tierra”
(supra, n. 7, p. 154), a la que, además de la autoridad indígena y Ancient society del señor
Morgan (2a. parte, cap. IV), pido permiso para remitir al “curioso lector”. Con respecto a
la actual división de los asentamientos indios en cuatro partes, dice Brasseur de Bourbourg
(intr. Popol Vuh, p. 117): “Finalmente, casi todos los pueblos o tribus están divididos en
cuatro grupos de parentesco o cuarteles, cuyos jefes forman el gran consejo.”
Presento lo anterior como simples sugerencias, y ruego que sean aceptadas con bon-
dad, puesto que no pretendo arrojárselas al lector como “resultados”. Sin embargo, no
puedo resistir la tentación de presentar aquí algunas observaciones referentes a otras
peculiaridades que presentan los calendarios mencionados, peculiaridades que podrían
arrojar alguna luz sobre los problemas planteados respecto a si originalmente denotaban
248 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
grupos de parentesco o no. Con una sola excepción (cipactli), el calendario mexicano y los
que con él se vinculaban no incluían el nombre de un solo objeto, o fenómeno, que no
pudiera encontrarse en algún lugar de la vasta área ocupada por los tres troncos lingüísticos
en el momento de la conquista. Sin embargo, como demuestra admirablemente el señor
Orozco y Berra (2a. parte, cap. V, p. 107), el mes mexicano incluye los nombres de anima-
les desconocidos tanto en el hogar final de la tribu como en regiones situadas más al
norte. Así el mono (ozomatli) no se encuentra en el altiplano central. En otra parte me
referiré al signo cipactli, que podría denotar tal vez una jibia, o sepia, de dimensiones
monstruosas.
Suponiendo ahora (puesto que no tenemos prueba de lo contrario) que ese “monstruo
marino” era también un habitante de los mares tropicales, tenemos que notar que los 20
signos de los días de los calendarios aborígenes que estamos considerando
1] representan tipos y fenómenos que se encuentran, no exclusivamente pero sí todos, en
el área de México y Centroamérica;
2] que algunos de los tipos animales existen solamente en regiones tropicales y bajas;
3] que ninguno de los animales pertenece exclusivamente a la zona templada de
Norteamérica.
En consecuencia, que estos signos son de origen meridional, e incluso, teniendo en
cuenta que el mono no se encuentra en el valle de México, que se originaron al sur de
éste. Sin embargo, los cuatro “jefes”, como los he llamado (los primeros signos de cada
“semana” de cinco días), es decir: conejo, caña, pedernal y casa, lo mismo podrían haber
sido seleccionados al norte.
Es un hecho abundantemente probado que los grupos de parentesco o gentes que for-
maban las tribus de Norteamérica se nombran según un principio idéntico al que encon-
tramos en los nombres de los días entre los aborígenes de latitudes más meridionales, es
decir, con los nombres de objetos y fenómenos naturales. Morgan ha dado los nombres
de las gentes de por lo menos 30 tribus, que en total incluyen 296 clanes. De esos 296
nombres, 98 son iguales a los de signos de días mexicanos, que se encuentran repetidos
en las distintas tribus. Esos signos son los siguientes:
itzcuintli, perro (casi siempre como “lobo”) 22 veces
quauhtli, águila 12 veces
cozcaquauhtli, halcón (aunque es el “buitre anillado”) 8 veces
mazatl, venado, alce, caribú, antílope 20 veces
cohuatl, serpiente 9 veces
atl, agua (también como “hielo”, “mar”, etc.) 4 veces
miquiztli, cráneo (como “cabeza”) 1 vez
ollin (como “muchas estaciones” y “sol”) 2 veces
calli, casa (como “aldea” y “cabaña”) 3 veces
tecpatl, pedernal (como “cuchillo”) 2 veces
ocelotl, tigre (también como “pantera” y “gato montés”) 5 veces
ehecatl, viento 1 vez
acatl, caña (también como “maíz indio”) 3 veces
tochtli, conejo (también como “liebre”) 3 veces
cuetzpalm, lagarto (como “rana”) 1 vez
xochitl, flor (como “tabaco”) 1 vez
quiahuitl, lluvia 1 vez
Hermitas fabricadas, que sirven para sacramentar en ellas á los que no tienen casa decen-
te, sirviendo de oratorios del Barrio, donde en las fiestas particulares se suelen decir
Missas, rezadas, y en algunas fiestas de devocion quando la piden.” También nos da
información sobre Tlatelolco (pp. 212, 213 [pp. 185, 186]) que demuestra que los indíge-
nas vivían allí “en seis parcialidades, que cada qual tiene sus barrios; y veinte Hermitas
con sus titulares, que celebran”. Esto es algo oscuro, y por lo tanto pondré los nombres de
los “barrios” mexicanos al lado de los de las “ermitas” de Tlatelolco, dejando que el lector
observe por sí mismo las coincidencias:
Los nombres en cursiva son los que se encuentran también entre los de los siete gru-
pos de parentesco originales enumerados más arriba, y así encontramos tres de ellos, uno
en México y dos entre las ermitas de Tlatelolco.
34. Fernán González de Eslava, Coloquios espirituales y sacramentales, 2a. ed., 1877,
de García Icazbalceta. El erudito editor agrega la siguiente nota 50, en la p. 57: “Cuando
se reedificó la ciudad de México, después de la conquista, se colocaron en el centro las
casas de los españoles, y los indios levantaron las suyas alrededor de aquéllas. Esta pobla-
ción india se dividió en cuatro barrios o parcialidades, regidos por caciques de su nación,
sujetos a un gobernador de la misma. Los barrios principales eran San Juan y Santiago.”
Llamándome la atención sobre esta nota en su carta del 14 de noviembre de 1878, mi
estimado amigo añade: “Con el tiempo se confundió la población y desaparecieron esos
barrios, pero aún quedó el nombre y los bienes que poseían las ‘parcialidades’, los cuales
desaparecieron también en mi tiempo.”
35. Hay en las autoridaes descripciones tan variadas de las disensiones entre los que
posteriormente fueron los mexicanos y los tlatelolcas, que no vale la pena examinarlas.
36. “Sobre la tenencia de la tierra”, supra, p. 130, n. 21 y 22. Además de las autorida-
des citadas allí, remito al lector a: Gómara (p. 431 [cap. CCIX, p. 321]): “y dicen que no
trajeron señores, sino capitanes” (ibid., p. 433 [cap. CCXI, pp. 323-324], “De los reyes de
México”); Motolinia (“Epístola proemial”, p. 5): “aunque se sabe que estos Mexicanos
252 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
fueron los postreros, y que no tuvieron señores principales, mas de que se gobernaron
por capitanes”; Mendieta (lib. II, cap. XXXIV, p. 148): “Dicen que el ejército mexicano
trajo por caudillos ó capitanes diez principales que los regian […]. Entre estos eligieron,
luego como hicieron su asiento, por rey y principal señor á Tenuch”; Torquemada, lib. II,
cap. I, p. 78; cap. XII, pp. 94-95.
El hecho de la elección del llamado primer “rey” de los antiguos mexicanos, tan gene-
ralmente reconocido que no se necesita prueba de ello, es prueba suficiente de que, antes
de eso, el gobierno de los mexicanos era, por lo menos, no monárquico. Las palabras de
Torquemada (p. 94): “Dicese, que aviendo pasado veinte y siete Años, que avia que se
gobernaban, en comun, los unos, y los otros, les tomo gana de elegir Rei”, son bien claras.
Aparte de los “caudillos” de los grupos de parentesco, mencionados frecuetemente,
durante este periodo de existencia errante aparecen ocasionales jefes guerreros o valien-
tes que dirigen. Así, hay un jefe llamado “Mexi” mencionado por Acosta (lib. VII, cap. 4,
p. 460 [p. 325]), Sahagún (lib. X, cap. XXIX, pp. 138-139 [t. III, pp. 207-208, § 12.106]) y
Herrera (déc. III, lib. II, cap. X, p. 60); otro famosísimo guerrero llamado Colibrí
(Huitzilihuitl) guió a los mexicanos durante su lucha con las tribus del valle en Chapultepec,
perdiendo la vida en la salida con que lograron romper el cerco de sus enemigos. Véase
Durán (cap. III, p. 27 [pp. 28-29] y cap. IV, p. 30 [p. 39]); Acosta (lib. VII, cap. 5, p. 436 [p.
327]); Torquemada (lib. II, cap. III, p. 82; IV, p. 84; lib. III, cap. XXII, p. 289); Vetancurt (2a.
parte, trat. I, cap. IX, p. 261 [pp. 235-236]; cap. X, pp. 265-266 [p. 240]); Granados y
Gálvez (p. 151); y Veytia (t. I, lib. II, cap. XII, p. 97 [p. 291]; cap. XIII, p. 110 [p. 299]; cap.
XIV, pp. 116, 124 [pp. 303, 308]; cap. XV, pp. 130-131 [p. 312]), quien afirma que “Colibrí”
fue el primer “rey de los mexicanos”, pese a que otros autores lo niegan expresamente.
37. Tezozomoc (cap. I, p. 6 [p. 225]) menciona a los cuatro ancianos que cargaban a la
llamada hermana de Huitzilopochtli: “y á esto dijo Tlamacazqui Huitzilopochtli á los
viejos que la solian traer cargada (que se llamaban Quauhtlonquetzque, y Axoloa el se-
gundo, y el tercero llamado Tlamacazqui Cuauhcoatl, y el cuarto Ococaltzin)”. “Y allí [en
Chapultepec] les habló Huitzilopochtli á los mexicanos, á los sacerdotes que son nombra-
dos Teomamoque, cargadores del dios, que eran Cuauhtlo quetzqui, Axoloa, Tlamacazqui y
Aococaltzin; á estos cargadores de este ídolo, llamados sacerdotes, les dijo” (cap. III, p. 8 [p.
231]). Durán (cap. III, p. 21 [p. 30, § 15-16]): “Llegados a aquel lugar de Pázcuaro, vién-
dole tan apacible y alegre, consultaron a su dios los sacerdotes y pidiéronle […]. El dios
Huitzilopochtli respondió a sus sacerdotes en sueños.” Estas palabras se repiten casi igual
varias veces, en los caps. IV, V y VI. Por último afirma claramente (cap. VI, p. 46 [p. 55, § 2]):
“con los cuatro ayos de Huitzilopochtli, los cuales le veían visiblemente y le hablaban, que
se llamaban Cuauhtloquetzqui, el segundo Ococal, el tercero, Chachalayotl, el cuarto,
Axolohua; los cuales eran como ayos, padres, amparo y reparo de aquella gente”. Acosta
(lib. VII, cap. 4, p. 459 [p. 324]): “Con esto salieron llevando a su ídolo metido en un arca
de juncos, la cual llevaban cuatro sacerdotes principales, con quien él se comunicaba, y
decía en secreto los sucesos de su camino, avisándoles lo que les había de suceder, dándo-
les leyes, y enseñándoles ritos y ceremonias y sacrificios. No se movían un punto sin
parecer y mandato de este ídolo.” Herrera (déc. III, lib. II, cap. X, p. 60): “Llevaron este
Idolo en un Arca de Juncia en hombros de quatro Sacerdotes, los quales enseñaban los
Ritos, i Sacrificios, y daban Leies, i sin su parecer no se movian en nada.” Además de
estas fuentes específica y exclusivamente mexicanas, a las que se agregarán después otras,
la existencia de estos cuatro médicos principales (tlamacazqui, de tlama, “médico, ciruja-
no”; véase Molina, II, p. 125 [Siméon, p. 606]) es comprobada por autores que se inclinan
más bien hacia el lado de los tezcocanos. Torquemada (lib. II, cap. I, p. 78): “y ordenó, que
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 253
quatro de ellos, fuesen sus Ministros, para lo qual, fueron Nombrados Cuauhcohuatl,
Apanecatl, Tezcacohuatl, Chimalman”. “De los primeros Mexicanos, que vinieron á esta
tierra, sabemos, que no traxeron Rei, ni otro Caudillo particular (contra los que tienen, ó
afirman lo contrario) sino que venian regidos de los Sacerdotes, y Ministros del Demo-
nio; sobre cuios hombros venia la Imagen del Dios Huitzilopochtli, y á los consejos, y
determinaciones de estos Ministros eran obedientes” (lib. VI, cap. XXI, p. 41, pero espe-
cialmente lib. IX, cap. XIX, p. 205). Pero el más explícito de todos es de nuevo Veytia (lib. II,
cap. XII, p. 92 [p. 287]). A la muerte de Huitziton: “y aquí fué donde empezaron los
embustes de los viejos y sacerdotes que con más inmediación trataban a Huitziton; por-
que, o concebido ya el ambicioso deseo de quedarse con el mando del pueblo, o para
disminuirle a este el dolor que debía causarle tan gran pérdida” (p. 94 [p. 288]). “Este es
el origen de la famosa deidad Huitzilopochtli” (p. 99 [p. 289]). Aquí Veytia está equivoca-
do al afirmar que Tezozomoc dice que los cuatro sacerdotes se quedaron con Malinalxochitl
en Malinalco. Este autor los menciona de nuevo en Chapultepec (cap. III, p. 8 [pp. 230-
231]). Más adelante (cap. XIII, p. 102 [p. 294]): “Yo me persuado a que es distinto, y que
Ocelopan y los otros tres sus compañeros fueron los cuatro tlamacazquis que fingieron el
embuste del rapto de Huitziton” (p. 109 [p. 299]), y dice que los “viejos sacerdotes” se
opusieron a la elección de un jefe guerrero principal (“rey”) “por no dejar el mando”
(también cap. XV, p. 131 [p. 311]).
De estas afirmaciones se desprende que los cuatro “cargadores del Dios” en realidad
ejercían, o al menos pretendían tener, cierto poder gubernamental. En la sociedad tribal,
ese tipo de poder sólo puede venir de un grupo de parentesco; por lo tanto, los cuatro
“médicos” representaban a cuatro clanes o parentelas muy antiguos, cuyos nombres in-
cluso podían haberse perdido, mientras que el poder anterior “presidía” en forma de
una participación de la “medicina”, “magia” o culto en los asuntos tribales. Recuerdo
aquí la importante afirmación de Boturini (“Edad segunda”, en Idea, pp. 111-112 [p. 83],
§ XVI): “cómo fue costumbre de los indios, poner muy pocas figuras en los mapas, bajo de
cuya sombra se hallan numerosos pueblos y gentes; y así dichos siete tultecos, cuyos
nombres refiere el mencionado don Fernando, se entiende haber sido siete principales
cabezas de dilatados parentescos que se escondían bajo los nombres de sus conductores”.
Lo que el infortunado cavaliere italiano dice aquí de los toltecas es aplicable a todas las
demás ramas del tronco náhuatl y se refiere también a los cuatro “cargadores del dios” en
cuestión.
Veytia afirma (lib. II, cap. XII, p. 110 [p. 288]) que después de la elección de Huitzilihuitl,
mencionada en mi nota 36, el dios Huitzilopochtli se resistió al “ambicioso deseo de
quedarse con el mando del pueblo”. ¿Será esto una indicación de que los cuatro “sacer-
dotes” ejercían un mando militar?
En referencia a la nota 29, sobre los cuatro nombres de los años y los días principales
de los calendarios mexicano y centroamericano, y su probable conexión con otros tantos
grupos de parentesco muy antiguos, permítaseme agregar aquí algunos datos adicionales
acerca del papel singular que desempeña el número cuatro en la mitología y las primeras
tradiciones de México y Centroamérica. Ya he aludido en la nota 27 a las cuatro parejas
originales mencionadas en el Popol Vuh y también por Sahagún. Antes de la creación de
los cuatro hombres, el Popol Vuh contiene el siguiente pasaje notable: “De Paxil, de Cayalá,
vinieron las mazorcas amarillas y las mazorcas blancas. Éstos son los nombres de los ani-
males que trajeron la comida: Yac [el gato del monte], Utiú [el coyote], Quel [una cotorra
vulgarmente llamada chocoyo] y Hoh [el cuervo]. Estos cuatro animales les dieron la no-
ticia de las mazorcas amarillas y las mazorcas blancas, les dijeron que fueran a Paxil y les
254 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
enseñaron el camino de Paxil. Y así encontraron la comida y ésta fue la que entró en la
carne del hombre creado, del hombre formado; ésta fue su sangre, de ésta se hizo la san-
gre del hombre. Así entró el maíz [en la formación del hombre] por la obra de los Proge-
nitores” [pp. 103-104]. Este relato quiché de cuatro animales, o “bárbaros” (esta última
palabra es una interpretación de Brasseur, puesto que chicop significa simplemente “ani-
mal”), que traen el material del que fue hecho el hombre, también encuentra un equiva-
lente en tradiciones mexicanas, como lo registra Sahagún (lib. X, cap. XXIX, p. 140, § 12
[t. III, p. 209, § 12.112]) al hablar de cuatro sabios que permanecieron en el paraíso
terrenal de “Tamoanchan”, donde “inventaron la Astrología Judiciaria y el arte de inter-
pretar los sueños, compusieron la cuenta de los días, y de las noches y de las horas, y las
diferencias de tiempos que se guardó mientras señorearon y gobernaron los señores de
los tultecas, y de los mexicanos, y de los tepanecas, y de todos los chichimecas”. “Tamoanchan”,
en cuanto paraíso, es el equivalente exacto del “Paxil de Cayalá” de los quichés. La tradi-
ción de los cuatro “Tutul-Xiu” entre los mayas de Yucatán también puede clasificarse
entre estos relatos. “Series de katunes”, “Épocas de la historia maya”, “Ésta es la serie de
los katunes en maya” (“helo lai u Tzolan Katunil ti Mayab”), en Brasseur (Relation) y tam-
bién en J.L. Stephens (Travels in Yucatan, vol. II, p. 465, apénd.). También Durán (cap.
XXVII, pp. 222, 224 [pp. 218 y 222]).
38. E.B. Tylor, Researches into the early history of mankind, ed. de 1878, p. 165. Superstitio
o “estar arriba”; el alemán Aberglaube en el sentido de “lo que ha quedado”.
39. Mi amigo el profesor P. Valentini, de Nueva York, se ocupa del estudio de la crono-
logía centroamericana propiamente dicha, así como mexicana. En su más reciente obra,
“The Mexican Calendar Stone” (publicada primero en alemán como conferencia, y más
tarde en Proceedings of the American Antiquarian Society, núm. 71), ha dado una idea general
de sus investigaciones, pero hasta ahora ningún detalle sobre sus resultados. Por lo tanto,
si bien aquí admito 1325 d.C. como fecha aproximada de la llamada “fundación” de
Tenochtitlan-México, me someto a su juicio sobre el particular.
40. Durán, cap. IV, p. 32 [p. 44]; Herrera, déc. III, lib. II, cap. XI, p. 61.
41. “Sobre la tenencia de la tierra”, supra, p. 130, n. 29 y p. 131, n. 32 y 33. Además de
las autoridades citadas, véase Herrera (déc. III, lib. II, cap. XI, p. 61) y Samuel Purchas
(Pilgrimages, 1625, 3a. parte, lib. V, cap. IV, p. 1005).
42. “Sobre la tenencia de la tierra”, supra, p. 131, n. 32 y 33.
43. Morgan (Ancient society, 2a. parte, cap. III, p. 88): “La fratría es una hermandad,
como lo indica el término, y un desarrollo natural de la organización en gentes. Es una
unión o asociación orgánica de dos o más gentes de la misma tribu, para ciertos fines
comunes. Normalmente esas gentes eran las que se habían formado de la segmentación
de una gens original.” Si recordamos cómo aparecieron por primera vez los cuatro ba-
rrios de México, se verá sin dificultad que la analogía con las fratrías es realmente sor-
prendente. Cf. “Sobre el arte de la guerra” (supra, p. 63, y n. 22, y pp. 69-70, y n. 97, 99,
100 y 101). En “Sobre la tenencia de la tierra” (supra, pp. 130-131) me incliné más bien
hacia la opinión de que eran cuatro calpulli que después se subdividieron en “barrios”.
Ahora me corrijo, puesto que he llegado a convencerme de que los llamados “barrios
menores” ya existían en la época del primer asentamiento (cf. n. 37 y 41).
44. Motolinia (trat. III, cap. VII, p. 180) menciona una división en sólo dos barrios en
el curso del tiempo, debido al aumento de la población: “Después andando el tiempo y
multiplicándose el pueblo y creciendo la vecindad, hízose esta ciudad dos barrios ó dos
ciudades.” Ixtlilxochitl (p. 72 [cap. X, p. 29]) afirma simplemente que estaban divididos en
dos “parcialidades”, sin decir cómo y por qué se produjo esa división. Durán (cap. V, p. 43
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 255
[pp. 50-51, § 22-23]): “Hecha esta división y puestos ya en su orden y concierto de ba-
rrios, algunos de los viejos y ancianos, entendiendo merecían más que lo que les daban y
que no se les hacía aquella honra que merecían, se amotinaron, y determinaron ir a
buscar nuevo asiento, y andando por entre aquellos carrizales y espadañales, hallaron
una albarrada pequeña, y dando noticia de ella a sus aliados y amigos, fuéronse a hacer
allí asiento, el cual lugar se llamaba Xaltelulli, al cual lugar agora llamamos Tlatilulco,
que es el barrio de Santiago. Los viejos y principales que allí se pasaron fueron cuatro: el
uno de ellos se llamaba Atlacuahuitl, el segundo, Huicton, el tercero, Opochtli, el cuarto,
Atlacol. Estos cuatro señores se dividieron y apartaron de los demás y se fueron a vivir a
este lugar del Tlatilulco, y según opinión, tenidos por hombres inquietos y revoltosos y de
malas intenciones, porque desde el día que allí se pasaron, nunca tuvieron paz, ni se
llevaron bien con sus hermanos los mexicanos. La cual inquietud ha ido de mano en
mano hasta el día de hoy, pues siempre ha habido y hay bandos y rencor entre los unos y
los otros.” Acosta (lib. VII, cap. 8, p. 468 [p. 331]) y Herrera (déc. III, lib. II, cap. XII) no
hacen sino repetir concisamente lo de arriba. Torquemada (lib. III, cap. XXIV, pp. 294-
295) se opone tanto a Acosta y Herrera como al Códice Ramírez, y da en cambio una
historia sobre el voluntario establecimiento de los tlatelolcas en un cercano terreno are-
noso, separados de los demás, como consecuencia de la antigua disputa o resentimiento
antes mencionado. No hay mucha diferencia entre esta versión y la precedente, puesto
que en ambas el acto de secesión es voluntario. Un hecho singular es el que menciona
Vetancurt (2a. parte, trat. I, cap. XI, p. 269 [pp. 244-245]), que los tlatelolcas hicieron un
mercado para ambos grupos. Por lo demás (p. 257 [pp. 232-233]) concuerda con
Torquemada. Granados y Gálvez (“Tarde sexta”, p. 174), después de decir que ambos
“eran deudos y parientes unos con otros”, agrega: “Ya esta division procediera de enojos
pasados, ya por la incomodidad que sufrian entre los juncos y carrizales; lo cierto es que
se segregaron.” Veytia (lib. II, cap. XV, pp. 135, 142 [pp. 317, 319]), informando sobre to-
das las diversas tradiciones acerca de la fundación de Tlatelolco, llega a la conclusión de
que los “nobles” se retiraron a Tlatelolco, mientras que los “plebeyos” se quedaron en
México. Clavijero (lib. II, cap. 17, p. 178 [pp. 190-191]) concuerda con Veytia respecto a la
autenticidad de las fábulas que se cuentan acerca de antiguas disputas entre la banda de
migrantes, pero (cap. 20, pp. 187-188 [pp. 202-203]) acepta la versión de que esos anti-
guos desacuerdos fueron la causa de la división final.
Hasta ahora no he logrado averiguar si los separatistas tlatelolcas constituían un gru-
po de parentesco o una hermandad de grupos de parentesco, o si eran fracciones descon-
tentas de varios clanes. Si Vetancurt nos hubiera dado los nombres de los barrios de
Tlatelolco, posiblemente podríamos deducir algo de ellos. Tal como son las cosas, el
hecho de los cuatro “principales” que menciona Durán parece indicar cuatro grupos de
parentesco, o más bien (quizá) fracciones de cuatro grupos de parentesco, que probable-
mente se retiraron por falta de espacio. Es posible que los expulsase la superpoblación y
con el tiempo surgiese los sentimientos de celos y rivalidad de que hablan tan abundante
y frecuentemente las autoridades. Véase Veytia, t. I, lib. II, cap. XV, p. 135 [p. 315].
45. Clavijero, lib. III, cap. 1, p. 190 [p. 205]; Torquemada, lib. II, cap. XII, p. 94 y lib. III,
cap. XXII, pp. 288-291; Durán, cap. VI, p. 47 [p. 55].
Es difícil estimar el número de grupos de parentesco que constituían la tribu mexica-
na en esa época. Hay diversas versiones tanto del número de los jefes como de sus nom-
bres. Durán (ibid. [§ 2]) menciona a seis jefes y cuatro sacerdotes. Mendieta (lib. II, cap.
XXXIV, p. 148) menciona a 10 jefes. El Códice Mendocino también dice 10 jefes (Kings-
borough, vol. I, tab. I). Clavijero (lib. III, cap. 1, p. 190 [p. 205]) menciona a 20 jefes. Es
256 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
interesante comparar esos nombres, así como los de los 20 jefes de Torquemada (lib. II,
cap. III, p. 83), con los de los 20 “barrios” de Vetancurt.
“Barrios” de
Durán Mendieta Torquemada Clavijero Vetancurt
Acacitli Acacitli Acacitl Acacitli Tzapotla
Tenoch Tenuch Tenoca Tenoch Huchuecalco
Meci Tecineutl Nanacatzin Nanacatzin Tecpancaltitlan
Ahuexotl Auexotl Ahuexotl Ahuexotl Cihuateocaltilan
Ocelopan Ocelopan Ocelopan Ocelopan Yopico
Tezacatetl Quahpan Tezacatetl Tezacatl Teocaltitlan
Cuauhtloquezqui Xomimitl Xomimitl Xomimitl Tlaxilpan
Ococal Xocoyol Quentzin Quentzin Tequicaltitlan
Chachalayotl Xiuhcaqui Xiuhcac Xiuhcac Atlampa
Axolahua Atototl Axolohua Axolohua Tlalcocomoco
Tlalala Tlalala Amanalco
Tzontliyayauh Tzontligagauti Tepetitlan
Tuzpan Tochpan Atizapan
Tetepan Tetepan Xihuitongo
Cozca Cozcatl Tequixquipan
Ahatl Atzin Necaltitlan
Achitomecatl Achitomecatl Xocolo
Acohuatl Acohatl Chichimecapan
Mimich Mimich Copolco
Tezca Tezcatl Tezcatzonco
He puesto en cursivas los nombres que se parecen. Vemos que, de los diez jefes men-
cionados por Durán y Mendieta, seis son mencionados también por las otras autorida-
des. Como cabía esperar, prácticamente no hay concordancia entre los nombres de estos
jefes y los de los barrios mexicanos.
Si supiéramos que, en este caso, cada “jefe” representaba sólo a un grupo de parentes-
co, o que Durán, Tezozomoc y Mendieta son los únicos que indican la cifra real, podría-
mos determinar el número de los calpulli. Durán (cap. XXVII, p. 224 [p. 217]) afirma
claramente que los autores más antiguos usan el nombre del jefe para denotar a su grupo
de parentesco. Ese capítulo relara la misión de sesenta “brujos” o “hechiceros” enviados
por el jefe “Moctezuma Ilhuicamina” (el primer señor “severo o colérico” de ese nombre)
a una vieja, o diosa, que era la supuesta madre de Huitzilopochtli. Al llegar frente a la
vieja bruja, ella les pregunta por su hijo y por los siete jefes que “enviaron los señores de
quellos siete barrios” (p. 222 [p. 220, § 28]). Los brujos responden (entre otras cosas):
“Grande y poderosa señora, los señores de los calpules no los vimos.” A juzgar por esto,
su número original era de diez, y podemos presumir que, si ése era el caso, ellos eran los
jefes de guerra, mientras que los otros eran más bien funcionarios administrativos simi-
lares a los sachem de los iroqueses (cf. Morgan, Ancient society, 2a. parte, cap. II, pp. 71-73,
cap. IV, p. 114 y cap. V, pp. 129-148). Tendremos ocasión de volver sobre esto en otra nota
más adelante.
46. El cargo de cihuacoatl es muy antiguo. Ixtlilxochitl (Relaciones, pp. 323-324 [p.
267]), después de hablar de los siete jefes de los toltecas, menciona al “Ziuhcóhuatl,
también uno de los cinco capitanes inferiores”, como descubridor de Jalisco. Confirmado
(con excepción de este último dato) por Torquemada (lib. I, cap. XIV, p. 37) y Veytia (t. I,
lib. I, cap. XXII, p. 220 [p. 154]). El Códice Mendocino (Kingsborough, vol. I, lám. II [p. 8])
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 257
elegían al nieto y otro día al sobrino, y así andaban por todo el linaje sin poder acabarse.”
Esto es una clara descripción de la sucesión de cargos en el grupo de parentesco. Tor-
quemada es más o menos igualmente explícito, y esta concordancia entre dos autores que
representan tradiciones tribales antagónicas es ciertamente de mucho peso. A esto debe
agregarse la afirmación de Sahagún (vol. II, p. 318 [t. II, lib. VIII, cap. XVIII, p. 321, § 2]):
“y escogían uno de los más nobles de la línea de los señores antepasados”. Incluso la serie
de contradicciones de Zorita (pp. 12-20 [pp. 468-472]) contiene una descripción clara (si
se estudia atentamente) de la sucesión en el grupo de parentesco, y no en la familia.
52. En la época en que Francisco Vázquez de Coronado llegó a Nuevo México y lo
conquistó, sus indios sedentarios eran gobernados por un consejo de ancianos, y además
tenían gobernadores y capitanes. Esto lo dice explícitamente Pedro de Castañeda y Nájera
(Relation du Voyage de Cibola, entrepris en 1510), quien acompañó a Coronado, en la traduc-
ción francesa de Ternaux-Compans, 1838 (cap. XI, p. 61) sobre Tuscayan Cíbola, aunque
después él mismo dice lo contrario (2a. parte, cap. III, p. 164) en relación con Cíbola.
Torquemada (lib. IV, cap. XL, p. 681) menciona a un comandante al que llama “Mandón”:
“Y despues de él, es el que pregona, y avisa las cosas, que son de Republica, y que se han de
hacer en el Pueblo.” El mismo autor es también muy explícito (lib. XI, cap. XVII, p. 337)
cuando dice: “El Govierno de los del Nuevo-México parece de Senado, u de Señoria”,
mencionando asimismo a los otros dos funcionarios.
Las fuentes sobre el verdadero sistema de gobierno de los indios pueblo son muy
numerosas. Remitiré simplemente a H.H. Bancroft (vol. I, pp. 546-547), W.W.H. Davis
(The Spanish Conquest of New Mexico, 1869, p. 415, n. 4) y Oscar Loew (“Lieutenant G.M.
Wheeler’s Zweite Expedition nach New Mexiko und Colorado”, 1874, en Petermann,
Geographische Mittheilungen, vol. 22, p. 212). Sería inútil enumerar todas las otras fuentes
importantes.
53. ”Sobre la tenencia de la tierra”, supra, pp. 135-136, y n. 61 a 70 inclusive. También la
n. 4 de este trabajo. Con respecto a la fecha en que ocurrió, Bancroft (vol. V, p. 395),
siguiendo a Brasseur de Bourbourg, dice que fue alrededor de 1431 o inmediatamente
después; Clavijero (lib. IV, cap. 3, p. 251 [p. 270]), en 1426; Ixtlilxochitl (Historia, cap.
XXXII, p. 217 [p. 82]), también 1431; Veytia (lib. III, cap. III, p. 165 [p. 158]), 1431; el Codex
Telleriano-Remensis (Kingsborough, vol. I, p. 7 [4a. parte, lám. IV, p. 266] y vol. VI, p. 136)
dice 7 tochtli, o 1404.
54. Durán, cap. XI, p. 96 [p. 98, § 7]. Además de distribuir tierras “juntamente con
daros y repartiros las tierras que habéis ganado, para que tengáis renta para el sustento
de vuestros estados y personas, según el méritos de ellas”, les dio “dictados” o títulos: “y
[quiere] haceros señores de título” (esto equivaldría a hacerlos nobles). Es preciso adver-
tir aquí que “dictado o título de honra” se expresa en lengua mexicana con tecuyotl,
tlatocazotl, mauiçotl (Molina, I, p. 46). Sin embargo, estas palabras sólo significan respecti-
vamente “jefatura”, “el que habla” y “honor” (sobre esta última, véase Molina, II, p. 54
[Siméon, p. 264]), términos todos que entre los aborígenes mexicanos, como veremos
más adelante, se aplican al mérito personal, y no a privilegios hereditarios. A continuación
Durán (p. 97 [p. 99, § 10]) da los títulos como sigue:
A éstos agrega (pp. 98-99 [p. 100, § 15]) cinco más: cuauhnochtecuhtli, cuauhquiahuacatl,
yopicatl teuctli, uitznahuatl e itzcotecatl. Los tres últimos eran de Culhuacan. Sumando a esto
el “jefe de hombres”, que era “serpiente de pedernal” o “sepiente de obsidiana” (Itzcoatl),
tenemos en total veinticinco jefes. Ahora no podemos dejar de notar:
1] “Itzcoatl”, el “jefe de hombres” o supremo jefe de guerra.
2] “Tlacochcalcatl”, “Tlacatecatl”, “Ezhuahuacatl” y “Cuauhnochtli”, los cuatro jefes
militares de los cuatro grandes cuarteles (“fratrías”) de Tenochtitlan (véase “Sobre el arte
de la guerra”, supra, pp. 69-70, y n. 97-101).
3] “Tlillancalqui”, “señor de la casa de la negrura”, jefe relacionado con la “medicina”
o el culto, como mostraré más adelante. Era más bien un consejero o asesor que un
capitán, como afirman positivamente Acosta (lib. VI, cap. 25, p. 441 [p. 313]) y Herrera
(déc. III, lib. II, cap. XIX, pp. 75-76), mientras que Durán (cap. XI, p. 103) afirma que su
cargo era de origen religioso.
4] “Tlacaelel”, que como Durán y Tezozomoc afirman clara y repetidamente, era el
mujer-serpiente o cihuacohuatl. En este caso, sin embargo, se le atribuye el título de “hom-
bre de la casa de los dardos” (tlacochcalcatl), convirtiéndolo así en uno de los cuatro jefes
de las fratrías. Esto es evidentemente un error, puesto que ese título pertenecía a Moctezuma
(el primero o “viejo”). Cf. Torquemada (lib. II, cap. XXXVI, p. 140; cap. XXXXIII, p. 150,
donde lo llama “Capitan General”), Vetancurt (2a. parte, trat. I, cap. XV, p. 293 [p. 262])
y también Durán (1a. parte, lám. 8).
5] Veinte jefes de guerra, cada uno de los cuales mandaba a los guerreros de un grupo
de parentesco o calpulli, es decir que eran los dirigentes militares de 20 grupos de pa-
rentesco mexicanos. Además de las indicaciones que da en este sentido Durán (cap. XXVII,
p. 224 [p. 220, § 28]): “los señores de los calpules no los vimos, ni nos hablaron”, dicen los
brujos enviados a ver a la madre de Huitzilopochtli, después que ella les pregunta sobre
los jefes o capitanes, en número de siete, que habían guiado originalmente a los mexica-
nos (véase n. 33 supra). Tezozomoc (cap. XV, pp. 24-25 [p. 268]) corrobora lo dicho por
Durán (con la excepción de que omite al jefe “Mexicatltecutli” y por lo tanto da sólo
veintisiete jefes) e inserta la siguiente explicación sobre esos 20 (o 21 según Durán) capi-
tanes: “estos cuatro fueron como caciques principales […] y luego por este órden van los
Tiacanes llamados valerosos soldados capitanes con sobrenombres”. El tiacan o tiacauh,
propiamente teachcauhtin, hermano mayor, era el jefe militar de cada barrio o calpulli, y
por consiguiente de cada grupo de parentesco (“Sobre el arte de la guerra”, supra, p. 69,
n. 91-93), lo que significa que esos 20 jefes representan aquí a otros tantos grupos de
260 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
profusión, pero no haría más que extender innecesariamente esta nota. Cf. los títulos de
los sachem iroqueses en Morgan, Ancient society, 2a. parte, cap. V, pp. 130-131.
55. Cf. nota 33 supra. También Molina (I, p. 19) y otros.
56. El Codex Telleriano-Remensis (lám. XIV, y explicación vol. VI, p. 138) concuerda con
esta fecha, o el año 7 calli, que es efectivamente 1473.
57. Este reconocimiento de “ser mexicanos” por parte de los habitantes de Tlatelolco
equivalía a una reclamación, con espíritu de celos y envidia. Si bien Durán dice (cap.
XXXII, p. 257 [p. 251, § 14]) que “habiendo estado hasta entonces sujetos a la corona real
de México”, contradicen esa afirmación no sólo todas las demás fuentes, sino las propias
afirmaciones del mismo autor (cap. V, pp. 43 y 46 [pp. 50-51 y 53]). En las confusas y con-
tradictorias historias sobre el estado de guerra que precedió a la formación de la confede-
ración, los tlatelolcas aparecen siempre ayudando, más o menos, a sus vecinos de Tenoch-
titlan. A veces se limitaban a ser neutrales, y en otras es posible que se sintieran inclinados
a colaborar con intentos de extraños de destruir a sus rivales, pero siempre tuvieron
miedo de las consecuencias que eso podría acarrear para su propia independencia. Durán
(cap. V, p. 46 [p. 53]). Resulta significativa la singular afirmación de que los tlatelolcas
intentaron, aunque infructuosamente, retirar a los texcocanos y tlacopanos de la alianza
con Tenochtitlan para convertirlos en asociados suyos en el esfuerzo por derrotarla. Véa-
se Torquemada (lib. II, cap. LVIII, p. 176): “Quisose aliar con los de Tlacupa y Tetzcuco, los
quales no le acudieron.”
58. Las descripciones de la captura de Tlatelolco por los mexicanos, siendo su supre-
mo jefe guerrero “Rostro en el Agua” (Axayacatl), son tan numerosas, y es tal su concor-
dancia en todo lo relacionado con el tema de este trabajo, que se me permitirá prescindir
de muchas citas y limitarme a los autores más conocidos sobre el antiguo México en
general, con la salvedad de que todos ellos parecen registrar únicamente el lado “tenochca”
de la historia. Boturini (“Catálogo del Museo Indiano”, en Idea, p 23 [p. 121, § XI])
menciona la copia de “un mapa en papel europeo, donde están pintados los reyes de
Tlatilulco y de México” como único documento específicamente “tlatelolca” del que tuvo
conocimiento, pero también se conserva un relato de la derrota del pueblo de Tlatelolco
que tiene todas las trazas de una auténtica versión tlatelolca. La debemos a Oviedo (lib.
XXXIII, cap. XLVI, pp. 504-505): “Había dos parcialidades o bandas en aquella república, la
una se decía mexicanos, y la otra tlatelolcos, como se dice en Castilla onecinos y gamboinos,
o giles y negretes. Y estos dos apellidos tuvieron grandes diferencias: y Moctezuma, como
era mañoso, fingió gran amistad con el señor principal del bando tlatelolco, que se decía
por su nombre propio Samalce, y tomóle por yerno, y diole una su hija, por le asegurar.
Con este deudo, en cierta fiesta o convite a este Samalce, a todos sus capitanes y parientes y
hombres principales, hízolos embeodar, y desque estuvieron bien tomados del vino, hízolos
atar y sacrificarlos a todos, sacándoles los corazones vivos, como lo tienen por costumbre.
Y los que padecieron esta crueldad pasaban de mil hombres, señores principales; y tomóles
las casas y canto tenían, y poblólas de sus amigos y de los de la otra parcialidad mexicana.
Y a todos los que tuvo por sospechosos, desterrólos de la ciudad, que fueron más de
cuatro mil hombres; y en los bienes y moradas de éstos hizo que viviesen los que él quiso
enriquecer con bienes ajenos. Y aquellos que desterró, hizo que poblasen cuatro leguas
de allí, en un pueblo que de aquella gente se hizo, que se llama Mezquique, y que le
sirviesen de perpetuos esclavos. Y así como la ciudad se decía y es su propio nombre
Temiztitan, se llamó y llama por muchos México desde aquella maldad cometida por
Moctezuma.” La misma historia, con menos detalles, la repite en el cap. I, p. 533. Aunque
manifiestamente incorrecta, es interesante compararla con la versión actual.
262 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
Son muchos los autores que mencionan el castigo que recibieron los tlatelolcas. Las
fuentes más importantes son Durán (cap. XXXIV, pp. 270-271 [pp. 264-265]) y Tezozomoc
(cap. XLVI, pp. 74, 75 [pp. 396-397]). Ambos mencionan, además, el mercado de Tlatelolco,
sobre el cual este último dice “que fue tenido el tianguis en mas que si ganaran cien
pueblos”. Los tlatelolcas, como veremos más adelante, eran principalmente comerciantes
y, como Tezozomoc (p. 74 [p. 394]) hace decir a uno de sus ancianos, dirigiéndose a
“Rostro en el Agua”, “nosotros somos tratantes mercaderes, daremos […] pues á fuerza de
armas se ganó este tianguis”. Durán (p. 270 [p. 264, § 21]) dice: “Fecho esto, mandó el rey
que aquella plaza y mercado que ellos ganaron, pues los tlatelulcas no tenían más tierra,
que fuese repartido entre los señores.” Cf. también la afirmación referente al comercio y
el intercambio en el México aborigen, y a los comienzos de los comerciantes de Tlatelolco,
en Sahagún, lib. IX, cap. I, pp. 335-336 [t. III, pp. 15-16].
“Parientes de su propio grupo de parentesco”: sobre esta afirmación permítaseme
hacer referencia a otra de Veytia (t. I, lib. II, cap. XV, p. 135 [p. 315]): “Algunos escritores
nacionales modernos dicen que esta separación no fué precisamente entre nobles y ple-
beyos, sino que ocho familias o tribus, en que había de unos y otros, fueron las que se
separaron” (véase n. 44 supra). Es una lástima que el eminente estudioso mexicano no
haya dado los nombres de esos “escritores nacionales modernos”.
59. Según Durán (cap. XXXIV, p. 271 [p. 265, § 22-23]), permanecieron en una posi-
ción degradada durante por lo menos 160 días, u ocho meses aborígenes: “y les durase
esta penitencia y castigo hasta los ochenta días del segundo tributo”. Después, siempre
según este autor, fueron perdonados condicionalmente: “y así les quitaban aquellos en-
tredichos, que he contado, los cuales, en faltándoles, eran tornados a poner”. Para cum-
plir con la demanda de esclavos de los mexicanos, los tlatelolcas fueron obligados a em-
puñar nuevamente las armas, a fin de tomar parte en las guerras. Tezozomoc (cap. XLVI,
p. 75 [p. 397]) confirma esto, aunque antes (p. 75 [p. 395]) había dicho que habían sido
especialmente obligados a comerciar para México: “y habeis de ser nuestros tratantes y mer-
caderes en los tianguis de Huexotzinco, Tlaxcalan, Tliliuhquitepec y Zacatlan, y Cholula”.
Un castigo similar les adjudicó el “Señor Severo” joven (el último Moctezuma), después
de una fallida campaña contra Huexotzinco, Cholula y Atlixco. Durán (cap. LIX, pp. 468-
469 [p. 450]) y Tezozomoc (cap. XCVI, p. 170 [p. 634]). Además, Durán afirma categórica-
mente (p. 271 [p. 265, § 24]) que la “casa de la medicina” o templo de Tlatelolco fue
cerrado y abandonado a la ruina (“Y así, dice la historia que estuvo hasta entonces lleno
de yerba y basura y caídas las paredes y dormitorios de él”), y Tezozomoc (cap. XLVI, p. 75
[p. 397]) por supuesto lo confirma: “y así fué que lo estuvo muchos años, hasta la venida
que hizo D. Fernando Cortés, marqués del Valle en esta nueva España, como adelante se
dirá, á que me refiero”. Es difícil conciliar estas afirmaciones con las de Bernal Díaz (cap.
XCII, pp. 88, 91 [pp. 258, 259]), Vedia (vol. II) y García Icazbalceta en Cervantes y Salazar
(Tres diálogos, 2o. diálogo, p. 201, n. 40) en el sentido de que Cortés visitó el templo de
Tlatelolco y encontró al “Señor Severo” adorando allí, y aún más difícil conciliar la rela-
ción de Bernal Díaz con la de Andrés de Tapia (pp. 582-586), quien como testigo presen-
cial también, merece crédito similar.
Tlatelolco formaba un quinto gran barrio de México en el momento de la conquista.
Esto lo dice claramente Motolinia (trat. III, cap. VII, pp. 180-181). Torquemada (lib. II,
cap. XI, p. 93) confirma a Motolinia en general (lib. III, cap. XXIV, p. 295). Mendieta, lib.
III, cap. II, p. 182: “en el barrio llamado Tlatelolco”; lib. IV, cap. XV, p. 414: “el barrio se
dice Tlatelulco”; p. 418: “que son del mismo pueblo de Tlatelulco”; cap. XVII, p. 423: “el
convento de Santiago de Tlatelolco (que es como barrio de México)”; cap. XXVIII, p. 466:
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 263
“pueblo de Tlatelolco”; y cap. XXIX, p. 483). Que este quinto gran barrio se dividía a su vez
en seis más pequeños lo afirma Vetancurt (pp. 207, 212 [vol. III, trat. II, cap. III, p. 185]):
“Tiene quatro Religiosos, que con el Ministro colado administran mas de mil y quinien-
tas personas en seis parcialidades, que cada qual tiene sus barrios.” Esto es vago e inde-
finido, y todavía nos queda la duda de si eran sólo seis o había más. Las palabras “que
cada cual tiene sus barrios” parecen indicar que cada una de esas parcialidades se dividía
en otras menores. Sin embargo, las palabras “parcialidad” y “barrio” eran consideradas
equivalentes, y ambas significan “grupo de parentesco”. La historia de la captura del
pueblo mexicano ha conservado, en algunos detalles del sitio, los nombres de algunos de
los “barrios” aborígenes de tlatelolco. Vetancurt (vol. II, 3a. parte I, trat. II, cap. VII, p. 194
[pp. 163-164]) menciona dos: “Yocacolco” (con la hermita de Santa Ana) y “Amaxac” (con
la hermita de Santa Lucia). Este último es mencionado otra vez por él mismo (cap. X, p.
206 [p. 174]) y también por Torquemada, quien incluso da una serie de nombres (lib. IV,
cap. XCIII, pp. 551-552): Nonohualco, Yacacolco, Tlacuchchalco, Amaxac, Coyonacazco.
Esto nos da los nombres de cinco barrios de Tlatelolco. Si agregamos “el barrio, que se
llama Xocotitlan, que es agora San Francisco, que por otro nombre se llama Cihuatecpan”
(ibid.), tenemos el nombre del sexto también.
Que la administración de Tlatelolco estaba separada de la de Tenochtitlan está de-
mostrado por el hecho de que Moctezuma tenía como asistentes a 20 jefes, correspon-
dientes a los 20 grupos de parentesco de los tenochca solamente, sin representación de los
tlatelolcas. Véase Bernal Díaz (cap. XCV, p. 95 [p. 274]). Pero el jefe guerrero de Tlatelolco
estaba presente en el consejo. Así “Itzcuauhtzin” es mencionado frecuentemente como
compañero de Moctezuma. Sahagún [t. IV], lib. XII, cap. XVI, p. 24 [p. 44, § 9]; cap. XVII,
p. 25 [p. 45, § 1]; cap. XXI, p. 28 [p. 48, § 1]; cap. XXIII, p. 31 [p. 51, § 1]; Torquemada, lib.
IV, cap. LXX, pp. 498-499; Vetancurt, vol. II, 3a. parte, trat. I, cap. XV, p. 132 [pp. 111-112];
Clavijero, lib. IX, cap. 19, p. 153 [p. 169].
Hay numerosas instancias del odio entre los mexicanos propiamente dichos y los tlate-
lolcas en los últimos días del sitio de México. Tanto Torquemada (lib. IV, cap. XCII, p. 550)
como Vetancurt (vol. II, 2a. parte, trat. II, cap. VI, p. 193 [cap. VII, pp. 162-163]) señalan
que la huida de los primeros hacia Tlatelolco era como refugiarse entre enemigos. Por
último, el siguiente pasaje de Durán (cap. XXXIV, p. 27 [p. 265, § 24]) es suficientemente
claro: “Y fue tanta la pertinacia de los mexicanos que, hasta que los españoles vinieron a
la tierra, no les dejaron tornar a libertad ninguna, ni a tener templo particular.”
60. History of America, 9a. ed., 1800, vol. III, lib. VII, p. 291.
61. El nombre aparece escrito “Mutizuma”, “Muteczuma”, “Moctezuma”, “Montezuma”,
“Moctheuzoma”, “Motecuhzoma”, y “Señor Severo” es la interpretación más aceptada.
En las láminas de Durán (trat. I, láms. 7, 8, 9, 21, 22, 23 y 26) y en general, el nombre está
representado como el tocado (xiuhhuitzolli) de un jefe, traspasado por una flecha. La
etimología podría ser: mo, “tu”, tecuhtli, “jefe”, y zumale, “furioso y colérico” (Molina, II, p.
28), es decir, “jefe colérico” o “señor severo”. Aparte de las acusaciones que formulan
contra él Ixtlilxochitl y su “escuela”, de haber subvertido gradualmente las bases de la
confederación, autores mexicanos lo acusan de haber revolucionado las instituciones de
su propia tribu. Estos relatos han sido bellamente traducidos al inglés clásico por Prescott
(lib. II, cap. VI, pp. 309-310 [pp. 142-145]). H.H. Bancroft (vol. V, pp. 457, 473-475, etc.)
es igualmente cuidadoso en la reproducción de esas historias, o en su resumen, en forma
más adecuada para lectores refinados e impresionables.
La sustancia de esas acusaciones, sin embargo, puede reducirse a las siguientes afir-
maciones de Tezozomoc (cap. LXXXIII, pp. 145-146 [pp. 577-579]): “Díjole un dia á
264 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
Cihuacoatl Tlilpotonqui: lo que tengo acordado es, que de otra manera llegaban y venian
los mandones y mensajeros á la República Mexicana, en especial los embajadores y co-
rreos y mensajeros cortos, que el rey mi tio Ahuitzotl tenia; quisiera que descansaran y
fuesen elegidos y puestos otros en su lugar, y fuesen de los cuatro barrios de Moyotlan,
Teopan, Atzacualco y Cuepopan; que estuviesen y asistiesen en las casas principales lla-
madas huehuecalli, que son casas de comunidad, y que esté el mayordomo de ellas, junto
á estas casas, y los que hubieren de ser elegidos sean los hijos de los señores y principales
mexicanos, y algunos de ellos tuvieron y tienen hoy dia en sus esclavas hijos, ya estos son
principales, y para que se tenga cuenta con los hijos de los señores mexicanos, é hijos de
reyes que han sido, que estos permanezcan y sean ambajadores como principales que
son, y entren en este palacio principales y no Mazehuales, y tambien que estos hijos y prin-
cipales pobres olvidados que permanezcan, y nó que es porque es Tequihua, cauhtli o
Cuachic, Otomíes siendo miserable Mazehual, valga y aventaje a los principales señores mexi-
canos hijos de reyes […] así por esta manera quisiera hacer y ensalzar á señores olvida-
dos, y que descansen los que eran, y tenian puestos los señores Ahuitzol, y vuestro padre
Cihuacoatzin.” Después cihuacoatl llamó al consejo “el palacio comun” y les presentó esta
sugerencia y “fueron contentos de ello”. “Fué luego Cihuacoatl á la resolucion de ello al rey
y dijo: no los quiero ahora de los mayores, sino de obra de diez á doce años, y de este
tamaño, y dio una vara á conforme, para ser industriados y enseñados á toda inclinacion
buena y retórica muy elocuente como decir: Pajes de el rey. Venidos ante el Cihuacoatl,
como segunda persona de el rey, hizo á los muchachos una retórica elocuente, de la
manera que habian de hacer el servicio personal cada dia al Huitzilopochtli, y al rey, ha-
ciendo ellos la oracion primero de noche, y antes de amanecer para enseñarse á la peni-
tencia de sacrificio, luego barrer el templo, y de allí venir al palacio real, y antes que
amanezca, estar de todo punto barrido y regado, y tener gran cuenta con sus vestidos y
calzados, y cada cinco dias tenerle su cerbatana y ara, para holgarse un rato, y descansar
el cuerpo, su trenzado, su espejo, sus medallas y cadenas, muy concertadamente, y entrareis
allí donde están las mujeres á ver qué han menester y traérselo á ellas, á darle al rey de
almorzar ó cenar, traerle el cacao, las rosas, los perfumandores: la humildad, reverencia, y
jamás mirasen á la cara so pena de muerte, darles prisa a los que sirven y asisten en la
cocina, hacer que los mayordomos lo tengan todo muy cumplido: y mirad de la manera
que entrais allá dentro, que hay allá muchas señoras de valor y muchas esclavas: mirad
que en nada erreis: porque luego al instante sereis consumidos, sin que lo sepa ánima
viviente, y despues con vuestro linaje ireis desterrados, y quedareis afrentados, y vuestras
casas derribadas: y aun si traicion alguno cometiere contra alguna mujer de palacio, las
casas de cuestros padres serás destruidas, y ellos totalmente.” Al concluir esta y otra
(menos importante) plática se dijo: “andando los tiempos, con los temores y enseñamientos
hablaban tan corteses, y estaban sublimados los muchachos, con todas las demas virtu-
des, y fueron y prevalecieron en tanto grado que vinieron á ser señores de los preeminen-
tes que tuvo en su casa y corte”. Durán (cap. LII, p. 416-422 [cap. LIII, pp. 403-407]) no
deja de confirmar las afirmaciones de Tezozomoc, aunque extiende las sustituciones a
casi todos los cargos: “así en el servicio de su casa y persona, como en el régimen en la
provincia y reino” (p. 417 [p. 403, § 3]), excluye a los hijos ilegítimos (“ningún bastardo”)
y da una serie de detalles más o menos pertinentes. Incluso afirma que sacó a los fun-
cionarios de los grupos de parentesco. En suma, presenta el caso como la introducción
del despotismo absoluto, rodeando a la vez el trono de una nobleza poderosa. Acosta, lib.
VII, cap. 21, p. 505 [p. 357]. Herrera (déc. III, lib. II, cap. XIV, p. 66): “porque mando, que
no le sirviesen sino Nobles, y que la Gente Ilustre estuviese en su Palacio, i exercitase
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 265
oficios de su Casa, i Corte”. Torquemada (lib. II, cap. LIX, p. 196), Vetancurt (2a. parte,
trat. I, cap. XIX, p. 328 [p. 292]) y otros, confirman todo esto, aunque en un estilo más
conciso que los autores citados antes. Es evidente que todos estos autores deben de haber
tomado la información de la misma fuente, que no puede ser Sahagún, ni Motolinia, ni
Mendieta, ni ninguno de los conquistadores conocidos. La historia, tal como la relata y
detalla Durán, presupone una clase de nobles hereditarios ya formada y en pleno vigor,
pero en parte excluida de los cargos, o más bien compartiendo el derecho a ocuparlos con
los de la clase común. Esto lo dice claramente Tezozomoc, y aún más particularmente el
propio Durán: “y mudar todos los que su tío Ahuitzotl había puesto y de los que se había
servido, porque muchos de ellos eran de baja suerte e hijos de hombres bajos” (p. 417 [p.
403, § 3]). Ya he demostrado (“Sobre la tenencia de la tierra”, supra, pp. 136-147) que no
existía una clase privilegiada con base en la tenencia del suelo. La supuesta revolución
presupone que hasta el último “Señor Severo” no había una clase de nobles en pose-
sión exclusiva de los cargos. en consecuencia, aun cuando el “jefe de hombres” en cuestión
hubiera querido o deseado excluir a los “hombres bajos” de los cargos oficiales, el princi-
pal desiderátum, es decir, los hombres no bajos que deberían remplazarlos, en cuyo bene-
ficio se habría hecho este cambio, no existían. Porque una nobleza que no se base en la
propiedad hereditaria, o en el mando hereditario de algún tipo, no es nobleza. En lo que
respecta a la transmisión hereditaria de los cargos, el propio Durán es uno de los más
vigorosos testigos en contra de ella (por ejemplo, cap. LXIV, pp. 498-490 [pp. 476-477]).
Por lo tanto, si el “Señor Severo” creó una clase de dignatarios privilegiados alrededor
del año 1503, ésta debe de haber tenido una vida muy corta, pues ciertamente había
desaparecido 16 años después, al iniciarse la conquista española.
La versión de Tezozomoc parece ser la correcta, y así toda la historia se reduce a la
selección de algunos muchachos, probablemente de su propio grupo de parentesco, para el
servicio especial de la casa tribal de gobierno, que tuvo lugar con el conocimiento y el consen-
timiento del consejo solamente. Que ese acto, si llegaba a ser habitual, podía conducir gra-
dualmente al predominio de un grupo de parentesco sobre los demás, es otra cuestión,
que la conquista de México por los españoles dejó sin respuesta definida. Sobre el desva-
limiento de Moctezuma una vez prisionero, véase todos los autores de la conquista.
62. Los árabes, por ejemplo. Véase Fremer, Geschichte der herrschenden Ideen des Islam.
63. Sobre estos tres puntos véase “Sobre la tenencia de la tierra”, en general, y supra,
pp. 146-148 en particular.
64. Motolinia (trat. I, cap. IV, p. 31): “Otros trabajaban y adquirian dos ó tres años
cuanto podian, para hacer una fiesta al demonio, y en ella no solo gastaban cuanto tenian,
mas aun se adeudaban, de manera que tenian que servir y trabajar otro año y aun otros
dos para salir de deuda.”
65. Cf. Los ritos funerarios de los mexicanos, según la mayoría de las fuentes antiguas.
66. “Sobre el arte de la guerra”, supra, p. 63, n. 8, 9. 10. Zorita (p. 48 [p. 477]): “y no
tenían más obligación que acudir á le servir en las guerras porque entonces ninguno
había excusado”.
67. “Sobre la tenencia de la tierra”, supra, p. 139, n. 98. Cf. las autoridades citadas allí.
68. Zorita, p. 221 [p. 518].
69. El establecimiento por profesiones se admite principalmente sobre la base de la
autoridad de Sahagún ([t. III], lib. IX). Ixtlilxochitl (Historia, cap. XXXVIII, pp. 262-263 [p.
103]; “Duodécima relación”, p. 388 [“Undécima relación”, en Relaciones, pp. 444-445])
también dice que en Texcoco cada profesión tenía su propio barrio en el pueblo. Pero una
lectura atenta del primero de los autores citados (cap. XVIII, p. 392 [p. 579]), donde trata
266 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
“de los oficiales que labran pluma, que hacen plumajes y otras cosas de pluma”, nos con-
vence inmediatamente de que el venerable autor se refiere solamente al culto de ciertos
ídolos en determinado barrio por ciertas clases de artesanos, y no a la residencia obliga-
toria en él. En ninguna parte dice que todos los “amantecas” fueran trabajadores de la
pluma. Menciona un barrio llamado “Amatlan” o “Amantla”; ¿será tal vez el “Amanalco”
de Vetancurt? Cf. también Torquemada (lib. VI, cap. XXX, pp. 59 y 60), Motolinia (trat. I,
cap. XII, pp. 67-68), el Conquistador Anónimo (Colección de documentos, vol. I, pp. 392-
393, “Las plazas y mercados”, aunque se refiere a los mercados exclusivamente) y Herrera
(déc. III, lib. IIII, cap. 138 [cap. XVII], p. 138: “i estos andaban por los Barrios, porque en
ellos havia todo genero de Gentes”). A Zorita siguen Vetancurt (2a. parte, trat. I, cap. IV)
y Clavijero (lib. VII, cap. 52, p. 561 [pp. 300-303]).
70. Zorita (p. 129 [p. 495]): “Los demás principales y la gente común y plebeya no se
descuidaban en criar y amonestar á sus hijos, y les retraían de los vicios y los imponían
en servir á los que tenían por dioses, y los llevaban consigo á los templos, y los imponían en
trabajar y en oficios, según que en ellos veían habilidad ó inclinación, aunque lo más
común era darles el oficio del padre.” Gómara (p. 438 [cap. CCXVIII, p. 336]): “Los pobres
enseñaban a sus hijos sus oficios, no porque no tuviesen libertad para mostrarles otro,
sino poque los aprendiesen sin gastar con ellos.” Carlos María de Bustamante (Tezcoco en
los últimos tiempos de sus antiguos reyes, 1826, 3a. parte, cap. III, p. 212): “Enseñaban ademas
los oficios á que tenian aficion.” Clavijero (lib. VII, cap. 5, p. 462 [p. 195]): “Los hijos
aprendían en lo general el oficio de sus padres”, pero no estaban obligados a hacerlo, y
por lo tanto no había “casta”.
71. Las palabras están compuestas de: iztac, “cosa blanca” (Molina, II, p. 49 [Siméon, p.
235: “blanco, blanca”]), teotl, “dios” (Molina, II, p. 101 [Siméon, p. 490]) y cuicatl, “inmun-
dicia”; por lo tanto, el oro era “desecho de Dios”, y la plata “desecho blanco de Dios”.
El trabajo del oro y la plata era considerado por los mexicanos como una invención de
“Quetzalcohuatl”. Sahagún (t. I, lib. III, cap. III, p. 243 [p. 278, § 1]): “y los vasallos que
tenía eran todos oficiales de artes mecánicas, y diestros para labrar las piedras verdes,
que se llaman chalchihuites, y también para fundir plata y hacer otras cosas, y estas artes
todas hubieron origen del dicho Quetzalcóatl.” (También, lib. X, cap. XXIX, pp. 113ss. [t. III,
pp. 185ss.]) El robo de oro o piedras preciosas se castigaba con la muerte por sacrificio.
Clavijero, lib. VII, cap. 17, p. 487 [p. 222] y Vetancurt, 2a. parte, trat. I, p. 484 [vol. I, trat.
III, cap. XIV, p. 424], “Leyes de los Mexicanos”.
72. Mendieta (lib. IV, cap. XII, pp. 405-406) registra una forma muy notable de manu-
facturar sus obras más admirables, las de plumas: “Y hay otra cosa de notable primor en
esta arte plumaria, que si son veinte oficiales, toman á hacer una imágen todos ellos
juntos, y dividiendo entre sí la figura de la imágen en tantas partes cuantos ellos son,
cada uno toma su pedazo y lo van á hacer á sus casas, y despues viene cada uno con el
suyo, y lo van juntando á los otros, y de esta suerte viene á quedar la imagen tan perfecta
y acabada como si un solo oficial la hubiera obrado.” (Copiado por Torquemada, lib. XIII,
cap. XXXIV, p. 489, y con pequeñas variaciones también por Vetancurt, vol. I, p. 487 [2a.
parte, trat. III, cap. XV, p. 433].) Con respecto a la forma de trabajar, Torquemada (lib.
XIII, cap. XXXIV, p. 487) hace esta pertinente observación: “Todo esto labraban (como
hemos dicho) con otras Piedras, y Pedernales; y segun la curiosidad de la labor, pienso,
que estuvieron mucho tiempo en acabarlas.” Véase en general E.B. Tylor (cap. VII, pp. 187-
188) y también Motolinia (trat. I, cap. IV, pp. 31-32).
73. Está ampliamente probado que los artesanos o mecánicos aportaban una parte de
sus productos en forma de tributo. Oviedo, lib. XXXIII, cap. LI, p. 530. ¡Fácilmente
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 267
malinterpretado! Este pasaje de Oviedo explica la acción del “Señor Severo” hacia los
“joyeros” y “orfebres” a la llegada de Cortés, según cuentan Tezozomoc, Durán y Sahagún.
Véase también Zorita (p. 223 [p. 521]), Bustamante (3a. parte, cap. V, p. 232), Herrera
(déc. III, lib. IIII, cap. XVII, p. 138), Clavijero (lib. VII, cap. 15, p. 480 [pp. 212-213]) y
Bancroft (vol. III, cap. VI, pp. 231-232).
74. Se admite generalmente la existencia de un valor de cambio, o dinero, en forma
de granos de cacao, piezas de estaño o de cobre en forma de T y canutos llenos de polvo
de oro. Véase por ejemplo Prescott (lib. IV, cap. II, p. 140 [p. 288]), H.H. Bancroft (vol. II,
cap. XII, pp. 381-383). El cacao desempeñaba entre los antiguos mexicanos el mismo
papel que el wampum entre los indios del norte, para fines de intercambio, pero no iba
más allá. Con respecto a las llamadas monedas de cobre o estaño, en realidad más bien
contraseñas, es conveniente examinar la cuestión más de cerca. Cortés (“Carta cuarta”,
p. 111 [p. 198]) dice categórico que en Tachco obtuvo numerosos pedacitos de estaño “a
manera de moneda muy delgada”, que “hallé que en la dicha provincia, y aun en otras, se
trataba por moneda”. Bernal Díaz (cap. XCII, p. 89 [p. 257]) menciona “hachas de latón,
cobre y estaño” que se intercambiaban en la plaza de Tlatelolco, y cuenta que en ese
mismo lugar encontraron a otros comerciantes que según les dijeron vendían oro en
granos, tal como lo sacaban de las minas, en canutos de pluma de ave, tan blancos que se
podía ver el oro, y por el largo y el grueso de los canutos determinaban cuántas mantas o
“jiquipiles” (bolsas de ocho mil granos) de cacao valían, o esclavos, o cualquier otra cosa
por la que los cambiaban. Gómara (pp. 348-349 [cap. LXXIX, pp. 128, 129]): “Pero la más
principal y que sirve de moneda son unas como almendras, que ellos llaman cacauatl […].
La venta y compra es trocando una cosa por otra.” “No tenían moneda, teniendo mucha
plata, oro y cobre, y sabiéndolo hundir y labrar, y contratando mucho en ferias y merca-
dos. Su moneda usual y corriente es cacauatl o cacao” (p. 451 [cap. CCXLIV, p. 367]).
Oviedo (lib. VIII, cap. XXX, pp. 316-317; lib. XXXIII, cap. LI, p. 536) menciona sólo el cacao
como moneda. Torquemada (lib. XIV, cap. XIV, p. 260 [p. 560]): “Lo que víaban en estos
Mercados, era trocar unas cosas, por otras, y aun aora se usa algo de esto; pero la que mas
generalmente corre, por todas partes, es el Cacao; y en otras partes usaban mas, unas
Mantas pequeñas, que llaman Patolquachtli […]. En otras usaban mucho de unas Mone-
das de Cobre, casi de hechura de Tau T. de anchor de tres, ó cuatro dedos, y era planchuela
delgada, unas mas, y otras menos, donde havia mucho Oro; tambien traían unos Cañutillos
de ello, y andaba entre los Indios mucho de esto.” Alonso Zuazo (“Carta al Padre Fray
Luis de Figueroa”, Santiago de Cuba, 14 de noviembre de 1521, en Colección de documen-
tos, vol. I, p. 361): “Hay una moneda entre ellos con que venden y compran, que se llama
cacahuate.” El Conquistador anónimo (pp. 381ss) menciona el cacao: “Esta moneda aun-
que muy incómoda, es la mas comun despues del oro y la plata.” Acosta (lib. IV, cap. 3, p. 198
[p. 144]): “No se halla que los indios usasen oro, ni plata, ni metal para moneda, ni para
precio de las cosas; usábanlo para ornato, como está dicho.” La afirmación de Torquemada
es clara, y no sólo explica el gradual ascenso y desarrollo de la idea de que los mexicanos
tenían un equivalente del dinero, sino que a la vez prueba terminantemente que sólo
había trueque e intercambio, y no verdadera compraventa. Los trocitos de cobre que,
como observa justamente Bancroft, “constituyen posiblemente lo más cercano a la mone-
da acuñada”, no eran sin embargo algo hecho para ese fin, como lo demuestra el hecho
de que eran de diversa forma y espesor. Pero la historia de las “águilas” de cobre o de oro
que se entregaban a los mercaderes mexicanos como moneda con la cual comprar, según
lo registra fielmente y analiza gravemente Bancroft, merece atención especial. Esa histo-
ria proviene de Sahagún (lib. IX, cap. II, p. 342 [t. III, pp. 20-21, § 4]): “y dábales mil
268 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
seiscientos toldillos que ellos llaman quachtli, para rescatar”. Esos “toldillos” se dividían
en dos partes de 800 cada una. El editor de Sahagún, C.M. de Bustamante, afirma con
mucha seguridad (p. 342, n. a): “Era una moneda que consistía en unos pedazos de cobre
cortados en figura de T - Clavijero, p. 349 [p. 262].” La referencia a Clavijero es al lib. VII,
cap. 36. Pero “toldillo” deriva de “toldar”, esto es, envolver o cubrir, y significa simple-
mente una cubierta, no un trozo de metal. Se usa también para una litera o silla de manos
cubierta. Además, quauhtli significa indudablemente águila, pero se trata sin duda de un
error de imprenta y debería ser quachtli, manta o sábana, y por lo tanto corresponde
perfectamente tanto a toldillo como al patolquachtli de Torquemada. En consecuencia, las
“águilas de oro” de Brasseur son totalmente innecesarias.
Cualquiera que lea a Tezozomoc verá de inmediato el importante papel que esas man-
tas –quachtli– (Molina, II, p. 84 [Siméon, p. 396]) desempeñaban en el trueque e inter-
cambio. Según Ramírez de Fuenleal (Col. de Docs conc. le Méxique, vol. I, p. 251) constituían
hasta cierto punto la base del tributo. Hay una buena descripción de esas piezas de tela
de algodón en Pedro Mártir (Décadas, t. II, déc. V, lib. X, p. 230 [p. 542]): “La forma de sus
vestidos es cosa de risa; los llaman así porque les sirven para cubrirse, pero en nada se
parecen a ninguna indumentaria; se trata sólo de un velo cuadrado, muy semejante al
que yo ví que en alguna ocasión se ponía Tu Santidad en los hombros cuando se peinaba,
para preservar los vestidos de cualquier pelo u otra suciedad que les cayera de la cabeza.
El velo en cuestión se lo echan al cuello, y anudándose luego a la garganta dos de sus
cuatro puntas, lo dejan caer, cubriéndoles apenas el cuerpo hasta las piernas. Al ver tales
vestidos, dejé de asombrarme de que Cortés los hubiese enviado en tan gran número,
según arriba dije, pues el trabajo que dan es escaso y no mucho el lugar que ocupan.”
Con la ausencia del dinero, la profesión de comerciante como alguien que vive de los
beneficios de sus ventas queda limitada prácticamente a lo que puede reunir fuera de su
propia comunidad, es decir, a lo que puede importar. Su principal y casi exclusivo negocio
consistía en efectuar intercambio entre las tribus, porque en su ciudad cada artesano
vendía o más bien intercambiaba sus propios productos en los mercados públicos. Véase
Cortés (“Carta segunda”, pp. 32-33 [p. 63]); Bernal Díaz (cap. XCII, p. 89 [p. 257]); Gómara
(p. 348 [cap. LXXIX, p. 126]): “Cada oficio y cada mercadería tiene su lugar señalado”;
Sahagún (lib. X, cap. XVI, p. 41 [t. III, pp. 132-133, § 10]): “El que vende piedras precio-
sas, o es lapidario, es de esta propiedad, que sabe labrar sutilmente las piedras preciosas
y pulirlas.” Menciona como fabricantes de sus propios bienes a los siguientes: “platero de
oro” (ibid. [§ 13]), “de los que venden mantas” (cap. XVII, p. 42 [pp. 134-135]), “que
venden mantas”, “que venden cotaras” (cap. xx, pp. 48, 49, 51 [pp. 139, 140]), “olleros”,
“que venden comales”, “que venden cestos”, “que vende petacas” (cap. XXIII, pp. 56ss
[pp. 146, 147]), “oficial de navajas”, “los que hacen esteras” (cap. XXIV, p. 69 [p. 148]), y
en general casi todos los que fabricaban algo aparecen vendiéndolo también. H.H.
Bancroft, vol. II, cap. XII, pp. 383-384.
75. Molina (ibid.): tlanamacac, “tendero”, “vendedor de algo” [Siméon, p. 616: “comer-
ciante, vendedor”]; 2a. parte, p. 127: nite-tlanamictia, “dar o trocar una cosa por otra, o
recompensar”. Trueque y venta parecen ser casi sinónimos.
76. Molina (ibid.). De nite-tiamic aquitia, “mohatrar” (II, p. 112 [p. 113; Siméon, p. 545:
“vender, prestar con usura”]).
77. Molina, I, p. 84. Sahagún (lib. IX, cap. III, p. 348 [t. III, p. 24, § 17], cap. V, pp. 354-
355 [pp. 30-31] y cap. X, pp. 372ss [pp. 43ss]) los llama también naoaloztomeca, literal-
mente “vendedores ambulantes de los nahuas”. Molina, II, p. 79 [Siméon, p. 367]. No
puedo dar la derivación de ninguna de estas palabras.
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 269
78. Prescott (lib. I, cap. V, p. 147 [pp. 71-72]), Bancroft (vol. II, cap. XII, pp. 387ss),
Bastian (Culturlaender, vol. II, pp. 697-698) y otros, como Brasseur de Bourbourg (Histoire
des nations civilisées du Méxique et de l’Amérique Centrale, París, 1857-1859, vol. III, pp. 612ss),
han dado descripciones más o menos detalladas del modo del tráfico y el comercio mexi-
canos. Entre las fuentes más antiguas, las que necesariamente constituyen la base de mi
imperfecto esbozo, el puesto principal corresponde al padre Sahagún ([t. III] lib. IX). De
sus afirmaciones se desprende lo que se ha dicho (véase n. 58), que los tlatelolcas eran los
principales comerciantes (cap. I, pp. 335-336 [pp. 15-16]) y que eran organizados y diri-
gidos por sus propios jefes. El venerable padre no es muy claro sobre el tema de estos
funcionarios, ya que menciona primero dos (cap. I, p. 335 [p. 15]) después cinco (cap. II,
p. 337 [p. 16]) y finalmente (lib X, cap. XVI, p. 40 [p. 132, § 5]) uno, “mayor o principal
entre los mercaderes”, a quien llama “pochtecatlailotlac, o acxotecatl, que es tanto como si
dijésemos que es gobernador de los mercaderes, y estos dos nombres, y otros muchos que
están puestos en la letra, se atribuyen al que es mayor principal, gobernador o señor, o
que es casi padre y madre de todos los mercaderes”. En el lib. IX, cap. III, pp. 348-349 [p. 26,
§ 23], habla de los principales, “los mercaderes viejos”, como pochtecatlatoque o “voceros
de los mercaderes”. Más adelante (cap. X, p. 372 [p. 44, § 9]) habla de los puchteca tlailotlac
como principales. De todo esto podemos deducir que había varios mercaderes principales, y
no un jefe de la “casta”. Esta evidencia, o más bien indicación de una posible organiza-
ción separada, no es vista así por Torquemada (lib. XIV, cap. XXVII, p. 586), quien habla
simplemente de los “Mercaderes viejos” que se quedaban en el pueblo. Clavijero (lib. VII,
cap. 38, pp. 526-527 [pp. 264-265]) menciona sólo a los mercaderes más viejos y más
jóvenes, pero no dice nada acerca de una organización particular. Es singular, además,
que los autores, o más propiamente cronistas, en cuyos anales de las guerras de los mexi-
canos los mercaderes tienen un papel muy notorio, no hagan ninguna mención de esa
peculiar organización del tipo de una casta que parece implicar Sahagún. Esos autores
son Durán y Tezozomoc. (En este caso no necesito recurrir a citas detalladas, porque las
referencias en sus obras son demasiado numerosas.) Además, Zorita, quien es muy deta-
llado en su Breve y sumaria relación enumera cuidadosamente los distintos tipos de jefes y
funcionarios pero se muestra más bien reticente sobre cualquier organización similar de
los mercaderes. Cf. por ejemplo la p. 223 [p. 518], donde dice claramente que tenían un
señor para tratar con los “señores y gobernadores” en su nombre, donde menciona de
pasada a un “jefe de los mercaderes” solamente. Sahagún va aun más allá, sin embargo,
al afirmar (lib. IX, cap. V, pp. 356-357 [p. 32, § 9]) que los comerciantes tenían jurisdic-
ción sobre sí mismos, aparte de la de la tribu o el grupo de parentesco: “y los señores
mercaderes que regían a los mercaderes, tenían por sí su jurisdicción y su judicatura; y si
alguno de los mercaderes hacía algún delito, no los llevaban delante de los senadores, a
que ellos los juzgasen, más los mercaderes mismos, que eran señores de los otros merca-
deres, juzgaban las causas de todos los mercaderes por sí mismos. Y si alguno incurría en
pena de muerte ellos le sentenciaban, y mataban, o en la cárcel, o en su casa, o en otra
parte según que lo tenían de costumbre”. Esto lo aplica claramente a los pochtecas de
México y a la época en que el “Señor Severo” (el último Moctezuma) era el supremo
dirigente de los mexicanos. No contento con esto, relata (cap. II, pp. 339-342 [lib. IX, pp.
16ss]) que los mercaderes de Tlatelolco solos conquistaron varias tribus, imponiéndoles
tributo en beneficio de los mexicanos. En todas esas afirmaciones el padre Sahagún está
completamente solo, y aun cuando nadie lo contradice en forma directa, la falta de apoyo
hace que sus informaciones sobre la organización y el poder de esos comerciantes en
cuanto clase resulten algo dudosas. Su historia tiene un colorido visiblemente tlatelolca
270 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
(cf. n. 58). En relación con esto, es interesante observar que Sahagún obtuvo la informa-
ción que da en su Historia general casi exclusivamente de fuentes tlatelolcas (cf. “prólogo”,
t. I, pp. 4 y 5 [pp. 27-32]), lo que reduce el valor de su testimonio, por lo demás muy
completo y de gran importancia.
La existencia de un cuerpo semejante, poderoso por su riqueza tanto como por sus
facultades mentales e intelectuales, hubiera destruido de inmediato la tribu como tal,
igual que una nobleza, a través de la ruptura de los grupos de parentesco. La inconsisten-
cia de este cuadro con los hechos históricos es patente, e incluso las afirmaciones de
autores modernos la demuestran. Compárese, por ejemplo, la descripción de Bancroft de
la situación de Tlatelolco después de su captura por los mexicanos (vol. V, p. 431): “se le
impusieron gravosos tributos, incluyendo muchos impuestos especiales y tareas inferio-
res de naturaleza humillante”, con la descripción del estado de esos “príncipes mercade-
res” (vol. II, pp. 380-381). Un hecho es evidente: si los mercaderes, ocasionalmente y para
ciertos propósitos, formaban grupos entre ellos, elegían sus propios jefes o dirigentes, y
esto ocurría tanto para las expediciones comerciales como para los banquetes. Sobre los
banquetes véase Sahagún, lib. IX, cap. III al XIV inclusive y lib. I, cap. XIX, pp. 29-32 [pp. 66-
70]; Motolinia, trat. I, cap. VIII, p. 47; Acosta, lib. V, cap XXIX, p. 389 [cap. 30, pp. 276ss];
Torquemada, lib. VI, cap. XXVIII, pp. 57-58 y lib. XIV, p. XXVII, pp. 586-587; Clavijero, lib.
VI, cap. 7, p. 360 [p. 81] y lib. VII, cap. 38, pp. 526ss [pp. 264-265ss], y otros. Pero en cuan-
to a un gobierno propio permanente y separado, se basa únicamente en la autoridad de
Sahagún, mientras que por otra parte está ampliamente probado que cualquier delito
cometido en el comercio o el trueque era juzgado en forma sumaria por los funcionarios
regulares del grupo de parentesco, sin tratamiento especial para los comerciantes o mer-
caderes. En otra nota daremos la evidencia relacionada con esto.
Contra la afirmación de que los pochteca no ocupaban únicamente el calpulli llamado
Pochtlan hay evidencias en el propio Sahagún ([t. I], lib. I, cap. XIX, p. 31 [p. 68, § 17]):
“En este calpulli donde se contaba este mercader” ([t. III], lib. IX, cap. III, p. 347 [p. 24, § 16]):
“respondíanles los mercaderes principales de los barrios, que son uno que se llama Pochtlan,
otro Auachtlan, otro Atlauhco, como está en la letra”; “convidaban a solos los mercaderes
de su barrio. Pero el que había de ir por capitán de la compañía de los que iban, no
solamente convidaba a los de su barrio, pero también a los que habían de ir con él” (cap. III,
p. 349 [p. 25, § 21-22]). Véase también Zorita, pp. 223-224 [p. 519].
Finalmente, Sahagún resuelve sumariamente también la cuestión de la riqueza acu-
mulada en cantidades capaces de convertirla en poder influyente en las bandas de mer-
caderes. Si bien con frecuencia habla de las riquezas que reunían, las siguientes citas
mostrarán cómo debe entenderse esto (lib. IX, cap. II, p. 338 [p. 17, § 5-6], discurso de uno
de los mercaderes): “cuando lleguemos a nuestra tierra ha de ser los barbotes de ámbar y
las orejeras que se llaman quetzalcoyolnacochtli, y nuestros báculos negros, que se llaman
xauactopilli, y los aventaderos y ojeaderos de moscas, y las mantas que hemos de traer
ricas, y los maxtles ricos. Solo esto será nuestra paga, y la señal de nuestra valentía”; “y las
otras preseas que les dio que arriba se dijeron, (que) solos ellos las usasen en las grandes
fiestas” (p. 341 [p. 20, § 20]). Parece, por lo tanto, que no había atesoramiento de ningu-
na riqueza concreta. La ausencia de dinero por sí sola lo hacía casi imposible por falta de
espacio, y porque el oro y la plata se utilizaban solamente para fines ornamentales y como
parte de la “medicina”, de modo que sería un error imaginar cualquier cosa como “teso-
ros”. Aquí, como en todo lo demás, la oferta era regulada por la demanda, y esa demanda
a su vez era creada por los números de la población y por el uso hecho del metal. Éste sólo
se usaba en pocas formas, y eso influía también en la cantidad. Otra causa, que no se ha
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 271
Zorita (p. 223 [p. 518]): “tenían algunas libertades, porque decían que eran necesarios
para la república”. Esto lo repite textualmente Bustamante (3a. parte, cap. V, p. 232). A
menudo no eran sino espías oficiales, y utilizados como tales, no sólo por los mexicanos,
sino contra los mexicanos por otras tribus. Mendieta (lib. II, cap. XXVII [cap. XXVI], p.
130), copiado por Torquemada (lib. XIV, cap. II, p. 538).
79. Morgan, Ancient society, 2a. parte, cap. II, p. 83, en relación con los iroqueses más
particularmente. Entre los antiguos germanos o teutones, véase Heinrich Luden (Geschichte
des teutschen Volkes, 1825, vol. I, lib. III, cap. V, sobre el Gau, pp. 492-493).
80. Clavijero, lib. VII, cap. 5, p. 461 [p. 195]. Zorita, pp. 133-134 [p. 496]: “si no se
quería casar le despedían de la compañía”. Mendieta (lib. II, cap. XXIV, p. 125): “Llega-
dos á la edad de casarse […]. Si pasando la edad se descuidaban, y veian que no se
querian casar, tresquilábanlos, y despedíanlos de la compañía de los mancebos.” Esto
significaba exclusión del grupo de parentesco, puesto que apenas se casaban “eran clasi-
ficados de acuerdo a su costumbre, eran divididos en secciones y cada una tenía un jefe o
capitán, así como para la recolección de tributos como para otras razones”. Esos “señores
o capitanes” eran los del calpulli. Zorita, (p. 135 [p. 496]); también Bustamante (3a. parte,
cap. III, p. 213): “Cuando se casaban los empadronaban.” Torquemada, lib. IX, cap. XII,
p. 186, que repite casi literalmente a Mendieta.
81. Conquistador Anónimo (Colección de documentos, vol. I, p. 397): “No hay gente
entre todas las del mundo, que menos estime las mujeres, pues no les comunicarian
nunca lo que hacen, aunque conocieran que de ellos les habia de resultar ventaja.” Oviedo,
lib. XXXIII, cap. LI, p. 536. Véase Torquemada (lib. XII, cap. III, p. 376) sobre las “mancebas”
y en general las mujeres que se negaban a casarse, por llevar una vida disoluta. También
Sahagún, lib. X, cap. XV, p. 37 [t. III, pp. 129-131] y Zorita, p. 129 [p. 495]. Si una joven
abandonaba su casa, podía llegar a ser vendida como esclava, o abandonada.
82. Zorita (p. 56 [p. 479]): “El que tenía algunas tierras de su calpulli, si no las labraba
dos años por culpa y negligencia suya, y no habiendo causa justa […] le apercebían que
las labrase á otro año, y si no, que se darían á otro, é así se hacía.” “Si acaso algún vecino
de un calpulli ó barrio se iba á vivir á otro, perdía las tierras que le estaban señaladas para
que las labrase” (p. 54 [ibid.]). Adoptado también por Herrera, déc. III, lib. IIII, cap. XV,
p. 135. Cf. “Sobre la tenencia de la tierra”, supra, p. 139.
83. Gómara (p. 441 [cap. CCXXVI, p. 344]): “Los hombres necesitados y haraganes se
vendían”; Cortés (“Carta segunda”, p. 34 [p. 66]): “Hay en todos los mercados y lugares
públicos de la dicha ciudad, todos los días, muchas personas, trabajadores y maestros de
todos oficios, esperando quien los alquile por sus jornales.” Torquemada, lib. XIV, cap.
XVI, pp. 564-565 y cap. XVII, pp. 565-566; Clavijero, lib. VII, cap. 18, p. 489 [p. 224].
84. Torquemada, lib. XIV, cap. XVI, p. 564 [p. 463].
85. He reunido estos detalles esencialmente en Torquemada [lib. XIV], pp. 564-566,
pero cf. también Vetancurt, vol. I, pp. 483-485 [2a. parte, trat. III, cap. XIV, p. 428], y casi
todos los autores modernos.
86. Mendieta (lib. II, cap. XXVI, p. 130): “Y si de la parte contraria salía alguno á
descubrir y dar aviso cómo su señor ó su gente venian sobre ellos, al tal dábanle mantas y
pagábanle bien.” Copiado por Torquemada, lib. XIV, cap. II, p. 538, y Vetancurt, vol. I, 2a.
parte, trat. II, cap. III, p. 384 [p. 340].
87. Además de las hambrunas registradas desde la conquista, los autores y las fuentes
más antiguos recuerdan varias (por lo menos dos) antes de 1520. Sus fechas se dan con
las variaciones y discordancias habituales, y discutirlas estaría fuera de nuestro propósito.
Así, por ejemplo, el Codex Telleriano-Remensis” (vol. I, lám. VII y vol. VI, p. 136) menciona
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 273
una en 1404 (1 tochtli) que es evidentemente incorrecta, porque 1 tochtli sería 1402. El ce-
tochtli así mencionado es 1454. En ese año ubica Durán (cap. XXX, p. 245 [p. 241]) el
comienzo de la gran sequía que duró tres años y agotó de tal manera las reservas de los
mexicanos que el “Señor Severo” más antiguo (“Huehue Motecuzuma”) dijo al pueblo:
“cada uno vaya a buscar su remedio” (p. 247 [p. 243, § 11]). A consecuencia de eso
muchos, dice el cronista [§ 13], “vendían a sus hijos e hijas a los mercaderes y a los
señores de los pueblos que tenían que darles de comer. Y daban por un niño un cestillo
muy pequeño de maíz a la madre o al padre, obligándose a sustentar el niño todo el
tiempo que el hambre durase, para que si después el padre o la madre lo quisiesen resca-
tar, fuesen obligados a pagar aquellos alimentos”. Como de costumbre, esto lo repite
Tezozomoc (cap. XL, p. 64 [p. 366]), aunque con menos detalle. Torquemada (lib. II, cap.
LXXIII, p. 203) relata lo mismo pero lo ubica 50 años después, bajo el último “Señor
Severo” (cap. CX, p. 235), en 1505. Sahagún (lib. VIII, cap. I, p. 269 [p. 283, § 5]) concuer-
da con Durán y Tezozomoc, igual que Clavijero (lib. IV, cap. 12, p. 263 [p. 282]): “se
vendían a sí mismos”. Su fecha es también 1451-1454. Es singular que Torquemada (lib. II,
cap. XXXXVII, p. 158) también relate esta hambruna bajo el primer “Señor Severo”, y
Clavijero copia casi textualmente sus palabras.
88. La posesión de más de una mujer, o más bien el goce de más de una mujer, era una
cuestión de mera subsistencia. Como ya señalaba Pedro Mártir (t. II, déc. V, lib. X, p. 232
[p. 547]): “Las gentes del pueblo, según Ribera, tienen una sola mujer, pero cualquiera
de los principales puede mantener las concubinas que quiera.” Gómara (p. 438 [cap.
CCXX, pp. 337, 338]): “Cuatro causas dan para tener tantas mujeres: la primera es el vicio
de la carne, en que mucho se deleitan; La segunda es por tener muchos hijos; la tercera
por reputación y servicio; la cuarta es por granjería; y esta postrera usan más que otros los
hombres de guerra, los de palacio, los holgazanes y tahúres; hácenlas trabajar como es-
clavas.” El mismo autor agrega: “Aunque toman muchas mujeres, a unas tienen por legí-
timas, a otras por amigas, y a otras por mancebas. Amiga llaman a la que después de
casados demandaban, y manceba a la que ellos se tomaban.” Según esto, un marido
podía tener tres clases de mujeres: una esposa legítima, concubinas que obtenía con el
permiso de sus padres, y prostitutas o “mancebas”. Varietas delecta! Torquemada, sin em-
bargo (lib. XII, cap. III, p. 376), dice: “Otra especie de Mancebas havia, y se permitia, que
era la que los Señores Principales, ó las tomaban ellos, ó las pedian despues de ia casados,
con la Señora, y Mujer legitima, que llamaban Cihuapilli.” Esto reduce el “ganado” a dos
categorías, por lo menos. Motolinia (trat. II, cap. VII, pp. 124-128) menciona la poligamia
como la regla general y describe las infinitas dificultades de los religiosos para averiguar
cuál era la esposa legítima, suponiendo que era “aquella con quien estando en su genti-
lidad primero habian contraido matrimonio” (p. 127). Según este autor, el primer matri-
monio legítimo tuvo lugar el 14 de octubre de 1526 (p. 124), pero a pesar de ello por tres
o cuatro años después “no se velaban [..] sino que todos se estaban con las mujeres que
querian, y habia algunos que tenian hasta doscientas mujeres, y de allí abajo cada uno
tenia las que queria” (p. 125). En defensa de ese estado de poligamia, los indios alegaban
que “tambien las tenian por manera de granjería, porque las hacian á todas tejer y hacer
mantas y otros oficios de esta manera” (p. 125 [p. 126]). Mendieta (lib. III, caps. XLVII y
XLVIII, pp. 300-306) es muy explícito sobre esta cuestión. Afirma que, al llegar los prime-
ros misioneros, “por otra parte se hallaba que el comun de la gente vulgar y pobre no
tenian ni habian tomado sino sola una mujer […] sino que los señores y principales,
como poderosos, excederian los límites del uso matrimonial, tomando despues otras, las
que se les antojaba” (p. 301). El resultado final de tan trabajosas disputas e investigacio-
274 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
nes se expresa así (p. 305 [p. 306]): “Y que sabiéndose cuál era la primera mujer, era
cierta cosa ser aquella la legítima, y viviendo aquella, otra cualquiera habia de ser mance-
ba.” Subsiste la pregunta de si una hija de cualquier miembro del grupo de parentesco
podía legítimamente convertirse en concubina, o si eso sólo ocurría en el caso de las
mujeres proscritas. Las historias acerca de “Manojo de Cañas”, que como su primera
esposa resultó estéril se casó después con una serie de hijas de señores (Durán, cap. VI,
pp. 48, 49 [p. 56]; Torquemada, lib. II, cap. XIII, p. 96; Vetancurt, vol. I, 2a. parte, trat. I,
cap. XI, p. 270 [p. 244]; Clavijero, lib. III, cap. 3, p. 194 [pp. 209-210]), son manifiesta-
mente falsas. Se afirma que el objeto de esos matrimonios posteriores fue que hubiera
herederos para el trono, pero es bien sabido que no había “sucesión”, sino sólo “elec-
ción”, y por consiguiente el presunto objetivo es inexistente. El señor ciertamente tenía
concubinas, pero no hay nada que indique que las obtenía de los grupos de parentesco.
De nuevo se nos ofrecen largas descripciones de la fascinante poligamia de los señores de
Texcoco. Por ejemplo, Ixtlilxochitl (Historia, cap. XLIII, pp. 305-306 [p. 117]) cuenta del
“Coyote Ayunador” (Nezahualcoyotl, de neçaualiztli, “ayuno”, Molina, II, p. 64 [Siméon, p.
308], y coyotl), que tuvo una serie de concubinas antes de su matrimonio con una joven
india de Coatlinchan. Más adelante relata la conocida historia de Urías y Betsabé (pp.
309-313 [pp. 118-119]), que atribuye al mismo señor y que ha sido recopiada tantas
veces. Su sucesor en el oficio, “Muchacho Ayunador” (Nezahualpilli, cf. la pintura de su
nombre en Durán, láms. 23 y 24, trat. I) tenía según él dos mil concubinas, aunque añade
que aparte de la reina sólo tenía relaciones con 40 (cap. LVII, p. 35 [p. 152]). También
describe su matrimonio con esa única esposa legítima (cap. LXIV, p. 66 [pp. 164-165]).
Desde luego lo apoya Torquemada (lib. II, cap. XLV, pp. 154-155; lib. II, cap. XLV [cap.
LXII], p. 184; lib. XIII, cap. XII, p. 436). H.H. Bancroft (vol. II, p. 265) admite dos clases de
concubinas para los hombres casados, a una de las cuales llama “las esposas no tan legíti-
mas”. Entre otras autoridades, cita en su apoyo a Oviedo (lib. XXXIII, cap. I, p. 260):
“Tenía este Olintech treinta mujeres dentro de su casa, conquienes él dormía, a las cuales
servían más de ciento otras.” La misma afirmación se encuentra trambién en Gómara
(p. 326 [cap. LXXI, p. 117]) y otros. El nombre de la “manceba” de un hombre casado es
teichtacamecauh (Molina, I, p. 81), que significa literalmente “el lazo secreto”, de tehuatl,
tu, ichtaca, secretamente (Molina, II, p. 33 [Siméon, p. 168]), y mecatl, “cordel” (Molina, II,
p. 55 [Siméon, p. 267]). Véase una nota infra.
Las afirmaciones más significativas, sin embargo, son las ya citadas de Motolinia y
Gómara, de que los indios explicaban su poligamia por el hecho de que tenían a esas
mujeres por su trabajo. En otras palabras, eran manos adquiridas, según lo indican las
siguientes autoridades: Gómara (p. 441 [cap. CCXXVI, p. 344]): “Las malas mujeres de su
cuerpo, que lo daban de balde si no las querían pagar, se vendían por esclavas por traerse
bien, o cuando ninguno las quería, por viejas o feas o enfermas; que nadie pide por las
puertas”; Torquemada (lib. XIV, cap. XVI, p. 563): “Havia tambien Mugeres, que se daban
á vivir suelta, y libertadamente; y para proseguir este mal Estado, que tomaban, tenian
necesidad de vestir curiosa, y galanamente, y por la necesidad, que pasaban, porque no
trabajaban […] llegaban á necesitarse mucho, y hacianse Esclavas”; y también (cap. XVII,
p. 566): “y muchas veces los Amos se casaban, con Esclavas suias”, aunque sin dar más
detalles; finalmente el Conquistador Anónimo dice (p. 397): “En las bodas con esta mu-
jer principal hacen algunas ceremonias que no acostumbran en las de otras.”
No hay evidencia de que un hombre casado pudiera aumentar el número de sus mu-
jeres ni siquiera con el consentimiento de los padres, es decir, casándose con una mucha-
cha. Pero si ésta, por su conducta licenciosa, era abandonada y expulsada, entonces sí
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 275
podía él asociarse con ella como amante, sin tomar en consideración a su esposa propia-
mente dicha. También podía comprar (o intercambiar) una mujer y después hacerla su
concubina, aun cuando fuera de una tribu extranjera. Es posible que las mujeres tomadas
en guerra tuvieran el mismo destino, pero esta idea se basa en muy escasa evidencia (cf.
Conquistador Anónimo, p. 373 [p. 374]), y es probable que sólo se aplique a los prisione-
ros de guerra comprados a otras tribus (Sahagún, lib. I, cap. XIX, p. 32 [p. 69, § 24-25]).
89. Eran tamemes, “cargadores”. La palabra mexicana es tlamama, de tlacatl, “hombre”,
y nitla-mama, “llevar carga acuestas” (Molina, II, p. 51 [p. 52; Siméon, p. 252: “llevar una
cosa a la espalda”]). Don Antonio de Mendoza, “Avis”, p. 358; Zorita, pp. 250, 251 [pp.
531-532]; “Lettre des auditeurs Salmeron, Maldonado, Ceynos et Quiroga à l’impératrice”
(2ème recueil, México, 20 de marzo de 1531, pp. 143-144): “Los indios siempre han carga-
do bultos, ya están acostumbrados.”
90. Esto es una simple sugerencia. Sin embargo, de acuerdo con la mayoría de las
descripciones, el macehual podría haber sido, y probablemente era, miembro del grupo
de parentesco. Es posible que en los casos en que un miembro no podía trabajar por sí
mismo su parcela, familias “compradas” lo hayan hecho por él, quedando así incluidas
en el cuadro general. Las citas son innecesarias, puesto que la información, hasta ahora,
no es suficientemente clara.
91. “Relación de algunas cosas de la Nueva España, y de la gran ciudad de Temestitán
México”, Colección de documentos, vol. I, p. 371. Torquemada (lib. XIV, cap. XVII, p. 566): “y
Esclavos havia que regian, y mandaban la casa de su Señor, como hacen los Maiordomos”.
92. Morgan, Ancient society, pp. 71 y 78.
93. Motolinia (trat. I, cap. V, p. 37): “Todos los niños cuando nacian tomaban nombre
del dia en que nacian.” Torquemada, lib. XIII, cap. XXII, pp. 454 y 455. El apellido fue
introducido por los españoles, quienes daban a los indígenas otros nombres en el mo-
mento del bautismo.
94. Motolinia, trat. I, cap. V, p. 37; Sahagún, t. I, lib. IV, cap. I, pp. 283-284 [pp. 317-
319], y en general todo el lib. IV, que da una idea muy completa de todas las supersticio-
nes relacionadas con el día del nacimiento; especialmente caps. XXXV y XXXVI y lib. VI,
cap. XXXVII, pp. 217-221 [t. III, pp. 206-209]. A la fiesta invitaban a todos los niños del
barrio [p. 208, § 17]: “En este tiempo que estas cosas se hacian, júntanse los mozuelos de
todo aquel barrio, y acabadas todas estas cerimonias entran en la casa del bautizado y to-
man la comida que allí les tenían aparejada.” El acto de darle nombre tenía lugar en
presencia de “todos los parientes y parientas del niño, viejos y viejas” (p. 218 [p. 206, § 3]).
Mendieta (lib. II, cap. XIX, p. 107): “Estos nombres tomaban de los ídolos ó de las fies-
tas que en aquellos signos caian, y á veces de aves y animales y de otras cosas insensatas,
como se les antojaba”; también lib. XIII [lib. III], cap. XXXV, p. 267. Torquemada (lib. XIII,
cap. XX, p. 450): “Luego hacian convocacion de todos los Deudos, y Parientes, de los
Padres, y de todos los Amigos, y Vecinos, que para este acto se juntaban […] y entonces le
ponian el nombre.” También (cap. XXII, p. 455; cap. XXIII, p. 456): “De la misma manera,
que quando alguna de estas Indias paria, se usaba juntarse toda la Parentela, y las veci-
nas, y amigas […]. De esta misma manera lo acostumbraban hacer para el fingido Bautis-
mo.” Gómara (p. 438 [cap. CCXVIII, p. 335]): “En este lavatorio les ponían nombre, no
como querían, sino el del mismo día en que nacieron.” Vetancurt, vol. I, 2a. parte, trat. III,
cap. VIII, p. 462 [pp. 405-406].
95. Esto lo dice Gómara (p. 438 [cap. CCXVIII, p. 335]): “y desde a tres meses suyos,
que son de los nuestros dos, los llevaban al templo, donde un sacerdote que tenía la
cuenta y ciencia del calendario y signos les daba otro sobrenombre, haciendo muchas
276 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
ceremonias, y declaraba las gracias y virtudes del ídolo cuyo nombre les ponía, pronosti-
cándoles buenos hados”. Motolinia (trat. I, cap. V, p. 37): “Despues dende á tres meses
presentaban aquella criatura en el templo del demonio, y dábanle su nombre, no dejan-
do el que tenia, y tambien entonces comian de regocijo.”
96. Gómara, p. 438 [cap. CCXVIII, pp. 335-336]; Motolinia, trat. I, cap. V, p. 37;
Torquemada, lib. XIII, cap. XXII, p. 456; Clavijero, lib. VI, cap. 38, pp. 437-438 [pp. 166-
167]; Durán, cap. XI, pp. 96-98 [pp. 98-99].
97. “Sobre el arte de la guerra”, supra, p. 63. Confiando en Humboldt, acepto los 15
años como edad en que se iniciaba la instrucción militar, pero la instrucción general
comenzaba mucho antes. Véase n. 18 supra.
98. Gómara, p. 438 [cap. CCXVIII, pp. 335-336]; Sahagún (apéndice del lib. III, cap. IV,
cap. V, p. 208 [pp. 300-301, § 1-3]): “En entrando en la casa del telpochcalli el muchacho,
dábanle cargo de barrer y limpiar la casa y poner lumbre, y hacer los servicios de peniten-
cia a que se obligaba. Era costumbre que a la puesta del Sol todos los mancebos iban a
bailar y danzar a la casa que se llama cuicacalco, cada noche, y el muchacho también
bailaba con los otros mancebos; y llegando a los quince años y siendo ya mancebillo,
llevábanle consigo los mancebos al monte, a traer la leña, que era necesaria para la casa
del telpochcalli y cuicacalco, y cargábanle al mancebo un leño grueso o dos, para probar y
ver si ya tenía habilidad para llevarle a la pelea.” “Y la vida que tenía no era muy áspera”
(p. 209 [p. 301, § 9]). También cap. VI, pp. 270-271 [pp. 302-303]; lib. VI, cap. XXXIX, p. 224
[pp. 211-213] y otras noticias incidentales; Mendieta, lib. II, cap. XXIV, pp. 124-125;
Torquemada, lib. IX, cap. XII, pp. 185-186; lib. XIII, cap. XXVIII, XXIX y XXX, y otros.
99. “Sobre el arte de la guerra”, supra, pp. 63, 69. Mendieta (lib. II, cap. XXIV, pp. 124-
125): “Los otros se criaban como en capitanías, porque en cada barrio habia un capitan
de ellos, llamado telpuchtlato, que quiere decir ‘guardia ó capitán de los mancebos’.” Torque-
mada (lib. IX, cap. XII, p. 185): “y tenian un Rector, que los regia, y gobernaba, que se
llamaba Telpochtlato, que quiere decir, Guarda, ó Caudillo de los Mancebos, el qual
Telpochtlato tenia gran cuidado de doctrinarles, y enseñarles, en buenas costumbres”.
Sahagún (apéndice del lib. III, cap. V, p. 269 [p. 301, § 5]): “y si era ya hombre valiente y
diestro, elegíanle para regir a todos los mancebos y para castigarlos, y entonces se llamaba
telpochtlato”; “también daban de comer a los que criaban los mancebos, que se llaman telpoch-
tlatoque” (lib. VIII, cap. XIII, p. 301 [p. 308, § 37]). “En este lugar se juntaban los maestros
de los mancebos, que se llamaban tiachcauan, y telpochtlatoque” (cap. XVII, p. 305 [cap. XIV,
p. 311, § 4.3]; también cap. XXI, p. 331 [p. 331]). Vetancurt (vol. I, 2a. parte, trat. III, cap.
VI, p. 451 [p. 398]): “y un Rector, que llamaban Telpochtlato, el que habla, y govierna a
los mancebos”. Códice Mendocino, vol. I, láms. LXII y LXIII, pp. 62, 63 [pp. 129 y 131].
Sahagún generalmente llama a los achcauhtli “alguaciles” o ejecutores de justicia, pero
más arriba vimos que también llama a los tiachcaoan “maestros de los jóvenes”. Ambos
nombres son corrupciones de teachcauhtlin. Tezozomoc (cap. XXXVIII, p. 60 [p. 359]) habla
de los “achcacuauhtin, mayorales maestros de armas, y de doctrina y ejemplo”; “tras ellos
vinieron los que llaman Achcauhtin, señores de los barrios y maestros de mancebos” (cap.
LVII, p. 95 [p. 444]); “mayorales y ministros, y los hicieron juntar como escuelas en cada
un barrio que llamaban Telpochcalli” (cap. LXXI, p. 121 [pp. 520-521]); “y cada día ensaya-
ban en las escuelas en Telpochcalco á los mancebos á todo género de armas […] animán-
dolos con valerosos ánimos” (cap. LXXXVIII, p. 134 [pp. 598-599]). Finalmente, Clavijero
(lib. VII, cap. 2, p. 452 [p. 185]) también hace referencia a la pintura 53 [56] del Códice
Mendocino, que representa a un muchacho de 15 años que es entregado a un “achcauhtli
u oficial” para ser instruido en el arte de la guerra.
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 277
100. Molina, II, pp. 67, 72 [Siméon, pp. 320, 346]; P. Ignacio de Paredes, “Doctrina
Breve sacada del Catecismo Mexicano”, reimpr. de 1809.
101. Sahagún (apéndice del lib. III, cap. V, p. 269 [p. 301, § 9]) dice que “comían en sus
casas propias” y dormían en la “casa de los telpochcalli”. Zorita (pp. 131-133 [p. 496]) dice
que los hijos de campesinos tenían permiso para ayudar a sus padres en ciertos días fijos.
Que las “tierras del templo” eran probablemente las mismas que trabajaban los jóvenes
lo dice claramente Sahagún (apéndice del lib. III, cap. V, p. 269 [p. 301]; apéndice del
cap. VIII, p. 275 [p. 305]). Zorita (p. 131 [p. 496]): “en labrar y beneficiar las tierras y
heredades que tenían para se sustentar”. Torquemada (lib. IX, cap. XII, p. 185): “Tenian
sus tierras, y Heredades para su sustento (que debian ser de las dedicadas al uso, y gasto
de los Templos) en ellas sembraban, y cogían Pan para su sustento.” Mendieta, lib. II, cap.
XXIV, pp. 124-125; Gómara, p. 438 [p. 336]. Este último es muy claro, y relaciona todas las
“escuelas” y sus tierras con los templos.
102. H.H. Bancroft, vol. II, pp. 243-244. Casi todos los escritores más antiguos la
definen como una escuela superior, pero más adelante examinaré esas afirmaciones. Véa-
se también Prescott (lib. I, cap. III, p. 69 [pp. 37-38]).
103. Historia general (apéndice del lib. III, cap. VII, p. 271 [p. 303, § 1]): “Los señores o
principales, o viejos ancianos, ofrecían a sus hijos a la casa que se llamaba Calmécac. Era
su intención que allí se criasen para que fuesen ministros de los ídolos”; “ofrecer la cria-
tura a la casa de los ídolos que se llama Calmécac para que fuese ministro de los ídolos,
viniendo a edad perfecta” (apéndice cap. IV, p. 266 [p. 298, § 2]). Pero especialmente (lib.
VI, cap. XXXIX, p. 223 [p. 211, § 2]): “Si le prometían a la casa Calmécac, para que hiciesen
penitencia y sirviesen a los dioses, y viviesen en limpieza y en humildad y en castidad, y
para del todo se guardasen de los vicios carnales.”
104. La descripción que da Sahagún (apéndice II del lib. II, “Relación de los edificios
del gran templo de México”, pp. 197-211 [pp. 232-242]) menciona setenta y ocho partes
o edificios, entre los cuales se cuentan los siguientes, con el nombre de “calmecac”:
El 12o. edificio, Tlillancalmécac, santuario de la diosa Cihuacoatl y habitado por tres sátrapas, o
“médicos” (p. 201 [p. 234, § 12]).
El 13er. edificio, México Calmécac, que según dice era “monasterio donde moraban los sátrapas y
ministros que servían al cu de Tláloc, cada día” (p. 201 [p. 234, § 13]).
El 24o. edificio, Huitznáhuac Calmécac, habitado por los sacerdotes del ídolo Huitznáhuac (p. 203
[p. 234, § 24]).
El 27o. edificio, Tetlánman Calmécac, donde residían como en “un monasterio”, los sacerdotes del
templo dedicado a la diosa Chantico (p. 203 [p. 236, § 27]).
El 35o. edificio, Tlamatzinco Calmécac, monasterio habitado por los sacerdotes del dios Tlamatzoncatl
(p. 204 [p. 237, § 35]).
El 54o. edificio, Yopico Calmécac, “monasterio u oratorio” (p. 207 [p. 239, § 54]).
El 61o. edificio, Tzonmolco Calmécac, monasterio donde moraban sátrapas del dios Xiuhtecutli (p.
207 [p. 239, § 61]).
En total, siete calmecac dentro del recinto que rodeaba la gran “casa de dios” de México-
Tenochtitlan. También Torquemada (lib. VIII, caps. XI-XIV) describe estos lugares, men-
cionando “Huitznahuaccalmecac”, “casa de recogimiento, y habitacion de los Sacerdotes,
y Ministros de este lugar” (p. 150); “Tlamatzincocalmecac”, “donde vivian, y tenian su
asistencia los Sacerdotes, y Ministros de este dicho Templo” (p. 151); “Yopicocalmecac”,
“donde habitaban, y se criaban los muchachos” (p. 153); “Calmecac”, “donde se criaban
los niños” (p. 149).
Además de estas afirmaciones, los dos autores citados aluden al calmecac de la misma
278 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
manera en varios lugares. Sahagún (apéndice del lib. III, cap. VII, y especialmente cap. VIII,
pp. 227-229 [pp. 303-307]). Ya el título de este capítulo es significativo: “De las costum-
bres que se guardaban en la casa que se llamaba calmecac, donde se criaban los sacerdo-
tes y ministros del templo desde niños.” Torquemada (lib. XIII, cap. XXVIII, pp. 469-471).
Johannes Eusebius Nieremberg (lib. VIII, cap. XXII, pp. 143- 146). Este último autor copia
a Hernández quien a su vez concuerda casi literalmente con Sahagún. Oviedo (lib. XXXIII,
cap. X, p. 302; cap. LI, p. 537). Gómara (p. 438 [p. 336]).
105. Molina (II, p. 11): Calmeca tlatoli, “palabras dichas en corredores largos”, y calmelactli,
“sala grande y prolongada, o corredor de la casa” [Siméon, p. 62]. La palabra puede
descomponerse en calli, casa, y mecayotl, parentesco consanguíneo o mecatl, cuerda o lazo.
¿“Casa de los lazos”?
106. Ancient society, p. 74.
107. Ya Motolinia (trat. II, cap. VII) describe vívidamente las dificultades que encontra-
ron los sacerdotes en relación con el matrimonio regular. La primera cuestión a determi-
nar era la del cónyuge legítimo. Esto ya se ha explorado en una nota anterior. La siguiente
cuestión se refería al grado de consanguinidad, o afinidad. Se indagó minuciosamente si
quizás la costumbre había sancionado el matrimonio entre hermanos y hermanas. Gómara
(p. 439 [cap. CCXX, p. 337]): “No casan con su madre ni con su hija ni con su hermana; en
lo demás poco parentesco guardan; aunque algunos se hallaron casados con sus propias
hermanas”; admitiendo así el hecho de que existían matrimonios de este tipo. Mendieta
(lib. III, cap. XLVIII, p. 305) también admite que puede haber sido ése el caso, y deduce
que esos matrimonios debían ser considerados como válidos. La cuestión del matrimonio
entre vástagos de la misma pareja adquiere importancia a través de las afirmaciones y
discusiones de Torquemada (lib. XIII, cap. VII, p. 489 [p. 419]) sobre las costumbres matri-
moniales de los indios de la Vera Paz: “Los indios de la Vera Paz muchas veces, segun el
Parentesco, que usaban, era fuerça que casasen Hermanos con Hermanas, y era la raçon
esta: Acostumbraban no casar los de un Tribu, ó Pueblo, con las Mugeres del mismo
Pueblo, y las buscaban, que fuesen de otro; porque no contaban por de su Familia, y
Parentesco los Hijos que nacian en el Tribu, ó Linage ageno, aunque la Muger huviese
procedido de su mismo Linage; y era la raçon, porque aquel Parentesco se atribuía á solo
los Hombres.” Esto es una declaración y descripción muy clara de la “descendencia por la
línea masculina”, con las reglas de parentesco tan completa y plenamente vigentes como,
con “descendencia por la línea femenina”, entre los iroqueses. Según Herrera (déc. IV,
lib. X, cap. XIV, p. 229), los habitantes de Vera Paz hablaban “varios lenguajes”, pero a
instancias de los frailes dominicos escogieron uno para usar generalmente. Berendt
(“Remarks on the Centres of ancient Civilization in Central America and their Geographical
Distribution”, trabajo leído el 10 de julio de 1876, pp. 9 y 10) menciona tres idiomas en
Verapaz: el “Kekchi” (Alta Verapaz), el “Pokoman” (en el sur) y el “Quiché” (Verapaz
Occidental). Véase también E.G. Squier (Monograph of authors who have written on the
languages of Central America, introd., p. IX), H.H. Bancroft (vol. III, cap. IX, p. 760), Diego
García de Palacio (“Report to the King of Spain in 1576”, trad. alemana de Alex von
Frantzius, pp. 4 y 64), Pimentel (vol. I, pp. 81-84). La estrecha relación en costumbres e
instituciones (véase mis notas sobre los calendarios de México y Centroamérica) entre los
quichés y los mexicanos, y la probable identidad de su origen, hacen probable que estos
últimos tuvieran la misma regla de “no casarse dentro de la tribu o linaje”, o más bien del
grupo de parentesco. Como todas las tribus de México estaban formadas por una serie de
calpulli, no había necesidad de buscar esposa fuera del pueblo. El modo de concertar los
matrimonios ofrece evidencia directa de que la esposa era, al menos generalmente, de
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 279
otro grupo de parentesco. Véase la n. 109 y especialmente Sahagún (apéndice del lib. II,
p. 288 [p. 263]).
108. Native races (vol. II, cap. VII, p. 251).
109. No sólo era necesario el consentimiento de los padres del joven, sino también el
del telpuchtlato (“vocero de los jóvenes”) de su barrio o calpulli, es decir, de su grupo de
parentesco. Este hecho está abundantemente demostrado. Sahagún (lib. VI, cap. XXIII,
pp. 152-153 [p. 152, § 6]) dice que el telpuchtlato era invitado a la casa y, después de comer
y fumar, los viejos padres del joven y los ancianos del barrio se sentaban y se les presenta-
ba el caso. A continuación el telpuchtlato se despedía formalmente del joven “y dejaban al
mozo en casa de su padre”. Luego (apéndice del lib. III, cap. VI, p. 271 [pp. 302-303, § 2])
repite nuevamente que era necesario el consentimiento de los “maestros de los mance-
bos.” Zorita (p. 132 [p. 111]): “Siendo de edad para se casar demandaban licencia para
ello, que era en habiendo veinte años, ó poco más.” Mendieta (lib. II, cap. XXIV, p. 125):
“Llegados á la edad de casarse […] pedían licencia para buscar mujer; y sin licencia por
maravilla alguno se casaba, y al que lo hacia, demas de darle su penitencia, lo tenian
por ingrato, malcriado y como apóstata.” Torquemada (lib. XIII, cap. XXX) dice que era el
grupo de parentesco del hombre el que pedía a la muchacha, y ese pedido era realizado
por mujeres, que llevaban regalos. Cf. también H.H. Bancroft (vol. II, pp. 251-262).
Vetancurt (vol. I, 2a. parte, trat. II [trat. III], cap. XII, p. 477 [p. 421]). Si el hombre lo
necesitaba, “la comunidad” lo ayudaba. Véase las autoridades citadas más arriba, y otras.
La influencia controladora del grupo de parentesco en materia de matrimonio fue
reconocida oficialmente, ya en 1555, por el primer concilio provincial, celebrado en México
en ese año, el cual, en vista de que era costumbre de los macehuales no casarse sin “licen-
cia” de sus principales, ni tomar mujer alguna que no les fuese dada por ellos, de lo cual
se derivaban muchos inconvenientes y el matrimonio entre personas libres no era tan
libre como debía ser, ordenó que ningún principal indio de ninguna condición o estado
diera esposa a nadie por su propio acuerdo y autoridad, ni impidiera a ningún macehual
casarse libremente con la mujer que quisiese, si ella quería, bajo pena de treinta días de
prisión y otras que el juez resolviera. (Concilios provinciales primero y segundo, celebrados por
la muy noble y leal ciudad de México, dados a luz por el Illmo. Sr. D. Francisco Antonio
Lorenzana, Arzobispo de esta Santa Metropolitana Iglesia, el año de 1769.) Los “princi-
pales indios” son los oficiales de los grupos de parentesco, y así tenemos, treinta años
después de la conquista, un reconocimiento formal de que entre los indios mexicanos el
matrimonio era controlado por el grupo de parentesco. Cómo más tarde los encomenderos
interfirieron con esa costumbre a fin de ocultar sus propias actividades criminales lo
cuenta claramente fray Antonio de Remesal, t. II, lib. VII, cap. XV, p. 327 [pp. 80-81].
110. Es singular que algunos de los primeros autores eclesiásticos indican que no
había regla de repudio o de divorcio entre los antiguos mexicanos. Mendieta, lib. III, cap.
XLVIII, p. 303. La misma autoridad, sin embargo, atribuye el hecho a los perniciosos
efectos del contacto con los españoles, que había sido causa de que las costumbres de los
nativos se volvieran más o menos disolutas e inmorales (p. 304). Zorita (p. 97 [p. 488]) lo
confirma, y Torquemada (lib. XVI, cap. XXIV, p. 196) copia literalmente a Mendieta. Sobre
las costumbres referentes al divorcio véase Zorita (p. 97 [p. 488]), Mendieta (lib. III, cap.
XLVIII), Torquemada (lib. XIII, cap. XV, pp. 441-442), Gómara (p.441 [cap. CCXXI, pp. 339-
340]), Herrera (déc. III, lib. II, cap. XVII, pp. 72-73), Bustamante (cap. I, p. 196) y otros. La
división de bienes que se menciona como acompañante del divorcio se refería sólo a los
efectos personales, puesto que la esposa no aportaba otra cosa. Véase “Sobre la tenencia
de la tierra” (supra, pp. 139-140 y n. 107).
280 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
Examinaré en forma más completa las costumbres matrimoniales de los antiguos mexi-
canos en otra monografía, después de la dedicada a las “Creencias religiosas”.
111. Ancient society, pp. 71 y 83.
112. Cf. Durán, cap. XVIII, pp. 154 y 155 y Tezozomoc, cap. XXV, pp. 37-38 [pp. 300-
301].
113. Ancient society, p. 71.
114. Aparte de las afirmaciones positivas de Sahagún (apéndice II del lib. II; lib. I, cap.
XIX, p. 31 [p. 68, § 17]): “se ponían en una de las casas de oración que tenían en los
barrios, que ellos llamaban calpulli, que quiere decir iglesia del barrio o parroquia” (y
también lib. II, cap. XXXVII, etc.), tenemos el testimonio de Durán (cap. V, p. 50 [pp. 42,
43] y cap. IX, pp. 79-80 [p. 83]) y Oviedo (lib. XXXIII, cap. X, p. 302).
115. Sahagún, t. I, apéndice [II] del lib. II, p. 211 [p. 242, § 78].
116. Nieremberg, lib. VIII, cap. XXII, p. 146.
117. Sahagún, apéndice [III] del lib. II, p. 211 [p. 242, § 1]. Véase n. 114.
118. Mendieta (lib. II, cap. XXVII, p. 132) parece contradecirse cuando dice, primero,
que el cautivo pertenecía a su captor, pero al mismo tiempo que el captor podía ser
incluso muerto si regalaba su cautivo a otro. Segundo: que cada hombre debía vigilar a sus
propios prisioneros, y al mismo tiempo que éstos eran guardados en común por el barrio, o
grupo de parentesco, que era responsable por ellos. Torquemada (lib. XIV, cap. III, p. 540)
copia esto casi literalmente. Mucho más categórico y claro es Durán (cap. XIX, pp. 172-
173 [p. 169, § 32-33]): “mandó Tlacaelel repartir los cautivos, porque eran muchos, por
todos los barrios y que cada barrio se encargase de guardar y sustentar tantos […]. Los
mandones de los barrios repartieron los presos a cada barrio a como les cabía.”
“Motecuhzoma los mandaba vestir y aderezar y llamaba a los calpixques –que son los
mandoncillos de los barrios– y entregábaselos, para que tuviesen cuidado de ellos, di-
ciendo que eran la merced del sol, señor de la tierra, que los daba para el sacrificio” (cap.
XXI, p. 186 [p. 182, § 34]). “Luego fueron repartidos entre los barrios y encomendados a
los mandoncillos” (cap. XXII, p. 192 [p. 188]; cap. XXVIII, p. 237 [p. 232, § 43]; cap. XLII,
p. 343 [p. 331], etc.). Tezozomoc (cap. XXIX, p. 45 [p. 315]; cap. XXXII, p. 51 [p. 333]; cap.
XXXIII, p. 52 [p. 338]; cap. XXXVIII, p. 61 [p. 360]; cap. XLIX, p. 80 [p. 409]; etc.) confirma
a Durán, como cabía esperar.
119. “La tenencia de la tierra”, supra, pp. 127-189.
120. Ancient society, pp. 76-77. Cf. H. Luden, pp. 501-502, acerca de lo que ocurría
entre los antiguos germanos.
121. Los escritores antiguos representan el carácter de los aborígenes mexicanos en
forma variada. Aparentemente era una mezcla de docilidad infantil y pasiones violentas.
Cortés (“Carta segunda”, p. 18 [pp. 43-44]) habla de ellos en base a los informes de los
tlaxcaltecas. Bernal Díaz (cap. CCVIII, pp. 309-310 [pp. 874-876]) se detiene especialmen-
te en sus vicios y en la crueldad manifiesta en los sacrificios. El Conquistador Anónimo
(Colección de documentos, vol. I, pp. 371, 383, 387, 394) pone mucho énfasis en su feroci-
dad, aunque también dice que eran muy obedientes. Los misioneros en general exaltan
el lado bueno –su docilidad y fidelidad. Cf. Motolinia (trat. I, cap. XIV, pp. 76-77). Sin
embargo, este autor también menciona sus vicios (trat. I, cap. II, pp. 22-23), atribuyendo
casi todos ellos (con excepción de la idolatría) a su inclinación a la intemperancia. “Lo
que de esta generacion se puede decir es, que son muy extraños de nuestra condicion”
(trat. II, cap. IV, p. 113). Zorita (pp. 197-207 [pp. 511-517]) denuncia amargamente a
quienes tratan a los indios como bárbaros (ibid., pp. 42, 45 [p. 473]). Mendieta (lib. III,
cap. XLIII, p. 290) menciona la facilidad con que perdonaban y pedían perdón, incluso en
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 281
presencia de todos sus parientes y vecinos: “suelen algunos juntar (al tiempo que se
quieren confesar) toda su parentela y vecinos con quien comunican, y pedirles perdon en
la manera dicha”. En contra de esto, Torquemada registra (lib. XIV, cap. I, p. 535): “eran
de su natural condicion mas vengativas, que todas las del Mundo”. Cf. también las des-
cripciones del carácter de los mexicanos en Clavijero, lib. I, cap. 15.
122. Gómara (p. 440 [cap. CCXXII, p. 340]): “No traen armas sino en la guerra, y allí
averiguan sus pendencias por desafíos.” Bartolomé de las Casas (Apologética, caps. 213 y
214, p. 124 [t. II, cap. CCXIII, pp. 389-390 y cap. CCXIV]): “Cuando llegaban a las manos
[…] los ponían en paz los circunstantes.” Motolinia (trat. I, cap. II, p. 23) dice que tales
riñas y pendencias ocurrían solamente cuando estaban borrachos: “Y fuera de estar beo-
dos son tan pacíficos, que cuando riñen mucho se empujan unos á otros, y apenas nunca
dan voces, si no es las mujeres que algunas veces riñendo dan gritos.” “Sin rencillas ni
enemistades pasan su tiempo y vida” (cap. XIV, p. 76). Torquemada, lib. XII, cap. XV, pp.
398-399; Herrera, déc. III, lib. IIII, cap. XVI, p. 136.
123. Zorita (pp. 129-130 [p. 495]) habla solamente de niños, a quienes les hacían
cortes en los labios por mentir. Esto lo copian Herrera (déc. III, lib. IIII, cap. XVI, p. 136 [p.
135]) y Torquemada (lib. XIII, cap. XXX, pp. 477-478). Sin embargo Vetancurt (vol. I, 2a.
parte, trat. II, p. 482 [trat. III, cap. XIV, p. 425]) afirma que ese castigo sólo se aplicaba a
adultos, y agrega que si ese uso hubiera continuado se verían muchas personas sin labios,
porque son muy mentirosos. Gómara (p. 438 [cap. CCXVIII, pp. 335-336]) dice que ese
castigo fue instituido por Quetzalcoatl, y tanto para los adultos como para los niños. Pero
esto de atribuirlo a Quetzalcoatl es evidentemente un error. Cf. Sahagún, lib. III, cap. III,
p. 244 [pp. 278-279]. Clavijero (lib. VII, cap. 17, p. 489 [p. 224]) afirma terminantemente
que se aplicaba a los adultos. Bustamante (p. 195) dice que a los calumniadores los mata-
ban.
124. Las Casas (cap. 213, p. 123 [t. II, cap. CCXIII, p. 387]): “Déstos era el que mataba
a otro, el cual moría por ello.” Gómara (p. 442 [cap. CCXXVII, p. 345]): “Matan al matador
sin excepción ninguna.” Mendieta (lib. II, cap. XXIX, p. 136): “Sentenciaban á muerte á los
que cometian enormes y graves delitos, así como á los homicidas. El que mataba á otro,
moria por ello.” Torquemada (lib. XII, cap. VIII, p. 387) casi copia lo anterior. Casi todos
los autores concuerdan sobre este punto, con excepción, según Bancroft (vol. II, p. 459,
n. 59) de Durán, quien según él afirma que el homicida no era muerto, sino que pasaba
a ser esclavo de la esposa u otros parientes del difunto, por el resto de su vida. En esto
Durán concuerda con el Códice Ramírez. Vetancurt (vol. I, p. 485 [2a. parte, trat. III, cap.
XIV, p. 428]) dice que el homicida era muerto (ahorcado) aun cuando hubiera cometido el
delito en estado de embriaguez. Clavijero (lib. VII, cap. 17, p. 484 [p. 219]) afirma breve-
mente que cualquier homicidio se castigaba con la muerte. En cuanto a la forma de
ejecución, hay afirmaciones diferentes, y sería riesgoso tratar de entrar en detalles.
125. Es bien sabido que había un ídolo para los borrachos. Sahagún (lib. I, cap. XXII, p. 40
[p. 75, § 3]) da incluso los nombres de trece “dioses del vino”. Según Gregorio García (lib.
III, cap. II, p. 92, § VI), quien menciona como autoridad a fray Esteban de Salazar (Historia y
relación de la teología de los indios mexicanos, perdido en un naufragio en 1564) tenían tres-
cientos dioses de los borrachos: “que de solos los borrachos tienen 300 dioses”. Véase
también Torquemada, lib. VI, cap. XXIX, p. 58 y otros. Sobre los castigos sigo a Mendieta
(lib. II, cap. XXX, pp. 139-140), copiado textualmente por Torquemada (lib. XIV, cap. X, p.
550). Además de ellos, Zorita (pp. 110-111 [pp. 491-492]) afirma lo mismo, incluso más
explícitamente, y es seguido por Herrera (déc III, lib. IIII, cap. XVI, p. 136). Vetancurt (vol.
I, p. 485 [2a. parte, trat. III, cap. XIV, p. 429]). Clavijero (lib. VII, cap. 17, p. 488 [p. 223]).
282 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
Todos afirman, además, que si un joven se intoxicaba mientras estaba todavía al cuidado
de las “casas de enseñanza” lo mataban. Esto lo confirma también Sahagún (apéndice del
lib. III, cap. VI, pp. 270-271 [p. 302, § 1]). Con excepción de Motolinia (trat. I, cap. II, pp. 22-
23), en general se admite que la embriaguez estaba controlada en el México antiguo.
126. Si bien se toleraba la prostitución, no existían casas de mala fama. Torquemada
(lib. XII, cap. II, p. 376): “Esto parece, porque permitieron, que hubiese Mugeres, que se
daban á los que querian, y se andaba á esta vida suelta, y gananciosa, como las de nuestra
España, y otros Reinos: puesto que no tenian casa señalada, ni publica para la execucion
de su mal oficio, sino que cada qual moraba donde le parecia, y el acto deshonesto, en
que se ocupaba, servia de lugar publico, y en el mismo vicio se hacia pública, y se mani-
festaba.” Vetancurt (vol. I, p. 480 [2a. parte, trat. III, cap. XIII, p. 423]): “Permitian los
Mexicanos mugeres, que ganassen con sus cuerpos, aunque no tenian lugares señalados.”
Por lo tanto, no está claro qué quieren decir con “alcahueta”. Sólo podían merecer castigo
en el sentido de la palabra francesa entremetteuse, porque era deber del hombre buscar su
mujer, aun cuando a veces empleaban para ese fin a unas mujeres llamadas cihuatlanqui.
Supongo que esas mujeres eran castigadas no por la inmoralidad de su conducta, sino por
su audacia al dirigirse sin autorización a los hombres, ofendiendo así la dignidad de tales
seres superiores. En cuanto a autoridades sobre esta forma de castigo, remito a las citadas
por H.H. Bancroft (vol. II, p. 469, n. 101).
127. Ya he mostrado que los jóvenes tenían relaciones íntimas antes de que se arreglaran
las formalidades del matrimonio. Así, mientras se encontraba todavía en el telpuchcalli, el
joven tenía afuera su “amiga” o “manceba”. Esto lo afirman positivamente Sahagún (apén-
dice del lib. III, cap. VI, p. 271 [302, § 2]): “Y estos mancebos tenían sus amigas, cada dos,
o tres, la una tenían en su casa y las otras estaban en sus casas” y Torquemada (lib. XII,
cap. III, p. 376). Que esas “amigas” eran objeto de amor más que platónico lo expresa
secamente Sahagún (cap. V, p. 270 [p. 302, § 14]): “y los que eran amancebados íbanse a
dormir con sus amigas”. Torquemada (loc. cit.) afirma además “que despues que aquel
Mancebo havia un Hijo, en la dicha su Manceba, luego le era forçoso, ó dejarla, ó recibir-
la por Muger legitima”. Vetancurt (vol. I, p. 480 [2a. parte, trat. III, cap. XIII, p. 423]): “los
mancebos, antes de casarse tenian sus mancebas, y solian pedirlas a las Madres”. Esto casi
establece la promiscuidad entre los antiguos mexicanos, antes del matrimonio formal.
128. Clavijero (lib. VII, cap. 17, p. 485 [p. 220]) dice que el castigo no era como el del
adúltero, porque no se exigía a los maridos la misma fidelidad conyugal que a las esposas.
El concubinato con “esclavas” era permitido, y en caso de que tuvieran un hijo éste era
libre. La muerte era invariablemente el castigo de los que tenían, o intentaban tener,
relaciones con las jóvenes consagradas al culto. Zorita, pp. 106ss [pp. 490-492]. Mendieta
(lib. II, cap. XXIX, p. 136): “El que hacia fuerza á vírgen, ora fuese en el campo, ora en casa
del padre, moria por ello.”
129. Esto lo mencionan todos los autores, de modo que no hace falta dar referencias
particulares.
130. Todos los autores insisten en que el incesto se castigaba con la muerte. Torquemada
(lib. XII, cap. IV, p. 380): “Todos los que cometian incesto en el primer grado de consan-
guinidad, tenian pena de muerte, si no eran cuñados, y cuñadas.” Mendieta, lib. II, cap.
XXIX, p. 137; Vetancurt, vol. I, p. 481 [2a. parte, trat. III, cap. XIV, pp. 424-425]. Todos
estos autores parecen haber tomado su información de la misma fuente, o más bien Tor-
quemada con frecuencia plagia a Mendieta, mientras que Vetancurt suele copiar a
Torquemada. Para evitar citas superfluas, remito al lector, sobre el tema de “delitos contra
natura” a Bancroft (vol. II, pp. 466-468).
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 283
131. Mendieta, lib. II, cap. XXVII, p. 132; copiado por Torquemada, lib. XIV, cap. III,
p. 540; Durán, cap. XXVI, pp. 214-216 [p. 212] y otros.
132. Sin embargo, si el marido mataba él mismo a la esposa, aun cuando la hubiera
sorprendido en flagrante delito, él era castigado con la muerte. Esto muestra claramente
que el acto era considerado no tanto un delito contra el hombre como contra el grupo de
parentesco al que éste pertenecía, el cual por consiguiente no sólo estaba obligado sino
que tenía derecho a castigarlo. Hay evidencia de este castigo al marido ofendido que se
vengaba por sí mismo en muchos autores. Véase Mendieta, lib. II, cap. XXIX, pp. 136-137;
Torquemada, lib. XII, cap. IV, pp. 378-379; Clavijero, lib. VII, cap. 17, p. 481 [pp. 219-
220], y H.H. Bancroft, vol. II, p. 465.
En extraño contraste con las frecuentes afirmaciones sobre el estilo altanero con que los
señores tomaban a su placer a las mujeres de la tierra (véase por ejemplo Gómara, pp. 438 y
439 [cap. CCXX, pp. 337-338]; Motolinia, trat. II, cap. VII, p. 125 y otros), encontramos
también claras afirmaciones de que el adulterio y la violación eran castigados severamen-
te aun en el caso de los más altos funcionarios y señores. Así, Las Casas relata con detalles
el caso del señor de Tlaxcallan que fue ejecutado por adulterio (p. 123 [t. II, cap. CCXIII,
pp. 387-388]), Zorita (pp. 107-108 [pp. 490-491]), Torquemada (lib. XII, cap. XV, p. 399).
También hay una historia sobre el hijo de un señor de Texcoco, muerto por haber tenido
relaciones con jovencitas que estaban en las casas de culto: Ixtlilxochitl, cap. XLIV, pp. 315-
326 [pp. 121-123]; Torquemada, lib. II; cap. LXV, p. 189, etc. Son extrañas contradiccio-
nes que a veces se encuentran incluso en el mismo autor.
133. Gómara (p. 442 [cap. CCXXVII, p. 345]) dice: “El ladrón era esclavo por el primer
hurto”, pero las otras fuentes no apoyan esto, en el caso de pequeños hurtos. Cf. por
ejemplo, Mendieta (lib. II, cap. XXIX, p. 138): “El ladron que hurtaba hurto notable […]
por la primera vez era hecho esclavo.” Torquemada (lib. XII; cap. V, p. 381, pero especial-
mente lib. XIV, cap. XXI [cap. XVI], p. 564): “Al que hurtaba pequeños hurtos, si no eran
mui frequentados, con pagar lo que hurtaba hacia pago.” Clavijero, lib. VII, cap. 17.
134. Hay afirmaciones positivas sobre este punto: Mendieta (lib. II, cap. XXIX, p. 138);
Torquemada (lib. XII; cap. V, p. 381); Vetancurt (vol. I, p. 483 [2a. parte, trat. III, cap. XIV,
pp. 426, 427]); el Conquistador Anónimo (vol. I, p. 383) exagera; “De l’ordre de succession
observé par les Indiens”, trad. de Ternaux-Compans de un ms. de Simancas (Premier
recueil, p. 228), confirma al Anónimo.
Fray Francisco de Bologna (“Lettre au R. P. Clément de Monélia”, 1er. Recueil, p. 211):
“No eran muy crueles en los castigos que infligían a los culpables”; Gabriel de Chávez
(“Rapport sur la province de Meztitlan”, trad. de Ternaux-Compans, 2eme recueil, p. 312
–original en posesión de García Icazbalceta); dice Herrera (déc. III, lib. IIII, cap. VII, p. 121)
sobre Nicaragua: “Cortaban los Cabellos al Ladron, i quedaba Esclavo del Dueño de lo
hurtado, hasta que pagase.” En Izcatlan, “con los bienes del Ladron, despues de justiciado,
satisfacian al agraviado” (déc. III, lib. III, cap. XV, p. 101). Ixtlilxochitl (cap. XXXVIII, p. 266
[p. 102]): “Al ladrón si hurtaba en poblado y dentro de las casas, como fuese de poco valor
el hurto, era esclavo de quien había hurtado, como no hubiese horadado la casa, porque
el que lo hacía moría ahorcado.” C. Ortega (Veytia, p. 223 [Historia antigua, t. II, apéndice,
cap. I, p. 200]): “Casi siempre se castigaba con pena de muerte, a menos de que la parte
ofendida conviniese en ser indemnizada por el ladrón, en cuyo caso pagaba éste al fisco
una cantidad igual a la robada. También tenía el ladrón la pena de ser esclavo del dueño de
lo que robaba; y si éste no lo quería, era vendido por los jueces, y con su precio se pagaba
el robo.”
Varios de los autores mencionados relatan la célebre historia en que el “Señor Severo”
284 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
(Moctezuma) tomó algunos elotes de un huerto y fue aprehendido por ello por su propie-
tario, o al menos ocupante. Esa historia demuestra que ningún señor estaba exento de
castigo por los delitos más leves.
Cf. Torquemada (lib. XIV, cap. XXI [cap. XVI], p. 564), Vetancurt (vol. I, p. 483 [2a.
parte, trat. III, cap. XIV, pp. 426, 427]), Bustamante (3a. parte, cap. I, p. 197) acerca de la
afirmación de que el grupo de parentesco del ladrón lo ayudaba a cumplir la pena por su
delito. Dice el primero: “y si no tenia de que pagar, una, y dos veces, los Parientes se
juntaban, y repartian entre sí el valor del hurto, y pagaban por él, diez, y doce Mantas, y
desde arriba; ni es de creer, que hacian Esclavo por quarenta, ni cincuenta maçorcas de
Maiz, ni por otra cosa de mas precio, si él tenia de que pagar, ó los Parientes”. Sobre este
importante punto –la solidaridad del grupo de parentesco en caso del delito cometido por
uno de sus miembros, véase infra, n. 137.
135. A las autoridades citadas con tanta frecuencia sobre otros temas, agrego aquí
Ixtlilxochitl (Relaciones, p. 387 [p. 447]).
136. Torquemada (lib. XII, cap. VII, p. 385) considera extravagante esta ley. Sería inútil
dar más citas.
137. Dice A. de Vetancurt (vol. I, p. 483 [ibid.]): “En los hurtos era Ley general que
siendo de cosa de valor tenian pena de muerte, y si la parte se convenia, pagaba en
mantas la cantidad al dueño, y otras mas para el Fisco Real, á esto acudian los parientes.”
Esa “obligación de ayudar” por parte de los demás miembros del grupo de parentesco la
hemos observado ya en el caso del matrimonio, en que los recién casados recibían ayuda
del grupo familiar. Véase Zorita (p. 132 [p. 496]): “Si era pobre, ayudábanle con algunas
cosas de lo que tenían recogido en su comunidad.” También encontramos que esa cos-
tumbre subsistía después de la conquista: por ejemplo, si un indio moría dejando deu-
das, sus parientes las pagaban por sus descendientes directos (que en la mayoría de los
casos eran insolventes), o se hacían cargo. Así lo expresa fray Agustín Dávila Padilla (His-
toria de la Fundación y Discurso de la Provincia de Santiago de México, 2a. ed., 1625 lib. I, cap.
XXVI, p. 83 [México, Edit. Academia Literaria, 3a. ed., 1955, lib. I, cap. XXVII, p. 83]): “Si
muere alguno dellos con deudas, como si los deudos las heredasen por parecerse deudos
y deudas en el nombre, procuran luego entre los parientes pagarlas, porque el anima de
su defunto no dilate la entrada en el cielo. Y sino tienen caudal para pagar, procuran que
se perdone la deuda: y sino salen con esta traça, la dan luego todos en servir al acreedor
hasta que del todo se pague lo que el defunto devia. Viviendo yo en el colegio de S. Luys
de predicadores el año de 1586. Sucedio morir un Indio que trabajava en aquel sumptuoso
edificio, y era muy diestro cantero: avia recebido dineros adelantados, y quando murio
quedava debiendo veinte pesos, ó reales de á ocho. Vinieron luego al colegio sus parien-
tes reconociendo la deuda, y pidiendo que los ocupasen en servicio del colegio, para que
se descontase lo que su difunto devia. No se les dava mucho a los padres del colegio por
cobrar estos dineros: porque demas de ser pocos no parecia que avia modo de cobrarlos:
y mas por acudir a la devocion de los deudos, le dixeron à uno, que viniese à trabajar en
la huerta. Era maravilloso el cuydado del Indio, ansi en venir cada dia, como en venir
muy de mañana: y preguntandole un religioso la causa de su cuidado, dixo, que le tenia
porque su pariente se fuese al cielo, y desde alla le ayudase con Dios, y no estuviese
detenido en el infierno chiquito, que los predicadores llaman purgatorio.”
Mi amigo el coronel F. Hecker, a quien comuniqué lo anterior, reconoció de inmediato
en ello algo análogo al Gesammut-Burgschaft de los antiguos teutones y me llamó la aten-
ción sobre la organización de los germanos. Cf. Luden (vol. I, p. 502), valiosa fuente que
también debo a la generosidad del distinguido jurista alemán.
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 285
138. Con respecto a los “sacerdotes”, se dice también que eran sólo degradados y
expulsados; sin embargo, esto no parece probable, puesto que cuanto más alta era la
posición del culpable, más severo era el castigo.
139. Cf. también H.H. Bancroft, vol. II, p. 419 y Prescott, lib. I, cap. II, p. 47 [p. 28].
140. Mendieta, lib. II, cap. XXIX, p. 138. Vetancurt (vol. I, p. 484 [2a. parte, trat. III,
cap. XIV, p. 427]): “El que hurtaba plata, y oro lo desollaban vivo, y sacrificaban al Dios de
los Plateros que llamaban Xipe, y lo sacaban por las calles para escarmiento de otros, por
ser el delito contra el Dios fingido.” Este sacrificio a un ídolo particular, sin embargo, no
lo menciona Torquemada ni el predecesor y principal fuente de éste, Mendieta. Clavijero
(lib. VII, cap. 17, p. 487 [p. 222]) copia casi textualmente a Vetancurt. Lo mismo hace
Ortega (Veytia, vol. III, p. 225 [vol. II, apéndice, cap. I, p. 200]). Bustamante (p. 196 [3a.
parte, cap. I, p. 197]) también copia al primero. Sin embargo, es singular que cuanto más
antigua la fuente, menos definida respecto al sacrificio. Podemos admitir con tranquili-
dad que el culpable de un delito contra el culto era muerto, sin insistir en una forma de
castigo particular.
141. En otro trabajo (“On the sources for aboriginal history of Spanish America”, en
Proceedings of the American Association for Advancement of Science, vol. XXVII, 1878) he inten-
tado examinar la naturaleza de las pinturas mexicanas y su valor como fuentes históricas.
Aquí sólo agregaré dos declaraciones positivas, sobre el tema de las pinturas, que no
había notado cuando leí el trabajo antes mencionado en St. Louis, Missouri, en agosto de
1878. Juan de Solórzano Pereira (Disputationem de indiarum jure, 1629, vol. I, lib. II, cap. VIII,
p. 331, § 96): “Quod de Phoenicibus tradit etiam Lucanus, et in Mexicanis nostris experti fuimus,
qui si non litteris, imaginibus tamen, et figuris ea omnia, quae sibi memoranda videbantur,
significabant, et conservabant.” La otra es reciente, y proviene de un discurso pronunciado
en la Academia Mexicana por mi amigo García Icazbalceta (“Las bibliotecas de Eguiara y
de Beristáin”, en Memorias de la Academia, núm. 4, vol. I, p. 353): “El antiguo pueblo que
ocupaba este suelo no conocía las letras, y con eso está dicho que no podía tener escrito-
res ni literatura. Su imperfectísimo sistema de representar objetos e ideas tenía que limi-
tarse a satisfacer, hasta donde podía, las necesidades más urgentes de la sociedad, sin
aspirar a otra cosa. Así es que no se empleaba sino en registrar los tributos de los pueblos,
en señalar los límites de las heredades, en recordar las ceremonias de la religión, y en
contribuir a conservar la memoria de los sucesos más notables, que aun con ese auxilio
habría perecido, a no perpetuarse en las tradiciones recogidas por los primeros predica-
dores del Evangelio.”
142. Códice Mendocino, vol. I, lám. LX [3a. partida, p. 124]; el niño tenía nueve años de
edad.
143. Mendieta, lib. II, cap. XXXVIII, p. 157; Torquemada, lib. XI, cap. XXIX, p. 362;
Clavijero, lib. VII, cap. 13, p. 472 [pp. 207, 208], etcétera.
144. No era deshonroso padecer torturas, pero los azotes eran un insulto mortal, igual
que entre otros indios.
145. Mendieta (lib. II, cap. XXIX, p. 138): “Tenian las cárceles dentro de una casa
escura y de poca claridad, y en ella hacian su jaula ó jaulas; y la puerta de la casa que era
pequeña como puerta de palomar, cerrada por defuera con tablas, y arrimadas grandes
piedras.” Torquemada, lib. XI, cap. XXV, p. 353.
146. Molina (II, p. 95 [Siméon, p. 458: “cárcel donde se encerraba a los malhecho-
res”]); teilpi, “el que prende o encarcela a otro” [Siméon, p. 458: “el que agarra, aprehen-
de a alguien”]; teilpiliztli, “prendimiento tal” (Molina, ibid.) [Siméon, ibid.: “encarcela-
miento de alguien”]; niteylpia “atar a alguno, o prenderlo y encarcelarlo” (Molina, II, p. 38
286 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
[Siméon, p. 189: “atar, aprehender, encerrar a alguien”]). Entre los 78 edificios del gran
lugar central de culto, Sahagún (t. I, apéndice [II] del lib. II, p. 210 [p. 241, § 76]) mencio-
na uno llamado Acatla yiacapan hueicalpulli: “esta era una casa donde juntaban los esclavos
que habían de matar a honra de los Tlaloque”. También menciona (t. II, lib. VIII, cap. XV,
p. 304 [cap. XIV, p. 314 § 8.1-8.2] y cap. XXI, p. 309 [pp. 331-332]) cárceles en relación con
la casa oficial o tecpan. Que los diferentes calpulli o “barrios” tenían cada uno sus lugares
de confinamiento lo señala Durán (cap. XXI, p. 187 [p. 182, § 34]): “Los calpixques los
recibían y los ponían en las casas de sus comunidades, o del sacerdote de tal barrio.”
147. Según Molina (II, p. 91 [p. 92]), tecalli es una “casa de bóveda” [Siméon, p. 441:
“casa de piedra”]. Como los mexicanos no tenían arcos, en realidad quiere decir tumba.
148. Molina (II, p. 86): “jaula grande de palo, adonde estaban los presos por sus deli-
tos” [Siméon, p. 407: “gran caja de madera donde se encerraban a los criminales”].
149. La mejor ilustración del quauhcalli es la que da Bancroft (vol. II, cap. XIV, p. 453).
150. Hay abundantes testimonios de la cruel e insalubre naturaleza de los lugares de
detención aborígenes antes de la conquista. Como señala con mucha justicia H.H. Bancroft
(vol. II, p. 453): “Tenían prisiones, es cierto, y muy crueles, según todas las descripciones,
pero aparentemente eran más bien para confinar a prisioneros antes de su juicio, o entre
la condena y la ejecución, y no permanentemente, como castigo.” A las autoridades cita-
das por el célebre californiano añadiré aquí en apoyo de sus opiniones (y las mías): Gómara
(p. 442 [cap. CCXXVII, p. 345]): “Las cárceles eran bajas, húmedas y oscuras, para que
temiesen entrar allí.” Vetancurt, vol. I, 2a. parte, trat. II, cap. I, p. 370 [p. 328]. Tezozomoc
(cap. XCIX, p. 176 [p. 650]): “mandólos llevar á todos á la cárcel, que llamaban Cuauhcalco,
que era á manera de una caja, como cuando entapían ahora á alguna persona, que le dan
de comer por onzas”.
151. Ancient society, 2a. parte, cap. II, pp. 71-73; cap. VIII, p. 225 y cap. XI, p. 285 y 297.
152. Es singular que este consejo del grupo de parentesco o gens haya sido tan ignora-
do en general, aun cuando casi todos los autores describen alguna parte de sus funciones.
Zorita (pp. 55, 56 [p. 479]) dice: “y ninguna cosa hace este principal, que no sea con
parecer de otros viejos del calpulli” y Sahagún ofrece evidencia indirecta de ello (lib. II,
cap. XXXVII, p. 183 [p. 220]) en la descripción de la fiesta del mes izcalli. Esos “ancianos”
reaparecen en relación con celebraciones que interesaban al calpulli, por lo menos oca-
sionalmente. Sin embargo ese consejo existía aún en fecha reciente (1871) entre los nati-
vos de Guatemala. El señor Juan Gavarrete de la ciudad de Guatemala (La Nueva) me
escribe, con fecha 14 de marzo de 1879: “Cuando en el pueblo hay varias parcialidades o
calpules, […] cada una de ellas tiene su calpul o consejo de cierto número de Ancianos y
estos reunidos eligen las Autoridades comunes del pueblo, nombrando también alcaldes
subalternos para las diversas parcialidades.” En su Introducción a la “Real Ejecutoria”
(vol. II, pp. XII y XIII), el difunto señor José F. Ramírez atribuye la creación de un consejo
municipal electivo a un acto político del gobierno español. Sin embargo, por los autores
del siglo XVI, especialmente Zorita, está claro que ese “elemento democrático” (así lo
llama el señor Ramírez) era aborigen. Por lo tanto, el consejo que aún subsiste en Guate-
mala era un rasgo original, con cambios en los nombres y las funciones para adaptarlo a
las leyes de España. Ramírez de Fuenleal (p. 249) menciona a otros oficiales llamados
viejos en cada barrio o parroquia, como ahora se llamaban. La siguiente cita de Juan de
Solórzano (vol. II, cap. XXIII, p. 210, § 21) tiene interés en relación con la cuestión plan-
teada por el señor Ramírez: “In novas quoque Hispania, cum hae reductiones, quas ibi
Aggregationes vocant, i praestanti illo, et prudenti duce Ferdinando Cortesio stabilitae, et constituite
fuissent, et postea, temporam, et Hispanorum iniuriae, valde collapsae, ac subversae; alias deuo
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 287
fieri et factas instaurari curavit Excellentissimus ille, et Pijissimus Prorex Canes de Monte Regio,
schedulis etiam, et provisionibus Regijis sibe ad hoc demandatis, morem gerere cupiens: in quibus
tamen exequendis, magnae dificultates, et Indoruj strages expertae sunt, quia eorum aliqui volunta-
rio suspendio vitam finire maluerunt, quam in designata sibi municipia reduci.” Esto fue publica-
do en 1639.
Probablemente no había reuniones regulares de estos “ancianos” en momentos prede-
terminados: se reunían cuando los acontecimientos lo requerían y cuando eran convoca-
dos. Hay incluso un indicio de una asamblea general de los habitantes del calpulli en
Zorita (p. 62 [p. 480]): “se juntan los del calpulli á hacer y tratar lo que conviene á su
calpulli y á sus tributos”, etc. Vemos así en el calpulli los siguientes métodos de ejercer
autoridad: a través de la reunión de todos sus miembros para tratar asuntos que afecta-
ban a la comunidad entera; a través de los “ancianos” que controlaban los asuntos habi-
tuales; y a través de lo que las autoridades antiguas llaman “señores” u oficiales ejecuti-
vos, de los que me ocuparé a continuación. Queda por examinar aquí una cuestión
importante, a saber: si el calpulli realmente tenía, como he afirmado, jurisdicción penal
sobre sus miembros, o si ésta correspondía a funcionarios superiores o a algún tipo de
“tribunal.”
Debemos confesar que existe aparentemente evidencia de mucho peso en contra de la
suposición de que los “barrios” o calpulli podían resolver cuestiones de vida o muerte. A
fin de examinar críticamente esta vital cuestión, tendré que tomar a cada autor indivi-
dualmente, y comparar entre sí sus afirmaciones (si hay más de una) sobre el tema. Ante
todo debo decir, sin embargo, que ni Cortés, ni Andrés de Tapia, ni Bernal Díaz mencio-
nan haber visto a nadie ser juzgado y condenado por el principal jefe guerrero de la tribu
mexicana, aun cuando es posible que esto sea una simple omisión de ellos.
Sahagún (lib. VIII, cap. XXV, p. 314 [t. II, cap. XVII, p. 318, § 2.3-2.4]): “y los casos muy
dificultosos y graves llevábanlos al señor, para que los sentenciase juntamente con trece
principales, muy calificados, que con él andaban y residían. Estos tales eran los mayores
jueces, que ellos llamaban tecutlatoque; éstos examinaban con gran diligencia las causas
que iban a sus manos. Y cuando quiera que en esta audiencia, que era la mayor, senten-
ciaban alguno a muerte, luego lo entregaban a los ejecutores de la justicia”. Hasta aquí
sólo entra en juego la jurisdicción de los funcionarios superiores, pero el mismo autor
menciona el poder de algunos funcionarios del grupo de parentesco de matar en castigo
de ciertos delitos (apéndice del lib. III, cap. VI, p. 271 [p. 302, § 1]). Si un joven era
sorprendido borracho: “castigábanle dándole de palos hasta matarle, o le daban garrote
delante de todos los mancebos juntados”. Si esto se hacía en el caso de un joven entrega-
do al telpochcalli, necesariamente se sigue que el poder de castigar con la muerte corres-
pondía al grupo de parentesco al que pertenecía ese telpuchcalli particular.
Zorita (pp. 101 y 106 [pp. 489 y 490-491]) insinúa más bien que afirma que todos los
asuntos graves, incluyendo los de vida o muerte, tenían que ser presentados al supremo
“tribunal de apelaciones” que presidía el rey. Pero no dice que ese cuerpo tuviera jurisdic-
ción exclusiva.
Gómara (p. 442 [cap. CCXXVII, p. 345]) se equivoca evidentemente al confundir a los
recaudadores de tributos con funcionarios judiciales, y no dice nada relacionado con
jurisdicción penal. Examinaremos sus afirmaciones en otra parte.
Mendieta (lib. II, cap. XXVIII, pp. 134-136) dice que todos los “jueces” permanecían en la
casa oficial de cada tribu: “cada uno de ellos en su propio palacio tenia sus audiencias de
oidores que determinaban las causas y negocios que se ofrecian, así civiles como crimina-
les, repartidos por sus salas, y de unas habia apelacion para otras”. Más adelante dice que
288 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
cada 80 días “se sentenciaban todos los casos criminales, y duraba esta consulta diez ó
doce días”. Torquemada (lib. XI, cap. XXV, pp. 352 y 353) es extraordinariamente vago
sobre este punto. Para él, sólo los funcionarios tribales tenían intervención prominente
en el caso. Sin embargo, más adelante (cap. XXVI, pp. 354 y 355), donde se ocupa exten-
samente de la organización judicial de Texcoco, nos permite discernir la jurisdicción
separada de cada calpulli. El capítulo es demasiado largo para reproducirlo por entero, y
debo limitarme a resumirlo. Empieza diciendo que Texcoco tenía 15 “Provincias sujetas á
su Señorío, pero no en todas havia Jueces de estos immediatos, y Supremos”. Por lo
tanto, había seis “Audiencias, como Cancillerias” en seis pueblos diferentes, a las que
estaban reducidas todas las demás provincias, y a ellas acudían de todo el reino. Dice
además que en cada una de esas casas (que más adelante llama tecpan) “se recogian todos
los Tributos Reales, por los mismos Jueces”. Además había cuatro jueces en el “palacio”,
y en cada una de las seis “audiencias” había dos jueces y un “Alguacil”.
Por otros detalles que da, esos seis “pueblos” estaban tan cerca de la casa oficial de la
tribu que parece muy probable que fueran los seis calpulli de Texcoco que según Ixtlilxochitl
(“12a. Relación” o “Pintura de México”, p. 387 [“13. Relación, continuación de la historia
de México”, Relaciones, p. 380]) habían sido establecidos por “Coyote ayunador” (Neza-
hualcoyotl). Esto lo repite en la Historia de la nación chichimeca (cap. XXXVIII [pp. 101-
105]).
La descripción de Texcoco por Torquemada (lib. III, cap. XXVII, p. 304): “pero no se ha
de entender, que toda esta Caseria estaba recogida, y junta; porque aunque en su maior
parte lo estaba, otra mucha estaba repartida, como en Familias, y Barrios; y de tal manera
corria esta Poblaçon, desde el coraçon de ella (que era la Morada, y Palacios del Rei) que
se iba dilatando, por tres, ó cuatro Leguas”, muestra que los calpulli de ese antiguo pue-
blo estaban dispersos en una gran extensión. A fines del siglo XVII (alrededor de 1690)
Vetancurt afirma (“Crónica de la Provincia del Santo Evangelio Mexicana”, en Teatro,
pp. 159-160 [vol. III, trat. II, cap. III, pp. 140-141]) que además de la ciudad había “veinte
y nueve Pueblos de visita en cinco parcialidades repartidos”. Todo esto corrobora nuestra
suposición de que los seis pueblos de Torquemada no eran en realidad sino los seis ba-
rrios o grupos de parentesco, cada uno de los cuales ejercía, por sí mismo y a través de sus
funcionarios, jurisdicción penal sobre sus miembros.
No hay necesidad de probar el hecho de que las varias tribus del valle tenían costum-
bres idénticas, y de que sus instituciones habían alcanzado aproximadamente el mismo
grado de desarrollo. Hay incluso quienes afirman (Prescott, lib. I, cap. II, p. 30 [p. 21])
que “el sistema judicial en Tetzcoco era más perfecto”. Si pues, como he mostrado, el
consejo del grupo de parentesco ejercía poder de vida y muerte entre ellos, seguramente
tenía el mismo poder entre los antiguos mexicanos. Además, lo mismo puede deducir-
se de la naturaleza de muchos de los delitos que se castigaban con la muerte. Destacan
entre éstos los casos relacionados con la tenencia de la tierra. Si un miembro del grupo de
parentesco alteraba los límites de un tlalmilli, ése era un delito sobre el cual sólo el calpulli
tenía jurisdicción, y lo mismo ocurría si alguno de los miembros dejaba de atender las
parcelas de menores colocados bajo su tutela. Ya hemos visto que en ambos casos el casti-
go era la muerte.
Por supuesto, se entiende que ese poder no iba más allá de los límites del grupo de
parentesco y de los proscritos que pudieran estar vinculados a sus miembros. No tenía
jurisdicción sobre los miembros de otros grupos de parentesco. La resolución de los asun-
tos entre distintos calpulli correspondía exclusivamente a la tribu.
Una de las observaciones más interesantes sobre las funciones generales del grupo de
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 289
parentesco es de Zorita (p. 53 [p. 478]): “y lo que en la Nueva España llaman calpullec es
lo mesmo que entre los israelitas llaman tribus”.
153. Zorita (p. 50 [p. 478]): “La tercera manera de Señores se llamaban calpullec ó
chinancallec en plural, y quiere decir, cabezas ó parientes mayores que vienen de muy
antiguo; porque calpulli o chinancalli, que es todo uno, quiere decir barrio de gente cono-
cida ó linaje antiguo, que tiene de muy antiguo sus tierras y términos conocidos, que son
de aquella cepa, barrio ó linaje.” Esta afirmación la copia Herrera (déc. III, lib. IIII, cap. XV,
p. 135), excepto que este último omite los nombres, sustituyéndolos por “pariente ma-
yor”. Con respecto a esto Zorita agrega (pp. 60-61 [p. 480]): “Los comunes de estos
barrios ó calpullec siempre tienen una cabeza, é nunca quieren estar sin ella, é ha de ser de
ellos mesmos é no de otro calpulli, ni forastero, porque no lo sufren, é ha de ser principal
y hábil para los amparar y defender; y lo elegían y eligen entre sí, y á este tenían y tienen
como por Señor, y es como en Vizcaya ó en las montañas el pariente mayor; y no por
sucesión, sino muerto uno eligen á otro, el más honrado, sabio y hábil á su modo, y viejo,
el que mejor les parece para ello. Si queda algún hijo del difunto suficiente, lo eligen, y
siempre eligen pariente del difunto, como lo haya y sea para ello.” Herrera, p. 135.
Si bien estos dos autores hablan vagamente del “jefe” del calpulli, es probable que se
refieran a dos jefes, uno de los cuales es el calpullec y el otro el teachcauhtin. Esto es lo que in-
dica el término “pariente mayor.” Según la traducción de Ternaux, Zorita no dice que ese
jefe se llamara así, pero Herrera, que lo copia, escribe claramente “que llamaban parien-
tes mayores”. Según Molina (II, p. 91 [Siméon, p. 439]), teachcauht significa “hermano
mayor”. Torquemada (lib. XIV, cap. VI, p. 544) atribuye a cada “Barrio, ó Parcialidad” dos
oficiales: un calpixque o recaudador de tributos y “un regidor, un Tecuhtli, que se ocupaba
en executar lo que nuestros Regidores executan, y hacen”. Sin embargo, es evidente, por
los detalles que da el célebre franciscano, que ha perdido de vista la posición peculiar de
funcionarios de un grupo de parentesco, y sólo está hablando de funciones y cargos tribales.
Si no ¿cómo podría afirmar de su “regidor” que estaba siempre en el “palacio”?: “y todos
los Dias se hallaban en el Palacio, á vér lo que se les ordenaba, y mandaba; y ellos, en una
grande Sala, que llaman Calpulli, se juntaban, y trataban de los negocios tocantes á su
cargo.”
“De l’ordre de succession observé par les Indiens” (Premier recueil, p. 225): “En cuanto
al modo adoptado para regular la jurisdicción y la elección de los alcaldes y los regidores
de los pueblos, nombraban a notables que llevaban el título de achcacaulitin, que es el
nombre del cargo, como hoy el de alguacil. Los tribunales de esos oficiales estaban esta-
blecidos en la capital […]. No había otras elecciones de oficiales.” Y más adelante en el
mismo documento dice (p. 227): “Estos achcacaulitin, como los llamaban, cumplían las
funciones de alcaldes. Por el mínimo hurto, es decir por haber robado un poco de maíz,
condenaban a muerte.” También aquí encontramos la flagrante contradicción de “algua-
ciles” elegidos para los pueblos pero cuyos “tribunales” estaban en la capital. En todas
partes la misma indefinición; la confusión entre las instituciones aborígenes y la organi-
zación española es evidente.
Sebastián Ramírez de Fuenleal (pp. 247 y 249) da un cuadro bastante claro del calpulli
y agrega: “tienen un jefe y comandantes […] tienen entre ellos oficiales que nosotros
llamamos principales; hay dos de estos en cada barrio que hoy se llama parroquia”.
Finalmente, remito a lo dicho en la nota 152 supra, sobre Texcoco y los dos oficiales de
cada uno de los “pueblos”. El hecho de que había dos queda pues plenamente esta-
blecido, así como el de su elección. En cuanto a sus títulos, se encuentran en las citas que
he dado.
290 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
Esto se confirma aún más por una afirmación de Vetancurt (vol. I, p. 371 [2a. parte,
trat. II, cap. I, p. 329]): “en cada parcialidad, que llamaban Calpolli y aora Tlaxilacalli
avia uno como Regidor, que llamaban Teuhtli, estos assistian a Palacio todos los dias a
saber lo que el Mayordomo les ordenaba, estos entre si elegian cada año dos en lugar de
Alcaldes, que llamaban Tlayacanque, y tequitlatoque, que executaban lo que por los
Teuhtles se les mandaba, y para executores tenian unos Alguaziles, que oy llaman Topiles”.
El término tlayacanqui es definido por Sahagún (t. I, lib. II, cap. XXIX, p. 142 [pp. 184-
185, § 2]) como “cuadrillero”. Molina (II, p. 120 [p. 121]) incluye tlayacantli, “el que es
regido, guiado y gobernado de otro, o el ciego que es adiestrado de alguno” (tlayacati,
“cosa primera, o delantera” [Siméon, p. 585]). Torquemada (lib. XIV, cap. VI, p. 545)
llama al tlayacanque “en lugar de Merinos”.
154. Molina, I, p. 56 [p. 59; Siméon, p. 9].
155. Esto resulta necesariamente de los deberes de los oficiales solamente, como re-
presentantes permanentes del consejo del grupo de parentesco o calpulli.
156. El “gobernador”, como veremos, era el sucesor del cihuacohuatl, según la concep-
ción española de la naturaleza de este último cargo. Es muy interesante observar que el
cihuacohuatl era, en el gobierno tribal, el equivalente exacto del calpullec en el grupo de
parentesco. Debo al señor Juan Gavarrete, de la Ciudad de Guatemala (la Nueva), la
siguiente descripción del cargo de “Gobernador” tal como aún se encuentra entre las
poblaciones aborígenes de Guatemala. Este caballero (cuyo nombre está asociado con el
de mi amigo el doctor Valentini en un noble esfuerzo por preservar los tesoros históricos
de su país) me escribe con fecha 14 de marzo de 1879: “Los pueblos formados por los
antiguos misioneros o por los conquistadores, y que son los que subsisten hasta el día de
hoy, han sido siempre gobernados por un Gobernador vitalicio elegido entre las familias
nobles de la tribu (cacique) y un consejo a la usanza española compuesto de dos Alcaldes,
cierto número de consejeros llamados Regidores entre quienes se distribuyen las comisio-
nes de servicio público y un secretario. La dignidad o cargo de Gobernador, para la cual
elegían en nombre del Rey los antiguos Capitanes Generales y después los Presidentes de
la República, es muy apetecida por los indios nobles y mientras el que la ejerce no da
motivo por su mala conducta para ser removido puede contar con la perpetuidad y aun
con dejarla a sus hijos si los tiene capaces de ejercerla […]. El cargo de Gobernador traía
consigo los privilegios de usar Don, montar a caballo […] usar bastón y tener una nume-
rosa servidumbre; no tenían jurisdicción civil, pues ésta competía a los Alcaldes, pero sí la
tenían en lo criminal en los delitos leves, siendo su poder principal sobre lo económico y
gubernativo.”
157. Zorita, pp. 60 y 61 [pp. 479-481].
158. Zorita, pp. 51-66 [pp. 477-481]. Copiado en forma condensada por Herrera, déc.
III, lib. IIII, cap. XV, p. 134.
159. El término calpixqui, recolector de productos agrícolas, se aplica en forma tan
indiscriminada que se hace preciso investigar qué eran en realidad los funcionarios así
designados. En general, los calpixca eran enviados a las tribus sometidas, como represen-
tantes de sus conquistadores. Por cada funcionario que se encontraba en el exterior había
otro en el pueblo de México, para recibir y ubicar el tributo que el primero recolectaba y
enviaba. Los calpulli o grupos de parentesco, sin embargo, no necesitaban en realidad un
funcionario de este tipo, porque no pagaban tributo a la tribu. La afirmación de
Torquemada (lib. XIV, cap. VI, p. 545 [p. 544]): “que el Maiordomo Maior del Rey, se
llamaba Hueycalpixqui, á diferencia de otros muchos, que havia, que se llamaban Meno-
res; porque tenia cada parcialidad el suio”, se aplica en este caso a los recaudadores de
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 291
“bastón o vara de la justicia” (Molina, II, p. 150 [Siméon, p. 718]), y no un cargo. No hay
evidencia de que esos funcionarios pudieran matar, sin previa decisión del consejo, salvo
quizás en el gran mercado. Cortés (“Carta segunda”, p. 32 [p. 64]): “Hay en la dicha
plaza otras personas que andan continuo entre la gente, mirando lo que se vende y las
medidas con que miden lo que venden; y se ha visto quebrar alguna que estaba falsa.”
Oviedo (lib. XXXIII, cap. X, p. 301) copia a Cortés, añadiendo sin embargo “y quiebran lo
que está falso, y penan al que usaba de ello”. Bernal Díaz (cap. XCII, p. 80 [p. 257])
simplemente observa: “y otros como alguaciles ejecutores que miraban las mercaderías”.
Casi no hacen falta referencias sobre el modo de actuar y la forma de aparición de los
“hermanos mayores”. Sus funciones “policiales” están repetidamente descritas en las fuen-
tes más antiguas.
166. L.H. Morgan (Ancient society, p. 71): “Casi todas las tribus indias de América tie-
nen dos grados de jefes, que pueden distinguirse como sachems y jefes comunes. Todos los
demás grados eran variaciones de esos dos grados primarios […]. El cargo de sachem era
hereditario en la gens, en el sentido de que se llenaba apenas quedaba vacante; mientras
que el cargo de jefe no era hereditario, porque se concedía como premio al mérito perso-
nal, y moría con el individuo.” He empleado los términos “oficial” y “funcionario” como
sustitutos de sachem porque esta última es una palabra nórdica, mientras que las primeras
expresan la naturaleza del cargo y su dignidad y es la más ampliamente conocidas y por
lo tanto mejor comprendidas. Es con base en la conjunción de los atributos de funciona-
rio y jefe que se ha afirmado que existían nobleza y monarquía. Entre los mexicanos, y en
realidad entre las tribus indias más avanzadas (incluyendo a los incas del Perú), la digni-
dad de jefe era todavía una cuestión personal, y no necesariamente conectada con el
cargo. Los jefes son los “caballeros” que mencionan Garcilaso de la Vega (lib. VI, cap. XXIV,
XXV, XXVI) y Herrera (déc. V, lib. IV [lib. III], cap. VII, p. 63; lib. IV, cap. I, p. 83). Sobre los
muiscas de Bogotá, cf. H. Ternaux-Compans (L’ancien Cundinamarca, pp. 57-58, § XXVII).
Oviedo, lib. XXVI, cap. XXXI, p. 410; Herrera, déc. VI, lib. V, cap. VI, pp. 116-117. Cf.
también, en relación con la dignidad de “jefe militar” entre las tribus salvajes del río
Orinoco y sus tributarios, P. José Gumilla, Histoire naturelle, civile, et géographique de l’Orénoque,
trad. de M. Eldous, 1758 (vol. II, cap. XXXV, p. 280-292). Muy importante.
167. Molina (II, p. 93 [p. 94]), tecul, “ahuelo”. Evidentemente debe ser “abuelo” y es
sólo un error de imprenta. Las crónicas más antiguas dicen tecle, y sólo los escritores
posteriores (después de 1530) empezaron a escribir tecutli, tecuhtli y teuctli. Todavía no está
claro si teules significaba en realidad “dioses” o más bien tecuhtin, plural de tecutli. Es casi
una perogrullada recordar aquí el senex romano y el grave o Graf de los germanos. Entre
las tribus americanas tenemos en quiché aua, viejo, y ahau, señor; en maya hachyum,
padre, y ahau, señor, y también achi, bravo.
168. Sahagún (lib. VIII, cap. XXI, pp. 329-332 [pp. 330-332]): “De los grados por don-
de subían hasta hacerse tequitlatoque”, especialmente (p. 331 [p. 332, § 15]): “Y a los que
por sí prendían cuatro cautivos, mandaba el señor que les cortasen los cabellos, como a
capitán; llamábanle capitán diciendo, el capitán mexicatl, ó el capitán tolnauacatl, u otros
nombres que cuadraban a los capitanes. De allí adelante se podían sentar en los estrados,
que ellos usaban de petates e ycpales, en la sala donde se sentaban los otros capitanes y
otros valientes hombres, los cuales son primeros y principales en los asientos, y tienen
barbotes largos y orejeras de cuero, y borlas en las cabezas, con que están compuestos.”
Zorita (p. 47 [p. 477]): “Estos señores que se ha dicho que se llaman tectecutzin o teules en
plural, no eran más que de por vida, porque los Señores Supremos los promovían á estas
tales dignidades por hazañas hechas en la guerra o en servicio de la república o de los
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 293
Señores; y en pago é remuneración de ello les daban estas dignidades.” Mendieta, lib. II,
cap. XXXVIII, p. 136; Torquemada, lib. XI, cap. XXIX, p. 361; Clavijero, lib. VII, cap. 13, pp.
171, 172 [pp. 207, 208] y otras.
169. Zorita, p. 47 [pp. 477-478]. Sahagún (lib. IX, cap. II, p. 342 [t. III, p. 20, § 23]):
“Estos mercaderes eran ya como caballeros, y tenían divisas particulares por sus haza-
ñas.” Fray Alonso de Montúfar, “Supplique”, 30 de noviembre de 1554, en Ixtlilxochitl,
“Décima tercia relación”, apéndice, p. 257 [Relaciones, p. 519]. “Des cérémonies”, Premier
recueil, p. 232. Mendieta, lib. XI, caps. XXIX y XXX, etcétera.
170. Gómara, p. 425 [cap. CCXIII, p. 328]; “Des cérémonies”, pp. 232ss; Mendieta, p. 156
[cap. XXXVII, pp. 155-156]; Torquemada, lib. XI, caps. XXIX y XXX, etcétera.
171. Sobre la descripción de las formalidades de la creación de un tecuhtli, remito a las
fuentes citadas en las últimas tres notas. Es interesante comparar ceremonias similares
usadas por los indios del Orinoco, Gumilla (Histoire, vol. II, cap. XXXV). Sobre los incas, cf.
Garcilaso de la Vega (lib. VI, caps. XXIV-XXVI) y Cristóbal de Molina, Relación de las fábulas y
ritos de los incas, en C.A. Romero y H.H. Urteaga (eds.), Colección de libros y documentos refe-
rentes a la historia del Perú, 1a. serie, t. I. Esto evoca poderosamente las palabras del extra-
ño poeta y soldado Alonso de Ercilla (La araucana, 1a. parte, canto 1, ed. de 1733, p. 2):
172. Mendieta (lib. II, cap. XXXIX, p. 161): “Los que tenian el dictado de Tecutli, tenian
muchas preeminencias, y entre ellas era que en los concilios y ayuntamientos sus votos
eran principales.” Gómara, p. 436 [cap. CCXIV, pp. 330-331]; Torquemada, lib. XI, cap.
XXX, p. 366. Debe tenerse presente que la dignidad de tecuhtli aparece con la mayor pre-
eminencia en Tlaxcala, cuyo pueblo sin embargo no era sino una liga, muy similar a la de
los iroqueses en el norte, aunque estaba formada por cuatro tribus en lugar de seis. Entre
ellos la naturaleza peculiar de la dignidad de jefe era más evidente que entre los mexica-
nos, para los españoles. Pero no hay diferencia entre el tecuhtli de Tlaxcallan y el tecuhtli de
México o Texcoco. No hace falta demostrar que los supremos señores de México eran
siempre tecuhtli antes de su elección. Cf. Domingo Muñoz Camargo, “Histoire de la
République de Tlaxcallan”, trad. de M. Ternaux-Compans, en vols. 98 y 99 de Nouvelles
Annales des Voyages, 1843; véase vol. 98, p. 176, etcétera.
173. Acerca de los privilegios de los tecuhtli, cf. Gómara, p. 436 [p. 330]; Mendieta, lib.
II, cap. XXXIX, p. 161; Torquemada, lib. XI, cap. XXX, p. 366; Zorita, p. 48 [pp. 477-478].
Es evidente, sin embargo, que este último autor confunde el rango de señor con el cargo
particular que pudiera ocupar, o de lo contrario no podría incluir la labranza de tierras
en la lista de ventajas derivadas de la posición. Cf. “Sobre la tenencia de la tierra” [supra,
pp. 127-189] y Bustamante, [3a. parte, cap, V], p. 235. Bustamante copia con frecuencia
a Zorita. Herrera, déc. III, lib. IIII, cap. XV, p. 135. Con respecto a la no hereditariedad de
la dignidad, remito a las autoridades citadas, y especialmente a Zorita (p. 49 [p. 478]):
“Muerto alguno de estos Señores, los supremos hacían merced de aquella dignidad á
quien lo merecía por servicios, como está dicho, y no sucedía hijo á padre, si de nuevo no
294 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
nes, pues era ménos mal que no morir á sus manos y á las de los españoles. No quisieron
por tener concepto destos que eran insufribles y cudiciosos. Tornóles otra vez á tratar
aquesto, y aún otras dos, diciéndoles ser entónces tiempo cómodo: dijeron que querian
mas morir, que hacerze esclavos de gente tan mala como los españoles; y assí quedó
concluido que era mejor morir; la qual determinacion sabida por Cortés andaba dando
órden á Ixtlilxuchitl de cómo sitiar la ciudad.” Esto muestra hasta qué punto la voz y el
voto del consejo eran decisivos, por encima de los deseos y consejos del llamado “rey” (en
ese momento Cuauhtemotzin), incluso en un momento del mayor peligro, justo antes del
último sitio. Cf. sobre el mismo punto “Sobre el arte de la guerra”, supra, pp. 82-83.
2] En la misma colección, “Fragmento 1” (p. 125), reconociendo las decisiones finales
del consejo en tiempos del anterior “Señor Severo”: “y assí en este tiempo comenzó á
edificar el templo á su dios Huitzilopuchtli á imitación de Salomon, por consejo de
Tlacaellel y de todos sus grandes”. “Y luego llamó á Tlacaellel y á sus consejeros, y
diziéndoles lo que pasaba, de comun acuerdo se determinó que se hiziesse guerra á los de
Tepeacac” (p. 117 [p. 127]).
3] Las propias palabras del último “Señor Severo” (Moctezuma II), según las registra
Tezozomoc (cap. XCVII, p. 172 [pp. 638, 639]), son: “hijos y hermanos, seais muy bien
venidos; descansad, que aunque es verdad soy rey y señor, yo solo no puedo valeros, si no
son todos los principales mexicanos del sacro senado mexicano; descansad”. Ésta fue la
respuesta dada por el supuesto “déspota” a los delegados de Huexotzinco que llegaron a
negociar la paz y alianza contra los tlaxcaltecas. En relación con esto encontramos el
notable pasaje que acabamos de citar, el cual, a la vez que prueba que la tribu mexicana,
sola, no podía ni siquiera tratar por sí misma con una tribu hostil, incidentalmente esta-
blece también la supremacía del consejo sobre el jefe supremo: “Habiendo venido ante
Moctezuma todo el senado mexicano, y consultado sobre ello dijo Cihuacoatl resoluto: se-
ñor, ¿cómo será esto, si no lo saben vuestros consejeros de guerras, los reyes de Aculhuacan
Netzahualpilli, y el de tecpanecas Tlaltecatzin? Hágase entero cabildo y acuerdo: fué acor-
dado así.”
4] Diego Durán (cap. XI, p. 103 [§ 33]): “A estos cuatro señores y dictados, después de
electos príncipes les hacían del consejo real, como presidentes y oidores del consejo supre-
mo, sin parecer de los cuales ninguna cosa se había de hacer.” “El rey tomó parecer con
los grandes de lo que había de hacer. Tlacaelel, príncipe de los ejércitos, y los cuatro del
supremo consejo” (cap. XII, p. 108 [§ 19]). El cap. XIV, pp. 117-118 [p. 117, § 3] describe
una asamblea convocada de “los más principales de la ciudad de México” con los dos
jefes. “Tlacaelel respondió que le parecía cosa muy acertada y justa. Y todos los del con-
sejo determinaron de que se hiciese” (cap. XVI, p. 132 [p. 133, § 3]). “Moctezuma aprobó
el consejo y dijo: ‘perdonadme, señores, que yo, aunque soy rey, no acertaré en todo; para
eso tengo vuestro favor, para que me aviséis de lo que a la autoridad de esta ciudad y
nuestra conviniere’” (p. 133 [p. 134, § 5]). Véase también cap. XVIII, p. 156, y otros.
5] Acosta (lib. VII, cap. II, p. 477 [cap. 11, p. 337]): “De donde se puede entender que
entre éstos, el rey no tenía absoluto mando e imperio, y que más gobernaba a modo de
cónsul, o dux, que de rey; aunque después, con el poder, creció también el mando de los
reyes hasta ser puro tiránico, como se verá en los últimos reyes.” Ya hemos refutado esta
última afirmación en una nota anterior. “Todos estos cuatro dictados eran del consejo
supremo, sin cuyo parecer el rey no hacía ni podía hacer cosa de importancia” (lib. VI,
cap. 25, p. 441 [p. 313]).
6] Herrera (déc. III, lib. II, cap. XIX, p. 76): “Estos quatro Dictados, eran del Consejo
Supremo, sin cuio parecer no podia hacer el Rei cosa de importancia.”
296 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
7] Hay evidencia indirecta del poder supremo del consejo en las descripciones del
modo de consulta sobre la guerra o la paz, según Mendieta (lib. II, cap. XXVI, p. 129),
Torquemada (lib. XIV, cap. II, p. 537). Este último menciona incluso mujeres ancianas
sentadas junto a los hombres en el debate sobre la paz o guerra, y describe ese debate
como genuinamente “indio”.
179. Molina, II, p. 141: tlatocan, “corte o palacio de grandes señores” [Siméon, p. 675:
“corte, palacio de gran personaje”]; Molina, I, p. 30: “consejo real”, tlatocanecentlaliliztli.
Torquemada (lib. XIV, cap. VI, p. 545): “si no era en la Corte, á la qual llama Tlatocan, que
es lugar de Juzgado, ó Audiencia”.
180. Ya hemos observado que había 20 “barrios” (grupos de parentesco) en la tribu.
Ahora Bernal Díaz (cap. XCV, p. 95 [p. 274]) nos dice: “y siempre a la continua estaban en
su compañía veinte grandes señores y consejeros y capitanes, y se hizo a estar preso sin
mostrar pasión en ello”. “Ya he dicho otra vez en el capítulo que de ello habla, de la
manera que entraban a negociar y el acato que le tenían, y cómo siempre estaban en su
compañía en aquel tiempo para despachar negocios veinte hombres ancianos, que eran
jueces; y porque está ya referido, no lo torno a referir” (cap. XCVII, p. 99 [p. 283]). Ade-
más Torquemada (lib. XIV, cap. VI, p. 544) dice claramente: “En lugar de Regidores, ponian
en cada Barrio, ó Parcialidad, un Tecuhtli, que se ocupaba en executar lo que nuestros
Regidores executan, y hacen; y todos los Días se hallaban en el Palacio, á vér lo que se les
ordenaba, y mandaba.” En consecuencia, cada calpulli o grupo de parentesco tenía un
representante permanente en la casa oficial de la tribu, y como había 20 grupos de paren-
tesco, necesariamente tenemos aquí los 20 señores o “jueces” que menciona Bernal Díaz.
Esta última afirmación de Torquemada la repite (¿copia?) Vetancurt (vol. I, p. 371 [2a.
parte, trat. II, cap. I, pp. 328, 329]).
Durán (cap. XXVI, p. 215 [p. 212, § 5]) menciona “los grandes señores, que eran hasta
doce”. Ixtlilxochitl (cap. XXXIV, p. 236 [p. 88]) dice que había 14 grandes señores en el
reino de México. Tezozomoc (cap. XXXVI, p. 57 [p. 352]) enumera primero 12 y luego tres
más. Esto es muy singular después de la lista detallada que incluye 20 señores a la que he
hecho referencia en una nota anterior.
Que los miembros del consejo tribal eran elegidos cada uno por su calpulli o grupo de
parentesco se desprende claramente de las afirmaciones de Zorita (p. 60 [p. 480]): “Los
comunes de estos barrios ó calpullec siempre tienen una cabeza […] y lo elegían y eligen
entre sí […] y no por sucesión […]. Este principal tiene cuidado de mirar por las tierras
del calpulli y defenderlas […] y tienen cuidado de amparar la gente del calpulli y de hablar
por ellos ante la justicia é ante los gobernadores.” En consecuencia, este funcionario
representaba al grupo de parentesco frente a los otros grupos de parentesco de la misma tri-
bu, y sólo podía hacerlo en el consejo tribal, como uno de sus miembros. La misma
autoridad nos dice cómo se realizaba esa elección (p. 61 [p. 480]), y también que el cargo
era vitalicio, que la primera condición para él era la capacidad, y que la incapacidad o
deslealtad necesariamente provocaban la destitución.
181. Molina, II, p. 14 [p. 141]: tlatoani, “hablador, o gran señor”; el plural es tlatoca.
Pimentel, p. 174. Hay abundante evidencia de los altos cargos que llevaban este título. Cf.
Torquemada (lib. IV [lib. V], cap. XVI, p. 626): “los Tlatoques (que son los Señores y Pode-
rosos)”. Tezozomoc emplea el término “cemanahuac-tlatoani”. Zorita (p. 43 [p. 476]): “A
los señores supremos llamaban y llaman tlatoques, de un verbo que dice tlatoa, que quiere
decir hablar.” Bernal Díaz, cap. XXXVIII, p. 32 [p. 93]; “Real Ejecutoria”, vol. II, p. 12 y n. 36.
En este documento la palabra está usada en plural: “y diciendo que ya habían estado allí
los Tlatoanis Teacames”. Sería inútil citar más autoridades. Diré solamente que, de acuerdo
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 297
con el señor D. Juan Gavarrete el término todavía se usa entre los indios de Guatemala,
aplicado a los “principales” o “ancianos”: “Los ancianos que a su edad agregan servicios
públicos se llaman en algunos pueblos Tatoques; pero esta denominación casi ha desapa-
recido” (carta al autor, 14 de marzo de 1879).
El término tecutlatoca se descompone en tecutli y tlatoa. Se encuentra en Molina (II, p. 94)
como ni-tecutlatoa, “tener audiencia, o entender en su oficio el presidente, oydor, alcalde”
[Siméon, p. 454: “celebrar audiencia, oír, juzgar un asunto, etc.”]. Tecutlatoliztli, “judica-
tura, o el acto de exercitar su oficio el juez” (Molina, ibid. [Siméon, ibid.: “judicatura,
acción de impartir justicia”]). Torquemada (lib. XI, cap. XXVI, p. 355): “y á los Jueces,
Tecuhtlatoque, Señores, que gobiernan el bien público, y lo hablan.” Ya he señalado que
el “Tequitlato” que menciona Sahagún podría ser un error ortográfico o de imprenta,
por tecutlatoca. El mismo autor dice (t. II, lib. VIII, cap. XVII, p. 314 [318, §2.4]): “Estos tales
eran los mayores jueces, que ellos llamaban tecutlatoque.” Molina (I, p. 108): tecutlato, “se-
nador”. Bustamante (p. 191 [2a. parte, cap. VII]): “Habia tambien abogados y procurado-
res: á los primeros llamaban Tepantlatoani (el que habla por otro).”
182. Molina (II, p. 93): “casa o palacio real, a de algun señor de salua” [Siméon, p. 450:
“mansión real, palacio, morada de un noble”]. Particularmente importante es la siguien-
te definición (Molina, I, p. 91): “tecpan, tlatocan, totecuacan, palacio real”. Esto muestra
que el tecpan era realmente el lugar donde se reunía el consejo. Sahagún (t. II, lib. VIII,
cap. XIV, pp. 302-303 [p. 310]; cap. XXV, p. 314 [cap. XVIII, p. 321]); Mendieta (lib. II, cap.
XXVIII, p. 134), Ixtlilxochitl (cap. XXXVI, pp. 247-252 [pp. 92-97]); Veytia (lib. III, cap. VII,
p. 199 [p. 180]) y Torquemada (lib. XIV, cap. VI, p. 544 [p. 545]) identifican “la corte” con
el “lugar de Juzgado, ó Audiencia”. No es necesario agregar más citas.
183. Este hecho está implícito en Ixtlilxochitl (cap. XXXVIII, pp. 268-269 [pp. 103-
104]), cuando afirma que, al notificar a una tribu hostil la intención de hacerle la guerra,
la notificación se repetía tres veces, con intervalos de 20 días. Veytia (lib. III, cap. VII, p. 209
[pp. 186-187]) dice que “cada doce días” la corte se reunía para informar al “emperador.”
Esto es bastante extraño puesto que el mismo autor dice (p. 202 [p. 181]) que esas cortes
sesionaban diariamente en lo que llama “el palacio”. Torquemada (lib. XI, cap. XXVI, p. 355):
“De diez, á diez dias, y á mas tardar, de doce, á doce, hacia junta el Rei de todos los
Jueces, asi de las Audiencias del Reino, como de los de sus Consejos.” En este caso está
hablando de Texcoco. Mendieta (lib. II, cap. XXVIII, p. 135): “Y así, á lo mas largo, los
pleitos árduos, se concluian á la consulta de los ochenta dias, que llamaban nappoallatolli,
demas que cada diez ó doce dias el señor con todos los jueces tenian acuerdo sobre los
casos árduos y de mas calidad.” Zorita (p. 101 [p. 489]): “Cada doce días el Señor tenía
acuerdo ó consulta ó junta con todos los jueces sobre los casos arduos é criminales de
calidad. Todo lo que con él se había de tratar iba muy examinado é averiguado.” Clavije-
ro (lib. VII, cap. 16, p. 482 [p. 217]) es terminante: “En la corte cada mes mexicano o cada
20 días hacía el rey una junta de todos los jueces para terminar las causas pendientes.”
Evidentemente esta afirmación se basa en Gómara, p. 442 [cap. CCXXVII, p. 345]. “Con-
sultan con los señores cada mes una vez todos los negocios”, de acuerdo con Orozco y
Berra (“Ojeada sobre Cronología mexicana”, pp. 174-175). Gómara se basa principal-
mente en una serie de documentos inéditos titulada Libro de oro, actualmente en posesión
de mi amigo el señor García Icazbalceta. Esa colección fue formada por franciscanos, ba-
jo los auspicios del injustamente maltratado fray Juan de Zumárraga, entre 1531 y 1547.
Por lo tanto, no se puede rechazar la afirmación de Clavijero. El Códice Ramírez (p. 65)
dice: “los quales daban noticias al Rey cada cierto tiempo de todo lo que en su Reyno
pasaba y se habia hecho”. Por lo tanto, es por lo menos probable que el consejo se reunie-
298 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
ra en pleno una vez al mes, pero, como hemos dicho para ser justos con todos, es igual-
mente posible que se reuniera dos veces en el mismo tiempo. La referencia a “jueces” no
requiere explicación. Es evidente que para asuntos judiciales solamente, esas reuniones
de funcionarios ejecutivos eran superfluas. También se planteaban asuntos de gobier-
no –y esto es decisivo respecto al tipo de funcionarios que eran miembros del consejo
tribal, puesto que sólo ellos podían ocupar esos puestos. Por lo tanto, esas reuniones no
eran otra cosa que sesiones plenarias del consejo.
184. Esto está abundantemente demostrado por lo que finalmente han reconocido
tanto el señor Orozco y Berra como mi amigo el señor Chavero (“Ojeada”) como fuentes
específicamente mexicanas de historia aborigen. Véase por ejemplo Códice Ramírez (pp. 52,
62, 66, 67, 80; “Fragmento 1”, pp. 124, 127, 133, etc.; “Fragmento 2”, pp. 137, 147, etc.)
y Durán, cap. X, p. 83 [p. 87]; cap. XI, pp. 107-109 [pp. 97-99]; cap. XIV, pp. 117 y 123
[pp. 117, 122]; cap. XVI, p. 132 [p. 133] y cap. XVIII, p. 156, etc. No agregamos más citas
porque serían demasiado numerosas. Todo indica que el consejo era convocado frecuen-
temente entre las sesiones ordinarias. Sería inútil citar a Tezozomoc, porque sería dema-
siado y en general concuerda con Durán. El hecho de que durante la conquista se convo-
caron reuniones extraordinarias del consejo lo prueban, además, Sahagún, lib. XII, cap.
III, p. 7 [t. IV, pp. 26-27], y Torquemada, lib. IV, cap. XIV, p. 381.
185. Bernal Díaz (cap. XCV, p. 95 [p. 274]): “y siempre a la continua estaban en su
compañía veinte grandes señores y consejeros y capitanes”. “Ya he dicho otra vez en el
capítulo que de ello habla, de la manera que entraban a negociar y el acato que le tenían,
y cómo siempre estaban en su compañía en aquel tiempo para despachar negocios veinte
hombres ancianos, que eran jueces” (cap. XCVII, p. 99 [p. 283]).
186. Hay una serie de pinturas que se consideran representativas de las costumbres y
modos de los nativos. Hay ejemplos de ellas en el Códice Mendocino, láms. 58-72. Sin
embargo, ninguna de ellas contiene, ni podría contener o expresar, algo como una ley.
Sobre las pinturas mexicanas en general y su valor, cf. “On the Sources for aboriginal
history of Spanish America”, en el vol. 27 de Proceedings of the American Association for the
Advancement of Science. Orozco y Berra (“Códice Mendocino - Ensayo de descifración
geroglífica”, a partir del núm. 3 del vol. 1 de los Anales del Museo Nacional de México) ha
iniciado una publicación que deberá arrojar mucha luz sobre tales pinturas, y la posición
que ocupaban entre los antiguos mexicanos.
187. No siempre era posible evitar los conflictos entre los habitantes de distintos “ba-
rrios” durante las festividades y las reuniones religiosas.
188. Morgan, Ancient society, pp. 76-77; Dávila Padilla, lib. I, cap. XXVI, p. 83. La cos-
tumbre es general entre otras tribus y Morgan la ha señalado entre los mayas de Yucatán
y los peruanos. Sería innecesario aducir más evidencia: las afirmaciones notablemente
claras de Morgan cubren plenamente el caso.
189. H.H. Bancroft (vol. II, pp. 458-459) fue el primero, que yo sepa, en llamar la aten-
ción (en la n. 59) sobre las diferencias de opinión entre los autores con respecto al castigo
de los homicidas. Hace referencia a las partes inéditas de la obra de fray Diego Durán.
Encontramos en el Códice Ramírez (“Tratado de los Ritos y Ceremonias que en su Gentili-
dad usaban los indios desta Nueva España”, cap. I, p. 103): “El matar uno á otro era muy
prohibido, y aunque no se pagaba con muerte, hazian al homicida esclavo perpétuo de la
mujer ó parientes del muerto, para que les sirviesse y supliesse la falta del muerto, ganan-
do el sustento de los hijos que dejaba.” Esto es muy interesante porque muestra la auto-
nomía de los grupos de parentesco. El homicida quedaba, frente al calpulli del muerto, en
la misma relación que entre los indios del norte quedaba un prisionero de guerra frente
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 299
a la tribu enemiga. Ambos podían ser adoptados, y eso condonaba el hecho. El grupo de
parentesco ofensor perdía un miembro; el grupo de parentesco ofendido ganaba uno a
cambio del que había sido asesinado. Eso, sin embargo, ocurría sólo en casos excepciona-
les: la regla, según lo establece la mayoría de los autores, era que la vida sólo se pagaba
con la vida. Del mismo modo y con el mismo título debemos ver las informaciones con-
tradictorias que ya hemos señalado sobre el castigo del robo. En consecuencia, para cada
delito o tipo de delito hay dos clases: una de los cometidos dentro del grupo de parentes-
co, y otra de los cometidos fuera de él.
190. Sahagún (t. II, lib. VIII, cap. XV, p. 304 [cap. XIV, p. 310, § 2.1]): “Otra sala del
palacio se llamaba teccalli o teccalco: en este lugar residían los senadores y los ancianos
para oír pleitos y peticiones, que les ofrecían la gente popular; y los jueces procuraban de
hacer su oficio con mucha prudencia y sagacidad, y presto los despachaban; porque pri-
meramente demandaban la pintura, en que estaban escritas, o pintadas las causas, como
hacienda o casas o maizales; y después cuando ya se quería acabar el pleito, buscaban los
senadores los testigos.” Cito este pasaje, aunque se aplica particularmente a las funciones
judiciales del consejo, porque ilustra los procedimientos. Veytia (t. II, lib. III, cap. VII, p. 207
[p. 185]), hablando de Texcoco, es muy claro: “Había también abogados y procuradores;
a los primeros llamaban tepantlatoani, que quiere decir el que habla por otro.” No necesito
recordar aquí que tlatoani (plural tlatoca) era el título de los miembros del consejo, y que
en consecuencia esos “abogados” eran miembros de éste. La misma afirmación (también
derivada de Veytia) se encuentra en Bustamante, 2a. parte, cap. VII, p. 191. Estas dos
obras contienen (en los capítulos indicados) la información más detallada que poseemos
sobre los procedimientos. Sin embargo, es evidente que en la mente de los autores en
general hay cierta confusión: no distinguen entre arbitración y jurisdicción tribal. Las
demás autoridades en general cometen el mismo error. Cf. Zorita (pp. 162, 165 [pp. 489,
490]), a quien Mendieta (lib. II, cap. XXVIII, p. 138 [p. 136]) ha copiado casi literalmente.
Torquemada, lib. XI, cap. XXVI, pp. 354-355.
La ausencia absoluta de división de poderes que caracteriza tan bien al México anti-
guo está bien establecida por Veytia (t. II, lib. III, cap. VII, p. 206 [p. 185]), hablando de lo
que llama “supremo consejo”: “Tratábanse en este consejo todo género de negocios de
estado, justicia, guerra, hacienda y otros cualesquiera que fuesen.”
191. Esta descripción se basa principalmente en Veytia (t. II, lib. III, cap. VII) y
Bustamante (2a. parte [cap. VII], pp. 191-192). Las afirmaciones del segundo sólo son
dignas de crédito porque copia al primero.
192. Veytia, lib. III, cap. VII, p. 207 [p. 185]; Clavijero, lib. VII, cap. 16, p. 483 [p. 218].
Para una copia de las pinturas reproducidas, véase A. de Humboldt (Vistas de las cordille-
ras, lám. 12).
193. Afirmo esto contra todas las autoridades en la materia quienes, sin excepción,
afirman que había apelación al “rey”. El Códice Mendocino (lám. LXX, “Declaración de lo
figurado” [p. 144]) es incluso muy categórico: “Y si era negoçio de calidad de la Sala del
consejo, avía apelaçión por vía de agrauyo ante Motecçuma, en donde avya conclusyón
de la causa.” Mi opinión se basa en lo que antecede sobre la autoridad del consejo, en lo
que espero probar en relación con la verdadera naturaleza de las tareas de los jefes supre-
mos y que viene a continuación, y en las contradicciones entre los propios autores. Así, el
Códice Ramírez (p. 58) ubica el poder supremo en las manos de los consejos “sin parescer
de los quales ninguna cosa se habia de hazer”, y no menciona (pp. 64-65) ninguna posi-
bilidad de apelación. Zorita (pp. 100-101 [p. 489]): “E las apelaciones de estos iban ante
otros doce jueces que presidían sobre todos los demás y sentenciaban con parecer del
300 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
Señor.” Es extraño observar que los escritores de la escuela texcocana parecen ansiosos
por colocar el poder de decreto final o la decisión de la última apelación en un “tribunal
superior”, o más bien sencillamente un consejo supremo de su tribu. Torquemada (lib. II,
cap. XXXXI, p. 146) menciona un consejo supremo “á los quales avian de venir todas las
cosas Graves, y Criminales, para que ellos, con el rei, las determinasen”. “Para estos dos
Jueces Supremos se apelaban las causas graves, los quales las admitian; pero no determi-
naban, ni sentenciaban, sin parecer, y acuerdo de el Rei” (lib. XI, cap. XXVI, p. 354). Veytia
(lib. III, cap. VII, p. 199 [p. 180]) habla del establecimiento de “tribunales” por “Lobo
ayunador” (Nezahualcoyotl, en realidad “Coyote ayunador”), y agrega: “pero concedien-
do a las partes el recurso de apelación para el gran tribunal de justicia que erigió en su
corte de Tezcoco”. Este presunto tribunal era, como hemos mostrado al final de la nota
190, el “consejo de la tribu”. Mendieta (lib. II, cap. XXVIII, p. 135) prácticamente copia a
Zorita. Sahagún (lib. VIII, cap. XXV, p. 314 [cap. XVII, pp. 318, § 2.3-2.4]): “y los casos muy
dificultosos y graves llevábanlos al señor, para que los sentenciase juntamente con tres
principales, muy calificados, que con él andaban y residían. Estos tales eran los mayores
jueces, que ellos llamaban tecutlatoque”. En este caso el erudito padre habla de jurisdic-
ción trinal y no de arbitración. Sin embargo, está claro que admite el fallo del consejo como
definitivo. El jefe o “señor” sólo aparece como miembro de ese consejo, posición de la que
hablaremos más adelante. Sin introducir más citas de autoridades similares, remito a los
que colocan, al lado del que llaman “Rey”, un “supremo juez” independiente –el cihuacoatl,
cuyo tribunal es mencionado positivamente como último tribunal de apelación. Ya Cortés
había notado que el cihuacoatl ocupaba una posición elevada (“Carta tercera”, p. 89 [p. 161])
y más adelante, cuando se hizo aún más prominente, lo observó también Tezozomoc.
Pero hasta donde sé, Torquemada fue el primero en establecer su posición como su-
premo juez independiente (lib. XI, cap. XXV, p. 352): “Después del Rei, havia un Presi-
dente, y Juez maior, cuio nombre, por raçón de el oficio, era Cihuacohuatl […]. De este
Presidente no se apelaba para el Rei, ni para otro Juez alguno, ni podia tener Teniente, ni
substituto, sino que por su misma Persona havia de determinar, y decidir todos los nego-
cios de su Juzgado, y Audiencia.” Y agrega: “lo qual no corria en este dicho Juez Cihua-
cohuatl; porque de su ultima determinacion no havia recurso á otro”. Vetancurt (vol. I,
2a. parte, trat. II, cap. I, p. 369 [pp. 327-328]): “Después del Rey […] avia un Virrey, que
llamaban Cihuacohuatl, que el Rey proveía, y era su segunda persona en el govierno, de
cuya sentencia no avia apelacion á otro; tan absoluta era la authoridad que le daba, que
reservando el Rey en sí la autoridad Real, era en la judicatura igual.” Estas afirmaciones
indican claramente la existencia de un organismo judicial de apelación, que el cihuacoatl
presidía y sobre el cual el supuesto “Rey” no tenía poder. Clavijero (lib. VII, cap. 16, p. 481
[pp. 215-216]) también afirma que no había apelación posible del fallo del cihuacoatl, e
incluso que había un oficial de este tipo “en la corte y en otros lugares grandes del reino”.
Esta descripción del cihuacoatl fue aceptada enteramente por W.H. Prescott (vol. I, p. 29
[lib. I, cap. II, p. 21]): “de cuya sentencia no podía apelarse a tribunal alguno, ni aun al
monarca mismo”, y también por H. H. Bancroft (vol. II, cap. XIV, pp. 434 y 435).
La confusión es evidente, puesto que tenemos tres opiniones diferentes sobre el mis-
mo caso. Una es que el “jefe supremo” era la suprema autoridad de apelación; la otra que
el jefe supremo con el consejo formaba la corte de último recurso, y la tercera que el
presunto “rey” nombraba un “juez supremo” que dictara fallos finales. Pero ya hemos
visto que la autoridad suprema era el consejo o tlatocan, y en consecuencia lo que se llama
comúnmente el “rey” no podía ser el último recurso en asuntos judiciales, y menos aún
nombrar a un oficial para eso. Parece, por lo tanto, fundamentada nuestra posición de
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 301
que no había apelación de las decisiones del consejo a ninguna autoridad superior.
Pero finalmente era posible reconsiderar, por así decirlo, los casos decididos por el
consejo, y para eso existía la institución llamada Nauhpohualtratolli o “conversación de
ochenta días”. Sobre este punto las autoridades son unánimes, aunque comúnmente se atri-
buye sólo a Texcoco, y me abstengo de citarlas en detalle, remitiendo a Bancroft (vol. II,
cap. XIV, p. 439, etc.).
194. Esto resulta evidente por las posiciones relativas del grupo de parentesco y la
tribu. Como veremos más adelante, tanto los funcionarios que recaudaban el tributo
como los que lo recibían eran oficiales tribales y por consiguiente dependían del consejo.
Era al consejo, por lo tanto, que debía presentarse cualquier queja contra ellos, y eso sólo
podía hacerse por medio del “hablador” de un grupo de parentesco. Que una parte del
tributo se distribuía entre los calpulli lo dicen Durán (cap. IX, p. 79 [p. 83, § 54]: “También
dieron a sus barrios para el culto de sus dioses, a cada barrio su suerte”) y Tezozomoc
(cap. X, p. 18 [p. 253]: “y aunque venian á darlo á Itzcoatl, era para todos los mexicanos
en comun”).
195. Torquemada (lib. XI, cap. XXIX, p. 361): “elegían Dia de buen Signo: en el qual
llamaban á todos los Señores, y Principales de la República, y á todos los Parientes, y
Amigos: los quales acompañaban al Mancebo” (cap. XXX, pp. 364-365). Este autor copia
a Mendieta (lib. II, caps. XXXVIII y XXXIX, pp. 156-161), quien en parte sigue a Zorita
(pp. 25-29 [pp. 472-473]). Gómara (p. 435 [cap. CCXIV, pp. 329-330]): “Los señores, los
amigos y parientes que convidados estaban, lo subían por las gradas al altar […]. El día
que había de salir venían todos los que primero le honraron, y luego por la mañana le
lavaban y limpiaban muy bien, y le tornaban al templo de Camaxtle con mucha música,
danzas y regocijo. Subíanle a cerca del altar.” Si bien estas citas se refieren sobre todo a
Tlaxcala, la dignidad de tecuhtli era común a todas las tribus sedentarias, y las costumbres
sobre la investidura también eran iguales. Cf. “Des cérémonies”, pp. 233-234.
196. Zorita (p. 17 [p. 477]): “porque los Señores supremos los promovían á estas tales
dignidades por hazañas hechas en la guerra”. Hay además abundante evidencia de que
los autores más antiguos creían todos que los funcionarios eran nombrados por la supre-
ma autoridad tribal. Nunca hicieron la distinción entre oficiales de los grupos de paren-
tesco y oficiales de la tribu. Ya he examinado este punto anteriormente.
197. “Sobre el arte de la guerra”, supra, pp. 71-72. Además de las autoridades citadas
allí, y las mencionadas en la n. 178 de este trabajo, tengo gran placer en remitir al trabajo
escrito por un erudito peruano, el señor José Fernández Nodal (“Législation civile
comparée des Méxicains sous les empereurs Aztèques et des Peruvians à l’époque des
Incas”). Este ensayo fue presentado al Congreso Internacional de Americanistas en Luxem-
burgo en 1877, pero en el Compte Rendu sólo se publicó un breve resumen (vol. I, pp. 235-
237). El señor Fernández Nodal afirma que entre los mexicanos la monarquía (?) era
electiva y controlada por un consejo. Es verdaderamente lamentable que este interesante
trabajo haya sido descuidado así.
198. Sobre este último detalle hay abundante evidencia. Cf. Tezozomoc, cap. XCVII,
p. 172 [pp. 638-639]. Durán (cap. XV, p. 127 [§ 13-14]): “El rey Motecuzoma le respondió
con rostro muy alegre y amoroso, que se lo agradecía, el amor que les tenía y que él era
muy contento de conservar la paz y de tener con ellos perpetua amistad; pero para que
estas treguas estuviesen con más seguridad y vínculo, que él queríalo comunicar con sus
grandes señores y principales y que él le daría su respuesta. El rey de Tezcuco fue aposen-
tado a descansar en un aposento de la casa real con mucha honra. Y luego el rey mandó
venir a todos los de su consejo y a los demás señores y principales, y estando presentes,
302 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
luego les propuso la plática diciendo.” “Motecuhzoma, apiadándose de ellos, los mandó
aposentar, y llamando sus consejos, propúsoles la demanda que traían” (cap. LX, p. 473
[p. 454, § 9]). Códice Ramírez (p. 61): “El rey Itzcohuatl mostró gran contento con la emba-
jada respondiendo con muy gratas palabras; mandó aposentar a los mensajeros, y hon-
rarlos, y tratar como á su propia persona, diziéndoles que descansassen, que el dia si-
guiente les daria la respuesta.” Véase también Torquemada (lib. XIV, cap. I, p. 535):
“Acabada la Embaxada, si el Embajador no era de mui gran Principe, no se le respondia
cosa, hasta otro Dia; salian con él algunos, acompañándole á la Calpixca, adonde se
proveia de lo necesario, y en el entretanto el Señor comunicaba con los de su Consejo lo
que se havia de responder, lo qual hacia uno de ellos, y no él.” Pero la descripción más
completa de tales delegaciones y el modo como eran recibidas se encuentra en Vetancurt
(vol. I, pp. 378 y 379 [2a. parte, trat. II, cap. II, pp. 335-336]). Es demasiado largo para
copiarlo, de modo que incluiré solamente las palabras “Acabada la embajada, le volvían a
la posada mientras se juntaban para la respuesta”, adoptada también por Clavijero (lib.
VII, cap. 11, pp. 470-471 [p. 204]).
199. La clase sin vínculos no estaba protegida por ningún grupo de parentesco; por lo
tanto, si uno de esos “esclavos” lograba escapar al tecpan, quedaba liberado de su esclavi-
tud. Mencionado ya por Gómara (p. 442 [p. 344]), y confirmado después por otros.
200. Con respecto al tecpan, el simple término “casa de la comunidad”, empleado en
particular por Torquemada (lib. VI, cap. XXIV, p. 48, y de nuevo en lib. XIII, cap. XXX,
p. 477): “Tecpan, que es el Palacio”, explica mucho. Además, es evidente que el lugar de
los negocios y del culto tribales no estaban bajo el control de ningún grupo de parentesco
particular, sino reservados expresamente a la tribu. Sin embargo, no hay hasta ahora una
expresión definida, y en realidad ni siquiera una concepción clara, del número y la ubica-
ción de los tianquiz originales de Tenochtitlan. Cuatro testigos presenciales de la conquis-
ta hablan de los mercados: Cortés, Andrés de Tapia, el Conquistador Anónimo y Bernal
Díaz. Los cito en ese orden. Cortés (“Carta segunda”, p. 32 [pp. 62-63]): “Tiene esta
ciudad muchas plazas, donde hay continuo mercado y trato de comprar y vender. Tiene
otra plaza tan grande como dos veces la ciudad de Salamanca, toda cercada de portales
alrededor, donde hay cotidianamente arriba de sesenta mil ánimas comprando y ven-
diendo.” (“Carta tercera”, p. 74 [p. 137]): “hasta otra puente que está junto a la plaza de
los principales aposentamientos de la ciudad”. Nota 2 del arzobispo Lorenzana: “Antes
de llegar a la plaza de la Universidad hay muchas puentes, y naturalmente habla aquí de
esta plaza o mercado, que era muy grande.” “E porque este trabajo era incomportable,
acordó de pasar el real al cabo de la calzada que va a dar al mercado de Temixtitan, que
es una plaza harto mayor que la de Salamanca y toda cercada de portales a la redonda”
(p. 78); “seguimos nuestro camino, y entramos en la ciudad, a la cual llegados, yo repartí
la gente de esta manera: había tres calles dende lo que teníamos ganado, que iban a dar
al mercado, al cual los indios llaman Tianguizco, y a todo aquel sitio donde está llaman
de Tlaltelulco; y la una de estas calles era la principal, que iba a dicho mercado […]. Las
otras dos calles van dende la calle de Tacuba a dar en el mercado” (p. 79). “Todos los
españoles vivos y muertos que tomaron los llevaron al Tlaltelulco, que es el mercado” (p. 81,
después de la expulsión de los españoles). “E aquel día acabamos de ganar toda la calle
de Tacuba y de adobar los malos pasos de ella, en tal manera que los del real de Pedro de
Alvarado se podían comunicar con nosotros por la ciudad, y por la calle principal, que iba
al mercado, se ganaron otras dos puentes y se cegó bien el agua” (p. 85); “y seguimos la
calle grande, que iba a dar al mercado” (ibid.). “Otro día siguiente, estando aderezando
para volver a entrar en la ciudad, a las nueve horas del día vimos de nuestro real salir
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 303
humo de dos torres muy altas que estaban en el Tatelulco o mercado de la ciudad.”
Andrés de Tapia (p. 582) menciona sólo el “patio de los ídolos” (p. 86). El Conquistador
Anónimo (p. 392): “Hay en la ciudad de Temistitán México muy grandes y hermosas
plazas, donde se venden todas las cosas que aquellos naturales usan, y especialmente la
plaza mayor que ellos llaman Tutelula (Tlatelolco), que puede ser tan grande como tres
veces la plaza de Salamanca. Todo alrededor tiene portales. “Ademas de esta plaza gran-
de hay otras, y mercados en que se venden comestibles, en diversas partes de la ciudad”
(p. 394). Bernal Díaz (cap. XCII, p. 89 [p. 256]): “y cuando llegamos a la gran plaza, que
se dice el Tatelulco, como no habíamos visto tal cosa, quedamos admirados de la multitud
de gente y mercaderías que en ella había”. También observa que la “gran plaza” estaba
“cercada de portales.” “Que si nos parecía que fuésemos entrando de golpe en la ciudad
hasta entrar y llegar al Tlatelulco, que es la plaza mayor de México, que es muy más
ancha” (cap. CLII, pp. 183 [. 520]). “Que les entrásemos todo cuanto pudiésemos hasta
llegarles al Tlatelulco, que es la plaza mayor, adonde estaban sus altos cues y adoratorios”
(cap. CLV, p. 193 [p. 546]). Inmediatamente notamos una contradicción. Cortés mencio-
na primero un mercado de Tenochtitlan, y después lo llama Tlatelolco. El arzobispo
Lorenzana lo identifica con la “plaza de la Universidad”, o en las inmediaciones de la
Catedral. Véase Cervantes de Salazar (México en 1554, p. 9): “en la esquina de las calles
del Arzobispado y Seminario”.
Había dos grandes plazas de mercado en el antiguo México, una de las cuales estaba en
Tenochtitlan y la otra en el cercano pueblo conquistado de Tlatelolco. Esto lo dice muy
claramente Torquemada (lib. XIV, cap. XIII, p. 555) e incluso parecería que a pesar de la
importancia que muchos autores atribuyen a Tlatelolco, el mercado principal era el men-
cionado por este autor como “el que está en la población de San Juan”, y por consiguien-
te el tianquiz propio de la tribu mexicana. Sólo ése podía ser terreno neutral, sobre el cual
ningún grupo de parentesco ejercía ninguna autoridad. Es posible que las cosas fueran
distintas con respecto al tianquiz de Tlatelolco; por lo menos, las siguientes indicaciones
de Durán (cap. XXXIV, p. 270 [p. 264, § 21]) merecen mucha atención: “Fecho esto, man-
dó el rey que aquella plaza y mercado que ellos ganaron, pues los tlatelulcas no tenían
más tierra, que fuese repartido entre los señores y que la parte que a cada uno cupiese,
que de los tlatelulcas que allí hiciesen asiento, de todo lo que vendiesen, les diesen alca-
bala, de cinco, uno. Y así, se repartió la plaza entre todos. De donde cada uno cobraba
alcabala de lo que en el lugar que la había cabido se vendía.” Esto no es suficientemente
definido, porque la “plaza y mercado” de que habla el fraile es evidentemente la ya men-
cionada por él (p. 260 [p. 262, § 9]): “Y encerrándolos en la plaza de su mercado, hacién-
dose los tlatelulcas fuertes, no dejaban entrar a la plaza ninguno de los mexicanos en
ella.” Pero después dice (p. 270 [p. 264, § 21]): “que allí hiciesen asiento”, como si debie-
ran construir en la plaza. El hecho de que el tianquiz de Tlatelolco fue distribuido entre
los mexicanos lo afirma además Tezozomoc (cap. XLVI, p. 75 [p. 396]): “Axayaca mandó
que tambien se hiciese reparticion del tianguis de Tlatelulco á los mexicanos, y comenza-
ron á medir, primera suerte á Axayaca, luego á Cihuacoatl Tlacaeleltzin, luego por su órden
Tlacochcalcatl, y á todos los capitanes; que fué tenido el tianguis en mas que si ganaran
cien pueblos.” Parecería por lo tanto, si interpretamos esta “distribución” como es debi-
do, es decir, como una división del botín entre los grupos de parentesco, que estos últimos reci-
bían parte del tributo del tráfico o comercio que se realizaba en el tianquiz de Tlatelolco,
hecho corroborado además por otra afirmación de Durán (p. 269 [pp. 263-264, § 16]):
“El rey le mandó que, pues habían sido traidores a su corona real, que de allí adelante
quería y era su voluntad que aquella parcialidad mexicana del Tlatelulco le fuesen tribu-
304 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
tarios y pecheros, como las demás ciudades y provincias.” Esto, y la incertidumbre sobre
a qué tianquiz se hace referencia cada vez, favorece la suposición de que Gómara (p. 349
[cap. LXXIX, p. 128]) se refiere a Tlatelolco cuando dice: “Los que venden pagan algo del
asiento al rey, o por alcabala o porque los guarden de ladrones.” Cortés (“Carta segunda”,
pp. 32, 33 y 34 [pp. 62, 63 y 64]) no lo menciona, porque las palabras “donde están
personas por guardas y que reciben certum quid de cada cosa que entra” no se aplican al
mercado que cuenta que visitó y que, a pesar de Bernal Díaz (cap. XCII, p. 89 [p. 257]),
todavía creo que era el de Tenochtitlan y no el de Tlatelolco. A Cortés lo sigue con exac-
titud Oviedo (lib. XXXIII, cap. X, p. 300-301), mientras que Herrera (déc. II [lib. VII], cap.
XVI, p. 195) copia a Gómara.
Me he detenido tanto en esta cuestión porque elimina la idea de que el “gobierno” de
México cobraba un impuesto sobre el comercio de los miembros de la tribu. Ese impuesto
era apenas un tributo que pagaba sólo la tribu sometida de tlatelolco, porque, como dice
Durán (p. 270 [p. 264, § 21]) “no tenían más tierra, que fuese repartido entre los seño-
res”. Ese impuesto se distribuía entre los grupos de parentesco igual que cualquier otro
tributo. Pero eso no significa que los grupos de parentesco ejercieran poder judicial sobre
el mercado de Tlatelolco. Ese poder o bien seguía perteneciendo a la tribu de Tlatelolco,
o correspondía a los oficiales de la tribu de Tenochtitlan. Lo primero es más probable,
aunque lo segundo también es posible, puesto que los tlatelolcas fueron tratados con
mucha severidad, como traidores y proscritos (Durán, cap. XXXIV, pp. 269-271 [pp. 261-
265]), en cuyo caso las autoridades tribales deben haberlos castigado.
Que el teocalli tribal o central y los patios que lo rodeaban estaban al cuidado de la tri-
bu, como representante de todos los grupos de parentesco, en pie de igualdad, por la
parte de cada uno tenía en él, es evidente y no requiere demostración.
201. Las Casas (Apologética historia, cap. 214, p. 124 [t. II, cap. CCXIII, p. 390]): “pero
cuando reñían en los mercados, como a escandalosos y alborotadores del pueblo eran
muy gravemente castigados”. Sahagún (t. II, lib. VIII, cap. XXXVI, p. 325 [cap. XIX, p. 327,
§ 15]) dice que incluso los que disponían de artículos robados “prendíanle y sestenciábanle
a muerte los jueces y señores”. Torquemada (lib. XII, cap. V, p. 381): “El que hurtaba en la
Plaça, ó Mercado, que llaman Tianquizco, luego alli era muerto á palos, por tener por
mui grave culpa, que en semejante lugar, y tan público, huviese tanto atrevimiento.”
Clavijero (lib. VII, cap. 17, p. 484 [p. 219]) dice que el que alteraba las medidas estableci-
das por el gobierno era muerto allí mismo, y (p. 287 [pp. 222-223]) que el que robaba en
el mercado era muerto a palos en el acto. Mendieta (lib. II, cap. XXIX, p. 138): “Porque
tenian por grave el pecado cometido en la plaza ó mercado.”
202. De nuevo aquí tenemos testigos presenciales. Cortés (“Carta segunda”, p. 32
[pp. 63-64]): “Hay en esta gran plaza una gran casa como de audiencia, donde están
siempre sentadas diez o doce personas, que son jueces y libran todos los casos y cosas que
en el dicho mercado acaecen, y mandan castigar los delincuentes. Hay en la dicha plaza
otras personas que andan continuo entre la gente mirando lo que se vende y las medidas
con que miden lo que venden; y se ha visto quebrar alguna que estaba falsa.” Bernal Díaz
(cap. XCII, p. 89 [p. 257]), “y tenían allí sus casas, donde juzgaban tres jueces y otros como
alguaciles ejecutores que miraban las mercaderías”. Estas dos afirmaciones, con ligeras
variantes, están en la base de todo lo que se ha dicho después sobre el punto, con excep-
ción de Sahagún (t. II, lib. VIII, cap. XXXVI, p. 323 [cap. XIX, pp. 325, § 1-2]): “El señor
también cuidaba del tiánquez, y de todas las cosas que en él se vendían, por amor de la
gente popular y de toda la gente forastera que allí venía, para que nadie los hiciese
fraude o sinrazón en el tiánquez. Por esta razón ponían por orden todas las cosas que se
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 305
vendían, cada cosa en su lugar, y elegían por esta causa oficiales, que se llamaban tianquizpan
tlayacaque, los cuales tenían cargo del tiánquez y de todas las cosas que allí se vendían, de
cada género de mantenimientos, o mercaderías; tenía uno de estos cargos para poner los
precios de las cosas que se vendían y para que no hubiese fraudes entre los que vendían
y compraban.” Tianquizpantlayacaque se descompone en tianquizpan, “feriar, o tratar en
mercado” (Molina II, p. 116 [p. 113; Siméon, p. 546: “en el mercado”]) y tlayacati, “cosa
primera o delantera” (Molina, II, p. 120 [p. 121; Siméon, p. 585: “el que está delante, en
primera fila, hablando de un objeto”]); en consecuencia “los primeros o delanteros de los
que tratan en el mercado”. Por consiguiente debemos discriminar entre éstos y los oficia-
les que “están siempre sentadas”, según dice Cortés en la “gran casa” del mercado, o más
bien cercana al mercado, y actuaban como jueces. Herrera (déc. II, lib. VII, cap. XVI, p. 195)
dice que esa casa estaba “cerca del Mercado” –afirmación que después cambia a “en la
plaza de México” (déc. III, lib. IIII, cap. XVII, p. 137). Ahora, Torquemada nos informa
(lib. XIV, cap. XIII, p. 555) que el tecpan de Tlatelolco, “que son las Casas de Cabildo, y
Audiencia” se hallaba en esa época en una “acera” del mercado de Tlatelolco, y aparen-
temente era costumbre de los nativos tener el edificio oficial frente al tianquiz. Así ocurría
en Texcoco si hemos de creer a Ixtlilxochitl (cap. XXXVI, p. 247 [p. 93]): “tenían estas
casas, para lo que era la vivienda y asistencia del rey dos patios principales, que el uno y
más grande era el que servía de plaza y mercado, y aun el día de hoy lo es de la ciudad de
Tetzcuco” y si el mercado de Tenochtitlan estaba realmente donde lo ubica el arzobispo
Lorenzana (véase supra, n. 200), es evidente que el tecpan mexicano debe haber estado
muy cerca, si es que no actualmente sobre la plaza. La “gran casa” mencionada por los
testigos citados era por lo tanto, muy probablemente, sólo la casa del consejo o casa
oficial de la tribu, y los ancianos que según se nos dice oficiaban de jueces, en número de
entre tres y doce, eran miembros del tlatocan o supremo consejo en funciones judiciales,
como veremos más adelante. Los oficiales que circulaban entre la gente manteniendo el
orden y la paz eran oficiales ejecutivos delegados para ese propósito especial y como
veremos probablemente a las órdenes de los comandantes militares de la tribu.
203. Esta división del consejo en dos organismos con el objeto de despachar el trabajo
judicial la afirma particularmente Sahagún (t. II, lib. VIII, cap. XIV, p. 303 [p. 309, § 1.4],
cap. XV, p. 304 [cap. XVII, p. 318, § 2.3] y cap. XXV, pp. 313-314 [cap. XVIII, p. 318]), quien
sin embargo se contradice con respecto a la posición y el rango de esos “jueces”. Así (p. 303
[p. 309]) llama a sus oficiales de la “sala de la Judicatura”, “el rey, los señores cónsules, o
oidores, y principales nobles”, distinguiéndolos de los de la “audiencia de las causas
civiles”, a quienes llama “los senadores y los ancianos”, dando a entender, aunque no lo
afirma, que los primeros eran superiores a los segundos en rango y poder. La sala donde
se reunían los primeros se llama tlacxitlan, y la de los segundos teccalli. Más adelante
volveré sobre estos términos. Además afirma (p. 314 [p. 318]), hablando de los primeros:
“Estos tales eran los mayores jueces, que ellos llamaban tecutlatoque”, y los establece como un
tribunal de apelaciones para el tribunal inferior. Ahora (cap. xxx, p. 318 [cap. XVIII, p. 321])
dice: “juntábanse los senadores que llamaban tecutlatoque” admitiendo así tácitamente
que los “senadores” que según él formaban el tribunal “inferior” eran también iguales a
los del superior, y todos pertenecían a la misma clase de oficiales. Por último, su descrip-
ción de las tareas de ambos organismos es más bien oscura. Incluso se podría interpretar lo
que dice (p. 314 [p. 318]) de manera de establecer tres tribunales. Si examinamos ahora
los nombres que da, observamos que la del “inferior” es la “casa de los jefes o señores”, de
tecuhtli y calli, casa. Y en efecto, Molina (II, p. 92) incluye teccalli, “casa o audiencia real”
[Siméon, p. 442: “casa real, palacio, tribunal civil”]. En cambio tlacxitlan significa “en lo
306 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
baxo, o alpie de los arboles, o de cosa semejante” (Molina, II, p. 120 [Siméon, p. 583:
“tribunal del palacio, situado debajo de la sala del rey”]). La derivación correcta, sin
embargo, es de ni tlacxitoca, “corregir escritura, o tornar acontar lo ya contado” (Molina, II,
p. 120), lo que sí correspondería a un “tribunal de apelaciones”; “apelar” es nitlacuepa;
“apelación”, tlacuepaliztli; occeccan neteihuiliztli (Molina, I, p. 12). En realidad corresponden
propiamente al acto de suspender o volver atrás el curso de una instancia en el tribunal,
y no parece probable que los nativos los utilizaran para definir una apelación en el senti-
do que le damos nosotros. Es probable que Sahagún haya introducido él mismo el térmi-
no tlacxitlan. En todo caso, él es el responsable de la idea de un cuerpo superior de jueces
al que una corte inferior, que sesionaba en la misma casa, refería los casos de importan-
cia, contentándose con tomar testimonios y despachar los casos insignificantes; mientras
que al mismo tiempo nos dice que los miembros de ambos grupos tenían el mismo cargo, y
por lo consiguiente eran iguales y tenían el mismo título. Ya hemos visto que ese título
era el de los miembros del consejo, y por consiguiente los dos grupos no eran sino frac-
ciones de ese cuerpo, coordinadas y asistiéndose mutuamente, y no una rama superior y
otra inferior de un poder judicial tribal.
Es fácil descubrir que Sahagún y otros autores contemporáneos suyos de la escuela
franciscana, cuyos escritos acaban de salir a luz en el Libro de oro, son la fuente de la mayor
parte de las descripciones posteriores de las costumbres judiciales mexicanas, como en
este caso. Así, su tribunal superior de trece “senadores” reaparece en Gómara (p. 442 [cap.
CCXXVII, p. 345]): “Los jueces eran doce” con una tribunal superior de dos, es decir
catorce en total, igual a los trece de Sahagún más el “señor”. Zorita (pp. 100 y 105 [pp.
489 y 490]): “Los jueces que se ha dicho.” Mendieta (lib. II, cap. XXVIII, p. 135) copia casi
literalmente a Zorita. Del lado de este grupo de franciscanos tempranos tenemos el cua-
dro pintado por los dos grandes franciscanos, Torquemada y Vetancurt, quienes presen-
tan a un juez supremo, cihuacohuatl, y luego cuatro tribunales bajo su autoridad. Esta
descripción se basa evidentmente en pinturas como las del Códice Mendocino (láms. LXIX
y LXX). En mi opinión los trece jueces de Sahagún deben verse en relación con los fun-
cionarios judiciales que según Cortés estaban siempre sentados en el tecpan (véase supra,
n. 202), y no como un tribunal de apelaciones.
Por último, véase Ixtlilxochitl (caps. XXXVI y XXXVII), Veytia (lib. III, cap. VII, pp. 199-
200 [pp. 240-241]), y otros, en relación con Texcoco. Allí se muestra claramente la subdi-
visión del supremo consejo en dos secciones para las tareas judiciales, pero también apa-
recen en forma muy marcada la confusión y las contradicciones surgidas de una
comprensión errónea de la realidad.
204. Posiblemente la mención más antigua de este “anciano sabio”, primero en la “conver-
sación”, entre los mexicanos propiamente dichos, sea la del relato, muchas veces copiado,
de los viejos astutos, Huitziton y Tecpatzin, que según se dice persuadieron a los mexica-
nos a emigrar de Aztlan, según lo cuenta Torquemada (lib. II, cap. I, p. 78). En los primeros
tiempos son llamados capitanes y dirigentes, y no deben ser confundidos con los “hechi-
ceros” (ibid.). Posteriormente estos últimos aparecen a veces como oradores principales.
Mucha información sobre este punto puede reunirse por medio de una lectura cuidadosa
y crítica de Veytia (lib. II, caps. XII, XIII, XV y XVIII). Códice Ramírez (pp. 25-38). Durán
(caps. IV, V y VI). Tezozomoc (caps. I, II y III).
205. Torquemada (lib. II, cap. II, pp. 80-81) y Vetancurt (vol. I, 2a. parte, trat. I, cap. IX,
pp. 260-262 [pp. 235-237]) simplemente muestran que el cargo de “gran guerrero” existía.
206. Esta distribución de las tareas de jefe del ejecutivo entre dos personas se encuen-
tra en muchas tribus de México y Centroamérica. Así en Tlaxcallan, Maxiscatzin y
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 307
Xicotencatl, los dos jefes supremos, eran similares e iguales en el poder. Cortés “Carta
segunda”, pp. 18, 46 [pp. 41, 86]). Bernal Díaz (cap. LXVII, p. 60 [p. 173]): “los dos más
principales caciques”. Conquistador Anónimo (p. 388): “aunque en cierta manera reco-
nocen á uno solo por principal, el cual tenia y tiene un capitan general para la guerra”;
Motolinia (trat. III, cap. XVI, pp. 229-230). Oviedo (lib. XXXIII, cap. III, p. 272). Gómara
(p. 332 [cap. LV, p. 94]). Torquemada (lib. XI, cap. XXII, p. 347) dice cuatro, de los que
Maxiscatzin era capitán, aunque los conquistadores contradicen esto. Xicotencatl era jefe
de guerra. Herrera (déc. II, lib. VI, cap. X, p. 152) registra el discurso de Xicotencatl:
“Que bien debia de saber, que era Xicotencatl Capitan General de la Republica de Tlascala”
y especialmente su interesante relato del consejo tlaxcalteca en el cap. III [déc. III, lib. IIII,
cap. XVIII], pp. 139-140. Tezozomoc (cap. LXXXVI, p. 150 [p. 591]): “al rey Xicotencatl”
(cap. LXXXVII, p. 152 [p. 594]): “el rey Maxixcatzin”. Respecto a Chalco, cf. “Sobre la
tenencia de la tierra” (supra, pp. 129-130, n. 16). También sobre Xochimilco y los tec-
panecas. Acerca de los matlatzincas, Zorita (p. 389 [p. 559]) dice que tenían tres jefes, que
ocupaban sucesivamente el cargo supremo. Esa afirmación es copiada por Herrera (déc. III,
lib. IIII, cap. XVIII, p. 139). Los totonacas tenían dos jefes (Durán, cap. XXI, p. 181 [p. 177]
y cap. XXIV, p. 206 [p. 197]). Según Herrera (déc. III, lib. III, cap. V, p. 85; cap. VI, p. 87) el
“Cazonzin” de Michoacán tenía un “Capitan General” como asistente, y el documento
anónimo copiado por D. Florencio Janer del Códice C-IV-5 de la biblioteca del Escorial y
publicado, sin fecha, aunque evidentemente fue escrito entre 1534 y 1551, titulado Rela-
ción de las ceremonias y ritos, población y gobierno de los indios de la provincia de Mechuacan,
hecha al Ill.mo Sr. D. Antonio de Mendoza, Virrey y Gobernador de Nueva España, dice (1a. parte,
p. 13): “pues había un rey y tenía su gobernador, y un capitán general en las guerras, y
componíase como el mismo cazonci”. Esto es muy significativo, especialmente porque se
representa como instituido por la voluntad divina. “Dicho se ha en la primera parte,
hablando de la historia del dios Curicaberis, como los dioses del cielo le dijeron como
había de ser rey, y que había de conquistar toda la tierra, y que había de haber uno que
estuviese en su lugar, que entendiese en mandar traer leña para los cues.” Sobre los
quichés de Guatemala hay evidencia positiva, y además muy interesante. Zorita (pp. 405-
406 [pp. 562-563]) menciona a tres jefes muy similares a los de Matlatzinco, y Herrera
(déc. III, lib. IIII, cap. XVIII, p. 140 [pp. 139-140]) lo sigue implícitamente. Torquemada
(lib. XI, cap. XVIII, p. 338) es de la misma opinión, aunque es fácil ver que en realidad
había dos jefes supremos y no tres, porque dice: “Era el primero de todos el Rei actual: es á
saber, el Abuelo: luego el Rei electo para despues de sus Dias; trás él, el que tenia nombre
de Electo.” Pedro de Alvarado (“Relación á Hernando Cortés”, Vedia, vol. I, p. 458 [“Pri-
mera relación hecha por Pedro de Albarado a Hernando Cortes, en que se refieren las
guerras y batallas para pacificar las provincias…”, en Relación hecha por Pedro de Alvarado
a Hernando Cortes, en que se refieren las guerras y batallas para pacificar las provincias del anti-
guo reino de Goathemala, México, José Porrúa, 1954, pp. 27]) habla de “cuatro señores de
esta ciudad de Vilatan”. Otro testigo presencial de la conquista de Guatemala, Bernal
Díaz (cap. CLXIV, p. 220 [p. 619]) habla de “dos capitanes señores de Utatlan”. Afortuna-
damente poseemos, sobre las tribus de lengua quiché, una fuente sumamente positiva de
gran valor, el Popol Vuh (p. 339). Enumerando los “Nim-Ha Chi Cavikib” especifica des-
de la cuarta generación en adelante (“U cah le”), siempre dos jefes, afirmando positiva-
mente: “Oxib-Quich, Beleheb Tzi, u cablahu-le ahaua. Are-cut que ahauaric ta x-ul Donadiu, x-e
hitzaxic rulan Caxtilan vinak” (p. 338). Por consiguiente, Alvarado ejecutó a dos jefes. Ade-
más (p. 340) incluso menciona a sus últimos sucesores, con nombres españoles. Al final
menciona a tres “grandes electos” (“Nim-Chocoh”), pero sólo nombra a dos, uno de
308 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
“Nihaib” y el otro de “Ahau Quiché”. Encontramos aquí la contraprte exacta de los mexi-
canos, antes de su conflicto con Tlatelolco –dos jefes de México, y dos jefes de Tlatelolco,
Moquihuix y Teconal. Véase los autores sobre este tema. Con respecto a los mayas de
Yucatán, véase Lizana (Devocionario de Nuestra Señora de Izamal, par. IV ), y también
Villagutierre y Sotomayor (Historia de la Conquista y Reducciones de los itzáes y lacandones, lib.
VIII, cap. XVI, p. 514).
207. La mayoría de los autores más antiguos afirman que el cihuacohuatl era nombrado
por el “rey”. ¿Cómo es posible que un funcionario nombrara a su igual, o a su funcionario
asociado? Torquemada (lib. XI, cap. XXV, p. 352) dice: “Despues del Rei, havia un Presi-
dente, y Juez maior, cuio nombre, por raçon de el oficio, era Cihuacohuatl: este oficio se
proveía por el mismo Rei” y sobre el cihuacohuatl agrega que de su última determinación
no había recurso a otro: “aqui parece lo mismo, que reservando el Rei Mexicano para sí, la
autoridad Real, le hace su igual en la Judicatura; y añade, que parte de sus Determinacio-
nes, y Sentencias, no tengan recurso al Rei, que es condicion, y calidad, que engrandece
mas la Persona del Cihuacohuatl”. Entonces, o bien los mexicanos vivían bajo una mo-
narquía constitucional del tipo más perfeccionado –de lo que no hay indicio, porque ni
siquiera había división de los poderes– o bien el cihuacohuatl no era nombrado sino elegi-
do, en forma realmente democrática. Vetancurt (vol. I, 2a. parte, trat. II, cap. I, p. 369 [pp.
327-328]) es aún más claro: “tan absoluta era la autoridad que le daba, que reservando el
Rey en si la autoridad Real era en la judicatura igual”. Un oficial de este tipo sólo podía
ser nombrado (si es que era nombrado y no elegido) por la suprema autoridad de la
tribu, que era el consejo. Tal es la versión de Tezozomoc (cap. LXXIX, p. 137): “y acabado
de celebrar su entierro y quemazon de su cuerpo que lo sintió mucho el rey Ahuitzotl,
pusieron en su lugar á su hijo Tlilpotonqui, Cihuacoatl por sobrenombre”. Códice Ramírez
(p. 67): “Antes que fuese coronado recien electo adolesció el famoso y sabio Capitan
Tlacaellel, de la qual enfermedad murió; y en el artículo de su muerte llamó al Rey electo
y le encargó mucho á sus hijos, especialmente al mayor, que daba muestras de ser muy
valeroso, y habia hecho grandes hazañas en las guerras. El nuevo Rey por consolarle
despues de haberle hablado muy tiernamente con muchas lágrimas, hizo llamar á los de su
consejo real y rodeados todos del lecho de Tlacaellel mandó llamar el Rey al hijo mayor de
Tlacaellel, y allí en presencia de su padre y de su consejo, le dió el mismo oficio de su
padre, de capitan general y segundo de su corte con todas las preeminencias que su pa-
dre tenia.” Aun cuando hubiera existido un funcionario como “rey de México”, no podría
haber “nombrado” a nadie antes de su coronación. La ceremonia indicada, por lo tanto,
fue una elección por el consejo. Esto lo confirma plenamente Durán (cap. XLVIII, p. 381
[p. 369, § 3]): “llamando al hijo mayor, con parecer de todos los grandes, lo puso en la
misma dignidad que el padre había tenido, que era ser segundo después del rey en la cor-
te, y mandó fuese honrado con la misma veneración que su padre había sido, jurándole
todos por príncipe de México, al cual le fue puesto el nombre de Cihuacoatl”.
208. Códice Mendocino (lám. II [pp. 8 y 9]), y la explicación dice: “Las dos figuras con
sus títulos e nombres de Acamapichtli son una misma cosa resumida en substancia, por-
que la primera figura demuestra el principio y subcesión del dicho señorío.” En una nota
de Antiquities of Mexico (vol. VI, p. 8), lord Kingsborough agrega la muy sensata observa-
ción “La primera figura probablemente indica que Amamapichtli, antes de ser elegido
rey, tenía el título de Cihuacohuatl, o supremo gobernador de los mexicanos; cuando más
tarde México se convirtió en una monarquía, ese título se conservó.” El glifo de cihuacohuatl,
una cabeza de mujer con una serpiente arriba, se encuentra también en las ilustraciones
de Durán (lám. 8).
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 309
209. Durán (cap. XXIV, p. 205 [p. 202, § 30]): “Montecuhzoma se volvió hacia Cihuacoatl
Tlacaelel –que le había puesto por renombre y grandeza aquel nuevo ditado.” Tezozomoc
(cap. XXXIX, p. 35 [pp. 363-364]) menciona el título junto con las primeras acciones de
“Señor Severo” el Viejo. Pero también parece haber sido mucho mayor. Ixtlilxochitl (“2a.
Relación de la historia de los tultecas”, p. 323 [p. 266]), hablando de las migraciones de
los toltecas, dice: “llegaron a Xalisco, tierra que estaba cerca de la mar, y aquí estuvieron
ocho años, siendo el descubridor Ziuhcóhuatl, también uno de los cinco capitanes infe-
riores”. Veytia (t. I, lib. I, cap. XXII, p. 220 [p. 154]) atribuye al mismo el descubrimiento
de otra región. Parecería que este título –sobre cuyo origen podemos especular, pero por
ahora sin esperanzas de alcanzar un resultado positivo– existió siempre, pero sólo apare-
ció como cargo separado después de la creación de la confederación. Aquí se plantea una
cuestión histórica de cierto interés: la de si realmente existió el primer ocupante registra-
do de ese cargo después de la creación de la confederación, Atempanecatl Tlacaeleltzin.
Torquemada (lib. II, cap. LIV, p. 171) niega su existencia, y posiblemente se refiere al
Códice Ramírez cuando habla de “la mala, y falsa Relacion, que de esto tuvo, que Yo la
tengo en mi poder escrita de mano, con el mismo lenguaje, y estilo.” El señor José F.
Ramírez ya ha observado este ataque del provincial, en la n. 1 (p. 382) de Durán, y de
inmediato reconoció que es aplicable al Códice Ramírez. Veytia (lib. II, cap. I, p. 82 [cap. LII,
p. 120]) admite la existencia de Tlacaelel, y lo mismo hace por supuesto Acosta (lib. VII,
caps. 14, 15, 16, 17 y 18), y todos los que siguieron las mismas fuentes que el Códice
Ramírez. Sin embargo, la actual ciudad de México tiene dos documentos que, a mi pare-
cer, establecen más allá de toda duda la existencia de este Tlacaelel. Una de ellas es la
“Piedra de los sacrificios”, y la otra es una lápida conmemorativa que está representada y
descrita por el gran erudito mexicano Orozco y Berra en el núm. 2 del vol. I de Anales del
Museo Nacional de Méjico. Véase mi artículo “The National Museum of Mexico and the
Sacrificial Stone”, en American Antiquarian, núm. 1, vol. II (pp. 23 y 27).
210. Sobre estos títulos remito en general al Códice Ramírez, Durán y Tezozomoc. Las
citas serían inútiles y sólo servirían para extender este trabajo.
211. Ya Tezozomoc lo menciona como “teniente”. Torquemada, lib. XI, cap. XXV, p. 352.
Vetancurt (vol. I, 2a. parte, trat. II, cap. I, p. 369 [p. 327]): “Despues del Rey que heredaba
(como se ha visto) guardando el orden de la descencia de la sangre Real avia un Virrey,
que llamaban Cihuacohuatl, que el Rey proveía, y era su segunda persona en el govierno,
de cuya sentencia no avia apelacion á otro.”
212. Torquemada, lib. XI, cap. XXV, p. 352; Vetancurt, vol. I, 2a. parte, trat. II, cap. I,
p. 369 [327]; Clavijero, lib. VII, cap. 16, p. 481 [pp. 215-216]; Prescott, lib. I, cap. II, p. 29
[pp. 20-21]; H.H. Bancroft, vol. II, cap. XIV, pp. 434-435; Códice Mendocino, lám. LXIX
[tercera partida, pp. 142 y 143]: “Mixcoatlaylótlac, justicia como alcalde”.
213. Bernal Díaz (cap. XCI, p. 87 [p. 251]): “Acuérdome que era en aquel tiempo su
mayordomo mayor un gran cacique que le pusimos por nombre Tapia, y tenía cuenta de
todas las rentas que le traían al Montezuma, con sus libros hechos de su papel, que se dice
amatl, y tenía destos libros una gran casa dellos.” Este “Tapia” reaparece después como
“gobernador” de México en diferentes lugares. “Relación de la jornada que hizo Don
Francisco de Sandoval Acazitli, cacique y señor natural que fué del pueblo de Tlalmanalco”
(en García Icazbalceta, Colección de documentos, vol. II, p. 313): “y á solos los mexicanos
llevó, y fueron por sus caudillos Tapia y D. Martin el de Tlatelulco”. “Cuarta relación anó-
nima de la jornada que hizo Nuño de Guzman” (en Colección de documentos, vol. II, p. 471):
“Viendo el señor desta cibdad de Mexico, que se llama Tapia.” Carta de los oidores
Salmerón, Maldonado, Ceynos y Quiroga, México, 14 de agosto de 1531 (Ternaux
310 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
Compans, 2ème. recueil): “Así se dijo que un cierto Tapico que gobernaba la parte de
México que se llamaba Temixtitan.” En los registros municipales de México encuentro
también lo siguiente (Actas de Cabildo, vol. I, p. 75; “Viernes 17 de agosto de 1526 años”):
“Este día de pedimento de Diego de Ordaz vecino de esta ciudad le hicieron merced de
confirmar cierta compra que hizo de Guanachel cacique que se llama Tapia de un sitio
de casa que está cabe San Francisco.”
El “gobernador” de México, después de la conquista y restauración bajo el dominio
español, era el antiguo cihuacohuatl. Esto lo dice claramente Cortés (“Carta segunda”, p. 110
[“Cuarta carta”, p. 196]): “hice a un capitán general que en la guerra tenía, y yo conocía
del tiempo de Mutezuma, que tomase cargo de la tornar a poblar, y para que más autori-
dad su persona tuviese, tornéle a dar el mismo cargo que en tiempo del señor tenía, que
es Ciguacoatl, que quiere tanto decir como lugarteniente del señor”. Por lo tanto, lo
dicho por Bernal Díaz se aplica evidentemente a este oficial.
214. Cortés, “Carta tercera”, p. 89 [p. 161], y “Carta cuarta”, p. 110 [p. 196]. Gómara
(p. 392 [cap. CXLIII, p. 228]): “Vino Xihuacoa, gobernador y capitán general.” Herrera
(déc. III, lib. II, cap. VII, p. 53) lo llama “Guacoazin, Principal Consejero del Rei, i su
Lugar-Teniente”. Torquemada (lib. IV, cap. C, p. 567): “salió un Capitan, llamado Cihuaco-
huatl Tlacotzin”.
215. Códice Ramírez (p. 35): “Mira, Señor, que vienes á ser amparo y sombra y abrigo
desta nacion Mexicana.” Acosta, lib. VII, cap. 8, p. 468 [pp. 332-333]. Torquemada (lib. II,
cap. XIII, p. 95): “La causa de su Eleccion, fue, aver crecido en numero, y estar mui
rodeados de Enemigos, que les hacian Guerra, y afligian.”
216. “Tenencia de la tierra”, supra, pp. 132, 136-137. Pido permiso para corregir aquí
un error mío en la nota 75, supra, p. 174. Al final de dicha nota se dice: “Estas citas mues-
tran en forma concluyente que el suelo del tecpantlalli era propiedad y posesión del rey
(king)”, pero debería decir “propiedad y posesión del grupo de parentesco (kin)”. El error es
total y exclusivamente mío –un “desliz de la pluma” que no corregí a tiempo.
217. Los escritores texcocanos, representados por Ixtlilxochitl (caps. XXXII y XXXIV),
afirman que la dirección correspondía a Texcoco, pero los hechos indican lo contrario.
Cf. también “Sobre la tenencia de la tierra”, supra, pp. 135-136.
218. “Fragmento No. 1” (Crónica mexicana, “Noticias relativas al reinado de Motecuzuma
Ilhuicamina”, p. 124): “Juntos los principales Mexicanos, el Rey les dixo lo que el Rey de
Tetzcuco pedia, y todos dieron la mano á Tlacaellel, el cual respondió en nombre de todos
á su rey.” Durán (cap. XIV, p. 118 [§ 4]): “Tlacaelel, que era en todo era el primer voto, y
a quien se le daba la mano en responder”; (cap. XV, p. 128 [§ 17]): “todos dieron la mano
a Tlacaelel para que respondiese al rey”; (cap. XXIX, p. 240 [p. 236, § 5]): “Tlacaelel,
poniéndose en pie, dijo de esta manera”; (cap. XXXII, pp. 254-255 [pp. 249, 250] y cap.
LIII, p. 417 [p. 333]). Tezozomoc (cap. XVIII, p. 28 [pp. 278-279] y cap. XIX, p. 30 [pp. 282-
283]): “y así oido esto por los principales mexicanos, tomó la mano de hablar Cihuacoatl
Tlacaeleltzin y dijo: Hijo y nuestro muy querido Rey, y temido, que veais muy bien lo que
pensais hacer”; (cap. XXI, p. 32 [p. 287]): “pasados algunos años dijo el rey Moctezuma á
Cihuacoatl Tlacaeleltzin general y oidor”; (ibid. [p. 288]): “llegados todos los señores de los
dichos pueblos al palacio del rey Moctezuma, y sentados cada señor según su mereci-
miento y valor de sus personas, dijeron el Rey Moctezuma y su presidente y capitan gene-
ral Cihuacoatl Tlacaeleltzin”; (cap. XXXVI, p. 57 [p. 352]): “que el primero era su real conse-
jero Cihuacoatl, Tlacaeleltzin”; (cap. XXXIX, p. 62 [p. 363]; cap. XLIII, p. 69 [p. 382]):
“luego en el palacio del rey Axayaca sin salir los grandes ni nadie, prosiguió Cihuacoatl
Tlacaeleltzin”. Sería superfluo dar más citas, sobre todo del mismo autor.
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 311
219. Esto deriva de la autoridad que el cihuacoatl ejercía sobre los prisioneros de gue-
rra. Ya he hecho alusión a esta característica, y ahora sólo recapitularé las siguientes citas:
Durán, cap. XIX, pp. 172-173 [p. 169]; también Tezozomoc, cap. XXIX, p. 45 [p. 316]; cap.
XL, pp. 64-65 [pp. 371-372]; cap. LXII, p. 101 [pp. 380-381]; cap. LXVI, pp. 110-111
[p. 486]; cap. LXX, p. 119 [p. 520], etc.
220. Bernal Díaz (cap. XCI, p. 87 [p. 251]): “Acuérdome que era en aquel tiempo su
mayordomo mayor un gran cacique que le pusimos por nombre Tapia, y tenía cuenta de
todas las rentas que le traían al Montezuma, con sus libros hechos de su papel, que se dice
amatl, y tenía destos libros una gran casa dellos.”
221. No hay duda respecto a la igualdad de rango, aun cuando las tareas de ambos
diferían un poco. Códice Ramírez (p. 66): “Concluidas las obsequias, el capitán general
Tlacaellel que todavía era vivo, juntó los del consejo supremo […]. Estos juntos […] trata-
ron de elegir nuevo Rey, y todos se encaminaban al valeroso Tlacaellel, el qual como otras
veces, nunca quizo admitir el Reyno, dando por razon que más útil era á la República que
hubiese Rey y coadjutor que le ayudasse como era él, y no solo el Rey […]. Pero no por
esto dejaba de tener tanta y mas autoridad que el mismo Rey, porque le respetaban y
honraban, servian y tributaban como á Rey, y con mas temor, porque no se hazia en todo
el Reyno más que lo que él mandaba. Y assí usaba tiara e insignias de Rey, saliendo con
ellas todas las veces que el mismo Rey las sacaba.” (Ibid., p. 67): Cuando el viejo cihuacoatl
murió, su sucesor fue elegido “con todas las preeminencias que su padre tenia”. El “Frag-
mento No. 1” (“Noticias relativas al reinado de Motecuzuma Ilhuicamina”) también es
muy positivo, y casi siempre menciona a los dos funcionarios juntos. Durán (cap. XXVI,
p. 215 [p. 211, § 4]): “Ordenóse que sólo el rey y su coadjutor Tlacaelel pudiesen traer
zapatos en la casa real y que ningún grande entrase calzado en palacio, so pena de la
vida, y que sólo ellos pudiesen traer zapatos por la ciudad y ningún otro”; (cap. XXXII,
p. 255 [p. 249, § 4]): “Tlacaelel respondió: Mexicanos, yo os agradezco la honra que me
queréis dar, pero, ¿Qué más honra puedo yo tener que la que hasta aquí he tenido? ¿Qué
más señorío puedo tener que el que tengo y he tenido? Pues ninguna cosa los reyes
pasados han hecho, sin mi parecer y consejo en todos los negocios, civiles y criminales”;
(cap. LXI, p. 326 [p. 315, § 14-15]) el discurso de Tlacaelel es demasiado largo para
reproducirlo, pero su sustancia está contenida en las últimas palabras: “luego rey soy y
por tal me habéis tenido. Pues, ¿qué más rey queréis que sea? Y así como así, tengo de
tener el mismo oficio y ejercicio hasta que me muera […]. Sosegaos, hijos míos, y haced
mi voluntad, que ya yo soy rey, y rey seré hasta que me muera”; (cap. XLIV, p. 357 [p. 344,
§ 9]): “el viejo Tlacaelel, a la misma manera, al cual, dice esta historia, respetaban como
a rey”; (cap. XLVIII, p. 381 [p. 369, § 3]): “el nombre de Cihuacoatl, que su padre tenía. El
cual era dictado de mucha grandeza, heredado de los dioses. Y así, desde aquel día le
llamaban Tlipotonqui Cihuacoatl, que era sobrenombre divino”. Tezozomoc (cap. XXXIII,
p. 53 [p. 339]): “de la manera que fué vestido y adornado Moctezuma, lo fué también
Cihuacoatzin y Tlacaeleltzin”; (cap. XXXVI, p. 58 [p. 353]): “pues solos dos eran los que
habian de tener catles, que eran Moctezuma, y Cihuacoatl Tlacaeleltzin, como segunda per-
sona del rey, porque se entendiese habian de ser temidos de todos los grandes del impe-
rio”; y cap. XL, p. 66 [p. 378], discurso de Tlacaelel: “tocante á lo que tratais de señorío,
yo siempre lo he tenido y tengo […] porque yo como segunda persona que siempre fué
del rey, y de los reyes que han sido”. Sería excesivo dar más citas del mismo autor. Además
de estas fuentes, a las que debe sumarse de Acosta (lib. VII, cap. 17, p. 494 [p. 350] y cap.
18, p. 495 [p. 351]), encontramos testimonios significativos en dos autores que cierta-
mente no tomaron su información de la misma fuente que los anteriores, me refiero a
312 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
Juan de Torquemada (lib. XI, cap. XXV, p. 352): “Aquí parece lo mismo, que reservando el
Rei Mexicano para sí, la autoridad Real, le hace su igual en la Judicatura.” Vetancurt (vol. I,
2a. parte, trat. II, cap. I, p. 369 [pp. 327-328]): “tan absoluta era la autoridad que le daba,
que reservando el Rey en si la authoridad Real era en la judicatura igual”. Con respecto
al hecho de que los dos jefes llevaban los mismos trajes y ornamentos característicos,
véase Durán (trat. 1, cap. XXIII, lám. 8). Cf. también el Codex Telleriano-Remensis, compa-
rándolo con el tocado de la figura principal de las esculturas del borde del cilindro cono-
cido como “piedra de los sacrificios”, en el Museo Nacional de México.
222. Códice Ramírez (p. 63), hablando del “capitán general Tlacaelel”: “haziendo haza-
ñas dignas de gran memoria por medio de su general Tlacaellel”. La guerra contra Chalco
fue librada por los mexicanos y sus confederados, por eso leemos (p. 64): “Y assí fué que
acudiendo este Rey en personas á la guerra”; (p. 67:) su cargo era “de capitan general y
segundo de su corte”. Durán (cap. XVII, pp. 147-148 [pp. 145-146]) habla de la guerra
contra Chalco, a la que los dos jefes fueron juntos; en el cap. XVIII, p. 158 [p. 157], ataque
contra Tepeaca, los dos jefes en el campo, ya que participaron tanto los mexicanos como
sus confederados; en el cap. XIX, lo mismo contra la Huaxteca. (Cap. XXII, p. 159 [p. 156,
§ 5]): “Tlacaelel, príncipe de la milicia”, en el ataque contra Coayxtlahuacan. En lugar de
Tlacaelel, que [§ 8]: “era ya viejo y que no podría ya ir a guerra tan apartada”, mandó a
los mexicanos Cuauhnochtli. El cronista más explícito y positivo es Tezozomoc (cap. XIX,
p. 32 [p. 283] y cap. XXI, p. 32 [pp. 287 y 288]): “Cihuacoatl Tlacaeleltzin general y oidor
[…] y su presidente y capitan general Cihuacoatl Tlacaeleltzin”. Con respecto a las prolon-
gadas hostilidades contra la tribu de Chalco, se afirma que el cihuacoatl solo comandaba
(cap. XXII, p. 34 [p. 291]), pero de la p. 35 [p. 289] se desprende que después de la
primera lucha sangrienta, de resultado indefinido, llamaron a los aliados para que los
ayudaran, aunque Tezozomoc dice que sólo fue una delegación para asegurar que se
quedaran tranquilos. Esto explica la contradicción entre él y los dos autores anteriores.
En el cap. XXIV, p. 37 [pp. 297-298], reconoce que Moctezuma Ilhuicamina también fue,
junto con el cihuacoatl. Otros autores admiten que la conquista de Chalco fue obra de los
mexicanos, con ayuda de aliados. Véase Torquemada, lib. II, caps. XLIV y L, y Ortega, t. II,
apéndice, cap. III, pp. 240-243 [pp. 210-213]. Por lo tanto, el cihuacoatl comandaba a los
mexicanos. En la correría contra Tepeacac y Tecamachalco, las fuerzas confederadas avan-
zaron (cap. XVII, p. 41 [Tezozomoc, cap. XXVII, p. 307]): “cada uno con su capitan y
capitanes señalados”, y los dos jefes guerreros de México estaban presentes y en el cam-
po. Para no extender desmesuradamente estas citas, agregaré simplemente que, cuando
el cihuacoatl envejeció y ya no pudo ir a la guerra, otros capitanes tomaron su lugar. Más
adelante me ocuparé de esos capitanes. Acosta, lib. VII, cap. 18.
223. Hay evidencia en ese sentido en Durán (cap. XXII, p. 189 [p. 186]), y especial-
mente en Tezozomoc (cap. XLVIII, p. 78 [p. 402]): “Cuauhnochtli, capitán general” (caps.
LXXI, LXXII y XCI, pp. 160, 161 [pp. 610, 611], etc.). Esto explica por qué el título de
comandante en jefe de los mexicanos aparece en formas tan variadas. Véase las muy
sensatas observaciones de Clavijero (lib. VII, cap. 21, p. 494 [p. 230], etc.). En este caso,
esos jefes eran nombrados por un periodo limitado, puesto que no se trataba de crear un
cargo sino simplemente de delegar el poder para determinado propósito especial. Una
vez terminado el ataque, el cargo dejaba de existir, y el jefe guerrero volvía a su rango
original.
224. Cortés (“Carta tercera”, p. 89 [p. 161]): “Y desde a poco volvió con ellos uno de
los más principales de todos aquéllos, que se llamaba Ciguacoacín, y era el capitán y
gobernador de todos ellos, y por su consejo se seguían todas las cosas de guerra.”
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 313
225. Cortés (“Carta cuarta”, p. 110 [p. 196]). “Petition to Charles V, by four Indian
Chiefs of Mexico” [Petición a Carlos V de cuatro jefes indios de México], 18 de junio de
1532, en Ternaux Compans, Cruautés horribles, pp. 265, 266 y 269: “Yo, don Hernando de
Tapia, soy el antiguo Tucotecle, gobernador de México, bajo el Marqués del Valle”. Herrera,
déc. III, lib. IIII, cap. VIII, pp. 122-123; Bernal Díaz, cap. CLVII, pp. 198-199 [p. 562]; Gar-
cía Icazbalceta, en Cervantes de Salazar, Tres diálogos (introd. al 2o. diálogo, pp. 75-76).
226. He empleado este título, posiblemente por primera vez entre los escritores re-
cientes, en “Sobre el arte de la guerra” (supra, p. 70). Tezozomoc, cap. LXXXIII, p. 578;
Ramírez de Fuenleal, p. 247. Códice Mendocino (lám. XVIII [pp. 40 y 41]): “Tlacatectli,
Gobernador”, también la “Declaración de lo figurado”. Sahagún, lib. VI, cap. XX, pp. 136,
138 [t. II, pp. 138-139, § 6]. Este notable capítulo merece ser estudiado detenidamente,
puesto que encarna los principios por los cuales los aborígenes de México llenaban los
cargos y las bases de su modo de gobierno. Sería demasiado largo intentar un análisis
completo, y un estudio que no fuera completo no daría una idea adecuada de su impor-
tancia. Citaré solamente las afirmaciones del célebre franciscano acerca del título en con-
sideración: “porque ya está en la dignidad y estrado, ya tiene el principal lugar, donde le
puso nuestro señor; ya le llaman por estos nombres tecutlato, tlacatecuhtli; por estos nom-
bres le nombran todos los populares”. Este pasaje y el siguiente: “y alguno de ellos toma-
do de la república por rey y señor”, indican claramente que el título es el del supuesto
“rey”, o “jefe de hombres” (p. 138 [p. 399, § 17]); sin embargo, menciona al tlatecuhtli
como uno de los “dos senadores para lo que toca al regimiento del pueblo”. Hay aquí una
contradicción evidente, muy similar a la ya señalada en una nota anterior en relación con
las dos secciones del consejo.
227. Códice Mendocino, lám. II [p. 9]; Mendieta, lib. II, cap. XXXIV, p. 148. Con respecto
a esa cronología, cf. la reciente y muy valiosa obra de M. Orozco y Berra (“Ojeada”, pp. 151ss),
en que el erudito autor ha sacado a luz muchos hechos de gran importancia. De que
Acamapichtli o “Manojo de Cañas” fue elegido hay abundantes pruebas en numerosas
autoridades, de modo que sería inútil agregar citas.
228. La información más completa se encuentra en Sahagún (lib. VIII, cap. XXX, p. 318
[t. II, cap. XVIII, p. 321, § 1-3]): “Cuando moría el señor o rey, para elegir otro juntábanse
los senadores que llamaban tecutlatoque, y también los viejos del pueblo que llamaban ach-
cacauhti; y también los capitanes, soldados viejos de la guerra, que llamaban yaotequiuaque,
y otros capitanes que eran principales en las cosas de la guerra, y también los sátrapas
que llamaban tlenamacazque o papauaque. Todos estos se juntaban en las casas reales, y
allí deliberaban y determinaban quién había de ser señor, y escogían uno de los más
nobles de la línea de los señores antepasados, que fuese hombre valiente, ejercitado en
las cosas de la guerra, osado y animoso, y que no supiese beber vino; que fuese prudente
y sabio, que fuese criado en el Calmécac, que supiese bien hablar, fuese entendido y reca-
tado, y animoso y amoroso, y cuando todos, o los más concurrían en uno, luego le nom-
braban por señor. No se hacía esta elección por escrutinio, o por votos, sino que todos
juntos, confiriendo los unos con los otros, venían a concertarse en uno.” A esto debe
agregarse el testimonio del mismo autor (lib. VI, cap. XX, pp. 136-139 [pp. 136-141]).
Durán (cap. XI, p. 103 [pp. 103-104, § 34]): “Y es de saber que no ponían hijo del que
elegían por rey, o del que moría, porque –como ya tengo dicho– nunca heredaron los hi-
jos por vía de herencia, los dictados y los señoríos, sino por elección. Y así, agora fuese
hijo, agora fuese hermano, agora primo, como fuese electo por el rey y por los de su
consejo para aquel dictado, le era dado: bastaba ser de aquella línea y pariente cercano.
Y así iban siempre los hijos y los hermanos heredándolo, poco a poco; si no esta vez, la
314 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
otra, o si no, la otra, y así, nunca salía de aquella generación aquel dictado y señorío,
eligiéndolos poco a poco”; (cap. LXIV, p. 498 [p. 476, § 17]): “porque en aquel tiempo
heredábanse los hermanos hijos del rey, unos a otros –aunque de lo que esta historia he
notado, ni había herencia, ni sucesión, sino que solos aquellos que los electores escogían,
como fuese hijo o hermano del que moría, o sobrino o primo en segundo grado, y este
orden me parece que llevan en todas sus elecciones– y así creo que muchos de los que
claman y piden venirles por herencia los señores, porque en su infidelidad sus padres
fueron reyes y señores, entiendo no piden justicia, porque en su ley antigua más eran
elecciones, en todo género de señores, que no herencias ni sucesiones”. El autor de la cita
anterior era un nativo mexicano y conocía las costumbres de su pueblo. Códice Ramírez
(p. 58): “porque como queda referido, nunca heredaron los hijos de los Reyes los seño-
ríos, sino por eleccion daban el Reyno á uno destos quatro príncipes, á los quales tampo-
co heredaban sus hijos en estos ditados y cargos; sino que muerto uno escogian otro en su
lugar al que les parescia, y con este modo siempre tuvo este Reyno muy suficientes hom-
bres en sus Repúblicas, porque elegian los mas valerosos”. Tezozomoc (cap. LXXXII, pp. 142,
143 [pp. 572, 573]) confirma la forma de elección tal como la registra Sahagún. Zorita
(p. 14 [p. 469]): “Por manera que tenían los Señores más cuenta con dejar sucesor sufi-
ciente para que gobernase sus tierras ó vasallos, que no en dejallos á sus hijos ó nietos, ni
con dejarlos por señores, como lo hizo el gran Alejandro.” Mendieta, lib. II, cap. XXXVII,
pp. 153-154.
Torquemada (lib. XI, cap. XXVII, p. 358): “Confieso de la Republica Mexicana esta
manera de sucesion, y que se elegian algunas veces, sin diferencias, notando solamente
las cualidades de las personas, y de estos fue Itzcohuatl, valeroso Rei Mexicano, que por
el valor de su persona, y la grandeça de su animo, no se advirtió, ni reparó para elegirle,
en que era Hijo de una Esclava; pero no es maravilla, que el bien publico prefiera al
particular.” Desisto de citar las historias sobre las elecciones de diversos jefes mexicanos
según los autores citados y otros.
229. Clavijero (lib. VII, cap. VI, p. 463 [p. 196]) formula la idea con claridad: “legaron
la corona a la familia de Acamapitzin”. Ya se ha dicho lo suficiente sobre la familia mexi-
cana para desvanecer cualquier idea de uhna “dinastía india” en México. en el mejor de
los casos se podría admitir una sucesión o perpetuación del cargo en determinado grupo de
parentesco o calpulli. Durán (cap. XI, p. 103), Códice Ramírez (p. 58) y Zorita (p. 14 [p. 469])
hacen que incluso esto sea dudoso; lo mismo la elección de Itzcoatl, según la descripción
de Torquemada (lib. XI, cap. XXVII, p. 358). Sin embargo, el origen de “Serpiente de
Pedernal” está registrado en formas demasiado diferentes para justificar cualquier con-
clusión basada en él. El hecho de que fuera uno de los cuatro principales capitanes de
guerra el que debía convertirse en “jefe de hombres” milita en contra de la transmisión
del cargo dentro de un grupo de parentesco determinado. Véase también Acosta, lib. VI,
cap. 24, pp. 439-440 [pp. 311-312].
230. Sahagún, lib. VI, cap. XX; lib. VIII, cap. XXX [cap. XXI]; Acosta, lib. VI, cap. 24.
231. Las Casas (Apologética historia, p. 124 [t. II, lib. III, cap. CCXIII, p. 388]): “Cuando
algún señor moría y dejaba muchos hijos, si alguno se alzaba y enseñoreaba en palacio y
se quería preferir a los otros, aunque fuese el mayor, no lo consentía el señor a quien
pertenecía la confirmación, y menos el pueblo; antes dejaban pasar un año o más, dentro
del cual consideraban bien cuál era mejor para regir y gobernar el estado, y aquél per-
manecía por señor.” Zorita, pp. 18-19 [pp. 470, 471]. Torquemada, lib. XI, cap. XXVII,
pp. 358-359. Es inútil añadir más citas.
232. Además de las autoridades mencionadas en la nota 228, cf. Clavijero (lib. VII, cap. VI,
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 315
p. 463 [pp. 196-197]), con la restricción formulada en la n. 229. “De l’ordre de succession”,
en Ternaux-Compans (Premier recueil, p. 228).
233. Zorita, p. 69 [pp. 481-482]. Sahagún, lib. VIII, cap. I, p. 272 [t. II, pp. 283-286]. La
muerte de Cuauhtemotzin puso fin al cargo a los ojos de los españoles, aunque había sido
anulado formalmente por la captura de ese capitán, para quien los blancos no nombra-
ron ningún sucesor.
234. “Sobre la tenencia de la tierra”, supra, p. 135. Ixtlilxochitl (cap. XXXII, p. 219 [p. 82])
reclama el mando militar, en forma de título “imperial”, para su jefe texcocano: “Al de
Tezcuco llamándole Acolhua Tecuhtli, y dándole juntamente el título y dignidad de sus
antepasados, que es llamarse Chichimécatl Tecuhtli que era el título y soberano señorío
que los chichimecas tenían.” Creo que esta afirmación ya ha sido rebatida en “Sobre la
tenencia de la tierra” (supra, p. 128, n. 9 y 10). Véase también Vetancurt (vol. I, 2a. parte,
trat. I, cap. XIV, p. 29 [p. 261]): “y remataron la fiesta quedando Yzcohuatl por Rey supre-
mo del Imperio Tepaneca por ser primero Rey que Nezahualcoyotl”. Véase también los
reconocimientos tácitos de Ixtlilxochitl (caps. XXXVIII, LXXIV y LXXV).
235. Vetancurt (vol. I, 2a. parte, trat. II, cap. XV, p. 485 [trat. III, cap. XIV, p. 428]):
“Otras muchas leyes extravagantes que con el instinto natural con maduro consejo con-
firmaron, y que inviolablemente guardaban. Tenian los Mexicanos, y los de Guatimala
como el de deponer al Rey con junta, y, consejo de la Nobleza.”
236. Que “Señor Severo” había perdido toda su autoridad durante el tiempo en que
Cortés marchó contra Narváez está dicho claramente ya en la “Carta segunda” (pp. 41-42
[pp. 76-77]), aun cuando el comandante español no se dio cuenta de que había sido
separado de su cargo. Sin embargo, sí lo menciona Bernal Díaz (cap. CXXVI, p. 132 [pp. 376,
377]). Moctezuma le dijo a Olí y al “padre de la Merced”: “Yo tengo creído que no apro-
vecharé cosa ninguna para que cese la guerra, porque ya tienen alzado otro señor”, y de
nuevo, los propios mexicanos le dicen a Moctezuma: “Hacémoos saber que ya hemos
levantado a un vuestro primo por señor.” Las Casas (Brevisima relación, p. 49 [p. 36]):
“Ponen un puñal a los pechos al preso Montezuma que se pusiese a los corredores, y
mandase que los indios no combatiesen la casa, sino que se pusiesen en paz. Ellos no
curaron entonces de obedecerle en nada, antes platicaban de elegir otro señor y capitán
que guiase sus batallas.” Sahagún (lib. XII, cap. XXI, pp. 28-29 [t. IV, p. 48, § 3]): “Oídas
estas voces por los mexicanos y tlatilulcas, comenzaron entre sí a bravear, y maldecir a
Mocthecuzoma diciendo ‘¿qué dice el puto de Mocthecuzoma y tú bellaco con él? no
cesaremos de la guerra’; luego comenzaron a dar alaridos y a tirar saetas y dardos ácia
donde estaba el que hablaba junto con Mocthecuzoma.” Eso fue antes de que Cortés
hubiera capturado a Narváez, y muestra que ya en ese momento el “jefe de hombres”
había perdido toda autoridad. Códice Ramírez, p. 89. Después que habló el otro jefe que
estaba con Moctezuma “un animoso capitan llamado Quauhtemoc de edad de diez y ocho
años que ya le querian elegir por Rey dijo en alta voz: ‘¿Qué es lo que dize ese bellaco de
Motecuczuma, muger de los españoles, que tal se puede llamar, pues con ánimo mugeril
se entregó á ellos de puro miedo y asegurándonos nos ha puesto todos en este trabajo?
No le queremos obedecer porque ya no es nuestro Rey, y como á vil hombre le hemos de
dar el castigo y pago’”. “Fragmento Núm. 2” (“Noticias relativas a la conquista”, p. 143):
“y ellos le deshonraron y llamaron el cobarde”. Torquemada (lib. IV, cap. LXVIII, p. 494):
“soltó á un Hermano de Motecuhçuma, Señor de Itztapalapan, y los Mexicanos, ni hicie-
ron el Mercado, ni le dexaron bolver a la Prision; y le eligieron por Su caudillo” (ibid., cap.
LXX, p. 497). Vetancurt, vol. II, 3a. parte, trat. I, cap. XIV, p. 125 [p. 106]; cap. XV, pp. 130-
131 [pp. 110-111]. Herrera, déc. II, lib. X, cap. VIII, p. 264. Es muy interesante observar
316 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
que Torquemada y Herrera usan exactamente las mismas palabras. Sus versiones son las
más completas.
237. “Sobre la tenencia de la tierra”, supra, p. 133. Durán (cap. XXVI, p. 214 [p. 211, § 3]):
“Y así, lo primero que se ordenó fue que los reyes nunca saliesen en público.” No es
preciso probar esto con extensas citas.
238. “Sobre la tenencia de la tierra”, supra, p. 133. Herrera (déc. III, lib. IIII, cap. XVII,
p. 138): “Estos Tributos eran para el bien publico, para las Guerras, para pagar á los
gobernadores, i Ministros de Justicia, i Capitanes, porque toda esta Gente comia, de
ordinario, en el Palacio del Rei, adonde cada uno tenia su asiento, i lugar conocido,
segun su Oficio, i Calidad.” Sahagún (t. II, lib. VIII, cap. XIII, p. 301 [p. 308, § 36-38]): “y
después que había comido el señor mandaba a sus pajes o servidores que diesen de
comer a todos los señores y embajadores que habían venido de algunos pueblos, y tam-
bién daban de comer a los que guardaban en palacio; también daban de comer a los que
criaban los mancebos, que se llaman telpuchtlatoque, y a los sátrapas de los ídolos; y tam-
bién daban de comer a los cantores y a los pajes, y a todos los del palacio”. Tezozomoc,
cap. LXXXII, pp. 573-574. Este último es muy positivo y lo menciona como un deber.
239. “Sobre la tenencia de la tierra”, supra, p. 133.
240. La información de este punto proviene de Cortés (“Carta segunda”, p. 35 [p. 68]):
“La manera de su servicio era que todos los días, luego en amaneciendo, eran en su casa
más de seiscientos señores y personas principales, los cuales se sentaban, y otros andaban
por unas salas y corredores que había en la dicha casa.” Los demás testigos no son tan
precisos. Las exageradas descripciones de Oviedo (lib. XXXIII , cap. XLVI, p. 505),
Torquemada (lib. III, cap. XXV, p. 296), Vetancurt (vol. I, 2a. parte, trat. I, cap. XXIII, pp.
356ss [pp. 316ss]), Herrera (déc. II, lib. VII, cap. IX, pp. 183-184) y otros, simplemente
demuestran que el tecpan estaba permanentemente ocupado por un grupo doméstico
numeroso, encabezado por el “jefe de hombres”.
241. Torquemada, lib. VI, cap. XXIV, p. 48.
242. Sahagún, lib. VIII, cap. XIII, p. 301 [t. II, p. 308, § 36], copiado en la n. 238. Zorita
(p. 96 [p. 488]): “En las casas del Señor había unos aposentos y salas levantadas del suelo,
siete y ocho gradas, que era como entresuelos, y en ellas residían los jueces”; (p. 100 [p.
489]): “é algo temprano les traían la comida de palacio”. Esto implicaría que la comida
era llevada al tecpan de los lugares donde efectivamente residían los miembros del conse-
jo (tecutlatoca). Esto lo contradice positivamente Tezozomoc (cap. LXXXII, p. 144 [p. 574]),
quien dice que uno de los deberes del “jefe de hombres” era tener “con los viejos y viejas
mucho amor, dándoles para el sustento humano: regalados los principales, teniéndolos
en mucho, y dándoles la honra que merecen, llamarlos cada dia á palacio que coman con
vos, ganándoles las voluntades, que con ellos está el sostener el imperio, buenos conseje-
ros, buenos amigos, que por ellos os es dado el asiento, silla y estrados, honra, señorío,
mando y ser”. El mismo autor da a entender que esta comida general de los oficiales
tribales era también habitual entre los xochimilcas –tribu que como es bien sabido estaba
estrechamente aliada con los mexicanos– cuando dice (cap. XVI, pp. 25-26 [p. 272]): “Las
indias mugeres de los xochimilcas, lavando muy bien el izcahuitle, y guisando los patos
todo muy bien lavado, y limpiamente llevándolo al Palacio de Tecpan, para que lo comie-
sen los principales, á comenzándolo á comer estaba muy sabroso, y prosiguiendo en su
comida.” Zorita (p. 49 [p. 477]), hablando de algunos jefes, dice: “Demás de este prove-
cho, el Señor supremo les daba sueldo y ración, y asistían como continuos en su casa.” Es
a esos “señores”, que no eran otros que los miembros del consejo, que se refiere Gómara
(p. 342 [cap. LXXVI, p. 121]), copiando a Cortés (“Carta segunda”, p. 35 [p. 68]), quien
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 317
sin embargo añade: “Y al tiempo que traían de comer al dicho Mutezuma, asimismo lo
traían a todos aquellos señores tan cumplidamente cuanto a su persona, y también a los
servidores y gentes de éstos les daban sus raciones. Había cotidianamente la despensa y
botillería abierta para todos aquellos que quisiesen comer y beber.” El capellán agregó a
la relación de Cortés algunos detalles tendientes a destacar la importancia de las comi-
das, mientras que suprimió el importantísimo pasaje anterior. Cf. Vedia, vol. I, p. 345.
Sus afirmaciones concuerdan mucho mejor con las de Bernal Díaz (cap. XCI, pp. 85 y 87
[p. 250]). El hecho de que la “casa oficial” estaba encargada de dispensar la hospitalidad
tribal es pues seguro. También comían allí los miembros del consejo, como lo demuestran
Zorita (p. 96 [pp. 488-489]), Sahagún (t. II, lib. VIII, cap. XIII, p. 301 [p. 308]) y Mendieta
(lib. II, cap. XXVIII, p. 134): “traíanles algo temprano la comida de palacio”, y lo deja
entender Torquemada (lib. XI, cap. XXV, p. 296 [p. 352]): “Estos Jueces oían de ordinario,
en especial de causas criminales, todos los Días á mañana, y tarde […] asistían en sus
Salas, que las havia en la Casa del Rei, particulares.” Incluso es muy positivo (lib. III, cap.
XXV, p. 296): “No sólo tenia este Grande, y Magnifico Emperador Casas mui cumplidas,
y Salas y Aposentos grandiosos, para su Morada, para sus Consejos, y Señores, y toda la
demas Gente, que llegaba á ser digna de su hospedaje, y recibimiento, donde como su
misma Persona Real eran servidos, y acariciados.” Véase también lib. IV, cap. L, p. 459.
Además dice de “Coyote Ayunador”, jefe principal de Texcoco (lib. II, cap. LIII, p. 167):
“no fue menos en el gasto de su Casa, así para su Persona, como para hacer Hospicio
ordinario á todos los que servian en su Palacio, y otros muchisimos Señores, que comian
en su Casa, cada dia”. Pedro Mártir de Anglería, Décadas, dec. III, cap. X, pp. 231-232
[déc. V, cap. X, p. 547], y Clavijero, lib. VII, cap. 16, p. 482 [p. 216], sobre Texcoco. En
relación con México es muy positivo (lib. V, cap. 3, p. 304 [pp. 19, 20]). Es inútil dar más
citas, y remitiré solamente al Códice Mendocino (lám. LXX) y, por la analogía con las tribus
del tronco quiché en Guatemala, al Popol Vuh (p. 305): “Are qui cuhcbal quib ri-oxib cid nim-
ha u bi cacmal, chiri cut chi c’uqah-vi c’uquiya.”
Que los delegados de otras tribus eran hospedados en el tecpan lo dice claramente
Sahagún (lib. VIII, cap. XIX, p. 308 [cap. XIV, p. 312, § 6]): “Había otra sala que se llamaba
coacalli. En este lugar se aposentaban todos los señores forasteros que eran amigos o
enemigos del señor.” Códice Ramírez (p. 75): “Vinieron á estas fiestas hasta los propios
enemigos de los Mexicanos, como eran los de Michhuacan y los de la provincia de Tlaxcala,
á los quales hizo aposentar el Rey y tratar como á su misma persona, y hazerles tan ricos
miradores desde donde viessen las fiestas, como los suyos”; Durán (cap. XL, p. 317 [p. 307] y
cap. XLIII, p. 347 [p. 336, § 16-18]): “Niño Ayunador” de Texcoco “aposentándolo en un
lugar que ellos llaman Teccalli, que quiere decir ‘palacio real’”. “Luego llegó el rey de
Tacuba con todos sus principales y señores […]. A quien no menos honra y cortesía se
hizo que al de Tezcuco, poniéndole en el mismo palacio junto a Nezahualpilli.” Los
delegados de Tlaxcallan, Huexotzinco y Cholula fueron “llevados al palacio real, donde
les tenían aparejado un retraimiento oculto y escondido” [p. 338, § 28] y “fueron aposen-
tados en el mismo lugar” [p. 339, § 31] los de Michoacán y otros. También cap. LIV, pp.
428-429 [pp. 413, 414] y LVIII, p. 459 [p. 441], etc. Plenamente confirman a estos autores
Tezozomoc (cap. LXIV, pp. pp. 106-107 [476-477]; cap. LXVIII, p. 111 [p. 494]; cap. LXXXVI,
p. 151 [p. 591]), Ixtlilxochitl (cap. XXXVI, p. 234 [p. 96], hablando de Texcoco) y
Torquemada (lib. XIV, cap. I, pp. 534-535). Este último distingue entre el “calpixca” y “el
palacio”, afirmando que los delegados eran alojados en el primero. Pero como él mismo
(lib. VI, cap. XXIV, p. 48) llama al tecpan “casa de la comunidad” –nombre que da al
“calpixca”– y sabemos por Sahagún (lib. VIII, cap. XIX, p. 307 [cap. XIV, p. 312 § 6]) que el
318 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
calpixcalli era una sala del tecpan, no puede haber duda de que el tecpan era también el
sitio donde los delegados eran recibidos, alojados y alimentados, a expensas de la tribu.
En 1537 el obispo Las Casas envió a unos mercaderes con instrucciones completas e
implementos para la conversión a los indios de “Tuzulutlan” o de la “Tierra de Guerra”,
y cuenta fray Antonio de Remesal (t. I, lib. III, cap. XV, p. 135 [pp. 208-209]) que “como en
aquel tiempo no había mesones ni casa de comunidad, todos los forasteros que llegaban
al lugar acudían a posar en casa del señor, que los recibía humanamente, hospedaba y
daba de comer conforme la calidad de la persona, y el forastero reconocía el bien recebido
o que había de recibir, poniendo a los pies del señor algún presente conforme a su posi-
bilidad”. Los comerciantes, por lo tanto, se hospedaron en la casa oficial –el tecpan– y
permanecieron allí (como podemos leer en la p. 136 [p. 209] de la historia del fraile)
mientras realizaban su trabajo de abrir la comarca a la predicación del evangelio. La
comparación con Cortés, que también estuvo hospedado en el tecpan de México, es
notable.
243. Las descripciones de este banquete son tan abundantes que casi no vale la pena
remitir a ellas en detalle. Sólo llamaré la atención sobre las afirmaciones de Cortés (“Car-
ta segunda”, p. 35 [p. 68]), Bernal Díaz (cap. XCI, pp. 86 y 87 [pp. 250 y 251]) y Andrés de
Tapia (p. 581). Todas estas descripciones de testigos presenciales, si se ven a la luz ade-
cuada y se comparan con las de escritores posteriores, corroboran plenamente las opinio-
nes de L.H. Morgan (“La comida de Moctezuma” [supra, pp. 3-35]) en el sentido de que
se trataba de una comida comunitaria oficial, dada por la casa oficial de la tribu como
parte de sus obligaciones y deberes diarios.
244. No puedo dejar de evocar aquí la descripción del banquete ofrecido al grupo de
parentesco Melvor por su jefe “Fergus Melvor, Vich Ian Vohr”, tan gráficamente descrita
por sir Walter Scott en Waverley. En cuanto al papel que desempeñaba el “jefe de hom-
bres”, véase Bernal Díaz, cap. XCI, p. 86 [p. 250].
245. Esa actitud particularmente grave la observan todos los autores. Es estrictamente
india, y se encuentra aun entre las tribus más rudas.
246. Durán (cap. XXVI, p. 214 [p. 211]): “Y así, lo primero que se ordenó fue que los
reyes nunca saliesen en público, sino a cosas muy necesarias y forzosas.” Códice Ramírez (p.
76): “De ordinario estaba retirado saliendo muy pocas veces á vista del pueblo.”
247. Durán, cap. XXVI, p. 214 [p. 211]; Sahagún, lib. VIII, cap. X, p. 291 [t. II, cap. IX,
pp. 297-298]. El primero afirma claramente que lo que llama “corona real” podía ser
usado solamente por el “jefe de hombres” y el “mujer-serpiente”. Ese tocado, que los
españoles llamaron muy apropiadamente “media mitra”, ha sido representado por mu-
chos autores de origen indígena. Véase Códice Mendocino, láms. II a XIV, también LXX;
Durán, láms. 2-14 y 16, 18-21, etc.; Códice Ramírez, láms. 4 y 5. Los mexicanos lo llaman
xiuhuitzolli. Véase también Molina (I, p. 31 y II, p. 160 [Siméon, p. 770]), de xiuitl, turque-
sa o piedra verde, y es totalmente distinto del tocado que el “jefe de hombres” llevaba en
el campo. Cf. “Sobre el arte de la guerra”, supra, pp. 70-71.
248. Esto explica las historias acerca de los vagabundeos de incógnito de “Lobo Ayu-
nador” de Texcoco, tan frecuentemente repetidas después de Ixtlilxochitl, así como la del
arresto del “Señor Severo” (el último Moctezuma) por robar elotes de un campo. Esta
última la relata magníficamente H.H. Bancroft (vol. II, pp. 451-452), siguiendo a las
mejores autoridades.
249. Ningún autor ha sido más prolífico en descripciones de la pompa, la riqueza y la
magnificencia regias que Bernal Díaz (cap. LXXXVIII, XCI, XCII, etc.). La mayoría de los
escritores posteriores han confiado excesivamente en sus afirmaciones, dando por senta-
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do que la sinceridad con que expresa sus propios sentimientos e impresiones individua-
les es resultado de una observación serena y objetiva. Cualquiera que haya leído atenta-
mente (y no meramente páginas al azar, con el solo fin de obtener citas) sus extensas
memorias, estará convencido de que en realidad es uno de los testigos menos dignos de
confianza, en lo que respecta a los principios generales. En todos los detalles en que no
están involucrados sus sentimientos personales o que no los despiertan involuntariamente,
incluso a la avanzada edad en que escribía, es mucho más confiable que cuando se esfuer-
za o se enorgullece de ser muy explícito. Así, es curioso comparar su descripción de la
recepción de Cortés por “Señor Severo” con la dada por el propio Marqués del Valle
(“Carta segunda”, p. 25 [p. 51]). Sin duda fue el mayor despliegue de pompa jamás
intentado por los mexicanos, puesto que lo hacían para recibir al ser más incomprensible
de que habían tenido noticia. Es interesante colocar las dos versiones lado a lado.
Cortés, “Carta segunda” [p. 51] Bernal Díaz (cap. LXXXVIII, p. 88 [p. 240])
Aquí me salieron a ver y hablar hasta Ya que llegábamos donde se aparta otra calzadilla que iba
mil hombres principales, ciudadanos a Cuyoacan […] muchos principales y caciques con mu-
de la dicha ciudad, todos vestidos de chas ricas mantas sobre sí, con galanía y libreas diferencia-
una manera de hábito y, según su cos- das las de los unos caciques a los otros, y las calzadas lle-
tumbre, bien rico; y llegados a me ha- nas dellos, y aquellos grandes caciques enviaba el gran
blar cada uno por sí, hacía en llegando Montezuma delante a recibirnos; y así como llegaban de-
ante mí una ceremonia que entre ellos lante de Cortés decían en sus lenguas que fuésemos bien
se usa mucho, que ponía cada uno la venidos, y en señal de paz tocaban con la mano en el suelo
mano en tierra y la besaba, y así estuve y besaban la tierra con la misma mano. Así estuvimos de-
esperando casi una hora hasta que cada tenidos un buen rato, y desde allí se adelantaron el
uno hiciese su ceremonia […]. Pasada Cacamatzín, señor de Tezcuco y el señor de Iztapalapa y
esta puente, nos salió a recibir aquel el señor de Tacuba y el señor de Cuyoacan a encontrarse
señor Mutezuma con hasta doscientos con el gran Montezuma, que venía cerca en ricas andas,
señores, todos descalzos y vestidos de acompañado de otros grandes señores, y caciques que te-
otra librea o manera de ropa asimismo nían vasallos; e ya que llegábamos cerca de México, adon-
bien rica a su uso, y más que la de los de estaban otras torrecillas, se apeó Montezuma de las
otros, y venían en dos procesiones muy andas, y traíanle del brazo aquellos grandes caciques de-
arrimados a las paredes de la calle, que bajo de un palio muy riquísimo a maravilla, y la color de
es muy ancha y muy hermosa y dere- plumas verdes con grandes labores de oro, com mucha
cha, que de un cabo se parece el otro y argentería y perlas y piedras chalchihuites, que colgaban
tiene dos tercios de legua, y de la una de unas como bordaduras, que hubo mucho que mirar en
parte y de la otra muy buenas y gran- ello; y el gran Moctezuma vanía muy ricamente ataviado,
des casas, así de aposamientos como de según su usanza, y traía calzados unos como cotaras, que
mezquitas, y el dicho Mutezuma venía así se dice lo que se calzan, las suelas de oro, y muy precia-
por medio de la calle con dos señores, da pedrería encima de ellas; e los cuatro señores que le
el uno a la mano derecha y el otro a la traían del brazo venían con rica manera de vestidos a su
izquierda, de los cuales el uno era aquel usanza, que parece ser se los tenían aparejados en el cami-
señor grande que dije que me había no para entrar con su señor, que no traían los vestidos con
salido a hablar en las andas y el otro que nos fueron a recibir; y venían, sin aquellos grandes
era su hermano del dicho Mutezuma, señores, otros grandes caciques, que traían el palio sobre
señor de aquella ciudad de Iztapalapa sus cabezas, y otros muchos señores que venían del gran
de donde yo aquel día había partido, Montezuma barriendo el suelo por donde había de pisar,
todos tres vestidos de una manera, ex- y le ponían mantas porque no pisase la tierra. Todos estos
cepto el Mutezuma que iba calzado, y señores ni por pensamiento le miraban a la cara, sino los
los otros dos señores descalzos; cada ojos bajos e con mucho acato, excepto aquellos deudos y
uno lo llevaba de su brazo. sobrinos suyos que le llevaban del brazo.
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Un tercer testigo de los acontecimientos, Andrés de Tapia (p. 579) dice simplemente:
“Salió el dicho Muteczuma por en medio de la calle, é toda la demas gente arrimada á las
paredes, porque ansí es su uso.”
La versión de Bernal Díaz es corroborada por Oviedo (lib. XXXIII, cap. XLV, p. 500)
sobre la base de información recibida de “algunos caballeros y soldados que habían toma-
do parte en la conquista de Nueva España” (título del cap. XLV, p. 494). Pero el viejo
cronista no da los nombres de sus informantes.
Aquí reaparece la misma cuestión ya examinada en relación con las luchas con los
tlaxcaltecas (“Sobre el arte de la guerra”, supra, p. 80, n. 203), y de nuevo llegamos a la
misma conclusión: que Bernal Díaz, más inclinado a coleccionar incidentes personales y
con menos posibilidades de ver bien desde su posición subalterna, magnifica la impor-
tancia de la acción más allá de la verdad.
Es fácil notar cuánto más sobrias, y por lo tanto menos pomposas, son las afirmaciones
del comandante español y su lugarteniente que las de los simples soldados, incluyendo a
los anónimos informantes de Oviedo. Y es preciso recordar que Cortés, que era el primer
actor en la escena, ciertamente vio más de ella, y mucho mejor, que cualquier otro. Ade-
más, cuando escribió su relación (el 30 de octubre de 1520, es decir apenas alrededor de
un año después del acontecimiento), Cortés tenía motivos personales y políticos para
magnificar y embellecer el cuadro. Por lo tanto, si sus afirmaciones quedan muy por
debajo de las de sus soldados en detalles emocionantes y coloridos, todo indica que debe-
mos creer que las suyas son más dignas de confianza.
Haciendo referencia pues a la descripción de Cortés, encontramos, en conjunto, que
no es sino un despliegue bárbaro como los que son comunes en otras celebraciones indias
del mismo carácter. Cf. particularmente Tezozomoc (cap. XXVII, pp. 41-42 [p. 308]). Al
regresar los mexicanos de su exitosa expedición a Tecamachalco y Tepeaca: “los mexica-
nos les vinieron á recibir con triunfo de victoria, vocinas, cornetas, y muchos géneros de
rosas y perfumaderos, y estos llevaron los viejos que llevaban consigo sus vasos de piciete,
señal de viejos y padres de tan valerosos soldados, y detrás de los colodrillos atados los
cabellos con cuero colorado que llaman Cuauhtlalpiloni, con sus rodelas y bordones,
cuauhtopilli. Estaban estos en este camino de ringlera, los unos frontero de los otros,
porque en medio habia de pasar el ejército mexicano, que estos son llamados Caucuacuiltín,
que estos tomaron luego en medio á los presos esclavos que traian de la guerra, y eran
naturales de los cuatro pueblos”; también (cap. XXIX), aunque es menos explícito, sobre
el regreso de la expedición a las Huaxtecas (cap. XXXVIII, p. 62 [p. 360]), hablando del
regreso de la expedición contra Huaxaca: “hecho esto mandó Moctezuma que todos los
principales mexicanos y viejos saliesen á recibir el ejército mexicano con mucho gozo y
alegría, y habiéndolos recibido en el camino, los sahumaron con unos incensarios de
mucho humo de copal, como mirra, que es señal de mucha honra: venian victoriosos de la
guerra”; (cap. XLIX, p. 79 [p. 409]): “en Mazantzintamalco (la huerta que despues fué del
marqués del Valle) se pusieron en dos ringleras de trecho con sombras y buhiyos cubier-
tos de rosas, y habiéndole dicho su oración del recibimiento en nombre de todo el senado
mexicano, y de los viejos principales Cuauhhuehuetque, todos con sus calabacillos de pisiete,
armados con ychcahuipiles, rodelas, macanas, y detrás del colodrillo trenzados todos los
cabellos con cueros colorados, y con esta órden caminaron hasta México Tenuchtilan;
luego que entraron se fueron derecho a humillarse y hacerle reverencia á Huitzilopochtli
en su templo”. Esto fue cuando “Rostro en el Agua” regresó de la expedición contra los
matlatzincas; (cap. LII, p. 85 [p. 424]) cuando el mismo “jefe de hombres” regresó derro-
tado por los tarascos de Michoacán, se le hizo una recepción igual, pero con gemidos y
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gritos de dolor y de duelo; también (cap. LVIII, p. 96 [p. 446], cap. LXII, p. 101 [pp. 469-
470], etc.). De lo anterior se desprende que la recepción dispensada a Cortés y toda la
pompa bárbara que incluyó siguieron estrictamente la costumbre establecida. También
se hacían recepciones similares al regreso de expediciones comerciales particularmente
exitosas. Sahagún (lib. IX, cap. II, pp. 839 [t. III, p. 18, § 10]): “Iban por el camino como
en procesión dos rencles, una de los sacerdotes y otra de los señores, fuéronse a juntar
con ellos en el pueblo de Acachinanco” al sur de México, en dirección a San Antonio Abad
según dice Bustamante (nota a). Eso fue mientras “Rata de Agua” era “jefe de hombres”.
Que el “jefe de hombres” avanzara solo, con apenas una reducida escolta, por el medio
de la calle, es muy natural: era el jefe de la casa oficial y el comandante supremo del
ejército de la confederación, y por lo tanto le correspondía a él en particular recibir a los
extranjeros. En cualquier ocasión ordinaria hubiera sido un despropósito, contrario a
todas las reglas del protocolo indio, que el supremo oficial de la tribu saliera a recibirlos,
pero en este caso, oscilando entre el miedo y la curiosidad, se hizo una excepción. Vale la
pena señalar que incluso cuando el “jefe de hombres” regresaba a la cabeza de una expe-
dición militar victoriosa, nadie menciona que el “mujer-serpiente” saliera a recibirlo en
persona.
250. Esa forma de dirigirse a las personas a quienes se debe reverencia ha sido obser-
vada en numerosas tribus americanas. Entre los mexicanos no era una marca de deferen-
cia exclusivamente hacia el supremo oficial. Sus interlocutores no lo miraban a él, ni él
tampoco los miraba a ellos. Véase Bernal Díaz, cap. XCI, p. 86 [p. 250]; Clavijero, lib. VII,
cap. 11, p. 470 [p. 204]. Este último es particularmente importante aunque en general
sólo copia a Torquemada (lib. XIV, cap. I, p. 535). Por lo que se refiere a otras tribus, aquí
recordaré solamente al Inca peruano. Cf. Francisco de Jerez (Verdadera relación de la Con-
quista del Perú y Provincia del Cuzco llamada la Nueva Castilla, en Vedia, vol. II, p. 331),
cuando Hernando Pizarro se encuentra por primera vez con Atahualpa “los ojos puestos
en tierra, sin los alzar a mirar a ninguna parte”. De los indios de los estados del golfo de
Norteamérica dice James Adair (History of the American indians, p. 4): “Son tímidos, y por
consiguiente cautelosos […], sumamente modestos en su comportamiento.” Sobre los
indios de Norteamérica cf. también Loskiel (Geschichte der Mission der evangelischen Brüder,
Barby, 1789, pp. 17-18). Sería superfluo agregar más citas.
251. Durán, cap. XXVI, p. 215 [pp. 211, 212] y cap. XLIV, p. 357 [p. 344]. Tezozomoc,
cap. XXXVI, p. 57 [p. 352]; cap. LXIX, p. 115 [p. 500], etc. Durán, trat. 1, lám. 8.
252. El entierro del cihuacoatl se efectuaba de la misma manera que el del tlacatecuhtli,
como lo prueba el Códice Ramírez (p. 67): “Hiziéronse obsequias solemnísimas y un enterra-
miento mas sumptuoso que el de los Reyes pasados, porque todos lo tenian por el ampa-
ro, y muro fuerte del gran imperio mexicano.” Durán (cap. XLVIII, pp. 381 y 382 [p. 369,
§ 4]): “El cual, después de muerto, su cuerpo fue quemado y sus cenizas enterradas junto
a los sepulcros de los reyes, haciéndole las exequias conforme a persona tal se debían, de la
misma manera que a los reyes se hacían y sus grandezas pedían.” Joseph de Acosta (lib. VII,
cap. 18, p. 496 [p. 351]): “le hicieron las exequias los mexicanos, con más aparato y
demostración que a ninguno de los reyes habían hecho”.
En relación con los ritos funerarios podría ser oportuno hacer referencia a una cos-
tumbre fácilmente interpretable en favor de la hipótesis de que el tlacatecuhtli era un
monarca. Era la de tallar en la roca viva, en Chapultepec, cerca de México, formas huma-
nas que conmemoraban (o al menos decían conmemorar) a cada uno de esos funciona-
rios, hacia el final de la vida de cada uno. De la existencia de esas tallas no puede haber
duda. Don Antonio León y Gama (Descripción histórica y cronológica de las dos piedras que con
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ocasión del nuevo empedrado que se está formando en la plaza principal de México, se hallaron en
ella el año de 1790, 2a. ed., 1832, 2a. parte, pp. 80-81) vio la última de ellas, representando
a “Señor Severo”, alrededor de 1753 o 1754, cuando fue “picada” por orden de las auto-
ridades. Otra figura, dedicada a “Rostro en el Agua”, existía pocos años antes de esa
fecha. Según J.F. Ramírez (Durán, cap. XXXI, p. 251, n. 1 [pp. 579-580]) todavía pueden
observarse rostros desfigurados, entre los cuales es claramente visible el signo “1 Caña”
(ce acatl), en la roca de Chapultepec, en el lado oriental de ese célebre cerro o peñasco.
Es igualmente seguro que tales tallas conmemoraban no sólo al tlacatecuhtli sino tam-
bién al cihuacoatl. Cf. Durán (cap. XXXI, pp. 250-251 [p. 245]). Tezozomoc (cap. XL, p. 65
[pp. 368-369]) da una versión algo distinta. Es notable, sin embargo, la importancia
relativamente escasa que se atribuye a esos monumentos funerarios. El propio lugar de
Chapultepec, objeto muy notable y conspicuo y conectado con muchas reminiscencias,
era considerado como un objeto de “medicina”. Torquemada, lib. III, cap. XXVI, p. 303.
Es muy natural que se prestara particular atención a los restos de un oficial de alto rango;
lo mismo se observa entre los iroqueses (cf. L.H. Morgan, Ancient society, 2a. parte, cap. III,
pp. 95 y 96; también “American aboriginal Architecture”, en Johnson’s Cyclopedia). Sería
inútil detenernos más en el tema, que trataré plenamente en una de mis futuras mono-
grafías.
253. No carece de interés observar que esa casa oficial, en su forma plena, sólo aparece
después de la formación de la confederación. El Códice Ramírez (p. 65) dice: “Puso assí
mismo este Rey por consejo y industria del sabio Tlacaellel en muy gran concierto su casa
y corte, poniendo oficiales que le servían de mayordomos, mastresalas, porteros, coperos,
pajes y lacayos, los quales eran sin número.” Esto lo confirman no sólo Durán (cap. XXVI)
y Tezozomoc (caps. XXXV y XXXVI) sino también Torquemada (lib. II, cap. LIV, p. 169).
254. Esto se deduce fácilmente del hecho, ya establecido, de que todos los demás tipos
de oficiales o cualquiera de rango importante, eran elegidos y no designados. Véase tam-
bién el pasaje ya citado de Durán (cap. LXIV, p. 498 [p. 475]), que es sumamente intere-
sante en general.
255. Un examen cuidadoso de Sahagún (t. I, lib. VI, cap. X) convencerá al lector de la
veracidad de esta firmación. Véase también Durán, cap. XLI, p. 328 [p. 314] y cap. LII,
pp. 414-415 [p. 398], y Tezozomoc, cap. LVI, pp. 100-101 [pp. 437-438] y cap. LXXXII,
p. 144 [pp. 571-572].
256. Durán (cap. XII, p. 109 [§ 24]): “Vuelto a Tlacaelel, le mandó avisase a los de su
consejo que hablasen”; también cap. XVI, pp. 132, 134, 138 [pp. 133-135, 138]; cap. XXI,
p. 182 [p. 178]; cap. XL, p. 310 [p. 306]; cap. XLI, p. 330 [p. 313]; cap. LIII, p. 419 [p. 405],
etc. Códice Ramírez, p. 66. Tezozomoc, cap. XXI, p. 33 [p. 288]; cap. XXXVIII, p. 60 [p. 358];
cap. XL, p. 65 [p. 366]; cap. XLII, p. 69 [p. 379]; cap. LVII, p. 93 [p. 440]; cap. LXVIII, p. 114
[p. 493], etc. Además debe deducirse del hecho, ya demostrado, de que el cihuacoatl era el
“presidente” del consejo, y como tal era a él que el “jefe de hombres” debía comunicar
todos los asuntos a someter al consejo.
257. Casos de este tipo se encuentran en abundancia en las crónicas específicamente
mexicanas. Citarlos por extenso resultaría demasiado largo, de modo que me limitaré a
indicarlos, dejando al lector que los consulte. Tezozomoc, cap. XXVII, p. 40 [p. 306]; cap.
XXVIII, p. 59 [p. 310]; cap. XXXI, pp. 48-49 [pp. 326-327]; cap. XXXIV, p. 54 [pp. 344-345];
cap. XXXVII, p. 59 [pp. 354-355]; cap. LXXV, pp. 127-128 [pp. 537-538]; cap. LXXXVIII,
p. 154 [pp. 550-551]; cap. LXXXIX y cap. XC, pp. 157-158 [p. 605]. Durán, cap. XVIII, pp.
156-157 [pp. 155-156]; cap. XIX, pp. 165-166 [pp. 163-164]; cap. XXI, p. 182 [p. 178];
cap. XXII, p. 189 [pp. 185-186]; cap. XXIV, p. 201 [p. 198], etc. Además de estas autorida-
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des remito, en general, a Torquemada, lib. XIV, cap. II, p. 537. Evidentemente este autor
ha copiado, o al menos utilizado las mismas fuentes que fray Jerónimo de Mendieta (lib. II,
cap. XXVI, p. 129). Mi erudito y muy estimado amigo señor García Icazbalceta atribuye a
las afirmaciones de ambos autores “un origen común” (“Tabla de correspondencias”, p. 38).
Esa fuente común, sin embargo, se encuentra en Zorita (pp. 118-119 [pp. 492-494]).
Hasta ahora ignoramos de dónde obtuvo su información Zorita.
258. Véase los autores citados más arriba. También Clavijero, lib. VII, cap. 25, p. 502
[p. 238].
259. Esto deriva de lo ya demostrado en torno a las tareas del “jefe de hombres” como
cabeza de la casa oficial. Cf. particularmente Tezozomoc (cap. XCVII, pp. 172-173 [pp.
638-639]).
260. Códice Ramírez (p. 87): “y con esto el gran Motecuczuma, por el mismo órden que
vino se volvió con el capitan Don Hernando Cortés, al qual y á los suyos mandó que apo-
sentassen en las casas reales, donde se les dió muy buen recaudo á cada uno, segun las
calidades de las diversas gentes que iban con el capitan […]. El dia siguiente el capitan
Don Hernando Cortés hizo juntar á Motecuczuma […] en una pieza que en la casa habia
muy á propósito para esto”; (p. 88): “Porque acabada de hazer esta plática el buen capitan
Don Hernando Cortés, los soldados saquearon las casas reales, y las demas principales
donde sentian que habia riquezas […]. En este tiempo recelándose el Marqués no resulta-
sse desto algun inconveniente prendió al gran Rey Motecuczuma, poniéndole con grillos y
á buen recaudo en las casas reales junto á su mismo aposento”; (p. 89): “comenzaron á
pelear con los españoles con tal furia que los hizieron retraer á las casas reales donde
estaban aposentados”. Esto es muy claro. Se afirma comúnmente que los españoles esta-
ban alojados en una gran casa que había pertenecido al padre de “Señor Severo”, “Rostro
en el Agua”. El anónimo “Fragmento No. 2” dice (p. 139) lo siguiente: “apartando la
gente hasta que llegaron al palacio Real que habia sido de su padre de Motecuzuma,
Axayacatzin, y entrando en una gran sala en donde tenia Motecuzuma su estado, se sentó y
á su derecha mano á Cortés, y hizo señas Cacama que se apartasen todos y diesen órden
en aposentar los cristianos y amigos que traian en aquellos grandes palacios”. Este frag-
mento anónimo es evidentemente de origen texcocano. Sahagún (lib. XII, cap. XVI, p. 24
[t. IV, p. 44, § 8]): “Luego D. Hernando Cortés tomó por la mano a Mocthecuzoma, y se
fueron ambos juntos a la par para las casas reales”; (cap. XVII, p. 25 [p. 45, § 1]): “Desde
que los españoles llegaron a las casas reales con Mocthecuzoma, luego le detuvieron con-
sigo”; (cap. XXI, p. 28 [p. 48, § 1]): “como comenzó la guerra entre los indios y los espa-
ñoles, éstos se fortalecieron en las casas reales con el mismo Mocthecuzoma”. (Ibid., p. 29
[p. 48, § 2]; cap. XXIII, p. 31 [p. 51], etc.) Éstas son afirmaciones sumamente positivas, y
tanto menos sospechosas en cuanto representan tradiciones de tres fuentes diferentes,
todas evidentemente originadas en testigos presenciales, a saber: mexicana (Códice Ramírez),
texcocana (“Fragmento No. 2”) y tlatelolca (Sahagún). Las afirmaciones de testigos espa-
ñoles son de dudosa autoridad en este caso, puesto que ninguno de ellos sabía ni podía
saber nada positivo, y después la ciudad fue destruida tan completamente que difícil-
mente se podía reconocer siquiera su ubicación. Sin embargo, las “casas viejas y nuevas”
de Moctezuma han llegado a ser palabras corrientes.
Es interesante sin embargo comparar los relatos de testigos preenciales con las ante-
riores citas de fuentes aborígenes. Cortés (“Carta segunda”, p. 25 [pp. 51-52]): “Y tornó
a seguir por la calle en la forma ya dicha hasta llegar a una muy grande y hermosa casa
que él tenía para nos aposentar, bien aderezada.” La residencia donde se instaló “Señor
Severo” con su casa estaba aparentemente a cierta distancia del alojamiento de los espa-
324 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
ñoles, puesto que leemos (p. 27 [p. 54]): “dejando buen recaudo en las encrucijadas de
las calles”, lo que indica que había varias calles entre ambas. Lo que sigue, en cambio, es
muy claro, aunque no decisivo (“Carta tercera”, p. 76 [p. 140]): “Y porque lo sintiesen
más, este día hice poner fuego a estas casas grandes de la plaza, donde la otra vez que nos
echaron de la ciudad los españoles y yo estábamos aposentados, que eran tan grandes,
que un príncipe con más de seiscientas personas de su casa y servicio se podían aposentar
en ellas; y otras que estaban junto a ellas, que aunque algo menores eran muy más frescas
y gentiles, y tenía en ellas Mutezuma todos los linajes de aves que en estas partes había.”
Esa observación acerca del “príncipe con más de seiscientas personas de su casa y servi-
cio” concuerda evidentemente con su afirmación anterior sobre la casa de “Señor Severo”
(“Carta segunda”, p. 35 [p. 68]): “La manera de su servicio era que todos los días, luego
en amaneciendo, eran en su casa más de seiscientos señores y personas principales, los
cuales se sentaban […]. Y los servidores de éstos y personas de quien se acompañaban
henchían dos o tres grandes patios y la calle.” En consecuencia, Cortés mismo confirma
a los autores nativos antes citados. Andrés de Tapia (p. 579): “e hizo aposentar al mar-
ques en un patio donde era la recámara de los ídolos, é en este patio habie salas asaz
grandes donde cupieron toda la gente del dicho marques é muchos indios de los de
Tascala é Churula que se habien llegado á los españoles para los servir”. Este testigo, por
lo tanto, no menciona ninguna de las dos “casas de Moctezuma”. El padre de la historia
se encuentra en Bernal Díaz (cap. LXXXVIII, p. 84 [p. 242]): “E volvamos a nuestra entra-
da en México, que nos llevaron a aposentar a unas grandes casas, donde había aposentos
para todos nosotros, que habían sido de su padre del gran Montezuma, que se decía
Axayaca, adonde en aquella sazón tenía el gran Moctezuma sus grandes adoratorios de
ídolos.”
Así Cortés, que es el principal testigo en el caso, afirma indudablemente que los espa-
ñoles fueron alojados en el tecpan. De los otros dos conquistadores, sólo el segundo men-
ciona el alojamiento de los españoles como “casas del padre de Moctezuma”, mientras
que Tapia nada dice al respecto. Las afirmaciones de Cortés adquieren mucho peso si se
ven en relación con las de los autores nativos.
Es natural (y el hecho no requiere demostración) que los autores subsecuentes hayan
seguido una u otra de las dos versiones. Después de transcribir las cartas de Cortés,
Oviedo (lib. XXXIII, cap. XLV, p. 500) dice que “aposentó aquél a los cristianos en unas
casas que habían sido de su padre”, dato que toma de otros conquistadores (p. 494) cuyos
nombres no da; más adelante (cap. XLVII, p. 507) dice que esa casa era “la morada de su
abuelo”. No agregaré más citas.
Afortunadamente, un documento oficial de fecha temprana nos informa de la ubica-
ción exacta de esos dos edificios. Es la “Merced a Hernán Cortés de tierras inmediatas a
México” (García Icazbalceta, Colección de documentos, vol. II, p. 28-29). Está fechada en
Barcelona, el 23 de julio de 1529, y otorga a Cortés “los solares é casas son la casa nueva
que era de Montezuma, que alinda por la una parte con la plaza mayor é la calle de
Iztapalapa, é por la otra la calle de Pero Gonzalez de Truxillo, é de Martin López, carpin-
tero; é por la otra la calle en donde están las casas de Juan Rodriguez, albañil; é por la
otra la calle pública que pasa por las espaldas: é la casa vieja que era de Montezuma,
donde vivís, que alinda por la frontera con la plaza mayor é solares de la iglesia, y la
placeta; por un lado la calle nueva de Tacuba, é por otro la calle que va de la plaza mayor
á S. Francisco; por las espaldas la calle donde están las casas de Rodrigo Rangel, é de Pero
Sanchez Farfán, é de Francisco de Terrazas, é de Zamudio”.
Por estos datos es fácil reconocer en el actual Palacio Nacional el sitio de las llamadas
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 325
“casas nuevas de Moctezuma”, y en los edificios frente al “Empedradillo” las “casas vie-
jas”. Ambas miraban a la plaza central de la ciudad.
Las llamadas “casas viejas” estaban también inmediatamente frente a la “casa de Dios”
central. Dice Tezozomoc (cap. LXX, p. 117 [p. 514]): “Este templo y cerro estaba puesto
adonde fueron las casas de Alonso de Avila, y Don Luis de Castilla, hasta las casas de
Antonio de la Mota, en cuadra.” De acuerdo con García Icazbalceta (Los tres diálogos,
notas al segundo diálogo, p. 218): “La casa de Alonzo de Avila estaba en la calle del Reloj,
esquina a la de Santa Teresa la Antigua.” Por consiguiente las “casas viejas” eran efectiva-
mente las que Bernal Díaz menciona como “adonde en aquella sazón tenía el gran
Moctezuma sus grandes adoratorios”. Y esas “casas viejas” eran, como hemos visto, el
tecpan o casa oficial de la tribu mexicana, lo que de nuevo concuerda plenamente con
nuestra hipótesis de que los españoles fueron hospedados allí, y los residentes oficiales la
habían desocupado para ese fin.
261. Esto explica plenamente la designación “casas nuevas de Moctezuma” menciona-
da en la nota anterior.
262. Que el consejo se reunía en el alojamiento de los españoles lo dicen claramente
Bernal Díaz (cap. XCV, pp. 95-96 [pp. 274-275]; cap. XCVII, p. 98 [p. 283]) y Oviedo (lib.
XXXIII, cap. XLVII, p. 509). Que los miembros del consejo se retiraron gradualmente es
igualmente seguro, por el hecho de que el sucesor de “Señor Severo” fue elegido cuando
éste todavía estaba vivo, prisionero de los españoles.
263. Durán, cap. XLIII, p. 347 [p. 333]. Zorita (p. 11 [p. 469]): “Al Señor de México
habían dado la obediencia los Señores de Tlezcuco y Tlacuba en las cosas de guerra, y en lo
demás eran iguales, porque no tenía el uno que hacer con el señorío del otro”; ibid., pp. 93,
95 [pp. 487-488]. Mendieta, lib. II, cap. XXXVII, p. 156; Herrera, déc. III, lib. IIII, cap. XV,
p. 133. Los dos últimos evidentemente siguen a Zorita. Véase también la n. 4.
264. Véase la nota 4. “Fragmento No. 2”, en la Crónica mexicana (pp. 142 y 143).
265. “Sobre la tenencia de la tierra”, supra, p. 135. Zorita (p. 15 [p. 470]): “Si faltaba
sucesor al Señor de México, elegían los Señores y principales de su Señorío, y la confir-
mación era de los Señores supremos de Tlezcuco y Tlacuba.” Códice Ramírez, pp. 66, 67 y 72.
Los señores de Texcoco y Tlacopan son mencionados como “electores”, pero sólo se des-
taca el hecho de que “coronaban al rey”. Esto evidentemente significa sólo investidura.
Sahagún (t. II, lib. VIII, caps. XVII, XVIII, XIX, XX y XXI), aunque da muchos detalles, cla-
ramente evita decir que los señores de Texcoco y Tlacopan tomaban parte en la elección
(p. 318 [p. 321, § 1-4]). Durán, cap. XXXII, p. 255 [p. 250], cap. XXXIX, pp. 302, 303 [pp. 300,
301] y cap. XLI, p. 323 [p. 321].
266. Zorita, p. 16 [pp. 469-470]. Gómara (p. 435 [cap. CCXIII, p. 327]). Tezozomoc
(cap. CI, p. 179 [p. 659]).
267. “Sobre el arte de la guerra”, supra, pp. 61-126.
268. De ahí la recomendación del cihuacoatl a los servidores y mensajeros de la casa
oficial, al ser designados: “y mirad de la manera que entrais allá dentro, que hay allá mu-
chas señoras de valor y muchas esclavas: mirad que en nada erreis: porque luego al ins-
tante sereis consumidos, sin que lo sepa ánima viviente”. Tezozomoc (cap. LXXXIII, p. 146
[pp. 578-579]). Es evidente que el “jefe de hombres” tenía el derecho, en tales casos, de
castigar sumariamente, así como en el caso de mayordomos desleales o subordinados
desobedientes en general. Cf., sobre este punto, Durán (cap. LIII, pp. 419-420 [p. 407]).
El hecho de que el cihuacoatl hablara a los jóvenes muestra que el ejercicio de ese poder
extremo era conocido y sancionado por el consejo.
269. Las citas son innecesarias, puesto que la necesidad de ese poder es evidente. Pero
326 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
es bueno indicar aquí que incluso entre tribus mucho más rudas, en que el elemento
democrático se encontraba llevado al extremo, también ocurría a veces el castigo arbitra-
rio por los jefes guerreros. Así, se afirma que en el encuentro sangriento de Point Pleasant,
Virginia, el 10 de octubre de 1774, el gran jefe guerrero shawnee “Caña de Maíz” mató
con su tomahawk a alguno cercano a él que “por vacilación y renuencia a avanzar a la car-
ga había mostrado una disposición cobarde” (Alex S. Withers, Chronicles of border warfare,
cap. VII, p. 129). Esto explica también el castigo sumario de traidores y desertores, así
como de los que asumían el traje de los jefes guerreros prominentes durante un ataque o
un combate.
270. El encarcelamiento de mensajeros puede ser aducido (y me ha sido aducido a mí
en conversación por un viejo amigo) como prueba de la creencia de que el “jefe de hom-
bres” tenía un poder despótico. Tezozomoc relata instancias de este tipo (cap. CVI, p. 189
[pp. 683-684]). Se trata de la descripción realmente admirable de la llegada a México de
las primeras noticias de la proximidad de los navíos europeos. Es demasiado larga para
insertarla aquí. Un mensajero llegó de la costa con las nuevas y “Señor Severo” le dijo al
petlacalcatl que lo llevara a la celda de tablones y se encargara de él. Eso era para mante-
ner en secreto la noticia hasta que se pudiera investigar el asunto y por lo tanto era una
medida política preliminar. Pero aparte de que no se trataba de encarcelamiento (que
hubiera significado la muerte) sino de aislamiento, era una medida política y por lo tanto
un deber del “jefe de hombres”, y además una costumbre establecida entre los mexicanos.
Esto lo dice Sahagún (lib. VIII, cap. XXXVII, pp. 327-328 [t. II, cap. XX, p. 328, § 9-11]):
“habiendo cautivado a alguno, luego los mensajeros que se llamaban tequipan titlanti ve-
nían a dar las nuevas al señor y de aquellos que habían cautivado a sus enemigos, y de la
victoria que habían habido los de su parte […]. Y el señor respondía, diciéndoles: ‘Seáis
muy bien venidos; huélgome de oír esas nuevas, sentaos y esperad, porque me quiero
certificar más dellas’. Y ansí los mandaba guardar. Y si hallaba que aquellas nuevas eran
mentirosas, hacíalos matar.” Torquemada (lib. XIV, cap. I, p. 536): “y que no le dejasen
salir de Palacio hasta tener segundo Correo, que confirmase aquella buena nueva, que él
havia traído”. Vetancurt (vol. I, 2a. parte, trat. II, cap. II, p. 381 [pp. 335-336]) es casi una
copia textual del anterior, como podía esperarse.
Entre los muchos relatos de prodigios, advertencias sobrenaturales, hechicerías, etc.,
relacionados con los meses y los años inmediatamente anteriores a la llegada de los espa-
ñoles a México, hay también uno que tiene un carácter indio particularmente puro. Véa-
se Durán (cap. LXVIII, pp. 524-530 [pp. 499-503]) y Tezozomoc (cap. CVI, pp. 188-189
[pp. 683-684]). “Señor Severo”, alarmado por misteriosos pronósticos, llamó a todos los
viejos, viejas y hechiceros para que le informaran todo lo que podían soñar o habían soñado
en determinado periodo. Es bien sabido que los indios en general atribuyen un gran
valor a los sueños. No puede haber duda de que, en vista de la idea prevaleciente de que
los sueños contienen solemnes e importantes premoniciones, advertencias de fuente su-
perior (Sahagún, lib. V), era natural que el “jefe de hombres” pidiera que le comunicasen
tales sueños para beneficio de la tribu. Según Motolinia (trat. II, cap. VIII, pp. 129-130),
había personas particularmente expertas en la explicación e interpretación de los sue-
ños, a tal punto que se les consultaba generalmente para ese fin. Si esas personas, como
en la historia en cuestión, se negaban a satisfacer el pedido, el “jefe de hombres” podía
tratarlos como traidores, y apresarlos por su sola decisión para impedir un daño a la
causa pública. Todo esto, desde luego, si la historia es cierta.
Los casos en que se ordenaba secreto bajo pena de muerte son tan claros que no es
preciso dar ejemplos. En la conducción de los asuntos públicos el “jefe de hombres” tenía
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 327
derecho a dar órdenes secretas y a enviar a personas en misiones secretas. Quien divulga-
ra los secretos que le habían sido confiados cometía un acto de traición, y por lo tanto era
necesario castigarlo de inmediato, para evitar que hiciera más daño.
271. “Sobre el arte de la guerra”, supra, pp. 69-70, sobre todo notas 97, 99 y 101.
272. Ya he explicado la formación de esas circunscripciones geográficas. La etimolo-
gía de los nombres puede reconstruirse en parte. Son respectivamente: Moyotlan, “lugar
de los mosquitos”, de moyotl, “mosquito” (Molina, II, p. 59 [Siméon, p. 285]); Teopan,
“lugar de Dios”, de teotl, “Dios” (Molina, II, p. 101 [Siméon, p. 490]); Aztacalco, “lugar de
la casa de la garza”, de aztatl, “garza” (Molina, I, p. 65 y II, p. 10 [Siméon, p. 51]) y calli
“casa” (Molina, II, p. 12 [Siméon, p. 61]); Cuepopan, “lugar de la calzada”, de cuepotli,
“calzada” (Molina, I, p. 23 y II, p. 26 [Siméon, p. 134]). Todo esto son hipótesis que
propongo respetuosamente.
273. Estas cuatro zonas geográficas, cada una de las cuales incluía a cierto número de
grupos de parentesco o calpulli, fueron conocidos posteriormente como los cuatro barrios
indios de México, llamados respectivamente San Juan (Moyotlan), San Pablo (Teopan),
San Sebastián (Aztacalco) y Santa María (Cuepopan). Tezozomoc, cap. LIX, p. 98 [p. 451];
Vetancurt, p. 124 [vol. III, pp. 109-110]; Durán, cap. V, p. 42 [p. 50]. Ya se ha dicho que
cada uno contenía varios grupos de parentesco. Los cuatro jefes son mencionados a me-
nudo como “consejeros”, pero su posición como asistentes inmediatos del “jefe de hom-
bres” está claramente establecida en el Códice Ramírez (pp. 57-58), que concuerda con
Durán (cap. XI, p. 103), y también por Sahagún (lib. XXX, p. 318 [t. II, lib. VIII, cap. XVIII,
p. 321, § 4]): “Elegido el señor luego elegían otros cuatro que eran como senadores, que
habían siempre de estar al lado del señor y entender en todos los negocios graves del
reino.” Es evidente que deben de haber sido jefes guerreros, y no representantes en el
supremo consejo de una circunscripción administrativa superior al calpulli, “barrio”, o
grupo de parentesco localizado. Por lo tanto, los cuatro cuarteles constituían sólo cuerpos
militares, y esto se desprende claramente de las descripciones detalladas de la guerra que
con tanta abundancia nos da en sus crónicas Tezozomoc. La verdad de esto fue intuida,
aunque no plenamente comprendida, por Clavijero (lib. VII, cap. VII, pp. 494-495 [cap.
21, p. 230]), cuando alude a los cuatro jefes (bajo diversos nombres) como otras tantas
“grados de generales”. Además, esos cuatro capitanes superiores se encuentran también
en Michoacán (Relación de Michoacán, 1a. parte, p. 13): “tenía puestos cuatro señores muy
principales en cuatro fronteras de la provincia”, y en el Perú, donde se les ha dado el
título de “virreyes”.
Es interesante observar aquí que los escritores españoles aplicaron indiscriminadamente
el término “barrio” tanto a las cuatro grandes subdivisiones como a los grupos de paren-
tesco mismos.
274. Durán (cap. XI, pp. 97, 102 y 103) y Tezozomoc (cap. XV, p. 24[p. 270]) ubican la
organización que lleva a estos cuatro jefes a una posición prominente inmediatamente
después de la derrota de los tecpanecas, y antes de la confederación con Texcoco y
Tlacopan. Ixtlilxochitl (cap. XXXIV, p. 236 [p. 88]) habla en términos generales de una
“reorganización” después de formada la confederación, y lo mismo hace Acosta (lib. VII,
cap. 16, p. 493 [p. 349]), mientras que el Códice Ramírez (pp. 57-58) concuerda con los dos
primeros.
275. Es evidente que esos cuatro capitanes eran inferiores también al cihuacoatl, y este
hecho está abundantemente ilustrado. Durán (cap. XVI, pp. 140, 141 [pp. 134 y 135]),
refiriéndose a ezhuahuacatl (cap. XXII, p. 189 [p. 186, § 5 y 8]): “Y luego Tlacaelel, prínci-
pe de la milicia, mandó en nombre del rey que fuesen apercibidos.” “Llamó el rey a un
328 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
señor que se llamaba Cuauhnochtli e hízole general de toda la multitud, diciéndole que
Tlacaelel era ya viejo y que no podría ya ir a guerra tan apartada, dándole todas las
exenciones y autoridad que semejante oficio requería” (cap. XXXIV, p. 267 [p. 261], etc.)
Tezozomoc (cap. XVII, p. 27 [p. 275]): Tlacaelel, que después fue elegido cihuacoatl, era
entonces tlacochcalcatl, y en esa época es mencionado apenas como “uno de ellos de todos
los capitanes”. Sin embargo, en la p. 28 [p. 276] aparece como “capitan general de ellos”;
(cap. XXII, p. 34 [p. 291]): “respondió Tlacaeleltzin, y dijo: quiero dar aviso á Tlacatecatl y
á Tlacochcatl, para que publiquen luego en toda esta República esta guerra por los ba-
rrios”; (cap. XXVIII, p. 43 [p. 311]): “mandaron el rey Moctezuma y Cihuacoatl á los capi-
tanes Tlacatecatl, Tlacochcalcatl, Cuauhnochtli y Tlilancalqui, que luego al tercero dia se aper-
cibiesen y pusiesen en camino con sus armas y vetuallas”. Toda esta crónica está llena de
hechos de este tipo, demasiado numerosos para citarlos todos. El hecho ya ampliamente
demostrado de que el cihuacoatl era ex officio comandante supremo de la tribu mexicana
en caso de guerra, es suficiente por sí solo para establecer la inferioridad de los otros
cuatro. Véase Códice Ramírez, p. 67.
276. Como prueba de esto tenemos toda la serie de los autores específicamente mexi-
canos, empezando por el Códice Ramírez (pp. 57-58): “Primeramente ordenaron que
siempre se guardasse este estatuto en la corte mexicana, y es que despues de electo Rey
en ella, eligiessen quatro señores, hermanos ó parientes mas cercanos del mismo Rey, los
quales tuviessen ditados de príncipes: los ditados que entonces dieron á estos quatro el
primero fue [siguen los nombres y títulos].” La misma versión, con algunas variaciones,
adoptan Durán (cap. XI, pp. 102-103 [p. 103]), Tezozomoc (cap. XV, pp. 24-25 [p. 271]),
Acosta (lib. VI, cap. 25, p. 441 [pp. 312-313]) y Herrera (déc. III, lib. II, cap. XIX, pp. 75 y
76). Además existe la versión independiente de Sahagún (t. II, lib. VIII, caps. XXX y XXXI,
pp. 318 y 319 [cap. XVIII, p. 321, § 4]), quien es hasta demasiado positivo y dice, o al
menos lleva a inferir, que a cada elección de un “jefe de hombres” se llenaban también los
otros cuatro cargos, y los cinco eran investidos al mismo tiempo. Esto parece ser un error,
explicado por el Códice Ramírez y Durán.
Aquí podría ser oportuno hacer referencia a una versión diferente, que reduce el núme-
ro de esos asistentes del “jefe de hombres” a sólo dos. La encontramos en Gómara (p. 442
[p. 345]): “las apelaciones iban a otros dos jueces mayores, que llaman tecuitlato, y que
siempre solían ser parientes del señor”, y también en Zorita (p. 95 [pp. 487-488]). Sin
embargo, por referencia a Sahagún (lib. VI, cap. XX) se verá que el célebre franciscano
habla de dos de los cuatro que menciona este último (t. II, lib. VIII, cap. XXI). Ésos dos son el
tlacochcalcatl y el tlacatecatl (tlacochtecuhtli y tlacatecuhtli en forma abreviada común), a quie-
nes de nuevo llama (lib. VIII, cap. XXIV, p. 311 [cap. XVII, p. 316, § 2]) “capitanes principa-
les, que siempre eran dos”, y en (lib. IX, cap. I, p. 396 [p. 16, § 8-9]) los llama “cónsules de
Tlatilulco”. La tradición tlatelolca aparece muy claramente en los escritos del erudito fraile,
cuyos escritos han tenido tan vasta influencia en la literatura sobre el México aborigen.
277. “Sobre el arte de la guerra”, supra, p. 70; Sahagún, t. II, lib. VIII, cap. XXIV, p. 311
[cap. XVII, pp. 315-317]; Durán, cap. XXII, p. 180 [p. 186]; Clavijero, lib. VII, cap. 21, p. 404
[p. 230].
278. Torquemada (lib. XI, cap. XXV, p. 352) llama al tlacatecatl “juez”, sólo inferior al ci-
huacoatl en jurisdicción, y también (lib. II, cap. LXXVI, p. 211) “valiente capitán”. Después
de este autor, ha sido llamado “juez” por Vetancurt (vol. I, 2a. parte, trat. II, cap. I, p. 370
[p. 328]) y por Clavijero (lib. VII, cap. 16, p. 481 [p. 216]). Es singular observar que por
ejemplo Vetancurt (vol. I, 2a. parte, trat. I, cap. XVIII, p. 320 [p. 285]) dice que “Rata de
Agua” (Ahuitzotl) era “Tlacatecatlo, Capitán General de los Mexicanos”. En esto sigue a
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 329
Torquemada (lib. II, cap. LXIII, p. 186), quien a su vez concuerda con su predecesor
Mendieta (lib. II, caps. XXXV y XXXVI, p. 151). Este último es particularmente explícito, y
sus afirmaciones concuerdan con las del Códice Mendocino (láms. XIII y XVIII [pp. 30 y 40]).
También el ezhuahuacatl está representado como un “alcalde” en el Códice Mendocino (lám.
LXIX, tercera partida, núm. 10 [núm. 18, p. 142]). Todo esto tiende a demostrar que estos
oficiales, además de ser los principales capitanes de guerra, también eran ejecutores de
decretos judiciales.
279. Ramírez de Fuenleal (p. 248): “un oficial llamado Guamuchil desempeña las
funciones de alguacil mayor”. Torquemada, lib. XI, cap. XXV, pp. 352-353; Vetancurt, vol. I,
pp. 370ss [2a. parte, trat. II, cap. I, pp. 328ss]; Clavijero, lib. VII, cap. 16, p. 481 [pp. 216-
217]. El Códice Mendocino (lám. LXVI, tercera partida, núm. 7 [pp. 136 y 137]) lo llama
“executor”, igual que al tlillancalqui y al ezhuahuacatl.
280. Códice Mendocino, láms. LXVI y LXVIII [pp, 136, 137, 140, 141]. En la segunda los lla-
ma “Valientes”. Para la interpretación de Purchas, véase Kingsborough (vol. VI, pp. 73-74).
281. Casos de este tipo se encuentran frecuentemente tanto en Durán como en Tezo-
zomoc.
282. Esta afirmación se basa en la autoridad del Códice Ramírez (p. 58), que concuerda
casi literalmente con Durán (cap. XI, p. 103). Aparte de Tezozomoc (cap. XV) y Acosta (lib.
VI, cap. 25), que confirman ambos lo anterior, aunque algo vagamente, hay también otras
indicaciones que lo confirman. Por ejemplo el Códice Mendocino (lám. XI [p. 26], interpre-
tación o más bien texto): “Yten el dicho Tiçoçicatzi fué por estremo baliente y belicoso en
armas y antes que susçedyese en el dicho señorío hizo por su persona en las guerras cosas
hazañosas de valentía por donde alcançó a tomar ditado de Tlacatecatl; que tenya por
título de gran calidad y estado y era el punto de que en vacando el dicho señoryo el tal
punto y grado susçedya luego en el dicho señoryo, lo qual ansi mysmo sus anteçesores
hermanos atras contenydos y padre y aguelo tuvyeron el mysmo curso del dicho título y
ditado por donde subyeron a ser señores de México.” De nuevo (lám. LXVIII, 2a. partida
[pp. 140 y 141]) no hace diferencia entre el tlacatecatl y el tlacochcalcatl: los llama a ambos
“valientes” y “capitanes de los exérçitos mexicanos”. Torquemada (lib. II, cap. LV, p. 172):
“y que Axayacatl, Hijo de Teçoçomoctli (Señor Mexicano) era Hombre Valeroso, y de mui
gran fuerte, para el Reinado, fue de comun consentimiento, pasado a esta Dignidad, de
la que tenia de Tlacuhcalcatl, y Capitán General, y hecho Rei”; (cap. LXIII, p. 186):
“Ahuitzotl, Hermano del Difunto, y de su Antecesor Axayacatl, era Tlacateccatl, ó Capi-
tán General de los Mexicanos.” Así, admite que el tlacatecatl y el tlacochcalcatl eran igual-
mente elegibles. Es natural encontrar las mismas afirmaciones en Vetancurt (2a. parte,
trat. I, cap. XVI, p. 305 [p. 272], cap. XVIII, p. 320 [p. 285]) y Clavijero (lib. IV, cap. XVIII,
p. 283 [cap. 17, p. 305], cap. 22, p. 287 [p. 310]). Este autor habla de los diferentes “jefes
de hombres” como “generales en jefe” de los mexicanos. Sin embargo, como dice (lib. VII,
cap. 21, p. 494 [p. 230]) que el tlacochcalcatl era el “principal” de los capitanes de guerra,
se puede inferir que los jefes que nombra habían alcanzado ese rango. Sin embargo,
como sabemos que otras autoridades le daban con frecuencia otro título también, es
natural concluir que había varios jefes principales para fines militares, etc., entre los cua-
les se podía escoger al “jefe de hombres”.
283. Crónica mexicana, p. 58.
284. J.H. von Minutoli (p. 31): “casa de tinieblas que él [Votan] había construido en
apenas el espacio de unas pocas respiraciones”. Pero la casa oscura es aun más positivamen-
te señalada en Guatemala. Popol Vuh (2a. parte, cap. II, p. 85): “Gekuma Ha”, de gem, “ne-
gro” (Grammaire QQuichée, p. 180). Véase también cap. VIII, p. 147 y cap. IX, pp. 148-149.
330 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
En relación con esto es interesante observar que la misma colección de tradiciones aborí-
genes menciona también (p. 81) una casa llena de lanzas (dardos): “R’oo chicut Chayim-ha
u bi, utuquel chakol chupam zakleohre chi qaholab pa Chaim-ha.” Esto corresponde al mexica-
no Tlalcochcalcatl. También aparece (p. 85) una “casa de tigres”, igualmente repetida (p.
154), y es fácil reconocer en ella la contraparte del Tlacatecatl. Así, la analogía entre los
guatemaltecos y los mexicanos aparece nuevamente justificada, hasta cierto punto.
285. Historia general (lib. VIII, cap. XXX, p. 318 [cap. XVIII, p. 322, § 7]).
286. Por Tezozomoc. Es inútil dar citas; véase su Crónica mexicana.
287. Historia natural y moral de las Indias (lib. VI, cap. 25, p. 441 [p. 313]).
288. “Sobre el arte de la guerra, supra, p. 77 y notas.
289. Todavía no conocemos bien el número y los nombres de esas tribus. Las fuentes
específicamente mexicanas insisten en que hubo conquista de Texcoco (por las armas)
por los mexicanos, por consiguiente según el Códice Ramírez (pp. 51-61) antes de ese su-
puesto acontecimiento las tribus sometidas eran los tecpanecas, los xochimilcas y los de
Cuitlahuac, es decir, los asentamientos situados al oeste y suroeste. Durán (caps. IX-XV) y
Tezozomoc (caps. VIII-XX) concuerdan; también, por supuesto, Acosta (lib. VII, caps. 12-15).
El Códice Mendocino (láms. V y VI [pp. 14 y 16]) agrega a los anteriores los pueblos de
Chalco, Acolhuacan y Cuauhnahuac (Cuernavaca). Si comparamos esto con la tradición
texcocana registrada por Ixtlilxochitl (cap. XXXI, p. 216 [p. 79]), observamos que se afir-
ma que esta tribu auxilió a los mexicanos en la conquista de Xochimilco y Cuitlahuac,
aun cuando la confederación sólo se realizó formalmente (según la misma autoridad,
cap. XXXII) algunos años después. Según Torquemada (lib. III, cap. XXXXII, pp. 148ss y
Vetancurt (2a. parte, trat. I, cap. XIV, p. 291 [pp. 261-262]), los xochimilcas fueron conquis-
tados por los confederados. De acuerdo con Veytia (t. II, lib. III, cap. I, p. 150 [p. 149]) fue-
ron los texcocanos los que sometieron a Xochimilco. Clavijero (lib. IV, cap. 5, p. 253 [p. 272])
concuerda con la versión mexicana.
290. Códice Ramírez, p. 61.
291. Esto era consecuencia de la constitución de la tribu, como asociación de grupos
de parentesco para protección y apoyo mutuos.
292. Tezozomoc (cap. X, p. 18): “y aunque venian á darlo á Itzcoatl, era para todos los
mexicanos en comun”. El hecho de que la recaudación del tributo fuera controlada direc-
tamente por el “jefe de hombres” es tan generalmente admitido que no necesita más
prueba. Ramírez de Fuenleal (p. 218) atribuye la recaudación del tributo a un funcionario
al que llama “tecuxcalcatectli”, que propiamente debería ser tlacochcalcatl tecuhtli. Sabe-
mos que las tareas de este funcionario eran muy distintas; sin embargo, como la recauda-
ción del tributo era un aspecto de la vida militar, es fácil comprender el error. Las cróni-
cas militares de la tribu mexicana están llenas de casos en que queda claro que los
mayordomos estaban directamente a las órdenes del “jefe de hombres”, véase por ejem-
plo Zorita (pp. 68, 69, 70 [pp. 481-483]). También puede deducirse de las afirmaciones
exageradas sobre el sistema tributario entre los texcocanos que incluye Ixtlilxochitl (cap.
XXXV, pp. 239-241 [pp. 89-91]).
293. Cf. los siguientes pasajes de Tezozomoc: cap. IX, p. 16 [p. 248], captura de Azcaput-
zalco; cap. XV, p. 24 [p. 268], Cuyuacan; XVII, p. 28 [pp. 276-277], Xochimilco; cap. XVIII,
p. 29 [p. 281], Cuitlahuac; cap. XXVI, p. 40 [p. 304], Chalco; cap. XXVII, p. 41 [p. 308],
Tepeacac y Tecamachalco; cap. XXIX, pp. 44-45 [p. 315], Tziccoac y Tucpan; cap. XXXII,
p. 50 [pp. 331-332], Ahuilizapan y los totonacas; cap. XXXIII, p. 52 [pp. 337-338],
Coayxtlahuacan; cap. XXXVIII, p. 61 [p. 360], Huaxaca; cap. LXII, p. 102 [p. 468], Chiapan
y Xilotepec; cap. LXV, p. 110 [p. 483], Cuextlan; cap. LXXII, p. 122 [pp. 525-526], Teloloa-
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 331
pan; cap. LXXVI, p. 130 [pp. 543-544], Tecuantepec y otros; cap. LXXIX, p. 136 [p. 556],
Xoconuchco; cap. LXXXIV, p. 148 [p. 585], Nopallan; cap. LXXXVIII [p. 599], Xaltepec;
XCI, p. 159 [p. 609], Quetzaltepec). Durán (cap. IX, p. 71 [p. 81]; cap. X, p. 94 [p. 95]; cap.
XII, p. 112; cap. XVII, p. 151; cap. XVIII, p. 159 [pp. 158-159]; cap. XIX, p. 171 [p. 168];
cap. XXI, p. 185 [p. 183]; cap. XXII, p. 191 [p. 188]; cap. XXIV, p. 205 [p. 203]; cap. XXXIV,
p. 269 [pp. 264-265]; cap. XLI, p. 331 [p. 321]; cap. XLVI, p. 373 [p. 361], etc. Estos pasajes
ilustran plenamente el modo como se imponía tributo a los vencidos, después de una
expedición exitosa. Ixtlilxochitl, cap. XXXVIII, pp. 271-273 [pp. 104-105]. Sahagún (t. II,
lib. VIII, cap. XXIV, p. 313 [cap. XVII, p. 317, § 11]): “Habiendo pacificado la provincia
luego los señores del campo repartían tributos a los que habían sido conquistados.”
294. Durán, cap. LIII, p. 423 [p. 408]. También las quejas de los indios de Cempohual
y Quiahuiztlan (totonaconas) (en la costa) a Cortés, sobre el temor en que continuamente
vivían de ser atacados otra vez por los mexicanos y sus confederados (“Carta segunda”, p. 13
[p. 32]). Bernal Díaz, cap. XLV, p. P. 40 [p. 114]; cap. XLVI, p. 41 [p. 116]; “Real Ejecuto-
ria”, Colección de documentos, vol. II, p. 12.
295. Esto era consecuencia de los términos del acuerdo de la confederación. Véase
también Zorita (pp. 67 [pp. 481-482]). Hernando Pimentel Nezahualcoyotl (“Memorial
dirigido al rey”, en Orozco y Berra, Geografía, pp. 244-245) también dice que los pueblos
cuyos tributos se repartían entre México, Texcoco y Tlacopan eran los siguientes:
Coayxtlahuacan, Cuauhtuchco, Cotlaxtlan, Aulizapan y Tepeaca. En contra de esto tene-
mos la versión de Sahagún (lib. XII, cap. XLI, p. 59 [p. 78, § 9]): “Luego allí habló otro
principal que se llamaba Mixcoatlayltotlaca uelitoctzin, ‘dile al señor capitán, que cuando
vivía Mocthecuzuma el estilo que se tenía en conquistar, era éste, que iban los mexicanos,
y los Tezcucanos, y los de Tlacupan, y los de las Chinampas, todos juntos iban sobre el
pueblo o provincia que querían conquistar, y después que lo habían conquistado, luego
se volvían a sus casas y a sus pueblos, y después venían los señores de los pueblos que
habían sido conquistados, y traían su tributo de oro y de piedras preciosas, y de plumajes
ricos, y todo lo daban a Mocthecuzoma, y así todo el oro venía a su poder’.” Esta afirma-
ción clara y muy natural, de un señor tlatelolca que después llegaría a ser “gobernador”
de Tlatelolco (Sahagún, lib. VIII, cap. II, p. 274 [pp. 286-287]) fue distorsionada por
Torquemada (lib. IV, cap. CII, p. 572) para decir, entre otras cosas: “y mandabanlos acudir
con los Tributos á México; y aquí se repartian entre los tres Señores, según la traça, que
daba el de Mexico”. En este caso es evidente que Torquemada ha cambiado el texto de su
predecesor. Además, hay una innegable confusión entre botín y tributo: el primero debía
ser repartido entre los conquistadores mientras todavía estaban juntos; el segundo llegaba
regularmente después, y por lo tanto no era necesario que pasara por las manos de los
mexicanos. La historia de Torquemada es corroborada por Ixtlilxochitl (cap. XXXIX, p. 282
[pp. 106-107]), quien dice claramente que “Lobo ayunador” sólo ponía mayordomos
cuando el tributo correspondía a su tribu, pero que todo el tributo era llevado a México,
donde los agentes de los tres jefes se lo repartían entre ellos. Finalmente tenemos las
oscuras afirmaciones de Ramírez de Fuenleal (pp. 244, 247).
296. El calpixcayotl era un cargo permanente, no una tarea o una misión transitoria; en
consecuencia sus ocupantes no podían ser designados por un solo jefe guerrero. Hay
evidencia en ese sentido. Según Durán (cap. XVIII, p. 164 [p. 162, § 51]), después de la
conquista de Tepeacac, el cihuacoatl colocó un mayordomo entre su población: “Mirad
que en ello no haya falta ni quiebra, y para que esto mejor se cumpla, quiere os poner un
gobernador de los señores mexicanos, al cual habéis de obedecer y tener en lugar de la
real persona, el cual se llama Coacuech. Y con esto, os podéis ir en hora buena, a vuestras
332 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
tierras y ciudades, porque al rey no le podéis hablar”; (cap. XXI, pp. 186-187 [p. 182]). El
mayordomo para Cuetlaxtlan fue elegido por el “mujer-serpiente”, o al menos su elec-
ción fue proclamada por ese funcionario. (Cap. XXIII, p. 199 [p. 195, § 24]): “Acabado el
sacrificio y despedidos los huéspedes, Tlacaelel, con consejo del rey, envió un virrey a
Coaixtlahuac, para que tuviese cargo de aquella provincia y de los tributos reales, el cual
se llamaba Cuauxochitl.”
297. Esto es resultado del hecho de que el cihuacoatl anunciaba al calpixqui recién ele-
gido. En este caso evidentemente actuaba como presidente del consejo, proclamando la
elección de éste.
298. Ya me he ocupado, en la n. 4, de las afirmaciones de Sahagún (t. II, lib. VIII, cap.
XXIV, p. 313 [cap. XVII, p. 317, § 1.11]): “y luego elegían gobernadores y oficiales que
presidiesen en aquella provincia, no de los naturales de ella sino de los que la habían
conquistado”. Para explicar mejor, ruego prestar atención a las afirmaciones de algunos
de los intérpretes del Códice Mendocino (láms. XX y XXI [lám. XIX, p. 42]): “Los PUEBLOS
figurados en las dos planas siguientes, resumydos aquy, son diez y ocho pueblos, segun
que estan entitulados. Por los Señores de México tenyan puesto un gobernador llamado
Petlacalcatl, avnque en cada vn pueblo tenyan puesto vn Calpixque, que es como mayor-
domo, que tenyan a cargo de hazer recojer las rentas y tributos que los dichos señores
tributavan al señorio de Mexico, y todos los dichos mayordomos acudian al dicho
Petlacalcatl, como su gobernador”; (láms. XXII y XXIII [láms. XX y XXI, p. 46]): “tenyan
puestos calpixques, en cada vno de ellos, y en lo más prinçipal domynava sobre todos
ellos vn gobernador para que los mantuvyese en paz y justicia, y les hiziese cumplir sus
tributos, y porque no se revelasen”; (láms. XXIV y XXV [láms. XXII y XXII, p. 50]): “Y para
que fuesen byen regidos y gobernados, los Señores de Mexico en cada vuno de ellos
tenyan puestos calpixques, y sobre todos los calpixques un gobernador, persona prinçipal
de Mexico, y ansi mysmo los calpixques eran Mexicanos, lo qual se hacia e proueya por
los dichos Señores, para seguridad de la tierra de que no se les reuelasen, y para que les
admynystrasen justicia, y vyuyesen en poliçía.” Por lo tanto, los “gobernadores” eran
colocados no tanto sobre las tribus sino sobre los propios calpixca, e indudablemente el
Petlacalcatl, “hombre de la casa de los cofres”, era el principal de los mayordomos, a quien
todos los demás mayordomos debían dirigir sus entregas de tributo. En consecuencia no
debe ser entendido como “gobernador de una provincia”, sino como “gobernador de los
mayordomos”, lo que es totalmente diferente.
Además hay evidencia positiva en el sentido de que los mexicanos y sus asociados
nunca interferían con la autonomía de las tribus tributarias. Andrés de Tapia (p. 592):
“Los que tomaba de guerra decian tequitin tlacotle, que quiere decir, tributan como escla-
vos. En estos ponia mayordomos y recogedores y recaudadores; y aunque los señores
mandaban su gente, eran debajo de la mano destos de México.” Zorita (p. 68 [p. 481]):
“se quedaban tan Señores como antes, con todo su señorío é gobernación de él y con la
jurisdicción civil y criminal”.
Cuando las tribus de la costa del Golfo (totonacas, etc.) se levantaron contra los mexi-
canos, matando a los mayordomos colocados entre ellos, fueron rápidamente derrotados
de nuevo, y cuando atribuyeron su rebelión a intrigas de sus señores, pidiendo a los
mexicanos que los castigaran por ello, los mexicanos respondieron, según Durán (cap.
XXIV, p. 204 [p. 201, § 24]): “Nosotros no traemos autoridad para matar a nadie, si no es
en guerra. Vuestros señores no han parecido en esta guerra ni los hemos visto, pero no
por eso se escaparán, pues vuestras razones y deseo y lo que pedís se dirá al rey nuestro
señor Motecuhzoma y él mandará que se ejecute lo que nosotros dejaremos ordenado, y
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 333
luego sin más dilación los traed aquí a todos ante nosotros y a muy buen recaudo.” Y más
adelante: “enviaron a Cuauhnochtli y a Tlillancalqui, de los mayores oidores del consejo
supremo, para que ejecutasen aquella justicia”. Los dos señores fueron cruelmente muer-
tos (p. 206 [p. 202, § 31]). Esta historia la relata también Tezozomoc (cap. XXXV, pp. 55-
56 [pp. 347-348]) y evidentemente es el caso aludido e ilustrado por la lám. LXVII del
Códice Mendocino. Lo anterior nos dice que aun en un caso de traición y rebelión peligrosa
como el descrito, los mexicanos no se arrogaban el derecho a interferir en los asuntos
internos de la tribu conquistada, por su propia decisión, sino que hacía falta una solicitud
clara de esa tribu para que actuaran en su terreno. Además, está claramente definida la
posición del “jefe de hombres” como ejecutor militar: “y él mandará que se ejecute lo que
nosotros dejaremos ordenado”. Esta afirmación es muy importante.
299. Bernal Díaz, cap. XLVI, pp. 40-41 [p. 104].
300. La lista de tributos más completa que poseemos, hasta ahora, se encuentra en el
llamado Códice Mendocino (2a. parte, láms. XIX-LVII). Es imposible hacer aquí un estudio
completo de sus variados detalles, que requeriría un trabajo aparte y, por instructivo que
resultase, superaría con mucho los límites de este estudio. Por supuesto, no todas las auto-
ridades concuerdan. Cf. tan sólo Durán (cap. XXV), Oviedo (lib. XXXIII, cap. LI, pp. 535-
537), Clavijero (lib. VII, cap. XV), Ixtlilxochitl (cap. XXXV) y Torquemada (lib. II, cap. LIII,
pp. 167-168). Los dos últimos se refieren exclusivamente a Texcoco y sus tributarios. Cf.,
además, Zorita (pp. 246-248 [pp. 520-522]) y Ramírez de Fuenleal (p. 251). Es interesan-
te consultar también las declaraciones sobre el tributo de tribus sometidas a los mexica-
nos: cf., sobre Chalco, fray Domingo de la Anunciación (carta fechada en Chalco el 20 de
septiembre de 1554, en Ternaux-Compans, 2eme Recueil, pp. 333-334); sobre Matlatzinco,
Zorita (pp. 394-397 [pp. 559-561]), y Herrera (déc. III, lib. IIII, cap. XVIII, p. 140). Este
último prácticamente copia a Zorita. Finalmente, mucha información sobre los detalles
puede obtenerse del Códice Ramírez (pp. 63, 65) y especialmente de las tradiciones sobre las
expediciones y asaltos de los mexicanos contenida en las fuentes específicamente mexicanas
ya citadas.
301. Tezozomoc (cap. XXVII, p. 41 [p. 308]; cap. XXXIII, p. 52 [pp. 337-338]; cap. LXII,
p. 102 [p. 468], etc.); Durán (cap. XIX, p. 171 [p. 168, § 26]): “‘Pues, mirad que lo habéis
de llevar a México vosotros mismos.’ Ellos respondieron que les placía de lo llevar allá y
servirlos”; (cap. XXII, p. 191 [p. 188, § 16]): “y que se obligasen a traerlo a México”; (cap.
XXIV, p. 206 [p. 203]; cap. XXV, p. 203 [pp. 206-209], etc.).
302. Durán, cap. XXV, pp. 212 y 213 [p. 209]. Las esclavas pasaban a ser concubinas.
Las diversas tribus también intercambiaban prisioneros de guerra, ya fuese con una tribu
comprando (cambiando por productos de la tierra o por manufacturas) prisioneros que
ésta había recibido como tributo, o bien como regalo en ocasiones solemnes. De esto hay
muchos ejemplos. En los mercados del México aborigen había también “esclavos” en
venta, obtenidos de ese modo. No eran numerosos, y no constituían una clase, sino sólo un
objeto de medicina que podía ser intercambiado. Cortés (“Carta segunda”, p. 35 [p. 66])
habla de que “en todos los mercados y lugares públicos de la dicha ciudad, todos los días,
muchas personas […] esperando quien los alquile por sus jornales”. Pero Bernal Díaz
(cap. XCII, p. 89 [p. 256]) describe evidentemente a esos infelices: “e traíanlos atados en
unas varas largas, con collares a los pescuezos porque no se les huyesen, y otros dejaban
sueltos”. El mismo autor (cap. XLVI, p. 41 [p. 117]) menciona la exigencia hecha a los
totonacas de la costa por los calpixca mexicanos de “veinte indios e indias para aplacar a
sus dioses”. Esto lo confirma en general Cortés (“Segunda carta-relación”, p. 13 [p. 32]).
303. Ternaux-Compans, 2e. Recueil, pp. 191-192.
334 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS
304. La colección de lord Kingsborough contiene, entre otras cosas, pinturas de di-
chos puentes, y cualquiera puede ver de una ojeada que se trata de simples alcantarillas.
H.H. Bancroft (vol. IV, p. 528) representa un puente en Huejutla, pero su argumentación
en favor de que se trata de una construcción aborigen me parece muy insatisfactoria. La
mampostería que cubre el montículo de Metlaltoyuca muestra, según sus propias pala-
bras (ibid., p. 461), que “no hay evidencia de que el arco intentara sostenerse por sí solo”.
305. Debemos distinguir siempre entre los delegados, a quienes se confiaba la conclu-
sión de determinado negocio y que por lo tanto también estaban investidos de cierta
autoridad, y los simples mensajeros (yciuhca titlantli, correos, Molina I, p. 31, de iciuhca,
rápido, Molina, II, p. 33 [Siméon, p. 169] y titlantli, mandadero, Molina, II, p. 114 [Siméon,
p. 549]). Estos últimos están bien descritos por Torquemada (lib. XIV, cap. I, pp. 535-536),
aunque este autor presupone postas a intervalos regulares. No era ése el caso, como lo
prueba ampliamente la marcha de Cortés.
306. Códice Ramírez, p. 63.
307. Tezozomoc, cap. X, p. 18 [p. 253]; Herrera, déc. III, lib. IIII, cap. XVII, p. 138.
308. Tezozomoc (cap. XXXII, p. 51 [p. 333]): “A los dichos pueblos fué un mayordomo
para cobrar este tributo, como para todos los demas pueblos, que en México habia un
mayordomo y otro en el mismo pueblo para mayor sugecion y vasallaje.”
309. Torquemada (lib. XIV, cap. VI, pp. 544-545), copiado por Vetancurt (vol. I, 2a.
parte, trat. II, cap. I, pp. 370-371 [pp. 328-329]). Clavijero (lib. VII, cap. 10, pp. 468-469
[p. 203]).
310. También el Códice Mendocino (interpretación de las láms. XX, XXI, etc.).
311. Véase supra, n. 309, también Tezozomoc y Durán.
312. Tezozomoc menciona esto con tanta frecuencia que no hace falta incluir citas.
313. Tezozomoc (en diversos puntos, demasiado numerosos para citarlos).
314. “Sobre la tenencia de la tierra”, supra, pp. 136-137.
315. Véase los informes coincidentes sobre la gran sequía, mientras era “jefe de hom-
bres” el “Señor Severo que lanza flechas al cielo” (Moctezuma Ilhuicamina).
316. Esta interesante e importante cuestión será plenamente estudiada dentro de poco
por una autoridad muy competente. Por esa razón me abstengo de examinarla aquí.
SOBRE LOS CALPULLI MEXICANOS, SU ADMINISTRACIÓN,
SU ORIGEN Y EL PRINCIPIO COMUNISTA IMPLICADO EN ELLOS*
*Artículo publicado en el Congrès International des Américanistes, Troisième session, Bruselas, 1879,
t. I, pp. 58-60.
[335]
336 A.F. BANDELIER
CARTA 1
* Leslie A. White e Ignacio Bernal, Correspondencia de Adolfo F. Bandelier, 1a. ed., México, INAH,
1960, pp. 101-322.
1
Evidentemente hacía tiempo que Bandelier venía pensando dirigirse a García Icazbalceta, como
se ve en su carta 31 a Morgan (Pioneers, I: 224), escrita el 15 de junio de 1875.
2
Esta carta y las 24 que le siguen están escritas en francés.
3
Ya en 1875 se había publicado dos veces la Crónica mexicana de Tezozomoc; en el t. IX de Antiquities
of Mexico, de Kingsborough (Londres, 1948), en español y en traducción francesa (Histoire du Mexi-
que par don Álvaro [sic] Tezozomoc traduite sur un manuscrit inédit par H. Ternaux-Compans, París, 1853,
2 vols.).
4
Seguramente se trata de José M. Melgar, que escribió “Ensayo comparativo entre los signos sim-
bólicos” (Veracruz, 1872), mencionado por Bandelier en “Notes on the bibliography of Yucatan and
Central America”. En otra obra, “On the sources for aboriginal history of Spanish America”, dice
Bandelier: “our learned friend Señor José M. Melgar y Serrano, of Veracruz” (p. 321). Varias obras de
Melgar se mencionan en J. Díaz Mercado, Bibliografía general del estado de Veracruz, México, 1937, p. 174.
Tenía una colección de objetos arqueológicos que describe Hamy (Revue d’Ethnographie IV: 181, 1885).
5
Von Frantzius publicó una serie de artículos, principalmente geográficos, sobre Costa Rica, en-
tre 1862 y 1870. Véase Lines, Bibliografía antropológica aborigen de Costa Rica, San José, 1943, pp. 83-85.
[339]
340 APÉNDICE I
obra de lord Kingsborough es una traducción o una copia? Clavijero dice que
Tezozomoc escribió en messicano. ¿Dónde está el original? ¿Es posible conseguir
una copia? ¿Cómo?
2] Datos biográficos sobre el propio Tezozomoc. Su vida, sus posibles estu-
dios, la confianza que se puede conceder a sus escritos.
No es necesario decir que no le considero a usted obligado a contestarme. Me
he tomado la libertad de someterle estas preguntas y, si su bondad me comunica-
se algunos informes, habría usted ganado el agradecimiento de un joven cuya
única diversión es la traducción de la historia de su país.
Si no escribo en español es porque desconfío de mí mismo. Disculpe usted,
pues, esta carta escrita en una lengua extranjera y considéreme su humilde ser-
vidor.
Ad. F. Bandelier
Leo y traduzco el español sin la menor dificultad, pero carezco de práctica que
me permita escribirlo y hablarlo. Mi dirección es: Ad. F. Bandelier, Highland,
Illinois.
Borrador de contestación6
18 de octubre de 1875
6
JGI inició este borrador de carta en inglés; al fin del primer párrafo puso una línea y volvió a
comenzar en francés, que es el idioma en que seguramente la envió. Hay muy pocas correcciones y
el idioma usado es no sólo correcto sino elegante, como de alguien que domina perfectamente el
francés –en realidad mejor que Bandelier. Todo lo que queda de JGI relativo a esta correspondencia
está en francés.
7
La copia manuscrita figura en el Catálogo de la colección de manuscritos relativos a la historia de
América formada por Joaquín García Icazbalceta, editado por Federico Gómez de Orozco, México,
1927, p. 5.
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 341
CARTA 2
8
El resultado de este estudio fueron el prólogo y notas de Orozco y Berra a la primera edición
hecha en México de la Crónica mexicana de Tezozomoc, en 1878.
9
En ese momento Bandelier tenía 35 años y JGI acababa de cumplir 50.
10
“Estoy por fin, firmemente establecido en México… El señor Icazbalceta me promete enviar-
me a Motolinia…”, carta a Morgan del 8 de noviembre de 1875 (Pioneers, I: 246).
11
Se refiere a “Über einige Spuren von Verhindungen zwischen Amerika und den Ostlichen vor
der Zeit des Columbus”, publicado en el New Yorker Staats-Zeitung, gacetilla dominical, 1 de mayo-15
de agosto de 1876.
342 APÉNDICE I
12
Charles Étienne Brasseur de Bourgourg (1814-1874) escribió una serie de obras llenas de
fantasías. Sin embargo, tiene el gran mérito de haber publicado por primera vez el Popol Vuh y la
Relación de las Cosas de Yucatán de fray Diego de Landa.
13
La mencionada copia manuscrita de García Icazbalceta contenía 530 fojas en folio.
14
Véase más adelante para el fin de estas empresas. La mina de carbón, como lo indica el mem-
brete del papel de otras cartas, se llamaba Confidence Coal & Mining Co.
15
Vocabulario en lengua castellana y mexicana compuesto por el muy reverendo padre fray Alonso
de Molina, México, 1571.
16
La colección Ternaux-Compans consiste en 21 volúmenes intitulados Voyages, relations et mémories
originaux pour servir à l’histoire de la découverte de l’Amérique publiés pour la première fois en français par H.
Ternaux-Compans, París, 1837-1840.
Todas las otras obras, bien conocidas, que menciona Bandelier debe de haberlas poseído en
ediciones originales, o cuando menos antiguas, pero no sabemos cuáles. La Brevísima relación se
imprimió en 1812, 1821 y 1822 cuando menos. Hubo muchas ediciones de Bernal Díaz anteriores a
1875. De la Historia natural y moral de las Indias, aparte de la edición princeps (1590), hubo otras en
1591, 1608, 1792, algunas dudosas.
17
Geschichte von Mexico, Leipzig, 1789. La edición de Charles Cullen apareció en Londres, 1787,
en dos volúmenes.
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 343
18
Carlos María de Bustamante trastocó, según su costumbre, hasta el título de esta obra de
Ixtlilxochitl, dándole ese truculento de Horribles crueldades de los conquistadores de México, 1829.
19
La edición de Vigil (México, 1878), p. 629, dice: “rey Moctezuma emperador del mundo que
decían Ce manahuac Tlatoani”.
344 APÉNDICE I
(Torquemada, vol. I, lib. IV, cap. LXVIII, p. 494; y cap. LXX, p. 497).20
Si estas apreciaciones son correctas (cosa de la que dudo, dada su gran simpli-
cidad), cambiarían de manera considerable las ideas en curso. Pero soy aún de-
masiado ignorante para permitirme emitir cualquier juicio, y si me he tomado la
libertad de incomodarle con los detalles que preceden, es con la única intención
de permitirle juzgar los errores en que he podido incurrir. Todo lo que deseo es
instruirme y recibir consejos y conocer hechos que me esclarezcan el camino y
me guíen si me extravío.
Ya que usted ha tenido la bondad de interesarse en mis estudios, estoy obliga-
do a confesarle la verdad en lo que a ellos se refiere. Aislado, sin nadie que se
interese lo más mínimo en mis trabajos, es muy fácil, abandonándose comple-
tamente al flujo de las ideas, navegar por los mares del pensamiento y alejarse
del puerto de la verdad, arrastrado por la propia imaginación. Resulta para mí
un enorme consuelo sentirme sostenido desde un país lejano, y sobre todo de un
país que ha sido el sueño de mi infancia y el objeto de mis más ardientes deseos.
Si trabajo aquí como lo hacen pocos, si, desde hace varios años, me abstengo de
todo placer y de todo ocio, incluso del más modesto, lo hago con el fin exclusivo
de poder realizar algún día ese sueño de mis primeros años: ir a México para
quedarme. Sólo Dios sabe si esta esperanza no será vana; mientras tanto espero
perseverar en el camino del trabajo y del estudio.
Si existiese un original mexicano de Tezozomoc, lo publicaría frente por fren-
te de mi traducción, como el señor Brasseur de Bourbourg hizo con el Popol
Vuh.21 No pienso publicar el original español porque se encuentra en lord Kings-
borough, vol. IX. El otro tendría la ventaja de preservar para la historia una obra
casi única, y si la traducción, cosa probable, no tiene más que un valor mediocre
en el mejor de los casos, la conservación del original sería de por sí una obra de
mérito. Es cierto que la dificultad de traducir del nahuatl es muchísimo mayor
que la que se presenta al traducir el texto español, pero este obstáculo no me
detendría. Hace dos años no sabía una sola palabra de español. Cuando, en New
Haven (Connecticut), me puse enfermo y me vi obligado a guardar cama, hice
que me trajesen la obra de Acosta (que posteriormente compré muy barata) y
empecé a leerla sin diccionario. Dos meses después leía a Herrera y podía com-
prender el italiano y el portugués. Claro que es bastante más difícil adquirir un
conocimiento suficiente del nahuatl, lo que no impide que mantenga la esperan-
za de hacerlo.
Le agradezco también el haberme enviado una separata de su última publica-
ción.22 Hace tiempo que deseaba conseguir sus obras, sin saber dónde ni cómo.
20
La cita se refiere a la edición de 1723 de la Monarquía indiana.
21
Se trata de Popol Vuh, le livre sacré et les mythes de l’Antiquité americaine, París, 1861.
22
En 1875 García Icazbalceta no publicó sino el Cervantes Salazar, pero de ello no habría separa-
ta y sólo envía esta obra a Bandelier en marzo de 1876 (véase la carta del 27 de junio). No veo qué
obra suya pudo mandarle que fuera posterior a 1872.
346 APÉNDICE I
Las librerías (tanto las de Europa como las de Nueva York) a las que me dirigí me
contestaron invariablemente: “son obras raras que sólo puede usted conseguir
en México”. He pedido a Nueva York un giro sobre México de $50, y tan pronto
como me llegue me permitiré enviárselo, con el deseo de que me mande todas
sus obras, en caso de que la cantidad alcance. Si hubiere un excedente, le ruego
que lo conserve y que me indique si alcanza para comprar las obras de Gama o la
historia del padre Sahagún,23 reimpresa por el señor de Bustamante. No podré
obtener este documento de cambio antes de 15 días, ya que desde la quiebra de
Duncan, Sherman & Co. los giros sobre México son difíciles de obtener.
Una vez más, mi querido señor, mis más expresivas gracias. Perdone usted
esta charla deshilvanada en forma de carta. No se trata de simular conocimien-
tos que no tengo en ningún terreno; es una oportunidad para que juzgue mi
ignorancia.
Con la esperanza de que estas líneas le lleguen y le encuentren gozando de
buena salud, tengo el honor de ser, muy señor mío, su humilde servidor,
Ad. F. Bandelier
Estamos en los últimos días apacibles del otoño. La nieve llegará dentro de poco
para extender su mortaja. Los inviernos son mis estaciones preferidas: las noches
son largas y se trabaja con mayor facilidad. Los veranos, aquí, son espantosos.
Borrador de contestación
23
Gama, Descripción histórica y cronológica de las dos piedras…, México, 1832. La primera edición es
de 1792; fray Bernardino Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España, ed. de Bustamante,
México, 1829. No es, por supuesto, una reimpresión. Hoy nos parecería imposible emprender cual-
quier trabajo de esta índole sin antes haber leído a Sahagún.
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 347
hija de 15; entre otros negocios, me veo obligado a atender a dos plantaciones
de azúcar, con sus respectivos ingenios, y que me proporcionan una infinidad de
quebraderos de cabeza, dejando de lado una multitud de encargos que no me
producen nada pero que me quitan muchísimo tiempo. Me veo, pues, reducido a
trabajar los días festivos y algunas tardes, pero siempre he gozado de una salud
de hierro, y no descanso casi nunca. Nuestras noches de invierno son aproxima-
damente iguales a las de verano. Ni el calor ni el frío nos molestan nunca: hoy, 9
de diciembre, gozamos del tiempo más hermoso que usted pueda imaginar. Le
escribo esto a las cuatro y media de la tarde, con un cielo de un azul profundo, un
sol radiante y la ventana abierta, al través de la cual veo las montañas en el
horizonte y árboles aún medio verdes. Es un día de primavera y hay una multi-
tud de ellos durante nuestro invierno. Pero vayamos al grano.
No es su culpa si ha caído en el error, inducido por Bustamante, a quien
Ternaux tradujo fielmente. Tengo que indicarle que, de ahora en adelante, usted
haría bien en no creer absolutamente nada de lo que encuentre escrito en
Bustamante. Este hombre, carente de toda crítica, y a veces de sentido común,
puede ser acusado de todos los crímenes literarios habidos. El original mexicano
de Tezozomoc y la traducción al español hecha por Sigüenza no han existido
más que en la imaginación de Bustamante. Podría enviarle gran cantidad de
anécdotas referentes a este célebre personaje y que le moverían a risa o a cólera:
usted podría elegir; prefiero, sin embargo, emplear el tiempo y el papel en co-
municarle dos palabras acerca de la fuente probable de la historia de Tezozomoc.
Había entre los manuscritos dejados por mi ilustre amigo el señor don José
Fernando Ramírez (autoridad de primera magnitud) un volumen que contiene
una Relación del origen de los indios que habitan esta Nueva España según las histo-
rias,24 de autor desconocido. El original se halla escrito a dos columnas: en una se
puede ver el texto español y la otra quedó en blanco, como si debiera ser llenada
con el texto en otra lengua, probablemente el azteca. De acuerdo con el estudio
que el señor Orozco y Berra (quien posee una magnífica copia del manuscrito)
ha hecho de este documento, parece que fue la fuente en la que bebieron Acosta,
Durán y Tezozomoc, añadiendo, como es de suponer, ciertos desarrollos más o
menos extensos. El autor de la obra en cuestión parece haber sido un indio; el
texto mexicano, si lo hubo, está hoy día perdido.
Permítame dejar para otra ocasión sus interpretaciones de los nombres azte-
cas de los jefes indios que son muestra de muchas investigaciones y sagacidad de
su parte. Hoy carezco de tiempo.
No sé por qué las librerías de Europa y de los Estados Unidos le han dicho que
mis publicaciones no podrían encontrarse más que en México. Siempre ha habi-
24
Poco después, con el título de Códice Ramírez, se hizo la primera edición de esta Relación en el
mismo volumen que la Crónica mexicana de Tezozomoc arriba citada. Su atribución a fray Juan de
Tovar y las relaciones de esta obra con Acosta, Durán, Tezozomoc y el Códice Ramírez han sido muy
discutidas. Véase más adelante la carta 26b.
348 APÉNDICE I
CARTA 3
25
La casa de libreros y editores de Trübner and Cie., en 60 Paternoster Row, publicaba una serie
de revistas como la Anthropological Review, la Ethnological Review, el Journal of the Royal Asiatic Society,
etc.; estuvieron en correspondencia con don Joaquín desde 1865, en que le compran 13 ejemplares
de la Colección de documentos para la Historia de México (venta enorme en ese momento), hasta 1892, en
que la casa se llamaba Kegan Paul, Trench, Trübner & Co. Ltd. Publishers.
26
A. Donnamette, 81 rue des Saints Pères, era un agente de compras por cuyo conducto varios
mexicanos de la segunda mitad del siglo XIX encargaban a Francia una serie de objetos tan diversos
como pañuelos bordados, vinos, muebles, libros, maquinarias completas para instalar fábricas, etc.
Don Joaquín trató con esa casa desde 1879 hasta su muerte en 1894.
27
Joseph Sabin, de 84 Nassau St., Nueva York, inicia su correspondencia con García Icazbalceta
desde marzo 21 de 1866, pidiéndole datos del Dictionary of books relating to America que estaba por
aparecer. En realidad, esta famosa bibliografía iniciada en 1868 sólo terminó su 20o. volumen en
1892. Sabin compró a García Icazbalceta muchas de sus publicaciones.
28
México, 1870.
29
Geo, Bruce’s Son & Cie. eran dueños de Bruce’s New York Type Foundry, en 13 Chamers
Street. Actuaban en parte como agentes de JGI para sus compras en Estados Unidos.
30
Alfredo Chavero, Calendario azteca. Estudio arqueológico, México, 1875.
31
Le deseo un feliz año.
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 349
No sé cómo empezar esta carta. ¿Debo empezar por decirle ante todo que
estoy desconcertado por su bondad, o antes bien, debo disculparme por la impo-
sibilidad en que me encontré de escribirle? No sé qué hacer. Ante todo, pues,
muchísimas gracias por su amable carta del 8 de diciembre y más gracias aún por
las dos obras que tuvo usted a bien enviarme.32 He tratado desde mi última carta
de mandarle la cantidad de que le hablé, mas ocurrió lo que usted me indicaba:
la primera vez no pude encontrar quién lo hiciera y después me exigieron un
descuento fabuloso. Puesto que me da la dirección de los señores Bruce’s Sons &
Cie., la aprovecharé dentro de algunos días. Imagínese usted que las dos obras
llegaron aquí antes que la carta.
Es domingo, un domingo tan espantoso en la calle que aumenta el placer de
quedarse en casa. Mi mujer escribe, mi anciano padre (64 años) lee, en el piso de
arriba, las publicaciones geográficas mensuales del doctor Petterman de Gotha33 y
“vuestro servidor muy sincero”34 también escribe. Afuera el termómetro ha caído
35 grados Fahrenheit en el transcurso de dos horas, el viento se ha llevado una
chimenea, la casa entera temblaba bajo la acometida de la borrasca. No es ningu-
na novedad aquí en semejante estación. Ahora el sol se filtra a través de las nubes
e ilumina un horizonte ligeramente ondulado y bosques sin follaje. La naturale-
za está triste y el hombre lo estaría también si la fe en su interior y las almas
benevolentes a lo lejos no le animaran y le diesen fuerzas y esperanza. ¡Qué Dios
bendiga esos corazones amables y me dé fuerzas para no sucumbir! Perdone
estas digresiones.
¡Conque Tezozomoc no escribió más que en español! Muchas gracias una vez
más, por este informe. Pero le aseguro, muy señor mío, que es un español muy
difícil de traducir. Después de haber terminado la traducción literal, puse “en
limpio”, como pude, algunos capítulos. Es un trabajo enorme: sólo el primer
capítulo me llevó cinco tardes. Como no hay puntuación, dividí estas tremendas
tiradas en párrafos, siguiendo el modelo de la Biblia, y envié esta copia a mi
amigo el gran etnólogo americano Morgan,35 de Rochester, N.Y. Su contestación
fue la siguiente: que la traducción era muy hermosa, pero que no creía que un
indio “del norte”, capaz de escribir, escribiera de esa manera. El problema con-
siste, pues, en saber si un indio mexicano expresaría su pensamiento en senten-
cias cortas y si, en beneficio de una mayor claridad, me atreveré a adoptar tal
forma. Usted sabe que la lengua inglesa es una lengua muy categórica y muy
concisa, y quiero hacer una traducción que resista a la crítica en el campo de la
lingüística. Por lo demás, hay trozos de Tezozomoc que son tan oscuros que me
32
Véase la carta anterior de don Joaquín y Pioneers, I: 251.
33
Se trata de la célebre revista Petterman’s Geographische Mitteilungen, que más tarde se llamó Globus.
34
En español en el texto.
35
Véase Pioneers, I: 259-265, cuando aparentemente ya contestó Morgan. Lo curioso del caso es
que Bandelier le envía a Morgan una muestra de su traducción el 21 de febrero de 1876 y no recibe
contestación sino hasta abril de ese año. ¿Cómo puede entonces en 9 de enero decir a García
Icazbalceta la opinión de Morgan?
350 APÉNDICE I
36
En español en el original.
37
Ibid.
38
Ibid.
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 351
tuvo, que yo la tengo en mi poder escrita de mano, con el mismo lenguaje y es-
tilo, que él la imprimió y muchas cosas de ella, van muy lejos de toda verdad y
puntualidad.”39 Esta Relación no parece haber sido la Crónica mexicana, porque en
el mismo capítulo Torquemada habla de la muerte de un hermano de Moctezuma
Ilhuicamina por los chalcas y dice: “No lo he visto escrito en ninguna relación, ni
historia, etc.”40 Como Tezozomoc habla de este episodio, la “falsa Relación” antes
mencionada no ha podido ser la suya sino, más bien, o la del padre Durán o el
antiguo manuscrito sin autor conocido que usted menciona. Queda por averiguar
entonces qué valor tiene la crítica o censura de este piadoso padre franciscano y
quién tiene razón, él o aquellos cuyas aseveraciones niega. El punto no carece de
importancia; no se trata de la simple constatación de un hecho histórico. Si este
Tlacaélel existió realmente y ocupó la posición que le asignan Tezozomoc, Durán
y Acosta, la división de las funciones del ejecutivo supremo entre dos cargos
coordinados, y no subordinado uno de ellos, parece quedar establecida. La Monar-
quía indiana desaparecería y, como tuve el honor de insinuárselo en mi primera
carta, surgiría en su lugar una democracia guerrera.
De todos los autores que conozco, quien más directamente se opone a Tezozo-
moc me parece que es Ixtlilxochitl, su contemporáneo por otra parte. La contra-
dicción de estos autores no es tan sorprendente en los hechos históricos. Es muy
natural que un acolhua cuente la historia del valle de manera distinta a la de un
mexica, pero lo que me sorprende es el cuadro completamente distinto, es más,
diametralmente opuesto, que estas dos autoridades de primer rango hacen del
estado de la antigua sociedad india de su país. Me atrevo a decir que conozco a
fondo la Historia de los chichimecas, que he leído con todo cuidado las Relaciones y
que pierdo esperanza de poder reconciliarlas, en lo que toca al contenido
etnológico (si está permitido expresarse en tales términos), con la Crónica. Se me
ha ocurrido la idea de utilizar esta extraña oposición y hacerla, parcialmente, el
tema de la introducción de mi trabajo. Después de hacer el paralelo de los dos
autores, dejaré que el lector elija entre ellos quién le guíe en el campo de la
historia mexicana. ¿Qué piensa usted de esta idea? Dado que no me es posible
proporcionar detalles biográficos de Tezozomoc, la crítica de la obra ha de ser de
lo más severo, y creo que la manera de obrar con mayor imparcialidad es opo-
nerle, ante todo, a sus más pronunciados adversarios, Ixtlilxochitl y Torquemada.
Sahagún, a mi modo de ver, ocupa una posición intermedia, pero espero con
impaciencia saber cómo encara Motolinia estos problemas. Mendieta, en su ca-
pítulo sobre las guerras, que tuve que buscar con anterioridad para darle un
informe a un amigo, confirma plenamente lo que Tezozomoc cuenta sobre la
manera de pelear que tenían los aborígenes.
Hay un punto de primordial importancia que aún puede decidirse: es el proble-
ma de la tenencia de las tierras entre los aborígenes. ¿Había realmente propieda-
39
Ibid.
40
Ibid.
352 APÉNDICE I
des individuales, o sólo terrenos comunales cuyos productos revertían en los indivi-
duos? Un solo hecho basta, en mi opinión, para dirimir el problema. Si existen
todavía antiguas actas de cesión de tierras hechas por los indios, ¿estas actas
están firmadas, regularmente por los jefes de tribu, o de familia, en el más am-
plio sentido de la palabra, o se aceptaba la cesión hecha por particulares? Con la
palabra firma entiendo, no creo que sea necesario decirlo, un equivalente del
tótem de nuestros indios del norte, un blasón común a cierta descendencia co-
mún. Clavijero habla de órdenes de caballería, de los “príncipes”, de las “águi-
las”, de los “tigres”, etc. ¿No se trata más bien de las subdivisiones de la tribu,
como ocurre entre los iroqueses, donde había las subtribus de la tortuga, del
lobo, etc.? Estas subdivisiones regulaban también las leyes del matrimonio, en el
sentido de que un individuo no podía casarse en la suya y los niños pasaban a
formar parte de la subtribu de la madre. Así, por ejemplo, un indio “tortuga” se
casaba con una india “oso” y los hijos que procreasen eran indios “oso”. Si exis-
tiesen antiguas actas de transferencias territoriales sería posible encontrar y esta-
blecer la existencia de blasones y, por lo tanto, de estas divisiones sociales, basa-
das en las relaciones de consanguineidad que venían de tiempo atrás. Me parece
haber encontrado algunos indicios, aunque se trata de indicios muy débiles, es-
pecialmente en Tezozomoc. En términos generales, las analogías entre los aborí-
genes de su país y los del norte me parecen mucho más marcadas de lo que
admiten los autores modernos. Por ejemplo, la manera de emplear “abuelo”,
“padre”, “tío”, “hermano”, “nieto”, “hijo” y “sobrino”, evitando el nombre propio
de la persona, es una costumbre común a todos los indios de Estados Unidos. Es
una ofensa, o por lo menos una transgresión de la etiqueta, llamar a un indio por
su nombre cuando se le habla. Además, la sucesión de los jefes supremos de los
mexicas, de hermano a hermano, o de tío a sobrino, era también costumbre
entre los iroqueses. Si la existencia de las mencionadas subdivisiones sociales
pudiese establecerse aún, sería una analogía tanto más importante cuanto que se
une a la formación de la familia y, en consecuencia, es, como dice mi sabio amigo
el señor L.H. Morgan, “anterior” a la dispersión de las lenguas.
Como puede usted ver, siempre tengo una pregunta más que hacer. Por lo
demás, creo que basta por el momento, y me asalta el temor de haber vuelto a
abusar de su bondad. Su carta me ha hecho mucho bien; entre otras cosas me ha
quitado una idea perniciosa que tenía: la de que estaba, a causa de mis deberes
principales, en una postura excepcionalmente desfavorecida para los estudios.
De ahora en adelante no me quejaré sino que encontraré un recreo en el trabajo
y le daré gracias a Dios por las ocupaciones y los buenos amigos que me envía.
Quisiera contarle algo nuevo, pero no sé de nada. Todo se inclina hacia la
monotonía. Corrupciones que salen a la luz, sordas agitaciones políticas que no se
sabe a dónde conducirán si no terminan en el consabido “Quítate de ahí que me
voy a poner yo”. En los negocios, vuelta a la seguridad y al ahorro, lo que resulta
duro después de un periodo de vilipendio. Se clama que la miseria se entroniza
sin pensar que hasta ahora nadie que haya trabajado ha pasado hambre en este
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 353
país. Pese a todas las calamidades que afligen al país, el “rey”, es decir, el “pue-
blo”, se divierte. En el terreno científico está usted mucho más al tanto que yo.
De vez en cuando recibo cartas de París y de Alemania que me dan idea de lo que
por allí se hace, además de lo que me dicen las revistas etnológicas. Espero poder
mandarle dentro de poco una obra que se está publicando; me interesa muchí-
simo saber qué opina usted de ella.41 En lo que se refiere a mis borrones en
alemán, no merece la pena que usted se aburra leyéndolos, dado sobre todo que
el idioma de los hijos del gran salvaje Arminio le resulta extraño.
Dentro de unos días recibirá noticias mías por intermedio de los señores Bruce.
Los envíos hechos por correo llegan siempre; recibí hace tiempo publicaciones
procedentes de Veracruz sin la menor dificultad. No sé si mi venerado amigo el
señor J.M. Melgar y Serrano vive allí aún: hace un año que no me escribe. Temo
haber herido su susceptibilidad con mi incredulidad en lo que concierne a la
Atlántida y a las hipótesis del señor Brasseur de Bourbourg, porque, sin tener el
honor de conocer lo que usted piensa sobre estos temas, me tomo la libertad de
hacer constar en estas páginas que, sin dudar de la posibilidad de la existencia
de acontecimientos parecidos a los que Platón dice “haber oído”, me es imposi-
ble entusiasmarme con tal mito. Creo que tenemos tanto por hacer y por trabajar
sobre épocas más cercanas, que no deberíamos sumirnos en las nubes de épocas
de las que no queda ni siquiera una tradición. En cuanto al señor Brasseur, le
considero los grandes favores que le ha hecho a la ciencia, aun cuando la haya
dañado con sus hipótesis. En algunos casos nos hacemos daño a nosotros mis-
mos aventurando juicios tan francos; hice la experiencia con motivo de mi artí-
culo de periódico. Toda la tribu atlántida teutónica se me vino encima.
Basta por hoy, muy señor mío, y perdone esta charla y la franqueza con la que
doy a conocer mis opiniones. Con la esperanza de que estas líneas le encuentren
gozando de perfecta salud y que me traigan el placer de conocer las mejores
noticias de su persona, queda de usted su servidor,
Ad. F. Bandelier
¿Va a venir usted para el centenario? En tal caso desearía que, si el tiempo se lo
permite y viene al oeste, me lo hiciera saber y, lo que sería mejor todavía, que me
hiciese una visita. Estaría encantado. Perdone usted esta letra espantosa, la des-
venturada crampe des écrivains42 se me ha presentado esta tarde en el brazo de-
recho.
41
Se refiere a “Über die Sage des ‘Dorado’ im nördlichen Süd-Amerika”, que venía apareciendo
en capítulos en el New Yorker Statts-Zeitung, gacetilla dominical, 16 de abril de 1876-julio de 1877. Se
continuó después en 1885-1886 y se publicó en forma de libro, como El Dorado “The Golden Man”.
42
Calambre de los escritores.
354 APÉNDICE I
CARTA 4
CARTA 5
Acaban de situarme en una postura molesta con relación a la obra de don Fran-
cisco Pimentel sobre las lenguas de México. Se me pide públicamente que dé mi
43
En carta de 29 de febrero de 1876 le dice Bruce a don Joaquín: “Debemos reconocer haber
recibido el 31 de enero $25.00 del señor A.F. Bandelier de Highland, Illinois, para abonar a la
cuenta de usted.”
44
Bancroft publicó en 5 volúmenes, en 1875, su famosa obra Native Races of the Pacific States of
North American.
45
En su número de abril de 1876 la North American Review publicó un artículo de Morgan intitu-
lado “Montezuma’s dinner” [“La comida de Moctezuma”, supra, pp. 3-35]. Consiste esencialmente
en su feroz ataque a Bancroft y a toda su escuela de pensamiento. Véase nota en Pioneers, I: 242.
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 355
opinión sobre este libro.46 No lo conozco más que de nombre y por la fama que
tiene. ¿Merece la pena tenerlo? En caso afirmativo, tenga la bondad de enviár-
melo cuando yo haya hecho otra entrega en Nueva York.
Borrador de contestación
46
Cuadro descriptivo y comparativo de las lenguas indígenas de México, 2 vols., México, 1862. La se-
gunda edición, en tres volúmenes, apareció también en México en 1874-1875. Seguramente la opi-
nión pedida a Bandelier es con motivo de esta segunda edición. No encuentro dato alguno que
indique que Bandelier publicó tal reseña.
356 APÉNDICE I
CARTA 6
47
México en 1554. Tres diálogos latinos de Francisco Cervantes Salazar, México, 1875.
48
Cristóbal del Castillo, 1519-1606, indígena tal vez de Texcoco, que escribió una Historia de los
mexicanos publicada por primera vez por Francisco del Paso y Troncoso en su Biblioteca nahuatl, vol.
V-2, Florencia, 1908. No se entiende por lo tanto cómo Bandelier pedía ese libro a JGI. En el catálo-
go de los manuscritos de este último encuentro mención de alguna copia de Cristóbal del Castillo, y
Troncoso no dice en su prólogo que hubiera otra copia fuera de la que utilizó en la Bibliothèque
Nationale de París.
49
Véase nota 67, carta 7.
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 357
50
Véase la carta siguiente, Tapia Centeno además no escribió sobre el totonaco. Las obras que se
conocen de él son el Arte novísimo de la lengua mexicana, México, 1753, y la Noticia de la lengua huasteca,
México, 1767. Bandelier debe de referirse a la primera ya que no es probable que le fuera útil el
huasteco.
51
Fray Gregorio García, Origen de los indios de el Nuevo Mundo…, Madrid, 1729. Véase la carta
siguiente.
52
Gabriel de Cárdenas y Cano es el seudónimo de Andrés González de García, el editor de Histo-
riadores primitivos de las Indias Occidentales…, 3 vols., Madrid, 1749.
53
Tiene que referirse a la edición francesa de Ternaux-Compans, vol. XI, 1840. La Breve y sumaria
relación de los señores de la Nueva España no fue publicada por JGI sino hasta 1891, en el tercer
volumen de la Nueva colección de documentos [véase infra, pp. 463-564].
54
Recordemos que Bandelier vino a Estados Unidos a los 8 años.
358 APÉNDICE I
del suelo del valle han sido sin duda muy grandes, pero quedé estupefacto al
examinar el mapa militar antes mencionado. ¿Es posible que sea correcto? Si es
así, no hay por qué extrañarse de la ausencia casi total de restos de arquitectura,
e incluso de la cultura de los aborígenes. A propósito, ¿se ha levantado alguna
vez un plano de la sedicente casa de Netzahualcoyotl en Texcoco? Sé que Bullock
publicó uno,55 pero su obra es muy difícil de conseguir. Sería muy interesante
tener un plano de esta reliquia. Su observación acerca de los materiales de cons-
trucción empleados en la antigua Tenochtitlan es muy justa y explica muchas
cosas. Lo sabe usted mejor que yo.
Su introducción al “Conquistador Anónimo”56 presenta entre otras la queja
que usted eleva en contra de la dificultad que encuentra, casi la imposibilidad,
de procurarse un Ramusio. Dos ejemplares de este autor estaban recientemente
en venta en Alemania, seguramente lo están todavía. Si usted lo desea y me escri-
be diciéndome: “compre”, creo que aún podré procurarle uno y a muy bajo precio.
Se ofrece la obra en 35 florines renanos, aproximadamente $17.75 en papel de
aquí. Los tres volúmenes están completos, con láminas y mapas.
La traducción va muy despacio y hay razones sobradas para ello. En primer
lugar, he tenido dificultades sin cuento en los negocios, después, casi se me ha
obligado a cargar con la redacción de la historia de nuestro distrito, para el
centenario que se celebra el 4 de julio; encima, he tenido un accidente serio en el
brazo derecho que por poco me deja tullido de por vida y, por si fuera poco,
hemos tenido un verano caliente, húmedo y sofocante. Muchos días casi no po-
díamos respirar, las paredes se cubrían de moho, los libros se ponían grises en las
estanterías. Los más viejos de aquí no recordaban un verano parecido: no se
descansaba ni de día ni de noche. Sin embargo, perseveré hasta el capítulo 59.
Pero se presentó otro negocio. El 23 de agosto se verificará la sesión de la Asocia-
ción Americana para el Avance de la Ciencia, a la que había prometido un traba-
jo desde hace tiempo. He empezado, pues, un artículo, “On the art of war and
mode of warfare among the ancient Mexicans” [“Sobre el arte de la guerra”,
supra, pp. 61-126], y tengo que terminarlo antes de que pueda volver a la traduc-
ción. Me cuesta mucho trabajo y carezco de varias fuentes, como Zorita, que
esperaba recibir de París en poco tiempo. Se lo enviaré cuando se publique y
también le mandaré dentro de unas semanas el pequeño trabajo histórico sobre
nuestra colonia.57 El Dorado, cuya primera parte, Cundinamarca, ya apareció, no
55
W. Bullock, Six month’s residence and travels in Mexico, Londres, 1824. El capítulo XXVI contiene
una breve descripción del “palacio de Texcoco”, pero ningún mapa de él. La edición francesa, París,
1824, es aún fácil de adquirir.
56
Publicado por JGI en el vol. I de la Colección de documentos para la historia de México, 1858. Por
cierto que JGI no habla de la “casi imposibilidad de procurarse un Ramusio”. Menciona que tiene en
su biblioteca uno y así aparece en su catálogo. Era un ejemplar en perfecto estado de la célebre
colección de “Raccolta y Viaggi”.
57
Seguramente el artículo “Highland, Illinois”, publicado en la New Universal Encyclopedia de
Johnson (1874-1878). Véase Pioneers, I: 105.
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 359
puedo enviárselo puesto que lo escribí en alemán. Hizo sensación y fue reimpreso.
Las otras dos partes, Omagua y Parimé aparecerán en el invierno.58
Con esto termina mi informe acerca de mi labor científica. En lo que respecta
a lo demás, ¿qué puedo decirle? Encadenado a la oficina desde las siete de la
mañana hasta las cinco de la tarde, acosado por el trabajo que llega de todos los
lados, llevo una vida monótona, una existencia de presidiario, sin esperar alcan-
zar jamás una meta más elevada. Uno de los jefes de la casa se va a Colorado y se
duplicará el trabajo para mí, cosa que no me importa por lo buenos que son
conmigo desde tantos puntos de vista. Cuando regrese quizá pueda escaparme a
Buffalo,59 lo que dudo, porque sería algo por demás extraordinario en una vida
que no ha conocido más que la monotonía. Sólo la correspondencia me propor-
ciona alguna distracción y cierto recreo que, por lo demás, aquí no encuentro. La
gente es excelente, buena y honrada, pero la ciencia brilla por su ausencia.
58
Como ya se dijo, Bandelier publicó en el New Yorker Staats Zeitung a partir del 16 de abril de
1876 hasta julio de 1877, una serie de artículos llamados “Über de Sage des ‘Dorado’ im nördlichen
Süd Amerika”. Continuó la serie en 1885-1886. En 1893 se reunieron en inglés en un tomo intitula-
do The golden man (Pioneers, I: 271).
59
Al congreso mencionado arriba que ahí se reunió.
60
En español en el original.
61
Ibid.
62
Véase la carta del 9 de enero de 1876.
63
Ésta es la fotografía que publicó.
360 APÉNDICE I
las uvas. Nuestra viña, que tiene 5 acres, no nos va a dar ni 40 galones de vino
este año, en vez de los 2 500 de los años normales.
Así, pues, muy señor mío, que Dios le acompañe, así como a los suyos y a su
país. Recuerde usted a su sincero y devoto amigo,
Ad. F. Bandelier
¿Puedo esperar una contestación y un retrato?
CARTA 7
Highland, Illinois, 20 de octubre de 1876
64
Traducción publicada en Londres, 6 vols., 1725-1726. Otra edición apareció en 1740. La tra-
ducción es libre y en muchas partes se aleja considerablemente del original.
65
Años más tarde Brühl había de regalar a G. Icazbalceta un ejemplar de esta rarísima edición.
66
Este Códice anónimo es la Relación del origen de los indios que habitan esta Nueva España según sus
historias, publicada en 1878, en unión de otros documentos, como Códice Ramírez. Efectivamente,
sólo ofrece pequeñas diferencias con el Tovar publicado por Phillips. Véase la carta 26b.
362 APÉNDICE I
CARTA 8
Highland, Illinois, 2 de marzo de 1877
* La x fue usada originalmente por los misioneros y cronistas españoles en los primeros años de
la Colonia para representar, con la grafía latina, el fonema ‘sh’. De esta suerte México originalmente
se pronunciaba Méshico. Poco a poco la x fue sustituida por el fonema equivalente a la actual ‘j’
(velar, sorda y fricativa). Así pues, en francés y en inglés la x de México tiene el valor fónico de ‘ks’
mientras que en italiano, al escribirse con doble ‘s’ (Messico) tiene el valor de una ‘s’ silvante y fuerte.
En México, sin embargo, la x tiene múltiples valores fónicos: a] de ‘s’ (Xochimilco), b] de ‘sh’ (Xola),
c] de ‘j’ (México) y d] ‘ks’ (taxi, máximo, etc.). [E.]
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 365
que ya está en mi poder. La leí con tristeza, por las líneas que la terminan.70 Des-
de hace tres meses sigo cuidadosamente los informes, a veces demasiado parcos,
que nos llegan de México, y no hallo en ellos más que desórdenes y calamidades.
Dios quiera que encuentren término. No oso escribir lo que pienso, pero creo
que usted puede advertirlo.
La semana que viene los señores Bruce71 recibirán $50 para su cuenta. Tenga
la amabilidad, si las comunicaciones lo permiten, de enviarme algunos libros, el
Sahagún y el Gama por ejemplo. Como no sé lo que cuestan, le dejo la elección
de los demás, en caso de que el dinero lo permita. Me gustaría tener a Veytia,72 si
hubiese un margen que lo permitiera. Las láminas del Durán no me llegaron.
¡Cómo lo siento! Recibí posteriormente de Berlín el Oviedo completo (edición
de la Academia de Madrid, 4 vols.) y la Historia de la conquista de Itzá y de Lacandón
de Villagutierre; las dos son obras importantes. Espero que me llegue de París el
Zorita, pero estoy como en el cuento de Barba Azul, en el que la pobre cautiva se
pasa el tiempo preguntando: “Ana, mi hermana Ana, ¿no ves venir a nadie?”, y
en efecto, nadie viene. Por desgracia, en los negocios nos hacemos día tras día la
misma pregunta: “¿No ves venir a nadie?” El futuro permanece mudo y con una
tranquilidad imperturbable; sólo los relámpagos cruzan el horizonte, y bajamos
la cabeza ante la voluntad suprema de Aquel que conoce nuestros destinos.
Desde mi última carta, no he permanecido en el ocio. Además de mi traduc-
ción que ha llegado hasta el capítulo LXXX, he completado mi primera monogra-
fía sobre el México antiguo. El título es: “On the art of war and mode of warfare of
the ancient Mexicans” [“Sobre el arte de la guerra”, supra, pp. 61-126]. El Museo
Peabody de Arqueología Americana, de Cambridge, Massachusetts, ha tenido a
bien hacer de ella su primera publicación etnológica. Espero que las pruebas me
lleguen un día de éstos. Cuando se publique, no es necesario decir que me toma-
ré la libertad de enviarle un ejemplar,73 y uno más para que haga con él lo que
estime conveniente. Me gustaría ofrecérselo al señor Pimentel, o la sociedad
geográfica de allá, etc., pero como estoy indeciso, disponga de acuerdo con su
sola voluntad.
Este trabajo me ha valido una multitud de elogios por parte de los sabios de
Cambridge. Se ha llegado a decir que Prescott habría sido suplantado, que la
70
Aunque no tengo esta carta, debe de ser la del 9 de diciembre de 1876 a la que se refiere
Bandelier en su carta 66 a Morgan (Pioneers, II: 28). Las líneas que la terminan decían: “No hay
remedio a esta terrible y creciente desmoralización.” Refiriéndose indudablemente a JGI, Bandelier
dice a Morgan en la misma carta: “Estoy muy, muy triste por él; ha hecho más para elevar a su país
y su pueblo que todos los generales y presidentes de México juntos; pero sólo ha vivido para contem-
plar infamia sobre infamia acumuladas sobre su infeliz nación. Hay en México un pequeño grupo de
nobles individuos de mente elevada, hombres de ciencia, pero desaparecen en el tumulto de las
facciones egoístas y de las pasiones políticas.”
71
En las cartas y cuentas de Bruce no se menciona esta entrega. Tal vez nunca la hizo Bandelier.
Véase la carta 10, 2o. párrafo.
72
Mariano Veytia, Historia antigua de México, 3 vols., México, 1836.
73
Tengo aún el ejemplar dedicado por Bandelier a García Icazbalceta.
366 APÉNDICE I
historia de México y de Perú tendría que volver a escribirse. Aunque resulta muy
halagador, lo acepto como estímulo, y no como hecho. Mientras no conozca la
opinión de los propios sabios mexicanos, consideraré todo esto como “no recibi-
do”. Hay en este trabajo una multitud de detalles en los que he podido cometer
numerosos errores. Como no sé cuándo se terminará la publicación, me permito
hacerle un breve resumen del contenido.
1] Los mexicanos eran una tribu esencialmente guerrera; cada hombre, un
guerrero. Composición de las fuerzas. No había cuerpos militares permanentes.
2] Instrucción militar de la juventud. Los telpuchcalco, en cada barrio, en las
cercanías de los barrios de los templos. Las instrucciones a la juventud.
3] El armamento, los tlacochcalco, arsenales de la comunidad. Descripción de
las armas, de los trajes, de los ornamentos. La “librea” de los diferentes cuerpos.
4] Organización. Por parentesco (gens); por barrio. Las grandes subdivisiones
de los cuatro grandes calpulli de México. (Tlatilulco es el quinto.) Jefes: los va-
lientes que se han distinguido (tequihua, otomitl y cuachimecs); los jefes de es-
cuadrones: teachcauhtin; los jefes de los cuatro barrios: tlacochcalcatl, tlacatecatl,
ezhuhuahuacatl y cuauhnochtli. El jefe supremo: tlacatecuhtli, un sedicente rey o
emperador, y su colegio supremo, el cihuacoatl. La autoridad suprema del país, el
consejo del jefe: tlatocan.
5] Guerra ofensiva. La declaración de guerra, la reunión, la marcha, el com-
bate, la retirada. Combates contra los españoles: Tlaxcallan, Otumpan.
6] Guerra defensiva. Fortificaciones: Quauhquechollan, Chamula, Quet-
zaltepec, Xochicalco, el cerro de Chapultepec, el pueblo de México y sus diques.
El sitio y la toma de México por Cortés, como final.
Puede usted ver por este resumen que se trata de una empresa muy atrevida,
y a continuación también podrá apreciar la falta de verdaderos conocimientos.
Como siempre, sólo después de realizado el trabajo se advierten los errores. Por
ejemplo, había situado a Xoloc en los alrededores de San Andrés Ladrillero,
mientras que Tezozomoc afirma que era el puente de San Antonio.74 Esta equivo-
cación aún puede ser corregida. En lo referente a los niveles de los lagos, no
tenía más que las medidas de Humboldt (Ensayo político).75 Podrá usted juzgar
lo útiles que me han sido sus trabajos. Hice un verdadero abuso de ellos en mis
notas, que son sólidas.76 No pude evitar reconocer públicamente mi agradeci-
miento para con usted. Perdóneme esta libertad.
Cediendo a las instancias de mis amistades científicas que residen en el este,
he empezado otro trabajo cuyo título será: “On the distribution of the soil and
the customs of inheritance of the ancient Mexicans” [“Sobre la tenencia de la
tierra”, supra, pp. 127-189]. Si estuviera cerca de usted ¡con qué facilidad podría
74
Véase la nota 199 de “Sobre el arte de la guerra” [supra, p. 122].
75
Véase la nota 196 de “Sobre el arte de la guerra” [supra, ibid.].
76
Tan “sólidas” eran sus notas en este ensayo y en los dos siguientes que las dificultades tipográ-
ficas fueron una de las causas de su futuro pleito con el Peabody.
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 367
reunir los datos que para este tema necesito! El documento que usted publicó
sobre la “Real Ejecutoria”77 por sí solo alumbra este problema, que por lo demás
es sencillo, y las posiciones son claras.
a] ¿Había propiedad inmueble individual entre los aborígenes antes de la con-
quista?
b] ¿Había feudalismo?
El primer punto puede ser parcialmente elucidado al través de las condicio-
nes actuales de las comunidades indígenas aún existentes entre ustedes en las
cercanías de Cuernavaca y de Toluca (los antiguos matlatzincas). Si se puede
probar, por ejemplo
a] que las tierras ocupadas por estos grupos son propiedades comunales,
indivisibles e intransmisibles por individuos;
b] que las funciones de los jefes o gobernadores son puramente electivas y no
hereditarias.
En este caso se puede suponer en favor de la teoría: que antes de la conquista
los aborígenes de México no conocían la propiedad, ni incluso la posesión terri-
torial individual. Creo que ni siquiera la idea abstracta de propiedad tenían pre-
sente. En cuanto a la posesión, creo que el “barrio”, la “parcialidad”, la gens, eran
la unidad poseedora más restringida. Los dominios, los territorios señoriales, no
existían, y son términos importados, adaptaciones subsecuentes de nuestras fuen-
tes del siglo XVI. ¿Tienen ustedes, referentes a esto, actas oficiales, donaciones,
títulos territoriales? Estos documentos son de un gran valor negativo. Por ejem-
plo: la donación hecha por Cortés a doña Isabel Montezuma (apéndice de Prescott,
vol. III) es una de esas pruebas que ponen en evidencia que las propiedades de
Moctezuma no existieron nunca.
En cuanto al feudalismo, es una producción histórica, y es en la historia del
país donde hay que encontrar el inicio y el desarrollo. Es lo que ando buscando
en estos momentos. Sin embargo, en todas partes sólo encuentro negaciones
derivadas de las más positivas afirmaciones. ¡Qué singular es la historia antigua
de su país! Los “no” son los que proporcionan los “sí”, y viceversa. Puede encon-
trar esta idea barroca desarrollada prácticamente en “Sobre el arte de la guerra”.
Esto es todo por hoy. Buenas noches; aún tengo una tarea por hacer en el Tor-
quemada.
77
“Real ejecutoria de S.M. sobre tierras y reservas de pechos y pagas pertenecientes a los caciques
de Axapusco, de la jurisdicción de Otumba”, en Colección de documentos para la historia de México,
1866, vol. I, p. 24.
368 APÉNDICE I
Era fastidioso, pero sin consecuencias. Hemos tenido mucha más suerte que una
persona que conocemos, la cual lleva ya cinco semanas en la cama, inmovilizada
y sufriendo un reumatismo inflamatorio espantoso.
Para volver al problema territorial, los modos de herencia todavía en vigor
entre los indios sedentarios de México podrían esclarecer el punto. Éste consiste
en saber si los niños seguían la rama del padre o la de la madre. Si consideramos
el orden de sucesión del jefe militar supremo, nos tentaría creer que la rama
materna prevaleció, puesto que desde Moctezuma Ilhuicamina hasta Quauh-
temotzin vemos cómo los hermanos se suceden (Axayacatl, Tizoczic, Ahuitzotl),
los sobrinos (Moctezuma y Cuitlahuatzin) y otra vez el sobrino (Quauhtemotzin).
A 4 de marzo. El día de ayer terminó con una nevada y un gran frío. Hablando de
sucesión, hay otro punto por examinar. Un indio mexicano, hablando de su pa-
dre, ¿designa de manera segura a aquel de quien desciende, o a su hermano
colateral, es decir, a su tío paterno, como sucede entre los iroqueses? Y al hablar
del sobrino, ¿es éste hijo del hermano o de la hermana de uno de los propios
padres, o un hijo de una hija de la hermana del padre? Como una multitud de
problemas importantes se unen a esto, me permito planteárselo aquí.
En lo que concierne a la lectura, acabo de terminar el Origen de los indios de
García. ¡Qué hombre más sabio! La conclusión que se encuentra al final del cuar-
to libro es realmente muy original. Todo el mundo tiene razón, y cada uno un
poco. Era la mejor manera de conciliar a todo el mundo y, en segundo lugar, esto
me indica que se trata de un hombre superior para su época. Entonces debió ser
difícil mantener esa objetividad que el discípulo de santo Tomás preserva. Desde
este ángulo me parece el digno contemporáneo de Herrera, aunque el gran cro-
nista sea a veces bastante personal, como en lo que se refiere a Torquemada y a
sus fuentes, como Olmos, Sahagún y Mendieta (déc. VI, lib. III, cap. XIX, p. 81.2).
A propósito de esto, sabrá usted que nuestro amigo de Friburgo, el doctor A. von
Frantzius, que estuvo en Costa Rica, atacó violentamente a Herrera. Le reprocha
literalmente el haber copiado sin inteligencia, el que su obra es un amontona-
miento de documentos mal conjuntados, etc. Me permití salir en defensa de
Herrera que, si bien es cierto que omitió la descripción de las ruinas de Copán,
reproduciendo el informe del licenciado Palacios, tuvo en su momento razones
de sobra para hacerlo, dado que esta relación no estaba mantenida entonces por
ningún otro testimonio. Se me antoja una falta de agradecimiento respecto a un
hombre como lo fue Herrera, sin el cual careceríamos ahora de más de un dato.
No se me escapa que Muñoz78 fue el primero en atacarlo.
En el terreno bibliográfico, nada nuevo. Usted ha debido recibir el catálogo de
Bernard Quaritch de Londres (de noviembre). Herrera es caro. L. 6.6 y L. 10.10.
Se me escapó un Hernández79 que daban en L. 2.16, cosa que siento. El Teatro
78
Juan Bautista Muñoz, el célebre historiador español del siglo XVIII.
79
Se refiere probablemente a la edición de Madrid, 1790.
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 369
80
Tiene que ser la primera edición, 1698, ya que la segunda (Biblioteca Histórica de la Iberia,
VII-VIII,1870) no puede haber costado ese precio en aquella feliz época de libros baratos.
81
Antonio Vázquez Gastelu, Arte, confesionario y catecismo de la lengua mexicana. Había tres edicio-
nes: Puebla, 1689, 1693 y 1756. No puede tratarse de la última (1885), ya que es posterior a esta
carta.
82
La primera parte de las Noticias historiales se había impreso en Cuenca en 1627. Las otras dos
partes no se publicaron hasta 1892 en Bogotá. La última se perdió. La edición de Kingsborough se
menciona en la contestación de JGI a esta carta.
83
Ternaux-Compans publicó una mala traducción de la Historia de Tlaxcala de Muñoz Camargo.
En la propia Tlaxcala y en forma anónima se imprimió en 1879 esta crónica con el título de Fragmen-
tos de historia mexicana pertenecientes en gran parte a la provincia de Tlaxcala. Esta edición es rarísima.
Hasta 1892 no salió la primera edición, correcta, aunque incompleta, hecha por Chavero.
84
Véase la carta de JGI del 24 de marzo.
370 APÉNDICE I
ahora concluye poniendo de manifiesto los fraudes cometidos por ambas partes.
Menos mal que ya terminó, y sin traer grandes catástrofes. El pueblo americano
está tan cansado de estos forcejeos electorales que se alegra de todo. La gente
quiere volver a los negocios y colmar las lagunas que estos últimos años han
hecho en las fortunas. Habrá mucho por hacer, dado que casi todo ha perdido un
25%, por lo menos. Felizmente ya se está casi a nivel, de modo que se puede
considerar que la caída llegó a su punto inferior máximo.
Adiós, mi querido señor, y muchas gracias por sus bondades continuas y repe-
tidas. Mis mejores deseos para usted, los suyos y su hermoso país, cierran estas
líneas.
Siempre suyo,
Ad. F. Bandelier
Borrador de contestación
24 de marzo de 1877
tas, y estaban aparejados los cirujanos con sus medicinas los cuales con más bre-
vedad sanaban a los heridos que no nuestros cirujanos, porque no saben alargar la
cura porque les paguen más de lo que merecen, como acontece entre nuestros
naturales [los españoles].”85
Me agrada mucho saber que encontró algo útil en las obras que ha publicado.
Ha sido precisamente para ser de utilidad para los demás por lo que he carga-
do con los gastos y el trabajo de estas publicaciones, bien olvidadas aquí como
debo confesar. Pese a todo acabo de terminar otra86 que, aunque no le interesará
lo más mínimo, le enviaré en testimonio de amistad. Ya estoy metido en la prepa-
ración de otro libro. Quién se mete en estas labores no encuentra nunca el mo-
mento de parar.
Prescott ha perdido entre nosotros una gran parte de su antigua popularidad.
En lo que a Herrera se refiere, estoy de acuerdo con usted. Tengo la gramática de
Olmos de 1875: no está traducida al francés sino publicada en su texto original.
Es una hermosa obra, bien impresa, que le ayudará.
La continuación de las Noticias historiales de Pedro Simón ha sido impresa en el
octavo volumen de la gran obra de Kingsborough, aun cuando no sé si se trata de
la misma que ha sido descubierta en la biblioteca del señor Lennox, con quien
estoy en los mejores términos. Al señor Melgar, de Veracruz, no le conozco más
que de nombre.
Se ha anunciado la publicación de un trabajo del señor Chavero sobre el pa-
dre Sahagún.87 Se lo enviaré. La tempestad de la guerra civil ya pasó, con su
secuela de ruinas, y ya se empieza a formar otra en el horizonte. Esto es intermi-
nable. No me gusta hablar de política: si no fuera por ello y si tuviese algún
tiempo disponible, le contaría cosas increíbles.
Hemos tenido un invierno muy desagradable y el tiempo no es aún bueno.
Durante el mes de enero me fui a pasar una semana a Veracruz, para descansar
un poco. Cuando visitaba el “City of México” que salía para la Nueva Orleáns,
sentí un gran deseo de ir a estrechar su mano. Tenía las horas contadas y tuve
que regresar a mi agujero.
El tiempo apremia y debo terminar. Reciba usted todo mi agradecimiento y
mis mejores votos de prosperidad para usted y todos los suyos.
Con todo afecto,
J.G.I.
85
Los Memoriales de fray Toribio de Motolinia no se publicaron sino hasta 1903. Esta cita es de la
p. 298.
86
Se trata de Coloquios espirituales y sacramentales de Fernán González de Eslava, México, 1877.
87
Sahagún. Estudio, por Alfredo Chavero, México, 1877, edición de 100 ejemplares.
372 APÉNDICE I
CARTA 9
CARTA 10
88
En la misma fecha le escribe a Morgan: “Sin noticias de Cambridge. Sentiría mucho que hubie-
sen ‘reconsiderado’ el asunto abandonándolo sin avisarme previamente.”
89
Probablemente Bandelier no recibió la carta de 24 de marzo de JGI, pues de haber llegado
tendría que haber sido posteriormente a las láminas de Durán ya mencionadas en la carta anterior
de Bandelier.
90
No tengo ningún dato sobre este proyecto.
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 373
nión, con el fin de poder orientarme en lo que se refería a las condiciones de vida
que allí imperan, y los preparativos que habría que efectuar. La elección del se-
ñor Hayes dio al traste con todos estos proyectos por el momento, pero en el
transcurso de abril una circunstancia fortuita me obligó a hacer preparativos
para salir inmediatamente y pasar algunos meses entre ustedes. Mis negocios par-
ticulares dieron un giro inesperado, sentí que me quitaban un gran peso de enci-
ma, e incluso mi mujer insistía en que saliese de inmediato con objeto de recupe-
rarme un poco. Previendo que habría de verlo en el plazo de unas semanas, me
pareció inútil mandarle al señor Bruce lo que pensaba entregarle en propia mano,
por lo que no cumplí la promesa que había hecho de entregarle $50.00 por
medio de esa casa.91 Los preparativos para la salida han sido mucho más largos
de lo que suponía, y aún no estoy listo. La guerra europea ha traído a una de mis
tres industrias (la fundición) un cambio súbito que me ha obligado a permanecer
aquí, y si las cosas salen como preveo, me retendrán hasta el 1 de octubre. Estos
bellos proyectos tardan en efectuarse, pero de todos modos tengo la esperanza
de que el día del cumplimiento no anda lejos.
Lo que, sin embargo, podría producir un cambio radical en todos estos planes
y proyectos es una nueva proposición que se me ha hecho recientemente. Se trata
de la secretaría de la embajada en Roma (Italia). Uno de mis amigos se postula
sotto voce como candidato, y me ha pedido que le acompañe como secretario.
Ahora estoy indeciso; no sé qué contestar a mi amigo. Todo esto va a durar
bastante y aún podría permanecer indeciso92 hasta el otoño. Le comunico todos
estos detalles confidenciales para exponerle de manera clara cuál es mi posición,
indeterminada por el momento, pero que parece augurar un cambio de frente
total, con perspectivas diametralmente opuestas a las que me querían endosar.
(Este último párrafo se refiere a mi carrera en los negocios.)
En espera de que la situación se concretara, escribí inmediatamente a los se-
ñores Bruce, solicitando que me enviasen primero los libros. Les he propuesto
dos medios. O bien me envían una factura que yo liquidaría antes de la expedi-
ción de los libros, o bien me envían éstos haciendo que todo se pague aquí a la
compañía de express; manera sencilla y que aquí se utiliza mucho. Dada la incer-
tidumbre en la que me hallo en lo que se refiere a mis proyectos y a la posibili-
dad, si no probabilidad, de que se realicen, he pospuesto todo lo demás. Si todo
esto fallase, volvería a abusar de su amabilidad, por correspondencia; si todo sale
bien, permítame entonces, muy señor mío, que un buen día me presente en su
casa como un humilde viajero. Aún temo que no sea verdad tanta belleza.
Ya que estoy en las confidencias, hay algo que me oprime el pecho y que me es
necesario decirle. Temo que haya serias complicaciones entre México y nosotros.
Será, naturalmente, Texas quien las traiga, es más, quien las provoque. Temo
91
Véase la carta 8, nota 1.
92
Véase Pioneers, II: 54. Es curioso que Bandelier parezca dudar cuando en la carta del 5-6 de
julio ya le había dicho a Morgan que no podía aceptar.
374 APÉNDICE I
también que por vuestra parte no se esté suficientemente apercibido para evitar
el dar pie a los pretextos que se buscan ávidamente por la nuestra. Hay una gran
cantidad de gente sin oficio ni beneficio que recorre el país mendigando so capa
de pedir trabajo. Una emigración incalificable ha sido encaminada hacia Texas
por los ferrocarriles. Esta gente está descontenta y es desgraciada, muchos regre-
san, otros se quedan porque no cuentan con los medios que les permitan volver.
Se ha formado así en las cercanías de vuestras fronteras una población amena-
zante, dispuesta a la violencia, enérgica, y para la cual vuestro país es una presa
tentadora. Se les contendrá mientras que no haya una causa aparente para lega-
lizar el empleo de la fuerza por y para ellos. Desde luego, he dicho legalizar y no
justificar. La guerra ruso-turca, aunque no ofrezca la menor analogía de hecho,
puede servir de ejemplo. Pero quizás ya he dicho más de la cuenta, y queme
usted esto si lo cree conveniente, porque no creo que sea necesario que le diga
que no quiero que se divulgue.
Quizá todo esto tiene alguna relación directa con lo siguiente. Una persona
de la que debo hablarle aquí ha aparecido por las cercanías y por San Luis, don-
de tiene una oficina para la venta de armas de fuego (arms and ammunitions). Se
trata de un belga llamado W.J. De Gress93 y dice estar en relación, o que es socio,
de la casa Wrexel & De Gress de México (ciudad). Pretende haber vivido allí
mucho tiempo, y estoy seguro de que ha estado en Chile (donde vendió armas al
gobierno) y en Lima. Habla el español con soltura; el francés lo habla mal; muy
bien el alemán y el inglés, lo mismo que el italiano. Todo el mundo desconfía de
él, y se le considera un ser misterioso y por lo tanto sospechoso. Por lo demás,
sabe mucho sobre muchas personas conocidas mías, a veces detalles íntimos, lo
cual hace que los interesados no estén muy contentos con él. Esto no lo sé direc-
tamente a través del personaje en cuestión, sino por amigos íntimos que se han
visto afectados y que uno por uno me ha dicho lo que Gress sabía sobre tal o cual
otro. Lo he visto dos veces, hemos hablado en español, se ha mostrado educado,
amable sin necesidad de insistir ni esforzarse. Posteriormente fue lo bastante
amable para mandarme una obra cara sobre Lima, que me interesó mucho. Vién-
donos hablar en un idioma que no entendían los que se nos acercaban, se consi-
deró que era un deber advertirme que se trataba de un individuo peligroso, un
caballero de industria, sin asentar estas advertencias en más pruebas que en el
hecho de que cuando se le dirigían las preguntas sacramentales del país: ¿quién
es usted? ¿de dónde viene? ¿a dónde va? ¿a qué negocios se dedica? ¿cuál es su
fortuna? ¿cuándo espera usted morirse? etc., no estimó necesario informar ca-
balmente a sus interlocutores. Esto está muy mal visto, porque se sobrentiende
que una persona está obligada a contestar a los curiosos que no tienen nada que
hacer. Pese a todo creo que le veré con mayor frecuencia: quiero saber, si es
posible, algo más acerca de él, algo positivo, y como me dio una dirección en
México en la que podrían informar sobre quién es, he creído conveniente comu-
93
Hace algunos años había en México una casa comercial llamada Moller y De Gress.
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 375
él, yo creo que es ella) busca la manera de inspirarse en los mexicanos, por lo que
Morgan le sugirió que se dirigiese a mí. Me gustaría que se inspirase todo lo
posible, pero “El arte de la guerra” es tan seco como una papa vieja, y no logro
explicarme lo que este ser misterioso pueda encontrar en él. En fin, la condición
es que me lo devuelva, y entonces se lo enviaré sin más dilación, acompañado de
la súplica de que lo lea y, si lo estima conveniente, que lo pase para que se lea en
petit comité, y que acto seguido se me someta a una crítica lo más severa posible y
que se me comunique el resultado.
Para mí es algo muy importante. Podrá usted ver que he adoptado una actitud
clara. Si por error o por falta de conocimientos en lo que a las lenguas se refiere
he equivocado el camino, aún estoy a tiempo de enmendarme. Pero en la segun-
da monografía acerca de “La tenencia de la tierra” es menester que, o reconozca
“locuras juveniles” precedentes, o que queme mis naves. Hasta ahora me inclino
en favor de la quema de los barcos, pero no quiero hacerlo hasta saber lo que se
piensa en México. Por lo demás, me importa poco lo que digan los escritores
“populares” de los demás países. Sea usted, pues, tan amable de darme su opi-
nión cuando le convenga, y hágalo sin tener en cuenta los otros proyectos que le he
expuesto. Si estos proyectos llegasen a efectuarse, no se trataría más que de una
carta que encontraría al volver a casa, después de haber oído expresado el conte-
nido de viva voz, y más aún, si no se efectúan podré lanzarme a trabajar con
mayor confianza y tranquilidad. No es necesario que le diga que tan pronto
como tenga un ejemplar (o dos, o tres) completo se lo enviaré acto seguido. La
aprobación o el rechazo de mis amigos de México es para mí el punto decisivo.
En espera de que el célebre poeta “X” me devuelva las pruebas, le mando una
crítica de la obra del señor Squier sobre Perú,94 que tuve que escribir a las quieras
que no. (Cuando tenga las pruebas de “El arte de la guerra”, le agradecería que
me comunicase los errores tipográficos que no están corregidos. Las primeras
pruebas iban plagadas de faltas.)
Esta crítica o, mejor dicho, recensión, le dará una idea completa de mis pun-
tos de partida. Al mismo tiempo enviaré a su dirección dos volúmenes encuader-
nados. Uno es El Perú del señor Squier (o sea la obra que es objeto de la crítica
antes mencionada), el otro es Ancient society del señor Morgan, mi excelente ami-
go. Dentro de poco le enviaré también la critica de este último libro, también
mía, que estoy haciendo para el mismo periódico.95 Como estos dos libros están
94
Véase Pioneers, II: 47-50.
95
Ancient society apareció alrededor del primero de mayo de 1877. La reseña de Bandelier, dice
Leslie White, “aunque muy larga, apareciendo en dos números de The Nation (9 y 16 de agosto de
1877), está casi exclusivamente dedicada a un solo tema, la gens, y aun aquí Bandelier se dedica
solamente a América, especialmente a México. No sólo no entendió el tremendo significado de los
comentarios de Morgan sobre la organización social y la evolución cultural en relación con la cultura
tecnológica (formas de subsistencia) sino que hasta habló despreciativamente de ello. Esto, sin em-
bargo, no es de sorprender ya que el mismo Morgan no entendió plenamente el significado de su
propio descubrimiento. Ancient society era un trabajo demasiado grande, demasiado amplio y dema-
378 APÉNDICE I
encuadernados, se los entregaré a los señores Bruce para que ellos se los remitan
a usted. Pasarán aún algunas semanas antes de que pueda entregárselas a quien
corresponde.
(Intermezzo. Son las 8 de la noche y se me anuncia que voy a pasar una noche más
de guardia. Por lo mismo, podré estar con usted a ratos hasta mañana por la ma-
ñana.) Por último, le mando algunos artículos de periódico que escribí en ale-
mán, sobre el problema de “El Dorado”. El señor Epstein,96 que reside en vuestra
ciudad, podría leerlos, si usted así lo cree conveniente. En caso contrario, es
decir, si no le interesan, es un papel que arde bastante bien y que da muy buenos
fidibus (no sé si este términ