0% encontró este documento útil (0 votos)
807 vistas656 páginas

L. Morgan. A. Bandelier - México Antiguo

Historia.

Cargado por

Patricio Vasquez
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
807 vistas656 páginas

L. Morgan. A. Bandelier - México Antiguo

Historia.

Cargado por

Patricio Vasquez
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

MÉXICO

ANTIGUO

L. M O R G A N
&
A. B A N D E L I E R
VISÍTANOS PARA MÁS LIBROS:

https ://www.face book.com/cult uraylibros

https://twitter.com/librosycultura7

google.com/+LibrosyCultura
antropología
traducción de
STELLA MASTRANGELO
(Morgan: La comida de Moctezuma; Bandelier: Sobre el arte de la guerra y el modo de
guerrear de los antiguos mexicanos, Sobre la distribución y la tenencia de la tierra y las
costumbres relativas a la herencia entre los antiguos mexicanos, Sobre la organización
social y la forma de gobierno de los antiguos mexicanos)
JOSEFINA ANAYA
(Morgan: La condeferación azteca; Bandelier: Sobre los calpulli mexicanos, su admi-
nistración, su origen y el principio comunista implicado en ellos)
MÉXICO ANTIGUO

por
LEWIS H. MORGAN
y
ADOLPH F. BANDELIER

prólogo y edición de
JAIME LABASTIDA

Anexos

A.F. BANDELIER/JOAQUÍN GARCÍA ICAZBALCETA


Correspondencia

ALONSO DE ZORITA
Breve y sumaria relación de los señores de la Nueva España

siglo
veintiuno
editores
edición al cuidado de gabriela parada valdés
portada de ivonne murillo

primera edición en español, 2003


© siglo xxi editores, s.a. de c.v.
en coedición con el instituto nacional
de antropología e historia

isbn 968-23-2452-1

título original y primera edición en inglés: lewis h. morgan: “montezuma’s dinner”


(1876), en the north american review; “the aztec confederacy” en ancient society (1877).
a.f. bandelier: “on the art of war and mode of warfare of the ancient mexicans” (1877),
en tenth annual report of the peabody museum; “on the distribution and tenure of lands,
and the customs with respect to inheritance, among the ancient mexicans” (1878), en
eleventh annual report of the peabody museum; “on the social organization and mode of
government of the ancient mexicans” (1880), en twelfth annual report of the peabody museum

título original y primera edición en francés: a.f. bandelier: “des calpullis mexicains,
de leur administration, de leur origine et du principe communiste qu’ils impliquent”
(1879), en el congrès international des américanistes

derechos reservados conforme a la ley


impreso y hecho en méxico

queda prohibida su reproducción total o parcial por cualquier medio


mecánico o electrónico sin permiso escrito de la casa editorial
PRÓLOGO
LAS TESIS (REVOLUCIONARIAS Y DISCUTIBLES)
DE MORGAN Y BANDELIER

por JAIME LABASTIDA

A la memoria de mi amigo
Enrique Bracamontes
(α 1954 - Ω 2003)
Esta página dejada en blanco al propósito.
ADVERTENCIA

Que nadie se engañe. El libro que el lector tiene ante sus ojos es un largo texto de
arqueología y los fósiles que contiene son de orden teórico. Los ensayos que lo
conforman se sitúan en el siglo XIX, un siglo que en buena medida resulta extra-
ño a la forma de pensar que rige en la actualidad: a ese siglo pertenecen las ideas
básicas de sus autores, los etnólogos Lewis H. Morgan y Adolph Bandelier. Por si
esto fuera poco, en un apéndice se recoge un texto más arcaico (del siglo XVI),
obra de un jurista, Oidor de la Corona española, por un lado; pero, por otro y
por sobre todo, un protector de los pueblos amerindios apenas conquistados (su
nombre era Alonso de Zorita).
Entiendo por el concepto de arqueología una excavación en los estratos más
profundos de las ideas, un esfuerzo por desenterrar (o sea, por entender) teorías
situadas en épocas sumergidas en el humus de la historia. Subrayar que las tesis de
Morgan y Bandelier pertenecen a una etapa arcaica significa decir que la investi-
gación etnológica y la historia de las culturas amerindias han rendido ya frutos
decisivos que son, en muchos de los casos, contrarios a las ideas de estos dos
etnólogos. No puedo omitir, por lo tanto, que sus teorías constituyen ahora una
grave piedra de escándalo. De nuevo, que nadie se engañe: esta arqueología y
esta paleontología teóricas no revelan sólo aquello que está sepultado en el tiem-
po: revelan al arqueólogo o al paleontólogo que exhuman el fósil (no importa
que en este caso se trate de un fósil teórico), ya que ponen en acto su método y su
forma de pensar. Por lo tanto, la acción arqueológica o paleontológica me pone
en evidencia, ya que toda visión del pasado es también una visión (digo, una
teoría) del presente.
Grecia ha servido de fundamento a las teorías políticas más opuestas. Acaso
empezó por ser el cimiento (o el pretexto) sobre el que se levantó el edificio del
Renacimiento, opuesto a la oscuridad medieval, no importa si con razón o sin
ella. Luego, a partir de la época neoclásica, el arte de la Hélade fue visto como
ideal (Marx lo consideró todavía el “modelo inalcanzable”). Grecia se convirtió
en un milagro (la expresión fue de un positivista, Ernest Renan, e hizo fortuna).
Todavía hoy, la Atenas democrática sigue en lucha contra la Esparta oligárquica
en el imaginario de los hombres.
Otro tanto ocurre con el proceso de rescate de civilizaciones y culturas aún
más alejadas de nosotros que las helenas. Tal vez el descubrimiento de esas len-
guas que ahora, a falta de título mejor, llamamos indoeuropeas (y cuyas raíces nos
son aún desconocidas, por más que las busquemos en el sánscrito y en los textos

[ix]
X PRÓLOGO

védicos), nos ha incitado a revalorar el desarrollo de lenguas y civilizaciones.


Hoy se postula con no disimulado orgullo que todos los pueblos son iguales y
que no existen culturas ni lenguas superiores frente a otras, inferiores: unas dis-
ponen de mayor capacidad de abstracción; otras no han sido plasmadas en gra-
máticas ni disponen de alfabetos fonéticos y, por supuesto, hay pueblos ágrafos.
Sin embargo, no se puede postular que existan pueblos superiores ni que una cul-
tura se imponga a otra. Lo anterior ¿impide sostener el posible trazo de una
línea de desarrollo que vaya de los pueblos llamados salvajes a los civilizados? Si
en la física existe la flecha del tiempo (de ella da cuenta la segunda ley de la termo-
dinámica), ¿hay en el curso de la historia un hilo que vaya de los pueblos sin
escritura a nosotros? Reconocer la igualdad de las culturas, su racionalidad inter-
na, ¿ha de anular la posibilidad de la evolución social? Claude Lévi-Strauss dice
que el hacha de piedra está tan bien hecha como la de bronce; que cada una de
ellas guarda correspondencia con la racionalidad de las fuerzas productivas del
grupo social que la produce; que “un hacha no da nacimiento físicamente a otra
hacha, como pasa con un animal”; que no existen pueblos infantiles; todos son adultos
y que no existe ningún desarrollo lineal de los pueblos, como el que va del niño
al hombre. Puesto a elegir, sin embargo, el primitivo no usa el hacha de piedra si
tiene a la mano el hacha de hierro. Hay un desarrollo técnico, que deja su im-
pronta, en las mentalidades de los pueblos. Los pueblos sin escritura coexisten,
desde luego, con los modernos; la evolución no destruye la forma precedente; la
especie nueva acusa, como estigma, la huella de las anteriores y el hombre arras-
tra, en su propio cuerpo, la existencia de minerales y de gases.
En la conquista de América la olla de barro se estrelló contra la marmita de
hierro, de acuerdo con la imagen plástica de Alfonso Reyes: del choque violento
nacieron tanto nuevas formas de cultura como, por encima de todo, pueblos
nuevos. Hay un hecho que nos atañe de modo directo, la Conquista de México
(ese duro sintagma, la Conquista de México, revela un sustrato ideológico). Las
tesis de Edmundo O’Gorman sobre la invención de América pueden servir para
este caso: el sustantivo México aún no existía en la época de la conquista (cubría
un campo semántico distinto por completo al que cubre hoy: sólo el pueblo
mexica). Esa conquista fue un trauma, sin duda, para los pueblos indígenas y no
es tal hecho indudable el que aquí pongo en el tapete de la discusión, sino el
modo en el que los hispanohablantes de México lo asumimos. No pocos mexicanos
se dicen todavía conquistados por otros, los españoles del siglo XVI, y asumen el
papel de víctimas. Pero no admiten que su lengua es la del conquistador, que se
han formado en la cultura occidental; que son tan occidentales como los peninsula-
res. ¿Convendrá decir, para no aligerar nuestra culpa, que vinimos en las carabelas
de Colón y que entramos a saco, llenos de sudor y de polvo, con las huestes de
Cortés, en México-Tenochtitlan? Supongo que afirmar tamaña cosa crearía un
profundo sentimiento de rechazo, pues en México se da la clara identificación con
la víctima y no con el victimario. A partir de la Independencia, se ha extendido la
tesis (que en su origen fue postulada por Morelos): hemos de sacudirnos el yugo
PRÓLOGO XI

impuesto por los españoles (conquistado se vuelve sinónimo de americano). No im-


portan el habla ni la cultura: el mexicano se identifica con quien es conquistado y
hasta nuestros más grandes escritores afirman que la lengua española se nos im-
puso; que no es nuestra. Es cierto que los hispanoparlantes de México poseemos
muchos matices que nos diferencian del peninsular: ya asimilamos Mesoamérica
en nuestra cultura. Pese a todo, hemos de asumir la responsabilidad histórica:
somos, al mismo tiempo, conquistados y conquistadores, víctimas y victimarios.
Los asuntos que este libro contiene integran un diálogo con nosotros mismos;
son parte del largo diálogo entre el Oriente y el Occidente; son un diálogo entre
el Norte y el Sur, entre naciones y culturas distintas, donde el Oriente, el Sur y las
culturas que son postergadas aportan claves cruciales para (re)construir los valo-
res de la sociedad y el mundo globales en que estamos inmersos. Es en ese senti-
do que las ideas modernas de Taiichi Ohno o de Kishore Mahbubani (el primero
japonés; el otro, ciudadano de Singapur) son decisivas: ambos han pensado al
revés las tesis de la economía occidental. ¿Qué aporta al diálogo entre el Oriente
y el Occidente la cultura de Mesoamérica? La cultura mesoamericana ¿sólo ha de
ser vista como el eslabón de una larga cadena? Sin duda, forma parte de la cultu-
ra universal y bajo ese solo título tiene el mismo derecho que las culturas
posthelénicas de constituirse en parte integral de la visión moderna del mundo.
Ofrece una forma distinta de entender y aprehender el universo; desde este án-
gulo, se puede incorporar al sustrato del pensamiento humano. Nadie negará
este hecho. Lo que está en el tapete de la discusión es la manera en que puede
formar parte de la cultura universal. El problema adquirió mayor agudeza a raíz
de las tesis de Claude Lévi-Strauss, cuando el estructuralismo en la etnología se
puso en acto y fue rechazada la evolución social (cada pueblo y cada cultura
poseen su racionalidad interna).
Vuelvo al asunto crucial: la posible asimilación de la cultura mesoamericana
por el México moderno. Todos saben que el pintor José Clemente Orozco dijo,
burla burlando, que la Conquista de México parecía haber sucedido ayer. Por esa
causa, si aquí se habla del México antiguo, en verdad se habla del México actual.
Octavio Paz ¿no cargó acaso en la cuenta de Huitzilopochtli la matanza de
Tlatelolco, que tuvo lugar el 2 de octubre de 1968? Lo mismo hizo el inmenso
Rubén Darío en un breve relato (publicado en 1914 en La Nación, de Buenos
Aires): la sangre vertida en la revolución se le presentó como un atavismo del
México prehispánico y entendió esa orgía de sangre por la intervención del dios
del panteón mexica, el Colibrí del Sur, Huitzilopochtli. Lo cierto es que ahora
leemos al cronista de Indias con ojos impuros y aceptamos de él sólo aquello que
se acomoda a nuestra forma de pensar: nadie es inocente en su lectura. El Méxi-
co actual ha hecho realidad lo que anhelaba José Martí: aquí se estudia el pasado
de Nuestra América de modo más intenso que el pasado de Grecia y Roma. En
México se publica un libro sobre la Antigüedad clásica por cien sobre Mesoamérica,
que ha devenido ya, sin ninguna duda, nuestra cultura histórica. Se trata de un
hecho reciente, que arranca del último tercio del siglo XIX.
XII PRÓLOGO

Si en algunos momentos de la historia de Europa, en Italia lo mismo que en


Inglaterra, en Alemania igual que en Francia, toda la gloria de las ciudades de
Atenas, Esparta o Roma sirvió para dorar los títulos de dominio, en México ha
sido la gloria de Tenochtitlan, Chichén Itzá, Uxmal o Teotihuacan lo que ha ser-
vido para dar un lustre específico al dominio nacional. Pero no siempre fue así.
En el curso de los tres siglos de la Colonia, el pasado prehispánico fue objeto de
sospecha. Sólo hacia finales del siglo XVII, hombres de la talla de un Carlos de
Sigüenza y Góngora se atrevieron a ver en el pasado prehispánico nuestro pasa-
do. Sigüenza no luchó contra el paganismo azteca ni lo estigmatizó, como se
advierte con claridad en su Theatro de virtudes políticas que constituyen a un príncipe
(de cuyo largo título destaco que tales virtudes políticas no sólo se aprecian en los
modelos europeos y cristianos, sino, sobre todo, “en los monarcas antiguos del
mexicano imperio”). Según Sigüenza, de manera paralela a las virtudes hispanas
y cristianas, y con su mismo rango, resplandece la gloria de los príncipes aztecas.
Sin embargo, debo decir que el primero en examinar con un método científico
las antigüedades mesoamericanas fue el barón Alejandro de Humboldt (en su
obra Vistas de las cordilleras y monumentos de los pueblos indígenas de América, libro
que hizo despertar a la americanística europea). En México, a fines del siglo XIX, en
las obras de Manuel Orozco y Berra o de Alfredo Chavero se dio inicio a la revi-
sión del pasado prehispánico. Tal vez sea, empero, la tesis nacionalista que se
halla en Manuel Gamio, en el principio del siglo XX, el grito de batalla en el que
se integra el pasado clásico al conjunto de ideas etnológicas que deben otorgarle
homogeneidad al México actual: así, el pasado prehispánico, vivo todavía en el
pueblo amerindio, es nuestro y por eso debe formar parte de nuestro imaginario
social, si se desea, como Gamio, forjar patria. Hoy el pasado prehispánico integra
la identidad nacional. Pocos advierten que el renacimiento de los estudios meso-
americanos, en el tiempo actual, no sólo revela ese pasado, ya considerado glo-
rioso, sino que pone en acción una determinada interpretación de la realidad
que se rescata. Nadie lee a Nezahualcoyotl de modo inocente porque, al leerlo,
leemos en él, lo queramos o no, a Ixtlilxochitl, el mestizo cultural y racial que es
su heredero; a un cronista de Indias o al misionero que redactó una gramática o
un vocabulario en el siglo XVI. En Nezahualcoyotl se ha de leer a Ángel María
Garibay, como al leer la filosofía nahuatl leemos a nuestro contemporáneo, digo,
a Miguel León-Portilla. No se recuerda que el concepto de identidad es uno de
esos principios que Aristóteles llamó lógicos supremos (que luego se completó con
su opuesto, el principio de los indiscernibles, o sea, el principio de la diferencia
absoluta, que postuló Leibniz). México será completo al entrar en relación con el
Otro (otras naciones, otras culturas).
Es preciso añadir que este libro representa para mí un largo y no siempre
amable tiempo de trabajo. En efecto, desde hace treinta y cinco años, cuando leí,
no sin azoro y por primera vez, los textos de Morgan y Bandelier advertí, con un
dolor extraño, que México tenía una deuda no saldada con ellos. No puedo decir
que entonces compartiera (ni que comparta ahora) todas sus tesis; pero sí debo
PRÓLOGO XIII

decir que me asombró su coherencia teórica, su intento por situar a la sociedad


azteca en un punto determinado de la evolución de la especie humana. Me pre-
gunté por el origen de tal empeño y advertí que se trataba de un afán propio de
la ciencia biológica, igual que de todas o casi todas las ciencias del siglo XIX.
Morgan establece un sistema de periodización riguroso de las etapas por las que
ha atravesado la sociedad humana, del salvajismo a la civilización. Su obra ha de
ser vista como fruto paralelo a la teoría darwinista de la evolución, ya que la base
de los conceptos de uno y otro pensador, de Darwin y de Morgan, es la misma: la
atmósfera intelectual en que los dos respiran es la ciencia del siglo XIX, un siglo
en el que hacen eclosión las tesis positivistas. No conozco un solo hombre de
ciencia que no acepte la teoría darwinista de la evolución. Cierto, la moderna
teoría de la evolución biológica ha cambiado radicalmente desde la época de su
fundador. Nadie estima que la sola adaptación al medio sea el mecanismo que
explica el desarrollo de los seres vivos, del protozoario al hombre. A la teoría
clásica de la evolución se ha incorporado la moderna teoría genética y el descu-
brimiento del ADN. Esto ha permitido afinar la teoría de la evolución. No hay
ahora un solo biólogo que la deseche o la combata. Jacques Monod se apoya en
la teoría de la comunicación, desde luego, pero su tesis es evolutiva. ¿No debe
suceder lo mismo en etnología? ¿Puede ésta desechar las tesis evolutivas de
Morgan? Creo que no.
Desde 1970, me propuse publicar en su conjunto los textos que Morgan y
Bandelier habían dedicado a la estructura económica y la sociedad de los anti-
guos mexicanos. Por desgracia, mi intento fue en vano. Me encontré de súbito
frente a la incomprensión y el rechazo casi unánimes. Antropólogos e historiado-
res afirmaron que estos textos carecían de interés y que, si acaso, valdrían sólo
como antecedente de las tesis de Marx y Engels. Otros dijeron que eran obsoletos,
pues ya la etnología y la investigación histórica, en todo el mundo, habían hecho
avances de gran magnitud en los últimos decenios. Las tesis de Morgan y de
Bandelier debían ser vistas sólo como la interpretación, dogmática por cierto, de
la historia antigua de México. Por lo que respecta a Morgan, sus teorías habrían
sido superadas por la teoría etnológica moderna (en especial, en todo lo que
corresponde a las estructuras del parentesco en las sociedades sin escritura).
Además, las recientes investigaciones lingüísticas de multitud de helenistas euro-
peos y estadunidenses, tan minuciosas y precisas, habrían contradicho no sólo a
Morgan sino a una buena cantidad de teorías que en el siglo XIX se consideraban
fundadas a propósito de Grecia (tanto de la arcaica como de la histórica). Entre
lo que ahora conocemos de la Grecia clásica y aquello que Morgan conoció de
ella (la veía como si fuera un todo coherente) hay un verdadero abismo. Los
matices se multiplican. Morgan parece ver en la Atenas clásica, la del siglo V, a
toda Grecia posible (al menos, a su modelo). Pese a que la subdividiera en dos
grandes periodos (el superior de la barbarie y el inicio de la civilización), Morgan se
sitúa en el polo opuesto de un Moses Finley (el nominalista de la historia griega).
En sentido opuesto al de Finley, Morgan establece los conceptos generales. Es
XIV PRÓLOGO

evidente que la arqueología ha sacado a luz hechos que resuelven problemas


antes considerados oscuros en nuestro conocimiento de Egipto, Mesopotamia,
Micenas, Creta y la Grecia arcaica: muchos detalles contradicen aspectos sus-
tantivos de las tesis de Morgan e introducen matices finos en ella: cuanto antes se
vio como bloque sólido, ahora está lleno de aristas. Clístenes ¿en verdad es el
fundador de la democracia? De él, como de nadie más, tenemos información
sobre su actividad política; pero ni los textos homéricos son tomados como una
fuente de historia real, ahora, y el lingüista moderno se esfuerza por evitar anacro-
nismos al traducir las voces griegas. “¿Tuvo lugar en realidad una guerra de
Troya […] Homero es sólo una mezcla de recuerdos nebulosos atemperados por
la poesía?”, se pregunta la lingüista Emily Vermeule.
El problema básico al que se enfrenta todo investigador de la cultura meso-
americana estriba, pues, en el método para traducir un concepto nahua o maya a
las lenguas modernas sin traicionar su espíritu. La traducción ¿debe apegarse al
sentido que le otorgaron a las voces nahuas y mayas los frailes del siglo XVI?
¿Qué se debe hacer? ¿Estudiar y analizar su carga semántica real, ubicar la voz en
su contexto? En griego, βασιλεύς ¿equivale a rey, tirano, déspota o soberano? En
nahuatl, ¿qué significa tecuhtli? La voz se halla en tlacatecuhtli, jefe de la guerra, lo
mismo que en multitud de dioses: Rémi Siméon traduce el término como señor,
dueño, soberano (en esto, sigue a Sahagún). El sufijo aparece también en Mictlan-
tecuhtli y en Tlaltecuhtli (en el primer caso, el señor de la región de los muertos,
los descarnados o el inframundo; en el otro, el señor de la Tierra). Soberano es
otro concepto difícil, en tanto que posee una carga política occidental en exceso
fuerte: ¿conviene usarlo? ¿No se hace, cuando se usa, una traslación acaso invo-
luntaria de sentido? Soberano designa al rey, al cuerpo moral colectivo en el que
reposa la soberanía (el congreso que representa la voluntad del pueblo, el cuerpo
que hace la ley): la voz aparece en el vocabulario político-jurídico de Europa sólo
en el siglo XVI. ¿Puede aplicarse, con este mismo sentido, a tecuhtli? El tecuhtli
mexica, pregunto, ¿redactaba y promulgaba la ley? No, por supuesto, allí la cos-
tumbre era ley y el tecuhtli la obedecía. Por otro lado, ¿qué decir de tlahtoani, otra
voz que se aplica a los señores nahuas? La raíz de la palabra es el verbo tlatoa,
hablar: tlahtoani es el que habla, mejor, el que habla con autoridad. Es de suyo
evidente que los vocabularios antiguos revelan las preocupaciones propias de los
misioneros del siglo XVI, no las que tienen los etnólogos de los siglos XIX y XX.
En aquellos vocabularios nunca aparecen voces que son claves en la etnología
moderna de Occidente, como las de tabú y tótem. El diccionario de Alonso de
Molina no registra un concepto decisivo, el de ley (como si en Mesoamérica no
hubieran existido nunca la prohibición ni la función paternal, el antepasado míti-
co que da nombre a los clanes. Lévi-Strauss dice, en este sentido: “La prohibición
del incesto funda la sociedad humana y, en un sentido, es la sociedad”).1

1
Claude Lévi-Strauss, Antropología estructural. Mito, sociedad, humanidades, trad. Juan Almela, México,
Siglo XXI, 1979, p. 23.
PRÓLOGO XV

Negarse a publicar los textos de Morgan y de Bandelier no es sólo un asunto


teórico, es un asunto político y cultural. Estos dos etnólogos son (¿y siempre lo se-
rán?) una piedra de escándalo, en tanto que sitúan a la sociedad mexica en un
nivel de desarrollo que, al parecer, no se corresponde con la fineza de su arte
(pese a que su lapidaria fue hecha por medio de la piedra tallada y pulida). Por lo
que toca a Bandelier, se dijo que sus tesis fueron en dirección equivocada y que
nadie debería tomarlas en cuenta. No obstante esas objeciones, no me es posible
entender la negativa a publicar sus textos, así sea para rebatirlos. Ahora se publi-
ca a cronistas de Indias cuyas ideas no compartimos, porque en ellos hay datos
que sirven para interpretar cultura y sociedad de Mesoamérica. Los textos de los
cronistas del XVI forman un todo coherente y no pueden separarse de su celo
evangélico, pero nadie se opone a su difusión. La idea que en la actualidad do-
mina en México sostiene que las modernas investigaciones sobre la historia, la
política y la economía de los antiguos mexicanos echan por tierra las tesis de
Morgan y Bandelier. Empero, es necesario señalar que sólo las obras de Manuel
M. Moreno, Leslie A. White y Friedrich Katz entran en la discusión de las tesis de
Bandelier (aun cuando lo hagan, a mi juicio, de un modo superficial, pues nin-
guna examina la teoría de Morgan). Por causas diversas y no siempre científicas,
las ideas de estos dos autores han pasado al olvido. Debe llamarnos poderosa-
mente la atención que Ignacio Bernal y Leslie A. White se dedicaran a publicar
las cartas que cruzaron, hacia finales del siglo XIX, Joaquín García Icazbalceta y
Bandelier. Que dos historiadores de la talla de García Icazbalceta y Bernal tuvie-
ran interés en la tesis de Bandelier, no obstante sus diferencias con ella, debe
obligarnos a pensar que sus ideas no son en absoluto despreciables.
Me enfrenté a otra dificultad, que pondré en relieve. Resultó relativamente
fácil encontrar los textos originales de Morgan (un clásico de la antropología
universal), pero muy difícil hallar los de Bandelier. Ninguna biblioteca de Méxi-
co posee las ediciones del siglo XIX, ni siquiera aquellas que, como la Biblioteca
Nacional de Antropología, están obligadas a contar con ellas. Por esto, hube de
solicitar los ensayos de Bandelier a la Biblioteca del Congreso, de Washington.
La dificultad mayor no fue ésa, empero, sino el lento cotejo de las abundantes
notas con las que Bandelier acompañó sus ensayos (tan largas y prolijas que
superan, en proporción de tres a uno, por su extensión, al texto mismo. Tal vez
por esa causa Julio Luelmo –bajo el pseudónimo de Mauro Olmeda– sólo se
atrevió a traducir dos de los ensayos, pero sin las notas). Por si lo anterior no
bastara, las notas acumulan multitud de errores que provienen de la edición
original: tantos, que Bandelier sufrió de modo indecible por ellos y subrayó,
ante García Icazbalceta, las constantes erratas en la página, el nombre del libro y
del autor: le fue imposible superar ese problema. Se debe tomar esto en cuenta al
cotejar este texto con el original de Bandelier; las notas de esas ediciones alteran
el orden de casi todas las referencias bibliográficas y hacen ininteligibles las fuentes.
Además, los libros en que Morgan y Bandelier se apoyaron son ediciones anti-
guas, del XIX hacia atrás, casi inaccesibles para el lector moderno: por eso, el co-
XVI PRÓLOGO

tejo debía hacerse con cuidado, sin importar que fuera lento, si había de recurrirse
a ediciones críticas modernas; ese trabajo lo llevaron a feliz término Gabriela
Parada y Victoria Schussheim, a quienes doy aquí mi sincero agradecimiento.
Ni Morgan ni Bandelier tuvieron acceso a textos nahuas de los que hoy dispo-
nen los investigadores (Informantes de Sahagún). Bandelier buscó en fuentes del
siglo XVI (Anglería, Cortés, Bernal, Durán, El Conquistador Anónimo, Gómara,
Ixtlilxochitl, Sahagún, Molina, Tezozomoc o Zorita) y en las posteriores (Acosta,
Gama, Sigüenza, Clavijero), así como en los historiadores mexicanos del siglo
XIX (Orozco y Berra, Chavero, García Icazbalceta, Vigil). Es obvio que poseía un
agudo sentido crítico; sabía discriminar las fuentes; era capaz de hallar el matiz
lingüístico; mostraba el campo semántico que cubría una palabra; no dudaba al
mostrar el error de sus contemporáneos, aun cuando se tratara de Humboldt o
Prescott (dice que éste tiene valor de literato, no de historiador).
Para la interpretación de las voces nahuas, desde un ángulo lingüístico mo-
derno, por el que se pueda apreciar toda su real carga semántica, conté con la
invaluable ayuda de los nahuatlatos Patrick Johansson e Ignacio Guzmán Be-
tancourt, sabios amigos a quienes reitero mi gratitud (Por cierto, debido a las
múltiples variantes en la transcripción al español de las voces nahuas, se decidió,
para esta edición, no acentuar gráficamente ninguna de ellas). Empero, soy res-
ponsable de la consecuencia de esas interpretaciones, al establecer un posible
paralelo con la carga semántica que poseen voces griegas o latinas, al parecer tan
ajenas de las voces mesoamericanas. No me atrevo a comparar la cultura de
Mesoamérica con otras culturas y lenguas. Para que un diálogo como éste pueda
ser continuado, es necesario entrar en el mundo de las religiones védica y egip-
cia, igual que en las culturas de Asia, África y Oceanía, labor para la que estoy
absolutamente impedido. Por lo anterior, insisto en que mi interés consiste en
poner ante el lector, especializado y lego, el conjunto de los textos, polémicos sin
duda, de estos dos etnólogos, para discutir, sin prejuicios, sus tesis.
Morgan establece un sistema clasificatorio que tiene enormes aportaciones,
pero también límites. Posee un vínculo, no importa si necesario o casual, con
algunos textos antropológicos de Marx. Es obvio que varios de los textos de
Marx son anteriores (por más de veinte años) a su lectura de Morgan (se expre-
san en los llamados Grundrisse, el material manuscrito que sirvió de preparación
para la Contribución a la Crítica de la Economía política de 1857). Otros textos, igual
que los de Friedrich Engels, son de fecha posterior a su lectura de Morgan y se
vinculan a la polémica sobre el modo de producción asiático (al publicarse, en 1957,
el libro de Karl Wittfogel, El despotismo oriental). Esa polémica tuvo un eje político
y étnico (en el fondo, aparecía el tiempo del desprecio y el tiempo de los asesinos): se
oponía el atraso asiático a la estructura política, “abierta y democrática”, de las socie-
dades occidentales: la tiranía, la crueldad y el despotismo asiáticos eran contrarios a
las formas abiertas de la Europa moderna. Desde Montesquieu y desde Hegel,
esa tesis fue el apoyo que justificó la violencia contra China, Turquía, Japón o
Mongolia. Para el examen de todos esos asuntos, subrayo que existen al menos
PRÓLOGO XVII

dos libros importantes, publicados en fecha relativamente reciente (de 1969). En


francés, Sur le “mode de production asiatique” (París, Éditions Sociales), contiene
textos de, entre otros, Jean Suret-Canale, Maurice Godelier, Jean Chesneaux y
Pierre Boiteau. En español disponemos de un libro sobre el tema (Roger Bartra,
El modo de producción asiático, México, Era). A su vez, Lawrence Krader transcribió
y anotó, en 1972, Los apuntes etnológicos de Marx (Madrid, Siglo XXI de España,
1988): en él recoge las notas de Marx al libro de Morgan, Ancient Society.
Creo que es imprescindible poner en relación el concepto de modo de produc-
ción asiático con otros textos de Marx y, además, con lo que sabemos de la estruc-
tura de la sociedad mesoamericana. En ese contexto, deben mostrarse las apor-
taciones y las deficiencias de la teoría de Morgan. El lector debe advertir el carácter,
parcial y grandioso a la vez, de las tesis morganianas. Insisto: trato de hacer la
arqueología de las ideas.
Los ensayos de Bandelier no pueden ni deben ser vistos como un caso particu-
lar de aplicación de las tesis de Morgan. No pueden separarse de las tesis de su
maestro, pero es obvio que Bandelier conocía de modo más profundo que Morgan
los textos clásicos de la historia antigua de México y que aportó, a la estrecha
relación teórica que existió entre ambos, una parte sin duda sustantiva de los
argumentos. Cabe advertir que Bandelier se apartó de la investigación de la
historia antigua de México, después de publicar los ensayos que aquí se recogen,
para realizar un vasto y genial trabajo de campo, en torno a la cultura de los
indios pueblo del sudoeste de Estados Unidos.
Subrayo que Morgan y Bandelier no estudiaron la mitología de los pueblos
amerindios ni conocieron los progresos que ya han hecho la arqueoastronomía y
la etnoastronomía actuales. Por esto, sus ideas sobre México-Tenochtitlan eran
las comunes al siglo XIX (veían en la ciudad nahuatl la estructura fortificada, el
campamento bélico). No podían entender la estructura simbólica (mejor, mítica)
de la urbe mesoamericana, diseñada como un templo que producía y reproducía, de
modo simbólico y geométrico, si puedo decirlo así, la bóveda celeste, la totalidad
del cosmos, el espacio sagrado en donde ponen sus pies y por donde, de día y de
noche, caminan el viento, los astros, la Luna, el Sol. Coatepec puede ser un cerro
real; pero es la montaña mítica, el cerro que emerge del agua original.
Se ofrecen dos apéndices al libro. Por un lado, el conjunto de las cartas cruza-
das entre Bandelier y García Icazbalceta, en edición que se debe a Ignacio Bernal;
por otro, la Breve y sumaria relación de Alonso de Zorita, Oidor en diversas Audien-
cias de las Indias: en Santo Domingo, en los Confines y en la Nueva España: su
texto es clave para cualquier estudio de la estructura económica y social de la
sociedad mexica. No omito que la idea de este libro, igual que su distribución
gráfica y teórica, son de mi entera responsabilidad. Me gustaría subrayar que, al
publicar los ensayos que contiene, intento hacer una modesta contribución a la his-
toria de las ideas en nuestro país, aun cuando ese aporte vaya en contra de la
tesis dominante en los antropólogos e historiadores mexicanos. Repito: la ar-
queología o la paleontología teóricas no hablan sólo del pasado: hablan de mí y
XVIII PRÓLOGO

me revelan, pero también hablan de ti, del mexicano que afianza su credo al
afirmar que desciende de los mexicas, que dice que los españoles lo conquistaron,
que cree que la Malinche es su madre y que es, por supuesto, hijo de la chingada
(repite palabras, míticas, de Octavio Paz). La arqueología habla también del
chicano que, al atravesar la frontera, cree pisar el suelo mítico y nutricio de México
y sus antepasados, la tierra donde supone que iniciaron los aztecas su peregrina-
ción y en donde se levanta la ciudad de Aztlan.
México tiene carácter propio, no tengo dudas, pero pertenece al Extremo
Occidente: quienes hablamos español en México somos occidentales. La mayo-
ría nacional es, por lo tanto, occidental. Pero incluso los hispanoparlantes somos
un fruto híbrido, en tanto que somos hijos de las castas. Hemos integrado en
nuestro carácter los aspectos decisivos de Mesoamérica y de Aridoamérica. La x
con la que escribimos el nombre de nuestro país es un síntoma (pues en el ori-
gen, el grafema x intentaba reproducir el fonema sh de la lengua nahuatl y poco
a poco se transformó en el fonema j, velar, sordo y fricativo del español moder-
no). Esa x pone en relieve el hecho de que, acaso en la misma proporción en la
que se halla una letra entre seis (la x de México), hemos asimilado diversos aspec-
tos de las culturas prehispánicas: Mesoamérica está incorporada en el tronco de
nuestra forma occidental de ser, mientras que el mestizaje de las comunidades
amerindias tiene carácter distinto: en ellos, al núcleo mesoamericano se añaden
elementos occidentales (de la cocina a la forma de medir el tiempo). Los tzeltales
de los Altos de Chiapas se dedican a pastorear borregos y se visten con cotones
de lana; usan aceites vegetales y grasas animales desconocidas en el mundo de la
antigua Mesoamérica, comen gallinas, reses y puercos europeos y se rigen por el
calendario gregoriano. Pero su lengua es distinta de la española y su forma de
pensar está hincada en las ideas míticas de Mesoamérica: para ellos, Cristo es el
Sol, y la Semana Santa una pasión del cosmos. En grado mayor o menor, lo
mismo sucede en las comunidades de nahuas, coras, huicholes, pames, purhé-
pechas, mixtecas o yoremes. Los hispanohablantes ya hemos incorporado Me-
soamérica a nuestra cultura, mientras que los indígenas hacen lo inverso: incor-
poran elementos occidentales a un tronco antiguo.
Europa se define, a lo largo de su historia, por su relación con el pasado
clásico. De Grecia, unos exaltan la democracia o la racionalidad. Otros ven en
ella un milagro. Otros acentúan su lado oscuro y muestran al hechicero griego en el
momento mismo en que florecían la luz y la razón, la lógica y la geometría. A
cada quién su Atenas, su Esparta, su Alejandría, su Sicilia. A cada quién su Tenoch-
titlan, su Texcoco o su Aztlan. No es correcto deformar la cultura mesoamericana
con el solo objeto de exaltarla. Urge ver en ella lo que en verdad es, sin ningún
agregado extraño. El diálogo con el Otro se ha hecho imprescindible. Hay que
dialogar con quien discrepa de las tesis dominantes en nuestro país.
PRÓLOGO XIX

1. LAS TESIS FUNDAMENTALES DE LEWIS H. MORGAN

Morgan inicia su examen de “La confederación azteca” con estas de por sí polé-
micas palabras: “Los aventureros españoles que tomaron el pueblo de México
adoptaron la teoría errónea de que el gobierno azteca era una monarquía, análo-
ga en sus aspectos esenciales a las existentes en Europa.” Y añade: “Con esta
concepción errada vino una terminología que no concuerda con las institucio-
nes” mexicas y “que ha viciado la narración histórica tan completamente como si
fuera, en conjunto, una invención deliberada”.2 Luego dice que los aztecas des-
conocían el hierro; que carecían de herramientas de este metal, igual que de
moneda; que hacían trueque de sus productos, aunque ya disponían de sistemas
de riego, tejían telas de algodón y fabricaban una excelente cerámica. “En conse-
cuencia”, concluye, la sociedad azteca “había alcanzado la etapa media de la
barbarie”.
Dos aspectos debo destacar aquí. Primero, Morgan critica los términos usados
por los conquistadores españoles, que asimilan el conjunto de las instituciones
mesoamericanas a las europeas. Pese a que inicialmente podría decirse que se
trata sólo de un problema de conceptos que conduce a una total incomprensión
de las formas de organización de los mexicas (las narraciones de los conquistado-
res, dice, semejan una “invención deliberada”), la crítica de Morgan va aún más
allá. El europeo ve la sociedad recién conquistada con los criterios religiosos,
políticos y económicos que le son propios (los únicos de que dispone). No podía
ser de otro modo: la antropología y la etnografía no existían en cuanto ciencias.
Debe estimarse como una verdadera hazaña del pensamiento el método de reco-
lección de fuentes puesto en acto por los franciscanos Fray Andrés de Olmos y
Fray Bernardino de Sahagún: pese a que su intención era de orden estrictamente
evangélico (deseaban conocer la cultura del vencido para erradicar de ella cuan-
to a su juicio significaba idolatría, vicios diabólicos y costumbres paganas), estu-
diaron con extremo rigor lo que combatían. Ni Cortés ni los primeros conquista-
dores intentaron traducir los conceptos nahuas al español (disponían de lenguas
que lo hacían: la más ilustre fue Malintzin); más bien, pusieron en el español de
su época objetos e instituciones, como las comprendían, asimilándolas a su léxi-
co. Fueron los misioneros, obligados como estaban a evangelizar a los indios,
quienes tradujeron los conceptos nahuas al español y a la inversa. Esta labor
carece de paralelo: en ninguna otra guerra de conquista se ha redactado tal con-
junto de gramáticas y vocabularios indígenas (suman tres centenares).3

2
Lewis H. Morgan, Ancient Society, Massachusetts, Cambridge, Harvard University Press, Leslie A.
White (ed.), 1964, p. 164 (en esta edición, infra, p. 36; la primera edición es de 1877).
3
Ascensión H. de León-Portilla, “El despertar de la lingüística y la filología mesoamericanas:
gramáticas, diccionarios y libros religiosos del siglo XVI”, en Beatriz Garza Cuarón y Georges Baudot,
Historia de la literatura mexicana, t. I, Las literaturas amerindias de México y la literatura en español del siglo
XVI, México, Siglo XXI, 1996, pp. 351ss.
XX PRÓLOGO

Pero, en segundo lugar, es necesario advertir que Morgan no se refiere a con-


fusiones o mixturas léxicas obvias (diré que Cortés ve un teocalli azteca con los
ojos de un hombre de la Reconquista; lo asimila a la religión musulmana y por
eso lo llama mezquita).4 Para Morgan el asunto es de otro orden, más severo, y
engloba la comprensión de las instituciones mismas. No se puede calificar al
dominio mexica como reino o imperio; tampoco es correcto darle a Motecuhzoma
el título europeo de rey, soberano o emperador. De ese modo, Morgan rectifica la
incorrecta terminología europea para establecer otra, rigurosa y científica, gra-
cias a la cual le sea posible comprender las instituciones sociales del pueblo mexica.
No habría nada que objetar, hasta aquí. Sin embargo, es necesario subrayar en
tercer término que a Morgan no le interesa determinar el carácter de las institu-
ciones mesoamericanas en tanto que tales, sino que las toma como caso; mejor
aún, como el ejemplo, entre otros posibles, de un pueblo en una etapa determi-
nada de su desarrollo. ¿Por qué el pueblo mexica? Porque, según él mismo dice,
se conoce más de éste que de otro pueblo que se halle en el mismo grado homotaxial
de desarrollo. Empero, inscribir al pueblo azteca en la etapa media de la barbarie
semeja un despropósito si no es que una verdadera humillación, que no se co-
rresponde con su cultura. Sin embargo, si se desea entender cabalmente a Morgan,
retrocedamos un poco.
“La confederación azteca” es el capítulo VII de la 2a. parte de su Ancient Society,
“Growth of the idea of government” (Desarrollo de la idea de gobierno). En los
capítulos anteriores de esta II parte, Morgan se ocupa de la organización de la
sociedad sobre la base de sexo; luego, de la gens, la fratría, la tribu y la confedera-
ción de los iroqueses. Hay que entender el sistema clasificatorio de Morgan y la
razón que le puede asistir para situar a los aztecas en ese nivel de desarrollo. No
se trata, aclarémoslo, de un calificativo denigrante ni de un adjetivo peyorativo,
sino de un concepto que se pretende, por supuesto, de carácter científico. El
sistema clasificatorio de Morgan es de carácter lineal y se apoya en un criterio
evolutivo, pues, para él, la sociedad humana se ha desarrollado desde las etapas
iniciales del salvajismo hasta alcanzar el actual grado de civilización.
Morgan desea establecer un sistema clasificatorio que pueda abarcar el desa-
rrollo de la sociedad humana en su conjunto; arranca de una serie de premisas
de orden teórico, en el sentido estricto del término: herramientas, descubrimien-
tos e instituciones. El sistema clasificatorio de Morgan toma en cuenta una serie de
factores que no se reducen únicamente al aspecto económico. Así, nos dice que
la humanidad ha conocido sólo dos grandes planes de gobierno: el primero es la
societas, apoyada en vínculos de consanguineidad (en esa forma de organización,
el vínculo es de carácter personal y se funda sobre la identificación del grupo
humano con un antepasado mítico, el tótem); la célula simple e inicial es la gens.

4
Hernán Cortés, Cartas de relación, pássim (sigo la lectura que nos propone Mario Hernández
Sánchez-Barba, en Hernán Cortés, Cartas y documentos, México, Porrúa, 1963; todas las citas poste-
riores serán hechas sobre esta edición).
PRÓLOGO XXI

El segundo es de carácter político, vincula al hombre al territorio y da origen al


Estado en su sentido más amplio (Morgan lo llama civitas). “La experiencia de la
humanidad (mankind) […] ha desarrollado sólo dos planes de gobierno, si se
entiende la palabra plan en un sentido científico […]. El primero y más antiguo
fue una organización social, fundada sobre gentes, fratrías y tribus. El segundo y
último fue una organización política, fundada sobre el territorio y la propiedad.”5
Morgan sostiene que el primer plan de gobierno, la societas que se apoya en la
gens, fue común a todos los pueblos de Australia, Asia, África, Europa y América.
Dicho con otras palabras, esa estructura posee un carácter universal. La gens
griega y romana equivaldría al sept irlandés, el clan escocés, la frara albana, el
ganas sánscrito, en fin. El calpulli nahuatl sería, pues, equivalente de esa forma
inicial de organización (posee, incluso, su propio templo o teocalli). De la gens, la
sociedad pasaría a una organización superior, que engloba a varias células sociales,
la fratría; de ésta se elevaría a la tribu, luego a la confederación de tribus y, por
último, tal vez un minuto antes de que surja el segundo plan de gobierno, el que
es político en sentido estricto y cuyos ejemplos clásicos son Atenas y Roma, al
pueblo (γένος en griego; populus en latín) y a la nación.6
Para explicar estos cambios profundos en la estructura de la sociedad huma-
na, Morgan establece un sistema clasificatorio sólido y coherente del desarrollo
histórico. Lo divide, de modo armónico, en tres grandes etapas: salvajismo, bar-
barie y civilización. Cada una de las dos primeras etapas la subdivide, a su vez, en
tres periodos o niveles: inferior, medio y superior, mientras que a la civilización la
divide sólo en dos grandes etapas, antigua y moderna. Así, en tanto que los aztecas
se sitúan en la etapa media de la barbarie, los indios iroqueses son situados en el
nivel inferior de esta misma barbarie y los griegos homéricos y los romanos de la
época de Rómulo son el ejemplo de la etapa superior de la barbarie. Los griegos
a los que Homero canta son bárbaros, según el sistema clasificatorio de este
etnólogo, pese a que ya conozcan los instrumentos de bronce.7
Como se advierte, el sistema clasificatorio de Morgan es de carácter abstracto.
Va de lo simple a lo complejo y hace caso omiso del tiempo histórico concreto, así

5
Morgan, Ancient Society, op. cit., p. 60.
6
Morgan, ibid. (véase, en especial, la 2a. parte, “Growth of the Idea of Government”, pp. 47-322 y
la 3a., “Growth of the Idea of the Family, pp. 323-442).
7
Homero vive en la edad del hierro, aun cuando diga siempre que las armas y los escudos de los
guerreros sean de bronce. En realidad, sus héroes usaron hachas, picas, lanzas y espadas de hierro.
Los hechos que canta son hechos sólo en un sentido metafórico: la sociedad a la que glorifica ha
desaparecido 300 años atrás. Véase, entre otros, Emily Vermeule, Grecia en la edad del bronce, trad.
Carlos Villegas, revisada por José L. Melena (México, FCE, 1996); Pierre Vidal-Naquet, La democracia
griega, una nueva visión, trad. Mar Llinares García, Madrid, Akal, 1992 (en uno de los pasajes, Vidal-
Naquet señala que “la sociedad evocada por Homero no corresponde ni al mundo micénico ni al de
la joven ciudad griega, sino a una época ya lejana para los aedos, la de los ‘siglos oscuros’ que separan
la caída de Micenas del gran despegue de la época arcaica”, p. 26); así como la Introducción a Homero,
de Francisco Rodríguez Adrados, Manuel Fernández-Galiano, Luis Gil y José S. Lasso de la Vega,
Madrid, Guadarrama, 1963.
XXII PRÓLOGO

como del espacio geográfico. Su sistema es, como lo ha señalado Vere Gordon
Childe, homotaxial, o sea, de orden estrictamente funcional.8 Una sociedad deter-
minada puede situarse en un punto abstracto de la escala, así haya conocido su
etapa de auge dos mil años después que otra: los aztecas quedan situados en
una etapa homotaxial anterior a los griegos homéricos, a pesar de que hayan teni-
do su desarrollo veinte siglos después. De igual manera, los aborígenes australia-
nos deben situarse en la etapa inferior del salvajismo, no importa que sean los
contemporáneos de sociedades más avanzadas que la suya (viven hoy, nos acom-
pañan). Los pueblos de Mesoamérica pueden situarse en una etapa similar, homo-
taxialmente hablando, al auge de asirios, babilonios, egipcios (las dos primeras
dinastías), hebreos (anteriores a Abraham). Esas culturas usarían el mismo tipo
de herramientas (de piedra tallada), tendrían una manera similar y, por lo tanto,
un grado semejante de expresar gráfica y espacialmente su pensamiento (su escri-
tura sería en lo esencial semejante) y dispondrían de instituciones que deben ser
consideradas en el orden homotaxial de su desarrollo. Pueblos y culturas son, según
Morgan, homotaxialmente iguales en su nivel de desarrollo, aun cuando no sean
contemporáneos. ¿Qué criterios usa Morgan para clasificar pueblos y culturas y
para situarlos en un punto u otro de la escala? Los criterios son de dos tipos:
materiales e intelectuales. Entre los de carácter material se hallan los inventos y
los descubrimientos técnicos (el uso del fuego, el arte de tallar la piedra; fabricar
cerámica, domesticar metales, plantas y animales). Los de orden intelectual son
las instituciones.9 Morgan no tiene la menor duda: existe un progreso en el desa-
rrollo de la humanidad; su criterio se halla en oposición a la teoría estructuralista
de Claude Lévi-Strauss (su construcción teórica es paralela a la de Darwin).
Por el concepto de instituciones, Morgan entiende las formas de la familia, las
creencias religiosas, el desarrollo del lenguaje, las formas de representación grá-
fica del pensamiento, hasta alcanzar el alfabeto fonético y la escritura abstracta,
así como las ideas sobre la propiedad y el gobierno. Es evidente que Morgan
apenas si roza la historia de las mentalidades y que hace caso omiso de la mitolo-
gía. Insisto: le preocupa establecer los criterios básicos que le permitan indicar
los grandes periodos étnicos. Así como la biología exigió de sí misma, primero,
un sistema clasificatorio coherente, que partiera de los caracteres internos y fun-
damentales para llegar a los externos y secundarios, con el objeto de desplegar-
los en su movimiento (la teoría de la evolución demostraría el movimiento inter-
8
Vere Gordon Childe toma el concepto de homotaxialidad, según lo afirma él mismo, del biólogo
inglés Thomas Huxley (“La arqueología como ciencia social”, Homenaje a V. Gordon Childe, Suple-
mentos del Seminario de Problemas Científicos y Filosóficos, México, UNAM, 1959). En “Arqueolo-
gía y antropología”, Childe afirma que “la división en siete partes que bosquejó Lewis H. Morgan y
que fuera refinada por Federico Engels […] no ha sido superada” (ibid., p. 320) y en un texto mayor,
Childe dice que “las diversas Edades son homotaxiales, es decir, que cada una de ellas ocupa siem-
pre la misma posición relativa en la secuencia, donde quiera que ésta se haya realizado” (Evolución
social, trad. Daisy Learn y Eli de Gortari, Ediciones del Seminario de Problemas Científicos y Filosó-
ficos, México, UNAM, 1964, p. 26).
9
Morgan, Ancient Society, op. cit., p. 12.
PRÓLOGO XXIII

no de todos los seres vivos), la teoría de Morgan busca establecer un sistema de


clasificación, y lo echa a caminar, más tarde. Es cierto, aquí hay un asunto grave
de nomenclatura, pues se trata, en rigor, de problemas que no sólo son de orden
lingüístico sino filosófico. ¿Qué existe? ¿Sólo el individuo? Los caracteres del
individuo ¿son de tal modo únicos que nos resultará imposible incluirlo en una
especie? Las especies como tales ¿existen o no? He ahí el problema central a que
se enfrentan los posibles sistemas clasificatorios en los siglos XVII y XVIII. ¿Hay
especies? Si las hay ¿están en una relación armónica y subordinada que va de lo
simple a lo complejo? Del protozoario al ser humano, ¿hay una cadena real? Si la
hay ¿es necesaria? En el fondo, el problema es de orden filosófico. Locke planteó
el asunto en términos duros: general y universal son fruto del entendimiento; no
pertenecen a la realidad; las cosas son particulares; lo general o lo universal son
abstracciones hechas a partir de palabras.10 Leibniz le objetó que “la generalidad
es la semejanza de las cosas singulares entre sí” y “esta semejanza es una reali-
dad”.11 El problema llegó a los naturalistas Buffon y Linneo (Humboldt lo zanja
de un tajo).12
La etapa inferior del salvajismo terminaría con la adquisición de comida a
base de peces y con el uso, rudimentario, del fuego (el cultivo del fuego debe
haber sido un hecho de primera magnitud en la historia humana: todas las socie-
dades le rindieron culto y volver a encender el fuego, en todas las etapas iniciales
de la humanidad, obedecía a rituales de orden mítico). La etapa media del salva-
jismo termina con el invento del arco y la flecha (instrumento mecánico en el que
se potencia de modo magnífico la fuerza muscular). A su vez, la etapa superior
del salvajismo finaliza con la invención de la alfarería. De acuerdo con Morgan,
los pueblos que poseen alfarería pero que aún no han inventado el alfabeto foné-

10
John Locke, An Essay Concerning Human Understanding, lib. III, cap. III, § 11 (sigo la lectura de
Great Books, Encyclopaedia Britannica. Hay magnífica edición española, cuya traducción se debe
nada menos que a Edmundo O’Gorman, México, FCE, 1956, p. 403).
11
Gottfried Wilhelm Leibniz, Nouveaux essais sur l’entendement humain, París, Garnier-Flammarion,
1966, p. 251. Como se sabe, este largo texto de Leibniz es una discusión, línea por línea, del Ensayo
de Locke; así, mientras que Locke es llamado en el curso del diálogo Philalèthe (o sea, amigo de la
verdad), Leibniz se da a sí mismo el nombre de Théophile (es decir, amigo de Dios).
12
Buffon sostiene que “la primera verdad que se desprende” de un “examen serio de la natura-
leza es una verdad posiblemente humillante para el hombre”, o sea, que “él mismo debe situarse en
la clase de los animales”; que se “puede descender, por grados casi insensibles, desde la criatura más
perfecta hasta la materia más informe”; que “esos matices imperceptibles son la gran obra de la
naturaleza” y que “la historia de un animal debe ser, no la historia del individuo, sino de la especie
entera de esos animales” (Buffon, “La statique des végétaux et l’analyse de l’air”, en Œuvres
Philosophiques, edición de Jean Piveteau, Corpus Général des Philosophes Français, t. XLI, París, Presses
Universitaires de France, 1954, pp. 10 y 16; pero se puede rastrear esa línea de investigación a lo
largo de todos los textos que recoge este grandioso volumen). Linneo resuelve la cuestión al modo
aristotélico: su sistema binario establece la nomenclatura por género próximo y diferencia específica,
según se advierte en sus Systema Naturae y Genera Plantarum (del año 1735). Alexander Von Humboldt
y Aimé Bonpland siguen el sistema de Linneo: ver Essai sur la Géographie des plantes (París, Levrault,
1805), del que existe una reciente edición española según la traducción de Jorge Tadeo Lozano
(México, Siglo XXI, 1997).
XXIV PRÓLOGO

tico ni disponen de una escritura por la que se reproduzca el sonido articulado,


deben considerarse, en conjunto, como bárbaros. El estadio inferior de la barba-
rie tiene como rasgo básico la domesticación de animales (en el Hemisferio Orien-
tal); y el cultivo del maíz y las hortalizas por medio de la irrigación (en el Hemis-
ferio Occidental). En esa etapa, se inicia la construcción de casas de adobe y
piedra. La etapa media de la barbarie termina con el cultivo del hierro, de mane-
ra que toda la Edad de Bronce quedaría situada, según Morgan, en el estadio
medio de la barbarie, mientras que la etapa superior de la barbarie se iniciaría
con el cultivo del hierro y finalizaría con la invención del alfabeto fonético y el
uso de la escritura. Por lo tanto, los indios pueblo de Nuevo México, los pueblos
de Mesoamérica y de Perú y los pueblos europeos que tuvieron animales domés-
ticos (sin haber trabajado el hierro) no habrían abandonado el estadio medio de
la barbarie. Los egipcios, hasta la conquista de los Ptolomeos, se situarían quizás
en la etapa superior de la barbarie.
La terminología de Morgan, desde luego, suena ruda hoy al oído de la ciencia
histórica y la han abandonado ya los etnólogos y los antropólogos. Que los pue-
blos de Mesoamérica se sitúen en el neolítico superior, pues no conocen las herra-
mientas de metal (ni de bronce ni de hierro: sus instrumentos eran de piedra
tallada); o decir, por otro lado, que esos pueblos son tribus, cuando ahora esa
palabra molesta y es sustituida por la de pueblo o etnia, es, no cabe duda, desagra-
dable. Empero, la ciencia no tiene por objeto agradar, sino fundar criterios váli-
dos de conocimiento. Deben entenderse los criterios de este hombre de ciencia,
antes de tirarlos por la borda.
Hay otro aspecto de la teoría de Morgan que deseo poner en relieve. Dice que
todas las instituciones modernas tienen su raíz en la barbarie, pero su germen
está en el salvajismo. La humanidad, a su juicio, se desarrolla por senderos uni-
formes: sus necesidades, su cerebro y sus principios mentales son los mismos.
Morgan cree que la humanidad, en cada periodo, retoma los rasgos esenciales de
la etapa anterior y los eleva de nivel. No cree que el desarrollo de la humanidad
elimine las formas de las etapas anteriores, sino que las asimila y asigna otra
función. Esta idea de la evolución se asemeja a la que rige hoy en la ciencia
biológica (y guarda estrecha relación con el aufhebung hegeliano —negar y con-
servar, a un tiempo).
Veamos otra tesis central del antropólogo norteamericano: la que se refiere al
desarrollo de la idea de gobierno. Para él, todas las formas de gobierno se redu-
cen a sólo dos planes generales. En sus principios, los dos planes de gobierno son
radicalmente distintos y hasta opuestos. El primero, por su carácter simple y por
ser además el arcaico, se funda sobre las personas y en relaciones de carácter pu-
ramente personal; su unidad básica es la gens (hoy, en vez de la gens, se utiliza el tér-
mino escocés de clan); Morgan concede a esta forma de gobierno original el
nombre de societas. Así, la gens se vincula a un antepasado común, el tótem; los
lazos consanguíneos, míticos desde luego, son básicos en esta forma de gobier-
no. La relación de parentesco es fundamental: suelda el conjunto de las relacio-
PRÓLOGO XXV

nes humanas; esa primera forma de gobierno no tiene rasgos de carácter político.
La segunda de las formas de gobierno se funda en la propiedad y en el territorio;
ya es un Estado; Morgan lo llama civitas.13 De igual manera que hoy, en la socie-
dad occidental, según la tesis de Jacques Lacan, rige el nombre del padre (o, según
Pierre Legendre, la filiación se da por el padre), se podría decir que en el régimen
gentilicio impera la filiación por la gens y que allí rige el nombre del tótem.14 Hasta
donde los registros históricos alcanzan, el creador del segundo plan de gobierno
es Clístenes, el ateniense.15
Es de extrema importancia para el objeto de este análisis que entremos un
poco más en las tesis de Morgan. ¿Qué es, para él, eso que llama un Estado? ¿Por
qué no puede hablarse de esta categoría política en las formaciones sociales
homotaxialmente anteriores a la Grecia de Clístenes? Morgan no dice que en esas
sociedades no exista una idea de gobierno (autoridad, ley, prohibición). Lo que
le interesa subrayar es que ese segundo plan de gobierno, la civitas, es un invento
de Atenas, que se acompaña de la escritura alfabética y de otras instituciones
claves de la humanidad, como la matemática, la filosofía y el ágora política.16
¿En qué consiste este segundo plan de gobierno? Cabe que nos preguntemos
por qué la humanidad tuvo necesidad de crearlo. Sin duda, en las sociedades
arcaicas (hasta la etapa superior de la barbarie, inclusive, de acuerdo con el siste-
ma taxonómico de Lewis Morgan), la sociedad tribal no era capaz de admitir
ningún nuevo huésped en su seno ni podía tolerar la presencia de nadie residen-
te en su espacio sagrado si no era ritualmente reconocido como un consanguí-
neo o un pariente (era necesario vincularlo, así, al padre mítico, al tótem, o sea,
hacerlo miembro de la gens). Morgan pone en relieve cómo Atenas y Roma fue-
ron invadidas por extranjeros a la tribu original. Estos extranjeros se oponen a los

13
Morgan, Ancient Society, op. cit., p. 14. Es necesario examinar, sobre todo, los capítulos 10 y 13 de
la 2a. parte, “The Institution of Grecian Political Society” y “The Institution of Roman Political Society”,
para entender, de manera cabal, las tesis de Morgan.
14
Jacques Lacan sostiene que “en el nombre del padre es donde tenemos que reconocer el sostén de
la función simbólica que, desde el albor de los tiempos históricos, identifica su persona con la figura
de la ley”: “Función y campo de la palabra”, en Escritos 1, trad. Tomás Segovia, con la colaboración
de Jacques Lacan y Juan David Nasio (México, Siglo XXI, 1984, p. 267). Pierre Legendre ha desa-
rrollado hasta sus últimas consecuencias las tesis lacanianas: ver L’inestimable objet de la transmission.
Étude sur le principe généalogique en Occident (París, Fayard, 1985; edición española en Siglo XXI, trad.
Isabel Vericat, 1996) y Le crime du caporal Lortie. Traité sur le Père (Fayard, 1989; edición española en
Siglo XXI, trad. Federico Álvarez, 1994).
15
Pierre Lévêque y Pierre Vidal-Naquet, Clisthène l’Athénien. Sur la représentation de l’espace et du
temps en Grèce de la fin du VI siècle à la mort de Platon, París, Macula, 1964.
16
Lo he dicho, pero lo subrayo. Nada importa si, desde el punto de vista histórico, es Clístenes el
verdadero autor del segundo plan de gobierno. Es probable que, antes de Atenas, varias ciudades de
Jonia se hayan organizado ya conforme a ese plan de gobierno, pero no tenemos evidencia real del
hecho. En Clisthène l’athénien (op. cit., p. 123) se dice que “la atmósfera intelectual de finales del siglo
VI se caracterizaba por una cierta coincidencia entre la visión geométrica del mundo, tal como la
tenía Anaximandro, y la visión política de una ciudad racional y homogénea, tal y como la realizó
Clístenes”. Después veremos el plan o el trazo de México-Tenochtitlan.
XXVI PRÓLOGO

habitantes de la ciudad, es decir, a los que forman la nación, el pueblo en sentido


prístino. Son los metecos, la plebe que se introduce en los poros del viejo tejido so-
cial. Diré que el pueblo ateniense se daba el nombre de γένος (y en Roma, el de
populus).17 Los extranjeros llegados a la vieja Atenas o a la primera Roma no se po-
dían mezclar con los pobladores o habitantes originales (no eran miembros de la
gens y no pertenecían al γένος, en aquella Atenas anterior a Clístenes ni al populus
en aquella Roma anterior a la ley de los Gracos). Con la entrada masiva de miem-
bros extraños al pueblo original, se inicia la corrupción de la sociedad antigua.
Llega sin embargo un punto en el que los nuevos habitantes de la ciudad antigua
han de exigir sus derechos.18 En Atenas, ya sabemos cuánto vacila Solón antes de
dictar sus leyes. De un lado, están los ευπατριδας (o sea, los bien nacidos, a los
que en Roma se llama patricios: habrá de captarse en las dos voces la misma raíz:
pater, aquel que es nacido de padre o antepasado conocido: el padre común, o
sea, el padre mítico de la gens, el respetado); de otro, los metecos, la plebe.19 Ya se
sabe que Platón es enemigo de los extranjeros; pero en sus diálogos habitan
metecos. Sólo después de las reformas de Clístenes será posible al meteco que se
llama Aristóteles enseñar filosofía en Atenas.
Clístenes rompe de tajo la dicotomía en que estaba Solón y obliga a todos,
tanto a los originarios del γένος de Atenas como a los metecos, a registrarse en el
δη̂µος donde residen. Subrayo este hecho: el δη̂µος no es idéntico sino opuesto
al γένος. El δη̂µος es una demarcación de orden territorial y Morgan lo equipara
a lo que en español se llamaría municipio (el término inglés que usa Morgan es el
de township). ∆η̂µος significa de modo claro pueblo asentado en un territorio y vincu-
lado a él por medio de la ley y el Estado. En cambio, γένος es el pueblo en el sentido
prístino del término, el pueblo en su origen, sin vínculo con el territorio sino con
el tótem, el padre mítico.20 Pero Morgan no capta la diferencia, obseso como está
por hallar, en ese primer plan de gobierno, la nueva institución creada por Estados

17
El concepto µεταναστες da origen al de µετοιχος, o sea, un “vil refugiado”, un “fugitivo”, un
“emigrante” (bajo esa entrada, véase Pierre Chantraine, Dictionnaire étymologique de la langue grecque.
Histoire des mots, París, Klincksieck, 1974). Plebis se opone, en un principio, aseguran Ernout y Meillet,
a populus, aunque más tarde se confunda con él. La razón es clara: plebis designa, en su inicio, a los
extranjeros, distintos a los habitantes originales, el populus romano.
18
Pese a todo lo que se diga hoy en contra suya; pese a todos los matices, sigue siendo una lectura
obligada La ciudad antigua, de Fustel de Coulanges (ed. y trad. esp. José-Francisco Yvars, Barcelona,
Península, 1984). En el prólogo a esa edición, Georges Dumézil destroza al libro y a su autor, si con
razón no, sí, acaso, con fundadas razones.
19
En Roma, el concepto pater no indica la paternidad física (para la que se reservan los términos
parens y genitor), sino la paternidad genealógica; tiene valor social y religioso, como herencia del
indoeuropeo, según los lingüistas A. Ernout y A. Meillet (Dictionnaire étymologique de la langue latine.
Histoire des mots, París, Klincksieck, 1979, bajo la entrada pater, -tris).
20
Para δη̂µος como equivalente, en Morgan, de township, ver Ancient Society, p. 236; allí dice
Morgan, refiriéndose a la nueva organización de Atenas hecha por Clístenes, que “el nuevo elemen-
to que le dio estabilidad y orden al Estado, fue el demos o township” (subrayado mío). Por su lado,
Pierre Chantraine afirma que δη̂µος designa, al principio, una porción de territorio, pero que ha
terminado por designar, en el curso de la historia, “pueblo” (bajo la entrada δη̂µος).
PRÓLOGO XXVII

Unidos, la democracia. Por esta causa insiste en ver, en la primera forma de


gobierno (la societas) una democracia, pese a que estén excluidos de sus asambleas
extranjeros, mujeres y adolescentes; pese a que sus cargos sean vitalicios. Por lo
demás, en la societas no hay esclavos, en el sentido estricto del término. Morgan
dice, pues, que la forma inicial de gobierno, la societas, es democrática: iroqueses
y mexicas tenían un gobierno esencialmente democrático. Por eso califica a la Triple
Alianza o Confederación Azteca como democracia militar.21 Morgan critica la ter-
minología del conquistador y desea establecer otra, coherente, científica. Pero
no le es posible crear la categoría que capte el verdadero carácter de la sociedad
mexica.
¿Por qué Morgan califica al pueblo azteca y su forma de gobierno como esen-
cialmente democrática? Es obvio, para oponerla a la nomenclatura europea de los
historiadores y los misioneros españoles. Pero, de acuerdo con sus mismos princi-
pios teóricos, no es la sociedad mexica una sociedad democrática, pues el δη̂µος
no ha surgido en ella (el δη̂µος, entiéndase, el pueblo que a partir de ese momen-
to estará vinculado de modo mítico al suelo). Por lo tanto, prefiero acuñar, para
designar la forma de gobierno de las sociedades homotaxialmente anteriores a Clís-
tenes, el concepto de genocracia. ¿Por qué Morgan se empeña en ver en la socie-
dad homotaxialmente anterior al plan de gobierno de Clístenes, ése que él mismo
llama el segundo plan de gobierno de la historia de la humanidad, una institución
democrática? ¿Por qué considera que tienen una estructura esencialmente demo-
crática? ¿Por qué califica al dominio despótico de la sociedad mexica como una
democracia militar? Es de suyo evidente que Morgan estima que, hacia dentro de
ella misma, la tribu o la sociedad genocrática se regía por una relación gentilicia;
también es evidente que en la sociedad gentilicia se dispone de modos de deci-
sión que a nosotros podrán parecernos autoritarios pero que implican una am-
plia discusión en su interior. Los pueblos así organizados toman decisiones a
través de un denso y complejo proceso de discusión. Véase lo que sucede en el
pueblo mexica. Según todas las fuentes, el pueblo de México-Tenochtitlan estaba
organizado en veinte calpultin (que los españoles llamaron barrios. Molina y
Siméon traducen la voz como casa, sala grande o barrio).22 Zorita proporciona evi-
dencia en otro sentido y nos da a entender que eran lo que Morgan llama gentes.
En el interior de la gens se discutía hasta agotar los asuntos y se llevaba la deci-
sión, a través de los calpuleque (cargos de elección con carácter vitalicio), a la
asamblea general de jefes. El calpule era elegido en el interior de cada gens (o,
para respetar la terminología mexica: en el interior de los calpultin). Morgan
rechaza que ese cargo se otorgara por la designación autoritaria (de la cúspide
hacia abajo) del así llamado emperador (Motecuhzoma).

21
Morgan, Ancient Society, op. cit., p. 166; en esta edición, pp. 37-38.
22
Alonso de Molina, Vocabulario en lengua castellana y mexicana y mexicana y castellana, facsímile,
México, Porrúa, 1992; Rémi Siméon, Diccionario de la lengua nahuatl, México, Siglo XXI, 1977, bajo
la entrada calpulli. Para Siméon, es aumentativo de calli, casa.
XXVIII PRÓLOGO

Los jefes de esos veinte calpultin de Tenochtitlan se reunían en asamblea (a la


que los cronistas llaman una especie de senado, un senado a su modo o consejo del rey).
Estos veinte calpuleque eran vitalicios, igual que el cargo de jefe de guerra, el
tlacatecuhtli y su segundo, el cihuacoatl.23 En este punto, Morgan tiene razón: la
estructura interna de la sociedad mesoamericana no era feudal ni autoritaria,
sino que se apoyaba en las decisiones adoptadas en el interior del clan, la gens o
el calpulli. Empero, esto no significa que fuera, en modo alguno, una sociedad
democrática. Hoy se observa que las decisiones que adoptan (y que adoptaban
antes) los pueblos amerindios se dan por medio del consenso y exigen la unani-
midad. Sabemos que, al adoptar una decisión, por la discusión exhaustiva, el
pueblo entero acata lo decidido y lo hace suyo.24 Es evidente que, a juicio de
Morgan, no había, en aquellas sociedades, ni propiedad privada ni organización
en δη̂µος ni vinculación de la persona al territorio. Por lo tanto, si el δη̂µος como
tal aún no se dibujaba en la conciencia social del pueblo mexica ¿por qué se
obstina Morgan en calificar a su forma de organización como “democrática”?
Por otra parte, aunque en el interior de la sociedad mexica se pueda hablar de
una estructura de gobierno en la que, a través de la gens, participa todo el pueblo y
donde las decisiones se toman por acuerdo del consejo, el “senado” o la asam-
blea de los calpuleque (los jefes de los calpultin), también es obvio que el tlahtoani,
el tlacatecuhtli, el cihuacoatl y, en suma, todos los jefes o los señores de la nación
azteca o el γένος mexica, eran electos sólo de entre los miembros de una misma
familia (tal vez la familia original, es decir, la fundadora del pueblo, el γένος, el
populus, el más arcaico de todos los clanes). Es también cierto que, como dice
Morgan, se seguía una regla de elección según la cual se transmitía el mando
superior del pueblo, la nación, la etnia o la tribu, como se la quiera llamar, de her-
mano a hermano y de tío a sobrino, según normas de parentesco que son de uso
corriente en la sociedad occidental (así ocurrió, de acuerdo con las fuentes de
que se dispone, en el caso de los trece tlahtoque aztecas, de Acamapichtli a
Cuauhtemoc). No se daba ninguna herencia dinástica ni el tlahtoani sucedía en el
trono a su padre. La elección, que la había, se daba en el seno del consejo de jefes
de los calpultin (se elegía, por unanimidad, a un hermano o a un sobrino del
tlahtoani ya muerto o depuesto), por lo tanto, en el seno de la misma familia, lo

23
Bandelier encuentra el cargo de cihuacoatl (mujer serpiente, también nombre de una diosa del
panteón mexica), el segundo en la guerra, ocupado durante largos años por Tlacaelel, un hermano
de Ahuitzotl; el cargo es idéntico en los indios iroqueses. Siméon dice que su poder era tanto que
equivalía al de “un virrey”. Es evidente que Bandelier se apoya en las tesis de Morgan y que, por lo
mismo, ve objetos teóricos distintos a los que ven otros investigadores; según él, se trataba del poder
real. Miguel León-Portilla redescubre el cargo de cihuacoatl 80 años después. Véase, además, Patrick
Johansson, “Tlahtoani y cihuacoatl: lo diestro solar y lo siniestro lunar en el alto mando mexica” (Estu-
dios de cultura nahuatl, vol. 28, México, UNAM, 1998).
24
Dice Lévi-Strauss que “es bastante notable que en la casi totalidad de las sociedades llamadas
‘primitivas’ sea inconcebible la idea de un voto por mayoría, ya que la cohesión social y el buen
entendimiento en el seno del grupo se tienen por preferibles a toda innovación. De ahí que no se
tomen sino decisiones unánimes” (Antropología estructural, op. cit., pp. 300-301).
PRÓLOGO XXIX

que indica que no era ninguna forma democrática de gobierno (como se obstina
en creer Morgan), sino genocrática (la gens o, en todo caso, el γένος, ejerce el
poder).
Además de todo lo anterior, es también obvio que el pueblo mexica en su
conjunto se nos revela como un pueblo que ejercía un dominio (o un despotismo,
si se prefiere esa expresión), en muchos casos brutal, contra otros pueblos de
Mesoamérica. ¿Qué sucede? ¿Había o no explotación en este sistema? Algunos
autores llaman a esta forma de dominio un Estado despótico-tributario. Corrigen a
Engels y aceptan la tesis de Marx en los Grundrisse. ¿Qué dice en este texto in-
concluso Marx? Por esa época, ya lo he dicho, no ha leído el libro de Morgan (se
publicará veinte años después), pero sí a un conjunto de investigadores ingleses
que examina la estructura de India y que ha visto una extraña unidad superior que
enlaza a las comunidades aisladas entre sí. El Estado despótico-tributario, la comuni-
dad superior que surge en los más diversos espacios de la historia, desaparece sin
dejar rastro y las comunidades dispersas vuelven a su antigua condición de ma-
rasmo. ¿Se puede calificar a esa situación extraña como un modo de producción?
Marx acuña, para explicar el fenómeno (a su juicio, anómalo), un concepto por
demás nebuloso, el de modo de producción asiático. No encuentro razón suficiente
que explique el concepto. ¿Son causas geográficas y no de orden estructural las
que definen un modo de producción? Marx establece allí un orden en el desarro-
llo de la sociedad, que no coincide con el de Morgan. Según lo establece en la
Introducción a la Contribución a la Crítica de la Economía política, han existido
cuatro formaciones económicas: primero, el modo de producción asiático; lue-
go, el antiguo (o sea, el de Grecia y de Roma); después, el feudal y, por último, el
moderno burgués.25 El texto es de 1857. Veinte años más tarde, en 1877, Marx
leyó a Morgan en la primera edición y su perspectiva cambió. Por esto, no es en
modo alguno extraño que en los Grundrisse Marx no diga una sola palabra de la
comunidad primitiva ni de la gens ni haya usado un solo concepto de los que
pondría en circulación el etnólogo estadunidense.
¿Qué es el modo de producción asiático? El concepto es por demás equívoco, en
tanto que se refiere a un continente (es decir, a una porción geográfica) y no a
una estructura social. Se podría por lo mismo decir modo de producción europeo,
igual que modo de producción africano, modo de producción americano y modo de pro-
ducción australiano. Pero así no se avanzaría un solo paso en la determinación de
categorías científicas. Lo que, por el contrario, se pone en relieve ahora es la
profunda unidad de las estructuras de la especie humana, sin importar el conti-
nente en el que nos hallemos. Ahora bien, en el llamado modo de producción asiá-

25
Karl Marx, “Introducción” a la Contribución a la Crítica de la Economía política, en Marx y Engels,
Obras, Moscú, Ediciones en Lenguas Extranjeras, s.f., t. I, p. 374. Los apuntes etnológicos de Karl Marx,
transcritos, anotados e introducidos por Lawrence Krader (trad. José María Ripalda, Madrid, Siglo
XXI, 1988), recogen sólo aquellas notas que Marx escribió a partir de 1877, cuando leyó Ancient
Society, de Morgan.
XXX PRÓLOGO

tico se pone en acto una estructura despótico-tributaria, no debemos abrigar du-


das: el tributo es un enlace externo entre las comunidades sometidas y la así llama-
da unidad superior. Debe examinarse pues el enlace entre la unidad superior y las
comunidades subordinadas. ¿Por qué éstas le entregan tributo, en trabajo o en espe-
cie, a esa unidad superior? Las comunidades subordinadas conservan, como es obvio,
en toda su plenitud, su autonomía en relación con la unidad superior: su organiza-
ción interna permanece intacta, ya se trate del régimen de producción agrícola,
el artesanal o el propio régimen de gobierno. Si nos valiéramos de la nomencla-
tura de Morgan, diríamos que las tribus se enlazan o se someten al dominio externo
al que las sujeta una tribu superior, que les impone un tributo, ya sea en especie,
ya en trabajo. Ahora bien, ¿no es precisamente esta estructura o este enlace externo
el que está en acto en el sistema despótico mexica?
Me parece por demás evidente que el dominio ejercido por el pueblo tenochca
sobre otros pueblos era de orden personal y que no le daba derechos sobre el
suelo. En la misma cuenca lacustre de México existen otros señoríos, sujetos a
tributo, pero autónomos en su organización interna, vinculados al llamado impe-
rio azteca. Los pueblos subordinados daban tributos al pueblo mexica, en trabajo
forzado o en especie. La palabra con la que se identifica ese trabajo comunitario
forzoso era tequitl (está en el Diccionario de Molina, lo retoma Siméon; se halla en
todo diccionario de lengua nahuatl)26 y se corresponde con el mitazgo incaico.27
Es probable que esta misma estructura despótico-tributaria la encontremos en el
sistema egipcio de construcción de las grandes obras públicas, de acuerdo con el
testimonio de Herodoto.28 En Egipto no habría un trabajo esclavo (aunque haya

26
Molina, op. cit., bajo la entrada tequitl; Siméon, op. cit., bajo la entrada tequitl, dice: “tributo,
impuesto, trabajo, tarea, empleo, funciones, cargo, deber, embargo”; se advierte que en ningún caso
se trata de trabajo voluntario si no impuesto. Bajo la entrada notequiuh, Molina anota que se trata de
“mi oficio”. Debe entenderse que el tequitl es un trabajo forzado sólo en tanto que se ha contraído una
deuda ritual, fruto del destino que se deriva de la guerra florida. El mismo Sol está obligado, de
acuerdo con la concepción nahuatl prehispánica, a realizar un trabajo, itequiuh.
27
Para el concepto de mita o de mitazgo, de origen incaico, véase J.M. Ots Capdequí, El Estado
español en Las Indias, México, FCE, 1957 (allí se dice que la mita es “una institución de origen indígena
que, en su desarrollo histórico a lo largo de las distintas etapas del periodo colonial presentó caracte-
rísticas diversas según los tipos de trabajo: minero, agrícola, pastoril, servicio doméstico, etc. […] Por
virtud de esta institución, los indios de un determinado lugar se sorteaban periódicamente para traba-
jar durante un plazo de tiempo determinado al servicio de los españoles”, p. 34). Es evidente que el
sistema colonial se aprovecha del trabajo forzado, existente en la comunidad mesoamericana. De ello
da cuenta, a su vez, Zorita (véase esta edición, infra, pp. 478-480).
28
Dice Herodoto que en la construcción de las pirámides egipcias “trabajaban en diez miríadas
de hombres, cada uno durante un trimestre” (Historias, II, 124; sigo la versión de Arturo Ramírez
Trejo, Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana, México, UNAM, 1984). Si fuera
así, significaría que, de modo alterno, grupos de 100 mil hombres trabajaban durante periodos de
tres meses. No era un trabajo permanente, como el de un esclavo, sino un tributo obligatorio en tra-
bajo, como el tequitl mexica. Cabe recordar que la palabra trabajo viene del latín vulgar tripaliare,
torturar, que se deriva de tripalium, una suerte de instrumento de tortura (véase J.A. Corominas y
J.A. Pascual, Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, Madrid, Gredos, 1991, t. V; bajo la
entrada “trabajar”).
PRÓLOGO XXXI

esclavitud y desde luego, incluso, esclavitud por medio de la guerra y las deudas:
lo que no existe es el trabajo productivo esclavo). Así pues, la renta producida por
el trabajo del guerrero vencido es posible sólo cuando aparecen los instrumentos
de producción basados en el hierro: antes de que hubiera ese metal, el prisionero
de guerra era propiedad de quien lo aprehendía, pero no era un sujeto de traba-
jo: se le quemaba o se le sacrificaba a los dioses; sólo por último se le esclaviza-
ba.29 Benveniste dice que la voz comprar, en su origen, en las lenguas indoeuropeas,
significaba rescate, en el sentido de rescatar al cautivo de guerra.30
¿Qué se revela aquí? ¿Existe en verdad esto que se llama un modo de producción
asiático, específicamente asiático, un modo de producción que tan sólo exista en
Asia? No, por cierto, lo que se pone en relieve es que la estructura productiva
descrita por Marx vincula de modo externo a productores, de un lado, y beneficia-
rios de tributos, por otro: de una parte están las comunidades, las etnias o las
tribus sometidas; de otra, está la tribu dominante. Pero ni en la tribu superior ni
en las subordinadas ha surgido nada semejante al segundo plan de gobierno:31 aún
no aparecen en su horizonte ni la propiedad privada de la tierra ni la vinculación
mítica con el suelo, característica de la forma política de gobierno: no hay δη̂µος, por
lo tanto. Esos pueblos, tanto los sometidos como los dominantes, son tribus or-
ganizadas de modo gentilicio.
Morgan no se ocupa ni de la sociedad asiria, ni de la caldea ni de la egipcia,
menos aún de China, Japón o Vietnam. Por lo que corresponde a los pueblos de
África, le parecen un caos, mezcla de salvajismo y barbarie. Pero, a partir de sus
premisas, se puede y se debe establecer un criterio científico, para estimar así en
qué grado de desarrollo se halla cada pueblo. Para Morgan, antes de Grecia y de
Roma, hablando en términos homotaxiales, no habían aparecido en Mesopotamia,
Caldea, Asiria, Egipto, China o India ni el δη̂µος (la institución por la que se
vinculan las personas al territorio) ni la propiedad privada. Con otras palabras,
la sociedad gentilicia es, en los términos de Morgan, una societas, una organiza-
ción apoyada en la relación de consanguineidad tribal; mientras que la otra for-
ma de organización es una civitas, una ciudad que pone el acento en la relación
con el suelo, del que la persona es sólo un accesorio.

29
Dice Morgan: “En los tres subperiodos de la barbarie aparecen sucesivamente tres usos diferen-
tes con respecto a los prisioneros. En el primero era quemado, en el segundo era sacrificado a los
dioses y en el tercero se convertía en esclavo” (op. cit., p. 170, nota; esta edición, p. 42, n. 9).
30
Émile Benveniste dice que numerosos datos lingüísticos llevan a pensar que en fechas antiguas
lo que se compraba y vendía eran seres humanos y no mercancías: “comprar” era “liberar” o “resca-
tar” prisioneros de guerra: “el derecho de aquel que captura sobre aquel que es capturado, la trans-
ferencia de prisioneros, la venta de hombres en subasta, he ahí las condiciones de donde progresiva-
mente han derivado las nociones de ‘compra’, de ‘venta’, de ‘valor’”; además, el concepto tenía
fuertes connotaciones de orden religioso, ya que se expiaba una culpa (Vocabulario de las instituciones
indoeuropeas, trad. Mauro Armiño, Madrid, Taurus, 1983, pp. 84ss.).
31
Herodoto dice que los egipcios estaban divididos en νόµοι y no en δη̂µος (op. cit., II, p. 164). El
concepto de νόµος guarda relación con la ley y la costumbre. Acaso lo que quiere decir Herodoto es
que los egipcios no se dividían por demarcaciones territoriales sino gentilicias o tribales.
XXXII PRÓLOGO

Lo que debemos concluir es, sin embargo, que en la sociedad gentilicia había
una división en estamentos o castas y, desde luego, explotación del trabajo, pues
los miembros de la tribu le entregaban tributos a su jefe, con objeto de liberarlo
del trabajo directo, desde una época homotaxialmente anterior a la que ejemplifica
el pueblo mexica. Así lo establece el propio Morgan a propósito de las tribus
norteamericanas (los iroqueses). Acaso sea doloroso reconocer que la explota-
ción del hombre por el hombre, en este caso, la sujeción a un tributo, nace mu-
cho tiempo antes de que aparezca la propiedad privada sobre los instrumentos
de producción y la división de la sociedad en clases. Marx cree en la existencia de
una comunidad primitiva, que sería anterior a la propiedad privada; asegura
que la propiedad privada nace por la violencia, cuando una clase pequeña se
apropia de los instrumentos de producción (en primer lugar, del suelo, del ager
cultivable). Cree que bastará una sencilla ecuación para anular la explotación: o
sea, volver a una fase anterior, aquella en la que no existía la propiedad privada,
para que desaparezca el Estado. Pero ¿es así? ¿Se puede volver a la etapa ante-
rior? ¿Qué sucede con la sociedad gentilicia? Marx, cuando postula esa tesis,
¿sabe que la comunidad primitiva se funda sobre la relación mítica, el vínculo con
el tótem, con el mítico antepasado común? No, no lo sabe aún (no había leído a
Morgan) y por esa razón no advierte que había explotación en aquellas socieda-
des, aunque haya sido sólo de orden externo (bajo la forma, por ejemplo, del
botín de guerra: el tributo extiende, de una manera permanente, el botín de
guerra). El pueblo mexica recibía diversos tributos de los pueblos sujetos a él; los
testimonios abundan y son inobjetables: los pueblos tributarios se hallaban so-
metidos a la entrega periódica de servicios en trabajo o en especie; le entregaban
al pueblo mexica (a la unidad superior) los productos que éste fijaba, o le daban el
fruto de ciertas parcelas, para el efecto indicadas por el recaudador de tributos,
el calpixqui, odiado y temido por los pueblos sojuzgados de Mesoamérica (del
odio desatado por los tributos mexicas se vale Cortés para obtener aliados, que
se obligan con él después de haber sido vencidos en la guerra). Es también evi-
dente que el pueblo dominante, el mexica, dejaba a los pueblos sometidos bajo
el gobierno de sus jefes y que no intervenía en sus asuntos internos. Las guerras
mesoamericanas no tenían como objeto la conquista del suelo, sino que las inspi-
raba obtener tributos o prisioneros para el sacrificio, como en Tlaxcala.32
De aquí se desprenden diversas conclusiones de importancia. La primera: la
explotación del hombre por el hombre es anterior, en sentido homotaxial, al naci-
miento de la propiedad privada sobre los instrumentos de producción (y, en
especial, sobre la tierra). La segunda: aún no habría Estado, en el sentido político
estricto en el que Morgan lo entiende y, sin embargo, un pueblo sometía a otros

32
Diego Durán afirma que “en realidad de verdad, no se hacían para otro oficio ni fin las guerras
entre México y Tlaxcallan, sino para traer gente de una parte y de otra, para sacrificar”: Historia de
las Indias de Nueva España e Islas de la Tierra Firme (Ángel María Garibay, ed., México, Porrúa, 1984,
p. 33). La guerra florida, xochiyaoyotl, tenía carácter de reciprocidad.
PRÓLOGO XXXIII

bajo el sistema de la explotación despótico-tributaria. La tercera: el sistema des-


pótico-tributario llevaba en germen la forma de dominio que aparece posterior-
mente en Grecia y Roma: los miembros de las primeras familias han de formar
después la clase privilegiada de la que habrán de emanar cónsules, generales y
emperadores (que en Grecia se llaman ευπατριδας y en Roma patricios). La cuar-
ta: la guerra mesoamericana no tiene por objeto el dominio territorial: es cierto,
había botín de guerra, que se repartía equitativamente entre los miembros del
pueblo mexica, pero no reparto de los territorios. La quinta: el choque violento
entre los españoles y los amerindios no se explica sólo por diferencias de orden
técnico (la espada de hierro, el caballo, las armas de fuego contra el arco y la
flecha, el pedernal, la malla de algodón); se basa en un concepto antagónico del
arte de la guerra. Mientras que los españoles luchan de noche y hasta morir,
buscan obtener territorio en nombre de su rey; matan a los enemigos y hacen
prisioneros de guerra (a los que esclavizan), los amerindios, por el contrario, se
ciñen a ritos y reglas de carácter mítico que los españoles no pueden entender:
luchan de día y en el espacio ritual que la tradición consagra; hacen cautivos sólo
para llevarlos al sacrificio; los guerreros mismos tienen prohibido matar; para
ellos, matar es tabú (sólo unas pocas personas, entre las que se destaca el gran
sacerdote, el huey tlahtoani, tiene la capacidad para dar la muerte). Bernal Díaz
del Castillo afirma que Cortés fue dos veces hecho prisionero y que lo salvó, a
costa de su vida, Cristóbal de Olea (dice: “en una calzadilla le desbarataron los
mexicanos y le llevaron sesenta y dos soldados, y al mismo Cortés le tenían asido y
engarrafado para llevarle a sacrificar”;33 Bernal relata con horror no fingido cómo
él y sus compañeros vieron sacrificar a los cautivos de guerra, desde lo alto del
teocalli de Tlatelolco). Este asunto ha sido puesto en claro por Sigmund Freud34 y

33
Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, cap. CCIV (sigo la
versión de Joaquín Ramírez Cabañas, México, Porrúa, 1977, t. II, p. 331).
34
Sigmund Freud establece que “todo sacrificio era primitivamente un sacrificio colectivo del
clan” y que “la muerte de la víctima pertenecía originalmente a los actos prohibidos al individuo y sólo
justificados cuando la tribu entera asumía la responsabilidad”. Freud habla siempre de animales que pue-
den ser sacrificados sólo “con el consentimiento y la participación de todos los miembros del clan
[…]. La regla de que todo invitado a la comida del sacrificio ha de gustar de la carne del animal
sacrificado tiene igual significación que la prescripción según la cual un miembro de la tribu que ha
incurrido en falta ha de ser ejecutado por la tribu entera […] el animal sacrificado era tratado como
un miembro de la tribu, y la comunidad que ofrecía el sacrificio, su dios, y el animal sacrificado eran de la
misma sangre y miembros de un único y mismo clan” (Tótem y tabú, en Obras completas, trad. Luis López
Ballesteros, Madrid, Biblioteca Nueva, t. II, 1981, p. 1834). En el caso de los mesoamericanos, es
necesario ver cómo el cautivo sacrificado en el centro ceremonial, en la ciudad que es también un
reloj astronómico, tiene el mismo carácter del animal de que habla Freud. El sitio donde se realiza el
sacrificio ritual, la pirámide trunca, está rodeada por una gran plaza en la que se reúne el pueblo
entero para así participar del asesinato y lo prohibido. Tal vez el concepto nahuatl que se aproxima
al de tabú sea el de tetzauhtlatlacole, que Molina y Siméon asocian a conceptos semánticamente con-
tradictorios y complejos: tanto a pecado como a portento, tanto a maldad y crimen como a prodigioso y
horrible. Un sobrenombre de Huitzilopochtli es tetzauhteotl, “dios horrible, que espanta”. Sólo el
supremo sacerdote puede matar. Dice Durán que “el ministro […] que tenía el oficio de matar era
tenido y reverenciado como supremo sacerdote, o pontífice” (op. cit., p. 31). Herodoto hace constar
XXXIV PRÓLOGO

Émile Benveniste: para éste, la etimología de sacerdos indica que es quien hace
sagrada a la víctima por medio del velo de la muerte.35 En las Tablas que se le atri-
buyen a Moisés se establece la prohibición de matar, pero no se hace ninguna
diferencia en el objeto de la muerte; no se dice: no matarás a otro hombre: se expresa
la prohibición, el tabú de matar (seres humanos lo mismo que animales). La sexta:
las instituciones de Mesoamérica son semejantes, en lo esencial, a las indoeuropeas,
lo que revelaría una estructura fundamental de la especie humana.
Una observación más. La taxonomía de Lewis Morgan puede parecer fuerte y
hasta ofensiva. Pero no cabe duda de que ofrece la posibilidad de una secuencia
rigurosa. En cambio, la taxonomía de arqueólogos e historiadores, por medio de
la que intentan ordenar el desarrollo cultural de Mesoamérica, es de carácter
interno y sirve sólo para mostrar diferencias entre diversas etapas de esas cultu-
ras, a partir de la teotihuacana. Estos periodos reciben los nombres de “preclásico”,
“clásico”, “clásico tardío”, “postclásico”, mientras que los periodos étnicos de Morgan
permiten una clasificación general del desarrollo de la humanidad como un todo.
Insisto: el sistema de Morgan es omnicomprensivo y toma en cuenta no sólo as-
pectos de orden económico, sino también institucionales y culturales. Como lo
dice Vere Gordon Childe, todavía no existe otro mejor.
Añado una reflexión más. El Estado, ¿debe ser considerado a la manera como
lo conciben Marx y Engels? Quiero decir, ¿sólo en su calidad de instrumento de
opresión y dominio? ¿Tan sólo como el arma de la lucha de clases, es decir, para
mantener sujetas a las clases explotadas? Pregunto ¿de dónde vienen las pala-
bras dominio y Estado? ¿No se comete un anacronismo cuando se habla de un
Estado en la Grecia clásica? La voz Estado es latina, por supuesto; quiere decir
“estar de pie”, en su primera acepción; “estar inmóvil”, en su segunda.36 Sin
embargo, más allá de su etimología, lo que me interesa destacar es que sólo
aparece en la conciencia europea (en las fórmulas canónicas del derecho en la
Baja Edad Media) cuando vuelve al Occidente el derecho romano.37 Se trata de

que los egipcios sólo comían animales que hubieran sido purificados (sacrificados o vueltos sagrados)
por un sacerdote (op. cit., II, pp. 39ss.).
35
Émile Benveniste dice: “¿Por qué ‘sacrificar’ quiere decir, de hecho, ‘ejecutar’, cuando propia-
mente significa ‘hacer sagrado’? ¿Por qué el sacrificio comporta necesariamente una ejecución? […]
El sacerdos es el agente del sacrificium, aquel que está investido de los poderes que le autorizan a
‘sacrificar’ […]. Aquel que es llamado sacer lleva una verdadera mancilla que le pone al margen de la
sociedad de los hombres: hay que huir de su contacto […]. Un homo sacer es para los hombres lo que
el animal sacer es para los dioses; ni uno ni otro tienen nada en común con el mundo de los hom-
bres” (op. cit., pp. 350-351). Creo que lo propio puede afirmarse respecto del tlahtoani mexica: su
contacto está prohibido porque es tabú: tocarlo provoca terror sagrado. De acuerdo con Patrick
Johansson, esta prohibición se inicia con Motecuhzoma Ilhuicamina.
36
Ernout y Meillet, op. cit., bajo las entradas sto, stas, steti y stano.
37
Ver Pierre Legendre, L’empire de la vérité. Introduction aux espaces dogmatiques industriels, Fayard,
1983; Dieu au miroir, Étude sur l’institution des images, Fayard, 1994 y Le désir politique de Dieu. Étude sur
les montages de l’État et du Droit, Fayard, 1988. Según Legendre, “con el derecho romano, entramos en
la intimidad del sistema de instituciones que se construye como imperio universal de la Razón”
(L’empire de la vérité, p. 132).
PRÓLOGO XXXV

una metáfora: el cuerpo del rey aparece con la cabeza en alto. Por otro lado, la
voz dominio se asocia a la de casa; es decir, al dueño, al señor de la casa (domus).38
Había, sin duda, dominio pleno sobre personas, tanto en el interior como en el exte-
rior de las tribus, antes de que existiera la propiedad privada sobre la tierra (se
entiende, la tierra de cultivo) y otros instrumentos de producción, o sea, pues,
antes del Estado. No pueden borrarse dos mil quinientos años de historia. La
vinculación mítica con el suelo enlaza a millones de hombres el día de hoy, mien-
tras que la vinculación mítica por el tótem sólo vinculaba a unos miles. La etnia es
un organismo social complejo y posee su lógica interna, desde luego;39 a la vieja
sociedad mítica se debe la domesticación de las plantas, los animales y los meta-
les que tenemos todavía; pero, sin duda, es menos densa y menos compleja que
la sociedad moderna.

2. ¿CIUDAD DE TENOCHTITLAN O PUEBLO DE MÉXICO?


¿POSESIÓN O PROPIEDAD DE LA TIERRA?

Debe llamarnos poderosamente la atención este hecho decisivo: el de que Morgan


jamás nombre a México-Tenochtitlan como ciudad: la llama siempre, y en espa-
ñol por cierto, pueblo de México. ¿Por qué? Porque, en la medida en que Morgan
establece una distinción entre societas y civitas, este último concepto sólo puede
aplicarse a una ciudad donde el vínculo entre los hombres es territorial, o sea,
donde los hombres se hallen vinculados al suelo y no a través de la relación
consanguínea: a su juicio, Atenas o Roma.
Veamos el asunto en su dimensión exacta. El primer texto en el que se men-
ciona a México-Tenochtitlan y se le da el nombre de ciudad fue escrito en un
español del protorrenacimiento castellano: es de Hernán Cortés, desde luego
(pertenece a la segunda Carta de Relación, fechada el 30 de octubre de 1520).
Conviene entender el contexto en que la carta (todas las cartas de relación) fue
escrita. He aquí el problema: ¿por qué Cortés informa al Emperador Carlos I, de
modo tan prolijo, de todos los hechos en que participa? Parece como si el relato
fuera hecho por un Hernán Cortés que se asume en su prístina calidad de jurista.
Es sintomático que Cortés se haga acompañar, de manera constante, al menos

38
Ernout y Meillet señalan que domus se opone a peregri, foris y militiae. Benveniste nos dice, por
otra parte, que el verbo heleno que derivó en el latín domus era damao, “que indicó primero la do-
ma de caballos, practicada por los pueblos de jinetes”. Hay tres unidades “distintas e irreductibles”:
1. “hacer violencia”; 2. “construir”; 3. “casa” (Vocabulario…, op. cit., p. 200).
39
Claude Lévi-Strauss, El pensamiento salvaje (trad. Francisco González Aramburo, México, FCE,
1964); Antropología estructural (trad. Juan Almela, México, Siglo XXI, 1979) y los cuatro volúmenes
de Mitológicas, cuya traducción es también de Juan Almela (I. Lo crudo y lo cocido, México, FCE, 1968;
II. De la miel a las cenizas, México, FCE, 1971; III. El origen de las maneras de mesa, México, Siglo XXI,
1970 y IV. El hombre desnudo, México, Siglo XXI, 1976).
XXXVI PRÓLOGO

por tres personas: un sacerdote, un contador del rey (que vigila el quinto real,
porcentaje que le corresponde a la Corona) y un escribano (o notario público).
Cortés lleva consigo resmas y resmas de papel. De todo quiere que se dé fe y se
protocolice, pues los testigos tienen autoridad y están sujetos a la ley castellana.40
¿Qué le preocupa tanto a Cortés? ¿Por qué ese afán por dejar constancia escrita
de sus actos? ¿Por qué le interesa protocolizar, disponer del fundamento de la
fides notarial de cuanto hace? Ni uno solo de los actos que realiza deja de tener
sustento jurídico. ¿Por qué? Cortés ha roto su contrato con Diego Velázquez, el
Gobernador de Cuba.41 Cierto, se trata de un contrato entre particulares (tenía
por objeto el de hacer trabajos de rescate, eufemismo bajo el que se esconde el
acto de saqueo por el que se aprehenden hombres que luego se volverán mano
de obra esclava en las islas del Caribe). Sin embargo, en el momento en que
Cortés cobra conciencia de la dimensión enorme del continente que apenas ha
tocado con sus plantas, al darse cuenta de que el territorio por el que avanza es
mucho más rico que el de todas las islas de las que viene, funda la Villa Rica de la
Vera Cruz y obliga a que el Cabildo de la misma le dé la orden de poblar el
territorio.42 Sus actos ya no habrán de limitarse al rescate de indios. El contrato
con Velázquez, contrato de rescate, ha de ser sustituido por otro: el de población. El
asunto es que, pese a que se trate de contratos entre particulares, Cortés asume
que se le puede acusar de desacato a una autoridad cuyo poder emana directa-
mente del rey y que, por lo tanto, tendrá que enfrentarse, desde ese instante y
hasta sus días postreros, a un crimen de lesa majestad, que sus enemigos van a
levantar en contra suya. El contrato, así sea entre particulares, tiene un garante
legal: la Corona española.43 El emperador no invierte un maravedí en la con-
quista; pero todo se hace en su nombre y bajo su autoridad. Para justificar sus actos,
a Cortés no le resta otro recurso sino el de ponderar la riqueza del territorio en

40
Hernán Cortés, segunda Carta de relación, donde, entre otros pasajes, dice: “Porque en cierto
infortunio ahora nuevamente acaecido, de que adelante en el proceso a vuestra alteza daré entera
cuenta, se me perdieron todas las escrituras y autos que con los naturales de estas tierras yo he
hecho, y otras muchas cosas” (es obvio que Cortés se refiere a los hechos de la llamada Noche Triste;
adviértanse los conceptos usados por Cortés: “escrituras” y “autos”: op. cit., p. 33).
41
Un examen preciso de esos aspectos jurídicos y políticos lo ofrece Silvio Zavala en su trabajo
pionero, Los intereses particulares en la Conquista de la Nueva España, cuya primera edición es de 1933
(2a. ed., México, UNAM, 1964).
42
En la que se conoce como la primera de las Cartas de Relación (fechada en la Villa Rica de la Vera
Cruz el 6 de julio de 1519), se dice “que lo mejor que a todos nos parecía era que en nombre de
vuestras reales altezas se poblase y fundase allí un pueblo en que hubiese justicia, para que en esta
tierra tuviesen señorío […]. Y acordado esto nos juntamos todos, y acordes de un ánimo y voluntad,
hicimos un requerimiento” a Cortés para “que luego cesase de hacer rescates de la manera que los
venía a hacer, porque sería destruir la tierra en mucha manera” (op. cit. p. 20).
43
Pierre Legendre sostiene que, aun entre particulares, existe una tercera instancia, garante de la
ley, es decir, el Estado, que en la tradición jurídica occidental está representado simbólicamente por
la figura mítica del Padre (ver, sobre todo, Les enfants du texte. Étude sur la fonction parentale des États,
Fayard, 1992; pero Legendre se ocupa también de este asunto en Le désir politique de Dieu. Étude sur
les montages de l’État et du Droit y Le crime du caporal Lortie).
PRÓLOGO XXXVII

donde entra. Tenochtitlan es la capital de un gran imperio; quien lo gobierna


debe ser también otro emperador aunque de menor nivel, es obvio, que la Sacra,
Cesárea, Invicta, Católica Majestad de Carlos I de España, títulos todos del máximo
respeto que Cortés le prodiga al emperador, al tiempo que procura rendirle in-
formación verídica y conveniente (para él). En este contexto, Cortés firma y
protocoliza con Motecuhzoma lo que jurídicamente asume, a su juicio, la forma
del contrato de sumisión a la autoridad de Carlos I, un contrato que nos debiera
llenar, si lo pudiéramos conocer, de un infinito asombro. Cortés informa al rey, en
la Carta que, aprehendido Cacama, señor de Tezcoco (rebelado “contra el servi-
cio de vuestra alteza” y del propio Motecuhzoma, de acuerdo con Cortés), el tlahtoani
de México (es evidente que por la orden de Cortés) “hizo llamamiento y congre-
gación de todos los señores de las ciudades y tierras allí comarcanas, y juntos, me
envió a decir que subiese allí donde estaba él con ellos, y llegado yo, les habló
[…] que de aquí adelante tengáis y obedezcáis a este gran rey, pues él es vuestro
natural señor, y en su lugar tengáis a este su capitán; y todos los tributos y servi-
cios que hasta aquí me hacíades, los haced y dad a él”. Y añade Cortés: “lo cual
todo pasó ante un escribano público, y lo asentó por auto en forma”.44
Adviértase el contenido jurídico del texto. Cortés se asume en él como legítimo
representante del rey español: ese carácter de legítimo representante del empera-
dor español debe ser reconocido, antes que nadie, por Motecuhzoma, de modo
que el pueblo mexica debe tener a ese capitán, Hernán Cortés, en el lugar del rey.
El rey Motecuhzoma es obligado por Cortés a firmar un contrato jurídico de
sumisión entre dos monarcas (Motecuhzoma y Carlos I, en este caso representa-
do por Cortés). Según le informa a su rey: “siempre publiqué y dije a todos los
naturales de la tierra, así señores como los que a mí venían, que vuestra majestad
era servido que el dicho Mutezuma se estuviese en su señorío, reconociendo el
que vuestra alteza sobre él tenía, y que servirían mucho a vuestra alteza en le
obedecer y tener por señor, como antes que yo a la tierra viniese le tenían”.45
Desde luego, el señor mexica no entiende lo que firma (si en verdad estampó en
ese texto, perdido entre el lodo y la sangre de la Noche Triste, algo que pudiera
semejar una firma). Cabe advertir que Cortés firma este contrato como si él fuera
el emperador: en el nombre del rey, como su Capitán General y Gobernador,46
atributos todos que él mismo se ha dado (o que ha recibido del Cabildo de la
Villa Rica de la Vera Cruz). Si se capta bien el contenido del texto, es claro que,
para Cortés, el contrato firmado entre dos soberanos, Motecuhzoma II de México
y Carlos I de España (de quien él es el representante legítimo) habría evitado la
guerra de conquista, en la medida en que el emperador y el dueño del territorio
mexicano se habría sometido, de motu proprio, al dominio de un soberano por
todos los títulos superior a él, es decir, al rey europeo. El contrato obligaba a

44
Cortés, segunda Carta de relación, op. cit., pp. 68-69.
45
Ibid., p. 63.
46
Cortés, Cartas de relación, pássim.
XXXVIII PRÓLOGO

todos los que Cortés considera súbditos del emperador de México, Motecuhzoma, o
sea, los miembros del pueblo mexica, a acatar ese vasallaje. Con el pacto suscrito,
el suelo del imperio de México-Tenochtitlan en su totalidad, así lo cree con certeza
Hernán Cortés, pasa a formar parte del dominio de la Corona de España. El
suelo, que se hallaba bajo el dominio del señor de México, de ese modo lo entien-
de Cortés en términos jurídicos europeos; el suelo, del que era dueño y señor el
emperador de México, Motecuhzoma y, con el suelo, en tanto que accesorios suyos,
sus habitantes, han pasado al dominio de Carlos I de España, al que deben reco-
nocer, otra vez en términos jurídicos europeos, como su “natural señor”. El Cor-
tés jurista considera que el contrato suscrito fue roto cuando el pueblo mexica se
rebeló contra Pedro de Alvarado. A partir de ese hecho y desde ese momento, los
mexicas son vistos por Cortés como rebeldes que han roto un pacto suscrito por
su emperador, a quien deben respeto y obediencia: el pueblo mexica se convierte
en rebelde que se ha sublevado ante su rey, al mismo tiempo que ante la autoridad
de Carlos I. El pueblo mexica ha roto un pacto político y no respeta a Motecuhzoma
ni la sumisión o el vasallaje a que lo obliga el pacto entre los dos emperadores. Los
mexicas, así lo cree Cortés, le deben obediencia a su rey, a Motecuhzoma, igual
que a la Corona española, porque el rey español se ha vuelto dueño, por el con-
trato firmado entre Cortés, su representante, y el emperador Motecuhzoma, de las
tierras que éste le entrega, por su conducto, al emperador español. Pero, si este
no fuera el caso, en las Bulas Intercaetera el Papa Alejandro VI donó las tierras
descubiertas a los reyes de Portugal y Castilla, para extender la religión cristiana
entre los habitantes de las mismas: se ha de bautizar a los indios y se ha de
propagar la fe; de lo contrario, afirma Cortés, se estaría obligado a la restitución
(tesis que retoma Francisco de Vitoria).47
Contra estas argumentaciones jurídicas se levanta la teoría de Morgan y
Bandelier. Motecuhzoma carecía de todo título legítimo sobre el suelo; ni él ni
sus antepasados, los llamados reyes mexicas, eran dueños del suelo ni disponían
de ninguna atribución jurídica que les permitiera firmar este (supuesto) contrato
de sumisión y de vasallaje a que Cortés obligó al tlahtoani. Sus títulos de dominio,
que por supuesto tenía, se originaban en otra fuente: el proceso de elección
genocrática que hacían los veinte calpuleque o jefes de calpultin. No había propie-
dad de la tierra; ni a título real ni a título privado. De allí que, aún hoy, las
comunidades indígenas exhiban, como títulos de legítima propiedad, las merce-
des reales otorgadas por la Corona española. Las tesis de Morgan son otro argu-
mento en la defensa del sistema de posesión territorial de los indígenas.
Por esa misma causa, Morgan dice que lo que halló Cortés en el islote del lago
fue un pueblo, el pueblo de México, pero no la ciudad de Tenochtitlan. El matiz
parece intrascendente o, en todo caso, sin relieve; acaso indicaría, otra vez, el

47
Cortés, III y IV Cartas de relación. Es una verdadera lástima que este documento, con todo el botín
de guerra de los españoles, se haya perdido en la Noche Triste. Sobre Francisco de Vitoria, ver el
excelente ensayo de Antonio Gómez Robledo, Política de Vitoria (México, UNAM, 1940).
PRÓLOGO XXXIX

intento de Morgan por restarle importancia al verdadero nivel de desarrollo de


la cultura mexica. ¿No es síntoma de progreso la aparición de las urbes y, por lo
tanto, de la civilización, es decir, de una cultura apoyada en las ciudades y no sólo
en el campo? Tenemos que entender, pues, la verdadera función de ese pueblo de
México, lo que comúnmente se llama la ciudad de México-Tenochtitlan.
Volvamos a Cortés, que siente la obligación de exagerar para impresionar en
su favor al rey: la ciudad de Tenochtitlan es enorme, “tan grande como Sevilla y
Córdoba”, con muchas plazas y calles anchas y derechas.48 Pero ¿es así, en ver-
dad? La ciudad de México-Tenochtitlan ¿qué es, en verdad? ¿Es la capital de un
imperio? No cabe duda que Cortés camina por una ciudad que no entiende, en
la medida misma en que la ve como otra ciudad hispana, más grande o más
pequeña, no importa, pero con sus mismas funciones: con iglesias o mezquitas,
mercados, calles, barrios, casas donde habitan los ciudadanos. Pero ¿es así? To-
das las que hoy llamamos ciudades mesoamericanas ¿son ciudades, en verdad?
Más bien, son centros ceremoniales, enormes templos en los que se levanta una
pirámide trunca en cuya cúspide hay un teocalli con techo de paja, asiento de su
dios principal (por allí sale el Sol de las fauces de Coatlicue, el Monstruo de la
Tierra). Ese centro ceremonial es un inmenso reloj astronómico y solar que mide
el movimiento del Sol en equinoccios y solsticios; por ello mismo, puntos míticos
de identificación para la etnia entera, que no vive en ese pueblo, sino que se
desparrama en el campo que cultiva. En este centro ceremonial, en esta ciudad
mítica, en el pueblo, como lo llaman Morgan y Bandelier, habitan sólo funciona-
rios de la tribu y sacerdotes con sus familias (quiero decir, unos cuantos centena-
res). El espacio que el pueblo ocupa es muy grande, por supuesto: al teocalli cen-
tral lo rodea la plaza en la que se reúne la etnia para ver cómo, desde lo alto, cae
el cuerpo del sacrificado. Pero los hombres de la tribu no suben a la pirámide ni
entran en el teocalli ni pueden matar: eso lo hace sólo un sacerdote.
Marx establece una comparación entre las ciudades asiáticas y las europeas:
“la historia antigua clásica es historia urbana, pero de ciudades basadas sobre la
propiedad de la tierra y la agricultura; la historia asiática es una especie de uni-
dad indiferente de ciudad y de campo”. En Asia, dice, las ciudades en verdad
grandes deben ser vistas como el “campamento señorial” o la “superfetación
sobre la estructura propiamente económica”.49 Hay, por ello, varios tipos de ciu-
dades: la ciudad que es sólo campamento guerrero; la ciudad que se apoya en la
propiedad de la tierra y la agricultura sedentaria. Lo cierto es que Marx, en este
caso, traslada lo poco que por aquel entonces se sabía de la historia económica
de Occidente a latitudes diferentes de la suya. Se trata de los conceptos que
responden a una economía sedentaria: de la cacería y la recolección de frutos se

48
Cortés, segunda Carta de relación, p. 72.
49
Marx, “Formas que preceden a la producción capitalista”, en Elementos fundamentales para la
crítica de la Economía política, trad. José Aricó, Miguel Murmis y Pedro Scarón, México, Siglo XXI,
1971, t. I, p. 442.
XL PRÓLOGO

ha pasado, en Europa, a la horticultura, el pastoreo y la agricultura en sentido


estricto (en la historia de Europa, de esa manera nacieron las aldeas y la vida
sedentaria); se domesticaron animales y plantas: entraron animales y vegetales en
la casa de los hombres (es claro que el verbo domesticar indica que se vuelven de
casa, del domus, especies que antes eran silvestres —o sea, de la selva y el bosque).
Animales y plantas eran forasteros antes de volverse domésticos (el término espa-
ñol forastero tiene la misma raíz que la voz inglesa forest, bosque, y viene del latín
foris: lo que está más allá o fuera del límite del terreno cultivado). Debo advertir
que cuando Marx habla de ciudades en verdad grandes no utiliza en modo alguno
el concepto morganiano, riguroso, de civitas (no lo conocía aún y no podía, por
lo tanto, hacerlo). ¿Son algo parecido a esto las ciudades de Mesoamérica? ¿Son
otra cosa? ¿Pueblos? Son en verdad centros ceremoniales, núcleos mágicos que
permiten aglutinar a la etnia, de modo mítico, al nacimiento de la Tierra de las
aguas primordiales. De igual modo nace el Sol y otorga las condiciones vitales,
mágicas y míticas, para que surjan las plantas y, por lo tanto, la agricultura.
Hoy sabemos que puede existir una agricultura nómada pese a que, según toda la
historia occidental, la agricultura conduce a la vida sedentaria. Humboldt contem-
pla este fenómeno extraño en la América del Sur, al recorrer el Orinoco, en el
inicio del siglo XIX, y Jacques Soustelle, siglo y medio después, lo confirma, en su
bella investigación de campo en la Lacandonia.50 Es obvio que Humboldt poseía
una capacidad de observación poco frecuente: “cuando se examina esta parte
salvaje de América, uno cree transportarse a los primeros tiempos en que la
tierra se pobló poco a poco y en los que se cree asistir al nacimiento de las socie-
dades humanas”. Dice:

En el mundo antiguo vemos que la vida pastoril prepara a los pueblos cazadores para la
vida agrícola. En el nuevo, buscamos en vano los desarrollos progresivos de la civiliza-
ción, los momentos de reposo, esos estadios en la vida de los pueblos […] debemos repre-
sentarnos a los pueblos cambiando de modo continuo de residencia en el curso de un río.
En efecto, aún ahora el indígena del Orinoco viaja con sus granos, transporta sus cultivos
(conucos), de igual modo que el árabe transporta su tienda y cambia de pastos. El número
de plantas cultivadas que se hallan en estado salvaje en medio de los bosques prueba que
existen costumbres nómadas en un pueblo agrícola.51

El pueblo azteca ¿qué agricultura tenía? En la agricultura de Mesoamérica


¿quién ejercía el dominio sobre los instrumentos de producción? Mejor, ¿qué
eran los instrumentos mesoamericanos de producción? ¿Había propiedad priva-
da de la tierra? O ¿existía sólo posesión de la misma? Karl Wittfogel habla de
Estados que tenían por objeto la construcción de grandes sistemas de irrigación,
50
Jacques Soustelle, Los cuatro soles. Origen y ocaso de las culturas (en especial, para lo que aquí
interesa, el cap. II. “Los hombres del bosque”, Madrid, Guadarrama, 1969).
51
Alexander Von Humboldt, Relation historique du Voyage aux régions équinoxiales du Nouveau
Continent, t. II, pp. 428-429 (ed. facsimilar de la hecha en París, por Maze, el año de 1819; Brockhaus,
Stuttgart, 1970).
PRÓLOGO XLI

como en Egipto (un don del Nilo, según Herodoto) y en otras zonas del Asia.
Ángel Palerm ha demostrado que en Mesoamérica se crearon grandes sistemas
de riego, y que éstos se hallaban en manos de los que ejercían el dominio.52 No lo
dudo. Pero quisiera añadir que hay otro sistema de dominio, anterior al sistema de
riego y que no tiene relación con los sistemas de riego, en tanto que implica
dominar otro aspecto, más decisivo aún: el que se ejerce sobre la voluntad del
trabajador. El sacerdote-mago controla una técnica extraña por la cual obtiene
lluvia (semen mágico y divino). Esta técnica mágica nos parece a los occidentales,
ahora, carente de todo fundamento racional, pero es una técnica por la que se
domina el pensamiento y la voluntad del agricultor y que lo lleva, por decirlo así,
como de la mano, a su parcela. Este instrumento, el rito mágico, permite a todo
el pueblo someter a las fuerzas vivas de la naturaleza (lo que hoy se llama natura-
leza) a su dominio. El mago exige a un cuerpo natural vivo que otorgue agua y
frutos por un mecanismo ritual en extremo complejo. El objeto natural, que hoy
nos parece algo inerte, estaba, en la mente de los pueblos de la Edad Mítica
(tanto para el mago, insisto, como para el propio trabajador), vivo: era un sujeto,
un hombre semejante a él, que hablaba y disponía de una voluntad. El sacerdote
sabía cómo hablar con este ser viviente, cómo dominar a este extraño sujeto,
porque dominaba la técnica específica por la que hablaba con él (era la raciona-
lidad interna que tiene la magia). Entendamos que la agricultura es una forma
de trabajo que apenas consume una tercera parte del tiempo de la actividad
económica anual. ¿Qué puede hacer el pueblo los otros 240 días restantes del
calendario económico? El pueblo de la Edad Mítica llena su tiempo (económico
y vital) con actos y rituales mágicos y religiosos, entre otros, la guerra y la cacería.
Dominar la conciencia del trabajador agrícola es necesario en esta forma de
trabajo productivo o, si se prefiere decirlo de otro modo, en el pensamiento
mítico que rige la agricultura mesoamericana: no es preciso dominar los siste-
mas de riego para dominar así al campesino. Basta con dominar al dios (a los
dioses), al sujeto (al conjunto de personas) que controlan agua, tierra, viento,
Sol.53 El mago domina el proceso, comprensible sólo por el mito cósmico del
origen, que da la lluvia y el maíz.
México-Tenochtitlan es una “urbe” acuática, es cierto. Eso es lo primero
que llama la atención de Cortés, de Bernal Díaz del Castillo (quien la compara
con el libro de Amadís: la cree fruto del encantamiento, pues lo que escribe ha
ocupado por entero su memoria, hace ya cuarenta años);54 de El Conquistador

52
Ángel Palerm, Agricultura y sociedad en Mesoamérica (México, Gernika, 1992) y Agricultura y civili-
zación en Mesoamérica (México, Sep-Setentas, 1972).
53
Sigo las tesis, brillantísimas, de Ernst Cassirer, Filosofía de las formas simbólicas, vol. II. El pensa-
miento mítico, trad. Armando Morones, México, FCE, 1972. Cassirer desarrolla buena parte de sus
argumentos apoyado en las ideas de Konrad Theodor Preuss. Ya me he referido a este asunto en
Cuerpo, territorio, mito (México, Siglo XXI, 2000).
54
Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España (México, Porrúa,
1977, t. I, p. 260), dice: “Y otro día por la mañana llegamos a la calzada ancha y vamos camino de
XLII PRÓLOGO

Anónimo;55 de Humboldt,56 Morgan y Bandelier.57 Humboldt cree que la ciudad de


Xochicalco, que no visita, es una fortaleza: no entiende qué otro sentido pueda
tener el cerco de que dispone la ciudad ni capta que es el fruto de una geometría
sagrada; en ella no ve el templum, el recinto sagrado que traza un augur. El Con-
quistador Anónimo ve el recinto, el cerco de piedra del centro ceremonial de Te-
nochtitlan y, sin embargo, no entiende su función. ¿Quién habita en el pueblo?
Tanto Morgan como Bandelier dicen que es una ciudad fortificada: tiene un
cerco de piedra, por un lado; está rodeada de agua, por el otro: esto le da una
situación de privilegio, desde un ángulo militar. Pero, una vez más, ¿es así? ¿Sólo
ésta es su característica?
Vuelvo a Cortés, quien ofrece una cuenta clara del número de habitantes que
tiene Texcoco: dice que “será de hasta treinta mil vecinos”. De México-Tenochti-
tlan, por su parte, dirá que posee las dimensiones de Córdoba o Sevilla, calles
anchas y derechas, unas de las cuales “la mitad son de agua y la otra de tierra”;
hay muchas plazas y mezquitas, multitud de ídolos; “tantas casas principales” en
las que los “señores de la tierra” tienen sus casas “y residen en ella cierto tiempo
del año”.58 Sus habitantes, a pesar de ser “bárbaros y apartados del conocimiento
de Dios”, usan de “razón en muchas cosas”. Motecuhzoma disponía, según Cor-
tés, de un “señorío tanto casi como España”: no hay duda de que el terreno que
ocupa este pueblo es enorme y que causa la admiración de Cortés: la pregunta
sigue en pie, empero: ¿cuántos habitantes tenía, quiénes eran, qué dimensiones
tenía el islote en donde se asentaba este pueblo, el de México-Tenochtitlan? Era,
hoy lo sabemos, un rectángulo irregular de tres kilómetros por lado: la superficie
del islote ocupaba cerca de nueve kilómetros cuadrados: iba del Eje Central, al
poniente, a la avenida Izazaga al sur; de las calles de la Merced, al oriente y a la
Lagunilla, al norte (lo que conocemos como el Centro Histórico). En el breve
espacio de ese islote no caben las 300 mil personas que algunos historiadores

Estapalapa. Y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua, y en tierra firme otras
grandes poblazones, y aquella calzada tan derecha y por nivel cómo iba a México, nos quedamos
admirados y decíamos que parecía a las cosas de e-ncantamiento que cuentan en el libro de Amadís,
por las grandes torres y cúes y edificios que tenían dentro del agua.”
55
El Conquistador anónimo, Relación de algunas cosas de la Nueva España, y de la gran ciudad de
Temestitán Mexico, escrita por un compañero de Hernán Cortés (en Joaquín García Icazbalceta, Colección de
documentos para la historia de México, 2a. ed. facsimilar de la 1a., México, Porrúa, 1980, t. I, pp. 368-
398; en original italiano y versión española).
56
De los textos de Alejandro de Humboldt sobre la ciudad de México, rescato uno, que estimo
sintomático (pertenece a su diario de viaje): “Creo que se ha querido forzar a la naturaleza, ya que el
antiguo México era como Venecia, lleno de canales. Se ha deseado desecar todo, hacer una Villa de
tierra firme y para lograr ese objetivo se ha intentado esterilizar de una vez y para siempre el valle,
hacer correr el agua de los lagos. ¡Cuánto más bella sería la ciudad, llena de canales, como Rotterdam!
[…] Los españoles han tratado al agua como a un enemigo. Parecen desear que esta Nueva España
sea tan seca como el interior de su antigua. Desean que la física se asemeje a su moral y en esto han
tenido buen éxito” (Reise auf der Rio Magdalena, durch die Anden und Mexico, Margot Faak (ed.), Ber-
lín, Akademie-Verlag, 1986, pp. 324 y 355).
57
Ver esta edición, infra, pp. 39-41 y pp. 76-77 respectivamente.
58
Cortés, segunda Carta de relación, op. cit., pp. 72-74.
PRÓLOGO XLIII

dicen que tenía Tenochtitlan.59 La verdad es que la ciudad de México tuvo esa
cantidad de habitantes cerca del año 1900, cuando ya se había extendido por casi
todos los rumbos de la cuenca lacustre, tenía construcciones de acero y de con-
creto, y edificios de varios pisos de altura. Quienes afirmen que en la ciudad
había 300 mil habitantes en 1519 deben demostrar de qué manera se hacinaban
tantos miles de seres en las parcelas donde vivían (el hombre de Mesoamérica
vivía al lado de su milpa y su hortaliza). Recuerdo que en Tenochtitlan había un
recinto sagrado que cerraba el espacio del Templo Mayor (el gran teocalli ocupa-
ba casi un tercio del terreno del islote, pues tenía un muro de casi 500 metros por
lado). 300 mil personas en siete kilómetros cuadrados, en casas de un piso, da
una densidad mayor a 42 mil habitantes por kilómetro cuadrado, lo que es social
y materialmente imposible.60
México-Tenochtitlan era, en verdad, un centro ceremonial en el que vivían
unas pocas centenas de funcionarios. La mayor parte del pueblo azteca, la etnia
nahua, ese grupo de seres humanos a los que Morgan considera una tribu forma-
da por veinte gentes, o sea, los veinte calpultin, vivía al lado de su milpa y su horta-
liza, en la tierra que sembraba, por medio del sistema de rotación (de roza y
quema). En esa tierra depositaba, en un acto ritual y sexual, en su base idéntico
al acto sexual humano, como si se tratara de un coito mítico, una semilla sagra-
da, el maíz, el centli o cintli.61
Los españoles admiraron la extensión de esa ciudad lacustre, este centro cere-
monial, ese pueblo de Tenochtitlan. Ahora, algunos investigadores modernos di-
cen que Mesoamérica llegó a tener 27 millones de habitantes.62 Para demostrar

59
Lo que sostiene Alfonso Caso en su ensayo “Los barrios antiguos de Tenochtitlan y Tlatelolco”
(Memorias de la Academia Mexicana de la Historia, México, 1956) sólo es válido para el México de la
Colonia. Los barrios y el mapa que los describe se refieren a la ciudad colonial (desde luego, con los
nombres nahuas unidos a la nomenclatura cristiana: por ejemplo, “Santiago Tlatelolco”). Los pri-
meros “mapas” de la ciudad de Tenochtitlan tienen tanto valor científico como tiene el de Hecateo
de Mileto respecto de la Tierra en su conjunto. Tal vez el primer “plano” del pueblo de Tenochtitlan
sea el que aparece en la primera Lámina del Códice Mendocino: es de orden mítico y el águila que allí
surge (en el centro de los cuatro cuadrantes de Tlactipac) representa al Sol.
60
Morgan rechaza estas cifras y compara la densidad de población, por milla cuadrada, con los
estados norteamericanos de Nueva York y Rhode Island, además de la población de Londres, por los
mismos años de la conquista. Morgan considera que los llamados palacios de Motecuhzoma eran
semejantes a las grandes casas comunales de otros pueblos en igual estadio de su desarrollo. Por lo
demás, tampoco acepta estas cifras Mauro Olmeda (El desarrollo de la sociedad mexicana, I. La fase
prehispánica, México, Mauro Olmeda Editor, 1966).
61
Maíz es voz caribe; centli, voz nahua. Son las primeras voces, recogidas por los españoles en las
islas del Caribe, las que permanecen en nuestra lengua, como huracán, hamaca, canoa, coa, cacique,
maíz. Hago notar que la lengua nahuatl no es abstracta, sino profundamente concreta y, por ello
mismo, compleja. Así pues, no existe una sola voz para designar lo que nosotros llamamos maíz.
Según el estado de desarrollo en que se halle el grano de maíz, todavía hoy, y por influencia del
nahuatl, en el español mexicano se distingue entre jilote (el maíz recién nacido, en la mazorca); elote
(el maíz maduro, en mazorca) y olote (la mazorca, ya sin el grano de maíz).
62
Sherburne F. Cook y Woodrow Borah, Ensayos sobre historia de la población: México y el Caribe
(trad. Clementina Zamora, México, Siglo XXI, 1977) y, por los mismos autores, El pasado de México:
XLIV PRÓLOGO

esas cifras, esos autores se apoyan en las matrículas de tributos, en datos de Fray
Bartolomé de las Casas y en análisis estadísticos que parten de cifras virtuales.
No intento hacer un estudio de esos datos, pero sí preguntar en qué se apoya el
Códice Mendocino (en toda su segunda parte en verdad una matrícula de tributos)
para establecer el exagerado y cuantioso monto de tributos en las épocas pre y
postcortesiana, unos cálculos inadmisibles, si hacemos caso de Alonso de Zorita.63
A las cifras virtuales de Cook y Borah habría que dar una respuesta lógica. ¿De
qué se podía alimentar el pueblo de la región central de México, el espacio que
hoy se conoce como Mesoamérica? ¿Cuál era el índice de productividad de la
tierra, con el sistema de roza y quema, en 1519, si se toma como base el cultivo
de maíz? No llegaba a media tonelada por hectárea. Recuerdo que, aún por
1910, el rendimiento medio de hectárea sembrada de maíz llegaba a sólo 570 kg.
(ya se usaban yuntas de bueyes y de mulas, además de tractores en tierras de
regadío). Es necesario poner los pies en la tierra y recordar que en la República
Mexicana hubo 25 millones de habitantes apenas por el año de 1950, una vez
que la superficie cosechada, estimando tierras de riego y temporal, era superior
a cuatro millones de hectáreas y el rendimiento medio era de 721 kg. por hectá-
rea.64 Ahora, en las zonas de riego el cultivo del maíz alcanza un promedio de
hasta doce toneladas por hectárea. Pero, en aquel entonces, ayudado sólo del
instrumento de cultivo que ahora llamamos, con una voz caribe, la coa (el palo
puntiagudo y a la vez endurecido en un extremo con fuego), el hombre de
Mesoamérica podía entrar unos centímetros en el suelo. La tierra de ese modo
trabajada producía menos de una media tonelada por hectárea. Como el sistema
de roza y quema no permite trabajar dos años consecutivos la misma tierra (re-
cuerdo que esa agricultura es nómada) y se vuelve a la misma parcela cada siete
años, se requiere de un gran número de hectáreas bajo cultivo para satisfacer las
necesidades de 27 millones de personas. Con los sistemas modernos de agricul-
tura, en 1980 México aún no lograba el promedio de dos toneladas por hectárea.
Ahora el territorio de la república tiene dos millones de kilómetros cuadrados,
pero no todos ellos están sujetos a la agricultura y México es aún deficitario en la
producción de granos, que importamos.65

aspectos sociodemográficos (trad. Juan José Utrilla, México, FCE, 1989). Ver, además, Charles Gibson, Los
aztecas bajo el dominio español. 1519-1810 (trad. Julieta Campos, México, Siglo XXI, 1967).
63
Zorita afirma que, antes de la conquista, “acudíanles con tributos de sementeras que les hacían,
porque esta era la común y general manera que tenían de tributar, y de lo que en la tierra se cogía y
hacía, y con lo que era de su oficio de cada uno; todo poco y pocas cosas y de poco valor y de menos
trabajo […]. Cuando se ganó la Nueva España, se quedó en ella esta manera de gobierno entre los
naturales” (Breve y sumaria relación de los señores y maneras y diferencias que había en ellos en la Nueva
España, en Pomar-Zorita, Relaciones de Texcoco y de los señores de la Nueva España, México, Salvador
Chávez Hayhoe, 1941, p. 92; en esta edición, infra, p. 482).
64
Todas las cifras provienen del Instituto Nacional de Geografía y Estadística, INEGI, Estadísticas
históricas de México, t. I, cuadros 1.1; 1.4.2 y 10.6.17.
65
Ver Alejandro Tortolero Villaseñor, De la coa a la máquina de vapor. Actividad agrícola e innovación
tecnológica en las haciendas mexicanas: 1880-1914 (México, Siglo XXI, 1995). El análisis de Tortolero
PRÓLOGO XLV

La población total de Mesoamérica no pudo pasar, nunca, de dos millones de


habitantes, antes del arribo de Cortés. Tenochtitlan, la tribu o la nación azteca,
como se quiera decir, jamás llegó a tener más de 50 mil miembros. Eso sucede
con el sistema de la relación consanguínea: al llegar a un punto de su crecimien-
to, que ya resulta intolerable, la tribu se subdivide y el nuevo grupo se aparta de
la etnia original (la etnia progenitora). ¿En qué sentido se debe tomar el mito de
que el pueblo azteca fue el último de los pueblos nahuas en llegar a lo que inco-
rrectamente se llama el Valle de México o el Valle de Anahuac, cuando en verdad
es una cuenca lacustre? En la cuenca residían otros cuatro pueblos nahuas, inde-
pendientes entre sí, salvo para hacer la guerra (Triple Alianza) y recolectar tribu-
tos. A mi entender, el pueblo mexica se desprende de la nación culhua: la Tira de
la peregrinación indica los sitios por donde pasaron los mexicas, desde su salida
real de Culhuacan (hecho que luego fue transformado en la salida mítica de Aztlan-
Chicomoztoc).66
En la Mesoamérica mítica, el augur traza el límite sagrado de la urbe (el pueblo
o centro ceremonial) y traza también el espacio y el tiempo sagrados donde se
realizará el ritual mítico del sacrificio: todos los pueblos de Mesoamérica creen
haber nacido de modo sincrónico, a un mismo tiempo con su centro ceremonial
(que lo identifica), en el momento en que el pueblo, con sus pirámides, brota de las
aguas primordiales, igual como nacen plantas, cerros y pirámides desde la Tie-
rra.67 Toda etnia mesoamericana cree que el Sol nace, cada día, desde las fauces
del Monstruo de la Tierra (digo, la Gran Serpiente Acuática, Coatlicue: todos
ellos, seres vivos). Aztlan-Chicomoztoc es un espacio mítico, no histórico: sus

muestra de manera bastante clara la baja productividad de las haciendas en México, pese a que el
rendimiento era superior al de la época prehispánica.
66
Los datos pueden ser corroborados con dos evidencias: de un lado, lo propuesto por Laurette
Séjourné: “La Tira de la Peregrinación es […] categórica: después de hacer de Culhuacán el punto
de partida de los aztecas, señala su llegada a Coatepec y Tula sólo después de varias páginas […] el
conjunto de los datos obliga a situar desde ahora a Aztlán cerca de Culhuacán-Chicomoztoc –y a
desechar en consecuencia la hipótesis de un Aztlán sito fuera del altiplano” (Arqueología e historia del
Valle de México, 1. Culhuacán; México, Siglo XXI, 1991, pp. 21 y 27); de otro, lo que ofrece la moderna
investigación etnolingüística: no hay evidencia de que exista ninguna lengua nahuatl, al modo que
puede llamarse clásico, fuera de la cuenca lacustre de México y de la región situada al lado oriental
de los volcanes Popocatepetl e Iztaccihuatl, como Huexotzingo, Atlixco y Tlaxcala. Al norte de
Mesoamérica, existen lenguas yutoaztecas, otomangues y otras, pero ninguna de origen estricta-
mente nahuatl: ver Leonardo Manrique, “Historia de las lenguas indígenas de México”, en Garza
Cuarón y Baudot, op. cit., pp. 51ss. y el excelente ensayo de Ignacio Guzmán Betancourt, “¿Dónde y
cuándo se habló el nahuatl en Sinaloa?”, en Tres estudios sobre el Noroeste, El Colegio de Sinaloa,
Culiacán, 2003. Guzmán Betancourt demuestra que el nahuatl hablado en Sinaloa es posterior a la
conquista: fueron los grupos nahuas, llevados por Nuño de Guzmán y otros conquistadores, los que
dejaron pequeños núcleos lingüísticos en la región. Además y en realidad, lo que se relata en la Tira
de la Peregrinación es un recorrido mítico y no histórico: Coatepec es la montaña mítica que emerge de
las aguas primordiales. Por otro lado, desde su arribo a las costas del actual estado de Veracruz,
Cortés oye que a México se le llama culúa: los mexicanos vienen de Culhuacan.
67
He tratado el tema con cierta amplitud en dos ensayos previos: “El mito de los cinco soles” y
“El pensamiento mítico de los coras”: Cuerpo, territorio, mito (México, Siglo XXI, 2000).
XLVI PRÓLOGO

siete cuevas indican que el hombre mexica nace del centro de la Tierra, donde
está el maíz.
Las formas de organización consanguínea se apoyan además en sistemas com-
plejos de exclusión e identidad. Cada ciudad, cada pueblo es el centro de lo que
ahora llamamos cosmos o universo. Ningún pueblo mesoamericano tenía la vi-
sión general, universal, del planeta, la Tierra o el cosmos. Por el contrario, había
para ellos tantos centros del cosmos como urbes existían: en cada uno de esos
centros ceremoniales o centros cósmicos, el pueblo veía todos los días el naci-
miento del Sol (pero todas las tardes su muerte): en la Piedra del Sol o Calenda-
rio azteca se ve a Tonatiuh salir del centro de tlactipac que es, a la vez, el inicio del
tiempo mítico del pueblo mexica y de su ciudad. Lo propio debe decirse de los
hombres que se llaman a sí mismos hermanos de sangre y hombres verdaderos.68 No
existe en ellos la idea de un vasto origen común por el que la humanidad sea
vista como un todo (sólo son hermanos entre sí los que se vinculan a través de la
sangre mítica, el tótem). Cada una de las naciones nahuas es poseedora exclusiva
de la hermandad de la sangre, la solidaridad consanguínea (en el sentido
morganiano de la expresión), causa por la que excluye a otras etnias nahuas (y,
con tanta o mayor razón, a los olmecas, los purhépechas, los coras o los
chichimecas). No existía, en ningún pueblo de Mesoamérica, este concepto ge-
nérico de humanidad, concepto, por lo demás, tardío.69
Subrayo que tampoco existía en Mesoamérica la propiedad de la tierra, en el
sentido jurídico occidental del término. Lo que sí había, en efecto, era la posesión
colectiva del suelo, posesión a la que se tenía acceso sólo en tanto que se era

68
Todavía hoy, los tojolabales, dice Carlos Lenkersdorf, se consideran así (Los hombres verdaderos.
Voces y testimonios tojolabales, México, Siglo XXI, 1996). “Para vastas fracciones de la especie humana”,
sostiene Lévi-Strauss, la noción de humanidad, “durante decenas de milenios, parece totalmente
ausente. La humanidad cesa en las fronteras de la tribu, del grupo lingüístico, a veces hasta del
pueblo […] gran número de poblaciones llamadas primitivas se designan a sí mismas con un nom-
bre que significa ‘los hombres’ (o a veces … los ‘buenos’, los ‘excelentes’, los ‘completos’), implican-
do así que las otras tribus, grupos o pueblos no participan de las virtudes o aun de la naturaleza
humana” (Antropología estructural, op. cit., p. 309). A su vez, Émile Benveniste dice que “Cuando los
pueblos se dan a sí mismos nombres, éstos se reparten […] en dos categorías: o bien la étnica consis-
te en un epíteto decorativo: ‘los Valientes, los Fuertes, los Excelentes, los Eminentes’ o bien, y esto es
lo más frecuente, se llaman simplemente ‘los hombres’”. Benveniste añade que, desde Germania a la
América del Sur, pasando por Kamchatka, “encontraremos por decenas pueblos que se designan a sí
mismos como ‘los hombres’: cada uno de ellos se ofrece así como una comunidad de igual lengua y de la
misma ascendencia y se opone implícitamente a los pueblos vecinos” (Vocabulario…, op. cit., p. 238).
69
Según todas las evidencias disponibles, este concepto sólo aparece en la filosofía de Johann
Gottfried Herder, hacia finales del siglo XVIII, bajo las voces de Menschheit, Menschlichkeit y Humanität
(La idea de humanidad, selección, traducción, prólogo y notas de Catalina Schirber, Facultad de Filo-
sofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, 1954 y J.G. Herder, Une autre Philosophie de l’Histoire,
edición bilingüe, traducida y anotada por Max Rouche, Aubier-Montaigne, Mayenne, 1964). Los
diferentes pueblos se consideran elegidos por su dios respectivo, y ellos deben merecer tal elección,
como es el caso típico, hasta nuestros días, del pueblo hebreo. Cristo da un paso hacia la universali-
zación del concepto cuando se dirige a todos los hombres y no sólo a los que entienden la lengua en la
que les habla.
PRÓLOGO XLVII

miembro de la gens, el clan o el calpulli.70 Nadie, ajeno a esa relación consanguí-


nea, podía vivir de modo permanente en la tierra que ocupaba cada pueblo (el
mexica, en este caso) ni podía sembrar en ella ni, aún menos, ser el dueño de la
misma. Cada pueblo se consideraba a sí mismo, pues, el pueblo, el γένος, formado a
su vez por los hombres verdaderos. No había idea de la dimensión total del territo-
rio ni Motecuhzoma era el rey ni el emperador del mismo. La relación consanguí-
nea es de carácter excluyente y no admite a extranjeros en su seno. Con el matiz
que se desee, hay que entender de manera cabal las tesis de Morgan para luego
criticarlas. No se puede invertir el movimiento de la implacable rueda de la
historia, para tratar de restablecer así la supuesta propiedad común de la tierra: aque-
lla posesión común de la tierra se fundaba en la vinculación mítica con el padre
común, el tótem: la vuelta a esa clase de semilla es para nosotros imposible.
¿Por qué habría de desaparecer el Estado?

3. SOCIETAS Y CIVITAS, EL RÉGIMEN GENTILICIO Y EL RÉGIMEN POLÍTICO


EL PROBLEMA DEL ESTADO (OTRA VEZ)

Las tesis de Bandelier acaso fueron impugnadas por primera vez de modo siste-
mático en el libro La organización política y social de los aztecas, de Manuel M. Mo-
reno, cuya edición inicial se hizo en 1931. Desde aquel preciso momento contó
con la aprobación del antropólogo Alfonso Caso, por ese entonces la autoridad
máxima e indiscutida de la historia antigua de México. Caso señaló, en el breví-
simo Prólogo del libro, que “la teoría de Bandelier era, antes del trabajo de
Moreno, la última palabra sobre este asunto”; que, a su juicio, éste había “rebati-
do con éxito la teoría de Bandelier en sus puntos esenciales” y que, por esto,
presentaba “una descripción de la sociedad azteca que se ajusta mucho más a la
verdad que la que hizo el sabio suizo-americano”.71
Por su parte, Moreno dijo, treinta años después de haberse publicado la pri-
mera edición de su libro, que en 1962 “prevalece” su tesis, “contra la opinión,
entonces predominante, del historiador suizo americano”.72 ¿Qué sostiene Mo-
reno y cuál es su método? En su calidad de jurista, esboza un argumento sencillo.
Cree que el régimen gentilicio sólo rige mientras una tribu es nómada; si ésta se
vuelve sedentaria y practica la agricultura, los clanes se disuelven y surgen, de
70
Dice Zorita que “calpulli ó chinancalli, que es todo uno, quiere decir barrio de gente conocida ó
linaje antiguo, que tiene de muy antiguo sus tierras y términos conocidos, que son de aquella cepa,
barrio ó linaje, y las tales tierras llaman calpulli, que quiere decir tierras de aquel barrio ó linaje […]
y estas tierras no son en particular de cada uno del barrio, sino en común del calpulli, y el que las
posee no las puede enajenar, sino que goce de ellas por su vida, y las puede dejar a sus hijos y
herederos” (op. cit., pp. 86-87; en esta edición, infra, p. 478).
71
Alfonso Caso, en Manuel M. Moreno, La organización política y social de los aztecas, 2a. ed., Méxi-
co, INAH, 1962, p. 7.
72
Ibid., p. 9.
XLVIII PRÓLOGO

modo casi espontáneo (no hay una explicación que lo demuestre) la propiedad
privada y las relaciones de propiedad. Por el mero paso del tiempo, merced a
una evolución que no explica, el Estado nace. Para Moreno, apropiación de territo-
rio y relaciones políticas van de la mano, como se asocian, de manera indisoluble,
la propiedad y el Estado.73 Pese a que Moreno es jurista, resulta notable su incapa-
cidad para establecer la necesaria diferencia entre posesión y propiedad del suelo.
Para Hegel, lo recuerdo, la forma jurídica más simple y, por ende, la más abstracta,
es la figura de la posesión: por ella se inicia la Filosofía del derecho.74 Sin embargo,
con total independencia de la tesis de Hegel, el derecho civil, que arranca de
Roma y llega a nuestros días, distingue entre posesión, forma jurídica simple, y
propiedad, forma jurídica compleja, que se expresa en el texto de la ley.
Advierto que Moreno discute la tesis de Bandelier, pero no los argumentos de
Morgan (a quien no cita jamás a lo largo de su libro, pese a que aparezca en la
bibliografía final). Por otra parte, es obvio que Moreno es incapaz de realizar una
crítica consecuente de los textos de los cronistas del siglo XVI: una expresión,
hallada en un historiador, se toma como si fuera artículo de fe, sin realizar en
ningún caso el análisis semántico necesario (en este caso, el análisis semántico
jurídico). Tomo como ejemplo los términos rey, hidalgo (en español viene de hijo
de algo o de hijo de alguien, el que posee bienes), caballero (el que dispone de un
caballo, opuesto al villano o al campesino, que carecen de tal derecho.75
Veamos el argumento básico de Moreno. “Con el cambio de género de vida”,
“fijados” los “clanes en un territorio, los lazos de la familia totémica se debilitan
hasta que llega un momento en que es substituida en absoluto por la familia
individual”.76 Así, Moreno considera obvio que el mecanismo que debilita la fami-
lia totémica es el asentamiento en un territorio y luego el solo paso del tiempo.
Es enfático: “Desde entonces las relaciones de parentesco dejan de ser la base de
la sociedad; el lazo social pierde el carácter familiar y deviene resueltamente
político” y subraya que “en este momento ha nacido el Estado”.77 ¿Es verdad? ¿Existe
alguna base antropológica que permita dar el aval a la absurda tesis de Moreno?
Ninguna. Por el contrario, multitud de testimonios, en todas partes del mundo
(ya que la tesis de Moreno pretende tener carácter universal), muestran lo opues-
to: el vínculo consanguíneo sólo se disuelve cuando en el espacio ocupado por la
tribu, en la ciudad antigua, se asientan los extranjeros, los peregrinos, los extraños,
como quiera llamárseles: metecos, plebe que, al exigir sus derechos frente al γένος

73
Manuel M. Moreno, op. cit., pp. 19ss.
74
Georg Wilhelm Friedrich Hegel, Principes de la philosophie du Droit, trad. André Kaan y prefacio
de Jean Hyppolite, París, Gallimard, 1940. La primera parte es “El derecho abstracto”, en cuya
primera sección, llamada “La propiedad”, el primer capítulo recibe el nombre de la “Toma de pose-
sión”. Allí dice Hegel que “el acto corporal de tomar algo es, desde el punto de vista sensible […] el
modo más perfecto de tomar posesión” (§ 55).
75
Ver estos vocablos en Corominas, bajo las entradas “hijo”, “caballo” y “villa”.
76
Manuel M. Moreno, op. cit., p. 22.
77
Ibid.
PRÓLOGO XLIX

original, reciben la orden de formar demarcaciones territoriales. Así nacen los


δη̂µος, los territorios políticos, opuestos al populus prístino.
Para Moreno, sin embargo, toda tribu asentada en territorio entra en la cate-
goría de política y su régimen de gobierno es, por lo tanto, de orden estatal. Para
subrayar su tesis, Moreno se apoya en los argumentos jurídicos de Georges Jellinek,
para quien “el Estado tiene su origen en el establecimiento definitivo de una
tribu sobre un territorio determinado”, hecho con el que, poco a poco, se altera
“la naturaleza del lazo que los mantenía unidos” (el consanguíneo, el tribal),
para volverse, “de familiar en político”.78 Por esta causa, todas las formas sociales
de organización gentilicia, “como la gens, el calpulli, el ayllú… en realidad desem-
peñan funciones políticas” que corresponden al Estado, de modo que son, pues,
“instituciones más bien políticas que familiares”.79 Moreno extrae del argumento
conclusiones que carecen de sustento en la evidencia histórica: “la tribu vencedo-
ra se establece sobre el territorio de la tribu vencida” y en ese territorio, la vence-
dora cumple el “carácter de propietaria de toda la tierra cultivable y de sus pro-
ductos” y esclaviza luego a “los mismos indígenas vencidos”. Así, según Moreno,
“las naciones sujetas al dominio de México quedaban colocadas en una situación
particular”: sus miembros “tributaban como esclavos”; “su territorio pasaba a
formar parte del territorio del Estado mexica”.80 Pero ¿es así? ¿Qué cosa significa
esa extraña “situación particular”? ¿Qué quiere decir que los pueblos sometidos
tributaban como esclavos? Moreno es incapaz de ver que, tanto desde el ángulo
jurídico como desde el ángulo económico, el esclavo no puede dar tributo (carece
de todo título de propiedad; ni siquiera es dueño de su cuerpo). El tributo lo
pueden dar hombres libres jurídicamente: los sometidos de que habla Moreno eran
esclavos o tributarios, no ambas cosas.
Por otro lado, el territorio de las tribus sometidas, ¿pasaba a formar parte del terri-
torio del Estado mexica? No hay evidencias que lo confirmen. Por el contrario, la
relación entre el mexica y los pueblos tributarios era exactamente la opuesta: no
había esclavitud ni dominio territorial ni intromisión alguna en el régimen in-
terno de las tribus sometidas, a las que se dejaba bajo el mando de sus jefes. Las
afirmaciones de Moreno carecen de todo sustento histórico, lo mismo que de
cualquier base jurídica sólida, ya no digamos de un fundamento antropológico
científico y sin embargo son, a pesar de su carácter endeble, por desgracia, las que
aún prevalecen, desde la primera edición en 1931, ¡hace ya más de siete decenios!
Por estas mismas razones, Moreno es igualmente incapaz de comprender el
verdadero carácter de las instituciones bélicas de la sociedad mexica. De acuerdo
con su criterio, “todos los varones de cierta edad eran guerreros”. Pero si eso es
así, ¿por qué dice, cuatro líneas abajo, que está “perfectamente determinada la
existencia de una clase militar”, integrada por “militares de carrera”? 81 Porque,
78
Manuel M. Moreno, op. cit., p. 24.
79
Ibid., p. 25. Para la cita siguiente, p. 28.
80
Ibid., pp. 90-91.
81
Ibid., p. 74.
L PRÓLOGO

si todos los varones son guerreros, no puede existir una clase militar. Lo cierto es
que el agricultor es, al mismo tiempo, guerrero.
La última tesis contradictoria de Moreno acaso sea ésta. Dice que existe un
“Estado mexica, imperfecto, rudimentario y” (se debe advertir el extraño truco
teórico que introduce) “semitotémico si se quiere; pero Estado al fin, caracte-
rizado por su aspecto oligárquico, teocrático y militar”.82 Expresaré mi asombro.
¡Cómo!, el Estado mexica ¿“semitotémico” y, sin embargo, “Estado al fin”, es
también “oligárquico, teocrático y militar”? ¿Qué quiere decir esa expresión, “semi-
totémico”? ¿En una mitad “totémico” pero en otra no? ¿Una de sus mitades “oli-
gárquica” y la otra mitad “totémica”? ¿En una mitad consanguíneo, apoyado en
el lazo mítico de la relación totémica, y en su otra mitad oligárquico? ¿Era, a un
tiempo, “semioligárquico” y “semitotémico”? ¿“Semitotémico” y “semiteocrático”?
¿“Medio militar” y “medio totémico”? ¿Mitad totémico y mitad teocrático, oli-
gárquico, militar? En suma, ¿en una de sus “mitades” Estado, y en otra no? ¿En
una de sus “mitades” Estado y en la otra gentilicio? ¿De un lado societas, de otro
civitas? Moreno debió haber discutido a fondo las tesis de Morgan y demostrar
cómo la sociedad azteca había abandonado el primer plan de gobierno, la societas, y
había pasado al segundo, la civitas. Pero no pudo hacerlo.
Veamos ahora el libro de Friedrich Katz, que originalmente se editó en Berlín,
con la excepción del último capítulo, el año de 1956.83 En el prólogo a la edición
española, publicada diez años más tarde, Katz afirma que, por 1956, la concep-
ción de Bandelier “estaba todavía ampliamente aceptada”, pese a que existía una
serie de ensayos que refutaban sus ideas. “Hoy día”, dice, o sea, 1966, “la refuta-
ción de las ideas de Bandelier acerca de la organización social azteca es univer-
sal”.84 Katz señala que Bandelier “comprobó con gran claridad los elementos de
la organización gentilicia dentro de la sociedad azteca”, aunque “lamenta” que
haya ido “demasiado lejos”, hasta considerar “la organización social azteca como
similar a la de los iroqueses”.85 ¿Qué significa ir “demasiado lejos”? Katz hace
una afirmación carente de todo sustento. ¿En dónde y de qué manera establece
Bandelier la “similitud” entre iroqueses y aztecas? De acuerdo con Morgan, lo
recuerdo, ambas sociedades pertenecen a dos periodos étnicos diferentes.
Pese a que Katz establece matices finos, que no habían sido considerados an-
tes por ningún historiador, acaba por sostener una tesis vulgar: existen un “rei-
no”, un “imperio”, un “Estado” en el que prosperan “propiedad privada” y “cla-
ses”, aun cuando todo esto se encuentre “en transición”. Así, por ejemplo, dice
que, “al arribo de los españoles, la zona de dominación azteca se extendía a la
casi totalidad del actual México”, pero, en la medida misma en que ese periodo
de dominación sólo abarcaba los últimos 90 años (previos a la llegada de los
82
Manuel M. Moreno, op. cit., p. 123.
83
Friedrich Katz, Situación social y económica de los aztecas durante los siglos XV y XVI, Instituto de
Investigaciones Históricas, México, UNAM, 1966.
84
F. Katz, op. cit., p. V.
85
Ibid., p. 8.
PRÓLOGO LI

españoles), los aztecas todavía no contaban “con instituciones estables ni habían


formulado leyes fijas”. Por lo tanto, dice Katz, al inicio “no puede llamarse reino
a este gran territorio azteca, en virtud de que la administración y gran parte de
las tierras permanecían todavía en manos de los pueblos conquistados”.86
Lo que asombra en el texto de Katz es, por un lado, el matiz que establece (y
que, por lo tanto, lo separa de las tesis vulgares y comunes –hispanas, mestizas,
actuales); por el otro, que no pueda reconocer que esta forma de dominio prevale-
ció a todo lo largo de la historia del dominio mexica, sin excepciones. De allí que
Katz, hacia el fin de su libro, nos diga que el Estado azteca se hallaba “en transi-
ción” hacia el “Estado incaico”. Katz es ecléctico: en parte se apoya en Morgan,
en otra en Engels, en otra oscila. Así, acepta el concepto morganiano de democra-
cia militar, aplicado a los aztecas (pero se lo atribuye a Engels).87 Así, el argumen-
to de Katz culmina, en un cierto sentido, en la siguiente tesis: el régimen de
gobierno “presentaba ya muchas de las características de la organización por
territorio”, razón por la que en Tenochtitlan se expresaban, “en gran parte, los
rasgos fundamentales de un Estado, por lo que puede, sin duda, ser considerado
un Estado en proceso de formación”. ¿Cómo “sin duda”? Expresaré dudas fun-
dadas. Cuanto aquí dice Katz obra en el tercer parágrafo (o resumen de su libro)
“La transición hacia el Estado”.88 Hay hitos históricos, de acuerdo con Katz: los
aztecas pasaron por tres estadios: en el primero, tenían una organización gentilicia;
en el segundo, constituían una democracia militar y en el tercero se presentaba ya
una transición hacia el Estado.89
Desde luego, insisto, el análisis de Katz es más fino que los realizados por sus
predecesores; pero no escapa de la consecuencia vulgar. Establecer tres etapas en
el desarrollo de la sociedad azteca parece más cercano a la realidad. Sin embar-
go, Katz no examina el núcleo central de la tesis de Morgan y, por lo tanto, no es
capaz de determinar si aún continuaba, en todo su esplendor, lo que Morgan
llama la célula del primer plan de gobierno: la gens. Sin ningún fundamento,
Katz nos dice que, a pesar de que los calpultin eran el núcleo en los que se agru-
paba “la mayor parte de la población”, la “nobleza” ya “se había separado” de
ellos. ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Por qué? Todas las evidencias demuestran que ocurría
lo contrario: que los jefes mexicas, sea un tlacatecuhtli, un cihuacoatl o un tlahtoani
provenían de la misma familia, la misma estirpe o linaje, el mismo barrio o calpulli,
por lo tanto, de la misma gens, del mismo clan.

86
F. Katz, op. cit., p. 18.
87
Ibid., p. 174. Allí reproduce una larga cita de El origen de la familia, la propiedad privada y el
Estado, en la que Engels se refiere a las formaciones militares de los griegos en la época de Homero,
asimilándolas a la formación social mexica; dice Katz: la descripción de Engels “corresponde casi
con exactitud a la situación imperante entre los aztecas”. Por el contrario, ya he señalado que, si-
guiendo la taxonomía del propio Morgan, no es posible denominar como si fuera una “democracia
militar” el régimen de gobierno mexica. Hay una contradicción en los términos.
88
Ibid., pp. 176ss.
89
Ibid., pp. 173ss.
LII PRÓLOGO

Es asombroso, en tal sentido, que Katz “refute” a Bandelier, quien sostiene la


existencia plena de las gentes y la ausencia formal de toda propiedad privada sobre
la tierra cultivable, para lo que se apoya en los endebles argumentos de Manuel
M. Moreno, quien, a su vez, postula la hipótesis (subrayo el concepto que utiliza
Katz) de que la propiedad territorial “surgió sólo después de la conquista de
Azcapotzalco”, es decir, el año de 1429.90 Lo dudoso, en toda la argumentación
de Katz, es el uso continuo de conceptos políticos, propios de sociedades occiden-
tales posteriores homotaxialmente a la sociedad gentilicia, aplicados sin criterio al-
guno a la sociedad de los mexicas. Es frecuente que hable del soberano azteca (la
tierra pertenecía al “soberano azteca” y no al calpulli), cuando en verdad en los
calpultin existe una tierra en la que se tributa a los jefes tanto de ese calpulli cuanto
de toda la tribu, para liberarlos del trabajo.
Dejo de lado los argumentos relativos a la propiedad privada de la tierra,
tomados de los cronistas del siglo XVI. Katz dice que el texto de Zorita contradice
las teorías de Bandelier (si lo leemos con cuidado se entiende lo contrario: el
texto de Zorita corrobora los argumentos de Morgan y Bandelier, razón por la que
deseo que el lector mismo lo juzgue, pues en este volumen dispone del texto de
Zorita). Pero hay algo, en el libro de Katz, que deseo subrayar. Del conjunto de su
análisis sutil, insisto, fino, se desprende que la sociedad mexica posee una serie
de estructuras complejas y formas de organización social y mentalmente elabora-
das, llenas de matices. Quiere decir que debe abandonarse la falsa tesis que sos-
tenía que la sociedad sin clases constituye un régimen homogéneo, sencillo, sin
historia, primitivo. Ocurre aquí lo mismo que al examinar estados de lengua, cual-
quiera que sean: no hay una sola formación social, por primitiva que parezca, que
no disponga de estado lingüístico, a su vez con historia detrás suyo.91 La socie-
dad mexica se hallaba en un estadio determinado del desarrollo social: esto no
significa que sea ni el primero ni el más antiguo. Toda formación social es ya de
por sí compleja y llena de matices. En multitud de aspectos, estas sociedades son
mucho más complejas y sutiles que las formaciones sociales homotaxialmente poste-
riores a ellas, que se han vuelto, en su lengua, abstractas, generalizadoras y carentes
del conocimiento concreto que es propio de la sabiduría salvaje.92 Creo que, pese a
sus aportaciones, el texto de Katz nos hace retroceder teóricamente al siglo XVI
(se apoya en la terminología de los cronistas españoles y en los conceptos híbridos
de los mestizos novohispanos).
Veamos, por último, la tesis de Alfredo López Austin,93 cuyo texto posee el
mérito inmenso de examinar la fuente prístina, si la puedo llamar así, o sea, los

90
F. Katz, op. cit., p. 33.
91
“En cualquier época, y por muy alto que nos remontemos, la lengua aparece siempre como una
herencia de la época precedente”, señala Ferdinand de Saussure (Curso de lingüística general, trad.
Mauro Armiño, Barcelona, Planeta-Agostini, 1993, p. 109).
92
C. Lévi-Strauss, El pensamiento salvaje, op. cit., pássim.
93
Alfredo López Austin, La constitución real de México-Tenochtitlan, México, Instituto de Historia,
UNAM, 1961.
PRÓLOGO LIII

textos nahuas, tal como se hallan en los mismos códices. López Austin hace la
traducción de estos códices y, por lo tanto, acude a la palabra nahua, tal como se
expresa en su idioma original. ¿Qué puede objetarse a este análisis? Nada, muy
poco, al parecer. Sin embargo, creo que hay en él, desde su inicio, un problema
sin solución. Me refiero al uso indiscriminado de la terminología occidental, en
especial la de orden jurídico: sostener que existía en México-Tenochtitlan una
constitución, de carácter realengo, además, asimila, se quiera o no, el gobierno mexica
a un régimen político occidental. El gran nahuatlato e historiador Miguel León-
Portilla, en el prólogo al texto de López Austin, dice que éste realiza un “trabajo
de hermenéutica” en el que no “aplica forzadamente a la cultura del México
Antiguo módulos mentales que no le pertenecieron” y que “se abstiene hasta
donde le es posible de calificar o de encontrar semejanza entre las categorías
jurídicas prehispánicas y las de otros ordenamientos legales”.94
Sin embargo, no es así. Según López Austin, en Tenochtitlan “el orden jurídico
descansaba en el orden cósmico”; en la Tierra se imitaba el “ordenamiento mate-
mático de la divinidad”.95 Sin duda, había una relación directa, en la cosmovisión
de todos los pueblos mesoamericanos, entre el orden celeste, el orden de la su-
perficie de la Tierra y el orden del inframundo o mundo subterráneo. Igual que
en las lenguas indoeuropeas en las que existe un concepto supremo de orden,
medida, sucesión y, en cierto sentido, armonía natural,96 en la cultura meso-
americana existía un concepto semejante. Eso no implica que el orden mítico se
constituya en “un orden jurídico”, si por tal entendemos un orden jurídico expre-
so. León-Portilla llama a los textos indígenas examinados por López Austin
“ordenamientos jurídicos más o menos implícitos”. Estoy totalmente de acuer-
do: en efecto, se trata de reglas “más o menos implícitas”, no de textos en el sen-
tido actual del término ni de textos jurídicos como tales.
Dice López Austin que “la Constitución […] era el reflejo de la divinidad, de
la división cuaternaria, de los trece cielos, del orden cósmico”. Por reflejo del
orden celeste en la superficie de la Tierra, “el poder estaba en la dualidad, en la
representación masculina del Tlatoani y en la femenina del Cihuacoatl”.97 Es
cierto, los mexicas disponían de esa dualidad en su forma de gobierno; pero
conviene notar que esa dualidad ya existía en un periodo étnico anterior (ya la
encuentra Morgan entre los iroqueses y Bandelier la confirma en la sociedad

94
Miguel León-Portilla, en Alfredo López Austin, op. cit., p. XI.
95
Ibid., p. 14.
96
Émile Benveniste afirma que, “desde el estado indoeuropeo, puede plantearse un concepto
sumamente importante: el del ‘orden’ […] es una de las nociones cardinales del universo jurídico y
también religioso y moral de los indoeuropeos: es el ‘Orden’ que regula tanto la disposición del
universo, el movimiento de los astros, la periodicidad de las estaciones y de los años como las rela-
ciones de los hombres entre sí” (Vocabulario… op. cit., p. 297). La regla que rige en el interior de la
familia recibe en griego el nombre de Θέµις; la del derecho interfamiliar, ∆´ικη.
97
A. López Austin, op., cit., p. 16. Patrick Johansson ha puesto en relieve, como ya dije, el carácter
solar, masculino, diestro y diurno por lo tanto, del tlahtoani y el lunar, a su vez, femenino, siniestro y
nocturno del cihuacoatl.
LIV PRÓLOGO

mexica: cada estadio étnico, según Morgan, recoge eso que ha sido inventado en
el anterior y le da otra función).
López Austin dice, con razón, que “nada puede asegurar que los puestos fue-
sen hereditarios” y añade que “el primer derecho” de un noble (pilli) consistía en
quedar exento del tributo: el pilli podía alcanzar, si se esforzaba, la “posición de
tributado”; el macehualli, en cambio, sólo podía aspirar, “por el mismo camino, a
dejar de ser tributario”.98 En esto se presenta una total falta de simetría y es una
desigualdad notoria. Sin embargo, pese a que este “primer derecho” de los piltin
era un privilegio que estaba negado a los macehualtin, no era hereditario y no
constituía un derecho de clase.
López Austin establece precisiones sutiles, que esclarecen el verdadero senti-
do del régimen de gobierno mexica. Aunque no cite a Bandelier ni a Morgan,
coincide con ellos al mostrar que en todos los calpultin existían tierras, que culti-
vaban sus miembros y cuyos rendimientos se entregaban, bajo forma de tributo,
a los sacerdotes del propio calpulli y a los miembros del gobierno de la tribu.
Sin embargo, no omito señalar que López Austin utiliza una terminología
vulgar, la hispánica del siglo XVI: “la estructuración política existió”, dice, “desde
el momento en que los mexicanos se establecieron en el centro del lago”: en ese
lugar y en ese tiempo se constituyó “un gobierno monárquico conforme a ideas
propias”.99 López Austin queda atrapado en una terminología híbrida: “Antes y
durante la peregrinación, los calpulli constituían los núcleos de la organización
política, y a la fundación de México-Tenochtitlan se distribuyeron en la ciudad
conservando tanto su división política como territorial”.100 ¿Qué era, pregunto
de nuevo, un calpulli? ¿Era una gens y, como tal, la célula del sistema consanguí-
neo? O ¿era, por el contrario, un “núcleo de organización política” a la vez que
“territorial”? Las tesis de López Austin van en contra de cuanto se sabe de los
sistemas mesoamericanos.
Examinemos ahora, por último, la famosa tesis de Federico Engels, aquella
que se sostiene, pues, en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (tesis
oficial, en el marxismo, si se habla de la posible extinción del Estado): “el Estado
no ha existido eternamente. Ha habido sociedades que se las arreglaron sin él,
que no tuvieron la menor noción del Estado ni de su Poder. Las clases desapare-
cerán de modo tan inevitable como surgieron en su día. Al desaparecer las clases
desaparecerá inevitablemente el Estado. La sociedad reorganizará de otra mane-
ra la producción, sobre la base de una asociación libre de productores iguales y
enviará toda la máquina del Estado al lugar que entonces le ha de corresponder:
al museo de antigüedades, junto a la rueca y al hacha de bronce”.101 Me pregunto
si es así, si puede ser así. Es obvio que, para Engels, el Estado es un órgano

98
A. López Austin, op. cit., p. 57.
99
Ibid., p. 83.
100
Ibid., p. 130.
101
Federico Engels, en C. Marx y F. Engels, Obras escogidas, t. II, Moscú, Ediciones en Lenguas
extranjeras, s.f., p. 340.
PRÓLOGO LV

represivo, de clase, que surge sólo cuando aparece la propiedad privada sobre
la tierra y, en general, sobre los instrumentos de producción. Vamos entonces
otra vez a las tesis de Morgan. Para éste, lo que marca la diferencia entre la
societas y la civitas consiste en un hecho clave (y este hecho es el que se debe
discutir, si se quiere captar el fondo del problema): en la civitas se disuelve la
relación consanguínea como cemento mental básico que aglutina a la sociedad,
aun cuando la gens se conserve durante un tiempo, como base de la identidad
religiosa. El cemento mental que cohesiona a la sociedad, a partir del nacimiento
del δη̂µος (voz que debe tomarse en tanto que demarcación territorial, el township
de Morgan) pasa a ser político: nace el ciudadano, vinculado de modo mítico al
suelo. Morgan no hace predicciones ni dice que el Estado ha de desaparecer.
Dice sólo que el Estado es una forma superior, en el sentido de la evolución, a la
organización gentilicia: es una forma, nueva, de establecer las relaciones entre
los hombres.
Por otro lado, el mismo concepto de Estado es problemático. En ninguna ciu-
dad de la Grecia clásica estuvo en vigor y en Roma misma se usaba con otro
sentido el concepto de estatus (equivalente del griego στασις): como situación de
la ciudad (status ciuitatis) o situación de la república (status rei publicae). En Roma,
hasta donde se sabe, nunca se usó el concepto de status como si fuera el equiva-
lente de lo que ahora se llama Estado.102 Por otra parte, es claro que este concepto
aparece en Europa apenas en la Baja Edad Media (en el siglo XIII), gracias al
redescubrimiento, hecho por los filósofos escolásticos, de la jurisprudencia lati-
na clásica (la vuelta al Occidente del derecho romano, que se conservaba en
Bizancio, en el Imperio Romano de Oriente). Merced a este proceso de relectura
de Justiniano se construyó el concepto del Estado, como se conoce hoy, según la
tesis de Legendre, a la que me adhiero.103
¿Podrá desaparecer el Estado? Depende de qué entendamos por este concep-
to. Para Engels, el Estado sólo cumple una función represora. No hay en su
análisis el menor espacio para la ley, como no sea, otra vez, en el solo sentido de
leyes de clase o leyes que se establecen para sostener la propiedad privada. Engels no
capta la función que tienen el tabú, la prohibición y, en Occidente, la figura del
Padre como germen del Estado. Yo creo, por el contrario, que el modo en que se
desarrolla la historia humana se aproxima, ya lo he dicho, al movimiento descri-
to por Hegel (aufhebung): se niega y se conserva a la vez. El Estado ¿pasará al
museo de antigüedades, junto a la rueca y el hacha de bronce? El Estado no sólo
cumple una función represiva, de clase; cumple el papel, nada despreciable, de
controlar pulsiones colectivas. A mi juicio, la ley tiene su origen remoto en el
tabú y en la prohibición del incesto. Pero el Estado en el sentido morganiano,

102
Véase Ernout y Meillet, bajo las entradas sto, stas, steti; sisto, sistis y, sobre todo, stano.
103
Al derecho romano se le llama “la razón escrita (Ratio scripta”); así, “el derecho romano, impe-
rial y cristiano, significa para los occidentales la institución de la Razón” (Pierre Legendre, L’empire
de la vérité, op. cit., p. 53). Así lo establece también el Diccionario de política, de Norberto Bobbio,
Nicola Mateucci y Gianfranco Pasquino, bajo la entrada estado moderno.
LVI PRÓLOGO

como un sistema de gobierno que enlaza de modo mítico al hombre con el suelo,
crea otro vínculo mítico a su vez, por el que se aglutinan millones de personas.
Por el contrario, la sociedad que se apoyaba en la relación totémica o consanguí-
nea no es capaz de aglutinar conjuntos mayores a los 50 mil miembros; ocupaba
un territorio pequeño donde regía la posesión común de la tierra (principio jurí-
dico que sólo se ejercía a través del clan o de la gens). En cambio los Estados en
sentido estricto, que surgen como hongos, desde el momento homotaxial que po-
demos situar convencionalmente en la Grecia clásica (desde ese momento hasta
hoy), ocupan millones de kilómetros cuadrados y pertenecen a ellos millones de
personas, solidarias del conjunto político por el solo hecho de haber nacido en
ese territorio. Digo de nuevo que las estructuras creadas por el hombre en el
curso de la historia no se esfuman, sino que se transforman (se niegan y conser-
van a la vez). Pongo el caso del orden económico que conocemos con el nombre
de manufactura heterogénea, y que es, desde un ángulo histórico o diacrónico,
anterior al sistema de la manufactura orgánica: se debe decir que no ha muerto,
sino que es la base de las maquiladoras y la filosofía toyota.104 Ha desaparecido el
hacha de bronce, pero no las hachas ni el bronce ni, menos todavía, la fundición de
los metales. Es cierto, ha desaparecido la rueca; pero permanece la función que
dio origen al tejido. La matemática, la geometría, la filosofía, acaso la escritura
fonética, nacieron en la Grecia arcaica, pero están aquí, vivas, transformadas,
cumpliendo otras funciones.105
Es necesario, pues, captar con todo rigor la tesis de Morgan: la aportación de
Clístenes no consiste, propiamente hablando, en el invento de la democracia en
cuanto una forma de gobierno (según Morgan, la societas es en esencia democráti-
ca). Lo que Clístenes aporta es un concepto novedoso, por el que se sustituye el
viejo lazo consanguíneo. El nuevo vincula los hombres al territorio y no al tótem
ancestral. Así, Atenas era una democracia y Esparta una oligarquía, pero las dos
vinculaban a sus ciudadanos al suelo. Roma era en sus inicios una república y
luego fue un imperio: en las dos formas de constitución, hay un ciudadano, ya no
un miembro de la gens. La asamblea ateniense era “un mitin masivo al aire libre
en la colina llamada Pnix” y en la época de Pericles, el número de sus electores
alcanzaba una cifra aproximada de 45 mil: se excluía a las mujeres y los libres (no
ciudadanos a pesar de ser griegos), además de los esclavos y los adolescentes; de
suerte que apenas cuatro o cinco mil ciudadanos, sin que sepamos a ciencia cier-
ta quiénes, acudían a las asambleas, dice Moses Finley.106 Nada de esto es decisi-
vo: lo que en verdad importa es que, bajo una monarquía o una república, en la
oligarquía igual que en la democracia, desde Clístenes hasta hoy, el ciudadano ha

104
Benjamin Coriat, Penser à l’envers. Travail et organisation dans l’entreprise japonaise (París, Christian
Bourgois Éditeur, 1990; ed. esp. en México, Siglo XXI, 1992).
105
Michel Serres, Les origines de la géométrie, París, Flammarion, 1993, p. 61 (trad. Ana María
Palos, revisada por Federico Álvarez y Jaime Labastida, México, Siglo XXI, 1996).
106
M.I. Finley, “Demagogos atenienses”, en M.I. Finley (coord.), Estudios sobre historia antigua,
trad. Ramón López, Madrid, Akal, 1981, pp. 20-21.
PRÓLOGO LVII

quedado vinculado, de modo mítico, al suelo y ya no a la gens. Clístenes es el


creador del segundo plan de gobierno de la historia humana y Morgan descubre esa
aportación.
¿Por qué habrá de desaparecer el Estado? La comunidad que se llama primitiva
se vinculaba por la relación de consanguineidad totémica, donde la tierra era
sujeto de la posesión colectiva a través del tótem o del padre mítico. Ya no podemos
volver a ese tipo de vínculo social, borrado por completo. El Estado es un órgano
que cumple la función de aglutinante social y no se puede fundir en un órgano
homotaxialmente anterior. En este sentido, me parece justa la tesis de Hans Kelsen,
cuando une de manera indisoluble Estado y derecho. Para él, no puede haber
Estado sin derecho; es más, la ley es el origen del Estado (entendamos, empero,
que aquí tomamos el concepto de ley, derecho o sistema jurídico sólo en sentido de
ley escrita, o sea, de texto de la ley).107

4. EL ARTE DE LA GUERRA. BALANCE FINAL

Ahora bien, en la sociedad mítica, ¿qué clase de guerra es la que se desarrolla?


¿Qué tipos de guerra había en Mesoamérica? Múltiples tipos, desde luego, y
Bandelier los examina con cuidado, hasta el detalle de establecer los tipos de
armas (ofensivas y defensivas), el sistema de almacenaje de las mismas, los ritos
para declarar rota la paz, el botín de guerra, el pillaje, los tributos resultantes; no
entraré en algo que me parece redundante. Aquí me interesa sólo resaltar un
hecho que Bandelier no examinó: el carácter mítico, ritual, de la forma asumida
por esas guerras, la guerra florida (xochiyaoyotl).
La guerra que ha llamado la atención de los investigadores es la guerra florida,
la que cihuacoatl Tlacaelel llamó la búsqueda del alimento para el dios, la busca
de tortillas frescas para el comal del dios.108 En ese tipo de guerra se pone en acto
la función de obtener el alimento mítico, la carne del sacrificado que come el
pueblo para establecer una base común, sólida, entre sí (comunión extraña, que
nace del asesinato colectivo). Así se establece una relación con los dioses que
controlan los procesos naturales. El guerrero obtiene un cautivo de guerra, que
es llevado a la casa del dios, al teocalli, a la pirámide trunca rodeada por una gran
plaza en la que se reúne todo el pueblo, que comparte el acto ritual del sacrificio.
A la cúspide de esa pirámide trunca ascendían los cinco sacerdotes encargados
del sacrificio (además del sacrificado) y sólo ellos. El guerrero mexica cautivaba a
un guerrero, a un hombre extraño a él, que se volvía su hermano de sangre al ser
adoptado por la tribu (que así lo convertía de modo temporal en dios). Afirma

107
Hans Kelsen, Teoría general del derecho y del Estado, trad. Eduardo García Máynez, México, UNAM,
1958. Véase también Pierre Legendre, sobre todo, L’empire de la vérité.
108
Referencia a Tlacaelel, tortillas frescas para el comal del dios.
LVIII PRÓLOGO

Sahagún, de modo inequívoco: “el señor del cautivo” (o dueño del cautivo) “no
comía de la carne” del sacrificado, “porque hacía de cuenta que aquella era su
misma carne, porque desde la hora que le cautivó le tenía por su hijo, y el cautivo
a su señor por padre, y por esta razón no quería comer de aquella carne; empero
comía de la carne de los otros cautivos que se habían muerto”.109 He aquí expre-
sada, pues, con entera claridad, la causa profunda del sacrificio ritual: la comu-
nión totémica, digo, la hermandad fratricida por la cual un guerrero adopta a otro, el
cautivo, como su hijo ¡y éste, a su vez, lo adopta como su padre! Es evidente que
el guerrero tlaxcalteca o purhépecha ejercían derecho de reciprocidad: sacrifica-
ban al mexica cautivo.110
Era necesario obtener, para cada fiesta del dios, el número de prisioneros que
hiciera falta. El cautivo de guerra no era, si se habla con propiedad, un esclavo;
no huía, pues estaba convencido de que era un honor ser sacrificado. Tampoco
se puede pensar en él como si fuera víctima: luchaba por atrapar a otro y, si era
atrapado, creía convertirse en la carne del dios. Se trataba de un juego ritual, a
vida y muerte, por medio del cual el pueblo entero otorgaba su sangre con objeto
de mantener vivo el cosmos: así se establecían el día, el campo y la duración de la
batalla. Al final de la jornada bélica, los ejércitos se retiraban del campo sagrado.
Cabe preguntar, ¿quién combatía? ¿De qué modo se integran los ejércitos en
Mesoamérica? Para dar una posible respuesta, hay abundantes elementos en
Bandelier. Primero, le interesa calcular la cantidad total de guerreros combatien-
tes y parte de los datos de El Conquistador Anónimo;111 así deduce el número de
guerreros, la estructura del ejército y hasta el número de habitantes de México-
Tenochtitlan. En tanto que los guerreros son diez mil, multiplica la cifra por
cinco (los miembros de una familia monogámica: padre, madre, tres hijos) y
obtiene el posible número de habitantes de la “urbe”. Segundo, ¿cómo se organi-
zaba el ejército? Bandelier acude otra vez a El Conquistador Anónimo; dice que
el ejército mexica se organizaba o identificaba por pendones y que éstos indicaban
los calpultin, las gentes, o sea, los barrios, los clanes y las fratrías.112
¿Qué se podría deducir de estos hechos? Primero y antes que nada: que el
ejército mexica se componía, igual que cualquier otro de los ejércitos de los pue-
blos nómadas que habitaban en el actual territorio de Estados Unidos, por el
total de los varones aptos para la guerra. De este hecho podría desprenderse una

109
Fray Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de la Nueva España, México, Porrúa,
1956, t. I, lib. II, cap. XXI, p. 146, § 34.
110
Yolotl González Torres, El sacrificio humano entre los mexicas, México, FCE, 1994.
111
El Conquistador anónimo dice que en México Tenochtitlan había “una guarnición de diez mil
hombres de guerra, todos escogidos por valientes” (op. cit., p. 394).
112
El Conquistador Anónimo afirma: “Guardan cierto orden en sus guerras, pues tienen sus
capitanes generales, y además otros capitanes particulares de cuatrocientos y de doscientos hom-
bres. Cada compañía tiene su alférez, quien lleva la bandera en su asta, de tal manera atada a la
espalda, que no le molesta para pelear […] tanto los jubones como las calzas los cubren por encima
de plumas de diversos colores […]: unas compañías de soldados las usan blancas y encarnadas, otras
azules y amarillas” (op. cit., pp. 371-372). Se agrupan, pues, por calpultin.
PRÓLOGO LIX

consecuencia de gran importancia. George Dumézil ha demostrado que en todas


las sociedades indoeuropeas existe una estructura trifuncional. En el nivel supe-
rior se encuentra la casta de sacerdotes y gobernantes; luego la casta de guerreros y,
finalmente, la casta de productores (agricultores y artesanos).113 Cabe preguntar si
en Mesoamérica ya existía una estructura semejante a la que Dumézil propone
para las sociedades indoeuropeas. En Mesoamérica ¿había esa estructura, o sea,
la que corresponde a la función guerrera, en el sentido estricto del término?
¿Había una función bélica, ejercida sólo por una casta especializada de guerre-
ros, por completo separada de las funciones asignadas al productor, al agricultor y
al artesano? Todo indica que no, que el mismo agricultor tomaba un día las
armas y otro la coa. Sin embargo, diré que la función estratificada de la casta
mágico-sacerdotal, la primera de las funciones postuladas por Dumézil, ya había
cobrado carta de naturaleza en Mesoamérica y sí existía una función específica,
asignada a esta casta dirigente, y completamente separada del pueblo (sostenida
por él a través del tributo –tequitl).
Dicho con otras palabras, en Mesoamérica todavía no se ha presentado una
separación clara y tajante en castas, mucho menos en clases. Todo varón es, el
mismo tiempo, agricultor y guerrero; o artesano, agricultor y guerrero. Sólo ha
surgido la casta sacerdotal que, al propio tiempo, cumple una función mágica y
mítica. El gran sacerdote es también el jefe de la guerra o, para decirlo en térmi-
nos nahuas, el huey tlahtoani es el tlacatecuhtli, aquel que conduce al ejército a las
batallas y también el que preside los sacrificios.
De lo anterior se desprende, acaso, otra conclusión: que en el desarrollo de
esa sociedad la filiación por la consanguineidad del tótem, la filiación que se da en el
nombre del tótem; las normas de parentesco que brotan del modo peculiar para la
filiación (normas descubiertas por Morgan) generan otras formas de la organiza-
ción social: desde la posesión de la tierra cultivable y la estructura de la familia
hasta las normas que sancionan las faltas cometidas contra la costumbre, el modo
de organizar los ejércitos y el diseño sagrado de la urbe como centro ceremonial
(el templum sagrado, el terreno sagrado, el límite mítico de la ciudad, cortado por
una frontera: la muralla que rodea al recinto). Más allá de esta frontera se abre un
terreno amplio, que carece de límites precisos, y que ocupa la etnia: es la tierra
cultivable, que posee el pueblo mexica a través de cada uno de sus calpultin, fuera
de la cual se inicia la frontera del Otro.
En este punto me interesa discutir la terminología propuesta por Morgan y
aplicada luego por Bandelier a la sociedad mexica. Es evidente que resulta muy
poco agradable a la teoría etnológica moderna, en tanto que está impregnada de
un sustrato evolutivo y sus términos ofenden. Morgan establece una taxonomía

113
Georges Dumézil ha reconocido “el carácter indoeuropeo común del marco ideológico de las
tres funciones –administración de lo sagrado, del poder y del derecho; de la fuerza física; de la abun-
dancia y de la fecundidad” (véase, entre otros, El destino del guerrero, trad. Juan Almela, México, Siglo
XXI, 1971).
LX PRÓLOGO

que va de lo simple a lo complejo, de lo menos a lo más desarrollado y en ese


aspecto semeja una estructura en movimiento, semejante a la que tiene la filoso-
fía hegeliana. Es evidente que, antes de establecer un orden determinado en el
árbol de las especies, no se podía hablar de ninguna evolución posible. La es-
tructura del árbol guarda una relación de jerarquía que va de los órganos inter-
nos (que son los determinantes y fundamentales) a lo que sea externo y acceso-
rio. Mientras que el sistema taxonómico de Plinio es en extremo pueril (parte del
espacio que ocupan los animales: clasifica vertebrados no por su estructura ósea,
pongo por caso, sino por el lugar en donde habitan: acuáticos, aéreos, terres-
tres), el sistema taxonómico de un Buffon, un Linneo, un Lamarck, un Darwin es
complejo y omite el sitio habitado por el animal (salvo para ver la posible in-
fluencia del medio en el proceso de adaptación). Realizada esta proeza, el árbol
taxonómico de las especies es puesto a caminar por Lamarck y por Darwin. Lo
propio ocurre con Morgan.
Pero sucede que su terminología acusa una fuerte carga de aparente desdén,
por no decir que peyorativa. El nivel más bajo de la escala es ocupado por el
salvajismo (dividido en tres etapas); el segundo nivel corresponde a la barbarie
(también dividida en tres estadios). El concepto salvaje proviene de selva y salvaje
es, en el inicio, el que habita en la selva, el silvestre;114 desde su nacimiento, el
concepto alude a una carencia (pues se opone al civilizado, que habita en la ciu-
dad o la civitas).
El concepto de bárbaro es, según todos los indicios, una onomatopeya por la
que los helenos oponían su lengua a la de los extranjeros y, sin duda, antes que a
nadie, a los medos o persas.115 ¿Qué hace ahora la etnología, en contra de esta
nomenclatura? Ya no se habla de pueblos primitivos ni de salvajes ni de bárbaros.
La etnología moderna estima que en esos términos subyace una actitud negativa,
acaso eurocentrista, que acentúa los aspectos de falta o de carencia: un pueblo
primitivo semeja el niño que se convertirá, más tarde, en el adulto. Así, para evitar
esa fatal comparación, la etnología francesa inventó el término de “pueblos sin
escritura”.116 Pero ese concepto es demasiado vago y general (es en realidad un
eufemismo). A pesar de todo, pone el acento en una negatividad, en aquello de
lo que un pueblo carece (la escritura). Se limita a introducir en un saco amplio,
más ancho que el saco teórico de Morgan, a estos pueblos que el autor de Ancient
Society dividía en varios periodos étnicos. Aún más, es necesario subrayar que el
114
Ernout y Meillet, op. cit., bajo la entrada silva; el concepto fue tomado del griego υλε, pero
nunca designó “materia”, como en la lengua helena, sino bosque, selva, campo sin cultivo.
115
Pierre Chantraine, op. cit., bajo la entrada βαρβαρος, señala que se aplicaba a extranjeros,
sobre todo a medos; establecía la diferencia en términos de una lengua “balbuceante”. Por su lado,
Ernout y Meillet señalan que la voz latina fue adoptada del griego y que servía para establecer la
diferencia entre el pueblo romano y los restantes pueblos (bajo la entrada barbarus).
116
El año de 1954, dice Claude Lévi-Strauss que, a propuesta suya, se sustituyó, en la École
pratique des hautes études, de París, el nombre de la cátedra “Pueblos no civilizados” por el de
“Pueblos sin escritura”. El nuevo nombre, empero, dice Lévi-Strauss, “presenta también un carácter
privativo” (op., cit., pp. 62ss.).
PRÓLOGO LXI

mismo Lévi-Strauss, este etnólogo que ha hecho el mayor esfuerzo por evitar
todo posible evolucionismo, el que ha hecho del método estructural el método
de una etnología científica, no omite hacer una taxonomía evolutiva por la que
sostiene una clasificación jerárquica.117 No hallo la terminología completa, que
sustituya a la de Morgan, para clasificar y determinar el posible desarrollo de los
pueblos. Pese a todo, por lo tanto, con toda su carga evolucionista y jerarquizadora,
la taxonomía de Morgan es holista e impide caer en términos vulgares que asimi-
lan, aun sin desearlo, los conceptos de autores hispanos y mestizos del siglo XVI.
Veamos, si no, lo propuesto por los escritores mestizos de la segunda mitad
del siglo XVI y la primera del XVII, autores clásicos e ilustres de la cuenca lacustre:
Texcoco, Culhuacan, Tenochtitlan: Fernando de Alva Ixtlilxochitl, Hernando
Alvarado Tezozomoc, Juan Bautista Pomar, Francisco de San Antón Muñón
Chimalpahin o del otro lado de la sierra, Tlaxcala (Diego Muñoz Camargo) que
escribían en nahuatl y en español.118 Esos mestizos descienden, por parte de
madre, de un tlahtoani nahua, al que la Corona española le ha concedido títulos de
nobleza y otros privilegios, desconocidos en la sociedad mesoamericana: la nueva estruc-
tura política del poder se apoya en los jefes antiguos, los tlahtoque, para mante-
ner sometido al pueblo. He aquí mi tesis: los textos de estos escritores pueden
asimilarse a los capítulos hispanos de probanza de méritos. Esos escritores han sido
educados en la tradición cristiana; hablan el nahuatl y se identifican con la cultu-
ra indígena (desde el punto de vista del que reclama títulos de nobleza, tierras y
prerrogativas que tienen su origen en la costumbre aristocrática europea, pero
que no corresponden a la estructura gentilicia de Mesoamérica, donde el mérito
recompensaba una hazaña –que no se heredaba a los hijos).
Tomaré, como ejemplo de lo que aquí propongo, un texto de Fernando de
Alva Ixtlilxochitl, que desciende, por vía materna, del último tlahtoani de Texcoco,
fiel aliado de Cortés en la conquista:

así claro parece en las historias que fue importantísima cosa la ayuda que tuvieron de
Tezcoco los dichos españoles, que después de Dios, Ixtlilxuchitl y los demás sus herma-

117
Claude Lévi-Strauss afirma que el conjunto de sus objeciones “no aspira a negar la realidad de
un progreso de la humanidad”, sólo que “nos invita a concebirlo con mayor prudencia”; por lo
tanto, el progreso no es, a su juicio, “ni necesario ni continuo”, sino que “procede por saltos”; estos
“saltos” no significan que se llegue “cada vez más lejos en la misma dirección” (Antropología estructu-
ral, op. cit., p. 317). En otro pasaje del mismo libro, Lévi-Strauss dice: “dependemos todavía de los
inmensos descubrimientos […de] la revolución neolítica: la agricultura, la ganadería, la alfarería, el
tejido […]. Desde hace ocho o diez mil años, nada más hemos aportado perfeccionamientos a todas
estas ‘artes de la civilización’” (ibid., p. 326).
118
Fernando de Alva Ixtlilxochitl, “Relación de la venida de los españoles y principio de la ley
evangélica”, en Fray Bernardino de Sahagún, Historia general…, op. cit., t. IV, apénd., pp. 187-276;
Hernando Alvarado Tezozomoc, Crónica mexicana (escrita hacia el año de 1598, notas de Manuel
Orozco y Berra, México, Leyenda, 1944); Diego Muñoz Camargo, Historia de Tlaxcala (publicada y
anotada por Alfredo Chavero, México, Tipografía de la Secretaría de Fomento, 1892); Juan Bautista
Pomar, Relación de Tezcoco, en Pomar-Zorita, op. cit., pp. 1-64; Chimalpahin, Relaciones originales de
Chalco Amaquemecan, paleografía, trad. y glosa de Silvia Rendón, México, FCE, 1965.
LXII PRÓLOGO

nos y deudos suyos, señores y caudillos que ellos eran, se plantó la ley evangélica, y se
ganó la ciudad de México, y otras partes, con menos trabajo y a costa que lo que podía
costar si no fuera por Tezcoco sus reinos y provincias. Ixtlilxuchitl desde que salieron a
Tezcoco Cortés y los demás vino con ellos, y se halló personalmente en todos los ochen-
ta días que duró la guerra de México, sin faltar uno solo, siendo el primero en todas
ocasiones […] y me espanta de Cortés, que siendo este príncipe el mayor y más leal
amigo que tuvo en esta tierra, que después de Dios con su ayuda y favor se ganó, no diera
noticia de él ni de sus hazañas y heroicos hechos, ya que no se le dio ningún premio; sino
que antes lo que era suyo y de sus antepasados se le quitó.119

Hago caso omiso de cómo Fernando de Alva Ixtlilxochitl asume siempre el


punto de vista del conquistador; cuando utiliza el pronominal de la primera
persona del plural, nosotros, se refiere a los españoles y a sus aliados, nunca a los
nahuas: Ixtlilxochitl se ve como un español más, como un cristiano que lucha
por imponer su ley, la ley evangélica, a todos los idólatras y reclama, en nombre
de las hazañas de su antepasado, los títulos y recompensas que a él se le nega-
ron.120 Escritores de hoy, entre otros Garibay, dicen que en los escritores mesti-
zos, lo mismo que en los españoles educados en Nueva España (como Fray Diego
Durán) o en los peninsulares que dedicaron su vida a estudiar la cultura y la
religión nahuatl, está el origen de lo mexicano y la mexicanidad: lo mestizo, lo
híbrido que flota entre dos aguas y que asimila algo de aquí y otro poco de allá.
Pero lo que me interesa poner en relieve no es, por supuesto, este aspecto, sino
otro: el escritor mestizo tergiversa una realidad que no comprende, con el claro
interés de probar los méritos de algún antepasado ilustre y recoger para sí y su
familia estos títulos, estos privilegios, arrebatándoselos a los pueblos sometidos.
Es obvio que, a lo largo de la Colonia, se dio una larga, nunca resuelta lucha
entre estos supuestos nobles prehispánicos (creados por la Corona, los mestizos y
los conquistadores casados con la hija de un tlahtoani) y los pueblos que defen-
dían sus tierras comunales, sus calpultin.
¿Qué resta, en México, de esas concepciones? ¿Qué resta del llamado México
profundo? Por un lado, ya lo he dicho, sigue vivo el pensamiento mítico de mul-
titud de comunidades amerindias que, lejos de lo que se cree, se ha visto fortale-
cido a lo largo de los años. Hoy, sin duda, los pueblos amerindios que se mantie-
nen vivos son más numerosos de lo que fueron antes (incluidos los años previos
al terrible trauma de su conquista y sumisión a la Corona española). Ha dismi-
nuido la proporción en que se hallan respecto del número total de los habitantes
de la República Mexicana, en tanto que hoy representan el 10% de la población,
mientras que en vísperas de la Independencia, según el censo levantado por las
órdenes del Virrey Revillagigedo (corregido luego por Humboldt), alcanzaban el

119
Fernando de Alva Ixtlilxochitl, op. cit., pp. 205 y 212.
120
Ixtlilxochitl se sitúa en el “nosotros” español y se asume como cristiano; los “nuestros” son
siempre españoles; exagera: Ixtlilxochitl y los tezcocanos perdieron “más de treinta mil hombres”,
mientras que “de los mexicanos murieron más de doscientos cuarenta mil” (op. cit., p. 226).
PRÓLOGO LXIII

40% del total. Entonces eran cerca de dos millones y medio (sobre una población
total de cinco millones y medio). Han crecido al menos cinco veces: ahora son
alrededor de doce millones (sobre cien millones de habitantes). Dentro y fuera
de la república, en Europa sobre todo, se ve al indio como una frontera temporal
del desarrollo histórico, un límite, una reserva ecológica, un fósil que aún vive y respira,
pero que está en proceso de extinción y al que se debe preservar en su estado original,
sin contaminación ninguna, igual como se deben conservar los orangutanes de
Borneo o los tigres de Siberia.
Los pueblos amerindios han olvidado el calendario mítico y ritual que regía
en su cultura antes de la conquista; han adoptado el calendario gregoriano, al
que han incorporado cambios, sin duda, de importancia: sus fiestas rituales, cris-
tianas en apariencia, tienen más relación con la mitología de Mesoamérica y
Aridoamérica, que con el ritual católico. Desde luego, añado que lo que recibie-
ron fue la versión popular y no la versión culta y canónica de la religión católi-
ca.121 La investigación etnoastronómica y arqueoastronómica ha puesto en relie-
ve cuanto de la concepción mítica persiste hoy en los Altos de Chiapas o la Sierra
de Puebla.122
Manuel Gamio quería, para forjar su concepto de patria, que los pueblos
amerindios se integraran en una sola nación con los que hablan español. Busca-
ba la homogeneidad: asimilar los amerindios a la cultura occidental, dominante
en el país y a la que pertenece la mayoría nacional, la hispanófona. Yo creo que
es posible ofrecerles esta opción, con el objeto de que ellos elijan, evitando los
extremos de la marginación y la pobreza ofensivas, de un lado; la asimilación
violenta, del otro. México, al contrario de lo que deseaba Gamio, es rico porque
es un país multicultural, pluriétnico y plurilingüístico. No somos un país homo-
géneo. México es muchos Méxicos, pero en esa pluralidad consiste su riqueza.
Lejos del país abstracto que soñaban los filósofos de lo mexicano; lejos de ese país
homogéneo (con una sola lengua, con una sola “raza”, con una sola economía),
México se abre al siglo XXI como un país complejo y múltiple. Su cultura es
relativamente joven, pero debe asimilar los postulados de una tradición diferente.
Lo que se halla en el libro que el lector tiene ante sí es la persistencia de un
mundo distinto, al que se ha negado vida cabal. Una de las causas por las que las
comunidades amerindias han sido capaces de resistir las agresiones de que han
sido objeto por parte de nosotros, los mexicanos, igual que por el mundo occi-

121
“En efecto, existe, en la periferia del cristianismo bíblico, una memoria arcaica de tradiciones,
de ‘supersticiones’ y de leyendas que constituyen una auténtica mitología y que no poseen ninguna
justificación bíblica. En la Edad Media, estos ritos y estas creencias constituían el lenguaje natural de
un pueblo que no leía la Biblia”, afirma, con toda razón, Philipe Walter en Mythologie Chrétienne. Rites
et mythes du Moyen Age (París, Entente, 1992, p. 10). Esa misma mitología popular, mezcla de creen-
cias bíblicas y latinas con tradiciones celtas (en especial, los mitos druidas), es la que llega a la Nueva
España, pese a los esfuerzos de los monjes letrados.
122
Véase Johanna Broda, Stanislaw Iwaniszewski y Lucrecia Maupomé, Arqueoastronomía y etnoastro-
nomía en Mesoamérica, México, UNAM, 1991.
LXIV PRÓLOGO

dental que en apariencia desea protegerlas, reside en las estructuras descubiertas


por Morgan y Bandelier: está viva en ellas la estructura de la relación consanguí-
nea; se guarda el tótem de los antepasados; late en ellas la gens y, con la gens, el
cuerpo de sus mitos, la belleza de la cosmogonía mesoamericana, matizada por
el impacto de la cultura occidental.
Los aspectos más importantes de una cultura se expresan en su lenguaje. Los
pueblos amerindios conservan su lengua con todo vigor. Se dice que, al morir
una lengua, muere con ella una porción entera de la memoria humana. Las
lenguas amerindias están vivas; pero no debe olvidarse que la mayor parte de los
hablantes de esas lenguas amerindias son, a un tiempo, bilingües: hablan espa-
ñol, por un lado, una lengua que los enlaza al universo, y hablan además la suya
propia, por otro. Por medio de ella entran en contacto con una raíz profunda,
mientras que, gracias a la lengua española, entran en contacto con el mundo
entero. Cuando atravesó el océano Atlántico, el castellano se hizo lingua franca
por la que se unieron los vascos, los catalanes, los gallegos y los castellanos. La
lengua de Castilla se hizo español. Sucedió lo mismo cuando entró en contacto
con las lenguas amerindias: el castellano no fue la lengua del conquistador que se
impuso por la fuerza al pueblo sometido. Por el contrario, se volvió español, la
lingua franca hasta de los mismos indios.
Los más atroces crímenes del siglo XX fueron cometidos en nombre del Bien
por ingenieros sociales que deseaban imponer su idea de un mundo mejor. Otor-
garle a la gente el paraíso por medio de una imposición condujo a un reino de
hielo. Creo que una de las enseñanzas de este libro consiste en mostrar las opcio-
nes múltiples de un mundo complejo, diferente, rico, vivo en sus expresiones.
Por lo que a mí corresponde, sólo me resta decir que este libro no sólo es el
fruto de un largo esfuerzo: quizás sea parte de mi corazón y de mi cerebro, un
testimonio de amor a mi país y a los múltiples pueblos que lo integran.

Ciudad de México, octubre de 2002-abril de 2003.


I

LEWIS H. MORGAN
Esta página dejada en blanco al propósito.
LA COMIDA DE MOCTEZUMA*

Las primeras descripciones del pueblo** de México crearon una fuerte impresión
en Europa. En las Antillas los descubridores españoles hallaron pequeñas tribus
de indios gobernadas por jefes, pero en el continente, en el valle de México,
encontraron una confederación de tres tribus bajo un gobierno similar pero más
avanzado. En medio del valle había un pueblo grande, el mayor de América, ro-
deado de agua, al que se llegaba por calzadas; era, en suma, una fortaleza rodea-
da de agua, inexpugnable para atacantes indios. Este pueblo presentó a los aven-
tureros españoles el extraordinario espectáculo de una sociedad india que se
hallaba dos etapas étnicas atrás de la sociedad europea, pero con un gobierno y
un plan de vida a la vez inteligentes, ordenados y completos. Esto despertó una
insaciable curiosidad por obtener más detalles, curiosidad que ha continuado
durante tres siglos y que ha dado origen al mayor número de obras que jamás se
haya escrito antes sobre ningún pueblo de similar importancia y tamaño.Los
aventureros españoles que capturaron el pueblo de México vieron un rey en
Moctezuma, señores en los jefes aztecas y un palacio en la gran casa comunitaria
ocupada, al estilo indio, por Moctezuma y sus corresidentes. Ese autoengaño era
quizás inevitable en aquel momento, porque los recién llegados no sabían nada
del sistema social azteca. Desdichadamente, la historia de la América aborigen se
inauguró así sobre una concepción errónea de la vida india, que ha permanecido
sustancialmente indiscutida hasta este momento. Los primeros observadores di-
rectos dieron la clave de esta historia al presentar a Moctezuma como un rey, que
ocupaba un palacio muy grande lleno de cortesanos, en medio de una ciudad
grande y populosa de la cual –y de mucho más territorio– se lo consideraba el
amo. Sin embargo, con el tiempo las palabras rey y reinado resultaron demasia-
do comunes para expresar toda la gloria y el esplendor que la imaginación em-
pezaba a atribuir a la sociedad azteca, y así los términos emperador e imperio
sustituyeron gradualmente la concepción más humilde de los conquistadores.
Hoy, tanto tiempo después, el entusiasmo y el trabajo capaces de producir los
cinco volúmenes titulados Native races of the Pacific states nos inspiran respeto. El
entusiasmo unido al trabajo ha producido grandes obras para la humanidad en
todas las épocas, pero cuando los controla una imaginación brillante y desenfre-
nada existe el peligro –como lo demuestran estos volúmenes– de ver equivoca-

* Publicado originalmente como reseña de Native races of the Pacific states. Civilized nations, de
Hubert Howe Bancroft (Nueva York, D. Appleton, vol. II), en The North American Review, vol. CXXII,
Boston, 1876, pp. 265-308.
** Véase nota b, infra, p. 36. [E.]

[3]
4 LEWIS H. MORGAN

damente los materiales tratados, de inflar, de exagerar, de llegar a teorías enga-


ñosas y a conclusiones falsas. Es una tarea desagradable la de señalar, movido
por el sentido del deber, viejos errores aquí reproducidos y respaldados, y así
entrar en conflicto con un autor por quien su crítico no puede sentir más que
respeto.
En el segundo volumen de esta obra, el único del que se ocupará este artículo,
el supremo y poderoso emperador de los aztecas, cuyos supuestos súbditos, in-
cluyendo a los tlacopanos y texcocanos, deben de haber sido cerca de 250 mil
indios de piel roja, y el gran imperio azteca, que ocupaba una superficie del
tamaño del estado de Rhode Island, vuelven a presentarse magníficamente ante
nuestra asombrada mente.1 Incluso hay en este volumen una plétora de impe-
rios, reyes y señores: por ejemplo, el imperio tolteca, el imperio chichimeca y el
imperio azteca, uno tras otro; el imperio de Votan y el imperio quiché en el
pequeño territorio de Guatemala; los reyes de Texcoco, los reyes de Tlacopan,
los reyes de Michoacán, los reyes de Tollan y otros reyes, tan abundantes como
pájaros; además de príncipes, “nobles, familias distinguidas, plebeyos y escla-
vos”2 ad nauseam. Con típica prodigalidad norteamericana, nuestro autor ha apli-
cado toda la grandiosa terminología del Viejo Mundo, creada bajo instituciones
despóticas y monárquicas durante varios miles de años de civilización, para de-
corar a determinados hombres y clases de hombres, a simples sachem y jefes guerre-
ros indios, sin darse cuenta de que con ello agraviaba a los pobres indios, que no
habían inventado tales instituciones ni formado una sociedad como la que esos
términos implican.
Es preciso admitir que esta obra está totalmente en armonía con la mayoría de
los trabajos sobre la América española. Encarna sus extravagancias, sus exa-

1
El valle de México, incluyendo las laderas adyacentes y excluyendo el área cubierta de agua, era
aproximadamente igual al estado de Rhode Island, cuya superficie es de 1 300 millas cuadradas
(3 350 km2 aproximadamente): un área insignificante para una tribu india americana. Pero la confe-
deración había sometido a una serie de tribus al sur y sureste del valle, hasta Guatemala, imponién-
doles tributo. Con su plan de gobierno era imposible incorporar esas tribus a la confederación
azteca, porque la barrera del lenguaje constituía un obstáculo insuperable, y por lo tanto continua-
ron gobernándose por sí solas con sus propios jefes y según sus propios usos y costumbres. Como no
se les impusieron el gobierno ni las costumbres aztecas, no se puede hablar de ellas como miembros
de la confederación azteca, ni siquiera como un apéndice de su gobierno. El poder de esa confede-
ración no rebasaba ni cien millas el valle de México hacia el oeste, noroeste, norte, noreste y este, y
en todas esas direcciones chocaba con tribus independientes y hostiles.
La población de las tres tribus confederadas estaba limitada al valle y probablemente no supera-
ba las 250 mil almas, si es que llegaba a ese número, lo que daría casi el doble de la población de
Nueva York por milla cuadrada, y una mayor población por milla cuadrada que la que tiene hoy
Rhode Island. Los cálculos españoles de las poblaciones indias fueron muy exagerados. Los que
sostienen que la población del valle de México era mayor que la indicada tendrán que demostrar
cómo un pueblo bárbaro, sin ganadería ni agricultura extensiva, podía sostener en la misma área un
número de habitantes mayor que un pueblo civilizado poseedor de esas ventajas.
2
Véase H.H. Bancroft, Native races of the Pacific states. Civilized nations, Nueva York, D. Appleton,
vol. II, p. 124.
LA COMIDA DE MOCTEZUMA 5

geraciones, sus absurdos, y va más allá de ellos en fervor imaginativo y temeri-


dad de expresión. Estas obras, que han sido escritas aspirando a la verdad y sin
intención de engañar, revelan un hecho psicológico que merece un momento de
atención. Sus autores deberían saber que todas las tribus indias de América eran
sociedades organizadas, con instituciones, usos y costumbres definidos que, cuando
se los investiga, explican perfectamente su gobierno, las relaciones sociales del
pueblo y su forma de vida. La sociedad india puede ser explicada tan completa-
mente y comprendida tan perfectamente como la sociedad civilizada de Europa
y América, si se descubre su exacta organización. Pero por extraño que parezca,
esto nunca lo ha intentado, o al menos nunca lo ha realizado, ninguno de esos
numerosos escritores. Para todos los autores, de Cortés y Bernal Díaz del Castillo
a Brasseur de Bourbourg y Hubert H. Bancroft, la sociedad india es un misterio
insondable, y sus obras la siguen dejando en el misterio. Ignorantes de su estruc-
tura y sus principios e incapaces de comprender sus peculiaridades, recurrieron
a la imaginación en busca de lo que les faltaba para completar el cuadro. Cuando
la razón, por falta de datos, es incapaz de comprender y por lo tanto incapaz de
explicar la estructura de una sociedad determinada, la imaginación se adelanta
valerosa y eleva hasta los cielos su deslumbrante trama. Así tenemos, en este
caso, una grandiosa novela histórica, urdida en torno a la conquista de México
como hilo conductor; los actos de los españoles, la ciudad de México y su derrota
son históricos, pero las descripciones de la sociedad y el gobierno indios son
imaginarios y falaces. Esos relatos pintorescos han sido leídos con asombro y
admiración a lo largo de 350 años, a medida que aparecían; y aun cuando se
demuestre que son novelas seguirán siendo leídos, como se lee Robinson Crusoe,
no porque sea cierto sino porque es agradable. La revelación psicológica es el
ansioso e indefinible interés que despierta cualquier descripción de una socie-
dad antigua. Todos los extranjeros lo sienten al recorrer por primera vez las
calles de Pompeya, y cuando de pie entre los muros de sus destechadas casas se
esfuerzan por imaginar la vida y la sociedad que florecieron en ese lugar hace 18
siglos. En México los españoles encontraron una sociedad organizada varios miles
de años anterior a la de Pompeya, en sus artes, sus instituciones y su estado de
progreso. Fue esa revelación de la antigua vida de la humanidad lo que tuvo, y
aún tiene, tal poder de encender la imaginación e inspirar entusiasmo. Atrapó la
imaginación y anuló el juicio crítico de Prescott, el más encantador de nuestros
autores, arrasó el cerebro vivaz de Brasseur de Bourbourg y se llevó en un torbe-
llino a nuestro autor de San Francisco.
La aparición de esta obra tal como es y los elogios que ha recibido de nuestros
periódicos críticos revelan con dolorosa claridad el hecho de que no tenemos
una ciencia de la etnología americana. Esa ciencia, si estuviera basada –como
debe– en hechos comprobados, y centrada en el tema de las instituciones, artes e
invenciones, usos y costumbres, lenguas, creencias religiosas y plan de gobierno
de las tribus indias, merecería el respeto del pueblo norteamericano si estuviera
bien establecida. Excepción hecha de uno que otro aficionado, los estudiosos
6 LEWIS H. MORGAN

estadunidenses no han querido dedicarse a una tarea tan vasta. En este momento
se puede decir con verdad que sólo en parte conocemos la estructura y los prin-
cipios de la sociedad india, y que el propio indio norteamericano sigue siendo
un enigma para nosotros. Todavía nos enfrentamos, como nación, a la cuestión
de si emprenderemos el trabajo de presentar al mundo una exposición cientí-
fica de la sociedad india, o la dejaremos tal como ahora aparece, tosca, insignifi-
cante, ininteligible, un caos de contradicciones y absurdos pueriles. Con un cam-
po de riqueza sin paralelo y de vasta extensión, con la misma raza roja en todas
las etapas de adelanto indicadas por tres grandes periodos étnicos, es decir, la
etapa de salvajismo, la etapa de barbarie inferior y la etapa media de la barba-
rie,3 debería haber más personas dispuestas a trabajar sobre este material, para
renombre de los estudiosos norteamericanos. Será preciso que hagan lo que hizo
Herodoto en Asia y África: visitar a las tribus nativas en sus aldeas y campamen-
tos y estudiar sus instituciones como organismos vivientes, su condición y su plan
de vida. Cuando esto se haya hecho desde el mar Ártico hasta la Patagonia, la
sociedad india resultará inteligible, porque se comprenderán su estructura y sus
principios. La sociedad india muestra tres fases diferentes, cada una con un culto
peculiar, anteriores a la civilización y la etapa superior de la barbarie, y con muy
poco en común con la sociedad europea de hace 300 años y con la sociedad
norteamericana de hoy. Sus instituciones, invenciones y costumbres no tienen
nada en común con las de las naciones civilizadas, y no es posible explicarlas en
términos adaptados a éstas. Nuestros investigadores actuales están trabajando
cada vez más mediante visitas directas, y no tengo duda de que todavía surgirá
entre nosotros una ciencia de la etnología norteamericana, y se elevará en la
estimación pública por los importantes resultados que alcanzará en breve. Preci-
samente lo que hace falta ahora es el examen y el tratamiento científicos de ese
material.
Después de una condena tan general de los escritores españoles y estadu-
nidenses por la forma en que representan a la sociedad y el gobierno aztecas,
sería preciso presentar algunos hechos y algunas razones que la justifiquen. Re-
conociendo esa obligación, me propongo cuestionar la credibilidad del segundo
volumen de Native races, y de muchas otras historias españolas, en todo lo refe-
rente a dos temas: el carácter de la casa en que residía Moctezuma, que describen
como un palacio, y la relación de la célebre comida de Moctezuma, que nos
representan como el banquete cotidiano de un potentado imperial. Ninguno de
esos temas tiene gran importancia considerado en sí mismo, pero si demostra-

3
Las tribus indias que carecían del arte de la cerámica, igual que una serie de tribus costeñas de
Norte y Sudamérica, estaban en el salvajismo; las tribus que practicaban ese arte, como las de Esta-
dos Unidos al este del Mississippi, pero ignoraban el uso de los ladrillos de adobe y la piedra en la
construcción de casas, estaban en la etapa inferior de la barbarie; y las tribus que construían casas de
adobe y piedra, pero desconocían el hierro, como las de México y Nuevo México, Centroamérica y
Perú, estaban en la etapa media de la barbarie.
LA COMIDA DE MOCTEZUMA 7

mos que sobre estos dos puntos sus relatos son ficticios y engañosos, habremos
abierto una brecha en una sección vital de la trama de la novela azteca, que es
hoy el estorbo más mortal para la etnología americana.
Podemos decir de antemano que es muy probable, por lo que sabemos de la
vida y la sociedad indias, que la casa en que vivía Moctezuma fuera una residen-
cia colectiva del modelo aborigen americano, propiedad de un gran número de
familias emparentadas y ocupada en común por ellas como copropietarias; que
la comida en cuestión fuera la habitual única comida diaria de la casa comunita-
ria, preparada en una cocina comunitaria con provisiones comunitarias, y dividi-
da, al estilo indio, al salir de la olla, y que todo lo que los españoles encontraron
en México fuera una simple confederación de tres tribus indias, igual a las que se
encontraron en todas las regiones del continente.
Podemos decir además que los aventureros españoles que acudieron en tropel
al Nuevo Mundo después de su descubrimiento encontraron la misma raza de
indios de tez roja en las Antillas, en Centro y Sudamérica, en Florida y en Méxi-
co.4 En su forma de vida y sus medios de subsistencia, en sus armas, artes, usos y
costumbres, en sus instituciones y en sus características físicas y mentales, eran el
mismo pueblo en distintas etapas de progreso. No se observaron diferencias de
raza, y en realidad no existían. Estaban divididos en numerosas tribus indepen-
dientes, cada una gobernada por un consejo de jefes. Entre las tribus más ade-
lantadas existían confederaciones, que representaban el grado más alto alcanza-
do por sus instituciones gubernamentales. En algunas, como la confederación
azteca, había un jefe guerrero principal, elegido de por vida o mientras su com-
portamiento fuera satisfactorio, que era el comandante en jefe de las bandas
militares. Sus poderes eran los de un general, y necesariamente arbitrarios cuan-
do se hallaban en campaña. Detrás de ese jefe guerrero –descrito, a decir verdad,
por autores españoles, pero sin explicar o siquiera comprender sus funciones–
estaba el consejo de jefes, el gran consejo sin cuya autoridad, como observa Acosta,
Moctezuma “no hacía ni podía hacer cosa de importancia”.5 Los poderes civiles y
militares del gobierno estaban en cierto sentido coordinados entre el consejo de
los jefes y el comandante militar. El gobierno de la confederación azteca era
esencialmente democrático, porque su organización y sus instituciones lo eran.
Si se necesita una designación más especial, bastará con describirlo como una
democracia militar.
Los españoles que conquistaron México y Perú dieron una interpretación muy
diferente de esas dos organizaciones. Supusieron que habían hallado dos monar-

4
“Pero entre todos los demás habitantes de América hay una similitud tan notable en la forma de
su cuerpo y en las cualidades de su mente, que a pesar de las diferencias ocasionadas por la influen-
cia del clima o por el progreso desigual del perfeccionamiento debemos creer que descienden de
una sola fuente” (Robertson, History of America, ed. de Law, p. 69).
5
Joseph de Acosta, The natural and moral histor y of the East and West Indies, trad. ing. Grimstone,
Londres, 1604, p. 485 [Historia natural y moral de las Indias, 2a. ed., México, FCE, 1962, cap. 25, p. 313].
8 LEWIS H. MORGAN

quías absolutas con características feudales, y en ese molde vaciaron toda la his-
toria de las instituciones indias. La mayor parte de la atención de los europeos
en el siglo XVI se dirigió a esos dos gobiernos, a los que se subordinaron los
asuntos de las muchas otras tribus y confederaciones, y la historia posterior si-
guió recorriendo por los mismos surcos durante más de tres siglos, esforzándose
diligentemente por confirmar lo que no tenía confirmación posible. Quizá fuese
bastante correcto generalizar que si las instituciones de los aztecas y peruanos,
las tribus indias más avanzadas, culminaban en la monarquía, las de las demás
tribus en general eran esencialmente monárquicas, y por consiguiente las de
México y Perú debían representar las instituciones de la raza roja.
Podemos adelantar, por último, que las historias de la América española son
dignas de confianza en todo lo referente a los hechos de los españoles y a los
hechos y las características particulares de los indios, en lo que concierne a sus
armas, instrumentos y utensilios, tejidos, comidas, vestidos y cosas de ese carác-
ter. Pero en lo que respecta a la sociedad y el gobierno indios, sus relaciones
sociales y plan de vida, no tienen ningún valor, porque de eso no entendieron
nada ni llegaron a saber nada. Estamos en plena libertad de rechazarlos en esos
aspectos y empezar de nuevo, utilizando todos los elementos que contengan que
concuerden con lo que sabemos de la sociedad india. Fue una calamidad para
toda la raza roja que los logros de los indios sedentarios de México y Cen-
troamérica, en el desarrollo de sus instituciones, hayan sufrido semejante desas-
tre casi total. El único remedio para el mal que se les hizo es recuperar en lo
posible el conocimiento de sus instituciones, que es lo único que puede ubicarlos
en su justo lugar en la historia de la humanidad.
Para comprender un acontecimiento tan simple en la vida india como la comi-
da de Moctezuma es necesario conocer ciertos usos y costumbres e incluso ciertas
instituciones de las tribus indias en general que tenían relación directa con la
comida de todos los indios de América en la época de la conquista española. Por
extraño que parezca, para comprender esa comida se requiere conocer varias
clases de hechos, porque es necesario liberar la mente de una descripción ficticia
antes de sustituirla por otra. Con ese propósito, y dentro de las imprescindibles
limitaciones de este artículo, me propongo explicar de manera sumaria una serie
de instituciones y costumbres que eran universales en la familia india, y por lo tan-
to presumiblemente existían entre los aztecas, haciendo referencia a la vez a lo
que sabemos de la existencia y las prácticas de estos últimos. Son las siguientes:
1] la organización en gentes, fratrías y tribus
2] la propiedad en común de la tierra
3] la ley de la hospitalidad
4] la práctica del comunismo en la vida
5] el carácter comunitario de las casas
6] la costumbre de preparar una sola comida al día
7] la separación durante las comidas: los hombres comían primero y las muje-
res y los niños después.
LA COMIDA DE MOCTEZUMA 9

Como los autores que escribieron sobre los asuntos aztecas no consideraron
digno de investigación ninguno de estos puntos, salvo el segundo, es necesario
mostrar su presencia generalizada en otras tribus indias para establecer la proba-
bilidad de su existencia entre los aztecas, así como señalar todos los indicios de
su existencia en ese grupo que esos escritores han dejado de forma incidental. La
imperfección de las descripciones españolas nos impone este largo proceso.

1. LA ORGANIZACIÓN EN GENS, FRATRÍAS Y TRIBUS

La organización en gentes nos introduce a una de las instituciones más antiguas y


generalizadas de la humanidad, que representaba el plan casi universal de go-
bierno de la sociedad antigua, asiática, europea, africana, australiana y america-
na. Era la instrumentalidad por medio de la cual la sociedad se organizaba y se
mantenía unida. Comenzando en el salvajismo y continuando durante los tres
subperiodos de la barbarie, subsistió hasta el establecimiento de la sociedad po-
lítica, que no se produjo sino hasta después del inicio de la civilización. La gens,
fratría y tribu griegas, la gens, curia y tribu romanas, encuentran sus análogos en
la gens, fratría y tribu de los aborígenes americanos. Del mismo modo, el sept
irlandés, el clan escocés, el frara de los albaneses y el ganas sánscrito, para no
extender más allá la comparación, son lo mismo que la gens india americana, que
ha sido llamada generalmente clan. Hasta donde llega nuestro conocimiento,
esa organización se encuentra por todo el mundo antiguo, en todos los continen-
tes, y subsistió hasta el periodo histórico en que esas tribus alcanzaron la civi-
lización.
Es necesario conocer el carácter y la difusión general de esas instituciones
entre las tribus indias para comprender la sociedad azteca. Los iroqueses, cuyo
sistema es perfectamente conocido, serán el mejor ejemplo. La tribu iroquesa de
los sénecas está formada por ocho gentes. Una gens es un cuerpo de personas
consanguíneas cuyos miembros tienen un nombre gentilicio común, como Lobo,
Oso, Castor, Tortuga, etc. Cuando la descendencia se sigue por la línea femeni-
na, como entre los iroqueses, la gens está compuesta por una supuesta antepasa-
da y sus hijos, más los hijos de sus descendientes de género femenino, a perpe-
tuidad. Incluye a esa antepasada y sus hijos, los hijos de sus hijas y los hijos de
todas sus descendientes mujeres, mientras que los hijos de sus hijos y de todos
sus descendientes de género masculino quedan excluidos, y pertenecen a las
gentes de su respectiva madre. Una “mitad” está compuesta sólo por los descen-
dientes de la supuesta antepasada de la gens. Cuando la descendencia va por la
línea masculina, como entre los griegos y los mayas de Yucatán, la gens está formada
por un supuesto antepasado hombre y sus hijos, más los hijos de sus hijos y de
todos sus descendientes de género masculino a perpetuidad, mientras que los
hijos de sus hijas y de todas sus descendientes mujeres pertenecen a otras gentes.
10 LEWIS H. MORGAN

Cada gens tenía su propio sachem y uno o más jefes elegidos entre sus miem-
bros. El cargo de sachem era hereditario en la gens, en el sentido de que se llenaba
tan pronto como quedaba vacante, mientras que el cargo de jefe no era heredita-
rio, porque se concedía como recompensa al mérito y moría con el individuo.
Distinguimos así dos grados primarios de jefes, de los cuales todos los demás
grados son variedades. Un hijo no podía ser elegido para suceder a su padre si la
descendencia era por la línea femenina, porque pertenecía a otra gens, y ninguna
gens aceptaría un sachem o jefe de una gens diferente. El cargo pasaba de hermano
a hermano, o de tío a sobrino; pero como todos los primos varones eran herma-
nos en su sistema de consanguineidad, la persona elegida no era necesariamente
un hermano de padre y madre; y como todos los hijos de las primas de una
persona eran sus sobrinos, el sobrino elegido no era necesariamente el hijo de
una hermana de padre y madre del sachem muerto. Se menciona esta regla por-
que la sucesión azteca era exactamente igual a la iroquesa; el cargo que ocupaba
Moctezuma pasaba de hermano a hermano y de tío a sobrino. Suponiendo que
entre los aztecas existían gentes, con descendencia por línea femenina, la suce-
sión azteca es perfectamente inteligible.
La gens se caracterizaba por los siguientes derechos, privilegios y obligaciones:
1] el derecho a elegir su sachem y sus jefes
2] el derecho a destituir su sachem y sus jefes
3] la obligación de no casarse dentro de la gens
4] derechos mutuos de herencia de la propiedad de los miembros muertos
5] obligaciones mutuas de ayuda, defensa y reparación de agravios
6] el derecho de dar nombre a sus miembros
7] el derecho de adoptar extraños como miembros de la gens
8] un lugar de entierro común
9] un consejo de la gens.
Es imposible exponer estas características en detalle por falta de espacio. To-
dos los miembros de la gens eran libres, y estaban obligados a defender la liber-
tad de los demás; eran iguales tanto en su posición como en sus derechos perso-
nales, y ni el sachem ni los jefes se consideraban superiores; todos formaban una
hermandad unida por los lazos de parentesco. Libertad, igualdad y fraternidad
eran los principios generales de la gens, aunque nunca se formulaban. Estos he-
chos son importantes porque la gens era la unidad de su sistema social y guberna-
mental, la base sobre la cual se organizaba la sociedad india. Una estructura
formada por tales unidades necesariamente llevaría la impronta de su carácter,
porque según la unidad será el conjunto. Esto explica ese sentido de independen-
cia personal que es un atributo tan universal del carácter indio. Ése, y tan sustan-
cial, era el carácter de la gens, tal como existía entre los aborígenes americanos y
como todavía existe con toda su vitalidad en muchas tribus indias. La gens era la
base de las fratrías, la tribu y la confederación de tribus. Tres mil sénecas dividi-
dos en ocho gens darían un promedio de 375 personas en cada gens.
El siguiente paso en la escala ascendente de la organización es la fratría, que
LA COMIDA DE MOCTEZUMA 11

consiste en cierto número de gentes reunidas en una asociación de mayor nivel


para ciertos propósitos comunes. Los sénecas se agrupaban en dos fratrías, cada
una formada por cuatro gentes; las gentes de la misma fratría se consideraban
hermanas entre sí y primas de las otras cuatro. Esa organización era para objeti-
vos sociales y religiosos, más que gubernamentales. Las tribus de los cayugas,
onondagas y tuscaroras tenían cada una el mismo número de gentes, agrupadas
en el mismo número de fratrías, mientras que las tribus de los oneidas y mohawks
tenían sólo tres gentes cada una, y no había fratrías.
El tercer nivel de la organización es la tribu, formada por una serie de gentes de
linaje común, que hablan todas el mismo dialecto. La tribu tenía un territorio
independiente y un nombre tribal, y poseía un gobierno administrado por un
consejo de jefes. De la gens salía el jefe, y de la unión de las gentes en una tribu
salía el consejo, formado por los jefes de las gentes. Era el instrumento del go-
bierno y el único conocido por los aborígenes americanos. La gran mayoría de
las tribus indias estaban organizadas en gentes, exactamente como las de los
iroqueses, y entre muchas de ellas todavía se encuentra la fratría. Su gobierno
era puramente social, y se relacionaba con las personas a través de su relación
con una gens y una tribu; era perfectamente simple en cuanto a su organización.
En cuarto y último lugar tenemos la confederación de tribus, que era el último
nivel de organización, el más avanzado alcanzado por los aborígenes. Estaba
formada por tribus que hablaban dialectos del mismo tronco lingüístico, porque
se habían formado por fragmentación de una tribu original. La subdivisión, se-
guida por la separación geográfica y la diferenciación del habla, dejaría a cada
tribu en posesión de las mismas gentes, y con un dialecto de la misma lengua, lo
que suministraba los elementos de unión sobre la base de los cuales se formaban
las confederaciones y que las hacían posibles. La confederación iroquesa estaba
formada por cinco tribus, que después fueron seis, cada una de las cuales ocupa-
ba un territorio independiente y seguía siendo gobernada por su propio consejo
en todos los asuntos que concernían a la tribu individualmente, aunque todas
estaban también bajo el gobierno de un consejo general de la confederación
para todo lo relacionado con sus intereses comunes en cuanto tribus unidas.
El consejo de sachem tenía cincuenta miembros, tomados de determinadas
gentes de las diversas tribus. Los cargos eran hereditarios en esas gentes, pero
electivos entre sus miembros. Cuando se producía una vacante por la muerte de
un sachem de cualquier tribu, para elegir a su sucesor se convocaba un consejo de
la gens del muerto en que todos los adultos, hombres y mujeres, tenían derecho a
votar. Después que elegían a alguien, todavía era necesario que las demás gentes
aceptaran o rechazaran el nombramiento, y para ese fin se reunían por fratrías.
Si cualquiera de ellas se negaba a aceptar al candidato propuesto, su nombre se
descartaba y la gens procedía a elegir a otro. Una vez que el candidato elegido
por la gens había sido aceptado por la fratría, todavía era necesario que el nuevo
sachem fuera “elevado”, para emplear su propia expresión, e investido de su car-
go por el consejo de la confederación. No podía asumir las tareas de sachem hasta
12 LEWIS H. MORGAN

que no se realizaba la ceremonia de investidura. Tales eran las precauciones con


que se protegían los derechos y la independencia del pueblo en la elección de sus
sachem y jefes, pues los jefes alcanzaban su cargo de la misma manera. Además, la
gens tenía derecho a destituir tanto a los sachem como a los jefes, si por cualquier
razón se volvían inaceptables. Tal es, en pocas palabras, toda la teoría del cargo
de jefe indio, cargo que se encuentra en todas las tribus de aborígenes america-
nos y que surge naturalmente de la gens.
Los jefes guerreros eran comunes en las tribus iroquesas, pero cuando se for-
mó la confederación se percibió la necesidad de un comandante general de las
fuerzas confederadas, y por consiguiente se creó el cargo de no uno sino de dos
jefes guerreros principales, y ambos fueron asignados a la tribu séneca. Además
fueron hechos hereditarios en las gentes Lobo y Tortuga, entre cuyos miembros
eran elegidos igual que el sachem, y elevados de la misma manera.
El mismo cargo reaparece entre los aztecas, y era el que ocupaba Moctezuma.
Es probable que fuera hereditario en una gens particular, y electivo entre sus
miembros, igual que el cargo de jefe guerrero principal entre los iroqueses. El
emblema de la casa en que residía Moctezuma era un águila, lo que de por sí
hace presumir que pertenecía a la gens del Águila. Un cargo electivo implica
electores, pero ¿quiénes eran los electores en este caso? Se nos dice que había seis
electores, cuatro aztecas, uno texcocano y uno de Tlacopan; pero ¿quién elegía a
los electores? De nuevo, se nos dice que era prerrogativa del ocupante del cargo
designar a seis electores para que nombraran a su sucesor, pero esto no corres-
ponde a la teoría de un cargo electivo indio, y además a simple vista parece
improbable. Los historiadores no han detallado la estructura de la sociedad azte-
ca. Por lo que sabemos, el pueblo parece ser una turba desorganizada. Aparece
un emperador, con señores y nobles, jueces, capitanes y funcionarios municipa-
les –una multitud de funcionarios de todo nivel pero que no tenían detrás una
sociedad organizada ante la cual fueran responsables. Cómo llegaban esos hom-
bres a sus cargos y por cuánto tiempo los ocupaban, queda en el misterio. Quie-
ren hacernos creer que Moctezuma los nombraba, porque eso resuelve fácilmen-
te la dificultad. Pero han mencionado dos hechos que posiblemente permitan a
futuros investigadores resolver el problema de la elección de Moctezuma. Al pare-
cer los aztecas ocupaban su pueblo exactamente como los tlaxcaltecas ocupaban el
suyo, en cuatro divisiones, cada una hacia un rumbo, llamadas a veces los cuatro
barrios mayores de México. Es muy probable que esas divisiones fuesen cuatro
fratrías aztecas. Asimismo, Tezozomoc y Herrera dicen que esos cuatro barrios
tenían a su vez subdivisiones: es muy probable que esas subdivisiones correspon-
dieran a otras tantas gentes. Cada una de esas subdivisiones, como veremos, po-
seía tierras en común. Cuando un pueblo organizado en gentes, fratrías y tribus se
reúne en un pueblo o una ciudad, se establecen localmente por gentes y por tribus,
como consecuencia necesaria de su organización social. Las gentes y tribus grie-
gas y romanas ocupaban sus ciudades de esa manera. Por ejemplo, las tres tribus
romanas estaban organizadas en gentes y curias: diez gentes formaban una curia, y
LA COMIDA DE MOCTEZUMA 13

diez curias constituían una tribu; la curia era el equivalente de la fratría, y residían
en Roma localmente por gentes, curias y tribus. Los ramnes ocupaban el monte
Palatino, los tities estaban en su mayoría en el Quirinal y los luceres en el Esquilino.
Si los aztecas eran una sola tribu y estaban organizados en gentes y fratrías, necesa-
riamente debían vivir en tantos barrios como fratrías había, y en general cada
gens de la misma fratría residiría localmente en un lugar. El hecho de que el
cargo de jefe guerrero azteca pasaba de hermano a hermano o de tío a sobrino es
confirmado por dos elecciones que transcurrieron ante los ojos de los españoles.
Moctezuma fue sucedido por su hermano Cuitlahuac, y este último por su sobri-
no Cuauhtemoctzin. Sabemos que lo mismo había ocurrido en una serie de suce-
siones anteriores. Por consiguiente podemos sugerir, como probable explicación
de la forma de elección, que el cargo era hereditario en una gens, cuyos miem-
bros eran los que elegían. A continuación, el candidato elegido por ellos era
presentado para su aprobación o rechazo a las cuatro fratrías aztecas, y también a
los texcocanos y tlacopanos, que estaban directamente interesados en la elección
del comandante confederado. Una vez que todos habían considerado y confir-
mado la elección, cada grupo nombraba un elector para expresar su aprobación;
de ahí los seis electores. La función de éstos era comparar los votos de sus respec-
tivos electores, y si concordaban anunciar el resultado. Esto lo presento como
una conjetura con base en los fragmentos de evidencia que nos quedan, pero
como se ve coincide con los usos de los indios y con la teoría del cargo de un jefe
indio electivo. También vale la pena mencionar que Moctezuma fue destituido
por cobardía mientras era prisionero de Cortés, y su hermano Cuitlahuac puesto
en su lugar: esto se deduce clara y necesariamente del relato de Herrera,6 y muestra
que el poder que elegía y destituía del cargo estaba presente de manera constan-
te. Además, implica una sociedad organizada y expresa la vitalidad del sistema
social.
Si recurrimos a la organización iroquesa, podemos señalar que la gens se basa-
ba en el clan, la fratría en el grupo de gentes emparentadas, la tribu en el dialecto
y la confederación en el tronco lingüístico. El resultado era una sociedad basada
en gens, fundamentalmente diferente de la sociedad política, basada en el terri-
torio y en la propiedad. Se observará además que las instituciones de los iroqueses
eran en esencia democráticas, lo que en última instancia ocurre con todas las
tribus y confederaciones de aborígenes americanos.
Además de la iroquesa, existían otras confederaciones, entre las cuales pode-
mos mencionar la confederación creek, formada por seis tribus, la confederación
powhattan, de la que poco se sabe, la confederación otawa de tres tribus, la Liga
Dakota de los Siete Fuegos del Consejo, la confederación de los siete pueblos
moquis de Nuevo México y la confederación azteca, de tres tribus. En otras zonas

6
Antonio de Herrera y Tordesillas, History of America, trad. Stevens, Londres, 1725, 1, c.i.i, p. 66
[Historia general de los hechos de los castellanos en las islas y tierra firme del Mar Oceano, Madrid, Oficina
Real de Nicolás Rodríguez Franco, 1726, déc, II, lib. X, cap. X].
14 LEWIS H. MORGAN

de México y Nuevo México, así como en Centro y Sudamérica, se encuentran


vestigios de la misma organización.
Falta ahora mostrar el predominio de la organización de gens en América
mediante una referencia a las tribus en las que se ha comprobado su existencia.
Los wyandotes constituían ocho gentes agrupadas en dos fratrías, los creeks for-
man veintidós gentes, los cherokees siete, los choctas ocho en dos fratrías y los
chickasas doce en dos fratrías; los delawares forman tres gentes, los munsees tres,
los mohegans once en tres fratrías, los abenakis diez, los ojibwas veintitrés, los
potawattamies quince, los miamis diez, los shawnees trece, los sauks y foxes ca-
torce, los pies negros de sangre cinco y los pies negros piegan ocho; los punkas
forman ocho gentes, los omahas doce, los iowas ocho, los otoes y missouris ocho,
los winnebagos ocho y los mandans siete; los minnatares siete y los crows trece.
Los pawnees supuestamente tenían seis, igual que los comanches, pero esto sólo
ha sido comprobado en forma parcial. En la costa noroeste los thlinkeets forma-
ban diez gentes en dos fratrías y los indios pueblo moquis de Nuevo México te-
nían nueve gentes. E.B. Tylor ha descubierto la misma organización entre los
arawaks de la Guayana Británica y los guaraníes de Brasil.7 Herrera habla de la
división en clanes de las tribus peruanas8 y menciona la descendencia por línea
femenina en las tribus del Marañón.9 Además incluye algunos datos que estable-
cen la existencia de gentes entre los mayas de Yucatán, los indios más adelantados
de Norteamérica.10 El “linaje” y la “parentela” mencionados con tanta frecuencia
en sus páginas como una característica de la condición social de tribus muy dis-
tantes de Norte y Sudamérica requieren para su comprensión la organización en
gentes. Por la evidencia mencionada resulta sumamente probable que esa organi-
zación fuera universal, en la antigüedad, en la familia india.
Subsiste una sola duda: si los aztecas estaban organizados en gentes y en fratrías.
En primer lugar encontramos tres tribus indias unidas en una confederación, lo
que da los dos miembros superiores de la serie orgánica. Éstos, a su vez, presupo-
nen al primero y el segundo, la gens y la fratría. En segundo lugar encontramos a
los aztecas en cuatro divisiones locales, correspondientes a otras tantas fratrías, y
de nuevo subdivisiones de éstas, correspondientes a otras tantas gentes. En tercer
lugar, había un consejo de jefes aztecas. Esto presupone por lo menos tantas
gentes como miembros tenía el consejo, puesto que no se conoce ningún modo de
explicar la existencia de un jefe o sachem indio más que a través de una gens. Y
por último, las tribus azteca, texcocana y tlacopana hablaban dialectos de la len-
gua nahuatl y no se distinguían de las otras tribus de aborígenes americanos.
Lejos de diferir, eran exactamente iguales a las demás tribus en las manifestacio-
nes exteriores de su organización, que no era otra que la de jefes y pueblo.

7
E.B. Tylor, Early history of mankind, p. 287.
8
Herrera, p. 287 [déc. V, lib. I, cap. I, pp. 3-4].
9
Ibid., p. 377 [déc. V, lib. IV, cap. I, p. 83].
10
Ibid., p. 171 [déc. IV, lib. X, cap. IV, p. 210].
LA COMIDA DE MOCTEZUMA 15

2. LA PROPIEDAD COMÚN DE LA TIERRA

Entre los iroqueses las tierras públicas eran propiedad común de la tribu. Una
persona que cultivaba la tierra tenía un derecho posesorio a su uso mientras la
ocupara; a su muerte pasaba a sus herederos en la gens como su propiedad perso-
nal. Así era en general la tenencia de la tierra de las tribus nórdicas. Los aztecas,
que estaban un periodo étnico más adelantado que aquéllas, habían llevado su
sistema de tenencia de la tierra un paso más allá. Sus tierras estaban divididas en
tres partes principales, una de las cuales estaba destinada al mantenimiento del go-
bierno, otra al mantenimiento de la religión y la tercera al mantenimiento del
pueblo, en sus subdivisiones sociales. Clavijero observa que

las tierras llamadas altepetlalli, o tierras de los pueblos, eran las que poseía el común de
cada ciudad o lugar, las cuales estaban divididas en tantas partes cuantos eran los barrios
de la población y cada barrio poseía su parte con entera exclusión e independencia de los
demás. Estas tierras no podían en manera alguna enajenarse.11

Y en una nota agrega que las leyes reales otorgaban a cada pueblo o asenta-
miento de indios el territorio circundante “hasta la distancia de 600 varas o 257
toesas”. Esas “comunidades de pueblos” situados cada uno por su lado pero pro-
pietarios de tierras en común hacen pensar en la gens. Las concesiones españolas
eran a la comunidad, y probablemente se basaban en esa antigua forma de te-
nencia de los aborígenes. Los iroqueses poseían la tierra por tribus y los aztecas
por gentes.
La tenencia de la tierra entre los peruanos era análoga. Garcilaso de la Vega,
citando a Blas Valera, observa que las tierras estaban divididas en tres partes
destinadas a diferentes usos. La primera parte era para el sol, con sus sacerdotes
y ministros; la segunda para el rey, y para el mantenimiento de sus gobernadores
y oficiales, y la tercera para los nativos y habitantes de las provincias, y se dividía
en partes iguales de acuerdo con las necesidades de cada familia.12
Aun cuando es posible que estas afirmaciones no muestren la situación exacta-
mente tal como era en México o en Perú, son suficientes para indicar que la
tierra era propiedad de comunidades de personas, probablemente gentes, con un
sistema de cultivo que apunta a grupos de casas grandes. Ni los aztecas ni ninguna

11
Francisco Clavijero, History of Mexico, trad. de Cullen, Filadelfia, 1817, t. II, p. 141 [Historia
antigua de México, 4 vols., México, Porrúa, 1958, lib. VIII, cap, 14, pp. 211-212].
12
Garcilaso de la Vega, Royal commentaries of Peru, trad. de Rycaut, Londres, 1688, p. 154
[Comentarios reales de los incas, Buenos Aires, EMECÉ, 1943 [fotocopias], lib. V, cap. I, p. 226]. Sobre el
cultivo y almacenamiento en común, Herrera (t. IV, p. 249 [déc. V, lib. II, cap. IX, p. 39]) observa que
“i acercandose los Castellanos al Pueblo, iban descubriendo, i mirando el Exercito del Inga, alojado
en la falda de una Sierra [...] gustaban de ver la hermosura de los Campos cultivados con maravillosa
orden, porque era Lei antigua entre aquella Gente, que todos comiesesçn de los Depositos del Comun,
I nadie pudiese tocar à los Sembrados”.
16 LEWIS H. MORGAN

tribu india americana habían alcanzado el conocimiento de la propiedad privada


particular: ese conocimiento pertenece al periodo de la civilización. Es sumamen-
te improbable que algún azteca tuviera un pedazo de tierra que pudiera llamar
suyo, con poder para venderlo y traspasar su propiedad a quien le pareciera.

3. LA LEY DE LA HOSPITALIDAD

Entre los iroqueses, si un hombre entra en una casa india de cualquier pueblo,
las mujeres de la casa tienen la obligación de ponerle comida delante; omitirlo
sería una descortesía equivalente a una afrenta. Si el hombre tiene hambre, come;
si no, la cortesía exige que pruebe el alimento y agradezca a quien se lo dio. Esto
se repetirá en todas las casas a las que entre, a cualquier hora del día. Como
costumbre, está respaldada por un riguroso sentimiento público. Lewis y Clarke
hacen referencia a la misma costumbre entre todas las tribus del Missouri. “To-
das las naciones del Missouri –observan– tienen la costumbre de ofrecer comida
y un refrigerio a cuanto hombre blanco entra por primera vez en sus tiendas.”13
Esto no era otra cosa que aplicar a los visitantes blancos la regla de hospitalidad
que usan entre ellos. Ésta tendía a igualar la subsistencia, y a impedir la miseria
en cualquier parte de la comunidad mientras alguna casa tuviera un excedente.
Esa ley de la hospitalidad era universal entre las tribus del norte, y al parecer
entre toda la familia india, y lo que la hacía posible era el modo de vida en
común.
En todas las regiones de América que visitaron, los españoles, pese a su núme-
ro como fuerza militar, recibieron alojamiento en casas indias desocupadas por
sus habitantes para ese fin y abundantemente aprovisionadas. Así, Herrera nos
dice que, en Tlaxcala, Cortés y sus hombres fueron recibidos generosamente y
provistos de todo lo necesario,14 y lo mismo al llegar a Cholula, donde los aloja-
ron con todos los indios que los acompañaban en una casa totalmente segura y
abundantemente equipada.15 Aunque, contando a sus aliados indios, eran alre-
dedor de dos mil personas, hallaron albergue en una sola casa comunal o de uso
común de modelo aborigen americano. Al hablar de los indios de Yucatán, Herrera
observa que son generosos y liberales de corazón, al punto que ofrecen de comer
a todo el que llega a su casa.16 Esto describe bastante bien la ley iroquesa de la
hospitalidad entre los mayas. Pizarro halló la misma costumbre entre los perua-
nos y otras tribus andinas. Cuando llegó a la costa de Tumbez, antes que desem-
barcara se hicieron a la mar de inmediato diez o doce balsas con abundantes

13
Lewis y Clarke, Travels, Longman, 1814, p. 649.
14
Herrera, t. II, p. 279 [déc. II, lib. VI, cap. XI, p. 154].
15
Ibid., t. II, p. 311 [déc. II, lib. VII, cap. I, p. 169].
16
Ibid., t. IV, p. 171 [déc. IV, lib. X, cap. IV, p. 210].
LA COMIDA DE MOCTEZUMA 17

provisiones,17 y una vez que llegó efectivamente a Perú los mensajeros de Atahualpa
se presentaron a ofrecer al gobernador diez o doce llamas de parte del inca, y
otras cosas de poco valor, diciéndole cortésmente que Atahualpa les había orde-
nado que le preguntasen qué día se proponía llegar a Cajamarca, a fin de dispo-
ner provisiones en el camino.18 Estos ejemplos, que podrían multiplicarse, son
suficientes para dar idea de la hospitalidad que se brindó a los españoles.
Era una costumbre bien establecida y activa en la sociedad india, que practica-
ban entre sí y con los miembros de otras tribus, y que naturalmente extendieron a
los que ahora aparecían por primera vez entre ellos. Si se considera el número
de los españoles, y otro hecho que los aborígenes observaron de inmediato, el de
que un español consumía y desperdiciaba cinco veces lo que requería un indio, en
muchos casos esa hospitalidad debe de haberles resultado sumamente gravosa.19
Se ha llamado la atención sobre esta ley de la hospitalidad, y sobre su univer-
salidad, por dos razones: porque implica la existencia de almacenes comunita-
rios que proporcionaban los medios necesarios para su práctica, y porque donde
quiera que aparece implica también la residencia comunitaria en grupos de ca-
sas grandes. Es evidente que los iroqueses y otras tribus del norte no hubieran
podido ofrecer provisiones a visitantes y extranjeros, y mucho menos los indios
sedentarios de México, Centro y Sudamérica a las fuerzas españolas, con tanta
uniformidad, si la costumbre hubiera dependido en cada caso de la contribución
de familias particulares. Si así hubiera sido, habría fallado en la mayoría de los
casos. La ley de la hospitalidad, tal como la administraban las tribus americanas,
indica que existía entre ellas un plan de vida que ha escapado por completo a la
observación histórica y cuya explicación debe buscarse en la propiedad y labran-
za comunitarias de las tierras y en la distribución de sus productos por casas en
las que se practicaba el comunismo. Son necesarios almacenes comunitarios para
grupos de casas grandes, y posiblemente para el pueblo, con el objeto de mante-
ner la hospitalidad, para explicar esta práctica. Sobre esa base podría haberse
llevado a cabo, y es difícil ver que haya sido sobre otra.

4. LA PRÁCTICA DEL COMUNISMO EN LA VIDA

Esto, de nuevo, puede ilustrarse con los usos de los iroqueses. En sus pueblos
construían casas de 15, 25 y 30 metros de largo, con un corredor a lo largo del
centro, una puerta en cada extremo, y el interior dividido en porciones de poco
más de dos metros. Cada uno de los departamentos o compartimientos así for-

17
Herrera, t. III, p. 399 [déc. III, lib. X, cap. IV, p. 284].
18
Ibid., t. IV, p. 244 [déc. V, lib. I, cap. IV, p. 10].
19
“El apetito de los españoles parecía a los americanos insaciablemente voraz, y afirmaban que
los españoles devoraban en un día más comida que diez americanos” (Robertson, p. 72).
18 LEWIS H. MORGAN

mados quedaba abierto del lado del corredor. En esas casas vivían entre 10 y 30
familias, y su población se constituía con base en el principio del parentesco: las
mujeres casadas y sus hijos pertenecían a la misma gens, cuyo símbolo a menudo
estaba pintado sobre la casa, mientras que sus maridos pertenecían a otras varias
gentes. Así, la casa grande estaba formada, normalmente, por parientes de gens, y
el cuadro que presenta es general para la vida de los indios en todas las regiones
de América. Todo lo que cualquier miembro de la casa obtenía en sus expedicio-
nes de caza y pesca, o producía por medio de sus cultivos, pasaba a ser propiedad
común. Dentro de la casa se vivía de las provisiones comunes. Después de coci-
nar la comida del día en los diversos fogones, se llamaba a la matrona de la casa,
a quien correspondía la tarea de repartir la comida de la olla a las varias familias,
de acuerdo con sus respectivas necesidades. Lo que sobrara quedaba a cargo de
otra persona hasta que la matrona lo requiriera.
Caleb Swan, quien visitó a los indios creek en 1790, observa que “el menor de
sus pueblos tiene entre 20 y 40 casas, y algunos de los mayores entre 150 y 200,
bastante compactas. Esas casas están en grupos de cuatro, cinco, seis, siete y ocho
juntas [...] cada grupo de casas contiene un clan o familia, que come y vive en
común”.20 Lewis y Clarke, al hablar de las tribus de Columbia, señalan que “sus
grandes casas generalmente contienen varias familias [...] que tienen sus provi-
siones en común, y cuya armonía rara vez es interrumpida por disputas”.21 Los
autores españoles no mencionan la práctica del comunismo entre los indios se-
dentarios de México y Centroamérica: no nos ofrecen ninguna información prác-
tica sobre su modo de vida. Stephens da un ejemplo directo y moderno de la
práctica entre los mayas de Yucatán. En Nohcacab, a corta distancia al este de las
ruinas de Uxmal, hay un pueblo de indios mayas donde Stephens observó una
forma de vida comunista cuando fue allí a reclutar trabajadores. Registra que

la comunidad está formada por cien labradores o trabajadores; tienen sus tierras en co-
mún, y comparten los productos entre todos. La comida se prepara en una casa, y cada
familia manda buscar su porción allí, lo que explica un singular espectáculo que vimos al
llegar: una procesión de mujeres y niños, cada uno con un cuenco de barro lleno de caldo
humeante, que bajaban todos por el mismo camino y desaparecían en las diferentes cho-
zas [...]. Por nuestra ignorancia de la lengua [...] no pudimos averiguar todos los detalles
de su economía interna, pero parecía aproximarse a ese estado perfeccionado de asocia-
ción de que a veces se oye hablar entre nosotros; y como esto ha existido por una cantidad
de tiempo ignorada, y ya no puede ser considerado experimental, quizás Owen y Fourier
podrían aprender mucho de ellos.22

Cien trabajadores indican un total de 500 personas cuya comida diaria se pre-
para con provisiones procedentes de almacenes comunitarios, en un solo fuego,

20
Schoolcraft, Hist. cond. and pros. of indian tribes, t. V, p. 262.
21
Lewis y Clarke, p. 443.
22
Stephens, Incidents of travel in Yucatan, t. II, p. 14.
LA COMIDA DE MOCTEZUMA 19

y se reparte de la olla. Esto representa probablemente un cuadro verídico de la


vida de sus antepasados en el Cuadrángulo de las Monjas o el Palacio del Gober-
nador de Uxmal, en la época del descubrimiento europeo. La comida de
Moctezuma ilustra el comunismo de los aztecas.

5. EL CARÁCTER COMUNITARIO DE LAS CASAS INDIAS

Sólo podemos echar un vistazo a este importante tema. En un artículo sobre la


arquitectura de los aborígenes americanos preparado para la Cyclopaedia de
Johnson ha que he hecho referencia [en otro lugar] he presentado los planos de las
casas de las principales tribus indias con el fin de mostrar que el principio del
comunismo en la vida permeaba en su carácter en forma determinante. Desde
las casas de los indios del norte, cada una con capacidad para varias familias,
hasta las casas de adobe y piedra de los indios sedentarios de Nuevo México, que
contienen entre 50 y 500 departamentos cada una, y las casas de piedra tallada
sobre plataformas elevadas de Uxmal, Chichén Itzá y Palenque, todas eran casas
comunitarias. Los planos muestran que fueron construidas para ser ocupadas
por grupos, probablemente compuestos por familias emparentadas, cuyas sec-
ciones estaban separadas por sólidas paredes. Siempre que las familias indias se
reúnen en casas grandes, practican el comunismo en ellas.
Las casas de los aztecas no constituían una excepción a esta regla. Sus dimen-
siones indujeron a los españoles a describir las más grandes como palacios, y así
han pasado a formar parte de la novela azteca. En su marcha hacia México,
Cortés y sus 400 hombres, más algunos centenares de indios aliados, encontra-
ron alojamiento en casas de este tipo. Así, “baxando el Exercito à lo llano, alojaron
los Castellanos en una Casa de placer, rodeada de muchas frescuras, i con mu-
chos Aposentos”.23 “Fue bien hospedado en Yztacpalapà, en una Casa de gran-
des Patios, con Quartos altos, i baxos, i mui frescos Jardines: tenia las paredes de
Canteria, la Madera bien labrada, los Aposentos muchos, i mui espaciosos, col-
gados de paramentos de Algodon mui ricos, à su manera.”24 En otra parte nos
referiremos a la casa en que vivía Moctezuma.

6. LA COSTUMBRE DE PREPARAR SÓLO UNA COMIDA AL DÍA: EL ALMUERZO

También esto puede ilustrarse con las costumbres de los iroqueses, que sólo coci-
naban una comida al día. Era todo lo que podían hacer con sus recursos y su

23
Herrera, t. II, 320 [déc. II, lib. VII, cap. III, p. 174].
24
Ibid., t. II, p. 325 [ibid., p. 175].
20 LEWIS H. MORGAN

organización doméstica, y era todo lo que necesitaban. Esa comida se preparaba


y se servía antes del mediodía (a las diez o las once), y por eso podemos conside-
rarla un almuerzo. La principal actividad culinaria del día se hacía a esa hora. La
comida se repartía de la olla y se servía a cada persona en cuencos de cerámica o
de madera. No había mesas, ni sillas, ni platos, ni ninguna habitación de la
índole de un comedor o una cocina, sino que cada quien comía donde quería, los
hombres primero y las mujeres y los niños después. Lo que quedaba se guardaba
para cualquier miembro de la casa que sintiera hambre. Al atardecer, las mujeres
de la casa cocinaban maíz, después de machacarlo hasta dejarlo como granos de
arroz, y ese maíz servía para comer algo por la noche o por la mañana, o para
ofrecer a los visitantes. No había desayuno ni cena: cuando tenían hambre, todos
comían lo que encontraban en la casa. También esto representa un cuadro verídi-
co de la vida india en América en general, en el momento del descubrimiento.
Aun cuando los indios sedentarios que residían en pueblos estaban un perio-
do étnico más allá de los iroqueses, no puede caber mayor duda de que en ese
aspecto su forma de vida era exactamente igual. Sabemos que entre los aztecas se
servía una comida alrededor del mediodía, pero no tenemos conocimiento de
desayuno ni cena. Una comida preparada al día era todo lo que su sistema de vi-
da permitía y necesitaba. La civilización, con sus industrias diversificadas, sus
productos multiplicados y su familia monogámica, ofrece desayuno y cena ade-
más de la comida, pero éstos no son más antiguos que la civilización misma.
Clavijero intenta dotar a los aztecas de desayuno, pero a la vez renuncia a la
cena: “Acostumbraban los mexicanos tomar su desayuno después de algunas horas
de trabajo, y era regularmente de atole o gachas de maíz; hacían su comida
después del mediodía; pero no cenaban; a lo menos no hallo historiador alguno
que haga mención de su cena.”25 La bebida de maíz que menciona como desayu-
no de los aztecas recuerda el hominy de los iroqueses, que probablemente tam-
bién se preparaba y guardaba como tentempié para quien tuviera hambre. No
hay motivo para suponer que entre los aztecas se preparaba un desayuno, ni que
la familia se reuniera para comer en la mañana.

7. LA COSTUMBRE DE QUE LOS HOMBRES COMIERAN PRIMERO


Y LAS MUJERES Y LOS NIÑOS DESPUÉS

Esta costumbre ha sido observada tan generalmente entre las tribus indias que
creo que se puede decir que era universal entre ellas. Era una consecuencia de la
rudeza de su modo de vida y de esa apreciación imperfecta del sexo femenino
que corresponde a su etapa de adelanto. Sin embargo, por lo que sabemos de su

25
Clavijero, t. II, p. 262 [lib. VII, cap. 68, p. 338].
LA COMIDA DE MOCTEZUMA 21

vida familiar, la producción de sus alimentos y el manejo de sus asuntos, debían


su progreso material a sus mujeres –pacientes, industriosas y resistentes–, cuyas
virtudes nunca han sido celebradas.
Robertson describe esto como costumbre general: “Deben acercarse a sus se-
ñores con reverencia, deben verlos como seres más exaltados, y no se les permite
comer en su presencia.”26 Los autores españoles no ofrecen mucha información
directa sobre este punto. Herrera observa: “Las Mugeres de Yucatàn, son à una
mano, de mejor disposicion que las Castellanas, y son bien hechas, i no feas [...]
i eran buenas de sus cuerpos; tambien se emborrachaban ellas en los combites,
aunque comian à parte.”27 Y Sahagún, al hablar de la ceremonia del bautismo
entre los aztecas, observa que “A las mujeres, que comían en otra parte, no las
daban cacao a beber”28 La comida de Moctezuma nos ofrece una ilustración prác-
tica de esta costumbre, porque los hombres comían primero, solos.
Si el lector ha tenido la paciencia de seguir la exposición en que hemos esbo-
zado las instituciones, los usos y las costumbres, podrá comprender, en general,
las casas de los aztecas, y la comida de una casa azteca, que todavía nos falta
considerar.
No queda ni un vestigio del antiguo pueblo de México (Tenochtitlan) que nos
ayude a conocer su arquitectura. Sus estructuras, que eran inútiles para un pue-
blo de hábitos europeos, fueron rápidamente destruidas a fin de dejar espacio
para una ciudad adaptada a las necesidades de una raza civilizada. Debemos
buscar sus características en las casas indias que hasta hoy subsisten en ruinas y
en las primeras descripciones que han llegado hasta nosotros, y después abando-
nar el tema con escasa información verídica. Su ubicación, parte en tierra y parte
sobre las aguas de un estanque artificial poco profundo formado por calzadas y
diques, condujo a la creación de calles y plazas, cosa desusada en los pueblos
indios, y le dio una apariencia notable.
Dice Herrera:

Tenia tres maneras de Calles, anchas i espaciosas: las unas eran de Agua sola, con Puen-
tes: las otras de sola Tierra: las otras de Tierra, i Agua, porque la Gente de à pie andaba
parte do havia Tierra, i la otra por el Agua con Canoas. De manera, que las mas de las
Calles, por la una parte, i por la otra, tenian terrapleno, i el Agua iba por medio.29

Muchas de las casas eran grandes, mucho más allá de lo correspondiente a las
presentes necesidades de una familia india. Sus muros estaban construidos de
adobe y piedra y recubiertos por ambos lados con yeso, que les daba un brillante
color blanco, aunque había algunas casas hechas de una piedra porosa roja, que

26
Robertson, p. 78.
27
Herrera, t. IV, p. 175 [déc. IV, lib. X, cap. IV, p. 211].
28
Sahagún, Historia general, lib. IV, p. 36 [Historia general de las cosas de Nueva España, México,
Porrúa, 1956, t. I, lib. IV, cap. XXXVI, p. 363, § 10].
29
Herrera, t. II, p. 361 [déc. II, lib. VII, cap. XIII, p. 190].
22 LEWIS H. MORGAN

cortaban y tallaban con instrumentos de pedernal.30 El hecho de que las casas


estuvieran encaladas por fuera hace suponer que no habían aprendido a tallar
las piedras y disponerlas en hileras. No está definitivamente establecido si cono-
cían el uso del mortero de cal y arena. Se dice que Cortés, en el ataque final y la
captura de Tenochtitlan, en el curso de 17 días destruyó y arrasó tres cuartas
partes de la ciudad, lo que demuestra que las construcciones eran bastante ende-
bles. Algunas casas estaban construidas sobre tres lados de un patio, como las
que hay en Nuevo México sobre el río Chaco; otras probablemente rodeaban por
los cuatro lados un patio cuadrangular abierto, como el del Cuadrángulo de las
Monjas de Uxmal, pero esto no se muestra con claridad. Las mejores casas solían
tener dos pisos, pues se menciona un piso bajo y otro alto. El segundo piso era
menor que el primero, probablemente formando terrazas. Clavijero observa que

las casas de los ricos y señores eran de cal y canto, y tenían altos con varias salas y cámaras
y grandes patios; el techo plano, de buena madera y bien labrado con su terrado; las
paredes eran tan bien encaladas y bruñidas que las primeras que vieron de lejos los
españoles les parecieron de plata; el pavimento de argamasa, perfectamente plano y
bruñido [...] Las más de las casas de la capital tenían dos puertas; una que era la principal
a la calle y la otra al canal o acequia; ni una ni otra entrada tenían puertas de madera.31

Se entraba en la casa desde la calle o desde el patio, en la planta baja. Ningu-


no de los autores señalados menciona una casa ocupada por una sola familia: es
evidente que eran casas comunitarias del modelo aborigen americano, ocupadas
cada una por un número de familias que oscilaba entre 5 o 10 y 100 o quizás a
veces 200 en una casa. Las casas más grandes construidas en América por los
indios todavía pueden verse, en ruinas, en Nuevo México. Una de ellas, en Pue-
blo Bonito, contenía más de 600 departamentos.32 El pueblo consistía en una
sola casa, construida sobre tres lados de un patio.
Los soldados de Cortés observaron más en particular dos de las casas de México:
aquella donde estuvieron hospedados y la que habitaba Moctezuma. No pode-
mos decir que hayan dejado una descripción de ninguna de las dos. Me limitaré
a esas dos estructuras.
Cortés entró por primera vez en México en noviembre de 1519, con 450 espa-
ñoles, según Bernal Díaz del Castillo,33 acompañados por mil aliados tlaxcaltecas,
y fueron alojados en el vacío palacio del difunto padre de Moctezuma, dice inge-
nuamente Bernal Díaz, quien observa: “todos aquellos palacios muy lucidos y

30
Clavijero, t. II, p. 238 [lib. VII, cap. 53, p. 304].
31
Ibid., p. 232 [ibid.].
32
Informe del teniente, hoy general, J.H. Simpson, U.S. Senate Ex. Doc. No. 54, 31st. Congress,
1st. Session, 1850.
33
Bernal Díaz del Castillo, Conquest of Mexico, trad. de Keatinge, t. I, p. 18 [Historia de la conquista
de Nueva España, México, Patria, 1983, cap. LXXXVIII, p. 239]. Herrera (t. II, p. 327 [déc. II, lib. VII,
cap. V, p. 176]) dice 300.
LA COMIDA DE MOCTEZUMA 23

encalados y barridos y enramados. Y como llegamos y entramos en un gran


patio”.34 Cortés, después de describir la recepción, nos informa que Moctezuma
“tornó a seguir por la calle en la forma ya dicha hasta llegar a una muy grande y
hermosa casa que él tenía para nos aposentar, bien aderezada. Y allí me tomó de
la mano y me llevó a una gran sala que estaba frontera del patio por donde
entramos”.35 Hasta ahí los relatos de dos testigos presenciales. Herrera obtuvo
algunos detalles adicionales, y nos dice que:

Llegaron a un patio muy grande, que era Recamara de los Idolos, que fue la Casa de
Axayacacin, Padre de Moteçuma [...] à Hernando Cortes el qual fue aposentado con su
Gente, Castellanos, è Indios, en una tan gran Casa, que aunque parece increìble, havia
Salas con sus Camaras, que cabian, cada uno en su cama, ciento i cincuenta Castellanos.
Y lo que era mucho de ponderar, que con ser tan grande la Casa, estaba toda ella, sin
quedar rincón, mui limpia, lucida, esterada, i entapiçada, con parametros de Algodon, i
Pluma de muchos colores, con Camas de esteras, con sus toldillos encima, porque à nadie
se daba mas Cama, por Gran Señor que fuese, porque no la usaban.

La pulcritud de la casa nos da cierta idea del carácter de las mujeres aztecas.
Las casas comunitarias o residencias colectivas y el modo de vida que indican
eran desconocidos en Europa en esa época. Correspondían a un estadio más
antiguo de la sociedad. Por eso no es sorprendente que los españoles, asombra-
dos por sus dimensiones, las hayan llamado palacios, ni que hayan considerado
rey a Moctezuma, puesto que éste los había recibido con un despliegue militar,
como comandante en jefe de las fuerzas aztecas, y la monarquía era la forma de
gobierno que los españoles mejor conocían. Basta con decir que una de las gran-
des casas de los aztecas era capaz de alojar a Cortés y sus 1 450 hombres, igual
que antes, en su camino hacia México, se habían hospedado en una casa de
Cholula, y en otras. Desde Nuevo México hasta el istmo de Panamá, difícilmente
había un pueblo importante donde no hubieran podido acomodarse en una sola
casa. Cuando descubrimos que no es necesario calificarla de palacio para expli-
car sus dimensiones, llegamos a la conclusión de que una casa azteca normal fue
desocupada por sus habitantes a fin de dejar espacio a sus indeseados visitantes.
Y tras recibirlos, la hospitalidad azteca los dotó de provisiones.
Ahora consideraremos el segundo presunto palacio, donde vivía Moctezuma,
y la comida de Moctezuma que los soldados españoles presenciaron y que ha
pasado a la historia como una de las pruebas de que en México existía una mo-
narquía de tipo feudal. Tuvieron poco tiempo para hacer sus observaciones, por-
que ese imaginario reino pereció inmediatamente y la mayor parte de su pobla-
ción se dispersó.
El séptimo día después de la entrada de los españoles a México, Moctezuma

34
Díaz del Castillo, t. I, p. 191 [cap. LXXXVIII, p. 242].
35
Hernán Cortés, Despatches, trad. de Folsom, p. 86 [“Segunda carta-relación”, en Cartas de rela-
ción, México, Porrúa, 1988, pp. 51-52].
24 LEWIS H. MORGAN

fue obligado, mediante intimidación, a abandonar la casa en que vivía e instalar-


se junto con Cortés, donde estuvo prisionero hasta su muerte, algunas semanas
después.36 Lo que los españoles vieron de su forma de vida en su residencia
habitual estuvo limitado a los cinco días entre la llegada a México de aquéllos y la
captura de éste. Nuestro conocimiento de los hechos deriva en su mayor parte de
lo que esos soldados registraron, sobre la base de observaciones superficiales e
imperfectas. Bernal Díaz y Cortés nos han dejado una descripción extraordina-
ria, no de su residencia sino de su vida cotidiana, y más en particular de la comi-
da que es el tema de este artículo. Vale la pena intentar retomar las descripciones
de estos autores y otros posteriores, para ver si es posible deducir de sus afirma-
ciones la verdad del asunto. No cabe duda de que en la base hay hechos reales,
porque sin esa base no se habría creado la superestructura.
Podemos suponer con razón que los españoles encontraron a Moctezuma, con
sus parientes de la gens, en una gran casa comunitaria, que contenía a cien o más
familias en un edificio común. La comida que presenciaron era la única comida
diaria de esa casa, preparada en una cocina común de una despensa común y
dividida en la olla. La comida de cada persona se colocaba en un cuenco de
barro, y con éste en la mano un indio no necesitaba silla ni mesa, y además no
tenía una cosa ni la otra. Los hombres comían primero, y solos, al estilo de los
indios; y las mujeres, de las que no estaban visibles más que unas pocas, después
y solas. Con esta hipótesis se puede explicar satisfactoriamente la comida en
cuestión.
Se ha mostrado que cada comunidad azteca poseía tierras en común, de las
que obtenía su sustento. Su forma de labranza y de distribución de los productos,
cualquiera que fuese, daba a cada familia o casa, grande o pequeña, su justa
parte. De esta base surge naturalmente el comunismo en la forma de vida en
grandes grupos residenciales integrados por familias emparentadas; puede con-
siderarse como una ley de su condición, y es bastante claro que es la forma de
vida más económica que podían adoptar, hasta que la idea de la propiedad se
desarrollara lo suficiente en su mente como para llevar a la división de las tierras
entre individuos, con propiedad privada y enajenable. Su sistema social, que
tendía a unir a las familias emparentadas en un grupo residencial común; su
propiedad comunal de la tierra y su propiedad colectiva, como grupo, de una
casa comunitaria, que se deduce de manera necesaria, no admitirían un derecho
de las personas a vender, introduciendo así extraños a la posesión de tales tierras
y tales casas. La idea de la propiedad estaba formándose en su mente, pero se
hallaba todavía en ese estado inmaduro que corresponde a la etapa media de la
barbarie. No tenían dinero, sino que comerciaban por intercambio de mercan-
cías; poseían muy poca propiedad personal, y casi nada de valor para los euro-
peos. Eran todavía un pueblo de taparrabos, típico trapo de la barbarie e incon-

36
Clavijero, t. II, p. 364 [lib. IX, cap. 5].
LA COMIDA DE MOCTEZUMA 25

fundible prueba de su condición; y la familia estaba en la forma sindiásmica o de


apareamiento, con separación en cualquier momento por voluntad de cualquie-
ra de las partes. Fue la debilidad de la familia, su incapacidad para enfrentar sola
la lucha por la vida, lo que condujo a que las tribus indias de toda América, del
Norte y del Sur, construyeran casas comunitarias, y la organización en gens llevó
a llenar esas casas, sobre la base del principio de parentesco, con familias
emparentadas.
En un pueblo tan grande como el de México, que era el mayor hallado en
América y llegaba posiblemente a 30 mil habitantes, debe de haber habido gran
número de casas comunitarias de distintos tamaños, desde las que por sus di-
mensiones fueron llamadas palacios hasta las que sólo contenían unas pocas fa-
milias. Tanto entre los bárbaros como entre los civilizados las viviendas del pue-
blo muestran distintos grados de prosperidad. Herrera dice que las moradas de
los más pobres eran pequeñas y bajas, pero agrega que, por pequeñas que fue-
sen, siempre contenían dos, cuatro o seis familias.37 Donde quiera que encontra-
mos un grupo de residencia entre los indios, compuesto lo mismo por pocas o
por muchas parejas, ese grupo practica el comunismo en la vida. En las más
grandes de esas casas no todos los residentes vivían necesariamente de una sola
despensa común, porque es posible que constituyeran varios grupos de residen-
cia en el mismo edificio; pero en la gran casa de la que Moctezuma era miembro
es evidente que todos se alimentaban de la comida preparada en una cocina
común con provisiones comunes y dividida de la olla en cuencos de barro, cada
uno de los cuales contenía la porción de una sola persona. Los españoles supo-
nían que Moctezuma era el amo absoluto de México, y todo lo que vieron en esa
comida lo interpretaron en referencia a él como figura central. El resultado es
extraordinariamente grotesco. Se engañaron, sin ninguna ayuda de los aztecas.
Las descripciones de Bernal Díaz y Cortés, que escritores posteriores agranda-
ron y embellecieron con entusiasmo, no son sino chismes de soldados metidos
de repente en una forma anterior de sociedad, cuyos mejores representantes en
el mundo eran en ese momento los indios sedentarios de América. No se podía
esperar que entendieran lo que veían. Acostumbrados a la monarquía y a clases
privilegiadas, era natural que el principal jefe guerrero azteca les pareciera un
rey, y los jefes y sachem figuraran en sus visiones como príncipes y señores. Pero
que esto haya persistido en la historia durante tres siglos constituye un divertido
comentario sobre el valor de los escritos históricos en general.
Bernal Díaz no describe el presunto palacio de Moctezuma, probablemente
porque no tenía nada que lo distinguiera de otra serie de estructuras similares.
Tampoco lo describen Cortés ni el Conquistador Anónimo. Cortés simplemente
observa en general que “la cual ciudad es tan grande y de tanta admiración que
aunque mucho de lo que de ella podría decirse dejé, lo poco que diré creo que es

37
Herrera, t. II, 360 [déc. II, lib. VII, cap. XIII, p. 190].
26 LEWIS H. MORGAN

casi increíble, porque es muy mayor que Granada y muy más fuerte y de tan
buenos edificios y de muy mucha más gente que Granada tenía al tiempo que se
ganó”.38 En esa época había en España catedrales góticas, la Alhambra de Grana-
da y sin duda edificios públicos y privados de piedra tallada dispuesta en hileras.
La comparación era falaz, pero podemos comprender el deseo del conquistador
de agrandar sus hazañas. Herrera, que vino después y tenía más recursos, obser-
va que el palacio en que habitaba Moctezuma

tenía veinte Puertas, que todas, por su orden, salian à la Plaça, i Calles publicas, tres
Patios mui grandes: en el uno havia mui linda Fuente de mucha Agua [...] Havia muchas
Salas de à cien Aposentos, de à veinte i cinco, i treinta pies de largo, i hueco, i cien Baños.
El maderamiento era menudo, sin clavaçon, mui fixo, i fuerte, que no poco espantò à los
Castellanos. Las Paredes de Marmol, Jaspe, Porfido, Piedra Negra, con unas betas colora-
das, como sangre: Piedra blanca, y otra que se trasluce. Los Techos de la Madera bien
labrada, i entallada [...]. Las Camaras pintadas, i esteradas muchas de ellas, entapiçadas
de ricas Telas, de Algodón, Pelo de Conejo, i de Pluma. Las Camas no respondian à la
sobervia de la Casa, i adereço de ella, porque eran pobres, i malas: eran de Mantas, sobre
Esteras, o sobre Heno [...]. Dormian pocos hombres en esta Casa Real. Havia mil Mugeres,
aunque otros dicen, que tres mil, i esto se tiene por mas cierto [...]. Las Señoras, Hijas de
Caballeros, que eran muchas, i mui bien tratadas, tomaba para sì Moteçuma.39

Los muros exteriores de las casas estaban encalados. Por la descripción parece
probable que en el interior de las grandes salas la piedra de las paredes fuera
visible en algunas partes: a veces piedra porosa roja, otras mármol y algo similar
al pórfido, porque no se puede creer que pudieran cortar esa piedra con instru-
mentos de pedernal. Es posible que dejaran al descubierto algunas piedras gran-
des utilizadas en la cara interior de los muros, dando la variada apariencia que se
menciona. Los aztecas no tenían estructuras comparables a las de Yucatán. Su
arquitectura se asemeja a la de Nuevo México siempre que sus rasgos aparecen
en documentos dignos de crédito. Las mejores habitaciones que se encuentran en
esta última región son de trozos delgados de piedra caliza obtenidos por fractura
y colocados con una cara uniforme, sin uso de mortero. Herrera no tuvo ocasión
de hablar del empleo de mármol y pórfido en los muros de esa casa sino en
forma muy vaga y sobre la base de información más vaga todavía. Y la referencia
a las mil o más mujeres que formaban el harén de Moctezuma es una vil calum-
nia. Hubert H. Bancroft, el último de la larga línea de escritores que se han
ocupado de los asuntos de los aztecas, agregó el toque final al cuadro en los
siguientes términos:

El palacio principal del rey de México era un conjunto irregular de edificios bajos, de
enorme extensión, construido de grandes bloques de tetzontli, piedra porosa muy común

38
Cortés, p. 11 [p. 41].
39
Herrera, t. II, p. 345 [déc. II, lib. VII, cap. IX, pp. 183-184].
LA COMIDA DE MOCTEZUMA 27

en aquella región, unidos con mortero. La disposición de los edificios era tal que cerra-
ban tres grandes patios o plazas públicas, en una de las cuales jugueteaba incesantemente
una hermosa fuente. Veinte grandes puertas se abrían sobre las plazas y las calles, y sobre
ellas estaba esculpido en piedra el escudo de armas del rey de México, un águila soste-
niendo en sus garras un jaguar. En el interior había muchas salas, y un escritor que
acompañó a Cortés, conocido como el Conquistador Anónimo, dice que era tan grande
que cabían en ella tres mil hombres [...]. Además de éstas, había más de cien habitaciones
menores, y el mismo número de baños de mármol [...]. Las paredes y los pisos de las salas
y los departamentos estaban en muchos casos cubiertos con losas pulidas de mármol,
jaspe, obsidiana y tecali blanco; altas columnas de las mismas piedras finas sostenían
balcones y pórticos de mármol, cubiertos en toda su superficie de maravillosas tallas
ornamentales, o bien sostenían cabezas esculpidas, grotescas y sonrientes. Las vigas y los
postigos eran de cedro, ciprés y otras maderas valiosas, profusamente tallados y armados
sin clavos [...]. Soberbias esteras de la más exquisita factura se extendían sobre los pisos de
mármol; los tapices que ornaban las paredes y las cortinas que colgaban frente a las
ventanas eran de una tela admirable por su delicada textura, sus elegantes diseños y sus
brillantes colores; mil incensarios de oro, donde ardían especias y perfumes preciosos,
difundían un aroma sutil por salas y corredores.40

Sobre este despliegue bastará con observar que las salas eran totalmente des-
conocidas en la arquitectura india. Hasta ahora no se ha visto nunca una sala, en
el sentido en que empleamos el término nosotros, en una casa india, ni entre las
ruinas de ninguna estructura india. Ocasionalmente se ha hallado un corredor
exterior en ruinas de casas en Centroamérica. Las cortinas de telas admirables
por su delicada textura, los baños y pórticos de mármol y los pisos de losas de
mármol pulido son engendros de una imaginación perturbada que evocan la
brillante descripción del gran reino de las islas Sándwich, con su rey, sus minis-
tros del gabinete, su parlamento, su ejército y su marina, que Mark Twain carac-
terizó correctamente como “un intento de hacer navegar una lata de sardinas
con maquinaria de trasatlántico”, y también hace pensar en el jefe indio que
menciona humorísticamente Irving, “ataviado con sombrero de tres picos y saco
militar, en contraste con su taparrabos y sus polainas de piel, de modo que se
veía como un grandioso oficial en la parte superior y como un indio harapiento
en la inferior”.41 Digan lo que digan los autores crédulos y entusiastas para ador-
nar ese pueblo indio, sus casas y su población cubierta con taparrabos, no puede
ocultar al “indio harapiento” vistiéndolo con un traje europeo.
La comida de Moctezuma, observada por los soldados españoles en los cinco
días mencionados, llega hasta nosotros con una proporción muy escasa de he-
chos dignos de crédito. Los relatos de Bernal Díaz y Cortés constituyen la base
de todas las descripciones posteriores.42 Moctezuma era la figura central en tor-
no a la cual debían moverse todas las demás. Según Bernal, siempre había una

40
Bancroft, t. II, p. 160.
41
Bonneville, p. 34.
42
El Conquistador Anónimo no la menciona.
28 LEWIS H. MORGAN

serie de hombres en la casa y los patios, yendo de un lado a otro, y se creía que
parte de ellos eran jefes que servían a Moctezuma, y el resto guardias. Pero hace
falta mejor prueba del uso de guardias que la sugerencia de Bernal Díaz, porque
ese uso implica un conocimiento de la disciplina militar que las tribus indias no
tenían. Se observó que los indios llegaban ante Moctezuma descalzos, y eso fue
interpretado como un acto de servilismo y deferencia, a pesar de que los pies
descalzos deben de haber sido la regla, antes que la excepción, en Tenochtitlan.

En el comer [el mismo cronista nos informa] le tenían sus cocineros sobre treinta maneras
de guisados hechos a su modo y usanza; y teníanlos puestos en braseros de barro, chicos,
debajo, porque no se enfriasen. E de aquello que el gran Montezuma había de comer
guisaban más de trescientos platos, sin más de mil para la gente de guarda; y cuando
había de comer, salíase el Montezuma algunas veces con sus principales y mayordomos, y
le señalaban cuál guisado era mejor o de qué aves e cosas estaba guisado, y de la que
decían, de aquello había de comer [...] y él sentado en un asentadero bajo, rico e blando,
e la mesa también baja, hecha de la misma manera que los asentaderos, e allí le ponían
sus manteles de mantas blancas y unos pañizuelos algo largos de lo mismo, y cuatro
mujeres muy hermosas y limpias le daban aguamanos en unos como a manera de agua-
maniles hondos, que llaman jicales, y le ponían debajo para recoger el agua otros a mane-
ra de platos, y le daban sus toallas, e otras dos mujeres le traían pan de tortillas; e ya que
comenzaba a comer, echábanle delante una como puerta de madera muy pintada de oro,
porque no le viesen comer; y estaban apartadas las cuatro mujeres aparte, y allí se le
ponían a sus lados cuatro grandes señores viejos y de edad, en pie, con quien el Montezuma
de cuando en cuando platicaba e preguntaba cosas, y por mucho favor daba a cada uno
de estos viejos un plato de lo él comía [...]. Servíase con barro de Cholula, uno colorado y
otro prieto [...] mas lo que yo vi, que traían sobre cincuenta jarros grandes hechos de
buen cacao con su espuma, y de lo que bebía; y las mujeres le servían al beber con gran
acato [...] y es, que le servían al Montezuma estando a la mesa cuando comía, como dicho
tengo, otras dos mujeres muy agraciadas; hacían tortillas amasadas con huevos y otras
cosas sustanciosas, y eran las tortillas muy blancas, y traíanselas en unos platos cobijados
con sus paños limpios, y también le traían otra manera de pan que son como bollos
largos, hechos y amasados con otra manera de cosas sustanciales, y pan pachol, que en
esa tierra así se dice, que es a manera de unas obleas. También le ponían en la mesa tres
cañutos muy pintados y dorados, y dentro traían liquidámbar revuelto con unas yerbas
que se dice tabaco, y cuando acababa de comer, después que le habían cantado y bailado,
y alzada la mesa, tomaba el humo de uno de aquellos cañutos, y muy poco, y con ello se
dormía [...] y cuando el gran Montezuma había comido, luego comían todos los de su
guarda e otros muchos de sus serviciales de casa, y me parecen que sacaban sobre mil
platos de aquellos manjares que dicho tengo: pues jarros de cacao con su espuma, como
entre mexicanos se hace, más de dos mil, y fruta infinita. Pues para sus mujeres y criadas,
e panaderas e cacaguateras era gran cosa la que tenía [...] esperábamos admirados del
gran concierto e abasto que en todo había.43

Díaz escribió su historia más de 30 años después de la conquista (dice que

43
Díaz del Castillo, t. I, pp. 198-202 [cap. XCI, pp. 249-251].
LA COMIDA DE MOCTEZUMA 29

estaba escribiendo en 1568),44 lo que podría servirle de excusa para hablar del
uso de verdaderas mesas y sillas donde no existían, y para describir al resto sen-
tándose a comer. Tezozomoc, seguido por Herrera, dice que la mesa de Moctezuma
consistía en dos pieles, aunque no explica cómo estaban unidas y en qué se apo-
yaban.
Las afirmaciones de las cartas de Cortés, según las vemos ahora, superan a
Bernal Díaz, porque elevan aún más el tono. Cortés dice de Moctezuma:

La manera de su servicio era que todos los días, luego en amaneciendo, eran en su casa
más de seiscientos señores y personas principales, los cuales se sentaban, y otros andaban
por unas salas y corredores que había en la dicha casa, y allí estaban hablando y pasando
tiempo sin entrar donde su persona estaba. Y los servidores de éstos y personas de quien
se acompañaban henchían dos o tres grandes patios y la calle, que era muy grande. Y
todos estaban sin salir de allí todo el día hasta la noche. Y al tiempo que traían de comer
al dicho Mutezuma, asimismo lo traían a todos aquellos señores tan cumplidamente cuanto
a su persona, y también a los servidores y gentes de éstos les daban sus raciones. Había
cotidianamente la despensa y botillería abierta para todos aquellos que quisiesen comer
y beber. La manera de como le daban de comer, es que venían trescientos o cuatrocientos
mancebos con el manjar, que era sin cuento, porque todas las veces que comía y cenaba le
traían de todas las maneras de manjares, y así de carnes como de pescados y frutas y
yerbas que en toda la tierra se podían haber. Y porque la tierra es fría, traían debajo de
cada plato y escudilla de manjar un braserico con brasa para que no se enfriase. Poníanle
todos los manjares juntos en una gran sala en que él comía, que casi toda se henchía, la
cual estaba toda muy bien esterada y muy limpia, y él estaba sentado en una almohada de
cuero, pequeña, muy bien hecha. Al tiempo que comía, estaban allí desviados de él cinco
o seis señores ancianos, a los cuales él daba de lo que comía, y estaba en pie uno de
aquellos servidores, que le ponía y alzaba los manjares, y pedía a los otros que estaban
más afuera de lo que era necesario para el servicio. Y al principio y fin de la comida y
cena, siempre le daban agua a manos, y con la toalla que una vez se limpiaba nunca se
limpiaba más, ni tampoco los platos y escudillas en que le traían una vez el manjar se los
tornaban a traer, sino siempre nuevos, y así hacían de los braseros.45

Como la escritura cursiva era desconocida entre los aztecas, la presencia de


esos secretarios es un rasgo divertido del relato. También la bodega es notable,
por dos razones: porque el nivel de las calles y los patios estaba apenas cuatro
pies por encima del nivel del agua, lo que hacía imposibles los sótanos, y porque
los aztecas no conocían el vino. Cierta cerveza agria (pulque), producto de la
fermentación del jugo del maguey, era una bebida común entre los aztecas, pero
es difícil pensar que aun esto se usara en la comida. Se observará que según este
relato se servía a todos al mismo tiempo, y que Moctezuma y varios jefes comían
en un extremo del salón, pero no hay ninguna mención de cómo comían los
demás. Podemos suponer que los 600 (o menos) hombres que permanecían en la

44
Díaz del Castillo, t. II, p. 423 [cap. CCX, p. 883].
45
Cortés, p. 123 [p. 68].
30 LEWIS H. MORGAN

casa y los patios durante el día, y sus familias, eran corresidentes y copropieta-
rios del establecimiento, junto con Moctezuma. En estas descripciones se mez-
clan dos o tres estructuras, que probablemente tenían usos y ocupaciones por
entero distintos.
Herrera reunió las posteriores versiones aumentadas de la historia, que indu-
dablemente causaron una gran sensación en Europa como parte del cuadro de la
vida en el Nuevo Mundo, y por puro gusto las embelleció convirtiéndolas en un
cuento maravilloso. Los escasos hechos registrados por Bernal Díaz, como ex-
presión de la interpretación de los soldados españoles, fueron semillas fecundas
sembradas hace 300 años, que la imaginación de autores entusiastas desarrolló
hasta convertirlas en una narrativa pintoresca y deslumbrante. La parte princi-
pal del relato de Herrera dice:

Comia solo Moteçuma, i era tan grande el abundancia de vianda, que se le llevaba, tan
varia, i de tantas maneras adereçada, que podian comer de ella todos los Principales de
su Casa. La Mesa era una Almohada, ó un par de cueros de color. La Silla, un Banquillo
baxo, hecho de una pieça, cabado el asiento, labrado, i pintado quan ricamente ser podia:
los Manteles, Pañiçuelos, i Toallas, eran de Algodon mui sutil, mas blancos que la nieve:
i puestos una vez, nunca se ponian otra: goçaban de ellos los Camareros, i Oficiales de
Boca. Traìan la comida quatrocientos Pages, Caballeros, Hijos de Señores: ponianla toda
junta en una Sala: iba el Rei, miraba las viandas, i con una vara, ò con las manos, señalaba
lo que mejor le parecia: i luego el Maestre-Sala ponia debaxo de ello Braseros, para que
no se enfriase: i nunca dexaba de hacer esto, sino alguna vez, que los Maiordomos le
alababan mucho alguna vianda. Antes que se sentase à comer, llegaban veinte Mugeres,
de las mas hermosas: servianle las Fuentes con gran reverencia: sentado à la Mesa, el
Maestre-Sala cerraba una varanda de madera, que dividia la Sala, para que la Nobleça,
que acudia à verle comer, no embaraçase la Mesa, i èl solo ponia los Platos, i los quitaba,
porque los Pages, ni llegaban, ni hablaban palabra. Havia gran silencio, i no hablaba
nadie, sino algun Truhan, ò à quien El preguntaba algo: i el Maestre-Sala estaba siempre
de rodillas, i sin Çapatos, sirviendo, ni alçaba los ojos: no entraba Hombre calçado en la
Sala, so pena de muerte: el mismo Maestre-Sala servia la Copa, que era una Xicara, de
diversas hechuras, unas veces de Plata, otras de Oro, i algunas de Calabaça, i otras de
Conchas de Pescados, de estrañas hechuras.46 Asistian à la Comida, aunque algo desvia-
dos, seis Señores Ancianos, à los quales daba algunos Platos, del Manjar que le sabia bien:
i alli los comian, con gran veneración: serviase siempre con mucha Musica de Flautas,
Çamponas, Caracoles, Huesos, Atabales, i otros instrumentos, de poco deleite à los oidos
de los Castellanos [...] Havia siempre à la Comida, Enanos, Gibados, i otros tales, para
mover à rifa, i comian de los relieves de la Mesa, al cabo de la Sala, con los Truhanes, i
Chocarreros: lo demàs que sobraba, comian tres mil Indios de Guarda ordinaria, que
estaban en los Patios, i Plaça, i por esto se llevaban siempre tres mil Platos de Comida, i

46
A Solís una cáscara de coco le parece demasiado simple y la embellece con joyas: “Los vasos de
oro sobre salvas de lo mismo; y algunas veces solía beber en cocos o conchas naturales costosamente
guarnecidas.” History of the conquest of Mexico, trad. Townshend, Londres, 1738, t. I, p. 417 [Historia de
la conquista de México, población y progresos de la América septentrional, conocida por el nombre de Nueva
España, México, Porrúa, 1978, lib. 3, cap. XV, p. 175].
LA COMIDA DE MOCTEZUMA 31

tres mil Vasos con Vino: jamàs se cerraba la Despensa, i Botilleria, por lo que de ordinario
entraba, i por lo que se sacaba. Guisaban en la Cocina, de quanto se vendia en la Plaça,
que era infinito, sin lo demàs que traìan Caçadores, Renteros, i Tributarios. Los Platos, i
todo el servicio, era de de Barro mui bueno, i no se servia al Rei mas de una vez: tenia mui
gran Baxilla de Oro, i Plata, con diversas figuras de Animales: no se servia de ella, por no
usarla dos veces.47

Más adelante, y fuera de lugar, Herrera nos describe lo que parece haber sido
la llamada a comer a los dispersos miembros de la casa:

Ya que era hora de comer, como apercibiendo à los que havian de bailar despuès de la
Comida, silvaban ocho, ò diez Hombres mui recio, tocando los Atabales fuertemente:
venian luego los bailadores, que para hacer servicio al Gran Señor, havian de ser todos
Señores, Caballeros, i Personas Principales, vestidos, quanto cada uno podia, riquisi-
mamente, con Mantas ricas, blancas, coloradas, verdes, amarillas, i otras texidas de diver-
sos colores.48

Las cuatro mujeres que según Bernal Díaz ofrecían agua a Moctezuma se ele-
van ya a veinte, pero como los autores españoles son muy generosos en relación
con las cifras, una multiplicación por cinco no es tal vez desproporcionada, espe-
cialmente porque a Herrera no se le ocurrió la posibilidad de que ya Bernal Díaz
hubiera multiplicado por cuatro el número real. Los “trescientos o cuatrocientos
jóvenes” que traían la comida según Cortés se convierten en Herrera en “qua-
trocientos Pages [...] Hijos de Señores”; y aquí debemos reconocer la discrimina-
ción del historiador, que encontró plenamente adecuado a la ocasión el número
más alto dado por Cortés. Hay otras dos cosas notables: los zapatos han desapa-
recido de los pies de todos los indios frente a la posibilidad de un castigo terri-
ble; y hay tres mil indios hambrientos que esperan muy tranquilos mientras su
comida se enfría en el suelo y Moctezuma come en solitaria grandeza. Ningún
indio americano podría comprender este cuadro. Le falta el realismo de la vida
india, e incorpora una dosis de puerilidad que no cabe en la naturaleza india.
Los europeos y los estadunidenses pueden ponerse a la altura de la ocasión por-
que su alcance mental es mayor y su imaginación se ha alimentado más de los
cuentos infantiles. Bernal Díaz se había conformado con decir que Moctezuma
“tenía sobre doscientos principales de su guarda en otras salas junto a la suya”,49
en los que podemos reconocer a sus corresidentes; pero Cortés [p. 68] generosa-
mente aumenta su número a “más de seiscientos señores y personas principales”,
que aparecían al amanecer y permanecían de servicio durante todo el día. Sin
embargo, ninguna de esas cifras era suficiente para la concepción del historiógrafo
de España, quien en consecuencia adoptó tres mil, todos guardias, como número

47
Herrera, t. II, p. 336 [déc. II, lib. VII, cap. VII, p. 180].
48
Ibid., p. 443 [ibid., cap. VIII, p. 183].
49
Díaz del Castillo, t. I, p. 198 [cap. XCI, p. 248].
32 LEWIS H. MORGAN

suficiente para dar eclat a la comida de Moctezuma. Bernal Díaz [p. 25], sin
embargo, afirma que “mil platos de aquellos manjares que tengo dicho” se colo-
caban delante de los guardias y servidores. Si alguien con buen conocimiento del
carácter indio demostrara por qué medio es posible mantener a 500 indios jun-
tos todo el día al servicio de cualquier otro ser humano, por sentido del deber,
agregaría algo a nuestro conocimiento de la raza roja; y si además pudiera pro-
bar que realmente esperaban, en presencia de otros tantos platos de barro en los
que humeaba su comida, mientras su jefe guerrero comía solo en la misma habi-
tación, agregaría al carácter indio un elemento de paciencia que hasta ahora
nunca se había observado. Podemos aceptar el bloque de madera ahuecado como
asiento, porque tiene el sabor de la simplicidad del arte indio. Que los aztecas
tuvieran servilletas de textura gruesa, tejidas a mano, es probable, así como que
fueran blancas, porque el algodón es blanco. La imaginación fácilmente podría
convertir una servilleta en un mantel, si existiera una mesa sobre la cual exten-
derlo; pero en este caso, sin considerar debidamente la relación entre las dos
cosas, se ha creado el mantel, y sin embargo la mesa se niega a aparecer. Por lo
tanto este asunto de la servilleta parece haber sido algo exagerado. Por último, la
llamada a los dispersos miembros de la casa para comer, por medio de tambores
y silbidos, tiene un sabor de usos y costumbres indios demasiado fuerte para
convertirlo en una llamada a los danzarines, como sugiere Herrera. Esa llamada
a comer azteca, en una escala proporcional a una gran casa comunitaria, se ha-
bría perdido para la historia si no fuera por el especial uso que se le dio al ador-
nar una historia con ella. Corresponde a los hábitos errabundos de un grupo
residencial azteca, y posiblemente a la irregularidad de la hora de comer.
Pasando por alto las descripciones de Sahagún, Clavijero y Prescott, que se
han inflamado de entusiasmo en torno a esta comida de Moctezuma, permitire-
mos a Hubert H. Bancroft que nos dé la última versión:

Todos los días [observa este autor] desde el amanecer hasta el ocaso las antecámaras del
palacio de Moctezuma en México estaban ocupadas por 600 caballeros, que pasaban el
tiempo holgazaneando y comentando los chismes del día en tono bajo, porque se consi-
deraba una falta de respeto hablar fuerte o hacer ruido dentro de los límites del palacio.
Disponían de departamentos en el palacio y se alimentaban de lo que quedaba de la
superabundancia de la mesa real, igual que sus sirvientes después de ellos, pues cada
persona de calidad tenía derecho a tener de uno a treinta servidores, según su rango.
Esos servidores, en número de dos o tres mil, llenaban varios patios exteriores durante
todo el día. El rey comía solo en uno de los salones más amplios del palacio [...] sentado
en un cojín de piel cubierto con varias pieles suaves, y su mesa era similar, salvo que era
mayor y más alta, y estaba cubierta con tejidos de algodón de la textura más fina. La
vajilla era de la más fina cerámica de Cholula, y muchos de los recipientes eran de oro y
plata, o fabricados de finas conchas. Se dice que poseía un servicio completo de oro
macizo, pero como se consideraba indigno de un rey usar dos veces un misma objeto,
Moctezuma, con toda su extravagancia, se veía obligado a guardar esa costosa vajilla en el
templo. El menú incluía todos los peces, aves y animales comestibles que se podían en-
LA COMIDA DE MOCTEZUMA 33

contrar en el imperio o importar de más allá de sus fronteras. Se utilizaban correos de


postas para traer manjares delicados desde lejos [...]. Había entre los aztecas cocineros
muy hábiles, y en esas extravagantes comidas había casi tanta variedad en la preparación
como en la materia preparada. Sahagún da una lista impresionante de platos asados,
hervidos y cocidos, de carne, de pescado y de aves, sazonados con muchos tipos de hier-
bas, de las que sin embargo la que se menciona con más frecuencia es el chile. También
describe muchas clases de pan, todas más o menos parecidas a la tortilla mexicana [...] y
tamales de todo tipo, y muchos otros manjares curiosos, como huevos de rana y hormigas
guisadas con chile [...]. Cada plato se colocaba sobre un brasero para mantenerlo caliente.
Los autores no concuerdan acerca de la cantidad exacta de platillos que se servía en cada
ocasión, pero debe haber sido inmensa, porque la menor de las cifras propuestas es 300,
y la mayor tres mil. Eran llevados al salón por 400 pajes de noble cuna, quienes colocaban
sus cargas sobre el suelo cubierto de esteras y se retiraban en silencio. El rey entonces
señalaba los manjares que deseaba probar, o dejaba la selección a su mayordomo, quien
indudablemente se esforzaba por estudiar lo que agradaba o desagradaba al real paladar.
El mayordomo era un funcionario del más alto rango e importancia; sólo él tenía el
privilegio de colocar los manjares designados ante el rey sobre la mesa; aparentemente
servía como trinchante y como copero,50 y según Torquemada lo hacía descalzo y de
rodillas. Cuando todo estaba preparado, entraba un grupo de las más hermosas mujeres
del rey, llevando agua en unas vasijas redondas llamadas xicales, para que el rey se lavara
las manos, y toallas para secárselas, colocándose otras vasijas en el suelo para recoger las
gotas que cayeran. Al mismo tiempo otras dos mujeres le llevaban pequeños panecillos
muy delicados, hechos de la más fina harina de maíz batida con huevos. Hecho esto,
colocaban delante de él un biombo de madera tallada y dorada, para que nadie pudiera
verlo mientras comía. Siempre había allí cinco o seis señores de edad, de pie junto al
banquillo real, descalzos y con la cabeza baja. Ocasionalmente, como muestra de favor
especial, el rey les mandaba un bocado escogido de su propio plato. Durante la comida el
monarca se entretenía observando las actuaciones de sus malabaristas y prestidigitado-
res, cuyas maravillosas proezas de fuerza y destreza describiré en otro lugar; en otros
momentos había danzas, acompañadas por músicas y cantos [...]. Los platos más sólidos
eran seguidos por pasteles, dulces, y un magnífico postre de frutas. La única bebida que
se consumía era chocolate, del que se servían alrededor de 50 jarras; se tomaba con una
cuchara finamente cincelada de oro o de concha, de una copa del mismo material. Termi-
nada su comida, el rey volvía a lavarse las manos en agua que le llevaban, como antes, las
mujeres. Después de eso le llevaban varias pipas pintadas y doradas, de las cuales inhalaba
por la boca o por la nariz, según su preferencia, el humo de una mezcla de liquidámbar y
una hierba llamada tabaco. Terminada su siesta, se dedicaba a los negocios, y procedía a
dar audiencia a embajadores extranjeros o delegaciones de ciudades del imperio, y a los
señores o ministros suyos que tenían asuntos que tratar con él.51

En este relato, que sin embargo se basa en los de Bernal Díaz y Cortés y no
presenta nada esencialmente nuevo, tenemos el producto final del crecimiento
de la historia hasta nuestros días, aunque no hay ninguna seguridad de que se
hayan alcanzado los límites de su posible expansión. Para salvar la inteligencia

50
El “copero” hace juego con las “cortinas”.
51
Bancroft, t. II, pp. 174-178.
34 LEWIS H. MORGAN

americana de una merecida desgracia, es urgente purificar nuestra historia abo-


rigen, desechando la masa de basura que la abruma. Por mucho que pueda de-
cirse de los aborígenes americanos en general, o de los aztecas en particular,
tenían buen sentido común en cuanto a su comida diaria, que les costaba esfuer-
zo, previsión y trabajo proveer. El cuadro de la vida india que se nos presenta
aquí es sencillamente imposible. Los indios sedentarios en la etapa media de la
barbarie estaban por debajo de la época de las mesas y las sillas para la comida;
tampoco habían aprendido a organizar una comida social en torno a una mesa
común, o siquiera a compartir la comida con sus mujeres e hijos. Sus casas comu-
nitarias, sus despensas comunes, su comunismo en la vida y la separación de los
sexos para comer, son genuinos usos y costumbres indios que explican esta comi-
da. Era muy natural que los españoles la entendieran erróneamente, con los
grotescos resultados que hemos presentado; pero no hay excusa para persistir en
ese error, en presencia de hechos conocidos accesibles a todos.
No hay duda alguna de que Moctezuma era tratado con gran consideración
por las personas de todas las clases. Los indios respetan y veneran a sus jefes.
Como principal jefe guerrero, Moctezuma ocupaba el cargo oficial más elevado
existente entre ellos. Ha sido descrito como amable, generoso y varonil, aunque
confundido por la repentina aparición y las nuevas y mortales armas de los espa-
ñoles. A él le correspondió recibir y atender a Cortés y sus hombres, quienes le
pagaron salvajemente su hospitalidad y su bondad. Pero si consideramos su vida
doméstica, no era mejor que la de sus corresidentes, con quienes compartía la
comida común. Según estos relatos, despojados de sus falsas concepciones, es
probable que Moctezuma viviera con sus parientes de gens en una casa que te-
nían en común, y que lo que los españoles vieron fuera una comida en común
con los de su casa que, con las mujeres y los niños, deben de haber sido entre 500
y mil personas. Una vez reunidos los dispersos miembros del grupo de residen-
cia, la única comida del día era llevada desde la cocina por una serie de personas
en platos y cuencos de barro, y colocada sobre el piso de un departamento utili-
zado como comedor, a la manera de los indios. Indios como eran, sin duda toma-
ban esos cuencos uno por uno, cada uno con la porción de una persona, dividida
en la olla. Comían de pie, o tal vez sentados en el suelo, o afuera en el patio.
Como indios que eran, los hombres comían primero, solos, y las mujeres y los
niños después. Una vez terminada la comida, probablemente se entretenían con
música y cantos, y celebraban como acostumbran hacerlo los indios bien alimen-
tados. No puede haber mayor duda de que esa misma comida, de la misma
manera, tenía lugar una vez por día en todas las casas de la ciudad, grandes y
pequeñas.
La comida de Moctezuma que ha pasado a la historia y ha sido leída con
asombro y admiración por tres siglos es una excelente ilustración de la debilidad
del material con que se ha hecho la historia de la América aborigen. Y además
muestra, como advertencia, qué resultados derivan de grandes errores, a través
de la facultad constructiva de los autores.
LA COMIDA DE MOCTEZUMA 35

Lo que los españoles encontraron en México era una confederación de tres


tribus indias que hablaban dialectos de la misma lengua, y nada más que eso. En
sus relatos no tuvieron ocasión de ir un paso más allá de ese simple hecho. Una
explicación satisfactoria de esa confederación puede hallarse en confederacio-
nes indias similares. Era un resultado del desarrollo de las instituciones comunes
de la familia india. Por debajo de esos cuadros falaces se revela un consejo de
jefes, que era el instrumento natural y legítimo de gobierno bajo las instituciones
indias. Ninguna otra forma de gobierno era posible entre ellos. Además tenían,
como otra parte igualmente legítima de ese sistema, un jefe guerrero electivo y
destituible (tecuhtli); el poder de elegir y de destituir pertenecía a un cuerpo de
electores fijo, siempre presente y listo para actuar cuando la ocasión lo requirie-
ra. La organización azteca se presentó claramente a los españoles como una con-
federación de tribus indias: sólo la más grosera perversión de hechos evidentes
permitió a los escritores españoles fabricar la monarquía azteca a partir de una
organización democrática.
Sin investigar cuál era la unidad de su sistema social, si estaban organizados
en gentes, como probablemente lo estaban, y sin adquirir el menor conocimiento
de la organización que existía, osadamente inventaron para los aztecas una mo-
narquía, con características de alto feudalismo, a partir de la recepción dada a
Cortés por su principal jefe guerrero y otros materiales tan endebles como la
comida de Moctezuma. Y debido a la indolencia americana, ese error ha durado
todo lo que merece durar.
Cuando hayamos aprendido a hablar de los indios americanos en un lenguaje
adaptado a la vida india y a las instituciones indias, éstas serán comprensibles.
Mientras apliquemos a sus organizaciones sociales e instituciones domésticas tér-
minos adaptados a las organizaciones e instituciones de la sociedad civilizada,
nos engañaremos con caricaturas de los indios. No había sociedad política, ni
estado ni civilización alguna en América cuando fue descubierta; y con excep-
ción de los esquimales, no había sino una raza de indios, la raza roja.
LA CONFEDERACIÓN AZTECAa*

Concepto erróneo de la sociedad azteca. Condiciones de progreso. Tribus nahuatlacas. Su estableci-


miento en México. Fundación del pueblo de México en 1325 d.C. Constitución de la confederación
azteca en 1426 d.C. Extensión del dominio territorial. Número probable de habitantes. Estaban o
no los aztecas organizados en gentes y fratrías. El consejo de jefes. Funciones probables. Cargo de
Moctezuma. Elección de un nuevo tlatoani. Deposición de Moctezuma. Probables funciones del
cargo. Istituciones aztecas esencialmente democráticas. El gobierno una democracia militar.

Los aventureros españoles que tomaron el pueblob de México adoptaron la teoría


errónea de que el gobierno azteca era una monarquía, análoga en sus aspectos
esenciales a las existentes en Europa. Esta opinión fue adoptada en general por
los primeros autores españoles sin investigar detalladamente la estructura y los
principios del sistema social azteca. Con esta concepción errada vino una termi-
nología que no concuerda con las instituciones y que ha viciado la narración
histórica tan completamente como si fuera, en conjunto, una invención delibera-
da. Con la toma del único baluarte que poseían, la fábricac gubernamental de los

a
“The Aztec confederacy”, cap. VII de Ancient society, 1a. ed. 1877, por Leslie A. White, Cambridge,
Massachusetts, Belknap Press of Harvard University Press, 1963, pp. 164-184 [Las notas con asteris-
co pertenecen al ed. norteamericano, Leslie A. White; los que llevan letras del abecedario son del ed.
mexicano, Jaime Labastida, y las que siguen la numeración arábiga corresponden al propio Lewis
H. Morgan.].
* A Morgan le irritaban las descripciones de la cultura azteca dejadas por los primeros cronistas
españoles y más tarde por los historiadores americanos, en particular H.H. Bancroft, que hablaba de
reinos y después de imperios, de Moctezuma como un gran monarca residente en un suntuoso
palacio. Morgan estaba convencido de que los aztecas estaban organizados sobre la base de princi-
pios esencialmente idénticos a los de los iroqueses, de que Moctezuma era simplemente un “jefe de
guerra” en una “democracia militar” y de que su “palacio” no era más que una “casa multifamiliar”.
En 1873 Adolphe Francis Alphonse Bandelier (1840-1914), joven estudiante de historia docu-
mental hispanoamericana que más tarde se convertiría en un arqueólogo e historiador distinguido,
después de una velada con Morgan inició una correspondencia sobre el tema que continuó hasta la
muerte de Morgan. Con el tiempo Bandelier se convirtió a la visión de Morgan de la cultura abori-
gen americana, y como discípulo ferviente dedicó mucho tiempo a la defensa de las concepciones de
Morgan (véase Leslie A. White [ed.], Pioneers in American anthropology: The Bandelier-Morgan letters,
1873-1883, 2 vols., Albuquerque, 1940). La introducción, pp. 1-108, hace un examen crítico de las
tesis de Morgan y los estudios de Bandelier sobre los aztecas).
En 1876 Morgan publicó un ensayo brillante, “La comida de Moctezuma”, en North American
Review, 122, pp. 265-308 [pp. 3-35 de este volumen], en el que sometía a los primeros cronistas a un
estudio crítico y a autores posteriores, especialmente Bancroft, a una crítica muy dura.
b
En español en el original. No es casual que sea así. No consideraba a Tenochtitlan una ciudad
propiamente dicha, en la medida misma en que se distingue la societas de la civitas.
c
Morgan dice guvernmental fabric: el concepto es latino y viene del verbo faber. Tiene aquí el sen-
tido de “edificio”, como en Vesalio: De corporis humani fabrica libri septem, o sea, del edificio del cuerpo
humano “fabrica”, tanto el producto como el instrumento, aun el edificio que guarda la máquina.

[36]
LA CONFEDERACIÓN AZTECA 37

aztecas quedó destruida y fue sustituida por el gobierno español, y el tema de la


organización política interna de aquéllos cayó casi completamente en el olvido.1
Los aztecas y las tribus confederadas con ellos desconocían el hierro y en conse-
cuencia carecían de herramientas de ese metal; no tenían dinero y comerciaban
mediante el trueque de bienes; pero trabajaban los metales nativos; cultivaban
con irrigación, tejían toscas telas de algodón, construían casas multifamiliares de
habitación comunitaria de adobe y de piedra y fabricaban cerámica de excelente
calidad. Habían, pues, alcanzado la etapa media de la barbarie.
Todavía poseían sus tierras en común, vivían en grupos de casas grandes for-
mados por varias familias emparentadas, y tenemos sólidas razones para creer
que practicaban el comunismo en la vida doméstica. Es razonablemente seguro
que sólo tomaban una comida preparada al día, al atardecer, y para ella se sepa-
raban, comiendo primero los hombres y después las mujeres y los niños. No
tenían mesas ni sillas, lo que significa que no habían aprendido a tomar su única
comida diaria al modo de las naciones civilizadas. Estas características de su con-
dición social muestran suficientemente su estado relativo de progreso.
En relación con los indios de los pueblos de otras partes de México, América
Central y el Perú, los aztecas representan el mejor ejemplo de esa condición de la
sociedad humana entonces existente sobre la Tierra. Representan una de las
grandes etapas del progreso hacia la civilización, en la que se ven más adelanta-
das las instituciones derivadas de un periodo étnico anterior y que habrían de ser
transmitidas, en el curso de la experiencia humana, a una condición étnica aún
superior y sufrir todavía ulteriores desarrollos antes de que la civilización fuera
posible. Pero estos indios no estaban destinados a alcanzar la etapa superior de
la barbarie, tan bien representada por los griegos homéricos.
Los pueblos indios del valle de México revelaron a los europeos una condi-
ción perdida de la sociedad antigua, tan notable y peculiar que en su momento
despertó una curiosidad insaciable. Se han escrito más volúmenes –en propor-
ción de diez a uno– sobre los aborígenes mexicanos en el momento de la con-
quista española que sobre cualquier otro pueblo en la misma etapa de progreso,
o cualquier otro acontecimiento de importancia similar. Y sin embargo no hay
ningún pueblo sobre cuyas instituciones y plan de vida tengamos tan escasos
conocimientos precisos. El espectáculo notable que presentaban inflamó de tal
modo la imaginación que ésta quedó dueña del campo y hasta hoy continúa así,
con el resultado de un desconocimiento de la estructura de la sociedad azteca
que es una grave pérdida para la historia de la humanidad. Esto no debe ser

1
Las historias de la América española merecen confianza en todo lo que se refiere a los actos de
los españoles y a los actos y las características personales de los indios, así como en lo relativo a sus
armas, herramientas y utensilios, telas, alimentos y vestidos y cosas de carácter similar. Pero en todo
lo referente a la sociedad y el gobierno de los indios, sus relaciones sociales y plan de vida, son casi
totalmente inútiles, porque no se enteraron de nada ni supieron nada de todo eso. Estamos en plena
libertad de rechazarlos en esos aspectos y empezar de nuevo, utilizando cualesquiera hechos que
puedan contener que concuerden con lo que sabemos sobre la sociedad india.
38 LEWIS H. MORGAN

razón para lanzar reproches contra nadie, sino más bien para lamentarlo pro-
fundamente. Incluso lo que se ha escrito con tanto esfuerzo puede resultar útil
para algún futuro intento de reconstruir la historia de la confederación azteca.
Subsisten algunos datos de tipo positivo de los que pueden deducirse otros, de
modo que no es improbable que una investigación original bien dirigida pueda
recuperar, por lo menos en forma medible, los rasgos esenciales del sistema so-
cial azteca.
El “reino de México”, como se le llama en las primeras historias, y el “imperio
de México”, como aparece en las posteriores, es un invento de la imaginación.
En la época parecía haber algún fundamento para describir el gobierno como
una monarquía, en ausencia de un conocimiento correcto de sus instituciones,
pero ya no es posible seguir defendiendo ese error. Lo que los españoles encon-
traron era simplemente una confederación de tres tribus indias, cuya contrapar-
tida existía en todas las regiones del continente, y en sus descripciones no tuvie-
ron ocasión de avanzar un solo paso más allá de ese único hecho. El gobierno era
administrado por un consejo de jefes, con la cooperación de un comandante
general de las bandas militares. Era un gobierno de dos poderes, estando el
poder civil representado por el consejo y el militar por un jefe de guerra princi-
pal. Como las instituciones de las tribus confederadas eran esencialmente demo-
cráticas, si se desea una designación más específica que confederación se puede
decir que el gobierno era una democracia militar.
Tres tribus, los aztecas o mexicas, los texcocanos y los tlacopanos, estaban
unidas en la confederación azteca, que llena los dos miembros superiores de la
serie social orgánica. De ninguno de los autores españoles se desprende en for-
ma definida si poseían el primero y el segundo, es decir la gens y la fratría; sin
embargo describieron vagamente algunas instituciones que sólo pueden enten-
derse suponiendo los dos miembros perdidos de la serie. La fratría no es esen-
cial, pero la gens sí, porque es la unidad en la que se basa el sistema social. Sin
entrar en el vasto e impenetrable laberinto de los asuntos aztecas en su situación
histórica actual, me atrevo a llamar la atención sobre tan sólo unos pocos detalles
del sistema social azteca, que podrían tender a ilustrar su carácter real. Pero
antes de hacerlo es preciso señalar las relaciones de los confederados con las
tribus que los rodeaban.
Los aztecas eran una de siete tribus emparentadas que habían migrado del
norte para establecerse en y alrededor del valle de México, y estaban entre las
tribus históricas de ese país en la época de la conquista española. En sus tradicio-
nes se llamaban colectivamente nahuatlacos. Acosta [Joseph de], que visitó México
en 1585 y cuya obra fue publicada en Sevilla en 1589, dio la versión corriente de la
tradición nativa de sus migraciones, una tras otra, desde Aztlan, con sus nombres
y lugares de asentamiento. Según él, el orden de llegada fue el siguiente: 1] los
xochimilcas, “gente de sementeras de flores”, que se establecieron sobre el lago
de Xochimilco, en la parte sur del valle de México; 2] los chalcas, “gente de las
bocas”, quienes llegaron mucho después de los anteriores y se asentaron cerca de
LA CONFEDERACIÓN AZTECA 39

ellos, sobre el lago de Chalco; 3] los tepanecas, “gente del puente”, que se estable-
cieron en Azcapozalco, al oeste del lago de Texcoco, en la parte occidental del valle;
4] los culhuas, “gente corva”, que se asentaron en la ribera oriental del lago de
Texcoco y después fueron conocidos como texcocanos; 5] los tlatluicas, “gente de la
sierra”, que encontraron ocupado el valle alrededor del lago y en consecuencia
cruzaron la sierra hacia el sur y se establecieron al otro lado; 6] los tlaxcaltecas,
“gente de pan”, quienes después de vivir algún tiempo con los tepanecas final-
mente se asentaron más allá del valle hacia el este, en Tlaxcala; 7] los aztecas,
que llegaron al último y ocuparon el lugar de la actual ciudad de México.2 Acosta
observa además que venían “de otra tierra remota hacia el Norte, donde agora se
ha descubierto un reino que llaman el Nuevo México”.3 La misma tradición re-
fiere Herrera4 y también Clavijero.5 Se observará que no se menciona a los de
Tlacopan. Lo más probable es que fueran una subdivisión de los tepanecas que
permaneció en el área original de la tribu, mientras que el resto aparentemente
se mudó a un territorio inmediatamente al sur de los tlaxcaltecas, donde fueron
encontrados con el nombre de tepeacas. Estos últimos tenían la misma leyenda
de las siete cuevas y hablaban un dialecto de la lengua nahuatlaca.6
Esta tradición encarna un hecho significativo que no puede haber sido inven-
tado, a saber, que las siete tribus tenían un origen inmediato común, hecho que
sus dialectos confirman; y un segundo hecho de importancia: que provenían del
norte. Muestra que en origen eran un pueblo, que se había convertido en siete o
más tribus por el proceso natural de segmentación. Además, este mismo hecho
es lo que hizo la confederación azteca posible además de probable, ya que una
lengua común es la base esencial de tales organizaciones.
Los aztecas encontraron ocupados los mejores lugares del valle, y después de
varios cambios de posición terminaron por establecerse en una pequeña exten-
sión de tierra seca en medio de un pantano bordeado por pedregales con estan-
ques naturales. Allí fundaron el celebrado pueblod de México (Tenochtitlan) en el
año 1325 d.C., según Clavijero, 196 años antes de la conquista española.7 Eran
pocos en número y pobres de condición, pero afortunadamente el desagüe de
los lagos de Chalco y Xochimilco y las aguas de varios arroyos de las lomas al

2
Joseph de Acosta, The Natural and Moral History of the East and West Indies, trad. ing. de E. Grims-
ton, Londres, 1604, pp. 497-504 [Historia natural y moral de las Indias, México, FCE, 1962, lib. VII, cap.
3, pp. 322-324].
3
Ibid., p. 499 [lib. VII, cap. 2, p. 321].
4
Antonio de Herrera y Tordesillas, The General History of the Vast Continent and Islands of America,
trad. ing. de Capt. John Stevens, 6 vols., Londres, 1725-1726, t. III, p. 188 [Historia general de los
hechos de los castellanos en las islas, y tierra firme de el Mar Oceano, Madrid, Imprenta Real de Nicolás
Rodríguez Franco, 1730, déc. III, lib. II, cap. X, p. 59].
5
Francisco Javier Clavijero, The History of Mexico, trad. ing. Charles Culen, 2 vols., Londres, 1807,
t. I, p. 119 [Historia antigua de México, 4 tomos, México, Porrúa, 1958, lib. II, cap. 17, pp. 186-187].
6
Herrera, t. III, pp. 110, 112 [ibid.].
d
En español en el original.
7
Clavijero, t. I, p. 162 [lib. II, cap. 19, p. 201].
40 LEWIS H. MORGAN

poniente pasaban junto a su asentamiento rumbo al lago de Texcoco. Tuvieron la


sagacidad de percibir las ventajas de su posición, y por medio de diques y calza-
das lograron rodear su puebloe con un estanque artificial de gran extensión, llena-
do por las aguas mencionadas; como el nivel del lago de Texcoco era superior al
actual, obtuvieron así la posición más segura entre todas las tribus del valle. La
ingeniería mecánica a través de la cual alcanzaron ese resultado fue una de las
mayores realizaciones de los aztecas, sin la cual probablemente no se habrían
elevado por encima del nivel de las tribus circundantes. Lo siguiente fue un
periodo de independencia y prosperidad y, con el tiempo, una influencia domi-
nante sobre las otras tribus del valle.
Tal fue la manera y tan reciente la fecha de la fundación del pueblo,f de acuer-
do con tradiciones aztecas que podemos aceptar como sustancialmente dignas
de confianza.
En la época de la conquista española residían en el valle cinco de las siete
tribus, a saber, los aztecas, texcocanos, tlacopanos, xochimilcas y chalcas, en un
área de dimensiones bastante reducidas, aproximadamente igual al estado de
Rhode Island. Era una cuenca montañosa sin salida, de forma oval, con su mayor
dimensión de norte a sur, de 120 millas de circunferencia y de alrededor de 1600
millas cuadradas, sin contar la superficie cubierta de agua. El valle, como se ha
descrito, está rodeado por una serie de colinas, cadenas que se elevan una sobre
otra con depresiones intermedias y que rodean el valle de una barrera natural.
Las tribus mencionadas residían en alrededor de treinta pueblos,g de los cuales
México era el mayor. No hay indicios de que ninguna porción considerable de
esas tribus hubiera colonizado más allá del valle y las laderas adyacentes, pero
por el contrario hay abundantes indicaciones de que el resto del México actual
estaba entonces ocupado por numerosas tribus que hablaban lenguas distintas
del nahuatl, y de que la mayoría de ellas eran independientes. Los tlaxcaltecas,
los cholultecas –supuestamente una subdivisión del grupo anterior–, los tepeacas,
los huexotzincos, los meztitlecos –supuestamente una subdivisión de los
texcocanos– y los tlatluicas eran las demás tribus nahuas que residían fuera del
valle de México, todas las cuales eran independientes, con excepción de los últi-
mos y los tepeacas. El resto de México estaba ocupado por gran número de otras
tribus, que constituían alrededor de 17 grupos territoriales, más o menos, y ha-
blaban lenguas derivadas de otros tantos troncos. En su estado actual de desinte-
gración e independencia presentan una repetición casi exacta de las tribus de
Estados Unidos y la América inglesa en la época de su descubrimiento, más de
un siglo después.
Antes del año 1426 d.C., cuando se formó la confederación azteca, muy pocos
acontecimientos de importancia histórica habían ocurrido entre las tribus del

e
En español en el original.
f
En español en el original.
g
En español en el original.
LA CONFEDERACIÓN AZTECA 41

valle. Desunidas y beligerantes, no tenían ninguna influencia fuera de sus alre-


dedores inmediatos. Aproximadamente en esa época la posición superior de los
aztecas empezó a manifestar sus resultados en una preponderancia de números y
fuerza. Al mando de su jefe de guerra, Itzcoatl, derrocaron la anterior suprema-
cía de texcocanos y tlacopanos, y como consecuencia de las anteriores guerras
entre ellos se estableció una liga o confederación. Era una alianza entre las tres
tribus, ofensiva y defensiva, con estipulaciones para la división entre ellas en
determinada proporción de los despojos de guerra y posteriores tributos de las
tribus sojuzgadas.8 Esos tributos, consistentes en tejidos y productos hortícolas
de las aldeas conquistadas, aparentemente fueron impuestos en forma sistemáti-
ca y cobrados con rigor.
El plan de organización de esa confederación se ha perdido. Debido a la au-
sencia de detalles, ahora es difícil determinar si se trataba simplemente de una
liga que podía ser continuada o disuelta a placer, o de una organización consoli-
dada como la de los iroqueses, en la que las partes estaban ajustadas entre sí en
relaciones permanentes y definidas. Cada tribu era independiente en todo lo
relativo a su autogobierno, pero las tres constituían un solo pueblo hacia el exte-
rior en todo lo relacionado con la defensa o la agresión. Cada tribu tenía su
propio consejo de jefes y su propio jefe de guerra principal, pero el jefe de gue-
rra de los aztecas era el comandante en jefe de las bandas confederadas. Esto se
deduce del hecho de que los texcocanos y los tlacopanos tenían voz tanto en la
elección como en la confirmación del jefe de guerra azteca. La adquisición del
comando general por los aztecas parece indicar que su influencia fue predomi-
nante en la determinación de los términos en que las tribus se confederaron.
Nezahualcoyotl había sido depuesto, o por lo menos privado de su cargo como
principal jefe de guerra de los texcocanos, al que fue devuelto entonces por
voluntad de los aztecas (1426). Podemos tomar este hecho como fecha de forma-
ción de la confederación o liga, lo que quiera que fuese.
Antes de examinar el limitado número de hechos que tienden a ilustrar el
carácter de esa organización es necesario hacer una breve referencia a lo que esa
confederación logró en cuanto a adquirir dominio territorial, durante el breve
periodo de su existencia.
De 1426 a 1520, en un periodo de 94 años, la confederación sostuvo frecuen-
tes guerras con tribus vecinas, y en particular con los débiles indios de los pue-
blos del sur del valle de México hacia el Pacífico, y de allí hacia el este en direc-
ción a Guatemala. Empezaron por los más cercanos, a quienes derrotaron
mediante números superiores y acciones concentradas e impusieron tributo. Los
pueblos de esa área eran numerosos pero pequeños; en muchos casos consistían
en una sola estructura grande de adobe o de piedra, y en algunos casos en varias

8
Clavijero, t. I, p. 229 [lib. IV, cap. 3, pp. 268-270]; Herrera, t. III, p. 312 [déc. III, lib. IIII, cap. XIV,
p. 133]; William H. Prescott, The conquest of Mexico, 3 vols., Nueva York, 1843, t. I, p. 18 [Historia de la
conquista de México, Argentina, Imán, 1994, t. I, lib. I, cap. 2, p. 28].
42 LEWIS H. MORGAN

estructuras similares agrupadas. Esas residencias multifamiliares presentaron a


la conquista azteca obstáculos serios, pero no insuperables. Los ataques se repi-
tieron de tanto en tanto con el objetivo declarado de saquear, imponer tributo y
capturar prisioneros para sacrificar,9 hasta que las principales tribus del área
mencionada, con algunas excepciones, quedaron sojuzgadas y reducidas a la si-
tuación de tributarias, incluyendo las aldeas dispersas de los totonacas cerca de
la actual Veracruz.
No se hizo ningún intento de incorporar a esas tribus a la confederación azte-
ca, cosa que la barrera lingüística hacía imposible en los términos de sus institu-
ciones. Quedaron bajo el gobierno de sus propios jefes y practicando sus propios
usos y costumbres. En algunos casos pasó a residir entre ellos un recaudador de
tributos. Los escasos resultados de esas conquistas revelan el verdadero carácter
de sus instituciones. Una dominación del fuerte sobre el débil sin más objeto que
imponer un tributo indeseable no tendía ni siquiera a la formación de una na-
ción. Si estaban organizados en gentes, era imposible que un individuo llegara a
formar parte del gobierno salvo a través de una gens, y no había manera de ser
admitido en una gens más que a través de su incorporación entre las gentes azte-
cas, texcocanas o tlacopanas.
El plan atribuido a Rómulo de trasladar a Roma a las gentes de las tribus
latinas conquistadas pudo haber sido utilizado por la confederación azteca con
respecto a las tribus vencidas, pero no estaban suficientemente avanzados para
llegar a esa concepción, aun cuando pudieran haber obviado la barrera de la
lengua. Por la misma razón, aun cuando hubieran enviado colonizadores a vivir
entre esas tribus, éstos no podrían haber asimilado de ellas lo suficiente para
prepararlas para su incorporación al sistema social azteca. Tal como fueron las
cosas, la confederación no ganó en fuerza por el terror que engendró ni por
mantener bajo tributo a esas tribus, llenas de animadversión y siempre dispues-
tas a rebelarse. Sin embargo, parecería que en algunos casos utilizaron las bandas
militares de las tribus subyugadas y compartieron con ellas los despojos. Todo lo
que habrían podido hacer los aztecas después de formar la confederación era

9
Los aztecas, igual que los indios del norte, no intercambiaban ni liberaban prisioneros. Entre
los últimos, el destino del cautivo era la muerte, a menos que lo salvara una adopción; sin embargo,
entre los primeros, según las enseñanzas de sus sacerdotes, el infeliz cautivo era ofrecido en sacrifi-
cio al principal de los dioses que veneraban. Utilizar la vida de los prisioneros en servicio de los
dioses, como en los usos inmemoriales de salvajes y bárbaros, era la concepción elevada de la prime-
ra jerarquía en el orden de las instituciones. Un clero organizado apareció por primera vez entre los
aborígenes americanos en la etapa media de la barbarie, y está relacionado con la invención de
ídolos y sacrificios humanos, como medio de adquirir autoridad sobre la humanidad a través de los
sentimientos religiosos. Probablemente en todas las principales tribus de la humanidad la historia
es la misma. En los tres subperiodos de la barbarie aparecen sucesivamente tres usos diferentes con
respecto a los prisioneros. En el primero era quemado, en el segundo era sacrificado a los dioses y en
el tercero se convertía en esclavo. Se basaban unánimemente en el principio de que la vida del
prisionero pertenecía a su captor. Ese principio llegó a arraigar en la mente humana tan profunda-
mente que para desplazarlo hizo falta la combinación de la civilización y el cristianismo.
LA CONFEDERACIÓN AZTECA 43

extenderla hacia las demás tribus nahuatlacas, y no lo lograron. Los xochimilcas


y los chalcas no eran miembros de la confederación y disfrutaban de una inde-
pendencia nominal, aunque debían pagar tributo.
Esto es prácticamente todo lo que se puede descubrir hoy sobre la base mate-
rial del llamado reino o imperio de los aztecas. La confederación enfrentaba a
tribus hostiles e independientes al oeste, el noreste, el este y el sureste: los
michoacanos al oeste, los otomíes al noroeste (algunas bandas dispersas de otomíes
cercanas al valle habían sido sometidas al pago de tributo), los chichimecas, tri-
bus salvajes, al norte de los otomíes, los meztitlanos al noreste, los tlaxcaltecas al
este, los cholultecas y huexotzincas al sureste y más allá las tribus de los tabasco,
las tribus de Chiapas y los zapotecas. En todas esas direcciones el dominio de la
confederación azteca no se extendía ni cien millas más allá del valle de México,
cuya área circundante era sin duda en parte una zona neutral que separaba a la
confederación de sus enemigos perpetuos. A partir de tan limitados materiales
se fabricó el reino de México de las crónicas españolas, que después fue magni-
ficado convirtiéndose en el imperio azteca de la historia actual.
Parece necesario decir algunas palabras sobre la población del valle y el puebloh
de México. No hay modo de averiguar el número de integrantes de las cinco
tribus nahuatlacas que habitaban el valle; cualquier estimación debe ser conjetu-
ral. Como conjetura entonces, basada en lo que sabemos sobre su horticultura,
sus medios de subsistencia, sus instituciones, su área limitada, y sin olvidar el
tributo que recibían, calcular en conjunto 250 mil personas sería probablemente
excesivo. Daría alrededor de 160 personas por milla cuadrada, igual al doble de la
actual población promedio del estado de Nueva York, y aproximadamente igual a
la población promedio del estado de Rhode Island.
Es difícil percibir una razón suficiente para explicar un número tan grande de
habitantes en todas las aldeas del valle, que según se dice eran entre 30 y 40.
Quienes afirman que el número era mayor deberán mostrar cómo un pueblo
bárbaro, sin rebaños ni ganados y sin agricultura de campo, podría haber soste-
nido en áreas iguales un número de habitantes mayor que el que un pueblo
civilizado puede sustentar hoy disponiendo de esas ventajas. No es posible mos-
trarlo por la sencilla razón de que es imposible que así fuera. De esa población
quizá podrían atribuirse al puebloi de México 30 mil personas.10

h
En español en el original.
i
En español en el original.
10
Hay diferencias sobre las estimaciones de la población de México que se encuentran en las
crónicas españolas, pero varias de ellas concuerdan en el número de casas, que por extraño que
parezca se ubica en 60 mil. Zuazo, quien visitó México en 1521, escribe sesenta mil habitantes (Prescott,
ibid., t. II, p. 112, nota [t. I, lib. 4, cap. I, p. 361, nota 13]) el Conquistador Anónimo, que acompañó
a Cortés, también escribe sesenta mil habitantes, “soixante mille habitans” (H. Ternaux-Compans, Voyages,
rélations et mémoires originaux pour servir à l’histoire de la découverte de l’Amérique, París, 1838, vol. X:
Recueil de pièces relatives à la conquête du Mexique, p. 92 [“Relación de algunas cosas de la Nueva
España, y de la gran ciudad de Temestitán México”, en Joaquín García Icazbalceta, Colección de
documentos para la historia de México, México, Porrúa, 1980, t. I, p. 391]); pero [Francisco López de]
44 LEWIS H. MORGAN

No será necesario examinar la posición y relaciones de las tribus del valle más
allá de lo ya sugerido. La monarquía azteca debe ser eliminada de la historia
aborigen de América, no sólo por falsa sino por ser una representación errónea
de los indios, que no habían desarrollado ni inventado instituciones monárqui-
cas. El gobierno que tenían era una confederación de tribus y nada más; y proba-
blemente no era igual al de los iroqueses en su plan y simetría. Al ocuparnos de
esa organización, los títulos “jefe de guerra”, sachem y “jefe” serán suficientes
para distinguir a sus personajes oficiales.
El puebloj de México era el más grande de América. Se hallaba románticamen-
te situada en medio de un lago artificial, sus grandes casas multifamiliares esta-
ban recubiertas de yeso que hacía que fueran de un blanco brillante, y se llegaba
a ella por calzadas; de lejos presentó a los españoles una visión notable y fasci-
nante. Era la revelación de una sociedad antigua que se encontraba dos periodos
étnicos detrás de la sociedad europea, y eminentemente calculada, por su orde-
nado plan de vida, para despertar curiosidad e inspirar entusiasmo. Cierta ex-
travagancia en las opiniones era inevitable.
Se han mencionado algunos detalles que tienden a mostrar el grado de pro-
greso de los aztecas, a los que ahora pueden agregarse otros. Encontraron jardi-
nes ornamentales, almacenes de armas y trajes militares, vestimenta elaborada,
telas de algodón de manufactura de elevada calidad, herramientas y utensilios
complejos y una gran variedad de alimentos; tenían una escritura pictográfica,
que usaban principalmente para indicar el tributo en especie que debía pagar
cada una de las aldeas dominadas; un calendario para medir el tiempo y un
mercado abierto para el intercambio de mercancías. Se habían creado cargos
administrativos para responder a las demandas de una vida municipal creciente;
se había establecido un clero o conjunto de sacerdotes, con culto en templos y un
ritual que incluía sacrificios humanos. El cargo de principal jefe de guerra tam-
bién había aumentado en importancia. Estas y otras circunstancias de su condi-
ción que no es necesario detallar implican un desarrollo correspondiente de sus
instituciones. Tales son algunas de las diferencias entre la etapa inferior de la

Gómara y Pedro Mártir escriben sesenta mil casas, y ese cálculo fue adoptado por Clavijero (ibid., t. II,
p. 360 [lib. IX, cap. 3, p. 110), por Herrera (ibid., t. II, p. 360 [déc. II, lib. VII, cap. XIII, p. 190) y por
William H. Prescott (ibid., t. II, p. 112 [t. I, lib. 4, cap. I, p. 361]). [Don Antonio de] Solís dice sesenta
mil familias (Historia de la conquista de México, México, trad. ing. Thomas Townsend, 2 vols., Londres,
1738, t. I, p. 393 [Miguel Á. Porrúa, 1987, lib. 3, cap. XIII, p. 260]). Este cálculo daría una población
de 300 mil habitantes, aunque en esa época Londres tenía sólo 145 mil (Adam y Charles Black, Gui-
de to London..., Edimburgo, c. 1870, p. 5). Finalmente Torquemada, citado por Clavijero (ibid., t. II, p.
360, nota [lib. IX, cap. 3, nota 3, p. 110]), osadamente escribe 120 mil casas. No puede caber mayor
duda de que las casas de ese pueblo eran en general grandes casas comunales, como las de Nuevo
México en el mismo periodo, suficientes para que en ellas residieran de 10 a 50 y 100 familias en
cada una. Cualquiera que sea la cifra adoptada, el error es enorme. Zuazo y el Conquistador Anóni-
mo están más cerca de una estimación razonable, porque no hicieron más que duplicar la cifra
probable.
j
En español en el original.
LA CONFEDERACIÓN AZTECA 45

barbarie y la etapa media, tal como las ilustran las situaciones respectivas de los
iroqueses y los aztecas, que sin duda poseían las mismas instituciones originales.
Hechas estas sugerencias preliminares, quedan por considerar las tres cuestio-
nes más importantes y más difíciles con respecto al sistema social de los aztecas.
Se refieren, en primer lugar, a la existencia de gentes y fratrías, en segundo a la
existencia y funciones del consejo de jefes y en tercero a la existencia y funciones
del cargo de comandante militar general, que ocupaba Moctezuma.

1. LA EXISTENCIA DE GENTES Y FRATRÍAS

Puede parecer extraño que los primeros autores españoles no hayan descubierto
las gentes aztecas, si es que efectivamente existían; pero lo mismo estuvo a punto
de ocurrir con los iroqueses, observados por nuestro propio pueblo durante más
de 200 años. Desde el principio se observó la existencia entre ellos de clanes, con
nombres de animales, pero sin sospechar que era la unidad de un sistema social
en el cual se basaban tanto la tribu como la confederación.11 El hecho de que los
investigadores españoles no hayan notado la existencia de la organización
gentilicia entre las tribus de la América española no es prueba de que no existie-
ra: si efectivamente existía, ello probaría simplemente que en ese aspecto su
trabajo fue superficial.
En los autores españoles hay gran cantidad de evidencia fragmentaria e indi-
recta que apunta tanto a la gens como a la fratría, parte de la cual consideraremos
ahora. Ya se ha hecho referencia al uso frecuente del término “parentesco” por
Herrera, que demuestra que se observó la existencia de grupos de personas liga-
das por afinidades de sangre. Por el tamaño del grupo, esto parece referirse a
una gens. A veces se emplea el término “linaje” para indicar un grupo aún mayor,
lo que implicaría una fratría.
El pueblo de México estaba dividido geográficamente en cuatro cuarteles, cada
uno de los cuales estaba ocupado por un linaje, un conjunto de personas relacio-
nadas entre ellas por consanguineidad más estrechamente que con los habitan-
tes de los otros cuarteles. Presumiblemente, cada linaje era una fratría. Además
cada uno de los cuarteles estaba a su vez subdividido, y cada una de las
subdivisiones locales estaba ocupada por una comunidad de personas vinculadas
por algún lazo común.12 Presumiblemente, esa comunidad de personas era una
gens. Pasando a la tribu de los tlaxcaltecas, emparentada con la anterior, reapare-
cen prácticamente los mismos hechos. Su pueblo estaba dividido en cuatro cuar-
teles, ocupados cada uno por un linaje. Cada uno tenía su propio tecuhtli o jefe de

11
Lewis H. Morgan, The League of the Ho-de-no-sau-nee, or Iroquois, Rochester, Nueva York, 1851,
p. 79.
12
Herrera, t. III, pp. 194, 209 [déc. III, lib. II, cap. IX, p. 61].
46 LEWIS H. MORGAN

guerra principal, su traje militar distintivo y su propio estandarte y blasón.13


Como pueblo estaban bajo el gobierno de un consejo de jefes, que los españoles
honraron llamándolo senado tlaxcalteca.14 Del mismo modo, Cholula estaba di-
vidida en seis cuarteles, que Herrera llama “Barrios”, lo que lleva a la misma
inferencia.15 Si los aztecas en sus subdivisiones sociales habían distribuido entre
ellos las partes del pueblo que debían ocupar respectivamente, esos distritos geo-
gráficos serían resultado de su forma de asentamiento. Si leemos el breve relato
de esos cuarteles en la fundación de México que da Herrera, quien sigue a Acosta,
a la luz de esta explicación, llegaremos muy cerca de la verdad del asunto. Tras
mencionar la construcción “i haciendo de piedras, i cal otra mejor Capilla para
el Idolo”, Herrera continúa:

Y hecho esto, mandó el Idolo á un Sacerdote que les dixese, que se dividiesen los Señores
cada uno con sus parientes, i allegados en quatro Barrios, tomando en medio aquella
casa, que se avia hecho para su descanso, i que cada parcialidad edificase á su voluntad:
i estos son los quatro Barrios de Mexico, que se llaman oi San Juan, Santa Maria la
Redonda, San Pablo, i San Sebastian. Y hecha la division sobredicha, mandóles su Dios,
que repartiesen entre sí, los Dioses que él les nombrase, i que cada Barrio señalase otros
Barrios particulares adonde aquellos Dioses fuesen reverenciados: i asi, cada Barrio de
los grandes tenia debaxo de sí otros muchos pequeños, segun el numero de los Idolos,
que su Dios le mandó adorar [...] Y de esta manera se fundó, i vino en gran crecimiento
Mexico Tenuchtitlan. [...] Hecho el repartimiento sobredicho, los que se hallaron agra-
viados, con sus Parientes, i Amigos, se fueron á buscar otro sitio [adyacente: Tlatelolco].16

Es razonable interpretar este lenguaje en el sentido de que se dividieron por


su parentesco, primero en cuatro divisiones generales y después éstas en subdi-
visiones menores, que es la fórmula habitual para expresar los resultados. Pero el
proceso real fue exactamente al revés, es decir, cada grupo de parentesco se esta-
bleció en un área por sí mismo, y los diversos grupos se ubicaron de modo de que
los más estrechamente emparentados quedaran geográficamente conectados entre
sí. Suponiendo que la subdivisión menor era una gens, y que cada cuartel estaba
ocupado por una fratría, constituida por gentes emparentadas, la distribución
primaria de los aztecas en su pueblo resulta perfectamente inteligible. Sin ese
supuesto es imposible darle una explicación satisfactoria. Cuando un pueblo
organizado en gentes, fratrías y tribus se establecía en un pueblo o ciudad, se
ubicaba por gentes y por tribus, como consecuencia necesaria de su organización
social. Así se establecieron en sus ciudades las tribus griegas y romanas. Por ejem-
plo, las tres tribus romanas estaban organizadas en gentes y en curias, siendo la

13
Herrera, t. II, p. 297, 304 [déc. II, lib. VI, cap. XI, p. 154, y cap. XVII, p. 164]; Clavijero, t. I, p. 146
[lib. II, cap. 16, pp. 185-186].
14
Clavijero, t. I, p. 147 [ibid.]. Los cuatro jefes de guerra eran ex officio miembros del consejo, t. II,
p. 137 [lib. VII, cap. 13, p. 208].
15
Herrera, t. II, p. 310 [déc. II, lib. VII, cap. I, p. 170].
16
Ibid., t. III, pp. 194-195 [déc. III, lib. II, cap. XI, pp. 61-62, y cap. XII, p. 62].
LA CONFEDERACIÓN AZTECA 47

curia análoga a la fratría; y en Roma se establecieron por gentes, por curias y por
tribus. Los ramnes ocuparon el Monte Palatino, los tities estaban sobre todo en el
Quirinal y los luceres en su mayoría en el Esquilino. Si los aztecas se organizaban en
gentes y fratrías, siendo una sola tribu, necesariamente se les encontraría en tan-
tos barrios como fratrías tenían, con cada gens de la misma fratría ubicada en
general por sí misma. Como marido y mujer eran de diferentes gentes, y los hijos
pertenecían a la gens del padre o de la madre, según que la descendencia fuera
por la línea masculina o femenina, en cada localidad el número preponderante
sería de la misma gens.
Su organización militar se basaba en esas divisiones sociales. Así como Néstor
aconsejó a Agamenón organizar las tropas por fratrías y por tribus, los aztecas
parecen haberse organizado por gentes y por fratrías. En la Crónica mexicana del
autor indígena Tezozomoc (por la referencia al pasaje siguiente estoy en deuda
con mi amigo A.F. Bandelier de Highland, Illinois, quien trabaja actualmente en
su traducción) se hace referencia a una propuesta invasión a Michoacán:

Axayaca habló á los capitanes mexicanos Tlacateccatl, Tlacochcacatl y á todos los demás,
y preguntó que si estaban ya apercibidos todos los mexicanos segun uso y costumbre de
cada barrio, cada uno con su capitan: que comenzasen á caminar, que allí en Matlatzinco,
Toluca, se habian de juntar todos.17

Esto indica que la organización militar era por gentes y por fratrías.
La existencia de gentes entre los aztecas se infiere también de su forma de
tenencia de la tierra. Clavijero señala que

Las tierras que llamaban altepetlalli [altepetl = pueblo] o tierras de los pueblos, eran las que
poseía el común de cada ciudad o lugar, las cuales estaban divididas en tantas partes
cuantos eran los barrios de la población y cada barrio poseía su parte con entera exclu-
sión e independencia de los demás. Estas tierras no podían en manera alguna enajenarse. 18

En cada una de esas “tierras de los pueblos” debemos reconocer una gens,
cuya localización era una consecuencia necesaria de su sistema social. Clavijero
toma los distritos por la comunidad, mientras que era esta última la que consti-
tuía el distrito y poseía en común las tierras. El elemento de parentesco que unía
a las comunidades y que Clavijero omite lo menciona Herrera:

Havia otros Señores, que llamaban Parientes maiores [sachem], i a todas las Heredades
eran de un Linage [gens], que vivia en un Barrio: y havia muchos de estos, que fueron
Repartimientos de quando vinieron a poblar la Tierra de Nueva España, i se dio su parte
á cada Linage, i hasta oi las han poseído, i no son particulares de cada uno, sino en

17
Fernando de Alvarado Tezozomoc, Crónica mexicana, trad. ing. Lord Edward King Kingsborough
en Antiquities of Mexico, 9 vols., Londres, 1830, t. V, p. 83 y t. IX [México, Porrúa, 1980, cap. LI, p. 419].
18
Clavijero, t. II, p. 141 [lib. VII, cap. 14, pp. 211-212].
48 LEWIS H. MORGAN

comun: i el que las poseía, no las podia enagenar, aunque las goçaba por su vida, i dexaba
a sus Hijos, i Herederos: i si alguna Casa se acababa, quedaba el Pariente mas cercano,
que las daba al que las havia menester del mesmo Barrio, o Linage, i no se daban á otro,
i se podian dar á Renta á los de otro Linage.19

En esta notable descripción nuestro autor tiene dificultad para armonizar los
hechos con la teoría prevaleciente sobre las instituciones aztecas. Nos presenta a
un señor azteca que tenía la tierra en feudo y un título de rango ligado a ella
como un señor feudal, y que transmitía ambas cosas a su hijo y heredero. Pero en
obediencia a la verdad registra el hecho esencial de que las tierras eran propie-
dad de un cuerpo de consanguíneos cuyo supuesto pariente mayor es ese señor,
lo que quiere decir que podemos suponer que era el sachem de la gens, la cual
tenía en común la propiedad de esas tierras. La sugerencia de que tenía las tie-
rras en fideicomiso no significa nada. Según Herrera encontraron jefes indios
vinculados con gentes; cada gens poseía en común una extensión de tierra y cuan-
do el jefe moría era sucedido en su cargo por su hijo. Hasta ahí, puede haber
cierta analogía con un feudo y título español, y el error puede haber resultado
del desconocimiento de la naturaleza y las atribuciones del cargo de jefe. Encon-
traron que en algunos casos el hijo no sucedía al padre, sino que el cargo pasaba
a otra persona, de ahí que diga: “y si alguna Casa se acababa”, es decir, otra
unidad feudal, “quedaba el Pariente mas cercano”, lo que quiere decir que ele-
gían sachem a otra persona, hasta donde el lenguaje nos permite concluir. Lo
poco que los autores españoles nos han dejado sobre los jefes y la tenencia de la
tierra en las tribus de los indios está corrompido por el uso de un lenguaje adap-
tado a instituciones feudales que no existían entre ellos. En este “linaje” pode-
mos reconocer una gens azteca, y en ese “señor” a un sachem azteca, cuyo cargo
era hereditario en la gens en el sentido ya expuesto en otra parte, y electivo entre
sus miembros. Si la descendencia se contaba por la línea masculina, la elección
recaía en uno de los hijos del sachem muerto, propio o colateral, o en un nieto por
uno de sus hijos, o en un hermano, propio o colateral. En cambio, si iba por la
línea femenina el sucesor sería un hermano o un sobrino, propio o colateral,
como ya se ha explicado en otro sitio. El sachem no tenía ningún derecho sobre
las tierras, y por lo tanto no tenía tierras que transmitir a nadie. Se pensó que era
el propietario porque ocupaba un cargo perpetuo y porque la gens de la que era
sachem siempre tenía tierras en propiedad. La concepción equivocada de este
cargo y de sus atribuciones ha sido fecundo origen de innumerables errores en
nuestras historias aborígenes. El “linaje” de Herrera y las “comunidades” de
Clavijero eran evidentemente organizaciones, y la misma organización. En esa
organización de parentesco, sin saberlo, encontraron la unidad del sistema so-
cial, y debemos suponer que era una gens.
Los autores españoles se refieren a los jefes indios como “señores” y les atribu-

19
Herrera, t. III, p. 314 [déc. III, lib. III, cap. XV, p. 135].
LA CONFEDERACIÓN AZTECA 49

yen derechos sobre tierras y personas que nunca tuvieron. Imaginar a un jefe
indio como un señor en el sentido europeo es un error porque implica una situa-
ción de la sociedad que no existía. Un señor tiene un cargo y un título que le
pertenecen por derecho hereditario y que le corresponden por una legislación
especial que deroga los derechos de la población en su conjunto. Desde la caída
del feudalismo ese cargo y título no conlleva ninguna atribución que pueda ser
legalmente reclamada por el rey o el reino. En cambio un jefe indio ocupa su
cargo no por herencia sino por haber sido elegido por un electorado que conser-
va el derecho de deponerlo si hay motivo para ello. El cargo llevaba consigo la
obligación de desempeñar determinadas tareas en beneficio de sus subordina-
dos. No tenía autoridad sobre las tierras y propiedades ni sobre las personas de
los miembros de la gens. Por lo que se ve, no hay analogía entre un señor y su
título y un jefe indio y su cargo. Uno pertenece a la sociedad política y representa
una agresión de los pocos contra los muchos, el otro pertenece a la sociedad
gentilicia y se basa en los intereses comunes de los miembros de la gens. Los
privilegios desiguales no tienen lugar en la gens, la fratría o la tribu.
Aparecerán nuevas indicaciones de la existencia de las gentes aztecas, pero por
lo menos ya se ha presentado una fundamentación prima facie de esa existencia.
También había en ese sentido una probabilidad previa, por la presencia de los
dos miembros superiores de la serie orgánica, la tribu y la confederación, y por el
predominio general de esa organización entre otras tribus. Con muy poca inves-
tigación los primeros autores españoles podrían haber zanjado la cuestión sin
dejar duda, y en consecuencia habrían dado una forma muy distinta a la historia
azteca.
Los usos que regulaban la herencia de propiedades entre los aztecas han lle-
gado hasta nosotros en situación confusa y contradictoria. No son importantes
para este estudio, salvo en la medida en que revelan la existencia de cuerpos de
consanguíneos y que los hijos heredaban de sus padres. Si esto último es efectiva-
mente así, significaría que la descendencia se contaba por la línea masculina, y
también un adelanto extraordinario del conocimiento de la propiedad. No es
probable que los hijos disfrutaran de herencia exclusiva, ni que ningún azteca
fuese propietario de un palmo de tierra que pudiera llamar suya, con poder de
venderla y transmitirla a quien le viniera en gana.

2. EXISTENCIA Y FUNCIONES DEL CONSEJO DE JEFES

La existencia de este consejo entre los aztecas podría haberse deducido de ante-
mano de la necesaria constitución de la sociedad india. Teóricamente habría
estado formado por esa clase de jefes, distinguidos como sachem, que representa-
ban a cuerpos de parientes a través de un cargo mantenido en perpetuidad.
También aquí, como en otras partes, se ve la necesidad de las gentes, cuyos jefes
50 LEWIS H. MORGAN

principales representarían a la población en sus últimas divisiones sociales, igual


que entre las tribus del norte. Las gentes aztecas son necesarias para explicar la
existencia de los jefes aztecas. De la presencia de un consejo no hay duda alguna,
aunque nuestra ignorancia acerca del número de sus miembros y sus funciones
es casi total. Brasseur de Bourbourg observa en general que “casi todos los pue-
blos o tribus están divididos en cuatro clanes o barrios cuyos jefes constituyen el
gran consejo”.20 No está claro si debe entenderse que hay un solo jefe por cada
clan o barrio, pero en otra parte limita el consejo azteca a cuatro miembros.
Diego Durán, que escribió su obra en 1579-1581, y por lo tanto antes que Acosta
y Tezozomoc, observa lo siguiente:

Primeramente es de saber que, después de electo el rey en México, elegían cuatro señores
de los hermanos del rey, o parientes más cercanos, a los cuales daban dictados de prínci-
pes. Y de aquellos cuatro habían de elegir rey y no de otros. [Los nombres de esos dicta-
dos eran: “Tlacochcalcatl”, “Tlacatecatl”, “Ezuauacatl” y finalmente “Tlillancalqui”.] A
estos cuatro señores y dictados, después de electos príncipes les hacían del consejo real,
como presidentes y oidores del consejo supremo, sin parecer de los cuales ninguna cosa
se había de hacer.21

Acosta, después de mencionar los mismos cargos y llamar “electores” a las


personas que los ocupaban, observa: “Todos estos cuatro dictados eran del con-
sejo supremo, sin cuyo parecer el rey no hacía ni podía hacer cosa de importan-
cia.”22 Y Herrera, después de disponer esos cargos en cuatro grados, continúa:
“Estas quatro Dictados, eran del Consejo Supremo, sin cuio parecer no podia
hacer el Rei cosa de importancia: i ningun Rei podia ser elegido, sino de estas
quatro Ordenes.”23 El empleo del término rey para indicar a un jefe de guerra
principal y de príncipes para designar a jefes indios no basta para crear un esta-
do o sociedad política donde no existía, pero como nombres errados tuercen y
desfiguran nuestra historia aborigen y por esa razón deben ser abandonados.
Cuando los huexotzincos enviaron delegados a México proponiendo una alianza
contra los tlaxcaltecas, Moctezuma se dirigió a ellos, según Tezozomoc, como
sigue: “hijos y hermanos, seais muy bien venidos; descansad, que aunque es ver-
dad soy rey y señor, yo solo no puedo valeros, si no son todos los principales
mexicanos del sacro senado mexicano”.24 Todas las narraciones citadas recono-
cen la existencia de un supremo consejo, con autoridad sobre la acción del prin-
cipal jefe de guerra, que es el punto que interesa. Esto tiende a mostrar que los

20
[Charles Étienne] Brasseur de Bourbourg, Popol Vuh, introd., p. 117, nota 2. [Bandelier anali-
zaba críticamente la obra de Brasseur de Bourbourg en sus cartas a Morgan. N. del ed. inglés.]
21
Diego Durán, History of the Indies of New Spain and Islands of the Main Land, ed. José F. Ramírez,
México, 1867, p. 102. Publicada del manuscrito original [Historia de las Indias de Nueva España e Islas
de la Tierra Firme, México, Porrúa, 1984, t. II, cap. XI, p. 103, § 29-33].
22
Acosta, p. 485 [lib. VI, cap. 25, p. 313].
23
Herrera, t. III, p. 224 [déc. III, lib. II, cap. XIX, p. 76].
24
Tezozomoc, XCVII [cap. XCVII, p. 638].
LA CONFEDERACIÓN AZTECA 51

aztecas se protegían contra un déspota irresponsable al subordinar sus acciones a


un consejo de jefes y al hacerlo electivo y removible. Si las afirmaciones incom-
pletas y limitadas de estos autores se proponían limitar ese consejo a cuatro miem-
bros, como parece indicar Durán, esa limitación es improbable. Tal consejo no
representaría a la tribu azteca sino al pequeño cuerpo de parientes de entre los
cuales debía ser elegido el comandante militar. No es ésa la teoría de un consejo
de jefes: cada jefe representa a un grupo, y todos los jefes juntos representan a la
tribu. A veces se hace una selección de entre ellos para formar un consejo gene-
ral, pero es a través de una provisión orgánica que fija el número y provee para
su mantenimiento perpetuo. Se dice que el consejo texcocano tenía 14 miem-
bros,25 mientras que el de Tlaxcala era un órgano numeroso. La estructura y los
principios de la sociedad de los indios requieren la existencia de ese consejo
entre los aztecas, y por lo tanto cabe esperar que existiera. En ese consejo puede
reconocerse el elemento perdido de la historia azteca. Un conocimiento de sus
funciones es esencial para la comprensión de la sociedad azteca.
En las historias actuales ese consejo aparece como una junta asesora de
Moctezuma, como un consejo de ministros nombrados por él mismo; así, Clavi-
jero dice:

En la historia de la Conquista veremos a Moctezuma deliberar frecuentemente con sus


consejeros sobre las pretensiones de los españoles. No sabemos el número de los miem-
bros de cada consejo, ni los historiadores nos suministran todas las luces que necesitamos
para exponer con individualidad lo que toca a esta materia.26

Es una de las primeras cuestiones que requieren investigación, y el hecho de


que los primeros autores no hayan averiguado su composición y funciones es
prueba concluyente del carácter superficial de su trabajo. Sabemos, sin embargo,
que el consejo de jefes es una institución que aparece con las gentes a las que
representa por medio de su elección, y que desde tiempos inmemoriales tiene
tanto una vocación como poderes originales de gobierno. Encontramos un con-
sejo en Texcoco y en Tlacopan, en Tlaxcala, en Cholula y en Michoacán, todos
formados por jefes. Las evidencias establecen la existencia de un consejo de jefes
azteca, pero en cuanto está limitado a cuatro miembros, todos del mismo linaje,
se nos presenta en una forma improbable. Todas las tribus de México y Centro-
américa, más allá de cualquier duda razonable, tenían su consejo de jefes. Era el
órgano gobernante de la tribu y un fenómeno constante en todas partes de la

25
Fernando de Alva Ixtlilxochitl, History of the Chichimecas, trad. ing. Lord Edward King Kings-
borough en Antiquities of Mexico, t. IX, p. 243 [Historia de la nación chichimeca, en Obras históricas,
México, Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM, 1977, t. II, cap. XXXIV, p. 88]. [Fue Bandelier
quien hizo conocer a Morgan la Histoire des Chichimèques ou Rois de Tezcuco de Fernando de Alva
Ixtlilxochitl (c. 1568-1648), un “mestizo de Tezcuco”. Era un intérprete oficial, y por orden del
virrey escribió varias obras sobre los antiguos mexicanos. Véase White, Pioneers in American Anthropology,
t. I, p. 132. N. del ed. inglés.]
26
Clavijero, op. cit., t. II, p. 132 [lib. VII, cap. 10, pp. 202-203].
52 LEWIS H. MORGAN

América aborigen. El consejo de los jefes es la más antigua institución de gobier-


no de la humanidad. Puede mostrar una sucesión ininterrumpida en los distin-
tos continentes desde la etapa superior del salvajismo pasando por las tres eta-
pas de la barbarie hasta el comienzo de la civilización, cuando, transformado en
consejo de consideración previa por el ascenso de la asamblea del pueblo, dio
origen a la moderna legislatura en dos órganos.
No parece que haya habido un consejo general de la confederación azteca,
formado por los principales jefes de las tres tribus y distinto de los consejos
separados de cada una. Es preciso aclarar por completo este tema antes de que
podamos saber si la organización azteca era simplemente una liga, ofensiva y
defensiva, y como tal bajo el dominio primario de la tribu azteca, o una confede-
ración en la que las partes estaban integradas en un todo simétrico. Este proble-
ma debe esperar su futura solución.

3. EL MANDATO Y LAS FUNCIONES DEL CARGO DE PRINCIPAL JEFE DE GUERRA

El nombre del cargo que ocupaba Moctezuma, según la mejor información dis-
ponible, era simplemente el de tecuhtli, que significa “jefe de guerra”. Como
miembro del consejo de los jefes a veces se le llamaba tlatoani, que significa “el
que habla”. Ese cargo de comandante militar general era el más alto que cono-
cían los aztecas. Era el mismo cargo y era desempeñado con el mismo mandato
que el de principal jefe de guerra en la confederación iroquesa. Quien lo ocupa-
ba era ex officio, miembro del consejo de jefes, como puede deducirse del hecho
de que en algunas tribus el principal jefe de guerra tenía precedencia en el con-
sejo tanto en el debate como en pronunciar su opinión.27 Ninguno de los autores
españoles aplica este título a Moctezuma ni a sus sucesores, sustituyéndolo por el
inadecuado título de rey. Ixtlilxochitl, descendiente de texcocanos y de españo-
les, describe los principales jefes de guerra de México, Texcoco y Tlacopan con
el simple título de jefe de guerra, más otro para indicar la tribu. Después de
hablar de la división de poderes entre los tres jefes cuando se formó la confede-
ración, y de la reunión de los jefes de las tres tribus en esa ocasión, continúa:

Al de Tezcuco llamándole Acolhua Tecuhtli, y dándole juntamente el título y dignidad de


sus antepasados, que es llamarse Chichimécatl Tecuhtli que era el título y soberano seño-
río que los emperadores chichimecas tenían. A su tío Itzcoatzin se le dio el título de
Colhua Tecuhtli, por la nación de los culhuas tultecas. A Totoquihuatzin se le dio el título

27
“El dictado de teuctli se añadía al nombre propio de la persona, como Chichimecateuctli, Pilteuctli
y otros. Precedían los teuctlis en el senado a todos los demás, así en el asiento como en el sufragio y
podían llevar por detrás un criado cargado con el icpalli o taburete, que era un privilegio de mucho
honor” (Clavijero, t., II, p. 137 [lib. VII, cap. 13, p. 208]). Aquí tenemos una reaparición del sub-
sachem de los iroqueses detrás de su principal.
LA CONFEDERACIÓN AZTECA 53

de Tepanécatl Tecuhtli, que es el título que tuvieron los reyes de Azcaputzalco. Y desde
este tiempo los que fueron sucediendo, tuvieron estos títulos y renombres.28

El Itzcoatzin (Itzcoatl) que menciona era jefe de guerra de los aztecas cuando
se formó la confederación. Como el título era el de jefe de guerra y en esa época
lo tenían muchas otras personas, la distinción consistía en vincularlo con una
designación tribal. En habla indígena el cargo ocupado por Moctezuma era equi-
valente al de principal jefe de guerra, y en una lengua moderna, como el inglés,
al de general.
Clavijero reconoce ese cargo en varias tribus nahuatlacas, pero no lo aplica
nunca al jefe de guerra azteca.

El grado más prominente de la nobleza en Tlaxcala, Huexotzinco y Cholula, era el de


teuctli. Para obtenerlo era necesario ser noble de nacimiento, haber dado suficientes pruebas
de valor en algunas campañas, cierta edad y muchas facultades para soportar los gastos
exorbitantes que se hacían en la posesión de esa dignidad.29

Una vez magnificado Moctezuma, convertido en potentado absoluto con fun-


ciones tanto civiles como militares, la naturaleza y los poderes del cargo que
ocupaba pasaron a segundo plano y de hecho quedaron sin investigar. Como
comandante militar general poseía los medios de ganarse el favor y el respeto
del pueblo. Era un cargo peligroso pero necesario para la tribu y para la confede-
ración. A lo largo de toda la experiencia humana, desde la etapa inferior de la
barbarie hasta el presente, siempre ha sido un cargo peligroso. La actual seguri-
dad de las naciones civilizadas, en la medida en que tienen alguna, proviene de
las constituciones y las leyes. Lo más probable es que entre las tribus indias más
avanzadas, lo mismo que entre las tribus del Valle de México, se haya desarrolla-
do un cuerpo de usos y costumbres que regulaba los poderes y prescribía los
deberes de ese cargo. Hay razones generales que apoyan la suposición de que el
consejo de jefes azteca era supremo no sólo en los asuntos civiles sino también en
los militares, incluyendo la persona y dirección del jefe de guerra. Con el au-
mento de su número y el avance material, la organización política azteca induda-
blemente había llegado a ser compleja, y por esa razón habría sido instructivo
tener conocimiento de ella. Si fuera posible averiguar los detalles precisos de su
organización gubernamental, serían suficientemente notables sin necesidad de
ningún embellecimiento adicional.
Los autores españoles concuerdan en general en afirmar que el cargo de
Moctezuma era electivo, con las opciones limitadas a una sola familia. Ocurría
que el cargo pasara de hermano a hermano, o de tío a sobrino. Sin embargo no
explicaron por qué en algunos casos no pasaba de padre a hijo. Como ese modo

28
Ixtlilxochitl, t. IX, p. 219 [cap. XXXII, pp. 82-83].
29
Clavijero, t. II, p. 136 [lib. VII, cap. 13, p. 207].
54 LEWIS H. MORGAN

de sucesión era desconocido para los españoles, hay menos posibilidades de que
se hayan equivocado con respecto al hecho principal. Además, hubo dos sucesio-
nes bajo los ojos de los conquistadores. Moctezuma fue sucedido por Cuitlahuac.
En ese caso el cargo pasó de hermano a hermano, aunque no podemos saber si
eran hermanos propios o colaterales sin conocer su sistema de consanguineidad.
A la muerte de este último, Cuauhtemoc fue elegido para sucederlo. Aquí el
cargo pasó de tío a sobrino, pero no sabemos si era sobrino propio o colateral.
En casos anteriores el cargo había pasado de hermano a hermano y también de
tío a sobrino.30 Un cargo electivo implica un electorado, pero ¿quiénes eran en
este caso los electores? Para responder a esta pregunta, los cuatro jefes que men-
ciona Durán (supra, p. 50) son presentados como “electores”, a los que se suman
un elector de Texcoco y uno de Tlacopan, con lo que llegan a seis, que a conti-
nuación son investidos del poder de elegir, dentro de una familia determinada,
el principal jefe de guerra. Esto no se corresponde con la teoría de un cargo
electivo entre los indios, y podemos dejarla de lado como improbable. Sahagún
indica un cuerpo de electores mucho mayor.

Cuando moría el señor o rey, para elegir otro juntábanse los senadores que llamaban
tecutlatoque, y también los viejos del pueblo que llamaban achcacauhtin; y también los capi-
tanes, soldados viejos de la guerra, que llamaban yaotequiuaque, y otros capitanes que eran
principales en las cosas de la guerra, y también los sátrapas que llamaban tlenamacazque o
papauaque. Todos éstos se juntaban en las casas reales, y allí deliberaban y determinaban
quién había de ser señor, y escogían uno de los más nobles de la línea de los señores
antepasados, que fuese hombre valiente, ejercitado en las cosas de la guerra, osado y
animoso [...], y cuando todos, o los más, concurrían en uno, luego le nombraban por
señor. No se hacía esta elección por escrutinio, o por votos, sino todos juntos, confiriendo
los unos con los otros, venían a concertarse en uno. Elegido el señor luego elegían otros
cuatros que eran como senadores, que habían siempre de estar al lado del señor y enten-
der en todos los negocios graves del reino.31

Este sistema de elección por una asamblea numerosa, si por un lado muestra
el elemento popular en el gobierno que sin duda existía, no concuerda con el
método de las instituciones de los indios. Para que los poderes de este cargo y su
elección se nos vuelvan inteligibles es necesario averiguar si estaban o no organi-
zados en gentes, si contaban la descendencia por la línea masculina o por la feme-
nina y algo sobre su sistema de consanguineidad. Si tenían el sistema que se
encuentra en muchas otras tribus de la familia ganowaniana, lo que es probable,
un hombre llamaría “hijo” al hijo de su hermano y “sobrino” al hijo de su herma-
na; llamaría “padre” al hermano de su padre y “tío” al hermano de su madre;

30
Clavijero, t. II, p. 126 [cap. 6, p. 197].
31
Historia general de las cosas de Nueva España, cap. XVIII [México, Porrúa, 1956, t. II, lib. VIII, cap.
XVIII, p. 321, § 1-3]. Se trata probablemente de una traducción de la obra de Sahagún que Bandelier
proporcionó a Morgan. [N. del ed. inglés.]
LA CONFEDERACIÓN AZTECA 55

consideraría hermanos y hermanas a los hijos e hijas del hermano de su padre y


primos a los del hermano de su madre, etc. Si estaban organizados en gentes con
descendencia por la línea femenina, cada hombre tendría hermanos, tíos y sobri-
nos, abuelos y nietos colaterales dentro de su propia gens, pero no su propio
padre ni su propio hijo ni su nieto lineal. Sus propios hijos y los hijos de su
hermano pertenecerían a otras gentes. Todavía no se puede afirmar que los azte-
cas estuvieran organizados en gentes, pero la sucesión en el cargo de principal
jefe de guerra por sí sola es una prueba fuerte a favor de esto, porque explicaría
por completo dicha sucesión. Con descendencia por la línea femenina el cargo
sería hereditario dentro de una gens particular, pero electivo entre sus miembros.
En ese caso el cargo pasaría, por elección, dentro de la gens, de hermano a her-
mano o de tío a sobrino, exactamente como ocurría entre los aztecas, y nunca de
padre a hijo. Entre los iroqueses en esa misma época los cargos de sachem y de
principal jefe de guerra pasaban de hermano a hermano y de tío a sobrino,
según recayera la elección, y nunca de padre a hijo. Es la gens con descendencia
por la línea materna la que impone esa forma de sucesión, que no podría derivar
de ninguna otra forma concebible. Por estos hechos solamente es difícil resistirse
a la conclusión de que los aztecas estaban organizados en gentes, y de que por lo
menos con respecto a ese cargo la descendencia todavía se contaba por la línea
femenina.
En consecuencia se puede sugerir, como explicación probable, que el cargo
que ocupaba Moctezuma era hereditario en una gens (el águila era el blasón o
tótem de la casa que ocupaba Moctezuma), de entre cuyos miembros se hacía la
elección; que el nombre propuesto era luego sometido por separado a los cuatro
linajes o divisiones de los aztecas (que podemos conjeturar que eran fratrías)
para su aprobación o rechazo; y también a los texcocanos y tlacopanos, que esta-
ban directamente interesados en la selección del comandante general. Una vez
que todos habían considerado y confirmado la propuesta, cada división designa-
ba a una persona que transmitiera su concordancia, de ahí los seis mal llamados
electores. No es improbable que los cuatro jefes superiores de los aztecas, que
una serie de autores llama electores, fuesen en realidad los jefes de guerra de las
cuatro divisiones de los aztecas, igual que los cuatro jefes de guerra de los cuatro
linajes de los tlaxcaltecas. La función de esas personas no era elegir, sino cercio-
rarse conferenciando entre ellos de que la elección hecha por la gens había sido
aprobada por las demás, y en ese caso anunciar el resultado. Lo anterior se pre-
senta como explicación conjetural, con base en los fragmentos de evidencia que
subsisten, de la forma de sucesión del cargo de principal jefe de guerra de los
aztecas. Se observará que concuerda con los usos de los indios y con la teoría del
cargo de un jefe indio electivo.
El derecho a deponerlo del cargo deriva como consecuencia necesaria del
derecho a elegir, cuando el mandato es vitalicio. Eso lo convierte en un cargo
mientras dure la buena conducta. Esos dos principios de elegir y deponer, uni-
versalmente establecidos en el sistema social de los aborígenes americanos, son
56 LEWIS H. MORGAN

prueba suficiente de que el poder soberano permanecía prácticamente en manos


del pueblo. Ese poder de deponer, aunque se ejerciera raramente, era vital en la
organización gentilicia. Moctezuma no era excepción a la regla. Llegar a ese
resultado requirió mucho tiempo debido a las circunstancias particulares del caso,
ya que hacía falta una buena razón. Cuando Moctezuma permitió, por intimida-
ción, que se lo llevaran de su lugar de residencia habitual a la morada de Cortés,
donde quedó confinado, los aztecas quedaron por algún tiempo paralizados por
falta de un comandante militar: los españoles se habían adueñado no sólo del
hombre sino también del cargo.32 Aguardaron varias semanas en la esperanza de
que los españoles se retirasen, pero cuando comprendieron que se proponían
quedarse enfrentaron la necesidad, según tenemos razones suficientes para creer,
deponiendo a Moctezuma por su falta de resolución y eligieron a su hermano en
su lugar. Inmediatamente después atacaron el cuartel general de los españoles
con gran furia, y finalmente lograron expulsarlos de su pueblo.k Esta conclusión
referente a la deposición de Moctezuma está perfectamente autorizada por la
narración de los hechos que hace Herrera. Una vez que comenzó el ataque, Cor-
tés, observando que los aztecas obedecían a un nuevo comandante, sospechó de
inmediato la realidad del asunto y “embió à Marina, para que preguntase á
Mocteçuma, si havrian dadole obediencia?”,33 es decir, en las manos del nuevo
comandante. Y se dice que Moctezuma respondió que “no se atreverian en Méxi-
co á elegir Rei, siendo él vivo”. A continuación subió a la azotea de la casa y se
dirigió a sus compatriotas diciendo, entre otras cosas, “que havia entendido que
havian hecho Rei, porque estaba preso, i queria bien á los Christianos”;34 a lo
cual recibió la siguiente dura respuesta de un guerrero azteca: “calla, bellaco,
afeminado, nacido para texer, i hilar, esos perros te tienen preso, eres una galli-
na”.35 Y empezaron a arrojarle piedras y flechas, de cuyos efectos, además de la
profunda humillación, murió poco después. El jefe de guerra que comandaba a
los aztecas en ese ataque era Cuitlahuac, hermano y sucesor de Moctezuma.36
Con respecto a las funciones de este cargo, es muy escasa la información satis-

32
En las Antillas los españoles descubrieron que cuando apresaban al cacique [en español en el
original] o jefe de guerra de una tribu y lo mantenían prisionero los indios se desmoralizaban y se
negaban a pelear. Aprovechando ese conocimiento, cuando llegaron al continente se esforzaron por
atrapar al jefe principal, por la fuerza o mediante fraude, y mantenerlo prisionero hasta alcanzar su
objetivo. Cortés simplemente actuó con base en esa experiencia cuando apresó a Moctezuma y lo
mantuvo preso en su alojamiento, y lo mismo hizo Pizarro cuando capturó a Atahualpa. De acuerdo
con las costumbres de los indios, los prisioneros eran ejecutados, y si se trataba de un jefe principal
el cargo revertía a la tribu y se volvía a llenar de inmediato. Pero en estos casos el prisionero seguía
con vida, de modo que no se podía llenar el cargo. La acción del pueblo quedaba paralizada por las
nuevas circunstancias. Cortés puso a los aztecas en esa posición.
k
En español en el original.
33
Herrera, t. III, p. 66 [déc. II, lib. X, cap. X, p. 266].
34
Ibid., p. 67 [pp. 266-267].
35
Clavijero, t. II, p. 406 [lib. IX, cap. 17, p. 158].
36
Ibid., p. 404 [cap. 16, p. 156].
LA CONFEDERACIÓN AZTECA 57

factoria que podemos extraer de los autores españoles. No hay razón para supo-
ner que Moctezuma poseía algún poder sobre los asuntos civiles de los aztecas.
Además, todo parece indicar lo contrario. En asuntos militares, una vez en el
campo tenía la autoridad de un general, aunque probablemente los movimien-
tos militares eran decididos por el consejo. Es interesante observar que el cargo
de principal jefe de guerra tenía además las funciones de sacerdote, y según se
afirma también las de juez.37 La temprana aparición de esas funciones en el
crecimiento natural del cargo militar se mencionará nuevamente en relación con
el del βαςιληυσ. Aun cuando el gobierno era de dos poderes, es probable que el
consejo fuera el poder supremo, en caso de un conflicto de autoridades, en asun-
tos tanto civiles como militares. Es preciso recordar que el consejo de jefes es más
antiguo en el tiempo, y tenía una sólida base de poder en las necesidades de la
sociedad y en el carácter representativo del cargo de jefe.
Las características del cargo de jefe de guerra principal y la presencia de un
consejo con poder para deponerlo tienden a mostrar que las instituciones de los
aztecas eran esencialmente democráticas. El principio electivo en relación con el
jefe de guerra, y que debemos suponer que existía también con respecto al sachem
y el jefe, y la presencia de un consejo de jefes, determinan el hecho material. Una
democracia pura de tipo ateniense es desconocida en las etapas inferior y media,
e incluso superior, de la barbarie; pero cuando intentamos entender las institu-
ciones de un pueblo es muy importante saber si son esencialmente democráticas
o esencialmente monárquicas. Las instituciones del primer tipo están casi tan
separadas de las del último como la democracia de la monarquía. Sin investigar
la unidad del sistema social, si estaba organizado en gentes como probablemente
estaba, y sin llegar a tener un conocimiento del sistema que efectivamente exis-
tía, los cronistas españoles osadamente inventaron para los aztecas una monar-
quía absoluta con características de alto feudalismo, y lograron ubicarla en la
historia. Ese error ha subsistido, gracias a la indolencia americana, todo el tiem-
po que merece. La organización azteca se presentó a los españoles claramente
como una liga o confederación de tribus. Sólo la más burda perversión de los
hechos evidentes pudo permitir a los autores españoles inventar la monarquía
azteca a partir de una organización democrática.38
Teóricamente los aztecas, los texcocanos y los tlacopanos deberán haber teni-
do cada cual un sachem principal que representara a la tribu en los asuntos civiles
cuando el consejo de jefes no estaba en sesión, y que tomara la iniciativa en la
preparación del trabajo de éste. Hay vestigios de ese funcionario entre los azte-
cas en el ciuahcoatl, llamado a veces segundo jefe, así como al jefe de guerra se le
llama primer jefe. Pero la información disponible sobre ese cargo es demasiado
limitada para permitir un examen del tema.

37
Herrera, op. cit., t. III, p. 393 [déc. III, lib. IIII, cap. XVI, p. 135].
38
[Cf. “La comida de Moctezuma”, supra, p. 35.]
58 LEWIS H. MORGAN

Se ha demostrado que entre los iroqueses los guerreros podían presentarse


ante el consejo de jefes y expresar sus opiniones sobre asuntos públicos, y que las
mujeres podían hacer lo mismo a través de oradores de su propia elección. Esa
participación popular en el gobierno condujo con el tiempo a la asamblea popu-
lar, con poder para aceptar o rechazar medidas públicas propuestas por el conse-
jo. Entre los indios de las aldeas o villas no hay indicio, hasta donde este autor
sabe, de que existiera una asamblea del pueblo para considerar asuntos públicos
con poder para actuar con respecto a ellos. Probablemente los cuatro linajes se
reunían para objetivos especiales, pero eso es muy diferente de una asamblea
general para fines públicos. Por el carácter democrático de sus instituciones y el
adelanto de su situación, los aztecas estaban acercándose al momento en que
cabe esperar que apareciera la asamblea del pueblo.
El desarrollo de la idea del gobierno entre los aborígenes americanos, como
ya se ha dicho en otra parte, comenzó con la gens y terminó con la confederación.
Sus organizaciones no eran políticas, sino sociales. La sustitución de la sociedad
gentil por una sociedad política era imposible hasta que la idea de la propiedad
avanzara mucho más allá del punto alcanzado. No hay ningún dato que indique
que alguna porción de los aborígenes, por lo menos en Norteamérica, hubiera
llegado a esta concepción del segundo gran plan de gobierno basado en el terri-
torio y la propiedad. El espíritu del gobierno y la situación del pueblo están en
armonía con las instituciones en que viven. Cuando el espíritu militar predomi-
na, como ocurría entre los aztecas, surge naturalmente una democracia militar al
mando de instituciones gentiles. Ese gobierno no suplanta el espíritu libre de las
gentes ni debilita los principios de la democracia, sino que concuerda armoniosa-
mente con ellos.
II

ADOLPH F. BANDELIER
Esta página dejada en blanco al propósito.
SOBRE EL ARTE DE LA GUERRA Y EL MODO DE GUERREAR
DE LOS ANTIGUOS MEXICANOS*

Nuestro conocimiento no sólo de la historia del México antiguo, sino de la ver-


dadera condición y grado de cultura de sus habitantes aborígenes, es todavía
muy imperfecto. Casi todos los restos arquitectónicos han desaparecido; los des-
cendientes de los antiguos aborígenes han modificado su plan de vida, y para
conocer las antigüedades mexicanas nos vemos reducidos casi exclusivamente al
testimonio escrito e impreso de quienes vieron la sociedad india en México en el
momento de su caída, o poco después. Pero esos autores, ya sean testigos presen-
ciales de la conquista –como Cortés, Bernal Díaz del Castillo, Andrés de Tapia y
otros– o misioneros enviados a Nueva España en fecha temprana –como Toribio
de Benavente (Motolinia), Sahagún o (hacia el final del siglo XVI o a comienzos
del XVII) Acosta, Dávila, Mendieta y Torquemada–, están muchas veces, acerca de
muchos puntos, en directa oposición entre ellos. Con eso la incertidumbre au-
menta aún más, y se acrecienta para el estudioso la más dificultosa tarea crítica.
Además, para complicar el asunto, tenemos varios autores indios de los siglos
XVI y XVII (como Durán, Tezozomoc e Ixtlilxochitl), que están en desacuerdo
entre sí sobre las cuestiones más importantes, tanto como los propios españoles.
En vista de tales dificultades, podría parecer presuntuoso intentar siquiera la
descripción de un solo rasgo de la vida de la antigua sociedad india de México.
Sin embargo, mientras me encontraba dedicado a traducir al inglés la crónica
mexicana de Fernando de Alvarado Tezozomoc me impresionó de tal manera el
cuadro que el autor, quizá involuntariamente, ofrece de la condición y la organi-
zación de la tribu mexicana, que sin poder contenerme empecé a investigar más
de cerca varios rasgos de esa organización. La condición de la sociedad mexica-
na, que generalmente se describe como sometida a un gobierno monárquico,
incluso despótico, surge de la crónica de Tezozomoc como la de una sociedad
militar, o más bien guerrera. Cada rasgo de su acción militar está íntimamente
conectado con su vida civil. Por eso no pude resistir la tentación de hacer de las
instituciones militares de los mexicanos, su forma de guerrear, el tema de una
investigación especial, confiando en que los resultados de esa investigación, por
deficientes que sean, no serán del todo inútiles en cuanto a promover nuestro
conocimiento de la verdadera condición de la antigua sociedad aborigen de este
continente.

* Artículo publicado en Tenth Annual Report of the Peabody Museum of American Archaeology and
Ethnology, Cambridge, Massachusetts, 1877, pp. 95-161 (las demás notas aparecen al final del capítu-
lo debido a su extensión).

[61]
62 A.F. BANDELIER

Los mexicanos1 propiamente dichos, mejor conocidos como “aztecas” de Méxi-


co, pertenecían al más alto orden de indios sedentarios o “aldeanos”. Sin embar-
go, aparentemente su principal ocupación era la guerra, y no la agricultura. Eran
esencialmente una tribu de guerreros, que mientras fueron débiles y se hallaron
rodeados de enemigos subsistieron de pescado, aves y plantas acuáticas,2 pero
apenas algunas ofensivas exitosas a partir del centro del lago empezaron a exten-
der su dominio y su poder, los mexicanos empezaron a vivir también, en gran
medida, de los productos agrícolas y los recursos industriales de tribus someti-
das. Durante su migración desde una región situada al norte del actual estado de
Durango, en México,3 hasta el centro del gran altiplano de esa república, subsis-
tieron gracias a las magras cosechas que posiblemente recogían de vez en cuan-
do, y a la caza. Pero también durante ese mismo periodo su principal divinidad y
posteriormente su principal ídolo, Huitzilopochtli, pronunció, según se registra,
estas proféticas palabras:

Así mismo también fuí yo mandado de esta venida, y se me dió por cargo traer armas,
arco, flechas y rodela; mi principal venida y mi oficio es la guerra, y yo así mismo con mi
pecho, cabeza y brazos en todas partes tengo de ver y hacer mi oficio en muchos pueblos
y gentes que hoy hay. Tengo de estar por delante y fronteros para aguardar gentes de
diversas naciones, y he de sustentar, dar de comer y beber, y allí les tengo que aguardar y
juntallos de todas suertes de naciones, y esto no graciosamente.

A continuación enumera una lista de objetos que después serían dados a los
mexicanos como tributo, y concluye así: “todo lo tengo de ver y tener, pues me es
mandado, y mi oficio, y á eso vine”.4 Imbuidos del espíritu que esas frases expre-
san en forma legendaria, los mexicanos hicieron su aparición entre las tribus
agricultoras del valle de México como una multitud de intrusos hambrientos
pero desesperados, fueron recibidos como tales y obligados, después de una va-
lerosa resistencia, a refugiarse en un trozo de tierra naturalmente aislado, rodea-
do por ciénagas y pantanos.5
En esa posición defensiva, que posteriormente los mexicanos convirtieron en
el sitio más fuerte jamás ocupado por indios hasta el siglo XVI,6 alimentaron y
desarrollaron cuidadosamente sus costumbres y propensiones guerreras. La gue-
rra, al principio defensiva, después ofensiva, pasó a ser la vida de la tribu. La reli-
gión la requería para sus sangrientos ritos; la venganza, tan profundamente arrai-
gada en la naturaleza india, la reclamaba a cada momento. Pero sobre todo era
necesaria para la subsistencia de la tribu, cuyos miembros en aumento no podían
vivir de la agricultura en el escaso suelo que les había sido concedido, y que por
lo tanto estaban obligados a depender del botín obtenido en incursiones contra
sus vecinos. Si no había alguna guerra en marcha, los mexicanos se consideraban “ocio-
sos”.7 Por lo tanto podemos suponer que la organización militar de los mexica-
nos, sus preparativos para la guerra y el modo de guerrear son rasgos de impor-
tancia y merecen seria atención.
EL ARTE DE LA GUERRA 63

Todos los varones de la tribu mexicana nacían guerreros. Poco después de


nacido un niño, el padre colocaba junto a él un arco pequeño8 y algunas flechas,
como muestra de sus futuras obligaciones. No había en Tenochtitlan, o México,
una casta militar: con excepción de los niños, los ancianos, los inválidos y a veces
los sacerdotes, todos tenían que ir a la guerra. Llevaban incluso a los muchachos
de 15 años, y en algunos casos hasta se ordenaba que “no quedase ningún mozo
de quince años para arriba, porque habían de ir todos excepto niños, viejos y
viejas”.9 No había pues un ejército profesional, sino que todos los hombres física-
mente capaces de la tribu de México formaban el ejército.10
No tenemos ninguna indicación digna de confianza sobre la fuerza y el núme-
ro de ese ejército.11 Ese punto es tan vago e indefinido como el número de la
población misma. Ambas cifras, estrechamente conectadas como están, adolecen
de las mismas contradicciones y exageraciones.12 Es cierto que se habla de una
“guardia” de diez mil hombres que ocupaba siempre la plaza del templo (teocalli)
principal,13 pero aparte de que los números están muy exagerados, las “guar-
dias” en el sentido de un cuerpo militar en servicio permanente eran desconoci-
das para los mexicanos.14 La mención de una guardia personal de Moctezuma
aparece como un cuento fantástico si la buscamos en los momentos y lugares en
que más conspicua debería haber sido: el encuentro de Moctezuma y Cortés en
la calzada,15 y la ocasión en que Cortés se llevó a ese jefe de su casa como rehén.
Es un hecho establecido que, al entrar en México, Cortés sólo encontró indios
desarmados, y es igualmente seguro que ninguna “guardia” acudió a rescatar a
Moctezuma.
(La atrevida y exitosa captura del jefe mexicano por Cortés fue más fácil de lo
que generalmente se supone, porque la tribu no estaba preparada para eso, sino
solamente para enemigos externos.)16
Es igualmente falso que hubiera “guarniciones” mexicanas entre las tribus
conquistadas y sometidas.17 La fuerza militar de los mexicanos se mantenía en su
casa, en estado latente por así decirlo, aunque, como veremos más adelante, lista
para lanzarse al ataque a una señal del consejo de jefes que dirigía sus asuntos.
Pero eso presupone, en la tribu, adiestramiento sistemático, armamento adecuado y
una organización peculiar.
El uso del arco y las flechas se enseñaba a los niños a temprana edad, cazando
y pescando;18 y lo mismo el uso de la lanza o jabalina. La caza, tanto en tierra
como en el agua, era una introducción a las duras tareas de la guerra.
A los 15 años el joven pasaba a manos de ciertos jefes19 (los telpuchtlato o
achcacauhtin) que los guardaban a su cargo hasta que se casaban. Eran educados
en comunidades “para servicio del pueblo y para las cosas de la guerra”;20 desde
los 15 años se les permitía ir a la guerra, ya fuera armados o simplemente como
cargadores,21 y tenían sus respectivas “escuelas” (telpuchcalco, “casas de la juven-
tud”), una en cada uno de los barrios de México, que constituían la base de la
organización militar de la tribu, como veremos más adelante. En esas casas eran
adiestrados gradualmente en el manejo de las armas.22
64 A.F. BANDELIER

No había momentos regularmente dedicados a la práctica militar, pero cada


veinte días, por lo menos, había un festival religioso en el que los guerreros, con
sus jefes, aparecían con todo su atavío y “escaramuzaban”, mostrando y ejerci-
tando su habilidad en el manejo de las armas.23 Los jóvenes no sólo eran invita-
dos a esas ocasiones, sino que su presencia era obligatoria, para que viesen y
aprendiesen. Además, apenas se proclamaba la guerra se celebraba en cada ba-
rrio una reunión y ensayo general.24 No tenemos información detallada sobre
esos ejercicios, ni sobre las evoluciones realizadas por los guerreros, si es que las
había, pero hay un incidente de la historia de México que puede darnos un
cuadro aproximado. Cuando en 1473 la tribu de Tlatelolco, por entonces inde-
pendiente de México, acordó atacar a este último, practicaron de antemano con el
mayor secreto posible.25 Plantaban palos de madera dura y los golpeaban con sus
espadas y mazas, lanzaban flechas y arrojaban dardos a gruesos tablones de ma-
dera, y por último se iban al lago y disparaban contra pájaros en vuelo.26 Puede
suponerse que esto ilustra el modo en que se ejercitaban con las armas los mexi-
canos.
Como esos ejercicios, al menos en muchos casos, tenían una parte religiosa,
generalmente se llevaban a cabo en las plazas junto a los templos, sobre todo en
la gran plaza de la principal “casa de Dios” (teocalli) de México.27 los guerreros y
los jóvenes se reunían también inmediatamente antes de una campaña o una
correría, no sólo para ejercitarse sino especialmente para recibir sus armas de los
arsenales públicos conectados con los templos de cada subdivisión tribal.28
Esos arsenales públicos recibían el nombre de “casas de los dardos” (tlacoch-
calco).29 Es probable que no estuvieran limitados a las inmediaciones del templo
principal, sino que cada subdivisión tuviera su “casa de los dardos”, así como su
teocalli central.30 La siguiente descripción de un pueblo mexicano aborigen, obra
de un misionero que llegó a Nueva España en 1524, da un cuadro aproximado
de la distribución de esos edificios, o más bien grupos de edificios.31

Llámanse estos templos teocallis, y hallamos en toda esta tierra, que en lo mejor del pue-
blo hacian un gran patio cuadrado; en los grandes pueblos tenia de esquina á esquina un
tiro de ballesta, y en los menores pueblos eran menores los patios. Este patio cercábanle
de pared [...] [miraban] sus puertas á las calles y caminos principales, que todos los hacian
que fuesen á dar al patio; y por honrar mas sus templos sacaban los caminos muy dere-
chos por cordel, de una y de dos leguas, que era cosa harto de ver desde lo alto del
principal templo, cómo venian de todos los pueblos menores y barrios los caminos muy
derechos, y iban á dar al patio de los teocallis [...]. No se contentaba el demonio con los
teocallis ya dichos, sino que en cada pueblo y en cada barrio, y á cuarto de legua, tenían
otros patios pequeños adonde habia tres ó cuatro teocallis.

A menudo se piensa que las armas y municiones guardadas en la “casa de los


dardos” pertenecían a los jefes, llamados “reyes”, de la tribu mexicana, y los edi-
ficios mismos son mencionados como almacenes o arsenales reales. Pero no era
así. Las armas y las municiones pertenecían al pueblo, y estaban bajo el control
EL ARTE DE LA GUERRA 65

de ciertos mayordomos (calpixca) que las distribuían a los jefes militares de la tri-
bu cuando lo requería alguna decisión del consejo o una emergencia súbita.32 En
algunos de esos lugares se guardaban incluso ornamentos y trajes.33
Podemos dividir el armamento de los mexicanos en armas ofensivas y armadu-
ra defensiva de protección.
Entre las armas ofensivas el lugar principal corresponde a los proyectiles, como
podemos deducir del modo general de guerrear de los indios, que consiste en
atacar al enemigo, en lo posible, desde cierta distancia, y con el mínimo riesgo
posible para el atacante. Los dardos y las jabalinas, las hondas y las piedras eran
pues de la mayor importancia para el guerrero mexicano.
El dardo o jabalina (tlacochtli, tlalzontectli) era la principal arma de los mexica-
nos.34 Consistía en una lanza corta hecha de una caña dura y elástica (otlatl), con
una punta generalmente de pedernal, de obsidiana y quizás ocasionalmente de
cobre, igual a las conocidas puntas de flecha. Esa punta se insertaba en una
hendidura practicada en el extremo del asta, se aseguraba con goma y además se
sujetaba mediante un fuerte cordel enrollado alrededor.35 A veces la jabalina te-
nía dos o tres ramas con puntas, para poder dar varios golpes a la vez,36 y el
guerrero solía llevarla amarrada al brazo con una cuerda larga, aunque en oca-
siones llevaba una serie de dardos sueltos.37
Probablemente todos los guerreros usaban arcos y flechas, arma menos conve-
niente que el simple dardo.38 El arco (tlauitolli)39 estaba hecho de la misma made-
ra que el asta de las jabalinas (otlatl); su largo variaba según las tribus, pero los de
los mexicanos eran cortos.40 La cuerda se hacía de pelo o nervios de venado. No
hace falta describir la flecha (mitl). A veces tenía varias ramas o puntas. Llevaban
las flechas en aljabas colgadas de los hombros. Los mexicanos no utilizaban fle-
chas envenenadas.41
Por último, aunque no menos importantes, debemos incluir entre los proyec-
tiles las piedras, arrojadas mediante hondas o a mano.42 Los almacenes conte-
nían cantidades de hondas (tematlatl),43 mientras los proyectiles se acumulaban
para la defensa en los techos planos,44 o en el campo abierto se recogían donde
los hubiera para emplearlos como arma.45
Después de los proyectiles agresivos, en orden de importancia, como armas
para emplear de cerca, tenían los mexicanos la espada y la maza. La lanza
(tepuztopilli)46 no era probablemente un arma original mexicana, y aun cuando la
usaron contra los españoles hacia el final de su defensa, parece haber sido más
usada por tribus situadas más al sur.
La espada (maccuahuitl) medía un metro o poco más de largo por diez o quin-
ce centímetros de ancho.47 El Conquistador Anónimo48 dice que “tienen tambien
espadas que son de esta manera: hacen una espada de madera á modo de mon-
tante, con la empuñadura no tan larga, pero de unos tres dedos de ancho, y en el
filo le dejan ciertas canales en las que encajan unas navajas de piedra viva, que
cortan como una navaja de Tolosa”.49 Esa piedra era obsidiana (iztli), y el filo de
la espada, formado por fragmentos “3 dedos de longitud y uno más de latitud”
66 A.F. BANDELIER

resultaba al principio tan cortante como el de una navaja. Los fragmentos esta-
ban firmemente cementados en la madera pero, aun cuando la espada tenía dos
filos, pronto quedaba convertida en una simple maza, porque la obsidiana es
muy frágil y se rompía tras unos pocos golpes contra una armadura de hierro. Al
comienzo de los combates los españoles temían mucho esta arma.50 El guerrero
llevaba la espada atada o colgada de la muñeca.51 También es posible que usaran
mazas (quauhololli), pero aparentemente los mexicanos no conocían el hacha de
guerra, ni nada similar al chumpi peruano.52
Si pasamos ahora a las armas defensivas, a la armadura protectora propiamente
dicha, encontramos en primer término el escudo (chimalli). No se trata de los
escudos meramente ornamentales que los guerreros y los jefes llevaban y usaban
únicamente en ocasiones festivas,53 sino del pequeño escudo redondo, la “rode-
la” que los “valientes” llevaban sobre el brazo izquierdo, hecha de “buenas cañas
macizas (otates) que se dan en aquella tierra, entretejidas con algodón grueso
doble, y encima ponen plumas y planchas redondas de oro, con lo que quedan
tan fuertes, que no se pasan si no es con una buena ballesta”.54
Con este escudo, cuerpo a cuerpo, detenían los golpes en la lucha55 e incluso
flechas y dardos a toda velocidad. Probablemente cada guerrero llevaba su escu-
do, aunque a veces se dice que los arqueros se protegían tras el escudo de otro al
disparar.56 Sin embargo, esto implicaría un mayor progreso del arte militar entre
los mexicanos del que podemos admitir con certeza.
El resto de la armadura protectora de los mexicanos está íntimamente conec-
tado con su atuendo.
La vestimenta ordinaria del mexicano consistía en una camiseta sin mangas
(huepil) prendida sobre el hombro derecho, y un taparrabos (maxtlatl). La cabeza,
los brazos y las piernas, de la rodilla para abajo, iban desnudos. Completaba el
atuendo un manto, corto para los indios comunes y más largo para los jefes.57 A
veces iban a la guerra sin otra protección, pero en la mayoría de los casos el
guerrero llevaba una chaqueta de algodón acolchado, de espesor de entre uno y
dos dedos, y por lo tanto suficientemente fuerte para resistir un tiro de flecha, o
incluso un dardo a cierta distancia. Ésa es la armadura de algodón que después
los españoles adoptaron con el nombre de “escaupil” (ichcahuipilli).58 En ocasio-
nes esa armadura acolchada cubría también los miembros,59 y la parte exterior
del ichcahuipilli estaba adornada con plumas y placas de oro o plata. Los pies
estaban protegidos por suelas de cuero o zapatos similares a los mocasines (cactli,
“cotaras”), pero su uso no era general.60 Los guerreros de mérito, sobre todo,
metían la cabeza en unas formas de madera, a medio camino entre la máscara y
el casco, que imitaban cabezas de bestias feroces como tigres, leones, lobos y
también serpientes, y estaban cubiertas con la piel de esos animales.61 Los prin-
cipales capitanes y jefes de guerra se distinguían por sus mantos largos y am-
plios,62 por el corte y trenzado de sus cabellos63 y por los altos penachos de plu-
mas verdes que coronaban los “cascos” con que se protegían la cabeza.64
Más adelante tendremos ocasión de volver sobre la cuestión del atavío y los
EL ARTE DE LA GUERRA 67

ornamentos militares, al ocuparnos de los diferentes grados de guerreros y capi-


tanes; ahora falta decir que la plumería, usada como una capa que recubría el
escaupil, desempeñaba un papel prominente en la armadura mexicana.65 For-
maba una capa elástica por el exterior de la chaqueta acolchada, y además cons-
tituía, gracias un conjunto de colores peculiar para cada subdivisión del ejército,
el “uniforme” o, como dicen los cronistas españoles, la “librea” de esa particular
subdivisión. El Conquistador Anónimo dice: “tanto los jubones como las calzas
los cubren por encima de plumas de diversos colores, que hacen muy buena
vista: unas compañías de soldados las usan blancas y encarnadas, otras azules y
amarillas, y otras de diversas maneras”.66 Bernal Díaz menciona que mientras
combatían en las calzadas, durante el sitio de México Tenochtitlan, “en la maña-
na venían muchas capitanías juntas a nos cercar, y se remudaban de rato en rato,
unos de unas divisas y señales, y veían otros de otras libreas”.67 Los guerreros que
llevaban pocas ropas se pintaban el cuerpo desnudo.68
Casi insensiblemente hemos abandonado el campo del armamento de los
mexicanos, penetrando, o más bien invadiendo, el de su organización militar.
El conocimiento que tenemos sobre esta organización es imperfecto. No obs-
tante, resulta de la mayor importancia, ya que, cuando se trata de una tribu tan
esencialmente guerrera como la de los mexicanos, las instituciones militares sue-
len fusionarse con las de la vida civil, y podemos suponer que el mismo principio
las permea; que el grado de desarrollo de unas proporciona una clave sobre el de
las otras. Según como nos representemos la condición de la sociedad mexicana
antigua, veremos y juzgaremos su organización militar.
Todos los autores antiguos que escribieron sobre México, que han sido segui-
dos sin reservas por la gran masa de escritores posteriores, nos describen un
imperio mexicano, con una nobleza hereditaria y un déspota electivo a la cabeza.
Ese autócrata era no sólo jefe civil absoluto, sino también juez y comandante
militar. Él declaraba la paz y la guerra, dirigía las fuerzas, nombraba y destituía
funcionarios a placer. Ocasionalmente se admite que existían algunas restriccio-
nes a semejante poder, sólo análogo al de los déspotas asiáticos, pero hasta los
más distinguidos escritores de la época moderna han aceptado sin vacilación el
cuadro de una monarquía india absoluta en México.69
Sin embargo, ese cuadro, por fascinante y tentador que sea, no siempre ha
satisfecho la mente del estudioso. Sin poner mucho énfasis en los ataques de
James Adair70 contra los autores españoles sobre México, o sobre las impruden-
tes “investigaciones” de De Pauw,71 encontramos una crítica honesta y cuidadosa
en la obra clásica de Robertson. El gran historiador admite y reconoce todo lo
que le parece cierto y sólido en las obras de sus predecesores, pero adopta una
visión diferente de la condición de los aborígenes mexicanos e indica, por así
decirlo, un camino enteramente nuevo.72 Y fue la obra del distinguido etnólogo
norteamericano Lewis H. Morgan la que abrió por entero ese camino.73
Pero si bien describir las instituciones de los aborígenes cuando aún están en
vigor es sencillo y fácil, es muy difícil alcanzar algo cercano a una concepción
68 A.F. BANDELIER

clara de las mismas en México, puesto que, como ya hemos dicho, esas institucio-
nes han desaparecido, al igual que sus restos arquitectónicos, y las otras fuentes
para su conocimiento suelen ser vagas y contradictorias en sus descripciones.
Además, todas las autoridades antiguas sobre la América española se encontra-
ban bajo la influencia de ideas orientales (europeas o asiáticas), y todo lo que les
parecía extraño o nuevo en América lo comparaban con lo que les parecía análo-
go en las naciones del Viejo Mundo.74 Lo que en su primer proceso de pensa-
miento era meramente comparativo muy pronto se convirtió en una terminología
positiva para describir instituciones a las que esa terminología extranjera nunca
se adaptó. Ese expediente, creado a fin de ser comprendidos en el extranjero, y
porque la ciencia de aquella época no ofrecía otros términos de comparación, es
lo que opone las mayores dificultades al estudio de las antigüedades americanas.
Ese obstáculo puede ser superado hasta cierto punto mediante el establecimien-
to de la verdadera significación del término nativo para cada institución conside-
rada, para cada cargo, hasta donde sea posible; y el uso de la terminología nativa
para indicar el verdadero carácter de la vida nativa. Éste es el curso que intenta-
remos seguir al abordar la organización militar de los mexicanos.75
Poco después de su asentamiento en el pantano donde más tarde se construyó
el pueblo [en español en el original], la tribu de México se había dividido en
cuatro partes o “barrios” (calpulli),76 cada una de las cuales incluía varios grupos
de parentesco o “barrios menores”, como los llama Torquemada.77 Los cuatro
grandes barrios eran las principales subdivisiones de la tribu para fines tanto
civiles como militares, y los hombres armados de cada uno de ellos constituían
un cuerpo separado, sin importar su número.78 Esos cuerpos, a su vez, estaban
subdivididos en escuadrones de entre doscientos y cuatrocientos guerreros cada
uno,79 que probablemente correspondían a los varones físicamente capaces (con
excepción de los sacerdotes en muchos casos) de un “clan” particular.80 Esos cuer-
pos menores tenían cada uno su “librea” particular,81 llevaban su propio emble-
ma visible por encima de la tropa, como una bandera, y finalmente se subdivi-
dían en fracciones de alrededor de veinte hombres.82 En la víspera de un combate
se producía otra subdivisión, en grupos de cuatro a seis hombres, como veremos
más adelante.
Una vez esbozada lo mejor posible la división o disposición de las fuerzas
mexicanas, todavía tenemos que investigar cómo, y por quién, eran comandados
los guerreros de la tribu, cómo llegaban a su cargo esos dirigentes, y cuál era el
orden de su rango y dignidad. Pero debemos decir por anticipado que entre los
mexicanos ningún cargo, ningún tipo de dignidad, era transmisible por herencia. Sólo el
mérito en el campo de batalla podía promover a un hombre al rango de jefe guerre-
ro, al influir en las elecciones celebradas para ese fin.83 El jefe civil (tecuhtli, de
tecul, abuelo) alcanzaba su cargo a través de rigurosas observancias religiosas y de la
edad.84 No había nobleza de ninguna clase en México, y el jefe sólo era jefe mientras
sus subordinados lo considerasen digno de esa posición.85
Por arriba del guerrero común (yaoquizqui) había dos clases de superiores: los
EL ARTE DE LA GUERRA 69

valientes distinguidos y los jefes de guerra propiamente dichos.


De los valientes distinguidos y meritorios que sin embargo no habían alcan-
zado el grado de capitán conocemos tres tipos diferentes: los “feroces cortado-
res” o “bestias de presa” (tequihua), las “águilas fuertes” o “águilas viejas” (cuachic
o cuachimec) y las “flechas errantes” (otomitl).86 Esos títulos eran meramente ho-
noríficos, y sólo podían obtenerse a través de la captura en combate de uno o
más prisioneros. Como muestra de esas dignidades se cortaba el pelo de la cabe-
za justo encima de las orejas; llevaban –aunque no exclusivamente– las máscaras
o cascos que imitaban cabezas de animales, y a veces incluso la piel de esos ani-
males.87 Su lugar estaba a la vanguardia del ejército, como exploradores y esca-
ramuzadores, pero también actuaban como jefes de grupos menores, de cuatro a
veinte hombres, e incluso subdivisiones mayores, a criterio de sus superiores.88
Ninguno de los tres grados mencionados podía alcanzarse por nombramien-
to ni por elección; todos los guerreros merecían uno u otro de ellos cuando
realizaban ciertas hazañas en la guerra.89
Los jefes de guerra propiamente dichos eran los comandantes supremos de
los mexicanos, y encontramos tres clases de ellos, en orden ascendente. Los jefes
de clan, o capitanes, también jefes de los “barrios menores”. Los jefes de las gran-
des subdivisiones (“barrios principales”), mencionados también como “capita-
nes generales”. El supremo jefe guerrero de la tribu era el llamado “rey”. Todos
estos jefes eran elegidos y su cargo no era transmisible por herencia.90
Los capitanes, “comandantes de los barrios”,91 maestros de los jóvenes,92 lla-
mados propiamente “hermanos mayores”93 (teachcauhtin, o achcacauhtin, y
“tiacanes” por corrupción), mandaban los cuerpos de entre 200 y 400 hombres
cada uno, formados,94 como hemos visto, por todos los hombres aptos de un clan
(con excepción de los sacerdotes), que a su vez constituían las subdivisiones de
los cuatro barrios mayores de México. Además de guiar las filas al combate, cuando
estaban en casa era su tarea instruir a los jóvenes de su sección en el uso y ejerci-
cio de las armas. Ocupaban su cargo de por vida, o mientras su desempeño fuera
satisfactorio.95
Como muestra exterior de su rango, los “capitanes” usaban largas orejeras y
bezotes de materiales más ricos que sus seguidores, y cuando estaban de servicio
llevaban varas o bastones.96
Cierto número de esos capitanes, correspondientes a los “barrios menores” o
grupos de parentesco contenidos en el barrio mayor al que pertenecían, estaban
bajo la dirección del jefe guerrero o, como lo llaman los españoles, del “capitán
general” de esa subdivisión mayor de la tribu. En consecuencia había en México
cuatro jefes de ese rango,97 y es probable que poco antes de la conquista se les
haya sumado un quinto, para comandar a los guerreros de Tlatelolco.98
Más allá de los meros hechos de que existían y eran elegidos de por vida, y de
una sólida presunción de que su título era el que citan todas las autoridades, sin
afirmarlo de manera categórica, desdichadamente es muy poco lo que sabemos
sobre esos capitanes.99 Eran miembros del consejo principal,100 y proponemos
70 A.F. BANDELIER

que sus títulos eran, respectivamente, “cortador de hombres” (tlacateccatl), “hom-


bre de la casa de los dardos” (tlacochcalcatl), “derramador de sangre” (ezhuahuacatl)
y “jefe del águila y la tuna” (cuauhnochtecuhtli o, abreviado, cuauhnochtli).101 No
tenemos información acerca del título del principal jefe guerrero de Tlatelolco,
pues los nombres dados ocasionalmente son personales.102
La marca distintiva de esos jefes era llevar el cabello amarrado detrás o enci-
ma del occipucio con una tira de piel de color rojo; distinción reservada exclusi-
vamente a ellos y a los supremos jefes guerreros de la tribu mexicana.103
El cargo supremo en el mando militar, como principal jefe guerrero de la
tribu mexicana, correspondía al “jefe de hombres” (tlacatecuhtli),104 que nos han
presentado como rey o emperador105 de México. Pero no era un monarca, ni un
autócrata ni un déspota. Elegido de por vida de un clan o linaje106 determinado,
aunque con la condición de que debía observar buena conducta, podía ser desti-
tuido y degradado si incurría en el desagrado de la tribu.107 No era sino el co-
mandante en jefe de los guerreros mexicanos, cargo que en una nación tan esen-
cialmente guerrera era de la mayor importancia, y que puede haber dado a su
ocupante una influencia tendente a debilitar la libertad de las instituciones. Sin
embargo había un saludable freno a los posibles excesos del jefe guerrero con la
elección de un asociado, que llevaba el singular y extraño título de “mujer-ser-
piente” o “serpiente hembra” (cihuacoatl) y que, aun cuando era más bien un jefe
civil, alternaba con él en el mando si la situación lo requería.108 Por medio de ese
arreglo la tribu mexicana siempre contaba con por lo menos un jefe militar, y si
el “jefe de hombres” estaba fuera comandando una expedición el cihuacoatl per-
manecía en la ciudad, y viceversa. Además, ambos podían delegar en un jefe
subordinado el mando supremo de una campaña.109
Es demasiado poco lo que sabemos sobre el cargo del cihuacoatl para entrar en
detalles acerca de él. En cambio el de “jefe de hombres” ha llegado a ser célebre
en la historia a través de sus últimos tres ocupantes.110 Debía ser un hombre
extraordinario: “que no supiese beber vino; que fuese prudente y sabio [...] que
supiese bien hablar, fuese entendido y recatado, y animoso y amoroso”, dice
Sahagún. Pero sobre todo debía ser uno de los guerreros más prominentes, ha-
biendo dado pruebas de valor indomable, capacidad y gran circunspección.111
Por lo tanto, antes de su elección era siempre uno de los cuatro grandes jefes
guerreros de los cuatro barrios mayores,112 y en realidad su atavío de guerra no
difería mucho del de éstos. Como ya hemos dicho, llevaba el cabello amarrado
detrás del occipucio con una tira roja, y sobre el casco o sobre la cabeza desnuda
un alto penacho de plumas verdes.113 Un largo y amplio manto cubría su ar-
madura, que por lo demás era similar a la de los otros jefes.114 Pero sus orejeras
de oro,115 la piedra verde que le colgaba del puente de la nariz,116 su bezote de
oro,117 sus pulseras de piel y plumería,118 sus brazales de oro,119 los tubos de oro
que le rodeaban los tobillos120 –todo eso era de hechura mucho más elaborada, y
sólo él y el cihuacoatl tenían derecho a usarlos de tal calidad.121
Pero la marca distintiva de los dos en el campo de batalla era una larga trenza
EL ARTE DE LA GUERRA 71

de plumería (el quachiatli) que les colgaba desde la coronilla hasta la cintura o la
faja.122 Además llevaban un pequeño tambor con el que hacían señales a sus
hombres.123
Una representación muy bella de ese traje, especialmente del tocado caracte-
rístico, puede verse en Palenque, en las hermosas figuras de los bajorrelieves del
“altar” y el “tablero de la cruz”. Esos tableros y figuras muestran, en el atavío,
una semejanza tan notable con lo que sabemos de la indumentaria militar de los
mexicanos, que se acerca mucho a la identidad.124
Tanto el “jefe de hombres” como su “coadjutor”, el cihuacoatl, si bien en ciertas
circunstancias extraordinarias tenían poderes discrecionales en asuntos milita-
res, estaban sometidos a una autoridad superior, que era la del consejo de los jefes125
(tlatocan), del cual eran miembros ex officio, con el título adicional de “hablado-
res” (tlatoani) y ocupando por lo tanto el tlatoca-icpalli, o “asiento del que ha-
bla”.126 Era ese consejo el que poseía el supremo poder del gobierno, y sus funciones
eran por igual legislativas y judiciales; la ejecución de sus decretos correspondía a
los jefes guerreros. La paz y la guerra estaban en sus manos, los jefes de guerra
por sí solos no podían decidir ninguna de las dos cosas.127 La existencia de ese
consejo como autoridad suprema prueba que los mexicanos no estaban sometidos
al gobierno despótico de un monarca, sino organizados según los principios de
una democracia militar. Eran una comunidad bárbara, pero libre y guerrera.
Con frecuencia los mexicanos encontraban causas legítimas para hacer la gue-
rra. Sus mercaderes, o los de tribus aliadas o sometidas, a menudo eran agravia-
dos o maltratados por y entre pueblos “extranjeros”. Tales actos eran considerados
siempre como una justificación de guerra abierta, y aprovechaban de inmediato
la oportunidad. Pero también buscaban ansiosamente pretextos,128 y por lo tanto
nunca les faltaba algún motivo para lanzarse sobre cualquier tribu que provocara
su codicia. Ya hemos dicho que hacer la guerra era para ellos una forma de sub-
sistencia; además la necesitaban para obtener víctimas humanas, porque su reli-
gión exigía sacrificios humanos por lo menos 18 veces al año.129 Cualquier acon-
tecimiento importante, como el mejoramiento de un teocalli130 y especialmente la
instalación de un nuevo jefe guerrero supremo (tlacatecuhtli) debía celebrarse con
una matanza de hombres, y las víctimas debían obtenerse en la guerra.131 De ahí
la conocida costumbre de los mexicanos, en el campo de batalla, de procurar
apresar a sus enemigos antes que matarlos.132
La cuestión de la paz o la guerra sólo podía ser decidida por el supremo
consejo de jefes.133 Si había de haber guerra, algunas veces, pero no siempre, se
resolvía enviar delegados a la tribu en cuestión, desafiándola a luchar o someter-
se y pagar tributo a los mexicanos.134 Esos delegados llevaban insignias distinti-
vas particulares135 y llegaban sin ser molestados hasta el pueblo al que debían
notificar; allí penetraban hasta la casa del consejo y exponían brevemente el
objeto de su venida ante los jefes congregados. Si la tribu así amenazada, des-
pués de deliberar, resolvía someterse y pagar tributo, todo estaba bien y los dele-
gados se retiraban cargados de presentes. Pero si en cambio la tribu visitada
72 A.F. BANDELIER

proponía cualquier otra forma de reparación o arreglo que no fuera la sumisión


total, o incluso daba una respuesta desafiante, los delegados mexicanos inmedia-
tamente se acercaban al principal jefe guerrero del enemigo y le untaban los
brazos con pintura blanca (que llevaban entre sus provisiones). Además le colo-
caban plumas en la cabeza y le entregaban un escudo y una espada: ésa era la
declaración de guerra.136 A continuación se retiraban, pero si una costumbre res-
petada por todas las tribus que habitaban la región les había permitido llegar sin
ser molestados,137 su regreso, desde que salían de la casa del consejo, no contaba
con una protección similar. Muchas veces ese regreso a México entrañaba el mayor
peligro personal para los delegados.138
Eran ciertamente pocos los casos en que una tribu así provocada o desafiada
resolvía someterse voluntariamente al tributo. Los mexicanos podían estar casi
seguros de la guerra, una vez que su supremo consejo la había decidido. Por lo tanto,
apenas terminada la reunión en la casa oficial, la guerra se proclamaba por los
cuatro rumbos de la ciudad, y en caso de gran urgencia un tambor monstruoso,
de sonido especialmente lúgubre, llamaba a la tribu entera a las armas desde la
cima del templo mayor.139
Debido a la peculiar organización que hemos descrito, era perfectamente po-
sible movilizar con gran rapidez a las fuerzas de toda la tribu. Las subdivisiones
menores se reunían bajo sus “capitanes”, y todos juntos acudían casi simultánea-
mente a los grandes arsenales de los cuatro barrios mayores, donde los mayordo-
mos repartían el armamento.140 Así, los grupos mayores podían reunirse, armar-
se y organizarse bajo sus respectivos comandantes de todos los grados en muy
poco tiempo, esperando la señal del comandante en jefe para avanzar, ya fuera
en canoas a través del lago141 o por las calzadas hacia la tierra firme. Cada gue-
rrero llevaba sus propias frugales provisiones142 preparadas por las mujeres de
las casas: tortillas de maíz, pinole, frijoles molidos, pinole con chile;143 pero tam-
bién acompañaban al ejército cargadores especiales que llevaban provisiones,
mantas para hacer tiendas, carrizos para hacer chozas y enramadas, utensilios de
cocina como ollas, cazuelas y cestas, y también esteras.144 A veces esos cargadores
se veían abrumados con gran cantidad de armamento, e incluso de ornamentos,
destinados a premiar actos de gran valor en el campo de batalla. Esa “comitiva”
(si podemos emplear la expresión) era comandada por mayordomos, que acom-
pañaban al ejército con ese objeto.145 Como los mexicanos no tenían animales
domésticos, aparte de ciertos perritos y aves, necesariamente las provisiones y
equipos que podían llevar consigo eran limitados, y en consecuencia sus expedi-
ciones nunca podían ser de larga duración, de modo que eran más bien incursio-
nes o correrías que campañas regulares. Mientras se movían entre tribus amigas
esperaban que éstas les proporcionaran alimentos, y de ahí en adelante confiaban
en lo que pudieran obtener del territorio enemigo.
Sin embargo, después que aseguraron su posición en medio de la laguna y
una vez que ganaron un espacio en las orillas derrotando sucesivamente a varias
de las tribus dispersas por la tierra firme, ya no se aventuraron solos en sus
EL ARTE DE LA GUERRA 73

expediciones de pillaje, sino que exigieron a los conquistados que se les unieran
en armas cuando así lo requirieran.146 No intentaremos examinar aquí cuáles
eran las relaciones existentes entre los mexicanos y otras tribus del valle, espe-
cialmente las de Texcoco y Tlacopan: ese tema se reservará para otra oportuni-
dad;147 aquí basta con establecer que todas esas tribus, que ahora la historia con-
sidera ya como aliadas o confederadas de los mexicanos o bien como súbditos
suyos, de cualquier modo estaban bajo la supremacía militar de México.148 Por lo tanto,
siempre que, por cualquier causa, el consejo supremo mexicano acordaba la gue-
rra, se enviaban delegados a todas las tribus relacionadas con México,149 a fin de
que enviaran sus fuerzas, con armas y provisiones, a determinado lugar donde se
reunirían con los mexicanos para continuar todos juntos, bajo el mando de los
mexicanos, en la expedición decidida por la tribu del centro del lago.150
Esas notificaciones nunca eran desoídas por los pueblos del valle,151 y menos
aún por los de distinta lengua que vivían fuera del valle y eran súbditos tributa-
rios de los mexicanos.152 Por lo tanto, el ejército que salía de México tenía la
seguridad de encontrar, en el lugar señalado, numerosos refuerzos de diversas
tribus, totalmente armados y equipados, con una organización similar a la de
ellos,153 listos para la marcha al término de la cual, si tenían buen éxito, verían
sus esfuerzos recompensados con parte de las víctimas humanas y del botín.154
Una vez reunidas todas las fuerzas en el lugar escogido, emprendían una mar-
cha rápida, y en lo posible en línea recta, hacia el territorio del enemigo. Las
diversas tribus, así como sus respectivas subdivisiones, se mantenían separadas,
al mando de sus respectivos jefes nativos. Los mexicanos estaban en su mayoría
en la retaguardia. La aproximación de ese cuerpo de guerreros no siempre era
agradable para los asentamientos tributarios o amigos situados a lo largo de su
ruta: se esperaba que acudieran con refuerzos, provisiones y regalos, y si alguno
de ellos no cumplía con lo requerido quedaba expuesto a la violencia más bárba-
ra. En su furia, los mexicanos llegaban incluso a vaciar y destruir las reservas de
maíz, y a matar cruelmente a los pocos animales domésticos (perros y aves) de los
desdichados habitantes.155
El objetivo de esa marcha era, como ya se ha dicho, el territorio enemigo. No
había una frontera definida entre las distintas tribus de México: cada una estaba
rodeada simplemente por un cinturón de tierra deshabitada o desierta.156 Era en
esa faja de terreno neutral donde el enemigo esperaba a los mexicanos (siempre
que supieran que se acercaban y se sintieran lo suficientemente fuertes para
enfrentarlos en campo abierto),157 por lo cual lo llamaban “terreno de guerra o
de batalla” (yaotlalli),158 y en cuanto el ejército mexicano se aproximaba a esa
zona su movimiento iba haciéndose menos rápido y más cauteloso. Hacia el oca-
so se detenían en esa área peligrosa, escogiendo para acampar, en lo posible, una
posición alta y abierta que no favoreciera la sorpresa. Se levantaban apresurada-
mente las chozas (y quizá tiendas) y enramadas para las cuales llevaban algunos
materiales y cada tribu acampaba separada de las demás; los mexicanos ocupa-
ban el centro del campamento.159
74 A.F. BANDELIER

Era costumbre de los mexicanos enviar espías que, con diferentes disfraces,
penetraban en el territorio hostil antes que el ejército se acercara.160 Además,
apenas éste se detenía en el “terreno de guerra”, numerosos guerreros se adelan-
taban como exploradores, avanzando disimuladamente por el monte hasta acer-
carse lo más posible al enemigo a fin de descubrir su posición y número, así
como su armamento. La información reunida por ellos se hacía llegar durante la
noche al jefe mexicano, quien celebraba consejo de guerra con los otros jefes
principales. Esa reunión, guiada en parte por la información así obtenida, traza-
ba el plan de ataque para el día siguiente. Las tácticas de los mexicanos eran
sumamente simples: un señuelo, en forma de retirada precipitada, y una embos-
cada al término de la misma, parece haber sido su máxima concepción. Por lo
tanto, con frecuencia durante la noche cavaban pozos muy adelante del campa-
mento, donde al término del consejo se ocultaban los guerreros más atrevidos
(ocasionalmente incluso el propio comandante mexicano), con el cuerpo cubier-
to de paja, ramas o follaje.161 Mientras tanto los guerreros estaban transportando
sus armas o pintándose de nuevo, y los capitanes atendían a sus respectivos des-
tacamentos, exhortando a los hombres a mostrar valor y resistencia. Cada tribu
tenía su propio grito de guerra, que se usaba sólo en la acción. Finalmente, a
veces todo el campamento se unía en un alarido espantoso: el desafiante grito de
guerra de millares de indios, destinado a indicar no su presencia (que se suponía
conocida) sino su número y ferocidad. No era raro que ese grito provocara una
respuesta del enemigo que esperaba enfrente.162 Después, por fin, caía sobre la
“tierra de guerra” la quietud de la noche, de la lóbrega y traicionera noche pre-
via a una batalla india.
La quietud no duraba mucho. Aun en caso de que ninguno de los contrincan-
tes intentara sorprender al otro amparado por la oscuridad, ciertamente ambos
estaban alertas antes que amaneciera.163 Las fuerzas mexicanas, precedidas por
una nube de guerreros dispersos –escaramuzadores o exploradores–, avanzaba
cautelosamente, no en un solo cuerpo sino por tribus y subdivisiones de tribus,
igual que en la marcha. Muy pronto sus avanzadas se encontraban con las del
enemigo, se alzaban gritos de guerra de ambos lados y a lo largo de toda la línea
se trababa una serie de combates personales. Se arrojaban por medio de las
hondas las piedras llevadas para ese fin, y otras recogidas del suelo, acompaña-
das por gritos horrendos y epítetos desafiantes. Seguían dardos y flechas, mien-
tras todos danzaban para evitar los proyectiles. Mientras tanto avanzaban seccio-
nes de los cuerpos principales y la lucha iba librándose cada vez más de cerca,
ahora con espadas y mazas. Si el enemigo era lo bastante fuerte para no retroce-
der de inmediato, los mexicanos fingían retirarse, precipitándose hacia el sitio
donde se había preparado la emboscada. El enemigo iba en su persecución, y
una vez metido en la trampa sus rivales caían sobre él de todas direcciones, de
modo que sus esfuerzos por liberarse siempre iban acompañados de grandes
pérdidas de hombres muertos o apresados. En otros puntos de la línea, los ene-
migos tendían lazos similares a los mexicanos. Así la lucha procedía como una
EL ARTE DE LA GUERRA 75

gran escaramuza, cada una de las partes intentaba debilitar a la otra mediante
pérdidas parciales a través de toscas estratagemas, hasta que el enemigo, reduci-
do su número y desanimado por la muerte o captura de muchos de sus principa-
les guerreros, cedía en forma indudable.164 A continuación se iniciaba una preci-
pitada retirada de un lado, y una persecución igualmente rápida del otro.165 El
objetivo de esa retirada era el asentamiento o pueblo [en español en el original]
de la tribu atacada, pero si el vencido lograba poner entre ellos y sus perseguido-
res algún obstáculo natural, como un río o un barranco hondo, o refugiarse en
un altura escarpada y boscosa, entonces los vencedores se detenían, porque rara
vez se atrevían a atacar cuando el ataque exigía un gran esfuerzo simultáneo de
todas las fuerzas.166 Menos aún podían ejecutar movimientos rápidos de flanco.
Con tiempo lograban rodear algunos obstáculos, pero sus provisiones eran tan
limitadas que si no había indicación positiva del buen éxito, ya fuese atacando la
posición sin gran peligro, o capturándola en muy poco tiempo mediante algún rudo
artificio, preferían desistir de ulteriores intentos y volver a casa con lo que hubie-
ran podido capturar en el campo de batalla. Así “acollaraban”167 a sus prisione-
ros (que habían estado cuidadosamente vigilados detrás del campo de batalla) y
regresaban a México en son de triunfo moderado, para proclamar en el futuro
que tal y cual tribu había sido sometida por ellos, cuando en realidad sólo la
habían derrotado en una batalla, y después de eso la tribu había conservado su
total independencia.168
Si la tribu vencida no encontraba ningún refugio, la persecución continuaba
sin desmayo hasta llegar al poblado mismo. Con frecuencia, perseguidos y per-
seguidores penetraban en él al mismo tiempo. Lo primero era entonces prender
fuego al templo, y luego se iniciaba una matanza indiscriminada de no comba-
tientes.169
La carnicería no se detenía con nada menos que la rápida sumisión al tributo.
Por lo tanto, los vencidos, a menos que estuvieran dispuestos a abandonar sus
hogares para siempre,170 hacían señales de paz. Venía entonces un parlamento,
seguido por la rendición de la tribu derrotada. En general se pagaba por adelan-
tado el tributo de un año, y así los mexicanos podían regresar a sus casas carga-
dos tanto con los despojos obtenidos en el campo de batalla como con la primera
garantía de futuras contribuciones de la tribu vencida.171
A veces, sin embargo, ocurría que la tribu atacada había dotado a su pueblo de
defensas artificiales, y los mexicanos, victoriosos en campo abierto, se encontra-
ban en presencia de fortificaciones simples, que más delante describiremos, como
empalizadas o incluso plataformas de tierra o de piedra coronadas por parape-
tos. Sólo se intentaba atacar tales fortificaciones si el buen éxito parecía induda-
ble, ya fuera como consecuencia de la superioridad de los mexicanos o de las
grandes pérdidas sufridas por los defensores en las luchas anteriores.172 En ese
caso, y sólo en ese caso, se construían escaleras173 y se escalaban los muros, con la
debida precaución y bajo la protección de diversos artificios.174 Un asedio regular
era impensable, puesto que los mexicanos no estaban equipados para permane-
76 A.F. BANDELIER

cer mucho tiempo fuera de su territorio. Podían quedarse al acecho o rondando


las defensas de sus enemigos por algún tiempo, con la intención de intentar una
sorpresa de algún tipo, pero si no podían tomar el lugar con un ataque rápido
tenían que desistir y volverse a su casa.175
Hasta aquí hemos supuesto que la tribu atacada por los mexicanos había sido
desafiada formalmente, o al menos notificada de su llegada. Pero no siempre
ocurría así. Muchas veces los mexicanos atacaban sin aviso previo, e intentaban
una sorpresa nocturna que casi sin excepción tenía éxito.
Es casi superfluo intentar una descripción de ese poderoso ataque. La escena,
como la de cualquier población atacada por sorpresa por los indios durante las
horas de oscuridad, puede imaginarse vagamente pero no describirse en forma
adecuada. Los atacantes, avanzando en silencio, ocupaban todas las entradas y
salidas y rodeaban el teocalli principal; a continuación lanzaban su alarido, y los
desdichados habitantes del pueblo comprendían de inmediato que estaban per-
didos. Pocos sobrevivían a tales ataques, y aún ésos, a menos que la tribu se rin-
diera de inmediato, eran llevados como prisioneros, salvo los que lograran esca-
par hacia el territorio desocupado, más allá del área cultivada.176
Sin embargo, los mexicanos no siempre triunfaban en sus numerosas expedi-
ciones e incursiones. Más de una vez sufrieron severas derrotas, e incluso en una
ocasión, en el ataque a Michoacán de 1479, fueron golpeados en forma tan terri-
ble que nunca más repitieron el intento.177
Además, en sus constantes guerras contra la confederación rival, también de
lengua nahuatl, encabezada por la tribu de Tlaxcallan o Tlaxcala, era frecuente
que la suerte se volviera en contra de los invasores, o al menos atacantes.178 En el
primer caso, el de la derrota en Michoacán, los mexicanos realmente huyeron
del campo de batalla en confusión, perseguidos por el enemigo victorioso a tra-
vés de la “tierra de guerra”, pero no más allá.179 Los combates con las tribus de
Tlaxcala, Huexotzinco y Cholula se libraban tan cerca del valle que aun cuando
los mexicanos fueran derrotados durante el día podían retirarse tranquilamente
y casi sin ser molestados a la mañana siguiente.180 Casi nada sabemos del modo
en que se realizaban esas retiradas.
Hasta ahora sólo hemos considerado a los mexicanos en conflicto con tribus
de su misma región y raza, inferiores o iguales a ellos en grado de cultura, y
proporcionalmente en recursos militares. Pero es imprescindible examinar tam-
bién sus guerras contra sus subsecuentes conquistadores, los españoles, e inda-
gar hasta dónde los acontecimientos de la conquista confirman nuestra visión de
la organización y las tácticas militares de la tribu mexicana. Sin embargo, antes
de iniciar ese análisis, que nos dará también una ilustración de la guerra defen-
siva de los indios de México, es urgente que conozcamos la naturaleza de las
fortificaciones erigidas y utilizadas por los aborígenes.
Si bien hay claras evidencias de que ocasionalmente se erigían muros de pie-
dra para la defensa de ciertas posiciones no directamente relacionadas con asentamientos
o en su cercanía inmediata, tales casos son muy raros. Uno es el del famoso muro
EL ARTE DE LA GUERRA 77

con que los tlaxcaltecas cerraron el valle en sus confines orientales.181 En gene-
ral, la concepción de las tribus de México de la fortificación de algún lugar con-
sistía en elevarlo por encima del nivel circundante y coronar esa área elevada con un
parapeto de piedra o de madera. No está bien claro si la elevación se extendía
siempre hasta el área del asentamiento así encerrado, formando una terraza o
plataforma, o si simplemente constituía un cinturón alrededor de él. Como princi-
pal medio de protección recurrían a la elevación.182
El pueblo [en español en el original] de Cuauhquechollan (hoy Huacachula, en
el estado de Puebla), situado al sureste de México y tributario de los mexicanos
en 1520, era considerado muy fuerte, y Cortés nos ha dejado la siguiente des-
cripción de sus defensas, tanto naturales como artificiales:

Esta ciudad de Guacachula está asentada en un llano, arrimada por la una parte a unos
muy altos y ásperos cerros, y por la otra todo el llano la cercan dos ríos, a dos tiros de
ballesta el uno del otro, que cada uno tiene muy altas y muy grandes barrancas. Y tanto,
que para la ciudad hay por ellos muy pocas entradas, y las que hay son ásperas de bajar y
subir, que apenas pueden bajar y subir cabalgando. Y toda la ciudad está cercada de muy
fuerte muro de cal y canto, tan alto como cuatro estados por de fuera de la ciudad, y por
de dentro está casi igual con el suelo. Y por toda la muralla va su pretil tan alto como
medio estado; para pelear tiene cuatro entradas como uno puede entrar a caballo, y hay
en cada entrada tres o cuatro vueltas de la pared de la cerca, que encabalga un lienzo en
el otro; y hacia a aquellas vueltas hay también encima de la muralla su petril para pelear.
En toda la cerca tienen mucha cantidad de piedras grandes y pequeñas y de todas mane-
ras con que pelean.183

En varios casos encontramos esa idea de construir los pueblos en un declive, a


fin de no tener que proteger artificialmente más que uno o dos lados. Chamula, en
el actual estado de Chiapas, que fue atacada por los españoles al mando de Diego
Godoy en 1524, se hallaba sobre un risco o cerro alto y empinado, rodeado por
una barranca. El ascenso era muy difícil, y cuando los españoles llegaron a cierta
altura se encontraron una empalizada de troncos clavados en el suelo y amarra-
dos. Más arriba había un muro de dos brazas de alto y cuatro pies de ancho, de
piedra y tierra, con algunos postes. En la esquina más escarpada había una esca-
lera hacia arriba. Encima de la pared había una guarda de fuertes tablones soste-
nidos por troncos colocados por dentro y por fuera. Además, a los tablones esta-
ban aseguradas lianas muy gruesas, y cuerdas.184
En algunos casos la ladera de un cerro estaba cubierta por varias hileras de
muros o plataformas. Las viviendas de la población se hallaban sobre la terraza
más alta, dentro del muro superior, pero hasta en las defensas más exteriores se
erigían chozas o enramadas para albergar a los guerreros. Tal parece haber sido
la situación de Quetzaltepec,185 antes de ser capturada bajo el último Moctezuma,
y no es improbable que la célebre “pirámide de Xochicalco” resulte haber sido
un pueblo fortificado, del tipo que acabamos de describir.186
Pero la gran mayoría de los “pueblos” indios de México eran lugares abiertos,
78 A.F. BANDELIER

sin circunvalaciones ni murallas,187 construido según el plan que acabamos de


exponer188 y sin otros fuertes que sus grandes y macizas viviendas comunitarias y
el templo o teocalli piramidal.189 Sobre los techos planos de las primeras podían
reunirse piedras para arrojarlas al enemigo desde detrás de un pretil de tablas o
de adobe.190 La pirámide truncada, en su ascenso escalonado, ofrecía espacio
para una cantidad de combatientes.191 Ambos permitían luchar desde arriba y con
protección, mientras que el atacante tenía que combatir desde abajo y sin protec-
ción. Para un enemigo indio, esas macizas construcciones eran indudablemente
fortalezas, e incluso, como veremos, presentaron dificultades para los españoles.
Sin embargo, siempre que era posible los aborígenes agregaban a los medios
defensivos de su arquitectura el recurso de una posición naturalmente fuerte, y las
tribus más poderosas y agresivas fueron aquellas cuya posición defensiva era la me-
nos vulnerable, ya fuera naturalmente, artificialmente, o de ambas formas.192
Ya hemos dicho que el pueblo México era una de las posiciones más sólidas
jamás ocupadas por indios hasta el siglo XVI. Con todo, era un lugar abierto, sin
circunvalaciones ni murallas alrededor.193 Pero estaba rodeado por agua por to-
dos lados, lo que evidentemente era una protección natural. Sin embargo, el lago
que rodeaba a México era obra de los mexicanos mismos, y como tal merece ser
considerado como evidencia de su extraordinaria habilidad. Cuando llegaron
huyendo al lugar que después sería el lago, no era sino una extenso pantano
cubierto de cañas. En muchas partes podía vadearse sin esfuerzo, y en algunos
puntos los arroyos que desaguaban en él desde el oeste se filtraban por canales
profundos hacia el lago de Texcoco. Ocasionalmente su superficie era interrum-
pida por extensiones de arena o roca, y fue en uno de esos espacios secos que los
mexicanos se apiñaron para sobrevivir.194 Debido a su extrema debilidad no fue-
ron molestados y pudieron extender ese trozo de suelo seco mediante adiciones
de piedras y tierra arrojadas a las aguas poco profundas; después erigieron allí
sus frágiles viviendas y vivieron pobremente hasta que descubrieron la gran ven-
taja que esa posición aislada les daba sobre las tribus circundantes. Comprendie-
ron que mientras que ellos podían lanzarse al ataque impunemente, porque te-
nían a sus espaldas una retirada segura, un ataque a su posición era a la vez difícil
y peligroso para el atacante. Cuando su primer intento fue coronado por el éxi-
to, continuaron y, valorando su ubicación como el principal elemento de su fuer-
za, mejoraron su base en tierra firme obligando a las tribus sometidas a cons-
truirles una calzada desde la desembocadura del lago de Xochimilco hacia el
norte, hasta el pueblo de México.195 Ese dique, a la vez que aseguraba la comuni-
cación con la tierra firme, contenía las aguas que fluían hacia el pantano desde el
oeste, haciendo que se acumularan allí.196 Por otra parte, el agua dulce que llega-
ba del lago de Xochimilco era arrojada hacia el lado este del dique y el lago de
Texcoco. Mediante ese simple artificio los mexicanos lograron que su pueblo que-
dara rodeado por todas partes por un gran estanque, aislándolo, o más bien
fortificándolo más allá de cualquier medio de ataque indio.197 Por consiguiente, las
calzadas que llevaban a México eran construcciones militares.198 Más tarde el dique fue
EL ARTE DE LA GUERRA 79

prolongado hacia el norte, hasta lo que es hoy Guadalupe Hidalgo (antes


Tepeyacac), cerrando así completamente la cuenca occidental, y se construyó
otra calzada de este a oeste hasta Tacuba. Un ramal del dique sur corría hacia
Coyoacan, partiendo de Xoloc y extendiéndose hacia el suroeste. Para asegurar
la libre circulación de las aguas había compuertas, que interrumpían los diques
en varios puntos, con puentes de madera fáciles de quitar. Por eso México no
necesitaba fortificaciones exteriores ni murallas que la rodearan.199 Un ataque
por agua se podía rechazar fácilmente desde las azoteas, y con la ayuda de nume-
rosas canoas.200 Una hueste india que avanzara por las calzadas encontraría im-
pedimentos serios en las compuertas, una vez retirados los puentes. Por lo tanto,
México estaba muy seguro contra un ataque súbito y sorpresivo, al estilo indio:201
para superar sus defensas era preciso un asedio, y ninguna fuerza india por sí
sola era capaz de intentarlo y llevarlo a cabo; requería los recursos que los españo-
les, como soldados europeos, poseían.
El efecto del primer contacto de los blancos con los indios de México dejaría
a estos últimos asombrados, o más bien estupefactos. Más que comprender, sin-
tieron que esos pocos hombres que se aventuraban, al parecer tan despreocupa-
dos, entre fuerzas vastamente mayores, debían poseer recursos superiores para
contrarrestar su inferioridad numérica. Pero la verdadera naturaleza de esos re-
cursos era inconcebible para ellos, y no tuvieron tiempo para perfeccionarse
como la emergencia lo habría requerido. Por eso su guerra contra los españoles
se limitó a todo lo que podían hacer en el estado en que se hallaba su cultura, y
no debe sorprendernos que hayan sucumbido. Además de la vasta inferioridad
del armamento, existía una proporcional en la táctica militar. En las palabras del
más celebrado autor sobre la historia de la conquista: “No conocían cómo con-
centrar cierto número en un punto dado, ni cómo sostener un asalto, empleando
sucesivos destacamentos para sostenerse y aliviarse unos a los otros. Sólo una
parte muy pequeña del ejército podía ponerse en contacto con un enemigo infe-
rior a él en fuerzas.”202 Podemos agregar que su concepción táctica no iba más
allá de las simples trampas inventadas por el ingenio salvaje, y en sus primeros
encuentros con los españoles (cuando todavía confiaban en su superioridad nu-
mérica) no pasaron de un ataque feroz y desordenado.
Quizá no esté fuera de lugar examinar aquí algunos de los principales comba-
tes librados entre los indios mexicanos y sus conquistadores españoles. Para este
fin hemos escogido la campaña de Cortés contra Tlaxcala, y la célebre batalla
cerca de Otumpan, que han sido tan bien descritas por Prescott. Si bien en los
combates contra los tlaxcaltecas no intervinieron los mexicanos propiamente
dichos, sabemos que las dos tribus estaban tan parejas en sus recursos y faculta-
des militares que sin dificultad podemos sustituir una por otra y tomar la acción
de una como ilustrativa de la acción de la otra en una emergencia similar. En
Otumpan los mexicanos y tribus aliadas se enfrentaron a los españoles. Ambos
ejemplos fueron combates en campo abierto, y por lo tanto se refieren particu-
larmente a guerra ofensiva.
80 A.F. BANDELIER

Hemos empleado deliberadamente el término “campaña” en relación con


Tlaxcala, evitando la idea de “batallas”, o incluso “grandes batallas”, utilizada
con tanta liberalidad por la mayoría de los autores. Es un error admitir que
durante el avance de Cortés contra el pueblo de Tlaxcala se libraron alguna vez
batallas regulares. Hasta donde podemos confiar en el testimonio de quienes estu-
vieron presentes, aquél sólo prueba que los tlaxcaltecas, confiados por así decirlo
en la inferioridad numérica de los invasores españoles, se lanzaron sobre ellos
con toda la furia de una horda salvaje y, al ser recibidos con un fuego nutrido de
efectos devastadores, volvieron a su primitiva guerra de señuelos, emboscadas y
sorpresas, en la esperanza de cansar a los españoles por medio de esa serie cons-
tante e irregular de escaramuzas. La táctica de Cortés, en esa ocasión, consistió
simplemente en mantenerse en posiciones defendibles, tarea de no poca dificul-
tad si consideramos que sus hombres pasaban muchos días sin poder descansar y
casi sin comer. Pero perseverando en esa actitud logró voltear la situación en
contra de los indios de Tlaxcala, a los que finalmente cansó hasta agotar su
poder de agresión. Entonces tomó él la ofensiva, y mediante ataques exitosos logró
reaprovisionar a su gente y llevar al enemigo a términos favorables.203
De todas las luchas de la conquista, ninguna tuvo tanto el carácter de una
batalla regular como la del 8 de julio de 1520, llamada comúnmente batalla de
Otumpan. Sin embargo, no fue sino una escaramuza continuada, que duró un
día entero o poco menos. Los españoles, sin armas de fuego, hambrientos, redu-
cidos en número y casi todos heridos, fueron perseguidos desde que salieron del
pueblo de Zacamulco por la mañana. Hostigados en los flancos y en la retaguar-
dia por los mexicanos que, no contenidos ya por las descargas de los mosquetes,
se les aproximaban mucho, los españoles continuaron avanzando, peleando y
marchando, hasta que en los llanos de Apan se encontraron rodeados por todas
partes. Ésa era la emboscada final preparada por los mexicanos. El combate en ese
sitio debe de haber sido totalmente desesperado, pero fue de corta duración, y los
españoles se abrieron paso con el valor de la desesperación. Los indios estaban
tan seguros de aniquilar a sus adversarios ese día, que desistieron de futuras
persecuciones.204
Los combates cerca de Otumpan fueron los últimos combates ocurridos des-
pués de la terrible noche del 1 de julio de 1520, y antes de la reanudación de la
campaña por Cortés desde su cuartel general de Tlaxcala. Las numerosas accio-
nes que tuvieron lugar después son de escaso interés para nosotros, hasta el
momento en que se inicia el sitio de México. Un esbozo rápido de los aconteci-
mientos de ese asedio, sin embargo, ilustrará la guerra defensiva de los mexicanos.
Es sabido que Cortés, mediante una astuta política unida a una hábil estrate-
gia, logró desmembrar a la confederación nahua del valle de México, más que
derrotarla. De ese modo aisló a la tribu mexicana propiamente dicha, cortando
sus fuentes de refuerzos y hasta de subsistencia, al privarla de tributo y de inter-
cambio. Finalmente llegó el momento en que hasta los pueblos de las costas del
lago más próximos a México ya no pudieron, o no quisieron, seguir reconocien-
EL ARTE DE LA GUERRA 81

do lazos de amistad con sus antiguos jefes militares, y sólo la superficie del lago
y las calzadas quedaron en poder de la tribu y los guerreros adicionales que se le
habían unido en su refugio para compartir su destino. Mientras las canoas
mexicanas pudieran navegar libremente por el lago, cualquier punto de la tierra
firme estaba expuesto al ataque de sus guerreros. Por eso Cortés botó sus bergan-
tines, que pronto dominaron el lago de Texcoco propiamente dicho, obligando a
las canoas a refugiarse en los estrechos canales que corrían por toda la ciudad.
Fue entonces cuando los mexicanos quedaron efectivamente encerrados, sin nin-
guna salida más allá de la limitada circulación de los estanques situados al oeste
de las calzadas principales. El primer paso de Cortés fue tomar Chapultepec y
cortar el suministro de agua limpia que desde allí corría a lo largo de la calzada
hasta México.205 Privada así de agua para beber, puesto que la de la laguna no era
potable, con reservas limitadas de alimentos, la tribu mexicana estaba rodeada
por enemigos humanos afuera, mientras que dos de los mayores azotes de la
humanidad, el hambre y la sed, la amenazaban por último desde adentro.
Cortés pudo haber esperado quieto hasta que esos dos terribles aliados hicie-
ran su obra casi solos, de no ser por dos razones.
La principal era que su posición, entre las tornadizas tribus indias que la sed
de venganza, la codicia del botín y sus propios deslumbrantes éxitos habían uni-
do transitoriamente a su suerte, no resultaba segura. Un sitio prolongado estaba
más allá de las concepciones militares y hasta de la capacidad militar de los in-
dios. No podían permanecer lejos de su casa por tanto tiempo.206
Por otra parte los mexicanos, que tampoco estaban preparados para una de-
fensa prolongada, lo obligaban a la acción agresiva.
Recurriendo al único modo de guerrear que conocían cuando ya no era posi-
ble el ataque súbito con fuerzas abrumadoras,207 hicieron una serie de fintas con
el fin de atraer a sus enemigos a una emboscada. Avanzaban contra los españoles
y sus aliados por las calzadas y luego huían precipitadamente hacia la primera
transversal en cuanto su ataque era rechazado. Cuando sus perseguidores llega-
ban al cruce, nutridos grupos de guerreros los atacaban por los flancos, mientras
desde adelante les llovían proyectiles de todo tipo, arrojados desde los terraple-
nes erigidos por el lado interior de las zanjas.208 Pero los españoles sabían dema-
siado bien lo desastrosa que sería una retirada en esas circunstancias, de modo
que, seguidos por sus aliados nativos, persistían y superaban los obstáculos por
asalto. Justamente la táctica india empleada para destruir a los blancos permitió
a éstos lograr una base en las calzadas con menos pérdidas de las que habría
provocado un ataque directamente planeado.209
Hasta ahí, los mexicanos podían hacer uso de sus canoas para hostigar tanto
los flancos como la retaguardia de sus enemigos. Pero Cortés rápidamente en-
sanchó la primera abertura en la calzada, y envió al lado occidental sus barcos
con artillería.210 De ahí en adelante los bergantines, si bien no pudieron hacer
nada contra el mismo pueblo, mantuvieron a raya a las canoas de los mexicanos,
y desplazándose a lo largo de las calzadas junto con las fuerzas de tierra apoya-
82 A.F. BANDELIER

ron exitosamente, con un intenso fuego, los esfuerzos de éstas contra las defen-
sas en los cortes de las represas.211
De ese modo las tácticas favoritas de los mexicanos, el señuelo y la emboscada,
fueron gradualmente derrotados paso a paso, con pocas pérdidas. Sus traicione-
ros ataques no sólo no eran temidos sino que eran incluso deseados, ya que cada
uno de ellos procuraba una nueva base a los atacantes, que así poco a poco llega-
ron, por tres lados, a la entrada del pueblo. Éste yacía ante ellos aparentemente
abierto y sin fortificaciones. No era un pueblo continuo, sino un grupo de nú-
cleos menores con huertos cruzados por cursos de agua en todas direcciones. En
las grandes plazas se alzaban pirámides truncadas coronadas por adoratorios.
Varias grandes avenidas llevaban hasta el teocalli principal, que los españoles
consideraban el centro de la población. Los mexicanos habían cortado también
esas avenidas, erigiendo detrás de esos cortes baluartes de piedras y tierra. Los
españoles tomaron por asalto esas defensas y llegaron al corazón del pueblo, pero
una vez allí, muy lejos de su base, los victoriosos españoles vieron las azoteas
cubrirse súbitamente de indios que arrojaban contra ellos toda clase de proyecti-
les, mientras a sus espaldas grandes grupos de guerreros salían de callejuelas y
pasajes, ocupando las mismas trincheras que ellos acababan de pasar y atacando
su retaguardia. A los atacantes no les quedó otra salida que retirarse por las
calzadas, movimiento no siempre fácil y que ciertamente fue acompañado por
muchas pérdidas. Para evitar esas peligrosas emboscadas, en que los templos
servían de señuelo y cada casa comunitaria era un escondite para el enemigo,
Cortés se vio obligado a avanzar en forma lenta y cautelosa, sin dejar a sus espal-
das ninguna zanja sin rellenarla debidamente y por fin, al ver que todo el pueblo
no era sino una complicada trampa en que cada casa podía servir de baluarte,
muy a su pesar recurrió al desesperado expediente de arrasar por completo cual-
quier construcción que pudiera ofrecer escondite a los mexicanos.
Así, paso a paso, la tribu de México fue empujada a un espacio cada vez me-
nor. Un cinturón cada vez más ancho de ruinas humeantes fue cerrándose a su
alrededor por todas partes, y si una y otra vez se lanzaron con la energía de la
desesperación contra ese cerco mortal, en sus límites interiores se encontraban
con sus precavidos adversarios, que los rechazaban y aprovechaban la ocasión
para avanzar otro poco contra ellos. Mientras tanto, en sus filas aumentaba el
hambre y surgía la epidemia. Sus cuerpos se debilitaban día a día, no les queda-
ban medios de subsistencia, las mujeres y los niños vagaban como cadáveres
vivientes, sin temer a los despiadados aliados indios de Cortés. Sin embargo, la
tribu no se sometió, y cuando por dos veces los jefes guerreros explicaron la inu-
tilidad de cualquier defensa ulterior, el “consejo principal” como autoridad su-
prema declaró firmemente “que más vale que todos muramos en esta ciudad
peleando, que no vernos en poder de quienes nos harán esclavos y nos atormen-
tarán”.212
Por fin, el 13 de agosto de 1521 condujo Cortés “sus belicosas huestes, para
atravesar los incendiados y destruidos barrios que circundaban la capital azteca”,
EL ARTE DE LA GUERRA 83

ordenó un ataque final contra los desdichados sobrevivientes mexicanos:

mezclados unos con otros de todos sexos y edades, en la mayor confusión y formando
masas tan compactas que se empujaban unos a otros por sobre las orillas de la calzada y
caían abajo al agua. Algunos se habían subido a las azoteas; otros que apenas se podían
tener en pie, necesitaban apoyarse contra las paredes de los edificios. Sus sucios y desga-
rrados vestidos, dábanles un aspecto de la mayor rudeza selvática, la cual realzaban más
y más la ferocidad de su expresión y las encendidas miradas que dirigian al enemigo, en
las que se mezclaban el odio y la desesperación.213

Expuesta a un fuego destructivo por todas partes, la hambrienta multitud


intentó una débil resistencia y luego se dispersó, prefiriendo la huida a la rendi-
ción. Sin embargo, la alcanzaron muy pronto y capturaron a sus jefes principales,
con lo que México quedó definitivamente en manos de los españoles.
Deliberadamente nos hemos detenido en los acontecimientos del sitio del
pueblo de México, porque ilustran mejor que cualquier otra página de su historia
la guerra defensiva de los indios, en el punto más alto de su desarrollo. Durante
esa memorable defensa los mexicanos lograron todo lo que una tribu india po-
día lograr, hasta el siglo XVI. En ese sentido su resistencia no tiene paralelo. Ade-
más, su tenacidad, la fortaleza con que soportaron los mayores sufrimientos sin
ceder, son otras tantas pruebas de que lo que hicieron no fue por miedo a un
despotismo aplastante que los gobernaba con mano de hierro, sino por libre con-
sentimiento general. Es una prueba adicional de lo que habíamos anticipado: que
los mexicanos no eran súbditos de un poder despótico, sino que estaban organi-
zados según los principios de una democracia militar bárbara, pero libre.
NOTAS AL ARTE DE LA GUERRA Y EL MODO DE GUERREAR

a. El autor se refiere a Fray Diego Durán, en realidad nacido en España, de padres penin-
sulares, pero llegado niño a la Nueva España; él mismo dice que aprendió el nahuatl o
“lengua mexicana” en Texcoco y que allí “mudó de dientes”; su obra fundamental es la
Historia de las Indias de Nueva España e Islas de Tierra Firme. Hernando Alvarado Tezozomoc es
mestizo de español e india, igual que Fernando de Alba Ixtlilxochitl. [E.]
1. Nos adherimos al nombre “mexicanos” por deferencia hacia una costumbre estable-
cida; mexica o mexitin sería más correcto. El primero es utilizado por un distinguido estu-
dioso de la ciudad [city] de México, Alfredo Chavero (véase su “Calendario azteca”). La
etimología de las palabras “azteca”, “aztlantlaca” y otras queda fuera del propósito del
presente ensayo.
2. Véase fray Juan de Torquemada, Los veinte y un libros rituales y monarchia indiana con
el origen y guerra de los indios occidentales, Madrid, 1723 (reimpreso por Barcia del original
de 1613), vol. I, lib. II, cap. XI, pp. 92-93 [6a. ed. facsimilar, México, Porrúa, 1986, pp. 92-
93]. Este autor agrega que el arte de la pesca era desconocido para las tribus agricultoras
del valle hasta la llegada de los mexicanos (cf. fray Diego Durán, Historia de las Indias de
Nueva España y islas de tierra firme, escrito entre los años de 1579 y 1581, publicado por
José F. Ramírez, México, 1867, vol. I, caps. IV y V [México, Porrúa, 1984]).
3. Fernando de Alvarado Tezozomoc, Crónica mexicana: “mas de las Tierras, y Montes
que hoy havitan los Chichimecas, que es por Santa Barbola” (en lord Kingsborough,
Antiquities of Mexico, vol. IX [México, Porrúa, 1980, p. 224]). Hablando de las “siete cue-
vas” (Chicomoztoc) de donde las tribus nahuas (incluidos los mexicanos) afirmaban ha-
ber salido, Durán dice: “Estas cuevas son en Teoculuacan, que, por otro nombre, se llama
Aztlan, tierra de que todos tenemos noticia caer hacia la parte del norte y Tierra Firme,
con la Florida” (cap. I, p. 8 [p. 18, § 28]); “Pasaron y rodearon toda la tierra de los chi-
chimecas, sin dejar cosa por ver en toda la tierra nueva y llanos de Cibola” (cap. II, p. 21
[cap. III, p. 30, § 14]). Se ha sugerido que Cíbola era el nombre dado a Zuñí, pueblo que
hasta hoy existe en Nuevo México (véase “Historie of the great and mightie kingdom of
China, and the situation thereof, etc.”, trad. del original español del padre Juan González
de Mendoza (1588) por R. Parke, y publicado nuevamente por la Hackluyt Society en su
volumen de 1853 (2 tomos). Zuñí: “los españoles lo llaman Cíbola”.
4. Tezozomoc, cap. I, p. 6 [pp. 225-226]; Joseph de Acosta, Historia natural y moral de
las Indias, Madrid, 1608, lib. VII, cap. 4, p. 459 [México, FCE, 1962, p. 324]). Brasseur de
Bourbourg (Popol Vuh, introd., pp. 137, 140) da a entender que Huitzilopochtli es un mito
común a los habitantes de Centroamérica en general.
5. El lugar adonde huyeron los mexicanos, y que posteriormente llegó a ser el núcleo
de Tenochtitlan y de Tlatelolco, era tierra seca, entre juncos y cañas (Tezozomoc, cap. I, p. 5
[p. 224]: “porque el día que llegaron á esta Laguna mexicana, en medio de ella estaba, y
tenia un sitio de tierra, y en él una peña”). Fray Jerónimo de Mendieta (Historia eclesiás-
tica indiana, publicada por mi muy estimado amigo J. García Icazbalceta, erudito estudio-
so mexicano, en 1870, lib. II, cap. XXXIV, p. 148 [México, Porrúa, 1980, p. 148]): “Y luego
se hicieron fuertes en este sitio, tomando por muralla y cerca las aguas y emboscadas de
la juncia y carrizales y matorrales de que estaba entonces poblada y llena toda la laguna,

[84]
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 85

que no hallaron el agua descubierta sino en sola una encrucijada de agua limpia desocu-
pada de los matorrales y carrizales, formada á manera de una aspa de S. Andrés. Y casi al
medio de la encrucijada hallaron un peñasco.” Torquemada (lib. II, cap. XI, p. 92): “En
este lugar se ranchearon (como decimos en el Libro de las Poblaçones) haciendo unas
pobres, y pequeñas Choças, rodeadas de Carriço, y Espadañas, que ellos llaman Xacalli”,
etc. Joseph de Acosta (Historia natural, lib. VII, cap. 7, p. 465 [pp. 329-330]): “Y dividién-
dose a una parte y a otra por toda aquella espesura de espadañas, y carrizales y juncia de
la laguna, comenzaron a buscar por las señas de la revelación, el lugar tan deseado.”
6. Que yo sepa, no había sino una posición similar: la de Atitlán, en Guatemala
(véase “Segunda relación por Pedro de Alvarado à Hernando Cortés”, 28 de julio de
1524, en E. de Vedia, Historiadores primitivos de Indias, Madrid, 1852, vol. I, pp. 460-462
[“Segunda Relación hecha por Pedro de Albarado a Hernando Cortés en que se refiere a
la conquista de muchas ciudades, las guerras, batallas, traiciones y rebeliones que suce-
dieron…”, en Relación hecha por Pedro de Alvarado a Hernando Cortes, en que se refieren las
guerras y batallas para pacificar las provincias del antiguo reino de Goathemala, México, José
Porrúa, 1954, pp. 40-42]). También esa tribu era considerada muy feroz.
7. Tezozomoc (cap. XXI, p. 32 [p. 287]): “Pasados algunos años dijo el rey Moctezuma
a Ciahuacoatl Tlacaeleltzin general y oidor: ¿paréceme que ha muchos dias que estamos
muy ociosos?” Ese término, ociosos, se refiere a que no había ninguna guerra, puesto que
inmediatamente después se inició la guerra contra Chalco, con la más abierta provoca-
ción por parte de los mexicanos.
8. F.J. Clavijero, Storia del Messico, Cesena, 1780, lib. VI, cap. 36 [Historia antigua de
México, 4 vols., México, Porrúa, 1958]. Francisco López de Gómara (“Historia general de
las Indias”, 2a. parte, Conquista de Méjico, en Vedia, vol. I, p. 438 [Historia de la conquista
de México, Venezuela, Ayacucho, 1979, cap. CCXVIII, p. 335]) dice: “Hecho esto, les ponen,
si es varón, una saeta en la mano derecha, y si hembra, un huso o una lanzadera, deno-
tando que se habían de valer, él por las armas, y ella por la rueca”. Torquemada (vol. II,
lib. XII, cap. XX, p. 450 [lib. XIII, cap. XX, p. 450]) dice que esto se hacía cuatro días
después del nacimiento. Clavijero indica que sólo los niños “cuyos padres eran guerre-
ros” recibían ese tratamiento, pero eso no está confirmado. Motolinia (“Historia de los
indios de la Nueva España”, en García Icazbalceta, Colección de documentos para la historia
de México, 1866, vol. I, trat. I, cap. V, p. 37 [México, Porrúa, 1980, p. 37]): “y entonces si
era varon poníanle una saeta en la mano […], el varon porque fuese valiente para defen-
der á sí y á la patria, porque las guerras eran muy ordinarias cada año”. No había profe-
siones u oficios hereditarios.
9. Tezozomoc, cap. LXXXIV, p. 141 [pp. 581-582], y cap. XC, p. 158 [p. 605]; Acosta,
lib. IV, cap. XXVI, pp. 442-443 [lib. VI, cap. 26, pp. 314-315].
10. Lo que los alemanes llaman Allgemeine Wehrpflicht [servicio militar obligatorio] existía
entre los mexicanos en la escala más vasta. Sin embargo, sus fuerzas, aunque estaban
siempre dispuestas, nunca salían del pueblo permanentemente, porque no eran lo bastante
numerosas y no almacenaban provisiones en cantidades suficientes para eso. Dentro del
pueblo de México no había necesidad de estar armado, y por lo tanto en el pueblo los
mexicanos andaban desarmados. Los “guardias” de que hablan Gómara y Bernal Díaz
nunca existieron (véase Gómara, p. 345 [cap. LXXIV, p. 120]: “En la ciudad nadie trae
armas”).
11. Ni siquiera Bernal Díaz dice nada. Fernando de Alva Ixtlilxochitl (“Relaciones
históricas”, en lord Kingsborough, Antiquities of Mexico, vol. IX, Relación XIIIa. De la veni-
da de los españoles” [“Décimatercia relación. De la venida de los españoles y principio de
86 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS

la ley evangélica”, en “Relaciones históricas”, Obras históricas, t. I, cap. III, México, UNAM,
1975], también traducida al francés por Ternaux-Compans con el título “Cruautés horri-
bles des conquérants du Mexique”, en la primera serie de su inestimable colección de
traducciones) dice que los mexicanos perdieron más de 240 mil hombres durante el sitio
de México. El único cálculo razonable lo encuentro en Durán (cap. XXXVII, pp. 287-288
[p. 281, § 4]): antes de ir contra Michoacán en 1479, los mexicanos (incluyendo Texcoco
y Tlacopan y otros del valle) contaron sus fuerzas y “hallaron que había veinticuatro mil
combatientes”. Esto es posible.
12. Sobre la población de México hay diversos informes. Los extremos son: 60 mil almas
(Conquistador Anónimo [“Relación de algunas cosas de la Nueva España, y de la gran
ciudad de Temestitán México”], en García Icazbalceta, Colección de documentos, vol. I, p. 391)
y 60 mil familias.
13. El largo de los muros de esa plaza, según Gómara, era de “un tiro de ballesta”.
¿Cómo es posible que hubiera diez mil hombres siempre allí, además de los sacerdotes y
sus numerosos asistentes?
14. Los que mencionan las “guardias” son Bernal Díaz del Castillo (Historia verdadera de
la conquista de la Nueva España, en Vedia, vol. II, cap. XCV [México, Patria, 1983, cap. XCV]),
Gómara (p. 342 [p. 121]), Torquemada (vol. II, lib. II, cap. VI, p. 544 [lib. XIV, cap. VI, p. 544])
y otros. En cambio Cortés y Andrés de Tapia no hacen mención de ellas.
15. Tres testigos presenciales han descrito ese célebre encuentro: Cortés (Cartas de re-
lación, en Vedia, vol. I, “Carta segunda”, p. 25 [“Segunda carta-relación”, en Cartas de rela-
ción, México, Porrúa, 1988, p. 51]), Bernal Díaz del Castillo (cap. LXXXVIII, p. 83 [p. 240])
y Andrés de Tapia (“Relación hecha por el señor Andrés de Tapia, sobre la conquista de
México”, en García Icazbalceta, Colección de documentos, vol. II, p. 578 [pp. 578-579]).
Ninguno de ellos habría dejado de notar la presencia de hombres armados entre los
indios, si los hubiera habido con Moctezuma.
Los mexicanos, por su parte, no habrían dejado de hacer ostentación de una guardia
armada, si ésta hubiera existido, al recibir a los extranjeros armados a la entrada del
pueblo.
16. Ixtlilxochitl (Histoire des Chichiméques ou des anciens rois de Tezcuco, trad. M. Ternaux-
Compans, cap. 85 [“Historia de la nación chichimeca”, Obras históricas, t. II, cap. LXXXV,
p. 220]): “Acudieron luego a palacio todos los españoles y muchos de los caballeros y
señores de la ciudad, parientes y amigos del rey, todos tristes y llorosos, mirándole a la
cara si les daba licencia para librarle.” El mismo autor (“Relación XIIIa” [“Decimotercia
relación”, p. 452]): “La gente ilustre y los capitanes mexicanos todos se espantaron de tal
atrevimiento, y se retiraron a sus casas.” Gómara, que menciona una guardia de Moctezuma
formada por tres mil hombres (“Corte y guarda de Moctezuma”, p. 345 [cap. LXXVI, p.
121]), la olvida completamente cuando relata la captura de Moctezuma. Cortés (“Carta
segunda”, p. 27 [“Segunda carta-relación”, p. 54]) no menciona ninguna guardia que
estuviera con el jefe. Tampoco lo hace Andrés de Tapia (Colección de documentos, vol. II, p.
580 [p. 579]). Sin embargo, la captura de Moctezuma no tuvo el efecto deseado. Él no era
tan poderoso como los españoles creían, y su influencia se desvaneció apenas fue hecho
prisionero, y por lo tanto efectivamente descalificado para el cargo.
17. Los cuerpos de guerreros mexicanos que Cortés posiblemente encontró en dife-
rentes lugares fuera de México cuando avanzó por segunda vez contra esa tribu no eran
guarniciones apostadas en esos lugares, sino que habían sido enviados especialmente
contra los españoles. Ni en Cempoala ni en Quiahuiztlan encontró guarniciones de tro-
pas mexicanas. En el combate en que fue muerto Juan de Escalante los adversarios eran
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 87

nativos de la región y no mexicanos. Cuauhpopoca no era un gobernador mexicano, sino “señor


de aquella ciudad que se dice Almería” (Cortés, “Carta segunda”, p. 26 [p. 53]), “vasallo
de Moctezuma” (Andrés de Tapia, Colección de documentos, vol. II, p. 579) y “señor de
Nahutlan” (Gómara, p. 354 [cap. LXXXVIII, p. 140]; Clavijero, lib. VIII, cap. 30).
En Iztapalapan, Mexicaltzinco y Huitzilopochco no había guarniciones mexicanas
cuando pasó por allí Cortés. En su camino de Cempoala hasta los confines de Tlaxcallan,
a través de una región antes sometida por los mexicanos y tributaria suya, no había un
solo fuerte específicamente mexicano, y Cortés no encontró más mexicanos o aztecas que
mensajeros o recaudadores de tributos, sin ninguna escolta armada. No había ninguna
fuerza mexicana en los confines de Tlaxcallan, la más fuerte enemiga de México, ni
“ocupando” Chalco, sede de la tribu más rebelde y guerrera del valle, que los mexicanos
habían derrotado. Lo que mantenía en sumisión a esas tribus era simplemente el temor a las
sangrientas incursiones que los mexicanos eran capaces de lanzar desde su casi invenci-
ble fortaleza del lago, no una ocupación militar permanente. Dice Tapia que “los que to-
maba de guerra decian tequitin tlacotle, que quiere decir, tributan como esclavos. En estos
ponía mayordomos y recogedores y recaudadores; y aunque los señores mandaban su
gente, eran debajo de la mano destos de México” (Colección de documentos, vol. II, p. 592).
18. A. de Humboldt, Vues des cordillères et monuments des peuples indigènes de l’Amérique,
1816, t. II, p. 313 [Vistas de las cordilleras y monumentos de los pueblos indígenas de América,
México, Siglo XXI/Smurfit Cartón/Papel de México, 1995, p. 307; introducción, traduc-
ción y notas de Jaime Labastida]. Véase también “Raccolta di Mendoza” [Códice Mendocino]
en lord Kingsborough.
19. Ibid. [p. 308]: “A los quince años, el padre presenta a dos hijos a dos diferentes
profesores: del templo o del colegio militar.” El niño (piltontli en mexicano) se convertía
entonces en joven (telpuchtli) (véase Alonso de Molina, Vocabulario en lengua mexicana y cas-
tellana, México, 1571, 2a. parte, p. 97 [Vocabulario en lengua castellana y mexicana y mexicana
y castellana, México, Porrúa, 1992, reimpresión facsímile, 2a. parte, p. 97; también Rémi
Siméon, Diccionario de la lengua nahuatl o mexicana, México, Siglo XXI, 1992, p. 384]).
20. Fray Bernardino de Sahagún (Historia universal [sic] de las cosas de Nueva España, en
lord Kingsborough, vol. VII, lib. III, apénd. cap. IV, p. 223 [Historia general de las cosas de
Nueva España, México, Porrúa, 1956, t. I, lib. III, apénd. cap. IV, p. 298, § 3]): “Y si ofre-
cían la criatura a la casa del telpuchcalli, era su intención que allí se criase con los otros
mancebos para servicio del pueblo y para las cosas de la guerra” (véase también cap. V, p.
119 [p. 300-301]). Mendieta (lib. II, cap. XXIV, p. 124): “Los otros se criaban como en
capitanías, porque en cada barrio habia un capitán de ellos, llamado telpuchtlato, que
quiere decir: ‘guarda ó capitan de los mancebos’. También tenian por sí su comunidad,
sus casas, y tierras.” Telpuchtlato significa “hablador a la juventud” (de telpuchtli, mancebo,
y tlatoani, hablador; véase Molina, II, p. 141 [pp. 97 y 141; según Siméon telpochtlato
significa “director del establecimiento de educación para los jóvenes”, p. 466, de telpochtli,
hombre joven o adolescente (ibid.), y tlatoani, el que habla bien, p. 674]. Clavijero, lib. VII,
cap. 3; Acosta (lib. VII, cap. XXVII, p. 444 [lib. VI, cap. 27, p. 315): “Para este efecto había
en los templos, casa particular de niños, como escuela o pupilaje, distinto del de los
mozos y mozas del templo.” Tezozomoc (cap. LXXI, p. 121 [pp. 521-524], y cap. LXXVIII,
p. 134 [pp. 550-554]). Telpuchcalli deriva de telpuchtli, juventud, y calli, casa. Los achcauhtli
a los que haremos referencia más adelante son descritos de diversas maneras, incluso
como sacerdotes (Mendieta), como “capitanes de la guardia” (por Torquemada) y como
“oficiales” (por Clavijero).
21. Mendieta (lib. II, cap. XXIV, p. 124 [p. 125]): “Algunos de estos mancebos, los de
88 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS

mas fuerzas, salian á las guerras, y los otros iban también á ver y deprender cómo se
ejercitaba la milicia.” Tezozomoc (cap. LXXI, p. 121 [p. 523]): “y examinados todos los
mancebos escogidos, y muchos mancebos que no habían ido, de ver tan lucido el campo,
armados segun la usanza de aquellos tiempos, iban con los otros y les llevaban al matalo-
taje y armas, por ver la manera de la batalla, para quedar ellos enterados para otra oca-
sión del ánimo, coraje, destreza, ardides, sutilezas en el arte militar”.
22. México estaba dividido en cuatro calpulli (barrios), cada uno de los cuales tenía su
telpuchcalli, “adonde los achcacauhtin los ensayaban con valerosos ánimos y las maneras de
combatir” (Tezozomoc, caps. LXXI y LXXVIII, p. 134 [p. 551]).
23. Sobre la larga lista de festivales religiosos de los mexicanos, tanto ordinarios como
extraordinarios, véase casi cualquiera de los autores de los siglos XVI, XVII y XVIII, sobre
México. En cuanto a los despliegues y ejercicios militares durante las fiestas, véase espe-
cialmente Antonio de Herrera (Historia general de los hechos de los castellanos en las islas y
tierra firme del mar oceano, Madrid, 1730, déc. II, lib. VII, cap. XI, p. 187): “Ninguno era
osado traer Armas por la Ciudad, solamente las llevaba à la Guerra, ò à la Caça, ò en la
Guarda que hacian al Rei: el qual, en Fiestas, i Dias señalados, hacia exercitar à los Caba-
lleros moços en ellas, para quando fuese menester, i para animarlos ponia Premios, para
los que mejor lo hiciesen: hallabase El presente, i aun algunas veces tiraba el Arco, i
esgrimia la Espada, que lo hacia muy bien, i con mucha gracia, aunque mui pocas veces,
por Magestad.” También Torquemada (lib. X, cap. XIV, p. 256, pero especialmente cap.
XI, p. 252 [p. 253]): “En esta fiesta hacían alardes, y escaramuças todos los Soldados, y
Hombres de Guerra, donde cada qual pretendia aventajarse al otro; y se mostraban mui
valientes, y esforçados; de donde nacia señalarse muchos, y aventurarse á casos mui peli-
grosos” y Mendieta, lib. II, cap. XXXI, p. 143.
24. Tezozomoc, cap. LXXXIV, p. 147 [p. 582], y cap. XC.
25. Es bien sabido que los mexicanos se habían dividido anteriormente en dos tribus:
los mexicanos propiamente dichos, de Tenochtitlan (tenochcas), y los de Tlatelolco. Estos
últimos nunca negaron su origen común. Se dice que en el momento de su conspiración
para derrotar a los tenochcas acordaron “que no ha de haber memoria de Mexicatl
Tenuchcatl, sino Tlatilulco México y cabeza del mundo” (Tezozomoc, cap. XLI [p. 377]).
No carece de interés observar que todavía en 1473 (el año 7 calli), es decir, apenas 48 años
antes de la conquista española, la existencia misma de la potencia mexicana estuvo seria-
mente amenazada por una tribu pequeña, que subsistía como pueblo independiente a un
tiro de mosquete de México. Ese hecho, y las negociaciones de los tlatelolcas con otras
tribus del valle, en ese mismo periodo, dan una de las mejores ilustraciones de la laxitud
de los vínculos que unían a los mexicanos con las tribus sometidas del valle, en la época
de Cortés. Después de la derrota de los tlatelolcas por Axayacatl de México, su pueblo
pasó a ser el quinto barrio o calpulli, y después, bajo el gobierno español, tomó el nombre
de Santiago.
26. Tezozomoc, cap. XLI; Durán, cap. XXXIII, pp. 259, 260 [pp. 253, 254, § 5-6]. Según
este último, al principio practicaban con la honda, lanzando piedras contra una figura de
madera; no menciona el uso de espada o maza, sino sólo el de proyectiles. Por lo demás,
ambos autores concuerdan perfectamente.
27. Tezozomoc, cap. LXXXIV, p. 147 [p. 582], y Herrera, vol. I, déc. II, lib. VII, cap. II [cap.
XI], p. 187.
28. Tezozomoc, cap. LXXI, p. 121 [pp. 522-523]. Inmediatamente antes de la expedi-
ción contra Xoconochco, “los mancebos iban cada día á los barrios al ejercicio de las
armas, á la escuela de armas Telpuchcalco” (cap. LXXVIII, p. 134 [p. 551]). El Conquistador
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 89

Anónimo, cuya crónica se encuentra en el vol. I de la Colección de documentos editada por


García Icazbalceta, tanto en el original italiano tomado de Ramusio (“Relatione di alcune
cose della Nuova Spagna, & della gran città di Temestitan Messico, fatta per uno
gentil’homo del signor Fernando Cortese”) como en la traducción española del distin-
guido estudioso mexicano dice: “Antes de partir [a la guerra] iban todos a la mezquita
mayor, y en ella se armaban con estas armas que estaban encima de las puertas [de la
plaza que rodeaba el templo]” (p. 394, “Dei tempii, e Meschite che avevano”). Son esca-
sas las indicaciones inequívocas que poseemos acerca de la verdadera situación de esos
arsenales, aparte de que probablemente estaban relacionados con las “escuelas”
(telpochcalco) y por lo tanto con los templos. Torquemada, quien da una descripción com-
pleta del templo mayor de México (lib. VIII del vol. II [vol. II, lib. VIII, cap. XI, p. 146]),
dice: “Y á cada parte, y puerta de las quatro, por donde a este dicho patio, y Templo se
entraba, avia una mui gran Sala, y pegados con ella muchos Aposentos, y Retretes asi
altos, como bajos, los cuales servian de Casas de Armas, donde las guardaban, con toda su
municion; porque como tenian los Templos por lo mas seguro, y fuerte, y era el lugar
donde se recogian, quando por alguna raçon eran guerreados, guardaban en ellos, como
en fortaleça todas las Armas, y cosas necesarias de su defensa.” Además menciona, bajo el
difícil nombre de Tlacochcalcoacatlyacapan, “otra sala […] [donde] se guardaban grandí-
sima cantidad de saetas que cada año se hacian, y estaban depositadas, para quando
fuese menester” [p. 150]. Véase también Acosta, lib. VI, cap. 27. Gómara (“El templo de
México”, p. 349 [cap. LXXX, p. 130]): “A cada puerta de las cuatro del patio del templo
mayor hay una sala grande con sus buenos aposentos alrededor, altos y bajos. Estaban
llenos de armas, porque eran casas públicas y comunes; que las fortalezas y fuerzas de
cada pueblo son los templos, y por eso tienen en ellos la munición y almacén.” La plaza
del gran teocalli de México fue, naturalmente, la que atrajo más atención.
29. Tlacochcalco o tlacochcalli deriva de tlacochtli, dardo, y calli, casa.
30. Todos los autores coinciden en que en México había varias “casas de armas”. Bernal
Díaz (cap. XCI, p. 87 [pp. 251, 252]) dice que había dos; Gómara (“Casas de armas”, p. 345
[cap. LXXIV, p. 120]) dice: “Moctezuma tenía algunas casas de armas, cuyo blasón es un
arco y dos aljabas por cada puerta.” Herrera (déc. II, lib. VII, cap. XI, p. 186) dice: “tenia,
no una, sino muchas Casas, deputadas para la guarda, i limpieça de las Armas”; en déc. II,
lib. VII, cap. XVII, p. 197, copia casi textualmente lo dicho por Gómara sobre las cámaras
que daban a las entradas a la plaza del templo de México y también añade, igual que
Gómara, “porque los Templos, aliende de que servian de Casas de Oracion, eran las
Fortaleças, con que en tiempo de Guerra mas se defendian, i tenian en ellos la Munición,
i Almacen”. Antes (p. 196) había dicho: “Havia muchos Templos en Mexico, segun las
Parroquias, i Barrios, que eran muchos.” Véase también Motolinia (trat. III, cap. VIII, p.
188): “porque tenian muchas casas de varas con sus puntas de pedernal”. Esto muestra
que los arsenales estaban repartidos por el pueblo y no encerrados únicamente en el templo princi-
pal. Cortés, cuando quemó a Quauhpopoca, vació para ese fin los arsenales del templo
mayor, y creyó desarmar a los mexicanos quemando esas armas (quinientos carros, dice
Tapia). Herrera (déc. II, lib. VIII, cap. IX, p. 214): “pareciendo à Hernando Cortés, que era
mas seguro consejo quitar las Armas al Enemigo, pues la ocasion presente era para ello
mui aparejada”, junto con el citado jefe. Pero sólo vació una de esas “casas de armas” y
pronto descubrió que a los mexicanos les quedaban varias más.
31. Fray Toribio de Benavente (del reino de León en España), que se llamó a sí mismo
“Motolinia” (pobre, desdichado, infeliz), llegó a México alrededor del 17 de junio de
1524, siendo uno de los doce primeros misioneros franciscanos enviados a la Nueva Es-
90 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS

paña. La cita anterior es de su Historia de los indios de Nueva España, escrita alrededor de
1540 (trat. I, cap. XII, pp. 63, 65). Murió el 9 de agosto de 1569.
32. Los calpixqui eran funcionarios civiles, mayordomos, recaudadores de tributo, a
cuyo cuidado estaban confiados los almacenes públicos. El nombre fue traducido gene-
ralmente como “mayordomo” incluso por Molina (II, p. 11 [p. 12; Siméon, p. 62]). Su
significación, sin embargo, derivaría de tlacatl, hombre, noble señor, y pixquitl, cosecha,
siega, y por lo tanto correspondería a recaudadores o recolectores. Cuenta Tezozomoc
que antes de la expedición contra las tribus de Cuetlaxtlan “Con esto los mayordomos y
calpixques de los pueblos dieron á sus barrios maíz para hacer bizcocho, tlacatutopochtli,
pinole, chile molido, chian, frijol y todo lo perteneciente á ello” (cap. XXXII, p. 49 [pp. 329-
330]). Bernal Díaz (cap. XCI, p. 87 [p. 252]) dice que las “casas de armas” estaban contro-
ladas por “mayordomos”. El principal de ellos era el petlacalcatl, hombre de la casa de las
arcas, de petlacalli, arca o caja hecha de cañas. Bernal Díaz del Castillo menciona a ese
funcionario, pero dice que lo llamaban Tapia y no recuerda su título indio (cap. XCI).
Cada una de las tribus sometidas a México tenía un calpixqui que residía en ella.
33. Tezozomoc, cap. XXXV, p. 35 [p. 349], y cap. LXX, p. 119 [p. 520].
34. Tezozomoc nunca menciona el arco y las flechas, sino siempre “varas tostadas”,
“varas arrojadizas”, tlalzontectli. Los mexicanos emplearon varas endurecidas al fuego una
vez, en su momento de más abyecta miseria, cuando luchaban con los culhuas contra
Xochimilco (Clavijero, lib. II, cap. 16). Hasta los pobres aborígenes de las Lucayas
(Bahamas) utilizaban puntas de hueso de pescado, y no simplemente de madera endure-
cida (Mendieta, lib. II, cap. XXVI, p. 130).
35. Gómara, p. 345 [cap. LXXIV, p. 120].
36. Clavijero, lib. VII, cap. 23.
37. De otro modo sería difícil explicar el número de dardos “gastados” en las batallas,
si cada guerrero no llevaba más que una jabalina. Torquemada (lib. VI, cap. XXI, p. 43)
menciona una especie de ballesta, que llama atlatl, por medio de la cual se decía que
arrojaban sus dardos (“que tiraban con cierto artificio, que llamaron Atlatl”). Sin embar-
go, atlatl significa correa, el “amiento” que sujetaba el casco bajo el mentón. Dice Mendieta
[p. 130]: “Al principio jugaban de hondas y varas como dardos que sacaban con jugaderas
y las tiraban muy recias.” “Jugadera” equivale a lanzadera. En su nota a Durán (cap. IV, p. 31
[p. 39, § 16]): “inventando aquel modo de armas y varas arrojadizas que llamamos fis-
gas”, Ramírez dice: “Refiérese probablemente al arma Mexicana llamada Atlatl, especie
de ballesta, que según la tradición fue inventada en Tacubaya.” La “fisga” es un arpón o
tridente. Sin embargo, el uso de la ballesta por los mexicanos –como lo indica el término
“ballesta” usado por los cronistas– no está del todo establecido, a nuestro parecer. Es
posible que tuvieran algo similar a la ballesta, pero no era un arma comúnmente usada,
y yo sugeriría que la “invención” del atlatl en Tacubaya no está relacionada con la ballesta,
como sugiere el señor Ramírez, sino con la “fisga” o arpón, es decir, la jabalina sujeta a su
portador por una cuerda larga. Además, los mexicanos tenían un nombre muy caracterís-
tico para la ballesta (Molina, I, p. 116 [Siméon, p. 506]): tepuztlauitolli, compuesto de
tepuztli, hierro o cobre, y tlauitolli, arco: un arco de hierro, lo que indica con claridad que el
arma sólo fue conocida por ellos durante la conquista o después. Gonzalo Fernández de
Oviedo y Valdés, en su Historia general y natural de Indias, escrita hacia la mitad del siglo
XVI pero publicada por entero apenas en 1853, por la Academia de Madrid, da (vol. III,
lám. 1, figs. 2 y 3) un dibujo de un instrumento usado por los indios de Cueva (Coyna), en
el istmo de Darién, para arrojar sus dardos. Dice (lib. XXIX, cap. XXVI, p. 127): “En algu-
nas regiones del país los indios son guerreros, en otras no. Casi nunca utilizan el arco,
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 91

sino que luchan con macanas, lanzas largas, y dardos que arrojan por medio de estóricas
[una especie de avientos], artefacto de madera bien hecho. Con eso arrojan la jabalina,
conservando siempre la estórica en la mano.” El dibujo representa una lámina de madera
más corta que el dardo mismo; este último se apoyaba sobre esa lámina, que tenía a
ambos lados un anillo por el que pasaban dos dedos, sosteniéndola en medio apoyada en
la palma de la mano. Eso les daba considerable fuerza y exactitud al arrojar el dardo. Una
representación tosca pero muy clara de un artefacto similar se encuentra en la lám. V del
cap. V del segundo tratado de Durán, lo que muestra que el atlatl no es otra cosa que la
“estórica” de Oviedo. Además, F.W. Putnam, curador del museo Peabody, identifica el
atlatl, con toda probabilidad, con el propulsor que todavía utilizan los aleutianos del nor-
oeste.
38. Aun cuando el arco y las flechas son armas muy mortíferas, el dardo era más conve-
niente y por lo tanto más popular entre los mexicanos, al menos al empezar el combate
(Mendieta, lib. II, cap. XXVI, p. 130).
39. Molina, I, p. 13.
40. Clavijero, lib. VII, cap. 23. Algunas tribus usaban arcos de más de 1.50 m de largo.
Los nativos de Tehuacan eran arqueros extraordinariamente buenos (Mendieta, lib. II,
pp. 130 y 131).
41. No hay indicios de flechas envenenadas al norte del istmo del Darién. Cf. “Rela-
ción de los sucesos de Pedrarias Dávila en las provincias de Tierra firme o Castilla del
oro… escrita por el Adelantado Pascual de Andagoya”, en Martín Fernández de Navarrete,
Colección de los viajes y descubrimientos, Madrid, 1829, vol. III. También Pedro de Cieza de
León, “Crónica del Perú”, en Vedia, vol. II, cap. VII, p. 361 [La crónica del Perú, Buenos
Aires, Espasa-Calpe, 1945, cap. VII, p. 52].
42. Mendieta, lib. II, cap. XXVI, p. 130. Las piedras eran recogidas durante el combate
y arrojadas al adversario en el campo. Tezozomoc menciona piedras arrojadas “con cor-
deles”, pero no poseemos ninguna descripción de la honda.
43. Clavijero, lib. VII, cap. 23; Motolinia, trat. III, cap. VIII, p. 188; Herrera, déc. II, lib. VII,
cap. XI, p. 187. No es fácil reconstruir la etimología de la palabra tematlatl. Podría derivar
de temac, en manos de alguien, y atlatl, correa, o de temalli, sustancia o cuerpo, y atlatl.
44. Bernal Díaz del Castillo, caps. LXXXIII y CXXVI; Cortés, “Carta tercera”, p. 41 [“Se-
gunda carta-relación”, p. 44]; Gómara, p. 373 [p. 169].
45. Cortés, “Carta segunda”, p. 50 [p. 92]; Mendieta, lib. II, cap. XXVI, p. 130.
46. De tepuztli, hierro o cobre, y topilli, palo o vara. Las lanzas largas o picas eran
usadas sobre todo por los habitantes de Chiapas. Durante el sitio de México los aboríge-
nes que lo defendían usaban “lanzas largas de las nuestras, o dalles que habían hecho,
muy más largas de las armas que tomaron cuando el gran desbarate que nos dieron en
México” (Bernal Díaz del Castillo, cap. CLI, p. 178 [p. 506]).
47. Clavijero, lib. VII, cap. 23; Bernal Díaz del Castillo, caps. LXII y LXV. Este último las
llama “espadas de dos manos”.
48. Conquistador Anónimo, p. 373.
49. Véase también Herrera, déc. II, lib. VII, cap. XI, p. 187; Mendieta, lib. II, p. 130;
Motolinia, trat. III, cap. VIII, p. 188.
50. Clavijero afirma categóricamente que el filo era de obsidiana, y el pedernal no
podría haber dado un filo tan cortante. Mendieta (lib. V, parte II, cap. VII, pp. 757 y 758)
llama a las espadas “macanas” y dice que la madera estaba “cercada de navajas de piedra
por ambas partes”. Los primeros golpes eran terribles, pero sólo ésos, porque después el
filo se rompía. Cf. Herrera (déc. II, lib. VII, cap. XI, p. 187): “i enconan las Espadas de Palo
92 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS

con agudos pedernales, engeridos por los filos […] que dando grandes golpes no se
deshacia: cortaban en lo blando, quanto topaban, pero en lo duro resurtian, como eran
los filos mui delgados”. Clavijero (lib. VII, cap. 23 [p. 236]): “sólo el primer golpe era el
temible, porque inmediatamente se embotaba el filo”. El nombre macuahuitl podría deri-
var de maitl, mano, y cuahuitl, árbol. En las láminas que acompañan la obra de Durán hay
muchas representaciones del macuahuitl. La empuñadura consiste generalmente en una
bola, o a veces un aro.
51. H.H. Bancroft, Native races of the Pacific states of North America, vol. II, p. 411. Si hasta
aquí no hemos citado, y quizá no volvamos a citar, esta espléndida compilación es simple-
mente porque preferimos remitir a las autoridades originales, y en absoluto por falta de
aprecio por la valiosa colección de datos que este distinguido autor ha proporcionado a la
ciencia.
52. Bancroft da una excelente ilustración de una maza empleada en la actualidad por
algunos indios de la República de México. Sin embargo, entre los mexicanos propia-
mente dichos la espada, macuahuitl, era el arma más común y con mayor frecuencia usa-
da. Clavijero la representa como la hoja de un pez sierra, con dientes, y Tezozomoc la
llama “espadarte”. Sin embargo, no cabe duda de que la intención de los indios era hacer
una hoja (o filo) continua, y no una hilera de dientes. (Es posible que a lo largo de la
costa, la “trompa” del pez sierra se usara ocasionalmente como arma, pero ciertamente
nunca se convirtió en modelo.) El chumpi peruano era un arma peculiar, y no hay nada
análogo en este continente. Para usarlo había que emplear las dos manos. Su imagen
puede verse en Herrera, frontispicio de la década V, donde están retratados trece incas.
Tanto Manco Capac como Viracocha tienen un chumpi o pica rematada en una gran estre-
lla, como la Morgenstern [estrella de la mañana] de los suizos.
Algunos autores insisten en llamar “macana” a la espada mexicana, pero esa palabra no
es mexicana. Tampoco es caribe. Fue importada de las Antillas por los españoles, y es
probablemente “arua”. Von Tschudi describe la macana que todavía utilizan los indios
salvajes de la montaña peruana, al este de los Andes (Peru. Reise-skizzen, St. Gall, 1846,
vol. II, cap. 7, p. 231). Dice este autor: “La espada, macana, también está hecha, igual que el
arco, de la dura chunta. Esta madera es de color oscuro, y muy dura y pesada. La macana
mide más de un metro de largo por tres centímetros de espesor y alrededor de quince
centímetros de ancho; en la empuñadura tiene sólo unos ocho centímetros de ancho y es
redondeada; los dos filos son tan aguzados como los de un sable.” El mismo autor descri-
be también la maza, matusino, de las mismas tribus, que es una imitación tosca del chumpi
de los incas, con cuernos de venado en lugar de la estrella metálica. Mide entre un metro
y uno y medio de largo. Durán incluye también dibujos de una maza mexicana, que
corresponden a la figura que da Bancroft.
53. Esos escudos, ricamente adornados con plumería, se usaban en los grandes festi-
vales, en las danzas. Hay representaciones en Herrera (frontispicio de la década II), en
Clavijero y especialmente en la “Raccolta di Mendoza” [Códice Mendocino] publicada por
lord Kingsborough. Con frecuencia se enviaban como presente, y entre los regalos que
recibió Cortés en Veracruz, Gómara menciona una vez “Veinticuatro rodelas de oro y
pluma y alfójar, vistosas y de mucho primor”, y otra vez “Cinco rodelas de pluma y plata”
(p. 322 [cap. XXXIX, p. 68]), que distingue del escudo de guerra que describe como “Una ro-
dela de palo y cuero, y a la redonda campanillas de latón morisco, y la copa de una
plancha de oro, esculpido en ella Vitcilopuchtli, dios de las batallas, y en aspa cuatro
cabezas con su pluma o pelo, al vivo y desollado, que eran de león, de tigre, de águila y de
un buarro.”
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 93

54. Conquistador Anónimo, p. 373. Cf. Torquemada, lib. IV, cap. XXXI, p. 423, y Clavi-
jero, lib. VII, cap. 23.
55. Véase las descripciones de un combate singular entre un cempoalteca y un tlaxcalteca
en Herrera, déc. II, lib. VI, cap. VI, p. 143 [p. 144], y Torquemada, lib. IV, cap. XXXI, p. 422.
56. Clavijero (lib. VII, cap. 23) y el Conquistador Anónimo afirman que cada guerre-
ro llevaba un escudo. Pero Mendieta es aún más claro (lib. III, cap. XXVI, p. 130): “Tras
estas llegaban los golpes de espada y rodela, con los cuales iban arrodelados los de arco
y flecha, y allí gastaban su almacén.” Sin embargo, fray Diego Durán (cap. XIV, p. 121
[p. 120, § 18]) dice: “Y llegados a un lugar que llaman Tecuiltlatenco, hicieron alto y
esperaron la armada de México, que venía por la laguna, que eran mil canoas, muy bien
aderezadas de gentes y paveses con gran número de fisgas y varas arrojadizas, flechas y
rodelas, y de hombres para defensa de los flecheros; los cuales estaban tan diestros en
desviar flechas con las rodelas, que era espanto, porque en viéndolas venir luego les
daban con la rodela que las echaban a través.” Esto parece indicar que se trataba de
hombres especialmente destacados para proteger a los arqueros, y por lo tanto una divi-
sión en diferentes armas, aunque no hay otra evidencia de este hecho. Es posible que así
haya sido en este caso, porque la lucha (contra Cuitlahuac) debía tener lugar principal-
mente en el agua, pero en ninguna otra parte encontramos una división por armas, como
arqueros, lanceros, espadachines, etc. Todos los guerreros mexicanos iban armados lo
más igual posible. El Conquistador Anónimo, después de mencionar las diferentes ar-
mas, dice: “y comunmente llevan todas estas armas” (p. 374).
57. Gómara (p. 440 [cap. CCXXII, p. 340]): “Calzan unos zapatos como alpargatas;
pañicos por bragas; visten una manta cuadrada, añudada al hombro derecho como gita-
nas.” Conquistador Anónimo, “La forma de vestir de los hombres”, p. 376 [“Vestidos de
los hombres”, p. 376]). Tezozomoc (cap. XXXVI, p. 58 [p. 353]): “los mazehuales bajos
habian de traer las mantas cortas, llanas, de algodón basto ó de nequen”. El maxtlatl es
descrito por el Conquistador Anónimo como sigue: “unas toallas muy vistosas, que son
como pañuelos grandes de los que usan en la cabeza para caminar, de varios colores y
adornados de diferentes maneras, con sus borlas que al ponèrselas viene à caer la una
delante y la otra atràs”. Era común a los aborígenes de México y Centroamérica, y está
representado en las esculturas de Palenque, Copán y Chichén Itzá. Las ilustraciones de
Durán contienen posiblemente la representación más digna de confianza de esos atuendos.
58. Ichcahuipilli deriva de ichcatl, algodón, y huepil, chaqueta. Alvarado, en su segunda
carta a Cortés, fechada el 28 de julio de 1524 (Vedia, vol. I [p. 42]), menciona un ichcahuipil
usado por indios de Guatemala, que tenía tres dedos de espesor y les llegaba hasta los
tobillos: “porque venían tan armados, que el que caía en el suelo no se podía levantar; y
son sus armas coseletes de tres dedos de algodón, y hasta en los pies”.
59. Hay varias representaciones de esa protección de los muslos, y también de los
brazos, especialmente en la espléndida obra de lord Kingsborough, tomadas del Códice
Mendocino. Todo el traje, del cuello a las rodillas, parece ser de una pieza. Sin embargo,
no tenemos ninguna descripción precisa de él. Es dudoso si terminaba en perneras altas
o en una especie de faldón que llegaba de la cintura hasta las rodillas: es posible que las
dos cosas, pues hay indicios de ambas (Conquistador Anónimo, p. 374; Clavijero, lib. VII,
cap. 23). Sin embargo, la ausencia de ichcahuipilli no siempre era indicio de rango menor:
algunos guerreros de mérito particular iban a la guerra casi desnudos. Cf. Humboldt,
lám. XIV, fig. IV, y Herrera, déc. II, lib. XXI, p. 287, que al hablar de los nativos de Tepeaca,
que eran vasallos de México, dice: “i los mas valientes iban embijados, pintados en car-
nes, de colorado, i negro, con sus Pañetes”. Por consiguiente, no había uniformidad abso-
94 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS

luta ni distinción uniforme en atavío y ornamentos, y esto aumentaba aún más por la
variedad de costumbres existente entre las numerosas tribus que auxiliaban a los mexica-
nos en la guerra, porque cada tribu tenía su propio traje y en el campo de batalla se
mantenían separadas. Un ejército mexicano debe de haber sido una multitud variada y
extraña. Sin embargo, es probable que hubiera menos diversidad en él que en los cuerpos
guerreros de Perú. Sobre la variada apariencia de estos últimos, cf. Francisco de Xerez,
secretario de Pizarro (Vedia, vol. II).
60. Cactli, corrompido en “catle”, lo registra Molina (II, p. 11) como “cacles, o çapatos,
sandalias” [Siméon, p. 58, como “zapatos, sandalias, calzado en general”]. Torquemada
dice: “el Rei llevaba Çapatos de Oro, que llaman Cacles, y son á la manera antigua de los
Romanos; tenian gran Pedreria de mucho valor, las Suelas estaban prendidas con Co-
rreas” (vol. I, lib. IV, cap. XLVI, p. 450); “davanle Cotaras, ó Sandalias labradas” (vol. I, lib.
XI, cap. XXX, p. 365). Gómara (p. 322 [p. 68]), en la lista de regalos que Cortés envió al
emperador, menciona “Muchos zapatos como esparteñas, de venado, cosidas con hilo de
oro, que tenían la suela de cierta piedra blanco y azul […]. Otros seis pares de zapatos de
cuero de diverso color, guarnecidos de oro o plata o perlas.” La cuestión es si eran mocasines
o sandalias. Las esculturas de Palenque muestran algo que puede ser las dos cosas. Durán
(cap. XXVI, p. 214 [p. 211 , § 3-4]), hablando de las distinciones en el vestido, dice: “Y así,
lo primero que se ordenó fue que los reyes nunca saliesen en público, sino a cosas muy
necesarias y forzosas. Que sólo el rey se pusiese corona de oro en la cabeza, en la ciudad, y
que, en la guerra, todos los grandes señores y valientes capitanes se la pudiesen todos po-
ner, y fuera de allí, no. Los cuales en la guerra representaban la persona real y así podían
en la guerra ponerse corona e insignias reales. Ordenóse que sólo el rey y su coadjutor
Tlacaelel pudiesen traer zapatos en la casa real, y que ningún grande entrase calzado al
palacio, so pena de la vida, y que sólo ellos pudiesen traer zapatos por la ciudad y ningún
otro, so pena de la vida, excepto los hubiesen hecho alguna valentía en la guerra, por su
valor y señal de valientes, les pudiesen permitir traer unas sandalias, de las más comunes
y baladíes, porque las doradas y pintadas sólo los grandes las podían traer.” Yo sugeriría
que los cactli o “cotaras” eran medios mocasines, como pantuflas. No carece de interés
observar aquí que hasta el uso de tales artículos dependía del mérito real y la reputación
alcanzada en la guerra, y no de la riqueza o la herencia. La guerra era verdaderamente “la
vida de la tribu”.
61. Conquistador Anónimo, p. 372; Clavijero, lib. VII, cap. 23. Hay dibujos en Clavije-
ro, en el Códice Mendocino publicado por lord Kingsborough y en el frontispicio de la
década II de Herrera (vol. I). Es posible que los títulos honoríficos de “bravos leones,
tigres y águilas”, que tanto han contribuido a que se creyera en la existencia de “órdenes
militares” u “órdenes de caballería”, se basaran en el uso de tales máscaras por los gue-
rreros. Como ya se ha dicho, no todos llevaban esos cascos o máscaras, pero los datos que
posemos son demasiado incompletos para permitirnos hacer afirmaciones positivas so-
bre la clase o posición de quienes las usaban.
62. Durán (cap. XXVI, p. 215 [pp. 211, 212, § 5-7]): “También se determinó que sólo el
rey pudiese traer las mantas galanas de labores y pinturas de algodón e hilo de diversas
colores y plumería, doradas o labradas con diversas labores y pinturas, y diferenciarlas
cuando a él le pareciese, sin haber excepción en traer y usar las mantas que él quisiese. Y
los grandes señores, que eran hasta doce, las mantas de tal y tal labor y hechura, y los de
menos valía, como hubiesen hecho tal o tal valentía o hazaña, otras diferentes. Los solda-
dos, de otra menos labor y hechura, no pudiendo usar de otra preciosa labor ni diferen-
cia, más de aquella que allí se le señalaba, con sus ceñidores y bragueros que aludían y
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 95

seguían la hechura de la manta que les era permitida. Toda la demás gente, so pena de la
vida, salió determinado que ninguno usase de algodón, ni se pusiese otras mantas sino
de nequén, y que estas mantas no pasasen más de cuanto cubriesen la rodilla y si alguno la
trujese que llegase a la garganta del pie, fuese muerto, salvo si no tuviese alguna señal en
las piernas de herida que en la guerra le hubiesen dado.” También Tezozomoc, cap.
XXXVI, p. 58 [p. 353]. Aquí de nuevo encontramos el tipo y corte del manto y su ornamen-
tación determinados por las realizaciones guerreras de su portador.
63. Tezozomoc, cap. XXXVI, p. 57 [p. 352]; Humboldt, vol. I, p. 345 [pp. 103-104]. La
figura del Atlas in folio [Atlas pintoresco] proviene del Codex Anonimus del Vaticano. Dice el
Conquistador Anónimo: “A este que así se ha distinguido le hacen una señal en el cabe-
llo, para que sea conocido por su hazaña, y todo el mundo lo advierta á primera vista,
porque no acostumbran traer cubierta la cabeza” (p. 371 [pp. 371-372]). A veces se daban
como regalo trenzas, tanto de cabello como de piel, y se usaban. Tezozomoc las menciona
con frecuencia, con varios nombres.
64. El tocado, o “divisa” –tlauiztli o quetzalpatzactli– está representado en casi todas las
pinturas o dibujos mexicanos. También está representado en la piedra del sacrificio, ador-
nando al guerrero victorioso de cada grupo. Generalmente se exagera su tamaño. Gómara
(p. 322 [p. 68]) incluye en la lista de objetos enviados por Cortés al emperador “Un
morrión de madera chapada de oro, y por fuera mucha pedrería, y por bebederos veinti-
cinco campanillas de oro, y por cimera un ave verde, con los ojos, pico y pies de oro.”
Tezozomoc (cap. LIV, p. 88 [p. 430]) da la siguiente descripción de la figura de Axayacatl,
tallada en la roca de Chapultepec, “con cabello de muy preciada plumería, y teñido con
colores de la propia manera del pájaro Tlauhquechol”. El pájaro cuyas plumas constituían
el material se llamaba quetzal-tototl y es el Tragon resplendens (cf. San Salvador und Honduras
im Jahre 1571, trad. alemana de la relación de Diego García de Palacio, por A. von Frantzius
de Freiburg, p. 39, nota 61. Las notas del erudito traductor, así como las del Dr. Berendt,
son sumamente valiosas). También se usaba el tlauhquechol.
65. Prescott, History of the Conquest of Mexico, 1869, vol. I, lib. I, cap. II, pp. 45, 46 y 47
[Historia de la conquista de México, México, Porrúa, 1976, lib. I, cap. II, pp. 27 y 28].
66. Conquistador Anónimo, p. 372.
67. Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, Vedia, II, cap. CLIII, p. 188 [p. 533].
68. Podemos presumir que los colores eran de los destacamentos a los que esos solda-
dos pertenecían. Como quiera que sea, muestra que los mexicanos, igual que los indios
del norte, tenían una “pintura de guerra” especial. Los de Tepeaca, sus aliados o vasallos,
usaban negro y rojo (Herrera, déc. II, lib. X, cap. XXI, p. 287). Clavijero (lib. VII, cap. 23
[p. 234]) dice que “Los soldados rasos iban enteramente desnudos, sin más vestido que el
maxtlatl o pañetes que defendían las partes que oculta el pudor; pero fingían la ropa que
les faltaba con los diversos colores con que teñían su cuerpo.” Y más adelante (cap. 24
[pp. 237-238]) agrega: “Además del estandarte común y principal del ejército, cada com-
pañía que era de 200 ó 300 hombres, llevaba el suyo particular, la cual se distinguía de las
demás, no solamente en la forma del estandarte, sino también en el color de las plumas
que llevaban sobre sus armas los nobles y oficiales.” Si bien esto no es evidencia directa
del hecho, tiende a indicar que la pintura usada por los guerreros comunes era una
imitación de la plumería peculiar del cuerpo al que pertenecían. También se pintaban la
cara antes de un combate, a veces de negro. Tezozomoc cuenta que en una ocasión Ahuitzotl
se pintó la cara “con un betún amarillo”. Su armadura era azul: “tiznándose las caras con
la tizne divina, que ellos así llamaban. Y el rey Ahuitzotl, vestido de ricas mantas y debajo
muy bien armado con unas armas azules” (Durán, cap. XLVI, pp. 371-372 [p. 360, § 14]).
96 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS

69. A. de Humboldt (Essai politique sur la Nouvelle Espagne, 1825, lib. II, cap. VI, p. 274
[Ensayo político sobre el reino de la Nueva España, México, Miguel Ángel Porrúa/Instituto
Cultural Helénico, 1985, ed. facsimilar, t. I, lib. II, cap. VI, p. 175]) dice: “Su sistema de
feudalidad, su gerarquía civil y militar se encuentran ya desde entonces tan complicadas,
que es preciso suponer una larga serie de acontecimientos políticos, para que se hubiese
podido establecer el enlace particular de las autoridades de la nobleza y del clero, y para
que una pequeña porcion del pueblo, esclava del sultan megicano, hubiese llegado á
sojuzgar la gran masa de la nacion.” Véase W.H. Prescott, lib. I, cap. II, p. 23 [pp. 18 y 19],
y lib. II, cap. VI, p. 312 [pp. 142-144]; Brasseur de Bourbourg, Histoire des nations civilisées
du Mexique et de l’Amérique Centrale; H.H. Bancroft, Native races of the Pacific states. Cito
solamente los escritores sobre México más prominentes de este siglo [XIX].
70. James Adair, History of the American Indians, Londres, 1775.
71. Recherches philosophiques sur les Américains, libro muy insensato que por su extrava-
gancia y audacia ha hecho mucho daño. Permitió incluso a Clavijero atacar a Robertson,
porque este último también había aplicado una crítica sana al estudio de la historia ame-
ricana aborigen, y al colocarlos a ambos en la misma plataforma contrarrestó buena parte
de los efectos benéficos de la obra de Robertson.
72. History of America (9a. ed., 1800, vol. III, lib. VII, p. 274): “Los mexicanos y los
peruanos, sin conocimiento de los metales útiles y sin ayuda de animales domésticos,
trabajaban con desventajas que deben de haber retardado mucho su progreso, y en su
etapa de mayores realizaciones su poder era tan limitado, y sus operaciones tan débiles,
que difícilmente se puede considerar que habían avanzado más allá de la infancia de la
vida civil.” Si la primera parte de esta cita es evidentemente incorrecta, puesto que los
mexicanos utilizaban el cobre, la plata y el oro, y quizá también el estaño, y los peruanos
hacían aleaciones, la última parte es indudablemente cierta. Además, el autor la funda-
menta aún más con la siguiente observación: “La infancia de las naciones es tan larga, y
aun cuando todas las circunstancias favorecen su progreso, avanzan tan lentamente hacia
cualquier madurez de fuerza o de política, que el origen reciente de los mexicanos parece
una presunción algo exagerada, según las espléndidas descripciones que se han dado de su
gobierno y costumbres” (p. 281). Pese a estas observaciones tan claras y sensatas, Robertson
aceptó, aunque con vacilaciones, el feudalismo y la monarquía feudal en México (p. 292).
73. Véase “Systems of consanguinity and affinity of the human family”, en Smithsonian
contributions to knowledge, cap. VI, p. 488, “The communal family”. También “Montezuma’s
Dinner”, en North American Review, abril de 1876 [“La comida de Moctezuma”, supra,
pp. 3-35]. Este erudito autor ha hecho un osado esfuerzo por establecer la etnología
americana sobre nuevas bases.
74. “La comida de Moctezuma” (supra, p. 4): “Con típica prodigalidad norteamerica-
na, nuestro autor ha aplicado toda la grandiosa terminología del Viejo Mundo, creada
bajo instituciones despóticas y monárquicas durante varios miles de años de civilización,
para decorar a determinados hombres y clases de hombres, a simples sachem y jefes gue-
rreros indios, sin darse cuenta de que con ello agraviaba a los pobres indios, que no
habían inventado tales instituciones ni formado una sociedad como la que esos términos
implican.” Morgan, con cuya generosidad y amistosa protección tengo una deuda muy
grande, no me entenderá mal si digo aquí que, si bien su crítica de la corriente de ideas
que corre por todas las fuentes sobre el México antiguo me parece la más verdadera y
lógica, sus observaciones sobre los escritores mismos no siempre se justifican. Confío en
que esta observación, que viene de alguien a quien él ha hecho el honor de ser su guía y
maestro, sea aceptada con espíritu generoso.
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 97

75. Así, la palabra mexicana para tribu, ciudad y asentamiento es la misma, altepetl,
pero los españoles la aplicaron también al rey (Molina, II, p. 4 [Siméon, p. 21]). El nombre
tlatoani, que los mexicanos daban a sus principales jefes y que ha sido traducido como
“rey”, significa “el que habla” (“hablador”, Molina, II, p. 141 [“el que habla bien”, Siméon,
p. 674]), de ni-tlatoa, hablar (tlatolli, “habla” [“palabra, discurso”]). El consejo se llamaba
tlatocan, lugar del habla, pero Molina lo traduce como “corte o palacio de grandes seño-
res” [“corte, palacio de gran personaje”, Siméon, p. 675]. El término “habla”, o más bien
el verbo “hablar”, se encuentra en una serie de términos nativos, como tlatoca-icpalli,
asiento del que habla, que ha sido traducido también como “trono”. Ciertamente no hay
en todo esto nada que se parezca a un título regio. El supuesto “rey” era sólo uno de “los
que hablan”, un miembro prominente del consejo. Un tribunal, que los cronistas llaman
“audiencia”, era tecutlatoloyan, o “jefes hablando, o inclinando la cabeza”.
76. Durán, cap. V, p. 42 [p. 50, § 19]; Acosta, lib. VII, cap. VII, p. 467 [pp. 330-331];
Tezozomoc, cap. III, p. 9 [pp. 231-232]; Herrera, déc. III, lib. II, cap. II [cap. XI], p. 61.
Popol Vuh, introd., p. 117, nota 1 de Brasseur de Bourbourg: “En fin, casi todas las ciuda-
des o tribus están divididas en cuatro clanes o barrios, cuyos jefes forman el gran conse-
jo.” Tlatelolco, que fue conquistado por los mexicanos en 1473, formó de ahí en adelante
un quinto “barrio”. Los nombres de los cuatro originales eran: Teopan, lugar de Dios,
Aztacalco, casa de la garza, Moyotlan, lugar del mosquito, y Cuepopan. Posteriormente,
durante el gobierno español, se convirtieron en los barrios de San Pablo, San Juan, Santa
María la Redonda y San Sebastián. Tlatelolco pasó a ser el “barrio indio” y se llamaba
Santiago.
77. “Y asi estaba ordenado, que en cada Pueblo, conforme tenia el numero, y cantidad
de Gente, huviese parcialidades de diversas Gentes, y Familias […]. Estas Parcialidades
estaban repartidas por Calpules, que son Barrios, y sucedia, que una Parcialidad de estas
dichas tenia tres, y quatro, y mas, Calpules, conforme la Gente [que] tenia el pueblo” (lib.
XIV, cap. VII, p. 545).
Durán (cap. V, p. 42 [p. 50, § 21]) es aún más explícito. Después de decir que los
mexicanos se dividieron en cuatro barrios principales, agrega: “mandóles su dios que
repartiesen entre sí los dioses y que cada barrio nombrase y señalase barrios particulares,
donde aquellos dioses fuesen reverenciados. Y así, cada barrio de éstos se dividió en
muchos barrios pequeños, conforme al número de los ídolos, que ellos llamaban
‘Calpulteteo’” (debería ser “Calpulteotzin”). Sin embargo, la división en por lo menos
siete “barrios”, o grupos de parentesco, existía ya antes de ese acontecimiento (Tezozomoc,
cap. I, p. 6 [p. 224]; Durán, cap. III, p. 20 [p. 29, § 12-13]). “Rapport sur les différentes
classes de Chefs de la Nouvelle Espagne”, de Alonso de Zorita, trad. M. Ternaux Compans
[Breve y sumaria relación de los señores de la Nueva España, en el apéndice de este volumen,
infra, pp. 463-564]. Esta importante autoridad hace, entre otras afirmaciones, la siguien-
te observación: “y lo que en la Nueva España llaman calpullec es lo mesmo que entre los
israelitas llaman tribus” (p. 53 [p. 478]).
78. Tezozomoc, cap. XCI, p. 161. Cuando, bajo el último Moctezuma, se inició la lucha
contra Huexotzinco, “tomó la voz Cuauhnochtli de juntar luego los cuatro caudillos de los
cuatro barrios […] en que aderezasen rodelas, espadartes de navaja y pedernal fuerte,
varas tostadas, tlatzontectli y chcahuipiles”.
79. Conquistador Anónimo, p. 371; Clavijero, lib. VIII, cap. 24.
80. Estos cuerpos de 200 a 400 hombres son mencionados por Durán (cap. XIX, p. 169
[p. 166, § 19]) como “cuadrillas” o “escuadrones” que llevaban cada uno la “bandera” de
su “barrio”; en este caso se refiere a los “barrios menores”. Véase la nota 82, infra.
98 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS

81. Conquistador Anónimo; también Bernal Díaz, cit. en el texto, supra.


82. Conquistador Anónimo, p. 371: “cada compañía tiene su alférez, quien lleva la
bandera en su asta, de tal manera atada en la espalda, que no le molesta nada para
pelear, ni para hacer todo cuanto quiera; y la lleva tan bien ligada al cuerpo, que si no le
hacen pedazos no se la pueden desatar ni quitar de modo alguno”. Clavijero (lib. VII, cap. 24
[p. 237]): “los estandartes, que eran menos diferentes del signum de los romanos que de
nuestras banderas”. En el siguiente párrafo de Durán se ve claramente que representa-
ban la insignia de cada uno de los grupos de parentesco originales: “Después de haber
comido, dijeron los capitanes a todas sus cuadrillas: –Mirad, soldados, si revueltos con
nuestros enemigos, alguno errare en el tino de su escuadrón, para esto manda Tlacaelel
que se lleve una bandera de cada barrio, alta, con las armas del mismo barrio y que ten-
gan todos cuenta de acudir allí tras aquella bandera y señal y vayan apellidando el barrio
de donde es, para que sean conocidos” (cap. XIX, p. 169 [p. 166, § 19]). Tenemos amplias
descripciones de los emblemas de los cuatro barrios de Tlaxcallan, pero ninguna de los
de México. Es dudoso que hubiera un emblema nacional, o insignia central. La afirma-
ción de que la captura de ese emblema central resolvía el desenlace de la batalla también
es muy dudosa, a pesar de la pomposa descripción de Bernal Díaz de la lucha cerca de
Otumpan (véase infra). Quizá no carezca de interés observar aquí que el signo mexicano
para el número veinte (20 = pohualli) era una bandera. Sin embargo, el nombre de esta
última era quachpanitl, de quachtli, manto, y pani, arriba.
83. Conquistador Anónimo (p. 371): “Acostumbran por lo regular gratificar y pagar
muy bien á los que sirven con valor en la guerra, señalándose y dándose á conocer con
alguna hazaña, pues aunque sea entre ellos el mas vil esclavo, lo hacen capitan y señor y
le dan vasallos, y lo estiman de manera, que por donde quiera que va lo sirven y lo tienen
en tanto respeto y reverencia como si fuese el señor mismo.”
84. Mendieta, lib. II, caps. XXXVIII y XXXIX. Ternaux-Compans (Recueil de pièces relatives
à la conquête du Mexique, ms. anónimo de la colección Uguina, titulado “De l’ordre de
succession observé par les Indiens relativemente à leurs terres et de leurs territoires
communaux” [Del orden de sucesión observado por los indios respecto a sus tierras y de
sus territorios comunales], “Des céremonies observées autrefois par les indiens lorsqu’ils
faisaient un tecle” [“Ceremonias que observaban antaño los indios cuando elegían a un
tecle”]); Zorita, Breve y sumaria relación, p. 47 [p. 477]: “Estos Señores que se ha dicho que
se llamaban tectecutzin, ó teules en plural, no eran más que de por vida”, y: “Muerto alguno
de estos Señores, los supremos hacían merced de aquella dignidad á quien lo merecía por
servicios, como está dicho, y no sucedía hijo á padre, si de nuevo no lo promovían á ello”
(p. 49 [p. 478]).
85. Véase, más adelante, el caso del último Moctezuma.
86. Damos estas definiciones por lo que puedan valer, sin insistir en absoluto en su
exactitud. Tequihua podría derivar de nitla-tequi, cortar, o de tequani, animal salvaje. Cuachic
podría derivar de quauhtli, águila; y chicactic, anciano u objeto fuerte, o también (aunque
esto es poco probable) de chimalli, escudo. Otomitl deriva probablemente de N.otoca, viajar,
y mitl, flecha. Pero también era el nombre dado a los otomíes, conocida tribu salvaje de
expertos cazadores que se hallaba dispersa por México, entre o cerca de los indios seden-
tarios. Parece extraño que los mexicanos dieran a algunos de sus meritorios valientes el
título de una horda errante, muy por debajo de ellos en cultura. Pero los otomíes eran
buenos cazadores, hábiles en el uso del arco, y por lo tanto es posible que hubieran
recibido ese nombre de los propios mexicanos, y que no derivara, como supone Brasseur
de Bourbourg, de un supuesto dios Odon u Oton (pp. 76 y 110). La palabra para Dios en
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 99

otomí era Oqhá, y para hombre na nyéké (Grammatica ragionata della lingua otomi del conde
Piccolomini, Roma, 1841, siguiendo a Neve y Molina).
87. Tezozomoc, cap. XCVI, p. 171 [p. 635]. Después de la exitosa expedición de los
mexicanos contra Tuctepec (bajo el último Moctezuma) se vio que habían sido apresados
260 de los “tequihua”. Conquistador Anónimo (p. 373 [pp. 371-372]): “A este que así se
ha distinguido le hacen una señal en el cabello, para que sea conocido por su hazaña, y
todo el mundo lo advierta á primera vista, porque no acostumbran traer cubierta la cabe-
za. Cada vez que hace alguna otra acción notable, le ponen otra señal parecida.” Véase
también Torquemada, lib. XIV, cap. V, p. 543. Durán (cap. XIX, p. 169 [p. 167, § 24]) tam-
bién es muy claro. Clavijero (lib. XII, cap. 23 [lib. VII, cap. 23, pp. 233-234]): “Los señores
[…] llevaban la cabeza metida dentro de una cabeza de león, de tigre o de serpiente
hecha de madera o de otra materia, con la boca abierta y armada de dientes para causar
más terror.”
88. Durán (cap. XXXVII, p. 289 [p. 283, § 10]): “habiendo puesto en delantera todos los
soldados viejos y señores y capitanes y todos aquellos que ellos llamaban cuachic, que eran
una orden de caballería que no había de volver pie atrás, o morir”. Tezozomoc dice que
los “otomíes, cuachic y tequihuaques” eran “siempre delanteros” (cap. XXXVIII, p. 61 [p. 359],
y cap. LVII, p. 97 [p. 442]). El mismo autor (cap. XXXVIII, p. 610 [p. 359], y cap. LI, p. 83 [p.
419]) afirma que tenían que cuidar de los novatos o jóvenes valientes (cap. LXXI, p. 121
[p. 523]). Además dice (cap. LI, p. 83 [p. 419]): “llevando, como soleis, entre cinco jóve-
nes un cuachic, entre otros cinco ó seis un otomitl, y por su Órden en otros tantos un
achcauhtli, y luego un tequihua, todos conquistadores”. Esto se hacía inmediatamente an-
tes de iniciarse el combate. El otomitl, ocasionalmente, también es llamado por Tezozomoc
“general”, pero eso sólo muestra que, a opción de los jefes guerreros, uno u otro de los
guerreros antes mencionados podía ser puesto a la cabeza de un cuerpo mayor, aunque
siempre era considerado como de rango inferior. Sahagún (lib. IX, cap. VI, p. 264 [t. III,
lib. X, cap. VI, p. 112, § 4): “El hombre varón fuerte llamado quáchic tiene estas propieda-
des, que es amparo y muralla de los suyos.” Torquemada (lib. IV, cap. XCIX, p. 565) dice
que el quachicque era un “matasiete”.
89. Lo que queremos decir con esto es que ni el favor personal ni otras cualidades
prominentes podían procurar los títulos en cuestión a nadie que no se hubiera distingui-
do en la guerra. Los títulos se conferían inmediatamente después de la lucha, o al regre-
sar a México. No podemos decir quién los confería, ni qué ceremonias acompañaban el
acto, aparte del corte de pelo ya mencionado. Los mexicanos tenían mucho cuidado de
dar a cada hombre el prisionero que había capturado, y “la pena por quitar un cautivo a
su legítimo conquistador era la muerte”. Mendieta (lib. II, cap. XXVII, p. 132): “El que
llevaba algún prisionero, si otro se lo hurtaba de día ó de noche, ó tomaba por fuerza, por
el mismo caso moria como cosario ladron que se adjudicaba y queria para sí el precio y la
honra del otro.” La razón de ese enérgico castigo era no sólo que con eso el captor
original perdía el objeto para su sacrificio a los dioses, sino, más aún, que el ladrón le
robaba su título y rango.
Acosta (lib. VI, cap. 26, p. 434 [p. 314]) y Clavijero (lib. VII, cap. 21 [p. 230]) mencionan
tres “órdenes militares” u “órdenes de caballería”. El último las llama achcauhtin, cuauhtin
y ocelo, términos que traduce por príncipes, águilas y tigres, respectivamente. Acosta no
está muy lejos de la verdad cuando afirma que cada una de esas subdivisiones tenía su
lugar especial para sentarse en la casa oficial o tecpan (el “palacio” de las primeras fuen-
tes; tecpan deriva de tecuhtli, jefe, y pan, afijo de lugar), ya que en un consejo general de la
tribu (de lo que esto podría ser una indicación) los distintos grados de guerreros tende-
100 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS

rían naturalmente a agruparse. Pero los nombres dados a esas tres “órdenes” son erró-
neos. Achcauhtin (que como veremos nunca significó “príncipes”, pues los mexicanos no
tenían ninguna palabra con ese significado) era solamente el título de una clase de jefes
guerreros. Quauhtin es el Cuachic, y ocelotl evidentemente el tequihua. Sin embargo, estos
últimos dos títulos nunca se usaban para guerreros de grado superior más que en una
forma general: quauhtin-ocelotl significaba los valientes en general (Torquemada, lib. XI,
cap. XXIX, p. 362, y lib. XIV, cap. II, p. 537), y corresponde a “águilas, leones o tigres”,
como a menudo llama Tezozomoc a los tres grados en cuestión.
Torquemada, que a pesar de su indudable credulidad es sumamente importante sobre
todas las cuestiones relacionadas con las antigüedades mexicanas, dice (lib. XIV, cap. V,
p. 543): “Los capitanes tenian por insignia de honra vna labor […] guarnecidas, con
pinturas, é insignias, conforme cada vno havia mostrado el valor, y valentía en las Gue-
rras, en que se havia hallado, porque no sacaba otra cosa del peligro de ellas; y asi como
cosa ganada, por sus propias Personas, las estimaban en mucho.” Cada uno tenía que
ganarse su grado, merecer su título.
90. Todos estos cargos eran electivos, y nos ocuparemos de probarlo en cada caso.
91. Ternaux-Compans (p. 225) dice: “Los tribunales de esos oficiales estaban estable-
cidos en la capital.” Clavijero los llama “príncipes”, Torquemada “capitanes de las guar-
dias”, Sahagún “viejos” y Mendieta incluso “abad principal”. La misma confusión mues-
tra que no habían prestado mucha atención al asunto, puesto que Sahagún también llama
al tiacauh (que es lo mismo que achcacauhtin) “el hombre valiente” (lib. IX, cap. VI, p. 263
[t. III, lib. X, cap. VI, p. 111, § 3]) y Torquemada llama “alguacil mayor” al achcauhtli. Sólo
Tezozomoc es consistente, al mencionar frecuentemente a los achcacauhtin como coman-
dantes en la lucha, para los tres grados de valientes distinguidos (cap. XXXVIII). Esto lo
confirma Molina (I, p. 25), quien traduce teachcauhti como “capitán de gente”. Tezozomoc
los llama además “mayorales, maestros de armas, y de doctrina y ejemplo” (cap. XXXVIII,
p. 61 [p. 359]) y “señores de los barrios y maestros de mancebos” (cap. LVII, [p. 444]).
92. Tezozomoc, caps. XXXVIII y LVII.
93. Molina (II, p. 113): “tiachcauh, hermano mayor, y persona, o cosa aventajada, ma-
yor y más excelente que otras” [Siméon, p. 545: “tiachcauh, valiente, animoso […]
notiachcauh, mi hermano mayor”]. Zorita (p. 60 [p. 478]) llama al jefe del calpulli “parien-
te mayor”, lo que concuerda con la definición de Molina.
94. Sahagún (lib. IX, cap. VI, p. 264 [t. III, lib. X, cap. VI, p. 112, § 6]): “El maestre de
campo, o capitán, es de esta calidad, que para mostrar su oficio trae coleta de cabellos
que cuelga atrás, y bezote y orejeras, y trae siempre sus armas consigo.” Esto último es
dudoso, por lo menos.
95. Durán, cap. XXVI, p. 216 [p. 213]. Respecto a su carácter electivo véase Ternaux
Compans, “De l’orde de succession”, p. 225: “no había otras elecciones de oficiales”. Sin
embargo, no es cierto respecto a otros oficiales. Cf. Zorita (p. 61 [p. 480]): “y lo elegían y
eligen entre sí”.
96. Durán (cap. XIX, p. 169 [pp. 167-168, § 20]): “Luego salieron los viejos que tenían
oficios de ordenar la gente de guerra, que eran como maestres de campo, con sus basto-
nes en las manos y unas cintas apretadas a la cabeza, y unas orejeras de concha largas y
unos bezotes en los labios; muy bien armados, y empezaron a componer la gente.” Tam-
bién Sahagún, lib. IX, cap. VI, p. 264 [t. III, lib. X, cap. VI, p. 112, § 6].
97. Tezozomoc (cap. XCI, p. 161 [p. 611]): “tomó la voz Cuauhnochtli de juntar luego
los cuatro caudillos de los cuatro barrios, Moyotlan, Teopan, Atcacoalco, Cuepopan, en que
aderezasen rodelas, espadartes de navaja y pedernal fuerte, varas tostadas, tlatzontectli, y
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 101

chcahuipiles”. El origen de estos cuatro títulos y dignidades se remonta a la exitosa incur-


sión contra Coyoacan (bajo Itzcoatl), o por lo menos allí es cuando se mencionan por
primera vez (Tezozomoc, cap. XV, p. 24 [p. 268], y Durán, cap. XI, p. 97 [p. 103, § 28-33]).
Como miembros del consejo de jefes, sin embargo, siempre aparecen sólo como “señores
principales”. Tezozomoc es el único, que sepamos, que habla de los “cuatro caudillos de
los cuatro barrios”.
98. Torquemada (lib. IV, cap. LXX, p. 499) habla de “Itzquauhtin, señor de Tlatilulco”
como compañero de Moctezuma durante el cautiverio de este último entre los españoles.
Copia a Sahagún (lib. XII).
99. Es muy singular que los cargos de estos cuatro jefes guerreros principales hayan
atraído tan poca atención, aunque puede explicarse por la suposición predominante de
que en México existían instituciones feudales. Las divisiones fueron consideradas como
exclusivamente geográficas, las subdivisiones por grupos de parentesco fueron pasadas
por alto y no se dio mayor importancia al hecho de que todos los cargos eran llenados
sólo por elección, y nunca por nombramiento. Así, Durán (cap. XI, p. 103, [§ 33]) dice: “Y
así electo uno de estos cuatro, luego ponían otro en su lugar.” Acosta (lib. VI, cap. 25, p. 441
[p. 313]) dice: “Después del rey, era el grado de los cuatro como príncipes electores, los
cuales, después de elegido el rey, también ellos eran elegidos, y de ordinario eran herma-
nos o parientes muy cercanos del rey.” Clavijero (lib. VII, cap. 21 [p. 230]) dice claramen-
te: “La suprema dignidad militar era la de general del ejército; pero entre los mexicanos
había cuatro diferentes grados de generales, entre los cuales el principal era el de tlacoch-
calcatl y cada grado tenía sus insignias particulares. De los otros tres grados no sabemos si
estaban en alguna manera subordinados al tlacochcalcatl e ignoramos sus nombres por la
variedad con que los refieren los autores. Seguíase a esta dignidad la de los capitanes,
entre los cuales había diferentes órdenes.” Véase además la nota siguiente.
100. Durán (cap. XI, p. 103 [§ 33]), después de mencionar los cuatro grados, o más
bien dignidades, continúa: “A estos cuatro señores y dictados, después de electos prínci-
pes les hacían del consejo real, como presidentes y oidores del consejo supremo, sin
parecer de los cuales ninguna cosa se había de hacer.” Cf. Acosta, lib. VI, cap. 25, p. 441
[p. 313].
101. Tlacochcalcatl, de tlacochtli, dardo o venablo, y calli, casa. Tlacatecatl, de tlacatl,
hombre, y tequi, cortar. Ezhuahuacatl, de eztli, sangre, uauana, arañar, y tlacatl, hombre.
Cuauhnochtecuhtli, de cuauhtli, águila, nochtli, tuna, y tecuhtli, jefe. Esos cuatro títulos apa-
recen como correspondientes a los cuatro principales jefes mexicanos en las crónicas de
Durán (cap. XI, p. 102 [p. 103, § 29-32]), Acosta (lib. VI, cap. XXV, p.441 [p. 313]), Tezozomoc
(cap. XV, p. 24 [p. 268]) y Herrera (déc. III, lib. II, cap. XIX, p. 75 [pp. 75-76]), que eviden-
temente copia a Acosta. Tezozomoc dice: “Todos estos cuatro fueron como caciques prin-
cipales y señores de título y nombradía en el señorio y mando y gobierno mexicano, y
luego por este órden van los Tiacanes llamados valerosos soldados capitanes con sobre-
nombres.” Pero todos estos autores dicen tlillancalqui en lugar de cuauhnochtli. Sin embar-
go, nos hemos aventurado a aceptar cuauhnochtli porque tlillancalqui (de tliltic, objeto ne-
gro, tlan, afijo de lugar, y tlacatl, hombre), hombre del lugar negro o de la casa negra,
denota un cargo civil y religioso, y no uno militar propiamente dicho. Durán dice: “Y es de
saber que había un ídolo de la negrura y de aqueste ídolo y de su casa salió el dictado
para este señor.” Acosta afirma categóricamente que los tres primeros títulos menciona-
dos “eran de guerreros”. Por otra parte, hay frecuentes menciones del cuauhnochtli, tanto
en Tezozomoc como en Durán, como “capitán general”, y el obispo de Santo Domingo,
Ramírez de Fuenleal, en su carta a Carlos V fechada en México el 3 de noviembre de
102 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS

1532, dice: “un oficial llamado Guamuchil hace las veces de alguacil mayor” (Ternaux-
Compans, p. 249). También Torquemada, que llama “juez” al cuauhnochtli, después lo
llama alguacil mayor (lib. XI, cap. XXV, pp. 353-354). Finalmente Tezozomoc (cap. XXXVI,
p. 57 [p. 352]), después de enumerar los principales dignatarios mexicanos, “tres de ellos
que son Cuauhnochtli, Tlacateccatl y Tlacochcalcatl, que estos eran señalados Cuachic,
tanto como cualquiera de los otros que por su alto valor y valentía traían trenzado el
cabello en la cabeza, con un cuero colorado, detrás del colodrillo”.
Los “cuachic” de Tezozomoc son los “quachictin” de Torquemada (lib. XIV, cap. V, p. 543),
“y vna de las maiores grandeças, a que llegaba, era atarle el cabello, que era demostra-
ción de Gran Capitan, y estos se llamaban Quachictin, que era el mas honroso nombre,
que á los Capitanes se los daba, y pocos lo alcançaban”. El cuauhnochtli era pues “cuachic”
o “quachictin”, mientras que el tlillancalqui no es sino un jefe civil o religioso, como lo
muestra además el hecho de que fue enviado como delegado a Cortés a la costa (Tezozomoc,
cap. CVII, p. 191 [p. 687]).
Me he aventurado a sustituir al primero como uno de los cuatro jefes guerreros que
comandaban a los guerreros de los cuatro barrios mayores de México. Se podría objetar
que, aparte de Tezozomoc, no he presentado ninguna otra prueba directa de la existen-
cia real de esos cuatro capitanes. Ya he hecho alusión a la probable razón por la que las
fuentes de la historia aborigen mexicana no los mencionan como tales: tanto su verdade-
ra posición como la naturaleza de su cargo fueron simplemente ignorados. Sin embargo,
sabemos que la tribu de México se había dividido en cuatro partes; sabemos también que
no sólo en México sino en toda Centroamérica existía la misma división, para fines tanto
civiles como militares. Por lo tanto, cada una de esas cuatro grandes secciones debe de
haber tenido un jefe militar y civil, y es natural admitir que esos jefes deben de haber sido
los guerreros más distinguidos de la tribu, puesto que lo único que justificaba el ascenso de cargo
y de rango era el mérito, y no la ascendencia o la riqueza. Por lo tanto, los jefes militares de los
cuatro barrios mayores deben de haber sido los cuatro cuachic de México. Por otra parte,
esos cuatro dignatarios eran elegidos y no nombrados, pero para que haya elección tiene
que haber electores. Sabemos que los “capitanes” eran elegidos por los clanes que debían
mandar, y es lógico suponer que los cuatro grandes jefes militares de la tribu eran elegidos
para mandar sus cuatro grandes subdivisiones. Por lo tanto, de nuevo, los cuachic de Tezozomoc
deben de haber sido los jefes militares de los cuatro barrios mayores de México. Además,
podemos preguntar: ¿por qué cuatro, y no cualquier otro número, si no era porque esos
cuatro jefes principales correspondían, y en realidad representaban, a un número igual de
grandes partes de la tribu?
Si los autores más antiguos observan cierta uniformidad en su enumeración de esos
cuatro jefes, empezando siempre por el tlacochcalcatl, no debemos deducir de eso que uno u
otro de ellos fuera inferior o superior a los demás. Eran todos iguales en rango, aun cuan-
do Clavijero (lib. VII, cap. 21) ubica al tlacochcalcatl por encima de los demás. (Cf., por ejem-
plo, Torquemada, lib. II, cap. LXII, p. 185, con cap. LXV, p. 189, y lib. IV, cap. XIII, p. 379.)
De todas estas afirmaciones, especialmente las categóricas y consistentes de Tezozomoc,
resulta que, si bien los cuatro eran iguales en rango, a veces ocurría que uno u otro de
ellos, por su edad o su experiencia, tomaba el mando supremo en una emergencia. Su
influencia era incluso decisiva, en ocasiones, ante el jefe guerrero principal de México.
Cf. el papel desempeñado por el tlacochcacatl en el ataque contra Tlatelolco (Tezozomoc,
cap. XLV, p. 73 [p. 391]) y la decisiva acción del tlacateccatl en la batalla contra los tarascos de
Michoacán, que tuvo lugar en 1477, cuando obligó a Axayacatl a retirarse ante el enemi-
go victorioso (Tezozomoc, cap. LII, p. 84 [p. 423]). Cf también la afirmación de Acosta
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 103

(lib. VI, cap. 25 [p. 313]): “sin cuyo parecer el rey no hacía ni podía hacer cosa de im-
portancia”.
102. Torquemada (vol. IV) menciona a un itzquauhtin. Esto significaría águila de
obsidiana o águila de pedernal. Debemos distinguir siempre los nombres personales de los
títulos. En la mayoría de los casos sólo se dan estos últimos, y por lo tanto se puede
suponer que el título tomaba el lugar del nombre. Mi amigo J.M. Melgar y Serrano, de Veracruz,
dice: “Creo deber aconsejar a Usted no tome como nombres de las personas muchas de
las palabras con que estaban designadas, pues eran el que se los daban el título del cargo
que tenían” (carta fechada el 26 de enero de 1875).
103. Tezozomoc, cap. XXXVI, p. 57 [p. 352]; Torquemada, lib. XIV, cap. V, p. 543. Acosta,
(lib. VI, cap. 26, p. 434 [p. 314]): “Los más preeminentes de éstos eran los que tenían
atada la corona del cabello con una cinta colorada, y un plumaje rico, del cual colgaban
unos ramales hacia las espaldas, con unas borlas de lo mismo al cabo; estas borlas eran
tantas en número, cuantas hazañas había hecho. De esta orden de caballeros era el mis-
mo rey también, y así se halla pintado con este género de plumajes, y en Chapultepec,
donde están Motezuma y su hijo, esculpidos en unas peñas, que son de ver.” Clavijero
(lib. VII, cap. 21) no hace más que resumir lo dicho por Acosta. Humboldt (Vistas de las
cordilleras, vol. I, p. 104): “Moctezuma lleva los cabellos enlazados en lo alto de la cabeza
y amarrados con una cinta roja, distinción militar que sólo se otorgaba a los príncipes y a
los capitanes más valientes.” La figura es del Códice anónimo del Vaticano.
104. Este título lo da Tezozomoc, y también Ramírez de Fuenleal, en Ternaux-Compans,
Recueil de pièces, p. 247: “Moctezuma llevaba el nombre de tlacatectli, tetuan, jutlacal.” Es
fácil discernir tlacatecuhtli y tlatoani; de este último título hablaremos más adelante. Tam-
bién: “Existe entre ellos una especie de jefe al que daban el nombre de tacatecle o tlatuan.”
105. La lengua mexicana no tiene una palabra que corresponda a emperador (Molina, I,
p. 51), pero Tezozomoc traduce la expresión cemanahuac tlatoani como “emperador del mun-
do”. Sin embargo, significa simplemente “el que habla por lo que reside cerca del agua”.
106. La cuestión de la sucesión en el cargo entre los mexicanos es muy difícil. Con
todo, es seguro que nunca pasaba de padre a hijo, sino que se transmitía por elección, ya
sea a un hermano o a un sobrino del anterior ocupante. Sahagún [t. II, lib. VIII, cap. XVIII,
p. 321, § 1-3] da una descripción muy completa de la forma de elección del tlacatecuhtli de
México: “Cuando moría el señor o rey, para elegir otro juntábanse los senadores que
llamaban tecutlatoque, y también los viejos del pueblo que llamaban achcacauhti; y también
los capitanes, soldados viejos de la guerra, que llamaban yaotequiuaque, y otros capitanes
que eran principales en las cosas de la guerra, y también los sátrapas que llamaban tlena-
macazque o papauaque. Todos estos se juntaban en las casas reales, y allí deliberaban y
determinaban quién había de ser señor, y escogían uno de los más nobles de la línea de
los señores antepasados, que fuese hombre valiente, ejercitado en las cosas de la guerra,
osado y animoso, y que no supiese beber vino; que fuese prudente y sabio, que fuese
criado en el Calmécac, que supiese bien hablar, fuese entendido y recatado, y animoso y
amoroso, y cuando todos, o los más, concurrían en uno, luego le nombraban por señor.
No se hacía esta elección por escrutinio, o por votos, sino que todos juntos, conferiendo
los unos con los otros, venían a concertarse en uno.” Durán (cap. XI, p. 103 [pp. 103-104,
§ 33-34]), hablando de los cuatro jefes guerreros, dice: “y, muerto el rey, de aquellos había de
ser electo rey y no de otros. Y tampoco podían ser puestos en este cargo y dictados, si no
eran hijos u hermanos de reyes […] nunca heredaron los hijos por vía de herencia, los dic-
tados y los señoríos, sino por elección […] y así, nunca salía de aquella generación aquel
dictado y señorío, eligiéndolos poco a poco”. Acosta (lib. VI, cap. 24, p. 431 [p. 311]):
104 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS

“Lo primero en que parece haber sido muy político el gobierno de mexicanos, es en el
orden que tenían y guardaban inviolablemente, de elegir rey.” Es muy dudoso que poda-
mos ir más allá de decir que el tlacatecuhtli tenía que pertenecer a un grupo de parentesco
determinado.
107. Moctezuma fue destituido en vida, y Cuitlahuac nombrado para sucederlo. Se-
gún Bernal Díaz del Castillo (cap. CXXVI, p. 132 [p. 377]), al hablar a Moctezuma dijeron:
“‘Hacémoos saber que ya hemos levantado a un vuestro primo por señor’; y allí le nom-
bró cómo se llamaba, que se decía Coadlabaca, señor de Iztapalapa; que no fue Guatemuz,
el cual desde a dos meses fue señor.” Cortés (nota 2 a la “Segunda relación”, p. 42): “los
Indios le mataron por cobarde”. Véase también Torquemada, lib. IV, cap. LXVIII, p. 494 y
cap. LXX, p. 497; Herrera, déc. II, lib. X, cap. X, p. 267.
108. El cihuacoatl (de cihuatl, mujer, y cohuatl, serpiente) es designado como “virrey”,
“capitán general”, “juez supremo”, “coadjutor del rey”, “segundo rey”. Era un guerrero
también, y durante el sitio actuó como comandante en jefe, junto con Cuauhtemotzin,
según se desprende de la afirmación de Torquemada (lib. XI, cap. XXV, p. 352) de que era
igual al supuesto “rey”. No es éste el lugar para discutir cuáles eran exactamente las
funciones de su cargo; para los fines de este ensayo basta con determinar que con toda
probabilidad había dos jefes supremos de la tribu mexicana, o dos jefes guerreros princi-
pales, igual que entre los iroqueses. Según Tezozomoc, también el cihuacoatl era electivo.
109. Así vemos a veces al tlacochcalcatl, otras al tlacateccatl o al cuauhnochtli como coman-
dantes en jefe.
110. Esos tres fueron: Moctezuma II (Moctezuma Xocoyotzin), Cuitlahuatzin y Cuauhte-
motzin.
111. Sahagún (lib. II, cap. VI, p. 264 [t. III, lib. X, cap. VI, p. 112, § 7]): “El capitán
general tiene por su oficio el mandar en la batalla, y dar orden y manera para efectuarla,
y concertar los escuadrones, teniéndose por grande águila y león y presumiendo de ser
victorioso, por los buenos aderezos con que va adornado a la guerra, a manera de águila, y
dando a entender que su oficio es morir en la guerra por los suyos.” Acosta (lib. VI, cap. 24,
p. 431 [p. 311]): “Ordinariamente eligían a mancebos para reyes, porque iban los reyes
siempre a la guerra, y cuasi era lo principal aquello para lo que los querían, y así miraban
que fuesen aptos para la milicia, y que gustasen y se preciasen de ella.” Mendieta (lib. II,
cap. XXVII, pp. 132 y 153): “Tenian estos naturales en mucho cuando su señor era esfor-
zado y valiente, porque teniendo tal señor y capitan, salian con mucho ánimo á las gue-
rras”, y: “Demas de esto, tenian respeto entre los hijos […] á aquel que en las guerras se
habia mostrado animoso, y á este elegian”. Véase también Torquemada, lib. XI, cap. XXVII,
p. 357.
112. Durán (cap. XI, p. 103 [§ 33]): “A estos cuatro señores y dictados, después de
electos príncipes les hacían del consejo real, como presidentes y oidores del consejo su-
premo, sin parecer de los cuales ninguna cosa se había de hacer, y, muerto el rey, de
aquellos había de ser electo rey y no de otros.” Acosta (lib. VII, cap. 25, p. 441 [lib. VI, cap.
25, p. 313]): “Todos estos cuatro dictados eran del consejo supremo […] y muerto el rey,
había de ser elegido por rey, hombre que tuviese algún dictado de estos cuatro.”
113. Esta distinción la usaban los jefes indios de México por lo menos veinte años
después de la conquista. Cf., en el vol. II de la Colección de documentos de J. García Icazbalceta,
la “Relación de la jornada que hizo Don Francisco de Sandoval Acazitli, cacique y señor
natural que fué del pueblo de Tlalmanalco, Provincia de Chalco, con el Señor Visorrey
Don Antonio de Mendoza…” (en 1541). “Don Francisco Acazitli llevó por divisa y armas
cuando fué á la guerra de los chichimecas, una calavera de plumería con sus penachos
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 105

verdes, una rodela de lo mismo, y en ella un bezote de oro retorcido, con su espada y su
ichcahuipil, y vestido con un jubon colorado, y sus zaragüelles, zapatos y borceguíes, y un
sombrero blanco, y un pañuelo grande con que se amarraba la cabeza, y un collar de pe-
drería con dos cadenas” (p. 307). García del Pilar, “Relación de la entrada de Nuño de
Guzmán”, en ibid., p. 255): “Y viéndose así los señores destas comarcas, que eran Tapiezuela,
señor desta cibdad, y el señor de Tatelulco, y el de Guaxucingo, y el de Tascaltecle, y otros
muchos señores y principales destas comarcas, le fueron á rogar y suplicar […] que se
sirviese de todas sus divisas que eran de oro y de plumas verdes muy galanas.” Véase
también “Relación de Acazitli”, en ibid., p. 311: “con su divisa de quetzalpatzactli de
plumería verde”.
114. Durán, cap. XXVI, p. 215 [p. 212].
115. Nacochtli (Molina, I, p. 91).
116. Yacaxiuitl, de yacatl, nariz, y xiuitl, turquesa o piedra fina verde en general.
117. Tentetl, de tentli, labios, y tetl, piedra.
118. Matzopetztli, brazalete (Molina, II, p. 54 [Siméon, p. 263]).
119. Matemacatl, “braçalete de oro, o cosa semejante” (Molina, II, p. 53 [Siméon, p. 257:
“brazalete ordinariamente de oro, etc.”]).
120. Cozcatl o cozcapetlatl o cozehuatl. Cozcatl es una joya, una cadena o un collar, con
colgantes de piedras preciosas.
121. El “rey” y el cihuacoatl llevaban el mismo atavío e iguales ornamentos. Durán (cap.
XXVI, pp. 215 y 216 [p. 211. § 4 y p. 212, § 11]): “Ordenóse que sólo el rey y su coadjutor
Tlacaelel pudiese traer zapatos en la casa real”, y: “Item: que sólo el rey y los reyes de las
provincias y grandes señores pudiesen usar de brazaletes de oro y de calcetas de oro a las
gargantas de los pies, y ponerse en los bailes cascabeles de oro a los pies y guirnaldas y
cintas de oro a la cabeza, con plumas.” Todas las tribus mexicanas tenían esta dualidad
del principal cargo militar, como lo afirma claramente Tezozomoc. Además, también
aparece claramente en América Central. El Popol Vuh (Popol Vuh. Las antiguas historias del
Quiché, México, FCE, 1976, 2a. parte, cap. I, p. 50) menciona a “Hun-Camé” y “Vucub-
Camé” como los dos jefes de “Xibalbá”: “En seguida entraron todos en consejo. Los
llamados Hun-Camé y Vucub-Camé eran los jueces supremos” (véase también pp. 78-79).
Véase Herrera, déc. III, lib. IIII, cap. XVIII, p. 141. Una dualidad similar se encontró entre
los itzáes que habitaban en el lago Petén cuando los conquistó Ursua, en 1698. “Canek”
y “Quincanek” eran los títulos de los dos jefes. Se llamaban “primo” uno al otro (“Histo-
ria de la conquista de la provincia de el Itza, reduccion y progressos de la de el Lacandon…”,
por Juan de Villagutierre Sotomayor, Madrid, 1701).
122. El término quachiatli proviene de Torquemada (lib. XIV, cap. V, p. 543). Molina no
incluye esta palabra. Clavijero (lib. VII, cap. 22, [p. 232]) lo describe, sin darle nombre,
como “un precioso tejido de bellas plumas que le bajaba de la cabeza por las espaldas a la
cintura”. Véase también Tezozomoc, cap. LXXVI, p. 129 [p. 542].
123. Clavijero, lib. III, cap. 18 [lib. VII, cap. 25, p. 240]; Tezozomoc, cap. LXXVI, p. 129
[p. 543]; Mendieta, lib. II, cap. XXVI, p. 130. Durán (cap. XXXV, p. 277 [p. 272, § 31], y
cap. XLVI, p. 372 [p. 360, § 14]): “Y yendo el rey Axayácatl victorioso tocando un tambor
de oro que a las espaldas llevaba –lo cual se usaba cuando iban en alcance”; “y a las
espaldas, un atambor de oro, con que los reyes hacían señal al arremeter y en el retirar, de
suerte que los reyes servían de atambor, o sus generales, los cuales tocaban alarma y a
recoger los ejércitos”.
124. Especialmente la figura de la izquierda del llamado “altar”. La figura de la dere-
cha podría ser un sacerdote, pero yo sugeriría que ambas figuras son de jefes, de los cuales
106 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS

uno es el equivalente del tlacatecuhtli y el otro –la figura de la derecha– es el equivalente


del cihuacoatl (cf. J. Stephens, Travels in Central America, Yucatan, and Chiapas, así como los
dibujos de Dupaix, en lord Kingsborough). El conde Minutoli (Beschreibung einer alten
Stadt in Guatimala, Berlín, 1832) tiene como lámina 1 una buena representación del “ta-
blero de la cruz”. La figura a mano izquierda es evidentemente un jefe del más alto
rango, como el “quachiatli” de Torquemada, claramente reconocible. En todas estas figu-
ras de relieves centroamericanos discernimos las partes características del traje mexica-
no: el taparrabos (maxtlatl) y el tocado. Varios de ellos tienen también la chaqueta o huepil,
y los jefes llevan como adorno el cozcatl, el matzopeztli, y especialmente las orejeras y el
gran penacho de plumas. En las estatuas de Copán son muy notorios los bezotes y los
anillos para la nariz. Una ilustración del atavío de los dos jefes, exactamente igual en
ambos, se encuentra en la lámina 8 de Durán (1a. parte, cap. 23). Axayacatl también está
representado con armadura completa en las láminas 10 y 11.
125. La palabra es de Molina (II, p. 141): tlatocan, corte o palacio de los grandes seño-
res; (I, p. 30): tlatocanecentlaliztli, consejo real [Siméon, p. 675: tlatocan, corte, palacio de
gran personaje, y tlatocanecentlaliztli, audiencia real, consejo, asamblea]. Deriva de ni-
tlatoa, hablar. Una excelente ilustración de ese consejo se encuentra en el Popol Vuh (2a.
parte, cap. VIII [2a. parte, cap. I, pp. 50-51]); pese al lenguaje oscuro, podemos discernir
fácilmente cómo estaba constituido el consejo de jefes en Xibalbá. Hunahpú e Ixbalanqué,
al llegar a la sala del consejo, encuentran en ella a doce señores, cuyos nombres se men-
cionan (p. 147 [2a. parte, cap. VIII, pp. 80-81]). Después que Moctezuma fue capturado y
llevado al alojamiento de los españoles “siempre a la continua estaban en su compañía
veinte grandes señores y consejeros y capitanes” (Bernal Díaz del Castillo, cap. XCV, p. 95
[p. 274]). Es probable que fueran los miembros del supremo consejo.
126. Tlatoani, “hablador, o gran señor” (Molina, II, p. 141 [Siméon, p. 674: “el que
habla bien”]). Bernal Díaz del Castillo (cap. XXXVIII, p. 32 [p. 93]) que cuando llegaron a
San Juan de Ulloa “vinieron dos canoas muy grandes […] y en ellas vinieron muchos
indios mexicanos, y como vieron los estandartes y navío grande, conocieron que allí ha-
bían de ir a hablar al capitán, y fuéronse derechos al navío, y entran dentro y preguntan
quién era el tlatoan, que en su lengua dicen el señor”. García Icazbalceta, en su nota 36
(vol. II, p. 12) define tlatoani como sigue: “era la denominacion general que se daba á los
superiores y gobernantes, equivalente á la antigua nuestra Señor, y con la cual llamaban á
los españoles” (“Real Ejecutoria de S.M. sobre Tierras y Reservas de Pechos y Paga, per-
teneciente á los caciques de Axapusco, de la Jurisdicción de Otumba”). Tlatoca-icpalli, de
tlatoca e icpalli, banco.
127. La supremacía del consejo en todos los temas está ampliamente demostrada
(Durán, cap. XIV, p. 117 [pp. 117-118, § 3] y cap. XVI, p. 133 [§ 2]). Acosta (lib. VI, cap. 25,
p. 441 [p. 313]): “Todos estos cuatro dictados eran del consejo supremo, sin cuyo parecer
el rey no hacía ni podía hacer cosa de importancia”, pero especialmente el notable párra-
fo de Torquemada (lib. XI, cap. XXV, p. 352), hablando del cihuacoatl: “Este Juez parece
tener veces, y autoridad de Virrei, á los cuales comunica el Rei Autoridad absoluta, para
governar, y despachar negocios, cometidos á su sola y absoluta determinación […] pues
en cosas de su Gobierno, conoce la Audiencia, que toda junta se hace Persona de Rei, y con su
Autoridad le pueden reprimir, y reprimen.” Es lamentable que no tengamos un conocimiento
detallado y definido de la composición de ese consejo. Todo lo que podemos afirmar
positivamente es que existía y que era supremo.
128. La guerra que terminó con la conquista de Chalco y la expedición contra
Ahuilizapan (Orizaba) y Cempoala fueron provocadas por las más descaradas provoca-
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 107

ciones por parte de los mexicanos (Tezozomoc, cap. XIX, p. 30 [p. 282], cap. XXI, p. 33
[p. 289] y cap. XXXI, p. 48 [p. 327]; Torquemada, lib. II, cap. XL [cap. XLVIII], p. 159;
Clavijero, lib. IV, cap. 13). Durán lo niega tajantemente y afirma que los mexicanos nunca
hacían la guerra a menos que los provocaran, pero esto es manifiestamente falso (cf.
Gómara, p. 442 [cap. CCXXVIII, p. 346]).
129. Considerando los festivales mensuales ordinarios solamente.
130. Durán (cap. XXXVII, p. 287 [p. 281, § 1]), sobre cuando se decidió la guerra contra
Michoacán, dice: “y que la principal causa porque se quería probar con ellos era para ver
si podría con ellos hacer la fiesta de la estrena de su piedra, que era semejanza del sol, y
ensangrentar su templo con la sangre de aquellas naciones”. Gómara (ibid.): “y para,
como ellos dicen, haber esclavos que sacrificar a los dioses y cebar a los soldados”.
131. Era obligatorio para el jefe inaugurar su administración con una hazaña militar,
y se daba gran importancia al hecho de que el jefe hiciera prisioneros con sus propias
manos en esa ocasión. Acosta, lib. VI, cap. 24, p. 431 [p. 311]; Tezozomoc, cap. LVII, p. 93
[p. 440], cap. LXI, p. 101 [p. 461] y cap. LXXXIV, p. 147 [p. 581] (estos tres pasajes se re-
fieren a Tizoctzin, a Ahuitzotl y al último Moctezuma, respectivamente); Mendieta, lib. II,
cap. XXVII, pp. 131-133; Torquemada, lib. II, cap. LV, p. 172 y cap. LXIX, p. 195.
132. Esa costumbre les resultó fatal contra los españoles. Si los mexicanos se hubieran
dedicado a matar, en lugar de tratar de dominar a sus enemigos sin matarlos, su resis-
tencia habría sido más eficaz. Así, para capturar a un solo jinete sacrificaban temeraria-
mente a gran número de los suyos, cuando creían poder rodearlo y separarlo de sus
compañeros. Sin embargo, esa costumbre era general entre las tribus nahuatlacas.
133. Sobre esto tenemos la declaración del último Moctezuma. Cuando la tribu de
Huexotzinco envió delegados a México, proponiendo una alianza contra Tlaxcallan,
Moctezuma les respondió: “hijos y hermanos, seais muy bienvenidos; descansad, que
aunque es verdad soy rey y señor, yo solo no puedo valeros, si no son todos los principales
mexicanos del sacro senado mexicano” (Tezozomoc, cap. XCVII [p. 638]). Cf. también
Gómara, p. 442 [p. 346].
134. Mendieta, lib. II, cap. XXVI, p. 129: “Esto era lo ordinario, aunque otras veces los
tomaban descuidados.”
135. Torquemada (lib. XIV, cap. I, p. 534): “en la mano derecha llevaba una Flecha por
la punta, las Plumas ácia arriba, y en la izquierda una pequeña Rodela”.
136. Ixtlilxochitl (Histoire des chichiméques, cap. XXXVIII, pp. 269-272 [“Historia de la na-
ción”, cap. XXXVIII, pp. 103-105]) afirma que se enviaban tres requerimientos diferentes,
uno por los mexicanos, otro por los texcocanos y otro por los tlacopanos, pero no hay otra
confirmación de esto. La respuesta, a menos que pidieran expresamente tiempo y los
mexicanos considerasen político esperar, se decidía la primera vez.
Mendieta (lib. II, cap. XXVI, p. 129): “Determinados y acordados ya que se hiciese la
guerra, tomaban ciertas rodelas y mantas, y enviábanlas á aquellos con quienes querían
trabar guerra (porque era siempre su costumbre no hacer un mensaje sin llevar presen-
te).” Torquemada, lib. XIV, cap. II, p. 537, es casi una copia literal de Mendieta; Tezozomoc,
cap. VIII, p. 15 [p. 245] y cap. XXVII, p. 40 [pp. 306-307], etc.; Ixtlilxochitl, ibid., cap.
XXXVIII; Durán, cap. IX, p. 74 [p. 78, § 20] y cap. LVII, p. 450 [p. 433, § 2] (Moctezuma
desafiado por los huexotzincas) y cap. LIX, p. 464 [p. 447, § 2] (por los cholultecas). La
pintura blanca, tiçatl (Molina, II, p. 113: “cierto barniz, o tierra blanca” [Siméon, p. 546:
“especie de barniz, tierra o polvo blanco”]; véase también Tezozomoc, cap. VIII), era un
emblema de muerte, el escudo “para que se defendiera” y la espada “para ofender si era
capaz”. Esto último es análogo al tomahawk rojo que los salvajes del norte enviaban en
108 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS

prenda de guerra (Loskiel, Geschichte der Mission der evangelischen Brüder unter den Indianern
in Nord-Amerika, Barby, 1789, parte I, cap. XI, p. 187; véase también Adair, History of the
American Indians).
137. Torquemada (lib. XIV, cap. I, p. 535): “que aunque estas Gentes eran de su natural
condicion mas vengativas, que todas las del Mundo, respetaban á los Embaxadores de sus
mortales enemigos, como á Dioses, teniendo por mejor violar qualquier rito de su Reli-
gión, que pecar contra la fee dada a los Embaxadores”.
138. Para comparar con lo que dice Loskiel sobre los indios del norte, véase Tezozomoc,
cap. VIII, p. 15 [p. 246]. Cuando el “Atempanécatl Tlacaeleltzin” volvió por segunda vez a
Azcapotzalco, ahora para desafiar a los tecpanecas a luchar en guerra abierta, y después
que adornó debidamente a su jefe guerrero Tezozomoctli, éste le dio una espada, un
escudo y un casco, diciendo: “tomad tambien vos en que vais envuelto y esta rodela, y este
espadarte macuahuitl, y mirad si podeis volveros á vuestra casa.” Atempanecatl fue ataca-
do por exploradores tecpanecas y perseguido hasta suelo mexicano, y sólo escapó gracias
a su valentía personal y a su rapidez. Este episodio lo confirman Durán (cap. IX, p. 74
[pp. 78-79]) y Acosta (lib. VII, cap. 12, pp. 482-483 [p. 341]), aunque ambos dicen que el
delegado mexicano escapó evitando a los guerreros tecpanecas por senderos ocultos. Sin
embargo, esto prueba que el regreso era muy peligroso. Clavijero (lib. III, cap. 17) atribu-
ye esa acción al primer Moctezuma (“Huehue Moctezuma” o “Moctezuma Ilhuicamina”).
139. Bernal Díaz del Castillo (cap. XCII, pp. 90-91 [p. 261]) dice que en la cima del
templo mayor “tenían un tambor muy grande en demasía, que cuando le tañían el sonido
dél era tan triste y de tal manera, como dicen instrumento de los infiernos, y más de dos
leguas de allí se oía: y decían que los cueros de aquel atambor eran de sierpes muy
grandes”. Además de ese tambor usaban gran número de caracoles grandes, creando así
un terrible estrépito. Los españoles llegaron a conocer muy bien esas temibles señales la
noche del 1 de julio de 1520, cuando esos instrumentos llamaron a los guerreros mexica-
nos a la persecución que fue causa de la masacre en la calzada de Tlacopan. Cualquiera
que lea la espléndida descripción de Prescott (lib. V, cap. III, [p. 380]) recordará que “el
enorme tambor [huehuetl] vibrando en el desierto templo del dios de la guerra, hizo
escuchar aquellos solemnes tonos que oídos sólo en ocasiones de gran calamidad, se
hacían escuchar por todos los ángulos de la capital”.
140. También sucedía que transcurriera un intervalo de veinte días (un mes mexica-
no) entre la proclamación de la guerra y la partida final. Por lo menos, en la mayoría de
los casos, los preparativos tomaban varios días, ya que los mexicanos tenían que dar
tiempo a sus aliados o sujetos para que se preparasen también. Tezozomoc (cap. XXXVI
[cap. LVII, p. 441] y cap. LVII [cap. XLI, p. 462]): “Los mexicanos en este tiempo adereza-
ban en todos los barrios las armas, rodelas, espadartes, y hacian y labraban muchas varas
tostadas, Tlatzontectli, hondas, piedras como pelotas, arrojadizas con sogas recias”, y
“Dentro de veinte días compusieron y aderezaron las armas de todo género. Primera-
mente los cinco barrios de la ciudad de México Tenuchtitlan, Moyotlan, Teopan, Itzacualco,
Cuepopan, y los de Tlatelulco, que ahora son llamados de Santiago”. Sin embargo, en
muchos casos se hacía necesario movilizar súbitamente todas las fuerzas. México, en tiempo
de paz, tenía que estar siempre listo para la guerra. Véase también Tezozomoc, cap.
XXXII, pp. 49-50 [p. 329].
141. Las canoas (acalli, de atl, agua, y calli, casa) se utilizaban para el tráfico con la
tierra firme, pero también para el transporte de guerreros. Es bien sabido que desempe-
ñaron un papel muy importante en la lucha contra los españoles durante el sitio. Sobre
los movimientos de los mexicanos contra tribus enemigas, tanto por tierra como por
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 109

agua, véase Durán, cap. XIV, p. 121 [p. 120, § 19], donde describe el ataque contra Cuitla-
huac, tanto por tierra como con canoas.
142. Durán (cap. XLVI, p. 369 [p. 358, § 6]): “porque demás de lo que los reyes pro-
veían de sus grandes trojes y graneros, cada soldado llevaba a cuestas su particular comi-
da, todo lo que podía llevar, atada a la carga la espada y la rodela”.
143. Las mujeres preparaban la comida, pero también ocurría que los mayordomos la
distribuían. Tezozomoc (cap. XXXII, p. 49 [pp. 329-330]): “Con esto los mayordomos y
calpixques de los pueblos dieron á sus barrios maiz para hacer bizcocho, tlacactutopochtli,
pinole, chile molido, chian, frijol y todo lo perteneciente à ello, habilitándose de todo lo
necesario para cierto día señalado para su viage y camino.” El tlaxcactutopochtli (de tlaxcalli,
tortillas, y totopochtli, pan quemado) sería como galleta de maíz, y por lo tanto los españo-
les lo llaman “bizcocho”. El pinolli o pinole, harina de maíz con chile, era un elemento
importante. La comida de los mexicanos en general, fuera de las carnes (principalmente
aves y alguna caza) y animales acuáticos, consistía en maíz en varias formas, sazonado con
chilli o chile. Su principal bebida era el cacao, y llevaban consigo buena provisión de éste.
Véase también Durán (cap. XLVI, p. 358 [§ 6]): “maíz tostado y otro molido y hecho
harina, frijol molido, pan bizcochado, tamales mohosos y curados al sol, grandes fardos
de chile, cacao molido hecho en pellas”. También utilizaban el maíz para preparar una
bebida llamada yolatl, que tenía especiales propiedades vivificantes (véase la nota de
Ramírez a la p. 290 de Durán, ed. Ramírez) y que incluso se distribuía en el campo de ba-
talla (Durán, cap. XXXVII; Tezozomoc, cap. LII).
144. Esos cargadores eran llamados tamemes, y en general se considera que eran escla-
vos, pero probablemente eran sólo proscritos de los lazos de parentesco, u hombres de las
tribus recién conquistadas (como Tlatelolco por algún tiempo después de su derrota) a
quienes se imponía ese trabajo degradante (¡¡porque era como de mujeres!!) como castigo. Los
esclavos no eran numerosos entre los mexicanos, si es que los había, fuera de los prisione-
ros de guerra, que no podían ser usados como tales. Algunos jóvenes acompañaban a los
guerreros cargando sus armas y provisiones, a fin de ver y aprender (Tezozomoc, cap.
LXXI, p. 121 [p. 523]). Pero el número de esos cargadores (cien mil) está muy exagerado.
Entre los varios objetos que los mexicanos llevaban a sus campañas según Tezozomoc
“hay tiendas, chozas bajas y petates para los xacales”. “Tienda” en mexicano se dice
quachcalli, de quachtli, manto, y calli, casa. Ciertamente usaban xacalli de paja o enrama-
das, y es un paso pequeño de la choza a la tienda cubierta con lo que entre los indios del
norte llamamos una cobija. Durán menciona con frecuencia “tiendas y xacales” (cap. XXI,
pp. 183 y 186 [pp. 179 y 180], cap. XXII, p. 190 [pp. 186-187], etc.). Los utensilios de
cocina, como ollas y cazuelas, eran por supuesto indispensables, así como los petlatl o
esteras para dormir, y probablemente también para techar las chozas. Por último, mantos
de “nequen” (henequén), el material de que ordinariamente se hacía el vestido de la
mayoría de los mexicanos: el huepil del mexicano corriente era de henequén. Esos man-
tos se usaban como protección para el sol; eran ligeros, y por lo tanto cómodos para usar
y para cargar (véase Tezozomoc, cap. XXXII, pp. 49-50 [p. 330]).
145. Tezozomoc (cap. XXXIII, p. 50 [p. 330]): “y los mayordomos personalmente fue-
ron á esta jornada” (contra Orizaba).
146. Las tribus sometidas por México estaban obligadas a unirse al ejército mexicano
cuando las llamaran. Tezozomoc rara vez habla de alguna expedición sin mencionar que
las tribus sometidas tomaron parte, convocadas para ello por los mexicanos. Véase Herrera,
déc. III, lib. IIII, cap. XV, p. 133, y Tezozomoc, cap. XXXI, p. 49 [p. 327], cap. XLVII, p. 77 [p.
401] y cap. LI, p. 83 [p. 419]. Casi no hay testimonio directo, pero está abundantemente
110 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS

demostrado el hecho de que los mexicanos podían llamar, y efectivamente lo hacían, en


su auxilio a cualquier tribu que hubieran conquistado previamente. Véase Durán, cap. XI,
p. 313 [cap. XLI, p. 319], y Zorita, p. 11 [p. 468].
147. No nos interesa determinar aquí si existía una liga o una confederación entre
México, Texcoco y Tlacopan, o si estas últimas dos tribus estaban sometidas a la primera.
Hay mucha contradicción entre los autores al respecto, y en lo posible nos proponemos
dedicar a este punto un trabajo futuro.
148. Herrera (déc. III, lib. IIII, cap. XV, p. 133): “Con México estaban confederados los
Señores de Tezcuco, i Tlacopan, que aora llaman Tlacuba, i partian lo que ganaban, i
obedecian al Señor de México, tocante á la guerra.” Esto lo confirma también el hecho de
que cuando Cortés avanzaba hacia México desde la costa en todas partes le hablaban del
gran poder de los mexicanos solamente, sin ninguna referencia a los otros. En una expedi-
ción conjunta, el jefe mexicano mandaba a los demás, aun cuando era inferior en rango
al tlacatecuhtli (Zorita, p. 11 [pp. 470-471]).
149. Las menciones de este hecho por Tezozomoc son tan numerosas que nos ahorra-
remos las citas. Casi no hay capítulo de la Crónica mexicana, del XX en adelante, que no
contenga una referencia a esto. Véase también Durán.
150. Cuando los mexicanos emprendieron su infortunada expedición contra Michoacán,
en 1479, todas las tribus recibieron instrucciones de reunirse en “Matlaltzinco-Toluca”
(Tezozomoc, cap. LI, p. 83 [p. 419]). Durán (cap. XXXVII, p. 288 [pp. 281-282, § 4]).
Axayacatl “mandó partiese el ejército de la ciudad y que en sus capitanías fuesen a los
términos de los matlaltzincas y que allí se hiciese junta de la gente, entre estos términos
de Matlatzinco y Tlaximaloyan”. En la expedición contra “Xiquipilco y Xilotepec” el
lugar designado para la reunión de las fuerzas fue Chilocan: “Comenzó á marchar el
campo mexicano, habiéndose partido todos los demás, uno, dos o tres días antes al mis-
mo pueblo de Chilocan” (Tezozomoc, cap. LXI, p. 102 [p. 462]). Sobre la expedición contra
Meztitlan dice Durán [cap. XL, p. 303, § 3]: “El rey, que mientras le duraba la unción y el
estar velado sobre sus insignias y en ayuno y penitencia, no mandaba aún en nada, acu-
dieron a Tlacaelel. El cual les mandó que toda la gente que estuviese apercibida y apare-
jada se recogiese en Atotonilco y que allí aguardasen todo el demás ejército, y en
Itzmiquilpan.”
151. No hay un solo caso registrado de que, hasta la llegada de los españoles, un solo
pueblo se hubiera atrevido jamás a negar ese auxilio a los mexicanos. Sólo cuando Cortés
avanzó hacia México por segunda vez se produjeron actos de rebelión abierta.
152. Había alguna diferencia entre las relaciones de los mexicanos con las tribus
emparentadas con ellos que hablaban la misma lengua, el nahuatl, y con las otras. Así, los
totonacas de la costa eran mantenidos en total sumisión, mientras que los chalcas del
valle eran tratados casi como aliados. No es imposible que el supuesto imperio de México
(o de Anahuac, como es erróneamente llamado) resulte haber sido sólo una confedera-
ción de las tribus nahuatlacas del valle, con los mexicanos como dirigentes militares.
El tributo que los pueblos del valle pagaban a México podría haber sido quizá más
bien una ofrenda religiosa. Ciertamente estaban más o menos en términos de igualdad,
mientras que las tribus extranjeras estaban realmente sometidas. La palabra popoluca,
tartamudos, aplicada por los mexicanos a los habitantes de la costa, y que indujo a Clavi-
jero a adoptar la errónea idea de una lengua “popoluca”, muestra el desprecio y el odio
mutuos que alimentaban las tribus de distinta lengua.
153. Cada tribu debía preparar sus propias armas y provisiones, y quedaba al mando
de sus propios jefes y capitanes. Sobre este punto Tezozomoc y Durán concuerdan. Su
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 111

organización era esencialmente la misma de los mexicanos. En todo el valle, e incluso en


Matlaltzinco, encontramos la característica división de los mexicanos: los dos jefes gue-
rreros supremos, los cuatro barrios mayores y los capitanes y valientes menores.
154. Ixtlilxochitl (“Historia de la nación”, cap. XXXVIII, p. 273 [p. 104]) dice que Méxi-
co y Texcoco recibían cada uno dos quintos del botín y Tlacopan uno. El punto es dudoso
hasta ahora (Zorita, p. 12 [pp. 468-469]).
155. Tezozomoc (cap. XXXII, p. 50 [p. 331] y cap. LXXXIV, p. 147 [p. 582]): “A los
mexicanos cuando caminaban para guerras, nunca jamás les faltó en el camino bastimentos
ni cosa alguna, porque eran tan temidos de todos los pueblos, que luego que llegaban
eran bien recibidos y atendidos: cuando caminaban con su ejército por los caminos y
pueblos, no quedaba hombre ni muger que no estuviesen encerrados en sus casas, de
espanto y temor que les tenian a los soldados; y estos, si acaso topaban algunas personas, ó
mercaderes, ó labradores por los caminos, los despojaban de cuanto llevaban, hasta de-
jarlos en cueros. En los pueblos que no los salian á recibir, luego que llegaban al dicho
pueblo lo destruian y robaban, destrozando las troges de maíz y gallinas, y hasta á los pe-
rros les mataban”. Durán (cap. XXI, p. 183 [p. 179, § 16]): “porque para el camino los
pueblos y ciudades proveían de todo lo necesario, como tengo dicho, so pena de ser
destruidos”. Parece por lo tanto que los mexicanos no necesitaban proveer alimentos
para la marcha, puesto que las poblaciones ubicadas a lo largo de su ruta tenían que
mantenerlos. Durán afirma categóricamente, en la misma página [§ 16], después de una
larga enumeración de los equipos y provisiones preparados para la jornada, “Lo cual
luego fue en seguimiento de la gente; lo cual no se proveía, sino para el lugar donde se
había de asentar el real, porque para el camino los pueblos y ciudades proveían de todo
lo necesario.” Y el mismo autor continúa (p. 184 [cap. II, p. 180, § 20-21]): “Hacíanse
servir y adorar como dioses, y en todos los caminos no parecía gente por donde iban los
soldados y la gente de guerra. Todos se encerraban, que no osaban andar por los cami-
nos, porque los soldados les quitaban cuanto llevaban en sus cargas, y si acaso lo querían
defender, los apaleaban y herían y algunos mataban. E iban robando las sementeras y
matando cuantas gallinas y perrillos topaban. Iban haciendo cuanto mal podían. Como
lo hacen ahora nuestros españoles, si no les van a la mano […]. Y así, en sabiendo que
había guerra, todos los vecinos de los pueblos por donde habían de pasar los del ejército,
se escondían y escondían el maíz, el chile, las gallinas y los perros; finalmente, escondían
cuanto tenían.” Esto indica un modo de subsistencia muy simple –vivían de la región por
donde pasaban– a la vez que la bárbara condición de las tribus nahuas: aun en su marcha
por un territorio amigo, cuyo tributo anual contribuía a su subsistencia, actuaban poco
mejor que una gran horda de salvajes, o al menos una banda de asaltantes de caminos.
Las tropas “civilizadas” de Europa no eran mucho mejores en la época, y aun hasta el
final del siglo XVII.
156. Gómara (p. 442 [cap. CCXXVIII, p. 346]): “Llaman quiathlale al espacio y el lugar
que dejan yermo entre raya y raya de cada provincia para pelear, y es como sagrado.”
Véase Tezozomoc, cap. LXVIII, p. 113 [p. 493], cap. LXXXVI, p. 151 [p. 590], cap. XCV, p. 167
[p. 627], etc. Los delegados enviados por Tlaxcallan, Huexotzinco y Cholula para asistir
a los festivales de México siempre eran recibidos en “la mitad del monte” que separaba a
las tribus. Ixtlilxochitl (“Historia de la nación”, cap. XXXIII, p. 125 [pp. 82-83]) habla de
una frontera entre los territorios de México y Texcoco, pero su descripción es tal que la
afirmación resulta más que dudosa.
157. Torquemada (lib. XIV, cap. III, p. 538): “Quando se admitia la Batalla, y venian los
unos, contra los otros, salian los de la Provincia, o Pueblo a un lugar particular, que tenían
112 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS

entre sus Terminos, los cuales llamaban Yauhtlalli, que quiere decir: Termino ó Lugar de
la Guerra. Aqui salian los Propietarios de la Tierra á recibir á los contrarios.” También
Gómara, ibid.
158. De yaotl, enemigo, o yaoyotl, batalla o guerra, y tlalli, suelo o terreno.
159. Durán (cap. XIX, p. 168 [p. 165, § 14]): “Así se partió el ejército de Tulancinco y
caminó hasta llegar a vista de los enemigos, donde empezaron a hacer tiendas y jacales,
cada provincia y nación por sí”; cap. XXI, pp. 183-184 [pp. 181-182]; cap. XXII, p. 190
[p. 185]; y cap. XXVII, p. 288 [p. 282, § 4]: “donde, al tercer día, se juntaron todos los
soldados y gente de guerra, con toda la prisa posible, y mandaron asentar el real, el cual
asentaron con muchas tiendas y casas de esteras, que ellos usaban en sus guerras y hoy en
día las usan en los mercados que son unos tendejones de juncos que echan las espadañas”.
Tezozomoc, cap. LI, p. 83 [p. 418]; cap. LXXVIII, p. 135 [p. 552]; este autor contiene tantos
detalles sobre este asunto que omitiremos dar más citas con capítulo y página. Dice clara-
mente que cada tribu acampaba por su lado, los mexicanos en medio.
160. Mendieta (lib. II, cap. XXVI, p. 130): “enviaban delante sus espías muy disimula-
das y pláticas en las lenguas de la provincia á do iban á dar guerra”. Torquemada (lib. XIV,
cap. II, p. 538) lo copia casi textualmente.
161. Tezozomoc menciona esto con mucha frecuencia. En el cap. XLVIII relata cómo el
jefe Axayacatl se escondió él mismo en uno de esos pozos, en la expedición contra los
matlatzincas, cosa que Durán confirma (cap. XXXV, p. 277 [p. 271, § 27]): “Y quedándose
en celada el rey, metidos entre las ramas (unos), y otros, debajo de la tierra escondidos
todos los soldados viejos y principales valerosos.” También menciona (cap. XIX, pp. 169-
170 [p. 167]) una gran emboscada de ese tipo contra los huaxtecos. Dice Mendieta (lib. II,
cap. XXVI, p. 131) que “Usaban poner celadas, y muchas veces eran muy secretas y disi-
muladas, porque se echaban en tierra y se cubrían con paja ó yerba.” Torquemada (lib.
XIV, cap. II, p. 539) concuerda casi literalmente con lo anterior. También Clavijero (lib. VII,
cap. 25 [p. 241]): “Usaban mucho de la guerra de emboscada, agazapándose entre la
hierba y ocultándose en hoyos que hacían en la tierra, de lo cual tuvieron bastante expe-
riencia los españoles y frecuentemente simulaban fuga para llevar a los enemigos empe-
ñados en el alcance a algún sitio peligroso, o cargarles con nueva gente por las espaldas.”
Volveremos sobre este punto más adelante.
162. Lo que los cronistas españoles llaman “el alarido” o “la grita” es diferente del
“grito de guerra”, que servía para identificar a los guerreros de la misma tribu o “barrio”.
El primero es tzatziliztli y el segundo yaotzatziliztli.
163. El momento habitual de tales ataques eran al alba o al amanecer (Tezozomoc,
cap. LXXXIV, p. 148 [p. 584] y cap. LXXXVIII, p. 185 [p. 599]: “al amanecer del alba”).
164. Además de Tezozomoc, quien da tantos detalles sobre estas luchas que sería un
derroche citarlo extensamente, encontramos las afirmaciones más concisas y dignas de
confianza en la Historia eclesiástica indiana de Mendieta. Las descripciones de Mendieta
concuerdan perfectamente con las de Tezozomoc (no tanto con las de Durán), pese a que
por lo demás los dos autores no tienen mucho en común. El reverendo padre franciscano
Mendieta terminó su obra alrededor de 1596, y el simple indio Tezozomoc completó su
manuscrito en 1598. Ninguna de esas obras fue impresa hasta este siglo [XIX]. Mendieta
dice (lib. II, cap. XXVI [pp. 130-131]): “Al principio jugaban de hondas y varas como
dardos […]. Arrojaban también piedras de mano. Tras estas llegaban los golpes de es-
pada y rodela, con los cuales iban arrodelados los de arco y flecha, y allí gastaban su alma-
cén. En la provincia de Teoacan habia flecheros tan diestros que de una vez tiraban dos y
tres saetas juntas, y las sacaban tan recias y tan ciertas, como un buen tirador una sola.
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 113

Esta gente de la vanguardia después de gastada mucha parte de la municion, salian de


refresco con unos lanzones y espadas largas de palo guarnecidas con pedernales agudos
(que estas eran sus espadas), y traíanlas atadas y fiadas a la muñeca, que soltándolas de la
mano para prender á sus contrarios no las perdiesen, porque su principal pretensión era
captivar. No tenian estilo ni acostumbraban romper unos por otros, mas andaban como
escaramuzando y arremetiendo de una parte á otra. Al primer encuentro volvian unos las
espaldas como huyendo, y los otros en su alcance matando ó prendiendo a los que podian
que quedaban postreros. Luego lo que habian huido daban la vuelta recios contra sus
enemigos, los cuales también huian de ellos. Así andaban como en juego de cañas, hasta
que se cansaban, y salian otros escuadrones de nuevo, y de cada parte tornaban a trabar-
se. Tenían gente suelta y de respeto para cuidar de la gente que en la batalla andaba
herida, la cual toda tomaban, cargándola la llevaban donde estaban sus zurujanos con las
medicinas, y allí los curaban y beneficiaban.” Véase también Clavijero, lib. VII, cap. 25, y
el Conquistador Anónimo, p. 374: “Mientras pelean cantan y bailan; y á vueltas dan los
mas horribles alaridos y silbos del mundo”. (Prescott habla de hospitales “establecidos en
las principales ciudades”, pero esto es por lo menos dudoso.) El relato más detallado de
una de estas batallas se encuentra en Tezozomoc, cap. LII, p. 84 [pp. 421-425], confirma-
do en general por Durán, cap. XXXVII, pp. 289-290 [pp. 281-285], donde describe la
desastrosa lucha de los mexicanos (1479) contra los tarascos de Michoacán. El primero
cuenta que durante ese sangriento encuentro, que duró un día entero, las diferentes
tribus se adelantaron en sucesión y por separado. Hay un solo caso de movimiento táctico
superior, y se encuentra también en Tezozomoc (cap. XCVIII, p. 93 [p. 644]): cuando los
mexicanos salieron contra Tlaxcallan “Mandó el general Cuauhnochtli, que los chalcas
fuesen por un camino ó senda; los de Aculhucan por otro; los tecpanecas otro; y los
mexicanos enmedio, á donde los tlaxcaltecas solían entrar: todas las demás Naciones
entendidas para coger á los tlaxcaltecas en medio.” A pesar de las deslumbrantes des-
cripciones de Clavijero, Torquemada e Ixtlilxochitl, esos combates no son, en última
instancia, más que escaramuzas indias ordinarias en gran escala, en proporción a su
número, por supuesto, pero siempre según el mismo principio. Esos mismos autores
incluso indican, involuntariamente, que no había tantas acciones de masas como hazañas
individuales. Por ejemplo, Torquemada cuenta (lib. II, cap. LXI, p. 183) que el jefe princi-
pal, vistiéndose como un guerrero común, desafió al más prominente jefe del enemigo a
un combate singular y lo derrotó, decidiendo con ese hecho la suerte del día. Ixtlilxochitl
(“Historia de la nación”, cap. XLV) incluso relata que un solo guerrero texcocano cayó
sobre el enemigo cuando su propio ejército estaba todavía desayunando, y los hizo huir a
todos. Si estas historias son ciertas, van en contra de la impresión que esos mismos auto-
res quieren darnos, del enfrentamiento de huestes formidables y bien organizadas. Un
comandante, responsable del destino de decenas de miles de combatientes confiados a su
dirección, no puede exponer su persona de esa manera. O son falsas las historias, o la
representación del número de combatientes y sus tácticas.
Los “médicos” son mencionados por Mendieta y por Torquemada. La palabra mexi-
cana correspondiente es texoxotlani ticitl (Molina, I, p. 35 [Siméon, p. 543]). Texoxcqui es un
hechicero, y ticitl es un médico o un adivino, ambos muy de acuerdo con la medicina
india. Hay indicios de que los sacerdotes también iban a la guerra, y yo sugiero que el
cuidado de los heridos podría haber sido parte de sus tareas. Había una clase de sacerdo-
tes llamados tlamacazqui, ciertamente derivado de tlama, médico o doctor.
165. Una retirada lenta y ordenada es un movimiento desconocido para los indios,
que se abalanzan tanto hacia adelante como hacia atrás. Incluso el regreso de los mexica-
114 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS

nos de su infortunado ataque a los tarascos (Tezozomoc, cap. LII, p. 84 [p. 423]) fue lo más
parecido posible a una fuga desordenada. Dice Durán (cap. XXXVII, p. 291 [p. 284, § 17]):
“El rey Axayácatl mandó alzar su real y, casi como huyendo y medio afrentado, con la
poca gente que le había quedado, todo desbaratado y lo más de la gente herida.”
166. Mendieta (lib. II, p. 131): “Los que vencian la batalla seguian el alcance con la
victoria hasta que los contrarios cobraban algun lugar donde se hacian fuertes.” También
Tezozomoc, cap. XXII, p. 34 [p. 290] y cap. LVII, p. 94 [p. 441].
167. Si un hombre capturado en el campo de batalla todavía se resistía, le cortaban los
tendones de los pies, dejándolo incapaz de moverse. Después de la acción los prisioneros
eran asegurados con collares de madera (cuauh-cozcatl) y así eran llevados de vuelta en la
vanguardia del ejército. Al llegar a México los llevaban primero al gran teocalli, y después
de postrarse ante Huitzilopochtli los hacían marchar alrededor de la gran piedra de los sacrifi-
cios. (Cf. la relación de Adair, History of the American Indians, argumento XVI, pp. 165, 167,
regreso de un grupo guerrero chikkasah de una expedición a Illinois, en 1765.)
168. Tal era el caso de Meztitlan (Tezozomoc, cap. LVII, p. 94 [p. 441] y Durán, cap. XL,
p. 314 [p. 304, § 9]). Tizoczic hizo alrededor de 40 prisioneros y regresó con 300 hombres
menos (“y que con aquello habían los contrarios recogídose a sus lugares”). Sin embargo,
Ixtlilxochitl lo menciona como sometido y tributario de las tribus del valle.
169. Como el teocalli o templo estaba en el centro del poblado, y era su edificio más
alto y por consiguiente, según la concepción india, el más fuerte, su destrucción por el
fuego era la señal de la victoria definitiva de los atacantes. Véase Tezozomoc, cap. XIX,
pp. 30-31 [p. 282], y Durán, cap. XV, p. 129.
170. Cuando el pueblo de los enemigos había sido completamente abandonado, ya
fuese por la huida de sus habitantes o por su exterminio, como en el caso de Alahuitztlan, lo
repoblaban con colonias de origen nahua. Tezozomoc (cap. LXXIV, pp. 125-126 [p. 534])
y Durán (cap. XLV, pp. 364ss. [pp. 351-355]) relatan en detalle cómo ocurrió. Esto podría
explicar hasta cierto punto la presencia de nahuas a cierta distancia del valle, y es posible
que arroje alguna luz incluso sobre la singular colonización de los mitimaes peruanos.
171. Esta petición de paz, cuando la tribu era de otra lengua, tenía lugar a veces por
medio de intérpretes “nahuatlatos”, y a veces simplemente por señas. En general los de-
rrotados huían a la cima de un cerro y desde allí pedían a los perseguidores mexicanos
que detuvieran la matanza, con gestos humildes y lastimosos. La masacre de mujeres y
niños a menudo recomenzaba hasta dos veces, hasta que el tributo ofrecido por los ven-
cidos satisfacía a los mexicanos. El tributo exigido era proporcional a la resistencia ofre-
cida y a los recursos de la tribu. Una vez acordada la paz, los mexicanos seguían consu-
miendo las provisiones de aquellos a quienes habían derrotado despiadadamente. Los
prisioneros, una vez capturados, jamás eran liberados ni intercambiados. Tenían que
cargar hasta México los despojos y el tributo, pero eran bien cuidados y alimentados
hasta el día en que eran sacrificados a los ídolos.
172. Hay una buena ilustración de esto en Tezozomoc (caps. XC y XCI), cuando descri-
be la expedición contra Tututepec y Quetzaltepec. Pero Durán es todavía más explícito
sobre los mismos acontecimientos. Según él (cap. LVI, p. 547 [pp. 428-431, § 18-32]),
después de saquear el pueblo no fortificado de Tututepec, los mexicanos avanzaron hacia
Quetzaltepec, que estaba bien fortificado y cuyos habitantes salieron a enfrentar a los
mexicanos en campo abierto por tres días seguidos, hasta que al tercero fueron claramen-
te derrotados, y sus defensas avasalladas.
173. Tezozomoc, caps. XC y XCI, y Durán, cap. LVI, p. 448 [p. 429, § 23]. El primero
describe minuciosamente esas “escalas”, dando sus dimensiones y el número empleado.
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 115

174. Tezozomoc habla de arqueros apostados afuera, protegiendo con una lluvia de
proyectiles el ascenso de los escaladores, mientras otros grupos perforaban el muro. Durán
(p. 448 [cap. LVI, p. 430, § 28-29]) da una descripción más plausible: “Otro día salió al
campo la gente tepaneca con toda su provincia, que eran gran número de gente, la cual
se hubo tan valerosamente que, no les pudiendo resistir los de la ciudad, se empezaron a
retraer hacia el muro. Motecuhzoma, viendo que los tepanecas peleaban tan valerosa-
mente y que hacían retirar al enemigo, mandó tocar al arma y en un punto salió el
mexicano al campo, y por otra parte el tezcucano y, arremetiendo todos en tropel, apelli-
dando los unos, México, México, y los otros, Tezcuco, Tezcuco, acudieron cada uno por
su parte rompiendo por el ejército de los enemigos. Y aunque de las murallas recibían
gran daño de las piedras grandes y trozos de palos que derribaban, llegaron a ella y,
arrimando escalas, y otros como gatos, subieron por ella. Y otros, cavando por el cimien-
to, ganaron la primera cerca.” Esto muestra que en realidad era un ataque precipitado.
175. Por esta razón las guerras con las vecinas tribus de Tlaxcallan, Huexotzinco y
Cholullan consistían en combates regulares en momentos determinados. Una campaña
prolongada era impensable. Es posible que en el curso de este ensayo examinemos bre-
vemente la cuestión de las guerras entre México y Tlaxcallan, aunque no pertenece pro-
piamente al tema de este estudio.
176. Tezozomoc (cap. LXXXIV, p. 148 [p. 584]) describe el ataque a Nopallan e Ycpatepec
de la siguiente manera: “Llegaron á media noche, yendo tan secretamente, que hasta la
casa real entraron, contaron las calles, sus entradas y salidas, y subieron encima del tem-
plo.” A continuación los exploradores volvieron al templo mayor, informando lo que
habían encontrado, y cuando el lucero de la mañana se elevó cayeron sobre el pueblo, “de
suerte que iban como un recio paredón […] fueron como rayos, y comenzaron a matar
tantos de los enemigos, que no dejaban viejo ni vieja, mozas, ni criaturas, que todos iban
por un rasero, y comenzaron á quemar casas, y luego el templo, que lo asolaron y derriba-
ron, que parecian los pueblos humo que salia del volcán”. (Cf. las descripciones de la
quema de Schenectady por los franceses e indios en 1689, en Documentary History of the
State of New York, vol. I, pp. 297-312.)
177. Tezozomoc, cap. LII, y Durán, cap. XXXVII. La fecha fue determinada por Alfredo
Chavero en su valioso ensayo titulado “Calendario azteca” (p. 4).
178. Esa confederación estaba formada por Tlaxcallan y Huexotzinco, quizá también
Atlixco. Es posible que Cholula haya formado parte de ella hasta cierto punto, pero cier-
tamente ya no era así cuando llegó Cortés. Por el contrario, Cholula estaba entonces en
términos amistosos con México. Dice Cortés (“Carta segunda”, p. 19 [p. 42]): “porque los
naturales de ella eran amigos de Mutezuma”, y más adelante (p. 21 [p. 45]): “e hice que
los de esta ciudad de Churultecal y los de Tascaltecal fuesen amigos, porque lo solían ser
antes, y muy poco tiempo había que Mutezuma con dádivas los había seducido a su
amistad y hecho enemigos de estos otros”.
179. La persecución duró hasta que llegaron a Tlaximaloya (Tajimaroa), en los confi-
nes de Toluca. Tezozomoc (cap. LII, p. 85 [pp. 423-243]) dice: “Llegó el campo tarasco,
hasta Tagimaroa, que dicen Tlazimaloyan. Los otros que habían llegado hasta los térmi-
nos de Toluca, se volvieron viendo que su campo no llegaba, ni iba adelante.” La persecu-
ción de los michoacanos consistía en atacar a los mexicanos con flechas, pero no se habla
de combates más de cerca.
180. Las guerras de los mexicanos contra Tlaxcallan y sus asociados eran una lucha
por la supremacía definitiva, y no, como dicen muchos autores, batallas regulares arregla-
das de antemano con el propósito de obtener para ambas partes víctimas para ofrendas
116 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS

religiosas y para ejercitar a los jóvenes en el arte de la guerra. El hecho de que esas
batallas tuvieran lugar en fechas fijas y en ciertos lugares determinados no es prueba de
eso, sino que resultaba simplemente de la costumbre de desafiar al enemigo y encontrarlo en
un momento determinado en el “terreno de guerra” (cf. Durán, cap. LIX, p. 465 [p. 447,
§ 2]). Como las fuerzas respectivas eran bastante parejas, esas acciones se renovaban de
tanto en tanto, cada parte con la esperanza de agotar a la otra hasta lograr asestar un
golpe decisivo; pero hasta entonces ninguna había tenido éxito, de modo que en general
las batallas quedaban prácticamente sin resolver. Contra Tlaxcallan los mexicanos hicie-
ron un gran intento, cuando la confederación de la primera con los de Huexotzinco se
rompió por algún tiempo y estos últimos pidieron ayuda a México contra los tlaxcaltecas,
que habían invadido tierras de Huexotzinco. Hasta ahora hay mucha contradicción y
oscuridad acerca de esas guerras intertribales, y las pomposas descripciones que de ellas
dan muchos autores no son muy dignas de confianza. Un punto parece seguro, y es que
por más que con frecuencia los mexicanos hayan llevado la peor parte en esas luchas, ni
los tlaxcaltecas ni sus aliados llegaron nunca a amenazar seriamente a México. No cabe
duda de que con el tiempo los mexicanos hubieran agotado y derrotado a sus adversa-
rios, igual que antes habían agotado y derrotado a la tribu de Chalco, en el valle. Por una
descripción realmente natural de esos combates, véase Durán y especialmente Tezozomoc.
181. Véase Cortés (“Carta segunda”, p. 15 [p. 36]): “Y a la salida del dicho valle hallé
una gran cerca de piedra seca, tan alta como estado y medio, que atravesaba todo el valle de
la una sierra a la otra, y tan ancha como veinte pies, y por toda ella un pretil de pie y
medio de ancho para pelear desde encima y no más de una entrada, tan ancha como diez
pasos, y en esta entrada doblada la una cerca sobre la otra a manera de rebellín, tan
estrecho como cuarenta pasos.” También Bernal Díaz del Castillo, cap. LXII; Gómara
[cap. XLV]: “El primer reencuentro que Cortés hubo con los de Tlaxcallan”; Torquemada,
lib. IV, cap. XXIX; y Herrera, déc. II, lib. VI, cap. IV.
182. Motolinia (trat. III, cap. XVI, p. 229), hablando de Tlaxcallan, dice: “La causa de
edificar en lugares altos era las muchas guerras que tenian unos á otros; por lo cual para
estar mas fuertes y seguros buscaban lugares altos y descubiertos, adonde pudiesen dor-
mir con menos cuidado, pues no tienen ni muros ni puertas en sus casas, aunque en
algunos pueblos habia albarradas y reparos, porque las guerras eran muy ciertas cada
año.” El nombre mexicano para tribu, asentamiento o pueblo, altepetl, indica en sí mismo
un objeto elevado, puesto que tepetl significa cerro.
183. Cortés, “Carta segunda”, p. 50 [p. 92]; también Bernal Díaz del Castillo, cap.
CXXXII, p. 143 [p. 409], y varios más. Clavijero (lib. IX, cap. 28 [cap. 29]) dice que los
muros de Cuauhquechollan eran de más de 20 pies de altura y 12 pies de ancho, y tenían
un parapeto de tres pies de elevación. El “estado”, “braza” o “toesa” es igual a dos “va-
ras”, o seis pies castellanos. Según esto, el muro habría estado cerca de siete metros por
encima de la superficie exterior. El texto de Cortés indica “tan alto como cuatro estados
por de fuera de la ciudad, y por dentro está casi igual con el suelo”. Esto significa que el
muro era más bien el recubrimiento de piedra de una amplia terraza, sobre la cual se hallaba
el pueblo mismo.
184. Chamula, o “Chamhó”, según Brasseur (Ruines de Palenque, cap. II, p. 33, nota
10), es todavía el lugar más populoso del estado de Chiapas y se encuentra alrededor de
tres leguas al noroeste de San Cristóbal. Sus habitantes hablan la lengua tzotzil. Nunca
fueron conquistados, y quizá ni siquiera atacados, por los mexicanos. La descripción de
sus fortificaciones proviene de la “Relación hecha por Diego Godoy a Hernando Cortés”
(Vedia, t. I, p. 466). Bernal Díaz del Castillo (cap. CLXVI) y Herrera (déc. III, lib. V, cap. VIII,
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 117

p. 163) también las mencionan. Encontramos aquí una clara descripción de terraplenes
de piedra o de tierra coronados por guardas de madera. Esto podría arrojar luz sobre
algunas de las circunvalaciones que se encuentran en los Estados Unidos y que se atribu-
yen a los “constructores de montículos”. Una descripción aún más detallada de un lugar
con fortificaciones similares la da Cortés en su quinta carta, del 3 de septiembre de 1526
(Vedia, vol. I, p. 128 [Cartas de relación, p. 240]). Cf. Historia de la conquista y reducción de los
itzáes, lib. I, cap. VII, p. 41.
185. Para una descripción de Quetzaltepec (“Cerro de matices verdes brillantes o cam-
biantes”) véase Tezozomoc (cap. XC, pp. 158-159 [pp. 606-607]), y especialmente Durán
(cap. LVI, p. 443 [p. 426, § 8-9]): “porque Tototepec, demás de tener el río grande por
amparo, hizo hacer cinco cercas de las más fuertes que pudo, todas de piedra y tierra muy
apisonada y de maderas grandes y de todo género de fajina. Acabadas estas cercas –que
la que cercaba el pueblo era de seis brazas en alto y de cuatro en ancho, siendo las demás
que se les iban siguiendo de a cuatro y de a cinco de alto”. Aun cuando Durán emplea el
término “cerca”, no hay mayor duda de que no eran sino plataformas, coronadas por
parapetos de piedra o de madera. Tezozomoc (cap. XC) habla de seis “albarradas” o
“paredones”, pero dice claramente que había chozas o casas sobre ellas (“luego mando
poner fuego á la segunda albarrada, que tenian encima mucha casería de buhiyos”; “El
primer paredon era de cinco brazas de ancho y de tres de altura, y mucha peña encima:
la segunda, tercera, cuarta y quinta al propio tenor, excepto la sexta que era de dos brazas
de altura, y de seis brazas de ancho, muchos buhiyos ensima, xacales, y mucha gente”, p. 158
[p. 606]).
Esto recuerda vivamente la colina de Sacsahuamán, en el Cuzco, en Perú, cuyas defen-
sas, según E.G. Squier, consisten en “tres líneas de muros enormes, cada una de las cuales
soporta una terraza y un parapeto. Los muros son casi paralelos, y tienen ángulos entran-
tes y salientes casi exactos por toda su extensión actual de alrededor de 600 metros. El
primer muro exterior tiene una altura promedio, en la actualidad, de cerca de 10 metros;
el segundo está como 10 metros más adentro y tiene 6 metros de alto; el tercero está 6
metros adentro del segundo, y tiene menos de 5 metros de altura en su parte más alta. La
elevación total de la obra, por consiguiente, es de cerca de 20 metros”. Según las descrip-
ciones de Tezozomoc y Durán las fortificaciones de Quetzaltepec eran muy similares a las
de la fortaleza incaica del Cuzco, aunque quizá más extensas. Sin embargo, en el arte de
la fortificación los incas estaban muy adelantados con respecto a los demás aborígenes
americanos. En ningún otro lugar de este continente encontramos nada parecido a
Ollantaytambo, Pisac o Piquillacta. Los pueblos fortificados de México eran probable-
mente análogos a las “pucaras” o fuertes de los indios aymaras del altiplano boliviano (cf.
E.G. Squier, Peru. Incidents of travel and exploration in the land of the Incas, Nueva York,
1877).
186. Xochicalco, el “lugar de la casa de flores” (de xochitl, flor, y calli, casa), se encuen-
tra cerca de Temixco, al sureste de Cuernavaca (la antigua Cuauhnahuac) en el Estado de
México propiamente dicho. Es probable que el primero en describir la pirámide fuera
don Joseph Antonio de Alzate y Ramírez en su Descripción de las antigüedades de Xochicalco,
México, 1791. Robertson (vol. III, p. 139, n. 39) describe “un templo cerca de Cuernavaca,
en el camino de México a Acapulco”. Las descripciones más completas, sin embargo, son
las de Pietro Marquez (Due antichi monumenti di architettura messicana, Roma, 1804); del
barón A. von Humboldt (Vues des cordillères et monuments des peuples indigènes de l’Amérique,
1816, vol. I, pp. 129-137 y lám. IX del Atlas in folio [Vistas de las cordilleras, pp. 57-59 y
lámina IX]); de Nebel; de E. Tylor (Anahuac) y de Brantz-Mayer (Mexico as it was and as it is,
118 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS

3a. ed., 1847). Lord Kingsborough, desde luego, ha dado espléndidas ilustraciones del
monumento en el vol. IV de su Antiquities of Mexico, así como la descripción del capitán
Dupaix en el vol. IV, p. 430. También lo ha hecho H.H. Bancroft, con la habitual lealtad a las
fuentes que caracteriza a este eminente compilador. Citamos de Bratnz-Mayer (p. 178):
“Desde esta eminencia el guía […] me señaló un cerro pequeño, en el extremo del llano
frente a nosotros, sobre el cual se encontraba la pirámide de Xochicalco, objeto de nues-
tras exploraciones del día. El cerro parece alzarse directamente de entre dos montañas, y
la llanura que se extiende hasta su pie mismo parecía poder atravesarse en media hora.”
Sin embargo, ese espacio resultó estar interrumpido por profundas barrancas, de mane-
ra que el trayecto hasta el cerro resultó tedioso, difícil y largo. Ésta es la descripción
general de la eminencia por el mismo autor (pp. 180-181): “A la distancia de seis leguas
de la ciudad de Cuernavaca se encuentra un cerro de cien metros de altura, conocido,
con las ruinas que lo coronan, con el nombre de Xochicalco o ‘cerro de las flores’. La base
de esa eminencia está rodeada por los claros restos de una zanja profunda y ancha; se
llega a su cima por cinco terrazas en espiral; los muros que las sostienen son de piedra,
unida con cemento, y están todavía en bastante buen estado. A distancias regulares, como
para sostener esas terrazas, hay restos de baluartes semejantes a los bastiones de una
fortificación. En la cima del cerro hay una amplia explanada, en cuyo lado oriental se
perciben todavía tres conos truncados, parecidos a los túmulos que se encuentran entre
muchas ruinas similares en México. En los otros lados también hay grandes montones de
piedras de forma irregular, que parecen haber formado parte de montículos o túmulos
similares, o quizá de fortificaciones relacionadas con el muro que, según los escritores
antiguos, rodeaba la base de la pirámide, aunque no pude discernir ningún vestigio de
ella.” En la parte más alta de esa explanada parece haber habido un edificio de cinco
terrazas (según la descripción de Alzate) o pisos, del que sólo existe el inferior. Nebel ha
dado una reconstrucción ideal de ese edificio (Viaje pintoresco y arqueológico a la República
de México) y también Alzate.Como conclusión de su investigación de los ornamentos y
esculturas que aún pueden verse en las ruinas de la cima, Brantz-Mayer observa: “El día
estaba muy avanzado cuando me detuve por última vez en el ángulo de la terraza supe-
rior y contemplé el bello paisaje que me rodeaba. Estaba en el centro de una imponente
llanura. Corriendo hacia el norte se veían los restos de un antiguo camino empedrado
que sobre llano y barrancas llevaba a la ciudad (Quauhnahuac), claramente visible al pie
de la Sierra Madre” (p. 187). El barón de Humboldt da las medidas como sigue: altura
del cerro desde su base, 117 metros, divididos en cinco niveles. Cada nivel tiene alrede-
dor de 20 metros de alto. Circunferencia de la base del cerro, alrededor de 4 mil metros.
La plataforma de la cima tiene 72 metros de largo, de norte a sur, y 86 metros de este a
oeste. El muro que otrora rodeaba esta plataforma tenía alrededor de 2 metros de alto. La
base del edificio de la cima mide 20.7 metros por 17.4. En el lado norte hay una serie de
excavaciones en las rocas, cavernas artificiales, cuyas bocas encontró Brantz-Mayer “al
pie de la primera terraza en el lado norte del cerro”. Se dice que esas excavaciones fueron
visitadas en 1835.
El barón de Humboldt concluye (p. 134 [Vistas de las cordilleras, pp. 58-59]): “La fosa de
que está rodeada la colina, el revestimiento de las graderías, el enorme número de estan-
cias subterráneas cavadas en la roca, hacia el lado norte; el muro que defiende el acceso
a la plataforma, todo se conjuga para dar al monumento de Xochicalco el carácter de un
monumento militar. Los naturales designan a las ruinas de la pirámide que se eleva en el
centro de la plataforma, todavía en los momentos presentes, con un nombre equivalente
al de fortaleza o ciudadela. La gran analogía que se advierte entre esta pretendida ciuda-
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 119

dela y las casas de los dioses aztecas (teocalli), me hace suponer que la colina de Xochicalco
no era otra cosa que un templo fortificado.”
E.B. Tylor (Anahuac, cap. VII, p. 186), hablando de Xochicalco, dice: “Era una colina
fortificada de gran fuerza.” Para Humboldt era “un templo fortificado”. Sin embargo, el
cerro es demasiado alto y demasiado grande para ese propósito solamente. Además, los
cuartos excavados en la roca, similares a las casas excavadas en las barrancas (cliff-houses)
de Arizona, el camino que llevaba a Cuauhnahuac, la propia posición central de la colina,
todo indica que “Xochicalco” fue otrora un pueblo, fortificado según los principios aborígenes,
cuyos habitantes vivían parte en la roca, parte en las terrazas o en la explanada que se
había nivelado en la cima. El teocalli o templo ocupaba la cima, hallándose en el centro de
la población, igual que en cualquier pueblo situado en el llano. Las cinco terrazas o niveles
estaban probablemente bordeados por parapetos de madera que han desaparecido hace
mucho, y sólo la plataforma superior tenía un muro de piedra alrededor.
Hay otra estructura piramidal, hallada por el capitán Dupaix cerca de Viejo Tepexe, en
Tehuantepec, representada en Antiquities of Mexico, vol. IV, parte 3, lám. I, de lord Kings-
borough. Tiene ocho niveles o pisos. Dupaix observa (lord Kingsborough, vol. VI, p. 467):
“Este muro presenta una especie de fortificaciones que no puedo convencerme de que los
habitantes del Viejo Continente hayan conocido alguna vez.” En sus líneas, la estructura
se parece más a la imagen que da Clavijero del gran teocalli de México que a ninguna otra.
El dibujo del erudito abate es muy erróneo en lo que se refiere al templo de México, pero
no está fuera de lugar si se aplica a un pueblo fortificado, que ocupaba toda la parte
superior de un cerro.
Cuando los mexicanos, antes de su huida a Culhuacan y luego al centro del lago,
fueron encerrados en el cerro de Chapultepec por las tribus del valle, fortificaron el cerro
de la siguiente manera, según Durán (cap. III, pp. 27-28 [p. 35, § 45]): su recién elegido
jefe guerrero (Huitzilihuitl) “mandó que por toda la frontera de aquel cerro se hiciesen
muchas albarradas de piedra, las cuales a trechos iban subiendo, unas tras otras, a mane-
ra de escalones anchos, de un estado de ancho. Las cuales, en la cumbre, venían a hacer
un espacioso patio, donde todos se recogieron y fortalecieron, haciendo su centinela y
guardia de día y de noche, con mucha diligencia y cuidado, poniendo las mujeres y niños
en medio del ejército, aderezando flechas, macanas, varas arrojadizas, labrando piedras,
haciendo hondas para su defensa”. Según esto, el cerro de Chapultepec presentaba posi-
blemente un aspecto no muy diferente del de Xochicalco, o Tepexe: cubierto de terrazas,
como los “andenes” peruanos. Cervantes de Salazar, cuyos Tres diálogos latinos o México en
1554 [México en 1554 y Túmulo imperial, México, Porrúa, 1963] fueron publicados nueva-
mente en 1875 por Joaquín García Icazbalceta (a cuya gran generosidad quiero ofrecer
aquí un humilde tributo de gratitud), parece aludir a los restos de ese escalonamiento
original en su tercer diálogo, cuando Alfaro (uno de sus personajes) pregunta (p. 277
[p. 64]): “¿Para qué son estas gradas tan anchas y largas, que llegan hasta arriba y rodean
casi todo el cerro?” Y más adelante dice: “¡Cómo se va adelgazando el cerro hasta el
pequeño edificio!”, y “Zuazo” da la muy característica respuesta: “Así vino bien para que
se pudiera ver todo lo que está abajo” (como lo requeriría una posición militar). En la
introducción a este diálogo (p. 256), el erudito estudioso mexicano observa: “Parece que
estas albarradas o escalones se conservaron hasta después de la conquista, y que los em-
peradores aztecas los habían llenado de tierra, convirtiéndolos en jardines, por no tener
ya objeto como obras de fortificación.”
187. La carta escrita desde México por “Fray Francisco de Bologna” al provincial de
Bolonia, publicada en traducción francesa por Ternaux-Compans (Recueil de pièces), dice:
120 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS

“En general sus poblaciones no estaban cercadas, pero los españoles les enseñaron a
rodearlas de murallas” (p. 212). La lengua mexicana distingue altepetl, pueblo o tribu [en
el sentido de tribu, nación o comunidad originaria, como γένος –E.], de tename-altepetl,
pueblo rodeado por un muro [en el sentido de asentamiento, como en griego δη̂µος, que
significa pueblo asentado en territorio –E.], de tenamitl, muro, lugar cercado. La lengua
quiché de Guatemala ha adoptado la palabra nahuatl tenamitl, convirtiéndola en tinamit,
para significar tribu o lugar.
188. Motolinia, vol. I, trat. I, cap. XII, pp. 63-65.
189. Ibid., trat. III, cap. XVI, p. 229, y cap. VIII, p. 187; Clavijero, lib. VII, cap. 26.
190. Según Cortés (“Carta segunda”, p. 20 [p. 43]) y Bernal Díaz del Castillo (cap.
LXIII, p. 75 [cap. LXXXIII, p. 216]), poco después de entrar en Cholula los españoles
descubrieron que “las azoteas que las tienen llenas de piedras e mamparas de adobes”. Ya
los tlaxcaltecas habían advertido a Cortés respecto a Cholula, diciendo (ibid., p. 19 [p. 43])
“que tenían muchas de las calles tapiadas y por las azoteas de las casas muchas piedras
para que después que entrásemos en la ciudad tomarnos seguramente y aprovecharse de
nosotros a su voluntad”. También le advirtieron sobre México, diciendo: “y todas las
casas son de azoteas, y en las azoteas tienen hechos como a manera de mamparas, y
pueden pelear desde encima dellas” (Bernal Díaz, cap. LXXVIII [p. 202]). Durante la lu-
cha en las calles, antes de la retirada de Cortés el 1 de julio de 1520, y también durante la
captura gradual de México, los mexicanos lucharon desesperadamente desde las azoteas,
arrojando piedras contra los invasores. Véase Cortés, ibid., pp. 41-43 [pp. 80, 81], y “Car-
ta tercera”, pp. 74, 76, 84, 86 [“Tercera carta-relación”, pp. 137, 140, 156-157, 160; y
Bernal Díaz del Castillo, cap. CXXVI, pp. 130-131 [pp. 376-377] y cap. CLI, p. 183 [p. 512].
Me abstengo de citar a escritores posteriores que sobre todo copiaron a los testigos pre-
senciales, y agregaré solamente las palabras de fray Toribio de Benavente (Motolinia), en
su Historia, escrita alrededor de 1540 (vol. I, trat. III, cap. VIII, p. 187): “Estaba México
muy fuerte y bien ordenada […]. Tenia por fortaleza los templos del demonio y las casas
de Mocteuczoma, señor principal, y las de otros señores.”
191. Cortés (“Carta segunda”, p. 42 [p. 80]): “y en la torre más alta y más principal de
ella se subieron hasta quinientos indios, que, según me pareció, eran personas principa-
les. Y en ella subieron mucho mantenimiento de pan y agua y otras cosas de comer y
muchas piedras, y todos los demás tenían lanzas muy largas con unos hierros de pedernal
más anchos que los de las nuestras y no menos agudos, y de allí hacían mucho daño a la
gente de la fortaleza porque estaba muy cerca de ella. La cual dicha torre combatieron los
españoles dos o tres veces y la acometieron a subir; y como era muy alta y tenía la subida
agra porque tiene ciento y tantos escalones, y los de arriba estaban bien pertrechados de
piedras y otras armas.” Véase también Bernal Díaz del Castillo, cap. CXXVI, p. 131 [p. 377].
Este último, en el muy “probable” estilo de la Historia verdadera, dice que había cuatro mil
hombres en un teocalli. Cortés es más modesto y seguramente está más cerca de la verdad.
Véase también Motolinia, trat. III, cap. VIII, p. 187: “Tenía por fortaleza los templos del
demonio.” Cuando los mexicanos conquistaron Tlatelolco, la principal fortaleza de los
tlatelolcas fue su templo. Véase Tezozomoc, cap. XLV, p. 74 [pp. 392-393]. Durán (cap.
XXXIV, p. 268 [p. 263]): “el rey subió a lo alto del templo, con otros caballeros suyos,
aunque con mucho trabajo, por la mucha resistencia que halló”. De nuevo remitimos a lo
que ya se ha dicho: que como el templo era la parte más alta del pueblo, y por consiguien-
te la más fuerte, su captura o destrucción era la señal de la victoria.
192. Las tribus de Chiapas eran muy temidas por su ferocidad y por sus plazas natural
y artificialmente fuertes. Cf. Bernal Díaz del Castillo (cap. CLXVI [p. 630]): “porque cier-
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 121

tamente eran en aquel tiempo los mayores guerreros que yo había visto en toda la Nueva-
España”. Cachula, Chiapas y Chamula eran todos lugares naturalmente fuertes y además
bien fortificados. Ya hemos hecho referencia a Atitlán, en Guatemala (“Segunda relación
por Pedro de Alvarado…”, Vedia, vol. I, p. 460 [“Segunda relación hecha por Pedro de
Albarado a Hernando Cortes, en que se refiere a la conquista de muchas ciudades…”, en
Relación hecha por Pedro de Alvarado…, p. 36]); Bernal Díaz del Castillo, cap. CLXIV, p. 221
[p. 621]: “y que eran muy malos y de peores condiciones”). La propia Tlaxcallan gozaba
de una posición defensiva muy fuerte, aunque el lugar estaba abierto y no amurallado.
Motolinia (trat. III, cap. XVI, p. 229): “El señor más antiguo y que primero la fundó,
edificó en un cerrejón alto que se llama Tepeticpac, que quiere decir encima de sierra.”
Cortés (“Carta segunda”, p. 18 [p. 41]): “porque es muy mayor que Granada y muy más
fuerte”. Torquemada, lib. III, cap. XII, p. 265; Gómara, p. 333 [p. 78], etc. Utatlán, o más
bien “Gumarcaah”, el pueblo quiché de Guatemala, del que sobre todo Fuentes ha hecho la
capital de un vasto “imperio quiché”, era sumamente fuerte por su ubicación (cf. Stephens,
Travels in Central America…). El pueblo de Santa Cruz del Quiché se encuentra hoy en sus
inmediaciones. Alvarado, que lo conquistó, dice (Vedia, vol. I, p. 458 [“Primera relación
hecha por Pedro de Albarado a Hernando Cortes, en que se refieren las guerras y batallas
para pacificar las provincias…”, en Relación hecha por Pedro de Alvarado…, p. 28]): “la
ciudad es muy fuerte en demasía, y no tiene sino dos entradas, la una de treinta y tantos
escalones de piedra, y por la otra parte una calzada hecha a mano”. El abate Brasseur lo
describe como sigue (Popol Vuh, cap. IX, pp. 312-313, nota): “Utatlán o Gumarcaah estaba
formado por tres niveles distintos, rodeados por fosos comunicados, sin embargo, por
senderos (o caminos) flanqueados por piedras cortadas […]. No había más que una en-
trada a ese gran pueblo, la misma por la cual se llega a él hoy.” (El texto quiché dice [Popol
Vuh, México, FCE, 1976, 4a. parte, cap. IX, p. 149]: “cuando construyeron de cal y canto la
ciudad de los barrancos”.) Vemos pues que los principales pueblos de Mesoamérica [Middle
America] estaban establecidos en fuertes lugares defensivos, puesto que México, como
hemos dicho, era quizás el menos vulnerable de todos, y también el que ocupaba la
posición más prominente.
193. Motolinia, trat. III, cap. VIII, p. 187. Cuando los tlaxcaltecas explicaron a Cortés
los peligros a que se exponía yendo a México, no mencionaron fortificaciones (Bernal
Díaz del Castillo, cap. LXXVIII, p. 70 [p. 202]), sino simplemente que el lugar estaba
rodeado de agua, la resistencia de las casas y la dificultad del acceso.
194. Tezozomoc, cap. I, p. 5 [p. 224]; Durán (cap. IV, pp. 36-37 [pp. 43, 44, § 45, 50])
es muy explícito: “y, pasados de la otra parte del río, [la desembocadura del lago de
Xochimilco] metiéronse en los carrizales y tulares de la laguna”, y “De este lugar vinieron
buscando y mirando, si hallarían algún lugar que fuese acomodado para poder hacer
asiento. Y andando estas partes de esta manera por unas y por otras, entre los carrizales
y espadañas hallaron un ojo de agua hermosísimo.” Mendieta, lib. II, cap. XXXIV, p. 148;
Torquemada, lib. II, caps. X y XI, p. 92.
195. Durán (cap. XII, p. 112 [§ 37]): “Pero vuelto a los de Xuchimilco, les mandó que
luego, sin más tardar, mandasen a todos los de la ciudad hiciesen una calzada de tres
brazas en ancho desde su pueblo hasta la ciudad de México, de piedra y tierra, cegasen
el agua que el término de esta calzada tomase e hiciesen sus puentes a trechos, para que el
agua tuviese por dónde salir de una parte a otra” (véase también cap. XIII, p. 113).
196. Debemos recordar que el nivel de la “plaza mayor” de México estaba, a comienzos
de este siglo, apenas una vara (de tres pies castellanos), un pie y una pulgada por encima
del nivel del lago de Texcoco. Esa elevación era puramente artificial (Humboldt, Essai
122 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS

politique, vol. II, pp. 96-98 [Ensayo político, t. I, lib. III, cap. VIII, pp. 398-399]). Una vez
construidas las calzadas que corrían de norte a sur, las aguas que llegaban al lago desde el
oeste ya no podían fluir libremente hacia la cuenca salobre de Texcoco: eran efectivamente
contenidas alrededor del pueblo, y así el pantano se convirtió en un lago. Que las fuentes
eran suficientes para ese propósito lo demuestra ampliamente la gran inundación que
causó la descuidada apertura de las compuertas bajo Ahuitzotl, en 1498 (ibid., p. 101 [pp.
400-401]), de la que hay amplio testimonio en los autores más antiguos. Durán, caps.
XLVIII y XLIX; Tezozomoc, cap. LXXX; Ixtlilxochitl, “Historia de la nación”, cap. LXVI;
Torquemada, lib. II, cap. LXVII, pp. 192-193.
197. El nivel de los lagos de Xochimilco y Chalco es una vara y once pulgadas más alto
que la plaza mayor de México. Esos lagos desaguaban hacia el noroeste, entre Churubusco
e Iztapalapa. Anteriormente, cuando México estaba rodeado de agua, ese desaguadero
estaba entre Mexicaltzinco y Churubusco (que se llamaba entonces Huitzilopochco). En
Churubusco empezaba la gran calzada, y las aguas que venían del lago de Xochimilco
fluían hacia el lago de Texcoco a lo largo de su lado derecho. Esto significa que las calza-
das aumentaron los efectos de drenaje natural hacia la cuenca central. La de los mexica-
nos era sin duda una obra primitiva pero sumamente efectiva. Encontramos un paralelo
en época relativamente reciente en Bolivia. Cuando Andrés Tupac Amaru, hijo del infor-
tunado José Gabriel Condorcanqui, estaba bloqueando Sorata en 1782, no podía tener
esperanza de tomar el pueblo, que estaba bien fortificado, sin artillería. Entonces, me-
diante un sistema de circunvalación, hizo que lo rodearan las aguas de la sierra, las cuales
finalmente destruyeron los terraplenes, dejando entrada libre a los indios enfurecidos.
En la masacre que siguió perecieron 22 mil blancos.
198. Debemos a L.H. Morgan los primeros indicios sobre el verdadero carácter y obje-
tivo de esas calzadas. Su propósito no era asegurar simplemente la comunicación con la
tierra firme, sino, sobre todo, la defensa de México. Sin ellas el área situada entre el
pueblo y la orilla occidental habría seguido siendo, en el mejor de los casos, un pantano,
o se hubiera secado, como ha ocurrido ahora. Cualquiera de las dos cosas habría signifi-
cado el fin del poder defensivo de los mexicanos, y el curso de los acontecimientos habría
sido muy diferente.
199. Se habla de algún tipo de fortificación en “Xoloc”, donde el ramal de Coyoacan
se unía a la calzada principal (esto debe de haber sido en las inmediaciones de San
Antonio).
200. Esas canoas, acalli, estaban constantemente en movimiento por el pueblo y sus
alrededores. Mantenían la comunicación con las orillas y también servían para transpor-
tar a los guerreros, cuando era necesario. Nos abstendremos de repetir las versiones muy
exageradas sobre su número.
201. Además, los sacerdotes mantenían una vigilancia constante desde lo alto de los
templos-pirámides. Ellos eran los verdaderos “guardianes” del pueblo, tanto de día como
durante toda la noche.
202. Prescott, vol. I, lib. III, p. 445 [lib. III, cap. III, p. 206].
203. Las descripciones que dan varios autores del siglo XVI de esa campaña contra
Tlaxcallan son sumamente contradictorias. Ixtlilxochitl (en su 3a. relación [“Décimatercia
relación”, p. 451]) dice que de Cempoalan a Tlaxcallan “los naturales les recibían con
mucha alegría y regocijo sin ninguna guerra ni contraste, y si alguno hubo, fue dándoles
ocasión para ello”. En la “Historia de la nación chichimeca”, en cambio, el mismo autor
habla de una acción de dos días, en que calcula el número de los tlaxcaltecas en 150 mil
hombres (cap. LXXXVIII, p. 189 [p. 233]). Tezozomoc (cap. CX, p. 196 [p. 701]) relata que
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 123

los otomíes de Tecoac se reunieron y dijeron: “¿por dicha somos sus vasallos de estos que
vienen? ¿ganáronnos en justa guerra? Ea, chichimecas, á las armas contra ellos: y como
gente serrana, tomaron luego armas, y como venian dando alarido tirando varas, tocaron
al arma y dan con ellos una rociada de pelotas y luego tiros de campo, que en una hora no
hubo que hacer, y quedó el campo cubierto de cuerpos muertos”. Esto concuerda casi
literalmente con Sahagún, lib XII, cap. X, p. 422 [t. IV, lib. XII, cap. X, p. 98, § 3-5].
Cortés (“Carta segunda”, pp. 16-17 [pp. 37 y 38]) da una descripción más clara, de la
que extraemos los siguientes hechos: al penetrar en territorio tlaxcalteca, la vanguardia
de los españoles cayó en una emboscada, que pronto superaron. “Y desque supieron que
los nuestros se acercaban, se retrajeron, porque eran pocos, y nos dejaron el campo.” A
continuación los españoles avanzaron hasta un arroyo, una legua más allá, donde arma-
ron su campamento. Al día siguiente continuaron avanzando, y pronto fueron atacados
por cierto número de indios “muy armados y con gran grita, y comenzaron a pelear con
nosotros tirándonos muchas varas y flechas”. Ese ataque era un señuelo y atrajo a los
españoles hacia una emboscada “hasta nos meter entre más de cien mil hombres de pelea
que por todas partes nos tenían cercados, y peleamos con ellos, y ellos con nosotros, todo
el día hasta una hora antes de puesto el sol, que se retrajeron”. Sin embargo, continuaron
avanzando durante todo el día, y a la noche ocuparon la posición defensiva (“aquella noche
me hice fuerte en una torrecilla de sus ídolos, que estaba en un cerrito”) que Cortés
después mantuvo hasta que los tlaxcaltecas se rindieron. Al día siguiente hicieron una
exitosa incursión contra cinco o seis pueblos pequeños, y a la otra mañana los tlaxcaltecas
a su vez intentaron atacar el real español. Ese ataque fue rechazado rápidamente y los
españoles fortificaron su posición de manera “que en obra de cuatro horas habíamos
hecho lugar para que en nuestro real no nos ofendiesen, puesto que todavía hacían algu-
nas arremetidas”. En otras palabras, los tlaxcaltecas se lanzaron contra el campamento
español, fueron rechazados, y pasaron el resto del día allí, librando pequeñas escaramu-
zas y tratando de atraer a sus enemigos hacia emboscadas que tenían preparadas. De ahí
en adelante los indios nunca atacaron, pero Cortés hizo ocasionales salidas e incursiones,
reaprovisionando a sus hombres y quemando casas y cosechas de los nativos, hasta que la
tribu propuso la paz.
Andrés de Tapia, otro testigo presencial y oficial de alto rango (“Relación”, en Colec-
ción de documentos, vol. II, pp. 567-568 [p. 567]) confirma plenamente el relato de Cortés
y describe el combate del primer día en la siguiente forma: “é como á cosa de las ocho del
dia salia á nos tanto número de gente de guerra, que me parece que serient mas que cient
mill, é hay opiniones que eran muchos mas de los que digo. Algunos de ellos nos aguar-
daron en ciertas quebradas hondas de unos arroyos que atravesaban el camino; é pasán-
dolas con harto trabajo, nos metiamos en medio de ellos […]. El marqués é los de a
caballo iban siempre en la delantera peleando, é volvia de cuando en cuando á concertar
a su gente, é hacerlos que fuesen juntos é en buen concierto, é así lo iban. Hubo indios,
que arremetien con los de caballo á les tomar las lanzas; é así peleando se fué este dia á
aposentar á una casa de un ídolo que tinie alrededor de sí dos ó tres casillas, é allí pusie-
ron los españoles el hato que llevaban: salieron á pelear por la órden que el marques les
mandaba.”
Según los dos testigos citados, la “gran batalla” del 2 de septiembre de 1519 (Prescott,
vol. I, p. 427 [lib. III, cap. II, pp. 198-200]) parece haber consistido, por parte de los
indios, en un violento ataque (quizás una finta) rápidamente rechazado, una emboscada
pronto forzada, y por el resto del día constantes escaramuzas y hostigamiento a la marcha
de los españoles, hasta que éstos alcanzaron una posición fuerte. La “victoria decisiva”
124 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS

del 5 de septiembre del mismo año (Prescott, vol. I, pp. 437-447 [lib. III, cap. III, pp. 202-
210]) consistió en un violento ataque al campamento español al amanecer (“Otro día en
amaneciendo, dan sobre nuestro real más de cinto y cuarenta y nueve mil hombres”,
Cortés, p. 16 [p. 38]) que encontró pronta respuesta, y el resto del día pasó con escaramu-
zas más o menos serias para ambas partes. Ésos fueron los dos días de luchas más promi-
nentes en las dos semanas completas de hostilidades contra Tlaxcallan, y ciertamente no
fueron batallas campales, como suele admitirse. Una lectura atenta y crítica incluso del
tercer cronista participante, el demasiado estimado Bernal Díaz del Castillo (caps. LXIII,
LXIV y LXV, pp. 55-58 [pp. 188-196]), confirma esta opinión en todo, aun cuando este
autor, inclinado a recordar incidentes personales, y menos enterado de las operaciones
generales por su posición subalterna, exagera la importancia de la acción mucho más allá
de la verdad.
De todo esto no se debe deducir que las realizaciones de los españoles son por eso
menos memorables. Si bien la lucha se daba en una escala diferente de la de las guerras
europeas, era agotadora. Cualquier carga de unos pocos jinetes lograba dispersar al ene-
migo, pero un momento después se podía esperar un nuevo ataque desde alguna direc-
ción imprevista. El peligro no consistía tanto en las heridas recibidas en el campo de
batalla como en el gradual agotamiento de los hombres por la necesidad de estar cons-
tantemente alerta. Tanto la capacidad militar de los españoles como su gran comandante
merecen el mayor crédito por el triunfo final.
204. Cortés (“Carta segunda”, pp. 45-46 [pp. 85-86]): “Y pareció que el Espíritu Santo
me alumbró con este aviso, según lo que a otro día siguiente sucedió; que habiendo
partido en la mañana de este aposento y siendo apartados legua y media de él, yendo por
mi camino, salieron al encuentro mucha cantidad de indios, y tanta, que por la delantera,
lados ni rezaga, ninguna cosa de los campos que se podían ver, había de ellos vacía. Los
cuales pelearon con nosotros tan fuertemente por todas partes, que casi no nos conocía-
mos unos a otros, tan revueltos y juntos andaban con nosotros […]. Y con este trabajo
fuimos mucha parte del día, hasta que quiso Dios que murió una persona tan principal de
ellos, que con su muerte cesó toda aquella guerra. Así fuimos algo más descansados,
aunque todavía mordiéndonos, hasta una casa pequeña que estaba en el llano, adonde
por aquella noche nos aposentamos.”
La emboscada había sido preparada durante varios días (Bernal Díaz del Castillo, cap.
CXXVIII, p. 136 [p. 388]), porque durante su incesante persecución de los días anteriores
los mexicanos les gritaban: “Allá iréis donde no quede ninguno de vosotros a vida.” Sahagún
(lib. XII, cap. XXVII, p. 434 [t. IV, p. 133, § 3-4]) dice que los españoles se detuvieron: “Y
cuando los vieron los españoles, cuando fijaron en ellos los ojos, se dispusieron a hacerles
frente: mucho pensaban en qué forma harían contra ellos. Así las cosas, se abalanzan los
mexicanos contra los españoles, se aprietan hasta cercarlos.” Véase también Ixtlilxochitl,
“Historia de la nación”, cap. LXXXIX. Fue ciertamente una lucha cuerpo a cuerpo en que los
indios, seguros de dominar a sus enemigos, luchaban por capturar vivos a todos los que
fuera posible. Eso, y los pocos caballos que les quedaban, salvaron a las tropas españolas.
Sobre la base de la afirmación de Bernal Díaz de que cuando caía el emblema o insig-
nia que portaba uno de los jefes principales, o cerca de él, la lucha cesaba, ha surgido la
idea de que la caída de la bandera principal decidía el destino del combate. Pero no hay
ningún otro indicio de la existencia de una bandera o emblema central.
205. México disponía de un suministro constante de agua potable de Chapultepec
(Clavijero, lib. VII, cap. 54). Los canales eran de piedra, de cinco pies de alto y dos de
ancho (Cortés, “Carta segunda” [p. 65]). Una de las primeras acciones de Cortés fue
EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS 125

capturar los manantiales que abastecían esos canales. Los mexicanos, comprendiendo la
importancia de esa acción, defendieron esa posición desesperadamente. Bernal Díaz del
Castillo (cap. CL, p. 176 [p. 500]): “acordamos que entrambas capitanías fuésemos a que-
brar el agua de Chapultepeque, de que se proveía la ciudad, que estaba desde allí de
Tacuba aun no media legua. Y yendo a les quebrar los caños, topamos muchos guerreros,
que nos esperaban en el camino; porque bien entendido tenían que aquello había de ser
lo primero en que los podríamos dañar; y así como nos encontraron cerca de unos pasos
malos, comenzaron a nos flechar y tirar vara y piedra con hondas, e nos hirieron a tres
soldados; mas de presto les hicimos volver las espaldas, y nuestros amigos los de Tlascala
los siguieron, de manera que mataron veinte y prendieron siete u ocho de ellos; y como
aquellos grandes escuadrones estuvieron puestos en huida, les quebramos los caños por
donde iba el agua a su ciudad, y desde entonces nunca fue a México entre tanto que duró
la guerra.” Véase también Cortés, “Carta tercera”, p. 71 [pp. 131-132].
206. Bernal Díaz del Castillo (cap. CLIII, p. 188 [p. 533]): “Dejemos de hablar de los
grandes combates que nos daban, y digamos cómo nuestros amigos los de Tlascala y de
Cholula y Guaxocingo, y aun los de Tezcuco, acordaron de se ir a sus tierras.” El viejo
capitán dice (p. 186 [p. 532]) que se habían desanimado, y es comprensible, ya que el
lugar no había sido tomado al estilo indio, en un ataque rápido, y así se cansaron de
esperar.
Esto es el más decisivo testimonio en favor de nuestra opinión, ya expresada, de que
los indios mexicanos no podían realizar campañas prolongadas, mucho menos un sitio
de cierta duración.
207. Casi no cabe duda de que durante el sitio los aliados de Cortés superaban en
número a los mexicanos. Desde luego no sería seguro confiar en los números que dan las
autoridades antiguas, que además no concuerdan. Pero si recordamos que Tlaxcallan,
Huexotzinco, Cholula, Chalco, Texcoco y algunas más de las tribus principales se unieron
a los españoles, necesariamente tenemos que convencernos de que la superioridad nu-
mérica estaba del lado de los atacantes. La gran habilidad de Cortés estuvo en unir las
fuerzas de esas diferentes tribus, que en muchos casos tenían entre sí enemistades muy
antiguas. Con los españoles a la cabeza de ellas, si persistían lo suficiente, el destino de
México estaba sellado. En todos los combates los españoles formaban el núcleo en torno
del cual se conglomeraban los aliados. Si ellos avanzaban, los otros los seguían, ocupando a
muchos de los mexicanos e impidiendo que cayeran sobre los blancos con demasiado
peso. Sin embargo gradualmente, a medida que disminuía la fuerza de los mexicanos, los
aliados de Cortés tomaron una parte cada vez más prominente en las acciones, porque
había cada vez más no combatientes que masacrar.
208. Todos los puentes habían sido quitados, y detrás de ellos se habían erigido para-
petos. Además se habían cavado pozos, con terraplenes a ambos lados, expresamente
para detener a la caballería. Los mexicanos utilizaron largas lanzas, equipadas con hojas
de espadas tomadas a los españoles durante la “noche triste”, para atacar a los de a caba-
llo. Contra los bergantines habían hincado en el fondo del lago hileras de troncos aguza-
dos, por debajo de la superficie. Bernal Díaz del Castillo (cap. CL, pp. 176-177 [pp. 499 y
500]) cuenta que, después que el grupo comandado por Alvarado ocupó Tacuba, los
mexicanos empezaron a gritarles desde las calzadas y el agua (que entonces todavía ocu-
paban libremente), “y aquellas palabras que nos decían eran con pensamiento de nos
indignar para que saliésemos aquella noche a guerrear, y herirnos más a su salvo”. Y más
adelante dice: “Y como aquello hubimos hecho, acordaron nuestros capitanes que luego
fuésemos a dar una vista y entrar por la calzada de Tacuba y hacer lo que pudiésemos
126 EL ARTE DE LA GUERRA - NOTAS

para les ganar una puente; y llegados que fuimos a la calzada, eran tantas las canoas que
en la laguna estaban llenas de guerreros y en las mismas canoas y calzadas, que nos admi-
rábamos dello; y tiraron tanta de vara y piedra con hondas que en la primera refriega
hirieron treinta de nuestros soldados e murieron tres; y aunque nos hacían tanto daño, todavía
les fuimos entrando por la calzada adelante hasta una puente, y a lo que yo entendí, ellos
nos daban lugar a ello, por meternos de la parte de la puente; y como allí nos tuvieron,
digo que cargaron tanta multitud de guerreros sobre nosotros que no nos podíamos va-
ler.” Los mexicanos siempre provocaron el ataque español, hasta que los bergantines domi-
naron también los estanques situados al oeste de México (Cortés, “Carta tercera”, p. 71
[pp. 129-130]).
209. El primer ataque de Alvarado fue rechazado, pero después tomaron muchos
puentes, en una lucha sumamente enconada en que los mexicanos atacaban a todas horas
del día y de la noche. Véase Prescott (vol. III, lib. VI, pp. 106-107 [lib. VI, cap. V, p. 473]):
“En los cinco o seis primeros días, los molestaron mucho los indios, que demasiado tarde
procuraban impedirles se posesionasen de un punto tan cercano a la capital, y que ha-
brían cuidado mejor si hubieran tenido mayores conocimientos en el arte de la guerra.
Contra su práctica general, dirigieron varios ataques de día y de noche. Los canales
estaban cubiertos de canoas, que aunque se colocaban a alguna distancia por temor de
los bergantines, se acercaban lo bastante, especialmente cuando las protegía la oscuri-
dad, para arrojar sobre el campo cristiano tal multitud de flechas.”
210. Los bergantines eran botes de fondo plano equipados con cañones pequeños.
Aun en el agua, los mexicanos recurrían a emboscadas. Rodearon las inmediaciones de la
ciudad con hileras de troncos aguzados hincados en el fondo, por debajo del agua, y
enviaban escuadrones de canoas a atraer a los bergantines hacia esos lugares. En una
ocasión lograron capturar uno de ellos de esa manera (Prescott, vol. III, p. 28 [lib. VI, cap. I,
pp. 433-434], citando a Bernal Díaz).
211. Los puntos ocupados por las tres divisiones españolas eran: Tepeyacac (Guadalupe
Hidalgo) al norte, Tacuba al oeste y Coyoacán al suroeste. El propósito original de esta
última era ocupar Iztapalapan, pero no pudo tomarla y por eso Sandoval, que la coman-
daba, marchó hacia el lado norte. Avanzando desde Coyoacan, la división pronto tomó
Xoloc, donde se unían las represas, y cortó la comunicación con el sur. Después de despe-
jar el lago y desalojar a los mexicanos de algunas elevaciones que asomaban del agua y
sobre las que se habían erigido pequeños teocallis, los bergantines mantuvieron la comu-
nicación entre las tres divisiones y las apoyaron en sus esfuerzos contra las zanjas de las
calzadas.
212. Bernal Díaz del Castillo, cap. CLIV, p. 191 [p. 542] y cap. CLV, p. 194 [p. 548]. El
consejo se opuso al consejo de Cuauhtemoctzin, que proponía rendirse, “poniéndole por
delante el fin de su tío el gran Montezuma”.
213. Prescott, lib. VI, cap. VIII, pp. 200-201 [pp. 511-512].
SOBRE LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA
Y LAS COSTUMBRES RELATIVAS A LA HERENCIA
ENTRE LOS ANTIGUOS MEXICANOS*

En un trabajo anterior hemos descrito las costumbres y la organización de la


tribu mexicana en relación con la guerra.1 Nuestras conclusiones al respecto di-
fieren de las aceptadas generalmente, ya que, en lugar del despotismo militar
que según la idea generalmente admitida existía en el México antiguo, sólo en-
contramos allí la democracia militar peculiar de una tribu guerrera.2 Ahora nuestro
propósito es investigar hasta dónde habían progresado los mexicanos en sus
conceptos acerca de la tenencia y la distribución del suelo.
Casi todos los autores, tanto antiguos como modernos, describen la condición
del México aborigen como una monarquía feudal.3 Esto debería bastar para fijar
permanentemente el modo de tenencia de la tierra. Implica además el concepto
abstracto de propiedad, indicando por lo tanto un alto grado de cultura. Pero ya
hemos visto que las instituciones de los mexicanos eran democráticas y no mo-
nárquicas, que sus jefes y dirigentes ocupaban cargos electivos y nunca heredita-
rios.4 Este último hecho, cuyo estudio final reservamos para otra ocasión, milita
vigorosamente en contra de la existencia de clases privilegiadas, basadas en el
territorio y en la propiedad inmueble, y por lo tanto también en contra de la
feudalidad.
Sin embargo, no podemos juzgar de antemano por esas indicaciones, en con-
tra de la opinión generalmente aceptada. Esto sólo debe servir para alertarnos
sobre las dificultades de nuestra tarea, que son incluso mayores que las enfrentadas
en nuestro primer ensayo. La vida militar de los mexicanos constituye la mayor
parte de su historia, y a través de ella se conoce una serie de hechos por medio de
los cuales es posible casi reconstruir esa historia. En cambio, la cuestión de la
tenencia de la tierra, al parecer, se relaciona solamente con las costumbres, pertur-
badas y hasta cierto punto destruidas hace siglos. Sin embargo, todavía podemos
formarnos una idea de esas costumbres por medio de hechos accesorios, y sobre
todo de un examen, aunque sea rápido, de la historia de la tribu mexicana. Tam-
bién las reglas referentes a la herencia están directamente relacionadas con ellas,
y por último los actos de los españoles durante los primeros tiempos después de la
conquista, cuando transformaron más o menos repentinamente el antiguo orden
de cosas, deberían sacar a la luz muchos rasgos olvidados del modo aborigen de
distribución y tenencia de la tierra.

* Artículo publicado en Eleventh Annual Report of the Peabody Museum of American Archaeology and Ethno-
logy, Cambridge, Massachusetts, 1878, pp. 385-448 (las demás notas aparecen al final del capítulo).

[127]
128 A.F. BANDELIER

Esbozado así el programa de nuestro trabajo, todavía debemos ofrecer dos


explicaciones antes de entrar en la discusión propiamente dicha.
En primer lugar, por “hechos accesorios” nos referimos a la organización social
de los mexicanos en particular. Esa organización social es inseparable de la te-
nencia de la tierra, y por lo tanto deberemos recurrir a ella con frecuencia en el
curso de nuestras alusiones a la historia de la tribu.
Segundo, no nos proponemos estudiar la historia del México antiguo tan com-
pletamente como debería hacerse, sino sólo en cuanto se refiere al tema de este
trabajo. Por lo tanto pasaremos rápidamente o en silencio por muchos puntos
que merecen un estudio minucioso.
Uno de los más eruditos autores del siglo XVI sobre temas americanos, el je-
suita Joseph de Acosta, dice: “Lo que hombres doctos afirman y escriben es que
todo cuanto hay de memoria y relación de estos indios, llega a cuatrocientos
años, y que todo lo de antes es pura confusión y tinieblas sin poderse hallar cosa
cierta.”5
En realidad, si bien se ha escrito mucho sobre la historia aborigen de México,
parecería que el siglo XII es el límite de la tradición definida.6 Lo que hay más allá
es vago e incierto, vestigios de tradiciones mezclados con leyendas y fantasías
mitológicas. No es posible extraer de ello nada positivo salvo que, desde la época
más antigua, México estaba poblado o era recorrido por tribus tanto sedentarias
como nómadas; que todas ellas reconocían un origen común, al paso que las
tribus sedentarias estaban conectadas entre sí, además, por la lengua; y que el
lugar de origen de todos esos pueblos se encontraba al norte del territorio mexi-
cano. Podemos deducir además que ni siquiera las tribus sedentarias, la más
notoria de las cuales es la TOLTECA, habían llegado a la condición de nación o
Estado; ignoraban la sociedad política, basada en el territorio y la propiedad de la
tierra. Sus instituciones parecen haber sido democráticas y su forma de vida comu-
nitaria, excluyendo por completo la idea de feudalidad incluso en esos periodos
remotos de la historia mexicana.7 En esa época temprana se libraron las habitua-
les guerras intertribales, tanto entre tribus sedentarias y nómadas como entre los
propios grupos sedentarios, predominando a veces estos últimos, otras los salva-
jes, hasta que finalmente los toltecas, que representaban la clase sedentaria, fue-
ron exterminados o expulsados y sólo quedaron en territorio mexicano unos
pocos asentamientos dispersos.8 Quienes los sucedieron en ese territorio eran
tribus totalmente salvajes que también venían del norte y a quienes se aplica el
vago e indefinido nombre de chichimecas. (Si esta palabra es mexicana, podría
derivar de chichiltic, rojo, y mecayotl, parentesco consanguíneo, por lo tanto, “el
grupo de parentesco de los hombres rojos”.)9 Lo que sabemos de la condición de
esos pueblos es suficiente para establecer: que eran nómadas errantes para quie-
nes el suelo no tenía otro uso que la ocupación transitoria como cazadores, que
desconocían hasta la planta del maíz y que como refugio y residencia recurrían a
cuevas y bosques. No podemos encontrar entre ellos ningún tipo de tenencia de
la tierra, y mucho menos un sistema feudal.10
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA 129

Desde el punto de vista etnográfico, el México central debe de haber presen-


tado en aquella época, con respecto a la población aborigen, un aspecto similar
al del estado de Nuevo México o el territorio de Arizona en la actualidad. Tribus
salvajes dominaban y recorrían la mayor parte del país, mientras que en el valle
de México propiamente dicho y al este de él quedaban algunos pueblos, que ape-
nas lograban proteger sus cosechas y a sí mismos de las incursiones de tribus
errantes.11
Mientras el altiplano mexicano estaba en esa condición, apenas diferente de
la de una fértil tierra baldía, continuaban las migraciones desde ese mismo “nor-
te” indefinido, que gradualmente fueron llevando hasta allí tribus, o por lo me-
nos grupos de parentesco desprendidos de tribus, de indios horticultores sedenta-
rios. 12 Desplazándose lentamente y en forma independiente, esos grupos
terminaron por establecerse en el hermoso valle, cerca de las lagunas que había
en su centro. Ocuparon territorios independientes que consideraban como propios;13 y
aunque probablemente no tenían relaciones amistosas entre ellos, no es impro-
bable que, gracias al vínculo de un tronco lingüístico común, se hayan asociado
(quizá incluso confederado) ocasionalmente contra las tribus de los alrededores.14
Esos grupos, que hablaban todos dialectos estrechamente emparentados con
la lengua de sus predecesores los toltecas, es decir el nahuatl o “buen sonido”,
eran: los aculhuas o texcocanos, los tecpanecas, los xochimilcas y los chalcas. Los
primeros se establecieron en la margen oriental de la laguna central y los segun-
dos en la occidental, mientras que los dos últimos se agruparon alrededor de las
lagunas de agua dulce del sureste. De tal modo, con el tiempo el valle quedó de
nuevo en manos de indios sedentarios, que mantenían a raya a los salvajes que lo
rodeaban –además de defenderlo de vecinos de su mismo origen que, ocupando
al mismo tiempo áreas contiguas con condiciones geográficas diferentes, con
una organización y un plan de vida similares y una lengua con sólo diferencias
dialectales, a la larga llegaron sin embargo a ser sus más inveterados enemigos.15
Aun cuando ha surgido toda una literatura muy respetable sobre el tema de la
organización, las costumbres y los modos de esas tribus nahuas del valle de México,
esa literatura es mucho más rica en hechos supuestamente históricos que en deta-
lles satisfactorios sobre ese tema en sí. Apenas podemos discernir, entre las confu-
siones y contradicciones (en particular, de los autores antiguos), que las diferen-
tes tribus eran sociedades democráticas, basadas en las unidades constituidas
por grupos consanguíneos. Su gobierno, cuyas autoridades supremas eran conse-
jos, estaba en manos de jefes elegidos por el pueblo. Aparentemente los texcocanos y
los tecpanecas tenían cada cual un jefe guerrero, elegido de por vida, y los chalcas
dos. Con respecto al modo de posesión y distribución de la tierra, encontramos
las afirmaciones más variadas, en su mayoría basadas en el supuesto de institu-
ciones monárquicas, e incluso de un gran imperio feudal con Texcoco como capi-
tal. Sin embargo, incluso en los relatos de los autores que más han contribuido a
fijar esas suposiciones en la mente del público como verdades reconocidas, los
hechos desmienten esas concepciones.16 Casi no es necesario decir aquí que to-
130 A.F. BANDELIER

das las tribus de México, surgidas de un tronco común, hablantes de nahuatl y


viviendo bajo las mismas influencias geográficas,17 habían alcanzado práctica-
mente el mismo grado de cultura. Por lo tanto, el resultado de nuestras investi-
gaciones sobre la tenencia de la tierra en la tribu mexicana propiamente dicha
pueden considerarse con bastante certeza como aplicables a todas las demás tri-
bus sedentarias del valle de México.18
Mientras estas tribus horticultoras se habían adueñado de las porciones férti-
les del valle, dividiéndoselo entre ellas y dejando entre una y otra espacios de
suelo “neutral”,19 una pequeña banda de la misma familia lingüística venía del
norte y eventualmente hizo su aparición en el lugar. Eran los mexicanos propia-
mente dichos, también llamados aztecas mexitin, aztlantlacas o mexicas.20 Esa banda
estaba formada por siete grupos de parentesco o “linajes” cuyos jefes en conjun-
to constituían el gobierno del todo; un supremo jefe guerrero, elegido de por
vida, dirigía sus movimientos, pero es posible que en aquella época ese cargo
aún no fuera permanente,21 sino que existiera sólo con carácter transitorio, en
casos de emergencia.22 Apenas podemos seguir las migraciones de los mexicanos
con algún grado de certidumbre; de los diversos y variados relatos y tradiciones
podemos deducir tan sólo que, siendo horticultores, buscaban tierras fértiles, y
al llegar a la cuenca lacustre encontraron la posibilidad de realizar sus deseos.23
Todavía había mucho espacio desocupado alrededor de las lagunas, pero los
ocupantes no recibieron bien a los recién llegados, y tanto los hostigaron que fi-
nalmente éstos huyeron al pantano o ciénaga que por entonces cubría lo que
después convirtieron en la laguna occidental de México.24 Se retiraron pues a
territorio no ocupado ni poseído por ninguna de las tribus vecinas, y se asentaron en
los escasos trozos de terreno que asomaban del fango, felices de haber escapado
a la persecución y encontrado un lugar de descanso en terrenos que podían consi-
derar como suyos.25 Al parecer los grupos consanguíneos originales, tanto por las
pérdidas sufridas durante las migraciones como por divisiones entre ellos, ha-
bían quedado reducidos para entonces a cinco.26 A esa altura tuvo lugar una últi-
ma división cuando uno de esos grupos de parentesco se separó del resto y se
estableció aparte, en otra extensión arenosa donde, muy cerca de los otros, creció
convirtiéndose en la tribu de México-Tlatelolco,27 que mantuvo su independen-
cia hasta alrededor de cuarenta años antes de la conquista.28 Los otros cuatro se
establecieron cada uno por su lado, aunque reconociendo un gobierno común, en
muestra de lo cual el lugar de culto tribal se erigió en el sitio donde se unían esas
cuatro áreas. Así fue fundado el pueblo de México-Tenochtitlan, sede y hogar de
los mexicanos propiamente dichos.29
La localización de los cuatro grupos dio lugar a la formación de cuatro “barrios”,
y está expresamente registrado que cada quien podía construir en su barrio como
quisiera.30 El término nahuatl, utilizado por todas las tribus hablantes de esta
lengua, para esos grupos de parentesco es calpulli. El mismo término se usa tam-
bién para designar una sala o casa grande, y por lo tanto podemos suponer que,
al menos en origen, todos los miembros de un clan vivían bajo un techo común.31
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA 131

El terreno así ocupado por el calpulli NO era, como admite Torquemada, asignado
por un poder superior,32 puesto que el gobierno tribal no tenía NINGÚN DOMINIO
que pudiera repartir entre subdivisiones o individuos, ya fuese gratuitamente o a
cambio de ciertas prestaciones ni de ninguna otra manera.33 El territorio tribal
era distribuido en el momento de su ocupación en derechos de posesión que eran de
LOS GRUPOS DE PARENTESCO COMO TALES, por consenso tácito general, derivado
naturalmente de su organización y estadio cultural.34
Los trozos de terreno sólido en que se asentaron esos “barrios” fueron gra-
dualmente cubriéndose de construcciones, primero de cañas y barro y luego, a
medida que los medios aumentaban, de adobe y piedra ligera. Esas casas eran de
gran tamaño, puesto que se nos dice que incluso en la época de la conquista
“pocas veces dexaban de morar dos, quatro, i seis Vecinos, i asi era infinita la
Gente: porque como no tenian menage, ni otro aparato de Casa, donde quiera,
cabian muchos”. La vida comunitaria, como lo implica la idea del calpulli, parece
por lo tanto haber predominado entre los mexicanos todavía en el periodo de su
mayor poderío.35
Probablemente el suelo en que se alzaban las construcciones de los calpulli
fuese por algún tiempo la única extensión de tierra firme en poder de los mexica-
nos. Pero gradualmente se sintió la necesidad de extenderse. Mientras residían
sin ser molestados “entre los carrizales”, su número fue aumentando, y a cierta
altura les hizo falta una extensión mayor, tanto para residir como para alimen-
tarse. La pesca y la caza ya no satisfacían a una población originalmente inclina-
da a la horticultura: aspiraban a cultivar el suelo como lo habían hecho anterior-
mente y como lo hacían las tribus que los rodeaban, y con ese fin empezaron a
crear pequeños huertos artificiales o chinampas,36 en los que plantaban maíz indio y
quizás otros vegetales. Esos “jardines flotantes” todavía pueden verse en las in-
mediaciones de la actual ciudad de México, y un viajero de nuestro siglo las ha
descrito así:

Son jardines artificiales de cincuenta o sesenta metros de largo y no más de cuatro o cinco
de ancho, separados por zanjas de tres o cuatro metros, y se hacen sacando tierra de esas
zanjas intermedias y arrojándola sobre la chinampa. Por ese medio se eleva el suelo gene-
ralmente alrededor de un metro, formando así un pequeño jardín fértil, cubierto por los
más finos vegetales culinarios, frutas y flores.37

Así, cada grupo consanguíneo fue rodeando gradualmente la superficie en


que vivía con una serie de huertos suficiente para las necesidades de sus miem-
bros.38 Todo ese terreno, incluyendo las viviendas, constituía el calpulalli –el te-
rreno del calpulli–,39 y era propiedad de éste como una unidad, aun cuando las parcelas
individuales eran cultivadas y utilizadas por familias individuales.40 Por consiguien-
te, la forma de tenencia de la tierra de los mexicanos en aquel periodo era suma-
mente simple. La tribu tenía su territorio, el altepetlalli, una extensión indefinida
por la que podía extenderse, pero dentro de ese territorio los calpullis tenían y ocupaban
132 A.F. BANDELIER

las porciones productivas; cada calpulli era soberano dentro de sus límites, y asigna-
ba a sus miembros individuales, para su uso, las parcelas menores en que el suelo
se dividía según su modo de cultivo. Por lo tanto, si los términos altepetlalli y
calpulalli son considerados a veces como idénticos es porque el primero indica la
ocupación del suelo y el segundo su distribución.41 Así, reconocemos en el calpulli, o
grupo de parentesco, la unidad de tenencia de cualquier terreno que los mexica-
nos considerasen digno de posesión definida. Más adelante indagaremos hasta
qué punto los individuos, en cuanto miembros de esa unidad comunal, partici-
paban en la tenencia colectiva.
Con el paso del tiempo, a medida que la población seguía aumentando, se
produjo una segmentación de los cuatro “barrios” originales, formándose nuevos
calpulli.42 Para fines gubernamentales, esa segmentación produjo un resultado nue-
vo al dejar los primeros cuatro grupos como grandes subdivisiones, particularmen-
te en asuntos militares.43 En cambio, apenas se subdividieron dejaron de ser unida-
des de posesión territorial, porque las áreas que originalmente tenían pasaron a los
“barrios menores” (como los llama Herrera, por ejemplo) que ejercían, cada uno
dentro de sus límites, la misma soberanía que el calpulli original tenía antes sobre
el todo.44 Otra consecuencia de esa subdivisión (al alejar el consejo tribal de los
calpulli) fue la necesidad de un edificio oficial dedicado exclusivamente a los asun-
tos de la tribu entera.45 Ese edificio era el tecpan,46 que incluso Torquemada llama
“casa de la comunidad”;47 y puesto que el consejo de los jefes era la suprema
autoridad del gobierno, era propiamente la “casa del consejo”. Se construyó cer-
ca del centro del pueblo, frente al espacio abierto reservado a las celebraciones
públicas. Pero aunque al comienzo bastaba con que los jefes se reunieran prime-
ro en forma ocasional, que luego se fue volviendo regular, por fin se hizo necesa-
ria su presencia diaria y constante, a tal punto que se llegó a la residencia per-
manente del jefe supremo en el tecpan, como uno de los deberes de su cargo. En
consecuencia el tlacatecuhtli, su familia y los asistentes que le hicieran falta (como
mensajeros) vivían en la “casa oficial”. Pero esa ocupación no estaba relacionada
en forma alguna con un derecho posesorio del ocupante, cuya familia abando-
naba la vivienda apenas el jefe moría, dejando así su cargo. El tecpan sólo era
ocupado por los jefes guerreros supremos mientras ejercían las funciones de ese
cargo.48
Alrededor de la época en que ocurrían esos cambios, la dignidad de tlacatecuhtli
parece haberse convertido en un rasgo permanente del gobierno de la tribu
mexicana.49 Además, casi al mismo tiempo los mexicanos sintieron la necesidad
de establecer comunicación con las tribus que habitaban las orillas del gran pan-
tano en medio del cual vivían, a fin de obtener algunas de las mercancías produ-
cidas por esas tribus. Suficientemente fuertes para su defensa, pero demasiado
débiles todavía para la ofensiva, los mexicanos se aproximaron con cautela a sus
vecinos más cercanos y más poderosos, los tecpanecas, con el objeto de obtener
su permiso para comerciar y también para utilizar uno de los manantiales de
tierra firme. Ese permiso les fue concedido a cambio de que pagaran cierto tri-
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA 133

buto, que sin embargo no era ninguna prestación de tipo feudal –pues no estaba
relacionado de ningún modo con la tenencia del suelo ni la ocupación del terri-
torio– sino simplemente como un impuesto a la facultad de realizar trueques. Es
muy probable que se les haya impuesto además la obligación de prestar su asis-
tencia militar, de manera que los mexicanos pasaron a ser, no súbditos como
comúnmente se dice, sino aliados más débiles de los tecpanecas.50
El establecimiento de relaciones directas con el exterior no sólo condujo al
aumento de los asuntos públicos de los mexicanos, sino que hizo indispensable
un mercado permanente para el intercambio de mercancías. El pueblo de México,
antes evitado por los forasteros, pasó a ser visitado por delegaciones de las tribus
vecinas y especialmente por comerciantes. La hospitalidad india imponía recibir a
esos visitantes como huéspedes; el lugar donde se brindaba esa hospitalidad era
la casa oficial de la tribu, y quienes la ocupaban tenían el deber de hospedar y
alimentar a los extranjeros.51 Como la población aumentaba continuamente, el
tecpan pronto resultó insuficiente, de modo que cada calpulli construyó, en su
propia área, su propia casa de consejo para la resolución de sus asuntos internos,
y siguiendo el modelo del tecpan alojó en ella a sus propios jefes y ejerció allí su
parte de la hospitalidad general. Así surgieron en diversos puntos de México
construcciones públicas, que necesariamente se distinguían de los demás edifi-
cios por sus dimensiones y disposición.52
Los jefes y sus familias, que residían en las casas oficiales, y a quienes correspon-
día el ejercicio de la hospitalidad pública, continuaban participando con su cuo-
ta de la tierra poseída y cultivada por el calpulli al que pertenecían por su linaje;
sin embargo, el aumento de los negocios públicos les imposibilitó trabajarlas ellos
mismos, como lo hacían antes, y esa tarea fue pasando primero a sus hijos y fami-
liares y después, cuando también ellos fueron absorbidos por las tareas de la casa
oficial, a los demás miembros del grupo de parentesco. No era vasallaje, sino una re-
muneración por los servicios públicos de los jefes. Lo mismo ocurría en relación
con el tecpan y sus ocupantes. No obstante, con el aumento de las relaciones, las
escasas cosechas recogidas de ese modo llegaron a ser insuficientes, y fue preciso
instituir una contribución regular de todos los miembros del parentesco o linaje
para atender a las necesidades de los jefes y de los visitantes que debían recibir.
Se apartaron algunas parcelas para el cultivo en común, cuyos productos se des-
tinaban exclusivamente a lo que podríamos llamar “fines oficiales”. Así, los pro-
pios miembros de la tribu, en forma voluntaria, no sólo crearon un impuesto
sino que introdujeron un rasgo nuevo en la distribución de la tierra. Pero el
modo de tenencia no cambió, y no aparecieron derechos de propiedad heredita-
rios en favor de los jefes ni sus descendientes.53
Después de su establecimiento en el lago, los mexicanos pasaron casi un siglo
confinados a su área original y a las huertas artificiales que lograron acumular a
su alrededor mientras sus aliados en tierra firme, los tecpanecas, iban haciéndo-
se cada vez más temibles en la guerra con otras tribus, auxiliados por los mexica-
nos. Sin embargo, llegó el momento en que estos últimos, asegurados en una
134 A.F. BANDELIER

posición defensiva, adquirieron experiencia militar y mayor fuerza y trataron de


liberarse del impuesto que hasta ahí había gravado su comercio e intercambio.
Hubo una guerra y los mexicanos, auxiliados ahora por enemigos de los
tecpanecas, derrotaron completamente a esa tribu. Con esa victoria no sólo obtu-
vieron una base en la tierra firme, sino que se convirtieron de pronto en una de
las tribus más poderosas de la zona occidental del valle de México.54
El único territorio ganado por los mexicanos, y en realidad el único que recla-
maron, parece haber sido el cerro de Chapultepec. Ya tenían el uso de los ma-
nantiales del lugar, y ahora adquirieron su plena posesión y sin reservas.55 El res-
to del territorio tecpaneca quedó intacto en poder de esa tribu y no fue anexado
a México en forma alguna. Tampoco se modificó la organización de la tribu, ni su
gobierno ni la distribución del suelo. Ningún representante mexicano fue envia-
do a gobernar Azcapotzalco o Coyoacan. Pero de ahí en adelante los mexicanos
controlaron la fuerza militar de la tribu conquistada, que además tuvo que pagar
tributo. Ese tributo era recaudado por mayordomos, los únicos mexicanos que
residían permanentemente en territorio tecpaneca, y se distribuía de acuerdo
con la organización tribal: entre los calpulli para el uso de las casas públicas y los
miembros individuales, y al tecpan para el mantenimiento del gobierno tribal y
sus asuntos; de la primera parte se reservaba una porción para el culto religioso.56
Ese tributo consistía en objetos que los tecpanecas obtenían por medio del
comercio, la guerra y su propia manufactura, pero también incluía productos de
su horticultura, que debían ser cultivados cada año en sus propias parcelas o en
ciertos terrenos reservados en cada calpulli para la producción de tributo. Era
natural que recurrieran a ese método porque los tecpanecas tenían el mismo
sistema de distribución del suelo que los mexicanos, y la unidad básica de su
organización también era el grupo de parentesco. Por lo tanto, en cada una de
las áreas correspondientes a los calpulli de la tribu conquistada se separó una
parcela, que los miembros del grupo cultivaban en común, en beneficio de los
conquistadores. Éstos se repartían las cosechas allí levantadas, tal como se ha
explicado, pero no adquirían ningún título sobre la posesión, y mucho menos
sobre la propiedad, de ese suelo.57
Una vez emprendida su carrera de conquista, los mexicanos, con el apoyo de
sus aliados, trataron de extender su poder. Las tribus del sureste, los xochimilcas,
los chinampanecas (también llamados nauhteuctli, o las cuatro jefaturas), fueron
sus primeras presas, y una vez sometidas tuvieron el mismo destino que los
tecpanecas: su territorio no fue anexado ni su organización modificada, pero sí
debieron prestar asistencia militar, y sobre todo pagar tributo. Esto último tuvo
como consecuencia el establecimiento de tierras de tributo, como las que ya he-
mos visto al término de la guerra tecpaneca.58
Cuando por fin, después de un conflicto desusadamente largo y duro, la tribu
de Chalco tuvo que someterse también a las mismas condiciones de tributo y
control militar,59 los mexicanos quedaron convertidos en la principal potencia
del valle.60 Además, sus medios de subsistencia habían aumentado en forma con-
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA 135

siderable con los tributos –entre los cuales destacaban los productos de las tierras
tributarias– y con el comercio. Sólo una de las tribus nahuas del valle conservaba
su independencia: los acolhuas de Texcoco. Sin embargo, en lugar de iniciar un
conflicto mortal, cuyo resultado podría haber sido igualmente desastroso para
ambas partes, entablaron negociaciones que terminaron con la formación de
una confederación militar, encabezada por México.61
Aparentemente en esto, como en todas las cuestiones de la misma naturaleza,
hubo concesiones mutuas. Así, los texcocanos aceptaron la dirección militar de los
mexicanos, mientras que éstos tuvieron que admitir en la confederación a una
parte de los tecpanecas que, desde la destrucción de Azcapotzalco, reconocían su
pueblo principal en Tlacopan (Tacuba). Es posible que, por influencia texcocana,
los mexicanos hayan renunciado incluso al tributo que esa tribu pagaba.62
Las principales características de la confederación parecen haber sido las si-
guientes:
Estaba formada por las tres tribus de México, Texcoco y Tlacopan. Cada una
era independiente de las otras en su territorio así como en el manejo de sus
propios asuntos.63
El mando militar de las fuerzas correspondía al supremo jefe guerrero de la
tribu mexicana, probablemente con poder de delegarlo.64
Cada una de las tres tribus elegía sus propios jefes de guerra según sus pro-
pias costumbres, pero la instalación en el cargo, la investidura, tenía lugar con la
concurrencia de los supremos jefes guerreros de las otras. Eso ocurría especial-
mente en México, cuyo tlacatecuhtli pasaba a ser comandante en jefe de la con-
federación.65
Cada tribu podía librar independientemente sus propias guerras, tanto ofen-
sivas como defensivas, pero las otras debían auxiliarla si lo pedía. En ese caso,
México asumía la dirección.66
En consecuencia, cada tribu podía tener sus propias conquistas, y exigir sus pro-
pios tributos a las tribus que había conquistado sola.67
En cambio, cuando la confederación conquistaba a una tribu extranjera, tanto el
botín como los subsecuentes tributos eran distribuidos entre los tres miembros,
tocando dos quintos a México, otro tanto a Texcoco y un quinto a Tlacopan.68
El establecimiento de esa confederación no alteró en forma alguna los princi-
pios ya reconocidos para la tenencia y distribución de la tierra. Sólo muestra, y la
carrera subsiguiente de la confederación lo confirma, que esos principios eran
comunes para las tres tribus interesadas. Cada vez que sus conquistas se exten-
dían, los conquistados no eran anexados, sino simplemente obligados a pagar
tributo; su territorio y su autonomía tribal se mantenían y no se introducía nin-
gún cambio en la distribución del terreno más allá de la reserva de parcelas para
el cultivo destinado al tributo. Los únicos representantes de la confederación o
de cualquiera de sus miembros que residían permanentemente con los tributa-
rios eran los mayordomos, o calpixca.69 En suma, el mismo tratamiento que ha-
bían recibido los tecpanecas de la tribu mexicana sola era el que recibían las
136 A.F. BANDELIER

tribus extranjeras de la confederación, desde su formación hasta su derrota por


los españoles. Todas las conquistas ocurridas en ese lapso, por lo tanto, no con-
dujeron a la formación de un Estado basado en concepciones feudales de domi-
nio territorial y vasallaje, sino simplemente de un conglomerado de tribus disper-
sas a menudo enemigas entre sí, que miraban con terror hacia el valle de México
como residencia de sus conquistadores. Entre esos conquistadores, los mexica-
nos tenían la dirección militar, y el nombre de México, o su equivalente “Culhua”,
era el más conocido. Ya en 1518 Juan de Grijalva lo oyó en la costa de Tabasco.70
Esa difusión del nombre, unida a la difusión aún más amplia de la lengua,71 y el
visible temor de los nativos ante ese solo nombre, ha creado en la mente de los
europeos la idea de una nación, Estado o imperio feudal mexicano, cuando no
había otra cosa que una confederación militar de las tres principales tribus nahuas
del valle de México.72
Este rápido esbozo de la historia de los mexicanos hasta el momento en que se
confederaron con las tribus de Texcoco y Tlacopan nos ha mostrado que en nin-
gún momento existió el concepto de dominio público, de tierras gubernamenta-
les, entre las tribus de México. Por último, la propia confederación, en cuanto
tal, no poseía siquiera un territorio propio, mucho menos áreas ocupadas por
tribus tributarias.

Ahora debemos regresar a la distribución de la tierra, y determinar las costum-


bres relacionadas con ella en el momento en que los españoles llegaron por
primera vez a las costas mexicanas.
Fácilmente distinguimos varias clases de tierras, cada una con un nombre
diferente, además del altepetlalli o territorio tribal. Este último era la mayor cir-
cunscripción para la cual existía un término en la lengua nahuatl. (La palabra
“Anahuac”, que se usa con frecuencia, es totalmente inaplicable, como ya hemos
demostrado.)73 No había otra idea de tenencia asociada con ella que la de ocupa-
ción tribal.
Cada una de las numerosas áreas tribales, dominadas por la confederación
(siempre que las tribus fueran de carácter sedentario), contenía lo que hemos
propuesto llamar parcelas tributarias. El nombre dado a esas tierras era posible-
mente yaotlalli, o más bien milchimalli (“tierras de guerra”, “tierras de escudo”).74
Como ya se ha dicho, el suelo de esas tierras seguía perteneciendo en tenencia
original a los grupos de parentesco que componían la tribu conquistada, pero
sus productos se destinaban al tributo. No hay ninguna indicación del tamaño de
esas áreas, y eran las únicas directamente conectadas con los conquistadores.
Entre esas tierras cuyos productos se destinaban exclusivamente a las necesi-
dades gubernamentales del propio pueblo o tribu (tomado como unidad inde-
pendiente) había, como ya hemos visto, dos clases particulares:
La primera era el tecpantlalli –tierras de la casa de la comunidad, cuya produc-
ción se destinaba al sustento de los que trabajaban en la construcción, ornamen-
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA 137

tación y reparación de la casa pública. A veces había varias de éstas en el área


tribal. Eran cultivadas en común por familias especiales que residían en ellas,
utilizando sus productos en compensación por el trabajo que realizaban en los
edificios oficiales.75
La segunda clase se llamaba tlatocatlalli –“tierra de los que hablan”. De éstas
cada tribu tenía solamente una sección, que debía ser “una suertes grandes en lo
mejor de las demás de las tales ciudades y pueblos, que contenían cuatrocientas
medidas de largo y de ancho ni más ni menos”.76 Todo lo producido en ella se
destinaba exclusivamente a las necesidades de los residentes en el tecpan, inclu-
yendo al jefe supremo, su familia y los asistentes.77 Esas tierras eran cultivadas
por turnos por los demás miembros de la tribu, y seguían siendo siempre tierras
públicas, reservadas para el mismo propósito.78
Estos dos tipos a menudo eran considerados como uno, e incluso no es impro-
bable que el primero no haya sido sino una variedad de las tierras tributarias
generales destinadas al beneficio de los confederados conquistadores. Sin em-
bargo, la evidencia sobre este punto es demasiado indefinida para permitir esta
suposición.
Los productos cultivados tanto en el tecpantlalli como en el tlatocatlalli eran
destinados exclusivamente al consumo de las casas oficiales de la tribu, pero el
suelo mismo no era propiedad ni posesión de los jefes ni de sus descendientes.
Era simplemente terreno oficial, en lo referente a sus productos.79
El establecimiento y mantenimiento de esas subdivisiones territoriales era muy
simple con las tribus de la tierra firme, puesto que todas poseían territorios
abundantes para sus necesidades y para las necesidades de su organización. Su
suelo formaba una unidad contigua. Pero con los mexicanos propiamente dichos
no ocurría lo mismo. Con toda su industria en el agregado de suelo artificial al
trozo en que se habían establecido originalmente, la superficie sólida llegó a
resultar demasiado pequeña para su número, y ellos mismos contuvieron eficaz-
mente su crecimiento al convertir, como ya hemos visto en otra parte, el espacio
pantanoso que los rodeaba en una superficie acuática, por medio de la construc-
ción de grandes calzadas.80 Restos del tecpantlalli y el tlatocatlalli originales subsis-
tieron en los jardines que salpicaban el pueblo de México y que nos han sido
presentados como puramente ornamentales,81 pero con el tiempo los elementos
sustanciales para cumplir un propósito para el cual ya no eran suficientes tuvie-
ron que ser extraídos de la tierra firme. Sin embargo, era imposible extenderse
en esta colonización, debido a la naturaleza de la condición tribal. El suelo del
lugar pertenecía a otras tribus, que los mexicanos podían derrotar y convertir en
tributarias, pero no podían incorporar, porque era imposible fundir los grupos
de parentesco que formaban esas tribus con los suyos propios. Con todo, estable-
cieron avanzadas en las costas, en el punto al que llegaban los diques, en Tepeyacac
al norte y en Iztapalapa, Mexicaltzinco y Huitzilopochco al sur, pero eran sólo
posiciones militares, y el territorio de los mexicanos propiamente dichos nunca
se extendió más allá de ellas.82 Por consiguiente, los medios para satisfacer las
138 A.F. BANDELIER

necesidades gubernamentales en materia de alimentos tenían que salir del tributo, y


se hizo necesario distribuir y dividir las tierras tributarias de modo que correspon-
dieran exactamente a los detalles de la organización interna. Es por eso por lo
que vemos, después de la derrota de los tecpanecas, tierras aparentemente asig-
nadas a los jefes guerreros supremos y a los jefes militares de los barrios, “para
tener de ellas alguna pasadía y sustento de nosotros, de nuestros hijos y descen-
dientes”.83 Esas tierras no eran sino “tierras oficiales”, separadas de las reserva-
das para el uso especial de los grupos de parentesco. Estas últimas podrían haber
suministrado ese tributo general que, aunque nominalmente entregado al jefe de
guerra supremo, todavía era “para todos los mexicanos en común”.84
Las distintas clases de tierras que hemos mencionado estaban, en cuanto a la
tenencia, incluidas en el calpulalli, las tierras de los grupos de parentesco. Éstos,
los calpulli, eran la unidad de organización gubernamental y también la unidad
de tenencia de la tierra. Dice Clavijero: “Las tierras que llamaba altepetlalli o tierras
de los pueblos, eran las que poseía el común de cada ciudad o lugar, las cuales
estaban divididas en tantas partes cuantas eran los barrios de la población y cada
barrio poseía su parte con entera exclusión e independencia de los demás. Estas
tierras no podían en manera alguna enajenarse.”85 Esos “barrios” eran los calpulli,
y esto significa que el altepetlalli o “suelo de la tribu”, estaba en poder de los
grupos consanguíneos.86
Tenemos pues, en México, el mismo modo de tenencia de la tierra que Polo
de Ondegardo observó en Perú y describió al rey de España como sigue:

Si bien las cosechas y otros productos de esas tierras se destinaban al tributo, la tierra
misma pertenecía al pueblo. Esto muestra algo que hasta ahora no se ha comprendido
debidamente. Cuando alguien quiere tierras, se considera suficiente si puede demostrar
que pertenecían al Inca o al sol. Pero en esto los indios son tratados con mucha injusticia.
Porque en aquellos tiempos ellos pagaban el tributo, y la tierra era de ellos.87

El espacio llamado calpulalli, porque era el calpulli el que lo poseía y ocupaba,


estaba en tenencia colectiva.88 No podía ser enajenado ni vendido, y en realidad no
hay indicios de venta o trueque de terrenos antes de la conquista.89 Sin embargo,
si algún calpulli se debilitaba, reduciéndose por cualquier causa el número de sus
miembros, podía dar a trabajar sus tierras a otro grupo similar y obtener su
subsistencia de la renta.90 Si el grupo de parentesco se extinguía, y por consi-
guiente sus tierras quedaban desocupadas, se agregaban a las de otro que tuviera
menos de lo que necesitaba o se distribuían entre todos los demás grupos.91 El
calpulli en sí era una organización democrática: sus asuntos estaban en manos de
jefes electivos, “ancianos” elevados a esa dignidad, como nos proponemos mos-
trar en otro trabajo, por sus méritos y experiencia y después de severas ordalías
religiosas. Esos jefes formaban el consejo del grupo de parentesco o barrio, pero
su autoridad no era absoluta, porque en todas las ocasiones importantes se con-
vocaba a una asamblea general de todo el grupo.92 El consejo a su vez elegía un
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA 139

ejecutivo, el calpullec o chinancallec, que en la guerra funcionaba como achcacauhtin


o teachcauhtin (hermano mayor).93 Ese cargo era vitalicio, o mientras el ocupante
tuviera buena conducta.94 Uno de sus deberes era llevar un registro de las tierras
del calpulli, o calpulalli, así como de los miembros del grupo y de las tierras asig-
nadas a cada familia, anotando también cualquier modificación de la distribu-
ción.95 Esos cambios podían ser hechos por él, si eran de poca importancia, pero
los más importantes, o los casos en conflicto, eran trasladados al consejo del
grupo de parentesco, que a su vez con frecuencia apelaba a una asamblea de todo
el barrio.96
El calpulalli estaba dividido en parcelas arables o tlalmilli,97 que se asignaban a
cada uno de los hombres casados del grupo a fin de que las trabajara para su
sustento y el de su familia. Si una de esas parcelas quedaba sin trabajar durante
dos años consecutivos, volvía al calpulli para ser redistribuida, y lo mismo ocurría
si la familia que disfrutaba de su posesión se separaba del grupo. Pero no parece
haber sido obligatorio que la cultivaran siempre los mismos a quienes había sido
asignada: lo único necesario para asegurar los derechos era el hecho de la la-
branza en nombre del asignatario.98
Por lo tanto, los jefes y sus familias, que por la naturaleza de sus tareas no
podían cultivar ellos mismos la tierra, conservaban su derecho a una parte de la
tlalmilpa en cuanto miembros del calpulli. Otros cultivaban esas tierras para su
uso. Recibían el nombre específico de pillalli (tierras de los jefes o de los niños,
de piltontli, muchacho, o pilzintli, niño),99 y quienes las cultivaban eran llamados
tlalmaitl, “manos del suelo”.100
Las tlalmilpa, tanto de jefes como de miembros ordinarios del grupo de paren-
tesco (macehuales), eran por lo tanto las únicas extensiones de tierra poseídas
para su uso por individuos en el México antiguo. Se distinguían del tecpantlalli y
del tlatocatlalli en el modo de tenencia, puesto que estos dos últimos tipos depen-
dían de un cargo, cuyo ocupante podía cambiar con cada elección, mientras que
el tlalmilli era asignado a una familia determinada, y por lo tanto su posesión
tenía que ver con las costumbres relativas a la herencia.101
Hemos llegado así a investigar las costumbres de los antiguos mexicanos en
relación con la herencia, y ante todo debemos decir aquí que los efectos persona-
les de un difunto no necesitan mucha consideración. La regla general era que
todo lo que un hombre tenía pasaba a sus descendientes.102 Entre la mayoría de
los indios del norte participaba un grupo grande.103 De acuerdo con la organiza-
ción de una sociedad basada en los grupos familiares, donde en la primera etapa
de su desarrollo heredaba aquél, y como el antepasado común de ese grupo era
una mujer, cuando un hombre moría sus herederos no eran sus hijos, mucho
menos su mujer, sino los descendientes de su madre, es decir, sus hermanos y
hermanas, y en realidad todos los parientes del lado de la madre.104 Ése puede
haber sido el caso entre los muiscas de Nueva Granada.105 Sin embargo, fue dife-
rente en México, donde encontramos indicios claros de un progreso: no sólo la
descendencia había pasado a la línea masculina106 sino que la herencia estaba
140 A.F. BANDELIER

limitada a los hijos de género masculino, con exclusión del clan y de los agnados.107
Los efectos personales que un hombre dejaba al morir –con excepción de los que
se ofrecían en sacrificio en las ceremonias fúnebres– se distribuían entre sus hijos
varones, y si no los había entre sus hermanos. Las mujeres no poseían nada
aparte de las ropas que usaban y algunos adornos personales.108
A la muerte de un padre, el tlalmilli en sí pasaba a su hijo mayor, junto con la
obligación de cultivarlo en beneficio de toda la familia, hasta que los demás hijos
e hijas se hubieran casado.109 Pero los otros hombres podían pedir un tlalmilli
propio al jefe del calpulli:110 las mujeres iban con sus maridos. Entre los mexica-
nos, el celibato parece haber existido sólo en caso de votos religiosos, en cuyo
caso la subsistencia del célibe correspondía a la parte asignada al culto, o en caso
de enfermedades o defectos graves, y de éstos el calpulli se hacía cargo.111 No hay
mención de que la viuda participara en los productos del tlalmilli, aunque pode-
mos suponer que el hijo mayor se encargaba de mantenerla. Hay indicios de que
podía volver a casarse, en cuyo caso quedaba desde luego a cargo de su nuevo
marido.112
Las costumbres relativas a la herencia, como ya hemos dicho, eran iguales
para los jefes y para todos los miembros ordinarios de la tribu. De los efectos
personales poco quedaba, puesto que cuanto más alto era el cargo ocupado por
el difunto, mayor era la pompa de sus ceremonias fúnebres, lo que significaba
que la mayor parte de sus ropas, armas y adornos se quemaban con su cuerpo.113
En cuanto a las tierras, los jefes sólo tenían cada uno su tlalmilli en la forma
usual, como miembros de su grupo de parentesco, mientras que las otras parce-
las “oficiales” pasaban a los nuevos ocupantes de los cargos. Es preciso tener
siempre presente que ninguno de esos cargos era hereditario, si bien en general
se admite que existía cierto “derecho de sucesión”. Así, entre los texcocanos el
cargo de jefe de guerra supremo podía pasar de padre a hijo,114 en México de
hermano a hermano y de tío a sobrino.115 Esto eventualmente podría haber ten-
dido a perpetuar el cargo en la familia, y con él la posesión de determinadas tie-
rras vinculadas a sus tareas y funciones. Sin embargo, es seguro también que en
el momento de la conquista española ninguna de las tribus de México había
alcanzado ese estadio de desarrollo.
Por consiguiente, en la época en que los españoles entraron en contacto por
primera vez con aborígenes mexicanos, no había ningún sistema feudal estable-
cido entre los indios de México. La sociedad aborigen, basada exclusivamente en
el grupo de parentesco, presentó entonces a los primeros europeos que la vieron
un espectáculo extraño, en parte deslumbrante y en parte repulsivo, y de todos
modos asombroso. No carece de interés y es incluso importante para nosotros
considerar cuáles fueron los efectos de ese contacto de unas gentes imbuidas de
los principios de la feudalidad medieval con tribus aún adheridas a ideas mucho
más primitivas, sobre el modo de tenencia y distribución de la tierra de estas
últimas.
La base ostensible sobre la cual basaron los españoles su afirmación de dere-
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA 141

chos sobre cualquier parte de América está expresada en la bula dictada por
Alejandro VI en Roma el 4 de mayo de 1493. Por ese acto de la Santa Sede, los
reyes de España (Fernando e Isabel), en consideración a su devoción por la reli-
gión católica y a su celo en la propagación de la fe cristiana por los más remotos
rincones de la superficie de la tierra, son declarados poseedores absolutos, para
ellos y para sus herederos y sucesores, de todas las tierras descubiertas o por
descubrir por ellos o por sus agentes en el Nuevo Mundo. Las condiciones que
acompañaban esa concesión eran que “consiguieran mandar a las dichas islas y
tierra firme hombres buenos, temerosos de Dios, educados y expertos, para ins-
truir a los dichos habitantes y nativos la fe católica y enseñarles buenos modos
con la debida diligencia”.116 Este título, si bien participa de la naturaleza de un
feudo, creó virtualmente un dominio de la corona española. Con esa bula, y ple-
namente convencidos de su validez,117 los españoles vieron el suelo de México
como de su propio rey, y por lo tanto en cuanto agentes suyos reclamaron el
derecho a disponer de ese suelo distribuyéndolo según las leyes y costumbres de
su patria. Sin embargo, en lugar de proclamar su título inmediatamente después
de desembarcar, como se hizo en muchos otros puntos de las costas america-
nas,118 Cortés consideró preferible demorar esa declaración formal hasta averi-
guar, por inspección personal, los modos y medios adecuados para alcanzar su
posesión. Pronto comprendió el estado inconexo del país, aunque lo atribuyó a
causas que en realidad no existían,119 y es bien sabido cómo lo aprovechó para
sus planes. Por eso trató en secreto, hasta donde pudo, con miembros de tribus
sometidas (o más bien tributarias) de los mexicanos y sus confederados,120 y les
prometió diversos favores si abrazaban la causa española.121 El primer documen-
to producido por europeos en suelo mexicano se refiere a una negociación de ese
tipo con los jefes de las tribus de Axapusco y Tepeyahualco, situados ambos den-
tro del propio valle de México,122 y promete a esos jefes tierras en propiedad. Los
recipientes no tenían idea de la verdadera importancia de lo que aceptaban, así
como Cortés no podía concebir la naturaleza de las ideas de los primeros. Los
indios querían solamente liberarse de la obligación de pagar tributo a los mexica-
nos, como lo habían hecho hasta entonces, pero en esa época no tenían idea de la
propiedad del suelo.123 Esa primera transacción (efectuada probablemente el 20
de mayo de 1519) fue en sí misma una perfecta revolución, o al menos el primer
paso hacia ella. Sin saberlo ellos mismos, esos indios se convirtieron en feudatarios
del rey de España, y así se sembró la primera semilla, que al desarrollarse gra-
dualmente subvirtió el orden aborigen de las cosas en México.124
Todas las tribus que se rindieron de ahí en adelante aceptaron del mismo mo-
do el nuevo principio introducido. Los indios no se daban cuenta, y como la idea
de dominio territorial era desconocida para ellos, no podían comprender la in-
terpretación que los invasores europeos estaban dando a su sumisión. Les resul-
taba imposible saber o percibir que si el consejo de la tribu decidía aceptar a los
españoles en lugar de sus anteriores conquistadores mexicanos ello podía entra-
ñar la enajenación de su territorio. Por otra parte, los españoles, que no compren-
142 A.F. BANDELIER

dían la naturaleza de la organización india, entendieron mal la naturaleza del


contrato, dando por sentado que el gobierno tribal tenía poder y autoridad so-
bre el suelo tribal.
Cuando finalmente Moctezuma y los jefes que lo acompañaban, tanto de Méxi-
co como de Texcoco y Tlacopan, que estaban ya en poder de los españoles, con-
sintieron en realizar las ceremonias requeridas para “jurar fidelidad” a España,
Cortés creyó haber completado la anexión de México a los dominios de su se-
ñor;125 de ahí en adelante consideró a Moctezuma como un feudatario de la
corona española, y su protección pasó a ser deber de los otros dependientes de
esa corona. En consecuencia, cuando los mexicanos tomaron las armas en contra
de sus abominables visitantes, a los ojos de estos últimos se estaban rebelando
contra su legítimo señor, Moctezuma, y por lo tanto contra la corona de España,
puesto que Moctezuma se había convertido en su vasallo.126 Para los que partici-
paron en él, ese acto de rebelión significaba renunciar a la vida y a la propiedad,
a opción de sus conquistadores. Así se creó para los españoles otro título para
adueñarse incluso de tierras ocupadas y trabajadas por individuos, fuera de lo
que creían ser dominio público o del señor, y se inventó un supuesto derecho que
fue una completa y violenta revolución.
Es por eso por lo que después de la caída del pueblo de México la primera
acción de Cortés en relación con los indios fue establecer el sistema de repar-
timientos.127 El repartimiento había aparecido durante la vida de Colón en vir-
tud de una patente fechada el 22 de julio de 1497, que autorizaba al gran almi-
rante a distribuir tierras en las Antillas a los colonizadores españoles, para su
propio uso y propiedad exclusiva.128 En esas cartas patente no se hace referencia
alguna a los ocupantes aborígenes del suelo, pero Colón, en un acto posterior, y
por sí mismo, resolvió que los indios debían trabajar esas tierras en beneficio de los nuevos
propietarios: “i de aquí –dice Herrera– tomaron origen los Repartimientos, ó En-
comiendas de todas las Indias”.129 Los indios de esas tierras pasaron a ser siervos
de sus conquistadores españoles, pues al menos en épocas posteriores no podían
separarse del suelo en que vivían.130
Como México era muy extenso y los conquistadores españoles relativamente
pocos, en ocasiones ocurrió que grandes áreas, habitadas por tribus enteras o
por lo menos por grupos enteros de parentesco, le correspondieron a un solo
hombre. En esos casos, el nuevo propietario encontró una comunidad organiza-
da establecida en las tierras que le habían sido otorgadas, y en general prefirió
no alterar esa organización, contentándose con exigir en su propio beneficio un
tributo más o menos similar al que había sido habitual antes de la conquista.131
Sin embargo, pronto aparecieron varias influencias perturbadoras.
La primera fue la interpretación que se dio a la obligación de los indios de
prestar servicio personal: gradualmente se fue extendiendo al punto de que ya
no se limitó a la tierra, sino que se vinculó a la persona del nuevo propietario,
admitiendo desplazamientos forzosos y tendiendo por lo tanto a debilitar los
lazos de parentesco, que constituían la base de la tenencia de la tierra.132
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA 143

En segundo lugar, los españoles tomaron todas las tierras separadas por los
indios para fines gubernamentales como dominio público de los mexicanos, y
por eso siempre que una tribu se resistía a su invasión consideraban que había
renunciado a esas tierras oficiales, que pasaban a ser propiedad de la corona o
eran asignadas a alguno de los primeros inmigrantes españoles. Ya hemos visto
que esas tierras eran realmente suelo común, aun cuando sus productos se desti-
naban a usos especiales. Ahora, súbitamente, ese modo de tenencia fue abolido,
y en su lugar se estableció el principio de la propiedad privada o pública. Por eso no
es sorprendente encontrar, en el “Libro del Cabildo” de la joven ciudad de Méxi-
co, entre 1524 y 1529, numerosas entradas que registran peticiones de españoles
de lugares que según ellos estaban ocupados por residencias privadas de jefes
mexicanos, y las concesiones correspondientes.133 Esto se aplicaba no sólo a las
“tierras de las casas de la comunidad” o tecpantlalli y de las “casas de los que
hablan” o tlatocatlalli, sino especialmente a las pillali o tierras asignadas a cada
jefe en cuanto miembro de un barrio. De esa manera, el suelo del grupo consan-
guíneo, la base de la tenencia de la tierra en México, fue invadido directamente,
y partes de él se desgarraron de sus vinculaciones originales.
Por último, los españoles, cuando encontraron comunidades indias organiza-
das en forma demasiado fuerte y permanente para aplicar una reforma súbita y
violenta, accedieron a permitir su mantenimiento hasta donde lo entendían. Sin
embargo, como estaban plenamente convencidos de que los jefes eran gober-
nantes monárquicos o despóticos –amos del suelo tanto como de sus habitantes–,
cada vez que esos jefes se mostraban personalmente amistosos, o cada vez que
consideraban políticamente conveniente hacerlo, confirmaron lo que imagina-
ban ser sus prerrogativas.134 Así, los consideraban propietarios de las diferentes cla-
ses de tierras oficiales, y por eso reconocían formalmente su propiedad de tierras
e incluso reconocían que eran “legítimamente expropiadas en feudo de ello”.
Los tlalmaites pasaron a ser legalmente vasallos de aquellos a quienes antes con-
sideraban apenas como funcionarios electivos.
No contentos con eso, y para recompensar a algunos jefes por servicios pres-
tados durante la conquista o buena conducta después de ella, los conquistadores
españoles también les concedieron repartimientos, o les dieron tierras, a veces
tierras baldías desocupadas, en propiedad privada.135 Un caso es la ya mencionada
merced a los caciques de Axapusco y Tepeyahualco.136
Entre los documentos del tipo de los “repartimientos” hay una merced de
Cortés a doña Isabel Moctezuma, hija del antiguo tlacatecuhtli de México, que es
sumamente interesante para los fines de nuestra investigación. Está fechada el
26 de junio de 1526 y concede a dicha señora, en consideración a la ayuda pres-
tada por su padre a Cortés, todo el territorio de la tribu tecpaneca, reconociendo al
mismo tiempo que “lo tenga como cosa suya propia y que de derecho le pertenece”.137
Ahora bien: nosotros sabemos que los tecpanecas eran el tercer miembro de la
confederación nahua del valle de México, y tanto ellos como su suelo eran to-
talmente independientes de los mexicanos,138 pero Cortés creía realmente que
144 A.F. BANDELIER

todo eso formaba parte de los dominios mexicanos, y dispuso de ello sobre la
base de esa creencia, plenamente convencido de que estaba efectuando un acto
de justa restitución. Esto da una medida de lo equivocado de las ideas que preva-
lecían entre los españoles acerca del modo de tenencia y distribución de las tie-
rras en el México antiguo.
Así se inauguró un estado de cosas que inevitablemente debía conducir a re-
sultados desastrosos. Los indios recibieron el tratamiento más desigual. En algu-
nas partes, un calpulli y hasta una tribu entera no fueron molestados, mientras
las tierras de otros eran asignadas a españoles. Algunas áreas fueron separadas
de los terrenos comunales y convertidas en propiedad privada de conquistadores
individuales. Pero ciertamente la influencia más desastrosa fue la ejercida a tra-
vés de la asignación de tierras a individuos indios, porque creó en todas y cada
una de las comunidades aborígenes una desigualdad contra la que se rebelaban
los menos favorecidos, al paso que los elegidos, que ahora tenían a la vez autori-
dad y propiedad, enfrentaban la tentación de abusar de su nueva posición.139 Y
naturalmente los españoles aprovecharon esa división y conflicto entre los pro-
pios aborígenes para extender sus invasiones. Muchos encomenderos utilizaron
la autoridad de los jefes para convertir a sus siervos indios en auténticos esclavos,
mientras que otros perfeccionaron la nueva perspectiva abierta a los nativos ha-
cia la adquisición de tierras privadas, con el propósito de minar la influencia y la
autoridad de los jefes.140 Además, con frecuencia la ignorancia en que se hallaban
los indios acerca de la importancia y el valor reales de las concesiones de tierras
fue aprovechada para quitárselas, a través de litigios o de intercambios inescru-
pulosos.141 Desconocedores del nuevo orden de cosas que de pronto se les impo-
nía, y por consiguiente incapaces de aprovecharlo para su subsistencia, los nati-
vos de México no pudieron impedir que la transición que los hizo pasar en pocos
años de una sociedad tribal y comunitaria a una civilizada los degradara en lugar
de elevarlos y mejorar su condición.142
Como consecuencia de esto, empezó a prevalecer un estado de desorganiza-
ción que amenazaba con arruinar al país. Sin embargo, precisamente cuando los
indios estaban perdidos en el laberinto de dificultades en que también los con-
quistadores andaban a tientas, surgió de improviso una protección y un alivio. El
13 de mayo de 1524, “un día antes de las vigilias de Pentecostés”, desembarcó en
San Juan de Ulúa un grupo de doce franciscanos, enviados a México en respues-
ta al pedido original de Cortés, con el objeto de convertir a los indios.143 Esos
frailes comprendían plenamente lo que se esperaba de ellos, pero fueron más
allá, al convertirse no sólo en los consejeros espirituales sino en los protectores
materiales de los aborígenes. Con base en la autoridad conferida por el pontífice
romano, denunciaron públicamente no sólo los actos de individuos españoles
sino incluso los de oficiales reales.144 Eso no podía dejar de incitar a los indios a
la resistencia, y cuando los conquistadores recurrían a la violencia, los oprimidos
no sólo hallaban refugio y protección en los conventos recién erigidos, sino que
uno de los más distinguidos franciscanos, fray Toribio de Benavente (Motolinia)
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA 145

advirtió a los agentes de la Real Audiencia –que habían llegado a Huexotzinco


para atrapar a los fugitivos y llevarlos ante la justicia– que abandonaran de inme-
diato el pueblo, amenazándolos con la excomunión si no lo hacían.145
Esa protección habría sido mucho más eficaz si los buenos frailes hubieran
comprendido en aquella época la verdadera naturaleza de la tenencia de la tierra
indígena, y sus usos respecto a la distribución del suelo. Podrían haber acompa-
ñado sus violentas propuestas con un remedio racional. La forma adecuada ha-
bría sido la restauración de antiguas costumbres, limitando a los grupos indios a
los territorios que efectivamente cultivaban, sin perturbar su organización origi-
nal. Y entre esas comunidades habría quedado abundante espacio para el asen-
tamiento de los blancos, y el inevitable contacto entre ambas razas habría modi-
ficado lenta pero más permanentemente la condición de los nativos, elevándolos
poco a poco al aprecio práctico de las ideas de la civilización. Pero incluso en su
carta al emperador fechada el 1 de septiembre de 1526,146 los “apóstoles de Méxi-
co” insistían en que se estableciera plenamente lo que Prescott con justeza ha
llamado el “malvado” sistema de repartimientos, indicando que sólo la inmediata y
completa mezcla de las dos razas podía impulsar los intereses de la conversión.147
Sin embargo, gradualmente el sistema mejoró. La jurisdicción civil y criminal
sobre los nativos, que inicialmente había correspondido a todos los terratenien-
tes,148 pasó a manos de ciertos oficiales especiales de la corona. Se ordenó que los
propietarios residieran en su propiedad, que los indios no fueran separados del
suelo y por último, el 20 de noviembre de 1542, se promulgaron las “nuevas
leyes y ordenanzas para el gobierno de las Indias”, que restringieron seriamente
los repartimientos, limitando mucho el número de los existentes e impidiendo
efectivamente su ulterior extensión y aumento. Los propios indios fueron decla-
rados vasallos directos de la corona de España.149
Si bien en muchas regiones de la América española las leyes “se acatan mas no
se cumplen”,150 las leyes nuevas provocaron un marcado mejoramiento, al menos
en la condición personal de los indios. En adelante estuvieron protegidos, al
menos hasta cierto punto, de la total esclavitud en que los habían sumido las
normas anteriores. Sin embargo, las leyes nuevas no trajeron ningún cambio en
relación con la tenencia de la tierra. La expoliación directa se hizo algo más
difícil, pero el nuevo principio de la propiedad privada había sido firmemente
implantado, no sólo alrededor sino entre los propios indígenas, y la destrucción de
las antiguas costumbres por la extensión de ese principio era incontrolable.
Sólo un vestigio quedaba del modo aborigen de distribución y tenencia de la
tierra; el último monumento, por así decirlo y, felizmente, el que encarna todos
sus rasgos principales. Se trata de las tierras del grupo de parentesco, que el grupo
consanguíneo o calpulli posee en común y que los mexicanos llamaban, como
hemos visto, calpulalli.
El orden de esas tierras había sido profundamente perturbado porque en
muchos casos los conquistadores se habían adueñado de las tierras oficiales,
tecpantlalli y tlatocatlalli, así como las adjudicadas a los jefes en cuanto miembros
146 A.F. BANDELIER

de un clan, tlalmilli; no obstante, por mucho tiempo fue imposible desintegrar


para usos privados la masa del calpulalli, pese a la aún más nefasta influencia de
las mercedes de tierras a individuos –con la posibilidad de enajenarlas o vender-
las– en el corazón mismo de la organización. Hoy todavía se encuentran en México
tierras comunitarias ocupadas y cultivadas por los aborígenes según sus costum-
bres originales.151
El gobierno de España reconoció relativamente tarde la importancia de man-
tener ese último vestigio de la tenencia de tierras indígena. Lo indujeron a ello
tanto el incesante clamor de eclesiásticos de distintas órdenes152 como la necesi-
dad de refrenar el poder de los nuevos colonizadores sobre los aborígenes, que
amenazaba (como en Perú) el propio dominio español,153 y sobre todo la convic-
ción de que era lo más apropiado para las necesidades de los nativos mexicanos,
puesto que era el modo de tenencia de la tierra correspondiente a una sociedad
aborigen inalterada. Por eso los calpulli fueron hasta cierto punto protegidos,
impulsados y reconocidos por la ley, incluso hasta el siglo pasado.154 Como todos
los restos de la “sociedad antigua”, también están destinados a desaparecer, o a
transformarse adaptándose a las exigencias de una cultura superior, pero no
estará fuera de lugar citar, al término de esta investigación, un tributo a su valor
para las necesidades de la sociedad india pagado por Alonso de Zorita, oficial
español de gran perspicacia, profundo conocimiento y juicio honesto, en su
memorial al rey de España, escrito alrededor de 1560:155

En entender el armonía de estos calpullec ó barrios va mucho para los sustentar en justi-
cia y para no los confundir, como lo están casi todos, é tan divisos, que nunca tornarán a
la buena orden que en esto tenían: é por no los querer entender ni hacer caso de ello, se
han adjudicado á muchos las tierras que tenían de su calpulli para las labrar en la manera
que se ha dicho, por probar que las han poseído y labrado ellos y sus pasados, impuestos
para ello por españoles é mestizos y mulatos que se aprovechan y viven de esto […] y no
les vale á los principales contradecirlo y decir que son del calpulli, y clamar sobre ello,
porque no son entendidos, y es gran perjuicio de los demás que se queden sin aquel
aprovechamiento que pretenden, y porque aquellos á quienes se adjudican las venden y
enajenan en perjuicio del calpulli.

Partiendo de los escasos vestigios que nos han quedado de ciertos rasgos de la
vida aborigen en el México antiguo, así como de las contradictorias informacio-
nes sobre la historia de los inicios de ese país, hemos intentado reconstruir las
concepciones de los aborígenes mexicanos en torno a la tenencia de la tierra y su
forma de distribuirla. Nuestras indagaciones parecen justificar las conclusiones
siguientes:
1] los antiguos mexicanos desconocían la idea de la propiedad abstracta del
suelo, tanto por una nación o un Estado como por el jefe de su gobierno o por
individuos;
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA 147

2] los grupos de parentesco que formaban la tribu tenían un claro derecho de


posesión, pero no existía la idea de venta o trueque ni de cualquier forma de ena-
jenación de la tierra por el grupo;
3] los individuos, cualquiera que fuese su posición o cargo, sin excepción algu-
na, sólo tenían derecho a usar parcelas definidas para su sustento. Ese derecho
era hereditario por la línea masculina, pero estaba limitado por la condición de
residir en el área ocupada por el grupo de parentesco y también por la de que la
parcela debía ser cultivada, ya fuera por aquel a quien había sido asignada o por
otro en su nombre;
4] no había ningún derecho de posesión vinculado a ningún cargo ni jefatura.
Como miembro de un grupo de parentesco, cada jefe tenía el uso de una parcela,
que podía dar a cultivar a otros por él;
5] ciertas tierras se apartaban como tierras oficiales para las necesidades del
gobierno tribal, así como de las características gubernamentales de los grupos
de parentesco (incluyendo la hospitalidad pública), para el sustento de las casas
oficiales; sin embargo, esas tierras y sus productos eran totalmente independien-
tes de las personas o familias de los jefes mismos;
6] la conquista de una tribu por los mexicanos no tenía como consecuencia la
anexión del territorio de esa tribu, ni el reparto de sus tierras entre los conquis-
tadores. Se les imponía un tributo, y se separaban parcelas especiales para la
producción de ese tributo (en parte), cuyos productos se recogían para mandar-
los a México;
7] en consecuencia, así como nuestra investigación anterior (sobre las institu-
ciones y costumbres guerreras de los antiguos mexicanos) refutó la idea general-
mente aceptada de que prevalecía entre ellos un despotismo militar, los resulta-
dos de este estudio de la tenencia y distribución de tierras tienden a establecer
que el principio y la institución de la feudalidad no existían en el México aborigen.
NOTAS A LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA

1. “On the art of war and mode of warfare of the ancient Mexicans”, publicado original-
mente en el Tenth Annual Report of the Peabody Museum of American Archaeology and Ethnology
[“Sobre el arte de la guerra y el modo de guerrear de los antiguos mexicanos”, en este
volumen, supra, pp. 61-126].
2. “Sobre el arte de la guerra”, supra, pp. 67-71, en especial las notas (69 a 127). Véase
también L.H. Morgan, “The Aztec confederacy”, en Ancient society, Nueva York, 1877, 2a.
parte, cap. VII, pp. 188-214 [“La confederación azteca”, supra, pp. 36-58].
3. Las primeras informaciones tendientes a describir la situación de México como un
estado feudal provienen probablemente de Cortés, o por lo menos de su expedición. Las
relaciones del anterior viaje de Grijalva (1518) no contienen ninguna afirmación categó-
rica. Por otra parte, el certificado expedido por Cortés (probablemente alrededor del 20
de mayo de 1519, o 29 días después de su desembarco en Ulúa) a los jefes de Axapusco y Te-
peyahualco ya habla de “el gran Moctezuma, que reside en esa gran ciudad de Tenochtitlan
y toda su provincia”. No tenemos la primera carta de Cortés al emperador, pero en la
segunda, del 20 de octubre de 1520, menciona a “un gran señor que se llamaba Mutezuma”
(Vedia, Historiadores primitivos de Indias, vol. I, “Carta segunda” pp. 12-13 [“Segunda car-
ta-relación”, en Cartas de relación, México, Porrúa, 1988, p. 32]). Ese mismo despacho
contiene una serie de detalles acerca del poder de Moctezuma, sobre la base de los cuales
necesariamente se imaginó un imperio feudal, como por ejemplo: “Hay en esta gran
ciudad muchas casas muy buenas y muy grandes, y la causa de haber tantas casas princi-
pales es que todos los señores de la tierra, vasallos del dicho Moctezuma, tienen sus casas en la
dicha ciudad” (p. 33 [p. 65]); “Pero por lo que se alcanzó y yo de él pude comprender, era
su señorío tanto casi como España” (p. 31 [p. 66]). Gómara, quien publicó su Historia de
la conquista de México en 1552, ya habla de “treinta señores con cien mil vasallos cada uno, y
tres mil señores menores” (Vedia, vol. I, p. 345, “Corte y guarda de Moctezuma” [Historia de
la conquista de México, Venezuela, Ayacucho, 1979, cap. LXXVI, p. 121]). Oviedo (Historia
general y natural de Indias, Madrid, 1853, vol. III, lib. XXXIII, cap. XLVI, p. 503) también
habla de “más de tres mil señores vasallos suyos, con muchos súbditos cada uno, y cada
uno tenía su casa principal en Tenochtitlan, y residía allí ciertos meses del año”. El autor,
amigo de Colón que conoció personalmente a todos los hombres eminentes de la conquis-
ta, residió en las Antillas y en Nicaragua hasta 1556 (si bien durante ese tiempo hizo al
menos seis viajes a España) y es uno de los más cautelosos y mejor situados de los anti-
guos cronistas. Pero el principal originador de la visión feudal es Fernando de Alva Ixtlil-
xochitl, mestizo oriundo de Texcoco y perteneciente al grupo de parentesco de los jefes
de esa tribu que escribió hacia el año 1600. Sus dos obras, las Relaciones históricas y la His-
toria de los chichimecas o reyes antiguos de Texcoco, presentan –no puede negarse– un cuadro
lógico del desarrollo de instituciones feudales en suelo mexicano. Torquemada, desde
luego, concuerda. Esperamos poder investigar en otro trabajo el derecho de Ixtlilxochitl a
ser considerado como una fuente digna de confianza. Sin embargo, la honestidad nos
obliga a mencionar aquí a estos autores como principales soportes de la opinión corriente.
4. “Sobre el arte de la guerra”, supra, pp. 61, 71 y 83.

[148]
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 149

5. Joseph de Acosta, Historia natural y moral de las Indias, Madrid, 1608, lib. I, cap. 25,
p. 83 [2a. ed., México, FCE, 1962, lib. I, cap. 25, p. 64]. El pasaje se refiere directamente
a Perú, pero es aplicable a México.
6. Nos atrevemos a suponer que es en este periodo cuando realmente se inicia la
historia tradicional de México, aunque desde luego los autores que se han dedicado de
manera especial a fabricar una cronología mexicana se remontan mucho más atrás. El
difunto abate Brasseur de Bourbourg, por ejemplo, cita el Códice Chimalpopoca [Códice
Chimalpopoca. Anales de Cuauhtitlan y Leyenda de los soles, México, Imprenta Universitaria,
1945, p. 119] que, según dice, lleva la fecha 22 de mayo de 1558 y se inicia como sigue
(“Historia de los tres soles” [se refiere, como es obvio, en realidad a la que Francisco del
Paso y Troncoso llamó Leyenda de los soles. Se trata de cinco soles no de tres –E.]): “Aquí
están las consejuelas de la plática sabia. Mucho tiempo ha sucedió que formó los anima-
les y empezó a dar de comer a cada uno de ellos: sólo así se sabe que dio principio a
tantas cosas el mismo Sol, hace dos mil quinientos trece años, hoy día 22 de mayo de
1558.” El distinguido historiador concluye de esto que para el 955 a.C. ya había habido
en Mesoamérica una división de tierras de acuerdo con un registro sistemático (Popol Vuh,
introd., p. CXI). La cronología de Clavijero empieza en el 596 d.C. (Storia del Messico,
Cesena, 1780, lib. II, cap. 1 [Historia antigua de México, 4 vols., México, Porrúa, 1958]).
Don Mariano Veytia (Historia antigua de México, ed. de Ortega, 1836 [2 vols., México,
Leyenda, 1944]), después de fijar la fecha del establecimiento de “Huehuetlapallan” en
el año 2237 de la creación de la Tierra (vol. I, cap. II, p. 16 [p. 23]), o 1796 a.C., empieza
con el establecimiento de los toltecas en Tulantzinco en 697 d.C. (vol. I, cap. XXII, p. 121
[p. 155]). Ixtlilxochitl (Histoire des Chichiméques ou des anciens rois de Tezcuco, trad. M. Ternaux-
Compans, cap. II, p. 13 [“Historia de la nación chichimeca”, en Obras históricas, t. II,
México, UNAM, 1975, cap. II, p. 10]) dice que los toltecas fundaron Tollan en el año 503
d.C. No se puede dar crédito a esas afirmaciones y fechas. No son ya tradicionales, sino
míticas, y si bien estamos lejos de ignorar la importancia de los mitos y las leyendas para
la investigación histórica, no podemos aceptarlas como bases cronológicas. La fecha más
antigua de la historia de México que parece ser aproximadamente segura es la del esta-
blecimiento de los mexicanos en el pantano donde después construyeron el pueblo de
Tenochtitlan, que sería 1325 d.C. Si calculamos dos siglos más para el periodo en que los
mexicanos y demás tribus emparentadas con ellos llegaron al valle, llegamos al siglo XII
como época desde la cual han llegado hasta nosotros tradiciones definidas. Todo lo situa-
do más allá puede ser ocasionalmente valioso para fines etnológicos, pero no admite un
uso histórico definido.
7. Nuestra información acerca de los toltecas es limitada y oscura. El nombre mismo
parece ser un apodo: toltecatl, “oficial de arte mecánica, o maestro” (Molina, Vocabulario en
lengua mexicana y castellana, México, 1571, 2a. parte, p. 149 [México, Porrúa, 1992,
reimpresión facsímile, 2a. parte –Siméon, Diccionario de la lengua nahuatl o mexicana, México,
Siglo XXI, 1992, p. 713: “artesano, maestro, obrero hábil, artista”]). Torquemada (Los
veinte y un libros rituales y monarchia indiana con el origen y guerra de los indios occidentales, Ma-
drid, 1723, vol. I, lib. I, cap. XIV, p. 37 [6a. ed. facsimilar, México, Porrúa, 1986, p. 37]):
“Sólo digo, que Tulteca quiere decir, Hombre Artifice.” Veytia, vol. I, cap. XXI, pp. 203,
206 [pp. 145, 149]. Sahagún (Historia general de las cosas de Nueva España, ed. de Carlos Ma.
Bustamante, 1829, vol. III, lib. X, cap. XXIX, p. 650 [México, Porrúa, 1956, t. III, lib. X, cap.
XXIX, p. 184, § 1-3]): “Primeramente los toltecas, que en romance se pueden llamar oficia-
les primos […] y no tenían otro nombre particular, sino el que tomaron de la curiosidad
y primor de las obras que hacían, que se llamaron toltecas, que es tanto como si dejésemos
150 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS

oficiales pulidos y curiosos.” Su nombre propio, como veremos más adelante, era
“chichimecas”, en común con todos los aborígenes de México. Incluso las tribus que
según se nos informa los precedieron, como los xicallancas y los olmecas, están conecta-
das con relaciones que indican el mismo origen. Así Motolinia (“Historia de los indios de
Nueva España”, en J. García Icazbalceta, Colección de documentos para la historia de México,
1866, vol. I [México, Porrúa, 1980]) dice en su “Epístola proemial” (p. 7 [pp. 7-8]) que
los xicallancas y los mexicanos descendían de hijos de un mismo padre. Gómara (p. 432
[p. 321]) dice lo mismo, y también que “Ulmecatl” era uno de esos hermanos, y de él
descendieron los olmecas. Sin embargo, Sahagún (lib. X, p. 147 [p. 214, § 138]) lo contra-
dice, excluyendo a los “olmeca, uixtotin, y nonooalca” del nombre general de chichimecas,
aunque atribuye un origen común a casi todas las demás tribus de México. Veytia, en
cambio, parece considerar que los olmecas y los xicallancas descienden del mismo tronco
que los toltecas (vol. I, cap. XII, p. 150 [p. 105]), aunque sus declaraciones podrían ser
más precisas. La lengua tolteca era el nahuatl, hecho mencionado con demasiada fre-
cuencia como para que hagan falta más citas. Por allí su conexión con las tribus del valle
de México –tlaxcaltecas, huexotzincas, cholultecas– y con los niquiraos de Nicaragua está
establecida en forma indudable. Su división del tiempo y su sistema numérico (hasta
donde el lenguaje permite juzgarlo) eran los mismos de los nativos de Michoacán, Oaxaca,
Chiapas, Yucatán y Guatemala. Si agregamos a estas indicaciones las derivadas de mitos y
leyendas locales, nos inclinamos a creer las afirmaciones de que los aborígenes de Yucatán
y Guatemala, por ejemplo, son descendientes directos de los toltecas, o por lo menos de
su tronco original. Este hecho adquiere cierta importancia porque nos permite juzgar en
parte, partiendo de la condición de esas tribus en el momento de su primer contacto con
los españoles y de sus tradiciones locales, la condición de los toltecas, y quizá reconstruir
su organización social.
Para intentar una investigación de la verdadera condición de la sociedad tolteca debe-
mos considerar tres puntos diferentes, que son los siguientes: relaciones sobre los toltecas
en fuentes mexicanas, puesto que sólo en México se les llamaba por ese nombre; relacio-
nes sobre la condición de los toltecas en México después de su dispersión; condición y
organización de las tribus que, fuera de la influencia mexicana directa, todavía recono-
cían una conexión original con los llamados toltecas de México.
Si seguimos las tradiciones corrientes en el valle de México, tal como las registra pri-
mero Sahagún (casi ninguno de sus predecesores menciona a los toltecas, hecho que no
carece de cierta importancia), resulta simplemente que los toltecas eran un pueblo seden-
tario, por lo tanto de agricultores, y proporcionalmente hábiles en el uso de metales y
piedras (lib. X, cap. XXIX [pp. 184-189]). El mismo autor, en su relato de la suerte de
Quetzalcoatl, a quien claramente considera relacionado con el destino de los toltecas,
dice (lib. III, cap. V [t. I, p. 281]) que el pueblo de Tollan tenía dos jefes y que estaba en
guerra con una tribu no muy distante, Coatepec (cap. VI, p. 249 [p. 283]), lo que muestra
que los toltecas no estaban sometidos a un gobernante residente en Tula, como se dice
comúnmente, sino que Tula (o Tollan) era el asentamiento de una tribu, sin autoridad
sobre ninguna otra. En la misma leyenda de Quetzalcoatl hay otras indicaciones de que
los toltecas o Tula eran muy independientes de sus jefes (caps. VI a XI). Más adelante, si
seguimos las peregrinaciones de Quetzalcoatl según esta misma autoridad, llama la aten-
ción el hecho de que ese personaje mítico viajó por un país singularmente fragmentado,
puesto que en todas partes encuentra lugares extraños (caps. XII a XIV) no sometidos a la
tribu de la que había salido originalmente.
Torquemada (lib. I, cap. XIV, p. 37) da más detalles. Afirma que los toltecas eran gober-
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 151

nados originalmente por siete jefes, pero que después de establecerse en Tulantzinco
eligieron un “rey”, con la regla de que ninguno de esos supuestos monarcas debía “rei-
nar” más de 52 años, y si moría antes “gobernaba la República hasta llegar al Año dicho”.
En su relación de la historia de Quetzalcoatl (lib. III, cap. VII, pp. 234-236 [pp. 254-256]),
a quien relaciona claramente con Tula, menciona el mismo hecho que Sahagún, de que
los habitantes del país estaban divididos en tribus independientes, como Tula, Cholula,
Cuauhquechollan y otras.
Sin embargo, es Fernando de Alva Ixtlilxochitl el que ha aportado los materiales prin-
cipales para la historia tolteca, hechos que él había recibido de sus antepasados y, según
dice, de antiguos documentos pintados que éstos le explicaron (“Historia de la nación”,
dedicatoria al virrey de México, pp. XIII y XIV), así como de canciones. Es una base ende-
ble para sus muy categóricas aseveraciones, puesto que bien podemos suponer que en su
tiempo ya no existían documentos pintados toltecas, a menos que aceptemos los que son
análogos al Códice de Dresde (Humboldt, Vues des cordillères et monuments des peuples indigènes
de l’Amérique, 1816, lám. XLV del Atlas in folio [Vista de las cordilleras y monumentos de los
pueblos indígenas de América. Láminas, México, Siglo XXI/Smurfit Cartón/Papel de México,
1995, lám. 45]) y los consideremos de origen tolteca. Sin embargo, en esa época ningún
nativo mexicano podía interpretarlos.
Ixtlilxochitl también habla de siete jefes de los toltecas (“Historia de la nación”, cap. II,
p. 13 [p. 10]): “traían siete caudillos, que por sus tiempos, siempre entre estos siete ele-
gían uno que los gobernaba”; también “Relación segunda”, en lord Kingsborough,
Antiquities of Mexico, vol. IX, p. 323 [“Relaciones históricas”, en Obras históricas, t. I, México,
UNAM, 1975, cap. II, p. 397]). Menciona igualmente el periodo de 52 años del jefe supre-
mo (ibid., y “Tercera relación”, p. 325 [“Tercera relación. De los tultecas”, cap. III, p. 419]),
y agrega: “Mitl, el cual quebrantó la orden de sus pasados, y gobernó cincuenta y nueve
años.”
Sin embargo, en su “Segunda relación” [“Relación de la historia de los tultecas” en
“Relaciones históricas”, p. 268] nos dice también que en Tollantzinco “hicieron una casa
muy grandísima de tablas en donde cabía toda la gente”, y parece aludir al surgimiento
de una serie de asentamientos dispersos, aunque insiste en que todos eran dependencias
de un gran “imperio” tolteca. Con todo, su descripción de las guerras entre los toltecas
(“Quinta relación”) no apoya esta última hipótesis.
Es principalmente en afirmaciones de este tipo en las que don Mariano Veytia ha
basado la historia tolteca con que empieza su Historia antigua de México. Pero además el
eminente estudioso mexicano (que escribió a mediados del siglo XVIII) agrega algunos
detalles que no nos atrevemos a pasar por alto aquí.
Igual que todos los demás, Veytia ubica el origen de los toltecas al norte, donde sitúa la
gran ciudad de Huehuetlapallan. Sobre esta ciudad dice (cap. XXII, p. 221 [cap. III, p. 18]):
“Las casas en que habitaban, así en la ciudad como en las demás poblaciones, no eran
otras por entonces y muchos siglos después, aun cuando tuvieron ya reyes y gobiernos,
que las cuevas que hallaron hechas por disposición de la naturaleza, a cuya semejanza
formaban otras, y estas eran todas sus habitaciones; su mantenimiento las frutas, yerbas
y caza; y su vestuario las pieles de los mismos animales que cazaban.” De allí salieron
bandas de familias (cap. II, p. 24 [p. 17]), “tomando cada uno diverso nombre, según el
del jefe o padre de familia que la gobernaba”, y una de esas bandas fueron los toltecas.
Los toltecas estaban formados a su vez por siete linajes (cap. XXI, p. 207 [p. 149]), y el
gobierno residía “en los siete principales señores” (cap. XXII, p. 214 [p. 151]). Al describir
las peregrinaciones de esa tribu hasta llegar al centro de México, de nuevo menciona la
152 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS

gran casa construida en Tollantzinco “que, concluida cupo en ella toda la gente” (cap.
XXII, p. 221 [p. 155]), y finalmente (cap. XXIV, p. 227 [p. 163]) el cambio formal hecho por
libre consentimiento general de todos los toltecas, del gobierno democrático que habían
tenido hasta entonces a una monarquía despótica, con descendencia por la línea mascu-
lina y con el mandato de cada uno de esos déspotas limitado a 52 años (cap. XXV). Escribe
también acerca de una serie de pueblos que coexistían con Tollan pero eran considerados
como sujetos a ella, en directa oposición con Sahagún y Torquemada, y a veces incluso
consigo mismo. Desde luego, abundan los detalles acerca de las artes y ciencias atribuidas
a los toltecas, la magnificencia de los edificios, etc. Haremos referencia a todo esto en
otra ocasión. Con respecto a las armas y las costumbres militares, Veytia confirma lo que
ya se ha dicho (“Sobre el arte de la guerra”, supra, p. 71 y n. 124) sobre la gran similitud
entre los mexicanos propiamente dichos y otras tribus más antiguas (cap. XXXIII, p. 289
[pp. 204-207]).
Veytia fue precursor y contemporáneo de Clavijero, pero la obra de este último, Storia
antica del Messico, se publicó 56 años antes que los escritos del primero. Lo que dice
Clavijero es una repetición abreviada de las afirmaciones de Veytia, con quien mantuvo
correspondencia.
Si consideramos atentamente lo dicho, veremos fácilmente:
1] que los toltecas descendían, por lo menos, de seminómadas;
2] que estaban organizados en grupos consanguíneos soberanos, cuyos jefes formaban
el consejo de la tribu;
3] que tenían un jefe de guerra supremo, elegido de por vida, puesto que la limitación
del mandato a 52 años es en sí una admisión de que el elegido era vitalicio;
4] que practicaban el comunismo en la vida;
5] en consecuencia, su organización e instituciones eran democráticas, no monárqui-
cas, y es un error describir un imperio feudal entre ellos.En general se admite que en el
siglo X u XI de nuestra era los toltecas de México se dispersaron, quedando sólo unos
pocos asentamientos. Los principales de éstos fueron trasladados a Texcoco, “y así se
poblaron dentro de ella en cuatro barrios, por ser otras tantas las familias de estos tultecas,
o según en este tiempo se llamaban, culhuas” (Ixtlilxochitl, “Historia de la nación”, cap.
XIII, p. 87 [p. 34]; en la versión por nosotros utilizada, Ternaux-Compans, en Recueil de
pièces, traduce “tribus”, pero el original español dice “familias”.) Esto es otra prueba de lo
que hemos adelantado, ya que los cuatro barrios son grupos consanguíneos localizados o
gens, tal como define el término Morgan en Ancient society. Sin embargo, el feudalismo es
incompatible con la sociedad gentilicia.
Se dice que los toltecas que emigraron huyeron hacia el sur, donde quizá habían sido
precedidos por otros pueblos de su misma lengua. Entre los que se han mencionado
como del mismo origen destacan los mayas de Yucatán y los quichés de Guatemala. Orozco
y Berra, en su excelente Geografía de las lenguas y carta etnográfica de México, considera el
maya y el quiché como “lenguas hermanas” (1a. parte, cap. IV, p. 18). Si es correcta la
suposición de que eran descendientes de los toltecas, las descripciones de la condición de
esas tribus en la época de la conquista, o en su condición aborigen inalterada, tienen
importancia para este estudio.
En la época del descubrimiento, Yucatán estaba ocupado por numerosas tribus seden-
tarias, no conectadas entre sí (Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de
la Nueva España, en Vedia, vol. II, cap. XXIX, p. 24 [México, Patria, 1983, p. 69]; Villagutierre
y Sotomayor, Historia de la conquista y reducción de los itzáes y lacandones, lib. I, cap. V, pp. 28-
29; Antonio de Herrera, Historia general de los hechos de los castellanos en las islas y la tierra
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 153

firme del mar oceano, Madrid, 1730, déc. IV, lib. X, cap. II, p. 206, y cap. III, p. 208) salvo por
su lenguaje común. Esas tribus estaban formadas por linajes o grupos consanguíneos.
Herrera (déc. IV, lib. X, cap. IV, p. 211 [p. 210]) dice: “Solian ser muy Linajudos, por lo
qual se tenian todos por Parientes, i se aiudaban à otros mucho.” Su forma de vida era
comunal. Lorenzo de Bienvenida, en su carta al emperador fechada el 10 de febrero de
1548, en Yucatán (Recueil de pièces relatives à la conquête du Mexique, p. 331), afirma: “Vues-
tra majestad debe saber que es muy raro encontrar una casa con un solo habitante, pues
todas tienen dos, tres, cuatro, seis y aún más, con el padre de familia como jefe.” Cuando
en 1698 Martín de Ursúa capturó el último pueblo habitado por indios mayas, Tayasal,
en el lago de Petén, se descubrió que las casas “estaban sucias y descuidadas por dentro.
Todos los habitantes vivían brutalmente juntos, con una familia entera en una sola casa”
(Historia de la conquista de los itzáes, lib. VIII, cap. XII, p. 494). Ya hemos aludido (“Sobre el
arte de la guerra”, supra, p. 105, n. 121) al hecho de que los itzáes tenían dos jefes; la
información procede de esta misma obra (lib. VIII). Sobre los mayas véase además L.H.
Morgan, Ancient society, 2a. parte, cap. VI, p. 181. Todas estas indicaciones ciertamente no
hablan en favor de la feudalidad entre los nativos de Yucatán.
El territorio de Guatemala, cuando fue visitado por primera vez por Pedro de Alvarado
en 1524, también estaba dividido entre varias tribus sedentarias que convivían en violen-
ta enemistad. La más conocida de esas tribus es la de los quichés de Utatlán, o más bien
Gumarcaah, cerca de donde está hoy Santa Cruz del Quiché. Su historia ha sido escrita
por Juarros (Compendio de la historia de Guatemala, 1808-1818), basado especialmente en el
manuscrito del capitán Francisco Antonio Fuentes y Guzmán, quien escribió alrededor
de 1690 una Recordación florida llena de exageraciones y errores, según la admisión gene-
ral de hoy. Según Juarros, los quichés son descendientes directos de los toltecas, que se
establecieron en Guatemala bajo cierto rey llamado “Nimaquiché” y a partir de ahí cons-
truyeron un poderoso imperio feudal, que estaba en todo su esplendor cuando los espa-
ñoles lo derrotaron. La inexistencia de ese imperio queda demostrada por las dos prime-
ras cartas de Alvarado (en E. de Vedia, Historiadores primitivos de Indias, vol. I, Madrid,
1852 [Relación hecha por Pedro de Alvarado a Hernando Cortés, en que se refieren las guerras y
batallas para pacificar las provincias del antiguo reino de Goathemala, México, José Porrúa,
1954]), por Herrera (déc. III, lib. V, cap. X, p. 166), que también dice (déc. III, lib. IIII, cap.
XVIII, p. 141) que los quichés tenían tres jefes “i la elección la hacian los Principa-les en la
forma, que se ha dicho en lo de Mexico”. Torquemada (lib. XII, cap. XIII, p. 386) va aún
más allá, y afirma que “los que eran Cabeças de Familias, ó Casas Solariegas” tenían
derecho a matar al “rey” si no actuaba bien. También él considera a los toltecas los prime-
ros pobladores.
Pero el documento que contiene la información más detallada sobre los quichés es el
Popol Vuh. Esta singular obra, que consultamos en la traducción publicada por Brasseur
de Bourbourg [para la edición española se consultó la versión de Popol Vuh. Las antiguas
historias del Quiché, México, FCE, 1976], parece ser, en los primeros capítulos, una evidente
falsificación, o al menos adaptación, de la mitología indígena a concepciones cristianas –un
fraude piadoso. Sin embargo, es igualmente evidente que la mayor parte es una colección
de tradiciones originales de los indios de Guatemala y, en cuanto tal, la obra más valiosa
para el conocimiento de la historia y la etnología aborígenes de Centroamérica. No po-
demos entrar aquí en una discusión bibliográfica, aunque será indispensable incluir al-
gunas citas de la 3a. parte del Popol Vuh (cap. III, p. 207 [p. 108]). Después de dar los
nombres de las cuatro madres de los quichés, dice: “Balam-Quitzé era el abuelo y padre de
las nueve casas grandes de los Cavec; Balam-Acab era el abuelo y padre de las nueve casas
154 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS

grandes de los Nihaib; Cahucutah, el abuelo y padre de las cuatro casas grandes de Ahau-
Quiché. Tres grupos de familias existieron; pero no olvidaron el nombre de su abuelo y
padre, los que propagaron y multiplicaron allá en el oriente.” Esto es el comienzo de una
verdadera genealogía, que continúa desarrollándose con gran precisión.
A continuación viene una larga descripción de cómo cada una de esas “familias” reci-
bió un ídolo para sí, de tal modo que “uno solo era el nombre del dios, y por eso no se di-
vidieron las tres [familias] quichés” (cap. IV, p. 217 [p. 111]). De ahí fueron a “Tulán-Zuiva
[la Cueva de Tulán], Vucub-Pec [Siete Cuevas], Vucub-Ziván [Siete Barrancas]” [p. 110]. En
esa época todavía no tenían más que pieles de animales para cubrirse, pero “A Tulán […]
grande fue su sabiduría” [cap. VI, p. 116]. Esto recuerda notablemente las tradiciones
mexicanas antes mencionadas sobre los primeros tiempos de los toltecas. Establecidos en
Izmachi, ocupaban cuatro barrios [4a. parte, cap. VI, p. 143]: “y eran cuatro los montes a
cada uno de los cuales le dieron el nombre de su ciudad” (Brasseur traduce tinamit algu-
nas veces como tribu y otras como pueblo [town]; yo prefiero lo primero). En Izmachi
construyeron casas de piedra y cal (cap. VII, p. 301 [p. 144]): “Solamente tres Casas gran-
des existieron allí en Izmachí. No había entonces las veinticuatro Casas grandes, sola-
mente tres eran sus Casas grandes, una sola Casa grande de los Cavec, una sola Casa
grande de los Nihaib y una sola de los Ahau-Quiché.” Recapitulando los festivales dice
(p. 305 [p. 146]): “Y así se juntaban las tres Casas grandes, por ellos así llamadas, y allí
bebían sus bebidas, allí comían también su comida, que era el precio de sus hermanas, el
precio de sus hijas, y sus corazones se alegraban cuando lo hacían y comían y bebían en
las Casas grandes.” Esto claramente alude a comidas comunitarias y a una vida comuni-
taria. Por último, se cuenta que (cap VIII, p. 309 [p. 148]): “Allí se identificaron, y allí les
dieron sus nombres, se distribuyeron en parcialidades, en las siete tribus principales y en
cantones.” Pasando a Gumarcaah o Utatlán, se subdividieron en “veinticuatro Casas gran-
des […] y se distribuyeron sus honores entre todos los Señores. Formáronse nueve fami-
lias con los nueve Señores de Cavec, nueve con los Señores de Nihaib, cuatro de los
Señores de Ahau-Quiché y dos con los señores de Zaquic”.
Es fácil detectar los siguientes puntos:
1] los quichés estaban organizados originalmente en tres grupos consanguíneos, a los
que después se sumó un cuarto;
2] esos grupos de parentesco se localizaron como cuatro barrios, y vivían en forma
comunitaria;
3] posteriormente se dividieron en 24 grupos de parentesco, constituyendo otras tan-
tas gentes;
4] el gobierno de la tribu estaba en manos de los jefes de esas gentes.
Ese gobierno, como lo dice claramente el último capítulo del Popol Vuh, estaba forma-
do por 24 jefes. Tres de ellos, uno de cada uno de los grandes “barrios”, llevaba el título
de “Nim-Chocoh” o “gran elegido”. “Había, pues, tres Nim-Chocoh, que eran como los
padres [investidos de autoridad] por todos los Señores del Quiché. Reuníanse los tres
Chocoh para dar a conocer las disposiciones de las madres, las disposiciones de los pa-
dres. Grande era la condición de los tres Chocoh.” Ellos mandaban las fuerzas de la tribu.
Por lo tanto, tenemos aquí la organización de los quichés como una democracia mili-
tar, basada en grupos consanguíneos, con tres jefes de guerra electivos a la cabeza. La
analogía de esta organización con la de los iroqueses es realmente notable, y descarta por
completo cualquier idea de feudalidad.
Si los quichés eran realmente descendientes del tronco tolteca, como admite la mayo-
ría de las fuentes antiguas, creemos que lo anterior ciertamente apoya nuestra opinión
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 155

sobre la condición de esas tribus, y justifica nuestra afirmación de que los toltecas “no
habían avanzado en ninguna parte hasta la condición de una nación o Estado”, sus insti-
tuciones eran democráticas y su forma de vida comunal, siendo desconocidas para ellos
la monarquía y la feudalidad.
8. Compárese la leyenda de Quetzalcoatl tal como la relatan Sahagún (lib. III, caps. III-
XIV) y Torquemada (lib. III, cap. VII) y como está además contenida en el Popol Vuh, donde
por supuesto es llamado Gucumatz (3a. parte [4a. parte], cap. VIII). Véase además Veytia
(cap. XXII, hasta el fin del vol. I).
9. La etimología de la palabra chichimecatl que nos hemos atrevido a proponer no es
apoyada, que sepamos, por ningún autor. La damos por lo que pueda valer. Mucho se ha
dicho sobre su probable derivación. Durán (Historia de las Indias de Nueva España e islas de
tierra firme, cap. II, p. 13 [México, Porrúa, 1984, t. II, p. 24, § 24]) dice: “chichimeca, que quie-
re decir ‘cazadores, o gente que vive de aquel oficio’, agreste y campesino”, lo que mues-
tra que la palabra es nahuatl, y su explicación debe buscarse en términos nahuas. Ixtlil-
xochitl (“Relaciones históricas”, 2a. parte, “Historia de los señores chichimecos”, “Relación
primera” [“Primera relación. De los chichimecos”, cap. III, p. 417]) dice: “y todos ellos
ahora llaman tultecas, aculhuas, mexicanos, que hay en esta tierra se precian y dicen ser
del linaje de los chichimecas; y la causa es, según parece en sus historias, el primer rey
que tuvieron se llamaba Chichimécatl”. Torquemada (lib. I, cap. XV, p. 39) afirma: “Toma-
ron nombre de Chichimecas, estas gentes (que así se nombraron) del efecto, significa su
Nombre; porque Chichimecatl, tanto, quiere decir, como Chupador, ù Mamador; porque
Chichiliztli, es el acto de mamar, ó la mamadura; y Chichinaliztli, es el acto de chupar
[…] en sus principios se comian las Carnes de los Animales, que mataban, crudas, y les
chupaban la Sangre, à manera del que mama, por eso se llamaron Chichimecas, que
quiere decir, Chupadores, ò Mamadores.” Joseph de Acosta (lib. VII, cap. 2, p. 453 [p. 320]):
“fueron hombres muy bárbaros y silvestres, que sólo se mantenían de caza, y por eso les
pusieron nombre de chichimecas”. Betancurt incluso hace derivar la palabra de chichini,
huesos de perro. Es de nuevo Veytia quien va más lejos que sus predecesores, con un
juicio claro y positivo. Fue el primero (creemos) en descubrir el término mecatl, que signi-
fica cordel (cap. XII, p. 143 [p. 101]), en las últimas dos sílabas de la palabra. Eso lo llevó
naturalmente al término emparentado mecayotl, que designaba a un pariente consanguí-
neo, y finalmente a la etimología de “parentela de Chichen”, suponiendo que Chichen
era el nombre de su primer jefe. Sin embargo, no hay prueba de esto último, y menos aún
de que Chichimecatl fuera su nombre personal. Por otra parte, todos los autores concuer-
dan en afirmar que la localidad en que habitaban originalmente los chichimecas se lla-
maba Huehuetlapallan, el viejo lugar rojo, y según se dice uno de los sitios ocupados por
las tribus en sus migraciones hacia México se llamaba Chichilticalli, casa roja. Por consi-
guiente, no es del todo improbable nuestra sugerencia de que chichimecatl deriva de chichiltic,
objeto rojo, y mecayotl, grupo de parentesco y por lo tanto significa “el grupo de parentes-
co de los hombres rojos”.
Según Manuel Orozco y Berra, el distinguido autor de la Geografía de las lenguas, es
probable que los chichimecas que invadieron México después de la dispersión de los
toltecas, o habitaron allí al mismo tiempo que ellos, hablaban una lengua diferente que
después desapareció (1a. parte, cap. I, p. 8). Apoya esa opinión otro eminente estudioso
mexicano, don Francisco Pimentel (Cuadro descriptivo y comparativo de las lenguas indígenas
de México, vol. I, p. 155). Sin embargo, la unidad de origen de los chichimecas, los toltecas
y demás tribus de origen “nahuatl”, incluyendo por supuesto a los mexicanos, es admiti-
da no sólo por Ixtlilxochitl, sino ya por Sahagún (lib. X, cap. XXIX, p. 147 [t. III, p. 214,
156 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS

§ 136]), quien la resume como sigue: “Todas las dichas familias se llaman chichimecas, y
aun de tal nombre se jactan y se glorían, y es porque todas anduvieron peregrinando
como chichimecas por las tierras ante dichas, y de allí volvieron para estas partes aunque a
la verdad no se llamaban tierras de chichimecas, por donde ellos anduvieron, sino Teotlalpan,
Tlacochcalco Mictlampan, que quiere decir campos llanos y espaciosos que están hacia el
norte.” Veytia, que prácticamente incluye las afirmaciones de todos sus predecesores, lo
confirma como sigue (cap. II, p. 24 [p. 17]): “De este imperio, pues, fué Huehuetlapallan
la famosa corte, y de él fueron después saliendo en bandadas o cuadrillas en diversos
tiempos para poblar dilatadísimas regiones, tomando cada uno diverso nombre, según el
jefe o padre de familia que la gobernaba, y haciéndose con el discurso del tiempo nacio-
nes distintas con diferentes lenguajes o dialectos, de manera, que según la creencia de
estos naturales y su historia, de estas siete familias tienen su origen y principio todos los
habitadores de este nuevo mundo, y esta ciudad de Huehuetlapallan tiene la gloria de
haber sido la primera fundación que en él se hizo después del diluvio, y cuna de todos sus
pobladores, cuya memoria conservaron siempre los de la Nueva España, llamándola su
antigua patria.”
(Compárese con esta visión del poblamiento de México la hermosa descripción de
Morgan del poblamiento de América a partir de centros de subsistencia, como puntos
iniciales de migraciones, en Ancient society, 2a. parte, cap. IV. Morgan reconoce tres centros
de ese tipo en Norteamérica, el más prominente de los cuales estaba en el valle de Co-
lumbia.)
El título de chichimecatl, a menudo extendido a chichimecatl-tecuhtli, se encuentra con
mucha frecuencia no sólo entre los mexicanos sino también entre los texcocanos y los
tlaxcaltecas. Era un título que se daba como recompensa al mérito personal en la guerra.
10. Ixtlilxochitl nos ha presentado un imperio chichimeca feudal más completo y
típico que las instituciones feudales de Inglaterra. Sin embargo, al mismo tiempo describe a
los chichimecas como meros salvajes (“Historia de la nación”, cap. IV, p. 30 [p. 14]): “El
cual llegó a un lugar que se llama Tenayocan Oztopolco, lugar de muchas cuevas y caver-
nas, que era la principal habitación que esta nación tenía” (también cap. IX, pp. 65, 69
[pp. 26, 27]). Torquemada (lib. I, cap. XV, pp. 38-39 [p. 38]) los describe como “Gente
desnuda, de Ropas de Lana, Algodon, ni otra cosa, que sea de Paño, ù Lienço; pero
vestida de Pieles de Animales: feroces en el aspecto, y grandes Guerreros; cuias armas,
son Arcos, y Flechas.” “Estas Chichimecas Naciones, fueron Governados, y Regidas, de
Valerosos, y Esforçados Capitanes” (ibid., p. 39). Ixtlilxochitl, además, dice (cap. IX, p. 66
[p. 27]): “Los cuales andaban por familias, y los que no tenían cuevas, que era su princi-
pal habitación, hacían sus chozas de paja; y la caza se cazaban los de cada familia, la
comían todos juntos, excepto las pieles que eran del que la cazaba.” Sin embargo, los dos
autores que acabamos de citar registran una distribución de tierras por parte de los jefes,
en forma de donaciones individuales y feudos, en fecha temprana. En cambio, Ixtlilxochitl
(ibid., pp. 63-64 [p. 26]) afirma que el cultivo de la tierra e incluso la planta del maíz eran
desconocidos para ellos hasta el siglo XII d.C. Torquemada es aún más explícito (lib. I,
cap. XLII, p. 67): “Tampoco hicieron caso de él los dichos Chichimecas, por raçon de que
los Señores, y Reies, tenian Bosques de Conejos, y Venados, donde tenian la Carne segu-
ra, y los Plebeios, y Macehuales, los buscaban, y caçaban por los Campos, y con esto, se
sustentaban, y mantenian, sin otro genero de sustento, que huviese de costalles, trabajo
de Sembrarlo, por no averse criado con el vso de ello.” Pasó más de un siglo, según estas
fuentes, antes de que empezara a aparecer entre ellos la horticultura, y por consiguiente
la vida sedentaria. ¿Cómo podía haber al mismo tiempo tenencia feudal de la tierra? No
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 157

necesitamos aludir aquí a otros autores, ni a las descripciones sobre la condición de los
chichimecas al norte del valle de México en la época de la conquista (Motolinia, Historia
de los indios, trat. III, cap. VII, p. 185 [pp. 185-186]): “Fueron señores en esta tierra, como
ahora son y han sido los Españoles, porque se enseñorearon de la tierra, no de la manera
que los españoles.”
11. Véase Albert S. Gatschet, Zwoelf Sprachen aus dem Südwesten Nordamerikas, Weimar,
1877, valiosa contribución a la lingüística y la etnografía. También “Lieut. G.M. Wheeler’s
Zweite Expedition nach Neu Mexiko und Colorado, 1876”, de Oskar Loew, en el vol. 22
de Petermann, Geographische Mitteilungen, p. 209; y The Spanish Conquest of New Mexico, de
W.W.H. Davis, 1869. Los indios sedentarios ocupaban menos espacio, y también eran
inferiores en número a las bandas que vagaban entre y alrededor de ellos.
12. Estos hechos son generalmente reconocidos, así como que las migraciones vinie-
ron del norte. Además de los autores mencionados en nuestro trabajo anterior y en éste,
nos limitaremos a citar: Gregorio García, Origen de los indios del Nuevo Mundo e Indias
Occidentales, Madrid, 1729 (2a. ed., la primera es de alrededor de 1606 [Origen de los indios
del Nuevo Mundo, México, FCE, 1981, facsimilar de la 2a. ed.]): “Nuevo Mexico de donde
vinieron los Siete Linajes, que poblaron la Nueva España” (lib. III, cap. I, p. 81). Historia
de la conquista de la Provincia de la Nueva Galicia, escrita por el licenciado Don Matías de la
Mota Padilla en 1742, y publicada por la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística
en 1870 (cap. I, p. 21). Se trata de la siete tribus del tronco “nahuatl”, y la comunidad de
lengua es suficiente por sí sola para demostrar su origen común.
13. Todos los autores más antiguos concuerdan en afirmar que las diferentes tribus se
establecieron independientemente. Cf. Motolinia, Historia de los Indios, “Epístola proemial”;
Sahagún (lib. X, cap. XXIX, p. 145 [p. 213, § 130 y 132]): “Sucesivamente se volvieron los
náhuas, que son los tepanecas, los acolhuaques, los chalcas, los uexotzincas y los tlalcaxltecas,
cada familia por sí, y vinieron a estas partes de México. […] Y así venidos todos a estas
partes, y tomada la posesión de las tierras y puestas las mojoneras entre cada familia.”
Durán (cap. II, p. 10 [p. 22, § 7]): “El de Xuchimilco, como primero en su llegada, des-
pués de haber rodeado todo el circuito de la laguna grande, pareciéndole ser buen sitio y
apacible en que agora posee, se asentó en él y tomó todo lo que fue menester, sin contra-
dicción de personas, ni perjuicio”. Los chalcas se establecieron cerca de los xochimilcas,
“quieta y pacíficamente” (p. 11 [p. 22, § 8]). Lo mismo hicieron los tecpanecas, así como los
texcocanos y demás (pp. 12-14 [pp. 22-24, § 9-17]). Joseph de Acosta (lib. VII, cap. 3, p. 456
[p. 322]): “Al tiempo que to-das estas naciones poblaban, los chichimecas, antiguos po-
bladores, no mostraron de contradicción ni hicieron resistencia, solamente se extraña-
ban, y como admirados, se escondían en lo más oculto de las peñas.” No carece de interés
recordar aquí las afirmaciones de Cortés sobre lo dicho por Moctezuma, “Carta segun-
da”, p. 25 [p. 52]; Gómara, pp. 321ss; Mendieta, Historia eclesiástica indiana, publicado
por García Icazbalceta [México, Porrúa, 1980], lib. II, cap. XXXIV, etc. Sin embargo,
Ixtlilxochitl y Torquemada han difundido la opinión de que todas estas tribus se estable-
cieron en el dominio chichimeca, y los ocupantes originales de todo el país les asignaron
territorios especiales. Pero ya hemos establecido la naturaleza de la ocupación de la tierra
por los chichimecas, y no podemos deducir de ella que existiera ningún título, ni que fuera
posible dar ninguno a los recién llegados.
14. Los relatos acerca de la preponderancia de ciertas tribus, como los texcocanos o los
tecpanecas, no son sino un resultado de las relaciones intertribales en el valle de México.
Basta consultar los escritos de Ixtlilxochitl en “Historia de la nación”, caps. XI, XII, XIV y
XVI; y Torquemada, lib. I, cap. XXXVII, p. 62 [p. 63].
158 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS

15. Para la historia de las diferentes tribus componentes específicamente de la última


migración de tronco “nahuatl”, remitimos a todos los autores antiguos sobre temas mexica-
nos. Los grupos emparentados con ellos que se establecieron fuera del valle fueron sobre
todo los tlaxcaltecas. Las relaciones de estos últimos con las tribus del valle fueron siem-
pre bastante poco amistosas. Véase Torquemada, lib. III, cap. IX, pp. 264-265 [p. 258], y
Durán, cap. II, p. 13 [p. 21]. Pero las guerras continuas entre los tlaxcaltecas y las tribus
del valle empezaron a extenderse bajo la dirección de los mexicanos (cf. Ixtlilxochitl, cap.
XLI, p. 292 [p. 112]), como lo corrobora lo dicho por los propios chichimecas a Cortés
(“Carta segunda”, p. 18 [p. 43]).
16. Con respecto a los tecpanecas, Joseph de Acosta (lib. VII, cap. 2, p. 477 [cap. 11,
p. 337]) dice: “De donde se puede entender que entre éstos, el rey no tenía absoluto
mando e imperio, y que más bien gobernaba a modo de cónsul, o dux, que de rey.”
Además compara a los tecpanecas con los reges de la Roma antigua (cf. Morgan, Ancient
society, 2a. parte, cap. XI). El consejo era supremo entre los tecpanecas. Véase Tezozomoc
(Crónica mexicana, en lord Kingsborough, Antiquities of Mexico, vol. IX [México, Porrúa,
1980], cap. IV, p. 11 [p. 234]; también cap. V, p. 12 [p. 237], y cap. VI, p. 13 [p. 241]): “A
esto respondió el Rey y Senado Tecpaneca, dijéronle: mira, Atempanecatl (que muy bien le
conocian) bien conozco la humillacion y sujecion de los mexicanos, y es por demás, por-
que están alborotados y corajudos los tecpanecas”. Durán, cap. VIII, pp. 64-65 [pp. 70, 71].
Los xochimilcas eran gobernados por dos jefes. Tezozomoc, cap. XVI, p. 25 [p. 272];
Durán, cap. XII, p. 104 [p. 105, § 3]: “Los señores de allí, que eran dos, el uno de la
cabecera de Xuchimilco, llamado Yacaxapo tecuhtli y el otro de la Milpa (Alta), que se
llamaba Pichimalcatl tecuhtli. Y juntamente, juntándose a ellos muchos principales, dije-
ron.” Tezozomoc (cap. XVI, p. 26 [pp. 272-273]) les atribuye, además, una comida colec-
tiva de estilo comunitario.
Los chalcas también tenían dos jefes (Durán, cap. XVI, p. 134 [ p. 135, § 11): Moctezuma
Ilhuicamina dice a Tlacaelel: “Querría, si te parece, enviar a la provincia de Chalco algu-
nos mensajeros al señor de Chalco, Cuateotl y a su compañero Toteoci tecutli.” Tezozomoc,
cap. XXII, p. 33 [p. 290]; cap. XXIV, p. 36 [p. 296]. Confirmado por la acción de Cortés
después de la rendición voluntaria de Chalco, cuando instaló dos jefes (Bernal Díaz del
Castillo, cap. CXXXIX, pp. 154-155 [p. 441]).
Entre los texcocanos o acolhuas siempre aparece un solo jefe supremo, pero es igualmen-
te seguro que el cargo era electivo, si bien permanecía dentro de un determinado grupo
de parentesco. Citaremos aquí, en general, a Sahagún (vol. II, lib. VIII, cap. XXX, p. 318:
“De la manera que tenían de elegir a los Señores” [t. II, lib. VIII, cap. XVIII, pp. 321-322])
y a Durán (cap. LXIV, p. 496 [p. 475, § 9 y 12]): “Motecuhzoma envió sus mensajeros a
Tezcuco y mandó llamar a todos los más principales señores de aquella ciudad y reino
para consultar con ellos y tomar lengua a quién se inclinaban en la nueva elección” y “Los
cuales venidos, eligieron por rey a Quetzalacxoyatzin, hijo de Nezahualpilli.” Tezozomoc
(caps. CI y CII). Ixtlilxochitl concuerda (cap. LXXXVI). Torquemada (lib. XI, cap. XXVII,
pp. 357-359 [pp. 356-359]) admite que, si bien la elección era exclusivamente entre los
hijos, seguía siendo, sin embargo, una elección, pero contradice la afirmación de Juan
Bautista Pomar (que escribió hacia 1582), quien dice que esa elección se extendía a todo
el grupo de parentesco del jefe supremo muerto. Mendieta (lib. II, cap. XXXVII, p. 153):
“Aunque los señores entre los indios de esta Nueva España venian á heredarse por línea
recta, con todo eso, para saber el hijo que habia de heredar, tenian muchos respetos.”
Menciona la sucesión en los casos de Netzahualcoyotl y Netzahualpilli, cada uno de los cua-
les fue sucedido por lo que llama un hijo ilegítimo, cuya madre era una mujer mexicana.
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 159

Veytia (lib. III, cap. XIV, p. 367 [p. 294]): “No bien se aseguró de su muerte el consejo del
rey, cuando se creyó obligado a elegir quien le sucediese, como lo hacían los mexicanos.”
Carlos María de Bustamante, Tezcoco en los últimos tiempos de sus antiguos reyes, México,
1825 [1970], 3a. parte, cap. IV, pp. 218-220. Alonso de Zorita (“Rapport sur les différentes
classes de Chefs de la Nouvelle Espagne”, trad. M. Ternaux Compans, p. 12 [Breve y
sumaria relación de los señores de la Nueva España, en el apéndice de este volumen, infra,
pp. 463-564]): “La mesma orden se tenía en la sucesión y elección de los Señores supre-
mos á los de México y Tlezcuco y Tacuba” (infra, p. 470).
Ya hemos examinado la suposición de un imperio feudal en Texcoco. Fue una inven-
ción de cronistas que creían tener un interés directo en apoyar la afirmación de la tribu
texcocana de su supremacía original. Los celos y las rivalidades tribales, poderosos alia-
dos de los españoles en la conquista, subsistieron después del establecimiento pleno de la
dominación española.
17. La diferencia entre las tribus del valle y las del territorio montañoso tlaxcalteca ni
siquiera es muy grande. En realidad no es sino aparente. Por la naturaleza del suelo, los
grupos de parentesco de Tlaxcala estaban más dispersos y por esa razón eran aparente-
mente democráticos. Lo mismo ocurría con los niquiraos de Nicaragua. Cf. Oviedo, lib.
XLII, cap. I, pp. 37-38, y E.G. Squier, Nicaragua, vol. II, “Aborigines of Nicaragua”, cap. II,
pp. 340-348.
18. De otro modo no podría haberse formado ni podría haber subsistido la confedera-
ción, en términos de igualdad, de las tribus del valle, que existió por más de un siglo
antes de la conquista y que trataremos más adelante. Sin embargo, el hecho de que todos
los cronistas antiguos mencionen a las tribus de México bajo un título común, y describan
sus costumbres como generalmente idénticas, prueba que podemos suponer con seguri-
dad que los mexicanos eran típicos en ese aspecto. Algunas tribus estaban más adelanta-
das que otras en ciertas artes mecánicas, pero eran diferencias de detalle y no de princi-
pios orgánicos.
19. Cf. “Sobre el arte de la guera”, supra, p. 73. La línea fronteriza que menciona
Ixtlilxochitl (cap. XXXIII, p. 125 [p. 84]) y también Veytia (lib. III, cap. III, p. 167 [p. 159]),
si es que existió, como afirma este último, no dividía tanto los territorios de las tribus
como el terreno sobre el que cada una podía extenderse libremente, después de la forma-
ción de la confederación. Veytia afirma que los restos de ese confín todavía podían verse
en su tiempo, y eran conocidos como “la albarrada de los indios”.
20. “Sobre el arte de la guerra”, supra, p. 84, n. 1. Ya hemos hecho alusión a la deno-
minación común de “chichimecas”. Sahagún (lib. X, cap. XXIX, p. 147 [p. 214, § 137])
dice: “propiamente se dicen atlacachichimeca, que quiere decir pescadores que vinieron de
lejas tierras”. Esto corroboraría hasta cierto punto la afirmación de Torquemada (lib. II,
cap. XI, pp. 92-93 [p. 93]) de que los mexicanos introdujeron el arte de pescar en el valle
de México. No puede dejar de sorprendernos el prefijo atlaca; si se descompone en atl,
agua, y tlacatl, hombre, asignaría a los mexicanos un hogar original en las inmediaciones
del mar, o de grandes cursos de agua. Tezozomoc, en su primer capítulo, hablando de
Aztlan, de donde se dice que vinieron los mexicanos y de donde deriva el nombre de
“aztecas”, escribe: “Tenian en las Lagunas, y su tierra” (p. 5 [p. 223]). Aztlan mismo
significa “asiento de la Garza”, que es un ave acuática. (Véase también Veytia, lib. II, cap.
XII, p. 91 [p. 287].) Este autor ubica a “Aztlan” hacia el extremo norte.
21. Hemos adoptado para esas capitanías el número siete a pesar de que el intérprete
del Códice Mendocino (lám. I, en lord Kingsborogh, vol. I [Antigüedades de México. Basadas en
la recopilación de Lord Kingsborough, México, Secretaría de Hacienda y Crédito Público,
160 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS

1964, vol. I, 1a. parte, p. 3, lám. 1]) dice que eran diez: “El exército Mexicano tubo por
caudillos, diez personas nombradas” (vol. V, p. 40). Tanto Durán como Tezozomoc dicen
siete, y lo mismo Veytia. Los dos primeros dan incluso los nombres de los ídolos que cada
uno de esos grupos adoraba y llevaba consigo en sus migraciones. No es necesario aquí
demostrar en detalle la índole democrática de esos siete “linajes”. Veytia, por ejemplo
(lib. II, caps. XII y XIII), cita a Chimalpahin como autoridad, y aun cuando asigna a los
mexicanos un “caudillo” llamado Huitziton, también parece indicar que sólo en Cha-
pultepec, “emulando a las demás naciones que estaban aquí pobladas, determinaron
elegir un rey que los gobernase” (p. 109 [p. 299]). Durán (cap. III, p. 27 [p. 28, § 7]).
Clavijero menciona (lib. III, cap. 1 [p. 205]) una organización “aristocrática” de los mexi-
canos hasta el año 1352: “obedeciendo siempre la nación a un cuerpo formado de las
personas más notables y distinguidas. Los que mandaban cuando fundaron la ciudad
eran 20”. Ésta es una nueva versión. Véase también Gregorio García, lib. V, cap. III. Si
eliminamos al mítico Huitziton, encontramos ocasionales jefes de guerra supremos. Veytia
incluso nos asegura que después de la fundación de México eligieron “uno que les go-
bernase, aunque no en calidad de rey, sino de caudillo o capitán” (lib. II, cap. XVIII, p. 159
[p. 331]).
22. La serie regular de jefes de guerra supremos mexicanos (tlacatecuhtli) se inicia aproxi-
madamente a mediados del siglo XIV. Antes de eso el cargo parece haber sido ocupado
ocasionalmente por guerreros, cuando la emergencia lo requería. Compárese Veytia, lib. II,
caps. XII y XIII, con cap. XV, p. 131 [p. 311], cap. XVIII, p. 159 [p. 331] y cap. XXI, pp. 186-
187 [pp. 346-347]; Torquemada, lib. I [lib. II], cap. III, p. 83; cap. IV, p. 84; cap. XII, p. 95;
Mendieta, lib. II, cap. XXXV [cap. XXXIV], p. 148; y Joseph de Acosta, lib. VII, cap. 8, pp.
468-469 [p. 331], etcétera.
23. Motolinia, trat. III, cap. VII, p. 186; Durán, cap. III; Tezozomoc, caps. I, II y III;
Joseph de Acosta, lib. VII, cap. 4, p. 459 [pp. 324-325]; García (lib. III, cap. III, § V, pp. 99-
100): “que los haria Principes, i Señores de todas las Provincias, que havian poblado las
otras seis naciones, que antes de ellos havian salido”.
24. “Sobre el arte de la guerra”, supra, pp. 84-85, n. 5; pp. 121-122, n. 194, 195, 197 y
198. L.H. Morgan, Ancient society, 2a. parte, cap. VII, pp. 190-191. Entre los autores más
antiguos, Mendieta es muy explícito (lib. II, cap. XXXV [cap. XXXIV], p. 148): “Y este
asiento les cuadró mucho por hallarlo abundante de caza de aves y pescados y marisco
con que se poder sustentar y aprovechar en sus granjerías entre los pueblos comarcanos,
y por el reparo de las aguas con que no les pudiesen empecer sus vecinos.”
25. Ixtlilxochitl (cap. X, p. 72 [p. 29]) dice que los mexicanos pidieron “estar debajo
del amparo del rey de Azcaputzalco, en cuyas tierras comenzaron a poblar”. Torquemada
(lib. II, cap. XI, p. 92) describe su asentamiento como una huida a un lugar seguro. También
Mendieta, lib. II, cap. XXXV [cap. XXXIV], pp. 147-148. Durán (cap. V, p. 41 [p. 49, § 13])
incluye el notable pasaje siguiente: “que aun el suelo no era suyo, pues era sitio y término
de los de Azcaputzalco y de los de Tezcuco, porque allí llegaban los términos del uno y del
otro pueblo, y, por la parte del mediodía, términos de Colhuacan”. (Esto indica que
estaban en terreno neutral, que separaba de las tribus que los rodeaban.) Tezozomoc lo
confirma (cap. III, p. 9 [p. 231]): “estando en término de los de Azcaputzalco, Aculhuaques,
Tezcucanos y los de Culhuacan”.
Durán (cap. V, p. 41 [p. 49]) dice además que lucharon por ser amos de su tierra, sin
deber lealtad ni obediencia a nadie. Véase también Tezozomoc, cap. III; Motolinia, p. 5;
Gómara, p. 431 [cap. CCIX, p. 321].
26. Ya hemos hecho alusión al número de los jefes que guiaban a los mexicanos en la
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 161

época de su asentamiento en la laguna. Varía entre cuatro y veinte. Pero el hecho de que
originalmente se hayan asentado en cuatro “barrios” me lleva a creer que quedaban
cuatro grupos de parentesco mexicanos, habiéndose separado uno para formar la tribu
de Tlatelolco. Esa división en cuatro partes es el único hecho que podemos dar por
seguro (cf. n. 27, 29, 30 y 31).
27. Este hecho está ampliamente demostrado y no necesita referencias especiales.
Ignoramos cómo ocurrió, puesto que las distintas fuentes de autoridad lo relatan de las
maneras más variadas. Si es cierto que incluso durante sus migraciones los mexicanos
propiamente dichos y los tlatelolcas se mantenían separados, como componentes tribales
o probablemente fratrías, resulta fácil de explicar el hecho de que se establecieran como
tribus independientes entre sí. Véase Veytia, lib. II, cap. XV, p. 135 [pp. 316-317].
28. La fecha de su conquista por los mexicanos es alrededor de 1473 (“Sobre el arte de
la guera”, supra, p. 64). Puede verificarse fácilmente por la fecha de la llamada “piedra
del calendario” en la ciudad de México (véase A. Chavero, “Calendario azteca”).
29. Todavía no está resuelta la cuestión de si esos cuatro “barrios” eran cuatro grupos
de parentesco originales, o si ya eran cuatro “hermandades de clanes” (fratrías), análogas
a las curias romanas formadas por (o más bien últimos vestigios de) la disgregación de
grupos de parentesco originales. Esto último podría parecer probable por el hecho del
mayor número de jefes (más de cuatro) mencionado por los autores antiguos. Al mismo
tiempo se reconoce claramente la existencia de grupos aún menores. Durán dice (cap. V,
p. 42 [p. 50, § 19]): “Aquella noche siguiente que los mexicanos acabaron de reparar la er-
mita donde su dios estaba, teniendo ya gran parte de la laguna cegada y hecha ya la
planta y asiento para hacer casas, habló Huitzilopochtli a su sacerdote o ayo y dijo: –‘Di a
la congregación mexicana que se dividan los señores, cada uno con sus parientes, amigos
y allegados, en cuatro barrios principales, tomando en medio la casa que para mi descan-
so habéis edificado; y que cada parcialidad edifique en su barrio a su voluntad.’” Esos
barrios son los que hoy subsisten en México con los nombres de San Pablo, San Juan,
Santa María la Redonda y San Sebastián. Después que los mexicanos se repartieron entre
esos cuatro lugares, su dios les ordenó que distribuyeran entre ellos los dioses, y que cada
barrio nombrara y designara lugares particulares donde adorar a esos ídolos particulares.
Así, cada barrio se dividió en muchos barrios menores, de acuerdo con el número de
ídolos llamados Calpulteona (debería ser Calpulteotzin, compuesto de calpulli, barrio, y
teotl, dios), que significa dios del barrio (véase Joseph de Acosta, lib. VII, cap. 7, p. 487
[pp. 330-331]). Tezozomoc (cap. III, p. 9 [pp. 231-232]): “y siendo de noche hicieron
junta y les dijo el sacerdote Quauhtloquetzqui: hermanos, ya es tiempo que os dividais un
trecho unos de otros, en cuatro partes, cercando enmedio el templo de Huitzilopochtli y
nombrad los barrios en cada una parte, y así concertado para dividirse”. Torquemada
(lib. III, cap. XXIV, p. 295) confirma esas afirmaciones, aunque protesta contra el origen
de esa división. Dice: “Confieso, que es asi verdad, que esta Ciudad de México está repar-
tida en quatro Barrios Principales, y cada Barrio de estos, tiene otros menores, y particu-
lares, inclusos en si; y todos asi en comun, como en particular, tienen sus Mandones, y
Gente.” Más adelante (lib. XIV, cap. VII, p. 545) dice: “Estas Parcialidades estaban repar-
tidas por Calpules, que son Barrios, y sucedia, que vna Parcialidad de estas dichas tenia
tres, y quatro, y mas Calpules, conforme la Gente.” Más adelante investigaremos esta
objeción de Torquemada. Con todo, el mismo autor reconoce (lib. III, cap. XXII, p. 288)
que los fundadores de México eran “nueve familias […]. Estas Familias començaron la
Fundación de esta Ilustre, y Magnífica Ciudad”. Hay un hecho que parece más allá de
toda duda: que la primera fundación de México fue hecha sobre la base de una división
162 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS

en grupos de parentesco o grupos de consanguineidad, asentados en ciertas áreas, que


en conjunto formaban la tribu. Ya se ha establecido que el gobierno era democrático.
30. Durán, cap. V, p. 42 [p. 50, § 21]; Joseph de Acosta, lib. VII, cap. 7, p. 467 [p. 330];
Herrera, déc. III, lib. II, cap. XI, p. 61 [pp. 61-62].
31. Torquemada (lib. II, cap. XLVIII, p. 194): “Estaba de ordinario, recogido en vna
grande Sala (ó Calpul)” y (lib. III, cap. XXVII, p. 305; lib. IV, cap. XIX, p. 396) “que asi
llaman a las Salas grandes de Comunidad, ú de Cabildo”. En Nicaragua encontramos el
calpulli, bajo el nombre corrupto de “galpón”, entre los niquiraos, que hablaban un dia-
lecto de la lengua mexicana o nahuatl. Véase E.G. Squier, vol. II, p. 342): “Las casas del
consejo se llamaban grepones, rodeadas por anchos corredores llamados galpones, deba-
jo de los cuales se guardaban las armas, protegidas por una guardia de jóvenes.” Squier se
basa evidentemente en Oviedo (lib. XLII, cap. III, p. 52): “esta casa de cabildo llaman
galpon”. Es otra indicación en favor de nuestra proposición de que el grupo de parentesco
constituía la unidad original de la tribu, y al mismo tiempo un indicio de que, igual que
en Nuevo México, originalmente un grupo de parentesco entero habitaba en una sola
casa grande. Véase el Vocabulario de Molina (p. 11 [p. 12 y Siméon, Diccionario, p. 62]).
32. Torquemada (lib. II, cap. VIII, p. 88 y lib. III, cap. XXIV, p. 295) atribuye esa división
en “barrios” a un “decreto” del “emperador” chichimeca Techotlalatzin. Sin embargo,
sus afirmaciones son desmentidas en parte por él mismo, y en parte por las declaraciones
positivas de otros autores. Incluso si se admite que el dicho Techotlalatzin tuviera el
poder discrecional que le atribuye –y hay sólidas evidencias en contra de esto– habría
gobernado después de la fundación de México (Clavijero, lib. II, cap. 9; Veytia, lib. II, cap.
XX, p. 178 [pp. 347-348]), y en consecuencia después del asentamiento y la localización de
los cuatro barrios mencionados.
33. La división en “barrios” está descrita en todas partes como derivada de un con-
senso común. Pero en ningún lado se dice que el gobierno o la autoridad tribal hayan asigna-
do su lugar a ninguna de las fracciones. Esto se atribuye solamente a los jefes, sobre la
base del supuesto de que éstos, aunque electivos, eran sin embargo monarcas hereditarios.
34. No hay evidencia de ningún tributo o prestación que los barrios debieran a la
tribu; siempre subsistió la costumbre de que dentro de sus límites el calpulli era soberano.
Véase Zorita (pp. 51-65 [pp. 478-481]). Además, Ixtlilxochitl (cap. XXXV, p. 242 [p. 91])
dice: “Otras suertes de tierras que se decían Calpollali o Altepetlali”. Pero calpulalli (de
calpulli, barrio o grupo de parentesco, y tlalli, suelo) significa el suelo del grupo, y altepetlalli
(altepetl, tribu), suelo de la tribu. Clavijero (lib. VII, cap. 14 [pp. 211-212]) dice incluso que
las tierras llamadas altepetlalli, que pertenecían a las comunidades “eran las que poseían
el común de cada ciudad o lugar, las cuales estaban divididas en tantas partes cuantos
eran los barrios de la población y cada barrio poseía su parte con entera exclusión e
independencia de los demás”. Esto indica claramente que los grupos de parentesco eran
dueños del suelo, mientras que la tribu ocupaba el territorio. El dominio, perteneciente a un
“señor” o a un “Estado”, era desconocido entre los indios en general. Tampoco había
dominio de la tribu entre los peruanos, que en este aspecto estaban más adelantados que
los mexicanos.
35. Véase Torquemada, lib. II, cap. XI y lib. III, cap. XXII; Durán, cap. V. La cita es de He-
rrera (déc. II, lib. VII, cap. XIII, p. 190) y la confirma Torquemada (lib. III, cap. XXIII, p. 291),
pero sobre todo Gómara (p. 443 [cap. CCXXIV, p. 341]): “Viven muchos casados en una
casa, o por estar juntos los hermanos y parientes, que no parten las heredades, o por la
estrechura del pueblo, aunque son los pueblos grandes, y aun las casas.” Pedro Mártir de
Anglería (De Novo Orbe, trad. de Richard Eden y Michael Lok, Londres, 1612, déc. V, lib. X,
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 163

p. 228 [Décadas del Nuevo Mundo, México, José Porrúa, 1965, t. II, déc. v, lib. X, p. 539])
dice: “Las [casas comunes] del pueblo, empero, se alzaban sobre una base de piedra […],
como defensa contra las crecidas de la laguna a causa del flujo o de los aluviones del río
que en ella desemboca. Sobre esos grandes cimientos construían el resto de la fábrica con
ladrillos, ya cocidos, ya desecados al sol en verano, entremezclando vigas. Todas las casas
tienen un solo piso.” Esto recuerda las casas de los itzáes sobre el lago Petén, halladas en
1695 (Historia de la conquista de los itzáes, lib. VIII, cap. XII, p. 494): “Estaba todo lleno de
casas, algunas con muros de piedra de más de una vara de alto, y más arriba de madera,
y los techos de paja, y algunas sólo de madera y paja. En ellas vivían todos los habitantes
de la isla brutalmente juntos, con un grupo de parentesco ocupando una sola casa.”
Véase también la utilísima introducción de mi excelente amigo J. García Icazbalceta al
segundo diálogo de Cervantes de Salazar (México en 1554, pp. 73-74).
36. La palabra chinampa deriva de chinamitl, “seto o cerca de cañas” (Molina, Vocabula-
rio, p. 21 [Siméon, p. 103: “separación, cerca de cañas”]). Este modo de cercar el terreno
era muy utilizado en el valle, al punto de que un grupo de asentamientos entre Churubusco
y la laguna oriental recibió de ello su nombre de “Chinampanecas” (mencionado con
frecuencia por Tezozomoc y Durán). La palabra chinamitl fue adoptada por los quichés de
Guatemala, transformado en chinamit y usada para designar un grupo de parentesco (véase
Popol Vuh, pp. 301, 304, 306 [pp. 144, 146, 147], donde se traduce chinamit como “fami-
lia”). Incluso en esas remotas regiones donde los territorios de Yucatán y Guatemala se
unen, o más bien se confunden, alrededor del lago Petén, donde la lengua nahuatl es casi
desconocida, encontramos en los siglos XVII y XVIII una tribu de “chinamitas”, que según
se dice habitaban un área rodeada de magueyes como cerca defensiva (Historia de la con-
quista de los itzáes, lib. VIII, cap. XI, pp. 490-493). Esto muestra que al menos el significado
original de la palabra estaba relacionada con la idea de un grupo familiar.
37. W. Bullock, Six Months Residence and Travels in Mexico, Londres, 1824, cap. XIII, p. 179.
No carece de interés comparar las observaciones de este observador superficial, aunque
fiel, con la descripción de las antiguas chinampas que conservan Tezozomoc (cap. III, p. 9
[p. 230]) y Durán (cap. VI, pp. 50-51 [p. 59, § 22]). Las balsas mencionadas por estos dos
autores no eran sino las chinampas o “jardines flotantes”. Tezozomoc emplea además el
término “camellón”. (Véase también Joseph de Acosta, lib. VII, cap. 9, p. 472 [p. 334];
Torquemada, lib. XIII, cap. XXXII, p. 483; Veytia, lib. II, cap. XV, p. 142 [p. 319].)
38. Durán, cap. V; Tezozomoc, cap. III, p. 8 [p. 231]; Joseph de Acosta, lib. VII, cap. 9,
p. 473 [p. 333]; Torquemada, lib. III, cap. XXXIII [cap. XXIII], p. 291 y lib. II, cap. XV, p. 101
[p. 100]; Clavijero, lib. II, cap. 17.
39. Zorita, p. 51 [pp. 477-478]; Ixtlilxochitl, cap. XXXV, p. 242 [p. 91]; Torquemada,
lib. XIV, cap. VII, p. 545; Bustamante [3a. parte, cap. V], p. 232.
40. Zorita, pp. 52, 56, 57, 60 [pp. 478-781]. “De l’ordre de succession observé par les
indiens”, copia de un MS anónimo de Simancas, col. Uguina, traducido por Ternaux-
Compans en su Recueil de pièces, pp. 223-224.
41. Zorita, pp. 51-64 [pp. 478-481]; Herrera, déc. III, lib. IIII, cap. XVII, p. 138; Ramírez
de Fuenleal, obispo de Santo Domingo, carta de México, 3 de noviembre de 1532, al
emperador Carlos V, en Ternaux-Compans, Recueil de pièces, p. 253. Véase también la
introducción de J. García Icazbalceta a la “Real Ejecutoria de S.M. sobre tierras y reservas
de pechos y paga, perteneciente a los caciques de Axapusco”, en Colección de documentos,
vol. II, p. XIII.
42. Esta sucesiva formación de nuevos calpulli no está explícitamente relatada en nin-
guna parte, aunque está implícita en el pasaje de Durán ya citado (cap. V, p. 42 [p. 50]),
164 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS

y también se desprende de su organización militar tal como se ha descrito en “Sobre el


arte de la guerra” (supra, p. 68). Con el aumento de la población, los grupos de parentes-
co originales necesariamente se subdividieron aún más, como hemos visto que ocurrió
entre los quichés (Popol Vuh, cit. supra, n. 7), formando grupos menores de consanguí-
neos. Después de la guerra victoriosa contra los tecpanecas, de la que hablaremos más
adelante, encontramos por lo menos veinte jefes, que representaban a otros tantos gru-
pos de parentesco (Durán, cap. XI, p. 97 [pp. 98, 99, § 9-10]), más otros tres adoptados
entonces de los de Culhuacan (ibid., pp. 98-99 [p. 100, § 15]). Esto indica un aumento.
43. “Sobre el arte de la guerra”, supra, p. 69.
44. Torquemada (lib. III, cap. XXIV, p. 295): “Confieso, que es asi verdad, que esta
Ciudad de México, está repartida en quatro Barrios Principales, y cada Barrios de estos,
tiene otros menores, y particulares, inclusos en sí; y todos, asi en comun, como en particu-
lar, tienen sus Mandones, y Gente.” Zorita, pp. 58-64 [pp. 478-481]. Que quienes tenían
la tierra eran las subdivisiones menores y no los cuatro grupos originales debemos dedu-
cirlo del hecho de que el suelo estaba vinculado al calpulli. Dice Zorita (p. 51 [p. 478]): “Y
estas tierras no son en particular de cada uno del barrio, sino en común del calpulli.” Por
otra parte, Torquemada (lib. XIV, cap. VII, p. 545) afirma “que en cada Pueblo, conforme
tenia el numero, y cantidad de Gente, huviese parcialidades de diversas Gentes, y Fami-
lias […]. Estas Parcialidades estaban repartidas por Calpules, que son Barrios, y sucedia,
que vna Parcialidad de estas dichas tenia tres, y cuatro, y mas Calpules, conforme la
Gente tenia el Pueblo”. Y más adelante el mismo autor afirma: “Estos Barrios, y calles
estaban todas sorteadas, y niveladas, con tanta cuenta, y medida, que los de vn Barrio, o
calle, no podían tomarles á los otros un palmo de Tierra, y lo mismo hacian en las calles,
corriendo con sus suertes por todas las partes del Pueblo.” En consecuencia, no había
tierras comunales pertenecientes a los cuatro grandes barrios de México como tales, sino
que cada uno de los grupos de parentesco (calpulli) tenía su parte del conjunto original. Cf.
Gómara (p. 434 [cap. CCXII, p. 326]): “Es costumbre de pecheros”; también p. 440 [p. 344].
Clavijero (lib. VII, cap. 14): “cada barrio poseía su parte con entera exclusión e indepen-
dencia de los demás”.
45. Cf. Durán, cap. XI, p. 87 [p. 103]; Joseph de Acosta, lib. VII, cap. XXXI, p. 470 [cap. 7,
pp. 230-231]. Al parecer, el tecpan no fue construido antes de mediados del siglo XIV;
antes de eso las reuniones de la tribu eran convocadas por sacerdotes, y probablemente se
realizaban en el espacio abierto alrededor del adoratorio principal. El hecho de que eran
los sacerdotes quienes convocaban a las asambleas públicas lo registran Durán (cap. IV, p. 42
[p. 44]), Joseph de Acosta (lib. VII, cap. 7, p. 468 [p. 330]) y Veytia (lib. II, cap. XVIII, pp.
156-159 [pp. 330-331] y cap. XXI, p. 186 [p. 348-349]). Acosta menciona por primera vez
“unos palacios que entonces eran harto pobres” (lib. VII, cap. 8, p. 470 [p. 332]) en ocasión
de la elección del primer tlacatecuhtli regular, Acamapichtli. Torquemada (lib. XII [lib. III],
cap. XXII, p. 290) dice que vivían en míseras chozas de barro y paja, erigidas alrededor
del espacio abierto donde se construyó el altar o adoratorio de Huitzilopochtli. El edifi-
cio público fue seguramente el último tipo de construcción.
46. De tecuhtli, jefe, y el afijo pan, que indica lugar, por consiguiente “lugar de los
jefes”. Molina traduce “casa o palacio real, o de algun señor de salua” (p. 93) [Siméon
traduce, p. 450: “Mansión real, palacio, morada de un noble”]. La palabra se encuentra
también en el quiché del Popol Vuh (p. 306): “Qui ticpan quib”: Brasseur de Bourbourg
reconoce el origen mexicano de la palabra y la traduce “dividir en barrios”, aunque dice
que en mexicano significa palacio o municipalidad.
47. Torquemada (lib. III, cap. XIV, pp. 269-270 [p. 270]): “Tecpancalli, que quiere de-
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 165

cir, los Palacios Reales, ó el Alcáçar, y casas de el Señorío” (lib. VII, cap. XXI, p. 119 y lib.
XIII, cap. XXX, p. 477). Pero especialmente lib. VI, cap. XXVII [cap. XXIV], p. 48, donde
dice, refiriéndose a las afirmaciones de fray Bernardino de Sahagún de que “estando en
la Ciudad de Xuchimilco, oió una noche […] que preguntando otro dia, de mañana, que
qué voz era aquella tan grande? Le respondieron los indios, que de la Tecpan, ó Comuni-
dad llamaban á los Macehuales, para que fuesen a trabajar”.
48. Así, todos los autores que intentan describir en detalle la “casa principal” (tecpan)
dicen que contenía grandes salas (salas de consejo). Véase la descripción del tecpan de
Texcoco por Ixtlilxochitl (cap. XXXVI, p. 247 [p. 96]): “con muchos torreones y chapiteles
adornada la casa, y el otro patio, que era el mayor y servía de plaza, en medio de la cual
estaba el juego de pelota; y hacia la entrada del segundo patio estaba un brasero más
grande sobre una peana, el que siempre ardía día y noche, sin que jamás se apagase”.
Ibid., cap. XXXVIII; Torquemada, lib. III, cap. XXVII, p. 305; lib. II, cap XLIV [cap. XXXXI],
pp. 146-147; lib. XI, cap. XXVI, pp. 354-355. El propio Cortés (“Carta segunda”, pp. 34-
35 [pp. 67-68]) habla de las grandes salas que había en lo que llama “las casas de
Moctezuma”. Bernal Díaz del Castillo (cap. XCI, pp. 86-87 [cap. XCII, p. 262]) lo confirma.
Véase también Gómara (pp. 342-343 [cap. LXXI, p. 117]): “Donde él moraba y residia a la
continua, llaman Tepac, que es como decir palacio […] había en él muchas salas.” Sahagún
(lib. VIII, cap. XIV, p. 302 [t. II, p. 309, § 1]): “El palacio de los señores, o casas reales, tenía
muchas salas.” El tecpan estaba cerca del centro del pueblo. Véase Gómara (p. 341 [cap.
LXV, p. 110]): “Llegaron pues a un patio grande, recámara de ídolos, que fue casa de
Axayaca.” Cortés, “Carta tercera”, pp. 74-76 [p. 140], etcétera.
Bernal Díaz del Castillo, cap. LXXXVIII, pp. 242ss. Según García Icazbalceta (México en
1554, p. 182, n. 38 al segundo diálogo de Cervantes de Salazar), las “casas viejas de
Moctezuma” ocupaban (aproximadamente) la plaza al oeste de la actual ubicación de la
catedral, mientras que las “casas nuevas” se encontraban donde hoy está el Palacio Nacio-
nal. Se admite que la catedral ocupa el lugar del teocalli principal, en el centro del antiguo
pueblo (Torquemada, lib. III, cap. XXII, p. 290). García Icazbalceta prueba en forma con-
cluyente que así es en la n. 40 al segundo diálogo de Cervantes de Salazar (p. 194, y lám.
en p. 197, así como la importante disertación de la p. 201) y en la n. 51. Así queda
establecida la ubicación central del tecpan de México.
La residencia permanente en el tecpan del jefe guerrero supremo, su grupo doméstico
y algunos asistentes se ha mencionado con demasiada frecuencia como para requerir
pruebas adicionales, pero no está de más investigar aquí si esa residencia estaba vincula-
da a la persona y la descendencia del jefe, o bien solamente con el cargo.
Encontramos registrado que los edificios ocupados por los españoles cuando llegaron
por primera vez al pueblo de México eran “las casas del padre de Moctezuma” (Axaya-
catzin, probablemente). Todos los testigos presenciales concuerdan en ello y no hace falta
citarlos en detalle. En consecuencia, había una casa donde vivía el grupo de parentesco del
jefe, aparte del tecpan, porque como entre los mexicanos la descendencia se reconocía por
la línea masculina, el hijo seguía ocupando la residencia de su padre y (como se practica-
ba la residencia comunitaria) de los parientes consanguíneos de su padre. (Sabemos que
esos hijos y descendientes eran educados para las ocupaciones habituales de la vida, igual
que cualquier otro indio de México. Sahagún (lib. V, cap. XV, p. 117 [lib. VI, cap. XVII, pp.
123-124, § 17]) registra el discurso de un viejo jefe a sus hijos, en que los exhorta a
cultivar las artes mecánicas y la agricultura, agregando las notables palabras: “En ningu-
na parte he visto que alguno se mantenga por su hidalguía, o nobleza, tan solamente.”
En el caso de Ahuitzotl, Durán cuenta (cap. XLI, p. 316, § 16) que “yendo todos los
166 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS

grandes con todo el pueblo al lugar y colegio donde los hijos de los reyes y grandes
estaban recogidos y donde los industriaban e imponían en las cosas de la virtud y en las
cosas de las armas y buena crianza. Y llegados, le sacaron [a Ahuitzol] de entre todos y le
llevaron al palacio real y le asentaron en el trono”. Tezozomoc (cap. LX, p. 100 [p. 457]),
hablando de la elección de Ahuitzotl, dice: “y así fueron doce princípales mexicanos á
traer de la casa de Tlilancalco al rey Ahuitzotl”. “Y no le dijeron nada hasta estar en el
gran palacio” (cap. LXI, p. 100 [p. 459]). La elección de Moctezuma, en cambio, da oca-
sión a este autor para una afirmación muy importante (cap. LXXXII, p. 143 [p. 572]):
“pues sabeis, señores, que se crian, y son ya criados muchos de los señores hijos de los re-
yes pasados, que algunos se han hecho cantores, otros Cuachicmees, otros Otomies, y los
demás van tomando vuestros nombres, y renombres de Tlaacateccatl, Tlacochcalcatl,
Ticocyahuacatl, Acolnahuacatl, Hezhuahuacatl, otros muchos, y otros menores que están y
residen en la casa principal de los reyes en Calmecac”. Se señala, además, cuán impru-
dente sería elegir a un hombre soltero, y finalmente escogen a Moctezuma, que según
nos dice tenía en ese momento 34 años, y lo sacan del calmecac y lo escoltan hasta la casa
principal (tecpan). Pero la prueba más importante deriva del hecho de que el cargo era
electivo y no hereditario. ¿Cómo podía la familia del difunto ex ocupante del cargo per-
manecer en posesión del edificio oficial, cuando el cargo ya era ocupado por otro?
49. Ya hemos hecho alusión (n. 22) al hecho de que antes de Acamapitzin la serie de
jefes supremos mexicanos aparece como irregular e interrumpida, mientras que desde
este último en adelante se registra una ocupación regular de ese cargo. De ahí en adelan-
te el término “palacio”, relacionado con el cargo, aparece en los historiadores españoles.
Cf. Durán, Tezozomoc, Joseph de Acosta y Torquemada (especialmente lib. II, cap. XIV).
50. Todos los autores concuerdan en el hecho de que la vida de la tribu mexicana en
Tenochtitlan fue en los primeros tiempos de retraimiento y pobreza, incluso miseria.
Véase sobre todo Torquemada (lib. II, cap. XI, pp. 92-93): “En este Lugar se ranchearon
(como decimos en el Libro de las Poblaçones) haciendo vnas pobres, y pequeñas Choças,
rodeadas de Carriço, y Espadañas, que ellos llaman Xacalli […] pasaban su vida, estre-
cha, y pobremente, y desamparado; y como Gente pobre, y desamparada, y guerreada de
todos los Pobladores de la Tierra Firme, comian Raíces de Tulli, y otras yervas, que en el
Sitio, y en sus alrededores se criaban.” Después empezaron a pescar. (Véase también
Tezozomoc, cap. III; Durán, cap. V; Clavijero, lib. II, cap. 17; Sahagún, lib. X, cap. XXIX;
Veytia, lib. II, cap. XV.) Durán y Tezozomoc afirman que lo primero que hicieron cuando la
población comenzó a aumentar fue tratar de comerciar, lo que sólo podían lograr me-
diante algún tipo de relación con sus vecinos más próximos y más guerreros, que en esa
época eran los tecpanecas. Durán (cap. V [p. 49, § 14]): “Empero, juntándose todos en
consejo, hubo algunos que fueron de parecer que con mucha humildad se fuesen a los de
Azcaputzalco y a los Tepanecas, que son los de Cuyuacan y Tacuba, y que se les ofreciesen
y diesen por amigos y se les sujetasen, con intención de pedirles piedra y madera, para el
edificio de su ciudad.” Crónica mexicana, cap. III: finalmente acordaron comerciar, con las
mínimas concesiones posibles por su parte. Los demás autores en su mayoría han conver-
tido esta alianza con los tecpanecas en una sujeción feudal, basada en la ocupación del
suelo y los matrimonios intertribales. Ambas cosas las desmienten Durán (cap. V, p. 41
[p. 49, § 13]): “pues era sitio y término de los de Azcaputzalco y de los de Tezcuco, porque
allí llegaban los términos del uno y del otro pueblo, y, por la otra parte del mediodía,
términos de Colhuacan”, y [§ 15]: “y que, como señores ya en aquel sitio, sin hacer buz, ni
reconocer sujeción alguna a ninguno, pues su dios les había dado aquel sitio, fuesen y
comprasen piedra y madera” y Tezozomoc (cap. III, pp. 9-10 [pp. 231-232]).
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 167

Hasta Torquemada reconoce el hecho de que los mexicanos eran originalmente inde-
pendientes (lib. II, cap. XI), y que estaban conectados con los tecpanecas por tributo (lib.
II, cap. XV, p. 99), afirmaciones que se contradicen frontalmente. En su anterior descrip-
ción de la condición inicial de las tribus, presenta a los mexicanos como proscritos sobre
los cuales ninguna de las otras tribus tenía derecho alguno ([lib. II, cap. XI], pp. 92-93).
No se hizo ningún intento de conquistarlos, porque el lugar adonde se habían retirado
era demasiado impenetrable (Torquemada, lib. II, cap. XI, p. 93; Mendieta, lib. II, cap.
XXXIV [cap. XXXIII], p. 146), de modo que su relación con las tribus de la tierra firme fue
voluntaria (Joseph de Acosta, lib. VII, cap. 7, p. 467 [p. 330]), y necesariamente adoptó la
forma de una alianza o liga. En ese caso la asistencia militar era el punto principal. Y en
efecto, en los cronistas que podríamos llamar “texcocanos”, como Ixtlilxochitl, Torque-
mada, Veytia y Clavijero, son los mexicanos los que auxilian a los tecpanecas (cf. “Historia
de la nación”, cap. XV, p. 102 [p. 39]; cap. XVI, p. 108 [p. 41]; cap. XX, pp. 131-132 [pp. 49-
51]; Monarquía indiana, lib. II, cap. XIX, p. 108; Historia antigua de México, lib. II, cap. XXVIII,
pp. 236-238 [pp. 382-383]; cap. XXIX, pp. 241-243 [pp. 386-387]; cap. XXX, p. 250 [p.
392]; Historia antigua de México, lib. III, cap. 8). Bustamante ([1a. parte, cap. I], p. 2) o
confirma, diciendo seguir a Boturini. Las realizaciones militares de los mexicanos en las
guerras entre los tecpanecas y los texcocanos no son presentadas por esos autores ni siquiera
como servicio debido, sino como acciones de aliados o confederados de los primeros.
51. Cortés (“Carta segunda”, p. 35 [p. 68]): “La manera de su servicio era que todos
los días, luego en amaneciendo, eran en su casa más de seiscientos señores y personas
principales, los cuales se sentaban, y otros andaban por unas salas y corredores que había
en la dicha casa, y allí estaban hablando y pasando tiempo sin entrar donde su persona
estaba. Y los servidores de éstos y personas de quien se acompañaban henchían dos o tres
grandes patios y la calle, que era muy grande. Y todos estaban sin salir de allí todo el día
hasta la noche. Y al tiempo que traían de comer al dicho Mutezuma, asimismo lo traían
a todos aquellos señores tan cumplidamente cuanto a su persona, y también a los servido-
res y gentes de éstos les daban sus raciones. Había cotidianamente la despensa y botille-
ría abierta para todos aquellos que quisiesen comer y beber.” Véase también Sahagún
(lib. IX, caps. I-V), sobre las recepciones ofrecidas a los mercaderes por los jefes supremos.
Torquemada (lib. II, cap. LXIX [cap. LXXXIX], p. 231) dice que todos los jefes subalternos, en
número de tres mil, más todos los servidores de éstos, comían “en su corte”. En el lib. XIV,
cap. I, p. 531 [p. 534], hablando de los mensajeros, dice que residían en el calpixca o casa
de la comunidad, pero en otro lugar menciona esa casa como tecpan. Véase la nota 47.
Durán describe varias solemnidades religiosas a las que asistían los jefes de tribus veci-
nas, que el jefe supremo de México tenía el deber de atender (cap. XX, pp. 175-176 [p. 172]
y cap. XXIII, p. 195 [pp. 191-192]). Los jefes de Texcoco, Tacuba, Chalco, Xochimilco,
etc., eran invitados a asistir, y cuando llegaban eran “aposentados en las casas reales”
(ibid., caps. I, III, pp. 416-421 [cap. LI, cap. LIII, pp. 405, 406] y cap. LIV, p. 428 [pp. 414-
415]). Los delegados de Chalco, Tlaxcala, Cholula, etc., eran alojados “en su mesmo pa-
lacio real” (cap. LVIII, p. 459 [p. 442]). Tezozomoc, cap. XXI, p. 33 [p. 288]; cap. LXI, p. 101
[pp. 448-449], donde se advierte especialmente a Ahuitzotl que debe alimentar a su pue-
blo; cap. LXXXII, p. 144 [pp. 573, 574]: “y los vasallos recibidos como á tales tributarios,
aposentándolos, vistiéndolos y dándoles lo necesario para las vueltas de sus tierras […]
con los viejos y viejas mucho amor, dándoles para el sustento humano: regalados los
principales, teniéndolos en mucho, y dándoles la honra que merecen, llamarlos cada día á
palacio que coman con vos”. Esto indica que la hospitalidad era obligatoria, etc. Zorita, p. 65
[p. 481]; Herrera, déc. III, lib. IIII, cap. XXII, cap. XVII, p. 138 [p. 139].
168 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS

52. Esas casas, llamadas a veces calpulli y otras calpixca, eran los palacios privados que
mencionan los autores españoles. En realidad eran edificios oficiales, probablemente
conectados con almacenes. Así como la tribu tenía su tecpan, cada calpulli o grupo de
parentesco localizado tenía su propia casa del consejo. Esto es un resultado de la organi-
zación en grupos de parentesco. Véase también “Sobre el arte de la guerra”, supra, p. 64.
Lo que diferenciaba a esas construcciones de las casas o viviendas comunes (calli) eran las
salas, y el tecpan se distinguía además por una torre o mirador (Durán, cap. XXVI, p. 215
[p. 212, § 9]; Tezozomoc, cap. XXXVI, p. 58 [pp. 352-353]). Esta distinción lo aproxima al
llamado palacio de Palenque, en Chiapas. Cf. además Zorita (p. 62 [p. 480]): “y en esto
gasta mucho, porque siempre en estas juntas, que son muchas por año, les da de comer é
beber, y es necesario para los tener contentos é quietos”. Herrera, déc. II, lib. VII, cap. XIII,
p. 190. Si hemos de creer el cuadro de México que presentan los autores de los siglos XVI
y XVII, debe de haber habido en México innumerables edificios de este tipo.
53. No hay mención de ningún impuesto o tributo recaudado para fines oficiales entre
los mexicanos hasta la época del último Moctezuma, cuando generalmente se admite,
como dice Gómara, “que todos pechan al rey de Mexico” (p. 345 [cap. LXXVII, p. 122]).
Sin aceptar la opinión expresada por Robertson (History of America, 9a. ed., 1800, vol. III,
lib. VII, p. 29), quien atribuye a la influencia de Moctezuma un cambio en el plan de
gobierno de la tribu mexicana, parece simplemente natural que mientras la tribu era
débil en número y en recursos haya prevalecido la forma original o típica de instituciones
comunitarias, pero con el aumento de la población y el consiguiente incremento del
trabajo gubernamental, los miembros de la tribu se hayan visto obligados a proveer al
sustento de los oficiales y sus familias. El primer paso fue el cultivo de las parcelas que les
correspondían como miembros de algún calpulli; esas tierras eran los pillali, comúnmente
considerados “terrenos patrimoniales.” Sin embargo, Torquemada (lib. XIV, cap. VII, p.
546) dice: “Otro genero de Tierras llamaban Pillalli, como decir: Tierras de Hidalgos, ó
Nobles: Estos eran en dos maneras; vnos, que con la Nobleça heredaban las Tierras, y
otros, que por Valor, y Hechos haçañosos en la Guerra, el Señor los hacia Nobles, como
Cavalleros Pardos, y les hacia mercedes de Tierras, de donde se sustentasen; pero estos
no podian tener terrazgueros, y podian vender á otros principales, como no fuese cosa,
que el Señor huviese hecho la merced condicionalmente; y á ningun Macehual [hombre
común, quizá de maitl, mano, y ceualli, sombra, la mano de alguien que da protección y
sombra] los vnos, ni los otros no podian venderselas; porque por el mismo caso quedaban
perdidas, y entraba el Señor poseiendolas, y quedaban aplicadas al Calpulli, en cuia fuerte
caían, para que los de aquella parcialidad pagasen Tributo, conforme a la cantidad de Tierras, que
eran; y si alguno de estos moria sin Heredero, lo era el Señor.” Herrera (déc. III, lib. IIII,
cap. XVII, p. 138): “Havia Tierras señaladas, que andaban con el Señorio, que llaman de
Señorio, i de estas no podian los Señores disponer, i las arrendaban como querian, i lo
que se daba de renta, que era mucho, se gastaba en casa del Rei, porque alli, demás de
comian todos los Principales, comian también los Pasageros, i los Pobres, i por esto eran
muy honrados, i obedecidos los Reies; i lo que faltaba para el gasto, los suplian de sus
Patrimonios.” Veytia (lib. III, cap. VI, p. 195 [pp. 177-178]): “por ahora baste decir para
inteligencia de lo dicho, que en cada pueblo y lugar había una suerte de tierra en lo
mejor de ella, que era del rey o señor del estado […]. Para la siembra y labores de estas
tierras nombraba diariamente el calpixque, que era un ministro de república que había
en cada pueblo, los operarios que habían de trabajar en ellas de la gente plebeya y tributaria
y todos los frutos de las tierras pertenecían íntegramente al señor destinadas para la
manutención de su casa”. Ixtlilxochitl, “Historia de la nación”, cap. XXXV, pp. 242-244
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 169

[pp. 89-91]; Bustamante, 3a. parte, cap. V, pp. 234ss; Oviedo, lib. XXXIII, cap. LI, vol. III, p.
536. Ya hemos establecido que la tenencia individual del suelo era desconocida, y tam-
bién hemos demostrado que los cargos no eran hereditarios; por lo tanto, no podemos
dejar de reconocer:
1] En el pillali de Torquemada, la chinampa original del jefe en cuanto miembro de un
grupo de parentesco.
2] En las tierras mencionadas por Herrera y Veytia, “tierras oficiales” especialmente
reservadas para las necesidades de las casas oficiales y sus ocupantes. Esas tierras “iban
con el cargo”.
No es posible asignar una fecha a la introducción de este nuevo rasgo entre los mexi-
canos, pero no podemos dejar de asombrarnos ante el hecho de que los cronistas texcocanos
lo mencionan especialmente, relacionándolo con la época en que Nezahualcoyotl llegó a
ser señor de Texcoco (cf. Ixtlilxochitl, cap. XXV; Veytia, lib. III, cap. VI, p. 195 [pp. 177-
178]; Bustamante, 3a. parte, cap. V). La relación está implícita más bien que expresa, y
apenas permite suponer que ese cambio debe de haber ocurrido alrededor del fin del siglo
XIV y comienzos del XV. Desde luego, nos referimos aquí sólo a los mexicanos, y no a las
tribus de tierra firme.
54. Durán, caps. IX y X; Tezozomoc, caps. VII a XV; Joseph de Acosta, lib. VII, caps. 12
y 14; Herrera, déc. III, lib. II, caps. XII y XIII; Ixtlilxochitl, caps. XXX a XXXII; Torquemada,
lib. II, caps. XXXV a XXXVII; Veytia, lib. II, caps. I, LI a LIV; Clavijero, lib. III, caps. 17-19;
Bustamante, 1a. parte, cap. XXIII; Prescott, History of the Conquest of Mexico, 1869, vol. I,
lib. I, cap. II, pp. 15 y 18 [Historia de la conquista de México, México, Porrúa, 1976].
55. Incluso se dice que la causa de la guerra fue la petición de piedra y madera que los
mexicanos hicieron para la construcción de un canal desde Chapultepec hasta su pueblo
(cf. Durán, cap. VIII, p. 63 [p. 70]; Tezozomoc, cap. V, pp. 11-12 [pp. 237, 238]). Joseph
de Acosta (lib. VII, cap. II, p. 476 [cap. 11, p. 337]): “Con esta ocasión, ora sea que ellos de
propósito la buscasen para romper con los tepanecas, ora que con poca consideración se
moviesen, en efecto enviaron una embajada al rey de Azcapuzalco, muy resoluta, dicien-
do que del agua que les había hecho merced no podían aprovecharse por habérseles
desbaratado el caño por muchas partes; por tanto, le pedían les proveyese de madera, y
cal, y piedra, y enviase sus oficiales, para que con ellos hiciesen un caño de cal y canto que
no se desbaratase.” De ahí en adelante Chapultepec fue territorio específicamente mexi-
cano, siendo la fuente de agua dulce de la ciudad. Cuando Cortés avanzó contra la tribu
por segunda vez, tomó el cerro después de una lucha breve pero desesperada (Cortés,
“Carta tercera”, p. 71 [pp. 131-132]; Díaz del Castillo, cap. CL, p. 176 [p. 500]; Clavijero,
lib. X, cap. 17). Véase también García Icazbalceta, en su introducción al tercer diálogo de
Cervantes de Salazar, en México en 1554, pp. 256-257; Veytia, lib. III, cap. I, vol. III, p. 142
[p. 156]; Bustamante, 2a. parte, cap. I, p. 148.
56. Joseph de Acosta (lib. VII, cap. XII, p. 485 [cap. 13, p. 343]) dice que tomaron todas
las tierras para sí: “Con esto, los de Azcapuzalco quedaron tan pobres, que ni aun semente-
ra para sí tuvieron.” Durán (cap. IX, p. 79 [p. 83, § 50]): “ellos fueron a Azcaputzalco y se
entregaron en las tierras de él y las repartieron entre sí”. Tezozomoc, cap. X, pp. 16-17 [p.
254]. Es difícil conectar éstas y otras afirmaciones similares con los hechos positivos que
relatan Zorita (p. 11 [p. 469]: “Al Señor de México habían dado la obediencia los Señores
de Tlezcuco y Tlacuba en las cosas de guerra, en lo demás eran iguales, porque no tenía
el uno que hacer en el señorío del otro”), Veytia (lib. III, cap. III, p. 161 [pp. 157-158]) e
incluso Ixtlilxochitl (cap. XXXIV, p. 235 [p. 88]), que establecen la completa independen-
cia territorial de los tecpanecas respecto a los mexicanos, incluso después de su derrota.
170 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS

Durán dice también (cap. IX, p. 77 [p. 81]) que los tecpanecas prometieron tributo y
tierras. Tezozomoc (cap. IX, p. 16 [p. 248]) lo confirma, diciendo que ofrecían tributo,
servicio personal y asistencia en la guerra. No es posible conciliar estas informaciones
divergentes más que admitiendo que los tecpanecas se sometieron a la manera ordinaria
de las conquistas indias, es decir, al tributo y la asistencia militar, y también a la reserva
para fines tributarios de ciertas parcelas cuyos productos se destinaban exclusivamente a los
conquistadores. De esto último tenemos prueba positiva (cf. Durán, cap. IX, p. 79 [p. 83];
Tezozomoc, cap. IX, p. 17 [p. 249]). Solamente estos autores mencionan que esas parcelas
fueron dadas a personas o individuos. Pero esto es imposible, puesto que en México no
aparece posesión individual de la tierra ni siquiera en la época de la conquista, como
veremos más adelante. Por consiguiente, esas parcelas deben de haber sido entregadas a
esas personas como representantes de determinados grupos de parentesco o calpulli, como
se desprende de las palabras de Tezozomoc (cap. XV, p. 21 [p. 268]): “y las tierras repar-
tamos entre todos nosotros, para que de ellas alguna pasadía y sustento de nosotros, de
nuestros hijos y descendientes”. Además, Durán afirma que la división tuvo lugar en
beneficio de los jefes y de los barrios (o calpulli), lo que de nuevo tiende a demostrar que
eran “tierras oficiales” o “tierras del grupo de parentesco” apartadas para los conquista-
dores en el territorio conquistado. Que una parte de ellas se destinaba a fines religiosos,
lo dicen Joseph de Acosta (lib. VII, cap. 13, p. 483 [p. 343]) y Durán (cap. IX).
57. Durán, cap. IX, pp. 79-80 [p. 83]. Tezozomoc (cap. IX, p. 16 [p. 248]): “Para aman-
sar y traer á paz á los mexicanos que tan pujantes y orgullosos estaban contra los tecpanecas,
dijeron estos: Señores mexicanos, como vencidos que somos de vosotros, ya os tenemos
dadas nuestras hermanas é hijas que os sirvan y á vuestras mujeres, y nos proferimos á
vasallaje, y todas las veces que fuéredes en guerras y batallas con extraños iremos noso-
tros como vasallos, y llevarémos á cuestas vuestro matalotaje, y llevaremos a cuestas vues-
tras armas, y en caso que en las guerras alguno ó algunos de los mexicanos murieren, nos
proferimos á traernos los cuerpos cargados á vuestra tierra y ciudad, y ser con honra
enterrados, y venidos que seáis de las guerras, y ántes y despues, barreremos y regaremos
vuestras casas; tendremos cuidado de vosotros con nuestros servicios personales, pues así
estamos obligados conforme á usanza de guerra, y nosotros de servidumbre.” Los mexi-
canos entonces hablaron para sí mismos, diciendo: “habéis oido y visto las promesas,
sujecion y dominio con que se someten a nosotros estos tecpanecas Atzcaputzalcas ofre-
ciéndose darnos para nuestras casas madera, tablazon, piedra, cal, y sembrarnos maiz,
frijol, calabaza, especia de la tierra, chile y tomate, y ser nuestros criados, y los mayores
de ellos nuestros mayordomos”. Esto expresa la medida de la sujeción de una tribu a otra.
Zorita nos informa además (pp. 66-67 [p. 481]) que “los reyes mexicanos y sus aliados los
de Tlezcuco y Tlacuba, en todas las provincias que conquistaban y ganaban de nuevo
dejaban los Señores naturales della en sus señoríos, así á los supremos como á los inferio-
res, y á todo el común dejaban sus tierras y haciendas, é los dejaban en sus usos é costum-
bres y manera de gobierno, y para sí señalaban algunas tierras, según era lo que ganaban,
en que todo el común les labraban y hacían sementeras, conforme á lo que en cada parte
se daba, y aquello era lo que se les había de dar por tributo y en reconocimiento de
vasallaje, y con ello acudían los súbditos á los mayordomos é personas que el Señor tenía
puestas para la cobranza, y ellos acudían con ello á las personas que les mandaban los
Señores de México ó de Tlezcuco ó de Tlacuba, cada uno al que había quedado por
sujeto, é con la obediencia, é á le servir en las guerras: y esto era general en todas las
provincias que tenían sujetas, y se quedaban tan Señores como antes, con todo su señorío
é gobernación de él y con la jurisdicción civil y criminal”. Sin embargo, tenemos relatos
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 171

detallados sobre determinadas tierras que fueron asignadas por los mexicanos a determi-
nados jefes (Tezozomoc, cap. XV, p. 24 [p. 268]); se hizo en ocasión de conferir ciertos
títulos y dignidades a esos mismos jefes. Sin embargo, esos títulos y dignidades no eran
hereditarios sino electivos. Durán (cap. XI, p. 103 [pp. 103-104, § 33-35]): “A estos cuatro
señores y dictados, después de electos príncipes les hacían del consejo real, como presi-
dentes y oidores del consejo supremo, sin parecer de los cuales ninguna cosa se había de
hacer, y, muerto el rey, de aquellos había de ser electo el rey y no de otros. Y tampoco
podían ser puestos en este cargo y dictados, si no eran hijos o hermanos de reyes. Y así,
electo uno de estos cuatro, luego ponían otro en su lugar. Y es de saber que no ponían
hijo del que elegían por rey, o del que moría, porque –como ya tengo dicho– nunca
heredaron los hijos por vía de herencia, los dictados y los señoríos, sino por elección. Y
así, agora fuese hijo, agora fuese hermano, agora primo, como fuese electo por el rey y
por los de su consejo para aquel dictado, le era dado: bastaba ser de aquella línea y pa-
riente cercano. Y así iban siempre los hijos y los hermanos heredándolo, poco a poco; si
no esta vez, la otra, o si no, la otra, y así, nunca salía de aquella generación aquel dictado
y señorío, eligiéndolos poco a poco. Estos señores tenían vasallos que les tributaban;
pueblezuelos, estancias, terrazgueros que les daban de todo género de mantenimiento y
ropa.” También se dice que los mexicanos, cuando conquistaron a los tecpanecas, distri-
buyeron de sus tierras a los barrios (Durán, cap. IX, p. 79 [p. 83], y Joseph de Acosta, lib.
VII, cap. 13, p. 485 [p. 343]: “Señalaron también tierras de común para los barrios de
México, a cada uno las suyas, para que con ellas acudiesen al culto y sacrificio de sus
dioses”).
Si consideramos atentamente todo lo dicho, encontramos:
1] Que la conquista no ocasionó ninguna modificación en la tenencia de la tierra, ni la
conversión del territorio tecpaneca en dominio mexicano.
2] Que se apartaron algunas parcelas, que siguieron siendo de los conquistados y
trabajadas por ellos según el plan comunal acostumbrado, pero cuyos productos se desti-
naban exclusivamente al tributo.
3] Que esos productos se dividían, conforme a la organización de los mexicanos, entre
las necesidades oficiales (del tecpan y el calpulli en cuanto casa oficial de los barrios), las
del pueblo (los “barrios”) y las del culto. La analogía con Perú (incas, culto y pueblo) es
notable.
Por lo tanto la distribución de tierras a ciertas personas, mencionada en relación con
la conquista de los tecpanecas, indica simplemente que esas tierras fueron asignadas al
mantenimiento de esos cargos; no se convirtieron en “feudo” hereditario de una familia.
Durán expresa sin lugar a dudas que el oficio pertenecía al grupo de parentesco (la “lí-
nea”, la “generación”) y no era hereditario. Por consiguiente, las tierras pertenecían al
cargo como rasgo gubernamental del grupo de parentesco o calpulli, y no a la persona o
al hijo de su ocupante. Del mismo modo, algunas parcelas (o más bien sus productos)
iban al tecpan o a sus ocupantes, como rasgo gubernamental de la tribu (Bustamante, 3a.
parte, cap. V, p. 233).
58. Durán, cap. XII, cap. XIII, p. 114 y cap. XIV, p. 123 [p. 122]; Tezozomoc, cap. XVII,
p. 28 [p. 276] y cap. XVIII, p. 29 [p. 278]; y Joseph de Acosta.
59. Durán, cap. XVII, p. 152 [p. 151]; Tezozomoc, cap. XXVI, pp. 39-41 [pp. 303-304];
Joseph de Acosta, lib. VII, cap. 16, p. 493 [pp. 347-348], etcétera.
60. De las cinco tribus nahuas establecidas originalmente en el valle de México, tres
estaban por entonces sometidas a los mexicanos. En consecuencia, sólo faltaban los
texcocanos o acolhuas. Territorialmente, es probable que estos últimos ocuparan la ma-
172 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS

yor extensión, pero los mexicanos y sus aliados los aventajaban en posición y en número.
61. Durán (cap. XIV, p. 124 [p. 122] y cap. XV, pp. 125-132 [pp. 125-131]) menciona
una lucha fingida entre los mexicanos y los texcocanos, que terminó en una confedera-
ción. Joseph de Acosta (lib. VII, cap. 15, p. 490 [pp. 346-347]) lo confirma. Herrera (déc.
III, lib. II, cap. XIII, p. 64) habla de una sumisión voluntaria de los texcocanos. Tezozomoc
(caps. XIX y XX) afirma que los texcocanos fueron efectivamente conquistados por los
mexicanos. Por otra parte, Ixtlilxochitl (cap. XXXIV), Torquemada (lib. II, cap. LVII, p. 175),
Veytia (lib. III, cap. V) y Bustamante (2a. parte, cap. V) afirman que hubo una lucha, en la
que los mexicanos fueron derrotados y después de la cual quedó firmemente establecido
el “imperio” feudal texcocano. La verdad se encuentra probablemente entre los dos ex-
tremos, como lo reconocen Torquemada (lib. II, cap. LVII, p. 175) y Durán (cap. XIV, p. 123
[p. 121]) y lo expresa finalmente Zorita (p. 11 [p. 469]) en esta forma: “Al Señor de
México habían dado la obediencia los Señores de Tlezcuco y Tlacuba en las cosas de la
guerra, y en lo demás eran iguales, porque no tenía el uno que hacer en el señorío del
otro.” Herrera adopta esa opinión, que copia casi textualmente (déc. III, lib. IIII, cap. XV,
p. 133).
62. La única confesión existente en autores específicamente mexicanos sobre el tema
de los tecpanecas de Tlacopan está en Durán (cap. XIV, p. 123 [p. 122]). Pero Ixtlilxochitl
(cap. XXXII, pp. 218-220 [p. 83]) dice: “Y así muy a la clara se ve ser las tres cabezas de
esta Nueva España los tres referidos, y el de Tetzcuco y México ser iguales, y después de
ellos Tlacopan; demás de que esto está averiguado.” Torquemada (lib. II, cap. LVII, p. 175),
Veytia (lib. III, cap. III), Clavijero (lib. IV, caps. 2 y 3) y Bustamante (3a. parte [2a. parte],
cap. II, pp. 161-163) afirman categóricamente que los texcocanos insistieron en tener a
los tecpanecas como tercer miembro de la confederación. Como los autores mexicanos
no lo contradicen, y las fuentes imparciales como Zorita y Herrera afirman el hecho de la
igualdad de poderes y la autonomía territorial (véase n. 61), nos sentimos autorizados a
admitir esto como un hecho establecido.
63. Zorita, p. 11 [p. 468-469].
64. Zorita, p. 11 [ibid.]; Herrera, déc. III, lib. IIII, cap. XV, p. 133.
65. Mendieta, lib. II, cap. XXXVII, p. 153; Torquemada, lib. XI, cap. XXVI, p. 353; Durán,
cap. XXXII, p. 255 [p. 249], cap. XXXIX, p. 303 [p. 295], cap. XLI, p. 325 [p. 321] y cap. LII,
p. 409 [p. 397]; Tezozomoc, cap. XLI, p. 66 [p. 375], cap. LVI, p. 91 [p. 439], cap. LX, cap.
LXI, p. 100 [pp. 458-459] y cap. LXXXII, pp. 142-143 [pp. 572-573]; Ixtlilxochitl, cap. I,
pp. 2-3 [p. 7], cap. LX, p. 49 [p. 157] y cap. LXX, p. 102 [p. 177]. Véase también Veytia,
pero especialmente Clavijero, quien es sumamente categórico (lib. IV, cap. 3 [p. 269]):
“Además de esto, ambos reyes fueron constituídos electores honorarios del rey de Méxi-
co, el cual honor consistía solamente en ratificar la elección hecha.”
66. Zorita, p. 67 [pp. 481-482]; Herrera, déc. III, lib. IIII, cap. XV, p. 133; Torquemada,
lib. XIV, cap. VIII, pp. 546-547.
67. Herrera, déc. III, lib. IIII, cap. XV, p. 133.
68. Torquemada, lib. II, cap. LVII, p. 175 y cap. XXXIX, p. 144, y lib. XIV, cap. VIII, pp. 546-
548); Zorita, p. 12 [pp. 468-469]; Ixtlilxochitl, cap. XXXII, pp. 219-220 [pp. 82-83]; Veytia,
lib. III, cap. III, pp. 164-165 [p. 159]; Bustamante, 2a. parte, cap. III, pp. 163-165; Clavijero,
lib. IV, cap. 3.
69. Zorita, p. 67 y p. 66 [p. 481]: “se les había de dar por tributo y en reconocimiento
de su vasallaje, y con ello acudían los súbditos á los mayordomos é personas que el Señor
tenía puestas para la cobranza […] y se quedaban tan Señores como antes, con todo su
señorío é gobernación de él y con la jurisdicción civil y criminal”. Andrés de Tapia (“Re-
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 173

lación…”, en Icazbalceta, Colección de documentos, vol. II, p. 579), “Sobre el arte de la


guerra” (supra, p. 86, n. 17); Torquemada, lib. XIV, cap. VIII, p. 547; Veytia, lib. III, cap. VI,
p. 197 [p. 176].
70. “Itinerario de la armada del rey católico á la isla de Yucatán, en la India, el año
1518”, en Colección de documentos, vol. I, p. 293, tomado de Ramusio. Publicado original-
mente (1522) en el Itinerario de Varthema, libro extremadamente raro. Bernal Díaz del
Castillo, cap. XI, p. 10 [pp. 30-31].
71. Cf. Orozco y Berra, Geografía de las lenguas, 2a. parte, p. 83, y su espléndida carta
etnográfica.
72. Zorita (p. 11 [p. 469]): “En México y en su provincia había tres Señores principales.”
73. Brasseur de Bourbourg (Ruines de Palenque, cap. II, p. 32 y n. 10) observa con
mucha sensatez que el nombre de “Anahuac” no se aplicaba en absoluto a un “Estado” o
“imperio”, sino en general a todas las regiones situadas en las inmediaciones de cuerpos
de agua considerables, como lagos o ríos, o las costas del mar.
74. Ms de Simancas, pp. 223-224; Torquemada, lib. XIV, cap. VII, p. 546; Clavijero, lib.
VII, cap. 14. Este autor las incluye definitivamente entre las tierras de los clanes, y las trata
como tierras comunales, cuyo producto proporcionaba provisiones militares. Yaotlalli es
impropio (cf. “Sobre el arte de la guerra”, supra, p. 112, n. 158), pero milchimalli es posible.
75. De tecpan, casa principal (Molina, II, p. 93 [Siméon, p. 450]) y tlalli, suelo (p. 124
[p. 601]). Torquemada (lib. XIV, cap. VII, p. 546): “Havia otra suerte de Tierras, que eran
de la recamara del Señor, que se llamaban los que vivían en ellas, y las cultivaban,
Tecpanpouhqui, ó Tecpantlaca, que quiere decir: Gente del Palacio y, Recamara del Rey;
y estos tenian obligacion á reparar las Casas Reales, limpiar los Jardines, y tener cuenta,
con todas las cosas tocantes á la Policia, y limpieça del Palacio Real; y esta era la Gente
mas estimada, y mas arrimada, y conjunta á las casas del Rei, y á quien mas respetaba el
comun; y quando el Señor salia fuera, estos le acompañaban, y no pagaban ningun gene-
ro de Tributo, si no eran Ramilletes, y Pajaros de todo genero, con que saludaban al Rei;
las Tierras de estos sucedian de Padres á Hijos; pero no podian venderlas, ni disponer de
ellas en ninguna manera; y si alguno moria sin Heredero, ó se iba á otra parte, quedaba
su Casa, y Tierras, para que con orden del Rei, ó del Señor, los demas de la parcialidad
pudiesen poner otro en su lugar.” Herrera, déc. III, lib. IIII, cap. XV, p. 135. Veytia (lib. III,
cap. VI, p. 196 [p. 178]): “Fuera de éstas, había también en cada pueblo otras suertes de
tierras que llamaban tecpatlantli, esto es, tierra del palacio, o cámara del señor, porque sus
frutos que igualmente percibía íntegramente estaban destinados para las fábricas y
reedificios de los palacios de los reyes, y otros gastos que no eran de manutención. La
gente que las cultivaba y las labraba era también de la plebeya, pero estaba señalada y
destinada en cada lugar, y los llamaban tecpanpuhque, o tecpantlacatl, esto es gente que
pertenece a los palacios, y á éstos no podían ocuparlos en las labranzas de otras tierras
que éstas.” Ixtlilxochitl (cap. XXXV, p. 242 [p. 90]): “había otras suertes de tierras que
llamaban Tecpantlali, que significa tierras pertenecientes a los palacios y recámara de los
reyes o señores, y a los naturales que en ellas estaban poblados, llamaban Tecpanpouhque,
que quiere decir gente que pertenece a la recámara y palacio de los tales reyes y señores”.
Bustamante, 3a. parte, cap. V, pp. 233, 234. Clavijero (lib. VII, cap. 14 [p. 210]): “En las
tierras de la corona que llamaban tecpantlalli (tierras de palacio), reservado siempre el
dominio al rey, gozaban del usufructo cierto señores a quienes daban el nombre de
tecpanpouhque o tecpantlacaque, es decir, gente de palacio. Estos no pagaban tributo algu-
no, sino ramilletes de flores en muestra de reconocimiento y varias especies de aves que
presentaban al rey cuando le visitaban; pero tenían el gravamen de reparar las casas
174 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS

reales y de cultivar los jardines, concurriendo ellos con su dirección y costos, y los plebe-
yos de su distrito con su trabajo personal. Tenían también obligación de hacer corte al rey
y de acompañarle siempre que se dejaba ver en público, por los cual tenían mucha esti-
mación entre los mexicanos. Cuando moría algún señor de éstos, entraba el hijo mayor
en posesión de las tierras con el mismo gravamen que su padre; pero si iba a establecerse
a otra parte las perdía, y el rey o por sí nombraba un nuevo usufructuario, o lo dejaba a
arbitrio del pueblo en cuyo distrito estaban situadas las tierras.”
Estas citas muestran en forma concluyente que el suelo del tecpantlalli era del grupo de
parentesco, y sólo los productos se destinaban a ciertos propósitos oficiales. Sus ocupan-
tes no eran siervos, puesto que está claro que podían marcharse cuando quisieran; sólo
que –como cualquier otro miembro de un calpulli, según mostraremos más adelante– si se
iban perdían el derecho a usar esa parcela en particular. Eran realmente “artesanos ofi-
ciales”.
76. Ixtlilxochitl, cap. XXXV, p. 242 [p. 90]. Veytia (lib. III, cap. VI, p. 195 [p. 177]): “Esta
debía tener cuatrocientas medidas de las suyas en cuadro; cada medida componía tres
varas castellanas.” Cf. “Sobre el arte de la guerra”, supra, p. 116, n. 183. La vara castella-
na equivale a 83.59 centímetros.
77. De tlatoca o tlatoani, el que habla o los que hablan, y tlalli. Ms de Simancas, p. 223.
Herrera (déc. III, lib. IIII, cap. XVII, p. 138): “Havia Tierras señaladas, que andaban con el
Señorío, que llaman de Señorío, i de estas no podian los Señores disponer, i las arrenda-
ban como querian, i lo que se daba de renta, que era mucho, se gastaba en casa del Rei.”
78. Veytia, lib. III, cap. VI, p. 195 [p. 178]. Sería superfluo volver sobre la errónea
opinión de que los jefes podían disponer de ellas.
79. Con frecuencia se habla de “propiedades patrimoniales”, pero la cuestión es dón-
de se encuentran. Ni el tecpantlalli ni el tlatocatalli, y mucho menos el calpulalli, muestran
ningún rasgo de propiedad individual. La palabra “heredad” se aplica indistintamente a
milli y cuemitl (Molina, I, p. 57 [Siméon, p. 276]). Este último término se traduce también
como “tierra labrada, o camellón” (Molina, II, p. 26 [Siméon, p. 133]), lo que recuerda al
chinamitl (también “camellón”), y lo reduce a las proporciones de una parcela cultivada
ordinaria, igual a las otras contenidas en el área del calpulli. Las “tierras o heredades de
particulares, juntas en alguna vega” son llamadas tlalmilli, palabra que se descompone en
tlalli, suelo, y milli. Pero “vega” significa un campo fértil, y así tenemos de nuevo la con-
cepción de tierras comunales, divididas en parcelas cultivadas por familias particulares,
como necesariamente implica la idea de tenencia comunitaria.
80. “Sobre el arte de la guerra”, supra, pp. 78-79. L.H. Morgan, Ancient society, 2a.
parte, cap. VII, pp. 190-191.
81. Humboldt, Essai politique sur la Nouvelle Espagne, 1825, vol. II, lib. III, cap. VIII, p. 50
[Ensayo político sobre el reino de la Nueva España, México, Miguel Ángel Porrúa/Instituto
Cultural Helénico, 1985, ed. facsimilar, t. I, lib. III, cap. VIII, pp. 338-339]. Casi todos los
autores antiguos dicen que los edificios públicos estaban rodeados por jardines ornamen-
tales. Considerando que la ciudad había sido fundada en 1325, y los mexicanos habían
dedicado casi un siglo a rellenar el pantano a fin de extender el espacio originalmente
pequeño en que se habían establecido, es muy sorprendente que tan pronto hubiesen
podido crear parques ornamentales en esa área, absolutamente vital para su subsistencia.
82. La tribu mexicana propiamente dicha residía exclusivamente en la población de
Tenochtitlan. Los asentamientos de Iztapalapan, Huitzilopochco y Mexicaltzinco no eran
sino puestos militares que protegían las salidas de las calzadas hacia el sur. Tepeyacac
(Guadalupe Hidalgo) era una posición similar –insignificante en cuanto a su población–
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 175

en el norte. Chapultepec era un lugar sagrado, prácticamente deshabitado, que los mexi-
canos reservaban exclusivamente para entierros, y por los manantiales que proveían a la
ciudad de agua potable.
83. Tezozomoc, cap. XV, p. 24 [p. 268]. Cf. n. 57.
84. Tezozomoc, cap. X, p. 18 [p. 253]; Zorita, p. 227 [pp. 517-518]. Herrera (déc. III,
lib. IIII, cap. XVII, p. 138): “i no era en mano del Señor disponer de estos Tributos á su
voluntad, porque se alteraba la Gente, i los Principales”. Esto se refiere especialmente al
tributo por barrios.
85. Historia antigua de Mexico, lib. VII, cap. 14 [pp. 211-212].
86. Ixtlilxochitl, cap. XXXV, p. 242 [pp. 90-91]; Torquemada, lib. XIV, cap. VII, p. 545.
87. Narratives of the Rites and Laws of the Yncas, translated from the original Spanish
manuscripts, and edited by Clement R. Markham, ed. Hakluyt Society, 1873. [Instrucción contra
las cerimonias y ritos que usan los indios conforme al tiempo de su infidelidad (c. 1560) y Tratado
y averiguación sobre los errores y supersticiones de los indios (c. 1560), en Colección de libros y
documentos referentes a la historia del Perú, 1a. serie, vol. III, Lima, 1917; “Relación acerca del
linaje de los Incas y cómo conquistaron y acerca del notable daño que resulta de no
guardar a estos yndios sus fueros” (1571), en Colección de documentos inéditos relativos al
descubrimiento, conquista y colonización de las posesiones españolas en América y Oceanía, sacados
en su mayor parte del Real Archivo de Indias, dir. por Joaquín Pacheco, F. de Cárdenas y Luis
Torres de Mendoza, 42 vols., Madrid, 1864-1884, vol. 17 (1872), pp. 1-177.] Juan Polo de
Ondegardo fue regidor del Cuzco en 1560 y sus relaciones son documentos sumamente
importantes (cf. Prescott, History of the Conquest of Peru, n. al lib. I, cap. V). Confirmado por
García, lib. IV, cap. XVI, p. 102 [p. 162].
88. Zorita (p. 50 [p. 478]): “La tercera manera de Señores se llamaban y llaman calpullec
ó chinancallec en plural [esto es evidentemente incorrecto, puesto que es fácil distinguir
entre sí las palabras calpulli y chinancalli. Sin embargo, chinancalli significa según Molina
(II, p. 21 [Siméon, p. 103]), “cercado de seto”, es decir, un lugar cercado, y si lo conecta-
mos con el original chinamitl evoca poderosamente los primeros tiempos, en que los mexi-
canos vivían en una extensión muy reducida de suelo más o menos sólido. Hay más
evidencia en apoyo de la opinión que hemos adoptado sobre el desarrollo de la tenencia
de la tierra en la tribu mexicana. No debemos olvidar que el término es nahuatl, y reco-
nocido como tal por todas las demás tribus aparte de los mexicanos propiamente dichos.
La interpretación como “familia” en la lengua quiché de Guatemala, que ya hemos men-
cionado, aparece aquí con la mayor importancia], y quiere decir, cabeças ó parientes
mayores que vienen de muy antiguo; porque calpulli ó chinancalli, que es todo uno,
quiere decir barrio de gente conocida ó linaje antiguo, que tiene de muy antiguo sus
tierras y términos conocidos, que son de aquella cepa, barrio ó linaje.” “Estos capullec ó
linajes ó barrios son muchos en cada provincia, y también tenían estas cabezas ó calpulli
los que se daban á los segundos Señores, como se ha dicho, de por vida. Las tierras que
poseen fueron repartimientos de cuando vinieron á la tierra y tomó cada linaje ó cuadri-
lla sus pedazos ó suertes y términos señalados para ellos y para sus descendientes, é ansí
hasta hoy los han poseído, é tienen nombre de calpullec; y estas tierras no son en particu-
lar de cada uno del barrio, sino en común del calpulli.” Ramírez de Fuenleal, carta fecha-
da en México, 3 de noviembre de 1532 (en Ternaux-Compans, Recueil de pièces, p. 253):
“Hay muy pocas personas en los pueblos que tengan tierras propias […] porque las tie-
rras se tienen y se cultivan en común.” Herrera (déc. III, lib. IIII, cap. XV, p. 137 [p. 135])
confirma en forma condensada las afirmaciones de Zorita: “i no son particulares de cada
uno, sino en común”. Torquemada, lib. XIV, cap. VII, p. 545. Veytia (lib. III, cap. VI, p. 196
176 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS

[p. 178]): “Finalmente había otras suertes de tierra en cada pueblo, que llamaban calpollali,
es decir tierra de los barrios, que se labraba también en comunidad.” Oviedo, lib. XXXII,
cap. LI, pp. 536-537; Clavijero, lib. VII, cap. 14; Bustamante, 3a. parte, cap. V, p. 232.
89. Zorita (p. 52 [p. 478]): “el que las posee no las puede enajenar, sino que goce de
ellas por su vida”. Herrera (déc. III, lib. IIII, cap. XV, p. 135): “i el que las poseía, no las
podia enagenar, aunque las goçaba por su vida”. Torquemada, lib. XIV, cap. VII, p. 545.
Hay frecuentes menciones de disputas por tierras, pero se refieren al disfrute y la pose-
sión, no a la transferencia de la propiedad. El barón de Humboldt (Vistas de las cordilleras,
lám. 12) reproduce una pintura mexicana que representa un litigio por tierras. Sin em-
bargo, esa pintura es posterior a la conquista, como lo demuestra el hecho de que uno de
los litigantes es indio y el otro español. Ocasionalmente se dice que ciertas tierras “po-
dían venderse”, pero ya hemos mostrado que todas esas tierras, como el pillali, eran
propiedad colectiva, y sólo su uso se concedía a individuos y sus familias.
90. Zorita (p. 93 [p. 478]): “Podíanse dar estas tierras á los de otro barrio ó calpulli á
renta; y era para las necesidades públicas y comunes.” Herrera (déc. III, lib. IIII, cap. XV,
p. 134 [p. 135]): “i se podian dar à Renta à los de otro Linage”.
91. Zorita (p. 52 [p. 478]): “si alguna casa se acaba, ó acaba muriendo todos, quedan
las tierras al común del calpulli, y aquel Señor ó pariente mayor las da á quien las ha
menester del mismo barrio”.
92. Zorita, pp. 60-62 [pp. 478-479]; Ramírez de Fuenleal, p. 249.
93. Zorita, p. 60 [p. 480]: “Los comunes de estos barrios ó calpullec siempre tienen
una cabeza, é nunca quieren estar sin ella, é ha de ser de ellos mesmos é no de otro
calpulli, ni forastero, porque no lo sufren, é ha de ser principal y habil para los amparar
y defender; y lo elegían y eligen entre sí […] y no por sucesión, sino muerto uno eligen á
otro, el más honrado, sabio y hábil á su modo, y viejo, el que mejor les parece para ello. Si
queda algún hijo del difunto suficiente, lo eligen, y siempre eligen pariente del difunto,
como lo haya y sea para ello” (pp. 50 y 222 [pp. 478 y 517-518]). Ms de Simancas (p. 225):
“En cuanto al modo de regular la jurisdicción y elección de los alcaldes y regidores de los
pueblos, nombraban a hombres notables que tenían el título de achcacauhlitin.” Cf. “So-
bre el arte de la guera”, supra, p. 69.
94. Zorita, pp. 60-61 [pp. 479-481]. Herrera (déc. III, lib. IIII, cap. XV, p. 123 [p. 135]):
“i le elegian entre si, i tenian por maior”.
95. Zorita (pp. 61-62 [p. 480]): “Este principal tiene cuidado de mirar por las tierras
del calpulli y defenderlas, y tiene pintadas las suertes que son, y las lindes, é adónde é con
quién parten términos, y quien las labra, é las que tiene cada uno, y cuáles están vacas, y
cuáles se han dado á españoles, y quién é cuándo é a quien las dieron; y van renovando
siempre sus pinturas según los sucesos, y se entienden muy bien por ellas.” Es singular
que Motolinia, en su “Epístola proemial” (García Icazbalceta, Colección de documentos, vol. I,
p. 5), no mencione estos registros entre los cinco libros de pinturas que dice que tenían
los mexicanos. Tampoco aparecen en su carta de Cholula, 27 de agosto de 1554 (Ternaux-
Compans, Recueil de pièces). Sahagún (lib. VIII, cap. XV, p. 301 [cap. XIV, pp. 310, § 2.1])
dice: “porque primeramente demandaban la pintura, en que estaban escritas, o pintadas
las causas, como hacienda, o casas o maizales” (ibid., cap. XXV p. 314 [cap. XVII, pp. 315-
316, § 1-2]). Esto tiende a probar la existencia de tales pinturas. Mendieta, lib. II, cap.
XXVII, p. 135. Torquemada (lib. XIV, cap. VIII [cap. VII], p. 546): “y para escusar confusion
en el conocimiento de estas Tierras, las tenian pintadas, en grandes lienços; de tal mane-
ra, que las tierras de los Calpules, estaban pintadas con color amarillo claro, y las de los
principales con un color encarnado, y las Tierras de la recamara del Rei, con color colo-
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 177

rado, mui encendido, y así con estos colores, en abriendo cualquier pintura se veia todo
el Pueblo, y sus Terminos, y limites, y se entendia cuias eran, y en qué parte estaban, que
era vna curiosidad mui grande”. Esto de nuevo confirma nuestra opinión sobre la distri-
bución del suelo, y puede ser significativo el hecho de que las dos últimas clases se distin-
guieran sólo por diferentes matices de rojo. Clavijero (lib. VII, cap. 14) lo confirma. Sin
embargo, la explicación de Zorita cubre todo el asunto y explica las dos últimas afirma-
ciones.
96. Zorita, pp. 56, 62 [pp. 478-479, pp. 480-481]. Citamos de preferencia a Zorita
porque ningún otro autor, que sepamos, da tantos detalles.
97. Tlalmilli, “tierras o heredades de particulares, que están juntas en alguna vega”
(Molina, II, p. 124 [Siméon, p. 602: “Tierra cultivada, campo, propiedad”]).
98. Cada familia, representada por el hombre que la encabezaba, obtenía determina-
da extensión para su cultivo y uso. Zorita, p. 55 [pp. 478-479] dice que algún miembro
del calpulli, porque ningún miembro de otro tenía derecho a establecerse en esa área; p. 53
[p. 479]: “había ó hay sin tierras, el pariente mayor, con parecer de otros viejos, les daba
y da las que han menester, conforme á su calidad y posibilidad para las labrar: y pasaban
y pasan a sus herederos”; p. 56 [p. 479]: “El que tenía algunas tierras de su calpulli, si no
las labraba dos años por culpa o negligencia suya, y no habiendo causa justa […] le
apercibían que las labrase á otro año, y si no, que se darían a otro, é así se hacía.”
Bustamante, 3a. parte, cap. I, p. 190. El hecho de que cualquier asignatario de un tlalmilli
pudiera arrendar sus tierras, si estaba ocupado en algo que le impedía trabajarlas perso-
nalmente, deriva de que las tierras del calpulli se describen a veces como comunales y
otras como privadas. Además, se dice de los comerciantes que, por la naturaleza de sus
ocupaciones, estaban la mayor parte del tiempo ausentes, que también eran miembros y
participantes de un calpulli (Zorita, p. 223 [pp. 517-518]; Sahagún, lib. VIII, cap. III, p. 349
[cap. XIX, pp. 325-327]). Pero como todos los mexicanos pertenecían a algún grupo de
parentesco, que tenía tierras según el plan antes expuesto, se comprende que los que no
podían trabajarlas personalmente, por tener otras tareas al servicio de los intereses de la
comunidad, conservaban sus parcelas por medio de otros que las trabajaban en su bene-
ficio. No era el derecho de tenencia lo que autorizaba la labranza, sino que el hecho de
labrar la tierra para cierto propósito y beneficio aseguraba la posesión o la tenencia.
99. Es precisamente el pillali lo que plantea las mayores dificultades a esta investiga-
ción, y a una concepción clara del modo de tenencia de la tierra en el México antiguo. En
general aparece (cuando se menciona) como dominio privado de los jefes. Torquemada
(lib. XIV [cap. VII], pp. 545-546) distingue dos tipos de pillali. Dice que el primero se podía
vender, aunque con la restricción de que las tierras obtenidas por conquista (“sujeción”)
o por “merced” del jefe debían pasar a los descendientes como mayorazgo, y si el ocupan-
te moría sin herederos pasaban al rey o señor, y eran incorporadas a sus tierras reales. El
otro tipo era absolutamente intransmisible. Clavijero, lib. XVII, cap. 14. Observamos aquí
una confusión entre las tierras oficiales y las parcelas del calpulli que correspondían a la
familia del jefe por su pertenencia la grupo de parentesco, y también entre las “tierras
tributarias” y las tierras oficiales de tribus conquistadas. Torquemada reconoce que, en
caso de extinción de la familia, el pillali era incorporado al calpulli al que esa familia
pertenecía, “para que pudieran pagar tributo”. Esto debería bastar para definir su verda-
dera situación y naturaleza.
100. De tlalli, suelo, y maitl, mano: “manos del suelo”. Molina (II, p. 124) incluye tlalmaitl,
labrador o gañán [Siméon, p. 601: “labrador, cultivador, jornalero”]. Este nombre se da
como distinto de “macehuales” o personas que trabajan la tierra, en general. Los tlalmaites
178 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS

son equivalentes a los mayeques. Véase Zorita (p. 224 [p. 518]): “tlalmactes ó mayeques,
que quiere decir labradores que están en tierras ajenas”. Los distingue claramente de los
teccallec, que son los tecpanpouhque o tecpantlaca ya mencionados, como encargados de una
clase de tierras oficiales (p. 211 [pp. 517-518]). Herrera (déc. III, lib. IIII, cap. XVII, p. 138):
“Estos Mayeques no se podian ir de unas Tierras á otras, ni dexar las que labraban, i
pagaban Renta de ellas á los dueños, en lo que se concertaban, en lo mesmo que cogian:
no tributaban á nadie, sino al Señor de la Tierra.”
Esto parece indicar que no existía una obligación establecida, una servidumbre, sino
un contrato voluntario; que los tlalmaites no eran siervos, sino simplemente arrendata-
rios. Torquemada (lib. XIV, cap. VII, p. 545): “los que eran Caballeros, y Descendientes de
las Casas de los Reies, y Señores, tenian sus Tierras conocidas, y sus arrendamientos,
donde muchos de ellos tenian terrazgueros, que los servían, labraban, y cultivaban las
sementeras, y les servian en sus Casas; estas Tierras se llamaban Pillalli, que quiere decir:
Tierra de Hidalgos, y Caballeros.” Nosotros preferimos la etimología de piltontli, “niño ó
niña, muchacho ó muchacha”, según Molina (II, p. 82 [Siméon, p. 384]) o pilzintli, “niño,
niña”, es decir, tierras de los niños, a la derivación de pilli. El título del jefe era tecuhtli, y
la palabra pilli seguramente sólo se usa para el ocupante de un puesto o cargo particular
y no es un título en sí. Bustamante (p. 330 [p. 230]): “Tanto los soberanos como los señores
inferiores y otros principales tenían tierras propias patrimoniales, y en ellas sus mayegues
ó Tlalmayes: lo que estos rendian eran tributos del señor.” Ibid., pp. 233-234.
Los “tlalmaites” parecen haber estado libres de otros tributos, y también de todo tra-
bajo comunal fuera del pillali (Bustamante, p. 233; Herrera, déc. III, lib. IIII, cap. XVII, p.
138). No está del todo claro, sin embargo, si esto se aplica únicamente a la tribu con-
quistada, como en el caso del tributo que esa tribu debía a sus conquistadores. Las re-
laciones detalladas entre ambas cosas todavía son algo oscuras y confusas en algunos
puntos.
101. Ramírez de Fuenleal, p. 253; Ms. Simancas, p. 224; Herrera, déc. III, lib. IIII, cap.
XVII, p. 138; Torquemada, lib. XIV, cap. VII, p. 545; Clavijero, lib. VII, cap. 14. Estos auto-
res mencionan únicamente el pillali, pero Motolinia (trat. II, cap. V, pp. 120-121) y Gómara
(p. 434 [cap. CCXII, p. 326]) lo aplican en general, y este último es incluso muy claro
acerca de los tributarios (“los pecheros”). También Zorita (p. 56 [pp. 478-479]), aunque
se contradice en la p. 51 [pp. 477-478].
102. Motolinia (trat. II, cap. V, p. 120): “sino que dejaban las casas y heredades á sus
hijos”. Gómara (p. 434 [cap. CCXII, p. 326]): “Es costumbre de pecheros que el hijo mayor
herede al padre en toda la hacienda raíz y mueble, y que tenga y mantenga todos los
hermanos y sobrinos, con tal que hagan ellos lo que él les mandare.” Clavijero (lib. VII,
cap. 13 [p. 209]): “Sucedían en México y en casi todo el imperio, a excepción, como ya
dijimos, de la casa real, los hijos a los padres y, a falta de los hijos, los hermanos.”
Bustamante, p. 219 [3a. parte, cap. IV, pp. 218-219]. Este autor habla sólo de los jefes,
pero las citas de Motolinia y Gómara se refieren directamente al pueblo en general.
103. L.H. Morgan ha investigado las costumbres relativas a la herencia no sólo entre
los indios del norte sino también entre los pueblos de Nuevo México, y ha establecido el
hecho de que el grupo de parentesco o gens, que podemos considerar con justicia como la
unidad de organización de la sociedad americana aborigen, participaba en la propiedad
del difunto. Lo ha demostrado entre otras cosas para los iroqueses (Ancient society, 2a.
parte, cap. II, pp. 75-76), los wyandottes (cap. VII, p. 153), las tribus de Missouri (p. 155), los
winnebagos (p. 157), los mandans (p. 158), los minnitarees (p. 159), los creeks (p. 161),
los choctas (p. 162), los chickasas (p. 163), los ojibwas (p. 167), así como los potowattomies,
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 179

crees y miamis (p. 168), los shawnees (p. 169), los saux, foxes y menominies (p. 170), los
delawares (p. 172) y los munsees y mohegans (p. 173). Finalmente, muestra que los indios
pueblo de Nuevo México tienen un modo de herencia si no idéntico al menos similar.
Sería fácil hallar más evidencias también de Sudamérica.
104. Ancient society, 2a. parte, cap. II, p. 75 y 4a. parte, cap. I, pp. 528-537.
105. Gómara, p. 201; García, lib. IV, cap. XXIII, p. 247; Piedrahita, 1a. parte, lib. I, cap.
5, p. 27; Joaquín Acosta, Compendio histórico del descubrimiento y colonización de la Nueva
Granada, cap. XI, p. 201; Ternaux-Compans, L’ancien Cundinamarca, pp. 21, 38.
106. Motolinia, trat. II, cap. V, p. 120; Gómara, p. 434 [cap. CCXII, p. 326]; Clavijero,
lib. VII, cap. 13; Zorita, pp. 42-43 [pp. 476-477].
107. Carta de Motolinia y Diego de Olarte a Luis de Velasco, Cholula, 27 de agosto de
1554 (Recueil, p. 407): “Las hijas no heredaban, era el hijo de la esposa principal.” Ade-
más, casi todos los autores indican sólo a un hijo varón, o a los hijos varones, como
herederos, sin que haya ninguna mención de hijas. En Tlaxcallan también se nos dice
expresamente que las hijas no heredaban (Torquemada, lib. XI, cap. XXII, p. 348). En
general, la posición de la mujer en el México antiguo era de gran inferioridad, escasa-
mente superior al que ocupa entre la mayoría de los indios. Compárese la descripción de
Gómara, p. 446 [cap. CCXXIII, p. 341] con las de Sahagún (lib. X, cap. I, p. 584 [p. 98] y
cap. XIII, pp. 602-604 [pp. 124-126]). Es un hecho generalmente admitido. H.H. Bancroft,
Native races, vol. II, cap. VI, p. 224, etcétera.
108. Motolinia, trat. II, cap. V, p. 120; Torquemada, lib. XIII, caps. XLII a XLVIII, pp.
515-529; Joseph de Acosta, lib. V, cap. 8, pp. 228-230; Gómara, pp. 436-437 [cap. CCXII,
pp. 326-327]; Mendieta, lib. II, cap. XL, pp. 162-163. Clavijero (lib. VI, cap. 39 [cap. 40,
p. 174]): “quemaban la ropa, las armas y algunos muebles”.
109. Motolinia (trat. II, cap. V, p. 120): “el cual hacer de testamento no se acostumbra-
ba en esta tierra, sino que dejaban las casas y heredades á sus hijos, y el mayor, si era
hombre, lo poseia y tenia cuidado de sus hermanos y hermanas, y yendo los hermanos
creciendo y casándose, el hermano mayor partia con ellos según tenia; y si los hijos eran por
casar, entrábanse en la hacienda los mismos hermanos, digo en las heredades, y de ellas
mantenian a sus sobrinos y de la otra hacienda”. Gómara (p. 434 [cap. CCXII, p. 326]): “Es
costumbre de pecheros que el hijo mayor herede al padre en toda la hacienda raíz y
mueble, y que tenga y mantenga todos los hermanos y sobrinos, con tal que hagan ellos lo
que él les mandare. A esta causa hay siempre en cada casa muchas personas. La razón por
donde no parten la hacienda es para no disminuirla con la partición y particiones que
una tras otra se harían.” Ms de Simancas (p. 224): “En relación con el calpulalli […] casi
todo lo heredaban los hijos varones.”
110. Zorita (p. 55 [p. 479]): “Si alguno había ó hay sin tierras, el pariente mayor, con
parecer de otros viejos, les daba y da las que han menester, conforme á su calidad y
posibilidad para las labrar.” Herrera, déc. III, lib. IIII, cap. XV, p. 135.
111. Esas mujeres célibes eran las “monjas” mencionadas con frecuencia por los escri-
tores antiguos. Tendremos ocasión de investigar el punto también en nuestro trabajo
sobre el sacerdocio en el México antiguo. Como ayudantes del culto, participaban en los
tributos que para ese fin pagaba cada calpulli, de los que ya hemos hablado.
112. Oviedo (lib. XXXIII, cap. LIV, pp. 547ss) registra una conversación con don Juan
Cano, sostenida en Santo Domingo el 8 de septiembre de 1544, en que Cano afirma
haberse casado con la hija de Moctezuma, viuda de Quauhtemotzin. Hay una informa-
ción indefinida de que cuando se casó con Quauhtemotzin ya era viuda de Cuitlahuatzin.
En Yucatán había matrimonios entre viudos y viudas, pero sin ninguna ceremonia. Cf.
180 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS

Landa, Relación de las cosas de Yucatán, París, 1865, ed. de Brasseur de Bourbourg, XXV,
p. 142 [México, Porrúa, 1959, cap. XXV, p. 43].
113. Véase supra, n. 108; las mismas citas son aplicables. Remitimos además a las
numerosas descripciones de ritos fúnebres, o más bien cremaciones, contenidas, por ejem-
plo, en Durán, Tezozomoc, Ixtlilxochitl, Veytia y Bustamante. También la cremación del
supremo jefe de guerra de Michoacán, relatada por Mendieta (lib. II, cap. XLI, pp. 164-
167). Nos abstenemos de incluir más citas porque el tema está ampliamente tratado por
todos los autores mencionados.
114. Zorita, p. 12 [pp. 468-469]; Gómara, p. 434 [cap. CCXII, pp. 326-327]; Torquemada,
lib. IX, cap. IV [cap. V, p. 177 y lib. XI, cap. XXVII, p. 356, etcétera.
115. Este hecho está demasiado demostrado para necesitar referencias especiales, y
reservamos su estudio definitivo para el trabajo que nos proponemos realizar sobre los
jefes de los mexicanos, y los deberes, poderes y funciones de su cargo.
116. Martín Fernández de Navarrete (Colección de los Viajes y Descubrimientos, vol. II,
Madrid, 1825, pp. 29-35): “Et insupre mandamus vobis in virtute sanctae obediantie est (sicut
pollicemini et non dubitamus pro vestra maxima devotione et Regia magnanimitate vos esse facturos)
ad terras firmas et insulas praedictas viros probos, et Deum timentes, doctos, peritos et expertos ad
instruendam incolas et habitatores praefatos in Fide Catholica, et in bonis moribus imbumdam destinare
debeatis, omnum debitam diligentiam in praemisis adhibentes.”
Mendieta, lib. I, cap. III, pp. 20-22; Herrera, déc. I, lib. II, cap. IIII, p. 41; Gómara,
pp. 168-169; Oviedo, lib. II, cap. VIII.
117. Herrera, déc. I, lib. II, cap. IV, p. 41; Oviedo, lib. II, cap. VIII, pp. 31-32; Gómara,
p. 168; Mendieta, lib. I, cap. III, pp. 18-20; y muchos otros. Todas estas autoridades
pueden resumirse en las palabras clásicas de Robertson (vol. I, lib. II, p. 159): “El papa,
como vicario y representante de Jesucristo, tenía supuestamente un derecho de dominio
sobre todos los reinos de la tierra.” Al parecer ya Grijalva, en 1518, había tomado formal-
mente posesión de la costa mexicana (Oviedo, lib. XVII, cap. XV, p. 525).
118. Herrera, déc. I, lib. VII, cap. XIV, pp. 197-198; Robertson, vol. I, lib. III, p. 271 y la
n. XXIII, p. 378.
119. Cortés supuso que existía un Estado o imperio mexicano y tomó sus medidas de
acuerdo con esa idea (“Carta segunda”, p. 12 [p. 32]). Gómara, p. 313 [cap. XXXIII, pp. 58-
59]; Díaz del Castillo, pp. 32-33 [cap. XXXVIII, pp. 93-94]; Oviedo, lib. XXXIII, cap. II, p. 261;
Torquemada, lib. IV, cap. XVI, pp. 386-387, etcétera.
120. Cortés, “Carta segunda”, pp. 13 y 15 [pp. 32 y 34]; Díaz del Castillo, cap. XLI, p. 36
[pp. 104-105]; Oviedo, lib. XXXIII, cap. II, p. 261; Andrés de Tapia, pp. 561-562; Gómara,
p. 320 [cap. XXXVII, p. 6]. Pero la principal evidencia es la que nos proporciona el docu-
mento publicado por García Icazbalceta en el vol. II de su Colección de documentos, titulado
“Real Ejecutoria de S.M., sobre tierras y reservas de pechos y paga, perteneciente a los
caciques de Axapusco, de la jurisdicción de Otumba” (pp. 5-9).
121. “Real Ejecutoria”, p. 7; Gómara, p. 320 [cap. XXXVII, p. 65]; Clavijero, lib. VIII,
cap. 11.
122. Los pueblos de Axapusco y Tepeyahualco están situados sobre el camino que va
de la ciudad de México a Tullantzinco, en el estado de México, al noroeste de San Juan
de Teotihuacan. Como indica el documento al que hemos hecho referencia, bajo el go-
bierno español estaban incluidos en la jurisdicción de Otumba. Ese documento merece
particular atención. Fue publicado por García Icazbalceta en el vol. II de su Colección de
documentos para la historia de México, y su autenticidad ha sido cuidadosamente examinada
–y en nuestra opinión plenamente probada– por José F. Ramírez. Su historia no carece
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 181

de interés, y la registramos aquí, en parte del documento mismo y en parte de la intro-


ducción y notas del señor Ramírez.
El día 9 de marzo de 1617, se presentó Leonardo de Salazar ante el virrey de Nueva
España (marqués de Guadalcázar), “en nombre del gobernador, alcalde y fiscales” de los
pueblos de San Esteban Axapusco y Santiago Tepeyahualco, de la jurisdicción de Otumba,
pidiendo confirmación escrita del virrey de cierta merced o concesión a los dichos pue-
blos, hecha por Cortés y aprobada con sello por el rey y su Real Consejo. Para obtener esa
confirmación, se alegaba que la merced original, escrita en “nueve hojas”, estaba tan
dañada y rota que ya no se podía tocar, y que su pérdida podía significar la desgracia para
los habitantes de dichos pueblos. La petición fue atendida de inmediato y el 19 de marzo
se ordenó que se hiciera una copia de la merced original, y que en las partes en que el
texto estuviera roto o dañado en el original, prevaleciera la creencia o tradición general
sobre el contenido del documento (“obre la fé que hubiere lugar en derecho”). La copia
certificada estuvo lista el 21 de marzo de 1617.
Esa copia contiene el texto mutilado de un documento oficial muy singular. Al pare-
cer, el día 20 de marzo de 1519 Cortés expidió un certificado (firmado en esa fecha en
San Juan de Ulúa y por él y por Pedro Hernández) en favor de dos jefes indios de los dos
pueblos, y a petición de ellos, declarando que esos jefes se habían unido a los mensajeros
enviados desde México para saludar y espiar a Cortés a su llegada a la costa, con la
intención de acercarse a él en secreto y ofrecerle su asistencia en cualquier designio que
pudiera tener contra los mexicanos, que según dijeron les exigían severos tributos. Lo-
graron su propósito y juraron fidelidad a la corona de España. A cambio, Cortés les
prometió que “luego que fuese logrado nuestro viaje […] les hiciese en primer lugar la
honra que mas posible fuese en remuneracion de tan hidalga fineza y voluntad”, y ade-
más “los hiciese grandes y señores de tierras, donde de presente tienen sus pueblos”. Se
consigna que esto estaba registrado en el documento original, redactado por consiguien-
te treinta días después del desembarco de Cortés en la costa de Veracruz. Sin embargo,
ese documento estaba incluido, en copia, en otra merced, fechada el 16 de diciembre de
1526, en que Cortés reconoce los servicios prestados por los dos jefes durante la conquis-
ta de México, y que después de la captura de la ciudad los dos jefes regresaron a sus
pueblos “bien pagados con botín” y confiando en el cumplimiento de las promesas origi-
nales. Continúa diciendo que, transcurridos seis años y cuando ya se han concedido
tierras a la mayoría de los jefes que habían auxiliado a la causa española, recuerda Cortés
a los jefes de Axapusco y Tepeyahualco “por la presente en el real nombre de S.M. les
hago merced de cuatro sitios de estancias […] en términos de los dichos sus pueblos”.
Esas tierras estaban exentas de toda tasa o impuesto, y los jefes y sus herederos las ten-
drían para siempre con el señorío y el cargo de gobernadores del pueblo al que pertene-
cían. Esa merced de Cortés fue confirmada por el emperador Carlos V y el Real Consejo
de Indias el 2 de noviembre de 1537, y el 9 y 10 de febrero los jefes en cuestión fueron
debidamente investidos de sus nuevos cargos hereditarios, y sus tierras medidas para
ellos.
Se han expresado dudas sobre la autenticidad del documento, pero el hecho de que
las autoridades españolas lo reconocieron legalmente apenas 98 años después de su ex-
pedición original las elimina por completo. Algunas objeciones relativas a imperfeccio-
nes del texto y aparentes anacronismos han sido anuladas por las juiciosas observaciones
de José F. Ramírez y el minucioso tratamiento del editor, Joaquín García Icazbalceta. No
podemos menos que aceptar como auténtica la “Real Ejecutoria” y llamar la atención de
los lectores sobre ella, como uno de los documentos más importantes sobre el tema de la
182 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS

tenencia del suelo en el México antiguo. Para los fines de esta nota, nos detendremos
únicamente en su autenticidad, reservando los demás puntos para notas subsiguientes,
con excepción de dos que examinaremos a continuación.
De la merced de Cortés se desprende:
1] Que los jefes de Axapusco y Tepeyahualco no tenían tierras que consideraran de su
propiedad, hasta que Cortés se las dio.
2] Que su cargo no era hereditario hasta que Cortés lo convirtió en tal en esa misma
ocasión.
Las dos conclusiones son de gran importancia para el tema de este trabajo, y deben
tenerse presentes porque tendremos ocasión de volver a referirnos a este documento.
123. “Real Ejecutoria”, p. 6; Andrés de Tapia, p. 561; Cortés, “Carta segunda”, pp. 12
y 13 [pp. 33 y 34]; Gómara, p. 318 [cap. XXXIII, pp. 58-59], sumamente explícito y categóri-
co; Oviedo, lib. XXXIII, cap. II, pp. 261-263; Díaz del Castillo, caps. XLVI y XLVII; Ixtlilxochitl,
cap. LXXX, pp. 173-175 [pp. 200-202]; Torquemada, lib. IV, cap. XX, pp. 397-399; Clavije-
ro, lib. VIII, caps. IX y XI; Robertson, vol. II, lib. V, p. 286; Prescott, lib. II, cap. VII.
124. “Real Ejecutoria” (pp. 6 y 7): “y que desde agora en adelante y para siempre se
ofrecian fieles y leales vasallos de su majestad ó emperador”, y “y me suplicaron les diese
testimonio de la obediencia que dieron á Dios Nuestro Señor y á S.M.”.
125. Cortés, “Carta segunda”, p. 30 [pp. 59-60]; Díaz del Castillo, cap. CI; Oviedo, lib.
XXXIII, cap. IX.
126. A menudo se emplea el término “rebelión” para indicar el levantamiento de los
mexicanos durante la breve ausencia de Cortés en su expedición contra Narváez, y su
subsecuente resistencia al poder español. En realidad, aparece con tanta frecuencia en
documentos y crónicas del siglo XVI, que nos abstendremos de dar referencias especiales.
127. Cortés, “Carta cuarta”, pp. 113-116 [pp. 196-199]; Díaz del Castillo, cap. CLXIX,
pp. 237-238 [pp. 664-665]; Gómara, p. 394 [cap. CXLVII, p. 232]; carta de los soldados de
Cortés al emperador, Colección de documentos, vol. I, p. 431. También lo reconoce el propio
Cortés en su carta al emperador del 15 de octubre de 1524, donde afirma expresamente
(Colección de documentos, vol. I, pp. 472-474) que no se atrevía a promulgar los últimos
despachos recibidos de la corte española, porque le ordenaban abstenerse de “repartir ni
encomendar”. Esto indica claramente que ya había hecho repartimientos.
128. Navarrete, vol. II, pp. 215-216; Herrera, déc. I, lib. III, cap. II, p. 66.
129. Herrera, déc. I, lib. III, cap. XVI, p. 95; Oviedo, lib. III, cap. VI, p. 72.
130. Herrera, ibid.; Oviedo, ibid., pp. 32-33.
131. Carta de Ramírez de Fuenleal, p. 244; carta del Lic. Ceynos, Colección de documentos,
vol. II, pp. 162-163; carta de Ramírez de Fuenleal, vol. II, pp. 170-172; carta del P. Domin-
go de Betanzos, vol. II, pp. 190-197; Díaz del Castillo, cap. CCX, p. 313 [p. 884].
132. Parece indudable que la intención original era que los indios trabajaran la tierra
en beneficio de los propietarios españoles, como lo demuestran Herrera (déc. I, lib. III,
cap. XVI, p. 95) y Oviedo (lib. III, cap. VI, p. 72). Oviedo era contemporáneo de esos
acontecimientos. Sin embargo, está claro, principalmente por las quejas acerca del mal-
trato de los indios y las sugerencias para su remedio, que muy pronto los españoles con-
virtieron esa situación en una verdadera esclavitud personal. Véase carta de Ramírez de
Fuenleal, pp. 167-168; carta de Alonso del Castillo, p. 202 [pp. 202-203]; parecer del
licenciado Marcos de Aguilar, 8 de octubre de 1526, vol. II, pp. 549-553; carta de Motolinia,
vol. I, 2 de enero de 1555, todas en Colección de documentos.
133. Humboldt, Ensayo político, vol. II, lib. III, cap. VIII, pp. 64-65 [p. 356].
134. Carta del P. Toribio de Benavente (Motolinia), 2 de enero de 1555 (Colección de
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 183

documentos, vol. I), y especialmente la larga carta de Mendieta fechada en Toluca el primer
día de 1562 (Colección de documentos, vol. II, p. 538): “Sexto. Paréceme que es razon se
tenga en cuenta con los señores naturales y legítimos […]. Mas trato de los señoríos
particulares, en cuanto á ser señores de sus indios y pueblos, los que antiguamente los
poseian, porque pienso que algunos están expelidos, y aun no sé si vueltas macehuales ó
tributarios; y otros, ya que se les dé alguna miseria, es por título de gobernacion, de
manera que quitados de ella, se quedan á buenas noches.” Aquí el buen religioso expresa
claramente cómo concebían los españoles la jefatura india en la época de la conquista
(como un señorío feudal). Véase también carta del arzobispo de México, fray Alonso de
Montúfar, 30 de noviembre de 1554 (Ternaux-Compans, Cruautés horribles des conquérants
du Mexique, apéndice, pp. 258-260).
135. “Real Ejecutoria”, p. 20; concesión de Cortés a Doña Isabel Moctezuma, en Prescott,
vol. III, apénd., pp. 460-464 [apéndices, pp. 637-640]; memorial de varios señores mexi-
canos a Carlos V, 1532, en Ternaux-Compans, Cruautés horribles, p. 261.
136. Dice (“Real Ejecutoria”, p. 18): “y pues eran tan servidores de S.M., los hiciese
libres de todos pechos y contribuciones perpetuamente los dichos sus pueblos y ellos, y
les hiciese merced de cuatro sitios de estancias, y gobernadores perpetuos de sus pueblos,
sin que ninguno de sus inferiores pueda serlo”. El rey y su Consejo de Indias, por consi-
guiente, ordenaron: “por la presente declaramos á los susodichos por libres y quitos, no
obligados á tributos, diezmos, primicias y otros pechos, ni contribuciones, acostumbra-
das y por acostumbrar, y que ellos y sus descendientes perpetuamente tengan el gobierno
de sus pueblos, con todos los aprovechamientos y comunidades de las cuatro estancias,
como señores de ellos, y que es nuestra merced y voluntad” (p. 21). Finalmente al descri-
bir las tierras deslindadas para dichos caciques, dice: “y son tierras ásperas, montuosas,
sin ninguna agua; de lo cual los susodichos tomaron posesión” (p. 24). Claramente, se
estaban deslindando algunas partes del suelo comunal, que pasaban a ser propiedad
privada de los caciques. Es interesante ver en relación con esto la siguiente afirmación de
Zorita (p. 57 [p. 479]): “ha habido é hay desorden en los que se han dado y dan á españo-
les; porque en viendo ó teniendo noticia de algunas que no están labradas, las piden al
que gobierna”.
137. Felizmente, esta concesión fue publicada por Prescott, en un apéndice a Historia
de la conquista de México (vol. III, pp. 461-464 [pp. 636-640]). Lleva el título “Privilegio de
Doña Isabel Motezuma, hija del gran Motezuma, último rey indio del gran Reyno y Cibdad
de México, que bautizada y siendo Christiana casó con Alonso Grado, natural de la villa
de Alcántara, Hidalgo, y criado de su Magestad, que había servido y servía en muchos
officios en aquel Reyno. Otorgado por Don Hernando Cortés, conquistador del dicho
Reyno, etcétera.” Lleva la fecha 26 [27] de junio de 1526. Menciona a Doña Isabel como
“la mayor y legítima heredera del dicho Señor Moteçuma” y formula la concesión propia-
mente dicha como sigue: “Con la qual dicha Doña Isabel le prometo y doi en dote y arras
á la dicha Doña Isabel y sus descendientes, en nombre de S.M., como su Governador y
Capitán General destas partes, y porque de derecho le pertenece de su patrimonio y le-
gítima, el Señorío y naturales del Pueblo de Tacuba, etc.”, y agrega: “Yeteve, Izqui Luca,
Chimalpan, Chapulma Loyan, Escapucaltango, Xiloango, Ocoiacaque, Castepeque,
Talanco, Goatrizco, Duotepeque, Tacala.” Pese a las deficiencias de la grafía (Escapu-
caltango por Azcapotzalco, Duotepeque por Ometepec, etc.), es fácil discernir el territo-
rio de la tribu tecpaneca, como lo prueban además las propias palabras del “Privilegio”:
“las quales dichas estancias y pueblos son subjetos al Pueblo de Tacuba y al Señor della”.
138. Además de los testimonios ya citados, véase la carta de fray Toribio (Motolinia) y
184 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS

fray Diego de Olarte, fechada en Cholula el 27 de agosto de 1554: “Todos los demás obe-
decían a Moctezuma, al soberano de Texcoco y al de Tacuba. Esos tres príncipes estaban
estrechamente confederados y se repartían entre ellos los territorios que conquistaban”
(Ternaux-Compans, Recueil des pièces, p. 403). En la “Relación de los servicios prestados
por el Marqués del Valle” (Cortés) entre 1532 y 1535, presentada al emperador por el
licenciado Núñez, se hace referencia a la concesión original a Cortés, de tierras que con-
tenían “veinte y tres mil vasallos” e incluían los pueblos tecpanecas de Coyoacan y
Atacubaya. Esos pueblos eran reclamados como pertenecientes a México “por industria
del presidente Nuño de Guzman y de los oidores Matienzo y Delgadillo”, pero el caso fue
juzgado en la Nueva España y Cortés presentó amplias pruebas de “cómo las dichas
tierras son términos é juridicion por sí distintos y apartados de la cibdad de México, é
que siempre las tovieron y poseyeron en haz y en paz los señores naturales de los dichos
pueblos de Cuyoacan y Atacubaya” (Colección de documentos, vol. II, p. 56). Si eso ocurría
con esos dos pueblos, mucho más ocurría con Tacuba y sus alrededores, que eran los
principales asentamientos de la tribu tecpaneca, tercer miembro de la confederación
nahuatl del valle de México.
139. La merced de Cortés mencionada en la nota anterior es un caso de aglomeración
de varios pueblos bajo un mismo propietario. Debe de haber habido muchos más, puesto
que originalmente Cortés creó apenas 200 repartimientos en todo el territorio. El licen-
ciado Ceynos, en su carta del 22 de junio de 1532 (Colección de documentos, vol. II, p. 159),
menciona “hasta en número de cuatrocientas personas”, de las cuales 200 debían estable-
cerse en la ciudad de México. El obispo Fuenleal, en su parecer de 1532 (Colección de
documentos, vol. II, p. 176), menciona (entre otros) los siguientes repartimientos: Huexo-
tzinco a Diego de Ordaz, la provincia de Tepeaca a Pedro Almíndez Chirino, Chilchota a
Juan de Sámano, etc. Cada uno de esos repartimientos, especialmente el primero, incluía
varios pueblos, cuando no una tribu entera.
Cf. la carta del arzobispo Montúfar, 30 de noviembre de 1551 (Cruautés horribles, apén-
dice, pp. 255-260); Zorita, pp. 63-64 [pp. 481-482]. Las quejas se refieren particularmen-
te a los que ocuparon cargos bajo los conquistadores, a quienes se les dieron tierras saca-
das de los calpulalli. El memorial de Montúfar es una acusación terrible contra los jefes
indios. Para Gómara, sin embargo, uno de los buenos efectos de la conquista es que de
ahí en adelante los indios “son dueños de sus tierras”, vol. I [p. 252]. Motolinia (trat. I,
cap. I, p. 17) es muy severo con los recaudadores de los blancos, pero él mismo reconoce
en sus cartas de Cholula que la mayoría de esos recaudadores eran indios jefes.
140. Motolinia, trat. I, cap. I, p. 17; Montúfar, pp. 255-260; Zorita, pp. 63-64 [pp. 481-
483]; Ceynos, 2a. carta, 1 de marzo de 1565, Colección de documentos, vol. II, pp. 240-241.
Zorita (p. 83 [pp. 483-484]) es especialmente importante porque expone las intrigas de
los conquistadores españoles en las comunidades indias, incitando a los nativos a iniciar
litigios contra sus jefes. Mendieta, en su notable carta (Toluca, 1 de enero de 1562) a fray
Francisco de Bustamante, comisario general en México, dedica lo mejor de su atención a la
perniciosa influencia de los intérpretes y abogados españoles, incitando a los indios a
litigar ante la audiencia y no ante el virrey. Dice por ejemplo (p. 532): “que sin compara-
ción eran mejor su estado y conversacion y manera de vivir antigua, como tuvieron la fe
y sacramentos que tienen, que su ser y estado de ahora. Porque en tiempo de su infideli-
dad ni supieron qué cosa era letrado, ni escribano, ni procurador, ni qué cosa eran plei-
tos, ni gastar en ellos sus haciendas y ánimas; y ahora con darle la ocasion en las manos,
y ser ellos de su natural bulliciosos, amigos de novedades y de hacerse mal unos á otros,
hanse regostado tanto á los pleitos, que no se hallan sin ellos, antes sin ninguna ocasion
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 185

ni fundamento los mueven, y siempre los mas perdidos y bellacos del pueblo. Y á esta
causa no hay cuasi república ni comunidad en la Nueva España que no esté turbada y
revuelta, y que no gaste tanto ó poco menos en pleitos entre año como en tributar á S.M.
ó á su encomendero; y como todos ellos sean menores (como arriba dije) y no capaces de
los términos y disposiciones del derecho, téngolo por tan robado cuanto los trujamanes y
ministros de pleitos les llevan, como si de noche se lo hurtasen de sus casas; y esto confe-
sado por boca de los mismos, que conocen llevarlo con mala conciencia, y no tienen para
con Dios ni para con los hombres otra con que la cubran, sino con decir que lo hacen con
licencia de S.M.” En la p. 536 dice: “Gran daño es el que en todos los pueblos hacen
indios particulares revoltosos, con el recurso que á la audiencia real saben que tienen; y
entre otras cosas con que suelen dorar su malicia y proponer sus quejas con algun color,
tienen dos por mas ordinarias, y estas son pedir cuenta de los bienes de comunidad,
diciendo que los principales se los comen y beben, y residenciar á los gobernadores,
alcaldes y regidores y otros oficiales, de los agravios y molestias que dicen haber hecho
durante sus oficios.” Zorita (p. 83 [p. 485]), hablando de las intrigas contra los jefes, dice:
“y hacen que no les acudan con el servicio y tributos que solían darles y faltándoles esto
quedan paupérrimos é abatidos é miserables, é como asombrados, sin osar hablar y sin
saber qué se decir, ni qué hacer, ni a quién acudir, ni de quién ni á quién ni cómo se
quejar […] é á sus encomenderos dáseles poco, porque su tributo no se pierde, antes le
acuden mejor con él porque calle y sea con los revoltosos que tienen al común de su
mano. Así que en un momento los derribaron y derriban, y los destruyen y deshacen,
porque todo su ser y sustento consiste en el servicio que sus vasallos les dan, y como esto
les falte, aunque no sea más que un día, les falta la comida y todo lo demás necesario para
poder vivir”. (Creemos que esta cita constituye la más amplia confirmación de lo que
hemos propuesto sobre el tema de la tenencia del suelo aborigen, y refuta totalmente la
suposición de que los jefes tenían tierras propias.) Véase también el “Memorial de
Bartolomé de Las Casas”, Coleccion de documentos, vol. II, pp. 229-230.
141. Zorita, pp. 63-64 [pp. 481-483]; Mendieta, carta en Colección de documentos, vol. II.
142. Ante los europeos se abría un vasto campo de actividad. Eran superiores a los
aborígenes mexicanos no sólo en organización, sino especialmente en artes mecánicas e
invenciones para la subsistencia. Ahora los indios tenían que asimilar de repente todos
esos progresos, que los europeos habían dominado a través de siglos de larga experimen-
tación, y acostumbrarse a ellos en poco tiempo, así como sentirse de golpe felices y satis-
fechos en un estadio social que aniquilaba todos esos lazos de parentesco que desde
tiempos inmemoriales constituían la base de su organización. Era pedir demasiado, y si
consideramos que además no se les pedía sino que se les imponía por la fuerza, las con-
secuencias degradantes eran inevitables. Por eso los más ardientes defensores de los in-
dios insistían en que los dejaran en paz en sus comunidades, incluso prohibiendo el
acceso a ellas a los colonizadores españoles. Fray Bartolomé de Las Casas, en su memorial
conjunto con fray Domingo de Santo Tomás en favor de los indios del Perú, escrito alre-
dedor de 1560 (Colección de documentos, notas bibliográficas, p. XLII), dice: “Lo segundo,
que porque los españoles son siempre del bien de los indios contrarios, por su propio
interese, y en especial lo son y han de ser impedidores de aqueste negocio y concierto,
que han de estorbar por cuantas vías pudieren que los indios no paguen á S.M. ni puedan
pagar este servicio; por tanto es necesario que se prohiba que ningún comendero éntre
por ninguna causa ni razon en los pueblos de los indios que tienen encomendados, ni sus
mujeres, que son las mas crueles y perniciosas, ni negro, ni criado, ni otra persona suya”
(p. 233). Alonso de Zorita, en su memorial escrito en México entre 1554 y 1564 (Colección
186 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS

de documentos, vol. II, p. XLVII), insiste enérgicamente en separar a los indios de los blancos
(p. 335). Con respecto a la degradación, véase la carta de Mendieta del 1 de enero de
1562 (Colección de documentos, vol. II, p. 532). Motolinia, trat. I, cap. I).
143. Los franciscanos obtuvieron su primera concesión del papa León X, en una bula
fechada el 25 de abril de 1521 (Mendieta, lib. III, cap. V, pp. 188-190). Esa bula fue
ejecutada en favor de fray Francisco de Quiñones (fray Francisco de los Angeles) y fray
Juan Clapion. Sin embargo, esos frailes nunca llegaron a México. Antes de eso habían ido
a la Nueva España tres misioneros flamencos, fray Juan de Tecto, fray Juan de Aora y fray
Pedro de Gante, por su propia decisión y sin sanción papal. Pero si bien Pedro de Gante,
por ejemplo, prestó valiosos servicios a la ciencia con una de sus cartas, es entre los “doce
apóstoles de México” entre los que encontramos a los que combinaron el heroísmo en la
defensa de los indios con el debido interés por la preservación de sus recuerdos y tradi-
ciones históricas. Esos “doce” eran: fray Martín de Valencia, fray Francisco de Soto, fray
Martín de la Coruña, fray Juan Xuares, fray Antonio de Ciudad Rodrigo, fray Toribio de
Benavente, fray García de Cisneros, fray Luis de Fuensalida, fray Juan de Ribas, fray
Francisco Ximénez, fray Andrés de Córdoba, fray Juan de Palos (Mendieta, lib. III, caps.
X, XI, etc.). Tendremos ocasión de utilizar sus escritos más adelante, de ahí este humilde
tributo de gratitud a su memoria.
144. Cf. la hermosa introducción de José F. Ramírez a la Historia de los indios de la
Nueva España de Motolinia, en Colección de documentos, vol. I, pp. XLVIIss, en que se cita un
acta de Gonzalo de Salazar, del 28 de julio de 1525 (contenida en el “Libro de Cabildo”
de México), que contiene una queja contra los franciscanos por meterse en “la juridicion
é juricatura cebil é criminal” [p. XLIX]. Véase también lo que dice Herrera sobre la Junta
de Barcelona de 1529 (déc. IV, lib. VI, cap. XI, pp. 118ss).
145. Introducción a Motolinia, vol. I, p. L; Torquemada, lib. XV, cap. XXII, pp. 56-59.
146. Colección de documentos, vol. II, pp. 155-157. Carta conjunta de frailes franciscanos
y dominicos (pp. 549ss).
147. Colección de documentos, vol. II, pp. 155-157, 549ss; también carta de fray Domingo
de Betanzos, pp. 196-197. A pesar de la coincidencia de franciscanos y dominicos sobre
ese punto, Las Casas continuó protestando con la mayor vehemencia contra el reparti-
miento. Cf. el memorial del dominico y fray Domingo de Santo Tomás (Colección de docu-
mentos, vol. II, pp. 231-236) y el de 1562 o 1563 al Consejo de Indias (vol. II, pp. 595-598),
en que dice: “La tercera, que las encomiendas ó repartimientos de indios son iniquísimos,
y de per se malos, y así tiránicas, y la tal gobernación tiránica. La cuarta, que los que las
dan pecan mortalmente, y los que los tienen están siempre en pecado mortal, y si no las de-
jan no se podrán salvar.”
148. Era costumbre que cada encomendero tuviera jurisdicción civil y criminal dentro
de su repartimiento.
149. “Leyes y Ordenanzas. Nuevamente hechas por S.M. para la gobernación de las
Indias, y buen tratamiento y conservación de los indios (Colección de documentos, vol. II,
pp. 204-227), fechadas en Valladolid (España) el 4 de junio de 1543, promulgadas en
México el 24 de marzo de 1544. Herrera, déc. VII, lib. VI, cap. V, pp. 110-113. Esas leyes
nuevas fueron causa de disturbios sangrientos en la América española (Gómara, pp. 249-
250 [cap. CLXVII, p. 257].
150. Hay muchas evidencias de que este dicho fue puesto en práctica. Joaquín Acosta,
cap. XVII, p. 316. Al llegar a Cauca el licenciado Armendáriz, enviado a imponer las leyes
nuevas, Belalcázar las hizo promulgar sin tardanza, pero asumió la responsabilidad de
suspender inmediatamente su aplicación. Sobre esta acción escribió al rey desde Cali, en
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 187

1544. Dice Acosta: “Entonces comenzó en el nuevo mundo español á campear la fórmula
irrisoria de se obedece, pero no se cumple; con que se eludían las órdenes que no les
convenia ejecutar a los funcionarios de aquellas apartadas comarcas.” Herrera, déc. VII,
lib. VII, cap. XXIII, pp. 157-158.
151. James Pascoe, un caballero inglés residente en Toluca, ha dado una descripción
detallada de la situación de los indios de esa región en una carta comentada en el Journal
des Missions Evangéliques (francés) de 1874. Sus afirmaciones acerca del sistema de tenen-
cia comunitaria, la elegibilidad de sus jefes o “gobernadores”, etc., son muy claras y
precisas.
Stephens, en sus Travels in Yucatan (vol. II, cap. I, pp. 14-15), describe el estilo de vida
del rancho de Schawill cerca de Nohcacab, que contenía alrededor de “cien labradores, o
trabajadores, que tienen y trabajan sus tierras en común, y reparten sus productos entre
todos. Preparan su comida en una casa, y todas las familias mandan allí por su parte,
etcétera”.
Brantz-Mayer (Mexico as it was and as it is, 3a. ed., 1847, p. 175) cuenta que estando en
la hacienda de Temixco, cerca de Cuernavaca, “nos indicó el lugar de un pueblo indio, a
una distancia de tres leguas, cuyos habitantes están casi en su estado nativo. Nos dijo que
no admiten visitantes blancos; que son más de tres mil, y salen en delegaciones a trabajar
en las haciendas, mientras que en su pueblo los gobiernan sus propios magistrados, ad-
ministran sus propias tierras, y emplean a un sacerdote católico para que los limpie de
sus pecados una vez al año. El dinero que reciben como salario en las haciendas lo llevan
a su pueblo y lo entierran; y como ellos producen algodón y pieles para sus vestidos, y
maíz y frijoles para su comida, no compran nada en las tiendas”. E.G. Squier, en su
excelente obra sobre Nicaragua, hace las siguientes importantísimas observaciones sobre
la tenencia de la tierra allí (vol. I, caps. 290 y 291): “El municipio de Subtiaba, así como
los barrios de algunas ciudades, tiene tierras en virtud de mercedes reales, como he
dicho, que pertenecen a la organización. Esas tierras son inalienables, y se arriendan a
los habitantes a precios bajos y casi nominales. Todo ciudadano tiene derecho a una
cantidad suficiente para permitirle mantenerse a sí mismo y a su familia; por eso paga
entre cuatro reales (medio dólar) y dos dólares al año. Esa práctica parece haber sido una
institución aborigen, pues bajo la antigua organización aborigen se reconocía el derecho
a vivir como un principio fundamental del sistema civil y social. Se suponía que nadie
tenía derecho a tener más tierra de la necesaria para su sustento; tampoco se le permitía
tener más, con exclusión y daño de otros. En realidad, muchas de las instituciones de los
indios de este país fueron reconocidas y perpetuadas por los españoles.” Es fácil com-
prender la importancia de estas observaciones para nuestro tema, de modo que no nece-
sitan más comentario. La parte de la población indígena a que se refiere el erudito viaje-
ro es del mismo tronco que los mexicanos.
El documento que ya ha ocupado nuestra atención, es decir, la merced de Cortés a los
jefes de Axapusco y Tepeyahualco (véase supra, n. 136), también aporta evidencia de la
existencia de esas tierras comunales en México, y su reconocimiento por el gobierno
español. Esa merced fue el objeto o la causa de un largo litigio al que haremos referencia
más adelante; los habitantes de los dos pueblos demandaron a sus jefes por la restitución
de la propiedad comunitaria. Esto muestra que el calpulli en realidad, aunque quizá no de
nombre, existía todavía por lo menos hasta el siglo pasado. Ese litigio ocurrió entre 1655
y 1764.
152. La mayoría de esas protestas siguieron el ejemplo de fray Bartolomé de Las
Casas, y sería inútil mencionarlas en detalle. Sin embargo, es notable la libertad de len-
188 LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS

guaje con que se permitió hablar a este personaje, noble aunque violento. Ya hemos
citado (supra, n. 147) su memorial al Consejo de Indias (escrito en 1562 o 1563); en ese
documento llega a decir: “La primera, que todas las guerras que llamaron conquistas
fueron y injustísimas y de propios tiranos. La segunda, que todos los reinos y señoríos de
las Indias tenemos usurpados […]. La quinta, que el rey nuestro señor, que Dios prospere
y guarde, con todo cuanto poder Dios le dió no puede justificar las guerras y robos he-
chos á estas gentes, ni los dichos repartimientos ó encomiendas, más que justificar las
guerras y robos que hacen en los turcos al pueblo cristiano […]. La octava, que las gentes
naturales de todas las partes y cualquiera dellas donde hemos entrado en las Indias
tienen derecho adquirido de hacernos guerra justísima y raernos de la faz de la tierra, y
este derecho les durará hasta el día del juicio” (Colección de documentos, vol. II, pp. 597,
598). Éstas son expresiones muy fuertes del obispo de Chiapas, no sólo contra el empera-
dor sino contra la Santa Sede, que había concedido las Indias a España.
153. Es bien sabido que la liberación de los indios de la servidumbre personal fue una
medida no sólo de humanidad y de justicia, sino también de política, del gobierno espa-
ñol, tendente a debilitar el creciente poder de los conquistadores y primeros colonizado-
res. Los problemas del Perú son un buen ejemplo de esa situación.
154. José F. Ramírez comenta así el litigio por la merced a los caciques de Axapusco y
Tepeyahualco a la que hemos hecho referencia en la n. 151, en su carta del 30 de septiem-
bre de 1863 en que demuestra la autenticidad de ese documento, publicada en la intro-
ducción a la “Real Ejecutoria”: “D. Juan de los Santos, D. Antonio Esteban, D. Juan y D.
Lorenzo Morales, con el título de ‘caciques y principales’ de Tepeyahualco, y con el dere-
cho de sucesores y descendientes legítimos de D. Juan y D. Francisco Morales, ‘compañe-
ros (decian) del ilustre Hernán Cortés en la conquista y pacificación de estos reinos’
habian estado en posesion del gobierno municipal de aquel pueblo y de Axapusco, y por
consiguiente en la administración de sus bienes comunes. La diestra política del gobier-
no español comprendió los riesgos de este sistema, que en su principio fue muy general,
y lo minó empleando sus propios medios. Procuró dar todo el conveniente desarrollo á la
institución municipal, y poniendo así en accion el elemento democrático, puso también
en oposición á los caciques con sus antiguos súbditos, destruyendo su influjo y su poder.
En el caso que nos ocupa, el virey autorizó á los mencionados pueblos para hacer eleccion
de autoridades municipales, y por ella resultaron separados del poder y de la
administracion de los bienes, Santos y los Morales.” Estas observaciones son sumamente
importantes. Sin embargo, las partes apelaron esa división y sobrevino un prolongado
litigio. Los jefes basaban sus reclamos en la merced de Cortés exclusivamente (pp. XIII y
XIV), y los pueblos atacaban la legitimidad de ese documento, invocando al mismo tiem-
po sus derechos de plena posesión. El resultado del pleito lo describe así: “declaró la
posesion en favor de los pueblos, condenando á Santos á la restitucion de los frutos, y
dejando á salvo los derechos de las partes para el juicio de propiedad”. El caso muestra que
el gobierno español reconocía:
1] La organización comunitaria de las tribus y el carácter electivo de sus jefes.
2] Que el cargo hereditario de los jefes y la propiedad hereditaria de tierras eran
innovaciones españolas (“que a su principio fue muy ordinario”): ciertamente el “princi-
pio” al que hace referencia no se remonta más allá de la conquista.
3] Que el único derecho y título que los jefes afirman deriva de la merced de Cortés, y
no alegan ningún derecho anterior, relacionado con herencia o privilegio de casta.
4] En consecuencia, que el propio gobierno español reconocía la anterior organiza-
ción democrática de la comunidad india, y sus costumbres, que consideraba como preva-
LA DISTRIBUCIÓN Y LA TENENCIA DE LA TIERRA - NOTAS 189

lecientes incluso por encima de los actos y disposiciones de Cortés –aunque era a él que
los españoles debían la conquista del país.
155. Breve y sumaria relación, pp. 63-64 [pp. 480-481]. El original de este importante
documento dirigido al rey de España ha sido publicado, aunque en forma muy deficien-
te, en la Colección de documentos inéditos relativos al descubrimiento, etc. Es de lamentar que
mi erudito amigo J. García Icazbalceta no haya incorporado la copia perteneciente al
señor Ramírez a su valiosa Colección de documentos para la historia de México. Alonso de
Zorita vivió en América de 1540 a 1560, es decir, alrededor de 19 años, pasando dos años
en Santo Domingo, tres en Nueva Granada –Santa Marta, Cartagena y el Cabo de la Vela–,
tres en Guatemala y alrededor de once en México. Su Breve y sumaria Relación consiste en
una serie de respuestas al cuestionario enviado por el rey desde Valladolid en diciembre
de 1553. Nuestro conocimiento de la historia y la etnología aborígenes de la América
española ganaría mucho si pudiéramos encontrar todas las respuestas dadas a ese cues-
tionario desde todas las regiones, y todas fueran tan veraces y elaboradas como las de
Zorita, Palacio y Polo de Ondegardo.
SOBRE LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA
DE GOBIERNO DE LOS ANTIGUOS MEXICANOS*

Ya he dedicado dos trabajos anteriores a algunos de los rasgos más prominentes


de la vida de los antiguos mexicanos: uno a las costumbres guerreras y otro al
modo de distribuir y ocupar el suelo y las reglas de herencia.1 Las conclusiones
de ambos ensayos fueron principalmente negativas, en la medida en que tendían
a establecer la inexistencia de una condición que durante tres siglos ha sido
considerada predominante. Así, en el primero intentamos probar que no existía un
despotismo militar,2 y en el segundo que no existía feudalismo3 entre los nativos
de México. En ambos casos, sin embargo, la sugerencia –si no demostración– de
que la sociedad mexicana aborigen se basaba en un principio democrático presa-
giaba resultados más positivos. El presente ensayo intenta mostrar –si la organi-
zación de los nativos de México no era como se representa corrientemente– cómo
era realmente esa organización, y qué nivel de progreso en las instituciones pue-
de asignarse a la notable tribu que tanta prominencia ha alcanzado en la historia.
En otras palabras, nuestro objetivo es reconstruir la forma de gobierno de los
antiguos mexicanos, la naturaleza de sus cargos y dignidades, y especialmente
las reglas que gobernaban y orientaban su aglomeración social.
El distinguido estudioso mexicano Manuel Orozco y Berra explica, y a la vez
califica, la situación de los aborígenes mexicanos de la siguiente manera:

Si de las demarcaciones del imperio [de México, según su perspectiva] pasamos a consi-
derar las razas que lo poblaban, encontraremos como una verdad innegable que tanta
tribu diversa no tenía un lazo común de unión. Cada una era independiente bajo el
mando de sus señores. Las ambiciones particulares encendían la guerra, y la misma fami-
lia se fraccionaba. A su semejanza, cada pueblo tenía un jefe que de nombre reconocía al
señor principal, y todas las provincias estaban subdivididas hasta formar un sistema bajo
algunos puntos semejante al feudal. Rencores y odios apartaban las tribus, y la guerra era
constante, porque siendo una de sus principales virtudes la valentía, no podían verse sin
combatirse, a imitación de los orgullosos animales que sirven de diversión en los palen-
ques. Por instinto o porque las generaciones son arrastradas aun a su pesar por la co-
rriente de los tiempos, los mexicanos emprendieron la tarea de reunir en un solo haz
todos aquellos pueblos, de formar de ellos una nación, y de asimilar sus intereses con los
intereses del imperio. Para llevar a cabo semejante tarea era preciso la fuerza para poder
triunfar, un sistema proseguido con tino y con tenacidad, y el tiempo bastante para que el

* Artículo publicado en Twelfth Annual Report of the Peabody Museum of American Archaeology and Eth-
nology, Cambridge, Massachusetts, 1880, pp. 557-699 (las demás notas aparecen al final del capítulo).

[190]
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO 191

odio se borrara y dejara nacer las simpatías. Pero la unidad que solicitaban los mexicanos
llevaba a las tribus al más espantoso de los despotismos; el imperio era muy nuevo para
haber alcanzado otra cosa que reducir a la servidumbre, sin poder contar con el amor de
sus vasallos, de manera que en lugar de amigos tenía enemigos solapados, y su grandeza
era sólo engañosa apariencia. En esta sazón se presentaron los conquistadores españoles.
Cualquiera fuerza extraña había de hacer vacilar al coloso; las tribus, mal halladas con la
servidumbre, vieron en los invasores a quienes podrán salvarlas del yugo; en su juicio
rencoroso no quisieron advertir que por alcanzar una estéril venganza aventuraban su
propia existencia, y corrieron de tropel a colocarse bajo las banderas de los extranjeros.4

Esto elimina de entrada la idea de un Estado o imperio mexicano que abraza-


ra, en una sociedad política,5 a todos los grupos de aborígenes asentados en el
área tributaria de las tribus del valle. Por consiguiente, no es necesario mirar más
allá de la tribu, en busca de algún grupo mayor de organización social. La confe-
deración de tribus, como ya se ha señalado, no tenía ninguna influencia en la
organización. Era simplemente una asociación, formada con el objeto de llevar a
cabo el negocio de la guerra, y que no tenía el propósito de extender el territorio
que poseía, sino sólo aumentar sus medios de subsistencia.6
Nuestras investigaciones se limitan por lo tanto al ámbito de una sola tribu, y
hemos escogido para ello a los mexicanos propiamente dichos, que vivían, como
ya lo hemos establecido en otra parte, en las islas en parte artificiales de la lagu-
na del valle de México.7 Aparte de la importancia que alcanzaron en los anales
de la historia, podemos suponer sin peligro que, en general, sus instituciones
eran las típicas de otras tribus sedentarias.8
Por lo tanto, debemos buscar entre los antiguos mexicanos una sociedad tribal,
basada según Lewis H. Morgan en el PARENTESCO, y no una sociedad política, que
de acuerdo con el mismo autor se basa en el TERRITORIO y la PROPIEDAD. A
nosotros nos toca establecer su grado de desarrollo, sus detalles y la forma de su
funcionamiento.
Para comprender la verdadera naturaleza de estas cuestiones, debemos reunir
toda la información posible sobre el pasado de la tribu que estamos considerando.
Las instituciones nunca se crean por una intención consciente, ni por accidente,
sino por evolución; en otras palabras, son resultado de un crecimiento en cono-
cimientos y en experiencia.9 La gran diferencia que existe entre la sociedad tribal
y la sociedad política se explica como un estadio de progreso diferente. Pero hay
instituciones derivadas de las relaciones entre los sexos, y el aumento de la espe-
cie humana y su propagación. Si en México hubiera habido una sociedad políti-
ca, tendríamos derecho a encontrar en ella una concepción simple y definida de
la familia.10 Una ojeada al sistema de consanguineidad de los antiguos mexica-
nos, hasta donde sea posible, nos dirá si era ése el caso.
Entre los aborígenes americanos de baja cultura, en realidad en el área más
extensa ocupada por la raza “india”, el “derecho materno” reinaba supremo. El
hecho tangible, rudamente expresado, de que el ser humano siempre tiene cer-
192 A.F. BANDELIER

teza de su madre, mientras que puede no tenerla de su padre,11 creó con el paso
del tiempo y con el aumento del número una tendencia a reunirse en grupos
basados en la certeza de una ascendencia común. Esos grupos eran los grupos de
parentesco, que los autores españoles llamaron significativamente “linajes”. Por lo
tanto, todos los que se reconocían descendientes de una madre común compo-
nían uno de esos grupos, cualesquiera que fuesen sus antepasados masculinos.
Todavía no se reconocía la familia –como grupo que incluye a los hijos y descen-
dientes de ambos progenitores– y para todos los propósitos de la vida pública el
grupo de parentesco ocupaba su lugar, constituyendo la unidad de organización social.
Sin embargo, a medida que crecían el conocimiento y la experiencia, y paralela-
mente las necesidades, también aumentó la importancia del hombre. El “dere-
cho materno” empezó a ceder, y la descendencia por la línea femenina a trans-
formarse en “descendencia por la línea masculina”. Sin embargo, el grupo de
parentesco siguió siendo la unidad de aglomeración social, con la única diferen-
cia de que se reconocía por los hombres, y ya no por las mujeres. Fue necesario el
derrocamiento final del grupo de parentesco como institución pública para que
surgiera la forma actual de ese grupo íntimo, la familia, entre las naciones más
avanzadas.12
Los dos extremos del crecimiento de la familia, caracterizados por el surgi-
miento del grupo de parentesco, y por la familia después de la desaparición de
aquél, se distinguen por la terminología de parentesco. En el primero los parien-
tes son clasificados de manera inmediata; en la segunda son meramente descritos.
Y nuestras investigaciones sobre las costumbres relativas a la herencia entre los
antiguos mexicanos nos han llevado a concluir que ya habían progresado hasta la
descendencia por la línea masculina.13 Entre ellos existía la familia real, por lo menos
en forma incipiente.
Pero aquí nos encontramos con un rasgo singular en la designación de los
parientes. Ascendiendo desde “ego” como punto de partida, encontramos en el
lenguaje mexicano (nahuatl) los siguientes términos:
padre – tatli, teta14
hermano del padre o de la madre (tío materno o paterno) – tlatli, tetla15
abuelo – tecul
tío abuelo – tecol16
bisabuelo – achtontli17
madre – nantli, tenantzin, teciztli18
tía – auitl, teaui19
abuela y tía abuela – citli20
bisabuela – piptontli21
Descendiendo desde “ego”:
hijo – tepiltzin, tetelpuch; pero las mujeres (madre, hermanas, etc.) lo llaman
noconeuh22
hija – teichpuch, tepiltzin; las mujeres la llaman teconeuh23
nieto o nieta, primo o prima se llaman igual – yxiuhtli, teixiuh24
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO 193

sobrino y sobrina – machtli o temach; pero las mujeres les dicen nopillo25
Esto trae a luz varios hechos curiosos.
En primer lugar, los siguientes grados de consanguineidad se designan con
los mismos nombres: abuelo y tío abuelo, abuela y tía abuela, padre y tío, nieta,
nieto y primo, prima, sobrino y sobrina.
En segundo lugar, el parentesco en escala descendente se describe más de
cerca que el de la escala ascendente.
En tercer lugar, en algunos casos las mujeres emplean nombres diferentes de
los utilizados por los hombres.
De esto resulta que el sistema clasificatorio todavía predominaba, en gran
medida, en la nomenclatura de parentesco mexicana, mientras que el más mo-
derno sistema descriptivo sólo aparece en una minoría de los casos. Esto condu-
ce a deducir que la propia familia mexicana todavía estaba sólo imperfectamente
constituida. Aún no estaba lo bastante establecida como para formar un grupo
definido, y por lo tanto no se puede esperar que ejerciera influencia alguna en el
campo de la vida social pública. Por lo tanto, de nuevo estamos justificados en
ver el grupo de descendencia como unidad de organización social, dentro de los
límites de ese conglomerado mayor, la tribu.26
Relatos tradicionales sobre el primer asentamiento del hombre en México y
Centroamérica lo atribuyen claramente a “linajes” o grupos de parentesco. La
tribu está sólo implícita, y no aparece en forma definida hasta después de ocurri-
do ese asentamiento.
El Popol Vuh, colección de registros cosmológicos y tradicionales de los quichés
de Guatemala, después de enumerar las cuatro esposas de los primeros cuatro
hombres creados, dice incluso: “Ellos engendraron a los hombres, a las tribus
pequeñas y a las tribus grandes, y fueron el origen de nosotros, la gente del
Quiché.” Es posible que esto indique la descendencia por la línea femenina, en
una fecha muy antigua.27
El primer poblamiento de Chiapas se atribuye, en la historia de Votan, a siete
familias.28 Pero además hay otra tradición aún más notable conectada con esto.
Igual que los aborígenes mexicanos de estirpe nahuatl, los tarascos de Michoacán,
los mayas de Yucatán y los quichés, cakchiqueles y zutuhiles de Guatemala, los
aborígenes de Chiapas tenían un mes de 20 días, cada uno con su nombre parti-
cular. Una autoridad muy antigua afirma claramente que esos 20 días llevaban
los nombres de otros tantos jefes de un número igual de linajes o grupos de
parentesco, y que el último era el de los primeros pobladores de la región. Ade-
más, entre esos 20 nombres hay cuatro claramente distinguidos en todas partes.
No sólo indican el primer día de cada “semana” de cinco días, sino que además
designan los años del calendario. Es bien sabido que el mayor ciclo auténticamente
establecido de indígenas centroamericanos y mexicanos duraba 52 años, es de-
cir, 13 repeticiones del mismo ciclo de cuatro, siempre con los mismos nombres,
respectivamente los de cada uno de los cuatro días iniciales de la semana. Esa
peculiaridad, unida a la descripción precisa que da el Popol Vuh de la segmenta-
194 A.F. BANDELIER

ción de cuatro grupos de parentesco originales en una serie de otros menores, y


al hecho de que casi todas las poblaciones aborígenes, en la actualidad, se divi-
den en cuatro grupos principales de habitantes, sugiere la inferencia no sólo de
que el grupo consanguíneo fue el tipo original de organización social en el pe-
riodo más remoto, sino de que la etnografía de México y Centroamérica podría
incluso derivar de una segmentación de grupos de parentesco primitivos, y la
reasociación de esos segmentos en tribus, por influencia del tiempo y los cam-
bios de residencia, con ayuda de la variación dialéctica.29
Por lo tanto, no es sorprendente que, entre los rastros más antiguos que en-
contramos de los aborígenes que hablaban el “buen sonido” –el nahuatl– en
México, descubramos que se iniciaron como bandas que constituían “linajes” o
grupos de parentesco. Ése era el caso entre los llamados “toltecas”,30 y con ellos
todos sus sucesores, como los “texcocanos”, “tecpanecas” y otros, incluidos los anti-
guos mexicanos.31
A mediados del siglo XIII, los mexicanos, en una migración hacia regiones
más meridionales, hicieron su primera aparición en la sección septentrional de la
actual república de México, como un agrupamiento de siete grupos de parentes-
co, unidos por el lazo de un lenguaje y un culto comunes.32 Los nombres de esos
siete grupos de parentesco están claramente expresados y es interesante obser-
var que algunos se conservaban todavía en 1690 entre los numerosos “barrios de
indios” de la actual ciudad de México.33 Bien podríamos añadir aquí que esos
barrios de indios, su peculiar organización y sus tierras comunales, sólo desapa-
recieron después de la separación de México de España, hace no más de cin-
cuenta años.34
Si bien los siete grupos consanguíneos antes mencionados constituían, para
todo fin práctico, una tribu de cara a los de fuera, había sin embargo entre ellos
gérmenes de discordia que posteriormente perturbaron los vínculos mutuos. Los
detalles son demasiado vagos y contradictorios para permitir siquiera alguna
inferencia sobre la verdadera índole de tales disensiones.35 Hay, sin embargo, un
hecho seguro: que todo el grupo soportó en común las dificultades y vicisitudes
de una vida errante y los abusos, las agresiones y las tentaciones de extraños; que
se refugiaron todos juntos en un lugar seguro, y que sólo después que alcanzaron
una relativa seguridad se produjo una división permanente. Estas consideracio-
nes deberían ser suficientes para hacer a un lado la suposición, tan frecuente, de
que los mexicanos estaban divididos en dos grupos desde el principio.
El gobierno de los mexicanos en ese periodo de su historia consistía en un con-
sejo de siete jefes, representantes de los siete grupos de parentesco, que se re-
unían en pie de igualdad. Entre ellos aparecen ocasionalmente “ancianos” de
particular capacidad como consejeros destacados, pero no se menciona ningún
cargo general permanente de tipo ejecutivo; apenas si algunos héroes ocasiona-
les alcanzaron prominencia histórica por sus hazañas de valor y de sagacidad.36
Pero si bien esta organización era ampliamente suficiente para las necesidades
de una banda errante, el culto o “medicina” indígena (según implica el término
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO 195

nativo) representaba, dentro de esa organización, los vestigios de lo que –como


ya hemos sugerido– habían sido los núcleos sociales aborígenes más antiguos.
En correspondencia con los cuatro grupos de parentesco originales de los quichés,
con los cuatro días principales del calendario, con las tradiciones vinculadas a sus
orígenes, encontramos entre los mexicanos en este periodo cuatro sacerdotes o
“ancianos” principales, que eran al mismo tiempo los “cargadores del Dios”.37
Aparentemente, como reliquias de cuatro grupos de parentesco muy antiguos
eran objeto de una especie de supersticiosa deferencia (“estar arriba”),38 lo que
implicaba voz y voto en los consejos de la tribu.
Cuando los mexicanos, así constituidos como un conjunto de grupos de pa-
rentesco migratorios, llegaron al actual valle central de México, lo encontraron
ocupado por una serie de tribus de la misma lengua que ellos, aunque con varia-
ciones dialectales. Para los que ya estaban establecidos allí, la llegada de los nue-
vos era cuestión de guerra o adopción. La adopción era muy difícil, tanto por el
número de los inmigrantes como por las rivalidades existentes entre las tribus ya
establecidas. Por lo tanto, los mexicanos fueron arrojados de un lado a otro,
hasta que finalmente los que quedaron encontraron refugio en unos trozos de
tierra seca que asomaban en el pantano a lo largo del cual las otras tribus se
habían asentado.
Su asentamiento ocurrió unos 196 años antes de la conquista española, lo que
por consiguiente limita a menos de dos siglos el tiempo en que la organización y
las instituciones de los antiguos mexicanos deben de haber alcanzado su desa-
rrollo final.39
“Entre las cañas”, lo que quedaba de la tribu mexicana encontró su futuro
hogar en una limitada extensión de terreno que aparentemente hasta sus enemi-
gos de la tierra firme consideraban que sólo servía para ir a morir ahí.40 Aunque
muy reducidos en número, los grupos de parentesco mismos subsistían, y un
asentamiento imponía su localización inmediata. La mejor manera de decir cómo
se produjo es en las palabras de uno de los cronistas nativos, el monje dominico
fray Diego Durán:

Aquella noche siguiente que los mexicanos acabaron de reparar la ermita donde su dios
estaba, teniendo ya gran parte de la laguna cegada y hecha ya la plancha y asiento para
hacer casas, habló Huitzilopochtli a su sacerdote o ayo y dijo: –“Di a la congregación
mexicana que se dividan los señores, cada uno con sus parientes, amigos y allegados, en
cuatro barrios principales, tomando en medio la casa que para mi descanso habéis edifi-
cado; y que cada parcialidad edifique en su barrio a su voluntad.”
Estos barrios son los que hoy en día permanecen en México, es a saber: el barrio de
San Pablo, el de San Juan y el de Santa María la Redonda, que dicen, y el barrio de San
Sebastián.
Después de divididos los mexicanos en estos cuatro lugares, mandóles su dios que
repartiesen entre sí los dioses y que cada barrio nombrase y señalase barrios particulares,
donde aquellos dioses fuesen reverenciados. Y así cada barrio de éstos se dividió en
196 A.F. BANDELIER

muchos barrios pequeños, conforme al número de los ídolos, que ellos llamaban
“Capulteteo”, que quiere decir “dioses de los barrios”. Y no señalaré aquí los nombres de
los dioses de los barrios por no hacer al caso a la historia; empero sabremos que estos
barrios son como los que en España dicen “colación de tal y tal santo”.41

No vacilamos en aceptar esta afirmación como expresión de auténticas tradi-


ciones aborígenes, a pesar del intento de fray Juan de Torquemada de impugnar
su veracidad y en consecuencia su validez.42 De ella se desprende que mientras
los grupos de parentesco, que aquí por primera vez en la historia mexicana están
claramente identificados con el calpulli, se establecían “como mejor deseaban”;
la creación de cuatro divisiones geográficas, cada una con cierto número de gru-
pos de parentesco, se atribuye aquí a la influencia del culto o, como ya lo hemos
definido, de la “medicina”. Esto vincula a los que después fueron los cuatro “ba-
rrios de indios” de México con los cuatro “cargadores de los dioses” ya mencio-
nados, lo que quizá podría considerarse como una reminiscencia de los cuatro
grupos de parentesco originales. Las secciones mencionadas aparecen como un
cercado que encerraba geográficamente a una serie de grupos de parentesco
originales. Por lo tanto, no carece de interés la suposición de que podrían haber
representado hermandades de grupos de parentesco para el culto y la guerra. Si
ahora sustituimos grupo de parentesco por el término gens, que adopta Morgan,
esas hermandades aparecen necesariamente como otras tantas fratrías.43
La época en que esto ocurrió parece coincidir prácticamente con una división
(que ya hemos indicado que estaba en marcha) de la banda mexicana original en
dos secciones. Esa división culminó ahora en la secesión de una parte de la tribu y su
establecimiento aparte del cuerpo principal, aunque no lejos de éste y también
dentro de la laguna. El “lugar de piedras y nopales” (Tenochtitlan) siguió siendo
prácticamente el México antiguo, mientras que el grupo separatista fundó el
pueblo de Tlatelolco como comunidad independiente a las puertas del anterior.
Hasta 48 años antes de la conquista española no aparece como su rival.44
Es una verdadera lástima que la información de que disponemos sobre este
punto sea tan escasa e insatisfactoria, al punto de que no nos permite saber si
fueron varios grupos de parentesco los que se separaron del resto para formar una
nueva tribu, o si los separatistas eran sólo fragmentos de grupos. En realidad, has-
ta la causa de la división se da en formas tan variadas y contradictorias que debe-
mos abstenernos de expresar cualquier opinión categórica sobre el particular.
Sin perder del todo de vista a la tribu de Tlatelolco, debemos sin embargo
dedicar nuestra atención fundamentalmente a los habitantes de Tenochtitlan, en
quienes reconocemos a los antiguos mexicanos propiamente dichos. Nadie regis-
tra el número de grupos de parentesco que los constituían en el momento de su
asentamiento, pero mientras algunas fuentes dicen que el consejo original de la
tribu estaba formado por 20 jefes, otras hablan de tan sólo diez caudillos. De
acuerdo con la posición que hemos adoptado, esto podría indicar en ambos ca-
sos diez grupos de parentesco, o 20 en el primero y diez en el segundo. Comoquiera
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO 197

que sea, el número es mayor que el de los que originalmente constituían la tribu,
lo que muestra que la segmentación tan característica de la sociedad tribal, se-
gún Morgan, ya había comenzado. Del gobierno de la tribu, Clavijero dice: “obe-
deciendo siempre la nación a un cuerpo formado de las personas más notables y
distinguidas”.45 En ninguna parte se hace mención todavía de un jefe guerrero
superior a todos los demás; ese cargo peculiarmente militar aún no se había
establecido de manera permanente. Sin embargo, hay indicios de que posible-
mente existía ya, al menos en forma rudimentaria, un jefe ejecutivo para asuntos
tribales, el cihuacoatl (mujer-serpiente), aunque los atributos de ese cargo no le
daban ninguna prominencia notable.46
Hacia la mitad del siglo XIV la posición de la tribu mexicana era todavía muy
precaria. Con terreno apenas suficiente para residir, bloqueada por así decirlo
por tribus poderosas establecidas en la costa del lago; con el núcleo indepen-
diente de Tlatelolco, celoso y amenazante, a menos de un tiro de flecha de sus
hogares, se vio obligada a asumir una peculiar actitud de defensa militar. Los
elementos para una organización guerrera estaban en los grupos de parentesco,
reunidos en los grupos mayores de las hermandades, que en conjunto formaban
la tribu. Los comandantes se reclutaban entre los oficiales y jefes de los grupos
de parentesco. Pero el estado de inseguridad prevaleciente hacía necesario un
cargo cuyo ocupante se encargara permanentemente de los asuntos militares de
la tribu. Esto estaba claramente dentro de los límites de la sociedad tribal: ya
anteriormente se habían ejercido esas funciones en momentos de particular ne-
cesidad. Ahora, bajo la presión de las circunstancias y con un asiento estable, la
permanencia del cargo se hizo indispensable.47
Por lo tanto, el cargo de “jefe de hombres” (tlacatecuhtli) parece haber sido
establecido cerca del octavo decenio del siglo XIV, es decir, alrededor de treinta
años después de la fundación de México.48 Esto se ve comúnmente como la crea-
ción de la monarquía, aboliendo así la base de la propia organización, o sociedad
tribal. Sin embargo, se pasa por alto el hecho de que sólo se creó un cargo, y no
una dignidad hereditaria con el poder de gobernar.49 El primer ocupante de ese
cargo, “Manojo de Cañas” (Acamapichtli), fue debidamente elegido, y lo mismo
sus sucesores.50 Ya hemos visto que la propia familia mexicana estaba constituida
en forma tan imperfecta que excluía la idea misma de una dinastía, y por lo
mismo, como veremos más adelante, la llamada sucesión, o más bien la elección,
estaba limitada al “grupo de parentesco”.51 No sabemos, ni podemos conjeturar
con certeza, cuál fue el particular calpulli de México del que, hasta 1520 d.C.,
salieron los supremos jefes guerreros.
De manera análoga a los indios pueblo de Nuevo México, la tribu mexicana
tuvo de ahí en adelante su supremo consejo y finalmente dos jefes principales
ejecutivos; porque con la creación del cargo militar de “jefe de hombres” la im-
portancia del “mujer-serpiente” aumentó en forma proporcional.52 No hubo cam-
bios en esa organización hasta la conquista española, aunque en el periodo de
casi 150 años que esto significa encontramos, en tres épocas distintas, menciones
198 A.F. BANDELIER

de virtuales modificaciones o subversiones de las instituciones aborígenes de la


tribu mexicana.
La primera de esas fechas críticas corresponde al tercer decenio del siglo XV,
época en que los mexicanos, por medio de un ataque bien ejecutado, derrotaron el
poder de los tecpanecas en la tierra firme.
Esa acción exitosa, quizá originalmente concebida en defensa propia, condujo
finalmente a la confederación de las tribus “nahuas” de México, Texcoco y Tlaco-
pan. No tenemos nada que añadir a nuestra primera descripción de esa sociedad
militar, incluida en “Sobre la distribución y la tenencia de la tierra”,53 pero el
acontecimiento merece una mención especial aquí porque revela, por así decirlo,
la organización plena de los antiguos mexicanos, tal como la conservaron hasta
el momento de su caída.
En ocasión del reparto del botín obtenido de los vencidos tecpanecas, y del
establecimiento del tributo regular, aparecen los siguientes capitanes de guerra y
dirigentes de los mexicanos, como representantes de la organización de estos
últimos:
1] el “jefe de hombres”
2] cuatro capitanes de los cuatro barrios de México
3] 20 jefes de guerra de otros tantos grupos de parentesco que formaban la
tribu
4] un jefe representante del elemento de culto, o “medicina”
5] el “mujer-serpiente”.54
Así se nos revela la existencia de 20 grupos consanguíneos autónomos, que
volvemos a encontrar en el momento de la conquista, mientras que sus últimos
vestigios se perpetuaron hasta después de 1690, cuando fray Agustín de Vetancurt
menciona cuatro barrios principales con sus nombres indios originales, que in-
cluían y se subdividían en 20 barrios. La palabra española “barrio” equivale a la
mexicana calpulli, y ambas indican el grupo de parentesco, localizado y asentado
con miras a la permanencia.55
Por lo tanto, lo que con frecuencia se concibe como el establecimiento de una
vasta monarquía feudal en la época de que hablamos, se resuelve en dos rasgos
muy simples. Uno de ellos es el establecimiento de la confederación, y el otro no
es sino la aparición a plena luz de la peculiar organización de la sociedad abori-
gen entre los mexicanos. Así, no tenemos ningún repentino cambio de la base,
ninguna revolución en las instituciones de la tribu: el único progreso realizado
consiste en la extensión de las relaciones intertribales y en que éstas asumen la
forma de una asociación militar.
El año 1473 fue testigo de otro acontecimiento que aparentemente afectó a la
tribu mexicana en forma más directa: la derrota y captura, después de una lucha
breve pero cruenta, del pueblo de Tlatelolco.56 Debido a la estrecha vinculación
de este último con los mexicanos, ambos se habían mantenido en una actitud de no
hostilidad: la vigilante desconfianza con que se veían mutuamente no comporta-
ba relaciones más íntimas, exceptuando las de comercio e intercambio. Cuando
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO 199

surgió la confederación, Tlatelolco se incluyó como una parte de México, ya que


sus pobladores se consideraban mexicanos; sin embargo, no hay nada que auto-
rice la conclusión de que los tlatelolcas desempeñaban otro papel que el de auxi-
liares de sus parientes de Tenochtitlan.57 El osado intento de los primeros de
organizar una confederación para convertirse en “México solo” terminó en for-
ma fatal: su sede fue capturada y saqueada brutalmente, sus jefes fueron muertos
en la lucha o sacrificados después, y los mexicanos, exasperados por la conducta
traicionera de sus parientes, los trataron en forma desusadamente severa. Ya
hemos visto que en cualquier conquista, si la tribu conquistada no era extermina-
da, sólo se le imponía un tributo más o menos gravoso. Los tlatelolcas recibieron
un tratamiento mucho peor: fueron degradados al rango de “mujeres”, se orde-
nó la clausura de su mercado público, su casa del consejo fue condenada a la
decadencia y sus hombres jóvenes, privados del privilegio de empuñar las armas en
auxilio de los mexicanos, debieron convertirse en cargadores de provisiones para
éstos. Tal castigo era desconocido en los anales de las conquistas indias y parece
incluso militar en contra de nuestra visión de la sociedad aborigen de México;
sin embargo, estaba en perfecta armonía con sus instituciones. Los tlatelolcas –no
debemos olvidarlo– eran no sólo una tribu relacionada con los mexicanos, por su
lengua tronal o aun dialecto, sino verdaderamente “parientes de su propio grupo
de parentesco”. Por lo tanto, el castigo fue el de un crimen contra el parentesco
y la tribu. Como trataremos de mostrar más adelante, tales delitos se castigaban
con la muerte. No obstante, en lugar de eliminar a todo el pueblo, los mexicanos
trataron a los sobrevivientes como expulsados del vínculo de parentesco, degradán-
dolos al trabajo manual, es decir, femenino.58
Empero, los tlatelolcas no permanecieron para siempre en esa baja condición,
sino que fueron en cierta medida “readoptados” por la tribu. Después de eso for-
maron un quinto barrio, o “fratría”, que según el padre Vetancurt (en 1690) tenía
seis “parcialidades”. Esa rehabilitación, con todo, nunca extinguió por completo
el fuego de venganza de los tlatelolcas contra los mexicanos. Por lo tanto, estos
últimos trataban a los primeros no como a una tribu sometida al tributo, sino
como a un grupo sospechoso, al que no podían negarle los derechos y privilegios
derivados de la consanguineidad, pero tampoco concederle voz y voto en los
principales consejos. En esa posición singular, no estrictamente inferior pero sí
evidentemente más “distante”, encontramos a los tlatelolcas en México en el
momento de la conquista.59
Este incidente de la historia mexicana no muestra ningún rasgo diferente de
los que se hallan en la base de la sociedad tribal, y apenas en el primer decenio
del siglo XVI se hace referencia al periodo en que las instituciones aborígenes del
México antiguo empezaron a emerger de su condición anterior a la de la socie-
dad política propiamente dicha, y a mostrar los rasgos de un gobierno tan des-
pótico como cualquiera de los tres continentes orientales. Hasta Robertson ha
cedido a esta idea preconcebida, al punto de escribir:
200 A.F. BANDELIER

Esta aparente inconsistencia ha surgido de la falta de atención a las innovaciones de


Moctezuma en la política mexicana. Su ambición y sus aspiraciones subvirtieron el siste-
ma de gobierno original, introduciendo un puro despotismo. Ignoró las leyes antiguas,
violó los privilegios que se tenían por más sagrados, y en todos los aspectos redujo a sus
súbditos al nivel de esclavos.60

En general se atribuyen muchos hechos, meritorios o vituperables, a ese in-


fortunado “jefe de hombres” de la tribu mexicana, cuya trágica muerte ha dado
tema a los más brillantes escritores. Sin embargo, el “Señor Iracundo” (Mote-
cuzomah o Moctezuma) fue inocente de muchas o de la mayoría, si no de todas,
esas acciones, buenas o malas, simplemente por la razón de que no tenía el po-
der de cometerlas. Así, se le acusa de haber remodelado su casa, eliminando a
ciertos asistentes y llenando las vacantes con “herederos de noble cuna”, creando
al mismo tiempo cargos hereditarios. Es posible que en el caso de simples men-
sajeros, por ejemplo, el “jefe de hombres” tuviera amplia autoridad para escoger
a sus hombres, y por consiguiente para sustituirlos, pero es seguro que en el caso
de cualquier cargo de importancia en el grupo de parentesco o en la tribu no
tenía ningún poder discrecional. Su total desvalimiento desde el momento mis-
mo en que los españoles lo trataron una vez como cautivo encadenado es amplia
muestra de cuán insignificante era su influencia, separada del gobierno tribal
organizado.61
Por lo tanto es inútil buscar cambios importantes en las instituciones de los
antiguos mexicanos incluso en esta tercera y última fecha, que fue por así decirlo
su última oportunidad, si es que hubo alguna, de efectuar tal revolución antes de
la llegada de los europeos. Por consiguiente, esta investigación de la historia del
México aborigen nos autoriza a afirmar que el estado de su sociedad era todavía
exclusivamente tribal.
La sociedad tribal presupone igualdad de derechos entre todos los miembros
de los grupos de parentesco que componen la tribu. De esto se desprende que no
podían existir “castas” ni rangos hereditarios, que entre los antiguos mexicanos
no podía existir ninguna división en clase alta y clase baja, en “nobles” y “plebe-
yos”, ni en profesiones y vocaciones hereditarias como “sacerdotes”, “guerreros”,
“comerciantes”, “artesanos” y “labradores”. Sin embargo, en defensa de esta afir-
mación, que podría parecer demasiado amplia, permítaseme detenerme aquí
más extensamente en este punto particular.
La nobleza se basa en un privilegio hereditario de algún tipo. Puede consistir
en la propiedad de tierras con herencia del título y (por lo menos en origen) del
cargo, o sólo en un cargo hereditario, o privilegio y poder sobre otros transmiti-
do con la sangre. El primer tipo ha llegado a ser más ampliamente conocido y
por eso es considerado como característico, pero el segundo, siempre acompa-
ñado por lo menos por “riqueza material”, se encuentra todavía en naciones de
pastores.62 Incluso es posible que haya sido la forma incipiente del otro. Ahora
bien, entre los antiguos mexicanos hemos visto que:
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO 201

1] el concepto de propiedad abstracta del suelo, en cualquier forma, todavía


no había surgido;
2] los individuos, cualquiera que fuese su posición o cargo, sin excepción,
tenían solamente el derecho a usar cierta extensión, y no derechos de posesión, ni
siquiera sobre tierras vinculadas a algún cargo o dignidad;
3] ningún cargo del grupo de parentesco ni de la tribu era hereditario en
ninguna familia, puesto que la familia mexicana como tal estaba aún en estado
apenas naciente;63
4] además, la propiedad mueble estaba sujeta a tales disminuciones, ocasiona-
das por el modo de culto64 y especialmente de entierro,65 que era imposible acu-
mularla al punto de ejercer alguna influencia en favor de algún individuo o de
sus parientes más cercanos.
En consecuencia, el México aborigen no puede haber tenido nobleza ni patri-
ciado, y cuando no existe una clase privilegiada de este tipo es inútil buscar otra
a la que pueda aplicarse el término “común” o “plebeya”.
En un futuro ensayo intentaré probar que los mexicanos no tenían ninguna
casta hereditaria de “hechiceros” o sacerdotes. Ya hemos mostrado que no había
una casta de guerreros.66 El modo de tenencia y distribución del suelo excluye
cualquier posibilidad de existencia de una clase permanente de “labradores”.
Falta ahora echar una ojeada a los llamados artesanos, y a los comerciantes o
“mercaderes”.
Ninguna de estas dos profesiones estaba obligada a labrar personalmente sus
parcelas (tlalmilli), pero, como funcionarios, es posible que otros las cultivasen en
su beneficio y en su nombre.67 La afirmación de Zorita de que “de todo género de
gentes había en cada barrio”68 basta para refutar la opinión de que tales barrios
no contenían, cada uno, sino personas que practicaban el mismo oficio. No había,
pues, aglomeración geográfica por profesiones.69 Tampoco existía una regla que
impusiera o estableciera la herencia del tipo de trabajo, o forma de subsistencia.
El hijo podía abrazar la profesión de su padre si así lo prefería, pero nada lo
obligaba a hacerlo.70 Es cierto que los que modelaban el oro y la plata en formas
agradables o (desde el punto de vista oriental) sorprendentes disfrutaban de
cierta consideración particular, pero eso no era tanto en deferencia a su habili-
dad como al material sobre el cual la ejercían. El oro (teo-cuitlatl) y la plata (iztac-
teo-cuitlatl) eran considerados como “desechos de los dioses”, y por eso pasaban a
ser objetos “medicinales”; quienes los labraban convirtiéndolos en artículos úti-
les o decorativos estaban cerca de los propios “sacerdotes”.71 Además, el método
y la forma de trabajo eran tan lentos, se basaban tan exclusivamente en ese pa-
ciente olvido del tiempo que caracteriza incluso la manufactura de una simple
punta de flecha, que era imposible que de ellos resultara una acumulación de
riquezas.72 Por otra parte, el artesano, como cualquier otro miembro del grupo
de parentesco, tenía que aportar su parte a las necesidades de la vida pública:73
por lo tanto, poco le quedaba después de cubrir sus legítimas necesidades. Ve-
mos pues que prácticamente no había oportunidad para la formación de una
202 A.F. BANDELIER

clase que, basada en su tipo de ocupación, pudiera asumir la posición de una


“casta” en la organización de la sociedad mexicana aborigen.
Se ha asegurado repetidamente, y con base en prominentes autoridades, que
los mercaderes o comerciantes de México disfrutaban de privilegios particulares.
Debemos decir ante todo que los comerciantes, en el sentido de vendedores de
las manufacturas o productos de otros (que vivían, por lo tanto, de la diferencia
entre costos y beneficios), eran conocidos sólo en una forma.74 El comerciante
era llamado “el hombre que intercambia una cosa por otra” (tlanamacani),75 y
todo artesano lo era, puesto que en el mercado del México aborigen todos los
artesanos trocaban sus propias manufacturas por lo que necesitaban para su sub-
sistencia. Otro nombre de la misma profesión era tiamicqui, “mercader que ven-
de”,76 que era más bien un apodo denigrante, y por último eran llamados tam-
bién puchtecatl.77 Es con este título con el que los mercaderes aparecen, entre los
antiguos mexicanos, como personas privilegiadas, aunque sólo llegan a serlo en
circunstancias peculiares. Una serie de hombres se reunía periódicamente, for-
mando una compañía, para visitar los mercados de otras tribus e intercambiar
los productos de la suya por los de regiones distantes. Esa empresa era siempre
una gran aventura, y requería una organización particular. El número de partici-
pantes debía ser suficiente para resistir los ataques de bandas errantes, pero no
tan grande que despertara sospechas. Debían ir bien armados, pero al mismo
tiempo cuidarse de evitar enfrentamientos. Necesitaban cierto número de carga-
dores, no sólo para las mercancías que llevaban sino para sus provisiones, pero
ese número no podía ser demasiado grande. Una expedición de ésas no era en
realidad una empresa privada, sino tribal. Sus miembros no sólo llevaban a tie-
rras lejanas la industria de su tribu, sino que además debían observar las costum-
bres, los usos y los recursos de los pueblos que visitaban. Investidos de atributos
diplomáticos, a menudo eran no tanto comerciantes como espías. Iban tanteando
cautelosamente su camino de una tribu a otra, de un mercado indio a otro, cam-
biando sus mercancías por artículos que no se producían en su lugar de origen y
siempre observando con cuidado todo lo que pudiera tener importancia para su
propia tribu. Eran misiones sumamente peligrosas. A menudo no regresaban,
porque caían en una emboscada o eran asesinados a traición mientras gozaban de
la hospitalidad de un pueblo con el que estaban traficando.
El regreso a México de uno de esos grupos, sano y salvo, era siempre un
acontecimiento importante y feliz. Por su solemnidad y bárbara pompa, a menu-
do era sólo inferior a la celebración del regreso de las fuerzas tribales de una
campaña o ataque exitoso. Los mercaderes iban primero al lugar de culto cen-
tral, a inclinarse ante los ídolos en señal de adoración. De la gran “casa de la
medicina” la banda pasaba al tecpan, donde se reunía con el consejo de la tribu y
sus principales dignatarios. A veces en presencia de una multitud, y de nuevo si
era necesario en “sesión secreta”, los mercaderes comunicaban, para beneficio
de la tribu, los resultados de sus exploraciones. Después de esto, su barrio parti-
cular también daba a cada uno la recepción apropiada, y en algunos casos inclu-
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO 203

so la tribu entera celebraba su regreso con danzas solemnes y una distribución de


alimentos correspondiente a lo que en nuestra época sería considerado un ban-
quete popular.
Para comprender los sustanciales resultados de esas expediciones debemos
tener presente que todo lo que traían de vuelta tenía que ser cargado por hom-
bres. Como ya se ha visto, el número de esos hombres era limitado, porque no
podían llevar consigo gran cantidad de ayudantes sin poner en peligro el objeti-
vo de su misión o empresa. Además, como esos asistentes tenían que llevar tam-
bién sus propias provisiones, teniendo en cuenta que solían viajar muchos días
por tierras “neutrales”, es decir, no cultivadas, eso contribuía a restringir la can-
tidad de material que podían traer de regreso. Por precioso que ese material
fuese para la tribu mexicana, ciertamente su cantidad era limitada. Por último, la
costumbre imponía ofrecer los artículos más valiosos al culto, a los almacenes de
la tribu y de los grupos de parentesco. En consecuencia, era poca la ganancia
material que quedaba para los valerosos viajeros; los beneficios de su empresa
eran en gran parte para la comunidad, y la ganancia personal de los participan-
tes era la recompensa que esa comunidad les ofrecía, más que cualquier lucro
derivado del tráfico. Esa recompensa consistía en presentes de los almacenes
públicos, y especialmente en las marcas de distinción que se les otorgaban.
Así, los llamados “mercaderes” del México antiguo pasaban a ser equivalentes a
guerreros distinguidos, y con frecuencia sus acciones los hacían merecedores del
rango de jefes. Pero si por un lado no tenían oportunidad de alcanzar riqueza
personal, por el otro la recompensa al mérito no se extendía a sus descendientes.
Por consiguiente, no puede haber existido ninguna “clase” ni “casta” de comer-
ciantes, y si bien cierta merecida consideración tocaba a la persona de quienes
ocasionalmente abrazaban tan riesgosa e importante ocupación, esa considera-
ción no iba más allá de sus personas mismas, y era proporcional al valor de sus
realizaciones.78
Después de este examen de la cuestión de la estratificación, por así decirlo,
entre los antiguos mexicanos, puede parecer extraño que admitamos que había
sin embargo dos clases muy distintas dentro del área ocupada por la tribu, que
disfrutaban cada una de derechos de muy diferente calidad. Pero la igualdad de
derechos es el principio fundamental del parentesco,79 de manera que, si había
un cuerpo vinculado a la tribu cuyos derechos y privilegios eran inferiores, esto
significa que los miembros de ese cuerpo deben de haber estado fuera de cual-
quier relación de parentesco, lo que presupone una clase de excluidos de los lazos de
parentesco.
No hay evidencia de la formación de un grupo semejante antes del asenta-
miento permanente de la tribu. Tampoco podemos seguir su gradual aumento a
partir de determinado momento. Sin embargo, el estudio de algunas de las re-
glas de parentesco, y del funcionamiento práctico de tales reglas, que finalmente
cristalizan en algo equivalente a leyes, nos permitirá discernir su origen.
Como en la base de la sociedad fundada en el parentesco se encuentra la
204 A.F. BANDELIER

relación de los sexos, esto significa que la relación sexual asumió gradualmente
una forma regulada, proporcional al progreso de las instituciones. Los antiguos
mexicanos, como ya hemos dicho, avanzaban hacia la descendencia por la línea
masculina y habían alcanzado un estado naciente de la familia moderna. El ma-
trimonio era bien conocido por ellos como una norma. Pero la influencia ejercida
por el grupo de parentesco como unidad de la vida pública era tal que, una vez
reconocida la unión ritual de una pareja como necesidad para su futura vida en
común, el grupo imponía a sus miembros varones la obligación de casarse con el
objeto de propagar y aumentar el grupo de parentesco. Sólo estaban excusados los
que eran naturalmente incapaces y los que hacían voto de castidad permanente
en relación con la “medicina”. Por lo tanto, cualquier otro joven que se negara a
tomar esposa a la edad apropiada era tratado con desprecio y en consecuencia
expulsado del grupo de parentesco.80
La MUJER, entre los aborígenes mexicanos, se hallaba en una situación parti-
cular. Con el establecimiento de la descendencia por la línea masculina, perdió
su importancia en la vida pública (que después recuperó con el establecimiento
de la familia propiamente dicha) y por lo tanto quedó siendo poco menos que un
objeto en poder del hombre. Sin embargo, una vez adoptado el acto ritual del
matrimonio, la obligación de casarse, que como ya hemos visto se imponía a los
hombres, recaía también sobre las mujeres, y por lo tanto cualquier muchacha
que no hubiera “hecho voto” en relación con la “medicina”, o que no fuera física-
mente deforme, también era objeto de reprobación si no se unía a un marido a la
edad adecuada.81
A estos dos tipos de excluidos hay que agregar otros. Es un hecho conocido
que si algún miembro del calpulli dejaba de cultivar su parcela por dos años, o
hacerla cultivar en su nombre, perdía todo derecho a ella. Eso implicaba expul-
sión del calpulli, lo que significaba también expulsión de los lazos de parentesco.
Cualquiera que se alejara del barrio o calpulli al que pertenecía perdía sus dere-
chos, convirtiéndose en un proscrito.82
La suerte de esas personas, expulsadas por así decirlo de la sociedad regular,
no era nada envidiable. Mudarse a otra tribu era no sólo peligroso, sino imprac-
ticable en los primeros tiempos, cuando esta clase hizo su aparición. Pero tenían
que vivir, de manera que los hombres se contrataban con los miembros de los
grupos de parentesco que podían permitirse alimentarlos a cambio de su trabajo
manual.83 No se podía pensar en otra remuneración que la subsistencia, de modo
que era por la subsistencia por lo que el proscrito se convertía en lo que la mayo-
ría de las autoridades llama un esclavo.
Fray Juan de Torquemada escribe:

La manera, que estos Indios tenian de hacer Esclavos, era mui diferente de las Naciones
de Europa, y otras partes del Mundo, y fue cosa mui dificultosa à los principios de su
conversion, acabarla de entender; pero sacada en limpio (en especial segun se acostum-
braba, en Mexico, y Tetzcuco; porque en otras Provincias, que no estaban sujetas à estos
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO 205

Reinos, havía otras maneras de hacer Esclavos) decimos, que les faltaban muchas condi-
ciones en esta materia, para hacerlos Esclavos propiamente; porque estos Esclavos de
esta Nueva España, algunos tenian Peculio, adquirian, y poseían proprios, y no podian
ser vendidos, sino con las condiciones, que luego diremos: El servicio que hacian à sus
Amos, era limitado, y no siempre, ni ordinario; y unos, que servian, por Esclavos, casandose,
o haviendo servido algunos Años, ò queriendose casar, salian de la servidumbre, y entra-
ban otros sus Hermanos, ó Deudos, en su lugar. Tambien havia Esclavos habiles. Y dili-
gentes, que demás de servir à sus Amos, mantenian casa, con Muger, y Hijos, y compra-
ban Esclavos, y los tenian, y se servian de ellos: los Hijos de los Esclavos nacian libres.84

El término para “esclavo” era literalmente “hombre comprado” (tlacotli) y en


cierto modo era un esclavo por contrato. Mediante un convenio especial, cele-
brado ante testigos autorizados, sus servicios, los productos de su trabajo, pero no
su persona, pasaban a poder de otra persona. El miembro de un grupo de paren-
tesco no tenía la propiedad directa de aquel al que empleaba, ya que no podía
revenderlo sin su consentimiento ni quitarle la vida en castigo de un delito. Si el
comprado rompía su contrato mediante repetidas evasiones, por último podía
ser “acollarado”, lo que significa que se le ponía al cuello un yugo de madera que
de noche se aseguraba contra una pared. Si aun así el hombre conseguía escapar,
era entregado al culto y sacrificado; pero en caso de que lograra meterse en la
casa oficial sin que lo interceptara su amo o alguno de los servidores de éste, se le
perdonaba la vida e incluso se le liberaba de su contrato.85 Además de éstos, iban
a engrosar la clase de los proscritos personas del exterior. Raramente eran fugi-
tivos, porque, si provenían de una tribu enemiga, los fugitivos eran considerados
como adiciones preciosas, demasiado importantes para mandarlos con los proscri-
tos.86 Pero en la historia antigua de México hubo varios casos de sequías des-
tructivas, así como de inundaciones desastrosas que asolaban las cosechas de los
habitantes del valle, obligando a los padres de familia, para escapar a la amenaza
del hambre, a cambiar sus servicios y los de sus hijos por comida con aquellas
tribus que poseían reservas suficientes.87
Si la consecuencia de la expulsión de los vínculos de parentesco o del abando-
no voluntario de los derechos de miembro era para el hombre la degradación a
trabajar para otros, para la mujer era muy diferente. La posición de las mujeres
era, como ya se ha mencionado, apenas mejor que la de un animal valioso, y sólo
eran protegidas en la medida en que representaban una parte de las propieda-
des del marido, que el grupo de parentesco estaba obligado a defender y prote-
ger. Pero la esposa no tenía más derecho que ése. No podía quejarse si su amo y
señor acrecentaba su “ganado familiar” con la adición de una o más concubinas,
ni si se alejaba para satisfacer sus deseos con otras mujeres: tales actos eran incluso
beneficiosos para los intereses del grupo de parentesco, puesto que tendían a
aumentar su número. Sin embargo, las mujeres que se prestaban a tales propósi-
tos sólo podían pertenecer a la clase de los proscritos, como veremos, porque las
relaciones ilícitas con esposas o hijas de parientes eran severamente castigadas.
206 A.F. BANDELIER

A través de la formación de una clase de proscritos, o al menos paralelamente a


ella, la prostitución pasó a ser tolerada entre los antiguos mexicanos, a la vez que la
poligamia en forma de concubinato se introdujo como una costumbre legítima.88
Vemos así que entre los antiguos mexicanos, por debajo de los grupos de
parentesco que formaban la tribu, había una clase social inferior, una población
flotante de gente “dependiente de la tribu”. Esa clase todavía no era muy nume-
rosa, aunque crecía lenta pero constantemente. Tenían prohibido portar armas,
y por consiguiente tomar parte en la guerra, salvo como cargadores y tal vez
mensajeros, pero tenían a su cargo las tareas más pesadas.89 Al parecer, con fre-
cuencia se les asignaba incluso la labranza de las parcelas, y es posible que lo que se
llama comúnmente la clase de los macehuales consistiera en los proscritos que
trabajaban la tlalmilpa en beneficio de miembros del grupo.90 Además, si no está
dicho, está claramente implicado que tales personas podían ser readoptadas, y
así reintegradas en sus derechos originales, por acciones meritorias. El Conquis-
tador Anónimo afirma que el que realizaba una acción valerosa era magnífica-
mente recompensado y convertido en señor, “aunque sea entre ellos el mas vil
esclavo”.91 Pero sin esa readopción formal ningún proscrito podía salir de su
posición de inferioridad y desvalimiento. Sin embargo, la abrumadora mayoría
del pueblo mexicano estaba formada por miembros de los 20 grupos de paren-
tesco que, como se ha mostrado, constituían la tribu, gozaban todos de iguales
derechos, y en consecuencia tenían todos los mismos deberes. Tanto los derechos
como las obligaciones estaban regidos por la organización de parentesco. Es im-
posible para nosotros seguir aquí estrictamente el orden de enumeración de esos
derechos y obligaciones, establecido en las admirables investigaciones de Morgan,
pero podemos discernirlos todos con claridad en la sociedad mexicana antigua,
operando con vitalidad más o menos intacta.
El grupo de parentesco tenía el derecho de dar nombre a sus miembros.92 Los antiguos
mexicanos no conocían el apellido,93 lo que viene a fundamentar aún más nues-
tra afirmación de que la familia moderna no estaba todavía establecida entre
ellos. A los pocos días del nacimiento de un niño, su madre, en presencia de
todos los vecinos (es decir, del calpulli o grupo de parentesco) le daba un nombre a
través de las mujeres que la habían asistido en el parto. Ese nombre, general-
mente tomado del día de su nacimiento, tenía una importancia supersticiosa y
debía acompañar al niño durante el periodo de su total desvalimiento.94 Varios
meses después se le daba nombre a la criatura por segunda vez, ahora por el
“médico” del grupo.95 Esos dos nombres se conservaban, pero si el hombre ya
adulto realizaba alguna acción meritoria en servicio de la tribu, ésta le daba un
tercer nombre, una especie de título de honor agregado a su persona como pre-
mio por sus acciones.96
El grupo de parentesco tenía el deber de educar o capacitar a sus miembros para todas
las ramas de la vida pública. Para todos los fines públicos sólo es preciso tomar en
cuenta al hombre. Esto surge claramente de lo que ya se ha dicho sobre la posi-
ción de las mujeres en general. Entre los antiguos mexicanos cada calpulli o gru-
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO 207

po de parentesco localizado tenía, como hemos mostrado en “Sobre el arte de la


guerra”,97 su “casa de los jóvenes” (telpuchcalli) unida a su “casa de la medicina” o
templo. Allí eran llevados los niños a temprana edad, para ser instruidos en todo
lo que necesitaban para su vida. Para preparar el cuerpo debían realizar trabajos
manuales, y también las tareas ordinarias del culto.
El uso de las armas era un objeto importante de la enseñanza, así como la
danza y el canto, este último unido a la retórica india ordinaria.98 Esas casas de
educación eran dirigidas por hombres experimentados llamados “voceros de los
jóvenes” (telpuchtlatoca), y en otras funciones “hermanos mayores” (teachcauhtin),
a cuyo cargo estaba no sólo la preparación física de sus alumnos sino también su
desarrollo intelectual, hasta donde lo permitía el estado del conocimiento.99 Esos
lugares de educación eran llamados también “escuela donde algunos se ense-
ñan” (nezcaltiloyan) o “escuela donde aprenden” (nemachtiloyan).100 No es cierto
que los jóvenes estuvieran obligados a residir en esas casas permanentemente,
en forma casi monástica, pero mientras estaban allí trabajaban en común ciertas
parcelas, probablemente las llamadas “parcelas del templo”, cuyos productos
proveían a las necesidades diarias del culto.101 En relación con esta forma de
educación debemos considerar aquí un señalamiento que no dejará de plantear-
se contra nuestro punto de vista.
Con frecuencia se afirma que, además de las “casas de los jóvenes” ya mencio-
nadas, había un lugar especial para la educación de los hijos de los nobles, y esto se
aduce como prueba de la existencia de una clase privilegiada de nobles.102 Ade-
más de la evidencia ya presentada en contra de la existencia de una nobleza en el
México antiguo, diremos aquí que el lugar llamado calmecac, que es el nombre
dado a esa supuesta “escuela para nobles”, era en realidad algo muy diferente.
Fray Bernardino de Sahagún, en su descripción de la casa central de la medi-
cina o gran templo de la tribu mexicana, dice que en la casa llamada calmecac los
que se dedicaban a la “medicina” o al sacerdocio eran preparados para ese oficio,
y vivían allí junto con los propios médicos.103 Había varios edificios que llevaban
ese nombre, todos dentro de la plaza ocupada por lo que suele llamarse “el gran
templo de México”, y eran los lugares donde efectivamente residían los médicos
y todos los vinculados a ellos y a ese oficio.104 En consecuencia, también residían
en esos lugares los hombres que estaban pasando las severas pruebas que prece-
dían a la investidura con el rango de “señor” (tecuhtli). La palabra calmecac se
interpreta frecuentemente como “casa oscura”, pero es probable que su etimolo-
gía sea muy distinta. En todo caso, no era en modo alguno una escuela para
“niños privilegiados”.105
El grupo de parentesco tenía derecho a regular y controlar los matrimonios.106 Ya he-
mos visto que todo miembro de un calpulli tenía la obligación de casarse. Donde
la sociedad tribal se encuentra todavía en su condición pura y original, el matri-
monio dentro del mismo grupo de parentesco está absolutamente prohibido. La
iglesia católica investigó minuciosamente las costumbres matrimoniales de los an-
tiguos mexicanos, y las estrictas averiguaciones de los primeros misioneros han
208 A.F. BANDELIER

demostrado que no sólo estaba estrictamente prohibido el matrimonio entre


parientes cercanos, sino que también eran desalentados (si no prohibidos) los
matrimonios entre miembros del mismo grupo.107 H.H. Bancroft, a quien todo
estudioso de las antigüedades americanas debe ver con un profundo sentimiento
de gratitud por sus valiosos servicios, dice al respecto: “no se permitían los ma-
trimonios entre parientes consanguíneos ni entre los descendientes de un mismo
antepasado”.108 El acto del matrimonio era precedido por negociaciones de un
calpulli (el del hombre) con otro (el de la mujer), que terminaban en algo similar
a la compra de la muchacha.109 Estaría fuera de nuestros propósitos detenernos
ahora en los detalles rituales, pero debemos poner especial énfasis en el hecho
de que la esposa pasaba a ser propiedad del marido, y como tal estaba bajo la
protección directa de los parientes de él. Esos matrimonios podían ser anulados
por mutuo acuerdo, siempre que el grupo de parentesco diera su aprobación. En
ese caso, la mujer quedaba en libertad para volver a casarse, así como para regre-
sar a su grupo de parentesco de origen.110
Se podría esperar que pasáramos ahora a examinar rápidamente los ritos
funerarios de los antiguos mexicanos, puesto que uno de los atributos del grupo de
parentesco es disfrutar de entierros comunes.111 Pero esta cuestión está tan estrecha-
mente relacionada con la de los credos y creencias que nos abstendremos de
entrar demasiado en ese campo. Los mexicanos practicaban la cremación y, al
menos en el caso de los guerreros muertos en batalla, es sabido que las prácticas
eran conducidas por los oficiales y dirigentes de cada grupo de parentesco, asis-
tiendo a la ceremonia todos los miembros de éste, y no sólo los parientes más próxi-
mos y amigos del difunto.112 Nuestro conocimiento de los lugares de entierro del
México aborigen es todavía muy imperfecto, debido en parte a la propensión de
los inmigrantes españoles a buscar tesoros, así como a la diligencia del clero en la
destrucción de todos los objetos asociados con las supersticiones aborígenes.
Por la misma razón, nos abstendremos de entrar aquí en una descripción de-
tallada de los hábitos cultuales. Sin embargo, nos sentimos obligados a afirmar
que el rasgo de los “ritos religiosos separados”,113 tan característico de la socie-
dad basada en el parentesco, es claramente observable entre los antiguos mexi-
canos. De esto hay algunas evidencias muy notables a las que debemos hacer
alusión.
Ya se ha establecido al principio que cada calpulli tenía “su dios particular”,
que era objeto de culto, como deidad tutelar, en el territorio de ese calpulli. En
consecuencia, cada grupo de parentesco tenía su “casa de la medicina” o templo
particular.114 Además, Sahagún describe el último de los 78 lugares en que subdi-
vide el gran teocalli central de la tribu en la siguiente forma:

El septuagésimoctavo edificio se llamaba Calpulli; estas eran unas casas pequeñas de que
estaba cercado todo el patio de la parte de adentro; a estas casillas llamaban calpulli, a
estas casas se recogían a ayunar y hacer penitencia cuatro días todos los principales y
oficiales de la república, las vigilias de las fiestas que caían de veinte en veinte días, de
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO 209

manera que hacían de vigilia cuatro días. En este ayuno unos comían a la medianoche, y
otros al mediodía.115

A esta afirmación, confirmada (según el docto jesuita John Eusebius Nierem-


berg)116 por el celebrado físico y naturalista Francisco Hernández, sigue otra no
menos importante, también de Sahagún: “Ofrecían muchas cosas en las casas que
llaman calpulli; era como iglesias de los barrios, donde se juntaban todos los de
aquel barrio, así a ofrecer como a otras ceremonias muchas que allí se hacían.”117
Así, el derecho del grupo de parentesco al “culto separado” parece estar no
sólo establecido dentro del territorio de ese grupo, sino incluso reconocido en el
lugar de culto central de la tribu.
Otra indicación de esto se encuentra en la distribución de los cautivos al re-
greso de una expedición guerrera exitosa. Es sabido que los prisioneros siempre
eran ofrecidos a los ídolos. Una persona en esa situación, por lo tanto, apenas
apresada se convertía en objeto de “medicina” o, por así decirlo, en un objeto
sagrado. Mientras no lo reclamaba la piedra de sacrificio, era bien tratada, pero
finalmente nada podía salvarlo de la muerte. Sin embargo, ese sacrificio no se
hacía en nombre de su captor, sino en nombre y en beneficio del grupo de paren-
tesco al que pertenecía el captor. Por lo tanto, al llegar al pueblo los prisioneros
de guerra eran entregados a los calpulli correspondientes, como la parte que les
correspondía, lo que constituye otra evidencia de los “ritos cultuales separados”
de los grupos de parentesco en que se dividían los antiguos mexicanos.118
Como ya hemos examinado en “Sobre la distribución y la tenencia de la tie-
rra”,119 pasamos ahora a uno de los rasgos más esenciales de la sociedad tribal,
relacionado con algunos puntos básicos de la organización y las costumbres.
El grupo de parentesco estaba obligado a proteger y defender a las personas y
las propiedades de sus miembros, y a castigar cualquier ofensa contra uno de
ellos como si fuera un crimen cometido contra el propio grupo.120
Con justicia prevalece la impresión de que el llamado “código penal” de los
antiguos mexicanos era simple pero severo, y en la mayoría de los casos el casti-
go de los delincuentes era la muerte. Esto derivaba en gran parte del hecho de
que cualquier delito contra un individuo se convertía, por las reglas del paren-
tesco, en un delito contra el grupo social al que ese individuo pertenecía. Esto de
nuevo presupone una división general de los delitos en dos clases, una que inclu-
ye los cometidos por miembros de un grupo de parentesco contra otros miem-
bros o instituciones del mismo, y otra que comprende las ofensas cometidas por
habitantes de un calpulli contra habitantes de otro. Sólo consideraremos aquí la
primera clase, reservando la segunda para cuando examinemos la forma de go-
bierno. Los delitos cometidos dentro del calpulli pueden clasificarse en ofensas
contra personas, contra bienes y contra el culto.
En general, se representa a los aborígenes de México como personas de dis-
posición tranquila, pacífica y afable en el trato cotidiano, en marcado contraste
con su salvaje ferocidad en la guerra. Eso, sin embargo, no se debía a la suavidad
210 A.F. BANDELIER

y la moderación de su naturaleza innata, sino al particular freno que le imponían


las leyes de la venganza.121 Es por eso por lo que las disputas que terminaban en
ataque físico eran extremadamente raras, y aun cuando ocurrían, se dejaba a los
contrincantes que resolvieran la cuestión entre ellos. En esos casos, de celos por
ejemplo, a menudo se definía entre ambos un desafío, y ese desafío provocaba
un encuentro en la siguiente campaña donde, mientras los guerreros luchaban con
los enemigos de la tribu, los rivales peleaban entre sí como si pertenecieran a
ejércitos enemigos, hasta que uno de ellos no podía más o se retiraba voluntaria-
mente.122 Sin embargo, los calumniadores eran castigados por el calpulli: les cor-
taban los labios en público.123 El homicidio y el asesinato se castigaban invaria-
blemente con la muerte.124
La intemperancia en público era permitida para los mayores de 70 años, pero
si hombres adultos de menor edad aparecían en estado de embriaguez (salvo en
las fiestas), en castigo se les rasuraba completamente la cabeza. Si el delincuente
era un señor, era degradado públicamente, y si tenía algún cargo lo perdía.125 Las
mujeres que trataban de actuar como “alcahuetas” eran castigadas severamente,
pero no con la muerte.126
Las relaciones clandestinas entre jóvenes de ambos sexos, como se sabe, exis-
tían, y si no eran sancionadas al menos no eran castigadas,127 pero si un hombre
casado intentaba seducir a una doncella que no fuera una proscrita, el caso era
diferente y el seductor era invariablemente castigado.128 Las relaciones entre per-
sonas no casadas eran toleradas como prólogo al matrimonio y el consiguiente
aumento del grupo de parentesco, pero si un marido, contraviniendo la obliga-
ción de “no casarse dentro del grupo”, intentaba satisfacer su deseo con una de las
jovencitas a cargo del grupo de parentesco, como lo estaban las hijas de todos los
miembros, cometía un delito que el calpulli estaba obligado a castigar en la forma
más ejemplar.
Aunque en los casos mencionados no nos asombra tanta severidad, no puede
dejar de sorprendernos que actos tan inofensivos como el de que un hombre vistie-
ra ropa de mujer o una mujer se mostrara en traje de hombre se castigaran con la
muerte.129 Sin embargo, los antiguos mexicanos, desde su peculiar punto de vis-
ta, podían citar causas válidas para tan cruel castigo. La posición de la mujer era
tan inferior, era considerada tan por debajo del hombre, que el epíteto más de-
gradante que se podía aplicar a cualquier mexicano, aparte de llamarlo perro,
era el de “mujer”. Era más injurioso que llamarlo cobarde. En consecuencia, que
un hombre adoptara el vestido de un ser tan inferior era casi equivalente a un
delito contra la naturaleza. Era un acto de autodegradación voluntaria que re-
presentaba un insulto mortal para su propio grupo de parentesco. Por otra par-
te, que una mujer se atreviera a vestir el traje de su señor y amo era un delito
igualmente odioso. En ambos casos el acto afectaba profundamente la dignidad
de todo el grupo familiar, y sólo la muerte podía restaurar su honor. Después de
esto, no hace falta decir cómo se veían y se castigaban los verdaderos actos contra
la naturaleza.130
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO 211

También era un delito capital que cualquier hombre adoptara el traje o los
ornamentos de un cargo sin ser el ocupante legítimo del mismo. Además de un
insulto grave a ese legítimo ocupante, era una peligrosa ofensa contra el grupo
de parentesco, especialmente en caso de guerra, cuando equivalía a traición.131
Como el grupo de parentesco tenía el deber de proteger no sólo a las perso-
nas sino también las propiedades de sus miembros, el adulterio cometido con
una mujer casada significaba la pena de muerte para el hombre, casado o no. Su
crimen era el de robar la más preciosa de las propiedades de un miembro del
calpulli. La mujer también merecía la muerte, como participante en el delito.
Ambos eran ejecutados en público.132 El robo de objetos recibía diversos castigos.
Si el artículo era de poco valor y se podía devolver, el asunto se resolvía con su
restitución;133 pero si su valor era mayor y la restitución era imposible, el ladrón
pasaba a ser “esclavo” del propietario ofendido, o incluso podía ser castigado
con la muerte.134 Ignoramos si la esclavitud era por cierto tiempo o por el resto de
la vida. Si alguien alteraba los límites de una parcela particular (tlalmilpa) o de los
terrenos oficiales, perdía la vida. Su crimen no era tanto contra el ocupante como
contra el grupo de parentesco, que había determinado los límites de cada parce-
la y su destinatario.135 También se menciona a quienes derrochaban la propiedad
de menores a su cargo, y por ello eran castigados con la muerte. Sólo podía ser el
caso de un hijo mayor, o un hermano del padre, a cuyo cuidado quedaba el
tlalmilli trabajado por el difunto, para que lo cultivara en beneficio de los hijos de
éste. Si ese tutor no labraba la parcela por dos años, sus pupilos la perdían y por
lo tanto quedaban sin medios de subsistencia. En ese caso no había restitución
posible, y por lo tanto el administrador negligente debía pagar la negligencia
con la vida.136
En general, podemos discernir el principio gobernante de que sólo había dos
formas de expiación del robo: la devolución del bien robado y, si eso ya no era
posible, el ladrón tenía que sufrir en su persona. Cuando no había trabajo físico
capaz de remplazar el valor de lo perdido (como en el último caso mencionado),
la vida del delincuente quedaba en manos del grupo de parentesco, puesto que
era a éste al que los ofendidos se dirigirían pidiendo justicia.137 Esto nos lleva a
los robos y delitos similares cometidos contra el culto o “magia”.
Cualquier intento de seducir a una mujer que había hecho voto de castidad en
relación con el culto merecía el castigo más cruel, tanto para el seductor como
para ella; y si uno de los “hechiceros” faltaba a sus votos, padecía una muerte
horrible.138
Ya hemos dicho que para un guerrero era un delito capital tomar para sí un pri-
sionero de guerra capturado por otro.139 Tales casos ocurrían sólo durante un
combate, o inmediatamente después. Es fácil deducir por qué una acción de ese
tipo merecía un castigo tan riguroso, si recordamos que los prisioneros de guerra
se volvían inmediatamente sagrados, objetos de culto. No había pago posible
por semejante ofensa, puesto que había sido cometida contra “los ritos del cul-
to”, uno de los atributos más sagrados e importantes del grupo de parentesco.
212 A.F. BANDELIER

Bajo el mismo título debe colocarse el castigo capital de los que se apropiaban
injustamente de oro o plata: estos dos metales eran considerados objetos del
culto, y quien se apoderaba de ellos sin derecho cometía un crimen contra el cul-
to también.140
En esta lista de delitos y sus castigos, conectada directamente con la regla de la
sociedad tribal que coloca a las personas y propiedades de los miembros de un
grupo de parentesco bajo la protección especial del mismo, no pretendemos
haber ofrecido sino algunos ejemplos, no un catálogo completo. Sin embargo,
creemos haber dicho lo suficiente para explicar lo que suele llamarse el “código
penal” de los antiguos mexicanos. Es bien sabido que no existían leyes escritas,
pero, por otra parte, en la época de la conquista española los nativos aún tenían
gran número de pinturas que representaban sus propios modos y costumbres.
Como una proporción considerable de esas pinturas trataban los mismos temas,
es fácil inferir que indicaban formas para la guía del pueblo o, dicho de otro
modo, que eran un sustituto de un código escrito. Pero no era ésa su finalidad.
Eran simplemente esfuerzos del arte nativo por representar escenas de la vida
cotidiana, que eran los temas más a mano para ese propósito. Por lo tanto, esas
pinturas deben ser vistas como útiles vestigios del arte aborigen por los que
podemos conocer muchos detalles sobre las costumbres aborígenes, pero no como
fuentes “oficiales” en que buscar información sobre las “leyes del país”.141
En este rápido esbozo no hemos encontrado, entre las formas de castigo abo-
rígenes, dos que eran comunes a casi todas las naciones del viejo mundo: los
azotes y la prisión.
Los azotes, latigazos o golpes, tanto entre los mexicanos como entre todos los
nativos americanos, sólo eran conocidos como insultos mortales. Es cierto que el
Códice Mendocino contiene figuras que representan a un padre mexicano que apli-
ca a su hijo la vara del castigo.142 También es cierto que el candidato al cargo de
señor tenía que soportar golpes143 entre los diversos sufrimientos de esa época
de prueba. Pero ningún “esclavo” era azotado ni golpeado jamás, ni se sometía a
ningún delincuente a esa degradante pena, a la que la muerte habría sido mil
veces preferible.144
Los mexicanos tenían lugares de confinamiento –recintos oscuros y sombríos
con entradas “como puertas de palomar”.145 Los había en todos los edificios ofi-
ciales y también en los lugares de culto. Se llamaban teilpiloyan, “lugar del apre-
sado”;146 tecaltzaqualoyan, “lugar de entierro o de confinamiento”;147 y quauhcalli,
“casa de madera”.148 Esta última, descrita como una jaula de madera colocada en
una cámara oscura, estaba reservada a aquellos cuyo destino estaba sellado, cri-
minales sentenciados a ejecución inmediata o bien cautivos que pronto serían
sacrificados.149 Los dos primeros tipos de prisión eran utilizados para los culpa-
bles de delitos leves. En todo caso, no eran sino lugares de detención transito-
rios, porque cualquier prisionero que permaneciera allí por algún tiempo invaria-
blemente moría de hambre, suciedad y aire impuro. El confinamiento permanente
significaba simplemente la muerte.150
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO 213

La ejecución de todas estas penas presuponía necesariamente una adminis-


tración regulada del grupo de parentesco, lo que nos lleva a la maquinaria gu-
bernamental propia del calpulli. La naturaleza de este gobierno se expresa por la
siguiente regla de parentesco, que ya se ha visto en vigor entre indios de más al
norte.
El grupo tenía derecho a escoger a sus funcionarios, así como a suspenderlos o destituirlos
por mala conducta.151
Esto establece de inmediato al calpulli, como ya hemos dicho varias veces, co-
mo un organismo autónomo que se gobernaba a sí mismo, por consiguiente
como una ORGANIZACIÓN DEMOCRÁTICA. Nos proponemos mostrar la verdad de
esta afirmación mediante una investigación de los diferentes cargos a los que es-
taba confiada la atención de los asuntos del grupo de parentesco.
Un consejo formado por una serie de ancianos constituía la máxima autoridad
del calpulli. No sabemos cuántos eran, pero es probable que su número variase
proporcionalmente al de los miembros del grupo. Es posible que este organismo
incluyera también “hechiceros”, y se reunía a intervalos en la casa oficial del
“barrio”. Tenía jurisdicción tanto civil como penal, y se ocupaba de todas las
cuestiones serias que afectaban al grupo de parentesco. También sabemos que en
algunas ocasiones se convocaba a una reunión general de todos los miembros del
calpulli.152
Sin embargo, este consejo, a la vez que unía los supremos poderes administra-
tivo y judicial, requería para los asuntos cotidianos que hubiera otros funciona-
rios, que fueran a la vez los ejecutores de sus decisiones. De esos funcionarios
había dos, ambos estrictamente electivos y que por lo tanto podían ser destitui-
dos, de los cuales uno representaba más propiamente la autoridad administrativa, y
el otro la ejecutiva (y por consiguiente militar). El primero de ellos era el calpullec
o chinancallec;153 el segundo el “hermano mayor”, teachcauh o achcacauhtin.154 Ambos
eran miembros ex officio del consejo mismo.155 El calpullec o chinancallec era, en
realidad, lo que todavía se conoce como “gobernador” en las comunidades in-
dias de México, Nuevo México y Centroamérica; o más bien, su cargo era para el
grupo de parentesco lo que el cargo de “gobernador” es hoy para toda la tribu.156 A
su muerte elegían para sustituirlo “al viejo más respetado, más capaz y más po-
pular”. Parece, sin embargo, que el cargo pasaba con frecuencia a un hijo o pa-
riente cercano del difunto, siempre que mostrara capacidad suficiente.157
Las tareas de ese funcionario consistían en conservar un plano del territorio
habitado por el grupo de parentesco, mostrando la ubicación de cada tlalmilli, de
las parcelas oficiales, de las casas de los jóvenes y de los lugares de culto (si es que
los dos últimos no eran lo mismo, como sospechamos). Estos simples registros
debían ser renovados de tanto en tanto, a medida que se producían cambios o
adiciones. También supervisaba los almacenes del grupo, aunque no podía dispo-
ner de los productos almacenados a su antojo, sino sólo para propósitos públi-
cos. Así, aparte de los regalos que siempre debían acompañar cualquier acto
público de importancia, debía proveer, de los almacenes, todo lo necesario para
214 A.F. BANDELIER

las numerosas festividades, religiosas y otras.158 Tenía a sus órdenes directas a los
calpixqui o “mayordomos” que atendían todos los detalles referentes a la recolec-
ción, el almacenamiento y la distribución de todas las provisiones.159 Es probable
que él mismo designara a los mayordomos, que luego debían ser aprobados por
el consejo.160 Aparte de esos subalternos el calpullec tenía sus mandaderos y asis-
tentes, en su mayoría miembros de la casa, quizás “esclavos”. Su poder judicial
estaba limitado a los casos menores, y es más que dudoso que tuviera, por sí solo,
autoridad para decidir en cuestiones de vida o muerte. Sin embargo, hay autori-
dad que afirma que tocaba a este funcionario defender a los miembros del calpulli
y hablar por ellos.161 Podemos preguntarnos si esto indica quizás que el calpullec
era también el tlatoani o “vocero” que representaba al grupo de parentesco en el
consejo supremo de la tribu. Sin embargo, esta pregunta debe ser respondida
con una negativa, por la obvia razón de que no podía estar en dos lugares al
mismo tiempo. Se le asignaba como residencia la casa oficial del grupo para que
pudiera estar siempre en funciones allí, y por consiguiente no podía pasar tiempo
fuera de ella, en la casa oficial de la tribu.162 Además de este funcionario (que
corresponde casi exactamente al sachem de las tribus del noreste de Estados Uni-
dos), encontramos al “hermano mayor” –teachcauhtin, achcacauhtin o, por corrup-
ción, tiacauh, que como ya se ha dicho era el comandante militar o capitán del
grupo de parentesco, y el instructor de los jóvenes en los ejercicios marciales;
pero además era también el ejecutor de justicia; no el magistrado, sino el jefe de
policía (para emplear un término de comparación moderno) o más bien el “al-
guacil” del calpulli.163 Como comandante militar podía designar a sus subalter-
nos en el campo, y como ejecutor de justicia tenía el mismo privilegio en el
pueblo. Por lo tanto, el teachcauhtin escogía a sus propios asistentes y mensajeros.
Acompañado por ellos y llevando el bastón de su cargo, cuyo penacho de plumas
blancas indicaba que su llegada podía traer amenaza de muerte,164 el “hermano
mayor” circulaba por su calpulli, preservando el orden y la tranquilidad en todos
sus lugares públicos. Si encontraba o se enteraba de alguien que molestaba o
cometía algún delito, podía aprehenderlo de inmediato y hacerlo trasladar a la
casa oficial, para allí disponer de él en la forma requerida por las costumbres y
leyes del grupo. Sin embargo, es dudoso que estuviera autorizado a hacer justicia
por propia mano, sin conocimiento y consentimiento del consejo, salvo en cir-
cunstancias extraordinarias.165
Antes de pasar ahora de las funciones del grupo de parentesco a las de la
antigua tribu mexicana, debemos detenernos un poco en una institución pecu-
liar, que los mexicanos tenían en común con las tribus indias en general. Nos
referimos al rango y la dignidad de JEFE. La jefatura y el cargo están lejos de ser
equivalentes. La primera es una distinción puramente personal, no hereditaria,
que se confería como recompensa al mérito solamente, mientras que el segundo
forma parte de la maquinaria gubernamental.166 Por lo tanto, un jefe podía ocu-
par un cargo o no, y seguía siendo el jefe, mientras que no era necesario ser un
jefe para ocupar ciertos cargos. Con todo, es evidente que, como los jefes siem-
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO 215

pre eran hombres de especial capacidad, los cargos más altos solían ser ocupados
por jefes.
El título y rango de “abuelo” (tecuhtli),167 que era el término mexicano para
jefe en general, estaba abierto a cualquiera que se esforzara por merecerlos. Se
confería:
1] como recompensa por hazañas guerreras, acciones de intrepidez personal y
gran astucia. La valentía sola no podía alcanzarlo; por eso los “guerreros distin-
guidos” no siempre eran jefes;168
2] como recompensa por acciones que denotaran particular sabiduría y saga-
cidad, y en reconocimiento por servicios en los consejos, o como comerciantes.169
En las dos instancias (o los dos tipos de instancias) anteriores, las acciones de
particular mérito facilitaban, por lo menos, la adquisición del título, pero tam-
bién podía obtenerse:
3] por la observancia de rigurosos y aun crueles ritos de “magia” durante un
tiempo determinado, que ponían a prueba del modo más severo el valor, la for-
taleza y al autodominio del candidato.170 Una descripción detallada de esos ritos
podía reservarse quizá para un subsiguiente bosquejo del culto de los antiguos
mexicanos, pero también merecen un lugar aquí.
Al parecer, el candidato era presentado en el gran lugar central de culto por
los representantes de su calpulli, y quizá también por los demás señores de su
tribu. Allí sufría durante cuatro días y cuatro noches los más crueles tormentos.
Sólo se le permitía tomar muy poco alimento (algunos llegaban incluso a no
comer nada en absoluto durante ese tiempo), mientras que se le hacía sangrar en
abundancia y no se permitía a sus cansados ojos sueño alguno. De tanto en tanto
era expuesto a burlas, palabras injuriosas, bofetadas e incluso golpes. Mientras
estaba así, hambriento y sediento, debilitado por la pérdida de sangre debido al
autosacrificio, otros comían y bebían ante sus ojos. Finalmente le arrancaban las
ropas del cuerpo y, cubierto sólo con el taparrabos, al fin lo dejaban solo en el
calmecac para hacer allí el resto de su penitencia. Una vez transcurridos esos
cuatro días de iniciación, el candidato regresaba a su calpulli a pasar el resto del
tiempo (alrededor de un año) en retiro y abstinencia, que se acompañaban fre-
cuentemente por más o menos sufrimientos físicos autoinfligidos. La investidura
tenía lugar cuando el grupo de parentesco había reunido la cantidad necesaria
de artículos para ofrendar al culto y regalar a los “hechiceros”, funcionarios,
señores e invitados que asistirían a la ceremonia, siempre que el novicio conser-
vara su valor y fortaleza hasta ese momento. La prueba concluía con otro perio-
do de ayuno, sacrificio y tortura similar al que abría la carrera de preparación, y
de nuevo, algunas de las ordalías eran sumamente duras. Por fin se distribuían
los regalos reunidos, y la comida y la bebida alternaban con solemnes danzas al
son de los monótonos ruidos rítmicos que los indios llamaban música. Por últi-
mo, se vestía nuevamente al candidato con ropas adecuadas y se le permitía
recuperarse, siendo ahora “el festejado”.171
Los hombres que habían superado semejantes pruebas, aunque fuesen jóve-
216 A.F. BANDELIER

nes en años, ciertamente merecían ser contemplados de allí en adelante como


personas de fortaleza fuera de lo común. Indudablemente a eso se debe que los
señores o tecuhtli fueran particularmente aptos para los cargos de responsabili-
dad de cualquier índole. Eran tratados con deferencia, su voz era escuchada con
atención, y no es sorprendente que los cargos superiores, especialmente los de
naturaleza militar, fueran llenados por los que de una manera u otra habían
alcanzado esa distinción.172 Pero su dignidad no conllevaba ningún privilegio,
con excepción del de usar ciertos ornamentos particulares, y no transmitían nin-
guno a sus descendientes.173 Que además los tecuhtli no formaban, como a menu-
do se afirma, una orden de caballería lo demuestra ampliamente el hecho de que
el lazo de parentesco interponía una barrera entre ellos y ese tipo de asociación
imaginaria, y además el hecho de que su número no podía ser muy grande. Las
formalidades requeridas eran tantas y consumían tanto tiempo, la cantidad de
regalos que era preciso distribuir era tan grande, que una repetición frecuente
del acontecimiento estaba fuera del alcance de los grupos de parentesco.174 Des-
pués de esta digresión necesaria, regresemos una vez más al calpulli mexicano.
Además de ser la unidad de posesión territorial, como ya se ha establecido en
“Sobre la distribución y tenencia de la tierra”, encontramos que el grupo de
parentesco mexicano era un núcleo autogobernado, y por lo tanto democrático. Cada
uno de esos núcleos contenía en sí mismo todos los elementos necesarios para su
existencia independiente como sociedad organizada. Salvo por auxilio y protec-
ción contra extraños, no necesitaba socios. Por consiguiente, puesto que encon-
tramos 20 calpulli mexicanos unidos en una tribu, esa tribu debía ser una asocia-
ción voluntaria, formada para protección mutua.
Tres atributos de la tribu son casi evidentes:
1] un territorio particular
2] un dialecto común
3] un culto tribal común.175
Los tres los encontramos muy claramente entre los antiguos mexicanos.176
Como la tribu estaba formada por grupos de parentesco asociados de manera
voluntaria, debe admitirse que estaban en pie de igualdad, y todos tenían una
participación igual en el gobierno tribal. Sin embargo, no parece posible, por lo
que sabemos de la población del México aborigen, que todos los miembros varo-
nes de los grupos, reunidos en asamblea, constituyeran el poder ejecutivo.177
Éste consistía más bien en delegados elegidos por los grupos de parentesco para
representarlos, y ese cuerpo de delegados era la suprema autoridad, cuyas deci-
siones debían ser inapelables.178
Era por lo tanto un CONSEJO TRIBAL, llamado en lengua mexicana “lugar de
hablar” (tlatocan), lo que constituía el poder supremo entre los antiguos mexica-
nos.179 Muy probablemente constaba de tantos miembros como grupos de paren-
tesco había en la tribu,180 pues cada calpulli enviaba un “hablador” (tlatoani) que
lo representara. Tales puestos sólo podían ser ocupados por hombres de recono-
cida capacidad y reputación, que habían adquirido el rango de tecuhtli, de ahí su
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO 217

otro título de tecuhtatoca o “señores que hablan”, reconocido en todo el México


aborigen como el cargo supremo.181
El lugar donde se reunía ese consejo era necesariamente la casa oficial de la
tribu o tecpan,182 y se congregaban allí a intervalos definidos, posiblemente dos
veces en cada mes mexicano de 20 días.183 A tales reuniones asistían todos, y
además podían ser convocados en cualquier momento.184 Hay indicaciones de
que durante el crítico periodo de la primera estancia de Cortés en Tenochtitlan
los 20 “habladores” se reunían diariamente en la casa oficial.185
En una sociedad basada en el parentesco no podemos esperar una división
clara de los poderes de gobierno, especialmente porque no había leyes escritas186
y sólo regía la costumbre. Las funciones del antiguo consejo mexicano no eran
propiamente legislativas, sino más bien una combinación de lo ejecutivo y lo judi-
cial. Sin embargo, una de sus primeras tareas era mantener la armonía entre los
grupos de parentesco.
No se puede imaginar que las 20 unidades sociales independientes que com-
ponían la tribu mexicana, aunque unidas por la necesidad de ayudarse mutua-
mente para mantener su independencia territorial, vivieran siempre en paz en-
tre sí. Necesariamente surgían dificultades entre un grupo de parentesco y otro,
y para impedir que las disputas desembocaran en verdaderas guerras187 era ne-
cesario el consejo, como organismo oficial de arbitraje.
De acuerdo con las reglas del parentesco, el calpulli no sólo estaba obligado a
vengar cualquier ofensa inferida a uno de sus miembros, sino que además era
responsable de las ofensas cometidas por cualquiera de sus miembros contra
alguien de fuera.188 Por lo tanto, un robo cometido fuera del calpulli, y especial-
mente la muerte, deliberada o accidental, de miembros de un grupo a manos de
los de otro, eran causa de una reclamación del calpulli del ofendido al del ofensor.189
Esa reclamación era sometida al consejo tribal por el “hablador” del grupo ofen-
dido, quien presentaba su evidencia, a veces incluso en forma de pinturas, no
tanto para probar lo ocurrido como para sustentar su reclamación. Por la otra
parte, el “hablador” defendía los intereses de su grupo y también apoyaba sus
afirmaciones con cualquier testimonio que pudiera conseguir.190 Los demás tlatoca
escuchaban atentamente a las dos partes y, una vez terminada la discusión, deli-
beraban entre ellos hasta convenir en una decisión.191 Lo mismo ocurría cuando
dos calpulli reclamaban la posesión o el disfrute de la misma parcela.192 No había
posibilidad de apelar a ninguna autoridad superior, pero cada 80 días había en
el tecpan una reunión extraordinaria: el consejo y los jefes ejecutivos, los capita-
nes de guerra de las cuatro grandes secciones de la ciudad, los “hermanos mayo-
res” de los grupos de parentesco y los principales “hechiceros”, y cualquier causa
pendiente ante el tlatocan podía diferirse hasta la próxima reunión general; e
incluso en caso de que ya se hubiera llegado a una decisión, a veces se acordaba
reconsiderarla en la misma ocasión.193
Aparte de sus funciones judiciales, otras tareas ocupaban el tiempo del conse-
jo en sus sesiones plenarias. Si algún calpulli se sentía injustamente tratado en la
218 A.F. BANDELIER

distribución del tributo que recibía, podía quejarse, por medio de su delegado o
“hablador”, de los oficiales tribales responsables de ello ante el tlatocan.194 La
investidura de los señores y oficiales de los grupos de parentesco también corres-
pondía a la suprema autoridad de la tribu.195 Con frecuencia se distorsiona ese
“derecho de investir a los oficiales y jefes de los grupos” convirtiéndolo en un
derecho a nombrar o por lo menos a confirmar un nombramiento o una elec-
ción,196 mientras que no era más que un acto de cortesía que había llegado a
convertirse en costumbre establecida. Pero lo más importante era preservar la
independencia frente al mundo exterior, y por lo tanto todas las relaciones con
otras tribus, y todas las decisiones finales concernientes a alianzas, declaraciones
de guerra y tratados de paz estaban, como ya hemos dicho en otra parte, en
manos del consejo.197 No se podía iniciar ningún ataque ni expedición si no era
por orden suya, y los delegados de tribus extrañas o enemigas, aunque no siem-
pre eran admitidos a la presencia del tlatocan, tenían que esperar a que ese orga-
nismo se pusiera de acuerdo y formulara una respuesta.198
Tales eran, en general, las funciones superiores del consejo mexicano, y si se
nos permite caracterizarlas, parecen ser sólo arbitrales y directivas. Sin embargo,
los miembros de ese consejo tenían otras funciones de índole puramente judi-
cial.
No había conflicto entre su jurisdicción y la de los grupos de parentesco. No
era ni superior ni inferior a ellos, sino totalmente independiente, incluso sin
conexión con ellos. Por consiguiente, se extendía:
1] a la clase de los desvinculados, los agregados a la tribu o proscritos de los la-
zos de parentesco;199
2] a todas las personas que componían la tribu, independientemente de los
vínculos de parentesco, en lugares especialmente colocados al cuidado de la tri-
bu, o reservados para negocios tribales, y que por lo tanto eran terreno neutral
para los miembros de todos los calpulli. Esos lugares neutrales eran los edificios
oficiales, la “casa de dios” central o tribal, y especialmente los grandes tianquiz o
mercados.
Felizmente para la preservación de la sociedad tribal, los proscritos no eran
muy numerosos. Sin embargo, desde su origen mismo eran la parte más desor-
denada del pueblo y ciertamente los delitos eran más comunes entre ellos que
entre los demás, cuyas pasiones tenían un saludable freno en los vínculos de
parentesco y las obligaciones derivadas de ellos. Hacía falta un poder judicial
constantemente a mano para reprimir y castigar las transgresiones de los miem-
bros de esta clase.
El tecpan, el gran teocalli central y la plaza en que se alzaba, y el mercado eran
lugares habituales de reunión para gente de todos los calpulli, sobre los cuales
ningún grupo de parentesco podía ejercer control alguno.200 Ese control había
sido delegado en el tlatocan como consecuencia de la formación de la tribu. Los
delitos cometidos en tales lugares eran castigados con severidad poco usual, por-
que profanaban terreno neutral y por consiguiente más digno de respeto, por
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO 219

estar abierto al uso común de todos los grupos.201 Era tanta la gente que se reunía
allí diariamente, que el ejercicio diario, o al menos la presencia, de la autoridad
judicial era absolutamente indispensable,202 y por esa razón se imponía la pre-
sencia cotidiana, en la casa oficial de la tribu, de un cuerpo de “jueces”. Las
decisiones de esos jueces tenían que ser definitivas, incluso en asuntos de vida o
muerte. Por lo tanto, los jefes que constituían la autoridad suprema de la tribu, los
miembros del consejo o tlatoca, eran también sus jueces supremos. Se dice que
para esa diaria tarea los 20 “habladores” se subdividían en dos organismos que se-
sionaban simultáneamente en dos salas separadas del tecpan. Uno de esos orga-
nismos ha sido llamado “tribunal de los nobles”, porque se ocupaba no sólo de
casos tribales sino especialmente de asuntos gubernamentales en general, mien-
tras que el otro se limitaba a cuestiones judiciales.203
Así hemos encontrado en el tlatocan o consejo la suprema autoridad directiva
de la tribu, el árbitro entre sus componentes orgánicos, y el supremo poder judi-
cial de la tribu. Es fácil reconocer en él un equivalente del consejo del grupo de
parentesco.
Al igual que el grupo, que tenía dos funcionarios superiores subordinados a
los decretos de su consejo para la ejecución de los mismos, la tribu tenía a su vez
dos funcionarios ejecutivos principales.
Aun en un periodo comparativamente remoto de la historia de los antiguos
mexicanos podemos discernir dos cargos, no creados de manera formal sino
surgidos naturalmente de lo que quedaba de organización tribal, que marcan los
inicios de un supremo ejecutivo tribal. Uno de ellos es el “viejo sabio” que con-
ducía la “conversación”;204 el otro es el “gran guerrero” que conducía a los valien-
tes a la batalla.205 Hay indicios de que por algún tiempo estos dos cargos fueron
desempeñados por la misma persona, pero desde la época en que se formó la
confederación reconocemos dos agentes supremos del ejecutivo,206 uno de los
cuales es el llamado “mujer-serpiente” o cihuacoatl, y el otro (erróneamente lla-
mado “rey”) es el “jefe de hombres” o tlacatecuhtli.
El cihuacoatl era elegido por el consejo para el resto de su vida, mientras su
conducta fuera buena.207 En el Códice Mendocino –la fecha más antigua relaciona-
da con el cargo– encontramos el símbolo del “mujer-serpiente” agregado a la
cabeza de “Manojo de cañas”, quien fue instaurado como “jefe de hombres” en
1375.208 Por lo tanto, podemos deducir que en un tiempo la misma persona
ocupaba ambos cargos. Como quiera que sea, el cihuacoatl sólo adquiere promi-
nencia después de la formación de la alianza tripartita de las tribus de México,
Texcoco y Tlacopan.209 Pero la posición que ocupa de ahí en adelante es muy
importante. Las crónicas más específicamente mexicanas lo llaman “coadjutor
del rey”, “segundo rey” y “gobernador”.210 Otras autoridades lo mencionan como
“virrey”,211 y aún más frecuentemente como “supremo juez”.212 Por último, testi-
gos presenciales de la conquista aplican al “mujer-serpiente” los títulos de “guar-
dián del tributo”213 y “capitán general” de los mexicanos.214 Cada una de estas
designaciones contiene cierta parte de verdad, aunque ninguna de ellas define
220 A.F. BANDELIER

adecuadamente el cargo, cuya verdadera naturaleza y posición sólo aparecen con


claridad a través de un examen de los inicios de su historia. El ejecutivo tribal
como cargo permanente (que siempre debe distinguirse de una dignidad heredi-
taria) fue creado bajo la presión de una necesidad extrema. El guerrero que goza-
ba de la confianza de la tribu, que no sólo era valiente y osado sino que había
dado prueba de sabiduría en los consejos, era elegido por el pueblo como diri-
gente. En esa época los mexicanos estaban en actitud defensiva; su existencia
misma estaba en peligro, y por lo tanto era natural que la “conversación” princi-
pal fuera sobre asuntos militares, y que en consecuencia el prominente capitán de
guerra pasara a ser el “hablador” más importante, o el presidente del consejo.215
En esta forma, sólo se observa un jefe ejecutivo hasta que se forma la confedera-
ción. En esa época sus deberes eran claros, incluso simples. Residía en la casa
oficial y supervisaba el ejercicio de la hospitalidad tribal en ella; era el presidente
del consejo y el principal ejecutor de sus decretos, hasta donde alcanzaba la
jurisdicción tribal; controlaba la recepción y el almacenamiento de las modestas
cosechas de las “tierras de la casa oficial” o tecpantlalli,216 que junto con los pre-
sentes acostumbrados constituían las reservas tribales; y, finalmente, comandaba
a los hombres en la guerra. La derrota de las tribus de Azcapotzalco y Coyoacan,
al convertirlas en tributarias y aliadas forzosas de los mexicanos en la guerra,
hizo que esos deberes crecieran súbitamente de tal modo que fue necesario darle
un asistente o colega, un segundo jefe supremo. Por último, cuando se formó la
confederación, el primero de esos dos jefes se convirtió en su comandante mili-
tar, adquiriendo así deberes de naturaleza extratribal,217 que en consecuencia lo
obligaron a abandonar una parte proporcional de las tareas tribales, que natural-
mente pasaron a ser de competencia de su colega. Y ese colega, como ya hemos
dicho, era el “mujer-serpiente” o cihuacoatl, el verdadero jefe supremo de los
mexicanos.
Como presidente cotidiano de las “conversaciones” del consejo, el “mujer-
serpiente” aparece como un juez, incluso un juez supremo. Pero si bien en oca-
siones importantes era el “hablador” o portavoz del consejo,218 y tanto los pre-
mios que concedía como las sentencias que pronunciaba eran finales y no admitían
apelación, esto se debía a que no eran decisiones individuales suyas, sino que
emanaban del consejo. Él continuaba siempre sometido a la autoridad de ese
cuerpo, y en general puede decirse que supervisaba la ejecución de sus decisio-
nes judiciales, aunque, como veremos más adelante, esa parte de sus deberes se
asignaba a otros funcionarios.
El cihuacoatl era responsable ante el consejo del almacenamiento adecuado
del tributo recibido, de acuerdo con las necesidades tribales, y de la correcta
distribución del resto219 entre los grupos de parentesco. Esto, y el hecho de que
era quien guardaba las pinturas que constituían los registros de los tributos, son
causa de que Bernal Díaz del Castillo lo llame “mayordomo mayor”, es decir,
intendente general, y “guardián del tributo”, como ya dijimos.220
Ya hemos visto que el “mujer-serpiente” era un verdadero colega asociado del
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO 221

otro jefe que, después de haber sido en origen el principal jefe guerrero de los
mexicanos, pasó a ser por último comandante de las fuerzas confederadas.221
Volveremos a las posiciones que ocupaban relativamente los dos oficiales, pero
por ahora sólo queremos advertir sobre el hecho de que, como este último ha
sido llamado generalmente monarca, se explican, aunque no se justifican, las
designaciones de “coadjutor del rey”, “segundo o segunda persona del rey”, igual
que los títulos de “virrey” o “lugarteniente. Por último, el cihuacoatl era, ex officio,
comandante en jefe de los mexicanos propiamente dichos, al tiempo que su co-
lega encabezaba las fuerzas confederadas.222 Sin embargo, si esto no ocurría, este
último podía comandar personalmente a los mexicanos, o bien un sustituto de
los dos podía ejercer el mando.223 Durante los últimos días del México aborigen,
cuando en la ciudad sitiada se apiñaban guerreros de diferentes tribus, junto con
los jefes supremos de Texcoco y Tlacopan, el llamado “rey de México” aparecía
como comandante de los confederados, mientras que el “mujer-serpiente” sólo
ejercía la autoridad y desempeñaba las funciones de “capitán general” del con-
tingente mexicano.224
Todos estos diferentes atributos podrían estar unidos en las funciones de un
cargo: el de jefe supremo de la tribu. Como tal debemos considerar al cihuacoatl,
y como tal fue reconocido por Cortés cuando en 1521 nombró al último “mujer
serpiente” como “gobernador” de los restos de la tribu mexicana y de los llama-
dos barrios de indios en los que fueron establecidos posteriormente.225
Ya hemos visto que el “mujer-serpiente” era el colega, o asociado en asuntos
de importancia tribal, de otro oficial que originalmente había ocupado su pues-
to, pero cuya esfera de acción se había extendido tanto por la formación de la
confederación que se hizo necesario crearle un colega para los asuntos tribales.
Ese oficial, llamado comúnmente “rey de México”, y a veces incluso “emperador
del Anahuac”, era el “jefe de hombres” o tlacatecuhtli.226
En el año 1375, de acuerdo con el Códice Mendocino, el primer ocupante del
cargo fue elegido por voto popular.227 De ahí en adelante el oficio siguió siendo
estrictamente electivo y no hereditario, salvo en la medida en que, igual que
ocurría con los funcionarios del calpulli, los descendientes del anterior ocupante
tenían preferencia para sucederlo, a condición de que fueran competentes.228
Pero no había ninguna regla de sucesión que limitara la elección a una familia, y
posiblemente ni siquiera a un grupo de parentesco.229 Como cualquier otro car-
go, era preciso merecerlo,230 y no se alcanzaba por nacimiento ni por artificio,231 ni
se transmitía por herencia.232
La historia de este cargo puede dividirse en dos periodos: el primero se cierra
con la formación de la confederación en el primer cuarto del siglo XV; el segun-
do empieza en ese momento y dura hasta la anulación final del cargo por los
españoles, en 1521.233 Durante el primer periodo, el “jefe de hombres” no era,
como ya se ha dicho, sino el jefe ejecutivo de la tribu, y los deberes de su cargo en
esa época incluían los del cihuacoatl, según hemos explicado. La confederación
había modificado la situación de tal modo que este funcionario pasó a ser “gene-
222 A.F. BANDELIER

ral” de los guerreros de la alianza,234 y en consecuencia, en cierta medida, un


funcionario extratribal que residía en México Tenochtitlan, debido a que la su-
premacía militar correspondía a esa tribu. Ya hemos hecho alusión al hecho de
que hasta aquí nos hemos habituado a ver al “jefe de hombres” como un monar-
ca, incluso un déspota; su cargo y sus atribuciones han sido la base de la idea de
que en el México aborigen prevalecía un alto grado de civilización, al punto de
que su pueblo era gobernado al modo de los despotismos orientales.
Ese pretendido monarca no sólo era estrictamente electivo, sino que además
podía ser destituido por transgresión.235 El último “Señor Iracundo”, más cono-
cido como el último Moctezuma, fue separado de su cargo y su sucesor elegido
antes de la muerte violenta de ese desdichado jefe.236
Entre los deberes del “jefe de hombres” observamos ante todo el de residir en
el tecpan o casa oficial.237 Esto se describe comúnmente como un privilegio real,
pero en realidad era una carga, porque simplemente significaba que ocupaba
la posición de jefe de la casa oficial de la tribu.238 Ya hemos descrito en otra parte la
formación de esa casa.239 Era un grupo comunitario constituido por el principal
jefe de guerra y su familia, junto con los asistentes (y sus familias, si las tenían)
necesarios para el manejo de los asuntos cotidianos.240 Apropiadamente llama
fray Juan de Torquemada al tecpan “casa de comunidad”,241 pues sus residentes
eran colocados y mantenidos en ella con el objeto de brindar la hospitalidad de
la tribu e impulsar tanto los asuntos tribales como las relaciones extratribales.
Esa “familia oficial” tenía que atender a los funcionarios y jefes que todos los días
tenían asuntos que tratar en el tecpan, llevar las vituallas a las salas donde se
realizaban las sesiones y también atender a los huéspedes oficiales extranjeros (a
menudo enemigos) que eran recibidos en salas separadas, incluso secretas.242
Pero su deber principal consistía en preparar y servir todos los días un gran
banquete, en el que participaban no sólo todos los miembros de la casa, que
sumaban varios centenares, sino todos los que acertaran a encontrarse por allí,
por negocios o sin motivo particular.243 Era deber del propio “jefe de hombres”
iniciar ese tosco banquete de los grupos de parentesco,244 y correspondía a su
cargo representar la hospitalidad y dignidad de la tribu en tales ocasiones. De
ahí su peculiar gravedad, que algunos testigos confundieron con la altivez de un
tirano.245
Esos deberes no sólo hacían necesario que el supremo funcionario residiera
oficialmente en la “casa oficial”, sino también que estuviera permanentemente
en ella, a menos que negocios importantes lo obligaran a ausentarse.246 Esa au-
sencia sólo podía justificarse por deberes oficiales, y entonces el “jefe de hom-
bres” debía aparecer con todas las prendas e insignias de su rango.247 De otro
modo podía salir, pero perdía todo derecho al reconocimiento oficial.248 Por eso
en general son ciertas –por mucho que puedan exagerar en los detalles– las
afirmaciones sobre al gran decoro que se observaba para con el “jefe de hom-
bres” cada vez que aparecía en público, la marcada deferencia con que se le
hablaba y la pompa que lo rodeaba en tales ocasiones.249 Ocasiones que por su-
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO 223

puesto eran oportunidades para lucir las mejores galas indias, incluyendo una
serie de elementos con que se adornaba al “jefe de hombres”, como sus insignias
oficiales; sin embargo, la costumbre de mantener los ojos bajos mientras se le
hablaba no era tanto una marca de particular respeto sino un hábito totalmente
indio de tímida desconfianza, que hasta hoy es común a tribus mucho más ru-
das;250 y los trajes y ornamentos peculiares, como el tocado tan apropiadamente
llamado por los españoles “media mitra” y otros elementos ya descritos por no-
sotros en una ocasión anterior, no los usaba sólo él, sino que el cihuacoatl tenía el
mismo privilegio.251 Esto, y los ritos fúnebres a los que no podemos referirnos en
detalle aquí,252 demuestran una vez más la igualdad de rango de ambos oficiales,
además de disipar las concepciones de etiqueta real y magnificencia que han
envuelto a la figura del “Señor Iracundo” (Moctezuma) en la historia.
Como cabeza de la casa oficial, el “jefe de hombres” necesitaba muchos asis-
tentes y subordinados. Debía tener mayordomos que se encargaran de las provi-
siones y su distribución diaria,253 y requería sobre todo de corredores que entre-
garan sus mensajes. Esos funcionarios podían ser elegidos por él, y en esa medida,
pero no más, tenía derecho a designar a sus subordinados.254 Pero el hecho de ser
designado por el “jefe de hombres” para determinada tarea no confería ningún
cargo ni rango hereditario; por el contrario, incluso es probable que la mayoría
de esos puestos fueran ocupados por proscritos, puesto que en realidad ése era el
grupo del que podían sacarse servidores inferiores para el manejo de los asuntos
tribales sin perturbar el equilibrio del poder entre los grupos de parentesco.
El tecpan era, como hemos dicho, la “casa de la comunidad”, es decir, el lugar
donde se resolvían los asuntos de todo el grupo social, y también, como se ha
demostrado, la sede regular de la suprema autoridad o “consejo tribal”; en con-
secuencia, deben de haber existido relaciones peculiares y distintas entre ese
consejo y el supremo funcionario, que tenía el deber de residir en esa misma
casa. En parte nos explica esas relaciones la afirmación de que el “jefe de hom-
bres” estaba allí como un guardia, para proteger los intereses de la tribu en me-
dio de los negocios de la confederación:255 era su deber estar presente día y
noche en esa casa, centro donde convergían los hilos de información traídos por
mercaderes, recaudadores de tributos, exploradores y espías, así como todos los
mensajes enviados o recibidos de todas las tribus vecinas, amistosas u hostiles.
Cada uno de esos mensajes iba directamente al “jefe de hombres”, a quien co-
rrespondía, antes de actuar, transmitir su contenido al cihuacoatl y convocar el
tlatocan por medio de él.256 Así, el “jefe de hombres” ocupaba una posición inter-
media entre la confederación y la tribu. Podía, ex officio, estar presente en las
deliberaciones del consejo, aunque su presencia no era obligatoria; y su voz y
voto no eran decisivos ni tenían más peso que el que pudieran darle su razona-
miento y la consideración personal que alcanzara por sus méritos y experiencia.
Cuando se llegaba a una decisión, tocaba al “jefe de hombres” proveer a su
ejecución. Así, si los mercaderes regresaban maltratados y golpeados y el consejo
mexicano clamaba venganza, era él quien enviaba a sus mensajeros a las tribus
224 A.F. BANDELIER

confederadas pidiéndoles su asistencia, según el contrato autorizaba a los mexi-


canos a hacerlo. A veces esos mensajeros eran señores, escogidos por el propio
consejo.257 El resultado de su misión era comunicado directamente al “jefe de
hombres”.258 En caso de que llegaran delegados de otras tribus, era preciso dar-
les alojamiento, y el lugar reservado para ese objeto era el tecpan, donde efectiva-
mente se hospedaban. En consecuencia, primero entraban en contacto con el
“jefe de hombres”, quien era su anfitrión oficial y actuaba como intermediario
entre ellos y las supremas autoridades tribales.259
No puede haber ilustración más clara de lo anterior que la recepción dis-
pensada por los mexicanos a Cortés y sus tropas, en la población de Tenochtitlan.
La casa donde fueron hospedados los españoles eran el tecpan o casa oficial de la
tribu, desocupada por la casa oficial para ese fin.260 Al salir a recibir a los recién
llegados, el “Señor Iracundo” actuaba simplemente como representante de la
hospitalidad tribal, brindando una cortesía desusada a visitantes desusados, mis-
teriosos y, por lo tanto, temibles. Dejándolos en posesión del tecpan, se retiró a
otro de los grandes edificios comunales que rodeaban la plaza central, donde se
despacharon mientras tanto los asuntos oficiales.261 Su regreso a la residencia de
los españoles, aunque forzado, fue menos sorprendente para los nativos de lo que
comúnmente se cree: significaba volver a su antigua residencia, y por lo tanto el
propio tlatocan no vaciló en volver a reunirse allí, hasta que se comprobó la ver-
dadera naturaleza de los peligrosos visitantes y el consejo se retiró gradualmente
de la trampa, dejando al infortunado “jefe de hombres” en manos de los españo-
les.262
Ya hemos descrito la posición del tlacatecuhtli frente al consejo como de inter-
mediario entre la tribu y la confederación. En el consejo no era sino el coman-
dante en jefe, y no tenía otros deberes o poderes.263 Por lo tanto, cuando Cortés
apresó al señor de Texcoco, el “Señor Iracundo” no tenía autoridad para tratar
con los españoles, como éstos le pedían.264 No tenía mando sobre las otras tribus
más que en campaña. Sin embargo, su posición como dirigente de la confedera-
ción era lo bastante importante como para que el derecho a investirlo con esa
dignidad fuera una de las condiciones del acuerdo con que se formó la confede-
ración. Por eso con frecuencia los señores de Texcoco y Tlacopan son menciona-
dos como “electores” del “jefe de hombres”, pero su presencia en la ceremonia
de toma de posesión de cada nuevo oficial de ese rango no implicaba el derecho
a controlar su elección.265 Era un mero acto de cortesía que los mexicanos devol-
vían cada vez que sus confederados realizaban la misma ceremonia,266 con la
diferencia, sin embargo, de que en el caso del señor de México los dos confede-
rados aparecían en persona, como muestra de que de ahí en adelante serían sus
subordinados militares.
Ya hemos descrito la organización militar de los antiguos mexicanos,267 y hasta
ahora no tenemos nada que agregar a ese cuadro. Tanto en ella como en la
organización social, el grupo de parentesco constituía la base, y puesto que he-
mos encontrado en el calpulli autónomo que los comandantes militares eran los
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO 225

oficiales de justicia, hemos de buscar justamente entre los jefes de más alto grado
de las fuerzas tribales a los funcionarios de la justicia tribal. El cihuacoatl, como
jefe guerrero ex officio de la tribu, no podía, como hemos visto, ejercer esa fun-
ción, pero el “jefe de hombres” estaba claramente investido con el poder de
castigar, a tal punto que llegaba a adquirir un carácter de arbitrariedad y despo-
tismo. Sin embargo, si examinamos cuidadosamente los casos registrados, pare-
cen limitarse:
1] a casos de insubordinación, deslealtad o traición en la casa oficial;268
2] a casos de insubordinación militar, o traición;269
3] a casos de gran importancia que requirieran acción súbita a fin de evitar un
peligro público.270
El poder de nombrar de que disfrutaba el “jefe de hombres” dentro de los
límites de la casa oficial implicaba en la misma medida el poder de destituir y
castigar. Ni siquiera era necesario trasladar tales casos al consejo.
Al castigar sumariamente los actos de insubordinación o de traición, cuando
se cometían durante la guerra, el “jefe de hombres” actuaba como comandante
en jefe y en estricto cumplimiento de los deberes de su cargo.
Por último, el comandante en jefe estaba investido de cierto poder discrecio-
nal para bien del público. Colocado en el tecpan para “vigilar, guardar y prote-
ger” a la tribu y la confederación, era necesario que el tlacatecuhtli tuviera poder
para actuar de inmediato en casos de gran urgencia. No era un privilegio de la
realeza ni un derecho despótico, sino una obligación derivada de la naturaleza
de su cargo.
En consecuencia, el “jefe de hombres” tampoco era exactamente el ejecutor
de la justicia tribal: esa tarea correspondía a otros jefes guerreros de menor ran-
go que, aunque superiores en mando a los dirigentes de los grupos de parentes-
co en tiempo de guerra, fuera de él jamás interferían en las acciones de éstos, del
mismo modo que la justicia tribal no interfería en la justicia autónoma de aqué-
llos. Esos jefes eran los cuatro dirigentes principales de los cuatro grandes ba-
rrios de México-Tenochtitlan271 o, como ya hemos dicho, de las cuatro fratrías en
que los 20 grupos de parentesco se habían aglomerado para fines religiosos y
militares. Esos cuatro “grandes barrios”, llamados respectivamente Moyotlan,
Teopan, Aztacalco y Cuepopan,272 no eran, como ahora se supone, otras tantas
subdivisiones gubernamentales del México aborigen. Cascos de otros tantos gru-
pos de parentesco originales, todo lo que quedaba del antiguo grupo orgánico
era el culto en común, tal vez, y el mando común en batalla.273 No es éste el lugar
apropiado para investigar los ritos practicados por una fratría, y ya hemos exa-
minado la posición y funciones que tenía en la guerra. Pero el cargo de ejecutores
de la justicia tribal que correspondía a los “cuatro dirigentes” de las cuatro fratrías
merece particular atención en este momento.
Los nombres, o más bien títulos oficiales, de los cuatro capitanes guerreros
eran: “hombre de la casa de los dardos” (tlalcochcalcatl), “cortador de hombres”
(tlacatecatl), “derramador de sangre” (ezhuahuacatl) y “jefe del águila y la tuna”
226 A.F. BANDELIER

(cuauhnochtecuhtli). Esos oficiales se mencionan por primera vez a comienzos del


siglo XV, en la época en que se forma la confederación.274 Aparecen como adjun-
tos o asistentes inmediatos –algo así como lugartenientes militares– tanto del
“jefe de hombres”, promovido por entonces a la posición de comandante confe-
derado, como del cihuacoatl.275 Sus cargos eran por supuesto electivos, no heredi-
tarios, y la elección se efectuaba del mismo modo y (al menos algunas veces) al
mismo tiempo que la del “jefe de hombres”.276 En caso de que ni este último ni el
cihuacoatl pudieran mandar a las fuerzas confederadas en la guerra, tanto el car-
go de comandante en jefe como el de jefe de las fuerzas mexicanas propiamente
dichas podían ser desempeñados por uno u otro de ellos.277 Ésa, sin embargo,
era siempre una situación provisional, y aparentemente no había diferencia de
rango entre los cuatro, puesto que los cronistas los mencionan indistintamente
como capitanes militares del rango más alto. Sin embargo, si bien este hecho
permanece indiscutido, observamos en autores posteriores que dos de los cuatro,
ezhuahuacatl y tlacatecatl, son llamados “jueces”.278 Es difícil comprender cómo
podía un capitán de guerra desempeñar las funciones de un juez permanente,
mientras que las de un jefe que ejecutaba decisiones judiciales sí concuerdan con
las de un cargo militar en la sociedad primitiva. Se afirma categóricamente que
el cuauhnochtecuhtli era “alguacil mayor”, es decir, sheriff.279 El Códice Mendocino,
sin embargo, los hace iguales a los cuatro, llamándolos a todos funcionarios eje-
cutivos. Samuel Purchas, en su Pilgrimage, traduce erróneamente esa expresión
por officer of dispatch (funcionarios de despacho).280 Tal era sin duda su verdadera
posición: los “cuatro capitanes” eran a la tribu lo que el “hermano mayor” era al
grupo de parentesco. Las decisiones judiciales del consejo les eran comunicadas
a través del cihuacoatl o del tlacatecuhtli, y ellos se encargaban de su ejecución. En
consecuencia, también se encargaban del mantenimiento del orden y la tranqui-
lidad en todos los lugares donde el control correspondía a las autoridades tribales,
como por ejemplo los mercados y la plaza central que rodeaba a la gran “casa de
dios”. Pero también eran los asistentes militares inmediatos del “jefe de hom-
bres”, y como tales, en la medida en que éste ejercía algún poder de castigar,
actuaban asimismo como sus “funcionarios ejecutores” cuando era necesario.281
Es dudoso, sin embargo, que tuviera derecho a designar los ayudantes que qui-
siera, más allá de enviar subordinados, o más bien destacarlos en misiones con-
cretas. En cuanto a los guardias de los mercados –los funcionarios que circulaban
entre la gente manteniendo la paz y el orden–, eran designados para sus puestos
por la tribu. Sin embargo, era su deber informar a los principales funcionarios
ejecutores, o más bien recurrir a ellos cada vez que ocurría algo que requiriera el
ejercicio de un poder más alto. Por otra parte, esos subalternos obedecían sus
órdenes, en interés de los asuntos tribales.
Ya hemos observado que, entre los cuatro, el cuauhnochtli es el que se mencio-
na de modo más claro como ejecutor judicial, incluso notoriamente antes que los
demás. Sin embargo, de nuevo se pierde de vista en la elección del “jefe de
hombres”. Después surge otro en su lugar: el “hombre de la casa negra”,
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO 227

tlilancalqui. Aparentemente cada uno de los tres cargos nombrados primero,


tlalcochcalcatl, tlacatecatl y ezhuahuacatl, era, junto con el recién nombrado
tlilancalqui, una etapa preparatoria para el cargo de “jefe de hombres”.282 “Habia
de ser electo uno destos quatro para sucesor del Reyno”, dice el Códice Ramírez.283
Es difícil imaginar por qué el cuauhnochtli no podía ser uno de los cuatro privile-
giados, pero es fácil comprender por qué el “hombre de la casa negra” sí debía
ser uno de ellos. La “casa lóbrega” de Núñez de la Vega, en Chiapas, desempeña
un papel importante en el culto o “magia” de los aborígenes de México y
Centroamérica.284 Por lo tanto, el hombre de la casa oscura, o lóbrega, era un
intermediario entre la “magia” y el gobierno tribal. Como tal, parece ocupar una
etapa preparatoria para el alto cargo de “jefe de hombres” y representa, junto
con los “sátrapas y papaoaqui” que menciona Sahagún,285 el elemento de la ma-
gia o el culto en la elección de ese funcionario. El tlilancalqui es mencionado en
algunas ocasiones, aunque raras veces, como jefe guerrero,286 pero aparentemen-
te se le confiaban misiones de importancia; Joseph de Acosta llama “guerre-
ros”287 a los otros tres, excluyéndolo a él; por último, aparece como asesor confi-
dencial en momentos de gran peligro público. Esto es más o menos todo lo que
sabemos sobre este cargo, en relación con el gobierno de la tribu.
El hecho, ya ampliamente demostrado, de que el “jefe de hombres” debía ser
escogido entre los cuatro señores y funcionarios enumerados, está directamente
relacionado con la naturaleza de la dignidad del tlacatecuhtli. Esto elimina por
completo la suposición de que ese funcionario era otra cosa que un capitán de
guerra indio del más alto rango, o de que el cargo era hereditario, aunque no
elimina la posibilidad de que la sucesión en el cargo estuviera limitada a un
grupo de parentesco. Así, explica muchos rasgos incidentales de la organización
y el gobierno, pero a la vez nos lleva de regreso al “jefe de hombres”, y a través de
él evoca algunos de los atributos fundamentales de la tribu.
Ya hemos dicho que la tribu era una asociación voluntaria de grupos de paren-
tesco para protección mutua. Si bien ése era indudablemente su propósito origi-
nal, es evidente que, con el paso del tiempo y como resultado del éxito en la
guerra, la tribu, como organización militar, evolucionó hacia el grupo de tribus a
fin de procurarse y aumentar su subsistencia.288 Esto se logró acumulando el
botín de expediciones exitosas, e imponiendo tributo a las tribus derrotadas mi-
litarmente en las mismas.
Antes de la formación de la confederación, eran pocas las tribus conquistadas
por los mexicanos.289 En realidad lo que hizo posible la formación de la confede-
ración fue el equilibrio de poder entre los pueblos que ocupaban la cuenca del
lago: tuvieron que unirse para no destruirse entre ellos, en beneficio de los veci-
nos.290 Pero una vez constituida la confederación, todo el esfuerzo conjunto se
dirigió hacia la conquista y la adquisición de medios de subsistencia a través del
tributo. La imposición de tributo era una medida militar, y por consiguiente su
recaudación estaba en manos de la rama militar del gobierno tribal. Esto es evi-
dente por el hecho de que los calpulli habían delegado en la tribu todo poder
228 A.F. BANDELIER

sobre asuntos exteriores.291 Por eso el “jefe de hombres” encabezaba oficialmente


a los recaudadores de tributos.292
Cada vez que una tribu, con o sin lucha, cedía ante el poder guerrero de los
mexicanos y sus asociados, inmediatamente se establecía la cantidad y calidad de
los artículos que debería entregar como tributo, en fechas determinadas.293 En
garantía del fiel cumplimiento de ese contrato, la vida de los vencidos estaba
permanentemente en peligro,294 y para vigilarlos constantemente y regular la
entrega y el transporte del tributo los conquistadores mantenían funcionarios
especiales entre los pueblos conquistados. Esos funcionarios eran los llamados
“recolectores de cosechas” o calpixqui. Cada uno de los tres confederados enviaba
sus propios calpixqui a vivir entre las tribus que habían pasado a ser su presa
exclusiva, y cuando un pueblo, como a veces ocurría, pagaba tributo a los tres,
tenía que soportar que viviesen entre su población otros tantos representantes
recaudadores de tributos.295
Los mexicanos tenían, pues, una serie de oficiales de este tipo dispersos entre
los pueblos tributarios. El “jefe de hombres” controlaba sus acciones, pero su
poder no se extendía a los calpixca de las tribus de Texcoco y Tlacopan. Ni siquie-
ra podía nombrar a los mayordomos enviados a residir entre los tributarios ex-
tranjeros,296 puesto que ese poder correspondía únicamente al consejo.297 Ese
cargo estaba lejos de ser un puesto de honores y placeres: por el contrario, no ha-
bía tarea de mayor responsabilidad y más peligrosa dentro o fuera de la tribu. El
calpixqui no tenía la menor autoridad para intervenir en los asuntos de la tribu en
que vivía,298 pero se esperaba que observara de cerca las disposiciones e inclina-
ciones de los que lo rodeaban y que informara de cualquier movimiento o expre-
sión sospechosos que notara. Por lo tanto, a los ojos del pueblo entre el cual
residía era como un espía, cuyos informes podían ser causa de que la ira de sus
conquistadores cayera sobre ellos en cualquier momento. Además, tenía el deber
de controlar, en determinadas fechas, el acopio de los artículos prometidos como
tributo, y en consecuencia era el odioso recaudador de impuestos, el monumen-
to viviente de su derrota con todas sus infelices consecuencias. Ciertamente ha-
cían falta hombres de capacidad y de experiencia para ocupar esos cargos, y por
eso no debemos extrañarnos de que los calpixca que Cortés encontró en la costa,
entre los totonacas, llevaran insignias de señores.299
Las condiciones del tributo eran variadas. Algunas tribus entregaban sus con-
tribuciones cada 80 días, mientras que otras las enviaban una vez al año.300 En la
mayoría de los casos debían ser transportadas a México-Tenochtitlan por los
tributarios, o al menos la entrega estaba a cargo de ellos.301 Con frecuencia, los
cargadores eran prisioneros de guerra capturados por el pueblo tributario, que
además también formaban parte del tributo.302 El calpixqui supervisaba ese trans-
porte, verificaba los artículos recibidos y los reexpedía debidamente a México.
Para todo esto necesitaba disponer de asistentes –mensajeros– que no sólo acom-
pañaban los envíos de tributo sino que le permitían mantener una comunicación
regular con la tribu mexicana. Sobre la base de esto se ha imaginado no sólo un
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO 229

sistema de caminos análogo al de los romanos, que cubría toda el área del Méxi-
co actual, sino un sistema postal perfecto en pleno funcionamiento. Con respec-
to a la primera suposición, véase la carta del licenciado Salmerón, fechada en
México, el 13 de agosto de 1531, y dirigida al consejo de Indias:

Creo que en toda la tierra deberían abrirse caminos para bestias de carga y para carros.
Eso aumentaría mucho la seguridad de nuestras posesiones. Como los indios no tenían
bestias de carga, sus senderos eran rectos y estrechos, y tan directos que no se desviaban
una pulgada para evitar el ascenso de la montaña más escarpada.303

Por esos senderos indígenas, con pesadas losas de piedra que ocasionalmente
cubrían los hoyos o cruzaban barrancos pequeños,304 se enviaba el tributo a la
población de Tenochtitlan, y los mensajeros necesarios se desplazaban rápida-
mente en todos los sentidos, según lo requiriera la ocasión. Pero no había regu-
laridad en esas comunicaciones. No había postas, y para atravesar las amplias
extensiones de tierras despobladas entre una tribu y otra los mensajeros confiaban
en su propia resistencia y en la bolsa de provisiones que llevaban consigo.305
En ocasiones solemnes, los convoyes del tributo no sólo eran escoltados por
guardias y mensajeros destacados para ese fin por el calpixqui, sino acompañados
personalmente por este funcionario, quien entraba a Tenochtitlan a la cabeza del
grupo.306 Los artículos eran llevados al tecpan y allí terminaban los deberes del
“jefe de hombres” en relación con el tributo en general. Porque ese tributo no se
debía a él, sino a la tribu, y se entregaba a los representantes tribales.307 Si la
recolección del tributo requería un conjunto de funcionarios necesariamente
colocados bajo las órdenes del jefe militar, para su preservación y juiciosa distri-
bución hacía falta otro. Si el primero estaba formado por mayordomos que vi-
vían fuera del pueblo, el otro incluía exclusivamente mayordomos residentes en
él, de manera que cada convoy era entregado al funcionario apropiado, que se
encargaba de recibirlo y después seguía las instrucciones de sus superiores en
cuanto a su distribución.308
Ya hemos mencionado al cihuacoatl como el funcionario responsable ante el
consejo por la administración de las provisiones y su correcta distribución, si
bien tenía a sus órdenes otro que prácticamente, en realidad, se encargaba de
esas tareas. Torquemada y los que siguieron su escuela llaman a ese subordinado
“el gran recolector de cosechas”, hueycalpixqui,309 mientras que Tezozómoc y Durán
le aplican el título de “Hombre de la casa de los cofres” o petlacalcatl.310 En ambos
casos, sin embargo, aparece como el “jefe de mayordomos” al que todos los de-
más debían rendir cuentas. Él supervisaba la distribución del tributo,311 y a él
acudían los grupos de parentesco para recibir su parte, quizá la mayor de todas.
Desdichadamente no podemos determinar los principios que guiaban la divi-
sión. Todo lo que sabemos es que la tribu recibía una porción y los grupos de
parentesco o calpulli otra, y que el “hombre de la casa de los cofres”, bajo cuyos
ojos se efectuaba la distribución, se ocupaba después en particular de las provi-
230 A.F. BANDELIER

siones almacenadas que estaban reservadas para la tribu, es decir, para las nece-
sidades del gobierno tribal.312 Por eso el “hombre de la casa de los cofres” parece
con frecuencia estar a las órdenes directas del “jefe de hombres”, quien podía
pedirle en particular los artículos necesarios para el ejercicio de la hospitalidad
tribal, incluyendo regalos, o las elegantes vestiduras que lucía en ocasiones espe-
cialmente solemnes.313 Es cierto que, como hemos mostrado en otra parte, había
algunas parcelas, tecpantlalli, reservadas entre las tribus tributarias para las nece-
sidades de las casas oficiales;314 sin embargo, en muchas ocasiones, festivas o de
dificultad, las cosechas levantadas en ellas resultaban insuficientes, y por eso,
por prudencia, se almacenaban además otras provisiones.315 El petlacalcatl estaba
encargado de ellas también. Lo más probable es que este funcionario fuera de-
signado por el consejo, y debía rendir cuentas en primer término al cihuacoatl,
quien llevaba un registro o lista de los artículos recibidos y de su distribución.
Son esas toscas pinturas en piel preparada, o en tejidos, lo que ha dado origen a
la fábula de que las poblaciones aborígenes de México, Texcoco y Tlacopan te-
nían “archivos”.316
Las provisiones necesarias para el culto y para el mantenimiento de los “he-
chiceros” de la “casa de dios” central también procedían de este tributo, y eran
asignadas a los “hechiceros” de acuerdo con sus necesidades. Pero presumible-
mente la mayor parte del tributo se destinaba a los grupos de parentesco, que lo
distribuían entre sus miembros, después de reservar la cuota necesaria para su
gobierno y el culto. De este modo llegaban por fin al individuo los beneficios de
la asociación tribal –no a través de la tribu, a menos que fuera un proscrito, sino
a través del grupo de parentesco, y así éste aparece de nuevo como unidad activa
de la sociedad organizada, incluso en el tema vital de la subsistencia.
La procuración de la subsistencia por medio de la guerra es el más amplio
campo de acción tribal conocido en el México aborigen. Es lo que vincula al
grupo de parentesco con la tribu y da una razón de ser a la más alta forma
conocida de sociedad tribal: la confederación.
Después de lo dicho en este ensayo y en los anteriores, sería superfluo volver
en detalle sobre la confederación formada por las tres tribus nahuas de México,
Texcoco y Tlacopan. Ya hemos indicado en otra parte sus “términos de acuerdo”,
y conocemos la posición de preeminencia, desde el punto de vista militar, que
ocupaba la tribu mexicana en esa asociación, formada para la guerra y el pillaje.
Todo lo que nos queda por destacar es que esa conexión intertribal del valle de
México no se extendía más allá de una asociación tripartita para los fines men-
cionados. No había interferencia por parte de los conquistadores en los asuntos
de los conquistados, ni intento de meter gradualmente a los elementos
heterogéneos en un molde uniforme, porque no se concebía otra forma de socie-
dad que la basada en el grupo de parentesco y, de esa sociedad, la tribu, caracteri-
zada por un territorio independiente, un dialecto propio y un nombre y culto
comunes, constituía la más alta expresión gubernamental.
Así, casi involuntariamente hemos vuelto a nuestro punto de partida y justifi-
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO 231

cado, según creemos, nuestras proposiciones iniciales. Hemos tratado de mos-


trar que en el México aborigen no había ni Estado, ni nación, ni sociedad políti-
ca de ningún tipo. Hemos encontrado una población separada en tribus que
presentaban variaciones dialectales en el habla; cada tribu era autónoma en ma-
teria de gobierno, con confederaciones ocasionalmente constituidas para fines
de autodefensa y conquista. De esa confederación, que los acontecimientos de la
conquista española llevaron al primer plano, hemos seleccionado por su preemi-
nencia militar una tribu –los antiguos mexicanos– y hemos mostrado que era un
cuerpo orgánico formado por 20 grupos de parentesco autónomos para fines de
subsistencia y protección mutua. Una organización social basada en tales funda-
mentos tiene que haber sido necesariamente un organismo democrático. En rea-
lidad, hemos encontrado que cada calpulli estaba gobernado por funcionarios
estrictamente electivos, que podían ser destituidos por la voluntad de sus electo-
res; que los 20 grupos de parentesco, para su mutuo beneficio, habían delegado
sus poderes de tratar con forasteros en un consejo de la tribu en que cada uno de
aquéllos era representado por un miembro, y en consecuencia tenía la misma voz
y voto que cada uno de los otros. La ejecución de las decisiones de ese consejo
estaba a cargo de funcionarios electivos, cuyo poder estaba limitado al mando
militar y que la tribu podía destituir cuando le pareciera. Con la excepción de
algunos puestos inferiores, esos oficiales no tenían derecho a designar a otros
para ningún cargo, ni siquiera a sus asistentes de rango más alto. La dignidad de
jefe, que con tanta frecuencia se transforma en nobleza hereditaria, no era como
hemos visto sino una recompensa al mérito, y no conllevaba otras prerrogativas
que la consideración personal y ocasionalmente el uso de trajes y ornamentos
suntuosos. Tomando todo esto en conjunto, y agregándole los resultados de nues-
tra investigación de la organización militar de los antiguos mexicanos, así como
su forma comunitaria de tenencia y explotación del suelo, nos sentimos autoriza-
dos a concluir que la organización social y el modo de gobierno de los antiguos mexica-
nos era una democracia militar, basada originalmente en una forma de vida comunista.
NOTAS A LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO

1. “Sobre el arte de la guerra y el modo de guerrear de los antiguos mexicano”, supra,


pp. 61-126 y “Sobre la distribución y tenencia de la tierra, y las costumbres relativas a la
herencia entre los antiguos mexicanos”, supra, pp. 127-189.
2. “Sobre el arte de la guerra”, supra, pp. 71 y 83.
3. “Sobre la tenencia de la tierra”, supra, pp. 136 y 147. En ambos casos, así como en
este trabajo, las obras de L.H. Morgan han proporcionado al autor los puntos de partida
y las líneas de investigación; además, el distinguido etnólogo estadunidense siguió con
solicitud más que amistosa el progreso de todos estos ensayos. Si aprovecho la oportuni-
dad para recordar aquí la deuda de gratitud que tengo con él, es también con el deseo de ex-
presar mi sincero agradecimiento a varios amigos, a cuya generosa ayuda deben su exis-
tencia estas páginas y las anteriores, casi tanto como a mi trabajo personal. Permítaseme
mencionar aquí a F.W. Putnam, curador del Museo Peabody, al coronel Fred Hecker de
Summerfield, Illinois, al doctor G. Brühl de Cincinnati, Ohio, y a los funcionarios de la
Mercantile Library de St. Louis, Missouri. Por último, debo mucho al gran historiador
documental de la ciudad de México, señor don Joaquín García Icazbalceta, por casi toda
la información que no proviene de las fuentes generalmente conocidas.
4. Manuel Orozco y Berra, Geografía de las lenguas y carta etnográfica de México, México,
1864, 3a. parte, IX, p. 252. Es interesante comparar esta seria autoridad con mis observa-
ciones sobre el mismo tema en “Sobre el arte de la guerra” (supra, p. 63, véase también n.
17) y “Sobre la tenencia de la tierra” (supra, pp. 135, 136 y notas). La diferencia consiste
en que el señor Orozco y Berra atribuye a los antiguos mexicanos una decidida tendencia
a “nacionalizar”, por así decirlo, al pueblo aborigen del área conquistada, a imponerle la
uniformidad de costumbres y de organización, y a establecer un verdadero despotismo. A
esto pido permiso para sugerir, en respuesta:
I. Que los mexicanos, solos, formaban apenas una parte (dos quintos en cantidad de
tributo) de esa potencia que se llama generalmente “un imperio” y que no era sino la
confederación de los nahuas del valle de México. Como prueba de esto me tomaré la li-
bertad de citar palabras del mismo autor (pp. 210, 211): “El reino de Acolhuacan era el
segundo en poderío; su capital era Tetzcoco, a la orilla del lago de su nombre. Pequeña
hoy y sin material interés, en lo antiguo fue rival de México y la segunda población de las
del Valle.” Más adelante cita la Relación de la ciudad de Tezcuco de Juan Bautista Pomar (ms.
perteneciente al señor García Icazbalceta y fechado en 1582), quien dice: “La extensión
del reino [de Tezcoco] era desde el mar del N. a la del Sur, con todo lo que se comprende
a la banda del Poniente hasta el puerto de la Vera Cruz, salvo la Ciudad de Tlachcala y
Huexotzinco.” El erudito etnógrafo agrega (p. 242): “Juan B. Pomar fija las límites del
reino con toda la exageración que puede infundir el orgullo de raza. Por nuestra parte,
hemos leído con cuidado las relaciones que a la monarquía corresponden, y hemos estu-
diado en el plano los lugares a que se refieren, y ni de las unas ni de las otras llegamos a
sacar jamás que los reyes de Acolhuacan mandaran sobre todas las tribus avecindadas en
la costa del Pacífico, no ya a la misma de México, sino aun a menores latitudes.” A conti-
nuación hace un detenido examen del número y los nombres de las poblaciones que
pagaban tributo exclusivamente a Tezcoco al que sólo puedo aludir aquí en forma gene-

[232]
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 233

ral, como una de las más valiosas contribuciones a la historia de México, basada en auto-
ridades que deberían ser publicadas cuanto antes. Para beneficio de los estudiantes, men-
ciono algunas de ellas:
1] Memorial dirigido al rey por Don Hernando Pimentel Nexcavualcuyutl, cacique y goberna-
dor de la provincia de Tezcuco, etc. Ésta es la célebre relación utilizada por Torquemada y
Fernando de Alva Ixtlilxochitl, y que fue propiedad del cavaliere Boturini Benaducci.
2] Relación de Senpuhuala del corregidor Luis Obregón, 1580, ms.
3] Relación de Epazoyuca por el corregidor Luis Obregón, 1580, ms.
4] Relación de Tetliztaca por el corregidor Luis Obregón, 1580, ms.
5] Relación de Meztitlan por el alcalde mayor Gabriel de Chavez, 1589, ms.
6] Relación de Atengo por el corregidor Juan de Padilla, 1579, ms.
7] Relación de Atlatlauca por el corregidor Gaspar de Solís, 1580, ms.
8] Relación de Acapiztla por el alcalde mayor Juan Gutierrez de Liebana, 1580, ms.
9] Relación de Culhuacan por el corregidor Gonzalo Gallego, 1580, ms.
10] Relación de Iztapalapa por el corregidor Gonzalo Gallego, 1580, ms.
Como la mayor parte de estos valiosos manuscritos son propiedad del señor Orozco y
Berra, podemos esperar que se publiquen pronto.
El señor Orozco y Berra llega ahora a la importante conclusión de que:
a] Aculhuacan o Tezcuco tenía asentamientos que eran tributarios suyos exclusiva-
mente (p. 246);
b] el “imperio” tenía tributarios propios;
c] algunos pueblos pagaban tributo tanto a Tezcuco como a México (p. 246). Epazoyuca
“pertenecieron también a Tetzcoco, y en el reinado de Itzcoatl quedaron por mitad para
México y para Tetzcoco, a fin de que de allí sacaran los imperiales las navajas para sus
macanas.” Tomado probablemente de la relación 3.
Los “imperiales” eran pues los confederados, y el “imperio” la confederación. Pero si,
dentro del área conquistada por los confederados, cada uno de éstos recibía su parte de
tribus tributarias, ¿cómo podía ser su tarea o su tendencia unificar o nacionalizar, si cada
uno de los tres asociados no era sino una parte de esa potencia, y su asociación era
voluntaria?
II. Ninguno de los confederados tenía ningún poder sobre los demás, más allá de la
dirección exclusivamente militar delegada en los mexicanos propiamente dichos. Véase
“Rapport sur les différentes classes de Chefs de la Nouvelle Espagne”, de Alonso de
Zorita, trad. M. Ternaux Compans e impresa en 1840 por éste en su Voyages relations et
mémoires originaux pour servir à l’histoire de la découverte de l’Amérique [Breve y sumaria relación
de los señores de la Nueva España en el apéndice de este volumen, infra, pp. 463-564] (p. 11
[p. 469]): “En México y en su provincia había tres Señores principales, que eran el Señor
de México y el de Tlezcuco y el de Tlacopan, que ahora llaman Tlacuba. Todos los demás
señores inferiores servían y obedecían á estos tres Señores; y porque estaban confedera-
dos, toda la tierra que sujetaban la repartían entre sí. Al señor de México habían dado la
obediencia los Señores de Tlezcuco y Tlacuba en las cosas de guerra, y en lo demás eran
iguales, porque no tenía el uno que hacer con el señorío del otro”; (p. 16 [p. 470]): “cada
Señor de estos tres confirmaba la elección de sus súbditos; porque como está dicho, cada uno
de ellos tenía su señorío conocido y apartado, con jurisdicción civil y criminal”.
Fray Toribio de Motolinia, Historia de los indios de Nueva España, en García Icazbalceta,
Colección de documentos, vol. I, “Epístola proemial”, p. 5, dice: “Despues el señorío de
Tetzcoco fué tan grande como el de México”; “Los de Tetzcoco, que en antigüedad y
señorío no son menos que los mexicanos” (p. 11); “Esta ciudad de Tetzcoco era la segun-
234 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

da principal de la tierra, y asimismo el señor de ella era el segundo señor de la tierra:


sujetaba debajo de sí quince provincias hasta la provincia de Tuzapan, que está á la costa
del Mar del Norte […]. A la parte de Oriente tiene México Tenochtitlan a una legua la
ciudad ó pueblo de Tlacopan, adonde residia el tercero señor de la tierra, al cual estaban
sujetas diez provincias: estos dos señores ya dichos se podrian bien llamar reyes, porque
no les faltaba nada para lo ser” (trat. III, cap. VII, p. 182). “Los de las provincias y princi-
pales pueblos eran como señores de salva ó de dictado, y sobre todos eran los mas principa-
les los dos, el de Tetzcoco y el de Tlacopan; y estos con todos los otros todo lo mas del
tiempo residian en México, y tenian corte á Moteuczoma” (p. 183). Sabemos sin embargo
que el hecho de la residencia de los principales jefes guerreros de Tezcuco y Tlacopan en
México no es cierto, aunque sus frecuentes visitas al lugar por asuntos militares, y sus
prolongadas estancias allí después que los españoles penetraron en el pueblo, pueden
explicar el error. El buen padre enmienda este pasaje cuando dice: “y si de esto algun
señor tenia exencion era solo el de Tetzcoco” (trat. III, cap. VIII, p. 187).
Hernán Cortés (“Carta segunda” en Vedia, Historiadores primitivos, vol. I, p. 29 [“Se-
gunda carta-relación”, en Cartas de relación, México, Porrúa, 1988, p. 58]), hablando de
Cacamatzin, dice: “y según lo que después de él supe, él era muy cercano deudo del
dicho Mutezuma, y tenía su señorío junto al del dicho Mutezuma, cuyo nombre era
Haculuacán”. Relata además Cortés que cuando Cacamatzin amenazó con tomar las ar-
mas, pidió a Moctezuma que le ordenara venir a México, pero el jefe de Tezcuco se negó,
diciendo “antes respondía que si algo le querían, que fuesen a su tierra y que allá verían
para cuánto era, y el servicio que era, y el servicio que era obligado a hacer” [p. 59].
Después de esa respuesta, hasta Moctezuma vaciló en proponer violencia abierta, y disua-
dió por entero de ella a Cortés. Esto muestra claramente que los mexicas no tenían nin-
guna autoridad sobre los tezcocanos, e incluso evitaban atacarlos.
Francisco López de Gómara (Conquista de México, Vedia, vol. I, p. 346 [Historia de la
conquista de México, Venezuela, Ayacucho, 1979, cap. LXXVII, p. 123]): “Había asimismo
otros muchos señores y reyes como los de Tezcuco y Tlacopan, que no le debían nada,
sino la obediencia y homenaje.” Sobre la captura a traición de Cacamatzin confirma
Cortés (p. 355 [cap. XCI, p. 144]): “La prisión de Cacama, rey de Tezcuco.” Y en la p. 433
[cap. CCXI, p. 325], dice: “A Chimapopoca sucedió el otro su hermano, dicho Izcoua. Este
Izcoua señoreó a Azupuzalco, Cuauhnauac, Chalco, Couatlichan y Huexocinco. Mas tuvo
por acompañados en el gobierno a Nezaualcoyocín, señor de Tezcuco, y al señor de
Tlacopan, y de aquí adelante mandaron y gobernaron estos tres señores cuantos reinos y
pueblos obedecían y tributaban a los de Culúa; bien que el principal y el mayor de ellos
eran el rey de México, el segundo el de Tezcuco y el menor el de Tlacopan.”
Bernal Díaz del Castillo (Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, en Vedia,
vol. II, cap. C, p. 100 [México, Patria, 1983, cap. C, p. 288]): “Como el Cacamatzin, señor
de la ciudad de Tezcuco, que después de México era la mayor y más principal ciudad que
hay en la Nueva España.” Sobre la prisión de Cacamatzin, confirma a Cortés y a Gómara
(pp. 101 y 102 [pp. 291-293]).
Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés (Historia natural y general de Indias, Madrid,
1853, lib. XXXIII, cap. VIII, pp. 294 y 295). Todo el capítulo está dedicado a la prisión de
Cacamatzin y es casi una copia fiel del relato de Cortés (lib. XXXIII, cap. LII, p. 539).
Contiene una carta dirigida a Oviedo por el virrey de México, don Antonio de Mendoza,
con fecha 6 de octubre de 1541, en que este funcionario dice: “Y lo de aquí no es tan poco
que no podáis hacer libro de ello, y no será pequeño; porque aunque Moctezuma y Méxi-
co es lo que entre nosotros ha sonado, no era menor el Caltzontzin de Michoacán, y otros
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 235

que no reconocían al uno ni al otro.” Cito este pasaje simplemente como una ilustración
general.
Fray Bernardino de Sahagún (Historia general de las cosas de Nueva España, ed. de Car-
los Ma. Bustamante, 1829, vol. II, lib. VIII, cap. III, p. 276 [México, Porrúa, 4 tomos, 1956,
lib. VIII, cap. III, p. 288, § 4]): “El cuarto señor de Tezcoco se llamó Nezahualcoyotzin, y
reinó setenta y un años, y en tiempo de éste se comenzaron las guerras, y tuvo el señorío
de Tezcoco siendo señor de los de México Itzcoatzin, y éstos entrambos hicieron guerra a
los tepaneca o de Atcapotzalco, y a otros pueblos y provincias, y él fué el fundador del
señorío de Tezcoco o Acolhuacan.” También vol. III, lib. XII, cap. XLI, p. 59 [t. IV, p. 165],
fin del capítulo.
Fray Diego Durán (Historia de los indios de Nueva España e islas de Tierra Firme, publicado
por José Fernando Ramírez en México, 1867, cap. XIV, p. 123 [México, Porrúa, 1984, cap.
XIV, p. 122, § 28]): “El rey Itzcoatl, aunque mal dispuesto, holgó de la victoria y dio las
gracias a todos los señores y principales. Al cual, agravándosele la enfermedad, enten-
diendo de sí acercársele la muerte, mandó llamar al señor de Tezcuco, Nezahualcoyotl,
pariente cercano suyo, y aconsejóle que no tuviese guerra con los mexicanos, sus parien-
tes y amigos, sino que antes se hiciese con ellos y fuese en su favor siempre, y dejó orde-
nado que desde (entonces) en adelante fuese Tezcuco el segundo rey de la comarca y el
tercero, el de Tacuba, a quien llamaban el rey de Tlaluacpan.” “Y sólo estos tres reyes
mandaron y gobernaron la tierra de ahí en adelante, siendo el de México sobre todos
ellos, y casi como emperador y monarca de este nuevo mundo” (p. 124 [pp. 122-123, § 31]).
Casi todo el capítulo XV está dedicado a la formación de la confederación, pero no es
posible insertarlo aquí. El editor de 1867, sin embargo, parece inclinarse hacia la opinión
de que había una confederación en términos de igualdad (p. 130, n. 2). El mismo autor
también afirma repetidamente que los máximos jefes de Texcoco y Tlacopan también
sacrificaban (mataban) cautivos en el gran teocalli de México en ocasiones muy solemnes,
junto con el máximo jefe de México, lo que muestra que tenían iguales derechos (cap.
XXIII, pp. 197 y otras [p. 193]). Pero su afirmación más clara se encuentra en el cap. XLIII
(p. 317 [pp. 335-336, § 14-15]), y dice: “Algunos han querido decir que el reino de Tezcuco
era libre de todo reconocimiento y parias al monarca de México y que en nada le era
sujeto. Lo cual hallo al contrario en esta historia mexicana, porque aunque a la verdad no
tributaban a México mantas ni joyas ni plumas ni cosas de comida, como otras provin-
cias tributaban, hallo empero a los mexicanos metidos en las tierras tezcucanas, donde
sembraban y cogían y algunos de ellos, hechos terrazgueros de los señores de México, y
hallo que en ofreciéndose estas fiestas y solemnidades, daban tributo de esclavos para
ella, de lo cual ninguno estaba exento ni reservado. También hallo que, ofreciéndose dar
guerra a alguna ciudad y provincia, al primero que llamaban y acudían para que aperci-
biese sus gentes era al rey de Tezcuco. Y como habremos notado en esta historia, le
hacían venir a México todas las veces que se ofrecía ocasión. Lo cual no era poca sujeción,
dado que tuviese sus preeminencias y libertades de rey y señor de aquella provincia de
Aculhuacan.”
Fernando de Alvarado Tezozomoc (Crónica mexicana, en lord Kingsborough, Antiquities
of Mexico, vol. IX [México, Porrúa, 1980]). Este autor concuerda tan exactamente con
Durán que no es preciso citarlo extensamente. Véase caps. XIX y XX sobre la pretendida
conquista de Texcoco por los mexicas. Tezozomoc es terminante sobre la cuestión de los
sacrificios conjuntos (cap. LXIX, p. 117 [p. 499]). Sin embargo, hay una observación sin-
gular (cap. XCVII, p. 172 [p. 639]): después que los huexotzincas mandaron delegados a
México a pedir la paz, fue convocado el consejo mexica y “dijo Cihuacoatl resoluto: señor,
236 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

¿cómo será esto, si no lo saben vuestros consejeros de guerras, los reyes de Aculhuacan
Netzahualpilli, y el de tecpanecas Tlaltecatzin? Hágase entero cabildo y acuerdo: fué acor-
dado así”. Este importante incidente muestra que ni siquiera los mexicas tenían derecho
a tratar separadamente con una potencia hostil a las tres tribus, y por consiguiente que
los otros dos eran sus confederados, y no sus vasallos feudales. Durán confirma este inciden-
te en el cap. LX (p. 473 [p. 454]) de su obra antes citada.
Joseph de Acosta (Historia natural y moral de las Indias, Madrid, 1608 [2a. ed., México,
FCE, 1962]), deriva su información de la misma fuente que los dos anteriores, es decir, el
Códice Ramírez. Acosta menciona y describe (lib. VII, cap. 15, p. 490 [p. 346]) la guerra
tradicional entre mexicas y texcocanos y termina: “Con esto quedó el rey de Mexico por
supremo señor de Tezcuco, y no quitándoles su rey, sino haciéndole del supremo consejo,
suyo” (ibid. [pp. 346-347]). Menciona a los dos jefes de Texcoco y Tlacopan como “electo-
res” del gran jefe mexicano.
Sebastián Ramírez de Fuenleal, Obispo de Santo Domingo y Presidente de la Real
Audiencia de México, “Lettre… à sa majesté Charles V”, de fecha 3 de noviembre de
1532, traducida por M. Ternaux-Compans en su Premier recueil de pièces relatives à la Nouvelle
Espagne (p. 254): “Los soberanos de Tezcoco, de Tacuba, que eran muy poderosos en esta
región, obraban igual que Mutizuma. Repartían entre ellos y este soberano el fruto de sus
conquistadas; sin embargo, los soberanos de México eran los más poderosos, y tuvieron
siempre una enorme diferencia.” Las mismas palabras se repiten en el Second recueil,
impreso en 1840 (el primero es de 1838), p. 222, donde se dice que la carta es del presi-
dente y la audiencia.
“Lettre des Chapelains Frère Toribio et Frère Diego D’Olarte à Don Luis de Velasco
etc.”, fechada en San Francisco de Cholula, 27 de agosto de 1554 (en Ternaux-Compans,
Premier recueil, p. 403): “Todos los demás obedecían a Montezuma, al soberano de Tezcuco
y al de Tlacopa. Estos tres príncipes estaban estrechamente confederados; se repartían
entre ellos todos los pueblos que sojuzgaban. Montezuma ejercía la omnipotencia en los
asuntos relativos a la guerra y al gobierno de la confederación.”
Fray Gerónimo de Mendieta (Historia eclesiástica indiana, publicada por García
Icazbalceta en 1870). Después de haber mencionado (lib. II, cap. XXVI, p. 129) que los
jefes de México y de Texcoco habían enviado a desafiar a tribus extrañas para que reconocie-
ran al señor de México como su superior y le pagaran tributo, dice (cap. XXVIII, p. 134):
“Es de saber que los señores de México, Tezcuco y Tacuba, como reyes y señores supre-
mos de esta tierra.” “Los señores de las provincias ó pueblos que inmediatamente eran
subjetos á México, iban luego allí á ser confirmados en sus señoríos, despues que los
principales de sus provincias los habian elegido. Y con algunos […]. En los pueblos y
provincias que inmediatamente eran subjetas á Tezcuco y á Tlacuba tenian recurso por la
confirmacion a sus señores; que en esto y otras cosas estos dos señores no reconocian superior”
(cap. XXXVII, p. 156). (Las cursivas son mías en todos los casos.)
Antonio de Herrera (Historia general de los hechos de los castellanos en las Islas y la Tierra
Firme del mar Océano, Madrid, 1726, déc. II, lib. VII, cap. XII, p. 190). Herrera casi copia a
Gómara, y con respecto a la prisión de Cacamatzin no sólo confirma a Cortés, Gómara y
Bernal Díaz, sino que es todavía mucho más detallado y categórico (déc. II, lib. IX, cap. II,
pp. 217, 218). Por último afirma [déc. III, lib. IIII, cap. XV, p. 133]: “Con Mexico estaban
confederados los Señores de Tezcuco, i Tlacopan, que aora llaman Tlacuba, i partian lo
que ganaban, i obedecian al Señor de Mexico, en lo tocante á la Guerra, i tenian algunos
Pueblos comunes en sucesion, asi de los Señorios, como de los maiorazgos, i haciendas.”
Pasamos ahora a un autor que adopta claramente un punto de vista opuesto, afirman-
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 237

do, en lugar de un “imperio” mexicano, la supremacía de los texcocanos, o un antiguo


“imperio” de los chichimecas. Esta última afirmación ya se ha examinado en “Sobre la
tenencia de la tierra” (supra, p. 156, n. 10). Ese supuesto –que se opone fuertemente al
punto de vista de que había algo semejante a un imperio, a la vez que implica la existen-
cia de una simple confederación– es planteado por el siguiente célebre autor nativo de
Texcoco.
Fernando de Alva Ixtlilxochitl (Histoire des Chichiméques ou des anciens rois de Tezcuco,
trad. M. Ternaux-Compans, contenida en lord Kingsborough, Antiquities of Mexico, vol. IX
[“Historia de la nación chichimeca”, en Obras históricas, t. II, México, UNAM, 1977, siem-
pre que no se indique lo contrario, ésta será la obra a la que se haga referencia en adelan-
te]). Como resumirla sería muy largo, me referiré apenas al cap. XXXII, sobre la formación
de la confederación, que contiene algunos pasajes muy sencillos y notables (pp. 218-220
[pp. 82, 83]), entre ellos el siguiente: “Y así los tres señores imperaron todos tres el impe-
rio de esta Nueva España hasta la venida de la santa fe católica; aunque es verdad, que
siempre el de Mexico y Tetzcuco fueron iguales en dignidad, señorío y rentas, y el de
Tlacopan sólo tenía cierta parte como la quinta en lo que eran rentas, y después de los
otros dos.” Véase también cap. XXXIV; cap. XXXVI, pp. 243 y 246 [pp. 88 y 92]; cap.
XXXVIII, pp. 269 y 273 [pp. 101 y 104]; cap. LXXI, pp. 109 y 110 [pp. 179 y 180], y otros.
Sin embargo, Ixtlilxochitl le reprocha amargamente a Moctezuma el haber usurpado el
poder principal que correspondía a los texcocanos (según él) y haber tomado en sus
manos la dirección de la confederación (cap. LXXV, p. 128 [p. 65], al LXXVI, p. 132 [p. 68],
etc.). Esas acusaciones se repiten violentamente en su otra obra, más extensa, las Relacio-
nes históricas [Obras históricas, t. I, México, UNAM, 1975]. Como ejemplo, véase la “Venida
de los españoles”, traducida por M. Ternaux con el título Cruautés horribles des conquérants
du Mexique. Con respecto a la guerra entre Texcoco y México, en que él, por supuesto,
atribuye a la primera una victoria total sobre la segunda, véase también la “Undécima
relación” (pp. 407 y 408 [pp. 444 y 445]).
Sigue y repite a Ixtlilxochitl su ilustre contemporáneo fray Juan de Torquemada (en Los
veinte y un libros rituales y monarquía indiana, etc., ed. de 1723 [Monarquía indiana, 3 tomos,
México, Porrúa, 1986]). Este distinguido eclesiástico es un defensor tan constante del
feudalismo que incluso atribuye la división de Tenochtitlan en cuatro barios a un “edicto”
de cierto “emperador chichimeca” llamado Techotlalatzin (lib. II, cap. VIII, pp. 88 y 89), o
a una orden de los “señores” mexicanos (lib. III, cap. XXIV, p. 295). Sin embargo, es muy
claro respecto a que Texcoco era igual y no estaba sometido a México. Compárese por
ejemplo (lib. III, cap. XXVII, p. 304): “Nunca perdió su antigua estimación, y siempre tuvo
Rei, y Señor legitimo, que la regia, y gobernaba, y era igual con el de Mexico” (lib. II, cap.
XXXIX, p. 144), sobre la confederación (cap. XI [cap. XXXXI], p. 146). Sobre la pretendida
guerra entre ambas tribus (cap. XLII [cap. XXXXII], p. 149): “Y no solo no es verdad; pero
es directamente contra ella.” Sobre las supuestas intrigas de Moctezuma contra los texco-
canos, lib. II, caps. LXXXIII, LXXXIV, etc., hasta el primer pasaje del cap. LXXXVII (p. 227):
“Muerto el Rei Neçahualpilli de Tetzcuco, y entrando en su lugar su Hijo Cacama […]
corrió la Confederación de los Reies, como hasta entonces lo avian acostumbrado”; véase
también (lib. XI, cap. XXVI, p. 353): “no deja de ser su igual, y semejante el de Tetzcuco”;
cap. XXVII, p. 356; cap. XXVIII, p. 361. Copia de Mendieta. Sobre la guerra de los confe-
derados, lib. XII, cap. VI, p. 382; lib. XIV, cap. I, p. 533 y cap. II, p. 537. División de botines
y tributos (lib. XIV, cap. VIII, pp. 546, 547 y 548): “porque cierto es asi, que el Rei de
Mexico no era Maior en Autoridad, que el de Tetzcuco”. De todo esto, y especialmente de
la historia de la conquista escrita por Torquemada, que ocupa todo el libro IV (vol. I),
238 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

puede sacarse suficiente para demostrar que esta pesada pero importante autoridad no
reconoce ningún imperio mexicano, sino una confederación de mexicanos, texcocanos y
tlacopanos.
Fray Agustín de Vetancurt (Teatro mexicano, ed. de 1870, 2a. parte, trat. I, cap. XIV, p.
291 [Teatro mexicano. Descripción breve de los sucessos exemplares de la Nueva-España en el
nuevo mundo occidental de las Indias, 4 tomos, Madrid, José Porrúa, 1960, p. 261]), admite la
supremacía de los mexicanos, “y remataron la fiesta quedando Yzcohuatl por Rey supre-
mo del Imperio Tepaneca por ser primero Rey que Nezahualcoyotl, y este por Rey de los
Aculhuas, y al de Tacuba le hizieron Rey de la parte de Mazahuacan”. Pero la confedera-
ción o “liga” de los tres jefes está reconocida en todas partes (véase también 2a. parte,
trat. II, cap. III, p. 382 [p. 338]): “Quando los Mexicanos, los Tezcocanos, o de Tlacopan
(que eran los Reyes que estaban confederados para las guerras).”
A esta larga colección de citas podrían agregarse muchas otras, tanto del mismo perio-
do como de fecha posterior. Parece justificar la proposición adelantada: que ninguno de
los confederados ejercía ningún poder sobre los demás, más allá de la dirección exclusiva-
mente militar, que había sido confiada a los mexicanos propiamente dichos.
Los conquistadores nunca interfirieron con el gobierno, la organización y la forma de
vida de las tribus conquistadas. No se hizo ningún intento, directo o implícito, de asimi-
larlas o incorporarlas.
Mi amigo el doctor G. Brühl, autor de la interesantísima y muy cuidada obra Die
Culturvoelker des alten Amerika (Cincinnati, 1876-1878), me ha llamado la atención, en re-
lación con afirmaciones hechas en “Sobre el arte de la guerra” (supra, p. 63, n. 17; p. 73,
n. 152) y en “Sobre la tenencia de la tierra” (supra, p. 134, también n. 56; pp. 135-136,
también n. 69) sobre un pasaje de Sahagún (lib. VIII, cap. XXIV, p. 313 [t. II, lib. VIII, cap.
XVII, p. 317, § 1.11]): “Habiendo pacificado la provincia luego los señores del campo
repartían tributos a los que habían sido conquistados, para que cada un año los diesen al
señor que les había conquistado; y el tributo era de lo que en aquella provincia se criaba
y se hacía, y luego elegían gobernadores y oficiales que presidiesen en aquella provincia,
no de los naturales de ella sino de los que la habían conquistado.” Sin embargo, el propio
autor explica lo que quiere decir con “gobernadores y oficiales que presidiesen en aquella
provincia”. En el libro XII (cap. II, p. 5 [t. IV, p. 25, § 1]) dice: “La primera vez que pa-
recieron navíos en la costa de esta Nueva España, los capitanes de Mocthecuzoma que se
llamaban Calpixques que estaban cerca de la costa, luego fueron a ver qué era aquello que
venía, que nunca habían visto navíos, uno de los cuales fué el Calpixque de Cuextecatl
que se llamaba Pinotl: llevaba consigo otros calpixques, uno que se llamaba Yaotzin, que
residía en el pueblo de Mictlanquauhtla, y otro que se llamaba Teozinzocatl, que residía
en el pueblo de Teociniocan, y otro que se llamaba Cuitlalpitoc, este no era calpixque,
sino criado de uno de estos calpixques, y principalejo, y otro principalejo que se llamaba
Tentlil.” En esto Sahagún concuerda con Tezozomoc (caps. CVI-CIX), en la medida en que
este último también dice que los funcionarios eran calpixques, es decir “mayordomos” o
“recaudadores de tributos”. Cf. Alonso de Molina, Vocabulario, II, p. 12 [Vocabulario en
lengua castellana y mexicana y mexicana y castellana, México, Porrúa, 1992, reimpresión
facsímile, 2a. parte, p. 12; también Rémi Siméon, Diccionario de la lengua náhuatl o mexica-
na, México, Siglo XXI, 1992, p. 62]).
Los nombres de esos indios que recibieron a Cortés se encuentran casi iguales en
todos los autores, pero nos llama la atención el hecho de que muchos de ellos llaman a los
nativos “gobernadores” de Moctezuma. Cito a Bernal Díaz (cap. XXXVIII), Gómara (pp.
312, 314 [cap. LXIV, pp. 106-108]), Ixtlilxochitl (cap. LXXIX, p. 160 [pp. 198-199]), Cruautés
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 239

horribles (p. 3), Herrera (déc. II, lib. V, cap. IV, p. 116 y cap. V, p. 117), Torquemada (lib. IV,
cap. XVI, p. 387; cap. XVII, p. 389, etc.), Vetancurt (vol. II, cap. IV, p. 43 [trat. I, pp. 39-40]),
fray Joseph Joaquín Granados y Gálvez (Tardes americanas, México, 1778, 9a. tarde, p. 234
[“Tarde nona” en Tardes americanas, México, Centro de Estudios de Historia de México,
1984, p. 234]), abate Francisco Xavier Clavijero (Geschichte von Mexiko, Leipzig, 1790,
trad, alemana del original italiano publicado en Cesena en 1780, vol. II, lib. VIII, cap. V, p. 16
[Historia antigua de México, México, Porrúa, 1958, 4 tomos, lib. VIII, cap. 20, p. 65]. Estos
gobernadores, por lo tanto, no eran sino calpixques, en otras palabras, recaudadores de
tributos. Esto lo dice ya Oviedo (t. III, lib. XXXIII, cap. I, p. 239), al hablar de Cempoala,
“porque los indios y ministros que allí estaban para mandarlos, eran oficiales y mayordo-
mos de la ciudad de México”.
La “Real Ejecutoria de S.M. Sobre Tierras y Reservas de Pechos [tributos] y Paga, per-
teneciente á los Caciques de Axapusco, de la Jurisdicción de Otumba” (García Icazbalceta,
Colección de documentos, vol. II, p. 5) menciona a los indios en cuestión como “enviados por
el gran Moctezuma”.
Esto explica la aparente contradicción de Sahagún.
Es un hecho singular, pero ampliamente demostrado por los documentos de la con-
quista, que en toda su marcha desde la costa hasta México en ningún lugar se encontra-
ron los españoles con administradores o gobernantes de tribus sometidas. Las citas son inúti-
les, y remitiremos solamente a la notable descripción que ofrece Bernal Díaz de los
acontecimientos de Quiahuiztlan (cap. XLVI, pp. 40, 41 [pp. 116, 117]), que culminaron
con la violencia hecha a los “recaudadores de Moctezuma”. Esa escena, que es sumamente
característica, ha sido “remodelada” y embellecida, mediante unas pocas omisiones, por
nuestro gran W.H. Prescott (History of the conquest of Mexico, 1869, lib. II, cap. VII, p. 349
[Historia de la conquista de México, México, Porrúa, 1976, lib. II, cap. VII, pp. 160-161]).
Finalmente, hay abundantes pruebas de que ni los mexicanos ni ninguno de sus confe-
derados intentaron jamás cambiar o subvertir la organización y la forma de gobierno de
ninguna de las tribus que sometieron. Remito a Oviedo (lib. XXXIII, cap. XLVI, p. 502),
Torquemada (lib. XIV, cap. VIII, p. 547), Ixtlilxochitl (cap. XXXVIII, p. 274 [pp. 103, 104]),
Andrés de Tapia (Relación sobre la conquista de México, en García Icazbalceta, Colección de
documentos, vol. II, pp. 501, 502 [p. 592]): “México tenia en su tiempo en el hacer guerra
esta órden: que yendo á la guerra, el que se daba de paz no tenia sobre él tributo cierto,
sino que tantas veces en el año le llevaban presente á su discrecion del que lo llevaba;
pero si era poco mosábales [sic] mal rostro, y si mucho agradecíaselo. Y en estos no ponia
mayordomo ni recaudador ni cosa: el señor se era señor. Los que tomaba de guerra
decian tequitin tlacotle, que quiere decir, tributan como esclavos. En estos ponía mayordo-
mos y recogedores y recaudadores; y aunque los señores mandaban su gente, eran debajo
de la mano destos de México”; Motolinia (trat. III, cap. VII, p. 185 [p. 184]); Granados y
Gálvez (“Tarde quinta”, p. 168), singular cuadro de la más pura feudalidad, del que es
posible que Gómara sea en parte responsable; Ramírez de Fuenleal (pp. 245-247); com-
párese Zorita (p. 16 [pp. 468-469]) con Mendieta y Torquemada.
En consecuencia, no había tendencia a la unificación o nacionalización en todas las
exitosas y vastas campañas que los nahuatlacos del valle de México realizaron durante
más de un siglo. De esas sangrientas luchas no resultó ningún cuerpo orgánico mayor
que la tribu, porque la confederación misma no era el fin, sino el comienzo de esas
empresas. Esto justifica el punto de vista que adopto de aquí en adelante con respecto a
la naturaleza de la confederación: que era una simple asociación para llevar adelante el
negocio de la guerra, que a su vez era parte integrante del modo de subsistencia.
240 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

5. “Basada en el territorio y la propiedad”, según L.H. Morgan, que la contrapone a


la sociedad tribal, basada en el “parentesco” (Ancient society, cap. II, p. 62).
6. “Sobre el arte de la guerra”, supra, p. 61.
7. “Sobre el arte de la guerra”, supra, p. 78; “Sobre la tenencia de la tierra”, supra,
pp. 137, 138.
8. Ixtlilxochitl (cap. XXXVI, p. 245 [p. 92]): “y así, lo que se trata y describe del reino
de Tetzcuco, se entiende ser lo mismo el de México y Tlacopan”. Gómara (p. 410 [cap.
CCXXII, p. 340]): “Hablando de mexicanos, es hablar en general de toda la Nueva-Espa-
ña.” El título de la sección es “Costumbres de los hombres”. Zorita (p. 5 [p. 467]) insiste
en la diversidad de costumbres entre los aborígenes –variación de un pueblo a otro, de
una tribu a otra–, pero su propia descripción da pruebas de lo contrario, y por el texto es
evidente que se refiere principalmente a la diversidad de lenguas y dialectos.
9. Morgan, Ancient society, cap. I, p. 6.
10. Ancient society, cap. II, p. 78. Sobre el llamado “Sistema de parentesco descriptivo”,
cf. Morgan, Systems of consanguinity and affinity of the human family, cap. II, pp. 16, 12, 13.
11. Esta afirmación se encuentra en varios autores. Citaré solamente a uno: Gregorio
García, Origen de los indios de el Nuevo Mundo e Indias Occidentales, 2a. ed., Madrid, 1729,
lib. IV, cap. XXIII, p. 247.
12. Aunque estaría totalmente fuera de los límites de esta investigación entrar en una
discusión sobre el matrimonio primitivo, me he visto obligado a hacer referencia a la
cuestión del grupo de parentesco de modo de explicar al menos la importancia de ese
grupo en la historia de la sociedad. Para más información deben consultarse las obras de
Morgan, sir Henry S. Maine, John F. Mc Lennan, y algunas publicaciones del doctor
Adolphus Bastian, así como gran número de otras que es imposible mencionar aquí.
13. “Sobre la tenencia de la tierra”, supra, pp. 139-140, n. 106.
14. Molina, I, p. 91 [p. 92]; II, pp. 91, 106 [Siméon, p. 438]. Además del plural tetatzin,
también se mencionan los nombres izcacauhtli, teizcacauh (Molina, I, p. 91 [p. 92]). El
primero se define (Molina, II, p. 48 [p. 49]) como “padre natural”: deriva de izcalia o nino-
zcalia, “dar vida” [Siméon, p. 234: “revivir”], y acauhtli, que es evidentemente una abre-
viatura o corrupción de nitlateachcauhuia, “ser mejorado en lo que se reparte” (Molina, II,
p. 2 [Siméon, p. 439: “favorecido en un testamento, un reparto o una distribución cual-
quiera”]), que es a su vez la raíz de teachcauhtin, “hermano mayor” (Molina, II, p. 91
[Siméon, ibid.]). Es superfluo citar aquí autoridades en apoyo del hecho de que ach se
corrompe con frecuencia en ac, o al revés. En cakchiquel, tata, véase Brasseur de Bourbourg,
Grammaire, etc., pp. 217, 218. La raíz ta- se encuentra también en otras lenguas indígenas
americanas. Véase Gatschet, Zwölf Sprachen aus dem Südwesten Nordamerikas, p. 137.
15. Molina, I, p. 180 [p. 113]; II, p. 140 [Siméon, pp. 520, 673]. Toda la diferencia
consiste en la inserción de la letra “l” después de la “t”. Tetla no es sino una abreviatura de
te-tatli, de tehuatl, “tú” (Molina, II, p. 94 [Siméon, p. 455]) y padre, que se muestra tam-
bién en la alteración de tatli a tayta o tata, nombre que dan los hijos a su padre (Molina, II,
p. 91 [Siméon, p. 438]), correspondiente al quiché tat (Brasseur de Bourbourg, Grammaire,
p. 218) y al muisca ze paba (paba, padre). Morgan, siguiendo a Uricoechea (Systems of
consanguinity, p. 265).
16. Molina, II, pp. 94, 93. También aquí aparece el cambio de u a o, tan frecuente en
autores antiguos. Cf. por ejemplo Tezcoco y Tezcuco, Ometochtli y Ometuchtli, Tlacopan y
Tlacahuapan, Olli y Ulli, etc. Tales cambios son muy excusables, porque proceden de la
pronunciación indígena de las vocales. Sobre este tema, cf., aunque en realidad se refiere
únicamente a la lengua quechua del Perú, el excelente ensayo del señor don Gavino
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 241

Pacheco y Zegarra, de Puno, titulado “Alphabet phonétique de la langue Qquichua”,


publicado en el Compte Rendu du Congrès International des Américanistes, Nancy, 1875, vol.
2. Dice este autor (p. 302): “Por otra parte, como el quechua difiere esencialmente de las
lenguas romances, sobre todo en lo que se refiere a los sonidos elementales, es imposible
dar una idea exacta de esos sonidos por medio del alfabeto latino solamente.” Con respe-
to a o y u, véase pp. 306-308, etc. Lo que dice este autor del quechua se aplica exactamen-
te al nahuatl también. Véase Molina, “Prólogo y avisos”, p. 3, “Aviso séptimo.”
17. Molina, I, p. 117 [p. 118]; II, p. 2 [Siméon, p. 11]. Literalmente, “el pequeño
preferido” [Siméon, p. 11: “el antepasado de alguien”]. Cf. Sahagún, lib. X, cap. I, p. 5,
vol. 3 [t. III, p. 102, § 18-19].
18. Molina, I, p. 80; II, pp. 63, 93, 98 [Siméon, pp. 111, 114, 303, 716-717]. Ciztli es
probablemente el mismo citli, liebre o abuela. Es muy singular el hecho de que se dé a una
parienta cercana, o incluso a la madre, el mismo nombre que a un cuadrúpedo tímido y
veloz. Es posible que la timidez del animal haya sido ocasión de la atribución del nombre,
o bien que se deba al hecho de que el pelo de liebre se tejía frecuentemente en mantos,
junto con plumas. Esto último lo menciona Pedro Mártir de Anglería, De orbe novo. En la
traducción inglesa de Michael Lok y Richard Eden de las famosas Décadas, llamadas
también De rebus oceanicis (déc. V, cap.x, p. 229 [Décadas, México, José Porrúa, 1965, t. II,
déc. V, lib. X, pp. 541-542]), menciona que vio vestidos, entre los objetos llevados a la
corte española por Juan de Ribera: “Con las plumas adornan el vello del conejo, y las
urden y entretejen entre los estambres del algodón con tal arte, que no pudimos darnos
cuenta de cómo lo ejecutan.” Sahagún (lib. XI, cap. I, p. 157 [t. III, p. 227, § 2.26]) mencio-
na otro animal al que da el nombre de cihuatlamacazqui, que traduce como “viejecilla”,
con base en su otra designación, tlamaton.
El reverendo padre, sin embargo, está equivocado. El primer nombre significa literal-
mente médica, mujer doctora en medicina (según la concepción de los indios por su-
puesto), y el segundo pequeño médico, de ciuatl, “mujer” (Molina, II, p. 22 [p. 23; Siméon,
p. 113]) y tlama, “médico” (Molina, II, p. 125 [Siméon, p. 606]). Ese animal parece ser el
mapache, como lo demuestran las siguientes citas: Joannis Eusebius Nieremberg, Histo-
ria naturae maximae peregrime, Amberes, 1635, lib. IX, cap. XLII, p. 175): “Antra canitates
montium atque collium Tzozocolci hospitatur animal peregrinum, quod cuncta manibus praetentat.
Mapach ab India dicitur, sed non firmo nomine; alij illamaton seu vetulam appellant, alij maxtle
seu gossypinum cingulum, alij cioatlamacazque seu sacerdotissam.” Oviedo (lib. XII, cap. XXXIX,
p. 422) llama “coçumatle” a un animal que es probablemente el coatí, y no menciona el
“mapach”, pero Clavijero (lib. I, cap. X, p. 76 [cap. 12, p. 88]) da una descripción comple-
ta de este animal.
El hecho de llamar citli a una parienta parece aún más extraño porque en relatos
mitológicos mexicanos se da ese nombre a un dios que trató de obligar al Sol a moverse, y
perdió la vida en el intento. Debemos esta historia a Andrés de Olmos; ni Sahagún ni
Motolinia mencionan el hecho en esa forma. Cf. Sahagún lib. VII, cap. II, pp. 245ss [t. II,
pp. 258ss]. Mendieta (lib. II, cap. I, pp. 77-78) y Torquemada (lib. VI, cap. XLI, p. 76 [pp.
76-77]) hacen referencia a sus fuentes. Volveremos sobre esto en nuestro ensayo sobre
“Credo y creencia”.
19. Molina, I, p. 113; II, pp. 9, 91 [pp. 10, 92; Siméon, p. 48].
20. Molina, I, p. 113; II, p. 22 [p. 23; Siméon, p. 111]. Véase nota 18 supra.
21. Molina, I, p. 117 [p. 118]; II, p. 82. También existe nipipinia, “pararse flaco de
vejez” [Siméon, p. 386: “quedar descarnado debido a la vejez”], y pipinqui ynacayo, “viejo,
flaco y arrugado”. El afijo tontli es un diminutivo.
242 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

22. Molina, I, p. 71. Aquí aparece una etimología singular: el hombre dice “tu/su (pl.)
niño”, o “tu/su joven” (te-piltzin, te-telpuch, de tehuatl o te); “tu/su” y piltzintli, “niño” (masc.
o fem.), Molina, II, p. 82 [Siméon, p. 384]; o telpuchtli, “joven” (Molina, II, p. 97 [Siméon,
p. 466]). Pero la mujer, en cambio, dice “mi hijo” (o muchacho, puesto que el nombre es
el mismo para ambos sexos), de conetl, “niño o niña” (Molina, II, p. 25 [Siméon, p. 125])
y el posesivo no, según H.H. Bancroft, Native races of the Pacific States (vol. III, cap. IX, p.
734) o noca, “de mí” (Molina, II, p. 72 [p. 73; Siméon, p. 347]). Pero no son éstos los
únicos apelativos. Además tenemos:
Hijos y nietos de ambos sexos, colectivamente: tepilhuan, teixhuan (Molina, I, p. 71). El
primero se descompone fácilmente en te, “suyo” (pl.), pilzuitli “hijo/a” y un afijo posesivo
huan (Bancroft, vol. III, cap. IX, p. 732).
Hijo o hija mayor: teyacapan, yacapantli (Molina, I, p. 71), de nicyacatia, “ser el primero
o delantero” (Molina, II, p. 22 [Siméon, p. 157]) y yacatl, “nariz”, probablemente debido
a su protuberancia o prominencia (Molina, II, p. 31 [Siméon, ibid.]).
Segundo/a hijo/a: tlacoyeua, tetlamamallo (Molina, I, p. 71). El primero podría derivar
quizá de centlacol, “mitad” (Molina, I, p. 83 [p. 85]), puesto que Molina agrega (II, p. 118
[p. 119]) “el segundo hijo o hija, o de tres o cuatro engendrados o nacidos” [Siméon, p.
574: “hijo segundo (niño o niña) de una familia que cuenta con tres o cuatro hijos”]. La
etimología del otro, si es correcta, podría ser singular: viene ya sea de tetla, “tío”, y tetlan
nino mamali, “hender, o meterse entre mucha gente” (Molina, II, p. 52 [Siméon, p. 253:
“hender, la multitud, meterse en medio de los demás”]), o bien de te, “suyo”, y tlamama,
“el que lleva carga acuestas” (Molina, II, p. 125 [p. 126; Siméon, p. 775]). En ambos casos
indica una posición inferior.
Hijo/a menor: xocoyotl, texocoyouh (Molina, I, p. 71). Definiciones demasiado dudosas.
Finalmente están los apodos, como cozcatl quetzalli, “collar de cambiantes matices verdes”,
tecuzcauan, tequetzalhuan (Molina, I, p. 71), que tienen todos el mismo significado, en
general, de “gema preciosa” o “joya”. Estos nombres metafóricos se encuentran en abun-
dancia en Tezozomoc.
El hecho señalado más arriba de que mientras que los hombres, si son extraños, lla-
man a los niños “su niño”, y las mujeres dicen “mi niño”, podría ser significativo. Podría
ser un vestigio del “derecho materno”.
23. Según Molina (I, p. 71) deriva de ichpocatl, “niña”, (Molina, II, p. 32 [p. 33; Siméon,
p. 167]). Hasta aquí teichpeuh. Los otros dos ya se han explicado.
24. Molina, I, pp. 88, 98 [pp. 89, 99]. Pero aparece también “nieto ó nieta dos vezes”,
ycutontli, teicuton. Sin embargo, según la misma autoridad (Molina, II, p. 34 [Siméon, p.
174]), el hermano o hermana mayor llama al menor n.icuh (n es abreviatura de no). Por
consiguiente, el significado sería “hermanito o hermanita menor”.
25. Molina, I, p. 109 [p. 110]; II, pp. 51, 73 [p. 74]. De nuevo en este caso la mujer dice
“mi niño” (no, “mi”, piltzintli, “niño”). La costumbre de que hombres y mujeres empleen
diferentes nombres para los parientes se encuentra en Perú entre los quechuas e incas.
Cf. Garcilaso de la Vega, Histoire des Incas rois du Pérou, trad. francesa de J. Baudouin,
Amsterdam, 1704, lib. IV, cap. XI, vol. I, pp. 359-360; J.J. von Tschudi, “Peru” Reiseskizzen,
St. Gall, 1846, (un libro excelente), vol. II, cap. X, p. 380. Una costumbre similar se obser-
va también en Nueva Granada entre los muisca. Cf. L.H. Morgan, Systems of consanguinity,
p. 265, según Uricochea.
26. Doctor Adolphus Bastian, “Über die Eheverhältnisse”, Zeitschrift für Ethnologie,
Berlín, 1874, vol. V, presupone una familia, definida y clara: “Aus der Ehe, als erster Kreisung
der Gesellschaft geht die Familie hervor, aus gedehnter Peripherie als gens (unter Erweiterung durch
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 243

die Agnaten) aus ursprusnglichen Patriciern; wo der Grupo de parentesco unter Aufuahme fictiver
Verwandter und zu gehorigen seinen abschluss unter der Patriarchen bewahrt.” Esta posición
ofrece una explicación suficiente, si se aplica indiscriminadamente a los habitantes de
todos los continentes, de por qué la organización de algunos aborígenes de este continen-
te es todavía considerada monárquica. La naturaleza y las funciones del grupo de paren-
tesco indio se entienden totalmente mal, y en consecuencia se representan igualmente
mal (véase también ibid., p. 396).
27. Popol Vuh, en la traducción del original quiché por C.E. Brasseur de Bourbourg,
París, 1861, 3a. parte, cap. III, p. 205 [Popol Vuh. Las antiguas historias del Quiché, México,
FCE, 1976, p. 107, a la que haremos referencia en adelante]: “E pogol vinak, chuti amag,
nima amag; are cut u xe kech, ri oh Queche-vinak; tzatz cut x-uxic ri Ahqixb Ahqahb; mana xa E
cahib chic x-uxic, xere cahib ri qui chuch oh quiche vinak”. Brasseur traduce vinak alternativa-
mente como “hombres”, “tribus” y “naciones”. Sin embargo, de acuerdo con su propio
vocabulario, no significa sino “hombre” o “el aumento” (véase Grammaire, p. 233). En su
traducción del Rabinal Achí (Grammaire, 1a. escena, pp. 27 y 35, etc.), traduce vinak tam-
bién como “jefe”. Pero la verdadera palabra quiché para “tribu” es amag (Grammaire, p.
167). Esto altera el sentido en la medida en que en lugar de “tribu quiché” debería leerse
“hombres de Quiché”, o más bien “hombres quiché”. Las últimas palabras citadas, “xere
cahib ri qui chuch oh quiche vinak”, literalmente dicen: “aunque cuatro éstas (que, quienes)
ciertamente fueron madres de nosotros, hombres quiché”. La nota del célebre abate (p.
207, n. 3), en que dice que “madre” se aplica con frecuencia al jefe, encuentra paralelo en
muchos pasajes de Tezozomoc en que la tribu es mencionada, asimismo, como padre y
madre. También Durán, cap. XV, p. 127.
La creación de esos cuatro hombres y cuatro mujeres precede inmediatamente, en el
Popol Vuh, al relato del primer sacrificio y la distribución de los ídolos, y se dice claramen-
te que tuvo lugar durante la época de oscuridad, y que el lucero del alba fue su única guía
y más brillante luminaria (Popol Vuh, pp. 209, 211 y 213 [pp. 108-110]). Sahagún relata
una historia análoga (lib. VII, cap. II, pp. 248ss [t. II, pp. 258ss]) sobre la primera apari-
ción del sol y la luna. Los dioses disputaban sobre el lugar donde se elevarían los dos
cuerpos celestes, y cuatro de ellos, junto con cuatro mujeres, se volvieron hacia el este para
ver su llegada. La tradición quiché (p. 207 [p. 108]) también ubica la llegada de estos
primeros seres humanos en el este. Por lo tanto, parece ser una tradición originariamente
común a los nahuas y a los quichés, y su relación con el punto en discusión es aún más
prominente.
28. Como no dispongo actualmente de las dos fuentes principales sobre Chiapas,
Núñez de la Vega (Constitución diocesana del Estado de Chiapas, Roma, 1702) y fray Alonso
de Remesal (Historia de la Provincia de Chyapa y Guatemala de la Orden de Santo Domingo,
Madrid, 1619 [Historia general de las Indias Occidentales y particular de la gobernación de
Chiapa y Guatemala, México, Porrúa, 1988, que citaremos en adelante], sólo puedo remitir
a los estudiosos a ellas, así como a las siguientes obras: Lorenzo Boturini Benaducci (Idea
de una nueva historia general de la América septentrional, Madrid, 1776, § XVI, p. 115, copia
de Núñez de la Vega, 34, § XXX [México, Porrúa, 1974, p. 77]); Mariano Veytia y Echeverría
(Historia antigua de México, Ortega, vol. I, 1836 [Mexico, Leyenda, 1944], cap. II, p. 15 [p.
12]); Clavijero, lib. II, cap. XII, pp. 164-165 [cap. 14, p. 179]; Paul Félix Cabrera, Teatro
crítico americano, trad. alemana del teniente general J.H. von Minutoli, incorporada en el
libro de este último, Beschreibung einer alten Stadt, die in Guatimala (Neuspanien) unfern
Palenque entdeck worden ist, pp. 30ss, también siguiendo a Núñez de la Vega; Brasseur de
Bourbourg, en su introducción al Popol Vuh (pp. LXXIII, LXXVII, CXII, etc.); Alexander von
244 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

Humboldt (Vues des cordillères et monuments des peuples indigènes de l’Amérique, 1816, vol. I,
pp. 382-383; vol. II, pp. 356-357 [Vista de las cordilleras y monumentos de los pueblos indígenas
de América. México, Siglo XXI/Smurfit Cartón/Papel de México, 1995, pp. 88-89; Lámi-
nas, lám. XIII]); H.H. Bancroft, vol. III, cap. X, pp. 450, 454, y especialmente vol. V, cap. III,
p. 159 en adelante. Como siempre muy completo y valioso, aun cuando no menciona
ninguna fuente fuera de Núñez de la Vega. Finalmente, A. Bastian, Die Culturländer des
alten Amerika, 1878, vol. II, pp. 360 y 362, quien dice que Votan encontró Chiapas ya
poblada. No confirma esto lo que conozco de Núñez de la Vega y de la otra autoridad
(posterior), don Ramón Ordóñez y Aguiar (Historia de la creación del cielo y de la tierra, Ms.
en el Museo Nacional de México). Votan fue “enviado a dividir y distribuir la tierra”, dice
Cabrera (p. 33), basado en comunicaciones verbales de Ordóñez y Aguiar: “Él [Votan]
afirma que trajo siete familias a este continente de Valum Votan, y les asignó tierras.”
29. Sin hacer citas superfluas para probar hechos bien conocidos –los datos básicos,
por así decirlo, de la arqueología mexicana y centroamericana–, colocaremos lado a lado
los nombres de los días del mes mexicano, nicaragüense, yucateco, quiché, chiapaneco y
tarasco.

NAHUATL MAYA TZELTAL


Chiapas y
Mexicano Niquira Tarasco Maya Quiché Soconusco
cipactli cipat inbeari ymix imox imox
ehecatl ecat o hecat inthaati yk ig igh
calli cali inbani akbal akbal votan
cuetzpalin quespal inxichari kan qat chanan
cohuatl coat inchini chicchan can abah
miquiztli missiste inrini quimij camey tox
mazatl macet inpari manik quich moxic
tochtli toste inchon lamat ganel lambat
atl at inthahui muluc toh molo
ytzcuintli yzquindi intzini oc tzy elab
ozomatli ocomate intzoniabi chuen batz batz
malinalli malinal intzimbi eb ci evob
acatl acato inthihui been ah been
ocelotl ocelot inixotzini gix itz hix
quauhtli oate inichini men tziquin tzibin
cozcaquauhtli coscagoate iniabi quib ahmak chabin
ollin olin intaniri caban noh chic
tecpatl tapecat inodon edznab tihax chinax
quiahiutl quiaüit iniubi cauac caok cahogh
xochitl sochit inettuni ajau hunahpu aghual

Los cuatro principales (permítaseme llamarlos así) son respectivamente: en México,


tochtli, acatl, tecpan y calli; en Michoacán, inchon, inthihui, inodon e inbani; en Chiapas,
votan, lambat, been y chinax; en Yucatán, kan, muluc, gix y akbal.
No dispongo de medios para estudiar el calendario tarasco de Michoacán, y para mis
propósitos es suficiente con establecer su identidad, en sistema, con los otros. Los días
nicaragüenses son corrupciones de los nombres mexicanos, porque el niquira es un dia-
lecto nahuatl. Tomando ahora los cuatro grupos restantes, colocaremos junto a cada pa-
labra su traducción o interpretación hasta donde he podido hallarla, lo que por supuesto
no siempre es posible.
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 245

Mexicano Quiché Maya Chiapaneco


cipactli: monstruo imox: pez espada ymix: dragón imox
marino ig: aliento yk: aliento o viento igh
ehecatl: viento akbal: ¿caos? akbal (véase abajo) votan
calli: casa cat: lagarto kan: serpiente chanan: serpiente
cuetzpalin: lagarto can: serpiente chicchan abah: ¿piedra?
cohuatl: serpiente camey: muerte quimij: muerte tox
miquiztli: calavera quich: venado manik (véase abajo) moxic
mazatl: venado ganel: conejo lamat lambat
tochtli: conejo toh: chubasco muluc molo
atl: agua tzy: perro oc elab
ytzcuintli: perro batz: mono chuen (véase abajo) batz: ¿mono?
ozomatli: mono ci: escoba eb: escalera eoob
malinalli: nudo, trenza ah: caña been been
acatl: caña itz: brujo gix: brujo hix
ocelotl: tigre tziquin: ave men: ¿constructor? tzibin
quauhtli: águila ahmak: buho quib: goma o cera chabin
cozcaquauhtli: buitre noh: temperatura caban chic
ollin: movimiento tihax: obsidiana edznab chinax
tecpatl: pedernal caok: lluvia cauac cahogh
quiahiutl: lluvia hunahpu: el que sopla ajau: jefe aghual
xochitl: flor por un tubo

Para la interpretación que he intentado más arriba consulté el siguiente muy limitado
número de autores: Brasseur de Bourbourg, Relation des choses de Yucatan, etc., Popol Vuh,
Grammaire Qquiché, Ruines de Palenqué; H.H. Bancroft, vols. II y III; Orozco y Berra y otras
fuentes. Bancroft traduce el quiché akbal como “caos”. Yo sugeriría “casa”, con base en la
siguiente nota de Brasseur (Chronología antigua de Yucatan, por don Juan Pío Pérez, en
Choses de Yucatan, p. 375): “Akbal, palabra antigua que se encuentra en la lengua quiché
con el sentido de marmita, vasija, quizá la palabra con o comitl de los mexicanos.” Juan Pío
Pérez dice sobre la palabra: “desconocido: también se halla entre los días chiapanecos,
escrito aghual” (p. 374). En esto se equivoca el erudito yucateco, porque aghual corres-
ponde al maya y quiché ajau o ahau. En cambio la marmita o vasija estaba claramente
relacionada con el ama de casa, y puesto que el abate nos dice que la palabra akbal había
caído en desuso, la sugerencia de que pueda haber sido usada para indicar algo similar al
mexicano calli, casa, es por lo menos permisible.
He traducido deliberadamente kan por serpiente, en lugar de “cuerda de henequén”,
como anota Pío Pérez (p. 372). Cf. con la nota 1 del abate Brasseur.
Pío Pérez interpreta manik de la siguiente manera: “es perdida su verdadera acepción;
pero si se divide la expresión man-ik viento que pasa, quizá se entendería lo que fue”. Si
se acepta esto, entonces el significado podría ser “rapidez”, o “agilidad”, atributos del
venado, que es el signo correspondiente en los calendarios mexicano y quiché.
Chuen, por las razones indicadas por Brasseur (Chronología…, p. 372, n. 3), debe de ser
“mono”, igual que en las otras tres lenguas. Con respecto a gix, el señor Orozco y Berra
(2a. parte, V, p. 103) copia las tres interpretaciones de Pío Pérez, una de las cuales corres-
ponde a “el acto de saquear o robar un árbol”. ¿Es posible que haya alguna vaga relación
entre esto y el ocelotl mexicano, bestia de presa?
La palabra cauac se menciona como “desconocida” o en desuso. Sin embargo, es nota-
ble su semejanza con el quiché caok, así como con el tzeltal [el autor dice tzendal] cahogh
y también, por último, con el mexicano quiahuitl.
246 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

Con respecto al calendario de Chiapas, lamento decir que el material de que dispongo
es demasiado limitado para aventurar una interpretación. Ninguno de los pocos diccio-
narios o gramáticas tzeltales que aún existen se encuentra a mi alcance. Sin embargo,
debo observar que chan significa en tzeltal “serpiente”, de ahí mi traducción de chanan
(cf. Brasseur de Bourbourg, Recherches sur les ruines de Palenque, cap. II, p. 32, n. 4 y 5).
Abah es probablemente “piedra” (ibid., p. 65, n. 5).
Batz es identificado como “mono”, con los otros tres signos del mismo día, por Brasseur
(introd. Popol Vuh, p. CXXXV, n. 5; 2a. parte, cap. I, p. 69, n. 4).
Además, los signos imox, igh, hix y cahogh son análogos, si no idénticos –al menos en su
sonido–, a los signos correspondientes de los calendarios maya y quiché, y los signos
lambat, molo, been y aghual son similares a los mismos días del calendario maya solamente,
mientras que tzibin recuerda al tziquin del calendario quiché.
Tomando ahora como base el calendario mexicano, no podemos dejar de notar:
1] Que quince de sus signos son idénticos a los del quiché.
2] Tres son absolutamente idénticos a signos del maya, y cinco más son presumiblemente
idénticos.
3] Dos son idénticos a signos del tzeltal, y otros dos presumiblemente lo son.
Por lo tanto, parece justificado suponer que:
1] Los nombres de los días mexicanos y quichés tienen un origen común.
2] Que lo mismo es probable en relación con los días mayas, puesto que se considera
que mayas y quichés pertenecen al mismo tronco lingüístico.
3] Que es admisible la suposición de una relación similar con el tzeltal de Chiapas,
puesto que, aparte de los cuatro signos reconocidos como comunes a ambos calendarios, hay
por lo menos ocho más que son fonéticamente idénticos a otros de los calendarios maya
y quiché.
Por consiguiente, me siento autorizado a concluir:
1] Que los nombres dados a los días por los cinco grupos lingüísticos antes menciona-
dos fueron probablemente idénticos en origen.
2] Que esos nombres, por lo tanto, tienen un origen común.
Ese origen se expresa como sigue:
Mendieta (lib. IV, cap. XLI, p. 537): “Y afirmaban aquellos indios que en el tiempo anti-
guo vinieron á aquella tierra veinte hombres, y el principal de ellos se llamaba Cocolcan […].
Esto escribe el obispo de Chiapa.” Este obispo de Chiapas era fray Bartolomé de Las
Casas, quien en el ms. Apologética historia sumaria, vol. III, p. 124 [México, UNAM, 1967, t. I,
cap. CXXIV] parece dar más detalles. Cito a Las Casas de Brasseur y de H.H. Bancroft (vol.
III, p. 465), porque el ms. no está a mi alcance. Ahora se admite comúnmente, y esa
admisión (correcta o no) es tan general, que no hacen falta citas como prueba, que Cuculcan
o Cocolcan es idéntico al mexicano Quetzalcoatl. Pero a Quetzalcoatl se atribuye la for-
mación del calendario mexicano (Torquemada, lib. VI, cap. XXIV, p. 52; Mendieta, lib. II,
cap. XIV, pp. 97-98).
Con respecto al origen del calendario tzeltal, la tradición es muy clara. Boturini (pp.
115-121, § XVI [pp. 77-90]), citando a Núñez de la Vega (32, § XXVIII): “y prosigue el
Prelado diciendo, que al que llamaban Coslahuntox (que es el Demonio, según los Indios dicen,
con trece potestades) le tienen pintado en Silla, y con astas en la cabeza como de carnero, cuando
dicho Coslahuntox se ha de corregir en Ymos, o Mox, y no está puesto en el calendario
por Demonio, sino por cabeza de los veinte Señores, símbolos de los días del año, y así
viene a ser el primer símbolo de ellos”. Véase también pp. 118-119, citando a Núñez de
la Vega (33-35): “concuerda el sistema de los calendarios de Chiapas y el Soconusco con
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 247

el tolteco […] pues en lugar de los cuatro caracteres Tecpatl, Calli, Tochtli, Acatl, se sirven
los de Chiapas de cuatro figuras de señores, Votan, Lambat, Been y Chinax”.
Clavijero (lib. II, cap. XII, p. 164 [lib. II, cap. 14, p. 179]): “Los chiapanecas, si damos
crédito a sus tradiciones, fueron los primeros pobladores de América. Decían que Votan,
nieto del gran anciano que fabricó la barca grande para salvarse del Diluvio con su fami-
lia, y uno de los que concurrieron a la construcción del alto edificio que se hizo para subir
al cielo, pasó a poblar aquella tierra por orden de Dios.” Adoptado y citado también por
don Francisco Pimentel (Cuadro descriptivo y comparativo de las lenguas indígenas de México,
1865, vol. II, p. 232).
Clavijero (lib. VI, cap. XXIX, p. 412 [t. II, lib. VI, cap. 30, p. 137]): “Los chiapanecas […]
en vez de los nombres y figuras del conejo, la caña, el pedernal y la casa, los de Votan, Lambat,
Been y Chinax; y en vez de los de tiburón, viento, etc., para los días, usaban los de 20
hombres ilustres de sus antepasados, entre los cuales ocupaban los cuatro nombres ya
expresados el mismo lugar que entre los días de los mexicanos ocupaban los nombres del
conejo, caña, pedernal y casa.” Compárese también, en el apéndice al mismo tomo, p. 633
[pp. 373-383], la “Carta del abad Don Lorenzo Hervás”, Cesena, 31 de julio de 1780.
Clavijero (“Disertaciones”, cap. II, p. 281 [t. IV, “Primera disertación”, pp. 29-30]). Des-
pués de recordar la tradición de Votan, citando a Núñez de la Vega, agrega en nota b
[nota 8, p. 19]: “Votan es el principal entre aquellos veinte hombres ilustres que dieron su
nombre a los veinte días del mes chiapaneco.”
Estas afirmaciones, que se basan en los escritos de Núñez de la Vega y en los de Ordóñez
y Aguiar, fueron adoptadas por autores posteriores, entre ellos por Brasseur de Bourbourg
(introd. Popol Vuh, p. LXXII, § 5; “Chronologia”, p. 374, n. 4).
Por lo tanto, la identidad de los 20 días del mes chiapaneco con los nombres de 20
jefes de otros tantos grupos de parentesco es muy probable; y como hemos observado la
estrecha semejanza del calendario chiapaneco con el de los mayas yucatecos, se puede
suponer razonablemente que los nombres de los días mayas denotaban originalmente los
mismos 20 grupos de parentesco. Si éste es el caso (como también parece indicar la
historia de Cuculcan y sus diecinueve seguidores), entonces los 20 signos de los quichés
tienen un origen similar y, por último, la identidad del calendario quiché con el mexica-
no o nahuatl propiamente dicho lleva a la inferencia de que los 20 nombres de los días de
los grupos de indios sedentarios tzetzales, mayas y nahuas de México y Centroamérica
indican un origen común de esos tres grupos, a partir de 20 grupos de parentesco o gentes en un
periodo remoto.
Entre esos 20 grupos hay cuatro más prominentes que los demás. Esto, de nuevo,
podría indicar una derivación aún más antigua de cuatro, de los que surgieron los otros
16, por segmentación. Cómo puede haber ocurrido esa segmentación, está claramente
relatado en el Popol Vuh, y ya he hecho referencia a ello en “Sobre la tenencia de la tierra”
(supra, n. 7, p. 154), a la que, además de la autoridad indígena y Ancient society del señor
Morgan (2a. parte, cap. IV), pido permiso para remitir al “curioso lector”. Con respecto a
la actual división de los asentamientos indios en cuatro partes, dice Brasseur de Bourbourg
(intr. Popol Vuh, p. 117): “Finalmente, casi todos los pueblos o tribus están divididos en
cuatro grupos de parentesco o cuarteles, cuyos jefes forman el gran consejo.”
Presento lo anterior como simples sugerencias, y ruego que sean aceptadas con bon-
dad, puesto que no pretendo arrojárselas al lector como “resultados”. Sin embargo, no
puedo resistir la tentación de presentar aquí algunas observaciones referentes a otras
peculiaridades que presentan los calendarios mencionados, peculiaridades que podrían
arrojar alguna luz sobre los problemas planteados respecto a si originalmente denotaban
248 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

grupos de parentesco o no. Con una sola excepción (cipactli), el calendario mexicano y los
que con él se vinculaban no incluían el nombre de un solo objeto, o fenómeno, que no
pudiera encontrarse en algún lugar de la vasta área ocupada por los tres troncos lingüísticos
en el momento de la conquista. Sin embargo, como demuestra admirablemente el señor
Orozco y Berra (2a. parte, cap. V, p. 107), el mes mexicano incluye los nombres de anima-
les desconocidos tanto en el hogar final de la tribu como en regiones situadas más al
norte. Así el mono (ozomatli) no se encuentra en el altiplano central. En otra parte me
referiré al signo cipactli, que podría denotar tal vez una jibia, o sepia, de dimensiones
monstruosas.
Suponiendo ahora (puesto que no tenemos prueba de lo contrario) que ese “monstruo
marino” era también un habitante de los mares tropicales, tenemos que notar que los 20
signos de los días de los calendarios aborígenes que estamos considerando
1] representan tipos y fenómenos que se encuentran, no exclusivamente pero sí todos, en
el área de México y Centroamérica;
2] que algunos de los tipos animales existen solamente en regiones tropicales y bajas;
3] que ninguno de los animales pertenece exclusivamente a la zona templada de
Norteamérica.
En consecuencia, que estos signos son de origen meridional, e incluso, teniendo en
cuenta que el mono no se encuentra en el valle de México, que se originaron al sur de
éste. Sin embargo, los cuatro “jefes”, como los he llamado (los primeros signos de cada
“semana” de cinco días), es decir: conejo, caña, pedernal y casa, lo mismo podrían haber
sido seleccionados al norte.
Es un hecho abundantemente probado que los grupos de parentesco o gentes que for-
maban las tribus de Norteamérica se nombran según un principio idéntico al que encon-
tramos en los nombres de los días entre los aborígenes de latitudes más meridionales, es
decir, con los nombres de objetos y fenómenos naturales. Morgan ha dado los nombres
de las gentes de por lo menos 30 tribus, que en total incluyen 296 clanes. De esos 296
nombres, 98 son iguales a los de signos de días mexicanos, que se encuentran repetidos
en las distintas tribus. Esos signos son los siguientes:
itzcuintli, perro (casi siempre como “lobo”) 22 veces
quauhtli, águila 12 veces
cozcaquauhtli, halcón (aunque es el “buitre anillado”) 8 veces
mazatl, venado, alce, caribú, antílope 20 veces
cohuatl, serpiente 9 veces
atl, agua (también como “hielo”, “mar”, etc.) 4 veces
miquiztli, cráneo (como “cabeza”) 1 vez
ollin (como “muchas estaciones” y “sol”) 2 veces
calli, casa (como “aldea” y “cabaña”) 3 veces
tecpatl, pedernal (como “cuchillo”) 2 veces
ocelotl, tigre (también como “pantera” y “gato montés”) 5 veces
ehecatl, viento 1 vez
acatl, caña (también como “maíz indio”) 3 veces
tochtli, conejo (también como “liebre”) 3 veces
cuetzpalm, lagarto (como “rana”) 1 vez
xochitl, flor (como “tabaco”) 1 vez
quiahuitl, lluvia 1 vez

Ruego observar que he agregado a esta lista cozcaquauhtli, suponiéndolo equivalente a


“halcón”. Esto es una simple sugerencia y no una afirmación.
Por lo tanto, 16, o quizás 17, de los 20 signos de los días del mes mexicano se encuen-
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 249

tran en Norteamérica como “totem”, probablemente de clanes o grupos de parentesco aborígenes.


Es interesante observar, además, que, de los nueve clanes que forman las tribus moqui
de Arizona, los nombres de siete corresponden a signos de días mexicanos (Ancient society,
2a. parte, p. 179). Lo poco que se sabe de los indios laguna presagia un resultado similar
(p. 180), dando así ocasión a preguntarnos si los indios pueblo del Centro-oeste no pre-
sentarán tal vez una relación más estrecha con los más antiguos grupos de parentesco
mexicanos, según los nombres de los días y las gens que componen sus propias tribus.
Después de estas especulaciones, que presento por lo que puedan valer, y con la clara
reserva de que no les atribuyo ningún valor, salvo como suposiciones y preguntas para in-
vestigaciones ulteriores, pido permiso para anunciar que en mi cuarto trabajo, “Sobre el
credo y las creencias de los antiguos mexicanos” [nunca, que sepamos, publicó Bandelier
este estudio, E.], me propongo examinar todos estos puntos en forma más completa y,
según espero, con ayuda de materiales más adecuados que los que ahora tengo a mi
disposición.
30. Ixtlilxochitl (“Segunda relación”, Kingsborough, vol. IX, p. 323 [“2a. Relación de
la historia de los tultecas”, en Relaciones históricas, p. 266]): “y casi al último de estos años
se juntaron dos cabezas principales y los otros cinco inferiores a tratar si se quedarían en
esta tierra u si pasarían más adelante”. También “Noticias de los pobladores y naciones de
esta parte de América llamada Nueva España” (“Tercera Relación. De los Tultecas”, p. 393
[p. 418]): “Y estos siete caudillos […] con todas sus gentes vinieron descubriendo y po-
blando por todas las partes que llegaban.” Historia de la nación chichimeca (cap. I, p. 13
[cap. II, p. 10]): “los cuales traían siete caudillos, que por sus tiempos siempre entre estos
siete elegían uno que los gobernaba”. Además de las autoridades citadas sobre los toltecas
en “Sobre la tenencia de la tierra” (supra, n. 7, pp. 149-155), remito a Vetancurt (vol. I, 2a.
parte, trat. I, cap. IV, p. 234 [p. 212]) y Granados y Gálvez (p. 31).
31. “Tarde segunda” (p. 31): “bien es que los Mapas de éstos no nos pintan tierras,
sino familias: y como estas vaguearon sin fixeza alguna por tan varios rumbos”. Sería
superfluo citar extensamente a las autoridades, pero remito al lector a la Historia de la
nación chichimeca (cap. V, pp. 38-39 [pp. 17, 18]; cap. X, p. 70 [p. 28]); Sahagún (lib. X, cap.
XXIX; todo el capítulo es muy importante); Durán (cap. II, pp. 10-16 [pp. 21-26], cap. III,
pp. 19-24 [pp. 33-35], lám. 1 del trat. 1 y lám. 1 del trat. 2); Acosta (lib. VII, cap. 2, p. 454
[p. 32] y cap. 3 entero); Mendieta (lib. II, cap. XXXIV, p. 147); Torquemada (lib. I, cap.
XXIII, p. 51; cap. XXIV [cap. XXVI], p. 54; lib. II, cap. I, p. 78, etc.); Gregorio García (lib. III,
cap. I, p. 81; lib. V, cap. III, p. 321); Herrera (déc. III, lib. II, cap. X, pp. 59-60); Veytia (lib.
II, cap. VI, p. 39 [t. I, pp. 253, 254]); Vetancurt (vol. I, 2a. parte, trat. I, cap. IX, pp. 254-255
[pp. 230-231]); Clavijero (lib. II, cap. 4, pp. 146-147 [pp. 155, 156]) y otros.
32. El número siete es casi generalmente aceptado. Cf. “Sobre la tenencia de la tierra”,
p. 130 y n. 21. Además de los autores mencionados allí, que aceptan los siete grupos de
parentesco, remito a A. Bastian (vol. II, p. 460, n. 2) y Cabrera (en Minutoli, p. 77, más
bien confuso).
33. He reunido esos nombres en las siguientes fuentes: Durán (cap. III, pp. 20-21 [p. 29]),
Tezozomoc (cap. I, p. 6 [p. 224]) y Veytia (lib. II, cap. XII, p. 91 [p. 287]). Aparecen así
(véase cuadro de la página siguiente).
Hay sin embargo una diferencia fundamental entre Durán, por un lado, y Veytia y
Tezozomoc por el otro, en la medida en que el primero dice que esos siete nombres eran
los de divinidades tutelares de los siete grupos de parentesco (“barrios”), mientras que los
otros dos los dan como nombre de los grupos mismos. También ellos mencionan las siete
divinidades tutelares, dándoles los siguientes nombres: “Quetzalcoatl, Tlazolteotl,
250 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

Durán Tezozomoc Veytia


Yopica Yapica Yopica
Tlacochcalca Tlacochcalca Tlacochcalca
Vitznagoa Huitznahuac Huitznahuac
Cuatecpan Cihuatecpaneca Cihuatecpaneca
Chalmeca Chalmeca Chalmeca
Tlacatecpaneca Tlacatecpaneca Tlacatecpaneca
Yzquiteca Yzquiteca Itzcuintecatl

Macuilxochiquetzalli, Chichilticcenteotl, Piltzinteuhtli, Tezcatlipuca, y Mictlanteuhtli”


(Veytia). Tezozomoc los llama (p. 6 [p. 224]): “Quetzalcoatl, Xocomo, Matla, Xochiquetzal,
Chichitic, Centeutl, Piltzintecutli, Meteutli, Tezcatlipuca, Mictlantecuhtli, y Tlamacazqui,
y otros Dioses.” Hacer un estudio de estos nombres sería muy difícil, y sus resultados
dudosos. Sin embargo, reconocemos claramente: “Tlacochcalca”, plural de “Tlacoch-
calcatl”, por consiguiente “hombres de la casa de los dardos” (véase “Sobre el arte de la
guerra”, supra, pp. 69-70, n. 101). “Huitznahuac”: según Molina (II, p. 157 [p. 158; Siméon,
pp. 758-759]) uitztic es un objeto puntiagudo, y uitztli una espina grande, pero uitztlan es
el sur. Nahuac, en este caso, probablemente (o más bien posiblemente) significa “entre” o
“cerca de”; por consiguiente, tal vez “gente del sur”, o “de cerca de las espinas” (por
ejemplo: Quauhnahuac, “por de los árboles”, Molina, II, p. 63 [Siméon, p. 410]; Pimentel,
vol. I, p. 170, etc.). “Cihuatecpaneca”, de cihuatl, mujer, y tecpan, casa oficial. “Tlaca-
tecpaneca”, de tlacatl, hombre, y tecpan. Finalmente “Itzcuentecatl” parece derivar de
itzcuintli, perro, y tecatl. Este último a su vez se descompone en nitla tequi, “cortar” (Molina,
II, p. 105 [Siméon, p. 510]), y tlacatl, “hombre”, de modo que el conjunto significaría
“cortadores de perros”. Yzquitecatl da una etimología aún más curiosa, que sin embargo es
tan improbable que nos abstendremos de mencionarla siquiera.
Inmediatamente se ve que ninguno de esos siete grupos de parentesco llevaba el nombre
de los días mexicanos; sólo el último podría contener, quizá, la palabra izcuintli, pero aun
esto es muy dudoso. Sólo me referiré aquí a un singular pasaje de Durán (cap. III, p. 20
[p. 29, § 12]): “Ya hemos dicho cómo traían a su principal dios, sin cuyo mandado no se
osaban menear. Traían, empero, otros siete dioses, que a contemplación de las siete cue-
vas donde habían habitado siete congregaciones de gentes, o siete parcialidades, los reve-
renciaban con mucha grandeza.”
Después de la captura de Tenochtitlan, su lugar fue reservado por Cortés para la
posterior erección de la ciudad española, mientras que el sitio de Tlatelolco pasó a ser
por algún tiempo el asentamiento indio, o más bien fue destinado a ese propósito. Cor-
tés, “Carta cuarta”, pp. 110-111 [p. 196]; Motolinia, trat. III, cap. VII, pp. 180-181; Oviedo,
lib. XXXIII, cap. XLIX, pp. 528, 530; Torquemada, lib. IV, cap. CII, p. 572 y lib. III, cap.
XXVI, p. 299; Herrera, Descripción de las Indias Occidentales, Madrid, 1725, cap. IX, p. 17 e
Historia, déc. III, lib. IIII, cap. VIII, p. 122; Vetancurt, “Crónica de la Provincia del Santo
Evangelio de México”, en 4a. parte de Teatro, pp. 124, 131, 132, 212, 213 [vol. III, trat. II,
cap. III, pp. 109-110, 116, 117, 185 y 186].
Es este último autor, Vetancurt, quien nos da los nombres y números de los “barrios”
mexicanos, o grupos de parentesco localizados, que todavía existían en 1690 como “ba-
rrios de indios”. Deduzco esta fecha del hecho de que la “Licencia” del “Comisario Gene-
ral de Indias” está fechada el 17 de abril de 1692 (vol. I, p. 13 [p. XV]). Además de
mencionar los cuatro grandes cuarteles de México (p. 124 [vol. III, pp. 109-110]), de los
que hablaremos más adelante, dice [p. 116]: “Los Barrios son veinte, donde están once
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 251

Hermitas fabricadas, que sirven para sacramentar en ellas á los que no tienen casa decen-
te, sirviendo de oratorios del Barrio, donde en las fiestas particulares se suelen decir
Missas, rezadas, y en algunas fiestas de devocion quando la piden.” También nos da
información sobre Tlatelolco (pp. 212, 213 [pp. 185, 186]) que demuestra que los indíge-
nas vivían allí “en seis parcialidades, que cada qual tiene sus barrios; y veinte Hermitas
con sus titulares, que celebran”. Esto es algo oscuro, y por lo tanto pondré los nombres de
los “barrios” mexicanos al lado de los de las “ermitas” de Tlatelolco, dejando que el lector
observe por sí mismo las coincidencias:

“Barrios” de México “Hermitas” de Tlatelolco


Santo Christo de Tzapotla Santa Ana Atenantitech
Santa Veronica de Huchuecalco Santa Lucia Telpochcaltitlan
Santa Cruz de Tecpancaltitlan La Concepción de Atenantitlan
San Pedro de Cihuateocaltitlan San Francisco Mecamalinco
Espíritu Santo de Yopico La Assumpcion de Apazhuacan
San Phelipe de Jesus de Teocaltitlan San Martin Atezcapan
Santiago de Tlaxilpan Santa Catalina Cohuatlan
Los Reyes de Tequicaltitlan San Pablo Tolquechiucan
La Candelaria de Atlampa Nuestra Señora de Belen Tlaxoxiuhco
La Ascension de Tlalcocomoco Los Reyes de Capoltitlan
San Diego de Amanalco San Simon Yztatla
El Niño Iesús de Tepetitlan Santa Ines Hueypantonco
El Descendimiento de Atizapan San Francisco Yztatla
San Salvador de Xihuitongo Santa Cruz Azococolocan
La Navidad de Tequixquipan San Antonio Tepiton
San Salvador de Necaltitlan La Assumpción de Tlayacaltitlan
La Concepción de Xoloco San Francisco Cihuatecpan
San Iuan de Chichimecapan San Iuan Huitznahuac
San Antonio de Tezcatzonco La Assumpción de Yxayoc
San Sebastian Copolco Santa Clara Acozac

Los nombres en cursiva son los que se encuentran también entre los de los siete gru-
pos de parentesco originales enumerados más arriba, y así encontramos tres de ellos, uno
en México y dos entre las ermitas de Tlatelolco.
34. Fernán González de Eslava, Coloquios espirituales y sacramentales, 2a. ed., 1877,
de García Icazbalceta. El erudito editor agrega la siguiente nota 50, en la p. 57: “Cuando
se reedificó la ciudad de México, después de la conquista, se colocaron en el centro las
casas de los españoles, y los indios levantaron las suyas alrededor de aquéllas. Esta pobla-
ción india se dividió en cuatro barrios o parcialidades, regidos por caciques de su nación,
sujetos a un gobernador de la misma. Los barrios principales eran San Juan y Santiago.”
Llamándome la atención sobre esta nota en su carta del 14 de noviembre de 1878, mi
estimado amigo añade: “Con el tiempo se confundió la población y desaparecieron esos
barrios, pero aún quedó el nombre y los bienes que poseían las ‘parcialidades’, los cuales
desaparecieron también en mi tiempo.”
35. Hay en las autoridaes descripciones tan variadas de las disensiones entre los que
posteriormente fueron los mexicanos y los tlatelolcas, que no vale la pena examinarlas.
36. “Sobre la tenencia de la tierra”, supra, p. 130, n. 21 y 22. Además de las autorida-
des citadas allí, remito al lector a: Gómara (p. 431 [cap. CCIX, p. 321]): “y dicen que no
trajeron señores, sino capitanes” (ibid., p. 433 [cap. CCXI, pp. 323-324], “De los reyes de
México”); Motolinia (“Epístola proemial”, p. 5): “aunque se sabe que estos Mexicanos
252 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

fueron los postreros, y que no tuvieron señores principales, mas de que se gobernaron
por capitanes”; Mendieta (lib. II, cap. XXXIV, p. 148): “Dicen que el ejército mexicano
trajo por caudillos ó capitanes diez principales que los regian […]. Entre estos eligieron,
luego como hicieron su asiento, por rey y principal señor á Tenuch”; Torquemada, lib. II,
cap. I, p. 78; cap. XII, pp. 94-95.
El hecho de la elección del llamado primer “rey” de los antiguos mexicanos, tan gene-
ralmente reconocido que no se necesita prueba de ello, es prueba suficiente de que, antes
de eso, el gobierno de los mexicanos era, por lo menos, no monárquico. Las palabras de
Torquemada (p. 94): “Dicese, que aviendo pasado veinte y siete Años, que avia que se
gobernaban, en comun, los unos, y los otros, les tomo gana de elegir Rei”, son bien claras.
Aparte de los “caudillos” de los grupos de parentesco, mencionados frecuetemente,
durante este periodo de existencia errante aparecen ocasionales jefes guerreros o valien-
tes que dirigen. Así, hay un jefe llamado “Mexi” mencionado por Acosta (lib. VII, cap. 4,
p. 460 [p. 325]), Sahagún (lib. X, cap. XXIX, pp. 138-139 [t. III, pp. 207-208, § 12.106]) y
Herrera (déc. III, lib. II, cap. X, p. 60); otro famosísimo guerrero llamado Colibrí
(Huitzilihuitl) guió a los mexicanos durante su lucha con las tribus del valle en Chapultepec,
perdiendo la vida en la salida con que lograron romper el cerco de sus enemigos. Véase
Durán (cap. III, p. 27 [pp. 28-29] y cap. IV, p. 30 [p. 39]); Acosta (lib. VII, cap. 5, p. 436 [p.
327]); Torquemada (lib. II, cap. III, p. 82; IV, p. 84; lib. III, cap. XXII, p. 289); Vetancurt (2a.
parte, trat. I, cap. IX, p. 261 [pp. 235-236]; cap. X, pp. 265-266 [p. 240]); Granados y
Gálvez (p. 151); y Veytia (t. I, lib. II, cap. XII, p. 97 [p. 291]; cap. XIII, p. 110 [p. 299]; cap.
XIV, pp. 116, 124 [pp. 303, 308]; cap. XV, pp. 130-131 [p. 312]), quien afirma que “Colibrí”
fue el primer “rey de los mexicanos”, pese a que otros autores lo niegan expresamente.
37. Tezozomoc (cap. I, p. 6 [p. 225]) menciona a los cuatro ancianos que cargaban a la
llamada hermana de Huitzilopochtli: “y á esto dijo Tlamacazqui Huitzilopochtli á los
viejos que la solian traer cargada (que se llamaban Quauhtlonquetzque, y Axoloa el se-
gundo, y el tercero llamado Tlamacazqui Cuauhcoatl, y el cuarto Ococaltzin)”. “Y allí [en
Chapultepec] les habló Huitzilopochtli á los mexicanos, á los sacerdotes que son nombra-
dos Teomamoque, cargadores del dios, que eran Cuauhtlo quetzqui, Axoloa, Tlamacazqui y
Aococaltzin; á estos cargadores de este ídolo, llamados sacerdotes, les dijo” (cap. III, p. 8 [p.
231]). Durán (cap. III, p. 21 [p. 30, § 15-16]): “Llegados a aquel lugar de Pázcuaro, vién-
dole tan apacible y alegre, consultaron a su dios los sacerdotes y pidiéronle […]. El dios
Huitzilopochtli respondió a sus sacerdotes en sueños.” Estas palabras se repiten casi igual
varias veces, en los caps. IV, V y VI. Por último afirma claramente (cap. VI, p. 46 [p. 55, § 2]):
“con los cuatro ayos de Huitzilopochtli, los cuales le veían visiblemente y le hablaban, que
se llamaban Cuauhtloquetzqui, el segundo Ococal, el tercero, Chachalayotl, el cuarto,
Axolohua; los cuales eran como ayos, padres, amparo y reparo de aquella gente”. Acosta
(lib. VII, cap. 4, p. 459 [p. 324]): “Con esto salieron llevando a su ídolo metido en un arca
de juncos, la cual llevaban cuatro sacerdotes principales, con quien él se comunicaba, y
decía en secreto los sucesos de su camino, avisándoles lo que les había de suceder, dándo-
les leyes, y enseñándoles ritos y ceremonias y sacrificios. No se movían un punto sin
parecer y mandato de este ídolo.” Herrera (déc. III, lib. II, cap. X, p. 60): “Llevaron este
Idolo en un Arca de Juncia en hombros de quatro Sacerdotes, los quales enseñaban los
Ritos, i Sacrificios, y daban Leies, i sin su parecer no se movian en nada.” Además de
estas fuentes específica y exclusivamente mexicanas, a las que se agregarán después otras,
la existencia de estos cuatro médicos principales (tlamacazqui, de tlama, “médico, ciruja-
no”; véase Molina, II, p. 125 [Siméon, p. 606]) es comprobada por autores que se inclinan
más bien hacia el lado de los tezcocanos. Torquemada (lib. II, cap. I, p. 78): “y ordenó, que
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 253

quatro de ellos, fuesen sus Ministros, para lo qual, fueron Nombrados Cuauhcohuatl,
Apanecatl, Tezcacohuatl, Chimalman”. “De los primeros Mexicanos, que vinieron á esta
tierra, sabemos, que no traxeron Rei, ni otro Caudillo particular (contra los que tienen, ó
afirman lo contrario) sino que venian regidos de los Sacerdotes, y Ministros del Demo-
nio; sobre cuios hombros venia la Imagen del Dios Huitzilopochtli, y á los consejos, y
determinaciones de estos Ministros eran obedientes” (lib. VI, cap. XXI, p. 41, pero espe-
cialmente lib. IX, cap. XIX, p. 205). Pero el más explícito de todos es de nuevo Veytia (lib. II,
cap. XII, p. 92 [p. 287]). A la muerte de Huitziton: “y aquí fué donde empezaron los
embustes de los viejos y sacerdotes que con más inmediación trataban a Huitziton; por-
que, o concebido ya el ambicioso deseo de quedarse con el mando del pueblo, o para
disminuirle a este el dolor que debía causarle tan gran pérdida” (p. 94 [p. 288]). “Este es
el origen de la famosa deidad Huitzilopochtli” (p. 99 [p. 289]). Aquí Veytia está equivoca-
do al afirmar que Tezozomoc dice que los cuatro sacerdotes se quedaron con Malinalxochitl
en Malinalco. Este autor los menciona de nuevo en Chapultepec (cap. III, p. 8 [pp. 230-
231]). Más adelante (cap. XIII, p. 102 [p. 294]): “Yo me persuado a que es distinto, y que
Ocelopan y los otros tres sus compañeros fueron los cuatro tlamacazquis que fingieron el
embuste del rapto de Huitziton” (p. 109 [p. 299]), y dice que los “viejos sacerdotes” se
opusieron a la elección de un jefe guerrero principal (“rey”) “por no dejar el mando”
(también cap. XV, p. 131 [p. 311]).
De estas afirmaciones se desprende que los cuatro “cargadores del Dios” en realidad
ejercían, o al menos pretendían tener, cierto poder gubernamental. En la sociedad tribal,
ese tipo de poder sólo puede venir de un grupo de parentesco; por lo tanto, los cuatro
“médicos” representaban a cuatro clanes o parentelas muy antiguos, cuyos nombres in-
cluso podían haberse perdido, mientras que el poder anterior “presidía” en forma de
una participación de la “medicina”, “magia” o culto en los asuntos tribales. Recuerdo
aquí la importante afirmación de Boturini (“Edad segunda”, en Idea, pp. 111-112 [p. 83],
§ XVI): “cómo fue costumbre de los indios, poner muy pocas figuras en los mapas, bajo de
cuya sombra se hallan numerosos pueblos y gentes; y así dichos siete tultecos, cuyos
nombres refiere el mencionado don Fernando, se entiende haber sido siete principales
cabezas de dilatados parentescos que se escondían bajo los nombres de sus conductores”.
Lo que el infortunado cavaliere italiano dice aquí de los toltecas es aplicable a todas las
demás ramas del tronco náhuatl y se refiere también a los cuatro “cargadores del dios” en
cuestión.
Veytia afirma (lib. II, cap. XII, p. 110 [p. 288]) que después de la elección de Huitzilihuitl,
mencionada en mi nota 36, el dios Huitzilopochtli se resistió al “ambicioso deseo de
quedarse con el mando del pueblo”. ¿Será esto una indicación de que los cuatro “sacer-
dotes” ejercían un mando militar?
En referencia a la nota 29, sobre los cuatro nombres de los años y los días principales
de los calendarios mexicano y centroamericano, y su probable conexión con otros tantos
grupos de parentesco muy antiguos, permítaseme agregar aquí algunos datos adicionales
acerca del papel singular que desempeña el número cuatro en la mitología y las primeras
tradiciones de México y Centroamérica. Ya he aludido en la nota 27 a las cuatro parejas
originales mencionadas en el Popol Vuh y también por Sahagún. Antes de la creación de
los cuatro hombres, el Popol Vuh contiene el siguiente pasaje notable: “De Paxil, de Cayalá,
vinieron las mazorcas amarillas y las mazorcas blancas. Éstos son los nombres de los ani-
males que trajeron la comida: Yac [el gato del monte], Utiú [el coyote], Quel [una cotorra
vulgarmente llamada chocoyo] y Hoh [el cuervo]. Estos cuatro animales les dieron la no-
ticia de las mazorcas amarillas y las mazorcas blancas, les dijeron que fueran a Paxil y les
254 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

enseñaron el camino de Paxil. Y así encontraron la comida y ésta fue la que entró en la
carne del hombre creado, del hombre formado; ésta fue su sangre, de ésta se hizo la san-
gre del hombre. Así entró el maíz [en la formación del hombre] por la obra de los Proge-
nitores” [pp. 103-104]. Este relato quiché de cuatro animales, o “bárbaros” (esta última
palabra es una interpretación de Brasseur, puesto que chicop significa simplemente “ani-
mal”), que traen el material del que fue hecho el hombre, también encuentra un equiva-
lente en tradiciones mexicanas, como lo registra Sahagún (lib. X, cap. XXIX, p. 140, § 12
[t. III, p. 209, § 12.112]) al hablar de cuatro sabios que permanecieron en el paraíso
terrenal de “Tamoanchan”, donde “inventaron la Astrología Judiciaria y el arte de inter-
pretar los sueños, compusieron la cuenta de los días, y de las noches y de las horas, y las
diferencias de tiempos que se guardó mientras señorearon y gobernaron los señores de
los tultecas, y de los mexicanos, y de los tepanecas, y de todos los chichimecas”. “Tamoanchan”,
en cuanto paraíso, es el equivalente exacto del “Paxil de Cayalá” de los quichés. La tradi-
ción de los cuatro “Tutul-Xiu” entre los mayas de Yucatán también puede clasificarse
entre estos relatos. “Series de katunes”, “Épocas de la historia maya”, “Ésta es la serie de
los katunes en maya” (“helo lai u Tzolan Katunil ti Mayab”), en Brasseur (Relation) y tam-
bién en J.L. Stephens (Travels in Yucatan, vol. II, p. 465, apénd.). También Durán (cap.
XXVII, pp. 222, 224 [pp. 218 y 222]).
38. E.B. Tylor, Researches into the early history of mankind, ed. de 1878, p. 165. Superstitio
o “estar arriba”; el alemán Aberglaube en el sentido de “lo que ha quedado”.
39. Mi amigo el profesor P. Valentini, de Nueva York, se ocupa del estudio de la crono-
logía centroamericana propiamente dicha, así como mexicana. En su más reciente obra,
“The Mexican Calendar Stone” (publicada primero en alemán como conferencia, y más
tarde en Proceedings of the American Antiquarian Society, núm. 71), ha dado una idea general
de sus investigaciones, pero hasta ahora ningún detalle sobre sus resultados. Por lo tanto,
si bien aquí admito 1325 d.C. como fecha aproximada de la llamada “fundación” de
Tenochtitlan-México, me someto a su juicio sobre el particular.
40. Durán, cap. IV, p. 32 [p. 44]; Herrera, déc. III, lib. II, cap. XI, p. 61.
41. “Sobre la tenencia de la tierra”, supra, p. 130, n. 29 y p. 131, n. 32 y 33. Además de
las autoridades citadas, véase Herrera (déc. III, lib. II, cap. XI, p. 61) y Samuel Purchas
(Pilgrimages, 1625, 3a. parte, lib. V, cap. IV, p. 1005).
42. “Sobre la tenencia de la tierra”, supra, p. 131, n. 32 y 33.
43. Morgan (Ancient society, 2a. parte, cap. III, p. 88): “La fratría es una hermandad,
como lo indica el término, y un desarrollo natural de la organización en gentes. Es una
unión o asociación orgánica de dos o más gentes de la misma tribu, para ciertos fines
comunes. Normalmente esas gentes eran las que se habían formado de la segmentación
de una gens original.” Si recordamos cómo aparecieron por primera vez los cuatro ba-
rrios de México, se verá sin dificultad que la analogía con las fratrías es realmente sor-
prendente. Cf. “Sobre el arte de la guerra” (supra, p. 63, y n. 22, y pp. 69-70, y n. 97, 99,
100 y 101). En “Sobre la tenencia de la tierra” (supra, pp. 130-131) me incliné más bien
hacia la opinión de que eran cuatro calpulli que después se subdividieron en “barrios”.
Ahora me corrijo, puesto que he llegado a convencerme de que los llamados “barrios
menores” ya existían en la época del primer asentamiento (cf. n. 37 y 41).
44. Motolinia (trat. III, cap. VII, p. 180) menciona una división en sólo dos barrios en
el curso del tiempo, debido al aumento de la población: “Después andando el tiempo y
multiplicándose el pueblo y creciendo la vecindad, hízose esta ciudad dos barrios ó dos
ciudades.” Ixtlilxochitl (p. 72 [cap. X, p. 29]) afirma simplemente que estaban divididos en
dos “parcialidades”, sin decir cómo y por qué se produjo esa división. Durán (cap. V, p. 43
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 255

[pp. 50-51, § 22-23]): “Hecha esta división y puestos ya en su orden y concierto de ba-
rrios, algunos de los viejos y ancianos, entendiendo merecían más que lo que les daban y
que no se les hacía aquella honra que merecían, se amotinaron, y determinaron ir a
buscar nuevo asiento, y andando por entre aquellos carrizales y espadañales, hallaron
una albarrada pequeña, y dando noticia de ella a sus aliados y amigos, fuéronse a hacer
allí asiento, el cual lugar se llamaba Xaltelulli, al cual lugar agora llamamos Tlatilulco,
que es el barrio de Santiago. Los viejos y principales que allí se pasaron fueron cuatro: el
uno de ellos se llamaba Atlacuahuitl, el segundo, Huicton, el tercero, Opochtli, el cuarto,
Atlacol. Estos cuatro señores se dividieron y apartaron de los demás y se fueron a vivir a
este lugar del Tlatilulco, y según opinión, tenidos por hombres inquietos y revoltosos y de
malas intenciones, porque desde el día que allí se pasaron, nunca tuvieron paz, ni se
llevaron bien con sus hermanos los mexicanos. La cual inquietud ha ido de mano en
mano hasta el día de hoy, pues siempre ha habido y hay bandos y rencor entre los unos y
los otros.” Acosta (lib. VII, cap. 8, p. 468 [p. 331]) y Herrera (déc. III, lib. II, cap. XII) no
hacen sino repetir concisamente lo de arriba. Torquemada (lib. III, cap. XXIV, pp. 294-
295) se opone tanto a Acosta y Herrera como al Códice Ramírez, y da en cambio una
historia sobre el voluntario establecimiento de los tlatelolcas en un cercano terreno are-
noso, separados de los demás, como consecuencia de la antigua disputa o resentimiento
antes mencionado. No hay mucha diferencia entre esta versión y la precedente, puesto
que en ambas el acto de secesión es voluntario. Un hecho singular es el que menciona
Vetancurt (2a. parte, trat. I, cap. XI, p. 269 [pp. 244-245]), que los tlatelolcas hicieron un
mercado para ambos grupos. Por lo demás (p. 257 [pp. 232-233]) concuerda con
Torquemada. Granados y Gálvez (“Tarde sexta”, p. 174), después de decir que ambos
“eran deudos y parientes unos con otros”, agrega: “Ya esta division procediera de enojos
pasados, ya por la incomodidad que sufrian entre los juncos y carrizales; lo cierto es que
se segregaron.” Veytia (lib. II, cap. XV, pp. 135, 142 [pp. 317, 319]), informando sobre to-
das las diversas tradiciones acerca de la fundación de Tlatelolco, llega a la conclusión de
que los “nobles” se retiraron a Tlatelolco, mientras que los “plebeyos” se quedaron en
México. Clavijero (lib. II, cap. 17, p. 178 [pp. 190-191]) concuerda con Veytia respecto a la
autenticidad de las fábulas que se cuentan acerca de antiguas disputas entre la banda de
migrantes, pero (cap. 20, pp. 187-188 [pp. 202-203]) acepta la versión de que esos anti-
guos desacuerdos fueron la causa de la división final.
Hasta ahora no he logrado averiguar si los separatistas tlatelolcas constituían un gru-
po de parentesco o una hermandad de grupos de parentesco, o si eran fracciones descon-
tentas de varios clanes. Si Vetancurt nos hubiera dado los nombres de los barrios de
Tlatelolco, posiblemente podríamos deducir algo de ellos. Tal como son las cosas, el
hecho de los cuatro “principales” que menciona Durán parece indicar cuatro grupos de
parentesco, o más bien (quizá) fracciones de cuatro grupos de parentesco, que probable-
mente se retiraron por falta de espacio. Es posible que los expulsase la superpoblación y
con el tiempo surgiese los sentimientos de celos y rivalidad de que hablan tan abundante
y frecuentemente las autoridades. Véase Veytia, t. I, lib. II, cap. XV, p. 135 [p. 315].
45. Clavijero, lib. III, cap. 1, p. 190 [p. 205]; Torquemada, lib. II, cap. XII, p. 94 y lib. III,
cap. XXII, pp. 288-291; Durán, cap. VI, p. 47 [p. 55].
Es difícil estimar el número de grupos de parentesco que constituían la tribu mexica-
na en esa época. Hay diversas versiones tanto del número de los jefes como de sus nom-
bres. Durán (ibid. [§ 2]) menciona a seis jefes y cuatro sacerdotes. Mendieta (lib. II, cap.
XXXIV, p. 148) menciona a 10 jefes. El Códice Mendocino también dice 10 jefes (Kings-
borough, vol. I, tab. I). Clavijero (lib. III, cap. 1, p. 190 [p. 205]) menciona a 20 jefes. Es
256 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

interesante comparar esos nombres, así como los de los 20 jefes de Torquemada (lib. II,
cap. III, p. 83), con los de los 20 “barrios” de Vetancurt.

“Barrios” de
Durán Mendieta Torquemada Clavijero Vetancurt
Acacitli Acacitli Acacitl Acacitli Tzapotla
Tenoch Tenuch Tenoca Tenoch Huchuecalco
Meci Tecineutl Nanacatzin Nanacatzin Tecpancaltitlan
Ahuexotl Auexotl Ahuexotl Ahuexotl Cihuateocaltilan
Ocelopan Ocelopan Ocelopan Ocelopan Yopico
Tezacatetl Quahpan Tezacatetl Tezacatl Teocaltitlan
Cuauhtloquezqui Xomimitl Xomimitl Xomimitl Tlaxilpan
Ococal Xocoyol Quentzin Quentzin Tequicaltitlan
Chachalayotl Xiuhcaqui Xiuhcac Xiuhcac Atlampa
Axolahua Atototl Axolohua Axolohua Tlalcocomoco
Tlalala Tlalala Amanalco
Tzontliyayauh Tzontligagauti Tepetitlan
Tuzpan Tochpan Atizapan
Tetepan Tetepan Xihuitongo
Cozca Cozcatl Tequixquipan
Ahatl Atzin Necaltitlan
Achitomecatl Achitomecatl Xocolo
Acohuatl Acohatl Chichimecapan
Mimich Mimich Copolco
Tezca Tezcatl Tezcatzonco

He puesto en cursivas los nombres que se parecen. Vemos que, de los diez jefes men-
cionados por Durán y Mendieta, seis son mencionados también por las otras autorida-
des. Como cabía esperar, prácticamente no hay concordancia entre los nombres de estos
jefes y los de los barrios mexicanos.
Si supiéramos que, en este caso, cada “jefe” representaba sólo a un grupo de parentes-
co, o que Durán, Tezozomoc y Mendieta son los únicos que indican la cifra real, podría-
mos determinar el número de los calpulli. Durán (cap. XXVII, p. 224 [p. 217]) afirma
claramente que los autores más antiguos usan el nombre del jefe para denotar a su grupo
de parentesco. Ese capítulo relara la misión de sesenta “brujos” o “hechiceros” enviados
por el jefe “Moctezuma Ilhuicamina” (el primer señor “severo o colérico” de ese nombre)
a una vieja, o diosa, que era la supuesta madre de Huitzilopochtli. Al llegar frente a la
vieja bruja, ella les pregunta por su hijo y por los siete jefes que “enviaron los señores de
quellos siete barrios” (p. 222 [p. 220, § 28]). Los brujos responden (entre otras cosas):
“Grande y poderosa señora, los señores de los calpules no los vimos.” A juzgar por esto,
su número original era de diez, y podemos presumir que, si ése era el caso, ellos eran los
jefes de guerra, mientras que los otros eran más bien funcionarios administrativos simi-
lares a los sachem de los iroqueses (cf. Morgan, Ancient society, 2a. parte, cap. II, pp. 71-73,
cap. IV, p. 114 y cap. V, pp. 129-148). Tendremos ocasión de volver sobre esto en otra nota
más adelante.
46. El cargo de cihuacoatl es muy antiguo. Ixtlilxochitl (Relaciones, pp. 323-324 [p.
267]), después de hablar de los siete jefes de los toltecas, menciona al “Ziuhcóhuatl,
también uno de los cinco capitanes inferiores”, como descubridor de Jalisco. Confirmado
(con excepción de este último dato) por Torquemada (lib. I, cap. XIV, p. 37) y Veytia (t. I,
lib. I, cap. XXII, p. 220 [p. 154]). El Códice Mendocino (Kingsborough, vol. I, lám. II [p. 8])
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 257

representa al primer jefe guerrero supremo de los mexicanos, “Manojo de Cañas”


(Acamapichtli) con una cabeza y cara de mujer y serpiente por encima de su propia cabeza,
o más bien frente, mientras que el nombre propiamente dicho está, como de costumbre,
detrás del occipucio. La nota explicativa correspondiente (vol. VI, p. 8) dice: “La primera
figura probablemente denota que Acamapichtli, antes de ser elegido rey, tenía el título de
Cihuacóatl, o supremo gobernador de los mexicanos; cuando más tarde México se con-
virtió en una monarquía, ese título se conservó.”
47. Durán, cap. V, pp. 43-44 [p. 52]; Acosta, lib. III [lib. VII], cap. 8, p. 408 [p. 331];
Herrera, déc. III, cap. XII, p. 62; Torquemada (lib. II, cap. XIII, p. 95): “La causa de su
Elección, fue, aver crecido en número, y estar mui rodeados de Enemigos, que les hacian
Guerra y afligian”; Veytia, lib. II, cap. XVIII, p. 159 [p. 332] y cap. XXI, pp. 186-187 [pp.
348-349]; Clavijero, lib. III, cap. 1, pp. 190-191 [pp. 205-206].
48. Se dan diversas fechas. Durán (cap. VI, p. 53 [pp. 59-60, § 26]) dice 1364, o más
bien dice que “Manojo de Cañas” murió a los 60 años de edad, y que su muerte tuvo
lugar en 1404. Había sido elegido a los 20 años, por lo tanto, 40 años antes de 1404, es
decir, en 1364 d.C. Vetancurt (2a. parte, trat. I, cap. XI, p. 270 [p. 243]) dice el 3 de mayo
de 1361 o 1368. De acuerdo con Sahagún y por sus listas de “reyes” mexicanos (t. II, lib.
VIII, cap. I, pp. 268-271 [pp. 283-286]) habría sido alrededor de 1369, pero también dice
(t. II, lib. VIII, cap. V, p. 286 [p. 291, § 4]) que fue elegido en 1384. Veytia (citando también
a Carlos de Sigüenza) dice 1361 (t. I, lib. II, cap. XXI, pp. 186 y 188 [pp. 346 y 350]).
Clavijero dice 1352 ([t. I], lib. III, cap. 1, p. 190 [pp. 205-206]; apénd., p. 598 [t. II, p. 345]
y 2a. disert., cap. II, p. 327 [t. IV, p. 66]). Mendieta dice 1375 (lib. II, cap. XXXIV, p. 148).
En la “Real Ejecutoria” (vol. II, p. 9) aparece una fecha 1384, pero es de origen dudoso. El
Codex Telleriano-Remensis (Kingsborough, I, 4a. parte, lám. I, y explicación, vol. VI, p. 134)
dice en el año 11 caña (acatl), o 1399. H.H. Bancroft (vol. V, cap. VI, p. 358) señala 1350.
El profesor Valentini (p. 108) dice 13 acatl, o 1375.
Con respecto al título de “Tlacatecuhtli”, cf. “Sobre el arte de la guerra” (supra, p. 70,
n. 104). Hay una singular analogía entre este título y el de “Gran Soldado de Guerra”
conferido por la confederación iroquesa a sus supremos jefes guerreros (Ancient society,
p. 146). Por “hombres” los mexicanos entendían también “valientes”, de modo que tam-
bién significaba “jefe de los valientes”.
49. En forma general, tienen interés los siguientes pasajes: Durán (cap. LXIV, p. 498
[p. 476, § 17]): “porque en aquel tiempo heredábanse los hermanos hijos del rey, unos a
otros –aunque de lo que esta historia he notado, ni había herencia, ni sucesión, sino que
solos aquellos que los electores escogían, como fuese hijo o hermano del que moría, o
sobrino o primo en segundo grado, y este orden me parece que llevan en todas sus elec-
ciones– y así creo que muchos de los que claman y piden venirles por herencia los seño-
res, porque en su infidelidad sus padres fueron reyes y señores, entiendo no piden justi-
cia, porque en su ley antigua más eran elecciones, en todo género de señores, que no
herencias ni sucesiones”. Más adelante daré el texto completo de este importantísimo
pasaje. Torquemada (lib. XI, cap. XXVII, p. 358): “Confieso de la República Mexicana esta
manera de sucesion, y que se elegian algunas veces, sin diferencias, notando solamente
las qualidades de las personas.”
50. Sahagún, lib. VIII, cap. XVIII, p. 318 [pp. 321-322].
51. Cf. Durán, cap. LXIV, pp. 498-499 [p. 477, § 18] y Torquemada, lib. XI, cap. XXVII,
p. 358. El primero dice, además de lo citado en la n. 49: “En todos los demás señores no
hallo sino elección y voluntad en los electores y así nunca les podía faltar rey de aquel
linaje, hasta la fin del mundo que lo usaran, porque si hoy elegían al hermano, otro día
258 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

elegían al nieto y otro día al sobrino, y así andaban por todo el linaje sin poder acabarse.”
Esto es una clara descripción de la sucesión de cargos en el grupo de parentesco. Tor-
quemada es más o menos igualmente explícito, y esta concordancia entre dos autores que
representan tradiciones tribales antagónicas es ciertamente de mucho peso. A esto debe
agregarse la afirmación de Sahagún (vol. II, p. 318 [t. II, lib. VIII, cap. XVIII, p. 321, § 2]):
“y escogían uno de los más nobles de la línea de los señores antepasados”. Incluso la serie
de contradicciones de Zorita (pp. 12-20 [pp. 468-472]) contiene una descripción clara (si
se estudia atentamente) de la sucesión en el grupo de parentesco, y no en la familia.
52. En la época en que Francisco Vázquez de Coronado llegó a Nuevo México y lo
conquistó, sus indios sedentarios eran gobernados por un consejo de ancianos, y además
tenían gobernadores y capitanes. Esto lo dice explícitamente Pedro de Castañeda y Nájera
(Relation du Voyage de Cibola, entrepris en 1510), quien acompañó a Coronado, en la traduc-
ción francesa de Ternaux-Compans, 1838 (cap. XI, p. 61) sobre Tuscayan Cíbola, aunque
después él mismo dice lo contrario (2a. parte, cap. III, p. 164) en relación con Cíbola.
Torquemada (lib. IV, cap. XL, p. 681) menciona a un comandante al que llama “Mandón”:
“Y despues de él, es el que pregona, y avisa las cosas, que son de Republica, y que se han de
hacer en el Pueblo.” El mismo autor es también muy explícito (lib. XI, cap. XVII, p. 337)
cuando dice: “El Govierno de los del Nuevo-México parece de Senado, u de Señoria”,
mencionando asimismo a los otros dos funcionarios.
Las fuentes sobre el verdadero sistema de gobierno de los indios pueblo son muy
numerosas. Remitiré simplemente a H.H. Bancroft (vol. I, pp. 546-547), W.W.H. Davis
(The Spanish Conquest of New Mexico, 1869, p. 415, n. 4) y Oscar Loew (“Lieutenant G.M.
Wheeler’s Zweite Expedition nach New Mexiko und Colorado”, 1874, en Petermann,
Geographische Mittheilungen, vol. 22, p. 212). Sería inútil enumerar todas las otras fuentes
importantes.
53. ”Sobre la tenencia de la tierra”, supra, pp. 135-136, y n. 61 a 70 inclusive. También la
n. 4 de este trabajo. Con respecto a la fecha en que ocurrió, Bancroft (vol. V, p. 395),
siguiendo a Brasseur de Bourbourg, dice que fue alrededor de 1431 o inmediatamente
después; Clavijero (lib. IV, cap. 3, p. 251 [p. 270]), en 1426; Ixtlilxochitl (Historia, cap.
XXXII, p. 217 [p. 82]), también 1431; Veytia (lib. III, cap. III, p. 165 [p. 158]), 1431; el Codex
Telleriano-Remensis (Kingsborough, vol. I, p. 7 [4a. parte, lám. IV, p. 266] y vol. VI, p. 136)
dice 7 tochtli, o 1404.
54. Durán, cap. XI, p. 96 [p. 98, § 7]. Además de distribuir tierras “juntamente con
daros y repartiros las tierras que habéis ganado, para que tengáis renta para el sustento
de vuestros estados y personas, según el méritos de ellas”, les dio “dictados” o títulos: “y
[quiere] haceros señores de título” (esto equivaldría a hacerlos nobles). Es preciso adver-
tir aquí que “dictado o título de honra” se expresa en lengua mexicana con tecuyotl,
tlatocazotl, mauiçotl (Molina, I, p. 46). Sin embargo, estas palabras sólo significan respecti-
vamente “jefatura”, “el que habla” y “honor” (sobre esta última, véase Molina, II, p. 54
[Siméon, p. 264]), términos todos que entre los aborígenes mexicanos, como veremos
más adelante, se aplican al mérito personal, y no a privilegios hereditarios. A continuación
Durán (p. 97 [p. 99, § 10]) da los títulos como sigue:

“Primeramente, a su general Tlacaeleltzin dio por dictado: ‘Tlacochcalcatl tecuhtli’.


A Huehue Motecuhzoma dio por dictado ‘Tlacatecatl’.
A Tlacahuepan dio por dictado ‘Ezuauacatl’.
A Cuatlecoatl dio por dictado ‘Tlillancalqui’.
A Huehuezacan dio por dictado ‘Tezcacoacatl’.
A Aztacoatl dio por dictado ‘Tocuiltecatl’.
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 259

A Caualtzin dio por dictado ‘Acolnahuacatl’.


A Tzompantzin dio por dictado ‘Huey Teuctli’.
A Epcohuatzin dio por dictado ‘Temillotzin’.
A Citlalcoatzin dio por dictado ‘Tecpanecatl’.
A Tlaueloc dio por dictado ‘Calmimilolcatl’.
A Ixcuetlatoc dio por dictado ‘Mexicalteuctli’.
A Cuauhtzitzimitl dio por dictado ‘Huitznahuatl’.
A Xiconoc dio por dictado y renombre ‘Tepanecatl teuctli’.
A Tlazolteotl dio por dictado ‘Quetzaltocatl’.
A Axicyotzin dio por dictado ‘Teuctlamacazqui’.
A Ixnahuatiloc dio por dictado ‘Tlapaltecatl’.
A Mecantzin dio por dictado ‘Cuauhyahuacatl’.
A Tenamaztli dio por dictado ‘Coatecatl’.
A Tzontemoc dio por dictado ‘Pantecatl’.
A Tlacochtoc dio por dictado ‘Huecamecatl’.”

A éstos agrega (pp. 98-99 [p. 100, § 15]) cinco más: cuauhnochtecuhtli, cuauhquiahuacatl,
yopicatl teuctli, uitznahuatl e itzcotecatl. Los tres últimos eran de Culhuacan. Sumando a esto
el “jefe de hombres”, que era “serpiente de pedernal” o “sepiente de obsidiana” (Itzcoatl),
tenemos en total veinticinco jefes. Ahora no podemos dejar de notar:
1] “Itzcoatl”, el “jefe de hombres” o supremo jefe de guerra.
2] “Tlacochcalcatl”, “Tlacatecatl”, “Ezhuahuacatl” y “Cuauhnochtli”, los cuatro jefes
militares de los cuatro grandes cuarteles (“fratrías”) de Tenochtitlan (véase “Sobre el arte
de la guerra”, supra, pp. 69-70, y n. 97-101).
3] “Tlillancalqui”, “señor de la casa de la negrura”, jefe relacionado con la “medicina”
o el culto, como mostraré más adelante. Era más bien un consejero o asesor que un
capitán, como afirman positivamente Acosta (lib. VI, cap. 25, p. 441 [p. 313]) y Herrera
(déc. III, lib. II, cap. XIX, pp. 75-76), mientras que Durán (cap. XI, p. 103) afirma que su
cargo era de origen religioso.
4] “Tlacaelel”, que como Durán y Tezozomoc afirman clara y repetidamente, era el
mujer-serpiente o cihuacohuatl. En este caso, sin embargo, se le atribuye el título de “hom-
bre de la casa de los dardos” (tlacochcalcatl), convirtiéndolo así en uno de los cuatro jefes
de las fratrías. Esto es evidentemente un error, puesto que ese título pertenecía a Moctezuma
(el primero o “viejo”). Cf. Torquemada (lib. II, cap. XXXVI, p. 140; cap. XXXXIII, p. 150,
donde lo llama “Capitan General”), Vetancurt (2a. parte, trat. I, cap. XV, p. 293 [p. 262])
y también Durán (1a. parte, lám. 8).
5] Veinte jefes de guerra, cada uno de los cuales mandaba a los guerreros de un grupo
de parentesco o calpulli, es decir que eran los dirigentes militares de 20 grupos de pa-
rentesco mexicanos. Además de las indicaciones que da en este sentido Durán (cap. XXVII,
p. 224 [p. 220, § 28]): “los señores de los calpules no los vimos, ni nos hablaron”, dicen los
brujos enviados a ver a la madre de Huitzilopochtli, después que ella les pregunta sobre
los jefes o capitanes, en número de siete, que habían guiado originalmente a los mexica-
nos (véase n. 33 supra). Tezozomoc (cap. XV, pp. 24-25 [p. 268]) corrobora lo dicho por
Durán (con la excepción de que omite al jefe “Mexicatltecutli” y por lo tanto da sólo
veintisiete jefes) e inserta la siguiente explicación sobre esos 20 (o 21 según Durán) capi-
tanes: “estos cuatro fueron como caciques principales […] y luego por este órden van los
Tiacanes llamados valerosos soldados capitanes con sobrenombres”. El tiacan o tiacauh,
propiamente teachcauhtin, hermano mayor, era el jefe militar de cada barrio o calpulli, y
por consiguiente de cada grupo de parentesco (“Sobre el arte de la guerra”, supra, p. 69,
n. 91-93), lo que significa que esos 20 jefes representan aquí a otros tantos grupos de
260 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

parentesco consanguíneo que formaban la tribu de los antiguos mexicanos.


Se observará sin embargo que Durán menciona a 21 jefes, mientras que nosotros esta-
mos suponiendo, con Tezozomoc, que eran sólo 20. Este último omite a “Mexícatl-tecutli”
y es posible que tenga razón, porque esta palabra significa simplemente “señor mexica-
no”, en general, y por lo tanto no parece probable que sea el título de un jefe en particu-
lar. Reaparece ocasionalmente en el curso de la historia mexicana. Sin embargo, esto es
sólo una sugerencia de mi parte, porque la cosa está lejos de estar demostrada. Torquemada
(lib. IV, cap. CII, p. 571) menciona a “Mexicatlachcauhtli” entre los jefes que se presenta-
ron con Cuauhtemotzin ante Cortés luego que terminó la resistencia de los mexicanos.
De nuevo Tezozomoc menciona a dos jefes con el mismo título “Cuauhquiauacatl”, igual
que Durán. Sin embargo, eso sería imposible, puesto que Tezozomoc califica al segun-
do de ese nombre de “hijo de Cuauhnochtli”. Es posible que este último autor haya
omitido al “Mexicatltecutli”, y que “Cuauhquiauacatl” deba ser contado una sola vez. De
las afirmaciones de Vetancurt a que ya hemos hecho referencia resulta que había 20 calpulli
mexicanos, y en consecuencia había sólo 20 jefes de grupos de parentesco. La analogía
entre esos barrios y los jefes de Durán y Tezozomoc se ve muy aumentada por el hecho
de que para los tres jefes de Culhuacan mencionados por Vetancurt, tenemos también
tres barrios de “otomites”, es decir, en cada caso, sólo 17 grupos de parentesco originales
de mexicanos propiamente dichos (Vetancurt, “Crónica”, en Teatro, vol. III, p. 132 [pp.
116-117]).
Todos estos títulos eran permanentes, pero no hereditarios, como se ve claramente en el
caso de los cuatro jefes de las cuatro “fratrías”, sobre los cuales dice Sahagún (t. II, lib. VIII,
cap. XXX, p. 318 [cap. XVIII, p. 321, § 4]): “Elegido el señor luego elegían otros cuatro que
eran como senadores, que habían siempre de estar al lado del señor […]. Estos cuatro
tenían en diversos lugares diversos nombres.” Durán (cap. XI, p. 103 [pp. 103 y 104, § 33-
34]): “A estos cuatro señores y dictados, después de electos príncipes les hacía del consejo
real, como presidentes y oidores del consejo supremo, sin parecer de los cuales ninguna
cosa se había de hacer, y, muerto el rey, de aquellos había de ser electo rey y no de otros.
Y tampoco podían ser puestos en este cargo y dictados, si no eran hijos o hermanos de
reyes. Y así, electo uno de estos cuatro, luego ponían otro en su lugar. Y es de saber que
no ponían hijo del que elegían por rey, o del que moría, porque –como ya tengo dicho–
nunca heredaron los hijos por vía de herencia, los dictados y los señoríos, sino por elec-
ción. Y así, agora fuese hijo, agora fuese hermano, agora primo, como fuese electo por el
rey y por los de su consejo para aquel dictado, le era dado: bastaba ser de aquella línea y
pariente cercano. Y así iban siempre los hijos y los hermanos heredándolo, poco a poco;
si no esta vez, la otra, o si no, la otra, y así nunca salía de aquella generación aquel dictado
y señorío, eligiéndolos poco a poco.”
Los otros títulos se encuentran con frecuencia hasta el momento de la conquista, como
unos pocos ejemplos probarán abundantemente. Suponiendo, con la mayoría de los au-
tores, que la fecha de fundación de la confederación fue 1431, durante el infortunado
ataque de los confederados a Michoacán, alrededor de 50 años después, encontramos a
los siguientes jefes de guerra de los mexicanos: Tezcacoatl, Huitznahuacatl y Quetzaltocatl
(Tezozomoc, cap. LII, pp. 84-85 [p. 423]), también Coatecatl (Cuauhtecatl). En la época
de la primera llegada de Cortés de la costa (1518), encontramos en el consejo de México
a Huitznahuacatl, Hueycamecatleca (Torquemada, lib. IV, cap. XIII, p. 379). Finalmente,
cuando, después de terminada la resistencia de los mexicanos, Cortés reunió a los jefes
en su presencia, encontramos de nuevo a Huitznahuatl, Mexicatlachcauhtli, Tecuctlama-
cazqui (Torquemada, lib. IV, cap. CII, p. 571). Podría presentar evidencia de este tipo en
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 261

profusión, pero no haría más que extender innecesariamente esta nota. Cf. los títulos de
los sachem iroqueses en Morgan, Ancient society, 2a. parte, cap. V, pp. 130-131.
55. Cf. nota 33 supra. También Molina (I, p. 19) y otros.
56. El Codex Telleriano-Remensis (lám. XIV, y explicación vol. VI, p. 138) concuerda con
esta fecha, o el año 7 calli, que es efectivamente 1473.
57. Este reconocimiento de “ser mexicanos” por parte de los habitantes de Tlatelolco
equivalía a una reclamación, con espíritu de celos y envidia. Si bien Durán dice (cap.
XXXII, p. 257 [p. 251, § 14]) que “habiendo estado hasta entonces sujetos a la corona real
de México”, contradicen esa afirmación no sólo todas las demás fuentes, sino las propias
afirmaciones del mismo autor (cap. V, pp. 43 y 46 [pp. 50-51 y 53]). En las confusas y con-
tradictorias historias sobre el estado de guerra que precedió a la formación de la confede-
ración, los tlatelolcas aparecen siempre ayudando, más o menos, a sus vecinos de Tenoch-
titlan. A veces se limitaban a ser neutrales, y en otras es posible que se sintieran inclinados
a colaborar con intentos de extraños de destruir a sus rivales, pero siempre tuvieron
miedo de las consecuencias que eso podría acarrear para su propia independencia. Durán
(cap. V, p. 46 [p. 53]). Resulta significativa la singular afirmación de que los tlatelolcas
intentaron, aunque infructuosamente, retirar a los texcocanos y tlacopanos de la alianza
con Tenochtitlan para convertirlos en asociados suyos en el esfuerzo por derrotarla. Véa-
se Torquemada (lib. II, cap. LVIII, p. 176): “Quisose aliar con los de Tlacupa y Tetzcuco, los
quales no le acudieron.”
58. Las descripciones de la captura de Tlatelolco por los mexicanos, siendo su supre-
mo jefe guerrero “Rostro en el Agua” (Axayacatl), son tan numerosas, y es tal su concor-
dancia en todo lo relacionado con el tema de este trabajo, que se me permitirá prescindir
de muchas citas y limitarme a los autores más conocidos sobre el antiguo México en
general, con la salvedad de que todos ellos parecen registrar únicamente el lado “tenochca”
de la historia. Boturini (“Catálogo del Museo Indiano”, en Idea, p 23 [p. 121, § XI])
menciona la copia de “un mapa en papel europeo, donde están pintados los reyes de
Tlatilulco y de México” como único documento específicamente “tlatelolca” del que tuvo
conocimiento, pero también se conserva un relato de la derrota del pueblo de Tlatelolco
que tiene todas las trazas de una auténtica versión tlatelolca. La debemos a Oviedo (lib.
XXXIII, cap. XLVI, pp. 504-505): “Había dos parcialidades o bandas en aquella república, la
una se decía mexicanos, y la otra tlatelolcos, como se dice en Castilla onecinos y gamboinos,
o giles y negretes. Y estos dos apellidos tuvieron grandes diferencias: y Moctezuma, como
era mañoso, fingió gran amistad con el señor principal del bando tlatelolco, que se decía
por su nombre propio Samalce, y tomóle por yerno, y diole una su hija, por le asegurar.
Con este deudo, en cierta fiesta o convite a este Samalce, a todos sus capitanes y parientes y
hombres principales, hízolos embeodar, y desque estuvieron bien tomados del vino, hízolos
atar y sacrificarlos a todos, sacándoles los corazones vivos, como lo tienen por costumbre.
Y los que padecieron esta crueldad pasaban de mil hombres, señores principales; y tomóles
las casas y canto tenían, y poblólas de sus amigos y de los de la otra parcialidad mexicana.
Y a todos los que tuvo por sospechosos, desterrólos de la ciudad, que fueron más de
cuatro mil hombres; y en los bienes y moradas de éstos hizo que viviesen los que él quiso
enriquecer con bienes ajenos. Y aquellos que desterró, hizo que poblasen cuatro leguas
de allí, en un pueblo que de aquella gente se hizo, que se llama Mezquique, y que le
sirviesen de perpetuos esclavos. Y así como la ciudad se decía y es su propio nombre
Temiztitan, se llamó y llama por muchos México desde aquella maldad cometida por
Moctezuma.” La misma historia, con menos detalles, la repite en el cap. I, p. 533. Aunque
manifiestamente incorrecta, es interesante compararla con la versión actual.
262 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

Son muchos los autores que mencionan el castigo que recibieron los tlatelolcas. Las
fuentes más importantes son Durán (cap. XXXIV, pp. 270-271 [pp. 264-265]) y Tezozomoc
(cap. XLVI, pp. 74, 75 [pp. 396-397]). Ambos mencionan, además, el mercado de Tlatelolco,
sobre el cual este último dice “que fue tenido el tianguis en mas que si ganaran cien
pueblos”. Los tlatelolcas, como veremos más adelante, eran principalmente comerciantes
y, como Tezozomoc (p. 74 [p. 394]) hace decir a uno de sus ancianos, dirigiéndose a
“Rostro en el Agua”, “nosotros somos tratantes mercaderes, daremos […] pues á fuerza de
armas se ganó este tianguis”. Durán (p. 270 [p. 264, § 21]) dice: “Fecho esto, mandó el rey
que aquella plaza y mercado que ellos ganaron, pues los tlatelulcas no tenían más tierra,
que fuese repartido entre los señores.” Cf. también la afirmación referente al comercio y
el intercambio en el México aborigen, y a los comienzos de los comerciantes de Tlatelolco,
en Sahagún, lib. IX, cap. I, pp. 335-336 [t. III, pp. 15-16].
“Parientes de su propio grupo de parentesco”: sobre esta afirmación permítaseme
hacer referencia a otra de Veytia (t. I, lib. II, cap. XV, p. 135 [p. 315]): “Algunos escritores
nacionales modernos dicen que esta separación no fué precisamente entre nobles y ple-
beyos, sino que ocho familias o tribus, en que había de unos y otros, fueron las que se
separaron” (véase n. 44 supra). Es una lástima que el eminente estudioso mexicano no
haya dado los nombres de esos “escritores nacionales modernos”.
59. Según Durán (cap. XXXIV, p. 271 [p. 265, § 22-23]), permanecieron en una posi-
ción degradada durante por lo menos 160 días, u ocho meses aborígenes: “y les durase
esta penitencia y castigo hasta los ochenta días del segundo tributo”. Después, siempre
según este autor, fueron perdonados condicionalmente: “y así les quitaban aquellos en-
tredichos, que he contado, los cuales, en faltándoles, eran tornados a poner”. Para cum-
plir con la demanda de esclavos de los mexicanos, los tlatelolcas fueron obligados a em-
puñar nuevamente las armas, a fin de tomar parte en las guerras. Tezozomoc (cap. XLVI,
p. 75 [p. 397]) confirma esto, aunque antes (p. 75 [p. 395]) había dicho que habían sido
especialmente obligados a comerciar para México: “y habeis de ser nuestros tratantes y mer-
caderes en los tianguis de Huexotzinco, Tlaxcalan, Tliliuhquitepec y Zacatlan, y Cholula”.
Un castigo similar les adjudicó el “Señor Severo” joven (el último Moctezuma), después
de una fallida campaña contra Huexotzinco, Cholula y Atlixco. Durán (cap. LIX, pp. 468-
469 [p. 450]) y Tezozomoc (cap. XCVI, p. 170 [p. 634]). Además, Durán afirma categórica-
mente (p. 271 [p. 265, § 24]) que la “casa de la medicina” o templo de Tlatelolco fue
cerrado y abandonado a la ruina (“Y así, dice la historia que estuvo hasta entonces lleno
de yerba y basura y caídas las paredes y dormitorios de él”), y Tezozomoc (cap. XLVI, p. 75
[p. 397]) por supuesto lo confirma: “y así fué que lo estuvo muchos años, hasta la venida
que hizo D. Fernando Cortés, marqués del Valle en esta nueva España, como adelante se
dirá, á que me refiero”. Es difícil conciliar estas afirmaciones con las de Bernal Díaz (cap.
XCII, pp. 88, 91 [pp. 258, 259]), Vedia (vol. II) y García Icazbalceta en Cervantes y Salazar
(Tres diálogos, 2o. diálogo, p. 201, n. 40) en el sentido de que Cortés visitó el templo de
Tlatelolco y encontró al “Señor Severo” adorando allí, y aún más difícil conciliar la rela-
ción de Bernal Díaz con la de Andrés de Tapia (pp. 582-586), quien como testigo presen-
cial también, merece crédito similar.
Tlatelolco formaba un quinto gran barrio de México en el momento de la conquista.
Esto lo dice claramente Motolinia (trat. III, cap. VII, pp. 180-181). Torquemada (lib. II,
cap. XI, p. 93) confirma a Motolinia en general (lib. III, cap. XXIV, p. 295). Mendieta, lib.
III, cap. II, p. 182: “en el barrio llamado Tlatelolco”; lib. IV, cap. XV, p. 414: “el barrio se
dice Tlatelulco”; p. 418: “que son del mismo pueblo de Tlatelulco”; cap. XVII, p. 423: “el
convento de Santiago de Tlatelolco (que es como barrio de México)”; cap. XXVIII, p. 466:
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 263

“pueblo de Tlatelolco”; y cap. XXIX, p. 483). Que este quinto gran barrio se dividía a su vez
en seis más pequeños lo afirma Vetancurt (pp. 207, 212 [vol. III, trat. II, cap. III, p. 185]):
“Tiene quatro Religiosos, que con el Ministro colado administran mas de mil y quinien-
tas personas en seis parcialidades, que cada qual tiene sus barrios.” Esto es vago e inde-
finido, y todavía nos queda la duda de si eran sólo seis o había más. Las palabras “que
cada cual tiene sus barrios” parecen indicar que cada una de esas parcialidades se dividía
en otras menores. Sin embargo, las palabras “parcialidad” y “barrio” eran consideradas
equivalentes, y ambas significan “grupo de parentesco”. La historia de la captura del
pueblo mexicano ha conservado, en algunos detalles del sitio, los nombres de algunos de
los “barrios” aborígenes de tlatelolco. Vetancurt (vol. II, 3a. parte I, trat. II, cap. VII, p. 194
[pp. 163-164]) menciona dos: “Yocacolco” (con la hermita de Santa Ana) y “Amaxac” (con
la hermita de Santa Lucia). Este último es mencionado otra vez por él mismo (cap. X, p.
206 [p. 174]) y también por Torquemada, quien incluso da una serie de nombres (lib. IV,
cap. XCIII, pp. 551-552): Nonohualco, Yacacolco, Tlacuchchalco, Amaxac, Coyonacazco.
Esto nos da los nombres de cinco barrios de Tlatelolco. Si agregamos “el barrio, que se
llama Xocotitlan, que es agora San Francisco, que por otro nombre se llama Cihuatecpan”
(ibid.), tenemos el nombre del sexto también.
Que la administración de Tlatelolco estaba separada de la de Tenochtitlan está de-
mostrado por el hecho de que Moctezuma tenía como asistentes a 20 jefes, correspon-
dientes a los 20 grupos de parentesco de los tenochca solamente, sin representación de los
tlatelolcas. Véase Bernal Díaz (cap. XCV, p. 95 [p. 274]). Pero el jefe guerrero de Tlatelolco
estaba presente en el consejo. Así “Itzcuauhtzin” es mencionado frecuentemente como
compañero de Moctezuma. Sahagún [t. IV], lib. XII, cap. XVI, p. 24 [p. 44, § 9]; cap. XVII,
p. 25 [p. 45, § 1]; cap. XXI, p. 28 [p. 48, § 1]; cap. XXIII, p. 31 [p. 51, § 1]; Torquemada, lib.
IV, cap. LXX, pp. 498-499; Vetancurt, vol. II, 3a. parte, trat. I, cap. XV, p. 132 [pp. 111-112];
Clavijero, lib. IX, cap. 19, p. 153 [p. 169].
Hay numerosas instancias del odio entre los mexicanos propiamente dichos y los tlate-
lolcas en los últimos días del sitio de México. Tanto Torquemada (lib. IV, cap. XCII, p. 550)
como Vetancurt (vol. II, 2a. parte, trat. II, cap. VI, p. 193 [cap. VII, pp. 162-163]) señalan
que la huida de los primeros hacia Tlatelolco era como refugiarse entre enemigos. Por
último, el siguiente pasaje de Durán (cap. XXXIV, p. 27 [p. 265, § 24]) es suficientemente
claro: “Y fue tanta la pertinacia de los mexicanos que, hasta que los españoles vinieron a
la tierra, no les dejaron tornar a libertad ninguna, ni a tener templo particular.”
60. History of America, 9a. ed., 1800, vol. III, lib. VII, p. 291.
61. El nombre aparece escrito “Mutizuma”, “Muteczuma”, “Moctezuma”, “Montezuma”,
“Moctheuzoma”, “Motecuhzoma”, y “Señor Severo” es la interpretación más aceptada.
En las láminas de Durán (trat. I, láms. 7, 8, 9, 21, 22, 23 y 26) y en general, el nombre está
representado como el tocado (xiuhhuitzolli) de un jefe, traspasado por una flecha. La
etimología podría ser: mo, “tu”, tecuhtli, “jefe”, y zumale, “furioso y colérico” (Molina, II, p.
28), es decir, “jefe colérico” o “señor severo”. Aparte de las acusaciones que formulan
contra él Ixtlilxochitl y su “escuela”, de haber subvertido gradualmente las bases de la
confederación, autores mexicanos lo acusan de haber revolucionado las instituciones de
su propia tribu. Estos relatos han sido bellamente traducidos al inglés clásico por Prescott
(lib. II, cap. VI, pp. 309-310 [pp. 142-145]). H.H. Bancroft (vol. V, pp. 457, 473-475, etc.)
es igualmente cuidadoso en la reproducción de esas historias, o en su resumen, en forma
más adecuada para lectores refinados e impresionables.
La sustancia de esas acusaciones, sin embargo, puede reducirse a las siguientes afir-
maciones de Tezozomoc (cap. LXXXIII, pp. 145-146 [pp. 577-579]): “Díjole un dia á
264 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

Cihuacoatl Tlilpotonqui: lo que tengo acordado es, que de otra manera llegaban y venian
los mandones y mensajeros á la República Mexicana, en especial los embajadores y co-
rreos y mensajeros cortos, que el rey mi tio Ahuitzotl tenia; quisiera que descansaran y
fuesen elegidos y puestos otros en su lugar, y fuesen de los cuatro barrios de Moyotlan,
Teopan, Atzacualco y Cuepopan; que estuviesen y asistiesen en las casas principales lla-
madas huehuecalli, que son casas de comunidad, y que esté el mayordomo de ellas, junto
á estas casas, y los que hubieren de ser elegidos sean los hijos de los señores y principales
mexicanos, y algunos de ellos tuvieron y tienen hoy dia en sus esclavas hijos, ya estos son
principales, y para que se tenga cuenta con los hijos de los señores mexicanos, é hijos de
reyes que han sido, que estos permanezcan y sean ambajadores como principales que
son, y entren en este palacio principales y no Mazehuales, y tambien que estos hijos y prin-
cipales pobres olvidados que permanezcan, y nó que es porque es Tequihua, cauhtli o
Cuachic, Otomíes siendo miserable Mazehual, valga y aventaje a los principales señores mexi-
canos hijos de reyes […] así por esta manera quisiera hacer y ensalzar á señores olvida-
dos, y que descansen los que eran, y tenian puestos los señores Ahuitzol, y vuestro padre
Cihuacoatzin.” Después cihuacoatl llamó al consejo “el palacio comun” y les presentó esta
sugerencia y “fueron contentos de ello”. “Fué luego Cihuacoatl á la resolucion de ello al rey
y dijo: no los quiero ahora de los mayores, sino de obra de diez á doce años, y de este
tamaño, y dio una vara á conforme, para ser industriados y enseñados á toda inclinacion
buena y retórica muy elocuente como decir: Pajes de el rey. Venidos ante el Cihuacoatl,
como segunda persona de el rey, hizo á los muchachos una retórica elocuente, de la
manera que habian de hacer el servicio personal cada dia al Huitzilopochtli, y al rey, ha-
ciendo ellos la oracion primero de noche, y antes de amanecer para enseñarse á la peni-
tencia de sacrificio, luego barrer el templo, y de allí venir al palacio real, y antes que
amanezca, estar de todo punto barrido y regado, y tener gran cuenta con sus vestidos y
calzados, y cada cinco dias tenerle su cerbatana y ara, para holgarse un rato, y descansar
el cuerpo, su trenzado, su espejo, sus medallas y cadenas, muy concertadamente, y entrareis
allí donde están las mujeres á ver qué han menester y traérselo á ellas, á darle al rey de
almorzar ó cenar, traerle el cacao, las rosas, los perfumandores: la humildad, reverencia, y
jamás mirasen á la cara so pena de muerte, darles prisa a los que sirven y asisten en la
cocina, hacer que los mayordomos lo tengan todo muy cumplido: y mirad de la manera
que entrais allá dentro, que hay allá muchas señoras de valor y muchas esclavas: mirad
que en nada erreis: porque luego al instante sereis consumidos, sin que lo sepa ánima
viviente, y despues con vuestro linaje ireis desterrados, y quedareis afrentados, y vuestras
casas derribadas: y aun si traicion alguno cometiere contra alguna mujer de palacio, las
casas de cuestros padres serás destruidas, y ellos totalmente.” Al concluir esta y otra
(menos importante) plática se dijo: “andando los tiempos, con los temores y enseñamientos
hablaban tan corteses, y estaban sublimados los muchachos, con todas las demas virtu-
des, y fueron y prevalecieron en tanto grado que vinieron á ser señores de los preeminen-
tes que tuvo en su casa y corte”. Durán (cap. LII, p. 416-422 [cap. LIII, pp. 403-407]) no
deja de confirmar las afirmaciones de Tezozomoc, aunque extiende las sustituciones a
casi todos los cargos: “así en el servicio de su casa y persona, como en el régimen en la
provincia y reino” (p. 417 [p. 403, § 3]), excluye a los hijos ilegítimos (“ningún bastardo”)
y da una serie de detalles más o menos pertinentes. Incluso afirma que sacó a los fun-
cionarios de los grupos de parentesco. En suma, presenta el caso como la introducción
del despotismo absoluto, rodeando a la vez el trono de una nobleza poderosa. Acosta, lib.
VII, cap. 21, p. 505 [p. 357]. Herrera (déc. III, lib. II, cap. XIV, p. 66): “porque mando, que
no le sirviesen sino Nobles, y que la Gente Ilustre estuviese en su Palacio, i exercitase
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 265

oficios de su Casa, i Corte”. Torquemada (lib. II, cap. LIX, p. 196), Vetancurt (2a. parte,
trat. I, cap. XIX, p. 328 [p. 292]) y otros, confirman todo esto, aunque en un estilo más
conciso que los autores citados antes. Es evidente que todos estos autores deben de haber
tomado la información de la misma fuente, que no puede ser Sahagún, ni Motolinia, ni
Mendieta, ni ninguno de los conquistadores conocidos. La historia, tal como la relata y
detalla Durán, presupone una clase de nobles hereditarios ya formada y en pleno vigor,
pero en parte excluida de los cargos, o más bien compartiendo el derecho a ocuparlos con
los de la clase común. Esto lo dice claramente Tezozomoc, y aún más particularmente el
propio Durán: “y mudar todos los que su tío Ahuitzotl había puesto y de los que se había
servido, porque muchos de ellos eran de baja suerte e hijos de hombres bajos” (p. 417 [p.
403, § 3]). Ya he demostrado (“Sobre la tenencia de la tierra”, supra, pp. 136-147) que no
existía una clase privilegiada con base en la tenencia del suelo. La supuesta revolución
presupone que hasta el último “Señor Severo” no había una clase de nobles en pose-
sión exclusiva de los cargos. en consecuencia, aun cuando el “jefe de hombres” en cuestión
hubiera querido o deseado excluir a los “hombres bajos” de los cargos oficiales, el princi-
pal desiderátum, es decir, los hombres no bajos que deberían remplazarlos, en cuyo bene-
ficio se habría hecho este cambio, no existían. Porque una nobleza que no se base en la
propiedad hereditaria, o en el mando hereditario de algún tipo, no es nobleza. En lo que
respecta a la transmisión hereditaria de los cargos, el propio Durán es uno de los más
vigorosos testigos en contra de ella (por ejemplo, cap. LXIV, pp. 498-490 [pp. 476-477]).
Por lo tanto, si el “Señor Severo” creó una clase de dignatarios privilegiados alrededor
del año 1503, ésta debe de haber tenido una vida muy corta, pues ciertamente había
desaparecido 16 años después, al iniciarse la conquista española.
La versión de Tezozomoc parece ser la correcta, y así toda la historia se reduce a la
selección de algunos muchachos, probablemente de su propio grupo de parentesco, para el
servicio especial de la casa tribal de gobierno, que tuvo lugar con el conocimiento y el consen-
timiento del consejo solamente. Que ese acto, si llegaba a ser habitual, podía conducir gra-
dualmente al predominio de un grupo de parentesco sobre los demás, es otra cuestión,
que la conquista de México por los españoles dejó sin respuesta definida. Sobre el desva-
limiento de Moctezuma una vez prisionero, véase todos los autores de la conquista.
62. Los árabes, por ejemplo. Véase Fremer, Geschichte der herrschenden Ideen des Islam.
63. Sobre estos tres puntos véase “Sobre la tenencia de la tierra”, en general, y supra,
pp. 146-148 en particular.
64. Motolinia (trat. I, cap. IV, p. 31): “Otros trabajaban y adquirian dos ó tres años
cuanto podian, para hacer una fiesta al demonio, y en ella no solo gastaban cuanto tenian,
mas aun se adeudaban, de manera que tenian que servir y trabajar otro año y aun otros
dos para salir de deuda.”
65. Cf. Los ritos funerarios de los mexicanos, según la mayoría de las fuentes antiguas.
66. “Sobre el arte de la guerra”, supra, p. 63, n. 8, 9. 10. Zorita (p. 48 [p. 477]): “y no
tenían más obligación que acudir á le servir en las guerras porque entonces ninguno
había excusado”.
67. “Sobre la tenencia de la tierra”, supra, p. 139, n. 98. Cf. las autoridades citadas allí.
68. Zorita, p. 221 [p. 518].
69. El establecimiento por profesiones se admite principalmente sobre la base de la
autoridad de Sahagún ([t. III], lib. IX). Ixtlilxochitl (Historia, cap. XXXVIII, pp. 262-263 [p.
103]; “Duodécima relación”, p. 388 [“Undécima relación”, en Relaciones, pp. 444-445])
también dice que en Texcoco cada profesión tenía su propio barrio en el pueblo. Pero una
lectura atenta del primero de los autores citados (cap. XVIII, p. 392 [p. 579]), donde trata
266 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

“de los oficiales que labran pluma, que hacen plumajes y otras cosas de pluma”, nos con-
vence inmediatamente de que el venerable autor se refiere solamente al culto de ciertos
ídolos en determinado barrio por ciertas clases de artesanos, y no a la residencia obliga-
toria en él. En ninguna parte dice que todos los “amantecas” fueran trabajadores de la
pluma. Menciona un barrio llamado “Amatlan” o “Amantla”; ¿será tal vez el “Amanalco”
de Vetancurt? Cf. también Torquemada (lib. VI, cap. XXX, pp. 59 y 60), Motolinia (trat. I,
cap. XII, pp. 67-68), el Conquistador Anónimo (Colección de documentos, vol. I, pp. 392-
393, “Las plazas y mercados”, aunque se refiere a los mercados exclusivamente) y Herrera
(déc. III, lib. IIII, cap. 138 [cap. XVII], p. 138: “i estos andaban por los Barrios, porque en
ellos havia todo genero de Gentes”). A Zorita siguen Vetancurt (2a. parte, trat. I, cap. IV)
y Clavijero (lib. VII, cap. 52, p. 561 [pp. 300-303]).
70. Zorita (p. 129 [p. 495]): “Los demás principales y la gente común y plebeya no se
descuidaban en criar y amonestar á sus hijos, y les retraían de los vicios y los imponían
en servir á los que tenían por dioses, y los llevaban consigo á los templos, y los imponían en
trabajar y en oficios, según que en ellos veían habilidad ó inclinación, aunque lo más
común era darles el oficio del padre.” Gómara (p. 438 [cap. CCXVIII, p. 336]): “Los pobres
enseñaban a sus hijos sus oficios, no porque no tuviesen libertad para mostrarles otro,
sino poque los aprendiesen sin gastar con ellos.” Carlos María de Bustamante (Tezcoco en
los últimos tiempos de sus antiguos reyes, 1826, 3a. parte, cap. III, p. 212): “Enseñaban ademas
los oficios á que tenian aficion.” Clavijero (lib. VII, cap. 5, p. 462 [p. 195]): “Los hijos
aprendían en lo general el oficio de sus padres”, pero no estaban obligados a hacerlo, y
por lo tanto no había “casta”.
71. Las palabras están compuestas de: iztac, “cosa blanca” (Molina, II, p. 49 [Siméon, p.
235: “blanco, blanca”]), teotl, “dios” (Molina, II, p. 101 [Siméon, p. 490]) y cuicatl, “inmun-
dicia”; por lo tanto, el oro era “desecho de Dios”, y la plata “desecho blanco de Dios”.
El trabajo del oro y la plata era considerado por los mexicanos como una invención de
“Quetzalcohuatl”. Sahagún (t. I, lib. III, cap. III, p. 243 [p. 278, § 1]): “y los vasallos que
tenía eran todos oficiales de artes mecánicas, y diestros para labrar las piedras verdes,
que se llaman chalchihuites, y también para fundir plata y hacer otras cosas, y estas artes
todas hubieron origen del dicho Quetzalcóatl.” (También, lib. X, cap. XXIX, pp. 113ss. [t. III,
pp. 185ss.]) El robo de oro o piedras preciosas se castigaba con la muerte por sacrificio.
Clavijero, lib. VII, cap. 17, p. 487 [p. 222] y Vetancurt, 2a. parte, trat. I, p. 484 [vol. I, trat.
III, cap. XIV, p. 424], “Leyes de los Mexicanos”.
72. Mendieta (lib. IV, cap. XII, pp. 405-406) registra una forma muy notable de manu-
facturar sus obras más admirables, las de plumas: “Y hay otra cosa de notable primor en
esta arte plumaria, que si son veinte oficiales, toman á hacer una imágen todos ellos
juntos, y dividiendo entre sí la figura de la imágen en tantas partes cuantos ellos son,
cada uno toma su pedazo y lo van á hacer á sus casas, y despues viene cada uno con el
suyo, y lo van juntando á los otros, y de esta suerte viene á quedar la imagen tan perfecta
y acabada como si un solo oficial la hubiera obrado.” (Copiado por Torquemada, lib. XIII,
cap. XXXIV, p. 489, y con pequeñas variaciones también por Vetancurt, vol. I, p. 487 [2a.
parte, trat. III, cap. XV, p. 433].) Con respecto a la forma de trabajar, Torquemada (lib.
XIII, cap. XXXIV, p. 487) hace esta pertinente observación: “Todo esto labraban (como
hemos dicho) con otras Piedras, y Pedernales; y segun la curiosidad de la labor, pienso,
que estuvieron mucho tiempo en acabarlas.” Véase en general E.B. Tylor (cap. VII, pp. 187-
188) y también Motolinia (trat. I, cap. IV, pp. 31-32).
73. Está ampliamente probado que los artesanos o mecánicos aportaban una parte de
sus productos en forma de tributo. Oviedo, lib. XXXIII, cap. LI, p. 530. ¡Fácilmente
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 267

malinterpretado! Este pasaje de Oviedo explica la acción del “Señor Severo” hacia los
“joyeros” y “orfebres” a la llegada de Cortés, según cuentan Tezozomoc, Durán y Sahagún.
Véase también Zorita (p. 223 [p. 521]), Bustamante (3a. parte, cap. V, p. 232), Herrera
(déc. III, lib. IIII, cap. XVII, p. 138), Clavijero (lib. VII, cap. 15, p. 480 [pp. 212-213]) y
Bancroft (vol. III, cap. VI, pp. 231-232).
74. Se admite generalmente la existencia de un valor de cambio, o dinero, en forma
de granos de cacao, piezas de estaño o de cobre en forma de T y canutos llenos de polvo
de oro. Véase por ejemplo Prescott (lib. IV, cap. II, p. 140 [p. 288]), H.H. Bancroft (vol. II,
cap. XII, pp. 381-383). El cacao desempeñaba entre los antiguos mexicanos el mismo
papel que el wampum entre los indios del norte, para fines de intercambio, pero no iba
más allá. Con respecto a las llamadas monedas de cobre o estaño, en realidad más bien
contraseñas, es conveniente examinar la cuestión más de cerca. Cortés (“Carta cuarta”,
p. 111 [p. 198]) dice categórico que en Tachco obtuvo numerosos pedacitos de estaño “a
manera de moneda muy delgada”, que “hallé que en la dicha provincia, y aun en otras, se
trataba por moneda”. Bernal Díaz (cap. XCII, p. 89 [p. 257]) menciona “hachas de latón,
cobre y estaño” que se intercambiaban en la plaza de Tlatelolco, y cuenta que en ese
mismo lugar encontraron a otros comerciantes que según les dijeron vendían oro en
granos, tal como lo sacaban de las minas, en canutos de pluma de ave, tan blancos que se
podía ver el oro, y por el largo y el grueso de los canutos determinaban cuántas mantas o
“jiquipiles” (bolsas de ocho mil granos) de cacao valían, o esclavos, o cualquier otra cosa
por la que los cambiaban. Gómara (pp. 348-349 [cap. LXXIX, pp. 128, 129]): “Pero la más
principal y que sirve de moneda son unas como almendras, que ellos llaman cacauatl […].
La venta y compra es trocando una cosa por otra.” “No tenían moneda, teniendo mucha
plata, oro y cobre, y sabiéndolo hundir y labrar, y contratando mucho en ferias y merca-
dos. Su moneda usual y corriente es cacauatl o cacao” (p. 451 [cap. CCXLIV, p. 367]).
Oviedo (lib. VIII, cap. XXX, pp. 316-317; lib. XXXIII, cap. LI, p. 536) menciona sólo el cacao
como moneda. Torquemada (lib. XIV, cap. XIV, p. 260 [p. 560]): “Lo que víaban en estos
Mercados, era trocar unas cosas, por otras, y aun aora se usa algo de esto; pero la que mas
generalmente corre, por todas partes, es el Cacao; y en otras partes usaban mas, unas
Mantas pequeñas, que llaman Patolquachtli […]. En otras usaban mucho de unas Mone-
das de Cobre, casi de hechura de Tau T. de anchor de tres, ó cuatro dedos, y era planchuela
delgada, unas mas, y otras menos, donde havia mucho Oro; tambien traían unos Cañutillos
de ello, y andaba entre los Indios mucho de esto.” Alonso Zuazo (“Carta al Padre Fray
Luis de Figueroa”, Santiago de Cuba, 14 de noviembre de 1521, en Colección de documen-
tos, vol. I, p. 361): “Hay una moneda entre ellos con que venden y compran, que se llama
cacahuate.” El Conquistador anónimo (pp. 381ss) menciona el cacao: “Esta moneda aun-
que muy incómoda, es la mas comun despues del oro y la plata.” Acosta (lib. IV, cap. 3, p. 198
[p. 144]): “No se halla que los indios usasen oro, ni plata, ni metal para moneda, ni para
precio de las cosas; usábanlo para ornato, como está dicho.” La afirmación de Torquemada
es clara, y no sólo explica el gradual ascenso y desarrollo de la idea de que los mexicanos
tenían un equivalente del dinero, sino que a la vez prueba terminantemente que sólo
había trueque e intercambio, y no verdadera compraventa. Los trocitos de cobre que,
como observa justamente Bancroft, “constituyen posiblemente lo más cercano a la mone-
da acuñada”, no eran sin embargo algo hecho para ese fin, como lo demuestra el hecho
de que eran de diversa forma y espesor. Pero la historia de las “águilas” de cobre o de oro
que se entregaban a los mercaderes mexicanos como moneda con la cual comprar, según
lo registra fielmente y analiza gravemente Bancroft, merece atención especial. Esa histo-
ria proviene de Sahagún (lib. IX, cap. II, p. 342 [t. III, pp. 20-21, § 4]): “y dábales mil
268 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

seiscientos toldillos que ellos llaman quachtli, para rescatar”. Esos “toldillos” se dividían
en dos partes de 800 cada una. El editor de Sahagún, C.M. de Bustamante, afirma con
mucha seguridad (p. 342, n. a): “Era una moneda que consistía en unos pedazos de cobre
cortados en figura de T - Clavijero, p. 349 [p. 262].” La referencia a Clavijero es al lib. VII,
cap. 36. Pero “toldillo” deriva de “toldar”, esto es, envolver o cubrir, y significa simple-
mente una cubierta, no un trozo de metal. Se usa también para una litera o silla de manos
cubierta. Además, quauhtli significa indudablemente águila, pero se trata sin duda de un
error de imprenta y debería ser quachtli, manta o sábana, y por lo tanto corresponde
perfectamente tanto a toldillo como al patolquachtli de Torquemada. En consecuencia, las
“águilas de oro” de Brasseur son totalmente innecesarias.
Cualquiera que lea a Tezozomoc verá de inmediato el importante papel que esas man-
tas –quachtli– (Molina, II, p. 84 [Siméon, p. 396]) desempeñaban en el trueque e inter-
cambio. Según Ramírez de Fuenleal (Col. de Docs conc. le Méxique, vol. I, p. 251) constituían
hasta cierto punto la base del tributo. Hay una buena descripción de esas piezas de tela
de algodón en Pedro Mártir (Décadas, t. II, déc. V, lib. X, p. 230 [p. 542]): “La forma de sus
vestidos es cosa de risa; los llaman así porque les sirven para cubrirse, pero en nada se
parecen a ninguna indumentaria; se trata sólo de un velo cuadrado, muy semejante al
que yo ví que en alguna ocasión se ponía Tu Santidad en los hombros cuando se peinaba,
para preservar los vestidos de cualquier pelo u otra suciedad que les cayera de la cabeza.
El velo en cuestión se lo echan al cuello, y anudándose luego a la garganta dos de sus
cuatro puntas, lo dejan caer, cubriéndoles apenas el cuerpo hasta las piernas. Al ver tales
vestidos, dejé de asombrarme de que Cortés los hubiese enviado en tan gran número,
según arriba dije, pues el trabajo que dan es escaso y no mucho el lugar que ocupan.”
Con la ausencia del dinero, la profesión de comerciante como alguien que vive de los
beneficios de sus ventas queda limitada prácticamente a lo que puede reunir fuera de su
propia comunidad, es decir, a lo que puede importar. Su principal y casi exclusivo negocio
consistía en efectuar intercambio entre las tribus, porque en su ciudad cada artesano
vendía o más bien intercambiaba sus propios productos en los mercados públicos. Véase
Cortés (“Carta segunda”, pp. 32-33 [p. 63]); Bernal Díaz (cap. XCII, p. 89 [p. 257]); Gómara
(p. 348 [cap. LXXIX, p. 126]): “Cada oficio y cada mercadería tiene su lugar señalado”;
Sahagún (lib. X, cap. XVI, p. 41 [t. III, pp. 132-133, § 10]): “El que vende piedras precio-
sas, o es lapidario, es de esta propiedad, que sabe labrar sutilmente las piedras preciosas
y pulirlas.” Menciona como fabricantes de sus propios bienes a los siguientes: “platero de
oro” (ibid. [§ 13]), “de los que venden mantas” (cap. XVII, p. 42 [pp. 134-135]), “que
venden mantas”, “que venden cotaras” (cap. xx, pp. 48, 49, 51 [pp. 139, 140]), “olleros”,
“que venden comales”, “que venden cestos”, “que vende petacas” (cap. XXIII, pp. 56ss
[pp. 146, 147]), “oficial de navajas”, “los que hacen esteras” (cap. XXIV, p. 69 [p. 148]), y
en general casi todos los que fabricaban algo aparecen vendiéndolo también. H.H.
Bancroft, vol. II, cap. XII, pp. 383-384.
75. Molina (ibid.): tlanamacac, “tendero”, “vendedor de algo” [Siméon, p. 616: “comer-
ciante, vendedor”]; 2a. parte, p. 127: nite-tlanamictia, “dar o trocar una cosa por otra, o
recompensar”. Trueque y venta parecen ser casi sinónimos.
76. Molina (ibid.). De nite-tiamic aquitia, “mohatrar” (II, p. 112 [p. 113; Siméon, p. 545:
“vender, prestar con usura”]).
77. Molina, I, p. 84. Sahagún (lib. IX, cap. III, p. 348 [t. III, p. 24, § 17], cap. V, pp. 354-
355 [pp. 30-31] y cap. X, pp. 372ss [pp. 43ss]) los llama también naoaloztomeca, literal-
mente “vendedores ambulantes de los nahuas”. Molina, II, p. 79 [Siméon, p. 367]. No
puedo dar la derivación de ninguna de estas palabras.
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 269

78. Prescott (lib. I, cap. V, p. 147 [pp. 71-72]), Bancroft (vol. II, cap. XII, pp. 387ss),
Bastian (Culturlaender, vol. II, pp. 697-698) y otros, como Brasseur de Bourbourg (Histoire
des nations civilisées du Méxique et de l’Amérique Centrale, París, 1857-1859, vol. III, pp. 612ss),
han dado descripciones más o menos detalladas del modo del tráfico y el comercio mexi-
canos. Entre las fuentes más antiguas, las que necesariamente constituyen la base de mi
imperfecto esbozo, el puesto principal corresponde al padre Sahagún ([t. III] lib. IX). De
sus afirmaciones se desprende lo que se ha dicho (véase n. 58), que los tlatelolcas eran los
principales comerciantes (cap. I, pp. 335-336 [pp. 15-16]) y que eran organizados y diri-
gidos por sus propios jefes. El venerable padre no es muy claro sobre el tema de estos
funcionarios, ya que menciona primero dos (cap. I, p. 335 [p. 15]) después cinco (cap. II,
p. 337 [p. 16]) y finalmente (lib X, cap. XVI, p. 40 [p. 132, § 5]) uno, “mayor o principal
entre los mercaderes”, a quien llama “pochtecatlailotlac, o acxotecatl, que es tanto como si
dijésemos que es gobernador de los mercaderes, y estos dos nombres, y otros muchos que
están puestos en la letra, se atribuyen al que es mayor principal, gobernador o señor, o
que es casi padre y madre de todos los mercaderes”. En el lib. IX, cap. III, pp. 348-349 [p. 26,
§ 23], habla de los principales, “los mercaderes viejos”, como pochtecatlatoque o “voceros
de los mercaderes”. Más adelante (cap. X, p. 372 [p. 44, § 9]) habla de los puchteca tlailotlac
como principales. De todo esto podemos deducir que había varios mercaderes principales, y
no un jefe de la “casta”. Esta evidencia, o más bien indicación de una posible organiza-
ción separada, no es vista así por Torquemada (lib. XIV, cap. XXVII, p. 586), quien habla
simplemente de los “Mercaderes viejos” que se quedaban en el pueblo. Clavijero (lib. VII,
cap. 38, pp. 526-527 [pp. 264-265]) menciona sólo a los mercaderes más viejos y más
jóvenes, pero no dice nada acerca de una organización particular. Es singular, además,
que los autores, o más propiamente cronistas, en cuyos anales de las guerras de los mexi-
canos los mercaderes tienen un papel muy notorio, no hagan ninguna mención de esa
peculiar organización del tipo de una casta que parece implicar Sahagún. Esos autores
son Durán y Tezozomoc. (En este caso no necesito recurrir a citas detalladas, porque las
referencias en sus obras son demasiado numerosas.) Además, Zorita, quien es muy deta-
llado en su Breve y sumaria relación enumera cuidadosamente los distintos tipos de jefes y
funcionarios pero se muestra más bien reticente sobre cualquier organización similar de
los mercaderes. Cf. por ejemplo la p. 223 [p. 518], donde dice claramente que tenían un
señor para tratar con los “señores y gobernadores” en su nombre, donde menciona de
pasada a un “jefe de los mercaderes” solamente. Sahagún va aun más allá, sin embargo,
al afirmar (lib. IX, cap. V, pp. 356-357 [p. 32, § 9]) que los comerciantes tenían jurisdic-
ción sobre sí mismos, aparte de la de la tribu o el grupo de parentesco: “y los señores
mercaderes que regían a los mercaderes, tenían por sí su jurisdicción y su judicatura; y si
alguno de los mercaderes hacía algún delito, no los llevaban delante de los senadores, a
que ellos los juzgasen, más los mercaderes mismos, que eran señores de los otros merca-
deres, juzgaban las causas de todos los mercaderes por sí mismos. Y si alguno incurría en
pena de muerte ellos le sentenciaban, y mataban, o en la cárcel, o en su casa, o en otra
parte según que lo tenían de costumbre”. Esto lo aplica claramente a los pochtecas de
México y a la época en que el “Señor Severo” (el último Moctezuma) era el supremo
dirigente de los mexicanos. No contento con esto, relata (cap. II, pp. 339-342 [lib. IX, pp.
16ss]) que los mercaderes de Tlatelolco solos conquistaron varias tribus, imponiéndoles
tributo en beneficio de los mexicanos. En todas esas afirmaciones el padre Sahagún está
completamente solo, y aun cuando nadie lo contradice en forma directa, la falta de apoyo
hace que sus informaciones sobre la organización y el poder de esos comerciantes en
cuanto clase resulten algo dudosas. Su historia tiene un colorido visiblemente tlatelolca
270 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

(cf. n. 58). En relación con esto, es interesante observar que Sahagún obtuvo la informa-
ción que da en su Historia general casi exclusivamente de fuentes tlatelolcas (cf. “prólogo”,
t. I, pp. 4 y 5 [pp. 27-32]), lo que reduce el valor de su testimonio, por lo demás muy
completo y de gran importancia.
La existencia de un cuerpo semejante, poderoso por su riqueza tanto como por sus
facultades mentales e intelectuales, hubiera destruido de inmediato la tribu como tal,
igual que una nobleza, a través de la ruptura de los grupos de parentesco. La inconsisten-
cia de este cuadro con los hechos históricos es patente, e incluso las afirmaciones de
autores modernos la demuestran. Compárese, por ejemplo, la descripción de Bancroft de
la situación de Tlatelolco después de su captura por los mexicanos (vol. V, p. 431): “se le
impusieron gravosos tributos, incluyendo muchos impuestos especiales y tareas inferio-
res de naturaleza humillante”, con la descripción del estado de esos “príncipes mercade-
res” (vol. II, pp. 380-381). Un hecho es evidente: si los mercaderes, ocasionalmente y para
ciertos propósitos, formaban grupos entre ellos, elegían sus propios jefes o dirigentes, y
esto ocurría tanto para las expediciones comerciales como para los banquetes. Sobre los
banquetes véase Sahagún, lib. IX, cap. III al XIV inclusive y lib. I, cap. XIX, pp. 29-32 [pp. 66-
70]; Motolinia, trat. I, cap. VIII, p. 47; Acosta, lib. V, cap XXIX, p. 389 [cap. 30, pp. 276ss];
Torquemada, lib. VI, cap. XXVIII, pp. 57-58 y lib. XIV, p. XXVII, pp. 586-587; Clavijero, lib.
VI, cap. 7, p. 360 [p. 81] y lib. VII, cap. 38, pp. 526ss [pp. 264-265ss], y otros. Pero en cuan-
to a un gobierno propio permanente y separado, se basa únicamente en la autoridad de
Sahagún, mientras que por otra parte está ampliamente probado que cualquier delito
cometido en el comercio o el trueque era juzgado en forma sumaria por los funcionarios
regulares del grupo de parentesco, sin tratamiento especial para los comerciantes o mer-
caderes. En otra nota daremos la evidencia relacionada con esto.
Contra la afirmación de que los pochteca no ocupaban únicamente el calpulli llamado
Pochtlan hay evidencias en el propio Sahagún ([t. I], lib. I, cap. XIX, p. 31 [p. 68, § 17]):
“En este calpulli donde se contaba este mercader” ([t. III], lib. IX, cap. III, p. 347 [p. 24, § 16]):
“respondíanles los mercaderes principales de los barrios, que son uno que se llama Pochtlan,
otro Auachtlan, otro Atlauhco, como está en la letra”; “convidaban a solos los mercaderes
de su barrio. Pero el que había de ir por capitán de la compañía de los que iban, no
solamente convidaba a los de su barrio, pero también a los que habían de ir con él” (cap. III,
p. 349 [p. 25, § 21-22]). Véase también Zorita, pp. 223-224 [p. 519].
Finalmente, Sahagún resuelve sumariamente también la cuestión de la riqueza acu-
mulada en cantidades capaces de convertirla en poder influyente en las bandas de mer-
caderes. Si bien con frecuencia habla de las riquezas que reunían, las siguientes citas
mostrarán cómo debe entenderse esto (lib. IX, cap. II, p. 338 [p. 17, § 5-6], discurso de uno
de los mercaderes): “cuando lleguemos a nuestra tierra ha de ser los barbotes de ámbar y
las orejeras que se llaman quetzalcoyolnacochtli, y nuestros báculos negros, que se llaman
xauactopilli, y los aventaderos y ojeaderos de moscas, y las mantas que hemos de traer
ricas, y los maxtles ricos. Solo esto será nuestra paga, y la señal de nuestra valentía”; “y las
otras preseas que les dio que arriba se dijeron, (que) solos ellos las usasen en las grandes
fiestas” (p. 341 [p. 20, § 20]). Parece, por lo tanto, que no había atesoramiento de ningu-
na riqueza concreta. La ausencia de dinero por sí sola lo hacía casi imposible por falta de
espacio, y porque el oro y la plata se utilizaban solamente para fines ornamentales y como
parte de la “medicina”, de modo que sería un error imaginar cualquier cosa como “teso-
ros”. Aquí, como en todo lo demás, la oferta era regulada por la demanda, y esa demanda
a su vez era creada por los números de la población y por el uso hecho del metal. Éste sólo
se usaba en pocas formas, y eso influía también en la cantidad. Otra causa, que no se ha
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 271

tomado en consideración suficientemente, es el hecho de que había que usar cargadores


para todo, incluyendo la comida. Y aun cuando llevaran miles (y de esto casi no hay
prueba), la carga de cada uno no pasaba de unos 30 kilos: “y daban a cada uno de estos
que tenían alquilados, para que las llevasen a cuestas la carga que habían de llevar, y de
tal manera las compasaban que no eran muy pesadas” (lib. IX, cap. III, p. 350 [t. III, p. 26,
§ 25]). Don Antonio de Mendoza (“Avis sur les prestations personnelles et les tamemes”,
Premier recueil) dice en 1550 que no deben llevar cargas de más de dos arrobas, es decir,
aproximadamente 25 kilos. Bartolomé de Las Casas (Brevísima relación de la destrucción de
las Indias, Venecia, 1643, p. 101 [México, SEP, 1945, p. 57]) se queja de tres o cuatro
arrobas, es decir, entre 35 y 50 kilos, como una carga excesiva. Clavijero (lib. VII, cap. 40,
p. 529 [pp. 267-268]) habla de 30.
Para concluir, señalo el hecho de que los mercaderes estaban obligados a pagar tributo
y sobre todo a entregar ofrendas al culto, tan estrictamente como cualquier otro miembro
de la tribu. Me basta con remitir a Herrera (déc. III, lib. IIII, cap. XVII, p. 138), quien
resume en pocas palabras lo que dicen otros autores, y a Motolinia (trat. I, cap. IV, p. 31
[cap. XIV, p. 76]): “No se desvelan en adquirir ni guardar riquezas” (cf. también p. 77).
“Otros trabajaban y adquirian en dos ó tres años cuanto podian, para hacer una fiesta al
demonio, y en ella no solo gastaban cuanto tenian, mas aun se adeudaban” (trat. I, cap.
IV, p. 31). La descripción de la expedición comercial proviene principalmente de Sahagún
(lib. IX, cap. II, III y IV) y Torquemada (lib. XIV, cap. XXVII). La recepción sólo se daba en
casos de gran importancia; sin embargo, tanto la partida como el regreso de cada comer-
ciante eran festejados por los otros comerciantes de su barrio, a veces con la concurrencia
de otros barrios y de los señores y funcionarios.
Que los comerciantes y mercaderes, como consecuencia de sus hechos, eran tratados
con distinción y convertidos en señores, se desprende claramente de Sahagún (t. I, lib. I,
cap. XIX, [p. 68, § 13]): “para que fuese honrado en el pueblo y tenido por valiente,
poníanle un barbote de ámbar, que es una piedra larga amarilla, transparente, que cuel-
ga del bezo bajo agujereado, en señal que era valiente y era noble, y esto se tenía en
mucho”. Pero especialmente, lib. IX, cap. II, pp. 338-341 [t. III, p. 20, § 23]: “Estos merca-
deres, que eran ya como caballeros y tenían divisas particulares por sus hazañas.” Ternaux
(Premier recueil, pp. 233-234): “Ceremonias que observaban antaño los indios cuando
elegían a un tecle.” La costumbre de dar a los mercaderes el rango de señor (tecuhtli) se
mantuvo después de la conquista, cuando el señor se convirtió en “hidalgo” español
como consecuencia de una mala interpretación de su dignidad anterior. Esto lo muestra
claramente el arzobispo fray Alonso de Montúfar (“Supplique à Charles V en faveur des
Macéuales”, México, 30 de noviembre de 1554, trad. francesa de Ternaux, Cruautés, apén-
dice, p. 257). Esto se hacía para evitar los impuestos.
La verdadera posición de los mercaderes mexicanos dentro de su tribu y sociedad es
expresada claramente también por Sahagún (lib. I, cap. XIX, p. 30 [p. 67, § 8]): “Son estos
mercaderes sufridores de muchos trabajos, y osados para entrar en todas las tierras –aun-
que sean las tierras de enemigos– y muy astutos para tratar con los extraños, así apren-
diendo sus lenguas como tratando con ellos con benevolencia, para atraerlos a su familia-
ridad”; “que aunque nos llamamos mercaderes y lo parecemos, somos capitanes y soldados
que disimuladamente andamos a conquistar” (lib. IX, cap. II, p. 389 [pp. 18-19, § 13]).
“Los dichos mercaderes del Tlatilulco se llaman también capitanes y soldados disimula-
dos en hábito de mercaderes, que discurren por todas partes” (p. 341 [p. 20, § 20]).
“Cuando quiera que el señor de México quería enviar a los mercaderes, que eran capitanes y
soldados disimulados, a alguna provincia para que la atalayasen” (p. 342 [p. 20, § 25]).
272 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

Zorita (p. 223 [p. 518]): “tenían algunas libertades, porque decían que eran necesarios
para la república”. Esto lo repite textualmente Bustamante (3a. parte, cap. V, p. 232). A
menudo no eran sino espías oficiales, y utilizados como tales, no sólo por los mexicanos,
sino contra los mexicanos por otras tribus. Mendieta (lib. II, cap. XXVII [cap. XXVI], p.
130), copiado por Torquemada (lib. XIV, cap. II, p. 538).
79. Morgan, Ancient society, 2a. parte, cap. II, p. 83, en relación con los iroqueses más
particularmente. Entre los antiguos germanos o teutones, véase Heinrich Luden (Geschichte
des teutschen Volkes, 1825, vol. I, lib. III, cap. V, sobre el Gau, pp. 492-493).
80. Clavijero, lib. VII, cap. 5, p. 461 [p. 195]. Zorita, pp. 133-134 [p. 496]: “si no se
quería casar le despedían de la compañía”. Mendieta (lib. II, cap. XXIV, p. 125): “Llega-
dos á la edad de casarse […]. Si pasando la edad se descuidaban, y veian que no se
querian casar, tresquilábanlos, y despedíanlos de la compañía de los mancebos.” Esto
significaba exclusión del grupo de parentesco, puesto que apenas se casaban “eran clasi-
ficados de acuerdo a su costumbre, eran divididos en secciones y cada una tenía un jefe o
capitán, así como para la recolección de tributos como para otras razones”. Esos “señores
o capitanes” eran los del calpulli. Zorita, (p. 135 [p. 496]); también Bustamante (3a. parte,
cap. III, p. 213): “Cuando se casaban los empadronaban.” Torquemada, lib. IX, cap. XII,
p. 186, que repite casi literalmente a Mendieta.
81. Conquistador Anónimo (Colección de documentos, vol. I, p. 397): “No hay gente
entre todas las del mundo, que menos estime las mujeres, pues no les comunicarian
nunca lo que hacen, aunque conocieran que de ellos les habia de resultar ventaja.” Oviedo,
lib. XXXIII, cap. LI, p. 536. Véase Torquemada (lib. XII, cap. III, p. 376) sobre las “mancebas”
y en general las mujeres que se negaban a casarse, por llevar una vida disoluta. También
Sahagún, lib. X, cap. XV, p. 37 [t. III, pp. 129-131] y Zorita, p. 129 [p. 495]. Si una joven
abandonaba su casa, podía llegar a ser vendida como esclava, o abandonada.
82. Zorita (p. 56 [p. 479]): “El que tenía algunas tierras de su calpulli, si no las labraba
dos años por culpa y negligencia suya, y no habiendo causa justa […] le apercebían que
las labrase á otro año, y si no, que se darían á otro, é así se hacía.” “Si acaso algún vecino
de un calpulli ó barrio se iba á vivir á otro, perdía las tierras que le estaban señaladas para
que las labrase” (p. 54 [ibid.]). Adoptado también por Herrera, déc. III, lib. IIII, cap. XV,
p. 135. Cf. “Sobre la tenencia de la tierra”, supra, p. 139.
83. Gómara (p. 441 [cap. CCXXVI, p. 344]): “Los hombres necesitados y haraganes se
vendían”; Cortés (“Carta segunda”, p. 34 [p. 66]): “Hay en todos los mercados y lugares
públicos de la dicha ciudad, todos los días, muchas personas, trabajadores y maestros de
todos oficios, esperando quien los alquile por sus jornales.” Torquemada, lib. XIV, cap.
XVI, pp. 564-565 y cap. XVII, pp. 565-566; Clavijero, lib. VII, cap. 18, p. 489 [p. 224].
84. Torquemada, lib. XIV, cap. XVI, p. 564 [p. 463].
85. He reunido estos detalles esencialmente en Torquemada [lib. XIV], pp. 564-566,
pero cf. también Vetancurt, vol. I, pp. 483-485 [2a. parte, trat. III, cap. XIV, p. 428], y casi
todos los autores modernos.
86. Mendieta (lib. II, cap. XXVI, p. 130): “Y si de la parte contraria salía alguno á
descubrir y dar aviso cómo su señor ó su gente venian sobre ellos, al tal dábanle mantas y
pagábanle bien.” Copiado por Torquemada, lib. XIV, cap. II, p. 538, y Vetancurt, vol. I, 2a.
parte, trat. II, cap. III, p. 384 [p. 340].
87. Además de las hambrunas registradas desde la conquista, los autores y las fuentes
más antiguos recuerdan varias (por lo menos dos) antes de 1520. Sus fechas se dan con
las variaciones y discordancias habituales, y discutirlas estaría fuera de nuestro propósito.
Así, por ejemplo, el Codex Telleriano-Remensis” (vol. I, lám. VII y vol. VI, p. 136) menciona
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 273

una en 1404 (1 tochtli) que es evidentemente incorrecta, porque 1 tochtli sería 1402. El ce-
tochtli así mencionado es 1454. En ese año ubica Durán (cap. XXX, p. 245 [p. 241]) el
comienzo de la gran sequía que duró tres años y agotó de tal manera las reservas de los
mexicanos que el “Señor Severo” más antiguo (“Huehue Motecuzuma”) dijo al pueblo:
“cada uno vaya a buscar su remedio” (p. 247 [p. 243, § 11]). A consecuencia de eso
muchos, dice el cronista [§ 13], “vendían a sus hijos e hijas a los mercaderes y a los
señores de los pueblos que tenían que darles de comer. Y daban por un niño un cestillo
muy pequeño de maíz a la madre o al padre, obligándose a sustentar el niño todo el
tiempo que el hambre durase, para que si después el padre o la madre lo quisiesen resca-
tar, fuesen obligados a pagar aquellos alimentos”. Como de costumbre, esto lo repite
Tezozomoc (cap. XL, p. 64 [p. 366]), aunque con menos detalle. Torquemada (lib. II, cap.
LXXIII, p. 203) relata lo mismo pero lo ubica 50 años después, bajo el último “Señor
Severo” (cap. CX, p. 235), en 1505. Sahagún (lib. VIII, cap. I, p. 269 [p. 283, § 5]) concuer-
da con Durán y Tezozomoc, igual que Clavijero (lib. IV, cap. 12, p. 263 [p. 282]): “se
vendían a sí mismos”. Su fecha es también 1451-1454. Es singular que Torquemada (lib. II,
cap. XXXXVII, p. 158) también relate esta hambruna bajo el primer “Señor Severo”, y
Clavijero copia casi textualmente sus palabras.
88. La posesión de más de una mujer, o más bien el goce de más de una mujer, era una
cuestión de mera subsistencia. Como ya señalaba Pedro Mártir (t. II, déc. V, lib. X, p. 232
[p. 547]): “Las gentes del pueblo, según Ribera, tienen una sola mujer, pero cualquiera
de los principales puede mantener las concubinas que quiera.” Gómara (p. 438 [cap.
CCXX, pp. 337, 338]): “Cuatro causas dan para tener tantas mujeres: la primera es el vicio
de la carne, en que mucho se deleitan; La segunda es por tener muchos hijos; la tercera
por reputación y servicio; la cuarta es por granjería; y esta postrera usan más que otros los
hombres de guerra, los de palacio, los holgazanes y tahúres; hácenlas trabajar como es-
clavas.” El mismo autor agrega: “Aunque toman muchas mujeres, a unas tienen por legí-
timas, a otras por amigas, y a otras por mancebas. Amiga llaman a la que después de
casados demandaban, y manceba a la que ellos se tomaban.” Según esto, un marido
podía tener tres clases de mujeres: una esposa legítima, concubinas que obtenía con el
permiso de sus padres, y prostitutas o “mancebas”. Varietas delecta! Torquemada, sin em-
bargo (lib. XII, cap. III, p. 376), dice: “Otra especie de Mancebas havia, y se permitia, que
era la que los Señores Principales, ó las tomaban ellos, ó las pedian despues de ia casados,
con la Señora, y Mujer legitima, que llamaban Cihuapilli.” Esto reduce el “ganado” a dos
categorías, por lo menos. Motolinia (trat. II, cap. VII, pp. 124-128) menciona la poligamia
como la regla general y describe las infinitas dificultades de los religiosos para averiguar
cuál era la esposa legítima, suponiendo que era “aquella con quien estando en su genti-
lidad primero habian contraido matrimonio” (p. 127). Según este autor, el primer matri-
monio legítimo tuvo lugar el 14 de octubre de 1526 (p. 124), pero a pesar de ello por tres
o cuatro años después “no se velaban [..] sino que todos se estaban con las mujeres que
querian, y habia algunos que tenian hasta doscientas mujeres, y de allí abajo cada uno
tenia las que queria” (p. 125). En defensa de ese estado de poligamia, los indios alegaban
que “tambien las tenian por manera de granjería, porque las hacian á todas tejer y hacer
mantas y otros oficios de esta manera” (p. 125 [p. 126]). Mendieta (lib. III, caps. XLVII y
XLVIII, pp. 300-306) es muy explícito sobre esta cuestión. Afirma que, al llegar los prime-
ros misioneros, “por otra parte se hallaba que el comun de la gente vulgar y pobre no
tenian ni habian tomado sino sola una mujer […] sino que los señores y principales,
como poderosos, excederian los límites del uso matrimonial, tomando despues otras, las
que se les antojaba” (p. 301). El resultado final de tan trabajosas disputas e investigacio-
274 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

nes se expresa así (p. 305 [p. 306]): “Y que sabiéndose cuál era la primera mujer, era
cierta cosa ser aquella la legítima, y viviendo aquella, otra cualquiera habia de ser mance-
ba.” Subsiste la pregunta de si una hija de cualquier miembro del grupo de parentesco
podía legítimamente convertirse en concubina, o si eso sólo ocurría en el caso de las
mujeres proscritas. Las historias acerca de “Manojo de Cañas”, que como su primera
esposa resultó estéril se casó después con una serie de hijas de señores (Durán, cap. VI,
pp. 48, 49 [p. 56]; Torquemada, lib. II, cap. XIII, p. 96; Vetancurt, vol. I, 2a. parte, trat. I,
cap. XI, p. 270 [p. 244]; Clavijero, lib. III, cap. 3, p. 194 [pp. 209-210]), son manifiesta-
mente falsas. Se afirma que el objeto de esos matrimonios posteriores fue que hubiera
herederos para el trono, pero es bien sabido que no había “sucesión”, sino sólo “elec-
ción”, y por consiguiente el presunto objetivo es inexistente. El señor ciertamente tenía
concubinas, pero no hay nada que indique que las obtenía de los grupos de parentesco.
De nuevo se nos ofrecen largas descripciones de la fascinante poligamia de los señores de
Texcoco. Por ejemplo, Ixtlilxochitl (Historia, cap. XLIII, pp. 305-306 [p. 117]) cuenta del
“Coyote Ayunador” (Nezahualcoyotl, de neçaualiztli, “ayuno”, Molina, II, p. 64 [Siméon, p.
308], y coyotl), que tuvo una serie de concubinas antes de su matrimonio con una joven
india de Coatlinchan. Más adelante relata la conocida historia de Urías y Betsabé (pp.
309-313 [pp. 118-119]), que atribuye al mismo señor y que ha sido recopiada tantas
veces. Su sucesor en el oficio, “Muchacho Ayunador” (Nezahualpilli, cf. la pintura de su
nombre en Durán, láms. 23 y 24, trat. I) tenía según él dos mil concubinas, aunque añade
que aparte de la reina sólo tenía relaciones con 40 (cap. LVII, p. 35 [p. 152]). También
describe su matrimonio con esa única esposa legítima (cap. LXIV, p. 66 [pp. 164-165]).
Desde luego lo apoya Torquemada (lib. II, cap. XLV, pp. 154-155; lib. II, cap. XLV [cap.
LXII], p. 184; lib. XIII, cap. XII, p. 436). H.H. Bancroft (vol. II, p. 265) admite dos clases de
concubinas para los hombres casados, a una de las cuales llama “las esposas no tan legíti-
mas”. Entre otras autoridades, cita en su apoyo a Oviedo (lib. XXXIII, cap. I, p. 260):
“Tenía este Olintech treinta mujeres dentro de su casa, conquienes él dormía, a las cuales
servían más de ciento otras.” La misma afirmación se encuentra trambién en Gómara
(p. 326 [cap. LXXI, p. 117]) y otros. El nombre de la “manceba” de un hombre casado es
teichtacamecauh (Molina, I, p. 81), que significa literalmente “el lazo secreto”, de tehuatl,
tu, ichtaca, secretamente (Molina, II, p. 33 [Siméon, p. 168]), y mecatl, “cordel” (Molina, II,
p. 55 [Siméon, p. 267]). Véase una nota infra.
Las afirmaciones más significativas, sin embargo, son las ya citadas de Motolinia y
Gómara, de que los indios explicaban su poligamia por el hecho de que tenían a esas
mujeres por su trabajo. En otras palabras, eran manos adquiridas, según lo indican las
siguientes autoridades: Gómara (p. 441 [cap. CCXXVI, p. 344]): “Las malas mujeres de su
cuerpo, que lo daban de balde si no las querían pagar, se vendían por esclavas por traerse
bien, o cuando ninguno las quería, por viejas o feas o enfermas; que nadie pide por las
puertas”; Torquemada (lib. XIV, cap. XVI, p. 563): “Havia tambien Mugeres, que se daban
á vivir suelta, y libertadamente; y para proseguir este mal Estado, que tomaban, tenian
necesidad de vestir curiosa, y galanamente, y por la necesidad, que pasaban, porque no
trabajaban […] llegaban á necesitarse mucho, y hacianse Esclavas”; y también (cap. XVII,
p. 566): “y muchas veces los Amos se casaban, con Esclavas suias”, aunque sin dar más
detalles; finalmente el Conquistador Anónimo dice (p. 397): “En las bodas con esta mu-
jer principal hacen algunas ceremonias que no acostumbran en las de otras.”
No hay evidencia de que un hombre casado pudiera aumentar el número de sus mu-
jeres ni siquiera con el consentimiento de los padres, es decir, casándose con una mucha-
cha. Pero si ésta, por su conducta licenciosa, era abandonada y expulsada, entonces sí
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 275

podía él asociarse con ella como amante, sin tomar en consideración a su esposa propia-
mente dicha. También podía comprar (o intercambiar) una mujer y después hacerla su
concubina, aun cuando fuera de una tribu extranjera. Es posible que las mujeres tomadas
en guerra tuvieran el mismo destino, pero esta idea se basa en muy escasa evidencia (cf.
Conquistador Anónimo, p. 373 [p. 374]), y es probable que sólo se aplique a los prisione-
ros de guerra comprados a otras tribus (Sahagún, lib. I, cap. XIX, p. 32 [p. 69, § 24-25]).
89. Eran tamemes, “cargadores”. La palabra mexicana es tlamama, de tlacatl, “hombre”,
y nitla-mama, “llevar carga acuestas” (Molina, II, p. 51 [p. 52; Siméon, p. 252: “llevar una
cosa a la espalda”]). Don Antonio de Mendoza, “Avis”, p. 358; Zorita, pp. 250, 251 [pp.
531-532]; “Lettre des auditeurs Salmeron, Maldonado, Ceynos et Quiroga à l’impératrice”
(2ème recueil, México, 20 de marzo de 1531, pp. 143-144): “Los indios siempre han carga-
do bultos, ya están acostumbrados.”
90. Esto es una simple sugerencia. Sin embargo, de acuerdo con la mayoría de las
descripciones, el macehual podría haber sido, y probablemente era, miembro del grupo
de parentesco. Es posible que en los casos en que un miembro no podía trabajar por sí
mismo su parcela, familias “compradas” lo hayan hecho por él, quedando así incluidas
en el cuadro general. Las citas son innecesarias, puesto que la información, hasta ahora,
no es suficientemente clara.
91. “Relación de algunas cosas de la Nueva España, y de la gran ciudad de Temestitán
México”, Colección de documentos, vol. I, p. 371. Torquemada (lib. XIV, cap. XVII, p. 566): “y
Esclavos havia que regian, y mandaban la casa de su Señor, como hacen los Maiordomos”.
92. Morgan, Ancient society, pp. 71 y 78.
93. Motolinia (trat. I, cap. V, p. 37): “Todos los niños cuando nacian tomaban nombre
del dia en que nacian.” Torquemada, lib. XIII, cap. XXII, pp. 454 y 455. El apellido fue
introducido por los españoles, quienes daban a los indígenas otros nombres en el mo-
mento del bautismo.
94. Motolinia, trat. I, cap. V, p. 37; Sahagún, t. I, lib. IV, cap. I, pp. 283-284 [pp. 317-
319], y en general todo el lib. IV, que da una idea muy completa de todas las supersticio-
nes relacionadas con el día del nacimiento; especialmente caps. XXXV y XXXVI y lib. VI,
cap. XXXVII, pp. 217-221 [t. III, pp. 206-209]. A la fiesta invitaban a todos los niños del
barrio [p. 208, § 17]: “En este tiempo que estas cosas se hacian, júntanse los mozuelos de
todo aquel barrio, y acabadas todas estas cerimonias entran en la casa del bautizado y to-
man la comida que allí les tenían aparejada.” El acto de darle nombre tenía lugar en
presencia de “todos los parientes y parientas del niño, viejos y viejas” (p. 218 [p. 206, § 3]).
Mendieta (lib. II, cap. XIX, p. 107): “Estos nombres tomaban de los ídolos ó de las fies-
tas que en aquellos signos caian, y á veces de aves y animales y de otras cosas insensatas,
como se les antojaba”; también lib. XIII [lib. III], cap. XXXV, p. 267. Torquemada (lib. XIII,
cap. XX, p. 450): “Luego hacian convocacion de todos los Deudos, y Parientes, de los
Padres, y de todos los Amigos, y Vecinos, que para este acto se juntaban […] y entonces le
ponian el nombre.” También (cap. XXII, p. 455; cap. XXIII, p. 456): “De la misma manera,
que quando alguna de estas Indias paria, se usaba juntarse toda la Parentela, y las veci-
nas, y amigas […]. De esta misma manera lo acostumbraban hacer para el fingido Bautis-
mo.” Gómara (p. 438 [cap. CCXVIII, p. 335]): “En este lavatorio les ponían nombre, no
como querían, sino el del mismo día en que nacieron.” Vetancurt, vol. I, 2a. parte, trat. III,
cap. VIII, p. 462 [pp. 405-406].
95. Esto lo dice Gómara (p. 438 [cap. CCXVIII, p. 335]): “y desde a tres meses suyos,
que son de los nuestros dos, los llevaban al templo, donde un sacerdote que tenía la
cuenta y ciencia del calendario y signos les daba otro sobrenombre, haciendo muchas
276 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

ceremonias, y declaraba las gracias y virtudes del ídolo cuyo nombre les ponía, pronosti-
cándoles buenos hados”. Motolinia (trat. I, cap. V, p. 37): “Despues dende á tres meses
presentaban aquella criatura en el templo del demonio, y dábanle su nombre, no dejan-
do el que tenia, y tambien entonces comian de regocijo.”
96. Gómara, p. 438 [cap. CCXVIII, pp. 335-336]; Motolinia, trat. I, cap. V, p. 37;
Torquemada, lib. XIII, cap. XXII, p. 456; Clavijero, lib. VI, cap. 38, pp. 437-438 [pp. 166-
167]; Durán, cap. XI, pp. 96-98 [pp. 98-99].
97. “Sobre el arte de la guerra”, supra, p. 63. Confiando en Humboldt, acepto los 15
años como edad en que se iniciaba la instrucción militar, pero la instrucción general
comenzaba mucho antes. Véase n. 18 supra.
98. Gómara, p. 438 [cap. CCXVIII, pp. 335-336]; Sahagún (apéndice del lib. III, cap. IV,
cap. V, p. 208 [pp. 300-301, § 1-3]): “En entrando en la casa del telpochcalli el muchacho,
dábanle cargo de barrer y limpiar la casa y poner lumbre, y hacer los servicios de peniten-
cia a que se obligaba. Era costumbre que a la puesta del Sol todos los mancebos iban a
bailar y danzar a la casa que se llama cuicacalco, cada noche, y el muchacho también
bailaba con los otros mancebos; y llegando a los quince años y siendo ya mancebillo,
llevábanle consigo los mancebos al monte, a traer la leña, que era necesaria para la casa
del telpochcalli y cuicacalco, y cargábanle al mancebo un leño grueso o dos, para probar y
ver si ya tenía habilidad para llevarle a la pelea.” “Y la vida que tenía no era muy áspera”
(p. 209 [p. 301, § 9]). También cap. VI, pp. 270-271 [pp. 302-303]; lib. VI, cap. XXXIX, p. 224
[pp. 211-213] y otras noticias incidentales; Mendieta, lib. II, cap. XXIV, pp. 124-125;
Torquemada, lib. IX, cap. XII, pp. 185-186; lib. XIII, cap. XXVIII, XXIX y XXX, y otros.
99. “Sobre el arte de la guerra”, supra, pp. 63, 69. Mendieta (lib. II, cap. XXIV, pp. 124-
125): “Los otros se criaban como en capitanías, porque en cada barrio habia un capitan
de ellos, llamado telpuchtlato, que quiere decir ‘guardia ó capitán de los mancebos’.” Torque-
mada (lib. IX, cap. XII, p. 185): “y tenian un Rector, que los regia, y gobernaba, que se
llamaba Telpochtlato, que quiere decir, Guarda, ó Caudillo de los Mancebos, el qual
Telpochtlato tenia gran cuidado de doctrinarles, y enseñarles, en buenas costumbres”.
Sahagún (apéndice del lib. III, cap. V, p. 269 [p. 301, § 5]): “y si era ya hombre valiente y
diestro, elegíanle para regir a todos los mancebos y para castigarlos, y entonces se llamaba
telpochtlato”; “también daban de comer a los que criaban los mancebos, que se llaman telpoch-
tlatoque” (lib. VIII, cap. XIII, p. 301 [p. 308, § 37]). “En este lugar se juntaban los maestros
de los mancebos, que se llamaban tiachcauan, y telpochtlatoque” (cap. XVII, p. 305 [cap. XIV,
p. 311, § 4.3]; también cap. XXI, p. 331 [p. 331]). Vetancurt (vol. I, 2a. parte, trat. III, cap.
VI, p. 451 [p. 398]): “y un Rector, que llamaban Telpochtlato, el que habla, y govierna a
los mancebos”. Códice Mendocino, vol. I, láms. LXII y LXIII, pp. 62, 63 [pp. 129 y 131].
Sahagún generalmente llama a los achcauhtli “alguaciles” o ejecutores de justicia, pero
más arriba vimos que también llama a los tiachcaoan “maestros de los jóvenes”. Ambos
nombres son corrupciones de teachcauhtlin. Tezozomoc (cap. XXXVIII, p. 60 [p. 359]) habla
de los “achcacuauhtin, mayorales maestros de armas, y de doctrina y ejemplo”; “tras ellos
vinieron los que llaman Achcauhtin, señores de los barrios y maestros de mancebos” (cap.
LVII, p. 95 [p. 444]); “mayorales y ministros, y los hicieron juntar como escuelas en cada
un barrio que llamaban Telpochcalli” (cap. LXXI, p. 121 [pp. 520-521]); “y cada día ensaya-
ban en las escuelas en Telpochcalco á los mancebos á todo género de armas […] animán-
dolos con valerosos ánimos” (cap. LXXXVIII, p. 134 [pp. 598-599]). Finalmente, Clavijero
(lib. VII, cap. 2, p. 452 [p. 185]) también hace referencia a la pintura 53 [56] del Códice
Mendocino, que representa a un muchacho de 15 años que es entregado a un “achcauhtli
u oficial” para ser instruido en el arte de la guerra.
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 277

100. Molina, II, pp. 67, 72 [Siméon, pp. 320, 346]; P. Ignacio de Paredes, “Doctrina
Breve sacada del Catecismo Mexicano”, reimpr. de 1809.
101. Sahagún (apéndice del lib. III, cap. V, p. 269 [p. 301, § 9]) dice que “comían en sus
casas propias” y dormían en la “casa de los telpochcalli”. Zorita (pp. 131-133 [p. 496]) dice
que los hijos de campesinos tenían permiso para ayudar a sus padres en ciertos días fijos.
Que las “tierras del templo” eran probablemente las mismas que trabajaban los jóvenes
lo dice claramente Sahagún (apéndice del lib. III, cap. V, p. 269 [p. 301]; apéndice del
cap. VIII, p. 275 [p. 305]). Zorita (p. 131 [p. 496]): “en labrar y beneficiar las tierras y
heredades que tenían para se sustentar”. Torquemada (lib. IX, cap. XII, p. 185): “Tenian
sus tierras, y Heredades para su sustento (que debian ser de las dedicadas al uso, y gasto
de los Templos) en ellas sembraban, y cogían Pan para su sustento.” Mendieta, lib. II, cap.
XXIV, pp. 124-125; Gómara, p. 438 [p. 336]. Este último es muy claro, y relaciona todas las
“escuelas” y sus tierras con los templos.
102. H.H. Bancroft, vol. II, pp. 243-244. Casi todos los escritores más antiguos la
definen como una escuela superior, pero más adelante examinaré esas afirmaciones. Véa-
se también Prescott (lib. I, cap. III, p. 69 [pp. 37-38]).
103. Historia general (apéndice del lib. III, cap. VII, p. 271 [p. 303, § 1]): “Los señores o
principales, o viejos ancianos, ofrecían a sus hijos a la casa que se llamaba Calmécac. Era
su intención que allí se criasen para que fuesen ministros de los ídolos”; “ofrecer la cria-
tura a la casa de los ídolos que se llama Calmécac para que fuese ministro de los ídolos,
viniendo a edad perfecta” (apéndice cap. IV, p. 266 [p. 298, § 2]). Pero especialmente (lib.
VI, cap. XXXIX, p. 223 [p. 211, § 2]): “Si le prometían a la casa Calmécac, para que hiciesen
penitencia y sirviesen a los dioses, y viviesen en limpieza y en humildad y en castidad, y
para del todo se guardasen de los vicios carnales.”
104. La descripción que da Sahagún (apéndice II del lib. II, “Relación de los edificios
del gran templo de México”, pp. 197-211 [pp. 232-242]) menciona setenta y ocho partes
o edificios, entre los cuales se cuentan los siguientes, con el nombre de “calmecac”:

El 12o. edificio, Tlillancalmécac, santuario de la diosa Cihuacoatl y habitado por tres sátrapas, o
“médicos” (p. 201 [p. 234, § 12]).
El 13er. edificio, México Calmécac, que según dice era “monasterio donde moraban los sátrapas y
ministros que servían al cu de Tláloc, cada día” (p. 201 [p. 234, § 13]).
El 24o. edificio, Huitznáhuac Calmécac, habitado por los sacerdotes del ídolo Huitznáhuac (p. 203
[p. 234, § 24]).
El 27o. edificio, Tetlánman Calmécac, donde residían como en “un monasterio”, los sacerdotes del
templo dedicado a la diosa Chantico (p. 203 [p. 236, § 27]).
El 35o. edificio, Tlamatzinco Calmécac, monasterio habitado por los sacerdotes del dios Tlamatzoncatl
(p. 204 [p. 237, § 35]).
El 54o. edificio, Yopico Calmécac, “monasterio u oratorio” (p. 207 [p. 239, § 54]).
El 61o. edificio, Tzonmolco Calmécac, monasterio donde moraban sátrapas del dios Xiuhtecutli (p.
207 [p. 239, § 61]).

En total, siete calmecac dentro del recinto que rodeaba la gran “casa de dios” de México-
Tenochtitlan. También Torquemada (lib. VIII, caps. XI-XIV) describe estos lugares, men-
cionando “Huitznahuaccalmecac”, “casa de recogimiento, y habitacion de los Sacerdotes,
y Ministros de este lugar” (p. 150); “Tlamatzincocalmecac”, “donde vivian, y tenian su
asistencia los Sacerdotes, y Ministros de este dicho Templo” (p. 151); “Yopicocalmecac”,
“donde habitaban, y se criaban los muchachos” (p. 153); “Calmecac”, “donde se criaban
los niños” (p. 149).
Además de estas afirmaciones, los dos autores citados aluden al calmecac de la misma
278 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

manera en varios lugares. Sahagún (apéndice del lib. III, cap. VII, y especialmente cap. VIII,
pp. 227-229 [pp. 303-307]). Ya el título de este capítulo es significativo: “De las costum-
bres que se guardaban en la casa que se llamaba calmecac, donde se criaban los sacerdo-
tes y ministros del templo desde niños.” Torquemada (lib. XIII, cap. XXVIII, pp. 469-471).
Johannes Eusebius Nieremberg (lib. VIII, cap. XXII, pp. 143- 146). Este último autor copia
a Hernández quien a su vez concuerda casi literalmente con Sahagún. Oviedo (lib. XXXIII,
cap. X, p. 302; cap. LI, p. 537). Gómara (p. 438 [p. 336]).
105. Molina (II, p. 11): Calmeca tlatoli, “palabras dichas en corredores largos”, y calmelactli,
“sala grande y prolongada, o corredor de la casa” [Siméon, p. 62]. La palabra puede
descomponerse en calli, casa, y mecayotl, parentesco consanguíneo o mecatl, cuerda o lazo.
¿“Casa de los lazos”?
106. Ancient society, p. 74.
107. Ya Motolinia (trat. II, cap. VII) describe vívidamente las dificultades que encontra-
ron los sacerdotes en relación con el matrimonio regular. La primera cuestión a determi-
nar era la del cónyuge legítimo. Esto ya se ha explorado en una nota anterior. La siguiente
cuestión se refería al grado de consanguinidad, o afinidad. Se indagó minuciosamente si
quizás la costumbre había sancionado el matrimonio entre hermanos y hermanas. Gómara
(p. 439 [cap. CCXX, p. 337]): “No casan con su madre ni con su hija ni con su hermana; en
lo demás poco parentesco guardan; aunque algunos se hallaron casados con sus propias
hermanas”; admitiendo así el hecho de que existían matrimonios de este tipo. Mendieta
(lib. III, cap. XLVIII, p. 305) también admite que puede haber sido ése el caso, y deduce
que esos matrimonios debían ser considerados como válidos. La cuestión del matrimonio
entre vástagos de la misma pareja adquiere importancia a través de las afirmaciones y
discusiones de Torquemada (lib. XIII, cap. VII, p. 489 [p. 419]) sobre las costumbres matri-
moniales de los indios de la Vera Paz: “Los indios de la Vera Paz muchas veces, segun el
Parentesco, que usaban, era fuerça que casasen Hermanos con Hermanas, y era la raçon
esta: Acostumbraban no casar los de un Tribu, ó Pueblo, con las Mugeres del mismo
Pueblo, y las buscaban, que fuesen de otro; porque no contaban por de su Familia, y
Parentesco los Hijos que nacian en el Tribu, ó Linage ageno, aunque la Muger huviese
procedido de su mismo Linage; y era la raçon, porque aquel Parentesco se atribuía á solo
los Hombres.” Esto es una declaración y descripción muy clara de la “descendencia por la
línea masculina”, con las reglas de parentesco tan completa y plenamente vigentes como,
con “descendencia por la línea femenina”, entre los iroqueses. Según Herrera (déc. IV,
lib. X, cap. XIV, p. 229), los habitantes de Vera Paz hablaban “varios lenguajes”, pero a
instancias de los frailes dominicos escogieron uno para usar generalmente. Berendt
(“Remarks on the Centres of ancient Civilization in Central America and their Geographical
Distribution”, trabajo leído el 10 de julio de 1876, pp. 9 y 10) menciona tres idiomas en
Verapaz: el “Kekchi” (Alta Verapaz), el “Pokoman” (en el sur) y el “Quiché” (Verapaz
Occidental). Véase también E.G. Squier (Monograph of authors who have written on the
languages of Central America, introd., p. IX), H.H. Bancroft (vol. III, cap. IX, p. 760), Diego
García de Palacio (“Report to the King of Spain in 1576”, trad. alemana de Alex von
Frantzius, pp. 4 y 64), Pimentel (vol. I, pp. 81-84). La estrecha relación en costumbres e
instituciones (véase mis notas sobre los calendarios de México y Centroamérica) entre los
quichés y los mexicanos, y la probable identidad de su origen, hacen probable que estos
últimos tuvieran la misma regla de “no casarse dentro de la tribu o linaje”, o más bien del
grupo de parentesco. Como todas las tribus de México estaban formadas por una serie de
calpulli, no había necesidad de buscar esposa fuera del pueblo. El modo de concertar los
matrimonios ofrece evidencia directa de que la esposa era, al menos generalmente, de
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 279

otro grupo de parentesco. Véase la n. 109 y especialmente Sahagún (apéndice del lib. II,
p. 288 [p. 263]).
108. Native races (vol. II, cap. VII, p. 251).
109. No sólo era necesario el consentimiento de los padres del joven, sino también el
del telpuchtlato (“vocero de los jóvenes”) de su barrio o calpulli, es decir, de su grupo de
parentesco. Este hecho está abundantemente demostrado. Sahagún (lib. VI, cap. XXIII,
pp. 152-153 [p. 152, § 6]) dice que el telpuchtlato era invitado a la casa y, después de comer
y fumar, los viejos padres del joven y los ancianos del barrio se sentaban y se les presenta-
ba el caso. A continuación el telpuchtlato se despedía formalmente del joven “y dejaban al
mozo en casa de su padre”. Luego (apéndice del lib. III, cap. VI, p. 271 [pp. 302-303, § 2])
repite nuevamente que era necesario el consentimiento de los “maestros de los mance-
bos.” Zorita (p. 132 [p. 111]): “Siendo de edad para se casar demandaban licencia para
ello, que era en habiendo veinte años, ó poco más.” Mendieta (lib. II, cap. XXIV, p. 125):
“Llegados á la edad de casarse […] pedían licencia para buscar mujer; y sin licencia por
maravilla alguno se casaba, y al que lo hacia, demas de darle su penitencia, lo tenian
por ingrato, malcriado y como apóstata.” Torquemada (lib. XIII, cap. XXX) dice que era el
grupo de parentesco del hombre el que pedía a la muchacha, y ese pedido era realizado
por mujeres, que llevaban regalos. Cf. también H.H. Bancroft (vol. II, pp. 251-262).
Vetancurt (vol. I, 2a. parte, trat. II [trat. III], cap. XII, p. 477 [p. 421]). Si el hombre lo
necesitaba, “la comunidad” lo ayudaba. Véase las autoridades citadas más arriba, y otras.
La influencia controladora del grupo de parentesco en materia de matrimonio fue
reconocida oficialmente, ya en 1555, por el primer concilio provincial, celebrado en México
en ese año, el cual, en vista de que era costumbre de los macehuales no casarse sin “licen-
cia” de sus principales, ni tomar mujer alguna que no les fuese dada por ellos, de lo cual
se derivaban muchos inconvenientes y el matrimonio entre personas libres no era tan
libre como debía ser, ordenó que ningún principal indio de ninguna condición o estado
diera esposa a nadie por su propio acuerdo y autoridad, ni impidiera a ningún macehual
casarse libremente con la mujer que quisiese, si ella quería, bajo pena de treinta días de
prisión y otras que el juez resolviera. (Concilios provinciales primero y segundo, celebrados por
la muy noble y leal ciudad de México, dados a luz por el Illmo. Sr. D. Francisco Antonio
Lorenzana, Arzobispo de esta Santa Metropolitana Iglesia, el año de 1769.) Los “princi-
pales indios” son los oficiales de los grupos de parentesco, y así tenemos, treinta años
después de la conquista, un reconocimiento formal de que entre los indios mexicanos el
matrimonio era controlado por el grupo de parentesco. Cómo más tarde los encomenderos
interfirieron con esa costumbre a fin de ocultar sus propias actividades criminales lo
cuenta claramente fray Antonio de Remesal, t. II, lib. VII, cap. XV, p. 327 [pp. 80-81].
110. Es singular que algunos de los primeros autores eclesiásticos indican que no
había regla de repudio o de divorcio entre los antiguos mexicanos. Mendieta, lib. III, cap.
XLVIII, p. 303. La misma autoridad, sin embargo, atribuye el hecho a los perniciosos
efectos del contacto con los españoles, que había sido causa de que las costumbres de los
nativos se volvieran más o menos disolutas e inmorales (p. 304). Zorita (p. 97 [p. 488]) lo
confirma, y Torquemada (lib. XVI, cap. XXIV, p. 196) copia literalmente a Mendieta. Sobre
las costumbres referentes al divorcio véase Zorita (p. 97 [p. 488]), Mendieta (lib. III, cap.
XLVIII), Torquemada (lib. XIII, cap. XV, pp. 441-442), Gómara (p.441 [cap. CCXXI, pp. 339-
340]), Herrera (déc. III, lib. II, cap. XVII, pp. 72-73), Bustamante (cap. I, p. 196) y otros. La
división de bienes que se menciona como acompañante del divorcio se refería sólo a los
efectos personales, puesto que la esposa no aportaba otra cosa. Véase “Sobre la tenencia
de la tierra” (supra, pp. 139-140 y n. 107).
280 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

Examinaré en forma más completa las costumbres matrimoniales de los antiguos mexi-
canos en otra monografía, después de la dedicada a las “Creencias religiosas”.
111. Ancient society, pp. 71 y 83.
112. Cf. Durán, cap. XVIII, pp. 154 y 155 y Tezozomoc, cap. XXV, pp. 37-38 [pp. 300-
301].
113. Ancient society, p. 71.
114. Aparte de las afirmaciones positivas de Sahagún (apéndice II del lib. II; lib. I, cap.
XIX, p. 31 [p. 68, § 17]): “se ponían en una de las casas de oración que tenían en los
barrios, que ellos llamaban calpulli, que quiere decir iglesia del barrio o parroquia” (y
también lib. II, cap. XXXVII, etc.), tenemos el testimonio de Durán (cap. V, p. 50 [pp. 42,
43] y cap. IX, pp. 79-80 [p. 83]) y Oviedo (lib. XXXIII, cap. X, p. 302).
115. Sahagún, t. I, apéndice [II] del lib. II, p. 211 [p. 242, § 78].
116. Nieremberg, lib. VIII, cap. XXII, p. 146.
117. Sahagún, apéndice [III] del lib. II, p. 211 [p. 242, § 1]. Véase n. 114.
118. Mendieta (lib. II, cap. XXVII, p. 132) parece contradecirse cuando dice, primero,
que el cautivo pertenecía a su captor, pero al mismo tiempo que el captor podía ser
incluso muerto si regalaba su cautivo a otro. Segundo: que cada hombre debía vigilar a sus
propios prisioneros, y al mismo tiempo que éstos eran guardados en común por el barrio, o
grupo de parentesco, que era responsable por ellos. Torquemada (lib. XIV, cap. III, p. 540)
copia esto casi literalmente. Mucho más categórico y claro es Durán (cap. XIX, pp. 172-
173 [p. 169, § 32-33]): “mandó Tlacaelel repartir los cautivos, porque eran muchos, por
todos los barrios y que cada barrio se encargase de guardar y sustentar tantos […]. Los
mandones de los barrios repartieron los presos a cada barrio a como les cabía.”
“Motecuhzoma los mandaba vestir y aderezar y llamaba a los calpixques –que son los
mandoncillos de los barrios– y entregábaselos, para que tuviesen cuidado de ellos, di-
ciendo que eran la merced del sol, señor de la tierra, que los daba para el sacrificio” (cap.
XXI, p. 186 [p. 182, § 34]). “Luego fueron repartidos entre los barrios y encomendados a
los mandoncillos” (cap. XXII, p. 192 [p. 188]; cap. XXVIII, p. 237 [p. 232, § 43]; cap. XLII,
p. 343 [p. 331], etc.). Tezozomoc (cap. XXIX, p. 45 [p. 315]; cap. XXXII, p. 51 [p. 333]; cap.
XXXIII, p. 52 [p. 338]; cap. XXXVIII, p. 61 [p. 360]; cap. XLIX, p. 80 [p. 409]; etc.) confirma
a Durán, como cabía esperar.
119. “La tenencia de la tierra”, supra, pp. 127-189.
120. Ancient society, pp. 76-77. Cf. H. Luden, pp. 501-502, acerca de lo que ocurría
entre los antiguos germanos.
121. Los escritores antiguos representan el carácter de los aborígenes mexicanos en
forma variada. Aparentemente era una mezcla de docilidad infantil y pasiones violentas.
Cortés (“Carta segunda”, p. 18 [pp. 43-44]) habla de ellos en base a los informes de los
tlaxcaltecas. Bernal Díaz (cap. CCVIII, pp. 309-310 [pp. 874-876]) se detiene especialmen-
te en sus vicios y en la crueldad manifiesta en los sacrificios. El Conquistador Anónimo
(Colección de documentos, vol. I, pp. 371, 383, 387, 394) pone mucho énfasis en su feroci-
dad, aunque también dice que eran muy obedientes. Los misioneros en general exaltan
el lado bueno –su docilidad y fidelidad. Cf. Motolinia (trat. I, cap. XIV, pp. 76-77). Sin
embargo, este autor también menciona sus vicios (trat. I, cap. II, pp. 22-23), atribuyendo
casi todos ellos (con excepción de la idolatría) a su inclinación a la intemperancia. “Lo
que de esta generacion se puede decir es, que son muy extraños de nuestra condicion”
(trat. II, cap. IV, p. 113). Zorita (pp. 197-207 [pp. 511-517]) denuncia amargamente a
quienes tratan a los indios como bárbaros (ibid., pp. 42, 45 [p. 473]). Mendieta (lib. III,
cap. XLIII, p. 290) menciona la facilidad con que perdonaban y pedían perdón, incluso en
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 281

presencia de todos sus parientes y vecinos: “suelen algunos juntar (al tiempo que se
quieren confesar) toda su parentela y vecinos con quien comunican, y pedirles perdon en
la manera dicha”. En contra de esto, Torquemada registra (lib. XIV, cap. I, p. 535): “eran
de su natural condicion mas vengativas, que todas las del Mundo”. Cf. también las des-
cripciones del carácter de los mexicanos en Clavijero, lib. I, cap. 15.
122. Gómara (p. 440 [cap. CCXXII, p. 340]): “No traen armas sino en la guerra, y allí
averiguan sus pendencias por desafíos.” Bartolomé de las Casas (Apologética, caps. 213 y
214, p. 124 [t. II, cap. CCXIII, pp. 389-390 y cap. CCXIV]): “Cuando llegaban a las manos
[…] los ponían en paz los circunstantes.” Motolinia (trat. I, cap. II, p. 23) dice que tales
riñas y pendencias ocurrían solamente cuando estaban borrachos: “Y fuera de estar beo-
dos son tan pacíficos, que cuando riñen mucho se empujan unos á otros, y apenas nunca
dan voces, si no es las mujeres que algunas veces riñendo dan gritos.” “Sin rencillas ni
enemistades pasan su tiempo y vida” (cap. XIV, p. 76). Torquemada, lib. XII, cap. XV, pp.
398-399; Herrera, déc. III, lib. IIII, cap. XVI, p. 136.
123. Zorita (pp. 129-130 [p. 495]) habla solamente de niños, a quienes les hacían
cortes en los labios por mentir. Esto lo copian Herrera (déc. III, lib. IIII, cap. XVI, p. 136 [p.
135]) y Torquemada (lib. XIII, cap. XXX, pp. 477-478). Sin embargo Vetancurt (vol. I, 2a.
parte, trat. II, p. 482 [trat. III, cap. XIV, p. 425]) afirma que ese castigo sólo se aplicaba a
adultos, y agrega que si ese uso hubiera continuado se verían muchas personas sin labios,
porque son muy mentirosos. Gómara (p. 438 [cap. CCXVIII, pp. 335-336]) dice que ese
castigo fue instituido por Quetzalcoatl, y tanto para los adultos como para los niños. Pero
esto de atribuirlo a Quetzalcoatl es evidentemente un error. Cf. Sahagún, lib. III, cap. III,
p. 244 [pp. 278-279]. Clavijero (lib. VII, cap. 17, p. 489 [p. 224]) afirma terminantemente
que se aplicaba a los adultos. Bustamante (p. 195) dice que a los calumniadores los mata-
ban.
124. Las Casas (cap. 213, p. 123 [t. II, cap. CCXIII, p. 387]): “Déstos era el que mataba
a otro, el cual moría por ello.” Gómara (p. 442 [cap. CCXXVII, p. 345]): “Matan al matador
sin excepción ninguna.” Mendieta (lib. II, cap. XXIX, p. 136): “Sentenciaban á muerte á los
que cometian enormes y graves delitos, así como á los homicidas. El que mataba á otro,
moria por ello.” Torquemada (lib. XII, cap. VIII, p. 387) casi copia lo anterior. Casi todos
los autores concuerdan sobre este punto, con excepción, según Bancroft (vol. II, p. 459,
n. 59) de Durán, quien según él afirma que el homicida no era muerto, sino que pasaba
a ser esclavo de la esposa u otros parientes del difunto, por el resto de su vida. En esto
Durán concuerda con el Códice Ramírez. Vetancurt (vol. I, p. 485 [2a. parte, trat. III, cap.
XIV, p. 428]) dice que el homicida era muerto (ahorcado) aun cuando hubiera cometido el
delito en estado de embriaguez. Clavijero (lib. VII, cap. 17, p. 484 [p. 219]) afirma breve-
mente que cualquier homicidio se castigaba con la muerte. En cuanto a la forma de
ejecución, hay afirmaciones diferentes, y sería riesgoso tratar de entrar en detalles.
125. Es bien sabido que había un ídolo para los borrachos. Sahagún (lib. I, cap. XXII, p. 40
[p. 75, § 3]) da incluso los nombres de trece “dioses del vino”. Según Gregorio García (lib.
III, cap. II, p. 92, § VI), quien menciona como autoridad a fray Esteban de Salazar (Historia y
relación de la teología de los indios mexicanos, perdido en un naufragio en 1564) tenían tres-
cientos dioses de los borrachos: “que de solos los borrachos tienen 300 dioses”. Véase
también Torquemada, lib. VI, cap. XXIX, p. 58 y otros. Sobre los castigos sigo a Mendieta
(lib. II, cap. XXX, pp. 139-140), copiado textualmente por Torquemada (lib. XIV, cap. X, p.
550). Además de ellos, Zorita (pp. 110-111 [pp. 491-492]) afirma lo mismo, incluso más
explícitamente, y es seguido por Herrera (déc III, lib. IIII, cap. XVI, p. 136). Vetancurt (vol.
I, p. 485 [2a. parte, trat. III, cap. XIV, p. 429]). Clavijero (lib. VII, cap. 17, p. 488 [p. 223]).
282 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

Todos afirman, además, que si un joven se intoxicaba mientras estaba todavía al cuidado
de las “casas de enseñanza” lo mataban. Esto lo confirma también Sahagún (apéndice del
lib. III, cap. VI, pp. 270-271 [p. 302, § 1]). Con excepción de Motolinia (trat. I, cap. II, pp. 22-
23), en general se admite que la embriaguez estaba controlada en el México antiguo.
126. Si bien se toleraba la prostitución, no existían casas de mala fama. Torquemada
(lib. XII, cap. II, p. 376): “Esto parece, porque permitieron, que hubiese Mugeres, que se
daban á los que querian, y se andaba á esta vida suelta, y gananciosa, como las de nuestra
España, y otros Reinos: puesto que no tenian casa señalada, ni publica para la execucion
de su mal oficio, sino que cada qual moraba donde le parecia, y el acto deshonesto, en
que se ocupaba, servia de lugar publico, y en el mismo vicio se hacia pública, y se mani-
festaba.” Vetancurt (vol. I, p. 480 [2a. parte, trat. III, cap. XIII, p. 423]): “Permitian los
Mexicanos mugeres, que ganassen con sus cuerpos, aunque no tenian lugares señalados.”
Por lo tanto, no está claro qué quieren decir con “alcahueta”. Sólo podían merecer castigo
en el sentido de la palabra francesa entremetteuse, porque era deber del hombre buscar su
mujer, aun cuando a veces empleaban para ese fin a unas mujeres llamadas cihuatlanqui.
Supongo que esas mujeres eran castigadas no por la inmoralidad de su conducta, sino por
su audacia al dirigirse sin autorización a los hombres, ofendiendo así la dignidad de tales
seres superiores. En cuanto a autoridades sobre esta forma de castigo, remito a las citadas
por H.H. Bancroft (vol. II, p. 469, n. 101).
127. Ya he mostrado que los jóvenes tenían relaciones íntimas antes de que se arreglaran
las formalidades del matrimonio. Así, mientras se encontraba todavía en el telpuchcalli, el
joven tenía afuera su “amiga” o “manceba”. Esto lo afirman positivamente Sahagún (apén-
dice del lib. III, cap. VI, p. 271 [302, § 2]): “Y estos mancebos tenían sus amigas, cada dos,
o tres, la una tenían en su casa y las otras estaban en sus casas” y Torquemada (lib. XII,
cap. III, p. 376). Que esas “amigas” eran objeto de amor más que platónico lo expresa
secamente Sahagún (cap. V, p. 270 [p. 302, § 14]): “y los que eran amancebados íbanse a
dormir con sus amigas”. Torquemada (loc. cit.) afirma además “que despues que aquel
Mancebo havia un Hijo, en la dicha su Manceba, luego le era forçoso, ó dejarla, ó recibir-
la por Muger legitima”. Vetancurt (vol. I, p. 480 [2a. parte, trat. III, cap. XIII, p. 423]): “los
mancebos, antes de casarse tenian sus mancebas, y solian pedirlas a las Madres”. Esto casi
establece la promiscuidad entre los antiguos mexicanos, antes del matrimonio formal.
128. Clavijero (lib. VII, cap. 17, p. 485 [p. 220]) dice que el castigo no era como el del
adúltero, porque no se exigía a los maridos la misma fidelidad conyugal que a las esposas.
El concubinato con “esclavas” era permitido, y en caso de que tuvieran un hijo éste era
libre. La muerte era invariablemente el castigo de los que tenían, o intentaban tener,
relaciones con las jóvenes consagradas al culto. Zorita, pp. 106ss [pp. 490-492]. Mendieta
(lib. II, cap. XXIX, p. 136): “El que hacia fuerza á vírgen, ora fuese en el campo, ora en casa
del padre, moria por ello.”
129. Esto lo mencionan todos los autores, de modo que no hace falta dar referencias
particulares.
130. Todos los autores insisten en que el incesto se castigaba con la muerte. Torquemada
(lib. XII, cap. IV, p. 380): “Todos los que cometian incesto en el primer grado de consan-
guinidad, tenian pena de muerte, si no eran cuñados, y cuñadas.” Mendieta, lib. II, cap.
XXIX, p. 137; Vetancurt, vol. I, p. 481 [2a. parte, trat. III, cap. XIV, pp. 424-425]. Todos
estos autores parecen haber tomado su información de la misma fuente, o más bien Tor-
quemada con frecuencia plagia a Mendieta, mientras que Vetancurt suele copiar a
Torquemada. Para evitar citas superfluas, remito al lector, sobre el tema de “delitos contra
natura” a Bancroft (vol. II, pp. 466-468).
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 283

131. Mendieta, lib. II, cap. XXVII, p. 132; copiado por Torquemada, lib. XIV, cap. III,
p. 540; Durán, cap. XXVI, pp. 214-216 [p. 212] y otros.
132. Sin embargo, si el marido mataba él mismo a la esposa, aun cuando la hubiera
sorprendido en flagrante delito, él era castigado con la muerte. Esto muestra claramente
que el acto era considerado no tanto un delito contra el hombre como contra el grupo de
parentesco al que éste pertenecía, el cual por consiguiente no sólo estaba obligado sino
que tenía derecho a castigarlo. Hay evidencia de este castigo al marido ofendido que se
vengaba por sí mismo en muchos autores. Véase Mendieta, lib. II, cap. XXIX, pp. 136-137;
Torquemada, lib. XII, cap. IV, pp. 378-379; Clavijero, lib. VII, cap. 17, p. 481 [pp. 219-
220], y H.H. Bancroft, vol. II, p. 465.
En extraño contraste con las frecuentes afirmaciones sobre el estilo altanero con que los
señores tomaban a su placer a las mujeres de la tierra (véase por ejemplo Gómara, pp. 438 y
439 [cap. CCXX, pp. 337-338]; Motolinia, trat. II, cap. VII, p. 125 y otros), encontramos
también claras afirmaciones de que el adulterio y la violación eran castigados severamen-
te aun en el caso de los más altos funcionarios y señores. Así, Las Casas relata con detalles
el caso del señor de Tlaxcallan que fue ejecutado por adulterio (p. 123 [t. II, cap. CCXIII,
pp. 387-388]), Zorita (pp. 107-108 [pp. 490-491]), Torquemada (lib. XII, cap. XV, p. 399).
También hay una historia sobre el hijo de un señor de Texcoco, muerto por haber tenido
relaciones con jovencitas que estaban en las casas de culto: Ixtlilxochitl, cap. XLIV, pp. 315-
326 [pp. 121-123]; Torquemada, lib. II; cap. LXV, p. 189, etc. Son extrañas contradiccio-
nes que a veces se encuentran incluso en el mismo autor.
133. Gómara (p. 442 [cap. CCXXVII, p. 345]) dice: “El ladrón era esclavo por el primer
hurto”, pero las otras fuentes no apoyan esto, en el caso de pequeños hurtos. Cf. por
ejemplo, Mendieta (lib. II, cap. XXIX, p. 138): “El ladron que hurtaba hurto notable […]
por la primera vez era hecho esclavo.” Torquemada (lib. XII; cap. V, p. 381, pero especial-
mente lib. XIV, cap. XXI [cap. XVI], p. 564): “Al que hurtaba pequeños hurtos, si no eran
mui frequentados, con pagar lo que hurtaba hacia pago.” Clavijero, lib. VII, cap. 17.
134. Hay afirmaciones positivas sobre este punto: Mendieta (lib. II, cap. XXIX, p. 138);
Torquemada (lib. XII; cap. V, p. 381); Vetancurt (vol. I, p. 483 [2a. parte, trat. III, cap. XIV,
pp. 426, 427]); el Conquistador Anónimo (vol. I, p. 383) exagera; “De l’ordre de succession
observé par les Indiens”, trad. de Ternaux-Compans de un ms. de Simancas (Premier
recueil, p. 228), confirma al Anónimo.
Fray Francisco de Bologna (“Lettre au R. P. Clément de Monélia”, 1er. Recueil, p. 211):
“No eran muy crueles en los castigos que infligían a los culpables”; Gabriel de Chávez
(“Rapport sur la province de Meztitlan”, trad. de Ternaux-Compans, 2eme recueil, p. 312
–original en posesión de García Icazbalceta); dice Herrera (déc. III, lib. IIII, cap. VII, p. 121)
sobre Nicaragua: “Cortaban los Cabellos al Ladron, i quedaba Esclavo del Dueño de lo
hurtado, hasta que pagase.” En Izcatlan, “con los bienes del Ladron, despues de justiciado,
satisfacian al agraviado” (déc. III, lib. III, cap. XV, p. 101). Ixtlilxochitl (cap. XXXVIII, p. 266
[p. 102]): “Al ladrón si hurtaba en poblado y dentro de las casas, como fuese de poco valor
el hurto, era esclavo de quien había hurtado, como no hubiese horadado la casa, porque
el que lo hacía moría ahorcado.” C. Ortega (Veytia, p. 223 [Historia antigua, t. II, apéndice,
cap. I, p. 200]): “Casi siempre se castigaba con pena de muerte, a menos de que la parte
ofendida conviniese en ser indemnizada por el ladrón, en cuyo caso pagaba éste al fisco
una cantidad igual a la robada. También tenía el ladrón la pena de ser esclavo del dueño de
lo que robaba; y si éste no lo quería, era vendido por los jueces, y con su precio se pagaba
el robo.”
Varios de los autores mencionados relatan la célebre historia en que el “Señor Severo”
284 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

(Moctezuma) tomó algunos elotes de un huerto y fue aprehendido por ello por su propie-
tario, o al menos ocupante. Esa historia demuestra que ningún señor estaba exento de
castigo por los delitos más leves.
Cf. Torquemada (lib. XIV, cap. XXI [cap. XVI], p. 564), Vetancurt (vol. I, p. 483 [2a.
parte, trat. III, cap. XIV, pp. 426, 427]), Bustamante (3a. parte, cap. I, p. 197) acerca de la
afirmación de que el grupo de parentesco del ladrón lo ayudaba a cumplir la pena por su
delito. Dice el primero: “y si no tenia de que pagar, una, y dos veces, los Parientes se
juntaban, y repartian entre sí el valor del hurto, y pagaban por él, diez, y doce Mantas, y
desde arriba; ni es de creer, que hacian Esclavo por quarenta, ni cincuenta maçorcas de
Maiz, ni por otra cosa de mas precio, si él tenia de que pagar, ó los Parientes”. Sobre este
importante punto –la solidaridad del grupo de parentesco en caso del delito cometido por
uno de sus miembros, véase infra, n. 137.
135. A las autoridades citadas con tanta frecuencia sobre otros temas, agrego aquí
Ixtlilxochitl (Relaciones, p. 387 [p. 447]).
136. Torquemada (lib. XII, cap. VII, p. 385) considera extravagante esta ley. Sería inútil
dar más citas.
137. Dice A. de Vetancurt (vol. I, p. 483 [ibid.]): “En los hurtos era Ley general que
siendo de cosa de valor tenian pena de muerte, y si la parte se convenia, pagaba en
mantas la cantidad al dueño, y otras mas para el Fisco Real, á esto acudian los parientes.”
Esa “obligación de ayudar” por parte de los demás miembros del grupo de parentesco la
hemos observado ya en el caso del matrimonio, en que los recién casados recibían ayuda
del grupo familiar. Véase Zorita (p. 132 [p. 496]): “Si era pobre, ayudábanle con algunas
cosas de lo que tenían recogido en su comunidad.” También encontramos que esa cos-
tumbre subsistía después de la conquista: por ejemplo, si un indio moría dejando deu-
das, sus parientes las pagaban por sus descendientes directos (que en la mayoría de los
casos eran insolventes), o se hacían cargo. Así lo expresa fray Agustín Dávila Padilla (His-
toria de la Fundación y Discurso de la Provincia de Santiago de México, 2a. ed., 1625 lib. I, cap.
XXVI, p. 83 [México, Edit. Academia Literaria, 3a. ed., 1955, lib. I, cap. XXVII, p. 83]): “Si
muere alguno dellos con deudas, como si los deudos las heredasen por parecerse deudos
y deudas en el nombre, procuran luego entre los parientes pagarlas, porque el anima de
su defunto no dilate la entrada en el cielo. Y sino tienen caudal para pagar, procuran que
se perdone la deuda: y sino salen con esta traça, la dan luego todos en servir al acreedor
hasta que del todo se pague lo que el defunto devia. Viviendo yo en el colegio de S. Luys
de predicadores el año de 1586. Sucedio morir un Indio que trabajava en aquel sumptuoso
edificio, y era muy diestro cantero: avia recebido dineros adelantados, y quando murio
quedava debiendo veinte pesos, ó reales de á ocho. Vinieron luego al colegio sus parien-
tes reconociendo la deuda, y pidiendo que los ocupasen en servicio del colegio, para que
se descontase lo que su difunto devia. No se les dava mucho a los padres del colegio por
cobrar estos dineros: porque demas de ser pocos no parecia que avia modo de cobrarlos:
y mas por acudir a la devocion de los deudos, le dixeron à uno, que viniese à trabajar en
la huerta. Era maravilloso el cuydado del Indio, ansi en venir cada dia, como en venir
muy de mañana: y preguntandole un religioso la causa de su cuidado, dixo, que le tenia
porque su pariente se fuese al cielo, y desde alla le ayudase con Dios, y no estuviese
detenido en el infierno chiquito, que los predicadores llaman purgatorio.”
Mi amigo el coronel F. Hecker, a quien comuniqué lo anterior, reconoció de inmediato
en ello algo análogo al Gesammut-Burgschaft de los antiguos teutones y me llamó la aten-
ción sobre la organización de los germanos. Cf. Luden (vol. I, p. 502), valiosa fuente que
también debo a la generosidad del distinguido jurista alemán.
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 285

138. Con respecto a los “sacerdotes”, se dice también que eran sólo degradados y
expulsados; sin embargo, esto no parece probable, puesto que cuanto más alta era la
posición del culpable, más severo era el castigo.
139. Cf. también H.H. Bancroft, vol. II, p. 419 y Prescott, lib. I, cap. II, p. 47 [p. 28].
140. Mendieta, lib. II, cap. XXIX, p. 138. Vetancurt (vol. I, p. 484 [2a. parte, trat. III,
cap. XIV, p. 427]): “El que hurtaba plata, y oro lo desollaban vivo, y sacrificaban al Dios de
los Plateros que llamaban Xipe, y lo sacaban por las calles para escarmiento de otros, por
ser el delito contra el Dios fingido.” Este sacrificio a un ídolo particular, sin embargo, no
lo menciona Torquemada ni el predecesor y principal fuente de éste, Mendieta. Clavijero
(lib. VII, cap. 17, p. 487 [p. 222]) copia casi textualmente a Vetancurt. Lo mismo hace
Ortega (Veytia, vol. III, p. 225 [vol. II, apéndice, cap. I, p. 200]). Bustamante (p. 196 [3a.
parte, cap. I, p. 197]) también copia al primero. Sin embargo, es singular que cuanto más
antigua la fuente, menos definida respecto al sacrificio. Podemos admitir con tranquili-
dad que el culpable de un delito contra el culto era muerto, sin insistir en una forma de
castigo particular.
141. En otro trabajo (“On the sources for aboriginal history of Spanish America”, en
Proceedings of the American Association for Advancement of Science, vol. XXVII, 1878) he inten-
tado examinar la naturaleza de las pinturas mexicanas y su valor como fuentes históricas.
Aquí sólo agregaré dos declaraciones positivas, sobre el tema de las pinturas, que no
había notado cuando leí el trabajo antes mencionado en St. Louis, Missouri, en agosto de
1878. Juan de Solórzano Pereira (Disputationem de indiarum jure, 1629, vol. I, lib. II, cap. VIII,
p. 331, § 96): “Quod de Phoenicibus tradit etiam Lucanus, et in Mexicanis nostris experti fuimus,
qui si non litteris, imaginibus tamen, et figuris ea omnia, quae sibi memoranda videbantur,
significabant, et conservabant.” La otra es reciente, y proviene de un discurso pronunciado
en la Academia Mexicana por mi amigo García Icazbalceta (“Las bibliotecas de Eguiara y
de Beristáin”, en Memorias de la Academia, núm. 4, vol. I, p. 353): “El antiguo pueblo que
ocupaba este suelo no conocía las letras, y con eso está dicho que no podía tener escrito-
res ni literatura. Su imperfectísimo sistema de representar objetos e ideas tenía que limi-
tarse a satisfacer, hasta donde podía, las necesidades más urgentes de la sociedad, sin
aspirar a otra cosa. Así es que no se empleaba sino en registrar los tributos de los pueblos,
en señalar los límites de las heredades, en recordar las ceremonias de la religión, y en
contribuir a conservar la memoria de los sucesos más notables, que aun con ese auxilio
habría perecido, a no perpetuarse en las tradiciones recogidas por los primeros predica-
dores del Evangelio.”
142. Códice Mendocino, vol. I, lám. LX [3a. partida, p. 124]; el niño tenía nueve años de
edad.
143. Mendieta, lib. II, cap. XXXVIII, p. 157; Torquemada, lib. XI, cap. XXIX, p. 362;
Clavijero, lib. VII, cap. 13, p. 472 [pp. 207, 208], etcétera.
144. No era deshonroso padecer torturas, pero los azotes eran un insulto mortal, igual
que entre otros indios.
145. Mendieta (lib. II, cap. XXIX, p. 138): “Tenian las cárceles dentro de una casa
escura y de poca claridad, y en ella hacian su jaula ó jaulas; y la puerta de la casa que era
pequeña como puerta de palomar, cerrada por defuera con tablas, y arrimadas grandes
piedras.” Torquemada, lib. XI, cap. XXV, p. 353.
146. Molina (II, p. 95 [Siméon, p. 458: “cárcel donde se encerraba a los malhecho-
res”]); teilpi, “el que prende o encarcela a otro” [Siméon, p. 458: “el que agarra, aprehen-
de a alguien”]; teilpiliztli, “prendimiento tal” (Molina, ibid.) [Siméon, ibid.: “encarcela-
miento de alguien”]; niteylpia “atar a alguno, o prenderlo y encarcelarlo” (Molina, II, p. 38
286 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

[Siméon, p. 189: “atar, aprehender, encerrar a alguien”]). Entre los 78 edificios del gran
lugar central de culto, Sahagún (t. I, apéndice [II] del lib. II, p. 210 [p. 241, § 76]) mencio-
na uno llamado Acatla yiacapan hueicalpulli: “esta era una casa donde juntaban los esclavos
que habían de matar a honra de los Tlaloque”. También menciona (t. II, lib. VIII, cap. XV,
p. 304 [cap. XIV, p. 314 § 8.1-8.2] y cap. XXI, p. 309 [pp. 331-332]) cárceles en relación con
la casa oficial o tecpan. Que los diferentes calpulli o “barrios” tenían cada uno sus lugares
de confinamiento lo señala Durán (cap. XXI, p. 187 [p. 182, § 34]): “Los calpixques los
recibían y los ponían en las casas de sus comunidades, o del sacerdote de tal barrio.”
147. Según Molina (II, p. 91 [p. 92]), tecalli es una “casa de bóveda” [Siméon, p. 441:
“casa de piedra”]. Como los mexicanos no tenían arcos, en realidad quiere decir tumba.
148. Molina (II, p. 86): “jaula grande de palo, adonde estaban los presos por sus deli-
tos” [Siméon, p. 407: “gran caja de madera donde se encerraban a los criminales”].
149. La mejor ilustración del quauhcalli es la que da Bancroft (vol. II, cap. XIV, p. 453).
150. Hay abundantes testimonios de la cruel e insalubre naturaleza de los lugares de
detención aborígenes antes de la conquista. Como señala con mucha justicia H.H. Bancroft
(vol. II, p. 453): “Tenían prisiones, es cierto, y muy crueles, según todas las descripciones,
pero aparentemente eran más bien para confinar a prisioneros antes de su juicio, o entre
la condena y la ejecución, y no permanentemente, como castigo.” A las autoridades cita-
das por el célebre californiano añadiré aquí en apoyo de sus opiniones (y las mías): Gómara
(p. 442 [cap. CCXXVII, p. 345]): “Las cárceles eran bajas, húmedas y oscuras, para que
temiesen entrar allí.” Vetancurt, vol. I, 2a. parte, trat. II, cap. I, p. 370 [p. 328]. Tezozomoc
(cap. XCIX, p. 176 [p. 650]): “mandólos llevar á todos á la cárcel, que llamaban Cuauhcalco,
que era á manera de una caja, como cuando entapían ahora á alguna persona, que le dan
de comer por onzas”.
151. Ancient society, 2a. parte, cap. II, pp. 71-73; cap. VIII, p. 225 y cap. XI, p. 285 y 297.
152. Es singular que este consejo del grupo de parentesco o gens haya sido tan ignora-
do en general, aun cuando casi todos los autores describen alguna parte de sus funciones.
Zorita (pp. 55, 56 [p. 479]) dice: “y ninguna cosa hace este principal, que no sea con
parecer de otros viejos del calpulli” y Sahagún ofrece evidencia indirecta de ello (lib. II,
cap. XXXVII, p. 183 [p. 220]) en la descripción de la fiesta del mes izcalli. Esos “ancianos”
reaparecen en relación con celebraciones que interesaban al calpulli, por lo menos oca-
sionalmente. Sin embargo ese consejo existía aún en fecha reciente (1871) entre los nati-
vos de Guatemala. El señor Juan Gavarrete de la ciudad de Guatemala (La Nueva) me
escribe, con fecha 14 de marzo de 1879: “Cuando en el pueblo hay varias parcialidades o
calpules, […] cada una de ellas tiene su calpul o consejo de cierto número de Ancianos y
estos reunidos eligen las Autoridades comunes del pueblo, nombrando también alcaldes
subalternos para las diversas parcialidades.” En su Introducción a la “Real Ejecutoria”
(vol. II, pp. XII y XIII), el difunto señor José F. Ramírez atribuye la creación de un consejo
municipal electivo a un acto político del gobierno español. Sin embargo, por los autores
del siglo XVI, especialmente Zorita, está claro que ese “elemento democrático” (así lo
llama el señor Ramírez) era aborigen. Por lo tanto, el consejo que aún subsiste en Guate-
mala era un rasgo original, con cambios en los nombres y las funciones para adaptarlo a
las leyes de España. Ramírez de Fuenleal (p. 249) menciona a otros oficiales llamados
viejos en cada barrio o parroquia, como ahora se llamaban. La siguiente cita de Juan de
Solórzano (vol. II, cap. XXIII, p. 210, § 21) tiene interés en relación con la cuestión plan-
teada por el señor Ramírez: “In novas quoque Hispania, cum hae reductiones, quas ibi
Aggregationes vocant, i praestanti illo, et prudenti duce Ferdinando Cortesio stabilitae, et constituite
fuissent, et postea, temporam, et Hispanorum iniuriae, valde collapsae, ac subversae; alias deuo
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 287

fieri et factas instaurari curavit Excellentissimus ille, et Pijissimus Prorex Canes de Monte Regio,
schedulis etiam, et provisionibus Regijis sibe ad hoc demandatis, morem gerere cupiens: in quibus
tamen exequendis, magnae dificultates, et Indoruj strages expertae sunt, quia eorum aliqui volunta-
rio suspendio vitam finire maluerunt, quam in designata sibi municipia reduci.” Esto fue publica-
do en 1639.
Probablemente no había reuniones regulares de estos “ancianos” en momentos prede-
terminados: se reunían cuando los acontecimientos lo requerían y cuando eran convoca-
dos. Hay incluso un indicio de una asamblea general de los habitantes del calpulli en
Zorita (p. 62 [p. 480]): “se juntan los del calpulli á hacer y tratar lo que conviene á su
calpulli y á sus tributos”, etc. Vemos así en el calpulli los siguientes métodos de ejercer
autoridad: a través de la reunión de todos sus miembros para tratar asuntos que afecta-
ban a la comunidad entera; a través de los “ancianos” que controlaban los asuntos habi-
tuales; y a través de lo que las autoridades antiguas llaman “señores” u oficiales ejecuti-
vos, de los que me ocuparé a continuación. Queda por examinar aquí una cuestión
importante, a saber: si el calpulli realmente tenía, como he afirmado, jurisdicción penal
sobre sus miembros, o si ésta correspondía a funcionarios superiores o a algún tipo de
“tribunal.”
Debemos confesar que existe aparentemente evidencia de mucho peso en contra de la
suposición de que los “barrios” o calpulli podían resolver cuestiones de vida o muerte. A
fin de examinar críticamente esta vital cuestión, tendré que tomar a cada autor indivi-
dualmente, y comparar entre sí sus afirmaciones (si hay más de una) sobre el tema. Ante
todo debo decir, sin embargo, que ni Cortés, ni Andrés de Tapia, ni Bernal Díaz mencio-
nan haber visto a nadie ser juzgado y condenado por el principal jefe guerrero de la tribu
mexicana, aun cuando es posible que esto sea una simple omisión de ellos.
Sahagún (lib. VIII, cap. XXV, p. 314 [t. II, cap. XVII, p. 318, § 2.3-2.4]): “y los casos muy
dificultosos y graves llevábanlos al señor, para que los sentenciase juntamente con trece
principales, muy calificados, que con él andaban y residían. Estos tales eran los mayores
jueces, que ellos llamaban tecutlatoque; éstos examinaban con gran diligencia las causas
que iban a sus manos. Y cuando quiera que en esta audiencia, que era la mayor, senten-
ciaban alguno a muerte, luego lo entregaban a los ejecutores de la justicia”. Hasta aquí
sólo entra en juego la jurisdicción de los funcionarios superiores, pero el mismo autor
menciona el poder de algunos funcionarios del grupo de parentesco de matar en castigo
de ciertos delitos (apéndice del lib. III, cap. VI, p. 271 [p. 302, § 1]). Si un joven era
sorprendido borracho: “castigábanle dándole de palos hasta matarle, o le daban garrote
delante de todos los mancebos juntados”. Si esto se hacía en el caso de un joven entrega-
do al telpochcalli, necesariamente se sigue que el poder de castigar con la muerte corres-
pondía al grupo de parentesco al que pertenecía ese telpuchcalli particular.
Zorita (pp. 101 y 106 [pp. 489 y 490-491]) insinúa más bien que afirma que todos los
asuntos graves, incluyendo los de vida o muerte, tenían que ser presentados al supremo
“tribunal de apelaciones” que presidía el rey. Pero no dice que ese cuerpo tuviera jurisdic-
ción exclusiva.
Gómara (p. 442 [cap. CCXXVII, p. 345]) se equivoca evidentemente al confundir a los
recaudadores de tributos con funcionarios judiciales, y no dice nada relacionado con
jurisdicción penal. Examinaremos sus afirmaciones en otra parte.
Mendieta (lib. II, cap. XXVIII, pp. 134-136) dice que todos los “jueces” permanecían en la
casa oficial de cada tribu: “cada uno de ellos en su propio palacio tenia sus audiencias de
oidores que determinaban las causas y negocios que se ofrecian, así civiles como crimina-
les, repartidos por sus salas, y de unas habia apelacion para otras”. Más adelante dice que
288 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

cada 80 días “se sentenciaban todos los casos criminales, y duraba esta consulta diez ó
doce días”. Torquemada (lib. XI, cap. XXV, pp. 352 y 353) es extraordinariamente vago
sobre este punto. Para él, sólo los funcionarios tribales tenían intervención prominente
en el caso. Sin embargo, más adelante (cap. XXVI, pp. 354 y 355), donde se ocupa exten-
samente de la organización judicial de Texcoco, nos permite discernir la jurisdicción
separada de cada calpulli. El capítulo es demasiado largo para reproducirlo por entero, y
debo limitarme a resumirlo. Empieza diciendo que Texcoco tenía 15 “Provincias sujetas á
su Señorío, pero no en todas havia Jueces de estos immediatos, y Supremos”. Por lo
tanto, había seis “Audiencias, como Cancillerias” en seis pueblos diferentes, a las que
estaban reducidas todas las demás provincias, y a ellas acudían de todo el reino. Dice
además que en cada una de esas casas (que más adelante llama tecpan) “se recogian todos
los Tributos Reales, por los mismos Jueces”. Además había cuatro jueces en el “palacio”,
y en cada una de las seis “audiencias” había dos jueces y un “Alguacil”.
Por otros detalles que da, esos seis “pueblos” estaban tan cerca de la casa oficial de la
tribu que parece muy probable que fueran los seis calpulli de Texcoco que según Ixtlilxochitl
(“12a. Relación” o “Pintura de México”, p. 387 [“13. Relación, continuación de la historia
de México”, Relaciones, p. 380]) habían sido establecidos por “Coyote ayunador” (Neza-
hualcoyotl). Esto lo repite en la Historia de la nación chichimeca (cap. XXXVIII [pp. 101-
105]).
La descripción de Texcoco por Torquemada (lib. III, cap. XXVII, p. 304): “pero no se ha
de entender, que toda esta Caseria estaba recogida, y junta; porque aunque en su maior
parte lo estaba, otra mucha estaba repartida, como en Familias, y Barrios; y de tal manera
corria esta Poblaçon, desde el coraçon de ella (que era la Morada, y Palacios del Rei) que
se iba dilatando, por tres, ó cuatro Leguas”, muestra que los calpulli de ese antiguo pue-
blo estaban dispersos en una gran extensión. A fines del siglo XVII (alrededor de 1690)
Vetancurt afirma (“Crónica de la Provincia del Santo Evangelio Mexicana”, en Teatro,
pp. 159-160 [vol. III, trat. II, cap. III, pp. 140-141]) que además de la ciudad había “veinte
y nueve Pueblos de visita en cinco parcialidades repartidos”. Todo esto corrobora nuestra
suposición de que los seis pueblos de Torquemada no eran en realidad sino los seis ba-
rrios o grupos de parentesco, cada uno de los cuales ejercía, por sí mismo y a través de sus
funcionarios, jurisdicción penal sobre sus miembros.
No hay necesidad de probar el hecho de que las varias tribus del valle tenían costum-
bres idénticas, y de que sus instituciones habían alcanzado aproximadamente el mismo
grado de desarrollo. Hay incluso quienes afirman (Prescott, lib. I, cap. II, p. 30 [p. 21])
que “el sistema judicial en Tetzcoco era más perfecto”. Si pues, como he mostrado, el
consejo del grupo de parentesco ejercía poder de vida y muerte entre ellos, seguramente
tenía el mismo poder entre los antiguos mexicanos. Además, lo mismo puede deducir-
se de la naturaleza de muchos de los delitos que se castigaban con la muerte. Destacan
entre éstos los casos relacionados con la tenencia de la tierra. Si un miembro del grupo de
parentesco alteraba los límites de un tlalmilli, ése era un delito sobre el cual sólo el calpulli
tenía jurisdicción, y lo mismo ocurría si alguno de los miembros dejaba de atender las
parcelas de menores colocados bajo su tutela. Ya hemos visto que en ambos casos el casti-
go era la muerte.
Por supuesto, se entiende que ese poder no iba más allá de los límites del grupo de
parentesco y de los proscritos que pudieran estar vinculados a sus miembros. No tenía
jurisdicción sobre los miembros de otros grupos de parentesco. La resolución de los asun-
tos entre distintos calpulli correspondía exclusivamente a la tribu.
Una de las observaciones más interesantes sobre las funciones generales del grupo de
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 289

parentesco es de Zorita (p. 53 [p. 478]): “y lo que en la Nueva España llaman calpullec es
lo mesmo que entre los israelitas llaman tribus”.
153. Zorita (p. 50 [p. 478]): “La tercera manera de Señores se llamaban calpullec ó
chinancallec en plural, y quiere decir, cabezas ó parientes mayores que vienen de muy
antiguo; porque calpulli o chinancalli, que es todo uno, quiere decir barrio de gente cono-
cida ó linaje antiguo, que tiene de muy antiguo sus tierras y términos conocidos, que son
de aquella cepa, barrio ó linaje.” Esta afirmación la copia Herrera (déc. III, lib. IIII, cap. XV,
p. 135), excepto que este último omite los nombres, sustituyéndolos por “pariente ma-
yor”. Con respecto a esto Zorita agrega (pp. 60-61 [p. 480]): “Los comunes de estos
barrios ó calpullec siempre tienen una cabeza, é nunca quieren estar sin ella, é ha de ser de
ellos mesmos é no de otro calpulli, ni forastero, porque no lo sufren, é ha de ser principal
y hábil para los amparar y defender; y lo elegían y eligen entre sí, y á este tenían y tienen
como por Señor, y es como en Vizcaya ó en las montañas el pariente mayor; y no por
sucesión, sino muerto uno eligen á otro, el más honrado, sabio y hábil á su modo, y viejo,
el que mejor les parece para ello. Si queda algún hijo del difunto suficiente, lo eligen, y
siempre eligen pariente del difunto, como lo haya y sea para ello.” Herrera, p. 135.
Si bien estos dos autores hablan vagamente del “jefe” del calpulli, es probable que se
refieran a dos jefes, uno de los cuales es el calpullec y el otro el teachcauhtin. Esto es lo que in-
dica el término “pariente mayor.” Según la traducción de Ternaux, Zorita no dice que ese
jefe se llamara así, pero Herrera, que lo copia, escribe claramente “que llamaban parien-
tes mayores”. Según Molina (II, p. 91 [Siméon, p. 439]), teachcauht significa “hermano
mayor”. Torquemada (lib. XIV, cap. VI, p. 544) atribuye a cada “Barrio, ó Parcialidad” dos
oficiales: un calpixque o recaudador de tributos y “un regidor, un Tecuhtli, que se ocupaba
en executar lo que nuestros Regidores executan, y hacen”. Sin embargo, es evidente, por
los detalles que da el célebre franciscano, que ha perdido de vista la posición peculiar de
funcionarios de un grupo de parentesco, y sólo está hablando de funciones y cargos tribales.
Si no ¿cómo podría afirmar de su “regidor” que estaba siempre en el “palacio”?: “y todos
los Dias se hallaban en el Palacio, á vér lo que se les ordenaba, y mandaba; y ellos, en una
grande Sala, que llaman Calpulli, se juntaban, y trataban de los negocios tocantes á su
cargo.”
“De l’ordre de succession observé par les Indiens” (Premier recueil, p. 225): “En cuanto
al modo adoptado para regular la jurisdicción y la elección de los alcaldes y los regidores
de los pueblos, nombraban a notables que llevaban el título de achcacaulitin, que es el
nombre del cargo, como hoy el de alguacil. Los tribunales de esos oficiales estaban esta-
blecidos en la capital […]. No había otras elecciones de oficiales.” Y más adelante en el
mismo documento dice (p. 227): “Estos achcacaulitin, como los llamaban, cumplían las
funciones de alcaldes. Por el mínimo hurto, es decir por haber robado un poco de maíz,
condenaban a muerte.” También aquí encontramos la flagrante contradicción de “algua-
ciles” elegidos para los pueblos pero cuyos “tribunales” estaban en la capital. En todas
partes la misma indefinición; la confusión entre las instituciones aborígenes y la organi-
zación española es evidente.
Sebastián Ramírez de Fuenleal (pp. 247 y 249) da un cuadro bastante claro del calpulli
y agrega: “tienen un jefe y comandantes […] tienen entre ellos oficiales que nosotros
llamamos principales; hay dos de estos en cada barrio que hoy se llama parroquia”.
Finalmente, remito a lo dicho en la nota 152 supra, sobre Texcoco y los dos oficiales de
cada uno de los “pueblos”. El hecho de que había dos queda pues plenamente esta-
blecido, así como el de su elección. En cuanto a sus títulos, se encuentran en las citas que
he dado.
290 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

Esto se confirma aún más por una afirmación de Vetancurt (vol. I, p. 371 [2a. parte,
trat. II, cap. I, p. 329]): “en cada parcialidad, que llamaban Calpolli y aora Tlaxilacalli
avia uno como Regidor, que llamaban Teuhtli, estos assistian a Palacio todos los dias a
saber lo que el Mayordomo les ordenaba, estos entre si elegian cada año dos en lugar de
Alcaldes, que llamaban Tlayacanque, y tequitlatoque, que executaban lo que por los
Teuhtles se les mandaba, y para executores tenian unos Alguaziles, que oy llaman Topiles”.
El término tlayacanqui es definido por Sahagún (t. I, lib. II, cap. XXIX, p. 142 [pp. 184-
185, § 2]) como “cuadrillero”. Molina (II, p. 120 [p. 121]) incluye tlayacantli, “el que es
regido, guiado y gobernado de otro, o el ciego que es adiestrado de alguno” (tlayacati,
“cosa primera, o delantera” [Siméon, p. 585]). Torquemada (lib. XIV, cap. VI, p. 545)
llama al tlayacanque “en lugar de Merinos”.
154. Molina, I, p. 56 [p. 59; Siméon, p. 9].
155. Esto resulta necesariamente de los deberes de los oficiales solamente, como re-
presentantes permanentes del consejo del grupo de parentesco o calpulli.
156. El “gobernador”, como veremos, era el sucesor del cihuacohuatl, según la concep-
ción española de la naturaleza de este último cargo. Es muy interesante observar que el
cihuacohuatl era, en el gobierno tribal, el equivalente exacto del calpullec en el grupo de
parentesco. Debo al señor Juan Gavarrete, de la Ciudad de Guatemala (la Nueva), la
siguiente descripción del cargo de “Gobernador” tal como aún se encuentra entre las
poblaciones aborígenes de Guatemala. Este caballero (cuyo nombre está asociado con el
de mi amigo el doctor Valentini en un noble esfuerzo por preservar los tesoros históricos
de su país) me escribe con fecha 14 de marzo de 1879: “Los pueblos formados por los
antiguos misioneros o por los conquistadores, y que son los que subsisten hasta el día de
hoy, han sido siempre gobernados por un Gobernador vitalicio elegido entre las familias
nobles de la tribu (cacique) y un consejo a la usanza española compuesto de dos Alcaldes,
cierto número de consejeros llamados Regidores entre quienes se distribuyen las comisio-
nes de servicio público y un secretario. La dignidad o cargo de Gobernador, para la cual
elegían en nombre del Rey los antiguos Capitanes Generales y después los Presidentes de
la República, es muy apetecida por los indios nobles y mientras el que la ejerce no da
motivo por su mala conducta para ser removido puede contar con la perpetuidad y aun
con dejarla a sus hijos si los tiene capaces de ejercerla […]. El cargo de Gobernador traía
consigo los privilegios de usar Don, montar a caballo […] usar bastón y tener una nume-
rosa servidumbre; no tenían jurisdicción civil, pues ésta competía a los Alcaldes, pero sí la
tenían en lo criminal en los delitos leves, siendo su poder principal sobre lo económico y
gubernativo.”
157. Zorita, pp. 60 y 61 [pp. 479-481].
158. Zorita, pp. 51-66 [pp. 477-481]. Copiado en forma condensada por Herrera, déc.
III, lib. IIII, cap. XV, p. 134.
159. El término calpixqui, recolector de productos agrícolas, se aplica en forma tan
indiscriminada que se hace preciso investigar qué eran en realidad los funcionarios así
designados. En general, los calpixca eran enviados a las tribus sometidas, como represen-
tantes de sus conquistadores. Por cada funcionario que se encontraba en el exterior había
otro en el pueblo de México, para recibir y ubicar el tributo que el primero recolectaba y
enviaba. Los calpulli o grupos de parentesco, sin embargo, no necesitaban en realidad un
funcionario de este tipo, porque no pagaban tributo a la tribu. La afirmación de
Torquemada (lib. XIV, cap. VI, p. 545 [p. 544]): “que el Maiordomo Maior del Rey, se
llamaba Hueycalpixqui, á diferencia de otros muchos, que havia, que se llamaban Meno-
res; porque tenia cada parcialidad el suio”, se aplica en este caso a los recaudadores de
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 291

impuestos y mayordomos, no a los mayordomos de los grupos de parentesco. Las confu-


sas concepciones de la verdadera naturaleza de este cargo se muestran también en el
nombre de la casa oficial. Torquemada la llama alternativamente tecpan, calpulli y final-
mente también “Calpixca, que era la Casa del comun del Pueblo” (lib. XIV, cap. I, p. 534).
En confirmación de lo que ya se ha dicho en “Sobre la tenencia de la tierra” (supra, pp. 134-
139), remito aquí a Zorita (pp. 236-242 [pp. 520-522]), “De l’ordre de succession” (p.
229), Motolinia y d’Olarte (“Lettre”, 27 de agosto de 1554, pp. 403-406). No debemos
olvidar que sólo las tribus conquistadas pagaban tributo a sus conquistadores. En ningún
momento se hace referencia a tributos o impuestos cobrados dentro de la población de
México, si bien Tlatelolco estaba obligado a pagar cierta contribución (Durán, cap. XXXIV,
p. 270 [pp. 264 y 265]).
Sin embargo, encontramos el término calpixqui aplicado muy claramente a un cargo
del grupo de parentesco. Durán (cap. XXI, p. 180 [p. 182, § 34]) los llama “mandoncillos
de los barrios”. Con la misma propiedad se llama a los calpixqui “gobernadores” o “capi-
tanes.” Todo esto sólo prueba que, si bien cada grupo de parentesco tenía sus mayordo-
mos, éstos estaban bajo la dirección de un “mandón” o funcionario superior. Éstos po-
drían ser los calpullec, ya que Zorita (p. 62 [p. 480]) afirma sin lugar a dudas que “en estas
juntas, que son muchas por año, les da de comer é beber”. Esto debía hacerlo con pro-
ductos de los almacenes del grupo de parentesco.
El término tequitlato es probablemente equivalente a calpullec. Deriva de nitequiti, “tra-
bajar o tributar” (Molina, II, p. 105 [p. 106]) y ni-tlatoa, “hablar algo” (p. 140 [p. 141])
[Siméon, pp. 511, 674], de donde “hablador tributario” o “el que habla del tributo”. Pero
esto se usa solamente en el caso de tribus sometidas, donde el calpullec era el que se
encargaba del tributo adeudado por su grupo de parentesco, e incluso de reunirlo. Véase
fray Domingo de la Anunciación (“Lettre”, Chalco, 20 de septiembre de 1554, en 2eme
recueil, p. 340), “les tequitlatos ou percepteurs”. Sahagún (t. II, lib. VIII, cap. XXI, pp. 329-
332 [pp. 330-332]) dedica un capítulo entero a “De los grados por donde subían hasta
hacerse tequitlatoque”, pero nunca dice qué significa este término. Sospecho que quiere
decir tecuhtlatoque.
160. Esto se puede deducir de la naturaleza del cargo.
161. Zorita (p. 62 [p. 480]): “y tienen cuidado de amparar la gente del calpulli y de
hablar por ellos ante la justicia é ante los gobernadores”.
162. “Sobre la tenencia de la tierra”, supra, p. 133 y n. 52; Zorita, p. 266 [pp. 521-522].
163. Ya se ha mostrado que achcauhtli, achcacauhtli y teachcauhtin o tiacauh son sinóni-
mos. Cf. “Sobre el arte de la guerra” (supra, p. 69 y n. 91) con respecto a las diversas y
contradictorias concepciones de la naturaleza de este cargo. Sin embargo, la idea pre-
dominante es que, además de ser los “maestros” y los “capitanes” eran también los “ver-
dugos” del grupo de parentesco. Cf. “De l’ordre de succession” (p. 225): “Nombraban a
notables que llevaban el título de achcacaulitin, que es el nombre del cargo, como hoy el de
alguacil.” Sahagún (t. II, lib. VIII, cap. XVII, p. 305 [cap. XIV, p. 311, § 4.2]) habla de los
achcacauhtin (o verdugos): “que tenían cargo de matar a los que condenaba el señor”.
Torquemada (lib. XI, cap. XXVI, p. 355): “llamabanse Achcauhtli, que quiere decir: Maiores”.
Prácticamente no hay duda acerca de sus funciones.
164. El blanco era el color de la muerte (blancos cráneos y huesos). Esto está amplia-
mente probado por su modo de declarar, o más bien anunciar, la guerra. La costumbre de
llevar “varas del cargo” está bien establecida.
165. Torquemada, lib. XI, cap. XXVI, p. 353. Clavijero (lib. VII, cap. 16, p. 482 [p. 217])
llama topilli a los que detenían a los delincuentes, pero esta palabra significa simplemente
292 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

“bastón o vara de la justicia” (Molina, II, p. 150 [Siméon, p. 718]), y no un cargo. No hay
evidencia de que esos funcionarios pudieran matar, sin previa decisión del consejo, salvo
quizás en el gran mercado. Cortés (“Carta segunda”, p. 32 [p. 64]): “Hay en la dicha
plaza otras personas que andan continuo entre la gente, mirando lo que se vende y las
medidas con que miden lo que venden; y se ha visto quebrar alguna que estaba falsa.”
Oviedo (lib. XXXIII, cap. X, p. 301) copia a Cortés, añadiendo sin embargo “y quiebran lo
que está falso, y penan al que usaba de ello”. Bernal Díaz (cap. XCII, p. 80 [p. 257])
simplemente observa: “y otros como alguaciles ejecutores que miraban las mercaderías”.
Casi no hacen falta referencias sobre el modo de actuar y la forma de aparición de los
“hermanos mayores”. Sus funciones “policiales” están repetidamente descritas en las fuen-
tes más antiguas.
166. L.H. Morgan (Ancient society, p. 71): “Casi todas las tribus indias de América tie-
nen dos grados de jefes, que pueden distinguirse como sachems y jefes comunes. Todos los
demás grados eran variaciones de esos dos grados primarios […]. El cargo de sachem era
hereditario en la gens, en el sentido de que se llenaba apenas quedaba vacante; mientras
que el cargo de jefe no era hereditario, porque se concedía como premio al mérito perso-
nal, y moría con el individuo.” He empleado los términos “oficial” y “funcionario” como
sustitutos de sachem porque esta última es una palabra nórdica, mientras que las primeras
expresan la naturaleza del cargo y su dignidad y es la más ampliamente conocidas y por
lo tanto mejor comprendidas. Es con base en la conjunción de los atributos de funciona-
rio y jefe que se ha afirmado que existían nobleza y monarquía. Entre los mexicanos, y en
realidad entre las tribus indias más avanzadas (incluyendo a los incas del Perú), la digni-
dad de jefe era todavía una cuestión personal, y no necesariamente conectada con el
cargo. Los jefes son los “caballeros” que mencionan Garcilaso de la Vega (lib. VI, cap. XXIV,
XXV, XXVI) y Herrera (déc. V, lib. IV [lib. III], cap. VII, p. 63; lib. IV, cap. I, p. 83). Sobre los
muiscas de Bogotá, cf. H. Ternaux-Compans (L’ancien Cundinamarca, pp. 57-58, § XXVII).
Oviedo, lib. XXVI, cap. XXXI, p. 410; Herrera, déc. VI, lib. V, cap. VI, pp. 116-117. Cf.
también, en relación con la dignidad de “jefe militar” entre las tribus salvajes del río
Orinoco y sus tributarios, P. José Gumilla, Histoire naturelle, civile, et géographique de l’Orénoque,
trad. de M. Eldous, 1758 (vol. II, cap. XXXV, p. 280-292). Muy importante.
167. Molina (II, p. 93 [p. 94]), tecul, “ahuelo”. Evidentemente debe ser “abuelo” y es
sólo un error de imprenta. Las crónicas más antiguas dicen tecle, y sólo los escritores
posteriores (después de 1530) empezaron a escribir tecutli, tecuhtli y teuctli. Todavía no está
claro si teules significaba en realidad “dioses” o más bien tecuhtin, plural de tecutli. Es casi
una perogrullada recordar aquí el senex romano y el grave o Graf de los germanos. Entre
las tribus americanas tenemos en quiché aua, viejo, y ahau, señor; en maya hachyum,
padre, y ahau, señor, y también achi, bravo.
168. Sahagún (lib. VIII, cap. XXI, pp. 329-332 [pp. 330-332]): “De los grados por don-
de subían hasta hacerse tequitlatoque”, especialmente (p. 331 [p. 332, § 15]): “Y a los que
por sí prendían cuatro cautivos, mandaba el señor que les cortasen los cabellos, como a
capitán; llamábanle capitán diciendo, el capitán mexicatl, ó el capitán tolnauacatl, u otros
nombres que cuadraban a los capitanes. De allí adelante se podían sentar en los estrados,
que ellos usaban de petates e ycpales, en la sala donde se sentaban los otros capitanes y
otros valientes hombres, los cuales son primeros y principales en los asientos, y tienen
barbotes largos y orejeras de cuero, y borlas en las cabezas, con que están compuestos.”
Zorita (p. 47 [p. 477]): “Estos señores que se ha dicho que se llaman tectecutzin o teules en
plural, no eran más que de por vida, porque los Señores Supremos los promovían á estas
tales dignidades por hazañas hechas en la guerra o en servicio de la república o de los
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 293

Señores; y en pago é remuneración de ello les daban estas dignidades.” Mendieta, lib. II,
cap. XXXVIII, p. 136; Torquemada, lib. XI, cap. XXIX, p. 361; Clavijero, lib. VII, cap. 13, pp.
171, 172 [pp. 207, 208] y otras.
169. Zorita, p. 47 [pp. 477-478]. Sahagún (lib. IX, cap. II, p. 342 [t. III, p. 20, § 23]):
“Estos mercaderes eran ya como caballeros, y tenían divisas particulares por sus haza-
ñas.” Fray Alonso de Montúfar, “Supplique”, 30 de noviembre de 1554, en Ixtlilxochitl,
“Décima tercia relación”, apéndice, p. 257 [Relaciones, p. 519]. “Des cérémonies”, Premier
recueil, p. 232. Mendieta, lib. XI, caps. XXIX y XXX, etcétera.
170. Gómara, p. 425 [cap. CCXIII, p. 328]; “Des cérémonies”, pp. 232ss; Mendieta, p. 156
[cap. XXXVII, pp. 155-156]; Torquemada, lib. XI, caps. XXIX y XXX, etcétera.
171. Sobre la descripción de las formalidades de la creación de un tecuhtli, remito a las
fuentes citadas en las últimas tres notas. Es interesante comparar ceremonias similares
usadas por los indios del Orinoco, Gumilla (Histoire, vol. II, cap. XXXV). Sobre los incas, cf.
Garcilaso de la Vega (lib. VI, caps. XXIV-XXVI) y Cristóbal de Molina, Relación de las fábulas y
ritos de los incas, en C.A. Romero y H.H. Urteaga (eds.), Colección de libros y documentos refe-
rentes a la historia del Perú, 1a. serie, t. I. Esto evoca poderosamente las palabras del extra-
ño poeta y soldado Alonso de Ercilla (La araucana, 1a. parte, canto 1, ed. de 1733, p. 2):

“Los cargos de la Guerra, y preheminencia


”No son por flacos medios proveídos,
”Ni van por calidad, ni por herencia,
”Ni por hacienda, y ser mejor nacidos;
”Mas la virtud del brazo, y la excelencia,
”Esta hace a los hombres preferidos,
”Esto ilustra, habilita, perficiona,
”Y quilata el valor de la persona.”

172. Mendieta (lib. II, cap. XXXIX, p. 161): “Los que tenian el dictado de Tecutli, tenian
muchas preeminencias, y entre ellas era que en los concilios y ayuntamientos sus votos
eran principales.” Gómara, p. 436 [cap. CCXIV, pp. 330-331]; Torquemada, lib. XI, cap.
XXX, p. 366. Debe tenerse presente que la dignidad de tecuhtli aparece con la mayor pre-
eminencia en Tlaxcala, cuyo pueblo sin embargo no era sino una liga, muy similar a la de
los iroqueses en el norte, aunque estaba formada por cuatro tribus en lugar de seis. Entre
ellos la naturaleza peculiar de la dignidad de jefe era más evidente que entre los mexica-
nos, para los españoles. Pero no hay diferencia entre el tecuhtli de Tlaxcallan y el tecuhtli de
México o Texcoco. No hace falta demostrar que los supremos señores de México eran
siempre tecuhtli antes de su elección. Cf. Domingo Muñoz Camargo, “Histoire de la
République de Tlaxcallan”, trad. de M. Ternaux-Compans, en vols. 98 y 99 de Nouvelles
Annales des Voyages, 1843; véase vol. 98, p. 176, etcétera.
173. Acerca de los privilegios de los tecuhtli, cf. Gómara, p. 436 [p. 330]; Mendieta, lib.
II, cap. XXXIX, p. 161; Torquemada, lib. XI, cap. XXX, p. 366; Zorita, p. 48 [pp. 477-478].
Es evidente, sin embargo, que este último autor confunde el rango de señor con el cargo
particular que pudiera ocupar, o de lo contrario no podría incluir la labranza de tierras
en la lista de ventajas derivadas de la posición. Cf. “Sobre la tenencia de la tierra” [supra,
pp. 127-189] y Bustamante, [3a. parte, cap, V], p. 235. Bustamante copia con frecuencia
a Zorita. Herrera, déc. III, lib. IIII, cap. XV, p. 135. Con respecto a la no hereditariedad de
la dignidad, remito a las autoridades citadas, y especialmente a Zorita (p. 49 [p. 478]):
“Muerto alguno de estos Señores, los supremos hacían merced de aquella dignidad á
quien lo merecía por servicios, como está dicho, y no sucedía hijo á padre, si de nuevo no
294 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

lo promovían á ello.” El hecho mismo de la elección, y la manera como se realizaba,


también lo comprueban. Véase los varios documentos en Ternaux, 2eme recueil.
174. Numerosas autoridades dicen que el festival o ceremonia requería la acumula-
ción de muchas provisiones y artículos para ofrendas y regalos. Gómara (p. 436 [cap.
CCXIV, p. 330]): “En fin, en semejantes fiestas no había pariente pobre. Daban a los seño-
res tecuitles y principales convidados plumajes, mantas, tocas, zapatos, bezotes, y orejeras
de oro o plata o piedras de precio. Esto era más o menos, según la riqueza y ánimo del
nuevo tecuitli, y conforme a las personas que se daba. También hacía grandes ofrendas al
templo y a los sacerdotes.” Zorita (p. 28 [p. 473]): “Acabadas las ceremonias, daban de
comer á todos los convidados, é muchas dádivas é presentes, en que se hacían muy gran-
des gastos, porque era mucha la gente á quien daban, y lo mesmo á los señores que
habían venido á la fiesta é á sus criados, deudos é allegados, é muchas limosnas á pobres
y necesitados.” “Des cérémoines” (p. 233): “el que nombraban tecle debía ante todo
poseer muchos bienes, para poder hacer regalos a los sacerdotes y a los otros nobles”;
“muchos no podían conseguir en tan poco tiempo la cantidad suficiente” (p. 237).
Mendieta (lib. II, cap. XXXVIII, p. 156): “Y así les costaba excesivo trabajo y gasto, como
aquí se dirá” (y cap. XXXIX, pp. 160-161). Veytia (t. I, lib. II, cap. IX, pp. 65, 68 [p. 272]):
“y era exorbitantísimo el gasto, por cuya causa algunos, cuyas facultades y caudal no era
suficiente a reportarlos, dejaban de tomar este dictado”. H.H. Bancroft (vol. II, p. 199):
“Como ya se ha señalado, los enormes gastos correspondientes a un tecuhtli excluían de
ese honor a muchos que en realidad lo merecían.”
175. Sobre estos tres atributos de la organización tribal, remito a Morgan, Ancient
society, p. 113.
176. Ancient society, 2a. parte, cap. VII.
177. No hay evidencia de una asamblea general de la tribu de México después de la
elección del “Colibrí” (Huitzilihuitl) para el cargo de “jefe de hombres”. Ese aconteci-
miento, que según el Códice Mendocino (lám. III) tuvo lugar en 1396, es mencionado por
Durán (cap. VII, p. 53 [p. 61, § 1]): “Y así, haciendo consulta y cabildo entre los grandes y
mucha gente común.” Tezozomoc (notas de Orozco y Berra, México, 1878 [Porrúa, 1980],
cap. IV, p. 233) habla claramente de delegados: “Casi con esto los mas principales, viejos
y sacerdotes de los mexicanos, de los cuatro barrios.” El Códice Ramírez (“Relación del
Origen de los Indios que Habitan esta Nueva España según sus Historias”, en Crónica
mexicana, p. 39) emplea las mismas palabras que Durán. Sahagún (t. II, lib. VIII, cap. XXX,
p. 318 [cap. XVIII, pp. 321-322, § 1-6]) da probablemente el cuadro mejor y más claro de
las más importantes reuniones de la tribu –las que se efectuaban para la elección de los
jefes, y claramente menciona sólo a viejos, funcionarios y “médicos”.
178. Hay evidencia de la existencia y de la suprema autoridad de este organismo en
muchos autores. En primer lugar tenemos la admisión directa de que elegían al “jefe de
hombres”, el llamado “rey”, y de que “los asuntos de gobierno” estaban en sus manos, en
la (todavía) anónima relación tomada de los Archivos de Simancas, traducida y publicada
por H. Ternaux-Compans con el título “De l’ordre de succession”, p. 228): “Había conse-
jeros encargados de los asuntos de estado […] los honraba como a sus padres.” La supre-
macía del consejo está positivamente afirmada, además, en las siguientes autoridades:
1] Un manuscrito fragmentario del siglo XVI, hallado junto con el Códice Ramírez y
publicado junto con éste en la Crónica mexicana (Códice Ramírez, “Fragmento 2”, p. 147
[pp. 147-148]): “Considerando el nuevo Rey de México la fuerza que el español traia,
juntó á consejo y hízoles representación de aquesto, y lo que estaba prometido que de
Ixtlilxuchitl habia de salir la ruina de los Mexicanos, que se diesen con buenas condicio-
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 295

nes, pues era ménos mal que no morir á sus manos y á las de los españoles. No quisieron
por tener concepto destos que eran insufribles y cudiciosos. Tornóles otra vez á tratar
aquesto, y aún otras dos, diciéndoles ser entónces tiempo cómodo: dijeron que querian
mas morir, que hacerze esclavos de gente tan mala como los españoles; y assí quedó
concluido que era mejor morir; la qual determinacion sabida por Cortés andaba dando
órden á Ixtlilxuchitl de cómo sitiar la ciudad.” Esto muestra hasta qué punto la voz y el
voto del consejo eran decisivos, por encima de los deseos y consejos del llamado “rey” (en
ese momento Cuauhtemotzin), incluso en un momento del mayor peligro, justo antes del
último sitio. Cf. sobre el mismo punto “Sobre el arte de la guerra”, supra, pp. 82-83.
2] En la misma colección, “Fragmento 1” (p. 125), reconociendo las decisiones finales
del consejo en tiempos del anterior “Señor Severo”: “y assí en este tiempo comenzó á
edificar el templo á su dios Huitzilopuchtli á imitación de Salomon, por consejo de
Tlacaellel y de todos sus grandes”. “Y luego llamó á Tlacaellel y á sus consejeros, y
diziéndoles lo que pasaba, de comun acuerdo se determinó que se hiziesse guerra á los de
Tepeacac” (p. 117 [p. 127]).
3] Las propias palabras del último “Señor Severo” (Moctezuma II), según las registra
Tezozomoc (cap. XCVII, p. 172 [pp. 638, 639]), son: “hijos y hermanos, seais muy bien
venidos; descansad, que aunque es verdad soy rey y señor, yo solo no puedo valeros, si no
son todos los principales mexicanos del sacro senado mexicano; descansad”. Ésta fue la
respuesta dada por el supuesto “déspota” a los delegados de Huexotzinco que llegaron a
negociar la paz y alianza contra los tlaxcaltecas. En relación con esto encontramos el
notable pasaje que acabamos de citar, el cual, a la vez que prueba que la tribu mexicana,
sola, no podía ni siquiera tratar por sí misma con una tribu hostil, incidentalmente esta-
blece también la supremacía del consejo sobre el jefe supremo: “Habiendo venido ante
Moctezuma todo el senado mexicano, y consultado sobre ello dijo Cihuacoatl resoluto: se-
ñor, ¿cómo será esto, si no lo saben vuestros consejeros de guerras, los reyes de Aculhuacan
Netzahualpilli, y el de tecpanecas Tlaltecatzin? Hágase entero cabildo y acuerdo: fué acor-
dado así.”
4] Diego Durán (cap. XI, p. 103 [§ 33]): “A estos cuatro señores y dictados, después de
electos príncipes les hacían del consejo real, como presidentes y oidores del consejo supre-
mo, sin parecer de los cuales ninguna cosa se había de hacer.” “El rey tomó parecer con
los grandes de lo que había de hacer. Tlacaelel, príncipe de los ejércitos, y los cuatro del
supremo consejo” (cap. XII, p. 108 [§ 19]). El cap. XIV, pp. 117-118 [p. 117, § 3] describe
una asamblea convocada de “los más principales de la ciudad de México” con los dos
jefes. “Tlacaelel respondió que le parecía cosa muy acertada y justa. Y todos los del con-
sejo determinaron de que se hiciese” (cap. XVI, p. 132 [p. 133, § 3]). “Moctezuma aprobó
el consejo y dijo: ‘perdonadme, señores, que yo, aunque soy rey, no acertaré en todo; para
eso tengo vuestro favor, para que me aviséis de lo que a la autoridad de esta ciudad y
nuestra conviniere’” (p. 133 [p. 134, § 5]). Véase también cap. XVIII, p. 156, y otros.
5] Acosta (lib. VII, cap. II, p. 477 [cap. 11, p. 337]): “De donde se puede entender que
entre éstos, el rey no tenía absoluto mando e imperio, y que más gobernaba a modo de
cónsul, o dux, que de rey; aunque después, con el poder, creció también el mando de los
reyes hasta ser puro tiránico, como se verá en los últimos reyes.” Ya hemos refutado esta
última afirmación en una nota anterior. “Todos estos cuatro dictados eran del consejo
supremo, sin cuyo parecer el rey no hacía ni podía hacer cosa de importancia” (lib. VI,
cap. 25, p. 441 [p. 313]).
6] Herrera (déc. III, lib. II, cap. XIX, p. 76): “Estos quatro Dictados, eran del Consejo
Supremo, sin cuio parecer no podia hacer el Rei cosa de importancia.”
296 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

7] Hay evidencia indirecta del poder supremo del consejo en las descripciones del
modo de consulta sobre la guerra o la paz, según Mendieta (lib. II, cap. XXVI, p. 129),
Torquemada (lib. XIV, cap. II, p. 537). Este último menciona incluso mujeres ancianas
sentadas junto a los hombres en el debate sobre la paz o guerra, y describe ese debate
como genuinamente “indio”.
179. Molina, II, p. 141: tlatocan, “corte o palacio de grandes señores” [Siméon, p. 675:
“corte, palacio de gran personaje”]; Molina, I, p. 30: “consejo real”, tlatocanecentlaliliztli.
Torquemada (lib. XIV, cap. VI, p. 545): “si no era en la Corte, á la qual llama Tlatocan, que
es lugar de Juzgado, ó Audiencia”.
180. Ya hemos observado que había 20 “barrios” (grupos de parentesco) en la tribu.
Ahora Bernal Díaz (cap. XCV, p. 95 [p. 274]) nos dice: “y siempre a la continua estaban en
su compañía veinte grandes señores y consejeros y capitanes, y se hizo a estar preso sin
mostrar pasión en ello”. “Ya he dicho otra vez en el capítulo que de ello habla, de la
manera que entraban a negociar y el acato que le tenían, y cómo siempre estaban en su
compañía en aquel tiempo para despachar negocios veinte hombres ancianos, que eran
jueces; y porque está ya referido, no lo torno a referir” (cap. XCVII, p. 99 [p. 283]). Ade-
más Torquemada (lib. XIV, cap. VI, p. 544) dice claramente: “En lugar de Regidores, ponian
en cada Barrio, ó Parcialidad, un Tecuhtli, que se ocupaba en executar lo que nuestros
Regidores executan, y hacen; y todos los Días se hallaban en el Palacio, á vér lo que se les
ordenaba, y mandaba.” En consecuencia, cada calpulli o grupo de parentesco tenía un
representante permanente en la casa oficial de la tribu, y como había 20 grupos de paren-
tesco, necesariamente tenemos aquí los 20 señores o “jueces” que menciona Bernal Díaz.
Esta última afirmación de Torquemada la repite (¿copia?) Vetancurt (vol. I, p. 371 [2a.
parte, trat. II, cap. I, pp. 328, 329]).
Durán (cap. XXVI, p. 215 [p. 212, § 5]) menciona “los grandes señores, que eran hasta
doce”. Ixtlilxochitl (cap. XXXIV, p. 236 [p. 88]) dice que había 14 grandes señores en el
reino de México. Tezozomoc (cap. XXXVI, p. 57 [p. 352]) enumera primero 12 y luego tres
más. Esto es muy singular después de la lista detallada que incluye 20 señores a la que he
hecho referencia en una nota anterior.
Que los miembros del consejo tribal eran elegidos cada uno por su calpulli o grupo de
parentesco se desprende claramente de las afirmaciones de Zorita (p. 60 [p. 480]): “Los
comunes de estos barrios ó calpullec siempre tienen una cabeza […] y lo elegían y eligen
entre sí […] y no por sucesión […]. Este principal tiene cuidado de mirar por las tierras
del calpulli y defenderlas […] y tienen cuidado de amparar la gente del calpulli y de hablar
por ellos ante la justicia é ante los gobernadores.” En consecuencia, este funcionario
representaba al grupo de parentesco frente a los otros grupos de parentesco de la misma tri-
bu, y sólo podía hacerlo en el consejo tribal, como uno de sus miembros. La misma
autoridad nos dice cómo se realizaba esa elección (p. 61 [p. 480]), y también que el cargo
era vitalicio, que la primera condición para él era la capacidad, y que la incapacidad o
deslealtad necesariamente provocaban la destitución.
181. Molina, II, p. 14 [p. 141]: tlatoani, “hablador, o gran señor”; el plural es tlatoca.
Pimentel, p. 174. Hay abundante evidencia de los altos cargos que llevaban este título. Cf.
Torquemada (lib. IV [lib. V], cap. XVI, p. 626): “los Tlatoques (que son los Señores y Pode-
rosos)”. Tezozomoc emplea el término “cemanahuac-tlatoani”. Zorita (p. 43 [p. 476]): “A
los señores supremos llamaban y llaman tlatoques, de un verbo que dice tlatoa, que quiere
decir hablar.” Bernal Díaz, cap. XXXVIII, p. 32 [p. 93]; “Real Ejecutoria”, vol. II, p. 12 y n. 36.
En este documento la palabra está usada en plural: “y diciendo que ya habían estado allí
los Tlatoanis Teacames”. Sería inútil citar más autoridades. Diré solamente que, de acuerdo
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 297

con el señor D. Juan Gavarrete el término todavía se usa entre los indios de Guatemala,
aplicado a los “principales” o “ancianos”: “Los ancianos que a su edad agregan servicios
públicos se llaman en algunos pueblos Tatoques; pero esta denominación casi ha desapa-
recido” (carta al autor, 14 de marzo de 1879).
El término tecutlatoca se descompone en tecutli y tlatoa. Se encuentra en Molina (II, p. 94)
como ni-tecutlatoa, “tener audiencia, o entender en su oficio el presidente, oydor, alcalde”
[Siméon, p. 454: “celebrar audiencia, oír, juzgar un asunto, etc.”]. Tecutlatoliztli, “judica-
tura, o el acto de exercitar su oficio el juez” (Molina, ibid. [Siméon, ibid.: “judicatura,
acción de impartir justicia”]). Torquemada (lib. XI, cap. XXVI, p. 355): “y á los Jueces,
Tecuhtlatoque, Señores, que gobiernan el bien público, y lo hablan.” Ya he señalado que
el “Tequitlato” que menciona Sahagún podría ser un error ortográfico o de imprenta,
por tecutlatoca. El mismo autor dice (t. II, lib. VIII, cap. XVII, p. 314 [318, §2.4]): “Estos tales
eran los mayores jueces, que ellos llamaban tecutlatoque.” Molina (I, p. 108): tecutlato, “se-
nador”. Bustamante (p. 191 [2a. parte, cap. VII]): “Habia tambien abogados y procurado-
res: á los primeros llamaban Tepantlatoani (el que habla por otro).”
182. Molina (II, p. 93): “casa o palacio real, a de algun señor de salua” [Siméon, p. 450:
“mansión real, palacio, morada de un noble”]. Particularmente importante es la siguien-
te definición (Molina, I, p. 91): “tecpan, tlatocan, totecuacan, palacio real”. Esto muestra
que el tecpan era realmente el lugar donde se reunía el consejo. Sahagún (t. II, lib. VIII,
cap. XIV, pp. 302-303 [p. 310]; cap. XXV, p. 314 [cap. XVIII, p. 321]); Mendieta (lib. II, cap.
XXVIII, p. 134), Ixtlilxochitl (cap. XXXVI, pp. 247-252 [pp. 92-97]); Veytia (lib. III, cap. VII,
p. 199 [p. 180]) y Torquemada (lib. XIV, cap. VI, p. 544 [p. 545]) identifican “la corte” con
el “lugar de Juzgado, ó Audiencia”. No es necesario agregar más citas.
183. Este hecho está implícito en Ixtlilxochitl (cap. XXXVIII, pp. 268-269 [pp. 103-
104]), cuando afirma que, al notificar a una tribu hostil la intención de hacerle la guerra,
la notificación se repetía tres veces, con intervalos de 20 días. Veytia (lib. III, cap. VII, p. 209
[pp. 186-187]) dice que “cada doce días” la corte se reunía para informar al “emperador.”
Esto es bastante extraño puesto que el mismo autor dice (p. 202 [p. 181]) que esas cortes
sesionaban diariamente en lo que llama “el palacio”. Torquemada (lib. XI, cap. XXVI, p. 355):
“De diez, á diez dias, y á mas tardar, de doce, á doce, hacia junta el Rei de todos los
Jueces, asi de las Audiencias del Reino, como de los de sus Consejos.” En este caso está
hablando de Texcoco. Mendieta (lib. II, cap. XXVIII, p. 135): “Y así, á lo mas largo, los
pleitos árduos, se concluian á la consulta de los ochenta dias, que llamaban nappoallatolli,
demas que cada diez ó doce dias el señor con todos los jueces tenian acuerdo sobre los
casos árduos y de mas calidad.” Zorita (p. 101 [p. 489]): “Cada doce días el Señor tenía
acuerdo ó consulta ó junta con todos los jueces sobre los casos arduos é criminales de
calidad. Todo lo que con él se había de tratar iba muy examinado é averiguado.” Clavije-
ro (lib. VII, cap. 16, p. 482 [p. 217]) es terminante: “En la corte cada mes mexicano o cada
20 días hacía el rey una junta de todos los jueces para terminar las causas pendientes.”
Evidentemente esta afirmación se basa en Gómara, p. 442 [cap. CCXXVII, p. 345]. “Con-
sultan con los señores cada mes una vez todos los negocios”, de acuerdo con Orozco y
Berra (“Ojeada sobre Cronología mexicana”, pp. 174-175). Gómara se basa principal-
mente en una serie de documentos inéditos titulada Libro de oro, actualmente en posesión
de mi amigo el señor García Icazbalceta. Esa colección fue formada por franciscanos, ba-
jo los auspicios del injustamente maltratado fray Juan de Zumárraga, entre 1531 y 1547.
Por lo tanto, no se puede rechazar la afirmación de Clavijero. El Códice Ramírez (p. 65)
dice: “los quales daban noticias al Rey cada cierto tiempo de todo lo que en su Reyno
pasaba y se habia hecho”. Por lo tanto, es por lo menos probable que el consejo se reunie-
298 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

ra en pleno una vez al mes, pero, como hemos dicho para ser justos con todos, es igual-
mente posible que se reuniera dos veces en el mismo tiempo. La referencia a “jueces” no
requiere explicación. Es evidente que para asuntos judiciales solamente, esas reuniones
de funcionarios ejecutivos eran superfluas. También se planteaban asuntos de gobier-
no –y esto es decisivo respecto al tipo de funcionarios que eran miembros del consejo
tribal, puesto que sólo ellos podían ocupar esos puestos. Por lo tanto, esas reuniones no
eran otra cosa que sesiones plenarias del consejo.
184. Esto está abundantemente demostrado por lo que finalmente han reconocido
tanto el señor Orozco y Berra como mi amigo el señor Chavero (“Ojeada”) como fuentes
específicamente mexicanas de historia aborigen. Véase por ejemplo Códice Ramírez (pp. 52,
62, 66, 67, 80; “Fragmento 1”, pp. 124, 127, 133, etc.; “Fragmento 2”, pp. 137, 147, etc.)
y Durán, cap. X, p. 83 [p. 87]; cap. XI, pp. 107-109 [pp. 97-99]; cap. XIV, pp. 117 y 123
[pp. 117, 122]; cap. XVI, p. 132 [p. 133] y cap. XVIII, p. 156, etc. No agregamos más citas
porque serían demasiado numerosas. Todo indica que el consejo era convocado frecuen-
temente entre las sesiones ordinarias. Sería inútil citar a Tezozomoc, porque sería dema-
siado y en general concuerda con Durán. El hecho de que durante la conquista se convo-
caron reuniones extraordinarias del consejo lo prueban, además, Sahagún, lib. XII, cap.
III, p. 7 [t. IV, pp. 26-27], y Torquemada, lib. IV, cap. XIV, p. 381.
185. Bernal Díaz (cap. XCV, p. 95 [p. 274]): “y siempre a la continua estaban en su
compañía veinte grandes señores y consejeros y capitanes”. “Ya he dicho otra vez en el
capítulo que de ello habla, de la manera que entraban a negociar y el acato que le tenían,
y cómo siempre estaban en su compañía en aquel tiempo para despachar negocios veinte
hombres ancianos, que eran jueces” (cap. XCVII, p. 99 [p. 283]).
186. Hay una serie de pinturas que se consideran representativas de las costumbres y
modos de los nativos. Hay ejemplos de ellas en el Códice Mendocino, láms. 58-72. Sin
embargo, ninguna de ellas contiene, ni podría contener o expresar, algo como una ley.
Sobre las pinturas mexicanas en general y su valor, cf. “On the Sources for aboriginal
history of Spanish America”, en el vol. 27 de Proceedings of the American Association for the
Advancement of Science. Orozco y Berra (“Códice Mendocino - Ensayo de descifración
geroglífica”, a partir del núm. 3 del vol. 1 de los Anales del Museo Nacional de México) ha
iniciado una publicación que deberá arrojar mucha luz sobre tales pinturas, y la posición
que ocupaban entre los antiguos mexicanos.
187. No siempre era posible evitar los conflictos entre los habitantes de distintos “ba-
rrios” durante las festividades y las reuniones religiosas.
188. Morgan, Ancient society, pp. 76-77; Dávila Padilla, lib. I, cap. XXVI, p. 83. La cos-
tumbre es general entre otras tribus y Morgan la ha señalado entre los mayas de Yucatán
y los peruanos. Sería innecesario aducir más evidencia: las afirmaciones notablemente
claras de Morgan cubren plenamente el caso.
189. H.H. Bancroft (vol. II, pp. 458-459) fue el primero, que yo sepa, en llamar la aten-
ción (en la n. 59) sobre las diferencias de opinión entre los autores con respecto al castigo
de los homicidas. Hace referencia a las partes inéditas de la obra de fray Diego Durán.
Encontramos en el Códice Ramírez (“Tratado de los Ritos y Ceremonias que en su Gentili-
dad usaban los indios desta Nueva España”, cap. I, p. 103): “El matar uno á otro era muy
prohibido, y aunque no se pagaba con muerte, hazian al homicida esclavo perpétuo de la
mujer ó parientes del muerto, para que les sirviesse y supliesse la falta del muerto, ganan-
do el sustento de los hijos que dejaba.” Esto es muy interesante porque muestra la auto-
nomía de los grupos de parentesco. El homicida quedaba, frente al calpulli del muerto, en
la misma relación que entre los indios del norte quedaba un prisionero de guerra frente
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 299

a la tribu enemiga. Ambos podían ser adoptados, y eso condonaba el hecho. El grupo de
parentesco ofensor perdía un miembro; el grupo de parentesco ofendido ganaba uno a
cambio del que había sido asesinado. Eso, sin embargo, ocurría sólo en casos excepciona-
les: la regla, según lo establece la mayoría de los autores, era que la vida sólo se pagaba
con la vida. Del mismo modo y con el mismo título debemos ver las informaciones con-
tradictorias que ya hemos señalado sobre el castigo del robo. En consecuencia, para cada
delito o tipo de delito hay dos clases: una de los cometidos dentro del grupo de parentes-
co, y otra de los cometidos fuera de él.
190. Sahagún (t. II, lib. VIII, cap. XV, p. 304 [cap. XIV, p. 310, § 2.1]): “Otra sala del
palacio se llamaba teccalli o teccalco: en este lugar residían los senadores y los ancianos
para oír pleitos y peticiones, que les ofrecían la gente popular; y los jueces procuraban de
hacer su oficio con mucha prudencia y sagacidad, y presto los despachaban; porque pri-
meramente demandaban la pintura, en que estaban escritas, o pintadas las causas, como
hacienda o casas o maizales; y después cuando ya se quería acabar el pleito, buscaban los
senadores los testigos.” Cito este pasaje, aunque se aplica particularmente a las funciones
judiciales del consejo, porque ilustra los procedimientos. Veytia (t. II, lib. III, cap. VII, p. 207
[p. 185]), hablando de Texcoco, es muy claro: “Había también abogados y procuradores;
a los primeros llamaban tepantlatoani, que quiere decir el que habla por otro.” No necesito
recordar aquí que tlatoani (plural tlatoca) era el título de los miembros del consejo, y que
en consecuencia esos “abogados” eran miembros de éste. La misma afirmación (también
derivada de Veytia) se encuentra en Bustamante, 2a. parte, cap. VII, p. 191. Estas dos
obras contienen (en los capítulos indicados) la información más detallada que poseemos
sobre los procedimientos. Sin embargo, es evidente que en la mente de los autores en
general hay cierta confusión: no distinguen entre arbitración y jurisdicción tribal. Las
demás autoridades en general cometen el mismo error. Cf. Zorita (pp. 162, 165 [pp. 489,
490]), a quien Mendieta (lib. II, cap. XXVIII, p. 138 [p. 136]) ha copiado casi literalmente.
Torquemada, lib. XI, cap. XXVI, pp. 354-355.
La ausencia absoluta de división de poderes que caracteriza tan bien al México anti-
guo está bien establecida por Veytia (t. II, lib. III, cap. VII, p. 206 [p. 185]), hablando de lo
que llama “supremo consejo”: “Tratábanse en este consejo todo género de negocios de
estado, justicia, guerra, hacienda y otros cualesquiera que fuesen.”
191. Esta descripción se basa principalmente en Veytia (t. II, lib. III, cap. VII) y
Bustamante (2a. parte [cap. VII], pp. 191-192). Las afirmaciones del segundo sólo son
dignas de crédito porque copia al primero.
192. Veytia, lib. III, cap. VII, p. 207 [p. 185]; Clavijero, lib. VII, cap. 16, p. 483 [p. 218].
Para una copia de las pinturas reproducidas, véase A. de Humboldt (Vistas de las cordille-
ras, lám. 12).
193. Afirmo esto contra todas las autoridades en la materia quienes, sin excepción,
afirman que había apelación al “rey”. El Códice Mendocino (lám. LXX, “Declaración de lo
figurado” [p. 144]) es incluso muy categórico: “Y si era negoçio de calidad de la Sala del
consejo, avía apelaçión por vía de agrauyo ante Motecçuma, en donde avya conclusyón
de la causa.” Mi opinión se basa en lo que antecede sobre la autoridad del consejo, en lo
que espero probar en relación con la verdadera naturaleza de las tareas de los jefes supre-
mos y que viene a continuación, y en las contradicciones entre los propios autores. Así, el
Códice Ramírez (p. 58) ubica el poder supremo en las manos de los consejos “sin parescer
de los quales ninguna cosa se habia de hazer”, y no menciona (pp. 64-65) ninguna posi-
bilidad de apelación. Zorita (pp. 100-101 [p. 489]): “E las apelaciones de estos iban ante
otros doce jueces que presidían sobre todos los demás y sentenciaban con parecer del
300 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

Señor.” Es extraño observar que los escritores de la escuela texcocana parecen ansiosos
por colocar el poder de decreto final o la decisión de la última apelación en un “tribunal
superior”, o más bien sencillamente un consejo supremo de su tribu. Torquemada (lib. II,
cap. XXXXI, p. 146) menciona un consejo supremo “á los quales avian de venir todas las
cosas Graves, y Criminales, para que ellos, con el rei, las determinasen”. “Para estos dos
Jueces Supremos se apelaban las causas graves, los quales las admitian; pero no determi-
naban, ni sentenciaban, sin parecer, y acuerdo de el Rei” (lib. XI, cap. XXVI, p. 354). Veytia
(lib. III, cap. VII, p. 199 [p. 180]) habla del establecimiento de “tribunales” por “Lobo
ayunador” (Nezahualcoyotl, en realidad “Coyote ayunador”), y agrega: “pero concedien-
do a las partes el recurso de apelación para el gran tribunal de justicia que erigió en su
corte de Tezcoco”. Este presunto tribunal era, como hemos mostrado al final de la nota
190, el “consejo de la tribu”. Mendieta (lib. II, cap. XXVIII, p. 135) prácticamente copia a
Zorita. Sahagún (lib. VIII, cap. XXV, p. 314 [cap. XVII, pp. 318, § 2.3-2.4]): “y los casos muy
dificultosos y graves llevábanlos al señor, para que los sentenciase juntamente con tres
principales, muy calificados, que con él andaban y residían. Estos tales eran los mayores
jueces, que ellos llamaban tecutlatoque”. En este caso el erudito padre habla de jurisdic-
ción trinal y no de arbitración. Sin embargo, está claro que admite el fallo del consejo como
definitivo. El jefe o “señor” sólo aparece como miembro de ese consejo, posición de la que
hablaremos más adelante. Sin introducir más citas de autoridades similares, remito a los
que colocan, al lado del que llaman “Rey”, un “supremo juez” independiente –el cihuacoatl,
cuyo tribunal es mencionado positivamente como último tribunal de apelación. Ya Cortés
había notado que el cihuacoatl ocupaba una posición elevada (“Carta tercera”, p. 89 [p. 161])
y más adelante, cuando se hizo aún más prominente, lo observó también Tezozomoc.
Pero hasta donde sé, Torquemada fue el primero en establecer su posición como su-
premo juez independiente (lib. XI, cap. XXV, p. 352): “Después del Rei, havia un Presi-
dente, y Juez maior, cuio nombre, por raçón de el oficio, era Cihuacohuatl […]. De este
Presidente no se apelaba para el Rei, ni para otro Juez alguno, ni podia tener Teniente, ni
substituto, sino que por su misma Persona havia de determinar, y decidir todos los nego-
cios de su Juzgado, y Audiencia.” Y agrega: “lo qual no corria en este dicho Juez Cihua-
cohuatl; porque de su ultima determinacion no havia recurso á otro”. Vetancurt (vol. I,
2a. parte, trat. II, cap. I, p. 369 [pp. 327-328]): “Después del Rey […] avia un Virrey, que
llamaban Cihuacohuatl, que el Rey proveía, y era su segunda persona en el govierno, de
cuya sentencia no avia apelacion á otro; tan absoluta era la authoridad que le daba, que
reservando el Rey en sí la autoridad Real, era en la judicatura igual.” Estas afirmaciones
indican claramente la existencia de un organismo judicial de apelación, que el cihuacoatl
presidía y sobre el cual el supuesto “Rey” no tenía poder. Clavijero (lib. VII, cap. 16, p. 481
[pp. 215-216]) también afirma que no había apelación posible del fallo del cihuacoatl, e
incluso que había un oficial de este tipo “en la corte y en otros lugares grandes del reino”.
Esta descripción del cihuacoatl fue aceptada enteramente por W.H. Prescott (vol. I, p. 29
[lib. I, cap. II, p. 21]): “de cuya sentencia no podía apelarse a tribunal alguno, ni aun al
monarca mismo”, y también por H. H. Bancroft (vol. II, cap. XIV, pp. 434 y 435).
La confusión es evidente, puesto que tenemos tres opiniones diferentes sobre el mis-
mo caso. Una es que el “jefe supremo” era la suprema autoridad de apelación; la otra que
el jefe supremo con el consejo formaba la corte de último recurso, y la tercera que el
presunto “rey” nombraba un “juez supremo” que dictara fallos finales. Pero ya hemos
visto que la autoridad suprema era el consejo o tlatocan, y en consecuencia lo que se llama
comúnmente el “rey” no podía ser el último recurso en asuntos judiciales, y menos aún
nombrar a un oficial para eso. Parece, por lo tanto, fundamentada nuestra posición de
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 301

que no había apelación de las decisiones del consejo a ninguna autoridad superior.
Pero finalmente era posible reconsiderar, por así decirlo, los casos decididos por el
consejo, y para eso existía la institución llamada Nauhpohualtratolli o “conversación de
ochenta días”. Sobre este punto las autoridades son unánimes, aunque comúnmente se atri-
buye sólo a Texcoco, y me abstengo de citarlas en detalle, remitiendo a Bancroft (vol. II,
cap. XIV, p. 439, etc.).
194. Esto resulta evidente por las posiciones relativas del grupo de parentesco y la
tribu. Como veremos más adelante, tanto los funcionarios que recaudaban el tributo
como los que lo recibían eran oficiales tribales y por consiguiente dependían del consejo.
Era al consejo, por lo tanto, que debía presentarse cualquier queja contra ellos, y eso sólo
podía hacerse por medio del “hablador” de un grupo de parentesco. Que una parte del
tributo se distribuía entre los calpulli lo dicen Durán (cap. IX, p. 79 [p. 83, § 54]: “También
dieron a sus barrios para el culto de sus dioses, a cada barrio su suerte”) y Tezozomoc
(cap. X, p. 18 [p. 253]: “y aunque venian á darlo á Itzcoatl, era para todos los mexicanos
en comun”).
195. Torquemada (lib. XI, cap. XXIX, p. 361): “elegían Dia de buen Signo: en el qual
llamaban á todos los Señores, y Principales de la República, y á todos los Parientes, y
Amigos: los quales acompañaban al Mancebo” (cap. XXX, pp. 364-365). Este autor copia
a Mendieta (lib. II, caps. XXXVIII y XXXIX, pp. 156-161), quien en parte sigue a Zorita
(pp. 25-29 [pp. 472-473]). Gómara (p. 435 [cap. CCXIV, pp. 329-330]): “Los señores, los
amigos y parientes que convidados estaban, lo subían por las gradas al altar […]. El día
que había de salir venían todos los que primero le honraron, y luego por la mañana le
lavaban y limpiaban muy bien, y le tornaban al templo de Camaxtle con mucha música,
danzas y regocijo. Subíanle a cerca del altar.” Si bien estas citas se refieren sobre todo a
Tlaxcala, la dignidad de tecuhtli era común a todas las tribus sedentarias, y las costumbres
sobre la investidura también eran iguales. Cf. “Des cérémonies”, pp. 233-234.
196. Zorita (p. 17 [p. 477]): “porque los Señores supremos los promovían á estas tales
dignidades por hazañas hechas en la guerra”. Hay además abundante evidencia de que
los autores más antiguos creían todos que los funcionarios eran nombrados por la supre-
ma autoridad tribal. Nunca hicieron la distinción entre oficiales de los grupos de paren-
tesco y oficiales de la tribu. Ya he examinado este punto anteriormente.
197. “Sobre el arte de la guerra”, supra, pp. 71-72. Además de las autoridades citadas
allí, y las mencionadas en la n. 178 de este trabajo, tengo gran placer en remitir al trabajo
escrito por un erudito peruano, el señor José Fernández Nodal (“Législation civile
comparée des Méxicains sous les empereurs Aztèques et des Peruvians à l’époque des
Incas”). Este ensayo fue presentado al Congreso Internacional de Americanistas en Luxem-
burgo en 1877, pero en el Compte Rendu sólo se publicó un breve resumen (vol. I, pp. 235-
237). El señor Fernández Nodal afirma que entre los mexicanos la monarquía (?) era
electiva y controlada por un consejo. Es verdaderamente lamentable que este interesante
trabajo haya sido descuidado así.
198. Sobre este último detalle hay abundante evidencia. Cf. Tezozomoc, cap. XCVII,
p. 172 [pp. 638-639]. Durán (cap. XV, p. 127 [§ 13-14]): “El rey Motecuzoma le respondió
con rostro muy alegre y amoroso, que se lo agradecía, el amor que les tenía y que él era
muy contento de conservar la paz y de tener con ellos perpetua amistad; pero para que
estas treguas estuviesen con más seguridad y vínculo, que él queríalo comunicar con sus
grandes señores y principales y que él le daría su respuesta. El rey de Tezcuco fue aposen-
tado a descansar en un aposento de la casa real con mucha honra. Y luego el rey mandó
venir a todos los de su consejo y a los demás señores y principales, y estando presentes,
302 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

luego les propuso la plática diciendo.” “Motecuhzoma, apiadándose de ellos, los mandó
aposentar, y llamando sus consejos, propúsoles la demanda que traían” (cap. LX, p. 473
[p. 454, § 9]). Códice Ramírez (p. 61): “El rey Itzcohuatl mostró gran contento con la emba-
jada respondiendo con muy gratas palabras; mandó aposentar a los mensajeros, y hon-
rarlos, y tratar como á su propia persona, diziéndoles que descansassen, que el dia si-
guiente les daria la respuesta.” Véase también Torquemada (lib. XIV, cap. I, p. 535):
“Acabada la Embaxada, si el Embajador no era de mui gran Principe, no se le respondia
cosa, hasta otro Dia; salian con él algunos, acompañándole á la Calpixca, adonde se
proveia de lo necesario, y en el entretanto el Señor comunicaba con los de su Consejo lo
que se havia de responder, lo qual hacia uno de ellos, y no él.” Pero la descripción más
completa de tales delegaciones y el modo como eran recibidas se encuentra en Vetancurt
(vol. I, pp. 378 y 379 [2a. parte, trat. II, cap. II, pp. 335-336]). Es demasiado largo para
copiarlo, de modo que incluiré solamente las palabras “Acabada la embajada, le volvían a
la posada mientras se juntaban para la respuesta”, adoptada también por Clavijero (lib.
VII, cap. 11, pp. 470-471 [p. 204]).
199. La clase sin vínculos no estaba protegida por ningún grupo de parentesco; por lo
tanto, si uno de esos “esclavos” lograba escapar al tecpan, quedaba liberado de su esclavi-
tud. Mencionado ya por Gómara (p. 442 [p. 344]), y confirmado después por otros.
200. Con respecto al tecpan, el simple término “casa de la comunidad”, empleado en
particular por Torquemada (lib. VI, cap. XXIV, p. 48, y de nuevo en lib. XIII, cap. XXX,
p. 477): “Tecpan, que es el Palacio”, explica mucho. Además, es evidente que el lugar de
los negocios y del culto tribales no estaban bajo el control de ningún grupo de parentesco
particular, sino reservados expresamente a la tribu. Sin embargo, no hay hasta ahora una
expresión definida, y en realidad ni siquiera una concepción clara, del número y la ubica-
ción de los tianquiz originales de Tenochtitlan. Cuatro testigos presenciales de la conquis-
ta hablan de los mercados: Cortés, Andrés de Tapia, el Conquistador Anónimo y Bernal
Díaz. Los cito en ese orden. Cortés (“Carta segunda”, p. 32 [pp. 62-63]): “Tiene esta
ciudad muchas plazas, donde hay continuo mercado y trato de comprar y vender. Tiene
otra plaza tan grande como dos veces la ciudad de Salamanca, toda cercada de portales
alrededor, donde hay cotidianamente arriba de sesenta mil ánimas comprando y ven-
diendo.” (“Carta tercera”, p. 74 [p. 137]): “hasta otra puente que está junto a la plaza de
los principales aposentamientos de la ciudad”. Nota 2 del arzobispo Lorenzana: “Antes
de llegar a la plaza de la Universidad hay muchas puentes, y naturalmente habla aquí de
esta plaza o mercado, que era muy grande.” “E porque este trabajo era incomportable,
acordó de pasar el real al cabo de la calzada que va a dar al mercado de Temixtitan, que
es una plaza harto mayor que la de Salamanca y toda cercada de portales a la redonda”
(p. 78); “seguimos nuestro camino, y entramos en la ciudad, a la cual llegados, yo repartí
la gente de esta manera: había tres calles dende lo que teníamos ganado, que iban a dar
al mercado, al cual los indios llaman Tianguizco, y a todo aquel sitio donde está llaman
de Tlaltelulco; y la una de estas calles era la principal, que iba a dicho mercado […]. Las
otras dos calles van dende la calle de Tacuba a dar en el mercado” (p. 79). “Todos los
españoles vivos y muertos que tomaron los llevaron al Tlaltelulco, que es el mercado” (p. 81,
después de la expulsión de los españoles). “E aquel día acabamos de ganar toda la calle
de Tacuba y de adobar los malos pasos de ella, en tal manera que los del real de Pedro de
Alvarado se podían comunicar con nosotros por la ciudad, y por la calle principal, que iba
al mercado, se ganaron otras dos puentes y se cegó bien el agua” (p. 85); “y seguimos la
calle grande, que iba a dar al mercado” (ibid.). “Otro día siguiente, estando aderezando
para volver a entrar en la ciudad, a las nueve horas del día vimos de nuestro real salir
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 303

humo de dos torres muy altas que estaban en el Tatelulco o mercado de la ciudad.”
Andrés de Tapia (p. 582) menciona sólo el “patio de los ídolos” (p. 86). El Conquistador
Anónimo (p. 392): “Hay en la ciudad de Temistitán México muy grandes y hermosas
plazas, donde se venden todas las cosas que aquellos naturales usan, y especialmente la
plaza mayor que ellos llaman Tutelula (Tlatelolco), que puede ser tan grande como tres
veces la plaza de Salamanca. Todo alrededor tiene portales. “Ademas de esta plaza gran-
de hay otras, y mercados en que se venden comestibles, en diversas partes de la ciudad”
(p. 394). Bernal Díaz (cap. XCII, p. 89 [p. 256]): “y cuando llegamos a la gran plaza, que
se dice el Tatelulco, como no habíamos visto tal cosa, quedamos admirados de la multitud
de gente y mercaderías que en ella había”. También observa que la “gran plaza” estaba
“cercada de portales.” “Que si nos parecía que fuésemos entrando de golpe en la ciudad
hasta entrar y llegar al Tlatelulco, que es la plaza mayor de México, que es muy más
ancha” (cap. CLII, pp. 183 [. 520]). “Que les entrásemos todo cuanto pudiésemos hasta
llegarles al Tlatelulco, que es la plaza mayor, adonde estaban sus altos cues y adoratorios”
(cap. CLV, p. 193 [p. 546]). Inmediatamente notamos una contradicción. Cortés mencio-
na primero un mercado de Tenochtitlan, y después lo llama Tlatelolco. El arzobispo
Lorenzana lo identifica con la “plaza de la Universidad”, o en las inmediaciones de la
Catedral. Véase Cervantes de Salazar (México en 1554, p. 9): “en la esquina de las calles
del Arzobispado y Seminario”.
Había dos grandes plazas de mercado en el antiguo México, una de las cuales estaba en
Tenochtitlan y la otra en el cercano pueblo conquistado de Tlatelolco. Esto lo dice muy
claramente Torquemada (lib. XIV, cap. XIII, p. 555) e incluso parecería que a pesar de la
importancia que muchos autores atribuyen a Tlatelolco, el mercado principal era el men-
cionado por este autor como “el que está en la población de San Juan”, y por consiguien-
te el tianquiz propio de la tribu mexicana. Sólo ése podía ser terreno neutral, sobre el cual
ningún grupo de parentesco ejercía ninguna autoridad. Es posible que las cosas fueran
distintas con respecto al tianquiz de Tlatelolco; por lo menos, las siguientes indicaciones
de Durán (cap. XXXIV, p. 270 [p. 264, § 21]) merecen mucha atención: “Fecho esto, man-
dó el rey que aquella plaza y mercado que ellos ganaron, pues los tlatelulcas no tenían
más tierra, que fuese repartido entre los señores y que la parte que a cada uno cupiese,
que de los tlatelulcas que allí hiciesen asiento, de todo lo que vendiesen, les diesen alca-
bala, de cinco, uno. Y así, se repartió la plaza entre todos. De donde cada uno cobraba
alcabala de lo que en el lugar que la había cabido se vendía.” Esto no es suficientemente
definido, porque la “plaza y mercado” de que habla el fraile es evidentemente la ya men-
cionada por él (p. 260 [p. 262, § 9]): “Y encerrándolos en la plaza de su mercado, hacién-
dose los tlatelulcas fuertes, no dejaban entrar a la plaza ninguno de los mexicanos en
ella.” Pero después dice (p. 270 [p. 264, § 21]): “que allí hiciesen asiento”, como si debie-
ran construir en la plaza. El hecho de que el tianquiz de Tlatelolco fue distribuido entre
los mexicanos lo afirma además Tezozomoc (cap. XLVI, p. 75 [p. 396]): “Axayaca mandó
que tambien se hiciese reparticion del tianguis de Tlatelulco á los mexicanos, y comenza-
ron á medir, primera suerte á Axayaca, luego á Cihuacoatl Tlacaeleltzin, luego por su órden
Tlacochcalcatl, y á todos los capitanes; que fué tenido el tianguis en mas que si ganaran
cien pueblos.” Parecería por lo tanto, si interpretamos esta “distribución” como es debi-
do, es decir, como una división del botín entre los grupos de parentesco, que estos últimos reci-
bían parte del tributo del tráfico o comercio que se realizaba en el tianquiz de Tlatelolco,
hecho corroborado además por otra afirmación de Durán (p. 269 [pp. 263-264, § 16]):
“El rey le mandó que, pues habían sido traidores a su corona real, que de allí adelante
quería y era su voluntad que aquella parcialidad mexicana del Tlatelulco le fuesen tribu-
304 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

tarios y pecheros, como las demás ciudades y provincias.” Esto, y la incertidumbre sobre
a qué tianquiz se hace referencia cada vez, favorece la suposición de que Gómara (p. 349
[cap. LXXIX, p. 128]) se refiere a Tlatelolco cuando dice: “Los que venden pagan algo del
asiento al rey, o por alcabala o porque los guarden de ladrones.” Cortés (“Carta segunda”,
pp. 32, 33 y 34 [pp. 62, 63 y 64]) no lo menciona, porque las palabras “donde están
personas por guardas y que reciben certum quid de cada cosa que entra” no se aplican al
mercado que cuenta que visitó y que, a pesar de Bernal Díaz (cap. XCII, p. 89 [p. 257]),
todavía creo que era el de Tenochtitlan y no el de Tlatelolco. A Cortés lo sigue con exac-
titud Oviedo (lib. XXXIII, cap. X, p. 300-301), mientras que Herrera (déc. II [lib. VII], cap.
XVI, p. 195) copia a Gómara.
Me he detenido tanto en esta cuestión porque elimina la idea de que el “gobierno” de
México cobraba un impuesto sobre el comercio de los miembros de la tribu. Ese impuesto
era apenas un tributo que pagaba sólo la tribu sometida de tlatelolco, porque, como dice
Durán (p. 270 [p. 264, § 21]) “no tenían más tierra, que fuese repartido entre los seño-
res”. Ese impuesto se distribuía entre los grupos de parentesco igual que cualquier otro
tributo. Pero eso no significa que los grupos de parentesco ejercieran poder judicial sobre
el mercado de Tlatelolco. Ese poder o bien seguía perteneciendo a la tribu de Tlatelolco,
o correspondía a los oficiales de la tribu de Tenochtitlan. Lo primero es más probable,
aunque lo segundo también es posible, puesto que los tlatelolcas fueron tratados con
mucha severidad, como traidores y proscritos (Durán, cap. XXXIV, pp. 269-271 [pp. 261-
265]), en cuyo caso las autoridades tribales deben haberlos castigado.
Que el teocalli tribal o central y los patios que lo rodeaban estaban al cuidado de la tri-
bu, como representante de todos los grupos de parentesco, en pie de igualdad, por la
parte de cada uno tenía en él, es evidente y no requiere demostración.
201. Las Casas (Apologética historia, cap. 214, p. 124 [t. II, cap. CCXIII, p. 390]): “pero
cuando reñían en los mercados, como a escandalosos y alborotadores del pueblo eran
muy gravemente castigados”. Sahagún (t. II, lib. VIII, cap. XXXVI, p. 325 [cap. XIX, p. 327,
§ 15]) dice que incluso los que disponían de artículos robados “prendíanle y sestenciábanle
a muerte los jueces y señores”. Torquemada (lib. XII, cap. V, p. 381): “El que hurtaba en la
Plaça, ó Mercado, que llaman Tianquizco, luego alli era muerto á palos, por tener por
mui grave culpa, que en semejante lugar, y tan público, huviese tanto atrevimiento.”
Clavijero (lib. VII, cap. 17, p. 484 [p. 219]) dice que el que alteraba las medidas estableci-
das por el gobierno era muerto allí mismo, y (p. 287 [pp. 222-223]) que el que robaba en
el mercado era muerto a palos en el acto. Mendieta (lib. II, cap. XXIX, p. 138): “Porque
tenian por grave el pecado cometido en la plaza ó mercado.”
202. De nuevo aquí tenemos testigos presenciales. Cortés (“Carta segunda”, p. 32
[pp. 63-64]): “Hay en esta gran plaza una gran casa como de audiencia, donde están
siempre sentadas diez o doce personas, que son jueces y libran todos los casos y cosas que
en el dicho mercado acaecen, y mandan castigar los delincuentes. Hay en la dicha plaza
otras personas que andan continuo entre la gente mirando lo que se vende y las medidas
con que miden lo que venden; y se ha visto quebrar alguna que estaba falsa.” Bernal Díaz
(cap. XCII, p. 89 [p. 257]), “y tenían allí sus casas, donde juzgaban tres jueces y otros como
alguaciles ejecutores que miraban las mercaderías”. Estas dos afirmaciones, con ligeras
variantes, están en la base de todo lo que se ha dicho después sobre el punto, con excep-
ción de Sahagún (t. II, lib. VIII, cap. XXXVI, p. 323 [cap. XIX, pp. 325, § 1-2]): “El señor
también cuidaba del tiánquez, y de todas las cosas que en él se vendían, por amor de la
gente popular y de toda la gente forastera que allí venía, para que nadie los hiciese
fraude o sinrazón en el tiánquez. Por esta razón ponían por orden todas las cosas que se
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 305

vendían, cada cosa en su lugar, y elegían por esta causa oficiales, que se llamaban tianquizpan
tlayacaque, los cuales tenían cargo del tiánquez y de todas las cosas que allí se vendían, de
cada género de mantenimientos, o mercaderías; tenía uno de estos cargos para poner los
precios de las cosas que se vendían y para que no hubiese fraudes entre los que vendían
y compraban.” Tianquizpantlayacaque se descompone en tianquizpan, “feriar, o tratar en
mercado” (Molina II, p. 116 [p. 113; Siméon, p. 546: “en el mercado”]) y tlayacati, “cosa
primera o delantera” (Molina, II, p. 120 [p. 121; Siméon, p. 585: “el que está delante, en
primera fila, hablando de un objeto”]); en consecuencia “los primeros o delanteros de los
que tratan en el mercado”. Por consiguiente debemos discriminar entre éstos y los oficia-
les que “están siempre sentadas”, según dice Cortés en la “gran casa” del mercado, o más
bien cercana al mercado, y actuaban como jueces. Herrera (déc. II, lib. VII, cap. XVI, p. 195)
dice que esa casa estaba “cerca del Mercado” –afirmación que después cambia a “en la
plaza de México” (déc. III, lib. IIII, cap. XVII, p. 137). Ahora, Torquemada nos informa
(lib. XIV, cap. XIII, p. 555) que el tecpan de Tlatelolco, “que son las Casas de Cabildo, y
Audiencia” se hallaba en esa época en una “acera” del mercado de Tlatelolco, y aparen-
temente era costumbre de los nativos tener el edificio oficial frente al tianquiz. Así ocurría
en Texcoco si hemos de creer a Ixtlilxochitl (cap. XXXVI, p. 247 [p. 93]): “tenían estas
casas, para lo que era la vivienda y asistencia del rey dos patios principales, que el uno y
más grande era el que servía de plaza y mercado, y aun el día de hoy lo es de la ciudad de
Tetzcuco” y si el mercado de Tenochtitlan estaba realmente donde lo ubica el arzobispo
Lorenzana (véase supra, n. 200), es evidente que el tecpan mexicano debe haber estado
muy cerca, si es que no actualmente sobre la plaza. La “gran casa” mencionada por los
testigos citados era por lo tanto, muy probablemente, sólo la casa del consejo o casa
oficial de la tribu, y los ancianos que según se nos dice oficiaban de jueces, en número de
entre tres y doce, eran miembros del tlatocan o supremo consejo en funciones judiciales,
como veremos más adelante. Los oficiales que circulaban entre la gente manteniendo el
orden y la paz eran oficiales ejecutivos delegados para ese propósito especial y como
veremos probablemente a las órdenes de los comandantes militares de la tribu.
203. Esta división del consejo en dos organismos con el objeto de despachar el trabajo
judicial la afirma particularmente Sahagún (t. II, lib. VIII, cap. XIV, p. 303 [p. 309, § 1.4],
cap. XV, p. 304 [cap. XVII, p. 318, § 2.3] y cap. XXV, pp. 313-314 [cap. XVIII, p. 318]), quien
sin embargo se contradice con respecto a la posición y el rango de esos “jueces”. Así (p. 303
[p. 309]) llama a sus oficiales de la “sala de la Judicatura”, “el rey, los señores cónsules, o
oidores, y principales nobles”, distinguiéndolos de los de la “audiencia de las causas
civiles”, a quienes llama “los senadores y los ancianos”, dando a entender, aunque no lo
afirma, que los primeros eran superiores a los segundos en rango y poder. La sala donde
se reunían los primeros se llama tlacxitlan, y la de los segundos teccalli. Más adelante
volveré sobre estos términos. Además afirma (p. 314 [p. 318]), hablando de los primeros:
“Estos tales eran los mayores jueces, que ellos llamaban tecutlatoque”, y los establece como un
tribunal de apelaciones para el tribunal inferior. Ahora (cap. xxx, p. 318 [cap. XVIII, p. 321])
dice: “juntábanse los senadores que llamaban tecutlatoque” admitiendo así tácitamente
que los “senadores” que según él formaban el tribunal “inferior” eran también iguales a
los del superior, y todos pertenecían a la misma clase de oficiales. Por último, su descrip-
ción de las tareas de ambos organismos es más bien oscura. Incluso se podría interpretar lo
que dice (p. 314 [p. 318]) de manera de establecer tres tribunales. Si examinamos ahora
los nombres que da, observamos que la del “inferior” es la “casa de los jefes o señores”, de
tecuhtli y calli, casa. Y en efecto, Molina (II, p. 92) incluye teccalli, “casa o audiencia real”
[Siméon, p. 442: “casa real, palacio, tribunal civil”]. En cambio tlacxitlan significa “en lo
306 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

baxo, o alpie de los arboles, o de cosa semejante” (Molina, II, p. 120 [Siméon, p. 583:
“tribunal del palacio, situado debajo de la sala del rey”]). La derivación correcta, sin
embargo, es de ni tlacxitoca, “corregir escritura, o tornar acontar lo ya contado” (Molina, II,
p. 120), lo que sí correspondería a un “tribunal de apelaciones”; “apelar” es nitlacuepa;
“apelación”, tlacuepaliztli; occeccan neteihuiliztli (Molina, I, p. 12). En realidad corresponden
propiamente al acto de suspender o volver atrás el curso de una instancia en el tribunal,
y no parece probable que los nativos los utilizaran para definir una apelación en el senti-
do que le damos nosotros. Es probable que Sahagún haya introducido él mismo el térmi-
no tlacxitlan. En todo caso, él es el responsable de la idea de un cuerpo superior de jueces
al que una corte inferior, que sesionaba en la misma casa, refería los casos de importan-
cia, contentándose con tomar testimonios y despachar los casos insignificantes; mientras
que al mismo tiempo nos dice que los miembros de ambos grupos tenían el mismo cargo, y
por lo consiguiente eran iguales y tenían el mismo título. Ya hemos visto que ese título
era el de los miembros del consejo, y por consiguiente los dos grupos no eran sino frac-
ciones de ese cuerpo, coordinadas y asistiéndose mutuamente, y no una rama superior y
otra inferior de un poder judicial tribal.
Es fácil descubrir que Sahagún y otros autores contemporáneos suyos de la escuela
franciscana, cuyos escritos acaban de salir a luz en el Libro de oro, son la fuente de la mayor
parte de las descripciones posteriores de las costumbres judiciales mexicanas, como en
este caso. Así, su tribunal superior de trece “senadores” reaparece en Gómara (p. 442 [cap.
CCXXVII, p. 345]): “Los jueces eran doce” con una tribunal superior de dos, es decir
catorce en total, igual a los trece de Sahagún más el “señor”. Zorita (pp. 100 y 105 [pp.
489 y 490]): “Los jueces que se ha dicho.” Mendieta (lib. II, cap. XXVIII, p. 135) copia casi
literalmente a Zorita. Del lado de este grupo de franciscanos tempranos tenemos el cua-
dro pintado por los dos grandes franciscanos, Torquemada y Vetancurt, quienes presen-
tan a un juez supremo, cihuacohuatl, y luego cuatro tribunales bajo su autoridad. Esta
descripción se basa evidentmente en pinturas como las del Códice Mendocino (láms. LXIX
y LXX). En mi opinión los trece jueces de Sahagún deben verse en relación con los fun-
cionarios judiciales que según Cortés estaban siempre sentados en el tecpan (véase supra,
n. 202), y no como un tribunal de apelaciones.
Por último, véase Ixtlilxochitl (caps. XXXVI y XXXVII), Veytia (lib. III, cap. VII, pp. 199-
200 [pp. 240-241]), y otros, en relación con Texcoco. Allí se muestra claramente la subdi-
visión del supremo consejo en dos secciones para las tareas judiciales, pero también apa-
recen en forma muy marcada la confusión y las contradicciones surgidas de una
comprensión errónea de la realidad.
204. Posiblemente la mención más antigua de este “anciano sabio”, primero en la “conver-
sación”, entre los mexicanos propiamente dichos, sea la del relato, muchas veces copiado,
de los viejos astutos, Huitziton y Tecpatzin, que según se dice persuadieron a los mexica-
nos a emigrar de Aztlan, según lo cuenta Torquemada (lib. II, cap. I, p. 78). En los primeros
tiempos son llamados capitanes y dirigentes, y no deben ser confundidos con los “hechi-
ceros” (ibid.). Posteriormente estos últimos aparecen a veces como oradores principales.
Mucha información sobre este punto puede reunirse por medio de una lectura cuidadosa
y crítica de Veytia (lib. II, caps. XII, XIII, XV y XVIII). Códice Ramírez (pp. 25-38). Durán
(caps. IV, V y VI). Tezozomoc (caps. I, II y III).
205. Torquemada (lib. II, cap. II, pp. 80-81) y Vetancurt (vol. I, 2a. parte, trat. I, cap. IX,
pp. 260-262 [pp. 235-237]) simplemente muestran que el cargo de “gran guerrero” existía.
206. Esta distribución de las tareas de jefe del ejecutivo entre dos personas se encuen-
tra en muchas tribus de México y Centroamérica. Así en Tlaxcallan, Maxiscatzin y
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 307

Xicotencatl, los dos jefes supremos, eran similares e iguales en el poder. Cortés “Carta
segunda”, pp. 18, 46 [pp. 41, 86]). Bernal Díaz (cap. LXVII, p. 60 [p. 173]): “los dos más
principales caciques”. Conquistador Anónimo (p. 388): “aunque en cierta manera reco-
nocen á uno solo por principal, el cual tenia y tiene un capitan general para la guerra”;
Motolinia (trat. III, cap. XVI, pp. 229-230). Oviedo (lib. XXXIII, cap. III, p. 272). Gómara
(p. 332 [cap. LV, p. 94]). Torquemada (lib. XI, cap. XXII, p. 347) dice cuatro, de los que
Maxiscatzin era capitán, aunque los conquistadores contradicen esto. Xicotencatl era jefe
de guerra. Herrera (déc. II, lib. VI, cap. X, p. 152) registra el discurso de Xicotencatl:
“Que bien debia de saber, que era Xicotencatl Capitan General de la Republica de Tlascala”
y especialmente su interesante relato del consejo tlaxcalteca en el cap. III [déc. III, lib. IIII,
cap. XVIII], pp. 139-140. Tezozomoc (cap. LXXXVI, p. 150 [p. 591]): “al rey Xicotencatl”
(cap. LXXXVII, p. 152 [p. 594]): “el rey Maxixcatzin”. Respecto a Chalco, cf. “Sobre la
tenencia de la tierra” (supra, pp. 129-130, n. 16). También sobre Xochimilco y los tec-
panecas. Acerca de los matlatzincas, Zorita (p. 389 [p. 559]) dice que tenían tres jefes, que
ocupaban sucesivamente el cargo supremo. Esa afirmación es copiada por Herrera (déc. III,
lib. IIII, cap. XVIII, p. 139). Los totonacas tenían dos jefes (Durán, cap. XXI, p. 181 [p. 177]
y cap. XXIV, p. 206 [p. 197]). Según Herrera (déc. III, lib. III, cap. V, p. 85; cap. VI, p. 87) el
“Cazonzin” de Michoacán tenía un “Capitan General” como asistente, y el documento
anónimo copiado por D. Florencio Janer del Códice C-IV-5 de la biblioteca del Escorial y
publicado, sin fecha, aunque evidentemente fue escrito entre 1534 y 1551, titulado Rela-
ción de las ceremonias y ritos, población y gobierno de los indios de la provincia de Mechuacan,
hecha al Ill.mo Sr. D. Antonio de Mendoza, Virrey y Gobernador de Nueva España, dice (1a. parte,
p. 13): “pues había un rey y tenía su gobernador, y un capitán general en las guerras, y
componíase como el mismo cazonci”. Esto es muy significativo, especialmente porque se
representa como instituido por la voluntad divina. “Dicho se ha en la primera parte,
hablando de la historia del dios Curicaberis, como los dioses del cielo le dijeron como
había de ser rey, y que había de conquistar toda la tierra, y que había de haber uno que
estuviese en su lugar, que entendiese en mandar traer leña para los cues.” Sobre los
quichés de Guatemala hay evidencia positiva, y además muy interesante. Zorita (pp. 405-
406 [pp. 562-563]) menciona a tres jefes muy similares a los de Matlatzinco, y Herrera
(déc. III, lib. IIII, cap. XVIII, p. 140 [pp. 139-140]) lo sigue implícitamente. Torquemada
(lib. XI, cap. XVIII, p. 338) es de la misma opinión, aunque es fácil ver que en realidad
había dos jefes supremos y no tres, porque dice: “Era el primero de todos el Rei actual: es á
saber, el Abuelo: luego el Rei electo para despues de sus Dias; trás él, el que tenia nombre
de Electo.” Pedro de Alvarado (“Relación á Hernando Cortés”, Vedia, vol. I, p. 458 [“Pri-
mera relación hecha por Pedro de Albarado a Hernando Cortes, en que se refieren las
guerras y batallas para pacificar las provincias…”, en Relación hecha por Pedro de Alvarado
a Hernando Cortes, en que se refieren las guerras y batallas para pacificar las provincias del anti-
guo reino de Goathemala, México, José Porrúa, 1954, pp. 27]) habla de “cuatro señores de
esta ciudad de Vilatan”. Otro testigo presencial de la conquista de Guatemala, Bernal
Díaz (cap. CLXIV, p. 220 [p. 619]) habla de “dos capitanes señores de Utatlan”. Afortuna-
damente poseemos, sobre las tribus de lengua quiché, una fuente sumamente positiva de
gran valor, el Popol Vuh (p. 339). Enumerando los “Nim-Ha Chi Cavikib” especifica des-
de la cuarta generación en adelante (“U cah le”), siempre dos jefes, afirmando positiva-
mente: “Oxib-Quich, Beleheb Tzi, u cablahu-le ahaua. Are-cut que ahauaric ta x-ul Donadiu, x-e
hitzaxic rulan Caxtilan vinak” (p. 338). Por consiguiente, Alvarado ejecutó a dos jefes. Ade-
más (p. 340) incluso menciona a sus últimos sucesores, con nombres españoles. Al final
menciona a tres “grandes electos” (“Nim-Chocoh”), pero sólo nombra a dos, uno de
308 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

“Nihaib” y el otro de “Ahau Quiché”. Encontramos aquí la contraprte exacta de los mexi-
canos, antes de su conflicto con Tlatelolco –dos jefes de México, y dos jefes de Tlatelolco,
Moquihuix y Teconal. Véase los autores sobre este tema. Con respecto a los mayas de
Yucatán, véase Lizana (Devocionario de Nuestra Señora de Izamal, par. IV ), y también
Villagutierre y Sotomayor (Historia de la Conquista y Reducciones de los itzáes y lacandones, lib.
VIII, cap. XVI, p. 514).
207. La mayoría de los autores más antiguos afirman que el cihuacohuatl era nombrado
por el “rey”. ¿Cómo es posible que un funcionario nombrara a su igual, o a su funcionario
asociado? Torquemada (lib. XI, cap. XXV, p. 352) dice: “Despues del Rei, havia un Presi-
dente, y Juez maior, cuio nombre, por raçon de el oficio, era Cihuacohuatl: este oficio se
proveía por el mismo Rei” y sobre el cihuacohuatl agrega que de su última determinación
no había recurso a otro: “aqui parece lo mismo, que reservando el Rei Mexicano para sí, la
autoridad Real, le hace su igual en la Judicatura; y añade, que parte de sus Determinacio-
nes, y Sentencias, no tengan recurso al Rei, que es condicion, y calidad, que engrandece
mas la Persona del Cihuacohuatl”. Entonces, o bien los mexicanos vivían bajo una mo-
narquía constitucional del tipo más perfeccionado –de lo que no hay indicio, porque ni
siquiera había división de los poderes– o bien el cihuacohuatl no era nombrado sino elegi-
do, en forma realmente democrática. Vetancurt (vol. I, 2a. parte, trat. II, cap. I, p. 369 [pp.
327-328]) es aún más claro: “tan absoluta era la autoridad que le daba, que reservando el
Rey en si la autoridad Real era en la judicatura igual”. Un oficial de este tipo sólo podía
ser nombrado (si es que era nombrado y no elegido) por la suprema autoridad de la
tribu, que era el consejo. Tal es la versión de Tezozomoc (cap. LXXIX, p. 137): “y acabado
de celebrar su entierro y quemazon de su cuerpo que lo sintió mucho el rey Ahuitzotl,
pusieron en su lugar á su hijo Tlilpotonqui, Cihuacoatl por sobrenombre”. Códice Ramírez
(p. 67): “Antes que fuese coronado recien electo adolesció el famoso y sabio Capitan
Tlacaellel, de la qual enfermedad murió; y en el artículo de su muerte llamó al Rey electo
y le encargó mucho á sus hijos, especialmente al mayor, que daba muestras de ser muy
valeroso, y habia hecho grandes hazañas en las guerras. El nuevo Rey por consolarle
despues de haberle hablado muy tiernamente con muchas lágrimas, hizo llamar á los de su
consejo real y rodeados todos del lecho de Tlacaellel mandó llamar el Rey al hijo mayor de
Tlacaellel, y allí en presencia de su padre y de su consejo, le dió el mismo oficio de su
padre, de capitan general y segundo de su corte con todas las preeminencias que su pa-
dre tenia.” Aun cuando hubiera existido un funcionario como “rey de México”, no podría
haber “nombrado” a nadie antes de su coronación. La ceremonia indicada, por lo tanto,
fue una elección por el consejo. Esto lo confirma plenamente Durán (cap. XLVIII, p. 381
[p. 369, § 3]): “llamando al hijo mayor, con parecer de todos los grandes, lo puso en la
misma dignidad que el padre había tenido, que era ser segundo después del rey en la cor-
te, y mandó fuese honrado con la misma veneración que su padre había sido, jurándole
todos por príncipe de México, al cual le fue puesto el nombre de Cihuacoatl”.
208. Códice Mendocino (lám. II [pp. 8 y 9]), y la explicación dice: “Las dos figuras con
sus títulos e nombres de Acamapichtli son una misma cosa resumida en substancia, por-
que la primera figura demuestra el principio y subcesión del dicho señorío.” En una nota
de Antiquities of Mexico (vol. VI, p. 8), lord Kingsborough agrega la muy sensata observa-
ción “La primera figura probablemente indica que Amamapichtli, antes de ser elegido
rey, tenía el título de Cihuacohuatl, o supremo gobernador de los mexicanos; cuando más
tarde México se convirtió en una monarquía, ese título se conservó.” El glifo de cihuacohuatl,
una cabeza de mujer con una serpiente arriba, se encuentra también en las ilustraciones
de Durán (lám. 8).
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 309

209. Durán (cap. XXIV, p. 205 [p. 202, § 30]): “Montecuhzoma se volvió hacia Cihuacoatl
Tlacaelel –que le había puesto por renombre y grandeza aquel nuevo ditado.” Tezozomoc
(cap. XXXIX, p. 35 [pp. 363-364]) menciona el título junto con las primeras acciones de
“Señor Severo” el Viejo. Pero también parece haber sido mucho mayor. Ixtlilxochitl (“2a.
Relación de la historia de los tultecas”, p. 323 [p. 266]), hablando de las migraciones de
los toltecas, dice: “llegaron a Xalisco, tierra que estaba cerca de la mar, y aquí estuvieron
ocho años, siendo el descubridor Ziuhcóhuatl, también uno de los cinco capitanes infe-
riores”. Veytia (t. I, lib. I, cap. XXII, p. 220 [p. 154]) atribuye al mismo el descubrimiento
de otra región. Parecería que este título –sobre cuyo origen podemos especular, pero por
ahora sin esperanzas de alcanzar un resultado positivo– existió siempre, pero sólo apare-
ció como cargo separado después de la creación de la confederación. Aquí se plantea una
cuestión histórica de cierto interés: la de si realmente existió el primer ocupante registra-
do de ese cargo después de la creación de la confederación, Atempanecatl Tlacaeleltzin.
Torquemada (lib. II, cap. LIV, p. 171) niega su existencia, y posiblemente se refiere al
Códice Ramírez cuando habla de “la mala, y falsa Relacion, que de esto tuvo, que Yo la
tengo en mi poder escrita de mano, con el mismo lenguaje, y estilo.” El señor José F.
Ramírez ya ha observado este ataque del provincial, en la n. 1 (p. 382) de Durán, y de
inmediato reconoció que es aplicable al Códice Ramírez. Veytia (lib. II, cap. I, p. 82 [cap. LII,
p. 120]) admite la existencia de Tlacaelel, y lo mismo hace por supuesto Acosta (lib. VII,
caps. 14, 15, 16, 17 y 18), y todos los que siguieron las mismas fuentes que el Códice
Ramírez. Sin embargo, la actual ciudad de México tiene dos documentos que, a mi pare-
cer, establecen más allá de toda duda la existencia de este Tlacaelel. Una de ellas es la
“Piedra de los sacrificios”, y la otra es una lápida conmemorativa que está representada y
descrita por el gran erudito mexicano Orozco y Berra en el núm. 2 del vol. I de Anales del
Museo Nacional de Méjico. Véase mi artículo “The National Museum of Mexico and the
Sacrificial Stone”, en American Antiquarian, núm. 1, vol. II (pp. 23 y 27).
210. Sobre estos títulos remito en general al Códice Ramírez, Durán y Tezozomoc. Las
citas serían inútiles y sólo servirían para extender este trabajo.
211. Ya Tezozomoc lo menciona como “teniente”. Torquemada, lib. XI, cap. XXV, p. 352.
Vetancurt (vol. I, 2a. parte, trat. II, cap. I, p. 369 [p. 327]): “Despues del Rey que heredaba
(como se ha visto) guardando el orden de la descencia de la sangre Real avia un Virrey,
que llamaban Cihuacohuatl, que el Rey proveía, y era su segunda persona en el govierno,
de cuya sentencia no avia apelacion á otro.”
212. Torquemada, lib. XI, cap. XXV, p. 352; Vetancurt, vol. I, 2a. parte, trat. II, cap. I,
p. 369 [327]; Clavijero, lib. VII, cap. 16, p. 481 [pp. 215-216]; Prescott, lib. I, cap. II, p. 29
[pp. 20-21]; H.H. Bancroft, vol. II, cap. XIV, pp. 434-435; Códice Mendocino, lám. LXIX
[tercera partida, pp. 142 y 143]: “Mixcoatlaylótlac, justicia como alcalde”.
213. Bernal Díaz (cap. XCI, p. 87 [p. 251]): “Acuérdome que era en aquel tiempo su
mayordomo mayor un gran cacique que le pusimos por nombre Tapia, y tenía cuenta de
todas las rentas que le traían al Montezuma, con sus libros hechos de su papel, que se dice
amatl, y tenía destos libros una gran casa dellos.” Este “Tapia” reaparece después como
“gobernador” de México en diferentes lugares. “Relación de la jornada que hizo Don
Francisco de Sandoval Acazitli, cacique y señor natural que fué del pueblo de Tlalmanalco”
(en García Icazbalceta, Colección de documentos, vol. II, p. 313): “y á solos los mexicanos
llevó, y fueron por sus caudillos Tapia y D. Martin el de Tlatelulco”. “Cuarta relación anó-
nima de la jornada que hizo Nuño de Guzman” (en Colección de documentos, vol. II, p. 471):
“Viendo el señor desta cibdad de Mexico, que se llama Tapia.” Carta de los oidores
Salmerón, Maldonado, Ceynos y Quiroga, México, 14 de agosto de 1531 (Ternaux
310 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

Compans, 2ème. recueil): “Así se dijo que un cierto Tapico que gobernaba la parte de
México que se llamaba Temixtitan.” En los registros municipales de México encuentro
también lo siguiente (Actas de Cabildo, vol. I, p. 75; “Viernes 17 de agosto de 1526 años”):
“Este día de pedimento de Diego de Ordaz vecino de esta ciudad le hicieron merced de
confirmar cierta compra que hizo de Guanachel cacique que se llama Tapia de un sitio
de casa que está cabe San Francisco.”
El “gobernador” de México, después de la conquista y restauración bajo el dominio
español, era el antiguo cihuacohuatl. Esto lo dice claramente Cortés (“Carta segunda”, p. 110
[“Cuarta carta”, p. 196]): “hice a un capitán general que en la guerra tenía, y yo conocía
del tiempo de Mutezuma, que tomase cargo de la tornar a poblar, y para que más autori-
dad su persona tuviese, tornéle a dar el mismo cargo que en tiempo del señor tenía, que
es Ciguacoatl, que quiere tanto decir como lugarteniente del señor”. Por lo tanto, lo
dicho por Bernal Díaz se aplica evidentemente a este oficial.
214. Cortés, “Carta tercera”, p. 89 [p. 161], y “Carta cuarta”, p. 110 [p. 196]. Gómara
(p. 392 [cap. CXLIII, p. 228]): “Vino Xihuacoa, gobernador y capitán general.” Herrera
(déc. III, lib. II, cap. VII, p. 53) lo llama “Guacoazin, Principal Consejero del Rei, i su
Lugar-Teniente”. Torquemada (lib. IV, cap. C, p. 567): “salió un Capitan, llamado Cihuaco-
huatl Tlacotzin”.
215. Códice Ramírez (p. 35): “Mira, Señor, que vienes á ser amparo y sombra y abrigo
desta nacion Mexicana.” Acosta, lib. VII, cap. 8, p. 468 [pp. 332-333]. Torquemada (lib. II,
cap. XIII, p. 95): “La causa de su Eleccion, fue, aver crecido en numero, y estar mui
rodeados de Enemigos, que les hacian Guerra, y afligian.”
216. “Tenencia de la tierra”, supra, pp. 132, 136-137. Pido permiso para corregir aquí
un error mío en la nota 75, supra, p. 174. Al final de dicha nota se dice: “Estas citas mues-
tran en forma concluyente que el suelo del tecpantlalli era propiedad y posesión del rey
(king)”, pero debería decir “propiedad y posesión del grupo de parentesco (kin)”. El error es
total y exclusivamente mío –un “desliz de la pluma” que no corregí a tiempo.
217. Los escritores texcocanos, representados por Ixtlilxochitl (caps. XXXII y XXXIV),
afirman que la dirección correspondía a Texcoco, pero los hechos indican lo contrario.
Cf. también “Sobre la tenencia de la tierra”, supra, pp. 135-136.
218. “Fragmento No. 1” (Crónica mexicana, “Noticias relativas al reinado de Motecuzuma
Ilhuicamina”, p. 124): “Juntos los principales Mexicanos, el Rey les dixo lo que el Rey de
Tetzcuco pedia, y todos dieron la mano á Tlacaellel, el cual respondió en nombre de todos
á su rey.” Durán (cap. XIV, p. 118 [§ 4]): “Tlacaelel, que era en todo era el primer voto, y
a quien se le daba la mano en responder”; (cap. XV, p. 128 [§ 17]): “todos dieron la mano
a Tlacaelel para que respondiese al rey”; (cap. XXIX, p. 240 [p. 236, § 5]): “Tlacaelel,
poniéndose en pie, dijo de esta manera”; (cap. XXXII, pp. 254-255 [pp. 249, 250] y cap.
LIII, p. 417 [p. 333]). Tezozomoc (cap. XVIII, p. 28 [pp. 278-279] y cap. XIX, p. 30 [pp. 282-
283]): “y así oido esto por los principales mexicanos, tomó la mano de hablar Cihuacoatl
Tlacaeleltzin y dijo: Hijo y nuestro muy querido Rey, y temido, que veais muy bien lo que
pensais hacer”; (cap. XXI, p. 32 [p. 287]): “pasados algunos años dijo el rey Moctezuma á
Cihuacoatl Tlacaeleltzin general y oidor”; (ibid. [p. 288]): “llegados todos los señores de los
dichos pueblos al palacio del rey Moctezuma, y sentados cada señor según su mereci-
miento y valor de sus personas, dijeron el Rey Moctezuma y su presidente y capitan gene-
ral Cihuacoatl Tlacaeleltzin”; (cap. XXXVI, p. 57 [p. 352]): “que el primero era su real conse-
jero Cihuacoatl, Tlacaeleltzin”; (cap. XXXIX, p. 62 [p. 363]; cap. XLIII, p. 69 [p. 382]):
“luego en el palacio del rey Axayaca sin salir los grandes ni nadie, prosiguió Cihuacoatl
Tlacaeleltzin”. Sería superfluo dar más citas, sobre todo del mismo autor.
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 311

219. Esto deriva de la autoridad que el cihuacoatl ejercía sobre los prisioneros de gue-
rra. Ya he hecho alusión a esta característica, y ahora sólo recapitularé las siguientes citas:
Durán, cap. XIX, pp. 172-173 [p. 169]; también Tezozomoc, cap. XXIX, p. 45 [p. 316]; cap.
XL, pp. 64-65 [pp. 371-372]; cap. LXII, p. 101 [pp. 380-381]; cap. LXVI, pp. 110-111
[p. 486]; cap. LXX, p. 119 [p. 520], etc.
220. Bernal Díaz (cap. XCI, p. 87 [p. 251]): “Acuérdome que era en aquel tiempo su
mayordomo mayor un gran cacique que le pusimos por nombre Tapia, y tenía cuenta de
todas las rentas que le traían al Montezuma, con sus libros hechos de su papel, que se dice
amatl, y tenía destos libros una gran casa dellos.”
221. No hay duda respecto a la igualdad de rango, aun cuando las tareas de ambos
diferían un poco. Códice Ramírez (p. 66): “Concluidas las obsequias, el capitán general
Tlacaellel que todavía era vivo, juntó los del consejo supremo […]. Estos juntos […] trata-
ron de elegir nuevo Rey, y todos se encaminaban al valeroso Tlacaellel, el qual como otras
veces, nunca quizo admitir el Reyno, dando por razon que más útil era á la República que
hubiese Rey y coadjutor que le ayudasse como era él, y no solo el Rey […]. Pero no por
esto dejaba de tener tanta y mas autoridad que el mismo Rey, porque le respetaban y
honraban, servian y tributaban como á Rey, y con mas temor, porque no se hazia en todo
el Reyno más que lo que él mandaba. Y assí usaba tiara e insignias de Rey, saliendo con
ellas todas las veces que el mismo Rey las sacaba.” (Ibid., p. 67): Cuando el viejo cihuacoatl
murió, su sucesor fue elegido “con todas las preeminencias que su padre tenia”. El “Frag-
mento No. 1” (“Noticias relativas al reinado de Motecuzuma Ilhuicamina”) también es
muy positivo, y casi siempre menciona a los dos funcionarios juntos. Durán (cap. XXVI,
p. 215 [p. 211, § 4]): “Ordenóse que sólo el rey y su coadjutor Tlacaelel pudiesen traer
zapatos en la casa real y que ningún grande entrase calzado en palacio, so pena de la
vida, y que sólo ellos pudiesen traer zapatos por la ciudad y ningún otro”; (cap. XXXII,
p. 255 [p. 249, § 4]): “Tlacaelel respondió: Mexicanos, yo os agradezco la honra que me
queréis dar, pero, ¿Qué más honra puedo yo tener que la que hasta aquí he tenido? ¿Qué
más señorío puedo tener que el que tengo y he tenido? Pues ninguna cosa los reyes
pasados han hecho, sin mi parecer y consejo en todos los negocios, civiles y criminales”;
(cap. LXI, p. 326 [p. 315, § 14-15]) el discurso de Tlacaelel es demasiado largo para
reproducirlo, pero su sustancia está contenida en las últimas palabras: “luego rey soy y
por tal me habéis tenido. Pues, ¿qué más rey queréis que sea? Y así como así, tengo de
tener el mismo oficio y ejercicio hasta que me muera […]. Sosegaos, hijos míos, y haced
mi voluntad, que ya yo soy rey, y rey seré hasta que me muera”; (cap. XLIV, p. 357 [p. 344,
§ 9]): “el viejo Tlacaelel, a la misma manera, al cual, dice esta historia, respetaban como
a rey”; (cap. XLVIII, p. 381 [p. 369, § 3]): “el nombre de Cihuacoatl, que su padre tenía. El
cual era dictado de mucha grandeza, heredado de los dioses. Y así, desde aquel día le
llamaban Tlipotonqui Cihuacoatl, que era sobrenombre divino”. Tezozomoc (cap. XXXIII,
p. 53 [p. 339]): “de la manera que fué vestido y adornado Moctezuma, lo fué también
Cihuacoatzin y Tlacaeleltzin”; (cap. XXXVI, p. 58 [p. 353]): “pues solos dos eran los que
habian de tener catles, que eran Moctezuma, y Cihuacoatl Tlacaeleltzin, como segunda per-
sona del rey, porque se entendiese habian de ser temidos de todos los grandes del impe-
rio”; y cap. XL, p. 66 [p. 378], discurso de Tlacaelel: “tocante á lo que tratais de señorío,
yo siempre lo he tenido y tengo […] porque yo como segunda persona que siempre fué
del rey, y de los reyes que han sido”. Sería excesivo dar más citas del mismo autor. Además
de estas fuentes, a las que debe sumarse de Acosta (lib. VII, cap. 17, p. 494 [p. 350] y cap.
18, p. 495 [p. 351]), encontramos testimonios significativos en dos autores que cierta-
mente no tomaron su información de la misma fuente que los anteriores, me refiero a
312 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

Juan de Torquemada (lib. XI, cap. XXV, p. 352): “Aquí parece lo mismo, que reservando el
Rei Mexicano para sí, la autoridad Real, le hace su igual en la Judicatura.” Vetancurt (vol. I,
2a. parte, trat. II, cap. I, p. 369 [pp. 327-328]): “tan absoluta era la autoridad que le daba,
que reservando el Rey en si la authoridad Real era en la judicatura igual”. Con respecto
al hecho de que los dos jefes llevaban los mismos trajes y ornamentos característicos,
véase Durán (trat. 1, cap. XXIII, lám. 8). Cf. también el Codex Telleriano-Remensis, compa-
rándolo con el tocado de la figura principal de las esculturas del borde del cilindro cono-
cido como “piedra de los sacrificios”, en el Museo Nacional de México.
222. Códice Ramírez (p. 63), hablando del “capitán general Tlacaelel”: “haziendo haza-
ñas dignas de gran memoria por medio de su general Tlacaellel”. La guerra contra Chalco
fue librada por los mexicanos y sus confederados, por eso leemos (p. 64): “Y assí fué que
acudiendo este Rey en personas á la guerra”; (p. 67:) su cargo era “de capitan general y
segundo de su corte”. Durán (cap. XVII, pp. 147-148 [pp. 145-146]) habla de la guerra
contra Chalco, a la que los dos jefes fueron juntos; en el cap. XVIII, p. 158 [p. 157], ataque
contra Tepeaca, los dos jefes en el campo, ya que participaron tanto los mexicanos como
sus confederados; en el cap. XIX, lo mismo contra la Huaxteca. (Cap. XXII, p. 159 [p. 156,
§ 5]): “Tlacaelel, príncipe de la milicia”, en el ataque contra Coayxtlahuacan. En lugar de
Tlacaelel, que [§ 8]: “era ya viejo y que no podría ya ir a guerra tan apartada”, mandó a
los mexicanos Cuauhnochtli. El cronista más explícito y positivo es Tezozomoc (cap. XIX,
p. 32 [p. 283] y cap. XXI, p. 32 [pp. 287 y 288]): “Cihuacoatl Tlacaeleltzin general y oidor
[…] y su presidente y capitan general Cihuacoatl Tlacaeleltzin”. Con respecto a las prolon-
gadas hostilidades contra la tribu de Chalco, se afirma que el cihuacoatl solo comandaba
(cap. XXII, p. 34 [p. 291]), pero de la p. 35 [p. 289] se desprende que después de la
primera lucha sangrienta, de resultado indefinido, llamaron a los aliados para que los
ayudaran, aunque Tezozomoc dice que sólo fue una delegación para asegurar que se
quedaran tranquilos. Esto explica la contradicción entre él y los dos autores anteriores.
En el cap. XXIV, p. 37 [pp. 297-298], reconoce que Moctezuma Ilhuicamina también fue,
junto con el cihuacoatl. Otros autores admiten que la conquista de Chalco fue obra de los
mexicanos, con ayuda de aliados. Véase Torquemada, lib. II, caps. XLIV y L, y Ortega, t. II,
apéndice, cap. III, pp. 240-243 [pp. 210-213]. Por lo tanto, el cihuacoatl comandaba a los
mexicanos. En la correría contra Tepeacac y Tecamachalco, las fuerzas confederadas avan-
zaron (cap. XVII, p. 41 [Tezozomoc, cap. XXVII, p. 307]): “cada uno con su capitan y
capitanes señalados”, y los dos jefes guerreros de México estaban presentes y en el cam-
po. Para no extender desmesuradamente estas citas, agregaré simplemente que, cuando
el cihuacoatl envejeció y ya no pudo ir a la guerra, otros capitanes tomaron su lugar. Más
adelante me ocuparé de esos capitanes. Acosta, lib. VII, cap. 18.
223. Hay evidencia en ese sentido en Durán (cap. XXII, p. 189 [p. 186]), y especial-
mente en Tezozomoc (cap. XLVIII, p. 78 [p. 402]): “Cuauhnochtli, capitán general” (caps.
LXXI, LXXII y XCI, pp. 160, 161 [pp. 610, 611], etc.). Esto explica por qué el título de
comandante en jefe de los mexicanos aparece en formas tan variadas. Véase las muy
sensatas observaciones de Clavijero (lib. VII, cap. 21, p. 494 [p. 230], etc.). En este caso,
esos jefes eran nombrados por un periodo limitado, puesto que no se trataba de crear un
cargo sino simplemente de delegar el poder para determinado propósito especial. Una
vez terminado el ataque, el cargo dejaba de existir, y el jefe guerrero volvía a su rango
original.
224. Cortés (“Carta tercera”, p. 89 [p. 161]): “Y desde a poco volvió con ellos uno de
los más principales de todos aquéllos, que se llamaba Ciguacoacín, y era el capitán y
gobernador de todos ellos, y por su consejo se seguían todas las cosas de guerra.”
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 313

225. Cortés (“Carta cuarta”, p. 110 [p. 196]). “Petition to Charles V, by four Indian
Chiefs of Mexico” [Petición a Carlos V de cuatro jefes indios de México], 18 de junio de
1532, en Ternaux Compans, Cruautés horribles, pp. 265, 266 y 269: “Yo, don Hernando de
Tapia, soy el antiguo Tucotecle, gobernador de México, bajo el Marqués del Valle”. Herrera,
déc. III, lib. IIII, cap. VIII, pp. 122-123; Bernal Díaz, cap. CLVII, pp. 198-199 [p. 562]; Gar-
cía Icazbalceta, en Cervantes de Salazar, Tres diálogos (introd. al 2o. diálogo, pp. 75-76).
226. He empleado este título, posiblemente por primera vez entre los escritores re-
cientes, en “Sobre el arte de la guerra” (supra, p. 70). Tezozomoc, cap. LXXXIII, p. 578;
Ramírez de Fuenleal, p. 247. Códice Mendocino (lám. XVIII [pp. 40 y 41]): “Tlacatectli,
Gobernador”, también la “Declaración de lo figurado”. Sahagún, lib. VI, cap. XX, pp. 136,
138 [t. II, pp. 138-139, § 6]. Este notable capítulo merece ser estudiado detenidamente,
puesto que encarna los principios por los cuales los aborígenes de México llenaban los
cargos y las bases de su modo de gobierno. Sería demasiado largo intentar un análisis
completo, y un estudio que no fuera completo no daría una idea adecuada de su impor-
tancia. Citaré solamente las afirmaciones del célebre franciscano acerca del título en con-
sideración: “porque ya está en la dignidad y estrado, ya tiene el principal lugar, donde le
puso nuestro señor; ya le llaman por estos nombres tecutlato, tlacatecuhtli; por estos nom-
bres le nombran todos los populares”. Este pasaje y el siguiente: “y alguno de ellos toma-
do de la república por rey y señor”, indican claramente que el título es el del supuesto
“rey”, o “jefe de hombres” (p. 138 [p. 399, § 17]); sin embargo, menciona al tlatecuhtli
como uno de los “dos senadores para lo que toca al regimiento del pueblo”. Hay aquí una
contradicción evidente, muy similar a la ya señalada en una nota anterior en relación con
las dos secciones del consejo.
227. Códice Mendocino, lám. II [p. 9]; Mendieta, lib. II, cap. XXXIV, p. 148. Con respecto
a esa cronología, cf. la reciente y muy valiosa obra de M. Orozco y Berra (“Ojeada”, pp. 151ss),
en que el erudito autor ha sacado a luz muchos hechos de gran importancia. De que
Acamapichtli o “Manojo de Cañas” fue elegido hay abundantes pruebas en numerosas
autoridades, de modo que sería inútil agregar citas.
228. La información más completa se encuentra en Sahagún (lib. VIII, cap. XXX, p. 318
[t. II, cap. XVIII, p. 321, § 1-3]): “Cuando moría el señor o rey, para elegir otro juntábanse
los senadores que llamaban tecutlatoque, y también los viejos del pueblo que llamaban ach-
cacauhti; y también los capitanes, soldados viejos de la guerra, que llamaban yaotequiuaque,
y otros capitanes que eran principales en las cosas de la guerra, y también los sátrapas
que llamaban tlenamacazque o papauaque. Todos estos se juntaban en las casas reales, y
allí deliberaban y determinaban quién había de ser señor, y escogían uno de los más
nobles de la línea de los señores antepasados, que fuese hombre valiente, ejercitado en
las cosas de la guerra, osado y animoso, y que no supiese beber vino; que fuese prudente
y sabio, que fuese criado en el Calmécac, que supiese bien hablar, fuese entendido y reca-
tado, y animoso y amoroso, y cuando todos, o los más concurrían en uno, luego le nom-
braban por señor. No se hacía esta elección por escrutinio, o por votos, sino que todos
juntos, confiriendo los unos con los otros, venían a concertarse en uno.” A esto debe
agregarse el testimonio del mismo autor (lib. VI, cap. XX, pp. 136-139 [pp. 136-141]).
Durán (cap. XI, p. 103 [pp. 103-104, § 34]): “Y es de saber que no ponían hijo del que
elegían por rey, o del que moría, porque –como ya tengo dicho– nunca heredaron los hi-
jos por vía de herencia, los dictados y los señoríos, sino por elección. Y así, agora fuese
hijo, agora fuese hermano, agora primo, como fuese electo por el rey y por los de su
consejo para aquel dictado, le era dado: bastaba ser de aquella línea y pariente cercano.
Y así iban siempre los hijos y los hermanos heredándolo, poco a poco; si no esta vez, la
314 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

otra, o si no, la otra, y así, nunca salía de aquella generación aquel dictado y señorío,
eligiéndolos poco a poco”; (cap. LXIV, p. 498 [p. 476, § 17]): “porque en aquel tiempo
heredábanse los hermanos hijos del rey, unos a otros –aunque de lo que esta historia he
notado, ni había herencia, ni sucesión, sino que solos aquellos que los electores escogían,
como fuese hijo o hermano del que moría, o sobrino o primo en segundo grado, y este
orden me parece que llevan en todas sus elecciones– y así creo que muchos de los que
claman y piden venirles por herencia los señores, porque en su infidelidad sus padres
fueron reyes y señores, entiendo no piden justicia, porque en su ley antigua más eran
elecciones, en todo género de señores, que no herencias ni sucesiones”. El autor de la cita
anterior era un nativo mexicano y conocía las costumbres de su pueblo. Códice Ramírez
(p. 58): “porque como queda referido, nunca heredaron los hijos de los Reyes los seño-
ríos, sino por eleccion daban el Reyno á uno destos quatro príncipes, á los quales tampo-
co heredaban sus hijos en estos ditados y cargos; sino que muerto uno escogian otro en su
lugar al que les parescia, y con este modo siempre tuvo este Reyno muy suficientes hom-
bres en sus Repúblicas, porque elegian los mas valerosos”. Tezozomoc (cap. LXXXII, pp. 142,
143 [pp. 572, 573]) confirma la forma de elección tal como la registra Sahagún. Zorita
(p. 14 [p. 469]): “Por manera que tenían los Señores más cuenta con dejar sucesor sufi-
ciente para que gobernase sus tierras ó vasallos, que no en dejallos á sus hijos ó nietos, ni
con dejarlos por señores, como lo hizo el gran Alejandro.” Mendieta, lib. II, cap. XXXVII,
pp. 153-154.
Torquemada (lib. XI, cap. XXVII, p. 358): “Confieso de la Republica Mexicana esta
manera de sucesion, y que se elegian algunas veces, sin diferencias, notando solamente
las cualidades de las personas, y de estos fue Itzcohuatl, valeroso Rei Mexicano, que por
el valor de su persona, y la grandeça de su animo, no se advirtió, ni reparó para elegirle,
en que era Hijo de una Esclava; pero no es maravilla, que el bien publico prefiera al
particular.” Desisto de citar las historias sobre las elecciones de diversos jefes mexicanos
según los autores citados y otros.
229. Clavijero (lib. VII, cap. VI, p. 463 [p. 196]) formula la idea con claridad: “legaron
la corona a la familia de Acamapitzin”. Ya se ha dicho lo suficiente sobre la familia mexi-
cana para desvanecer cualquier idea de uhna “dinastía india” en México. en el mejor de
los casos se podría admitir una sucesión o perpetuación del cargo en determinado grupo de
parentesco o calpulli. Durán (cap. XI, p. 103), Códice Ramírez (p. 58) y Zorita (p. 14 [p. 469])
hacen que incluso esto sea dudoso; lo mismo la elección de Itzcoatl, según la descripción
de Torquemada (lib. XI, cap. XXVII, p. 358). Sin embargo, el origen de “Serpiente de
Pedernal” está registrado en formas demasiado diferentes para justificar cualquier con-
clusión basada en él. El hecho de que fuera uno de los cuatro principales capitanes de
guerra el que debía convertirse en “jefe de hombres” milita en contra de la transmisión
del cargo dentro de un grupo de parentesco determinado. Véase también Acosta, lib. VI,
cap. 24, pp. 439-440 [pp. 311-312].
230. Sahagún, lib. VI, cap. XX; lib. VIII, cap. XXX [cap. XXI]; Acosta, lib. VI, cap. 24.
231. Las Casas (Apologética historia, p. 124 [t. II, lib. III, cap. CCXIII, p. 388]): “Cuando
algún señor moría y dejaba muchos hijos, si alguno se alzaba y enseñoreaba en palacio y
se quería preferir a los otros, aunque fuese el mayor, no lo consentía el señor a quien
pertenecía la confirmación, y menos el pueblo; antes dejaban pasar un año o más, dentro
del cual consideraban bien cuál era mejor para regir y gobernar el estado, y aquél per-
manecía por señor.” Zorita, pp. 18-19 [pp. 470, 471]. Torquemada, lib. XI, cap. XXVII,
pp. 358-359. Es inútil añadir más citas.
232. Además de las autoridades mencionadas en la nota 228, cf. Clavijero (lib. VII, cap. VI,
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 315

p. 463 [pp. 196-197]), con la restricción formulada en la n. 229. “De l’ordre de succession”,
en Ternaux-Compans (Premier recueil, p. 228).
233. Zorita, p. 69 [pp. 481-482]. Sahagún, lib. VIII, cap. I, p. 272 [t. II, pp. 283-286]. La
muerte de Cuauhtemotzin puso fin al cargo a los ojos de los españoles, aunque había sido
anulado formalmente por la captura de ese capitán, para quien los blancos no nombra-
ron ningún sucesor.
234. “Sobre la tenencia de la tierra”, supra, p. 135. Ixtlilxochitl (cap. XXXII, p. 219 [p. 82])
reclama el mando militar, en forma de título “imperial”, para su jefe texcocano: “Al de
Tezcuco llamándole Acolhua Tecuhtli, y dándole juntamente el título y dignidad de sus
antepasados, que es llamarse Chichimécatl Tecuhtli que era el título y soberano señorío
que los chichimecas tenían.” Creo que esta afirmación ya ha sido rebatida en “Sobre la
tenencia de la tierra” (supra, p. 128, n. 9 y 10). Véase también Vetancurt (vol. I, 2a. parte,
trat. I, cap. XIV, p. 29 [p. 261]): “y remataron la fiesta quedando Yzcohuatl por Rey supre-
mo del Imperio Tepaneca por ser primero Rey que Nezahualcoyotl”. Véase también los
reconocimientos tácitos de Ixtlilxochitl (caps. XXXVIII, LXXIV y LXXV).
235. Vetancurt (vol. I, 2a. parte, trat. II, cap. XV, p. 485 [trat. III, cap. XIV, p. 428]):
“Otras muchas leyes extravagantes que con el instinto natural con maduro consejo con-
firmaron, y que inviolablemente guardaban. Tenian los Mexicanos, y los de Guatimala
como el de deponer al Rey con junta, y, consejo de la Nobleza.”
236. Que “Señor Severo” había perdido toda su autoridad durante el tiempo en que
Cortés marchó contra Narváez está dicho claramente ya en la “Carta segunda” (pp. 41-42
[pp. 76-77]), aun cuando el comandante español no se dio cuenta de que había sido
separado de su cargo. Sin embargo, sí lo menciona Bernal Díaz (cap. CXXVI, p. 132 [pp. 376,
377]). Moctezuma le dijo a Olí y al “padre de la Merced”: “Yo tengo creído que no apro-
vecharé cosa ninguna para que cese la guerra, porque ya tienen alzado otro señor”, y de
nuevo, los propios mexicanos le dicen a Moctezuma: “Hacémoos saber que ya hemos
levantado a un vuestro primo por señor.” Las Casas (Brevisima relación, p. 49 [p. 36]):
“Ponen un puñal a los pechos al preso Montezuma que se pusiese a los corredores, y
mandase que los indios no combatiesen la casa, sino que se pusiesen en paz. Ellos no
curaron entonces de obedecerle en nada, antes platicaban de elegir otro señor y capitán
que guiase sus batallas.” Sahagún (lib. XII, cap. XXI, pp. 28-29 [t. IV, p. 48, § 3]): “Oídas
estas voces por los mexicanos y tlatilulcas, comenzaron entre sí a bravear, y maldecir a
Mocthecuzoma diciendo ‘¿qué dice el puto de Mocthecuzoma y tú bellaco con él? no
cesaremos de la guerra’; luego comenzaron a dar alaridos y a tirar saetas y dardos ácia
donde estaba el que hablaba junto con Mocthecuzoma.” Eso fue antes de que Cortés
hubiera capturado a Narváez, y muestra que ya en ese momento el “jefe de hombres”
había perdido toda autoridad. Códice Ramírez, p. 89. Después que habló el otro jefe que
estaba con Moctezuma “un animoso capitan llamado Quauhtemoc de edad de diez y ocho
años que ya le querian elegir por Rey dijo en alta voz: ‘¿Qué es lo que dize ese bellaco de
Motecuczuma, muger de los españoles, que tal se puede llamar, pues con ánimo mugeril
se entregó á ellos de puro miedo y asegurándonos nos ha puesto todos en este trabajo?
No le queremos obedecer porque ya no es nuestro Rey, y como á vil hombre le hemos de
dar el castigo y pago’”. “Fragmento Núm. 2” (“Noticias relativas a la conquista”, p. 143):
“y ellos le deshonraron y llamaron el cobarde”. Torquemada (lib. IV, cap. LXVIII, p. 494):
“soltó á un Hermano de Motecuhçuma, Señor de Itztapalapan, y los Mexicanos, ni hicie-
ron el Mercado, ni le dexaron bolver a la Prision; y le eligieron por Su caudillo” (ibid., cap.
LXX, p. 497). Vetancurt, vol. II, 3a. parte, trat. I, cap. XIV, p. 125 [p. 106]; cap. XV, pp. 130-
131 [pp. 110-111]. Herrera, déc. II, lib. X, cap. VIII, p. 264. Es muy interesante observar
316 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

que Torquemada y Herrera usan exactamente las mismas palabras. Sus versiones son las
más completas.
237. “Sobre la tenencia de la tierra”, supra, p. 133. Durán (cap. XXVI, p. 214 [p. 211, § 3]):
“Y así, lo primero que se ordenó fue que los reyes nunca saliesen en público.” No es
preciso probar esto con extensas citas.
238. “Sobre la tenencia de la tierra”, supra, p. 133. Herrera (déc. III, lib. IIII, cap. XVII,
p. 138): “Estos Tributos eran para el bien publico, para las Guerras, para pagar á los
gobernadores, i Ministros de Justicia, i Capitanes, porque toda esta Gente comia, de
ordinario, en el Palacio del Rei, adonde cada uno tenia su asiento, i lugar conocido,
segun su Oficio, i Calidad.” Sahagún (t. II, lib. VIII, cap. XIII, p. 301 [p. 308, § 36-38]): “y
después que había comido el señor mandaba a sus pajes o servidores que diesen de
comer a todos los señores y embajadores que habían venido de algunos pueblos, y tam-
bién daban de comer a los que guardaban en palacio; también daban de comer a los que
criaban los mancebos, que se llaman telpuchtlatoque, y a los sátrapas de los ídolos; y tam-
bién daban de comer a los cantores y a los pajes, y a todos los del palacio”. Tezozomoc,
cap. LXXXII, pp. 573-574. Este último es muy positivo y lo menciona como un deber.
239. “Sobre la tenencia de la tierra”, supra, p. 133.
240. La información de este punto proviene de Cortés (“Carta segunda”, p. 35 [p. 68]):
“La manera de su servicio era que todos los días, luego en amaneciendo, eran en su casa
más de seiscientos señores y personas principales, los cuales se sentaban, y otros andaban
por unas salas y corredores que había en la dicha casa.” Los demás testigos no son tan
precisos. Las exageradas descripciones de Oviedo (lib. XXXIII , cap. XLVI, p. 505),
Torquemada (lib. III, cap. XXV, p. 296), Vetancurt (vol. I, 2a. parte, trat. I, cap. XXIII, pp.
356ss [pp. 316ss]), Herrera (déc. II, lib. VII, cap. IX, pp. 183-184) y otros, simplemente
demuestran que el tecpan estaba permanentemente ocupado por un grupo doméstico
numeroso, encabezado por el “jefe de hombres”.
241. Torquemada, lib. VI, cap. XXIV, p. 48.
242. Sahagún, lib. VIII, cap. XIII, p. 301 [t. II, p. 308, § 36], copiado en la n. 238. Zorita
(p. 96 [p. 488]): “En las casas del Señor había unos aposentos y salas levantadas del suelo,
siete y ocho gradas, que era como entresuelos, y en ellas residían los jueces”; (p. 100 [p.
489]): “é algo temprano les traían la comida de palacio”. Esto implicaría que la comida
era llevada al tecpan de los lugares donde efectivamente residían los miembros del conse-
jo (tecutlatoca). Esto lo contradice positivamente Tezozomoc (cap. LXXXII, p. 144 [p. 574]),
quien dice que uno de los deberes del “jefe de hombres” era tener “con los viejos y viejas
mucho amor, dándoles para el sustento humano: regalados los principales, teniéndolos
en mucho, y dándoles la honra que merecen, llamarlos cada dia á palacio que coman con
vos, ganándoles las voluntades, que con ellos está el sostener el imperio, buenos conseje-
ros, buenos amigos, que por ellos os es dado el asiento, silla y estrados, honra, señorío,
mando y ser”. El mismo autor da a entender que esta comida general de los oficiales
tribales era también habitual entre los xochimilcas –tribu que como es bien sabido estaba
estrechamente aliada con los mexicanos– cuando dice (cap. XVI, pp. 25-26 [p. 272]): “Las
indias mugeres de los xochimilcas, lavando muy bien el izcahuitle, y guisando los patos
todo muy bien lavado, y limpiamente llevándolo al Palacio de Tecpan, para que lo comie-
sen los principales, á comenzándolo á comer estaba muy sabroso, y prosiguiendo en su
comida.” Zorita (p. 49 [p. 477]), hablando de algunos jefes, dice: “Demás de este prove-
cho, el Señor supremo les daba sueldo y ración, y asistían como continuos en su casa.” Es
a esos “señores”, que no eran otros que los miembros del consejo, que se refiere Gómara
(p. 342 [cap. LXXVI, p. 121]), copiando a Cortés (“Carta segunda”, p. 35 [p. 68]), quien
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 317

sin embargo añade: “Y al tiempo que traían de comer al dicho Mutezuma, asimismo lo
traían a todos aquellos señores tan cumplidamente cuanto a su persona, y también a los
servidores y gentes de éstos les daban sus raciones. Había cotidianamente la despensa y
botillería abierta para todos aquellos que quisiesen comer y beber.” El capellán agregó a
la relación de Cortés algunos detalles tendientes a destacar la importancia de las comi-
das, mientras que suprimió el importantísimo pasaje anterior. Cf. Vedia, vol. I, p. 345.
Sus afirmaciones concuerdan mucho mejor con las de Bernal Díaz (cap. XCI, pp. 85 y 87
[p. 250]). El hecho de que la “casa oficial” estaba encargada de dispensar la hospitalidad
tribal es pues seguro. También comían allí los miembros del consejo, como lo demuestran
Zorita (p. 96 [pp. 488-489]), Sahagún (t. II, lib. VIII, cap. XIII, p. 301 [p. 308]) y Mendieta
(lib. II, cap. XXVIII, p. 134): “traíanles algo temprano la comida de palacio”, y lo deja
entender Torquemada (lib. XI, cap. XXV, p. 296 [p. 352]): “Estos Jueces oían de ordinario,
en especial de causas criminales, todos los Días á mañana, y tarde […] asistían en sus
Salas, que las havia en la Casa del Rei, particulares.” Incluso es muy positivo (lib. III, cap.
XXV, p. 296): “No sólo tenia este Grande, y Magnifico Emperador Casas mui cumplidas,
y Salas y Aposentos grandiosos, para su Morada, para sus Consejos, y Señores, y toda la
demas Gente, que llegaba á ser digna de su hospedaje, y recibimiento, donde como su
misma Persona Real eran servidos, y acariciados.” Véase también lib. IV, cap. L, p. 459.
Además dice de “Coyote Ayunador”, jefe principal de Texcoco (lib. II, cap. LIII, p. 167):
“no fue menos en el gasto de su Casa, así para su Persona, como para hacer Hospicio
ordinario á todos los que servian en su Palacio, y otros muchisimos Señores, que comian
en su Casa, cada dia”. Pedro Mártir de Anglería, Décadas, dec. III, cap. X, pp. 231-232
[déc. V, cap. X, p. 547], y Clavijero, lib. VII, cap. 16, p. 482 [p. 216], sobre Texcoco. En
relación con México es muy positivo (lib. V, cap. 3, p. 304 [pp. 19, 20]). Es inútil dar más
citas, y remitiré solamente al Códice Mendocino (lám. LXX) y, por la analogía con las tribus
del tronco quiché en Guatemala, al Popol Vuh (p. 305): “Are qui cuhcbal quib ri-oxib cid nim-
ha u bi cacmal, chiri cut chi c’uqah-vi c’uquiya.”
Que los delegados de otras tribus eran hospedados en el tecpan lo dice claramente
Sahagún (lib. VIII, cap. XIX, p. 308 [cap. XIV, p. 312, § 6]): “Había otra sala que se llamaba
coacalli. En este lugar se aposentaban todos los señores forasteros que eran amigos o
enemigos del señor.” Códice Ramírez (p. 75): “Vinieron á estas fiestas hasta los propios
enemigos de los Mexicanos, como eran los de Michhuacan y los de la provincia de Tlaxcala,
á los quales hizo aposentar el Rey y tratar como á su misma persona, y hazerles tan ricos
miradores desde donde viessen las fiestas, como los suyos”; Durán (cap. XL, p. 317 [p. 307] y
cap. XLIII, p. 347 [p. 336, § 16-18]): “Niño Ayunador” de Texcoco “aposentándolo en un
lugar que ellos llaman Teccalli, que quiere decir ‘palacio real’”. “Luego llegó el rey de
Tacuba con todos sus principales y señores […]. A quien no menos honra y cortesía se
hizo que al de Tezcuco, poniéndole en el mismo palacio junto a Nezahualpilli.” Los
delegados de Tlaxcallan, Huexotzinco y Cholula fueron “llevados al palacio real, donde
les tenían aparejado un retraimiento oculto y escondido” [p. 338, § 28] y “fueron aposen-
tados en el mismo lugar” [p. 339, § 31] los de Michoacán y otros. También cap. LIV, pp.
428-429 [pp. 413, 414] y LVIII, p. 459 [p. 441], etc. Plenamente confirman a estos autores
Tezozomoc (cap. LXIV, pp. pp. 106-107 [476-477]; cap. LXVIII, p. 111 [p. 494]; cap. LXXXVI,
p. 151 [p. 591]), Ixtlilxochitl (cap. XXXVI, p. 234 [p. 96], hablando de Texcoco) y
Torquemada (lib. XIV, cap. I, pp. 534-535). Este último distingue entre el “calpixca” y “el
palacio”, afirmando que los delegados eran alojados en el primero. Pero como él mismo
(lib. VI, cap. XXIV, p. 48) llama al tecpan “casa de la comunidad” –nombre que da al
“calpixca”– y sabemos por Sahagún (lib. VIII, cap. XIX, p. 307 [cap. XIV, p. 312 § 6]) que el
318 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

calpixcalli era una sala del tecpan, no puede haber duda de que el tecpan era también el
sitio donde los delegados eran recibidos, alojados y alimentados, a expensas de la tribu.
En 1537 el obispo Las Casas envió a unos mercaderes con instrucciones completas e
implementos para la conversión a los indios de “Tuzulutlan” o de la “Tierra de Guerra”,
y cuenta fray Antonio de Remesal (t. I, lib. III, cap. XV, p. 135 [pp. 208-209]) que “como en
aquel tiempo no había mesones ni casa de comunidad, todos los forasteros que llegaban
al lugar acudían a posar en casa del señor, que los recibía humanamente, hospedaba y
daba de comer conforme la calidad de la persona, y el forastero reconocía el bien recebido
o que había de recibir, poniendo a los pies del señor algún presente conforme a su posi-
bilidad”. Los comerciantes, por lo tanto, se hospedaron en la casa oficial –el tecpan– y
permanecieron allí (como podemos leer en la p. 136 [p. 209] de la historia del fraile)
mientras realizaban su trabajo de abrir la comarca a la predicación del evangelio. La
comparación con Cortés, que también estuvo hospedado en el tecpan de México, es
notable.
243. Las descripciones de este banquete son tan abundantes que casi no vale la pena
remitir a ellas en detalle. Sólo llamaré la atención sobre las afirmaciones de Cortés (“Car-
ta segunda”, p. 35 [p. 68]), Bernal Díaz (cap. XCI, pp. 86 y 87 [pp. 250 y 251]) y Andrés de
Tapia (p. 581). Todas estas descripciones de testigos presenciales, si se ven a la luz ade-
cuada y se comparan con las de escritores posteriores, corroboran plenamente las opinio-
nes de L.H. Morgan (“La comida de Moctezuma” [supra, pp. 3-35]) en el sentido de que
se trataba de una comida comunitaria oficial, dada por la casa oficial de la tribu como
parte de sus obligaciones y deberes diarios.
244. No puedo dejar de evocar aquí la descripción del banquete ofrecido al grupo de
parentesco Melvor por su jefe “Fergus Melvor, Vich Ian Vohr”, tan gráficamente descrita
por sir Walter Scott en Waverley. En cuanto al papel que desempeñaba el “jefe de hom-
bres”, véase Bernal Díaz, cap. XCI, p. 86 [p. 250].
245. Esa actitud particularmente grave la observan todos los autores. Es estrictamente
india, y se encuentra aun entre las tribus más rudas.
246. Durán (cap. XXVI, p. 214 [p. 211]): “Y así, lo primero que se ordenó fue que los
reyes nunca saliesen en público, sino a cosas muy necesarias y forzosas.” Códice Ramírez (p.
76): “De ordinario estaba retirado saliendo muy pocas veces á vista del pueblo.”
247. Durán, cap. XXVI, p. 214 [p. 211]; Sahagún, lib. VIII, cap. X, p. 291 [t. II, cap. IX,
pp. 297-298]. El primero afirma claramente que lo que llama “corona real” podía ser
usado solamente por el “jefe de hombres” y el “mujer-serpiente”. Ese tocado, que los
españoles llamaron muy apropiadamente “media mitra”, ha sido representado por mu-
chos autores de origen indígena. Véase Códice Mendocino, láms. II a XIV, también LXX;
Durán, láms. 2-14 y 16, 18-21, etc.; Códice Ramírez, láms. 4 y 5. Los mexicanos lo llaman
xiuhuitzolli. Véase también Molina (I, p. 31 y II, p. 160 [Siméon, p. 770]), de xiuitl, turque-
sa o piedra verde, y es totalmente distinto del tocado que el “jefe de hombres” llevaba en
el campo. Cf. “Sobre el arte de la guerra”, supra, pp. 70-71.
248. Esto explica las historias acerca de los vagabundeos de incógnito de “Lobo Ayu-
nador” de Texcoco, tan frecuentemente repetidas después de Ixtlilxochitl, así como la del
arresto del “Señor Severo” (el último Moctezuma) por robar elotes de un campo. Esta
última la relata magníficamente H.H. Bancroft (vol. II, pp. 451-452), siguiendo a las
mejores autoridades.
249. Ningún autor ha sido más prolífico en descripciones de la pompa, la riqueza y la
magnificencia regias que Bernal Díaz (cap. LXXXVIII, XCI, XCII, etc.). La mayoría de los
escritores posteriores han confiado excesivamente en sus afirmaciones, dando por senta-
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 319

do que la sinceridad con que expresa sus propios sentimientos e impresiones individua-
les es resultado de una observación serena y objetiva. Cualquiera que haya leído atenta-
mente (y no meramente páginas al azar, con el solo fin de obtener citas) sus extensas
memorias, estará convencido de que en realidad es uno de los testigos menos dignos de
confianza, en lo que respecta a los principios generales. En todos los detalles en que no
están involucrados sus sentimientos personales o que no los despiertan involuntariamente,
incluso a la avanzada edad en que escribía, es mucho más confiable que cuando se esfuer-
za o se enorgullece de ser muy explícito. Así, es curioso comparar su descripción de la
recepción de Cortés por “Señor Severo” con la dada por el propio Marqués del Valle
(“Carta segunda”, p. 25 [p. 51]). Sin duda fue el mayor despliegue de pompa jamás
intentado por los mexicanos, puesto que lo hacían para recibir al ser más incomprensible
de que habían tenido noticia. Es interesante colocar las dos versiones lado a lado.

Cortés, “Carta segunda” [p. 51] Bernal Díaz (cap. LXXXVIII, p. 88 [p. 240])
Aquí me salieron a ver y hablar hasta Ya que llegábamos donde se aparta otra calzadilla que iba
mil hombres principales, ciudadanos a Cuyoacan […] muchos principales y caciques con mu-
de la dicha ciudad, todos vestidos de chas ricas mantas sobre sí, con galanía y libreas diferencia-
una manera de hábito y, según su cos- das las de los unos caciques a los otros, y las calzadas lle-
tumbre, bien rico; y llegados a me ha- nas dellos, y aquellos grandes caciques enviaba el gran
blar cada uno por sí, hacía en llegando Montezuma delante a recibirnos; y así como llegaban de-
ante mí una ceremonia que entre ellos lante de Cortés decían en sus lenguas que fuésemos bien
se usa mucho, que ponía cada uno la venidos, y en señal de paz tocaban con la mano en el suelo
mano en tierra y la besaba, y así estuve y besaban la tierra con la misma mano. Así estuvimos de-
esperando casi una hora hasta que cada tenidos un buen rato, y desde allí se adelantaron el
uno hiciese su ceremonia […]. Pasada Cacamatzín, señor de Tezcuco y el señor de Iztapalapa y
esta puente, nos salió a recibir aquel el señor de Tacuba y el señor de Cuyoacan a encontrarse
señor Mutezuma con hasta doscientos con el gran Montezuma, que venía cerca en ricas andas,
señores, todos descalzos y vestidos de acompañado de otros grandes señores, y caciques que te-
otra librea o manera de ropa asimismo nían vasallos; e ya que llegábamos cerca de México, adon-
bien rica a su uso, y más que la de los de estaban otras torrecillas, se apeó Montezuma de las
otros, y venían en dos procesiones muy andas, y traíanle del brazo aquellos grandes caciques de-
arrimados a las paredes de la calle, que bajo de un palio muy riquísimo a maravilla, y la color de
es muy ancha y muy hermosa y dere- plumas verdes con grandes labores de oro, com mucha
cha, que de un cabo se parece el otro y argentería y perlas y piedras chalchihuites, que colgaban
tiene dos tercios de legua, y de la una de unas como bordaduras, que hubo mucho que mirar en
parte y de la otra muy buenas y gran- ello; y el gran Moctezuma vanía muy ricamente ataviado,
des casas, así de aposamientos como de según su usanza, y traía calzados unos como cotaras, que
mezquitas, y el dicho Mutezuma venía así se dice lo que se calzan, las suelas de oro, y muy precia-
por medio de la calle con dos señores, da pedrería encima de ellas; e los cuatro señores que le
el uno a la mano derecha y el otro a la traían del brazo venían con rica manera de vestidos a su
izquierda, de los cuales el uno era aquel usanza, que parece ser se los tenían aparejados en el cami-
señor grande que dije que me había no para entrar con su señor, que no traían los vestidos con
salido a hablar en las andas y el otro que nos fueron a recibir; y venían, sin aquellos grandes
era su hermano del dicho Mutezuma, señores, otros grandes caciques, que traían el palio sobre
señor de aquella ciudad de Iztapalapa sus cabezas, y otros muchos señores que venían del gran
de donde yo aquel día había partido, Montezuma barriendo el suelo por donde había de pisar,
todos tres vestidos de una manera, ex- y le ponían mantas porque no pisase la tierra. Todos estos
cepto el Mutezuma que iba calzado, y señores ni por pensamiento le miraban a la cara, sino los
los otros dos señores descalzos; cada ojos bajos e con mucho acato, excepto aquellos deudos y
uno lo llevaba de su brazo. sobrinos suyos que le llevaban del brazo.
320 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

Un tercer testigo de los acontecimientos, Andrés de Tapia (p. 579) dice simplemente:
“Salió el dicho Muteczuma por en medio de la calle, é toda la demas gente arrimada á las
paredes, porque ansí es su uso.”
La versión de Bernal Díaz es corroborada por Oviedo (lib. XXXIII, cap. XLV, p. 500)
sobre la base de información recibida de “algunos caballeros y soldados que habían toma-
do parte en la conquista de Nueva España” (título del cap. XLV, p. 494). Pero el viejo
cronista no da los nombres de sus informantes.
Aquí reaparece la misma cuestión ya examinada en relación con las luchas con los
tlaxcaltecas (“Sobre el arte de la guerra”, supra, p. 80, n. 203), y de nuevo llegamos a la
misma conclusión: que Bernal Díaz, más inclinado a coleccionar incidentes personales y
con menos posibilidades de ver bien desde su posición subalterna, magnifica la impor-
tancia de la acción más allá de la verdad.
Es fácil notar cuánto más sobrias, y por lo tanto menos pomposas, son las afirmaciones
del comandante español y su lugarteniente que las de los simples soldados, incluyendo a
los anónimos informantes de Oviedo. Y es preciso recordar que Cortés, que era el primer
actor en la escena, ciertamente vio más de ella, y mucho mejor, que cualquier otro. Ade-
más, cuando escribió su relación (el 30 de octubre de 1520, es decir apenas alrededor de
un año después del acontecimiento), Cortés tenía motivos personales y políticos para
magnificar y embellecer el cuadro. Por lo tanto, si sus afirmaciones quedan muy por
debajo de las de sus soldados en detalles emocionantes y coloridos, todo indica que debe-
mos creer que las suyas son más dignas de confianza.
Haciendo referencia pues a la descripción de Cortés, encontramos, en conjunto, que
no es sino un despliegue bárbaro como los que son comunes en otras celebraciones indias
del mismo carácter. Cf. particularmente Tezozomoc (cap. XXVII, pp. 41-42 [p. 308]). Al
regresar los mexicanos de su exitosa expedición a Tecamachalco y Tepeaca: “los mexica-
nos les vinieron á recibir con triunfo de victoria, vocinas, cornetas, y muchos géneros de
rosas y perfumaderos, y estos llevaron los viejos que llevaban consigo sus vasos de piciete,
señal de viejos y padres de tan valerosos soldados, y detrás de los colodrillos atados los
cabellos con cuero colorado que llaman Cuauhtlalpiloni, con sus rodelas y bordones,
cuauhtopilli. Estaban estos en este camino de ringlera, los unos frontero de los otros,
porque en medio habia de pasar el ejército mexicano, que estos son llamados Caucuacuiltín,
que estos tomaron luego en medio á los presos esclavos que traian de la guerra, y eran
naturales de los cuatro pueblos”; también (cap. XXIX), aunque es menos explícito, sobre
el regreso de la expedición a las Huaxtecas (cap. XXXVIII, p. 62 [p. 360]), hablando del
regreso de la expedición contra Huaxaca: “hecho esto mandó Moctezuma que todos los
principales mexicanos y viejos saliesen á recibir el ejército mexicano con mucho gozo y
alegría, y habiéndolos recibido en el camino, los sahumaron con unos incensarios de
mucho humo de copal, como mirra, que es señal de mucha honra: venian victoriosos de la
guerra”; (cap. XLIX, p. 79 [p. 409]): “en Mazantzintamalco (la huerta que despues fué del
marqués del Valle) se pusieron en dos ringleras de trecho con sombras y buhiyos cubier-
tos de rosas, y habiéndole dicho su oración del recibimiento en nombre de todo el senado
mexicano, y de los viejos principales Cuauhhuehuetque, todos con sus calabacillos de pisiete,
armados con ychcahuipiles, rodelas, macanas, y detrás del colodrillo trenzados todos los
cabellos con cueros colorados, y con esta órden caminaron hasta México Tenuchtilan;
luego que entraron se fueron derecho a humillarse y hacerle reverencia á Huitzilopochtli
en su templo”. Esto fue cuando “Rostro en el Agua” regresó de la expedición contra los
matlatzincas; (cap. LII, p. 85 [p. 424]) cuando el mismo “jefe de hombres” regresó derro-
tado por los tarascos de Michoacán, se le hizo una recepción igual, pero con gemidos y
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 321

gritos de dolor y de duelo; también (cap. LVIII, p. 96 [p. 446], cap. LXII, p. 101 [pp. 469-
470], etc.). De lo anterior se desprende que la recepción dispensada a Cortés y toda la
pompa bárbara que incluyó siguieron estrictamente la costumbre establecida. También
se hacían recepciones similares al regreso de expediciones comerciales particularmente
exitosas. Sahagún (lib. IX, cap. II, pp. 839 [t. III, p. 18, § 10]): “Iban por el camino como
en procesión dos rencles, una de los sacerdotes y otra de los señores, fuéronse a juntar
con ellos en el pueblo de Acachinanco” al sur de México, en dirección a San Antonio Abad
según dice Bustamante (nota a). Eso fue mientras “Rata de Agua” era “jefe de hombres”.
Que el “jefe de hombres” avanzara solo, con apenas una reducida escolta, por el medio
de la calle, es muy natural: era el jefe de la casa oficial y el comandante supremo del
ejército de la confederación, y por lo tanto le correspondía a él en particular recibir a los
extranjeros. En cualquier ocasión ordinaria hubiera sido un despropósito, contrario a
todas las reglas del protocolo indio, que el supremo oficial de la tribu saliera a recibirlos,
pero en este caso, oscilando entre el miedo y la curiosidad, se hizo una excepción. Vale la
pena señalar que incluso cuando el “jefe de hombres” regresaba a la cabeza de una expe-
dición militar victoriosa, nadie menciona que el “mujer-serpiente” saliera a recibirlo en
persona.
250. Esa forma de dirigirse a las personas a quienes se debe reverencia ha sido obser-
vada en numerosas tribus americanas. Entre los mexicanos no era una marca de deferen-
cia exclusivamente hacia el supremo oficial. Sus interlocutores no lo miraban a él, ni él
tampoco los miraba a ellos. Véase Bernal Díaz, cap. XCI, p. 86 [p. 250]; Clavijero, lib. VII,
cap. 11, p. 470 [p. 204]. Este último es particularmente importante aunque en general
sólo copia a Torquemada (lib. XIV, cap. I, p. 535). Por lo que se refiere a otras tribus, aquí
recordaré solamente al Inca peruano. Cf. Francisco de Jerez (Verdadera relación de la Con-
quista del Perú y Provincia del Cuzco llamada la Nueva Castilla, en Vedia, vol. II, p. 331),
cuando Hernando Pizarro se encuentra por primera vez con Atahualpa “los ojos puestos
en tierra, sin los alzar a mirar a ninguna parte”. De los indios de los estados del golfo de
Norteamérica dice James Adair (History of the American indians, p. 4): “Son tímidos, y por
consiguiente cautelosos […], sumamente modestos en su comportamiento.” Sobre los
indios de Norteamérica cf. también Loskiel (Geschichte der Mission der evangelischen Brüder,
Barby, 1789, pp. 17-18). Sería superfluo agregar más citas.
251. Durán, cap. XXVI, p. 215 [pp. 211, 212] y cap. XLIV, p. 357 [p. 344]. Tezozomoc,
cap. XXXVI, p. 57 [p. 352]; cap. LXIX, p. 115 [p. 500], etc. Durán, trat. 1, lám. 8.
252. El entierro del cihuacoatl se efectuaba de la misma manera que el del tlacatecuhtli,
como lo prueba el Códice Ramírez (p. 67): “Hiziéronse obsequias solemnísimas y un enterra-
miento mas sumptuoso que el de los Reyes pasados, porque todos lo tenian por el ampa-
ro, y muro fuerte del gran imperio mexicano.” Durán (cap. XLVIII, pp. 381 y 382 [p. 369,
§ 4]): “El cual, después de muerto, su cuerpo fue quemado y sus cenizas enterradas junto
a los sepulcros de los reyes, haciéndole las exequias conforme a persona tal se debían, de la
misma manera que a los reyes se hacían y sus grandezas pedían.” Joseph de Acosta (lib. VII,
cap. 18, p. 496 [p. 351]): “le hicieron las exequias los mexicanos, con más aparato y
demostración que a ninguno de los reyes habían hecho”.
En relación con los ritos funerarios podría ser oportuno hacer referencia a una cos-
tumbre fácilmente interpretable en favor de la hipótesis de que el tlacatecuhtli era un
monarca. Era la de tallar en la roca viva, en Chapultepec, cerca de México, formas huma-
nas que conmemoraban (o al menos decían conmemorar) a cada uno de esos funciona-
rios, hacia el final de la vida de cada uno. De la existencia de esas tallas no puede haber
duda. Don Antonio León y Gama (Descripción histórica y cronológica de las dos piedras que con
322 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

ocasión del nuevo empedrado que se está formando en la plaza principal de México, se hallaron en
ella el año de 1790, 2a. ed., 1832, 2a. parte, pp. 80-81) vio la última de ellas, representando
a “Señor Severo”, alrededor de 1753 o 1754, cuando fue “picada” por orden de las auto-
ridades. Otra figura, dedicada a “Rostro en el Agua”, existía pocos años antes de esa
fecha. Según J.F. Ramírez (Durán, cap. XXXI, p. 251, n. 1 [pp. 579-580]) todavía pueden
observarse rostros desfigurados, entre los cuales es claramente visible el signo “1 Caña”
(ce acatl), en la roca de Chapultepec, en el lado oriental de ese célebre cerro o peñasco.
Es igualmente seguro que tales tallas conmemoraban no sólo al tlacatecuhtli sino tam-
bién al cihuacoatl. Cf. Durán (cap. XXXI, pp. 250-251 [p. 245]). Tezozomoc (cap. XL, p. 65
[pp. 368-369]) da una versión algo distinta. Es notable, sin embargo, la importancia
relativamente escasa que se atribuye a esos monumentos funerarios. El propio lugar de
Chapultepec, objeto muy notable y conspicuo y conectado con muchas reminiscencias,
era considerado como un objeto de “medicina”. Torquemada, lib. III, cap. XXVI, p. 303.
Es muy natural que se prestara particular atención a los restos de un oficial de alto rango;
lo mismo se observa entre los iroqueses (cf. L.H. Morgan, Ancient society, 2a. parte, cap. III,
pp. 95 y 96; también “American aboriginal Architecture”, en Johnson’s Cyclopedia). Sería
inútil detenernos más en el tema, que trataré plenamente en una de mis futuras mono-
grafías.
253. No carece de interés observar que esa casa oficial, en su forma plena, sólo aparece
después de la formación de la confederación. El Códice Ramírez (p. 65) dice: “Puso assí
mismo este Rey por consejo y industria del sabio Tlacaellel en muy gran concierto su casa
y corte, poniendo oficiales que le servían de mayordomos, mastresalas, porteros, coperos,
pajes y lacayos, los quales eran sin número.” Esto lo confirman no sólo Durán (cap. XXVI)
y Tezozomoc (caps. XXXV y XXXVI) sino también Torquemada (lib. II, cap. LIV, p. 169).
254. Esto se deduce fácilmente del hecho, ya establecido, de que todos los demás tipos
de oficiales o cualquiera de rango importante, eran elegidos y no designados. Véase tam-
bién el pasaje ya citado de Durán (cap. LXIV, p. 498 [p. 475]), que es sumamente intere-
sante en general.
255. Un examen cuidadoso de Sahagún (t. I, lib. VI, cap. X) convencerá al lector de la
veracidad de esta firmación. Véase también Durán, cap. XLI, p. 328 [p. 314] y cap. LII,
pp. 414-415 [p. 398], y Tezozomoc, cap. LVI, pp. 100-101 [pp. 437-438] y cap. LXXXII,
p. 144 [pp. 571-572].
256. Durán (cap. XII, p. 109 [§ 24]): “Vuelto a Tlacaelel, le mandó avisase a los de su
consejo que hablasen”; también cap. XVI, pp. 132, 134, 138 [pp. 133-135, 138]; cap. XXI,
p. 182 [p. 178]; cap. XL, p. 310 [p. 306]; cap. XLI, p. 330 [p. 313]; cap. LIII, p. 419 [p. 405],
etc. Códice Ramírez, p. 66. Tezozomoc, cap. XXI, p. 33 [p. 288]; cap. XXXVIII, p. 60 [p. 358];
cap. XL, p. 65 [p. 366]; cap. XLII, p. 69 [p. 379]; cap. LVII, p. 93 [p. 440]; cap. LXVIII, p. 114
[p. 493], etc. Además debe deducirse del hecho, ya demostrado, de que el cihuacoatl era el
“presidente” del consejo, y como tal era a él que el “jefe de hombres” debía comunicar
todos los asuntos a someter al consejo.
257. Casos de este tipo se encuentran en abundancia en las crónicas específicamente
mexicanas. Citarlos por extenso resultaría demasiado largo, de modo que me limitaré a
indicarlos, dejando al lector que los consulte. Tezozomoc, cap. XXVII, p. 40 [p. 306]; cap.
XXVIII, p. 59 [p. 310]; cap. XXXI, pp. 48-49 [pp. 326-327]; cap. XXXIV, p. 54 [pp. 344-345];
cap. XXXVII, p. 59 [pp. 354-355]; cap. LXXV, pp. 127-128 [pp. 537-538]; cap. LXXXVIII,
p. 154 [pp. 550-551]; cap. LXXXIX y cap. XC, pp. 157-158 [p. 605]. Durán, cap. XVIII, pp.
156-157 [pp. 155-156]; cap. XIX, pp. 165-166 [pp. 163-164]; cap. XXI, p. 182 [p. 178];
cap. XXII, p. 189 [pp. 185-186]; cap. XXIV, p. 201 [p. 198], etc. Además de estas autorida-
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 323

des remito, en general, a Torquemada, lib. XIV, cap. II, p. 537. Evidentemente este autor
ha copiado, o al menos utilizado las mismas fuentes que fray Jerónimo de Mendieta (lib. II,
cap. XXVI, p. 129). Mi erudito y muy estimado amigo señor García Icazbalceta atribuye a
las afirmaciones de ambos autores “un origen común” (“Tabla de correspondencias”, p. 38).
Esa fuente común, sin embargo, se encuentra en Zorita (pp. 118-119 [pp. 492-494]).
Hasta ahora ignoramos de dónde obtuvo su información Zorita.
258. Véase los autores citados más arriba. También Clavijero, lib. VII, cap. 25, p. 502
[p. 238].
259. Esto deriva de lo ya demostrado en torno a las tareas del “jefe de hombres” como
cabeza de la casa oficial. Cf. particularmente Tezozomoc (cap. XCVII, pp. 172-173 [pp.
638-639]).
260. Códice Ramírez (p. 87): “y con esto el gran Motecuczuma, por el mismo órden que
vino se volvió con el capitan Don Hernando Cortés, al qual y á los suyos mandó que apo-
sentassen en las casas reales, donde se les dió muy buen recaudo á cada uno, segun las
calidades de las diversas gentes que iban con el capitan […]. El dia siguiente el capitan
Don Hernando Cortés hizo juntar á Motecuczuma […] en una pieza que en la casa habia
muy á propósito para esto”; (p. 88): “Porque acabada de hazer esta plática el buen capitan
Don Hernando Cortés, los soldados saquearon las casas reales, y las demas principales
donde sentian que habia riquezas […]. En este tiempo recelándose el Marqués no resulta-
sse desto algun inconveniente prendió al gran Rey Motecuczuma, poniéndole con grillos y
á buen recaudo en las casas reales junto á su mismo aposento”; (p. 89): “comenzaron á
pelear con los españoles con tal furia que los hizieron retraer á las casas reales donde
estaban aposentados”. Esto es muy claro. Se afirma comúnmente que los españoles esta-
ban alojados en una gran casa que había pertenecido al padre de “Señor Severo”, “Rostro
en el Agua”. El anónimo “Fragmento No. 2” dice (p. 139) lo siguiente: “apartando la
gente hasta que llegaron al palacio Real que habia sido de su padre de Motecuzuma,
Axayacatzin, y entrando en una gran sala en donde tenia Motecuzuma su estado, se sentó y
á su derecha mano á Cortés, y hizo señas Cacama que se apartasen todos y diesen órden
en aposentar los cristianos y amigos que traian en aquellos grandes palacios”. Este frag-
mento anónimo es evidentemente de origen texcocano. Sahagún (lib. XII, cap. XVI, p. 24
[t. IV, p. 44, § 8]): “Luego D. Hernando Cortés tomó por la mano a Mocthecuzoma, y se
fueron ambos juntos a la par para las casas reales”; (cap. XVII, p. 25 [p. 45, § 1]): “Desde
que los españoles llegaron a las casas reales con Mocthecuzoma, luego le detuvieron con-
sigo”; (cap. XXI, p. 28 [p. 48, § 1]): “como comenzó la guerra entre los indios y los espa-
ñoles, éstos se fortalecieron en las casas reales con el mismo Mocthecuzoma”. (Ibid., p. 29
[p. 48, § 2]; cap. XXIII, p. 31 [p. 51], etc.) Éstas son afirmaciones sumamente positivas, y
tanto menos sospechosas en cuanto representan tradiciones de tres fuentes diferentes,
todas evidentemente originadas en testigos presenciales, a saber: mexicana (Códice Ramírez),
texcocana (“Fragmento No. 2”) y tlatelolca (Sahagún). Las afirmaciones de testigos espa-
ñoles son de dudosa autoridad en este caso, puesto que ninguno de ellos sabía ni podía
saber nada positivo, y después la ciudad fue destruida tan completamente que difícil-
mente se podía reconocer siquiera su ubicación. Sin embargo, las “casas viejas y nuevas”
de Moctezuma han llegado a ser palabras corrientes.
Es interesante sin embargo comparar los relatos de testigos preenciales con las ante-
riores citas de fuentes aborígenes. Cortés (“Carta segunda”, p. 25 [pp. 51-52]): “Y tornó
a seguir por la calle en la forma ya dicha hasta llegar a una muy grande y hermosa casa
que él tenía para nos aposentar, bien aderezada.” La residencia donde se instaló “Señor
Severo” con su casa estaba aparentemente a cierta distancia del alojamiento de los espa-
324 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

ñoles, puesto que leemos (p. 27 [p. 54]): “dejando buen recaudo en las encrucijadas de
las calles”, lo que indica que había varias calles entre ambas. Lo que sigue, en cambio, es
muy claro, aunque no decisivo (“Carta tercera”, p. 76 [p. 140]): “Y porque lo sintiesen
más, este día hice poner fuego a estas casas grandes de la plaza, donde la otra vez que nos
echaron de la ciudad los españoles y yo estábamos aposentados, que eran tan grandes,
que un príncipe con más de seiscientas personas de su casa y servicio se podían aposentar
en ellas; y otras que estaban junto a ellas, que aunque algo menores eran muy más frescas
y gentiles, y tenía en ellas Mutezuma todos los linajes de aves que en estas partes había.”
Esa observación acerca del “príncipe con más de seiscientas personas de su casa y servi-
cio” concuerda evidentemente con su afirmación anterior sobre la casa de “Señor Severo”
(“Carta segunda”, p. 35 [p. 68]): “La manera de su servicio era que todos los días, luego
en amaneciendo, eran en su casa más de seiscientos señores y personas principales, los
cuales se sentaban […]. Y los servidores de éstos y personas de quien se acompañaban
henchían dos o tres grandes patios y la calle.” En consecuencia, Cortés mismo confirma
a los autores nativos antes citados. Andrés de Tapia (p. 579): “e hizo aposentar al mar-
ques en un patio donde era la recámara de los ídolos, é en este patio habie salas asaz
grandes donde cupieron toda la gente del dicho marques é muchos indios de los de
Tascala é Churula que se habien llegado á los españoles para los servir”. Este testigo, por
lo tanto, no menciona ninguna de las dos “casas de Moctezuma”. El padre de la historia
se encuentra en Bernal Díaz (cap. LXXXVIII, p. 84 [p. 242]): “E volvamos a nuestra entra-
da en México, que nos llevaron a aposentar a unas grandes casas, donde había aposentos
para todos nosotros, que habían sido de su padre del gran Montezuma, que se decía
Axayaca, adonde en aquella sazón tenía el gran Moctezuma sus grandes adoratorios de
ídolos.”
Así Cortés, que es el principal testigo en el caso, afirma indudablemente que los espa-
ñoles fueron alojados en el tecpan. De los otros dos conquistadores, sólo el segundo men-
ciona el alojamiento de los españoles como “casas del padre de Moctezuma”, mientras
que Tapia nada dice al respecto. Las afirmaciones de Cortés adquieren mucho peso si se
ven en relación con las de los autores nativos.
Es natural (y el hecho no requiere demostración) que los autores subsecuentes hayan
seguido una u otra de las dos versiones. Después de transcribir las cartas de Cortés,
Oviedo (lib. XXXIII, cap. XLV, p. 500) dice que “aposentó aquél a los cristianos en unas
casas que habían sido de su padre”, dato que toma de otros conquistadores (p. 494) cuyos
nombres no da; más adelante (cap. XLVII, p. 507) dice que esa casa era “la morada de su
abuelo”. No agregaré más citas.
Afortunadamente, un documento oficial de fecha temprana nos informa de la ubica-
ción exacta de esos dos edificios. Es la “Merced a Hernán Cortés de tierras inmediatas a
México” (García Icazbalceta, Colección de documentos, vol. II, p. 28-29). Está fechada en
Barcelona, el 23 de julio de 1529, y otorga a Cortés “los solares é casas son la casa nueva
que era de Montezuma, que alinda por la una parte con la plaza mayor é la calle de
Iztapalapa, é por la otra la calle de Pero Gonzalez de Truxillo, é de Martin López, carpin-
tero; é por la otra la calle en donde están las casas de Juan Rodriguez, albañil; é por la
otra la calle pública que pasa por las espaldas: é la casa vieja que era de Montezuma,
donde vivís, que alinda por la frontera con la plaza mayor é solares de la iglesia, y la
placeta; por un lado la calle nueva de Tacuba, é por otro la calle que va de la plaza mayor
á S. Francisco; por las espaldas la calle donde están las casas de Rodrigo Rangel, é de Pero
Sanchez Farfán, é de Francisco de Terrazas, é de Zamudio”.
Por estos datos es fácil reconocer en el actual Palacio Nacional el sitio de las llamadas
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 325

“casas nuevas de Moctezuma”, y en los edificios frente al “Empedradillo” las “casas vie-
jas”. Ambas miraban a la plaza central de la ciudad.
Las llamadas “casas viejas” estaban también inmediatamente frente a la “casa de Dios”
central. Dice Tezozomoc (cap. LXX, p. 117 [p. 514]): “Este templo y cerro estaba puesto
adonde fueron las casas de Alonso de Avila, y Don Luis de Castilla, hasta las casas de
Antonio de la Mota, en cuadra.” De acuerdo con García Icazbalceta (Los tres diálogos,
notas al segundo diálogo, p. 218): “La casa de Alonzo de Avila estaba en la calle del Reloj,
esquina a la de Santa Teresa la Antigua.” Por consiguiente las “casas viejas” eran efectiva-
mente las que Bernal Díaz menciona como “adonde en aquella sazón tenía el gran
Moctezuma sus grandes adoratorios”. Y esas “casas viejas” eran, como hemos visto, el
tecpan o casa oficial de la tribu mexicana, lo que de nuevo concuerda plenamente con
nuestra hipótesis de que los españoles fueron hospedados allí, y los residentes oficiales la
habían desocupado para ese fin.
261. Esto explica plenamente la designación “casas nuevas de Moctezuma” menciona-
da en la nota anterior.
262. Que el consejo se reunía en el alojamiento de los españoles lo dicen claramente
Bernal Díaz (cap. XCV, pp. 95-96 [pp. 274-275]; cap. XCVII, p. 98 [p. 283]) y Oviedo (lib.
XXXIII, cap. XLVII, p. 509). Que los miembros del consejo se retiraron gradualmente es
igualmente seguro, por el hecho de que el sucesor de “Señor Severo” fue elegido cuando
éste todavía estaba vivo, prisionero de los españoles.
263. Durán, cap. XLIII, p. 347 [p. 333]. Zorita (p. 11 [p. 469]): “Al Señor de México
habían dado la obediencia los Señores de Tlezcuco y Tlacuba en las cosas de guerra, y en lo
demás eran iguales, porque no tenía el uno que hacer con el señorío del otro”; ibid., pp. 93,
95 [pp. 487-488]. Mendieta, lib. II, cap. XXXVII, p. 156; Herrera, déc. III, lib. IIII, cap. XV,
p. 133. Los dos últimos evidentemente siguen a Zorita. Véase también la n. 4.
264. Véase la nota 4. “Fragmento No. 2”, en la Crónica mexicana (pp. 142 y 143).
265. “Sobre la tenencia de la tierra”, supra, p. 135. Zorita (p. 15 [p. 470]): “Si faltaba
sucesor al Señor de México, elegían los Señores y principales de su Señorío, y la confir-
mación era de los Señores supremos de Tlezcuco y Tlacuba.” Códice Ramírez, pp. 66, 67 y 72.
Los señores de Texcoco y Tlacopan son mencionados como “electores”, pero sólo se des-
taca el hecho de que “coronaban al rey”. Esto evidentemente significa sólo investidura.
Sahagún (t. II, lib. VIII, caps. XVII, XVIII, XIX, XX y XXI), aunque da muchos detalles, cla-
ramente evita decir que los señores de Texcoco y Tlacopan tomaban parte en la elección
(p. 318 [p. 321, § 1-4]). Durán, cap. XXXII, p. 255 [p. 250], cap. XXXIX, pp. 302, 303 [pp. 300,
301] y cap. XLI, p. 323 [p. 321].
266. Zorita, p. 16 [pp. 469-470]. Gómara (p. 435 [cap. CCXIII, p. 327]). Tezozomoc
(cap. CI, p. 179 [p. 659]).
267. “Sobre el arte de la guerra”, supra, pp. 61-126.
268. De ahí la recomendación del cihuacoatl a los servidores y mensajeros de la casa
oficial, al ser designados: “y mirad de la manera que entrais allá dentro, que hay allá mu-
chas señoras de valor y muchas esclavas: mirad que en nada erreis: porque luego al ins-
tante sereis consumidos, sin que lo sepa ánima viviente”. Tezozomoc (cap. LXXXIII, p. 146
[pp. 578-579]). Es evidente que el “jefe de hombres” tenía el derecho, en tales casos, de
castigar sumariamente, así como en el caso de mayordomos desleales o subordinados
desobedientes en general. Cf., sobre este punto, Durán (cap. LIII, pp. 419-420 [p. 407]).
El hecho de que el cihuacoatl hablara a los jóvenes muestra que el ejercicio de ese poder
extremo era conocido y sancionado por el consejo.
269. Las citas son innecesarias, puesto que la necesidad de ese poder es evidente. Pero
326 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

es bueno indicar aquí que incluso entre tribus mucho más rudas, en que el elemento
democrático se encontraba llevado al extremo, también ocurría a veces el castigo arbitra-
rio por los jefes guerreros. Así, se afirma que en el encuentro sangriento de Point Pleasant,
Virginia, el 10 de octubre de 1774, el gran jefe guerrero shawnee “Caña de Maíz” mató
con su tomahawk a alguno cercano a él que “por vacilación y renuencia a avanzar a la car-
ga había mostrado una disposición cobarde” (Alex S. Withers, Chronicles of border warfare,
cap. VII, p. 129). Esto explica también el castigo sumario de traidores y desertores, así
como de los que asumían el traje de los jefes guerreros prominentes durante un ataque o
un combate.
270. El encarcelamiento de mensajeros puede ser aducido (y me ha sido aducido a mí
en conversación por un viejo amigo) como prueba de la creencia de que el “jefe de hom-
bres” tenía un poder despótico. Tezozomoc relata instancias de este tipo (cap. CVI, p. 189
[pp. 683-684]). Se trata de la descripción realmente admirable de la llegada a México de
las primeras noticias de la proximidad de los navíos europeos. Es demasiado larga para
insertarla aquí. Un mensajero llegó de la costa con las nuevas y “Señor Severo” le dijo al
petlacalcatl que lo llevara a la celda de tablones y se encargara de él. Eso era para mante-
ner en secreto la noticia hasta que se pudiera investigar el asunto y por lo tanto era una
medida política preliminar. Pero aparte de que no se trataba de encarcelamiento (que
hubiera significado la muerte) sino de aislamiento, era una medida política y por lo tanto
un deber del “jefe de hombres”, y además una costumbre establecida entre los mexicanos.
Esto lo dice Sahagún (lib. VIII, cap. XXXVII, pp. 327-328 [t. II, cap. XX, p. 328, § 9-11]):
“habiendo cautivado a alguno, luego los mensajeros que se llamaban tequipan titlanti ve-
nían a dar las nuevas al señor y de aquellos que habían cautivado a sus enemigos, y de la
victoria que habían habido los de su parte […]. Y el señor respondía, diciéndoles: ‘Seáis
muy bien venidos; huélgome de oír esas nuevas, sentaos y esperad, porque me quiero
certificar más dellas’. Y ansí los mandaba guardar. Y si hallaba que aquellas nuevas eran
mentirosas, hacíalos matar.” Torquemada (lib. XIV, cap. I, p. 536): “y que no le dejasen
salir de Palacio hasta tener segundo Correo, que confirmase aquella buena nueva, que él
havia traído”. Vetancurt (vol. I, 2a. parte, trat. II, cap. II, p. 381 [pp. 335-336]) es casi una
copia textual del anterior, como podía esperarse.
Entre los muchos relatos de prodigios, advertencias sobrenaturales, hechicerías, etc.,
relacionados con los meses y los años inmediatamente anteriores a la llegada de los espa-
ñoles a México, hay también uno que tiene un carácter indio particularmente puro. Véa-
se Durán (cap. LXVIII, pp. 524-530 [pp. 499-503]) y Tezozomoc (cap. CVI, pp. 188-189
[pp. 683-684]). “Señor Severo”, alarmado por misteriosos pronósticos, llamó a todos los
viejos, viejas y hechiceros para que le informaran todo lo que podían soñar o habían soñado
en determinado periodo. Es bien sabido que los indios en general atribuyen un gran
valor a los sueños. No puede haber duda de que, en vista de la idea prevaleciente de que
los sueños contienen solemnes e importantes premoniciones, advertencias de fuente su-
perior (Sahagún, lib. V), era natural que el “jefe de hombres” pidiera que le comunicasen
tales sueños para beneficio de la tribu. Según Motolinia (trat. II, cap. VIII, pp. 129-130),
había personas particularmente expertas en la explicación e interpretación de los sue-
ños, a tal punto que se les consultaba generalmente para ese fin. Si esas personas, como
en la historia en cuestión, se negaban a satisfacer el pedido, el “jefe de hombres” podía
tratarlos como traidores, y apresarlos por su sola decisión para impedir un daño a la
causa pública. Todo esto, desde luego, si la historia es cierta.
Los casos en que se ordenaba secreto bajo pena de muerte son tan claros que no es
preciso dar ejemplos. En la conducción de los asuntos públicos el “jefe de hombres” tenía
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 327

derecho a dar órdenes secretas y a enviar a personas en misiones secretas. Quien divulga-
ra los secretos que le habían sido confiados cometía un acto de traición, y por lo tanto era
necesario castigarlo de inmediato, para evitar que hiciera más daño.
271. “Sobre el arte de la guerra”, supra, pp. 69-70, sobre todo notas 97, 99 y 101.
272. Ya he explicado la formación de esas circunscripciones geográficas. La etimolo-
gía de los nombres puede reconstruirse en parte. Son respectivamente: Moyotlan, “lugar
de los mosquitos”, de moyotl, “mosquito” (Molina, II, p. 59 [Siméon, p. 285]); Teopan,
“lugar de Dios”, de teotl, “Dios” (Molina, II, p. 101 [Siméon, p. 490]); Aztacalco, “lugar de
la casa de la garza”, de aztatl, “garza” (Molina, I, p. 65 y II, p. 10 [Siméon, p. 51]) y calli
“casa” (Molina, II, p. 12 [Siméon, p. 61]); Cuepopan, “lugar de la calzada”, de cuepotli,
“calzada” (Molina, I, p. 23 y II, p. 26 [Siméon, p. 134]). Todo esto son hipótesis que
propongo respetuosamente.
273. Estas cuatro zonas geográficas, cada una de las cuales incluía a cierto número de
grupos de parentesco o calpulli, fueron conocidos posteriormente como los cuatro barrios
indios de México, llamados respectivamente San Juan (Moyotlan), San Pablo (Teopan),
San Sebastián (Aztacalco) y Santa María (Cuepopan). Tezozomoc, cap. LIX, p. 98 [p. 451];
Vetancurt, p. 124 [vol. III, pp. 109-110]; Durán, cap. V, p. 42 [p. 50]. Ya se ha dicho que
cada uno contenía varios grupos de parentesco. Los cuatro jefes son mencionados a me-
nudo como “consejeros”, pero su posición como asistentes inmediatos del “jefe de hom-
bres” está claramente establecida en el Códice Ramírez (pp. 57-58), que concuerda con
Durán (cap. XI, p. 103), y también por Sahagún (lib. XXX, p. 318 [t. II, lib. VIII, cap. XVIII,
p. 321, § 4]): “Elegido el señor luego elegían otros cuatro que eran como senadores, que
habían siempre de estar al lado del señor y entender en todos los negocios graves del
reino.” Es evidente que deben de haber sido jefes guerreros, y no representantes en el
supremo consejo de una circunscripción administrativa superior al calpulli, “barrio”, o
grupo de parentesco localizado. Por lo tanto, los cuatro cuarteles constituían sólo cuerpos
militares, y esto se desprende claramente de las descripciones detalladas de la guerra que
con tanta abundancia nos da en sus crónicas Tezozomoc. La verdad de esto fue intuida,
aunque no plenamente comprendida, por Clavijero (lib. VII, cap. VII, pp. 494-495 [cap.
21, p. 230]), cuando alude a los cuatro jefes (bajo diversos nombres) como otras tantas
“grados de generales”. Además, esos cuatro capitanes superiores se encuentran también
en Michoacán (Relación de Michoacán, 1a. parte, p. 13): “tenía puestos cuatro señores muy
principales en cuatro fronteras de la provincia”, y en el Perú, donde se les ha dado el
título de “virreyes”.
Es interesante observar aquí que los escritores españoles aplicaron indiscriminadamente
el término “barrio” tanto a las cuatro grandes subdivisiones como a los grupos de paren-
tesco mismos.
274. Durán (cap. XI, pp. 97, 102 y 103) y Tezozomoc (cap. XV, p. 24[p. 270]) ubican la
organización que lleva a estos cuatro jefes a una posición prominente inmediatamente
después de la derrota de los tecpanecas, y antes de la confederación con Texcoco y
Tlacopan. Ixtlilxochitl (cap. XXXIV, p. 236 [p. 88]) habla en términos generales de una
“reorganización” después de formada la confederación, y lo mismo hace Acosta (lib. VII,
cap. 16, p. 493 [p. 349]), mientras que el Códice Ramírez (pp. 57-58) concuerda con los dos
primeros.
275. Es evidente que esos cuatro capitanes eran inferiores también al cihuacoatl, y este
hecho está abundantemente ilustrado. Durán (cap. XVI, pp. 140, 141 [pp. 134 y 135]),
refiriéndose a ezhuahuacatl (cap. XXII, p. 189 [p. 186, § 5 y 8]): “Y luego Tlacaelel, prínci-
pe de la milicia, mandó en nombre del rey que fuesen apercibidos.” “Llamó el rey a un
328 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

señor que se llamaba Cuauhnochtli e hízole general de toda la multitud, diciéndole que
Tlacaelel era ya viejo y que no podría ya ir a guerra tan apartada, dándole todas las
exenciones y autoridad que semejante oficio requería” (cap. XXXIV, p. 267 [p. 261], etc.)
Tezozomoc (cap. XVII, p. 27 [p. 275]): Tlacaelel, que después fue elegido cihuacoatl, era
entonces tlacochcalcatl, y en esa época es mencionado apenas como “uno de ellos de todos
los capitanes”. Sin embargo, en la p. 28 [p. 276] aparece como “capitan general de ellos”;
(cap. XXII, p. 34 [p. 291]): “respondió Tlacaeleltzin, y dijo: quiero dar aviso á Tlacatecatl y
á Tlacochcatl, para que publiquen luego en toda esta República esta guerra por los ba-
rrios”; (cap. XXVIII, p. 43 [p. 311]): “mandaron el rey Moctezuma y Cihuacoatl á los capi-
tanes Tlacatecatl, Tlacochcalcatl, Cuauhnochtli y Tlilancalqui, que luego al tercero dia se aper-
cibiesen y pusiesen en camino con sus armas y vetuallas”. Toda esta crónica está llena de
hechos de este tipo, demasiado numerosos para citarlos todos. El hecho ya ampliamente
demostrado de que el cihuacoatl era ex officio comandante supremo de la tribu mexicana
en caso de guerra, es suficiente por sí solo para establecer la inferioridad de los otros
cuatro. Véase Códice Ramírez, p. 67.
276. Como prueba de esto tenemos toda la serie de los autores específicamente mexi-
canos, empezando por el Códice Ramírez (pp. 57-58): “Primeramente ordenaron que
siempre se guardasse este estatuto en la corte mexicana, y es que despues de electo Rey
en ella, eligiessen quatro señores, hermanos ó parientes mas cercanos del mismo Rey, los
quales tuviessen ditados de príncipes: los ditados que entonces dieron á estos quatro el
primero fue [siguen los nombres y títulos].” La misma versión, con algunas variaciones,
adoptan Durán (cap. XI, pp. 102-103 [p. 103]), Tezozomoc (cap. XV, pp. 24-25 [p. 271]),
Acosta (lib. VI, cap. 25, p. 441 [pp. 312-313]) y Herrera (déc. III, lib. II, cap. XIX, pp. 75 y
76). Además existe la versión independiente de Sahagún (t. II, lib. VIII, caps. XXX y XXXI,
pp. 318 y 319 [cap. XVIII, p. 321, § 4]), quien es hasta demasiado positivo y dice, o al
menos lleva a inferir, que a cada elección de un “jefe de hombres” se llenaban también los
otros cuatro cargos, y los cinco eran investidos al mismo tiempo. Esto parece ser un error,
explicado por el Códice Ramírez y Durán.
Aquí podría ser oportuno hacer referencia a una versión diferente, que reduce el núme-
ro de esos asistentes del “jefe de hombres” a sólo dos. La encontramos en Gómara (p. 442
[p. 345]): “las apelaciones iban a otros dos jueces mayores, que llaman tecuitlato, y que
siempre solían ser parientes del señor”, y también en Zorita (p. 95 [pp. 487-488]). Sin
embargo, por referencia a Sahagún (lib. VI, cap. XX) se verá que el célebre franciscano
habla de dos de los cuatro que menciona este último (t. II, lib. VIII, cap. XXI). Ésos dos son el
tlacochcalcatl y el tlacatecatl (tlacochtecuhtli y tlacatecuhtli en forma abreviada común), a quie-
nes de nuevo llama (lib. VIII, cap. XXIV, p. 311 [cap. XVII, p. 316, § 2]) “capitanes principa-
les, que siempre eran dos”, y en (lib. IX, cap. I, p. 396 [p. 16, § 8-9]) los llama “cónsules de
Tlatilulco”. La tradición tlatelolca aparece muy claramente en los escritos del erudito fraile,
cuyos escritos han tenido tan vasta influencia en la literatura sobre el México aborigen.
277. “Sobre el arte de la guerra”, supra, p. 70; Sahagún, t. II, lib. VIII, cap. XXIV, p. 311
[cap. XVII, pp. 315-317]; Durán, cap. XXII, p. 180 [p. 186]; Clavijero, lib. VII, cap. 21, p. 404
[p. 230].
278. Torquemada (lib. XI, cap. XXV, p. 352) llama al tlacatecatl “juez”, sólo inferior al ci-
huacoatl en jurisdicción, y también (lib. II, cap. LXXVI, p. 211) “valiente capitán”. Después
de este autor, ha sido llamado “juez” por Vetancurt (vol. I, 2a. parte, trat. II, cap. I, p. 370
[p. 328]) y por Clavijero (lib. VII, cap. 16, p. 481 [p. 216]). Es singular observar que por
ejemplo Vetancurt (vol. I, 2a. parte, trat. I, cap. XVIII, p. 320 [p. 285]) dice que “Rata de
Agua” (Ahuitzotl) era “Tlacatecatlo, Capitán General de los Mexicanos”. En esto sigue a
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 329

Torquemada (lib. II, cap. LXIII, p. 186), quien a su vez concuerda con su predecesor
Mendieta (lib. II, caps. XXXV y XXXVI, p. 151). Este último es particularmente explícito, y
sus afirmaciones concuerdan con las del Códice Mendocino (láms. XIII y XVIII [pp. 30 y 40]).
También el ezhuahuacatl está representado como un “alcalde” en el Códice Mendocino (lám.
LXIX, tercera partida, núm. 10 [núm. 18, p. 142]). Todo esto tiende a demostrar que estos
oficiales, además de ser los principales capitanes de guerra, también eran ejecutores de
decretos judiciales.
279. Ramírez de Fuenleal (p. 248): “un oficial llamado Guamuchil desempeña las
funciones de alguacil mayor”. Torquemada, lib. XI, cap. XXV, pp. 352-353; Vetancurt, vol. I,
pp. 370ss [2a. parte, trat. II, cap. I, pp. 328ss]; Clavijero, lib. VII, cap. 16, p. 481 [pp. 216-
217]. El Códice Mendocino (lám. LXVI, tercera partida, núm. 7 [pp. 136 y 137]) lo llama
“executor”, igual que al tlillancalqui y al ezhuahuacatl.
280. Códice Mendocino, láms. LXVI y LXVIII [pp, 136, 137, 140, 141]. En la segunda los lla-
ma “Valientes”. Para la interpretación de Purchas, véase Kingsborough (vol. VI, pp. 73-74).
281. Casos de este tipo se encuentran frecuentemente tanto en Durán como en Tezo-
zomoc.
282. Esta afirmación se basa en la autoridad del Códice Ramírez (p. 58), que concuerda
casi literalmente con Durán (cap. XI, p. 103). Aparte de Tezozomoc (cap. XV) y Acosta (lib.
VI, cap. 25), que confirman ambos lo anterior, aunque algo vagamente, hay también otras
indicaciones que lo confirman. Por ejemplo el Códice Mendocino (lám. XI [p. 26], interpre-
tación o más bien texto): “Yten el dicho Tiçoçicatzi fué por estremo baliente y belicoso en
armas y antes que susçedyese en el dicho señorío hizo por su persona en las guerras cosas
hazañosas de valentía por donde alcançó a tomar ditado de Tlacatecatl; que tenya por
título de gran calidad y estado y era el punto de que en vacando el dicho señoryo el tal
punto y grado susçedya luego en el dicho señoryo, lo qual ansi mysmo sus anteçesores
hermanos atras contenydos y padre y aguelo tuvyeron el mysmo curso del dicho título y
ditado por donde subyeron a ser señores de México.” De nuevo (lám. LXVIII, 2a. partida
[pp. 140 y 141]) no hace diferencia entre el tlacatecatl y el tlacochcalcatl: los llama a ambos
“valientes” y “capitanes de los exérçitos mexicanos”. Torquemada (lib. II, cap. LV, p. 172):
“y que Axayacatl, Hijo de Teçoçomoctli (Señor Mexicano) era Hombre Valeroso, y de mui
gran fuerte, para el Reinado, fue de comun consentimiento, pasado a esta Dignidad, de
la que tenia de Tlacuhcalcatl, y Capitán General, y hecho Rei”; (cap. LXIII, p. 186):
“Ahuitzotl, Hermano del Difunto, y de su Antecesor Axayacatl, era Tlacateccatl, ó Capi-
tán General de los Mexicanos.” Así, admite que el tlacatecatl y el tlacochcalcatl eran igual-
mente elegibles. Es natural encontrar las mismas afirmaciones en Vetancurt (2a. parte,
trat. I, cap. XVI, p. 305 [p. 272], cap. XVIII, p. 320 [p. 285]) y Clavijero (lib. IV, cap. XVIII,
p. 283 [cap. 17, p. 305], cap. 22, p. 287 [p. 310]). Este autor habla de los diferentes “jefes
de hombres” como “generales en jefe” de los mexicanos. Sin embargo, como dice (lib. VII,
cap. 21, p. 494 [p. 230]) que el tlacochcalcatl era el “principal” de los capitanes de guerra,
se puede inferir que los jefes que nombra habían alcanzado ese rango. Sin embargo,
como sabemos que otras autoridades le daban con frecuencia otro título también, es
natural concluir que había varios jefes principales para fines militares, etc., entre los cua-
les se podía escoger al “jefe de hombres”.
283. Crónica mexicana, p. 58.
284. J.H. von Minutoli (p. 31): “casa de tinieblas que él [Votan] había construido en
apenas el espacio de unas pocas respiraciones”. Pero la casa oscura es aun más positivamen-
te señalada en Guatemala. Popol Vuh (2a. parte, cap. II, p. 85): “Gekuma Ha”, de gem, “ne-
gro” (Grammaire QQuichée, p. 180). Véase también cap. VIII, p. 147 y cap. IX, pp. 148-149.
330 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

En relación con esto es interesante observar que la misma colección de tradiciones aborí-
genes menciona también (p. 81) una casa llena de lanzas (dardos): “R’oo chicut Chayim-ha
u bi, utuquel chakol chupam zakleohre chi qaholab pa Chaim-ha.” Esto corresponde al mexica-
no Tlalcochcalcatl. También aparece (p. 85) una “casa de tigres”, igualmente repetida (p.
154), y es fácil reconocer en ella la contraparte del Tlacatecatl. Así, la analogía entre los
guatemaltecos y los mexicanos aparece nuevamente justificada, hasta cierto punto.
285. Historia general (lib. VIII, cap. XXX, p. 318 [cap. XVIII, p. 322, § 7]).
286. Por Tezozomoc. Es inútil dar citas; véase su Crónica mexicana.
287. Historia natural y moral de las Indias (lib. VI, cap. 25, p. 441 [p. 313]).
288. “Sobre el arte de la guerra, supra, p. 77 y notas.
289. Todavía no conocemos bien el número y los nombres de esas tribus. Las fuentes
específicamente mexicanas insisten en que hubo conquista de Texcoco (por las armas)
por los mexicanos, por consiguiente según el Códice Ramírez (pp. 51-61) antes de ese su-
puesto acontecimiento las tribus sometidas eran los tecpanecas, los xochimilcas y los de
Cuitlahuac, es decir, los asentamientos situados al oeste y suroeste. Durán (caps. IX-XV) y
Tezozomoc (caps. VIII-XX) concuerdan; también, por supuesto, Acosta (lib. VII, caps. 12-15).
El Códice Mendocino (láms. V y VI [pp. 14 y 16]) agrega a los anteriores los pueblos de
Chalco, Acolhuacan y Cuauhnahuac (Cuernavaca). Si comparamos esto con la tradición
texcocana registrada por Ixtlilxochitl (cap. XXXI, p. 216 [p. 79]), observamos que se afir-
ma que esta tribu auxilió a los mexicanos en la conquista de Xochimilco y Cuitlahuac,
aun cuando la confederación sólo se realizó formalmente (según la misma autoridad,
cap. XXXII) algunos años después. Según Torquemada (lib. III, cap. XXXXII, pp. 148ss y
Vetancurt (2a. parte, trat. I, cap. XIV, p. 291 [pp. 261-262]), los xochimilcas fueron conquis-
tados por los confederados. De acuerdo con Veytia (t. II, lib. III, cap. I, p. 150 [p. 149]) fue-
ron los texcocanos los que sometieron a Xochimilco. Clavijero (lib. IV, cap. 5, p. 253 [p. 272])
concuerda con la versión mexicana.
290. Códice Ramírez, p. 61.
291. Esto era consecuencia de la constitución de la tribu, como asociación de grupos
de parentesco para protección y apoyo mutuos.
292. Tezozomoc (cap. X, p. 18): “y aunque venian á darlo á Itzcoatl, era para todos los
mexicanos en comun”. El hecho de que la recaudación del tributo fuera controlada direc-
tamente por el “jefe de hombres” es tan generalmente admitido que no necesita más
prueba. Ramírez de Fuenleal (p. 218) atribuye la recaudación del tributo a un funcionario
al que llama “tecuxcalcatectli”, que propiamente debería ser tlacochcalcatl tecuhtli. Sabe-
mos que las tareas de este funcionario eran muy distintas; sin embargo, como la recauda-
ción del tributo era un aspecto de la vida militar, es fácil comprender el error. Las cróni-
cas militares de la tribu mexicana están llenas de casos en que queda claro que los
mayordomos estaban directamente a las órdenes del “jefe de hombres”, véase por ejem-
plo Zorita (pp. 68, 69, 70 [pp. 481-483]). También puede deducirse de las afirmaciones
exageradas sobre el sistema tributario entre los texcocanos que incluye Ixtlilxochitl (cap.
XXXV, pp. 239-241 [pp. 89-91]).
293. Cf. los siguientes pasajes de Tezozomoc: cap. IX, p. 16 [p. 248], captura de Azcaput-
zalco; cap. XV, p. 24 [p. 268], Cuyuacan; XVII, p. 28 [pp. 276-277], Xochimilco; cap. XVIII,
p. 29 [p. 281], Cuitlahuac; cap. XXVI, p. 40 [p. 304], Chalco; cap. XXVII, p. 41 [p. 308],
Tepeacac y Tecamachalco; cap. XXIX, pp. 44-45 [p. 315], Tziccoac y Tucpan; cap. XXXII,
p. 50 [pp. 331-332], Ahuilizapan y los totonacas; cap. XXXIII, p. 52 [pp. 337-338],
Coayxtlahuacan; cap. XXXVIII, p. 61 [p. 360], Huaxaca; cap. LXII, p. 102 [p. 468], Chiapan
y Xilotepec; cap. LXV, p. 110 [p. 483], Cuextlan; cap. LXXII, p. 122 [pp. 525-526], Teloloa-
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 331

pan; cap. LXXVI, p. 130 [pp. 543-544], Tecuantepec y otros; cap. LXXIX, p. 136 [p. 556],
Xoconuchco; cap. LXXXIV, p. 148 [p. 585], Nopallan; cap. LXXXVIII [p. 599], Xaltepec;
XCI, p. 159 [p. 609], Quetzaltepec). Durán (cap. IX, p. 71 [p. 81]; cap. X, p. 94 [p. 95]; cap.
XII, p. 112; cap. XVII, p. 151; cap. XVIII, p. 159 [pp. 158-159]; cap. XIX, p. 171 [p. 168];
cap. XXI, p. 185 [p. 183]; cap. XXII, p. 191 [p. 188]; cap. XXIV, p. 205 [p. 203]; cap. XXXIV,
p. 269 [pp. 264-265]; cap. XLI, p. 331 [p. 321]; cap. XLVI, p. 373 [p. 361], etc. Estos pasajes
ilustran plenamente el modo como se imponía tributo a los vencidos, después de una
expedición exitosa. Ixtlilxochitl, cap. XXXVIII, pp. 271-273 [pp. 104-105]. Sahagún (t. II,
lib. VIII, cap. XXIV, p. 313 [cap. XVII, p. 317, § 11]): “Habiendo pacificado la provincia
luego los señores del campo repartían tributos a los que habían sido conquistados.”
294. Durán, cap. LIII, p. 423 [p. 408]. También las quejas de los indios de Cempohual
y Quiahuiztlan (totonaconas) (en la costa) a Cortés, sobre el temor en que continuamente
vivían de ser atacados otra vez por los mexicanos y sus confederados (“Carta segunda”, p. 13
[p. 32]). Bernal Díaz, cap. XLV, p. P. 40 [p. 114]; cap. XLVI, p. 41 [p. 116]; “Real Ejecuto-
ria”, Colección de documentos, vol. II, p. 12.
295. Esto era consecuencia de los términos del acuerdo de la confederación. Véase
también Zorita (pp. 67 [pp. 481-482]). Hernando Pimentel Nezahualcoyotl (“Memorial
dirigido al rey”, en Orozco y Berra, Geografía, pp. 244-245) también dice que los pueblos
cuyos tributos se repartían entre México, Texcoco y Tlacopan eran los siguientes:
Coayxtlahuacan, Cuauhtuchco, Cotlaxtlan, Aulizapan y Tepeaca. En contra de esto tene-
mos la versión de Sahagún (lib. XII, cap. XLI, p. 59 [p. 78, § 9]): “Luego allí habló otro
principal que se llamaba Mixcoatlayltotlaca uelitoctzin, ‘dile al señor capitán, que cuando
vivía Mocthecuzuma el estilo que se tenía en conquistar, era éste, que iban los mexicanos,
y los Tezcucanos, y los de Tlacupan, y los de las Chinampas, todos juntos iban sobre el
pueblo o provincia que querían conquistar, y después que lo habían conquistado, luego
se volvían a sus casas y a sus pueblos, y después venían los señores de los pueblos que
habían sido conquistados, y traían su tributo de oro y de piedras preciosas, y de plumajes
ricos, y todo lo daban a Mocthecuzoma, y así todo el oro venía a su poder’.” Esta afirma-
ción clara y muy natural, de un señor tlatelolca que después llegaría a ser “gobernador”
de Tlatelolco (Sahagún, lib. VIII, cap. II, p. 274 [pp. 286-287]) fue distorsionada por
Torquemada (lib. IV, cap. CII, p. 572) para decir, entre otras cosas: “y mandabanlos acudir
con los Tributos á México; y aquí se repartian entre los tres Señores, según la traça, que
daba el de Mexico”. En este caso es evidente que Torquemada ha cambiado el texto de su
predecesor. Además, hay una innegable confusión entre botín y tributo: el primero debía
ser repartido entre los conquistadores mientras todavía estaban juntos; el segundo llegaba
regularmente después, y por lo tanto no era necesario que pasara por las manos de los
mexicanos. La historia de Torquemada es corroborada por Ixtlilxochitl (cap. XXXIX, p. 282
[pp. 106-107]), quien dice claramente que “Lobo ayunador” sólo ponía mayordomos
cuando el tributo correspondía a su tribu, pero que todo el tributo era llevado a México,
donde los agentes de los tres jefes se lo repartían entre ellos. Finalmente tenemos las
oscuras afirmaciones de Ramírez de Fuenleal (pp. 244, 247).
296. El calpixcayotl era un cargo permanente, no una tarea o una misión transitoria; en
consecuencia sus ocupantes no podían ser designados por un solo jefe guerrero. Hay
evidencia en ese sentido. Según Durán (cap. XVIII, p. 164 [p. 162, § 51]), después de la
conquista de Tepeacac, el cihuacoatl colocó un mayordomo entre su población: “Mirad
que en ello no haya falta ni quiebra, y para que esto mejor se cumpla, quiere os poner un
gobernador de los señores mexicanos, al cual habéis de obedecer y tener en lugar de la
real persona, el cual se llama Coacuech. Y con esto, os podéis ir en hora buena, a vuestras
332 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

tierras y ciudades, porque al rey no le podéis hablar”; (cap. XXI, pp. 186-187 [p. 182]). El
mayordomo para Cuetlaxtlan fue elegido por el “mujer-serpiente”, o al menos su elec-
ción fue proclamada por ese funcionario. (Cap. XXIII, p. 199 [p. 195, § 24]): “Acabado el
sacrificio y despedidos los huéspedes, Tlacaelel, con consejo del rey, envió un virrey a
Coaixtlahuac, para que tuviese cargo de aquella provincia y de los tributos reales, el cual
se llamaba Cuauxochitl.”
297. Esto es resultado del hecho de que el cihuacoatl anunciaba al calpixqui recién ele-
gido. En este caso evidentemente actuaba como presidente del consejo, proclamando la
elección de éste.
298. Ya me he ocupado, en la n. 4, de las afirmaciones de Sahagún (t. II, lib. VIII, cap.
XXIV, p. 313 [cap. XVII, p. 317, § 1.11]): “y luego elegían gobernadores y oficiales que
presidiesen en aquella provincia, no de los naturales de ella sino de los que la habían
conquistado”. Para explicar mejor, ruego prestar atención a las afirmaciones de algunos
de los intérpretes del Códice Mendocino (láms. XX y XXI [lám. XIX, p. 42]): “Los PUEBLOS
figurados en las dos planas siguientes, resumydos aquy, son diez y ocho pueblos, segun
que estan entitulados. Por los Señores de México tenyan puesto un gobernador llamado
Petlacalcatl, avnque en cada vn pueblo tenyan puesto vn Calpixque, que es como mayor-
domo, que tenyan a cargo de hazer recojer las rentas y tributos que los dichos señores
tributavan al señorio de Mexico, y todos los dichos mayordomos acudian al dicho
Petlacalcatl, como su gobernador”; (láms. XXII y XXIII [láms. XX y XXI, p. 46]): “tenyan
puestos calpixques, en cada vno de ellos, y en lo más prinçipal domynava sobre todos
ellos vn gobernador para que los mantuvyese en paz y justicia, y les hiziese cumplir sus
tributos, y porque no se revelasen”; (láms. XXIV y XXV [láms. XXII y XXII, p. 50]): “Y para
que fuesen byen regidos y gobernados, los Señores de Mexico en cada vuno de ellos
tenyan puestos calpixques, y sobre todos los calpixques un gobernador, persona prinçipal
de Mexico, y ansi mysmo los calpixques eran Mexicanos, lo qual se hacia e proueya por
los dichos Señores, para seguridad de la tierra de que no se les reuelasen, y para que les
admynystrasen justicia, y vyuyesen en poliçía.” Por lo tanto, los “gobernadores” eran
colocados no tanto sobre las tribus sino sobre los propios calpixca, e indudablemente el
Petlacalcatl, “hombre de la casa de los cofres”, era el principal de los mayordomos, a quien
todos los demás mayordomos debían dirigir sus entregas de tributo. En consecuencia no
debe ser entendido como “gobernador de una provincia”, sino como “gobernador de los
mayordomos”, lo que es totalmente diferente.
Además hay evidencia positiva en el sentido de que los mexicanos y sus asociados
nunca interferían con la autonomía de las tribus tributarias. Andrés de Tapia (p. 592):
“Los que tomaba de guerra decian tequitin tlacotle, que quiere decir, tributan como escla-
vos. En estos ponia mayordomos y recogedores y recaudadores; y aunque los señores
mandaban su gente, eran debajo de la mano destos de México.” Zorita (p. 68 [p. 481]):
“se quedaban tan Señores como antes, con todo su señorío é gobernación de él y con la
jurisdicción civil y criminal”.
Cuando las tribus de la costa del Golfo (totonacas, etc.) se levantaron contra los mexi-
canos, matando a los mayordomos colocados entre ellos, fueron rápidamente derrotados
de nuevo, y cuando atribuyeron su rebelión a intrigas de sus señores, pidiendo a los
mexicanos que los castigaran por ello, los mexicanos respondieron, según Durán (cap.
XXIV, p. 204 [p. 201, § 24]): “Nosotros no traemos autoridad para matar a nadie, si no es
en guerra. Vuestros señores no han parecido en esta guerra ni los hemos visto, pero no
por eso se escaparán, pues vuestras razones y deseo y lo que pedís se dirá al rey nuestro
señor Motecuhzoma y él mandará que se ejecute lo que nosotros dejaremos ordenado, y
LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS 333

luego sin más dilación los traed aquí a todos ante nosotros y a muy buen recaudo.” Y más
adelante: “enviaron a Cuauhnochtli y a Tlillancalqui, de los mayores oidores del consejo
supremo, para que ejecutasen aquella justicia”. Los dos señores fueron cruelmente muer-
tos (p. 206 [p. 202, § 31]). Esta historia la relata también Tezozomoc (cap. XXXV, pp. 55-
56 [pp. 347-348]) y evidentemente es el caso aludido e ilustrado por la lám. LXVII del
Códice Mendocino. Lo anterior nos dice que aun en un caso de traición y rebelión peligrosa
como el descrito, los mexicanos no se arrogaban el derecho a interferir en los asuntos
internos de la tribu conquistada, por su propia decisión, sino que hacía falta una solicitud
clara de esa tribu para que actuaran en su terreno. Además, está claramente definida la
posición del “jefe de hombres” como ejecutor militar: “y él mandará que se ejecute lo que
nosotros dejaremos ordenado”. Esta afirmación es muy importante.
299. Bernal Díaz, cap. XLVI, pp. 40-41 [p. 104].
300. La lista de tributos más completa que poseemos, hasta ahora, se encuentra en el
llamado Códice Mendocino (2a. parte, láms. XIX-LVII). Es imposible hacer aquí un estudio
completo de sus variados detalles, que requeriría un trabajo aparte y, por instructivo que
resultase, superaría con mucho los límites de este estudio. Por supuesto, no todas las auto-
ridades concuerdan. Cf. tan sólo Durán (cap. XXV), Oviedo (lib. XXXIII, cap. LI, pp. 535-
537), Clavijero (lib. VII, cap. XV), Ixtlilxochitl (cap. XXXV) y Torquemada (lib. II, cap. LIII,
pp. 167-168). Los dos últimos se refieren exclusivamente a Texcoco y sus tributarios. Cf.,
además, Zorita (pp. 246-248 [pp. 520-522]) y Ramírez de Fuenleal (p. 251). Es interesan-
te consultar también las declaraciones sobre el tributo de tribus sometidas a los mexica-
nos: cf., sobre Chalco, fray Domingo de la Anunciación (carta fechada en Chalco el 20 de
septiembre de 1554, en Ternaux-Compans, 2eme Recueil, pp. 333-334); sobre Matlatzinco,
Zorita (pp. 394-397 [pp. 559-561]), y Herrera (déc. III, lib. IIII, cap. XVIII, p. 140). Este
último prácticamente copia a Zorita. Finalmente, mucha información sobre los detalles
puede obtenerse del Códice Ramírez (pp. 63, 65) y especialmente de las tradiciones sobre las
expediciones y asaltos de los mexicanos contenida en las fuentes específicamente mexicanas
ya citadas.
301. Tezozomoc (cap. XXVII, p. 41 [p. 308]; cap. XXXIII, p. 52 [pp. 337-338]; cap. LXII,
p. 102 [p. 468], etc.); Durán (cap. XIX, p. 171 [p. 168, § 26]): “‘Pues, mirad que lo habéis
de llevar a México vosotros mismos.’ Ellos respondieron que les placía de lo llevar allá y
servirlos”; (cap. XXII, p. 191 [p. 188, § 16]): “y que se obligasen a traerlo a México”; (cap.
XXIV, p. 206 [p. 203]; cap. XXV, p. 203 [pp. 206-209], etc.).
302. Durán, cap. XXV, pp. 212 y 213 [p. 209]. Las esclavas pasaban a ser concubinas.
Las diversas tribus también intercambiaban prisioneros de guerra, ya fuese con una tribu
comprando (cambiando por productos de la tierra o por manufacturas) prisioneros que
ésta había recibido como tributo, o bien como regalo en ocasiones solemnes. De esto hay
muchos ejemplos. En los mercados del México aborigen había también “esclavos” en
venta, obtenidos de ese modo. No eran numerosos, y no constituían una clase, sino sólo un
objeto de medicina que podía ser intercambiado. Cortés (“Carta segunda”, p. 35 [p. 66])
habla de que “en todos los mercados y lugares públicos de la dicha ciudad, todos los días,
muchas personas […] esperando quien los alquile por sus jornales”. Pero Bernal Díaz
(cap. XCII, p. 89 [p. 256]) describe evidentemente a esos infelices: “e traíanlos atados en
unas varas largas, con collares a los pescuezos porque no se les huyesen, y otros dejaban
sueltos”. El mismo autor (cap. XLVI, p. 41 [p. 117]) menciona la exigencia hecha a los
totonacas de la costa por los calpixca mexicanos de “veinte indios e indias para aplacar a
sus dioses”. Esto lo confirma en general Cortés (“Segunda carta-relación”, p. 13 [p. 32]).
303. Ternaux-Compans, 2e. Recueil, pp. 191-192.
334 LA ORGANIZACIÓN SOCIAL Y LA FORMA DE GOBIERNO - NOTAS

304. La colección de lord Kingsborough contiene, entre otras cosas, pinturas de di-
chos puentes, y cualquiera puede ver de una ojeada que se trata de simples alcantarillas.
H.H. Bancroft (vol. IV, p. 528) representa un puente en Huejutla, pero su argumentación
en favor de que se trata de una construcción aborigen me parece muy insatisfactoria. La
mampostería que cubre el montículo de Metlaltoyuca muestra, según sus propias pala-
bras (ibid., p. 461), que “no hay evidencia de que el arco intentara sostenerse por sí solo”.
305. Debemos distinguir siempre entre los delegados, a quienes se confiaba la conclu-
sión de determinado negocio y que por lo tanto también estaban investidos de cierta
autoridad, y los simples mensajeros (yciuhca titlantli, correos, Molina I, p. 31, de iciuhca,
rápido, Molina, II, p. 33 [Siméon, p. 169] y titlantli, mandadero, Molina, II, p. 114 [Siméon,
p. 549]). Estos últimos están bien descritos por Torquemada (lib. XIV, cap. I, pp. 535-536),
aunque este autor presupone postas a intervalos regulares. No era ése el caso, como lo
prueba ampliamente la marcha de Cortés.
306. Códice Ramírez, p. 63.
307. Tezozomoc, cap. X, p. 18 [p. 253]; Herrera, déc. III, lib. IIII, cap. XVII, p. 138.
308. Tezozomoc (cap. XXXII, p. 51 [p. 333]): “A los dichos pueblos fué un mayordomo
para cobrar este tributo, como para todos los demas pueblos, que en México habia un
mayordomo y otro en el mismo pueblo para mayor sugecion y vasallaje.”
309. Torquemada (lib. XIV, cap. VI, pp. 544-545), copiado por Vetancurt (vol. I, 2a.
parte, trat. II, cap. I, pp. 370-371 [pp. 328-329]). Clavijero (lib. VII, cap. 10, pp. 468-469
[p. 203]).
310. También el Códice Mendocino (interpretación de las láms. XX, XXI, etc.).
311. Véase supra, n. 309, también Tezozomoc y Durán.
312. Tezozomoc menciona esto con tanta frecuencia que no hace falta incluir citas.
313. Tezozomoc (en diversos puntos, demasiado numerosos para citarlos).
314. “Sobre la tenencia de la tierra”, supra, pp. 136-137.
315. Véase los informes coincidentes sobre la gran sequía, mientras era “jefe de hom-
bres” el “Señor Severo que lanza flechas al cielo” (Moctezuma Ilhuicamina).
316. Esta interesante e importante cuestión será plenamente estudiada dentro de poco
por una autoridad muy competente. Por esa razón me abstengo de examinarla aquí.
SOBRE LOS CALPULLI MEXICANOS, SU ADMINISTRACIÓN,
SU ORIGEN Y EL PRINCIPIO COMUNISTA IMPLICADO EN ELLOS*

Los calpulli, o el linaje, la gens, es la unidad social y gubernamental de los anti-


guos mexicanos.
La familia mexicana todavía no estaba lo suficientemente circunscrita y conso-
lidada; la gens determinaba todas las relaciones de esta familia, apenas naciente en
el sentido moderno.
Hay vestigios de que todas las tribus indias sedentarias de México y de
Centroamérica –los nahuas, los mayas, los tzeltales y los quichés– descienden de
veinte gentes o calpulli, que a su vez resultan de la subdivisión de cuatro “linajes”
(calpullis), en los cuales encontramos el origen de estos pueblos.
La tribu mexicana estaba compuesta originalmente de siete calpulli, subdividi-
dos luego en veinte, que subsisten todavía a comienzos de este siglo.
Desde el punto de vista territorial y del gobierno, el calpulli era independiente.
Estaba regido por un consejo de ancianos, elegidos de por vida. La ejecución
de los decretos de este consejo se confiaba a dos jefes, también electivos, uno de
los cuales era administrador y el otro jefe militar. Tenían subalternos.
La tribu mexicana, constituida pues por veinte calpulli, formaba una asociación
voluntaria, en términos de igualdad. Esta asociación era una alianza con miras a
la protección mutua, a la conservación de la integridad territorial, del dialecto,
del culto –y también con miras a la conquista, si era posible.
Empero, la tribu no podía ingerir en los asuntos particulares de los calpulli;
por ejemplo, no podía castigar a los miembros de un barrio por un crimen come-
tido contra otro miembro del mismo barrio. Pero si un miembro de un calpulli
ofendía a un miembro de otro calpulli, entonces la cuestión en litigio se sometía
al arbitraje de las autoridades de la tribu.
La autoridad suprema era ejercida por un consejo compuesto por veinte miem-
bros, esto es, un delegado por calpulli; este consejo se llamaba tlatocan. Sus decisio-
nes eran inapelables.
La tribu ejercía, además, una suerte de jurisdicción especial sobre la clase de
los excluidos, es decir, los que habían sido expulsados del seno de los calpulli por
haber cometido determinadas faltas y que a la larga conformaron una clase dis-
tinta.
El consejo ejercía autoridad suprema incluso en los lugares considerados te-
rreno neutro; por lo tanto, eran de su competencia los crímenes cometidos en el

*Artículo publicado en el Congrès International des Américanistes, Troisième session, Bruselas, 1879,
t. I, pp. 58-60.

[335]
336 A.F. BANDELIER

templo central, en la casa oficial, en la plaza del gran mercado.


Bajo las órdenes del consejo estaban dos grandes jefes ejecutivos. Uno era el
“mujer-serpiente”, cihuacoatl, propiamente el jefe de la tribu mexicana. Esta dig-
nidad no era hereditaria. El titular era también el fowman del consejo. Llegado el
caso, desempeñaba a la vez, ex officio, las funciones de jefe militar de la tribu. El
otro jefe, conocido desde tres siglos atrás como rey o emperador, era el guerrero
propiamente dicho, y a esto se debe que llevara el título de “jefe de hombres”.
Era elegido y podía ser retirado del cargo. Moctezuma fue efectivamente desti-
tuido antes de que lo mataran. Para esta dignidad no había tampoco sucesión
regular; se escogía al más capaz de los cuatro capitanes principales. Como la
familia todavía no estaba definitivamente constituida, no podía haber dinastía.
La dignidad de “jefe de hombres” y la de “mujer-serpiente” fueron anexas
hasta principios del siglo XV. Tras el establecimiento de la confederación, estas
funciones fueron separadas y el “jefe de hombres” se convirtió en comandante en
jefe de las fuerzas de la confederación. De esta manera, aun cuando seguía estando
en plano de igualdad con el “mujer-serpiente” en la tribu, en campaña lo coman-
daba, así como al resto de los jefes militares.
Originalmente la dignidad de “jefe de hombres” comprendía también el de-
ber de ejecutor de la justicia. Luego de formarse la confederación, este deber
recayó propiamente en el “mujer-serpiente”, pero en realidad lo ejercían los
capitanes de los cuatro barrios. Éstos también eran elegidos.
Tales son los hechos principales que constituían la base de la organización de
los calpulli mexicanos. Los detalles de su administración son bastante complejos.
En suma, no había en México un estado en el verdadero sentido de la palabra, no
había nación mexicana, y mucho menos un imperio. Pero la tribu sí existía, y la
población entera del México antiguo estuvo dividida en tribus autónomas. Tres
de esas tribus (México, Texcoco y Tlacopan) formaron la confederación, cuya
cabeza militar fue México. Las tribus conquistadas seguían siendo autónomas;
debían aportar un tributo regular, pero no se convertían en “provincias” someti-
das.
La organización de la tribu era democrática y militar. No existía la nobleza ni
castas. Dos clases componían la población: los miembros de los calpulli, los más
numerosos y los únicos que tenían derecho a portar armas, y los excluidos, “outcast
from the bond of kingship” [excluidos del lazo de parentesco]. Con el tiempo, el
aumento de estos últimos debía desembocar en la revolución social y el progreso
de las instituciones.
APÉNDICES

I. A.F. BANDELIER/JOAQUÍN GARCÍA ICAZBALCETA


CORRESPONDENCIA

II. ALONSO DE ZORITA


BREVE Y SUMARIA RELACIÓN DE LOS SEÑORES DE LA NUEVA ESPAÑA
Esta página dejada en blanco al propósito.
I. A.F. BANDELIER/JOAQUÍN GARCÍA ICAZBALCETA
CORRESPONDENCIA*

CARTA 1

Highland, Illinois, Estados Unidos, 18 de septiembre de 1875

Muy señor mío:


Quien se toma la libertad de escribirle1 sin haber sido previamente presenta-
do, como un perfecto desconocido y en una lengua que no es la de su hermosa
patria,2 es, dicho sea en dos palabras, un joven aficionado que trata de terminar
una traducción de la Crónica mexicana de Fernando de Alvarado Tezozomoc.3
Para proseguir mi tarea hace un año que trato de obtener en México informes
referentes a varios puntos que son para mí de enorme importancia. Pero, a pesar
de la benevolencia con que me acogió entre otros el señor Melgar y Serrano,4 de
Veracruz, no he podido obtener los datos requeridos. Este hombre excelente no
me ha escrito desde hace varios meses, cosa previsible en su última carta, dado su
estado de salud.
El doctor A. de Frantzius,5 que residió en Costa Rica y ahora se halla estable-
cido en Alemania, me aconsejó dirigirme a usted. Espero, pues, que me perdone
la libertad que he tomado y que me permita someterle algunos puntos que me
parecen “vitales” para la obra que espero llevar a cabo.
1] ¿La Crónica mexicana estaba originalmente escrita en español o, por el con-
trario, lo estaba en nahuatl y, por consiguiente, el texto que se encuentra en la

* Leslie A. White e Ignacio Bernal, Correspondencia de Adolfo F. Bandelier, 1a. ed., México, INAH,
1960, pp. 101-322.
1
Evidentemente hacía tiempo que Bandelier venía pensando dirigirse a García Icazbalceta, como
se ve en su carta 31 a Morgan (Pioneers, I: 224), escrita el 15 de junio de 1875.
2
Esta carta y las 24 que le siguen están escritas en francés.
3
Ya en 1875 se había publicado dos veces la Crónica mexicana de Tezozomoc; en el t. IX de Antiquities
of Mexico, de Kingsborough (Londres, 1948), en español y en traducción francesa (Histoire du Mexi-
que par don Álvaro [sic] Tezozomoc traduite sur un manuscrit inédit par H. Ternaux-Compans, París, 1853,
2 vols.).
4
Seguramente se trata de José M. Melgar, que escribió “Ensayo comparativo entre los signos sim-
bólicos” (Veracruz, 1872), mencionado por Bandelier en “Notes on the bibliography of Yucatan and
Central America”. En otra obra, “On the sources for aboriginal history of Spanish America”, dice
Bandelier: “our learned friend Señor José M. Melgar y Serrano, of Veracruz” (p. 321). Varias obras de
Melgar se mencionan en J. Díaz Mercado, Bibliografía general del estado de Veracruz, México, 1937, p. 174.
Tenía una colección de objetos arqueológicos que describe Hamy (Revue d’Ethnographie IV: 181, 1885).
5
Von Frantzius publicó una serie de artículos, principalmente geográficos, sobre Costa Rica, en-
tre 1862 y 1870. Véase Lines, Bibliografía antropológica aborigen de Costa Rica, San José, 1943, pp. 83-85.

[339]
340 APÉNDICE I

obra de lord Kingsborough es una traducción o una copia? Clavijero dice que
Tezozomoc escribió en messicano. ¿Dónde está el original? ¿Es posible conseguir
una copia? ¿Cómo?
2] Datos biográficos sobre el propio Tezozomoc. Su vida, sus posibles estu-
dios, la confianza que se puede conceder a sus escritos.
No es necesario decir que no le considero a usted obligado a contestarme. Me
he tomado la libertad de someterle estas preguntas y, si su bondad me comunica-
se algunos informes, habría usted ganado el agradecimiento de un joven cuya
única diversión es la traducción de la historia de su país.
Si no escribo en español es porque desconfío de mí mismo. Disculpe usted,
pues, esta carta escrita en una lengua extranjera y considéreme su humilde ser-
vidor.
Ad. F. Bandelier

Leo y traduzco el español sin la menor dificultad, pero carezco de práctica que
me permita escribirlo y hablarlo. Mi dirección es: Ad. F. Bandelier, Highland,
Illinois.

Borrador de contestación6

18 de octubre de 1875

Su apreciable carta del 18 de septiembre me fue entregada ayer tarde, y como


la salida del correo está anunciada para hoy me tengo que limitar al acuse de
recibo.
Le agradezco el hecho de haberse dirigido a mí para obtener los datos sobre
Tezozomoc y su obra, que usted traduce al inglés. La Crónica mexicana fue escrita
originalmente en español: Clavijero lo dice: “Scrisse in ispagnuolo una Cronica
messicana verso l’anno 1598.” La obra, pues, no existe en mexicano. Además de la
edición de Kingsborough, tengo una copia manuscrita efectuada alrededor de
1792, también en español. Hay una traducción francesa hecha por el señor
Ternaux-Compans, en dos volúmenes, que no tengo, pero supongo que usted
debe de poseerla.7
Carecemos totalmente de material para la bibliografía de Tezozomoc. No se

6
JGI inició este borrador de carta en inglés; al fin del primer párrafo puso una línea y volvió a
comenzar en francés, que es el idioma en que seguramente la envió. Hay muy pocas correcciones y
el idioma usado es no sólo correcto sino elegante, como de alguien que domina perfectamente el
francés –en realidad mejor que Bandelier. Todo lo que queda de JGI relativo a esta correspondencia
está en francés.
7
La copia manuscrita figura en el Catálogo de la colección de manuscritos relativos a la historia de
América formada por Joaquín García Icazbalceta, editado por Federico Gómez de Orozco, México,
1927, p. 5.
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 341

sabe nada de su vida. En lo que se refiera a la confianza que se puede tener en su


obra, carezco hoy de tiempo suficiente para hablar de ello. Quiero consultar a mi
sabio amigo, el señor Orozco y Berra, quien hizo un profundo estudio de Tezo-
zomoc.8
Siempre que usted lo considere necesario, puede dirigirse a mí, aunque le
aconsejo que no cuente demasiado conmigo. Pese a mis títulos académicos (que
aún no sé por qué me fueron otorgados), no soy un sabio que aspire a escribir
obras originales, sino un simple aficionado que dedica sus ratos de ocio a tratar
de salvar algunos jirones de nuestra pobre historia. Me alegro de tener un nuevo
colaborador joven (por desgracia, yo ya no lo soy) e inteligente que se afana en
dar a conocer la historia de mi país.9
Puede usted escribirme en inglés, idioma que leo con facilidad, pero que no
me atrevo a escribir.
Reciba usted mis más sinceras felicitaciones y mi más alta consideración.
J. García Icazbalceta

CARTA 2

Highland, Illinois, 9 de noviembre de 1875

Muy señor mío:


No encuentro palabras para expresar el agradecimiento que sentí al recibir
su carta del 18 de octubre próximo pasado. La esperanza de haber finalmente
alcanzado la meta10 que me había propuesto y haber realizado mis deseos man-
tenidos desde hace tanto tiempo de manera infructuosa; esta esperanza me
concede nuevas fuerzas y me presta ánimo, pese a tantas circunstancias desfa-
vorables, para proseguir y perseverar. Una vez más reciba usted mis más expre-
sivas gracias y confíe en que no ha ayudado usted a un ingrato. Trabajo seria-
mente desde hace varios años (en conciencia, puedo decir que ya son cinco) y,
si excluimos una comunicación en alemán para un periódico de Nueva York,11
que me permito enviarle, nada ha salido de mi pluma. Esto se debe a que no
me creía capacitado para escribir, al considerar que mis conocimientos no esta-
ban aún lo bastante adelantados. Deseo, al revés que el señor abate Brasseur de

8
El resultado de este estudio fueron el prólogo y notas de Orozco y Berra a la primera edición
hecha en México de la Crónica mexicana de Tezozomoc, en 1878.
9
En ese momento Bandelier tenía 35 años y JGI acababa de cumplir 50.
10
“Estoy por fin, firmemente establecido en México… El señor Icazbalceta me promete enviar-
me a Motolinia…”, carta a Morgan del 8 de noviembre de 1875 (Pioneers, I: 246).
11
Se refiere a “Über einige Spuren von Verhindungen zwischen Amerika und den Ostlichen vor
der Zeit des Columbus”, publicado en el New Yorker Staats-Zeitung, gacetilla dominical, 1 de mayo-15
de agosto de 1876.
342 APÉNDICE I

Bourbourg,12 empezar por hacer traducciones y después, si Dios me concede la vida


y el tiempo necesarios, quizás publicaré alguna cosa más. El porvenir es el único
capacitado para decidir en lo que se refiere a la conclusión de estos proyectos.
Acabo de terminar la primera traducción (literal) de Tezozomoc: el trabajo
principal, pues, está en sus comienzos. Tuve que copiarme la obra entera, tal y
coma se hallaba en la edición de Kingsborough. Como vivo a 30 millas de San
Luis, lugar donde se encuentra la colección de lord Kingsborough, se me exigió
una garantía para el préstamo del volumen IX. Depositada ésta, obtuve el libro y
copié la Crónica mexicana entera. Esta copia me llevó seis meses.13 Después vino la
traducción fielmente literal, cosa en la que tardé un año. Sin lugar a dudas hu-
biese podido terminar antes, mas si usted toma en cuenta que trabajo en un
banco durante todo el día y que además soy copropietario de una mina de car-
bón14 a cuya explotación tengo que atender, estará usted de acuerdo conmigo en
que no he perdido el tiempo. Además, al mismo tiempo que hacía la traducción
literal, traté de traducir las innumerables palabras nahuas que se encuentran en
el original; con ayuda del Vocabulario de Molina (1571)15 logré interpretar, como
pude, una parte. Todo esto no contribuyó a que el trabajo disminuyera.
Si me permito aburrirle con todos estos detalles es porque creo que debo
explicarle mi posición, un tanto extraña y bastante desfavorable. Sólo a fuerza de
trabajos y con la ayuda de una “buena suerte”, quizás inigualable, pude conse-
guir varias obras indispensables, como son Herrera, Acosta, Torquemada, Clavi-
jero, 14 volúmenes de la colección Ternaux-Compans, Las Casas (la Brevísima
relación), Bernal Díaz,16 etc. A pesar de todo esto, ¡cuánto me hace aún falta!
Su carta encierra una seria advertencia para cualquier traductor. Me comuni-
ca el párrafo original de Clavijero (scrisse in ispagnuolo, etc.). Mi ejemplar es una
traducción alemana de la Storia di Messico o, mejor dicho, una retraducción de la
traducción inglesa de Cullen.17 La cita que usted me comunica se encuentra ver-

12
Charles Étienne Brasseur de Bourgourg (1814-1874) escribió una serie de obras llenas de
fantasías. Sin embargo, tiene el gran mérito de haber publicado por primera vez el Popol Vuh y la
Relación de las Cosas de Yucatán de fray Diego de Landa.
13
La mencionada copia manuscrita de García Icazbalceta contenía 530 fojas en folio.
14
Véase más adelante para el fin de estas empresas. La mina de carbón, como lo indica el mem-
brete del papel de otras cartas, se llamaba Confidence Coal & Mining Co.
15
Vocabulario en lengua castellana y mexicana compuesto por el muy reverendo padre fray Alonso
de Molina, México, 1571.
16
La colección Ternaux-Compans consiste en 21 volúmenes intitulados Voyages, relations et mémories
originaux pour servir à l’histoire de la découverte de l’Amérique publiés pour la première fois en français par H.
Ternaux-Compans, París, 1837-1840.
Todas las otras obras, bien conocidas, que menciona Bandelier debe de haberlas poseído en
ediciones originales, o cuando menos antiguas, pero no sabemos cuáles. La Brevísima relación se
imprimió en 1812, 1821 y 1822 cuando menos. Hubo muchas ediciones de Bernal Díaz anteriores a
1875. De la Historia natural y moral de las Indias, aparte de la edición princeps (1590), hubo otras en
1591, 1608, 1792, algunas dudosas.
17
Geschichte von Mexico, Leipzig, 1789. La edición de Charles Cullen apareció en Londres, 1787,
en dos volúmenes.
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 343

tida en iguales términos, pero el señor Ternaux-Compans, en la décima-tercera


relación de Ixtlilxochitl, Crueldades horribles etc., traslada así las palabras del se-
ñor de Bustamante (prefacio, p. XC):18 “Don Fernando de Alvarado Tezozomoc,
cuya obra es la base principal para la historia de los aztecas, lo que le valió ser
traducido del mexicano al español por don Carlos de Sigüenza y Góngora, se ex-
presa de la siguiente manera, etc.” Debo, pues, suponer que el señor Ternaux
cometió un error de pluma al trasladar las palabras de su célebre compatriota, lo
que es una seria advertencia para mí, pobre lego en la materia, infante que da los
primeros pasos en la carrera de traductor. Como usted posee a ciencia cierta el
original de la Relación decimotercera con la introducción del señor de Bustamante,
le será fácil hallar el error del señor Ternaux.
Permita usted que le exponga la razón por la que deseaba tener el original
mexicano (nahuatl) de Tezozomoc, en caso de que hubiera existido. Es la si-
guiente:
La terminología de los autores antiguos parece no estar de acuerdo con los
detalles que nos proporcionan acerca de la organización social de los aborígenes
antes de la conquista. ¡Dios me evite el reprochar nada a los venerables religio-
sos, a los valientes guerreros, a los aborígenes que deseaban salvar los restos de
su historia! Se hallaban obligados, para que los comprendieran, a usar las expre-
siones que les proporcionaban las lenguas de Oriente y, para los empleos públi-
cos y los títulos, los únicos puntos de comparación estaban dados por el estado
político de los pueblos europeos. De tal modo que un jefe que ejercía un poder
supremo en una tribu cualquiera era el rey, y si el dominio de esta tribu se exten-
día por derecho de conquista sobre un territorio más amplio, ocupado por tribus
avasalladas que hablasen lenguas madres distintas, ese mismo rey recibía el califi-
cativo de emperador.
El título zemanahuaca tlatoani es usado por Tezozomoc, o mejor dicho traduci-
do en el original que he usado, por “emperador del mundo” (cap. XCV), “y allí le
pusieron el renombre de Moctezuma emperador del mundo, que decían
zemanahuaca tlatoani”.19 Pero si nos remontamos a la etimología de los nom-
bres, si descomponemos cemanahuac en cen o centli, todos, atl, agua, y nahuatl,
“cosa que suena bien” (Molina), y tlatoani, hablador o el que habla (el orador
principal de una tribu), por lo tanto, el orador o jefe de consejo de las tribus
nahuas entre las aguas, llegamos a una interpretación menos pomposa, pero que
me permito suponer más cercana a la verdad de este título aborigen.
Es cierto que cuando un rey como Moctezuma nos es descrito, tiene además
otro título, el de tecuhtli o teuctli. Tezozomoc habla del tlacateuctli Moctezuma, es
decir, jefe de hombres. Ixtlilxochitl lo llama culhuateuctli. Pero el título de teuctli

18
Carlos María de Bustamante trastocó, según su costumbre, hasta el título de esta obra de
Ixtlilxochitl, dándole ese truculento de Horribles crueldades de los conquistadores de México, 1829.
19
La edición de Vigil (México, 1878), p. 629, dice: “rey Moctezuma emperador del mundo que
decían Ce manahuac Tlatoani”.
344 APÉNDICE I

era común a muchos otros jefes, y si Ixtlilxochitl reivindica el título de chi-


chimecatl-tecuhtli para los reyes de Texcoco, como equivalente al de emperador,
encontramos durante la conquista un chichimecatl-teuctli, jefe de una de las cuatro
generaciones o “linajes” que componían la comunidad de Tlaxcala. El título de
tlatoani, orador, me parece que corresponde al de jefe civil (sachem) de los iroqueses
“haganyo”: consejero del pueblo.
En una palabra, y para resumir, la organización de los aztecas se antoja, hasta
ahora, una democracia militar, y no una monarquía, como se representa por
parte de los autores antiguos y contemporáneos. Tezozomoc habla del rey o de
los reyes de Tlaxcala, y de la “república” de México Tenochtitlan. Es cierto que
este término, “república”, debe ser sinónimo de “el Estado”, pero indica también
que los poderes en esta “república” estaban concentrados en el consejo, ¡“el sacro
senado mexicano”!
El tlatoani era miembro ex-officio de este consejo e, incluso, probablemente lo
presidía durante las sesiones, como parece indicarlo el nombre del asiento que
ocupaba: tlatoca yepalli. Pero Tezozomoc pone de relieve, al lado del tlatoani o
tlacateuctli, a otro funcionario: el zihuacoatl, a quien llama sucesivamente “presi-
dente”, “oydor”, “capitán general”, “segundo rey”, “segunda persona del rey”,
“lugarteniente”. Incluso, según él, Herrera y Acosta, el zihuacoatl tuvo un papel
de enorme importancia. En este caso la tribu azteca habría tenido dos jefes: un
jefe militar o tlatoani y un jefe civil o zihuacoatl.
La confederación de los iroqueses tenía también dos jefes. Su posición era, al
igual de la de los tlatoanis aztecas, hereditaria en la familia, mas sujeta a elección
de la tribu en cuanto a la persona.
No crea usted, mi estimado señor, que doy demasiada importancia, una im-
portancia exagerada o indebida, a las palabras y a la terminología. Sé que
Shakespeare dijo: “There is nothing in a name.” Lo que arriba va expuesto es
sólo para darle una idea del trabajo que hago, de las impresiones que hasta hoy
he ido adquiriendo. Lo que verdaderamente investigo es la constitución de la
antigua sociedad aborigen. De tal manera encuentro, o creo encontrar, las divi-
siones orgánicas siguientes (la familia, que constituye la primera): linaje o
tlacamicayotl, barrio o calpulli y tribu o altepetl. Si semejante división existió real-
mente, es incompatible con una organización feudal. Una organización basada
en la propiedad individual de la tierra resulta imposible, la tierra de cultivo
debió ser propiedad comunal y las sedicentes tierras señoriales debieron perte-
necer no a una familia reinante sino a toda la tribu dominante. Los pillali serían,
pues, pequeñas parcelas reservadas, en medio de la extensión ocupada por la
tribu subyugada, para el provecho común de la tribu conquistadora. Los títulos
feudales, los reyes, los príncipes, los nobles, desaparecen y en su lugar surgen
los jefes de la familia (cencalli), los viejos de la gens (tlacamecayotl), los jefes del
barrio (calpulli) y finalmente los principales de la tribu, todos electivos, pero de
por vida, y que podían ser revocados en caso de cobardía o de inepcia, caso que
se produjo cuando Moctezuma fue destituido por los aztecas antes de morir
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 345

(Torquemada, vol. I, lib. IV, cap. LXVIII, p. 494; y cap. LXX, p. 497).20
Si estas apreciaciones son correctas (cosa de la que dudo, dada su gran simpli-
cidad), cambiarían de manera considerable las ideas en curso. Pero soy aún de-
masiado ignorante para permitirme emitir cualquier juicio, y si me he tomado la
libertad de incomodarle con los detalles que preceden, es con la única intención
de permitirle juzgar los errores en que he podido incurrir. Todo lo que deseo es
instruirme y recibir consejos y conocer hechos que me esclarezcan el camino y
me guíen si me extravío.
Ya que usted ha tenido la bondad de interesarse en mis estudios, estoy obliga-
do a confesarle la verdad en lo que a ellos se refiere. Aislado, sin nadie que se
interese lo más mínimo en mis trabajos, es muy fácil, abandonándose comple-
tamente al flujo de las ideas, navegar por los mares del pensamiento y alejarse
del puerto de la verdad, arrastrado por la propia imaginación. Resulta para mí
un enorme consuelo sentirme sostenido desde un país lejano, y sobre todo de un
país que ha sido el sueño de mi infancia y el objeto de mis más ardientes deseos.
Si trabajo aquí como lo hacen pocos, si, desde hace varios años, me abstengo de
todo placer y de todo ocio, incluso del más modesto, lo hago con el fin exclusivo
de poder realizar algún día ese sueño de mis primeros años: ir a México para
quedarme. Sólo Dios sabe si esta esperanza no será vana; mientras tanto espero
perseverar en el camino del trabajo y del estudio.
Si existiese un original mexicano de Tezozomoc, lo publicaría frente por fren-
te de mi traducción, como el señor Brasseur de Bourbourg hizo con el Popol
Vuh.21 No pienso publicar el original español porque se encuentra en lord Kings-
borough, vol. IX. El otro tendría la ventaja de preservar para la historia una obra
casi única, y si la traducción, cosa probable, no tiene más que un valor mediocre
en el mejor de los casos, la conservación del original sería de por sí una obra de
mérito. Es cierto que la dificultad de traducir del nahuatl es muchísimo mayor
que la que se presenta al traducir el texto español, pero este obstáculo no me
detendría. Hace dos años no sabía una sola palabra de español. Cuando, en New
Haven (Connecticut), me puse enfermo y me vi obligado a guardar cama, hice
que me trajesen la obra de Acosta (que posteriormente compré muy barata) y
empecé a leerla sin diccionario. Dos meses después leía a Herrera y podía com-
prender el italiano y el portugués. Claro que es bastante más difícil adquirir un
conocimiento suficiente del nahuatl, lo que no impide que mantenga la esperan-
za de hacerlo.
Le agradezco también el haberme enviado una separata de su última publica-
ción.22 Hace tiempo que deseaba conseguir sus obras, sin saber dónde ni cómo.

20
La cita se refiere a la edición de 1723 de la Monarquía indiana.
21
Se trata de Popol Vuh, le livre sacré et les mythes de l’Antiquité americaine, París, 1861.
22
En 1875 García Icazbalceta no publicó sino el Cervantes Salazar, pero de ello no habría separa-
ta y sólo envía esta obra a Bandelier en marzo de 1876 (véase la carta del 27 de junio). No veo qué
obra suya pudo mandarle que fuera posterior a 1872.
346 APÉNDICE I

Las librerías (tanto las de Europa como las de Nueva York) a las que me dirigí me
contestaron invariablemente: “son obras raras que sólo puede usted conseguir
en México”. He pedido a Nueva York un giro sobre México de $50, y tan pronto
como me llegue me permitiré enviárselo, con el deseo de que me mande todas
sus obras, en caso de que la cantidad alcance. Si hubiere un excedente, le ruego
que lo conserve y que me indique si alcanza para comprar las obras de Gama o la
historia del padre Sahagún,23 reimpresa por el señor de Bustamante. No podré
obtener este documento de cambio antes de 15 días, ya que desde la quiebra de
Duncan, Sherman & Co. los giros sobre México son difíciles de obtener.
Una vez más, mi querido señor, mis más expresivas gracias. Perdone usted
esta charla deshilvanada en forma de carta. No se trata de simular conocimien-
tos que no tengo en ningún terreno; es una oportunidad para que juzgue mi
ignorancia.
Con la esperanza de que estas líneas le lleguen y le encuentren gozando de
buena salud, tengo el honor de ser, muy señor mío, su humilde servidor,
Ad. F. Bandelier

Estamos en los últimos días apacibles del otoño. La nieve llegará dentro de poco
para extender su mortaja. Los inviernos son mis estaciones preferidas: las noches
son largas y se trabaja con mayor facilidad. Los veranos, aquí, son espantosos.

Borrador de contestación

México, 8 de diciembre de 1875


Señor A.F. Bandelier
Highland, Illinois

Muy señor mío:


Con sumo agrado me entero por su amable carta de 9 de noviembre de que la
mía le ha llegado. Temía que, en caso de que se perdiese en camino, lo conside-
rase usted una falta de educación. Me agrada también saber que mi carta le sirve
a usted de estímulo para perseverar en sus estudios. Nada deseo tanto como
dejar adeptos, cuando temo desaparecer pronto de la escena, ya que no se debe
esperar mucha vida cuando se lleva medio siglo a cuestas.
He leído con gran interés los detalles que me proporciona en lo que se refiere
a su posición y a su ardor por el trabajo. Yo, por mi parte, no ando, ¡desgraciada-
mente!, en el ocio. Hace trece años que enviudé y tengo un hijo de 21 años y una

23
Gama, Descripción histórica y cronológica de las dos piedras…, México, 1832. La primera edición es
de 1792; fray Bernardino Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España, ed. de Bustamante,
México, 1829. No es, por supuesto, una reimpresión. Hoy nos parecería imposible emprender cual-
quier trabajo de esta índole sin antes haber leído a Sahagún.
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 347

hija de 15; entre otros negocios, me veo obligado a atender a dos plantaciones
de azúcar, con sus respectivos ingenios, y que me proporcionan una infinidad de
quebraderos de cabeza, dejando de lado una multitud de encargos que no me
producen nada pero que me quitan muchísimo tiempo. Me veo, pues, reducido a
trabajar los días festivos y algunas tardes, pero siempre he gozado de una salud
de hierro, y no descanso casi nunca. Nuestras noches de invierno son aproxima-
damente iguales a las de verano. Ni el calor ni el frío nos molestan nunca: hoy, 9
de diciembre, gozamos del tiempo más hermoso que usted pueda imaginar. Le
escribo esto a las cuatro y media de la tarde, con un cielo de un azul profundo, un
sol radiante y la ventana abierta, al través de la cual veo las montañas en el
horizonte y árboles aún medio verdes. Es un día de primavera y hay una multi-
tud de ellos durante nuestro invierno. Pero vayamos al grano.
No es su culpa si ha caído en el error, inducido por Bustamante, a quien
Ternaux tradujo fielmente. Tengo que indicarle que, de ahora en adelante, usted
haría bien en no creer absolutamente nada de lo que encuentre escrito en
Bustamante. Este hombre, carente de toda crítica, y a veces de sentido común,
puede ser acusado de todos los crímenes literarios habidos. El original mexicano
de Tezozomoc y la traducción al español hecha por Sigüenza no han existido
más que en la imaginación de Bustamante. Podría enviarle gran cantidad de
anécdotas referentes a este célebre personaje y que le moverían a risa o a cólera:
usted podría elegir; prefiero, sin embargo, emplear el tiempo y el papel en co-
municarle dos palabras acerca de la fuente probable de la historia de Tezozomoc.
Había entre los manuscritos dejados por mi ilustre amigo el señor don José
Fernando Ramírez (autoridad de primera magnitud) un volumen que contiene
una Relación del origen de los indios que habitan esta Nueva España según las histo-
rias,24 de autor desconocido. El original se halla escrito a dos columnas: en una se
puede ver el texto español y la otra quedó en blanco, como si debiera ser llenada
con el texto en otra lengua, probablemente el azteca. De acuerdo con el estudio
que el señor Orozco y Berra (quien posee una magnífica copia del manuscrito)
ha hecho de este documento, parece que fue la fuente en la que bebieron Acosta,
Durán y Tezozomoc, añadiendo, como es de suponer, ciertos desarrollos más o
menos extensos. El autor de la obra en cuestión parece haber sido un indio; el
texto mexicano, si lo hubo, está hoy día perdido.
Permítame dejar para otra ocasión sus interpretaciones de los nombres azte-
cas de los jefes indios que son muestra de muchas investigaciones y sagacidad de
su parte. Hoy carezco de tiempo.
No sé por qué las librerías de Europa y de los Estados Unidos le han dicho que
mis publicaciones no podrían encontrarse más que en México. Siempre ha habi-

24
Poco después, con el título de Códice Ramírez, se hizo la primera edición de esta Relación en el
mismo volumen que la Crónica mexicana de Tezozomoc arriba citada. Su atribución a fray Juan de
Tovar y las relaciones de esta obra con Acosta, Durán, Tezozomoc y el Códice Ramírez han sido muy
discutidas. Véase más adelante la carta 26b.
348 APÉNDICE I

do algunos ejemplares en Trubner & Co. de Londres25 y en Donnamette y Hatter


de París:26 no he podido encontrar un librero en los Estados Unidos que quisiera
tenerlos en depósito. Los señores Sabin27 de Nueva York me han pedido algunos,
pero como compradores. Se topa uno con grandes dificultades para enviar pa-
quetes pequeños a los Estados Unidos y ya he perdido algunos; el correo da
mejor resultado. Me encantaría enviarle de inmediato mis publicaciones por co-
rreo, pero quiero hacer previamente un intento mandándole hoy mismo la His-
toria eclesiástica indiana de fray Gerónimo de Mendieta.28 Si le llega, le enviaré los
demás volúmenes uno por uno. Cuando quiera enviar algunos fondos no se
moleste en buscar giros para tan pequeñas cantidades, porque son muy difíciles
de hallar. Basta con que entregue lo que usted quiera enviar a los señores G.
Bruce & Sons,29 13 Ch. Street, Nueva York, para que lo ingresen en mi crédito.
Los libros sobre América son ahora muy raros y muy caros; sin embargo, haré
cuanto pueda para procurarle aquellos que necesite, sin que esto quiera decir
que me comprometo a encontrarlos todos.
He añadido a la Historia eclesiástica indiana un estudio notable sobre la famosa
piedra del Calendario Azteca, que acaba de publicar el señor Chavero.30

CARTA 3

Highland, Illinois, 9 de enero de 1876

Muy señor mío:


Bonne année je vous souhaite31 es una expresión de mi país natal, el Jura suizo.
Que le resulte próspero y feliz a usted y a los suyos, así como a su hermosa patria.

25
La casa de libreros y editores de Trübner and Cie., en 60 Paternoster Row, publicaba una serie
de revistas como la Anthropological Review, la Ethnological Review, el Journal of the Royal Asiatic Society,
etc.; estuvieron en correspondencia con don Joaquín desde 1865, en que le compran 13 ejemplares
de la Colección de documentos para la Historia de México (venta enorme en ese momento), hasta 1892, en
que la casa se llamaba Kegan Paul, Trench, Trübner & Co. Ltd. Publishers.
26
A. Donnamette, 81 rue des Saints Pères, era un agente de compras por cuyo conducto varios
mexicanos de la segunda mitad del siglo XIX encargaban a Francia una serie de objetos tan diversos
como pañuelos bordados, vinos, muebles, libros, maquinarias completas para instalar fábricas, etc.
Don Joaquín trató con esa casa desde 1879 hasta su muerte en 1894.
27
Joseph Sabin, de 84 Nassau St., Nueva York, inicia su correspondencia con García Icazbalceta
desde marzo 21 de 1866, pidiéndole datos del Dictionary of books relating to America que estaba por
aparecer. En realidad, esta famosa bibliografía iniciada en 1868 sólo terminó su 20o. volumen en
1892. Sabin compró a García Icazbalceta muchas de sus publicaciones.
28
México, 1870.
29
Geo, Bruce’s Son & Cie. eran dueños de Bruce’s New York Type Foundry, en 13 Chamers
Street. Actuaban en parte como agentes de JGI para sus compras en Estados Unidos.
30
Alfredo Chavero, Calendario azteca. Estudio arqueológico, México, 1875.
31
Le deseo un feliz año.
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 349

No sé cómo empezar esta carta. ¿Debo empezar por decirle ante todo que
estoy desconcertado por su bondad, o antes bien, debo disculparme por la impo-
sibilidad en que me encontré de escribirle? No sé qué hacer. Ante todo, pues,
muchísimas gracias por su amable carta del 8 de diciembre y más gracias aún por
las dos obras que tuvo usted a bien enviarme.32 He tratado desde mi última carta
de mandarle la cantidad de que le hablé, mas ocurrió lo que usted me indicaba:
la primera vez no pude encontrar quién lo hiciera y después me exigieron un
descuento fabuloso. Puesto que me da la dirección de los señores Bruce’s Sons &
Cie., la aprovecharé dentro de algunos días. Imagínese usted que las dos obras
llegaron aquí antes que la carta.
Es domingo, un domingo tan espantoso en la calle que aumenta el placer de
quedarse en casa. Mi mujer escribe, mi anciano padre (64 años) lee, en el piso de
arriba, las publicaciones geográficas mensuales del doctor Petterman de Gotha33 y
“vuestro servidor muy sincero”34 también escribe. Afuera el termómetro ha caído
35 grados Fahrenheit en el transcurso de dos horas, el viento se ha llevado una
chimenea, la casa entera temblaba bajo la acometida de la borrasca. No es ningu-
na novedad aquí en semejante estación. Ahora el sol se filtra a través de las nubes
e ilumina un horizonte ligeramente ondulado y bosques sin follaje. La naturale-
za está triste y el hombre lo estaría también si la fe en su interior y las almas
benevolentes a lo lejos no le animaran y le diesen fuerzas y esperanza. ¡Qué Dios
bendiga esos corazones amables y me dé fuerzas para no sucumbir! Perdone
estas digresiones.
¡Conque Tezozomoc no escribió más que en español! Muchas gracias una vez
más, por este informe. Pero le aseguro, muy señor mío, que es un español muy
difícil de traducir. Después de haber terminado la traducción literal, puse “en
limpio”, como pude, algunos capítulos. Es un trabajo enorme: sólo el primer
capítulo me llevó cinco tardes. Como no hay puntuación, dividí estas tremendas
tiradas en párrafos, siguiendo el modelo de la Biblia, y envié esta copia a mi
amigo el gran etnólogo americano Morgan,35 de Rochester, N.Y. Su contestación
fue la siguiente: que la traducción era muy hermosa, pero que no creía que un
indio “del norte”, capaz de escribir, escribiera de esa manera. El problema con-
siste, pues, en saber si un indio mexicano expresaría su pensamiento en senten-
cias cortas y si, en beneficio de una mayor claridad, me atreveré a adoptar tal
forma. Usted sabe que la lengua inglesa es una lengua muy categórica y muy
concisa, y quiero hacer una traducción que resista a la crítica en el campo de la
lingüística. Por lo demás, hay trozos de Tezozomoc que son tan oscuros que me

32
Véase la carta anterior de don Joaquín y Pioneers, I: 251.
33
Se trata de la célebre revista Petterman’s Geographische Mitteilungen, que más tarde se llamó Globus.
34
En español en el texto.
35
Véase Pioneers, I: 259-265, cuando aparentemente ya contestó Morgan. Lo curioso del caso es
que Bandelier le envía a Morgan una muestra de su traducción el 21 de febrero de 1876 y no recibe
contestación sino hasta abril de ese año. ¿Cómo puede entonces en 9 de enero decir a García
Icazbalceta la opinión de Morgan?
350 APÉNDICE I

permitiré consultarlo antes de ponerlos en limpio; lo mismo haré en lo que se re-


fiere a ciertos términos que no encuentro en ningún lado.
He leído el trabajo del señor Chavero con el mayor cuidado. Cosa insólita, sin
estar capacitado para profundizar el problema, nunca he podido familiarizarme
con la idea de un calendario. Me parece que siempre falta lo esencial: los signos
de los años. Pero, respetando los argumentos del señor Chavero, permítame for-
mularle una pregunta. El cuauhxicalli era una piedra redonda, “la gran piedra
redonda”36 ¿el sedicente “calendario” es también redondo o cilíndrico? Recuer-
do haber visto en París, en 1867, un vaciado de este “zodíaco mexicano”, y, por lo
que recuerdo, el bloque entero no parece haber sido circular; es un fragmento de
bordes irregulares, en trapecio o rectángulo. Me permito estas opiniones frente a
usted, convencido de que tendrá la bondad de interpretarlas en el mismo senti-
do que yo les doy. Si la piedra en cuestión es realmente una piedra de sacrificios,
las habría habido de tres clases: el temalacatl, o piedra para los combates, el
cuahxicalli (con un orificio para el corazón de los sacrificados, punto que falta en
la piedra de que hablamos) y otra piedra en la que eran acostados en cruz, “aspa-
dos con tejas”37 (Tezozomoc).

A 10 de enero. Esta mañana nuestro delicioso clima nos ha favorecido con un 9º R


bajo cero, soportaremos hasta mañana 5 grados más de frío. Es un placer inefa-
ble vivir en un clima que procura tales cambios.
Volvamos a nuestro tema. Cómo debo interpretar esta frase de Tezozomoc,
cap. VII: “ha de ser la muerte, que seréis aspados los cuerpos con tejas como
almoazas”.38 No conozco ningún castigo ni ninguna clase de sacrificio que co-
rresponda a estas palabras, no sé que las tejas o los ladrillos hayan sido usados
alguna vez como instrumentos de tortura. Sin embargo, es posible que haya exis-
tido tal castigo entre los mexicanos. La idea de los sacrificios es la que me ha
llevado a plantearle esta pregunta.
Le agradezco mucho el informe que me proporciona sobre la probable fuente
de Tezozomoc. Siempre me llamaron la atención algunos puntos de esta relación
que, con excepción de Acosta, y parece que también del padre Durán (cuya rela-
ción desconozco), no son mencionados por ninguno de los otros autores que he
leído, excepto por Herrera, a quien de todos modos me resisto a considerar un
autor original. El primero es un hecho citado por los tres primeros de un “coad-
jutor”, “segundo rey”, etc., llamado Tlacaelel o Tlacaeleltzin, que Tezozomoc
designa de modo especial por haber revestido la dignidad de cihuacohuatl, así
como lo hicieron sus descendientes. Torquemada, lib. II, cap. LIV, p. 171, niega
de manera rotunda la existencia de ese Tlacaelel y añade: “Yo le tengo por fingi-
do, o imaginario, y no tiene él la culpa, sino la mala y falsa Relación, que de esto

36
En español en el original.
37
Ibid.
38
Ibid.
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 351

tuvo, que yo la tengo en mi poder escrita de mano, con el mismo lenguaje y es-
tilo, que él la imprimió y muchas cosas de ella, van muy lejos de toda verdad y
puntualidad.”39 Esta Relación no parece haber sido la Crónica mexicana, porque en
el mismo capítulo Torquemada habla de la muerte de un hermano de Moctezuma
Ilhuicamina por los chalcas y dice: “No lo he visto escrito en ninguna relación, ni
historia, etc.”40 Como Tezozomoc habla de este episodio, la “falsa Relación” antes
mencionada no ha podido ser la suya sino, más bien, o la del padre Durán o el
antiguo manuscrito sin autor conocido que usted menciona. Queda por averiguar
entonces qué valor tiene la crítica o censura de este piadoso padre franciscano y
quién tiene razón, él o aquellos cuyas aseveraciones niega. El punto no carece de
importancia; no se trata de la simple constatación de un hecho histórico. Si este
Tlacaélel existió realmente y ocupó la posición que le asignan Tezozomoc, Durán
y Acosta, la división de las funciones del ejecutivo supremo entre dos cargos
coordinados, y no subordinado uno de ellos, parece quedar establecida. La Monar-
quía indiana desaparecería y, como tuve el honor de insinuárselo en mi primera
carta, surgiría en su lugar una democracia guerrera.
De todos los autores que conozco, quien más directamente se opone a Tezozo-
moc me parece que es Ixtlilxochitl, su contemporáneo por otra parte. La contra-
dicción de estos autores no es tan sorprendente en los hechos históricos. Es muy
natural que un acolhua cuente la historia del valle de manera distinta a la de un
mexica, pero lo que me sorprende es el cuadro completamente distinto, es más,
diametralmente opuesto, que estas dos autoridades de primer rango hacen del
estado de la antigua sociedad india de su país. Me atrevo a decir que conozco a
fondo la Historia de los chichimecas, que he leído con todo cuidado las Relaciones y
que pierdo esperanza de poder reconciliarlas, en lo que toca al contenido
etnológico (si está permitido expresarse en tales términos), con la Crónica. Se me
ha ocurrido la idea de utilizar esta extraña oposición y hacerla, parcialmente, el
tema de la introducción de mi trabajo. Después de hacer el paralelo de los dos
autores, dejaré que el lector elija entre ellos quién le guíe en el campo de la
historia mexicana. ¿Qué piensa usted de esta idea? Dado que no me es posible
proporcionar detalles biográficos de Tezozomoc, la crítica de la obra ha de ser de
lo más severo, y creo que la manera de obrar con mayor imparcialidad es opo-
nerle, ante todo, a sus más pronunciados adversarios, Ixtlilxochitl y Torquemada.
Sahagún, a mi modo de ver, ocupa una posición intermedia, pero espero con
impaciencia saber cómo encara Motolinia estos problemas. Mendieta, en su ca-
pítulo sobre las guerras, que tuve que buscar con anterioridad para darle un
informe a un amigo, confirma plenamente lo que Tezozomoc cuenta sobre la
manera de pelear que tenían los aborígenes.
Hay un punto de primordial importancia que aún puede decidirse: es el proble-
ma de la tenencia de las tierras entre los aborígenes. ¿Había realmente propieda-

39
Ibid.
40
Ibid.
352 APÉNDICE I

des individuales, o sólo terrenos comunales cuyos productos revertían en los indivi-
duos? Un solo hecho basta, en mi opinión, para dirimir el problema. Si existen
todavía antiguas actas de cesión de tierras hechas por los indios, ¿estas actas
están firmadas, regularmente por los jefes de tribu, o de familia, en el más am-
plio sentido de la palabra, o se aceptaba la cesión hecha por particulares? Con la
palabra firma entiendo, no creo que sea necesario decirlo, un equivalente del
tótem de nuestros indios del norte, un blasón común a cierta descendencia co-
mún. Clavijero habla de órdenes de caballería, de los “príncipes”, de las “águi-
las”, de los “tigres”, etc. ¿No se trata más bien de las subdivisiones de la tribu,
como ocurre entre los iroqueses, donde había las subtribus de la tortuga, del
lobo, etc.? Estas subdivisiones regulaban también las leyes del matrimonio, en el
sentido de que un individuo no podía casarse en la suya y los niños pasaban a
formar parte de la subtribu de la madre. Así, por ejemplo, un indio “tortuga” se
casaba con una india “oso” y los hijos que procreasen eran indios “oso”. Si exis-
tiesen antiguas actas de transferencias territoriales sería posible encontrar y esta-
blecer la existencia de blasones y, por lo tanto, de estas divisiones sociales, basa-
das en las relaciones de consanguineidad que venían de tiempo atrás. Me parece
haber encontrado algunos indicios, aunque se trata de indicios muy débiles, es-
pecialmente en Tezozomoc. En términos generales, las analogías entre los aborí-
genes de su país y los del norte me parecen mucho más marcadas de lo que
admiten los autores modernos. Por ejemplo, la manera de emplear “abuelo”,
“padre”, “tío”, “hermano”, “nieto”, “hijo” y “sobrino”, evitando el nombre propio
de la persona, es una costumbre común a todos los indios de Estados Unidos. Es
una ofensa, o por lo menos una transgresión de la etiqueta, llamar a un indio por
su nombre cuando se le habla. Además, la sucesión de los jefes supremos de los
mexicas, de hermano a hermano, o de tío a sobrino, era también costumbre
entre los iroqueses. Si la existencia de las mencionadas subdivisiones sociales
pudiese establecerse aún, sería una analogía tanto más importante cuanto que se
une a la formación de la familia y, en consecuencia, es, como dice mi sabio amigo
el señor L.H. Morgan, “anterior” a la dispersión de las lenguas.
Como puede usted ver, siempre tengo una pregunta más que hacer. Por lo
demás, creo que basta por el momento, y me asalta el temor de haber vuelto a
abusar de su bondad. Su carta me ha hecho mucho bien; entre otras cosas me ha
quitado una idea perniciosa que tenía: la de que estaba, a causa de mis deberes
principales, en una postura excepcionalmente desfavorecida para los estudios.
De ahora en adelante no me quejaré sino que encontraré un recreo en el trabajo
y le daré gracias a Dios por las ocupaciones y los buenos amigos que me envía.
Quisiera contarle algo nuevo, pero no sé de nada. Todo se inclina hacia la
monotonía. Corrupciones que salen a la luz, sordas agitaciones políticas que no se
sabe a dónde conducirán si no terminan en el consabido “Quítate de ahí que me
voy a poner yo”. En los negocios, vuelta a la seguridad y al ahorro, lo que resulta
duro después de un periodo de vilipendio. Se clama que la miseria se entroniza
sin pensar que hasta ahora nadie que haya trabajado ha pasado hambre en este
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 353

país. Pese a todas las calamidades que afligen al país, el “rey”, es decir, el “pue-
blo”, se divierte. En el terreno científico está usted mucho más al tanto que yo.
De vez en cuando recibo cartas de París y de Alemania que me dan idea de lo que
por allí se hace, además de lo que me dicen las revistas etnológicas. Espero poder
mandarle dentro de poco una obra que se está publicando; me interesa muchí-
simo saber qué opina usted de ella.41 En lo que se refiere a mis borrones en
alemán, no merece la pena que usted se aburra leyéndolos, dado sobre todo que
el idioma de los hijos del gran salvaje Arminio le resulta extraño.
Dentro de unos días recibirá noticias mías por intermedio de los señores Bruce.
Los envíos hechos por correo llegan siempre; recibí hace tiempo publicaciones
procedentes de Veracruz sin la menor dificultad. No sé si mi venerado amigo el
señor J.M. Melgar y Serrano vive allí aún: hace un año que no me escribe. Temo
haber herido su susceptibilidad con mi incredulidad en lo que concierne a la
Atlántida y a las hipótesis del señor Brasseur de Bourbourg, porque, sin tener el
honor de conocer lo que usted piensa sobre estos temas, me tomo la libertad de
hacer constar en estas páginas que, sin dudar de la posibilidad de la existencia
de acontecimientos parecidos a los que Platón dice “haber oído”, me es imposi-
ble entusiasmarme con tal mito. Creo que tenemos tanto por hacer y por trabajar
sobre épocas más cercanas, que no deberíamos sumirnos en las nubes de épocas
de las que no queda ni siquiera una tradición. En cuanto al señor Brasseur, le
considero los grandes favores que le ha hecho a la ciencia, aun cuando la haya
dañado con sus hipótesis. En algunos casos nos hacemos daño a nosotros mis-
mos aventurando juicios tan francos; hice la experiencia con motivo de mi artí-
culo de periódico. Toda la tribu atlántida teutónica se me vino encima.
Basta por hoy, muy señor mío, y perdone esta charla y la franqueza con la que
doy a conocer mis opiniones. Con la esperanza de que estas líneas le encuentren
gozando de perfecta salud y que me traigan el placer de conocer las mejores
noticias de su persona, queda de usted su servidor,
Ad. F. Bandelier

¿Va a venir usted para el centenario? En tal caso desearía que, si el tiempo se lo
permite y viene al oeste, me lo hiciera saber y, lo que sería mejor todavía, que me
hiciese una visita. Estaría encantado. Perdone usted esta letra espantosa, la des-
venturada crampe des écrivains42 se me ha presentado esta tarde en el brazo de-
recho.

41
Se refiere a “Über die Sage des ‘Dorado’ im nördlichen Süd-Amerika”, que venía apareciendo
en capítulos en el New Yorker Statts-Zeitung, gacetilla dominical, 16 de abril de 1876-julio de 1877. Se
continuó después en 1885-1886 y se publicó en forma de libro, como El Dorado “The Golden Man”.
42
Calambre de los escritores.
354 APÉNDICE I

CARTA 4

Confidence Coal & Mining Co.


Highland, Illinois, 29 de enero de 1876

Muy señor mío:


Ayer empecé mis entregas a los señores G. Bruce Sons & Cie. con un envío de
$25.43 Continuaré con éstas avisándole cada vez que lo haga. Por lo demás, nada
nuevo, si exceptuamos que aún no ha nevado este invierno, lo que resulta un
fenómeno notable, quizás único, en los últimos 45 años.
¿Conoce usted la reciente obra de H.H. Bancroft, de San Francisco?44 En la
North American Review va a ser criticado en serio y con razón.45
Rápidamente se despide de usted su servidor.
Ad. F. Bandelier

CARTA 5

Highland, Illinois, 25 de marzo de 1876

Muy señor mío:


Recibí su mensaje y los dos últimos volúmenes, ¡dos auténticos tesoros!, en
perfectas condiciones. No tengo desde entonces noticias de usted. Las noticias
de su país me lo explican, pero me causan una profunda inquietud en lo que se
refiere a usted. Hoy se ha dicho que los revolucionarios han ocupado Jalapa.
Dios quiera que la tormenta pase sin tocarlo. Tengo algo que enviarle pero espe-
ro que usted me avise. Basta con una palabra para que lo haga. Dentro de poco
haré una entrega a los señores Bruce; espero unos fondos de Nueva York para
hacerla.
Suyo,
Ad. F. Bandelier

Acaban de situarme en una postura molesta con relación a la obra de don Fran-
cisco Pimentel sobre las lenguas de México. Se me pide públicamente que dé mi

43
En carta de 29 de febrero de 1876 le dice Bruce a don Joaquín: “Debemos reconocer haber
recibido el 31 de enero $25.00 del señor A.F. Bandelier de Highland, Illinois, para abonar a la
cuenta de usted.”
44
Bancroft publicó en 5 volúmenes, en 1875, su famosa obra Native Races of the Pacific States of
North American.
45
En su número de abril de 1876 la North American Review publicó un artículo de Morgan intitu-
lado “Montezuma’s dinner” [“La comida de Moctezuma”, supra, pp. 3-35]. Consiste esencialmente
en su feroz ataque a Bancroft y a toda su escuela de pensamiento. Véase nota en Pioneers, I: 242.
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 355

opinión sobre este libro.46 No lo conozco más que de nombre y por la fama que
tiene. ¿Merece la pena tenerlo? En caso afirmativo, tenga la bondad de enviár-
melo cuando yo haya hecho otra entrega en Nueva York.

Borrador de contestación

México, 27 de junio de 1876

Señor D.A.F. Bandelier


Muy señor mío:
Contesté provisionalmente las dos apreciables de usted de 9 y 29 de enero,
reservándome a hacerlo con más extensión y después recibí la de 25 de marzo.
Imposible me ha sido cumplir con mi propósito de escribir a usted detenida-
mente, porque la guerra civil cada día está más encendida y no me deja sosiego.
Personalmente nada he tenido que sufrir, pero todos los días recibo noticias de
los daños que unos y otros causan a mis propiedades, lo cual me priva, como es
natural, de la tranquilidad necesaria para las letras. Sólo diré a usted ahora (por-
que puede interesarle para su trabajo) que el pasaje que usted me cita “ha de ser
la muerte, que seréis aspados los cuerpos, con tejas como de almoazas”. Se en-
cuentra exactamente igual en mi copia manuscrita de Tezozomoc hecha en 1792.
Tengo un recuerdo confuso de haber leído en alguna otra parte que existía el
castigo de poner a un hombre en una aspa, y rasgarle el cuerpo con pedazos de
teja, como quien pasa la almohaza a un caballo; pero por más que he buscado
una autoridad que presentar a usted no la encuentro.
En el mes de marzo envié a usted por el correo un ejemplar de mi última
publicación México en 1554. Temo que no lo haya recibido, porque no me ha
dado aviso, y lo sentiré a causa de que la edición está agotada.
La obra de mi hermano político Pimentel, sobre las Lenguas de México, vale la
pena de tenerla, porque es única en su clase. Para remitirla a usted no aguardaría
a que hiciese remesa a Bruce; pero el caso es que no hay más conducto que el
correo y ahora no se le puede confiar nada, porque con frecuencia es intercepta-
do entre México y Veracruz. Sin embargo, si quiere que se la envíe a todo riesgo,
irá. A no ser por esto, ya hubiera yo mandado a usted alguna otra cosa.
No me culpe por mi laconismo, originado por nuestra mala situación. Quizá
otro día gustosamente seré más largo, y por hoy concluyo repitiéndome de usted
afo. amo. y señor,
Joaquín García Icazbalceta

46
Cuadro descriptivo y comparativo de las lenguas indígenas de México, 2 vols., México, 1862. La se-
gunda edición, en tres volúmenes, apareció también en México en 1874-1875. Seguramente la opi-
nión pedida a Bandelier es con motivo de esta segunda edición. No encuentro dato alguno que
indique que Bandelier publicó tal reseña.
356 APÉNDICE I

CARTA 6

Highland, Illinois, 1 de agosto de 1876

Muy señor mío:


Sí, por una parte, su carta del 27 de junio me dio una gran alegría, por otra
me entristecí al saber por usted el lamentable estado en que se halla sumido su
hermoso país y especialmente por el efecto que esas desgraciadas disenciones
causan en usted. Me inquieté por lo que pudiera ocurrirle desde su penúltima
carta, escrita en papel de luto. Temí que hubiese perdido a alguna persona que-
rida, a un miembro de su familia. Dios quiera que eso no ocurra y que no tenga,
además de los problemas exteriores, que soportar un dolor íntimo creado por la
muerte de un ser querido. Es fácil de comprender que en semejantes circunstan-
cias no tenga tiempo ni ganas de ocuparse y encima para un extraño de cosas
ajenas a los graves problemas del día. Le suplico que crea lo mucho que aprecio
que haya pensado en mí en medio de todo lo que le rodea.
Mexico en 155447 me llegó en perfecto estado y con ello temo haberme conver-
tido en su deudor. Para cubrir la deuda voy a enviar $25 en el acto a los señores
Bruce & Cie., y por lo tanto le ruego que obtenga, si es posible, la obra de Sahagún
editada por Bustamante, a un precio razonable, y me la reserve; o, si lo cree
conveniente, un Durán. Como no conozco el precio que los libros tienen allí no
puedo indicarle nada, y me limitaré a redactar una lista de los autores que aún
no tengo:
Sahagún (éste se encuentra en San Luis)
Gama (también está en San Luis)
Cristóbal Castillo48
Diego Durán49
Creo que estos dos últimos son los indispensables, especialmente para la tra-
ducción que hago, pero, tan lejos como estoy de usted, no me atrevo ni a creer ni
a desear nada.
He tenido suerte en la venta de la biblioteca del señor Squier. Conseguí el
Molina (completo) por $8, la colección Vedia por $9, en papel, desde luego. Y
heme en posesión del Gómara que buscaba desde hace tanto. No porque dé gran
importancia a este autor, aunque resulte indispensable para cualquier crítica sana
y completa y contiene hechos preciosos. Ahora lo empleo con frecuencia, cosa de

47
México en 1554. Tres diálogos latinos de Francisco Cervantes Salazar, México, 1875.
48
Cristóbal del Castillo, 1519-1606, indígena tal vez de Texcoco, que escribió una Historia de los
mexicanos publicada por primera vez por Francisco del Paso y Troncoso en su Biblioteca nahuatl, vol.
V-2, Florencia, 1908. No se entiende por lo tanto cómo Bandelier pedía ese libro a JGI. En el catálo-
go de los manuscritos de este último encuentro mención de alguna copia de Cristóbal del Castillo, y
Troncoso no dice en su prólogo que hubiera otra copia fuera de la que utilizó en la Bibliothèque
Nationale de París.
49
Véase nota 67, carta 7.
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 357

la que le hablaré más adelante. Estas compras me parecen razonables. Otras


obras, caras, como Veytia, Remesal, etc., se me escaparon y también el opúsculo
de Zapata y Centeno sobre la lengua totonaca.50
Aparte de esto se dice que la venta fue mediocre. Un hermoso Torquemada
(editado por García en 1723) fue vendido en $20; García, Origen de los indios,51 en
$5.75; Gama, creo que en $8; un Cárdenas y Cano,52 en $12 más o menos; lord
Kingsborough fue vilipendiado por $207, teniendo las láminas en colores. Los ma-
nuscritos, sobre los que yo especulaba, no se vendieron. Por lo demás no había
para nosotros más que Zorita53 y una historia de Meztitlan; lo demás era casi exclu-
sivamente Centroamérica y Perú. También compré dos mapas de México: el de
Disturnell (que no vale nada) y el del valle en 1846 de Smith & Hardcatle. Ha-
blando de mapas, ¿los hay buenos en México? y ¿a qué precios? También había
un mapa de México en 1521, pero supuse que era una copia del de Clavijero.
(Mi Torquemada me había costado $3.75, precio excepcional, por cierto.) Basta
de librería por hoy.
Su Cervantes de Salazar es una obra notable por muchos aspectos. He creído
deber “leer entre líneas”, ya que encierra más de un reproche sangriento para
este siglo. Para mí y para lo que me propongo, sus anotaciones y sus introduccio-
nes son las que resultan de gran valor; el texto no me concierne más que de vez
en cuando. Estas notas contienen, también, tristes revelaciones e incluso confe-
siones, que creo comprender. Le he preguntado en el fondo de mi pensamiento:
¿se atreve usted a escribir así en medio de las continuas perturbaciones que le
rodean? Yo hubiese temido exponerme a las violencias o, al menos, a odiosas
persecuciones. Lo que usted dice es justo, verdadero y noble; mas por eso mismo
puede ser peligroso. No creo en la generosidad de los pueblos republicanos.
Nacido en una república (Suiza) y educado en otra república,54 jamás he votado
ni he ocupado un cargo público cualquiera, y espero permanecer así hasta el
final de mis días.
Lo que aún me falta para mis trabajos es una concepción, una idea clara de su
ciudad y de sus alrededores. Hoy me resulta todavía imposible representarme a
México en su actual estado, sobreponiendo al plano actual el de la antigua Tenoch-
titlan. Los cambios que tres siglos y medio han debido producir en la superficie

50
Véase la carta siguiente, Tapia Centeno además no escribió sobre el totonaco. Las obras que se
conocen de él son el Arte novísimo de la lengua mexicana, México, 1753, y la Noticia de la lengua huasteca,
México, 1767. Bandelier debe de referirse a la primera ya que no es probable que le fuera útil el
huasteco.
51
Fray Gregorio García, Origen de los indios de el Nuevo Mundo…, Madrid, 1729. Véase la carta
siguiente.
52
Gabriel de Cárdenas y Cano es el seudónimo de Andrés González de García, el editor de Histo-
riadores primitivos de las Indias Occidentales…, 3 vols., Madrid, 1749.
53
Tiene que referirse a la edición francesa de Ternaux-Compans, vol. XI, 1840. La Breve y sumaria
relación de los señores de la Nueva España no fue publicada por JGI sino hasta 1891, en el tercer
volumen de la Nueva colección de documentos [véase infra, pp. 463-564].
54
Recordemos que Bandelier vino a Estados Unidos a los 8 años.
358 APÉNDICE I

del suelo del valle han sido sin duda muy grandes, pero quedé estupefacto al
examinar el mapa militar antes mencionado. ¿Es posible que sea correcto? Si es
así, no hay por qué extrañarse de la ausencia casi total de restos de arquitectura,
e incluso de la cultura de los aborígenes. A propósito, ¿se ha levantado alguna
vez un plano de la sedicente casa de Netzahualcoyotl en Texcoco? Sé que Bullock
publicó uno,55 pero su obra es muy difícil de conseguir. Sería muy interesante
tener un plano de esta reliquia. Su observación acerca de los materiales de cons-
trucción empleados en la antigua Tenochtitlan es muy justa y explica muchas
cosas. Lo sabe usted mejor que yo.
Su introducción al “Conquistador Anónimo”56 presenta entre otras la queja
que usted eleva en contra de la dificultad que encuentra, casi la imposibilidad,
de procurarse un Ramusio. Dos ejemplares de este autor estaban recientemente
en venta en Alemania, seguramente lo están todavía. Si usted lo desea y me escri-
be diciéndome: “compre”, creo que aún podré procurarle uno y a muy bajo precio.
Se ofrece la obra en 35 florines renanos, aproximadamente $17.75 en papel de
aquí. Los tres volúmenes están completos, con láminas y mapas.
La traducción va muy despacio y hay razones sobradas para ello. En primer
lugar, he tenido dificultades sin cuento en los negocios, después, casi se me ha
obligado a cargar con la redacción de la historia de nuestro distrito, para el
centenario que se celebra el 4 de julio; encima, he tenido un accidente serio en el
brazo derecho que por poco me deja tullido de por vida y, por si fuera poco,
hemos tenido un verano caliente, húmedo y sofocante. Muchos días casi no po-
díamos respirar, las paredes se cubrían de moho, los libros se ponían grises en las
estanterías. Los más viejos de aquí no recordaban un verano parecido: no se
descansaba ni de día ni de noche. Sin embargo, perseveré hasta el capítulo 59.
Pero se presentó otro negocio. El 23 de agosto se verificará la sesión de la Asocia-
ción Americana para el Avance de la Ciencia, a la que había prometido un traba-
jo desde hace tiempo. He empezado, pues, un artículo, “On the art of war and
mode of warfare among the ancient Mexicans” [“Sobre el arte de la guerra”,
supra, pp. 61-126], y tengo que terminarlo antes de que pueda volver a la traduc-
ción. Me cuesta mucho trabajo y carezco de varias fuentes, como Zorita, que
esperaba recibir de París en poco tiempo. Se lo enviaré cuando se publique y
también le mandaré dentro de unas semanas el pequeño trabajo histórico sobre
nuestra colonia.57 El Dorado, cuya primera parte, Cundinamarca, ya apareció, no

55
W. Bullock, Six month’s residence and travels in Mexico, Londres, 1824. El capítulo XXVI contiene
una breve descripción del “palacio de Texcoco”, pero ningún mapa de él. La edición francesa, París,
1824, es aún fácil de adquirir.
56
Publicado por JGI en el vol. I de la Colección de documentos para la historia de México, 1858. Por
cierto que JGI no habla de la “casi imposibilidad de procurarse un Ramusio”. Menciona que tiene en
su biblioteca uno y así aparece en su catálogo. Era un ejemplar en perfecto estado de la célebre
colección de “Raccolta y Viaggi”.
57
Seguramente el artículo “Highland, Illinois”, publicado en la New Universal Encyclopedia de
Johnson (1874-1878). Véase Pioneers, I: 105.
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 359

puedo enviárselo puesto que lo escribí en alemán. Hizo sensación y fue reimpreso.
Las otras dos partes, Omagua y Parimé aparecerán en el invierno.58
Con esto termina mi informe acerca de mi labor científica. En lo que respecta
a lo demás, ¿qué puedo decirle? Encadenado a la oficina desde las siete de la
mañana hasta las cinco de la tarde, acosado por el trabajo que llega de todos los
lados, llevo una vida monótona, una existencia de presidiario, sin esperar alcan-
zar jamás una meta más elevada. Uno de los jefes de la casa se va a Colorado y se
duplicará el trabajo para mí, cosa que no me importa por lo buenos que son
conmigo desde tantos puntos de vista. Cuando regrese quizá pueda escaparme a
Buffalo,59 lo que dudo, porque sería algo por demás extraordinario en una vida
que no ha conocido más que la monotonía. Sólo la correspondencia me propor-
ciona alguna distracción y cierto recreo que, por lo demás, aquí no encuentro. La
gente es excelente, buena y honrada, pero la ciencia brilla por su ausencia.

A 2 de agosto. Gracias por su informe sobre el pasaje de Tezozomoc. Con este


motivo se me ha vuelto a presentar en la cabeza un término nahuatl que se ha
traducido por “el acto de arar la tierra”60 y que vuelvo a encontrar en el nombre
de una fiesta o de un sacrificio. No tengo aquí el Molina pero de aquí a mañana
volveré a encontrar el término.

A 3 de agosto. Es tlauauamalizti, “el acto de arar, etc., o excavar la tierra”.61 Encon-


trará usted este término usado por Tezozomoc en algún sitio en lugar de
tlaxipehualiztli. Me imagino a la víctima extendida en X, “aspa” (cruz de San
Andrés), en la piedra pequeña (no en el cuauhxicalli) y el pecho hundido y “raya-
do” con grandes cuchillos negros, que tienen cierto parecido con las tejas.62 Es,
claro está, una suposición, y nada más.
Basta de charlar por hoy. Adjunto a la presente una copia del original que le
suplico no tome por uno de los antiguos monstruos de Moctezuma. El artista me
ha puesto un ojo tieso y me ha dado un aspecto de borracho que no son ni mi
naturaleza exterior ni mi aire de costumbre, mas no teniendo nada mejor por el
momento, le ruego que lo acepte. El original querría trasladarse a México en vez
de la copia.63
El calor vuelve con todo su agobio. Se transpira sin parar. Las cosechas son
estupendas si se exceptúa la viña, que ha sido arrasada por la podredumbre de

58
Como ya se dijo, Bandelier publicó en el New Yorker Staats Zeitung a partir del 16 de abril de
1876 hasta julio de 1877, una serie de artículos llamados “Über de Sage des ‘Dorado’ im nördlichen
Süd Amerika”. Continuó la serie en 1885-1886. En 1893 se reunieron en inglés en un tomo intitula-
do The golden man (Pioneers, I: 271).
59
Al congreso mencionado arriba que ahí se reunió.
60
En español en el original.
61
Ibid.
62
Véase la carta del 9 de enero de 1876.
63
Ésta es la fotografía que publicó.
360 APÉNDICE I

las uvas. Nuestra viña, que tiene 5 acres, no nos va a dar ni 40 galones de vino
este año, en vez de los 2 500 de los años normales.
Así, pues, muy señor mío, que Dios le acompañe, así como a los suyos y a su
país. Recuerde usted a su sincero y devoto amigo,
Ad. F. Bandelier
¿Puedo esperar una contestación y un retrato?

CARTA 7
Highland, Illinois, 20 de octubre de 1876

Muy señor mío:


Tengo ante mí su retrato; de donde, al escribirle, me dirijo a usted por parti-
da doble. Tanto su carta como su retrato me han proporcionado una gran ale-
gría, aun cuando me siento confuso y avergonzado al pensar en las grandes bon-
dades de que he sido objeto por su parte. Desgraciadamente, he arrastrado una
triste vida desde mi última carta; una vida de lucha en contra de la desgracia que
en torno a mí caía sobre cabezas que eran en verdad culpables, pero cuyos actos
de ligereza y aun de mala fe amenazaban comprometer a quien había sido su
sostén, creyendo que eran dignos de ese apoyo. Gracias a Dios pude pasar por la
prueba y apartar los peligros. El Todopoderoso me dio fuerzas para mantener-
me, pero usted comprenderá que una tormenta que empezó en el mes de agosto
y duró dos más no me dejó demasiados recreos disponibles para mis trabajos.
Como usted dice, no faltó el tiempo sino la cabeza. Por primera vez en la existen-
cia de nuestro lugar (del que habrá recibido recientemente un esbozo histórico)
desastres materiales de consideración nos han afligido. Cosa importante, des-
pués de esto, los negocios han vuelto a tomar impulso, adoptando un cariz dife-
rente del de los últimos tres años. Pero la crisis en sí fue dura.
Releyendo una copia de mi epístola del 1 de agosto ultimo, me eché a reír y, des-
pués, me avergoncé. Como era de suponer, usted advirtió el tremendo error de
“Zapata y Centeno” en lugar de “Tapia y Centeno”. Era, por desgracia, demasiado
tarde para corregirlo: la carta ya había salido. Por lo que me ha dicho, este opús-
culo debió venderse muy caro. Veytia, por el contrario debió ser barato: no pasó
de $15.00, pero no sé quién se lo llevó. Me pregunta usted de dónde viene esa
depreciación de las obras. No lo sé, pero me lo explico de la manera siguiente:
En el fondo, estas obras no son más raras que buscadas. Los que en este país se
interesan en trabajos para los que se necesita tener a Torquemada, Gómara, Bernal
Díaz, etc., no son legión. Quienes tienen los medios para comprar libros caros,
ya sean sabios o bibliómanos, los poseen ya. Los demás, o sea, quienes suspiran
por tenerlos sin poder pagar lo que valen, son por mucho los más numerosos
pero no son aficionados ricos. Como me escribían los señores Sabin, se ven fre-
cuentemente obligados a guardar obras antiguas durante años antes de poderlas
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 361

vender a precios razonables. Además, la vida aquí ha cambiado mucho. El aho-


rro está a la orden del día, todo ha de ser barato, sin lo cual la gente se abstiene
de comprarlo. (Si los ingresos no hubiesen disminuido aquí en una proporción
mayor a la de los gastos, se haría uno rico casi sin saberlo. Pero los ingresos son
frecuentemente menos que cero.)
Mientras que en el transcurso de la guerra civil las mujeres de los jornaleros,
las granjeras de más baja extracción, no se contentaban a menos de llevar merinos
de $1.50 e incluso de 2.50 la yarda, ahora la gente se resigna a las indianas de 8
o 10 centavos. Los vestidos que mi mujer, por ejemplo, lleva de costumbre no le
cuestan más de un dólar el vestido entero; es decir, la tela, ya que se los hace ella
misma. Esto para darle una idea general del ahorro y, acto seguido, para indicar-
le cómo esta tendencia se manifiesta también en las ventas y en los precios de los
libros. Todo está en baja. Los oradores públicos a quienes se pagaba de 100 a 200
dólares por conferencia se conforman con la mitad en algunos casos. Los perió-
dicos que aún el año pasado me daban $50 por una colaboración me han dado
esta primavera $25 por un artículo de la misma extensión y mejor escrito y más
importante que los anteriores, a juicio de todos. En Europa los precios son dife-
rentes. Hace tiempo me pidieron en Augsburgo $40 en oro por un Torquemada,
mientras que el ejemplar magnífico y completo de Squier se vendió por $20.
Además, si usted supiese lo poco que se estiman y lo mal que se conocen aquí
tales obras, quedaría sorprendido. El americano, en términos generales, paga
el doble por una traducción que por un original, por lo perezoso que es para
aprender una lengua extranjera. Existen muchas personas en este país que se
ocupan de los estudios mencionados, aunque son pocos los que advierten el
valor de las obras originales y están capacitados para consultarlas. De ello se des-
prende que la mala traducción de Herrera hecha por Stevens64 costará más que
la magnífica edición de 1726 (aproximadamente). El señor Sabin me ha pedido
$25 por esta traducción inglesa.
Entre las obras que pertenecieron a la biblioteca Squier había un opúsculo
intitulado aproximadamente así: Historia de los indios de la Nueva España, por
Juan de Tovar, impresión privada de Middle Hill,65 cerca de Londres, 1860, 12
pp. folio. Se trata seguramente del Tovar de quien habla Clavijero y que, de
acuerdo con este autor, habría sido una de las fuentes de Acosta. ¿Qué relación
puede haber entre este opúsculo y el Códice anónimo del finado señor Ramírez?66
¿Será el mismo? El señor Ramírez dice que el Códice anónimo fue copiado casi
textualmente por Acosta. Traté de conseguir ese “Tobar”, pero parece que se
vendió bastante caro, o quizá no se vendió, porque la familia retiró muchas cosas

64
Traducción publicada en Londres, 6 vols., 1725-1726. Otra edición apareció en 1740. La tra-
ducción es libre y en muchas partes se aleja considerablemente del original.
65
Años más tarde Brühl había de regalar a G. Icazbalceta un ejemplar de esta rarísima edición.
66
Este Códice anónimo es la Relación del origen de los indios que habitan esta Nueva España según sus
historias, publicada en 1878, en unión de otros documentos, como Códice Ramírez. Efectivamente,
sólo ofrece pequeñas diferencias con el Tovar publicado por Phillips. Véase la carta 26b.
362 APÉNDICE I

de la venta. Por lo mismo no se vendió ningún manuscrito: esperan publicarlos o


darlos a conocer más tarde ellos mismos.
Recibí el Durán67 en perfecto estado. Pero, muy señor mío, se lo ruego con la
mayor insistencia, no me permita ser su deudor. Qué puedo hacer, cómo puedo,
no digo liberarme, porque uno no puede liberarse por el agradecimiento ni del
agradecimiento, pero, por lo menos, mostrarle cuánto le debo. En su última
carta nada veo sobre el precio de esta obra, precio que debe ser alto, puesto que
la obra ni siquiera está en venta. Tan pronto como la haya leído haré que la
encuadernen de la misma manera que los cuatro volúmenes precedentes, her-
mosa y sólida encuadernación, hecha a imitación de las del siglo pasado. Resulta
curioso cómo concuerdan Tezozomoc y Durán; la diferencia está en que este últi-
mo escribe mucho mejor, es más claro y contiene detalles de mayor importancia.
Si el Molina no costó más que $8, es posible que el estado de la encuaderna-
ción haya influido mucho. Aunque es de pergamino, está bastante roída. El fron-
tispicio de la primera parte y la primera página de la introducción están carco-
midos y rotos. Pero los dos vocabularios propiamente dichos están completos, no
les falta nada.
Sin embargo, Vedia,68 que es para mí obra muy importante puesto que en ella
se encuentran Cortés, Gómara, Bernal Díaz, Cieza de León, etc., no ha costado
más que $9, a pesar de su espléndida encuadernación. No sé, pues, a qué atribuir
esta baratura sorprendente, si no es a las causas antes citadas.
Ya que andamos metidos en libros, permítame añadir una nota tomada de la
Biblioteca Americana publicada por A. Brockhaus & Cie. de Leipzig, y que se refiere a
las cartas de Cortés. Este catálago contiene las ediciones alemanas siguientes:
Ferdinandi Cortesii. Von dem N. Hispanien etc. “Meer oder Seehafen Buch”
(1598). La colección de Conrad Rom de Colonia tiene entre otras L’expédition de
Hernando Cortés. Cierto que no se trata de una traducción de las cartas, aunque
de todos modos es una de las más antiguas relaciones de la conquista hechas en
lengua alemana. Si lo desea le daré el título completo de este raro libro, que se
vendió en 50 (¿thalers?) o 187.50 francos. Es un volumen in folio, 110 pp. con
tres mapas. La relación de la conquista de Cortés ocupa siete páginas.
Últimamente he recibido el Catalogus Plantarum de Geso (? –ilegible) de 1542.
Se trata de una lista de plantas europeas y extranjeras, muy primitiva, en latín,
griego, francés y alemán. La única cita de valor se refiere al maíz. Se le designa
bajo la apelación de “Millium Indicum” y el autor dice que fue introducido en
Italia en tiempos de Nerón. (Funda su afirmación sobre la autoridad de Ruellius.)
De ser un hecho, esto es muy importante.69
Espero terminar pronto mi trabajo sobre el arte militar y las guerras de los
67
Fray Diego Durán, Historia de las Indias de Nueva España. La edición fue iniciada por Ramírez
en 1867, pero el segundo volumen sólo salió después de su muerte; lo llama Bandelier “el mejor
libro existente sobre México” (Pioneers, II: 10).
68
Enrique de Vedia, editor de Historiadores primitivos de Indias, Madrid, 1852.
69
Jo Ruellius, De natura Stirpium librires, París, 1536. Ruellius ya usa “maíz” en vez de “trigo turco”.
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 363

mexicanos y, si usted lo permite, me tomaré la libertad de enviarle una copia. Me


gustaría, en caso de que fuese posible, conocer su crítica porque temo que la
visión que doy y las opiniones que anuncio estén en desacuerdo con las ideas
recibidas. Pese a ello, después de haber empleado lo más concienzudamente
posible los materiales que tenía a mano, llego a la conclusión indicada varias
veces en el trabajo mencionado. Deseo ardientemente saber qué se dirá en Méxi-
co. En lo que a la traducción se refiere, ha dormido varios meses en su cajón. Mas
no crea por ello que la abandono, pronto volveré a ella.
A pesar de un verano febril, durante el cual, incluso en las granjas, familias
enteras eran incapaces de ayudarse unas a otras, hemos tenido pocos enfermos.
Tengo ahora un cuarto de trabajo en el que puedo estar solo y tranquilo, cosa
imposible antes. Rodeado de mis libros y mis colecciones, con las ventanas ador-
nadas con cactos, con una pequeña estufa de carbón que tira bien, puedo estar
en paz y tranquilidad durante algunas horas, después de la lectura de todas las
noches con los míos. Sólo hay un adorno: una fotografía del cuadro de Kaulbach
“La época de la Reforma”, en la que se ven las figuras de Colón, Galileo, Copér-
nico, Dante, el Tasso, etc., en primer plano. Como veo a poca gente que no sea la
del mundo de los negocios, llevo, ahí arriba, una vida de ermitaño, y lo haré
mientras que Dios no disponga otra cosa. Pondrá fin cuando, en su bondad infi-
nita, lo juzgue conveniente. En espera de que esto ocurra, me uno a usted para
decir: alabado sea por los siglos de los siglos. Lo que hace siempre está bien.

A 30 de octubre. Hace 15 días tiritábamos con todos los calentadores encendidos;


hoy, hace un calor sofocante. Así es nuestro clima, y no hay más remedio que
conformarse.
Una pregunta más, y esta vez se trata de un problema de pronunciación. ¿Qué
reglas emplea usted para la pronunciación de la letra X en las palabras nahuas?
Por ejemplo: México, Xaltocan, Xochimilco, Axayaca, xitomate, xochitl, etc. ¿Cuá-
les son las consonantes que corresponden a los sonidos de las equis en estas
palabras, o en posiciones análogas? En las lenguas centroamericanas la equis se
pronuncia como la “sh” inglesa o la “ss” alemana, pero no he podido descubrir
ninguna regla para las palabras mexicanas. Por un momento creí que, precedien-
do a las vocales “o” y “u”, la equis se pronunciaba como una “x” o como una “s”,
mientras que en los casos en que precedía a las vocales “a”, “e” e “i” se pronun-
ciaba como una “j”. Pero veo que “Xaltocan” se escribe “Zaltocan”; México adop-
ta la forma “Messico” en Clavijero y “Méjico” en Gómara. Así, pues, la regla que
imaginé no es correcta. Tenga usted la bondad de aclararme el punto; no carece
de importancia. En el Perú, por ejemplo, “Caxamarca” se pronuncia “Cassamarca”;
“Cotopaxi”, “Cotopacsi”; “Xaquixaguana”, “Sacsahuana”; “Xauxa” –aunque en
algunos casos adopte la ortografía “Jauja”– se pronuncia “Sausa”. Cf. Garcilaso
de la Vega. Finalmente, Adair (History of the American indians) pretende que Méxi-
co debe pronunciarse “Méchico”. En Brasil la equis se pronuncia “sh”, por ejem-
plo: “Xiriguanaos”, “Xarayo”, “Xiquito”. Para quien no está acostumbrado a las
364 APÉNDICE I

variaciones provinciales de vuestra lengua, parece como si reinase cierta confu-


sión. ¿Por qué, pues, la “sh” de Guatemala y la “s” de Huexotzingo; la “sh” de
Uxmal, y la “s” de “Tlaxcallan”? Quizás todo esto le cause una impresión lamen-
table del conocimiento que tengo de su lengua, pero prefiero confesar mi igno-
rancia e instruirme, que velarla para permanecer en ella.*
Se acercan nuestras elecciones presidenciales, y, sin que tengan mayor impor-
tancia, puesto que casi todos los problemas principales ya han sido resueltos,
intranquilizan a la gente. Cuanto antes terminen, mejor. La vida entera va a
resentirlas, y especialmente los negocios. En lo que a los partidos se refiere, más
vale no agitar el punto. Es igual, me da lo mismo; unos y otros robarán al pueblo.
La reforma es una palabra que sirve para atraer a los bobos. Toda reforma verda-
dera debe ocuparse ante todo del ser moral de los individuos, el estado político
y administrativo mejorará, acto seguido, de por sí. Pero ésta es la gran desgracia
que padecemos. El elemento religioso propiamente dicho se halla dividido en
confesiones particulares, a veces en sectas. Pero la secta se petrifica con frecuen-
cia, y viene lo que ocurre aquí: el formalismo domina. La población alemana es
indiferente y, a veces, cínica. La lucha entre el positivismo religioso y la negación
brutal se entabla aquí especialmente entre los alemanes. Entre ellos y entre los
formalistas puritanos es donde la sedicente “reforma” debería operar.
Para no detener más tiempo esta carta, concluyo. Una vez más, querido señor,
muchas gracias y mis más fervientes plegarias serán para usted los suyos y su
patria. Sin tener el honor de estar en relación con el señor Pimentel, me permito
solicitar de usted que le presente mis respetos por su obra (cuya traducción he
hojeado), que me causa gran admiración.
Dentro de poco me permitiré dirigirle algo muy realista por medio de quien
usted sabe. El 11 de noviembre me iré al este para descansar un poco. Mientras
tanto, que Dios lo acompañe, y crea en el sincero afecto de su servidor.
Ad. F. Bandelier

CARTA 8
Highland, Illinois, 2 de marzo de 1877

Mi querido señor y amigo:


No me acuse de ser negligente porque no lo he sido. No puedo contarle la
odisea que sufrió su última carta: sería demasiado complicada. Baste con decir

* La x fue usada originalmente por los misioneros y cronistas españoles en los primeros años de
la Colonia para representar, con la grafía latina, el fonema ‘sh’. De esta suerte México originalmente
se pronunciaba Méshico. Poco a poco la x fue sustituida por el fonema equivalente a la actual ‘j’
(velar, sorda y fricativa). Así pues, en francés y en inglés la x de México tiene el valor fónico de ‘ks’
mientras que en italiano, al escribirse con doble ‘s’ (Messico) tiene el valor de una ‘s’ silvante y fuerte.
En México, sin embargo, la x tiene múltiples valores fónicos: a] de ‘s’ (Xochimilco), b] de ‘sh’ (Xola),
c] de ‘j’ (México) y d] ‘ks’ (taxi, máximo, etc.). [E.]
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 365

que ya está en mi poder. La leí con tristeza, por las líneas que la terminan.70 Des-
de hace tres meses sigo cuidadosamente los informes, a veces demasiado parcos,
que nos llegan de México, y no hallo en ellos más que desórdenes y calamidades.
Dios quiera que encuentren término. No oso escribir lo que pienso, pero creo
que usted puede advertirlo.
La semana que viene los señores Bruce71 recibirán $50 para su cuenta. Tenga
la amabilidad, si las comunicaciones lo permiten, de enviarme algunos libros, el
Sahagún y el Gama por ejemplo. Como no sé lo que cuestan, le dejo la elección
de los demás, en caso de que el dinero lo permita. Me gustaría tener a Veytia,72 si
hubiese un margen que lo permitiera. Las láminas del Durán no me llegaron.
¡Cómo lo siento! Recibí posteriormente de Berlín el Oviedo completo (edición
de la Academia de Madrid, 4 vols.) y la Historia de la conquista de Itzá y de Lacandón
de Villagutierre; las dos son obras importantes. Espero que me llegue de París el
Zorita, pero estoy como en el cuento de Barba Azul, en el que la pobre cautiva se
pasa el tiempo preguntando: “Ana, mi hermana Ana, ¿no ves venir a nadie?”, y
en efecto, nadie viene. Por desgracia, en los negocios nos hacemos día tras día la
misma pregunta: “¿No ves venir a nadie?” El futuro permanece mudo y con una
tranquilidad imperturbable; sólo los relámpagos cruzan el horizonte, y bajamos
la cabeza ante la voluntad suprema de Aquel que conoce nuestros destinos.
Desde mi última carta, no he permanecido en el ocio. Además de mi traduc-
ción que ha llegado hasta el capítulo LXXX, he completado mi primera monogra-
fía sobre el México antiguo. El título es: “On the art of war and mode of warfare of
the ancient Mexicans” [“Sobre el arte de la guerra”, supra, pp. 61-126]. El Museo
Peabody de Arqueología Americana, de Cambridge, Massachusetts, ha tenido a
bien hacer de ella su primera publicación etnológica. Espero que las pruebas me
lleguen un día de éstos. Cuando se publique, no es necesario decir que me toma-
ré la libertad de enviarle un ejemplar,73 y uno más para que haga con él lo que
estime conveniente. Me gustaría ofrecérselo al señor Pimentel, o la sociedad
geográfica de allá, etc., pero como estoy indeciso, disponga de acuerdo con su
sola voluntad.
Este trabajo me ha valido una multitud de elogios por parte de los sabios de
Cambridge. Se ha llegado a decir que Prescott habría sido suplantado, que la

70
Aunque no tengo esta carta, debe de ser la del 9 de diciembre de 1876 a la que se refiere
Bandelier en su carta 66 a Morgan (Pioneers, II: 28). Las líneas que la terminan decían: “No hay
remedio a esta terrible y creciente desmoralización.” Refiriéndose indudablemente a JGI, Bandelier
dice a Morgan en la misma carta: “Estoy muy, muy triste por él; ha hecho más para elevar a su país
y su pueblo que todos los generales y presidentes de México juntos; pero sólo ha vivido para contem-
plar infamia sobre infamia acumuladas sobre su infeliz nación. Hay en México un pequeño grupo de
nobles individuos de mente elevada, hombres de ciencia, pero desaparecen en el tumulto de las
facciones egoístas y de las pasiones políticas.”
71
En las cartas y cuentas de Bruce no se menciona esta entrega. Tal vez nunca la hizo Bandelier.
Véase la carta 10, 2o. párrafo.
72
Mariano Veytia, Historia antigua de México, 3 vols., México, 1836.
73
Tengo aún el ejemplar dedicado por Bandelier a García Icazbalceta.
366 APÉNDICE I

historia de México y de Perú tendría que volver a escribirse. Aunque resulta muy
halagador, lo acepto como estímulo, y no como hecho. Mientras no conozca la
opinión de los propios sabios mexicanos, consideraré todo esto como “no recibi-
do”. Hay en este trabajo una multitud de detalles en los que he podido cometer
numerosos errores. Como no sé cuándo se terminará la publicación, me permito
hacerle un breve resumen del contenido.
1] Los mexicanos eran una tribu esencialmente guerrera; cada hombre, un
guerrero. Composición de las fuerzas. No había cuerpos militares permanentes.
2] Instrucción militar de la juventud. Los telpuchcalco, en cada barrio, en las
cercanías de los barrios de los templos. Las instrucciones a la juventud.
3] El armamento, los tlacochcalco, arsenales de la comunidad. Descripción de
las armas, de los trajes, de los ornamentos. La “librea” de los diferentes cuerpos.
4] Organización. Por parentesco (gens); por barrio. Las grandes subdivisiones
de los cuatro grandes calpulli de México. (Tlatilulco es el quinto.) Jefes: los va-
lientes que se han distinguido (tequihua, otomitl y cuachimecs); los jefes de es-
cuadrones: teachcauhtin; los jefes de los cuatro barrios: tlacochcalcatl, tlacatecatl,
ezhuhuahuacatl y cuauhnochtli. El jefe supremo: tlacatecuhtli, un sedicente rey o
emperador, y su colegio supremo, el cihuacoatl. La autoridad suprema del país, el
consejo del jefe: tlatocan.
5] Guerra ofensiva. La declaración de guerra, la reunión, la marcha, el com-
bate, la retirada. Combates contra los españoles: Tlaxcallan, Otumpan.
6] Guerra defensiva. Fortificaciones: Quauhquechollan, Chamula, Quet-
zaltepec, Xochicalco, el cerro de Chapultepec, el pueblo de México y sus diques.
El sitio y la toma de México por Cortés, como final.
Puede usted ver por este resumen que se trata de una empresa muy atrevida,
y a continuación también podrá apreciar la falta de verdaderos conocimientos.
Como siempre, sólo después de realizado el trabajo se advierten los errores. Por
ejemplo, había situado a Xoloc en los alrededores de San Andrés Ladrillero,
mientras que Tezozomoc afirma que era el puente de San Antonio.74 Esta equivo-
cación aún puede ser corregida. En lo referente a los niveles de los lagos, no
tenía más que las medidas de Humboldt (Ensayo político).75 Podrá usted juzgar
lo útiles que me han sido sus trabajos. Hice un verdadero abuso de ellos en mis
notas, que son sólidas.76 No pude evitar reconocer públicamente mi agradeci-
miento para con usted. Perdóneme esta libertad.
Cediendo a las instancias de mis amistades científicas que residen en el este,
he empezado otro trabajo cuyo título será: “On the distribution of the soil and
the customs of inheritance of the ancient Mexicans” [“Sobre la tenencia de la
tierra”, supra, pp. 127-189]. Si estuviera cerca de usted ¡con qué facilidad podría

74
Véase la nota 199 de “Sobre el arte de la guerra” [supra, p. 122].
75
Véase la nota 196 de “Sobre el arte de la guerra” [supra, ibid.].
76
Tan “sólidas” eran sus notas en este ensayo y en los dos siguientes que las dificultades tipográ-
ficas fueron una de las causas de su futuro pleito con el Peabody.
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 367

reunir los datos que para este tema necesito! El documento que usted publicó
sobre la “Real Ejecutoria”77 por sí solo alumbra este problema, que por lo demás
es sencillo, y las posiciones son claras.
a] ¿Había propiedad inmueble individual entre los aborígenes antes de la con-
quista?
b] ¿Había feudalismo?
El primer punto puede ser parcialmente elucidado al través de las condicio-
nes actuales de las comunidades indígenas aún existentes entre ustedes en las
cercanías de Cuernavaca y de Toluca (los antiguos matlatzincas). Si se puede
probar, por ejemplo
a] que las tierras ocupadas por estos grupos son propiedades comunales,
indivisibles e intransmisibles por individuos;
b] que las funciones de los jefes o gobernadores son puramente electivas y no
hereditarias.
En este caso se puede suponer en favor de la teoría: que antes de la conquista
los aborígenes de México no conocían la propiedad, ni incluso la posesión terri-
torial individual. Creo que ni siquiera la idea abstracta de propiedad tenían pre-
sente. En cuanto a la posesión, creo que el “barrio”, la “parcialidad”, la gens, eran
la unidad poseedora más restringida. Los dominios, los territorios señoriales, no
existían, y son términos importados, adaptaciones subsecuentes de nuestras fuen-
tes del siglo XVI. ¿Tienen ustedes, referentes a esto, actas oficiales, donaciones,
títulos territoriales? Estos documentos son de un gran valor negativo. Por ejem-
plo: la donación hecha por Cortés a doña Isabel Montezuma (apéndice de Prescott,
vol. III) es una de esas pruebas que ponen en evidencia que las propiedades de
Moctezuma no existieron nunca.
En cuanto al feudalismo, es una producción histórica, y es en la historia del
país donde hay que encontrar el inicio y el desarrollo. Es lo que ando buscando
en estos momentos. Sin embargo, en todas partes sólo encuentro negaciones
derivadas de las más positivas afirmaciones. ¡Qué singular es la historia antigua
de su país! Los “no” son los que proporcionan los “sí”, y viceversa. Puede encon-
trar esta idea barroca desarrollada prácticamente en “Sobre el arte de la guerra”.
Esto es todo por hoy. Buenas noches; aún tengo una tarea por hacer en el Tor-
quemada.

A 3 de marzo. Llueve a cántaros; el primer aguacero en cuatro meses. En términos


generales hemos gozado de un invierno magnífico; sin lodo y sin demasiado
frío. Hubo pocas enfermedades, pero sí una gran propensión a los reumatismos
inflamatorios, los catarros, etc. En lo que a mí se refiere, padecí durante tres me-
ses de algo extraño: una enfermedad de la nariz, pero sólo en el lado izquierdo.

77
“Real ejecutoria de S.M. sobre tierras y reservas de pechos y pagas pertenecientes a los caciques
de Axapusco, de la jurisdicción de Otumba”, en Colección de documentos para la historia de México,
1866, vol. I, p. 24.
368 APÉNDICE I

Era fastidioso, pero sin consecuencias. Hemos tenido mucha más suerte que una
persona que conocemos, la cual lleva ya cinco semanas en la cama, inmovilizada
y sufriendo un reumatismo inflamatorio espantoso.
Para volver al problema territorial, los modos de herencia todavía en vigor
entre los indios sedentarios de México podrían esclarecer el punto. Éste consiste
en saber si los niños seguían la rama del padre o la de la madre. Si consideramos
el orden de sucesión del jefe militar supremo, nos tentaría creer que la rama
materna prevaleció, puesto que desde Moctezuma Ilhuicamina hasta Quauh-
temotzin vemos cómo los hermanos se suceden (Axayacatl, Tizoczic, Ahuitzotl),
los sobrinos (Moctezuma y Cuitlahuatzin) y otra vez el sobrino (Quauhtemotzin).

A 4 de marzo. El día de ayer terminó con una nevada y un gran frío. Hablando de
sucesión, hay otro punto por examinar. Un indio mexicano, hablando de su pa-
dre, ¿designa de manera segura a aquel de quien desciende, o a su hermano
colateral, es decir, a su tío paterno, como sucede entre los iroqueses? Y al hablar
del sobrino, ¿es éste hijo del hermano o de la hermana de uno de los propios
padres, o un hijo de una hija de la hermana del padre? Como una multitud de
problemas importantes se unen a esto, me permito planteárselo aquí.
En lo que concierne a la lectura, acabo de terminar el Origen de los indios de
García. ¡Qué hombre más sabio! La conclusión que se encuentra al final del cuar-
to libro es realmente muy original. Todo el mundo tiene razón, y cada uno un
poco. Era la mejor manera de conciliar a todo el mundo y, en segundo lugar, esto
me indica que se trata de un hombre superior para su época. Entonces debió ser
difícil mantener esa objetividad que el discípulo de santo Tomás preserva. Desde
este ángulo me parece el digno contemporáneo de Herrera, aunque el gran cro-
nista sea a veces bastante personal, como en lo que se refiere a Torquemada y a
sus fuentes, como Olmos, Sahagún y Mendieta (déc. VI, lib. III, cap. XIX, p. 81.2).
A propósito de esto, sabrá usted que nuestro amigo de Friburgo, el doctor A. von
Frantzius, que estuvo en Costa Rica, atacó violentamente a Herrera. Le reprocha
literalmente el haber copiado sin inteligencia, el que su obra es un amontona-
miento de documentos mal conjuntados, etc. Me permití salir en defensa de
Herrera que, si bien es cierto que omitió la descripción de las ruinas de Copán,
reproduciendo el informe del licenciado Palacios, tuvo en su momento razones
de sobra para hacerlo, dado que esta relación no estaba mantenida entonces por
ningún otro testimonio. Se me antoja una falta de agradecimiento respecto a un
hombre como lo fue Herrera, sin el cual careceríamos ahora de más de un dato.
No se me escapa que Muñoz78 fue el primero en atacarlo.
En el terreno bibliográfico, nada nuevo. Usted ha debido recibir el catálogo de
Bernard Quaritch de Londres (de noviembre). Herrera es caro. L. 6.6 y L. 10.10.
Se me escapó un Hernández79 que daban en L. 2.16, cosa que siento. El Teatro

78
Juan Bautista Muñoz, el célebre historiador español del siglo XVIII.
79
Se refiere probablemente a la edición de Madrid, 1790.
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 369

mexicano de Vetancourt,80 L. 7.10. También se me fue la obra del señor Pimentel,


así como la de Gastelu,81 que estaba marcada en L. 3. De todos modos, son pre-
cios todavía muy altos.
Un descubrimiento que no concierne directamente a México, pero que no
carece de interés para la historia de los españoles, se acaba de hacer en Nueva
York, y me atrevo a decir que fui el instigador. Se trata de los dos volúmenes
inéditos de Pedro Simón. Como tuve que consultar la primera parte de las Noti-
cias historiales, y para ello tuve que valerme del señor doctor Schumacher, cónsul
general de Alemania en Nueva York, aproveché la ocasión para hablarle de las
partes segunda y tercera, que poseía el señor Ternaux-Compans. Entonces el
señor Schumacher me preguntó adónde habían ido a parar esos manuscritos, a
lo que le contesté, amparándome en la palabra de don Enrique de Vedia, que
debían estar en Nueva York, en la biblioteca del señor Lennox.82 El 7 de enero
pasado mi amigo me escribió que por fin los había encontrado en donde yo le
había indicado, en la biblioteca Lennox. Las partes II y III forman un volumen
manuscrito de 812 pp. in folio. Naturalmente, se ha negado la consulta del ma-
nuscrito fuera de la biblioteca. Parece, pues, que la colección Ternaux-Compans
está efectivamente aquí. En este caso, también debe de hallarse la Historia de
Tlaxcala de Camargo.83 Con este motivo escribí a Nueva York, pero parece como
si todo el mundo estuviese dormido en esa ciudad.
No he recibido nada de Europa, si exceptúo lo que la sociedad etnológica de
Berlín ha publicado: un trabajo del señor Bastian sobre las ruinas de Santa Lucía
Cotzumalhuapa, de Guatemala. A propósito, ¿conoce usted la traducción france-
sa de la gramática de Olmos hecha por R. Simón en 1875?84 ¿Cree usted que vale
la pena tenerla? El original (ms.) se vendió en París en 1867, pero no sé dónde se
halla.

5 de marzo. Tengo ante mí gran cantidad de correspondencia comercial y no me


atrevo a posponer para la noche la terminación de la presente carta. Además,
hoy es la gran fecha, la de inauguración del nuevo presidente “electo”, como
dicen. Usted conoce tan bien como yo lo que es esta repugnante comedia que

80
Tiene que ser la primera edición, 1698, ya que la segunda (Biblioteca Histórica de la Iberia,
VII-VIII,1870) no puede haber costado ese precio en aquella feliz época de libros baratos.
81
Antonio Vázquez Gastelu, Arte, confesionario y catecismo de la lengua mexicana. Había tres edicio-
nes: Puebla, 1689, 1693 y 1756. No puede tratarse de la última (1885), ya que es posterior a esta
carta.
82
La primera parte de las Noticias historiales se había impreso en Cuenca en 1627. Las otras dos
partes no se publicaron hasta 1892 en Bogotá. La última se perdió. La edición de Kingsborough se
menciona en la contestación de JGI a esta carta.
83
Ternaux-Compans publicó una mala traducción de la Historia de Tlaxcala de Muñoz Camargo.
En la propia Tlaxcala y en forma anónima se imprimió en 1879 esta crónica con el título de Fragmen-
tos de historia mexicana pertenecientes en gran parte a la provincia de Tlaxcala. Esta edición es rarísima.
Hasta 1892 no salió la primera edición, correcta, aunque incompleta, hecha por Chavero.
84
Véase la carta de JGI del 24 de marzo.
370 APÉNDICE I

ahora concluye poniendo de manifiesto los fraudes cometidos por ambas partes.
Menos mal que ya terminó, y sin traer grandes catástrofes. El pueblo americano
está tan cansado de estos forcejeos electorales que se alegra de todo. La gente
quiere volver a los negocios y colmar las lagunas que estos últimos años han
hecho en las fortunas. Habrá mucho por hacer, dado que casi todo ha perdido un
25%, por lo menos. Felizmente ya se está casi a nivel, de modo que se puede
considerar que la caída llegó a su punto inferior máximo.
Adiós, mi querido señor, y muchas gracias por sus bondades continuas y repe-
tidas. Mis mejores deseos para usted, los suyos y su hermoso país, cierran estas
líneas.
Siempre suyo,
Ad. F. Bandelier

¿Qué es del señor Melgar y Serrano, de Veracruz?

Borrador de contestación

24 de marzo de 1877

Después de haber carecido de noticias suyas durante mucho tiempo, recibo en


este momento su carta del 2 del corriente, que me veo obligado a contestar en for-
ma telegráfica porque el correo sale esta misma noche. Perdóneme, pues, que
pase por encima del contenido de su carta, dejando para la próxima el placer
de charlar con usted con mayor detenimiento.
Lamento la pérdida de las láminas del Durán. Es una pérdida irreparable
porque, a pesar de los esfuerzos que pienso hacer para conseguir otro ejemplar,
no creo que lo logre.
Tengo aquí un Sahagún para usted, y me las arreglaré para conseguir un
Veytia y Gama. Se ha hecho una nueva edición de Vetancourt que se puede con-
seguir fácilmente y que incluiré en mi próximo envío, junto con algo más que
encuentre. Ya no voy a utilizar más el correo; voy a colocar sus libros en un cajón
que mandaré al señor Bruce, quien los guardará a su disposición.
El Zorita que espera que le llegue de París debe de ser la traducción de Ternaux.
Tengo una copia manuscrita por mí, tomada del original español. Este libro le
será muy útil para su trabajo sobre la propiedad entre los indios.
Leeré con todo cuidado su obra sobre la guerra. De los dos ejemplares que
tuvo a bien ofrecerme, me quedaré con uno, y pienso regalarle el otro, en su
nombre, al señor Orozco y Berra, que es quien mejor puede juzgarlo y estimarlo.
En el sumario que me comunica he creído advertir una laguna: me parece que
usted no habla de las ambulancias de los mexicanos.
He hallado lo siguiente en un manuscrito todavía inédito de fray Toribio de
Motolinia: “Tenían gente suelta para tomar luego los heridos y llevarlos a cues-
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 371

tas, y estaban aparejados los cirujanos con sus medicinas los cuales con más bre-
vedad sanaban a los heridos que no nuestros cirujanos, porque no saben alargar la
cura porque les paguen más de lo que merecen, como acontece entre nuestros
naturales [los españoles].”85
Me agrada mucho saber que encontró algo útil en las obras que ha publicado.
Ha sido precisamente para ser de utilidad para los demás por lo que he carga-
do con los gastos y el trabajo de estas publicaciones, bien olvidadas aquí como
debo confesar. Pese a todo acabo de terminar otra86 que, aunque no le interesará
lo más mínimo, le enviaré en testimonio de amistad. Ya estoy metido en la prepa-
ración de otro libro. Quién se mete en estas labores no encuentra nunca el mo-
mento de parar.
Prescott ha perdido entre nosotros una gran parte de su antigua popularidad.
En lo que a Herrera se refiere, estoy de acuerdo con usted. Tengo la gramática de
Olmos de 1875: no está traducida al francés sino publicada en su texto original.
Es una hermosa obra, bien impresa, que le ayudará.
La continuación de las Noticias historiales de Pedro Simón ha sido impresa en el
octavo volumen de la gran obra de Kingsborough, aun cuando no sé si se trata de
la misma que ha sido descubierta en la biblioteca del señor Lennox, con quien
estoy en los mejores términos. Al señor Melgar, de Veracruz, no le conozco más
que de nombre.
Se ha anunciado la publicación de un trabajo del señor Chavero sobre el pa-
dre Sahagún.87 Se lo enviaré. La tempestad de la guerra civil ya pasó, con su
secuela de ruinas, y ya se empieza a formar otra en el horizonte. Esto es intermi-
nable. No me gusta hablar de política: si no fuera por ello y si tuviese algún
tiempo disponible, le contaría cosas increíbles.
Hemos tenido un invierno muy desagradable y el tiempo no es aún bueno.
Durante el mes de enero me fui a pasar una semana a Veracruz, para descansar
un poco. Cuando visitaba el “City of México” que salía para la Nueva Orleáns,
sentí un gran deseo de ir a estrechar su mano. Tenía las horas contadas y tuve
que regresar a mi agujero.
El tiempo apremia y debo terminar. Reciba usted todo mi agradecimiento y
mis mejores votos de prosperidad para usted y todos los suyos.
Con todo afecto,
J.G.I.

85
Los Memoriales de fray Toribio de Motolinia no se publicaron sino hasta 1903. Esta cita es de la
p. 298.
86
Se trata de Coloquios espirituales y sacramentales de Fernán González de Eslava, México, 1877.
87
Sahagún. Estudio, por Alfredo Chavero, México, 1877, edición de 100 ejemplares.
372 APÉNDICE I

CARTA 9

Highland, Illinois, 21 de marzo de 1877

Muy señor mío:


¡Le costará trabajo creer que las láminas del Durán me han llegado! No sé que
camino tomaron, pero le envío un trozo del sobre que quizás le explique la ruta.
Hay un matasellos de Liverpool con fecha del 2 de éste. Mil gracias.
Ya hace dos meses que el museo Peabody recibió mi trabajo, y yo sigo sin
recibir las pruebas.88 Esto empieza a fastidiarme, porque para 74 páginas que
tenía el manuscrito es demasiado tiempo. En la espera, Tezozomoc llegó al capí-
tulo 82. Tengo la traducción del señor Ternaux-Compans: es un modelo de ele-
gancia. Nunca alcanzaré, por desgracia, tales alturas, un acabado tan pulido.
Perdone la prisa. Suyo,
Ad. F. Bandelier

CARTA 10

Highland, Illinois, 7 de julio de 1877

Muy señor mío y amigo:


“Sorprendido y avergonzado” me dispongo a hacer lo que deseaba desde hace
mucho: escribirle. Pero antes de condenarme sin perdón ni remisión, me permi-
to anteponer las palabras de vuestro célebre indígena, el desaparecido señor
Netzahualcoyotl-Tezcuco: “Oíd con atención las lamentaciones, etc.” Así pues,
caro señor, escuchad el relato de lo que me ha ocurrido desde hace seis meses,
porque hace seis meses que no tengo noticias de usted: las láminas de Durán son
el último testimonio que de usted me ha llegado.89
A principios de abril pasado se esbozó un proyecto que me tuvo alerta durante
mucho tiempo.90 Se trataba nada menos que de emigrar a México. En el otoño
que acaba de pasar se me había ofrecido la secretaría de la embajada, en caso de
que las elecciones fueran favorables. Ya sabe que durante mucho tiempo las elec-
ciones presidenciales anduvieron indecisas, tiempo durante el cual preparé mis
negocios aquí, de manera tal que pudiese dar una contestación. Antes de aceptar
o de rechazar el ofrecimiento, tenía la intención de escribirle para solicitar su opi-

88
En la misma fecha le escribe a Morgan: “Sin noticias de Cambridge. Sentiría mucho que hubie-
sen ‘reconsiderado’ el asunto abandonándolo sin avisarme previamente.”
89
Probablemente Bandelier no recibió la carta de 24 de marzo de JGI, pues de haber llegado
tendría que haber sido posteriormente a las láminas de Durán ya mencionadas en la carta anterior
de Bandelier.
90
No tengo ningún dato sobre este proyecto.
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 373

nión, con el fin de poder orientarme en lo que se refería a las condiciones de vida
que allí imperan, y los preparativos que habría que efectuar. La elección del se-
ñor Hayes dio al traste con todos estos proyectos por el momento, pero en el
transcurso de abril una circunstancia fortuita me obligó a hacer preparativos
para salir inmediatamente y pasar algunos meses entre ustedes. Mis negocios par-
ticulares dieron un giro inesperado, sentí que me quitaban un gran peso de enci-
ma, e incluso mi mujer insistía en que saliese de inmediato con objeto de recupe-
rarme un poco. Previendo que habría de verlo en el plazo de unas semanas, me
pareció inútil mandarle al señor Bruce lo que pensaba entregarle en propia mano,
por lo que no cumplí la promesa que había hecho de entregarle $50.00 por
medio de esa casa.91 Los preparativos para la salida han sido mucho más largos
de lo que suponía, y aún no estoy listo. La guerra europea ha traído a una de mis
tres industrias (la fundición) un cambio súbito que me ha obligado a permanecer
aquí, y si las cosas salen como preveo, me retendrán hasta el 1 de octubre. Estos
bellos proyectos tardan en efectuarse, pero de todos modos tengo la esperanza
de que el día del cumplimiento no anda lejos.
Lo que, sin embargo, podría producir un cambio radical en todos estos planes
y proyectos es una nueva proposición que se me ha hecho recientemente. Se trata
de la secretaría de la embajada en Roma (Italia). Uno de mis amigos se postula
sotto voce como candidato, y me ha pedido que le acompañe como secretario.
Ahora estoy indeciso; no sé qué contestar a mi amigo. Todo esto va a durar
bastante y aún podría permanecer indeciso92 hasta el otoño. Le comunico todos
estos detalles confidenciales para exponerle de manera clara cuál es mi posición,
indeterminada por el momento, pero que parece augurar un cambio de frente
total, con perspectivas diametralmente opuestas a las que me querían endosar.
(Este último párrafo se refiere a mi carrera en los negocios.)
En espera de que la situación se concretara, escribí inmediatamente a los se-
ñores Bruce, solicitando que me enviasen primero los libros. Les he propuesto
dos medios. O bien me envían una factura que yo liquidaría antes de la expedi-
ción de los libros, o bien me envían éstos haciendo que todo se pague aquí a la
compañía de express; manera sencilla y que aquí se utiliza mucho. Dada la incer-
tidumbre en la que me hallo en lo que se refiere a mis proyectos y a la posibili-
dad, si no probabilidad, de que se realicen, he pospuesto todo lo demás. Si todo
esto fallase, volvería a abusar de su amabilidad, por correspondencia; si todo sale
bien, permítame entonces, muy señor mío, que un buen día me presente en su
casa como un humilde viajero. Aún temo que no sea verdad tanta belleza.
Ya que estoy en las confidencias, hay algo que me oprime el pecho y que me es
necesario decirle. Temo que haya serias complicaciones entre México y nosotros.
Será, naturalmente, Texas quien las traiga, es más, quien las provoque. Temo

91
Véase la carta 8, nota 1.
92
Véase Pioneers, II: 54. Es curioso que Bandelier parezca dudar cuando en la carta del 5-6 de
julio ya le había dicho a Morgan que no podía aceptar.
374 APÉNDICE I

también que por vuestra parte no se esté suficientemente apercibido para evitar
el dar pie a los pretextos que se buscan ávidamente por la nuestra. Hay una gran
cantidad de gente sin oficio ni beneficio que recorre el país mendigando so capa
de pedir trabajo. Una emigración incalificable ha sido encaminada hacia Texas
por los ferrocarriles. Esta gente está descontenta y es desgraciada, muchos regre-
san, otros se quedan porque no cuentan con los medios que les permitan volver.
Se ha formado así en las cercanías de vuestras fronteras una población amena-
zante, dispuesta a la violencia, enérgica, y para la cual vuestro país es una presa
tentadora. Se les contendrá mientras que no haya una causa aparente para lega-
lizar el empleo de la fuerza por y para ellos. Desde luego, he dicho legalizar y no
justificar. La guerra ruso-turca, aunque no ofrezca la menor analogía de hecho,
puede servir de ejemplo. Pero quizás ya he dicho más de la cuenta, y queme
usted esto si lo cree conveniente, porque no creo que sea necesario que le diga
que no quiero que se divulgue.
Quizá todo esto tiene alguna relación directa con lo siguiente. Una persona
de la que debo hablarle aquí ha aparecido por las cercanías y por San Luis, don-
de tiene una oficina para la venta de armas de fuego (arms and ammunitions). Se
trata de un belga llamado W.J. De Gress93 y dice estar en relación, o que es socio,
de la casa Wrexel & De Gress de México (ciudad). Pretende haber vivido allí
mucho tiempo, y estoy seguro de que ha estado en Chile (donde vendió armas al
gobierno) y en Lima. Habla el español con soltura; el francés lo habla mal; muy
bien el alemán y el inglés, lo mismo que el italiano. Todo el mundo desconfía de
él, y se le considera un ser misterioso y por lo tanto sospechoso. Por lo demás,
sabe mucho sobre muchas personas conocidas mías, a veces detalles íntimos, lo
cual hace que los interesados no estén muy contentos con él. Esto no lo sé direc-
tamente a través del personaje en cuestión, sino por amigos íntimos que se han
visto afectados y que uno por uno me ha dicho lo que Gress sabía sobre tal o cual
otro. Lo he visto dos veces, hemos hablado en español, se ha mostrado educado,
amable sin necesidad de insistir ni esforzarse. Posteriormente fue lo bastante
amable para mandarme una obra cara sobre Lima, que me interesó mucho. Vién-
donos hablar en un idioma que no entendían los que se nos acercaban, se consi-
deró que era un deber advertirme que se trataba de un individuo peligroso, un
caballero de industria, sin asentar estas advertencias en más pruebas que en el
hecho de que cuando se le dirigían las preguntas sacramentales del país: ¿quién
es usted? ¿de dónde viene? ¿a dónde va? ¿a qué negocios se dedica? ¿cuál es su
fortuna? ¿cuándo espera usted morirse? etc., no estimó necesario informar ca-
balmente a sus interlocutores. Esto está muy mal visto, porque se sobrentiende
que una persona está obligada a contestar a los curiosos que no tienen nada que
hacer. Pese a todo creo que le veré con mayor frecuencia: quiero saber, si es
posible, algo más acerca de él, algo positivo, y como me dio una dirección en
México en la que podrían informar sobre quién es, he creído conveniente comu-

93
Hace algunos años había en México una casa comercial llamada Moller y De Gress.
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 375

nicárselo a usted. ¿Sería posible obtener informes en la casa Wrexel y De Gress


sobre si esta persona es deseable o no? Perdone la idea.
Padecemos de un calor asfixiante. Mientras le escribo (a las 10 de la noche),
goteo como una ducha. A una temporada de lluvias, acompañadas de tormentas
formidables y de fuertes vientos que han arrasado más de una localidad, ha suce-
dido una calma chicha y un cielo de bronce. ¡Tenemos un clima de lo más des-
agradable! Ésta es una de las razones que me llevan a pensar en la expatriación
definitiva, teniendo en cuenta de manera especial la salud de mi mujer. Expuesta
a congestiones cardiacas, me hallo todos los veranos frente al peligro de perder-
la. Lo que necesita es un clima templado y de pequeñas variaciones anuales.

A 8 de julio. Le escribo a la una de la mañana, y a la cabecera de un enfermo. Mi


suegra padece una afección del corazón. Con el calor que hace, es una enferme-
dad de lo más molesta: no se soporta ver las angustias que se originan en las
dificultades que tiene para respirar, y sin embargo no podemos hacer nada para
aliviarlas. Esta desagradable enfermedad parece hereditaria en la familia de mi
mujer desde que emigramos a este país, y es la que me lleva a desear un cambio
de clima.
Ante nosotros se extienden magníficas cosechas de trigo, de avena y de heno;
nunca había estado nuestra región tan hermosa como en estos tres últimos me-
ses. Estaba resplandeciente de fertilidad. Creo que encontraremos empleo para
todo lo que se ha podido producir, dado el cariz que toma la guerra europea.
Ayer noche, un telegrama de Londres anunció la muerte de Pío IX, y si la noticia
resulta ser verdadera, ¡la de complicaciones que de ella van a surgir! La elección
de su sucesor, y casi al mismo tiempo las elecciones en Francia; la actitud de Ale-
mania, que siempre se encuentra lista; tengo un convencimiento íntimo de que
una conflagración general es inevitable. De Suiza nos escriben que los preparati-
vos militares se efectúan por todas partes a la chita callando, pero en proporcio-
nes inusitadas. Nuestro pequeño país, con sus dos millones y medio de habitan-
tes, se ve obligado a mantener 200 mil hombres listos para marchar en cualquier
momento a defender lo que se ha dado en llamar su “neutralidad”. Esta sedicente
neutralidad será rápidamente violada, tan pronto como quiera una de las dos
grandes potencias, y nuestros 200 mil hombres no impedirán el paso de nadie
con sus “cruces federales”. ¡Qué porquerías, qué enjuagues van a salir de aquí, y
lo mucho que puede uno alegrarse de estar en América! Mientras tanto los pre-
cios suben, y los negocios vuelven a ponerse en marcha. Las propiedades han
subido un 10% en los tres últimos meses. Mas basta de esta charla huera que no
nos interesa, pero que la hora a la que le escribo (las 3 de la mañana) quizás
pueda justificar. Pasemos a los asuntos científicos.
Primero: “Sobre el arte de la guerra” ha sido por fin impreso, aunque la impre-
sión haya tardado cinco meses completos. No hace ni tres días que la última
prueba corregida salió de entre mis manos. Naturalmente esto no quiere decir
que la obra haya aparecido ya; pienso por el contrario que pasarán aún cinco
376 APÉNDICE I

meses antes de que se encuadernen los volúmenes. Me quejé y me contestaron


que me callase, que era necesario que la cosa anduviera con la mayor lentitud.
Agaché la cabeza humildemente, reconociendo mi insignificancia al mismo tiempo
que me decía: no me volverá a ocurrir. Y sin embargo es una vergüenza. El pan-
fleto no debe tener más de 68 páginas, de las cuales las dos terceras partes son
notas. Formará parte del informe anual del museo Peabody, informe que apare-
cerá, creo, dentro de cinco o seis años, si se dan prisa.
Como le indiqué con anterioridad, mi trabajo ha gustado bastante, pero para
mí esto no significa gran cosa. Las opiniones de México serán las que decidan; la
vuestra antes que la de cualquiera. Leyendo posteriormente mi escrito, me sor-
prendí por el resultado a que llegué, y la posición diametralmente opuesta a la
ocupada por Prescott y el señor de Humboldt. Este último no tenía a su disposi-
ción las fuentes más importantes cuando escribió Vistas de las cordilleras. Prescott,
por el contrario, un brillante escritor, uno de los más nobles, de los más amables
–hombre de sentimiento antes que nada–, Prescott copió demasiado, sin criticar
lo suficiente. Por lo demás, creo que si Prescott hubiera podido ver todo lo que se
halló obligado a sólo oír, sería el verdadero fundador de la historia antigua de
México y Perú. Siendo lo que es, comunicó un poderoso impulso, pero su trabajo
es un magnífico cuadro que representa un tema histórico, pudiera decirse alegó-
ricamente. (Es Napoleón I ataviado a la romana, en lugar del capote gris y el
campamento tradicional.) Evidentemente, estuve obligado a tratarlo con defe-
rencia. Sigue siendo el nec plus ultra de la historia americana, pero su prestigio de
historiador se desvanece a la par que aumenta su fama de literato. Ocurre con él
lo mismo que con Solís en la literatura española. Lo que más me llamó la aten-
ción en Prescott es su relato de la campaña de Cortés contra Tlaxcala. Como
cuadro es magnífico, pero me he visto obligado a someterlo a una fuerte crítica,
porque ha desvirtuado los hechos a todas luces. Revisando los informes de los
tres testigos oculares de la demasiado célebre Indian campaign: Cortés, Tapia y el
famoso Bernal Díaz (he adoptado la ortografía con la que usted escribe este
nombre), las grandes batallas de Prescott desaparecen una detrás de otra. Usted
podrá apreciar, por lo demás, por medio de las notas, el sistema crítico que me vi
obligado a adoptar. (Por culpa de la transpiración, tengo que separar las hojas y
no puedo escribir más que de un lado. Son las 11 de la mañana, he dormido
poco o nada y el calor es espantoso. Nuestra enferma pudo finalmente dormir
algo hacia las siete.)
Un poeta, o una poetisa (no tengo el honor de conocer su sexo), deseó ardien-
temente leer mi “Arte de la guerra”. Por recomendación del doctor Morgan le
mandé las pruebas, habiendo recibido por su parte y de antemano una encanta-
dora colección de poemas. Éstos no encuentran lugar en mi casa, porque no
tengo la menor inclinación por la poesía en verso, mientras que me desvivo por
la prosa poética. Parece ser que esta musa se dedica a idealizar a los pieles rojas,
a los desaparecidos señores Uncas, “Red-Jacket”, “Role in the Day”, “Spotted
Tail”, “Captain Jack” y compañía. Ahora “él” (o ella) (mi mujer pretende que es
BANDELIER/GARCÍA ICAZBALCETA - CORRESPONDENCIA 377

él, yo creo que es ella) busca la manera de inspirarse en los mexicanos, por lo que
Morgan le sugirió que se dirigiese a mí. Me gustaría que se inspirase todo lo
posible, pero “El arte de la guerra” es tan seco como una papa vieja, y no logro
explicarme lo que este ser misterioso pueda encontrar en él. En fin, la condición
es que me lo devuelva, y entonces se lo enviaré sin más dilación, acompañado de
la súplica de que lo lea y, si lo estima conveniente, que lo pase para que se lea en
petit comité, y que acto seguido se me someta a una crítica lo más severa posible y
que se me comunique el resultado.
Para mí es algo muy importante. Podrá usted ver que he adoptado una actitud
clara. Si por error o por falta de conocimientos en lo que a las lenguas se refiere
he equivocado el camino, aún estoy a tiempo de enmendarme. Pero en la segun-
da monografía acerca de “La tenencia de la tierra” es menester que, o reconozca
“locuras juveniles” precedentes, o que queme mis naves. Hasta ahora me inclino
en favor de la quema de los barcos, pero no quiero hacerlo hasta saber lo que se
piensa en México. Por lo demás, me importa poco lo que digan los escritores
“populares” de los demás países. Sea usted, pues, tan amable de darme su opi-
nión cuando le convenga, y hágalo sin tener en cuenta los otros proyectos que le he
expuesto. Si estos proyectos llegasen a efectuarse, no se trataría más que de una
carta que encontraría al volver a casa, después de haber oído expresado el conte-
nido de viva voz, y más aún, si no se efectúan podré lanzarme a trabajar con
mayor confianza y tranquilidad. No es necesario que le diga que tan pronto
como tenga un ejemplar (o dos, o tres) completo se lo enviaré acto seguido. La
aprobación o el rechazo de mis amigos de México es para mí el punto decisivo.
En espera de que el célebre poeta “X” me devuelva las pruebas, le mando una
crítica de la obra del señor Squier sobre Perú,94 que tuve que escribir a las quieras
que no. (Cuando tenga las pruebas de “El arte de la guerra”, le agradecería que
me comunicase los errores tipográficos que no están corregidos. Las primeras
pruebas iban plagadas de faltas.)
Esta crítica o, mejor dicho, recensión, le dará una idea completa de mis pun-
tos de partida. Al mismo tiempo enviaré a su dirección dos volúmenes encuader-
nados. Uno es El Perú del señor Squier (o sea la obra que es objeto de la crítica
antes mencionada), el otro es Ancient society del señor Morgan, mi excelente ami-
go. Dentro de poco le enviaré también la critica de este último libro, también
mía, que estoy haciendo para el mismo periódico.95 Como estos dos libros están

94
Véase Pioneers, II: 47-50.
95
Ancient society apareció alrededor del primero de mayo de 1877. La reseña de Bandelier, dice
Leslie White, “aunque muy larga, apareciendo en dos números de The Nation (9 y 16 de agosto de
1877), está casi exclusivamente dedicada a un solo tema, la gens, y aun aquí Bandelier se dedica
solamente a América, especialmente a México. No sólo no entendió el tremendo significado de los
comentarios de Morgan sobre la organización social y la evolución cultural en relación con la cultura
tecnológica (formas de subsistencia) sino que hasta habló despreciativamente de ello. Esto, sin em-
bargo, no es de sorprender ya que el mismo Morgan no entendió plenamente el significado de su
propio descubrimiento. Ancient society era un trabajo demasiado grande, demasiado amplio y dema-
378 APÉNDICE I

encuadernados, se los entregaré a los señores Bruce para que ellos se los remitan
a usted. Pasarán aún algunas semanas antes de que pueda entregárselas a quien
corresponde.

(Intermezzo. Son las 8 de la noche y se me anuncia que voy a pasar una noche más
de guardia. Por lo mismo, podré estar con usted a ratos hasta mañana por la ma-
ñana.) Por último, le mando algunos artículos de periódico que escribí en ale-
mán, sobre el problema de “El Dorado”. El señor Epstein,96 que reside en vuestra
ciudad, podría leerlos, si usted así lo cree conveniente. En caso contrario, es
decir, si no le interesan, es un papel que arde bastante bien y que da muy buenos
fidibus (no sé si este términ