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La ciudad en el cuento de Hesse

Este cuento de Hermann Hesse describe el crecimiento y declive de una ciudad a lo largo de los siglos. Comienza como un pequeño asentamiento que rápidamente se convierte en una próspera ciudad industrial con escuelas, iglesias y comercios. Sin embargo, luego sufre una revolución violenta, y aunque se recupera, nunca alcanza su antigua gloria. Con el tiempo, la ciudad se empobrece a medida que surgen nuevas potencias en otros continentes. Aunque florece culturalmente, la población disminuye hasta que la ciudad

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La ciudad en el cuento de Hesse

Este cuento de Hermann Hesse describe el crecimiento y declive de una ciudad a lo largo de los siglos. Comienza como un pequeño asentamiento que rápidamente se convierte en una próspera ciudad industrial con escuelas, iglesias y comercios. Sin embargo, luego sufre una revolución violenta, y aunque se recupera, nunca alcanza su antigua gloria. Con el tiempo, la ciudad se empobrece a medida que surgen nuevas potencias en otros continentes. Aunque florece culturalmente, la población disminuye hasta que la ciudad

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CIUDADES, 3 (1996)

LA CIUDAD (1.910)

HERMANN HESSE

(Relato extraído de "Cuentos 3", Hermann Hesse,


Alianza Editorial, 3a Edición, Madrid 1984)

Proponemos como Introducción del NQ 3 de "CIUDADES", dedicado al tema "Pensamiento y


Ciudad", rescatar este texto de Hermann Hesse, un cuento que un estudiante incluyó en un
trabajo sobre la ciudad actual. Un cuento que habla -con ironía- del crecimiento de las ciudades
a la luz de "las fuerzas del progreso", ciudades que construimos con entusiasmo, inconscientes
de que en el recorrido ignoramos nuestros propios temores. La ciudad crece y brilla, pero corre
también el riesgo de empobrecerse, de ver estallar sus frágiles órdenes. La ciudad en un cuento,
un simple cuento, que, quizás, ilumine alguna cosa.

-¡Esto adelanta!- exclamó un ingeniero cuando, por los raíles colocados el día
anterior, llegaba el segundo tren, repleto de hombres, carbón, material y víveres. La
campiña ardía silenciosa bajo la luz dorada del sol. La alta montaña, cubierta de
bosques, se perdía en un horizonte azul-gris. Perros salvajes y búfalos sorprendídos
presenciaban el trabajo que se había iniciado y el estrépito que llenaba lo que había
sido desierta soledad, y cómo brotaban del verde manchas de carbón, de ceniza, de
papeles, de metal. Atravesaba el país asustado el chirrido del primer cepillo de
carpintero, sonaba el primer disparo, comenzó a retumbar el primer yunque bajo los
rápidos golpes del martillo. Se levantó una casa de planchas de metal, al día siguiente
una de madera y, luego, otra y otra, hasta que se edificó una de piedra. Se alejaron
los perros salvajes y los búfalos. La región se hizo pacífica y fructífera. A la
primavera siguiente, podían verse verdes campos de fruta, viviendas, cuadras,
cobertizos. El desierto estaba ya cruzado por calles.
Se terminó e inauguró la estación, así como la alcaldía y el banco. A su
alrededor, nacieron otras ciudades hermanas, apenas unos meses más jóvenes.
Vinieron obreros de todo el mundo, campesinos y hombres de la ciudad,
comerciantes y letrados, sacerdotes y maestros. Se establecieron una escuela, tres
comunidades religiosas y dos periódicos. En el Oeste, fueron encontrados
yacimientos de petroleo. Prosperaba la recién nacida ciudad. A los pocos años,
albergaba ya rateros, ladrones, rufianes. Había grandes almacenes, una liga contra el

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HERMAN HEssE

uso de bebidas alcohólicas, una cervecería bávara, un modisto de París ...La


competencia de las ciudades vecinas aceleraba su crecimiento. Ya no faltaba ni el
discurso electoral, ni la huelga, ni el cinematógrafo, ni las reuniones espiritistas.
Podía adquirirse vino francés, pescado noruego, salchichón italiano, tejido inglés y
caviar ruso. Cantantes, bailarines y músicos de segundo orden prolongaban sus
tournées hasta la ciudad.
Poco a poco, llegó también la cultura. Era ya la ciudad de muchos. Había una
manera de saludar, una manera de inclinar la cabeza al encontrarse con alguien, que
se diferenciaba en la matización y en el sentimiento de las maneras de las otras
ciudades. Muchos de los que habían tomado parte en su fundación, gozaban de
respeto y simpatía y comenzaba a formarse una pequeña nobleza. Surgía una joven
generación, para la que la ciudad, su ciudad, era casi eterna. Los tiempos en que
había sonado el primer martillazo, en que se cometió el primer crimen, en que se
celebró la primera misa, en que se imprimió el primer periódico, se habían perdido
en el pasado, eran ya historia.
La ciudad dominaba a sus vecinas y era la capital de una extensa región. En las
anchas y alegres calles, donde antaño sólo había habido chozas de madera o planchas
de hierro, en medio de charcos y montones de ceniza, se levantaban ahora severos y
dignos edificios del Estado, bancos, teatros e iglesias. Arrastrando los pies,
marchaban los estudiantes a la Universidad o a la Biblioteca. Pasaban
silenciosamente las ambulancias en dirección a los Hospitales. Alguien divisó el
coche de un diputado y saludó. Anualmente, en veinte enormes escuelas de piedra y
hierro, con himnos y disertaciones, fue celebrado el día de la fundación de la ciudad.
El antiguo desierto era una sucesión de campos, fábricas y pueblos, cortado por
veinte líneas de ferrocarril. La montaña se había acercado y abierto al corazón de los
barrancos por un ferrocarril de montaña. Allá, o más lejos, a la orilla del mar,
construían sus casas de verano las familias de posición.
Un terremoto echó abajo la ciudad unos cien años después de su fundación. Pero
se levantó de nuevo y se hizo de piedra lo que aún era de madera, grande lo pequeño
y ancho lo estrecho. La estación era la mayor del país, la Bolsa la más importante del
continente. Arquitectos y artistas de la ciudad la rejuvenecían con nuevos edificios
públicos, parques, fuentes, monumentos. En estos años, la ciudad se hizo famosa, se
dijo de ella que era la mejor y la peor, que era una atracción. Políticos y arquitectos,
técnicos y alcaldes de otras ciudades venían a estudiar los edificios, la canalización,
la administración y las instalaciones de la ciudad. Comenzó la construcción de la
nueva Casa Consistorial, uno de los edificios más bellos y considerables del mundo.
Como la naciente riqueza y el orgullo municipal coincidieron con un resurgimiento
del buen gusto general, en especial de la escultura y la arquitectura, la ciudad, que
crecía velozmente, fue pronto un maravilloso y osado prodigio. A su parte central,
cuyos edificios habían sido construidos sin excepción en valiosa piedra de un color
gris pálido, rodeaba un ancho cinturón de bellísimos parques, a cuyo alrededor se
perdíaun número infinito de calles y casas que conducían a los arrabales y al campo.
Fue muy visitado y admirado su gran Museo, en cuyas cien salas, patios y
dependencias, podía estudiarse la historia de la ciudad desde su nacimiento hasta el
último momento de su desarrollo. En la primera y enorme sala del edificio, estaba

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representada la antigua campiña, con la más exacta y viva reproducción de su


vegetación y de aquellas primeras miserables moradas, callejas e instalaciones. Toda
la juventud de la ciudad contempló el desarrollo de la historia de ésta, de los
escabrosos caminos al brillo de las avenidas de la gran ciudad. Y, conducida y guiada
por la mano de sus maestros, conoció las leyes maravillosas del desarrollo y del
progreso, cómo de lo crudo y duro surge el máximo refmarniento: el animal, el
hombre; del salvaje, el hombre civilizado; de la necesidad, la abundancia; de la
naturaleza, la cultura.
En la centuria siguiente, alcanzó la ciudad su máximo grado de brillantez, que
se manifestó en una fabulosa abundancia que aumentaba día a día, hasta que una
sangrienta revolución de las clases bajas acabó con todo. La chusma incendió
muchas de las grandes refmerías de petróleo situadas a algunas millas de la ciudad,
y una gran parte de la región, la de las fábricas, granjas y pueblos, quedó arrasada o
abandonada. La ciudad propiamente dicha también sufrió matanzas y crueldades de
toda índole. Si, al cabo de unos años insípidos, resurgió nuevamente, ya no pudo
recuperar su anterior y despreocupada vida, su febril construir. Mientras tanto, había
empezado a florecer un lejano país, al otro lado del mar, en el que trigo, hierro, plata
y otros tesoros más, eran ofrecidos por la plenitud de un suelo joven, que aún
entregaba sus frutos con buena voluntad. El país atrajo toda la fuerza que se diluía en
el erial del viejo mundo. Allá florecían las ciudades de la tierra en una noche,
desaparecían los bosques, se domaban las cataratas.
La hermosa ciudad fue empobreciéndose. Ya no era corazón y cerebro de todo
lln mundo. Ya no eni Mercado y Bolsa de los otros países. Había que contentarse con
seguir viviendo y no ahogarse totalmente en el estrépito de los nuevos tiempos. Las
fuerzas ociosas que no marcharon al lejano nuevo mundo, no tenían ya nada que
edificar o construir, y muy poco con qué comercial. Había germinado en el viejo
suelo, es cierto, una intensa vida espiritual, surgían sabios y artistas, pintores y
poetas, en la cada vez más silenciosa ciudad. Los descendientes de aquellos que
antaño habían edificado las primeras casas, pasaban sonrientes sus días en reposada
y tardía florescencia de placeres y anhelos del espíritu. Pintaban la melancólica
gravedad de los viejos jardines musgosos con estatuas rotas y verdes aguas, y
cantaban en dulces versos de antaño los tiempos antiguos, el silencioso soñar de
gente fatigada de viejos palacios.
Fue esto motivo para que recorriera nuevamente el mundo entero el nombre y
la gloria de la ciudad. Aunque en otros países las guerras estremecieron a los pueblos
y los agobiaran penosos trabajos, la ciudad supo conservar la paz de su mudo retiro
y el recuerdo del esplendor de otros tiempos: calles quietas; aroma de flores
colgantes; fachadas de color de tiempo de inmensos edificios que soñaban en plazas
silenciosas; conchas de las fuentes cubiertas de musgo, acompañadas de la queda
música de las aguas.
Durante varios siglos, la vieja y soñadora ciudad fue, para el mundo, más joven,
un venerado y amado lugar que cantaban los poetas y visitaban los amantes. Pero era
en otros continentes donde la vida arraigaba con mayor fuerza. Y, en ·la ciudad,
murieron o desaparecieron los descendientes de las antiguas familias. Hasta aquel
último renacer espiritual empezaba a alejarse en el tiempo. Todo estaba podrido. Las

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HERMAN HEssE

ciudades vecinas, más pequeñas, habían desaparecido por completo hacía ya mucho
tiempo. Eran solamente unos montones de ruinas, que visitaban pintores y turistas
extranjeros o servían de refugio, a veces, a gitanos o criminales huidos.
Un terremoto que, por cierto, no afectó a la ciudad, cambió el curso del río y la
parte desierta del país se convirtió en pantano. Y de las montañas, en las que se
desmenuzaban los restos de antiquísimos puentes de piedra, y casas de campo, bajó
lentamente el bosque, el viejo bosque. Desapareció la ancha región desierta, se
confundió con el verde círculo y cubrió aquí un pantano con un verde susurrante, allá
un pedregal con un joven y tenaz bosque de pinos.
Por último, desaparecieron sus ciudadanos y sólo la habitó la chusma, gente
peligrosa e indeseable que se albergó en las ruinas de los derribados palacios, y cuyas
raquíticas cabras pastaban en los antiguos jardines y avenidas.
Hasta esta gente acabó por desaparecer, enferma y macilenta. Todo era
consumido por la fiebre y el abandono.
Sin embargo, los restos de la vieja Casa Consistorial, en un tiempo orgullo de la
ciudad, aún se mantenian en pie en los cantos de todas las lenguas; en las
innumerables leyendas de los pueblos vecinos, también olvidados y con una cultura
perdida; en cuentos infantiles y en melancólicas pastorelas que, tétricamente
repetían, desfigurados, nombres de la ciudad o de su brillante paraíso. Sabios de
lejanos países, de países vivos, venían en peligrosos viajes de investigación, y
estudiantes de otras latitudes discutían animadamente ante las ruinas. Supusieron la
existencia de piedras preciosas y de un milenario arte mágico de tiempos fabuloso&
que conservarían las salvajes tribus nómadas del país.
El bosques bajaba paulatinamente de las montañas a la llanura -lagos y ríos
nacían y se extinguían-, avanzaba y llegó a envolver a todo el país. Los restos de los
viejos muros, de las calles, de los palacios, de los templos, de los museos, eran
habitados por el zorro, la marta, el lobo y el oso.
Sobre lo que había sido un antiguo palacio, cuyos restos ya no verían la luz del
sol, había crecido un pino que, un año atrás tan solo, había avanzado a la vanguardia
del bosque invasor. Ahora veía ya perderse en la lejanía la espesura de los nuevos
árboles.
-¡Esto adelanta!- exclamó un pájaro carpintero que martillaba el tronco y
contemplaba, alegre, cómo se extendía el bosque y cómo la tierra era ya
maravillosamente verde.

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