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Poesias 7

La poesía de Baltasar Melchor Gaspar María de Jovellanos.

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t

poesías
I •

Gaspar Melchor de Jovellanos


de

EDICIÓN CRÍTICA, PRÓLOGO Y NOTAS


DE

JOSÉ CASO GONZÁLEZ

INSTITUTO DE ESTUDIOS ASTURIANOS


JOVELLANOS • POESÍAS
DE ESTA OBRA SE HAN'
IMPRESO DIEZ EJEMPLARES'-
EN PAPEL DE HILO, NUME-
RADOS DE í A 10

NÚM.
DIPUTACIÓN DE OVIEDO
INSTITUTO DE ESTUDIOS ASTURIANOS
DEL P A T R O N A T O J O S É M- a Q U A D R A D O ( C . S. I. C.)

GASPAR MELCHOR DE JOVELLANOS

POESÍAS
EDICIÓN CRÍTICA, P R Ó L O G O Y NOTAS

DE

JOSÉ CASO GONZÁLEZ


CATEDRÁTICO DE INSTITUTO

OVIEDO
1 9 6 1
Depósito Legal: 0 - 8 3 - 1 9 6 2

N.° de Registro: 0-25-62

GRÁFICAS SUMMA = Vía de Penetración, 7 - OVIEDO


ÍNDICE
Pásts.
_ i. _

1NTRODUCCION 5

I. La poesía de Jovellanos 7
Situación histórica de la poesía de Jovellanos 7
Jovellanos. lector de poesia 10
Ideas estéticas de Jovellanos 13
Jovellanos y el amor 19
La poesía amorosa de Jovellanos 23
Otros poemas líricos 27
Jovellanos y los poetas de Salamanca 34
El poeta satírico 37
La poesía didáctica y filosófica 46
La "Epístola a Inarco" 48
Otras Epístolas 51
La técnica del endecasílabo 54
II. Manuscritos y ediciones 61
l.°) Manuscritos: A) Manuscritos perdidos 62
B) Manuscritos conocidos 64
2.°) Ediciones 70
Genealogía de las fuentes anteriores. Algunos datos de cronología. 76
Nuestra edición 80
Siglas y abreviaturas más frecuentemente empleadas 83

CARTA DE JOVELLANOS A SU HERMANO FRANCISCO DE PAULA, DEDICÁNDOLE


SUS POESÍAS 87

POESÍAS ORIGINALES 97

1. Soneto primero. A Clori 99


2. Soneto segundo. A Clori 100

525
3. Soneto tercero. A Enarda 101
4. Idilio primero. Anfriso a Belisa 102
5. Elegía a la ausencia de Marina 106
6. Idilio segundo. Historia de Jovino. A Mireo 108
7. Oda primera. En la muerte de doña Engracia Olavide 113
8. Epístola primera. Carta de Jovino a sus amigos salmantinos, 117
9. Epístola segunda. Al Abad de Valchrétien 129
10. Idilio tercero. A Botilo 136
11. Idilio cuarto. A Galatea 137
12. Idilio quinto. Al cumpleaños de Galatea 138
13. Idilio sexto. A la misma 139
14. Idilio séptimo. A la misma 141
15. Idilio octavo. A Mireo 142
16. Oda segunda. Al nacimiento de don Antonio María de Cas-
tilla • 143
17. Epístola tercera. A sus amigos'de Sevilla 148
18. Cantilena a don Ramón de Posada y Soto 156
19. Epigramas 158
20. Soneto cuarto. A Enarda 161
21. Idilio noveno. A un solitario 163
22. Idilio décimo. Al Sol 164
23. Iilio undécimo. Jovino a Enarda 166
24. Idilio duodécimo. A Enarda 171
25. Idilio decimotercero. A las manos de Clori 172
26. Idilio decimocuarto. A Anfriso 173
27. Epístola cuarta. De Jovino a Anfriso desde el Paular 175
28. Kimno a la Luna en versos sáficos 188
29. Idilio decimoquinto. A los días de Alcmena 190
30. Soneto quinto. A Alcmena 191
31. Soneto sexto. A Enarda 192
32. Epístola quinta. A Batilo 194
33. Prólogo para la representación del "Pelayo" 200
34. Idilio decimosexto. A Meléndez 204
35. Romance primero. Nueva relación y curioso romance en que
se cuenta cómo Antioro venció por sí y ante sí a un ejército
de follones transpirenaicos. Primera parte 206
36. Romance segundo. Segunda parte de la historia y proezas
del valiente caballero Antioro de Arcadia 217
Págs.

37. Jácara en miniatura a don Vicente García de la Huerta 229


38. Sátira primera. A Arnesto 235
39. Sátira segunda. Sobre la mala educación de la nobleza 241
40. Romance tercero. Contra Forner 254
41. Sátira tercera. Contra los letrados 265
42. Carta de un quídam a un amigo suyo, en que le describe el
rosario de los cómicos de esta corte 273
43. Idilio decimoséptimo. A un supersticioso 276
44. Oda tercera. A don Carlos González Posada 278
45. Oda cuarta. Jovino a Pondo 281
46. Prólogo para la comedia "El regocijo" 284
47. Epístola sexta. Jovino a Pondo 287
48. Epístola séptima. De Inarco Celenio a Jovino y respuesta
de éste 295
Respuesta de Jovellanos a Moratín 298
49. Epístola octava. Jovino a Posidonio 302
50. Epístola novena. Jovino a Posidonio 313
51. Epístola décima. A Bermudc sobre los vanos deseos y los es-
tudios de los hombres 318
52. Canto guerrero para los asturianos 328

TRADUCCIONES • 333

53. La encina y la caña (Fábula de Lafontaine) 335


54. Los dos mulos (Fábula de Lafontaine) 338
55. Idilio d.e Montesquieu 339
56. El Paraíso perdido. Primer Canto 343

POESÍAS ATRIBTJÍDAS 379

57. Soneto a la mañana 381


58. Soneto a la noche 383
59. A la Luna 383
60. Al Amor ; 385
61. Epitalamio a don Felipe Ribero 386
62. Manifestación del estado de España bajo de la influencia
de Bonaparte en el gobierno de Godoy 387
63. Versos enmendados por Jovellanos 391
l'áüf.

64. Soneto a los criticastros de Huerta 392


65. Dando la razón por qué Huerta no contestó a las desver-
güenzas de sus críticos 393
66. Al Censor y su Corresponsal 394

FRAGMENTOS Y BORRADORES ;.... 395

I. Sátira cuarta 397


II. Romance burlesco 398
III. Romance amoroso 401
IV. Descripción del Tajo 404
V. Respuesta al "Mensaje de don Quijote por un amigo del Se-
tabiense" 406

APÉNDICES 407

Apéndice I. Poesías desconocidas de Jovellanos, de las que existe


algún testimonio 409
Apéndice II. Proceso de redacción del idilio "Mientras de Gala-
tea" y de la primera parte del Romance contra Huerta 412
Apéndice III. Crítica de las sátiras de Jovellanos en "El Censor". 4?3

NOTAS 435
A la Carta Dedicatoria 437
A. las Poesías originales 440
A las Traducciones 514
A las Poesías atribuidas : 520
A los Fragmentos y Borradores 521

ADICIONES Y ENMIENDAS 523

528
INTRODUCCIÓN
I

LA POESÍA DE JOVELLANOS

Sin duda el nombre de Jovellanos no tendría hoy el prestigio


q u e tiene, si sólo se conservasen sus obras poéticas. En los trata-
dos de educación, de economía o de política, y no en sus versos,
hay que buscar la razón de su fama. Pero si esto es cierto, tam-
bién lo es que entre los poetas de su tiempo, poco propicio para
la lírica, Jovellanos hace una figura muy decorosa, y que en al-
gunos momentos se pone a la cabeza de todos ellos. Sus sátiras, y sobre
todo la que trata de la mala educación de la nobleza, no tienen par
en el siglo XVIII; la Epístola del Paular, escrita en 1779, representa un
avance lírico tan extraordinario, que apenas hay otro poema con el cual
compararla; entre las poesías de la madurez hay alguna, como la primera
Epístola a Posidonio, que prueban cuánto de verdadero poeta llevaba
Jovellanos dentro, cuando dejaba que se desbordase en verso su alma
dolorida. Pero está además su poesía en prosa: en los Diarios, en el
Discurso sobre el estudio de las Ciencias naturales, en el Informe sobre
los espectáculos públicos, en las Memorias histórico-artísticas de arqui-
tectura, hay muchos fragmentos que sólo pudo escribirlos un hondo y
verdadero poeta,

SITUACIÓN HISTÓRICA DE LA POESÍA DE JOVELLANOS

Los poemas más antiguos de Jovellanos son de 1768. Entre 1779


y 1787 escribe los más conocidos y famosos. Entrado ya el siglo XIX
¿aún compone poesías de primer orden. En 1810, a un paso de la muerte,

*
todavía entona un himno patriótico y guerrero. Es decir, Jovellanos
escribe poesía desde su juventud hasta su muerte. No es ciertamente-
prolífieo. pero el trato con las musas lo cultiva con cierta asiduidad
durante más de cuarenta años.
En 1764. cuando Jovellanos tenía 20 años y empezaba proba-
blemente a escribir sus primeros versos, ya han muerto o pasan de los
60 años todos los poetas que representan durante la primera mitad del
siglo la lírica postbarroca. Han muerto también Jorge Pitillas y Luzán ;
los dos principales innovadores de la época. Sin embargo, el ambiente
poético sigue dentro de la tendencia barroca, ya totalmente degenerada.
El poeta que triunfa en Madrid es García de la Huerta (nacido
en 1734). en cuya obra apunta tímidamente un intento de orden y me-
sura, aunque sigue unido en espíritu a los grandes poetas del XVII. El
mismo año en que Jovellanos cumple la veintena empieza a publicar don
Nicolás Fernández de Moratín (tres años más joven que Huerta) su re-
vista El Poeta. Cadalso, que sólo tenía entonces 23 años, también goza-
de prestigio en el ambiente poético madrileño. Estos dos últimos, junto
con Ayala. Iriarte, Cerda, otros autores menos importantes, y los italia-
nos Signorelli y Conti, fundan la tertulia de la Fonda de San Sebastián,.
Son los momentos en que comienza la renovación de la poesía española,
lo que corrientemente se llama neoclasicismo, y que preferimos llamar
seudoclasicismo (1). La reacción contra los excesos de la poesía barroca
se caracteriza de forma muy especial por el estudio y la imitación de
Garcilaso. de fray Luis de León y de otros poetas de nuestro siglo XVI.
entre los españoles; de Petrarca, de Ariosto y de Tasso, entre los italia-
nos, y de Boileau entre los franceses. No por ello el influjo de nuestra
poesía del XVII cesa por completo. Los hermanos Argensola, Villegas
y el Góngora de los romances son muy estimados. Villegas dará lugar
al nacimiento de la poesía anacreóntica del siglo XVIII español, sobre
la cual influye también el italiano Chiabrera, autor muy leído y comen-
tado en la tertulia de la Fonda de San Sebastián. Frente a la poesía en-

(1) '"Englobar bajo el marbete de Neoclasicismo toda la serie de ac-


ritudes que. como contraposición al barroco seiscentista, surgen en Es-
p a ñ a después del primer tercio del siglo XVIII. y continuar aplicando la
"misma etiqueta a todo lo que precede al triunfo del Romanticismo en el
"siglo siguiente, es una indudable carencia de rigor y precisión en la ter-
minología," (JOAQUÍN AECE. Jovellanos y la sensibilidad prerromántica, en
BBMP, 1960. pág. 139). El término "seudoclasicismo" no es de nuestro agrado,.,
pero el de "galcclasicismo" nos parece más inexacto, porque ignora la influen-
cia clásica, italiana, muy importante en aquel periodo.

8
crespada y llena de pompa del barroco, se levanta ahora una poesía
sencilla, en la que no caben las metáforas más atrevidas, las paronoma-
sias, los retruécanos y otros juegos de ingenio. Trata de ser, sin em-
bargo, una poesía clásica a la manera española, y por eso se estudian
los poetas del XVI. El principio de imitación, entendido ciertamente de
forma muy diversa que lo entendieron los poetas barrocos, es un prin-
cipio fundamental de la nueva poesía, que también enlazará, y cada día
más decididamente, con los clásicos latinos y griegos.
De este foco de renovación lírica que fue la Fonda de San Se-
bastián, se extenderán después las nuevas tendencias a otros lugares es-
pañoles. Jovellanos confiesa con toda honradez la importancia que tuvo
en él el contacto con Cadalso, que en 1771 dará también vigor a la na-
ciente escuela salmantina. En la Historia de ]ovino (1775) reconocerá
nuestro poeta la importancia de Cadalso como impulsor de las rena-
cientes musas hispanas.
El grupo salmantino lo formaban principalmente Meléndez Val-
dés, precoz poeta que gozaba de merecida fama incluso fuera de Sala-
manca antes de cumplir los 20 años, y fray Diego González —22 años
más viejo que Batilo—. fervoroso lector e imitador de fray Luis de
León, y como éste, agustino. Iglesias, Forner y Fernández de Rojas co-
mienzan también allí su vida literaria. Pero sobre este grupo pronto
ejerce Jovellanos su magisterio, desde Sevilla. De este magisterio, tan
mal juzgado por los críticos, volveremos a tratar. Lo que ahora nos in-
teresa subrayar es que a él se debió la inclinación de Meléndez hacia la
nueva poesía europea, teñida ya en todas partes de elementos prerromán-
ticos, jovellanos era quizá el espíritu más ávido de novedades que en-
tonces había en España, y al mismo tiempo el más deseoso de juntar lo
nuevo con lo auténticamente español.
La poesía postbarroca había desaparecido ya casi por completo
cuando Jovellanos liega a Madrid en 1778. Son los años de su madurez
lírica. Si por su formación se inclinaba a lo didáctico, Jovino necesitaba
para ello violentar el espíritu lírico que había en él. En 1779 escribe
uno de sus mejores poemas amorosos, la primera versión de la Epístola
del Paular: pero al año siguiente la transforma por completo, huyendo
acaso de la exteriorización de sus sentimientos más íntimos. Sus con-
sejos empiezan a dar resultado en cuanto a Meléndez, del que se deri-
vará poco después lo mejor de nuestra poesía prerromántica; pero en
Madrid, y por los mismos años, también ejerce Jovellanos su magisterio

9
sobre poetas tan neoclásicos como don Leandro Fernández de Moratín.
En 1790, cuando abandona Madrid honrosamente desterrado a Asturias,
hay dos bandos poéticos (1), y ambos consideran a nuestro poeta como
consejero y maestro. La poesía caminará ya decididamente por la senda
de las novedades: prerromanticismo o neoclasicismo. En Sevilla había
renacido también el afán por imitar a otro grande del siglo XVI, He-
rrera; pero Jovellanos, si no está totalmente al margen ele este movi-
miento, es ciertamente ajeno a él.

JOVELLANOS, LECTOR DE POESÍA

Un catálogo completo de las lecturas hechas por Jovellanos nos


admiraría, por el número de libros, y por la diversidad de autores, gé-
neros y escuelas que debería incluir. Toda su vida fue Jovellanos un lec-
tor avidísimo. Era su vicio predominante, junto con el de defender en
todo momento la verdad y la justicia.
Nos interesa ahora subrayar algunas de sus reacciones como lec-
tor de poesía. Nos limitaremos únicamente a los poetas importantes.
Debemos comenzar por las Poéticas. En su juventud, en plena
eclosión del seudoclasicismo, cuando triunfaban las reglas, debió estu-
diar detenidamente muchos tratados teóricos. Esto escribe a Posada
en 1773:

"Usted podr[í]a hacer grandes cosas en poesía si se apli-


case particularmente a este ramo, estudiándola por princi-
pios en Aristóteles, Horacio, Scaligero, Cáscales, el Pinciano,
el Brócense, Marmontel, Boileau, Castelvetro, y otros maes-
tros, entre cuyas obras creo que no desconocerá usted las
hermosas Instituciones -poéticas del padre Juvencio, que an-
dan al fin de la Retórica del padre Colonia en algunas edi-
ciones, y son la cosa mejor que yo he leído'5 (2).

A Aristóteles tuvo que leerlo en traducción castellana, latina, ita-


liana o francesa. En 1798, cuando se edita la de José Goya y Muniáin,
el traductor la dedica a Jovellanos, entonces Ministro de Gracia y Jus-

(1) Puede aplicarse a 1790 lo que de 1806 dice Alcalá. Galiano en sus
Recuerdos de un anciano, Madrid 1890, págs. 63 ss. Claro está que en 1790
sao estaba todavía perfectamente clara la división que él advirtió años más
tarde.
(2) B. A. E„ II, pág. 167 a.

10
ticia. La Epístola a los Pisones de Horacio se la sabía de memoria. Entre
las Poéticas modernas, la de Boileau era también de su predilección. Es
curioso el elogio que hace del P. Juvencio, es decir, el jesuíta francés
José Jouvancy, cuyas Instituciones poéticas no pasan de ser un buen
compendio de la retórica jesuítica y de las más elementales reglas de la
preceptiva clásica. También merece subrayarse la ausencia de Luzán de
la lista anterior. Sin embargo, en las obras de Jovellanos aparece citado
varias veces, pero nunca con elogio. En 1790 pidió a Londres las
Letters on Rethoric de Blair (Londres. 1783), libro que le inte-
resó tanto, que al iniciar el Curso de Gramática General en el insti-
tuto, recién inaugurado éste en enero de 1794, escribe en los Diarios que
sus principales guías serán Blair y Condillac. El Curso de Humanidades,
que sólo en parte es obra de jovellanos, sigue para la Poética a Blair,
acaso a través de la traducción castellana de Munárriz. Jovellanos debió
aconsejarlo así. No encontramos ninguna referencia a la famosa obra
de Batteux; sin embargo, en el original o en la traducción de Arrieta, es
muy posible que Jovellanos la conociera. En 1790, cuando pidió a
Londres el Blair, encargó también la obra de Burke sobre lo sublime
y lo bello.
Jovellanos no sabía griego. Por esto los clásicos griegos tuvo que
leerlos en traducción. Algunos debieron encantarle, como Anacreonte y
Teócrito. Pero más influencia ejercieron sobre él los clásicos latinos.
A Virgilio y a Horacio, a Juvenal y a Tíbulo, a Catulo y a Persio. a Pro-
percio y a Ovidio, los cita bastantes veces. De alguno de ellos conocía mu-
chos versos de memoria. Desde muy joven había dedicado largo tiempo
a estudiarlos. A Virgilio y a Horacio los llama "los padres y primeros
modelos de la poesía latina". El principal modelo de sus sátiras fue
Juvenal.
Los poetas italianos le gustaban mucho, A Petrarca no le encon-
tramos citado nunca, pero en 1787 escribe a Jovellanos desde Avignon
Leandro Moratín, y al hablarle de Petrarca dice: "cuyos excelentes
versos sabe usted de memoria". Del Tasso había leído la Jerusalén,
pero acaso estimaba más el Aminta, obra que junto con El Pastor Fido
de Guarini recomienda a Meléndez como modelos para la composición
del drama pastoril Las bodas de Camacho, cuyo plan le había enviado él.
El Orlando de Ariosto era también obra que le encantaba.
Este gusto por la poesía épica que revelan las lecturas del Tasso
y del Ariosto está acreditado por otra larga serie de autores. El primero

11
de todos Homero, del que conocía la Ilíada en la traducción latina de'
Clarke, en la francesa de Bítaubé y en la inglesa de Pope. Esta última
la había leído en Bellver en 1805 y le había hecho entusiasmarse con
Homero. "dios de la poesía", y con el traductor. Su entusiasmo era tal
que lamentaba que no existiera ninguna traducción castellana de ella.
Conocía también la Odisea a través de la traducción de Gonzalo
Pérez. La Eneida era otro de los poemas leídos con gran atención. El
Paraíso perdido de Milton le gustó hasta el punto de traducir el pri-
mer canto. La Henriada de Voltaire le agradaba bastante menos. En
cuanto a la épica castellana, "nada hay bueno", dice en una ocasión.
Lo mejor de todo le parecen la Araucana de Ercilla y el Viaje del Par-
naso de Cervantes. Del Bernardo de Balbuena dice que tiene "excelentes
trozos de poesía". Las Lágrimas de Angélica de Barahona cree que estu-
vieron bien libradas de las llamas por Cervantes. A la misma altura sitúa.
a Juan Rufo, y algo inferiores a los Pelayos del Pinciano y de Solís.

De poesía medieval española Jovellanos no conocía muchas


cosas. A Berceo y al Arcipreste de Hita los leería en la colección de
Tomás Antonio Sánchez. Precisamente él censuró el tomo IV en la
Academia de la Historia, opinando que el Libro de buen amor debiera
editarse completo. Ni uno ni otro autor fueron entendidos por don Gas-
par, que todo lo más ve en ellos un documento para la historia de los
usos y costumbres medievales.

En el castillo de Bellver leyó Jovellanos varios poemas de Rai-


mundo Lulio, y estudió bastante la poesía provenzal. Este interés tiene
carácter prerromántico, que se refleja también en la Descripción del
castillo de Bellver,

El Marqués de Santillana, Juan de Mena y Jorge Manrique le


parecen tres autores que levantan a alto grado la poesía castellana. De
las Coplas a la muerte del maestre de Santiago dice que es '"la más bella
producción de nuestra antigua poesía" y por ello quiere que los alumnos
del Colegio de Calatrava en Salamanca la sepan de memoria,

Pero los poetas más estudiados y admirados por Jovellanos, y


los que más influyeron en toda su obra poética, son Garcilaso y fray
Luis de León. De este último decía que era "el primero y más reco-
mendable de todos". Su influjo en la poesía de Jovellanos ha sido estu-

12
diado por Joaquín Arce Fernández (1). Muy cerca de ellos están para
don Gaspar Herrera. los Argensola y Rioja, a quien él consideraba autor
de la Canción a las ruinas de Itálica. Villegas fue otro autor muy leído
por Jovellanos. Frente a todos éstos los poetas propiamente barrocos le
merecen una general censura. Estimaba mucho, sin embargo, las" poesías
en metros cortos de Góngora. Lope de Vega, Paravicino, Rebolledo, Ran-
ees Candamo. Eugenio Gerardo Lobo, he aquí los poetas que corrompie-
ron el gusto o que mantuvieron por algún tiempo el crédito de la mala
poesía, afirma Jovellanos.
Pasando ahora a Francia, de las lecturas de Lafontaine y de
Montesquieu nos quedan tres traducciones. A Delille le llama el tierno
cantor de los jardines. El Poema de las Estaciones de Saint-Lambert,
leído en 1777, le había gustado, según dice a Meléndez Valdés. Le en-
cantaba, y por ello lo leyó varias veces, el Praedium rusticum de Jac-
ques Vaniére. También conocía los Idilios de Gessner, probablemente
en la traducción francesa de Huber.
Los poetas españoles contemporáneos estaban la mayor parte de
ellos en relación directa con Jovellanos: así fray Diego González, Me-
léndez Valdés, Samaniego, Leandro Moratín, Quintana. Su disconfor-
midad con García de la Huerta, Iriarte, Trigueros, Forner, a pesar de
que alguno era amigo suyo, la manifestó de diversos modos. Su rela-
ción con Cadalso ha sido ya aludida. De Cienfuegos, de Lista, de Arria-
za había leído composiciones sueltas, y su juicio no siempre había
^ido favorable.

IDEAS ESTÉTICAS DE JOVELLANOS

La literatura francesa del reinado de Luis X I V , interpretando


a su manera, con frecuencia caprichosa y falsa, las literaturas griega y
latina, había creado un nuevo clasicismo, lleno del espíritu francés. Esa
literatura era altamente representativa de los eternos valores galos.
Nuestros vecinos suelen deslumhrar a los extranjeros e imponérseles

(1) JOAQUÍN AECE, La poesía de Fray Luis de León en Jovellanos. en


"Revista de la Universidad de Oviedo", fase, de la Facultad de Pilosofia y
Letras, set. - dic. 1947. págs. 41-55.

13
en el terreno Je las ideas, más que por la originalidad o la grandeza de
sus creaciones, por la nitidez y el atractivo de ellas. Así, cuando Francia
dominaba en Europa y cuando sus científicos, sus literatos y sus ar-
tistas ofrecían una cultura perfectamente madura, todas las demás na-
ciones tenían que sentir más o menos su influjo. En cada una de ellas
esta influencia produjo frutos, sino dispares, sí distintos. Todo dependía
de las circunstancias de la cultura de cada nación.
En España el clasicismo francés viene tras la decadencia del
barroco, cuando los valores esenciales de éste se habían transformado
en puro virtuosismo o en rutina. Frente al desorden reinante, el clasi-
cismo francés era el orden; frente a las extravagancias sin ideas, el
arte medido; frente al capricho de cada uno elevado a categoría esté-
tica, la regla universal. El deslumbramiento de lo francés impedía bus-
car en su origen las aguas que, al pasar por Francia, habían adquirido
coloraciones ajenas. Todavía en el Prólogo del Pelayo dice Jovellanos:

"Yo no traté de imitar, en la formación de esta tra-


gedia, a los griegos ni a los latinos. Nuestros vecinos los
imitaron, los copiaron, se aprovecharon de sus luces, y arre-
glaron el drama trágico ai gusto y a las costumbres de
nuestros tiempos; era más natural que yo imitase a nues-
tros vecinos que a los poetas griegos."

He aquí lo que define al seudoclasicismo español: imitación del.


clasicismo francés. La imitación de los verdaderos clásicos no se gene-
ralizará hasta más tarde, pero aun así se verán siempre con ojos fran-
ceses.
En una época en que la razón lo era todo, el seudoclasicismo
se preocupó de apartar de la poesía los absurdos a que se había entre-
gado una fantasía desenfrenada, que hacía de lo extravagante y de lo
extraño la esencia del verso, que convertía las palabras en meros soni-
dos sin sustancia. Los que conocían la literatura latina no podían olvi-
dar estos versos de Horacio:

Natura fieret laudabile carmen an arte,


quaesitum est; ego nec studium sine diuite uena
nec rude quid prosit uideo ingenium; alterius sic
altera poscit opem res et coniurat amice (1).

(1) HOBACIO, De Arte Poética, vs. 408-411 (ed. de Prancois Villenueve


en "Les Belles Lettres", París, 1955, pág. 223).

14
Jovellanos no tenía necesidad de haber leído a Boileau para
pensar y creer que el poema debe ser el producto del arte y del genio
unidos. Esta idea central de todo el neoclasicismo es expuesta por todos
sus poetas y críticos. Forner acaso sea el que mejor lo ha dicho:
í;
El ingenio sin arte es un caballo sin freno que le
sujete, expuestísimo a desbocarse: el arte sin ingenio,
un cadáver inanimado, una flor marchita, un árbol árido,
seco, sin jugo ni amenidad" (1),

Para los neoclásicos las reglas no son caprichosas, pura inven-


ción de Aristóteles, de Horacio o de Boileau; son, por el contrario, la
quintaesencia de la observación de la naturaleza y del estudio minucioso
de las obras de arte. Porque las consideran así, suponen que cuando un
poema se escribe con total ignorancia de tales reglas, si el autor acierta.
es por casualidad.
La literatura clásica francesa se caracteriza especialmente por
el respeto a esas reglas, consideradas como leyes objetivas y universales;
por la imitación de los clásicos latinos y, aunque en menor grado, de
los griegos; por la estricta separación de los géneros; por el carácter
impersonal, social y moral de la literatura, y por la superioridad de la
razón sobre la imaginación. La sociedad clásica se componía de compar-
timentos estancos, creados por la Naturaleza y no por el capricho del
hombre. La ciencia tampoco quería saber gran cosa del subjetivismo.
aunque es por entonces cuando aparece Descartes. Reina en todo un
orden a priorí que, orgullosamente, se considera trascendente y de ori-
gen casi extrahumano.
Hacia el primer tercio del siglo XVIII comienzan a aparecer -
aisladamente, primero en Inglaterra, y sucesivamente en Francia, en
Suiza y en Alemania, una serie de escritores que se van apartando poco
a poco de las tendencias clásicas. No se trata exactamente de una es-
cuela, ni siquiera de un grupo más o menos coherente. Se comienza
por modificar ciertas ideas y crear otras nuevas. El sentimiento empieza
a ser reconocido como fuente de belleza, restando importancia a la ra-
zón, pero sin eliminarla. Se encuentran nuevas tendencias morales. La:
aspiración a la libertad, como producto del subjetivismo, va siendo
cada vez más clara. Algunos temas, como el amor a la vida del campo,

(1) JUAN PABLO FORNER. Reflexiones sobre la Lección crítica de Gar-


cía de la. Huerta, Madrid, 1786, pág. 136.

15
la poesía nocturna y sepulcral, el otoño, irrumpen decididamente en la
literatura. Es decir, el subjetivismo va abriendo una brecha en el im-
perio absoluto de la razón.
Por todo esto el seudoclasicismo español aparece bastardeado
desde el principio, porque se juntan en él autores postclásicos franceses
con autores italianos y con los nuevos autores ingleses, suizos y fran-
ceses. Además de ello, es en el siglo XVIII cuando se revalorizan poetas
españoles como Garcilaso, fray Luis de León, Herrera o Rio ja, y pro-
sistas como Guevara, los dos Luises o Mariana, además de que siguen
influyendo el Góngora de los romances y letrillas, Villegas, Solís, Mon-
eada y Saavedra Fajardo.
En medio de todo este conglomerado de corrientes literarias
surge el prerromanticismo español, bien distinto del nórdico y aun del
francés. En él encontraremos elementos clásicos en cuanto a la forma,
como la tragedia y la comedia, que perduran incluso a lo largo del
siglo XIX: encontraremos el respeto a las reglas, el absoluto dominio
de la razón en ciertos campos culturales; pero al mismo tiempo el sen-
timiento empieza a ocupar un lugar destacado, la libertad del individuo
aparece proclamada cada vez con mayor firmeza, y unas nuevas ten-
dencias morales surgen por doquier. Ciertos conceptos clásicos, como
el de la sociedad, entran en crisis.
Las doctrinas estéticas y preceptivas de Jovellanos son princi-
palmente las del neoclasicismo: el principio fundamental del arte es la
imitación; pero en lo moral esta imitación debe preferir lo universal
a lo particular; por lo tanto existe una belleza ideal, de la que todos los
seres participan, sin que ninguno sea absolutamente perfecto; ni el arte
sin el sentimiento, ni el sentimiento sin el arte; la verosimilitud es otro
de los principios fundamentales; verosimilitud no significa realismo;
efectivamente, lo no real puede tener derecho a la existencia artística,
pero siempre que al mismo tiempo sea verosímil; por la ley imprescrip-
tible de la verosimilitud nada que no sea racional cabe en el arte; líri-
camente, una fantasía desbocada, no regida por las normas universales
de belleza, puede engendrar monstruos; por la misma ley de la verosi-
militud las obras dramáticas deben ajustarse a la regla de las unidades:
'belleza y utilidad son dos conceptos que deben ir unidos, y el más puro
deleite estético debe servir para mover el ánimo hacia lo bueno; por
ello se condenan todas las obras inmorales; si en la imitación de lo
: moral era preferible la imitación de lo universal, en la imitación de la

16
naturaleza material no cabe más que la imitación de lo particular, y el
artista no tiene derecho a buscar en cada cosa concreta el rasgo más
bello, para unirlos todos, haciendo un árbol ideal o una luz ideal; pero
ello no impide que el artista pueda embellecer cada cosa concreta; lo
natural será siempre superior a lo artificioso, por esto es más bello
el cuerpo desnudo que el vestido; éste es uno de los grandes principios
estéticos de Jovellanos: insiste mucho en que el artista debe estudiar la
Naturaleza antes de imitar a los grandes modelos; los géneros son ca-
tegorías inconfundibles; de aquí una estricta separación entre ellos, de
manera que lo que es propio del género oratorio no va bien al didác-
tico, ni lo propio de la lírica cabe en la dramática (1).
Estas ideas fundamentales no son exclusivas de Jovellanos; pero
al lado de ellas encontramos elementos nuevos, algunos de los cuales,
sin ser originales, son valorados y propagados por él en la literatura
española. Nos referimos concretamente al lugar que concede al senti-
miento como fuente de belleza, al concepto de la obra dramática y a
sus ideas sobre el arte medieval o cristiano. En poesía lírica acaso sea
él el único autor del siglo XVIII que lleva la preocupación técnica al
punto de analizar detalladamente los valores intrínsecos del verso, como
el acento y la cesura, deduciendo de este análisis unas reglas. Advirta-
mos que es precisamente el hecho de estudiar en los modelos con toda
parsimonia el por qué de que unos versos suenen mejor que otros y el
por qué de que el poeta llegue a conseguir determinados efectos, lo que
hace a Jovellanos deducir las leyes de la belleza del verso. No se
trata de dictar leyes caprichosas, sino de encontrar las razones supre-
mas que permitieron a los poetas anteriores la perfección. Esto mismo
vale para todos los demás puntos de técnica artística. Por eso las reglas
son universales, o se pretende que lo sean, y por eso se supone que los
aciertos no casuales obedecen a tales reglas, y éstas son, por lo tanto, las
que deben tenerse presentes para poder llegar de nuevo a repetir el
•acierto. Pero Jovellanos, como todos los neoclásicos, no cree en ningún
momento que siguiendo las reglas se pueda llegar a ser artista genial, si
:al mismo tiempo el artista no posee el genio. Las reglas son sólo las

(1) Para hacer esta síntesis no nos hemos servido del llamado Curso
de Humanidades, a pesar de ser un tratado sistemático, a causa de las dificul-
tades que hay para aceptar la paternidad jovelletiista. Aparte de todo, este
Curso, y en especial las Lecciones de Retórica y Poética, proceden casi al
pie de la letra del Blair traducido por Munárriz.

17
normas generales; pero la belleza particular no la alcanzará más que'
el hombre que posea la inspiración. He aquí lo que escribe en 1801 em
el Tratado teórico-práctico de enseñanza:

"A cada paso clamos con poemas en que el gusto


destruye los esfuerzos del genio, y en que una dicción*
lánguida y prosaica, una frase sin colorido ni hermosura,
hace frías y desmayadas las más sublimes sentencias; o
bien, por el contrario, en que una frase hinchada, Uena.
de rimbombos y palabrones, y adornada de figuras y me-
táforas atrevidas v descabelladas, aturde la razón y la
imaginación del que lee. a las que no presenta ninguna,
idea juiciosa, ninguna imagen agradable, ni causa nin-
guna instrucción ni deleite. Y damos también en otros,en
que la dicción más bella y escogida no satisface el gusto-
ui contenta al oído, por falta de número y de armonía.
Los autores de los primeros no han conocido que en el
lenguaje de la poesía la imaginación ocupa el lugar y
ejerce los oficio^ de la razón; y aunque recibe de ésta,
el fondo de sus ideas, se encarga de colorirlas y de en-
galanarlas: no han conocido que esta facultad sabe tomar
de la naturaleza las bellezas de unos objetos para tras-
portarla?, a otros, y adornarlas, inventar formas e imá-
genes para representar las ideas más abstractas, y hacer-
las reales y sensibles; no han conocido, en fin. que pues
en este lenguaje ía imaginación habla a la imaginación,,
el estilo debe ser siempre gráfico, aun en los poemas di-
dácticos, y que la poesía que no pinta, jamás será digna:
de este nombre.
"Pero los de los segundos, arrastrados por esta fa-
cultad, han olvidado que no basta que la poesía pinte a:
la imaginación, si no canta al oído, ni basta que su es-
tilo sea gráfico, si no es al mismo tiempo dulce y armo-
nioso. El lenguaje de la poesía es verdaderamente mu-
sical, y sus notas se señalan en el sonido de todos los
elementos de la palabra. El de las consonantes y vocales.-
y el contraste de unas con otras; la cantidad y el número
de las sílabas que componen cada palabra y el lugar con-
veniente dado a cada una; la Colocación del acento prin-
cipal, que marca la armonía con una especie de cesura,
y su juego con los acentos subalternas de cada verso; el'
juego de unos versos con otros, así en la colocación
de los acentos como en ía de las pausas mayores a que
obliaa la terminación de la sentencia, va en el verso, va*;
en el hemistiquio: y por último, la onomatopeya o con-

18
veniencia de los sonidos con las imágenes que represen-
tan: he aquí lo que constituye el [en]canto de la poesía r
y he aquí la armonía musical, sin la cual la más bella
dicción poética será siempre lánguida e insonora" (1).

JOVELLANOS Y EL AMOR

Cualquiera que analice con detenimiento los detalles más reve-


ladores de la personalidad de Jovellanos. apuntados por sus contempo-
ráneos o deducidos de sus obras, llegará fácilmente a la conclusión de
que el carácter de don Gaspar estaba predominantemente determinado
por una timidez congénita, al mismo tiempo que por un concepto fa-
vorable de sí mismo. Ambos rasgos explican en nuestro sentir una in-
finidad de cosas. Como tímido tenía un miedo extraordinario al ri-
dículo: pero al mismo tiempo, al sentirse en posesión de la verdad o
superior a los otros, reaccionaba con una especie de suficiencia, que
le hacía poco grato, sobre todo para aquellos que resultaban víctimas
de su superioridad. La afectación de que fue acusado más de una vez
(Moratín imitaba este rasgo de su amigo y protector) es una conse-
cuencia directa del complejo de timidez y propia del que se vigila cons-
tantemente para evitar el menor desliz. Las consecuencias en el terreno
sentimental tenían que ser importantes: el tímido carece del desparpajo
y de la volubilidad necesarias para andar de acá para allá en busca de
la apetecida aventura amorosa; por esta razón, cuando se entrega se
entrega entero y para siempre; pero si le deja la amada puede ser in-
capaz de volver a amar a otra mujer en mucho tiempo. La historia
amorosa de Jovellanos demuestra que a él le ocurrió precisamente esto:
puso en Enarda su ilusión, pero Enarda se burló de él. Por otra parte
el tímido, por su miedo al ridículo, reserva para sí su intimidad, pro-
curando no manifestarla. Si tiene la debilidad de hacer versos, los guar-
dará o los dará a luz sin nombre de autor. Y esto con más motivo si
el hacer versos se considera poco serio. Aquí entra en juego otro rasgo
del carácter de Jovellanos: su honradez intelectual y profesional. Acaso
fuera mejor llamarla "seriedad". Jovellanos tuvo un concepto rigidí-

(1) B. A. E., I. pág. 247 a.

19
simo de la justicia. Jamás se prestó a medias o equívocas tintas. Y no
sólo la justicia, sino la vida entera la vio él desde este ángulo serio.
Como magistrado fue siempre incapaz de preparar un informe o de
llevar a cabo una comisión sin entregarse plenamente a la tarea; como
poeta, cuando escribió sátiras puso cara triste, con un rictus de amar-
gura, y flageló despiadadamente a los satirizados. Cuando las circuns-
tancias pedían una sonrisa y tomar a burla las cosas, o le costaba tra-
bajo, o renunciaba a ello; sus romances burlescos no son un producto
espontáneo, sino una variante de la seriedad, que adopta entonces la
mueca exigida por las circunstancias. Cuando en León alguno de sus
acompañantes le insinúa que el interés de la Majestuosa podría anun-
ciar boda, reprende al atrevido, sin acertar a admitir la broma. De aquí
el finchamiento o estiramiento de Jovellanos, que algún contemporáneo
señala: de aquí sus choques con la corte, por donde sólo marcha bien
el que sabe doblegarse en el momento preciso; de aquí sus enemistades
y sus fracasos, sus destierros y su prisión.

Todo esto se transparenta en su obra lírica, precisamente la que


debía reflejar más directamente su intimidad. Jovellanos destruyó una
parte de sus versos, y es posible que haya condenado, no los peores,
sino los más íntimos, dejando los que por más intrascendentes mani-
festaban menos al exterior su yo sentimental. Porque, y es afirmación
que conviene repetir, Jovellanos llevaba dentro de sí un grandísimo
poeta. Lo es con frecuencia en prosa, pero en alguna de sus poesías
alcanza una altura lírica que no se puede ni negar ni desconocer. Ejem-
plo bien claro es la primera versión de la Epístola del Paular, elegía
amorosa transformada totalmente en una epístola filosófica a la hora
de darla a la luz. Si una feliz coincidencia nos ha permitido descubrirla
y publicarla, ello ha sido contra la voluntad de su autor, que poco des-
pués de componerla la había condenado, y hubiera desaparecido si
un año antes no hubiera tenido la ocurrencia de copiarla en una co-
lección enviada a su hermano. Por eso podemos afirmar que Jovellanos
no sólo fue un gran poeta a ía hora de hacer sátiras o a la hora de
escribir poemas filosóficos, sino también a la de poner en verso su
dolor por un fracaso amoroso.

La historia amorosa de Jovellanos es uno de los puntos más


oscuros de su biografía. Nada [Link] quién era o quiénes eran las
mujeres que amó. La misma cronología estaba bastante embrollada.

20
Algo, sin embargo, se ha podido adelantar en este terreno con la re-
ciente publicación de algunas poesías inéditas.
El nombre de mujer que más veces aparece en las poesías de
Jovellanos es el de Enarda. El soneto "Cuando de Amor la flecha pene-
trante" dice que Enarda fue el primer amor del poeta y Jovellanos el
primer amor de Enarda; que hubo después una ausencia de la amada,
causa, de que ésta se olvidara de sus amores; que al cabo de diez años
volvieron a encontrarse, renaciendo entonces la vieja pasión, y que
durante otra ausencia de Jovellanos ella se entrega a otro, que finge
quererla. Así las cosas, la Historia de Jovino nos aclara el primer dato
cronológico: cuando escribe el poeta este idilio, esto es, a finales de
1775 o principios de 1776, hace ya algún tiempo que los amores de
Enarda y Jovino son pura melancolía, pues los olmos en que ambos
escribían sus nombres han sido "encumbrados a más alta región" por
el raudo tiempo. Por lo tanto, en 1775 se había producido ya el primer
olvido de Enarda.
La primera versión de la Epístola del Paular aclara que en Ma-
drid, y entre noviembre de 1778 y el verano de 1779, se reanudaron las
relaciones entre ambos amantes, relaciones que en el momento de es-
cribir la Epístola estaban de nuevo rotas. Teniendo en cuenta los diez
años de que habla el soneto antes citado, y suponiendo que fue en 1778
cuando volvieron a encontrarse en Madrid Jovino y Enarda, el primer
encuentro y el primer enamoramiento hubo de producirse en Sevilla,
recién nombrado don Gaspar Alcalde de la Cuadra. La primera ausen-
cia de Enarda ocurriría al año siguiente.
Como todas las poesías dedicadas a Enarda, salvo el soneto
"Cuando de Amor la flecha penetrante", que quedó inédito, habían sido
incluidas en el manuscrito del Instituto, copiado en 1779, es en este
año cuando sospechamos que ocurrió la ruptura definitiva.
Pero en las poesías de Jovellanos aparecen otros nombres poé-
ticos femeninos: Clori, Marina, Belisa, Alcmena, Calatea, Esta última
es mujer de Sevilla, que en Sevilla queda cuando Jovellanos es ascen-
dido a Alcalde de Casa y Corte, y por tanto distinta a Enarda. Por otra
parte parece que entre Jovino y Calatea hubo más una amistad entraña-
ble con algunos ribetes amorosos, que una verdadera pasión. Alcme-
na. que no aparece en ninguna composición del manuscrito del Insti-
tuto, es nombre poético posterior a 1779. Las relaciones con Jovellanos

21
duraban aún en 1782, puesto que una carta de Meíéndez Valdés deí %
de abril de ese año termina con esta frase: ""Sea enhorabuena por el bello
niño de Alcmena la bella" (1). Si ese bello niño era de carne y hueso,
no cabe dudar que las relaciones con Alcmena no fueron precisamente
platónicas; pero tampoco cabe dudar que Jovellanos no ocultó el hecho,
por lo menos en el reducido círculo de sus amigos íntimos,, acaso por-
que se alegraba de él. Pero de Alcmena y de su "bello niño" no vuelve
a hablarse nunca más. Por otra parte. Alcmena ¿es la misma mujer
que Enarda? En tal caso la ruptura no había sido definitiva en 1779,
¿Sería ésta la razón de que Jovellanos corrigiera su Epístola del Paular
hasta hacer desaparecer de ella toda alusión a Enarda? Pertenezcan o
no los dos nombres a la misma mujer, ¿qué pudo ocurrir después para
que se perdiera todo rastro suyo y de su niño? Por el momento todo
esto es un misterio indescifrable.

En cuanto a Clori y Belisa sospechamos que son nombres poé-


ticos dados a la misma Enarda. La confusión de algunos manuscritos
en los idilios de Anfriso a Belisa, confusión que pasa a la edición de
Cañedo, pudo no ser fortuita, sino un intento del propio autor de hacer
desaparecer un nombre poético que sólo había usado en esos cuatro
idilios, sustituyéndolo por el de Enarda. más frecuentemente utilizado.
Por otra parte, si la afirmación del soneto "Cuando de Amor la flecha
penetrante" de que el primer amor de Jovellanos había sido Enarda, y
el único, es afirmación que debe tomarse en serio, como al soneto hay
que fecharlo entre 1779 y 1780, Clori y Belisa. nombres utilizados an-
teriormente, serían aplicados a la misma mujer. En cuanto a Marina
podría ser la misma Enarda, si el viaje por la Mancha a que se hace
referencia en la Elegía a la ausencia de Marina fuera el de 1769.

De este modo tendríamos unos amores hacia 1768, pronto olvi-


dados por la amada; unas relaciones más amistosas que amorosas hacía
los últimos años de la estancia de Jovellanos en Sevilla; la reanudación
de las primeras relaciones a finales de 1778; una ruptura en 1779, y
acaso un nuevo amor poco después, del que a partir de 1782 nada
se sabe.

(1) B. A. E., 63, pág. 85.

22
LA POESÍA AMOROSA DE JOVELLANOS

La mayor parte de las poesías amorosas conservadas no pasan


•de íst-rr juguetes poéticos, intrascendentes, acaso sentidos, pero llenos de
'los tópicos de la época. Sólo alguno que otro de estos poemas se sale
de le vulgar. El primero de todos el soneto A Clori "Sentir de una
pa="ión viva v ardiente". De él dijo Torres-Rioseco:

Dejando a un lado el nombre, que nada significa,


¿no es de corte modernísimo? El corazón desnudo del
poeta está en este soneto que anuncia una manera esté-
tica especial, muy favorecida más tarde por los repre-
sentantes del Romanticisco" (1).

Pero no, el corte del soneto es perfectamente tradicional y de éí


podíían buscarse antecedentes en la poesía de los siglos XVI y XVII. Ni
•e« él hay tampoco ningún anuncio de nuevas maneras estéticas. Cree-
mos que es un soneto apreciable. bien construido, bien rematado; pero
nada más.
Interesante, si no por su factura, sí por su contenido, es otro
soneto A Enarda, el que comienza "Quiero que mi pasión ¡oh Enar-
da! sea". Nos inclinamos a creer que se trata de un soneto escrito a
finales de 1778 o principios de 1779. Fue incluido en el manuscrito del
Instituto, pero muchos años más tarde, el 3 de setiembre de 1807, lo
recuerda Jovellanos al escribir a Posada, porque es el único que se le
quedó en la memoria, no por ser bueno, "sino por otras circunstan-
cias*''. Poco después lo copia de memoria, y esta segunda versión es la
única que se ha conocido hasta ahora. En este soneto se habla de "se-
cretas confianzas"; el deseo de un amor secreto, que puede morir al
filo de mordaz censura, y la pasión "sepultada en silencio y sombra",
puestos a revolver, acaso nos llevasen lejos.
Merece también recordarse aquí el idilio primero A Enarda
"Mientras los roncos silbos". Por las alusiones de los versos 101-114,
este idilio, que es en realidad una anacreótica. pertenece al segundo
periodo de los amores con Enarda. Las ideas están todavía expuestas
con una cobertura muy siglo XVIII, muy de anacreóntica; el tema
central (el amor es la fuerza primera de toda la Naturaleza) pertenece

(1) ARTURO TORRFS-RIOSECO. Gas-par Melchor de Jovellanos poeta ro-


mántico, en ''Rev. de Estudios Hispánicos", Madrid, I, 1928, pág. 147.

23
a ese mismo tipo de poesía; pero el principio y el fin del poemita es-
tán dentro de una concepción poética algo más moderna.
El poema más innovador, a pesar de estar dentro de una tra-
dición secular, es, en el grupo de la poesía amorosa, la Elegía a la au-
sencia de Marina, fuera de la primera versión de la Epístola del Pau-
lar, Demerson ha advertido que el verso inicial y algunos detalles de
fondo y forma recuerdan el canto de Salicio de la primera Égloga dé
Garcilaso. Como en el caso de la Epístola a sus amigos de Sevilla, aun-
que sin caer en el extremo que allí, esta Elegía utiliza palabras de-
sabor arcaizante, epítetos tradicionales en abundancia, imágenes cono-
cidas, todo ello al lado de vocablos que Hermosilla llamaría vulgares.
como mayoral, pescante, muías, zagal, estribo. Aquí aparece acaso por
primera vez en la poesía de Jovellanos el tema de la diligencia, pero sin
el valor de contraste con que es utilizado en la Epístola a los amigos
de Sevilla.
Por otra parte, todo el poema se centra en un tema prerromán-
tico; la Ausencia, que, derivado de la poesía anterior, es entonces re-
elaborado, impregnándolo de lágrimas, "en actitud de voluptuosidad sen-
timental, escribe Arce Fernández, que rompe la línea expresiva con
fiecuentes exclamaciones, aves entrecortados e interrogaciones retóri-
cas sin posible respuesta". En el mismo vocabulario hay una desvia-
ción hacia palabras que indican dolor y tristeza (lágrimas amargas,
míseros ojos, cuitado Anselmo, Marina desdichada, amargura y palidez,
mortales congojas, terrible ausencia).
En suma, una temprana muestra (acaso de 1796) de cómo el
prerromanticismo español se amparaba en los poetas renacentistas, es-
pecialmente Garcilaso y fray Luis de León (aquí no visible), para des-
arrollar, por exageración de los elementos tristes, melancólicos y amar-
gos, una nueva poesía.
Pero el mejor poema amoroso de Jovellanos es la primera ver-
sión de la Epístola del Paular. Su tema es el siguiente: en medio de la
soledad del Paular, Jovellanos no puede echar de sí el triste, el dolo-
roso pensamiento de las infidelidades de Enarda; en ello piensa cons-
tantemente y a Enarda recuerda en el silencio del bosque umbrío; al
contemplar la paz del monasterio y de los monjes que lo habitan, por
la mente de Jovino cruza la idea de encerrarse allí; pero aquella paz
está reñida con quien lleva el corazón cargado de ideas mundanales, de-
amor por una ingrata, de pasión.

24
El poeta piensa que el mundo sólo le guarda sobresaltos, peligros--
y dolores; que su angustiado pecho desea el reposo y la paz, y que
esto no podrá encontrarlo más que en El Paular, lejos del mundanal
ruido. Pero su corazón ama. La pasión le llena de tal manera, que
el silencio de los claustros, la ausencia de ruido entre el cual esconderla.
le deja a solas con su dolor. Jovellanos lo dice en versos plenamente-
románticos:

Busco por estos claustros silenciosos


el reposo y la paz que mora en ellos
y sólo encuentro la inquietud funesta
que mi razón altera y mis sentidos.

Es la imagen de la divina, de la infiel Enarda. Pide consuelo a


la muda soledad, se hunde en el paisaje, busca por todas partes la quie-
tud perdida, y en ninguna la encuentra. En la elección del paisaje el
poeta aporta una nueva sensibilidad. El paisaje de égloga era un pai-
saje primaveral: en él había verdura, agua cristalina, árboles que da-
ban sombra, aves que cantaban, susurros del viento, un sol que se fil-
traba suavemente, frescura. Era el más justo fondo para que el alma
languideciera en medio de sus pensamientos de amor, excitada por el
bienestar de los sentidos.
El paisaje de la Epístola del Paular conserva todavía algunos de
estos rasgos, pero junto a ellos aparecen otros nuevos y distintos. El
valle, con su río, se queda a un lado; al otro está el bosque, del que
primero se dice:

La grata soledad, la dulce sombra,


el aire blando y el silencio mudo
mi triste suerte y mi dolor adulan;

pero del que después se añade que los rayos del sol no alcanzan a él,
que el canto de las aves no existe, salvo el de la tórtola viuda y el me-
lancólico ruiseñor, y el céfiro suave nos lleva al otoño.

mientras al leve soplo desprendidas


las agostadas hojas, revolando,
bajan en lentos círculos al suelo;
cúbrenle en torno, y la frondosa pompa
que al árbol adornara en primavera,
yace marchita y muestra los rigores
del abrasado estío y seco otoño.

25
Algo se lia ido o se está yendo en medio de este paisaje. Obser-
vemos lo primero que. si nuestros datos son ciertos, la Epístola no se
compuso en el otoño, sino a finales de la primavera o principios del
verano. El paisaje otoñal no fue. por tanto, el paisaje real entre el que
Jovino paseó su tristeza. En la égloga podía ocurrir que la Naturaleza
se uniera al poeta para llorar con él: era una ficción para indicar el
estado sicológico del poeta amante y cómo él podía ver con ojos tris-
tes, en el momento de la calamidad, lo que en sí seguía siendo peren-
nemente primaveral. Ahora no es la angustia del poeta la que transfor-
ma el paisaje: es el mismo paisaje el que aparece transformado, para
ofrecer la mansión justa al estado del poeta. Es éste el que selecciona
e] paisaje, para adaptarlo a lo que lleva dentro del alma. Y a pesar de
todos los recuerdos de Garcilaso que hay en estos versos, el poeta apa-
rece aislado en medio del paisaje, en una actitud intimista. sin que eí
bosque sea más que el motivo para darle rienda suelta. Si la soledad
pasa de ser amable a triste es porque allí sintió más acerbamente el
dolor de su alma, porque no le ha servido de alivio, porque no ha co-
mulgado con ella, ni se ha liberado de su angustia, como hubiera he-
cho el clásico.
Por eso cuando llega la noche y vuelve a su morada, todos los
versos están ya plenamente dentro de una literatura que nada tiene de
clásica: los claustros son medrosos, la luz escasa, su reflejo pálido y
distante, los pasos inciertos, hay silencio y horror, el corazón palpita,
los cabellos se erizan, las carnes se estremecen, se oyen voces medrosas
y en medio de la fiebre de la imaginación esas voces le hablan y le
mandan huir y no profanar con su planta sacrilega el monasterio; el
paso se hace vacilante, los sentidos no recobran la suspirada calma, está
lleno de congojosos pensamientos, la noche es triste y perezosa, el sue-
ño no viene y la vigilia es molesta; y al alborear la luz es aborrecida y
sólo sirve para comenzar de nuevo el llanto y el dolor.
Puede afirmarse que, aunque por entonces empiecen a aparecer
en la literatura española rasgos semejantes a éstos, nadie expresó tan
románticamente la impresión que al hombre de mundo le causa la en-
trada en un monasterio por la noche, ni nadie acertó a expresar como
él el contraste que el silencio, la oscuridad y la paz producen en quien
vive entre el ruido de la ciudad, las luces de sus salones y el tumulto
de sus calles y de sus casas. El tema es eminentemente romántico y de
él encontraremos ejemplos en todos los poetas. Unos pretenderán huir,

26
horrorizados; otros cantarán el bien que a su alma herida de desen-
gaños y de preocupaciones íes hace la paz del claustro nocturno. Pero
es posible que sólo Jovellanos haya acertado a expresar con tanta jus-
teza y con tal precisión la adecuación del mundo exterior a un estado
.de alma derivado de un concepto del amor que nada tiene de clásico.

OTROS POEMAS LÍRICOS

Además de los poemas amorosos, hay en la poesía de Jovellanos


otros cuatro poemas, preferentemente líricos, que merecen algún co-
mentario. Nos referimos al idilio Al Sol, a la Epístola a sus amigos
de Sevilla, a la segunda versión de la Epístola del Paular y a la Epís-
tola primera a Posidonio, El primero es anterior a 1779, el segundo
es de finales ele 1778. el tercero de 1780 y el cuarto de 1802.
El idilio Al Sol no alcanza a darnos la impresión de potencia,
de poderío gigante que nos da El Sol de Espronceda; pero es ya el
canto a un elemento de la Naturaleza, fuente de vida. Jovellanos no
llega a la desmesura de Espronceda al cantar ese principio de vida,
porque Jovellanos tiene todavía en la retina un sol neoclásico, jerar-
quizado, rey sí, pero no dueño caprichoso y tiránico del Universo.
Por esta razón su sol no va acompañado de truenos y tempestades, de
temblores y estremecimientos; ni junto a él surge la posibilidad de
una destrucción en el tiempo, ni se aparece como hollando, inmutable,
edades mil y mil. Es un sol de vida, de dicha, de luces bienhechoras:
un sol que está todavía dentro de la finura dieciochesca, un poco de
minué. Pero al lado de él, como contraste, aparece la noche, llena de
sombras, de fantasmas y de sustos, tenebrosa y medianera de fraudes
y de perfidias. Es el mismo sol que describirá años más tarde a sus
alumnos del Instituto:

"Inmenso globo de fuego y resplandor..., colocado en


el centro del mundo para regir desde allí los planetas si-
tuados a tan diversas distancias. Como padre y rey de
los astros, él los ilumina y fomenta y dirige sus pasos y
prescribe sus movimientos. Cada uno oye su voz, la sigue
obediente y gira en torno de su brillante trono" (1).

(1) B. A. E., I. pág. 337 a.

27
El aristarco y neoclásico Hermosilla no tuvo apenas elogios pa-
ra la Epístola a sus amigos de Sevilla, aunque no le faltaron defectos
que notar (1). En seguida veremos que algunos de tales defectos son
todo lo contrario, cuando se juzga con un criterio menos cerrado que
el dé Hermosilla; pero en los otros casi estamos de acuerdo con él. Le
critica, efectivamente, palabras como agora, tristura, remembranza, la-
síncopa solmente, la contracción de uo en o en virtuosa y la división
de los adverbios en -mente, poniendo una parte al final de un verso y
la otra al comienzo del siguiente. En nuestra versión no aparece la for-
ma virtosa; pero además de las palabras señaladas por Hermosilla en-
contramos los arcaísmos mormurante [y. 55), invidia (v. 71) y leda
(v. 193), el posesivo precedido del artículo (la su lira, v. 122; los tus
amigos, v. 194) y la aféresis hora (vs. 61, 140, 159). A todo esto hay
que añadir; un grupo abundante de palabras que sin ser arcaísmos
propiamente dichos, como manida (vs. 211 y 226), sin duda son uti-
lizadas por impulso arcaizante; el uso abundante de esquemas lingüís-
ticos procedentes de Garcilaso y de la poesía del siglo XVI; los epíte-
tos tradicionales (verde orilla, santa virtud, fieras alimañas, constante
amor), en número muy abundante; la imitación de la musicalidad blan-
da y dulce del endecasílabo del Renacimiento. Todos estos rasgos dan
a la Epístola un carácter retórico y afectado.
Pero no es eso sólo lo que contiene. Decir que la Epístola es
retórica sería falsear por completo su valor poético. Porque éste de-
pende precisamente del sentimiento, auténtico, según afirma Ceán, y de
la actitud estética del poeta ante los hechos que sirven de base al poe-
ma. Al ser ascendido a Alcalde de Casa y Corte, Jovellanos siente tener
que abandonar a Sevilla, y sobre todo pasar a Madrid, una corte que
no le gustaba. Verdaderamente le arrancaban de aquella ciudad. Por
eso Jovellanos llora realmente, y en Aldea del Río, como afirma Ceán,
compone la Epístola. Pero es de suponer que Jovellanos no se detu-
viera más que breves horas en aquel pueblecillo de la provincia de Cór-
doba, término de Posadas. En tal caso no es creíble que Jovellanos
redactase de una sentada los 244 versos de la Epístola. Es más, las
alusiones a las colonias de Sierra Morena hubieran sido en ese momen-
to falsas en sí y retóricas, porque todavía no había llegado a ellas; ni

(2) JOSÉ GÓMEZ HERMOSILLA. Juicio crítico cíe los principales poetas-
españoles de la última era. París, 1855. págs. 320-322.

28
había llegado tampoco a Córdoba, aludida en el v. 65. Para quien lea
la Epístola con estas premisas está claro además el carácter menos es-
pontáneo de los versos en que se describe el paisaje o de aquellos que
se refieren a los amigos. Los 39 primeros versos, alguno de los com-
prendidos entre el 85 y el 122. y alguno de los 30 últimos tienen un
tono de inmediatez menos perceptible en los otros. Con seguridad, Jo-
vellanos redactó en Aldea del Río y en los días inmediatos un núcleo
de Epístola, de unos 60 ó 70 versos, que más tarde en Madrid amplió,
intercalando la descripción del paisaje andaluz atravesado y la referen-
cia concreta a los amigos lejanos.
Hecha esta diferencia, un análisis detallado muestra claramente
que en los pasajes menos espontáneos la huella de la poesía renacentis-
ta es más visible, mientras que los que surgen del dolor mismo del
poeta son mucho más prerrománticos. La base de este carácter está, en
el alma sensible del autor. Ceán dice-,

"En ninguna composición descubrió tan manifiesta-


mente su carácter sensible y el poder que tenía sobre su
alma la amistad" (1).

El mismo Jovellanos. imaginándose a Galatea escondiendo su


llanto, dice:

Pero el sensible corazón, al casto


fuego de la amistad solmente abierto,
¿se habrá de avergonzar de su ternura?

Y de Madrid escribe:

Lejana región, sólo habitada


de pechos insensibles, do no tienen
la compasión ni la piedad manida.

Es el alma sensible de Jovellanos la que se vuelca entera en esta


Epístola, y sobre todo en lo que hemos llamado el núcleo inicial. Jo-
vellanos lloró realmente en Aldea del Río, y su Epístola está llena de
estas lágrimas. Pero su tristeza tiene doble vertiente: no sólo la pro-
duce lo que deja, sino también lo que se imagina que va a encontrar.
No es sólo el recuerdo del pasado, sino también el temor del futuro. El
horizonte no podía ser más negro, A Jovellanos le arrastra la diligen-

(i) CEÁN, Memorias, pág. 294.

29
cia. Y así surge el contraste. El tema de la diligencia servirá al autor
para expresar la diferencia entre el movimiento y la vida de lo que le
rodea y la muerte sentimental que siente él dentro del alma. Y aquí
está uno de los mayores aciertos del poema y uno de los fragmentos
más poéticos de toda la obra de Jovellanos, Las veloces muías

siguen la voz, con incesante trote,


del duro mayoral, tan insensible,
o muy más que ellas, a mi amargo llanto.
Siguen su voz; y en tanto el enojoso
sonar de las discordes campanillas.
del látigo eí chasquido, del blasfemo
zagal el ronco amenazante grito,
y el confuso tropel con que las ruedas
sobre el carril pendiente y pedregoso
raudas el eje rechinante vuelven,
mi oído a un tiempo y corazón destrozan.
De ciudad en ciudad, de venta en venta
van trasladando mis dolientes miembros,
cual si ya fuese un rígido cadáver.
Hermosiíla había escrito: "Las muías, el trote, el mayoral, el
zagal, las campanillas, el chasquido del látigo y las ventas son expre-
siones demasiado familiares para una composición de tono tan patético",
j Cuánto pueden cegar a un crítico sus prejuicios estéticos! De otra
manera lo ve Arce Fernández:

"En un período de poesía en que se vive de abstrac-


ciones, de descripciones genéricas gastadas por el uso
de la tradición poética, el sabio de Gijón. el serio magis-
trado y economista se atreve a hacer una descripción-
vivaz y pintoresca de un medio de locomoción que per-
tenece a una forma de vida no aristocrática y personalis-
ta, sino indiferenciada y popular y con un hondo sentido
de comprensión hacia lo incómodo y desagradable como
elemento constitutivo de la realidad circundante" i l ) .

Los versos citados son en sí un anuncio de nueva sensibilidad


poética y de una expresividad extraordinaria. Pero de todas formas
creemos que su verdadero valor en la Epístola depende más que de es-

(1) JOAQUÍN ARCE, Jovellanos y la sensibilidad prerromántica, en BBMF,


1660. pág. 165. En las págs. 163-167 estudia Arce el tema de la diligencia eá
Jovellanos y su influencia sobre otros poetas.

30
to dé la sensación de dinamismo que se opone al estado de alma, de
muerte ("un rígido c a d á v e r " ) , del que es trasladado de ciudad en ciu-
dad, de venta en venta. Son versos que nacen allí mismo, dentro de la
diligencia, sin un asomo de literatura detrás de ellos. P o r esto le ex-
trañaban al frío y retórico Hermosilla. que era incapaz de sentir la
vehemencia de un corazón que llora.
La Epístola, dijo el citado aristarco,, tiene el defecto de ser de-
masiado larga. Efectivamente. Hay una parte elaborada después, sin-
cera, por qué no. pero que está ya lejos de la espontaneidad del núcleo
inicial. Obra de gabinete, en la que los modelos lo son todo.

Muy poco después de haber compuesto la Epístola del Paular.


sometió Jovellanos su poema a una corrección tan profunda, que eli-
minó de ella toda referencia a Enarda y al amor. Donde se leía "pecho
esclavo del a m o r " se lee ahora "los parciales del placer"; donde se
hablaba de " a m o r " se habla de "'afán", y la "flecha del crudo a m o r "
es simplemente "la ansiada libertad": al bosque iba antes a "llorar ti-
biezas de u n a i n g r a t a " y ahora a "pensar en su cruel destino". Con todo
esto pierde el poema, a nuestro entender, en fervor y en sinceridad;
pero gana en profundidad, a más de mejorar literariamente. Ahora el
poeta que se adentra en. el bosque umbrío no lo hace para entregarse
a solas, en un rapto de melancolía romántica, al pensamiento de sus
desgracias amorosas, sino para sentir más de cerca, también románti-
camente, los males de la vida azarosa del m u n d o : el hombre que ex-
perimenta en su cuerpo el horror del claustro silencioso no es el aman-
te despreciado, sino el que ansioso de paz quisiera encontrarla en aquel
retiro, y no puede, porque le llaman la gloria, la dicha y el aplauso.

El contraste es más hondo. Los cuarenta y nueve versos inter-


calados después del 154 de la primera versión nos ofrecen un cuadro
cíe la felicidad del monje: desengañado de la ciega ilusión, vive en so-
ledad libre y contento, triunfando del mundo y de sí m i s m o ; se entre-
ga a la observación de la naturaleza, sin que ni el susto ni el dolor
turben su pecho; las aves le regalan con su canto; la luz de la aurora
é$ p a r a él refulgente y alegre: el sol le nace siempre claro y brillante;
el silencio es augusto, y en medio de él puede contemplar los cielos,
gloria inefable del Creador del m u n d o ; el sueño viene siempre a cerrar

31
..sus párpados con mano amiga, ahuyentando el susto y las fantasmas de
la noche.
Fray Luis presta al poeta palabras para expresar esta felicidad,
y acaso Horacio, o quizá Horacio a través de fray Luis. Gerardo Diego,
que sólo conocía ía segunda versión, escribió a propósito del pasaje de
la noche:

"Admirable ecuación del paisaje exterior y del es-


tado de alma, solución romántica y eterna de un problema
de estética, pese al ademán clásico y a las reminiscen-
cias de frav Luis" ( l t .

Acertaba plenamente al advertir en el pasaje en que se elogia


la vida del monje un algo de ademán, de manera, distinto a la espon-
taneidad y al sentimiento del pasaje de la noche: es un pasaje añadido.
Y aquí ocurre lo mismo que hemos advertido en la Epístola a sus ami-
gos de Sevilla, que lo que surgió espontáneamente, del dolor del poeta,
es claramente prerromántico, mientras que lo que fue obra de gabinete
riene mayor sabor clasicista, garcilasiano en un caso y Iuisiano en el
otro.

Espontaneidad y retórica volvemos a encontrar en la primera


. Epístola a Posidonio. El 18 de abril de 1801 llegaba Jovellanos a la
cartuja de Valldemosa, Se le encerraba allí, sin comunicación, por crí-
menes desconocidos, con una arbitrariedad digna del más refinado ti-
rano, negándole hasta la posibilidad de defenderse ante cualquiera de
los Tribunales que podían haberle juzgado. Su buen amigo Carlos Gon-
zález Posada se entera, y desde Tarragona, de cuya catedral era canónigo
Magistral, sale para Mallorca, se viste de monje y visita al preso. Arrojo
y valentía eran necesarios para ello. Jovellanos lo agradece con toda
el alma:

No; cuando todos, al terror doblados,


medrosos se escondían, tú, tú solo
te acreditaste firme, y a su furia
presentastes impávido la frente.

(1) GEBAEDO DIEGO. La poesía de Jovellanos, en BBMP. 1946, pág, 225.

32
¡Oh alma heroica! ¡Oh grande y noble esfuerzo
de la amistad! ¿Podré olvidarlo? ¡Oh, antes
me olvide yo de mí, si lo olvidare!

De nuevo Jovellanos va a cantar tristezas, pero ahora ya no


serán las que le producen la separación de los lugares y los amigos que-
i'idos. sino la de sufrir una prisión injusta e ilegal y la de ser víctima
de la calumnia. Los versos de Jovellanos apenas si rezuman lágrimas.
Toda su pena- todo su hondo dolor, se le transforman en una confor-
midad heroica y en un grito desgarrado, pero digno, de inocencia. Su
alma apenas llora. Está ya llena de la virtud de la fortaleza. Por esto
los versos de la primera Epístola a Posidonio —que no sabemos por qué
sé ha titulado "Oda a la vida retirada"—, parecen retóricos y acarto-
nados. Nada más lejos de la verdad. Están llenos de sentimiento, pero
de un sentimiento muy distinto al que acabamos de ver en la Epístola
>a los amigos de Sevilla,
Jovellanos se sabía inocente, pero todo el poder de la tierra se
había desencadenado contra él. Sin embargo, sólo la libertad del cuer-
po le habían robado, porque al alma nadie puede aherrojarla. Jovella-
nos teme sólo por su fama, pero ésta Dios la dispensa siempre al que
es inocente. El poeta se vuelve entonces a sí, y acaso pensando en que
su Epístola pudiera correr por España, se defiende de la calumnia: sus
días se consagraron siempre al público bien, siempre profesó sumiso lá
religión augusta de sus padres y practicó su culto sin ficción alguna, fue
patrono de la verdad y la virtud, defensor de la justicia y de las leyes,
•sensible a los ajenos males, celoso institutor de la niñez y constante
promotor de la gloria de la patria.
Insiste en su inocencia, insiste en los males que descargan so-
lí re él. ^t grita:

Mi alma contrastada será, mas no vencida.

Hemos dicho que en esta Epístola apenas si hay lágrimas. Las


•que asoman a sus versos las provoca la misma alma sensible que antes
hemos visto: llora la ausencia de su patria, la de sus pocos fieles ami-
gos, todo lo que el corazón amaba, y sobre todo el Instituto, la viña
fértil a quien el viento asolador ha reducido a ruina.
Al final asoma el rayo de esperanza. Acaso no esté todo perdi-
do y aún puedan Jovino y Posidonio pasear a la sombra de los altos
chopos o por la arena de la playa resonante, donde el mar cántabro

33
"besar solía las amigas huellas", dice Jovellanos en un verso de Ios-
más acertados, Pero si esto no fuera así. si Dios tiene decretada otrs>
cosa,

brame la envidia, y sobre mí desplome


fiero el poder las bóvedas celestes,
que el alto estruendo de la horrenda ruina
escuchará impertérrita mi alma.

Así (termina, con una clara reminiscencia horaciana, visible er¿


otros versos de esta Epístola, no la Oda a la vida retirada, sino la Oda
de la inocencia oprimida. El final es de nuevo una afirmación vigorosa-
de que la fortaleza domina ahora en el alma de JovellaEws. expresad»
estilísticamente por la repetición de la r.

JOVELLAiNOS Y LOS POETAS DE SALAMANCA

Las relaciones entre Jovellanos y los poetas del grupo salmanti-


no, fray Diego González, Meléndez Valdés y el P. Rojas, han sido tra-
tadas más de una vez, por lo que no nos parece necesario insistir {!),•
Nos interesa mucho más ahora subrayar la importancia que tuvo el
influjo de don Gaspar a través de su Epístola a los amigos de Sala-
manca.
La mayor parte de los críticos modernos, con la sola excepción-
de Arce Fernández, consideran nefasto el influjo poético de J
marqués de Valmar afirma:

"De índole esforzada y generosa esa sin duda el


consejo de Jovellanos; pero demuestra bien a- las claras
cuánto desconocía este varón insigne las condiciones esen-

(1) Hablan de ellas, entre otros; CEÁN, Memorias, págs. 22 y 289-292;


QUINTANA, Noticia histórica y literaria de Meléndez, (B. A. E.. 19, pág. 110*
a); Cusro, Bosquejo histórico-crítico de la poesía castellana en el siglo KVIIIr
cap. X (B. A. E., 61, págs. CX-CXIII) ; GERARDO DIEGO, La poesía de Jovella-
nos, en BBMP, 1946, págs. 215 ss.; CÉSAR REAL DE LA RIVA, La escuela, poéticaí
salmantina del siglo XVIII, en BBMP, 1948, págs, 358-3'6'l;: JOAQUÍN ARCE.
FERNÁNDEZ, Jovellanos y la sensibilidad prerromántica, en BBMP, L960,. par-
arías 152-156.

34
ciales de la inspiración verdadera... Fray Diego Gonzá-
lez y Meléndez se desviaron de la senda de su vocación
verdadera" (1).

Menéndez Pelayo escribe, después de referirse a los consejos


de Jovéllanos:

"Como si estuviera en manos de nadie torcer su pro-


pia naturaleza, y como si el que nació para cantar amores
pudiese a voluntad ser émulo de Píndaro o de Home-
ro" (2).

Gerardo Diego había del estupendo magisterio, "que hoy nos parece
inverosímil", ejercido í>or Jovino sobre los poetas de Salamanca, y más
adelante afirma que les desvió de sus legítimas vocaciones. Real de la
Ríva va más allá: habla de la "grave, autoritaria e incomprensible in-
fluencia de Jovéllanos" y de su ''insensibilidad poética", para concluir
que "cualquiera que sea de vista medianamente perspicaz comprende-
rá fácilmente que las recomendaciones de Jovéllanos constituían un
grave desacierto, que para nada tenían en cuenta el origen, el carácter
ni las condiciones de los poetas de esta Escuela" (3).
Todos estos juicios, elegidos entre otros muchos idénticos, se
fundan exclusivamente en la consideración de que la verdadera poesía
del grupo salmantino era la pastoril —idealista— y la anacreóntica
—poesía suave, muelle, ligera, de amores y placeres. Pero tanto si se
leen sin prejuicios las obras de esos autores, como si se atiende a un
criterio histórico, es necesario afirmar que Meléndez es mucho más
poeta en sus obras filosóficas y en general en las posteriores a 1780 que
en las anacreónticas y pastoriles, y que fray Diego demostró ser capaz
de hacer algo más que insulsos idilios amorosos o desvaídas églogas.

ü) CUETO, Op. cit., pág. CXI.


(2) MENÉNDEZ PELAYO, Ideas estéticas, ed. C. S. I. C. III, pág. 397.
(3) Real de la Riva quiere disminuir los efectos del magisterio de Jo-
véllanos y por ello habla de ''arteras disculpas de Meléndez". Pero los dos
párrafos que cita de éste (pág. 361 del BBMP antes citado) no pueden inter-
pretarse así: el primero es anterior al magisterio y el segundo sólo:[Link]
a unas endechas filosóficas. En la pág. 362, al hablar de la evolución de la
Escuela salmantina- por los años de 1778 a 1780, afirma que -no se debía
"realmente a las amonestaciones de Jovéllanos, sino más bien a la fuerza
"de los tiempos con los que los salmantinos comenzaban a ponerse en con-
"tacto". Sería más exacto decir que Jovéllanos es el [Link] empuja hacia lo
nuevo.

35
Además el verdadero influjo de MeLéndez sobre los poetas de la gene-
ración siguiente no se funda en las poesías de juventud, que obedecían
a una estética y a una actitud literaria que iba perdiendo terreno a me-
dida que avanzaba el siglo XVIII y se penetraba en el XIX, sino a las
poesías serias, en las que la Naturaleza ya no es la riente y bucólica
y menuda Naturaleza de antes, y en las que iba cobrando fuerza una
idea plenamente romántica, la de la "misión" del poeta. Por esta ra-
zón el juicio de Arce Fernández nos parece el más exacto; La obra de
Jovellanós acredita su multiforme grandeza, porque está todavía viva por
su riqueza ideológica y por su abierta sensibilidad moderna; por eso
con la Epístola de Jovino a sus amigos de Salamanca ;4lo que Jovella-
nós demostraba una vez más era. y en plena juventud, su potentísima
visión de águila que le hacía adelantarse al momento histórico en que
vivía" (1).
No podemos seguir considerando al verdadero Meléndez sólo
como poeta anacreóntico, ni podemos aceptar que la verdadera musa
de Delio fuera la del amor, ya que ni su condición ni su edad eran las
más adecuadas para cantar amores, por muy platónicos que fueran. No.
Jovellanós no tenía "insensibilidad poética", ni tal cosa puede afir-
marse de quien escribió la maravillosa Epístola del Paular. Por el con-
trario, sentía la poesía mucho mejor que entonces la sentían Delio, Ba-
tilo y Liseno: y por sentirla les llamaba la atención, para que aban-
donaran un juego fácil e intrascendente. A nuestro modo de ver Jove-
llanós no se equivocaba en la parte negativa de sus consejos.
Otra cosa es, sin embargo, la parte positiva. Pedía a Delio una
poesía filosófica, moral y religiosa; a Batilo que se dedicara a la poe-
sía épica, y a Liseno a la dramática. En el primer caso pedía lo justo,
aunque más adelante se convencería de que el numen de Delio no era
capaz de subir muy alto: en el segundo erró totalmente, pero a causa
de que Meléndez traducía por entonces a Homero.
Pero hay otro aspecto del influjo de Jovellanós que está prácti-
camente sin estudiar. Nos referimos al técnico, que todos los poetas
del grupo, y alguno más que no perteneció a. él, confiesan. El mismo
Ceán lo vio claramente cuando escribió:

(1) JOAQUÍN ARCE, Op. cit., pág. 155.

36
"Si la elegancia, fluidez y armonía con que desem-
peñó este entusiasmo poético [el de la Epístola] no pro-
dujeron todo el efecto que deseaba el autor por lo to-
cante al de los. objetos que les proponía, al menos me-
recieron la admiración de los Salmantinos, y motivaron
la mejora de sus versos, y que se estrechase más la amis-
tad y la correspondencia con Jovino" (1).

Porque el magisterio de Jovellanos no se limitó a la citada.


Epístola, síno que se ejerció constantemente por medio de cartas, de
contactos personales y por la corrección de las obras de sus amigos.

EL POETA SATÍRICO

Las dos sátiras a Arnesto. sobre todo la segunda, hubieran bas-


tado para cimentar la fama poética de Jovellanos. Aquí sí que el coro
de elogios es general.
Pero este tipo de poesía no es lírico. Precisamente por esto es
rnás fácil comprobar, comparando cualquiera de estas sátiras con la-
Epístola del Paular o con la Epístola a sus amigos de Sevilla, hasta qué
punto el estilo poético de Jovellanos sabía plegarse a las distintas lie-
cesidades expresivas.
La primera de las Sátiras a Arnesto fue publicada en 1786.
Aunque sin título específico, podría dársele el de Sátira contra las ma-
las costumbres de las mujeres nobles. Es toda ella un alegato contra
el desorden sexual de la alta sociedad. Después de una introducción,
en la que el satírico afirma que persigue al vicio, no al vicioso, entra
de lleno en la descripción de Alcinda, la mujer noble, casada, que ba-
ja al Prado provocando con su deshonesta manera de vestir a los hom-
bres: la que pasa las noches fuera de casa, mientras el marido ronca
a pierna suelta. Para estas mujeres el matrimonio no es más que la patente
de adulterio. Por eso no les importan los méritos del novio, y "el sí pro-
nuncian y la mano alargan al primero que llega", frase que dio pie a-
uno de los Caprichos de Goya.

(1) CEÁN. Memorias, pág. 291.


El magistrado de ideas nuevas aflora después en los versos 81-96.
Se dirige a la Justicia y la increpa por dejarse sobornar. El soborno
consiste en ver indolente cobijado el desorden en las casas de la alta
sociedad o paseando en triunfo por las calles, mientras mueve su brazo
con crueldad

contra las tristes víctimas, que arrastra


la desnudez o el desamparo al vicio;
contra la débil huérfana, del hambre
y del oro acosada, o al halago,
la seducción y el tierno amor rendida.

Una de las críticas del enciclopedismo contra la vieja justicia


era la de que aceptaba la distinción de clases ante la ley. Por eso en
el art. 1." de la Constitución francesa del 3 de septiembre de 1791 se
proclamaba que "les hommes naissent et demeurent libres et égaux en
droits", y en el ar.. 6.° que todos los ciudadanos son iguales ante la
ley. Esta es la opinión de Jovellanos, y la expresa en esta sátira sin
tapujos. Pero la expresa además con su característico humanitarismo.
No le basta afirmar que las mujeres nobles que hagan ostentación de su
incontinencia deben ser castigadas de la misma manera que las muje-
res públicas, sino que además señala los atenuantes que pueden tener
estas últimas y que las primeras no podrán alegar jamás: desnudez,
hambre, acoso del oro, seducción; a pesar de lo cual la Justicia cons-
tituida las infama aún más y las condena a prisión.
Jovellanos trata inmediatamente de una de las causas del des-
orden: el lujo. Diríamos mejor la moda, que viene de Francia y agota
los dineros de la mísera España, adornando la cabeza de la imprudente
doncella, tras de la que acecha el astuto seductor. Jovellanos es con-
trario aquí a la introducción de estas mercancías extranjeras. Pero
no lo fue en un documento de un año antes, que muy bien pudo ser
el estímulo de la sátira que nos ocupa. Nos referimos al Voto particu*
lar sobre permitir la introducción y uso de las muselinas, presentado en
la Junta de Comercio y Moneda. Opina aquí por la libertad de introduc-
ción y uso, porque en caso contrario habría que enfrentarse con las
mujeres, "la clase más apegada a sus usos, más caprichosa, más mal
avenida y difícil de ser gobernada", sobre todo en la corte y grandes
poblaciones, "donde no permitiéndolas su flaqueza ser orgullosas, y
obligándolas su condición a ser vanas, hacen que el lujo viva y reine

38
«íeínpre- en ellas". Buena prueba son las leyes contra las muselinas,
.•siempre desobedecidas, Jovellanos afirma:

"Que no era nuevo el querer traer a la razón a las


mujeres por el camino del honor, pero que siempre se
había tentado sin fruto. Que el honor y el lujo nacían
de la opinión y se alimentaban con la vanidad. Que po-
dría convenir alguna vez combatir la opinión, pero que
ésta debía ser una guerra de astucia y no de fuerza, por-
que de otro modo, siendo la opinión que alimenta el
honor solamente habitual, y la que fomenta la moda
¿actual y presente, resultará que la segunda, como más
fuerte, quedará triunfante siempre que atacase de lleno
la primera." (1)

Como con la prohibición no iba a conseguirse nada, don Gaspar


í-opms que no conviene, ya que además la Hacienda iba a perder catorce
míllo2ie& de reales por aduanas, pues las muselinas entrarían igual, pero
,de coKírabando (2).
Lo que el político admitía lo critica el poeta. Su sátira puede
.ser --paste de esa guerra de astucia que propugnaba. Pero en ella también
.apunta el economista: todas las riquezas de América no bastan

a saciar el hidrópico deseo,


la ansiosa sed de vanidad y pompa.

1 a continuación añade, en versos dignos de grabarse en la


iffleffiüíia:

Todo lo agotan: cuesta un sombrerillo


lo que antes un estado, y se consume
en un festín la dote "ele una infanta.

El final de la sátira presenta un cuadro desolador de la alta


sociedad: el noble que malbarata las riquezas reunidas con afán por
sus abuelos; el tráfico monstruoso que se hace con todo, hasta con el
honor; la Belleza rendida, no al valor ni al ingenio, sino al oro. Y en
:íir,a pincelada dura y amarga Jovellanos termina:

(!) B. A . E . . 11,-pág. 47 b.
<2> B..A. E . , J I . p á g . 4.7.

39
La vejez hedionda,
la sucia palidez, la faz adusta,
fiera y terrible, con igual derecho
vienen sin susto a negociar contigo.
Daste al barato, y tu rosada frente,
tus suaves besos y tus dulces brazos,
corona un tiempo del amor más puro,
son ya una vil y torpe mercancía.

La expresión es nerviosa en toda esta sátira, con cortes frecuen-


tes, y encabalgamientos duros; en el lenguaje se desciende hasta las-
palabras más vulgares, si no hay otras más significativas, y la adjetiva-
ción abunda en aciertos expresivos. Al mismo tiempo hay que señalar
algunos párrafos declamatorios, latinismos como cruda, saltar {por
"bailar"), expilar (por "despojar"), y alusiones clásicas (Julia, Lucre-
cia, Lais, Lilibeo), a las que hay que unir la que se hace de la doña-
Bascuñaria del cuento XXVII del Conde Lucanor.

Antes de que se publicara la segunda sátira en 1787, El Censor.,


periódico en el que ambas vieron la luz, incluyó dos cartas firmadas por
el Conde de las Claras, que es probablemente seudónimo de Jovellanos.
Primer problema que en ellas se plantea: el mal atacado en la sátira
anterior, ¿es sanable con el remedio de la sátira? Sí, contesta; pero la-
sátira debe ser proporcionada a-la gravedad del mal. Segundo proble-
ma: ¿se puede llamar bella una sátira que no produce el efecto desea-
do? No, porque su belleza depende de su utilidad.

"Como en las obras de la Naturaleza, así sucede en


las del arte: lo que las constituye hermosas o bellas, y aun
buenas, es la aptitud, utilidad o conformidad respecto a.
un fin; y tanto más hermosas, más bellas serán, cuanto
esta aptitud sea mayor o más perfecta."

Así cree el autor que debe interpretarse esta sentencia de Boi-


leau: "Rien n'est beau que le vrai."
Con estos principios por delante el autor de las cartas hace la
crítica de la primera Sátira a Arnesto, Le extraña aquello de que persi-
gue al vicio, no al vicioso, porque no hay vicio en abstracto, y por tanto
el vicio no es nada separado de los viciosos. "Desengañémonos, conclu-

40
ye, o la sátira no es sátira, o ha de herir a alguna o a muchas personas-
de carne y hueso". Con lo cual se subraya el carácter general y poco-
personalista, de la crítica hecha en la sátira primera.
Le señala después que es de poco efecto contra el enemigo que
se dirige. Y se detiene exactamente en los latinismos y en las alusiones
clásicas señaladas.

"Siempre que no sea cada sátira de las que usted use,


le dice, como un cañón de a veinte y cuatro, que hienda,
que rompa, que derribe, que destruya, que truene, que
aterre, que haga estremecerse a todos, cuente usted con
que todo lo demás es tiempo perdido."

Y más adelante propugna una sátira que "avergüence. que saque


los colores a la cara, que arranque iras y lágrimas' 5 .
Si estos dos Discursos fueron o no escritos por el propio Jove-
llanos, • tema es que no interesa demasiado ahora. Para nosotros las
ideas y el estilo son de don Gaspar, y el mismo tono en que se habla de
la primera Sátira parece demostrar que no otro que su autor se hizo
a sí mismo la crítica, para sentar las bases de una doctrina sobre la
poesía satírica, que le sirviera como de presentación a la sátira siguien-
te, ai mismo tiempo que repetía en prosa, y con mayor dureza, las
ideas de la sátira ya publicada.
Efectivamente, la que se conoce con el título de Sátira contra la
mala educación de la nobleza está ya concebida de acuerdo con la citada.
doctrina. Ya no se anda Jovellanos con paños calientes, porque los mo-
delos reales pudieron entonces señalarse con el dedo. No serían muchos
los nobles de la época descendientes de Boabdil, ni muchos los que tu-
vieran en sus escudos algo de lo que Jovellanos indica, ni muchos los
que hubieran pasado por Soréze. Por otra parte, su sátira se hace san-
grienta y cruel, apunta con toda la carga del cañón de veinticuatro a
unas pocas personas, y tuvo que sacar los colores a la cara y arrancar"
iras a algún noble encopetado. Acaso uno de los modelos vivos fuera,
el marqués de Torrecuéllar, que se sentaba al lado de Jovellanos en eí
Consejo de las Ordenes Militares, y que, según Alcalá Galíano, era uno
de los nobles famosos por el traje de majo que con frecuencia vestía (1).

(l) ALCALÁ GAIJANO, Recuerdos de un anciano. Madrid, 1890, pág. 52,

41
Es necesario afirmar que Jovellanos no ataca a la nobleza por
-ser enemigo de ella. Es, al contrario, uno de los pocos defensores que
le quedaban a la nobleza como clase social. Para él era necesaria social
y políticamente, y por eso lo que le duele es que se haya hecho indigna
del respeto de los ciudadanos e inhábil para representar su alto papel (1).
Los tiros de Jovellanos en la sátira van en dos direcciones: la
del noble aplebeyado (vs. 1-197) y la del noble afrancesado y degene-
rado (vs. 198-274).
El primer verso señala ya directamente al noble vestido de majo.
No hay introducción de ningún género. Por medio de una interrogación
retórica Jovellanos nos sitúa ante el primer objeto de su sátira. Se
trata de un noble de la más alta alcurnia, a pesar del traje y del as-
pecto. Sobre el portón de su palacio está grabado en berroqueña un
ilustre escudo; pero al entrar en su casa, y comienzan ya los contras-
tes, todo es viejo y ruinoso. En pocos versos se hace su retrato cultural:
es casi analfabeto, no ha viajado y los mayores disparates geográficos
-o históricos ni los advertirá, porque ni siquiera leyó el catecismo del
P. Astete. Pero su memoria no está vacía: nada ignora de toros y de
cómicas. No podía ser de otro modo. Su ciencia

no la debió ni al dómine, ni al tonto


de su ayo mosén Marc, sólo ajustado
para irle en pos cuando era señorito.
Debiósela a cocheros y lacayos,
dueñas, fregonas, truhanes y otros bichos
de su niñez perennes compañeros.

El paje Pericuelo, el sota Andrés, Paquita, la celestina doña Ana.


Cándida la invicta, la venenosa Bélica, la sociedad La Bella Unión:
he aquí los maestros del nieto de Boabdil.
La segunda parte comienza con una interrogación retórica de
tres versos, el segundo de los cuales, con sólo tres palabras significati-
vas, es el más breve y más extraordinario retrato que podía hacer del
tipo de noble de que ahora va a tratar:

(1) Los modelos literarios que Jovellanos pudo tener presentes son:
Juvanal, Que vedo, Argensola, Jáuregui, Clavijo y Fajardo, Cadalso e Iríarte.
Se ha citado también a Parini, pero no encontramos huella clara del Gttmio
en los versos de Jovellanos.

42
¿Será más digno, Arnesto, de tu gracia
un alfeñique perfumado y lindo,
de noble traje y ruines pensamientos?

Este alfeñique perfumado y lindo ha viajada por el extranjero


•y ?Í<P ha educado en la famosa escuela militar de Soréze (Tarn, Fran-
cia) ( I ) . De allá trajo nueva fe y nuevos vicios. Por las mañanas anda
de un burdel en otro: después se adoba, visita, c o m e e n noble cora-
.pañía, va de paseo al Prado, más tarde a la luneta del teatro y a la
rertiríia y al fin al garito. "¡Qué linda vida!", exclama el poeta. Y en
tres versos estilizados, rápidos y ceñidos concluye:

Puteó, jugó, perdió salud y bienes,


y sin tocar a los cuarenta abriles
la mano del placer le hundió en la huesa.

Pero sí escapa y busca una esposa, el tálamo es su potro: el sa-


tírico se regodea en la pintura de su impotencia sexual, producto del
vicio y la enfermedad. Ante semejante alfeñique el recuerdo de aque-
llos siobles de antaño, defensa de la patria, era natural. El contraste
es orad. Y pide al fiero berberisco que vuelva:

Débiles pigmeos
te esperan; de tu corva cimitarra
ai solo amago caerán rendidos.

jovellanos acumula después interrogación tras interrogación. ¿Es


•eslo un noble? ¿Un noble a quien el trono fía su defensa? ¿Es ésta
ía nobleza de Castilla?

¡Oh vilipendio! ¡Oh siglo!


faltó el apoyo de las leyes. Todo
se precipita: el más humilde cieno
fermenta, y brota espíritus altivos,
que hasta los tronos del Olimpo se alzan.
¿Qué importa? Venga denodada, venga
la humilde plebe en irrupción, y usurpe
lustre, nobleza, títulos y honores.

(1) En MOREL-FATIO, La satire de Jovellanos contre la mauvaise édu~


e&iíon dé la noblesse (suplemento al BHi die 1899). apéndice, viene la lista
ae ios nobles españoles que se educaron en Soréze.

43
Sea todo infame behetría: no haya
clases ni estados. Si la virtud sola
les puede ser antemural y escudo,
todo sin ella acabe y se confunda.

En esta sátira, más que en la primera, el verso de Jovelianos.


corregido por Meléndez Valdés, es un instrumento finísimo y dúctiL
Las cesuras y pausas, los cortes violentos del verso, los encabalgamien-
tos, las interrogaciones retóricas, la adjetivación escasa y muy expre-
siva, la abundancia de sustantivos y verbos, un lenguaje directo, rico
y. si es necesario, vulgar; todo sirve a la terrible expresión del satírico.
El fuego de la sagrada ira ha encendido todas sus palabras.
Jovelianos creía varios años después que nadie conocía esta
sátira como suya, Pero acaso no fuera así, y como dice Ángel del Río,
un ataque tan feroz y tan directo pudo ser una de las causas del am-
biente hostil a Jovelianos antes ya de su primer destierro en 1790 (1).
El noble aplebeyado y el noble alfeñique, el uno sin cultura y el otro
con una cultura que le ha pervertido, tenían modelos vivos, pero fueron
estilizados y caricaturizados, Y la alusión directa, que para los aludidos
tenía que estar muy clara, difícilmente sería perdonada por los que tan
descaradamente y con acentos tan terribles eran puestos en la picota.

Una tercera sátira, que hemos titulado Sátira contra los letrados?
debió ser compuesta muy poco después que la segunda. Se diferencia de
las dos anteriores por estar escrita en tercetos. El mismo Jovelianos
había dicho en una carta a su hermano que si la sátira segunda tuviera
rima poseería más mérito. Sin embargo, es posible que el tener que
sujetarse a un esquema métrico haya hecho al satírico perder mordaci-
dad y que su estilo se parezca más al de Argensola o al de algún otro
satírico del siglo XVIII,. como Hervás.
El tema se desarrolla también de forma distinta..-En las dos pri-
meras sátiras el poeta hablaba con otra persona y le describía el objeto
de su sátira; aquí se dirige directamente a las personas satirizadas y
la crítica se hace en forma de consejos irónicos, lo cual es menos eficaz

(1) ÁNGEL DEL Río, Introducción al.t.-l de las Obras escogidas• d#[Link]-
velianos en la colección de "Clásicos castellanos", pág. XLIV.

44.
y menos personal. El profesional del derecho, de ideas nuevas, vuelve
a aparecer. Frente al juez o al abogado "práctico" se coloca el juez o
el abogado "ilustrado": frente al letrado con vocación y con ideal, aquél
a quien sólo importa ganar dinero. Acaso los versos más interesantes
sean aquéllos en que el poeta truena contra los que hablan mal de los
Colegios Mayores y de las órdenes religiosas:

No escapen de tu azote ni por cultas


las espirantes becas, ni de tanto
noble . varón las sombras insepultas.
Denígralos, si puedes, tanto o cuanto,
y si hincheras dos tomos de mentiras
será tu manuscrito sacrosanto.

Ni evite los chubascos de tu enfado


el velo religioso, aunque inocente,
y entre rayos y púas bien cerrado
muerde y destroza tan canalla gente,
y exponía con un cuento y otro cuento
a la mofa de todo maldiciente.
que así a la fama de hombre de talento
se va, y siguiendo tan trillada senda
hicieron su agostillo más de ciento.
El final de la sátira es un fragmento político, que si tuviera más
•íttcrdacidad no sería indigno compañero del final de la Sátira segunda:

Y aunque el Estado vieres en deshecha


tormenta zozobrar, vencido el cable
de la esperanza, y rota y trozos hecha
la proa, en medio de la mar instable,
duerme tranquilo, y del timón la guía
abandona a la chusma irrefrenable.
Verás cuál se abalanzan a porfía
uno y otro grumete hasta empuñarle,
y alargando el naufragio sólo un día
regir el buque, no para salvarle,
sino para escapar con su tesoro
y echarle a pique en vez de marinarle.

Es de observar que Jovellanos no remata los tercetos encadena-


dos con un cuarteto. Lo mismo hizo en la Epístola de Jovino a Pondo.
P e esta, particularidad no hemos encontrado ningún ejemplo anterior
.a nuestro autor.
LA POESÍA DIDÁCTICA Y FILOSÓFICA

Podemos incluir en este grupo cuatro Epístolas: las dirigidas


A Batüo, A Moratín, A Bermudo y la segunda A Posidonio.
De la Epístola a Batüo dice Manuel de Torres, en una carta de
1789, en la que apunta algunos reparos ^de las Cartas a Ponz. leídas a
petición del propio Jovellanos:

"Acaso parecerá esta pieza poco contraída al objeto


que excitó al poeta, pues se estiende a cosas estrañas
contra la situación de un poeta en los instantes de entu-
siasmo embebido en aquel objeto único, fuera de sí. y
conducido de una especie de furor que le hace hablar
sin que pueda resistir; en cuya suposición, para que el
estilo fuese conforme a su situación, debía ser lleno de
fuego" (1).

Manuel de Torres se atiene aquí a la más pura doctrina clási-


ca. El furor de la inspiración debe guiar al poeta delante del objeto
que le entusiasma. Pero en la Epístola a Batüo hay más que el entu-
siasmo por la belleza de un paisaje eclógico, porque también existe
filosofía, que es lo que no aceptaba Manuel de Torres, encerrado en
su neoclasicismo. He aquí, sin embargo, lo prerromántico de la Epístola.
Los versos iniciales describen directamente eí paisaje que el
poeta contempla desde el convento de San Marcos de León. Pero en. el
verso 25 abandona la descripción objetiva, no lírica, para preguntarse
retóricamente si hay alguien que prefiera las "altas ciudades" y que
anteponga las bellezas del arte a las bellezas de la Naturaleza, Desde
el verso 36 habla ya con Batilo, su querido amigo Meléndez Valdés, y le
invita a abandonar las aulas rumorosas para ir con él a contemplar
aquellas bellezas. El ansia de saber de Batüo sólo allí se saciará, por-
que sólo allí le será dado contemplar la obra de Dios y admirarla reve-
rentemente. Describe entonces el poeta la vega del Bernesga. en una
extensión que ya no ve, sino que se imagina, recordando de paso a Suero
de Quiñones sobre el puente del Orbigo, a Augusto derrotado por los
cántabros y a Pelayo. para terminar invitando a Batilo a trocar I¿t vana
ciencia, la ambición y el lujo por aquel valle mágico.

(1) Cartas del Señor Don Gaspar de Jovellanos, sobre el Principaüo áe


Asturias, dirigidas a Don Antonio Ponz, Habana. 1848, pág. 107.

46
Los veinticuatro primeros versos no ofrecen gran cosa de origi-
nal. Son una descripción de un paisaje sentido a través de modelos lite-
rarios, Pero en el verso 25 las cosas cambian: el sentimiento que ahora5
expresa el poeta no es nuevo en él, porque ya anteriormente había dicho
que prefería la tranquilidad del campo al bullicio de la ciudad, o eí
reposo de una villa reducida al afán de una grande. A continuación:
Jovellanos se pregunta:

¿Y hay quien, necio,


del arte las bellezas anteponga,
nunca de ti ¡oh Natura! bien copiadas,
a ti, su fuente y santo prototipo?

Para el clásico el arte era superior a la Naturaleza, porque ell


arte podía ofrecer una Naturaleza embellecida. Para el romántico, como
para el hombre renacentista, como para Platón, la Naturaleza es supe-
rior al arte, porque éste no llegará nunca a copiar aquélla de tal ma-
nera que pueda sustituirla, y la copia siempre será inferior al modelo.-
Para el neoclásico de finales del XVIII y principios del XIX, también
el idealismo era la doctrina estética válida. Por lo tanto la afirmación
de Jovellanos se encuadra perfectamente en una línea que conduce al
Romanticismo, pero partiendo del clasicismo y del seudoclasicismo, por-
que coincide con ambos en reconocer el principio capital del arte como-
imitador de la Naturaleza,
Al pedirle a Meléndez que vaya con él a probar las suaves deli-
cias de la vega del Bernesga, Jovellanos no invita a su amigo a meros
placeres sensoriales. Desde el primer momento le dice que "si la sed
de más saber le inflama" no espere saciarla entre contiendas univer-
sitarias:

El universo
es un código; estudíale, sé sabio.
Entra primero en ti, contempla, indaga
la esencia de tu ser y alto destino.
Conócete a ti mismo, y de otros entes
sube al origen. Busca y examina
el orden general, admira el todo,
y al Señor en sus obras reverencia.

El programa es ya completo. Primero conocerse a sí mismo,-


para llegar a la conclusión de que el fin del hombre es Dios; después-

47
subir hasta él por medio de las criaturas: "Admira el todo", dice Jo-
vellanos, Y esto acaso sea lo más importante de su visión del Universo:
un todo compuesto de individuos, sometidos a un orden, obra de Dios:
el cielo, el sol. las estrellas, la luna y la vega del Bernesga son elemen-
tos de ese todo, ante el cual no cabe más que reconocer la omnipotencia
del Dios creador.
En el prerromanticismo lo primero había sido la descripción
objetiva de la naturaleza, después la naturaleza como puente que nos
lleva a Dios. Ambas actitudes ante la naturaleza morirán también con
el prerromanticismo. Jovellanos participa de las dos, y enlaza ideas
novísimas en la literatura europea con. una tradición clasicista de la
literatura española.

X a "Epístola a Inarco"

Merece esta Epístola un capítulo aparte, por las varias interpre-


taciones de que ha sido objeto, algunas, sino equivocadas, exageradas
-al menos. Es una Epístola extraña dentro del pensamiento de Jovella-
nos, para quien la interprete al pie de la letra. No lo es tanto para quien,
partiendo de ese pensamiento, acierte a ver las ideas del poema dentro
*de una línea perfectamente jovellanesca.
Leandro Fernández de Moratín había emprendido un viaje por
"Europa en 1792. Llegó a París en uno de los peores momentos revolu-
cionarios y apenas se detuvo allí. Pasó a Londres, donde residió casi
un año. Por Bélgica, Alemania y Suiza se dirigió después a Italia.
A principios de 1795 está en Bolonia, desde donde escribe a Jovella-
nos. En noviembre del mismo año se encuentra ya en Roma- Aquí com-
pone la Epístola de I narco a J ovino "Sí, la pura amistad, que en dulce
nudo". Jovellanos la recibe el 25 de enero de 1796. "Son excelentes
versos blancos", escribe en el Diario. Tres días más tarde empieza la
respuesta. "Mi musa está muy vieja", afirma el poeta; pero el 9 de
marzo logra darle cima. La corrige en los días sucesivos, porque "no
le contenta", y el 26 de abril ya saca la primera copia en limpio.
He aquí un extracto de su contenido: Inarco es feliz por poder
-viajar y aprender en contacto con tantos pueblos (vs. 1-25); el hombre
ees el que orna la gran naturaleza por los esfuerzos de sn industria, o

48
«el que viola sus eternas leyes por la loca ambición, causando "guerra,
furor, desolación y m u e r t e " (vs. 26-36); el que sube al cielo alzado
por la virtud y, en la tierra, con el pecho henchido de piedad, se da al
.amor y a la fraternal concordia; o el que baja al Averno y, b r a m a n d o
frenético, quema, mata y asuela cuanto encuentra (vs. 3 6 - 5 0 ) ; pero
esto no durará siempre: el hombre es perfectible, y si puede perfeccio-
nar su razón, también perfeccionará su corazón; si esto es así ; ¿no
llegará un día en que la humanidad viva tranquila "en santa paz, en
mutua unión fraterna"? ¿En que reinen la paz y la justicia de uno al
.otro polo? (vs. 51-81). Sí, vendrá ese día: entonces será desconocido
.el fatal nombre de propiedad, que desterró los inocentes y serenos días
de los siglos de o r o : caerán detrás la hipocresía, la envidia, el dolo,
la codicia y todos los monstruos que la ambición alimentó; una nueva
generación cubrirá la tierra, todos serán hermanos y todos trabajarán
para todos (vs, 82-113); no h a b r á más que un solo pueblo, unido por
un solo idioma; los campos no serán regados de inocente sangre, ni
turbados por la frenética ambición; todo será común: no h a b r á colo-
nos para dueños, ni marineros que busquen el oro para un malvado, ni
artesanos que p a r a él trabajen en sótanos hediondos; todo será c o m ú n :
"afán, reposo, pena y alegría", trabajo y frutos (vs. 114-134). Y el
poeta termina con estos versos:

Una razón común, un solo, un mutuo


amor los atarán con dulce lazo;
una sola moral, un culto solo,
en santa unión y caridad fundados,
el nudo estrecharán, y en un solo himno,
del Austro a los Triones resonando,
la voz del hombre llevará hasta el cielo
la adoración del universo, a la alta
fuente de amor, al solo Autor de todo.

El 22 de junio de 1796 Jovelíanos escribe al canónigo González


Posada, diciéndole que Vargas le remitirá una copia de la Epístola.
Y añade:

"Ya sabe que no quiero pasar por poeta, séalo o no,


ni bueno ni malo. Es concepto que t a r d a r á en sentar bien.
Pero menos quiero pasar por filósofo extravagante, y por
lo mismo tampoco que mis sueños poéticos pasen por
opiniones. Con esto digo que van los versos para usted,

49
y a lo más para el amigo inquisidor; no sea que los que
me notan de lastrar mal el buque, crean que quiero in-
clinarle del todo" (1).

Con este texto por delante, de una carta a un amigo íntimo, de-
bemos interpretar el contenido de la Epístola.
La idea base de que Jovellanos parte en su poema es la de la
perfectibilidad indefinida del hombre. Pero esta perfectibilidad inde-
finida no la entiende Jovellanos al estilo de Condorcet y los progre-
sistas de la época, como aclara en el siguiente párrafo de las inéditas
Cartas sobre educación:

iS
Si yo hubiera dicho que el hombre era infinitamen-
te perfectible, mi proposición fuera, sobre falsa, muy
temeraria, ¿pues quién no toca a cada paso que el hom-
bre es un ente limitado? Y, ¿quién, al lado de los gran-
des y portentosos descubrimientos que hizo, no ve la
oscuridad y ignorancia en que vive respecto de sí mismo
y de la naturaleza? Quedamos, pues, en que es cierta-
mente un ente limitado, y ésta es una de las verdades que
ha descubierto él mismo... Sentemos, pues, que la per-
fectibilidad del hombre no es infinita: lo es (sic), que
hay un término ai cual no puede llegar jamás; pero tam-
bién lo es que dentro y aun fuera de este término puede
recibir una extensión indefinida^ esto es, que no hay lí-
mite conocido al cual no pueda alcanzar. Así que, cuando
llamamos indefinida a la perfectibilidad del hombre, que-
remos decir que el hombre puede perfeccionarse hasta,
un punto no conocido aún y que no se puede conocer''' (2),.

A la luz de estas ideas podemos interpretar la afirmación del


verso 51 y siguientes de la Epístola a hiarco. Para el poeta —que ex-
pone un sueno ideal, no una opinión—» ese progreso debería llegar aL
estado de total y perfecta inocencia del hombre. El pensador sabía que
esto era imposible, pero el poeta lo ignora.
Dentro de su sueño poético, del ideal sumo que cabría desear,,.
las consecuencias de una hipotética perfectibilidad infinita son claras;
las mismas que se atribuyen a los siglos de oro, ese mito al que lo&

(1) B. A. E., II. pág. 195 6.


(2) Cartas inéditas sobre Instrucción piíblica, ms. de la Bibl. pública^
de Gijón, fols. 29-30.

50
hombres han vuelto tantas veces sus tristes ojos de desterrados, el mis-
mo que había circulado ampliamente en la literatura clásica española,
y que en el siglo XVIII sería también recordado por el naciente socia-
lismo. Uno de los puntos centrales de esa leyenda era precisamente la
inexistencia de la propiedad. Permítasenos copiar un conocidísimo
párrafo -de Cervantes:

"¡Dichosa edad y siglos dichosos aquéllos a quien


los antiguos pusieron nombre de dorados; y no porque
en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto
se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga
alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ig-
noraban estas dos palabras de tuyo y míol Eran en aque-
lla santa edad todas las cosas comunes" (1).

A partir de aquí todas las consecuencias que Jovellanos saca


son lógicas; pero no creía que todo esto fuera un "programa" realiza-
ble. Era, sí, y por eso la expone, una meta ideal, mirando a la cual es
posible mejorar la triste existencia humana. Pensar, pues, que Jovella-
nos es un socialista o un comunista sensu stricto es sacar de quicio las
cosas. Aunque algunas ideas de Jovellanos coincidan con las de ambas
doctrinas, no tienen en él carácter de "programa", y además, como
señalaron Juderías y Yaben Yaben, la diferencia fundamental entre el
socialismo y Jovellanos radica en que para éste la unión y la fraterni-
dad se derivarán de la moral,, más exactamente de la moral religiosa.
Ni hace falta tampoco llamar al suyo un socialismo religioso y católico,
porque los "sueños" de Jovellanos se diferencian mucho de cualquier
teoría socialista (2).

Otras Epístolas

La segunda Epístola a Posidonio tiene menos valor poético que


la primera. El propio poeta explica por qué:

(1) Quijote, primera parte, cap, XI.


(2) ARTURO TORRES-RIOSECO, Op. cit., pág. 158; JULIÁN JUDERÍAS, Don
Gaspar Melchor de Jovellanos, Madrid, 1913, pág, 92; HILARIO YABEN YABEN,
Juicio crítico de las doctrinas de Jovellanos en lo referente a las ciencias
morales y políticas, Madrid, 1913, págs. 405-407.

51
"¿Creerá usted, escribe a Posada el 31 de agosto
de 1806. que todos [sus versos] salieron de un aliento, y
sin tener reposo? Pues no es chanza, ni mentira, ni hi-
pérbole. Verdad es que después se revieron y retocaron
despacio, y aun así se conoce la priesa con que salie-
ron." (1)

Arrancando de los dos primeros versos de la traducción que hizo


fray Luis de León de la elegía III, lib. II de Tíbulo, el poeta expone en
los cincuenta primeros endecasílabos ideas semejantes a las de la Epís-
tola del Paular. El campo se contrapone a la ciudad, por cuyas hedion-
das calles circula necia turba, en las que no entran ni el sol ni el viento
y donde el lujo deshonesto apena el corazón y pone en riesgo los ojos.
Pero en la segunda parte Jovellanos se aleja del simple placer senso-
rial de la vida del campo: el alma fuerza al hombre a no ser como el
animal que pace y bebe estúpido y al caminar huella las flores y entur-
bia el arroyo. El espíritu sólo puede descansar en la contemplación de
Dios, al que debe levantarse cuando admira las bellezas de la natura-
leza. La virtud es la que tiene que dirigir los pasos del hombre. Aquí,
como en otros lugares de la obra de Jovellanos, la palabra "virtud"
tiene un claro sabor prerromántico y rousseauniano, equivalente a
"bondad", considerada sobre todo como cualidad pasiva, como ausen-
cia de malas inclinaciones.
A partir del verso 110 el poeta habla de la "virtud aherrojada",
es decir, de él mismo, para asegurarnos, como en la primera Epístola
a Posidonio, que nadie puede quitar la libertad a un espíritu vuelto
hacia Dios. ,
La Epístola a Bermudo es otra obra maestra de Jovellanos. La
escribió a finales de 1807, y no en agosto de 1806, como afirma Somoza.
El mismo autor pensaba que "en tales versos hay algo de bueno" (2), y
Hermosilla, que por primera vez no pone reparos, sentencia:

"Es la primera epístola filosófica en verso libre que


dictaron las Musas castellanas, y hermosa sobre toda pon-
deración. Pensamiento, lenguaje, estilo y versificación,
todo es lo que debe ser" (3).

íl) B, A. E.. II. pág. 245 b.


(2) 3 . A. E.. II, pág. 261 a.
(3) GÓMi"z HERMOSILLA, Op. cit.. pág. 356.

52
No sabemos qué golpe de fortuna había sufrido su fiel Ceán:
Bermúdez. Jovellanos se lo imagina agobiado bajo el peso de la des-
gracia. Así nace este poema, titulado Sobre los vanos deseos y
estudios de los hombres. El mismo título indica las dos partes en
que se divide. En la primera jovellanos va presentando al hombre en-
tregado a diversas pasiones: ambición de gloria, ambición de mando,
afán de riquezas, el juego, los placeres sexuales, el ocio y la gula. Pero-
la felicidad no está en ninguna de ellas. Desde el verso 155 el poeta
se enfrenta con otro tipo de placeres o de instintos. El ansia de indagar
y saber, ¿será culpable? No, en la Sabiduría no hay engaño, pero puede
haberlo en el culto que le rinden sus adoradores, los que creen en la
ciencia por la ciencia, sin que su orgullo y su soberbia les permitan
elevar los ojos más arriba. Jovellanos nos presenta al astrónomo, al
biólogo, al filósofo. Es la crítica de la filosofía materialista de su tiem-
po. ¿Podrá un átomo, sin más lumbre que su razón, comprender lo
incomprensible? No. el estudio, el deber y la dicha sólo están en cono-
cer a Dios, adorarle en sus obras, derretirse de amor por tantos bienes
como derrama. La senda del saber está abierta: ilustra la razón, purifica
el corazón, estudíate a ti mismo, pero busca la luz en Dios. Y así podrás
leer un destello del saber y del amor de Dios

en tantas criaturas como cantan


su omnipotencia, en la admirable escala
de perfección con que adornarlas supo,
en el orden que siguen, en las leyes
que las conservan y unen, y en los fines
de piedad y de amor, que en todas brillan
y la bondad de su Hacedor pregonan.

jovellanos volvió a encontrar en esta Epístola el dominio de los


recursos expresivos del verso. Es rápido, conciso y nervioso, o bien
blando y lento, según el pensamiento lo exija. Sirvan de ejemplo los
versos en que se habla del ocioso:

Pues mira a aquél que„ abandonado al ocio,


ve vacías huir las raudas horas
sobre su inútil existencia. ¡Ah! lentas
las cree aún, y su incesante curso
precipitar quisiera. En qué gastarlas
no sabe, y entra, y sale, y se pasea,
fuma, charla, se aburre, torna, vuelve,
y huyendo siempre del afán, se afana.

53
Mas ya en el lecho está: cédele al sueño
la mitad de la vida, y aun le ruega
que la enojosa luz le robe. ¡Oh necio!
¿A la dulzura del descanso aspiras?
Búscala en el trabajo. Sí, en el ocio
siempre tu alma roerá el fastidio.

Compárense los dos primeros períodos, que se alargan de verso


en verso, con la rapidez vertiginosa del siguiente, lleno de verbos. El
afanarse del que huye del afán no ha podido ser mejor expresado.
O véase el verso último, con la palabra roerá en el centro, que no ter-
mina nunca.
La Epístola es además sentenciosa. Sería fácil elegir de ella bas-
tantes versos de este estilo:

Pobre se juzga, y pues lo juzga es pobre.

Es dado al ojo ver el alto cielo,


pero verse a sí en sí no le fue dado.

Perfecciona tu ser, y serás sabio.

LA TÉCNICA DEL ENDECASÍLABO

En la obra poética de Jovellanos no puede registrarse ninguna


revolución técnica que merezca el nombre de tal, pero en cambio fue
el que valorizó el verso suelto y algunos elementos rítmicos del ende-
casílabo.

El verso suelto se usó en la poesía española durante el siglo XVI,


pero desapareció a principios del XVII: Lope y Quevedo son probable-
mente los últimos que lo utilizan. En el siglo XVIII Luzán lo elogia
y Montiano, que sepamos, es el primero en volver a usarlo, ahora como
metro trágico. Pero quien le dio verdadera carta de naturaleza en la
poesía lírica española fue Jovellanos. Sus contemporáneos lo sabían.
Quintana dice:

54
"Jovellanos fue uno de los pocos, quizá el primero,
que empezó a manejar el verso suelto entre nosotros, con
el tino y la gracia que necesita para agradar" (1).

Y Tineo, el amigo de Moratín, escribe más tarde:

"Jovellanos fue el primero que hizo valer este ritmo,


se esforzó en diferenciar los acentos y pausas de los ver-
sos, enlazándolos entre sí, variando los cortes y giros de
los periodos, dándoles así unión, armonía y soltura.
Siempre tuve miedo a los consonantes, solía decir Jove-
llanos con modesta veracidad; y esto mismo le obligó
a trabajar los versos sueltos con más arte, gracia y ven-
taja de lo que hicieron los antiguos, como se ve en las
Epístolas y Sátiras" (2).

Efectivamente, Jovellanos tenía miedo a la rima, En una carta


,a su hermano Francisco de Paula escribe:

"Por más que sea el primer partidario del verso suel-


to, no puedo negar que escribiría en consonante si no
hallase una resistencia invencible a acomodar a él mis
ideas" (3).

Es esto en parte una confesión de impotencia, pero es también


una declaración de libertad. El consonante se le resistía sin duda, pero
Jovellanos necesitaba, o prefería, decir sus ideas, y la rima se las con-
dicionaba. Entre ambos extremos prefiere el primero. Por esto es par-
tidario del verso suelto, porque deja al poeta la libertad de poder ex-
presarse con mayor precisión o exactitud, cosa para él anterior a la
belleza que la rima puede añadir al poema. En la misma carta que
acabamos de citar dice: "Es innegable que la rima añade gran belleza
a la poesía". Y más abajo, refiriéndose a la sátira segunda:

"Si tuviese esta gracia más, sería de un mérito muy


sobresaliente, y aun sin ella ha merecido una aceptación
universal".

(1) QUINTANA. Semanario patriótico, núm. XCI. 2-1-1812, t. V, pá-


gina 125. Es una nota necrológica, sobre Jovellanos.
(2) Carta de Juan Tineo y Ramírez sobre las poesías de Moratín, pu-
blicada por HERMOSIIAA, Juicio critico, París, 1855, pág. 8.
(3) B. A. E., II, pág. 315 b.

55
Acaso por esto, cuando escribe la sátira tercera, que no llegó
a publicar, ni acaso a corregir totalmente, se sirve del terceto encade-
nado, estrofa qu recomendaba a su hermano para la traducción para-
frástica de una sátira de Juvenal. La rima no peca precisamente de
pobre; más bien es rica y sonora, aunque acaso producto de una afa-
nosa búsqueda. Sin embargo, el estilo cambia totalmente respecto de
las dos sátiras anteriores: se hace más ceñido, más conciso y, cosa in-
teresante, más parecido al de Bartolomé Leonardo de Argensola.
Pero la preferencia por el verso suelto no obedecía al deseo de
eliminar dificultades, pues precisamente Jovellanos hace un estudio tan
hondo de los recursos rítmicos que deben ocupar el primer plano a
falta de consonante, que llega a establecer un técnica detallada.
Luzán había expuesto una teoría bastante minuciosa del verso
suelto, que es exactamente la de Jovellanos:

"Si al tiempo de inventar los endecasílabos moder-


nos no hubiesen estado los oídos hechos al sonsonete de
la rima, se hubieran usado sin ella, y cultivados después
por tantos buenos poetas, que se hallaban sin la necesi-
dad de dar gran parte de su atención y estudio a la rima,
acaso los tendríamos ahora con toda la libertad y varie-
dad en la frase, en la situación de acentos, en las trans-
posiciones, en el pasaje de unos versos a otros, en las
pausas y suspensiones, y en una palabra, con toda la per-
fección de que yo los juzgo susceptibles. Con esto hu-
bieran adquirido la concisión, volubilidad, energía y
armonía que son tan necesarias en la épica, y tendríamos
una versificación casi comparable a los exámetros lati-
nos, sin que hubiese pretexto para decir, como dicen
algunos, que siempre serán prosaicos y proprios de poetas
de poco ingenio, incapaces de hacerlos con rimas; en lo
cual me parece que no tienen razón, siendo innegable que
los versos sueltos piden grande ingenio y estudio y mu-
cha lima, y si les faltan, al instante manifiestan su de-
bilidad, pudiéndose llamar buenos los que a primera vista
lo parecen. Al contrario, la rima deslumhra y se pasan
mil defectos sin que al pronto se echen de ver, parecien-
do excelentes muchos versos y aun muchas composicio-
nes, que después con la reflexión se halla valen muy
poco" (1).

(1) LUZÁN, La Poética ed. de 1789, lib. II, cap. 23, pág. 373.

56
Jovellanos tuvo una preocupación constante por la técnica del
verso suelto. En 1777 escribió una larga carta a Meléndez Valdés, de-
dicada en su mayor parte a este tema ( 1 ) ; de él trataba otra carta a
fray Diego González, que Ceán fecha en 23 de noviembre de 1776 ( 2 ) ;
el 21 de mayo de 1796 escribe otra, desconocida como la anterior, al
conde del Carpió, compañero suyo en el Consejo de Ordenes; a Posada
le habla de la misma materia en cartas de 5 de mayo de 1792 y 7 de
agosto de 1793, y a Caveda y Solares vuelve a explicarle su teoría en
carta de 31 de diciembre de 1796.

Intentaremos resumir la doctrina expuesta en estas cartas:


El único juez capaz de decidir si un verso es duro o armonioso
es el oído: pero este principio no puede ser válido más que si existen
algunas razones o leyes que decidan al oído en su apreciación. Esto
quiere decir que se pueden establecer las reglas con las que lograr la
musicalidad de los versos, no por el capricho, que entonces no serían
reglas universales, sino por eí análisis y comparación de los versos ya
escritos por otros poetas, jovellanos hizo esta comparación y dedujo
tres leyes fundamentales:
a) La musicalidad o armonía de los versos depende en primer
lugar de las palabras que los formen.
b j En segundo lugar depende de la colocación de estas palabras,
c! En tercer lugar depende de las pausas o cesuras.
P a r a conseguir Ja armonía es preciso huir de las consonantes
duras, de la repetición de la misma vocal y de las palabras poco poéti-
cas. La colocación de las palabras debe ir en relación con las pausas,
de manera que las palabras agudas o esdrújulas puedan servir para
conseguir ciertos efectos musicales por su colocación.
Jovellanos no distingue la cesura de la pausa, e incluso llega a
identificar la primera con el acento principal. Así cuando dice que un
verso lleva el acento principal £ 'a la séptima" quiere decir que hay ce-
siira tras la séptima sílaba, en este caso naturalmente con acento rítmico
en la sexta, y cuando el verso lleva eí acento "a la sexta" equivale a
decir que el primer hemistiquio termina en palabra aguda. Los acentos
principales pueden ir. para Jovellanos, en la cuarta o en la sexta sílabas;
no habla nunca de endecasílabos en cuarta y octava, por la sencilla

(1) J. CASO GONZÁLEZ, Teorías métricas de Jovellanos en dos cartas


inéditas, en "Bol. del I. D. E. A.", núm. 39. 1960.
(1) CEÁN, Memorias, pág. 291

57
razón de que sólo puede haber una cesura, que irá después de la pala-
bra que lleve el acento de cuarta. Atenido a estas normas distingue
cinco tipos de endecasílabos: de 4 más 7, de 5 más 6, de 6 más 5, de
7 más 4 y de 8 más 3 sílabas respectivamente. En el primer caso se
trata de endecasílabo en cuarta con el primer hemistiquio agudo, en el
segundo de endecasílabo en cuarta con el primer hemistiquio llano,
en el tercero de endecasílabo en sexta con el primer hemistiquio agu-
do, en el cuarto de endecasílabo en sexta con el primer hemistiquio
llano y en el quinto de endecasílabo en sexta con el primer hemistiquio
esdrújulo. Al clasificar estos cinco tipos de endecasílabos por su musi-
calidad establece el siguiente orden:
1.° Endecasílabos de 5 más 6.
2.° Endecasílabos de 6 más 5.
3.° Endecasílabos de 4 más 7.
4." Endecasílabos de 7 más 4.
5.° Endecasílabos de 8 más 3.
Para establecer este orden se funda exclusivamente en su oído
particular, aunque cree que cualquier oído delicado convendrá en él;
.aparte de esto cree encontrar un argumento de su preferencia en que
.es más musical el endecasílabo dividido en partes casi iguales, que el
que tiene ruptura por los extremos. Pero de aquí se derivará a su vez
una importante ley: la ruptura del verso en sus extremos puede tener
un valor estilístico aplicable en aquellos casos en que se quiere expresar
una idea violenta, dura o terrible. Estos varios tipos de endecasílabos
deben mezclarse convenientemente en el poema, para evitar la monoto-
nía que produciría la constante repetición de acentos y cesuras.
En la cesura o pausa o acento principal está, pues, según Jovella-
jios, la base de la musicalidad de los versos y es, por tanto, lo que prin-
cipalmente debe cuidar el que escribe endecasílabos sueltos.
Un ejemplo de cómo practicaba Jovellanos su teoría puede ser
la temprana Elegía a la ausencia de Marina. De sus 52 versos casi la
mitad tienen acento principal en sexta, 17 lo llevan en cuarta y octava
y nueve en cuarta y sexta, pero con cesura después de la quinta, y por
tanto acento principal en la cuarta. Atendiendo a la cesura, ocupa el
primer lugar el endecasílabo de 5 más 6, con 21 versos, pero le sigue
e] de 7 más 4 con 18, a pesar de que este tipo ocupaba el cuarto lugar
•en el orden por él establecido. Los casos de primer hemistiquio con ter-
iminación aguda son sólo 10, pero bastante expresivos:

58
¿Y podrá Anselmo, el sin ventura Anselmo,
en cuyo blando corazón apenas
caber la dicha y el placer podían,
podrá sobrevivir al golpe acerbo
con que cruel tu brazo le atormenta?

Pero los mejores ejemplos de aprovechamiento del valor de las


cesuras se encuentran en la segunda sátira, donde Jovellanos llega a
conseguir extraordinarios aciertos expresivos juntando encabalgamien-
tos, cortes violentos, hemistiquios agudos y muy desiguales, y todo ello
ligado íntimamente a la sintaxis:

¡Triste de aquélla que a su yugo uncida


víctima cae! Los primeros meses
la lleva en triunfo acá y allá: la mima,
la galantea... Palco, galas, dijes,
coche a la inglesa... ¡Míseros recursos!
El buen tiempo pasó; del vicio infame
corre en sus venas la cruel ponzoña.
Tímido, exhausto, sin vigor... ¡Oh rabia!,
el tálamo es su potro.

Hay que señalar que en esta sátira se encuentran también versos


no inventariados en las cartas antes citadas, concretamente el que con
encabalgamiento previo o no, se rompe después de la tercera sílaba, y
el que se rompe después de la octava por ser de cuarta y octava con
final de hemistiquio agudo. Cuando en estas rupturas interviene directa-
mente la sintaxis se llega incluso a la pausa métrica. Es decir, los ver-
sos de las sátiras se alejan infinito por su musicalidad de los de la
Elegía a la ausencia de Marina o de los de la Epístola del Paular.
Para terminar quisiéramos referirnos a la confusión de cesura
y pausa y a la de ambas con el acento principal. La de cesura y pausa
se encuentra con frecuencia en la historia de nuestra métrica, ya que
son ciertamente conceptos que se prestan a la confusión. Nada tiene,
pues, de extraño. Pero equiparar la cesura con el acento principal no
es un error, sino una idea importante, de la que no hemos encontrado
antecedente alguno: tal equiparación puede obedecer a que Jovellanos
había advertido que la musicalidad del endecasílabo se deriva tanto
del acento del verso como del tipo de palabra sobre la que el acento
recae. No creemos que nadie haya realizado todavía un estudio serio

59
y detenido sobre este punto, a pesar de que estilísticamente lo merece.
Que toda cesura exige que la palabra anterior lleve el acento principal
del endecasílabo nos parece totalmente exacto, aunque habría que de-
terminar qué relación hay entonces entre esto y el período rítmico. Sin
embargo, que tras toda palabra con acento principal exista cesura es
cosa bastante dudosa, a menos que la pequeña pausa normal entre pa-
labra y palabra, a veces, como en algunos casos de sinalefa, inexistente
en la realidad física, se llame sistemáticamente cesura. Pero a pesar
de esto, la relación entre cesura y acento principal desde el punto de-
vista de la musicalidad del verso es exacta.

60
II

MANUSCRITOS Y EDICIONES

Jovellanos publicó muy pocas poesías, pero la mayor parte de


las que escribió fueron conocidas de sus amigos por copias, que el
mismo don Gaspar multiplicaba, como se puede comprobar en algún
caso por las anotaciones de los Diarios. Al mismo tiempo, sabemos que
hizo varias colecciones en distintas fechas, y que de ellas volvieron a
sacarse copias.
De otro lado. Jovellanos, fiel seguidor de los preceptos de Ho-
racio, corregía muchas veces sus poemas. Lo mismo hacía con sus obras
en prosa: las Cartas a Ponz, la Memoria sobre los espectáculos, el In-
forme sobre la Ley agraria y otros escritos fueron sometidos a esta
labor de pulimento, incluso varios años después de redactados. La tra-
ducción del primer canto del Paraíso perdido de Milton, hecha en 1111,
corregida entonces por Meléndez, fue de nuevo retocada, y no super-
ficialmente, en 1796, casi veinte años después. En algunas ocasiones,
como en el caso de la Epístola del Paular, se puede hablar de dos ver-
siones distintas. El idilio primero a Galatea pasó por una serie de eta-
pas, perdiendo al mismo tiempo casi la mitad de sus versos.
Dicho está con todo esto las graves dificultades con que ha de
enfrentarse el que por primera vez va a poner a contribución en un
estudio crítico tres colecciones de poesías, una treintena de manuscri-
tos sueltos y una docena de ediciones. Todo este material no había sido
utilizado nunca, pues una vez publicada la edición de Cañedo en 1830,

61
nadie había vuelto a preocuparse por los manuscritos ni por los impre-
sos anteriores.
Estas razones nos obligan a entretenernos en estudiar el valor
de las fuentes que vamos a utilizar. Trataremos primero de los manus-
critos perdidos de que tengamos noticia, después de los que nos han
servido para la edición crítica, y finalmente de las ediciones que hemos
tenido a la vista.

1.a) MANUSCRITOS

A) MANUSCRITOS PERDIDOS.

Manuscrito del Instituto.—En la Biblioteca del Real Instituto'


de Gijón existía una colección de las poesías de Jovellanos, hecha para
su hermano don Francisco de Paula, y titulada: Entretenimientos ju-
veniles de ¡ovino. Pasó esta Biblioteca durante la segunda República,
al igual que el Instituto, al Colegio de los padres jesuítas, donde desde
1934 se alojó también el Regimiento Simancas. Allí ardió todo poco
después de iniciada la guerra civil de 1936. Por ello lo que sabemos
del manuscrito del Instituto se limita a los datos que Somoza suministra
en su Catálogo de manuscritos e impresos notables del Instituto de Jove~
Llanos (Oviedo, 1883, vol. XXVI, pág. 71), y que no es más que un
índice esquemático, acompañado de la siguiente nota: "Todas estas
poesías están en la colección del señor Nocedal; mas conviene advertir
que difieren en su texto de las del presente libro. La autenticidad de
éste no puede negarse, pues casi todas están corregidas o retocadas de
letra de Jove-Llanos, y sería por lo tanto muy justo en las sucesivas
ediciones, trasladarlas íntegras de este libro, sin enmiendas de ningún
género" (1), Como el ms. Cavanilles, que estudiamos después, es copia
de éste, reservamos para entonces hacer las oportunas observaciones.

Manuscrito de Jovellanos.—Lo único que se sabe de este manus-


crito es una referencia del propio poeta: el 24 de setiembre de 1795
anota en su Diario que la Gaceta ha anunciado la aparición de La cor-

(1) Lo mismo repitió en el Inventario, pág. 82, variando poco los tér-
minos.

62
neja sin plumas de Forner, y añade: "¿Cómo culpa de plagio él. que-
se dijo y se dice autor de los romances contra Huerta, que trabajó
ésta?... Entre mis libros hay un manuscrito de letra de Ceán que los
contiene, con otras frioleras de aquella época" (1). De lo cuaí se
deduce:
1.° Que se copió después de 1785, fecha de los romances contra.
Huerta, y probablemente antes de 1790. año en el que Ceán es desti-
nado a Sevilla.
2.° Que era distinto del ?ns. del Instituto, porque éste no con-
tenía dichos romances.

Manuscrito de Ceán—Ceán Bermúdez poseía un manuscrito d e


poesías de Jovino, por lo que se dirá en el párrafo siguiente. Probable-
mente era idéntico al de Jovellanos. Con él a la vista hizo la relación
de las poesías de nuestro autor en el cap. XV de la segunda parte de
sus Memorias, añadiendo otras posteriores que le habría enviado el.
propio autor, pero desconociendo la existencia de alguna, como la oda.
en sáficos a Vargas Ponce.
Este ms. estaba relacionado con el que se describe a continua-
ción. Era semejante al 3.809 de la Biblioteca Nacional (ms. B), ya que,
como él. olvida la doble Dedicatoria a don Francisco de Paula y los
cuatro idilios de Anfriso a Belisa. y porque cita en conjunto "ocho idi-
lios a varios sujetos", que son las poesías números 25, 15, 10, 34, 2 1 ,
43. 26 y 29 de nuestra edición, agrupadas en el ms. B bajo el mismo
título, y, finalmente, porque los versos que cita en las Memorias coin-
ciden en sus variantes con dicho ms. B.

Manuscrito de Vargas Ponce.—Por varias anotaciones de los


Diarios sabemos algo de su historia: Ceán franqueó a Vargas su ma-
nuscrito, para que éste lo copiara. El 13 de setiembre de 1794 Jovella-
nos se queja de ello a Ceán, y pide a Vargas que queme las copias. El.
21 renueva su instancia, aunque permitiendo reservar los versos que
puedan algún día ver la luz pública. El 20 de noviembre Jovellanos
recibe carta de su amigo, y en ella le promete quemar los malos ver-

il) Díanos. II. pág. 166.

6a
sos. Jovellanos anota: "No serán muchos los que reserve, aunque a vista
de los que se hacen entre nosotros pudieran hacer buena figura los
m í o s " (1).

Manuscrito de Martín Fernández de Navarrete.—Sabemos de su


existencia, porque de él se sirvió Cañedo para editar los idilios A un
supersticioso y A los días de Alcmena, a más de la oda A. don Salvadoi
de Mena, de Meléndez Valdés, copiada como de Jovellanos en varios,
manuscritos.
El fragmento de la Historia de Jovino que Navarrete publicó en
el Prólogo a las Obras de don José Cadahalso (tomo I, Madrid, 1803,
pág. V I I I ) procede sin duda de este manuscrito.
Era, como los dos anteriores, semejante al ms. 3.809 de la Bi-
blioteca Nacional (ms. B) (2).

De algunos otros manuscritos sueltos de que han dado noticia


varios autores tampoco sabemos nada. En los lugares correspondientes
citamos aquéllos de que tengamos alguna noticia.

B) MANUSCRITOS CONOCIDOS.

Manuscritos A.—^Biblioteca Nacional de Madrid, ms. 12.958,


carpetas 26 a 35. Unos son originales de Jovellanos, llenos de tachadu-
ras y enmiendas; otros copias en limpio de su letra, y otro copia de
mano ajena. Tienen un gran valor crítico: unas veces nos sirven para
estudiar minuciosamente la redacción de alguna poesía; otras, ofrecen-
textos definitivos. He aquí lo que contiene cada carpeta:

(1) Diarios, I, págs. 486. 500 y 5X0.


(2) En la única variante del idilio A un supersticioso coincide Nava-
rrete con los ms. 3.809 (ms. B) y 3.751 (ms. C) de la Bibl. Nacional de Ma-
drid, frente al ms. 12.958 (ms. A) de la misma Biblioteca. En el fragmento de
Ja Historia de Jovino las variantes de Navarrete coinciden con las del ms.
B frente al ms. Cavanüles. No era el mismo ms. B, porque en el idilio A los
días de Alcmena difiere Navarrete del texto de B. No era tampoco el ms.
-C, porque en éste no se reccge la Historia de Jovino que estaba en Navarrete.

64
Núm. 26; Oda a Poncio "Dejas ¡oh Poncio! la ociosa Mantua"
(núm. 45 de nuestra edición).
Núm. 27: Idilio a Enarda "Mientras los roncos silbos" (núm. 23).
Núm. 28: Elegía a la ausencia de Marina (núm. 5).
Núm. 29: Prólogo para la representación del Pelayo (núm. 3 3 j .
Núm. 30: Cuatro redacciones de la primera parte del romance
contra Huerta; una de la segunda parte; el romance contra Forner
(núms. 35? 36 y 4 0 ) .
Núm. 3 1 : A Galatea, "Mientras de Galatea" (núm. 11).
Núm. 32: Otra copia de la primera parte del romance contra
Huerta (no es autógrafo de Jovellanos).
Núm. 33: A Meléndez, "¿Quién me dará que pueda?" (núme-
ro 34).
Núm. 34: A un supersticioso (núm. 43).
Núm. 35: Soneto a Enarda "Cuando de Amor la flecha pene-
trante" (núm. 31).
Los números 28, 29. 35 y el romance contra Forner del 30 es-
tuvieron inéditos hasta que los publicó Georges Demerson en el Bulletin
hispanique, LVIIL 1956, págs. 36-47.
Los números 28, 30, 31 y 35 fueron comprados por la Biblioteca
Nacional a don Cesáreo Orbera en 9 de noviembre de 1888.

Manuscrito Cavaniiles.—Se guarda este manuscrito en la Biblio-


teca de Menéndez Pelayo, entre los "Papeles de Jovellanos". Lo poseyó
primero Nocedal, pasó después a Amezúa y éste se lo regaló a don Mar-
celino. La portada dice así:
Poesías / Del / Exmo, Sor, Dn. Gaspar Melchor / de / Jove-
Llanos. /Año de 1829,
A la vuelta de esta portada hay la siguiente nota: "Están copia-
cías fielmente del Manuscrito del Autor que se conserva en el Real
Instituto Asturiano. A. I, Cavaniiles (rúbrica). El escribiente no sabía
ortografía, y hay defectos fáciles de corregir (otra rúbrica)" (el texto
«n cursiva es de letra de Cavaniiles). En el folio 2 comienza la copia con
•el título del ms. del Instituto: Entretenimientos juveniles / de }ovino, /
Gloria foelicis olim, viridisque juventae. / Boets.
Es una magnífica copia, que consta de 2 fols. en blanco -f- 95
d e texto -\- 3 en blanco; sus hojas miden 29 X 20 cms.: la caja de la

65
escritura para los versos endecasílabos es de 23 X 9^5 cms., por tér-
mino medio. Las poesías que contiene, después de la doble Dedicatoria-
en prosa y verso, son las siguientes de nuestra numeración: 56, 9. 8. 16,.
7, 53, 54, 17, 20, 3, 1, 2, 6, 55. 22, 4, 23, 24, 11, 12, 13, 14, 25, 15, 1 8 r
10, 21, 19, 26 y 27. Delante de todas ellas se leen estos versos de Jacques
Vaniére:

Aussus non operam, non formidare poetae


nomen, adoratum quondam, nunc pene procaci
monstratum dígito (1).

El contenido de este manuscrito coincide exactamente coii el del


Instituto (2). Aparte las faltas de ortografía señaladas por el propio
Cavanilles, el escribiente, o quien le dictara, no entendía a veces la-
letra del original, y por ello dejaba el hueco correspondiente,. Los
errores que comete son pocos y generalmente leves. Como sabemos que
en el ms. del Instituto había correcciones de letra de Jovellanos, supo-
nemos que Cavanilles trasladó aquí el texto tal como quedaba después
de tales retoques. Por lo tanto el presente manuscrito representa el úl-
timo estado del ms. del Instituto.
La fecha en que se hizo la copia figura en la portada: 1829 (no-
1827, como leyó Artigas), Pero nos interesa más la fecha del original..
que se puede establecer con bastante exactitud.
De todas las poesías que contenía el ms. del Instituto, la más
moderna, entre las que se pueden fechar con precisión, es la Epístola:
del Paular, escrita en agosto de 1779. Faltan algunas que Jovellanos
no hubiera dejado de incluir, de estar escritas entonces, como los ro-
mances contra Huerta (1785) y las Sátiras (1786 y 1787), Ello indica
que la colección hubo de formarse entre 1779 y 1785. Si atendemos a.
la ordenación de las poesías, advertimos que primero se copiaron las

fl) El Praedium rusticum (1707) de Jacques Vaniére estaba en la Bi-


blioteca del Instituto; tenía la siguiente nota de Jovellanos: 4iSe acabó de-
"leer segunda vez eei Madrid a 26 de marzo de 1779, íDecies repetita pla-
"cebunt! Johe Llanos''. (B. CHAMOSEO, Breve historia de la Biblioteca de Jo-
vellanos, en "Bibliografía hispánica", 1944, pág. 765). La fecha de esta se-
gunda lectura confirma lo que decimos después sobre la fecha de compila-
ción del ms. del Instituto.
(2) SOMOZA, Catálogo de manuscritos e impresos notables del Instituto'
de Jove-Llanos, Oviedo, 1883, pág. 71. En este índice falta el idilio A las ma-
nos de Clori, con seguridad por olvido de Somoza.

66
de verso endecasílabo y después las de verso corto. Sólo es excepción
la Epístola del Paular, colocada en último término. Parece como si di-
cha Epístola no se hubiera escrito hasta después de formada la colec-
ción, o como si no se hubiera decidido su inclusión hasta el último mo-
mento. De ser así, la compilación del ms. se habría hecho en el verano
de 1779. Esta suposición adquiere caracteres de verosimilitud al com-
probar que la versión manuscrita de la Epístola es muy distinta de la
que publicó Ponz en 1781, y a todas luces anterior a ella. Es decir,
entró en la colección cuando apenas había sido corregida, y por tanto
muy poco después de escrita. Por todas estas razones, el ms. del Instituto
debe fecharse en la segunda mitad de 1779.
Otro problema distinto, y de difícil solución, es el de la fecha
de las correcciones de letra de Jovellanos que Somoza atestigua en el
ms. del Instituto. Si nos atenemos a los datos más seguros, debe adver-
tirse en primer lugar que, por testimonio de Somoza, no todas las poe-
sías tenían correcciones de letra de Jovellanos; entre las no retocadas
quizás una fuera la Epístola del Paular, porque ya había sido publi-
cada en versión muy distinta. De otro lado sabemos, por testimonio
del propio Jovellanos, que el 26 de mayo de 1796, según dice en los
Diarios, empezó a corregir la traducción de Milton. Aunque nada per-
mite asegurar que se hubiera servido para ello del ejemplar de su her-
mano (ms. del Instituto), el hecho de que los primeros 340 versos de él
se diferencien mucho de los demás manuscritos y de la edición, y de
que en el resto de los versos abunden también las variantes, nos hace
sospechar que Jovellanos trabajó entonces sobre la colección de su
hermano. Es muy posible que en algunas otras poesías hubiera hecho
también en 1796 retoques. Por lo tanto, en principio puede aceptarse
que el ms. Cavanilles ofrece lecciones posteriores al ms. B (fechado en
1796), del que hablaremos a continuación; posteriores también al ms.
de Ceán, ya citado entre los perdidos, y posteriores a los que se deriva-
ron de ellos o están relacionados con sus fuentes.

Manuscrito B.—Biblioteca Nacional de Madrid, ms. 3.809. Se


titula: Poesías / de / D, Gaspar Melchor / de Jovellanos. / 2796.
Es un hermoso manuscrito de 167 fols., que miden 18 X 10,5
centímetros; la letra es de finales del siglo XVIII. Las poesías empie-
zan en el fol. 3; contiene las siguientes, según nuestra numeración: 16,

67
7, 45, 22, 28, 2 3 , 24, 1 1 , 13, 14, 12, 25, 15, 10, 34, 2 1 , 4 3 , 26, 29, 18, 6,
9, 27, 8, 17, 38, 39, 30, 20, 3, 1, 2, 19, 55, 53, 54, 56, 35, 36 y 37. En-
tre las poesías 22 y 28 se incluye la Oda a don Salvador de Mena, que
es de Meléndez Valdés. Al final del manuscrito, al fol. 168, hay una copia
de la Epístola de Meléndez a Llaguno en la elevación de éste al Minis-
terio de Gracia y Justicia; encuadernada a continuación está la Oda a
Verilo " T r a s el árido invierno la florida", que es de J u a n López de
Peñalver (impresa).
En esta colección se incluye todo lo del ms. del Instituto, menos
la doble Dedicatoria y los cuatro idilios de Anfriso a Eclisa (nuestro
núm. 4 ) ; pero comprende además la Oda sáfica a Pondo, el Himno a
la luna, el idilio A Batilo "Quién me dará que pueda", el idilio A un
supersticioso, el idilio A los días de Alcmena. el soneto A Alcmena. las
dos sátiras, los dos romances contra Huerta y la J á c a r a en miniatura.
De estas poesías algunas tienen fecha cierta. Las otras pueden datarse,
en principio, entre 1780 y 1796.
Hay un detalle que nos permite rastrear algo de la génesis de
esta colección. En el ms. 12.958, núm. 27, se conserva una copia en
limpio, autógrafa de Jovellanos, del idilio A Enarda "Mientras los ron-
cos silbos". En el ángulo superior derecho del fol. 1 r. se ve un 6, que
parece indicar algún orden. Efectivamente, en el ms. B está en sexto
lugar, si prescindimos de la Oda a don Salvador de Mena, de Meléndez
Valdés, que se coló inadvertidamente entre las poesías cuarta y quin-
ta (1). Esto puede significar que B depende de otra colección formada
por el propio Jovellanos, copiada por él mismo. Pero ¿procede direc-
tamente de esa hipotética colección? Sólo sabemos que el ms. B} el ms. C
y el perdido ms. de Navarrete, utilizado en parte por Cañedo, están re-
lacionados entre sí, como lo demuestra el que la oda de Meléndez apa-
rezca en todos ellos, incluso en Cañedo. Sin embargo, no hay depen-
dencia directa entre unos y otros, porque en el idilio A Myreo faltan
en Cañedo los versos 30-31, en B falta el 3 1 , pero no el 30, y en C están
ambos: en el idilio A Anfriso "Con dulce y triste acento", el verso 28
falta en B, pero no en C ni en Cañedo. En resumen: hubo una hipoté-

(1) La Oda ocupa las páginas centrales del cuadernillo. Va precedi-


da del idilio Al Sol y segunda del Himno a la luna. Que está fuera de lugar
lo demuestra el que delante del idilio hay un título que reza: "Idilio al Sol
y un hymno a la Luna". Por otra parte, una persona distinta del amanuense
puso esta n o t a : '"Por Dn. J u a n Meléndez Valdés"; la letra de esta nota
parece de Jovellanos.

68
tica colección, autógrafa de Jovellanos, de la cual proceden los ms, B
y C, aunque no directamente (1).
La fecha que lleva el manuscrito en la portada (1796) debe de
ser exacta. La poesía más moderna que incluye es la Oda a Pondo en
sáficos ( 1 7 9 3 ) ; quedan fuera todas las posteriores, entre ellas algunas
de 1795. más o menos de circunstancias, y sobre todo la Epístola a
I narco „ escrita entre enero y abril de 1796, y que a juzgar por el con-
cepto que Jovellanos tenía de ella, y por la multiplicación de sus co-
pias, no hubiera dejado de incluirla en una colección formada con pos-
terioridad. Más adelante aclararemos algo sobre la fecha real de los
textos recocidos en este manuscrito.

Manuscrito C.—Biblioteca Nacional de Madrid, ms. 3.751. Tiene


270 fols. sin numerar. La letra es del siglo X V I I I : sus páginas miden.
20,5 X 14,5 cms, Es un códice misceláneo, que incluye poesías de Sa-
maniego. Forner, Tomás de Iríarte, Meléndez Valdés, Cadalso, marqués
de t r e n a , María Gertrudis de Hore y Vicente María de Santibáñez. El
título del lomo es: Cancionero del siglo XVIII. Las poesías de Jovella-
nos comienzan en el fol. 109. Incluye las siguientes, siempre de acuerdo
con nuestra numeración: 16, 7 ; 45, 28, 22, 23, 2 4 1 1 , 13, 14, 12, 2 5 ,
15, 10, 34, 2 1 , 43, 26, 29, 30, 20, 3, 1, 2, 35 y 36. Entre las poesías
16 y 7 está la ya citada Oda a don Salvador de Mena^ aquí sin indi-
cación de que no es de Jovellanos.
Comparando el índice anterior con el del ms. 5 , advertimos que
ambos manuscritos coinciden en las veinte primeras poesías, aunque
las seis iniciales están en distinto orden; que salta después a los sonetos,
suprimiendo ocho composiciones, entre ellas las mejores de su autor;
v que de las siete últimas sólo transcribe los romances contra Huerta.
Ahora bien, de 43 variantes de estos romances, S9 coinciden con Ca-
ñedo y sólo cuatro con el ms. B, lo que indica que el ms. C se copió de
distinto original que el utilizado por B, No así en el resto de las poe-
sías, en que lo general es la concordancia B C.

(1) Ya hemos dicho antes que el ms. de Cedn y el ms. Vargas Ponce
tenían relación con el ms, B. Por tanto, estos tres, el ms. Na-varrete y el ms.
C (del que trataremos a continuación) forman grupo con la hipotética
colección de Jovellanos.

69
Es copia más incorecta que la del ms. 3.809. Tampoco recoge
ninguna poesía posterior a 1793; pero el ms. podría ser incluso de los
primeros años del siglo XIX, a juzgar por la letra.

Otros manuscritos-—En la Biblioteca Nacional de Madrid hay


otras copias aisladas de poesías de Jovellanos en los ms. 18.470. 18.471,
12.944-n.0 131, 12.956-n.* 45, 12.963-n." 41 y 17.676. Los describire-
mos en sus lugares respectivos.
En la Academia de la Historia hay una copia de la oda sáfica
" \ a cierra Febo plácido la línea".
En la Biblioteca pública de Gijón hay tres borradores inéditos,
que publicamos en el lugar correspondiente,
El señor Rodríguez Moñino posee el original de la primera
Epístola a Posidonio, una copia de Meléndez Valdés de la Sátira se-
gunda y dos copias de los romances contra Huerta.
En la biblioteca de don Alejandro Alvargonzález Díaz se guar-
da el original de un fragmento de sátira literaria y una copia de la
Sátira contra los letrados. De esta última hizo Somoza otra copia que
está en la Biblioteca pública de Gijón.
Del archivo que perteneció al Sr. Gómez de Arteche proceden
el Prólogo a la comedia El Regocijo y varias poesías atribuidas.

2.°) EDICIONES

Jovellanos no dio a la imprenta más que el idilio Al Sol, la Epís-


tola del Paular, el soneto Al rosario de los comediantes y las dos sá-
tiras. De una supuesta edición de 1780 tratamos a continuación. Ceán
Bermúdez, en Apéndice a sus Memorias (impresas en 1814, pero no pu-
blicadas hasta 1820), reprodujo la Epístola del Paular, las dos sátiras
y la Epístola a Bermudo, que se había editado por primera vez en Lima
en 1814.
Pocos años después hubo un primer intento de editar las poe-
sías de Jovellanos en colección. Quiso realizarlo el canónigo González
Posada, que en carta a Vargas Ponce de hacia octubre de 1820 le dice:
"Debe hacerse colección de las poesías del Sr. Jovellanos, y ellas andan

70
dispersas en la obra de Pons, en la de Sempere Guarnios, en la vida
del capitán Cadalso, en Meléndez, en ir. Diego González, en el Censor
Cañuelo. e inéditas en poder de usted, de Moratín, de Ceán} etc. Yo
tenga ánimo de publicar las que el autor me dirigió, para suplemento
,del apéndice de Ceán, y así, arrimando a él las que se vayan descu-
briendo y las descubiertas, quedará hecha la colección, y luego se
.harán buenas ediciones para las aulas de poética, y aun para las de
.elocuencia, en que estas obras deben ser preferidas a todas las cas-
tellanas" (1). Este intento de Posidonio fracasó. En consecuencia la
primera colección de poesías de nuestro poeta se publicó en 1830.

Supuesta edición de 1780.—Una supuesta edición de 1780 no ha


sido encontrada todavía. Habló de ella Bocous (2) en su artículo sobre
Jovellanos de la Biographie universelle (3) de Michaud: cita un Re-
cueü de poésies lyriques, Madrid, 1780, entre las cuales estaba El de-
lincuente honrado. Nadie ha podido ver tal edición, ni la comedia se
editó en Madrid antes de 1787, a lo que parece, ni en esa edición de
1787 hay ninguna poesía. Podría suponerse un error más. de los mu-
chos que cometió Bocous en su corta biografía (4).
Sin embargo, cabe orientar la búsqueda en el sentido de que
se trate de una traducción francesa de poesías de Jovellanos, a las
cuales iría unida la traducción del Delincuente honrado. Tradujo esta
.comedia el abate Ángel d'Eymar, en 1777, que, según Somoza, la im-
primió en Marsella, el mismo año, en octavo, bajo el título Le coupa-

(1) Correspondencia epistolar de D. José de Vargas y Ponce y otros


en materias de arte, colegida por D. Cesáreo Fernández Duro. Madrid. 1900.
Pág. 60.
(2) José Bocous era un barcelonés que pasó la mayor parte de su vida
(1772-1835) fuera de España, especialmente en Italia y Francia. Escribió en
español, italiano y francés, y a él se deben varios de los artículos de la Bio-
graphie universelle reseñada en la nota siguiente.
(3) Biographie universelle. ancienne et moderne... ouvrage... rédigé
par une Société de gens de lettres et de savants, tomo 22. París, chez L. G.
'Michaud, 1818, pág. 72. Somoza. que cita la ed. de 1780 como dudosa, dice to-
mar la noticia del Dictionnaire biographique de Gaillard, obra que no cono-
cemos, y que Somoza tampoco debió de ver, pues no cita ni tomo ni página,
y la fecha de impresión, 1819, la da con interrogante (vid. Inventario, pá-
ginas 55, 60 y 61).
(4) -El más curioso quizá sea el de que durante la Guerra de la Inde-
pendencia, Jovellanos fué considerado como afrancesado y como traidor, y
.como tal asesinado por las turbas.

71
ble vertueux, Líen que Somoza parece no haber visto ningún ejemplar.
Esa edición, u otra de 1780, podría ser el Recueil de Bocous. Quizá sea.
significativo que este autor cite en francés el título de la edición de
que tratamos, cuando en otros casos los transcribe en español. Confesa-
mos que hasta ahora hemos fracasado en el intento de encontrarla y
que han fracasado igualmente buenos amigos que se ofrecieron a re-
currir directamente a empleados de la Biblioteca Nacional de París.

Edición de Cañedo. El primero que ha publicado una colec-


ción de las obras de Jovellanos fue Ramón María Cañedo ( 1 ) : Colección
de varias obras en prosa y verso del Excmo. Sr. D. Gaspar Melchor de
Jovellanos, adicionadas con algunas notas por D. R. M. C, Madrid,
imprenta de don León Amarita (siete tomos, el primero publicado en
1830, el séptimo en julio de 1832) (2). Las poesías se encuentran en.
los tomos primero, cuarto, quinto y séptimo.
Según dice el propio colector, la obra se publicó en cuadernos
sueltos, de forma que varios de ellos constituyeran u n volumen; al
menos, éste fue el proyecto inicial. El primer cuaderno está formado por
una Razón de esta obra y una selección de 16 poesías.
¿De dónde proceden sus textos? Puede afirmarse que no se
sirvió de una sola fuente. El idilio A un supersticioso; el idilio "Pasan
en raudo vuelo", y la Oda a don Salvador de Mena (atribuida a Jove-
llanos, pero que es de Meléndez Valdés) fueron tomados del ms. de
Navarrete, procedencia que confiesa Cañedo. Por otra parte, creemos
que éste disfrutó del ms. del Instituto. Sobre este punto los testimonios
son discordantes: en 1883 Somoza indicaba que las poesías del ms. del
Instituto diferían de las publicadas por Nocedal ( 3 ) , y en consecuencia
de las publicadas por Cañedo. El mismo Somoza, en 1889, asegura que
Cañedo ''copió las poesías de los originales del instituto" ( 4 ) ; pero en

(1) Vid. una corta, biografía de Ramón Maria Cañedo y del Riego en
CONSTANTINO SUÁREZ, Escritores y artistas asturianos. II, Madrid. 1936. pá-
gina 306.
(2) Vid. un juicio de esta edición y una descripción pormenorizada- de
su contenido en SOMOZA. Inventario, págs. 29-37. Las poesías son los ordina-
les 1 a 15, 79, 81 y 100 a 141.
(3) Catálogo, pág. 71.
(4) Amarguras, pág, 15.

72
1901 duda ya de que Cañedo hubiera estado en Gijón y copiado direc-
tamente los citados originales, porque Junquera Huergo y Victoriano
Sánchez, que habían confrontado una serie de obras con sus originales;
subrayaron o anotaron marginalmente las muchas y graves varian-
tes (1).
Ahora bien, en la Razón de esta obra que precede al primer tomo,
dice Cañedo: "En los versos de Jovellanos se notarán quizá algunas
faltas, nacidas de que no llegó a limarlos, como él mismo confiesa en
una carta con que los dirigió a su hermano". Esto quiere decir que
Cañedo disfrutó del ms. del instituto, único que contenía dicha carta,
o de una copia de él. La Carta la edita en el tomo séptimo, pero, como
acabamos de ver, la conocía ya al publicar el primer cuaderno. Ade-
más, al final de este primer cuaderno escribió (pág. 94 del tomo prime-
r o ) ; "Tengo a esta hora reunidas casi todas las demás composiciones
poéticas del autor, las que se pondrán por apéndice en otro cuader-
no" (2). Por lo tanto, el hecho de no haber publicado todas las poesías
del ms,-del Instituto en el tomo primero no significa [Link] las cono-
ciera, sino que fue? bueno o malo, un simple método editorial. Pero
Cañedo pudo no haber estado en Gijón, y sin embargo haber utilizado
copias de los originales del Instituto, aunque no se hubieran hecho di-
rectamene para él. (3). Si la copia no fue muy fiel, ni la edición lo
fue a la copia, quedarían explicadas todas o casi todas las variantes
que se habían advertido. Ál menos esta poca fidelidad está patente en la
Epístola a Bermudo? tomada del Apéndice de Ceán (4),
Creo que además del ms, del Instituto, o su copia, de la colec-
ción de Navarrete, del Apéndice de Ceán, y acaso de algún otro impre-
so. Cañedo utilizó las copias que poseía González Posada, ya que pu-
blica las cartas que Jovellanos le escribió, probablemente por copia fa-
cilitada por el mismo canónigo. Entre estas cartas estaban la oda sáfica
"Ya cierra Febo plácido la línea", y el soneto A Enarda "Quiero que
mi pasión, oh Enarda, sea".

(1) inventario,, pág. 29.


(2) Nótele en cuanto a la falta de método de que Somoza acusa a
Cañedo la necesidad de regirse por la distribución en cuadernos, detalle que
se le escapó al erudito gijonés.
(3) Desde luego, Cañedo copió les originales del Instituto, o los meti-
do copiar, o aprovechó copias ya hechas, pues bastantes obras de Jovellanos
incluidas en su colceción llevan al pie la indicación de que preceden de dicha
Biblioteca,
(4) Vid. también lo que hemos dicho del ms. Navarrete.

^3
Queda por resolver de dónde tomó Cañedo algunas poesías no
«conservadas en ninguno de los manuscritos conocidos, ni editadas antes,
y de las que no conocemos testimonio anterior a 1830. Tales son el so-
neto A la mañana, el idilio A la luna, el soneto A la noche, la oda Al
Amor, la oda Manifestación del estado de España, y el Epitalamio a
don Felipe Rivero. Quede, pues, hecha esta advertencia, por lo que nos
pueda servir en adelante.
El texto de Cañedo es bastante deficiente y poco digno de con-
fianza, a juzgar por lo que es posible comparar; de aquí que deba to-
marse con bastantes precauciones.

Edición de Hermosilla.—Del primer tomo de la colección anterior


proceden los textos utilizados por Gómez de Hermosilla en su curioso
Juicio crítico, obra publicada postuma en París, en 1845, por Vicente
Salva. Tenemos a la vista la segunda edición: Juicio crítico de los prin-
cipales poetas españoles de la última era, París, Librería de Garnier her-
manos, 1855, págs, 307-381. En esta edición Salva copió, a continuación
de los textos de la primera, que eran todas las poesías incluidas en el
primer tomo de Cañedo, incluso la oda de Meléndez, las cuatro siguien-
tes, procedentes de tomo séptimo: Epístola a Moratín, Manifestación del
estado de España, Epitalamio a don Felipe Ribero y el idilio "Mientras
de Galatea". Salvo dos pequeños detalles, esta edición carece de interés
crítico. Lo más curioso son los juicios de Hermosilla, de los que dijo
Menéndez Pelayo: "Como curiosidad de historia literaria no es cosa
baladí, y, además, contiene observaciones gramaticales y métricas que
no carecen de utilidad, con tal que los principiantes, al ir a buscarlas en
el libro procuren no contagiarse con aquel modo feo y pedantesco de
crítica" (1),

Edición de Quintana.—Una selección de poesías de Jovellanos


apareció en las Poesías selectas castellanas desde el tiempo de Juan de
Mena hasta nuestros días, recogidas y ordenadas por Manuel Josef
Quintana, t. IV, Madrid, 1830, págs. 309-354 (2). Las poesías selec-

(1) MENÉNDEZ PELAYO. Ideas estéticas, ed. C. S. I, C. III, pág. 469.


(2) Aunque la primera edición de esta obra es de 1807, ni en ella, ni
en la de Perpiñán de 1817 se incluye a Jovellanos. El propio Quintana ex-
plica que el hecho de estar aún vivo, igual que otros autores de la época, fué lo
que le impidió incluirlos en la primera edición. La razón no era válida en
1817, pero no da otra.

74
•clonadas son los idilios Al Sol, A la luna, A un supersticioso, A Anfri-
so. Á Meléndez ("¿Quién me dará que pueda?"), los dos sonetos
A Clori, la Epístola del Paular, las dos sátiras y la Epístola a Bermudo.
El idilio Al Sol, las dos epístolas y las dos sátiras corrían impresas,
pero no las otras poesías, para las que hubo de servirse de manuscritos,
•por lo que en la pág, XLIIÍ, al enumerar algunas obras de Jovellanos
.añade: "y diferentes poesías líricas que corren manuscritos". En cuan-
to a las variantes de su versión que no aparecen ni en los manuscritos
ni en las ediciones anteriores son probablemente correcciones suyas,
porque Quintana solía retocar libre y sistemáticamente los textos de su
.anioíogía crítica" (1).

Ediciones de 1839, 1845 y 1846.—'Después de Cañedo se hicie-


ren las siguientes ediciones de obras en colección:
a) Obras del Excmo, Sr. D, Gaspar Melchor de Jovellanos,
ilustradas,,\. por D. Wenceslao de Linares y Pacheco, Barcelona, 1839-
1840 (ocho tomos; las poesías están en el primero).
b) Obras de D. Gaspar Melchor de Jovellanos, Nueva edición
Madrid, Establecimiento tipográfico de D. Francisco de Paula Mellado,
1845-1846 (cinco tomos; las poesías están en el tomo cuarto; ha su-
prímido la Carta dedicatoria).
c) Obras de Jovellanos. Nueva edición, Logroño [Zaragoza],
1846-1847 (ocho tomos; las poesías están en el segundo) (2),
Las tres proceden de Cañedo. Malas en todos los sentidos, y es-
pecialmente la de Zaragoza, carecen de interés en este trabajo, que no
trata de ser una colección de erratas; por ello las hemos suprimido de
las notas de variantes.

Edición de Nocedal.—En el tomo XLVI de la B. A. E. volvie-


ron a aparecer las poesías de Jovellanos: Obras publicadas e inéditas
de D. Gaspar Melchor de Jovellanos. Colección hecha e ilustrada por
D. Cándido Nocedal, Madrid, 1858, págs. 1-49. En el tomo segundo (L
de la colección), pág. 279, se incluye la Epístola poética a Badlo, des-

(1) MÍNÉNDEZ PELAYO, Antología de poetas líricos, ed. C. S. I. C, I,


página 22.
(2) Vid. un juicio de estas ediciones y una descripción más pormeno-
rizada en SOMOZA, inventario, págs. 38-41.

75
conocida de todos los demás editores, y que se había publicado por
primera vez en la edición de las Cartas a Ponz hecha en La Habana
en 1848.
La relación entre el texto de Nocedal y el de Cañedo salta a
la vista, aunque no es una reproducción exacta. Si en ocasiones la va-
riante puede ser una simple errata o mala lectura, en otros casos pa-
rece obedecer a corrección del editor, que era aficionado a enmender la
plana, como hemos podido comprobar al cotejar las copias enviadas
desde Gijón por Junquera Huergo, hoy en parte en la Biblioteca de
Menéndez Pelayo. con el texto impreso derivado de ellas. A pesar de
esto, es posible que algunas variantes no sean correcciones suyas, sino
tomadas de la copia de Cavanilles. ya que Artigas afirma: "Prefirió
Nocedal seguir el texto de Cañedo y sólo alguna vez parece haber con-
sultado la copia del manuscrito gijonés" (1). Esta "copia del manuscrito
gijones", el que llamamos ms. Cavanilles. era suyo: pero la verdad es
que debió aprovecharlo poco, como se puede comprobar por las notas
críticas de la presente edición.

GENEALOGÍA D E L A S F U E N T E S A N T E R I O R E S , A L G U N O S
DATOS DE CRONOLOGÍA

El problema más grave y más difícil con que debemos enfren-


tarnos es el de la cronología real de todas estas fuentes y, en conse-
cuencia, el valor crítico de cada una de ellas
Recordemos ante todo que el ms. del Instituto fue compilado
en 1779 y que tenía retoques de letra de Jovellanos, de fecha posterior
a 1790; que el ms. de Jovellanos y el ms, de Ceán eran posteriores a
1785. pero anteriores a 1790; que el ms. B se copió entre 1793 y 1796;
que el ms. C es posterior al B; que la copia del -ms, del Instituto utili-
zada por Cañedo representaba un estado más arcaico del ms. que el que
tenía cuando se hizo la de Cavanilles, y que el ms. de Vargas Ponce
se copió o se estaba copiando en 1794,

(1) MIGUTL ARTIGAS, LOS manuscritos de Jovellanos de la Biblioteca:


Menéndez y Pelayo, Santander. 1921, pág. 13,

76
Pero estos datos son poca cosa, y por ello se necesario profundizar
algo más, con el fin de aclarar la cronología. El problema quedaría
resuelto si supiéramos algo fijo de la colección autógrafa de Jovella-
nos. Pero de ella no hemos podido identificar más que el citado ms. del
idilio A Enarda "Mientras los roncos silbos".
Veamos lo que él nos dice. Tres de sus versos permiten hacer al-
guna hipótesis sobre precedencias:

BC 12.958 Cavanilles Cañedo

V, 9 la diva ha diosa la diosa la diosa


V. 49 sus oscuros 1.° sus oscuros
2° los escuros los escuros los oscuros
V. 53 no han podido no han podido no pudieron no pudieron

En el ms. 12.958, verso 49. el autor escribió primero: sus os-


curos, y encima corrigió: los escuros; hubo, pues, cambio del adjetivo
por el artículo y de oscuros por el arcaísmo escuros, cosa que Jovella-
nos hacía con frecuencia. Esa corrección aparece en el ms. Cavanilles.
y como también se encuentra en Cañedo (aunque suprimiendo, acaso
voluntariamente, el arcaísmo), cabe sospechar que estaba ya en el pri-
mer estado del ms. del Instituto. Sin embargo los ms. B y C sólo cono-
cen la primera lección del ms. 12.958.
En el verso 53 la lección de los ms. B y C coincide con la del
ms, 12.958, y los tres se oponen al ms. Cavanilles y a Cañedo. Pero
como Cavanilles representa el último estado del ms, del Instituto, la
variante no pudieron es posterior a no han podido, y por coincidir
Cavanilles y Cañedo cabe concluir que el ms, 12.958 es anterior al ms.
del Instituto.
Con estos precedentes, la variante diva del verso 9 es también
lección primitiva relegada a partir de la copia del ms. 12.958.
De esta comparación se deduce: 1.°, los ms. B y C se han ser-
vido de un original anterior a la hipotética colección autógrafa de Jo-
vellanos; 2-.°, esta colección aparece más corregida en el ms. del Ins-
tituto.
En el idilio primero A Calatea hay otro dato que lleva a las
mismas conclusiones: se nos conserva el borrador autógrafo de Jo ve-
llanos, lleno de tachaduras y correcciones, en versión anterior a la

77
recogida en el ms. del Instituto, en el ms. B y en el ms. C. El verso 9'
de ese borrador dice: "tú lo eres por acaso", y lo mismo se lee en B
y en C; sin embargo, Cavanilles y Cañedo escriben: Cítú lo eres por des-
gracia", y la coincidencia de ambos demuestra que tal lección estaba-
en el ms. del Instituto. Como es posterior, porque consta la prioridad de
"tú lo eres por acaso", el grupo B C recoge una versión anterior a la
del Instituto, reflejada esta última en Cavanilles y en Cañedo.
Estos detalles son, desde luego, muy poca cosa para poder dedu-
cir de ellos conclusiones definitivas; pero a falta de otros mejores cabe
aceptar como principio cronológico que ios textos del grupo B C son
anteriores a los del ms. del Instituto, incluso a la primera versión de éste,
Pero ¿cómo explicar entonces que un ms, de 1796, como es el B,
ofrezca lecciones anteriores a las de un ms. fechado en 1779? La única
explicación posible es la siguiente: El ms. B no se copió en Gijón, ni
per orden de Jovellanos; hubo de ser obra de algún admirador o amigo
del autor, que juntó copias sueltas a una colección existente en poder
de alguien. Por ello se explica la intercalación de una Oda de Melén-
dez y el copiar ai final una Epístola del mismo poeta no dirigida a Jo-
vellanos, pero en la que se habla de él. La colección que sirvió de ori-
ginal era semejante a la que poseía Ceán. Posiblemente representaba un
texto poco diferente del primitivo del ms. del Instituto. Pero jovella-
nos, en fecha posterior a la copia del ms. de Ceán, y acaso después de
1790, retocó sus poesías anteriores. Este trabajo lo hizo sobre el ms.-
del Instituto, o al menos pasó a él las correcciones hechas en otro lugar.

Por otro lado, Cañedo utilizó una copia del ms. del Instituto.
Basta comparar su edición con la copia de Cavanilles, en aquellos tex-
tos que necesariamente proceden del Instituto, para convencerse de que
la copia de Cañedo era bastante incorrecta. Y si la traducción de Milton
procede también del ms. del Instituto, la copia de Cañedo era anterior
a 1796, pues no recoge las muchas y graves variantes que hay en el
ms, Cavanilles. En cuanto a éste no cabe duda ninguna de que su texto
representa el último estado del manuscrito original, puesto que se copió
años después de muerto Jovellanos.
En consecuencia, el ms. Cavanilles es el último de todos y el que
representa la versión más retocada de las poesías en él incluidas. Para-
las que no están en él, el ms. más correcto parece B, aunque no en todos
los casos.

73
Dicho esto, creemos poder sintetizar en el siguiente esquema laí
relaciones de nuestras fuentes:

Originales de Joveüanos
(perdidos en su mayor parte)

Ms. de Jovellanos Ms. del Instituto

Ms. de Ceán * Colección autógrafa Ms. Cavanilles'


de Jovellanos

Copia utilizada
Ms. de Vargas Ponce por Cañedo

Ms. B
Copias y edicio-
nes sueltas
Ms. C * Ms. Navarrete

Ed. Cañedo

Ed. Hermosilla Ed. Linares


Ed. Quintana-

Ed. Mellado

Ed. Zaragoza

Ed. Nocedal

Esto vale como norma general. Los casos particulares no p u e -


den someterse a líneas claras, y serán objeto de estudio en su lugar
respectivo.

79
NUESTRA EDICIÓN

No era fácil establecer un método crítico que sirviera para todos


los poemas de Jovellanos, como se deduce sin dificultad del precedente
estudio de las fuentes. Por esta razón, además de unas normas generales
que hemos tenido siempre en cuenta, debimos plantearnos cada caso
concreto como un problema distinto.
Tratamos de ofrecer en toda ocasión el texto auténtico más mo-
derno. Para las poesías incluidas en el ms. Cavanilles no había duda
en general en cuanto a la elección del texto base. Para las que no están
en Cavanilles, pero sí en B, este último ms. es, en principio, mejor que
la versión de Cañedo. Pero como por desgracia ningún manuscrito está
libre de errores no nos ha parecido indispensable seguir fielmente uno
de ellos. Por esta razón cada variante ha sido estudiada como un caso
particular, con el fin de aceptar aquélla que pareciera más acertada.
Debemos advertir que no por ello nos hemos creído con derecho a hacer
textos sincréticos, que serían en general inaceptables. Las escasas oca-
siones en que hemos recurrido al sincretismo ha sido previo convenci-
miento de que ninguna versión presentaba mayores caracteres de auten-
ticidad que las otras.
Cuando sólo disponíamos de una sola fuente, la hemos copiado
exactamente, aunque corrigiendo las erratas de copia o de imprenta
que estuvieran totalmente claras.
En todo caso el aparato crítico permite conocer con toda preci
-..sión las variantes desechadas y los errores corregidos.
Cada poesía va precedida de una nota crítica y de una nota cro-
nológica. El orden de los poemas es el cronológico, único que tiene
realmente interés. No conviene olvidar que, sin embargo, muchas poesías
:sólo se pueden fechar con aproximación. Las notas al texto han sido
agrupadas al final del volumen, con numeración corrida, para más fácil
consulta.
No pretendemos haber realizado un trabajo perfecto, pero sí
• creemos poder afirmar que por ahora las poesías son la parte más cui-
dada y más fiel de toda la obra de nuestro autor. Don Gaspar no ha
sido afortunado editorialmente. Urge mucho preparar ediciones críticas
semejantes a ésta de otras muchas obras importantes, que hoy circulan
íllenas de erratas, de omisiones y de falsificaciones. La tarea es penosa.

-80
-pero totalmente necesaria, si de veras se quiere conocer el pensamiento
•de Jovellanos.

Tengo, finalmente, que dar las gracias de manera muy espe-


cial a don Ignacio Aguilera, Director de la Biblioteca de Menéndez
Pelayo, a cuyo desvelo debo el haber podido estudiar el ms. Cavanilles;
a los señores Rodríguez Moñino, Demerson y Alvargonzález Díaz, que
tan gentilmente me han permitido utilizar sus manuscritos y sus copias;
a don José Benito Alvarez Buylla, que se prestó a revisar la traduc-
ción del Paraíso perdido, y a quien se deben las notas que lleva; y a
cuantos con su ayuda y sus consejos han contribuido a mejorar mi
trabajo. Permítaseme que haga memoria especial del historiador Gon-
zález Bruguera, mi querido amigo, muerto en París en plena faena,
mientras los demás descansábamos, y que, aparte de un sinfín de datos
de primera mano para mis estudios jovellanistas, realizó, aunque sin
ningún resultado, delicados encargos en la Bibliothéque National. A to-
ados mi más profundo reconocimiento.

Gijón, noviembre de 1961,


en el CL aniversario de la muerte de Jovellanos.

81
SIGLAS Y ABREVIATURAS MAS FRECUENTEMENTE
EMPLEADAS

MANUSCRITOS

A — Biblioteca Nacional de Madrid, ms. 12.958, núms. 26 a 35,


B z=. Biblioteca Nacional de Madrid, ms. 3.309.
C = Biblioteca Nacional de Madrid, ms. 3.751.
D — Biblioteca Nacional de Madrid, ms. 18.471.
E — Biblioteca Nacional de Madrid, ms. 12.944, n.° 131.
G = Biblioteca Nacional de Madrid, ms. 12.956, n.° 45.
H = Biblioteca Nacional de Madrid, ms. 12.963, n.° 41.
I = Biblioteca Nacional de Madrid, ms. 18.470.
J = Biblioteca Nacional de Madrid, ms. 17.676.
L = El ms. As n.° 32, en las variantes a los romances contra Huerta.
S — Biblioteca Nacional de Madrid, ms. 18.471 (copia distinta del
ms. D).
F = Biblioteca del Sr. Rodríguez Moñino, ms. de Obras de Forner.
M — Biblioteca del Sr. Rodríguez Moñino, ms. rotulado Papeles va-
rios. Siglo XVIII.
Meléndez = Biblioteca del Sr. Rodríguez Moñino, copia de letra de
Meléndez Valdés de la sátira segunda.
Moñino ~ Biblioteca del Sr. Rodríguez Moñino. ms. autógrafo de Jo-
vellanos de la primera Epístola a Posidonio.

83
Cavanilles = Copia del ms. del Instituto que se conserva en la Biblioteca
de Menéndez Pelayo, Santander.
Instituto = Ms. perdido titulado Entretenimientos juveniles de ¡ovino,
que estaba en la desaparecida Biblioteca del Real Instituto de
Gijón.
Ceán — Ms. perdido que poseía Agustín Ceán Bermúdez.
Jovellanos = Ms. perdido, copiado por Ceán Bermúdez, que poseía el
propio Jovellanos.
Navarrete = Ms. perdido que poseía Martín Fernández de Navarrete.
Vargas Ponce = Ms. perdido que copió Vargas Ponce del ms. de Ceán,.

EDICIONES

Amarguras = JULIO SOMOZA, Las amarguras de Jovellanos. Gijón, 1889.


Arrieta ~ BATTEUX, Principios filosóficos de la Literatura o Curso razo-
nado de Bellas Letras y de Bellas Artes... traducido... por don
AGUSTÍN GARCÍA DE ARRIETA, tomo V. Madrid, 1801.

B. A. E. — Biblioteca de Autores Españoles. Los vols. dedicados a Jove-


llanos los designamos por números romanos de I a V. Los demás
por un número árabe, según el que le corresponde en la colección,
ti

Cañedo = Colección de varias obras en prosa y verso... de Jovellanos.


por D. R[AMÓN] M [ A R Í A ] C[AÑEDO] 5 Madrid, 1830-1832.
Catálogo = JULIO SOMOZA, Catálogo de manuscritos e impresos notables
del Instituto de Jove-Llanos en Gijón, Oviedo, 1883,
CEÁN, Memorias — JUAN AGUSTÍN CEÁN BERMÚDEZ, Memorias para la
vida del Excmo. Señor. D. Gaspar Melchor de Jove Llanos, Ma-
drid, 1814.
Censor = El Censor. Madrid, 1781-1787.
Diarios = JOVELLANOS, Diarios. Edición preparada por Julio Somoza,
Oviedo, I. D. E. A., 1953-1955.
Habana = Cartas del Señor Don Gaspar de Jovellanos, sobre el Prin-
cipado de Asturias, dirijidas a Don Antonio Ponz, inéditas,
hasta el día y remitidas a la redacción de las Memorias de la
Sociedad Económica de La Habana por D. Domingo del Monte,
Habana, 1848.

84
inventario = JULIO SOMOZA, Inventario de un jovellanista, Madrid, 1901 r
Lima = Epístola moral del Señor Jovellanos, sobre los vanos deseos y
estudios de los hombres, Lima, 1815. por don Bernardino Ruiz,
Memorias — Vid CEAN, Memorias.
Milá = MlLÁ y FONTAJVALS, Arte Poética, en Obras Completas, L Bar-
celona, 1888.
Morel-Fatio = ALFRED MOREL-FATIO, La satire de Jovellanos contre la
mauvaise éducation de la noblesse. suplemento al BHi de 1899.
Nocedal = En las variantes equivale a B.A.E., I o II.
Quintana = QUINTANA, Poesías selectas castellanas, tomo IV, Madrid,
1830.
Valencia = Sátira de los grandes y alta nobleza de España..., Valen-
cia, 1814.
CARTA DE JOVELLANOS

A SU HERMANO FRANCISCO DE PAULA,

DEDICÁNDOLE SUS POESÍAS


CARTA A DON FRANCISCO DE PAULA
DE JOVELLANOS x

Esta carta y el idilio que la sigue sólo se encentraban en el manus-


crito del Instituto; por ello el único manuscrito que la recoge es CavaniUes,
fol. 3. Del manuscrito del Instituto precede la edición de Cañedo, VII, pág. 225.
Todos los editores siguen a Cañedo, menos Mellado, que la suprime. En el
manuscrito CavaniUes, sin solución de. continuidad y sin titulo, sigue a la
Carta el idilio conocido per el título "A Paulino"". En Cañedo, VIL pág. 232.
va a continuación de la Carta, pero separado ya de ella, e iniciando el grupo
de Idilios. Seguimos el texto de CavaniUes.
Ambas dedicatorias deben de ser de 1779. fecha del manuscrito del
Instituto,

Gloria felicis olim viridisque juventae,


BOETIUS.

Por fin, querido Frasquito, van a tus manos estos versos, que
son el único fruto de mis ocios juveniles, y en ellos te envío u n a
5 firme prueba de mi amor y confianza fraternal. Mil razones, que no
se ocultarán a tu penetración, me han obligado siempre a escon-
derlos, no sólo de la vista del público, sino también de la mayor
parte de mis amigos. Viéronlos solamente aquellos pocos a quie-
nes una íntima y sensible amistad y una perfecta confrontación de
10 sentimientos y de ideas tuvo siempre abiertas las puertas de m i co-
razón. P a r a los demás estos versos han sido siempre un misterio
ignorado o escondido. 2
Es verdad que. prescindiendo de la materia sobre que gene-
ralmente recaen estas composiciones, he creído que debía también

9 íntima y sencilla Cañedo.


14 estas composiciones falta en Cañedo.

39
ocultarlos por su poco mérito; porque siendo hechos rápida y des-
cuidadamente en los ratos que se llaman perdidos, y no habiendo
recibido aquella corrección y pulimento sin los cuales ninguna
obra es acabada, 3 no hay duda que serán muy defectuosos y que
5 no merecerán aprecio alguno, por más que hayan tenido algún
día el mérito respectivo a la ocasión y al tiempo en que se hicieron. 4
Pero sobre todo, nada debió obligarme tanto a reservarlos y
esconderlos, como la materia sobre que generalmente recaen. En
medio de la inclinación que tengo a la poesía, siempre he mirado
!0 la parte lírica de ella como poco digna de un hombre serio, es-
pecialmente cuando no tiene más objeto que el amor. Sé muy bien
que la juventud la prefiere en sus composiciones, y no lo repruebo.
Es natural que un poeta joven busque el objeto de sus composicio-
nes entre los que ocupan su corazón más dulcemente: lo primero,
15 porque así sentirá mayor placer en hacer versos, y lo segundo,
porque los hará mejores. Aun por eso vemos que los que nacieron
para grandes poetas han hecho sus ensayos en las poesías amoro-
sas y tiernas. Estoy persuadido a que no tendríamos los grandes
poemas, cuya belleza nos encanta y sorprende después de tantos
:20 años, si sus autores no hubiesen desperdiciado muchos versos en
objetos frivolos y pequeños. Cuando Virgilio dio principio a su
Eneida, había ya admirado a Roma con sus Bucólicos y con los
inimitables Geórgicos; de manera que primero cantó de amores,
después de los placeres y ejercicios del campo, y al fin los hechos
25 grandes y memorables que precedieron a la fundación de la so-
berbia Roma.
Pero vuelvo a decir, sin embargo, que la poesía amorosa me
parece poco digna de un hombre serio; y aunque yo por mis años
pudiera resistir todavía este título, no pudiera por mi profesión,
30 que me ha sujetado desde una edad temprana a las más graves y
delicadas obligaciones.5 Y ve aquí la razón que me ha obligado a
ocultar cuidadosamente mis versos, conociendo que pues al com-

1 hechas Cavanilles, pero Jovellanos se refiere claramente a los versos'


y no a las composiciones'.
3 sin las cuales Cavanilles, femenino incorrecto.
5 y que no merecerán aprecio alguno falta en Cañedo.
18 tiernas y estoy Cañedo.
24 después de placeres Cañedo.
26 Roma: pascua, rura, duces añade Cañedo.

90
ponerlos había seguido el impulso de los años y las pasiones, no
debía hacer una doble injuria a mi profesión con la flaqueza de
publicarlos. 6
Dirás acaso que en esto he pensado con demasiada delicadeza,
5 y lo mismo que he dicho en favor del uso de la poesía ligera en
los primeros años, te inclinará tal vez a desaprobarla. Pero debes
considerar, que aunque las obligaciones del hombre en la vida pri-
vada son iguales en todos los estados, su pública conducta debe
variar según ellos. Los hombres se revisten de tales personalidades
10 hacía el público por su profesión y sus destinos, que lo que es en
unos una amable galantería, pasa justamente en otros por una li-
viandad reprensible. Entre todos son los magistrados los que están
más obligados a guardar unas costumbres austeras, porque el pú-
blico tiene un derecho a ser gobernado por hombres buenos, y por
15 lo mismo quiere que los que mandan lo parezcan; exige de nos-
otros un porte juicioso y una conducta irreprensible; quiere que
le dirijamos con nuestra doctrina, y que le edifiquemos con nuestro
ejemplo; y así como premia la aplicación y la virtud de los buenos
magistrados con un tributo de estimación y alabanza, cuyo precio
20 es inmenso, se venga, por decirlo así, de los malos, censurando sus
errores y extravíos con la mayor severidad, castigándolos con el
odio y el desprecio. De este modo se compensa la desigualdad de
las condiciones, y se igualan las suertes de los que obedecen y los
que mandan. 7
25 Estas razones, que me obligaron a entregar al fuego la mayor
parte de mis versos y a sepultar en el olvido esos pocos, que por no
sé qué casualidad se libraron de él, deben obligarte a tí también
a ser muy circunspecto en el uso de esta confianza.8 Mis versos
contienen una pequeña historia de mis amores y flaquezas: ¡mira
30 tú, si estando yo arrepentido de la causa, podré hacer vanidad de
sus efectos!9 Por lo común a cualquiera de estas composiciones
sigue un pronto arrepentimiento de haberlas hecho. Y apenas se
desvanece el entusiasmo con que se escribieron, cuando empieza a
mirarlas con desprecio el mismo que las produjo. Por eso, si des-
35 pues de haberlos leído quisieres quemarlos, podrás hacerlo a tu

21 y castigándolos Cañedo.

91
salvo, pues nunca estarán más secretos que cuando se hayan re--
ducido a ceniza.
Es verdad que entre estas composiciones hay algunas de que
no pudiera avergonzarse el hombre más austero, al menos por su
5 materia. Pero, prescindiendo de su poco mérito, es preciso ocul-
tarlas sólo porque son versos.10 Vivimos en un siglo en que la poesía
está en descrédito, y en que se cree que el hacer versos es una ocu-
pación miserable. No faltan entre nosotros quienes conozcan el
mérito de la buena poesía, pero son muy pocos los que saben, y
10 menos los que se atrevan a premiarla y distinguirla. Y aunque no
sea yo de esta opinión, debo respetarla, porque cuando las preocu-
paciones son generales, es perdido cualquiera que no se conforme
con ellas. 11
Bien sé que no pensaban así los antiguos. El inmortal Cicerón
15 no se desdeñó de hacer versos, sin embargo de que obtuvo las pri-
meras magistraturas de Roma; PHnio el Mozo, magistrado, orador
y filósofo del tiempo de Trajano, se ocupaba muchos ratos en hacer
versos. Es muy notable lo que dice sobre esta materia, corno se
puede ver en la carta 14 del libro IV, y en la cuarta del libro VII,
20 que no copio por la brevedad con que escribo.
Hubo también entre nosotros un tiempo en que la poesía era
ocupación de los hombres más doctos y más graves, y en el catálogo
de nuestros poetas se leen gentes de todas dignidades y profesiones:
ni falcan en él obispos, sacerdotes, doctores, religiosos, magistrados,
25 y cuando no hubiese más ejemplos que los del célebre obispo Bal-
buena, del sabio Arias Montano, del elocuente fray Luis de León,
sin contar los Mendozas. los Rebolledos, los Crespis, Vegas y Cal-
derones, bastarían para probar cuánto y por cuan grandes perso-
najes fueron cultivadas las Musas entre nosotros otras veces."
•30 Pero vuelvo a decir que es preciso respetar la preocupación al
mismo tiempo que se trabaje en deshacerla. Yo encuentro la causa
del descrédito de la poesía en el mal uso que hicieron de ella los
poetas del siglo pasado, y ya que la casualidad me ha conducido
hasta este punto, discurramos un poco sobre esta decadencia, y
35 para averiguar un punto tan importante en nuestra historia Iitera-

2 cenizas Cañedo.
8 no falta Cavanilles, pero la concordancia exige el plural.
29 otras veces falta en Cañedo.
ria, acumulemos nuestras reflexiones sobre las que han hecho anti-
cipadamente otros eruditos.
En la restauración de los estudios se empezaron a cultivar cui-
dadosamente entre nosotros las humanidades o bellas letras, y par-
5 ticularmente tuvo la poesía muchos y muy distinguidos profesores.
Empezaron éstos a imitar los grandes modelos que h a b í a produ-
cido la Italia, así en tiempo de los Horacios y Virgilios, como en el
de los Petrarcas y los Tassos. Entre los primeros imitadores hubo
muchos que se igualaron a sus modelos. Cultiváronse todos los ramos
10 de la poesía, y antes que se acabase el dorado siglo XVI había ya
producido España muchos épicos, líricos y dramáticos comparables
a los más célebres de la antigüedad.
Casi se puede decir que estos bellos días anochecieron con el
siglo XVI. Los Góngoras, los Vegas, los Palavicinos, siguiendo el
15 impulso de su sola imaginación, se extraviaron del buen sendero que
habían seguido sus mayores. La novedad, y más que todo la reputa-
ción de estos corrompedores del buen gusto, arrastró tras de sí a
los demás poetas de aquel tiempo, y poco a poco se fue subrogando
en lugar de la grave, sencilla y majestuosa poesía, una poesía hin-
20 chada y escabrosa, llena de artificio y extravagancias.
Cuando hablo generalmente de la poesía, no se crea que quiero
calificar en particular los poetas. Sé que el siglo XVII produjo
muchos de gran mérito, y sé que algunos de ellos, en medio de la
corrupción y el mal gusto, han producido algunos poemas exce-
25 lentes. Pero esto debe mirarse como un argumento de lo que puede
hacer un grande ingenio por sí solo, mas no como una prueba en
favor de la bondad de la poesía de aquel tiempo en general. Segu-
ramente Góngora, por no poner otro ejemplo, estimaba más sus
Soledades y sus sonetos que sus bellos romances. ¡Cuánta diferen-
30 cia, sin embargo, se halla entre una y otra poesía!
Muchas veces he reflexionado que este mal gusto hizo m á s
daño que utilidad había causado el bueno a la poesía. Ningún siglo
crió tan prodigioso número de poetas como el p a s a d o ; en ninguno
tuvo la poesía tan grande estimación. El reinado de Felipe IV era

7 producido Italia Cañedo.


9 igualaban Cañedo.
22 calificarla Cavanilles.

93
el de Augusto y de Mecenas. Ei mismo rey se complacía en hacer
versos, y a su imitación no había persona que desdeñase un arte
que hallaba estimación hasta en el trono. Pero esto mismo acabó
de arruinar la poesía. Todos quisieron ser poetas en un tiempo en
5 que se hacía granjeria de los versos; y como para serlo al modo
y gusto del tiempo no era menester otra cosa que un poco de in-
genio, eran pocos los que no podían ser poetas. Creció ilimitada-
mente el número de los cultivadores de las Musas, y entre tantos
era preciso que hubiese muchos despreciables y extravagantes, y
10 lo que es peor, muchos que hicieron servir el lenguaje de los dio-
ses a su ambición, y a su codicia. ¡Qué inmenso número de poesías
pudiera recogerse entre las de aquel tiempo en que no se halla más-
lenguaje que el de la lisonja, más calor que el del odio y la ven-
ganza, ni más moral que la de los vicios y pasiones!
15 Con esto empezaron poco a poco a ser aborrecidos o despre-
ciados los poetas, y al fin el descrédito de los poetas se comunicó
a la poesía.
Así entró el presente siglo, que debía formar una nueva época
para nuestras Musas. Los Candamos, los Lobos y los Silvestres man-
20 tuvieron por algún tiempo el crédito de la mala poesía; pero poco
a poco fue naciendo el buen gusto y ya en el día vemos con grande
complacencia amanecer de nuevo los bellos días en que las Musas
españolas deben recobrar su antigua gloria y esplendor.
Sin embargo, la preocupación dura todavía. Las gentes de jui-
25 ció no se atreven a divulgar un talento que no tiene seguros el
aprecio y estimación del público. Entre tanto es preciso que las
Musas anden como unas ninfas vergonzantes y que, no se atreven
todavía a parecer en público por no recibir algún insulto de las
personas ignorantes, austeras o preocupadas.
30 En cuanto a mí, estoy muy lejos de creer que mis versos ten-
gan un gran mérito; pero sí aseguraré que no se parecen a los del
mal tiempo. Si por otra parte no merecen ser estimados, ésta no
será falta de crítica, sino de ingenio. Sin éste nadie puede ser poeta,
y como dice el Horacio francés:

9 despreciables, extravagantes Cañedo.


13 más color Cavanüles; odio y venganza Cavanüles.
25 juicio aún no Cañedo.
27 atrevan Cañedo.

94
C'est en vain qu'au Parnasse un temeraire auteur
Prétend de l'art des vers atteindre la hauteur,
S'il ne sent point du ciel Tinfluence secrete.
Si son astre en naissant ne l'a formé poete.1''

c Algo quisiera añadir en abono de los versos libres o blancos;.


pero me insta el conductor que debe llevar esta colección. Queda-
este asunto para otra carta, si acaso los negocios de oficio me-
permitiesen dedicar a él algún rato. Y entre tanto...

Allá van a tus manos pasados de continuo.


mis versos, oh Paulino; 14 y a ser de su memoria
mis versos mal limados, mil veces repetidos.
mis versos bien sentidos, Tal vez, al repasaros,
5 de afecto y. verdad llenos, 30 saldrá, mal reprimido,
si de primor vacíos.10 el llanto a sus mejillas,
Partid, partid alegres y tal. enternecido,
í oh pobres versos míos!; os honrará su pecho
partid de mí, sin miedo con un tierno suspiro.
10 de ser mal admitidos. 35 Empero si por caso
No vais emancipados alguna vez tenidos
del público al capricho, de él fuereis por livianos;
injusto siempre y vario; si acaso del antiguo
ni vais a ser ludibrio ropaje, con que incauta
15 de zoilos envidiosos 40 mi pluma os ha guarnido,
ni críticos malignos. culpare la extrañeza
Mejor y más dichoso y el aire peregrino;
será vuestro destino, en fin. si os reprendiere
pues vais a ser recreo por libres y sencillos,
20 de mi caro Paulino; 45 y el tono licencioso
vais a llenar las horas culpare acaso esquivo;
que hurtare a su preciso decidle solamente
descanso, y en sus ocios que fuisteis concebidos ?
vais de él a ser leídos; unos del ocio blando
25 a ser vais por su vista 50 en medio del descuido,

41 culparé Cavanilles.

95
otros de los negocios que al público capricho
en medio del bullicio, de la común censura
y otros, al fin, en medio salgáis inadvertidos:
del fuego más activo 65 no sea que os prevenga.
de amor, y en el tumulto como a otros, el destino
de los años floridos. borrascas, escarmientos,
Empero, si os disculpa, naufragios y peligros. 1 '"
piadoso y compasivo, Vivid por tiempo largo,
de ser de él estimados 70 contentos y escondidos,
vivid desvanecidos. en el virtuoso pecho
Vividlo, mas no tanto de mi caro Paulino,
POESÍAS ORIGLNALES

Aussus non operara, non formidare poetoe


nomen, adoratum quondam, nunc pene prococi
monstratum dígito.

JACQUES VANIÉRE "


1.

SONETO PRIMERO

A CLORI

Se conserva este soneto en los siguientes manuscritos: Cavanüles,


fol. 60 v., B. fol. 102 v., y C, fol. 135. El texto de B C es idéntico al de Cañedo,
VII. pág. 269. Este soneto fué de los seleccionados por QUINTANA, Poesías se-
lectas castellanas. IV, Madrid, 1830, pág. 319. Seguimos el texto de Cavanüles.
Se compuso este soneto antes de 1779, por haber sido incluido en el
manuscrito del Instituto; pero de su contexto parece deducirse que pertene-
ce a la etapa inicial de los amores de Joveílanos. por lo que cabe fecharlo
h. 1768.

Sentir de una pasión viva y ardiente


todo el afán, zozobra y agonía;
vivir sin premio un día y otro d í a ;
dudar, sufrir, llorar eternamente;
5 amar a quien no ama, a quien no siente,
a quien no corresponde ni desvía;
persuadir a quien cree y desconfía;
rogar a quien otorga y se arrepiente;
luchar contra un poder justo y terrible;
10 temer más la desgracia que la m u e r t e ;
morir, en fin, de angustia y de tormento,
víctima de un amor irresistible:
ésta es mi situación, ésta es mi suerte,
¿ Y tú quieres, cruel, que esté contento? 1 8

13. ve aquí mi situación B C Cañedo,


14 y aún pretendes c. B C Cañedo,

99
2,

SONETO SEGUNDO

A CLORI

Hay copia de este soneto en los siguienes manuscritos; Cavanilles,


fol. 61, B, fol. 103, y C. fol, 136. Lo publicó Cañedo, VII pág. 270; fué incluido
por Quintana en sus Poesías selectas castellanas, IV, Madrid, 1830, pág. 320.
Seguimos el texto de Cavanilles.
En cuanto a la fecha véase lo dicho para el soneto anterior.

De agudo mal el golpe no esperado


asusta. Clori, tu preciosa vida,
y al mirarte doliente y afligida,
mi enfermo corazón tiembla asustado,
5 Dos veces con influjo porfiado
ejerce el mal su saña enfurecida:
una turbando mi alma dolorida,
otra afligiendo tu ánimo angustiado.
¿Cuál, Clori, de los dos, pues la inclemencia
10 del mal sentimos ambos de consuno,
cuál, dime, sufrirá mayor martirio:
tú, en quien se ceba la criiel dolencia,19
o yo, que todo el mal siento importuno
de tu misma dolencia y mi delirio?

12 en quien ceba B C Cañedo.

100
3.

SONETO TERCERO

A ENARDA

Fue incluido este soneto en los siguientes manuscritos: Cavanille$r


fol. 60, B, fol 102, y C, fol 134, v. Lo publicó por primera vez Cañedo, VII,
pág. 269. Preferimos el texto de Cavanüles.
Es anterior a 1779, por haber formado parte del manucristo del insti-
tuto. Lo suponemos de h. 1770 por el contexto, pero podría ser igualmente
de h. 1778.

Bello trasunto del semblante amado,


que acá en mi corazón llevo esculpido,
¿cómo pudo el pincel, aunque regido
de diestra mano, haberte bosquejado?
5 ¿Cómo en humana idea tal dechado
de perfección ser pudo concebido?
¿ P o r qué milagro en el marfil bruñido
respira y vee mi dueño idolatrado?
Del bello original la gracia, el brío,
10 el peregrino encanto, el gentil arte,
y hasta el alma, copiados en ti veo.
¡Gracias a su deidad y al amor m í o !
P o r q u e sólo pudieron inspirarte
belleza Enarda. y vida mi deseo.

8 mi diseño idolatrado B C, indudable errata que, por ser común a ambos,,


tenía que estar ya en la fuente de los dos manuscritos.
13 pudieran B C Cañedo.
14 Los impresos puntúan: belleza, Enarda-, y vida mi deseo; pero el poeta
quiso decir que "sólo Enarda podía inspirar belleza al retrato y sólo el
deseo de Jovino podía inspirarle vida".

101
4.

IDILIO PRIMERO

ANFRISO A BELISA

Las cuatro poesías que siguen sólo se conservan en el manuscrito Ca-


vanilles, fols. 74-77. Las editó Cañedo, VII, págs. 244-249, agrupando con
ellas los idilios que empiezan "Mientras los roncos silbos" y "Riñenme, bella
Enarda", que en Cavanüles van a continuación, pero formando grupo aparte.
En el manuscrito aparecen bajo el título Anfris,o a Belisa, formando un con-
junto unitario, lo que nos ha movido a editarlos como un poema en cuatro
partes o episodios de una misma historia. En Cañedo se lee Enarda en vez de
Belisa en las partes II. I I I y IV, pero en las dos últimas Anfriso no h a sido
sustituido por Jovino. Este pequeño detalle h a provocado alguna confusión.
La sustitución pudo haber sido un intento de Jovellanos por regularizar los
nombres poéticos. Seguimos el texto de Cavanüles, más perfecto que el im-
preso.
Las cuatro poesías son de la época de Sevilla, por la precisa localización
del verso 1 de la primera. Si se acepta la identificación Belisa-Enarda, pu-
dieron ser compuestos en los primeros años de la estancia del pceta en Se-
villa, entre 1768-1770, ya que de suponer alguno de ellos posterior habría que
fecharlo entre 1778-1779, cuando ya Jovellanos aplicaba el hombre "Anfriso"
a don Mariano Colón.

I que con tu llanto y quejas


consuele yo las mías.
Del Betis recostado \$ Cuando de aquél que adoras,
sobre la verde orilla, mofada y ofendida,
así el pastor Anfriso te quejes a los cielos,
se lamentaba un día, los montes y las silvas; 2 0
5 culpando los desprecios cuando tu rostro ingrato
de la cruel Belisa: 20 descubra la ruina
— P e r m i t a el justo cielo, de los rabiosos celos*
desapiadada ninfa, de las celosas i r a s ;
que en la aflicción que lloro y cuando de tus ojos
10 te vea yo algún d í a ; las luces homicidas
permitan de los dioses 25 cuidados oscurezcan,
las siempre justas iras pesares y vigilias,

20 las ruinas Cañedo.


27 continuo Cañedo.
29 entonce Cañedo.

102
y del contino llanto Estos que en mi semblante
las mire yo marchitas; ves de dolor indicios, 21
entonces, solazada, 15 no son exequias tristes
30 la triste ánima mía hechas a un bien perdido,
olvidará sus penas, ni son a tu hermosura
sus males y sus cuitas; tributos ofrecidos:
entonce el llanto ardiente de tu perfidia sólo
que hoy aiega mis mejillas, 20 son argumento fijo,
35 a vista de tu llanto horror de tus engaños,
convertiráse en risa; baldón de mis delirios.
entonces las angustias No lloro tus rigores,
que el corazón me atristan, ni siento haber perdido
las ansiag que le aquejan, 25 correspondencias falsas,
40 los celos que le aguijan, favores fementidos;
se trocarán en gusto, de mi ceguedad sólo
consuelo y alegría. y mis engaños gimo;
lloro a un ingrato numen
II 30 los hechos sacrificios,
En vano te deleitas y el exhalado incienso
al ver el llant© mío, sobre un altar indigno;
cruel Belisa, En vano lloro el recuerdo infame
celebras mis suspiros. del cautiverio antiguo,
5 De lágrimas ardientes 35 y el peso vergonzoso
mi rostro humedecido, de los llevados grillos.
con las vigilias flaco, En mi memoria triste
con el dolor marchito, revuelvo de contino
tu liviandad arguye, obsequios mal pagados,
10 reprende tus caprichos, 40 desdenes mal sufridos,
y al mundo entero grita pospuestas y olvidadas
tu infamia y tu delito. finezas y suspiros.

37 entonce Cañedo.
39-40 los celos que le agobian, / las ansias que le aguijan Cañedo.
3 cruel Enarda Cañedo.
17 no san Cañ-edo.
41 pospuestos y olvidados Cañedo.
43 pero ¡ay Enarda! Cañeña.
49 perderlas Cañedo.

103
Pero, Belisa, en vano ni su color se muda,
te agrada el llanto mío, ni pierde su sosiego,
45 Amor, que ya me mira 25 ni el corazón le avisa
con ojos compasivos, del ya pasado incendio. 23
mil veces reprendiendo Sobre los mismos labios
mis lágrimas, me dijo: que en el antiguo tiempo
—Nada en perderla pierdes, sólo íormar sabían
50 ¿por qué lloras, mezquino? 30 querellas y lamentos,
residen ya los chistes,
III la risa y el contento,
las sazonadas burlas,
Ya, gracias a los dioses, los dichos placenteros.
Belisa, estoy contento; 22 35 Sus ojos deslumhrados,
ya está mi rostro alegre, que antes el dios pequeño
mis ojos ya están secos, cerró con tierna mano
5 Aquel cuitado Anfríso, del mundo a los objetos,
que en el pasado tiempo dejándolos ¡oh cruda!
en pos de tus encantos 40 para ti sola abiertos,
corría sin sosiego; hoy llenos de alegría,
aquél que en tu semblante vivaces y traviesos,
10 buscaba iluso y necio siguen el dulce hechizo
delicias engañosas, de mil semblantes bellos,
mentidos pasatiempos. 45 y de otros bellos ojos
aquél que en tus dos ojos beben el dulce incendio:
hallaba dos luceros, que ni los turba el llanto,..
15 mil perlas en tu boca, ni ofuscan los desvelos.
mil flores en tu seno;
ya sin amor, sin susto,
IV
sin ansias ni deseos,
lejos de ti o contigo. Belisa, ai fin los cielos-
20 tranquilo está y sereno. de mí se han apiadado:
Si al paso de ios suyos tú lloras y te afliges,
salen tus ojos bellos, yo estoy alegre y canto.

2 Enarda Cañedo,
40 sólo Cañedo.
1 Enarda Cañedo.
5 engañada Cañedo.

104
5 Al que antes, engañado, 15 tu honor y tu decoro,-
favoreciste tanto, con engañoso trato.
ya con dolientes voces Por él, en fin violaste
el nombre das de ingrato. mil juramentos santos»
Por él tu amor sin seso rompiste mil promesas,
10 rompió los dulces lazos 20 forjaste mil engaños.
que mi inocente cuello Ahora, despreciada,
uncían a tu carro. 24 derramas llanto amargo:
Por él abandonaste pues llora, injusta, llora,
mi fe, mi amor, mi llanto, que Anfriso está vengado •

105-
5.

ELEGÍA

A LA AUSENCIA DE MARINA5

El original autógrafo de Jovellanos se encuentra en el manuscrito


12.958, núm. 28 (A) de la Biblioteca Nacional; consta de 2 hojas útiles en
4.°, con la última página en blanco. Inédito en colección. Lo ha publicado por
primera vez GEORGES DEMERSON, Quatre poémes inédits de Jovellanos (BHi,
LVIII, 1956, pág. 45).
Esta Elegía, probablemente fué compuesta a raíz del viaje con que ter-
minó la primera etapa de los amores de Jovellanos, es decir, h. 1770, si Mari-
na es nombre dado a la misma Enarda. El final brusco da la impresión ds
que Jovellanos no llegó a concluir el poema; esto podría explicar que ¡no
hubiera sido incluida en ninguna d¡e las colecciones conocidas.

Corred sin tasa de los ojos míos


¡oh lágrimas amargas!, corred libres 20
de estos míseros ojos, que ya nunca,
como en los días de contento y gloria,
5 recrearán las gracias de Marina. 2 7
Corred sin tasa, y del cuitado Anselmo
regando el pecho dolorido y .triste,
corred hasta inundar la yerta tierra
que antes Marina h o n r a b a con su planta.
10 ¡Ay! ¿ D ó te lleva tu maligna estrella,
infeliz hermosura? ¿Dónde el hado,
conmigo ahora adverso y rigoroso,
quiere esconder la luz de tu belleza?
¿Quién te separa de los dulces brazos
15 de tu Anselmo. Marina desdichada?
¿Quién, de amargura- y palidez cubierto
el rostro celestial, suelto y sin orden
el hermoso cabello, triste, sola,
y a mortales congojas entregada,
20 de mi lado te aleja y de mi vista?
Terrible ausencia, imaeen de la muerte,
tósigo del amor, fiero cuchillo

106
de las tiernas alianzas, ¿quién, oh cruda,
entre dos almas que el amor unía
25 con vínculos eternos, te interpuso?
¿Y podrá Anselmo, el sin ventura Anselmo,
en cuyo blando corazón apenas
caber la dicha y el placer podían,
podrá sobrevivir al golpe acervo
30 con que cruel tu brazo le atormenta?
¡Ah! ¡Si pudiera en este aciago instante,
sobre las alas del amor llevado,
alcanzarte, Marina, en el camino!
¡Ay! ¡Si le fuera dado acompañarte
35 por los áridos campos de la Mancha,28
siguiendo el coche en su veloz carrera!
j Con cuánto gusto al mayoral unido
fuera desde el pescante con mi diestra
las corredoras muías aguijando! 29
40 ¡O bien, tomando el traje y el oficio
de su zagal, las plantas presuroso
moviera sin cesar, aunque de llagas
mil veces el cansancio las cubriese!
¡Con cuánto gusto a ti de cuando en cuando
45 volviera el rostro de sudor cubierto,
y tan dulce fatiga te ofreciera!
¡Ah! ¡Cuan ansioso alguna vez llegara,
envuelto en polvo, hasta tu mismo lado,
y subiendo al estribo te pidiera
50 que con tu blanca mano mitigases
el ardor de mi frente, o con tus labios
dieses algún recreo a mis fatigas!
6.

IDILIO SEGUNDO

HISTORIA DE JOVINO
A MIREO 30

Dos manuscritos nos han conservado la Historia de Jovino: Cavanilles,.


fol. 61 v., y B, fol. 50. Fué editada por Cañedo, VII, pág. 235. Ceán (Memorias,
pág. 290). al hablar de este poema, copia los ocho primeros versos, que coin-
ciden con la versión del manuscrito B. También coinciden con esta versión
los que se transcriben en el prólogo a las Obras de Don J-osé Cadahalso (to-
mo I, Madrid, 1803, pág. VIII). que son los versos 49-72. Frente al grupo for-
mado por el ms. B, el ms. perdido de Ceán y el ms. perdido de Navarrete (de
donde procede la cita del prólogo a las Obras de Cadalso), forman otro
grupo el manuscrito Cavanilles y Cañedo. Cada grupo responde a una ver-
sión distinta, cuyo orden cronológico es difícil de establecer. Creemos que
la última forma es la del ms. Cavanilles, por lo cual la seguimos,
Se escribió esta composición a finales de 1775 o principios de 1776, pues
Melández responde con una oda y una carta, ésta fechada en 30 de marzo
de 1776, que es la primera que dirige a Jovellanos (B, A. E., 63, pág. 215).

Actie aetatis placida


et lenis recordatis.
CICERÓN.

Mireo ; pues te place verála sin asombro,


que sepa el caro Delio pero también sin tedio.
mi profesión, mi nombre, Dile que en la ancha orilla
mi patria, y mis sucesos, del mar cántabro un pueblo-
aplícate un instante 15 sobre otros mil levanta
a ver este diseño, su erguida frente al cielo;
de ingenio y arte escaso, mil timbres le ennoblecen,
si de verdades lleno. ganados en el tiempo
Cifrada en breves puntos antiguo, cuando cuna
10 mi historia verá Delio; 20 sus altos muros fueron

5-6 aplica por un rato / tu vista a este diseño B Ceán Navarrete.


8 mas de B Ceán Navarrete.

108
de claros capitanes que me pasó a Compluto
y heroicos semideos; desde el hogar paterno. 34
de aquellos santos reyes Mezclado a los ilustres
que a España redimieron hijos del gran Cisneros,
25 del vu«o berberisco 55 allí me vio Dalmiro, 33
fue corte y real asiento.31 al margen por do el viejo
En él nací, del sumo y sabio Henares fluye
rector del universo con pasos graves, ledo.
sin duda descendido; Allí me vio Dalmiro;
30 que a tanto dios debieron, 60 Dalmiro, cuyo ingenio,
si no mintió la fama, ya entonces celebrado,
su origen mis abuelos. daba con vario efecto
Jovino me llamaron cuidados a las ninfas
desde los años tiernos y a los pastores celos.
nr 1 * 0 '* 32
65 De allí, quizá aguijado
oi> las nmias gejionenses;
de tan ilustre ejemplo,
y allí do va el sereno
trepar osé al Parnaso
Pilas 33 al mar de Asturias
por cima de escarmientos.
sus aguas refluj^endo,
Imberbe aún, y falto
el nombre de Jovino,
70 de inspiración y fuego,
40 con resonantes ecos,
tenté del sabio Apolo
náyades y tritones
subir al trono excelso.36
mil veces repitieron.
Luego al intonso numen
No aún mi blanca barba
enderecé mis ruegos,
manchara el pardo vello,
75 y aunque de tal descaro
45 y ya del nombre mío
mostrarse pudo ofenso,
volaba el dulce acento,
la juvenil audacia
llevado por las auras
me perdonó, y risueño
al complutense suelo.
me dio de alumno suyo
Minerva despiadada
80 el nombre y los derechos.
50 firmó el cruel decreto

35 gijonenses Cañedo.
36 el violento B.
37 Piles Cañedo, Piles es el verdadero nombre del río al que se refiere el
Voeta.
40 en resonantes B,
43 aun no B,
41 el aura B.
51 al Henares B.
67 pude B.
71 osé del mismo Apolo B.

109
Bajo de tal auspicio semblante me miraba;
viví rail días bellos, quise obligarla atento,
gocé mil dulces dichas 115 rogué, seguí sus pasos
y obré mil altos hechos. y huyóme con desprecio.
85 Bebí de la armoniosa Mas ¡ oh natura extraña
corriente del Permeso,37 del hombre en sus deseos..
después la de Hipocrene, que el fuego los entibia,
y al fin, a tragos luengos, 120 y los enciende el hielo! :43
en el raudal castalio la fuga de la ninfa
90 sacié mi afán sediento. irrita mi deseo;
Mónteme en el Pegaso,'^ la sigo a todas partes:
y en él volé ligero la busco entre los griegos,
al elevado Pindó 125 y sólo hallé sus huellas,
y al muy más alto Pierio, 39 que ya al latino pueblo
95 donde las nueve hermanas del ático pasara;
favores mil me hicieron: corrí el país que un tiempo-
de Erato, 40 aunque voluble, fue trono de las musas,
fui fino chichisbeo, 130 y ya sobre su suelo,
que en mi favor con ella de sangre, de despojos
100 tal vez intercedieron y ruinas mil cubierto,
Teócrito, Virgilio, la ninfa no habitaba;
Catulo y Anacreon; 41 desde uno al otro extremo
galanteé a Talía 135 crucé la sabia Europa,
también por algún tiempo, y al fin la hallé en los pueblos-
105 y entonces la taimada, a que uno y otro margen
con aire zahareño, del Sena dan asiento.
enmascaró mi rostro, Con culto majestuoso
y ai pie, que del proscenio 140 la ninfa vive entre ellos
el polvo nunca hollara, tenida en grande estima:
110 calzó el humilde zueco; 42 allí escuchó mis ruegos,
la grave Melpomene y dio a mis inquietudes
en tanto con severo y largo afán el premio,

88 y en fin Cañedo; falta y en B.


94 Falta muy en B.
103 la corte hice B Cañedo.
108 y el pie B.
122 irritó B.
142 mi ruego Cañedo.

110
145 subiéndome al heroico y con tirano imperio
coturno desde el zueco,44 pretende ser la sola
¡Oh cuántos ricos dones 180 señora de mi ingenio.4¡J
a sus influjos debo! Mal de su grado cede
Diome que en largos hilos mi corazón al peso
150 de los humanos pechos de ley tan inhumana,
mil lágrimas sacara, y no sin gran tormento
mil quej as y lamentos; 185 a tan severo numen
diome que hacer pudiese ofrece sus inciensos.
amables los senderos ¡Ay, Dios, los bellos días
155 de la virtud, por más que pasaron! ¡Pasó el tiempo
el fraude, el odio negro de holganza, de venturas
y la traición los pinten 190 y de contentamientos!
penosos y molestos; Pero, pues ya mis dichas
diome que al hombre hiciera, y glorias perecieron,
160 con sabios documentos, ¿por qué no fue mi nombre
de lealtad amigo en hondo olvido envuelto?
y a vil perfidia adverso; 195 ¿Por qué me habéis dejado ?
que a los potentes reyes cruel diva, en el recuerdo,
mostrase el fiero ceño de tan sabrosos gustos
165 de la fortuna airada, tan amargo tormento?
y a los sufridos pueblos ¡Oh, cuan dulces instantes,
el celo vigilante 200 qué días tan risueños
con que un poder supremo los que pasar solía
refrena los designios al margen del Permeso!
170 de príncipes aviesos: 43 ¡ Cuántas veces mi nombre
diome... Pero no digas y el de mi Enarda fueron
cuánto me dio, Mireo: 205 escritos de consuno
sus dones no divulgues, sobre los olmos tiernos,
que Astrea tendrá celos; que ya encumbró a más alta
175 Astrea, que hoy me tiene región el raudo tiempo!... 4 7
en sus cadenas preso, ¡De hiedra y verde mirto-
me trata con ley dura, 210 ornado, el suave plectro

147 dulces dones B.


161 el cielo B.
176 a sus Cañedo.
181 mi grado Cañedo.
1E9 holganzas B.

nr
cuántas veces tañía, extiende por el viento
y al dulce son atento el triunfo de ios sabios
cantaba mis venturas, ministros de tu templo;
que duplicaba el eco! a Delio, al hijo ilustre,
215 ¡De Enarda cuántas veces 240 imagen y heredero
la gracia y dulce ingenio del gran León, tu alumno,
loaba, y sus encantos tu gloria y tu recreo.*3
encaramaba al cielo! Oh genio peregrino!
Cantaba de sus ojos Oh inimitable Delio!
220 el rutilante fuego, 245 Oh honor, oh prez, oh gloria
su frente hermosa y grave de los presentes tiempos!
y los cabellos luengos, Ya las hispanas musas,
que airosos abajaban que en hondo y vil desprecio
sobre su blanco pecho... yacían, por ti vuelven
225 Perdona, oh santa Temis, 250 a su esplendor primero;
perdona estos recuerdos: a ti fue dado sólo
Mireo los exige obrar el alto hecho.
v los conduce a Delio: Y pues tamaña empresa
J 7

a Delio, aquel que supo te reservaba el tiempo,


230 con tan sonoro plectro 255 el triunfo que a tal gloria
la integridad augusta levanta el pueblo ibero,
loar de tus decretos; será del plectro mío
a Delio, que inflamado perenne, vasto objeto,
con el divino fuego y de uno al otro polo
235 que le inspiró tu numen, 260 resonará en mis versos.

218 el cielo B Nocedal,


227 los demanda B.
228 Falta este verso en Cavanilles ; y los dirige B
235 tu número B.
238 su templo B.
252 tan alto B Cañedo.
256 al pueblo B Cañedo.
258 p. y grave o. Cañedo.

112
7.

ODA PRIMERA

EN LA MUERTE DE DOÑA ENGRACIA OLAVIDE

ODA SAFICA

AL CAPITÁN DON JOSÉ DE ÁLAVA"19

Incluyen esta oda los siguientes manuscritos: Cavanilles, fol. 48 v., B,


fol. 8, y C. fol. 113 v. El texto de Cavanilles coincide con el editado por Ca-
ñedo, I, pág. 24, que preferimos al de los otros dos manuscritos. Cañedo dice
en el título: José de Alba, y el ms. C: Eugenia Olavide, en vez de Engracia
Olavide.
Debió escribir Jovellanos esta oda poco después de la muerte de la
hermana de don Pablo de Olavide y por tanto en el último trimestre de 1775
€> en los primeros meses de 1776.

Mientras cubierto el beaciense suelo co


de triste luto, la eterna! ausencia
siente de Filis, y las fuentes claras
lloran su muerte;

5 mientras al cielo sus dolientes voces


tristes envían las graciosas ninfas,
que con su llanto la u r n a transparente
del Betis hinchen;

mientras al son de roncos instrumentos


10 van entonando lúgubres endechas
los partorcillos que los verdes prados
de Ubeda cruzan;

5 mientras el cielo B.
6 tristes envidian B C.
8 Chinchan B C, Los presentes lloran y cruzan de los versos i y 12 exigen
también presente de indicativo en éste, en cuyo caso B C usarían el verbo
hinchar, menos poético que henchir.
9-12 Faltan estos versos en B C.

US
ven tú, Lisardo, ül y con veloces planta©
huye ligero del funesto clima
15 que a la divina, a la inocente Filis
causó la muerte.

Huye, y contigo del letal recinto


súbito arranca al dolorido Fabio, u2
que aún la sombra y las cenizas frías
20 de Fili adora.

¡Guay!, que al influjo de maligna estrella


no quede expuesto el huérfano inocente;
sálvale, salva, y en tu seno, amigo,
sácale oculto.

25 ¡Ah!, no permitas que al horrendo triunfo


otros agreguen los funestos hados,
ni que la Parca más ilustres almas
destierre al Orco.

jOh cruda muerte! [Cómo en un instante


30 de la más bella y adorable ninfa
todas las gracias, los encantos todos
vuelves en humo!

La que atraía con su dulce canto


del aire vago a las canoras aves,
35 y los feroces brutos extraía
de sus cavernas;

cuyo sonoro penetrante acento


daba sentido a los peñascos duros,
y detenía en su corriente rauda
40 fuentes y ríos, 23

19 las sombras B C, variante que obligaría a acentuar 3 A y 8A


21 guar B C.
23 sálvala Cavanilles; Nocedal puntúa: seno amigo sácale, pero Cavaní-
lles B C Cañedo consideran amigo como vocativo.

114
¿dónde se ha ido? ¿Cómo no resuenan
en los amenos carolíneos valles
sus peregrinos melodiosos ecos
dulcisonantes?

45 Cuando, a la excelsa Venus semejante,


salía al campo, los humildes chopos,
el olmo erguido y los ancianos robles
se le inclinaban,

Donde estampaba con airoso impulso


50 la breve huella su fecunda planta,
allí a porfía mil galanas flores
luego brotaban.

En otro tiempo ¡oh triste remembranza!


tú mismo viste los marianos montes
55 al dulce encanto de su voz alegres
y conmovidos.

Di, ¿no te acuerdas cuando señalaba


su blanca mano con devotos signos
sobre la arena del futuro pueblo
60 todo el recinto;

cuando miraba del cimiento humilde


salir erguido el majestuoso templo,
el ancho foro, y del facundo Elpino54
la insigne casa;

65 cuando al anciano documentos graves


daba, y al joven prevenciones blandas,
y a las matronas y a las pastorcillas
santos ejemplos;

55 dulce canto C.
61 del recinto humilde C.

115
cuando sus lares consagraba pía,
70 cuando sus fueros repetía humana,
cuando ayudaba en la civil faena
al sabio Elpino:

o cuando, envuelta en celo religioso,


su voz enviaba del augusto templo
75 votos profundos, reverentes himnos
al Dios eterno? 35

Cuando... mas huye, huye presuroso;


huye, Lisardo, del fatal recinto;
huye con todos, y haz que humana planta
80 más no le oprima.

Otra vez sea hórrido desierto,


de incultas fieras solamente hollado,
donde de Filis vague solamente
la flébil sombra.

85 Huye, pero antes a la tumba fría,


do ella descansa, llega reverente.
y allí con puntas de diamante eternas
graba estas voces:

"De Fili un tiempo la presencia hermosa


90 "era delicia de este suelo ingrato;
"hoy es su afrenta el sueño sempiterno
"de sus cenizas".

hoy le afrenta B i
8.

EPÍSTOLA PRIMERA

CARTA DE JOVINO

A SUS AMIGOS SALMANTINOS 5'

Incluyen esta Epístola los siguientes manuscritos: Cavanüles, íol. 37 v.5.


y B, fol. 69. La publicó por primera vez Cañedo, I, pág. 8. El texto de B tiene
algunas erratas de copia; también el de Cavanüles, que a pesar de todo es el
mejor de los tres. El ms. de Ceán. a juzgar por el fragmento de la Epístola
que copia e<n las Memorias, pág. 290, difería de los otros, pues en el verso 4
concuerda con Cavanüles y B, en el 9 sólo con B, y en el 5 con ninguno.
La escribió Jovellanos en 1776, hacia julio, como se desprende del si-
guiente párrafo de una carta de Meléndez Valdés, fechada en 3 de agosto
de 1776: "Esperando de correo en correo la Didáctica, que V. S. me anuncia
en su postrera carta..." (B. A. E., 63, pág. 73). (La Didáctica era la presente
Epístola). Este texto de Meléndez, otros que citaremos en las notas y la in-
dudable posterioridad de la Epístola con relación a la Historia de Jovino, des-
mienten la afirmación de Cañedo (t. I, pág. 8, n. 1) de que la compuso Jo-
vellanos a los 26 años, esto es, en 1770.

Est quodam prodire tenus, si non datur ultra.

(HORACIO, Epis. I, lib. I, v. 32),

A vosotros, oh ingenios peregrinos,


que allá del Tormes en la verde orilla,
destinados de Apolo, honráis la cuna
de las hispanas musas renacientes; 57
5 a ti, oh dulce Batilo, y a vosotros,
sabio Delio y Liseno,58 digna gloria
y ornamento del pueblo salmantino;
desde la playa del ecuóreo Betis59
Jovino el gíjonense os apetece
10 muy colmada salud; aquel Jovino.

4 hispaneas Cañedo; hispanias Nocedal.


5 Falta oh en Ceán.
9 gijoniense B Ceán.

117
cuyo nombre, hasta ahora retirado
de la común noticia, ya resuena
por las altas esferas, difundido
en himnos de alabanza bien sonantes,
15 merced de vuestros cánticos divinos
y vuestra lira al sonoroso acento.
Salud os apetece en esta carta,
que la tierna amistad y la más pura
gratitud desde el fondo de su pecho
20 con íntima expresión le van dictando;
que pues le niega el hado el dulce gozo
de estrechar con sus brazos vuestros pechos,
de urbanidad y suave amor henchidos,
podrá al menos grabar en estas letras
25 la dulce sensación que en su alma imprime
del vuestro amor la tierna remembranza.
Y no extrañéis que del eolio canto6l)
cansada ya su musa, se convierta
al compás lento y numeroso que ama
30 tanto la didascálica poesía; 61
que en vano de su pecho, penetrado
del forense rumor, y conmovido
al llanto del opreso, de la viuda
y el huérfano inocente, presumiera
35 lanzar acentos dulces, ni su lira,
otras veces sonora, y hora falta
de los trementes armoniosos nervios,
al acordado impulso respondiera,
ni en fin a los avisos que me dicta
40 tu voz, oh Polimnía, con astuta
y blanda inspiración fuera otro verso
que el verso parenético oportuno. 62
¡Ah, mis dulces amigos, cuan ilusos,
cuánto de nuestra fama descuidados

32 el forense B.
34 y huérfano Cañedo.
39-42 Faltan estos versos en Cañedo,
44 cuan de B.

118
45 vivimos! ¡Ay, en cuan profundo sueño
yacemos sepultados, mientras corre
por sobre nuestras vidas, aguijada
del tiempo volador, la edad ligera!
¿Por ventura queremos que nos tope
50 sumidos en tan vil e infame sueño
la arrugada vejez, que poco a poco
se viene hacia nosotros acercando?
¿O que la muerte pálida sepulte
con nosotros también nuestra memoria?
55 Y el hombre a quien el Padre sempiterno
ornó con alto ingenio y con espíritu
eternal y celeste, ¿estará siempre
a escura y muelle vida mancipado,
sin recordar su divinal origen
60 ni el alto fin para que fue nacido?
¡Ay, Batilo! ¡Ay, Liseno! ¡Ay, caro Delio!
¡Ay, ay, que os han las magas salmantinas
con sus jorguinerías adormido!
¡Ay, que os han infundido el dulce sueño
•65 de amor, que tarde o nunca se sacude!
No lo dudéis: mis ojos, aún no libres
del susto, en un sueño misterioso
sus infernales ritos penetraron.
¿Contárosle he? ¿Qué numen me arrebata
70 y fuerza a traspasar de mis amigos
el tierno corazón? Acorre ¡oh diva!,
y pues mi voz, a tu mandar atenta,
renueva en triste canto la memoria
del infando dolor, acorre, y alza
75 con soplo divinal mi flaco aliento.
Yacen del Tormes a la orilla, ocultos
entre ruinas, los restos venerables
de un templo, frecuentado • en otros siglos

56 espirtu Cañedo, pero es síncopa innecesaria.


63 jorquinerías B, jorginerias Cañedo.
67 un ensueño B.
69 contároslo B,
por la devota gente salmantina,
80 mas hora sólo de agoreros buhos
y medrosas lechuzas habitado. aa
La amenidad huyó de aquel recinto,
y sólo en torno de él dañosas yerbas
crecen, y altos y fúnebres cipreses.
85 Aquí su infame junta celebraron,
las Lamias.64 ¡Oh, si fuera poderosa
mi voz de describirla y dar al mundo
cuenta de sus misterios nunca oídos!
En la mitad de su carrera andaba
90 la noche, y ya su manto tenebroso
cubría en torno el soñoliento mundo;
todo era oscuridad, que hasta la luna
su blanca faz del cielo retirara
por no ver el nefando sortilegio,
95 y el horror y el silencio más medroso
hacían el imperio de las sombras;
cuando desde una puerta del palacio
del Sueño un negro ensueño desprendido
llegó de un vuelo adonde yo yacía.
100 Con la siniestra suya asió mi mano,
y con medrosa voz: "Jovino, dice,
"ven y verás el duro encantamiento
"que prepara la Invidia a tus amigos.
"Ven, y si en tal ejemplo no escarmientas,-
105 "¡triste de ti, mezquino!" Dijo, y luego
sobre sus negras alas me condujo
por medio de las sombras hasta el pórtico'
del arruinado templo. No bien hube
llegado, cuando asidas de las manos,
110 siete horrendas figuras parecieron
desnudas, y de hediondas confecciones
ungido el sucio cuerpo. Presidenta

92 y hasta B,
103 -Envidia B Cañedo; lo mismo en los vs. 113, 150, 158, 176, 193 y 251
ñedo también Envidia en 231.
110 figuras horrendas B, lo que hace verso largo.
del congreso infernal la fiera Invidia
venía, de serpientes coronada
115 la frente, triste, airada, desdeñosa,
y de los Celos y el Rencor seguida.
En medio del silencio un gran suspiro
lanzó del hondo pecho, y revolviendo
la sesga vista en torno: "Nunca tanto,
120 "dijo, de vuestro auxilio y vuestras artes-
"necesité, oh amigas, ni tan fiero,
"ni tan grave dolor clavó algún día
"en mi sensible corazón su punta.
"¡Oh, si capaz de aniquilar el orbe
125 "fuese la llama atroz que le devora!
"Tres aborridos bu nombres (y con rabia
"Batilo pronunció su torpe boca,
"Delio y Liseno) por el ancho mundo
"va esparciendo la Fama, mi enemiga,
130 "Su trompa los proclama en todas partes,
"y ya a más alto vuelo preparada,
"si no la enmudecemos, estos nombres
"serán muy luego alzados a las nubes,
"y sonarán del uno al otro polo.
135 "Febo, loe patrocina, y no le es dado
"a mi flaco poder mancharlos; pero
"se rendirán al vuestro, si adormidos
"en blando amor..." No bien tan fiera idea
cayó del sucio labio, cuando en torno
140 del demolido templo en raudos giros
dio el maléfico coro siete vueltas.
Después alternativas susurraron
muchos versos de ensalmo, con palabras
de mágico vigor y rabia henchidas,
145 a cuya fuerza desde la honda entraña
de la tierra salieron redivivos

126 tres celebrados Cañedo.


143 ensalmos B.
146 reviví vos B.
los fríos huesos, que de luengos días,
del humanal vestido ya desnudos,
allí dormían. ¡Ay, cuan prestamente
150 en los hambrientos dientes de la Invidia
los vi yo triturados, y en sus manos
a leve y sucio polvo reducidos...!
En esto hacia los ángulos internos
del templo corren las malignas sagas,""
155 y del sombrío suelo mil dañosas
plantas recogen con siniestra mano
y misteriosos ritos arrancadas.
También allí prestó la cruda Invidia
su auxilio, y en sus palmas estrujando
160 las hojas y raíces, hizo luego
que destilasen los dañosos jugos
cuanta virtud en ellos se escondía.
El zumo de la fría adormidera,
cortada su cabeza al horizonte,15'
165 que infunde a veces el eterno sueño;
el de la yerba mora, 03 que altamente
el cerebro perturba; el hiosciamo, 69
y el coagulante jugo que destilan,
heridas, las raíces misteriosas
170 de la fría mandrágula, 70 allí fueron
diestramente extraídos, y con nuevo
ensalmo derramados sobre el polvo
de los humanos huesos. Mientras una
de las sagas volvía y revolvía
175 el preparado adormeciente lodo,
sacó la Invidia del cuidoso pecho
tres relucientes nóminas, con rasgos
de roja y venenosa tinta escritas.
¡Ah, no creáis, amigos, que mi pluma
180 os pretenda engañar! Mis propios ojos,

159 en sus plantas B.


162 En Cañedo este verso es una oración exclamativa independiente.
178 escritos B, concertando con rasgos; pero no puede ser sino con nóminas,
179 ay Cañedo.

122
en tierno llanto entonces anegados,
vieron ¡oh maravilla! los tres nombres,
los dulces nombres de Ciparis bella,
de Julinda y de Mirta la divina, 71
185 que estaban allí escritos. Y cual suele
—si tiene tal prodigio semejante—
brillar con propia luz en noche oscura
la lícnide purpúrea, 7 2 que en su rumbo
suspende al receloso caminante,
190 así en la oscuridad resplandecían
los tres amados nombres. Entre tanto
mi corazón absorto palpitaba
de pasmo y de temor. La Invidia entonces,
dividiendo en pedazos muy menudos
195 las esplendentes nóminas, de esta arte
habló a sus compañeras: "Consumemos
" ¡ o h amigas! nuestra obra, y estos nombres,
"adorados de Delio y sus secuaces,
"a la maligna confección mezclemos,
200 "Su virtud penetrante, aun más activa
" q u e los venenos mismos, irá recta-
"mente a iludir sus tiernos corazones;
"y a blando amor eternamente dados,
"la vida pasarán adormecidos,
205 " y morirán sin gloria". Dijo, y luego
mezcló los rutilantes caracteres
al cruel maleficio, e infundióles
nuevo vigor con su maligno soplo.
Repitieron Fas brujas el susurro
210 sobre la masa ponzoñosa, y dieron
alegre fin a la perversa junta.
Yo en tanto, lleno de dolor, enviaba

184 Juaiinda B; Ceán, al citar a las ninfas de los tres voetas (íiMemorva8,'>;
pág. 291), también Juaiinda.
189 el Cavanilles.
195 este Cañedo.
196 compañeros B.
199 la maglina B.
209 sus susurros B.
del hondo pecho a Apolo ardientes votos.-
"Brillante dios, decía, si la gloria
215 " d e tan dignos alumnos interesa
"tu pía omnipotencia en favor suyo,
" ¡ a h , destruye la fuerza venenosa
"del duro encantamiento, y de la infamia
"y de la eterna escuridad redime
220 "los nombres que otra vez has protegido!
" ¡ D e s a t a el preparado encantamiento,
"y sálvalos, oh Dios, p a r a que eterna-
"mente suba a tu trono el dulce acento
" d e su lira, en cantares eucarísticos
225 "gratamente empleada!" Aquí llegaba
el bien sentido ruego, que sin duda
oyó piadoso el numen, porque al punto
descendió un resplandor desde lo alto,
al meridiano sol m u y semejante,
230 que iluminando el pavimento ombrío,
al golpe de su luz postró a la Invidia
y a sus viles ministras, y arrojólas
precipitadas hasta el hondo abismo.
¿Será estéril, oh amigos, de este ensueño
235 el misterioso anuncio? ¿Siempre, siempre
dará el amor materia a nuestros cantos?
¡De cuántas dignas obras, ay, privamos
a la futura edad por una dulce
pasajera ilusión, por una gloria
240 frágil y deleznable, que nos roba
de otra gloria inmortal el alto p r e m i o !
No, amigos, n o ; guiados por la suerte
a más nobles objetos, recorramos
en el afán poético materias
245 dignas de una memoria perdurable. 7 3

217 ay Cañedo.
219 oscuridad B uañedo.
225 empleado Cañedo, concertando con acento y no con lira.
230 umbrio Cañedo.
237 cuántas obras dignas B.
245 de una gloria B.

124
Y pues que no me es dado que presuma
alcanzar por mis versos alto nombre,
dejadme al menos en tan noble empeño
la gloria de guiar por la ardua senda
250 que va a la eterna fama, vuestros pasos."
Ea, facundo Delio, tú, a quien siempre
Minerva asiste al lado, sus, asocia
tu musa a la moral filosofía,
y canta las virtudes inocentes
255 que hacen al hombre justo y le conducen
a eterna bienandanza. Canta luego
los estragos del vicio, y con urgente
voz descubre a los míseros mortales
su apariencia engañosa, y el veneno
260 que esconde, y los desvía dulcemente
del buen sendero, y lleva al precipicio.
Después con grave estilo ensalza al cielo
la santa religión de allá abajada,
y canta su alto origen, sus eternos
265 fundamentos, el celo inextinguible,
la fe, las maravillas estupendas,
los tormentos, las cárceles y muertes
de sus propagadores, y con tono
victorioso concluye y enmudece
270 al sacrilego error y sus fautores.7'1
Y tú. ardiente Batilo, del meonio
cantor émulo insigne,76 arroja a un lado
el caramillo pastoril, y aplica
a tus dorados labios la sonante
275 trompa, para entonar ilustres hechos.
Sean tu objeto los héroes españoles,
las guerras, las victorias y el sangriento
furor de Marte. Dinos el glorioso
incendio de Sagunto, por la furia
280 de Aníbal atizado, o de Numancia,
terror del Capitolio, las cenizas.

248 nótele intento B Cxtñedo.


Canta después el brazo omnipotente,
que desde el hondo asiento hasta la cumbre
conmueve el monte Auseva y le desploma
285 sobre la hueste berberisca, y suban
por tu verso a la esfera cristalina
los triunfos de Pelayo y su renombre,
las hazañas, las lides, las victorias
que al imperio de Carlos, casi inmenso,
290 y al Evangelio santo un nuevo mundo
más pingüe y opulento sujetaron.
Canta también el inmortal renombre
del héroe metellímneo, a quien más gloria
que al bravo macedón debió la Fama.
295 O en fin, la furia canta y las facciones
de la guerra civil que el pueblo hispano
alió y opuso al alemán soberbio.
Dirás el golfo catalán en furia
contra Luis y su nieto, los leopardos
300 vencidos en Brihuega, y los sangrientos
campos de Almansa, do cortó a Filipo
sus mejores laureles la Victoria.''
La empresa que a tu pluma reservada
queda, oh caro Liseno, ¡ah, cuan difícil
305 es de acabar, cuan ardua! Mas ya es tiempo
de proscribir los vicios indecentes
que manchan nuestra escena. ¡Cuánto, oh cuánto
la gloria de la patria se interesa
en este empeño! Triunfan mil enormes
310 vicios sobre el proscenio, y la ufanía,
el falso pundonor, el duelo, el rapto,
los ocultos y torpes amoríos,
contra el desvelo paternal fraguados,
y todas las pasiones son impune-
315 mente sobre las tablas exaltadas.7*

292 también y el B.
293 metellhimeo B.
303 las empresas Cavanilles.
307 B escribe scena. Igual en el verso 322.

126
Despierta, pues, oh amigo, y levantado
sobre el coturno trágico, los hechos
sublimes y virtuosos, y los casos
lastimeros al mundo representa.
320 Ensalza la virtud, persigue el vicio,
y por medio del susto y de la lástima
purga los corazones.79 Vea la escena
al inmortal Guzmán, segundo Bruto,
inmolando la sangre de su hijo,
325 de su inocente hijo, al amor patrio...
¡Oh espirtu varonil I ]Oh patria! ¡Oh siglos?
en héroes y altos hechos muy fecundos!
Vuestro auxilio también en esta empresa
imploro, oh mi Batilo, oh sabio Delio.
330 ¡Ah, vea alguna vez el pueblo hispano
en sus tablas los héroes indígenas
y las virtudes patrias bien loadas ! sc
Bajar podréis también al zueco humilde,
y describir con gesto y voz picantes
335 las costumbres domésticas, sus vicios
y sus extravagancias... Pero, ¿dónde
encontraréis modelos? Ni la Grecia,
ni el pueblo ausonio, 81 ni la docta Francia
han sabido formarlos. Reina en todos
340 el vicio licencioso y la impudencia.
Mas cabe el ancha vía hay una trocha,
hasta ahora no seguida, do las burlas
y el chiste nacional yacen en uno
con la modestia y el decoro aliados.
345 Seguid, pues, este rumbo. ¡Qué tesoros
descubriréis en él! ¡Será el teatro
escuela de costumbres inocentes,
de honor y de virtud! Será... Mas, ¿dónde
del bien común el celo me arrebata?* 2

326 espíritu B Cavdnilles.


334 y derribar c. g. y v. picante B.
340 Falta y en Cavanilles.
342 hasta hora B.

127
¡Ah. si su llama alcanza a vuestro pecho,
de los trabajos vuestros cuan opimos
frutos debo esperar! ¡Y cuánta gloria
estará en otros siglos reservada
al celo de Jovino, si esta insigne,
si esta dichosa conversión, que tristes
y llenas de rubor tanto ha que anhelan
las musas españolas, fuese el fruto
de sus avisos dulces v amigables!
9.

EPÍSTOLA SEGUNDA

AL ABAD DE VALCHRETIEN
S3
Mr. D'EYMAR

Incluyen esta Epistola los siguientes manuscritos: Cavanilles, fol 33,


y J9, fol. 57. Fué editada por Cañedo, I. pág. 1. Los tres textos tienen varian-
tes inaceptables, en parte errores de copia; por ello ofrecemos una versión
sincrética, pero siguiendo a Cdvanüles cuando las otras variantes sean tam-
bién perfectamente admisibles.
El primer contacto de Ángel de Eymar con Jovellanos parece haber
sido la carta del primero fechada en Cádiz el 8 de setiembre de 1777, y que
anda publicada al frente de El delincuente honrado. Pasó después Eymar por
Sevilla, donde conoció personalmente a nuestro autor, y de aquí se dirigió
a Madrid. Este fué el motivo de que. Jovellanos le escribiera la presetote Epís-
tola, Debió ocurrir esto a finales de 1777 o principios de 1778 (vid. CEÁN,
Memorias, pág. 293).

Sequor, et qua ducitis adsum.


(VIRG., Mneid., lib. I I ) .

Mientras te alejas de la verde orilla,


querido Eymar, del caudaloso Betis,
huyendo de los brazos de tu amigo;
y en tanto que atraviesas los confines
5 de una y otra provincia, sus estudios,
sus leyes y costumbres meditando;
mientras, lleno de un ansia generosa
de conocer al hombre, le examinas
por les distintos climas donde mora,
10 lejos vagando de la dulce patria; 84
permite que, admirada de tu celo,
siga mi musa tus ilustres huellas,
y te acompañe por los ricos campos
de Astigi,85 que con giro majestuoso
15 fecundiza el Genil, y hasta las puertas
te siga, por do entraron tantas veces

6 costumbres mediando B.

129
el ayo de Nerón y el numeroso
cantor de los farsálicos horrores; 36
que en pos de ti discurra el ancha falda
20 de los Marianos montes,87 patria un tiempo
de fieras alimañas, y hoy milagro
del arte y de la industria ;S8 que penetre
por ios sedientos campos de la Mancha,
tumba del Guadiana memorable, 89
25 no hollados ya de héroes ni gigantes; 90
que te acompañe, en fin, hasta que pueda
besar contigo la imperial corriente
del pobre y respetado Manzanares.
Permítela también que al lado tuyo
30 pise después con planta temerosa
el suelo carpentano,1'1 la dorada
arena de Carpento, do tuvieron
su cuna y su mansión mil altos reyes,-
Juntos allí veremos las grandezas
35 del imperio español, y reducidos
a muy breve recinto, admiraremos
el sudor y opulencia de dos mundos.
Luego entraremos tímidos del trono
que ocupa Carlos82 a la augusta gloria,
40 y asentados verás allí a su diestra
la religión, el celo, la justicia,
la piedad y el amor, firmes apoyos
de su poder, su gloria y ornamento.
De su real familia en los semblantes
45 verás la tierna humanidad pintada,
cautivando mil almas, y el glorioso
espirtu varonil del cuarto Carlos,

19 la ancha B.
25 hallados Cavanilles.
37 los mundos Cavanilles.
38-39 al trono / q. o. C. con a. Cañedo.
40 sentados Cañedo; tu diestra Cavanilles.
41 celo y la B.
47 espíritu Cavanilles B. cosa que repiten en todos los casos en que la me-
dida exige espirtu.
sucesor destinado a sus virtudes
y su trono, y objeto ya constante
50 de amor a los hispanos corazones.
Después que beses las augustas manos
con labio reverente, y reflexivo
tanto esplendor y majestad contemples
huiremos de allí, no sea que al soplo
55 del aire palaciego algún maligno
influjo dañe tu alma generosa;
huiremos de allí, y atrás dejando
la oficiosa ambición, el necio orgullo,
la negra invidia, el fraude, la lisonja
60 y otros áulicos monstruos, a más dignos
objetos volveremos nuestros ojos.
Más bien será que en la intrincada senda
del matritense laberinto guíe
la alma filosofía nuestros pasos;
65 la alma filosofía, a cuyas voces
tan avezada, Eymar, está tu oreja.
Con ella subiremos a los templos
do tiene culto Astrea,93 y do del numen
atentos a la voz de sus oráculos,
70 la infalible sanción escucharemos.
Allí verás, sentados a la sombra
del solio, en alto escaño, a los severos
ministros de la diosa, con oscuras
y luengas vestiduras ataviados;
75 de la suprema voluntad del numen
son órgano sus bocas, y dos mundos
ven su felicidad de ellas pendiente.
El celo del bien público las abre
y las hace elocuentes, y del numen 94
80 calor e inspiración reciben sólo.
Pero si alguna, al interés movida,

54 el Cavanüles. Este verso y los siete siguientes faltan en Cañedo*


62 bueno será Cañedo.
66 mi oreja B.
68 do del número B.
profana la verdad; si ves que usurpa
la mentira tal vez su santo adorno;
si el dolo, si el arbitrio introducidos
85 vieres en el congreso. Eymar, ¡oh, huye,
huye de allí con planta presurosa! :'°
Huyamos, ¡Ah, no sean de la impura
profanación testigos nuestros ojos!
Huyamos a buscar a los tranquilos
90 alumnos de Sofía en su gimnasio.1'0
Pasado el ancho foro y los umbrales
del alto consistorio, los veremos
trabajar por el bien de sus hermanos
sin fausto, sin escolta, sin señales
95 de imperio o dignidad: sólo al provecho
los verás de su patria consagrados.
El patrio amor preside las sesiones,
él sólo los congrega, los inspira,
los inflama, los guía y los corona.
100 El pobre labrador, a la inclemencia
del sol y el viento expuesto, y de las lluvias;
en su taller el mísero artesano;
el rico mercadante en su trastienda,
o bien del bravo mar entre las ondas,
105 objeto son de su incesante estudio.
Mira aquel que entre todos sobresale
con cana cabellera y luengas ropas,
encendido el semblante, y penetrado
de patriótico celo.07 Aplica atento
110 tu oído a sus discursos; ya resuenan
en ambos hemisferios sus clamores.
La patria está a su diestra, y con la suya
le ofrece una corona. ¡Vive, oh ilustre
alumno de Sofía! ¡Vive, y goza
115 el tributo de Ddoria v de alabanza
1

99 los i., los premia y los c. B.


109 patrio Cavanüles; esta errata acaso estaba ya en el ms, &el Instituto,
y por ello, al ser verso corto. Cañedo corrigió : aplica, Eymar, atento.
115 del tributo B ; y alabanza Nocedal.

132
que te ofrece la patria, mientra el cielo
labra más alto premio a tus virtudes! 98
Mira también entre los mismos muros,
Eymar, otros alumnos de Minerva,
120 deteniendo del tiempo el raudo curso: 99
míralos renovando la memoria
de los pasados héroes, sus nombres
a los siglos futuros perpetuando.
Otros allí verás, atentos siempre
125 a conservar la gloria y la pureza
del lenguaje español, de sus dominios
las ajenas y bárbaras palabras
y las espurias frases desterrando.1"0
Admíralos, Eymar, mientras, muy dignos
130 de eterna gratitud, al bien consagran
de su patria y hermanos sus fatigas.
Ven conmigo después a la ancha casa
do están depositados los milagros
de arte y naturaleza.1"1 ¡Dulce amigo!,
135 ve aquí de tu atención dulces objetos.
Cuanto produce el ámbito espacioso
de uno y otro hemisferio, en aire, en tierra,,
en fuego, en mar, aquí verás cifrado.
Sacia tu sed, y por las varias clases
140 de entes, o ya perfectos o monstruosos,
ricos, raros, hermosos o terribles,
tiende la experta y penetrante vista.
Carlos redujo toda la natura
a tan breve recinto. También mora,
145 gracias a su piedad, con ella el arte; 102
el arte, imitador de la natura. lu3

1X6 mieoitras B.
1.17 alto imperio B.
119 a otros B.
120 raudo vuelo B,
122 y sus Cañedo.
135 dignos B Cañedo.
137 aire y tierra B.
145 en ella B.
pues cuanto ella produce y perfecciona
la mano del artista imita diestra,
en lienzo, en piedra o en sempiterno bronce.
150 ¡Oh, benéficas artes, que el muy Alto
para alentar a la virtud produjo!
¡A vosotras es dado solamente
el hacer inmortales! ¡Almas grandes,
corred al heroísmo! Vuestros nombres
155 ya no irán con vosotros al sepulcro:
Carlos hará que vivan respetados
en la posteridad, y en vuestra muerte
no moriréis del todo.
Pero vamos,
Eymar, y nuestros pasos a más dulces
160 objetos dirijamos, también dignos
de tu especulación. Amables ninfas
del claro Manzanares, salid prontas,
salidnos al encuentro, y por un rato
permitidnos llegar a vuestros coros.
1.65 ¿No vea, Eymar, la gracia y gentileza
que brilla en sus semblantes? La alma Venus
su imperio les cedió; su dulce imperio,
sobre esforzados pechos ejercido,
donde viven esclavos los más altos,
170 nobles y generosos corazones.
Ea/ pues, moradoras de Carpento.
venid, y con guirnaldas de odoroso
mirto tejidas, y de verde hiedra,
venid y coronad al nuevo huésped;
175 venid a coronarle, y pues su lira,
diestramente tañida tantas veces
a orillas del Secuana,104 fue embeleso

147 cuanto allá Nocedal.


149 o sempiterno B Cañedo,
165 veis B.
171 moradores Cavanilles B.
172 oloroso Cañedo.
177 orilla B.

134
de sus graciosas ninfas, de vosotras
logre también el galardón debido.
180 Llega, Eymar, nada temas: el agrado
es su virtud genial.10" ¡Ah, si al hechizo
de sus ojos resistes; si no rindes
tu albedrío al imperio de sus labios;
si las ves, si las oyes con tranquilo
185 y libre corazón... Guárdate, oh amigo,
guárdate de pasar por insensible;
guárdate... Mas permite que mi musa
vuelva sus pasos a la fresca orilla
deí Betis, do, quejosas de esta ausencia,
1L90 la esperan ya las ninfas sevillanas.

179 galardón divino S,


189 celosas de B.
10.

IDILIO TERCERO

10ü
A BATILO

Se encuentra este idilio en los siguientes manuscritos; Cavanilles,.


fol. 87 v., J3, fol. 37 v.. y C, fol. 128. Fué editado por Cañedo, VII, pág. 265.
Seguimos el texto de Cavanilles.
Este idilio es posterior a 1776, año en el que Meléndez Valdés convale-
ció en la casa de campo de Ciparis y en. el que ae iniciaron sus relaciones
con Jovellanos; [Link] es anterior a 1779. por haber sido incluido en el ma-
nuscrito del Instituto. Acaso se haya escrito h. 1777.

Mientras Batilo canta que de tan digno amante


con alto y dulce acento goces por largo tiempo.
los años de Ciparis, A tu salud va estotro,
muchacho, llena el cuenco, Batilo... Llena presto,
que quiero celebrarlos 15 muchacho... Plegué al numen;
con el licor lieo,107 que tiene culto en Délos
brindándoles alegre hacer que de tu canto
y a su salud bebiendo. resuene el dulce acento
¡Eh! 3 brindo por la tuya, desde uno al otro polo
10 Ciparis: quiera el cielo 20 por siglos sempiternos.

7 brindándolos B; obsérvese que celebrarlos se refiere a los años, mientras


brindándoles se refiere a Ciparis y Batilo.
13 esotro Cañedo.
17 tus cantos B.
19 desde el uno al C,

136
11.

IDILIO CUARTQ

A CALATEA

El borrador autógrafo de este idilio se conserva en el ms. Ay ciúm. 31


(2 hojas útiles en 4.o). Se encuentra también en los siguientes manuscritos:
Cavanüles, fol. 81 v., JS, íol. 30. y C, fol. 123. Lo edita por primera vez Cañe-
do, VII, pág. 255. El texto de Cavanüles es el último, y el que. seguimos. Es-
tudiamos el borrador autógrafo y el proceso de redacción en el Apéndice II,
Este idilio, igual que los tres siguientes, sea. anteriores a 1779. por ha-
ber sido incluidos en el ms. del Instituto; pero teniendo en cuenta que Ga-
latea es musa sevillana, del final de este periodo de la vida de Jovino, puede
asegurarse que los cuatro idilios se compusieron en 1777 o en 1778.

Mientras de Galatea. contigo, ¡cuan benigno!


olí incauto pajarillo, Mil noches de tormento,
ocupas el regazo, 20 mil días de martirio,
permite que, afligido, mil ansias, mil angustias
5 tan venturosa suerte lograrme no han podido
te envidie el amor mío. la dicha inestimable
De un mismo dueño hermoso que debes tú a un capricho.
los dos somos cautivos: 25 Bañado en triste llanto,
tú lo eres p o r desgracia, tu dulce suerte envidio;
10 y yo por albedrío. y en tanto tú, arrogante,
Violento en las prisiones, huellas con pie atrevido,
maldices tú al destino, sin alma, sin deseos
en tanto que yo, alegre, 30 ni racional instinto,
besando estoy los grillos; la esfera donde apenas
15 mas en los dos, ¡cuan vario llegar ha presumido
se muestra el h a d o esquivo! el vuelo arrebatado
Conmigo, ¡ay, cuan tirano!. del pensamiento mío.

9 por acaso B C.
20 martirios JB C.

137
12.

IDILIO QUINTO

AL CUMPLEAÑOS DE CALATEA

Se encuentra en los siguientes manuscritos: Cavanüles, fol. 82, B, fol. 33,


;y C, fol. 126. Lo edita Cañedo, VII, pág. 259. Ocupa en todos los manuscritos,
salvo en Cavanüles, y en todos los impresos, el cuarto lugar entre los idi-
lios a Galatea. Seguimos el texto de Cavanüles.
Para la fecha véase el idilio anterior.

Mientras en raudos giros la tuya sazonando,


el cielo va contando 15 mil altas perfecciones,
la suma de tus días mil gracias, mil encantos
y el curso tus años, retoca de tu rostro
tu vida, oh Galatea, sobre el luciente espacio.
con florecientes pasos Mas jay!, que también siente
va al punto más subido 20 mi corazón, al paso
de juventud llegando. que crece tu hermosura,
Del tiempo la incesante dolores más amargos:
10 consumidora mano, tú creces en belleza,
que en otras hermosuras y yo en deseos vanos;
consuma sólo estragos, 25 de mi esperanza inmóvil
hoy, sabia y generosa es sólo el triste estado.

6 con floreciente paso B C Cañedo.


8 tu juventud B C.
12 consume B C.

138
13.

IDILIO SEXTO

A LA MISMA

Ccmo el anterior, fué copiado este idilio en los siguientes manuscritos:


Cavanüles, fol. 82 v.. B, fol. 32 v., y C, fol 124. Lo editó Cañedo, VII pág. 256.
Preferimos el texto de Cavanüles, mmos en las confusiones de "su" por -tu".
En cuanto a la fecha véase lo que hemos dicho del. idilio cuarto.

No sale más galana así tus negras cejas


por las doradas puertas dividen el nevado
de Oriente, del anciano contorno de tu esfera;
Titón la esposa bella, 25 tus ojos... Musa mía,
5 que sales tú a mis ojos, ¿cómo tu voz pudiera
oh dulce Galatea, los rutilantes ojos
cuando a gozar del día pintar de Galatea?
el blando lecho dejas; ¿Quién me dará que junte
ni más resplandeciente 30 del sol las luces bellas,
10 su cara al cielo enseña las sombras de la noche
la plateada luna, y el fuego de la esfera,
que el tuyo tú a la tierra, para pintar los brillos,
do imprimen hoy tus plantas la gracia y la vivezai
la delicada huella. 35 de tus divinos ojos,
15 Sin duda de las gracias oh dulce Galatea?
el coro, a tu lindeza Absorta el alma mía
añade en esta hora los mira y los contempla,
mil perfecciones nuevas: sus luces la embriagan,
brilla tu frente hermosa 40 sus llamas la penetran.
20 con luz muy más serena, Veo que en tus mejillas
y como al cielo el iris, la rosa bermejea,

10 el cielo B C.
36 su lindeza Cavanüles.
24 su esfera Cavanüles,
29 m e dirá C.
33 su brillo B C.
34 su gracia y su viveza B.
.35-36 Faltan estos versos en B C.

139
y del clavel purpúreo ¡Ah, no me las ocultes,.
tus labios son afrenta. oh cruda Galatea!
45 Juegan sobre tu boca 55 ¡Guarte, que no se enoje r
las risas halagüeñas, si al mundo se las niegas,.
y en el ebúrneo pecho la mano bienhechora
la candida azucena de la Naturaleza!
derrama su blancura, ¿Criólas por ventura
50 ¡Ay Dios, cuántas bellezas 60 para que no se vieran?
mis ojos inflamados Si es ella generosa,
registran en tu esfera! ¿por qué eres tú avarienta?

50 oh Dios B C.
52 su esfera Cavanilles B C,
53 ay Cañedo.

140
14.

IDILIO SÉPTIMO

A LA MISMA

Come les anteriores incluyen este idilio los siguientes manuscritos;


Cmanilles, fol 84. B, fol. 31, y C, fol. 125. Lo editó Cañedo. VII. pág. 258.
Preferimos también el texto de C'avanüles, aunque en el de B C no aparece la
.asensacia de los verses 5-7.
En cuanto a la fecha véase lo que hemos dicho del idilio cuarto.

¡ Perdón, perdón mil veces, m e disfrazó la pena:


oh cruda Gal atea! 15 después que de tu rostro
Ya estoy arrepentido; tocó la ardiente esfera
perdona mi flaqueza. mi labio, ¡ay, cuan aguda,
Serena el ceño airado, cuan penetrante flecha
y a tu semblante vuelvan m i corazón traspasa!
la risa y el agrado. 20 ¡Ay, cómo le atormenta!
Serénale; no quieras De ciego ardor movida
dar tan atroz castigo así tal vez la abeja
10 a culpa tan ligera. liba en la fresca rosa
Mas ¡ ay!, que amor tirano los dulces jugos, mientras
vengado ha ya tu ofensa, 25 su blando pecho duras
que en el delito mismo espinas atraviesan.

5 serena, pues, el ceño B C.


13 con el delito mismo C; que en el delirio mismo Cañedo.
19 traspasó C.
20 me atormenta Cañedo.
23 libra B.
•24 el dulce jugo B C.

141
15.

IDILIO OCTAVO

IOS
A MIREO

Se encuentra en los siguientes manuscritos: Cavanilles, fol. 85, B,


fol. 36 v„ y C, fol. 127. Fué editado por Cañedo, VII, pág. 261. Seguimos el
texto de Cavanilies.
Por formar parte del manuscrito Cavanilles es anterior a 1779. Por ser
Mireo, fr. Miguel de Miras, amistad sevillana, es posible que el idilio sea-
tambíén anterior a 1778, año en que Jovellanos abandona Sevilla.

Con dulce y diestra pluma del hombro ancho y caído


pintaba el otro día al cabo de la fina
Mireo enamorado cintura imperceptible
las gracias de Trudina. las distancias medía;
5 Pintaba de sus ojos 25 pintaba, en fin, su nivea
las luces homicidas, garganta, bien unida
su frente hermosa y grave, al alto ebúrneo pecho,
sus rosadas mejillas, partido en dos provincias;
la nariz bien labrada, sus manos de alabastro,
1 9
10 la boca bien partida; 30 sus manos yacintinas, "
pintaba el noble adorno su garbo, su modestia,
que a su semblante hacían sus gracias y sus risas.
la ceja vuelta en arcos Cual era el alma Venus
y el cabello en sortijas; cuando buscaba en Siria
15 después del cuerpo airoso 35 al malhadado Adonis,
las gracias describía: graciosa y peregrina,
pintaba cómo al talle, tal era y de tan altas
graciosa y bien tejida, perfecciones vestida,
sobre la igual espalda en pluma de Mireo,
20 su trenza descendía; 40 la preciosa Trudina.

1 docta pluma B C Cañedo.


12 hacia B C Cañedo.
24 la distancia B C Cañedo.
25 al fin Cañedo.
30 Falta en Cañedo; hiaceotíneas B C.
31 Falta en B y Cañedo ; y de su boca y labios C.

142
16.

ODA SEGUNDA

AL NACIMIENTO DE DON ANTONIO MARÍA DE CASTILLA


Y VELASCO, PRIMOGÉNITO DE LOS MARQUESES
DE CALTOJAR 110

Esta oda fué incluida en los siguientes manuscritos: Cavanüles, fol,.


45 v.. B. íol. 3, y C, íol. 110. Fué editada por Cañedo, i, pág, 20. Seguimos
en general el texto de Cavanüles. que es más correcto que los otros.
Por estar incluida en el manuscrito ^avanilles, es anterior a 1779. Nos
es desconocido el único dato que nos permitiría dar una fecha más concreta,
esto es, el del nacimiento de don Antonio María de Castilla y Tous de Mon-
salve. Acaso pertenezca a las poesías de los primeros años de Sevilla, pues el
padre del niño, don J u a n María del Carmen de Castilla y Valenzueia, quinto
marqués de la Granja, había aacido en 1747. El título de marqués de Caito-
jar procede de la mujer de don J u a n María, doña Manuela Luisa Tous de
Monsalve y Fernández de Velasco, que también era marquesa de Valdeoseras
(vid. GARCÍA CAREAFFA, Diccionario Heráldico y Genealógico, t. 23, M a -
drid, 1926, pág. 85). A don J u a n María de Castilla alude Jovellancs en la.
Epístola a sus amigos de Sevilla, vs. 130-134.

¿Adonde estoy? ¿Qué fuego


es éste que mi pecho y mente inflama?
¿Quién atiza esta llama,
que turba mi razón y mi sosiego?
5 ¿Qué espíritu halagüeño
mi musa arranca del pasado sueño?

Mándame un numen santo


que tome al punto la sonante lira;
para un ignoto canto
10 al agitado pecho aliento inspira.
y con fuego elocuente
inflama los espacios de mi mente.

6 del pesado Cañedo.


9 pero un i. Cañedo.
14 alto canto C.

143
¿Y a quién, oh lira mía,
debes encaminar el alto acento?
.15 ¿Dónde de tu armonía
el objeto se halla? ¿El firmamento
le encierra acaso? ¿Habita en el profundo.
o se oculta en los ámbitos del mundo?

Mas tú serás mi guía.


20 santa Naturaleza, pues afable
presentas a la hinchada mente mía
el objeto más tierno, más amable,
de más delicias lleno,
que el sabio Autor depositó en tu seno.

25 El tronco derivado
del real augusto tronco de Castilla.
al noble y sin mancilla
tronco de los Vélaseos enlazado,
germina, reflorece,
30 y nuevos frutos a la tierra ofrece.

Un bello infante nace,


de mil generaciones claro anuncio:
en él un pueblo entero se complace.
Ven, deseado nuncio
35 del gozo y paz que nos ofrece el cielo,
ven a alegrar el hispalense suelo,

¡Oh cuánta dicha, cuánta


anuncia este suceso venturoso!
Musa mía, levanta
40 el vuelo perezoso;
canta, y rompiendo al tiempo el seno obscuro,
revela los arcanos del futuro.

18 los abismos del mundo B C.


24 su seno Cavanilles C Nocedal.
C0 de la tierra B C.
^33 y en él B C.
34 anuncio C.

144
Sobre las nubes veo
una turba de héroes congregados.
45 Se ofrecen al deseo
sacerdotes, guerreros, magistrados,
cuya virtud se mira ejercitada
en la toga, en la mitra y en la espada.

En sus semblantes luce


50 una modesta y noble compostura;
la Verdad majestuosa
les da su amor, los guía y los conduce
a una virtud incorruptible y pura.
¡Oh sucesión dichosa,
55 al bien de los mortales consagrada,
cuánto serás en otra edad loada!

¡Estos son los altivos


descendientes del tronco de Castilla,
dignos de fama y de inmortal renombre!
60 Los siglos sucesivos
verán sobre los muros de Sevilla
los bustos erigidos a su nombre,
y de su fama el eco peregrino
oirá el turco, el peruano, el chino.

65 Un delicado infante,
más que el lucero matutino hermoso,
y como el sol brillante,
preside a todo el escuadrón glorioso;
sobre su tierna frente ¡oh maravilla!
70 impreso miro el nombre de Castilla.

Su ilustre padre al lado,


lleno de majestad y de alegría,

45 ofrece C.
53 a una verdad B C.
59 inmortal nombre C.
62 eregidos B.
Í64 oirán el turco y el peruano y chino Cañedo ; persiatfio B C,
del honor y el valor acompañado^
los tiernos pasos del infante guía;
75 le dirige, y presenta a su memoria
los templos del honor y de la gloria,

Y tú, admirable madre


de tan claros varones, cuyo seno
concha fue del tesoro más precioso;
80 tú, que el nombre de padre,
nombre de gloria y de ternura lleno-
entre susto y dolor diste a tu esposo;
tú, de modestia y de candor dechado,,
gloria y honor del sexo delicado;

85 también tú en el congreso,
de tantos descendientes rodeada,
estabas arrullando al tierno infante.
Tú eras de tantos héroes embeleso,
de gracias y virtudes coronada,
90 a la estrella de Venus semejante,
o cual se ve la Aurora en el oriente,
viva, graciosa, clara y refulgente.

¡Oh venturoso amigo,


cuántos previene el cielo a tus virtudes
95 altos y soberanos galardones!
Ven, registra conmigo
la faz del tiempo y sus vicisitudes:
en la suerte de todas las naciones
descubrirás la tuya... Mira.,. Atiende;
100 sigue mi voz... Mas ¿quién mi voz suspende?

80 del padre B C.
87 el tierno B C.
88 tú serás B C.
99 descubrirás la mía Cañedo.
100 mi voz detiene B C.

146
Mándanme ya que calle,
y una mano invisible
corta a mi musa el temerario vuelo.
Mortales que habitáis en este valle
105 de confusión, estirpe corruptible,
que de males y horror henchís el suelo,
vosotros no sois dignos
de penetrar arcanos tan divinos.

107 dimos Cañedo.


17.

EPÍSTOLA TERCERA

EPÍSTOLA HEROICA DE JOVINO


A SUS AMIGOS DE SEVILLA «•

Sólo incluyen esta Epístola los manuscritos siguientes: Cavanüles,


•fol. 53, y B, fol. 79. Fué editada por Cañedo, I, pág. 27. Preferimos el texto
de Cavanüles.
Ascendido Jovellanos a Alcalde de Casa y Corte, salió de Sevilla el 2
•d'e octubre de 1778. Según,testimonio de Ceán, compuso esta Epístola a ori-
llas del Guadalquivir, en Aldea del Río (pueblecillo de la provincia de Cór-
doba, término de Posadas), impulsado por la tristeza que le causaba sepa-
rarse de sus amigos (Memorias, pág. 25). Es de suponer que Jovellanos, apro-
vechando un alto en el camino, diera sólo principio a ella, y que la comple-
tara y la corrigiera ya en Madrid.

Labitur ex oculis, nunc quoque gutta meis,


OVIDIO.

Voyme de ti alejando por instantes,


oh gran Sevilla, el corazón cubierto
de triste luto, y del contino llanto
profundamente aradas mis mejillas; 112
5 voyme de ti alejando y de tu hermosa
orilla, oh sacro Betis, que otras veces
en días ¡ay! más claros y serenos
era el centro feliz de mis venturas; 113
centro, do mal mi grado, todavía
10 me retienes las prendas deliciosas
de mi constante amor y mi ternura,
prendas que allá te deja el alma mía,
dulces y alegres cuando a Dios le plugo,
y agora por mi mal en triste ausencia
15 origen de estas lágrimas que lloro/'

3 continuo Cavanüles.
8 eras centro feliz Nocedal.
10 me detienes Cañedo.
14 absencia B Cañedo.

148
¡Ayi ¿dónde iré a esconder, de ti distante
y de su dulce vista, mi congoja?
¿En qué clima del mundo hallar pudiera
algún solaz esta ánima mezquina? 1 1 "
20 Sumergido mi espirtu en un profundo
golfo de congojosos pensamientos,
va mi cuerpo arrastrado al albedrío
de los crueles hados, ¡Ay cuan rauda-
mente me alejan las veloces muías
25 de tu ribera, oh Betis deleitoso!
Siguen la voz. con incesante trote,
del duro mayoral, tan insensible,
o muy más que ellas, a mi amargo llanto.
Siguen su voz; y en tanto el enojoso
30 sonar de las discordes campanillas,
del látigo el chasquido, del blasfemo
zagal el ronco amenazante grito,
y el confuso tropel con que las ruedas
sobre el carril pendiente y pedregoso
35 raudas el eje rechinante vuelven,
mi oído a un tiempo y corazón destrozan. 116
De ciudad en ciudad, de venta en venta
van trasladando mis dolientes miembros,
cual si ya fuese un rígido cadáver,
40 ¡Ah, cuál me lleva triste y mal p a r a d o
el acerbo dolor! ¡Ay, cuál me lleva,
de tal arte abatido que no hay cosa
que vuelva el gozo a mi ánima angustiada!
Ni los alegres campos, del otoño
45 con las doradas galas ataviados,
ni la inocente v rústica algazara

17 tu dulce B.
20 espíritu Cavanilles B.
22 arrastrando B.
25 deleitosa B Cañedo; éste y Nocedal consideran a Betis como femeninc?
a juzgar por la puntuación.
30 ruido de las B.
40 ay cuál me tiene B.
41 cuál me tiene B.
con que hace resonar los hondos valles
la bulliciosa juventud, que roba
del padre Baco los opimos dones;
50 ni en las verdes laderas ios rebaños,
do con las llenas ubres de su madre
juega balando el tierno corderillo;
ni las canoras aves por el viento;
ni en su argentado margen, por mil giros
55 serpeando el arroyuelo mormurante,
ni toda, en fin, la gran naturaleza
en su estación más rica y deleitosa
te causa algún placer al alma mía.
En vano se presentan a mis ojos
60 la ancha y fecunda carmonense vega,
hora de sus tesoros despojada; 117
la orilla del Geni!, ceñida en torno
del árbol a Minerva consagrado,
donde ya el pingüe fruto bermejea;
65 los cordobenses muros, con la cuna
de tanto ilustre vate ennoblecidos;
mil pueblos que del seno enmarañado
de los Marianos montes, patria un tiempo
de fieras alimañas, de repente
70 nacieron cultivados, do a despecho
de la rabiosa invidia, la esperanza
de mil generaciones se alimenta;
lugares algún día venturosos,
del gozo y la inocencia frecuentados,
75 y que honró con sus plantas Galatea,
mas hoy de Filis con la tumba fría
y con la triste y vacilante sombra
del sin ventura Elpino ya infamados,118
y a su primer horror restituidos;

48 ni la bulliciosa fí, qve hace largo el verso y deja sin sujeto el veroo
hace del verso anterior,
54 argentada Cañedo.
•55 murmurante B Cañedo.
71 envidia Cañedo,

150
SO en vano todo aquesto mis cansados
ojos, al llanto solamente abiertos,
en sucesiva progresión repasan;
que aunque tal vez en lágrimas bañados
del sol los halla el rayo refulgente,
:85 nada les da placer. Por todas partes
descubren cólo un árido desierto,
y esles molesta hasta la luz del día.
Mas ¡ay! lejos de ti, Sevilla, lejos
de vosotros, oh amigos, ¿cómo puede
90 ser de mi corazón huésped el gozo?
¿Por ventura moraron de consuno
alguna vez la pena y el contento?
La clara luz del sol más enemiga
no es de la negra noche y su tiniebla
'95 que lo es de la alegría mi tristura.
Busco sólo la acerba remembranza
del bien perdido, y sólo me consuela
llorar mi desventura y mi mancilla.
Van por el aire vago mis querellas,
100 capaces de ablandar las rocas duras,
do las repite el eco lastimado.119
Vosotros, vientecillos, que batiendo
las alas odoríferas, al clima
que el meridiano sol inflama y dora
105 lleváis el refrigerio apetecido,
¡ay! sobre ellas también llevad piadosos
mis flébiles acentos a su esfera.
Y tú, piadoso Betis, que al encuentro
tantas veces me sales, condolido
110 de mi dolor, y en tu corriente pura
mis lágrimas recoges tantas veces,
¡ay! llévalas do puedan con las suyas
mezclarlas Calatea y mis amigos;

95 de mi alegría JS.
96 busca Cañedo.
106 piadosas B.
llévaselas, oh padre venerando,
115 que, si por otras dotes eminente,
de hoy más serás por tu piedad famoso.
De hoy más serás nombrado, y de tu orilla
los cisnes cantarán en loor tuyo
frecuentes himnos; subirá tu fama
120 sobre la fama del sagrado Tibre,
y en tu alabanza emplearán por siempre
Jovino y sus amigos la su lira.
Mas ¡ay!, ¿dó estáis agora, oh mis amig
Tú, mi dulce Miguel, 120 tú, gloria mía,
125 gloria y honor del hispalense suelo,
de pundonor y de amistad dechado,
tesoro de virtud y de doctrina,
oculto empero en ejemplar modestia
y abierto sólo al pecho de Jovino;
130 tú, amado Caltojar, 121 que en floreciente
y hermosa juventud eres espejo
y flor de la andaluza gallardía,
buen esposo, buen padre, buen patriota,
en fe constante, en amistad sincero;
135 y tú, querido I s i d r o , 1 " otra esperanza,
ausente yo, de la hispalense Temis,
perseguidor del vicio, y de la santa
virtud apoyo: eternos compañeros
de mi florida edad, dulces amigos,
140 pedazos de mi alma, ¿dó estáis h o r a ?
¿Acaso vais al ancho consistorio
a consagrar, alumnos de Sofía, 123
vuestros talentos a la dulce patria?
¡Ay, os diera yo ejemplos otras veces
145 de esta virtud honrada y provechosa,
de este amor patrio, y juntos le buscabais

114 venerado B Cañedo.


121 su alabanza Cavanilles,
123 ahora B.
127 tú, de doctrina y de virtud tesoro B.
140 ahora B.

152
en pos de mí con generoso anhelo!
¿ P o r ventura pisáis la verde orilla
del ancho Beti, y con discursos graves
150 o sazonados chistes, vais las horas,
las fugitivas horas engañando?
¡Ay! en tan dulce y noble compañía,
¿por qué no se halla el triste de Jovino?'
¿Quién le arrancó de tan feliz m o r a d a ?
155 ¿Quién le privó de tan cabal ventura?
¡Ah, ya no volverán esos lugares,
do el alma paz, el gusto y la alegría
moran de asiento, a recrear sus ojos!
Mas hora que en las aguas lusitanas
160 su rostro esconde el p a d r e de las luces,
¿acaso vais en dulce compañía
a ver a ía angustiada Galatea?
¡Ay! ¿dó se esconde? ¿Acaso en la espesura
del verde enmarañado laberinto
165 del real jardín, m o r a d a deliciosa,
do al canto de ella en tiempo más felice,
de vosotros también acompañado,
se solazaba el triste de Jovino?
¿Acaso, avergonzada, entre las murtas
170 esconde su semblante, aquel semblante,
trono de la modestia y alegría,
y agora en tristes lágrimas b a ñ a d o ?
¡Ay! di, ¿por qué te escondes, Galatea?
Divina Galatea, ¿desde cuándo
175 la natural ternura es un delito?
¿El ojo más procaz notar pudiera
las lágrimas vertidas en el seno
de una amistad virtuosa y sin m a n c i l l a ?
Su llanto escondan los que en él al mundo

149 Betis, y en Cañedo ; Betis B.


156 ay Cañedo,
162 a ver la B.
169 avergonzado Cañedo.
171 trence B.
179 esconden Cañedo.
180 un testimonio dan de sus flaquezas;
pero el sensible corazón, al casto
fuego de la amistad solmente abierto,
¿se habrá de avergonzar de su ternura?
¡Ah. no se cubra la virtud sencilla
185 con el color de la vergüenza infame.
y el rubor y el atroz remordimiento
vayan a atormentar las almas reas!
¡Ay, cuántas veces, ay, entre esas murtas
pasó contigo del sereno otoño
190 las sosegadas tardes en alegres
dulces coloquios el que sin ti agora
en muda y triste soledad las pasa!
¡Cuántos blandos coloquios, mientras leda
y de los tus amigos en compaña
195 el florido recinto discurrías,
cuántos blandos coloquios deleitaban
nuestros unidos inocentes pechos!
También contigo la florida estancia
cruzaban divertidas la virtuosa
200 Marina, de leal y blando pecho,
mal de su infiel zagal correspondida,
y la envidiosa Lice, que aunque en años
con la antigua corneja compitiendo,
todavía en donaire y hermosura
205 contigo (¡ay necia!) competir quería.124
¡Oh cuántas veces la infeliz, cantando,
llamó con voz temblona al perezoso
amor, que en tu semblante reposaba,
en tu joven semblante, y no la oía!
210 Que sobre seca rama nunca el malo
hacer quisiera asiento ni manida.
Reíanse a su espalda y se admiraban
de su sandez Jovino y sus amigos,

182 solamente B.
183 en su Cañedo.
205 competer Cañedo.
2X1 y se mofaban B.

154
y tú con blando enojo los reñías.
215 ¡Ay! ¿qué maligna estrella, qué hado impío
le arrebató a Jovino esta ventura,
esta feliz y llena bienandanza?
¡Ay! ¿dó le arrastra su fatal destino?
Llévale en corta edad a que se engolfe
220 en alta mar, donde al continuo embate
de afanes y vigilias, de ti ausente,
su vida a un tiempo y su ventura acabe.
Llévale a sepultar su triste llanto
en lejana región, sólo habitada
225 de pechos insensibles, do no tienen
la compasión ni la piedad manida.
Llévale a ser esclavo de una austera
terrible obligación, ¡ay, cuan costosa,
ay, de su blando pecho a la ternura!
230 Llévale, en fin, a que en afán contino
espere la vejez, la edad del llanto,
de cuidados y males combatida,
y de los dulces años con la triste
remembranza, más triste y congojosa.
235 Vendrá en pos de ella, aunque con lento paso,
la perezosa muerte, único puerto
a los extremos males; más vendráse
lentamente la cruda, sólo pronta
a cortar con segur inexorable
240 la flor de juventud viva y alegre,
empero siempre sorda y detenida
al infeliz que en su favor la invoca.
¡Ay, cuándo, cuándo el deseado día
vendrá a acabar con mi perenne llanto!

214 mas tú B.
219 a corta Cañedo.
220 el continuo Cañedo. En el texto convendría corregir: contino.
222 y ventura B.
226 y la piedad Cañedo.
228 y cuan Cañedo.
232 de males y cuidados B Cañedo.

155
13.

CANTILENA

A DON RAMÓN DE POSADA Y SOTO, FISCAL DE LA AUDIENCIA


DE MÉJICO, CON MOTIVO DE UNOS VERSOS ESCRITOS POR UNA
SEÑORA AMERICANA

Los manuscritos que la recogen son: Cavanilles, fcl. 86, y B, fol. 46.
Fué editada por Cañedo, VII, pág. 266. Preferimos el texto de Cavanilles..
Por formar parte del manuscrito Cavanilles ha de ser de 1779 o ante-
rior. Don Ramón de Posada pasó de Guatemala a Méjico, para desempeñar
el cargo de fiscal de su Audiencia, en 1779; pero el citar en el titulo dicho
cargo no implica que la poesía tenga que ser de ese año pues basta que el
manuscrito en que se incluyó sea posterior al nombramiento. No puede ser
anterior a 1774, año en que Posada obtuvo su primer cargo en América.

¿De cuándo acá las musas, ni de ellas ser solía


que sólo a los mozuelos hollado aquel sendero,
sus gracias repartían que plantas más robustas
antes de ahora, hicieron 20 condujo en otros tiempos
tan súbita alianza al templo de la gloria,
con otras de su sexo? o ya al del escarmiento.
Injustas y envidiosas Mas de la americana
jamás en otro tiempo Safo los dulces versos,
a las graciosas ninfas 25 de los pasados siglos
10 fiaban sus misterios. desmienten el ejemplo.
Del Pindó a la eminencia, ¡Qué aguda, qué ingeniosa
do su dorado asiento se ostenta, cuando amenos-
tienen las orgullosas, acuden a su pluma
vecino al alto cielo, 30 el chiste y el gracejo!
15 las delicadas plantas Pero ¿de dónde, dime,
nunca subir pudieron, Ramón, su dulce ingenio

8 otros tiempos B.
19 que a plantas B.
20 otro tiempo B.
28 se ostenta! Cuando menos Cañedo.

156
tomó la melodía, y Amor le inspiró versos,
la exactitud del metro, ¿Debió tal vez Leonarda
35 el número armonioso, a Amor su magisterio?
los agudos conceptos, ¡Ah, cuántos envidiosos
la gracia y la dulzura 50 tendrá tu entendimiento,
que hierven en sus versos? discreta Safo! ¡A cuántos
El rubio y claro Apolo inflamarán sus celos!
40 fue acaso su maestro? ¡Dichoso el que alcanzare,
¿Acaso de las musas con bien tañido plectro,
los virginales pechos 55 loar condignamente
tocó algún día? ¿Acaso tan peregrino ingenio!
crióse en el Permeso? ¡Y mucho más dichoso
45 Safo a Faón quería, quien logre ser tu empleo!

3T y la hermosura B.
46 la inspiró Cañedo.
56 tu peregrino B.
58 logra Cavanilles Cañedo.

157
19.

EPIGRAMAS

Incluyen estos seis epigramas los siguientes manuscritos; Cavanüles,


fols. 88 v.-89 v., y B, fols. 105-106. Fueron editados por Cañedo, VII, páginas
271-272. Seguimos el texto de Cavanüles.
Por haber sido incluidos en el manuscrito Cavanüles son de 1779 o an-
teriores. Alguno, como el II y el III, pudieron ser escritos en Madrid, y por
lo tanto entre 1778-1779.

A UN AMIGO

Pregúntame un amigo
cómo se habrá de hoy más con las mujeres;
y yo a secas le digo
que, bien que en esto hay varios pareceres,
ninguno que llegare a conocellas,
podrá vivir con ellas, ni sin ellas.

II

A UNA DE LAS QUE EN MADRID LLAMAN COJAS

¿Por qué te llaman coja, Dorotea?


¿Quién hay que tu figura
inhiesta y firme al caminar no vea?
Pues ¿a qué tal censura?
5 ¿Es porque suele tu virtud acaso
tropezar y caer a cada paso?

2 que cómo se ha de haber B.


4 que aunque en esto hay diversos pareceres B.

158
III

A LA MISMA

Los malignos fisgones


que el apodo de coja te pusieron
son, Dorotea, bravos picarones.
Si acaso conocieron
5 que a tus ojos la luz del bien no llega,
¿no era mejor que te llamasen ciega?

IV

A UN MAL ABOGADO

Se quejan mis clientes


de que pierden sus pleitos, pero en vano.
¿A mí qué se me da, si siempre gano?

A OTRO QUE GRITABA MUCHO

Ni me, fundo en las leyes


que los sabios de Roma publicaron,
ni en las que nuestros reyes
para esplendor de su nación dejaron;
5 mas tengo en los pulmones
todo el vigor que falta a mis razones,

VI

A UN PREDICADOR

Dijiste contra el peinado


mil cosas, enardecido,

159'
contra las de ancho vestido
y las de estrecho calzado.
5 Por eso alguno ha notado
tu sermón de muy severo;
yo que no se engaña infiero
de que, olvidando tu oficio,
sola la virtud y el vicio
10 te dejaste en el tintero.

3 los B.
4 los B.
7 pero que se engaña infiero Cañedo; y que no se engañó infiero E.
8 porque olvidando Cañedo; de que llenando tu o. B.
9 sólo B Cañedo.

160
20.

SONETO CUARTO

A ENARDA

La primera versión de este soneto se encuentra en los siguientes ma-


nuscritos: Cavanilles, fol. 60, B, fol. 101. v.. y C, fol, 134. Los tres manus-
critos ofrecen un texto idéntico.
La segunda versión fué copiada de memoria por el propio Jovellanos
muchos años más tarde. En carta a Posada de 3 de octubre de 1807 escribe:
•'Aunque hice muchos sonetos en mi vida, la prueba de que no eran buenos
"es que todos se me han olvidado salvo uno, que acaso ño quedó en la me-
"moria por serlo, sino por otras circunstancias. Sacárale de ella para enviar-
l e , si mo creyese que usted le ha visto en el montón de mis delicta ju-
"ventutis" (es decir, el manuscrito del Instituto, titulado "Ocios juveniles").
Pero Posada debió pedírselo y Jovellanos enviárselo, por lo que quedó entre
la correspondencia de don Gaspar con el canónigo, de donde lo sacó Cañedo,
que lo publica en el t. V, pág. 115, acates de la carta del 30 de noviembre dje
1807. Esta segunda versión es la única que se conocía, por ser la que repiten
todas las ediciones.
El soneto es anterior al verano de 1779, por haber sido incluido en el
manuscrito Cavanilles. La diferencia de tono respecto de otros seonetos nos
permite sospechar que éste se redactó a finales de 1778 o en los primeros
meses de 1779.

PRIMERA VERSIÓN

Quiero que mi pasión ¡oh Enarda! sea,


menos de ti, de todos ignorada;
que ande en silencio y sombra sepultada,
y ningún necio mofador la vea.
5 Hazme dichoso, y más que nadie crea
que es de tu amor mi fe recompensada:
que no por ser de muchos envidiada
crece una dicha a superior idea.
Amor es un afecto misterioso
10 que nace entre secretas confianzas,
y muere al filo de mordaz censura;
y sólo aquel que logra, ni envidioso
ni envidiado, cumplir sus esperanzas,
es quien colma su gozo y su ventura.

161
SEGUNDA VERSIÓN

Quiero que mi pasión ¡oh Enarda! sea,


menos de ti, de todos ignorada;
que ande en silencio y sombras embozada,
y ningún necio mofador la vea.
5 Sea yo dichoso, y más que nadie crea
que es con tu amor mi fe recompensada:
que no por sei de muchos envidiada
crece la dicha a más sublime idea.
Amor es un afecto misterioso
10 que nace entre secretas confianzas,
mas muere al soplo de mordaz censura.
Y sólo aquel que logra, ni envidiosa
ni envidiado, cumplir sus esperanzas,
colma su gozo y fija su ventura.

1 Anarda Cañedo, que creemos debe considerarse como errata, sin rela-
ción alguna con la condesa de Montijo, a quien Melendes Valdés d&
alguna vez el nombre de Anarda.
21.

IDILIO NOVENO

A UN SOLITARIO

Incluyen este idilio los siguientes manuscritos: Cavanilles. fol. 88, B+


fol. 39. v., y C, fol 129 v. Fué editado por Cañedo, VII, pág. 265.
Si el Anfriso de este poemita es el mismo del idilio 14 y de la Epístola
del Paular hubo de escribirlo su autor entre 1778 y 1779, ya que no puede ser
posterior por haber sido incluido en el manuscrito Cavanilles, ni anterior por
lo que diremos a propósito del poema núm. 26.

Goza de los placeres midiendo va las horas


que ofrece el tiempo, Anfriso; 10 de tus años floridos.
no huyas de los hombres, Goza, pues, de las dichas
ni te hagas su enemigo. que ofrece el tiempo, amigo;
Mientras el monte mides que para el día horrendo,
cuidoso y discursivo, de todos tan temido,
mira con cuánta priesa 15 asaz de llanto y penas
el cielo en raudos giros te guardará el destino.

3 no de los hombres huyas B C.


7 prisa B. C.

163
22.

IDILIO DÉCIMO

AL SOL125

Hay copia ele este idilio en los siguientes manuscritos: Cavanilles, fol. 72
v., B, fol. 16, y C, fol. 118 v. Lo publicó por primera vez SEMPERE Y GUARINOS,
Ensayo de una Biblioteca española de los mejores escritores del reinado de
Carlos III, III, Madrid, 1786, pág. 145. Fué recogido después por Cañedo, I,
pág. 92, y seleccionado por QUINTANA en sus Poesías selectas castellanas, IV,
Madrid, 1830, pág. 309. Preferimos como en otros casos la lección de Cava-
nilles.
En cuanto a su fecha sólo cabe afirmar que es anterior a 1779 por ha-
ber sido recogido en el manuscrito Cavanilles.

Padre del universo, 15 y voladoras ruedas


autor del claro día, con rapidez no vista
brillante sol, a cuyo hienden e¡l aire vago
influjo la infinita de la región vacía;
turba de los vivientes enhorabuena vengas,
el ser debe y la vida; 20 de luces matutinas,
tú, que rompiendo el seno de rayos coronado
del alba cristalina, y llamas nunca extintas,
te asomas en oriente a henchir las almas nuestras
10 a derramar el día de paz y de alegría.
por los profundos valles 25 La noche tenebrosa,
y por las altas cimas; de fraudes, de perfidias
de cuyo reluciente y dolos medianera,
carro las diamantinas se ahuyenta con tu vista,

3 a cuyos B C Sempere.
4 influjos B C Sempere.
8 de 1' alba Cavanilles B; de la alba C.
9 sales sobre el oriente B C Sempere.
14 curso las diamantinas Quintana.
25 la tenebrosa noche B ® Sempere Cañedo.

164
y busca en los profundos por las eoas cimas 1 2 6
30 abismos su guarida. 45 rigiendo tus caballos
El sueño perezoso, con las doradas bridas:
las sombras, las mentidas o ya el luciente carro
fantasmas y los sustos, con nuevo ardor dirijas
su horrenda comitiva, al reino austral, de donde
35 se alejan de nosotros, 50 más luz y fuego vibras;
y en pos del claro día o en fin, precipitado
el júbilo, el sosiego sobre las cristalinas
y el gozo nos visitan. occiduas aguas caigas
Las transparentes horas, con luz más blanda y tibia f
40 de clara luz vestidas, 55 tu rostro refulgente,
señalan nuestros gustos tu ardor, tu luz divina
y miden nuestras dichas. del hombre serán siempre
O bien brillante salgas consuelo y alegría.

28 se ausenta B C; el copista de B pudo confundir la V con la 'y', pues


Jovellanos las hace muy semejantes; se ausenta de tu Quintana.
34 su honrrada C; de horrenda Sempere.
39 las horas transparentes B C Sempere Cañedo.
53 acidas aguas Sempere.

165
23.

IDILIO UNDÉCIMO

JOVINO A ENARDA

El autógrafo en limpio de Jovellanos se conserva en el manuscrito A


(Bibl. Nacional, ms. 12.958-27); son 4 hojas útiles en 4,°; el texto acaba en el
fol. 4 r. Lleva el siguiente título: Jovino a Enarda, 1.° / Idilio. En la esquina
superior del recto del primer folio hay un 6, como si indicara el orden de algu-
na colección. Hay también copias en los siguientes manuscritos: Cavanilles,
fol. 77 v., B, fol. 24, y C, fol. 120. Fué editado por Cañedo, VII. pág. 250. Co-
mo hemos dicho en el prólogo, el texto más antiguo es el de B C, que procede
de A; pero Jovellanos hizo en éste correcciones con posterioridad. La última
redacción está, según creemos, representada por Cavanilles. A pesar de ello
transcribimos, respetando incluso la ortografía original, la versión de A, por
ser autógrafo en limpio, y como muestra de la ortografía del poeta.
Este idilio no es posterior a 1779, por haber sido incluido en el manus-
crito Cavanilles, Por las alusiones de ios vs. 106-110 pertenece a la etapa amo-
rosa de Madrid, y en consecuencia habría que fecharlo entre 1778-1779.

Mientras los roncos silvos 15 Las dulces travesuras


del Aquilón elado de aquel rapaz vendado,
llenan a los mortales que reyna en nuestros pechos,
de susto, y sobresalto, cantemos, y loando
cantemos, bella Enarda, de su carcax el oro,
en Hymnos acordados 20 la labor de su Arco,
de Amor y sus dulzuras sus flechas penetrantes,
el delicioso encanto. sus tiros acertados,
Del hijo de la Diosa pasemos dulcemente,
10 que reina en Gnido y Paphos uno de otro en los brazos,
cantemos las Victorias 25 las horas fugitivas
y triurnphos soberanos, y los velozes años.
que a su dominio el cielo Amor de Cielo y Tierra
y tierra sugetaron. es Dueño soberano:

9 la diva B C.
14 Falta y por indudable error de copia en C.
28 es dueño y soberano C.

166
sus leyes reconocen se rinden, y a su carro
.'30 la tierra y cielo esclavos. uncidos, todos vienen
Los Globos christalinos, 60 sus triumphos celebrando.
de sólo amor guiados, Pero entre todos ellos
giran en torno al mundo el hombre más colmados
con buelo arrevatado; obsequios, omenages
35 y del Amor las Leyes más puros va prestando;
eternas observando, 65 que otros vivientes aman
cuentan en raudos giros, de su instinto arrastrados.
sonoros y acordados, empero el Hombre sólo
las Horas y los Días. de la razón guiado.
-40 los Meses y los Años. El Hombre venturoso
Pero en la tierra egerce 70 encierra en los arcanos
imperio más templado de su razón las Leyes
el ciego Dios, más dulce, que Amor le ha señalado.
más firme y dilatado, El Hombre apreciar solo
45 y no hai viviente alguno con dignos holocaustos
que de él no viva esclavo. 75 sabe de la Hermosura
Allá en los altos montes la gracia y el encanto.127
y en los escuros antros Dígalo ¡ai Dios! ¡o Enarda!
sienten de amor la llama Jovino enamorado,
-50 los Brutos abrasados. que vive de tus ojos
Los Peces en el golfo 80 reconocido esclavo.
del tiro envenenado Un corazón lo diga
salvarse no han podido; donde gravó con rasgos
ni sobre el aire vago de fuego \a tu imagen
.55 las Aves por su buelo Amor con tierna mano.
ni por su dulce canto. 85 ¡Ai! yo era todavía
Todos de amor al yugo entonces un muchacho

30 En A empezó a escribir: el ci; pero tachó el, y sobre ci escribió la.


36 En A eternas está escrito sobre [Link].
48 En A los escuros está tachando a sus obscuros. Esta última es la lec-
ción de B C, lo que demuestra que entre las tres versiones es posterior
la del ms. A,
53 no pudieron Cavanüles y todas las ediciones, cosa que creemos indica
que Cavanüles representa la última versión del autor.
59 unidos C; vienen todos Cavanüles.
72 ha enseñado B C.
•82 con rayos C,

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Autógrafo del idilio «Mientras los roncos silvos», íols. 1 y 2 r,


(Biblioteca Nacional. Madrid, ms. 12.958-27)

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Autógraío del idilio «Mientras los roncos silvos», fols. 2 v,, 3 y 4 r.

169
alegre y bullicioso, 105 curso de la Fortuna
sencillo y agraciado, ni el tiempo, ni el amargo
y oi ya sobre mí siento dolor de larga ausencia,
90 el peso de los años, ni el incesante llanto
Dígalo una alma fina. que derramó al mirarte
do tiene lebantado 110 alegre en otros brazos,
su trono tu hermosura, mudar nunca pudieron,
y do, bibrando rayos, y en quien estorvos tantos
95 tus ojos egercitan del fuego primitivo
el peligroso mando. la llama no apagaron. 128
¡ Ai! ¡ Quántas veces, quántas, 115 Cantemos, pues, ¡o Enarda!
los míos al estraño en Hymnos acordados
ardor de sus pupilas de Amor y sus dulzuras
100 quedaron abrasados! el delicioso encanto,
Dígalo, en fin, Jovino, mientras los roncos silvos
a quien ni los alhagos 120 del Aquilón elado
de otras mil hermosuras, llenan a los mortales
ni estorvos mil, ni el vario de susto v sobresalto.

91 un alma B.
.94 vibrando rasgos B

170
24.

IDILIO DUODÉCIMO

A ENARDA

Se encuentra este idilio en los siguientes manuscritos: Cavanüles,


fol. 80 v.. B, fol. 27, y C, fol. 122 v. Fué publicado por Cañedo, VII, pág. 254.
Preferimos el texto de Cavanüles, que nos parece, como en otros casos, poste-
rior al de los manuscritos B y C
Nada cierto podemos decir de la fecha, salvo que no es posterior a 1779.
Nos inclinamos a creer que es también de la etapa madrileña.

Ríñenme, bella Enarda, quiero de su hermosura


los mozos y los viejos. encaramar al cielo
porque tal vez jugando las altas perfecciones;
te escribo dulces versos. 20 de su semblante quiero
"Debiera un magistrado", cantar el dulce hechizo,
susurran, "más severo, y con pincel maestro
"de las livianas musas pintar su frente hermosa,
"huir el vil comercio". sus traviesos ojuelos,
a..¡ Qué mal el tiempo gastas!", 25 el carmín de sus labios,
10 predican otros. Pero, la nieve de su cuello;
por más que todos gruñan, y vayanse a la... al rollo
tengo de escribir versos: los catonianos ceños.
quiero loar de Enarda las frentes arrugadas
el peregrino ingenio 30 y adustos sobrecejos;
15 al son de mi zampona, que Enarda será siempre
y en bien medidos metros; celebrada en mis versos.

5-6 un juez, me dicen unos, / debiera más severo B C.


9 muy mal B C.
10 me dicen otros B C,
11 todos riñan Cañedo.
12 yo quiero escribir B C.
16 medidos versos B C.
21 analizar las gracias B C,
27 y vayan de mi distantes JB C,

171
25.

IDILIO DECIMOTERCERO

A LAS MANOS DE CLORI

Incluyen este idilio los siguientes manuscritos: Cavanüles, fol. 85, B,


fol. 36, y C, fol. 126 v. Fué editado por Cañedo, VII, pág. 260.
En cuanto a la fecha sólo podemos decir que no es posterior a 1779.

La mano con que arroja


por los tauridios campos
la diosa montivaga129
su penetrante dardo,
5 no puede, oh bella Clori,
vencer a la tu mano
en triunfos, en blancura,
en brío ni en estragos.
Las fieras son de aquélla
10 trofeos señalados,
y humanos corazones
lo son ¡ay! de tu mano.

2 tanridios campos B C.
5 pudo Cañedo.
7 en triunfos ni blancura B C; en triunfo ni en blancura Cañedo.

172
26.

IDILIO DECIMOCUARTO

A ANFRISO

Se encuentra en los siguientes manuscritos: Cavanüles, fol. 89 v,, B,


fol. 41 v;, y C, fol. 131. Fué editado por Cañedo, VIL pág. 262, e incluido por
QUINTANA en sus Poesías selectas castellanas, IV, Madrid. 1830, pág. 315.
La amistad de Jovellanos con don Mariano Colón de Larreátegui, poé-
ticamente Anfriso, parece que fué posterior a octubre de 1778, Don Gaspar
Llegó a Madrid, procedente de la Audiencia de Sevilla, el 13 de octubre, y
Colón tomó posesión de su plaza de Alcalde de Casa y Corte el 21 del mismo
mes, al mismo tiempo que nuestro poeta; procedía de la Cnancillería de Gra-
nada. (A. H. N., Alcaldes de Casa y Corte, 1778). Es posible que los dos Alcal-
des no se conocieran hasta entonces (esto aclararía además el problema de
los idilios de Anfriso a Belisa). Por todo ello este idilio es posterior a octubre
de 1778, pero no pudo escribirse después de 1779, por haber sido incluido en el
manuscrito Cavanüles.

Con dulce y triste acento 15 los brutos en el centro


cantaba el otro día de las montanas silvas,
Anfriso congojado y en su argentado margen
desdenes de su Lisa. las claras fuentecillas.
.5 Cantaba los enojos Jovino, a cuya oreja
de la engañosa ninfa, 20 la flébil armonía
y al son bien acordado llegó, también dolióse
de su laúd, salía, de pena tan esquiva:
envuelta en mil suspiros, " ¿ C a b e en humanos pechos,
10 su queja bien sentida. lleno de h o r r o r decía,
Oyéronle, y sus males 25 "tan doble y falso trato,
sintieron, compasivas, "tan b á r b a r a perfidia?
las aves que cruzaban " ¿ Q u é astro tan maligno,
por la región vacía, " q u é estrella tan impía,

16 montañas Quintana Nocedal.


18 sus claras Cañedo.
26 bárbara porfía C,
.27-28 Faltan ambos en Quintana; en B falta el 28.

173
"qué dios, qué avieso genio, con quejas vergonzosas,
30 "con influencia esquiva, con lágrimas indignas.
"pudo apartar dos almas 55 ¡Ay! guarte, no te dobles;
"que el blando amor unía?" ¡ay! guarte, no te rindas.
Mas ¡ay!, que son acaso, Si te ama, sufre y deja
oh Ainfriso, de tu Lisa que con crueza impía
35 fingidos los enojos: traspase sus entraña^,
que a veces desconfían 60 la flecha vengativa
celosas las mujeres con que ella herir de lleno
de nuestra fe. v altivas. tu corazón medita.
para probarnos sólo, Verás que amor la vuelve
40 nos niegan sus caricias. a tus halagos fina,
Cubren la ardiente llama 65 y aquella que a tu pecho
que el pecho les agita hizo sentir esquiva
y en vez del dulce agrado tan fieros sobresaltos,
y en vez de blanda risa, de su desdén corrida,
45 ofrece su semblante hará, por obligarte,
enojo y crueles iras. 70 finezas exquisitas;
Mas guarte, no la creas, y tú estarás vengado,
Anfriso, a la maligna; cuando ella arrepentida.
¡ay! guarte, no te engañe Mas, si no te ama, ¡ay! guarte,.
50 con sus astucias Lisa. no adules su perfidia
Cuando se muestre airada, 75 con quejas vergonzosas,
no adules su malicia con lágrimas indignas.

29 qué dios, qué astro enemigo Quintana.


31 pudo extremar B C.
42 las C.
43 vez de B.
44 dulce risa Quintana.
47 las creas todos menos Cavanilles.
48 las malignas iodos menos Cavanilles.
61 con que herir B C; con la que herir Quintana.
68 tu desdén B C.

174
27.

EPÍSTOLA CUARTA

DE JOVINO A ANFRISO,
ESCRITA DESDE EL PAULAR130

La primera versión de esta Epístola sólo se conserva en el manuscrito


Cavanüles, fol. 91 v. La segunda, muy corregida, es la única que se ha cono-
cido hasta la publicación de nuestro artículo "Entretenimientos juveniles de Jo-
vino", un manuscrito de Menéndez Pelayo y una versión inédita de la "Epís-
tola del Paular", en B. B. M, P., XXXVI. 1960, págs. 109-138. La segunda
versión fue incluida en el manuscrito B, fol. 62. La publicó por primera vez
ANTONIO PONZ, Viaje de España, X. Madrid, 1781, pág. 102. La reprodujo
CEÁN, Memorias, pág. 339. Fué editada también por Cañedo, I, pág. 36. Para,
ia segunda versión aceptamos el texto - de Ponz, salvo en el v. 5. También en
el titulo hemos preferido el concreto 'Jovino" de los manuscritos al vago y
anónimo "Fabio" de los impresos.
Dice Ceán que Jovellanos compuso esta Epístola en la Cartuja del Pau-
lar, cuando un asunto de la Sala de lo Criminal le condujo allí (Memorias,
pág. 294). Se trataba de un individuo que, haciéndose pasar por sobrino de
Campomanes. había robado a los incautos monjes (Memorias, pág. 28). En
Gijón existía un legajo de esta comisión con la fecha: Madrid, Julio 1779
(carta de Junquera Huergo a Fernández Vallín, fha. Gijón, 28-4-1860, publi-
cada por ARTIGAS, Manuscritos de Jovellanos en la Biblioteca de Menéndez
Pelayo, B. B. M. P„ 1921, pág. 34). Julio de 1779 es, por tanto, la fecha de la
primera versión. La segunda acaso sea del año siguiente, ya que en 1781 apa-
recía ya en letras de molde. Para más detalles véase nuestro artículo citado..

PRIMERA VERSIÓN

EPÍSTOLA ELEGIACA
Credibile est Mi Numen inesse loco.,
(OVIDIO),..

Desde este oculto y venerable asilo,


do la virtud austera y penitente
vive ignorada, y del liviano mundo
huida, en santa soledad se esconde,
5 Jovino triste al venturoso Anfriso13*
salud en versos flébiles envía.
Salud envía a Anfriso, al favorito
de Apolo y de las Musas,132 y al que supo

175
dulce parar con su cantar sabroso
10 del Manzanares la imperial corriente
y la atención de sus soberbias ninfas.
¡Plugiera a Dios, oh Anfriso. que el cuitado
a quien su hado no guarda tal ventura
supiera huir del mundo los peligros!
15 ¡Plugiera a Dios que ya que a tan seguro
puerto arribó su pobre navecilla,
supiera entrarla cuerdo en este abrigo
de tan santos ejemplos enseñado!
Huyera así la furia tempestuosa
20 de los contrarios vientos, los escollos
y las fieras borrascas, tantas veces
¡ay! entre susto y lágrimas corridas.
Así también del mundanal tumulto 133
lejos, y en estos montes guarecido,
25 gozara alguna vez jay! del reposo,
que hoy desconoce mi angustiado pecho.
Mas jay de mí!, que hasta en el santo asilo
de la virtud me acosa y me persigue
la imagen enemiga, la importuna
30 divina imagen de la infiel Enarda.
Busco por estos claustros silenciosos
el reposo y la paz que mora en ellos,
y sólo encuentro la inquietud funesta
que mi razón altera y mis sentidos.
35 Busco paz y reposo, pero en vano
los busco, oh dulce Anfriso, que estos dones,
herencia santa que al subir al cielo
dejó a su prole el penitente Bruno, 134
nunca en profano corazón entraron,
40 ni a pecho esclavo del amor se dieron.
Conozco bien que fuera de este asilo
sólo me guarda el hado sinrazones,
crudos desdenes, fieros desengaños,

19 En el manuscrito hubiera.

176
susto y dolor; empero todavía
45 a estar en él no -puedo resolverme.13,3
No puedo resolverme, y despechado,
sigo el impulso del fatal destino,
que a tanta ruina y tanto mal arrastra.
Sigo su fiero impulso, y llevo siempre
50 por todas partes fija en mi memoria
la imagen enemiga, y en mi pecho
del crudo amor la Hecha atravesada.
De amor y angustia el alma malherida,
pido a la muda soledad consuelo
55 y con dolientes quejas la importuno.
Salgo al ameno valle, subo al monte,
sigo del claro río las corrientes,
busco la fresca y deleitosa sombra-
corro por todas partes, y no encuentro
60 en parte alguna la quietud perdida.
¡Ay, Anfriso, qué escenas a mis ojos
ofrece el cielo, de llorar cansados! 138
Rodeado de frondosos y altos montes
se extiende un valle, que de mil delicias
65 con sabia manó ornó Naturaleza.
Pártele en dos mitades, despeñado
de las vecinas rocas, el Lozoya,
por sus truchas famoso y dulces aguas. 1;
Del claro río sobre el verde margen
70 crecen frondosos álamos, que al cielo
ya erguidos alzan las plateadas copas,
o ya sobre las aguas encorvados,
en mil figuras miran con asombro
su forma en los cristales retratada.
75 De la siniestra orilla un bosque ombrío
hasta la falda del vecino monte
se extiende, sitio ameno y delicioso,
morada de algún dios, o a los misterios
de las silvanas ninfas consagrado.

57 En el manuscrito día en vez de río. Igual en él verso 69,


80 Aquí dirijo mis inciertos pasos,
y en su recinto ombrío y silencioso,
mansión la más conforme para un triste,
entro a llorar tibiezas de una ingrata.
La grata soledad, la dulce sombra,
85 el aire blando y el silencio mudo
mi triste suerte v mi dolor adulan.
No alcanza aquí del padre de las luces,
el rayo atisbador, ni su reflejo
viene a cubrir de confusión el rostro
90 de un infeliz en lágrimas bañado.
El canto de las aves no interrumpe
aquí tampoco la quietud de un triste,
pues sólo de la viuda tortolilla
se oye tal vez el lastimoso arrullo,
95 [tal vez el melancólico trinado]
de la angustiada y dulce Filomena. m
Con blando impulso el céfiro suave
las copas de los árboles moviendo,
recrea el alma con el manso ruido;
100 mientras al leve soplo desprendidas
las agostadas hojas, revolando,
bajan en lentos círculos al suelo;
cúbrenle en torno, y la frondosa pompa
que al árbol adornara en primavera,
105 yace marchita, y muestra los rigores
del abrasado estío y seco otoño.1'*9
¡Así también de juventud lozana
pasan, oh Anfriso, las livianas dichas I
Un soplo de inconstancia, de disgusto
110 o de capricho femenil las tala
y las derriba al suelo, cual las hojas
de los marchitos árboles caídas.
Aquí, pues, escondido, lloro a solas

92 En el manuscrito tampo,
95 Falta este verso en el manuscrito, pero por ser necesario lo tomamos de
la segunda versión.

178
de la inconstante Enarda los desdenes
115 y el acerbo dolor de mi destino.
Aquí solo, a mis penas entregado
y sumergido en tristes pensamientos,
las pasadas venturas y el presente
funesto mal renuevo en mi memoria.
120 ¡Ay, Dios! ¡Qué diferencia tan notable
va del presente tiempo al ya pasado!
¡De aquel tiempo en que Enarda la inconstante^
de ardiente amor el corazón tocado,
sólo por su Jovino suspiraba!
125 ¡Tú lo sabes, oh Anfriso! ¡Cuántas veces
fuiste en nuestros amores medianero!
¡Cuántas con amistad tierna y sencilla
la fee de una perjura me afianzabas,
la fee violada ya, que desde entonces
130 ser falsa y desleal me parecía!
"No lo dudes, decías, no, Jovino:
"Enarda te ama, y de su fee sincera
"yo puedo darte el parabién cumplido;
"Enarda te ama: Lisi/ 40 confidente
135 "de su pasión, lo sabe de su boca,
"y me lo dijo anoche; Enarda te ama,
"y en su sencillo corazón no caben
"engaño ni doblez. ¡Ojalá Anfriso
"tanto, añadías, confiar pudiese
140 "de la fee y las promesas de su Lisi."
¡Cuitados de nosotros, cómo entrambas
de nuestro amor sencillo se burlaron!
¡Cómo a los dos las pérfidas vendieron!
Creámoslas incautos, y en pos de ellas
145 corrimos sin recelo ai precipicio,
do nuestro error y su doblez guiaba.
Corrimos en pos de ellas, como suele
correr a la dulzura del reclamo

139 En el manuscrito revuevo.


incauto el pajarillo. Entre las hojas
150 el preparado visco le detiene;
lucha cautivo por volar en vano,
y el cazador que en asechanza atisba,
con mano infiel la libertad le roba
y a muerte le condena, o cárcel dura.
155 Tales cosas repaso en mi memoria,
en esta triste soledad sumido.
Llega en tanto la noche, y con su manto
cobija el ancho mundo. Entonces vuelvo
a los medrosos claustros. De una escasa
160 luz el distante y pálido reflejo
guía por ellos mis inciertos pasos,
¡Oh fuerza del ejemplo milagrosa!,
en medio del horror y del silencio
mi corazón palpita, en mi cabeza
165 se erizan los cabellos, se estremecen
mis carnes, y discurre por los miembros
un súbito temor que los embarga.
Parece que oigo que del centro oscuro
sale una voz medrosa, y que rompiendo
170 el eterno silencio, así me dice:
"Huye de aquí, profano, tú que llevas
"de ideas mundanales lleno el pecho,
"huye de esta mansión, santo refugio
"do la virtud contrita y penitente
175 "vive escondida; huye y no profanes
"con tu planta sacrilega este asilo".
De aviso tal al golpe confundido.
con paso vacilante voy cruzando
los silenciosos tránsitos, y llego
180 por fin a mi morada, donde ni hallo
el ansiado reposo, mi recobran
la suspirada calma mis sentidos.
Lleno de congojosos pensamientos
paso la triste y perezosa noche
185 en molesta vigilia, sin que cierre
mis párpados el sueño, ni mitiguen
sus regalados bálsamos m i pena.
Vuelve por fin con la risueña a u r o r a
la luz aborrecida, y en pos de ella
190 el claro día a publicar mi llanto
y dar nueva materia al dolor mío.

SEGUNDA VERSIÓN

Desde el oculto y venerable asilo,


do la virtud austera y penitente
vive ignorada, y del liviano mundo
huida, en santa soledad se esconde.
5 Jovino triste al venturoso Anfriso
salud en versos flébiles envía.
Salud le envía a Anfriso, al que inspirado
de las mantuanas Musas, 141 tal vez suele
al grave son de su celeste canto
10 precipitar del viejo Manzanares
el curso perezoso, tal suave
suele ablandar con amorosa lira
la altiva condición de sus zagalas. 142
¡Pluguiera a Dios, oh Anfriso. que el cuitado-
15 a quien no dio la suerte tal ventura
pudiese huir del mundo y sus peligros!
¡Pluguiera a Dios, pues ya con su barquilla
logró arribar a puerto tan seguro,
que esconderla supiera en este abrigo,
20 a tanta luz y ejemplos enseñado!
Huyera así la furia tempestuosa
de los contrarios vientos, los escollos
y las fieras borrascas, tantas veces
entre sustos y lágrimas corrida?.
25 Así también del mundanal tumulto

5 el triste Pabio al v. A. todas las ediciones.


17 ya en su barquilla B.
lejos, y en estos montes guarecido.
alguna vez gozara del reposo,
que hoy desterrado de su pecho vive.
Mas, ¡ay de aquél que hasta en el santo as
30 de la virtud arrastra la cadena,
la pesada cadena, con que el mundo
oprime a sus esclavos! ¡Ay del triste
en cuyo oído suena con espanto,
por esta oculta soledad rompiendo,
35 de su señor el imperioso grito!
Busco en estas moradas silenciosas
el reposo y la paz que aquí se esconden,
y sólo encuentro la inquietud funesta
que mis sentidos y razón conturba.
40 Busco paz y reposo, pero en vano
los busco, oh caro Anfriso, que estos dones,
herencia santa que al partir del mundo
dejó Bruno en sus hijos vinculada,
nunca en profano corazón entraron,
45 ni a los parciales del placer se dieron.
Conozco bien que fuera de este asilo
sólo me guarda el mundo sinrazones,
vanos deseos, duros desengaños,
susto y dolor; empero todavía
50 a entrar en él no puedo resolverme.143
No puedo resolverme, y despechado,
sigo el impulso del fatal destino,
que a muy más dura esclavitud me guía.
Sigo su fiero impulso, y llevo siempre
55 por todas partes los pesados grillos,
que de la ansiada libertad me privan.
De afán y angustia el pecho traspasado,
pido a la muda soledad consuelo
y con dolientes quejas la importuno.
60 Salgo al ameno valle, subo al monte,
sigo del claro río las corrientes,
busco la fresca y deleitosa sombra,
corro por todas partes, y no encuentro
en parte alguna la quietud perdida.
65 ¡Ay, Anfriso, qué escenas a mis ojos,
cansados de llorar, presenta el cielo!
Rodeado de frondosos y altos montes
se extiende un valle, que de mil delicias
con sabia mano ornó Naturaleza.
70 Pártele en dos mitades, despeñado
de las vecinas rocas, el Lozoya,
por su pesca famoso y dulces aguas.
Del claro río sobre el verde margen
crecen frondosos álamos, que al cielo
75 ya erguidos alzan las plateadas copas,
o ya sobre las aguas encorvados,
en mil figuras miran con asombro
su forma en los cristales retratada.
De la siniestra orilla un bosque ombrío
80 hasta la falda del vecino monte
se extiende, tan ameno y delicioso,
que le hubiera juzgado el gentilismo
morada de algún dios, o a los misterios
de las silvanas dríadas guardado.
85 Aquí encamino mis inciertos pasos.
y en su recinto ombrío y silencioso.
mansión la más conforme para un triste,
entro a pensar en mi cruel destino.
La grata soledad, la dulce sombra,
90 el aire blando y el silencio mudo
mi desventura y mi dolor adulan.
No alcanza aquí del padre de las luces
el rayo acechador, ni su reflejo
viene a cubrir de confusión el rostro
95 de un infeliz en su dolor sumido.
El canto de las aves no interrumpe
aquí tampoco la quietud de un triste,

79 umbrío Cañedo.
,86 umbrío Cañedo.
pues sólo de la viuda tortolilla
se oye tal vez el lastimero arrullo,,
100 tal vez el melancólico trinado
de la angustiada y dulce Filomena.
Con blando impulso el céfiro suave
las copas de los árboles moviendo,
recrea el alma con el manso ruido;
105 mientras al dulce soplo desprendidas
las agostadas hojas, revolando,
bajan en lentos círculos al suelo;
cúbrenle en torno, y la frondosa pompa1
que al árbol adornara en primavera,
110 yace marchita, y muestra los rigores
del abrasado estío y seco otoño.
¡Así también de juventud lozana
pasan } oh Anfriso, las livianas dichas!.
Un soplo de inconstancia, de fastidio
115 o de capricho femenil las tala
y lleva por el aire, cual las hojas
de los frondosos árboles caídas.
Ciegos empero y tras su vana sombra
de contino exhalados, en pos de ellas
120 corremos hasta hallar el precipicio,
do nuestro error y su ilusión nos guían.
Volamos en pos de ellas, como suele
volar a la dulzura del reclamo
incauto el pajarillo. Entre las hojas
125 el preparado visco le detiene;
lucha cautivo por huir, y en vano,
porque un traidor, que en asechanza atisba,
con mano infiel la libertad le roba
y a muerte le condena, o cárcel dura.
130 ¡-A-h, dichoso el mortal de cuyos ojos
un pronto desengaño corrió el velo
de la ciega ilusión! ¡Una y mil veces
dichoso el solitario penitente,
que, triunfando del mundo y de sí mismo,
135 vive en la soledad libre y contento! 144
Unido a Dios por medio de la santa
contemplación, le goza ya en la tierra,
y retirado en su tranquilo albergue,
observa reflexivo los milagros
140 de la naturaleza, sin que nunca
turben el susto ni el dolor su pecho.
Regálanle las aves con su canto
mientras la aurora sale refulgente
a cubrir de alegría y luz el mundo.
145 Nácele siempre el sol claro y brillante,
y nunca a él levanta conturbados
sus ojos, ora en el oriente raye,
ora del cielo a la mitad subiendo
en pompa guíe el reluciente carro,
150 ora con tibia luz, más perezoso,
su faz esconda en los vecinos montes.
Cuando en las claras noches cuidadoso
vuelve desde los santos ejercicios,
ía plateada luna en lo más alto
155 del cielo mueve la luciente rueda
con augusto silencio; y recreando
con blando resplandor su humilde vista,
eleva su razón, y la dispone
a contemplar la alteza y la inefable
160 gloria del Padre y Criador del mundo.
Libre de los cuidados enojosos,
que en los palacios y dorados techos
nos turban de contino, y entregado
a la inefable y justa Providencia,
165 si al breve sueño alguna pausa pide
de sus santas tareas, obediente
viene a cerrar sus párpados el sueño
con. mano amiga, y de su lado ahuyenta
el susto y las fantasmas de la noche.
170 i Oh suerte venturosa, a los amigos

139 reflexible B, que puede ser la lección auténtica, si se atiende a lo, tra-
ducción de Müton (núm. 56), verso 727,

185
de la virtud guardada! ¡Oh dicha, nunca
de los tristes mundanos conocida!
¡Oh monte impenetrable! ¡Oh bosque ombrío!
¡Oh valle deleitoso! ¡Oh solitaria
175 taciturna mansión! ¡Oh quién, del alto
y proceloso mar del mundo huyendo
a vuestra eterna calma, aquí seguro
vivir pudiera siempre, y escondido!
Tales cosas revuelvo en mi memoria,
180 en esta triste soledad sumido.
Llega en tanto la noche, y con su manto
cobija el ancho mundo. Vuelvo entonces
a los medrosos claustros. De una escasa
luz el distante y pálido reflejo
185 guía por ellos mis inciertos pasos;
y en medio del horror y del silencio,
¡oh fuerza del ejemplo portentosa!,
mi corazón palpita, en mi cabeza
se erizan los cabellos, se estremecen
190 mis carnes y discurre por mis nervios
un súbito rigor que los embarga.
Parece que oigo que del centro oscuro
sale una voz tremenda, que rompiendo
el eterno silencio, así me dice:
195 "Huye de aquí, profano, tú que llevas
"de ideas mundanales lleno el pecho,
"huye de esta morada, do se albergan
"con la virtud humilde y silenciosa
"sus escogidos; huye y no profanes
200 "con tu planta sacrilega este asilo".
De aviso tal al golpe confundido,
con paso vacilante voy cruzando
los pavorosos tránsitos, y llego
por fin a mi morada, donde ni hallo

173 umbrío Cañedo.


195 ni que llevas B,
196 de mundanas pasiones lleno el pecho Cañedo.

186
205 el ansiado reposo, ni recobran
la suspirada calma mis sentidos.
Lleno de congojosos pensamientos
paso la triste y perezosa noche
en molesta vigilia, sin que llegue
210 a mis ojos el sueño, ni interrumpan
sus regalados bálsamos mi pena.
Vuelve por fin con la risueña aurora
la luz aborrecida, y en pos de ella
el claro día a publicar mi llanto
215 y dar nueva materia al dolor mío." 5

187
28.

HIMNO

A LA LUNA

EN VERSOS SAFICOS

Se conserva este Himno en los siguientes manuscritos: B, fol. 20, y C,


fol. 117 v. Fue editado por Cañedo, VII, pág. 170. El texto de C es incorrecto;
el de B coincide con el de Cañedo, salvo en dos variantes que nos parecen
malas lecturas del impreso.
Cañedo escribió sobre la fecha de este potma: "Esta composición la
"hizo de edad de diez y ocho años, estando en el Coiegio Mayor de San Ilde-
f o n s o de Alcalá" (VII, pág. 171). Por ello ¿omoza lo fecha en 1762. Ahora
bien, no figura en el manuscrito Cavanüles, pero ya lo recoge e) manus-
crito B. A menos que se trate de un poema anterior a 1779 relegado por el
autor, esto significa que se compuso entre 1780 y 1796. Ceán lo cita entre las
poesías del período sevillano (Memorias, pág. 293). lo que indica que estaba
en su manuscrito, por lo que puede adelantarse la fecha ante quam hasta-
1789 ó 1790.

Astro segundo de la ardiente esfera,


que en el espacio de la noche fría
suples la ausencia del radiante hermano,
fúlgida luna;

5 íú, que. la sombra disipando, sacas


plantas y flores del funesto caos-
volviendo al suelo, con tu luz dorada,
vida y colores;

tú, que del carro rutilante envías


10 al triste mundo pálidos reflejos,
mientras en dulce sueño sus fatigas
olvida el h o m b r e ;

tú. que brillando con fulgor sereno,


guías piadosa el vacilante paso
15 del peregrino, que la ignota senda
pisa medroso;

3 del ardiente hermano C.

183
ya que de la alta región celeste
bajas tranquila el silencioso carro
hasta la cima do el pastor latmeo
20 yace dormido.

y allí, del bello Endimion cautiva,


y de la augusta majestad cansada,
le honras con dulces ósculos, del triste
nunca sentidos: 146

25 sé una vez sola generosa y pía


con dos amantes que tu gracia imploran;
sélo contigo, y las doradas luces
tímida oculta.

Así, sin mengua del real decoro,


30 podrás llegar al barragán 147 tesalio,
podrás gozarle sola, y a despecho
de cielo y tierra.

Y en tanto, a espaldas de la sombra


libre de susto y turbación, Fileno
35 morir de amores en los dulces brazos
podrá de Clori.

Si esto te deben dos amantes almas,


en la coyunda del amor unidas,
siempre a tu numen quemarán devotas
40 nocturno incienso;

siempre a tu numen cantarán unidas


himnos de culto y gratitud sonoros,
ora en el lleno de tu luz te adoren,
ora en menguante.

18 al silencioso C.
38 unidos C.
41 unidos C Cañedo.
43 le adoren Cañedo.
29.

IDILIO DECIMOQUINTO

A LOS DÍAS DE ALCMENA148

Fue incluido este idilio en los siguientes manuscritos: B, fol. 43 v., y


C, fol. 133. Fue editado por Cañedo, I, pág. 91, tomándolo del manuscrito de
Navarrete. Seguimos el texto d e B C.
Como Alcmena es nombre poético de una mujer a quien Jovellanos
amaba entre 1781-1782, acaso la misma Enarda anterior, este idilio cabe fe-
charlo hacia 1781.

Pasan en raudo vuelo 15la triste edad rugosa,


los días y los años, la edad de afán y llanto.
y van de los vivientes Solos en esta varia
la sucesión notando. vicisitud triunfamos
A la niñez florida tú, Alcmena. y yo del tiempo»
sigue con breves pasos 20 El invariable estado
la juventud lozana, de las venturas nuestras
del bullicioso bando sin mengua conservamos,
de dichas y placeres pues sobre mi firmeza,
10 cercada; pero cuando ni sobre tus encantos,
duerme desprevenida, 25 jamás darles pudieron
del dulce amor en brazos, jurisdicción los hados,
le sale al paso, llena ni a la implacable muerte,,
de males y cuidados, ni a los veloces años.140

19 Almena Cañedo, igual que en el título.


20 y el invariable Cañedo.
25 darle Nocedal.
27 ni la implacable Cañedo.
28 ni los veloces Cañedo.

190
30.

SONETO QUINTO

A ALCMENA

Se encuentra este soneto en los siguientes manuscritos: B, íol, 101, y


C, fol, 133 v. Pue editado por Cañedo, VIL pág. 268. Preferimos el texto tíe
B C
En cuanto a la fecha remitimos a lo que hemos dicho del idíiio anterior.

Las dudas, bella Alcmena, y los recelos


que en mi sencillo corazón se abrigan,
de mi desgracia el fiero mal mitigan,
sin agravarle con infames celos.
5 Llegará acaso el día en que a los cielos
mi sufrimiento y mi temor bendigan,
cuando por premio de su afán consigan
serenidad y gozo mis desvelos.
¡Dichoso entonces yo, si coronando
10 la firme fe de una pasión sincera,
premiares tú mi humilde sufrimiento!
¡Dichoso entonces mi tormento, cuando
seguridad cumplida y duradera
suceda a la inquietud de mi tormento!

1 Almena Cañedo, igual que en el título.


4 agraviarle Nocedal.
5 en que los cielos Cañedo.
9 coronado C.
11 premiaras Nocedal.

191
31.

SONETO SEXTO

A E N A R D A150

Sólo se conserva el borrador autógrafo de Jovellanos en el manuscri-


to A (Bibl. Nacional, ms. 12.958-35), lleno de correcciones y tachaduras. Fue
publicado por GEOÍSGES DEMERSON, Quatre poémes inédits de Joxiellanos, BHi,
LVIII. 1956, pág 46.
Nos inclinamos a creer que este soneto se escribió en 1779, como hemos
dicho en el prólogo. Sin embargo, la ausencia de que habla en el v. 12, que
no debió ser breve, pudo haber sido el viaje a Asturias de 1782; en este caso
el soneto debería fecharse en 1783.

Cuando de amor la flecha penetrante


no hubiera aún mi corazón herido,
tú fuiste, Enarda, el ídolo elegido
que primero adoró mi pecho amante.
Fui tu primer amor, y tú. inconstante,
de tu fee me ofreciste el don mentido,
don que después la ausencia y el olvido
volvieron a llevarse en un instante.

2 Primera redacción: corazón probado.


3 Primera redacción; ídolo ensalzado.
4 Primera redacción: a quien yo primer culto ofrecí amante. Seguía: 5 mi
dicha se deshizo en un instante, / s si bien no fui entonces desdeña-
do; / 7 pero la ausencia el bien que había ganado / 8 me robó. El verso
5 fué corregido así: deshízose esta dicha en un instante. Después co-
rrigió los versos 2 y 3, cambiando la rima, y tachó los que había escrito
del segundo cuarteto, antes de continuar. El verso 5 fué leído por De-
merson: esta dicha... El verso 7 es dodecasílabo leyendo había como
trisílaba.
8 Después de este verso escribió: 9A1 cabo de diez años la fortuna / 10nos
volvió a unir. Tachó estas últimas palabras y continuó: l o me volvió a
tu presencia, y nuestro tierno / u a m o r volvió con ella a solidarse. /
"Burlaste. Sin tachar nada, redactó de nuevo el terceto en el ángulo
inferior izquierdo de la vuelta de la hoja: 9A1 cabo de diez años nuestro
tierno / 10 cariño renació con lá presencia. / "Vísteme y me juraste
amor eterno. Tras la primera redacción, no tachada, escribió los dos
tercetos incluidos en el texto.

192
' A ^ * > - *»

W « - í » Jt-/t++-0u <-,n^ii

Borrador autógrafo del soneto sexto."'Biblioteca Nacional, Madrid, ms. 12.958-35.

Medió largo intervalo, volví a verte,


10 volviste tú a jurarme amor eterno:
mas diste luego a otro tu albedrío;
a otro que, ausente yo, fingió quererte.
¿Y ésta es. Enarda, tu constancia? ¡Cuerno!
¡Malhaya si otra vez de ti me fío!

9 AZ principio del renglón, encima, y sin tachar: ora dicen.

193
32

EPÍSTOLA QUINTA

1
A B A T I L O

Según Somoza (Inventario, pág. 63), se publicó esta Epístola por p r i -


mera vez en el Viaje de España de Antonio Ponz. tomo XI. tercera edición,,
incluida en la Carta II a dicho autor, que trata del convento de S. Marcos
de León. Pero no existe tal tercera edición del tomo XI, ni en las ediciones
' primera y segunda aparece la Epístola. El error de Somoza nació de haber
considerado inseparables la Carta II y la Epístola, y al no encontrar ésta
en las dos primeras ediciones debió suponer que se hubiera incluido en una
tercera, que. claro está, no pudo ver, por lo que no cita ni año de publica-
ción, ni la página. Nocedal habla (B. A. E., II, pág. 271. n. 1) de una edi-
ción parcial de las Cartas a Ponz, anterior a 1847. hecha en un periódico
de Madrid; pero no especifica ni el periódico ni qué cartas fueron publica-
das. No lo hemos visto. Por estas razones la primera edición que nos es co-
nocida de la Epístola es la siguiente: Cartas del Señor Don Gaspar de Jove
llanos, sobre el Principado de Asturias,, dirijidas a Don Antonio Ponz, iné
ditas hasta el día y remitidas a la redacción de las Memorias de la Sociedad
Económica de la Habana por D, Domingo del Monte (Habana. 1848. páginas-
23-26). Tampoco Somoza había visto esta edición. De ella afirma Noceda)
(B. A. E., II, pág. 311. n. 1) que es incorrectísima, por lo que él cotejó y rec-
tificó las Cartas con el manuscrito. Dicho manuscrito debiera estar, según
Somoza (Inventario, pág. 63), en la Academia de la Historia; pero no hemos
podido encontrarlo. Conocemos un manuscrito parcial de las Cartas a Ponz,
que está en poder de don José María Alvargonzález; creemos que es el pri-
mer borrador, a juzgar por la gran cantidad de correcciones que tiene. En el
lugar correspondiente este manuscrito dice simplemente: i-Aquí la Carta a
Batilo 5 '. En consecuencia de todo lo anterior, el único texto que puede se-
guirse es el de Nocedal, II, pág. 279.
La fecha ante quam de la Epístola es 1789, ya que el 10 de mavo de este
año devolvía Manuel de Torres a Jovellanos el manuscrito de las Cartas a
Ponz con algunos reparos, después de haberlas analizado a petición del au-
tor; estos reparos alcanzan a la Epístola, que por lo tanto formaba ya par-
te de la Carta II (ed. de La Habana cit., pág. 107). Pero teniendo en cuenta
la nota antes citada del borrador original, creemos que la Epístola se re-
dactó en León, probablemente en el mismo convento de S. Marcos, en 1782,
y como obra independiente, que sólo más tarde fué incluida en la descripción
de dicho convento.

Verdes campos, florida y ancha vega,


donde Bernesga próvido reparte
su onda cristalina; alegres prados,
antiguos y altos chopos, que su orilla

2 Bernesga pródigo Habana.

194
5 bordáis en torno. ¡Ah5 cuánto gozo, cuánto
a vuestra vista siente el alma mía!
¡Cuan alegres mis ojos se derraman
sobre tanta hermosura! ¡Cuan inquietos,
cruzando entre las plañías y las flores,
10 ya van? ya vienen por el verde soto
que ai lejano horizonte dilatado
en su extensión y amenidad se pierde!
Ora siguen las ondas transparentes
del ancho río. que huye murmurando
15 por entre las sonoras piedrezuelas;
ora de presto impulso arrebatados
se lanzan por las bóvedas sombrías
que a lo largo del soto entretejiendo
eus copas forman ios erguidos olmos,
20 y mientras van acá y allá vagando,
la dulce soledad y alto silencio
que reina aquí, y apenas interrumpen
el aire blando y las canoras aves,
de paz mi pecho y de alegría inundan.
25 ¿Y hay quien de sí y vosotros olvidado
viva en afán o muera en el bullicio
de las altas ciudades? ¿Y hay quien, necio,
del arte las bellezas anteponga,
nunca de ti, oh Natura, bien copiadas,
30 a ti ; su fuente y santo prototipo? 132
jOh ceguedad, oh loco devaneo,
oh míseros mortales! Suspirando
vais de contino tras la dicha, y mientras
seguís ilusos una sombra vana
35 os alejáis del centro que la esconde.
¡Ah! ¿dónde estás, dulcísimo Batilo,
que no la vienes a gozar conmigo
en esta soledad ? Ven en su busca,

5 Falta ah en la edición de La Habana,


24 y alegría Habana.
¿3 continuo Habana.
do sin afán probemos de consuno
40 tan suaves delicias; corre, vuela,
y si la sed de más saber te inflama,
no creas que entre gritos y contiendas
la saciarás. ¡Cuitado!, no lo esperes,
que no escondió en las aulas rumorosas
45 sus mineros riquísimos Sofía,
Es más noble su esfera: el universo
es un código; estudíale, sé sabio.
Entra primero en ti, contempla, indaga
la esencia de tu ser v alto destino.
50 Conócete a ti mismo, y de otros entes
sube al origen. Busca y examina
el orden general, admira el todo.
y al Señor en sus obras reverencia.
Estos cielos, cual bóveda tendidos
55 sobre el humilde globo, esa perenne
fuente de luz. que alumbra y vivifica
toda la creación, el numeroso
ejército de estrellas y luceros,
a un leve acento de su voz sembrados,
60 cual sutil polvo en la región etérea;
la luna en torno presidiendo augusta
de su alto carro a la callada noche;
esta vega, estos prados, este hojoso
pueblo de verdes árboles, que mueve
65 el céfiro con soplo regalado;
esta, en fin, varia y majestuosa escena,
que de tu Dios la gloria solemniza,
a sí te llama y mi amistad alienta.103
Ven, pues, Batilo, y a su santo nombre
70 juntos cantemos incesantes himnos
en esta soledad. Aquí un alcázar,
cuyo cimiento baña respetuoso

47 es su código Habana.
54 bóvedas Habana.
63 este prado Habana.
70 inocentes himnos Habana.
ei río. y cuyas torres eminentes
a herir se atreven las sublimes nubes,
75 ofrece asilo a ia virtud, que humilde
en él se oculta y vive respetada.1,34
Huyendo un día del liviano mundo,
halló tranquilo, inalterable albergue
entre los hijos del patrón de España.
80 que adornados de blancas vestiduras
y ía cruz roja en los ilustres pechos
llevando, aquí sus leyes reconocen,
y a Dios entonan santas alabanzas,
perenne incienso enviando hasta su trono.
85 jAh!, si no es dado a nuestra voz, Batilo.,
turbar su trono con profano acento,
ven, y en silencio al Padre Omnipotente
humilde y pura adoración rindamos.
Después iremos a gozar, subidos
90 en el alto terrero, ele la escena
noble y augusta que se ofrece en torno.
De allí verás el tortuoso giro
con que el Bemesga la atraviesa, y como,
su corriente por ella deslizando,
95 ora se pierde en la intrincada selva,
cual de su sombra y soledad ansioso,
ora en mil arroyuelos dividido,
isietas forma, cuyo breve margen
va de rocío y flores guarneciendo.
100 Después reúne su caudal, y cuando,
robadas ya las aguas del Torio,
baña orgulloso los lejanos valles,
súbito llega do sediento el Ezla
sus ciaras ondas y su nombre traga.
105 Allí Naturaleza solemniza
tan rica unión, poblando todo el suelo

85 a vuestra voz Nocedal.


80 Las ediciones terreno, que hemos corregido.
97-99 La edición de La Habana ha trocado inexplicablemente estos versos
vor los 144.-146.
de verdor y frescura. Verás cómo
buscan después al Orbigo, que a ellos
corre medroso, huyendo de su puente,
110 del celebrado puente que algún día
tembló a los botes de la fuerte lanza
con que su paso el paladín de Asturias
de tantos caballeros catalanes,
franceses y lombardos defendiera.1"5
115 Aún dura en la comarca la memoria
de tanta lid, y la cortante reja
descubre aún por los vecinos campos
pedazos de las picas y morriones,
petos, caparazones y corazas.
120 en los tremendos choques quebrantados.
Mas si el amor patriótico te inflama
y de otro tiempo los gloriosos timbres
te place recordar, sigúeme, y juntos
observemos la cumbre venerable
125 de los montes de Europa, el ardua cumbre
do nunca pudo el vuelo victorioso
de las romanas águilas alzarse.
que si ambicioso, sin ganarla, quiso
dar al orbe la paz un día Octavio,
130 cuando triunfara de su humilde falda,
su paso ella detuvo, y, no rendida,
ella fijó los términos del mundo.
Ve allí también do un día se acogiera
del árabe acosado el pueblo ibero,
135 su cuello al yugo bárbaro negando.
¡Oh venerable antemural! ¡Oh tiempo
de horror y de tumulto! ¡Oh gran Pelayo!
¡Oh valientes astures! A vosotros
su gloria debe y libertad la patria.
140 A vosotros la debe, y sin el triunfo
de vuestro brazo, el valle, do fogosa

116 la constante reja Habana.

198
mi canto enciende la española musa,
fuera para un tirano berberisco
hoy por sus fuertes hijos cultivado.
145 y la dorada mies para sustento
de un pueblo esclavo y vil en él creciera.
De infamia tal salvóla vuestro esfuerzo:
de vuestro brazo a los mortales golpes
cavó aterrado el fiero mauritano:
'L50 su sangre inundó el suelo, y con las aguas
del Bernesga mezclada, llevó al hondo
océano su afrenta y vuestra gloria.
Ven. pues, Batilo, ven, y tu morada
por este valle mágico trocando.
155 la vana ciencia, la ambición y el lujo
a los livianos pechos abandona,
y el tuyo, no, para ellos no nacido,
con tan gratas memorias alimenta.

144-146 Véase nota a vs. 97-99.


33.

PROLOGO
PARA LA REPRESENTACIÓN DEL 'PELAYO"

Sólo se conserva el borrador autógrafo de don Gaspar, lleno de innu-


merables correcciones y tachaduras, en el manuscrito A (Bibl. Nacional, ms.
12,958-29). Lo publicó por primera vez GEORGES DEJCTRSON, Quatre poémes
inédits de Jovellanos, BHi, LVIII, 1958, pág. 43.
La tragedia Pelayo, compuesta en Sevilla en 1769, no se representó, por
no querer el autor darla a los cómicos, hasta que algunos amigos jóvenes de
Gijón, en el viaje que Jovellanos hizo a su patria en 1782, se empeñaron en
ponerla en escena, junto con El delincuente honrado (CEÁN, Memorias, p á -
gina 34). Para esta representación escribió el presente Prólogo,

¡Gracias al cielo, oh nobles compatriotas,


que por vuestra ventura llegó el tiempo
de recordar los hechos memorables
en que cifra su gloria nuestro pueblo!
5 Llegó por fin el día venturoso,
el día de esplendor y de contento,
en que Gijón segunda vez los triunfos
admirará de aquel heroico, excelso
rey, que a su patria y su nación cautivas
10 supo librar del yugo sarraceno.
Los triunfos de Pelayo y sus virtudes,
su constancia, su fe, su amor, su celo
por la causa común, serán hoy día
de vuestro gozo y diversión objeto.
15 No creáis, pues, que el noble afán que pudo
a costa de fatigas y desvelos
reunir tantos jóvenes ilustres
en una voluntad y en un deseo,
aspira sólo a divertir un rato
20 vuestra curiosidad, y entreteneros,

11-12 Primero escribió: y sus gloriosos / trabajos, tachado y corregido an-


tes de proseguir.

200
a expensas del decoro y la modestia,
con un frivolo y vano pasatiempo.
No, su objeto es más noble y encumbrado,
y su intención más digna del esfuerzo
25 de espíritus sublimes, que propicio
a cosas grandes encamina el cielo.
El amor de la patria, que fue el numen
a cuya ardiente inspiración el fuego,
la pasión y el furor debió el poeta,
30 y el horror y ternura dio a sus versos,
será también quien mueva nuestro labio,
quien dirija y encienda nuestro acento,
para excitar con fuerza irresistible
la lástima y el susto en vuestros pechos.
35 Feliz el corazón que los virtuosos
extremos de Rogundo, el lastimero
gemir de la inocente y fiel Dosinda,
y los nobles y heroicos sentimientos
del gran Pelayo. honrare con su llanto.
40 Sus lágrimas serán noble argumento
de que la humanidad tierna y sensible
y el patrio amor habitan en su centro.
¿ Y quién, en medio del afán y el susto
en que veréis fluctuar por algún tiempo
45 la suerte d e la patria, quién sus ojos
podrá tener enjutos y serenos?
Así también con abundoso llanto

21 Primera redacción: a costa del decoro,


33 Primera redacción: para inspirar.
35 Comenzó el verso con la palabra, dichoso, tachada antes de proseguir.
También escribió: que a los virtuosos, pero tachó la preposición.
38 y a los grandes y heroicos, escribió primero, con la misma preposición
a que tachó en el verso 35 después.
39 Primera redacción: de Pelayo responda con su llanto, cuyo verbo ex-
plica las dos preposiciones tachadas después en los versos 35 y 38.
42 Primera redacción: y el patriotismo habitan en su pecho. Primera co-
rrección: y el amor patrio h. Después de este verso hay otros dos tab-
ellados: pero estas mismas lágrimas la paga / y el galardón serán de
nuestro esfuerzo. Encima del primero de ellos: triste de aquel.
43 Comenzó a escribir: ¿y quién podrá; pero antes de seguir tachó podrá.
palabra que trasladó al v. 46.

201
honró algún día el delicado griego
los trabajos de Aquiles, que de infamia
•50 libró a su patria en T r o y a ; así un tiempo
sintió el fuerte romano de sus héroes
los ilustres afanes, cuando al pueblo
de Atenas y de Roma en sus teatros
los ofrecía el peregrino ingenio
55 de Eurípides y Séneca, Si humilde
aún no pudo igualar tan alto ejemplo
el coturno español, la culpa es suya.
Sólo ocupada en lúbricos objetos
la ibera musa casi por tres siglos.
60 no aspiró a celebrar los altos hechos
que de esplendor llenaron nuestra patria
y de pasmo algún día al universo. 156
¿ Y n o ha de haber quien libre de esta nota
al Parnaso español? ¿Ni quien oyendo
65 de la vehemente y grave Melpomene
la flébil voz, se rinda a sus preceptos?

48 Primera redacción: honrar solían los sensibles griegos.


50 Este verso tuvo cuatro redacciones sucesivas: 1.a, lloró la excelsa Roma
de sus héroes; 2.a, lloró el fuerte romano de sus héroes; 3.a, de sus h é -
roes lloró el fuerte romano, y 4.a, sintió el fuerte romano de sus héroes
52 Primera redacción: los ilustres trabajos. Al pueblo está escrito sobre
una palabra que parece ser teatro.
53 En relación con la palabra teatro del verso anterior estaba la. primera
redacción de este verso y del siguiente, ambos tachados: de sus insig-
nes trágicos al ritmo / representaba a los curiosos pueblos. Encima de
este último, y también tachado: ofrecían, congregado, miraba.
54 Comenzó el verso: en Atenas y Roma, pero tachó antes de concluir la
frase.
56 Primera redacción: pudo llegar a estos ejemplos.
58-59 Primera redacción: sólo ocupadas en lúbricos objetos / las españo-
las musas.
•61-62 Primero escribió: que ilustran nuestra historia, lo que corrigió en: que
de esplendor y gloria nuestra patria, antes de escribir el verso siguien-
te así: llenaron y de pasmo al universo. Después cambió en el 61 y
gloria por llenaron, añadiendo en el 62 algún día tras pasmo.
64 Primera redacción: al Parnaso español? ¿Ni quien prefiriendo, que era
dodecasílabo,
65 Primera redacción: de la llorosa y grave M.
66 Primera redacción: la heroica voz.

202
Sea tuyo, oh Gijón, aqueste lauro,
y ele ti España el generoso ejemplo
reciba de loar en sus escenas
70 las domésticas glorias. Si este intento
imitan otros pueblos, ¡cuántos héroes,
cuántas hazañas y gloriosos hechos,
dignos de eterna y singular memoria,
saldrán del hondo olvido! Tal deseo,
75 si no os parece de alabanza digno,
oh caros compatriotas, a lo menos
lo será de disculpa a vuestros ojos.
Oíd, y perdonad nuestros defectos.

67 Primera redacción: sea nuestro este lauro, o compatriotas.


68 Primera redacción: reciba España.
70-71 Antes del textoa
definitivo hubo dos redacciones: l,a tal intento/ si
no os parece; 2. , tal intento / si de alabanza digno no os parece.
72 Antes de tachar la segunda corrección del verso anterior había escrito:
de disculpa deberá serlo a lo menos; corrigió: de perdón deberá, y por
último lo tachó todo, antes de continuar, al corregir el v. 71.
73 Primera redacción: que ahora están en torpe olvido envueltos,
74 Comenzó: resonarán, pero tachó antes de continuar.
76 Este
a
verso tuvo tres redacciones: 1.a, al amenos de perdón deberá serlo;
2. , nobles espectadores, a lo menos, y 3. , la definitiva.

203
34.

IDILIO DECIMOSEXTO

A MELENDEZ

Una copia en limpio del propio Jovellanos está en el manuscrito A.


(12.958-33 de la Bibl. Nacional) (2 hojas útiles; 4.°). Lo incluyen los m a n u s -
critos B, fol. 38, y C, fol. 118 v. Fue editado por Cañedo, VII, pág. 202. Quin-
tana lo seleccionó para sus Poesías selectas castellanas, IV, Madrid, 1830,
pág. 317. Los tres manuscritos coinciden, salvo ligeras diferencias ortográ-
ficas. Seguimos el texto del ms. 12.958.
Al no haber sido incluido en el manuscrito Cavanilles, pero si en el
B, la fecha de este idilio ha de estar comprendida entre 1780 y 1796. Pero
teniendo en cuenta que B agrupa éste y otros siete idilios más bajo el titulo
Ocho idilios a varios, y que este título general aparece también en la rela-
ción de Ceán (Memorias, pág. 293), cabe suponer que en el manuscrito de
éste ya se incluía, lo que permite adelantar la fecha ante quaví a 1790.

¿Quién me d a r á que pueda, y en ella, rodeados


Batilo, remontado de gloria, a p a r del Numen.
sobre el humilde vulgo, viviésemos loando
seguirte por el arduo de la virtud divina
camino por do corres 20 la gracia y los encantos!
con giganteos pasos Entonces sí que, libres
al templo de la F a m a ? del soplo envenenado
¿Quién me dará que al alto del odio y de la ínvidia,
monte contigo pueda burláramos cantando
10 subir, a henchir mis labios, 25 sus tiros descubiertos
cual tú, de dulce néctar y sus ocultos lazos;
en el raudal castalio? entonces sí que, lejos
¡Pluguiera al dios intonso del turbulento bando
que juntos del Parnaso que sigue ios pendones
venciésemos la cima, 30 del vicio, v agitados

11 del dulce Cañedo Quintana,


23 envidia C Cañedo.

204
de un estro más divino, al peregrino encanto
las liras, por la mano de nuestra voz, los hombres
de la amistad guarnidas huyeran desde el ancho
de oro y marfil, tocando, 45 camino de los vicios
'35 los cielos de harmonía hasta los poco hollados
hinchéramos, en tanto senderos que conducen
que la parlera Fama a la virtud, ganando
llevaba resonando con santo ardor la altura
unidos nuestros nombres 50 do tiene el soberano
40 desde el Arcturo al Austro; rector del cielo al justo
entonces sí que, absortos su galardón guardado.

31 extro B C; astro Cañedo.


36 hinchiéramos B Cañedo.
•49 en santo Cañedo.

205
35.

ROMANCE PRIMERO

NUEVA RELACIÓN Y CURIOSO ROMANCE, EN QUE SE CUENTA


MUY A LA LARGA COMO EL VALIENTE CABALLERO ANTIORO
DE ARCADIA VENCIÓ POR SI Y ANTE SI A UN EJERCITO DE
FOLLONES TRANSPIRENAICOS157

Hasta once manuscritos de este romance hemos tenido a la vista: el


primer grupo se encuentra en el manuscrito A (Bibl. Nacional, ms. 12.958-30);
son cuatro copias: 1.a, un primer borrador (al que llamaremos A^); 2.a, una
redacción casi definitiva de los versos 173-¿:D0 (a la que designaremos At)¡
3.a, una copia que parece ser el segundo borrador (A3), y 4.a, otro borrador
autógrafo de Jovellanos, ya bastante corregido, pero lleno a su vez. de en-
miendas y tachaduras (A). En las notas de variantes sólo tenemcs fn cuen-
ta generalmente esta última copia .Para las otras tres véase el apéndice II.
Todos estos manuscritos fueron comprados por la Biblioteca Nacional a don
Cesáreo Orbera el 9 de noviembre de 1888.—.Otra copia no autógrafa de Jo-
vellanos, de letra del siglo XV