Poesias 7
Poesias 7
poesías
I •
NÚM.
DIPUTACIÓN DE OVIEDO
INSTITUTO DE ESTUDIOS ASTURIANOS
DEL P A T R O N A T O J O S É M- a Q U A D R A D O ( C . S. I. C.)
POESÍAS
EDICIÓN CRÍTICA, P R Ó L O G O Y NOTAS
DE
OVIEDO
1 9 6 1
Depósito Legal: 0 - 8 3 - 1 9 6 2
1NTRODUCCION 5
I. La poesía de Jovellanos 7
Situación histórica de la poesía de Jovellanos 7
Jovellanos. lector de poesia 10
Ideas estéticas de Jovellanos 13
Jovellanos y el amor 19
La poesía amorosa de Jovellanos 23
Otros poemas líricos 27
Jovellanos y los poetas de Salamanca 34
El poeta satírico 37
La poesía didáctica y filosófica 46
La "Epístola a Inarco" 48
Otras Epístolas 51
La técnica del endecasílabo 54
II. Manuscritos y ediciones 61
l.°) Manuscritos: A) Manuscritos perdidos 62
B) Manuscritos conocidos 64
2.°) Ediciones 70
Genealogía de las fuentes anteriores. Algunos datos de cronología. 76
Nuestra edición 80
Siglas y abreviaturas más frecuentemente empleadas 83
POESÍAS ORIGINALES 97
525
3. Soneto tercero. A Enarda 101
4. Idilio primero. Anfriso a Belisa 102
5. Elegía a la ausencia de Marina 106
6. Idilio segundo. Historia de Jovino. A Mireo 108
7. Oda primera. En la muerte de doña Engracia Olavide 113
8. Epístola primera. Carta de Jovino a sus amigos salmantinos, 117
9. Epístola segunda. Al Abad de Valchrétien 129
10. Idilio tercero. A Botilo 136
11. Idilio cuarto. A Galatea 137
12. Idilio quinto. Al cumpleaños de Galatea 138
13. Idilio sexto. A la misma 139
14. Idilio séptimo. A la misma 141
15. Idilio octavo. A Mireo 142
16. Oda segunda. Al nacimiento de don Antonio María de Cas-
tilla • 143
17. Epístola tercera. A sus amigos'de Sevilla 148
18. Cantilena a don Ramón de Posada y Soto 156
19. Epigramas 158
20. Soneto cuarto. A Enarda 161
21. Idilio noveno. A un solitario 163
22. Idilio décimo. Al Sol 164
23. Iilio undécimo. Jovino a Enarda 166
24. Idilio duodécimo. A Enarda 171
25. Idilio decimotercero. A las manos de Clori 172
26. Idilio decimocuarto. A Anfriso 173
27. Epístola cuarta. De Jovino a Anfriso desde el Paular 175
28. Kimno a la Luna en versos sáficos 188
29. Idilio decimoquinto. A los días de Alcmena 190
30. Soneto quinto. A Alcmena 191
31. Soneto sexto. A Enarda 192
32. Epístola quinta. A Batilo 194
33. Prólogo para la representación del "Pelayo" 200
34. Idilio decimosexto. A Meléndez 204
35. Romance primero. Nueva relación y curioso romance en que
se cuenta cómo Antioro venció por sí y ante sí a un ejército
de follones transpirenaicos. Primera parte 206
36. Romance segundo. Segunda parte de la historia y proezas
del valiente caballero Antioro de Arcadia 217
Págs.
TRADUCCIONES • 333
APÉNDICES 407
NOTAS 435
A la Carta Dedicatoria 437
A. las Poesías originales 440
A las Traducciones 514
A las Poesías atribuidas : 520
A los Fragmentos y Borradores 521
528
INTRODUCCIÓN
I
LA POESÍA DE JOVELLANOS
*
todavía entona un himno patriótico y guerrero. Es decir, Jovellanos
escribe poesía desde su juventud hasta su muerte. No es ciertamente-
prolífieo. pero el trato con las musas lo cultiva con cierta asiduidad
durante más de cuarenta años.
En 1764. cuando Jovellanos tenía 20 años y empezaba proba-
blemente a escribir sus primeros versos, ya han muerto o pasan de los
60 años todos los poetas que representan durante la primera mitad del
siglo la lírica postbarroca. Han muerto también Jorge Pitillas y Luzán ;
los dos principales innovadores de la época. Sin embargo, el ambiente
poético sigue dentro de la tendencia barroca, ya totalmente degenerada.
El poeta que triunfa en Madrid es García de la Huerta (nacido
en 1734). en cuya obra apunta tímidamente un intento de orden y me-
sura, aunque sigue unido en espíritu a los grandes poetas del XVII. El
mismo año en que Jovellanos cumple la veintena empieza a publicar don
Nicolás Fernández de Moratín (tres años más joven que Huerta) su re-
vista El Poeta. Cadalso, que sólo tenía entonces 23 años, también goza-
de prestigio en el ambiente poético madrileño. Estos dos últimos, junto
con Ayala. Iriarte, Cerda, otros autores menos importantes, y los italia-
nos Signorelli y Conti, fundan la tertulia de la Fonda de San Sebastián,.
Son los momentos en que comienza la renovación de la poesía española,
lo que corrientemente se llama neoclasicismo, y que preferimos llamar
seudoclasicismo (1). La reacción contra los excesos de la poesía barroca
se caracteriza de forma muy especial por el estudio y la imitación de
Garcilaso. de fray Luis de León y de otros poetas de nuestro siglo XVI.
entre los españoles; de Petrarca, de Ariosto y de Tasso, entre los italia-
nos, y de Boileau entre los franceses. No por ello el influjo de nuestra
poesía del XVII cesa por completo. Los hermanos Argensola, Villegas
y el Góngora de los romances son muy estimados. Villegas dará lugar
al nacimiento de la poesía anacreóntica del siglo XVIII español, sobre
la cual influye también el italiano Chiabrera, autor muy leído y comen-
tado en la tertulia de la Fonda de San Sebastián. Frente a la poesía en-
8
crespada y llena de pompa del barroco, se levanta ahora una poesía
sencilla, en la que no caben las metáforas más atrevidas, las paronoma-
sias, los retruécanos y otros juegos de ingenio. Trata de ser, sin em-
bargo, una poesía clásica a la manera española, y por eso se estudian
los poetas del XVI. El principio de imitación, entendido ciertamente de
forma muy diversa que lo entendieron los poetas barrocos, es un prin-
cipio fundamental de la nueva poesía, que también enlazará, y cada día
más decididamente, con los clásicos latinos y griegos.
De este foco de renovación lírica que fue la Fonda de San Se-
bastián, se extenderán después las nuevas tendencias a otros lugares es-
pañoles. Jovellanos confiesa con toda honradez la importancia que tuvo
en él el contacto con Cadalso, que en 1771 dará también vigor a la na-
ciente escuela salmantina. En la Historia de ]ovino (1775) reconocerá
nuestro poeta la importancia de Cadalso como impulsor de las rena-
cientes musas hispanas.
El grupo salmantino lo formaban principalmente Meléndez Val-
dés, precoz poeta que gozaba de merecida fama incluso fuera de Sala-
manca antes de cumplir los 20 años, y fray Diego González —22 años
más viejo que Batilo—. fervoroso lector e imitador de fray Luis de
León, y como éste, agustino. Iglesias, Forner y Fernández de Rojas co-
mienzan también allí su vida literaria. Pero sobre este grupo pronto
ejerce Jovellanos su magisterio, desde Sevilla. De este magisterio, tan
mal juzgado por los críticos, volveremos a tratar. Lo que ahora nos in-
teresa subrayar es que a él se debió la inclinación de Meléndez hacia la
nueva poesía europea, teñida ya en todas partes de elementos prerromán-
ticos, jovellanos era quizá el espíritu más ávido de novedades que en-
tonces había en España, y al mismo tiempo el más deseoso de juntar lo
nuevo con lo auténticamente español.
La poesía postbarroca había desaparecido ya casi por completo
cuando Jovellanos liega a Madrid en 1778. Son los años de su madurez
lírica. Si por su formación se inclinaba a lo didáctico, Jovino necesitaba
para ello violentar el espíritu lírico que había en él. En 1779 escribe
uno de sus mejores poemas amorosos, la primera versión de la Epístola
del Paular: pero al año siguiente la transforma por completo, huyendo
acaso de la exteriorización de sus sentimientos más íntimos. Sus con-
sejos empiezan a dar resultado en cuanto a Meléndez, del que se deri-
vará poco después lo mejor de nuestra poesía prerromántica; pero en
Madrid, y por los mismos años, también ejerce Jovellanos su magisterio
9
sobre poetas tan neoclásicos como don Leandro Fernández de Moratín.
En 1790, cuando abandona Madrid honrosamente desterrado a Asturias,
hay dos bandos poéticos (1), y ambos consideran a nuestro poeta como
consejero y maestro. La poesía caminará ya decididamente por la senda
de las novedades: prerromanticismo o neoclasicismo. En Sevilla había
renacido también el afán por imitar a otro grande del siglo XVI, He-
rrera; pero Jovellanos, si no está totalmente al margen ele este movi-
miento, es ciertamente ajeno a él.
(1) Puede aplicarse a 1790 lo que de 1806 dice Alcalá. Galiano en sus
Recuerdos de un anciano, Madrid 1890, págs. 63 ss. Claro está que en 1790
sao estaba todavía perfectamente clara la división que él advirtió años más
tarde.
(2) B. A. E„ II, pág. 167 a.
10
ticia. La Epístola a los Pisones de Horacio se la sabía de memoria. Entre
las Poéticas modernas, la de Boileau era también de su predilección. Es
curioso el elogio que hace del P. Juvencio, es decir, el jesuíta francés
José Jouvancy, cuyas Instituciones poéticas no pasan de ser un buen
compendio de la retórica jesuítica y de las más elementales reglas de la
preceptiva clásica. También merece subrayarse la ausencia de Luzán de
la lista anterior. Sin embargo, en las obras de Jovellanos aparece citado
varias veces, pero nunca con elogio. En 1790 pidió a Londres las
Letters on Rethoric de Blair (Londres. 1783), libro que le inte-
resó tanto, que al iniciar el Curso de Gramática General en el insti-
tuto, recién inaugurado éste en enero de 1794, escribe en los Diarios que
sus principales guías serán Blair y Condillac. El Curso de Humanidades,
que sólo en parte es obra de jovellanos, sigue para la Poética a Blair,
acaso a través de la traducción castellana de Munárriz. Jovellanos debió
aconsejarlo así. No encontramos ninguna referencia a la famosa obra
de Batteux; sin embargo, en el original o en la traducción de Arrieta, es
muy posible que Jovellanos la conociera. En 1790, cuando pidió a
Londres el Blair, encargó también la obra de Burke sobre lo sublime
y lo bello.
Jovellanos no sabía griego. Por esto los clásicos griegos tuvo que
leerlos en traducción. Algunos debieron encantarle, como Anacreonte y
Teócrito. Pero más influencia ejercieron sobre él los clásicos latinos.
A Virgilio y a Horacio, a Juvenal y a Tíbulo, a Catulo y a Persio. a Pro-
percio y a Ovidio, los cita bastantes veces. De alguno de ellos conocía mu-
chos versos de memoria. Desde muy joven había dedicado largo tiempo
a estudiarlos. A Virgilio y a Horacio los llama "los padres y primeros
modelos de la poesía latina". El principal modelo de sus sátiras fue
Juvenal.
Los poetas italianos le gustaban mucho, A Petrarca no le encon-
tramos citado nunca, pero en 1787 escribe a Jovellanos desde Avignon
Leandro Moratín, y al hablarle de Petrarca dice: "cuyos excelentes
versos sabe usted de memoria". Del Tasso había leído la Jerusalén,
pero acaso estimaba más el Aminta, obra que junto con El Pastor Fido
de Guarini recomienda a Meléndez como modelos para la composición
del drama pastoril Las bodas de Camacho, cuyo plan le había enviado él.
El Orlando de Ariosto era también obra que le encantaba.
Este gusto por la poesía épica que revelan las lecturas del Tasso
y del Ariosto está acreditado por otra larga serie de autores. El primero
11
de todos Homero, del que conocía la Ilíada en la traducción latina de'
Clarke, en la francesa de Bítaubé y en la inglesa de Pope. Esta última
la había leído en Bellver en 1805 y le había hecho entusiasmarse con
Homero. "dios de la poesía", y con el traductor. Su entusiasmo era tal
que lamentaba que no existiera ninguna traducción castellana de ella.
Conocía también la Odisea a través de la traducción de Gonzalo
Pérez. La Eneida era otro de los poemas leídos con gran atención. El
Paraíso perdido de Milton le gustó hasta el punto de traducir el pri-
mer canto. La Henriada de Voltaire le agradaba bastante menos. En
cuanto a la épica castellana, "nada hay bueno", dice en una ocasión.
Lo mejor de todo le parecen la Araucana de Ercilla y el Viaje del Par-
naso de Cervantes. Del Bernardo de Balbuena dice que tiene "excelentes
trozos de poesía". Las Lágrimas de Angélica de Barahona cree que estu-
vieron bien libradas de las llamas por Cervantes. A la misma altura sitúa.
a Juan Rufo, y algo inferiores a los Pelayos del Pinciano y de Solís.
12
diado por Joaquín Arce Fernández (1). Muy cerca de ellos están para
don Gaspar Herrera. los Argensola y Rioja, a quien él consideraba autor
de la Canción a las ruinas de Itálica. Villegas fue otro autor muy leído
por Jovellanos. Frente a todos éstos los poetas propiamente barrocos le
merecen una general censura. Estimaba mucho, sin embargo, las" poesías
en metros cortos de Góngora. Lope de Vega, Paravicino, Rebolledo, Ran-
ees Candamo. Eugenio Gerardo Lobo, he aquí los poetas que corrompie-
ron el gusto o que mantuvieron por algún tiempo el crédito de la mala
poesía, afirma Jovellanos.
Pasando ahora a Francia, de las lecturas de Lafontaine y de
Montesquieu nos quedan tres traducciones. A Delille le llama el tierno
cantor de los jardines. El Poema de las Estaciones de Saint-Lambert,
leído en 1777, le había gustado, según dice a Meléndez Valdés. Le en-
cantaba, y por ello lo leyó varias veces, el Praedium rusticum de Jac-
ques Vaniére. También conocía los Idilios de Gessner, probablemente
en la traducción francesa de Huber.
Los poetas españoles contemporáneos estaban la mayor parte de
ellos en relación directa con Jovellanos: así fray Diego González, Me-
léndez Valdés, Samaniego, Leandro Moratín, Quintana. Su disconfor-
midad con García de la Huerta, Iriarte, Trigueros, Forner, a pesar de
que alguno era amigo suyo, la manifestó de diversos modos. Su rela-
ción con Cadalso ha sido ya aludida. De Cienfuegos, de Lista, de Arria-
za había leído composiciones sueltas, y su juicio no siempre había
^ido favorable.
13
en el terreno Je las ideas, más que por la originalidad o la grandeza de
sus creaciones, por la nitidez y el atractivo de ellas. Así, cuando Francia
dominaba en Europa y cuando sus científicos, sus literatos y sus ar-
tistas ofrecían una cultura perfectamente madura, todas las demás na-
ciones tenían que sentir más o menos su influjo. En cada una de ellas
esta influencia produjo frutos, sino dispares, sí distintos. Todo dependía
de las circunstancias de la cultura de cada nación.
En España el clasicismo francés viene tras la decadencia del
barroco, cuando los valores esenciales de éste se habían transformado
en puro virtuosismo o en rutina. Frente al desorden reinante, el clasi-
cismo francés era el orden; frente a las extravagancias sin ideas, el
arte medido; frente al capricho de cada uno elevado a categoría esté-
tica, la regla universal. El deslumbramiento de lo francés impedía bus-
car en su origen las aguas que, al pasar por Francia, habían adquirido
coloraciones ajenas. Todavía en el Prólogo del Pelayo dice Jovellanos:
14
Jovellanos no tenía necesidad de haber leído a Boileau para
pensar y creer que el poema debe ser el producto del arte y del genio
unidos. Esta idea central de todo el neoclasicismo es expuesta por todos
sus poetas y críticos. Forner acaso sea el que mejor lo ha dicho:
í;
El ingenio sin arte es un caballo sin freno que le
sujete, expuestísimo a desbocarse: el arte sin ingenio,
un cadáver inanimado, una flor marchita, un árbol árido,
seco, sin jugo ni amenidad" (1),
15
la poesía nocturna y sepulcral, el otoño, irrumpen decididamente en la
literatura. Es decir, el subjetivismo va abriendo una brecha en el im-
perio absoluto de la razón.
Por todo esto el seudoclasicismo español aparece bastardeado
desde el principio, porque se juntan en él autores postclásicos franceses
con autores italianos y con los nuevos autores ingleses, suizos y fran-
ceses. Además de ello, es en el siglo XVIII cuando se revalorizan poetas
españoles como Garcilaso, fray Luis de León, Herrera o Rio ja, y pro-
sistas como Guevara, los dos Luises o Mariana, además de que siguen
influyendo el Góngora de los romances y letrillas, Villegas, Solís, Mon-
eada y Saavedra Fajardo.
En medio de todo este conglomerado de corrientes literarias
surge el prerromanticismo español, bien distinto del nórdico y aun del
francés. En él encontraremos elementos clásicos en cuanto a la forma,
como la tragedia y la comedia, que perduran incluso a lo largo del
siglo XIX: encontraremos el respeto a las reglas, el absoluto dominio
de la razón en ciertos campos culturales; pero al mismo tiempo el sen-
timiento empieza a ocupar un lugar destacado, la libertad del individuo
aparece proclamada cada vez con mayor firmeza, y unas nuevas ten-
dencias morales surgen por doquier. Ciertos conceptos clásicos, como
el de la sociedad, entran en crisis.
Las doctrinas estéticas y preceptivas de Jovellanos son princi-
palmente las del neoclasicismo: el principio fundamental del arte es la
imitación; pero en lo moral esta imitación debe preferir lo universal
a lo particular; por lo tanto existe una belleza ideal, de la que todos los
seres participan, sin que ninguno sea absolutamente perfecto; ni el arte
sin el sentimiento, ni el sentimiento sin el arte; la verosimilitud es otro
de los principios fundamentales; verosimilitud no significa realismo;
efectivamente, lo no real puede tener derecho a la existencia artística,
pero siempre que al mismo tiempo sea verosímil; por la ley imprescrip-
tible de la verosimilitud nada que no sea racional cabe en el arte; líri-
camente, una fantasía desbocada, no regida por las normas universales
de belleza, puede engendrar monstruos; por la misma ley de la verosi-
militud las obras dramáticas deben ajustarse a la regla de las unidades:
'belleza y utilidad son dos conceptos que deben ir unidos, y el más puro
deleite estético debe servir para mover el ánimo hacia lo bueno; por
ello se condenan todas las obras inmorales; si en la imitación de lo
: moral era preferible la imitación de lo universal, en la imitación de la
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naturaleza material no cabe más que la imitación de lo particular, y el
artista no tiene derecho a buscar en cada cosa concreta el rasgo más
bello, para unirlos todos, haciendo un árbol ideal o una luz ideal; pero
ello no impide que el artista pueda embellecer cada cosa concreta; lo
natural será siempre superior a lo artificioso, por esto es más bello
el cuerpo desnudo que el vestido; éste es uno de los grandes principios
estéticos de Jovellanos: insiste mucho en que el artista debe estudiar la
Naturaleza antes de imitar a los grandes modelos; los géneros son ca-
tegorías inconfundibles; de aquí una estricta separación entre ellos, de
manera que lo que es propio del género oratorio no va bien al didác-
tico, ni lo propio de la lírica cabe en la dramática (1).
Estas ideas fundamentales no son exclusivas de Jovellanos; pero
al lado de ellas encontramos elementos nuevos, algunos de los cuales,
sin ser originales, son valorados y propagados por él en la literatura
española. Nos referimos concretamente al lugar que concede al senti-
miento como fuente de belleza, al concepto de la obra dramática y a
sus ideas sobre el arte medieval o cristiano. En poesía lírica acaso sea
él el único autor del siglo XVIII que lleva la preocupación técnica al
punto de analizar detalladamente los valores intrínsecos del verso, como
el acento y la cesura, deduciendo de este análisis unas reglas. Advirta-
mos que es precisamente el hecho de estudiar en los modelos con toda
parsimonia el por qué de que unos versos suenen mejor que otros y el
por qué de que el poeta llegue a conseguir determinados efectos, lo que
hace a Jovellanos deducir las leyes de la belleza del verso. No se
trata de dictar leyes caprichosas, sino de encontrar las razones supre-
mas que permitieron a los poetas anteriores la perfección. Esto mismo
vale para todos los demás puntos de técnica artística. Por eso las reglas
son universales, o se pretende que lo sean, y por eso se supone que los
aciertos no casuales obedecen a tales reglas, y éstas son, por lo tanto, las
que deben tenerse presentes para poder llegar de nuevo a repetir el
•acierto. Pero Jovellanos, como todos los neoclásicos, no cree en ningún
momento que siguiendo las reglas se pueda llegar a ser artista genial, si
:al mismo tiempo el artista no posee el genio. Las reglas son sólo las
(1) Para hacer esta síntesis no nos hemos servido del llamado Curso
de Humanidades, a pesar de ser un tratado sistemático, a causa de las dificul-
tades que hay para aceptar la paternidad jovelletiista. Aparte de todo, este
Curso, y en especial las Lecciones de Retórica y Poética, proceden casi al
pie de la letra del Blair traducido por Munárriz.
17
normas generales; pero la belleza particular no la alcanzará más que'
el hombre que posea la inspiración. He aquí lo que escribe en 1801 em
el Tratado teórico-práctico de enseñanza:
18
veniencia de los sonidos con las imágenes que represen-
tan: he aquí lo que constituye el [en]canto de la poesía r
y he aquí la armonía musical, sin la cual la más bella
dicción poética será siempre lánguida e insonora" (1).
JOVELLANOS Y EL AMOR
19
simo de la justicia. Jamás se prestó a medias o equívocas tintas. Y no
sólo la justicia, sino la vida entera la vio él desde este ángulo serio.
Como magistrado fue siempre incapaz de preparar un informe o de
llevar a cabo una comisión sin entregarse plenamente a la tarea; como
poeta, cuando escribió sátiras puso cara triste, con un rictus de amar-
gura, y flageló despiadadamente a los satirizados. Cuando las circuns-
tancias pedían una sonrisa y tomar a burla las cosas, o le costaba tra-
bajo, o renunciaba a ello; sus romances burlescos no son un producto
espontáneo, sino una variante de la seriedad, que adopta entonces la
mueca exigida por las circunstancias. Cuando en León alguno de sus
acompañantes le insinúa que el interés de la Majestuosa podría anun-
ciar boda, reprende al atrevido, sin acertar a admitir la broma. De aquí
el finchamiento o estiramiento de Jovellanos, que algún contemporáneo
señala: de aquí sus choques con la corte, por donde sólo marcha bien
el que sabe doblegarse en el momento preciso; de aquí sus enemistades
y sus fracasos, sus destierros y su prisión.
20
Algo, sin embargo, se ha podido adelantar en este terreno con la re-
ciente publicación de algunas poesías inéditas.
El nombre de mujer que más veces aparece en las poesías de
Jovellanos es el de Enarda. El soneto "Cuando de Amor la flecha pene-
trante" dice que Enarda fue el primer amor del poeta y Jovellanos el
primer amor de Enarda; que hubo después una ausencia de la amada,
causa, de que ésta se olvidara de sus amores; que al cabo de diez años
volvieron a encontrarse, renaciendo entonces la vieja pasión, y que
durante otra ausencia de Jovellanos ella se entrega a otro, que finge
quererla. Así las cosas, la Historia de Jovino nos aclara el primer dato
cronológico: cuando escribe el poeta este idilio, esto es, a finales de
1775 o principios de 1776, hace ya algún tiempo que los amores de
Enarda y Jovino son pura melancolía, pues los olmos en que ambos
escribían sus nombres han sido "encumbrados a más alta región" por
el raudo tiempo. Por lo tanto, en 1775 se había producido ya el primer
olvido de Enarda.
La primera versión de la Epístola del Paular aclara que en Ma-
drid, y entre noviembre de 1778 y el verano de 1779, se reanudaron las
relaciones entre ambos amantes, relaciones que en el momento de es-
cribir la Epístola estaban de nuevo rotas. Teniendo en cuenta los diez
años de que habla el soneto antes citado, y suponiendo que fue en 1778
cuando volvieron a encontrarse en Madrid Jovino y Enarda, el primer
encuentro y el primer enamoramiento hubo de producirse en Sevilla,
recién nombrado don Gaspar Alcalde de la Cuadra. La primera ausen-
cia de Enarda ocurriría al año siguiente.
Como todas las poesías dedicadas a Enarda, salvo el soneto
"Cuando de Amor la flecha penetrante", que quedó inédito, habían sido
incluidas en el manuscrito del Instituto, copiado en 1779, es en este
año cuando sospechamos que ocurrió la ruptura definitiva.
Pero en las poesías de Jovellanos aparecen otros nombres poé-
ticos femeninos: Clori, Marina, Belisa, Alcmena, Calatea, Esta última
es mujer de Sevilla, que en Sevilla queda cuando Jovellanos es ascen-
dido a Alcalde de Casa y Corte, y por tanto distinta a Enarda. Por otra
parte parece que entre Jovino y Calatea hubo más una amistad entraña-
ble con algunos ribetes amorosos, que una verdadera pasión. Alcme-
na. que no aparece en ninguna composición del manuscrito del Insti-
tuto, es nombre poético posterior a 1779. Las relaciones con Jovellanos
21
duraban aún en 1782, puesto que una carta de Meíéndez Valdés deí %
de abril de ese año termina con esta frase: ""Sea enhorabuena por el bello
niño de Alcmena la bella" (1). Si ese bello niño era de carne y hueso,
no cabe dudar que las relaciones con Alcmena no fueron precisamente
platónicas; pero tampoco cabe dudar que Jovellanos no ocultó el hecho,
por lo menos en el reducido círculo de sus amigos íntimos,, acaso por-
que se alegraba de él. Pero de Alcmena y de su "bello niño" no vuelve
a hablarse nunca más. Por otra parte. Alcmena ¿es la misma mujer
que Enarda? En tal caso la ruptura no había sido definitiva en 1779,
¿Sería ésta la razón de que Jovellanos corrigiera su Epístola del Paular
hasta hacer desaparecer de ella toda alusión a Enarda? Pertenezcan o
no los dos nombres a la misma mujer, ¿qué pudo ocurrir después para
que se perdiera todo rastro suyo y de su niño? Por el momento todo
esto es un misterio indescifrable.
22
LA POESÍA AMOROSA DE JOVELLANOS
23
a ese mismo tipo de poesía; pero el principio y el fin del poemita es-
tán dentro de una concepción poética algo más moderna.
El poema más innovador, a pesar de estar dentro de una tra-
dición secular, es, en el grupo de la poesía amorosa, la Elegía a la au-
sencia de Marina, fuera de la primera versión de la Epístola del Pau-
lar, Demerson ha advertido que el verso inicial y algunos detalles de
fondo y forma recuerdan el canto de Salicio de la primera Égloga dé
Garcilaso. Como en el caso de la Epístola a sus amigos de Sevilla, aun-
que sin caer en el extremo que allí, esta Elegía utiliza palabras de-
sabor arcaizante, epítetos tradicionales en abundancia, imágenes cono-
cidas, todo ello al lado de vocablos que Hermosilla llamaría vulgares.
como mayoral, pescante, muías, zagal, estribo. Aquí aparece acaso por
primera vez en la poesía de Jovellanos el tema de la diligencia, pero sin
el valor de contraste con que es utilizado en la Epístola a los amigos
de Sevilla.
Por otra parte, todo el poema se centra en un tema prerromán-
tico; la Ausencia, que, derivado de la poesía anterior, es entonces re-
elaborado, impregnándolo de lágrimas, "en actitud de voluptuosidad sen-
timental, escribe Arce Fernández, que rompe la línea expresiva con
fiecuentes exclamaciones, aves entrecortados e interrogaciones retóri-
cas sin posible respuesta". En el mismo vocabulario hay una desvia-
ción hacia palabras que indican dolor y tristeza (lágrimas amargas,
míseros ojos, cuitado Anselmo, Marina desdichada, amargura y palidez,
mortales congojas, terrible ausencia).
En suma, una temprana muestra (acaso de 1796) de cómo el
prerromanticismo español se amparaba en los poetas renacentistas, es-
pecialmente Garcilaso y fray Luis de León (aquí no visible), para des-
arrollar, por exageración de los elementos tristes, melancólicos y amar-
gos, una nueva poesía.
Pero el mejor poema amoroso de Jovellanos es la primera ver-
sión de la Epístola del Paular. Su tema es el siguiente: en medio de la
soledad del Paular, Jovellanos no puede echar de sí el triste, el dolo-
roso pensamiento de las infidelidades de Enarda; en ello piensa cons-
tantemente y a Enarda recuerda en el silencio del bosque umbrío; al
contemplar la paz del monasterio y de los monjes que lo habitan, por
la mente de Jovino cruza la idea de encerrarse allí; pero aquella paz
está reñida con quien lleva el corazón cargado de ideas mundanales, de-
amor por una ingrata, de pasión.
24
El poeta piensa que el mundo sólo le guarda sobresaltos, peligros--
y dolores; que su angustiado pecho desea el reposo y la paz, y que
esto no podrá encontrarlo más que en El Paular, lejos del mundanal
ruido. Pero su corazón ama. La pasión le llena de tal manera, que
el silencio de los claustros, la ausencia de ruido entre el cual esconderla.
le deja a solas con su dolor. Jovellanos lo dice en versos plenamente-
románticos:
pero del que después se añade que los rayos del sol no alcanzan a él,
que el canto de las aves no existe, salvo el de la tórtola viuda y el me-
lancólico ruiseñor, y el céfiro suave nos lleva al otoño.
25
Algo se lia ido o se está yendo en medio de este paisaje. Obser-
vemos lo primero que. si nuestros datos son ciertos, la Epístola no se
compuso en el otoño, sino a finales de la primavera o principios del
verano. El paisaje otoñal no fue. por tanto, el paisaje real entre el que
Jovino paseó su tristeza. En la égloga podía ocurrir que la Naturaleza
se uniera al poeta para llorar con él: era una ficción para indicar el
estado sicológico del poeta amante y cómo él podía ver con ojos tris-
tes, en el momento de la calamidad, lo que en sí seguía siendo peren-
nemente primaveral. Ahora no es la angustia del poeta la que transfor-
ma el paisaje: es el mismo paisaje el que aparece transformado, para
ofrecer la mansión justa al estado del poeta. Es éste el que selecciona
e] paisaje, para adaptarlo a lo que lleva dentro del alma. Y a pesar de
todos los recuerdos de Garcilaso que hay en estos versos, el poeta apa-
rece aislado en medio del paisaje, en una actitud intimista. sin que eí
bosque sea más que el motivo para darle rienda suelta. Si la soledad
pasa de ser amable a triste es porque allí sintió más acerbamente el
dolor de su alma, porque no le ha servido de alivio, porque no ha co-
mulgado con ella, ni se ha liberado de su angustia, como hubiera he-
cho el clásico.
Por eso cuando llega la noche y vuelve a su morada, todos los
versos están ya plenamente dentro de una literatura que nada tiene de
clásica: los claustros son medrosos, la luz escasa, su reflejo pálido y
distante, los pasos inciertos, hay silencio y horror, el corazón palpita,
los cabellos se erizan, las carnes se estremecen, se oyen voces medrosas
y en medio de la fiebre de la imaginación esas voces le hablan y le
mandan huir y no profanar con su planta sacrilega el monasterio; el
paso se hace vacilante, los sentidos no recobran la suspirada calma, está
lleno de congojosos pensamientos, la noche es triste y perezosa, el sue-
ño no viene y la vigilia es molesta; y al alborear la luz es aborrecida y
sólo sirve para comenzar de nuevo el llanto y el dolor.
Puede afirmarse que, aunque por entonces empiecen a aparecer
en la literatura española rasgos semejantes a éstos, nadie expresó tan
románticamente la impresión que al hombre de mundo le causa la en-
trada en un monasterio por la noche, ni nadie acertó a expresar como
él el contraste que el silencio, la oscuridad y la paz producen en quien
vive entre el ruido de la ciudad, las luces de sus salones y el tumulto
de sus calles y de sus casas. El tema es eminentemente romántico y de
él encontraremos ejemplos en todos los poetas. Unos pretenderán huir,
26
horrorizados; otros cantarán el bien que a su alma herida de desen-
gaños y de preocupaciones íes hace la paz del claustro nocturno. Pero
es posible que sólo Jovellanos haya acertado a expresar con tanta jus-
teza y con tal precisión la adecuación del mundo exterior a un estado
.de alma derivado de un concepto del amor que nada tiene de clásico.
27
El aristarco y neoclásico Hermosilla no tuvo apenas elogios pa-
ra la Epístola a sus amigos de Sevilla, aunque no le faltaron defectos
que notar (1). En seguida veremos que algunos de tales defectos son
todo lo contrario, cuando se juzga con un criterio menos cerrado que
el dé Hermosilla; pero en los otros casi estamos de acuerdo con él. Le
critica, efectivamente, palabras como agora, tristura, remembranza, la-
síncopa solmente, la contracción de uo en o en virtuosa y la división
de los adverbios en -mente, poniendo una parte al final de un verso y
la otra al comienzo del siguiente. En nuestra versión no aparece la for-
ma virtosa; pero además de las palabras señaladas por Hermosilla en-
contramos los arcaísmos mormurante [y. 55), invidia (v. 71) y leda
(v. 193), el posesivo precedido del artículo (la su lira, v. 122; los tus
amigos, v. 194) y la aféresis hora (vs. 61, 140, 159). A todo esto hay
que añadir; un grupo abundante de palabras que sin ser arcaísmos
propiamente dichos, como manida (vs. 211 y 226), sin duda son uti-
lizadas por impulso arcaizante; el uso abundante de esquemas lingüís-
ticos procedentes de Garcilaso y de la poesía del siglo XVI; los epíte-
tos tradicionales (verde orilla, santa virtud, fieras alimañas, constante
amor), en número muy abundante; la imitación de la musicalidad blan-
da y dulce del endecasílabo del Renacimiento. Todos estos rasgos dan
a la Epístola un carácter retórico y afectado.
Pero no es eso sólo lo que contiene. Decir que la Epístola es
retórica sería falsear por completo su valor poético. Porque éste de-
pende precisamente del sentimiento, auténtico, según afirma Ceán, y de
la actitud estética del poeta ante los hechos que sirven de base al poe-
ma. Al ser ascendido a Alcalde de Casa y Corte, Jovellanos siente tener
que abandonar a Sevilla, y sobre todo pasar a Madrid, una corte que
no le gustaba. Verdaderamente le arrancaban de aquella ciudad. Por
eso Jovellanos llora realmente, y en Aldea del Río, como afirma Ceán,
compone la Epístola. Pero es de suponer que Jovellanos no se detu-
viera más que breves horas en aquel pueblecillo de la provincia de Cór-
doba, término de Posadas. En tal caso no es creíble que Jovellanos
redactase de una sentada los 244 versos de la Epístola. Es más, las
alusiones a las colonias de Sierra Morena hubieran sido en ese momen-
to falsas en sí y retóricas, porque todavía no había llegado a ellas; ni
(2) JOSÉ GÓMEZ HERMOSILLA. Juicio crítico cíe los principales poetas-
españoles de la última era. París, 1855. págs. 320-322.
28
había llegado tampoco a Córdoba, aludida en el v. 65. Para quien lea
la Epístola con estas premisas está claro además el carácter menos es-
pontáneo de los versos en que se describe el paisaje o de aquellos que
se refieren a los amigos. Los 39 primeros versos, alguno de los com-
prendidos entre el 85 y el 122. y alguno de los 30 últimos tienen un
tono de inmediatez menos perceptible en los otros. Con seguridad, Jo-
vellanos redactó en Aldea del Río y en los días inmediatos un núcleo
de Epístola, de unos 60 ó 70 versos, que más tarde en Madrid amplió,
intercalando la descripción del paisaje andaluz atravesado y la referen-
cia concreta a los amigos lejanos.
Hecha esta diferencia, un análisis detallado muestra claramente
que en los pasajes menos espontáneos la huella de la poesía renacentis-
ta es más visible, mientras que los que surgen del dolor mismo del
poeta son mucho más prerrománticos. La base de este carácter está, en
el alma sensible del autor. Ceán dice-,
Y de Madrid escribe:
29
cia. Y así surge el contraste. El tema de la diligencia servirá al autor
para expresar la diferencia entre el movimiento y la vida de lo que le
rodea y la muerte sentimental que siente él dentro del alma. Y aquí
está uno de los mayores aciertos del poema y uno de los fragmentos
más poéticos de toda la obra de Jovellanos, Las veloces muías
30
to dé la sensación de dinamismo que se opone al estado de alma, de
muerte ("un rígido c a d á v e r " ) , del que es trasladado de ciudad en ciu-
dad, de venta en venta. Son versos que nacen allí mismo, dentro de la
diligencia, sin un asomo de literatura detrás de ellos. P o r esto le ex-
trañaban al frío y retórico Hermosilla. que era incapaz de sentir la
vehemencia de un corazón que llora.
La Epístola, dijo el citado aristarco,, tiene el defecto de ser de-
masiado larga. Efectivamente. Hay una parte elaborada después, sin-
cera, por qué no. pero que está ya lejos de la espontaneidad del núcleo
inicial. Obra de gabinete, en la que los modelos lo son todo.
31
..sus párpados con mano amiga, ahuyentando el susto y las fantasmas de
la noche.
Fray Luis presta al poeta palabras para expresar esta felicidad,
y acaso Horacio, o quizá Horacio a través de fray Luis. Gerardo Diego,
que sólo conocía ía segunda versión, escribió a propósito del pasaje de
la noche:
32
¡Oh alma heroica! ¡Oh grande y noble esfuerzo
de la amistad! ¿Podré olvidarlo? ¡Oh, antes
me olvide yo de mí, si lo olvidare!
33
"besar solía las amigas huellas", dice Jovellanos en un verso de Ios-
más acertados, Pero si esto no fuera así. si Dios tiene decretada otrs>
cosa,
34
ciales de la inspiración verdadera... Fray Diego Gonzá-
lez y Meléndez se desviaron de la senda de su vocación
verdadera" (1).
Gerardo Diego había del estupendo magisterio, "que hoy nos parece
inverosímil", ejercido í>or Jovino sobre los poetas de Salamanca, y más
adelante afirma que les desvió de sus legítimas vocaciones. Real de la
Ríva va más allá: habla de la "grave, autoritaria e incomprensible in-
fluencia de Jovéllanos" y de su ''insensibilidad poética", para concluir
que "cualquiera que sea de vista medianamente perspicaz comprende-
rá fácilmente que las recomendaciones de Jovéllanos constituían un
grave desacierto, que para nada tenían en cuenta el origen, el carácter
ni las condiciones de los poetas de esta Escuela" (3).
Todos estos juicios, elegidos entre otros muchos idénticos, se
fundan exclusivamente en la consideración de que la verdadera poesía
del grupo salmantino era la pastoril —idealista— y la anacreóntica
—poesía suave, muelle, ligera, de amores y placeres. Pero tanto si se
leen sin prejuicios las obras de esos autores, como si se atiende a un
criterio histórico, es necesario afirmar que Meléndez es mucho más
poeta en sus obras filosóficas y en general en las posteriores a 1780 que
en las anacreónticas y pastoriles, y que fray Diego demostró ser capaz
de hacer algo más que insulsos idilios amorosos o desvaídas églogas.
35
Además el verdadero influjo de MeLéndez sobre los poetas de la gene-
ración siguiente no se funda en las poesías de juventud, que obedecían
a una estética y a una actitud literaria que iba perdiendo terreno a me-
dida que avanzaba el siglo XVIII y se penetraba en el XIX, sino a las
poesías serias, en las que la Naturaleza ya no es la riente y bucólica
y menuda Naturaleza de antes, y en las que iba cobrando fuerza una
idea plenamente romántica, la de la "misión" del poeta. Por esta ra-
zón el juicio de Arce Fernández nos parece el más exacto; La obra de
Jovellanós acredita su multiforme grandeza, porque está todavía viva por
su riqueza ideológica y por su abierta sensibilidad moderna; por eso
con la Epístola de Jovino a sus amigos de Salamanca ;4lo que Jovella-
nós demostraba una vez más era. y en plena juventud, su potentísima
visión de águila que le hacía adelantarse al momento histórico en que
vivía" (1).
No podemos seguir considerando al verdadero Meléndez sólo
como poeta anacreóntico, ni podemos aceptar que la verdadera musa
de Delio fuera la del amor, ya que ni su condición ni su edad eran las
más adecuadas para cantar amores, por muy platónicos que fueran. No.
Jovellanós no tenía "insensibilidad poética", ni tal cosa puede afir-
marse de quien escribió la maravillosa Epístola del Paular. Por el con-
trario, sentía la poesía mucho mejor que entonces la sentían Delio, Ba-
tilo y Liseno: y por sentirla les llamaba la atención, para que aban-
donaran un juego fácil e intrascendente. A nuestro modo de ver Jove-
llanós no se equivocaba en la parte negativa de sus consejos.
Otra cosa es, sin embargo, la parte positiva. Pedía a Delio una
poesía filosófica, moral y religiosa; a Batilo que se dedicara a la poe-
sía épica, y a Liseno a la dramática. En el primer caso pedía lo justo,
aunque más adelante se convencería de que el numen de Delio no era
capaz de subir muy alto: en el segundo erró totalmente, pero a causa
de que Meléndez traducía por entonces a Homero.
Pero hay otro aspecto del influjo de Jovellanós que está prácti-
camente sin estudiar. Nos referimos al técnico, que todos los poetas
del grupo, y alguno más que no perteneció a. él, confiesan. El mismo
Ceán lo vio claramente cuando escribió:
36
"Si la elegancia, fluidez y armonía con que desem-
peñó este entusiasmo poético [el de la Epístola] no pro-
dujeron todo el efecto que deseaba el autor por lo to-
cante al de los. objetos que les proponía, al menos me-
recieron la admiración de los Salmantinos, y motivaron
la mejora de sus versos, y que se estrechase más la amis-
tad y la correspondencia con Jovino" (1).
EL POETA SATÍRICO
38
«íeínpre- en ellas". Buena prueba son las leyes contra las muselinas,
.•siempre desobedecidas, Jovellanos afirma:
(!) B. A . E . . 11,-pág. 47 b.
<2> B..A. E . , J I . p á g . 4.7.
39
La vejez hedionda,
la sucia palidez, la faz adusta,
fiera y terrible, con igual derecho
vienen sin susto a negociar contigo.
Daste al barato, y tu rosada frente,
tus suaves besos y tus dulces brazos,
corona un tiempo del amor más puro,
son ya una vil y torpe mercancía.
40
ye, o la sátira no es sátira, o ha de herir a alguna o a muchas personas-
de carne y hueso". Con lo cual se subraya el carácter general y poco-
personalista, de la crítica hecha en la sátira primera.
Le señala después que es de poco efecto contra el enemigo que
se dirige. Y se detiene exactamente en los latinismos y en las alusiones
clásicas señaladas.
41
Es necesario afirmar que Jovellanos no ataca a la nobleza por
-ser enemigo de ella. Es, al contrario, uno de los pocos defensores que
le quedaban a la nobleza como clase social. Para él era necesaria social
y políticamente, y por eso lo que le duele es que se haya hecho indigna
del respeto de los ciudadanos e inhábil para representar su alto papel (1).
Los tiros de Jovellanos en la sátira van en dos direcciones: la
del noble aplebeyado (vs. 1-197) y la del noble afrancesado y degene-
rado (vs. 198-274).
El primer verso señala ya directamente al noble vestido de majo.
No hay introducción de ningún género. Por medio de una interrogación
retórica Jovellanos nos sitúa ante el primer objeto de su sátira. Se
trata de un noble de la más alta alcurnia, a pesar del traje y del as-
pecto. Sobre el portón de su palacio está grabado en berroqueña un
ilustre escudo; pero al entrar en su casa, y comienzan ya los contras-
tes, todo es viejo y ruinoso. En pocos versos se hace su retrato cultural:
es casi analfabeto, no ha viajado y los mayores disparates geográficos
-o históricos ni los advertirá, porque ni siquiera leyó el catecismo del
P. Astete. Pero su memoria no está vacía: nada ignora de toros y de
cómicas. No podía ser de otro modo. Su ciencia
(1) Los modelos literarios que Jovellanos pudo tener presentes son:
Juvanal, Que vedo, Argensola, Jáuregui, Clavijo y Fajardo, Cadalso e Iríarte.
Se ha citado también a Parini, pero no encontramos huella clara del Gttmio
en los versos de Jovellanos.
42
¿Será más digno, Arnesto, de tu gracia
un alfeñique perfumado y lindo,
de noble traje y ruines pensamientos?
Débiles pigmeos
te esperan; de tu corva cimitarra
ai solo amago caerán rendidos.
43
Sea todo infame behetría: no haya
clases ni estados. Si la virtud sola
les puede ser antemural y escudo,
todo sin ella acabe y se confunda.
Una tercera sátira, que hemos titulado Sátira contra los letrados?
debió ser compuesta muy poco después que la segunda. Se diferencia de
las dos anteriores por estar escrita en tercetos. El mismo Jovelianos
había dicho en una carta a su hermano que si la sátira segunda tuviera
rima poseería más mérito. Sin embargo, es posible que el tener que
sujetarse a un esquema métrico haya hecho al satírico perder mordaci-
dad y que su estilo se parezca más al de Argensola o al de algún otro
satírico del siglo XVIII,. como Hervás.
El tema se desarrolla también de forma distinta..-En las dos pri-
meras sátiras el poeta hablaba con otra persona y le describía el objeto
de su sátira; aquí se dirige directamente a las personas satirizadas y
la crítica se hace en forma de consejos irónicos, lo cual es menos eficaz
(1) ÁNGEL DEL Río, Introducción al.t.-l de las Obras escogidas• d#[Link]-
velianos en la colección de "Clásicos castellanos", pág. XLIV.
44.
y menos personal. El profesional del derecho, de ideas nuevas, vuelve
a aparecer. Frente al juez o al abogado "práctico" se coloca el juez o
el abogado "ilustrado": frente al letrado con vocación y con ideal, aquél
a quien sólo importa ganar dinero. Acaso los versos más interesantes
sean aquéllos en que el poeta truena contra los que hablan mal de los
Colegios Mayores y de las órdenes religiosas:
46
Los veinticuatro primeros versos no ofrecen gran cosa de origi-
nal. Son una descripción de un paisaje sentido a través de modelos lite-
rarios, Pero en el verso 25 las cosas cambian: el sentimiento que ahora5
expresa el poeta no es nuevo en él, porque ya anteriormente había dicho
que prefería la tranquilidad del campo al bullicio de la ciudad, o eí
reposo de una villa reducida al afán de una grande. A continuación:
Jovellanos se pregunta:
El universo
es un código; estudíale, sé sabio.
Entra primero en ti, contempla, indaga
la esencia de tu ser y alto destino.
Conócete a ti mismo, y de otros entes
sube al origen. Busca y examina
el orden general, admira el todo,
y al Señor en sus obras reverencia.
47
subir hasta él por medio de las criaturas: "Admira el todo", dice Jo-
vellanos, Y esto acaso sea lo más importante de su visión del Universo:
un todo compuesto de individuos, sometidos a un orden, obra de Dios:
el cielo, el sol. las estrellas, la luna y la vega del Bernesga son elemen-
tos de ese todo, ante el cual no cabe más que reconocer la omnipotencia
del Dios creador.
En el prerromanticismo lo primero había sido la descripción
objetiva de la naturaleza, después la naturaleza como puente que nos
lleva a Dios. Ambas actitudes ante la naturaleza morirán también con
el prerromanticismo. Jovellanos participa de las dos, y enlaza ideas
novísimas en la literatura europea con. una tradición clasicista de la
literatura española.
X a "Epístola a Inarco"
48
«el que viola sus eternas leyes por la loca ambición, causando "guerra,
furor, desolación y m u e r t e " (vs. 26-36); el que sube al cielo alzado
por la virtud y, en la tierra, con el pecho henchido de piedad, se da al
.amor y a la fraternal concordia; o el que baja al Averno y, b r a m a n d o
frenético, quema, mata y asuela cuanto encuentra (vs. 3 6 - 5 0 ) ; pero
esto no durará siempre: el hombre es perfectible, y si puede perfeccio-
nar su razón, también perfeccionará su corazón; si esto es así ; ¿no
llegará un día en que la humanidad viva tranquila "en santa paz, en
mutua unión fraterna"? ¿En que reinen la paz y la justicia de uno al
.otro polo? (vs. 51-81). Sí, vendrá ese día: entonces será desconocido
.el fatal nombre de propiedad, que desterró los inocentes y serenos días
de los siglos de o r o : caerán detrás la hipocresía, la envidia, el dolo,
la codicia y todos los monstruos que la ambición alimentó; una nueva
generación cubrirá la tierra, todos serán hermanos y todos trabajarán
para todos (vs, 82-113); no h a b r á más que un solo pueblo, unido por
un solo idioma; los campos no serán regados de inocente sangre, ni
turbados por la frenética ambición; todo será común: no h a b r á colo-
nos para dueños, ni marineros que busquen el oro para un malvado, ni
artesanos que p a r a él trabajen en sótanos hediondos; todo será c o m ú n :
"afán, reposo, pena y alegría", trabajo y frutos (vs. 114-134). Y el
poeta termina con estos versos:
49
y a lo más para el amigo inquisidor; no sea que los que
me notan de lastrar mal el buque, crean que quiero in-
clinarle del todo" (1).
Con este texto por delante, de una carta a un amigo íntimo, de-
bemos interpretar el contenido de la Epístola.
La idea base de que Jovellanos parte en su poema es la de la
perfectibilidad indefinida del hombre. Pero esta perfectibilidad inde-
finida no la entiende Jovellanos al estilo de Condorcet y los progre-
sistas de la época, como aclara en el siguiente párrafo de las inéditas
Cartas sobre educación:
iS
Si yo hubiera dicho que el hombre era infinitamen-
te perfectible, mi proposición fuera, sobre falsa, muy
temeraria, ¿pues quién no toca a cada paso que el hom-
bre es un ente limitado? Y, ¿quién, al lado de los gran-
des y portentosos descubrimientos que hizo, no ve la
oscuridad y ignorancia en que vive respecto de sí mismo
y de la naturaleza? Quedamos, pues, en que es cierta-
mente un ente limitado, y ésta es una de las verdades que
ha descubierto él mismo... Sentemos, pues, que la per-
fectibilidad del hombre no es infinita: lo es (sic), que
hay un término ai cual no puede llegar jamás; pero tam-
bién lo es que dentro y aun fuera de este término puede
recibir una extensión indefinida^ esto es, que no hay lí-
mite conocido al cual no pueda alcanzar. Así que, cuando
llamamos indefinida a la perfectibilidad del hombre, que-
remos decir que el hombre puede perfeccionarse hasta,
un punto no conocido aún y que no se puede conocer''' (2),.
50
hombres han vuelto tantas veces sus tristes ojos de desterrados, el mis-
mo que había circulado ampliamente en la literatura clásica española,
y que en el siglo XVIII sería también recordado por el naciente socia-
lismo. Uno de los puntos centrales de esa leyenda era precisamente la
inexistencia de la propiedad. Permítasenos copiar un conocidísimo
párrafo -de Cervantes:
Otras Epístolas
51
"¿Creerá usted, escribe a Posada el 31 de agosto
de 1806. que todos [sus versos] salieron de un aliento, y
sin tener reposo? Pues no es chanza, ni mentira, ni hi-
pérbole. Verdad es que después se revieron y retocaron
despacio, y aun así se conoce la priesa con que salie-
ron." (1)
52
No sabemos qué golpe de fortuna había sufrido su fiel Ceán:
Bermúdez. Jovellanos se lo imagina agobiado bajo el peso de la des-
gracia. Así nace este poema, titulado Sobre los vanos deseos y
estudios de los hombres. El mismo título indica las dos partes en
que se divide. En la primera jovellanos va presentando al hombre en-
tregado a diversas pasiones: ambición de gloria, ambición de mando,
afán de riquezas, el juego, los placeres sexuales, el ocio y la gula. Pero-
la felicidad no está en ninguna de ellas. Desde el verso 155 el poeta
se enfrenta con otro tipo de placeres o de instintos. El ansia de indagar
y saber, ¿será culpable? No, en la Sabiduría no hay engaño, pero puede
haberlo en el culto que le rinden sus adoradores, los que creen en la
ciencia por la ciencia, sin que su orgullo y su soberbia les permitan
elevar los ojos más arriba. Jovellanos nos presenta al astrónomo, al
biólogo, al filósofo. Es la crítica de la filosofía materialista de su tiem-
po. ¿Podrá un átomo, sin más lumbre que su razón, comprender lo
incomprensible? No. el estudio, el deber y la dicha sólo están en cono-
cer a Dios, adorarle en sus obras, derretirse de amor por tantos bienes
como derrama. La senda del saber está abierta: ilustra la razón, purifica
el corazón, estudíate a ti mismo, pero busca la luz en Dios. Y así podrás
leer un destello del saber y del amor de Dios
53
Mas ya en el lecho está: cédele al sueño
la mitad de la vida, y aun le ruega
que la enojosa luz le robe. ¡Oh necio!
¿A la dulzura del descanso aspiras?
Búscala en el trabajo. Sí, en el ocio
siempre tu alma roerá el fastidio.
54
"Jovellanos fue uno de los pocos, quizá el primero,
que empezó a manejar el verso suelto entre nosotros, con
el tino y la gracia que necesita para agradar" (1).
55
Acaso por esto, cuando escribe la sátira tercera, que no llegó
a publicar, ni acaso a corregir totalmente, se sirve del terceto encade-
nado, estrofa qu recomendaba a su hermano para la traducción para-
frástica de una sátira de Juvenal. La rima no peca precisamente de
pobre; más bien es rica y sonora, aunque acaso producto de una afa-
nosa búsqueda. Sin embargo, el estilo cambia totalmente respecto de
las dos sátiras anteriores: se hace más ceñido, más conciso y, cosa in-
teresante, más parecido al de Bartolomé Leonardo de Argensola.
Pero la preferencia por el verso suelto no obedecía al deseo de
eliminar dificultades, pues precisamente Jovellanos hace un estudio tan
hondo de los recursos rítmicos que deben ocupar el primer plano a
falta de consonante, que llega a establecer un técnica detallada.
Luzán había expuesto una teoría bastante minuciosa del verso
suelto, que es exactamente la de Jovellanos:
(1) LUZÁN, La Poética ed. de 1789, lib. II, cap. 23, pág. 373.
56
Jovellanos tuvo una preocupación constante por la técnica del
verso suelto. En 1777 escribió una larga carta a Meléndez Valdés, de-
dicada en su mayor parte a este tema ( 1 ) ; de él trataba otra carta a
fray Diego González, que Ceán fecha en 23 de noviembre de 1776 ( 2 ) ;
el 21 de mayo de 1796 escribe otra, desconocida como la anterior, al
conde del Carpió, compañero suyo en el Consejo de Ordenes; a Posada
le habla de la misma materia en cartas de 5 de mayo de 1792 y 7 de
agosto de 1793, y a Caveda y Solares vuelve a explicarle su teoría en
carta de 31 de diciembre de 1796.
57
razón de que sólo puede haber una cesura, que irá después de la pala-
bra que lleve el acento de cuarta. Atenido a estas normas distingue
cinco tipos de endecasílabos: de 4 más 7, de 5 más 6, de 6 más 5, de
7 más 4 y de 8 más 3 sílabas respectivamente. En el primer caso se
trata de endecasílabo en cuarta con el primer hemistiquio agudo, en el
segundo de endecasílabo en cuarta con el primer hemistiquio llano,
en el tercero de endecasílabo en sexta con el primer hemistiquio agu-
do, en el cuarto de endecasílabo en sexta con el primer hemistiquio
llano y en el quinto de endecasílabo en sexta con el primer hemistiquio
esdrújulo. Al clasificar estos cinco tipos de endecasílabos por su musi-
calidad establece el siguiente orden:
1.° Endecasílabos de 5 más 6.
2.° Endecasílabos de 6 más 5.
3.° Endecasílabos de 4 más 7.
4." Endecasílabos de 7 más 4.
5.° Endecasílabos de 8 más 3.
Para establecer este orden se funda exclusivamente en su oído
particular, aunque cree que cualquier oído delicado convendrá en él;
.aparte de esto cree encontrar un argumento de su preferencia en que
.es más musical el endecasílabo dividido en partes casi iguales, que el
que tiene ruptura por los extremos. Pero de aquí se derivará a su vez
una importante ley: la ruptura del verso en sus extremos puede tener
un valor estilístico aplicable en aquellos casos en que se quiere expresar
una idea violenta, dura o terrible. Estos varios tipos de endecasílabos
deben mezclarse convenientemente en el poema, para evitar la monoto-
nía que produciría la constante repetición de acentos y cesuras.
En la cesura o pausa o acento principal está, pues, según Jovella-
jios, la base de la musicalidad de los versos y es, por tanto, lo que prin-
cipalmente debe cuidar el que escribe endecasílabos sueltos.
Un ejemplo de cómo practicaba Jovellanos su teoría puede ser
la temprana Elegía a la ausencia de Marina. De sus 52 versos casi la
mitad tienen acento principal en sexta, 17 lo llevan en cuarta y octava
y nueve en cuarta y sexta, pero con cesura después de la quinta, y por
tanto acento principal en la cuarta. Atendiendo a la cesura, ocupa el
primer lugar el endecasílabo de 5 más 6, con 21 versos, pero le sigue
e] de 7 más 4 con 18, a pesar de que este tipo ocupaba el cuarto lugar
•en el orden por él establecido. Los casos de primer hemistiquio con ter-
iminación aguda son sólo 10, pero bastante expresivos:
58
¿Y podrá Anselmo, el sin ventura Anselmo,
en cuyo blando corazón apenas
caber la dicha y el placer podían,
podrá sobrevivir al golpe acerbo
con que cruel tu brazo le atormenta?
59
y detenido sobre este punto, a pesar de que estilísticamente lo merece.
Que toda cesura exige que la palabra anterior lleve el acento principal
del endecasílabo nos parece totalmente exacto, aunque habría que de-
terminar qué relación hay entonces entre esto y el período rítmico. Sin
embargo, que tras toda palabra con acento principal exista cesura es
cosa bastante dudosa, a menos que la pequeña pausa normal entre pa-
labra y palabra, a veces, como en algunos casos de sinalefa, inexistente
en la realidad física, se llame sistemáticamente cesura. Pero a pesar
de esto, la relación entre cesura y acento principal desde el punto de-
vista de la musicalidad del verso es exacta.
60
II
MANUSCRITOS Y EDICIONES
61
nadie había vuelto a preocuparse por los manuscritos ni por los impre-
sos anteriores.
Estas razones nos obligan a entretenernos en estudiar el valor
de las fuentes que vamos a utilizar. Trataremos primero de los manus-
critos perdidos de que tengamos noticia, después de los que nos han
servido para la edición crítica, y finalmente de las ediciones que hemos
tenido a la vista.
1.a) MANUSCRITOS
A) MANUSCRITOS PERDIDOS.
(1) Lo mismo repitió en el Inventario, pág. 82, variando poco los tér-
minos.
62
neja sin plumas de Forner, y añade: "¿Cómo culpa de plagio él. que-
se dijo y se dice autor de los romances contra Huerta, que trabajó
ésta?... Entre mis libros hay un manuscrito de letra de Ceán que los
contiene, con otras frioleras de aquella época" (1). De lo cuaí se
deduce:
1.° Que se copió después de 1785, fecha de los romances contra.
Huerta, y probablemente antes de 1790. año en el que Ceán es desti-
nado a Sevilla.
2.° Que era distinto del ?ns. del Instituto, porque éste no con-
tenía dichos romances.
6a
sos. Jovellanos anota: "No serán muchos los que reserve, aunque a vista
de los que se hacen entre nosotros pudieran hacer buena figura los
m í o s " (1).
B) MANUSCRITOS CONOCIDOS.
64
Núm. 26; Oda a Poncio "Dejas ¡oh Poncio! la ociosa Mantua"
(núm. 45 de nuestra edición).
Núm. 27: Idilio a Enarda "Mientras los roncos silbos" (núm. 23).
Núm. 28: Elegía a la ausencia de Marina (núm. 5).
Núm. 29: Prólogo para la representación del Pelayo (núm. 3 3 j .
Núm. 30: Cuatro redacciones de la primera parte del romance
contra Huerta; una de la segunda parte; el romance contra Forner
(núms. 35? 36 y 4 0 ) .
Núm. 3 1 : A Galatea, "Mientras de Galatea" (núm. 11).
Núm. 32: Otra copia de la primera parte del romance contra
Huerta (no es autógrafo de Jovellanos).
Núm. 33: A Meléndez, "¿Quién me dará que pueda?" (núme-
ro 34).
Núm. 34: A un supersticioso (núm. 43).
Núm. 35: Soneto a Enarda "Cuando de Amor la flecha pene-
trante" (núm. 31).
Los números 28, 29. 35 y el romance contra Forner del 30 es-
tuvieron inéditos hasta que los publicó Georges Demerson en el Bulletin
hispanique, LVIIL 1956, págs. 36-47.
Los números 28, 30, 31 y 35 fueron comprados por la Biblioteca
Nacional a don Cesáreo Orbera en 9 de noviembre de 1888.
65
escritura para los versos endecasílabos es de 23 X 9^5 cms., por tér-
mino medio. Las poesías que contiene, después de la doble Dedicatoria-
en prosa y verso, son las siguientes de nuestra numeración: 56, 9. 8. 16,.
7, 53, 54, 17, 20, 3, 1, 2, 6, 55. 22, 4, 23, 24, 11, 12, 13, 14, 25, 15, 1 8 r
10, 21, 19, 26 y 27. Delante de todas ellas se leen estos versos de Jacques
Vaniére:
66
de verso endecasílabo y después las de verso corto. Sólo es excepción
la Epístola del Paular, colocada en último término. Parece como si di-
cha Epístola no se hubiera escrito hasta después de formada la colec-
ción, o como si no se hubiera decidido su inclusión hasta el último mo-
mento. De ser así, la compilación del ms. se habría hecho en el verano
de 1779. Esta suposición adquiere caracteres de verosimilitud al com-
probar que la versión manuscrita de la Epístola es muy distinta de la
que publicó Ponz en 1781, y a todas luces anterior a ella. Es decir,
entró en la colección cuando apenas había sido corregida, y por tanto
muy poco después de escrita. Por todas estas razones, el ms. del Instituto
debe fecharse en la segunda mitad de 1779.
Otro problema distinto, y de difícil solución, es el de la fecha
de las correcciones de letra de Jovellanos que Somoza atestigua en el
ms. del Instituto. Si nos atenemos a los datos más seguros, debe adver-
tirse en primer lugar que, por testimonio de Somoza, no todas las poe-
sías tenían correcciones de letra de Jovellanos; entre las no retocadas
quizás una fuera la Epístola del Paular, porque ya había sido publi-
cada en versión muy distinta. De otro lado sabemos, por testimonio
del propio Jovellanos, que el 26 de mayo de 1796, según dice en los
Diarios, empezó a corregir la traducción de Milton. Aunque nada per-
mite asegurar que se hubiera servido para ello del ejemplar de su her-
mano (ms. del Instituto), el hecho de que los primeros 340 versos de él
se diferencien mucho de los demás manuscritos y de la edición, y de
que en el resto de los versos abunden también las variantes, nos hace
sospechar que Jovellanos trabajó entonces sobre la colección de su
hermano. Es muy posible que en algunas otras poesías hubiera hecho
también en 1796 retoques. Por lo tanto, en principio puede aceptarse
que el ms. Cavanilles ofrece lecciones posteriores al ms. B (fechado en
1796), del que hablaremos a continuación; posteriores también al ms.
de Ceán, ya citado entre los perdidos, y posteriores a los que se deriva-
ron de ellos o están relacionados con sus fuentes.
67
7, 45, 22, 28, 2 3 , 24, 1 1 , 13, 14, 12, 25, 15, 10, 34, 2 1 , 4 3 , 26, 29, 18, 6,
9, 27, 8, 17, 38, 39, 30, 20, 3, 1, 2, 19, 55, 53, 54, 56, 35, 36 y 37. En-
tre las poesías 22 y 28 se incluye la Oda a don Salvador de Mena, que
es de Meléndez Valdés. Al final del manuscrito, al fol. 168, hay una copia
de la Epístola de Meléndez a Llaguno en la elevación de éste al Minis-
terio de Gracia y Justicia; encuadernada a continuación está la Oda a
Verilo " T r a s el árido invierno la florida", que es de J u a n López de
Peñalver (impresa).
En esta colección se incluye todo lo del ms. del Instituto, menos
la doble Dedicatoria y los cuatro idilios de Anfriso a Eclisa (nuestro
núm. 4 ) ; pero comprende además la Oda sáfica a Pondo, el Himno a
la luna, el idilio A Batilo "Quién me dará que pueda", el idilio A un
supersticioso, el idilio A los días de Alcmena. el soneto A Alcmena. las
dos sátiras, los dos romances contra Huerta y la J á c a r a en miniatura.
De estas poesías algunas tienen fecha cierta. Las otras pueden datarse,
en principio, entre 1780 y 1796.
Hay un detalle que nos permite rastrear algo de la génesis de
esta colección. En el ms. 12.958, núm. 27, se conserva una copia en
limpio, autógrafa de Jovellanos, del idilio A Enarda "Mientras los ron-
cos silbos". En el ángulo superior derecho del fol. 1 r. se ve un 6, que
parece indicar algún orden. Efectivamente, en el ms. B está en sexto
lugar, si prescindimos de la Oda a don Salvador de Mena, de Meléndez
Valdés, que se coló inadvertidamente entre las poesías cuarta y quin-
ta (1). Esto puede significar que B depende de otra colección formada
por el propio Jovellanos, copiada por él mismo. Pero ¿procede direc-
tamente de esa hipotética colección? Sólo sabemos que el ms. B} el ms. C
y el perdido ms. de Navarrete, utilizado en parte por Cañedo, están re-
lacionados entre sí, como lo demuestra el que la oda de Meléndez apa-
rezca en todos ellos, incluso en Cañedo. Sin embargo, no hay depen-
dencia directa entre unos y otros, porque en el idilio A Myreo faltan
en Cañedo los versos 30-31, en B falta el 3 1 , pero no el 30, y en C están
ambos: en el idilio A Anfriso "Con dulce y triste acento", el verso 28
falta en B, pero no en C ni en Cañedo. En resumen: hubo una hipoté-
68
tica colección, autógrafa de Jovellanos, de la cual proceden los ms, B
y C, aunque no directamente (1).
La fecha que lleva el manuscrito en la portada (1796) debe de
ser exacta. La poesía más moderna que incluye es la Oda a Pondo en
sáficos ( 1 7 9 3 ) ; quedan fuera todas las posteriores, entre ellas algunas
de 1795. más o menos de circunstancias, y sobre todo la Epístola a
I narco „ escrita entre enero y abril de 1796, y que a juzgar por el con-
cepto que Jovellanos tenía de ella, y por la multiplicación de sus co-
pias, no hubiera dejado de incluirla en una colección formada con pos-
terioridad. Más adelante aclararemos algo sobre la fecha real de los
textos recocidos en este manuscrito.
(1) Ya hemos dicho antes que el ms. de Cedn y el ms. Vargas Ponce
tenían relación con el ms, B. Por tanto, estos tres, el ms. Na-varrete y el ms.
C (del que trataremos a continuación) forman grupo con la hipotética
colección de Jovellanos.
69
Es copia más incorecta que la del ms. 3.809. Tampoco recoge
ninguna poesía posterior a 1793; pero el ms. podría ser incluso de los
primeros años del siglo XIX, a juzgar por la letra.
2.°) EDICIONES
70
dispersas en la obra de Pons, en la de Sempere Guarnios, en la vida
del capitán Cadalso, en Meléndez, en ir. Diego González, en el Censor
Cañuelo. e inéditas en poder de usted, de Moratín, de Ceán} etc. Yo
tenga ánimo de publicar las que el autor me dirigió, para suplemento
,del apéndice de Ceán, y así, arrimando a él las que se vayan descu-
briendo y las descubiertas, quedará hecha la colección, y luego se
.harán buenas ediciones para las aulas de poética, y aun para las de
.elocuencia, en que estas obras deben ser preferidas a todas las cas-
tellanas" (1). Este intento de Posidonio fracasó. En consecuencia la
primera colección de poesías de nuestro poeta se publicó en 1830.
71
ble vertueux, Líen que Somoza parece no haber visto ningún ejemplar.
Esa edición, u otra de 1780, podría ser el Recueil de Bocous. Quizá sea.
significativo que este autor cite en francés el título de la edición de
que tratamos, cuando en otros casos los transcribe en español. Confesa-
mos que hasta ahora hemos fracasado en el intento de encontrarla y
que han fracasado igualmente buenos amigos que se ofrecieron a re-
currir directamente a empleados de la Biblioteca Nacional de París.
(1) Vid. una corta, biografía de Ramón Maria Cañedo y del Riego en
CONSTANTINO SUÁREZ, Escritores y artistas asturianos. II, Madrid. 1936. pá-
gina 306.
(2) Vid. un juicio de esta edición y una descripción pormenorizada- de
su contenido en SOMOZA. Inventario, págs. 29-37. Las poesías son los ordina-
les 1 a 15, 79, 81 y 100 a 141.
(3) Catálogo, pág. 71.
(4) Amarguras, pág, 15.
72
1901 duda ya de que Cañedo hubiera estado en Gijón y copiado direc-
tamente los citados originales, porque Junquera Huergo y Victoriano
Sánchez, que habían confrontado una serie de obras con sus originales;
subrayaron o anotaron marginalmente las muchas y graves varian-
tes (1).
Ahora bien, en la Razón de esta obra que precede al primer tomo,
dice Cañedo: "En los versos de Jovellanos se notarán quizá algunas
faltas, nacidas de que no llegó a limarlos, como él mismo confiesa en
una carta con que los dirigió a su hermano". Esto quiere decir que
Cañedo disfrutó del ms. del instituto, único que contenía dicha carta,
o de una copia de él. La Carta la edita en el tomo séptimo, pero, como
acabamos de ver, la conocía ya al publicar el primer cuaderno. Ade-
más, al final de este primer cuaderno escribió (pág. 94 del tomo prime-
r o ) ; "Tengo a esta hora reunidas casi todas las demás composiciones
poéticas del autor, las que se pondrán por apéndice en otro cuader-
no" (2). Por lo tanto, el hecho de no haber publicado todas las poesías
del ms,-del Instituto en el tomo primero no significa [Link] las cono-
ciera, sino que fue? bueno o malo, un simple método editorial. Pero
Cañedo pudo no haber estado en Gijón, y sin embargo haber utilizado
copias de los originales del Instituto, aunque no se hubieran hecho di-
rectamene para él. (3). Si la copia no fue muy fiel, ni la edición lo
fue a la copia, quedarían explicadas todas o casi todas las variantes
que se habían advertido. Ál menos esta poca fidelidad está patente en la
Epístola a Bermudo? tomada del Apéndice de Ceán (4),
Creo que además del ms, del Instituto, o su copia, de la colec-
ción de Navarrete, del Apéndice de Ceán, y acaso de algún otro impre-
so. Cañedo utilizó las copias que poseía González Posada, ya que pu-
blica las cartas que Jovellanos le escribió, probablemente por copia fa-
cilitada por el mismo canónigo. Entre estas cartas estaban la oda sáfica
"Ya cierra Febo plácido la línea", y el soneto A Enarda "Quiero que
mi pasión, oh Enarda, sea".
^3
Queda por resolver de dónde tomó Cañedo algunas poesías no
«conservadas en ninguno de los manuscritos conocidos, ni editadas antes,
y de las que no conocemos testimonio anterior a 1830. Tales son el so-
neto A la mañana, el idilio A la luna, el soneto A la noche, la oda Al
Amor, la oda Manifestación del estado de España, y el Epitalamio a
don Felipe Rivero. Quede, pues, hecha esta advertencia, por lo que nos
pueda servir en adelante.
El texto de Cañedo es bastante deficiente y poco digno de con-
fianza, a juzgar por lo que es posible comparar; de aquí que deba to-
marse con bastantes precauciones.
74
•clonadas son los idilios Al Sol, A la luna, A un supersticioso, A Anfri-
so. Á Meléndez ("¿Quién me dará que pueda?"), los dos sonetos
A Clori, la Epístola del Paular, las dos sátiras y la Epístola a Bermudo.
El idilio Al Sol, las dos epístolas y las dos sátiras corrían impresas,
pero no las otras poesías, para las que hubo de servirse de manuscritos,
•por lo que en la pág, XLIIÍ, al enumerar algunas obras de Jovellanos
.añade: "y diferentes poesías líricas que corren manuscritos". En cuan-
to a las variantes de su versión que no aparecen ni en los manuscritos
ni en las ediciones anteriores son probablemente correcciones suyas,
porque Quintana solía retocar libre y sistemáticamente los textos de su
.anioíogía crítica" (1).
75
conocida de todos los demás editores, y que se había publicado por
primera vez en la edición de las Cartas a Ponz hecha en La Habana
en 1848.
La relación entre el texto de Nocedal y el de Cañedo salta a
la vista, aunque no es una reproducción exacta. Si en ocasiones la va-
riante puede ser una simple errata o mala lectura, en otros casos pa-
rece obedecer a corrección del editor, que era aficionado a enmender la
plana, como hemos podido comprobar al cotejar las copias enviadas
desde Gijón por Junquera Huergo, hoy en parte en la Biblioteca de
Menéndez Pelayo. con el texto impreso derivado de ellas. A pesar de
esto, es posible que algunas variantes no sean correcciones suyas, sino
tomadas de la copia de Cavanilles. ya que Artigas afirma: "Prefirió
Nocedal seguir el texto de Cañedo y sólo alguna vez parece haber con-
sultado la copia del manuscrito gijonés" (1). Esta "copia del manuscrito
gijones", el que llamamos ms. Cavanilles. era suyo: pero la verdad es
que debió aprovecharlo poco, como se puede comprobar por las notas
críticas de la presente edición.
GENEALOGÍA D E L A S F U E N T E S A N T E R I O R E S , A L G U N O S
DATOS DE CRONOLOGÍA
76
Pero estos datos son poca cosa, y por ello se necesario profundizar
algo más, con el fin de aclarar la cronología. El problema quedaría
resuelto si supiéramos algo fijo de la colección autógrafa de Jovella-
nos. Pero de ella no hemos podido identificar más que el citado ms. del
idilio A Enarda "Mientras los roncos silbos".
Veamos lo que él nos dice. Tres de sus versos permiten hacer al-
guna hipótesis sobre precedencias:
77
recogida en el ms. del Instituto, en el ms. B y en el ms. C. El verso 9'
de ese borrador dice: "tú lo eres por acaso", y lo mismo se lee en B
y en C; sin embargo, Cavanilles y Cañedo escriben: Cítú lo eres por des-
gracia", y la coincidencia de ambos demuestra que tal lección estaba-
en el ms. del Instituto. Como es posterior, porque consta la prioridad de
"tú lo eres por acaso", el grupo B C recoge una versión anterior a la
del Instituto, reflejada esta última en Cavanilles y en Cañedo.
Estos detalles son, desde luego, muy poca cosa para poder dedu-
cir de ellos conclusiones definitivas; pero a falta de otros mejores cabe
aceptar como principio cronológico que ios textos del grupo B C son
anteriores a los del ms. del Instituto, incluso a la primera versión de éste,
Pero ¿cómo explicar entonces que un ms, de 1796, como es el B,
ofrezca lecciones anteriores a las de un ms. fechado en 1779? La única
explicación posible es la siguiente: El ms. B no se copió en Gijón, ni
per orden de Jovellanos; hubo de ser obra de algún admirador o amigo
del autor, que juntó copias sueltas a una colección existente en poder
de alguien. Por ello se explica la intercalación de una Oda de Melén-
dez y el copiar ai final una Epístola del mismo poeta no dirigida a Jo-
vellanos, pero en la que se habla de él. La colección que sirvió de ori-
ginal era semejante a la que poseía Ceán. Posiblemente representaba un
texto poco diferente del primitivo del ms. del Instituto. Pero jovella-
nos, en fecha posterior a la copia del ms. de Ceán, y acaso después de
1790, retocó sus poesías anteriores. Este trabajo lo hizo sobre el ms.-
del Instituto, o al menos pasó a él las correcciones hechas en otro lugar.
Por otro lado, Cañedo utilizó una copia del ms. del Instituto.
Basta comparar su edición con la copia de Cavanilles, en aquellos tex-
tos que necesariamente proceden del Instituto, para convencerse de que
la copia de Cañedo era bastante incorrecta. Y si la traducción de Milton
procede también del ms. del Instituto, la copia de Cañedo era anterior
a 1796, pues no recoge las muchas y graves variantes que hay en el
ms, Cavanilles. En cuanto a éste no cabe duda ninguna de que su texto
representa el último estado del manuscrito original, puesto que se copió
años después de muerto Jovellanos.
En consecuencia, el ms. Cavanilles es el último de todos y el que
representa la versión más retocada de las poesías en él incluidas. Para-
las que no están en él, el ms. más correcto parece B, aunque no en todos
los casos.
73
Dicho esto, creemos poder sintetizar en el siguiente esquema laí
relaciones de nuestras fuentes:
Originales de Joveüanos
(perdidos en su mayor parte)
Copia utilizada
Ms. de Vargas Ponce por Cañedo
Ms. B
Copias y edicio-
nes sueltas
Ms. C * Ms. Navarrete
Ed. Cañedo
Ed. Mellado
Ed. Zaragoza
Ed. Nocedal
79
NUESTRA EDICIÓN
-80
-pero totalmente necesaria, si de veras se quiere conocer el pensamiento
•de Jovellanos.
81
SIGLAS Y ABREVIATURAS MAS FRECUENTEMENTE
EMPLEADAS
MANUSCRITOS
83
Cavanilles = Copia del ms. del Instituto que se conserva en la Biblioteca
de Menéndez Pelayo, Santander.
Instituto = Ms. perdido titulado Entretenimientos juveniles de ¡ovino,
que estaba en la desaparecida Biblioteca del Real Instituto de
Gijón.
Ceán — Ms. perdido que poseía Agustín Ceán Bermúdez.
Jovellanos = Ms. perdido, copiado por Ceán Bermúdez, que poseía el
propio Jovellanos.
Navarrete = Ms. perdido que poseía Martín Fernández de Navarrete.
Vargas Ponce = Ms. perdido que copió Vargas Ponce del ms. de Ceán,.
EDICIONES
84
inventario = JULIO SOMOZA, Inventario de un jovellanista, Madrid, 1901 r
Lima = Epístola moral del Señor Jovellanos, sobre los vanos deseos y
estudios de los hombres, Lima, 1815. por don Bernardino Ruiz,
Memorias — Vid CEAN, Memorias.
Milá = MlLÁ y FONTAJVALS, Arte Poética, en Obras Completas, L Bar-
celona, 1888.
Morel-Fatio = ALFRED MOREL-FATIO, La satire de Jovellanos contre la
mauvaise éducation de la noblesse. suplemento al BHi de 1899.
Nocedal = En las variantes equivale a B.A.E., I o II.
Quintana = QUINTANA, Poesías selectas castellanas, tomo IV, Madrid,
1830.
Valencia = Sátira de los grandes y alta nobleza de España..., Valen-
cia, 1814.
CARTA DE JOVELLANOS
Por fin, querido Frasquito, van a tus manos estos versos, que
son el único fruto de mis ocios juveniles, y en ellos te envío u n a
5 firme prueba de mi amor y confianza fraternal. Mil razones, que no
se ocultarán a tu penetración, me han obligado siempre a escon-
derlos, no sólo de la vista del público, sino también de la mayor
parte de mis amigos. Viéronlos solamente aquellos pocos a quie-
nes una íntima y sensible amistad y una perfecta confrontación de
10 sentimientos y de ideas tuvo siempre abiertas las puertas de m i co-
razón. P a r a los demás estos versos han sido siempre un misterio
ignorado o escondido. 2
Es verdad que. prescindiendo de la materia sobre que gene-
ralmente recaen estas composiciones, he creído que debía también
39
ocultarlos por su poco mérito; porque siendo hechos rápida y des-
cuidadamente en los ratos que se llaman perdidos, y no habiendo
recibido aquella corrección y pulimento sin los cuales ninguna
obra es acabada, 3 no hay duda que serán muy defectuosos y que
5 no merecerán aprecio alguno, por más que hayan tenido algún
día el mérito respectivo a la ocasión y al tiempo en que se hicieron. 4
Pero sobre todo, nada debió obligarme tanto a reservarlos y
esconderlos, como la materia sobre que generalmente recaen. En
medio de la inclinación que tengo a la poesía, siempre he mirado
!0 la parte lírica de ella como poco digna de un hombre serio, es-
pecialmente cuando no tiene más objeto que el amor. Sé muy bien
que la juventud la prefiere en sus composiciones, y no lo repruebo.
Es natural que un poeta joven busque el objeto de sus composicio-
nes entre los que ocupan su corazón más dulcemente: lo primero,
15 porque así sentirá mayor placer en hacer versos, y lo segundo,
porque los hará mejores. Aun por eso vemos que los que nacieron
para grandes poetas han hecho sus ensayos en las poesías amoro-
sas y tiernas. Estoy persuadido a que no tendríamos los grandes
poemas, cuya belleza nos encanta y sorprende después de tantos
:20 años, si sus autores no hubiesen desperdiciado muchos versos en
objetos frivolos y pequeños. Cuando Virgilio dio principio a su
Eneida, había ya admirado a Roma con sus Bucólicos y con los
inimitables Geórgicos; de manera que primero cantó de amores,
después de los placeres y ejercicios del campo, y al fin los hechos
25 grandes y memorables que precedieron a la fundación de la so-
berbia Roma.
Pero vuelvo a decir, sin embargo, que la poesía amorosa me
parece poco digna de un hombre serio; y aunque yo por mis años
pudiera resistir todavía este título, no pudiera por mi profesión,
30 que me ha sujetado desde una edad temprana a las más graves y
delicadas obligaciones.5 Y ve aquí la razón que me ha obligado a
ocultar cuidadosamente mis versos, conociendo que pues al com-
90
ponerlos había seguido el impulso de los años y las pasiones, no
debía hacer una doble injuria a mi profesión con la flaqueza de
publicarlos. 6
Dirás acaso que en esto he pensado con demasiada delicadeza,
5 y lo mismo que he dicho en favor del uso de la poesía ligera en
los primeros años, te inclinará tal vez a desaprobarla. Pero debes
considerar, que aunque las obligaciones del hombre en la vida pri-
vada son iguales en todos los estados, su pública conducta debe
variar según ellos. Los hombres se revisten de tales personalidades
10 hacía el público por su profesión y sus destinos, que lo que es en
unos una amable galantería, pasa justamente en otros por una li-
viandad reprensible. Entre todos son los magistrados los que están
más obligados a guardar unas costumbres austeras, porque el pú-
blico tiene un derecho a ser gobernado por hombres buenos, y por
15 lo mismo quiere que los que mandan lo parezcan; exige de nos-
otros un porte juicioso y una conducta irreprensible; quiere que
le dirijamos con nuestra doctrina, y que le edifiquemos con nuestro
ejemplo; y así como premia la aplicación y la virtud de los buenos
magistrados con un tributo de estimación y alabanza, cuyo precio
20 es inmenso, se venga, por decirlo así, de los malos, censurando sus
errores y extravíos con la mayor severidad, castigándolos con el
odio y el desprecio. De este modo se compensa la desigualdad de
las condiciones, y se igualan las suertes de los que obedecen y los
que mandan. 7
25 Estas razones, que me obligaron a entregar al fuego la mayor
parte de mis versos y a sepultar en el olvido esos pocos, que por no
sé qué casualidad se libraron de él, deben obligarte a tí también
a ser muy circunspecto en el uso de esta confianza.8 Mis versos
contienen una pequeña historia de mis amores y flaquezas: ¡mira
30 tú, si estando yo arrepentido de la causa, podré hacer vanidad de
sus efectos!9 Por lo común a cualquiera de estas composiciones
sigue un pronto arrepentimiento de haberlas hecho. Y apenas se
desvanece el entusiasmo con que se escribieron, cuando empieza a
mirarlas con desprecio el mismo que las produjo. Por eso, si des-
35 pues de haberlos leído quisieres quemarlos, podrás hacerlo a tu
21 y castigándolos Cañedo.
91
salvo, pues nunca estarán más secretos que cuando se hayan re--
ducido a ceniza.
Es verdad que entre estas composiciones hay algunas de que
no pudiera avergonzarse el hombre más austero, al menos por su
5 materia. Pero, prescindiendo de su poco mérito, es preciso ocul-
tarlas sólo porque son versos.10 Vivimos en un siglo en que la poesía
está en descrédito, y en que se cree que el hacer versos es una ocu-
pación miserable. No faltan entre nosotros quienes conozcan el
mérito de la buena poesía, pero son muy pocos los que saben, y
10 menos los que se atrevan a premiarla y distinguirla. Y aunque no
sea yo de esta opinión, debo respetarla, porque cuando las preocu-
paciones son generales, es perdido cualquiera que no se conforme
con ellas. 11
Bien sé que no pensaban así los antiguos. El inmortal Cicerón
15 no se desdeñó de hacer versos, sin embargo de que obtuvo las pri-
meras magistraturas de Roma; PHnio el Mozo, magistrado, orador
y filósofo del tiempo de Trajano, se ocupaba muchos ratos en hacer
versos. Es muy notable lo que dice sobre esta materia, corno se
puede ver en la carta 14 del libro IV, y en la cuarta del libro VII,
20 que no copio por la brevedad con que escribo.
Hubo también entre nosotros un tiempo en que la poesía era
ocupación de los hombres más doctos y más graves, y en el catálogo
de nuestros poetas se leen gentes de todas dignidades y profesiones:
ni falcan en él obispos, sacerdotes, doctores, religiosos, magistrados,
25 y cuando no hubiese más ejemplos que los del célebre obispo Bal-
buena, del sabio Arias Montano, del elocuente fray Luis de León,
sin contar los Mendozas. los Rebolledos, los Crespis, Vegas y Cal-
derones, bastarían para probar cuánto y por cuan grandes perso-
najes fueron cultivadas las Musas entre nosotros otras veces."
•30 Pero vuelvo a decir que es preciso respetar la preocupación al
mismo tiempo que se trabaje en deshacerla. Yo encuentro la causa
del descrédito de la poesía en el mal uso que hicieron de ella los
poetas del siglo pasado, y ya que la casualidad me ha conducido
hasta este punto, discurramos un poco sobre esta decadencia, y
35 para averiguar un punto tan importante en nuestra historia Iitera-
2 cenizas Cañedo.
8 no falta Cavanilles, pero la concordancia exige el plural.
29 otras veces falta en Cañedo.
ria, acumulemos nuestras reflexiones sobre las que han hecho anti-
cipadamente otros eruditos.
En la restauración de los estudios se empezaron a cultivar cui-
dadosamente entre nosotros las humanidades o bellas letras, y par-
5 ticularmente tuvo la poesía muchos y muy distinguidos profesores.
Empezaron éstos a imitar los grandes modelos que h a b í a produ-
cido la Italia, así en tiempo de los Horacios y Virgilios, como en el
de los Petrarcas y los Tassos. Entre los primeros imitadores hubo
muchos que se igualaron a sus modelos. Cultiváronse todos los ramos
10 de la poesía, y antes que se acabase el dorado siglo XVI había ya
producido España muchos épicos, líricos y dramáticos comparables
a los más célebres de la antigüedad.
Casi se puede decir que estos bellos días anochecieron con el
siglo XVI. Los Góngoras, los Vegas, los Palavicinos, siguiendo el
15 impulso de su sola imaginación, se extraviaron del buen sendero que
habían seguido sus mayores. La novedad, y más que todo la reputa-
ción de estos corrompedores del buen gusto, arrastró tras de sí a
los demás poetas de aquel tiempo, y poco a poco se fue subrogando
en lugar de la grave, sencilla y majestuosa poesía, una poesía hin-
20 chada y escabrosa, llena de artificio y extravagancias.
Cuando hablo generalmente de la poesía, no se crea que quiero
calificar en particular los poetas. Sé que el siglo XVII produjo
muchos de gran mérito, y sé que algunos de ellos, en medio de la
corrupción y el mal gusto, han producido algunos poemas exce-
25 lentes. Pero esto debe mirarse como un argumento de lo que puede
hacer un grande ingenio por sí solo, mas no como una prueba en
favor de la bondad de la poesía de aquel tiempo en general. Segu-
ramente Góngora, por no poner otro ejemplo, estimaba más sus
Soledades y sus sonetos que sus bellos romances. ¡Cuánta diferen-
30 cia, sin embargo, se halla entre una y otra poesía!
Muchas veces he reflexionado que este mal gusto hizo m á s
daño que utilidad había causado el bueno a la poesía. Ningún siglo
crió tan prodigioso número de poetas como el p a s a d o ; en ninguno
tuvo la poesía tan grande estimación. El reinado de Felipe IV era
93
el de Augusto y de Mecenas. Ei mismo rey se complacía en hacer
versos, y a su imitación no había persona que desdeñase un arte
que hallaba estimación hasta en el trono. Pero esto mismo acabó
de arruinar la poesía. Todos quisieron ser poetas en un tiempo en
5 que se hacía granjeria de los versos; y como para serlo al modo
y gusto del tiempo no era menester otra cosa que un poco de in-
genio, eran pocos los que no podían ser poetas. Creció ilimitada-
mente el número de los cultivadores de las Musas, y entre tantos
era preciso que hubiese muchos despreciables y extravagantes, y
10 lo que es peor, muchos que hicieron servir el lenguaje de los dio-
ses a su ambición, y a su codicia. ¡Qué inmenso número de poesías
pudiera recogerse entre las de aquel tiempo en que no se halla más-
lenguaje que el de la lisonja, más calor que el del odio y la ven-
ganza, ni más moral que la de los vicios y pasiones!
15 Con esto empezaron poco a poco a ser aborrecidos o despre-
ciados los poetas, y al fin el descrédito de los poetas se comunicó
a la poesía.
Así entró el presente siglo, que debía formar una nueva época
para nuestras Musas. Los Candamos, los Lobos y los Silvestres man-
20 tuvieron por algún tiempo el crédito de la mala poesía; pero poco
a poco fue naciendo el buen gusto y ya en el día vemos con grande
complacencia amanecer de nuevo los bellos días en que las Musas
españolas deben recobrar su antigua gloria y esplendor.
Sin embargo, la preocupación dura todavía. Las gentes de jui-
25 ció no se atreven a divulgar un talento que no tiene seguros el
aprecio y estimación del público. Entre tanto es preciso que las
Musas anden como unas ninfas vergonzantes y que, no se atreven
todavía a parecer en público por no recibir algún insulto de las
personas ignorantes, austeras o preocupadas.
30 En cuanto a mí, estoy muy lejos de creer que mis versos ten-
gan un gran mérito; pero sí aseguraré que no se parecen a los del
mal tiempo. Si por otra parte no merecen ser estimados, ésta no
será falta de crítica, sino de ingenio. Sin éste nadie puede ser poeta,
y como dice el Horacio francés:
94
C'est en vain qu'au Parnasse un temeraire auteur
Prétend de l'art des vers atteindre la hauteur,
S'il ne sent point du ciel Tinfluence secrete.
Si son astre en naissant ne l'a formé poete.1''
41 culparé Cavanilles.
95
otros de los negocios que al público capricho
en medio del bullicio, de la común censura
y otros, al fin, en medio salgáis inadvertidos:
del fuego más activo 65 no sea que os prevenga.
de amor, y en el tumulto como a otros, el destino
de los años floridos. borrascas, escarmientos,
Empero, si os disculpa, naufragios y peligros. 1 '"
piadoso y compasivo, Vivid por tiempo largo,
de ser de él estimados 70 contentos y escondidos,
vivid desvanecidos. en el virtuoso pecho
Vividlo, mas no tanto de mi caro Paulino,
POESÍAS ORIGLNALES
SONETO PRIMERO
A CLORI
99
2,
SONETO SEGUNDO
A CLORI
100
3.
SONETO TERCERO
A ENARDA
101
4.
IDILIO PRIMERO
ANFRISO A BELISA
102
y del contino llanto Estos que en mi semblante
las mire yo marchitas; ves de dolor indicios, 21
entonces, solazada, 15 no son exequias tristes
30 la triste ánima mía hechas a un bien perdido,
olvidará sus penas, ni son a tu hermosura
sus males y sus cuitas; tributos ofrecidos:
entonce el llanto ardiente de tu perfidia sólo
que hoy aiega mis mejillas, 20 son argumento fijo,
35 a vista de tu llanto horror de tus engaños,
convertiráse en risa; baldón de mis delirios.
entonces las angustias No lloro tus rigores,
que el corazón me atristan, ni siento haber perdido
las ansiag que le aquejan, 25 correspondencias falsas,
40 los celos que le aguijan, favores fementidos;
se trocarán en gusto, de mi ceguedad sólo
consuelo y alegría. y mis engaños gimo;
lloro a un ingrato numen
II 30 los hechos sacrificios,
En vano te deleitas y el exhalado incienso
al ver el llant© mío, sobre un altar indigno;
cruel Belisa, En vano lloro el recuerdo infame
celebras mis suspiros. del cautiverio antiguo,
5 De lágrimas ardientes 35 y el peso vergonzoso
mi rostro humedecido, de los llevados grillos.
con las vigilias flaco, En mi memoria triste
con el dolor marchito, revuelvo de contino
tu liviandad arguye, obsequios mal pagados,
10 reprende tus caprichos, 40 desdenes mal sufridos,
y al mundo entero grita pospuestas y olvidadas
tu infamia y tu delito. finezas y suspiros.
37 entonce Cañedo.
39-40 los celos que le agobian, / las ansias que le aguijan Cañedo.
3 cruel Enarda Cañedo.
17 no san Cañ-edo.
41 pospuestos y olvidados Cañedo.
43 pero ¡ay Enarda! Cañeña.
49 perderlas Cañedo.
103
Pero, Belisa, en vano ni su color se muda,
te agrada el llanto mío, ni pierde su sosiego,
45 Amor, que ya me mira 25 ni el corazón le avisa
con ojos compasivos, del ya pasado incendio. 23
mil veces reprendiendo Sobre los mismos labios
mis lágrimas, me dijo: que en el antiguo tiempo
—Nada en perderla pierdes, sólo íormar sabían
50 ¿por qué lloras, mezquino? 30 querellas y lamentos,
residen ya los chistes,
III la risa y el contento,
las sazonadas burlas,
Ya, gracias a los dioses, los dichos placenteros.
Belisa, estoy contento; 22 35 Sus ojos deslumhrados,
ya está mi rostro alegre, que antes el dios pequeño
mis ojos ya están secos, cerró con tierna mano
5 Aquel cuitado Anfríso, del mundo a los objetos,
que en el pasado tiempo dejándolos ¡oh cruda!
en pos de tus encantos 40 para ti sola abiertos,
corría sin sosiego; hoy llenos de alegría,
aquél que en tu semblante vivaces y traviesos,
10 buscaba iluso y necio siguen el dulce hechizo
delicias engañosas, de mil semblantes bellos,
mentidos pasatiempos. 45 y de otros bellos ojos
aquél que en tus dos ojos beben el dulce incendio:
hallaba dos luceros, que ni los turba el llanto,..
15 mil perlas en tu boca, ni ofuscan los desvelos.
mil flores en tu seno;
ya sin amor, sin susto,
IV
sin ansias ni deseos,
lejos de ti o contigo. Belisa, ai fin los cielos-
20 tranquilo está y sereno. de mí se han apiadado:
Si al paso de ios suyos tú lloras y te afliges,
salen tus ojos bellos, yo estoy alegre y canto.
2 Enarda Cañedo,
40 sólo Cañedo.
1 Enarda Cañedo.
5 engañada Cañedo.
104
5 Al que antes, engañado, 15 tu honor y tu decoro,-
favoreciste tanto, con engañoso trato.
ya con dolientes voces Por él, en fin violaste
el nombre das de ingrato. mil juramentos santos»
Por él tu amor sin seso rompiste mil promesas,
10 rompió los dulces lazos 20 forjaste mil engaños.
que mi inocente cuello Ahora, despreciada,
uncían a tu carro. 24 derramas llanto amargo:
Por él abandonaste pues llora, injusta, llora,
mi fe, mi amor, mi llanto, que Anfriso está vengado •
105-
5.
ELEGÍA
A LA AUSENCIA DE MARINA5
106
de las tiernas alianzas, ¿quién, oh cruda,
entre dos almas que el amor unía
25 con vínculos eternos, te interpuso?
¿Y podrá Anselmo, el sin ventura Anselmo,
en cuyo blando corazón apenas
caber la dicha y el placer podían,
podrá sobrevivir al golpe acervo
30 con que cruel tu brazo le atormenta?
¡Ah! ¡Si pudiera en este aciago instante,
sobre las alas del amor llevado,
alcanzarte, Marina, en el camino!
¡Ay! ¡Si le fuera dado acompañarte
35 por los áridos campos de la Mancha,28
siguiendo el coche en su veloz carrera!
j Con cuánto gusto al mayoral unido
fuera desde el pescante con mi diestra
las corredoras muías aguijando! 29
40 ¡O bien, tomando el traje y el oficio
de su zagal, las plantas presuroso
moviera sin cesar, aunque de llagas
mil veces el cansancio las cubriese!
¡Con cuánto gusto a ti de cuando en cuando
45 volviera el rostro de sudor cubierto,
y tan dulce fatiga te ofreciera!
¡Ah! ¡Cuan ansioso alguna vez llegara,
envuelto en polvo, hasta tu mismo lado,
y subiendo al estribo te pidiera
50 que con tu blanca mano mitigases
el ardor de mi frente, o con tus labios
dieses algún recreo a mis fatigas!
6.
IDILIO SEGUNDO
HISTORIA DE JOVINO
A MIREO 30
108
de claros capitanes que me pasó a Compluto
y heroicos semideos; desde el hogar paterno. 34
de aquellos santos reyes Mezclado a los ilustres
que a España redimieron hijos del gran Cisneros,
25 del vu«o berberisco 55 allí me vio Dalmiro, 33
fue corte y real asiento.31 al margen por do el viejo
En él nací, del sumo y sabio Henares fluye
rector del universo con pasos graves, ledo.
sin duda descendido; Allí me vio Dalmiro;
30 que a tanto dios debieron, 60 Dalmiro, cuyo ingenio,
si no mintió la fama, ya entonces celebrado,
su origen mis abuelos. daba con vario efecto
Jovino me llamaron cuidados a las ninfas
desde los años tiernos y a los pastores celos.
nr 1 * 0 '* 32
65 De allí, quizá aguijado
oi> las nmias gejionenses;
de tan ilustre ejemplo,
y allí do va el sereno
trepar osé al Parnaso
Pilas 33 al mar de Asturias
por cima de escarmientos.
sus aguas refluj^endo,
Imberbe aún, y falto
el nombre de Jovino,
70 de inspiración y fuego,
40 con resonantes ecos,
tenté del sabio Apolo
náyades y tritones
subir al trono excelso.36
mil veces repitieron.
Luego al intonso numen
No aún mi blanca barba
enderecé mis ruegos,
manchara el pardo vello,
75 y aunque de tal descaro
45 y ya del nombre mío
mostrarse pudo ofenso,
volaba el dulce acento,
la juvenil audacia
llevado por las auras
me perdonó, y risueño
al complutense suelo.
me dio de alumno suyo
Minerva despiadada
80 el nombre y los derechos.
50 firmó el cruel decreto
35 gijonenses Cañedo.
36 el violento B.
37 Piles Cañedo, Piles es el verdadero nombre del río al que se refiere el
Voeta.
40 en resonantes B,
43 aun no B,
41 el aura B.
51 al Henares B.
67 pude B.
71 osé del mismo Apolo B.
109
Bajo de tal auspicio semblante me miraba;
viví rail días bellos, quise obligarla atento,
gocé mil dulces dichas 115 rogué, seguí sus pasos
y obré mil altos hechos. y huyóme con desprecio.
85 Bebí de la armoniosa Mas ¡ oh natura extraña
corriente del Permeso,37 del hombre en sus deseos..
después la de Hipocrene, que el fuego los entibia,
y al fin, a tragos luengos, 120 y los enciende el hielo! :43
en el raudal castalio la fuga de la ninfa
90 sacié mi afán sediento. irrita mi deseo;
Mónteme en el Pegaso,'^ la sigo a todas partes:
y en él volé ligero la busco entre los griegos,
al elevado Pindó 125 y sólo hallé sus huellas,
y al muy más alto Pierio, 39 que ya al latino pueblo
95 donde las nueve hermanas del ático pasara;
favores mil me hicieron: corrí el país que un tiempo-
de Erato, 40 aunque voluble, fue trono de las musas,
fui fino chichisbeo, 130 y ya sobre su suelo,
que en mi favor con ella de sangre, de despojos
100 tal vez intercedieron y ruinas mil cubierto,
Teócrito, Virgilio, la ninfa no habitaba;
Catulo y Anacreon; 41 desde uno al otro extremo
galanteé a Talía 135 crucé la sabia Europa,
también por algún tiempo, y al fin la hallé en los pueblos-
105 y entonces la taimada, a que uno y otro margen
con aire zahareño, del Sena dan asiento.
enmascaró mi rostro, Con culto majestuoso
y ai pie, que del proscenio 140 la ninfa vive entre ellos
el polvo nunca hollara, tenida en grande estima:
110 calzó el humilde zueco; 42 allí escuchó mis ruegos,
la grave Melpomene y dio a mis inquietudes
en tanto con severo y largo afán el premio,
110
145 subiéndome al heroico y con tirano imperio
coturno desde el zueco,44 pretende ser la sola
¡Oh cuántos ricos dones 180 señora de mi ingenio.4¡J
a sus influjos debo! Mal de su grado cede
Diome que en largos hilos mi corazón al peso
150 de los humanos pechos de ley tan inhumana,
mil lágrimas sacara, y no sin gran tormento
mil quej as y lamentos; 185 a tan severo numen
diome que hacer pudiese ofrece sus inciensos.
amables los senderos ¡Ay, Dios, los bellos días
155 de la virtud, por más que pasaron! ¡Pasó el tiempo
el fraude, el odio negro de holganza, de venturas
y la traición los pinten 190 y de contentamientos!
penosos y molestos; Pero, pues ya mis dichas
diome que al hombre hiciera, y glorias perecieron,
160 con sabios documentos, ¿por qué no fue mi nombre
de lealtad amigo en hondo olvido envuelto?
y a vil perfidia adverso; 195 ¿Por qué me habéis dejado ?
que a los potentes reyes cruel diva, en el recuerdo,
mostrase el fiero ceño de tan sabrosos gustos
165 de la fortuna airada, tan amargo tormento?
y a los sufridos pueblos ¡Oh, cuan dulces instantes,
el celo vigilante 200 qué días tan risueños
con que un poder supremo los que pasar solía
refrena los designios al margen del Permeso!
170 de príncipes aviesos: 43 ¡ Cuántas veces mi nombre
diome... Pero no digas y el de mi Enarda fueron
cuánto me dio, Mireo: 205 escritos de consuno
sus dones no divulgues, sobre los olmos tiernos,
que Astrea tendrá celos; que ya encumbró a más alta
175 Astrea, que hoy me tiene región el raudo tiempo!... 4 7
en sus cadenas preso, ¡De hiedra y verde mirto-
me trata con ley dura, 210 ornado, el suave plectro
nr
cuántas veces tañía, extiende por el viento
y al dulce son atento el triunfo de ios sabios
cantaba mis venturas, ministros de tu templo;
que duplicaba el eco! a Delio, al hijo ilustre,
215 ¡De Enarda cuántas veces 240 imagen y heredero
la gracia y dulce ingenio del gran León, tu alumno,
loaba, y sus encantos tu gloria y tu recreo.*3
encaramaba al cielo! Oh genio peregrino!
Cantaba de sus ojos Oh inimitable Delio!
220 el rutilante fuego, 245 Oh honor, oh prez, oh gloria
su frente hermosa y grave de los presentes tiempos!
y los cabellos luengos, Ya las hispanas musas,
que airosos abajaban que en hondo y vil desprecio
sobre su blanco pecho... yacían, por ti vuelven
225 Perdona, oh santa Temis, 250 a su esplendor primero;
perdona estos recuerdos: a ti fue dado sólo
Mireo los exige obrar el alto hecho.
v los conduce a Delio: Y pues tamaña empresa
J 7
112
7.
ODA PRIMERA
ODA SAFICA
5 mientras el cielo B.
6 tristes envidian B C.
8 Chinchan B C, Los presentes lloran y cruzan de los versos i y 12 exigen
también presente de indicativo en éste, en cuyo caso B C usarían el verbo
hinchar, menos poético que henchir.
9-12 Faltan estos versos en B C.
US
ven tú, Lisardo, ül y con veloces planta©
huye ligero del funesto clima
15 que a la divina, a la inocente Filis
causó la muerte.
114
¿dónde se ha ido? ¿Cómo no resuenan
en los amenos carolíneos valles
sus peregrinos melodiosos ecos
dulcisonantes?
55 dulce canto C.
61 del recinto humilde C.
115
cuando sus lares consagraba pía,
70 cuando sus fueros repetía humana,
cuando ayudaba en la civil faena
al sabio Elpino:
hoy le afrenta B i
8.
EPÍSTOLA PRIMERA
CARTA DE JOVINO
117
cuyo nombre, hasta ahora retirado
de la común noticia, ya resuena
por las altas esferas, difundido
en himnos de alabanza bien sonantes,
15 merced de vuestros cánticos divinos
y vuestra lira al sonoroso acento.
Salud os apetece en esta carta,
que la tierna amistad y la más pura
gratitud desde el fondo de su pecho
20 con íntima expresión le van dictando;
que pues le niega el hado el dulce gozo
de estrechar con sus brazos vuestros pechos,
de urbanidad y suave amor henchidos,
podrá al menos grabar en estas letras
25 la dulce sensación que en su alma imprime
del vuestro amor la tierna remembranza.
Y no extrañéis que del eolio canto6l)
cansada ya su musa, se convierta
al compás lento y numeroso que ama
30 tanto la didascálica poesía; 61
que en vano de su pecho, penetrado
del forense rumor, y conmovido
al llanto del opreso, de la viuda
y el huérfano inocente, presumiera
35 lanzar acentos dulces, ni su lira,
otras veces sonora, y hora falta
de los trementes armoniosos nervios,
al acordado impulso respondiera,
ni en fin a los avisos que me dicta
40 tu voz, oh Polimnía, con astuta
y blanda inspiración fuera otro verso
que el verso parenético oportuno. 62
¡Ah, mis dulces amigos, cuan ilusos,
cuánto de nuestra fama descuidados
32 el forense B.
34 y huérfano Cañedo.
39-42 Faltan estos versos en Cañedo,
44 cuan de B.
118
45 vivimos! ¡Ay, en cuan profundo sueño
yacemos sepultados, mientras corre
por sobre nuestras vidas, aguijada
del tiempo volador, la edad ligera!
¿Por ventura queremos que nos tope
50 sumidos en tan vil e infame sueño
la arrugada vejez, que poco a poco
se viene hacia nosotros acercando?
¿O que la muerte pálida sepulte
con nosotros también nuestra memoria?
55 Y el hombre a quien el Padre sempiterno
ornó con alto ingenio y con espíritu
eternal y celeste, ¿estará siempre
a escura y muelle vida mancipado,
sin recordar su divinal origen
60 ni el alto fin para que fue nacido?
¡Ay, Batilo! ¡Ay, Liseno! ¡Ay, caro Delio!
¡Ay, ay, que os han las magas salmantinas
con sus jorguinerías adormido!
¡Ay, que os han infundido el dulce sueño
•65 de amor, que tarde o nunca se sacude!
No lo dudéis: mis ojos, aún no libres
del susto, en un sueño misterioso
sus infernales ritos penetraron.
¿Contárosle he? ¿Qué numen me arrebata
70 y fuerza a traspasar de mis amigos
el tierno corazón? Acorre ¡oh diva!,
y pues mi voz, a tu mandar atenta,
renueva en triste canto la memoria
del infando dolor, acorre, y alza
75 con soplo divinal mi flaco aliento.
Yacen del Tormes a la orilla, ocultos
entre ruinas, los restos venerables
de un templo, frecuentado • en otros siglos
92 y hasta B,
103 -Envidia B Cañedo; lo mismo en los vs. 113, 150, 158, 176, 193 y 251
ñedo también Envidia en 231.
110 figuras horrendas B, lo que hace verso largo.
del congreso infernal la fiera Invidia
venía, de serpientes coronada
115 la frente, triste, airada, desdeñosa,
y de los Celos y el Rencor seguida.
En medio del silencio un gran suspiro
lanzó del hondo pecho, y revolviendo
la sesga vista en torno: "Nunca tanto,
120 "dijo, de vuestro auxilio y vuestras artes-
"necesité, oh amigas, ni tan fiero,
"ni tan grave dolor clavó algún día
"en mi sensible corazón su punta.
"¡Oh, si capaz de aniquilar el orbe
125 "fuese la llama atroz que le devora!
"Tres aborridos bu nombres (y con rabia
"Batilo pronunció su torpe boca,
"Delio y Liseno) por el ancho mundo
"va esparciendo la Fama, mi enemiga,
130 "Su trompa los proclama en todas partes,
"y ya a más alto vuelo preparada,
"si no la enmudecemos, estos nombres
"serán muy luego alzados a las nubes,
"y sonarán del uno al otro polo.
135 "Febo, loe patrocina, y no le es dado
"a mi flaco poder mancharlos; pero
"se rendirán al vuestro, si adormidos
"en blando amor..." No bien tan fiera idea
cayó del sucio labio, cuando en torno
140 del demolido templo en raudos giros
dio el maléfico coro siete vueltas.
Después alternativas susurraron
muchos versos de ensalmo, con palabras
de mágico vigor y rabia henchidas,
145 a cuya fuerza desde la honda entraña
de la tierra salieron redivivos
122
en tierno llanto entonces anegados,
vieron ¡oh maravilla! los tres nombres,
los dulces nombres de Ciparis bella,
de Julinda y de Mirta la divina, 71
185 que estaban allí escritos. Y cual suele
—si tiene tal prodigio semejante—
brillar con propia luz en noche oscura
la lícnide purpúrea, 7 2 que en su rumbo
suspende al receloso caminante,
190 así en la oscuridad resplandecían
los tres amados nombres. Entre tanto
mi corazón absorto palpitaba
de pasmo y de temor. La Invidia entonces,
dividiendo en pedazos muy menudos
195 las esplendentes nóminas, de esta arte
habló a sus compañeras: "Consumemos
" ¡ o h amigas! nuestra obra, y estos nombres,
"adorados de Delio y sus secuaces,
"a la maligna confección mezclemos,
200 "Su virtud penetrante, aun más activa
" q u e los venenos mismos, irá recta-
"mente a iludir sus tiernos corazones;
"y a blando amor eternamente dados,
"la vida pasarán adormecidos,
205 " y morirán sin gloria". Dijo, y luego
mezcló los rutilantes caracteres
al cruel maleficio, e infundióles
nuevo vigor con su maligno soplo.
Repitieron Fas brujas el susurro
210 sobre la masa ponzoñosa, y dieron
alegre fin a la perversa junta.
Yo en tanto, lleno de dolor, enviaba
184 Juaiinda B; Ceán, al citar a las ninfas de los tres voetas (íiMemorva8,'>;
pág. 291), también Juaiinda.
189 el Cavanilles.
195 este Cañedo.
196 compañeros B.
199 la maglina B.
209 sus susurros B.
del hondo pecho a Apolo ardientes votos.-
"Brillante dios, decía, si la gloria
215 " d e tan dignos alumnos interesa
"tu pía omnipotencia en favor suyo,
" ¡ a h , destruye la fuerza venenosa
"del duro encantamiento, y de la infamia
"y de la eterna escuridad redime
220 "los nombres que otra vez has protegido!
" ¡ D e s a t a el preparado encantamiento,
"y sálvalos, oh Dios, p a r a que eterna-
"mente suba a tu trono el dulce acento
" d e su lira, en cantares eucarísticos
225 "gratamente empleada!" Aquí llegaba
el bien sentido ruego, que sin duda
oyó piadoso el numen, porque al punto
descendió un resplandor desde lo alto,
al meridiano sol m u y semejante,
230 que iluminando el pavimento ombrío,
al golpe de su luz postró a la Invidia
y a sus viles ministras, y arrojólas
precipitadas hasta el hondo abismo.
¿Será estéril, oh amigos, de este ensueño
235 el misterioso anuncio? ¿Siempre, siempre
dará el amor materia a nuestros cantos?
¡De cuántas dignas obras, ay, privamos
a la futura edad por una dulce
pasajera ilusión, por una gloria
240 frágil y deleznable, que nos roba
de otra gloria inmortal el alto p r e m i o !
No, amigos, n o ; guiados por la suerte
a más nobles objetos, recorramos
en el afán poético materias
245 dignas de una memoria perdurable. 7 3
217 ay Cañedo.
219 oscuridad B uañedo.
225 empleado Cañedo, concertando con acento y no con lira.
230 umbrio Cañedo.
237 cuántas obras dignas B.
245 de una gloria B.
124
Y pues que no me es dado que presuma
alcanzar por mis versos alto nombre,
dejadme al menos en tan noble empeño
la gloria de guiar por la ardua senda
250 que va a la eterna fama, vuestros pasos."
Ea, facundo Delio, tú, a quien siempre
Minerva asiste al lado, sus, asocia
tu musa a la moral filosofía,
y canta las virtudes inocentes
255 que hacen al hombre justo y le conducen
a eterna bienandanza. Canta luego
los estragos del vicio, y con urgente
voz descubre a los míseros mortales
su apariencia engañosa, y el veneno
260 que esconde, y los desvía dulcemente
del buen sendero, y lleva al precipicio.
Después con grave estilo ensalza al cielo
la santa religión de allá abajada,
y canta su alto origen, sus eternos
265 fundamentos, el celo inextinguible,
la fe, las maravillas estupendas,
los tormentos, las cárceles y muertes
de sus propagadores, y con tono
victorioso concluye y enmudece
270 al sacrilego error y sus fautores.7'1
Y tú. ardiente Batilo, del meonio
cantor émulo insigne,76 arroja a un lado
el caramillo pastoril, y aplica
a tus dorados labios la sonante
275 trompa, para entonar ilustres hechos.
Sean tu objeto los héroes españoles,
las guerras, las victorias y el sangriento
furor de Marte. Dinos el glorioso
incendio de Sagunto, por la furia
280 de Aníbal atizado, o de Numancia,
terror del Capitolio, las cenizas.
292 también y el B.
293 metellhimeo B.
303 las empresas Cavanilles.
307 B escribe scena. Igual en el verso 322.
126
Despierta, pues, oh amigo, y levantado
sobre el coturno trágico, los hechos
sublimes y virtuosos, y los casos
lastimeros al mundo representa.
320 Ensalza la virtud, persigue el vicio,
y por medio del susto y de la lástima
purga los corazones.79 Vea la escena
al inmortal Guzmán, segundo Bruto,
inmolando la sangre de su hijo,
325 de su inocente hijo, al amor patrio...
¡Oh espirtu varonil I ]Oh patria! ¡Oh siglos?
en héroes y altos hechos muy fecundos!
Vuestro auxilio también en esta empresa
imploro, oh mi Batilo, oh sabio Delio.
330 ¡Ah, vea alguna vez el pueblo hispano
en sus tablas los héroes indígenas
y las virtudes patrias bien loadas ! sc
Bajar podréis también al zueco humilde,
y describir con gesto y voz picantes
335 las costumbres domésticas, sus vicios
y sus extravagancias... Pero, ¿dónde
encontraréis modelos? Ni la Grecia,
ni el pueblo ausonio, 81 ni la docta Francia
han sabido formarlos. Reina en todos
340 el vicio licencioso y la impudencia.
Mas cabe el ancha vía hay una trocha,
hasta ahora no seguida, do las burlas
y el chiste nacional yacen en uno
con la modestia y el decoro aliados.
345 Seguid, pues, este rumbo. ¡Qué tesoros
descubriréis en él! ¡Será el teatro
escuela de costumbres inocentes,
de honor y de virtud! Será... Mas, ¿dónde
del bien común el celo me arrebata?* 2
127
¡Ah. si su llama alcanza a vuestro pecho,
de los trabajos vuestros cuan opimos
frutos debo esperar! ¡Y cuánta gloria
estará en otros siglos reservada
al celo de Jovino, si esta insigne,
si esta dichosa conversión, que tristes
y llenas de rubor tanto ha que anhelan
las musas españolas, fuese el fruto
de sus avisos dulces v amigables!
9.
EPÍSTOLA SEGUNDA
AL ABAD DE VALCHRETIEN
S3
Mr. D'EYMAR
6 costumbres mediando B.
129
el ayo de Nerón y el numeroso
cantor de los farsálicos horrores; 36
que en pos de ti discurra el ancha falda
20 de los Marianos montes,87 patria un tiempo
de fieras alimañas, y hoy milagro
del arte y de la industria ;S8 que penetre
por ios sedientos campos de la Mancha,
tumba del Guadiana memorable, 89
25 no hollados ya de héroes ni gigantes; 90
que te acompañe, en fin, hasta que pueda
besar contigo la imperial corriente
del pobre y respetado Manzanares.
Permítela también que al lado tuyo
30 pise después con planta temerosa
el suelo carpentano,1'1 la dorada
arena de Carpento, do tuvieron
su cuna y su mansión mil altos reyes,-
Juntos allí veremos las grandezas
35 del imperio español, y reducidos
a muy breve recinto, admiraremos
el sudor y opulencia de dos mundos.
Luego entraremos tímidos del trono
que ocupa Carlos82 a la augusta gloria,
40 y asentados verás allí a su diestra
la religión, el celo, la justicia,
la piedad y el amor, firmes apoyos
de su poder, su gloria y ornamento.
De su real familia en los semblantes
45 verás la tierna humanidad pintada,
cautivando mil almas, y el glorioso
espirtu varonil del cuarto Carlos,
19 la ancha B.
25 hallados Cavanilles.
37 los mundos Cavanilles.
38-39 al trono / q. o. C. con a. Cañedo.
40 sentados Cañedo; tu diestra Cavanilles.
41 celo y la B.
47 espíritu Cavanilles B. cosa que repiten en todos los casos en que la me-
dida exige espirtu.
sucesor destinado a sus virtudes
y su trono, y objeto ya constante
50 de amor a los hispanos corazones.
Después que beses las augustas manos
con labio reverente, y reflexivo
tanto esplendor y majestad contemples
huiremos de allí, no sea que al soplo
55 del aire palaciego algún maligno
influjo dañe tu alma generosa;
huiremos de allí, y atrás dejando
la oficiosa ambición, el necio orgullo,
la negra invidia, el fraude, la lisonja
60 y otros áulicos monstruos, a más dignos
objetos volveremos nuestros ojos.
Más bien será que en la intrincada senda
del matritense laberinto guíe
la alma filosofía nuestros pasos;
65 la alma filosofía, a cuyas voces
tan avezada, Eymar, está tu oreja.
Con ella subiremos a los templos
do tiene culto Astrea,93 y do del numen
atentos a la voz de sus oráculos,
70 la infalible sanción escucharemos.
Allí verás, sentados a la sombra
del solio, en alto escaño, a los severos
ministros de la diosa, con oscuras
y luengas vestiduras ataviados;
75 de la suprema voluntad del numen
son órgano sus bocas, y dos mundos
ven su felicidad de ellas pendiente.
El celo del bien público las abre
y las hace elocuentes, y del numen 94
80 calor e inspiración reciben sólo.
Pero si alguna, al interés movida,
132
que te ofrece la patria, mientra el cielo
labra más alto premio a tus virtudes! 98
Mira también entre los mismos muros,
Eymar, otros alumnos de Minerva,
120 deteniendo del tiempo el raudo curso: 99
míralos renovando la memoria
de los pasados héroes, sus nombres
a los siglos futuros perpetuando.
Otros allí verás, atentos siempre
125 a conservar la gloria y la pureza
del lenguaje español, de sus dominios
las ajenas y bárbaras palabras
y las espurias frases desterrando.1"0
Admíralos, Eymar, mientras, muy dignos
130 de eterna gratitud, al bien consagran
de su patria y hermanos sus fatigas.
Ven conmigo después a la ancha casa
do están depositados los milagros
de arte y naturaleza.1"1 ¡Dulce amigo!,
135 ve aquí de tu atención dulces objetos.
Cuanto produce el ámbito espacioso
de uno y otro hemisferio, en aire, en tierra,,
en fuego, en mar, aquí verás cifrado.
Sacia tu sed, y por las varias clases
140 de entes, o ya perfectos o monstruosos,
ricos, raros, hermosos o terribles,
tiende la experta y penetrante vista.
Carlos redujo toda la natura
a tan breve recinto. También mora,
145 gracias a su piedad, con ella el arte; 102
el arte, imitador de la natura. lu3
1X6 mieoitras B.
1.17 alto imperio B.
119 a otros B.
120 raudo vuelo B,
122 y sus Cañedo.
135 dignos B Cañedo.
137 aire y tierra B.
145 en ella B.
pues cuanto ella produce y perfecciona
la mano del artista imita diestra,
en lienzo, en piedra o en sempiterno bronce.
150 ¡Oh, benéficas artes, que el muy Alto
para alentar a la virtud produjo!
¡A vosotras es dado solamente
el hacer inmortales! ¡Almas grandes,
corred al heroísmo! Vuestros nombres
155 ya no irán con vosotros al sepulcro:
Carlos hará que vivan respetados
en la posteridad, y en vuestra muerte
no moriréis del todo.
Pero vamos,
Eymar, y nuestros pasos a más dulces
160 objetos dirijamos, también dignos
de tu especulación. Amables ninfas
del claro Manzanares, salid prontas,
salidnos al encuentro, y por un rato
permitidnos llegar a vuestros coros.
1.65 ¿No vea, Eymar, la gracia y gentileza
que brilla en sus semblantes? La alma Venus
su imperio les cedió; su dulce imperio,
sobre esforzados pechos ejercido,
donde viven esclavos los más altos,
170 nobles y generosos corazones.
Ea/ pues, moradoras de Carpento.
venid, y con guirnaldas de odoroso
mirto tejidas, y de verde hiedra,
venid y coronad al nuevo huésped;
175 venid a coronarle, y pues su lira,
diestramente tañida tantas veces
a orillas del Secuana,104 fue embeleso
134
de sus graciosas ninfas, de vosotras
logre también el galardón debido.
180 Llega, Eymar, nada temas: el agrado
es su virtud genial.10" ¡Ah, si al hechizo
de sus ojos resistes; si no rindes
tu albedrío al imperio de sus labios;
si las ves, si las oyes con tranquilo
185 y libre corazón... Guárdate, oh amigo,
guárdate de pasar por insensible;
guárdate... Mas permite que mi musa
vuelva sus pasos a la fresca orilla
deí Betis, do, quejosas de esta ausencia,
1L90 la esperan ya las ninfas sevillanas.
IDILIO TERCERO
10ü
A BATILO
136
11.
IDILIO CUARTQ
A CALATEA
9 por acaso B C.
20 martirios JB C.
137
12.
IDILIO QUINTO
AL CUMPLEAÑOS DE CALATEA
138
13.
IDILIO SEXTO
A LA MISMA
10 el cielo B C.
36 su lindeza Cavanüles.
24 su esfera Cavanüles,
29 m e dirá C.
33 su brillo B C.
34 su gracia y su viveza B.
.35-36 Faltan estos versos en B C.
139
y del clavel purpúreo ¡Ah, no me las ocultes,.
tus labios son afrenta. oh cruda Galatea!
45 Juegan sobre tu boca 55 ¡Guarte, que no se enoje r
las risas halagüeñas, si al mundo se las niegas,.
y en el ebúrneo pecho la mano bienhechora
la candida azucena de la Naturaleza!
derrama su blancura, ¿Criólas por ventura
50 ¡Ay Dios, cuántas bellezas 60 para que no se vieran?
mis ojos inflamados Si es ella generosa,
registran en tu esfera! ¿por qué eres tú avarienta?
50 oh Dios B C.
52 su esfera Cavanilles B C,
53 ay Cañedo.
140
14.
IDILIO SÉPTIMO
A LA MISMA
141
15.
IDILIO OCTAVO
IOS
A MIREO
142
16.
ODA SEGUNDA
143
¿Y a quién, oh lira mía,
debes encaminar el alto acento?
.15 ¿Dónde de tu armonía
el objeto se halla? ¿El firmamento
le encierra acaso? ¿Habita en el profundo.
o se oculta en los ámbitos del mundo?
25 El tronco derivado
del real augusto tronco de Castilla.
al noble y sin mancilla
tronco de los Vélaseos enlazado,
germina, reflorece,
30 y nuevos frutos a la tierra ofrece.
144
Sobre las nubes veo
una turba de héroes congregados.
45 Se ofrecen al deseo
sacerdotes, guerreros, magistrados,
cuya virtud se mira ejercitada
en la toga, en la mitra y en la espada.
65 Un delicado infante,
más que el lucero matutino hermoso,
y como el sol brillante,
preside a todo el escuadrón glorioso;
sobre su tierna frente ¡oh maravilla!
70 impreso miro el nombre de Castilla.
45 ofrece C.
53 a una verdad B C.
59 inmortal nombre C.
62 eregidos B.
Í64 oirán el turco y el peruano y chino Cañedo ; persiatfio B C,
del honor y el valor acompañado^
los tiernos pasos del infante guía;
75 le dirige, y presenta a su memoria
los templos del honor y de la gloria,
85 también tú en el congreso,
de tantos descendientes rodeada,
estabas arrullando al tierno infante.
Tú eras de tantos héroes embeleso,
de gracias y virtudes coronada,
90 a la estrella de Venus semejante,
o cual se ve la Aurora en el oriente,
viva, graciosa, clara y refulgente.
80 del padre B C.
87 el tierno B C.
88 tú serás B C.
99 descubrirás la mía Cañedo.
100 mi voz detiene B C.
146
Mándanme ya que calle,
y una mano invisible
corta a mi musa el temerario vuelo.
Mortales que habitáis en este valle
105 de confusión, estirpe corruptible,
que de males y horror henchís el suelo,
vosotros no sois dignos
de penetrar arcanos tan divinos.
EPÍSTOLA TERCERA
3 continuo Cavanüles.
8 eras centro feliz Nocedal.
10 me detienes Cañedo.
14 absencia B Cañedo.
148
¡Ayi ¿dónde iré a esconder, de ti distante
y de su dulce vista, mi congoja?
¿En qué clima del mundo hallar pudiera
algún solaz esta ánima mezquina? 1 1 "
20 Sumergido mi espirtu en un profundo
golfo de congojosos pensamientos,
va mi cuerpo arrastrado al albedrío
de los crueles hados, ¡Ay cuan rauda-
mente me alejan las veloces muías
25 de tu ribera, oh Betis deleitoso!
Siguen la voz. con incesante trote,
del duro mayoral, tan insensible,
o muy más que ellas, a mi amargo llanto.
Siguen su voz; y en tanto el enojoso
30 sonar de las discordes campanillas,
del látigo el chasquido, del blasfemo
zagal el ronco amenazante grito,
y el confuso tropel con que las ruedas
sobre el carril pendiente y pedregoso
35 raudas el eje rechinante vuelven,
mi oído a un tiempo y corazón destrozan. 116
De ciudad en ciudad, de venta en venta
van trasladando mis dolientes miembros,
cual si ya fuese un rígido cadáver,
40 ¡Ah, cuál me lleva triste y mal p a r a d o
el acerbo dolor! ¡Ay, cuál me lleva,
de tal arte abatido que no hay cosa
que vuelva el gozo a mi ánima angustiada!
Ni los alegres campos, del otoño
45 con las doradas galas ataviados,
ni la inocente v rústica algazara
17 tu dulce B.
20 espíritu Cavanilles B.
22 arrastrando B.
25 deleitosa B Cañedo; éste y Nocedal consideran a Betis como femeninc?
a juzgar por la puntuación.
30 ruido de las B.
40 ay cuál me tiene B.
41 cuál me tiene B.
con que hace resonar los hondos valles
la bulliciosa juventud, que roba
del padre Baco los opimos dones;
50 ni en las verdes laderas ios rebaños,
do con las llenas ubres de su madre
juega balando el tierno corderillo;
ni las canoras aves por el viento;
ni en su argentado margen, por mil giros
55 serpeando el arroyuelo mormurante,
ni toda, en fin, la gran naturaleza
en su estación más rica y deleitosa
te causa algún placer al alma mía.
En vano se presentan a mis ojos
60 la ancha y fecunda carmonense vega,
hora de sus tesoros despojada; 117
la orilla del Geni!, ceñida en torno
del árbol a Minerva consagrado,
donde ya el pingüe fruto bermejea;
65 los cordobenses muros, con la cuna
de tanto ilustre vate ennoblecidos;
mil pueblos que del seno enmarañado
de los Marianos montes, patria un tiempo
de fieras alimañas, de repente
70 nacieron cultivados, do a despecho
de la rabiosa invidia, la esperanza
de mil generaciones se alimenta;
lugares algún día venturosos,
del gozo y la inocencia frecuentados,
75 y que honró con sus plantas Galatea,
mas hoy de Filis con la tumba fría
y con la triste y vacilante sombra
del sin ventura Elpino ya infamados,118
y a su primer horror restituidos;
48 ni la bulliciosa fí, qve hace largo el verso y deja sin sujeto el veroo
hace del verso anterior,
54 argentada Cañedo.
•55 murmurante B Cañedo.
71 envidia Cañedo,
150
SO en vano todo aquesto mis cansados
ojos, al llanto solamente abiertos,
en sucesiva progresión repasan;
que aunque tal vez en lágrimas bañados
del sol los halla el rayo refulgente,
:85 nada les da placer. Por todas partes
descubren cólo un árido desierto,
y esles molesta hasta la luz del día.
Mas ¡ay! lejos de ti, Sevilla, lejos
de vosotros, oh amigos, ¿cómo puede
90 ser de mi corazón huésped el gozo?
¿Por ventura moraron de consuno
alguna vez la pena y el contento?
La clara luz del sol más enemiga
no es de la negra noche y su tiniebla
'95 que lo es de la alegría mi tristura.
Busco sólo la acerba remembranza
del bien perdido, y sólo me consuela
llorar mi desventura y mi mancilla.
Van por el aire vago mis querellas,
100 capaces de ablandar las rocas duras,
do las repite el eco lastimado.119
Vosotros, vientecillos, que batiendo
las alas odoríferas, al clima
que el meridiano sol inflama y dora
105 lleváis el refrigerio apetecido,
¡ay! sobre ellas también llevad piadosos
mis flébiles acentos a su esfera.
Y tú, piadoso Betis, que al encuentro
tantas veces me sales, condolido
110 de mi dolor, y en tu corriente pura
mis lágrimas recoges tantas veces,
¡ay! llévalas do puedan con las suyas
mezclarlas Calatea y mis amigos;
95 de mi alegría JS.
96 busca Cañedo.
106 piadosas B.
llévaselas, oh padre venerando,
115 que, si por otras dotes eminente,
de hoy más serás por tu piedad famoso.
De hoy más serás nombrado, y de tu orilla
los cisnes cantarán en loor tuyo
frecuentes himnos; subirá tu fama
120 sobre la fama del sagrado Tibre,
y en tu alabanza emplearán por siempre
Jovino y sus amigos la su lira.
Mas ¡ay!, ¿dó estáis agora, oh mis amig
Tú, mi dulce Miguel, 120 tú, gloria mía,
125 gloria y honor del hispalense suelo,
de pundonor y de amistad dechado,
tesoro de virtud y de doctrina,
oculto empero en ejemplar modestia
y abierto sólo al pecho de Jovino;
130 tú, amado Caltojar, 121 que en floreciente
y hermosa juventud eres espejo
y flor de la andaluza gallardía,
buen esposo, buen padre, buen patriota,
en fe constante, en amistad sincero;
135 y tú, querido I s i d r o , 1 " otra esperanza,
ausente yo, de la hispalense Temis,
perseguidor del vicio, y de la santa
virtud apoyo: eternos compañeros
de mi florida edad, dulces amigos,
140 pedazos de mi alma, ¿dó estáis h o r a ?
¿Acaso vais al ancho consistorio
a consagrar, alumnos de Sofía, 123
vuestros talentos a la dulce patria?
¡Ay, os diera yo ejemplos otras veces
145 de esta virtud honrada y provechosa,
de este amor patrio, y juntos le buscabais
152
en pos de mí con generoso anhelo!
¿ P o r ventura pisáis la verde orilla
del ancho Beti, y con discursos graves
150 o sazonados chistes, vais las horas,
las fugitivas horas engañando?
¡Ay! en tan dulce y noble compañía,
¿por qué no se halla el triste de Jovino?'
¿Quién le arrancó de tan feliz m o r a d a ?
155 ¿Quién le privó de tan cabal ventura?
¡Ah, ya no volverán esos lugares,
do el alma paz, el gusto y la alegría
moran de asiento, a recrear sus ojos!
Mas hora que en las aguas lusitanas
160 su rostro esconde el p a d r e de las luces,
¿acaso vais en dulce compañía
a ver a ía angustiada Galatea?
¡Ay! ¿dó se esconde? ¿Acaso en la espesura
del verde enmarañado laberinto
165 del real jardín, m o r a d a deliciosa,
do al canto de ella en tiempo más felice,
de vosotros también acompañado,
se solazaba el triste de Jovino?
¿Acaso, avergonzada, entre las murtas
170 esconde su semblante, aquel semblante,
trono de la modestia y alegría,
y agora en tristes lágrimas b a ñ a d o ?
¡Ay! di, ¿por qué te escondes, Galatea?
Divina Galatea, ¿desde cuándo
175 la natural ternura es un delito?
¿El ojo más procaz notar pudiera
las lágrimas vertidas en el seno
de una amistad virtuosa y sin m a n c i l l a ?
Su llanto escondan los que en él al mundo
182 solamente B.
183 en su Cañedo.
205 competer Cañedo.
2X1 y se mofaban B.
154
y tú con blando enojo los reñías.
215 ¡Ay! ¿qué maligna estrella, qué hado impío
le arrebató a Jovino esta ventura,
esta feliz y llena bienandanza?
¡Ay! ¿dó le arrastra su fatal destino?
Llévale en corta edad a que se engolfe
220 en alta mar, donde al continuo embate
de afanes y vigilias, de ti ausente,
su vida a un tiempo y su ventura acabe.
Llévale a sepultar su triste llanto
en lejana región, sólo habitada
225 de pechos insensibles, do no tienen
la compasión ni la piedad manida.
Llévale a ser esclavo de una austera
terrible obligación, ¡ay, cuan costosa,
ay, de su blando pecho a la ternura!
230 Llévale, en fin, a que en afán contino
espere la vejez, la edad del llanto,
de cuidados y males combatida,
y de los dulces años con la triste
remembranza, más triste y congojosa.
235 Vendrá en pos de ella, aunque con lento paso,
la perezosa muerte, único puerto
a los extremos males; más vendráse
lentamente la cruda, sólo pronta
a cortar con segur inexorable
240 la flor de juventud viva y alegre,
empero siempre sorda y detenida
al infeliz que en su favor la invoca.
¡Ay, cuándo, cuándo el deseado día
vendrá a acabar con mi perenne llanto!
214 mas tú B.
219 a corta Cañedo.
220 el continuo Cañedo. En el texto convendría corregir: contino.
222 y ventura B.
226 y la piedad Cañedo.
228 y cuan Cañedo.
232 de males y cuidados B Cañedo.
155
13.
CANTILENA
Los manuscritos que la recogen son: Cavanilles, fcl. 86, y B, fol. 46.
Fué editada por Cañedo, VII, pág. 266. Preferimos el texto de Cavanilles..
Por formar parte del manuscrito Cavanilles ha de ser de 1779 o ante-
rior. Don Ramón de Posada pasó de Guatemala a Méjico, para desempeñar
el cargo de fiscal de su Audiencia, en 1779; pero el citar en el titulo dicho
cargo no implica que la poesía tenga que ser de ese año pues basta que el
manuscrito en que se incluyó sea posterior al nombramiento. No puede ser
anterior a 1774, año en que Posada obtuvo su primer cargo en América.
8 otros tiempos B.
19 que a plantas B.
20 otro tiempo B.
28 se ostenta! Cuando menos Cañedo.
156
tomó la melodía, y Amor le inspiró versos,
la exactitud del metro, ¿Debió tal vez Leonarda
35 el número armonioso, a Amor su magisterio?
los agudos conceptos, ¡Ah, cuántos envidiosos
la gracia y la dulzura 50 tendrá tu entendimiento,
que hierven en sus versos? discreta Safo! ¡A cuántos
El rubio y claro Apolo inflamarán sus celos!
40 fue acaso su maestro? ¡Dichoso el que alcanzare,
¿Acaso de las musas con bien tañido plectro,
los virginales pechos 55 loar condignamente
tocó algún día? ¿Acaso tan peregrino ingenio!
crióse en el Permeso? ¡Y mucho más dichoso
45 Safo a Faón quería, quien logre ser tu empleo!
3T y la hermosura B.
46 la inspiró Cañedo.
56 tu peregrino B.
58 logra Cavanilles Cañedo.
157
19.
EPIGRAMAS
A UN AMIGO
Pregúntame un amigo
cómo se habrá de hoy más con las mujeres;
y yo a secas le digo
que, bien que en esto hay varios pareceres,
ninguno que llegare a conocellas,
podrá vivir con ellas, ni sin ellas.
II
158
III
A LA MISMA
IV
A UN MAL ABOGADO
VI
A UN PREDICADOR
159'
contra las de ancho vestido
y las de estrecho calzado.
5 Por eso alguno ha notado
tu sermón de muy severo;
yo que no se engaña infiero
de que, olvidando tu oficio,
sola la virtud y el vicio
10 te dejaste en el tintero.
3 los B.
4 los B.
7 pero que se engaña infiero Cañedo; y que no se engañó infiero E.
8 porque olvidando Cañedo; de que llenando tu o. B.
9 sólo B Cañedo.
160
20.
SONETO CUARTO
A ENARDA
PRIMERA VERSIÓN
161
SEGUNDA VERSIÓN
1 Anarda Cañedo, que creemos debe considerarse como errata, sin rela-
ción alguna con la condesa de Montijo, a quien Melendes Valdés d&
alguna vez el nombre de Anarda.
21.
IDILIO NOVENO
A UN SOLITARIO
163
22.
IDILIO DÉCIMO
AL SOL125
Hay copia ele este idilio en los siguientes manuscritos: Cavanilles, fol. 72
v., B, fol. 16, y C, fol. 118 v. Lo publicó por primera vez SEMPERE Y GUARINOS,
Ensayo de una Biblioteca española de los mejores escritores del reinado de
Carlos III, III, Madrid, 1786, pág. 145. Fué recogido después por Cañedo, I,
pág. 92, y seleccionado por QUINTANA en sus Poesías selectas castellanas, IV,
Madrid, 1830, pág. 309. Preferimos como en otros casos la lección de Cava-
nilles.
En cuanto a su fecha sólo cabe afirmar que es anterior a 1779 por ha-
ber sido recogido en el manuscrito Cavanilles.
3 a cuyos B C Sempere.
4 influjos B C Sempere.
8 de 1' alba Cavanilles B; de la alba C.
9 sales sobre el oriente B C Sempere.
14 curso las diamantinas Quintana.
25 la tenebrosa noche B ® Sempere Cañedo.
164
y busca en los profundos por las eoas cimas 1 2 6
30 abismos su guarida. 45 rigiendo tus caballos
El sueño perezoso, con las doradas bridas:
las sombras, las mentidas o ya el luciente carro
fantasmas y los sustos, con nuevo ardor dirijas
su horrenda comitiva, al reino austral, de donde
35 se alejan de nosotros, 50 más luz y fuego vibras;
y en pos del claro día o en fin, precipitado
el júbilo, el sosiego sobre las cristalinas
y el gozo nos visitan. occiduas aguas caigas
Las transparentes horas, con luz más blanda y tibia f
40 de clara luz vestidas, 55 tu rostro refulgente,
señalan nuestros gustos tu ardor, tu luz divina
y miden nuestras dichas. del hombre serán siempre
O bien brillante salgas consuelo y alegría.
165
23.
IDILIO UNDÉCIMO
JOVINO A ENARDA
9 la diva B C.
14 Falta y por indudable error de copia en C.
28 es dueño y soberano C.
166
sus leyes reconocen se rinden, y a su carro
.'30 la tierra y cielo esclavos. uncidos, todos vienen
Los Globos christalinos, 60 sus triumphos celebrando.
de sólo amor guiados, Pero entre todos ellos
giran en torno al mundo el hombre más colmados
con buelo arrevatado; obsequios, omenages
35 y del Amor las Leyes más puros va prestando;
eternas observando, 65 que otros vivientes aman
cuentan en raudos giros, de su instinto arrastrados.
sonoros y acordados, empero el Hombre sólo
las Horas y los Días. de la razón guiado.
-40 los Meses y los Años. El Hombre venturoso
Pero en la tierra egerce 70 encierra en los arcanos
imperio más templado de su razón las Leyes
el ciego Dios, más dulce, que Amor le ha señalado.
más firme y dilatado, El Hombre apreciar solo
45 y no hai viviente alguno con dignos holocaustos
que de él no viva esclavo. 75 sabe de la Hermosura
Allá en los altos montes la gracia y el encanto.127
y en los escuros antros Dígalo ¡ai Dios! ¡o Enarda!
sienten de amor la llama Jovino enamorado,
-50 los Brutos abrasados. que vive de tus ojos
Los Peces en el golfo 80 reconocido esclavo.
del tiro envenenado Un corazón lo diga
salvarse no han podido; donde gravó con rasgos
ni sobre el aire vago de fuego \a tu imagen
.55 las Aves por su buelo Amor con tierna mano.
ni por su dulce canto. 85 ¡Ai! yo era todavía
Todos de amor al yugo entonces un muchacho
167
L. Afín****
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169
alegre y bullicioso, 105 curso de la Fortuna
sencillo y agraciado, ni el tiempo, ni el amargo
y oi ya sobre mí siento dolor de larga ausencia,
90 el peso de los años, ni el incesante llanto
Dígalo una alma fina. que derramó al mirarte
do tiene lebantado 110 alegre en otros brazos,
su trono tu hermosura, mudar nunca pudieron,
y do, bibrando rayos, y en quien estorvos tantos
95 tus ojos egercitan del fuego primitivo
el peligroso mando. la llama no apagaron. 128
¡ Ai! ¡ Quántas veces, quántas, 115 Cantemos, pues, ¡o Enarda!
los míos al estraño en Hymnos acordados
ardor de sus pupilas de Amor y sus dulzuras
100 quedaron abrasados! el delicioso encanto,
Dígalo, en fin, Jovino, mientras los roncos silvos
a quien ni los alhagos 120 del Aquilón elado
de otras mil hermosuras, llenan a los mortales
ni estorvos mil, ni el vario de susto v sobresalto.
91 un alma B.
.94 vibrando rasgos B
170
24.
IDILIO DUODÉCIMO
A ENARDA
171
25.
IDILIO DECIMOTERCERO
2 tanridios campos B C.
5 pudo Cañedo.
7 en triunfos ni blancura B C; en triunfo ni en blancura Cañedo.
172
26.
IDILIO DECIMOCUARTO
A ANFRISO
173
"qué dios, qué avieso genio, con quejas vergonzosas,
30 "con influencia esquiva, con lágrimas indignas.
"pudo apartar dos almas 55 ¡Ay! guarte, no te dobles;
"que el blando amor unía?" ¡ay! guarte, no te rindas.
Mas ¡ay!, que son acaso, Si te ama, sufre y deja
oh Ainfriso, de tu Lisa que con crueza impía
35 fingidos los enojos: traspase sus entraña^,
que a veces desconfían 60 la flecha vengativa
celosas las mujeres con que ella herir de lleno
de nuestra fe. v altivas. tu corazón medita.
para probarnos sólo, Verás que amor la vuelve
40 nos niegan sus caricias. a tus halagos fina,
Cubren la ardiente llama 65 y aquella que a tu pecho
que el pecho les agita hizo sentir esquiva
y en vez del dulce agrado tan fieros sobresaltos,
y en vez de blanda risa, de su desdén corrida,
45 ofrece su semblante hará, por obligarte,
enojo y crueles iras. 70 finezas exquisitas;
Mas guarte, no la creas, y tú estarás vengado,
Anfriso, a la maligna; cuando ella arrepentida.
¡ay! guarte, no te engañe Mas, si no te ama, ¡ay! guarte,.
50 con sus astucias Lisa. no adules su perfidia
Cuando se muestre airada, 75 con quejas vergonzosas,
no adules su malicia con lágrimas indignas.
174
27.
EPÍSTOLA CUARTA
DE JOVINO A ANFRISO,
ESCRITA DESDE EL PAULAR130
PRIMERA VERSIÓN
EPÍSTOLA ELEGIACA
Credibile est Mi Numen inesse loco.,
(OVIDIO),..
175
dulce parar con su cantar sabroso
10 del Manzanares la imperial corriente
y la atención de sus soberbias ninfas.
¡Plugiera a Dios, oh Anfriso. que el cuitado
a quien su hado no guarda tal ventura
supiera huir del mundo los peligros!
15 ¡Plugiera a Dios que ya que a tan seguro
puerto arribó su pobre navecilla,
supiera entrarla cuerdo en este abrigo
de tan santos ejemplos enseñado!
Huyera así la furia tempestuosa
20 de los contrarios vientos, los escollos
y las fieras borrascas, tantas veces
¡ay! entre susto y lágrimas corridas.
Así también del mundanal tumulto 133
lejos, y en estos montes guarecido,
25 gozara alguna vez jay! del reposo,
que hoy desconoce mi angustiado pecho.
Mas jay de mí!, que hasta en el santo asilo
de la virtud me acosa y me persigue
la imagen enemiga, la importuna
30 divina imagen de la infiel Enarda.
Busco por estos claustros silenciosos
el reposo y la paz que mora en ellos,
y sólo encuentro la inquietud funesta
que mi razón altera y mis sentidos.
35 Busco paz y reposo, pero en vano
los busco, oh dulce Anfriso, que estos dones,
herencia santa que al subir al cielo
dejó a su prole el penitente Bruno, 134
nunca en profano corazón entraron,
40 ni a pecho esclavo del amor se dieron.
Conozco bien que fuera de este asilo
sólo me guarda el hado sinrazones,
crudos desdenes, fieros desengaños,
19 En el manuscrito hubiera.
176
susto y dolor; empero todavía
45 a estar en él no -puedo resolverme.13,3
No puedo resolverme, y despechado,
sigo el impulso del fatal destino,
que a tanta ruina y tanto mal arrastra.
Sigo su fiero impulso, y llevo siempre
50 por todas partes fija en mi memoria
la imagen enemiga, y en mi pecho
del crudo amor la Hecha atravesada.
De amor y angustia el alma malherida,
pido a la muda soledad consuelo
55 y con dolientes quejas la importuno.
Salgo al ameno valle, subo al monte,
sigo del claro río las corrientes,
busco la fresca y deleitosa sombra-
corro por todas partes, y no encuentro
60 en parte alguna la quietud perdida.
¡Ay, Anfriso, qué escenas a mis ojos
ofrece el cielo, de llorar cansados! 138
Rodeado de frondosos y altos montes
se extiende un valle, que de mil delicias
65 con sabia manó ornó Naturaleza.
Pártele en dos mitades, despeñado
de las vecinas rocas, el Lozoya,
por sus truchas famoso y dulces aguas. 1;
Del claro río sobre el verde margen
70 crecen frondosos álamos, que al cielo
ya erguidos alzan las plateadas copas,
o ya sobre las aguas encorvados,
en mil figuras miran con asombro
su forma en los cristales retratada.
75 De la siniestra orilla un bosque ombrío
hasta la falda del vecino monte
se extiende, sitio ameno y delicioso,
morada de algún dios, o a los misterios
de las silvanas ninfas consagrado.
92 En el manuscrito tampo,
95 Falta este verso en el manuscrito, pero por ser necesario lo tomamos de
la segunda versión.
178
de la inconstante Enarda los desdenes
115 y el acerbo dolor de mi destino.
Aquí solo, a mis penas entregado
y sumergido en tristes pensamientos,
las pasadas venturas y el presente
funesto mal renuevo en mi memoria.
120 ¡Ay, Dios! ¡Qué diferencia tan notable
va del presente tiempo al ya pasado!
¡De aquel tiempo en que Enarda la inconstante^
de ardiente amor el corazón tocado,
sólo por su Jovino suspiraba!
125 ¡Tú lo sabes, oh Anfriso! ¡Cuántas veces
fuiste en nuestros amores medianero!
¡Cuántas con amistad tierna y sencilla
la fee de una perjura me afianzabas,
la fee violada ya, que desde entonces
130 ser falsa y desleal me parecía!
"No lo dudes, decías, no, Jovino:
"Enarda te ama, y de su fee sincera
"yo puedo darte el parabién cumplido;
"Enarda te ama: Lisi/ 40 confidente
135 "de su pasión, lo sabe de su boca,
"y me lo dijo anoche; Enarda te ama,
"y en su sencillo corazón no caben
"engaño ni doblez. ¡Ojalá Anfriso
"tanto, añadías, confiar pudiese
140 "de la fee y las promesas de su Lisi."
¡Cuitados de nosotros, cómo entrambas
de nuestro amor sencillo se burlaron!
¡Cómo a los dos las pérfidas vendieron!
Creámoslas incautos, y en pos de ellas
145 corrimos sin recelo ai precipicio,
do nuestro error y su doblez guiaba.
Corrimos en pos de ellas, como suele
correr a la dulzura del reclamo
SEGUNDA VERSIÓN
79 umbrío Cañedo.
,86 umbrío Cañedo.
pues sólo de la viuda tortolilla
se oye tal vez el lastimero arrullo,,
100 tal vez el melancólico trinado
de la angustiada y dulce Filomena.
Con blando impulso el céfiro suave
las copas de los árboles moviendo,
recrea el alma con el manso ruido;
105 mientras al dulce soplo desprendidas
las agostadas hojas, revolando,
bajan en lentos círculos al suelo;
cúbrenle en torno, y la frondosa pompa1
que al árbol adornara en primavera,
110 yace marchita, y muestra los rigores
del abrasado estío y seco otoño.
¡Así también de juventud lozana
pasan } oh Anfriso, las livianas dichas!.
Un soplo de inconstancia, de fastidio
115 o de capricho femenil las tala
y lleva por el aire, cual las hojas
de los frondosos árboles caídas.
Ciegos empero y tras su vana sombra
de contino exhalados, en pos de ellas
120 corremos hasta hallar el precipicio,
do nuestro error y su ilusión nos guían.
Volamos en pos de ellas, como suele
volar a la dulzura del reclamo
incauto el pajarillo. Entre las hojas
125 el preparado visco le detiene;
lucha cautivo por huir, y en vano,
porque un traidor, que en asechanza atisba,
con mano infiel la libertad le roba
y a muerte le condena, o cárcel dura.
130 ¡-A-h, dichoso el mortal de cuyos ojos
un pronto desengaño corrió el velo
de la ciega ilusión! ¡Una y mil veces
dichoso el solitario penitente,
que, triunfando del mundo y de sí mismo,
135 vive en la soledad libre y contento! 144
Unido a Dios por medio de la santa
contemplación, le goza ya en la tierra,
y retirado en su tranquilo albergue,
observa reflexivo los milagros
140 de la naturaleza, sin que nunca
turben el susto ni el dolor su pecho.
Regálanle las aves con su canto
mientras la aurora sale refulgente
a cubrir de alegría y luz el mundo.
145 Nácele siempre el sol claro y brillante,
y nunca a él levanta conturbados
sus ojos, ora en el oriente raye,
ora del cielo a la mitad subiendo
en pompa guíe el reluciente carro,
150 ora con tibia luz, más perezoso,
su faz esconda en los vecinos montes.
Cuando en las claras noches cuidadoso
vuelve desde los santos ejercicios,
ía plateada luna en lo más alto
155 del cielo mueve la luciente rueda
con augusto silencio; y recreando
con blando resplandor su humilde vista,
eleva su razón, y la dispone
a contemplar la alteza y la inefable
160 gloria del Padre y Criador del mundo.
Libre de los cuidados enojosos,
que en los palacios y dorados techos
nos turban de contino, y entregado
a la inefable y justa Providencia,
165 si al breve sueño alguna pausa pide
de sus santas tareas, obediente
viene a cerrar sus párpados el sueño
con. mano amiga, y de su lado ahuyenta
el susto y las fantasmas de la noche.
170 i Oh suerte venturosa, a los amigos
139 reflexible B, que puede ser la lección auténtica, si se atiende a lo, tra-
ducción de Müton (núm. 56), verso 727,
185
de la virtud guardada! ¡Oh dicha, nunca
de los tristes mundanos conocida!
¡Oh monte impenetrable! ¡Oh bosque ombrío!
¡Oh valle deleitoso! ¡Oh solitaria
175 taciturna mansión! ¡Oh quién, del alto
y proceloso mar del mundo huyendo
a vuestra eterna calma, aquí seguro
vivir pudiera siempre, y escondido!
Tales cosas revuelvo en mi memoria,
180 en esta triste soledad sumido.
Llega en tanto la noche, y con su manto
cobija el ancho mundo. Vuelvo entonces
a los medrosos claustros. De una escasa
luz el distante y pálido reflejo
185 guía por ellos mis inciertos pasos;
y en medio del horror y del silencio,
¡oh fuerza del ejemplo portentosa!,
mi corazón palpita, en mi cabeza
se erizan los cabellos, se estremecen
190 mis carnes y discurre por mis nervios
un súbito rigor que los embarga.
Parece que oigo que del centro oscuro
sale una voz tremenda, que rompiendo
el eterno silencio, así me dice:
195 "Huye de aquí, profano, tú que llevas
"de ideas mundanales lleno el pecho,
"huye de esta morada, do se albergan
"con la virtud humilde y silenciosa
"sus escogidos; huye y no profanes
200 "con tu planta sacrilega este asilo".
De aviso tal al golpe confundido,
con paso vacilante voy cruzando
los pavorosos tránsitos, y llego
por fin a mi morada, donde ni hallo
186
205 el ansiado reposo, ni recobran
la suspirada calma mis sentidos.
Lleno de congojosos pensamientos
paso la triste y perezosa noche
en molesta vigilia, sin que llegue
210 a mis ojos el sueño, ni interrumpan
sus regalados bálsamos mi pena.
Vuelve por fin con la risueña aurora
la luz aborrecida, y en pos de ella
el claro día a publicar mi llanto
215 y dar nueva materia al dolor mío." 5
187
28.
HIMNO
A LA LUNA
EN VERSOS SAFICOS
183
ya que de la alta región celeste
bajas tranquila el silencioso carro
hasta la cima do el pastor latmeo
20 yace dormido.
18 al silencioso C.
38 unidos C.
41 unidos C Cañedo.
43 le adoren Cañedo.
29.
IDILIO DECIMOQUINTO
190
30.
SONETO QUINTO
A ALCMENA
191
31.
SONETO SEXTO
A E N A R D A150
192
' A ^ * > - *»
W « - í » Jt-/t++-0u <-,n^ii
193
32
EPÍSTOLA QUINTA
1
A B A T I L O
194
5 bordáis en torno. ¡Ah5 cuánto gozo, cuánto
a vuestra vista siente el alma mía!
¡Cuan alegres mis ojos se derraman
sobre tanta hermosura! ¡Cuan inquietos,
cruzando entre las plañías y las flores,
10 ya van? ya vienen por el verde soto
que ai lejano horizonte dilatado
en su extensión y amenidad se pierde!
Ora siguen las ondas transparentes
del ancho río. que huye murmurando
15 por entre las sonoras piedrezuelas;
ora de presto impulso arrebatados
se lanzan por las bóvedas sombrías
que a lo largo del soto entretejiendo
eus copas forman ios erguidos olmos,
20 y mientras van acá y allá vagando,
la dulce soledad y alto silencio
que reina aquí, y apenas interrumpen
el aire blando y las canoras aves,
de paz mi pecho y de alegría inundan.
25 ¿Y hay quien de sí y vosotros olvidado
viva en afán o muera en el bullicio
de las altas ciudades? ¿Y hay quien, necio,
del arte las bellezas anteponga,
nunca de ti, oh Natura, bien copiadas,
30 a ti ; su fuente y santo prototipo? 132
jOh ceguedad, oh loco devaneo,
oh míseros mortales! Suspirando
vais de contino tras la dicha, y mientras
seguís ilusos una sombra vana
35 os alejáis del centro que la esconde.
¡Ah! ¿dónde estás, dulcísimo Batilo,
que no la vienes a gozar conmigo
en esta soledad ? Ven en su busca,
47 es su código Habana.
54 bóvedas Habana.
63 este prado Habana.
70 inocentes himnos Habana.
ei río. y cuyas torres eminentes
a herir se atreven las sublimes nubes,
75 ofrece asilo a ia virtud, que humilde
en él se oculta y vive respetada.1,34
Huyendo un día del liviano mundo,
halló tranquilo, inalterable albergue
entre los hijos del patrón de España.
80 que adornados de blancas vestiduras
y ía cruz roja en los ilustres pechos
llevando, aquí sus leyes reconocen,
y a Dios entonan santas alabanzas,
perenne incienso enviando hasta su trono.
85 jAh!, si no es dado a nuestra voz, Batilo.,
turbar su trono con profano acento,
ven, y en silencio al Padre Omnipotente
humilde y pura adoración rindamos.
Después iremos a gozar, subidos
90 en el alto terrero, ele la escena
noble y augusta que se ofrece en torno.
De allí verás el tortuoso giro
con que el Bemesga la atraviesa, y como,
su corriente por ella deslizando,
95 ora se pierde en la intrincada selva,
cual de su sombra y soledad ansioso,
ora en mil arroyuelos dividido,
isietas forma, cuyo breve margen
va de rocío y flores guarneciendo.
100 Después reúne su caudal, y cuando,
robadas ya las aguas del Torio,
baña orgulloso los lejanos valles,
súbito llega do sediento el Ezla
sus ciaras ondas y su nombre traga.
105 Allí Naturaleza solemniza
tan rica unión, poblando todo el suelo
198
mi canto enciende la española musa,
fuera para un tirano berberisco
hoy por sus fuertes hijos cultivado.
145 y la dorada mies para sustento
de un pueblo esclavo y vil en él creciera.
De infamia tal salvóla vuestro esfuerzo:
de vuestro brazo a los mortales golpes
cavó aterrado el fiero mauritano:
'L50 su sangre inundó el suelo, y con las aguas
del Bernesga mezclada, llevó al hondo
océano su afrenta y vuestra gloria.
Ven. pues, Batilo, ven, y tu morada
por este valle mágico trocando.
155 la vana ciencia, la ambición y el lujo
a los livianos pechos abandona,
y el tuyo, no, para ellos no nacido,
con tan gratas memorias alimenta.
PROLOGO
PARA LA REPRESENTACIÓN DEL 'PELAYO"
200
a expensas del decoro y la modestia,
con un frivolo y vano pasatiempo.
No, su objeto es más noble y encumbrado,
y su intención más digna del esfuerzo
25 de espíritus sublimes, que propicio
a cosas grandes encamina el cielo.
El amor de la patria, que fue el numen
a cuya ardiente inspiración el fuego,
la pasión y el furor debió el poeta,
30 y el horror y ternura dio a sus versos,
será también quien mueva nuestro labio,
quien dirija y encienda nuestro acento,
para excitar con fuerza irresistible
la lástima y el susto en vuestros pechos.
35 Feliz el corazón que los virtuosos
extremos de Rogundo, el lastimero
gemir de la inocente y fiel Dosinda,
y los nobles y heroicos sentimientos
del gran Pelayo. honrare con su llanto.
40 Sus lágrimas serán noble argumento
de que la humanidad tierna y sensible
y el patrio amor habitan en su centro.
¿ Y quién, en medio del afán y el susto
en que veréis fluctuar por algún tiempo
45 la suerte d e la patria, quién sus ojos
podrá tener enjutos y serenos?
Así también con abundoso llanto
201
honró algún día el delicado griego
los trabajos de Aquiles, que de infamia
•50 libró a su patria en T r o y a ; así un tiempo
sintió el fuerte romano de sus héroes
los ilustres afanes, cuando al pueblo
de Atenas y de Roma en sus teatros
los ofrecía el peregrino ingenio
55 de Eurípides y Séneca, Si humilde
aún no pudo igualar tan alto ejemplo
el coturno español, la culpa es suya.
Sólo ocupada en lúbricos objetos
la ibera musa casi por tres siglos.
60 no aspiró a celebrar los altos hechos
que de esplendor llenaron nuestra patria
y de pasmo algún día al universo. 156
¿ Y n o ha de haber quien libre de esta nota
al Parnaso español? ¿Ni quien oyendo
65 de la vehemente y grave Melpomene
la flébil voz, se rinda a sus preceptos?
202
Sea tuyo, oh Gijón, aqueste lauro,
y ele ti España el generoso ejemplo
reciba de loar en sus escenas
70 las domésticas glorias. Si este intento
imitan otros pueblos, ¡cuántos héroes,
cuántas hazañas y gloriosos hechos,
dignos de eterna y singular memoria,
saldrán del hondo olvido! Tal deseo,
75 si no os parece de alabanza digno,
oh caros compatriotas, a lo menos
lo será de disculpa a vuestros ojos.
Oíd, y perdonad nuestros defectos.
203
34.
IDILIO DECIMOSEXTO
A MELENDEZ
204
de un estro más divino, al peregrino encanto
las liras, por la mano de nuestra voz, los hombres
de la amistad guarnidas huyeran desde el ancho
de oro y marfil, tocando, 45 camino de los vicios
'35 los cielos de harmonía hasta los poco hollados
hinchéramos, en tanto senderos que conducen
que la parlera Fama a la virtud, ganando
llevaba resonando con santo ardor la altura
unidos nuestros nombres 50 do tiene el soberano
40 desde el Arcturo al Austro; rector del cielo al justo
entonces sí que, absortos su galardón guardado.
205
35.
ROMANCE PRIMERO