Pérez Flores, Edwin Guillermo
Literatura Española II
Semestre 2018-2
Sendebar: la muerte que crea vida
Cada día que devoro ávidamente el majestuoso banquete de letras preparado por la impredecible
literatura; dos ideas resplandecen, cual estrellas, en la lejanía, en la oscuridad solitaria de mi
pensamiento: la inmensa libertad que ofrece el lenguaje para edificar (o aniquilar) los cimientos de
este y otros mundos; y el remordimiento causado por la cantidad exorbitante, desgarradora de obras
literarias que el tiempo me prohibirá sentir, disfrutar, padecer con cada poro de mi alma… Sin
embargo, el peso de las antedichas reflexiones, en este momento, inclinan la balanza a favor de la
fortuna pues el Sendebar no sólo cae entre mis humildes manos para deleitarme, sino que me
desafía a descubrir ese conocimiento oculto (sabiduría), el cual salvó de la desgracia, en más de
una ocasión, a el rey Alcos, su heredero y reino. Dicho ‘secreto’ gira alrededor de un fragmento
del cuento 19: “Nadie tuvo la culpa, más a todos les llegó su hora de morir”1; ya que, desde mi
perspectiva, además de simbolizar la verdadera coronación del futuro rey, está en armonía con el
espíritu dualista del pensamiento medieval el cual representa una lucha férrea entre dos opuestos;
y no me refiero al clásico binomio bueno-malo (buena mujer, mala mujer), sino a uno que impera
sobre todo el marco narrativo del Sendebar: la muerte como un fenómeno que construye con
técnicas destructivas la vida. Quizá mi hipótesis no se clara ahora por lo que intentaré explicarla
en los siguientes párrafos.
Al inicio del cuento de cuentos, aparece en escena un rey desconocido por él mismo y por
su pueblo, ya que ese hombre, antes mesurado, justo, cauteloso y suspicaz, en resumen, un buen
gobernante2; ahora está sumergido en una melancolía interminable, efecto de una reflexión natural
en cualquier humano: la permanencia en la tierra es efímera. Esta revelación, indicio del óbito,
impele a Alcos a actuar de inmediato con el fin de salvaguardar su vida en la sangre de una heroica
descendencia. Más la muerte, astuta y tenaz, le impide tener hijos. Este hecho invita a dos
personajes al campo de batalla, los cuales incompatibles por naturaleza, amplifican una guerra a
niveles apasionantes.
1
Graciela Cándano (coord.), Sendebar para estudiantes: un modelo de las colecciones de exempla del siglo XIII,
UNAM, México, 2006, p. 110.
2
Ibidem. p. 18.
La buena mujer (juiciosa y razonable), esposa legítima del rey, al observar la decadencia de
este, sufre con él, pero, al mismo tiempo, lo incita a recurrir a Dios para obtener al niño que tanto
necesitan, es decir, esta mujer (la vida) procrea, cuida la existencia de sus hombres a fin de ganar
terreno en la contienda, aunque sea por un breve segundo (lapso en el que el príncipe recibe el
funesto presagio de su sino y se forma intelectualmente). Entonces aparece la mala mujer: perversa,
lasciva, oportunista, ventajista y pérfida3; perteneciente al harén de la majestad de Judea, la cual
tiene la misión (por encargo de la muerte) de fulminar al joven príncipe e inhibir la sabiduría de su
esposo por medio de la ingeniosidad de sus palabras. Estos modelos ético-morales se me antojan
como un paradigma transicional de cualidades humanas en el cual la dualidad que planteé hace uso
de ellas, y por ende de sus contenedores (los personajes del cuento, de la cosmovisión del
Medioevo), para librar una lucha eterna en donde la muerte irradia vida y viceversa: la complicidad
perfecta.
Luego, aparecen los siete privados, con sus respectivas anécdotas, para contrarrestar las
consecuencias de la parca (que adoptó la forma la mala mujer) pues sospechan, con amargura, un
exterminio idéntico al del cuento 7: “(…) y se mataron todos hasta que no quedo nadie”4. Es en
este instante cuando se percibe con toda plenitud el juego incesante en donde, durante siete días, la
frontera que edifican la vida y muerte desaparece. Así, los cuentos 1, 2, 4 ,5 ,7 ,9 ,10 ,12 ,15 ,16,
17 y 18 realizan una apología al rey a razón de recordarle su loable facultad: pensar. De esta
manera, los microtextos restantes tienen la carismática función de convencer al rey de optar por el
camino de la angustia y el desasosiego.
Por último, voy a exponer mi respetuosa opinión acerca de ese conocimiento interior que el
príncipe encontró en las sombrías horas de la miseria y expresa con las siguientes palabras: “-
Gracias, Dios bendito, que me hiciste ver este día y esta hora para dejarme mostrar mi conocimiento
y razón” 5.Dicho ‘conocimiento’ hace a su autor consciente del “espíritu maniqueísta del
Medievo”6, en el cual la vida y la muerte esclavizan al hombre; de tal manera que esta reflexión
afloja la presión de las cadenas de la fatalidad con el fin de apreciar, aunque sea por un instante,
una gota de miel Pandórica, un pan con (o sin) ampollas, un amor compartido, un ingenioso engaño,
un consejo mesiánico… una vida que surge de la muerte.
3
G. Cándano, op. cit., p. 38-39.
4
Ibidem. p. 91.
5
Ibidem. p. 109
6
Ibidem. p. 23