Fray Marcos - Atrévete
Fray Marcos - Atrévete
Fray Marcos
¡atrévete!
da el salto
ÍNDICE
Introducción………………………………………………………………………… 3
I Significado de “salvación”…………………………………………… 6
Aclarando conceptos………………………………………………………..…… 6
El mito de la caída, cae por su peso…………………………………….. 7
La salvación debe ser positiva……………………………………………… 8
Dios no tiene que rectificar su obra……………………………………… 9
La salvación de Jesús fue rechazada….………………………………… 9
Si no hay caída, nadie tiene que levantarme………………………. 10
Adán y Eva no tienen la culpa………………………………………………. 11
La salvación empezó en el Big Bang……………………………………. 11
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II Historia de la salvación……………………………………………….. 13
Salvación en otras religiones………………………………………………… 13
La salvación en el AT…………………………..……………………………….. 14
Salvación en el judaísmo del s. I..................................... 17
¿Qué salvación que vivió y predicó Jesús?......................... 18
Salvación en el primer cristianismo……………...…………………….. 22
La salvación en Pablo……..……………………………………………………. 24
La salvación durante 20 Siglos……………………….……………………. 27
VI ¿Quién me salva?.................................................. 49
¿Me salva Dios o me salvo yo?....................................... 49
¿Salva la fe o salvan las obras?...................................... 52
¿Me salvó Jesús?......................................................... 54
¿Salva la religión?........................................................ 57
¿Salva la Escritura?..…………………………………………………………… 59
¿Salvan los sacramentos?............................................. 60
¿Me salva la oración?................................................... 66
¿Me salva el ayuno?..................................................... 72
¿Nos salva la limosna?.................................................... 76
¿Nos salva la ecología?................................................. 79
No hay ningún anhelo más arraigado en todo ser humano que el deseo de felicidad. Sin
embargo, la inmensa mayoría de nosotros la buscamos donde no está. En realidad la felicidad
no se puede buscar directamente, es consecuencia de otros logros que sí podemos conseguir.
Si desplegamos todas nuestras posibilidades de ser, conseguiremos armonía, paz, equilibrio
interior y exterior y la felicidad aflorará sin traumas.
El único objetivo de este escrito es que despiertes y no sigas buscando fuera lo que ya tienes
dentro. Ni la prisión más oscura ni el gozo sensorial más acabado son la verdadera realidad,
ambos extremos son solo sueños, a los que damos demasiada importancia. Despertar es
encontrarse con la Realidad. Si fuera fácil todo el mundo lo alcanzaría. La mayoría vivimos
infelices, encarcelados en nuestros sueños.
El despertar del que hablamos, sería el nuevo paso de la evolución, que lleva 13.700 millones
de años avanzando desde casi la nada, y no puede detenerse. Despertar sería dejar de llevar
una vida puramente biológica, sicológica, racional e intentar avanzar hacia la plenitud de
humanidad. La evolución sigue adelante, desde el nivel en que estamos hacia el ideal de
humanidad que ya se ha manifestado en algunos.
Tomar conciencia de esa posibilidad, es el primer paso para no quedarse estancado. La punta
de lanza de esa evolución, será siempre cosa de muy pocos. Nada impide que seas uno de
ellos. Debes tomar conciencia de que, ni Buda ni Confucio ni Jesús ni Gandhi ni ninguno de los
seres humanos que tanto admiramos, eran distintos de lo que tú eres. Lo que ellos
descubrieron y desplegaron lo puedes descubrir y vivir tú.
Pero debes comprender que no se trata de ser más guapo, más listo, más religioso, más…, sino
de ser simplemente más humano. Todo lo que apeteces y ansías, todo aquello por lo por lo que
luchas pero no te hace más humano, debe pasar a segundo plano. Debes valorar tus
cualidades accidentales, es decir, las que puedes tener o no tener, pero no debes dejarte
obsesionarte hasta el punto de hacerte olvidar lo esencial.
La salvación de la que vamos a hablar no puede ser un privilegio que se concede a unos pocos.
Si no está al alcance de todos, quiere decir que es una trampa. La realidad nos dice que
siempre habrá una punta de lanza de la evolución que estará sostenida por muy pocas
personas, incluso puede ser desarrollada por un único ser humano. Pero eso no quiere decir
que el resto no podamos alcanzarla.
Existen toneladas de libros sobre la salvación. En todas las religiones, pero sobre todo en la
nuestra, era tema obligado en todas las teologías. La soteriología es la clave de toda
cristología, pero como es inevitable la acción de Dios para explicar cualquier clase de salvación,
todo tratado sobre Dios debe incluir la forma como Dios salva al hombre. Pero ese discurso
presuponía un Dios soberano y un hombre marioneta.
En realidad, todas las religiones ofrecen como centro de su mensaje una determinada
salvación. Es más, creo que lo que de verdad buscan todos los que se acercan a una religión es
precisamente la seguridad de esa salvación. Naturalmente cada religión la matiza con
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especiales señuelos, pero el trasfondo es siempre el mismo: asegurar el no caer en la
disolución absoluta de mi propio ser.
No se trata de tirar por la borda todo el ingente material que ha llegado a nosotros como si
fuera una sarta de disparates. Se trata de afrontar las limitaciones que nos atenazan y avanzar
en la solución de un problema que nunca estará del todo resuelto. Esto fue lo que intentaron
los teólogos de todos los tiempos. Consiguieron exculpar a Dios del mal que nos envuelve pero
dejaron al ser humano para el arrastre.
Nunca fue fácil definir teóricamente el concepto de salvación, pero hoy menos que nunca
podemos concretar un significado que satisfaga mínimamente a todos. Las posibilidades de
salvación son hoy casi infinitas y todas ellas tienen defensores acérrimos que no están
dispuestos a cambiar de opinión. Si de la teoría pasamos a la práctica la cosa se complica aún
más pues las maneras de vivir son tan variadas como las personas.
Incluso nuestra religión, siguiendo pautas ancestrales, se adentró por espinosos caminos al
proponernos la necesidad de la cruz para liberarnos del pecado. Todas las argumentaciones
sobre el sacrificio vicario y la reparación de una ofensa infinita, han sido superadas, en gran
parte gracias a certeras aportaciones del Vaticano II. El sofisticado argumento de S. Anselmo
condicionó la soteriología del último milenio.
Durante todo ese tiempo se llegó a explicaciones peregrinas e increíblemente retorcidas que
machacaron a infinidad de personas sensibles. Lo que se busca en toda religión que se precie,
es precisamente que me asegure una salvación, si no es posible aquí, por lo menos para el
más allá. Todas responden a exigencias muy humanas, demasiado humanas, como diría
Nietzsche, pero que se quedan en lo anecdótico.
Analizar todas esas soteriologías, sería una tarea interminable. No tendría sentido volver sobre
conceptos ya superados. Por mucho que nos empeñemos, la idea de redención, sacrificio,
expiación, liberación, rescate, predestinación, regeneración, tan utilizados a través de los siglos
para dar cuenta del valor de la persona de Jesús o del amor de Dios hacia el hombre, deben
ser superarlas desde una perspectiva no mítica.
Mi intención es proponer elementos de juicio para afrontar el tema desde el nuevo paradigma
en el que nos encontramos hoy. Haría el ridículo quien pensara que me creo más que S.
Agustín o Santo Tomás. No se trata de creernos más que nadie sino de ser veraces y no
escamotear el problema que se nos plantea. La solución tenemos que intentarla desde la
perspectiva de los seres humanos del siglo XXI.
Para superar perspectivas antiguas es imprescindible aceptar la nueva idea que hoy tenemos
de Dios, del hombre y del mundo. El Dios soberano omnipotente y residente en lo más alto del
cielo ha dado paso al Dios cercano, fundamento de cada criatura e identificado con ella. La idea
del hombre miserable incapaz de nada bueno ha dado paso al ser humano autónomo y
responsable absoluto de sus actos.
Intentaremos acercarnos a esa posibilidad de plenitud humana como la clave de toda búsqueda
de una verdadera salvación. La salvación de la que vamos a hablar, es un proceso que debe
desarrollarse desde dentro del ser humano. Ninguna salvación que nos llegue de fuera, sea
como un regalo sea como un logro, puede satisfacer las exigencias del hombre desarrollado y
consciente de sus límites y posibilidades.
Pero debemos asumir con la misma rotundidad, que ninguna condenación que nos venga de
fuera puede eliminar ni lo que somos ni lo que podemos manifestar desarrollando en
profundidad nuestra humanidad. Ningún ser, ni humano ni divino, puede anular nuestra
verdadera naturaleza e impedir que despleguemos todas nuestras posibilidades de plenitud.
Cada uno debe ser artífice de su salvación. El pobre debe librarse de su pobreza, el rico de su
riqueza, el sabio de su sabiduría, el ignorante de su ignorancia, el enfermo de su enfermedad,
el sano de su salud. Todos esos logros o carencias son engaños. El valor del todo hombre está
más allá de esos vaivenes. El dar tanta importancia a lo secundario nos ha impedido descubrir
lo que vale de veras, lo esencial.
No será fácil descubrir el significado que quiero dar a la “salvación”. No va a ser el sentido que
le hemos dado la mayoría de los creyentes. Salvarse es la tarea más importante que debe
desarrollar todo ser humano. Los creyentes deben superar la trampa de una salvación
puramente espiritual para el más allá, y los no creyentes deben comprender que su tarea
también consiste en desplegar al máximo su humanidad.
No puede haber una salvación espiritual que no implique la totalidad del hombre, es decir, que
afecte a todas sus dimensiones. Verdadera salvación debe identificarse con plenitud de
humanidad; y no puede haber una salvación humana que no sea, a la vez, divina. Este va a ser
el hilo conductor de toda esta reflexión. Por no tener esto en cuenta hemos caído los unos y los
otros en verdaderas aberraciones.
I
Significado de “salvación”
Aclarando conceptos
Ya insinuamos que la primera dificultad que vamos a encontrar al tratar este tema será la
misma palabra “salvación”. La diversidad de conceptos que en ella seguimos escondiendo hace
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casi imposible la precisión en el lenguaje. Ponernos de acuerdo en el sentido que queremos dar
a esa palabra no va a ser fácil. Distintos conceptos se han ido adhiriendo a la palabra a través
del el uso continuado y terminamos confundiéndolos.
El uso cotidiano no religioso del término, nos puede ayudar a comprender mejor lo que quiero
decir. Normalmente, en el uso mundano, la palabra salvación quiere indicar que se ha salido o
se ha sacado a alguien de una situación de extrema gravedad, en la que se estaba a punto de
perder algo esencial. Esta connotación negativa nos ha metido por un callejón sin salida a la
hora de aplicarla a la totalidad del ser humano.
En un hospital puede haber 500 enfermos, todos con alguna enfermedad grave, pero se dice
que el médico ha salvado a fulano. Quiere decir que ese paciente estaba a punto de perder la
vida y que el médico consiguió superar ese peligro extremo. Aquí salvar significa impedir que
alguien que estaba muy cerca de la muerte, muriera. El peligro inminente es el punto de
referencia, desde el cual se da sentido a la palabra salvación.
Creo que hoy sería más adecuado emplear otros conceptos como, plenitud, identidad, unidad,
armonía, felicidad, libertad, perfección. Sin dejar de ser lo que es, el hombre puede
experimentar, como tal, una realidad interior, que le permite trascender sus limitaciones sin
necesidad de que alguien las elimine. Ni la enfermedad, ni el pecado, ni la certeza de la
muerte, pueden impedirle ser plenamente hombre.
Concretando un poco más, podíamos decir que el hombre puede ser plenamente humano a
pesar de sus limitaciones y puede experimentar la trascendencia. Puede vivir lo espiritual que
le penetra. Puede en el tiempo, conectar con la eternidad y vivir aquí y ahora algo definitivo.
Esas posibilidades las tiene todo hombre. No tiene que esperar que nadie le aporte ningún
suplemento ni temer que nadie pueda arrebatárselas.
Para aplicar este concepto al orden religioso, se montó todo un tinglado mitológico sobre el
estado original del ser humano. El mito del hombre caído, fue el recurso utilizado para elaborar
una teología negativa sobre el hombre, que exigía, a renglón seguido, la intervención de Dios
para que la vida tuviera algún futuro. Se supone que el hombre, él solito, desbarató toda
posibilidad de ser humano, cayendo en la inhumanidad.
Desde una perspectiva completamente negativa, se da por supuesto que el hombre pecó. Dios
no tuvo más remedio que castigarle, retirándole su estado original de beatitud total. El ser
humano queda hundido en la miseria más absoluta. Nunca podrá salir de ese abismo y tiene
que recurrir a Dios, que es el único que puede salvarle. Ya hemos colocado la trampa perfecta
de la que nadie podrá escapar.
Dios está dispuesto a salvarle de esa situación de postración extrema, pero como no puede
renunciar a ser justo, tiene que exigir para ello un rescate adecuado. El hombre es ya incapaz
de hacer nada que pueda agradar a Dios para recuperar el estado original, luego tiene que
acudir a otro ser que sea a la vez humano y divino. Volveremos sobre el tema porque es uno
de los mayores obstáculos para poder resolver el problema.
Con los conocimientos que hoy tenemos sobre el hombre y su largo proceso de evolución, no
tiene ningún sentido apelar a la mitología para explicar los fallos radicales que encontramos
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tanto en nuestro ser y en nuestro actuar. El ser humano sigue haciéndose hoy como hace un
millón de años y seguirá evolucionando mientras esté sobre la tierra. Esa misma posibilidad de
evolucionar exige la posibilidad de ser más.
Ojalá pudiéramos prescindir de la palabra y del concepto “salvación”. Pero los conceptos no
podemos cambiarlos a capricho, son convenciones de una comunidad que obedecen a procesos
muy largos que ni se pueden detener ni se pueden revertir a voluntad. Tendremos que seguir
utilizando la dichosa palabra si queremos seguir entendiéndonos, pero intentando determinar
el concepto que queremos poner en ella.
Hoy no podemos aceptar el mito de la caída como punto de partida para hablar de la salvación
del hombre. Gracias a Dios, hemos superado la idea de un dios antropomórfico que actúa como
un ser humano más, en sus relaciones con nosotros. Dios no tiene actos. No influye en la
realidad como causa segunda ni puede ser objeto de la actuación de ninguna criatura. Dios no
tiene nada que dar. Él mismo es don total.
Hemos repetido como papagayos ideas míticas ancestrales. Ni siquiera el cristianismo ha sido
original al proponerlas. Hace seis mil años, el hombre no tenía posibilidad de escapar a la
explicación mítica para dar razón del pecado cuya constatación era evidente. Hoy la visión del
hombre y de Dios ha cambiado lo suficiente para permitirnos encontrar otra respuesta más de
acuerdo con la realidad que seguimos constatando.
El ser humano no tiene capacidad de ofender a Dios de ninguna de las maneras. Esa idea de
Dios es tan ridícula que ha quedado superada por la simple lógica del progreso. El hombre no
puede quedar “damnatus”, es decir hundido en la miseria para siempre, porque otro haya
desobedecido a Dios. Esta visión del hombre sigue siendo mitología que pretende dar una
explicación irracional al mal que constatamos.
Hoy sabemos que el hombre es el último eslabón de una evolución, que ha durado más de tres
mil millones de años. La clave está en reconocer que, a pesar de esos logros, el ser humano
sigue siendo una criatura y por lo tanto limitado en todos los aspectos de su compleja
constitución. Esos fallos no debemos interpretarlos como carencias insoportables sino como
limitaciones, que hacen posible un futuro mejor.
Creo que hoy sería más adecuado emplear otros conceptos como, plenitud, identidad, unidad,
armonía, felicidad, libertad, plenitud de sentido. Sin dejar de ser lo que es, el hombre puede
experimentar, como tal, una realidad interior, que le permite trascender sus limitaciones sin
necesidad de que alguien las elimine. Ni la enfermedad ni el pecado ni la certeza de la muerte,
pueden impedirle ser plenamente hombre.
Concretando un poco más, podíamos decir que el hombre puede ser plenamente humano y
desplegar la trascendencia a pesar de sus limitaciones. Puede vivir lo espiritual que le penetra.
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Puede en el tiempo, conectar con la eternidad y vivir aquí y ahora algo definitivo. Esas
posibilidades las tiene todo hombre; no tiene que esperar que nadie le aporte ningún
suplemento ni temer que nadie pueda arrebatárselas.
Hoy tenemos conocimientos suficientes para descubrir errores fuertes a la hora de interpretar
la salvación que Jesús propuso. En nuestra interpretación del NT, salvación se ha equiparado a
redención. La segunda acepción del verbo salvar en el diccionario de la RAE dice: “dar Dios a
una persona la gloria eterna”. Proyectándonos al otro mundo, estamos minimizando al hombre
y anulando sus verdaderas posibilidades de ser.
Distinguir la experiencia personal del lenguaje que se ha utilizado para expresarla, es clave
para entender la Escritura. Lo que vivió Jesús fue tan novedoso que no existían conceptos para
trasmitirlo. Ni lo que Jesús entendió por ‘Dios’ ni lo que entendió por ‘hombre’ pudo ser
expresado con los conceptos judíos. Esto obligó a meter el vino nuevo en odres viejos, que a
final no fueron capaces de aguantar la fuerza de lo nuevo.
Lo malo de nuestra religiosidad hoy es que en vez de buscar odres que aguanten el vino fuerte
de la nueva visión que Jesús nos ha propuesto, seguimos intentando solucionar el problema
echando agua al vino para que pierda su mordiente. Nuestra religión hoy se ha convertido en
una cataplasma externa que no afecta para nada a nuestro ser esencial. No debemos
extrañarnos de que cada día tenga menos seguidores sinceros.
El pueblo judío vivió atormentado por la necesidad de superar la tremenda diferencia entre la
santidad de Dios y la impureza inevitable del ser humano. La totalidad del culto estaba
dominada por esta idea. Para acercarse a Dios y poder alabarle había que ser puro como Él.
Como la experiencia nos dice que no estamos limpios, se inventaron infinidad de ritos de
purificación para poder superar la infranqueable diferencia.
Para Pablo, Jesús consiguió superar esa separación insalvable entre Dios y el hombre, con un
único sacrificio, la muerte en la cruz. Los textos de los profetas que quieren justificar esta
visión, están violentados y no quieren decir lo que se les ha hecho decir. Jesús nos salvó
viviendo una vida humana plena, no muriendo de una manera inhumana. Ridiculizamos a Dios
cuando pensamos que necesita una reparación por la ofensa.
Hablar hoy de salvación es plantearse el sentido último de la vida humana. No se trata de darle
sentido a la vida, sino de descubrir el que ya tiene. Esto debe de convertirse en el principal
objetivo de nuestra vida. Estamos aquí para alcanzar esa meta. La contradicción que tenemos
que sortear es que debemos tener como fin algo que no conocemos, y no lo conocemos porque
no nos conocemos a nosotros mismos.
Ya hemos dicho que es muy difícil ponerse de acuerdo en un concepto tan manoseado como el
de “salvación”. Tendríamos que olvidarlo e intentar llegar al concepto adecuado a través de
otro lenguaje. En realidad todo el discurso de este pequeño escrito está encaminado a dilucidar
de que salvación estamos tratando e intentar concretar la manera de expresarlo con un
lenguaje humano sencillo, que podamos entender todos hoy.
La salvación no puede venir de fuera. En el evangelio se dice que “nada que venga de fuera
puede manchar al hombre”. Podemos decir con la misma rotundidad que nada que venga de
fuera puede salvar al hombre. Dios está ya más dentro de nosotros que lo más íntimo de
nosotros mismos, como decía S. Agustín. Tomar conciencia de lo que ya somos será la clave
para desplegarlo a lo largo de nuestra vida.
Descubrir esa presencia como un germen que tiene que desarrollarse hasta transmitir la Vida
que hay en él a todo nuestro ser, sería una manera de superar las ideas míticas de salvación.
Es lo que pasó en Jesús. Dios no era para él solo el centro de su ser sino que toda su persona
quedó invadida y transformada por esa realidad. Vivir lo mismo que vivió Jesús será la única
salvación posible para nosotros.
Tal vez el mejor camino sería empezar por desenmascarar el ingente cúmulo de falsas
salvaciones que la sociedad de hoy nos quiere meter por los ojos. No será fácil disuadir a la
mayoría de los hombres de seguir buscando la salvación donde no está. Es verdad que la
salvación que sigue esperando esa mayoría no es la verdadera salvación, pero la que nosotros
les ofrecemos desde la religión tampoco convencerá a muchos.
La novedosa salvación que ofreció Jesús fue rechazada de plano por todos aquellos que creían
firmemente que ya estaban salvados. Ellos no necesitaban ninguna salvación. Ya la habían
conseguido con su inquebrantable seguridad en el cumplimiento de la Ley y el culto en el
templo. Esta postura farisaica la hemos recuperado los cristianos en muy pocos siglos de
historia, a pesar de las enseñanzas de Jesús.
La salvación ni se puede recibir ni nos la pueden dar como un todo terminado. La salvación
tiene que ser un proceso, una evolución que me va llevando desde la periferia al centro de mi
propio ser donde puedo encontrar la plenitud que soy. En la medida que descubra lo que soy y
viva esa realidad, estoy salvado. En la medida que permanezca en la periferia, engañado por lo
que creo ser, estoy perdido.
El deseo de alcanzar lo infinito, que anida en lo más hondo de nuestro propio ser, es
precisamente la clave para no conformarnos con lo conseguido y lanzarnos siempre más allá de
nosotros mismos, conscientes de nuestra infinitud. El problema está en que acertemos a la
hora de encontrar el camino que nos lleve hacia la meta deseada.
La palabra hedonismo, podía resumir todas las trampas que ponen en peligro nuestro
crecimiento. Poner como principio motor de nuestra vida la búsqueda del placer o la huida de
todo lo que pueda ser desagradable, es la postura más deshumanizadora que podríamos
asumir. Sin embargo esa búsqueda del placer sensible, es espontánea y nace de nuestra
condición de vivientes sensibles y limitados.
Cuando ponemos como objetivo la satisfacción de los sentidos, los instintos, las bajas pasiones
etc., estamos subordinando nuestro verdadero ser a nuestro ser puramente animal y en vez de
elevar nuestra animalidad, como es nuestra obligación, rebajamos nuestra más elevada
humanidad, poniéndola al servicio de nuestro ser animal. Ignorar esta posibilidad del ser
humano es la verdadera trampa (pecado) que nos acecha.
Ningún ser humano puede sentirse satisfecho (salvado) por mucho placer sensorial que
consiga, o por mucho que pueda evitar todo dolor y sufrimiento. Si se queda en esos logros,
además de no poder saciar nunca el deseo de más placer, la frustración estará asegurada. La
salvación del hombre tiene que venir por lo que tiene de humano, no por lo que tiene de
común con todos los animales, por muy apetecible que sea.
Todo ser humano tiene la sospecha de ser más de lo que cree ser. En la medida que camine
hacia esa plenitud no conocida, pero ansiada, el hombre se va acercando a su salvación. En la
medida que se conforme con la superficialidad de lo sensible, renuncia a sus mejores
posibilidades y cercena su verdadera humanidad. El ansia de plenitud no puede quedar
colmada con la satisfacción de sentidos, pasiones y apetitos.
Echar la culpa a Adán y Eva de todo lo malo que le acontece al hombre fue la manera de
explicar el problema del mal. Al llegar la creencia en un solo Dios bueno, justo, perfecto, etc.,
ya no se podía atribuir a Dios el mal en el mundo. Al no tener medios para poder explicarlo de
otra manera, emplearon todo su ingenio para buscar una solución que dejara a Dios en buen
lugar y cargara toda la responsabilidad sobre el hombre.
La interpretación literal del relato bíblico del pecado de Adán y Eva, ha dado al traste con toda
búsqueda de una solución más de acuerdo con los conocimientos de cada época. Ese relato,
mal entendido, sigue incapacitando a la mayoría de los cristianos para encontrar una
explicación del problema del mal, que debemos plantear más allá del hombre y de Dios.
Como el problema del mal es especialmente peliagudo y no tiene una fácil explicación que
pueda satisfacer nuestras exigencia cognoscitivas, no se ha tenido inconveniente en culpar a
Adán y Eva de todos los desastres de la humanidad, aunque hoy sabemos que esa explicación
no tiene ningún fundamento teológico o antropológico, pero además, tampoco tiene ninguna
posibilidad histórica de haber sucedido.
Hoy sabemos que no hubo unos primeros padres de toda la humanidad. Que Dios no creó
ningún Adán directamente. Que el homo sapiens, es el producto de una evolución que no tiene
vuelta de hoja, pero que aún no somos capaces de explicar. También sabemos que la
capacidad de razonar, es decir, de conocer y elegir, no surgió de repente y de una vez por
todas. Aún más, hoy sabemos que podemos ir más allá de la razón.
Sabemos que esa capacidad se adquirió a través de millones de años. En ningún momento de
esa evolución podemos descubrir salto alguno. Pero también sabemos que la evolución no ha
terminado y que el ser humano sigue avanzando en sus posibilidades de ser. Que no tenemos
ni idea de lo que puede llegar a ser dentro de unos cuantos milenios. Que pueden surgir
nuevas e impensables posibilidades de ser humano.
La evolución llevada a cabo por los seres vivos durante más de tres mil quinientos millones de
años se puede considerar como una ininterrumpida y larga salvación. Progresar es superar las
dificultades que toda vida encuentra para mantenerse y superarse. Esta constante lucha por
adaptarse al medio hizo posible progresos insospechados, y no puede tener límites.
Lentamente vamos conociendo el largo camino que el género homo ha recorrido hacia lo
humano. Aún no tenemos todos los eslabones, pero nos acercamos al conocimiento del
proceso. Incluso nos estamos acercando al conocimiento del salto de la materia inorgánica a la
materia viva. Hoy sabemos que la materia tiene en sí misma energía y cualidades suficientes
para producir la vida sin necesidad de intervenciones externas.
II
Historia de la salvación
Ya hemos dicho que el objetivo de toda religión es asegurar un cierto grado de salvación. Pero,
a la hora de concretar en qué consiste esa salvación, la oferta de cada religión es muy distinta.
No podía ser de otra manera porque la distancia que las separa en tiempo, espacio y cultura es
inmensa; precisamente porque todas tratan de responder a las expectativas de los hombres de
cada época y cada cultura.
Sin embargo, si sabemos profundizar un poco, en todas ellas descubriremos un venero común,
que nos puede permitir comparar las distintas concreciones y entrar en una visión de conjunto
que puede ayudarnos a comprender mejor de qué hablamos cuando nos referimos a nuestra
propia religión. Para todas, salvarse es trascender nuestra condición de criaturas pegadas a lo
terreno y mirar un poco más allá de las narices.
Tenemos indicios de que existieron religiones hace más doce mil años. El hinduismo es la
religión más antigua de la que tenemos escritos. Es un pena que no la conozcamos mejor,
porque nos podía enseñar mucho a los cristianos que hemos llegado anteayer. Para ellos la
religión, si se puede llamar así, es una forma de vida. Lo divino y lo humano está tan unido
que no tiene sentido pensar en dos realidades diferentes.
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El hinduismo dentro del politeísmo, hace referencia a una realidad (Brahmán) que está más
allá de toda comprensión. A pesar de esa trascendencia, también postula su presencia en el
centro de nuestro propio ser como Atman. Todos quedamos identificados con esta realidad
última que nos atraviesa. Es más, para ellos la única forma de contactar con la realidad última
es la toma de conciencia de la unidad de todo.
El Bhagavad Gita introduce una corriente muy bien acogida por el pueblo. Se trata de proponer
la devoción a un Dios personal con el que puedes relacionarte a través de ofrendas, plegarias,
ritos… Este Dios es muy atractivo para la devoción popular. La necesidad de la relación
personal tuvo más éxito con el tiempo, que el conocimiento intuitivo de la unidad de todas las
cosas. De ahí surgió la multiplicación de dioses.
Resumiendo mucho, la salvación, para ellos, consistiría en librarse del ciclo de las
reencarnaciones y convertirse en Brahama. Esto supone haber superado todo conflicto y haber
conseguido la armonía completa y total. Librarse del Karma de las malas acciones y alcanzar la
paz interior que supone una superación de todos los conflictos provocados por un falso yo, que
pretende alzarse con el santo y la limosna.
Podemos decir que el hinduismo propone tres caminos para alcanzar la salvación. El primero es
el camino de las obras, cumpliendo en todo momento con los deberes cotidianos. El segundo es
el camino del conocimiento: si la causa de nuestra esclavitud es la ignorancia, el único modo
de superarla será el conocimiento. El tercer camino es el de la devoción. Este es el elegido por
la inmensa mayoría del pueblo de la India.
El budismo es otra de las corrientes religiosas que sigue muy vigente. Buda emprendió su
andadura espiritual precisamente para encontrar la liberación de apego a las realidades
terrenas, que, según él, era la causa de todos los sufrimientos que arruinaban a los seres
humanos. Ahora bien, el desapego de la realidad sensible solo se puede alcanzar descubriendo
otra Realidad que me dé lo que las otras no me pueden dar.
La meta es la iluminación y alcanzar el nirvana. La salvación no hay que buscarla en las cosas
ni en nuestra relación con ellas sino en el interior de uno mismo. Superando el engaño del yo y
descubriendo al Absoluto en ti, tomarás conciencia de tu verdadero ser. Desde ese
conocimiento, estarás capacitado para darte a los demás sin cortapisas ni miedos. La palabra
clave que indica esta postura es “compasión”. Una idea casi idéntica a nuestro amor cristiano
bien entendido.
En pocas palabras, la única manera de transformar el mundo es dar una vuelta de calcetín a tu
propia vida y tomar conciencia de lo que eres, superando la trampa de la búsqueda de
seguridades apegándote a todo lo que crees esencial para tu seguridad. Lo que Buda vivió y
predicó fue la consecución de una verdadera humanidad para todo hombre. Como puede verse,
está muy cerca de lo que aprendimos en el cristianismo.
No se trata del Paraíso perdido, porque para ellos el hombre nace absolutamente limpio. No
perder esa pureza es la tarea de todo creyente. Pero si la pierde, puede contar con la segura
benevolencia de Alá que definen como el compasivo y misericordioso. Para ello el único camino
es el arrepentimiento y la práctica de una piedad sincera.
En el Corán encontramos los cinco pilares que sostienen la vida de todo buen musulmán: 1) La
profesión de fe. 2) La oración. 3) La limosna. 4) El ayuno. 5) La peregrinación a la Meca al
menos una vez en la vida. El cumplimiento de estos cinco preceptos garantiza la liberación del
fuego eterno y la entrada en el Paraíso. En realidad no aporta nada nuevo a lo que habían
propuesto ya otras muchas religiones.
La salvación en el A T
No es que la Biblia hebrea hable de salvación; es que no habla de otra cosa. Toda ella es una
historia de salvación. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento no son más que una
epopeya de la salvación experimentada por un pueblo a través de veinte siglos de camino.
Demasiado tiempo para pensar en un concepto unívoco de salvación. La salvación que esperan
corresponde en cada época a las carencias que sufrían.
En el AT el único que puede salvar es Dios. Es más, el objetivo de apropiarse un dios poderoso,
es precisamente asegurarse esa salvación. Ésta es la realidad objetiva, pero en la Biblia se
presenta desde una perspectiva distinta: es Dios el que ha elegido a su pueblo entre todos,
para salvarlo. Aunque todas las religiones sienten la predilección de su dios, el pueblo judío
llevó al paroxismo el sentimiento de elección.
Es muy significativo que se hable en los relatos bíblicos mucho más de promesas de salvación
que de salvación real. En realidad teníamos que hablar de una historia de penuria y fracaso.
Esto nos tenía que hacer pensar muy seriamente en cómo tenemos que interpretar todos esos
textos. Aunque se hable de promesas de Dios, en realidad se están exponiendo las propias
expectativas de salvación en cada momento.
Aunque está presentado como una historia, en realidad el AT no refleja acontecimientos reales
sino una gran epopeya construida por un pueblo, perseguido y machacado hasta casi la
aniquilación, en el momento en que más carecía de esa salvación. Esta nueva visión crítica no
disminuye en nada su importancia, todo lo contrario, ahora estamos en condiciones de valorar
en su justa medida la hazaña de ese legado.
Hoy sabemos que todo el AT se escribió entre el s. VII y el IV A. C., precisamente en los
tiempos de repetidas derrotas y deportaciones, primero del reino del norte y después de Judea.
Fue en tiempos de rey Josías, cuando surgió un profundo movimiento religioso y un intento de
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dar sentido de pueblo escogido, a una población mísera y dispersa, completamente perdida en
la incomprensión de lo que les estaba pasando.
Para dar confianza a este pueblo deshecho, se desplegó esa epopeya, tal vez la más genial de
toda la historia de la humanidad. El hecho de que se haya elaborado cuando más lo
necesitaban es una prueba de su carácter aleatorio sin que ello exiga una intervención puntual
de Dios. Como todos los pueblos, los judíos sintieron la necesidad de construirse un pasado
glorioso, involucrando a Dios en su favor.
En ese fantástico relato, se las apañaron para convertir una historia de fracasos en una
grandiosa leyenda de gloria y esplendor. Utilizaron para ello una argucia genial. Cuando las
cosas les iban bien, Dios estaba con ellos. Cuando las cosas les iban mal, la culpa la tenían los
hombres que no habían obedecido los mandatos de Dios. Dios premiaba la fidelidad, pero
también castigaba la traición, casi siempre de idolatría.
No tiene sentido que los seres humanos de hace 40 siglos esperaran la misma salvación que
nosotros hoy. El concepto de salvación va cambiando a medida que el ser humano va siendo
capaz de darse él mismo las pequeñas salvaciones de cada día. Lo más perentorio era
mantener la vida, después hacerla más cómoda. Por fin se puede pensar en una calidad
humana que vaya más allá de lo estrictamente material.
Debemos tener muy claro que se trata siempre de una salvación de las dificultades que
impiden una vida armoniosa sin sobresaltos y en paz, pero siempre de un bienestar en este
mundo sin pensar en un más allá. Esta armonía puede ser rota por los enemigos de un pueblo,
por los desastres naturales o por las actitudes egoístas de los miembros de ese pueblo.
Cuando el pueblo está en una situación que amenaza ese bienestar y se da cuenta que no
puede escapar por sí mismo, acude a su Dios o inventa uno nuevo para que le salve de esa
situación de peligro. La verdad es que ninguna religión es capaz de escapar de esa tentación de
poner a Dios a su servicio. Ni siquiera nosotros, después de dos mil años de cristianismo,
hemos sido capaces de superar esa dinámica.
Queda muy bien reflejado en la Biblia que los seres humanos siempre ponen la salvación en lo
que anhelan y no pueden conseguir o en la posibilidad de perder lo bueno que poseen o en
librarse de la carencia radical, que tienen encima y de la que no pueden librarse. Desde esta
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perspectiva, nada más humano que buscar en alguien más poderoso que ellos, esa liberación,
que ellos mismos no pueden conseguir.
Toda la epopeya bíblica está montada desde la doble perspectiva de promesa y cumplimiento.
Bien entendido que el pleno cumplimiento no ha llegado nunca, porque todas las promesas
surgían de su profundo deseo de superación de la situación adversa. El pueblo hebreo ha vivido
siempre en la expectativa de una salvación que no llegó nunca. Todavía hoy siguen esperando
una actuación de Dios que les salve.
¿Qué le promete Dios a Abran? Lo que no tiene: descendencia. Cuando ha asegurado una
descendencia ¿qué le promete Dios? Lo que no tiene: una tierra propia. ¿Qué le promete al
pueblo cuando era esclavo en Egipto? Lo que no tiene: libertad. ¿Qué le promete cuando ya
está en la Tierra prometida? Lo que no tiene: un reino poderoso. ¿Qué le promete cuando está
cautivo en Babilonia? Regresar a su Tierra y reconstruir el Templo.
La salvación que se narra en la Biblia siempre tiene la misma dinámica. Comienza con la
experiencia de una necesidad perentoria, que el hombre no puede satisfacer por sí mismo y
pide a Dios que le eche una mano para sacarlo del apuro. Ese mismo mecanismo les lleva a
adherirse a un Dios que esté dispuesto a cumplir con sus expectativas. Si no existe, es igual,
se le inventa, y quedan tan a gusto.
Cuando se trata de luchar contra el enemigo, será el dios guerrero. Cuando se trata de
organizar una religión, será el dios que necesita un culto en un lugar determinado. Cuando se
trata de dejar clara su soberanía, será un dios que exige sacrificios y sometimiento absoluto.
Cuando se trata de superar los propios fallos, será el Dios de misericordia infinita. Siempre
estamos dispuestos a crear el dios que necesitamos
Para satisfacer la necesidad de salvación que busca el pueblo judío, es imprescindible el dios
externo y todopoderoso. Sin esas cualidades su Dios no les serviría de nada. El Mesías
anunciado por los profetas, será salvador definitivo. Pero siguen pensando en la liberación de
la opresión de otros pueblos, de modo que el pueblo elegido llegue a ser el dueño y señor no
solo de sí mismo sino de todos los demás pueblos.
Hay un dato muy interesante a este respecto, la salvación de la que habla la Biblia es siempre
colectiva. La salvación individual solo es posible por la pertenencia a una familia y a un pueblo.
Ésta es una idea genial que tenemos que recuperar, porque el ser humano solo alcanza su
plenitud por las adecuadas relaciones con los demás. “Porque tuve hambre y me disteis de
comer, tuve sed y me disteis de beber.”
Los profetas siguen ansiando la salvación material, pero ahora luchando contra la injusticia de
los propios gobernantes que explotan a los súbditos sin compasión alguna. Este aspecto
convierte a los profetas en verdaderos líderes para todos los tiempos. Su predicación sigue
siendo válida en nuestros días. Pero teniendo en cuenta que de las opresiones no nos liberará
Dios si nosotros no ponemos toda la carne en el asador.
Llevaban muchos siglos bajo dominaciones extranjeras. Las dos últimas impuestas por los
griegos y los romanos. No es fácil para nosotros hoy tomar conciencia de lo que significaba
para un judío, cuyo único señor era Dios mismo, tener que vivir sometido a la tiranía de otro
soberano. Para descubrir la gravedad del problema tenemos que recordar que en aquella época
no estaba separado el aspecto religioso del político.
Para un buen judío, lo más duro no era la dependencia política y material. Lo lacerante era
precisamente constatar que Dios no era su soberano y que tenían que obedecer al tirano de
turno. Todos los levantamientos contra el poder opresor, que conocemos, tenían siempre un
componente religioso. Esta motivación les hacía pensar que Dios iba a estar de su parte en la
pelea, cosa que no podía suceder más que en su mente.
Precisamente en tiempo de Jesús se habían multiplicado los intentos de liberación por parte de
personajes o grupos que no estaban de acuerdo con las instancias oficiales, que se habían
acomodado a la situación, sacando incluso provecho de ella. Surgieron muchos movimientos,
unos de carácter más religioso y otros de carácter más político, pero todos con la intención de
salvar al pueblo de la opresión de los romanos.
En este ambiente encaja muy bien la figura del Bautista, que intenta dar a su movimiento un
carácter más religioso que político. Juan insiste que es la postura de cada uno la que tiene que
conseguir el favor de Dios. La conversión es, para él, el único camino que les permitirá escapar
de la ira de Dios. Piensa todavía en un Dios justiciero, pero apunta a que cada uno tiene en su
mano conseguir que ese Dios le acepte.
La formidable figura de Jesús surge de este caldo de cultivo, con la misma intención de liberar
a los oprimidos de todas las limitaciones que impedían el desarrollo de un mínimo de
humanidad. Con todo, Jesús da un giro profundo a la predicación de Juan. Propone una
liberación interior, no solo externa. Por primera vez se habla de un Dios que es Padre y que es
Amor. Jesús no predica sacrificios sino fidelidad.
Lo primero que debemos advertir es que Jesús vivió de una manera determinada y esa manera
de vivir fue su auténtica predicación. Descubrir en el NT esa manera de vivir de Jesús no es
tarea fácil porque solo nos ha llegado lo que pudieron captar los que vivieron con él. Ellos
interpretaron la vida de Jesús desde su propia manera de entender el judaísmo y sobre todo
tomando como punto de referencia el AT.
Ahora bien, Jesús desbordó por los cuatro costados el marco de la religión judía. Como pasa a
todas las religiones, la judía se había desvirtuado y metido por derroteros inaceptables para
una persona verdaderamente espiritual. Esto ya lo habían denunciado todos los profetas, pero
Jesús fue mucho más allá y rompió todos los moldes. Denunció el formalismo y predicó una
autenticidad religiosa, más allá de normas y preceptos.
El Reino de Dios
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El tema de la salvación no ocupa mucho espacio en los evangelios. En su lugar dejan muy claro
que Jesús predicó el Reino de Dios. ¿Qué quiere decir esta gran metáfora? Nada tiene que ver
con la teocracia del AT ni con las teocracias que han surgido a la sombra del evangelio. Cuando
Jesús dice que el Reino de Dios está dentro de vosotros, desbarata todo intento de entenderlo
como una soberanía fría y externa.
Mientras creamos en un Dios, que reside en lo alto y desde allí crea y gobierna toda la
realidad, será imposible comprender las palabras de Jesús. Si no superamos la idea del dios
omnipotente, bajo cuyo dominio se encuentra toda la creación, no podremos acercarnos al
significado de la expresión “Reino de Dios”. No se trata de que Dios tenga un reino, sino de que
Dios es Reino. Me gusta más la expresión “reinado de Dios”.
Se trata de un ámbito en el que se hace presente lo que Dios es, pero no por una fuerza
desplegada por Él sino por nuestra manera de relacionarnos con los demás. Cuando decimos:
reina la paz, no estamos diciendo que la paz tenga un reino, sino que las circunstancias en que
una comunidad se desarrolla hace posible la armonía y la paz entre sus miembros. Decir que
Dios reina es decir que reina el amor.
Al proclamar la llegada del reinado de Dios, Jesús quería decir que las relaciones humanas
estarían fundamentadas en el amor y no en el egoísmo. Quería decir que el interés individual o
de un colectivo no iba a estar por encima del interés de cada uno de los demás seres humanos.
Estamos muy lejos de haber alcanzado este objetivo. Debemos reconocer con humildad que el
reinado de Dios sigue siendo una tarea a realizar.
El reinado de Dios que Jesús predica y vive significa la radical fidelidad de Dios al hombre. Por lo
tanto, la realidad primera de ese Reino la constituye Dios que se derrama y se funde con cada ser
humano. No es una realidad que hace referencia en primer lugar al hombre, sino a Dios, pero es
el ser humano el que tiene que hacerla presente cada día con sus actitudes.
Para Jesús, la salvación del hombre consiste en descubrir y vivir esa Realidad Absoluta en él. Dios
se vuelca sobre el hombre porque no puede dejar de ser fiel a sí mismo. Con ello, no hace un
favor al hombre, sino que responde a su mismo ser que es amor. Esto es sin duda un
evangelio, es decir, “buena noticia”. Ese don total de Dios a cada uno, permite a todos
manifestar su amor y realizar la armonía entre todos los seres.
El cambio que introdujo Jesús en su predicación con relación a la salvación que esperaban en
su tiempo, fue tan drástico que era de todo punto imposible que lo aceptasen los dirigentes
religiosos y estudiosos de la Biblia. Echó por la borda todos los convencionalismos que no iban
en la dirección de ayudar al ser humano a ser más humano. La pena fue que los cristianos
tardaron muy poco en recuperar el fundamentalismo del AT.
El enorme cambio que aportó Jesús fue precisamente la superación de todas las falsas ideas
religiosas que habían atenazado a su pueblo. La idea más nefasta era la de pueblo elegido y
privilegiado. En su lugar puso al hombre concreto, a todo ser humano sin distinción de ninguna
clase. La salvación que predicó Jesús con palabras y hechos fue la liberación del hombre de
todo aquello que le impedía ser él mismo.
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El Dios de Jesús quiere que se salve el hombre en su totalidad. Pero además, deja claro que la
salvación tiene que llegar a todo ser humano. Nada de prerrogativas y privilegios ni para unos
pocos ni para un pueblo. Dios es el mismo para todos. Ni tiene ni puede tener predilecciones
para con nadie. Dios elije sin excluir. Lo más preciado para Dios es cada persona.
La comunidad se salva cuando cada persona que la constituye está salvada. Nada que ver con
la visión del AT, que habla de una salvación del pueblo antes de la salvación individual. Jesús
superó la tentación de poner por delante de los individuos el valor de los entes de razón
(comunidad, pueblo, nación, clase, etc.). Para Jesús, el único valor absoluto era la persona,
cualquier persona, sin distinción alguna.
Tan original fue esa perspectiva, que después de veinte siglos, aún tenemos que defender esa
postura, porque no es el sentir de la mayoría de los cristianos. En nombre del Dios de Jesús se
sigue machacando a innumerables seres humanos que no disfrutan de un ambiente adecuado
para poder desarrollar su propia humanidad. Seguimos poniendo por encima de la persona la
defensa de la institución, que es un ente de razón.
Jesús no puso la salvación en una nueva religión, que, por desgracia, copió todo lo que él había
criticado de la suya. No hizo propuesta alguna de nuevos templos o de ritos diferentes. No
aportó ninguna nueva ley que sustituyera la antigua. Solo mandó una cosa: que os améis los
unos a los otros. Una relación entrañable entre hermanos será para él la verdadera salvación.
Recuperó así la única norma universal, el amor.
No se exprimió el coco con explicaciones doctrinales sobre Dios o sobre el hombre. Relativizó
las Escrituras hasta tal punto que hizo pensar a los fariseos que iba en contra de ellas. Nunca
le interesaron las formalidades, fueran de tipo que fueran. No le dio importancia alguna a lo
que llamaban pecado. Lo único que le interesó fue el trabajo a favor del ser humano excluido y
marginado.
De religión a religión
Es verdad que nos ha llegado solo la interpretación de lo que dijo y lo que hizo, pero aun así, el
mensaje es tan original y claro que podemos hacernos una idea bastante aproximada de lo que
manifestó con sus dichos y hechos. Seguramente vivió mucho más profundamente la vida de lo
que nos han sabido trasmitir. Todas sus relaciones estuvieron enmarcadas en la preocupación
por desplegar lo humano en cada uno.
Hoy debemos seguir intentado arañar en lo que nos ha llegado para descubrir un mensaje, tan
profundamente humano, que sigue siendo novedoso para nosotros después de veinte siglos.
Sabemos en qué dirección iban sus enseñanzas y podemos y debemos avanzar en esa
dirección. No se entiende cómo su predicación pudo dar origen al cristianismo como una nueva
religión, que se ha estancado en ritos, dogmas y normas.
Sin duda que el punto de partida de su vivencia personal fue su propia religión, pero ahondó
tanto en ella que terminó considerándola como un corsé que le impedía ser él mismo. Es muy
significativo aquel latiguillo de los evangelios: “Habéis oído que se dijo… pero yo os digo… no
hay en él ni asomo de desprecio a AT, pero dejan muy claro que toda escritura tiene que ser
profundizada y actualizada en cada época.
También me ha llamado siempre la atención aquella frase: “Tengo muchas cosas que deciros
pero no podéis cargar con ellas por ahora”. Todo lo que predicó y vivió lo sacó de dentro, por
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eso esperaba que otros después de él, seguirían sacando de su interior lo mismo que él
experimentó e incluso más. Sus enseñanzas no cayeron del cielo, sino que surgieron de lo
hondo de su ser, como plenamente humano que era.
Al final del capítulo 6 de Juan, podemos encontrar uno de los textos más claros sobre la
salvación que nos ofrece el NT. El resultado no puede ser más desolador. Todos los que le
estaban oyendo se marcharon. De tal forma que tiene que decir a sus discípulos: ¿también
vosotros queréis marcharos? Menos mal que en esta ocasión Pedro estuvo a la altura: ¿A quién
acudiremos? Solo tú tienes palabras de vida eterna.
La oferta que les hace es muy clara: les indica el camino de la plenitud de Vida que él vive y
que ha recibido del Padre. “El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre, del mismo
modo el que me come vivirá por mí”. La alternativa es clara: o vivir la misma Vida de Dios o
quedarse en la racionalidad y hacer de ella la única meta. Respondió la gente: este discurso es
inaceptable; ¿quién puede hacerle caso?
No es que rechazaran la oferta, es que ni siquiera entendían de qué les hablaba. Efectivamente
la propuesta va contra los intereses egoístas más arraigados. Desde la carne, desde la biología
pura y dura, no tiene ningún sentido que dejemos de preocuparnos por nosotros mismos y nos
dediquemos a los demás. Juan había puesto en boca de Jesús: “el Espíritu es el que da Vida, la
carne no es de ningún provecho”.
Es más, solo desplegando nuestras posibilidades espirituales, podemos dar verdadero sentido a
la misma biología. Vivir desde las exigencias de la carne sola, lleva consigo una limitación
radical y por lo tanto, cercena la verdadera meta de todo hombre como verdadero ser humano.
Para ver donde nos encontramos solo tenemos que hacernos esta pregunta: ¿Cuánto tiempo y
energía dedico al cuerpo o al espíritu?
Hoy seguimos ignorando la propuesta de Jesús. En nombre del evangelio seguimos ofreciendo
unas seguridades derivadas del cumplimiento de unas normas. No se invita a los fieles a hacer
una elección de la oferta de salvación que Jesús propone. No nos interesa el mensaje de Jesús
sino solo nuestros propios anhelos de salvación, que no van más allá de la satisfacción de los
instintos y pasiones de la pura animalidad.
Es descorazonador el seguir pensando que Dios está más presente en un trozo de pan
consagrado que en el ser humano que sufre y espera nuestra ayuda. Nosotros hoy con una
religión tan anclada en la ley como la judía, debemos hacer el mismo desmontaje que hizo
Jesús. También nosotros debemos arriesgarnos como se arriesgó él y perder el miedo a salir de
nuestras seguridades formales y convertir la religión en Vida.
Si tenemos en cuenta que todo lo que había de divino en él estaba en su humanidad, resultará
clave para nuestro estudio descubrir el grado de humanidad que alcanzó durante su vida
terrena. Desde que la predicación de Pablo pasó por alto este aspecto humano de Jesús, se nos
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ha conducido directamente hacia su divinidad, sin darnos cuenta de que esa divinidad sin
humanidad en que sustentarse, quedaba vacía de contenido.
Sus primeros seguidores no fueron detrás de él porque descubrieron lo divino sino porque su
comportamiento era la manifestación plena de lo humano. Ahora estamos empezando a darnos
cuenta de esta realidad que tiene que cambiar nuestra manera de entender a Jesús. Es curioso
que, a partir del s. III, el mayor problema de fe, no fuera aceptar la divinidad de Jesús sino la
aceptación de su humanidad.
El increíble esfuerzo que se hizo durante casi todo el siglo pasado por acercarse al Jesús
histórico, nos ha abierto un horizonte completamente nuevo para conocerlo. Volver a ver a
Jesús como el “hijo de hombre” nos obliga a valorar lo humano que en él transparentó lo
divino. En veinte siglos de cristianismo, nunca habíamos estado tan cerca de un auténtico
conocimiento de lo que realmente fue Jesús.
Tampoco el ser humano es un desecho incapaz de la más mínima autoestima. No estamos aquí
para cumplir sus órdenes sino su voluntad, como dijo el mismo Jesús. Esa voluntad está
impresa en lo más hondo de cada ser. Ahí tenemos que descubrir lo que Dios quiere de
nosotros. Si no descubro la voluntad de Dios en lo profundo de mi ser, dependeré de leyes frías
que me vienen de fuera, y seguiré dando palos de ciego.
Solo una vida verdaderamente humana puede ser realmente divina. Después de Jesús, no
podemos seguir separando lo humano y lo divino. Dados los prejuicios en los que hemos sido
educados, va a ser muy difícil que nos atrevamos a dar el salto. Pero a la vez, muchos
cristianos y no cristianos han asumido que si no superamos los prejuicios míticos, la religión
terminará convirtiéndose en algo irrelevante para nosotros.
En Jesús podemos encontrar la clave para desplegar la vida humana. Su mérito fue ahondar en
la comprensión de lo que significa ser hombre. Nos demostró que todo ser humano es a la vez,
mortal e inmortal, carne y espíritu, humano y divino. Todos tendemos a refugiarnos en los
extremismos. O nos empeñamos en dar valor absoluto a la carne o intentamos ser solo
espíritu. En ambos casos el fracaso está asegurado.
Los cristianos del siglo XXI tenemos la ventaja de haber descubierto en Jesús la manifestación
de esos valores humanos que poseemos todos, pero que todavía no hemos descubierto en
nosotros. Al verlos reflejados en la vida humana de Jesús, debemos asumir que también
podemos vivirlos como los vivió él. La única manera de ser cristianos es acercarnos cada vez
más, al conocimiento de la vida de Jesús.
Bajo la apariencia mortal, nuestra Vida es eterna. Recordar: “Todo el que está vivo y cree en
mí, no morirá para siempre”. O: “Hemos pasado de la muerte a la Vida, lo sabemos porque
amamos a los hermanos”. Estas frases y otras parecidas, debían proyectarnos hacia una total
confianza, pero no hablamos de a una esperanza de futuro sino de presente. Todo lo que
esperábamos obtener en el más allá, lo tenemos aquí.
De Jesús podemos decir con total seguridad: ¡Pero qué humano era! Esa humanidad es la que
vieron en él sus primeros discípulos. Esto es lo que les ayudó a superar el trauma de la muerte
en la cruz. El recuerdo de su humanidad, fue lo que les condujo a la experiencia pascual, que
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consistió en tomar conciencia de que la divinidad estaba en él. Y esa misma divinidad estaba
ahora en ellos dándoles Vida.
Resumiendo: la oferta de salvación de Jesús es una Vida. Pero se trata de una Vida absoluta,
total, definitiva, que ya, aquí y ahora, trasciende el tiempo y el espacio. “yo he venido para
que tengan Vida y la tengan abundante”. El resto de este escrito tiene como objetivo indicar
las trampas y peligros que como la biológica, tiene esa Vida. Como la biológica, viene dada,
pero tenemos que cuidarla, potenciarla viviéndola.
A alguno le puede extrañar que distingamos entre la salvación de Jesús y la de los primeros
cristianos, pero hoy tenemos claro que no tienen por qué ser idénticas. Jesús no fundó el
cristianismo. Tomar conciencia de esta realidad es clave para poder entender lo que pasó en la
experiencia pascual. En las últimas décadas se ha repetido una frase, cuyo origen no está
claro: “Jesús predicó el Reino de Dios… pero nació la Iglesia”.
Ya dijimos que la propuesta de Jesús a sus inmediatos seguidores, tiene poco que ver con las
expectativas del AT. Aunque tanto los evangelios como Pablo y los demás escritos del NT,
hablan de la salvación anunciada por los profetas, la verdad es que lo que propone Jesús es
algo completamente nuevo. El hecho de que todos se empeñen en explicarla desde el AT, nos
dificulta el descubrir su originalidad y diferencia.
Jesús va mucho más allá de las necesidades materiales, para adentrarse en las exigencias del
ser. En el AT, rara vez se va más allá de las exigencias biológicas, al hablar de salvación. Pero
lo que Dios espera de cada uno de los seres humanos es lo que exige nuestro verdadero ser,
que no es otra cosa que descubrir y vivir la presencia de Dios como fundamento de cada uno y
manifestar y hacer presente lo que Dios es.
Desplegar esa presencia significa hacer nuestra la misma Vida de Dios que ya se encuentra en
nosotros. Este Dios-Vida de Jesús tiene muy poco que ver con el todopoderoso del AT. La
verdadera vida del hombre no es la biológica ni la sicológica ni la racional, sino la Vida interior
que puede desplegar gracias a que Dios se la está comunicando en todo momento. Solo ahí
podemos encontrar la verdadera salvación.
La experiencia pascual llevada a cabo por las primeras comunidades cristianas, consistió en el
descubrimiento de que Jesús les estaba comunicando su misma Vida. Esto lo consideraron
verdadera salvación. No es un mensaje que llega desde la estratosfera sino la exigencia más
genuina de nuestro ser, que solo muy pocos seres humanos fueron capaces de descubrir, de
vivir y proponer a los demás.
Las expectativas mesiánicas que los judíos del tiempo de Jesús tenían, no se cumplieron en
Jesús. Por mucho que los evangelios machaconamente repitan: “esto sucedió para que se
cumplieran las Escrituras”, lo cierto es que la vida y la predicación de Jesús va mucho más allá
de lo anunciado por el AT. El pueblo judío solo esperaba que su Dios les salvara de la opresión
de los demás pueblos y les hiciera dueños del mundo.
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La mejor prueba de esto, es que todos los representantes de la religión judía de su tiempo,
especialmente los especialistas en la Escritura, la rechazaron y siguieron esperando al Mesías.
Jesús no fue el Mesías anunciado. Su experiencia de Dios fue mucho más allá de todo lo que
anunciaba la Ley y los profetas. Esto no quiere decir que el AT sea inútil. Quiere decir que, aun
sirviendo de base, no es suficiente para entender a Jesús.
El esfuerzo que los primeros cristianos hicieron para convertir a Jesús en el Mesías esperado,
se debió a la necesidad de conectar el cristianismo con el judaísmo. Para ellos, todos judíos, la
única manera de legitimar la figura de Jesús era interpretarla desde las Escrituras. Esta
obsesión seguramente les llevó a construir relatos que no dejaran lugar a duda, pero que no
expresaban adecuadamente la vivencia de Jesús.
Podíamos resumir la experiencia pascual como experiencia de resurrección. Pero estamos tan
acostumbrados a entenderla como reanimación de un cadáver, que es casi imposible para
nosotros llegar a su verdadero significado. El problema está en descubrir cómo podemos hablar
hoy de ella, superando las concepciones míticas de su tiempo. Para ello debemos adentrarnos
más allá de la letra de los relatos pascuales.
Aun sin entenderla literalmente, se nos ha explicado como un milagro extraordinario de Dios
sobre la persona de Jesús. Hoy sabemos que no se trata de un premio sino de la única meta
posible para un ser humano como Jesús. Entonces se abren perspectivas completamente
nuevas para su interpretación. Lo que pasó en Jesús es lo que tiene que pasar en mí. No puede
haber otra aspiración para el cristiano que resucitar como él.
La resurrección no es algo desconectado de la vida, como un apéndice, que ocurrió pero podía
no haber ocurrido. La resurrección se fraguó durante la vida. Ante de morir, Jesús ya había
resucitado. Es lo que quiso decir Pablo: “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe”. No significa
que Jesús pudo no haber resucitado sino que su vida tuvo la lógica y natural consecuencia que
exigía su trayectoria, seguir en la Vida.
La visión de una resurrección, ascensión y glorificación como premio a la vida y las obras de la
persona de Jesús, que nos han propuesto los relatos evangélicos, debe ser bien entendida.
Debemos tener muy claro que en nombre de una fe y una tradición, que entendió literalmente
los relatos, no podemos renunciar a buscar una visión más ajustada a lo que ellos pudieron o
quisieron decir.
No podemos seguir leyendo los evangelios sin un mínimo de exegesis. Los primeros seguidores
de Jesús no tenían los conceptos ni las palabras adecuadas para poder expresar lo que
vivieron. Debemos asumir que la teología se montó sobre ideas más o menos abstractas sin
tener demasiado en cuenta la verdadera vivencia de Jesús y de los discípulos en la Pascua.
La experiencia pascual no crea una nueva realidad. Lo único que hace es descubrir esa
novedad y vivirla. Que Jesús seguía vivo, fue su personal y comunitaria vivencia. Ellos fueron
tomando conciencia de ello, vivieron las consecuencias y trataron de comunicarlo a los demás.
Las apariciones no fueron la causa de ese descubrimiento sino una estrategia para comunicar a
los demás lo que ellos habían vivido.
Tampoco debemos caer en la trampa de necesitar una reivindicación por parte de Dios, como si
Dios hubiera quedado en mal lugar si no hubiera resucitado a Jesús. Necesitar esa muleta es el
mejor signo de que seguimos creyendo en un Dios omnipotente fabricado a nuestra medida. Si
Jesús vivió identificado con Dios, no se entiende que actúe sobre él desde fuera. Jesús no
necesita una nueva identificación con Dios
En la cruz, como en su vida, ya estaba Dios totalmente identificado con Jesús. El problema
estaba en que ellos no eran capaces de descubrirlo todavía. Descubrir esa presencia fue la
primera consecuencia de la experiencia pascual. La vivencia de lo que fue Dios en Jesús, les
hizo entrar en la verdadera Pascua. Este paso no fue fácil ni para los discípulos ni para Jesús.
Recordad: “aprendió sufriendo a obedecer”.
La salvación en Pablo
Puede ser muy útil tomar conciencia de la diferencia entre lo que predicó Jesús y lo que predicó
Pablo. Pablo acomodó la doctrina de las primeras comunidades de Palestina, para hacerlas más
asequibles a las comunidades gentiles que estaba fundando. El cambio fundamental fue hacer
de Jesús un ser divino sin matización alguna, a pesar de que Jesús nunca se consideró distinto
a los demás seres humanos.
Pablo fue el que estructuró la nueva religión y no tanto sobre la predicación de Jesús, sino
sobre sus propias ideas. Él recupero para el cristianismo la idea del dios del AT. Esa idea de
Dios del AT, que mantuvo, influyó en el modo de interpretar la propuesta de salvación que
llevó a cabo Jesús. Para Pablo, la salvación tenía que reflejar la idea de sacrificio expiatorio que
había mantenido su religión durante siglos.
El Dios justiciero de Pablo, nos salva exigiendo el sacrificio definitivo de Cristo en la cruz. Por
eso da tanta importancia al pecado en su teología. A Jesús no le preocupaba el pecado sino
toda miseria humana. Su obsesión fue siempre librar al hombre de esa miseria, que le impedía
ser él, salvando a todo el que sufre. Esa fue su manera de librarnos del pecado.
Ya vimos que el centro de la predicación de Jesús fue el Reinado de Dios, es decir, un ámbito
en el que todos los seres humanos pudieran desplegar su verdadera humanidad. En cambio la
obsesión de Pablo fue la moralidad. Removió cielo y tierra para terminar imponiendo a todos,
unas normas rígidas de moralidad, aunque llevara consigo mayor deshumanización. Él fue el
inventor de una moral sexual obsesiva y misógina.
Este modo de explicar a Jesús (Cristo) de Pablo tuvo un influjo muy grande en la modelación
del primer cristianismo. Incluso algunos se atreven a decir que su influjo fue mayor del que
tuvo Jesús. Los primeros escritos que circularon entre los cristianos no fueron los evangelios
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sino las cartas de Pablo. Hasta nosotros han llegado no pocas doctrinas propias de Pablo que
hemos aceptado como enseñanzas de Jesús.
El Dios de Pablo, fiel a la idea del AT, exige una fidelidad externa que no tiene en cuenta las
circunstancias concretas de cada ser humano. De este modo, no le preocupa para nada que
sus exigencias obliguen al hombre y a la mujer a someterse y humillarse hasta sentirse
despreciados e indignos. Con esto consiguió transmitir la idea de que, para acercase a Dios, el
camino más rápido es alejarse del hombre.
Un cambio sustancial fue trastocar la idea de Mesías de la tradición judía, como salvador
religioso, político y social, por el Mesías que vino a ofrecerse como rescate por nuestros
pecados, trayéndonos una salvación escatológica, para el más allá. Puesto que el cristianismo
que prevaleció fue el de la diáspora, la posterior teología parte de estas ideas, que no aparecen
en las primeras comunidades de Galilea y Jerusalén.
Para Pablo, esa salvación ya ha ocurrido en la cruz. No hay que esperar otra sino hacer nuestra
la ya conseguida por él. Esa salvación no es para los judíos sino para todos los que crean en él.
Pablo cambia todos los requisitos para alcanzar esa salvación en Cristo. No es el cumplimiento
de la Ley sino la fe la que logrará en adelante la salvación. Pablo dio el primer paso desde el
Jesús que predica al Cristo predicado.
Es muy extraño que Pablo, siendo fervoroso judío como él mismo nos dice, exprese una y otra
vez el rechazo de la salvación por el cumplimiento de la Ley. Tuvo que tener razones muy
poderosas para atreverse a dar este paso. Probablemente su educación griega y el
conocimiento de las religiones del mundo pagano le ayudaron a superar la idea de una
salvación exclusiva para el pueblo judío.
Pablo fue sin duda, el que abrió definitivamente la puerta a los paganos para incorporarlos al
cristianismo. Para conseguirlo aprovechó su preparación teológica y humanista, que le
permitieron aprovechar todos los recursos de las religiones paganas que podían incorporarse al
mensaje cristiano. Con gran habilidad matizó el mensaje de Jesús, de tal manera que pudiera
ser aceptado por los paganos sin sobresaltos.
Sin embargo no hay que olvidar que en la carta a los filipenses dice a los cristianos de aquella
comunidad que “se esfuercen con santo temor en lograr la salvación”· Esto quiere decir que no
se puede dar valor absoluto a una frase, por muy rotunda que parezca a primera vista. Deja
claro que la salvación está disponible gracias a Cristo que murió por nosotros, pero cada uno
tiene la tarea exclusiva de hacerla suya personalmente.
Pablo afirma sin ambigüedad alguna que “Cristo murió por nuestros pecados”. Este es el
estribillo que repite de una y otra manera siempre que habla del tema. La resurrección de
Cristo es la prueba de que Dios le glorificó. Por eso la expresión máxima de nuestra salvación
será también la resurrección con él. Precisemos pues, que la salvación no está en su muerte
aislada sino en su muerte y resurrección.
Pablo se olvida de la idea de salvación de todo el AT y no haba para nada de las salvaciones
materiales (de la opresión, de las penurias, etc.) La salvación en Pablo tiene un carácter
eminentemente escatológico. No se puede dar plenamente en este mundo. Aquí tenemos que
vivir de la esperanza. Solo en la nueva venida de Cristo y con la resurrección de los muertos
puede alcanzar su verdadera dimensión la salvación cristiana.
Hay que aclarar sin embargo, que para Pablo, el cristiano está viviendo ya el tiempo
escatológico. Por el bautismo estamos ya participando de Cristo resucitado. El bautizado ha
pasado de la muerte a la Vida y tiene que vivir como salvado. La justificación se ha dado ya, y
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el cristiano tiene que vivir aquí y ahora como salvado, aunque no lo esté totalmente. El Espíritu
recibido en el bautismo es la garantía de esa salvación.
Para terminar, no es necesario insistir en el empeño de Pablo por aclarar que lo que nos salva
es la fe en Cristo. Clavo ardiendo al que se agarró Lutero para defender la salvación por la fe,
no por las obras, con la intención de marcar diferencia frente la Iglesia romana. Lutero se pasó
cinco pueblos al añadir “sola fide”, es decir, la obras no tienen importancia con tal que la fe sea
más fuerte que ellas.
En realidad la discusión sobre la fe o las obras, ha sido estéril, aunque haya durado cinco
siglos, porque no tiene ningún sentido hablar de una salvación vicaria sin el compromiso
personal de cada uno. Las palabras de Pablo hay que interpretarlas en el contexto en el que las
pronunció y para nada quiso decir que el cristiano podía desentenderse de las obras para
alcanzar una verdadera salvación.
Debemos recordar que Pablo incorporó a su predicación el ideal de perfección griega, que tuvo
una influencia nefasta en la comprensión posterior del mensaje cristiano. El abismo intelectual
que separaba a ambas culturas nos ayuda a comprender por qué el mensaje de Jesús no podía
calar fácilmente en el ámbito de comprensión greco-romano si no se le traducía a conceptos
aceptables para esa cultura.
La salvación que alcanzó Jesús y que quiso proponer a sus seguidores, no fue entendida de
buenas a primeras, ni siquiera por sus más próximos seguidores. Fue necesario un proceso de
maduración interna, que no culminó hasta después de su muerte con la experiencia pascual.
Pero se volvió a perder en cuanto las comunidades crecieron y dejaron de fundamentar su
pertenencia a la comunidad en la experiencia interior.
Esta falta de experiencia volvió a desorientar a los cristianos y permitió que se buscara una
salvación más externa y controlable. La iglesia se tuvo que apoyar en ritos, doctrinas y
normas, para poder garantizar su subsistencia. Las exigencias de Jesús se sustituyeron por
programaciones externas que no exigían ya ninguna experiencia pascual ni vivencia interior.
Pablo fue un maestro en el arte de organizar comunidades. Está muy claro que esa actividad,
que desarrolló durante toda su vida, tuvo éxitos incontestables. Lo que no está tan claro es que
lo consiguiera trasmitiendo fielmente las vivencias de Jesús. Se desentendió del Jesús terreno
y empezó a predicar muy pronto el Jesús trascendente y glorificado. Naturalmente, la relación
del cristiano con ese Jesús es de adoración.
El tema de la salvación ha sido en todos los tiempos una parte importante de la teología. Ya
hemos dicho que la preocupación primera de todas las religiones es ofrecer seguridades a sus
seguidores. Sería imposible un repaso, aunque fuese muy rápido, por las distintas propuestas a
través de los veinte siglos de cristianismo. Marcaremos solo algunos rasgos que se han
mantenido constantes duran los veinte siglos.
En los primeros siglos ya se fijó la perspectiva que iba a mantenerse durante todo el
cristianismo. La salvación se identificó con redención y así permaneció hasta el día de hoy. Se
trataba de librarnos del pecado y de la condenación eterna.
Se generaliza la idea de salvación eterna para el más allá. Esta idea no aparece en la filosofía
griega, aunque de ella tomaron los cristianos los conceptos de un alma inmortal.
28
La huida del mundo se convirtió muy pronto en la mejor manera de asegurarse ese más allá, a
costa de un absoluto desprecio por el más acá. Merecía la pena renunciar a todo goce terreno
con tal de garantizar una eternidad feliz. De esta idea surgió el monacato que se ha tenido
como paradigma de un auténtico cristianismo. Estos movimientos partieron de una idea
maniquea que suponía demoníaco todo goce sensible.
Pero la característica principal de la salvación cristiana, durante todo ese tiempo, sería que nos
llega por la muerte y resurrección de Jesús. Esta idea no la encontramos en ninguno de los
evangelios, a pesar de que se encuentra con claridad en Pablo que es anterior, como ya hemos
dicho. Sin embargo tuvo tanto éxito que no existe un solo teólogo en los dos mil años de
cristianismo que no parta de este supuesto.
Los Padres de la Iglesia, siguiendo a Pablo, desarrollan la tesis de la salvación, no por las obras
sino por la fe en Cristo. También dan por supuesto que fue la muerte de Jesús en la cruz la que
nos liberó de la deuda de nuestros pecados ante un Dios justiciero. Esta imagen de la salvación
por la cruz, arraigó de tal manera que aún no nos hemos librado de ella.
San Agustín se encargó de especificar que nadie podía escapar de esa salvación, aunque no
tuviera pecados personales, porque en virtud del pecado de Adán todos nos habíamos
convertido en pecadores y solo había una manera de quitarnos de encima esa lacra, el
bautismo. Pero este sacramento no era más que la manera de aplicar a cada uno, la salvación
que Cristo nos mereció a través de su muerte en la cruz.
Durante toda la Edad Media, se mantuvieron las visiones de la salvación ya consolidadas por la
patrística. Se siguieron elaborando complicadas doctrinas para explicar mejor aquella
salvación. Pero en el s. XII toma cuerpo la idea del juicio final, que iba a trastocar la visión del
más allá y a llenar de zozobra lo que antes se tenía por seguridades. Esto obligó a respuestas
más concretas sobre la suerte de los difuntos.
El juicio final cobró tanta importancia en el imaginario colectivo que todas las precauciones
eran pocas para asegurarse la absolución en dicho juicio. En vez de confiar en la bondad de
Dios, se inventaron infinitos subterfugios para garantizarse la liberación de los pecados. A
partir del s. VIII, la confesión se convirtió en instrumento indispensable para poner a Dios de
nuestra parte en el supuesto juicio definitivo.
Todas las precauciones anteriores a la muerte, no bastaban para tranquilizar a los vivos. Se
inventaron cientos de ritos y ceremonias para garantizar el cielo a los muertos. Se podía
asegurar la salvación del alma no solo con oraciones y ritos sino con dinero o posesiones
donadas a la Iglesia. Esto provocó la avaricia de las más altas instancias de la jerarquía. De
hecho los estipendios por difuntos se mantienen vigentes.
III
Ofertas de salvación hoy
Sería ridículo arremeter contra los increíbles logros de nuestro tiempo. El progreso, en
cualquier orden de la vida humana, es positivo y debe seguir siendo un objetivo de la
29
humanidad. Lo que vamos a criticar aquí no es el progreso en sí, sino una mala utilización de
sus logros, ya que pone en los goces sensibles su confianza y olvida que el ser humano es
mucho más que biología, sicología y racionalidad.
Hemos perdido la capacidad de crítica y aceptamos como bueno lo novedoso, sin pararnos a
pensar si es de verdad tan bueno. De valorar lo antiguo como lo único bueno, hemos pasado a
rechazarlo sin más y aceptar lo nuevo como valor absoluto. El mito de un pasado idílico del
hombre conectado con lo divino lo hemos sustituido por otro mito proyectado sobre el futuro
que solo depende del hombre y su racionalidad.
La racionalidad ha conseguido logros increíbles pero nos ha alejado del verdadero núcleo de lo
humano. Los avances científicos y tecnológicos nos han permitido (a unos pocos) vivir con toda
clase de comodidades, asegurándonos una vida biológica mucho más rica y placentera, pero
me temo que la calidad humana de la población en general no ha seguido el mismo progreso,
ese que nos llevaría a una vida más plena.
Lo humano ha quedado reducido a una mayor capacidad de consumir y adquirir más y más
productos aunque no los necesitemos para nada. Con mucha más razón que el filósofo griego
Sócrates, podríamos exclamar lo que él dijo al entrar en un supermercado de su época: ¡De
cuantas cosas puedo prescindir! O recordar otra famosa frase: no es más rico el que más tiene
sino el que menos necesita.
En realidad, esta suplantación de las decisiones personales por consignas venidas de fuera,
nos aleja cada vez más de lo verdaderamente humano. Cada día somos más marionetas
movidas por los hilos de intereses económicos de unos pocos que nos tiranizan. La titánica
lucha por la libertad que había caracterizado los últimos siglos ha desembocado en la
esclavitud más absoluta a un único señor, el dinero.
La lucha por la libertad, que tanto ha costado conseguir, está naufragando ante los embates de
la sociedad de consumo que nos está arrastrando hacia mayor esclavitud. No nos estamos
dando cuenta y no tenemos mecanismos de defensa contra esta situación. Las estructuras que
antes impedían la libertad, han sido sustituidas por poderes más sutiles pero más eficientes
que mantienen al hombre alejado de su realización.
La libertad para pensar y expresar lo pensado fue uno de los logros de la Ilustración. Sin
embargo hoy hemos caído en la trampa del pensamiento único, gracias a la capacidad de unos
30
pocos, de imponernos su manera de pensar. Solo que ahora lo hacemos voluntariamente y
encantados de seguir a la masa en la única dirección que otros nos señalan. La propaganda no
va dirigida a la razón sino a nuestras emociones y sentimientos.
Todo en aras de una capacidad de consumo y de satisfacer necesidades sensoriales que nos
incapacitan para una actitud crítica. Hemos cedido a la tentación del hedonismo que nos
mantiene engañados pero aparentemente felices. Hemos vendido nuestra primogenitura por un
plato de lentejas. Lo humano ha dejado de interesarnos, ante la comodidad y placer que
producen productos cada vez más sofisticados.
Creemos ser más libres, pero al engañarnos con ofertas aparentemente ideales nos han
convertido en inconscientes esclavos. La libertad formal que creemos disfrutar se ha convertido
en esclavitud real. Como no somos conscientes, será muy difícil salir de esta situación. Hemos
dejado de pensar por nosotros mismos y nos hemos acomodado a lo políticamente correcto sin
la más mínima capacidad de crítica.
Hemos dicho que el progreso tiene mucho de positivo pero eso que tiene de bueno está lejos
de llega a todos los hombres. Los que tenemos la clave de ese progreso defendemos con uñas
y dientes los privilegios que nos aporta y luchamos por no perderlos aun a costa de que la
mayoría de la población mundial quede excluida de ellos. Este otro aspecto convierte también
nuestro progreso en radicalmente inhumano.
La actitud que está tomando Europa y todo el mundo occidental con relación a los refugiados,
es claro ejemplo del más refinado de los egoísmos, lo cual es la expresión de una absoluta falta
de humanidad. Esos desgraciados que huyen de la guerra o simplemente del hambre, no
pueden ser tratados como delincuentes porque intenten sobrevivir o incluso beneficiarse de los
logros de nuestro primer mundo.
Esta actitud deshumanizadora es posible gracias a la falsa idea de salvación que manejamos la
mayoría de los privilegiados. Poner la salvación en la posibilidad de consumir más o aumentar
nuestras seguridades, en vez de salvarnos nos deshumaniza. Cuando olvidamos que muchos
seres humanos no pueden desarrollarse como tales por culpa de nuestro egoísmo estamos
deteriorándonos como seres humanos.
Tampoco podemos ser ingenuos y caer en la trampa de ‘papeles para todos’. Se trata más bien
de encontrar la manera de solucionar un problema acuciante que está machacando a un
número cada vez mayor de personas que tienen el mismo derecho que nosotros a vivir una
vida digna. Eso solo se puede conseguir con la superación del egoísmo, tanto individual como
de las naciones.
Hoy ya estamos un poco de vuelta, pero hace unos siglos se llegó a creer que todos los
problemas del hombre quedarían resueltos cuando los conocimientos avanzaran lo suficiente.
Incluso se llegó a decir que el hombre dejaría de necesitar proyecciones trascendentes, porque
encontraría en este mundo material la satisfacción completa de sus anhelos.
Fueron precisamente los más prestigiosos científicos los que dieron la voz de alerta. La ciencia
no resolverá todos los problemas porque, por mucho que avance, nunca llegará a ser perfecta.
El conocimiento exhaustivo de todos los aspectos de la realidad será imposible. La ciencia es
como el horizonte: cada paso que das hacia él, parece que te acercas pero en realidad se va
alejando cada vez más.
31
No es que la ciencia no haya ayudado a superar sangrantes carencias de toda índole.
Reconocer las infinitas posibilidades que el conocimiento racional ha aportado al ser humano es
obligado. Pero aparte de que esas mejoras no han llegado a todos, la solución de los problemas
verdaderamente humanos no puede aportarlos la ciencia. El poner todas las esperanzas en ella
nos puede llevar a una frustración deshumanizadora.
La historia se ha encargado de demostrar que los avances de la ciencia han hecho más
agradable la vida del hombre sobre la tierra, pero también se ha utilizado como instrumento de
esclavitud. Siempre que una parte de la población utiliza los avances para aprovecharse de los
demás, éstos se hacen perversos. Pensemos en el uso que hemos dado a hallazgos tan
fantásticos como la pólvora o a la energía nuclear.
No basta con que el ser humano alcance conocimientos cada vez más certeros para garantizar
el progreso humano, porque se pueden utilizar de manera deshumanizadora. Mientras más
capaces somos de hacer el bien, mayores posibilidades tenemos de hacer daño. Normalmente
vemos primero lo malo y nos asusta, pero también debemos reconocer lo mucho que se está
haciendo por mejorar las condiciones de la humanidad.
Aunque basada en la ciencia, la técnica ha conseguido avances aún más espectaculares que la
ciencia. Tanto en la ingeniería de grandes obras como en el campo de la nanotecnología, los
logros han sido increíbles. Ni siquiera podemos imaginar lo que nos tiene preparado el futuro
en esta materia. ¡Quién podía imaginar que tomándote una pequeña píldora se podría explorar
todo el intestino sacando una película de su situación!
Por muchos beneficios que la técnica puede seguir aportando a la humanidad, la plena
salvación del ser humano no puede llegar por ese camino, sencillamente porque el ser humano
es mucho más que lo que se puede manipular mecánicamente. La plenitud humana es de otro
orden y debemos alcanzarla con otros instrumentos. Ser más humano no coincide con ser
capaz de resolver cada vez más problemas técnicos.
En el campo de la biología, una vez que podemos manipular los genes, son inconcebibles las
posibilidades que se abren. Esa capacidad de manipular un embrión humano deja el campo
abierto a cualquier monstruosidad, si no se sabe gestionar desde una auténtica humanidad.
Esa necesaria humanidad no la aporta por sí misma la técnica. Tiene que ser el fruto de una
profunda convicción y búsqueda.
Nunca ha disfrutado el género humano de más medios económicos para satisfacer las más
diversas necesidades de todo orden. Pero, precisamente en este momento, estamos asistiendo
a un desinfle absoluto de la confianza en el progreso ilimitado. Ni el proceso de crecimiento
puede ser ilimitado ni la capacidad de consumir más puede ser la solución para el futuro del
hombre.
La tremenda crisis económica que estamos atravesando en este momento nos tenía que hacer
pensar. Para que la economía a nivel mundial pueda seguir funcionando el producto interior
bruto tiene crecer por lo menos al 2%. Pero por otra parte sabemos que ese crecimiento no
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puede ser ilimitado y para todos, porque los recursos de la tierra disminuyen y el número de
los habitantes aumenta.
Todo proceso piramidal exigiría, para ser verosímil, un proceso sin final en su desarrollo. En
cuanto el proceso esté limitado de cualquier manera, el fracaso está asegurado. El crecimiento
económico está limitado por un doble aspecto. Por una parte los recursos, que se agotan, y por
otra parte el número de seres humanos, que sigue creciendo sin que se vea solución a corto
plazo. Si en estos dos aspectos no frenamos la marcha el colapso está asegurado.
Una simple observación deja patente este problema. Si en este momento los 7.000 millones de
habitantes de nuestro mundo consumieran la misma cantidad de papel, per cápita, que
consumen en EE UU, en menos de un año, no quedaría un solo árbol sobre la tierra. Pero es
que lo mismo pasaría con el petróleo o con otras materias primas. El desarrollismo es
insostenible y tenemos que tomar conciencia de ello.
Es tremendamente inhumano que una parte de la población pueda seguir el ritmo de consumo
que lleva, gracias a que otra parte significativa carece de lo imprescindible para vivir. Sería
imposible que todos los habitantes del mundo consumieran tantos alimentos o vestido como
los más ricos. Considerar salvación humana una situación en la que se privilegia a unos pocos,
abusando de la mayoría, no tiene ningún sentido.
La salvación que no llega a todos no puede ser una verdadera salvación humana. Si alguno se
cree más humano porque puede despilfarrar lo que otro necesita para sobrevivir, es que hemos
llegado a un grado de depravación tal que ya no podemos hablar de humanidad. No vale decir
que yo no puedo hacer nada por quitar el hambre del mundo. Tú puedes ayudar al que espera
algo de ti y eso es lo único que se te exige.
Hoy se habla mucho de globalización, pero es deprimente constatar que solo en el orden
económico está consiguiendo algún éxito y además, solo en beneficio de unos pocos. Este
funcionamiento no solo no beneficia a los más pobres sino que ha conseguido que las grandes
financieras y empresas multinacionales tengan más éxito y consigan más beneficios,
aumentando la desigualdad a una velocidad desorbitada.
Qué bonito sería que se globalizaran los alimentos para que nadie pasara hambre sobre la
tierra. O que la globalización llegara al vestido, o a la enseñanza, o a la vivienda, o a la
sanidad. La verdadera globalización consistiría en que todos los que habitamos un mismo
mundo tuviéramos las mismas posibilidades en todos los órdenes. Esta sería la globalización
que nos haría de verdad más humanos a todos.
Detener esa deriva exigiría aprender a vivir consumiendo menos y distribuyendo mejor los
recursos disponibles. Resulta que seguimos en la dirección contraria. Cada día menos personas
consumen más recursos y muchos más disponen cada vez de menos bienes de consumo. Es
sangrante constatar que la tremenda crisis que acabamos de atravesar haya sido aprovechada
por los más ricos para ganar más.
Pero aquí los ricos tenemos un error de perspectiva alucinante. A medida que los menos
favorecidos se vayan dando cuenta de la injusticia que están padeciendo, se revolverán contra
33
sus opresores. Esa rebelión es una de las lecciones que nos ha dado la historia de todos los
tiempos, pero no queremos aprender de los errores del pasado y seguimos escondiendo la
cabeza debajo de la arena, como el avestruz.
Los problemas económicos no se pueden resolver solo con más técnica. Tiene que entrar en
juego la recuperación de valores auténticamente humanos que nos permitan revertir la deriva
consumista en la que nos hemos metido. Estamos a tiempo, pero no tenemos mucho tiempo
que perder. Si no actuamos con rapidez y eficacia podemos llegar al punto de no retorno y
aniquilarnos como especie.
Ya hemos apuntado anteriormente esta cuestión, pero tiene tanta importancia en el desarrollo
de nuestra sociedad que vamos a dedicarle unas líneas. No somos conscientes del deterioro
que causa a nuestra humanidad la deriva hedonista. No valoramos en su justa medida lo que
significa que nos cataloguen como consumidores. La verdad es que para llegar a ser
consumidores, antes nos han convertido en productores.
Partiendo de que todo ser humano busca la felicidad, fue muy fácil convencerle de donde la
podía encontrar sin esfuerzo. No hay nada más fácil que engañar al que quiere ser engañado.
Los conocimientos de la sicología humana que aportó Freud, aprovechados hábilmente por
intereses económicos y políticos, fueron de inestimable ayuda. Conocer el subconsciente fue
clave para influir en la masa sin que se diera cuanta.
El dar valor absoluto al placer inmediato y a las satisfacciones personalistas nos aleja de una
verdadera evolución humana y cercena la posibilidad de crecer porque ese crecimiento como
humanos exige esfuerzo. La promesa de una felicidad barata e inmediata es el señuelo infalible
para arrastrar a la inmensa mayoría. Destacar el lado bueno de las promesas, olvidándose de
los inconvenientes, es una manera fácil de convencer.
Ha sido un proceso lento que no ha nacido de lo hondo del ser humano, sino como efecto
colateral de las posibilidades de disponer de productos sin límites. Una vez producidos los
infinitos objetos de consumo, se instrumentaron los mecanismos necesarios para convencer a
la gente de que debía utilizarlos. Lo han conseguido de manera tan rotunda que la mayoría de
las cosas que compramos son inútiles.
Una vez puesta la felicidad en el uso de un producto, está preparado el camino para poner en
el dinero toda la confianza. Hemos puesto en el lugar de fin último lo que solo debía ser un
medio. Ya no habrá manera de enderezar una actitud que no puede ser verdaderamente
humana. La consecuencia inevitable es la frustración de la inmensa mayoría de la población,
que no puede acceder a esos productos.
Aunque en teoría es fácil desenmascarar esta farsa, en la práctica se presentan las mayores
dificultades para salir de esa dinámica. La inercia nos arrastra y nos impide pararnos a pensar
en lo absurdo del planteamiento. Al vivir pendiente de las satisfacciones que me llegan de
fuera pierdo la conexión con el centro de mi ser y deambulo por este mundo descentrado, sin
saber quién soy ni a donde voy.
Los que hemos vivido una economía de pura subsistencia no podemos entender esa actitud.
Cuando el único objetivo a conseguir era poder comer o poder vestir, no ya adecuadamente
sino a nivel de mínimos, no había cabida a otras especulaciones. Los jóvenes de hoy no pueden
comprender esa situación y dan por supuesto que tienen derecho a vivir satisfaciendo todos
sus caprichos.
Oferta de la sicología
No han sido menores lo avances en el campo de la sicología. El mejor conocimiento del interior
del hombre nos ha permitido asomarnos al abismo interior. Durante milenios se ha creído que
para ser felices los seres humanos tenían que solucionar sus carencias materiales. La felicidad
consistía en mayor inteligencia, mejor salud o una economía boyante. Una vez superadas esas
limitaciones la vida sería un camino de rosas.
Siempre se ha creído que los verdaderos salvados han sido los místicos. Hoy sabemos además
por qué su vida llegó a tener una armonía y una paz no accesible a la mayoría de los mortales.
El secreto está en que consiguieron un equilibrio personal fuera de lo normal. Descubriendo su
auténtico ser desplegaron todas las posibilidades de humanidad. Es una clara demostración de
que la biología no es lo más importante.
Sabemos que la salud biológica depende de las actitudes sicológicas hasta tal punto que a los
médicos les asusta reconocerlo porque parece menoscabar su tarea de sanadores. Un equilibrio
síquico adecuado puede tener efectos increíblemente beneficiosos en la salud corporal. Pero
aun así, no son aspectos intercambiables. Es más, existe el peligro de que intentemos una vida
espiritual buscando solo el beneficio corporal. Lo cual es sencillamente una locura.
Debemos luchar con uñas y dientes porque todo el mundo logre un equilibrio mental saludable,
pero cuando eso no se puede conseguir, no debemos caer en la desesperanza. A pesar de esas
limitaciones, aún queda un gran margen de posibilidades para las personas enfermas. Es
mucho más importante para un discapacitado mental encontrarse a gusto y feliz, que alcanzar
un desarrollo intelectual superior.
Oferta de la filosofía
Siguen siendo válidas las preguntas de siempre: de dónde venimos, qué pintamos aquí, a
donde vamos. Pero hoy las formulamos desde una perspectiva muy distinta. Ni las respuestas
mágicas ni las respuestas míticas ni las respuestas hedonistas pueden ya satisfacer nuestros
anhelos. Los nuevos paradigmas sustituyen los viejos a ritmo endiablado. Si no seguimos
buscando, nos quedaremos fuera de juego.
Casi todas las respuestas se han quedado obsoletas. Las ansias de conocer, nunca saciadas, se
han disparado. Las nuevas técnicas de investigación en todos los campos han abierto
horizontes impensables hace muy pocas décadas. Nadie ni nada podrá detener este
incontenible afán por más saber. Cada nueva respuesta provoca mil preguntas.
La Modernidad comienza cuando el ser humano se atreve a pensar por su cuenta y se libera de
metafísicas, religiones y teologías. Primero, aceptando el mundo como lo percibimos por los
sentidos como punto de partida. Después, asumiendo que la razón humana es capaz de
interpretar la realidad con plena autonomía. Los problemas humanos debe solucionarlos el
hombre, desplegando todas sus posibilidades de conocer.
Pero el filósofo no se conforma con entender la situación del hombre en el mundo, sino que
propone como objetivo primero cambiar la relación del hombre con la naturaleza y las
realidades transcendentes. Tendríamos que estar agradecidos a los filósofos de la sospecha
(Marx, Nietzsche y Freud) de habernos espabilado y hacernos ver la contradicción de un
sometimiento sin crítica alguna a las tradiciones mitológicas.
Los tres arremeten contra la religión como la causante de la infantilidad del ser humano. En
algún aspecto no les faltaba razón. Aquella religión que proponía la expulsión del hombre de un
paraíso y a continuación, proponía la recuperación del mismo para el más allá, distorsionó la
36
comprensión del hombre. Vieron en esa propuesta mítica la excusa para no hacer nada por la
liberación del hombre oprimido aquí y ahora.
Para ellos la salvación está en manos del hombre. Él es el que tiene que poner toda la carne en
el asador para superar la situación de marginación y penuria en la mayor parte de la población
mundial. A pesar de ser filósofos, supieron dar más valor a los hechos que a las teorías. Toda
una advertencia a nuestra institución eclesiástica, que sigue dando más importancia a los
dogmas que a la preocupación por el hombre
Nietzsche pretendía devolver la confianza al hombre hundido en la más absoluta miseria por
los dogmas de una religión que le privaba de toda posibilidad de salvarse a sí mismo. El ser
humano es capaz de alzarse sobre sí mismo y acceder a su verdadero estatus. Es lo mismo que
pretende la religión, pero por otro camino. Si acepto que lo que creo recibir de Dios lo tengo ya
asegurado, Nietzsche tiene toda la razón del mundo.
Esta crítica feroz contra la religión debe hacernos pensar. El ser humano no será más humano
por ser más fuerte, más inteligente, más sano, más equilibrado sicológicamente. Todos
tenemos la obligación de luchar con uñas y dientes por nuestra propia salud biológica y mental
y por la de los demás, pero sabiendo que eso no es lo más importante. Esta es la clave de todo
nuestro razonamiento. No es nada fácil de entender.
No basta reconocer que el ser humano tiene unas posibilidades ilimitadas. Es preciso dilucidar
cuales de esas posibilidades le llevarán a su plenitud y luchar por desarrollar en primer lugar
las que le lleven a mayor humanidad. Asegurar a todos la comida, el vestido, la vivienda, la
enseñanza, etc., es algo digno de elogio, pero debemos puntualizar que solo es un mínimo
indispensable que no garantiza mayor humanidad.
Es curioso constatar que el comunismo de Marx es la propuesta original del cristianismo. En los
Hechos se dice: “y lo tenían todo en común”. El error fue pretender imponerlo desde fuera,
antes de que las personas maduren lo suficiente para descubrirlo como la manera de alcanzar
mayor grado de humanidad. El resultado ha sido no una igualdad entre todos los hombres sino
un igualitarismo desencarnado e inhumano.
La filosofía no ha dicho aún la última palabra. Liberada de las ignorancias científicas y del
férreo control de la religión, tiene un prometedor camino por delante. Puede ser el campo más
propicio para dilucidar el futuro del hombre. El hombre puede especular sobre su futuro y
hacer propuestas más humanas. Todos hacemos nuestra filosofía, pero creo que cada vez más
seres humanos retomarán la tarea específica de filosofar.
Muchas veces he dicho que la vida consiste en una capacidad de almacenar y procesar
información. Si esto fuera cierto, las nuevas máquinas computadoras podrían adelantar al
hombre, que se cree el culmen de la evolución. La inteligencia artificial, que ya es un hecho,
podría terminar por suplantarnos y erigirse en una nueva especie que nos superaría con
creces.
Será de vital importancia el descubrir si ese paso, que se dará, supone una salvación para el
ser humano o su aniquilación, es decir, la total desaparición del homo sapiens. No será fácil de
digerir la posibilidad de ir más allá de lo humano sin un mínimo de seguridad de lo que vamos
a conseguir.
Estas máquinas ya son capaces de almacenar más información que el cerebro humano y
procesarla a una inimaginable velocidad. Esa información estará disponible siempre y no se
borra ni se deteriora. En cambio el cerebro humano puede seguir funcionando gracias a su
capacidad de olvidar.
IV
¿De qué me tienen que salvar?
Ya dijimos que salvar es evitar un peligro inminente o superar una carencia frustrante. El ser
humano tendrá que afrontar, mientras exista, estas dos posibilidades. Hay limitaciones que
nunca podremos eliminar. Hay peligros que estarán siempre ahí. Y hay metas deseables que
nunca podremos alcanzar. Por eso la salvación será siempre una actitud, un proceso, nunca
una meta a conseguir en un momento determinado.
Es la inquietante pregunta que nos tenemos que hacer en primer lugar. ¿En qué limitación
radical o en que peligro inminente se encuentra el ser humano que puedan ser superados hoy?
La verdadera salvación no puede consistir en eliminar todas nuestras limitaciones porque
dejaríamos de ser humanos. Más bien debemos buscarla en ampliar el marco de nuestras
posibilidades, a pesar de esas limitaciones.
El contrasentido en que nos han metido las religiones es precisamente hacernos creer que no
podemos alcanzar una plenitud humana por ser demasiado humanos. El que seamos
conscientes de nuestras limitaciones no nos debe acomplejar sino todo lo contrario, debe
animarnos a seguir luchando por conseguir lo que falta a mi plenitud, conscientes de que
nunca llegaremos a alcanzarla del todo.
Es ésta una advertencia sutil que debemos sopesar. Tan peligroso es convencernos de que
estamos salvados como creer que no hay posibilidad de salvación. Ahora bien, toda salvación
que nos venga de fuera, se referirá solo a lo accidental de mi ser. Debemos desconfiar de
todas esas ofertas de salvación que nos llegan desde fuera. Ninguna de ellas podrá afectarnos
en lo sustancial.
Nada de lo que pertenece a nuestra manera esencial de ser puede cambiarse desde fuera. Y
nada que venga de fuera puede estar en contra de nuestra plenitud. Es más, solo tomando
conciencia de lo que somos como seres humanos, podremos alcanzar nuestra verdadera
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salvación humana. Las limitaciones que son inherentes a nuestra condición de criaturas no
pueden obstaculizar nuestra plenitud esencial.
En todos los tiempos los seres humanos han sido conscientes de sus carencias. La mayoría de
ellos han estado convencidos de que no podían superar sus miserias sin ayuda. Esa ayuda
tenía que venir de fuera, de seres superiores que ponían a nuestra disposición sus poderes. A
esos seres poderosos se les llamó dioses. Lo malo fue que a esos seres se les atribuyó una
existencia metafísica que necesitaba intermediarios.
Ya tenemos los ingredientes necesarios para que una religión se deslice por el resbaladero de
la manipulación. Primero nos convencen de que estamos hundidos en la miseria, y luego nos
prometen que nos sacarán de esa miseria donde ellas mismas nos han metido. Una religión
que evitara esta trampa, tendría que afinar mucho su objetivo para mantenerse incólume. Si
alguien te convence de que tu salvación está solo en sus manos será muy difícil someterle y
manipularle.
La religión ha sido muy útil para los espíritus ambiciosos y sin escrúpulos, porque les ha
permitido manipular y someter a los demás seres humanos. Es relativamente fácil conseguir la
docilidad de aquel a quien hemos convencido de que tengo en mis manos su destino. Si se
trata del destino no solo temporal sino eterno la capacidad de sometimiento será absoluta. Si
nos convencen de que alguien es el representante de Dios será más fácil cualquier clase de
manipulación.
Ha llegado la hora de superar estas mitologías. El ser humano está indudablemente lleno de
limitaciones, pero también está repleto de posibilidades que puede y debe descubrir y
desarrollar para alcanzar una plenitud auténticamente humana. Para ello no necesita apelar a
ningún auxilio externo, porque todo lo que necesita lo puede encontrar dentro de sí. Esa
energía viene de algo que es más que él, pero no tiene por qué venir de fuera de sí mismo.
Toda la energía que pudiera venir de un Dios imaginado ahí fuera, la tienes dentro de ti. No
hay ningún dios más allá de las nubes. Solo mirando a lo más hondo de ti, podrás encontrarte
con el verdadero Dios, porque solo ahí puedes descubrir al Único que existe y está haciendo
posible que tú existas. El Dios que hemos colocado fuera es un ídolo. Ese ídolo pudo ser
necesario en una etapa temprana de la evolución, pero hoy el hombre está capacitado para
superarla.
Nadie nos tiene que salvar de nada. Somos un inmenso cúmulo de posibilidades que tenemos
que desplegar, poniendo en marcha los recursos que tenemos al alcance de la mano. La
evolución será un progresivo despliegue de esos recursos que tenemos que seguir
desarrollando. Claro que necesitamos de los demás para descubrir esos recursos. Todo el que
me ayude a conocer y vivir lo que ya soy, me está salvando.
No es fácil entrar en esta nueva dinámica. La salvación solo llegará cuando te des cuenta de
que no necesitas ninguna salvación externa. Mientras necesites llegar a ser otra cosa de lo que
ya eres o que tienen que añadirte algo que aún no tienes, estás engañándote a ti mismo. La
lucha entre tu verdadero ser y tu falso yo, permanece, y mientras esa batalla la gane el falso
yo no habrá verdadera salvación para ti.
Lo que acabamos de decir se ha planteado en todos los tiempos bajo otra perspectiva. La
incógnita del mal ha inquietado siempre al ser humano. La verdad es que se ha planteado
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siempre como un misterio insondable. Desde los primeros conocimientos históricos que han
llegado a nosotros, se han planteado soluciones míticas muy complicadas.
Debo ser un ingenuo irreductible porque para mí no se trata de ningún misterio. Lo que
llamamos mal es consecuencia inevitable de nuestra condición de criaturas y, como tales,
limitados. La pretensión de que un ser creado sea perfecto, además de ser inútil, es absurda.
Pero también es cierto que la carencia de perfección no debemos interpretarla como algo malo
en sí. Precisamente esas carencias son las que me permiten evolucionar sin límites.
El problema del mal es el gran obstáculo a la hora de situar al ser humano con precisión en su
entorno vital. El hombre ha empleado toda su capacidad de reflexión para intentar superar el
callejón sin salida del mal. Todas las filosofías y todas las religiones han dedicado los mayores
esfuerzos a tratar de solucionar este problema. Como nosotros no hemos sido capaces de
encontrar una solución, nos pasamos la vida esperando que desde fuera nos llegue alguna.
El problema del mal nunca tendrá una solución definitiva desde el punto de vista racional. Por
más que nos rompamos la cabeza nunca podremos explicarnos el por qué y el para qué de una
realidad tan traumática. El problema del mal solo se puede solucionar afrontándolo de manera
vivencial. No eliminaremos el problema suprimiendo las limitaciones sino encajándolas en
nuestro propio modo de vivir.
Ya hemos señalado que seguramente la necesidad de un ser superior que pudiera sacar al ser
humano de ese atolladero, fue el primer paso hacia la religiosidad de todos los tiempos. Aún
hoy la búsqueda de un dios todopoderoso ahí fuera, es la consecuencia de esa conciencia de
fragilidad en la que estamos inmersos. ¿Y si el hombre no fuera tan frágil y pudiera solucionar
sus propios problemas?
Debemos empezar por diferenciar dos categorías de mal. No se trata de dos clases de mal sino
de dos realidades completamente diferentes. No es lo mismo que se desprenda un ladrillo y te
mate, o que otra persona te dé un ladrillazo y te mate. Los dos casos coinciden en que causan
una muerte, pero en el segundo nos encontramos con una actitud del hombre que es más
inhumana que la muerte causada.
El mal físico es inevitable desde el momento que somos criaturas y por lo tanto limitados por
los cuatro costados. La vida surgió aprovechando las circunstancias de un ambiente favorable,
pero esas circunstancias están siempre cambiando y muchas de ellas se oponen a la vida
constantemente. La vida es lucha en dos direcciones contrarias. Contra todo aquello que la
aniquila y a favor de aquello que la potencia.
Nadie nos puede liberar de todo mal físico, porque vivir es superar las dificultades que
encontramos para mantener nuestra estructura biológica. Si se pudieran evitar todas las
dificultades vitales se anularía la misma vida. Hay que estar muy concentrado para descubrir el
valor de este simple razonamiento. Puedo dar pleno sentido a mi vida gracias a que puedo
morir en cualquier momento.
El mal físico se puede abordar desde el punto de vista religioso y el mal moral se puede
abordar desde el punto de vista profano, sin referencia a ninguna creencia. El problema del mal
es una realidad que afecta a todos los seres humanos sean creyentes o increyentes. Y todos
tenemos la obligación de arrimar el hombro para tratar de solucionarlo. Plantearlo
abiertamente es la única manera de superarlo.
Con demasiada frecuencia las respuestas que ha dado la religión al mal físico han sido
descabelladas. No hay un dios por ahí fuera que lleve el control de todo los que pasa en la
creación. No hay un dios que haga y deshaga a capricho la realidad material. Las leyes de la
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física no han sido impuestas desde fuera por un ser superior. Mucho menos las leyes de la
biología responden al capricho de algún demiurgo.
Lo que llamamos leyes físicas no son más que la manifestación de la intrínseca realidad de las
cosas. No puede haber un ser que esté por encima de las leyes de la naturaleza. Nadie puede
cambiar esas leyes a capricho. Cuando hemos caído en la trampa de achacarle a Dios acciones
en contra de esas leyes, lo único que hemos manifestado es nuestra ignorancia de otras leyes
superiores que no conocíamos.
Naturalmente, existen limitaciones físicas que se pueden superar. La evolución de los sentidos
y de la misma razón estuvo encaminada a superar las dificultades de la vida. Tenemos la
obligación de emplear toda nuestra capacidad para superar estas limitaciones hasta donde sea
posible. Incluso el placer y el dolor fueron inventos que nos pueden ayudar en esa tarea. Vivir
es luchar a brazo partido contra el mal físico.
El ser humano tiene la obligación de luchar por la superación de esas carencias. Pero tiene la
misma obligación de ayudar a los demás seres humanos a superar las suyas. Esto da por
supuesto que en ningún caso debe ser causa de daño para los demás. Estos dos aspectos del
problema no siempre se comprenden. Con frecuencia nos conformamos con no hacer daño,
creyendo que con eso cumplimos.
Haremos algunas aclaraciones sobre lo que entendemos hoy por pecado. Durante siglos se nos
han trasmitido ideas mitológicas sobre esta realidad tan compleja. La principal tarea de
nuestros mayores era inculcarnos la idea de lo que estaba bien y lo que estaba mal, pero no
siempre tenían una idea clara de lo que estaba en juego con ese planteamiento. Con frecuencia
se creía que esa bondad o malicia dependía de un Ser superior que lo había determinado a
capricho.
La única referencia para determinar lo que era bueno o malo era que estaba mandado o
prohibido por Dios. Hoy sabemos que Dios no mandó nunca nada a ningún ser humano, ni
siquiera a Moisés. No podemos entender por pecado el incumplimiento frío y escueto de una ley
que ha bajado del mismo cielo. Pecado (si queremos seguir llamándolo así) es todo aquello que
hago o dejo de hacer, cuyas consecuencias negativas tiene que sufrir otro o yo mismo.
Es curioso que para el AT pecar es errar el blanco. Un concepto mucho más de acuerdo con la
condición humana que el que tenemos hoy, fruto de un maniqueísmo que lo ha distorsionado
todo. También es curioso que en el AT se tenga conciencia del pecado colectivo o pecado del
pueblo antes que del pecado individual, signo de que la pertenencia a un pueblo era vital para las
personas de aquellas primitivas comunidades humanas.
La necesidad de una doctrina de los pecados surgió después de hacerse normal la necesidad de
confesarse. Para hacer una buena confesión había que declarar todos los pecados según su
especie y número. Esto llevó a unas disquisiciones que hoy nos parecen más bien ridículas. Santo
Tomás tiene un capítulo de la Suma, que se titula “De distinctione peccatorum”.
Este capítulo se convirtió en una asignatura que estudiábamos durante todo un curso en
teología. Las disquisiciones alambicadas que nos hacían nos provocan hoy cierta sonrisa. Nos
enseñaban a distinguir unos pecados de otros, porque solo así se podía saber cuántos pecados
habías cometido. Nos han educado en esta dinámica y no será fácil librarnos de ella.
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Para que exista un pecado mortal, nos decían, se necesitaban tres condiciones indispensables:
completo conocimiento, plena voluntad y materia grave (menos en el sexto mandamiento en el
que no había materia leve). Ahora bien, si examinamos el mecanismo recóndito de la sicología
humana, descubriremos que un conocimiento pleno de que algo es malo para mí y la adhesión de
la voluntad a ese objeto es imposible.
Así llegamos a la ridícula conclusión de que el pecado definido por la moral católica es imposible.
Esto nos ha llevado a una esquizofrenia permanente. Nos convencieron de que éramos malos
porque no hacíamos lo que estaba mandado o dejábamos de hacer lo que Dios exigía. De este
modo nos metieron en una moral artificial que no tenía nada que ver con nuestras exigencias más
profundas. La triste realidad es que nos convencieron de que éramos malos cuando solo éramos
tontos.
El pecado solo es posible en la medida que el hombre esté sumido en la ignorancia. Solo con un
desconocimiento de lo que es bueno o malo para mí, es posible la adhesión de la voluntad al mal.
Con un ejemplo lo entenderéis: Si echásemos un anzuelo desnudo al mar, ¿cuantos peces
cogeríamos? Solamente cuando disimulemos el anzuelo dentro de un cebo apropiado
engañaremos al pez.
De aquí se deduce una consecuencia muy importante. Solo cuando descubramos el anzuelo
estaremos en condiciones de superar un mal (pecado). Solamente cuando hayamos descubierto
la razón de mal de una acción, estaremos en condiciones de apartar la voluntad del deseo de
llevarla a cabo. Y solo cuando descubramos la razón de bien, estaremos dispuestos a realizar una
acción que nos supone esfuerzo.
Pero si el pecado es fruto de la ignorancia, ¿dónde está su malicia? Precisamente en que esa
ignorancia es culpable, es decir, que el ser humano tiene los medios necesarios para descubrir la
razón de mal que hay en una acción, pero no los utiliza, unas veces por vagancia, otras por
miedo a las mismas exigencias que se derivarían de un descubrimiento de la verdad.
Hay una trampa en la que solemos caer y que también explica la poca eficacia del
arrepentimiento. Con frecuencia aceptamos teóricamente, porque nos lo han dicho, que una
determinada acción u omisión es pecado, pero en nuestro fuero interno no hemos descubierto la
relación de tal acción con el deterioro de nuestro ser; sabemos que está mandado o prohibido,
pero no sabemos por qué. Esta artificialidad anula la eficacia de una postura verdaderamente
humana ante el mal moral.
Esto nos obliga a actuar desde un voluntarismo que no puede alcanzar el objetivo deseado. La
voluntad no tiene ninguna capacidad de elección. Nos decían en teología que la voluntad es
una potencia ciega. Esto quiere decir que no tiene capacidad para actuar por su cuenta. La
voluntad se adhiere al bien y rechaza el mal y punto. Pero solo la razón tiene capacidad para
determinar si algo es bueno o malo.
El bien y el mal que puede mover la voluntad es el conocido, es decir, el que le presenta la
inteligencia como tal. Si la inteligencia se equivoca, la voluntad no tiene ninguna posibilidad de
rectificar. Insisto en esta aclaración porque es causa de muchos malentendidos. El
voluntarismo que tantas veces nos han exigido no tiene ningún valor en este caso.
Otra consecuencia importantísima de lo que acabamos de decir, es que la lucha contra el mal
debemos librarla en el ámbito del conocimiento, no en el de la voluntad. Nuestra principal tarea
para superar el mal moral, debemos ponerla en ampliar nuestros conocimientos sobre el
hombre y sobre la realidad material. Ese conocimiento es progresivo y tendrá que estar
actualizándose siempre porque nunca lo sabremos todo.
De esto podemos sacar una nueva conclusión. Ninguna ley moral puede tener valor absoluto,
porque todas parten de un determinado conocimiento del hombre y del mundo, que siempre
será limitado. Aunque nos lo hayan querido presentar como venida de Dios, en realidad toda
norma moral viene de la experiencia del ser humano. Y la mayor parte de las veces ese
conocimiento solo se da después de una amarga experiencia, es decir, después de habernos
equivocado.
El mal moral no puede afectar a un ser superior que está más allá de la realidad material. A
Dios no le pueden afectar nuestros fallos, como con frecuencia se nos ha dicho. El mal moral
puede tener dos efectos: uno exactamente igual que el mal físico, tiene influencia externa
negativa. Otro afecta al que lo causa, deteriorándole como persona humana. Este segundo
efecto solo recae directamente sobre el que produce el mal.
Ahora estamos en condiciones de comprender que nadie nos puede salvar totalmente del mal
moral. Para ello tendríamos que poseer un conocimiento perfecto de toda la realidad y así
poder juzgar con seguridad lo que es bueno o malo para mí, lo cual es imposible con el sistema
de conocimiento que tenemos como seres racionales. Nuestro conocimiento será siempre
limitado y, por lo tanto, con posibilidad de errar.
Según lo dicho, ni Dios, ni ningún ser superior puede librarnos, con su actuación, de ninguno
de los males que padecemos. Esto no quiere decir que la fe en un Dios sea inútil. Pero la
manera de ayudarme la fe no tiene nada que ver con la omnipotencia de Dios ni con su amor
infinito. La fe-confianza me ayudará a escuchar a todos aquellos que de verdad, me quieren
hacer bien sacándome del error.
Si confío en una Realidad que está siempre de mi parte, que no me rechaza nunca y que puedo
contar con su cercanía en todo momento, tendré en mis manos los elementos necesarios para
afrontar ambos males y estaré en condiciones de superar su fuerza destructiva. Solo hay que
tomar conciencia de que esa Realidad está siempre en mí y no puede fallarme. Lo que pudiera
depender de Dios para mi persona lo tengo asegurado.
Muchas veces interpretamos como mal lo que en realidad no lo es. Otras veces creemos que es
bien lo que no es. Tendemos a interpretar el dolor como mal, sin darnos cuenta de que sin
dolor la vida biológica sería inviable. Es aquí donde la razón suele patinar, porque poniéndose
al servicio del falso yo, aconseja a la voluntad que huya de todo lo que causa dolor, impidiendo
grandes logros solo porque exigen esfuerzo.
Lo mismo puede pasar con el placer. Tendemos a pensar que todo lo que me da placer es
bueno, y nada más lejos de la realidad. Si el objetivo de mi existencia es alcanzar en todo
momento el grado máximo de placer o evitar en lo posible todo dolor, tengo asegurado el
fracaso de mi vida. Lo que es bueno o malo para mí debo desligarlo del placer y le dolor, que
solos son indicadores instintivos, que el hombre debe superar.
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Debía entender como bueno para mí todo lo que me hace crecer como ser humano y como
malo lo que me deteriora como tal, es decir, todo lo que me deshumaniza. Si no salimos de la
perspectiva hedonista y seguimos guiándonos por el placer o dolor, pasaremos toda la vida
engañados y dando palos de ciego o caminando en la noche sin un meta adecuada a nuestra
condición de seres humanos.
En cuanto los seres humanos tuvieron el primer chispazo de inteligencia, constataron que el
mal existía, incluso en ocasiones se atrevieron a echar la culpa a los dioses o a los demonios.
Tal vez asumieron que era algo inevitable y no tenían más remedio que aceptarlo y ponerse en
manos de los que podían hacer algo por salvarles. Hoy esa perspectiva no nos sirve para salir
de nuestras zozobras.
No tiene ningún sentido preguntarse si podría existir un mundo sin mal, porque sabemos que
el mismo concepto de criatura lleva aparejada la limitación, que es la causa de todo mal. El
paraíso no ha existido nunca ni puede existir. Freud habló del deseo de omnipotencia del
hombre, pero la verdad es que el que se crea con esa cualidad es un iluso. Nietzsche habló del
superhombre, que debemos conquistar con esfuerzo.
Tampoco tiene mucho sentido preguntarse por qué Dios creó el mundo si sabía que iba a ser
limitado y el mal sería inevitable. Lo que tiene de bien la creación es mucho más de lo que
tiene de mal. El mal no es más que carencia de bien. Esa carencia de bien es imprescindible
para que la criatura sea posible. Las carencias son inevitables pero también son la clave del
progreso personal y dan sentido a toda vida humana.
El mal nos proporciona unas posibilidades increíbles de actuar contra él y a pesar de él. Pone
en nuestras manos una ingente tarea humana. Nos obliga a una constante y pertinaz
superación de nuestras limitaciones, aunque sepamos que nunca podremos superarlas del
todo. Pero, sobre todo no proporciona unas posibilidades de convertir en bien el mal de los
demás. Solo por eso merecería la pena su existencia.
Dios “no puede” hacer nada por evitar el mal, pero nos ha colocado a nosotros en el mundo
para que nos encarguemos de esta formidable tarea. La fuerza de Dios está siempre
atravesándonos y nos capacita para actuar, pero no puede cambiar directamente nada de la
creación. En la medida que avancemos en el conocimiento de nuestro propio ser, también
avanzaremos en la superación del mal.
Ir superando el mal en nosotros mismos y en los demás es el único camina hacia la verdadera
salvación. A pesar de todas nuestras limitaciones tenemos unas posibilidades increíbles de ir a
más, no anulando nuestra condición de criaturas sino aprovechando al máximo todas nuestras
posibilidades. Toda la creación, incluidos nosotros mismos, está en evolución. La evolución
pertenece a la misma esencia de la realidad.
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Está claro que el mal siempre da pena, pero hay una sutil diferencia entre dolor y sufrimiento.
Si fuéramos capaces de descubrir esa distinción, podríamos encontrar un nuevo equilibrio
interior que aportaría una profunda paz. En efecto, una cosa es el dolor, que es una relación
neuronal a cualquier agresión y otra muy distinta la reacción sicológica que puede acompañar a
la toma de conciencia de esta agresión.
El dolor no solo no es malo, sino que es uno de los pilares de nuestra conservación biológica.
Es un logro increíble de la evolución que nos permite tomar conciencia de una agresión y dar
una adecuada respuesta para superar el daño. Es bueno que te duela una muela porque solo
así podrás poner remedio a una infección que podría ser fatal.
Naturalmente esto no quiere decir que no tengamos que luchar contra el dolor. Quiere decir
que el dolor nunca podrá ser superado del todo, es más no debe ser superado. Debemos vivir
con la conciencia de que la limitación radical que arrastramos como seres contingentes tiene
que ser asumida y digerida de tal manera que no nos hunda en la desesperación.
El sufrimiento es una reacción al dolor que involucra la parte sicológica del hombre. Los
animales, hasta donde sabemos, sienten dolor pero sus reacciones no pasan del puro instinto.
Esta respuesta al dolor afecta a la parte emocional de mi ser y puede ser nefasta para la
integridad de la persona. Esta reacción puede ser exagerada y deteriorar al hombre hasta
impedirle desplegar sus cualidades más humanas.
Lo entenderemos mejor si nos fijamos en el sufrimiento que causa el compartir el mal que otra
persona sufre. A mí no me duele nada, pero aun así, puedo estar destrozado y sufrir incluso
más que si me hubiera afectado a mí ese mal. Este sufrimiento compartido es de las realidades
más humanas que podemos encontrar. Pero existe otro sufrimiento, causado por prejuicios que
me puede llevar a una total deshumanización.
El dolor es algo inevitable porque es una respuesta automática a cualquier estímulo que puede
poner en peligro la vida biológica, pero el sufrimiento puede ser una respuesta completamente
inadecuada a ese dolor y aumentarlo hasta límites insufribles. Si supiéramos enfocar el dolor
desde la perspectiva apropiada, podríamos evitar el sufrimiento y mantener la calma interior,
aunque el dolor fuera extremo.
Tenemos aquí un campo inmenso de trabajo en orden a una liberación, tanto personal como
colectiva. La ayuda sicológica al que sufre es con frecuencia más importante que la medicina
que intenta paliar el dolor. Se está trabajando en este sentido, pero queda mucho camino por
recorrer. La mayoría del sufrimiento de los seres humanos de hoy se podría evitar.
Hemos progresado muchísimo en la superación del dolor inútil y debemos seguir avanzando en
ese camino, pero la mayoría de las personas padecen más de sufrimiento que de dolor. El que
así sufre no necesita médico sino sicólogo. Esta ayuda más difícil que la asistencia médica. La
sociedad debía hacer un esfuerzo mayor para preparar el personal adecuado.
45
V
¿Qué se salva de mí?
Para responder a estas preguntas deberíamos contestar a otra antes. ¿Qué es lo que constituye
al hombre como tal? Porque ya hemos dicho que nuestra salvación tiene que afectar al ser
humano como tal. Hoy sabemos que el hombre es un todo complicado. Pero no estamos
hechos de piezas ensambladas. El ser humano es una única realidad, en la que podemos
distinguir muchos aspectos difíciles de armonizar.
Esa complejidad nos muestra hasta qué punto el hombre es mucho más que la suma de un
conjunto de partes que lo componen. La teoría general de sistemas nos enseña que los
compuestos con frecuencia hacen aparecer propiedades emergentes que no estaban en cada
uno de los componentes. Lo humano es el resultado de la integración de esas partes, pero es
más que la suma de todas las partes.
Hoy nos parece un poco simple la distinción entre cuerpo y alma. Los judíos ni siquiera tenían
conceptos que se pudieran aproximar a estos. Hemos olvidado que para los filósofos griegos la
distinción de alma y cuerpo no pertenecía al orden de la física. Era una distinción filosófica,
metafísica. En el hilemorfismo la materia y la forma no eran realidades físicas sino conceptos
que se sitúan más allá de la física.
La verdadera salvación tiene que afectar al hombre entero y a todas y cada una de sus partes.
Es más, tiene que afectarle mientras es ser humano, no cuando deje de serlo. Por lo tanto
tengo que alcanzarla mientras estoy en este mundo que es el mío. Mientras funcionan en mí la
inteligencia y la voluntad, así como todas las demás cualidades, pasiones e instintos.
Si la salvación tiene que abarcar al hombre entero, tienen que salvarse todos los aspectos que
podemos distinguir en él, sean físicos o metafísicos. Tiene que afectar al alma y al cuerpo,
tiene que afectar a los síquico y a lo mental. Tiene que afectar a todas las pulsiones que
configuran al hombre. Es más, podemos decir que la verdadera salvación consistiría en la total
armonía de todas las partes que lo componen.
La salvación del ser humano tiene que afectar a toda la vida biológica. Los 3.800 millones de
años de evolución de la vida tienen que cobrar sentido en el hombre que ha llevado a su punto
más alto esa misma evolución. La vida del hombre acabado es la misma de una bacteria o de
una ameba. Vida que sin interrupción se ha ido trasmitiendo y perfeccionando a través del
tiempo, sin perder la continuidad.
Pero también la creación entera, como muy bien dice Pablo, participa de esa salvación o
plenitud a la que puede llegar el ser humano. Las partículas materiales de que está formado el
hombre son exactamente las mismas que constituyen el resto de la materia del universo. En el
hombre toda la materia se sublima y participa del espíritu. Ni el espíritu tiene que soportar la
materia ni la materia debe ser lastre para el alma.
En la antropología judía del tiempo de Jesús no tenían la visión del hilemorfismo griego que,
aplicado al hombre, distinguía en el él dos partes, alma y cuerpo. Para ellos el hombre era un
todo único e indivisible, pero que se podía ver desde distintos ángulos o aspectos: hombre-
carne, hombre-cuerpo, hombre-alma, hombre-espíritu. Hablar de cada uno de estos aspectos
no significaba considerarlos como partes aisladas de un todo.
En aquel tiempo no tenía sentido hacerse la pregunta. Al escribirse el NT en griego nos metió
en un lío de cuidado. Cuando afirmamos que el alma se salva inmediatamente después de
morir y el cuerpo se salvará al final de los tiempos, estamos utilizando un lenguaje mitológico
que no tiene ni pies ni cabeza. Aquí podemos ver lo difícil que va a ser salir de la dinámica de
la salvación predicada por nuestra religión.
Una vez que morimos, no hay ser humano que valga. Tenemos que pensar en otra realidad
que no se puede reducir a lo que el hombre fue mientras vivía. Lo que permanece de nosotros
no es nada de lo que podíamos percibir mientras estábamos vivos. Podíamos decir que lo que
permanece es el producto de la vida, es decir, aquello que se fue elaborando en un orden
superior, que es fruto de la vida pero la trasciende.
Podíamos decir que de cada hombre permanece lo mejor de sí mismo, es decir, lo que somos
en lo más hondo, aunque nunca lo hayamos descubierto. No tenemos palabras ni conceptos
para expresar esa realidad, pero no es irracional tomar conciencia de que hay algo en nosotros
que no está ceñido a esta vida y que, por lo tanto, la confianza de que algo de nosotros
permanecerá es plausible.
Según lo dicho, para salvar el alma y el cuerpo, tenemos que trascender ambas realidades y
entrar en la posibilidad de absoluto que todos llevamos dentro. La conciencia que alcancemos
de nuestra verdadera realidad será lo que trascenderá el tiempo y el espacio. Pero para
alcanzar esa eternidad no tenemos que esperar a morir. Aquí y ahora podemos vivir la
inmanencia y la trascendencia.
Nuestra limitada capacidad de conocimiento nos juega una mala pasada. Solo podemos
conocer racionalmente lo material. Si la razón no se encuentra con un ser concreto no tiene
capacidad de desarrollar un conocimiento. Esta es el motivo por el que hemos metido a Dios en
la categoría de ser, aunque sabemos que si nosotros somos seres, Dios no puede considerarse
ser, por muy sublime que lo pensemos.
Pero existe una posibilidad de superar el aparente callejón sin salida. Podría existir otra manera
distinta de realidad que no fuera la de ser, es decir, otra forma de ser que no fuera la de ser.
Dios no es un ser concreto, pero no por eso renegamos de su existencia. Este pensamiento
puede abrirnos perspectivas nuevas para intuir la salvación humana.
Si la experiencia de algunos seres humanos ha sido la de unidad con el SER que no es, cabría
la posibilidad de que en Él, cada uno de nosotros tuviéramos también una existencia distinta de
la que conocemos como ser. No tiréis por la borda esta reflexión. Podría abrirnos un horizonte
47
nuevo de comprensión de lo que seremos cuando muramos y de lo que hemos sido desde
siempre en y para Dios.
Esta pregunta tiene más miga de lo que parece. Siempre que se habla del más allá se da por
supuesto que voy a ser yo mismo el que permanezco en el ser, y al decir “yo” nos estamos
refiriendo a la conciencia que tenemos de ser fulano o mengano. No somos capaces de asimilar
que la conciencia tiene una base fisiológica y, que sepamos, no puede haber conciencia sin
unas mínimas estructuras neuronales.
Basta que falte un poco de oxígeno a las neuronas del cerebro o que se rompa una venita más
fina que un cabello para perder la conciencia y pasar a un estado inconsciente y vegetativo. No
tiene mucho sentido pretender que nuestra conciencia siga cuando todo nuestro cuerpo sea un
montón de estiércol. La conciencia, tal como la conocemos, no puede permanecer después de
la muerte. Esto no quiere decir que neguemos otro modo de permanencia.
Cuando alguien me plantea: ¿qué va a ser de mí después de morir? Le pregunto: ¿qué eras tú
antes de nacer? La respuesta es siempre la misma: nada. Pero la respuesta no es tan sencilla,
porque si existe algo más grande que nosotros a lo que siempre hemos estado unidos, quiere
decir que esa Realidad que está fuera del tiempo y del espacio, no puede admitir cambio
alguno. Luego para Él hemos “existido” siempre y “existiremos” siempre.
No podemos imaginar esa manera de ser no siendo, pero no podemos descartar que en Dios
hemos sido, somos y seremos siempre otra cosa de lo que creemos ser. Esta reflexión nos
ayudará a superar la ridícula pretensión de permanecer para siempre tal como nos vemos en
este momento. Algo de nosotros se salva, pero no podemos concretar qué será ese algo que
permanezca después de haber muerto.
La obligación de Dios era salvar a los justos y sin embargo estaban muriendo los mejores.
Como Dios no puede fallar, si no salva en el más acá, tiene que haber un más allá, para que se
restablezca la justicia de Dios. El argumento es perfecto si lo que esperamos de Dios es una
justicia como la nuestra y nos empeñamos en sostener que lo que somos de verdad es lo que
experimentamos de nosotros por los sentidos.
La plenitud de lo humano solo es posible aquí y ahora, mientras somos humanos. Después de
morir podremos ser cualquier coso, pero seres humanos no. La línea divisoria entre el más acá
48
y el más allá no es la muerte. La eternidad no llega al agotarse el tiempo, sino que es
simultánea con él. El ser humano está a la vez en el tiempo y en la eternidad. Esta es la clave
para salir de la trampa del más allá.
La manera de entender hoy la resurrección de Jesús puede arrojar un poco de luz sobre este
tema. Si damos a su resurrección un sentido temporal y espacial nos metemos en un callejón
sin salida. Pero si descubrimos que Jesús había resucitado antes de morir, se nos abre un
horizonte nuevo de comprensión con repercusiones en nuestra manera de interpretar nuestra
propia salvación.
Confiar en una salvación para el más allá, sin una salvación en el más acá, no tiene sentido. El
tiempo es la medida del movimiento. Se da siempre en relación con la materia. Eternidad es
algo que no podemos comprender. Solo sabemos de ella que no es tiempo, ni puede ser una
suma infinita de tiempos. Mi salvación debe suceder en el tiempo donde estoy, no después de
él en otro supuesto ámbito.
Si una realidad no está sometida al tiempo, decimos que está en la eternidad. Si el ser humano
no es solo materia, está ya en la eternidad aquí y ahora. Solo desde esta perspectiva se puede
hablar de salvación. Salvación humana tiene que darse en lo que tenemos los humanos de
eterno pero integrando en lo que tenemos de caduco y transitorio.
Vivir la eternidad en el momento presente sería la verdadera salvación. Sin vivir el aquí y el
ahora no es posible desplegar tu humanidad. Tanto el pasado como el futuro son entes de
razón. No son reales. El yo los necesita para afianzarse en nosotros. Romper las ataduras de
yo y descubrir que eres más que contingencia te lleva a descubrir tu auténtico ser. Desplegar
adecuadamente tu contingencia te hace eterno.
El yo se fundamenta en los recuerdos que no existen más que en nuestra mente, y en los
proyectos que no son más que proyecciones del presente y también existen solo en nuestra
mente. La única realidad es el ahora, y ahí debo encontrar mi salvación. Tomar plena
conciencia de lo que en este instante soy me lleva a la integración y armonía total de todo mi
ser.
La diferencia entre un más acá y un más allá es arbitraria. No hay manera de dar sentido a
esta alternativa desde la racionalidad. ¿Más acá o más allá de qué? ¿Sería posible un tiempo
más allá del tiempo? Cuando se acabe el tiempo, todo lo que yo tengo de temporal terminará;
o mejor, el tiempo terminará para mí, en cuanto lo material se desvanezca.
Debo comprender que yo no soy solamente lo material que hay en mí. Ahora bien, lo que hay
de inmaterial en mí está ya fuera del tiempo y del espacio. Eso trascendente que hay en mí ha
estado siempre ahí y lo seguirá estando. Durante un tiempo se identificó conmigo, pero seguirá
cuando lo que creo ser desaparezca. Ahora comprenderé lo ridículo que sería preocuparme más
de lo que termina que de lo que seguirá.
Partiendo de la idea mítica de la creación que le salió mal a Dios, será imposible atisbar una
salvación para el más acá. Desde esa perspectiva, salvación solo será posible cuando el
hombre deje de ser algo mal hecho. Ni siquiera nos damos cuenta del ridículo de esa
propuesta. Una salvación humana para cuando el hombre deje de ser humano y se convierta
en no sabemos qué, no puede tener mucho sentido.
No se puede salvar una parte del ser humano. Mucho menos se puede salvar el hombre al
margen del mundo o al margen de Dios. Mientras no descubramos la Unidad, será imposible
hablar de salvación. A esa conciencia no podemos llegar por la razón. Ella es la principal causa
de división, porque no se encuentra a gusto si no es dividiendo y analizando las partes.
No somos seres que están en el mundo. No somos el producto de un Creador que nos ha
dejado arrojados a la existencia. Somos mundo y somos Dios. Somos todo y nada al mismo
tiempo. Todo lo que nos acerque a esta conciencia de totalidad será fruto de una salvación y a
medida que avancemos nos acercaremos a una mayor salvación para nosotros, para los demás
y para todo el cosmos.
Respetar por convicción los recursos naturales, procurar ser la menor carga posible para el
planeta tierra, estar dispuestos a compartir lo poco o mucho que esté a nuestra disposición
será la mejor muestra de que estamos en el camino de la verdadera salvación. Todos los seres
humanos que a través de la historia consideramos realizados estuvieron en esta dinámica. Su
lema era: uno conmigo mismo, uno con Dios, uno con los demás y uno con el cosmos entero.
No solo la historia nos ha hecho conocer personas totalmente austeras; incluso hoy, existe un
gran número de personas que practican la simplicidad de vida y se contentan con lo mínimo
indispensable para su subsistencia. No les preocupa la vida biológica ni la satisfacción de los
sentidos sino su vida interior. Resulta que esas personas son las más sanas, las más felices y
las que nos dan constante testimonio de plenitud humana.
El objetivo sería descubrir y enseñar que toda la realidad está interconectada y que no se
puede actuar sobre una parte, por mínima que sea, sin que tenga repercusión sobre la
totalidad. Para conseguir esto tendríamos que dar jaque mate a la individualidad, que, por muy
instintiva que sea, nos destroza como humanos. La única manera de dar sentido a mi
existencia es la integración en el Todo.
VI
¿Quién me salva?
El concepto de salvación que hemos manejado hasta la fecha, supone un acto que alguien
tiene que ejecutar. Si aceptamos el concepto de plenitud, para expresar esa realidad, tiene ya
menos sentido el atribuirla a otro sujeto que no sea el interesado. Alcanzar la plenitud hace
referencia a un proceso que tiene que desarrollarse desde dentro de uno mismo; no puede
consistir en añadir algo desde fuera.
Como hay una extensa gama de realidades a las que hemos atribuido la capacidad de
salvación, vamos a analizar alguna de ellas y tratar de dilucidar hasta qué punto podemos
descubrir en ellas alguna dosis de salvación. Este análisis nos puede ayudar a superar el
concepto que hemos manejando durante milenios para referirnos a esa realidad.
50
¿Me salva Dios o me salvo yo?
Han corrido ríos de tinta sobre esta cuestión. Sobre todo a raíz de la reforma protestante, se
ha entrado en discusiones interminables sobre el tema. Los intentos de responder con la biblia
en la mano fueron inútiles porque podemos encontrar textos abundantes y rotundos en ambos
sentidos. Además ambas partes tenían razones teológicas para defender su postura. La
solución no está ni en la Escritura ni en la razón.
Para responder a este interrogante debemos tener claro lo que queremos decir cuando decimos
“Dios”. Esto no es tan sencillo como pudiera parecer. El libro del Tao comienza con esta genial
advertencia. “El Dios que puede ser expresado, no es el verdadero Dios; el nombre que le
podemos dar, no es su verdadero nombre”. Decir que nos salva Dios es decir que nos salva
alguien que está por ahí pero no sabemos quién es.
Por no tener esto en cuenta nos hemos metido por callejones sin salida y hemos llegado a
matar y a morir por defender puras fórmulas vacías de contenido. Solo aceptando esta premisa
podemos atrevernos a hablar de Dios. Todo lo que podemos decir de Él no son más que pálidas
aproximaciones a la realidad a la que queremos apuntar.
Los escolásticos utilizaron profusamente un concepto ya descubierto por los filósofos griegos, la
“analogía”. La analogía es una manera de hablar en la que la relación entre lo dicho y lo que
queremos decir es muy tenue. Decían que la semejanza entre los conceptos y la realidad que
quieren expresar, era “simpliciter diversa et secundum quid eadem”.
La frase es tan precisa en latín que es muy difícil traducirla. Podría significar: sencillamente
distinta y solo en algún aspecto la misma. En realidad se trata de una tercera vía entre
conceptos unívocos y conceptos equívocos. En la práctica está mucho más cerca de la
equivocidad, como demuestra la definición. La razón es simple: nuestros conceptos los hemos
inventado para manejar la realidad cotidiana, no para describir realidades trascendentes.
Todo el AT no es más que la experiencia de un Dios que salva. Cuando el pueblo está en una
situación límite de la que no puede escapar por sí mismo, acude a su Dios, esperando que Él le
salve de esa situación de peligro. Para ellos, solo Dios puede salvar de todos los peligros. La
experiencia de salvación que encontrarás en la Escritura siempre tiene esta dinámica.
En tiempos de Jesús confiaban en que el Mesías, anunciado por los profetas, sería el salvador
definitivo. Los primeros cristianos que eran todos judíos, declararon Mesías a Jesús porque de
él esperaron una verdadera y definitiva liberación. Pero al descubrir que las limitaciones y las
miserias humanas continuaban, fueron abriéndose a una salvación de otro orden.
No se trata de elegir entre dos sujetos que pueden realizar la mima acción, Dios o el hombre.
En realidad puedo pensar que Dios me salva al 100% y yo, solo o con la ayuda de los demás
me tengo que salvar también al 100%, sin que exista ninguna contradicción. El no ver esto
claro nos lleva a disquisiciones verdaderamente ridículas obre la salvación. “Dios que te creó
sin ti, no te salvará sin ti”, decía S. Agustín con clarividencia.
Dios en mí hace posible que yo acceda a una manera de ser que me trasciende. Dios es el
ámbito donde puedo desplegar todas mis posibilidades de ser. Recordemos que el “Ruah” era
el aire que me envuelve, el espacio del que yo puedo sorber la Vida. Dios es esa VIDA, que yo
mismo puedo vivir. Dios no tiene actos y no puede hacer nada para salvarme, me está
salvando siempre. Descubrir, vivir y manifestar lo que Dios es en mí, sería la verdadera
salvación.
La salvación que me ofrece Dios es Él mismo como don absoluto y total. Solo porque Él está
disponible yo puedo hacer mío todo lo que Él es. Él no tiene que hacer nada para salvarme,
porque ser salvación es su esencia. Ni siquiera puede hacer nada para impedir mi salvación. No
se trata de una acción de Dios, sino de la realidad de Dios manifestándose en mi ser y
abriéndome unas posibilidades infinitas.
Dios es siempre salvación para todo ser humano. Si en un momento pudiera darnos algo y no
nos lo diera dejaría de ser Dios. Nuestra esperanza en Dios es de presente, no de futuro. En
realidad solo esperamos descubrir lo que ya somos y tenemos gracias a Él. Dios no tiene que
hacer nada para salvarme ni tiene que poner en marcha ninguna fuerza para cambiar algo en
mí o en la realidad que me envuelve.
Hemos ridiculizado a Dios y al ser humano al proponer la salvación heterónoma. Nadie nos
puede salvar. La verdadera salvación no nos puede venir de fuera. El ser humano no es una
marioneta sin entidad y sin posibilidades de desarrollar una plenitud personal. No necesitamos
que alguien mueva unos hilos que determinen lo que somos y lo que hacemos. Este dios que
nos hemos fabricado es un ídolo.
Nietzsche se reveló contra el cristianismo porque predica una salvación humillante y aberrante
para el ser humano. No podía aceptar que se considerara al ser humano como un desecho
incapaz de nada digno. Él aceptaba que era muy difícil a veces descubrir esa grandeza del
hombre, pero estaba convencido de que algunos sí eran capaces de descubrirla y manifestarla
con su vida. Es curioso que el concepto sublime que Nietzsche tenía del hombre le impidiera
aceptar el cristianismo
Por otra parte, el Dios que te salva como premio o te condena como castigo es un mito
ancestral, fruto de una idea de Dios, que hoy no podemos aceptar por antropomórfica. Hoy
sabemos que Dios ni puede no salvar, ni tiene nada que salvar en nosotros. Porque todos
contamos con su salvación desde siempre. La idea de que Dios puede salvarme o condenarme
es sencillamente inaceptable para el hombre de hoy.
Que Dios pueda condenar es contradictorio con el hecho de ser Dios. La idea de un Dios
justiciero (al modo de la justicia humana) es una monstruosidad. Dios no tiene que equilibrar
ninguna balanza. Para Dios todo está en equilibrio en todo instante. Si uno obra mal ya se ha
hecho daño a sí mismo; no necesita a nadie que, encima, le castigue. Aceptar esta idea
cambiaría toda nuestra religiosidad.
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El ser humano se tiene que salvar por sí mismo, porque de cada uno de nosotros depende que
despleguemos o no nuestra verdadera humanidad. Para alcanzar esa plenitud tiene que ir más
allá de su biología, de su psicología y de su racionalidad. Es decir, el hombre alcanzará su
última plenitud por lo que tiene de trascendente, al margen de lo que crea o deje de creer. Su
mente le permite descubrir una realidad que no puede entrar por los sentidos ni depende de su
biología.
Todo lo que podemos atribuir a Dios ya está en todo ser humano. Dios no puede salvarnos,
porque está siempre salvándonos. Pero tenemos que comprender que Dios salva a pesar de
nuestras limitaciones, no eliminándolas. El concepto raquítico que tenemos de salvación,
cuando pensamos en que nos libren de nuestras carencias, es lo que nos impide tomar
conciencia del verdadero sentido de la salvación de Dios.
Otra de las falacias que tenemos que superar es la distinción que hemos hecho entre salvación
religiosa y simple salvación humana. No puede haber distinción entre salvación religiosa y
salvación humana. Siempre que hay verdadera salvación humana está Dios presente. Siempre
que busco en Dios la verdadera salvación, me hago más humano. La salvación de Dios nos
lleva siempre a una plenitud, que es humano-divina.
El grado de salvación que un ser humano ha alcanzado se manifiesta siempre en sus relaciones
con los demás. Si tu religión no te lleva a buscar el bien del otro es que se ha quedado en
idolatría. Siempre que destrozamos a un ser humano en nombre de Dios estamos ofendiendo
al mismo Dios. El que está a favor del hombre está en Dios, aunque no lo sepa. Una religión
que esclavice al hombre no viene de Dios. “La gloria de Dios es el bien del hombre”, decía S.
Ireneo.
La salvación consiste en descubrir lo que somos y vivir esa realidad. Dios no está en el ser
humano de distinta manera a como está en cualquier otra realidad. La diferencia está en que
solo el ser humano tiene capacidad de descubrirla y de vivir de acuerdo a esta realidad que le
abre a experiencias increíbles. Si toma conciencia de lo que es, está dando gloria y alabanza a
Dios. Esto es lo único que puede hacer el hombre por Dios
A esa toma de conciencia, los orientales lo llamaron iluminación. Es una idea genial que
debíamos asumir. No hay nada de que huir ni nada que buscar ni nada que conseguir. Toma
conciencia, date cuenta, cae en la cuenta de tu verdadero ser, esa es la más grande posibilidad
que tienes como ser humano. Tu tarea es encontrar el camino que te lleve a ese
descubrimiento sorprendente.
Debemos superar la trampa de creer que somos lo que no somos y rompernos la cabeza por
alcanzar una supuesta salvación que destruiría nuestro verdadero ser. Estamos salvados pero
no lo sabemos. Lo que Jesús decía a los pecadores: “Tus pecados están perdonados”. El mayor
premio que puedas imaginar ya lo has recibido. ¡Descúbrelo!
Lutero simplificó la pregunta demasiado. Esta discusión, que ha durado cinco siglos, no tiene
para nosotros hoy ni pies ni cabeza. Se trató de una discusión doctrinal que no nos ha llevado
a ninguna parte porque estaba mal planteada. Daba por supuesto que la salvación se daría al
final de la vida y que dependía de realidades ajenas a la misma salvación. Fallaron tanto los
que decían que salvaban las obras como los que decían que nos salvaba la misericordia de
Dios.
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En efecto, para algunos, si tenías plena confianza en Dios y te arrepentías de los que habías
hecho mal, Él te perdonaba y te salvaba. Pero en este caso, ese acto de arrepentimiento debía
ser lo último que hicieras en este mundo, justo antes de morir. Toda tu vida anterior no
contaba para nada. Tu felicidad eterna dependía exclusivamente de un instante. ¡Dios te coja
confesado! Hoy vemos que esta postura es un poco absurda.
Pero también es descabellado pensar en un Dios que tiene que estar pendiente de lo que haces
para salvarte o condenarte. Si tu vida había sido de acuerdo con lo mandado o prohibido por
Dios, te premiaría para toda la eternidad. Pero si te habías desviado del buen camino, dejando
de hacer lo mandado o haciendo lo prohibido, entonces te mandaría al infierno, también para
toda la eternidad.
En el primer caso, la salvación la daba Dios porque le daba la gana, pero eso sí, solo a los que
no habían hecho nada digno de condenación. En el segundo caso, dependía de que conocieras
la voluntad de Dios y la hubieras respetado a lo largo de tu vida. Recordemos las nefastas
conclusiones que sacaron los teólogos de la doctrina de la predestinación.
Esta feroz discusión que se agudizó al final de la Edad Media, puso de manifiesto una de las
herejías más dañinas de nuestra cultura occidental. Se trata de una herencia de la cultura
griega y el cristianismo se vio envuelto en ella desde muy pronto. No se trata de una herejía
sobre Dios o sobre Cristo, sino una herejía antropológica, que puede llegar a ser mucho más
grave que la peor herejía religiosa.
El ideal de perfección griego era el “aner-andros”, en latín “vir” que significa hombre, no en
contraposición a mujer, sino en contraposición a esclavo o débil. Sería el hombre perfecto, es
decir, el hombre que obra siempre conforme al dictado de la razón y no se deja arrastrar por
las pasiones, por los instintos, ni por ninguna de las bajas tendencias.
Recordemos que de esa palabra deriva “virtud”, y sabemos muy bien las connotaciones que
esa palabra ha tenido en nuestra religión. El hombre que no era virtuoso, era esclavo de sus
pasiones e incapaz de desarrollar una vida plenamente humana. Pero era también esclavo de
los demás, el que no tenía energía para contrarrestar la de los que le sometían.
Según esto, el ideal que tenía que perseguir todo hombre era precisamente el de ser más
fuertes que los demás para poder estar por encima de ellos. Esto se conseguía potenciando la
fuerza de la voluntad para superar la fuerza del instinto, los apetitos y las pasiones. Este sería
el hombre virtuoso, porque se daba por supuesto que actuar así era lo bueno y dejarse llevar
por los apetitos era lo malo.
Este ideal no tiene nada que ver con el evangelio, es más, sería en realidad lo más contrario a
él. Para demostrar este tinglado bastaría recordar una sola frase del evangelio: “las prostitutas,
los pecadores públicos os llevan la delantera en el Reino de Dios”. ¿A quién decía esto Jesús?
Precisamente a los más fieles cumplidores de la Ley, a los fariseos que podían presentar el
mejor expediente de comportamiento ante Dios.
Pero hay otra manera de desenmascarar esa herejía. El hombre que se proponga ese programa
de vida tiene dos posibilidades: Una, que consiga esa perfección; y en la medida que lo
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consiga, mirará a los demás por encima del hombro, considerándolos inferiores y
despreciándolos olímpicamente. Nada que ver con lo que vivió y predicó Jesús. Es más, no hay
una actitud humana más contraria al evangelio.
Debemos notar que toda la parafernalia que seguimos manteniendo en torno a las
canonizaciones responde a esta idea de perfección. Consideramos santo a aquel que es capaz
de hacer lo que la mayoría de los mortales no somos capaces de hacer y deja de hacer aquello
que la mayoría de los mortales no podemos dejar de hacer.
Para escamotear el serio problema que se plantea con relación al evangelio, se ha inventado
una misteriosa realidad que llamamos “gracia divina”. Según esto el hombre virtuoso lo es
gracias a la “gracia”. Ya está justificado que se sienta superior, que desprecie olímpicamente a
los demás y, en la medida de sus posibilidades, que se sienta legitimado para dominarlos.
Contra esta manera de entender la salvación reaccionó Lutero de forma violenta. En principio
no le faltaba razón, pero la perdió por su manera de oponerse a lo que sostenía la Iglesia
Católica. Al colocarse en el extremo contrario, perdió la posibilidad de una perspectiva más
conciliadora. Es verdad que mis obras no pueden salvarme, pero confiar en “sola fide”, es
olvidar que lo humano y lo divino no pueden disociarse.
Intentaremos ahora responder a la falsa pregunta. Una relación con Dios sin tener en cuenta a
los demás no tiene sentido ninguno, porque la única manera que tenemos los humanos de
encontrarnos con Dios es a través de nosotros mismos y a través de los demás. Santiago lo
dejó muy claro: “una fe sin obras está muerta por dentro”. El espiritualismo individualista es
un callejón que no nos lleva a ninguna parte.
Pero tampoco las obras que no nacen de una vivencia interior y un descubrimiento de tu
verdadero ser pueden hacerte más humano. Una buena programación funciona en el orden
material, pero en el orden espiritual no. Confiar en que hacer esto porque está mandado o
dejar de hacerlo aquello porque está prohibido no te salvará ni te acercará a la plenitud.
Ninguna programación te llevará a mayor humanidad.
Siempre que hablo de este tema me regañan, diciéndome que será mejor hacer algo bueno
que no hacerlo, aunque sea por programación. Si damos de comer a una persona hambrienta
por programación, no hay duda que el hambre se le quitará, e incluso puede que le salves la
vida, pero el beneficiado será el necesitado, no el que le socorre. Lo que pasa es que es muy
difícil que una acción buena, sea al cien por cien, programación. Siempre habrá algo de
motivación interior.
No lo tenemos fácil, porque nos hemos metido por oscuros callejones que nos llevaron a
concepciones distorsionados de Dios y la salvación que nos otorga en Jesús. Hemos caído en la
trampa de una salvación que llega desde fuera, cambiando lo que somos por lo que nos
gustaría ser. En vez de aceptar el mensaje de Jesús sobre una verdadera salvación, hemos
buscado en él salvaciones raquíticas y aberrantes.
Ya Pablo, que tuvo apuntes geniales sobre la superación de la Ley, metió la pata a la hora de
justificar la muerte de Jesús como el último y definitivo sacrifico expiatorio. De ese modo
dejaba claro que no se necesitaban más sacrificios en el Templo. Solo a costa de un sacrificio
mayor se han podido superar los sacrificios de la Antigua Alianza. Quedó muy bien ante los
judíos, pero a nosotros nos hizo polvo.
El otro gran genio de nuestro cristianismo, S. Agustín, colocó otra trampa mortal para la
comprensión de la salvación de Jesús. Según él, el pecado de Adán nos había hundido en la
miseria de la que ya no podíamos salir. Solo un ser con capacidad de hacer actos de valor
infinito podía sacarnos del atolladero. Se nos ha dicho que S. Agustín se convirtió del
maniqueísmo, pero la cruda realidad es muy distinta.
Es cierto que superó la idea de dos principios supremos uno bueno y otro malo, pero en
sustitución de ese dualismo, incrustó en el cristianismo la idea de que Dios era el principio
bueno y la creación, incluido el hombre (y no digamos la mujer), era el malo. Un vez metidos
en esta dinámica, solo un ser divino podía hacer frente al Mal que nos dominaba. Aún no nos
hemos recuperado de esta monstruosidad.
La puntilla a una nefasta interpretación de la muerte de Jesús como clave para nuestra
salvación, la dio S. Anselmo. Aplicando a un Dios soberano y justiciero los mecanismos de la
justicia humana, ideó una argumentación descabellada sobre la necesidad de un sacrificio de
valor infinito que contrarrestara el honor de Dios vulnerado por el pecado (ofensa infinita) del
hombre (Adán).
Un dios que exige la sangre de su Hijo para poder restablecer su honra, es lo más contrario
que pudiéramos imaginar al Dios de Jesús. Jesús nos habló de una “Abba”, es decir, de un Dios
padre-madre volcado sobre el hombre y comunicándole su misma vida. Nada que ver con un
soberano infinitamente ofendido que exige reparación sacrificial infinita.
Ya hemos visto que la palabra “salvación” no es la adecuada, pero la palabra “redención, rescate”
es peor. No podemos aceptar el lenguaje jurídico para aplicarlo a las realidades trascendentes. No
podemos decir que Jesús pagó con su muerte la deuda contraída por el pecado. El Dios que exige
la muerte del Hijo para salvar al hombre es un mito ancestral, que el cristianismo hizo suyo en
cuanto se extendió por Oriente Medio.
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Podemos seguir diciendo que Jesús nos salvó por su muerte en la cruz, pero la manera de
entender esta afirmación puede ser tan diversa que podemos caer en la trampa de nuestros
conceptos. La muerte de Jesús fue la consecuencia de una vida. Esa vida fue la que nos salvó.
Pero es cierto que toda la vida de Jesús se encuentra resumida y significada en esa muerte. Esta
es la clave que nos permitiría seguir utilizando el concepto.
El Dios de Jesús, que es “padre-madre”, no soporta esa imagen justiciera que le hemos atribuido.
Dios es amor y es perdón, no justicia, que se ejerce por medio de actos legales. Aplicar a Dios el
modo humano de justicia es una aberración. Poner unas condiciones tan sanguinarias para poder
perdonar destroza al Dios de Jesús. El Dios de Jesús es algo completamente distinto.
He indicado muchas veces que Jesús nos salva, porque se salvó él plenamente como ser humano.
Éste es el punto de partida para entender lo que hizo por nosotros. Aceptar esto exige la
superación de muchos prejuicios. Debemos aceptar que Jesús, como todo ser humano, empezó
su andadura como un proyecto a realizar. Descubriendo a Dios dentro de él mismo, encontró allí
la hoja de ruta para caminar hacia la plenitud humana.
La trayectoria humana de Jesús es el único marco de referencia que puede superar la visión
mítica de la salvación. Como ya hemos dicho, solo debía interesarnos una salvación que sea
verdaderamente humana. De nada nos sirve que nos rescaten desde fuera o que nos echen un
capote para que no se vean nuestras miserias. La salvación en nosotros debe ser la misma que
Jesús alcanzó, Vida que brota de lo más hondo del ser.
Porque siguió al pie de la letra el proyecto de hombre que Dios había marcado a fuego en lo
hondo de su ser, fue capaz de desplegarlo hasta el final y con ello alcanzar la plenitud humana.
De ese modo manifestó lo que había de divino en su humanidad. Porque recorrió primero el
camino puede ser guía para todos nosotros. Aquí está el verdadero sentido de la salvación que
llega a nosotros desde Jesús.
El proyecto de Jesús no es algo distinto del proyecto de Dios, que es don total y gratuito. Imitarle,
dándose a los demás totalmente, es desplegar humanidad. La plenitud de salvación consiste en
ser capaces de darse totalmente, hasta la muerte. El amor se convierte así en la prueba de la
verdadera salvación. En la medida que haya hecho mía la salvación de Jesús, repetiré sus mismas
actitudes en mi propia vida.
No nos salvó de nuestros pecados, sino del único pecado que existe, el egoísmo, es decir todo lo
que me separa del otro. Nos salvó arrancando de su vida toda opresión, es decir, no oprimiendo a
nadie ni dejándose oprimir por nadie. Nos salvó del pesimismo al demostrar que la salvación del
hombre es posible. Nos salvó de toda esclavitud al demostrar que el hombre puede ser
totalmente libre en cualquier circunstancia.
La verdadera libertad es la mejor expresión de la salvación que nos ha traído Jesús. El secreto de
esa libertad es la experiencia de Dios en él. Fundamentado en Dios, nada ni nadie le puede
inquietar. Esa identificación con Dios le capacita para ser él mismo y le da libertad para
manifestar lo que es. Nada le puede impedir manifestarse tal cual es.
La libertad llega a ser total cuando la confianza es plena y no necesita apoyos externos. La
libertad se pierde cuando necesitamos buscar seguridades para nuestro yo. El miedo a que ese
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“yo” desaparezca marca la diferencia entre libre y esclavo. Hay que reconocer que ese miedo es
el mayor obstáculo para que nuestro verdadero ser se manifieste.
Liberar no debe apunta solo al pasado, sino que debe proyectar sobre todo, hacia el futuro.
Liberar a un pájaro es desatarle o abrirle la jaula para que vuele. Libres del afán de ser más,
libres del deseo de tener más, libres de más ansias de poder, se nos abre un horizonte nuevo.
Liberarnos de la opinión que pueden tener los demás, nos permite actuar desde nosotros mismos
sin cortapisas de ninguna clase.
Jesús, con su vida, nos propone la liberación del “ego”, a través de una actitud de servicio. Si
descubres que estás aquí para darte a los demás, te estás salvando. Si no caes en la trampa
de creer que los demás están ahí para aprovecharte de ellos, crecerás en humanidad. Tan
original es la propuesta, que aún está por estrenar. Seguimos confiando que nos saquen de
nuestros pecados desde fuera y sin coste alguno.
La salvación que nos ofrece Jesús no le interesa a la mayoría de los mortales. Por eso hemos
buscado otras salidas más de acuerdo con nuestros peregrinos intereses. Olvidándonos del
mensaje, todos seguimos buscando en Jesús seguridades de todo tipo para el más acá y si eso
no es posible, por lo menos una seguridad definitiva para el más allá, aunque eso lleve consigo
algún sufrimiento en esta vida mortal.
Liberarse y ayudar a liberarse a todo el que se encuentre en el camino debe ser la actitud de
todo cristiano. Oponerse a la teología de la liberación es la mejor prueba de la errónea manera
de entender la salvación evangélica. ¿Puede haber una teología que no libere? En el evangelio
no hay ninguna diferencia entre la liberación espiritual y la liberación material. Jesús pasó por
el mundo liberando a los oprimidos por el diablo, pero también a los oprimidos por el hambre.
La única manera de mostrar nuestra salvación espiritual es que estamos dispuestos a liberar de
toda opresión a los que encontramos en nuestro caminar. Debemos ayudar a los ricos a
liberarse de su riqueza y a los pobres tenemos que ayudarles eficazmente a liberarse de su
pobreza. Bien entendido que no hay un solo ser humano que no tenga alguna clase de opresión
y, por lo tanto, algo de que liberarse.
¿Salva la religión?
Otra pregunta que parece un poco tonta. Todas las religiones intentan responder a las
exigencias de salvación del ser humano. Pero con frecuencia no logran responder más que a
las necesidades más perentorias, que suelen ser las más superficiales. El afán de seguridades
para nuestro ser biológico, e incluso sicológico, nos obliga a buscar en seres superiores lo que
nosotros no podemos garantizar.
Todas las religiones nacen de la experiencia profundamente humana de una persona concreta.
La paz y felicidad que le proporciona esa experiencia le empuja a intentar provocarla en los
demás. Al principio, y mientras esa persona vive, suele tener mucho éxito en su proyecto. Al
faltar la experiencia interior, muy pronto, la comunidad de seguidores se convierten en una
institución, empiezan a confiar no en la vivencia, sino en ritos, normas y doctrinas.
Para seguir disfrutando de la adhesión incondicional, deben dar valor absoluto a esas normas.
Esto se consigue haciendo ver que todas ellas emanan de una autoridad externa y
todopoderosa que exige un sometimiento incondicional. Hemos entrado en la dinámica de
todas las religiones, que se presentan como únicas intermediarias de ese poder absoluto.
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No podemos dejar de comentar la famosa frase que hemos oído miles de veces: “extra
Ecresiam nulla salus”, traducida literalmente: fuera de la Iglesia ninguna salvación. Es verdad
que los textos del Vaticano II aportan unas matizaciones que en realidad acaban desactivando
su rotundidad originaria. Pero seguimos dando a entender que nos encontramos muy a gusto
con esa desatinada expresión.
En la Constitución Dogmática “Lumen Gentium” del Concilio Vaticano II, se dice: “No podrían
salvarse los que sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica como
necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella” (LG
14). Dando por supuesto lo que hoy está en abierta discusión, es decir, que Jesús fundo una
Iglesia y que es la única verdadera.
Y un poco más adelante: “Esta afirmación no se refiere a los que, sin culpa suya, no conocen a
Cristo y a su Iglesia. Los que sin culpa suya no conocen el evangelio de Cristo y su Iglesia,
pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con ayuda de la gracia, hacer la
voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la
salvación eterna” (LG 16)
Sería ridículo que al “corralito” del cielo solo pueden entrar los que presenten el ticket
expedido por la Iglesia católica. Mientras se celebraba el concilio apareció en ABC un chiste de
Mingote: dos señoras muy peripuestas, que iban camino de la iglesia, se decían una a otra: “el
concilio puede decir lo que quiera pero al cielo, a cielo iremos los de siempre”.
Pero si entendemos iglesia en sentido originario, es decir como la reunión o la asamblea de los
creyentes y salvación como el logro de una plenitud humana, entonces la valoración debe ser
muy distinta. Efectivamente no puede haber plenitud humana sin comunidad, porque todo
progreso en humanidad solo se puede conseguir a través de la relación con los demás.
Qué bien lo intuyó Mateo cuando pone en boca de Jesús aquella frase: “Porque donde dos o
más estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Si tenemos en cuenta que
el único título que se dio Jesús a sí mismo fue “hijo de Hombre”, es decir, simple ser humano,
comprenderemos que lo humano solo aparece cuando se encuentran dos personas
precisamente como humanos.
Las religiones son instrumentos que hay que aprender a manejar. Pueden ser instrumentos de
salvación, pero también pueden desviarnos de una verdadera salvación humana. En concreto la
nuestra ha sido causa de “condenación” cuando se ha entendido como el cumplimiento de unos
dolorosos requisitos para que te acepte Dios en su gloria del más allá.
Desde esa perspectiva la religión ha arruinado la vida de muchísimos creyentes que se han
pasado la vida entera más pendientes de lo que era pecado o de lo que no lo era que de
portarse con los demás como verdaderos seres humanos. Esa obsesión por cumplir la Ley
externamente ha cercenando la posibilidad de llevar una vida verdaderamente cristiana.
Es inquietante descubrir que los mayores atropellos contra el ser humano se han hecho en
nombre de Dios o de la religión. Es más, muchas veces parece que la condición para que Dios
te acepte es precisamente que dejes de ser una persona con humanidad. Cuándo nos
enteraremos de que el mensaje de Jesús en los evangelios es que la plenitud está en vivir
humanamente lo divino que hay en nosotros.
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Normalmente entendemos por religión un organigrama de complicadas estructuras: ritos,
creencias, normas que dan marco a un comportamiento externo. Y entendemos por Iglesia una
rígida estructura jerárquica a la que tenemos que someternos por voluntad de Dios. Por
nuestra condición de seres sociables, necesitamos cierta organización que sustente nuestras
relaciones, pero no podemos darle un valor absoluto.
Tenemos que dejar claro que este organigrama externo, es una creación humana. Dios no
necesita ninguna institución para llegar a cada uno de nosotros. Nosotros sí necesitamos echar
mano de todos esos recursos para ir avanzando en el conocimiento de lo que Dios es para mí.
Teniendo también muy claro que la voluntad de Dios no puede venir de fuera sino que se
encuentra en lo más hondo de mi propio ser.
Creernos en la posesión de verdades absolutas, tiene que dar paso a la búsqueda absoluta de
la verdad. Dice un proverbio oriental: “Si te empeñas en cerrar la puerta a todos los errores,
dejarás inevitablemente fuera la verdad”. O la tan repetida frase de Antonio Machado: “¿Tu
verdad? No, la verdad; y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”.
Como instrumentos que son, las religiones no son ni verdaderas ni falsas. Pueden ser más o
menos útiles según su capacidad para ayudar a alcanzar la verdadera salvación del ser
humano, independientemente de lo que oficialmente propongan. Si caemos en la trampa de
sostener que solo una religión es verdadera le estamos dando un valor absoluto que no tiene.
Como dijo el V. II: todas tienen algo de verdad.
La seguridad absoluta que algunas religiones esgrimen sin ningún pudor, nace de un falso
concepto de revelación. Seguir pensando que Dios comunicó directamente una verdad a un ser
humano, es cosificar a Dios. Dios se revela siempre y a todos, pero no con lenguaje humano o
desde fuera. Dios llega a nosotros a través del ser. Solo los que están atentos a su interior, son
capaces de descubrir lo que Él nos dice a todos.
En todas las religiones, como constructos humanos, hay parte de verdad y parte de error.
Todas deben seguir enseñando y de todas podemos aprender. Desde esta perspectiva no hay
lugar para dogmatismos o integrismos. Al contrario, debíamos utilizar las demás para descubrir
los errores que puede tener la nuestra, así como poner la nuestra al servicio de las demás.
La religión bien entendida intenta dar respuestas significativas a preguntas vitales que todo ser
humano se hace sobre lo desconocido. Suministra a una comunidad de fieles el marco
adecuado de referencia para interpretar el significado de las cosas. Ayuda a mantener la
unidad entre las personas del mismo grupo cultural. Garantiza la conexión de la continuidad
entre su pasado y su futuro, dando sentido a la existencia.
También ofrece un modo cercano y creíble de superar las ansiedades y las miserias humanas
que constantemente nos acompañan. Da respuesta a las acuciantes aspiraciones y deseos del
corazón humano. Fortaleces la vivencia interior de la persona, algo que, desde dentro de uno
mismo, puede organizar y dar sentido a la vida. Ofrece los signos de esperanza que todo
hombre necesita para seguir luchando.
Ni el pensamiento científico ni el simple sentido común son suficientes para otorgar significado
a la perplejidad, dolor, tragedia y paradoja que impregnan la vida humana. Menos aún pueden
explicar su significado y sobre todo dar sentido a la muerte. Solo el contacto con lo
trascendente puede abrirnos al sentido de una auténtica vida humana. Y ese contacto solo se
puede dar en la vivencia religiosa personal y comunitaria.
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Lo específico y determinante de la religión cristiana es Jesús, no la Iglesia. Hoy nos hacemos
una pregunta muy inquietante: ¿Sería posible un cristianismo sin Iglesia? Sin una Iglesia como
la que hoy tenemos, sin duda sería posible. Sin ningún grado de organización no creo que
fuese posible. En todo caso, la medida de nuestra salvación sería nuestra religiosidad, no el
grado de solidez de la institución a la que pertenecemos.
¿Salva la Escritura?
Los judíos y los cristianos seguimos asumiendo como la cosa más natural que podemos
encontrar salvación en la Biblia. Efectivamente, podemos encontrar en la Escritura verdadera
salvación, pero debemos explicarlo de una manera más comprensible para el hombre de hoy.
Es un tema de la máxima importancia, porque de él depende que podamos seguir
aprovechando las Escrituras o perdernos en ellas.
No existe vida en un fósil, pero nos permite estudiar la forma en que la vida, que ya no existe,
se desarrolló en otras épocas. El hecho de que no tengan vida no quiere decir que no sean
tremendamente útiles para que nosotros hoy podamos acercarnos a una mejor comprensión de
nuestra propia vida.
Los libros de la Biblia son papel y tinta. No hay ni rastro de vida en ellos, pero pueden ser de
gran utilidad para descubrir que en tiempos muy lejanos hubo seres humanos que tuvieron una
intensa vida espiritual. Esta constatación nos puede dar valiosas pistas para poder estudiarla,
comprenderla y ver la posibilidad de reproducir hoy en nosotros aquella vida.
Leer la Biblia nos puede abrir el camino de una vivencia, provocada por la experiencia espiritual
que otros seres humanos desplegaron en otras circunstancias. Descubrir cómo entendieron
ellos sus relaciones con el absoluto, con la naturaleza y con los demás, puede abrirnos
horizontes insospechados para que nosotros caminemos hacia la mima experiencia interior.
Este es un tema de actualidad. La inmensa mayoría de los cristianos confía plenamente en esos
ritos que creemos magia y que nos pueden da seguridades ficticias. Si preguntamos quién se
considera buen cristiano seguramente contestará: el que va a misa, el que confiesa y el que
comulga. Pero las cosas están cambiando a una velocidad endiablada. Cada vez más personas
que se dicen cristianas pasan hoy de esos ritos.
Lo primero que tenemos que dejar claro es lo que no son. No son magia. Lo que la mayoría de
los cristianos entiende por sacramento coincide, como anillo al dedo, con la definición de
magia. No estamos obligando a Dios a realizar nada a través de gestos o palabras con
significado cabalístico especial. Esa confusión es una de las causas del abandono de su
práctica.
No son milagros. También en eso la creencia del pueblo es errónea. Hablando con propiedad, los
sacramentos no realizan nada en la persona. No son acciones puntuales de Dios. Dios no necesita
ni gestos ni palabras mágicas para conectar con cada uno de nosotros. Nosotros, que conocemos
la realidad a través de los sentidos, sí necesitamos de señales externas que nos ayuden a
comprender lo que sucede dentro de cada uno.
No va dirigido a la razón, sino al hombre entero, al fondo del ser. Este es el motivo por el que
exige una actitud vital. Los gestos y las palabras no son más que símbolos de una realidad
trascendente que ya está ahí, esperando a ser descubierta. La celebración de un sacramento
requiere experiencia interior y un ámbito comunitario donde se pueda expresar. Sin una
verdadera comunidad no puede haber liturgia sacramental.
Si en los participantes no hay un mínimo de vivencia mística y compromiso vital, no hay nada
que celebrar en común. Pero si existe esa vida interior, la celebración de un sacramento abre
increíbles perspectivas espirituales. La celebración debe partir de una experiencia religiosa y
debe llevarnos a una vivencia más profunda. Se trata de un proceso interior no de garabatos
puramente externos que obran automáticamente.
Esa celebración comunitaria libera las fuerzas positivas que hay en cada uno de nosotros y
protege de las negativas. En la crisis, libera de las tensiones e impide el derrumbamiento
sicológico del individuo. Proporciona un nuevo universo de significados que integra la
experiencia personal en el ámbito comunitario, haciéndola más sólida y estable.
Bien realizado, el rito contribuye a desarrollar la propia identidad. Hoy más que nunca, en los
vertiginosos cambios que experimenta la sociedad, necesitamos encontrarnos con algo estable
a que agarrarnos. Es curioso que se haya perdido la práctica de los sacramentos pero se ha
potenciado la pertenencia a cofradías y organizaciones. Esto demuestra que necesitamos
apoyos para mantener nuestro equilibrio síquico.
No es nada fácil realizar bien un sacramento, porque no es teatro que se limita a escenificar el
pasado. Exige estar a la vez en dos mundos. Hay que traspasar tiempo y lugar para conectar
con lo trascendente. Hay que estar en contacto con lo externo y con lo interno. Hoy podemos
constatar que cuanto más los necesitamos más difícil es realizarlos adecuadamente.
Es una exigencia cada vez mayor del mismo ser del hombre, que tiende hoy a valorar solo lo
útil, lo práctico, lo productivo. Más que nunca el ser humano necesita ritos que le integren y
armonicen. Sin estos ritos sacramentales el hombre queda dividido en compartimentos
estancos que le desquician y le dejan reducido al tristísimo papel de productor-consumidor.
Hemos llegado así a una deprimente paradoja: un ser humano cada vez más incapacitado para
llevar a cabo el símbolo, y más necesitado de él. Por conformarnos con una vida cada vez más
superficial, estamos más necesitados de conectar con lo hondo del ser. Necesitamos encontrar
la confianza radical no basada en lo externo. Conectar con la base del ser para descubrir que
su fundamento y su futuro es lo eterno, Dios.
Esa práctica nos permitiría encontrar al Dios que está dentro e identificado con nosotros.
Conectaríamos con los estratos profundos del ser, que se encuentran en nuestro centro y así,
centraríamos la persona entera. La unión del inconsciente y el consciente conseguiría la
unidad. Para conseguir ese fruto de los ritos hay que combinar palabra y silencio, que es su
alma.
Hoy es muy difícil aprovechar estos beneficios porque hemos perdido la capacidad de
comprensión de los símbolos, y suplirlos con interminables explicaciones racionales no vale
para nada. Mucho menos sirven las pretensiones moralizantes que se han incrustado en la
celebración de los sacramentos. Si hacemos depender el futuro del hombre de la bondad o
malicia de sus actos, tendremos asegurada su desesperanza.
El bautismo
Se ha repetido sin tregua que el bautismo era imprescindible para la salvación. En realidad es
un dogma de fe. En ese discurso se da por supuesto que la salvación consistía en ir al cielo; y
el bautismo era un rito mágico que te quitaba el mayor obstáculo para conseguirlo, el pecado
original, del que ni siquiera podías arrepentirte porque lo había cometido otro. Los demás
sacramentos actuaban casi de la misma manera.
Es difícil asimilar toda la riqueza de significados que la tradición ha ido acumulando sobre este
sacramento. En los primeros tiempos tuvo una gran importancia como primer paso hacia una
integración voluntaria y efectiva en la nueva comunidad. Para celebrar el bautismo era
requisito previo e indispensable la profesión de fe, es decir, proclamar personal y públicamente
la adhesión a las enseñanzas de Jesús.
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Ello presuponía un conocimiento en profundidad del evangelio, “buena noticia”. Pero no solo se
exigía el conocimiento, se escudriñaba también el cumplimiento real de los compromisos
doctrinales, morales y litúrgicos del catecúmeno. Esta aceptación era lo importante y definitivo.
Sin ella no se podía llevar a cabo ningún signo de pertenencia. Hoy lo pasamos por alto y con
ello se desvirtúa el valor del sacramento.
Finalmente deberíamos recordar que el significado del bautismo hay que estar desplegándolo
durante toda la vida. Es un aspecto que tenemos completamente olvidado. Cuando se pide una
fe de bautismo, nos conformamos con que nos certifiquen que esa persona realizó el rito
externo; nada nos preocupa que en este momento esté llevando una vida realmente cristiana.
La confesión
El primer significado se distorsionó cuando se cambió el concepto de pecado, que pasó de ser un
fallo del compromiso vital a ser el incumplimiento frío de una ley. El pecado tampoco consiste en
una ofensa a Dios o en un daño a terceras personas sino en un deterioro de mi propio ser como
humano. Si lo que me humaniza es la capacidad de darme a los demás, el pecado consistirá en
aprovecharme de ellos o ignorarlos.
En el AT pecar es errar el blanco. Un concepto mucho más de acuerdo con nuestra condición de
seres humanos. Se trataba de un error de cálculo, no de una mala voluntad de la persona.
También es curioso que se tuviera conciencia del pecado colectivo del pueblo antes que del
pecado individual, precisamente porque se tenía una más clara conciencia de la pertenencia a una
comunidad que del ser personal.
Para que exista un pecado mortal, nos decían que se necesitaban tres condiciones: a) pleno
conocimiento. b) Completa voluntad. c) Materia grave. Ahora bien, examinando el mecanismo
de la sicología humana, descubriremos que un conocimiento pleno de que algo es malo para mí y
la adhesión de la voluntad a ese objeto, es impensable. Como ya hemos explicado el pecado,
definido por la moral católica, es imposible.
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El pecado solo es posible en la medida que el hombre esté sumido en la ignorancia. Solo con una
gran dosis de error de perspectiva es posible la adhesión de la voluntad al mal. Esto no es fácil de
entender pero me parece tan importante que debemos hacer un esfuerzo por comprender las
sutilezas del lenguaje. Muchas veces me he sentido incapaz de hacerlo ver.
Pero si el pecado es fruto de la ignorancia, ¿dónde está su malicia? Precisamente en que esa
ignorancia es culpable. No es fácil tomar conciencia de esta realidad. Hay maldad cuando el ser
humano tiene los medios necesarios para descubrir la razón de mal que hay en una acción, pero
no los utiliza, unas veces por vagancia, otras por miedo a las mismas exigencias que se
derivarían de un descubrimiento de la verdad.
Hay otra trampa en la que solemos caer y que también explica la poca eficacia del
arrepentimiento. Con frecuencia aceptamos teóricamente (porque nos lo ha dicho una autoridad),
que una acción determinada es pecado, pero en nuestro fuero interno no hemos descubierto la
relación de tal acción con el deterioro de nuestro auténtico ser; sabemos que está mandado o
prohibido, pero no sabemos por qué.
Entonces entra en conflicto lo que me han dicho con lo que siento; y naturalmente a la hora de la
verdad, la mayoría de las veces, obramos según nuestras vivencias y no según lo aprendido. En
un parque hay un banco con un letrero: "Prohibido sentarse." Llega un paseante y al ver el letrero
piensa: Ya estamos, el alcalde con el afán de prohibir todo. Sin hacer caso del letrero se sienta. Al
instante descubre en el suelo un trozo de papel que dice: “banco recién pintado”. Demasiado
tarde, sus pantalones se habían estropeado.
Unos días más tarde, en otra esquina del parque, ve el mismo letrero: "Prohibido sentarse".
Naturalmente se aleja del banco. Pero aquel banco había sido pintado el mismo día que el
anterior. En ese momento la pintura estaba seca. Nadie se había tomado la molestia de retirar el
cartel...
Hemos visto que no se puede tener una clara idea de la confesión sin saber qué es el pecado.
Tampoco se puede entender correctamente el sacramento de la penitencia si no tenemos una
idea clara de lo que significa el perdón. Lo primero que hay que tener en cuenta es que el perdón
atribuido a Dios no tiene nada que ver con el perdón humano. Es ésta otra trampa de la que hay
que salir si queremos entender el asunto.
Aún desde la teología más tradicional, debemos comprender que en realidad Dios no perdona. En
Dios los verbos no se conjugan. No tiene tiempos ni modos. Dios todo lo que hace lo es. Lo que
hace en un instante lo hace toda la eternidad. Dios no puede actuar en un momento determinado
de la historia. En el momento que Dios hiciera o deshiciera algo cambiaría Él mismo para mejor o
para peor, lo cual es imposible.
Dios es amor. Esto quiere decir que su esencia es amor, por lo tanto no puede dejar de amar
nunca, destruiría su esencia y dejaría de ser. Fijaros en la diferencia con nosotros; en nosotros el
amor es una cualidad que puedo tener o no tener. Cuando dejo de amor, no por eso dejo de ser
yo. Cuando nosotros atribuimos a Dios el amor, descubrimos que es un amor que no merecemos
porque hemos fallado. Por eso lo llamamos perdón.
Digo “lo llamamos”, porque para nosotros lo es efectivamente, pero solo desde nuestro punto de
vista. Lo mismo que podemos, en un momento determinado, sentir y vivir el perdón-amor de
Dios, aunque no sea una acción concreta de Dios en ese momento. Si cada uno de nosotros nos
atreviéramos a sacar las últimas consecuencias de estas simples verdades, puede que cambiase
mucho nuestra idea de la confesión.
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La confesión no puede ir encaminada a cambiar la actitud de Dios para con el pecador. No tiene
mucho sentido repetir y repetir “Señor ten piedad”. Tampoco tiene sentido pedir a Dios que se
apiade de los pecadores. El único que tiene que cambiar es el pecador. Yo, pecador, tengo que
volverme hacia ese Dios que siempre ha estado de cara. La confesión que no lleve a un cambio
de actitud del penitente no tiene sentido ninguno.
Tampoco tiene sentido que imploremos de rodillas el perdón de Dios, como si a Dios le costara
aceptarnos como somos. No tiene sentido que nos pasemos la vida dándonos golpes de pecho.
Tal vez nosotros no nos terminamos de creer que Dios es amor. Dios no nos ama porque seamos
buenos, sino porque él es bondad. Ni siquiera deja de amarnos cuando no lo somos; ni necesita
presiones o recomendaciones para cambiar su postura.
Ahora podemos comprender qué significado tiene la confesión. Si Dios perdona siempre, no
podemos seguir necesitándola par que me perdone. La confesión como sacramento es un signo
del amor de Dios, que está siempre ahí. Al confesarme manifiesto que he fallado. A continuación
el sacerdote me asegura que Dios no me falla ni me puede fallar nunca. El que tiene que cambiar
es el penitente. Si Dios no me falla nunca, la conclusión es sencilla: voy a intentar fallarle menos.
Esta es la mejor noticia del evangelio. Todo él está encaminado a convencernos de esta actitud de
Dios para con los pecadores. Parábolas, como la del hijo pródigo, la oveja perdida, el dracma
perdido, Zaqueo, la adúltera, la pecadora, determinadas acciones de Jesús, o frases como: "No
tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos." "No he venido a buscar a los justos...",
intentan hacernos comprender esta buena noticia.
La virtud de la penitencia
La eucaristía es el sacramento más relevante de nuestra religión pero ha cambiado tanto a través
de los siglos que es muy difícil separar lo esencial de lo que, siendo importante, es accesorio.
Reconociendo que los cambios son imprescindibles, no está claro que siempre hayan sido para
potenciar lo esencial. En demasiadas ocasiones se han exagerado aspectos secundarios y nos
hemos alejado del verdadero significado de los signos.
Se trata del sacramento más repetido. Seguramente fue el que primero se celebró y nunca ha
sido discutido como tal. En la celebración ritual, en lo que son los signos, apenas ha variado en
veinte siglos. En cambio la realidad significada ha sufrido variaciones espectaculares. Se han ido
descubriendo aspectos nuevos y en unas épocas se han potenciado unos y olvidado otros. Tiene
en sí tantas posibilidades que no se agotará nunca.
Por ejemplo, la presencia real, que para nosotros hoy es un aspecto esencial, no ha tenido mayor
importancia durante los primeros siglos. La acción de gracias, que es lo que significa eucaristía en
griego, hoy apenas la tenemos en cuenta. El aspecto de sacrificio (actualización del de la cruz), lo
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estamos olvidando a marchas forzadas. Hoy nadie piensa en la eucaristía como un rescate
ofrecido a Dios por nuestros pecados.
La presencia de Cristo en el pan y el vino consagrados ha tenido una importancia decisiva desde
la Edad Media. Han corrido ríos de tinta intentando explicarla filosóficamente. La verdad es que ni
física ni metafísicamente tiene nada que explicar. Al intentar entenderla de una manera racional
hemos desbaratado todo el significado del sacramento. Que cambie la sustancia del pan y del
vino, permaneciendo los accidentes, no nos aclara nada.
La presencia no está unida a la materia en sí sino a los gestos. En contra de lo que creemos la
mayoría de los cristianos, las palabras no son lo importante. Durante siglos lo importante fue la
epíclesis que era la invocación del Espíritu Santo sobre las ofrendas. Consagrar en aquella época
no era hacer un milagro sino hacer sagrados el pan y el vino. Las palabras intentan explicar el
gesto de partir y repartir el pan el vino.
El problema se agrava al descubrir que la traducción está mal hecha. “Cuerpo” en la antropología
judía no significaba el cuerpo sino la persona. No tendríamos que decir: “esto es mi cuerpo”, sino
esto soy yo, esto es mi persona. Unido a lo que hemos dicho antes tendríamos: “yo soy pan que
se parte y se reparte para dejarse comer”. Lo que quiere decir es algo muy profundo. Esto soy yo
y esto tenéis que ser vosotros.
La distorsión con el cáliz es mayor. Para los judíos la sangre era la vida. No se trataba de un
símbolo sino de la misma vida, de tal manera que tenían prohibido no solo beber la sangre de los
animales sino comer los animales que no se habían podido sangrar al morir. Y esto porque
consideraban que solo Dios era dueño de la vida; el hombre no podía apropiarse de ella. La
traducción sería: esto es mi vida que se derrama, que está siempre a vuestra disposición. No solo
a la hora de morir, sino en todos los momentos de la vida.
Ahora podemos comprender otro disparate, muy común incluso en los textos oficiales. Cuando
hablamos del sacramento de la comunión normalmente lo entendemos mal y distorsionamos la
realidad. Comulgar no es el sacramento, sino solo el gesto por el que nos comprometemos a ser
lo que Jesús fue. De aquí surgió la nefasta idea de que, como el alimento, el sacramento produce
un efecto automático, aunque yo no adquiera ningún compromiso personal.
Ahora podéis comprender que la eucaristía tiene una capacidad de salvación infinita. Para ello
debemos de superar la trampa de tomarla como una obligación para los domingos o como una
devoción más para los días de diario. Una sola eucaristía bien celebrada, comprendida y
comprometida, sería suficiente para catapultarnos a la plenitud humana. Solo imitando a Jesús en
la entrega total a los demás, haremos nuestra su misma salvación.
La pregunta puede parecer un poco absurda. Siempre se nos ha dicho que sin oración no hay
manera de encontrarnos con Dios, es decir, con nuestro verdadero ser. La verdad es que la
cosa no es tan sencilla. Como veremos a continuación llamamos oración a una gama muy
extensa de realidades y no todas tienen la misma importancia a la hora de ayudarnos a llevar
una vida verdaderamente espiritual.
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En nuestra rica tradición religiosa se proponen, sobre todo en cuaresma, tres actos de piedad
muy singulares: ayuno, oración y limosna. Se presentan como ejercicios de penitencia, pero en
el fondo, son mucho más que eso. La única manera de crecer en humanidad es a través de
unas relaciones humanas adecuadas. El ser humano puede desplegar esas relaciones en tres
direcciones: relación consigo mismo (ayuno); relación con Dios (oración); relación con los
demás (limosna).
Se trata de un sabio resumen de lo que el hombre tiene que hacer para superar el aislamiento
que le puede deshumanizar. Esas propuestas siguen siendo válidas, pero se han rechazado por
la inmensa mayoría de los cristianos porque se presentan con el ropaje mítico que las
desfiguran. Recuperar el sentido genuino de las propuestas y poder expresarlo en un lenguaje
que todo el mundo entienda hoy, será nuestro objetivo.
Vamos a recorrerlas de manera que nos permitan desentrañar el increíble valor antropológico
que tienen, más allá del marco religioso del que proceden. Una vez más, la pérdida del
verdadero sentido de lo que realizábamos, ha tenido como consecuencia el abandono casi total
de su práctica. A estas tres tendríamos que añadir hoy la ecología pues formamos parte del
ecosistema que podemos deteriorar definitivamente.
Oración, ayuno y limosna son tres realidades que, bien entendidas, pueden ayudarnos a dar
sentido humano a nuestra vida. Vamos a desarrollar estos tres temas de una manera más
amplia. Tomando conciencia de que los tres son medios para superar la tentación de egoísmo
materialista. Los tres nos pueden ayudar a profundizar en nosotros mismos y aprovechar
nuestra existencia para hacerla más humana.
Los seres humanos no somos realidades aisladas que puedan completarse por sí mismas
separados del resto de la creación. Una piedra aunque la encerremos herméticamente seguirá
siendo ella misma por millones de años. Si hacemos lo mismo con una planta morirá al poco
tiempo porque la vida implica relación con el entorno. Si impedimos que un animal se relacione
con el medio, a los pocos minutos moriría.
El hombre, además de su dependencia biológica de sus progenitores, tiene que relacionarse con
otros seres humanos para poder desarrollar su humanidad. Hoy nadie se atrevería a definir la
persona como "individua substantia, rationalis natura" (Boecio). El hombre no es una mónada
aislada, sino una posibilidad de relaciones que le abre a toda la creación, pero de una manera
muy especial a otros seres humanos.
Está claro que el ser humano puede caer en la trampa de potenciar excesivamente su animalidad.
La conciencia de su individualidad biológica puede absorberlo de tal manera que le impida el
verdadero desarrollo de lo que tiene de humano. De aquí la necesidad de tomar conciencia de lo
que realmente es, más allá de su biología y, de esta manera, abrirse a las posibilidades al creci-
miento personal y humano.
Solo en sus adecuadas relaciones encuentra el ser humano la posibilidad de ser él mismo. Ya
hemos dicho que esas relaciones van en tres direcciones: a Dios, a las demás criaturas y a sí
mismo. Digo direcciones, porque estas relaciones no son simples, sino muy complejas en cada
una de las direcciones. Tal vez sea esa la causa de la dificultad a la hora de gestionarlas.
Vamos a analizar esas tres direcciones clásicas, para intentar aclarar lo que pueden significar
en orden a dar sentido a la existencia, bien entendido que cada una de las direcciones implica
las demás. No podemos avanzar con autenticidad en una de ellas sin incluir un avance en los
otras dos. Por muchos logros que consiga en una de las tres direcciones, mi desequilibrio
permanecería si no avanzo en las demás.
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Ahora podemos contestar a la primera pregunta: ¿me salva la oración? La oración no debemos
entenderla como un dialogo con un señor poderoso y dueño de todo, incluidos nosotros, que
está en alguna parte (cielo) y desde allí nos vigila, nos controla y nos premia o castiga según
sean nuestras acciones. Sé que va a ser difícil, porque tenemos que superar la idea de oración
(petición) que arrastramos desde el Paleolítico.
Para nosotros hoy, orar no es pedir a un Ser todopoderoso que nos saque las castañas del
fuego, sino bajar a lo hondo del ser y descubrir allí la realidad última que es infinitamente más
que nosotros, pero que nos fundamenta y nos posibilita el despliegue de lo que somos más allá
de nuestra biología, de nuestra sicología y de nuestra capacidad mental. Eso que está más allá,
es lo que nos constituye como humanos.
A lo largo de mi vida he oído cientos de veces una frase que se tenía por lapidaria: “el que ora
se salva, el que no ora se condena”. A pesar de que la perspectiva desde la que se decía daba
a entender que salvarse era ir al cielo y condenarse era ir al infierno, la frase tiene un
trasfondo que debemos analizar con detenimiento. Puede seguir siendo válida, pero cambiando
un poco la interpretación que hemos hecho de ella.
Antes debemos hacer algunas aclaraciones sobre los distintos significados de la misma palabra
“oración”. En efecto, detrás de una simple palabra se pueden esconder conceptos muy
dispares. Si no tenemos esto en cuenta, la confusión está asegurada. La riqueza de conceptos
de la palabra ‘oración’ puede despistarnos, porque el que escribe puede hacer alusión a uno y
el que lee puede pensar en otro.
Todas las acepciones del término tienen en común que se trata de una relación entre tres
realidades que interactúan: Dios, hombre, mundo. El concepto de oración tiene que cambiar
radicalmente, porque ha cambiado el concepto que hoy tenemos de estas tres realidades. Nadie
piensa hoy en Dios, en el mundo y en el hombre como lo hacíamos hace solo unas décadas.
Vamos a hacer un brevísimo repaso de esos cambios.
Por una parte ya hemos dicho que el Dios que puede hacer y deshacer lo que quiera se
desvanece por momentos. Pero sería aún más inverosímil mantener la idea de un Dios que pueda
(o deba) hacer lo que yo quiera. El habernos creído con capacidad para poder manipular a Dios y
hacerle entrar por el camino de nuestros deseos nos ha llevado al mayor de los ridículos.
Puesto que llamamos oración a realidades muy diversas, no podemos hablar sin más de oración
como una única realidad. Por eso vamos a intentar dilucidar las distintas clases de oración.
Intentemos tomar conciencia de que no se trata solo de matices sino que hay sustanciales
deferencias que nos obligan tomar conciencia de realidades muy diferentes.
1) Oración de petición.
Precisamente porque nunca es solo petición, no debemos echarla por la borda sin más. Además,
por mucho que nos empeñáramos, nunca se podrá evitar esa actitud de súplica ante Dios, si le
consideramos todopoderoso y bondadoso. Lo que debemos evitar a toda costa es la comprensión
teísta e interesada de la petición a Dios, pensando que Él puede responder a mis deseos o
ignorarlos.
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Es verdad que en el evangelio se nos invita a esa clase de oración, "pedid y recibiréis", pero
también se nos dice en él: "Ya sabe vuestro Padre que de todo eso tenéis necesidad". Por lo tanto
es muy problemático acudir a frases del evangelio para convencernos de la necesidad de la
oración de petición a Dios. Por otra parte, en aquel tiempo sí creían que Dios hacía y deshacía a
voluntad la realidad material.
El fracaso de las falsas expectativas puestas en la oración de petición ha hecho que muchas
personas se alejen de Dios. No se puede creer en un Dios que condiciona sus dones a que se lo
piden con insistencia. O, peor todavía, que conceda algo al que se lo pide y se lo niegue al que no
se lo pide. El colmo del absurdo es constatar que un Dios, que es amor, te niegue lo que le pides.
Este intento de manipular a Dios viene de lejos.
Hoy hemos asumido que lo que sucede en cada instante en el mundo no depende del capricho de
un Dios todopoderoso. Ya hemos dicho que Dios lo está haciendo todo en cada instante,
suponiendo que se pudiera hablar así de Dios. Dios nos lo está dando todo siempre.
Comprenderéis que no tiene mucho sentido seguir implorando a un Dios que ya nos lo ha dado
todo, y que ni siquiera puede dejar de darme lo que me está dando.
Por otra parte, también descubrimos la inutilidad de la oración de petición a un Dios que sabemos
impasible, silencioso, oculto. Sabemos que las cosas no van a cambiar. La experiencia nos dice
que Dios no está ahí fuera para sacarnos las castañas del fuego. Dios no es un tapa-agujeros que
anda cambiando la realidad material. Pero como seres desvalidos y míseros, seguimos
necesitando mantener la ilusión de que es así.
Después de lo dicho, ¿puede tener algún sentido la oración de petición? Si la hacemos para
informar a Dios de que tenemos tal o cual necesidad, es ridículo. Si la hacemos para forzar a Dios
a realizar una acción, sería pura magia. Si la hacemos para que Dios se ponga de mi parte en
contra de otros o de la misma realidad, es absurdo. Y si la hacemos pidiendo a Dios que dañe a
otra persona, la bajeza moral llega a límites inconcebibles.
Pero decíamos antes, que la oración es siempre algo más que petición. Ese plus es el que puede
dar sentido a toda oración de petición. Precisamente porque Dios calla me hace traspasar la
dinámica de un Dios útil y provechoso para mí. Nos encontramos así con la paradoja de que la
oración de petición es útil, precisamente cuando Dios no responde. El atrevernos a pensar nos
puede llevar a esta aparente contradicción.
La oración de petición es como un psicoanálisis, solo el silencio del sicoanalista hace posible que
el paciente “verbalice” su interioridad y descubra su auténtica realidad. Le permite tomar
conciencia de sus deseos y miedos y así puede dar el paso hacia la aceptación de sí mismo tal
como es. Esta aceptación de su realidad interior es el primer paso para alcanzar la armonía. Éste
sería el mayor beneficio de la oración bien entendida.
Orar no es hablar con Otro, sino relacionarse consigo mismo imaginando estar en presencia del
Otro. Es la autocomprensión del ser humano que reflexiona sobre sí mismo. En la oración de
petición, el ser humano habla desde sí mismo, pero no a otro Ser que le escucha sino ante su
propia realidad que tiene que aprender a comprender. La oración de petición consigue que una
parte de nosotros mismos conecte con todo el ser que soy.
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La oración no se hace para que Dios cambie las cosas, se hace para que el hombre pueda ver la
realidad de otra manera. El silencio de Dios le puede permitir descubrir su propio ser y dejar a
Dios que siga siendo Dios. El silencio de Dios impide que yo pueda manipularle y convertirlo en un
monigote. La primera consecuencia de esta conciencia sería un más profundo conocimiento de lo
que es Dios, descubriendo lo que no es.
Si el que ora cree que Dios le ha escuchado, es muy probable que el orante permanezca en una
falsa postura vital; ni acepta a Dios tal como es ni se acepta a sí mismo con sus limitaciones. Si
toma conciencia del silencio de Dios, tal vez tome conciencia de que Dios es otra cosa. Salir de
esa falsa perspectiva sería una de las consecuencias más provechosas de la oración de petición.
Quiero comentar, aunque sea muy brevemente, el uso que hacemos de oraciones
prefabricadas. Todos los días estamos empleando oraciones que otros han elaborado,
empezando por el Padrenuestro. Esto es sin duda un signo de pobreza espiritual. Ante esa
pobreza tenemos que aceptar la limosna de la experiencia religiosa de otro. Toda oración,
incluso la de petición, tiene que salir de lo hondo del ser; si no, es artificial.
Esa oración que tomamos prestada corre el peligro de no responder a nuestra actitud personal
del momento. Debemos tener presente que la oración es uno de los actos más profundamente
humanos, pero puede ser también uno de los actos más artificiales y vacíos de nuestra
religiosidad. La inmensa mayoría de nuestros rezos oficiales no son más que verbalizaciones
mecánicas que nada pueden significar.
La mayoría de las fórmulas de oración están hechas desde una comprensión de Dios
completamente distinta a la nuestra. Esto anula la posibilidad de identificarnos con lo que
expresan sin distorsionar la actitud del orante. El que tengamos que seguir utilizándolas, es un
signo más de decadencia espiritual. No acabamos de comprender que ante Dios, el valor
absoluto lo tiene el silencio, no las palabras.
Incluso las oraciones de la Biblia, pueden resultarnos vacías, porque han nacido de una
concepción de Dios, mundo y hombre, hoy incomprensible para nosotros. No hay oraciones
mejores o peores. Hay oraciones auténticas o vacías de contenido, es decir, artificiales. Esa
artificialidad en nuestras relaciones con Dios nos ha mantenido en el limbo espiritual.
La oración de intercesión, es decir, la que se hace a favor de otra persona es otra clase de oración
muy frecuente entre nosotros. La oración de los fieles en la misa responde casi siempre a esta
categoría. Puede ser un signo de solidaridad con la desgracia o la carencia ajena, pero su
artificialidad suele dejar sin contenido la inmensa mayoría de las peticiones.
Solo ayudará a los demás en la medida que nos haga más humanos. Si pedimos por los que
pasan hambre para que consigan alimentos pero no movemos un dedo para ayudarles, podemos
quedarnos muy tranquilos, después de haberle pasado la patata caliente a Dios, pero en la
práctica no tiene ninguna utilidad ni para los hambrientos ni para nosotros.
Existe otra dimensión de la intercesión que no podemos descartar. Hoy sabemos que existe la
posibilidad de poner en marcha unas energías que pueden influir en otras personas. El campo
de la parasicología está aún sin explorar. Nos esperan muchas sorpresas. Podemos hacer
mucho por los demás, pero no porque se lo pidamos a Dios sino porque al preocuparnos
seriamente por otro, ponemos en marcha energías increíbles.
Todos los actos externos que podemos realizar en la liturgia deben realizarse para bien de los
seres humanos que celebran y participan en los ritos, no para Dios. Dios ni tiene ojos para ver
nuestras ceremonias ni tiene narices para oler nuestro incienso ni tiene oídos para oír nuestros
cantos. Solo si nuestro interior cambia con esos ritos, Dios quedará tocado, porque ahí, en lo
hondo de mí, sí está Él, viviendo en mi lugar.
Esto no quiere decir que nuestra liturgia sea inútil. Cuando la Realidad Ultima escapa a nuestros
sentidos, los humanos tenemos un recurso muy útil para suplir esa falta de presencia sensible. El
mundo de los símbolos y las metáforas pueden ayudarnos a paliar esa necesidad de percibir por
los sentidos. La trampa a superar es la de confundir los símbolos con la realdad y caer en el
fetichismo o en la mitología.
La única manera que tenemos de hacer presente lo divino es apoyarnos en los gestos y palabras
simbólicas que nos pueden transportar a otro mundo sin dejar de estar en éste. Un enfoque
adecuado de todo este tema podía ayudar de gran manera a nuestra relación con la
trascendencia. Bien entendido que lo importante no es lo que hacemos o decimos, sino descubrir
en nosotros la realidad que intentamos significar.
3 Meditación
La meditación así entendida, es imprescindible para todo proceso espiritual. Se trata de utilizar la
misma capacidad de razonar para el provecho espiritual. Solo la razón puede desmontar el
tinglado que ella misma organizó. También las posibilidades de la razón tienen que ponerse al
servicio de la parte espiritual del ser humano. Pero esa oración discursiva puede quedarse en
puro proceso intelectual sin llevarnos a la vivencia. En este caso, el único beneficio es intelectual.
Debemos ser muy conscientes de que la meditación es imprescindible, pero solo como
preparación para entrar en una verdadera intimidad con Dios, que es lo que puede llevarnos a
vivir la experiencia de su presencia en nosotros. La meditación no podemos proponerla como un
fin en sí misma sino como una ayuda para llegar a la vivencia. Sin una asidua meditación nunca
llegaremos a la contemplación.
4 Contemplación
Contemplar sería abrirse a la consideración directa de la verdad trascendente sin discurso racional
ni tema concreto. También aquí la protagonista es la mente, pero en la posibilidad que tiene de ir
más allá de la capacidad de razonar. La mente deja de razonar, pero su atención es extrema, y
su capacidad de penetración, absoluta. Sería poner en marcha una facultad de la mente que los
clásicos llamaron intuición y que los humanos de nuestro tiempo hemos ignorado absolutamente.
Para llegar a esta clase de oración tenemos que sobrepasar la capacidad de razonar en la que se
apoya toda nuestra vida sensible. La mente tiene que ser despojada de toda su capacidad
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discursiva y ser capaz de cesar en su actividad manipuladora. Esto es mucho más difícil de lo que
parece. De hecho la mayoría de los seres humanos no saben que tienen esa facultad de ser
conscientes sin necesidad de razonar.
Cada una de las clases de oración es ya una cierta relación con Dios. En la contemplación nos
relacionarnos directamente con el Ser que es el fundamento de nuestro propio ser. No se trata de
una relación entre dos seres sino de la experiencia de unidad entre lo que soy y lo que Él es. La
dificultad de esta oración consiste en que no se descubre en ella ninguna utilidad práctica. Esto es
en nuestro tiempo una barrera infranqueable.
En realidad sería el tiempo más provechoso de nuestra vida porque nos permitiría crecer en
nuestro verdadero ser. Nunca debemos tomarnos esta oración como una obligación, sino como
una posibilidad, profundamente humana, que tenemos que aprovechar al máximo. Esto no quiere
decir que no tengamos que procurar mantener un ritmo de frecuencia que nos permita asegurar
una continuidad.
No se trata de ponernos enfrente de otro ser que llamamos Dios sino de centrar la atención en
nuestro propio ser y descubrir allí el Ser de Dios. No estamos hablando de una relación de un yo
con un Tú, sino de descubrir que no puede existir mi yo sin ese Tú. Esta toma de conciencia es el
primer y más importante paso para entrar en la dinámica de la oración contemplativa.
Debemos ser conscientes de que no hay que conseguir nada. Ya dijimos que esta oración es lo
más “inútil” que existe para nuestro falso ser. Pero para el auténtico ser, esta oración es la más
alta posibilidad que se nos ofrece. Si de verdad pretendo aproximarme a una verdadera
salvación, esta oración es el mejor camino para alcanzarla. Es imposible concebir un ser humano
desarrollado que no se preocupe por esta conexión.
Tampoco se trata de esperar de Dios que añada a mi ser algo que aún no tengo. Se trata de
tomar conciencia de lo que ya soy. Por nuestra parte nada podemos añadir y Dios tampoco puede
añadir nada a lo que ya somos, porque todo lo que puede darnos ya nos lo ha dado. En esto que
parece tan sencillo, estriba el mayor obstáculo para nuestra vida espiritual.
Dios es espíritu y no puede llegar a mí a través de los sentidos. Todo lo que oiga o vea de Dios es
un engaño. Pero, por ser espíritu, tampoco puede apartase de mí un solo instante. La única
manera de salir de una relación mitológica con Dios es experimentarlo como unidad inextricable.
Mi único objetivo es tomar conciencia de la verdadera realidad de mi ser, que se identifica con lo
que Él es en mí.
Ya hemos dicho que con esa realidad trascendente no puedo conectar a través de los sentidos. Lo
traumático es que tampoco puedo conectar a través de conceptos o reflexiones racionales. Esto
nos desconcierta porque hemos puesto en la razón una confianza ilimitada. El único camino para
esa conexión es descubrirla a través de la intuición, a través de mi propio ser, donde Dios se está
manifestando siempre.
La razón puede servir para evitar engaños, para desmontar todo el andamiaje que hemos
fabricado a través de milenios. La razón nos puede ayudar a superar el lenguaje mítico que se ha
empleado para hablar de la religiosidad. Más allá de la razón podemos quedar a merced de otra
facultad que nos llevará más lejos que la misma razón: es tomar conciencia de que se puede
llegar a conocer la Verdad de manera no discursiva.
Para llegar a esta clase de oración no puede haber una hoja de ruta detallada, mucho menos
atajos. Lo que más puede desanimarnos es que no podemos programarla, ya que vivimos en una
sociedad donde todo es fruto de una programación. En nuestro mundo el éxito o el fracaso se
73
mide por la consecución de resultados. Para la sociedad de consumo la contemplación aparecerá
siempre como algo completamente sin sentido.
Si decidimos intentarlo, estaremos deseando que alguien nos diga qué tengo que hacer. El
problema resulta ser que en esa materia ni hay una programación ni camino trillado. Si lo
intentamos, pronto aparecerá el desánimo, porque al no conseguir resultados constatables,
abandonaremos pronto la tarea. Como especie aún no estamos preparados para afrontar esta
apertura total al ser. No es algo espontáneo que nos viene en el ADN, tiene que ser un logro
personal.
¿Salva el ayuno?
A pesar de la mala prensa que tiene hoy todo lo que huela a privación, debemos asumir que es
una actitud básica para nuestra vida espiritual. El ayuno no debemos entenderlo como una
exigencia externa contraria a nuestra naturaleza, pero imprescindible para que Dios me
perdone los fallos que irremediablemente voy cometiendo a lo largo de mi vida. El ayuno no
debe tener un carácter reparador, sino preventivo.
Entendemos aquí por ayuno toda práctica de sacrificio o renuncia voluntaria orientados al
crecimiento de la vida espiritual. La palabra ayuno quiere decir en este caso todo acto de
mortificación o de esfuerzo por conseguir algo bueno para la integridad de mi ser o que evite
algo negativo que me aparte de mi autenticidad, aunque no implique un mal por sí mismo.
Se trata de una actitud que me lleve a considerar un fin último adecuado y a tomar conciencia
de que para alcanzarlo debo de poner los medios adecuados. Sin esfuerzo no hay posibilidad
de alcanzar una verdadera plenitud humana. Nuestra radical limitación nos obliga a elegir
constantemente, y, a veces, la elección exige renunciar a lo que me agrada o hacer lo que me
disgusta, buscando el bien integral de mi persona.
La unidad biológica del conjunto se consigue gracias a una misteriosa fuerza unificadora que
llamamos vida. La muerte sobreviene cuando, aun permaneciendo aparentemente idénticas
todas sus partes, ha desaparecido la energía vital que hace posible la adecuada relación
mutua. Tomar conciencia de la tarea de esta energía que está más allá de los componentes es
vital para comprender lo que es un ser vivo.
Lo que llamamos alma tampoco es algo tan simple como presumían los griegos. Tenemos
sentimientos, emociones, apetitos, pasiones etc. he leído en alguna parte que se podían
distinguir hasta catorce elementos espirituales en la constitución de nuestro ser sicológico. El
descubrimiento del subconsciente ha ampliado enormemente esa diversidad.
La unidad del ser es el fruto de una adecuada interacción entre todas las partes. El deterioro de
la persona puede llegar por falta de integración de esas diversas partes. Si uno de los
componentes no está integrado o se desarrolla a costa de los demás, el desequilibrio está
asegurado y la posibilidad de llegar a una plenitud humana queda truncada. Cada parte tiene
que estar ordenada al fin total de la persona.
74
El cáncer no es más que el desorbitado desarrollo de unas células que escapan al control del
conjunto del organismo vivo. No podemos ignorar y mucho menos eliminar el objetivo específico
de cada una de esas partes, pero la armonía entre todas ellas no podemos darla por supuesta. En
el orden sicológico esa armonía es más complicada que en fisiológico.
La sicología profunda nos ha enseñado que, incluso en lo que creíamos que pertenece al ámbito
de la conciencia, hay áreas inmensas que escapan a nuestro control consciente; y también con
esas áreas tenemos que estar en armonía e integrarlas en nuestra totalidad. Como en el orden
biológico llamamos vida a esa energía que no podemos determinar, también en el orden espiritual
podemos llamar Vida a esa energía que nos unifica.
La armonía entre todas esas partes que nos constituyen no es algo que debemos dar por
supuesto, porque la razón puede intervenir y de hecho interviene para sembrar la discordia.
Nuestra capacidad de elección, limitada por nuestro imperfecto conocimiento, nos puede jugar
una mala pasada y hacernos elegir lo que es malo, creyendo que es bueno.
Las partes inferiores, decíamos más arriba, tienen sus propias metas. Si la razón cae en la trampa
de aceptar esas metas particulares como objetivo último, aparece la desarmonía que podíamos
considerar en lenguaje tradicional pecado. Y es pecado, porque el quedarme en esas metas me
impide llegar al verdadero desarrollo que me exige mi condición de ser humano.
Puesto que es la razón la que ha desencadenado el desorden, solo desde la mente consciente se
puede recuperar y mantener esa armonía. ¿Cómo? Poniendo a cada sentido, a cada apetito, a
cada pasión en su sitio, y no dejando que ninguno de ellos se alce con el santo y la limosna.
Tarea nada fácil, porque la fuerza de las partes inferiores es más eficaz de lo que pensamos
Ahora bien, cada vez que la razón tenga que intervenir para poner orden, las partes inferiores
afectadas lo interpretarán como una injerencia y reaccionarán causando dolor o sufrimiento. De
ahí nace la necesidad del esfuerzo para alcanzar una armonía que haga posible lo humano. La
parte superior no puede renunciar a ese control, aunque le exija esfuerzo.
¿Conseguirá la razón hacerse con la situación? Unas veces lo conseguirá y otras no; o por lo
menos no al primer intento. Depende del grado de desorden (hábitos malos) que se haya
originado, y del esfuerzo que cada individuo esté dispuesto a hacer para restablecer el orden.
Esta es la razón por la que no pude haber unas normas absolutas que nos permitan acertar
siempre. Cada ser humano es un mundo que debe desplegarse.
La estrategia para que la mente pueda mantener el orden en todo momento es un constante
ejercicio de control por su parte. Para tener éxito en esta tarea, no debemos esperar a que un
instinto se desmande antes de hacerle entrar en razón y mantenerlo a raya. Aquí está la base del
sacrificio voluntario, penitencia o ayuno. Es muy importante tener esto en cuenta.
Ninguna privación tiene sentido por sí misma. Ni Dios puede desear que suframos, ni nos va a
premiar el esfuerzo con gracias especiales, ni por ello se van a perdonar nuestros pecados. Sería
negar la gratuidad del amor de Dios. Pero las privaciones voluntarias son un ejercicio
imprescindible para que un ser humano se pueda encaminar hacia su plenitud.
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La capacidad que tiene el ser humano de analizar los acontecimientos le lleva a descubrir la
sinrazón del dolor bajo todas sus manifestaciones: injusticia, enfermedad, muerte. Al encontrarse
ante este muro infranqueable ha intentado buscar una salida más profunda a su existencia, más
allá de los objetivos inmediatos que pudieran parecer apetecibles para él.
Tal vez solo ante lo inaceptable de tanto dolor gratuito y sin sentido aparente, se ha buscado el
verdadero sentido de una vida humana más allá de él. Una persona humana que encaja la
existencia del dolor, será capaz de alcanzar la verdadera meta de su vida. Superar la trampa del
placer a toda costa nos puede encaminar hacia el verdadero objetivo de nuestra existencia.
Todos buscamos la felicidad, pero la mayoría de las veces la buscamos donde no está: en la
satisfacción de los sentidos y de las partes inferiores del ser, buscando solo el placer inmediato. El
desarrollo de la persona tiene que estar en lo que tenemos de específicamente humano, es decir
la inteligencia (no la razón) y la voluntad, desplegadas desde una conciencia despierta.
Este será el más importante descubrimiento de una persona para poder orientar la trayectoria
que dé sentido a su vida. Darse cuenta de hacia dónde tiene que orientar sus pasos para llegar a
la plenitud de ser. Esa plenitud de ser la tiene que conseguir poniendo en marcha todos sus
recursos. Ahí estará su felicidad plena. Ahí debe encontrar su verdadera salvación.
Suelo poner el ejemplo de un proyector que se enfocaba automáticamente. Pero un día ese
sofisticado proyector se estropeó y en vez de enfocarse se desenfocaba también automáticamen-
te. En esa nueva situación, cada vez que se cambiaba de diapositiva, tenía que estar uno
sujetando la lente porque si no, se iba la imagen. Lo que había sido una ventaja considerable, se
había convertido en un inconveniente fatal.
Esa tendencia a desenfocarse había que contrarrestarla con violencia en el objetivo. Si en el ser
humano no existiera esa tendencia a desenfocarse automáticamente, no sería necesaria una
virtud de la penitencia, que vuelve a poner las cosas en su sitio. Una vez que, por nuestras
limitaciones cognoscitivas, las hemos sacado de su lugar, tenemos que hacer un constante
esfuerzo por restaurar la armonía perdida.
Esta tendencia no nos viene de ningún pecado de Adán ni de Eva. Tampoco es la consecuencia de
haber perdido ningún estatus de bienaventuranza anterior. Mucho menos se debe a tentaciones
venidas de algún ser empeñado en hacernos daño (diablo). El ser humano no desciende de
ningún estado de perfección primitivo sino que asciende de estadios biológicos anteriores siempre
menos perfectos.
Lo que nos lleva a la radical equivocación es la inercia de tres mil seiscientos millones de años de
evolución. Esa fuerte resaca me inclina a creer que el objetivo de mi existencia es puramente
biológico, es decir, mantener mi vida por encima de todo, buscar la mayor seguridad para mi yo y
la supervivencia de la especie. Ese objetivo, que es el de cualquier ser vivo, no es suficiente
tratándose del hombre con capacidad de trascender.
Esta equivocada actitud nos lleva a valorar el placer que dan los instintos, las pasiones, los
apetitos, los sentimientos, más que cualquier otra consideración. Poner la razón al servicio de
estas facultades inferiores es la gran tentación de todo ser humano. Es una trampa de la que es
muy difícil escapar, porque el placer sensible e inmediato tiene una gran fuerza de atracción
El placer que proporciona la satisfacción de los instintos, así como las pasiones y los apetitos no
son malos; lo único que hacen es buscar su objeto propio y eso es bueno en sí mismo. Un instinto
solo puede ser maleado por la razón, es decir, cuando su fin secundario (producir placer) se
disocia del fin propio del instinto y se busca el placer como primer o único fin.
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Entonces se antepone el fin del instinto al de toda la persona con lo que ésta se deteriora como
humana. En ese caso la razón se pone al servicio del instinto e inclina a todo el ser del hombre
hacia ese objeto que, aun siendo bueno, es parcial y limitado y, si nos impide la consecución del
fin último, se convierte en malo. Pararse a sopesar estas consideraciones no es lo normal; lo
normal es dejarse llevar del hedonismo.
Lo que debe hacer la mente es humanizar los instintos. Lo que era una pura tendencia instintiva
debe convertirla en humana. El instinto sexual se debe convertir en instrumento de comunicación
y de expresión de amor. El comer se puede convertir en medio para una profunda comunicación
humana. En el ser humano los instintos no se dan en estado puro: o se elevan o se degradan por
la intervención de la mente.
Desde esta perspectiva, ayunar quiere decir que la parte superior del ser humano, es decir la
mente, tiene que ordenar todo el ser hacia el fin que la inteligencia descubre como el supremo
bien para el hombre. Esto lleva consigo contrariar los impulsos primarios del animal que intentan
por todos los medios poner a la razón al servicio de sus intereses, solo con el objetivo de evitar el
dolor o alcanzar placer sensible inmediato.
Lleva también consigo la renuncia al placer o la aceptación del dolor cuando su consecución o su
rechazo pueden dañar al conjunto de la persona. El placer no es el objeto de los instintos sino
solo un medio, pero la razón puede buscar el placer como fin último y de esa manera conducir a
todo el ser hacia una meta equivocada. Solo teniendo claro el fin último de la persona
conseguiremos armonía en nuestro propio ser.
Hoy más que nunca se plantea abiertamente la utilidad o la inutilidad de estas prácticas
penitenciales que llevan consigo esfuerzo y sacrificio. Me parece una cuestión importante y la
respuesta no es tan sencilla. Creo que el valor de cualquier sacrificio depende de la actitud de la
persona que lo hace. Sinceramente creo que la mayor parte de los sacrificios que hacemos son
inútiles por no estar bien orientados.
En una sociedad en la que prima el hedonismo es muy difícil convencer a los jóvenes del valor del
sacrificio o del esfuerzo, como no vean en ello un beneficio material para sí o para otra persona.
Su reacción es justificada porque se les ha explicado mal por qué es beneficioso, incluso
necesario, un sacrificio buscado voluntariamente. La tarea no es convencerles de que hay que
hacer un sacrificio, sino hacerles ver sus ventajas.
Los jóvenes de nuestra sociedad tienen muy claro que merece la pena hacer un sacrificio para
ayudar a los demás en lo puramente biológico. Nunca como en nuestro tiempo estuvo tan
extendido el voluntariado entre ellos. No sería tan difícil convencerles de que, con mucha más
razón, debo hacerlo para ayudarme a mí mismo en lo que me tenía que importar mucho más:
desplegar en mí lo verdaderamente humano.
Para encontrar el valor del sacrificio hay que partir de la condición del ser humano como ser en
vías de realización. Tenemos que llegar a ser más, desplegando todas nuestras posibilidades. La
meta de todo ser humano está más allá de lo que piden los genes. Pero también más allá de lo
que pide nuestro instinto y nuestra sicología.
La evolución de los seres vivos ha sido posible gracias a que en todas las épocas algunos
individuos trataron de ir más allá de lo que ya eran. Eso solo se puede lograr con esfuerzo,
renunciando a la comodidad de gozar de lo ya conseguido. Podíamos considerar el sacrifico como
un entrenamiento para lograr cotas más altas de humanidad, superando así la tentación de
limitarnos a disfrutar de lo que otros han conseguido.
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En el desarrollo de una vida humana es fundamental descubrir que el objetivo no es el satisfacer
los sentidos, los apetitos, las pasiones, los sentimientos, etc. No es lo más importante el
permanecer como ser vivo, como animal, lo verdaderamente importante es que todo mi ser esté
encaminado a crecer espiritualmente, humanamente, divinamente.
De esta actitud nace la necesidad de ir más allá de los instintos, de orientarlos, de no dejarse
arrastrar por lo cómodo. Eso solo se puede conseguir con un ejercicio de entrenamiento. Si no
soy capaz de refrenar mi apetito, o mi vista, o mi sexualidad, me arrastrarán hacia formas
inhumanas de ser. Con mis privaciones voluntarias me estoy capacitando para que mi humanidad
esté siempre por encima del instinto y no al revés.
Ni siquiera en el orden biológico el dolor es algo negativo en la existencia humana; el que una
realidad me cause dolor no quiere decir, sin más, que sea negativa para mi propio ser biológico.
Hacer una cosa aunque me duela, o dejar de hacer algo que me causa placer, es la verdadera
señal de que el objetivo de mi vida está más allá de lo sensible.
Debemos superar el hedonismo, pero también tenemos que huir de todo masoquismo. La Iglesia
no siempre ha sabido mantener el equilibrio entre estos dos extremos. El sufrimiento como tal no
reporta ningún beneficio. El sufrimiento es positivo solo cuando es consecuencia de haber elegido
un objetivo superior a lo puramente sensible, que solo podemos conseguir renunciando al placer
inmediato.
¿Salva la limosna?
La limosna no debemos entenderla como la renuncia dolorosa a algo que nos pertenece para
conseguir la benevolencia de un Dios que me exige sacrificios para poder ponerse de mi parte.
La mayoría de los cristianos la hemos entendido más o menos así, por eso no es extraño que la
hayamos tirado por la borda. Con mayor motivo si la hemos asociado con la postura de Dios el
día del juicio con vistas salvarme o condenarme.
De las tres relaciones que estamos estudiando, esta es la más complicada. Es la que mejor nos
puede manifestar la falta de aceptación del evangelio y la falta de maduración personal. Podíamos
considerar que la oración y el ayuno son el ordenador, que procesa en su interior los datos y que
la limosna es la pantalla donde se refleja lo que hay dentro del ordenador. Para saber lo que hay
dentro debo mirar la pantalla.
Con frecuencia nos empeñamos en que salga algo en la pantalla sin haber puesto previamente en
marcha el ordenador. Sin oración y sin ayuno, tal como lo hemos explicado, es imposible que
haya verdadera limosna, es decir, un don de sí mismo a los demás que me lleve a un
enriquecimiento personal. Sin oración y ayuno solo puede haber una programación que será
siempre estéril. Si no tenemos esto en cuenta viviremos engañados.
Una plena conciencia de lo que soy me llevará al descubrimiento de lo que son los demás y de los
lazos que nos unen inextricablemente a todo el universo. Formo parte de un entramado que
llamamos creación, donde todos estamos relacionados con el creador que está en la base de mi
ser y que es lo que me constituye en criatura. En ese Ser todos somos uno. Esa fuerza que nos
une la llamamos Amor.
Toda la evolución del universo desde la multiplicidad del big-bang, está basado en un proceso de
unificación. En realidad, evolucionar es caminar hacia la unidad. También los seres vivos se
fueron perfeccionando a medida que fueron capaces de integrar en un solo ser múltiples células,
cada una con sus tareas específicas, pero orientadas todas al fin común, la vida.
78
Así los seres humanos capaces de pensar han descubierto que la más alta cota de ser solo se
puede conseguir a base de acercamiento y unidad entre todos los seres. Esa unidad no es ya
física, sino mucho más profunda y fuerte; podemos llamarla espiritual. La experiencia de esa
unidad solamente la puede conseguir el ser humano por su capacidad de pensar, de descubrir y
valorar realidades no materiales.
En el mensaje de Jesús, a esta toma de conciencia de la unidad entre todos los seres humanos y
aún entre todos los seres de la creación, se le llama amor. Amor es idéntico a unidad. Amar es
salir del aislamiento del ego e identificarse con el Tú y con todos los “tús”. Esta actitud
fundamental del ser humano, no se puede detectar directamente, por eso no tenemos más
remedio que descubrirla a través de sus manifestaciones: la limosna.
La limosna es uno de los temas clásicos de la cuaresma. Con frecuencia hemos reducido
demasiado el significado de esta palabra. Para cualquier cristiano significa que hay que dar de lo
que nos sobre a los que tienen necesidad: dinero, ropa, alimentos... Debíamos entender por
limosna el ser capaces de dar algo de nosotros mismos en beneficio de los demás.
Pero tampoco esto sería exacto, porque en todo don de sí mismo el primer y fundamental
beneficiado es el que hace el don. Es curioso que solo cuando no intentamos aprovechar en
beneficio propio una acción, esta nos enriquece de verdad. No se trata de dar algo que me
pertenece a otro que lo necesita. Se trata de salir yo de mi egoísmo y sentirme uno con el otro.
Creemos que cuando hacemos algo para remediar una necesidad de otro el objeto de esa acción
es ayudarle, y por lo tanto, el beneficiado es el socorrido. Sin embargo eso no es así. Cuando
hago una limosna desde una actitud de identificación con el otro, el que salgo ganando soy yo,
porque me he acercado un poco más a la plenitud de ser a la que aspiro.
No se trata, en primer lugar, de socorrer una necesidad del otro, sino de crecer yo en humanidad,
que es mucho más importante. Si no hago esa acción desde esta perspectiva, en efecto la
primera y la única consecuencia de mi acto será el sacar al otro de un apuro. Esto pasa siempre
que lo hacemos no desde un convencimiento sino desde una programación.
Las consecuencias de esto que acabo de decir son enormes. Fijaros que, en contra de lo que
pueda parecer, el objetivo de las ayudas a los demás a cualquier escala, no es sacar de la miseria
a millones de seres, ni siquiera impedir que se mueran de hambre. El primer objetivo tendría que
ser el crecer en humanidad los que no tenemos esas carencias.
Fijaros bien hasta qué punto tiene que cambiar nuestra perspectiva para que entremos en la
dinámica del evangelio. Entrar en el Reino de Dios sería entrar en la dinámica de las
bienaventuranzas, que no responden a ningún planteamiento racional, sino a una vivencia. Ellas
demuestran que se puede ser más con menos, lo cual nos arrancaría de todo egoísmo.
Esa actitud fundamental de la persona, tiene que nacer de dentro; no basta con que aceptemos
una programación por compasión o pena. Tenemos que convencernos de que los necesitados, son
una ocasión que se me brinda para salir de mi egoísmo, y, saliendo de mí individualismo, poder
crecer en la verdadera dirección que me lleva a una plenitud de humanidad.
Pretender una salvación espiritual desentendiéndome de lo que les pasa a los demás seres
humanos es un contrasentido. Solo el amor libera, pero el amor llegará cuando hayamos tomado
conciencia de lo que realmente somos y de lo que son los demás. El amor que no se manifiesta
en mi entrega sin límites a los demás, puedo estar seguro de que no existe.
La rosa que crece en el campo en cuanto se abre esparce su perfume. Para dar olor tiene que
desprenderse de algo de sí misma para llegar al otro; solamente de esa manera puede
desarrollar su ser de rosa. Si fuera de plástico no tendría nada que dar de sí, no sería rosa. La
vela está fabricada para dar luz, pero es imposible que cumpla su función sin consumirse.
Eso es lo que nos enseña Jesús con su predicación y vida. Pero hemos tergiversado el mensaje
hasta convertirlo en una manera segura de garantizar y potenciar nuestro ego. En todo caso,
hemos aceptado el darnos a los demás como estrategia para conseguir un estatus superior que
nos saque de nuestras limitaciones: el dolor, la enfermedad, pero sobre todo la muerte.
A estos tres temas clásicos hoy tenemos que añadir la ecología. La relación del hombre con la
naturaleza ha adquirido en los últimos tiempos una importancia decisiva. La ciencia y la técnica
nos han dado hoy una capacidad destructiva que no ha tenido nunca antes. El futuro de la vida en
nuestro querido planeta está en nuestras manos. Mejor dicho, está en nuestras manos la
capacidad de destruir la vida sobre la tierra, por lo menos la vida de los animales superiores entre
los que nos encontramos.
La destrucción del medio en que tiene que desenvolverse la vida más desarrollada puede ser en
muy poco tiempo irreversible si no ponemos remedio. Conocemos numerosas extinciones
masivas a través de los tiempos, pero nunca como ahora se había llegado a una situación límite
que puede hacer desaparecer la totalidad de la vida. El hombre tiene la clave que puede hacer
posible la vida biológica desarrollada sobre la tierra. Es algo muy serio que tenemos que asumir.
Es verdad que se ha utilizado el problema para lanzar toda clase de soflamas y amenazas que
hacen sospechar intenciones espurias. Sinceramente no creo que el hombre tenga la capacidad
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de cambiar drásticamente el clima terrestre, pero aun así debemos mantener la conciencia de que
aunque no se deba totalmente a la acción humana, está en nuestras manos cambiar la tendencia
o por lo menos retrasarla
El Papa acaba de publicar una preciosa encíclica en la que aborda el tema con amplitud y claridad.
No tiene desperdicio, y todo cristiano debería leerla para tener ideas claras sobre un tema que se
presta a tantas distorsiones y que, de hecho, se está manipulando sin escrúpulos. El Papa nos
advierte de que todos debemos tomar conciencia de la responsabilidad que nos corresponde en el
mantenimiento de las condiciones de vida.
No podemos dejar la solución en manos de los políticos, que se mueven siempre por objetivos
partidista y un día dicen una cosa y al día siguiente la contraria. Todos somos responsables del
deterioro del medio ambiente. Todos tenemos que trabajar para que un progreso sostenible sea
la tónica de la humanidad entera. Incluso aunque no todo el deterioro se deba a la acción
humana, solo nosotros podemos detener el desastre.
La ecología por sí misma no puede llevarnos a la plenitud, pero sin ella aseguramos nuestra
desaparición. Debemos tomar conciencia del problema y poner toda la carne en el asador para
comprometernos a superarlo. Es complicado porque no basta con tomar medidas coercitivas, que
serían relativamente fáciles. Se trata de poner en marcha programas internacionales de
educación y concienciación que es mucho más complicado.
VII
¿Cómo debe ser esa salvación?
En este apartado intentaremos dilucidar qué aspectos de nuestra humanidad pueden quedar
afectados por una auténtica salvación. Se trata de ahondar un poco más en el tema que nos
viene ocupando desde la primera línea de este escrito. Ya hemos dicho que la verdadera
salvación debe afectar a todo el ser del hombre, pero hay algunos aspectos que constituyen la
punta de lanza de esas posibilidades.
El maniqueísmo que impregna toda nuestra visión religiosa del mundo, nos ha hecho creer que
algo tan propio del hombre mismo como la carne, es el mayor enemigo de la salvación. Desde
esa perspectiva, para alcanzar la salvación que Dios quiere, tenemos que arremeter contra
aspectos que también constituyen al ser humano como tal: emociones, sentimientos,
satisfacciones, alegrías, goces...
Cercenamos toda posibilidad de salvación integral del hombre cuando olvidamos alguno de
estos aspectos, lanzándonos a la búsqueda de una salvación del “alma”. El hombre es una
única realidad. Los distintos aspectos no tienen entidad propia. Las distinciones son una
estrategia de la razón que nos permite conocer lo que somos, no tienen sentido por sí mismas.
El que me tengo que salvar soy yo. Todo lo que constituye mi verdadero ser tiene que
desplegarse para constituir la plenitud total. De lo biológico más primario a lo espiritual más
elevado, todo tiene que alcanzar su plenitud de sentido logrando la total armonía en la unidad.
El objetivo del hombre será el descubrir esa unidad y vivirla como absoluta plenitud aquí y
ahora.
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¿Salvación para el más acá o para el más allá?
Nuestra religión nos ha metido en una profunda trampa al proponernos una salvación para el
más allá. La segunda acepción de la palabra “salvación” en la RAE reza: “consecución de la
gloria y la vida eterna”. Este dato nos advierte del arraigo que han logrado en el lenguaje
corriente los conceptos religiosos. Como ya hemos recordado, es una pena que se proyecte la
salvación humana para el más allá, cuando dejemos de ser humanos.
La interpretación ingenua de algunos pasajes de la Escritura nos metió por este callejón sin
salida. Hemos tomado por realidades con una existencia efectiva lo que solo era relato mítico
que nuestra mente había elaborado. Lo difícil es descubrir lo que querían decir esos relatos. Ni
existe un cielo en lo alto, ni un infierno en lo más profundo. Claro que existe una realidad
imaginada, pero está solo en nuestra mente.
La respuesta a la pregunta que nos hemos hecho podría ser: la verdadera salvación del
hombre tiene que estar inscrita en el tiempo y en el espacio, pero a la vez, tiene que
trascender y llenar todo el tiempo y todo el espacio. No se puede entender una plenitud
humana sin un claro sentido de trascendencia. Lo que constituye al hombre como ser humano
está a la vez pegado a la contingencia y más allá del tiempo y el espacio.
Tan frustrante es pensar que todos nuestros logros humanos terminan con la muerte como
creer que no podemos alcanzar una verdadera salvación hasta más allá de esta vida. La
historia del pensamiento humano nos enseña que la mayoría de los pensadores no han sido
capaces de superar eta aparente contradicción. Ni la filosofía ni la religión, mucho menos la
ciencia, han superado la trampa de la exclusión.
Llama la atención que un místico como San Juan de la Cruz escribiera una increíble poesía
desde la perspectiva de que solo después de la muerte podría gozar plenamente de la
presencia de Dios. “Que muero porque no muero”. En aquella época todavía se pensaba en un
alma desencarnada que, liberada de la cárcel del cuerpo, saldría al encuentro de un Dios-amor
infinito que la esperaba en alguna parte.
Muchas personas que intentan con buena voluntad una vida espiritual abandonan porque no
ven resultados tangibles en su esfuerzo. Esperan que la práctica espiritual les proporcione
satisfacciones tangibles y cambios en su vida que les hagan sentir mejor. No se pueden
producir esas expectativas porque son equivocadas. Ni Dios te va a conceder nada que no te
haya concedido ni vas a ser mejor de lo que eras.
En nuestro mundo globalizado tiene más sentido que nunca esta pregunta. Lo primero que
llama la atención es que cuanto más pequeño se ha hecho nuestro mundo, más crece el
individualismo egoísta. Y cuando una porción de seres humanos se agrupan, es casi siempre
para defenderse mejor de los demás que se perciben como competidores o enemigos.
Solo gracias a la cooperación los primeros homínidos fueron capaces de evolucionar. Primero la
familia, después el clan, más tarde el pueblo, y finalmente la nación o el imperio fueron los
verdaderos motores de la evolución. Hoy debemos superar incluso la nación si queremos
sobrevivir como especie. Nunca como ahora hemos sido conscientes de que debemos avanzar
unidos y actuar en una absoluta colaboración.
Sigue existiendo el riesgo de que el egoísmo de unos pocos esté poniendo en jaque a toda la
raza humana. Algunos seres humanos siguen haciendo válida la sentencia de Hobbes: “homo
homini lupus” (el hombre es lobo para el hombre). En realidad, el único enemigo que tiene el
hombre, es él mismo. El egoísmo de los hombres está poniendo en peligro, no solo seguir
avanzando en humanidad sino la misma supervivencia.
Es tal la fuerza de esta dinámica individualista, que incluso las religiones se han dejado
embaucar por esta dinámica, aun en contra de la experiencia de sus fundadores. En concreto
en la nuestra, lo que empezó como una comunidad de hermanos, terminó como una institución
más preocupada por su supremacía sobre las demás que por el amor a todos. La tentación del
poder se camufla tras el velo del servicio a Dios.
Es muy curioso que en la Biblia se hable siempre de la salvación del pueblo; los individuos no
contaban para nada si no estaban integrados en una familia y un pueblo. Esta manera de
pensar es muy sabia, porque no puede existir un verdadero ser humano si no tiene la
posibilidad de relacionarse con otros seres humanos. Solo en la relación se puede desplegar
nuestra humanidad. Sin encuentro no hay plenitud.
En consecuencia, solo donde haya verdadera comunidad puede haber verdadera salvación del
hombre. Esto quiere decir que una verdadera humanidad solo se desarrolla en una auténtica
actitud de preocupación por el otro. En el momento que la preocupación de todos alcanzara a
todos los seres humanos, habríamos llegado a una verdadera humanidad.
Claro que esta postura solo será posible si descubro las más profundas exigencias de mi ser, a
través de una experiencia interna. Si esa experiencia es auténtica, me llevará siempre a la
comunicación con los demás. Así que toda salvación personal salva a la comunidad humana y
todo logro a nivel global ayuda a cada individuo a alcanzar su plenitud.
Esta exigencia no es una imposición desde fuera. Viene dada por la misma naturaleza del
hombre. La evolución que nos ha traído hasta aquí sería imposible si los logros de cada
individuo no pudieran aprovecharlos los demás. Yo he necesitado de los demás para llegar
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hasta aquí, para mantener la riqueza humana que disfruto. Pero también los otros necesitan de
mí para desplegar su propia humanidad.
Las religiones, sobre todo la nuestra, han insistido en la perfección individual, pero se han
olvidado de dejar claro que no puede haber verdadera humanidad personal sin una implicación
en la humanidad de los demás. No puede haber plenitud para mí, si otro ser humano está
condenado y yo no hago todo lo que esté de mi parte para salvarlo.
Estar dispuesto a ayudar al otro, con tal de que mi nivel de vida no baje un ápice es un
planteamiento equivocado. Es un planteamiento racional, pero muy poco humano. Si no
renuncio a los privilegios que tengo por haber nacido en el mundo rico, nunca podré esperar
que mi ayuda sea eficaz para todos los seres humanos degradados. No aceptamos bajar
nuestro nivel para que otro acceda al mínimo.
Es verdad que no hay grupo social que se haya preocupado tanto por los pobres como el
cristiano. En todas las épocas, desde la creación del diaconado en tiempos de los apóstoles,
siempre se ha preocupado por los más necesitados. Lejos de mí caer en una demagogia barata
que es moneda corriente hoy. La última crisis económica dejó clara la labor de muchas
instituciones religiosas a favor de los más desfavorecidos.
Pero también es verdad que no solo podemos sino que debemos hacer muchísimo más de lo
que hacemos. No estamos acostumbrados a tomar conciencia de que las seguridades que dan
las riquezas no añaden nada a mi condición de ser humano. Debíamos asimilar que dada vez
que gasto lo que es mio en tonterías, estoy siendo causa de la pobreza de los que no tienen lo
necesario para vivir.
Tampoco se trata de hacer esto o dejar de hacer aquello por programación. Esta actitud
provocada por condicionamientos externos no me haría más humano. Por eso, no avanzo en
humanidad más que cuando no lo hago por sacrificio o para que Dios me lo pague, sino cuando
me siento implicado con la situación del que sufre y me vuelco espontáneamente hacia él.
Si sigo intentando salvarme a costa, o al margen del otro, estoy engañándome a mí mismo y
en realidad estoy cayendo en la mayor inhumanidad. Recordemos que salvarse es acercarnos
cada vez más a la plenitud de humanidad y lo único que nos puede hacer más humanos es la
compasión hacia el otro. El verdadero mensaje del evangelio resulta que es la exigencia más
profunda de nuestra naturaleza.
Por lo que llevamos dicho, podrás comprender lo difícil y complicado del tema que nos ocupa.
Por mucho que hablemos y argumentemos, no vamos a convencer a nadie de que es mejor ser
pobre que ser rico, que es más humano conseguir que el otro coma que atiborrarme yo mismo.
Nos queda mucho por andar hasta comprender que es más humano para mí sufrir una
injusticia que causarla.
Considerarse salvado porque tengo satisfechas todas mis necesidades materiales es la mayor
trampa en la que estamos cayendo todos. La salvación de un ser humano no depende de la
pobreza material sino de la pobreza radical que supone creerse superior en cualquier orden.
Aunque consiguiéramos que ni un solo ser humano pasara hambre, permanecería la
inhumanidad si nos creemos superiores a los demás.
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Cuando decimos todos nos referimos a todos los seres humanos de nuestra época. No
podemos poner en discusión que la salvación de una ameba es distinta de la de un ser
humano. Seguimos sin aceptar que somos fruto de una evolución que ha durado cuatro mil
millones de años y que sigue desarrollándose, no solo en cuanto especie, sino en cuanto a cada
uno de los individuos que la formamos.
Durante algunos años se creyó que el ADN marcaba a cada individuo en su singularidad y era
el responsable de todas las diferencias en la persona humana. Los últimos avances de la
biología han demostrado que los genes nos marcan como seres únicos e irrepetibles, pero lo
que cada célula y cada individuo es en un instante determinado de su vida depende más del
entorno y la reacción ante él de cada ser vivo.
La influencia del medio en cada una de nuestras células y en cada uno de nosotros como
individuos es infinitamente mayor que lo que puede haber de inmutable en los cromosomas. Ni
física ni psíquica ni mentalmente somos iguales, mucho menos idénticos. Esto determina que la
plenitud de cada uno se vaya conformando a través de una vida y no está determinada de
antemano desde el instante de la concepción.
La ameba no podía imaginar que un descendiente suyo iba a correr como el gamo, a volar
como el águila o a ver como el lince; mucho menos que llegaría a conocer y amar como un ser
humano. Todos esos logros han sido posibles gracias a que cada individuo luchó con uñas y
dientes para conservar y potenciar su biología. Podemos pensar que el ser más perfecto da
sentido (salva) a toda la cadena que lo hizo posible
Tampoco es difícil de comprender que nuestra salvación no va a ser la misma que para los
hombres del año 10.000 de nuestra era. Sería razonable pensar que a medida que el hombre
avanza, avanza su capacidad de plenitud y por lo tanto de salvación. Otro argumento para
descartar una salvación vicaria que nos llega de fuera sin comerla ni beberla.
También sería erróneo argumentar que Jesús nos trajo la verdadera salvación y por lo tanto es
la misma para todos. Jesús vivió y desarrolló su actividad en un lugar y en un momento muy
determinado de la historia. Todo lo que vivió y enseño respondía a unas circunstancias muy
concretas. Él llenó su vaso de agua hasta los bordes, incluso podemos admitir que hizo crecer
el vaso, pero siguió siendo un vaso.
Jesús respondió a las preguntas que se hacían los seres humanos de su tiempo. Estoy seguro
que incluso se hizo preguntas que nadie se había hecho hasta entonces. Es verdad que asumió
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que en aquel tiempo lo religioso y lo civil estaban inextricablemente unidos, pero aun así, fue
capaz de decir: dad al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios.
Su mensaje sigue siendo válido, pero con la condición de que lo hagamos vida en las
circunstancias que nos ha tocado vivir. Tanto sus actitudes como sus enseñanzas, debemos
interiorizarlas antes de estar capacitados para presentarlas a los hombres de hoy como señales
de verdadera salvación. La falta de asimilación del mensaje es la causa de tanta artificialidad y
frustración en la predicación del evangelio.
No podemos hablar de una salvación absoluta e idéntica para todos. No sabemos lo que eran
los primero seres humanos; mucho menos podemos adivinar lo que llegarán a ser los hombres
del futuro. Pero incluso la plenitud de salvación de los que vivimos hoy depende del grado de
capacidad que cada uno tenga para desplegar todas sus posibilidades de ser.
¿Se puede conocer la salvación teóricamente, aunque no se haya conseguido? En aquello que
coincidimos todos los humanos podemos determinar aspectos generales en los que se pueden
identificar las salvaciones de cada uno. Por lo que decíamos en el apartado anterior, la plenitud
individual ni puede ser la misma ni podemos predeterminarla de antemano.
De la salvación tampoco se puede hablar con propiedad. Solo con símbolos podemos referirnos
a ella. Aquello que podemos expresar no es la verdadera salvación. Pero nos sentimos mal
cuando no somos capaces de controlar una realidad. Por eso hemos concretado y simplificado
la salvación en una serie de realidades objetivadas aunque no pueden expresar la realidad.
Solo un ser salvado puede descubrirse o descubrir a otro como salvado. El que no avance por
ese camino nunca se podrá dar cuenta de que le falta algo. Esto es lo que hace tan difícil
convencer a alguien de que tiene que esforzarse por alcanzar una plenitud. Lo que es solo
teóricamente bueno no tiene capacidad para mover la voluntad.
La persona que obra desde su verdadero ser, en contra de lo que se nos ha hecho creer, no
hace cosas extravagantes ni extraordinarias. Aparentemente, hará lo mismo que hace todo el
mundo, pero hará todas las cosas desde el amor, ni siquiera desde el deber ni la obligación.
Todo lo hará porque le sale de dentro y pensará que es lo más normal del mundo. Ni se dará
cuenta de que está manifestando una auténtica humanidad.
Ni la creencia teológicas ni los ritos sagrados ni siquiera la fidelidad a unas normas morales
pueden ser indicativos fiables du una verdadera salvación. Solamente una manera adecuada de
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relacionarnos con los demás desde una preocupación y dedicación auténtica pueden expresar
la salvación verdadera. La salvación absolutamente espiritualista hoy no puede comprenderse.
Lo que creemos, debe manifestarse en obras.
La verdadera fe solo cobra sentido cuando se refleja en una forma de vivir que satisface y da
pleno sentido a toda la vida del creyente. Esos valores profundamente humanos son los que
manifiestan la verdadera divinidad. Sin ellos, hablar de lo divino será siempre una farsa. Una
religión que no se hace presente en la vida no tiene validez ninguna.
VIII
Salvación humana e instituciones
Es incuestionable que los humanos somos seres sociables. El progreso alcanzado no hubiera
sido posible sin la herramienta de la socialización. Gracias a ella el hombre fue capaz de
avanzar exponencialmente en todos los ámbitos de la existencia. Sería, pues, ridículo que me
pusiera a hablar en contra de las instituciones. Solo trato de advertir del peligro que encierra
una ciega y excesiva dependencia de ellas.
Lo mismo que vivir en común puede ayudar al hombre a superar infinidad de carencias, puede
también inducirle a perder su personalidad y meterlo por el callejón de la irrelevancia como
individuo único e irrepetible. La vida de Jesús nos advierte de este peligro. Para llegar a ser lo
que fue no tuvo más remedio que liberarse del corsé de su familia, de la Escritura, de los
sacerdotes, de las instancias civiles, etc.
La familia
Esta estructura familiar fue inventada mucho antes de que apareciera el homo sapiens. Cuando
aparecimos los humanos era ya un instinto básico que favorecía la procreación de la mayoría
de los animales superiores. El hecho de que obedezca a tendencias arraigadas en el instinto,
no resta un ápice a sus posibilidades en los humanos. Por el contrario, el hombre puede
apoyarse en esa tendencia, potenciarla y humanizarla.
En cualquier etapa de nuestra vida la falta de familia debemos considerarla como una carencia.
Incluso cuando las fuerzas nos van abandonando la situación del anciano es muy distinta si
está dentro de un ambiente familiar o fuera. Cuando falta, las instituciones que acogen a la
persona mayor son más humanas cuanto más se parezcan a una familia. En la primera
comunidad cristiana los miembros se llamaban ‘hermanos’.
Esto no quiere decir que no tenga también sus trampas. El sentirse arropado por otros seres
humanos permite eliminar muchos miedos que podían impedir desarrollarse. Ahora bien, con la
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mejor voluntad, los miembros de una familia pueden convertirse en corsés que impidan un
normal desarrollo de la persona. No solo hay que permitir crecer a cada uno de sus miembros,
sino que hay que empujarles hacia esa meta.
El excesivo sentido de propiedad con relación a los hijos puede impedir su normal desarrollo
individual. Con el afán de protegerles se les coarta la libertad sin la cual es imposible desplegar
cualquier grado de humanidad. La tarea más complicada de la paternidad consiste en dejar que
empiecen a caminar por su cuenta cuando les llega la edad, y aceptar con normalidad que en
el intento se puedan equivocar.
En el mundo de las águilas, cuando los polluelos están listos para volar y no lo hacen porque se
encuentran muy a gusto comiendo sin esfuerzo y sintiendo una total protección, los padres los
echan del nido a picotazo limpio para que comiencen a funcionar por su cuenta. Está claro que
tanto en el caso de los aguiluchos como en el caso de los jóvenes, si no se atreven a volar a
tiempo, pierden la capacidad de hacerlo.
Pero también el resto de los miembros de una familia tiene la obligación de evolucionar. Ese
desarrollo se tiene que acomodar a cada etapa, pero siempre estará ahí como la principal
obligación de cada individuo. Primero como hijo, más tarde como padre o madre y, finalmente,
como abuelo o bisabuelo. En todas las etapas la relación familiar tiene que aportarme una
privilegiada ocasión de crecer en humanidad.
El pueblo
La comunidad vecinal, el pueblo, el barrio, la ciudad, son ámbitos que ayudan a cada individuo
a desarrollarse mejor. Todas estas instancias tienen como objetivo hacer más humana la vida a
todos los que se encuentren en ese ámbito. Hoy no somos conscientes del avance que supuso
el que hace más de treinta siglos, los seres humanos comenzaran a vivir en agrupaciones
estables, más allá de la familiar.
La socialización fue el motor del progreso de la raza humana. Presupone algunos logros
imprescindibles para que fuera posible. El más importante fue el lenguaje, primero hablado y
después escrito. Pero el lenguaje presupone la capacidad de conceptos abstractos que
permiten las generalizaciones de los significados. También es imprescindible un proceso de
aceptar convencionalismos a la hora de dar significado a las palabras.
Desde el punto de vista del progreso material, sería hoy inviable un mundo sin la diversidad de
roles que encontramos en cualquier comunidad. La especialidad de cada individuo en una
tarea determinada permite llevarla a cabo con mucha mayor eficacia. Lo mismo que los
organismos superiores han sido posibles gracias a que grupos de células se especializaron para
cumplir una sola función, pero de manera más perfecta.
Ahora bien también en este marco existe el peligro de que el individuo se diluya en la masa sin
capacidad para mantener su personalidad. Todos los equipamientos comunitarios deben estar
encaminados al bien de todos y cuando eso no es posible, el criterio debe ser favorecer a la
mayoría, evitando que los privilegios de algunos perjudiquen a la mayoría.
Al ser más efectivos en un trabajo especializado permite un ahorro de energía y tiempo que
puede ser empleado para mejorar las relaciones sociales. El tiempo de ocio y descanso se ha
multiplicado en muy pocas décadas. Esto ha permitido que la comunicación entre un número
cada vez mayor de personas favorezca el intercambio de saberes y actitudes.
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Ya hemos dicho que en el desarrollo de esa capacidad de vida en común sin destrozarse tuvo
mucho que ver la religión. Sin una autoridad que pueda imponer sus criterios a muchos
individuos es impensable una armonía entre todos los miembros de la comunidad. La fuerza
física, por sí misma, es incapaz de proporcionar una relación adecuada. La violencia solo puede
engendrar comunidades ocasionales y efímeras.
La nación
Los dirigentes de turno pueden pretender objetivos que no siempre favorecen el crecimiento
personal de los individuos. La esclavitud ha existido prácticamente hasta hace unas décadas.
Las esclavitudes de otro tipo siguen campando por sus respetos en toda la superficie del globo.
De todas esas esclavitudes tenemos que seguir defendiéndonos y ayudando a defenderse a los
que no son capaces de hacerlo por sí mismos.
El respeto entre todas las naciones, la colaboración en todos los ámbitos, la conciencia de
pertenencia a un único mundo, son todas actitudes que deberían ayudarnos a hacer un mundo
más humano. La conciencia de globalización nos tiene que llevar a sentirnos responsables los
unos de los otros. El defender el terruño, en cualquier ámbito, no lleva más que a la frustración
y el empobrecimiento material y moral.
Si la pertenencia a una nación sigue siendo una manera de potenciar nuestro egoísmo, no
puede ayudarnos a alcanzar una plenitud humana. Si las naciones con más poder económico o
militar, imponen las condiciones de unas relaciones aunque sean injustas, no podemos pensar
que esa agrupación favorezca un desarrollo humano en sus ciudadanos. Como en el caso de las
personas, el hecho de que haya naciones opulentas y naciones míseras, clama al cielo.
La Iglesia
Los que tenemos una cierta edad hemos sido bombardeados con un estribillo casi diabólico si
se entiende al pie de la letra: “fuera de la Iglesia no hay salvación”. Lo incomprensible es que
se siga manteniendo en la actualidad. Condicionar algo tan decisivo para un ser humano como
es su salvación, a la pertenencia a una institución concreta es de un narcisismo incalificable.
Parece que no nos inquieta lo más mínimo que el 95% de los humanos que han existido
queden excluidos.
Las matizaciones que se han hecho para mantener la frase no convencen a nadie. La
explicación de que puede haber un bautismo de deseo es escamotear el problema. La Iglesia,
tal como la conocemos hoy, nunca podría reconocerla Jesús como obra suya. La mejor prueba
es que no hay una sola Iglesia de Jesús, sino muchas, y tan diferentes que es imposible
integrarlas. Naturalmente la verdadera será siempre la mía.
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La Iglesia, entendida como comunidad de comunidades o entendida como comunidad
parroquial, es la clave de toda vivencia cristiana. Pero debemos reconocer con humildad que en
el mundo se han dado antes, durante y después del cristianismo, muchísimas experiencias
religiosas, que han cristalizado en religiones. Todas han sido muy válidas, y pueden ser tan
auténticas como las que llamamos cristianas.
Está claro que el objetivo de la Iglesia nunca debe ser ejercer alguna clase de poder o control
sobre los fieles. Todas las instituciones intentan manipular al hombre en beneficio de sus
intereses sectarios, pero la manipulación en nombre de Dios es especialmente diabólica y en
esto, nuestra Iglesia no es una excepción. El papa Francisco está desandando el camino.
Hemos hablado de la Iglesia institución, pero hay otro concepto de Iglesia que es mucho más
interesante para el tema que nos ocupa. Me refiero a “Iglesia” como reunión de los fieles,
asamblea de la comunidad. Es el sentido original que tenía la palabra “Ecclesia”, incluso el que
tenía “sinagoga”. El Vaticano II recuperó este significado, pero no ha tenido continuidad. La
institución tiene miedo de perder relevancia.
Debíamos hacer todo lo posible por recuperar este significado que no tiene ninguna
connotación negativa. Todo lo contrario, es en él donde debemos encontrar el punto de partida
para regresar a los orígenes y potenciar nuestro sentido de pertenencia. Debemos salir de la
dependencia de una jerarquía y entrar en la dinámica de integración en una comunidad en la
que encuentro el marco adecuado para mi progreso espiritual.
Desde esta perspectiva tenemos que superar el sentimiento de pertenencia a una institución y
recuperar el de que yo soy Iglesia. Me han acusado muchas veces de estar fuera de la Iglesia.
La verdad es que me hace sonreír, porque en este segundo concepto es imposible. Yo
recordaría a Erasmo de Róterdam: soporto esta Iglesia mientras veo que mejora y espero que
ella me soporte mientras yo mismo mejoro.
La escuela
Si hay alguna institución que tenga como objetivo específico la plenitud humana, esa es la
enseñanza. Desde la guardería a la universidad, todas las instituciones que se dedican a la
enseñanza tienen por finalidad la maduración de la persona. En este punto no hay distinción
alguna entre lo que llamamos enseñanza pública y la privada. Los métodos pueden ser muy
diferentes, pero el objetivo debe ser siempre el mismo.
La enseñanza será siempre el tema polémico en toda sociedad, porque en ella se dilucida su
futuro. Es lógico que tanto los partidos políticos como las instancias religiosas quieran imponer
sus criterios a la hora de planificar la enseñanza. No está tan claro que en el momento de
actuar se tenga únicamente en cuenta el bien de los niños. Hoy se tiende a utilizar todas las
instituciones de manera partidista.
Precisamente por ser el espacio de la vida donde niños y jóvenes son más maleables, es una
constante tentación para las distintas instituciones el invadir los terrenos de los demás. Una
sociedad sana y madura debe permitir y alentar que todas las instancias concernidas
desarrollen su actividad con la mayor normalidad posible, potenciando cada una a las demás.
La obligación de la formación intelectual pertenece a los poderes públicos, pero poco podrían
hacer sin la colaboración de los padres y las demás instituciones. El hecho de que en España
esa tarea la haya asumido en otro tiempo la Iglesia católica impide ahora deslindar bien los
terrenos. Yo estuve varios años de profesor en un colegio y, en aquella época (finales de los
60), más del 80% de la enseñanza primaria estaba en manos de la Iglesia.
Todo docente tiene que ser a la vez educador. Esto tampoco se pone en duda. Lo difícil es
acertar con la educación que ayude a los alumnos a afrontar el reto de vivir plenamente su
vida como seres humanos. Para cumplir esa tarea es necesaria una auténtica vocación. La
triste realidad es que hoy la mayoría de los docentes lo único que buscan es asegurarse un
puesto de trabajo que les permita vivir sin sobresaltos.
Todos los colegios e instituciones de enseñanza deben tener claro ese objetivo; también los
privados o los concertados. Estos últimos pueden acentuar características especiales que tienen
que ser valoradas por los padres a la hora de elegir donde llevan a sus hijos. Pero también
estos tienen que educar en la libertad, huyendo de imponer una determinada ideología y
criticando rabiosamente todas las demás.
En estos momentos en España sigue habiendo bastante confusión sobre la labor de la Iglesia
en la enseñanza. Todos tienen el deber enseñar y educar, pero no se puede seguir mezclando
clase y catequesis. La clase de religión sigue adoleciendo de cierto clericalismo. No se distingue
con claridad la enseñanza de los contenidos doctrinales de cada religión (de todas las
religiones) de la vivencia de cada una de ellas, aspecto que debe afrontar cada comunidad
religiosa.
La catequesis debía darse en las parroquias no en los colegios. Enseñar a vivir una religión es
la tarea más importante de cualquier comunidad religiosa, pero un colegio, por muy privado
que sea, no tiene derecho a condicionar la religiosidad de todos los alumnos. Unos padres
pueden estar de acuerdo con la manera de llevar un colegio sin desear que a sus hijos les
obliguen a practicar una religión determinada.
Por todo lo dicho podemos comprender que también los colegios pueden distorsionar su misión
e impedir la normal evolución de los muchachos. También de los colegios tenemos que
defendernos si no cumplen con su principal misión e intentan manipular a los alumnos. Los
padres deben estar muy atentos, y no dar por supuesto que los profesores cumplen con sus
obligaciones, sino que deben exigírselo explícitamente.
IX
Enemigos internos de lo humano
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Si una verdadera salvación tiene que ser la aspiración primera de todo hombre, ¿por qué tan
pocos seres humanos están interesados en conseguirla? Está claro que debe haber fuerzas
ocultas, pero eficaces, que se empeñan en lo contrario. Los seres humanos nacemos
desprotegidos y sin un libro de instrucciones para poder desarrollar nuestra humanidad. Es
lógico que nos sintamos perdidos ante nuestro futuro.
Al ser el producto de una larga evolución estamos mucho más condicionados por lo que está
detrás que por las posibilidades que tenemos delante de nosotros. Las necesidades perentorias
son las biológicas y las sicológicas. Solo cuando estas están garantizadas podemos especular
sobre otras posibilidades. Lo fundamental, que es esa posibilidad de plenitud, cede ante lo
verdaderamente urgente que es asegurarse la existencia.
Solo una mínima parte de los seres humanos llegan a interesarse de verdad por lo valores que
les pueden llevar a mayor humanidad. Tiene que haber razones poderosas para que la mayoría
de la población no descubra lo que le podría llevar a la verdadera felicidad como seres
humanos. A estos fuertes impedimentos les llamamos trampas o enemigos de la plenitud
humana. Vamos a considerar algunos de ellos.
La mentira
Debería ser rechazada por inhumana porque va en contra de la facultad que nos constituye en
seres humanos. Sin embargo es el ámbito más común de la existencia de los hombres de hoy.
No estamos hablando de la ignorancia, que en mayor o menor grado nos alcanza a todos.
Estamos hablando de la falta de veracidad en lo que somos, decimos y hacemos. Es la postura
del que, sabiendo que no dice la verdad, trata de convencer a los demás de sus propuestas
mentirosas.
El tercer aspecto se refiere a la falta de sinceridad con los demás. Quiere decir que lo que
decimos no está de acuerdo con lo que pensamos. Se trataría de engañar deliberadamente a
los demás con falsedades. Si la plenitud humana solo se alcanza en las relaciones con los
demás, engañar al otro será siempre lo más contrario a una verdadera relación humana.
Hemos dicho que la salvación consistía en ser de verdad lo que ya somos; pues bien, la
mentira es la trampa fundamental que nos impide esa realización. Será imposible desplegar
nuestra humanidad desde cualquiera de las falsedades que acabamos de señalar. La
autenticidad, la aproximación sincera a la verdad y la sinceridad en nuestras relaciones son las
claves de una vida humana con proyección de plenitud.
La ignorancia
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Siempre que un ser humano hace algo en contra de sí mismo o contra los demás es por
ignorancia. Siempre he tenido problemas a la hora de explicar este tema y la mayoría de las
veces he fracasado estrepitosamente. El fallo está en dar por supuesto que existen personas
malas, es decir, personas que disfrutan haciendo daño a los demás. Nadie es malo, aunque el
maniqueísmo esté tan extendido en nuestra sociedad.
Vamos por partes. Cuando estudié “Sicología Racional”, hace ya mucho tiempo, nos decían que
la voluntad era una potencia ciega. ¿Qué quiere decir esto? Pues que la voluntad no tiene
ninguna capacidad para discernir lo que es bueno o lo que es malo. Debe aceptar sin más que
una cosa es buena o mala solo porque así se lo presenta la razón. Ya dijimos que la voluntad
no tiene capacidad de elección.
Aparentemente ningún problema, pero la cosa empieza a complicarse cuando descubrimos que
ese conocimiento racional es limitado, es decir, imperfecto. Lo cual quiere decir que la razón
puede presentar a la voluntad algo como bueno siendo en realidad malo. Y aquí empieza la
dificultad para entenderlo. Lo que llamamos libre albedrío no depende de la voluntad sino del
conocimiento. Aquí radica el estrepitoso fracaso en nuestra lucha contra lo que llamamos
pecado.
Es verdad que nuestro conocimiento, en todos los órdenes, está creciendo a velocidad cada vez
más endiablada. Aun así, mientras seamos humanos, nunca podrá ser perfecto y total.
Podríamos considerar que el conocimiento perfecto sería la asíntota a la que nuestro
conocimiento real se irá acercando sin llegar nunca a tocarla. Nuestra tan cacareada libertad
será siempre limitada, por eso debemos estar siempre buscando la verdad para acercarnos
más a la verdadera libertad.
Ahora podremos comprender por qué casi todas las instancias civiles y religiosas están tan
interesadas en que nuestro conocimiento dependa de ellas. Todos los medios de comunicación
nos están bombardeando con mentiras y medias verdades para que elijamos lo que a ellos les
interesa y no lo que sería de desear para cada uno de nosotros. Debemos recordar el
evangelio: la verdad os hará libres.
Las mentiras que estamos constantemente asumiendo sin discernimiento limitan drásticamente
nuestra capacidad de elegir lo que sería mejor para nosotros en un momento determinado.
Nuestra capacidad de caminar a una mayor humanidad queda muy limitada por la tentación de
lo cómodo que puede mantenernos en un letargo somnoliento. Hemos repetido varias veces
que no hay plenitud sin esfuerzo.
Ahora podemos comprender por qué nunca seremos libres del todo. Lo cual no quiere decir que
no tengamos la obligación de intentarlo. Dice un refrán oriental: no hace falta que alcances la
verdad, basta con que salgas de tus errores. Desde nuestra manera de conocer el camino más
corto para llegar a la verdad sería ir descubriendo las mentiras que soportamos. No hace falta
que consigas la libertad basta romper las ataduras.
El individualismo
Hablamos del individualismo entendido no como un intento de aislarse de los demás, sino
como la pretensión de vivir con los demás, pero aprovechado esa circunstancia para vivir a
costa de ellos. Es curioso que la globalización haya desembocado en el mayor individualismo
egoísta de la historia. El instinto de conservación de todo ser vivo, se ha convertido para
muchos hombres en un impedimento para desplegar su humanidad.
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La convicción de que somos mónadas aisladas de valor absoluto con independencia de los
demás nos impide tomar conciencia de nuestro verdadero ser, que es inseparable del ser de los
otros. Cada vez más seres humanos realizados se están dando cuenta de este error garrafal y
nos están llamando la atención para que salgamos de esta ignorancia.
Lo que nos une a todos es mucho más importante que las diferencias que podemos
sobrevalorar. No es fácil tomar conciencia de que sin los demás yo no sería absolutamente
nada. Si no descubro lo que tengo de común con el otro, será imposible superar el egoísmo
que cercena mis posibilidades de crecer. Desde mi individualidad mis relaciones con los demás,
en vez de ayudarme a ser, me impiden toda humanización.
La paradoja está en que para compartir con los demás mi condición de ser humano primero
tengo que alcanzar un cierto nivel de humanidad. Esto solo se consigue potenciando mi
personalidad y valorando lo que significo como singularidad única que tengo que cuidar y
potenciar. Solo valorándome en la justa medida podré integrarme en la sociedad y en la
naturaleza para hacerme y hacerlas más humanas.
No es fácil tomar conciencia de que como seres humanos debemos atender a nuestra
interioridad, pero debemos también asumir que formamos parte de una Realidad más amplia
que me permite desplegar lo mejor di mi mismo y sin la cual mi existencia quedaría reducida a
una simple singularidad sin relaciones. Esas relaciones son la clave para poder trascender mi
singularidad e integrarme en el Todo.
En el momento actual el modo más humano de relacionarnos es el diálogo. Pero debe ser un
diálogo sincero y abierto, que permita a ambas partes ir más allá de lo que aporta cada uno y
enriquecerse con lo que aporta el otro. Los griegos le llamaron mayéutica, que podía traducirse
por partera. Los que dialogan debían ayudarse a dar a luz nuevas ideas. Sin esta disposición
será inútil toda discusión.
Nada que ver con los tertulianos de hoy, que llegan a las reuniones con sus conceptos
terminados y definitivos. Su sola preocupación es ver la manera de imponer sus ideas a los
demás, con lo cual la comunicación se convierte en un diálogo de sordos, donde todos lo saben
todo y ninguno tiene nada que aprender. El hecho de que exista tal profesión (tertuliano) en la
que estés obligado a hablar de todo es la prueba de lo absurdo del planteamiento.
La masificación
Hoy los medios de comunicación tienen instrumentos muy poderosos para hacernos entrar en
la manada e inducirnos a comportarnos como todos se comportan. Todas las instancias
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sociales pelean por llevarnos a su terreno y luchan por atraparnos en sus garras para
condicionar hasta en nuestra manera de pensar. Todos pintan su oferta como única y definitiva
para tu felicidad. Simplemente tienes que dejarte llevar sin ningún esfuerzo por tu parte.
Precisamente en armonizar un carácter personal fuerte y una integración sustancial con los
demás seres humanos, consistirá la meta de la humanidad en el futuro. Pero esa integración
no puede ser fruto de la imposición externa o de alguna otra clase de coacción. Debe ser una
total identificación, fruto de un conocimiento más profundo de nuestro verdadero ser. Desde
esta perspectiva, cuanto más crezcas como individuo, mejor preparado estarás para integrarte
como parte de la sociedad.
La evolución es imparable. Todo lo que nos aporta nuestro conocimiento del universo está
corroborando esta afirmación. La especie humana tiene que evolucionar, a no ser que se
destruya. Debemos ser conscientes de que el futuro del hombre no estará en perfecciones
biológicas sino en valores específicamente humanos. Lo cual quiere decir que tenemos que
caminar hacia un grado mayor de humanidad.
El miedo
Tampoco es este caso hablamos del miedo instintivo, el cual ha sido un buen invento de la vida
para asegurar su permanencia. Este miedo nos prepara para huir si la amenaza es insuperable
o para una defensa efectiva si consideramos que podamos hacerle frente. Este miedo no tiene
nada de malo y es una enorme ayuda en la cotidianidad de la vida. ¿Cuánto duraría un ratón
que no tuviera miedo al gato?
También existe un miedo racional, que va más allá del instintivo pero en la misma dirección. La
capacidad de sacar conclusiones de lo que llega a nosotros por los sentidos, nos ayuda a
descubrir peligros que no están grabados en el ADN. De este modo puedo prever que algo que
ha hecho daño a mi vecino, puede también hacerme daño a mí. Este miedo es también positivo
y puede librarme de situaciones peligrosas.
Hay otra clase de miedo, que llamaré irracional. Nace también de la racionalidad, pero no como
resultado de lo que los sentidos aportan sino como fruto de la pura especulación interior. El
miedo a los fantasmas no es consecuencia de haber visto alguno, sino producto de nuestra
imaginación que los ha creado. El hecho de que ese miedo sea creación de nuestra mente no
resta nada a su capacidad de dañarnos.
Aunque parezca raro, es este miedo el que nos atenaza y nos impide desplegar nuestra
capacidad de evolucionar. El miedo nacido de nuestras elucubraciones mentales ha cercenado
el progreso humano desde la más remota antigüedad. Es este miedo el que me hace perder la
capacidad de reaccionar adecuadamente e imposibilita una vida espontáneamente humana,
impidiéndonos alcanzar la necesaria libertad.
La religión tuvo como primer objetivo la superación de este miedo, pero los gerifaltes de la
religión pronto se dieron cuenta de lo útiles que eran esos miedos para controlar y someter a
las masas. Se llegó así a una paradoja: para hacer ver la necesidad de la religión en orden a
superar esos miedos era muy útil aumentarlos lo más posible.
Una madre vivía angustiada pensando que a su hijo le pudiera pasar algo malo de noche. Le
convenció de que no debía apartarse de ella mientras estaba oscuro, porque la noche estaba
plagada de monstruos. Ya crecido, el hijo era incapaz de dar un paso en la oscuridad, con lo
que su vida se convirtió en un infierno. La madre le fabricó un amuleto y le convenció de que lo
libraría del peligro. El joven, convencido, empezó a ser persona normal siempre que llevara
encima el amuleto.
Este ejemplo tan simple nos puede hacer ver la dinámica de las religiones con relación al
miedo. En vez de ahuyentar los miedos irracionales, los potencian para, a renglón seguido,
decirte que solo la fe puede librarte de ellos. Debemos asumir que para librarnos de estos
miedos no necesitamos el amuleto de seres portentosos, sino la simple convicción de que son
creación nuestra sin consistencia real alguna.
La calidad de una verdadera vida humana no depende tanto de las circunstancias externas
cuanto de lo que nuestra mente elucubra y manipula. La verdadera salvación está en superar
todo miedo y vivir confiados, aun sabiendo que la seguridad absoluta es imposible y que, al ser
contingentes, podemos deteriorarnos sin que tengamos modo alguno de impedirlo.
Ninguna religión que promueve el miedo puede ayudarme a crecer en humanidad. El miedo es
siempre fruto de un desconocimiento de nuestra verdadera identidad. La libertad es
incompatible con el miedo. También la confianza y el miedo son incompatibles. El grado de fe-
confianza que tengo se puede adivinar descubriendo los miedos que me atenazan.
Las instituciones son maestras en el arte de meter miedos en el cuerpo. Saben que una
persona con miedo es manejable y que una persona sin miedo será siempre incontrolable. En
última instancia podrán librarme de los peligros que vienen de fuera, pero ¿quién me librará de
mí mismo? El verdadero enemigo de la libertad es el miedo que no tiene su origen en el
exterior, sino en el fondo de nuestro corazón.
Los prejuicios
Nos referimos en este apartado a los juicios racionales que nos han incrustado desde la más
tierna infancia y que condicionan nuestra manera de ver e interpretar la realidad. Ningún
aspecto de la vida humana escapa al influjo de estos condicionamientos inevitables. Han sido
siempre una rémora para los avances de la ciencia, de la religión y en general para el progreso
de la civilización humana.
En religión los prejuicios siguen siendo especialmente nefastos y son la raíz de todo integrismo
y fundamentalismo, impidiendo el normal progreso del conocimiento religioso. En religión estos
miedos se presentan con una connotación negativa porque se proponen como advertencias
venidas directamente de Dios, con lo que se les da un valor absoluto y por lo tanto con una
imposibilidad de ser corregidos por los nuevos conocimientos que el ser humano va
adquiriendo.
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La experiencia nos dice que no es nada fácil luchar contra esta lacra que nos impide desarrollar
nuestro ser. La ciencia solo dio un salto de gigante cuando se atrevió a poner en duda todo lo
conseguido hasta entonces. Atreverse a cuestionarlo todo, presupone haber salido de la
posesión absoluta de la verdad y aceptar que nuestro conocimiento, en todos los órdenes, será
siempre provisional.
De todos los prejuicios que acumulamos los religiosos son los que más daño nos hacen y
también los más difíciles de superar. La razón es muy simple: en cuanto caemos en la trampa
de creer que Dios nos ha proporcionado las verdades, estas tienen que ser eternas e
indefectibles. Esta creencia nos ha impedido cuestionar un sinnúmero de afirmaciones que
hemos dado por sentadas sin ninguna garantía.
Ya hemos explicado la que es y lo que no es la revelación. Dios no tiene “verdades” que pueda
comunicar a un ser humano. Mucho menos puede trasmitirlas por vía externa, como podemos
hacer nosotros unos a otros. Dios no puede emplear signos ni sonoros ni gráficos. El
antropomorfismo aplicado a Dios nos ha metido por callejones sin salida. No seré capaz de
convenceros de que debemos salir de esa dinámica.
La mayoría de nuestros prejuicios están fundados en una interpretación literal de los lenguajes
míticos que encontramos en toda Escritura e incluso en escritos muy posteriores que
responden aún a una visión arcaica de la realidad. No puede existir un lenguaje de lo divino
adecuado. La trascendencia no se puede meter en palabras ni siquiera en conceptos. Todo
juicio sobre Dios será siempre un prejuicio. Toda idea de Dios será siempre un ídolo.
Quiero terminar este capítulo con cuatro historias de animales a los que llamamos estúpidos
precisamente por imitarnos. Creo que son un buen resumen de este apartado y aún de todo el
libro. Las dos primeras pueden ser constatadas en la vida real. Las otras dos son fábulas pero
expresan de manera genial las actitudes de los seres humanos en la vida real.
El camello convencido
Se trata de una caravana de diez camellos por el desierto. Al llegar la noche se disponen a
descansar y atan los camellos a una estaca fuertemente clavada en la arena. Pero al llegar al
décimo, no aparece la estaca correspondiente por ningún sitio. Entonces desclavan una de las
estacas con disimulo y la vuelen a clavar para sujetar el último.
Ala mañana siguiente desatan los nueve que estaban sujetos a su estaca, pero no hacen caso
del que no estaba amarrado. Por más que tiran de él y le empujan, fue imposible hacerle dar
un solo paso. Entonces a uno se le ocurrió hacer como que le desataba de su anclaje.
Inmediatamente se pudo en marcha como todos los demás. no hace falta comentario alguno.
El elefante dócil
A un elefante recién nacido le sujetaron con una débil cadena, lo suficiente mente fuerte para
contrarrestar sus pequeñas fuerzas. Intentó por todos los medios escapar de aquel lazo que le
impedía correr y juguetear, pero era demasiado fuerte para sus fuerzas. El elefante creció y le
siguieron sujetando con aquel débil amarre. En ningún momento hizo el más mínimo esfuerzo
por liberarse, porque tenía la experiencia de que era imposible escapar. Cuando se hizo adulto,
tenía la energía suficiente para romper diez cadenas como la que le sujetaba, pero nunca lo
intentó, convencido de su incapacidad.
El león aborregado
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Este relato se lo oí a Tony de Mello (naturalmente en un vídeo). Un león recién nacido le
mezclaron con los corderos de un rebaño. Creció con ellos y aunque completamente formado,
seguía comportándose exactamente como uno de ellos. Un león salvaje se encuentra un día
con él y trata de hacerle ver que no era un cordero sino un león. No hubo manera.
Entonces el león auténtico le coge por el cuello y lo lleva ante un estanque y le dice: mira, ese
eres tú. Mírame a mí y mira ese cordero. El cordero miraba a uno miraba a otro y no sabía a
qué atenerse. Paso un largo rato confundido, hasta en un momento determinado, el falso
cordero dio un rugido y se marchó a la selva con el que le había abierto los ojos.
El águila gallina
Un huevo de águila real, fue colocado con los demás huevos de una gallina para que lo
encubara con los suyos. Nació el aguilucho y desde el primer momento se crió con los demás
polluelos. Comía con ellos, correteaba con ellos, era protegido por la gallina que le había
encubado. Creció y se hizo fuerte como cualquier otra águila de su especie, pero nunca se le
ocurrió volar, convencida de que era una gallina más.
X
No hay meta, no hay final
Más que arrancar esos conceptos, debemos ir preparándonos para que ellos mismos se vayan
cayendo a pedazos. Suelo decir a los que están experimentando el trauma de dar el salto a lo
nuevo: no tires nada por la borda, espera a que se caiga. En la medida que descubras tu
esencia todos los capisayos y abalorios que te habían dado seguridad perderán importancia y
terminarán por no significar nada para ti.
Los seres humanos se han hecho siempre la misma pregunta. Todas las religiones, sin
excepción, han intentado responderla para tranquilizar las conciencias. El objetivo de toda vida
humana debía ser responder al interrogante: ¿qué diablos pinto yo aquí? Pero a este nivel
personal, la respuesta no debe ser teórica sino vivencial. Acabo de leer una inquietante frase:
“es inhumano no preguntarse por la Realidad última”.
Una salvación espiritualista, venida de fuera, aunque sea de parte de un dios que nos hemos
creado ad hoc, no puede satisfacer al hombre de hoy. Si encima nos la proponen para el más
allá, dejándonos en este valle de lágrimas hundidos en la miseria, nos encontramos ante un
mito del que tenemos que salir cuanto antes. La salvación o es humana, lo cual no quiere decir
que no sea divina, o no nos servirá para nada.
La especie humana es el resultado de miles de millones de años de evolución. Esto hoy solo lo
pone en duda algún descerebrado. El proceso no tiene por qué detenerse. Ampliando el
concepto de evolución podemos pensar que el universo entero es el fruto de una constante
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evolución desde un hipotético punto infinitesimal de energía. Ni siquiera el paso de la materia
inerte a la viva tiene que ser un salto, sino un proceso más, aunque incomprensible para
nosotros hoy.
Al llegar la inteligencia, podríamos decir que la evolución se bifurca. La vida biológica sigue,
pero aparece otra realidad que podemos también llamar Vida, con mayúscula, porque se trata
de otra realidad completamente distinta aunque le pongamos el mismo nombre. Esta Vida,
como la biológica, también tenemos que imaginarla en movimiento. En un ser vivo si no hay
movimiento es que ha llegado la muerte.
Hablar de plenitud humana puede ser también problemático. ¿Qué podría significar para el
hombre estar lleno, colmado? La verdad es que no es fácil concretarlo. El ser humano no es un
recipiente que tiene una capacidad determinada. Resulta que el hombre, cuanto más humano
es, más crece su capacidad de humanidad, con lo que nuca se puede sentir colmado. Esto no
nos tiene que inquietar sino todo lo contrario.
Lo que parece una dificultad en realidad nos puede abrir perspectivas insospechadas. Si no hay
ninguna meta a la que llegar, nunca podemos darnos por satisfecho con lo que hemos logrado.
Es curioso que las personas más realizadas fueran siempre las que más tiempo dedicaron al
crecimiento en humanidad. La verdad es que mientras más haya avanzado hacia la plenitud
más camino quedará por recorrer.
Pensemos como ejemplo, que el ser humano es un globo de goma. Empieza a hincharse al
nacer y va expandiéndose a través de los años. Es muy significativo que cuanto más se
expande más fina es la película que le separa del ambiente. Siempre puede crecer un poco
más. Al explotar, lo único que sucede es que el aire que albergaba se mezcla con el que le
rodea, demostrando que en realidad no eran tan distintas.
Recordad que durante milenios el aire se identificaba con el Espíritu, la vida. Según esto, el ser
humano puede estar creciendo durante toda su vida en el Espíritu y cuando termina su
andadura, se convierte totalmente en Espíritu. No podía haber un ejemplo mejor para indicar lo
que hemos dicho. Hasta que te rompas, debes seguir adelgazando tu materialidad hasta que
todo tu ser se convierta en Espíritu.
De este modo, resulta que cada día se convierte en ocasión de nuevas posibilidades, lo cual
permite a las personas no aburrirse nunca, sino estar en tensión y en búsqueda de lo que no se
ha descubierto todavía. Esta es la raíz de la verdadera ilusión y ganas de vivir. Cuanto más
problemas y dificultades encuentres en tu camino, más empeño tienes que poner en buscar tu
verdadero ser, que permanece siempre intacto.
Al considerar el mundo tal como lo contemplamos hoy puede invadirnos el desaliento. Pero
tenemos infinidad de datos que nos pueden invitar a la esperanza, aunque descubrirlos sea
mucho más difícil debido a las desastrosas evidencias, que nos llevan al pesimismo. Para
sustentar la confianza hace falta mirar más allá de las narices y descubrir prometedoras
aptitudes en lo más profundo del corazón humano.
Cada día hay más seres humanos encerrados en su egoísmo, que tratan de potenciar su estima
a base de destruir. Pero la capacidad de altruismo es también cada vez mayor y creo que a la
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larga el bien se va a imponer sobre el mal. La capacidad que tenemos de aniquilarnos como
especie va a suscitar la necesidad de unirnos para evitar la catástrofe. Los que obran por
bondad y los que obran por puro egoísmo no tendrán más remedio que aunar esfuerzos para
evitar el desastre total.
La Energía que ha conducido la evolución hasta aquí seguirá guiando el universo hacia su
consumación. Esto no quiere decir que la evolución no se haya conseguido a costa de infinidad
de fracasos. Quiere decir que también los fracasos contribuyen a encauzar la totalidad hacia
adelante. Aunque nuestro mundo fracase en su empeño de ir adelante, la experiencia serviría a
otros mundos para llegar más lejos que nosotros en su intento de plenitud.
Algunas personas, aunque hayan sido muy pocas, a través de la historia humana han sabido
mantener muy alto el pabellón de una verdadera humanidad. Cada una de ellas, con un
número insignificante de seguidores, ha sido capaz de mantener la llama del amor y contribuir
a que la humanidad no se destruya. Hoy son más que nunca los que están en esa dinámica y
no hay por qué pensar que tienen menor energía que los antepasados.
El conocimiento está creciendo de manera exponencial y todo conocimiento, sea del tipo que
sea, nos ayudará a conocernos y a progresar en humanidad. Aunque con frecuencia se busca
ese conocimiento de una manera puramente instrumental, es decir, para mejorar los distintos
aspectos de la vida puramente biológica o para poder someter al otro, resulta que a la larga
termina beneficiando a todos.
Llegados a este punto, podemos comprender mejor lo que hemos repetido durante todo este
escrito: que salvarse no sería librarse de todas las limitaciones sino desplegar al máximo las
posibilidades de plenitud que ya están implícitas en cada uno de nosotros. Caminar hacia esa
plenitud es el objetivo último de toda vida humana. Los caminos pueden ser distintos, pero el
objetivo es avanzar sin descanso.
La mayoría de las preguntas que nos hacemos sobre la salvación del ser humano, están mal
planteadas porque todas dan por supuesto que hay un “yo” que salvar. La verdad es que no
estamos aquí para salvar nuestro yo sino para tomar conciencia de que no existe tal yo y que
debo salir de ese engaño para entrar en la dinámica de otra realidad en la que ya soy de una
manera definitiva y total.
Desde esta perspectiva, todos nos salvamos de alguna manera, puesto que todos desplegamos
algún grado de humanidad. Todos estamos a la vez salvados y necesitados de salvación. Esta
idea nos desconcierta, porque lo único que nos tranquiliza es la seguridad de estar salvado.
Debemos tener muy claro que, por muchos que sean nuestros logros, siempre habrá
posibilidad de avanzar hacia mayor humanidad.
Todo lo que descubro como carencia, todo aquello que creo que limita mis posibilidades de ser,
debo llegar a percibirlo como una visión equivocada de la realidad. Nada puede limitar mi
capacidad de humanidad, porque esa posibilidad de evolucionar pertenece a mi esencia. Todo
lo demás es accidental y no puede deteriorar lo que es esencial. Esas carencias en lo accidental
tienen que obligarme a buscar en otro lugar mi verdadera liberación.
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Si afronto mis limitaciones adecuadamente, en lugar de rémora serán un acicate para descubrir
que mi verdadera plenitud está más allá de lo que rechazo como dolor o deseo como placer. No
podemos poner la salvación en la pretensión de ser otra cosa que criaturas limitadas. Sin mis
limitaciones, dejaría de ser humano, y el intento de alcanzar mi plenitud se convertiría en una
quimera. Siendo limitado como soy, mis posibilidades de ser más serán siempre ilimitadas.
En contra de lo que hemos aprendido, no se trata de atravesar ningún umbral o barrera, sino
de afianzarme en mi verdadero ser. La esencia de mi ser me trasciende pero está ahí, aunque
no puedo comprenderla ni manifestarla. Soy lo que fui y lo que seré. Cuando tomemos
conciencia clara de que no hay ningún yo, empezaré a experimentar mi auténtico ser. Si no
capto esta idea, estaré toda mi vida dando palos de ciego.
Estoy aquí para desprenderme de lo que creía ser y lograr que no quede nada de ese fantasma
del falso yo que me está impidiendo ver la Realidad que soy. Lo mismo que para conseguir un
metal puro tengo que someterlo al fuego para que queme toda la escoria, así tengo que
consumir mi ego y quedar libre para darme a los demás. Como la vela que para ser útil y
alumbrar tiene que consumirse y desaparecer.
Cuando nos pasamos la vida adornando y pintando la vela para verla cada vez más bonita,
estamos perdiendo el tiempo y retrasando nuestra verdadera meta, que es consumirnos. Y
cuando le pedimos a Dios que nos conserve para toda la eternidad, porque hemos conseguido
ser los más bonitos, hacemos el ridículo. No es fácil escapar de esa trampa pero debemos
intentarlo porque en ello nos va la vida y la Vida.
Lo inquietante es que ese cambio no vendrá por una evolución biológica natural, como ha
ocurrido hasta la fecha con todas las formas de vida, sino por una mutación producida por
nuestra capacidad mental. Está claro que ya hemos entrado en esa dinámica de evolución, que
además es imparable. Hoy sabemos que no nos conducirá al superhombre de Nietzsche, pero
sí puede llevarnos a la conciencia de totalidad.
Llamamos plenitud al despliegue de todas las posibilidades de ser que el hombre ya tiene. Al
decir todas, nos referimos a las biológicas y a las espirituales. No es fácil definirla, pero todos
sabemos lo que decimos cuando calificamos a una persona de “muy humana”. Cuando haya
llegado al máximo de esas posibilidades, habrá alcanzado su liberación. En realidad no se ha
liberado de nada, simplemente ha evolucionado.
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Suponer que un ser humano ha llegado al límite de sus posibilidades, es ir en contra de la
cotidiana experiencia. Es inconcebible un ser vivo sin capacidad de crecer. La historia de la
biología nos lo demuestra con absoluta rotundidad. Estar vivo es equivalente a evolucionar. La
NASA ha añadido a la definición clásica de vida: “ser capaz de evolución darwiniana”.
Todavía hoy es difícil no dejarse llevar por el placer inmediato o huir del dolor a toda costa. No
es nada fácil aprender a gozar y sufrir como verdaderos seres humanos. Nuestra tarea sería
aceptar las limitaciones que no podemos superar, pero mantener siempre el espíritu de lucha y
no caer nunca en el desaliento, aunque sintamos nuestras propias debilidades, ni caer en la
resignación frustrante. Para un ser humano siempre serán más importantes las posibilidades
que las limitaciones.
Para llegar a esta actitud de equilibrio es imprescindible partir de la verdad de lo que somos.
Sin conocerse a sí mismo será imposible adentrarnos por este camino de maduración personal.
Un verdadero equilibrio es fundamental. No debemos infravalorarnos por descubrir nuestras
debilidades. Pero tampoco debemos creernos el ombligo del mundo y caer en el narcisismo,
que también nos deshumaniza.
Hoy por hoy, la capacidad de conocer y de amar, es la más alta posibilidad que tenemos como
seres humanos. No digo solo amar, porque el amor es siempre consecuencia de un
conocimiento. Los escolásticos decían que no se puede amar lo que no se conoce. Yo añado
que hay que conocer algo como bueno, porque si percibo que es malo, en vez de amarlo lo
rechazaré. Insisto en esta idea porque ha sido para mí una luz que me ha permitido superar
infinidad de aporías.
No podemos imaginar el amor como algo puramente teórico y abstracto. El amor es lo más
práctico, porque nos empuja a la acción en dirección del objeto amado. El amor que no se
manifiesta en obras o actitudes no existe. Debemos descubrir que esta visión del amor es aún
imperfecta porque es relación entre un sujeto y un objeto. El grado máximo de amor consiste
en superar la dualidad y vivir la unidad.
Podemos decir sin miedo a equivocarnos que es más humano el que es capaz de amar más, es
decir, aquel que ha superado todo dualismo y se siente uno con todos y con el Todo. Bien
entendido que siempre existe la posibilidad de ser más humano, y por lo tanto siempre hay la
posibilidad de amar más. La meta sería la total identificación con la realidad entera y con Dios
que es todo y solo amor. Esto sería sumergirnos en el ágape que es Dios
Con frecuencia llegan noticias inquietantes de las posibilidades que se están abriendo a la
humanidad. La inteligencia artificial avanza a velocidad supersónica. No tenemos ni idea de a
dónde puede llevarnos la superación de la racionalidad. El hecho de que una máquina gane una
partida de ajedrez al campeón del mundo nos hace temblar. Un ordenador fabricado por el
hombre es capaz de superar al hombre en inteligencia.
Esto es ya una realidad y no podemos ignorarla. Si el valor supremo que nos hace humanos es
la inteligencia, muy pronto quedaremos relegados a un segundo plano en la escala de la
evolución. Solo si la conciencia de sí y los valores espirituales están por encima de la
inteligencia a la hora de valorar lo humano, podemos tener alguna esperanza de mantener la
primacía de lo humano. Las máquinas más avanzadas no han conseguido aún traspasar ese
límite.
102
¿Podrá una máquina llegar a tener sentimientos y emociones? ¿Llegará un ordenador a sentir
amor hacia otro ordenador o hacia otras personas? Parece que aún estamos lejos de esa meta,
pero no se puede descartar en absoluto. Los biólogos se están acercando a pasos agigantados
a una comprensión de la vida puramente química. Los procesos biológicos se explican cada vea
mejor a través de interacciones electroquímicas de las distintas partes del organismo.
Al ritmo que llevamos parece que en muy pocos años puede cambiar drásticamente el
concepto de vida. Desde la nueva perspectiva científica, la vida humana no sería más que un
grado más elevado de las puras reacciones electroquímicas. No basta con rechazar la idea
porque degrada nuestra autoestima. La realidad está ahí, aunque no esté nada clara para
nuestra mente. Tal vez está llegando la hora de hacer una cura de humildad y aceptar lo
inaceptable.
De la misma manera que de la materia inorgánica surgió, sin que todavía sepamos cómo la
vida biológica, de la vida inteligente puede surgir otra “vida” no basada en el carbono sino en
el silicio. El aumento de los conocimientos que tenemos del funcionamiento del cerebro hace
posible que nos podamos acercar cada día más a reproducirlo. Si todo él se reduce a
conexiones eléctricas, por más complicadas que sean, llegará un día en que el hombre pueda
reproducirlo.
Hoy por hoy con los conocimientos que tenemos, seguimos pensando que el ser humano es
algo más que la suma de los componentes que la ciencia pueda analizar y distinguir. Creo que
lo que nos hace humano no es lo que podamos analizar con microscopio y bisturí. Ese plus
indescifrable es lo verdaderamente valioso y lo que tenemos que considerar único y divino. En
desplegar hasta el límite eso que está ya en nosotros intangible, pero sublime consistirá
nuestra plenitud.
Me atrevo a formular esta idea, aunque tengo muy claro, como Nietzsche, que “solo hubo un
cristiano y ese murió en la cruz”. Y tampoco eso es exacto, porque Jesús no fue cristiano.
Cristiano solo puede ser el que le sigue de verdad. También aquí debemos desprendernos de
nuestros prejuicios. Nuestra formación religiosa es incapaz de responder a los acuciantes
interrogantes que hoy se hace cualquier ser humano.
Ya dijimos que para las primeras comunidades el único criterio de pertenencia era el
reconocimiento y seguimiento de Jesús. No necesitaban otros distintivos porque seguían siendo
judíos. Se encontraban muy a gusto en su condición y seguían cumpliendo la Ley y practicando
el culto judío. Los judíos no seguidores de Jesús tampoco se sentían incómodos. “Eran muy
bien vistos de todo el pueblo”, dicen Los Hechos.
Lo único que les unía era el recuerdo de Jesús. La principal labor de las primeras comunidades
fue la interpretación de la figura de Jesús. Debe quedar claro que esa interpretación nunca fue
uniforme. Aunque su visión de Jesús fue muy distinta, el recuerdo de los dichos y hechos de
Jesús fue el aglutinante de todas ellas. Tampoco suponía ningún escándalo que hubiera
103
distintas visiones del único Jesús, con tal que todos le reconocieran como el único ejemplo a
imitar.
A medida que creció el tamaño de las comunidades, se fue perdiendo la vivencia personal y se
tuvieron que modificar los criterios de pertenencia, identificándolos con lo que se creía, lo que
se practicaba y con la repetición de unos ritos. Al no poder confiar en la vivencia interno, se
tuvo que confiar en las manifestaciones externas. Y empezaron a desplegarse los mecanismos
que permitieran esta nueva identificación formal.
Debemos recuperar la actitud de los primero cristianos y volver a la experiencia interior como
fundamento de nuestra pertenencia cristiana. No queremos decir que debamos abandonar
nuestras creencias, normas morales o ritos. Queremos advertir que esa parafernalia no es
suficiente para considerarnos cristianos. Debemos potenciar la religión externa en la medida
que consolide esa vivencia, y debemos abandonarla en la medida que sea inútil o nos aleje de
ella.
Ser cristiano sería descubrir dentro de cada uno lo que descubrió Jesús, y desarrollarlo
viviendo una vida de acuerdo con lo que él vivió. Sería descubrir a Dios como don absoluto e
incondicional que espera solo que le hagamos presente en nuestra vida. Sería desplegar, como
el desplegó, todas las posibilidades de ser que ya están en cada uno de nosotros.
Hoy no es suficiente el reconocer a Cristo como encarnación puntual de Dios. Hay que
descubrir que Dios es encarnación y que está en todos y cada uno de nosotros con todo lo que
Él es. Seguir a Jesús será tomar conciencia de lo que fue su vida como manifestación de Dios.
Tomar conciencia de que lo que Dios fue para Jesús lo sigue siendo para cada uno de nosotros.
Hoy, después de dos mil años, nuestra tarea como cristianos no es obsesionarnos con su
divinidad, sino descubrir el camino que nos lleva a su humanidad. Daremos pasos hacia
nuestra plenitud en la medida que despleguemos nuestra verdadera humanidad. Debemos
olvidarnos de lo divino que está fuera y convencernos de que aflorará en nosotros lo divino en
la medida que lo humano vaya tomando cuerpo en nuestro ser.
Humanidad y convivencia
Hemos repetido una y otra vez que una salvación individual es imposible. Pero debemos insistir
en este punto porque no es nada fácil de entender. Solo una relación adecuada con los demás
puede llevarme a esa plenitud de la que hablamos. Pretender una plenitud individual sin tener
en cuenta al otro es una quimera. No digo nada si esa pretensión va más allá y la queremos
conseguir a costa de los demás.
No es suficiente una buena relación con los familiares y amigos, o con los que compartimos
intereses. Esa sería una relación puramente instintiva que no me lleva a la verdadera
humanidad. Solo puede salvar una buena relación humana con todos aquellos que me
encuentro en mi camino. Dando un paso más podemos decir que esa buena relación solo será
demostrativa de una verdadera humanidad cuando se dirige a aquellos que están marginados y
despreciados de todos.
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Entramos aquí en un terreno muy resbaladizo. Se han derramado ríos de tinta hablando de los
pobres. La Teología de la Liberación no habla de otra cosa, pero la verdad es que no acabamos
de dar con la tecla debida para que suene con armonía. No es verdad que Dios o Jesús tengan
predilección por los pobres. Este aserto es un solemne disparate. He repetido hasta la saciedad
que Dios es el mismo para todos.
Lo que sí es verdad es que mientras los cristianos no seamos capaces de eliminar la pobreza,
toda pobreza, no podemos presumir de haber hecho presente el Reino de Dios. El cristiano
debe preocuparse por todos los seres humanos, pero aquel que más lo necesita tiene que ser
el objeto primero de mi acción. Ninguna pobreza es inocente. Toda pobreza hace referencia a
una riqueza injusta.
La salvación tiene que empezar por las necesidades perentorias. El alimento, el vestido, la
vivienda, la enseñanza son imprescindibles para poder mantener una vida humana. Si no
tenemos cubiertas estas necesidades básicas, será difícil pretender desarrollar otras
posibilidades de ser humanos. El ideal sería que todos los habitantes del planeta tuvieran las
mismas posibilidades materiales y espirituales para crecer.
Los privilegiados defendemos con uñas y dientes nuestra situación, creyendo que tenemos
derecho a lo que hemos conseguido con nuestro esfuerzo. Esa conciencia que tenemos de lo
mío, de lo nuestro, es la mejor prueba de nuestra falta de humanidad. Nos seguimos guiando
por el instinto de conservación que es común a todos los seres vivos y dejamos aparcada
nuestra condición de seres humanos.
La ausencia de equilibrio se debe siempre a la obsesión por las seguridades. En último caso
estamos dispuestos a ayudar al otro, pero bajo la condición de que no me reste en nada mi
capacidad de consumo. Es inhumano que consideremos intrusos a los que llegan a nuestras
fronteras en busca de la pura subsistencia y argumentemos que vienen a quitarnos lo nuestro
para negarnos a abrirles la puerta.
Si no tenemos asegurada la biología, es inútil que intentemos otras salvaciones. Nuestra mente
consciente debe preocuparse también por la supervivencia. Es más, la mente surgió con el
objetivo de asegurar nuestra biología. En las sociedades y países desarrollados tendemos a dar
por supuesto que las necesidades biológicas están aseguradas. Pero ese estado de cosas no se
da todavía para una gran parte de la humanidad.
La evolución, incluso la humana, solo se puede explicar por la supervivencia pertinaz de los
individuos mejor adaptados a las circunstancias de la vida. La evolución no está teledirigida
desde fuera. Es más bien el resultado de infinitos intentos por reaccionar adecuadamente a los
estímulos externos. Unas veces se logra y otras se fracasa, pero los fracasos se olvidan y los
logros permanecen para la posteridad.
Exige el conocimiento del verdadero ser del hombre y la experiencia interior de la posibilidad
de desplegar la genuina esencia de lo humano. Por supuesto que no se trata solo de un
conocimiento racional. Esta trampa nos ha impedido avanzar en la verdadera dirección de la
búsqueda. La razón ha sido imprescindible para alcanzar nuestro ser biológico, pero no es
suficiente para llevaros a lo plenamente humano.
Esa plenitud humana, que es la consecuencia del verdadero amor, es imposible sin la relación
con los demás. Nadie puede aprender a amar si no es amado antes. Nadie puede desplegar su
capacidad de amar si no encuentra el objeto de ese amor. El amor no puede ser nunca una
teoría. Todo lo que podamos hablar del amor es humo si no amamos en la práctica.
Ya hemos repetido con insistencia que no hay plenitud humana sin relaciones. Podemos afirmar
también lo contrario: en la medida que seamos más humanos las relaciones entre nosotros
serán más adecuadas. El grado de convivencia será el mejor termómetro del grado de
humanidad que hemos alcanzado. La desastrosa convivencia entre los seres humanos de hoy
está demostrando nuestro bajo grado de humanidad.
La globalización es un fenómeno completamente novedoso y que nos desborda por los cuatro
costados. Nunca se había producido un hecho que se pudiera parecer ni de lejos a lo que está
sucediendo en este momento en nuestro mundo. Afecta a todos los aspectos de la vida y sus
consecuencias ya las estamos disfrutando-sufriendo en muchas áreas de la existencia humana.
Cuando las ideas novedosas conectan con los deseos o las aspiraciones de una gran mayoría
de individuos, se propagan a tal velocidad que pueden cambiar en muy poco tiempo los
paradigmas de comprensión de capas inmensas de la sociedad. Muchas veces he escuchado:
eso que dices ya lo había pensado yo, pero no me atrevía a decirlo.
Los libros sagrados de todas las religiones son examinados con lupa por el conjunto de la
población mundial. De este modo salen a la luz pública, no solo las propuestas plausibles y
bienhechoras que con todo derecho le gusta destacar a la religión correspondiente, sino las
contradicciones y los aspectos negativos que también se encuentran en todas la escrituras
consideradas sagradas o divinas.
Esta crítica de personas ajenas a la propia religión tiene una importancia decisiva a la hora de
tomar conciencia de los propios errores. La pretensión de verdad absoluta se ha venido abajo y
ha abierto el camino para la crítica interna desde dentro de cada una de las religiones. Una
razonada crítica que venga de fuera puede ser el detonante de una revisión interna.
Una vez que se ha abierto la veda, la crítica desde dentro de la misma religión, suele ser más
devastadora que la que puede hacer uno desde fuera y con menor conocimiento de los
entresijos de la propia institución. No hay peor cuña que la de la misma madera, dice el refrán.
Es una pena que la mayoría de esas críticas se hagan desde el resentimiento, lo cual no solo
anula la eficacia sino que la convierte en veneno.
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La falta de control absoluto sobre los miembros de una Iglesia, permite a estos acercarse a las
demás religiones y descubrir que también en ellas podemos encontrar apuntes valiosos que
nos pueden ayudar a entender mejor la compleja situación del hombre en este mundo. La
superación del pretendido valor absoluto de la verdad propia, ayuda a sentirse más a gusto en
esa búsqueda en otras experiencias religiosas.
También se está perdido el miedo a quedar a la intemperie sin el refugio sagrado de la propia
institución. Hoy la excomunión, que en otras épocas condenaba al ostracismo, en lugar de ser
una exclusión aniquilante, puede llegar a ser una liberación, que de otro modo no se hubiera
atrevido a alcanzar. El primer requisito para poder sentirse libre es sentirse libre de todo corsé
religioso.
Esta confrontación de cada religión con el pensamiento global obliga a cada una a superar
ideas aberrantes que se han mantenido sin crítica durante milenios. Muchos de los derechos
humanos fundamentales tuvieron que ser aceptados a regañadientes por nuestra religiosidad
oficial después de haberlos rechazado, incluso con violencia, durante años.
La mayoría de las preguntas que nos hacemos sobre la salvación del ser humano, están mal
planteadas porque todas dan por supuesto que hay un “yo” que salvar. La verdad es que no
estamos aquí para salvar nuestro yo sino para tomar conciencia de que no existe tal yo y que
debo salir de ese engaño para entrar en la dinámica de otra realidad en la que ya soy de una
manera definitiva y total.
Desde esta perspectiva, todos nos salvamos de alguna manera, puesto que todos desplegamos
algún grado de humanidad. Todos estamos a la vez salvados y necesitados de salvación. Esta
idea nos desconcierta, porque lo único que nos tranquiliza es la seguridad de estar salvado.
Debemos tener muy claro que, por muchos que sean nuestros logros, siempre habrá
posibilidad de avanzar hacia mayor humanidad.
Todo lo que descubro como carencia, todo aquello que creo que limita mis posibilidades de ser,
debo llegar a percibirlo como una visión equivocada de la realidad. Nada puede limitar mi
capacidad de humanidad, porque esa posibilidad de evolucionar pertenece a mi esencia. Todo
lo demás es accidental y no puede deteriorar lo que es esencial. Esas carencias en lo accidental
tienen que obligarme a buscar en otro lugar mi verdadera liberación.
Si afronto mis limitaciones adecuadamente, en lugar de rémora serán un acicate para descubrir
que mi verdadera plenitud está más allá de lo que rechazo como dolor o deseo como placer. No
podemos poner la salvación en la pretensión de ser otra cosa que criaturas limitadas. Sin mis
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limitaciones, dejaría de ser humano, y el intento de alcanzar mi plenitud se convertiría en una
quimera. Siendo limitado como soy, mis posibilidades de ser más serán siempre ilimitadas.
En contra de lo que hemos aprendido, no se trata de atravesar ningún umbral o barrera, sino
de afianzarme en mi verdadero ser. La esencia de mi ser me trasciende pero está ahí, aunque
no puedo comprenderla ni manifestarla. Soy lo que fui y lo que seré. Cuando tomemos
conciencia clara de que no hay ningún yo, empezaré a experimentar mi auténtico ser. Si no
capto esta idea, estaré toda mi vida dando palos de ciego.
Estoy aquí para desprenderme de lo que creía ser y lograr que no quede nada de ese fantasma
del falso yo que me está impidiendo ver la Realidad que soy. Lo mismo que para conseguir un
metal puro tengo que someterlo al fuego para que queme toda la escoria, así tengo que
consumir mi ego y quedar libre para darme a los demás. Como la vela que para ser útil y
alumbrar tiene que consumirse y desaparecer.
Cuando nos pasamos la vida adornando y pintando la vela para verla cada vez más bonita,
estamos perdiendo el tiempo y retrasando nuestra verdadera meta, que es consumirnos. Y
cuando le pedimos a Dios que nos conserve para toda la eternidad, porque hemos conseguido
ser los más bonitos, hacemos el ridículo. No es fácil escapar de esa trampa pero debemos
intentarlo porque en ello nos va la vida y la Vida.
fin