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Historia: Crítica y Poder en Relatos
El documento discute cómo la historia puede adoptar dos actitudes frente a las relaciones de poder en la sociedad: justificar el statu quo explicando las relaciones como naturales e inmutables, o criticarlas explicando que son cambiantes y transitorias. La versión de la historia depende de los intereses del grupo que la escribe, ya sea conservar o transformar el orden establecido. También existen múltiples versiones de la historia que reflejan las tensiones entre los grupos dominantes y dominados.
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Historia: Crítica y Poder en Relatos
El documento discute cómo la historia puede adoptar dos actitudes frente a las relaciones de poder en la sociedad: justificar el statu quo explicando las relaciones como naturales e inmutables, o criticarlas explicando que son cambiantes y transitorias. La versión de la historia depende de los intereses del grupo que la escribe, ya sea conservar o transformar el orden establecido. También existen múltiples versiones de la historia que reflejan las tensiones entre los grupos dominantes y dominados.
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{Material exclusivo: Ciclo de ambientación Historia 2017}
LA HISTORIA COMO CRÍTICA O DISCURSO DEL PODER
Versión libre y sintética de: ADOLFO GILLY: “La Historia: crítica o discurso del poder” en AA VV: Historia ¿para qué?, ed Siglo XXI, México, 1980 , pp 196-225. Versión original : https://mmhaler.files.wordpress.com/2010/08/carlos-pereyra-y-otros-historia-para-que.pdf
La pregunta me pareció, de entrada, restrictiva: la historia, ¿para qué? Para los niños, el para qué suele ser obvio o subordinado. El gran problema es el porqué. Y si transformo la pregunta en: historia, ¿por qué?, me encuentro con la respuesta al porqué de toda ciencia -ya sea natural o social- y de todo conocimiento: por la necesidad de obrar específica del ser humano. Si esto es así, debo llegar enseguida a la comprobación de que, mientras en las ciencias de la naturaleza,el conocimiento en cada momento dado tiende a ser uno/unívoco, en las ciencias de la sociedad ese mismo conocimiento es múltiple/multívoco. Entra entonces la distinción entre lo objetivo y los subjetivo. Y si la condición del conocimiento científico es la capacidad crítica, se aceptará sin dificultad que es mucho más fácil la crítica de lo que hizo la naturaleza y de nuestro conocimiento sobre ella, que la crítica de lo que nosotros hicimos y de nuestro conocimiento sobre nosotros mismos. Esto determina, para la historia, una situación contradictoria con la de otras ciencias: existen, en determinado momento, varias historias, no una, diversas versiones e interpretaciones divergentes y a menudo antagónicas. Lo cual nos lleva, a su vez, a una nueva transformación de la pregunta: las historias, ¿por qué? Las diversas versiones suponen que algunas (o todas) son falsas o menos verdaderas. La persistencia a través de las épocas de las varias versiones simultáneas de la historia indica que el conocimiento histórico es también un discurso adaptado no a una acción única de la humanidad sobre la naturaleza, sino a diversas acciones de diversos grupos humanos sobre sí mismos y entre sí. Esto porque la historia trata, obviamente, de relaciones sociales: guerra, comercio, técnica, ciencia, religión, Estado, familia...Esas son inevitable e invariablemente relaciones de fuerza: padres/hijos, hombre/mujer, adultos/jóvenes, adultos/ancianos, dominadores/dominados según castas, clases, comunidades o naciones. La historia, cuyo objeto privilegiado es la descripción y el conocimiento de esas relaciones y de sus transformaciones, puede adoptar frente a ellas dos actitudes que no les son permitidas a las ciencias naturales frente a su objeto: justificarlas explicándolas como inmutables y naturales, con un interés conservador de las actuales relaciones de fuerza dentro de la sociedad; o criticarlas explicandolas como cambiantes y transitorias, con un interés transformador, crítico de los poderes establecidos, crítico también hacia el pasado, hacia sí mismo y hacia el porvenir. El grupo o la clase social cuyo interés coincida con la crítica radical de los poderes establecidos podrá aproximarse más su interpretación de la historia, a los criterios del conocimiento científico. Aquel cuyo interés sea la conservación de esos poderes y del orden que de ellos se desprende se orientará en cambio a hacer de la historia una ideología justificadora del estado de cosas presente y a convertirla, en consecuencia, en un discurso del poder. Entre la crítica radical y el discurso del poder establecido oscila el porqué de todas las historias y, en consecuencia, su para qué. Para entender el porqué de la Historia y el para qué que la guia es necesario comprender que ésta no es ajena a la toma de posición de quién la escribe. El historiador asume su propia parcialidad ante los hechos que relata y las narraciones que interpreta. La parcialidad no significa mentira: significa tomar partido o, también, apasionarse. La parcialidad más desinteresada no exige faltar a la objetividad sino, por el contrario, buscar la veracidad de los hechos y rechazar la falsedad con la misma severidad con que el investigador de la naturaleza toma en cuenta tanto los resultados experimentales que confirman sus hipótesis como aquellos que las desmienten. Pero aquí, nuevamente, el grado de objetividad estará fuertemente determinado según que el interés que guía a la inevitable toma de partido (la supuesta “imparcialidad” es una toma de partido subrepticia) sea un interés conservador o un interés crítico hacia el orden de cosas existente. Dicho esto, la historia es ante todo narración e interpretación, combinadas pero no confundidas. Significa reconstruir intelectualmente el curso de los hechos y explicar por qué fueron así y no de otro modo. El historiador para reconstruirla con los materiales dados necesita relacionar su tarea con dos niveles: a) un método de interpretación general que se relaciona con el rigor científico de su oficio- esto es, adecuarse a los métodos de reconstrucción y construcción del discurso histórico; y b) su propia experiencia vivida, aprendida o heredada, tanto como individuos , tanto como en la sociedad o grupos. Esta reconstrucción histórica debe reproducir el movimiento, la multitensión que caracteriza al proceso de l historia, es decir, la tensión entre lo experimentado en la vida y los conocimientos aprendidos, ingrediente sin el cual la obra del historiador no pasará de ser un erudito pan sin levadura. Debemos entender esta tensión como el entrecruzamiento entre historia individual y las historias: historia individual y la colectiva; la familiar y la local; la local y la regional; la regional y la nacional; la nacional y la mundial. En estos cruces y combinaciones, sin orden y jerarquía, se determinan focos de tensión sin cuya comprensión es imposible dar cuenta del movimiento interior que anima al proceso histórico. La historia oficial, elaborada por las instituciones del Estado, surge así con la intención de superar dichas tensiones: siendo todo Estado , también por definición, una forma de dominación, el para qué de esa historia es la justificación y la prolongación de esa dominación. Pensemos un ejemplo: durante el período conocido como la de “Construcción y organización Nacional”, el Estado Nacional encarnado en las figuras de los presidentes Mitre y Sarmiento propusieron una suerte de “demonización” del gaucho, entendido éste como freno del tan mentado orden y progreso. En contraposición se erigieron las payadas gauchescas en la campaña o pulperías, si estas payadas son auténticas, vienen de abajo, y abajo están los dominados. Pero esto no quiere decir que hay que creer sin más ni más los que ellas nos cuentan, pero sí que hay que comprenderlas: el narrador refiere a sentires e ideas que su público quiere oír y no puede hacerlo en las ceremonias y las instituciones de la Iglesia, Estado u otras. Pueden uds incluso pensar en ejemplos más contemporáneos: abundan en la cumbia villera o el rock barrial de los años ´90s. También puede ocurrir que dichas expresiones subalternas sean asimiladas por la versión oficial de la historia, y entonces la crítica popular del poder existente se invierte en un discurso del poder “populista”. De esto, la Historia nos ejemplifica profusamente: desde las expresiones del obrero desarraigado y esforzado , modelo del trabajador nacional durante el primer peronismo, pasando por la asimilación del antaño Tango de burdel como baile típico nacional hasta la indiscutible identidad alimentaria nacional en torno al Locro ( lo la Feijoada en Brasil), antiguo plato de “sobras”, calórico y “llenador”- pensado para alimentar al grueso de la mano de obra barata negra y mulata de Ingenios azucareros- mulatos que en apariencia no dejaron descendencia por estas tierras. Entendemos entonces que la multiplicidad de historias y las múltiples tensiones existentes entre ellas, están encuadradas dentro de un marco de niveles (los de arriba y los de abajo en términos de clase, los vencedores y los vencidos en términos de guerra). Para comprender esto mejor, vamos a detenernos primero a imaginar una situación: cuando la división del trabajo es embrionaria y no ha alcanzado a escindir a la sociedad y a subordinar a los individuos, es decir, el momento en que el grupo social es uno, y como tal, recuerda, transmite y cuenta su pasado. Esta relación es gratuita, no está medida en términos comerciales, aún inexistentes dentro del grupo social. Cuando la división del trabajo y técnicas rudimentarias se desarrollan y se impulsan mutuamente, aumenta la productividad, y aparece el producto excedente, y con él la posibilidad de que una parte del grupo social produzca, con sus manos y herramientas, lo necesario para todos, y otra parte viva de ese producto y pueda dedicarse a pensar y a generalizar. Es entonces cuando se origina la división entre trabajo manual y trabajo intelectual, y con ella la escisión social de los seres humanos y de su historia. Nace en este momento entonces, la división entre una comunidad superior y otra inferior, cada una con su historia, sus oficios, sus tradiciones, sus costumbres, pero unidas en una comunidad ilusoria, por la idea de común pertenencia a un grupo social único e indiviso frente a otros grupos sociales. A partir de aquí, la historia pasa a ser propiedad de quienes pueden hacer la historia, los que ya son propietarios del conocimiento, es decir, la comunidad superior, y esto es, la historia como discurso de poder. Por lo tanto, la historia se convierte en la historia de la comunidad superior, sus motivaciones de grupo o de clase se vuelven los fines de la comunidad o de la nación, dado que son ellos quienes disponen de la posibilidad de realizar el trabajo intelectual a costa de los otros, y en manos de estos, la historia se convierte en un instrumento privilegiado para la legitimación y la conservación de la comunidad ilusoria entre los de arriba y los de abajo. La comunidad inferior, es pura fuerza de trabajo, y como tal, no tiene historia, no escribe su historia, sino que esta es contada e interpretada -cuando lo es- por los otros. Su huella queda sobre todo en las obras en las cuales su trabajo se cristaliza, por ejemplo, en las pirámides egipcias, contemplada desde abajo por quienes las han erigido sin tener participación en el discurso histórico erigido por quienes los contemplan desde lo alto de estas. Es necesario desenterrar su historia pero ésta es tan difícil de hacer que el trabajo arqueológico e interdisciplinario resulta- a veces- necesario: piénsese en el porqué de la conservación de las técnicas agrícolas por nichos ecológicos de muchas comunidades originarias andinas frente al avance desmesurado de la producción de leguminosas de grandes corporaciones multinacionales; o en el avance de producciones audiovisuales y literarias de hechos dolorosos pero vedados de aprehender para el grueso de la población pero conocidos gracias a la fotografía, caricaturas, sátiras y recursos de la Historia y Cine Social, y Lingüística Social en éste último ejemplo; y gracias a la Geopaleontologia, Geografía Económica y Social en aquél. En este punto, es necesario explicar que entre estas comunidades y hacia el interior de las mismas, existen diferentes tipos de relaciones, ya sea de dominación/subordinación o de solidaridad. Al primer tipo de relación puede denominársela relación vertical, que se da entre ambas comunidades, pero solo existe combinada con (y sostenida en) relaciones interiores propias de cada una de las comunidades componentes de la comunidad ilusoria, las relaciones horizontales. Esta última se da al interior de cada una de las comunidades, y significan normas de competencia interior para mantener la solidaridad de quienes la componen, ya se para perpetuarse o para resistir. Las normas que sostienen las relaciones horizontales, son cambiantes según el contexto en que las relaciones se generan (según las épocas, las tradiciones, las relaciones de producción, los modos de dominación, etc), y además son regidas por racionalidades distintas en cada una de las comunidades. Pero aunque cada comunidad posea sus propias normas, estas están subordinadas a la relación vertical, y es por medio de ella que las normas de la relación horizontal superior se presentan como la norma general, ideal, a la cual debe ajustarse todo el grupo social. Es lo que constituye en otros términos, la ideología dominante. Aquí, nuevamente el ejemplo de la construcción del Estado Nacional es válido, sobretodo en el fuerte rol desempeñado por la simbología - bandera, escarapela, himno. Por debajo de esta ideología, que todos aceptan mientras funciona esta relación de dominación/subordinación dada, sigue corriendo el río caudaloso y no reconocido por los de arriba, de los lazos horizontales que unen a los dominados. Lazos cargados de solidaridad entre quienes deben, por fuerza, resistir de un modo u otro porque sobre sus cae todo el peso de la relación vertical. En cada ideología dominante la forma presente de dominación aparece como un hecho de la naturaleza y la tarea asignada al historiador es explicar su génesis en el pasado y mostrar las formas anteriores (o presentes en otras sociedades) como imperfectas, inmaduras, o de ser contemporáneas, “primitivas” o “atrasadas”. Es conocido, y a veces inevitable, el “anacronismo” del historiador que mide el pensamiento y relaciones sociales del pasado por las de su época. Esta ilusión óptica puede combinarse sutilmente con el “anaclasismo”, o sea, la trasposición de los juicios, valores y relaciones internas de una clase o grupo social, aquella de la cual proviene la educación del historiador, a otros. En ambos casos, el efecto de transposición tenderá un velo entre el historiador y las reales relaciones sociales entre seres humanos, objeto de su estudio, y lo llevará no sólo a dar respuestas equivocadas sino, lo que es peor, a plantearse problemas inexistentes. La relación vertical de soberanía y dependencia supone dos direcciones: una hacia abajo, de dominación; otra hacia arriba, de resistencia. Como se trata de una relación de dos sentidos, ambos polos se determinan entre sí e interactúan constantemente. Las revoluciones son la crítica práctica que la sociedad hace de sus relaciones verticales. La historia como discurso del poder las concibe como momentos irracionales o crisis indeseables pero inevitables que deben ser superadas y clausuradas lo más pronto posible para dar lugar a un restablecimiento, bajo nuevas formas, de la relación “natural” de soberanía y dependencia entre los seres humanos. La historia como crítica del poder las considera como las rupturas hacia las cuales tiende toda la acumulación realizada durante el equilibrio precedente, de modo que cada equilibrio es una transición entre la ruptura que lo engendra y aquella que o destruye. El primer criterio privilegia la inmovilidad y la conservación, el segundo,el movimiento y la transformación. Ninguna historia y ninguna crónica, se ocupen de las épocas de ruptura o de aquellas de equilibrio, pueden abstraerse de la relación vertical y de las relaciones horizontales específicas que forman el tejido de cada época y cada sociedad; ni puede ser, tampoco, neutral entre ellas. La relación vertical sólo puede explicarse mirándola desde abajo, desde su raíz material, y no desde arriba, desde su reflejo ideológico: lo mismo todas las otras. Nadie explicará a una época y una sociedad y a quienes, al dominar en ellas, las marcan con el sello de sus ideas y sus actos, si no explican antes cómo éstos dominan (y cómo creen hacerlo) y cómo se relacionan entre sí, se subordinan y a la vez resisten los dominados. Aquí se llega a una dificultad, porque para hacer oír la voz de los dominados hay que escucharla. Y Éstos no hablan en la historia, sino sólo entre ellos, y eso no queda escrito. Y aun caundo llegan a hacerlo, es sólo su capa superior la que habla y escribe por todos: sus dirigentes, sus intelectuales. El historiador tiene que afrontar la empresa insoluble de transmitir la voz, los sentimientos, la comunicación interior de aquella vasta capa inferior subordinada de la cual él no proviene o se ha separado, si no tampoco él tendría su voz de historiador. La aporía se resuelve comprendiendo la acción, porque los de abajo hablan con sus actos y explican sus palabras por sus hechos y sus obras, no a la inversa. Entonces hay que leer en sus acciones, colectivas o individuales, y comprender o intuir por qué. Será posible así interpretar y reproducir de cerca, en la pasión que mueve lo escrito o lo narrado, el movimiento interior de las relaciones entre los seres humanos y sus infinitas variantes y transformaciones. Porque el secreto de la historia no hay que buscarlo en la fijeza de las obras en que se cristaliza el trabajo pasado, sino en el incesante movimiento donde fluye y existe el trabajo viviente, la vida misma.