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Niebla Negra

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Nieve Negra

Camila Valenzuela León


Ilustración de portada: Alejandra Acosta
Dirección iteraria: Sergio Tanhnuz
Edición: Paula Peña
Dirección de Arte: Carmen Gloria Robles
Diseño y diagramación: Patricia López
Producción: Andrea Carrasco
Primera edición: octubre de 2014
© Camila Valenzuela León.
© Ediciones SM Chile S.A.
Coyancura 2283, oficina 203,
Providencia, Santiago de Chile.
ATENCIÓN AL CLIENTE
Teléfono: 600 381 13 12
[Link]
chile@[Link]
Registro de propiedad intelectual: 244.334
Registro de edición: 244.327
ISBN: 978-956-349-685-7
Impresión: Editora e Imprenta Maval Ltda.
Rivas 530, San Joaquín, Santiago.
mpreso en Chile/ Printed in Chile
No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su
tratamiento informático, ni su transmisión de ninguna forma o por
cualquier medio, ya sea digital, electrónico, mecánico, por fotocopia,
por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los
t
A Claudia y Juan,
que encontraron el espejo al mismo tiempo que yo
Diez
Encontrar el espejo no fue casualidad. No puede serlo. Más bien, fue producto de una serie de
eventos raros y dislocados. Igual que mi vida. Como rara vez ocurría, estábamos los tres en la cocina.
Mi papá había cocinado un budín de berenjenas y cuando le ofreció una copa de vino a mi mamá, ella
contestó que no con los ojos como búho. Dos segundos después, se abrazaron. Cuatro segundos
después, lloraron. El llanto duró más de dos o cuatro segundos. Ahí entendí que estaba embarazada.
No por el vino, el abrazo o el tiempo, sino por las lágrimas. Llevaban como seis años tratando de
tener otro hijo, pero no había caso. No podían. Al principio, fueron al médico y les dijo que igual era
raro porque ya habían podido tener una hija. Le preguntó a mi mamá si el parto fue muy traumático y
ella contestó que sí,que yo venía no sé cómo. Enredada, por las patas.
Qué sé yo. (Eso ni siquiera me lo contó a mí, la escuché hablando por teléfono con mi abuela, que ya
está muerta). Le hicieron un montón de exámenes, pero los resultados siempre salieron buenos.
Parecía no tener ningún problema. Un día, mi papá (que es medio esotérico porque es de esos
psicólogos con la volada jungiana) le dijo que era su inconsciente. Que estaba estresada, que debía
dejarlo ir. Relajarse. Y ahí empezó la seguidilla de doctores mula. Chamanes, tarotistas, videntes.
Flores de Bach, gemoterapia, reiki. Yo no me trago el cuento de que la esencia de lavanda (o lo que
sea)te abrirá los chakras y te dejará embarazada; pero mi mamá, sí. Y trató. Lo intentó una y otra, y
otra vez. Pero no hubo caso. Lo único que logró fue perder plata y tiempo, y ganar una predicción:
que yo era rara. Eso tampoco me lo contó mi mamá; lo escuché cuando vino una vieja a sacarle las
cartas hace dos años. Ellas estaban en el living y yo detrás de la puerta de la cocina. Podía oír
cuando la bruja barajaba, cuando dejaba las cartas sobre la mesa. Llegó el silencio. Un silencio largo.
Se escuchaba el movimiento inquieto de mi mamá sobre la silla, como si tuviera un nido de hormigas
bajo ella. Es un alma antigua, le dijo por fin. Tiene muchas vidas en su cuerpo, pero hay algo raro en
ella. Mi mamá preguntó qué era. Las cartas no quieren hablar. Ella tiene un bloqueo energético.
Yo no sé cómo a esas alturas mi mamá seguía ahí, pero el punto es que no se movió. Al contrario, le
pidió que sacara más cartas. Le contó todo su drama acerca de la supuesta infertilidad y le dijo
que se moriría si algo me pasaba. Volvió a barajar.
A cortar. A escoger. No sé qué cartas salieron, no sé qué caras pusieron, lo único que sé es que la
bruja ordenó el mazo, lo guardó y salió del departamento como si hubiera visto al diablo. Y la odié por
que, desde ese día, mi mamá quedó obsesionada conmigo. Cuando estaba depresiva pensaba que
podría pasar algo; cuando estaba de mejor ánimo decía que tenía una niñita índigo y me preguntaba
si veía cosas. Yo lo único que veía es que se había vuelto loca con el tema de los hijos y las guaguas.
Hasta el año pasado, cuando supe que tendría un hermano o hermana menor. Se abrazaron, lloraron.
Celebraron. Cuando pasó la emoción de la noticia, mi mamá dijo que tendríamos que irnos del
departamento porque era muy chico para los cuatro. En realidad, más que una propuesta, fue una
orden. Yo no me voy, aseguré. Insistí en que no quería irme de ahí, que ese departamento era
nuestro hogar. Que cabíamos de más. Que había familias de seis personas que vivían en lugares
más chicos que ese. Que Ñuñoa era mi barrio, nuestro barrio. Y que no éramos cuatro, sino cinco
porque el quiltro, que me acompaña desde los siete años, también era parte de la familia. Mi mamá ni
tuvo que contestar porque mi papá se puso altiro de su lado. Cambia la cara porque es una decisión
tomada, dijo él. Yo tuve que acatar la decisión, pero no cambié la cara. Mi mamá, como es poquito
obsesiva, cambió una preocupación por otra: ya no era que no podía tener guagua, sino que podía
perderla. Los tres primeros meses son cruciales, repetía. Cuando ya tenía seis y todo seguía
perfectamente bien, vino la obsesión por el cambio de casa. Que cuándo nos vamos a ir, le decía a mi
papá. Que teníamos que armar todo lo antes posible porque ella no quería estar desembalando con
una guata enorme o, peor, con el niño recién nacido (está convencida o quiere estarlo de que será
hombre). Mi papá le contestaba que era lento, que no era llegar y comprar una casa como en el
Metrópoli. Y ella le respondía que el lento era él porque estaba lleno de casas en Ñuñoa, que cómo
no iba a ser capaz de encontrar una. Yo prefería no meterme, porque siempre salgo perdiendo. Así
que, después del colegio, me iba a la casa del flaco para capearme los dramas de mi mamá.
Alrededor de las siete de la tarde, cuando mi papá salía de la pega, me iba a buscar y nos
paseábamos por la comuna buscando casas. Lo que decía él era cierto: por más que buscábamos,
no la encontrábamos. Hasta que una noche, cuando iban a ser casi las diez, llegamos a una casa.
Llevábamos horas dando vueltas por el barrio, recorriendo todas las propiedades que mi papá
agenció durante el día, pero ninguna nos había gustado. Estábamos cansados, chatos y muertos de
hambre. Decidimos que era suficiente, que era hora de volver. Mi papá se metió a una calle para dar
la vuelta y salir a Macul,pero esa calle lo llevó a otra y esa a otra, y ninguna era Macul. Tu mamá
debe estar histérica, qué lata, se quejó mi papá. Dio la vuelta de nuevo y llegamos a una plaza con
siete casas antiguas alrededor. No sé si fueron las casas, la plaza o los faroles sin polillas, pero me
encantó. Y para mi suerte, una de ellas tenía el cartel rojo con letras blancas: "Se vende". Esas fueron
las palabras mágicas. Mi papá estacionó el auto y nos bajamos. La casa tenía una fachada de piedra
y un pequeño patio delantero cercado por una reja de madera, que me llegaba hasta la cintura. Toqué
el timbre. Toqué de nuevo. Parece que no hay nadie, comentó mi papá y antes de que alcanzara a
llamar al número de teléfono escrito debajo del cartel, corrí el pestillo de la reja y entré. Fui raíz dentro
de la tierra. Escuché que mi papá decía mi nombre despacio, como un grillo. No podemos hacer
eso,repetía, pero yo no quería escuchar, yo quería entrar. Subí los dos escalones y me paré frente a
la puerta de entrada, mucho más alta y ancha que [Link]é la manilla de bronce, que pasó rápido
hacia el otro lado. Se abrió sola o lo hizo el viento, pero no la abrí yo. El quejido recorrió mi cuerpo
como si también estuviera hecho de madera. Primero mis pasos; atrás, los de mi papá. El espacio era
una mancha negra, como el quiltro. Ni una sola franja de luz se colaba entre las cortinas. No me
importó.Doblé hacia la izquierda y corrí la primera tela que encontré. La luz del exterior iluminó
vagamente el living, que era amplio, oscuro y vacío; un hoyo negro. Miré hacia arriba y el techo me
pareció lejano como el cielo. Cuando bajé la mirada, un haz de luz, fino y penetrante, me llegó directo
a los ojos. No podemos entrar así, advirtió mi papá con su llavero linterna en la mano. Ya estamos
dentro, le contesté y seguí caminando hacia el comedor. Por ahí había una puerta de acceso a la
cocina. Entramos y mi papá dijo que tendríamos que remodelar,porque los muebles estaban llenos de
moho. Yo no pensaba en los muebles, sino en otra puerta que había al fondo. Lo que estaba detrás
de ella me llamaba. Gritaba mi nombre en silencio. En un silencio que envolvía la cocina, la casa, el
barrio. En un silencio que me envolvía a mí. Mi papá siguió hablando y yo caminé hasta la puerta. La
abrí y me encontré con la [Link], papá, ven a iluminar por acá, dije, y él me
respondió que nos enfocáramos en la casa, que mi
mamá debía tener los pelos de punta porque toda
vía no llegábamos. Ya, poh, no te cuesta nada, si
son dos minutos no más. Me miró con resignación
y fue hacia el umbral donde estaba para iluminar
el patio trasero poco a poco, dejando que la luz
de la linterna paseara con calma por cada rincón.
Las formas serpentinas de las plantas secas pare
cían extrañas piezas de museo. El haz de luz llegó
hasta el fondo y ahí, en medio de la oscuridad,
había un árbol de tamaño mediano. Su copa era
redondeada, abierta y tenía numerosas ramas de
forma horizontal. Parecía ser un árbol común y
corriente, pero por alguna razón irradiaba cierto
magnetismo. Le pregunté a mi papá si sabía qué
árbol era. Un manzano, contestó. Unos segundos
después, volvió a hablar: La encontramos. Esta es
nuestra casa.
Al poco tiempo, mis papás pudieron comprarla
y empezaron las remodelaciones. Yo terminaba el
año en el colegio y la casa era un caos, así que no
volví a ir hasta hoy, que nos cambiamos. Y por más
que la casa me encanta, que el manzano me llama
y que el quiltro está feliz, estoy chata. O rara. No
sé. Hay algo que me molesta, aparte de tener que
aguantar la histeria de mi mamá por la mudanza,
los 33 ºC santiaguinos o las fotos en Facebook del
flaco en la playa. Quizás es que, a pesar de que
a mi papá le dieron el día libre en la pega por el
cambio de casa y aun siendo los tres más los tipos
de la mudanza, todavía quedan millones de cosas
por hacer. Lo bueno, de todos modos, es que a las
seis de la tarde mi papá decidió que el día laboral,
por lo menos para mí, había terminado.
Llamé al quiltro y nos fuimos al patio trasero,
que con la luz del día se veía más grande. Me tiré
sobre la tierra y miré el cielo. Ya no hacía el mis
mo calor de unas horas atrás. Cerré los ojos. No
estuve mucho rato así: el quiltro empezó a ladrar.
Le pedí que se callara, pero obvio que no me pes
có. Siguió ladrando. Me incorporé un poco hasta
quedar sentada. Entonces lo vi justo debajo del
manzano. Me miró, ladró y después escarbó con
sus patas delanteras. Estaba tan cansada que, por
mucho que lo quiero, no me interesaba su ánimo.
Así que me volví a echar sobre la tierra. Y él vol
vió a ladrar. ¡Calla a ese perro, por favor!, gritó
mi mamá desde el interior de la casa. Me senté. Él
miró, ladró, escarbó. Fui hasta el manzano donde
estaba el quiltro y le pregunté qué onda. Él se ca
lló y se sentó. Me acerqué para hacerle cariño de
trás de las orejas y el reflejo del sol en la tierra me
cegó. Me moví, me agaché: había algo enterrado
ahí. Me puse a escarbar como el quiltro. Mientras
más tierra sacaba, más ansiosa me ponía. Necesi
taba saber qué era, qué había enterrado al alero
del manzano. El quiltro se puso detrás de mí, no
sé si para no molestar o para cuidarme de algo.
Una mano dentro de la tierra, la otra. Una mano,
la otra. Hasta que lo vi, lo tomé y lo saqué: era
un espejo ovalado. Su borde dorado, de unos cin
co centímetros de ancho, tenía talladas cientos de
pequeñas hojas que rodeaban a tres mujeres, una
abajo y dos a cada lado, siendo coronado por dos
ángeles que se dan la mano. Qué hacía un espejo
tan antiguo enterrado en el jardín de mi casa justo
al lado del manzano, todavía no lo sé. Pero voy a
averiguarlo.
Lo limpié un poco y entré a la cocina para pa
sarle un trapo. Lo sacudí y saqué todo el polvo
que tenía acumulado quién sabe desde cuándo.
Fui hasta el living para mostrárselo a mi papá,
pero estaba demasiado ocupado instalando lám
paras, así que subí las escaleras y fui hasta mi pie
za. Después del jardín, el segundo piso es la parte
más bonita de la casa. Apenas terminan las escale
ras, empieza un pasillo amplio y largo con varias
piezas a los costados. Mis papás eligieron la más
grande, que es justo la segunda a mano izquierda.
Yo escogí la que está al final porque tiene una ven
tana que mira hacia el patio interior. El manzano
está justo frente a ella. Entré, dejé el espejo encima
de la cama y fui a buscar la caja de herramientas.
Saqué un clavo, el martillo y lo colgué. Caminé ha
cia atrás para verlo desde lejos. Lo miré. Me miré
en él. En alguna parte estaban los rasgos de mi pa
dre, no así los de mi madre. Abrí mi cama, me metí
dentro de ella y cerré los ojos. No demoré mucho
en quedarme dormida.
Sueño con el espejo. Camino por el pasillo del
segundo piso. No veo lo que está al frente, sino
mi espalda. El pelo largo y negro cayendo sobre la
espalda. No hay sonido alguno dentro de la casa.
Solo el silencio me acompaña. El silencio y la luz
que se cuela por la ventana de mi pieza. Es una luz
nocturna que proyecta sombras en el pasillo. Ex
cepto la mía, porque yo no tengo sombra. Yo soy
la sombra. Entro a mi pieza, me veo durmiendo.
Camino hasta la ventana y veo el manzano solo e
imponente en medio del patio. Alcanzo a ver las
frutas que cuelgan de sus ramas. Verdes, amari
llentas todas. Menos una, que es roja. Oscura como
la sangre. Siento toda la energía del árbol sobre
esa manzana de sangre. Las ramas se tuercen, el
tronco se queja. La manzana se deshace de a poco
como un coágulo. El árbol llora sangre. Me doy
vuelta, me acerco al espejo. Me pongo frente a él:
no veo mi reflejo, no veo mi sombra. Solo veo caer
dentro de él una espesa nieve negra.
Nueve
Cuando el rumor sobre el templo de San Agustín
llegó a sus oídos, supo que las consecuencias del
Terremoto Magno apenas comenzaban. La figura
del Cristo sobrevivió al movimiento, salvo por la
corona de espinas que, inexplicablemente, llegó
hasta su cuello para quedarse ahí. Imagen diabó
lica, presagio funesto. La divinidad está enojada,
pensó. Cuídese, cuide a su familia, patroncito, dijo
la negra. Esto recién comienza.
Días después de la catástrofe, Santiago de Chi
le no solo sufría las pérdidas del terremoto, sino
además los estragos de las lluvias implacables que
azotaban la región. El conjunto de ambas fuerzas
dejaron más de seiscientos muertos para llorar,
miles de damnificados y pésimas condiciones de
salubridad. La ciudad se sumergió en ruinas, en
fermedad y pobreza. Pronto, la muerte empezó a
rondar la casona de adobe y piedra: su señora era
una de las contagiadas con la epidemia de cha
valongo. La trasladaron al sector de la casa que
resistió el terremoto para mantenerla cubierta,
abrigada y protegida del invierno, pero eso no
funcionó. Al cabo de una semana, la mujer falle
ció. El hombre salió del dormitorio y tomó a su
hija en un abrazo que no soltaría nunca, ni siquiera
después de su muerte. La niña era copia fiel de
su mujer: piel blanca como la nieve, labios rojos
como la sangre, cabello negro como la madera del
ébano. La niña, la mujer, en una sola vida. Pasaba
cada día con ella corno si fuera el último. Hasta
que una mañana de verano cuando la niña ya tenía
dos años, la negra vaticinó que otra mujer llegaría
a la casa. Será alegría y desgracia, dijo. Él no creyó
o no quería creer. Cállate, negra hereje, contestó.
La negra calló hasta el invierno, cuando apareció
frente a su puerta la mujer que él negó.
Era la noche más fría del año. Quizás, la noche
más fría que había debido soportar jamás. Una
fina capa de escarcha cubría la tierra dejando bajo
ella un cementerio de flores y hierbas. La niña
dormía profundamente en una de las habitaciones
mientras él bebía una copa de vino frente al fuego.
Podía escuchar a la negra trabajar en la cocina y
oler el guiso de lentejas que tanto le gustaba. La
puerta principal sonó dos veces. Fueron dos gol
pes secos, sin pudor, corno si fueran las ocho de
la mañana y no de .la noche. Uno de los criados
apareció en la sala para decirle que una mujer ya
cía en la entrada. Entonces, apareció la negra con
su aura fantasmal. Limpió el filo del cuchillo en su
delantal y le dijo que el momento había llegado. El
inicio del fin, murmuró. Él no creía en la magia de
la negra, en sus hechizos, vaticinios o infusiones.
Él solo creía en Dios. No lo supo en ese momento,
pero las palabras de la negra serían para él espinas
en su cuello.
Caminaron juntos hasta la entrada de la casa
y cuando abrió la puerta vio un cuerpo menudo
desvanecido en el suelo. Se agachó y lo giró. Qui
tó la capucha grisácea: labios gruesos, piel oscura.
Supo, entonces, que se quedaría con él. La negra
retrocedió. Él tornó a la mujer en brazos y la lle
vó al interior de la casa mientras ordenaba agua
y alimento para la extraña. La tendió en un sillón,
se arrodilló a su lado y pasó los dedos por una de
las mejillas. Pálidas, frías. La culpa lo embargó al
imaginar qué pensaría su difunta señora si lo vie
ra así, abstraído por una desconocida. No pudo
adentrarse en ese sentimiento: la mujer abrió sus
ojos. Él preguntó quién era, cómo había llegado
ahí. Respondió que no lo sabía, que llevaba la me
moria en blanco.
La negra entró a la sala con un plato de lentejas
y un vaso de agua. Puso la bandeja en las piernas
de la mujer. Luego, hurgó entre los pliegues del
vesti<,10 hasta sacar un espejo ovalado de borde
dorad.o con tres figuras femeninas y dos ángeles
tocando sus manos. Vea su reflejo, quizás así re
cuerda quién es. La mujer no dijo palabra alguna.
Él pensó que había quedado hipnotizada por el
espeje> de la negra o por su reflejo, porque no lo
soltó más. Dejó que la negra se sentara a su lado y
le diéra la comida a cucharadas. La devoró como
si fuera la primera vez que se alimentaba. Gracias,
repetía cada vez que llevaba una nueva cucharada
a su t,oca. Gracias era el mantra que repitió hasta
que 1t1s lentejas se acabaron y cayó profundamente
dormida. La volvió a tomar en brazos y la llevó
a unv de los dormitorios principales. Tendió su
cuerj'? sobre la cama, la arropó y dejó la puerta
entréabierta para que pudieran escucharla si lla
rnaba Afuera estaba la negra, protegiendo la llama
de la vela con una mano mientras la otra sostenía
el ca11delabro. El fuego brillaba en sus ojos. Ella
dice que no recuerda, pero recordará. Todos recor
dareinos la noche cuando vida y muerte entraron
a est,1 casa tomadas de la mano. Él no temió. El
vacío que podía llenar esa mujer era más fuerte
que d miedo a los presagios de la negra. Debió
haberla escuchado.
Esa noche no pudo dormir. Intentó conciliar el
sueño, pero cada vez que cerraba los ojos veía a
su mujer, a su niña, a la extraña, a la negra y al
espejo. Una imagen hilvanada por la otra, pen
samiento eterno que no le permitió descansar. Se
levantó de la cama en plena madrugada. La luna
llena proyectaba sombras por toda la casa. Pasó
por el dormitorio de su hija, puso otra manta enci
ma de ella y volvió al pasillo principal. Fue hasta
la pieza donde había dejado a la mujer. Las velas
todavía ardían y una tenue luz salía desde el in
terior. Se asomó apenas y la encontró despierta.
Estaba sentada al borde de la cama y miraba su
reflejo en el espejo ovalado, que sostenía entre las
manos. Parecía hechizada, incapaz de advertir que
él la observaba. Le pareció diáfana y sombría a la
vez. La vida y la muerte juntas, como dijo la negra.
Decidió que se casaría con ella: él necesitaba una
esposa, su hija necesitaba una madre y ella necesi
taba un hogar, una identidad. Él le daría la vida a
cambio de los sueños que su primera mujer arras
tró a la tumba. Entró al dormitorio, se arrodilló
por segunda vez frente a ella y tomó su mano. Le
dijo que necesitaba una madre para su hija y ella
contestó que sería madre de todos los hijos que él
quisiera tener. Y él le creyó.
El matrimonio se llevó a cabo un mes después,
al comenzar la primavera. La casona fue decora
da con cientos de ñuños, que inundaron el lugar
de una luz amarilla. Ella vistió de encaje blanco
bordado y amarró su pelo con un lazo trenzado
de seda multicolor. Apareció en el jardín cuando
empezó a sonar la guitarra y caminó con parsimo
nia hasta el manzano, donde él esperaba erguido
y ansioso. Parece un ángel, pensó. Es el ángel de
la muerte, pensó la negra, que miraba escondida
desde un rincón. Cuando la ceremonia acabó, ella
era la reina de la casa. Sublime, elegante. No im
portaba que hubiera perdido la memoria de una
vida pasada porque el presente había sido hecho
para ella. Él la contemplaba como alguna vez
contempló a su primera esposa. Los sirvientes la
obedecían como alguna vez obedecieron a la pri
mera esposa. La hija jugaba con ella como nunca
jugó con su madre. Le gustaba pasear con la niña,
llevarla de la mano hasta el manzano mientras él
las observaba desde el interior de la casa, satis
fecho. Se sentía tranquilo, correspondido. Es la
madre que mi hija no habría podido tener, le dijo
una tarde a la negra y, por primera vez, ella no le
contestó. El silencio de la negra le recordó la im
posibilidad del remplazo, la eterna ausencia de su
primera esposa como una realidad fatal.
El tiempo pasó y con él se fue la esperanza de
que el dolor por la pérdida llegara a su fin. Por
más que anhelaba olvidar el recuerdo de la muer
te, no lo conseguía. Quería a la mujer por la que
alguna vez se sintió cautivado, pero estaba lejos de
vivir el sentimiento que la madre de su hija pro
dujo en él. Incluso años después de su muerte, la
extrañaba como el primer día. Ella lo sabía, lo veía
en cada gesto, palabra, mirada. Odiaba en secreto
a la muerta que robaba todos los días su felicidad.
La muerta presente en cada rincón de la casa que
él no le permitía cambiar, en cada palabra que no
decía, en cada promesa sin cumplir. La muerta
presente, sobre todo, en la niña. Todos sabían que
era la copia de la primera mujer. Lo sabían quienes
la vieron nacer y lo sabían, en especial, quienes
la veían crecer. Cada día la niña adquiría, más y
más, los labios rojos, la piel pálida y el pelo negro
de su madre. Para él era un regalo; para ella, una
maldición. Podía sentir el aura de la muerta cada
vez que se acercaba a la niña y estaba condena
da a devolver una mirada dulce para permanecer
ahí, para seguir siendo la reina de la casa. Pero
su reinado llegaba al fin con cada año que la niña
cumplía. Eres la niña más linda del mundo, repe
tía él cada vez que se dirigía a su hija. Mientras,
siempre desde atrás, ella hundía su corazón en las
tinieblas. Pasaba horas llorando en su dormitorio
sin que él se diera cuenta. Miraba su reflejo en el
espejo que la acompañaba desde su llegada a esa
casa, su fiel compañero. En él corroboraba cómo
cada línea nueva en su rostro era un aliento más
de vida en su hijastra. Como si la niña pudiera ro
barle la vida, la energía, la belleza y el amor. Niña
ladrona que todo lo quiere y nada comparte. Para
ella, ni las sobras.
Él también veía con amor y temor el parecido
de su hija con la primera esposa. Se sentía en casa
siempre que fijaba sus ojos en la niña, pero al mis
mo tiempo, una sensación de extraña soledad lo
invadía. Un brote de traición, de abandono, que
solo aumentaba sus ganas de estar con la peque
ña y su necesidad de alejar a la remplazante. Has
ta que una tarde, cuando ella y la niña salieron a
pasear por el Camino de Ñuñoa, él fue donde la
negra y le recriminó sus propias culpas. Le dijo
que ella siempre había tenido palabras para todo,
visión para todo y, aun así, no fue capaz de ver
la muerte de su esposa. Ella, después de años en
silencio, contestó que el ciego era él. La muerte no
se ha ido de su lado, está esperando por usted,
le dijo. ¡Que me lleve!, gritó y sus venas se deli
nearon en el cuello. ¡Que me lleve de una buena
vez! ¡Que me lleve! La mujer y la niña entraron co
rriendo a la casa cuando escucharon los gritos. Ella
intentó contenerlo, pero él seguía gritando descon
trolado, devorado por la ira. La niña se le acercó
y tomó su mano: fue el alivio a todas sus penas.
Se arrodilló, la abrazó. Lloró como el niño que no
era. La mujer observó la escena con la mirada per
dida y el corazón ennegrecido. Desde un costado
miraba la negra, quien tuvo la certeza de que, esa
noche, la muerte estaba más viva que nunca.
Desesperada y llena de cólera, la mujer advirtió
que la única solución posible era darle un hijo a su
marido. Remplazar a la niña, reflejo de la muerte,
con otro niño que fuera el reflejo de ella, la vida.
De ese modo, él podría mirar a sus dos mujeres
en sus dos hijos y ella no seguiría en desventaja.
Te daré tu primer hijo hombre, prometió y él son
rió. Esa fue la única respuesta que necesitó para
entender cuál era su última esperanza, cuál era la
salvación de morir en el olvido. Y así inició una
batalla contra su propio cuerpo porque, por más
que lo intentaba, no podía concebir al hijo que tan
to deseaba. El niño, que debía ser su salvador, no
llegaba. Probó todas las opciones, todos los días,
todas las horas, pero el niño no quería aparecer en
su vientre maldito.
Una noche de angustia tocó la puerta de la
negra. Entró sin pedir permiso y le exigió que la
ayudara, que revirtiera la situación. La negra le
contestó que no lo haría porque si lo hacía, la niña
correría peligro. La mujer se contuvo para no gri
tarle improperios y solo le preguntó qué tenía que
ver la niña. Todo comienza y termina en la niña.
Ella es todo lo que usted no tuvo, lo que usted no
es ni será jamás. Es el destino, es la historia. Yo no
cambiaré ninguno de los dos, sentenció la negra.
La mujer salió del dormitorio con sed de vengan
za. Por la negra, por la niña. Por el castigo de vivir
a la sombra de una muerta encarnada.
Cuando las agujas del reloj volvieron a correr,
él ya estaba agotado. Se agobió del intento, de las
promesas sin cumplir, del vientre estéril. Y ella en
loqueció por el intento, por las promesas sin cum
plir y por el vientre estéril. El matrimonio murió
y quedó más enterrado que la primera esposa. La
mujer odiaba en secreto al marido que la echó al
olvido. Lo odiaba cada vez que la llamaba reina de
la casa, porque ella sabía que la verdadera here
dera de ese trono era la niña. Esa condenada niña
que, a la edad de siete años, era la copia innegable
de la muerta. Mientras ella, uva envejecida frente
al espejo, era el vacío.
En su desesperación, entendió cuál era el único
medio posible para vivir tranquila. Era una me
dida drástica, carente de toda misericordia. Pero
una vez más, ¿quién había tenido piedad con ella?
¿La vida, que la había hecho olvidar sus raíces?
¿El hombre, que la había adoptado como a un pe
rro callejero y al que ahora, vieja e infértil, le era
inútil? ¿La niña, que le recordaba todos los días su
lugar en esa casa? Si ella hacía lo que tenía planea
do, esa casa solo recibiría lo merecido. La cosecha
sería su propia siembra.
Era una calurosa tarde de verano. El marido ha
bía salido y solo los criados, la negra, la niña y ella
se hallaban en la casa. Fue hasta el dormitorio de
la niña y la encontró frente al tocador. Cepillaba
el largo cabello negro que hacía contraste con su
piel blanca y labios rojos. Si intentaba verla, esqui
vando el odio que sentía por ella, podía entender
por qué su padre seguía enamorado de la muerta.
La niña era tan linda que dolía mirarla. Pero esa
objetividad pronto se disipó en olas de rabia, envi
dia y rencor. Tomó el peine y le cepilló el cabello.
La niña devolvió una mirada extrañada. Le hizo
una trenza y del bolsillo de su vestido extrajo un
lazo de seda multicolor. ¿Sabes qué es esto?, le pre
guntó mostrándole el lazo. La niña hizo un gesto
negativo. Es el lazo que usé el día que me casé con
tu padre, contestó mientras guardaba una mitad
y la otra la amarraba a lo largo de la trenza. Hoy
vas a estar muy bonita cuando él llegue a la casa,
le dijo. La volteó y la miró. La odiaba incluso sa
biendo que, en el fondo, ella no tenía la culpa. Su
único error fue nacer y ese día pagaría su pecado.
La sentó al borde de la cama y le propuso un
trato. Le dijo que su padre estaba por llegar, que
lo iría a buscar a la entrada y lo llevaría hasta su
dormitorio para que viera lo linda que estaba su
hija. La niña sonrió y prometió que esperaría. Ella
comentó que dejaría la puerta cerrada con llave
para que nadie la viera antes que su padre y la
niña aceptó. La mujer salió del dormitorio y cerró
la puerta. Metió la llave en la cerradura y giró una
vez, dos veces. Entonces, sacó la mitad del lazo
que no había usado y lo enrolló alrededor de la
manilla. Sonrió apenas, casi imperceptiblemente, y
le prendió fuego. Este no tardó en devorar la puer
ta, el muro, el pasillo. Antes de que se pusiera a
toser por el humo, la mujer salió a hurtadillas y
cuando llegó a la sala, gritó. ¡Fuego! ¡Todos afuera!
¡Fuego! Los criados corrían por los pasillos labe
rínticos de la casa para salir al jardín. Ella ya esta
ba a los pies del manzano, viendo cómo el humo y
las llamas engullían la casa que en algún momento
también fue su hogar. La negra llegó hasta el man
zano, sudada por el calor infernal y le preguntó
dónde estaba la niña. Ella respondió con una mi
rada apagada y la negra entendió, pero no entró a
buscarla. La mujer pensó que no lo hacía porque
entrar a las llamas era entrar a la muerte, pero la
negra no se movió porque ese era destino ajeno.
La casa ardía y el humo se elevaba cuando él
llegó. Preguntó con gritos qué había pasado, pero
nadie supo qué responder. Las únicas dos que sa
bían el origen del fuego se mantuvieron ensilen
cio. El hombre buscó entre las diferentes miradas
y, cuando no encontró los ojos de la niña, sintió su
vida acabar. Todo fue silencio, menos su corazón.
Giró hacia la casa en llamas y corrió hacia ella. La
mujer le gritó que no lo hiciera, que estaba loco,
que moriría. Pero él no escuchó nada, no vio nada,
no sintió nada. Corrió entre vigas, humo y fuego
hasta llegar al dormitorio de su hija. La puerta ha
bía sido totalmente consumida, así que atravesó el
umbral con sudor, lágrimas y carraspeo. Al fondo,
en un rincón, estaba su hija. Lloraba, viva. La tomó
en brazos y emprendió el camino de vuelta, pero
cuando iba en la mitad, una viga se desplomó so
bre él. Alcanzó a soltar a la niña para evitar que
recibiera el peso del impacto sobre ella. Él sintió
cómo su columna se partía como la rama de una
planta vieja, pequeña y frágil. Su hija se volteó y
tomó su mano. Él le ordenó que corriera, que sa
liera de ahí. La niña no quería obedecer, pero él
insistió. Ella tenía que vivir. Y con la fuerza de su
último respiro le pidió que lo hiciera, que viviera.
Entonces, la niña besó su frente y comenzó a es
quivar escombros, fuego y humo.
Ocho
Me despierto cansada porque dormí pésimo. Di
cen que cuando uno se cambia de casa las prime
ras tres noches son las peores. Dicen que el cuerpo
no reconoce el entorno y se estresa. Yo creo que
eso es cosa de gatos y que dormí mal por culpa
del espejo. Está como poseído, en serio. O eso pa
rece porque soñé toda la noche con él. No es que
yo sea vidente, al contrario, en general nunca me
acuerdo de mis sueños. Por eso creo que el espejo
tiene algo. No es normal que haya soñado como
cinco veces seguidas con él. Que lo volvía a encon
trar enterrado. Que había réplicas por toda la casa.
Que lo tomaba con unas manos que no eran las
mías. Que los ángeles me miraban y las tres muje
res me llamaban. Y aun así, con todos esos sueños,
nunca vi mi reflejo. No pude. Cada vez que estuve
frente a él lo vi cubierto de gris. Era como ver la
pantalla de un televisor apagado. Negro todo.
Me estiro a lo largo de la cama y ella se mueve
conmigo. Las ruedas no están fijas, así que el piso
de madera no ayuda mucho. El quiltro ya no duer
me a mis pies. Eso significa que deben ser como
las once de la mañana. Lo corroboro cuando tomo
el celular y veo la hora. Me pongo las pantuflas
(que en verdad son calcetines chilotes) y me levan
to. Ahí está el espejo. Es como el Dios de mi mamá:
siento que me mira y eso me perturba. Si mi mamá
no fuera católica, quizás yo no tendría el peso di
vino sobre los hombros, pero ya cagué. Camino
hasta el espejo y veo mi reflejo en él. Por fin tengo
la certeza de que no estoy en un sueño. Eso me cal
ma. Paso los dedos por encima del borde irregular.
Desde abajo hacia arriba. Recorro las mujeres, lle
go a los ángeles. Tienen algo de bonito y macabro
a la vez. Me pregunto si serán ángeles o demonios.
Su gordura y sus alas me dicen que son ángeles; el
gesto en sus caras me dice lo contrario. Parecieran
reírse. O llorar. No sé bien qué es, solo sé que hay
algo raro en sus caras. Quizás el que hizo el espejo
tampoco lo tenía muy claro y por eso quedaron
así. Ni felices ni tristes. Ni buenos ni malos. De
cido que averiguaré de dónde viene el espejo. No
tengo nada mejor que hacer. El flaco sube y sube
fotos veraniegas a Facebook mientras yo ordeno
cajas y muero de calor. Esta será la aventura que
le contaré cuando vuelva de vacaciones. Él dirá
que me pasó en la etapa del Arcania y yo le diré
que me da lo mismo. No me va a creer, se reirá en
mi cara. En ese momento, entonces, le preguntaré
si quiere conocer la historia del espejo encantado.
Y para eso, para tener una historia, tengo que ir a
buscarla. Así que iré a una tienda de antigüedades
para empezar por lo básico: su origen.
No tengo idea sobre anticuarios y me suena la
guata de hambre, así que resuelvo que primero to
maré desayuno y después veré cómo lo hago. Tiro
el cubrecamas hacia delante para que mi mamá
crea que hice la cama y ordeno un poco mi pieza.
Mientras más contenta la deje, menos molestará.
Paso al lado de la ventana y veo el manzano en el
jardín. El quiltro está bajo su sombra. Todavía no
descubro si su fijación con el árbol es porque le
gusta o porque ve algo más. Dicen que los anima
les pueden percibir cosas que uno jamás vería. Yo
me pregunto si ese es el caso del quiltro, aunque
me cuesta creerlo porque él es un volado como yo.
Bajo las escaleras y veo a mis papás ordenando
cosas en el living. Sillones, muebles, cuadros. En
realidad, mi mamá dispone y mi papá ubica: más
a la derecha; no, más a la izquierda. Mi papá me
saluda y mi mamá dice que el desayuno está en
la cocina. Voy para allá y veo el pan tostado y la
palta molida, ennegrecida. Lo sirvo en un plato y
vuelvo al living. Me quedo parada en el umbral y
les pregunto cómo durmieron. Mi mamá no res
ponde, solo dice que no hable con la boca llena.
Mi papá está absorto en el orden. Subo de nuevo a
mi pieza, dejo el plato en el piso y tomo el celular.
Como todavía no tenemos Internet, solo me resta
el 3G para averiguar dónde puedo encontrar una
tienda de antigüedades. Abro el buscador y escri
bo "Antigüedades Ñuñoa", pero me arroja un sin
fín de posibilidades en Providencia. Entonces, leo:
"Hace treinta años que en el edificio Los Pájaros,
el caracol de Avenida Providencia con Bucarest,
reinan las antigüedades. Son cerca de cuarenta lo
cales donde abundan los recuerdos y un solemne
respeto por los objetos antiguos", dice una de las
páginas que encuentro. Iré para allá. Me ducho lo
más rápido que puedo, me visto, tomo el espejo
y lo meto en la mochila. No es tan grande ni tan
pesado, así que me viene perfecto para llevarlo en
el canasto de la bici.
Bajo las escaleras y grito "Chao", pero antes de
que pueda salir, mi mamá vuelve a la vida y me
detiene en la entrada de la casa. Para dónde vas,
me pregunta como diciéndome que en realidad no
iré a ningún lado. A Providencia, le contesto. Por
qué, vuelve a preguntar. (Para mi mamá todo lo
que sea antigüedad vale callampa, así que decido
que no le contaré sobre el espejo. De hecho, me
sorprende que todavía no haya retado a mi papá
por comprar una casa vieja y usada, en vez de una
nueva con quincho y piscina). Quiero ver algunas
cosas para mi pieza, respondo. Podrías ir otro día,
tenemos mucho que hacer en la casa. Antes de que
empecemos a pelear, mi papá se mete y dice que
no es necesario. No me lleves la contra en frente
de la niña, dice mi mamá y a mí me da tirria que
me trate así, como una cabra chica inoperante. Mi
papá le dice que también son mis vacaciones, que
ya me quedé en Santiago y que he ayudado bas
tante en este nuevo proyecto familiar. Yo lo escu
cho hablar y entiendo por qué tengo el complejo
de Electra. Mi mamá asiente como si sufriera es
pasmos en el cuello y me dice que vuelva tempra
no porque a ella no le gusta almorzar tarde. Mi
papá me pasa cinco lucas y dice que si se me hace
tarde, coma algo en Providencia. Ah, genial, sus
pira mi mamá y vuelve al living. Mi papá guiña
el ojo y la sigue. Sé que ahora sí lo retará, pero
no importa, eso es lo que hace mi mamá. Meto la
plata dentro del banano, me subo a la bici y me
voy de la casa.
Santiago está muerto. Andar en bici es como
volar. Pedaleo mientras pienso en lo rara que es
toda esta historia. Pienso, en realidad, si será tan
rara como creo o me estoy puro pasando rollos.
Y en menos de cuatro cuadras me doy cuenta de
que no, no es rollo. Encontrar un espejo enterra
do, soñar con él toda la noche. Esto tiene que ser
por algo. Tiene que haber alguna razón. Yo no
soy una de esas minas esotéricas, pero tampoco
me trago las casualidades. Si lo hiciera, en prime
ra instancia, no estaría sobre la bicicleta camino a
Providencia.
Llego en menos de quince minutos. Dejo la
bici asegurada a un poste que está justo frente
a la galería caracol, tomo la mochila y entro. Sé
que estoy donde esperaba porque hay un letrero
horizontal que va por encima de tres ventanales:
"ANTIGÜEDADES", dice con letras color ocre so
bre fondo negro. Entro y advierto que tengo para
regodearme porque hay un anticuario tras otro en
los tres primeros niveles del edificio. Paseo fren
te a las vitrinas, incapaz de decidir dónde entrar.
Hay todo un mundo aquí dentro: arte religioso,
piezas arqueológicas, candelabros y lámparas de
lágrimas, muebles, cuchillería de plata y tazas de
porcelana. (Ahora entiendo por qué a mi papá le
maravillan tanto las antigüedades).
Camino por el primer piso ( que en realidad es
un subterráneo) y luego subo hasta el segundo.
Ahí hay una tienda que llama mi atención porque
está dedicada exclusivamente a objetos coloniales.
Yo no sé mucho sobre historia del arte, pero intuyo
que esos ángeles obesos fueron otra de las grandes
ideas de los españoles, así que esa época me viene
bien para la investigación. Entro a la tienda con
paso lento, me cuesta moverme porque está atibo
rrada de objetos, grandes y chicos. Cruces, jarros,
muebles, platos, cofres, teteras, llaves, monedas.
Hay olor a viejo. El señor que atiende está sentado
al fondo, limpiando unas cucharas del año de la
pera, como todo lo demás. Está lleno de canas y
barba y arrugas, y pronto pienso que él va de la
mano con el inventario de la tienda. Me mira y
como no me alcanza a ver bien, se pone sus ante
ojos poto de botella. Buenas tardes, señorita, me
dice con tono amable. Hola, cómo está, le respon
do. Muy bien, ¿en qué la puedo ayudar? El vie
jito me da confianza, así que me acerco y le digo
que necesito información acerca de algo que ando
trayendo. Él asiente y hace un ademán para que
muestre el objeto en cuestión. Saco el espejo de la
mochila y lo dejo sobre el mueble de vidrio que
separa al viejo de mí. Él prende una lámpara que
está encima y la trae más cerca de sí junto con el es
pejo. Saca otros anteojos (que parecen binoculares
con lente de microscopio) y empieza a revisar cada
esquina, cada detalle. Sus dedos recorren el borde
irregular, pasa por las mujeres hasta llegar a los
ángeles y ahí se detiene. ¿Dónde lo encontró?, me
pregunta. En el patio de mi casa, contesto. No dice
más, sigue mirando. Lo da vuelta una vez, dos ve
ces. Mmm ... sí. .. Mmm ... extraño ... Veamos ... Se
voltea y abre un mueble de madera. Alcanzo a ver
que está lleno de libros, probablemente igual de
viejos que él. Su dedo índice revisa cada volumen
hasta dar con uno en especial. Lo saca del mueble
y enseguida lo deja sobre el mesón de vidrio. Moja
un dedo, corre una página amarillenta. Moja otro
dedo, corre otra página. Sigue sin decirme nada,
pero no lo molesto.
Finalmente, se queda en una página y me la
muestra. Veo varios espejos dibujados a mano y
cada uno se parece un poco al mío, a excepción de
un detalle. Algo que lo diferencia abismalmente
de esas ilustraciones; algo que, me hace pensar, es
más que un simple dato: los ángeles. Tiene buen
ojo o intuición porque no hay duda de que es un
espejo colonial, me dice el viejo. Probablemente
date del año 1600. Si se fija, señorita, verá que hay
una mezcla entre la geometría del arte indígena y
el barroco del arte español. (Yo asiento como si re
conociera perfectamente qué se le atribuye a qué,
cuando lo único que sé es que los ángeles fueron
imposición de los españoles). En esta época, los
motivos religiosos eran pan de cada día y se usa
ban mucho para evangelizar a los indígenas de
la zona, por eso no es extraño que el espejo esté
coronado por dos ángeles, dice el viejo mientras
me muestra más ilustraciones. Pero estos ánge
les son distintos, le digo, y él afirma, mudo. ¿En
qué lo nota?, me pregunta. Sus caras, contesto.
Los ángeles de su libro están sonriendo, parecen
contentos, en paz; los ángeles de este espejo, en
cambio, tienen otra expresión. El viejo se me acer
ca como temiendo que alguien lo vaya a oír, me
tira su aliento azumagado y agrega: Son ángeles
malditos. Discípulos de la oscuridad, descubier
tos por la luz, que pronto caerán. Intento tragar
saliva, pero tengo la boca seca. Yo no me asusto
fácilmente, de verdad, pero tener a un viejo rodea
do de antigüedades que me habla del diablo con
un aliento pútrido le debe dar miedo a cualquiera.
¿Por qué alguien haría un diseño así?, le pregunto.
Nunca había visto nada igual, es único en su tipo,
me responde; pienso que el espejo representa el
bien y el mal a la vez. ¿Eso significa que su dueño
era bueno y malo?, le pregunto. Él niega. De ser
así, no habría simbolizado nada nuevo, todos tene
mos algo de luz y oscuridad, dice el viejo. No, yo
creo que este espejo representa algo más complejo.
¿Algo como qué?, lo interrogo ya un poco ansiosa.
El viejo no responde al tiro, está buscando las pa
labras precisas. Es un espejo que no fue hecho por
manos expertas, no por lo menos el marco, dice.
Es demasiado rústico para el buen manejo que te
nían los artistas de la época. Y si no fue hecho por
un fabricante de espejos, significa que alguien lo
confeccionó para uso personal o como regalo para
una persona cercana. Alguien cuyo destino aún no
estaba definido. Alguien que podía elevarse hacia
la luz (dice tocando las alas de los ángeles) o su
cumbir ante la oscuridad, dice pasando los dedos
por sus caras macabras.
Espero que pronto me diga algo así como que el
espejo está maldito, que me lo lleve lejos de ahí y
que no vuelva nunca más a su tienda, pero no. Me
hace una buena oferta, la mejor que encontraré,
según él. Le respondo que no, y hago el intento
de tomar el espejo, pero él pone su mano encima
y vuelve a insistir. Entonces me dice lo que antes
esperé: que los indígenas creían que esos espejos
estaban malditos, que los españoles jamás habrían
tenido algo así en su casa, que es un mal augurio,
el peor. Le contesto: Qué suerte la mía porque no
soy española rii indígena ni creyente, sino mestiza
y atea. Tomo el espejo, lo meto en la mochila y me
largo de ahí.
Dejo la mochila en el canasto de la bici y saco el
seguro para empezar a pedalear de nuevo. Miro el
reloj del celular y me doy cuenta de que es casi la
hora de almuerzo. Decido que volveré a la casa: si
vuelvo a almorzar, de seguro le ahorro los gritos
de mi mamá a mi papá. Más tarde iré a un ciber
café para averiguar más sobre la casa. Si el espejo
maldito estaba enterrado ahí, es porque pertenece
a ella. Aprovecharé el almuerzo familiar para mar
car tarjeta y conversar con mi papá. Él debe tener
la escritura, algún dato más preciso sobre el terre
no y asumo que me podrá dar nuevas pistas. Le
prepararé un café (bien cargado como le gusta a él)
cuando mi mamá se vaya a dormir siesta (porque
nunca, jamás, se capea su siesta). Quedará loco con
el café y me contará todo lo que sepa sobre la casa
que acaba de comprar.
Empiezo a pedalear mientras pienso en toda la
información que tengo. Un espejo fabricado por
alguien que no sabía hacer espejos. Un espejo raro,
misterioso, que tiene el bien y el mal dentro de
él. Como todas las personas. Como yo. Un espejo
persona. Pienso que es obvio que haya sido creado
para alguien, pero no para cualquiera. Alguien,
quizás, que no era ambiguo, sino bueno o malo.
Una u otra. Alguien cuyo destino no estaba defini
do aún, como dijo el viejo. Alguien que, cuando se
inclinó por un lado, enterró el otro bajo el manza
no. Como si ocultando el espejo pudiera enterrar
la parte que no quisiera de ella. Y no sé por qué,
entonces, se me viene esa palabra a la cabeza:
"Ella". Una mujer sin rostro. Asumo que la imagen
apareció porque el espejo está entrando en mí. Se
está colando por alguna parte de mi cerebro. Por
eso sueño con él. Por eso estoy obsesionada con él.
Y me asusta un poco, pero no soy de las que dan
vuelta atrás, menos por miedo.
Sigo pedaleando y, de nuevo, en menos de
quince minutos, ya estoy en mi barrio. A medi
da que me acerco, no me gusta lo que veo: humo.
Temo lo peor. Nunca rezo, así que aprieto fuer
te las manos al manubrio y espero que no sea mi
casa. Y si es, espero que mis papás estén bien. Que
no le haya pasado nada a esa guagua que viene en
camino. Que mi quiltro esté ladrando lejos de las
llamas. Pedaleo más rápido para averiguar, de una
vez por todas, de dónde viene el humo. Cuando
estoy lo suficientemente cerca, veo el fuego salir
de mi casa. Los vecinos, la ambulancia afuera.
Los bomberos dentro. Dejo la bici en el suelo y
corro hacia la entrada para ver cómo está mi fa
milia. Siento la adrenalina en cada rinconcito de
mi cuerpo, como cuando fui con el flaco a tirarme
en parapente. Pero este tipo de adrenalina no me
gusta porque detiene el tiempo en una bolsa de
mareo. Corro y mis piernas son dos cordones de
lana. No avanzo, no llego. El quiltro sale a reci
birme, corre hacia mí. Uno menos. Mi mamá me
abraza histérica, tres menos. ¡Qué bueno que te
fuiste! ¡Qué bueno que no estabas!, grita. Llega mi
papá con una cara fatal y me abraza. No dice nada.
Pregunto dónde se produjo el fuego, porque clara
mente no fue en la fachada. Adentro, en tu pieza,
responde él. Fue una suerte que no hubiera nadie
ahí, porque en menos de dos segundos las llamas
se lo comieron todo, me cuenta. Le devuelvo el
abrazo y esperamos a que los bomberos apaguen
el incendio. Después de media hora, las llamas ya
no están. Solo hay una cortina de humo alrededor
de la casa. Recuerdo la imagen del espejo en mi
sueño: cenizas que caen como nieve negra.
Siete
Él se fue y no volvió más. Se fue por culpa de
la niña, pensaba ella. Se fue por mi culpa, decía
la niña. Se fue porque de eso trata la vida: de la
muerte, aseguró la negra. Los criados murmura
ban, hacían conjeturas, hablaban. Decían que la
culpable de la muerte del patrón había sido la mu
jer, al querer asesinar a la niña. Decían que prendió
fuego en el dormitorio de la niña y que, pronto,
toda la casa ardió. Pero la negra, siempre fiel al
dueño de turno, los hacía callar. Y los criados en
mudecían porque ninguno se atrevía a discutir con
la negra. Lo cierto es que, sin importar razones, él
se fue y no volvió más. La muerte lo alcanzó por la
espalda. Lo envolvió en llamas devorando cuerpo
y casa. Con su partida dejó a mujer e hija que, cada
día, acumulaban más distancia entre ellas.
Tres años transcurrieron desde la muerte de su
marido y ella sentía el peso de cien sobre su con
ciencia. En un principio, le fue útil pensar que su

plan era otro, que jamás hubiera querido asesinar
lo. Pero terminar con la vida de él, de esa forma,
significó acabar con la suya. El remordimiento y
la pena se extendían por su cuerpo como un virus
imposible de combatir. Se sentía infeliz, desgracia
da. Maldita como su vientre infértil. La culpa de
todo la tiene esa niña, se repetía a sí misma como
si ese Pl.!nsamiento le ayudara a canalizar la angus
tia. La frase, sin embargo, solo servía para aumen
tar el Odio que se anidaba en ella. El rechazo crecía
Y no existía alguien que no lo viera. Todos los que
ahí viv•an conocían la antipatía que la mujer sentía
por la legítima heredera. La miraba con desdén, la
trataba con desprecio. La culpaba por la muerte de
su marido, por las desgracias de la casa. A veces,
cuando, la negra no estaba cerca para protegerla,
le peg\1ba. Aun así, la niña jamás mostró señal
de ren(:or. No le importaba color o rango social,
actuab., de igual modo con todos los seres que la
rodeaban. La negra decía que la misma naturaleza
conocí.a su corazón, porque hasta los animales y
plantas, parecían más vivos a su lado. Cuando la
mujer escuchaba frases como esas, no podía evi
tar quo la envidia escapara de sus labios. Una vez
la intell"rumpió, le ordenó que no dijera esas cosas
frente -a la niña porque con ello solo alimentaba
su var\idad. ¿Qué es vanidad?, preguntó la niña.
Algo giue tú jamás tendrás, respondió la negra y
la mujer sintió hervir la rabia en cada rincón de su
cuerpo. Rabia porque no era autoridad, porgue los
empleados la desafiaban. Rabia porque una niña
había sido capaz de arrebatarle toda felicidad de
su vida. Ya no más, se prometió a sí misma un día.
Nunca más.
Una noche de lluvia oscura fue hasta el dormi
torio de la negra. La encontró bebiendo uno de los
zumos que antes preparaba para su patrón. Nunca
más hiciste uno de esos, le dijo. Si la dueña quiere,
la negra lo hace, contestó. Siempre tenía respuesta
para todo. Sí, quiero un zumo, aunque no de ese
tipo. La negra alzó su mirada y vio la muerte en
los ojos de la mujer. Quiero saber dónde reside tu
lealtad. Con usted, respondió la negra. La mujer
negó. Eso no es cierto, no te creo. Tú siempre has
querido a esa niña. Incluso antes de su nacimiento,
ya la querías. Mi marido me contó que presagiaste
su llegada. La negra asintió. Vi la luz en el vientre
de la señora, dijo. La mujer imaginó la felicidad
del difunto en ese momento, cuando supo que la
vida llegaría a su casa. Después recordó la tristeza
que sintió cuando vio el desierto en su vientre.
Maldita niña. Maldita.
De qué luz hablas, negra sucia, si esa niña es
la desgracia. Por eso la pudiste vaticinar tú, que
también estás podrida. Por eso la trajiste al mundo
tú, que no tienes Dios ni ley. La negra apuntó a la
mujer con su dedo índice. No tengo Dios, pero sí
ley. La mía propia, de nadie más, afirmó. S( dicen
que tu ley es ser fiel al dueño de este terreno sin
importar quién sea, la desafió la mujer. Hay mu
chos mitos sobre ti, ¿lo sabías? Dicen que eres hija
de esta tierra, que no puedes salir de aquí. Algu
nos incluso aseguran que eres hija del manzano y
que, quien coma de sus frutos, quedará estancado
en este mundo, como tú. Cuentan que naciste vie
ja y por eso nadie conoce tu infancia. Dicen que
estás maldita como la niña y que por eso ambas
se corresponden. Dime, negra, cuál de todos esos
mitos es verdad. Todos y ninguno, contestó. La
negra y sus palabras encriptadas. Entonces, si es
verdad que eres fiel al dueño del terreno, tendrás
que probarme tu lealtad, le dijo. La dueña legítima
es la niña, señaló la negra. Eso no dice la autori
dad, contestó la mujer. Si quieres continuar en esta
tierra, prueba que eres fiel a mí; de lo contrario,
yo misma te echaré. Te respeto, pero no tiemblo
ante nadie. La negra vio la voluntad de la mujer,
la escuchó, la sintió. Qué quiere que haga, díga
me, señora. Quiero que envenenes a la niña. Le
dijo que era el origen de todos sus males, que le
recordaba lo que pudo haber sido y no fue. Que
no soportaba estar cerca de ella. La negra respon
dió que le daría lo que estaba pidiendo, pero que
sería bajo sus condiciones: primero, le entregaría la
mezcla en la próxima luna llena; segundo, debería
ser ella quien diera de beber el zumo a la niña. La
mujer asintió, conforme, y le advirtió: No intentes
dilatar un momento que debe llegar, negra. Fue
la primera y última amenaza que recibiría de ella.
La próxima noche de luna llena llegaría dentro
de una semana. Eso le daba tiempo a la negra para
preparar el veneno y a la mujer para acercarse a
la niña. Si quería darle de beber el zumo, debía
estar lo suficientemente cerca como para que to
mara algo que viniera de ella. La niña ya tenía diez
años, no podría engañarla como antes. No podía
llegar y ofrecerle amablemente el zumo, porque
no le creería. Vería dentro de sus ojos la cólera que
desencadenaba su sola presencia. Los criados tam
poco eran ingenuos: sospecharían de ella apenas
la vieran acercarse a la niña. Por eso, el plazo de
la negra le confería tiempo suficiente para hacer
aquello que la primera vez olvidó: un plan. Su
primer intento resultó fallido porque no razonó.
Permitió que un arrebato se apoderara de ella. El
odio que sentía contra la niña se desbordó y no la
dejó prever consecuencia alguna. Había perdido la
oportunidad de ser feliz, de vivir en paz. En esta
ocasión sería cuidadosa. No dejaría huellas de su
implicancia en la muerte de la niña.
Tres noches antes de la luna llena volvió al dor
mitorio de la negra. Salió de la casona por una
puerta lateral para que sus pasos no resonaran en
el interior. Caminó bajo el manto oscuro y frío de
la noche santiaguina en invierno, con la sola com
pañía de una vela. La lluvia era lo único que se
escuchaba. Entró de vuelta a la casa por la puerta
de la cocina y, para su sorpresa, ahí encontró a la
negra. Estaba con una mano en la cintura y otra
en el bolsillo, apoyada sobre la pared. Aunque no
quisiera reconocerlo, esa mujer le inspiraba terror.
La negra era todo lo que ella no conocía, no sabía.
Su pasado, su futuro. La negra era poder genuino,
algo que ella no imaginaba tener jamás. Ya sé lo
que quiere ahora la señora, le dijo. Y será como
usted quiere. Cómo no le iba a inspirar temor la
negra, si podía ver a través de ella. La negra era
igual al espejo que le había entregado cuando lle
gó a la casona: le mostraba aquello que no quería
ver. ¿Puedo estar segura?, le preguntó severa para
que no advirtiera su inquietud. Mañana al medio
día todos caerán enfermos, señora, incluso usted.
La mujer asintió y abandonó la cocina tan rápido
como pudo.
Fue como dijo que sería. A las doce del día si
guiente todos los habitantes de la casa ya estaban
enfermos. Unos tuvieron vómitos; otros, fiebre.
La mujer y la niña tuvieron ambos. La negra, nada.
Ninguno cuestionó su inmunidad; para ellos, era
evidente que la negra tenía un pacto con fuer
zas que le cuidaban la espalda. La mujer hizo un
verdadero teatro: no se levantó hasta la mañana
siguiente, aunque se preocupó de que todos la vie
ran decaída. Se le vio, incluso, dando de comer a
la niña. Pronto comenzó a correr el rumor de que
el difunto patrón había mandado una plaga con
el fin de acercar a la mujer con su niña. Funcionó,
aseguraban, la patrona ha cambiado. Solo la negra
conocía sus verdaderas intenciones.
Cuando finalmente llegó la luna llena, la mitad
de los enfermos había mejorado y la otra, empeo
rado. Dentro de la segunda mitad se encontraba la
niña, cuyas altas temperaturas apenas la dejaban
dormir. Esa noche, solo la mujer y la negra estaban
dentro del dormitorio. Había ordenado que tras
ladaran a la niña hasta su habitación con la excusa
de que era más amplia e iluminada, pero la ver
dad era que quería asegurar una privacidad abso
luta. La niña gemía sobre la cama, alucinaba por
la fiebre. Llegó el momento, le dijo la mujer. Los
empleados sanos ya habían terminado su jornada
laboral y los que aún continuaban enfermos tam
poco saldrían de sus habitaciones. Su plan había
sido urdido y realizado con delicadeza: ese era el
minuto para actuar y nadie, nunca, sospecharía de
ella. No podrían culparla por la muerte de la niña
si días antes toda la casa cayó en fiebre y dolor.
La negra hurgó entre los pliegues de su delantal y
de ahí extrajo una botella pequeña y transparente.
Dentro de ella se podía ver un líquido púrpura con
reflejos verdes, de aspecto viscoso. Se lo entregó
en la mano a la mujer. Yo cumplí mi parte, ahora
le toca a usted. Ella sabía a qué se refería. La negra
no mataría a la niña; en el fondo, era fiel a ella.
Siempre lo había sido. Si quería envenenarla debía
hacerlo sola.
La mujer vio a la negra salir del dormitorio y
perderse en los pasillos laberínticos de la casona
hasta quedar sola con la niña. Caminó hasta el es
pejo, que estaba colgado en una de las murallas de
adobe. Miró en él su reflejo demacrado. Irradiaba
muerte. Los surcos atravesaban sus mejillas, ojos
y boca. Estaba vieja, cansada y llena de amargura.
Apretó con fuerza el frasco entre sus manos y se
sentó al borde de la cama. Observó a la niña. Es
taba pálida y sudaba como nunca antes lo había
hecho. Sus labios, sin embargo, seguían rojos como
la sangre; su pelo, negro como el ébano. Incluso
con la enfermedad dentro de su cuerpo, la niña se
guía siendo hermosa. Irradiaba vida. Tú fuiste mi
perdición, murmuró. Ahora yo seré la tuya. Quitó
el corcho que tapaba la botella, la mano ni siquie
ra titubeó. Estaba segura de su decisión. Sería lo
mejor para ella, para la casa completa. Sería mejor,
incluso, para la niña. Un pequeño brote de rabia la
invadió al imaginarla en compañía de sus padres.
Todos muertos y reunidos. Todos contentos y en
paz. Pronto acabó: nadie que muriera en manos de
la negra podría tener un final feliz. Sonrió. Abrió la
boca de la niña con una mano y con la otra vertió
el zumo. La niña bebió hasta la última gota. Está
hecho, dijo la mujer. Ahora solo quedaba esperar.
No fue mucho el tiempo que pasó para que la
mujer notara las consecuencias. El zumo prepara
do por la negra comenzó a hacer efecto durante
la noche y, para la mañana del día siguiente, la
piel de la niña ya no era blanca, sino amarilla. Pul
mones e hígado parecían estar totalmente daña
dos. Los criados murmuraban que el diablo había
llegado a la casa para no irse jamás: El diablo se
llevó al patrón, el diablo se llevará a la niña. La
mujer sabía que se referían a ella. La mujer era el
diablo. No la querían y la culpaban por la trage
dia de su marido. Con respecto a la niña, sin em
bargo, no podrían decir lo mismo. La enfermedad
se apoderó de todos los habitantes de la casona: a
algunos los dejó ir; otros se irían con ella. Solo las
supersticiones estaban en su contra. Acuellos que
creían ver en ella al mismo demonio de confiarían
siempre, sin razón alguna. Pero, en e te caso, la
lógica estaba de su lado. La niña enfermó como
todos los demás y había empeorado, ¿cómo podía
eso ser su culpa? El plan urdido le quitaba cual
quier responsabilidad, lo sabía.
Así estuvo durante una semana: serena y en
calma, aunque demostrando preocupación por el
estado de salud de la niña. No obstante, la impa
ciencia no tardó en llegar. La piel de la niña no
cambió su tono amarillento y, a su vez, seguía ale
targada y con mal aspecto. Sin embargo, por más
que el tiempo pasaba, la niña no falleoa. La mujer
se veía esperar por una muerte que, al parecer, no
llegaría jamás. Y eso la turbaba, la exasperaba. La
niña parecía ser inmortal, como una diosa, mien
tras ella representaba todo lo contrario. Ella, la
bruja que envejece. Ella, la bruja que siempre va
contra el tiempo. Ella, la bruja malvado con la sola
compañía de un espejo.
Cuando cayó la noche, se reunió con la negra a
los pies del manzano. Me engañaste, yo sabía que
tu lealtad estaba al lado de esa niña. La negra lo
negó. Yo hice lo que usted mandó, 1(1' respondió.
¿ Con qué cumpliste tú, negra sucia, si esa maldita
niña sigue aferrada a la vida? Usted pidió que la
envenenara y eso fue lo que hice. La mujer sintió
la sangre bullir dentro de su cuerpo. Esa esclava
mediocre, tocada por el mismo diablo, jugó con
ella. Negra tramposa, le dijo con los labios resecos
de ira. Negra ruin. Pagarás caro tu traición. Usted
no hará nada contra mí, la interrumpió la negra.
Yo sé que no, usted sabe que no. Las promesas no
deben romperse, señora, porque la oscuridad ace
cha a los de corazón desleal y se los lleva a su lado
para no dejarlos jamás, sentenció. Es por eso que
tú estás ahí, negra, porque no eres fiel ni contigo
misma. Te ordené que la envenenaras para matar
la, no para que sintiera la necesidad de luchar por
su vida. Ahora esa mocosa despertará más fuerte
que antes y yo me hundiré más rápido en el barro.
Pero eso tú ya lo sabías, ¿cierto? Eso es lo que tú
esperas, por lo que tú rezas. La negra lo volvió a
negar. Yo no rezo, señora. La niña fue envenenada
como usted lo pidió. Si no le gustó lo que suce
dió, la próxima vez deberá ser más clara. Como
usted dice, la negra es sucia, tonta y esclava; si no
le explican, la negra no entiende. La mujer apretó
ambas manos en puño. Quería azotarla, pegarle
con sus propias fuerzas. Pero no podía. Ella y la
negra lo sabían. El temor a sus conjuros era mayor
al deseo de venganza. No habrá próxima vez. Yo
me haré cargo. Esa niña morirá, aseguró.
¿No lo entiende?, preguntó la negra luego del
silencio. La niña es luz. Cuando usted llegó a esta
casa, perdida y sin memoria, también era luz. Pero
a medida que una crece, la otra se apaga. La poca
luz que aún habita en usted se desvanece a medida
que hablamos. Ahora la niña es la vida y usted es
la muerte. Entonces, la muerte se llevará a la vida,
contestó la mujer. Todavía no comprende, señora,
que así como usted se dice y se piensa maldita,
la niña se dice y se piensa bendecida. La niña no
puede morir. La niña no morirá, aseguró la negra.
Encontraré otro medio para deshacerme de ella.
No hay espacio para las dos en este mundo. Una
de las dos debe dejarlo. Y no seré yo.
La mujer le dio su espalda y volvió a la casona.
Atrás, en la penumbra, quedó la sombra del
manzano que se fundía con la negra.
Seis
Mi mamá abraza a mi papá y llora. El quiltro se
me acurruca a los pies; se nota que tiene miedo.
Y cómo no, si el humo tiñó el cielo de negro. Me
agacho y le hago cariño en el lomo. Llegan dos
bomberos a hablar con nosotros (en realidad con
mi papá, porque a mi mamá la tratan como emba
razada vulnerable y a mí no me pescan). Ya está
todo bajo control, le dicen. Mi papá suelta a mi
mamá ( que se queda abrazándose a sí misma con
cara de trauma) y le da un apretón de mano al
bombero. Muchas gracias, de verdad, le contesta.
El bombero asiente, orgulloso. Pudimos corrobo
rar que el fuego empezó en el segundo piso, en
la última pieza del pasillo para ser preciso, aun
que todavía no averiguamos qué lo provocó, dice.
El otro bombero que está más atrás, se acerca. Lo
más probable, en todo caso, es que haya sido un
problema eléctrico, añade sediento de protagonis
mo. Estas casas viejas siempre generan ese tipo de
inconvenientes, así que le recomiendo invertir en
una buena remodelación, concluye. Genial, dice
mi mamá. Mira con odio a mi papá y se va al inte
rior de la casa.
Mi papá, el quiltro y yo, sin embargo, seguirnos
anclados frente a la reja de la entrada. Escucho
que mi papá da un suspiro larguísimo, lleno de
tedio. Sabe que se le viene una pelea horrible con
mi mamá. Que para qué compra una casa antigua,
que se está viniendo abajo. Que ahora deberán pe
dir otro crédito y que gastarán todos sus ahorros.
Que eso de comprar cosas añejas e invertir es cosa
de emprendedores ricos, no de clase media. Veo ve
nir todo eso y le doy una palmada en la espalda.
Quizás tu mamá tiene razón, debería haber com
prado una casa más fácil. Niego con la cabeza. Esta
es nuestra casa, lo supimos desde que la vimos, le
digo. Vamos a salir de esta corno siempre lo hace
rnos. Además, ¿quién dijo que tener casa propia era
fácil, ah? Él sonríe. Vas a tener que dormir en otra
pieza hasta que rernodelernos la tuya, me explica.
Encojo los hombros, para demostrarle que no hay
problema. Él pone su mano en mi mejilla. Ojalá tu
mamá fuera tan condescendiente corno tú, conclu
ye. No tengo idea qué significa esa palabra, pero
asumo que es algo así corno relajado o buena onda
porque mi mamá es todo lo contrario. Ahora yo le
sonrío de vuelta y le hago una seña para que en
tremos a almorzar. Recién me doy cuenta de que
van a ser las tres de la tarde y muero de hambre.
Mi mamá está en el living, celular en mano. Cuan
do entrarnos, corta el teléfono. Pedí comida china,
le dice a mi papá con una ceja arqueada. A mí no
me habla. Cuando mi mamá está enojada hace dos
cosas: deja de hablarme y pide comida a los chinos
de la esquina. Y esas dos cosas las hace por un solo
motivo: sabe que molestan a mi papá. Sabe que le
carga que me meta en sus peleas matrimoniales y
sabe que detesta el aliño de la comida china. Pero
aun así, lo hace. Y siempre logra sacarlo de quicio.
Así que, antes de que empiecen los gritos, subo al
segundo piso y huyo de ellos. (En realidad, de ella).
Arriba hay más olor a humo que abajo y pron
to comienzo a carraspear. Trato de hacerlo lo más
despacio posible porque, si no, de seguro me obli
gan a quedarme en el primer piso y sé que no
quiero estar ahí. No tengo ninguna intención de
ser testigo de la guerra mundial ochornil. Camino
por el pasillo y siento corno si el calor del verano
y del fuego me comieran por dentro. Me gusta
ría tener aire acondicionado y que se propagara
rápidamente por toda la casa, pero no lo tengo,
así que me conformo con entrar al baño y mojar
me la nuca. Veo mi reflejo en el espejo y entonces
me cae la teja de verdad: es obvio que el incendio
no fue porque la casa tiene los cables muy viejos.
No, lo que provocó el fuego no fue la electricidad, fue
algo más. Algo que sé (lo intuyo) es propio de esta
casa. O del terreno. O del espejo. O de todos juntos.
Vuelvo al pasillo y entro a mi pieza (a lo que
queda de ella). Está entera negra, tal como que
da el cubrecamas blanco cuando el quiltro se sube
a él después de jugar en la tierra. Hay cenizas y
escombros, aunque no muchos. Camino con paso
lento porque sé que mi mamá haría otro escánda
lo si me viera aquí dentro; creería que el suelo se
podría partir en dos para caer y terminar muerta
en el primer piso. Ella es así de alarmista. Miro por
la ventana, que ya no tiene borde ni vidrio, y veo
el manzano. Parece mover sus ramas al compás
del viento, pero sé que eso es imposible porque
es febrero, estamos en Santiago y con suerte hay
aire para respirar. Ese árbol es diferente a cual
quiera que haya visto antes. Más que tener vida
propia, es como si tuviera una vida dentro de la
suya. Como si se hubiera comido a alguien y esa
persona lo moviera desde dentro. Me intriga, me
produce curiosidad y, al mismo tiempo, me da
miedo. Igual que el espejo.
La tos se me escapa, no puedo evitarlo. Giro
para salir de la pieza y, cuando paso frente a la mu
ralla donde colgué el espejo la noche anterior, ad
vierto que hay algo distinto. En comparación con el
resto del dormitorio, ese espacio está más ennegre
cido. Pareciera como si alguien hubiera prendido
fuego justo en el lugar donde puse el espejo porque
hasta su forma ovalada quedó impregnada en el
muro. Me acerco, levanto la mano con la intención
de tocar la muralla, pero me detengo. Sé que estoy
frunciendo el ceño. Vuelvo a levantar la mano y,
esta vez, la apoyo sobre el muro ennegrecido. La
imagen de una mujer se me viene a la mente, como
el flash de una fotografía. Tiene una mirada oscura
que se pierde en su piel, del mismo color. La nariz
aguileña, los dientes amarillos. Quizás me debie
ra dar susto tocar una muralla y que aparezca la
imagen de esa mujer, pero de algún modo me sien
to familiarizada con ella. No le temo, me produce
curiosidad, como el espejo. Imagino que algo raro
pasó en esa casa y que, por algún motivo que des
conozco, esa mujer se está comunicando conmigo
a través del espejo. Lo intuyo porque, después de
todas las películas que he visto, me parece lo más
lógico. La historia tiene todos los ingredientes: el
misterio del espejo, la mujer que se comunica con
migo. Yo sería algo así como la médium. Y si ese es
mi papel en toda esta locura, entonces voy a inter
pretarlo de la mejor manera. Llegaré hasta el fondo.
Descubriré quién es esa mujer y qué relación tiene
con el espejo.
La comida china llega pronto porque es Ñuñoa
y está lleno de esos locales con despacho a domi
cilio en media hora. Mi mamá decide almorzar
sola en la pieza. Mi papá cree que es porque sigue
enojada, pero yo sé que es porque quiere ver la
teleserie. Nosotros dos y el quiltro nos vamos a la
terraza, tiramos unos cojines al suelo y nos sen
tamos sobre ellos. Mi papá come arrollados pri
mavera (que es lo único que tolera) y yo devoro
los tallarines veganos (que son lejos los mejores).
Con la boca llena (como si pudiera molestar a mi
mamá desde lejos porque sé que a mi papá le da
lo mismo), le pregunto qué sabe sobre el origen
de la casa. Él me mira con curiosidad, aunque no
hace preguntas sino que se limita a contestar. Solo
sé que fue construida en 1948, dice. No tengo idea
quién la construyó o quiénes fueron los primeros
en vivir aquí. Le contesto que de seguro el que
construyó la casa no fue el primero en habitar el
terreno. Él no me pregunta por qué; la respuesta
es evidente: alguien más debe haber ocupado esa
tierra antes de 1948. Y yo sé quién. Fue esa mujer.
Converso tonteras con mi papá para matar el
tiempo del almuerzo. No le quiero contar lo que
sé, lo que me pasa, porque esta es mi historia y no
quiero compartirla con nadie, ni siquiera con él. El
quiltro se echa entre los dos, le gusta ser el centro
de mesa. Mi mamá dice que lo tengo malacostum
brado, que lo he criado mal porque es un perro
que no tiene hábitos. Yo pienso que los animales
no debieran tener hábitos, sino libertad. Y yo vivo
mi libertad a través del quiltro. Desde que tengo
recuerdos que me siento así, amarrada. Todas las
cadenas me las puso mi mamá; mi papá tiene la lla
ve y, a veces, cuando puede, me libera. Él se parece
un poco más a mí (o yo a él); tiene la piel pálida y
el pelo negro; le gusta jugar con el quiltro y las an
tigüedades. Mi mamá, en cambio, podría perfecta
mente ser mi madrastra no solo porque físicamente
somos todo lo contrario, sino además porque su
personalidad es totalmente opuesta a la mía.
Cuando era niña, niña chica, pensaba que era
adoptada. Muchos niños piensan lo mismo. El fla
co, por ejemplo, me contó una vez que su hermano
mayor lo molestaba asegurándole que lo habían
encontrado a las orillas del río Mapocho: yo, que
en ese entonces estaba obligada a leer la Biblia,
le decía que, de ser así, no era tan malo porque
a Moisés también lo habían recogido de un río y
terminó siendo el salvador de todo un pueblo. El
flaco, que en ese entonces era ateo, se convirtió al
catolicismo, aunque le duró hasta que confirmó
que no era adoptado ni similar a Moisés.
Mi sensación, sin embargo, era diferente. Yo no
tenía hermanos que me inventaran historias de
encuentros y adopciones; lo mío era una prueba
empírica, real: no había posibilidad de que hubie
se nacido de alguien a quien me parecía tan poco.
En realidad, no me parezco en nada. Ella es rubia;
yo morena. Ella es histérica; yo relajada. Ella se
alarma; yo me detengo y pienso. Ella controla; yo
delego. Cuando miro los ojos de mi papá, algo mío
encuentro en ellos. Poco, pero algo. Cuando miro
los ojos de mi mamá, solo veo vacío. Ella siempre
ha sido una persona ajena a mí, a mi mundo de
quiltros y vaguedades. A veces, cuando la veo ha
blándole a su guata de embarazada, me pregunto
si algún día habrá conversado así conmigo. Me
pregunto si habrá esperado por mí, como espera
por el niño o la niña que viene en camino, y mi
respuesta es siempre la misma: no. En ocasiones,
cuando soy más blanda conmigo misma, la res
puesta es: probablemente no. Aunque en el fondo,
sé que no me esperó así. Sé que no me quiso ni
nunca me ha querido así. Lo veo en sus actitudes,
en su tono de voz. Lo veo en la lástima que le ins
piro a mi papá y en el amor incondicional que me
entrega el quiltro, como si supiera que soy una
desarraigada y quisiera hacerme sentir mejor. Qui
zás el motivo es que no le costó tenerme. Ella me
contó que se quedó embarazada mientras pololea
ba con mi papá, así que seguramente soy para ella
una hija impuesta. Algo que no pidió, pero llegó y
aceptó porque es católica.
Mi papá toma otro arrollado, lo masca y se le
cae el relleno dentro del pocillo de soya, salpican
do todo alrededor. Él sonríe y yo también. A él le
da lo mismo mancharse, no se queja por tonteras.
Es simple y alegre. Si mi mamá hubiese estado
aquí, la situación sería diferente. Habría empeza
do a alegar que la camisa era nueva, que cómo no
sabe comer un simple arrollado primavera. Ya no
usa la palabra "roto", porque escuchó que era de
rotos decirla, pero lo cierto es que lo piensa. Mi
mamá siempre ha encontrado que mi papá es poca
cosa, un hombre de clase media esforzado cuyo
sueldo no es suficiente para tener una casa con pis
cina y una hija bien vestida en un colegio ABCl. Si
no hubiera sido por mí, de seguro mi mamá habría
terminado con mi papá y se habría conseguido un
abogado, no un psicólogo. A veces, cuando pelean
( cuando ella pelea con él, porque a él no le gus
ta gritar ni discutir), le dice que es un mediocre;
que por eso es psicólogo porque no le dio el mate
para estudiar medicina, una carrera de verdad.
Él podría responderle que por lo menos se deci
dió a estudiar algo y que gracias a eso vivimos,
pero nunca le contesta. Le dice ya, bueno, sí, claro,
como si no le importara, aunque en el fondo, hasta
el quiltro sabe que le duele. Quizás él sería feliz si
mi mamá no se hubiese quedado embarazada de
mí porque así habría encontrado a una mujer que
lo quisiera de verdad y no estaría con alguien por
pura resignación. Pero ya es demasiado tarde.
Termino de almorzar con un gusto amargo en
la boca. Limpio los platos mientras mi papá orde
na la casa. Mi mamá, a esas alturas, duerme siesta.
El quiltro hace lo mismo para capear el calor. A mí
casi se me olvida todo el asunto del espejo. Siento
el peso de cien días en uno solo. Estoy cansada
como hace tiempo no lo estaba y estoy segura de
que no es por la mudanza ni el incendio. Subo las
escaleras a rastras, como no le gusta a mi mamá.
Recorro las piezas restantes para ver en cuál dor
miré esa noche, ya que la mía es un vacío ennegre
cido con olor a humo. No quiero dormir lejos del
manzano. Por algún motivo, ese árbol es mi cable
a tierra en esta casa, como si viéndolo o teniéndolo
cerca tuviera las raíces que nunca he tenido. Sin
embargo, no hay mucho que pueda hacer porque
la única pieza desde donde se ve el manzano es la
mía. Decido quedarme en la que está más lejos de
mis papás, que es chica y acogedora. Mi papá puso
el sofá cama de color mostaza que mi mamá quería
botar porque lo encuentra viejo y ordinario, pero
mi papá se lo prohibió. Le dijo que había estado en
su familia toda la vida, que todavía se podía usar y
que no tenía plata para comprar uno nuevo. Hubo
una pelea por eso, pero yo me fui y no alcancé a
escuchar qué se dijeron esa vez. Mejor así.
Abro el sofá hasta dejarlo como cama y dejo en
cima mi mochila. Dentro de ella, está el espejo. No
quiero verlo, no por ahora. Tengo la sensación de
que el incendio lo produjo la mujer de ojos oscuros
que habita en él, o en la casa, o en mí. Sé que de
algún modo esa mujer está ligada al espejo, aun
que no sé cómo ni por qué. Y a pesar de que quiero
descubrirlo porque me mata la curiosidad, al mis
mo tiempo me pregunto si será bueno que lo haga,
si con ello vendrán cosas positivas o negativas. Mi
mamá diría que dejara todo como está, que no me
meta en problemas. Mi papá diría que una vida sin
verdad no es vida. El quiltro, si pudiera hablar, me
pediría que le cuente todos los detalles porque es
igual de curioso que yo. El flaco respira a través
del Play y no tiene cabeza para nada más. Y yo ...
¿ qué digo yo?
Abro el bolso y saco el espejo. Veo a las mujeres,
a los ángeles, alados y macabros. Alguien cuyo des
tino aún no está decidido, dijo el viejo anticuario.
Alguien que puede ascender a la luz o caer a la
oscuridad. Qué vaguedad. ¿ Quién no es así? Todas
las personas que he conocido llevan luz y oscuri
dad dentro. Entonces, ¿qué tuvo de especial esta
mujer de ojos oscuros que le fue necesario un es
pejo para representar su dualidad? Decido quema
ñana seguiré averiguando sobre la historia de esa
casa, ese terreno y ese espejo, pero ahora solo quie
ro dormir. Quiero acostarme sobre el sofá cama
dormir y despertarme en la noche a comer un pan
con palta para después volver a dormir. Estoy can
sada y por algún motivo, tengo pena. No me gusta
sentir pena. Siempre la he sentido ajena a mí.
Vuelvo a soñar con el espejo y la mujer de ojos
negros. Esta vez, no hay nieve negra ni manzanas
que se transforman en coágulos. El sueño de esta
noche no me habla en metáforas, al contrario, me
pinta un cuadro realista, aunque difuminado en sus bordes. La casa donde vivo no está, no existe. En
cambio, una construcción de adobe y tejas color ladrillo está frente al manzano. Por una de las
puertas dobles sale una mujer con falda ancha y café oscura, como sus ojos. Lleva una blusa que
antes debió haber sido blanca, aunque ahora es crema y alrededor de la cintura usa un paño como
cinturón. Esta es la mujer que vino a mi mente como un flash, pero ahora la veo de cuerpo entero,
caminando por el terreno que yo camino, saliendo de una casa que yo no conozco. Se dirige hacia el
manzano a paso lento, nada la apura ni la detiene. Ella es una con esa tierra, que ahora es mía. La
mujer apoya una mano en el tronco del manzano y murmura algo que no logro escudhar.
Entonces, aparece corriendo una niña. Es diferente a ella. Tiene la piel blanca como la nieve, los ojos
negros como la madera del ébano y los labios rojos como la sangre. Se parece a mí, pero no soy yo.
La niña lleva un vestido celeste vaporoso y runa trenza larga atraviesa su espalda. Es linda y
dulce,como sacada de un cuento de hadas. Se detierne al lado de la mujer y toma su mano. La mujer
fij.a su mirada en ella, así que veo cómo las dos se miran como si fueran una sola persona y, al
mismo tiempo, dos diferentes. No es su madre y tampoco lo parece, pero aun así tienen una conexión
que no logro entender. Es un vínculo similar al que tiene el blanco con el negro, el agua con el aceite
o la vida con la muerte.
Apenas pienso en eso, todo se revuelve. El esueño, claro y vívido, desaparece para dar paso a las
escenas metafóricas de ocasiones anteriores. La negra y la niña caen tomadas de la mano e:rn un
remolino de hojas, ramas y manzanas. Se alejan,se alejan, hasta que veo el espejo y mis manos en
su borde. Ahora soy yo quien está frente al manzano, siempre con el espejo a mi lado, como si fuera
mío y no de esa mujer. Entonces, veo que el árbol ya no tiene manzanas, sino unas ramas con hojas
largas y ovaladas. Algunas tienen flores de forma acampanada y de un tono púrpura. Si me
muevo,veo en ellas reflejos verdosos aunque su olor no lo siento. Me llama la atención, en especial,
su fruto:
unas bayas de color negro. Gritan mi nombre, me atraen como el huso atrajo a la princesa durmiente,
así que acerco mis manos y toco una de ellas.
Un dolor agudo recorre todo mi cuerpo en un solo escalofrío. Siento la boca, los ojos y la nariz secos.
Caigo a los pies del manzano y comienzo a vomitar. De mi boca salen manzanas podridas. La
sensación es tan vívida que las imágenes surrealistas no me apartan de la realidad.
Esta noche me siento más en un recuerdo que en un sueño.
Cinco
El odio se propaga con facilidad, pensó la mujer mientras veía a la niña cuidar el jardín. Podaba los
ñuños que usaría como decoración en el interior de la casona y los dejaba dentro de un canasto de
mimbre que urdió la negra. Detuvo su mirada en el canasto y advirtió que era una analogía perfecta
de la relación que tenía la niña con la negra: la primera era la materia; la segunda, la urdimbre.
El odio no acaba ni siquiera con la muerte, pensó la mujer. Sin embargo, aunque tenía la certeza de
que su resentimiento por la niña continuaría después de que muriera, veía en esa posibilidad un
atisbo de paz. Conocería la tranquilidad cuando no tuviera que escuchar su voz de niña
convirtiéndose en mujer; cuando no tuviera que ver su pelo oscuro brillar bajo el sol y la luna; cuando
no tuviera que oler los ñuños que cortaba para decorar la casa de su padre. No quería más la
presencia de la niña en su vida porque cada día que pasaba, el odio se acrecentaba junto con su
vejez. Así,mientras la niña se convertía en mujer y ganaba vida, ella se convertía en anciana y se
acercaba a la muerte. La vida y la muerte viviendo juntas, una odiando a la otra, y la otra sin hacer
caso del odio.
Años atrás, la negra le dijo que ella era la muerte y la niña, la vida; lo cierto es que ella no represen
taba ninguna pieza en ese tablero. La verdad era otra: la niña era la vida, la negra era la muerte y
ambas jugaban como iguales sobre el tablero.
Ella, en cambio, era un ser inferior. No inspiraba respeto ni admiración, ni siquiera envidia como
cuando era joven y su piel era tan firme como la cáscara de una manzana. Lo único que provocaba
en sus criados era temor. Se había convertido en la madrasta descariñada; en la mujer dura y fría que
nadie se atreve a mirar. Solo la negra y la niña pasaban a su lado con el mentón erguido y los ojos
abiertos mientras los demás agachaban cabeza y párpados. No sabía cómo lo había logrado, pero la
negra era respetada por todos, sin importar raza o clase.
La niña cumplió los doce años apenas un par de meses atrás. Era una edad bonita para morir.
La mujer pensó que incluso para eso tenía gracia.
Maldita niña que ni siquiera en su muerte podía conocer las tinieblas. Había personas que tenían un
cordón umbilical con la luz; otras, con la oscuridad. A ella le hubiese gustado pertenecer al primer
grupo, pero ese espacio ya había sido ocupado por la niña y donde estaba la niña, estaba su
ausencia.
Así, mientras a ella le gustaba azotar a sus esclavos, a la niña le gustaba curarlos; mientras ella se
refugiaba en la soledad de la noche, la niña disfrutaba la compañía del sol. La niña le quitó cualquier
posibilidad de ser feliz. Ahora, le tocaba perder.
Llevaba semanas urdiendo su plan para que todo resultara como lo había pensado. Esta vez,no
dejaría espacios para errores y, por lo mismo,la negra no podía enterarse del método que usaría. Ya
conocía perfectamente sus intenciones, pero jamás permitiría que averiguara cómo llevaría a cabo el
asesinato de la niña. Si la negra la descubría, estaba segura de que impediría la muerte de la vida. Y
la vida necesitaba morir.
Hacía tiempo que había conseguido cultivar una planta nativa de Europa, pero con posibilidad de
crecimiento en Chile. Algunos la llamaban belladona; otros, cereza del diablo. Le gustaba, sobre todo,
por la ambigüedad del nombre. A la niña correspondía la belleza; a ella le pertenecía el veneno negro
que utiliza la oscuridad. La niña moriría de la mano del diablo, pero, al mismo tiempo, con la
hermosura que siempre la había caracterizado.
Miró su rostro en el espejo cuando pensó en esa conclusión. Ya había dejado de contar las líneas que
lo cruzaban, ahora se enfocaba en los cabellos blancos que nacían cada vez más cercanos el uno del
otro. Quizás, cuando la niña muriera, dejaría de mirar su reflejo en el espejo. Quedaría tranquila ante
la imposibilidad de que la vida siguiera corriendo tras de ella, queriendo alcanzar algo que no tiene
alcance.
Decidió que haría la mezcla la última noche de otoño. Años atrás escuchó a la negra decir que el
otoño simbolizaba limpieza y transformación: así como caían las hojas de los árboles, el ser humano
también aprendía a dejar atrás aquello que no le sirve para recibir la primavera de forma ligera y
renovada. Era precisamente eso lo que ella quería lograr. Ya no más cargas, culpas,
arrepentimientos. No más dudas, segundas oportunidades. Había llegado el momento de actuar, de
hacer lo que siempre quiso, pero que nunca le resultó. Esta vez, nadie ayudaría a la niña. Esta vez,
su hijastra caería en un sueño eterno.
Era una noche sin luna y, afuera, las fauces del lobo aguardaban por ella. Esperó que la casa
completa durmiera para prender la vela que iluminaría su camino por el jardín. Dejó caer la cera
derretida dentro del candelabro y luego apretó con firmeza la base de la vela sobre él. Cuando estuvo
lo suficientemente estable, giró despacio la manilla,aunque no pudo evitar que la puerta crujiera.
Sabía que la niña no despertaría; su preocupación era la negra: no quería que la viera ni mucho
menos que se enterara del plan que durante tanto tiempo fraguó. Sin embargo, ningún otro sonido le
respondió. Al parecer, nadie despertó. Con la mano derecha alzó el candelabro a la altura de su
pecho mientras con la izquierda hacía un escudo para que la llama no se apagara. Caminó hasta la
puerta de salida más cercana, la abrió suavemente y salió.
El frío de la noche la recibió. El viento corría,pero no lo suficiente como para que el fuego cediera,
aunque sí para colarse entre los pliegues de su vestido, largo y vaporoso. Apretó los dientes y fue
hacia el fondo del jardín, donde había plantado la cereza del diablo. Estaba en el rincón más húmedo
y lúgubre que encontró, lugares que la niña 11i la negra jamás visitaban. No fue necesario contar con
mucha luz para ver la planta que casi alcanzaba el metro de altura. Se arrodilló cerca de ella y
observó sus bayas negras, que emanaban el olor de la muerte. Dejó el candelabro a un lado y del
escote de su vestido sacó un pañuelo blanco con el cual comenzó a coger las bayas, una a una. Con
diez tendría más que suficiente; sería imposible que la niña resistiera esa dosis. Creyó ver una
sombra pasar detrás suyo, pero cuando se volteó solo le contestó el murmullo del viento. Cuando
hubo terminado de obtener los frutos, tomó el candelabro y emprendió rumbo de vuelta a la casa. Sin
que nadie aparentemente lo advirtiera, entró de nuevo a su dormitorio y cerró la puerta con doble
llave.
Dejó las bayas y el candelabro encima del tocador y, luego, del primer cajón extrajo un peine de carey
con forma de flor y siete dientes largos. Era el peine preferido de la muerta. La madre de la niña lo
usó hasta pocos días antes de morir y cuando finalmente dejó a su marido, este lo guardó para él.
Era uno de lps tantos trofeos que tenía de la muerta, recuerdos que le hicieron imposible olvidar la
presencia de la mujer y la hermosura de la niña. Probablemente, si el padre estuviera con vida, le
habría legado el peine a su hija, pero ella no quería darle esa felicidad ni tampoco estaba dispuesta a
ver la copia de la muerta caminando por los pasillos de la casa con su peine y belleza.
El peine pasó años guardado y empolvado en el primer cajón de su tocador, pero había llegado el
momento de liberarlo. Con su libertad, ella por fin quedaría libre a su vez de la niña.
Extendió el pañuelo donde estaban apiladas las bayas de belladona sobre el tocador y, con los
dientes del peine, las aplastó una a una. El borde de carey las rompió fácilmente hasta empaparse
por completo con su líquido oscuro. Cuando ya no quedaban bayas por aplastar, envolvió el peine
con el mismo pañuelo y lo guardó dentro del primer cajón. Ahí lo dejó reposar toda la noche para que
sus dientes se impregnaran del veneno. A la mañana siguiente, sacó el peine una vez más, aunque
en esta ocasión no tenía intención de volver a quedarse con él. Se puso sus guantes blancos de
encaje y tomó el recuerdo de la muerta. Cruzó la casona hasta llegar al dormitorio de la niña. Llamó a
la puerta y su voz, dulce y tierna, le contestó del otro lado para que entrara. Tomó aire para llenar sus
pulmones y con la exhalación, giró la manilla.
La niña arreglaba una de las flores que decoraban su pieza; cuando la vio, le sonrió apenas. Ya no
era tan ingenua como cuando tenía siete años y en su mirada se advertía cierta desconfianza.
Tengo algo que te pertenece, le dijo sin aliñar su voz de tonos melosos que pudieran hacerle
sospechar. Un objeto que, en realidad, perteneció a tu madre. Solo cuando dijo esa última palabra,la
niña dejó el florero y se dio media vuelta para mirarla. Piel blanca, pelo negro, labios rojos que la
persiguen, la miran y la increpan. Ya no más, pensó, ya no más. Abrió la palma de su mano protegida
por el guante de encaje y le mostró el peine de carey. Tu padre lo guardó y me pidió que te lo
entregara cuando tuvieras edad suficiente; ese día ya llegó, le dijo con el brazo extendido para que la
niña lo recibiera. Y lo hizo. Lo tomó entre sus dedos temblorosos y los ojos aguados; lo miró con
detenimiento como si estuviera frente a la muerta y no frente a un peine viejo y lleno de veneno.
Entonces, lo llevó a su boca, cerró los ojos y lo besó.
Lloró cerca del peine como si fuera la mejilla de la muerta. Gracias, le dijo y a la mujer le hubiese
gustado responder, por primera vez, gracias a ti. Gracias por hacer esto tan fácil, por no poner
resistencia. Gracias porque esta noche ya estarás muerta. Sin culpas ni remordimientos, finalmente,le
estaría haciendo un favor: volvería a encontrarse con sus padres, los muertos vivientes que siempre
le pertenecieron.
No hizo falta que llegara la noche para que la niña cayera a la cama. Un par de horas más tarde,la
cereza del diablo ya circulaba por cada rincón de su cuerpo. Sus efectos hipnóticos la hicieron caer
en un estado de sopor que ni siquiera la negra era capaz de entender. Las alucinaciones llegaron
junto con las incoherencias. Dijo que su padre estaba vivo y que solo sentía decepción por la mujer
que dejó entrar a su casa. ¡ La negra tenía razón! ¡La negra tenía razón!, gritaba eufórica mientras su
criada le ponía paños mojados sobre la frente.
La mujer observaba la escena desde el marco de la puerta para ver a su hijastra morir. Sabía que los
efectos de la belladona apenas comenzaban.
Luego se le secarían boca, nariz y ojos; le vendría una risa incontrolable, le seguirían los vómitos, la
migraña, la sudoración y, finalmente, la parálisis.
Una muerte dramática, digna de la niña. No podía sonreír, pero quería hacerlo. Disfrutaba la caída de
la niña porque a medida que descendía a las tinieblas, sentía su propio ascenso. Sin embargo, no
despertaría sospechas. Se dirigió con paso firme hasta su dormitorio y se sentó frente al espejo que
años antes le regaló la negra. Miró su boca, que no era roja como la sangre; su pelo, que no era
negro como la madera del ébano; su piel, que no era blanca como la nieve, y se alegró. Una corriente
de felicidad, que no sentía desde que su marido le pidió matrimonio, cruzó su cuerpo. Siempre que
estaba frente a ese espejo, veía la sombra de la niña tras de ella, pero no esta vez. Alivio, libertad y
justicia. Sus deseos de los últimos diez años, por fin llegarían a ella.
La puerta de su dormitorio se abrió de golpe. Solo había una persona capaz de desafiarla de esa
manera. La negra la señaló con su dedo índice.
No permitiré que nada le pase a la niña, le afirmó amenazante. Y si algo le ocurre, su muerte se
fundirá con la de ella. Los dedos de la mujer, finos y largos, recorrieron el borde del espejo. Lo tallaste
tú, ¿cierto?, preguntó. La negra no contestó, pero su silencio respondió la pregunta. Lo tallaste solo
un tiempo antes de que yo apareciera; recuerdo que cuando me lo entregaste, estaba nuevo. Lo miré
y ya no pude despegar mis ojos de él. Al principio creí que era solo mío, como si el espejo formara
parte de mí, pero no. Este espejo somos tú,la niña y yo. Angeles macabros que en ocasiones
ascendemos y otras, caemos. La negra se acercó a ella lentamente, paso a paso, hasta quedar tan
cerca la una de la otra que podían oler su aliento. El espejo muestra lo que uno quiere ver, le dijo.
Usted quiere ver la muerte de la niña en su vida, pero la niña no morirá. La niña nunca morirá. Salió
de la habitación tan rápido como había entrado, dejando a la mujer con la sola compañía del espejo:
era tiempo de sanar a la niña.
Fue hasta su dormitorio y, una vez ahí, echó a la criada que cuidaba de ella. Nadie manejaba como
ella el arte de la curación con plantas medicinales y necesitaba soledad para trabajar. La niña estaba
más pálida que de costumbre y sus pupilas dilatadas corroboraban la presencia del veneno en su
cuerpo. No necesitaba preguntarle a la mujer qué le había dado: reconocía la cereza del diablo con
facilidad. Se sentó sobre la cama al lado de la niña y pasó otro paño húmedo alrededor de su
cara,bañada en sudor. El cuerpo de la niña estaba ahí,pero su espíritu se distanciaba cada vez más
de la tierra. Es hábil su madrastra, le dijo mientras remojaba de nuevo el paño en el recipiente con
agua. Supo que yo no estaría dispuesta a ayudarla y plantó la semilla más fatal que encontró. Luego
estrujó el paño y dio toques suaves sobre el rostro de la niña. Pero usted es fuerte, niña. Y yo más,
añadió la negra.
La negra se levantó y de los bolsillos de su falda sacó el único antídoto posible para el veneno de la
belladona: haba del Calabar. Ayudó a la niña a incorporarse, metió sus dedos dentro de la garganta
hasta que comenzó a vomitar. Necesitaba que tuviera el estómago vacío para darle el antídoto y que,
de esta manera, surtiera efecto.
Cuando ya no quedaba nada dentro de ella, le administró la medicina y la volvió a recostar. La negra
advirtió que sus labios ya no eran rojos,que su pelo tenía el color de la muerte y su piel se fundía con
el blanco de las sábanas. La niña era nieve negra sobre la cama.
Antes de que fueras concebida, ya esperaba por ti. Desde que nací, esperaba por ti. Porque la
oscuridad necesita de la luz, así como la muerte necesita de la vida.
Vuelve a mí, nieve negra.
Vuelve a mí.
Cuatro
Anoche tuve el sueño más lúcido de mi vida. También, el más raro. La mujer de piel oscura me inspira
una confianza que jamás he sentido por nadie, a excepción del quiltro. El sueño (o pesadilla, o
recuerdo, ya no sé qué diablos fue) hizo que me desvelara, así que pasé prácticamente toda la noche
despierta. El sofá cama tampoco fue de ayuda porque el colchón es duro y angosto, y yo me muevo
como torbellino mientras duermo. En resumen,estaba condenada a pasar una noche fatal.
Cuando son las siete y empiezo a sentir ruidos en la cocina, bajo las escaleras para tomar desayuno.
Ahí están mis papás que, al parecer, ya se reconciliaron porque mi papá le prepara un pan con
mermelada a mi mamá. Cuando me ve, pregunta si quiero uno y le respondo que sí. Además del pan
con palta, la mermelada es mi preferida para despertar con ánimo. Sin embargo, no sé por qué intuyo
que ni siquiera eso me ayudará a tener un buen día. Ultimamente he sentido que algo viene por mí o
que yo estoy a punto de alcanzar algo.
De cualquíer modo, no sé qué es y me carga la incertidumbre. Por lo mismo, estoy decidida a
resolver el misterio del espejo (y del manzano), pero antes comenzaré por mi sueño de ayer. Las
imágenes corrieron muy rápido y varias de ellas ya se mezclaron o se me olvidaron, menos una: la
planta de flores acampanadas y con pequeños frutos [Link] saber qué planta es y qué
significado puede tener para mí, porque algún motivo debe haber.
Mi papá deja el pan al centro de la mesa y mi mamá hace un gesto para que yo me sirva primero. Ella
tiende a hacer eso conmigo; no sé si piensa que la comida estará envenenada y prefiere que la
pruebe yo antes o simplemente es de buena onda. Puede sonar paranoico, pero no confío en la
buena onda de mi mamá porque ella nunca lo ha sido. Cuando era joven, por ejemplo, era de esas
compañeras de colegio que acusaban a los demás ante la inspectora, no prestaba los apuntes y
competía por las notas. Lo sé porque mi papá, que estaba en su mismo curso, me lo ha contado. El,
en cambio,era el típico nerd que armaba grupos de estudios con los más porros para ayudarlos a
pasar de año.
Los dos se conocieron en uno de esos grupos, de hecho. Mi papá dice que ayudó a mi mamá a pasar
Física porque no entendía nada, pero mi mamá,hasta el día de hoy, no lo reconoce. Dice que solo
quería conocerlo y que, por eso, inventó la excusa de ser mala en un ramo cuando en realidad era la
mejor alumna de su generación. Yo le creo a mi papá porque él no sabe inventar nada y, por otro
lado, ya he pillado en varias ocasiones a mi mamá diciendo mentiras blancas para justificar sus
deudas en la tarjeta de crédito. Obviamente, mi papá no le cree, pero está más dispuesto a seguir
pagando las cuotas interminables que agregar otra pelea a su lista de discusiones.
Saco un pan y me lo como en menos de un minuto. Mi mamá pone los ojos en blanco, no le gusta
que coma con ansiedad. Hoy día necesito ayuda para colgar los últimos cuadros, dice mi mamá al
aire. Odio cuando la gente pide las cosas así, me gustan las personas directas. No escucho mi
nombre, así que no me doy por aludida y sigo comiemdo. Como sabe que hoy mi papá debe volver a
la pega y que, por lo tanto, él no podrá ayudarla, esta vez me habla directamente. Tú, ¿ qué
pretendes hacer hoy? Le respondo una mentira blanca, como ella me enseñó. Necesito averiguar el
misterio de los últimos días, y perder el tiempo colgando cuadros no es una posibilidad. Mi mamá dice
algo así como que no importa porque está acostumbrada a hacer todo sola; luego levanta su loza
sucia y la deja dentro del lavaplatos con un gesto dramático.
Entonces, se va de la cocina. Quiero decirle a mi papá que no sé cómo la soporta, pero sé que me
contestará que son las hormonas y que está embarazada. Mi papá tiene una forma muy práctica para
mentirse a sí mismo.
Termino de tomar desayuno, lavo los platos y voy directo a la ducha. No quiero dejar espacio para
que mi mamá empiece a joder y deba quedarme con ella colgando cuadros, así que lo mejor es salir
de la casa con mi papá y que él me deje en algún cibercafé. Todavía no tenemos Internet y necesito
averiguar con qué planta soñé, es decir,necesito Google. Estoy lista en menos de quince minutos,
bajo las escaleras corriendo y veo que mi papá está a punto de irse. No le doy tiempo a mi mamá
para que pregunte dónde voy o a qué hora vuelvo porque parto corriendo al auto y me meto en el
asiento del copiloto. Veo que mis papás conversan hasta que se despiden con un beso en la boca; el
beso me parece insípido, como el que me di hace un tiempo atrás con el flaco para probar qué onda,
qué se siente. Mi papá sube al auto, deja el bolso en el asiento de atrás y me pregunta dónde quiero
que me deje. Lo primero que se me viene a la cabeza es una biblioteca nueva que pusieron en Plaza
Ñuñoa. Arranca el motor y diez minutos después estoy dentro de la biblioteca.
Empiezo a buscar en Google, pero pronto me doy cuenta de que no sé cómo hacerlo para acotar.
"Planta con hojas acampanadas'', resultados:93.400; "Planta con bayas negras'', resultados:155.000.
Podría estar todo el día y la noche y, aun así, no daría con la planta que soñé. Entonces, me acuerdo
de la maratón de American Horror Story que me pegué con el flaco: si hay algo en común entre la
serie y mi sueño es que ambos son sórdidos, oscuros y extraños. Casi diabólicos. Busco:
"Planta venenosa de hojas acampanadas y bayas negras'', resultados: 3.380, aunque solo uno llama
mi atención: Atropa belladonna. La descubrí.
Las páginas en Internet dicen que esta planta siempre estuvo relacionada con las leyendas y, sobre
todo, con la brujería. Su principio activo es la atropina, que produce justamente aquello que sentí en
mi sueño: boca, nariz y ojos secos, aunque también tiene otros efectos, como el aumento del ritmo
cardíaco o la distorsión en la visión, haciendo que los objetos cercanos se vean borrosos. A medida
que leo sobre la planta, se me vienen más sensaciones e imágenes a la mente. Veo la mano oscura
de la negra pasar sobre mi frente hasta llegar a los párpados y cerrarlos. No me da miedo, al
contrario, hay algo que me hace sentir cómoda con ella como si la conociera desde niña y no tuviera
por qué temerle.
Toda la vida he considerado que no tengo una pizca de superstición. Es una de las similitudes que
tengo con mi papá. Para mí, aquello que no tiene lógica simplemente no entra en mi radar de
posibilidades. Hoy, sin embargo, es la primera vez que siento lo contrario. No tengo ninguna prueba
de lo que voy a decir, pero no puedo evitar sentir que pertenezco más a esa realidad de
sueños,espejos y manzanos que a esta. He crecido con la sensación irrevocable de que caí en mi
familia por pura mala suerte, porque mi mamá era lo suficientemente conservadora como para no
atreverse a ser madre soltera y mi papá no era lo suficientemente valiente como para decirle que
sería un padre presente, pero sin matrimonio de por medio. He crecido sintiéndome desfasada, como
si no perteneciera a mi familia, a mis amigos ni a mi época. Hasta hoy.
Vuelvo a la casa con la vista pegada al suelo y los hombros caídos. No sé por qué, pero siento como
si viniera llegando de la guerra o, mejor dicho, recién entrando a ella. No quiero tener que ver la cara
de mi mamá, pero ahí está arreglando su casa nueva con una sonrisa a medias para recalcarle a mi
papá que ella no quería vivir ahí. Paso de largo y me alegra que no me llame para que la ayude con
un problema ficticio. Subo las escaleras en dirección a mi nueva (aunque antigua) pieza,desde donde
veo el manzano. Apoyo los codos en el lugar donde antes del incendio estaba la ventana y centro mis
ojos en el árbol. Le pido a la negra que si de verdad existe, no me deje sola y me enseñe el camino
de vuelta a casa. Como respuesta recibo un langüetazo del quiltro en mis pies. Sé que a mi mamá le
dará un infarto si lo ve dentro de la casa, así que le pido que me siga en silencio hasta mi actual pieza
con el sofá cama. Nos debemos ver ridículos echados encima de un colchón del ancho de mi
espalda, pero me gusta tener al quiltro así de cerca. Quizás sea porque él y yo nos parecemos:
tenemos una familia a la cual, en realidad, no pertenecemos.
Me quedo dormida porque últimamente todo lo que hago es investigar sobre el espejo y dormir.
Lo hago de forma consciente porque sé que el único modo para ponerme en contacto con la negra es
soñando. Y esta vez, no es la excepción. La negra llega a mis sueños al poco rato de cerrar los ojos.
La veo nítida como la noche anterior antes de que apareciera la belladona. Lleva la misma falda larga
y café junto a la blusa color crema. Su tenida me dice a gritos que no es de este siglo, aunque sí del
mío, aquella época en la que verdaderamente siento que viví y de la que, por algún motivo que
desconozco, me extirparon.
La negra llora a los pies del manzano. No la conozco lo suficiente; aun así, es raro verla llorar. Es una
imagen que no me hace sentido con ella.
Me gustaría acercarme y dejar caer mi mano sobre su hombro, pero en este sueño no tengo
cuerpo,solo visión. Es como estar viendo una película de la cual se quiere participar, aun sabiendo
que no se puede, que es imposible hacerlo. Y parece que la negra es capaz de escuchar mis deseos
o pensamientos, porque es ella quien gira su cabeza para mirarme. Fija sus ojos en los míos y me
dice algo que no escucho. No entiendo, le digo (o pienso que le digo), pero ella vuelve a repetir
palabras que no llegan a mis oídos. Veo que el manzano empieza a arder desde las frutas a sus
raíces y la negra se pone a gritar como lo haría mi mamá. La negra parece loca, pero sé que no lo
está.
Antes de que las llamas devoren todo mi sueño,logro escuchar las palabras de la negra.
Vuelve a mí, nieve negra.
Vuelve a mí.
Tres
Una vez más, la niña ganó. La niña siempre gana,pensó mientras trituraba con su mano uno de los
ñuños con los que le gustaba decorar la casa. Le gustaría hacer lo mismo con ella: tomar el cuello
entre sus manos y romperlo. Pero no puede porque la negra siempre está acechando, siempre va dos
pasos delante de ella. Tres veces intentó asesinar a la niña, aunque solo había conseguido matar a
su marido y levantar sospechas. Sabía que solo le quedaba una oportunidad y no podía fallar. Esta
vez, no fallaría.
La niña tenía quince años y, para ese entonces,la mujer ya había advertido que la única solución para
eliminarla de su vida era por medio de la negra; solo ella tenía el poder suficiente porque la negra era
la muerte y la muerte siempre se llevaría a la vida. Debía ser capaz de lograr una alianza
inquebrantable, pero era difícil. Por algún motivo que ella desconocía, la negra no quería que la niña
muriera. Convencerla: esa era la solución. El primer recurso que se le ocurrió fue el látigo. Mandar a
buscarla, amarrarla a un tronco y azotarla hasta que aceptara sus condiciones,pero pronto
comprendió que era una mala idea.
La negra no respondía a los abusos. Además, ¿se atrevería a hacerle algo así? Llevaba más tiempo
del que ella podía siquiera imaginar en esa casa y,la verdad, parecía ser la única dueña de la tierra y
de las almas. Su marido ya le había advertido acerca de las leyendas que giraban alrededor de la
negra. Más de una vez le dijo que se mantenía viva gracias a la magia, oscura como ella. Le repetía
que desconocía su origen o el momento en el que llegó a trabajar con su familia. Desde que era niño,
la negra era la misma vieja de siempre.
Algunos decían que el pacto con el diablo le permitía seguir con vida; otros creían que en realidad
estaba muerta. La muerte no envejece ni se va, le dijo su marido una vez. La muerte ronda ensilencio
y todo lo sabe, le dijo en otra oportunidad. La negra es el fantasma que todos temen y que nadie
quiere tener en su contra, le dijo días antes de morir. Y ella estaba de acuerdo con esa leyenda.
Era una noche de verano cuando decidió hablar con la negra. Transcurrieron meses desde el último
atentado a la niña y creía que el tiempo le daría la sabiduría necesaria para aceptar su proposición.
Caminó con paso firme y decidido hasta la habitación de la negra y abrió la puerta de golpe; si quería
tener un pacto con ella, no podía dejar que viera su miedo. La negra estaba sentada en el borde de
su cama, aguardaba. La señora viene a proponer un trato, le dijo, siempre dos pasos delante de ella.
Hable, que la negra sucia no sabe esperar.
La mujer cerró la puerta tras de sí y habló. Con los años me he dado cuenta de que te gusta actuar
con equidad, negra, y equidad es lo que pediré.
La niña ha sido la maldición que pesa sobre mí desde que llegué a esta casa; por ella perdí a mi
marido, mi belleza, el respeto de mis criados y la posibilidad de ser feliz. Es justo, por tanto, que la
niña reciba una maldición. La negra asintió. Ese trato es equitativo para usted, pero ¿es justo para
mí? ¿Qué hace la muerte sin la vida?, preguntó la negra. La mujer sonrió como si con esa sonrisa
lograra estar por encima de la negra. Yo propongo un pacto y un trueque: la maldición para la niña a
cambio del terreno. La negra rio a carcajadas.
Lo que la señora ofrece es imposible, no está permitido que una negra como yo sea dueña de una
chacra, le dijo con voz áspera. No ofrezco dominio sobre el terreno, negra; ofrezco la posibilidad de
seguir aquí. Me puedes maldecir una, dos, tres veces por echarte de mi terreno, pero no me importa:
ya estoy maldita por la peor de las maldiciones,que es esa niña. Lo logró. Por primera vez, alguien
estuvo por encima de la negra. Estaba atada a ese terreno como el marido a la niña o ella al espejo.
Fue entonces cuando entendió por qué: tierra, niña y espejo eran la raíz. La negra no podía vivir sin
su tierra porque estaría vacía; el marido prefirió morir antes de que lo hiciera la niña, la única razón
que lo mantenía respirando; ella no podía separarse de su espejo porque en él siempre estaría su
reflejo. Cada día el espejo absorbía su imagen y,algún día, volvería a mostrar lo que antes estuvo ahí.
Quitarle la tierra a la negra, era quitarle la hija al padre o el espejo a la mujer. Y la negra lo sabía.
Yo haré la maldición, pero usted condenará a la niña, dijo la negra, que no quería mancharse las
manos. A ella, sin embargo, nada le podría importar menos. Asintió, pero no se fue del dormitorio:
quería conocer cada detalle porque, esta vez, no fallaría. Mañana, cuando la luna esté en su punto
más alto, llevará a la niña a los pies del manzano. Ahí verá sus frutos, pero solo uno llamará su
atención. Será una manzana preciosa, capaz de hacerle agua la boca a cualquiera que la viese. La
sacará del árbol y la cortará en dos mitades: usted comerá la parte blanca y la niña, la roja. Cuando
eso ocurra, nadie será capaz de impedir la maldición. No haga más preguntas, porque la negra no
dará respuestas. La mujer quedó conforme. Abandonó la habitación de la negra con un sabor dulce
en la boca.
El día siguiente se hizo lento y tedioso. Contaba las horas para dejar de ver a la niña y pensaba en
qué lugar la enterraría; solo sabía que no la dejaría descansar al lado de su marido. Cada cierto
tiempo iba hacia el manzano para ver si el fruto del cual le habló la negra ya había aparecido, pero
ninguna manzana llamaba especialmente su atención.
Mientras, la niña leía en uno de los salones de la casa. Estaba sentada en un sillón de color escarlata
que hacía contraste con su pelo negro. Se detuvo en ella y la recorrió con su mirada hasta advertir lo
poco que le quedaba de niña. Era, sin duda, la última oportunidad que tenía para deshacerse de ella
porque cuando fuera una mujer, no habría posibilidad de engaño. Cuando la niña dejara de ser niña,
ella tendría que abandonar la casa. Por [Link] pacto con la negra llegaba en el mejor momento.
Solo cuando el sol se escondió para dar paso a la luna, sintió un asomo de tranquilidad llegar hasta
ella. Faltaban unas cuantas horas para llevar a cabo el plan que, por fin, sería capaz de sacar a la
niña de su vida. La negra desapareció junto con preguntó la madrasta y dio un paso hacia delante.
La niña no respondió.
La mujer sacó una pequeña navaja de su bolsillo y cortó la manzana en dos mitades, quedándose
ella con una y la niña con la otra. Ahora, las dos podremos disfrutar de ella, dijo, y le dio un mordisco
a la parte blanca. La niña, que miraba la fruta como si le fuera la vida en ello, vio a la madrastra
morder la manzana y no se pudo resistir. Apretó su mitad con ambas manos y se metió a la boca el
trozo con la parte roja. Apenas el primer trozo cruzó su garganta, sintió que esta se cerraba,
impidiendo el paso del aire. La manzana cayó y rodó hasta los pies de la madrasta, que la
contemplaba llena de rencor. La niña llevó sus manos al cuello y, como antes lo hubiera hecho la
manzana, cayó al suelo. Ahí, paulatinamente sucumbió al ahogo hasta que solo vio oscuridad.
Murió como nació, pensó la mujer: blanca como la nieve, roja como la sangre, negra como el ébano.
Dos
Me despierto a ratos, pero pronto vuelvo a dormir. Tengo la sensación de que no soy yo y, aun así, me
siento más consciente de mí que [Link] ayer que no he podido levantarme. Tengo fiebre,
escalofríos y sueños que, a veces, se transforman en pesadillas. Mi papá me contó que me he
despertado en tres ocasiones llamándolo. Grito padre, no me dejes, y él decide no dejarme, así que
se queda a mi lado hasta que vuelvo a quedarme dormida. Yo no sé si lo llamo a él o llamo a otro
padre, uno que solo mi subconsciente recuerda.
Ahora entiendo, a medias, lo que quiso decir esa tarotista que mi mamá vio años atrás. Le aseguró
que yo estaba maldita, que he vivido muchas vidas y, por primera vez, le creo. Porque la sensación
de esas pesadillas no puede ser ficción. Mis sueñosno hablan de personas o sentimientos ajenos a
mí, sino de manzanas, espejos y mujeres que sé, conozco. El flaco me diría que la situación es como
esas películas donde la protagonista recibe señales para terminar averiguando que en realidad está
muerta, pero yo me siento más viva que nunca. He pasado mis quince años sintiéndome despreciada
por mi mamá; creyendo que he condenado a mi papá a una vida que pudo haber sido mejor de no ser
por mí. Hoy, con fiebre, escalofríos y pesadillas, por fin reconozco que quizás esta realidad no fue
hecha para mí.
No sé por qué llamo a mi papá en sueños, cuando en ellos no recuerdo la presencia de un padre,
sino de dos mujeres: la negra, que me ha perseguido desde que encontré el espejo, y la mujer de
vestidos vaporosos y elegantes. La primera me produce sentimientos contradictorios: confianza y, al
mismo tiempo, resquemor. Algo que me hace creer en ella, pero con miedo. La segunda solo me
genera tristeza. Veo en sus ojos la soledad que hay en los míos. Tengo un mundo en común con esa
mujer y de algún modo que no entiendo y desconozco, creo que existe un abismo entre nosotras. Ella
a un lado, yo al otro. Nuestro puente es la negra; ella es el canal que nos une, aunque no he logrado
descifrar por qué o cómo lo hace.
Desconozco la identidad de la negra y de la mujer;entonces, ¿cómo sé que las recuerdo?
El quiltro ha pasado más de diez horas seguidas echado a mis pies. Dicen que cuando los animales
se acercan de esa forma a sus dueños, es porque prevén su muerte. Si es así, no tengo miedo. Mi
mamá está histérica y trata de darme todos los remedios que encuentra dentro de la casa, pero yo los
escondo y luego los tiro a la basura. A pesar de la fiebre y el reposo dentro de la cama, no me siento
enferma. La sensación que tengo es totalmente diferente, como si esto fuera solo un camino para
depurar y soltar aquello que no me sirve y así estar preparada para lo que vendrá. Intenté decirle esto
mismo a mi papá, pero él cree que desvarío; piensa que el supuesto virus que tengo me produce las
altas temperaturas acompañadas de escalofríos, pero está equivocado. El quiltro, por el contrario, sí
me cree. Lo veo en sus ojos y en el modo de acompañarme, como si supiera que ya no habrá más
ocasiones como estas.
¿Llevará mi madre luto por mi muerte? Probablemente lo haga durante un tiempo para que la gente
no piense ni hable mal de ella, pero apenas nazca mi hermano o hermana, el luto será una mala
anécdota de la cual no querrá hablar. Mi padre y el quiltro, en cambio, se teñirán de negro durante
mucho tiempo. Lo bueno será que, con ese dolor,mi papá tendrá el valor suficiente para separarse de
mi mamá y armar una vida que realmente se merezca. El quiltro se irá con él y tampoco tendrá que
aguantar el maltrato de mi mamá cuando le dice que es un perro picante y desordenado. Pienso en
esto y pido que la fiebre me suba para descubrir de dónde vengo y, al mismo tiempo, legarles una
mejor vida a mi papá y al quiltro. Así debió haber sido siempre, pero algo me arrastró a este entorno
que no me pertenece.
Siento la lengua del quiltro pasar sobre mi mejilla antes de volver a quedarme dormida. Los sueños
ahora parecen mi realidad, y me siento más cómoda en ellos. Aparece la negra con el espejo en sus
manos. Se mira hasta que advierte una presencia junto a ella, entonces lo da vuelta y veo mi reflejo
en él, aunque no estoy en la escena. La negra vuelve a girar el espejo hacia ella, murmura una
palabra que no escucho y me lo muestra de nuevo.
Ahora, veo el reflejo de la mujer, que, sin embargo, tampoco está ahí. Parece como si el espejo fuera
un álbum capaz de mostrar imágenes que una vez guardó, aunque en él solo caben las personas
ambivalentes como los ángeles que lo coronan: aquellas que están a mitad de camino entre la luz y la
oscuridad, entre la vida y la muerte. La negra, la mujer y yo formamos parte del espejo. La negra lo
talló exclusivamente para nosotras tres.
La negra arroja el espejo al suelo y se quiebra en cientos de pedazos pequeños. Los vidrios
comienzan a unirse hasta formar una raíz que se hunde en la tierra. De ella crece un árbol que
reconozco con facilidad: es el manzano que veo desde mi ventana. Entonces, abro mis ojos. El quiltro
sigue ahí. La fiebre y los escalofríos, también. Veo la hora en el reloj de mi celular y sé que mis
padres estarán durmiendo. Me levanto de la cama como si fuera una sombra. El quiltro está a punto
de seguirme, pero me acerco a él, le hago cariño en sus orejas y le pido que se quede. Me mira y
sabe que es una despedida.
Camino por el pasillo y bajo las escaleras para salir de la casa. Quiero ir al manzano. Quiero ver el
manzano. Mis padres pensarían que estoy alucinando, mi mamá querría darme un clonazepam y
hacerme dormir. Yo solo quiero llegar al manzano,encontrarme con la negra, salir de la cárcel en la
que estoy.
Cuando estoy frente al árbol, solo una de sus manzanas llama mi atención. Es roja, brillante y
perfectamente esférica. Morderla sería romper un pedazo de esa totalidad. Me gusta la idea. Tiro de
ella hasta que logro desprenderla de la rama. No lo pienso dos veces y le doy un mordisco. Caigo al
suelo, cierro los [Link], solo queda despertar.
Uno
Blanca como la nieve, roja como la sangre, negra como el ébano, pensó la mujer cuando escuchó los
pasos de la negra detrás suyo. No se dio [Link] quería mirar su cara; porque sabía que la negra
no disfrutaba como ella con esa visión. La niña siempre debió haber estado en el suelo, justo bajo sus
pies. Lo consiguió, dijo la negra. La niña mordió la manzana y con ello rompió la linealidad de su vida.
Ahora, vivirá maldita, una vida tras otra, escindida hasta que el sol y la luna se cansen de aparecer en
el cielo. Solo volverá a unirse cuando recuerde de dónde viene. La madrastra apretó sus manos en
puño y se volteó, ahora sí, para mirar los ojos de la negra. Te dije que la quería muerta, ¿y ahora me
dices que hay una posibilidad de que reencarne, negra traidora? No había una sonrisa en su rostro,
pero sus labios estaban apretados; veía la felicidad y el triunfo en sus gestos. La negra nunca perdía;
la niña tampoco.
Si quería a la niña muerta, pues entonces debió decir muerte. La señora habló de maldición y toda
maldición puede ser revertida, explicó la negra que se acercaba al cuerpo de la niña. La mujer solo
escuchaba la furia de su corazón. Su único consuelo, el que la niña estuviera dormida e inerte y, por
lo tanto, imposibilitada de encontrar el camino de vuelta a casa, se rompió más rápido de lo que
pensó. Un sonido ahogado emergió de la niña. La negra la sostuvo en sus brazos y sin la necesidad
de hacer nada, el pedazo de manzana salió expulsado de su boca. La mujer cayó de rodillas al suelo
con la mirada vacía. Su intento de felicidad se desvaneció.
La negra tornó el pedazo junto a la manzana que había rodado al caer y unió ambas partes corno si
fueran un puzle. Apenas lo hizo, el fruto volvió a su perfección inicial y la respiración de la niña se
normalizó. Negra sucia, negra traidora, repetía la mujer, pero la negra no hacía caso a sus
comentarios. La niña puso la palma de su mano sobre la mejilla de la negra. Lo recuerdo todo, le dijo.
Viví una vida tras otra sin recordar, sin saber quién era realmente, por qué vivía en compañía de una
madre que nunca me quería y un padre siempre infeliz. Ahora, lo recuerdo todo. La negra asintió; la
madrastra entendió. Negra y niña vivirían siempre juntas corno la vida y la muerte; la luz y la
oscuridad.
La mujer arrastró su mano por la tierra hasta alcanzar la manzana. La tornó con fuerza y apretó sus
dedos alrededor de la piel roja. Para ella, era la última posibilidad de escapar. Sus dientes se clavaron
en el fruto y el líquido cerró su garganta. Dejó que sus pulmones se sellaran y no luchó por el aire. Se
iría de esa casa tal cual corno llegó: vacía y sin recuerdos.

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