Paul Tabori
Historia de la estupidez humana
Título original: The natural science of stupidity
Paul Tabori, 1959
Traducción: Aníbal Leal
Introducción
Algunos nacen estúpidos, otros alcanzan el estado de
estupidez, y hay individuos a quienes la estupidez se les adhiere.
Pero la mayoría son estúpidos no por influencia de sus antepasados
o de sus contemporáneos. Es el resultado de un duro esfuerzo
personal. Hacen el papel del tonto. En realidad, algunos sobresalen y
hacen el tonto cabal y perfecto. Naturalmente, son los últimos en
saberlo, y uno se resiste a ponerlos sobre aviso, pues la ignorancia
de la estupidez equivale a la bienaventuranza.
La estupidez, que reviste formas tan variadas como el orgullo,
la vanidad, la credulidad, el temor y el prejuicio, es blanco
fundamental del escritor satírico, como Paul Tabori nos lo recuerda,
agregando que «ha sobrevivido a millones de impactos directos, sin
que estos la hayan perjudicado en lo más mínimo». Pero ha olvidado
mencionar, quizás porque es demasiado evidente, que si la estupidez
desapareciera, el escritor satírico carecería de tema.
Pues, como en cierta ocasión lo señaló Christopher Morley,
«en un mundo perfecto nadie reiría». Es decir, no habría de que
reírse, nada que fuera ridículo. Pero, ¿podría calificarse de perfecto a
un mundo del que la risa estuviera ausente? Quizás la estupidez es
necesaria para dar no solo empleo al autor satírico sino también
entretenimiento a dos núcleos minoritarios: 1) los que de veras son
discretos, y 2) los que poseen inteligencia suficiente para
comprender que son estúpidos.
Y cuando empezamos a creer que una ligera dosis de estupidez
no es cosa tan temible, Tabori nos previene que, en el trascurso de la
historia humana, la estupidez ha aparecido siempre en dosis
abundantes y mortales. Una ligera proporción de estupidez es tan
improbable como un ligero embarazo. Más aún, las consecuencias
de la estupidez no solo son cómicas sino también trágicas. Son
reideras, pero ahí concluye su utilidad. En realidad, sus
consecuencias negativas a todos influyen, y no solo a quienes la
padecen. El mismo factor que antaño ha determinado persecuciones
y guerras, puede ser la causa de la catástrofe definitiva en el futuro.
Pero encaremos el problema con optimismo. Acabando con la
raza humana, la estupidez acabaría también con la propia estupidez.
Y ese es un resultado que la sabiduría nunca supo alcanzar.
En su inquieto (y fecundo) libro, Paul Tabori describe los
aspectos divertidos y las horribles consecuencias de la estupidez. El
lector ríe y llora (ante el espectáculo humano) y sobre todo
reflexiona. A menos, naturalmente, que el lector sea estúpido.
Pero no es probable que la persona estúpida se sienta atraída
por un libro como este. Una de las concomitantes de la estupidez es
la pereza, y en nuestro tiempo hay cosas más fáciles que leer un
libro (especialmente un libro sin ilustraciones y que no ha sido
condensado). Tampoco trae un cadáver en la cubierta, ni una joven
bella y apasionada.
Sin embargo, el lector que supere esta introducción y el breve
primer capítulo hallará después abundante derramamiento de sangre
y erotismo, y también ingenio, rarezas, fantasmas y exotismo.
Quizás no existe argumento, porque esta obra no es de ficción, pero
hay algunos episodios auténticos (o por lo menos bastante
probados), cualquiera de los cuales podría servir de base a un
cuento… o a una pesadilla.
Tabori muy bien podría haber llamado a su libro: LA
ANATOMÍA DE LA ESTUPIDEZ pues ha encarado el tema con el
mismo bagaje de erudición y de entusiasmo que Robert Burton
aplicó en La Anatomía de la Melancolía. Aquí, lo mismo que en el
tratado del siglo XVII, hallamos una sorprendente colección de
conocimientos raros, cuidadosamente organizados y bien
presentados. Aparentemente, Tabori leyó todo lo que existe sobre el
tema, de Erasmo a Shaw y de Oscar Wilde a Oscar Hammerstein.
El autor revela el tipo de curiosidad intelectual que no se atiene
a las fronteras establecidas por la cátedra universitaria o por las
especialidades científicas, y que es tan difícil hallar en nuestros días.
A semejanza del estudioso europeo de la generación anterior, o del
hombre culto del Renacimiento, pasa fácilmente de la historia a la
literatura, y de esta a la ciencia, citando raros volúmenes de autores
franceses, alemanes, latinos, italianos y húngaros. Sin embargo, su
prosa nunca es pesada ni pedante. En lugar de exhibir un arsenal de
notas eruditas, oculta las huellas de su trabajo, del mismo modo que
el carpintero elimina el aserrín dejado por la sierra.
Aunque Tabori dice modestamente de su libro que es mero
«muestrario», se trata de un muestrario profundamente significativo.
Si, como dice el autor, esta no es la historia completa de la
estupidez, solo nos resta sentirnos impresionados (y deprimidos)
ante la vastedad del tema. Sería lamentable llegar a la conclusión de
que es posible escribir sobre la estupidez del hombre un libro más
voluminoso que sobre su sabiduría.
La fascinación que ejerce la obra de Tabori proviene
precisamente de la variedad de los temas abordados. Obras antiguas,
medievales y modernas le han suministrado toda suerte de hechos
increíbles y de leyendas creíbles sobre este «astro siniestro que
difunde la muerte en lugar de la vida». El autor cita sorprendentes
ejemplos de estupidez relacionados con la codicia humana, el amor a
los títulos y a las ceremonias, las complicaciones del burocratismo,
las complicaciones no menos ridículas del aparato y de la jerga
jurídica, la fe humana en los mitos y la incredulidad ante los hechos,
el fanatismo religioso, sus absurdos y manías sexuales, y la
tragicómica búsqueda de la eterna juventud.
Sí, este es el lamentable archivo de la humana estupidez, desde
los vanos ritos de Luis XIV hasta la autocastración de la secta
religiosa de los skoptsi; desde el miembro de la Academia Francesa
de Ciencias que obstinadamente insistió en que el invento de Edison,
el fonógrafo, era burdo truco de ventrílocuo, a la técnica de
Hermippus, que aseguraba la prolongación de la vida mediante la
inhalación del aliento de las jóvenes doncellas, desde la fe en la vid
que producía sólidas uvas de oro, al bibliófilo italiano que consagró
veinticinco años a la creación de una biblioteca de los libros más
aburridos del mundo. ¡Cuán estúpidos somos los mortales!
En general, Paul Tabori se contenta con relatar la historia de la
estupidez, acumulando ejemplos y más ejemplos. En su condición
de estudioso objetivo, no deduce moralejas ni extrae lecciones. Sin
embargo, como hombre sensible que es, experimenta dolor y
desaliento. «La estupidez», nos dice con tristeza, «es el arma más
destructiva del hombre, su más devastadora epidemia, su lujo más
costoso».
¿Sugiere Tabori una cura efectiva de la estupidez? ¿Anticipa el
pronto fin de esta peste? Tiene algunas ideas, relacionadas con la
salud de la psiquis, y alienta ciertas esperanzas. Pero conoce
demasiado bien a la raza humana, de modo que no puede prometer
mucho. Habida cuenta de la experiencia de siglos, abrigar mayores
esperanzas sería también dar pruebas de estupidez.
RICHARD ARMOUR
I
La ciencia natural de la estupidez
Este libro trata de la estupidez, la tontería; la imbecilidad, la
incapacidad, la torpeza, la vacuidad, la estrechez de miras, la
fatuidad, la idiotez, la locura, el desvarío. Estudia a los estúpidos, los
necios, los seres de inteligencia menguada, los de pocas luces, los
débiles mentales, los tontos, los bobos, los superficiales; los
mentecatos, los novatos y los que chochean; los simples, los
desequilibrados, los chiflados, los irresponsables, los embrutecidos.
En él nos proponemos presentar una galería de payasos, simplotes,
badulaques, papanatas, peleles, zotes, bodoques, pazguatos,
zopencos, estólidos, majaderos y energúmenos de ayer y de hoy.
Describirá y analizará hechos irracionales, insensatos, absurdos,
tontos, mal concebidos, imbéciles… y por ahí adelante. ¿Hay algo
más característico de nuestra humanidad que el hecho de que el
Thesaums de Roget consagre seis columnas a los sinónimos, verbos,
nombres y adjetivos de la «estupidez», mientras la palabra
«sensatez» apenas ocupa una? La locura es fácil blanco, y por su
misma naturaleza la estupidez se ha prestado siempre a la sátira y la
crítica. Sin embargo (y también por su propia naturaleza) ha
sobrevivido a millones de impactos directos, sin que estos la hayan
perjudicado en lo más mínimo. Sobrevive, triunfante y gloriosa.
Como dice Schiller, aun los dioses luchan en vano contra ella.
Pero podemos reunir toda clase de datos de carácter semántico
sobre la estupidez, y a pesar de ello hallarnos muy lejos de aclarar o
definir su significado. Si consultamos a los psiquiatras y a los
psicoanalistas, comprobamos que se muestran muy reticentes. En el
texto psiquiátrico común hallaremos amplias referencias a los
complejos, desequilibrios, emociones y temores; a la histeria, la
psiconeurosis, la paranoia y la obsesión; y los desórdenes
psicosomáticos, las perversiones sexuales, los traumas y las fobias
son objeto de cuidadosa atención. Pero la palabra «estupidez» rara
vez es utilizada; y aún se evitan sus sinónimos.
¿Cuál es la razón de este hecho? Quizás, que la estupidez
también implica simplicidad… y bien puede afirmarse que el
psicoanálisis se siente desconcertado y derrotado por lo simple, al
paso que prospera en el reino de lo complejo y de lo complicado.
He hallado una excepción (puede haber otras): el doctor
Alexander Feldmann, uno de los más eminentes discípulos de Freud.
Este autor ha contemplado sin temor el rostro de la estupidez,
aunque no le ha consagrado mucho tiempo ni espacio en sus obras.
«Contrástase siempre la estupidez», dice, «con la sabiduría. El sabio
(para usar una definición simplificada) es el que conoce las causas
de las cosas. El estúpido las ignora. Algunos psicólogos creen
todavía que la estupidez puede ser congénita. Este error bastante
torpe proviene de confundir al instrumento con la persona que lo
utiliza. Se atribuye la estupidez a defecto del cerebro; es, afírmase,
cierto misterioso proceso físico que coarta la sensatez del poseedor
de ese cerebro, que le impide reconocer las causas, las conexiones
lógicas que existen detrás de los hechos y de los objetos, y entre
ellos».
Bastará un ligero examen para comprender que no es así. No
es la boca del hombre la que come; es el hombre que come con su
boca. No camina la pierna; el hombre usa la pierna para moverse. El
cerebro no piensa; se piensa con el cerebro. Si el individuo padece
una falla congénita del cerebro, si el instrumento del pensamiento es
defectuoso, es natural que el propio individuo no merezca el
calificativo de discreto… pero en ese caso no lo llamaremos
estúpido. Sería mucho más exacto afirmar que estamos ante un
idiota o un loco.
¿Qué es, entonces, un estúpido? «El ser humano», dice el
doctor Feldmann, «a quien la naturaleza ha suministrado órganos
sanos, y cuyo instrumento raciocinante carece de defectos, a pesar
de lo cual no sabe usarlo correctamente. El defecto reside, por lo
tanto, no en el instrumento, sino en su usuario, el ser humano, el ego
humano que utiliza y dirige el instrumento».
Supongamos que hemos perdido ambas piernas. Naturalmente,
no podremos caminar; de todos modos, la capacidad de caminar aún
se encuentra oculta en nosotros. Del mismo modo, si un hombre
nace con cierto defecto cerebral, ello no lo convierte necesariamente
en idiota; su obligada idiotez proviene de la imperfección de su
mente. Esto nada tiene que ver con la estupidez; pues un hombre
cuyo cerebro sea perfecto puede, a pesar de todo, ser estúpido; el
discreto puede convertirse en estúpido y el estúpido en discreto. Lo
cual, naturalmente, sería imposible si la estupidez obedeciera a
defectos orgánicos, pues estas fallas generalmente revisten carácter
permanente y no pueden ser curadas.
Desde este punto de vista, la famosa frase de Oscar Wilde
conserva su validez: «No hay más pecado que el de estupidez». Pues
la estupidez es, en considerable proporción, el pecado de omisión, la
perezosa y a menudo voluntaria negativa a utilizar lo que la
Naturaleza nos ha dado, o la tendencia a utilizarlo erróneamente.
Debemos subrayar, aunque parezca una perogrullada, que
conocimiento y sabiduría no son conceptos idénticos, ni
necesariamente coexistentes. Hay hombres estúpidos que poseen
amplios conocimientos; el que conoce las fechas de todas las
batallas, o los datos estadísticos de las importaciones y de las
exportaciones puede, a pesar de todo, ser un imbécil. Hay hombres
discretos cuyos conocimientos son muy limitados. En realidad, la
extraordinaria abundancia de conocimientos a menudo disimula la
estupidez, mientras que la sabiduría de un individuo puede ser
evidente a pesar de su ignorancia… sobre todo si la posición que
ocupa en la vida no nos permite exigirle conocimientos ni
educación.
Lo mismo nos ocurre con los animales, los niños y los pueblos
primitivos. Admiramos la sagacidad «natural» de los animales, la
vivacidad «natural» del niño o del hombre primitivo. Hablamos de
la «sabiduría» de las aves migratorias, capaces de hallar un clima
más cálido cuando llega el invierno; o del niño, que sabe
instintivamente cuánta leche puede absorber su cuerpo; o del salvaje
que, en su medio natural, sabe adaptarse a las exigencias de la
Naturaleza.
«Si nuestra pierna o nuestro brazo nos ofende» exclama con
elocuencia Burton en luí anatomía de la melancolía, «nos
esforzamos, echando mano de todos los recursos posibles, por
corregirla; y si se trata de una enfermedad del cuerpo, mandamos
llamar a un médico; pero no prestamos atención a las enfermedades
del espíritu: por una parte nos acecha la lujuria, y por otra lo hacen
la envidia, la cólera y la ambición. Como otros tantos caballos
desbocados nos desgarran las pasiones, que son algunas fruto de
nuestra disposición, y otras del hábito; y una es la melancolía, y otra
la locura; ¿y quién busca ayuda, y reconoce su propio error, o sabe
que está enfermo? Como aquel estúpido individuo que apagó la vela
para que las pulgas que lo torturaban no pudiesen hallarlo…».
Burton señala aquí una de las principales características de la
estupidez: apagar la vela —ahogar la luz— confundir la causa y el
efecto. Las pulgas que nos pican prosperan en la oscuridad; pero
nuestra estupidez supone que si no podemos verlas, ellas tampoco
nos verán… del mismo modo que el hombre estúpido vive siempre
en la inconciencia de su propia estupidez. El hombre realmente
discreto lo es sin pensar. Su mente no es la fuente de su propia
sabiduría, sino más bien el recipiente y el órgano de expresión. El
ego que piensa correctamente no tiene otra tarea que la de tomar
nota de los deseos instintivos. A lo sumo, decide si es conveniente o
no seguir estos impulsos en las circunstancias dadas. Esta «crítica»
no constituye una cualidad independiente del ego pensante, sino
desarrollo final de un proceso instintivo. Cuando cobra caracteres
conscientes o superconscientes, fracasa. Como previene Hazlitt: «La
afectación del raciocinio ha provocado más locuras y determinado
más perjuicios que ningún otro factor». En los niños y en los
pueblos primitivos se observa que el pensamiento está consagrado
casi exclusivamente a la autoexpresión y no a la creación. Pues toda
actividad creadora es siempre resultado del instinto, por mucho que
nos esforcemos por infundirle carácter consciente.
Existen individuos en quienes el instinto y el pensamiento
están totalmente fusionados; en tal caso nos hallamos frente a un
genio, un ser humano capaz de expresar cabalmente sus cualidades
humanas. Pero esto es posible únicamente cuando el hombre no
utiliza el pensamiento para disimular sus propios instintos, sino más
bien para darles más perfecta expresión. Todos los grandes
descubrimientos son fruto de la perfecta cooperación entre el
instinto y la razón. Dice el doctor Feldmann:
«En la práctica médica a menudo observamos que los medios
de expresión —el proceso de pensamiento— parece desplazar
completamente los instintos, monopolizando o usurpando el lugar de
estos. El pensamiento es esencialmente una inhibición, y si domina
la vida espiritual del individuo, puede determinar la parálisis total de
las emociones. En este caso nos hallamos ya ante una condición
patológica, relacionada con el sentimiento de la anormalidad y de la
enfermedad, capaz de provocar sufrimientos y de obligar al hombre
a negar una de las más importantes manifestaciones de la vida
humana: sus emociones. Por lo tanto, es posible alcanzar la sabiduría
por dos caminos: absteniéndose totalmente de pensar, y confiando
exclusivamente en los instintos, o pensando, pero solo para expresar
el propio yo. En su condición de seres emocionales, todos los
hombres son iguales, del mismo modo que solo existen pequeñas
diferencias anatómicas entre todos los miembros de la raza humana.
Por consiguiente, el hombre estúpido es tal porque no quiere o no se
atreve a expresar su propio yo; o porque su aparato pensante se ha
paralizado, de modo que no es apto para la autoexpresión, de modo
que el individuo no puede ver u oír las directivas impartidas por sus
propios instintos».
Toda actividad humana es autoexpresión. Nadie puede dar lo
q