LA
BELLEZA
DE
SER
SACERDOTE
EN
LA
CULTURA
ACTUAL
Ángel
Cordovilla
Pérez
Salamanca,
8
de
marzo
de
2016
Podríamos
haber
titulado
esta
conferencia
sencillamente
como
ser
sacerdote
en
la
cultura
actual.
¿Por
qué
preceder
esta
afirmación
por
el
sustantivo
belleza?
¿Qué
añade
la
expresión
«la
belleza
de
ser»
al
verbo
«ser»
sin
más.
En
primer
lugar,
la
percepción
concreta
de
lo
que
un
sacerdote
es
desde
el
punto
de
vista
ontológico
y
esencial.
Es
evidente
que
cuando
queremos
contemplar
el
sacerdocio
en
su
belleza
intrínseca
y
no
solo
en
su
deber
moral
tenemos
que
tomar
como
base
lo
que
lo
define
desde
un
punto
de
vista
teológico
y
esencial,
pero
aquí
al
hablar
de
belleza
queremos
poner
de
relieve
la
existencia
concreta
del
sacerdote
en
el
marco
de
la
cultura
actual.
Cuando
la
teología
actual
ha
propuesto
el
trascendental
de
la
belleza
para
contemplar
la
figura
de
la
revelación
que
es
Cristo,
ha
querido
ir
más
allá
del
racionalismo
y
moralismo
ilustrado
que
desde
sus
condiciones
apriorísticas
quiso
imponer
la
forma
de
aparición
de
esa
figura.
Si
lo
primero
es
la
belleza
como
expresión
de
la
verdad
interna
de
una
realidad,
pero
manifestada
en
su
figura
concreta
e
histórica
y
no
ideal,
entonces
al
contemplarla
debemos
dejar
que
ella
se
nos
dé
y
se
nos
muestre
en
toda
su
dimensión
y
en
total
libertad,
sin
imponerle
nuestros
presupuestos
u
horizontes
culturales,
habitualmente
demasiado
estrechos.
Por
eso,
en
segundo
lugar,
habría
otra
nota
importante
en
el
sustantivo
belleza
acompañando
al
verbo
ser.
Este
término
no
podemos
entenderlo
desde
un
punto
de
vista
puramente
estético
y
mucho
menos
cosmético,
al
menos
tal
y
como
estos
conceptos
son
entendidos
hoy.
Con
el
término
belleza
queremos
subrayar
la
gracia
de
ser
sacerdote,
como
un
don
previo
a
nuestra
decisión
personal;
la
alegría
que
supone
ser
llamado
por
el
Señor
a
este
ministerio,
antes
que
las
decisiones
y
opciones
morales
que
conlleva.
No
porque
haya
que
ocultar
este
«deber
ser»
o
imperativo
que
nace
del
don
recibido,
sino
porque
hay
que
ponerlo
en
su
justa
relación.
La
tradición
cristiana
ha
comprendido
unidas
la
acción
del
Espíritu
en
la
creación
con
la
belleza
de
la
obra
creadora,
como
acción
perfectiva
que
lleva
adelante
y
consuma
el
don
y
la
vocación
original
que
Dios
ha
puesto
en
ella.
De
aquí
que
la
belleza
de
ser
sacerdote,
finalmente,
se
muestre
ante
todo
en
el
contraste
que
resulta
de
la
confluencia
entre
el
don
de
Dios
que
es
dado
de
una
vez
para
siempre
en
el
sacramento
del
orden
y
la
fragilidad
humana
de
la
existencia
concreta
del
sacerdote
que
va
siéndolo
a
lo
largo
de
toda
su
vida.
Su
belleza
no
está
en
aparecer
ante
el
mundo
desde
una
santidad
y
perfección
separada
del
resto
de
los
mortales,
sino
en
la
docilidad
al
Espíritu
de
Dios
que
va
conformando
en
la
ambigüedad
y
paradoja
de
nuestra
vida
la
imagen
de
Jesucristo.
Por
eso,
cuando
1
hablamos
de
la
belleza
de
ser
sacerdote
aparece
a
la
vez
su
gracia
y
su
cruz;
su
gloria
y
su
peso;
su
atractivo
y
su
extrañeza,
tanto
para
el
sujeto
que
lo
vive
como
para
la
sociedad
y
la
cultura
que
lo
rodea.
1. LA
BELLEZA
DE
SER
UN
DISCÍPULO
Muchas
veces
se
nos
olvida
que
un
sacerdote
es
ante
todo
una
persona
llamada
por
el
Señor
para
ser
su
discípulo.
Ser
sacerdote
no
comienza
por
una
decisión
personal,
sino
por
la
llamada
de
Otro.
En
una
sociedad
donde
la
libertad
personal
y
la
autonomía
se
ha
convertido
en
una
realidad
sagrada,
ser
cura
comienza
por
la
decisión
y
la
libertad
de
otra
persona.
Esta
realidad
cuesta
percibirla,
porque
al
inicio
parece
que
se
trata
de
una
decisión
personal
que
nace
de
la
libertad
individual,
pero
una
va
aprendiendo
que
esto,
sin
ser
falso,
no
es
toda
la
verdad,
ni
si
quiera
la
verdad
primera
ni
la
más
radical.
La
historia
de
un
sacerdote
no
comienza
cuando
él
decide
ser
sacerdote,
sino
que
siempre
comienza
en
la
llamada
libérrima
y
gratuita
de
Dios.
Él
es
quien
decide
en
su
amor
y
misericordia
compartir
con
los
hombres
la
misión
de
su
Hijo,
asociándolos
a
su
tarea,
a
su
misión
y
a
su
persona.
Por
esta
razón,
por
mucho
que
un
sacerdote
avance
en
el
camino
de
su
vocación,
siempre
ha
de
ser
consciente
de
que
es
un
discípulo
que
sigue
al
Señor.
El
inicio
de
su
ser
y
su
vocación
no
está
en
él,
sino
en
ser
llamado
por
Dios.
Y
por
esta
razón,
pertenece
a
la
esencia
y
naturaleza
de
su
vocación
y
de
su
vida
mantenerse
con
fidelidad
en
el
seguimiento
de
su
Hijo.
En
1957
el
sacerdote
Jorge
Sanz
Vila
hizo
una
encuesta
entre
diversos
sacerdotes
preguntándoles
el
motivo
por
el
cuál
se
hicieron
sacerdotes.
La
respuesta
de
uno
de
ellos
llamado
Hans
Urs
von
Balthasar
es
sobrecogedora:
«Tú
has
sido
llamado,
tú
no
servirás,
hay
quien
se
servirá
de
ti;
tu
no
debes
hacer
proyectos,
no
eres
más
que
una
piedra
pequeña
de
un
mosaico
preparado
desde
hace
tiempo.
Yo
no
debía
más
que
abandonarlo
todo
y
seguirle»
(Por
qué
me
hice
sacerdote,
Salamanca
1980).
En
realidad
resuenan
las
palabras
de
Jesús
en
el
evangelio
cuando
dice
a
sus
discípulos:
«No
sois
vosotros
los
que
me
habéis
elegido,
soy
yo
quien
os
he
elegido
y
os
he
destinado
para
que
deis
fruto»
(Jn
15,
8).
O
aquellas
del
evangelio
de
Marcos
que
con
fuerza
subraya
que
cuando
Jesús
eligió
a
los
Doce
apóstoles
llamó
a
los
que
el
quiso
(Mc
3,13-‐16).
Un
querer
de
Jesús
que
implica
su
libre
voluntad
y
decisión
soberana,
a
la
vez
que
el
amor
que
deposita
en
quien
es
elegido
libre
y
gratuitamente.
Esta
verdad
previa
fundamental
vinculada
al
origen
de
la
vocación
sacerdotal,
no
se
queda
en
el
inicio,
sino
que
es
fundamento
necesario
para
toda
la
vida
apostólica.
Un
sacerdote
siempre
es
un
discípulo.
Nunca
está
el
discípulo
por
delante
del
maestro.
Y
desde
esta
lógica
hay
que
entender
el
papel
de
la
formación
en
el
sacerdocio.
Desde
luego
que
toda
profesión
necesita
su
capacitación
para
ejercerla.
Y
el
oficio
sacerdotal
también
requiere
la
formación
necesaria.
Pero
esta
formación
es
la
expresión
concreta
de
que
un
sacerdote
siempre
es
un
discípulo.
Ésta
se
vive
con
intensidad
en
el
tiempo
del
seminario.
Donde
el
futuro
sacerdote,
a
la
vez
que
2
profundizar
en
la
pureza
de
su
intención
y
en
la
verdad
de
la
vocación,
va
tomando
conciencia
de
esa
precedencia
de
Cristo
sobre
su
vida
y
sobre
su
llamada.
Ni
siquiera
la
vocación
le
pertenece
a
él,
sino
a
Cristo
y
a
su
Iglesia.
Ese
proceso
de
expropiación
hacia
Cristo
y
de
objetivación
de
su
vocación
hacia
la
Iglesia
es
el
hecho
más
importante
y
decisivo
que
ha
de
acontecer
en
el
tiempo
de
formación
para
el
sacerdocio
(seminario).
Pero,
como
ha
puesto
de
relieve
la
importante
exhortación
apostólica
de
Juan
Pablo
II
Pastores
dabo
vobis,
la
formación
sacerdotal
es
una
exigencia
permanente.
Y
la
razón
es
la
misma.
No
sólo
para
mantener
la
calidad
de
la
capacitación
para
el
desempeño
de
una
función,
sino
porque
el
sacerdote
siempre
es
un
discípulo
de
Jesús,
un
seguidor
de
su
Señor
y
Maestro.
El
déficit
de
la
formación
sacerdotal
que
vivimos
en
la
actualidad,
en
mi
opinión,
es
expresión
de
una
crisis
más
profunda:
los
sacerdotes
nos
olvidamos
fácilmente
de
nuestra
condición
de
discípulos.
Y
esto
en
todas
las
dimensiones
de
nuestra
vida:
en
la
dimensión
humana,
intelectual,
pastoral,
espiritual
y
comunitaria.
Es
aquí
donde
se
juega
la
posibilidad
de
la
renovación
de
la
vida
y
el
ministerio
de
los
presbíteros.
Podemos
cambiar
las
estructuras
pastorales,
puede
cambiar
la
situación
cultural
y
social,
pero
si
no
trabajamos
en
esta
dimensión
personal
de
la
vocación
que
nos
haga
ser
conscientes
de
nuestro
carácter
esencial
de
discípulos
de
Jesús
y
seguidores
de
Cristo,
al
final
serán
cambios
superficiales
que
no
afectarán
a
la
vida
real
de
los
presbíteros.
Debemos
reconocer
que
esto
no
es
sencillo,
pues
la
vida
apostólica
y
misionera
nos
lleva
a
ser
pastores
y
representantes
visibles
de
la
comunidad
cristiana,
a
la
que
tenemos
que
acompañar
y
guiar,
pero
por
otro
lado
nos
vemos
necesitados
de
ser
acompañados
y
guiados
por
otros
y
por
el
Señor.
2. LA
BELLEZA
DE
SER
UN
APÓSTOL
Sacerdotes,
curas,
presbíteros,
apóstoles…
Todos
ellos
son
nombres
que
hemos
utilizado
en
la
historia
de
la
Iglesia
para
referirnos
a
aquellos
bautizados
que
en
la
Iglesia
son
elegidos
para
el
ejercicio
del
ministerio
ordenado.
¿Qué
nombre
utilizar?
Todos
son
legítimos.
Yo
mismo
los
he
ido
utilizando
aquí
indistintamente.
El
Concilio
Vaticano
II
también
lo
hace,
aunque
a
la
hora
de
exponer
los
principios
fundamentales
de
su
ser
y
su
misión
elige
la
expresión
ministerio
apostólico.
¿Por
qué?
¿Qué
consecuencias
tiene
esto
para
la
comprensión
del
sacerdocio?
Ante
todo
significa
que
el
centro
de
referencia
del
sacerdocio
es
Cristo
y
los
apóstoles.
Superando
una
cierta
comprensión
reductora
del
decreto
del
Concilio
de
Trento
sobre
el
sacerdocio
donde
lo
vinculaba
exclusivamente
al
sacrificio
de
la
Misa
comprendido
desde
el
sentido
ritual
del
término
sacerdocio,
el
Decreto
Prebiterorum
ordinis
del
Concilio
Vaticano
II
pone
el
centro
de
referencia
en
el
envío
del
Hijo
por
parte
del
Padre.
Dice
así
en
el
número
2:
3
«El
Señor
Jesús,
a
quien
el
Padre
santificó
y
envió
al
mundo
(Jn
10,36),
hizo
partícipe
a
todo
su
cuerpo
místico
de
la
unción
del
Espíritu
con
que
él
está
ungido…
El
mismo
Señor
constituyó
a
algunos
de
ellos
ministros
que
ostentando
la
potestad
sagrada
en
la
sociedad
de
los
fieles,
tuvieran
el
poder
sagrado
del
orden,
para
ofrecer
el
sacrificio
y
perdonar
pecados,
y
desempeñaran
en
nombre
de
Cristo
la
función
sacerdotal
a
favor
de
los
hombres…
Así,
pues,
enviados
los
apóstoles,
como
él
había
sido
enviado
por
el
Padre,
Cristo
hizo
partícipes
de
su
consagración
y
misión,
por
medio
de
los
mismos
apóstoles,
a
los
sucesores
de
éstos,
los
obispos,
cuya
función
ministerial
se
ha
confiado
a
los
presbíteros,
en
grados
subordinado,
con
el
fin
de
que,
constituidos
en
el
orden
del
presbiterado,
fueran
cooperadores
del
orden
episcopal,
para
el
cumplimiento
de
la
misión
apostólica
que
Cristo
les
confirió».
El
punto
de
partida
para
la
comprensión
del
ministerio
ordenado
es
la
consagración
y
misión
del
Hijo
enviado
por
el
Padre.
En
esta
misión
está
unido
todo
su
cuerpo,
que
es
la
Iglesia,
ungida
y
enviada
por
el
mismo
Espíritu
de
Cristo.
Con
una
misión
y
consagración
especial
son
enviados
los
apóstoles
y
los
sucesores
de
éstos,
los
obispos.
Y
desde
este
ministerio
apostólico
es
comprendido
el
ministerio
ordenado,
los
curas,
los
sacerdotes.
Su
función
es
obrar
en
nombre
de
Cristo
Cabeza
en
tres
órdenes
o
ministerios:
el
de
la
Palabra
y
anuncio
del
Evangelio,
el
de
los
sacramentos
y
la
celebración
de
la
Eucaristía,
el
de
la
guía
y
conducción
del
Pueblo
de
Dios
en
su
camino
hacia
el
Reino.
Por
esta
razón,
a
mi
el
título
que
más
me
gusta
para
el
sacerdote
es
el
de
apóstol
de
Jesucristo.
Y
la
figura
que
para
mí
destaca
en
este
sentido
es
Pablo
de
Tarso.
Él,
como
cada
uno
de
nosotros
después,
no
hemos
conocido
personalmente
a
Jesús
terreno.
Sino
que
ya
seguimos
al
Señor
resucitado.
Para
Pablo
hay
dos
títulos
que
añade
a
su
nombre
en
la
presentación
que
él
mismo
hace
en
las
cartas
poniendo
de
relieve
cuál
es
su
identidad
más
profunda.
Los
dos
títulos
son:
esclavo
de
Cristo
Jesús
y
llamado
a
ser
apóstol
(Rom
1,1ss).
Ambos
significan
una
misma
cosa:
son
expresión
de
dignidad;
y
por
otro
lado,
de
que
él
es
propiedad
e
instrumento
en
manos
de
Cristo.
El
título
de
apóstol
sitúa
el
ser
sacerdotal
en
dependencia
absoluta
del
Hijo:
tanto
de
su
misión
como
de
su
persona.
Profundicemos
brevemente
en
estos
títulos
desde
la
perspectiva
paulina
en
la
Carta
a
los
Romanos,
verdadero
corazón
del
mensaje
paulino.
Con
el
título
de
esclavo,
se
ve
con
claridad
que
a
pesar
de
que
este
«evangelio»
y
esta
carta
son
su
síntesis
personal,
no
se
presenta
en
nombre
propio,
sino
en
el
nombre
de
quien
lo
envía,
en
el
nombre
de
su
Señor.
Esta
absoluta
dependencia
se
expresa
de
forma
clara
cuando
utiliza
el
título
de
Esclavo.
Aquí
no
está
utilizando
la
expresión
servidor
(diakonos),
sino
esta
expresión
más
escandalosa
y
radical
que
es
la
de
esclavo
(doulos),
él,
que
se
consideraba
también
un
ciudadano
libre.
Ya
en
Filipenses
se
presenta
como
aquel
que
ha
sido
poseído
y
alcanzado
enteramente
por
el
Señor
(Flp
3,
12).
Por
esta
razón
no
se
conforma
con
servir
al
Señor,
pero
siendo
él,
en
el
fondo,
el
señor
y
dueño
de
su
propia
vida.
Sino
que
sirve
al
Señor
y
a
su
Evangelio
siendo
consciente
de
que
ha
pasado
a
ser
propiedad
del
Señor
y
su
instrumento.
En
4
una
formulación
muy
fuerte
podemos
decir
que
se
ha
convertido
en
su
propio
cuerpo
(cfr.
1Cor
15,23,
Rom
8,9;
1Cor
3,23;
2Cor
10,7).
A
pesar
de
que
esta
afirmación
nos
puede
parecer
extrema,
esto
es
en
realidad
lo
que
hoy
decimos
cuando
expresamos
teológicamente
que
el
apóstol
y
el
sacerdote
actúa
in
persona
Christi.
Una
realidad
que
aparece
de
forma
visible
y
lo
realizamos
ejemplarmente
y
de
forma
suprema
en
la
Eucaristía
y
en
el
sacramento
de
la
reconciliación,
aunque
no
de
forma
exclusiva.
En
estos
sacramentos
el
sacerdote,
apóstol
y
esclavo
de
Cristo
Jesús,
dice
«Tomad
esto
es
mi
cuerpo»;
«Yo
te
absuelvo
en
el
nombre…».
No
decimos,
tomad
este
es
el
cuerpo
de
Cristo.
Hasta
ahora
esta
presidencia
de
la
eucaristía
la
habíamos
entendido
como
un
poder
sagrado
y
una
dignidad
personal.
Y
es
verdad,
pero
este
poder
y
dignidad
está
vinculado
estrechamente
al
servicio
como
esclavo,
tal
como
Pablo
nos
los
enseña
con
su
propia
vida,
siendo
resplandor
de
la
vida
y
ejemplo
del
Señor,
que
tomó
la
condición
de
esclavo
(cfr.
Flp
2,7).
Actuamos
en
nombre
de
Cristo,
pero
no
somos
Cristo.
Aquí
se
produce
de
nuevo
una
tensión
fundamental
donde
se
muestra
la
belleza
y
grandeza
oculta
del
sacerdote:
entre
la
actuación
en
nombre
y
representación
de
Cristo
como
Cabeza
de
la
Iglesia
y
la
frágil
existencia
personal,
incluida
la
fragilidad
del
pecado.
Cristo
se
hace
presente
en
la
fragilidad
de
la
existencia
del
sacerdote.
El
que
envía
se
hace
presente
en
quien
es
enviado.
Como
dijo
Benedicto
XVI
con
especial
belleza
y
profundidad
en
la
homilía
de
la
clausura
del
año
sacerdotal
el
11
de
junio
de
2010:
«El
sacerdocio
no
es
un
simple
“oficio”,
sino
un
sacramento:
Dios
se
vale
de
un
hombre
con
sus
limitaciones
para
estar,
a
través
de
él,
presente
entre
los
hombres
y
actuar
en
su
favor.
Esta
audacia
de
Dios,
que
se
abandona
en
las
manos
de
seres
humanos;
que,
aun
conociendo
nuestras
debilidades,
considera
a
los
hombres
capaces
de
actuar
y
presentarse
en
su
lugar,
esta
audacia
de
Dios
es
realmente
la
mayor
grandeza
que
se
oculta
en
la
palabra
“sacerdocio”».
Un
momento
decisivo
para
la
dilucidación
del
sentido
de
esta
actuación
en
nombre
de
Cristo
respecto
a
la
vida
concreta
del
presbítero
fue
entre
los
siglos
III
y
V
con
la
controversia
donatista
en
el
norte
de
África.
Es
cierto
que
es
una
situación
límite
y
no
puede
ser
esgrimida
como
forma
normal
de
la
dispensación
de
los
misterios
de
Dios.
Los
sacramentos
dispensados
por
el
sacerdote
que
ha
traicionado
la
fe
católica,
¿son
válidos?
Los
sacerdotes
que
llevan
una
vida
pecadora,
¿tienen
capacidad
para
santificar
a
través
de
sus
palabras?
Sí,
porque
ellos
no
representan
a
Cristo
sustituyéndolo,
sino
que
es
Cristo
quien
por
la
fuerza
del
Espíritu
se
hace
presente
en
su
acción
sacramental.
Es
Cristo
quien
anuncia
el
Evangelio,
quien
bautiza,
quien
preside
la
eucaristía.
Todos,
el
sacerdote
el
primero,
han
de
ser
conscientes
de
esta
distancia
entre
el
ser
y
la
misión.
La
vida
del
sacerdote
entendida
con
el
término
clásico
de
ascética,
está
en
ir
acercando
cada
vez
más
estas
dos
dimensiones,
pero
siendo
consciente
siempre
y
con
humildad
de
que
esta
distancia,
tensión
y
paradoja
son
infranqueables.
5
El
sacerdote
no
es
[otro]
Cristo,
sino
que
es
Cristo
quien
se
hace
presente
a
través
de
los
gestos,
palabras
y
acciones
del
sacerdote.
Él
no
es
Cristo,
sino
apóstol
de
Cristo
y
Esclavo
del
Señor.
Desgraciadamente
por
crímenes
execrables
e
injustificables,
en
el
momento
actual
de
la
historia
de
la
Iglesia
esta
verdad
fundamental
hemos
tenido
que
aprenderla
de
una
forma
excesivamente
brusca.
No
podemos,
ni
debemos,
idealizar
la
vida
de
los
curas,
ni
exigirles
la
santidad
de
Jesucristo.
La
santidad
es
de
la
Iglesia
y
el
resto
de
los
miembros
somos
pecadores
que
intentamos
no
ser
obstáculo
a
la
mediación
salvífica
que
Cristo
obra
por
medio
de
cada
uno
de
nosotros.
El
ser
representación
de
Cristo
en
la
actuación
salvífica
(no
en
todo
lo
que
hacemos,
aunque
deberíamos
estar
llamados
a
ello)
no
puede
llevar
a
una
consideración
angélica
de
los
sacerdotes.
La
expresión
clásica,
muy
utilizada,
de
que
el
sacerdote
es
un
alter
Christus
o
la
más
moderna
de
ser
pura
trasparencia
del
Buen
Pastor
siendo
verdaderas
y
teniendo
una
intuición
auténtica,
pueden
conducir
a
un
grave
error.
Ni
el
sacerdote
sustituye
la
presencia
de
Cristo,
sino
que
como
ya
hemos
dicho
la
hace
presente
sacramentalmente;
y
la
mediación
sacramental
nunca
es
pura
trasparencia;
siempre
se
da
en
la
ambigüedad
y
fragilidad
de
la
existencia
humana.
No
a
pesar
de
ella,
sino
en
ella,
a
través
de
ella.
Ésta
es
la
audacia
de
Dios
y
aquí
está
la
belleza
de
ser
sacerdote.
Y
así
lo
entendió
Pablo
de
Tarso
cuando
en
la
Segunda
Carta
a
los
Corintios
afirma
desde
su
experiencia
personal
que
la
fuerza
y
gracia
de
Dios
se
realiza
en
la
debilidad
del
apóstol.
Una
de
las
pruebas
más
duras
de
la
vida
sacerdotal
es
experimentar
el
fracaso
de
que
la
realidad
que
uno
empieza
a
vivir
en
su
ministerio
(ya
sea
personal,
comunitaria,
eclesial
o
social)
no
coincide
totalmente
con
los
deseos
que
uno
ha
ido
creando
a
lo
largo
de
la
formación
para
el
sacerdocio
en
el
seminario.
Aprender
a
digerir
esta
situación,
haciéndola
momento
de
gracia,
es
una
cuestión
decisiva
para
la
perduración
en
la
vocación
y
el
ministerio
recibido.
Creo
que
no
solucionar
esta
cuestión
es
una
de
las
causas
de
las
secularizaciones
de
los
sacerdotes
en
los
primeros
años
de
ministerio.
El
Evangelio,
el
Cuerpo
de
Cristo,
el
Reino
de
Dios,
son
realidades
que
nos
superan
infinitamente
y
respecto
a
las
cuales
nunca
podremos
estar
a
la
altura
de
las
circunstancias.
Asumir
con
humildad
esta
pobreza
y
vivirla
como
un
acicate
para
la
santificación
personal
es
algo
constitutivo
de
la
vida
del
apóstol,
pues
hace
que
no
pueda
apropiarse
nunca
de
nada:
ni
del
evangelio,
ni
de
la
comunidad
eclesial
a
la
que
es
enviado,
ni
de
los
frutos
apostólicos
que
puedan
darse
a
través
de
su
acción
pastoral,
es
decir,
que
sea
más
consciente
de
que
es
apóstol
de
Jesucristo
y
esclavo
de
su
Señor.
Es
ahí,
y
no
el
éxito,
donde
puede
decir
realmente
aquella
otra
expresión
paulina
de
que
«ya
no
soy
yo,
sino
que
es
Cristo
quien
vive
en
mi»
(Gal
2,20).
3. LA
BELLEZA
DE
SER
UN
HERMANO
En
tercer
lugar,
el
ministerio
ordenado
se
da
en
la
Iglesia
y
en
una
forma
constitutivamente
eclesial.
La
belleza
de
ser
sacerdote
se
trasforma
en
la
belleza
de
6
ser
un
hermano.
Junto
a
la
intransferible
llamada
personal,
Jesús
llamó
a
los
discípulos
como
grupo.
El
ministerio
ordenado
tiene
su
forma
plena
de
expresión
y
comprensión
en
el
obispo,
sucesor
de
los
apóstoles.
Y
el
obispo,
a
su
vez,
no
puede
entenderse
de
forma
aislada,
sino
como
miembro
del
colegio
apostólico,
unido
a
la
cabeza
de
este
cuerpo
que
es
el
sucesor
de
Pedro,
el
obispo
de
Roma.
Los
presbíteros
son
colaboradores
de
los
obispos.
No
les
deben
a
ellos
el
ministerio
sacerdotal,
sino
que
participan
directamente
del
único
sacerdocio
de
Cristo.
Pero
en
el
ejercicio
de
su
misión
han
de
realizarlo
en
comunión
plena
con
él.
Y
además,
la
forma
plena
de
comprensión
del
presbítero
es
en
el
presbiterio
o
lugar
donde
se
expresa
la
fraternidad
sacerdotal.
La
forma
plena
de
ser
ordenado
presbítero
y,
por
lo
tanto,
también
de
su
ejercicio
y
su
forma
de
vida
es
en
plural,
es
decir,
como
presbíteros.
Y
no
hace
falta
que
un
sacerdote
pertenezca
a
una
comunidad
eclesial
concreta
o
a
una
orden
religiosa
que
tiene
en
el
centro
de
su
carisma
y
de
sus
votos
la
vida
comunitaria.
Aquí
la
comunidad
es
sacramental.
Es
decir,
que
no
nace
de
un
voto
o
de
una
regla,
sino
de
la
naturaleza
misma
del
sacramento
del
orden;
está
dada
con
el
sacramento
mismo.
No
es
una
cuestión
opcional
o
carismática,
sino
constitutiva
del
ser
sacerdotal.
Y
esto,
lo
hace
más
exigente
y
a
la
vez
lo
más
frágil.
Desde
mi
punto
de
vista
aquí
se
juega
mucho
de
la
misión
de
la
iglesia
y
de
la
salud
personal
del
clero
en
el
futuro.
Pues
la
dimensión
comunitaria
de
la
vida
y
misión
del
ministerio
ordenado
está
pidiendo
una
reforma
de
las
estructuras
pastorales
de
la
Iglesia.
Si
antes
hablaba
de
que
la
desproporción
no
asumida
entre
deseo
y
realidad
puede
provocar
en
muchos
casos
la
secularización,
una
falta
de
vida
eclesial
y
comunitaria
lleva
a
otro
tipo
de
problemas,
como
por
ejemplo
el
de
la
funcionalización
de
la
vocación,
convirtiendo
el
ministerio
en
una
profesión
pública
con
horario
determinado,
dejando
la
vida
privada
para
otros
menesteres
y
así,
a
la
larga,
creando
de
hecho
una
doble
vida.
Hace
unos
años,
leyendo
un
libro
del
Card.
Lehamnn,
me
sorprendió
que
una
de
sus
preocupaciones
respeto
a
la
vida
del
clero,
fuera
que
estos
no
quisieran
tener
más
en
su
casa
una
ama
de
llaves.
Para
un
cura
español
esta
afirmación
es
muy
sorprendente,
ya
que
para
su
sueldo
pagar
este
tipo
de
servicio
es
imposible.
Pero
la
cuestión
de
fondo
a
la
que
apunta
el
Cardenal
es
el
problema
de
la
privatización
de
la
vida,
el
aislamiento
y
el
individualismo.
La
vida
aislada,
con
falta
de
participación
en
el
presbiterio
en
comunión
real
con
otros
sacerdotes,
tiene
un
grave
peligro
de
provocar
una
secularización
de
hecho
en
la
vida
del
presbítero,
se
formalice
o
no
en
una
secularización
real,
o
sea
vivida
a
través
de
la
funcionalización
del
ministerio
o
una
doble
vida.
Esta
dimensión
comunitaria
de
nuestra
vida
sacerdotal
se
vuelve
más
necesaria
en
nuestro
contexto
histórico
y
eclesial
actual.
La
situación
de
diáspora
y
fragilidad
que
vive
hoy
la
Iglesia,
y
dentro
de
ella
especialmente
el
orden
de
los
presbíteros,
va
a
hacer
de
esta
comprensión
comunitaria
de
la
vida
y
el
ser
sacerdotal
una
cuestión
decisiva
para
la
misión
y
evangelización
de
la
Iglesia.
Porque
en
un
futuro
cercano,
desde
los
datos
que
tenemos
en
la
actualidad,
esta
situación
de
diáspora
personal
y
7
fragilidad
institucional
no
se
va
a
invertir,
sino
más
bien
a
profundizar.
¿Podremos
seguir
manteniendo
la
forma
de
vida
actual
de
tantos
sacerdotes
solos
y
aislados
que
tiene
que
atender
comunidades
pequeñísimas
que
no
tienen
capacidad
ni
para
soportar
una
celebración
digna
de
la
eucaristía
dominical?
Los
sacerdotes
tendremos
que
asumir
de
verdad
en
nuestra
forma
de
vida
y
actividades
pastorales
que
la
representación
de
Cristo
Cabeza
y
Pastor
de
su
Iglesia
no
es
del
sacerdote
aislado
que
lo
hace
todo
y
sabe
hacer
de
todo,
sino
la
del
obispo
con
su
presbiterio.
Junto
a
esta
dimensión
comunitaria
del
ser
sacerdotal
respecto
al
obispo
y
otros
sacerdotes,
hay
que
tener
en
cuenta
que
el
sacerdote
es
un
hermano
entre
hermanos
con
otros
miembros
de
la
Iglesia.
Que
el
presbítero
sea
apóstol
de
Cristo
que
actúa
en
representación
suya
como
Cabeza
de
la
Iglesia,
no
puede
inducir
a
pensar
que
el
sacerdote
está
fuera
de
la
Iglesia.
La
alteridad
que
significa
este
actuar
en
nombre
de
Cristo
ha
de
ser
correspondida
con
la
conciencia
de
ser
y
vivir
en
la
comunión
íntima
de
la
Iglesia
como
uno
más.
No
para
disolver
su
ministerio
y
sacerdocio
en
el
sacerdocio
común
o
entenderlo
desde
una
delegación
de
la
comunidad
cristiana
hacia
él
para
el
ejercicio
y
desempeño
de
una
función,
sino
para
enraizar
de
hecho
su
ministerio
en
la
comunión
eclesial.
Y
nuevamente
esta
dimensión
teológica
hay
que
saber
concretarla
en
una
perspectiva
histórica
y
concreta.
Tanto
en
las
estructuras
pastorales
poniendo
de
relieve
que
los
seglares
participando
directamente
de
la
misión
de
Cristo,
sacerdote,
profeta
y
rey,
son
reales
colaboradores
de
la
única
misión
de
la
Iglesia,
como
en
la
vida
diaria
y
en
las
relaciones
personales,
evitando
así
el
clericalismo
que
tanto
nos
afecta
y
nos
enferma
a
los
sacerdotes.
4. LA
BELLEZA
DE
SER
UN
HOMBRE
El
sacerdote
es
un
hombre.
La
belleza
de
ser
sacerdote
no
puede
darse
separada
de
esta
verdad
fundamental,
muchas
veces
olvidada.
El
sacerdote
es
un
ser
humano
y
nunca
deja
de
serlo.
Los
actuales
estudios
sobre
el
perfil
sociológico
de
los
sacerdotes
más
jóvenes
ponen
de
relieve
que
se
está
produciendo
un
«retorno
a
lo
sagrado».
La
desacralización
realizada
de
la
figura
del
presbítero
en
los
años
posconciliares
ha
ido
dando
paso,
poco
a
poco,
a
una
nueva
sacralización
de
su
vida
y
su
misión.
Da
la
impresión
que
se
está
produciendo
un
típico
movimiento
pendular
característico
en
las
sociedades
y
en
las
instituciones.
Son
muchas
las
razones
que
se
concitan
en
este
hecho
para
que
podamos
resolverlas
aquí.
No
es
esta
tampoco
mi
intención.
Más
bien
quiero
poner
de
relieve
y
en
valor
la
doctrina
conciliar
en
torno
al
ministerio
apostólico
presbiteral
donde
la
dimensión
secular
es
esencial
a
su
ser
y
a
su
espiritualidad.
Una
secularidad
que
no
podemos
entender
como
una
mundanización,
pues
el
carácter
secular
de
la
Iglesia,
de
todo
cristiano
y
del
sacerdote
es
vivido
siempre
desde
una
tensión
interna
que
nunca
puede
desaparecer:
del
mundo,
sin
ser
del
mundo.
El
número
3
de
Presbiterorum
ordinis
tiene
en
cuenta
esta
dimensión
8
secular
de
la
vida
del
presbítero
poniendo
de
relieve
lo
paradójico
de
su
existencia,
desde
donde,
de
nuevo,
aparece
también
su
belleza
y
dignidad:
«No
podrían
ser
ministros
de
Cristo
si
no
fueran
testigos
y
dispensadores
de
otra
vida
más
que
la
terrena,
pero
tampoco
podrían
servir
a
los
hombres
si
permanecieran
extraños
a
su
vida
y
sus
condiciones».
Para
expresar
esta
tensión
interna
a
la
vida
sacerdotal
y
a
la
vida
cristiana
cita
el
comienzo
del
capítulo
12
de
la
Carta
a
los
Romanos
donde
Pablo,
a
la
vez
que
exhortarnos
a
hacer
de
nuestra
propia
vida
una
ofrenda
agradable
y
espiritual
a
Dios,
nos
pide
no
conformarnos
a
este
mundo,
sino
más
bien
transformarnos
en
el
lugar
donde
se
toman
las
decisiones
de
la
vida,
en
la
mente,
viviendo
plenamente
nuestra
condición
humana
y
creatural
(cfr.
Rom
12,1-‐2).
Haciendo
ejercicios
espirituales
en
el
Monasterio
de
Leyre
en
agosto
del
2014
cayó
en
mis
manos
una
obra
sobre
el
sacerdocio
con
un
título
llamativo:
«El
sacerdote
inmaduro.
Un
itinerario
espiritual»
(Stefano
Guaranelli,
Sígueme,
Salamanca
2014).
No
quiero
hacer
una
burda
propaganda,
pero
el
[autor
del]
libro
me
ha
ayudó
a
entender
muchas
cosas
de
mi
propia
vida
sacerdotal
en
su
desarrollo
concreto,
podríamos
decir
aquí,
me
ayudó
a
entender
parte
de
su
belleza
y
su
drama.
La
tesis
fundamental
del
libro
es
que
la
inmadurez
propia
de
la
vida
humana,
también
de
la
vida
del
sacerdote,
es
algo
que
configura
nuestro
ser
y
forma
parte
de
nuestra
psicología.
Cuando
nos
descubrimos
con
ella
en
el
camino
de
la
vida,
no
ha
de
asustarnos,
sino
que
puede
ser
una
rendija,
una
grieta,
a
través
de
la
cual
podemos
entrar
más
intensamente
en
el
misterio
de
la
encarnación
y
así
vivir
nuestro
ministerio
en
el
tejido
de
la
vida
real
y
concreta
de
los
hombres.
Esta
puede
descubrirse
en
que
no
trabajamos
con
la
intensidad
suficiente
guardándonos
algo
para
nosotros
mismos;
en
que
nuestra
intención
en
las
acciones
que
realizamos
no
nace
todavía
de
una
voluntad
absolutamente
disponible
a
Dios
(obediencia);
que
seguimos
siendo
esclavos
de
tantas
cosas
(libertad);
que
no
amamos
con
la
gratuidad
y
generosidad
con
la
que
nosotros
hemos
sido
amados.
La
inmadurez,
de
suyo,
no
es
mala,
sino
una
ocasión
para
el
crecimiento,
pues
cuando
se
vive
o
se
quiere
vivir
desde
la
obediencia
al
Evangelio,
siendo
conscientes
de
nuestra
limitación,
puede
ser
un
paso
en
el
camino
de
ir
llegando
a
la
plena
madurez
en
Cristo.
Cuando
en
virtud
del
sacramento
del
orden,
la
teología
afirma
que
representamos
a
Cristo,
no
somos
conscientes
de
que
esto
se
da
en
el
orden
sacramental
y
especialmente
en
el
contexto
litúrgico.
Después,
esta
verdad
ha
de
ir
siendo
auténtica
en
nuestra
existencia
humana,
en
los
principales
dimensiones
dónde
esta
se
realiza:
en
las
manos
que
trabajan,
en
la
inteligencia
desde
donde
pensamos,
en
nuestra
voluntad
desde
la
que
en
libertad
obramos,
en
el
corazón
desde
el
que
amamos.
Y
es
aquí
donde
siempre
nos
vemos
faltos
e
inmaduros.
Asumir
esta
distancia,
siendo
conscientes
de
nuestra
real
humanidad,
compartida
con
otros
seres
humanos,
no
nos
saca
de
nuestro
ser
y
de
nuestra
vida
sacerdotal,
sino
que
la
enraíza
en
el
mundo
concreto
y
nos
hace
solidarios
del
camino
de
tantos
hombres
y
mujeres
de
nuestro
tiempo,
que
como
nosotros
están
llamados
a
consumar
su
vida
en
la
única
9
vocación
humana.
El
trabajo
con
el
que
nos
ganamos
el
sustento,
la
inteligencia
que
ponemos
al
servicio
de
la
vida,
la
voluntad
con
la
que
obramos
en
libertad
y
el
amor
con
el
que
amamos
a
nuestros
semejantes
forman
parte
de
nuestro
ser
sacerdotal
y
es
aquí
donde
ha
de
mostrarse
nuestra
caridad
pastoral
y
la
pálida
imagen
y
representación
de
Cristo,
como
Buen
Pastor,
que
somos.
Solo
así
aparecerá
ante
los
hombres
la
belleza,
en
toda
su
gloria
y
su
peso,
de
ser
sacerdote
en
la
cultura
actual.
10