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La Mano del Muerto: Dominio Público

La baronesa Danglars recibe en su casa a la alta sociedad parisina. Sin embargo, nota el semblante melancólico de uno de sus invitados, el señor Beauchamp, y le pregunta si ha perdido dinero jugando recientemente. Beauchamp niega jugar por especulación. La conversación gira luego hacia temas políticos, mencionando el cargo de Beauchamp como nuevo fiscal del rey y el pasado de su predecesor, lo que incomoda a la baronesa.

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La Mano del Muerto: Dominio Público

La baronesa Danglars recibe en su casa a la alta sociedad parisina. Sin embargo, nota el semblante melancólico de uno de sus invitados, el señor Beauchamp, y le pregunta si ha perdido dinero jugando recientemente. Beauchamp niega jugar por especulación. La conversación gira luego hacia temas políticos, mencionando el cargo de Beauchamp como nuevo fiscal del rey y el pasado de su predecesor, lo que incomoda a la baronesa.

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LA MANO) DEL MUERTO)
---AVUUUUUUUVVV---
1
ºe M.". O 1 cos y

LA

MANO DEL MUERTO


NOVELA EN CONTINUACION Y CONCLUSION

DEL CONDE DE MONTE-CRIST0.


POR

ALEJANDR0 DUMAS.

MADRID: l BARCELONA:
LIBRERÍA ESPAÑOLA, LIBRERíA DEL PLUs ULTRA,
calle Relatores, nº 14. Rambla del Centro, n.° 15.
LIBRERíA DE sAN MARTIN, LIBRERÍA POPULAR-ECoNóMICA,
calle de la Victoria, n.° 9. Plaza del Teatro,7 cerca del correo.
41859.
Aoco lo 4 6e


+-——
Es propiedad de los Editores.

l, f . . ..."

Barcelona: Imp. de Luis Tasso, calle de Guardia, núm. 45-1859.


LA MANO DELMUERT0 ==Xa=—

I.

Quien habia jugado ya á la alta y baja de fondos.

UANDo la fatalidad y la desgracia nos oprimen,


no falta quien se nos presenta con la sonrisa en
los labios y la alegría en el alma, esperando ha
3 cernos partícipes de ambas, si la miserial no ha
3 concluido aun del todo el prestigio de nuestra an
9 tigua opulencia. - -

33 Es, pues, tal prestigio el que reune en torno


de nosotros átodas las personas que nos conocieron dobladas al
peso del infortunio. . . . . . . . .

La baronesa Danglars, si bien habia sufrido ese peso formida


ble, reunia aun en su casa los principales caballeros del Gand y
tenia el placer de oir elogiar sus doradas salas en París, como en
las que se sabia recibir durante algunas horas átodos esos impíos
elegantes detapete verde y á quienes parece no faltar jamás el oro
ni la voluntad de jugar, mientras haya poco interés en conocer
los variados sistemas de suvida privada. " .. 1" ,

El espíritu de orgullo y ambicion de la interesante baronesa


Danglärs, su figura esbelta y su rostro aristocráticamente páli
8 LA MANO DEL MUERTO.
do, donde brillaban ó languidecían dos bellos ojos negros, cuan
do su endurecido pecho se dilataba con la espansion de un blando
sentimiento, ó se comprimía dominado por la ambicion, no era
lo que menos atraía numerosa concurrencia á sus salones.
A los que viven de emociones fuertes, jamás desagrada una
mujer como la baronesa Danglars. Sus sonrisas de orgullo, su
semblante determinado y altivo, aunque sumiso y hechicero
cuando se dejaba vencer, su mirada elocuente y sagaz; su ver
bosidad estremada , todo concurría para que los jóvenes de gran
tono la inscribiesen en el rol de las leonas, á pesar de haber pa
sado ya la primavera de la vida.
Tal era la condicion en que se tenia á la baronesa Danglars en
el r-.,,r, , ...
En una noche del mes de setiembre de ese año, las salas de su
palacio se hallaban brillantemente iluminadas, y se iban poco á
poco llenando de personas que frecuentaban sus partidas. La ba-
rpuosa opriia, á tejos Jos salones hablando con animacion y reci
biendo las galerías de multitud de caballeros que la seguían,
ó que h espprabau en diversos puntos por donde suponían que de-

i, -rjfóusj que ajpeot? tan melancólico, señor Beauchamp, dijo


á un caballero de fisonomía severa y eistemadamente espresiva
para infundir algo siniestro Se diría que venís dispuesto á eno
jar.os aqu DQPOtros, porque segun se me ha dtefeo, habeis perdi
do en la semana última i..'/! -,;¡
TTf.lffa, eoüiora baronesa, yo, no aeostqmfero llevar cuenta de lo
qqe pierdo al juegow... no juego por especulacion, y haoefe mal
m suponer lo contrarío.
m&kl ciertamente!.... contestó la baronesa con irónica sonri
sa., dándole et \a&m. Yamas . .. me causó desasosiego vuestra nV
«mónita! Coatadme, para volverme la tranquilidad, las noticias
que teneis... las mas recientes. . , . . , ?;.''
-~A mí me las pedís, hermosa baronesa!. ... Ahí tenéis ai ca
ballero LweiauQ IQebray que os las dará awjoras. , ;. :<vi^üc'\
LA MANO DEL MUERTO,

—Está bien, señor; dejad al ministro que parece absorto con


sus grandes ideas ministeriales! Hasta recelo perturbarle porte
mer que venga á esponerme algum proyecto de ley., cosa sien
pre enojosa....!
-Quién! el ministro?
—No, el proyecto!
-Pobre Debray murmuró Beauchamp, él no merece la ironía
de vuestras palabras, reconociéndolo como le reconozco mas
méritos en el ministerio que ámuchos otros que lo han ocupado.
-Así debeis hablar, señor, para que os paguen en la misma
moneda respecto de vuestro nuevo cargo de procurador del rey
lo oís? nosea que acabeis como vuestro antecesor...
Un lijero enrojecimiento coloreó las pálidas mejillas de la ba
romesa, cuyo brazo se estremeció sobre el de Beaucham. La se
ñora Danglars quedó como arrepentida de las palabrasque habia
proferido.
--No, señora baronesa, se apresuróá decir Beauchamp, como
si hubiera aprovechádose de ellas para colocarse en el terreno
que deseaba. Tengo la certeza de que no me sucederá lo mismo,
al menos porigual motivo! Pero ya que habeis hablado del pros
curador del rey, que yo desearia olvidar siempre que concurro á
vuestros salones en noches como esta.....
—Señor....!
–Perdonad, señora baronesa, nadie nos oye, ni sospecha lo
que estamos diciendo, prosiguió el magistrado.
–Basta, señor Beauchamp, basta; ya sé cuanto me querriais
dedir... eso me disgusta yme causa fastidio; no lo sabeis?-0s
habia pedido noticias para olvidarme del susto que me produjo
vuestra fisonomía severa y triste; dádmelas como cuando erais
simple redactor de un diario, esto es... risueño, placentero... tien
vivant.
El magistrado se detuvo mirando fijamente á su interlocutora,
como si quisiera leer en su semblante.
- ¡Cómo esclamó ella riéndose con la mejor voluntad; el
8 LA MANO DEL MUERTO.

antiguo periodista no sabe ya ser mas que magistrado?


—No, señora; con vos siempre soy el mismo, dignaos creerlo
así; pero, es que las noticias que tengo que daros... no pueden
salir de los labios de un periodista, como vos decís....!
Beauchamp acentuó bien estasúltimas palabras, que hicieron
estremecer de nuevo á la señora Danglars. , , , "-
–Y por qué? preguntó ella esforzándose por vencer un vago
temor. ¿Os habeispropuesto hacermemorir de miedo esta noche,
señor?
–Nopueden salir de los labios de un simple periodista, res
pondió Beauchamp, porque se refieren á una señora á quien el
magistrado aprecia y respeta mucho. , , "

- Porel tono de aquel y por la espresion de su mirada, conoció


la señora Danglars que no debia insistir mas; sin embargo, que
riendo átodo trance conocer si la noticia se referia á ella, dióse
vuelta y abandonándole el brazo, dijo: ,

—Bien, señor... por la misma razon, respeto á esa señora.


Guardaos la noticia.
La baronesa perdió el juego, porque el magistrado perma
neció impasible.
—Oh! tu semblante es de broncel murmuró este, viéndola ale
jarse apoyada la mejilla en el índice de la mano derecha.—Pero yo
no me engaño aun, como todos los que te rodean! Existe en tu
pasado algun secreto terrible que ocultas cuidadosa á los ojos del
mundo; pero no á los mios!. Hay en tu vida presente algo de
infame que disfrazas con esmero en el fondo de ese pecho de
mármol! Trabajemos; soy dueño ya de un secreto importante del
pasado, y descubriré el resto hasta la actualidad.
Momentos despues, apercibióse el magistrado que alguien le se
guia como deseando hablarle: acortó el paso, y sin volver el ros
tro, ni mostrar que sabia que era seguido, dejóse alcanzar.
–Podrétener el honor de hablaros, señor Beauchamp,...?
–0h! señor ministro; héme aquíávuestras órdenes.
—Señor; no debeis ignorar lo mucho que me interesa cuanto
LA MANO DEL MUERTO, 0.

hace relacion á nuestro sosiego y tranquilidad, dijo Luciano De


bray, apartándose con él á una sala desocupada–Pues bien, creo
que en mi lugar os inquietariais al observar la fisonomía de un
procurador del rey turbada y triste.....
-¡Oh!.... perdonadme..... acaso por ser novicio aun no he
aprendido á conservar ese rostro de piedra que conviene á un ma
gistrado.
—No deseaba contradeciros, señor de Beauchamp; bien sé que
un magistrado es un hombre de tacto, y habiendo tambien sabido
por mi pequeña policía unsuceso, al cual de cierto doy bien poca
importancia, viéndoos de tal manera contristado, me es necesario
creer todo cuanto se me ha dicho ayer!!... y entonces... el honor
de una señora á quien aprecio y respeto... me hace atreverme á
interrogaros, señor Beauchamp.
–¡Ah! sabeis pues, señor Debray..?0s aseguro que si en ver
dad el hecho fuese cierto.....
—Espero que seais magistrado, interrumpió Debray, como si
dijese—espero que seais amigo! Réstame ahora saber el nombre
de la señora para cerciorarme... Tendriais la bondad.
A esta pregunta directa, que aguardaba ya el procurador del
rey, no pudo dejar de contestar sin pasar por incivil ante el mi
nistro, dándole á entender que desconfiaba de su discrecion: lle
góse, pues, á Debray y murmuró una palabra á su oido.
Debray palideció; pero disimulando en el acto su turba
cion, despidióse del procurador, y regresó á la sala en que la
baronesa parecia esperarle con inquietud. El procurador del
rey se retiró de casa de la señora Danglars sonriendo irónica
mente.

Cuando se disolvió la concurrencia, cuando los banqueros re


cogieron de sus mesas el oro y sus billetes de banco, la baronesa
hizo á Debray una señal de inteligencia, y abandonóá la vez los
salones para entrar en sus aposentos, llenos aun de mas lujoso
gusto y riqueza que el resto del edificio.
La baronesa abrió unapuerta vidriera que daba á un gabinete
2
10 LA MANO DEL MUERTO.

de música con su respectivo piano, y mirando á este contristeza


no pudo menos de esclamar:-¡Oh! Eugenia..., por qué me aban
donaste tambien—y una lágrima rodó por el semblante pálido y
orgulloso de la señora Danglars, que haciendo un movimiento co
mo para desterrar una idea que le atormentaba, atravesó el pe
queñogabinete y se puso en observacion y mirando al patio por
la ventana entreabierta.
Mantúvose allí hasta que sintió rodar el último carruaje; luego
viendo un bulto que retrocediadirigiéndose al edificio,fué apresu
radamente á abrir la puerta de una escalera secreta, y volvió á
su retretesentándose en un divan de seda azul.—luciano Debray
cerró la puerta de aquella, yfué al encuentro de la baronesa.
-Y bien, Debray, preguntóle con zozobra é interés,
Debray sacó sus guantes, tiró la capa y el sombrero sobre una
silla, y sentóse al lado de la baronesa, como persona de su mas
íntima confianza.
-Hablad, Debray; esa tranquilidad me asusta. Beauchamp te
ha dado alguna mala noticia?
—Todo cuanto pude Sonsacar, sin pasar por indiscreto, fué una
sencilla palabra, respondió Debray con calma.
—Ah!... prorumpió la baronesa con rabia.
—Y esa palabra, es un nombre de mujer..... el vuestro por
ejemplo.
-Creeis,pues, que estoy en peligro.....
-Como lo he pensado siempre! replicó Luciano. Si hasta hoy
vuestra presencia en París no ha sido ridícula, no me persuadíja
más que pudiéseis conservar por mucho tiempo la máscara..... y
ahora menos que nuncal
La baronesa dejó percibir una lijera sonrisa de orgullo ofendi
do, y contestó:
-Es porque nunca tuve secretos para vos, como los tengo con
todos! Si creyerais como ellos que el baron Danglars viaja con
su hija Eugenia, jamás os convenceriais de que ambos me han
abandonado.
LA MANO DEL MUERTO. 11

—Hablemos claro, replicó Debray: hace un año que el baron


siguió el ejemplo de Eugenia, y desde esa época el mundo pari
siense los supone entregados al placer de viajar.–Esto, enver
dad, es muy sencillo; pero el tiempo irá corriendo y puede ocur
rírsele á alguno el mal gusto de preguntar cuando regresarán el
baron y su hija.
La baronesa vibró un movimiento.
—Mas tarde, prosiguió Debray, habrá algun otro que se atreva
áreirse de la demora de los viajeros; y dentro de pocotodo Pa
rís se reirá tambien.—Ya veis... querida baronesa, que por este
lado no vamos bien.
—Aconsejadme, pues, Debray, dijo la baronesa con aquella su
tímida inocencia, propia de una niña de quince años, pasando sus
manos sobre el brazo de Luciano.
–0s repito lo que hace un año, cuando me mostrasteis la car
ta de vuestro marido en que os dirigia estas palabras:—0s dejo
como os he tomado—rica y poco honrada. -

Estas palabras que hubieran anonadado á cualquiera otra mu


jer no hicieron mas que arrancar una mera sonrisa de orgullo
ofendido de los labios de la baronesa. " ..
Luciano continuó: -

–Insisto en que viajeis. En el año último poseiais un millon


y doscientos mil francos, ó lo que es lo mismo, sesenta mil libras
de renta ; y hoy reunís dos millones y cuatrocientos milfrancos,
que equivalen á ciento veinte mil libras de renta. ¡Que os impor
ta París! Decid á vuestras amigas, que vuestro marido está en
Roma ó en Civita-Vecchia, ó en Nápoles, y que os ha suplicado en
nombre de Eugenia fuéseis á hacerle compañía.–Ellas divulga
rán la noticia; y podeis entonces dirigiros á Lóndres.
—Y querreis que nos separemos, Debray?preguntó la baro
nesa procurando arrancar una lágrima rebelde.—¡Ah! esto es
imposible...!
Luciano nada dijo: pero mirándola de soslayo, se levantó.
—Hace año y medio que somos socios, y nuestros intereses han
12 LA MANO DEL MUERTO.

ida en boga.yahora que sois ministro de Haciendairian cada


Vez mejor,,... -

-¡Ah!... hemos llegado precisamente al punto esencial de la


cuestion! esclamó Luciano golpeando con el puño el respaldo de
una silla, con el semblante impaciente de Alejandro cuando para
terminar la lucha, arrojaba su baston á la arena.
—¡Cómo! preguntó la señora Danglars abriendo desmesurada
mente los ojos, éirguiéndose sobre el divan, en que hasta en
tonces estuviera recostada con toda la indolencia de una amante
apasionadísima, no
—Los periodistas de la oposicion se gozan especialmente en
presentar al aire libre la vida privada de los ministros. Bien, pues;
aquí para entre los dos, dondenadie masnos escucha; lo esencial
de vuestras partidas es el juego, y no quiero yo que ánadie
se le pase por la imaginacion que por ese medio obtengo alguna
fortuna! a
–Pero la habeis obtenido ya! observó la baronesa.
--Estoy resuelto á no continuar, dijo confirmeza Luciano-y
me desligo de vuestros intereses, eonservandosolo el vínculo sen
cillo de la amistad.....
—¡Pues bien, caballero! gritó la baronesa lívida de rabia, y
profundamente herida en su amor propio, por lo mismo que com
prendia, lo que tales palabras significaban: ni aun consiento lal
sacrificio. Hagamos cuentas, y despues....,
-Y despues...?preguntá él con la sonrisa de quien desprecia
ha la rabia de la noble baronesa.
-Deseais que nunca mas nos veamos...?
Luciano introdujo por toda respuesta las manos en sus bol
sillos y permaneció inmóvil, como si quisiera decir: segunos
placa, de
-Pero os advierto que, aun permaneceré este invierno en
París.....
–Sí, me han dicho que los espectáculos serán escogidos; el
repertorio es casi todo de Donizzetti y de Bellini.
LA MANO Dtt MUERTO. 1S
—Y además el caballero Luciano Debray, agregó la baronesa
riendo con intencion.
—No os comprendo.
— Qniero ver vuestro debuto ministerial.
—Vamos; baronesa, dijoLuciano con cierta seriedad, que con
trastaba singularmente con el tono de la seporaDanglars.
— Quien ha jugado á la alta y baja de fondos, no puede aban
donar á París y reducirse á las proporciones de simple estranjera,
sin alguna repugnancia. Y sin embargo, es forzoso cuando por fa
talidad un procurador del rey está al cabo de ciertas cosas... Ba
ronesa, sed prudente como Ulises y sabia como Nestor.
Luciano Debray sacó su cartera y arrojó sobre la preciosa me
sa do marmol los billetes de banco, sentándose al lado de la ba
ronesa, que pálida y agitada permaneció en pié.
—Baronesa, los socios hacen por segunda vez su» cuentas, y
espero que en esta última aprovechéis mi consejo

IL '

Benedetto. :
i - -i
- '

Así que Beauchamp salió del palacio de la señora Danglars se


dirigió á su casa, situada al comenzar la calle Coc-heron, cuya
fachada esterior ofrecía el tipo clásico de aquella vieja de Fugtit,,
que hace sean tan buscados en Francia ciertos edificios, por per
sonas que desean adquirir algun prestigio.
La puerta de este pequeño edificio era rasgada hasta la altura
dei la ventana del centro, campeando en su cima un enorme flo
ron de piedra que parecía querer aplastar al primer plebeyo que
allí osase poner su planta; si pequeño patín colocado en el. cen
tro era decorado por negruzcos é imponentes muros...
14 LA MANO DEL MUERTO.

A él daban las ventanas del gabinete de estudio del señor Beau


champ con sus cortinas sueltas y colgando en toda su longitud.—
Una lámpara de bronce con su pantalla de seda verde derrama
ba en el recinto esa amortiguada luz tan conveniente al que ne
cesita escribir y meditar durante la noche, y que ilumina de lle
no solo el papel en que estampamos nuestras ideas de modo que
no ofende la vista.
Beauchamp abandonó el bufete, saliendo de entre los enormes
rimeros de papel colocados á derecha é izquierda de su silla, ála
manera que el espectro fantástico de algun poeta lúgubre apare
ce por entre los sepulcros de un pequeño cementerio al pálido
reflejo de la luna.—Se encaminó á la ventana,recogió la cortina,
y aventuró una rápida mirada al patio alumbrado á la sazon por
el rojizo esplendor de una sola lámpara pendiente de la bóveda
del vestíbulo, —y viendo luego que alguien se dirigia á su gabi
nete, dejó caer la cortina, sentóse de nuevo á su escritorio apo
yando sobre él el codoy sobre la mano su mejilla.
En seguida abrióse la puerta del gabinete, y dió paso á dos
hombres, uno de los cuales por su traje, manerasy corpulencia
hercúlea parecia agente de policía. Jóven el otro aun, seco, lívido
y despedazado el vestido, formaba su mas pronunciado contraste,
y dejaba conocer que era el reo.
El procurador del rey, hizo un ademany el agente de policía
salió cerrando la puerta.
Beauchamp permanecioinmóvil por un momento; luego cuan
do creyó que el agente habia atravesado el patio, indicó al reo el
lado opuesto de sumesa, y volviendo la pantalla de la lámpara de
modo que pudiese ver el rostro del acusado:
—Cómo os llamais?preguntóle Beauchamp, ahuecando la voz
como si quisiese disfrazarla.
–Siempre me haceis, señor, la misma pregunta á la que siem
pre os contesto que Benedetto.
–Benedetto, repitió el procurador del rey continuando, esta
reis dispuesto á repetir cuantoyame habeis confesado?
LA MANO DEL MUERTO. 15

–¿Y para qué, señor? le dijo el jóven con alguna tibieza, —


¿Para qué recordar tales cosas? He sido preso, me hallo á vuestra
presencia... sentenciadme, pues, y que termine todo.
—Sois muy imprudente, Benedetto, la ley os hiere de muerte.
—Tanto mejor si ya lo sabeis de cierto.
–Quiero sin embargo oiros otra vez. Acaso hayais olvidado
alguna circunstancia, que pueda atenuar el rigor de la ley por
medio de la prueba.—Hablad.
Pues bien: escuchadme, porque esta será la última vez que os
hablo.
Habia en las palabras del acusado tal amargura y desprecio de
la vida, que si bien poca óninguna sensacion habrian producido
en el alma gastada de un viejo juez, conmovian la de un hombre
jóven aun, y que no estaba bien penetrado de los misterios de un
procurador real, como sucedia áBeauchamp.
—Estaba yo preso en la Force, donde creo me protegia algun
amigo desconocido, puesto que allí se me aparecia un hombre lla
mado Bertuccio, con quien yo he tenido relaciones, y me proveía
de algun dinero en nombre de ese protector desconocido,á fin de
que pudiese procurarme mejores alimentos que los que pasan á
los habitantes de la Cueva de los leones. Ante el tribunal á que
habia comparecidoya, declarara ser hijo del señor de Villefort,
vuestro antecesor, y esperaba resignado mi condena. Fugado de
las galeras; asesino convicto de Caderousse, ¿qué otro porvenir
me aguardaria que el patíbulo...?
—Esperad, interrumpió el magistrado, ¿cómo supisteis que
erais hijo del señor Villefort?
—Ah! Ved ahíuna pregunta que nunca se os habia ocurrido,
respondió Benedetto, con la sonrisa del que comprende mas de lo
que se supone. Vais ásaberlo.—Us he hablado de aquel protec
tor desconocido y de Bertuccio, que era el portador de sus dádi
vas; puesun dia,entrando este ámicuarto en la cárcel de la For
ce, me dijo así: «Benedetto, tú estás gravemente comprometido,
«pero hay alguien que desea salvarte, porque ha hecho voto de
16 LA MANO DEL MUERTO,

«salvar todos los años un hombre. Este protector halla un medio de


«arrancarte al cadalso, porlo menos, tal es el siguiente:-El pro
«curador del rey que activa hoy tu sentencia, tuvo estrechas re
«laciones con una señora, y esta señora dió á luz un niño, hijo
«de Villefort! Tal escándalo no debia traslucirse,y el señor de
«Villefort, apenas hubo aquél nacido, lo tomó en sus brazos, ar
«rollóle al cuello sus ligamentos naturales para impedir el llanto
«y losgemidos, lo encerró en un cofre, colocó sobre él como una
«mortaja un pañuelo bordado de su desgraciada madre, y bajan
«do una escalera secreta, que desde mucho tiempo atrás le servia
para introducirse á la habitacion de esta, enterró al inocente al
«pié de un antiguo árbol del jardin. Una mano desconocida, cre
«yendo que el cofre encerraba algun tesoro, hundió dosveces el
«puñal en el pecho del infanticida, y robóle su depósito.
«El asesino huyó, pero al abrir el cofre, se encontró con el re
ecien nacido que aun daba señales de vida: cortó las ligaduras
«de su cuello, introdújole aire en los pulmones, y envolviendo al
niño en el pañuelo bordado, del que cortó un pedazo, fué á de
apositarlo en el hospicio de la caridad, esclamando:-Dios mio,
aos pago mi deuda, porque si aniquilé una vida, he reanimado
«0Ta.
«Tal es la historia de tu nacimiento, continuó Bertuccio; así
«pues, cuando hayas de comparecer á presencia de tu juez, arró.
«jale al rostro su crímen, y enmudecerá, pasando del orgullo á la
«sumision, y de la tribuna del juez al banco del delincuente.
«Despues, el escándalo público que promoverán tusgritos, hará
«olvidar el proceso de tu acusacion, y tu protector no dejará de
«aprovechar este incidente para librarte.»
-Así lo hice, agregó Benedetto, como quizá lo habeis visto,
cerca del 27 de setiembre, aniversario de mi nacimiento en
1847–Mi protector cumplió su palabra: un mes despues estaba
libre.
Libre, señor, pero con la condicion de acompañará mi padre
que se habia enloquecido y me buscaba, cavando con un azadon
LA MANO DEL MUERTO, 1’7

do quier encontraba tierra. Aquella desgracia me conmovió el


alma! Despues de haber el desgraciado sido procurador del rey,
y formado la reputacion de hombre de probidad y honradez,
cayó de la cumbre de su orgulloso y gigantesco edificio, hasta
el banco del reo! Felizmente su locura impidió el proceso, y
ambos quedamos en entera libertad. Sus bienes le fueron con
fiscados, dejándole apenas un triste socorro para su alimento.
Poco á poco mi padre volvió ásu razon; al cabo de seis meses
que vivia conmigo, se restableció completamente, me reconoció
y fué mi amigo: pero su hora habia llegado entonces, como si
Dios hubiera solo querido dejarle vivir para pedirme perdon. Le
he perdonado y recibí su última bendicion.
—¡Hijo mio, me dijo en su postrimer momento, yo me siento
morir, y solo me atormenta dejar el mundo sin pagar la única
deuda que tengo!Es una deuda de sangre y de desesperacion que
yo quisiera retribuir pagándola con infernal usura!.....
Hijo de mi alma! he sido criminal, usando de la máscara del
hipócrita con todos mis semejantes! pero la venganza que han
ejercido sobre mí, ha sido grande y horrible! Mi esposa, mi hija,
mi hijo..... la mano de un hombre, sin corazon y sin con
ciencia, me lo arrancó desapiadadamente todo para vengarse de
mí.....! Benedetto.... humilla, hiere á ese hombre, haciéndole
sufriryllorar.- luego en lo mas profundo de su desesperacion,
le dirás:—Yo soy el hijo de Villefort, que te castiga en su nom
bre por la horrible venganza que de él has tomado!»
—Ese hombre, padre mio! esclamé yo.... donde está ese
hombre...?
-¿Dónde está.....? murmuró mi padre agitando triste
mente su cabeza agoviada de sufrimientos, y tomándome luego
del brazo aproximándose hasta tocar mi oido, me dijo con la voz
trémula de pavor, y azorada la vistà como á la aparicion de un
fantasma: «Pregúntaselo á la inmensidad del espacio; al mar,
á la tierra. El puede estar en todas partes como un Dios
omnipotente ó un genio infernal de la fatalidad! Guárdate
• 3
de que
18 LA MANO IDEL MUERTO.

su mirada fija y ardiente se pose sobre tíniun solo instante, por


que quedarias perdido y maldito para siempre!
—Pero su nombre...! su nombre...! gritaba yo poseido de
rabia, pareciéndome escucharya el eco de ese nombre grande y
terrible! -

—Su nombre....? repetia el señor de Villefort, con amarga y


convulsiva sonrisa–Tiene acaso él un nombre cierto y determi
nado....? El que cambia de nombre y de esencia á cada dia,cada
instante, por el poder de su voluntad formidable! El abate Busso
ni, conde de Monte-Cristo, Lord Wilmore...! -

—Ah! esclamé estremeciéndome al oir aquel nombre.....!


¡Conde de Monte-Cristo!....
—Ó el abate Bussoni, óLord Wilmore, continuó mi padre;
quién sabe cual será al presente su nombre.
Búscalo, sin embargo, en todas partes:séinfatigable: pregunta
á lo infinito del espacio,desciende al abismo, y haz que tus ojos
vean al través de las entrañas de la tierra y delas profundidades
de los mares. Su verdadero nombre es Edmundo Dantes. ¡Hijo
mio! ¡véngame y muere, ó maldito seas en el mundo!
En esa misma noche, prosiguió tranquilamente Benedetto, des
pues de un breve intérvalo, espiró el señor de Villefort, poniendo
en mis manos el pliego sellado que vuestros soldados me encon
traron, y que sin duda conservareis en vuestro poder.
—Ypor qué no habeis querido leer ese papel? le preguntó el
magistrado.
—Mli padre me exigió que no lo abriera sino lejos de Francia,
y cumplo mi promesa. Desgraciadamente fuí capturado antes de
que pudiera leerlo... pero abrigo la esperanza de no morir sin
que sepa su contenido, porque pediré que me lo presenten, cuan
do sea llamado al tribunal de justicia. Beauchamp se estremeció,
y á no haber estado oculto su rostro en la sombra, hubiérase vis
to su palidez.
—Y á donde os dirigiais cuando os prendieron?
—Fuera de la Francia.
LA MANO DEL MUERTO. 19

–Con qué objeto?


—A cumplir mi mision.
–Cual?
—El legado de mi padre... la venganza!
Bauchamp se levantó y se paseaba agitado por el recinto de
su gabinete, ocultando el rostro bajo su capa. Momentos despues
se separó súbitamente,haciendo un ademan como si hubiese toma
do una resolucion definitiva.

—Benedetto, le dijo, me pareceis mas desgraciado que cri


minal ..
–¡Ah! sí... esclamó Benedetto... Una fatalidad terrible pesa
sobre mí! la fatalidad de mi nacimiento. El agua de mi bautismo,
fué el llanto de la que me dió el ser..... y la palabra de uncion,
la maldicion de mipadre.....! Arrojado al infierno simoria, yá
la miseria si escapaba.... vedme aquísiempre errante, fugitivo y
miserable! Señor esta es la noche del 27 de setiembre, no es ver
dad...?pues oid...
Benedetto contó pausadamente las campanadas del reloj de
una iglesia que señalaban la media noche! Es la hora en que yo
nací—en este dia, siempre me sucede algo fatal..... hoy estoy
en vuestro poder!! Y al decir esto dejó caer la frente sobre el pe
cho, cruzando los brazos.
El procurador del rey, enjugó el sudor de su rostro y dejóse
caer sobre una silla, como si reconociese allí la voluntad inespli
cable de Dios.

III.

La Baronesa Danglars.
–->3--

Eran las ocho de la mañana, cuando un carruaje con lacayos


sin librea, rodando por la calle Coc-Heron, fué á detenerse
20 LA MANO DEL MUERTO.

frente á la casa del procurador del rey, á cuya puerta apareció


en el momento un viejo portero.
—Abrid la puerta, dijo el cochero; ó quereis que una señora
se baje en media calle? -

El portero hizo una pequeña resistencia porque nadie, y mucho


menos una señora, acostumbraba incomodar al procurador á tales
horas; pero la palabra señora, pronunciada por el cochero, ven
ció los escrúpulos del viejo, y sus descarnadas manos abrieron
de par en par las hojas de la pesada puerta.
El carruaje se acercó al vestíbulo, en donde bajó una señora
que desde luego podia clasificarse de la mas bien proporcionada fi
gura, si su talle no estuviese oculto bajo lospliegues de un enor
me schal de lana de camello.
Luego de anunciada, fué introducida algabinete de estudio del
procurador real, á quien esperó allí durante media hora.
La puerta se abrió en fin, dando paso áBeauchamp.
.—Señora baronesa Danglars! esclamó él simulando sorpren
derse de su visita. -

—Es verdad, caballero; disculpadme esta incomodidad;


pero... esun caso imprevisto... señor procurador del rey.
—Sentaos,señora baronesa, le interrumpió Beauchamp, apa
rentando no apercibirse de la agitacion de esta.
Hubo un momento de silencio durante el cual la baronesa pa
só dos ó tres veces por el rostro su finísimo pañuelo, como pare
ciendo esperará reunir todas sus fuerzas paraproferir alguna
gran palabra.
—Señor, dijo al fin, mi presencia....... no debe admi
raros..... Ah! por favor, evitadme la vergüenza de mi confe
sion.
—Oh! dijo para sí Beauchamp, para quebrantar su orgullo,
son bastante esas palabras.—Y luego agregó en voz alta:
—Sí, señora; prescindo enteramente del modo como ha llegado
ávuestra noticia un secreto, conocido apenas del ministro de
hacienda.
LA MANo DEL MUEnro. 21

La baronesa hizo un movimiento y el magistrado se sonriómi


rándola de soslayo.
—Casi he adivinado ya el objeto de vuestra visita, continuó
este.—Qué deseais que yo haga?
-Wos lo podeis todo, señor, dijo la baronesa con vehemencia:
todo como juez y como amigo!
—Hé ahí dos cualidades bien difíciles de hermanar ante la ley,
murmuró Beauchamp.
—Mi sosiego, mi tranquilidad y mi honor, todo pende de vos
en este instante, continuó la señora Danglars. Ah! yo vengo á
rogaros que me salveis.—Referídmelo todo
Beauchamp se levantó, y tirando de un cajon de su escritorio,
buscó una carta con un sello sobre lacre, pero abierta ya. —Lue
go volviendo á su asiento se disponia á leer.
La baronesa ocultó el rostro en su pañuelo.
El magistrado leyólo siguiente:
«Benedetto; un juramento que de ningun modo me era dado
» violar, te va áser revelado, porque no quiero dejarte en el mun
»do sin que algun dia puedas besar la mano de tu madre, agra
» deciéndole las lágrimas que sobre tí ha derramado,y el sufri
» miento que le causé con mi imprudencia! Si un dia el destino la
» desliga desu esposo, búscala y sé tú su amparo, si quizá vive en
»la miseria, y careciese de un pecho amigo donde reclinar su
» frente agoviada por las penalidades.—No olvides mis palabras,
» y que debes tu existencia á la baronesa Danglars.
» Recibe la bendicion de tu padre
Villefort.»
La baronesa lanzó un grito de dolor; el magistrado permane
ció impasible.
—Oh! ¿Y sabe acaso mi hijo ese terrible secreto? preguntó
aquella con la voz trémula y las mejillas encendidas por la ver
güenza de la humillacion.
—Nada sabe, señora, respondió Beauchamp.
22 LA MANO DEL MUERTO.

—¡Dios mio..... Dios mio..... tened piedad de mí!


—Basta, señora, dijo Beauchamp.—Ved que pueden oir vues
tros gritos, y creer que sois una criminal ante su juez.
—Aconsejadme, pues; ¿qué debo hacer para evitar el escánda
lo; ó mas bien decidme, qué pensais hacer vos? le preguntó asus
tada. Oh! para qué habia de revivir el secreto de aquel pasado
desliz!... agregó la infeliz con amargura. -

–Querriais acaso que el inocente no hubiera salido jamás de


la fosa en que lo enterraron vivo! Señora, la tierra no es bastan
te poderosa para ocultar un crímen de esta naturaleza! respondió
el jóven magistrado; sin apartar la vista del encendido rostro de
la señora Danglars.
–Hijo mio!..... murmuró. Yo bien sabia que tú respirabas,
pero ni mis lágrimas ni misgritos fueron bastantes á contenerá
aquel hombre! Perdonadme, hijo mio, yo no he sido criminal.....
y vos, señor, dijo volviéndose á Beauchamp, salvadlo ahora....
sino por mí, que nada os merezco, hacedlo por la memoria de
vuestro infeliz antecesor... en nombre del Señor de Villefort...
salvad á su hijo. - -

—0s responderé, señora, lo que él mismo os habria contesta


do! Cumpliré el deber que la ley me imponel dijo el magistrado
con severa dignidad.
—¡Ah! será posible! esclamó la baronesa. Esepapel habrá de
figurar en el proceso...
—Evitad el escándalo.
—¡Y cómo señor..... cómo!
—Saliendo de Francia.
—Yá dónde quereis que vaya... sola... abandonada de todos!
preguntóinadvertidamente la señora Danglars.
—Abandonada de todos, repitió sorprendido Beauchamp. Y
vuestro esposo... y vuestra hija?
—Ah! gritó la baronesa con indecible espresion de desespera
cion creciente: forzoso es confesároslo todo! Sois como todos los
jueces, frio, impasible y desapiadado! Pues bien, señor... Mi es
LA MANO DEL MUERTO. 23

poso me abandonó... y mi hija se ha fugado! Estoy sola en el


mundo! Dejaré sin embargo la Francia...partiré,pero, por amor
de Dios, si para vos existe otro Dios que la ley de los hombres
que os percibe las acciones y las palabras... salvad ámi hijo!
La señora Danglars salió entonces precipitadamente del gabi
nete del procurador del rey, y subiendo apresurada á su carrua
je, se dirigió á su casa donde empezóá recoger sus joyas y su
dinero en una maleta de viaje. Durante esta operacion algunas lá
grimas rodaban hasta sus trémulas manos,y su cuerpo se estre
mecia convulsivamente, como afectada de una fuerte conmocion
nerviosa.
Ella veía desmoronarse al cabo piedrasobre piedra todo el edi
ficio que habia creido pudiera resistir la fuerza del rayo! Y el
edificio se hundia en el polvo, sin que pudiera abrigar esperanza
de reconstruirlo!
—Oh Villefort! esclamaba, mesándose el cabello y batiendo
el suelo con su planta.—Tan horrible secreto no debió jamás
haber salido de tus labios!
Despues enjugando las lágrimas que le caian hilo á hilo abrió
sus roperos, apartó por su misma mano la ropa necesaria para
un viaje de pocos dias, y continuó su tarea misteriosa, con pro
pósito firme de salir inmediatamente de París, donde parecia ha
ber jurado su perdicion algun enemigo desconocido y poderoso, á
cuyos golpes no eraposible resistir! Para una mujer como la se
ñora de Danglars, adorada, vanidosa y rica, no era insignifican
te suceso tener que abandonar ese centro en que ejercia su impe
rio, y verse obligada á reducirse en un pais estraño á la simple
proporcion deuna viajera desconocida. Cuanto mas bello y dorado
es el sueño, mas cruel es el despertar, y esto era lo que aconte
cia á la señora Danglars.
Abandonada torpemente por su esposo, capitalista orgulloso
que prefirió mas bien fugarse con los últimos fondos, que ya no
le pertenecian, antes que declararse en quiebra; ella que poseia el
mas alto grado de altivez, quiso sostenerse á los ojos del mundo
24 LA MANO DEL MUERTO.

con todo el esplendor que hasta entonces le habia rodeado, dis


frazando así la conducta del baron. Este proyecto, de difícil eje
cucion, puesto que los acreedores podrian venir entoncesy con
la ley en la mano secuestrar las propiedades del señor Danglars,
fué auxiliado por un acontecimiento estraño. Pocos dias despues
de la imprevista partida del baron, sus compromisos fueron ple
namente cubiertos en París, y la casa de la señora Danglars se
vió libre así del terrible peso de cinco á seis millones de francos.
De este modo pudo la baronesa sostenerse en París, donde to
dos creyeron que el señor Danglars habia partido para acompa
ñará su hija en un viaje de instruccion que la jóven habia em
prendido; pero la tardanza de los viajeros comenzaba á producir
cierto vago rumor entre los que conocian el caráctergrosero de
Danglars, y la imaginacion artísticamente exaltada de Eugenia.
Luego la repentina aparicion de Benedetto, aquella carla escrita
por el antiguo amante de la señora Danglars, la historia de aquel
premeditado infanticidio..... Todo concurria entonces para obli
gará la pobre baronesa á dar el mismo paso del baron y de su
interesante hija.
El baron Danglars huyó de París porque se habia propuesto no
ser pobre, aunque para no serlo tuviera que robar.
Eugenia, porque tenia la manía de no casarse.
La señora Danglars iba tambien áfugarse porque en París una
negra nube le presagiaba la tempestad. Su pasado estaba próximo
árevelarse claramente á los ávidos ojos del público siempre cu
rioso. Su resolucion era, pues, irrevocable.
La baronesa no lloraba ya: pálidas como habitualmente sus
mejillas, y con el sereno aspecto de aquel que ha determinado se
guir un pensamiento, sentóse á su hermoso escritorio incrustado
de marfil, y doblando rápidamente dos pliegos de satinado papel,
se dispuso á escribir dos cartas. "

Con mano segura y entendida letra empezó la primera al caba


llero Luciano Debray, su antiguo socio cuandojugaba á la alta y
baja de fondos á costa del pobre baron Danglars su marido; pero
LA MANO DEL MUERTO. 25

como si repentinamente la hubiese detenido diverso pensamiento,


levantó la mano y comenzó una segunda carta dirigida á Bene
detto.
La baronesa era madre, madre antes que todo; y el sentimien
to de madre sobresale sublime siempre á través de la violencia
de cuantas pasiones puedan arraigarse en el corazon de una
mujer.
Momentos despues la carta se habia concluido y la baronesa
la leyó con los ojos segunda vez humedecidos de lágrimas.
«Señor: estais abandonadoen manos de la justicia,pobre y mi
serable, sin mas recurso que vuestra elocuencia misma para con
seguir la libertad; si vuestro juez alcanza á convencerse por la
franca esposicion de la fatalidad, que parece oprimiros desde
vuestra cuna! ignoro cuál destino os está reservado; aunque lo
espero todo de Dios, y tengo fé en su bondad infinila. Permitid
me, sin embargo, poner á vuestra disposicion una pequeña can
tidad que podrá serviros para atenuar el rigor de vuestros car
eeleros; y creedme, que lejos de ser una humillante limosna la
que se os ofrece, es un dádiva obligatoria para una persona que
OS 3IIll.))

Concluida la lectura, la baronesa abrió su cartera y escojió tres


billetes de banco de valor de 69,000 francos, que encerró con la
carta; la selló en seguida, poniendo en su sobre el nombre de
«Beñedetto» y envolviéndola en otra cubierta, escribió en ella:
«Al señor procurador del rey.»
La baronesa descansó un momento, y cuando sintió que sus lá
grimas se habian enjugado, y que su espíritu volvia al sosiego
conveniente para ocuparse de su repentino proyecto de fuga, to
móde nuevo la pluma, continuando la carta dirigida á Luciano
Debray .
La señora Danglars le participaba su partida, rogándole se en
cargára de velar por su casa en París hasta que ella volviese á
escribirle lo que mas le conviniese acerca de esa misma casa, sus,
alhajas y muebles. . -
4
26 LA MANO DEL MUERTO.

Terminado este primer trabajo, abrió la ventana que miraba


al patio y esperó en ella un instante, hasta que,viendo á alguno,
le hizo señal con la mano para que subiese por la misma escalera
por donde Luciano Debray acostumbrabaintroducirse.
— Entrad, Tomás, dijo ella á un hombre vestido con una blu
sa listada, pantalon rojo y botas de cochero, que parecia indeciso
al umbral de la puerta.
—Pero en este traje.... Señora baronesa! balbuceó él mirando
su blusa.
–¡Entrad! necesito hablaros.
Alentado el cochero, entró advirtiendo asustado que la barone
sa cerraba cautelosamente la puerta de la escalera.
—Cuando entrásteis á mi servicio, os tomé por un hombre in
teligente y discreto.
—De otro modo nunca seria yo un buen cochero.
—Pues bien: se trata deun largo paseo, semejante á un viaje;
corriendo siempre variadas carreteras, y diferentes paises...
—Entiendo, señora baronesa, interrumpió el cochero movien
do la cabeza como para dará comprender que alcanzaba cuanto
se le esponia con medias palabras.
—Yo mismo he buscado el cochero que tuvo el honor de con
ducir al señor baron: era un camarada mio, muchacho de tino!
—Podrás buscar otro?
—Iré yo mismo, señora baronesa. Estoy aislado y me esindi
ferente vivir aquí ó allí.
—Estarás pronto mañana?
–Hoy mismo. -

—Un carruaje con buenos caballos, pronto, en un lugar reti


rado; saldremos de aquí en mi tren habitual; tendrás sacados los
pasaportes, porque el bagaje será lijero: hé ahí el mio.
El cochero miró una pequeña maleta de cuero, é hizo un ade
man de inteligencia.
—Despues, en direccion de Bruselas, Lieja, Aix-la-Chapelle...
—Está bien. Nada faltará, vive Dios, señora baronesa! En
LA MANO DEL MUERTO. 27

cuanto á caballos irán los rusos que son valientes y briosos......


pobres animales, me arrojaron cierta vez del carruaje, pero he de
amansarlos en esta. Ellos necesitan este recreo. Por lo que res
pecta á pasaportes.....
—Eschúchame; es un jóven de baja estatura, ojos azules, cabe
llo rubio, pálido, nariz regular, labios delgados, enfermo, y que
viaja por distraerse de un malestar físico.
—¡Escelente! esclamó el cochero maravillado por el recuerdo
de la baronesa. -

—Sé, pues, discreto, hé aquí el dinero.


El cochero recibió una bolsa de manos de la baronesa, y salió
saltando de contento.
Al dia siguiente, la baronesa subió á su carruaje que la espe
raba en el patio; y por una coincidencia singular, bajó aquella
misma escalera por la cual, un año antes, habian salido Eugenia
y su amiga Luisa d” Armilly.

IV.

Los 60.000 francos de Benedetto.


–3O-»—-

Luciano Debray leyó con entusiasmo la carta de la señora Dan


glars en que le anunciaba su pronta salida de Francia. Las estre
chas relaciones que la ligaban con la baronesa, aunque útiles otra
época al secretario privado de un ministro de estado con sus
20,000 libras de renta, no convenian al presente ministro de es
tado con el enorme sueldo y la fastuosa representacion de tan
eminente cargo. Por otra parte la señora Danglars se hallaba, co
mo ya lo hemos dicho, en una posicion difícil, que aunque ig
norada del público, Luciano Debray la conocia sobradamente pa
ra creer que pudiese conservarse la máscara! Hé aquí porque al
28 LA MANO DEL MUERTO.

concluir la cárta respiró á sus anchuras, como si despertase de


un disgustante sueño.
—¡Ah!, esclamó él introduciendo sus dedos entre el ensortijado
cabello, y atusando su bigote. Estas familias que parecen sin sa
berse de donde, con susimprovisadas riquezas, me recuerdan
los actores que representan en el teatro durante algunas horas el
rol de grandes personajes hasta que cae el telon, y vuelven á lo
que han sido... á la nada... sin que nadie mas los vea!
A esta clase pertenecia el baron Danglars.
Mientras Luciano Debray reflexionaba así, elprocurador del
rey, recibiendo una carta, ordenaba condujesen á su presencia al
reo Benedetto.
Hallábase el magistrado en su despacho del Tribunal de Justi
cia, al que fué introducido el hijo de Villefort, cerrándose caute
losamente la puerta apenas entró,y colocándose éste frente al
º
procurador del rey.
—Aproximaos, Benedetto; tengo en mi poder una carta que
os debiera ser entregada.
—Una carta?
—Sospechais de quién?
—Yo! ¿Quién puede haber en el mundo que me conozca y me
escriba? , "

—Pensadlo bien! Si porventura estais en inteligencia con al


guien que haya sido vuestro cómplice en cualquier época de
vuestra vida, no me lo oculteis! Ved aquí la carta; conoceis al
menos la letra de su sobre...?
—Es hoy la vez primera que la veo; pero la carta está abierta
y vos sabeis lo que contiene.
–Palabras y dinero.
—¡Dinero! que decís señor...?
—Sesenta mil francos.
–Por piedad, señor! dijo Benedetto, juntando las manos, y
palideciendo y enrojeciéndose alternativamente.
-No me habeis declarado que un protector desconocido os
LA MANO DEL MUERTO, 29

enviaba algunos socorros cuando estabais en la Force?


-Es verdad; pero desde entonces jamás ha vuelto, y Bertuc
cio, conductor de su dinero y de sus consejos, abandonó ha mu
cho la Francia.
El magistrado arrugó el entrecejo, é inclinóla cabeza en ade
man de meditacion.
—Sabeis que es prohibido á cualquier preso tener en su p0
der una sumaigual á esta?
—Lo sé, señor, respondió Benedetto suspirando.
—Y qué hariais de ella poseyéndola?
—Compraria ropa, y lo pasaria en la cárcel sin privaciones,
reservando una parte para mi viaje, puesto que ya me habeis
dicho que seré degradado.
El mgistrado volvió á sus meditaciones:
–Quizá divulgareis con orgullo entre vuestros compañeros
que poseeis esta suma.
—Oh!... descuidad... en la estremidad del pié de una media,
cosida al forro de mi blusa.... quien podria dar con ella? respon
dió sonriendo Por otra parte, hacer saber que tengo dinero,
seria lo mismo que distribuirlo entre mis hambrientos compañe
ros de la cueva de los leones, que no tienen de cierto las virtudes
de Itafael!
Los ojos de Benedetto brillaban como dos carbunclos á los ra
yos del sol; y el sudor corria ágrandesgotas por su frente, como
sin duda habrásucedido á aquellos antiguosprisioneros de Cha
lons, que cargados de cadenas fueron condenados á morir de
hambre frente una gran provision de pan y agua.
El magistrado reflexionó un momento mas aun: despues to
mando la carta, la entregó áBenedetto, diciéndole, leed.
Aunque este se hubiera dispensado gustoso de su lectura por
ocuparse de examinar los billetes que valian sesenta mil francos
y que le aseguraban un rayo de esperanza en el centro de su es
tremada miseria, conformóse no obstante con la voluntad de
Beauchamp, y la leyó rápidamente.
30 LA MANO DEL MUERTO.

—0h! prorumpió Benedetto, esto no puede ser otra cosa que


la mano de uno de esos genios benéficos que se ocupan en des
truir las obras de aquellas malas hadas de que habla Perault,
mi autor favorito!.... pero.... y los sesenta mil francos, señor?
preguntó abriendo desmedidamente los ojos.
—0idme Benedetto. Sesenta mil francos son una verdadera
fortuna para un hombre que se halla en vuestra posicion.
—Ciertamente.
—Pues bien, continuó el magistrado, no os exalteís y agrade
ciendo con humildad el socorro que el cielo parece enviaros,
comportaos de modo que merezcais su proteccion por toda vues
tra vida.
—¡Oh! sí, señor! murmuró Benedetto suspirando y mirando
de reojo los billetes de banco, que el magistrado tenia en la mano
ámanera del perro que pasa por cuanto le obligan, mientras tiene
á su vista el pedazo de carne.
—Sabeis que es mi deber privaros de este dinero?
–Sí, señor.
–Conoceis que contravengo áun artículo del reglamento de
cárceles, entregándooslo?
—0h...!

—Calculais bien cuanto tendria que arrepentirme de este he


cho, si cometiéseis unaimprudencia? "

—Seré prudente como Ulises!


—Deseais manifestaros grato de algun modo al beneficio que
os hago?
—En cuanto gusteis, señor!
—Pues bien, sed prudente, y me complacereis en ello, y creed
además que si por alguna indiscrecion vuestra tuviera que ar
repentirme, en vez de una simple degradacion pediré contra vos
el castigo del grillete y sereis remitido áJalon.
—¡Ah! por piedad, señor, nunca, nunca!
—Bien! aquí teneis vuestro dinero y... por última vez, sed
prudente! -
LA MANO DEL MUERTO 31

El procurador del rey entregó al jóven diciendo esto, los bille


tes de banco que metió apresuradamente en el seno; despues hizo
sonar la campanilla, y á esta señal se presentó el agente de policía.
—Conducid al reo, dijo el magistrado.
Beauchamp respiró largamente, apenas salió Benedetto, y se
levantó convencido de haber ejecutado una buena accion entre
gando á Benedetto el socorro que le enviaba su madre.
¡Oh! Pero ¿quien sabe?-quizá ese miserable irá á precipitarse
mas aun en el crímen, pensó Beauchamp. Empezará por sedu
cir á algunos de sus carceleros, despues asesinará al primero á
quien haya descubierto sus planes,finalmente llegará hasta el
conde de Monte-Cristo y caerá con él para siempre! Sí, abatido
el coloso debe aplastar en su caida al pigmeo que le carcomió los
cimientos! ¡Vaya! La justicia de Dios es mas perfecta que la de
los hombres y sus decretos menos incomprensibles. Nada me re
muerde la conciencia.
Benedetto marchaba en medio de su escolta, cruzados los bra
zos sobre el pecho, como para defender su tesoro, que allí habia
escondido entre la camisa y la carne, y así llegó á su calabozo
en el presidio de la Force, donde quedó entregado álas tinieblas,
al frio, y á sus ensueños de libertad y devenganza.
Un mes habia transcurrido, y conservaba intactos aun los bi
lletes de banco, recelando hasta tocarlos, de temor de que aque
llos ténues papeles se desluciesen al contacto de sus ásperos dedos
y de sus largas y agudas uñas. Todos los dias meditaba un nuevo
plan de fuga, y todas las noches era abandonado tropezando con
alguna dificultad material.—Y sin embargo debia obtener su li
bertad á toda costa. La voz de su padre moribundo, pidiéndole
represalias al esceso de una venganza atroz,desapiadada y mons
truosa, resonaba aun en sus oidos, despertando en las paredes
de susombrío calabozo, un eco lúgubre y pavoroso.
Benedetto erguíase entonces con frecuencia, como la embrave
cida fiera cuando ve delante de sí al hombre que la martiriza, re
trocedia aterrorizado, y volvia á avanzar de nuevo, crispados los
32 LA MANO DEL MUERTO.

puños, ronca la voz y chispeante la mirada, gritando:


—Edmundo Dantes! ¿Dónde, en dónde estás tú? hombre ó de
monio que aniquilaste una familia entera, sin perdonar ni á su
último vástago cuando contaba apenas ocho años! Maldito;que me
arrancaste á las tinieblas y el misteriopara mostrarme la brillan
te luz del sol, y volverá hundirme luego en el abismo, riéndote
de ni caida, y haciendo escarnio de mi espánto! Traidor hipócrita,
que te valias de la palabra de Dios para destruir á los que vivian
felices, envolviendo en tu venganza al justo y al criminal.
¿Erate por ventura necesario para vengarte de un hombre, la
vida de una vírgen, de un inocente y de dos pobres ancianos...?
¡Ah! por grande y poderoso que seas ha de llegar hasta tí el hijo
de Villefort, y sentirás asombrado su atrevido paso, y temblarás
entonces en el apogeo de tu dicha. Oye este juramento pronun
ciado aquí, en las bóvedas de un calabozo, y en el tenebroso si
lencio de la noche, porun malvado que subió todos los escalones
del crímen; desde falsario hasta ladron y asesino! Dia vendrá en
que conozcas la ineficacia del poder con que te has alucinado,
muriendo lentamente despues de larga tortura. -

Repitiendo dia á dia por el espacio de dos meses este juramen


to terrible, y cuando se completaban tres de su prision, sin que
le enviasen á cumplir su condena, decidióse áponer en obra su
proyecto de fuga. Cercioróse de que sus sesenta mil francos esta
ban aun tal como los habia recibido, y sin darse cuidado por sa
ber la mano amiga de quién venian, envolvió los billetes con re
petidos dobleces en su pañuelo, y lo ató á la ciutura á manera
de cinto.
—Bien: mi proyecto es sencillo. Con este dinero se vencen no
pequeñas dificultades,y conseguiré salir de Francia–se dijo con
calma yfirmeza como si ya estuviese fuera de las murallas de su
prision.—Ahora veamos si soy tan torpe que no sepa deshacerme
de un hombrel acaso me haya olvidado ya, y será bueno ensa
yará todo trance esta pequeña tarea.
El asesino estiró los brazos, abriendo y cerrando muchas ve
LA MANO DEL MUERTO, 38

ces las manos, como para probar su musculatura, y despues dió


tres ó cuatro saltos sobre el pavimento. Convencido de que nada
había perdido de su antigua agilidad, á pesar del frio y del ham
bre que habia sufrido en tres meses, sentóse en un rincon de su
calabozo, y sacándose un zapato estrajo de entre su suela una
hoja de acero sin mango, con una de sus estremidades esmerada
mente afilada. Benedetto se estremeció de improviso al sentir rui
do en la puerta de su prision, acordándose que el mas leve grito
p0dia hacer venir la guardia,y que le dejarian imposibilitado de
aprovechar sus sesenta mil francos en la obra que intentaba So
breponiéndose no obstante á su natural energía procuró tornar
á aquella firmeza cruel propia del asesino consumado, y esperó
con hipocresía la víctima.
Era de noche y el carcelero venia, como de costumbre; á ha
cer su ronda nocturna y encender una pequeña lámpara suspen
dida en la bóveda del calabozo. - "

—Buenas noches, Benedetto, le dijo el carcelero, á quien ya


conocia por haberle hospedado otra vez el gobierno en aquella
misma casa. - "

—Buenas noches, amigo, respondió Benedetto levantándose y


llevando la mano á su rostro, para dar á su sonrisa amabilidad y
finura. .

—Sabes que váá salirun buque? , , , , , -

—Sí, ¡ " , "

—Y de esta vez vas á viajar en él. Ten cuidado muchacho;


no seas orgulloso con tus guardas, y piensa en que aun puede
esperarte la felicidad. " , , , , , , "" ,

—Con que entonces estoy de viaje, buen hombre? preguntó


Benedetto dejándole caer su mano sobre el hombro con ademan
de protector y amigo. , , , -

—Como lo oyes; contestó el viejo carcelero bajando la lámpa


ra para encenderla. " "
—Entonces, quiero dejaros algun recuerdo mio.
—Vaya.… serán tus chinelas... replicó souriéndose con la 5
3 LA MANo DEL MUERTo.
ocurrencia de Benedetto. Pero reflexiona muchacho que pueden
hacerte falta cuando sientas frío en los piés.
–Imbécil, repuso aquel con aire de reprension; me parece
que puedo dejarte algo mas que mis chinelas; por ejemplo, otra
cosa con que haga tu felicidad, pobre viejo.
—Ta... ta... ta... Ya volvemos á la manía de titularte prín
cipe de Cavalcanti.... ¡Brava ocurrencia...!
Benedetto dió un salto al oir estas palabras como si hubiera
sentido el aguijon de una vívora y palideció de rabia.
—¡Ola! ¿qué es eso? preguntó el carcelero volviéndose hácia
él rápidamente, arrugando sus espesas cejas, á impulso de una
desconfianza repentina. Benedetto apercibido de su imprudencia,
se sonriópara tranquilizarle.
—Es un dolor que suele acometerme, dijo; pero volviendo á
lo que hablábamos... quédariais al pobre diablo que, por ejemplo,
os hiciera dueño de veinte mil francos?
—Veinte mil francos? esclamó el carcelero dejando caer el
brazo con que acercaba la luz á la lámpara. En verdad que me
da gana de reir el gracioso modo con que hablas tú de veinte mil
francos! -

—Veinte y cinco mil, desgraciado! Repara bien: no digo ya


veinte, sino veinte y cinco mil francos; poder de Dios!
—¡Ah! ¿con que ahora agregas cinco mas...? ¡Ja!ja!Vaya....
déjate de locuras; eso haria la fortuna de cualquiera de no
sotros!
—De cualquierade nosotros!gritó Benedetto haciendo un ges
to de fastidio. Habla de tísolamente porque yo poseo mucho mas
y no me considero feliz.
–Posees tú mucho mas! Estás loco muchacho!
—Si quieres cerciorarte de ello aproxímate; pero,... prime
ro... examina que no nos acechen del corredor y cierra la
puerta. -

El carcelero picado de curiosidad por las palabras de Benedet


to, hizo cuanto le decia: cerró la puerta, puso la llave en el cin
LA MANO DEL MUERTO. 85

to, y volvióse adentro, lanzando un bequeño grito de sorpresa


al ver el dinero en las manos del preso. -

—Sesenta mil francos! murmuró aquél contando el valor de


los billetes.
Benedetto los guardó de nuevo, con impasible sangre fria.
—Quereis la mitad? le preguntó.
—Yo!... y qué quieres que haga ..?
—Que me pongais fuera de aquí.
—¡Oh! eso es imposible!
—Agrego diez mil francos:y te quedarás con cuarenta mil.
–0h...!
—Vamos..... cincuenta mil...
—Muchacho...! Tú quieresperderme...! Cómorte procurastes
ese dinero...? Has robado, he!
—Eso debe importarte poco. Y cincuenta mil francos valen
bien un pequeño sacrificio.
—Mas, como lo arreglaremos.....?Al fin de esta galería se ha
lla la puerta que da al patio, es verdad; pero el centinela tanto
de aquella como de esta no permite salir sin que se le muestre el
paSe.
—Vendédmelo.
—Y yo..... quedaria en tu lugar.
—Dí que lo has perdido.
—Eso aquí no esperdonado! replicó el carcelero meditabundo.
—Se me ocurre un medio! dice repentinamente Benedetto. Te
amarro, y dejándote en el suelo, huyo con tu pase y tú te que
das con mis cincuenta mil francos. Dirás que has luchado conmi
g0 y que perdiste en la lucha.
La proposicion no pareció fuera de camino al buen carcelero,
que estaba inclinado á aceptar. " .

—Vamos resuélvete, viejo tonto, y concluyamos, que no ten


go tiempo que perder. "- , "
—Con mil diablos! murmuró el carcelero. Venga el dinero,
muchacho; pero ha de ser cuenta justa, los sesenta mil francos,
36 LA MANO DEL MUERTO.

dijo él con la mirada animada por la codicia.


—Sea pues! contestó Benedetto. Al cabo, para esto solo los
destinaba.
—Ah! ladronzuelo, y querias salvar el resto, he?... dijo el
carcelero recibiendo los papeles, y dando en cambio una chapita
de metal con una letra abierta.
Ambosse aproximaron á la luz con las espaldas vueltas, exa
minando sus tesoros; y por un movimiento simultáneo se halla
ron ambos de repente cara á cara, movidos quizá de un pensa
miento mismo.
—Y si los billetes son falsos.....?
—Otro tanto pensaba yo ahora mismo respecto de la chapa
que tú dices ser el pase.
—Respondo por ella.
—Créeme que no te engaño, imbécil; y vamos á la obra.
El carcelero guardó receloso el dinero, siguiendo con la vista
los movimiento de Benedetto que se disponia á ligarle los brazos
con la soga de la lámpara; mas en el instante mismo en que qui
so pasar la primera vuelta al cuerpo del carcelero, este hizo un
movimiento como para tocarse la cintura, y tiró con rapidez de
un puñal cuya hoja hizo brillará los ojos de Benedetto.
—Atrás! gritó el viejo.
—Sí...! Dijo á la vez Benedetto haciendo correr su navaja
de entre el puño á la mano. Esto ya lo esperaba yo y vas á
pagarlo! "

Trabóse entonces una lucha tan rápida,que apenas el carcele


ro quiso gritar sintió cortada la voz en la garganta por la afilada
hoja..... Benedetto le habia dividido la garganta, como se divide
una pera.
El cuerpo cayó luchando con las convulsiones de la muerte."
Benedetto volvióátomar sus queridos billetes de banco, se
envolvió en la capa del carcelero, púsose el sombrero hasta los
ojos, y abriendo la puerta que cerró con toda calma, emprendió
la marcha á lo largo del corredor.
\La\Amo \eV muevo \\ \\\e Wwewe

ota pero terrible fue la lucha


U MANO DEL MUERTO.'
Cuando llegó junto al centinela le mostró su pase, y siguió ade
lante, sucediéndolé otro tanto á la salida de la cárcel; y vedlo
ya en libertad!

' , , . V. , , , .

El sepulcro.

Apenas Benedetto se sintió en la calle, le faltó aquel aplomo y


firmeza con que había ejecutado su proyecto de fuga. Solo enton
ces la sangre le hervía en sus venas, pareciéndole escuchar aun
los agonizantes gemidos del carcelero. Asustábase de su misma
sombra, y no pudiendo hacerse superior al pavor que le domina
ba, se echó á correr desatinadamente como si á su alcance fueran
cuantos soldados componían la guardia de la Force.
Media hora despues ya estaba muy lejos de la cárcel, y solo
entonces se detuvo para tomar aliento, mirando al rededor de sí,
como para orientarse.
—Ahora bien, se dijo: ya soy libre, el mundo es estenso, y si
el conde de Monte-Crislo no ha muerto, he de encontrarme con él!
pero... sesenta mil francos no son bastante para todo cuanto ne
cesito. Sin embargo, ya veré como aumentar mi capital, y entre
tanto, vamos á buscar posada.
Acordóse entonces de una de aquellas tabernas que abundan en
París, en las que un huésped poco escrupuloso recibe á cual
quiera hora de la noche al que golpea á su puerta, y Benedetto
un poco mas calmado de la agitacion y del miedo, se dirigió á
una de esas pocilgas que le era conocida, situada en uno de los
mas inmundos barrios de la ciudad. Protegido por la oscuridad
de la noche y la espesa niebla que pesaba sobre París, envolvién
dole en su movible misterioso manto, el famoso asesino llegó sin
38 LA MANO DEL MUERTO.
el menor encuentro con las rondas á la puerta de la posada, á la
que llamó, dando en seguida un débil grito semejante al de la le
chuza. .: . ,
El posadero, al oir aquella señal, comprendió que podia abrir
su puerta sin temor, y lo hizo así luego; envolviéndose en un co
bertor, salió de su miserable cama, y bajando una escalera de
mano, salió de una especie de andamio hecho de iabias, suspendi
do por dos estacas y dos cuerdas que colgaban del lecho de un
enorme camaranchon.
— ¡Ola! muchacho:. entrad.
— Buenas noches.
—Si acaso quereis cama no la hay, porque todas están ocupa
das, dijo el posadero señalando con el brazo e! largo y húmedo
dormitorio en que se esparcían los rayos débiles y rojizos de una
linterna colocada en el agujero de una pared, y cuyo humo infec
to, hacia mortal aquella atmósfera.
—Me es indiferente, respondió Benedetto; dormiré aun quesea
en un rincon, y mañana, ó mejor ahora mismo, hablaremos.
Pronunció el asesino estas palabras con áire de tanta confianza
y de misterio, que maravilló á su interlocutor. ... '. .
—¿Qué hay pues... .? preguntóle con unaamable pero horri
ble sonrisa, enderezándose.
—Subamos á tu nido, contestó Benedetto mirando el andamio
donde estaba la cama de su huésped.
—¿Sabes lo que dices. . . .? Allí nadie sube mas que yo, porque
eso es contra los reglamentos de la casa.
— Pero cuando se irata de un negocio productivo.....;, ,
—Ah! la cosa muda de aspecto, subid. ;
'Y en el acto Benedetto subió la pequeña escalera, seguido del
viejo al que ayudó á subir el andamio.
—¿Dequé se trata pues....?preguntó éste sentándose en la ori
lla de la cama, y examinando su ciuturon, para convencerse desi
tenia allí algun argumento positivo con que deshacer cualquier
cuestion de violencia, i i:: -joMia oki-.u -.-,; u>. A
LA MANO DEL MUERTO). 39

Benedetto hizo otro tanto por su parte, y pareció tan satisfe


cho como el viejoposadero. .

—Empieza, muchacho.
—Mañana, cuando haya de salir de aquí, necesito ropa mas
adecuada á una persona de distincion, entiendes? Tengo que ir
con el cabello cortado, afeitada la barba, buena capa, buenos za
patos, buen pantalon y buen frac.
—Entiendo; necesitas salir de aquí de modo que no te conoz
can; muy bien. En cuanto al cabello y la barba, lo arreglaréyo
mismo; y respecto de la ropa has de quedar satisfecho con lo
que tenga mi vecina que posee un escelente establecimiento de
trajes decentes, de todos géneros y calidades. Es una mujer de
inteligencia, por quien respondo. Y el dinero?
—Lo tendrás mañana, viejotaimado, respondió Benedetto:es
toy esperando á mi banquero, que es hombre de mas juicio aun
que tu vecina.
—Te advierto que yo percibo tambien mi comision correspon
diente.
—Seré generoso.
—Bien, bien: si quieres, hecha un trago de aguardiente, mu
chacho, que el frio es demasiado y recien me apercibo de que
estás mojado.
—Traed, pues, vuestro quema-gaznates, dijo Benedetto, alar
gando su mano para tomar un vasoroto que el posadero le presen
taba.
—Ahora, vuélvete abajo y acomódate comopuedas. Ya sabes
que aquí no se responde de daños y perjuicios. Cada cual guarda
lo que es posible: tal es la costumbre de la casa.
—Estás loco, viejo de Barrabás! esclamó Benedetto. Es con
veniente que yo no sea visto entre esa gente ni sentido aquí arri
ba sino de tí.
—Entonces la paga será doblada. , , ,

–Ya te he dicho que seré generoso. - " ,

—Corriente; bebe pues otro sorbo mas y duérmete.


40 LA MANO DEL MUERT0

El viejo se dejó caer sobre la jerga, y se acurrucó bajo su co


bertor, mientras Benedetto se acostaba en la tabla, cruzando re
ligiosamente los brazos sobre el pecho: pero ninguno de los dos
durmió en aquella noche. .

Benedetto,porque temia alguna treta del Viejo, y éste porque


recelaba otro tanto de su imprevisto compañero de cuarto. Ape
nas hubo amanecido fueron los parroquianos de la posada aban
donando su albergue, y el posadero corrióá buscará su vecina
para escjer el equipo con que llenedetto pensaba disfrazarse.
Cuando regresó, ya su compañero de la noche contaba sobre la
jerga algunas monedas de plata con el semblante fanfarron de una
persona que deseaba dará conocer su independencia.
—Bravo; muchacho... así entiendo yo los negocios, aquí tienes
tu avío, y vamos á cuentas, dijo el viejo, disponiéndose áreferir
le el importe de la compra. , ,,
-

,, ,

El trato quedó cerrado con pocas palabras, y Benedetto lim


piamente vestido, cortado el cabello y afeitada la barba, esperó
ocasion favorable de salir de su cueva, en la firme conviccion de
que nadie podria figurarse en él el asesino del viejo carcelero de
la Force. El posadero mismo, era el primero en hacerle creer que
si él no lo hubiera visto metamorfosearse allí no hubiera podido
reconocerlo entonces.

La asercion, aunque exagerada, no dejaba de tener algunos vi


sos de verdad; pues Benedetto, de tal manera se amoldaba á su
nuevo traje, que parecia un honrado propietario, en cuya fisono
mía no era posible advertir la menor sombra de una mala accion.
Durante el dia se ocupó de arreglar su pasaporte, dándose á co
nocer como estudiante de arqueología universal, que deseaba es
tudiar la antigüedad en aquellas grandes páginas diseminadas 0Il
diversos puntos del globo, y que se llaman ruinas, Pero así que
llegó la noche, su fisonomía volvió al aspecto habitual tomando
ese tinte indefinible de rabia melancólica y atrevimiento, que
hacia que el supuesto estudiante volviese á sus proporciones de
facineroso y malvado, "
LA MANO DEL MUERTO. 41

Atravesando alegre toda la ciudad, llegó al cementerio llama


do del padre Lachaise, donde existen los mausoleos de las prin
cipales familias aristocráticas; despues, rodeando el muro con
precaucion parecia buscar un punto elevado de donde pudiera
ver aquella ciudad donde los muertos ostentaban, á semejanza de
los vivos, la jerarquía de sus lechos de sufrimientos. Su trabajo,
no obstante, fué perdido, y reconoció que no le quedaba otro me
dio de introducirse allí, sino comprar por algunos francos la con
ciencia del guarda del cementerio.
Revistiéndose de toda su sangre fria, llegó á la reja de hierro
y golpeó.
–Quién es...? preguntó la voz trémula, pero enérgica aun de
un hombre que salia de una pequeña casa construida al lado de
la puerta.
-Amigo, contestó enedetto, no tengais recelo; abrid.
Por un accidente singular y contra todas sus esperanzas, el
guarda salió de su casa, se acercóá la reja de modo que parecia
pronto á obedecer la intimacion ordenada.
–Perdonad, señor,si me he tardado mas de lo que debia;pe
ro no contaba que debieseisvolver aquí ....
Benedetto no salia de su asombro; pero reconociendo luego
que esto era efecto de alguna equivocacion, cualquiera que ella
fuese, ocultó el rostro bajo el embozo de su capa.
–¡Oh! venís todavía á resucitar á alguno mas, continuó el
guarda sonriéndose bondadosamente; porque si no sois un ángel,
poseeis sin duda el secreto que dió la vida á Lázaro, Ea, pues,
aquí me teneis á vuestras órdenes, señor.
—¡Ah! dijo para sí Benedetto; hé aquí una aventura bien sin
gular, que, si no estuviera cierto de haber hoy bebido solo media
botella..... me creeria víctima de algun ataque de embriaguez.
—Quereis que os acompañe...? dijo el guarda.
-No; le contestó Benedetto.
—Entonces voy á traeros mi linterna.
Y el guarda se disponia á volver cuando se detuvo para agre
6
2 LA MANO DEL MUERTO.

gar cariñosamente —aun me acuerdo de vuestra primera y últi


ma visita, y para probaros lo que digo, vereis como me doy ma
ña á hacerlo todo como lo habiais dispuesto entonces, á menos que
no traigais intencion de bajar al sepulcro de las familias de Saint
Méran y Villefort
Benedetto se estremeció al oir estaspalabras; pero consideran
do que era forzoso responder alguna cosa en analogía con las pre- -

guntas del guarda, le dijo:


—Es igual.
—Pues bien, señor Wilmore, replicó el guarda, voy á dejaros
allí mi linterna, y podeis bajar cuando os acomode, puesto que
ya sabeis el camino.
El guarda tomó la luz y empezó á caminarpor una larga calle
de sepulcros.
—¡Wilmore! murmuró Benedetto, como si hubiese sentido la
picada de una vívora. ¡Wilmore...! será esto un sueño...? Elin
glés que me salvó del grillete en Tolon!..... ¡Ah!..... Edmundo
Dantes... ahora recuerdo que con este nombre se designa la mis
ma persona... Edmundo Dantes... el asesino de mi padre y de
misinocentes hermanos!.... maldito seas....! Cuando venia á es
te lugar para fortalecer la idea de venganza que juré á mi mori
bundo padre; hé aquí que tu nombre resuena en mis oidos como
repetido por el eco de los sepulcros donde reposan tus víctimas!...
Es la voz delos muertos que se alza contra sus verdugos, y aquel
inocente de nueve primaveras envenenado por tu causa, que re
pite el nombre de su desapiadado y sangriento verdugo, Edmun
do Dantes...
Despues de este momento de exaltacion, Benedetto volvióá su
firmeza y ordinario sosiego. " -

—Un hombre me ha precedido ya bajando al sepulcro de


Saint Meran y Villefort, pensó él; y ese hombre era Edmundo
Dantes... Viniste acaso á resucitar tus víctimas como dice el guar
da que te ha creido un ángel.? ¡Ah!... sí... ya lo comprendo...
habrás venido acaso á deleitar tu vista maldecida en los inanima
LA MANO DEL MUERTO. 43

dos restos de tus víctimas; á perturbar la tranquilidad de sus se


pulcros con el eco de tu estridente carcajada, como si quisieras
robarles así el silencio y la paz del cementerio,y hacerlos sufrir
aun mas allá de la muerte.
Benedetto se adelantó por la calle del cementerio, y aunque ig
noraba la situacion del panteon de su padre, le fué fácil distin
guirlo por el resplandor de la linterna del guarda, colocado sobre
una de sus gradas. la luz que proyectaba por el barroso y hú
medo suelo, formaba una figura oblonga y movediza, semejante
á un fantasma de fuego en el centro de los cenotáfios de mármol.
A poca distancia distinguíase un bulto. Era el guarda que pa
recia esperar las últimas órdenes de Wilmore.
Benedetto sacó un bolsillo, y caminó hácia él, haciendo sonar
el dinero.
—¡Perdon, escelentísimo! murmuró retrocediendo el guarda;
pero... mas bien quisiera que me lo brindaseis del mismo modo
que la vez primera; esto es, dejando la bolsa al lado de la linter
na, cuando salgais del sepulcro. Yo... no puedo dominar mite
mor, aunque veo que sois un hombre como yo con vida y mo
vimiento... pero no sé que encuentro en vos de solemne y ter
rible que me hiela! ¡Disculpad mi franqueza!... Acostumbrado á
vivir aquí entre los muertos, mas tiemblo de vos que de ellos,
porque ni ellos ni ser viviente alguno hacen lo que vos haceis.
Benedetto hízole señal de que se retirase y viendo que se des
viaba, se encaminó á la puerta de hierro del sepulcro. Allí en
contróuna azada, y vió ya removida la tierra, lo que juzgófue
se obra del guarda, conociendo la voluntad del misterioso lord
Wilmore. Benedetto sacó entonces de su bolsillo una ganzúa éin
troduciendo la mitad en la cerradura de la puerta, hízole saltar,
retrocediendo luego un paso, y llevando la mano á la nariz para
evitar el vaporinfecto que despedia.
La puerta giró sin dificultad, á virtud de haber sido la tierra
cavada en ese lugar. Benedetto tomósu linterna, y dió el primer
paso en la escalera que conducia al interior del sepulcro.
,

14 LA MANO DEL MUERTO.

Ladron atrevido,y asesino audaz como era, tembló aterroriza


do del pavor que infundia aquel silencio augusto, y aquella os
curidad solemne del asilo de la muerte. Durante algunos mo
mentos vaciló y sintió que se doblaban sus rodillas; pero haciendo
un esfuerzo para vencer ese terror, soltó una carcajada impía, y
dijo como para animarse con el eco de su voz.
—Cómo se entiende... ¿Seráá caso Edmundo Dantes mas es
forzado que yo? Siendo él el que arrojóá este sepulcro los cadá
veres que aquí descansan, no tembló de bajar en medio de ellos...,
y me ha de faltará mi energía bastante para hacerlo...? Adelan
te... quién sabe si acaso á esta misma hora... se hallaba él
aquí, y apartando la sombra con su rutilante brazo, descendió
osado y atrevido esta escalera de mármol.
Hablando así Benedetto se puso á bajar los escalones, hasta
llegar al interior del sepulcro , cuyo pavimento tendria unos
treinta piés cuadrados. A cada lado habia en él asientos de már
mol, ocho de los cuales estaban ya ocupados con cajones de plomo.
Benedetto puso en el suelo la linterna, y buscando en su bol
sillo otro hierro mas largo que laganzúa, con dos uñas semejan
tes á un pié de cabra se dirijióá los cajones.
—Marqués de Saint-Meran, dijo él leyendo el nombre escrito
de blanco sobre el cajon. Era el suegro de mi padre por su pri
mer matrimonio. Anciano hidalgo, lleno de todos los privilegios de
su noble alcurnia, debe tener su cadáver adornado con todo el
esplendor de su gerarquía.
Y aplicó la palanca al cajon; haciéndole saltar latapa. En
efecto, el consumido esqueleto, vestido con un riquísimo
uniforme, tenia sobre el pecho diversas placas y cruces de
valor.
Benedetto se apoderó de ellas y cerró el cajon del marqués,
yendo despues á abrir del mismo modo otro cuyo letrero decia:
«La Señora de Saint-Méran. »
–Oh! murmuró Benedetto; héos aquí adornada tambien con
riqueza para este sueño lúgubre y eterno; última prueba de lo
----------

La mano vue Wu We Wawserie."


1.

enedelegar de un ela enjutamano del cadáver de supadre.


LA MANO DEL MUERTO. 15

cura que el hombre presenta al mundo,y por la que se conoce


todo su orgullo y vanidad!
Las joyas que adornaban los dedos y el pecho del cadáver, pa
saron á poder de Benedetto, que se dirigió á robar el tercer cajon
donde se leia el nombre de la señora de Villefort.
—Basta! dijo aquél, deteniéndose frente al cuarto cajon. Va
lentina de Villefort, vírgen sencilla como la flor de los campos,
tú no ostentas tu cadáver revestido de otras joyas que las del
prestigio santo de la pureza y la inocencia que le ha dejado tu
alma! ¡Ahora el que sigue! Es de Eduardo, niño de nueve prima
veras, aniquilado con su madre por el esceso de una venganza
implacable! Hermano mio! Eduardo... tú serás vengado. Y ahora
os toca ávos,padre mio, continuó el bandido haciendo saltar la
tapa de otro cajon de madera mas pobre y humilde que los otros,
en donde habia un cadáver amortajado con lienzo blanco.
Benedetto lo contempló algunos instantes.
—Aun se percibe, padre mio, en vuestra frente el sello del su
frimiento espantoso de aquél que vió nacer una á una al rededorde
sí, todas sus mas caras afecciones! Vuestra esposa, vuestro hijo,
vuestra hija, como las flores arrancadas por el huracan! Aun me
parece que esos lábios murmuran vuestro postrimer deseo, des
pues de la larga narracion de vuestra vida en aquella noche mis
ma en que recibí vuestro último suspiro! Vuestra voluntad será
cumplida! continuó Benedetto, desligando las manos del cadáver
y sacando del pecho su afilado puñal. Ya que mientras viviais no
ha podido vuestra diestra castigar el esceso de aquella venganza
horrible, la mano del muerto abofeteará la mejilla de Edmundo
Dantes!
Y al decir esto, Benedetto separó de un golpe la enjuta mano
del cadáver de su padre; guardóla con su puñal, y cerró en se
guida el cajon.
—¡Adios, por última vez! esclamó él. Hijo desheredado y os
curo, heredero desconocido de una familia poderosa, he descen
dido á su panteon, para obtener mi única herencia fuera del al
46 LA MANO DEL MUERTO.
canee de las leyes humanas! Ella es precaria y triste... pero ha
de bastarme para que me dirija á donde me guia la mano del
muerto! Partamos!
Benedetto tomó la linterna y subió apresuradamente la pe
queña escalera. Quien lo hubiera observado entonces, surgiendo
pálido y agitado de lo interior de un sepulcro, apartandolas som
bras de la noche con la luz que llevaba en su estendido brazo, le
creería un muerto impelido por una pasion poderosa que no ha
bía podido morir con él, volviendo á la superficie de la tierra; y
dejando en pos de sí las sombras y el misterio del sepulcro!
Benedetto se detuvo, y respirando profundamente limpió el
sudor frio que le bañaba la frente. Dejó la linterna en las gradas
estertores, y se rió con su diabólica risa de asesino.
— ¡Wilmore! dijo él. ¡Aquí vendrá en breve quien te acuse de
esta profanacion !
Y, efectivamente, cuando el guarda volvió á recoger su linter
na, y tomar el bolsillo del dinero, lo buscó infructuosamente.
— ¡Ah! murmuró éste.. . que torpeza en no haberlo aceptado!...
¡Wilmore se aprovechó de mi recelo engañándome!
. Y conociendo al otro dia que el túmulo había quedado abierto,
y que los cajones habian sido descerrajados, juró que Wilmore
era un astuto ladron, á quien haría prender en la tercer visita
que le hiciese.

VI.

El escenario del teatro en Roma.

A principios de enero de 1836, dos jóvenes amigas, despues


de haber concluido sus estudios musicales comenzados en París;
y coronádolos con un examen público en la academia italiana, se
LA MANO DEL MUERTO. 47

preparaban en Roma para iniciarse en la carrera artística de


Talma, haciendo su primer debut en el hermoso teatro Argentino
de aquella ciudad.
Luisa y Eugenia d” Armilly, desde su mas tierna edad, habian
seguido el único pensamiento del porvenir independiente y libre
con que sueña el genio, fuera de este círculo estrecho de nues
tras pasiones. Este risueño porvenir á que las dos añmigas se
encaminaban con firmeza, era el que brinda la corona sublime
del artista, corona que no puede comprarse por todo el oro del
mundo, pero la que el mundo concede á aquel que se le revela
inspirado y lleno de armonía.
Hacia largo tiempo que Eugenia, uniendo su voz sonora y es
presiva á los sonidos del piano de Luisa, pasaba los dias enteros
en su gabinete de estudios, cuyas puertas, cuidadosamente cer
radas, impedian que algun profano penetrase en aquel pequeño
santuario, donde el genio ensayaba sus alas por el gigantesco
vuelo que meditaba. Otras veces era Eugenia quien oprimia las
teclas del piano para acompañar la voz de Luisa; y entonces, en
vez de la música vibrante y espresiva de Eugenia, se oian las
tiernas y apasionadas armonías de Luisa, que daban perfecta
idea de los diversos caractéres de las dos amigas. Eugenia, altiva
y determinada, era el cedro que balancea la orgullosa frente al
soplo de las tempestades que lo azotan. Luisa, tímida y sencilla
como la sensitiva, una simple mirada ambiciosa la hacia temblar
asustada.
La sociedad de la familia de Eugenia en París, á pesar de ser
una de las mas frecuentadas y escogidas, no habia podido Ofrecer
objeto alguno que cautivase el ánimo de la exaltada cantatriz: la
música y el teatro eran las únicas pasiones de aquel pecho, donde
encontraban eco profundo las armonías de Bellini, Mercadante,
Verdi y Donizzetti. Luisa, despues de haber sido su maestra,
era hoy su amiga, compañera y hermana de gloria, de trabajo y
de fortuna. Fué Luisa la que recibió el voto de profesion de Eu
genia en el nuevo culto, despues de haberla iniciado en sus mis
48 LA MANO DEL MUERTO.

terios sublimes; yprofesado Eugenia con aquella abnegacien pro


funda y verdadera de todo sentimiento profano,propia de las gran
des almas, abandonó y despreció cuanto para una jóven de su
edad, puede darse de hermoso y agradable, esto es: padre, madre,
honores, riquezas y adulacion, para entrar con ardor y respeto
en esa estensa familia, cuyo jefe fué elevado por los hombres al
lugar de semi-dios, con el nombre de Apolo. -

Despues de un pequeño viaje puramente artístico, en que fue


ron la admiracion de Milan, de Génova y de Venecia,la música
era su único pasatiempo, en varios pequeños conciertos, que
ellas daban únicamente para aumentar su pequeño capital, muy
disminuido por los gastos del viaje; y por último vedlas que se
sujetan en Roma á un exámen público,prueba indispensable para
la verdadera apreciacion del mérito que encerraban la voz y la
inteligencia de las dos artistas.
Satisfecha esa prueba, vieron abiertas ante sí las doradas
puertas de su soñado paraiso! y cuando al siguiente dia disper
taron de aquel inesplicable sueño de placer y de sentimiento,
conocieron que la realidad empezaba á corresponderá su elevada
ideología; porque al instante recibieron billetes de visita de va
rios empresarios, entre los que se contaba el del teatro Argentino,
cuya prima donna había terminado el tiempo de su contrato.
—¡Y bien Luisa... ... qué dices túá esto?preguntó Eugenia
abandonando la cama y mirando el reloj que señalaba las doce.
Aceptarémos la invitacion del empresario del Argentino?
–Por miparte creo que nos será conveniente, si él se convie
ne en que nosotras escojams las óperas del repertorio.
—Es claro que esa debe ser la condicion principal, repondió
Eugenia vistiéndose y estreneciéndose de frio. La Semiramis,
Attila...
—Nina, Parisina... agregó Luisa. Vamos á almorzar y entre
tanto arreglaremos eso; es necesario advertir que los señores
empresarios vendrán luego.
—ue vengan, replicó Eugenia, dando algunos saltos para en
LA MANO DEL MUERTO, 49

trar en calor-aquí estamos nosotras, quiero decir; aquíestaremos


porque hablo con el futuro del verbo. Mejor ahora que cuando
esté atando las ligas... Si el empresario llegase entonces seria
una desgracia....!
-Se moriria de miedo el pobre hombre..... dijo sonriéndose
Luisa y volviendo sus bellos ojos azules que se encontraron con
la mirada enérgica y soberana de Eugenia.
-Y no te engañas, contestó con arrogancia. Yo soy medio
hombre, como tú dices,y las ligas de un hombre no agradaná
otro hombre! Te acuerdas como desempeñé elpapel de muchacho
cuando nosfugamos de París?"Me llamaba el caballero Leon de
Armilly, y tuve bastante corage para hablar de pistolas cuando
creí que corrias peligro, amiga mia.
—Oh! que tiempo aquel! mumuró Luisa.
—Sí, cuanulo me viste disfrazada de hombre deshaciéndote á
besos y abrazos luego que traspusimos sin peligro las barreras,
no temblabas como se me figura que tiemblas hoy!
—Oh! es que se va aproximando nuestro primer debut... y si
somos mal acogidas?
–Brava ocurrencia! y en Milan, en Génova, y especialmente
en Venecia, desagradó, por ventura, nuestro canto? fuera de que,
el resultado del exámen..... creo que no debe desalentarte !
—Mas ahora la posicion es muy diversa! tendremos que apare-
cer en la escena en carácter competente; y si por ejemplo yo sé
cantar el aria de Parisina, eso no quiere decir que tengo certeza
de ser la Parisina!
–Ytengo yo acaso la certidumbre de poseer el carácter de
Semiramis, y de sentir lo que ella sintió, de un modo tal, que el
público crea tener delante de sí la noble reina de losAsirios; hu
millada y trémula por el remordimiento al escuchar la voz de Ni
no, óembriagada y delirante porla presencia de Arsace? pregun
tó Eugenia á su vez. Sin embargo,tú ves que yo no tiemblo con
la aproximacion de nuestro primer debut. Confio mucho en lo
que me has enseñado y en lo que hemos estudiado para que des
7
50) LA MANO DEL MUERTO:

fallezca mi espíritu con el trabajo que muchas otras jóvenes han


desempeñado en medio de vivos y sinceros aplausos de una platea
imparcial éinteligente.
—Vamos, amiga mia: aquel grande porvenir que en París ha
bíamos soñado, vá realizándose, y dentro de poco nuestros nom
bres irán áresonará ese mismo París en el centro de nuestras fa
milias, despues de haber sido inscritos en el libro de oro de la
nobleza del arte. Oh! cuanto me complace esta noblezal nobleza
que no se compra por un vil puñado de oro, sino que se alcanza
por el trabajo y mérito personal! El escudo del artista no se cu
bre de polvo hasta desaparecer con el transcurso del tiempo!
Subsiste siempre dorado y brillante, mirado con admiracion por
las generaciones que se suceden.
Cuando las dos amigas acababan de almorzar, y de arreglar
sus elegantes atavíos, recibieron la visita del empresario del tea
tro Argentino, que, con el temor de perder la adquisicion de las
dosjóvenes artistas, se anticipóá sus cólegas: el ajuste fué con
venido tal como ellas querian, y al concluir el dia, los contratos
de las dosprimeras damas absolutas estaban firmados.
“Un mes despues se ensayaba en el gran teatro Argentino la
magnífica ópera la Semiramis, y los impacientes dilettantis afluian
todas las mañanas á la platea del teatro para aplaudir con antici
pado entusiasmo á las dos nuevas actrices, y felicitar al empresa
rio por la brillante adquisicion que habia hecho de dos artistas
que tanto prometian; á pesar de que por primera vez pisaban el
escenario donden existian aun los astros de dos grandes génios.
Llegó por fin el dia del espectáculo, y así que las luces empe
zaron ábrillar en el edificio del teatro Argentino, los salones se
vieron inundados de gente que hablaba, discutia y elogiaba en
alta voz la capacidad artística de las dos señoritas d” Armilly.
Mientras esto sucedia, en los salones y avenidas del teatro, un
jóven de 22á23 años, alto, bien proporcionado y vestido sin
lujo, pero decentemente, haciéndose paso á duras penas por entre
la multitud que se agrupaba en torno del edificio, llegó con gran
LA MANO DEL MUERTO. 51

trabajo hasta el despacho de billetes, graciasáunesperto cicerone


que lo iba remolcando por el faldon de su paletó, al través de
aquel mar vivo y bullicioso, agitado por el grande acontecimien
to que mencionaban los diarios y los carteles.
—Un billete! respondió este.—Ni para mañana..... á menos
que vengais al amanecer! ¡buena hora de hallar billete, cuando
ya todo está vendido, y niun pedazo de billete me resta siquieral
—No hay billete, dijo el cicerone volviéndose al jóven.
—¡Poder de Dios! pues es indispensable que yo entre á la pla
tea, gritó este en francés.
—Pero, ¡si no hay billete! repitió el cicerone.
—Introducidme aunque sea al proscenio entre bastidores.—A
todo trance es necesario que yo vea.....! entiendes, imbécil? Es
necesario que yo lo vea todo!
—Mas que remedio, señor? si os hubiérais acordado mas tem
prano, os habria servido maese Pastrini; pero así, áúltima hora,
es totalmente imposible: voy sin embargo á mostraros el edificio y
esplicaros su arquitectura: venid conmigo.
—¡Vete al diablo con tu manía de mostrar y de esplicar!¿Có
mo quieres que te diga que es indispensable que yo observe y
vea cuanto pasa en la funcion....! todo, todo....! y entretanto
vienes tú á hablarme de paredes, techo y columnas!
—Señor, el Argentino es magnífico - replicó el infatigable ci
cerone.—Además que, cuando no hay billete, es mejor entretener
el tiempo en ver algo bueno!!, Venid, pues, señor, y conocereis
uno de los mejores edificios de este género, tal vez el primero de
todos. -
–¡Vamos entre bastidores, imbécil! esclamó el jóven tirando
del brazo á su cicerone.
–No os dejarán entrar!,
—Dí que soy estranjero y que quiero ver: no me has asegu
rado que un estranjero cuando viene áRoma, es para ver cuan
to bueno encierra esta gran ciudad? -

—Per la Madona! gritó el cicerone; pero los bastidores y me


52 LA MANO DEL MUERTO.

canismo del Argentino se enseñan de dia y no en noches de fun


cion! -

—Ah! esto esinaguantable! Condúceme á la puerta que da al


foro.... yo hablaré al guarda... y ya vereis si entro.—Y al de
cir esto tomó al cicerone que giró inmediatamente sobre la dere
cha, estendiendo y alargando los brazos para abrirse camino por
el centro de la concurrencia, como si estuviera nadando.
Poco despues llegaba con el estrangero pegado á sus hombros,
á la puerta delproscenio.
—Quién es? gritóel portero colocándose rápidamente frente al
cicerone para estorbarle el paso.
—¡Oh! esclamó el estranjero palideciendo al ver el rostro re
dondo y colorado del gordo portero, iluminado al vivo resplan
dor de un quinqué próximo.
El cicerone le habló en secreto al oido.
—Es imposible: nio charo, respondió aquel:tengo las instruc.
ciones mas terminantes para impedir la entrada aquí.—Por otra
parte hoy es una ópera de grande espectáculo, fuera de que las
cantatrices son nuevas ... ! De manera que el caballero tendrá
mucho interés en entrar? Si es así os prevengo que solo con per
miso del empresario se consigue... ¡Pero! dijo el portero miran
do de hito en hito al curioso jóven, que tampoco separaba su
vista del rostro de aquél. Será verdad lo que estoy viendo?
" —Mi sorpresa es igual á la vuestra, señor! dijo el estranjero,
y casi me inclinoá creer que los aires dé Roma os prueban bien!
–Pues yo habia creido que áesta hora podria darosel nombre
de Ibus, porque os suponiamuerto por el peñasco de algun Ulises!
-En verdad que algo me parezco al miserable mendigo, so
licitando la mano de vuestra Phenelope! contestó el estranjero,
mas que quereis? hubo una diosa misteriosa y un Esculapio
complaciente que se acordaron de mí.
El cicerone miraba atónito á los dos interlocutores, sin alcan
zar el sentido de sus palabras; pero adivinando en su mímica,
que sin duda se estaban diciendo grandes cosas.
LA MANO DEL MUERTO. 53

-Dejemos esto señor continuó el estrangero; no es este lugar


á propósito para ventilar nuestras cuestiones.
—Teneis razon, voy á conduciros á dentro, yá probaros que
sé olvidarme de cosas pasadas: entrad.
El jóven despidió al cicerone, yse introdujo alreducido cuar
to del portero.
-En efecto, señor baron, esto es singularl
-¡Por Dios! señor Andrés Cavalcanti, quereis comprome
terme: no veis que he guardado mi título en la cartera?
—Creia que estuvieseis aquí representando por capricho, co
mo Vuestra familia. -

—¡Válgame Dios, y que capricho tan estravagante serial


-Contadme, pues, lo que os ha sucedido, señor Danglars.
-¿Porfiado! aquí no me llamo Danglars! El portero del teatro
Argentino no podrá nunca llamarse Danglars! ¿Y cómo diablos
habeis escapado de los agentes de la policía que os querian pren
der como fugado de las galeras, en el momento en que se esten
dia el contrato de vuestro matrimonio con Eugenia?...
-¡Psich! maldita la gracia que tiene; y hasta hoy mi vida no
pasa de ser un compuesto esquisito de particularidades sin inte
rés.—¿Y la vuestra, señor baron?...
-¡Maldita costumbre! gritó Danglars poniéndose colorado co
mo un tomate y limpiándose el sudor.
-Quiero decir... señor Danglars...
—¡Peor todavía!...
—¿Pues cómo quereis que os llame?
—Eso yo me lo sé... pero aquí dadme un nombre cualquiera,
eso poco meimporta! la gente pobre no tiene nombre.
-Segun eso, ¿estais arruinado?
—¡Hasta el último maravedí! murmuró Danglars contristeza; y
no ser por este mezquiuo empleo, hubiérame muerto de hambre!
¡Ah!.... de hambre.... repitió con amargura.
—¡En verdad, seria cosa horrible el morir así todo un ilustre
baron! Pero ¿quien os condujo á tan miserable situacion?
IJ4 LA MANO DEL MUERTO.
—¿Quién? preguntó Danglars palideciendo. ¡Ah!.... ¡un hom
bre que parece haber surgido de la tierra ó del mar por el influjo
de una voluntad poderosa para destruir el sueño de mi felicidad!
Benedetto , pues era él , se estremeció involuntariamente al oir
las palabras de Danglars.
—¿Y cómo se llama ese hombre? preguntó.- v
—¡Ah! dijo el baron Danglars mirando asustado en torno suyo.
Mucho tiempo ha que no pronuncio ese terrible nombre de miedo
deque su amenazadora imagen surja de la pared ó de mi sombra
para atormentarme.
—¿A tal estremo llega el pavor que os inspira? ¡Ah! continuó
Benedetto; ¡como son débiles y pusilánimes los hombres!
— Insensato, dijo Danglars, ¡si le conocieseis como yo, retro
cederíáis asombrado ante su presencia misteriosa ! ¿Sabeis , por
ventura quién es, ni de dónde ha venido el conde de Monte Cristo?..
Benedetto dejó oir una convulsiva carcajada , que petrificó al
pobre portero del teatro Argentino.
—¡Tengo para con él una deuda sagrada! ¡una deuda de san
gre! y la mano del muerto está abierta para recibir el importe
de esta deuda.
Danglars abrió desmesuradamente los ojos, sin alcanzar el sen
tido de aquellas palabras, que le parecían sin embargo terribles.
—No os comprendo, murmuró.
—Pues es bien fácil. ¿Por qué temblais cuando pronunciais el
nombre adoptado por el marinero Edmundo Dantes?
— ¡Oh! ¿ cómo sabeis?...
—Ese es mi secreto. Ahora contestadme.
—No me es posible referiros mi historia en este lugar, dijo el
portero. Si quereis escucharla , yo os buscaré mañana y habla-
rémos entonces. ¿Dónde vivís? ....
!-.- —En la posada de maese Pastrini.... , -.; : ,! .vi
— ¡Ah! ya se donde es. .,..>... : . ,. .
—Tanto mejor. . . y entretanto si necesitais algun dinero, per
mitidme que os lo ofrezca con franqueza. , r .: ,:Á
LA MANO DEL MUERTO. 55.

—¡Cómo! ¡continuais por ventura vuestra engañifa de ser el


príncipe de Cavalcanti, ú os proteje quizá el conde de Monte
Cristo ! Si esto es así, como no lo creo, hice mal en haberos
hablado con libertad. -

—¡Ya os he dicho, señor, que tengo con Edmundo Dantes una


deuda de sangre No soy el príncipe de Cavalcanti: soy un la
dron, un falsario, un asesino sin nombre, sin patria y sin Dios.
—¡Ah! ¿qué decís? gritó Danglars aterrado, llevando maqui
nalmente las manosá sus bolsillos, y encogiendo el vientre como
para librarse de una puñalada.
—¿Y á dónde pensais llegar en vuestro camino?
—Guiadopor la mano de un muerto, que se estremece de ra
bia en el fondo de su tumba, he de llegar hasta Edmundo Dantes.
–Sabeis, señorAndrés.... que.... me pareceis algo trastor
nado !
—Vaya, mi querido señor, eso lo decís para lisonjearme.
Ahora, dejadme subir, y creedme que puedo seros muy útil para
que torneis á adquirir vuestrafortuna. Os la haré entregar tripli
cada, si os place.
–¡Oh!...
–Pero dejadme subir, porque es necesario que yo pueda
certificarme de si las dos cantatrices de esta noche, son ó no las
que me imagino. -

—¡Ah!... ¿las dos señoritas d'Armilly?


—Si no me engaño así se llamaba la maestra de vuestra hija
Eugenia.
-Es verdad... ¿pero qué quereis significar con eso?
—Vuestra hija era apasionadísima por el teatro y por la mú
sica, y se me figura que vuestra hija Eugenia está allá arriba,
temblando en este momento ante la sombra de Nino.
—¡Oh! es muy temprano aun; pues apenas va á sonar la hora
de la funcion. "

.—¡Basta! acabais de afirmarme en lo que yo creia respecto de


las d’Armilly, y osfelicito, señor, por el interés con que vuestra
bija parece trabajar para reponer la fortuna que os robaron.
JDanglars suspiró. . , > ' {
—Entonces , hasta mañaaa , señor Danglars , y áspero que no
os olvideis de lo que os he dicho : esto es, de la fonda de maesa
Pasirifli, via del Corso.
Y Benedetto se retiré dejando al pobre portero admirado, y en
la firme conviccion de que por él vendría á saber algunas cosas
importantes acerca de Edmundo Dan tes-

VII.

Los agujeros del telon de boca.

Mientras que esto sucedia en el pequeño gabinete del portero,


las dos amigas d'Armilly se preparaban para ejecutar su primer
debut, y tomadas del brazo cruzaban el escenario.
— Creo que hay una concurrencia estraordinaria , murmuró
Luisa. Y luego , cuando ese telon se levante , vamos á quedar
aquí espuestas á las miradas de todo un pueblo. : !
—Tienes razon, Luisa; tambien yo siento algun temor!...
¡este momento siempre cuesta alguna cosa; pero estoy convenci
da de que cobraremos ánimo, porque hago el primer propósito de
poseerme bien de la situacion del personaje que voy á represen
tar ! ¡Oh !.... sobre todo cuando Arsace es nada menos que mi
querida Luisa tú serás mi amiga; pero, ahora que estamos
aquí me recuerdo de un caso bien singutar , que se ha repetido
diversas veces, lin la primera noche que vinimos al ensayo, no ha
llamado tu atencion un hombre que vino á abrir nuestro camarín,
y que dio un griio apenas nos miró?
, —Sí; tengo una idea....; ..
, —Ese hombre era el portero ; en la segunda noehe estaba yo
LA MANo DEL MUERTo. 57.

en mi camarin y oí este diálogo que me pareció bien intere


Sante:

«—Cuando la señora Eugenia saliere de su cuarto, no os olvi


deis de pedirle la llave, en caso que ella no se acuerde de vol
Verla á entregar. -

»»—Eso no haréyo.
»»—¿Por qué?
»»—Tengo mis motivos...
»» —Pero vos sois el encargado de las llaves, y faltais enton
ces á vuestras obligaciones.
»»—Pediré todas las llaves menos aquella.
» »—¿Temes por ventura hablará la señora Eugenia d'Armilly?
»»—bisculpadme; pero la señora Eugenia me conoció en Pa
rís en una posicion mucho mas halagüeña que la que al presente
disfruto en Roma, y no quisiera que le fuese conocida.»
—El diálogo terminó aquí, contestó Eugenia, y desde entonces
nunca me olvidé de entregar la llave al portero; pero cuando
paso y la dejo sobre la tabla, siento ruido, y conozco que es cau
Sado por la precipitacion con que el buen hombre se esconde
de mí. -

—Y no sabeis su nombre? preguntó Luisa.


-Oh! eso es bien sabido. Se llama José pero tambien puede
ser que tenga otro. -

—¿Si será aquel malaventurado príncipe Cavalcanti, que hu


bo de ser tu marido, si no lo desenmascararan de súbito? pregun
tó Luisa.
—Brava ocurrencia! A la fecha estaráguillotinado por asesi
no; y además que el hombre que se oculta de mí, me pareció de
mucha mas edad cuando lovíde paso por la primera vez,y es
mas bajo y masgrueso...
—Bueno es que tengamos precaucion, por si acaso es algun
espía enviado por tu familia.
—0h! no lo creas.—Acércate Luisa. Meparece que conozco
aquella señora que acaba de entrar al palco número 4 de la pri
8
tfe LA MANO DBt MÚERTO.
ffiér* fila¡. . . . . díjé Eugenia que habia entreteñídose en' mira*
platea por un agujero del telon.
-~Oh í esclaoió Luisa', examinando él palco que le habia ittdi-
Cádo. '.
—Qué tienes? preguntó Eugenia.
—Aquella señora, continuó Luisa palideciendo i\. do
hay duda ella es... ¡Oh! Dios mio... tal ve¿ sea tina ilusion
mia! dame tu lente, Eugenia.
Eugenia saoó de su bolsillo una péqueña caja que eontenia un
bonito anteojo de leatro, con que algunas actrices acostumbfa''4
ban examinar la platea yápateos, pof los agujeros del telon an
tes que la futieí'oti empézaáev ...././ .
" Luisa Ié tomó con precipitacion y miró al palco húmero 4 de
la primera fila. 1 .):,.:"
—Eugenia, dijo ella, é\ realmente posees ün espíritu fuéfté'y
determinado, ahora tienes la ocasión de probarlo de un modo' ir
recusable.....
- -^Mira!
Eugenia miró, y retrocedió asombrada, murmurando:1
— Mi madre!
En efecto, cuando Eugenia habia mirado al palco por la pri
mera vez, nOh'abia visto el rostro de la señora Danglars que pa
recía eslar hablando con alguna persona que la escuchaba oculta
por la cortina: pero esta persona salió, y la señora Danglars. vol
vía su rostro á tó platea, en el momento mismo en que Luisa lá
observaba con el anteojo.
El pito del escenario se hizo oír por los ámbitos del teatro,
dando la señal de prepararse los actores.' :
—Oyes, Luisa? le dijo Eugenia; bajemos á mi cuarto: valor,
y cuando el traje de la reina de los Asirios pese sobre mí, procu
raré probarte, amiga mia, que no tenga ante mi vista, ni en los
palcos ni en la platea, nadie que me embargue el mas leve penj
Samiento. - -. , m .. '
Si el telon se hubiera! levantado en aquel instante, el público
LA MANO DEL MUERT0. 59

aplaudiria con entusiasta frenesí el ademan sublime y la inspira


cion apasionada de Eugenia Danglars. Pero no era tiempo aun, y
ese público, presintiendo acaso la presencia del genio, dejara oír
en el espacio aquel murmullo confuso y solemne, que sin espre
sar pensamiento alguno comprensible, revela la existencia de mil
pensamientos diversos, despertados por la misma causa. Estemur
mullo, semejante al de las olas del Océano, agitadas por el vien
to, venia á morir á lospiés de las dos amigas, como para anun
ciarles la proximidad de su triunfo ó de su desgracia.
Eugenia, tomando la mano trémula de Luisa, la condujo pre
cipitadamente hácia su vestuario cuya puerta cerró tras de sí.
—Vamos, Luisa, dijo ella desprendiéndole el vestido.¿Por que
temblar? Acordémonos solo que de esta noche depende la felici
dad y el éxito de nuestra futura carrera.
Eugenia daba muestra de su valor, de un modo tan natural,
que influyó sobremanera en el espíritu de Luisa; además, las cos
tumbres de la ltalia no estigmatizan á los que se dedican á la no
ble carrera de Talma, ni lanzan el desprecio sobre el tablado del
teatro, como sucede en el resto de Europa; y esto tambien con
tribuia poderosamente á alentarlas.
Conociendo el espíritu orgulloso de la señora Danglars, señora
noble por nacimiento y por su alianza, calculó cuán mortificante
le seria la aparicion de Eugenia representando la Semiramis, en
el teatro Argentino, y la pobrejóven no pudo dejar de palidecer
pensando en las maldiciones de la baronesa, por haber sido ella
quien alimentara en el pecho de Eugenia la llama de entusiasmo
que la condujo á lastablas.
Aunque en la Italia se mirase tan noblemente la carrera de Tal
ma, como sagrada la llama enérgica que anima al inspirado ac
tor, la noble baronesa Danglars, descendiendo de losServieres,
jamás perdonaria á quien hubiese dicho á su única hija:—Euge
-nia, tú aborreces la vida de París, amas la libertad y la música;
hagámonos pues actrices.
En fin: el dado estaba arrojado.
º 60 LA MANO DEL MUERTO.

Eugenia y Luisa se identificaron en estrecho abrazo, como si


allí quisiesen ensayar el modo como habian de abrazarse y be
sarse en la escena; y en este momento el pito repitió la señal lla
mando los actores á la escena.
Momentos despues se levantó el telon. Eugenia se presentó en
la escena con toda la arrogancia y majestad propia de la régia
vacante que representaba: su voz clara, sonora y apasionada,
llamó instantáneamente la atencion de los dulellanti, y su triunfo
comenzó terminada apenas la primera ária.
El palco número 4 dejaba percibir algun desasosiego; el anteo
jo no cesaba de dirigirse para el rostro de Eugenia, y de minuto
en minuto se hacia mas perceptible el temblor de la mano que lo
sostenia á la altura de sus ojos. La señora Danglars limpiaba con
frecuencia su rostro, pálido como su finísimo pañuelo, y ora se re
tiraba al fondo del palco, ora se incorporaba sobre la baranda,
clavada siempre su vista en la figura noble, majestuosa y elegan
te de la nueva Semiramis. Despues, cuando el templo de Bello,
quedó desierto y apareció el valiente é interesante scita, notóse
mas y mas el estremecimiento convulsivo del brazo de la señora
Danglars, que habia reconocido en la fisonomía apasionada y tier
na de Arsace, la de la maestra de su hija Eugenia. No habia ya
que dudar. La noble baronesa vióse obligada á reconocerá su
hija en la persona de Semiramis, y su martirio duró tanto
como el espectáculo. Con las mejillas encendidas por la indigna
cion que esperimentaba, no tardó en sufrir un fuerte ataque de
nervios; acordándose que para cúmulo de envilecimiento, acaso
en aquella misma noche podria reconocer á su marido ejeculando
algun papel en las tablas. Muchas veces se le ocurrió la idea de
retirarse: pero el deseo doloroso de presenciar el resultado de
aquella noche, la detuvo aunque oprimida y disgustada, hasta que
acabó la ópera. "

El puñal de Arsace rasgó porúltimo el pecho de la desenvuel


ta Semiramis, que cayó agonizante á los piés de su hijo. La
baronesa lanzó un grito ahogado por la vergüenza. Era lo que le
LA MANO DEL MUERTO. 61

faltaba para coronar su martirio. El espectáculo de su hija, pe


gado el rostro á las tablas de un teatro á presencia de un pueblo
entero, recibiendo los bravos.y las palmadas de ese mismo pue
blo, ahogaron el grito de la baronesa, que salió precipitadamen
te del palco, humillada en su interior y encolerizada por ha
ber caido enScila, queriendo huir de Caribdis.
—Oh! se decia subiendo á su carruaje. Algun demonio ha ju
rado mi humillacion y envilecimiento á donde quiera que voy.
En París, madre de un desgraciado bandido á quien la ley per
sigue; en Roma veo á mi hija, en cuyas venas circula la sangre
de los Servieres, comprada por un vil puñado de oro para servir
de blanco entretenimiento al pueblo de los teatros..... Ah! y en
cualquiera otra ciudad, quien sabe si la desgracia me reservará
todavía la vergüenza de ver á mi marido sobre el pescante del
carruaje de algun rico campesino!....
Y gruesas lágrimas humedecieron el rostro aristocrático de
a quella señora tan noble, tan altiva y orgullosa.
Entretanto las dos amigas producian un entusiasmo delirante;
al dia siguiente recibieron de mano del empresario dos hermosos
vasos de plata de riquísimo y delicado labor.

VIII.

Dos hombres sin nombre.


-wwwwwww

El portero del teatro Argentino, que habia reflexionado sobre


las conveniencias que podrian resultarle del encuentro con un
hombre como Benedetto, se dispuso á buscarlo en la hospedería
del maestro Pastrini, con laintencion de aprovecharse para sus
fines ocultos de adquirir fortuna de aquel carácter temerario,
aventurero y audaz que parecia no temer nada de los hombres,
62 WfliANO W5L MUERTO.
y que con todo desembarazo y atrevimiento le habia declarado
ser ladron, falsario y asesino,
Se dirigió pues, con paso firme y la esperanza en el alma al
encuentro de Benedetto, á quien él llamaba Andrés.
llenedetlo yivia efectivamente en la conocida posada de maese
Pastrini, y despues de almorzar con buen apetito y sosegadamente
hizo llamar al mañoso posadero.
t-A vuestras órdenes, escelencia, dijo él, quitándose política
mente su gorro de lana y haciendo una cortesía.
Benedetto reflexionó un instante antes de dirigirle la palabra;
despues dejó á un lado el diario en que fingía leer, miró al italiar
no con aquella mirada sombría y siniestra de los hombres en cu.-
ya frente parece existir el sello de la fatalidad. . '. }
—Maese Pastrini, dijo él, no estoy satisfecho con este cuarto.
—Sangre de Cristo! esclamó el italiano, ¿y por qué, escelentí-
simo ?
— l'or qué? ¿quer&is saber por qué, maese Pastrini? Porque
no puedo dormir tranquilo en él.
El italiano tornóse pálido: Benedetto continuó:
—¿Quién habita el cuarto bajo?
—Ah! es un joven muy enfermo, que segun me dice su laca
yo, viaja para distraerse de una apatía mortal deque padece. Os
aseguro que es una escelente persona, aunque todavía no le he
oido la voz. A pesar de que hace ya un mes que está en Boma, y
apenas ha salido dos ó tres veces, recogiéndose muy temprano
—Pues os digo que mentís! entendeis, Maese Pastrini ' mentís!
—Yo, escelentísimo? preguntó el posadero esforzándose por
aparentar el semblante de la inocencia.
T^Oh! vuestro joven enfermo, que viaja para distraerse de
una apatía mortal, se recogió ayer á la una de la noche. Y no es
¿esto solo; lloró, blasfemó, sin cuidarse de los vecinos, hasta las
.dos, volviendo á salir despues, y regresando á las cuatro de J»
.wa»ana, .>'
—No os contradigo, escelentísimo, respondió Pasíriai qq paqo
LA MANO DEL MUERTo. 69

mas animado. Yo notétodo eso: mas qué quereis? creo que de


tiempo en tiempo le dan ciertos ataques de nervios, para los cua
les le recetaron los médicos salir inmediatamente de casa, á cual
quiera hora del dia ó de la noche; y fué sin duda por esto que
ós incomodó tanto ayer. No tengais cuidado sin embargo, escelen
tísimo; el lacayo me ha dicho que es solo de año en año que le
dan tales ataques. "

Benedetto se sonrió con ironía profunda, lanzando á Pastrini


una mirada oblícua.
—Desconfio mucho de tales achaques, y antes creo que vues
tro jóven enfermo, es quien ataca á las otraspersonas. Tened cui
dado maese Pastrini, Ha poco se evadió de Francia un hombre
femible, que hizo cosas diabólicas, seduciendo, asesinando, ro
bando y profanando doncellas, viejas y adolescentes, iglesias y
sépulcros.
—¡Per la Madona! gritó Pastrini, revolviendo los ojos. ¡Oh! y
ese malvado debe de ser muy rico?
—Dicen que posee millones, y que los esconde en un lugar
desconocido, donde no llegan los rayos del sol, y cercado de in
saludable y pestilente agua, como la del lago Camarino.
—Empero, escelentísimo, vuestro vecino de habitacion parece
no tener mas de 20 ó 22 años, y es tan pequeño y débil, que si
lo vieseis no desconfiariais de él.
- —¿Pequeño, débil y amarillo?
—Completamente amarillo, no; pero muy pálido sí.
Benedetto se levantó agitado, y se paseóá largos pasos por
él cuarto, introduciendolas manos en el cabello, y soplando como
si sufriese un calor escesivo.
—Oh! es forzoso que abandone vuestra casa, maese Pastrini.
—Y por qué, escelentísimo? qué es lo que os falta? ¿acaso no
estais servido con esmero y delicadeza…?
—imbecil. Estoy diciéndoos que me incomoda vuestro hués
ped del primer piso, y no comprendeis lo que os digo? Teneis oi
dos y no oís, ojos y no veis. ,
64 LA MANO DEL MUERTO.

–Pero, qué he de ver, escelentísimo?preguntó Pastrini, que


empezaba áprestar séria atencion á lo que Benedetto le decia.
—Mirad, yo os lo esplicaré todo. Hay un ente en el mundo,
que nadie sabe de dónde vino, ni de quién desciende, aunque
muchos atribuyen su orígen á la fermentacion del lodo espuesto á
la accion del sol, así como los materialistas afirman que nació el
primer hombre. El individuo de quien os hablo, debe haber ad
quirido su terrible ciencia en alguna caverna semejante ála de Cu
mas, y el arte de adivinar el porvenir y de hacer mal á los hom
bres.—Él consiguió encontrar el secreto de mudar de piel como
las serpientes, para conseguir mejor sus fines; y algunos atribu
yen este fenómeno á las maravillas científicas de la química. De
este modo se presenta el malvado bajo diversos aspectos, segun
el pais en que reside, y las personas con quien tiene que habér
selas.—Ya es un abate, viejo, encorvado por el peso de los años,
cuando murmura palabras santas al oido de aquél á quien pre
tende seducir. Ya es un escéntrico y flemático lord aferrado en
sus ideas, y porfiado como un carretero. Otras,finalmente,se ti
tula conde y sepresenta como el mas perfecto y rico caballero del
mundo. Este hombre es generalmente conocido por el título de
conde de Monte-Cristo.
—Ah! esclamó maese Pastrini, dando un salto y mudando de
color.
—Quées eso; lo conoceréis acaso...?preguntóBenedetto.
—Continuad, escelentísimo, continuad....
—Muy bien: os he dicho que el ladron, el falsario, el impío,
el asesino, se llama conde de Monte-Cristo, continuó Benedetto
sin quitar los ojos de Pastrini, en cuyo rostro se descubria la com
binacion mental de ciertos casos pasados, en fuerza de la narra
cion presente. Este hombre que se juzga por elpoder de su ri
queza superior á los otros hombres, ha abusado de todo y de to
dos, y es perseguido por las leyes de lajusticia humana.—Hace
poco acaba de tomar en París el nombre de Benedetto, se tituló
despues el príncipe Andrés de Cavalcanti; se evadió de la cárcel
LA MANO DEL MUERTO. 85

asesinando al carcelero; se dirigióá un cementerio llamado del


Padre Lachaise, y engañando al guarda profanó el sepulcro de
una familia noble, robando algunas joyas de los cadáveres. Final
mente, metamorfoseándose de nuevo, huye de Francia..... diri
giéndose segun toda probabilidad á la Italia, donde muchos ase
guran que tiene relaciones secretas y abominables.
Pastrini estaba aterrado, pues ya en otro tiempo habia hospe
dado áun hombre que se titulaba conde de Monte Cristo, pero
atrevióse todavía á hacer algunas preguntas y dijo:
-En ese caso, escelentísimo, el tal hechicero debe ser perse
guido por todas partes?
—Espero que no le valdrá toda su mágia infernal para evitar
que lo reconozcan. Hay hombres desparramados en diferentes
puntos de Europa, asalariados por el gobierno francés, bien capa
ces de hacerlo caer de su elevado pedestal. Diciendo esto, Bene
detto hizo un gesto significativo como quien queria dará enten
der:—y uno de esos hombres soy yo. Así, pues, maese lastrini,
indagad, como mejor os parezca, quién esvuestro huésped del
primer piso, y sed vigilante con él.—Podeis retiraros.
El italiano salió agitado y trémulo, jurando no llamarse mas
maese Pastrini, sino supiere en aquel mismo dia todo cuanto te
nia relacion al jóven enfermo que habitaba el cuarto del primer
piso.
—Oh! decia él—siempre me pareció que el tal conde de Mon
te-Cristo, con su concubina griega, y su esclavo negro, tenia al
guna cosa de estraordinario ! La sangre fria con que él veía eje
cutar los sentenciados, el furor que le dominaba cuando ellos lan
zaban susgritos agonizantes, y sobre todo la intrepidez con que
segun lo afirman, descendia á los subterráneos de Luigi Vampa,
de ese famosa bandido....! ¡Ah! es bien cierto que lajusticia de
Dios es infinitamente perfecta, y que el hombre no puede esca
parle por mas poderoso que sea.
Cuando Pastrini reflexionaba así, Benedetto paseaba muy sa
tisfecho por su cuarto; murmurando entre dientes.
9
65 LA MANO DEL MUERTO.

—Vamos bien, muchacho. Perdiendo aquél hombre en el con


cepto de Pastrini, tengo la certeza de que en poco tiempo Roma
entera sabrá cuanto acabo de decir y mas aun todavía. Además,
conseguiré saber quién es el misterioso vecino del primerpiso
y alejaré de mí las miradas de la justicia, si acaso me persi
guiese aquí. Yo arrancaré los dientes del dragon que devoróá
los ancianos, á los niños y á las vírgenes, para satisfacer su
ódio monstruoso! Edmundo Dantes!.... cuando me libraste del
grillete en Tolon, bajo tu falsa apariencia de Lord Wilmore,po
dias haber hecho de mí un hombre honrado; pero has preferido
envolverme en tu drama infernal y me arrancaste la máscara
cuando yo, confiado en tí, me juzgaba feliz!.... Ah! necesitabas
un príncipe de Cavalcanti para consumar unproyecto misterioso,
que solo tú comprendias, y por eso echastes mano del pobre for
zado de Tolon, que cumplia resignado su sentencia!.... ¡Malditol
mil veces maldito! Una venganza implacable te perseguirá por
todas partes.—Sí—En mi pecho no hay sentimientos de huma
nidad que puedan detener mis pasos. Todavía me acuerdo de las
palabras de mi padre pidiendo venganza contra el verdugo cruel
y desapiadado, que al finalizar la obra maldita de su tortura,
fué ágozarse en el tormento de la víctima y átrastornarle su ra
zon con el eco de su carcajada diabólica! ¡Oh!..... una fami
lia entera para vengarte de un solo hombre?... ¿dónde estaba
pues tu religion, tu Dios?..... en el mismo lugar que los
mios..... en ninguna parte del cielo ó de la tierra! Mi alma se ha
convertido en el deseo vehemente de una venganza completa, así
como en otro tiempo no conocia mas que la ambicion! Edmundo
Dantes, tú me has dado el ejemplo, y tú llorarás un dia la obra
de tus manos!
Momentos despues volvió Pástrini para anunciar la visita de
un hombre, que no queria dar su nombre; Benedetto se sonrió
de ese escrúpulo, y mandó introducir en su cuarto al misterioso
visitante.
— Bueno! dijo entre sí Pastrini, recibe hombre sin nombre!
LA MANO DEL MUERTO 237

esto quiere decir alguna cosa, y creo que mi huésped no dejará


-de ser algun agente del gobierno francés, que anda buscando al
-famoso hechicero.
Diciendo esto, hizo una seña con los dedos al portero del tea
tro Argentino y lo introdujo en el cuarto ocupadopor Benedetto.
–¿Y por qué ocultais vuestro nombre, mi querido baron
Danglars? le preguntó este de un modo que pudiese ser oido
por Pastrini, que se conservaba aun fuera de la puerta con el
oido atento.
—¡Baron! dijo Pastrini para sí. Esto si que envuelve miste
rio.—Un baron en dísfraz.... Hé aquí un suceso mas para los
comentarios de esta noche. Retirémonos; no quiero que sospe
chen mi curiosidad. Y se encaminó al interior de su estableci
miento. .
Entre tanto, el portero del teatro Argentino habia quedado
estupefacto con los ojos clavados en Benedetto, como si temiese
decirle una palabra cualquiera, que le hiciese repetir el nombre
de Danglars, y el título de baron.
—Querido señor—continuó Benedetto, me parece que os ha
beis aturdido con el eco de vuestro nombre y de vuestro título!
–Pues no os he repetido mas de diez veces que ya no puede
llamárseme así?—Decidme ahora á vuestra vez: gustariais que
os llamase príncipe de Cavalcanti?...
—Ese nunca fué mi nombre.
–Nunca?...
—Figuré con él en una comedia de Monte-Cristo.
—Monte Cristo! repitió Danglars con rabia y miedo, conti
nuando luego:ytambien es por su causa que yo no tengo hoy
nombre.
–Habeis quedado como yo. .
- —Cómo? ¿no teneis un nombre? no sois Andrés? "

... –No, señor baron. - -

a –No puedo comprender eso. Cómo vinisteis á Roma enton


ces? cómo alcanzasteis pasaporte?
68 - MA MANO DEL MUERTO.

-De un modo muy sencillo, mi amigo. Tengo en mi poder


una reliquia robada al conde de Monte-Cristo, por la cual al
canzo cuanto quiero. Era el secreto con que él se hacia supe
riorá los otros hombres y los destruia para vengarse de ellos.
—Entónces, quégénero de historia es esa? Espero no me ha
reis creer en la existencia de la varita de virtud, ni en los dientes
de la Sibila de Cumas.
—No por cierto: mi reliquia es otra, y no tiene la fantasía
de las que mencionasteis, ni la belleza de las que podriais men
cionar! Vedla.
Diciendo esto, Benedetto abrió un pequeño cofre y Danglars
retrocedió inmediatamente palideciendoy murmurando con ter
ror:-La mano de un muerto!
—Silencio imbécil! dijo Benedetto cerrando el cofre y escon
diéndolo, es aquella mano la que me conduce en este mundo, á
un puerto determinado, donde he de llegar algun dia, Vamos,
ya conoceis mi reliquia, pedidme ahora cuanto quisiéreis.
—Qué es eso... hablais sério? preguntó Danglars, abriendo
mucho sus grandes ojos.
—Ya lo dijel respondió Benedetto sentándose con insolen
cia, y encendiendo un cigarro.
-Oh! en este caso es preciso contaros cuanto me sucedió,
para llegar á mifin.
—Perdeis vuestro tiempo, mi señor, respondió Benedetto, os
veo pobre, y segun me parece, no estais de acuerdo con vuestra
familia, por consecuencia formo una perfecta idea de lo que os
sucede.
—Quién, vos!
—¿Entonces? En París, éraisun hombre de bellas cualidades
sociales, señor! Tuvisteissin duda alguna pequeña dificultad de
cuentasy apurando los últimos fondos de vuestro comercio, di
jisteis un adios amable á vuestra encantadora mujer, así como
vuestra hija, la varonil Eugenia, dijo á la casa paterna algunos
dias antes; esto es sencillo, mi caro amigo.
LA MANO DEL MUERTO. Gº

-Muy bien, dijo Danglars con imperturbable sangre fria y


audaz desprecio. Lo que yo hice lo habria hecho cualquiera otro
hombre de mi clase en mi lugar, y en idénticas circunstancias.
Ahora lo que no sabeis es el resto. En las cercanías de Roma
fuí robado por los facinerosos, cuyo jefe me pareció ser el tal
conde de Monte-Cristo;y quedé pobre como Job
—Hola! historias, mi caro amigo! Edmundo Dantes no tenia
necesidad del robo. Él era riquísimo, y yo estoy inclinado á
creer que vos le debiais alguna cuentita atrasada de dinero ó de
acciones... dijo Benedetto con los ojos fijos en el rostro de Dan
glars, como para observar su menor gesto.
—Veo que sois un hombre bien singular, pues me parece que
poseeis el don de adivinar las cosas que no se os revelan, con
testó Danglars. Es como decís; entre yo y Edmundo Dantes, ha
bia un pequeño saldo; pero esto es cosa pasada y no tiene reme
” dio; tratemos del presente si osplace.
—Sea.
–Sabeis algun secreto capaz de volverme amable á los ojos
de mi hija, y los de mi mujer? Una da esperanzas de ha
cer una fortuna en la bella carrera artística, la otra posee
millon y medio. Ya podeis calcular que un hombre como
yo, sin nombre y sin fortuna no debe despreciar unafamilia
de estas.
-Oh! sois un bribon de buena clase, por mi almal dijo Bene
detto, soltando una carcajada entre dientes, que hizo estremecer
al pobre traficante.
—Yvos atrevióse á preguntar con gesto brutal,
-—Teneis razon; yo tambien no lo soy menos, y así viviré el
resto de mi vida, respondió Benedetto encendiendo un cigarro,
y balanceándose sobre la silla.
—Es el único medio de vivir bien en este mundo, donde la
virtud no tiene un lugar cierto, caminando errante y avergon
zada porque no la corresponden.
—En ese caso concuerdo convos;pero dejémonos de reflexio
() LA MANO DEL MUERTO,

nes y vamos á lo que interesa... ¿quereis juntaros con vuestra


hija? preguntó Benedetto.
—Yo os diré: juntar..... no, porque..... al fin de todo ella
tiene ridiculeces que me desagradan mucho. Seria mejor buscar
un medio para volver á los brazos de mi mujer. Oh! pobre se
ñora..... cuando la dejé poseia millon y medio: ahora con su ge
nio especulador, debe haber doblado su pequeño capital; y hoy
sin duda posee tres millones. Diablo! tres millones, en el cor
to espacio de tres años, os juro que los tres millones habian de
producir el doble en mis manos! Os aseguro, mi caro señor,
que nos podríamos acomodar...
–Qué es eso? interrumpió Benedetto, con cierto modo impe
rioso. Todavía yo no he pedido nada.
—Entonces... preguntó Danglars, sin comprender lo que
le decia. -

—Señor baron...
—Mala porfía! yo no soy baron sin dinero.
—Le habeis de tener dentro de poco, yo tengo ya un proyecto
formado, y donde no pueda llegar la mano de un vivo... ... .

— llegará la de ios!
—Benedetto soltó una carcajada estridente y sarcástica. Miami
go, dijo, he visto á los hombres burlarse de Dios, de un modo
tal, que me inclino mucho á dudar de la existencia de ese Dios.
Yo quise decir que donde no llega la mano de un vivo, ha de
llegar la mano de un muerto.
Danglars se estremeció y dijo:
—Sí, es malo juguetear con los muertos. .
—Oh! sois pusilánime y supersticioso?...... Entonces nada
haremos.
—Al contrario, os aseguro que nos entenderemos perfec
tamente. . :
—Pues bien: juradme que en cualquier lugar que esteis,
cuando llegue una órden mia la ejecutareis sin vacilar,
—Eso es muy serio. " –
LA MANO DEL MUERTO. 71

- —Por mi alma; estoy por correros ápuntapiés.


—Hola!.... dijo el baron retrocediendo por instinto de miedo.
-Quereis ó nó? decidid.
—Sea. Y cuánto tiempo debo esperar?
—Quince dias, "

- —Ah!.... -

—Ahora prestad aquí vuestro juramento de fidelidad.


—En dónde?
- —Sobre la mano del muerto! respondió Benedetto, abriendo el
cofre donde estaba la mano de Villefort. Danglars hizo un es
fuerzo, y estendió la diestra sobre ella, murmurando la pala
bra «juro.»

IX.

Los espías franceses.


—»<><–

El maestro Pastrini era previsor y tenia una calidad in


herente átodos los de su oficio; esto es, la curiosidad eleva
da al último grado: así es que en cuanto vió salir la visita del
viajante francés, llamó uno de los mozos de la casa, é indicán
dole al misterioso baron, le recomendó que lo siguiese hasta
conocer donde residia. El mozo, ladino y sagaz como todos los
vagos de Roma, cumplió exactamente la determinacion de Pas–
trini, y de esto resultó que el pobre baron arruinado no daba
un solo paso sin que Pastrini lo supiese en la misma noche
Despues de haber asíprovidenciado, trató de hacer señal para
que subiese un hombre que constantemente paseaba en la ca
lle frente á la posada, desde las tres hasta las cuatro ó cinco de
la tarde; este hombre reconociendo la señal de Pastrini, se em
bozó bien en la capa, cargó el sombrero sobre los ojos y subió
LA MANO DEL MUERTO.

la escalera introduciéndose despues en un cuarto, en el cual Pas


trini habia establecido su escritorio.
El recien llegado se sentó, se sacó la capa, tiró el sombrero,
y se dispuso á esperar; pero entre tanto, por aquella costumbre
antigua del pueblo italiano, buscó en el bolsillo un rosario, y
empezó ápasar las cuentas por los dedos como si estuviese re
zando las estaciones.
—¡Hola! ¡amigo Pepino! dijo Pastrini, entrando en el escrito
rio, cuya puerta cerró cautelosamente.
—¡Per la Madona! esclamó él, guardando su rosario. Mi nom
bre ya va siendo bien conocido por aquí á la luz del sol, y será
bueno que no lo digas en contra-tan alto.
—Es verdad, es verdad; mas, ¿qué quieres si el regocijo lo
exijió? respondió Pastrini.
—¿Y cual es tu regocijo, ó de qué es? preguntó Pepino.
—Ya te lo dije, respondió Pastrini, tomando cierto aire de
importancia, que llamó la atencion de Pepino. ¿Te acuerdas de
una cuestion que tuvimos, cuando estuvo aquí aquel refinadísi
mo pícaro, hechicero y antropófago llamado conde de Monte
Cristo?
—¡Hola! Pastrini, eso va tuerto así, dijo Pepino, arrugando el
entrecejo. Cuando hables de nuestro patron, de nuestro salvador,
has de decir el señor conde de Monte-Cristo, si no quieres que
quedemos mal! entiendes? el signor conde me salvó la vida, obte
niendo en mi favor el perdon de Su Santidad, cuando yo ponia
un pié ya en las gradas de la mazzolata, y protegia á mi jefe
Luigi Vampa, en lugar de entregarlo con sus mejores caudillos
en poder de la justicia, cuando por un acaso ellos quedaron en
sus manos: ahora debes conocer muy bien que ni yo, ni Luigi
Vampa, ni ninguno de nuestros guerrilleros, consentirá que un
hombre como tú, hable sin cortesía respecto al signor conde.
—Digo que es lástima que el capitolio esté desusado, porque de
lo contrario obtendrias allí una corona de orador. ¿Qué importa
hablar así del conde de Monte-Cristo si yo trabajo en su favor?
LA MANO DEL MUERTO, 13

-¿En su favor? preguntó Pepino.


-Es verdad, contestó Pastrini dándose importancia. Sabrás,
pues, que en Francia tu conde de Monte-Cristo está mal visto,
de tal modo, que es perseguido por los agentes del gobierno
francés.
-¡Tambien esa! dijo Pepino burlándose. Él, que tiene dinero
suficiente para comprar la tolerancia de cuantos gobiernos hay
en el mundo, desde los Dardanelos hasta Magallanes.
"—Sí, pero sus buenas obras son las que lo pierden; hay cosas
que ningun gobierno puede tolerar. .
—¿Cómo es eso, Pastrini?
—Por ejemplo, divertirse en matar gente , apartar casados
con sus intrigas y mañas.... ¿eso es bueno, Pepino? Yo sé que
estoy hablando con un bandido romano, pero no has tenido toda
vía la osadía de descenderá un sepulcro para insultar los muer
tos y burlarte de su eterno reposo; vives con tu jefe allá, en las
catacumbas de San Sebastian, es verdad, mas me consta que res
petas los restos de los bienaventurados que allí reposan !
–¡Oh! per la Madona: con los muertos no quiero burlas.
–Está visto; tú ó cualquier otro bandido, pueden hacer co
sas maravillosas á un vivo, porque en fin.... él las habrá hecho
á otros, y así se paga la regla; y Dios te perdona despues de una
pequeña penitencia de oracion ; pero reir de los muertos y bur
larse .... cuando sabemos que su alma está pagando lo que de
be..... esto es muy malo, Pepino.
–¡Sí, sí! respondió el bandido. ¡Los vivos nada tienen con los
muertos, sino el deber de enterrarlos! Despues el cadáver perte
nece á la tierra, asícomo el alma al juicio de Dios. Vamos, Pas
trini; entonces el signor conde de Monte-Cristo es perseguidopor
el gobierno francés? ¿Es verdad eso?
—Tan cierto, que para escapar á las pesquizas se vió obliga
do á mudar de forma y de nombre.
—Hola!.... ¿Tenemos milagros? ¿cómo es posible pues que un
hombre mude de forma?
10
7 LA MANO DEL MUERTO.

—Ah!..... La ciencia es inagotable. Parece que fué creada


por el diablo para tentará los hombres y perderlos en el momen
to en que ellos tuviesen la vanidad de creer que su ciencia les
habia hecho poderososy omnipotentes como Dios! Tu conde de
Monte-Cristo es de los que tienen esa vanidad, porque por su sim
ple juicio quiso proponer y disponer, como si poseyese la exis
tencia del hombre y la existencia de Dios! Ahora, ¿crees que
nuestro gobierno dejará de perseguir un hombre de... estos?¡No!
á estas horas los agentes de Francia habrán conferenciado con
nuestro ministerio, y mañana el famoso semi-dios será persegui
do, no solo en loma sino en toda la litalia.
–No me dijiste que habia mudado de forma y de nombre?
preguntó Pepino que empezaba á creer en lo que oia. ¿ Cómo,
habiendo mudado de forma y de nombre, será reconocido por los
agentes de Francia?
Pastrini se sonrió como una persona que disculpa la ceguedad
de otra en un negocio cualquiera
—Amigo Pepino, respondió pegándole en la espalda, aquí en
micasa está uno de los tales agentes franceses, y este descon
fia ya mucho de un misterioso personaje que tambien, está
aquí.
—Qué dices! El signor conde en Roma! esclamó Pepino con
precipitacion.
—Qué conde, amigo? Ya te dije que no hay conde de Monte
Cristo sino simplemente un misterioso hechicero á quien la ley
persigue.
—Y tú crees en eso? dijo Pepino moviendo la cabeza con aire
de duda, pues la palabra «hechicería» le repugnaba como el mas
completo absurdo.
—Si creo! Oh!..... sitú vieras á mi huésped, macilento, bajo,
flaco, trémulo, siempre envuelto enun largo capote, evitando en
contrarse conmigo y con todos..... y además habitando en los
mismos cuartos que el conde habitaba...
—¿Y pagando como él?...
LA MANO DEL MUERTO. 76

—¡Per Baccho! ni un real de menos: por eso lo sirvo y res


peto, y ejecuto exactamente todos sus caprichos.
Pepino quedó algunos momentos pensativo; despues, como si
hubiese concertado un rápido plan, dijo: ¿alcanzará tu maña al
punto de hacerme ver tu misterioso habitante de los cuartos del
signor conde?...
—Ah!... ¿y para qué? dijo el posadero.
—Yo seria capaz de reconocerlo.
—Amigo, toma el consejo de una mala cabeza; una vez que tu
jefe Luigi Vampa está sobremanera relacionado con el conde de
Monte Cristo, anda á anunciarle sin demora su caida en el con
cepto de la Europa. Esto le ha de ser ventajoso, para evitar cual
quier sorpresa de la justicia, porque tú muy bien sabes, y yo
tambien, que el bandido Luigi Vampa debe la tolerancia de la
justicia romana á la influencia del conde; luegopues rota esa in
fluencia yo no doy medio rosario por la cabeza de Luigi Vampa.
—Pastrini! esclamó Pepino, ya te dije que quiero ver á tu
misterioso huésped, para prestarle el apoyo de Luigi Vampa! Si
el signor conde necesita de nuestros puñales y carabinas, ó de
nuestro servicio, podemos mostrarle todavía que somos los
mismos. - -

—Eres mas cabezudo que un vizcaino! dijo Pastrini, levan


tándose para encender la luz. Mi huésped no recibe á nadie.Si
él es en efecto el antiguo Monte-Cristo, debes respetar sus deter
minaciones, y trabaja por otro lado. Te convido para comer, y
entretanto meditarás un nuevo plan
En este momento se sintió una pequeña señal en la puerta, y
Pastrinihizo un gesto de inteligencia á Pepino, que se fué luego
á sentar en el rincon mas oscuro del cuarto á rezar su rosario.
Pastrini abrió la puerta, y vió la persona cuya llegada habia
presentido: esto es, el hombre que habiasido encargado de seguir
al supuesto agente francés. Este hombre dióperfecta cuenta de su
mision, y recibió en recompensa el permiso de irá comer en la
cocina de Pastrini en la cual se reunian todas las noches algunos
16 LA MANO DEL MUERTO.
malandrines, que empleaba él en el giro de su pequeña policía,
y á los cuales alimentaba bajo el pretesto de simple caridad.
— [Sangre de Cristo! esclamó Pepino, levantándose y tomando
su capa, así que el espía hubo salido,
— Qué es eso? preguntó Pastrini, notando que el bandido se
disponía á salir. Y la comida?
—Cuando me has contado lan estraña historia respecto de mi
salvador, crees que me detenga mi comida, imbécil?..... Hasta
mañana, ahora voy á sorprender al agente francés.
Y diciendo esto, hizo un gesto de profunda resolucion que es
tan propio de los bandidos romanos al frente de las mas difíciles
empresas, saliendo inmediatamente del pequeño escritorio de Pas
trini, para dirigirse á la habitacion del pobre baron arruinado,
portero del teatro Argentino.
— Ah! murmuró Pastrini viéndolo salir. Yo dije siempre que
un hombre tan rico y rodeado de tantas fantasías como el tal con
de de Monte-Cristo, no podia ser buen cristiano á pesar de su tí
tulo! Servido por un esclavo mudo! Y por qué había de ser mu
do su criado particular? Cuando no se hacen cosas que el mun
do acrimine, no hay precision de tener un criado que no hable.
Despues su amante era una griega que no entendia ni el italia
no, ni el francés, ni el inglés... Estaba relacionado con los ban
didos qué mas es preciso para dar mucho que hablar al
mundo? Yo por mí, iré hablando, y voy creyendo que el hombre
era un refinadisimo picaro.
Vamos al cuarto del otro agente francés.
LA MANO DEL MUERTO. 77

X.

Sorpresa.
->>

Mientras que el precedente diálogo tenia lugar entre Pastrini


y el bandido Pepino, Benedetto meditaba profundamente sobre
el misterio en que parecia envuelto su vecino del primer pi
so; despues, como si hubiese tomado una resolucion positiva, se
sentó y preparó el papel y plumas para escribir.
—Voy finalmente á saber quién es mi vecino! dijo él triun
fante; miplan es escelente y desde ahora le aseguro un bello re
sultado.
En seguida escribió esta carta:
«Una persona que mucho aprecia y respeta á W. E., acaba de
»saber que el secreto de W. E. está descubierto en Roma. Permí
» tame W. E. que le avise, pues de ningun modo deseo que pase
» por el menor vejámen!»
«Vuestro afectísimo.
Conde de Monte-Cristo.

-0h!esta idea es magnífica, murmuró Benedetto al poner aquel


título en la carta. Este nombre es conocido por todas partes y por
todas las gentes, y el misterioso vecino dará mas crédito al avi
so que le envio. Si fuere alguien que desease ocultar su verdadero
nombre, ha de temblar y ajitarse; de lo contrario, tirará á un
lado estepapel, pero llamando de intrigante á aquel noble señor.
En aquel momento pareció Pastrini, que con toda cortesía
pidió la competente venia antes de entrar.
—Entrad, respondió Benedetto, cerrando la carta.
—Aquí está el billete que W. E. me encomendó para el tea
tro Argentino; mañana se dará la ópera Semiramis, en que
7g LA MANO DEL MUERTO.

cantan por la segunda vez, las señoritas de Armilly. "


—Muy bien.
—Vuestra escelencia quiere darme sus órdenes? .
—Esta carta debe ser entregada sin demora, á vuestro hués
ped del primer piso. -

—Cómo, escelentísimo? él no recibe cartas.


—Vamos! Pastrini, nada de gracias; cuando os digo que ha
de ser entregada, es porque así lo quiero.
—Sí, escelentísimo, respondió Pastrini con toda finura, des
pues de mirar la carta: pero aquí no veo un nombre... y una car
ta sin nombre es una cosa tan rara...¿cómo quereis que le haga
entender que W. E. le dirige esta carta?
—Sois muy porfiado, Pastrini, no teneis hoja de zinc, perga
mino, encerado, ó cualquiera otra cosa de este género, con la
que envolvais esta carta, metiéndola despues entre la pasta de
un pastel por ejemplo?
Pastrini se rascó la cabeza, diciendo con embarazo.—Oh!
eso es ni mas ni menos, un abuso vergonzoso, que mancharia el
crédito de mi cocina. -

—Descansad: vuestro huésped no hablará de este suceso, y


el crédito de vuestra cocina quedará, por esta parte, sin la menor
mancha. Vamos, Pastrini, me hareis creer, por vuestro escrú
pulo, en la existencia de relaciones íntimas entre vos y vuestro
misterioso huésped. Yo, que soy, como sabeis, un estudiante
natural de Picardía, que viajo por instruirme en bellas artes,
examinando minuciosamente los monumentos de arquitectura
antigua y moderna, estoy habituado á no tolerar misterios, ha
beis entendido? Amas de eso os declaro que yo desconfio mu
cho de vuestro huésped, esto es, lo juzgo eminente en química y
física, á mas de ser uno de los mejores arquitectos de Europa,
y quiero hablarle precisamente. Id, pues, Pastrini, tal vez ga
neis una ocasion de hablar así á aquella especie de nigrománti
co, que seria capaz de adivinar el dia de vuestra muerte, con
su nigromancia infalible.
LA MANO DEL MUERTO, 79

* Pastrini, que se moria por hablar al huésped del primer


piso, se conformó con lo que Benedetto le encomendaba y se en
cargó de remitir la carta.
Ahora, sigamos á Pepino en casa del supuesto agente del go
bierno francés. -

Pepino, siguiendo la indicacion de la casa donde vivia el po


bre baron arruinado, actual portero del teatro Argentino, llegó
allí sin el menor incidente, despues de haber ido á buscar á su
banquero, (porque los bandidos romanos se entienden con algu
nos usureros ó banqueros) para pedirle cierta cantidad de flori
nes. Comopersona hábil en su oficio de bandido, observó la
casa, la puerta y las ventanas; reconociendo que no seria posible
introducirse allí por medios violentos, recurrió entonces á la as
tucia y golpeóla puerta.
Momentos despues se oyó la voz de Danglars, á la cual Pepino
respondió en estos términos:
—Yo no quiero mas que entregaros una carta, escelentísimo.
—Hola! me dá el tratamiento de escelentísimo, observóDanglars
consigo mismo, agregando despues en alto: Decís que teneis una
carta, de quién es?
—No sé, escelentísimo: lo que puedo aseguraros es que la
carta viene de Francia.
—De Francia! repitió Danglars en voz baja, y sintiendo la
frente bañársele de sudor. Acaso esteis equivocado, mi amigo.
Quién me la envia?
Pepino quedó algo embarazado con la respuesta; empero con
cibiendo luego un pensamiento, dijo:
—Es un señor que habita en la posada de maese Pastrini,
via del Corso.
—Vamos, es el tal Andrés de Cavalcantil pensó Danglars
abriendo la puerta.
Pepino subióy entró al cuarto del pobre portero del teatro
Argentino, despues de haber cerrado cautelosamente la puerta de
la calle. En seguida, metiendo la mano en el seno, avanzó rápida
80 LA MANO DEL MOERTO.
mente hácia él, colocándole en la garganta la punta de un puñal.
–Si daís el mas leve grito, señor baron, os atravieso la gar
ganta. v

La sorpresa del baron fué tal, que quedó sin habla algunos
momentos. Palideció, y le acometió un horrible temblor ner
vioso. -

—Sosegäos, señor baron, le dijo Pepino con toda amabilidad,


esto no quiere decir que tendré la honra de cortaros el pescuezo.
Es una simple advertencia, que quedará en olvido, en el caso de
que W. E. tenga á bien no gritar.
—Entónces, qué me quereis? preguntó Danglars, haciendo un
esfuerzo sobre sí mismo para vencer el miedo.
—Es bien sencillo, señor, respondió Pepino. Estoy en vuestro
secreto y conozco mejor que nadie el objeto de vuestra presen
cia en Roma; pero aun existe en todo esto un pequeño misterio
que os quiero comprar en nombre del señor Luigi Vampa, en
cuyas manos W. E. ya tuvo la bondad de entregar seis millones
de francos. -

—¡Brava ocurrencia! dijo Danglars volviendo poco á poco


de su sorpresa. Cometeis un error imperdonable confundiendo
así el verbo «robar» con el verbo «entregar» si no fuera esta
ortografía, habriais dicho..... del señor Luigi Vampa, cuyas ma
nos me robaron seis millones de francos.
–Qué quereis, escelentísimo, nuestra ortografía es así, y ahora
la seguiré sin hacerle alteracion alguna: volvamosal caso; V. E.
sufrió aquel revés que le preparó el señor conde de Monte-Cris
to, ópor otro nombre, Simbad-el-marino, y quedasteis sin duda
muy predispuesto en contra suya, lo que yo no llevo á mal, por
que el sentimiento es libre, señor baron. Muy bien:yo por el con
trario, estoy inclinado á su favor, y por esta circunstancia po
deis comprender que caminamos en opuesto rumbo. Vos ju
rásteis sin duda destruir la roca, y yo juré ampararla. Conclu
yamos, señor baron; Luigi Vampa tiene el honor de proponer con
franqueza á W. E. el siguiente contrato: W. E. me ha de dar
LA MANO DEL MUERTO, 81

los nombres de sus socios, losha de convocar por una sesion mis
teriosa en el coliseo, durante la noche,y recibirá mil florines de
los cuales yo puedo tenerla honra de dejar aquí algunos ácuenta.
El discurso del bandido era mas estravagante y singular de lo
que podia esperar el baron Danglars, que abrió tamaños ojos,
y procuró convencerse de que no era víctima de un sueño. Pe
pino, que comprendió esto, levantó la mano haciendo brillar la
hoja de su puñal, y goleando con la otra el dinero que traia
en el bolsillo, cuyo sonido agradable produjo en el pecho de
Danglarsuna dulce sensacion.
—Señor, dijo él, como habeis hablado de socios, deseo saber
dónde tengo esos socios? Ignorais que actualmente soy un portero
del teatro Argentino? Yo no tengo negocios.
—Historias, señor baron; eso es disfraz que no tiene valor al
guno en este momento. Sabemos que sois agente del gobierno
francés, quetrabajais en la ruina del señor de Monte (risto.......
–Yo?..... yo?.... Todo lo que sé respecto de ese hombre es
una especie de fábula semejante á los dientes de la Sibila de
Cumas.
—Hablad, señor baron.
—0í decir que el tal conde de Monte-Cristo sufrió un robo
considerable que lo dejó muy mal.
Pepino se sonrió moviendo la cabeza.
—Entonces, cuanto le robaron ? .
—No fué dinero, pero sí una cosa muy singular por la
cual alcanzaba cuanto queria, y satisfacia sus terribles vengan
ZdS.....

—Tenemos novela! dijo Pepino.-¿Qué especie de talisman


era ese? -

–La mano de un muerto, repitió Danglars. .


Pepino se estremeció y se puso pálido.
—Se dice, continuó el baron, que el noble conde de Monte
Cristo, que por mucho tiempo produjo, gracias á su magnificen
cia y estravagantes caprichos, la admiracion de la Europa, cayó
11
82, LA MANO DEL MUERTO,

en un estremado ridículo, desde que le robaron su talisman. Ved


aquílo que sé. , ,
Pepino tenia cierto grado de supersticion, peculiará los ita
lianos de la ínfima clase, y que constituye por decirlo así, la re
ligion de esos espíritus débiles, para los cuales cada palabra de
la Biblia, cada movimiento del sacerdote en el altar, son otros
tantos misterios que ellos respetan simplemente poruna costum
bre heredada con la sangre.
Pepino, bandido audaz y atrevido, que en su perfecto estado
intelectual y completa lucidez de espíritu, haria volar el cráneo
de un hombre, en cuyo bolsillo hubiese alguna suma de oro, no
tendria ánimo de picar con un alfiler el brazo de un cadáver; y
se le veria arrodillarse con todo el respeto al lado de ese cadáver
para murmurar una oracion por el alma que le habia animado;
así pues, la narracion que acababa de oir, combinado con lo
que le habia dicho Pastrini, le produjo una viva impresion
muy desfavorable al conde de Monte-Cristo, á quien le debia la
vida.
Todos los sentimientos de simpatía que ese hombre le habia
inspirado, por su poder sin límites y por su modo de pensar
desligado de todas las prevenciones sociales, fueron en breve so
focados en el pecho del bandido, apenas se convenció de que ese
poder sin límites, que parecia el mayor talisman de aquel hom
bre estraordinario, se basaba en un hecho horroroso, como el
de poseer la mano de un muerto, que sin duda él habia cortado
irreligiosamente, profanando así el recinto de los muertos,yper
turbando el sosiego de la tumba! Pero todavía le quedaba la deu
da de gratitud, y Pepino juró salvar la vida del conde, así como
él le habia salvado la suya.
—Señor baron, dijo á Danglars; aunque me parezca bien es
traño lo que acabais de decir, no destruye lo que os he dicho res
pecto de vuestros socios. *"

-¿Qué tenacidad ¿Pero cuáles son entonces esos socios? Ya


os he dicho que no tengo negocios. -
LA MANO DEL MUERTO. 83

—Señor, no perdamostiempo; os mataré sin remedio si rehu


sais mipropuesta.
—Osjuro que estais engañado, y os informaron muy mal: yo
no persigo al conde de Monte-Cristo.
—Pues bien declaradme quién fué el que le robó aquella es
traña reliquia ó talisman; os daré por ella mil florines.
Esta propuesta no desagradóá, Danglars y lo dispuso á hablar.
—Y me podré fiar en vuestra discrecion?
—¿Pues no, escelentísimo? respondió Pepino
—Muy bien: contad el dinero si os place.
–En el momento, dijo Pepino contando el dinero sobre las
manos de Danglars; pero, señor baron, si V.E. no dijere franca
mente la verdad, pagará el engaño con la vida! aquí está el di
IO'O.

—Y tambien la verdad, dijo Danglars continuando luego: en


la posada de Pastrini, en los cuartos del primer piso, puerta nú
mero 2, vive un hombre natural de Francia que posee la reli
quia robada, segun él dice, al conde de Monte-Cristo. Yo ví con
mis propios ojos, dentro de un cofre de ébano con abrazaderas
de acero pulimentado, la mano de un muerto, envuelta con un
pequeño velo negro, y noté en uno de los dedos de esta mano ya
disecada, un anillo de oro en el que me pareció distinguir un
nombre grabado.
Y el baron guardó el dinero, muy maravillado de que un tan
corto número de palabras le hubiese producido aquella suma de
hermosos florines.

—Ahora señor baron, dijo Pepino, si V. E quisiere tomarse


la incomodidad de continuar esclareciéndome acerca de aquel
hombre que posee la mano del muerto, yo, Pepino, representan
te de Luigi Vampa, os aseguro que triplicaré la cantidad que
recibisteis ahora; pero os prevengo que en el momento en que
falteis á la verdad, pagareis infaliblemente con vuestra vida el
engaño.
–Pero, yo nada mas se de ese hombre.
84 LA MANO DEL MUERTO.
—Podeis saber mañana ó despues..*.. . , ,r .
— De este modo sí: ¿dónde os encontraré? '.- :. .
r—No es necesario daros un punto de reunion, escelentísimo,
porque en el momento que sepais alguna cosa, podeis revelarla
sin escrúpulo á un hombre que os diere esta seña: «Dedica
cion de Vampa y de Pepino.»
—¿Y dónde encontraré ese hombre? -. :,
—En todas partes. ; '... . ;.
— Y el dinero?
— Lo recibireis de su mano.
Diciendo esto el salteador se despidió de Danglars, y se retiró
muy satisfecho de su diligencia, contando que la ambicion de Dan
glars seria un buen motor de su espionaje. En efecto, Danglars
estaba dispuesto á empezar aquel trabajo que le parecía reunir
dos circunstancias muy difíciles de ligarse; esto es, poco traba
jo y mucha ganancia. Despues formó el proyecto de renunciar
su empleo de portero del teatro Argentino, y se sonrió breve
mente halagado con la idea de un porvenir mas risueño: durmió
en seguida tranquilamente.

XI .

Madre é hija.

La señora Danglars, cuando salió de París, fué con el firme


propósito de abandonar la Francia, porque para una señora ácos-
tumbrada desde la infancia á los placeres, al lujo y á las etiquetas
de una capital, las provincias no podian ofrecerle comodidad al
guna, ni merecerle la menor simpatía, sino durante la coria esta
cion de la primavera; y la señora Danglars no podia comprender
la posibilidad de su existencia en una ciudad de segundo orden.
Así, pues, habiendo llegado á Lion, se demoró allí mientras De-
LA MANO DEL MUERTO, 85

bray le vendia su palacio de París; y le enviaba una órden para


recibir el dinero; despues, destinado este dinero para los gastos
del viaje, se dirijióáfuera de la Francia y entró en ese pequeño
brazo que parece haber lanzado la tierra con indolencia en las
mansas aguas del Mediterráneo, y en el que los hombres marca
ron los estados Pontificios y el reino de Nápoles.
Finalmente, la cúpula soberbia del edificio de San Pedro, di
bujándose coní magestad en el azulado cielo de la Italia, se ofre
ció á la vista de la señora Danglars, cuyo pecho se dilató con
placer, como si le hubiesen dado una nueva existencia.
Al dia siguiente, habíase instalado en la posada de Pastrini, de
un modo singular, que le costaba el doble, pero que le convenia
muchísimo por algunos dias, mientras no supiese con certeza si
su hija y su marido estaban en aquella misma ciudad y con qué
caráctervivian. Su pasaporte era de un jóven de la familia Ser
vieres, enfermo, que viajaba para distraerse, y bajo este nombre
estaba en la posada, tomando su forma ordinaria de mujer, sola
mente para ir de noche á los teatros. En la segunda noche que
estuvo en el Argentino, fué fatalmente obligada por la casualidad
á presenciar el debut de su única hija, y desde entonces no vol
vió á parecer en el teatro, ni salia de su cuarto en la posada,
donde, movida aun por un resto de soberbia y de orgullo, em
pezóá trazarun plan para separar á Eugenia de su carrera de
artista. -

Se resolvió pues, á presentársele; y en efecto al dia siguiente


de la exhibicion de Semiramis por las jóvenes d'Armilly, la seño
ra Danglars, dirigiéndose á la casa de una vieja, donde alquila
ba un cuarto particular mediante una pequeña suma,hizo su me-
tamórfosis dejóven enfermo, por la mujer robusta y bella, y se
metió en un carruaje dando al cochero la indicacion de la casa
de las dos señoritas d’Armilly.
Las dos amigas acababan de recibir el obsequio del empresa
rio, y se abrazaban con amor y entusiasmo, cuando sintieron pa
rar el carruaje, y despues el sonido de la campanilla.

36 LA MANO DEL MUERTO,

-Ah! con este completamos la cuenta de veinte y cuatro! dijo


Eugenia. No te parece esto enfadoso, amiga mia?Veinte y cuatro
carruajes en una puerta y en un mismo dia! Podria decirse que
vive aquíun ministro de estado, un agente de alta política, ó en
fin, un conde de Monte-Cristo! empero no saben todos que eres
tú, mi linda y buena amiga, continuó Eugenia abrazándola y be
sándola El Arsace de ayer no se olvidará en breve á los roma
nos, porque ellos conocen mejor que nadie el valor de la música
y la bella éinspirada espresion de tu fisonomía.
—Eugenia, ¿crees acaso que produje mas efecto que tú?...
—No; pero creo que sin tíyo no habria representado con pro
piedad aquel difícil papel de Semiramis.
–¡Oh! te haces una idea gigantesca de mí y llevas tu locage
nerosidad al punto de olvidarte de tu propio mérito. Eugenia;
allí están tus coronas que no esceden á las mias ni en valor ni en
número, lo que equivale á decir, no que tu mérito es igual al
mio, sino que el pueblo de la Italia, sin hacer distincion entre no
sotras, nos premia y justifica imparcialmente.
Eugenia nada respondió, pero abrazó con respeto y amor á su
maestra, amiga y compañera.
En ese momento se abrió la puerta de la sala y apareció una
mujer de regular edad, que era la criada de las señoritas de Ar
milly.
—¿Qué es eso, Aspacia? le preguntó Eugenia. Me parece que
os he recomendado que no queríamos ser interrumpidas en el
momento en que nos preparábamos para empezar nuestro es
tudio.
— Disculpadme, señora, respondió Aspacia, si vengo á inter
rumpiros no es por falta mia, pues bien sé que á estas horas no
quereis que os perturben; pero acaba de llegar una dama france
sa, que,á pesar de haberle espuesto la imposibilidad de ser reci
bida, quiere hablaros absolutamente.
—¡Quiere absolutamente! replicó Eugenia maravillada por la
estraña pretension de la tal señora francesa.
LA MANO DEL MUERTO, 87"

–Perdona, Eugenia, le dijo Luisa; volviéndose despues para


Aspacia le preguntó:—Dijisteis, señora Aspacia, que es una da
ma francesa? .

—Sí, señora.
–0h! dijo Eugenia, no tendrá una tarjeta para enviarnos?
Retiraos, Aspacia; no volvais y si os diere alguna tarjeta, jun
tadla á las que ya se os han dado hoy,y ponedlas sobre mi toca
dor.

Eugenia pronunció estas últimas palabras acompañadas de tan


imperioso gesto, que la señora Aspacia se vió obligada á retirar
se inmediatamente. Las dos amigas se aproximaron al piano para
· hacer su ensayo, y un momento despues empezaban el famoso
dueto de la Semiramis, cuando con granindignacion suya sintie
ron abrir la puerta y entrar la criada.
—Oh! esclamó Eugenia enfadada; de este modo no podremos
estudiar hoy! Aspacia ¿habreis por ventura sido obligada á be
ber las aguas del Leteo? Dicen que producen un olvido total.
–Mil perdones, señora, respondió Aspacia, la dama de quien
os hablé ha querido positivamente que os entregase su tarjeta.
—¡Magnífica idea ! esclamó Eugenia. Hará media hora que la
dama decia querer absolutamente; ahora ha mudado apenas de
adverbio, y quiere positivamente. Luego, tal vez, entre por aquí
á viva fuerza! Esto es muygracioso.....
—Mostradnos la tarjeta, señora Aspacia; dijo Luisa estendien
do la mano para recibirla.
Aspacia se adelantó, entregando un rico carton, donde estaba
grabado en letras de oro un nombre aristocrático de mujer.
—Será posible ! esclamó Luisa, pasándolo rápidamente á Eu
genia.
—«La baronesa Danglars» dijo esta, leyendo el billete, y sol
tando una pequeña carcajada. Oh! amiga mia, tú palideces! Crees
que esta señora viene á visitarme? Yo, por mí, la conozco bien,
y estoy inclinada á creer que viene apenasá cumplimentará las
dos d’Armilly. Introducid á la señora baronesa, dijo á la criada
88. LA MANO DEL MUERTO.

con perfecta indiferencia, haciéndola señal con la mano para que


saliese inmediatamente.
Las dos amigas quedaron pensativas por algunos momentos
con la vista clavada en la tarjeta que habia venido á perturbar la
pazíntima de sus almas! Eugenia corria de tiempo en tiempo el
dedo sobre el teclado del famoso piano, y aquellos sonidos espon
táneos, rápidos y consecutivos de escala en escala, disfrazaban un
suspiro que huia del pecho de Eugenia, y el cual, la artista no
queria que fuese escuchado por su amiga. -

La baronesa Danglars no tardó en presentarse; venia esmera


damente vestida de terciopelo negro, con toda la elegancia acos
tumbrada en ella.
Eugenia caminó despues á su encuentro, é inclinóse con res
peto, como para besarla la mano, pero la señora Danglars per
manecióinmóvil, y Eugenia se puso colorada como una grana.
—Vamos, Eugenia, dijo al fin la señora Danglars; para bus
carte en Roma, fué bajo la condicion de darte el nombre de Eu
genia de Armilly, y Eugenia de Armilly no tiene deber alguno
que la obligue al testimonio de respeto que tú querias prestarme.
Y diciendo esto la señora Danglars lanzó una mirada oblícua
para la amiga de su hija, que pareció haber comprendido la parte
que le pertenecia de aquellas palabras: despues como para empe
zar la escena dando una leccion á su hija, miró en rededor de sí,
como si buscase una silla.
—Oh! sentaos, le dijo vivamente Eugenia, en el momento en
que la baronesa lo iba á decir tambien: no sé si entre las actri
ces hay las mismas costumbres de la sociedaden general; sin em
bargo, os advierto que no estoy acostumbrada á hablar de pié.
A estas palabras dichas de un modo que parecian nacidas del
masprofundo desprecio, Eugenia se puso lívida como un cadá
ver, y Luisa, que era de una constitucion mas nerviosa se puso
roja como la rosa de Turquía.
—Señoral dijo Eugenia al fin haciendo un esfuerzo para dar
firmeza á sus palabras: en casa de las actrices hay las mismas
LA MANO DEL MUERTO. 89

costumbres que entre el resto de las gentes,y muy principalmen


te en Italia, donde debeis saber que la aristocracia del arte casi
iguala á la del nacimiento.
-Me parece que no solo la iguala, como decís, sino que la
escede tambien. De otro modo creo que ella no os hubiera mere
cido una tan grande simpatía. Oh! solo Dios sabe como esto ha
sucedido! Frecuentemente los malos consejos imperan de tal mo
do en las personas inespertas, que las obligan á las mas estrava
gantes locuras.
La baronesa volvió á lanzar su mirada oblícua sobre Luisa,
como para observar el efecto de sus palabras.
Eugenia se estremeció de rābia y orgullo ofendido; iba á ha
blar, pero la voz de su madre le cortó la palabra. -

—Eugenia, pensabais tal vez preguntarme el objeto de mivi


sita? os aseguro que no es difícil de comprender. Cuando se per
tenece por nacimiento á una de esas clases distinguidas de la so
ciedad, no podemos seguir todos nuestros caprichos con la mis
ma facilidad y desenvoltura que los hijos de familias plebeyas
que nada tienen que perder, y sí que ganar en el mundo. Sí, Eu
genia, aunque habeis adoptado la carrera de artista, y ocultado
vuestro nombre de familia bajo otro de menos consideracion, no
fuisteis bastante fuerte para mudar vuestra existencia toda, y
continuais siendo á los ojos de los que os conocen, la misma Eu
genia de Servieres y Danglars. Pues bien; estos nombres no pue
den en manera alguna pertenecer á una actriz, por muy noble
que sea su estado, principalmente cuando yo, que soy vuestra ma
dre, me considero todavía con el derecho de impedirlo.
—De impedirlo, señora! preguntó Eugenia con voz humilde y
la mirada clavada en el suelo.
—Y por qué no, Eugenia?
—No os comprendo, madre mia.
—Oh! En verdad es bien sencillo! Cuando he empleado la pa
labra impedir, quise decir, cortar por mis consejos el loco des
varío de mi hija. Este es mi deber, Eugenia, y si tú olvidaste
12
90 LA MANO DEL MUERT0.

cuanto me debias, no me sucede lo mismo á tu respecto.


—Madre mia, murmuró Eugenia, en cuyos párpados asomaban
dos lágrimas, sois buena y generosa ypor eso esperé siempre
vuestro perdon; pero no creais que yo abandone mi noble carre
ra de artista por las etiquetas enfadosas y por la monotonía insí
pida de una juventud vulgar. Sí, cuando yo concebí mi plan de
fuga, cuando lo realicé con determinacion y coraje, arrostrando
muchas contrariedades y algunospeligros, no fué con la idea de
volver despues á la casa paterna como la niña arrepentida de
haber cometido una falta. Yo os respeto y os estimo en mucho...
pero que quereis... esta vida libre y laboriosa es toda mi ambi
cion... ..
—Basta Eugenia, esclamó la baronesa levantándose. Yo séá
quien debo tu desvarío! á quien debo el amargo sinsabor que es
perimenté en aquella noche fatal. Oh! si yo lo hubiese sos
pechado entonces..... no tendria ahora que ser la madre de una
actriz !
—Señora!.... -

—Mas no lo seré por mucho tiempo, Eugenia, continuó la ba


ronesa levantándose. Tú no querrás matarme con este disgusto;
no es así!....
—Oh! madre mia; porpiedad!... vos no comprendeis lo que im
porta decirá una actriz por espontánea y natural vocacion: deja
de ser artista y redúcete á tus proporciones de mujer vulgar.
—¡Hermoso ejemplo! interrumpió la baronesa con una sonrisa
irónica; haces una alta idea de tí misma Eugenia. ¿Y piensas tú
acaso lo que es para una señora de buen nacimiento y de escoji
da sociedad, teneruna hija sobre las inmundas tablas de un tea
tro? Una hija á quien ella amaba, educada con esmero y orgu
llo?... Eugenia, esto es mil veces peor! Oh! una de nosotras ha de
consumar el sacrificio, entiendes Eugenia? Yo no vengo aquí á
hacer un debut de sentimentalismo, bajo el color que se disfrazan
las actrices para brillar. Ellas á fuerza de finjir, á fuerza de
adoptar lo que sus papeles les recomiendan, ya no pueden valo
LA MANO DEL MUERTO. 91

rar el verdadero dolor, el verdadero placer que nos afecta.


—Madre mia!gritó Eugenia estremeciéndose y despedazando
con los dientes su lindo pañuelo bordado.
-Por qué le impacientas! No me has dicho que eras una ac
triz?te hablo pues como hablaria á cualquiera otra, y volvién
dose la señora Danglars hácia Luisa, le dirigióentonces directa
mente la palabra. Señorita Luisa d'Armilly, permitid que os
agradezca el desvelo con que enseñásteis la música á mi hija Eu
genia. En efecto, la discípula honra á la maestra y aun seria hoy
muy difícil distinguir cuál de las dos es la maestra.
Luisa lanzó una mirada suplicante á su amiga Eugenia, que
inmediatamente dió unpaso, colocándose entre la baronesa y ella,
como para responder.
—Hoy somos dos amigas íntimas, compañeras de trabajos, de
estudio, de gloria y de fortuna, dijo Eugenia. Vos, madre mia,
que porvuestro nacimientojamás tuvísteis ocasion de trabajar y
estudiar para compraros un nombre ó alcanzar los medios de
subsistencia, no comprendeis lo que es esta amistad santa que nos
une! Pues bien, respetadla al menos. En los salones de vuestra
sociedad no encontrareis amistades como la nuestra; en los fastos
de la nobleza no existe esta sencillez sublime. Es por ella que yo
desprecio el nombre de la ilustrefamilia de que desciendo: es por
ella que yo desprecio la preciosa fortuna que me pertenecia...
La baronesa se estremeció al oir estas palabras.
—Es por ella finalmente, continuó Eugenia abrazándose con
Luisa, que os digo, madre mia, yo seré siempre vuestra hija,
pero seré vuestra hija, y seré artista.
La baronesa, reconociendo que no tenia mas que hacer en
aquella primera visita, murmuró algunas palabras frenéticas, y
salió precipitadamente de casa de las dos amigas. Para una seño
ra como la baronesa, que no podia conformarse con la idea de re
tirarse de la sociedad en que habia vivido, para una señora tan
llena de aquella vanidad de familia, que por mero instinto de un
orgullo mal entendido desprecia la medianía social y las clases
92 LA MANO DEL MUERTO.

proletarias, nada habia peor que la terrible vocacion de Eugenia.


La baronesa tendria que salir de Roma, donde, dentro depo
co, algun diarista, ávido de un artículo interesante, publicaria
sin embarazo la vida de la nueva actriz y una de las dos d’Armi
lly seria entonces conocida por Eugenia Danglars. Un diario se
lee en todas partes; en Francia lo transcribirian, en Londres lo
estudiarian de memoria, y en poco tiempo seria en todas las ciu
dades bien conocida la actriz Eugenia Danglars, que por una vo
cacion sublime abandonaba madre, familia, honores y riquezas
para seguir la difícil carrera de Talma.
La baronesa tuvo un momento de meditacion sobre la fatalidad
que parecia perseguirla desde cierto tiempo. La fuga de su mari
do; la aparicion de aquel desgraciado jóven, á quien ella habia
dado el ser; la carta fatal escrita por su antiguo amante al morir;
la estravagancia de su hija Eugenia, todo parecia combinado pa
ra abismarla. Pero la baronesa no era de esos espíritus débiles
que se dejan vencerpor la fatalidad: su orgullo y amorpropio
se sublevaban con esta idea, y le prescribian el camino que debia
seguir. Ella juró impedir el paso á Eugenia, y se dispuso á em
pezar aquel trabajo misterioso, en el cual empleaba toda su in
teligencia y fina perspicacia de mujer.

XII.

La carta de Benedetto.
–-><>-–

Aquella visita de la baronesa Danglars á su hija, dijimos no


sotros, fué antes de Benedetto haberle escrito la carta con la firma
falsa de Monte-Cristo;y por eso los acontecimientos que vamos á
narrar, consecutivos á la mencionada visita, tambien tuvieron lu
gar antes de la referida carta, cuyo resultado mas tarde se verá.
LA MANO DEL MUERTO 93

La baronesa Danglars tenia, como dijimos, un cuarto particu


lar en casa de una mujer vieja donde hacia sus metamórfosis de
jóven enfermo en mujer sana y bella.
La Señora Danglars, que por una pequeña cantidad compraba
el silencio de la vieja, aumentó esa porcion para tener el derecho
de exijir secreto de mayorimportancia, lo cual agradó mucho á
la vieja; así pues, la llamó y le habló: -

—¿No habrá en Roma un hombre determinado, que sea capaz


de una empresa difícil, pero lucrativa?
—Hay muchos.
—Lo mas intelijente posible?
—Lo he de hallar.
–Cuándo?
—Mañana.
–Muy bien; ese hombre habrá de frecuentar el teatro, como
persona habituada á aquel género de espectáculos
—Oh! respondo por él.
—Habrá de consumar una especie de rapto.
–Uno ó dos, cuantos quisiéreis.
–¿Y quién me garantirá de su obediencia?
–Su propio interés.
—¿Y de vuestra discrecion? -

—Lo mismo que me garante de la vuestra. Vinísteis aquíy


creí que éraishombre, despues víque sois mujer como yo. Des
de entonces frecuentais mi casa donde mudais de bata y de forma
siempre que os place: no sé quien sois ni lo indago. Si fuéseis cri
minal y os capturasen, espero que no hablaréis de mí.
La baronesa tuvo que conformarse con este modode raciocinar
de la vieja, y esperó hasta la noche siguiente con impaciencia que
ella encontrase el hombre necesario para consumar el rapto.
Cuando llegó la noche, el jóven enfermo de la familia Servie
res,salió embozado en su capa, y se dirigió á casa de la vieja
donde contra su costumbre no quiso mudar de ropa, ni hacerse
baronesa Danglars: -
84 LA MANO DEL MUERTO.
—Y el hombre?
—Aquí está.
—Quién es?
—Alto! mi señora: que os sirva bien y páguele S.E., y lo de-
mas á Dio pertenece
—No le descubrais mi sexo!
— Descuidad.
—Ahora, colocad la luz de aquel candelero de modo que me
dé sombra y hacedlo subir.
La vieja obedeció yel supuesto joven de la familia de Servieres,
se envolvió en su capa, recostándose en una gran silla de hamaca.
Momentos despues, sintió los pasos de un hombre que subia la
escalera y luego despues vio aparecer ese hombre en cuya fiso
nomía se revelaba la astucia de la zorra, y la valentía del leon.
Con una rápida mirada examinó el joven de Servieres á su nuevo
interlocutor, y conoció con quién tenia que tratar, antes que él
pudiese sospechar nada á su respecto.
Pasáronse algunos momentos de silencio durante el cual el re
cien llegado se sacó políticamente el sombrero, y pasó la mano
por su cabello para componer el peinado.
—Me dicen que estais dispuesto á desempeñar una comision di
fícil? dijo Servieres con voz disfrazada.
;— Sí, escelentísimo, respondió el hombre.
—Aun cuando la comision de que se trata fuera un rapto?
El bandido se sonrió é hizo un gesto de fastidio, como si espe^
rase algo mas difícil.
—Muy bien! continuó Servieres despues de pensar un momen
to. Nos escuchará alguien?
—Estamos solos, respondió el bandido. ,
—Acostumbrais frecuentar los teatros?
— Cuantos hay en el reino de Italia.
— Ah! entonces habeis visto toda la Italia?
— Conozco este brazo de tierra desde Regio hasta Aosta, tanto
del lado de Córcega, como del Adriátoco.
LA MANO DEL MUERTO, 95

–Pero se trata del teatro Argentino.


—Hablad. -

-Conoceis á las dos nuevas cantatrices?


-¿Quién no conoce ya en Roma á las señoritas d'Armilly?
—Me refiero á la mas jóven.
—¿Eugenia?
–Sí.
–Continuad.
—Figuraos que hay un hombre que la ama con delirio. Con
ese profundo sentimiento que hace olvidarlo todo para conseguir
el objeto amado; que se fortalece con el frio desden de la persona
amada; y que, semejante al rayo que atraviesa las regiones del
hielo, es forzoso que venga á su punto determinado!
—Pues bien...
–Se trata de robar á la señorita Eugenia d'Armilly.
—Esmuy sencillo.
—¿Cuándo?
—Indicad vos mismo la noche y la hora.
–Cómo?
—Escelentísimo, he oido decir quepagabais bien,portanto de
bo serviros bien, os repito pues que indiqueis la noche y la hora
para consumar el rapto.
—Antes de todo, quiero recomendarte una cosa; dijo Servie
res vacilando, como si temiese cortar con ese golpe traidor la li
bertad de Eugenia.
—Decidla.
—El mas profundo respeto...
—Entiendo.
–La menor violencia posible.
—No tengais cuidado. -

—¿Y quién me asegura vuestra puntual obediencia?


—Me pagareis despues del trabajo, escelentísimo, y la señorita
Eugenia dirá por su propia boca si le falté al respeto debido, es
cepto en el acto de apoderarme de su persona.
96 LA MANO DEL MUERTO,

—¿Dónde os encontraré? -

—Conoceis las catacumbas de san Sebastian? -


—No, respondió Servieres, continuando despues: la mision es
un poco mas estensa. No basta el rapto, es preciso conducirá Eu
genia hasta Nápoles.
—Yo no puedo encargarme de eso.
—Pues bien, la conducirás al convento que te indique?
—Eso sí, con tal que nos abran las puertas.
—Las abrirán.
—Señaladme pues la noche del rapto.
—La primera en que se represente la Semiramis, antes de em
pezar la funcion.
—El convento?
—Encontraréis aquí el nombre de él mañana al medio dia.
—Entonces, como no he de tener el honor de volverá veros,
pagadme ya.
Servieres estaba prevenido, y sacando su bolsillo, contó al
bandido el dinero que le pedia.
—Muy bien, dijo la señora Danglars así que le vió salir. El
convento acabará tu delirio de una libertad que me comprome
te, Eugenia, y tú te arrepentirás un dia de haber abandonado á
tu madre.
En la noche del dia siguiente, recibió la señora Danglars la car
ta que le dirigia Benedetto por conducto de Pastrini; esta carta es
taba concebida en estos términos: -

«Una persona que aprecia y respeta mucho á W. E., acaba de


» saber que su secreto está descubierto. Permítame W. E. que se
» lo avise, pues en manera alguna deseo que sufra el menorve
»jámen!»
«Vuestro afectísimo.
Conde de Monte-Cristo.

Si la cabeza de Medusa con sus serpientes en vez de cabellos,


y con toda la horrible fealdad que le dió la vengativa Minerva,
LA MANO DEL MUERTO. 97

hubiese aparecido suspendida en el aire, á los ojos de la baronesa


no quedaria por cierto mas asombrada de lo que quedó al concluir
la lectura de la carta, firmada con el nombre de conde de Monte
Cristo.
Seria aquello un mal sueño?
Pero era ya la segunda que recibia.
Sin embargo no veia en todo mas que la realidad de una carta
en que se le decia que estaba descubierto en Roma su secreto.
¿Pero cuál era ese secreto?¿A qué se referian aquellas palabras
sino á su reciente secreto del rapto proyectado de Eugenia? Sí,
era precisamente á este que se referia el conde de Monte-Cristo:
¿y dónde estaba él? ¿De dónde le escribia? ¿Cómo podria saber
que la señora Danglars estaba en Roma? Ah! se dijo ella con
amarga sonrisa: me olvidaba que ese hombre estraordinario tiene
el poder de ver en las tinieblas, de prever el futuro y de adivi
nar el presente, mientras él se cree cubierto con el tupido velo
del misterio! Para ese hombre no hay secretos,no hay misterios
en el mundo! Empero ¿dónde está él?... Es preciso verle, preci
so oirle... él es grande y poderoso y ha de socorrerme.
Diciendo esto se sentó precipitadamente á su mesa y escribió:
dobló el papel, le puso el sello y el sobre escrito con estas pa
labras.
«Al Exmo. Sr. Conde de Monte-Cristo.

Con mucha urgencia.»


Cuando Pastrini recibió esta carta para entregar al vecino del
segundo piso, fué grande su sorpresa leyendo el sobre de ella."
Estuvo para retroceder con el fin de observar que semejante hom
bre no habitaba allí, ni estaba en Roma: pero acordándose de las
palabras de Benedetto, y reflexionando que este le esplicaria el
enigma, subió con piés de lobo al segundo piso, y entró en la ha
bitacion de su huesped.
—Escelentísimo, vengo muy fatigado.
—Habrás caminado mucho? . . . . . . . .
98. LA MANo DEL MUEaro.
-No, escelentísimo, respondió Pastrini suspirando.
-0 habrás subido corriendo la escaleral
—Per la Madonal vengo fatigado con el peso de una carta.
—Hola! maese...
—Pues no creais que no!... sobre todo cuando la carta tiene
escrito un nombre como el de esta.
–Qué nombre?
—¡Conde de Monte-Cristo! respondió Pastrini,
—Dádmela, dijo vivamente Benedetto,y antes que Pastrini tu
viese tiempo de decir una palabra, la carta estaba ya en la mano
temblorosa del famoso bandido,
—Pero, escelentísimo: vos no sois el conde...
—Es lo mismo, soy su secretario...
-Vos? dijo Pastrini espantado: vos? no habeis dicho que...
-Ah! Pastrini, os declaro que no permanezco una hora mas
en vuestra casa, porque sois un curioso insoportable!
Pastrini no comprendia nada de lo que pasaba allí desde algu
nos dias, y se vió obligado áretirarse á su pequeño escritorio,
donde esperó ocasion de hablará Pepino, para contarle que esta
ba en Roma el secretario del famoso conde.
Benedetto salió de la hospedería de Pastrini, llevando su mis
terioso cofrecito y una pequeña balija de cuero que formaba todo
su equipaje, con el firme propósito de aprovecharse habilmente
del feliz descubrimiento que habia hecho. Se dirigió pues á casa
del portero del teatro Argentino, y golpeó con tanta arrogancia
la aldaba, que el pobre banquero arruinado dió cuatro saltos so
bre la silla áriesgo de quebrarla.
—Hola baron! gritó Benedetto.
–Todavía la misma manía, señor!!! Quereis comprometerme
sin duda? - -

-Amigo mio, cuando os llamo baron es porque estoy conven


cido de que rescatareis vuestra fortuna, respondió Benedetto su
biendo y dejando áun lado su pequeña, balija, pero conservando
el cofre bajo el brazo. -
LA MANO DEL MUERTO. 39

-Que es eso? preguntó el baron. Vais á hacer algun viaje?


-¡Qué viaje! Cuando la gente se muda mo acostumbra á dejar
los trastos en la antigua casa.
—Entonces os mudais?
-Es verdad.
—Pero ...
—Decidme, amigo, ¿no teneis por aquíalgun cuarto vacío?
—Por vida mia!... ninguno, dijo el baron muy asustado.
—Vaya, señor baron!... Ah! y ahora que me acuerdo... ten
go que trabajar: dadme papel, plumas y tinta.
—Señor, os repito que no tengo cuarto vacío en esta casa,ved
sino... la sala, el comedor y allí es la cocina...
—Señor, yo no pretendo sacar el plano de vuestra casa; no pi
do apuntes, sino simplemente papel, plumas y tinta.
—Vais á escribir entonces?
—Escribir respecto de vos.
—Eso es mas sério, á quién?
—A la baronesa Danglars, respondió Benedetto.
El baron dió un salto, sintiendo un violento ataque de nervios.
—Escribir á la baronesa!...
–¿Y qué hay de estraño en ello, señor baron? ¿No os prometí
devolvérosla con sus tres millones, una vez que teneis remordi
mientos de habérselos dejado? Pues bien, ella está en Roma, me
ha escritoy voyá contestarle.
—Os ha escrito?...
–Conoceis su letra?
–Perfectamente.
—Será esta?
Y le enseñó la carta que la baronesa habia dirigido al fingido
conde de Monte-Cristo.
—Ah! dijo el baron al leer ese nombre en el sobre. La letra és
de ella; pero decís que ella os escribió, y yo leo aquí un nombre
que no es el vuestro. - . -

–No es el mio! dijo Benedetto sonriéndose y agregando luego:


100 LA MANO DEL MUERTO.

miquerido baron, olvidais mi reliquia milagrosa... con vuestro


permiso, dejadme descansar del peso de este cofre: ¡no lo toqueis!
contiene la mano del muerto! -

Danglars se estremeció á su pesar, y Benedetto continuó.


—Noches pasadas ordenéá la baronesa que viniese á Roma; y
que vendiese su palacio y su vajilla en París. Ella obedeció: es
pera mis órdenesy vengo á consultaros á ese respecto.
El tono decisivo con que Benedetto repitió estas palabras, ma
ravilló al pobre baron que las escuchó con la boca abierta, y los
ojos asustados.
—Pero yo estoy soñando, murmuró él sin comprender la ra
zon por qué desde algunos dias hasta las tejas de su tejado pare
cian gotearle dinero y fortuna. l

—Vamos, señor baron, salid de vuestro estupor que de nada


os sirve ahora. Voy á escribir á la baronesa y anunciarle que
ireis á visitarla. \

—Yo?... Yo... eso nuncal


—Comprendo: temeis que la baronesa os eche en rostro vues
tra conducta, pero os aseguro que no será así; por el contrario,
la baronesa será la primera en lanzarse ávuestros brazos.
—Vaya!... Cosa es esa que nunca hizo de buen grado.
—Lo hará ahora! dejadme escribir, dijo Benedetto con tono
imperioso, y preparándose para hacer la siguiente carta. -

«Señora: no estoy en el caso de daros consejos, pero mi pare


»cer es que no os asusteis por cosas que no valen la pena.
«Acabo de almorzar con el señor baron l)anglars, en su lindí
» sima casa de campo, y allí me hizo observar objetos de mucho
» precio ymucho gusto, entre los cuales noté un retrato vuestro,
» y al verlo no pudo menos de murmurar: «Bella baronesa, teneis
» una mala índole, pero vuestra maldad agrada á cuantos os co
»n0Cen.»
«Dí al señor baron la noticia de vuestra presencia en Roma, y
»estoy convencido de que él pretende daros mañana á la noche
» una sorpresa.
LA MANO DEL MUERTO. 101

«En cuanto al rapto, contad con lo que os digo; no tendrá lu


»gar porque fuísteis traicionada; pero vuestro cómplice nada re
»velará que os comprometa »
Así que concluyó de escribir, firmóse con el nombre de conde
de Monte Cristo y cerró la carta poniéndole el sobre á la señora
baronesa Danglars. - -

—Ahora proporcionadme alguno que conduzca la carta.


—Eso es lo que no hay, quiero decir, eso es lo que no tengo,
respondió el baron, que no habia dejado depasear la habitacion
mientras Benedetto escribia, calculando el modo de hacer pro
ductivos los millones de la baronesa, una vez que se volviese á
unir á ella.
Ah! la pobre señora desea vivamente tornará vuestro lado,y
vos sois hasta indolente cuando se trata del simple portador de
una carta. Vamos! escuchad... acaban de golpear la puerta.....
sea quien fuere os servirá.
El baron arrugóel entrecejo y preguntóquién era.
—Dedicacion de ... Ah! diablo,señorbaron, abrid porque hay
cosas que no se pueden decir así en la calle, nien la ventana, dijo
desde afuera una voz de hombre.
–¿Qué fenómeno es este, mi querido? preguntó Benedetto. Ya
no soy yo solo el que os llama baron!
—Por el amor de Dios! retirad de aquí vuestro equipaje y pa
sad á aquel cuarto...,. ó mejor á la cocina..... ó sino..... mejor
será que os retiréis.
—Estais loco, señor?
—Ah!.... esto!.... esto... esclamó el baron. La señal se repi
tió en la calle y el baron saltaba como si pisara sobre ascuas.
Benedetto corrióá la puertay la abrió, mientras que Danglars,
que no pudo evitar el movimiento, hizo un gesto de notable em
barazo y adoptó al instante una fisonomía que esplicase bien el
caso al recien llegado.
toe U MAMO DEL MUERTO.

XIII.

El fingido secretario del conde de Monte-Cristo.

La inesperada visita que se presentaba era Pepino qué, habien


do oido decir á Pastrini que estaba en Roma el secretario de Mon
te-Cristo, corría al encuentro del baron para saber de él algunos
detalles; pues, como dijimos, los bandidos de la cuadrilla de Vam-
pa profesaban un profundo respeto al conde.
Danglars se hallaba en una posicion dificilísima, y temblaba de
su mal éxito.
Pepino subió lentamente la escalera y se presentó aunque algo
desconcertado con la presencia de un estraño.
Danglars le dirigió una mirada significativa y suplicante como
si quisiese decirle: «sed prudente, no me comprometais.» En
cuanto á Benedetto, quedó satisfecho notando por el traje de Pe
pino que era hombre de ganar, calculando que ya tenia un por
tador para su carta; así pues, avanzó un paso y dijo:
—Amico.. quereis tener la bondad de encargaros de una co
mision ?
— Che cosal preguntó Pepino mirándole fijamente como por
instinto.
—Una carta, dijo Benedetto sosteniendo con estoica indiferen-
, cía la mirada penetrante del bandido; una carta que deberá entre
garse hoy mismo en la posada del Globo via del Corso. . .
— A quién signor^
Danglars hizo un gesto suplicante; pero Benedetto respohdié
sin el menor escrúpulo:
— Ala señora baronesa Danglars. Debereis entregarla á un
LA MANO DEL MUERTO. 103

huéspedque ocupa los cuartos números 2, 3 y á del primer piso,


y este la recibirá.
—No tengo dificultad alguna, iré; pero si me preguntasen
quién la envia.…..
—Direis simplemente que es el secretario del conde de Monte
Cristo.
Procurar describir los grados de sensacion que ofreció la fiso
nomía del bandido al oir estaspalabras, seria imposible. Retro
cediópor un instinto de respeto: luego se estremeció involunta
riamente poniéndose pálido, como si el nombre que habia oido le
trajese á la memoria un lúgubre recuerdo; despues miró á Dan
glars con aquella mirada perspicaz que lo caracterizaba, y por
segunda vez miróá Benedetto que se conservaba impasible.
—Perdon, signor, conoceis á ese de quien hablais?
—Al secretario del conde?
-Uno y otro.
–Conozco, porque uno de ellos soy yo.
—Sois entonces el señor conde?
—Ya os lo dije, mi amigo, y la insistencia de vuestra pregun
tame hace creer que conoceis al conde.
Pepino bajó la cabeza.
-Lo habeis servido en algun tiempo?
–Oh! dijo el bandido. Fué S. E. quien tuvo la bondad de
Servirnos. -

—¿De servirnos? Hola.... entonces ese mos, quiere decir mu


cho, amigo mio, y me da deseos de hablar con vos en ocasion mas
oportuna.
–Estoy ávuestras órdenes signor; pero me parece que debeis
tener alguna señal. -

—La tengo. "

–Cuál es?... •
–Mi caro señor baron, dijo Benedetto á Danglars, hacedme
el favor de dejarme solo con este hombre. ---

El baron pasóá la pieza inmediata. "


.
104 LA MANO DEL MUERTO:

—Muy bien, continuó Benedetto, conoceis que clase de hombre


es el conde? -

—Estraordinario.
—Como se puede deducir por esta señal que le guia su destino
en este mundo, donde él camina esplendente como un rayo del
sol. Vedla. " "...

—Abrió el pequeño cofre, y el bandido retrocedió lleno de es


panto, llevando la mano á los ojos y murmurando.
–La mano de un muerto!
Benedetto ocultó luego la célebre reliquia notando con placer
el efecto que producia en Pepino.
—De hoy en adelante esa será la palabra de órden.
• —Cuál órden señor? no hay entre nosotros palabras de tal na
turaleza, ni jamás existió otra que no fuese el nombre de S. E.!
Yo os pedia una señal, un indicio, una palabra cualquiera, por
la que me cerciorase del signor conde. Entretanto, voy creyendo
que esta ridiculez es propia de un hombre que parece superior á
la vida y ála muerte, como el signor conde.
–Quién sois vos?
—Un hombre á quien S. E. salvó la vida, y que juró obede
cerle en todo y por todo. Os basta esto?
—Pero me parece que perteneces á una asociacion..... porque
has empleado el términonosotros, cuando hablaste la primera vez
del conde. -

—Pepino miró alrededor de sí y por último, aproximándose


masiáBenedetto murmuró: - -

—Soy amigo de Luigi Vampa.


—Ah! es un nombre que conozco bien desde mucho tiempo,
por oirlo repitir al conde y á su criado Bertuccio.
—Bertuccio..... lo conozco mucho.
—Pues bien, tengo algunas instrucciones para Luigi Vampa.
—Ah! teneis? entonces podeis encontrarlo en el Coliseo: él irá
allísi os place, para recibirlas.
—Bueno, y vos me acompañareis para presentarme, pues ni lo
Conozco, ni me conoce.
LAMANO DEL MUERTO. 105

Nuestro punto de reunion será aquí pasado mañana; entretan


to llevareis esa carta á la baronesa Danglars, y os prevengo que
no espereis respuesta.
Pepino se inclinó y saliósin la menor réplica, para dirigirse
corriendo á la via del Corso.
—Baron!.... Baron..... gritó Benedetto.
—Ah! vos sois el diablo, dijo Danglars colocándose asombrado
enfrente de Benedetto.
—Seré cuanto os plazca, amigo mio.....pero decidme ¿quién
es este hombre que acaba de salir!
—Es Pepino, el segundo jefe de la cuadrilla de Vampa.
Benedetto dejó escapar un grito de sorpresa.
–Qué es eso?
—Nada, baron..... no es nada..... queria decir que aquella
mano del muerto no llegará muy tarde al punto á que se dirije,
porque debeis saber que la persona á quien pertenece, tenia una
mision que cumplir sobre la tierra. Sí, continuó con exalta
cion; allá desde el fondo de tu silencioso túmulo de mármol, la
venganza levantará tu brazo justiciero á la faz de la tierra! áni
II10..... ánimo.....! tú llegarás... tú llegarás!

Y diciendo esto, estasiado en su delirio, tomó del cofre la dise


cada mano y la besó con estusiasmo y respeto, derramando una
lágrima.
Danglars lo contemplaba con espanto y terror, porque no com
prendia lo que significaban aquellas palabras, ni aquel loco entu
siasmo de Benedetto.
—Señor, le dijo éste, despues de haber vuelto al cofre la pre
ciosa reliquia que tanto horrorizaba á Danglars: ¿qué clase de
hombre es Luigi Vampa?
—Gh! tengo motivo de conocerlo bien,pues como sabeis, él
fué quien me despojó de aquellos seis millones que me disponia
ágastar en Roma. -

–Sí, los millones que Monte-Cristo tuvo el mal gusto de decir


que no eran positivamente Vuestros.
14
106 LA MANO DEL MUERTO,

—Habia en esa frase algo inexacto..... no me acuerdo como


fué el hecho.
—Volvamos á Luigi Vampa.
" —Es un hombre capaz de cumplir su palabra, y á quien segun
me pareció, obedecen ciegamente sus satélites.
—Es alto?
—Mediano.
—Robusto?
—Regularmente: creo que poseerá la fuerza natural de otro
cualquiera hombre.
Benedetto parecia muy satisfecho con las respuestas de Dan
glars: y allá en su imaginacion meditaba, sin duda, algun jigan
tesco proyecto, porque áveces su frente se arrugaba, y su mira
da tomaba aquella espresion sombría y siniestra, como el tiempo
en que meditaba la muerte de su carcelero, en la cárcel de la
Force de París.
—Ahora, mi querido señor, le dijo Danglars, llevando su li
beralidad al fabuloso estremo de sacar de su armario una botella
de iac ima-christi, que constituye uno de los ramos preciosos del
contrabando en Italia: aquí tenemos con qué mojar la palabra,
y puedo tambien ofreceros para entretenerla algunos buenos biz
cochos de Jamaica.
—Oh! sois un escelente patron..... y me daistentacion de pro
longar mi hospedaje. Felizmente no os incomodareis con eso por
que no ha de tardar un momento en que volvais á uniros con
vuestra cara esposa y entonces...
–¿Será posible, mi querido?... oh! sois encantador.... pero
vuestro desinterés en todo es sublime...
Y agotó una copa de vino.
—Gracias, baron, pero este es mi carácter!gusto mucho de
esas conmociones, y desde ahora me parece que me deleitaráso
bremanera la escena patética de nuestro encuentro con la intere
sante baronesa; despues no me busqueis mas: yo habré desapa
recido á la manera de esas lindas aves, que ofuscan con el bri
LA MANO DEL MUERTO. 107

llo de su plumaje, y encantan con la melodía de su voz..... de


esas aves de Juvenal á quienes se llama Fénix.
—Yá dónde partís?
—Yo?... Oh! preguntad al rayo de las tormentas el punto á
que debe dirijirse, cuando rasga el seno de las nubes, hiende el
espacio, y se proyecta á nuestravista, rápido y poderoso!.... Iré
á donde me conduzca aquella descarnada mano. -

—Por mi alma, señor! replicó Danglars, me disgusta esa his


toria; no tengo la menor inclinacion á lo maravilloso y será dif
cil hacerme creer que vuestro camino es designado porla mano
seca de un cadáver
—Oh! es que vos no sabeis que sensaciones produce en mí
aquella reliquia! que de ideas despierta en mi cérebro abrasado
por el fuego del sufrimiento, y por la fiebre de la desesperacion!
"Oh! perdonad, señor, continuó Benedetto, variando de tono y
sonriéndose cºn ironía, estas cosas de nada os interesan..... ha
blemos de otras.

—Eso es precisamente lo que nos conviene.


—Segun me parece teneis relaciones con los bandidos
de Vampa, mi querido baron, pero tranquilizaos, que el
hábito no hace al monje: ¿qué importa que exista algun gé
nero de comercio entre vos y ellos?....... por eso no deja
réis de ser baron y de poseer los tres millones de vuestra cara
mitad. -

—No señor, yo no tengo relaciones con ellos..... esto es.....


desde aquella célebre ocasion, he conocido á Pepino, y este bri
bon viene por aquí algunas veces á beber mis botellas de lacri
ma-christi.
Benedetto quedó bien persuadido de que el bandido en lugar de
ir allí con ese fin, desempeñaba el empleo de abastecedor devinos
de la casa del baron.

—¿Qué tal lo hallais?


—Magnífico! -

—Muy bien: ahora decidme alguna cosa sobre la visita que de


108 LA MANO DEL MUERTO.
bo hacerá la baronesa... bien sabeis que estoy con los ojos cer
rados en todo este negocio.
—Yo os los abriré, respondió Benedetto despues de meditar un
instante, durante el cual vació con indecible pena del baron cua
tro copas de vino, consumiendo cuasi todos los bizcochos que es
taban en la bandeja. Mañana á las seis de la tarde, ospresenta
reis á la puerta del primer piso de la posada del Globo con vues
tro título de baron Danglars.
—Ah!... ... mi esposa vive allí?... preguntó ansiosamente Dan
glars de un modo que no escapó á Benedetto.
—No os he dicho que vivia allí, pero posee una habitacion en
laposada de Pastrini y nada mas.
El baron suspiró, como si aquellas palabras contrariasen una
idea despertada por las primeras.
—Bien, dijo él sosegadamente: vamos por partes. Llego y me
anuncio con mi título: y despues?
—¡Qué estupidez! Despues sereis recibido.
—Bueno, y.....
Benedetto soltó una carcajada; quereis pues que os enseñe todo
lo que un hombre de tino debe hacer al frente de su esposa, de
quien estaba separado, y que posee tres millones de francos... En
ese caso me veré obligado á deciros que sois un tonto completo.

XIV.

Robo.
—e«te

Benedetto procuróse entretanto una cama; metió bajo la cabe


cera su cofre y se puso á combinar bien sus proyectos para los
trabajos del dia siguiente.
Ayudado por el destino, el hijo del antiguo procurador del rey,
parecia caminar sin dificultad en su carrera de crímenes. Así co
mo la fortuna tiene áveces el capricho de hacerá un hombre su
LA MANO DEL MUERTO, 109

favorito, la desgracia echa mano de otro para hacerlo su víctima


y marcarlo con el hierro de la ignominia para toda su vida, des
de su primer paso hasta su último suspiro; para este hombre no
hay ni Dios, ni amor, ni patria; hijo del crímen, su herencia en
este mundo es el crímen y la maldicion, á cuyo través solo al
canza la noche perpetua de la eternidad—la nada.
Benedettoparecia no ser otra cosa que uno de esos hijos de la
fatalidad, para quien los otros hombres no son hermanos, pues le
habian arrojado al rostro con una carcajada escarnecedora los la
zos civiles y religiosos que los debian ligar en una misma familia.
Y cuantas veces creemos que estos hombres, hijos de la Provi
dencia como todos los otros, son, por los misteriosos secretos del
Eterno, escluidos de la comunidad de la virtud, para castigar
con ellos á los que, juzgándosegratuitamente los elegidos de Dios,
abusan de la fuerza y del poder que ese Dios les habia concedi
do, y se dejan arrastrar por la fuerza dela pasion que los domina!
Benedetto perseguia á uno de estos hombres, que habia abusa
do de su poder y de su fuerza, desmintiendo así en la tierra uno de
los mas bellos atributos del Eterno— la misericordia! Ah! criatu
ras mezquinas, que os juzgais tan iluminadas como Dios, y tan po
derosas como él; y al fin, ese fuego que sentís en vosotros, y que
creeis la llama sagrada de la inspiracion, no es mas que el delirio
escesivo de una pasion terrestre que os domina y arrastral
Así prostituís con vuestro proceder la justicia infinita y la bon
dad inefable del Criador.
Así lanzais la discordia, la muerte y el martirio en torno de
vosotros, como la semilla de la maldicion, y decís que es esa la
justicia infinita y sublime de un Dios omnipotente que os ins
pira!!!....
Hé ahí como el hombre que mas justo se cree sobre la tierra,
viene á poseer uno de los mayores defectos de la humanidad—la
vanidad!
Habiendo la baronesa Danglars recibido la carta que le enviá
ra el supuesto conde de Monte-Cristo por medio de su secretario,
110 1A MANo DEL MUERTo.
creia firmemente que el conde estaba en Roma,y que por uno de
los muchos caprichos peculiares á ese hombre, queria obtener
su simpatía antes depresentársele. Pasado el estremecimiento que
le produjo la primera carta en que aquel le declaraba estar des
cubierto su secreto en Roma, volvió prontamente á su sosiego
ordinario apenas recibió la segunda en que le afirmaba que podia
tranquilizarse, que su nombre no quedaria comprendido en el lo
co proyecto del rapto de Eugenia. Reflexionó pues detenidamen
te sobre la conveniencia de unirse á su marido, cuya fortuna pa
recia favorable, en atencion á que el sagaz Benedetto habia escri
to en su segunda carta estas palabras: «Ayer almorcé en la linda
casa de campo del baron, donde me hizo ver objetos de mucho
gusto y valor.»
Estas palabras fueron estudiadas, analizadas y comentadas por
la señora Danglars durante cuatro horas.
Era claro que para poseer el baron una linda casa de camp0
con objetos degran gusto y valor, que hubiesen merecido la aten
cion de un hombre como el conde de Monte-Cristo, debia estar
rico el baron, y en este caso la linda baronesa, que adolecia del
defecto de la ostentacion, no hallaba desventajoso olvidarse del pa
sado, despues de un pequeño diálogo de recriminacion, para unir
se con aquel que al cabo era su marido!
Sentado este primerjuicio, tenemos que el porvenir empeza
ba á aclarársele gradualmente á manera de los teatros, que po
co ápoco se van levantandoy nos muestran un paraiso entera
mente nuevo para nosotros.
La baronesa vió la ciudad de Londres; pero no la vió sombría
y triste como ella es, la vió enchida de placer, de lujo y de re-
presentacion, como se torna para aquellos que la fortuna colocó
en aptitud de respirar allí el aire de la sociedad distinguida.
Las leyes de la etiqueta que rigen esta sociedad, son un poco
mas severas que en otros paises: la crítica y la censura persiguen
muy de cerca á cualquierseñora estranjera que no pueda presen
tarse en una posicion bien definida, y era esta la razon porque
LA MANO DEL MUERTO. 111

la señora Danglars no se habia dirigido áLondres cuando salió


de París.
Ella tenia tres preguntas á este respecto, ytodavía mas que
las preguntas, tres respuestas que precisamente los críticos y los
censores habian de buscar de noche y de dia.
—Era casada?
—Era viuda?
—Era soltera?

Las respuestas á estas preguntas no eran de tal naturaleza que


pudieran darse en plena sociedad.
La señora Danglars conocia bien el mundo y la sociedad de
los diferentes paises: por esto prefirió dirigirse á Roma, donde
como hemos visto, se preparaba para unirse con el baron Dan
glars, despues de una especie de divorcio que habia durado casi
dos años.
A las cuatro de la tarde del dia siguiente á la noche cuyos su
cesos quedan narrados en el capítulo antecedente, el misterioso
jóven Servieres que vivia en el primerpiso de la posada del Glo
bo en la via del Corso, habia concluido de comer y desapareció
para ceder su lugará una señora de majestuosa presencia, aristo
cráticamente pálida, vestida con elegancia, y que no era otra que
la interesante baronesa Danglars.
Pastrini no conocia esta metamórfosis, porque cuando ponia la
comida en la mesa hallaba el comedordesierto, y cuando iba á le
vantar el servicio tampoco encontraba persona alguna; así pues,
acostumbrado ya á este género de vida, nunca preguntaba por su
huésped; á mas de esto él pagaba bien y sin la menor dificultad,
por consecuencia Pastrini, ápesar de las estrañas hablillas que
circulaban ya, respecto al jóven Servieres,se limitaba á decir
que el tiempo habia de aclarar aquel misterio. La señora Dan
glars esperaba la visita de su marido que le fué anunciada por el
señor conde de Monte-Cristo, cuandosintió la voz de Pastrini que
le decia del lado de afuera del cuarto.
— Signor, signor.....
U9 LA MANO DEL MUERTO.
— Che cosa? preguntó la señora Danglars, engrosando la voz,
y dándole aquella inflexion propia de la pronunciacion italiana.
«- Permesso?
—Entrad.
Pastrini, que siempre hacia aquella misma pregunta, y que
obtenía en respuesta una negativa formal, hallando entonces des
pejada la barrera que siempre le habia^inspirado curiosidad,
abrió rápidamente la puerta y se presentó lanzando su mirada
inquieta y perspicaz por toda la cámara.
—Sangre de Cristo! dijo él para sí, notando la presencia de la
señora Danglars. El joven Servieres tiene lindas joyas en su
cuarto ! esto tal vez sea un estitante para sus momentos de mor
tal apatía
—¿Qué es esto Pastrini, qué quereis?
— Signara.,, yo buscaba... dijo Pastrini mirando espantado
para todos lados, pero la señora Danglars le interrumpió:
— Os entiendo: el señor Servieres ha salido; pero si quereis
anun- iar alguna visita podeis hacerlo.
-Será esto una obra de encantamienlo ? pensó Pastrini. La
voz de esta dama se parece mucho á la del jóven Servieres.
—Qué quereis pues?
—Ved este billete
Y Pastrini le presentó una rica tarjeta, entendiendo mucho el
brazo para evitar aproximarse á la señora Danglars. La baronesa
tomó el billete y leyó: «El secretario del señor conde de Monte-
Cristo.»
La baronesa hizo un movimiento de sorpresa; despues despi
diendo con una señal de mano á Pastrini, salió este.
Entretanto, un hombre parecía esperar á alguien en la sala de
descanso del hotel. Pepino que andaba siempre allí buscando no»
tioias, vio á ese hombre, y sacándose inmediatamente el sombrero
fué á colocarse á su paso con la cabeza inclinada sobre el pecho.
— Signor, dijo él, cuando Benedetto pasaba á poca distancia.
—Oh! sois vos, Pepino? qué quereis!
LA MANO DEL MUERTO, 113

–Recibir vuestras órdenes.


Benedetto dióuna vuelta mas en la sala sin responderle, y fi
nalmente se parófrente al bandido.
—Necesito un coche para servicio del señor conde, dentro de
media hora, con buenos caballos, y colocado ápoca distancia de
la posada. Es escusado recomerdaros que el cochero debe ser
discreto. -

—Como un mudo y un sordo? preguntó Pepino.Ah! ya séco- .


mo gusta S. E. que lo sirvan. -

—Esperad, dijo Benedetto. Conoceis algun capitan de buque?


Pepino se sonrió. -

—Bien sé que conoceis muchos, dijo Benedetto inmediatamen


te. S. E. me ha dicho que sois un hombre casi universal; pues
bien, se necesita un pequeño lugre ó pailebot, que pueda nave
gar pala...
—Para la isla de Monte-Cristo, apuesto ya! esclamó Pepino
con aire de triunfo. -

Benedetto frunció el ceño y luego respondió como si compren


diese bien el asunto de que se hablaba por casualidad.
—Habeis acertado, Pepino.
—Descansad, signor. Yo conozco en el puerto algunos hom
bres, que no trepidarán en servir á S. E.,y se considerarán muy
satisfechos por la honra que reciben.
—Sois inteligente y bastará agregar que el navío debe estar
pronto á hacerse á la vela de mañana en adelante, á la primera
señal.
—Entiendo signor, voy al puerto y esta noche os llevaré el
nombre del capitan...
—A dónde?preguntó Benedetto con una sonrisa que queria de
cir «no sabeis á donde, » á lo que Pepino de nuevo se inclinó en
señal de esperar la indicacion del lugar.
Benedetto se aproximó y le dijo dos palabras al oido, y él
partió. -

Pastrini apareció entonces.


15
11 LA MANO DEL MUERTO.

—Per la madona! esclamó elitaliano, estrujando entre las ma


nos su gorrito de pieles. Os declaro que ví con mis ojos al jóven
Servieres, á quien vos buscais, transformado de mujer.
—Sois un visionario, Pastrinille respondió Benedetto, con un
gesto de burla.
–Signor, juro que os habeis de maravillar comoyo mismo...
—Vaya, dejadme: sois un importuno.... replicó Benedetto,
pasando delante de él para introducirse en los cuartos de la se
ñora l)anglars, que esperaba sentada con todagracia en un sofá,
al secretario de S. E., habiendo compuesto para recibirle una de
sus mas agradables sonrisas.
Benedetto entró con desembarazo, y cerrando cautelosamente
la puerta, éinclinándose ante la baronesa con muestras de pro
fundo respeto.
—Tengo el honor de saludará la señora baronesa Danglars.
—Dios mio! gritó ella en el momento en que sus lindos ojos
se fijaban en el rostro delpretendido secretario, en cuyos labios
habia una sonrisa burlona.
Labaronesapermaneció estática durante algunos instantes; mas
pálida aun que de costumbre y con la mirada clavada en aquel
hombre, que la fatalidad habia traido allí para hacerla padecer.3
—Señora baronesa, dijo Benedetto, fingiendo no prestar aten
cion á la sorpresa de su interlocutora, hace bastante tiempo que
no tenia el placer de cumplimentaros. ¿Como lo pasais?
—Perdon, señor, balbuceó la baronesa con esfuerzo; me ha
bian anunciado otra persona, y por eso me causó cierta sorpre
sa... cierto miedo de.....
—No señora, la persona que os anunciaron soy yo mismo.
—Cómo?.... el secretario del conde de Monte-Cristo?... pre
guntó ella.
—Tal vez! respondió Benedetto.
" —Pero vos, señor, sois... el señor Andrés Cavalcanti, conti
nuó la baronesa poniéndose lívida como un cadáver.
—Soy tambien á la vez Andrés de Cavalcanti como decís, res
LA MANO DEL MUERTO. 115

pondió Benedetto con audacia, y notando con asombro que la


baronesa cubria el rostro con las manos, agregó: soyAndrés Ca
valcanti que estuve á punto de casarme con vuestra bizarra hija
Eugenia Danglars, que huyó de la casa paterna en la noche que
debia firmarse el contrato interrumpido por la llegada del comi
sario de policía, que venia á prenderá Andrés Cavalcanti, fuga
do de las cárceles de Tolon.
—Entonces... señor... dijo la baronesa despues de un corto
silencio; debísteis hacer público el engaño del comisario.
—No era posible, señora, porque yo habia en efecto huido de
la cárcel, respondió con un descaro inaudito. A mas de eso habia
asesinado á un hombre á las puertas del palacio que el conde de
Monte-Cristo ocupaba en los campos Elíseos en París. Fué por
esto que se me formó causa, y que debia ser guillotinado.
—¡En verdad, señor, que no os comprendo!
—No lo dudo, señora baronesa.....
—Mas qué quereis de mí? preguntóella visiblemente alterada.
—Quierorepetiros lo que tuve el gusto de deciros por escrito;
esto es, que el señor baron vendrá hoy aquí. -

—¡Oh, Dios mio! ... gritó la baronesa, levantándose como im


pelida por un pensamiento oculto. Confesádmelo francamente ....
vos no sois el secretario del conde de Monte Cristo
–¿Por qué? -

—Oh! continuó ella con triste exaltacion, porque el conde no


tomaria para su secretario privado un hombre fugado de la cár
cel y acusado de un asesinato, desenmascarado por él mismo al
frente de una numerosa sociedad en aquella noche terrible... Dios
mio!... qué fatalidad me oprime... Benedetto... pesa tambien so
bre vos?.... -

–Benedetto! gritó él. ¿Cómo sabeis que me llamo Benedetto?


—Ni yo misma lo comprendo, señor! no me acuerdo como fué
que lo supe: pero os llamais Benedetto y habeis sufrido mucho
¿no es verdad?
—Señora baronesa, el estado de perturbacion en que 0s Ve0,
116 LA MANO DEL MUERfo.

es bien estraño! Pero qué os importa lo que yo he sufrido? os ha


bié acaso de ese sufrimiento?
—0h! pero creo que cuando por casualidad encontramos una
persona que parece condolerse de nosotros en vezde acriminar
nos, no debemos responderle con la tibieza que demostrais, señor!
—¿Y cuando os he pedido yo que compartiérais mi dolor, ni
para qué hablamos de este modo, cuando el asunto que me con
duce aquí es bien diferente?... .
—¡El asunto que os conduce aquí repitió la baronesa con amar
gura. Jazgais acaso que lo ignoro, creyendo por mas tiempo en
un embuste artificioso de que echásteis mano para descubrir lo
que os convenia acerca de mí? No, ya no creo que sois el secre
tario del conde, pero sí creo que sois lo que siempre fuisteis.....
—Entonces, ¿qué he sido yo? preguntó Benedetto admirado, y
viendo que ella usaba reticencias.
—¡Oh! cuan desgraciado sois!... murmuró la pobre señora ha
ciendo un esfuerzo para contener una lágrima.
–¿Y cuál es el asunto que me conduce aquí? Dijísteis que tam
bien le conociais.
—Es bien lamentable, contestó la baronesa.
–Señora...

—Oh! reparad que lo adivino todo. Alcanzasteis la libertad


últimamente en París,pero...
–Pero, qué?
—Oh! señor... teneis alguna horrible verdad que decirme, no.
es así? preguntó la baronesa con voz débil y sufriendo un terri
ble ataque de nervios.
—No alcanzo el sentido de vuestrapregunta, señora baronesa,
y hallo muy singular todo cuanto decís. No tengo revelacion al
guna que haceros, y os pido me digais cuál es el asunto á que su
poneis se debe mi presencia aquí, una vez que dijisteis os era co
nocido.
Y Benedetto metió la mano derecha en el bolsillo de su frac.
La baronesa se estremeció.
LA MANO DEL MUERTO, 117

—Señor, vuestra estrella es harto fatal! pero si encontráseis en


el mundo un ente cualquiera que pudiera haceros feliz, esto es,
aseguraros un porvenir tranquilo en una honesta medianía, aban
donariais esa vida errante que habeis llevado hasta hoy?
—Oh! No. Ya no se encuentran tales entes en el mundo. La
caridad es una mentira irrisoria, ó una impostura
—No blasfemeis...
—He tenido pruebas.
—Pero, si lo que os digo tuviese lugar, nopor simple caridad,
pero... por un deber, supongamos...
Benedetto soltó una carcajada, y despues dijo:
—Deber? quién hay en el mundo que entienda el deber, y
que lo entienda porinspiracion?Señora baronesa no hablemos de
eso. Sabeis que mi estrella es mala, y lo ha de ser hasta mi
último momento. Hijo de la desgracia, lanzado á la muerte y al
infierno apenas llegué á la vida, ¿qué podré esperar de bueno en
la tierra? El crímen, la desesperacion, fueron los únicos padrinos
de mi bautismo, y yo fuí bautizado con sangre y lágrimas.
—Basta... basta... por piedad: me matais! dijo la baronesa
apretando el pecho con las manos y dejándose caer sobre el sofá.
—Ah! mispalabras os asustan? Eso es bien singular, porque
me parecisteis de mas corage cuando supe que intentábais espo
nerá vuestra hija á los peligros de un rapto. Vamos, señora, lle
gamos á un punto que no habia previsto cuando pensé venir
aquí; hablemos sin embargo algunos momentos mas y seré muy
breve.
Y sacando del bolsillo un papel manuscrito, lo presentó á la
baronesa.
—¿Podeis firmar ese papel?
–Qué es lo que contiene? preguntó la baronesa con voz agi
tada.
—Una cosa bien sencilla, por vida mia!Una órden pagadera
á la vista contra vuestro banquero, cualquiera que él sea, por
la cantidad de tres millones de francos.
118 LA MANO DEL MUERT0.

–¡Oh! con que derecho lo exigís?


—Con ninguno.
—Entonces puedo rehusarme.
—Es que os mataré, respondió Benedetto con la mayor sangre
fria,presentando un puñal sobre el pecho de la baronesa, y sen
tándose con rapidez á su lado. Mirad que este puñal está enve
nenado, y la menor herida que os haga bastará para mataros en
el corto espacio de cinco minutos.
—Pero no tendreis mi firma, dijo la señora Danglars, haciendo
un poderoso esfuerzo sobre símisma y mostrando en la inmovili
dad de su semblante señales de la mas completa resignacion.
—Es lo mismo; robaré lo que encuentre en vuestra habitacion.
Hubo un momento de silencio.
—Escuchadme, Benedetto. Yo no tengo banquero niposeo el
crédito de tres millones de francos. Estoy pobre, y creed que de
ningun modo podré firmar ese papel sin engañaros.
—¡Historias! baronesa. Cuando os abandonó vuestro esposo os
dejó millon y medio; vuestro genio emprendedor supo doblar el
pequeño capital y hoy debeis poseer tres millones de francos fue
ra de algunas otras cantidades. Bien veis que lo se todo, y os ad
vierto que tengo prisa. Firmad y os unís despues al baron que
está riquísimo. l

—Imposible! murmuró ella.


—Queréis morir? Bien sabeis que poco me cuesta un crímen!
—Oh! este seria un crímen que eclipsaria átodos los otros
crímenes! murmuró la pobre madre, dando libre curso á las lá
grimas que no podia sostener en los párpados. Benedetto..... S0
reis preso..... sentenciado.....
—Os engañais, señora! el baron notarda en llegar, mientras
que él espera que lo manden entrar me retiro con velocidad en
un coche que me espera en la calle; despues el baron impaciente
por la demora vendrá hasta aquí, y en ese tiempo mientras él se
horroriza con la vista de un cadáver ensangrentado, entrará en es
te cuarto alguien que lo prenda y lo entregue á la justicia como
LA MANO DEL MUERTO. 119

vuestro asesino. Yo soy previsor, baronesa; vamos, firmad ú os


asesino en el acto...
—¡Oh Dios mio!... Dios mio! perdon...
—Escusad palabras, y firmad...
—Benedetto... este robo es audaz y ojalá que despues de con
sumado, entreis en el camino de la razon!Voy á daros cuanto po
seo: voy á quedar pobre y tal vez mañana tenga que pedir una
limosna á mi marido ó ámi hija: calculad cuanto me costará es
to. Pero dejadme al menos los sesenta mil francos que os entre
gó en París el procurador del rey.
Benedetto se estremeció, pero incapaz de un sentimiento de
gratitud respondió:
—Sin querer conocer el motivo que os movióá una dádiva re
servada semejante, creo que lo hicisteis antes por capricho que "
por caridad, y estoy dispuesto á retribuiros aquel dinero como si
pagase una deuda.
-Pues bien! aquí teneis las llaves de mi secretaría, robadme,
tal vez un dia os arrepintais!
—Yo?... dijo Benedetto con una risa burlona. Yquién sois vos
para hablar así? cuando hasta hoy no ha entrado en mí la menor
sombra de arrepentimiento, esperais vos despertármelo?vos que
sois una mujer vulgará quien no es estraña la intriga, ni el crí
men mismo?... Si teneis pasiones criminales, como por ejemplo
el orgullo, la indigencia que os alcanzará en breve os servirá de
castigo, y si pesa sobre vuestra vida pasada algun crímen, el que
hoy cometo es una retribucion equitativa, en nombre de aquellos
que fueron vuestras víctimas! Vamos, señora, venid vos misma á
abrir vuestro escritorio, porque hay algunos en que se corre el
peligro de cierto secreto que dispara cuatro tiros sobre quien los
abre.
La baronesa, trémula y lívida,se dirigió al escritorio, le abrió
y descubrió á los ojos de Benedetto, una gran cantidad de dinero
en papel y oro. -

Momentos despues, este dinero estaba en los bolsillos del asesi


120 LA MANO DEL MUERTO,

no y la baronesa apenas poseia los sesenta mil francos que en Pa


rís habia enviado al señor Beauchamp para Benedetto.
—Ahora matadme. Bien veis que adivino esta última necesi
dad, dijo ella.
—Lejos de mí semejante idea en este momento; pero ya que
sois tan complaciente, me dareis el brazo y me acompañareis á la
sala inmediata, donde áestas horas estará el señor baron Danglars.
Dieron las seis.
—En efecto... no me engañé. Vamos, señora baronesa, si se
os ocurre acusarme convuestros gritos cuando saliéreis de aquí,
reflexionad que, á mas de hacer un papel ridículo, nadie os cree
rá porque no sois el tal jóven Servieres,enfermo que viaja para
distraerse y que habita estas piezas. Además ese jóven es una pu
ra ficcion, y estegénero de ficciones... son en estremo injuriosas
para una señora como vos que puede todavía sostenerse á pesar
de este pequeño robo. Venid.
—Ah! esclamó ella, dejadme quedar aquí! no me violenteis
mas! Partid, desgraciado, partid: os juro por Dios que no daré el
menor grito contra vos! Partid: y el cielopermita que ese dinero
pueda hacer de vosun hombre de bien.
En este momento se oyó la voz de Pastrini que anunciaba, del
lado de afuera, al señor baron Danglars.
La baronesa lanzó un suspiro y Benedetto salió rápidamente de
la habitacion.
En el corredor se encontró con el baron que pretendió detenerle
para hablarle, pero le dijo que no podiaperder un solo minuto, pues
iba á mandar alquilar en nombre de la baronesa, uno de los pa
lacios de la via del Popolo, donde ella pretendia dar un baile.
— Os recomiendo silencio, señor baron, y os doy mil parabie
nes desde ahora, por la felicidad que os espera, La baronesa está
riquísima.
—Con mil diablos! pero ¿qué papel representais cerca de ella?
preguntó el baron algo inquieto.
Benedetto no le respondió: le apreté la mano y desapareció con
LA MANO DEL MUERTO. 121

rapidez, mientras el baron caminaba hácia el interior de la posa


da: despues viendo un coche parado á cierta distancia, hizo señal
al cochero, subióá él y se alejó rápidamente.

XV.
Marido y mujer.
---><>.

El baron Danglars volvió una vez mas su cabeza achatada


como la de la raposa para decir una palabra á Benedetto, pero el
famoso ladron, descendiendo la escalera ásaltos, desapareció con
rapidez.
Viéndose solo, Danglars empezóá caminar para el cuarto de
la baronesa, á cuya puerta encontró á Pastrini á quien se dirijió
diciéndole:
–Ya anunciaste mi visita?
—V. E., respondió el italiano, sin duda quiere decir siya
anuncié vuestro nombre.
—Oh! no hagamos cuestiones depalabras, posadero! dijo Dan
glars remedando un fuertísimogesto de aristocracia ofendida.
—Perdon escelentísimo, pero la cosa no es tan insignificante
como parece. Para yo tener el honor de anunciar vuestra visita,
debia ser espresamente á alguien...
—Y entonces?–Ese alguien es que falta—Cómo?—Creo que
W. E. busca á mi huésped? no es así?
El baron hizo un movimiento.
—El jóven Servieres?...
—Estás loco, maestro? El nombre Servieres debe pertenecerá
una dama, pues yo conozco bien esa familia y se que no existe
hoy ningun descendiente varon de ella. Bien, pues, á esa dama es
á la que busco aquí.
Pastrini meneó la cabeza.
—Pero esa dama no reside en mi posada, dijo él; en estos
cuartos está un jóven de la familia de Servieres y la dama creo
que será visita de él; pues está aquí desde esta mañana.
16
122 LA MANO DEL MUERTO.

—Os repito que estais loco y muy loco! el nombre Servieres


no puede pertenecer hoy á un hombre, y la dama á quien busco
se que es vuestra huéspeda. Es una señora bien agradable, con
tinuó el baron, ensayando una sonrisa interesante para presen
tarse á la baronesa: vamos, maestro, dejadme entrar.
—Sangre de Cristo! gritó Pastrini osando detener al baron:
Una palabra mas escelentísimo.
El baron Danglars lanzó una mirada colérica que parecia que
rer preguntarle «con qué derecho embargaba el paso de un ma
rido, en la puerta del cuarto de su mujer» pero contuvo su des
pecho é hizo una seña como siquisiese decir «hablad y sed breve.»
—Señor baron, W. E. tiene la certeza de que la dama en cues
tion es positiva,infaliblemente, una mujer?
—Vaya esa! esclamó el baron, retrocediendo un paso como
maravillado de la pregunta.
Pastrini no desmayó. -

—Per la lladoma! escelentísimo : respondedme: ¿sabeis con


certeza que es una mujer? -

—Pues yo no he de saber eso?yo? objetó el baron mas mara


villado todavía.

—Ah! señor... murmuró Pastriniponiéndose pálido y tem


blando. Casi os puedo yo dar un consejo... no entreis!
—Y porqué? y
—Os declaro que mi huésped no puede ser cosa buena.
—Qué diablos decís?
—Tiene relaciones con un hombre que posee dentro un cofre
la mano de un muerto.
El baron dió un salto á pesar suyo.—Y ese hombre? preguntó
él.—Dicen que es brujo—Y la dama?
—La sospechan de adepta.
–Vaya, maestro posadero; parece que llegasteis recien de la
aldea, y que no teneis un dia de ciudad.
—Entonces qué quereis, escelentísimo! nosotros hemos visto
cosas tan célebres que, no podemos esquivarnos á ciertas creen
LA MANO DEL MUERTO, 123

cias antiguas. Os juro que este cuarto estará vacío mañana á es


tas horas, ó yo no seré Pastrini.
El baron encogió los hombros, traspuso la puerta y atrave
sando la primera sala fué á presentarse en el gabinete donde esta
ba la señora Danglars.
La baronesa se ocupaba en componeruna de sus lindas made
jas de cabellos frente un grande espejo, y en su fisonomía nadie
habria podido notar el menor indicio de la conmocion que la agi
taba media hora antes. Sus ojos negros y centellantes, cerrados
bajo de una sola arruga, en que se le diseñaban las sobrecejas,
espresaban aquella firmeza de carácter mas propia de las mujeres
romanas que de las francesas, y que es sin embargo el tipo de
muchas familias nobles de la Francia, sostenido por la sangre en
todas sus ramificaciones. Sus labios cerrados con altivez no de
jaban escapar de aquel pecho agitado por el dolor. el mas leve
gemido de angustia:finalmente sus brazos firmes, sus manos ági
les y flexibles, acababan de constituirá la señora de Servieres,
baronesa Danglars, tal como siempre habia sido á los ojos del
mundo, esto es, firme de carácter, altiva y noble.
Antes que el baron pudiese verla el rostro, ya ella le habia re
conocido, viéndole reproducido en el espejo; y la señora Danglars
pudo apercibirse del aire cortado con que el baron se presentaba
aunque hacia un grande esfuerzo para sobreponerse á su emba
razo Haciendo tiempo intencionalmente, la baronesa acabó de
componerse el cabello para dirigirse á su escritorio, sobre el que
hizo sonar dinero haciendo como que lo cerraba; luego dió algu
nas vueltas mas y se sentó.
—Ah! sois vos, señor? esclamó ella como si hubiese visto á su
marido desde el dia anterior apenas. Se diria que os disponeis á
salir de nuevo, pues segun me parece no habeis hecho ademan
de necesitar una silla. Estas palabras produjeron su efecto: el ba
ron se animó, y avanzando algunos pasos, fué á sentarse al fren
te de un sofá en la misma silla en que estuvo Benedetto.
—Se siente hoy bastante frio! dijo él abrochando su casaca.
124 LA MANO DEL MUERTO

—No he tenido tiempo de pensar semejante cosa: creo que la


accion de escribir y de pensar nos calienta sobremanera.
—Ah! entónces habeis escrito mucho?
—Terminé hace poco ocho ó nueve cartas para diferentes pla
zas; exigiendo en unas las remesas de mis capitales, y en otras la
ejecucion de ciertas órdenes....
Un sudor copioso inundó la frente del baron Danglars.
—No sé como pasais sin una de esas máquinas de copiar que
se llaman secretarios, señora baronesa.
—Oh! desde que tengo el placer de vivir sola, no gusto de na
da que pueda hacer desconfiar un momento, señor baron.
Hubo un instante de profundo silencio, que la baronesa inter
rumpióhablando así:
—Ya que habeis tenido la delicadeza de venirá saludarme...
acaso podré seros útil en alguna cosa? preguntó.
—Señora!... me juzgais de tal modo egoista?
—Nada tendria de estraño, contestó ella riendo: un banque
ro... perdonad... no se si continuais en Roma vuestro oficio de
París, pero creo que vuestros seis millones no habrán permane
cido encerrados en la caja. Ah! á propósito de Paris... no habeis
vuelto mas allá...? Osgustaba tanto aquella ciudad!
—Me han detenido en Roma negocios importantes, respondió
el baron tartamudeando y sintiendo seca la lengua á punto de no
prestarse confacilidadá la pronunciacion exacta de las frases.
—Creo que el clima de Italia os es favorable? continuó ella.
—Lo pasaba bien en Francia... respondió el baron; pero aho
ra creeria pasarlo mejor en Roma, esto es, sivos pensais demo
raros aquí.
—Oh! no... pienso partir á Civita-Vechia, se apresuróá res
ponder la baronesa, fingiendo no haber entendido el sentido de las
palabras del baron, que suspiró tristemente.
—Habeis adquirido nuevas costumbres, señor baron! En París
nunca os vísuspirar.
—Entonces señora... en París! yo no padecia...
LA MANO DEL MUERTO 125

—¿Y padeceis acaso en Roma?...


—Oh!
—No hay buenos médicos aquí? Creo que Italia es mas fecun
da en sus cantores.
—Señora, mi mal es superior á la inteligencia de cuantos mé
dicos hay, no solo en Roma sino en toda la Europa, dijo el baron
Danglars, cargando mucho las palabras, como para llamar sobre
ellas la atencion de la baronesa, que preguntó:
—Entonces; cual esvuestro mal? nervioso, tal vez? es la en
fermedad del dia.

—Nervioso... sí, señora! acertásteis con la palabra, respondió


él. El esceso de la sensacion produce esa dolencia que denominan
de un modo muy vago.
—Oh! eso lo encuentro mas serio, baron. Teneis sensaciones
escesivas... y eso es malo.
–Suponeos... el recuerdo, dijo el baron acompañando la pa
labra con uno de sus mas profundos improvisados suspiros.
La baronesa arrugó el ceño; como si le hubiesen dicho una co
sa fuera del alcance de su inteligencia.
—El recuerdo? repitió ella. Recuerdo de qué?
—Oh! señora baronesa... recuerdo de qué?
–Perdisteis acaso algunosfondos?
–Perdí mas que eso -

—Me parece que no comprendo; alguna joya de gran valor y


estimacion.
—Todavía mas.
–Pues no acierto...
—Ah! perdí... esto es... quiero decir que hubo un tiempo en
qne perdí...
—Acabad... -

—Os perdí, señora dijopor fin el baron, simulando un des


graciadísimo gesto cómico, que hizo reirá la baronesa, con aque
lla risa estudiada, seca ytemible.
—¡Qué tal! dijo ella, y no os acordasteis de poner avisos?Creo
126 LA MANO DEL MUERTO.

que siempre lo esperasteis todo del tiempo y de la paciencia, mi


querido baron!
—Oh! sí, lo esperé todo porque vos sois un ángel y descen
diendo un poco á la tierra, sois una mujer como hay pocas, y
vuestra intelijencia llega á lo maravilloso.
—Y vossois un hombre bastante amable, dijo la baronesa con
tinuando despues de breve pausa:¿sabeis que me ha gustado con
versar con vos?
—Dejemos eso; pero creo que me habeis dicho que pensabais
partirpara Civila-Vechia?...
—Tal vez lo dijera... pero ya no pienso hacerlo: viajar sola
es muy triste...
—Es cierto, baronesa, es muy triste. Yo detesto el aislamien
to, y una vez que de este modo concordamos nuestros gustos,y0
llevo mi atrevimiento hasta el punto de ofreceros una compañía...
—Eso es tan vago...
—La mia.
—De veras? sois encantador! yo la acepto, baron, la acepto con
interés. -

—Oh! baronesa... esclamó él levantándosey abriendo los bra


zos como sipretendiese abrazarla. Ella hizo lo mismo, pero de
teniéndose rápidamente, retrocedió un paso y volvióá sentarse
con toda calma -

Esta frialdad fué una puñalada para el pobre baron, que estuvo
á punto de abrazar nada menos que tres millones de francos. .
—Esperad, señor, dijo la baronesa con imperturbable sangre
fria Si el sentimiento del recuerdo os producia una tan fuerte
sensacion como la que me confesasteis, yo sufro en este instante
otra no menos poderosa que la vuestra; es producida por el re
cuerdo de un hecho pasado, el simple hecho de una carta.
Estas palabras eran una especie de estocada seca é imprevis
ta, que el baron no pudo evitar,y que le hizo palidecer repenti
namente.

—Cuando salisteis de París recibí una carta con vuestra firma;


LA MANO DEL MUERTO. 127

esa carta contenia frases memorables que acaso no habreis olvi


dado aun.
—Oh! creo que no!
— Pues bien! he aquí la carta.
Diciendo esto sacó del bolsillo una cartera de marfil y de ella
una carta que desdobló, disponiéndose áleerla en alta voz.
—Escuchad, baron, esta carta me hace dudar de muchas cosas
y entre ellas de vuestra existencia! escuchad:
«Mi señora y fidelísima esposa: cuando recibais esta carta
ya no tendreis marido ... Oh! no os asusteis, no tendreis marido
del mismo modo que ya no teneis hija: quiero decir, me encontra
ré corriendo alguno de los caminos por donde se sale de Francia.
Os debo esplicaciones, y como sois mujer capaz de comprender
las bien, voy á dároslas.Oidne pues!... Esta mañana me fué
presentada una letra á la vista de cinco millones que satisfice;
pero se presentó luego otra de igual suma cuyo abono prometí
para el dia siguiente. Ahora me comprendereis bien, no es así
mi querida y fidelísima esposa? Y de cierto que me entendeis
porque os hallais tan al corriente de mis negocios como yo mis
mo, ó tal vez mejor. No os ha admirado, señora, la rapidez de
mi caida y evaporizacion repentina de mi fortuna? En cuanto á
mí confieso que solo he visto el fuego que la derritió; espero que
habreis recogido algun oro de las cenizas. Es con esta consola
dora esperanza que me retiro, mi prudentísima esposa, sin que
mi conciencia me acuse de abandonaros desde que os restan ami
gos, las cenizas que he dicho y por cúmulo deventura, la liber
tad que os restituyo.
Con todo, señora, es ahora el momento de colocar en este
párrafo dos palabras de esplicacion confidencial. Mientras esperé
que trabajaseis en el aumento de nuestra casa, y de la fortuna de
nuestra hija, cerré filosóficamente los ojos; mas como hicisteis
de la casa una vasta ruina, no quiero servir de base á la fortu
na agena.
«0s tomé rica, pero poco honrada ... Perdonad me esplique
128 LA MANO DEL MUERTO.

con esta franqueza. Aumenté nuestra fortuna, que por espacio


de quince años fué siempre en progreso, hasta el momento. en
que desconocidos accidentes vinieron á destruirla, sin haberyo
contribuido á ello. Vos empero, señora, habeis solamente traba
jado en aumentar vuestros haberes, en lo que estoy convencido
habreis logrado buen suceso. Os dejo pues como os tomé, rica y
poco honrada.
cAdios! Yo voy tambien desde hoy á trabajar solo por mi
cuenta. Creed que os estoy gratopor el ejemplo que me disteis,
y que voy áponer en práctica. -

«Vuestro afectísimo esposo


«Baron Danglars.»
Durante la lectura de esa carta, el baron mudó de color repe
tidas veces, y porinstinto miró dos ó tres hácia el aposento. La
baronesa no quitaba su mirada fina y penetrante del rostro de su
pobre marido, que empezaba á comprender cuán triste era la fi
gura que hacia allí.
Con la confusion y embarazo del antiguo capitalista, saboreaba
muy lentamente su venganza.
—Señor baron, dijo ella riendo á carcajadas: cómo, siendo yo
poco honrada, segun vuestra confesion, os ofreceis para acom
pañarme? -

—Baronesa, contestó él, buscando una sonrisa rebelde en la


estremidad de sus lábios gruesos y ennegrecidos, creed que esta
carta fué simplemente hija de un fatal momento de alucinacion...
yo me veía perdido! y vos que sois, como ya tuve el gusto de de
ciros, muy superior en inteligencia á la generalidad de las muje
res, ya deberiais haber comprendido eso.
—Deseariais entonces, que osperdonase la locura de esta car
ta? preguntó ella.
—Oh! señora, os confieso que es ese mi ardiente deseo! escla
mó el baron sintiendo un nuevo rayo de esperanza.
—Ypodré creerlo?
—Oh! sí, señora; yo os ofendí... os pido perdon; dijo el señor
LA MANO DEL MUERTO. 129

Danglars, teniendo la feliz idea de poner una rodilla en la alfom


bra y de inclinar la frente casi á los piés de su mujer. Fué en es
te momento que labaronesa parecia haber gozado su mejor triun
fo, retrocedió rápidamente dos pasosy soltó una carcajada, cuyo
eco vibró por mucho tiempo en el pecho del baron.
—Hombre vil y despreciable! gritó la señora Danglars; aquí
estás finalmente humillado á mis piés, y solicitando con tus lábios
inmundos el perdon de tus espresiones groseras! Yo empero no te
perdono, porque tambien soy culpable!... Levantaos, señor.....
idos! vuestra fortuna está acabada y aniquilada para siempre en
la tierra! Veo que no teneis un real porque solicitasteis uniros
conmigo, suponiendo que yo poseiatodavía los fondos que me de
jásteis en Paris... Ah! estoy pobre, y solo puedo entrever un fu
turo de mediocridad... ó tal vez de completa miseria! ld, señor
baron Danglars; aun cuando así no fuese, jamás os convendria la
mujer que os deshonró yála cual abandonásteis; no os acrimino
por este abandono, pero os desprecio por vuestro procedimiento
de hoy, que me revela no existir en vos el menor sentimiento de
pundonor y probidad.
Y la baronesa soltó una nueva carcajada convulsa y delirante.
El baron estaba aniquilado.
—Dios ó algun hombre estraordinario juró la ruina total de
vuestra casa, y vuestra casa se desmoronó piedra por piedral con
tinuó ella trasluciendo en su mirada ardiente y vaga el fuego de
un delirio súbito y terrible. Y ese Dios ó ese hombre ha jurado
tambien mivergüenza y mi miserial Retiraos Danglars, que nues
tros hálitos nos envenenan mútuamente, como si se combinasen
para producir en el aire un veneno horrible..... Ah! miseria!...
miseria con todos sus horrores y envilecimientos, tú me descu
bres el fantasma pálido y amenazador que la opulencia oculta
ba á mis ojos y ese fastasma es el remordimiento... el remordi
miento!!... -

La baronesa ocultó el rostro con las manos y permaneció así


en pié durante mucho tiempo con el cuerpo inclinado para atrás
- 17
10 - LA MANO DE MUERT0,
y la cabeza caida sobre las espaldas, Cuando volvió en sí, tenia
la fuerza conyulsiva que el fuego de la fiebre comunica á los de
lirantes, Miró con calma por el aposent9 deteniendo la vista so
bre cada objeto como para fijar su recuerdo, y se dirigióás es
critorio, donde se sentó tristemente reuniendo el dinero que Be
nedetto le habia dejado, El baron, aprºyechando el estad9 de es
tiporen que parecia haber caido su pmujer, habla tomadº el son
brero y salió sin hacer el menºr ruid9.

XVI.

El salteador romano y el ladron parisiense.


-C3>

Despues del robo perpetrado por Benedetto en la posada del


Globo, qué otra cosa quedaba á la señora Danglars sino una vida
de miseria?
Habia reunido sus fondos y los guardaba con el firme propósi
to de colocarlos en alguna casa romana para vivir con sus
rentas, que le aseguraban un porvenir opulento; pero este pro
yecto quedaba destruido por aquel hecho, aun antes de realizar
se, y la desgraciada se veria sin recurso alguno apenas se le con
cluyesen los sesenta mil francos de que hemos hablado. La ba
ronesa no era mujer de humillarse recurriendo á su hija, sobre
todo despues de la visita que le habia hecho. Así pues, adoptó
el único partido que en aquel momento le era posible; esto es, hi
zo una pequeña limosna á un conyento pobre y pidió que la ad
mitiesen bajo las bóvedas sagradas del claustro en calidad de re
cojida provisoria,
Allí en la soledad y el silencio, meditó su bullicioso y estraor
dinario pasado, conociendo los errores en que había incurrido y
aceptando el presente como un benigno castigo de ellos. Alliva y
orgullosa en otro tiempo toda su altivez y orgullo se habian se
pulado ahora en la humilde sencillez del claustro Allí vertía
LAMNó DEL MUERró. il
amargas lágrimas sobre aquel hijo de su criminal amor y de sus
escandalosas relaciones con el señor de Villefort; de aquel hijo de
la corrupcion y del crímená quien el cielo parecía haber negado
su bendicion en el mundo, como se la habían ñegado sus padres.
El porvenir de ese jóven la hacia temblar; y presintiendo insin
tivamente el fin de aquella existencia criminal y agitada, se pre
guntaba ásí misma, al claustro y á Dios, si éstaria destimada á
arrastrarse de miseria hasta llegará recojer al pié de un cadalso
la cabeza ensangrentada del desgraciado á quien ella había dado
el sér y la infelicidad.
Cuando un golpe repentino é inesperado derriba el edificio de
nuestra fortuna ó de nuestras pasiones, que por decirlo así, cons
tituia nuestra alma social, nos acordamos entonces qué hay en
nosotros además de ese principio que nos dirige en el mundo, otro
mas positivo, cuya influencia sobre nuestro sér, solo la muerte
puede destruir, aniquilando nuestro cuerpo. A la influencia de
ese principio divino, que recibimos cuando por primera vez aspí
ramos el aire de la vida, debemos ese sentimiento sublime que
llama arrepentimiento, y por él creemos en la existencia de un
Dios lleno de bondad y de justicia, áquien habíamos olvidadó en
la agitacion de nuestra vida tumultuosa Era pues el nombre de
ese Dios omnipotente la palabra que sin cesar repetían los lábiós
de la baronesa,y cuya fuerzasentia con mas vehemencia su cora
zon desde que habia esperimentado el golpe que le privó de sú
fortuna haciéndola buscar en la soledad del claustro el único bál
samo para sus dolores—la oracion,…
Aunque el baron Danglars había esforzádose en encontrar de
nuevo áBenedetto, no pudo conseguirlo: el famoso ladron, ayu
dado por el poder de cerca tres millones de francos, supo sus
traerse de tal modo á las pesquisas del baron, que este hubo de
conformarse con la idea de solicitar nuevamente su empleo de
portero del teatro Argentino, con el pensamiento en la única ta
bla de salvacion que se le ofrecía; esto es, la generosidad de Eu.
genia d'Armilly.
-
132 LA MANO DEL MUERTO,

Si bien Benedetto poseia una fortuna casi igual á la que habia


robado á la baronesa Danglars, no por eso se detuvo en su car
rera de crímenes, sino que muy pronto combinó un nuevo aten
tado con cuyo motivo empezó á trabajar desde luego. Habiendo
tenido noticia del premio que el gobierno de su Santidad ofrecia
por la cabeza del célebre Luigi Vampa, bandido cuya caverna se
ignoraba aun, y que asolaba con increible audacia los suburvios
de Roma, dispúsose á hacer una misteriosa visita al intendente
de policía; pero reflexionado mejor el hecho, y viendo que la ba
ronesa Danglars no lo hacia perseguir, quizá por haber perdído
le la pista, ordenóá Pepino que hiciese demorar el buque algunos
dias mas,y esperó él mismo tambien una ocasion mas oportuna
de trabajar con buen éxito. - -

La entrevista convenida en el Coliseo se habia realizado, y Lui


gi Vampa creyó como Pepino que Benedetto hablaba de ese hom
bre á quien un destino fatal le habia ligado (como él decia), in
fluyendo ella tanto en el bandido romano que fué gradualmente
debilitando el prestigio del conde entre aquella gente, que, como
ya lo hemos dicho, era sobremanera superticiosa á pesar de su
terrible oficio.
Benedettollevósu audaciahasta dejar entreveral bandidoVam
pa el vivo deseo que alimentaba de librarse del poder del Conde
de Monte-Cristo, apoderándose de ciertos seeretos que él poseia
en la nigromancia; y el bandido empezóá meditar sériamente las
conveniencias que le resultarian de someter el Conde á su volun
tad, en vez de estar él plegado á la voluntad del Conde. "
Vampa era ambicioso como todos los ladrones de su especie:
las riquezas de Monte-Cristo le daban envidia, y la conspiracion
no tardó en tramarse, guiada y dirigida por la traviesa imagina
cion de Benedetto.
—¡Oh! el poder del Conde, le decia á Luigi Vampa y á Pepino,
está en mi mano!! haciendo un pequeño paréntesis de tolerancia á
vuestro sistema religioso, guardarémos aquella preciosa reliquia,
que constituye todo el poder del Conde
LA MANO DEL MUERTO. 133

Aquella mano del muerto le indicó el secreto que cubria el


camino que lo llevó á susminas de inagotables tesoros... Yo de
beria salir de Roma para irá entregar al Conde miseñor el pre
cioso cofre que le ha sido robado; pero sivos quereis ayudarme,
me quedaré en Roma y trabajaré por el interésgeneral.
Vampa y Pepino admitieron la proposicion de Benedetto, quien
á su vez, por lo que ellos le dijeron, supo que Monte-Cristo es
taba en Oriente.
Entre tanto el hijo de Villefort trabajaba por entregará la jus
ticia al temible salteador romano, y acechaba una ocasion segu
ra de lucrar en esta pequeña transaccion con ella. Benedetto ob
servaba, admirado profundamente, que el bandido lejos de ocul
tarse, se dejaba ver con frecuencia en los espectáculos públicos;
y especialmente en el teatro; y de esto dedujo que Luigi Vampa te
nia gran confianza en símismo ó en los agentes de policía. Luego
admitiendo este segundo caso como mas probable, érale necesaria
una gran sutileza en su premeditada traicion para que aquel no
recibiese aviso de algunos de esos mismos agentes, á quienes sin
duda él hacia por su generosidad las diligencias en favor de su
seguridad.
Benedetto espiaba cuidadosamente hasta el menor movimiento y
gesto de Vampa: de modo que á las tres ó cuatro noches de asis
tir con él al teatro Argentino, conocióperfectamente que Vampa
no era insensible á los encantos de la señorita Eugenia d'Armilly.
Efectivamente, Luigi Vampa se sentia estremadamente impre
sionado por el aire varonil y arrogante de la jóven d'Armilly; su
impresion transformóse rápidamente en un fuerte sentimiento que
agitaba noche y dia el corazon del bandido; y devorado por aquel
fuego violento de su carácter resuelto y audaz, emprendió la po
sesion de esa mujer que lo fascinaba desde el palco escénico del
teatro Argentino.
Una sonrisa de triunfo divagó en los lábios de Benedetto, cuan
do leyó en la abrasadora mirada de Luigi Vampa la pasion que
le dominaba. -
i$ LA AÑO DE MURTO,

Fué entonces cuando él espió sus menores movimientos, si


guiéndole pasóá paso por do quiera, hasta que, al cabo de algu
nos dias, lo vió entrar en una casa de pobré apariénciá, én qué
vivía aquella anciana mujer que favorecia lasántiguas metamór
fosis del supuesto jóven Servieres. Benedetto, despues dé averi
guar quiénéra ésta mujer, comprendió sin dificultad él óbjetó de
las visitas dé Vampa, y combinañdo en seguida todas sus idéás,
adoptó en el acto un plan que pasó áponer en práctica.
Cuándó Benedetto se encontró al siguiente día con el bandido
Luigi Vampa, entró con él én una taberna poco frecuentadá, y
se sentaron allíén un oscuro fincón, como dos hombres que te
nian que hablar sobre cosas muy misteriosas. Benédetto perma
neció un momentó pensativo, y luegó se espresó así:
—Sábéis, señor, que acabo dé encontrar y récómócer aquíéñ
Roma una mujer francesa que huyó de París con su padré des
pues de robará un príncipe de Cavalcanfº con quiéñ habíá con
yénido Casarse?
—Y qué importa éso? preguntó Luigi Vampa recóstándo en su
mano la mejilla con áire de displicencia. -

—Oh! es que ignorais dos hechos de grande importancia en


todo este negocio: el príncipe de Cavalcanti era riquísimo; y el
conde de Monte-Cristó era éstremadamenté anigó del prñcipe,
que hoy está én la desgráčia.
–9uerreis decir robado?
–Es ló mismo! replicó Benedétto.
–Pues bién; qué me interesa que el príncipe haya sido riquí
sino y muy su amigo el Cónde? -

—Voy á esplicároslo, señor, dijo Beliedetto confinuando con


aire de importancia. Primero: siendo el príncipe de Cavalcanti
poderoso; debeis colaprender qué el robb fué considerable. Se
gundo: siendo el conde muy amigo del príncipe, me ha dado el
nombre de la mujer que le ha robado, recófiendándome que la li
ciese préder dofidequiera que la eficólitráse, pues que él ha ju
rado reabilitar al pobre Cavalcanti. Y ahora os prevergº que es
LAMA) ERT9, 10

mujer está en Roma con su padre; y yo en vez de recurrirá la


justicia de los tribunales agusándola, Veng9á proponeros este pe
queño negocio.
—Cómo se llama la mujer? preguntóVampa, en cuya fisono
mía se notaba cierto principio de interés despertado por las últi
mas palabras de Benedetto.
—Oh! su nombre.,... replicó este con calma, no es un nombre
oscuro y plebeyo, Pertenece á la familia de los Servieres por
parte de madre, y á la de Danglars por su padre, aquel célebre
haron, á quien robásteis seis millones de francos por órden del
c9nde de Monte-Cristo, Se llama Eugenia Danglars, por acabar
de una yez, y es conocida hoy en Roma por el nombre de Euge
nia d'Armilly,
Luigi Vampa hizo un involuntario movimiento de sorpresa
que procuró disimular en seguida con la inmovilidad de su sem
blante y de su cuerpo, Benedetto aparentó no haber prestado la
menor atencion al movimiento de Vampa, y continuó con toda
jovialidad, -

—Y la al jóvenes ni pmas ni menos que la hermosa caníatriz


del Argentino; esa que admiramos allí con su candidez de palo
ma, engañand9 al pueblo romano... que os parece? -

-Y en qué lo engaña! veamos; dijo Vampa con la Voz demu


dada.
—Oh! en nada, señor, respondió Benedetto; yo queria sola
mente deciros que al verla nadie seria capaz de creer que ella
concibiese y ejecutase tal hecho con sutileza y coraje.
Vampa permaneció un momento en silencio.
-Y quién es su padre? preguntó luego, Me habeis dich0 que
tambien estaba en Roma.
—Oh! su padre es un viejo pícaro y taimado, capaz de todo.
Lo hallé dias pasados en un pequeño paseo que hice á la ciuda
dela de Aquapendente, cerca de la que posee una gas con su jar
din de recreo. -

"- -
—Vive en inteligencia con su hija?
136 LA MANO DEL MUERTó.
—Y que os importa eso? preguntóá su vez Benedetto.
–Cómo no! respondió el bandido, simulando una sonrisa for-
zada; tuvísteis la idea de proponerme este pequeño negocio y os
admirais de que ospida esclarecimientos?
—Ah! entonces aceptais la propuesta?
. —Esplicádmela y veremos.
—Es posible que vos necesiteis de esplicaciones? Pero ya que
lo deseais, yo os las daré. Pienso que ambos debemos confiar el
uno del otro. Vos podriais perderme y hacerme caer en desgra
cia el dia que os acordáseis de hacer contar al conde mi amo, la
poca fidelidad con que le sirvo en Roma; y yo podria tambien
agarrarme de vos y gritar bien alto ecce-homol Pero nivos ni yo
haremos tal cosa, porque nos entendemos admirablemente. Pues
bien, mi proyecto es de comun interés para los dos.
—Es claro que habiendo la señorita Eugenia d'Armilly robado
al príncipe Cavalcanti, con quien estaba comprometida á casarse,
debará poseer hoy ese pequeño capital. Eh bien; en este caso se
hace una ligera violencia á la libertad de la señorita Eugenia
d'Armilly, y se le propone un rescate equivalente á lo que ella
vale, y despues arreglaremos cuentas, capitan. ,

—Oh! ¡A Eugenia d'Armilly! gritó inconsideradamente Vam


pa, golpeando con su puño cerrado sobre la mesa que se estre
meció por la violencia del choque.
—Hola! que es eso? preguntó Benedetto." - "

—Quereis trabajar de acuerdo conmigo? preguntóá su vez


Luigi Vampa.
—Quiero!
–Pues bien, repuso aquél, alargándole la mano; mañana á
estas horas en el Coliseo. . . .
—En el Coliseo repitió Benedetto apretando la mano de
" -

Vampa.
—Al pié de la cuarta columna del pórtico interior.
—No faltaré.
—Solo. -
LA MANO DEL MUERTO, 187

—Hasta mañana, capitan.


Benedetto y Vampa, que á este tiempo salian ya de la taberna,
Se alejaron rápidamente por opuestos rumbos.
—Oh! murmuróVampa, viéndole alejarse; traicionaste al que
servias y me traicionarás tambien á mí cuando te convenga. Ten
drás,pues, el fin del traidor, luego que hayas servido de esca
lon. Esta amenaza misteriosa del temible salteador romano, ha
bria hecho estremecerá Benedetto si hubiese observado el gesto
inteligente y audaz que la acompañara.

XVII.
La corona.
–----

Los fueros de las clases aristocráticas no se avienen con la ima


ginacion libre de un artista cualquiera, en quien se agita el sen
timiento noble de una elevada inspiracion. Así pues, era un abis
mo el que separaba Eugenia Danglars de su madre.
Eugenia, por otra parte, jamás habia conocido ese tierno cui
dado, ese cariño maternal, durante su educacion, gracias al que
una hija contrae hácia su madre una deuda mas sagrada aun que
la del nacimiento. Lapalabra madre no significa para ella desde
muy niña otra cosa que el ente á quien debia su existencia, y
nada mas. Luego ¿cuál seria la poderosa fuerza de simpatía que
la obligase-á arrojarse en brazos de esa mujer que se mofaba del
mas intenso de los votos de su alma?
Eugenia apartó los ojos del pasado entre cuyas sombras se per
dian los dos entes que le habian dado el sér, obedeciendo solo á
la simple ley de reproduccion, para dirigirlos al presente á la mu
jerá quien debia la instruccion y la amistad; abarcaba con aspec
to risueño el inmenso porvenir que tenia á sus ojos, en el que le
parecia distinguir en lontananza, escrito con letras de fuego, es
tas sencilla palabras: «El arte y la gloria.»
Ocho dias despues del diálogo entre Vampa y Benedetto en el
18
138 LA MANo DEL MUERro.
lugar ya mencionado, se notaba en Eugenia d'Armilly un pensa
miento que dibujaba sobre su frente una lijera nube de tristeza.
Varias veces habia advertido Luisa que Eugenia, contra su habi
tual costumbre, buscaba la soledad y el aislamiento; en esos mo
mentos, una lágrima se deslizaba por las mejillas de la artista,
comoprueba evidente de un grande y misterioso acontecimiento
en su vida íntima, y Luisa intentaba en vano enjugar con un be
so esa lágrima furtiva, porque despues de esta corria otra como
para hacer conocerá la desinteresada amiga de Eugenia, que la
causa que las hacia brotar no podia ser destruida por los halagos
y caricias de una mujer.
Era una tarde en que Eugenia, huyendo de la compañía de
Luisa, se habia sentadotriste y pensativa frente á la ventana de
su habitacion, mirando tranquila los últimos rayos del sol que
poco á poco iban subiendo al simborio del magestuoso edificio de
San Pedro, envolviendo así en sombras la metrópoli del mundo
cristiano: un imperceptiblegemido se escapaba del pecho de Eu
genia, y dos lágrimas temblaban entre las espesas y negras pesta
ñas de sus lindos ojos como dos perlas matutinas en las ojas de
una flor. Luisa habia entrado sin ser sentida por Eugenia, y la
contemplaba con interés hacia pocos intantes, adivinando en la
languidez de su semblante lo que ya sospechaba desde algunos
dias; así pues, se acercó á Eugenia apoyándose lijeramente en su
hombro, y le imprimió un beso en su mejilla murmurando:
—¡'obre amiga mia!...
—Luisa, respondió Eugenia sin sobresalto, pero ruborizán
dose.
—Ved como al cabo venísá respirar en el aire de Italia el dul
ce veneno de Coria ó del Tasso... ¿no es verdad, mi querida
amiga? preguntó Luisa. -

—Oh! ¿Debo yo por ventura tener secretos contigo, Luisa,


cuando llego á convencerme de que no es una simple ilusion lo
que esperimento?. ..
—Y te daña este sentimiento que no es una simple ilusion.
|

La mano à A wuev\o \\ \ \ne\º c \antervù.

LulS ahah | 1 f, mirados lIl SÊT S6nii da por EuCộênla .


r
LA MANO DEL MUERTO, 139

porque él es superior á tu voluntad, y cubre con una nube de


tristeza tu semblanle animado y enérgico en otro tiempo, mi que
rida Eugenia!
—Es verdad, Luisa... El es superior á mi voluntad como yo
fuí superior á todo otro sentimiento que pudiera dominarme. ¡Oh!
te acuerdas cuando me burlaba de esas locas protestas de un repen
tino y profundo amor, cuyas confesiones se elevaban en torno de
ambas, y á las que yo respondia con una sonrisa incrédula ápe.
sar de los suspiros que acompañaban las miradas apasionadas que
se nos dirigian?Te acuerdas de ese tiempo exento de pesares, en
que mi alma se creía libre del tributo á que todas son condenadas
en el mundo? ¡Y al cabo soy como todas las mujeres; empiezo á
padecer... porque empiezo áamar!
—Respeto tu sufrimiento, amiga mia, y te ofrezco un pecho ca
riñoso á quien confiar tus pesares.
—Lo acepto, Luisa mia, lo acepto, respondió Eugenia, opri
miéndole las manos y besándola. Yo no me sentia con valor para
confesarte este sentimiento que me domina: escúchame, pues, ya
que lo has adivinado.
Ypermaneció un poco en silencio, comosi coordinase sus ideas
para empezar la narracion.
—Me habias aconsejado que jamás detuviese mis ojos en un
solo hombre cuando subiese al proscenio, sino que recorriese
siempre la vista por toda la platea sin procurar distinguir ni co
nocerá nadie, como sitoda la concurrencia estuviese ágran dis
tancia de mí. Así lo hice siempre: veia ante mis ojos un inmenso
auditorio, pero no lo veia sino como se ve confusamente una os
cura nube que pasa á nuestros piés cuando nos hallamos en la
cumbre de una elevada montaña. Una noche, sin embargo, habia
allí un hombre que se elevaba entre aquella masa viva é indefini
da; su rostro radiaba en espresiva belleza y brillaban en él apa
sionadas miradas que me devoraban, me abrasaban... me enlo
quecian! Cuando el auditorio prorumpió en aplausos, aquel hom
bre permaneció inmóvil, y espresaba mas con su visla de lo que
140 LA MANO DEL MUERTO,

pudieran decir mil labios delirantes que me llamaban al prosce


nio! Desde esa noche aquella figura aparecia siempre á mis ojos
en el mismo lugar, con la misma espresion y la misma mirada
de fuego que me arrebataba, Luisa!
Pero quién es él?—qué importa... es un hombre áquien amo;
un hombre que me inspira una pasion profunda y verdadera, que
no soy dueña de dominar.
Hubo otro momento de silencio, durante el cual Eugenia ocul
tó el rostro entre sus manos, sollozando: Luisa lanzaba una mira
da inquieta sobre su amiga, y sus labios se agitaban blandamen
te, como si murmurasen la palabra «infeliz.»
—Ytú conoces á ese hombre, mi querida Eugenia? le pre
guntó,
—Ah! no! y apenas sé que es el dueño demi pensamiento des
de la primera noche que le he visto! Quién sabe cuanto tiempo
ha que me sigue, sin que yo lo haya reparado! ¡Oh!"Luisa, mi
buena Luisa; yo que me burlaba de esa palabra inventada por los
hombres para bautizar con ella sus locuras; de esa palabra amor,
ornato perpétuo de los labios de todos los hombres y mujeres
de moda, vedme aquíteniendo no solo en mis labios sino tambien
en mi corazon el sentimiento que esa palabra produce! Héme aquí
vulgar como unajóven cualquiera de mi edad.
—Teengañas, Eugenia, una jóven vulgar de tus años no sabria
sentir como tú sientes ahora! Esa pasion profunda que se desen
vuelve en tu pecho, bajo la mirada inflamada de un hombre, le
dará mas poesía, mas encanto, porque te elevará sobre tí misma
si eso puede decirse. Todo suceso puede ser mirado por su buena
ómala faz; pero acuérdate que el solo hecho de dejar conocer á
un hombre el imperio que ejerce sobre el ánimo de una mujer,
antes que ella conozca el fondo de su carácter, puede acarrear
grandes desgracias, Eugenia.
—Oh! no temas! dijo ella con orgullo: jamás conocerá el al
cance de la pasion que me inspira.
—Tal vez, murmuró Luisa.
LA MANO DEL MUERTO. 141

En este instante la señora Aspasia entróá anunciarles la llega


da del carruaje que debia conducirlas al teatro.
Eugenia enjugó sus ojos húmedos aun por el dulcísimo llanto
que amor le hacia derramar por uno de sus locos caprichos so
bre las frescas rosas de su virginal semblante, despues echóso
“ bre sus hombros un chal, y acompañada de Luisa bajó la escale
ra y subió al carruaje que partió en seguida.
Apenas llegaron al proscenio, Eugenia se detuvo un instante
frente al telon de boca que por el momento las ocultaba á las mi
radas de la platea, ypareció querer dominar el deseo que la im
pelia á examinar el patio por los agujeros del telon;pero no pu
do vencerse y avanzó. Luisa la seguia y se colocó ásu lado mu
da é inmovil.
Un ligero estremecimiento agitó el cuerpo de Eugenia, se dilató
su pecho y se entreabrieron sus labios dejando escapar un leve
suspiro. •
—Allí está! esclamó Eugenia. ¡Oh! siempre, siempre superior
á la platea, puesto de pié en la galería, ypronto á lanzar sobre
mí su mirada ardiente y espresiva.
—¿Y no es esto una locura amiga mia? continuó dirigiéndose
á Luisa. ¿Dejarme dominarpor la mirada de un hombre, de un
hombre á quien no conozco, á quien no he visto apenas y de quien
aun no he oido el sonido de su voz? ¡Ah! pero él es efectivamente
hermoso! En su trigueño semblante, en su barba negra como el
ébano se retrata el tipo de la fuerza: sus ojos rasgados y llenos
de inteligencia, manifiestan la nobleza y la altivez de su carác
ter!! Vedlo, Luisa, que noble y hermoso es, y como parece mi
rar con desden y frialdad esa platea que lo cerca,pero como si
existiera lejos de él!
Luisa iba á contestarle, pero el pito del escenario hizo señal
de desocupar la escena; y le impidió que tuviese tiempo de exa
minar al hombre que Eugenia le describia con entusiasmo. Las
dos amigas se dirigieron pausadamente entre bastidores y escu
charon con cierta emocion las primeras armonías de la orquesta
que empezaba la sinfonía de obertura.
142 LA MANO DEL MUERTO.

Era aquella noche la última en que se daba la Semiramis y el


teatro se hallaba literalmente atestado. Los diletantis no querian
perder la última de esas embriagadoras noches de Arsace y de
Semiramis en que la voz y el semblante de las jóvenesd'Armilly
parecian resucitar del polvo de los siglos aquellos dospersonajes,
con las mismas sensaciones que los agitaban en el amor y en el
Crimen.
Eugenia cantó en esta noche como nunca; pero su mirada que
paseaba otras veces impávidapor la platea, sin corresponder aun
á los que procuraban sorprenderla, parecia fijarse en alguien y
dejar conocer que ese alguien era el elegido de su alma enamo
rada.
Al final del último acto, una corona magnífica, arrojada repen
tinamentepor una mano invisible, cruzó el espacio, yendo á caer
á los piés de Eugenia, que levantó y besó como de costumbre.
El telon cayó al estrépito de repetidos aplausos y bravos que
se estinguian áproporcion que el entusiasmoiba cediendo el lu
gará los frios comentarios de los críticos.
La corona que Eugenia acababa de recibir, y en la que parecia
haberse olvidado el nombre de Luisa, era la mas espléndida y ri
ca de cuantas le habian sido ofrecidas.
—En efecto! dijo Luisa, examinando la corona sin la mas leve
muestra de envidia, antes bien poseida de un sincero placer, so
lo á un príncipe podria ocurrírsele regalaros esta corona, en que
el oro y los brillantes resplandecen sin cesar!
—Tal vez sea el obsequio de una nueva sociedad de esas que
es costumbre organizar con este objeto, murmuró Eugenia, que
sin embargo creia otra cosa bien distinta de lo que decia; porque
apenas se vió sola, besó con entusiasmo las cintas y las flores,
entre las que buscó con mano trémula y agitada, un objeto cuya
presencia adivinaba allí.
Así era en verdad: un pequeño papel cuidadosamente doblado
y sujeto entre las flores llamó la atencion de Eugenia que se apo
deró inmediatamente de él disponiéndose á la leatura. Un lierº
LA MANO DEL MUERTO, 118

rubor coloreó sus mejillas, y los brazos se le cayeron, sin fuerza


para osar llevará la altura de sus ojos la amorosa carta: pero la
ansiedad del alma venció el temor de la vírgen, y...
He aquí el contenido:
«Señorita:
» Desde la primera noche que os he visto, sentime preso y fas
»cinado como todo el auditorio que me rodeaba, y ante el cual
»apareciais, por la espresion enérgica de vuestros ojos, de vues
»trogenio! Creyendo que esa sensacion no pasase de la sensacion
» que generalmente habeis producido hasta hoy, hice esfuerzos
» por evitarla y aun olvidarla; pero vuestro recuerdo me seguia
»siempre, y conocí que en mi pecho se abrigaba algo real y posi
»tivo que despertaba en él el recuerdo de vuestra bella imágen!
»Hoy no vivo ni pienso sino por vos, y llega mi locura al punto
» de haceros una declaracion, como tantas que habreis aceptado;
»pero que no es como aquellas dictada por los labios. Entre las
» sombras y el silencio existe un hombre poderoso que os ama con
»lo íntimo de su alma, y que sufriria una eternidad de tormentos,
»por una palabra sola de vuestros labios!... -

YVIII.

El banquero retirado.
—co

Al siguiente dia, luego que las dos jóvenes d'Armilly concluye


ron su estudio, entróá la sala de la señora Aspasia, y anunció
un nombre que hizo palidecer á Luisa, y que habria hecho soltar
una carcajada á Eugenia si no se sintiese herida por la sensa
cion profunda que la conmovia. -

Ese nombre era el del baron Danglars: Eugenia ya habia cono


cido los cumplimientos con que su madre saludó su nueva car
rera de artista; y calculó desde luego que su padre presentaria el
contraste de aquel orgullo de estirpe que alimentaba la baronesa
144 LA MANO DEL MUERTO.

Danglars y señora de Servieres, esto es, la hija de una de las mas


antiguas y nobles familias de Francia. Volvióse, pues, hácia Lui
sa, diciéndola con una lijera sonrisa en los labios:
—Notemais, mi buena amiga; conozco bastante el señor Dan
glars, y os aseguro que su visita será mas agradable que la de
mi madre. Vais á convenceros.
Y en seguida hizo señal á la señora Aspasia para que introdu
jese al baron Danglars; que entrópoco despues en la sala.
Vestia el baron con seriedad y cierto cuidado que dejaba cono
cer bien hallarse en buenas circunstancias. En su tosca fisonomía
se retrataba el placer, espresando claramente la ambicion de su
alma avara.
—¡Hija mia! esclamó con voz defalsete acompañada de un ade-
man de estudiada importancia. Oh! inútil seria preguntaros como
lo pasais, porque la salud y la felicidad forman en vuestro rostro
un lindo cuadro de animacion muy superior á la de las antiguas
" escuelas de Miguel Angel y Rafael!
Eugenia cambió rápidamente con su amiga una mirada de inte
ligencia.
—Aunque yo padeciese, padre mio, dijo ella besándole respe
tuosamente la mano, no lo podriais advertir porque mi rostroso
lo dejaria traslucir la sensacion que esperimento al veros. A mas
de esto el placer que siempre he tenido en estar al lado de mi
querida Luisa d'Armilly, y el estudio del arte que profesamos, es
un poderoso estímulo para animarme.
—Permitid que os presente mis cumplimientos, señorita d'Ar
milly, y que os felicite por los desvelos con que formásteis el al
ma de vuestra interesante discípula; dijo afectadamente el baron
inclinándose ante Luisa d'Armilly.
–Sentaos, padre mio, dijo Eugenia, indicándole una silla y
sentándose ella misma al lado de Luisa.
Hubo un momento de silencio durante el cual el baron Dan
glars se entretuvo en pasarse la mano por los cabellos mirando
con inquietud al rededor de sí como para reconocer bien la po
LA MANO DEL MUERT0. 145

sicion en que se habia colocado súbitamente su presa, pues que


sentia se le iba de entre sus manos.
—Y bien, padre mio, ¿hace mucho tiempo que estais en Ro
ma? preguntó Eugenia con remarcable curiosidad.
—Sí, hace algun tiempo, pero vivo un poco retirado... quiero
decir retirado de Roma, y aun del comercio. Felizmente ví ayer
con asombro y placer la bella Semiramis que ha entusiasmado á
toda la poblacion.....
–Perdonad, padre mio, pero entonces no podeis menos de ha
ber vistotambien á mi amiga Luisa.
-Oh! sí, pero yo soy padre, Eugenia, y en mi corazon no
habia otro sentimiento que no fuese por vos, aun cuando á prime
ra vista reconociese el talento de la señorita d'Armilly.
Luisa inclinó levemente la cabeza, y el baron correspondién
dole prosiguió.
–Y como los ojos de un padre cariñoso son dotados de es
traordinaria vista cuando se trata de sus hijos, fácil me fué co
nocer bajo la diadema de la noble reina de los Asirios la hija á
quien siempre he idolatrado con lo íntimo de mi alma. Formad
ahora un idea de lo que habré sentido, Eugenia, cuando oíá la
sociedad escogida de Roma aplaudir con entusiástico delirio el ge
nio elevado de una hija mia. Ah! es imposible dejar de sentir
cierto orgullo.
–¿Y cómo está mi madre? preguntó Eugenia repentinamente
sin dejar de observar el sobresalto que el baron esperimentó al
oir tal pregunta. Eugenia habia notado que su madre no le ha
blára del baron, ni este de la baronesa, y suponiendo que ellos
estaban en desinteligencia, quiso cerciorarse.
—La baronesa..... respondió el baron Danglars, acordándose
de finjir un pequeño ataque de tos que lo afectaba desde algun
tiempo en ciertas ocasiones; la baronesa viaja.
—Es un bello pasatiempo, observó la señora d'Armilly.
–Y cómo no la habeis acompañado? preguntó Eugenia.
—Yo aprecio antes que todo, el sosiego, mi querida Eugenia,
19
118 LA MANo DEL MUraro.
respondió el baron; estoy cansado y no doy importancia á los pe
queños placeres que se disfrutan en los viajes, á trueque de gran
des incomodidades. Oh! agregó él, tosiendo mucho, yo no me
avengo mucho con los viajes. -

—Me habeis dicho que viviais algo retirado de la ciudad de


Roma?
—Es verdad: resido cerca de la pequeña ciudad de Aqua Pen
dente, donde tengo una muy reducida vivienda que desde ahora
pongo á vuestra disposicion.
—0s lo agradezco, padre mio; pero por desgracia no podré
aprovecharme de vuestro obsequio, pues los trabajos consecu
tivos á que estamos obligadas por nuestra contrata, nos lo im
piden.
-Oh! interrumpió el baron, mas yo espero al menos que me
dareis elplacer de una pequeñísima visita.....
—Os interesa tanto esa visita....?
—Buena pregunta! esclamó el baron. Voy á esperarla con to
do interés,y desde ahora creo que no tardareis en ir acompa
ñada de vuestra interesante profesora y amiga, á dar una vista á
aquella pequeña propiedad, que tambien quedará ávuestras ór
denes desde hoy en adelante, y á llenar de júbilo mi corazon, Eu
genia.
—Sois muy amable, padre mio.
—Os aseguro que no encontrareis allíaquellos enormes libros,
aquellos voluminosos legajos de papeles, aquellos interminables
guarismos que tanto os incomodaban en migabinete de París. Yo
me he retirado ya del comercio.
—0s felicito, dijo Eugenia. En los guarismos no existe la me
nor poesía.
—Se hacen abominables, esclamó Luisa.
—Pero creo que no dejareis de sacrificarles algunos momen
tos... por ejemplo, cuando recibais el precio de vuestras contra
tas... que no debe ser pequeña suma.
-Por quien soy, padre mio, esclamó Eugenia; yo creo en la
LA MANO DEL MUERT0. 11

buena fé de los señores empresarios; y además, ¿qué valen diez


ó doce piastras de menos?
El baron frunció las cejas y dijo:
-Pero esa falta, repetida diez veces... hace la suma de cien
piastras, que con otras cien, hacen doscientas, y finalmente; mul
tiplicándolas en períodos sucesivos.....
—Poco importa, respondió Eugenia con toda la indiferencia
posible para hacer entender al baron que las circunstancias pe
cuniarias eran buenas, y que por eso ella no tendria necesidad de
aceptarle cosa alguna, ni él tendria ocasion de ofrecerle nada.
-Muy bien, hija mia, yo respeto los diferentes modos de pen
sar. Ahora, lo que me resta despues de haberos abrazado, es da
ros la señas de mi casa,pues estoy muy cierto de vuestra deli
cadeza para que me atreva á dudar un solo instante, que me da
reis allí el placer de abrazaros de nuevo con toda brevedad.
Diciendo esto sacó de su cartera una tarjeta riquísima y la en
tregó áEugenia.
—Espero señorita Luisa d'Armilly, agregó con una sonrisa que
se esforzó en aparentar amable, que no rehusareis en acompañar
ávuestra discípula.
—Ohljamás nos separamos, señor baron, contestó Luisa.
El baron se despidió de Eugenia, saludóá Luisa y se retiró
complacido de la manera como se habia ganado las simpatías dº
laprimera.
—Y bien, amigamia, preguntó Eugenia apenas el baron se hu
bo retirado, ¿no ha estado mi padre estremadamente amable?
—Pero no alcanzo yo bien esta diferencia, respondió Luisa. En
París era mas económico de sus palabras, y jamás se escuchaban
de sus labios esas espresiones de ternura para con su hija, como
acaba de usar ahora.
-Oh! es porque en París estaba en carácter.
-Cómo?
-Era banquero.
–Y qué importa?
1 48 LA MANO DEL MUERTO.

—Un banquero no tiene hija, ni mujer, ni amigos... tienegua


rismos solamente.
Conviene ahora que espliquemos nosotros el modo singular
como el baron Danglars pasó rápidamente en su estrema penuria
á poseer una pequeña casa de recreo cerca de Aqua Pendente;
porque nuestros lectores deben tener curiosidad de saber cómo se
operó esta metamórfosis. -

Luego que el baron Danglars salió de la casa de su hija Euge


nia, se dirigió apresuradamente hácia la plaza de España, que
atravesó introduciéndose á la via Frattina, luego pasó entre los
palacios Fiano y Róspoliy continuando siempre con igual ardor
su camino se halló por último frente á la gran plaza del Populo,
por la que estendió su miradas como procurando distinguir algun
conocido.
Un momento despues vió encaminarse hácia él un hombre que
atravesaba desdeñosamente el lugar donde se acostumbraba colo
car el tablado para las ejecuciones: ese hombre era Benedetto.
El baron sonrióá su encuentro.
—Hola,señor baron, pronto habeis concluido la visita ávues
tra hija Eugenia! Creía que os demoráseismas tiempo en abrazar
á una hija que no habiais visto desde algunos años ha; tanto mas
cuanto que pienso que no faltareis álos deberes de un buen padre.
—La ví, la abracé, y la he hablado, contestó el baron; nada
mas tenia que hacer.
—Pero ni siquiera le habeis ofrecido vuestra casa?
—Oh! eso sí.
–Creo que no aceptaria vuestra oferta.
—Al contrario. -

—Oh! entonces os felicito, señor, pues seria bien lamentable


que entre un padre y una hija tan dignos uno de otro, no reinase
la mas perfecta armonía. Vamos, señor baron, el carruaje nos es
pera yyo quiero instalaros en vuestra nueva posesion, porque
tengo prisa de desempeñar las órdenes de la baronesa, vuestra
esposa.
LA MANO DEL MUERTO. 1 49

—Sois muy amable, señor, dijo el baron caminando á su la


do.Yo hago la justicia debida á vuestros méritos; pero teneis un
pequeñísimo defecto. Sois poco esplícito en vuestras palabras.....
esto es, hablais siempre en un sentido vago... de manera que no
comprendo bien aun el verdadero papel que desempeñais conmi
go. Creo que sois un poco reservado, mi querido señor Andrés
de Cavalcanti.
—Yvos sois una cosa muy semejante al cántaro de las Danai
des, respecto al cual la forma parece cumplir el voto á que ellas
se habian sujetado por su castigo.
—No os entiendo, dijo el baron abriendo desmesuradamente
los ojos.
—Quiero decir: cuanto mas os prodiga la fortuna sus favores,
tanto menos satisfecho os mostrais, dijo Benedetto. Estábais pobre
y casi miserable en Roma, viviendo apenas con el mezquino sa
lario de porterode un teatro; os procuréuna entrevista con vues
tra mujer y os habeis mostrado tan imbécil, ó tan sin destreza
que ni aun supisteis abogar por vuestra causa.....
–0s aseguro que hice todo cuanto pude, esclamó el baron,
pero la baronesa estaba inflamada como la pólvora, y aun que
quise contener su terrible esplosion, sin comprender como suce
dió, no pude evitar el desastre.
—Pues bien: supongamos eso, dijo Benedetto continuando el
camino. Hace ocho dias que fuí nuevamente á buscarosy os es
pliqué las intenciones de la señora Danglars, de tal manera que
os convencí de vuestra nueva independencia, y todavía osais de
cir que no comprendeis cual es el papel que yo represento con
vos! ¡Esto es ser mas que tenáz, señor baron!
Entre tanto ambos habián llegado á un pequeño carruaje que
estaba parado en la esquina de cierta calle próxima á una de
las puertas de la ciudad; Benedetto hizo una señal al coche
ro, y abriendo la portezuela, indicóá su compañero que subie
se, y subió él en seguida, sentándose bruscamente al lado del
baron.
150 LA MANO DEL MUERTO).

El carruaje se puso inmediatamente en marcha, y áp0co rato,


andaba por un camino que los alejaba de Roma.
Durante el viaje, el baron preocupado en la meditacion de sus
proyectos, no habló una sola palabra con Benedetto, y este pre
parando bien el hilo del enredo que habia premeditado, tamp0c0
interrumpió ásu compañero de viaje.
Despues de algunas horas, el carruaje en vez de seguir el ca
mino que se dirigia á Aqua Pendente, dobló á la izquierda y en
tró en una especie de senda á la derecha de la que se elevaban las
ruinas de uno de esos famosos acueductos que abundan en las
cercanías de Roma, y que, como ya lo hemos dicho al principio,
se asemejan á diformes fantasmas petrificadas en su carrera. Las
piedras que el tiempo habia sacado de su quicio de aquellas enor
mes masas de granito, rodaron por la campiña; y sus fragmentos
aquí y allí esparcidos ó hacinados, obstruian el camino.
El carruaje disminuyó su velocidad, el baron, asomándose á la
portezuela pudo distinguir perfectamente los objetos que lo ro
deaban: á corta distancia blanqueaban las paredes de una redu
cida vivienda, medio arruinada, y que parecia encerrada en
un pequeño jardin inculto, en que la maleza y el musgo habian
crecido por todas partes.
A poco rato detúvose el carruaje frente á la puerta con gradas
de ese pequeño jardin, donde se apearon el baron y Benedetto.
En otro tiempo, el baron Danglars habria clasificado sin de
mora la escuela á que pertenecian dos enormes estátuas de piedra
que se elevaban sobre sus pedestales á los lados de la puerta;
pero en ese momento se contentó con hacer notar el descuido con
que se habia dejado que el musgo y las malezas revistiesen sus
contornos, debidos sin duda al cincel de algun hábil escultor.
—Entrad, baron, dijo Benedetto, y dejaos de advertir descui
dos, porque esta propiedad está inhabitada hace largo tiempo.
Y atravesaron la inculta alameda del jardin, subiendo luego
una pequeña escalera de piedra cuyos escalones estaban tapiza
dos de musgo; esta escalera conducia áuna pequeña plataforma
LA MANO DEL MUERTO, 151

que tenia dospuertas á la casa. Detúvose allí el baron un mo


mento, dirigiendo una mirada con que abarcó todo el jardin que
lo rodeaba. Por entre el boj crecido de las calles y la yerba espi
gada que abundaba en las piedras, se elevaban estátuas de már
molde diferentes tamaños, pero muy deterioradas: había además
un lago, en cuyas fangosas aguas se oian los saltos y el zambu
llido de una multitud de ranas que se escondian apresuradas,
despertando al sonido de la voz y el ruido de los pasos del baron
y de Benedetto. Todo era ruina y soledad.
Benedetto abrió una de las puertas de la plataforma y presen
tóá la vista de Danglars una sala cuyas paredes estaban forra
das de raso en el que habia tejidos algunos pasajes de la mitología,
tales como la caida de Faetonte, el suplicio de Prometeo, el rap
to de Europa, el juicio de Paris y otros.
Los muebles de esta sala eran antiquísimos, y no presentaban
aquel aspecto de ruina que se advertia en el jardin, aunque es
tuviesen cubiertos de una espesa capa de polvo y envueltos con
las ingeniosas telas de esos insectos laboriosos, á que se llama
arañas, y que parece fueron criados por la naturaleza para ofre
cer constantemente al hombre la perspectiva de la utilidad que
él puede sacar del trabajo diario de sus manos. De las ventanas
pendian cortinas de terciopelo descoloridas por la accion del sol;
la estufa demostraba no haberse usado hacia mucho tiempo, y
las tenazas cubiertas de orin estaban arrojadas en desórden lejos
de allí, atestiguando el movimiento brusco de la última persona
que las habia usado.
El baron, despues de observado atentamente el aspecto de fe
licidad que le ofrecia este recinto, se aproximóá Benedetto, y
osó interrumpir la meditacion profunda á que parecia entregarse
frente á uno de los cuadros que se dibujaban en el tapiz de las
paredes.
—Ved aquí, dijo Benedetto, sin fijar su atencion en el baron;
ved aquí representado el tribunal incorruptible que nunca juzga
los hechos por los hombres, sino los hombres por sus acciones!–
1S2 LA MANO DEL MUERTO.
Allí do habia ni amigos, ni dinero, habia únicamente la ley que
rige al Universo , y ante la cual descendia la corona ó la cuchilla so
bre la cabeza del culpable, aunque él fueseomnipotente como Dios!
Y en seguida soltó una carcajada .
Un tribunal semejante solo podia existir en la fábula, y los
hombres le dieron el lugar correspondiente despues de reconocer
se imperfectos en su justicia !
— ¡Hola! Sr. Andrés, esclamó el baron Danglars, maravillado
de escuchar el lenguaje de Benedetto; parece que os entregais
profundamente al estudio de la moral de los hombres.
—Estudio un poco de todo, señor baron, porque mi camino en
el mundo es harto difícil, y necesito llegar al término de mi viaje!
Dejemos entre tonto reflexiones, y vamos á lo que interesa. Esta
casa os pertenece desde hoy ;aquí teneis vuestros títulos de posesion.
Y le entregó un papel, que el señor Danglars examinó con
avidez, haciendo despues un gesto de amabilidad. 5

XIV.

La via Appia. , . ...

Benedetto esplicó al baron por medio de una de sus ingeniosas


invenciones de un modo tal el comportamiento de la baronesa,
que este creyó ciegamente cuanto le decia.
He aquí como.
La baronesa, afectada por un pesar oculto, determinó abando
nar la sociedad; pero no obstante, considerando la estrecha po
breza de su marido, quiso asegurarle cierta independencia, y por
lo mismo habia encargado á Benedetlo de traspasarle los títulos
de posesion de aquella pequeña propiedad, á los que la buena
señora agregaba un regular peculio que en las especuladoras
manos de Danglars podia producirle una renta suficiente para los
gastos diarios de un banquero retirado. Resta ahora conocer las
LA MANO DEL MUERTO. 153

supuestas relaciones entre Benedetto y la señora Danglars; pero


el baron comprendia bien los caprichos de la interesante baronesa,
y le"importaba poco esta circunstancia una vez que ella habia
servido de causa para suñmediocre fortuna: así pues, nada preguntó
á Benedetto sobre este punto, y solo quiso saber algo sobre su
nuevo estado.
Benedetto le satisfizo lo mejor que pudo, y el baron Danglars
se admiraba cada vez mas de lo que le sucedia, y solo hallaba co
mo una cosa muy estraordinaria el que se hubiese elegido una
casa tan distante de Roma. Pero, entregado á sus nuevos proyec
tos de banquero retirado, olvidó en breve lo que en un principio
le inquietaba. -

Pasada una semana, ya la propiedad tenia alguna apariencia


de confortable; esto es, el jardin estaba limpio; el polvo de los
muebles sacudido; las estufas tenian fuego, y dos criados servian
con todo respeto al nuevo propietario.
Benedetto hacia algunas visitas al baron, que le recibia con el
mejor agrado; en una de esas visitas halló al señor Danglars muy
preocupado en los arreglos de su casa, y el ex-banquero le anun
ció que al día siguiente esperaba la visita de su hija Eugenia.
—Ah! señor Andrés....yo no sé si debo ó no rogaros que me
acompañeis.... aquel suceso de Paris.... Quién sabe si os será
agradable encontraros con mi hija y.....
—De ningun modo puedo disponer mañana del dia, señor ba
ron, respondió Benedetto; pero puedo daros un consejo que os
servirá de mas que mi presencia. -

–Cual?
—Haced preparar como para que pueda recibirse por una ó
dos noches á una señora.
—Y para qué... esclamó el baron estupefacto. Una señora....
buen huésped por vida mía! pero quién esla señora....
—Vuestra hija.
—Es posible!.
--Ya os lo he dicho, baron.
- 20
15 LA MANQ DELMIERT0.
-Teneis pues, el don de adivinar...?
—Quizá, "

-Será acaso debido á aquella célebre reliquia-la mano del


muerto,...,
+-Señor, esclamó Benedetto con un ademan imperioso que
hizo helar en los lábios del baron la risa burlona, que á ellos
asomaba; si pudiérais alcanzar bien de lo que es capaz la mano
del muerto, alzada aun sobre la tierra que le cubre…, os estre
meceriais con la mision horrible y misteriosa que tiene que cum
plirl Señor, la justicia no debe ser un fantasma Vano como los
hombres se la representan, ya refiriéndose á la ley del cielo óá
la de la tierra! Para patentizar estas verdades... hubo un poder
absoluto, una voluntad superior y omnipotente que alzó del se
pulcro la mano del muerto, sobre el vivo, soberbio y orgulloso!
Y al decir esto, Benedetto salió precipitadamente de la sala, de
jando al baron impresionado por la rápida mudanza que parecia
haberse operado en el espíritu de aquel hombre,
Benedetto salió de la casa del baron, montóá caballo y se dir
rigióá toda prisa hácia la ciudad; pero en vez de atravesar la
puerta continuó su camino estramuros y entró en la famosa via
Appia, y fuéá detenerse frente al circo de Caracalla, , , ,
Era de noche; la luna acababa de aparecer, lanzando los rayos
de su pálida éincierta luz en aquella inmensa escavacion circular
que se presentaba á los piés de Benedetto, y en la que una alma
timorata creia ver una procesion de fantasmas blancos, repitien
do entre los suspiros de la brisa los horrores que nos trae á la
memoria el nombre del famoso tirano ! . ... --

Benedetto, sin embargo, no prestaba la menor atencion á estas


ilusiones, y procuraba apenas distinguir allí la presencia de un
hombre á quien buscaba .. . . . . . .
Al poco rato apareció ese hombre embozado en una oscuraca
pa y seguido de otros dos que se alejaron rápidamente á una señal
misteriosa que les hizo, mientras él caminó en direccion á la
via Appia. . . . . …" , ... -
LA MANO DEL MUERTO, 155

Benedetto salióá su encuentro y le dijo:


–Pepino! -

—Escelentísimo! respondió este deteniéndose y mirando á su


alrededor hasta que distinguióá Benedetto.
—Y las instrucciones que te dí?
—Se han cumplido, señor!
—Veamos Qué hace Luigi Vampa ?
—Dominado por una pasion misteriosa que le arrebata, hace
ocho dias con sus noches que no parece én las catacumbas de San
Sebastian, donde habitualmente tenemos nuestro cuartel general.
Nuestros valientes murmuran de este abandono; muchos de ellos;
temerosos de que su jefe les haya traicionado, han huido. Yo, que
en ausencia de Vampa estoy á la cabeza de la cuadrilla, apenas
cuentó con ocho hombres, que están mas bien dispuestos áreti
rarse si Luigi Vampa no se deja ver en breve.
—Bravo! nurmuró enedetto. Y te has olvidado quizá de ro
bustecer las sospechas de tus salteadores contra Luigi Vampa?
—Al contrario. Ya lesindiqué la idea de hacer particiones...
pero las arcas están vacías, porque Vampa tuvo cuidado de
limpiarlas. •

—Eso no debe darte cuidado Pepino.


—Es verdad, escelentísimo, desde que ine habeis asegurado
miindependencia, respondió aquél.
—Y el buque ?
—Está fletado y pronto á la primerá señal.
–La tripulacion?
—Es de confianza y afrijo.
—El capitan?
—Oh! Escelentísimo; replicó Pepino suspirando, me habeis
dicho que el buque no deberia tener mas que el piloto para
dirigir la maniobra.
—Es verdad, replicó Benedetto: ejecuta pues con cuidado
lo que voy á decirté.
Pepifit hiz6 un gesto de afirmacion y Benedetto prosiguió
156 LA MANO DEL MUERTO.

—Despues de mañana á las cinco de la mañana, te embarcarás;


el buque me esperará hasta las seis. Abandona las catacumbas,
y tus subordinados busquen su vida...
–0h! escelentísimo, interrumpió Pepino al instante; si los co
nociéseis... acaso los utilizariais, porque todos son hombres de
gran esperiencia. Os advierto que este momento es el mas opor
tuno para ganarles su afecto.
—No os entiendo, dijo Benedetto con un aire imperioso.
—Quiero decir, que os digneis bajar conmigo á las catacum
bas donde ellos os esperan, en virtud de haber ofrecídoles y0
vuestra proteccion y apoyo,
—Eso es una locura! podrian sorprendernos...
—Mirad, señor, contestó Pepino señalando en direcciones
opuestas dos bultos que se distinguian á lo lejos por entre los mo
numentos de la via Appia, allí están las centinelas que no dejarán
aproximarse ánadie, ni al mismo Vampa si intentase volver.
—Y de qué me servirian tus hombres?
—Oh! son ocho; y estos ocho fueron escogidos por mí para
tripular el buque; entre ellos hay cuatro que fueron marinos y
conocen todos los puertos del Mediterráneo como yo los caminos
de Italia. Os acompañarán á todas partes; y cuando ya no necesi
teis de ellos ni de mí, arbolarémos bandera de corsarios en el
mar Negro y el Archipiélago, donde se hacen buenas ganancias.
—Veo que ereshombre inteligente, Pepino;—y despues de un
momento de silencio agregó: -

—Camina, que yo te sigo.


El bandido romano empezó á caminar delante de Benedetto,
dirigiéndose por un camino en declive que conducia á una aber
tura practicada en el terreno y á cuya entrada estaba apostado
un hombre de centinela.
Benedetto, siguiendo siempre al bandido, bajó una escalera
deteriorada que se encontraba en una oscurísima bóveda.
En el fondo de una galería brillaba un hachon resinoso, cuya
rojiza llama agitada por el viento, esparcia sus trémulos rayos
LA MANO DEL MUERTO. 157

en los muros del subterráneo: Benedetto se fijó en que habia en


estos muchas escavaciones que parecian hechas como para colo
car en cada una un féretro.
Al fin de la galería, habia una preciosa sala, sobre un altar de
granito estaba colocado el achon: frente el altar se veia una mesa
de mármol negro que parecia haber servido en otro tiempo de
descanso á los cajones de los bienaventurados que allí se deposi
taban, pero que entonces servia de tabernáculo al festin de algu
nos hombres en cuyas fisonomías enrojecidas por el reflejo de la
llama y por el vino se retrataba el sello de su vida criminal.
Estos hombres cantaban á la sazon en coro una cancion grose
ra, cuyasúltimas palabras eran: la vendetta, la vendetta, la ven
detta, repetidas con énfasis y entusiasmo. Pepino se detuvo, y
sonriéndose dijo en voz baja á su compañero: -

—Dejémosles concluir.—Juran vengarse de Vampa.


Despues se adelantó al centro del espacioso subterráneo, y sa
cando del cintouna pistola y un puñal, gritó:
—Amigos, levantaos: hé allí nuestro jefe! Preparémosle la bó
veda fuerte para demostrarle que puede estar seguro con noso
tros.
Los bandidos se callaron, levantándose con rapidez, y colocán
dose unos en frente de otros, alzaron los brazos armados de pis
tolas y puñales, formándose entre sí un camino por el que Pepi
no condujo áBenedetto.
Benedetto atravesó con firmeza bajo el terrible arco formado
de las pistolas y puñales de los salteadores; ceremonia bien cono
cida y que se produjo entonces por un simple instinto de aquellos
hombres que querian así atestiguar á su jefe el apoyo de sus bra
zos y de sus armas para défenderle la vida.
—Amigos, dijo Benedetto, volviéndose hácia los bandidos;
puesto que os fiais de mí,yo me fio de vosotros.
—Sí, sí; ordenad y obedecerémos.
—Luigi Vampa, acaba de traicionaros, y dentro de poco sereis
perseguidos aquí por la justicia; es pues necesario abandonar pa
158 LA MANO DEL MUERTO.
ra siempre este lugar. Pepino tiene ya mis instrucciones sobre
este punto; podeis seguirlo.
—Oh! y nuestra venganza? replicó uno de los bandidos; no
saldremos de aquí sin vengarnos de Vampa.
—Perded cuidado, contestó Benedetto; Vampa recibirá su cas
tigo; y la sentencia que vosotros pronuncieis contra él, seráeje
cutada por la policía de Roma, que ya está prevenida y se pre
para á sorprender al traidor.
De hoy en mas, vosotros sereis mi única familia, y yo me en
cargo de conduciros donde lo demandan vuestros intereses. Pepi
no, continuó Benedetto, dane una copa de vino, quiero beber con
estos valientes camaradas en cuyos pechos existen mas nobles
sentimientos que en los de muchos hombres que muestran sin re
celo su rostro á la claridad del sol.
Pepino presentó una copa llena de vinoáBenedetto, y todos los
salteadores se prepararon con entusiasmo á este brindis como una
alianza pavorosa. El hijo de Villefort lanzó un grito y elevó la
copa, vaciándola en seguida de un solo trago; los bandidos imita
ron su ejemplo. Concluido el brindis, Benedetto arrojó su copa
contra las paredes del subterráneo esclamando; ¡ea!nis amigos;
que sea esta vuestra despedida á las catacumbas de San Sebas
tián, á Roma y la Italia, puesto que un porvenir delicioso nos es
pera lejos de aquí. Queréis oro? lo poseereis con abundancia;
sangre? la vereis derramar sin misericordia; adelante! adelante!
que un genlo vengador me llama á las playas de Oriente, donde
prepara los allares para los sacrificios de una venganza justa y
despiadada.
los saleadores aplaudieron con feroz alegría las palabras de
Benedetto, y momentos despues se hallaban desiertas las cala
cúñbas de San Sebastián.
El hachon olvidado sobre el altar, ardió hasta consumirse, y
con el último y rápido resplandor momentáneo, pareció repetir
elblantriste ádios de los bandidos, al recinto que
prºfanado." - por lanto tiempo ha
vo
IA MIAN0 El MUIET0, 150

Benedetto buscó su caballo que habia dejado atado á uno de


los monumentos de la via Appia, y montando de un salto, se di
rigió al galope hácia Roma. -

—Corre! corre! murmuraba desapareciendo entre los monu


mentos como una sombra siniestra. Un demonio guia mis pasos,
me inspira y me favorece con su inteligencia maldita. Mañana
tendré en mis manos el oro de Luigi Vampa, el precio de muchas
lágrimas y angustias de sus víctimas, y elpremio de su cabeza
de bandido; y todo esto será empleado tambien en su obra de lá
grimas y de angustia... Edmundo Dantes, el triste ludibrio de tu
horrible venganza, de tupasion abominable, se presentará á tus
ojos despues de haberte hecho sentir los disgustosy aflicciones
que has derramado con tu mano poderosa en el pecho de mi des
graciado padre. No has sabido perdonar..., en vano solicitarás,
pues, que te perdone, Tuviste el orgullo de creerte imponente
como Dios, y tu orgulio se quebrará entre mis manos como un
juguete de vidrio entre las de un niño. Edmundo Dantes; el rayo
que rasga la nube y atraviesa el espacio, no respeta los edificios
elevados, sino que los hiere con mayor furia, ,, ,
Momentos despues, Benedetto se hallaba en las cercanías del
magnífico edificio de Flavio Vespasiano,
Apeóse y en seguida se encontró cercado de seis ú ocho de esos
industriosos sin industria que abundan en Roma al pié de los tem
plos, teatros, monumentos y ruinas, cuyo método de villa con
siste en repetirá los oidos del estranjero el orígen, fundacion y
destino de esos famosos restos de la antigüedad, que son, por de
cir así, el libro de los siglos, Uno de los ciceronis tomó la brida
del caballo, por ser quizá aprendiz en el oficio de enseñar, mien
tras sus compañeros rodeaban á Benedetto, diciéndole con toda
cortesanía.
—Escelentísimo, la noche es bellísima, p0deis seguirme, , ,
—Para qué? -
–Para ver el monumento de Flavio, el mas célebre de la
Italia y de toda la Europa, donde podian olgadamente acomº
18o LA MANO DEL MUERTo.

darse ochentá mil espectadores. Venid, os mostraré el de las fie


ras y os esplicaré con certidumbre las medidas que entonces se
adoptaban para impedir que aquellas se lanzasen contra los es
pectadores.
Benedetto respondió con un gesto de profundo desprecio á la
solicitud de los ciceronis, y pasó por entre ellos introduciéndose
en las famosas ruinas.

XX.

El Coliseo.
-e-Q--

Este célebre anfiteatro donde en otro tiempo el suplicio de los


cristianos servia de recreo á los romanos, parece tomar la deno
minacion que desde algunos siglos se le dá, de una estátua colo
sal de Neron colocada en él. Luego de concluida su construccion,
aquel vasto edificio, que tambien espresa el orgullo salvaje de los
antiguos romanos, tuvo sucesivamente tres diferentes denomina
ciones–La plaza de Flavio-Circo Romano—y Circo de Fieras.
Este último nombre duró poco, y hoy todos ellos han cedido
su lugar al sencillo de Coliseo, que trae su orígen de la palabra
Coloseo. -- -

Benedetto subió las escaleras que conducen á los restos de la


Tribuna Imperial, y de allí tendió su vista por el vasto anfiteatro,
como si su mirada pudiese vencer las sombras que la noche
esparcia á la manera del tiempo, en los restos de la pomparo
II).303.

En los sitios menos iluminados por la luna brillaban algunos


hachones en el centro de pequeñosgrupos de curiosos, á loscua
les un ciceroni esplicaba la construccion del fastuoso edificio en
ruinas. El hijo de Villefort bajó la escalera que lo habia condu-
cido á la Tribuna Imperial, y evitando el encuentro con aquellos
pequeños grupos de investigadores, caminó por el centro de las
LA MANO DEL MUERTO. 161

ruinas en direccion al llamado circo de fieras, que entonces pa


recia desierto: el ruido de pasos le hizo detenerse un instante, y
se 0cultó en la sombra de una de aquellas columnas gigantescas
que sostinen el famoso techo de los pórticos.
Poco despues, Benedetto vió aparecer un hombre envuelto en
una capa oscura, iluminado por uno de esos rayos tristes de la
luna. Ese hombre miraba la llama roja y trémula de uno de los
hachones de los ciceronis que brillaba ápoca distancia.
—Es ella! murmuró el desconocido, siempre con la mirada
inquieta, examinando los movimientos de la llama. Es ella!......
esa mujerá quien yo nopuedo olvidarni un momento. ¡Infeliz
de mí! arrastrado por este delirio loco ¿á dónde iré? Oh! Euge
nia... Eugenia... tú serás mial
—Es Vampa—se dijo Benedetto, en el momento en que el
bandido mirando inquieto en derredor de sí, dejó bañarse el ros
tro por los rayos de la luna, en la direccion en que Benedetto es
taba oculto.
La luz del hachon que brillaba en esta parte de las ruinas, em
pezó á aproximarse al circo de las fieras, y Vampa se estremeció
involuntariamente, dirigiéndose á la columna en que se habia ocul
tado Benedetto.
En este momento aparecieron á la entrada del circo dos mu
jeres precedidas por el incansable ciceroni, que estendió el brazo
con la tea, cuya luz agitada lanzó sus inciertos rayos á las pro
fundidades del circo; en que las dos mujeres procuraban hacer
penetrarsu curiosa mirada.
—Ved, dijo el ciceroni. Allí era el circo de las fieras donde
lanzaban sus gritos de rabia y de hambre, antes de ser conducidas
á la plaza; y donde despues se recogian hartas de carnicería, ba
ñadas en sangre y con la mirada rabiosa. Allá, continuó el cice
roni, designando un lugar iluminado por la luna, era la puerta por
donde entraban los condenados, para no volverá salir jamás.
Mas allá era la tribuna de los emperadores, donde ellos venian á
examinar la rabia de las fieras,y á escuchar con desprecio las
21
132 LA MANO DELMUERTO,

súplicas de los cristianos y de los esclavos destinados á los juegos


bélicos.
El ciceroni se calló, conservando el brazo elevado con la luz
mientras ellas apoyadas en el brazo una de la otra, se entregaban
á las sensaciones que les despertaban el lugar y las esplicaciones
dadas por el ciceroni.
–Luisa, dijo la mas jóven: tengo deseo de bajar al lugar en
que muchas víctimas temblaron en la agonía, bajo las garras de
esas fieras terribles del Asia y del Africa; quiero meditar allí so
bre aquel suelo regado por la sangre ypor las lágrimas de mu
chas mujeres que abrazaban por última vez á una hija, á una
amiga, queriendo así defenderlas de la saña de los monstruos.
Venid, Luisa... venid amiga mia...
El ciceroni lanzó una mirada investigadora é inteligente sobre
las dos mujeres y se conservó inmóvil, esperando que le hiciesen
alguna señal para bajar tambien; pero las dos amigas nada le dije
ron, y él, acostumbradoya á estos caprichos de los visitantes, se
contentó con alumbrar los escalones de la escaleracon el hachon;
despues arrimando éste á las piedras esperó con calma que ellas
volviesen, aprovechando su tiempo en pasar por los dedos de la
mano derecha las cuentas de un rosario, y en fumar un cigarro
con la izquierda.
Eugenia Danglars y Luisa d'Armilly llegaron al circo, en cu
ya estension paseó la primera su mirada enérgica, y la segunda
aquel trémulo y breve mirar que la caracterizaba fuera de la
OSCOI).3). -

—Amiga mia, dijo Eugenia, ¿tiemblas?¿Y por qué..., no ves


que estamos completamente solas?... Te contristan por ventura los
lúgubres recuerdos que este lugar despierta?... Reconozco que
hice mal en proponerte irreflexivamente esta visita al coliseo; yo
te juzgaba menos tímida! Oh! pues quien habia de comprender
que la sombra de la noche, y un monton de ruinas, tenian el po
der de amedrentar tu alma!... este silencio augusto y solemne,
estas Sombras majestuosas que producen las gigantescas colunas
LA MANO DEL MUERTO. 163

de todo este edificio que los siglos han contemplado siempre con
admiracion... los recuerdos que despiertan cada una de estas pie
dras, este suelo, teatro verdadero en que el despotismo y el su
frimiento tendian sus lazos horribles.,... todo esto lo comprende
perfectamente mi alma!... Oh! Luisa, si hubieses tú amado una
Vez como yo amo... si hubieses alguna vez consagrado tu pen
samiento áun ser que el destino encadenó por un capricho á nues
tro ser, y que hace por decirlo así, una parte esencial de noso
tros mismos. Oh! entonces tú amarias la sombra, el silencio y
el aislamiento!
Vampa escuchaba las palabras de Eugenia, Benedetto oia dis
tintamente los latidos violentos del corazon del salteador romano,
pues como ya dijimos, la columna en que Benedetto se habia ocul
tado, era la misma en que el famoso bandido se habia apoyado.
—Eugenia, dijo Luisa, yo comprendo bien lo que te inspira
este silencio, esta sombra y este aislamiento en que tu alma, libre
de otras imágenes, se entrega libremente á la contemplacion de
aquello que hoy mas de cerca la afecta..., yo que no sufro la mis
ma impresion de ese sentimiento escesivo que domina y absor
ve tupensamiento; yo, que no tengo la energía y la fuerza de tu
carácter, vacilo y tiemblo al oir la menor vibracion, y el aspec
to de cada una de esas piedras me asusta: pareciéndome ver ele
varse un lúgubre fantasma que nos lanza su mirada siniestra y
feroz, como la de las fieras,¿qué quieres?... soy tímida, soy dé
bil..., soy como todas las mujeres... y solo tengo una diferencia
de todas ellas; no amo.
Eugenia, sin escuchará su amiga, avanzaba triste y pensati
va por el circo. Luisa se vió obligada á seguirla.
—Eugenia, Eugenia! dijo repentinamente Luisa, agarrando con
su mano trémula el brazo de Eugenia.
—Alguna visionque te aflige, amigamia? preguntó Eugenia de
teniéndose.
—Oh! no... no es simple vision, respondió Luisa despues de
una breve pausa y esforzándose para hablar.
164 LA MANO DEL MUERTO.

–Tu mano está fria, dijo Eugenia, ¿tienes miedo?


—Quisiera no tenerlo, mas... no lo puedo vencer, replicó
Luisa. -

—Veamos: que te asusta?


–Mira, dijo Luisa casi sofocada, designándole una de las co
lumnas. Allí está un hombre.
–En dónde?
—Allí, en la cuarta columna, contando de la izquierda del
pórtico.
—No le veo.
—Se habrá ocultado tal vez. Oh! yo he distinguido allí la fi
gura de un hombre.
—Veamos; quizá unailusion, la sombra de una columna:
apuesto á que era un hombregigante!
—Eugenia, Eugenia... retirémonos!...
Luisa dando el brazo á Eugenia se disponia á volver hácia la
escalera para retirarse, pero retrocedió rápidamente dando un le
ve grito ahogado por el terror.
—¡Dios mio! murmuró Eugenia.
LuigiVampa estaba delante de las dos amigas.
Inmóvil como una estátua, el bandido se conservó con su mi
rada fina y penetrante, clavada en el rostro de Eugenia, y esa
mirada parecia decir mas de lo que los labios serian capaces de
espresar.
En fin, la situacion necesitaba algunas esplicaciones puesto que
Luigi Vampaparecia disputar el paso á las dos amigas. Asípues,
se sacó el sombrero dejando caer la capa y habló.
—Señora, bien os dije yo, que en las sombras y en el silenció
de la noche existia un hombre que sufriria una eternidad de tor
mentos por una simple palabra de vuestros labios. Buscásteis la
sombra y el silencio de la noche y... me encontrásteis. Ahora, de
beré esperar esa palabra, ópreveer un futuro de tormentos para
mi alma! Hablad. -

El susto de Luisa d'Armilly, le habia producido un lijero des


LA MANO DEL MUERTO. 165

mayo, como sucede á laspersonas nerviosas, y la pobre jóven


apoyada á una de las piedras de aquellas ruinas, con el rostro
0culto entre las manos, ni veia ni oia al salteador. Eugenia por
el contrario, lo veia y oia, no con temor, sino con una mezcla
inesplicable de miedo y de placer,porque ella acababa de reco
nocer en el hombre del coliseo, al misterioso espectador del tea
tro Argentino.
—Señor, murmuró ella, aprovecho únicamente esta ocasion
inesperada para agradeceros el obsequio que nos brindásteis en la
última representacion de Semiramis; quien quiera que seais,
creed en mi profundo reconocimiento.
—Y nada mas? pregunto Vampa con la voz demudada y el
gesto sombrío.
—Es cuanto debo deciros.
Eugenia retrocedió un pasopara despertaráLuisa; pero el sal
teador avanzó otro, y arrodillándose rápidamente le tomó la ma
no y dijo:
—Señora, señora! Oh! qué mal pagais el sentimiento profundo
que me habeis inspirado....!
—Olvidadlo! murmuró Eugenia queriendo retirar la mano de
los labios ardientes de Vampa, pero le faltaban las fuerzas para
el sacrificio.
—Oh! imposible.... imposible! continuó Vampa. Sabeis que
palabra fatal habeis pronunciado ahora?.... ¡Olvidaros! Oh!.....
no: no puedo.....
—Levantaos..... idos... dijo Eugenia; el impulso momentáneo
de ese sentimiento que me confesais,puede ser clasificado como
locura, si quisieseis prolongarlo.
—Al menos... una palabra sola de esperanza.
—Y qué derecho teneis para exijírmela? preguntó Eugenia.
—0s la suplico....!
—Señor..... esto no pasará de una de esas aventuras maravi
llosas de algunas novelas..... Espero que la rapidez del pensa
miento la deje olvidadaen estas sombras y en estas ruinas que nos
166 LA MANO DEL MUERTO.

cercan, donde sin duda habrán resonado ya palabras semejantes


á las vuestras, y que no serian repetidas fuera de este recinto.
Mañana os reireis de vos mismo..... pero no de mí.
—Ah! os comprendo dijo Vampa con una sonrisa mezclada en
amargura. Solo podriais creer en mis palabras, cuando os con
venciéseis de que el tiempo no las desmiente!
—Bien lo veis.... replicó Eugenia; ni siquiera os conozco.
A estas palabras el salteador se levantó y su fisonomía se cu
brió de una espesa nube de tristeza. Su mirada ardiente y apa
sionada se clavó fijamente en el rostro de Eugenia.
—Teneis razon!... pero no me impedireis que os siga á todas
partes!
Diciendo esto levantó la capa, se envolvió en ella, y desa
pareció por entre las ruinas. Benedetto, que habia presenciado
esta escena, salió tambien de su escondrijo, y siguió las pisadas de
Vampa, murmurando:—voy haciendo progresos en mi estudio
arqueológico; reconozco que el Coliseo es el lugar seguro de en
cuentros amorosos; y tan cierto, que los interesados ya no tie
nen necesidad de designarlo: apuntaremos este descubrimiento
bajo la clasificacion de costumbres romanas.—Característico del
Coliseo. -

—Amiga mia! mi Luisa... dijo Eugenia moviendo el cuerpo de


su amiga.
—Ah! el susto me ha helado, murmuróella momentos despues.
—Te aseguro que fuiste víctima de un terror espantoso.
-¿Y el hombre? preguntó Luisa muytrémula.
-¿Cuál? replicó Eugenia, bien lo ves... aquí no hay hombres,
hay únicamente noche, sombras, aislamiento. Vamos.
Las dos amigas subieron la escalera en donde las esperaba el
fiel cicerone, que se levantó para recibirlas con una sonrisa en
cantadora que le granjeó de la mano de Eugenia, el doble de la
paga estipulada para la esplicacion del monumento de Flavio
Vespasiano.
Benedetto apresuró el paso, y alcanzó en breve áLuigi Vampa.
LA MANO DE, MUERTO, 187

-Ah! ya me cansaba de esperar! dijo Benedetto con estudiado


enojo. Y en verdad creia que hubiérais ido primero á cumplir al
guna entrevista amorosa!
—Disculpadme, murmuróVampa.Vagaba entre las ruinas y
0s habeis desencontrado conmigo; eso es todo.
—Pero me parece que no teniais mucha prisa de este en
cuentrO. -

—Por el contrario. Lo esperaba con interés, pues creo que


habeis convenido conmigo en darme los esclarecimientos necesa
rios.....
—Vamos, voy á darlos. Recibí de vuestra mano ocho mil
piastras para comprar con ellas el buen humor de aquel bribonazo
baron Danglars; el hombre recibió el dinero, y os ha de recibir
con toda delicadeza ocultando vuestro verdadero nombre. Ahora
podeis presentaros en casa de vuestro antiguo huésped de las ca
tacumbas. Eugenia, su hija, debe visitarlo mañana.
El salteador se estremeció de placer oyendo estasúltimas pa
labras.
Benedetto continuó:

—Estamos, pues, de acuerdo. Efectuareis el rapto de Euge


nia, y le propondreis el rescate proporcionado al capital que le
suponemos. Despues haremos cuentas, capitan Vampa.
-Muy bien, dijo el salteador reflexionando un momento, du
rante el cual Benedetto no perdió uno solo de sus movimientos.
-Muy bien: voy á partir á casa del baron, y entretanto es
necesario dar algunas órdenes á Pepino, lo que solo podrá serhe
cho por persona de confianza. Quereis desempeñar esta comi
sion? -

-Sin duda.¿Dónde encontraré á Pepino?


—En las catacumbas de san Sebastian, replicó el salteador.
Ya no debo tener secretos con vos. Sabed, pues, que siguiendo
á lo largo de la via Appia, encontrareis ávuestra izquierda la es
cavacion profunda del circo de Caracalla; ahívereis una senda
tortuosa que desciende por entre la roca; al principiar esa sen
168 LA MANO DEL MUERTO.

da, sobre vuestra derecha, está la entrada misteriosa de las ca


tacumbas.
—Pero allí habrá probablemente algun centinela que me estor
be el paso.
—Le dareis una señaly pasareis adelante.
—Dádmela.
—Al sus comodo! respondió Vampa.
—¿Y las instrucciones para Pepino?
—Aquí están.
Y le entregó un papel manuscrito.
—Contad con mi celo. .

Benedetto se retiró rápidamente, y salió del Coliseo, mientras


que Vampa le seguia con una mirada siniestra murmurando:
—Ve, que no volverás! mi secreto quedará sepultado contigo.

XXI.

Comedia.
--------

Bien podrá presumir el lector que Benedetto no se dirigióá las


catacumbas de san Sebastian, á pesar de la recomendacion de
LuigiVampa; y sin embargo, Vampa, el famosó salteador que
desde muchos años asolaba los alrededores de Roma, ese famoso
salteador, protegido misteriosamente por las autoridades civiles,
este hombre de una tan vasta cuanto fatal inteligencia, creyó cie
gamente que susplanes estaban de tal modo combinados, que po
dria lograr impunemente sus deseos, mientras que Benedetto mo
riria á manos de los bandidos á la entrada de lascatacumbas ape
nas saliese de sus labios la falsa seña que le habia dado.
Vampa estaba dominado por el delirio de esa pasion que lo ar
rebataba. Su sangre enardecida por la fiebre, le ofuscaba la ra
zon; su mirar inflamado no veia ni conocia ya á los hombres y á
las cosas con aquella perspicacia superior que le caracterizaba
LA MANO DEL MUERTO. 169

antes de ahora. El delirio del bandido se asemejaba mucho al de


lirio fatal que precede á la muerte y que poco á poco se estingue
dejando al hombre en un entorpecimiento brutal, sin dolor ni su
frimiento, y durante el cual se opera la separacion eterna entre el
alma y el cuerpo!
Benedetto,por el contrario, sin la menorpasion que le aluci
nase, combinaba en perfecta calma sus ideas, calculaba con fir
meza el punto hasta donde deberia avanzar, sin peligro de caer
en Scila por huir de Caribdis; esto es, sin concluir á manos de
Vampa, ó descubrirse á los ojos de la justicia.
De uno de estos peligros se habia salvado ya. Vampa, contan
do con que lo asesinasen en el momento de presentarse á la entra
da de las catacumbas, no pensó mas en Benedetto; y Benedetto,
que habia de antemano visitado al intendente de policía, nada te
mia por esta parte.
Vampa salió pues del Coliseo, media hora despues que las ac
trices, y bien embozado en su capa, dirigióse á la posada de Lon
dres en la via del Corso.
Buscóá maese Pastrini, que lo recibió misteriosamente en el
pequeño cuarto que le servia de escritorio.
—Ah! signor Luigil esclamó aquél: cuanto tiempo hace que no
tengo la honra de veros—Che cosa?
—Un carruaje con todo lo necesario para ser perfectamente
servido, respondió Vampa.
—0h! creo que el último que os ha servido, llenó todos vues
tros deseos signor Luigi, aunque hace mucho tiempo, todavía me
ácuerdo: el carruaje salió de aquí conduciendo un francés que
llevaba en su cartera una suma enorme, recibida de la casa
Thompson y French, haria media hora. El carruaje siguió veloz
mente hasta las cercanías de Aquapendente, donde mudó caba
llos; volvió despues por otro camino én direccion de Roma y fué
á dar al camino de...
—¿Al camino de que....? preguntó rápidamente Vampa, que
habia escuchado todo esto con inquietud.
22
10 LA MANO DEL MUERTO.
—Ah!... este es secreto que os pertenece y que el postillon no
revela de miedo de su pellejo, respondió Pastrini.
—Muy bien, maese Pastrini... mejor es que no lleveis vues
tra curiosidad hasta el punto de querer conocer cosas que no os
interesan.
—Sangre de Cristo! esclamó Pastrini; decís una verdad como
un puño, signor Luigi. -

–Preparadme, pues, un carruaje como ese de que me habeis


hablado, y un postillon tan inteligente como el que condujo al
francés á su palacio.
—Carruaje y postillon pueden ser los mismos.
—Esoseria mejor.
—Para cuando lo necesitais?
—En el instante.
—¡Oh! andais muy de prisa, signor Luigi.
—0s he dicho que en el momento, repitióimperiosamente Vampa.
—Pero me dareis sin embargo tiempo para deciros dos pala
bras sobre este negocio porque lo creo muy urgente.
—Hablad!
—En primer lugar, dijo maese Pasriiii, sabed que vuestro te
miente Pepino no ha parecido por aquí.
—Habria faltado á mis órdenes si abandonase ni un momento
nuestro cuartel general, respondió con enojo Vampa.
—Ahora bien: aunque no apareciese Pepino, he recibido un
importante aviso confidencial de un agente particular de la casa
de Thompson y French, que como sabeis, toma mucho interés en
vuestra seguridad.
—Tal vez! murmuróVampa.—Muchas veces hice retornar á
sus cajas, con un pequeño lucro, los capitales que sus recomenda
dos venían á estraerle aquí. La casa Thompson y French no
pierde conmigo.
—Es, pues, el caso, continuó Pastrini, que el agente particu
lar de que os hablé, ha venido ayer en busca de Pepino para no
ticiarle que un desconocido natural de Fráncia se había presenta
LA MANO DEL MUERTO 171

do al intendente de policía para recibir el precio enorme ofrecido


por vuestra cabeza... Estad pues alerta.
—¡Hola! ¿y ese hombre habrá conseguido ya mi cabeza? pre
guntó Vampa con toda sangre fria,
—Espera, sin embargo, conseguirla; porque ya pidió auxilio
de fuerza armada, prometiendo guiarla él mismo ávuestro en
CuentrO.

—En qué punto?preguntó Vampa.


—Ahí está el secreto del traidor.
—¿Y su nombre...?
—El solo y la policía lo saben.
—Y cuando debe efectuarse la empresa?
—Prontamente, signor Luigi,y así debeis no descuidaros, Mi
rad que la cabeza no es cosa que se debe perder como un puña
do de piastras.
Vampa soltó una carcajada estridente cuyo valor no compren
dió Fastrini,
—Ah! el traidor ya habrá recibido á la fecha el premio, es
clamó Vampa. Vamos, maese; os.he dicho que queria un buen
carruaje y un postillon inteligente. -

–Pero, y lo que os he dicho?... preguntó asustado Pastrini.


—Nada temo.
—¡Como
—Pastrini, gritóVampa: sois curioso en demasía, yesto es muy
malo, porque me desagrada.
Pastrini murmuró una disculpa, giró sobre sus talones, salien
do inmediatamente de su pequeño escritorio, donde el saleador
romano quedó esperando la llegada del carruaje.
Media hora despues, Vampa dejaba la posada de Londres, y
subia á un carruaje de magníficos caballos, mientras Pastrini de
cia al postillon ámedia voz.
—Afuera de las barreras, con paso lento; su escelencia os dirá
lo demás.
Y en seguida se retiró.
172 LA MANO DEL MUERTO.

El postillon castigó los caballos, y el carruaje rodó á lo largo


de la via del Corso. -

Eran las nuevey media de la noche.


A las diez habia dejado atrás las murallas de Roma, que que
daban ya á alguna distancia: el postillon se encontró frente á tres
caminos que conducian á diversos rumbos, y así sujetó los caba
llos esperando las órdenes del viajero.
Vampa sacó la cabeza por la ventanilla y le dijo:
—Por el camino de Aquapendente.
El carruaje volvióá rodar con duplicada velocidad.
Mientras Luigi Vampa se dirigia á las cercanías de la pequeña
ciudadela, el baron Danglars, seguido de un criado que tenia en
la mano un candelero con una vela encendida, acababa de pasar
revista ásu nueva propiedad desde las bodegas hasta los techos.
El baron habia ordenado hacer una limpieza general en el edifi
cio en la inteligencia de recibir al siguiente dia á la señorita Euge
nia y á su amiga d'Armilly. Por esto examinaba escrupulosamen
te el trabajo de sus dos criados; de que sin embargo se mostraba
poco satisfecho.
—Vamos! dijo él entrando á la sala tapizada de raso y sentán
dose álo banquero en un enorme sillon de madera dorada con re
lieves y forrado de terciopelo punzó, mueble que por su gusto y
estado de vejez, indicaba su orígen remoto: vamos, debo declara
ros que mis órdenes fueron ejecutadas, pero mal ejecutadas!
–Hicimos cuanto era posible, escelentísimo, respondió el
criado; pero por muy limpias que estén estas salas siempre han de
parecer enpolvadas por el triste aspecto de los muebles viejos y
de las paredes llenas de figurones! Si todo esto se hubiese muda
do como las cortinas de las ventanas, veriais como lucian estas
salas.
—Sois un ignorante, gritó el baron; de otro modo dariais su.
verdadero valor á estos antiquísimos muebles, únicos restos del
esplendor de alguna ilustre familia romana. En cuanto á las pa
redes, imbécil!os diré que presentan un magnífico cuadro de to
LA MANO DEL MDERTO. 119
da la mitología. Sabeis por ventura lo que es mitología? nó; pues
bien, sabed que la mitología es una estupenda cosa.
— jAh! Vuecelencia tiene muy profundos conocimientos, repu
so el criado, y por eso no me admiro de que aprecieis tanto es
tos restos de la antigüedad.
—Oh! no será difícil que ellos remonten á la época de Alejan
dro VI. Ya veis entonces que estos muebles, estas sillas, donde
quizá se habrá sentado alguna vez.... un Spada, por ejemplo, un
descendiente de esa familia de príncipes, cuya riqueza se ha hecho
proverbial por largos años en Roma, estas sillas son de inaprecia
ble valor. Ah! se han ennegrecido sus dorados? su terciopelo se
ha gastado?... Mejor; eso aumenta su mérito.
Vamos, solo me falla saber si habeis cumplido mi encargo re
ferente á una mujer de regular edad que pueda servir de criada
en el cuarto de mi hija, durante los dias que permanezca aquí.
—Ya ha venido, escelentísimo. Es una escelente mujer de la
villa próxima; os respondo de ella como de mí mismo.
—Está bien: á lo menos, no teneis el defecto de ser olvidadizo.
—Me esfuerzo en complaceros.
—Alúmbrame: la cena debe estar en la mesa.
—Iba á preveniros eso mismo.
—Vamos, pues.
—El baron, siguiendo al criado que le alumbraba el camino,
salió de la sala, y atravesando un pequeño pasillo, entró en el co
medor donde lo esperaba otro criado cerca del aparador.
La cena estaba en la mesa.
El baron tomó asiento frente al único servicio de mesa, y diri-
jió á su alrededor una mirada satisfecha acompañada de un pro
fundo suspiro. ¡Ea Danglars!... se dijo dentro de sí mismo, estás
solo; pero estás bien y podrás mejorar de posicion en poco tiem
po. Decididamente existe algo de bueno en él mundo, á cuya in
fluencia yo debo grandes beneficios. Creí por un instante que ese
algo fuese mi mujer para darme así el desquite del tiempo que
fué mala; pero ya pasó la ilusion.., y ahora juzgo que...
17 LA MANO DEL MUERT0.
El agudo sonido de la campanilla del porton del jardin, inter
rumpió bruscamente el raciocinio del baron. Los criados hicieron
un movimiento; pero se detuvieron mirando indecisos al ilustre
banquero retirado. -

Antes que pudiera decir una palabra, el sonido se repitió se


gunda vez con tal violencia, que todos creyeron que la campani
la habia sido arrancada de las barras de hierro de la puerta.
—Y bien: ¿qué es esto? esclamó el baron levantándose y vol
viéndose á sentar con un solo movimiento, " .

—llaman... dijeron los criados. -

—Llaman, repitió el haron, y llaman de tal modo, que harian


huir las sombras de Leteo. Y vuelyen á la carga por tercera vez
sin la menor ceremonia. Ah! corred en el acto, imbéciles! conti
nuó el baron como asaltado de súbito por alguna idea nueva. Ma
ñana os pondréá todos en la calle. Están llamando hace una hos
ra, y aun permaneceis ahí como estátuas! ¡Ah! ¿no sabeis que es
sin duda mi hija la señorita Danglars, que aprovechó la belleza
de la noche para desperar mañana en mi casa?Oh! qué sorpresa
tan agradable! ¡Ea! ligero; dos cubiertos mas para la mesa; en
cended las velas de aquel candelabro, aproximad sillas, Oh! yo
le probaré que el corazon de un padre es cariñoso siempre para
con su hija única!
El baron se paseaba agitado por el comedor, y examinaba el
modo como el criado ejecutaba sus órdenes.
Entretanto se oyó el crujido de la puerta del jardin y el rodar
de un carruaje que se detuvo al pié de la escalera que conducia á
la sala de los tapices de raso. Danglars dió algunos pasos hácia
ella á tiempo que se encontró con el criado que regresaba.
—Quién es?
—Escelentísimo, es un caballero que se presenta como perso
na de toda vuestra intimidad, y que mandó inmediatamente en
trar el carruaje al jardin apenas abrí la puerta.
—Un caballero! dijo el baron: al menos espero que os habrá
dicho su nombre?
LA MANO DEL MUERTO, 15
–No escelentísino.
—Miserable! nunca pasareis de un críado de aldeal esto es im
perdonable.... Ah! es raro: un caballero que se dice de toda mi
intimidad!.... Sin embargo... tráiganme un traje mas decente que
este:... ¡pronto! Hacedle subir... poned luces en la sala!... ¡Cáfila
de pícaros!.... yo os enseñaré vuestro deber.....
Y al decir esto, Danglars se habia sacado ya una manga de su
ropon, y estaba á punto de desnudarse de la otra, cuando el ca
ballero en cuestion se dejó ver súbitamente á la puerta del co
medor, diciendo con ironía: " . "

—Despacio... despacio, señor baron; el hábito no hace el monje.


—¡Ah! esclamó Danglars, retrocediendo y cambiando repenti
namente de color, mientras hasta se olvidaba de vestir su nuevo
traje ó desnudarse totalmente del que aun tenia.
El recien llegado se sonrió, y adelantándose con toda confianza
se sentó á la mesa frente al nuevo servicio colocado. El baron
apenas podia tenerse en pié, y retrocedió aun mas para buscar
apoyo en la pared.
—Señor Danglars, dijo aquél: tomad una resolucion definitiva;
esto es; vestid vuestro ropon del que parece os habeis olvidado:
es necesario que deis algunas órdenes á los criados, y espero que
no se las hareis esperar, fuera de que, de otro modo, tendremos
el disgusto de tomar la cena fria.
—Es verdad... tendremos ese disgusto, repitió el baron, con
la voz semi-cortada en la garganta.
-Señor baron, dad las órdenes convenientes!.... teneis todo
el aspecto de un imbécil? -" ,

—Sí; señor..... es decir... que yo debo ordenar algo?.... no


comprendo bien. -

—Oh!mandad guardar mi carruaje; teneis una pequeña cochera


al lado del jardin... Vaya... no quiero que se resfrien mis caballos.
—Así, pues... vos conoceis bien esta casa, no es verdad?
preguntó el baron estupefacto, mirando con asustados ojos al re
cien llegado. -
176 LA MANO DEL MUERTO.

-Creo que sí, señor baron. Pero estais perdiendo tiempo sin
necesidad alguna. La cena se enfria, y si no os resolveis á dar
vuestras órdenes, iré yo mismo. -

—Acomodad el carruaje y los caballos de.....


—Ah! eso basta! Oyes? continuó el huésped dirigiéndose al
criado que iba á salir: que vuelva el postillon á cenar contigo;
despues dale una linterna y algun cobertor para cubrirse mien
tras duerme.
Yvolviéndose al otro criado, le dijo:
—Puedes retirarte... el señor baron nada necesita.....
El criado viendo que el baron no le contradecia, se inclinó y
salió.
Ambos quedaron solos.
-Yo me persuado, dijo Danglars con visible esfuerzo, quenonos
comprendemos bien; sin duda que vos estais sufriendo un engaño.
–Puede ser..... ¿Y en qué?
—Me parece que..... en todo.
—Al contrario;yo soy el que no os entiendo, mi querido; pe
ro cenemos entretanto, pues os confieso que lo necesito.
El baron hubiera de buen grado dejado de cenar sin el menor
disgusto: pero era necesario aparecer con energía; así pues, ca
minando arrimado á la pared, se sentó á la mesa, dejando entre
síy su imprevisto compañero un cubierto y una silla.
—Por lo que veo ó no contabais solamente conmigo, ó creiais
que viniese acompañado.....
—A deciros la verdad, yo no esperaba una cosa, ni contaba
con la otra; esto es, creia que esta noche cenaria solo.
—Yved ahí que á míse me ocurrió lo contrario por el placer
que tengode viajarde noche.
—Y está efectivamente bella! aunque algo calorosa..... ¿no es
verdad? preguntó el baron, enjugando con el pañuelo el sudor de
su frente.
—Ah! señor baron... mirad que habeispuesto vuestro pañuelo
en el plato en vez de guardarlo en el bolsillo.
La No Diummo. 177

El baron se puso como una grana, y se apresuróá guardarlo.


–Hace mucho tiempo que nonos veíamos, señor Danglars; se
gun recuerdo, desde aquella noche en que tuve el placer de hos
pedaros en mipequeño palacio. -

—Bello palacio; por vida mial murmuró el baron. Estos mal


ditos salteadores romanos tienen la manía de llamar palacios á
las cuevas en que se esconden.
–Sufristeis allíaquel ligero chasco que os jugó el conde de
Monte-Cristo; pero al fin debeis confesar que os presenté una bue
na cena,señor baron. Ah! ¿pero qué vale el pasado que no tiene
remedio? El porvenir no nos pertenece... tratemospues del pre
sente que es nuestro.Yo deseo que mi cama esta noche sea en
VueStro cuarto.

Pero esta vez el baron sintió erizársele los cabellos en su ca


beza y correrle un frio escesivo á lo largo de la espina dorsal.
—Vuestra cama! esclamó él. Vuestra cama!....
—Y bien, que hay en eso de estraño, mi querido? Será cos
tumbre no dormir en vuestra casa?
—Es costumbre, sí señor; pero lo quenoes costumbre.… es...
—¿Es qué? -

—Todo aquello que fuere estraordinario, respondió al fin el


baron arrojando con despecho el tenedor y el cuchillo sobre el
plato. -

–Convenido, dijo Vampa: pero debiais esperar que yo dur


miese envuestra casa, señor baron.
—Yo... nunca! respondió él sonriéndose.
—Vaya! mi querido señor Danglars; os comprendo admira
blemente. •

–Vos!
–Como lo oís! replicó Vampa; yo os entiendo y sabré"desva
necer vuestros escrúpulos. Ahora no seria malo que nos recojié
semos... teniendo como tenemos necesidad de descansar.
—Ah! Matadme de una vez! esclamó Danglars levantándose to-,
dotrémulo. Matadme.... pero creed que no hallareis en mi casa
- 23
178 LA MANo bEL MUERro.
una cantidad igualá aquella que yame robasteis en vuestra cueva.
—¿Qué es eso? señor baron, estais en un crasísimo error, dijo
Vampa, levantándose tambien. Ya os olvidasteis de lo que se os
ha entregado.....
—¡Y bien... continuad! ¿Qué nueva idea será la vuestra?
—Ah! teneis poca memoria, señor baron, y voyá recordaros lo
que sucedió. Vino aquí un hombre compatriota vuestro, llamado
Benedetto. Este hombre despues de hablar con vos algun tiem
p0 tuvo la honra de pasar á vuestras manos alguna cosa de gran
valor. No sé si papel ó metálico: tal vez ambas cosas.
—¿Y despues? preguntó el baron, cambiando alternativamen
te de color.

—¿Despues?... ¡Diablo! que olvidadizo sois, señor Danglars.


El hombre de que os hablo, aquel amable Benedetto, os habló de
mí..... y vedme aquí. -

—Pero, al cabo... dijo el baron;¿qué hay en esto de comun


entre vos y Benedetto?
—¡Pisch! Nada.... respondióVampa desdeñosamente.
—¡Qué quereis, pues, de mí!
—El cumplimiento de vuestro compromiso.
—-Y en qué compromiso he convenidoyo?....
—Acabemos de una vez, señor baron, dijo Vampa que empe.
zaba áimpacientarse. Habeis quizá creido poco el dinero que se
os ha dadoy reflexionásteis sin duda, que mi vista podria propor
cionaros mas; yo no hago cuestion de semejante bagatela, porque
nunca fuí banquero como vos. Tomad, pues, mi bolsillo, señor
Danglars, pero sed discreto. ,

Luigi Vampa arrojó entonces aquél sobre la mesa, y enfrente


del baron que cada vezparecia mas admirado.
–¡Eh! continuó el salteador, viendo que el baron dudaba aun.
Os aseguro que contiene tal vez el doble de la cantidad que ya
habeis recibido. Es el bolsillo de un bandido romano, agregó
con orgullo salvaje, derramando el oro á la vista de Danglars.
–¿Estamos ahora de acuerdo? "
\ Tan el e. V abuele \overa.

Es que os matar e T espondi 0 Benedella presen


tando un puñal sobre el pecho de la Baronesa
LA MANO DEL MUERTO. 170

—Qué quereis entonces... señor Vampa?


—Una bien sencilla cosa: hospedaje por hoy y mañana. El ba
ron se estremeció, pero sus manos estaban ya en contacto con el
oro del bandido, y la influencia de aquel metal calmó totalmente
el espíritu agitado de Danglars. -

–Que el diablo me lleve si entiendo ni jota de todo este enre


do, pensó el baron guardando el dinero. Mie haré cuenta sin em
bargo de que esta noche fuí á la comedia de París, y que no he
visto mas que el segundo acto, quedando por consiguiente en
ayunas respecto al principio de su argumento.
—Estoyá vuestras órdenes, señor Vampa, agregó en alta voz,
acompañando suspalabras con la mas amable sonrisa.
—Yo espero las vuestras, señor baron, le replicó Luigi.
—Tendré el placer de cederos mi misma cama, y yo me arre
glaré sobre un antiquísimo sofá que tengo ahí en mi cuarto, y
donde acostumbro dormir durante el dia.

—¡Oh! vais á incomodaros así....


—Al contrario,señor: me acostaré mas tarde.... puesto que
tengo que escribir algunas cartaspara Francia. -

El baron llamó á sus criados; mandó poner luz en el cuarto y


preparar la cama. Poco despues él y Vampa dejaron el comedor
para retirarse á dormir.
Vampa no se desnudó, se envolvió en la ropa de lacama y veló
toda la noche espiando los pasos del baron, que estaba sentado
revolviendo varios papeles, y muy entretenido en escribiruna
Carta.

Luego que la hubo concluido, se recostó en la silla, y meditó,


—Esta visita original de Vampa, trastorna el placer que me
prometiagozar mañana. Pero al cabo... cuatro mil piastras valen
la pena de un sacrificio... y Eugenia prevenida por esta carta,
de que un pequeño negocio me llama léjos de aquí.... demorará
su visita para cualquier otro dia.
—¡Ah! continuó, creo que ahora he adivinado el primer acto
de la comedia. Las autoridades romanas, cansadas de tolerar las
180 LA MANO DEL MUERTO.

fechorías de Vampa, le seguirán la pista, y el famoso bandido,


obligado á ocultarse.... hé aquí que busca un asilo en mi casa ..
Vamos... no he cobrado muy caro el hospedaje de un salteador
temible.... de un salteador á cuya cabeza se ha puesto un precio
considerable! Decididamente, Danglars, la fortuna te proteje.

XXil.

La comedia se complica
-wwwnvwº

Al amanecer del dia siguiente, uno de los criados del baron


atravesaba el jardin de la quinta, con el objeto de cumplir una
órden de aquél, á tiempo que la voz de Luigi Vampa le detuvo
diciéndole:
—¡Hola! podeis hacerme un pequeño servicio?
—El que gusteis, escelencia.
—A lo que parece vais á pasar al lado de la cochera, golpead
con fuerza hasta que logreis despertará ese tunante de postillon,
que todavía duerme á pierna suelta, y le entregaréis ese dinero
para que pueda halagar su estómago en cualquier ventorrillo.
—Está bien, escelencia. " ,

El criado partiódespues de haber recibido una pequeña mone


da de plata. Vampa subió la escalera y entró en la sala tapizada
de raso, donde encontró al baron que lo buscaba.
—No puedo soportar la mañana en cama, dijo Vampa. La bri
sa de la mañana me sienta muy bien.
—Exactamente como yo, señor Vampa. Apenas luce la aurora,
me levanto. -

—Es sin embargo una costumbre impropia de un millonario.


—Oh! es que yo ya no tengo millones, señor Vampa, dijo
suspirando el baron.
Mientras tanto el criado golpeaba desaforadamente la puerta
LA MANO DEL MUERTO. 181 .

cochera, y cinco minutos despues el postillon, despertando sobre


saltado corrió á abrirla.
—¿Qué se os ofrece? preguntó.
—Vuestro patron os envia este dinero, amigo, para que ahu
yenteis el frio de la mañana.
El postillon recibió el dinero, y se sonrió picarescamente, lan
zándole una mirada inquieta, que lo media de piés á cabeza.
—Esperaos, compañero, dijo él abrochándose su capote, y po
niéndose el sombrero. Ya que sois el portador desearia ofreceros
una parte de mi almuerzo.
—Gracias ... tengo mucha prisa.
—Bobería... Los patrones siempre hacen esa recomendacion;
pero nosotros debemos calcular el tiempo de modo que nos que
de algo libre para echar un trago. Venid conmigo
—Gracias, gracias... ya os dije que no puedo.
-A donde vais pues? Cuando menos llevais alguna carta.
—Lo habeis acertado; voyá la ciudad.... que es un buen viaje.
—¿Vais ápié? -

-Sí; y tengo cuatro horas para llegar allá, aunque quizá no


me sea necesario irprecisamente hasta Roma.
—V por qué?
—Porque puedo encontrar en el camino á la persona para quien
va dirigida esta carta del baron.
—Carísimo; ved como habeis hecho bien en ser franco, por
que asíyo puedo seros mas útil de lo que creeis.
–Como? - -

-Yo tengo que salir á la ciudad; y en este caso, como mis ca


ballos andan mas que las piernas de cualquier cochero, tendré
mos sobrado tiempo para remojar el gaznate; despues subís á la
trasera del carruaje y haceis el camino águsto.
–He ahíun razonable arreglo, que os agradezco.
–Pues entonces, ancha vida....! gritó el postillon, tomándolo
del brazo y corriendo con él hácia una pequeña venta que queda
ba á corta distancia.
182 - LA MANO DEL MUERTO.

Las horas pasaban en tanto. A las siete el baron Danglars al


morzaba con la mejor voluntad en compañía de Vampa, cuando
entrambos vieron por la ventana que habia frente á la mesa, que
entraba al jardin un carruaje que, como el de Vampa en la noche
anterior, fué á detenerse al pié de la escalera que conducia á la
sala tapizada. -

El baron se estremeció, y Vampa conservó su fisonomía im


pasible, limitándose únicamente á decir:
—¿Esperais alguna visita, baron?
—Yo....? ¡Ah! os aseguro que..... ¿mas qué será? No puedo
adivinar. -

—Ahíviene vuestro criado... que os sacará de la duda.


—En efecto... pero¿cómo esposible....? yo no debia esperar...
—La señorita Eugenia Danglars y la señorita Luisa d” Armi
lly, dijo el criado abriendo la puerta.
—¡Cómo! esclamó el baron, cual si un rayo hubiera caido á
sus piés.
—¿Si no me engaño la señorita Danglars será hija vuestra?
—Es... sí..... es decir..... no hay duda ... ¡Oh! vaya un
lance diabólico, agregó el baron entre sí. Señor, estoy pensando
que acaso no tengais por conveniente dejaros ver. ... y en este
caso permitidme que....
—¡Al contrario, señor! tendré el mayor placer en presentar
mis cumplimientos á la señorita langlars.
–Pero...yvuestro nombre? dijo el baron en voz baja ytemblan
do como un azogado Vuestro nombre es tan conocido!... ¡Ah! se
me ocurre una idea. ... adoptadpor el momento un nombre supuesto.
Vampa se sonrió respondiendo:
—Convenido, señor baron; dádmelo vos mismo.
—El de una familia ilustre ... por ejemplo.... un Spada!
—¡Seal contestóVampa, cuya fisonomía se oscureció súbita
mente. -

—Así todo se arreglará, continuó el baron preparándose á Sa


lir y haciendo señal áVampa, que se quedó sentado.
LA MANO DEL MUERTO. 183

La señorita Danglars y su amiga Luisa esperaban en la sala de


la tapicería y examinaban con curiosidad los antiguos muebles
que decoraban su sombrío recinto.
—Amiga mia, dijo la primera, te pronostico un agradable dia:
mi padre esun bon vivanl y nos hará reir mucho con sus origi
nalesideas. Conozco que este dia me hará un gran bien, y por
eso me he apresurado. -

Apenas habia concluido estas palabras, cuando el baron se pre


sentó en la sala. La fisonomía de Danglars, si bien espresaba el
mas completo regocijo, tenia un no se qué de sobresalto éin
quietud, que no escapó á los ojos de Luisa. Eugenia corrióá be
sarle la mano,y aquella le saludó con amable cortesía.
—Ved, padre mio, le dijo Eugenia; ved como os pago sin de
mora vuestra visita; y no creais que es únicamente por mera
etiqueta.....
El baron iba á responder; pero como si le asaltase una nueva
idea, preguntó:
—¿No habeis recibido una carta mia?
—¡Una carta! no, en verdad, padre mio.
—Pues yo os la habia escrito y enviado! reflexionó el baron.
Ah! felizmente el conductor se desencontró con vuestro carruaje.
—¿Cuál era el objeto de la carta ? -

–No vale la pena..... dejemos eso... ... os daba únicamente un


consejo. .

—¿Un consejo? Losvuestros siempre los recibo y cumplo con


gusto. " ". " " , ,

—Gracias, hija mial esclamó el baron abrazándola. Ah!señori


ta d'Armilly... qué os parece mi pequeña casa.?Todo lo que
veis lo he comprado en malísimo estado, como podeis observarlo...
pero esta venerable antigüedad me inspira un profundo respelo,
y he creido una profanacion cambiarla por la novedad de la moda.
—¡Oh! señor; mas estimables son estas reliquias de los siglos,
respondió la jóven d' Armilly, y pienso que Eugenia es de mi
parecer.
. . . . . . . . ... ". -
.í I, 2 ; ... - , , ,
181 LA MANO DEL MUERTO.

—Muy reconocido! dijo el haron, siempre inquieto, y mirando


al largo corredor que conducia al comedor, en donde veia la
siniestra figura de Vampa sentado á la mesa, sobre la que apoya
ba los codos, escondido su rostro entre las manos. Danglars hizo
al cabo un esfuerzo sobre sí mismo y tomando á Eugenia de la
mano, la dijo:
—Hija mia: mi visita no es de etiqueta... y por lo mismo no
le encontrais en esta sala. El almuerzo está en la mesa, venid y
tendré el gusto de presentároslo.
- —No os entiendo, padre mio! dijo Eugenia, fijando su aten
cion en el modo con que este confundia las palabras almuerzo y
visita; de manera que no era posible comprenderá cuál de los
dos se referia cuando habia usado el verbo presentar.
—Habeis hablado de una visita de confianza..... agregó Lui
Sà. .... y celebro mucho, señor baron, que ello sea así.

–No, Luisa, dijo Eugenia, mi padre no se refiere á nuestra


visita...! Sin embargo, si no nos trata con confianza.... 0.I.
verdad, que no dejaré de admirarme! De quién hablais padre mio?
—¡Pues qué! ¿no os he dicho todavía que tengo un, sí..... un
huésped ?
—No, señor.
—Quién es?
—¡Oh! es vástago de príncipes, respondió el señor Danglars,
sudando á mares. Es..... figuraos..... por ejemplo....- Ull
Romanelli Spada. " .

El baron quedó sin fuerzas apenas concluyósu improvisacion.


—No me es conocido, dijo Luisa.
El baron bajó la cabeza y se dirigió con Eugenia al comedor.
Luisa, accendiendo á la invitacion que aquél le hizo por un ade
man, les precedia en su marcha.
Luego que llegaron á la estremidad del corredor, Luigi Vam
pa se levantó con impasibilidad, como esperando el momento de
serpresentado á la señorita Danglars. ".

—Mi querida hija, y vos señorita d' Armilly, tengo el honor


de presentaros. -.. al señor Romanelli Spada.
\
LA MANO DEL MUERTO 185

Eugenia dirigiósu mirada al rostro de Vampa y se estremeció


á punto de tener que apoyarse en el brazo del baron, que perci
bió con inquietud la emocion de su hija.
—0h! se dijo para sí ¡Esto se complica! si se conocerán por
Ventura ?

Eugenia comprendiendo la difícil situacion en que se hallaba,


se revistió de toda su presencia de espíritu, y saludó al supuesto
Spada, con una sonrisa llena de dulzura.
Nunca la jóven Danglars habia pasado mas agradable mañana.
Estaba al lado de su padre, que parecia haberse despojado de
todo el rigorismo antiguo adquirido en el árido contacto con los
guarismos de que se ocupaba al lado de su amiga sincera, por
quien esperimentaba la mas sublime amistad; y ante sus ojos te
nia al hombre que le inspiraba ese amor profundo que solo una
vez podemos sentir en la vida.
Las horas, esas hermanas inseparables que vuelan incesante-
mente sobre la tierra; tan lentas cuando traen en sus alas el
dolor y las penalidades; y tan veloces cuando conducen el placer
y la alegría... las horas pasaban rápidas como el pensamiento de
los hombres, y Eugenia con desasosiego veia huir esa mañana,
ese dia, que era para ella el mas bello de toda su vida.

XXIII.

El rapto.
es"

Sin que Eugenia hubiese dicho á Luisa una sola palabra acer
ca del huésped del baron, ella conoció bien que aquél era el
hombre que inspiraba á su amiga la pasion que le habia confesa
do. Luisa se sonreia dulcemente cuando en el decurso del dia re
clinaba Eugenia la abrasadora frente en su seno, ó la oprimia con
transporte contra su agitado pecho. Y en esa blanda sonrisa de
24
183 LA MANO DEL MUERTO.

mujer á mujer, en aquellas miradas cariñosas que se cambiaban


entre sí, habia mas espresion y verdad que cuanto pudiera in
ventarla palabra.
Vampa permaneció siempre triste y sombrío; en su frente de
criminal estaba estampado el sello de los brutales sentimientos
que lo dominaban. Su impúdica mirada se hundia con avidez en
el seno palpitante de Eugenia, y allí tomaba el poderoso fuego
que le devoraba. Eugenia se sentia dominada por el influjo fatal
de esa mirada, á que no podia resistir. Sus fuerzas no eran bas
tantes para disfrazar la conmocion que le causaba, y Vampa
triunfante conocia todo el poder de la pasion que inspiraba á
Eugenia.
—¡Oh! me ama! sí, me ama! esclamaba delirante viéndose en el
jardin completamente solo. Ya no puede ocultarlo! Su vanidad
de mujer, su orgullo de aplaudida actriz, todo, todo cede y su
cumbe al peso de la mirada con que la fascino y la devoro.....!
Vampa cruzó los brazos sobre su pecho conmovido, y perma
neció ensimismado largo rato; su arrugada y sombría frente pa
recia meditar el crímen; su torva é incierta mirada, revelaba la
fiera entregada al deseo brutal que la enardecía.
El baron Danglars paseaba entretanto con las dos cantatrices en
la sala tapizada de raso, cuyas puertas abiertas dejaban ver el
jardin, con sus estátuas de piedra ysus estanques circulares. El
sol derramaba sobre aquel verde amarillento del otoño, sus úl
timos y tibios rayos casi horizontalmente; esos rayos que atrave
sando el Asia y el Mediterráneo, parecian llegar á decir á Roma
su adios hasta la nueva aurora.

Eugenia acababa de manifestará su madre sus deseos de pasar


la noche allí y que partiria á las tres de la tarde del siguiente
dia. Danglars, viendo que se cumplia la prevencion de Bene
detto, empezóá reflexionar detenidamente sobre aquella comedia,
cuyo argumento se convenció de no haber comprendido aun, co
mo lo habia creido la noche anterior.
No habia visto el salteador desde la comida,y esta ausencia lo
LA MANO DEI, MUERTO 187

inquietaba entonces á punto de que se echó árecorrer la casa y


el jardin buscándolo El baron pidió que lo disculpasen por un
momento pretestando que tenia algunas órdenes que dar para
preparar las habitaciones de Eugenia y Luisa; y salió de la sala
subiendo apresuradamente á su cuarto para examinar los cajones
de su escritorio, como guiado de un recelo vago ó instinto casi
Sobrenatural.
Eugenia al verse sola con Luisa, le dió su brazo y bajaron al
jardin en cuyas alamedas se introdujo
Un pensamientoindefinido como el recelo del baron, condujo
á Eugenia por entre aquellos sombríos y solitarios caminos.
Las hojas secas que alfombraban el suelo, crujian bajo sus piés,
y algunas que la brisa de la tarde desprendia sin vida de las
ramas sin sávia, caian sobre su frente como si quisieran darle un
aviso misterioso.
lágrimasinvoluntarias temblaban en los hermosos párpados
de Eugenia; y secábanse luego en el fuego de sus mejillas. Luisa
no se atrevía á despertar á su amiga del sueño linguido en que
se adormecía: caminando silenciosa á su lado contestaba apenas
con una hechicera sonrisa cuando Eugenia le dirigia una mirada
tierna y suplicante. -

Repentinamente al doblar un ángulo de la alameda Luisa se


estremeció viendo á poca distancia la figura melancólica de Vam
pa: su mirada llena de fuego, brillaba en la sombra que empezá
ra á envolver parte del jardin.
Eugenia lo habia visto tambien.
Hubo un momento de indecision y silencio.
Retroceder, seria un desaire manifiesto á un hombre cuyos
modales y nombre lo presentaban como un perfecto caballero;
así pues, Luisa continuó su camino con Eugenia, y Vampa se
adelantó á hablarlas.
—Oh! que balsámico aire se respira en este jardin, les dijo.
En verdad que debo felicitarme de haber venido á disfrutarlo,
toda vez que vos tambien lo habeis buscado, señorita.
188 LA MANO DEL MUERTO.

—Es cierto, señor, respondióLuisa; pero latarde se va ponien


do fresca, y las noches del otoño mas bien convidan á la atmós
fera templada del salon que al aire libre de un jardin.
Eugenia le dirigió una mirada suplicante.
—Me permitireis el honor de acompañaros, dijoVampa.
Eugenia habia preferido aquel aire fresco y vivificante del
jardin antes que la atmósfera templada del salon; pero no tuvo va
lor para pronunciar una palabra y se dejó conducirpor su amiga.
Vanpa caminaba á su lado.
Cuando llegaba cerca de la escalera, él dejó subir primero á
Luisa; cuando Eugenia se disponia vagarosamente á seguirla, le
dirigió la palabra.
—Señoria; permitidme antes os dirija mi adios, díjole con voz
trémula y profunda
Eugenia se detuvo y volviéndose.
—Nos dejais?... le preguntó.
—Quizá para siempre!
—Qué decís.....?
—La llalia me mata.
—Y qué buscais fuera de ella?
—Olvidar, si me fuere posible, una pasion poderosa que me
domina. En Italia no podria conseguirlo....!
Y qué motivo teneis para desear tal olvido?
—¡Ah! replicó Vampa con amarga sonrisa. Cuando se sufre y
Se ama como yo, no hay mas que dos puntos estremos marcados
en la escala de nuestras sensaciones! La recompensa de tanto amor
y de tantosufrimiento... ó un olvido absoluto....!
—Segun eso..... preferís mas bien esto último?
—¡Yvos me lo preguntais!
—Y qué... nadie podria haceros cambiar de resolucion?
—¡Oh!.... sí.... con una sola palabra....
—Qué feliz podria considerarse esa persona, balbuceó Eugenia.
—Lo que yo puedo aseguraros es que solo Dios yyo sería
mos capaces de comprender la ventura que esperimentaria en el
LA MANO DEL MUERTO. 189

instante que oyese una sola palabra tan espresa y positiva que
encerrase en sí fuerza bastante para cambiar mi desesperada re
solucion"... ¡Ah! figuraos un hombre que despues de los hor
rores de la muerte, si la muerte no es el aniquilamiento completo
del alma y del cuerpo, volviese repentinamente á la vida sembrada
de placeres inesplicables! que sensaciones esperimentaria...! po
dria concebirlo nadie...?

—Ved, señor, que traspasais los límitesde lo verosímil....


Un amor profundo como los hombres lo sienten, se cree con fa
cilidad, poruna simple palabra; pero el amor que nos describen
los idilios de una imaginacion sutil ó exaltada...... quién puede
creerlo....?
—Teneis razon... replicó Vampa. Nadie le cree... y es una
locura esponerlo á la indiscreta risa delmundo!Wos pensais como
todos... osmofais tambien de la pasion que os confesé cobar
demente!
—¡h! mas cómo quereis que la crea......? qué pruebas me
dais...... º
– Deseariais, por ventura, un año de esas ridículas y sucesivas
pruebas, hijas siempre del cálculo y de la afectacion... Ah! no
pasaré.... dejadme partir...
Vampa dió un paso.
Eugenia lo siguiófascinada.
—Esperad.... le dijo involuntariamente.
—Qué quereis de mí..... señora? preguntó Vampa con aire
sombrío.
—¡Ah! disculpadme! Reflexionando bien..... qué cosa habrá
capaz de deteneros al lado de quien os esindiferente....?
—Señora! dijo Vampa, no ultrajeis así la pasion que os he de
clarado, porque seria escarnecer la obra mas perfecta de la natu
raleza ...! Yo os amo.... mi ambicion y felicidad se cifran en esa
hermosa mano, de quien depende la ventura ó la desgracia que
deba herirme.....
YVampa imprimió un beso de fuego en la mano de Eugenia.
190 LA MANO DEL MUERTO.

—¡Loco de mí....! continuó. Vuestro génio altivo y soberano,


no cede á la confesion ingénua de un amor intenso, que no será
para vuestros ojos mas que un simple capricho!..... ¡Oh!... adios,
Eugenia... adios para siempre... os he visto una vez mas.....
respiré un dia entre el mismo aire que vos respirais... he sido
feliz un solo dia ... ahora, que venga el infortunio!
Vampa le tendió rápidamente su mano, y dió algunos pasos en
direccion de la puerta del jardin.
Eugenia lo siguióaun, como movida por un misteriosoimpulso.
—No.... no partiréis, sin que yo sepa el dia en que habeis de
volver ...! -

—¡Oh! qué de ilusiones en un solo dia...!continuóVampa.


deteniéndose uninstante, y tomándole nuevamente la mano.
—Qué de ilusiones en un solo dia... ¡Ah! pero son ilusiones....
ilusiones no mas! qué importan ellas ahora que la desgracia me
abruma! Eugenia ... Eugenia, no os olvideis del hombre que os
amó como se ama una sola vez en la vida.
Y Vampa abrió precipitadamente la puerta del jardin y dió
dos pasos fuera de ella. Eugenia no le soltaba su mano, yper
manecia á su lado trémula, respirando apenas, y dominada por
un sentimiento poderoso que aumentaba gradualmente, abrasán
dole sus venas, y produciéndole la fiebre del delirio.
Vampa miró al rededor de sí, como persona acostumbrada á
ver en la oscuridad, y distinguió á corta distancia un bulto que
conoció ser el carruaje.
—Y bien, señorita, dijo él.... ved que estamos fuera del jar
din... volveos, y esta puerta nos separará para siempre...! Ma
ñana acaso ya no os acordaréis de mí! Wolveos ...
-¡Ah!...... Yo os amo.... yo os amo... y vos no me abando
naréis. ..!
-No! dijo Vampa, ciñéndole la cintura con su robusto brazo,
y corriendo en direccion del carruaje.
Eugenia lanzó un agudísimo gritó, mezcla incomprensible de
placer y de sorpresa.
LA MANO DEL MUERTO. 191

-Mientras esta escena tenia lugar, el baron Danglars concluia


de pasar revista á los cajones de su escritorio, y de convencerse
que las cerraduras estaban intactas; y se volvia á la sala donde
ya el criado habia puesto luces, y viendo á la señorita d'Armilly,
le preguntópor Eugenia.
-Eugenia se paseaba en este instante en aquel terraplen.......
Pero la noche avanza y voy á rogarla que deje su paseo.
-Yo os acompañaré, señorita, dijo el baron.
Luisa, inquieta con su tardanza, caminó apresurada y bajó la
escalera donde presumia encontrar a Eugenia escuchando las
amantes palabras del fingido príncipe Spada; pero se sorprendió
de no hallar en ella á nadie.
–¿Y Eugenia.....? preguntó sobresaltado el baron bajando á
su vez la escalera.
—¡Ah! quizá se paseaba en la alameda que conduce al lado.
—¡Eugenia! gritó el baron... Nada.... no responde.... cami
nemos algo mas.
Luisa y Danglars se adelantaron por la calle que partia de la
escalera. Habian acercádose apenas á la puerta del jardin, cuan
do el agudo grito de Eugenia llegó á sus oidos.
—Dios mio!... dijo Luisa corriendo á la puerta. El baron que
dó como petrificado.
—Dios mio, Dios mio! acudid, señr Dangars, acudid... aquí
sucede alguna desgracia ... acabo de reconocer perfectamente la
voz de mi amiga!
El baron abrió la puerta movido por los ruegos de Luisa, y dió
un paso, pero se detuvo porno ser aplastado por los cascos de
dos briosos caballos que arrastraban un carruaje al galope.
—Ah! señor ... señor, dijo Luisa temblando y aproximandose
á él amedrentada. Eugenia no parece...!y ese carruaje. ... ¡ah!
Dios mio.... protejednos.
—Señorita, dijo el baron... por piedadesplicadme lo que sucede.
–Yo?
–Sí..... vos! Eugenia os aco