La llamada de
Cthulhu
H. P. Lovecraft
Torres Nieto Diego Ivan
No hay en el mundo fortuna mayor, creo, que la incapacidad de la mente humana
para relacionar entre si todo lo que hay en ella. Algunos teósofos han
sospechado la majestuosa grandeza del ciclo cósmico del que nuestro mundo y
nuestra raza no son más que fugaces incidentes. Tuve por primera vez
conocimiento de este asunto en el invierno de 1926-1927, a la muerte de mi tío
abuelo, George Gammel Ángel, profesor honorario de lenguas semíticas de la
Universidad de Brown, Providence, Rhode Island. El profesor había muerto
mientras volvía del barco de Newport y según afirman los testigos, luego de
recibir el empellón de un marinero negro. Traslade todos los archivos y cajas a
mi casa de Boston. El material ordenado por mi será publicado en su mayor parte
por la Sociedad Americana de Arqueología; pero había una caja que me pareció
sumamente enigmática y siempre sentí repugnancia a mostrársela a otros.
Estaba cerrada y no encontré la llave hasta que se me ocurrió examinarla el
llavero que se me ocurrió examinar el llavero que el profesor llevaba siempre
consigo. Logre abrirla entonces, pero me encontré con otro obstáculo mayor.
Sobre esos supuestos jeroglíficos había una figura de carácter evidentemente
representativo, aunque la ejecución impresionista impedía comprender su
naturaleza. Parecía una especie de monstruo o el símbolo de un monstruo o una
forma que solo una fantasía enfermiza hubiese podido concebir. Si digo que mi
imaginación, algo extravagante, se representó a la vez un octopus, un dragón y
la criatura de un ser humano, no traicionare el espíritu del dibujo. Sobre un
cuerpo escamoso y grotesco, munido de alas rudimentarias, se alzaba una
cabeza pulposa y coronada de tentáculos; pero era el contorno general lo que la
hacía más particularmente horrible. Detrás de la figura se embozaba una
arquitectura ciclópea.
Las notas que acompañaban a este curioso objeto, además de unos recortes de
periódicos, habían sido escritas por el profesor mismo y no tenían pretensiones
literarias. El documento en apariencia más importante estaba encabezado por
las palabras EL CULTO DE CTHULHU, escritas cuidadosamente en caracteres
de imprenta para evitar todo error en la lectura de un nombre tan desconocido.
Los hombres de ciencia no fueron tampoco muy afectados, aunque por lo menos
cuatro vagas descripciones sugerían la visión fugaz de extraños paisajes y uno
de ellos hablaba del terror a algo anormal. Entre el 28 de febrero y 2 de abril gran
parte de ellos habían tenido sueños muy curiosos, alcanzando su máxima
intensidad en el tiempo del delirio del escultor. El sujeto, un arquitecto muy
conocido, algo inclinado al ocultismo y la teosofía, se volvió completamente loco
la noche que llevaron al joven Wilcox a la casa de sus padres y murió meses
después gritando que lo salvaran de algún escapado habitante del infierno. La
figura, que los miembros del congreso pasaron de mano en mano para estudiarla
con más minuciosidad, media de unos veinte a veinticinco centímetros de altura
y estaba finalmente labrada. Representaba un monstruo de contornos
vagamente antropoides, pero con una cabeza de pulpo cuyo rostro era una masa
de tentáculos, un cuerpo escamoso que sugería cierta elasticidad, cuatro
extremidades dotadas de garras enormes y un par de alas largas y estrechas en
las espaldas. En 1908 hubo un hombre llamado John Raymond Legrasse que
era policía pero el traía una estatua de piedra, era repugnante y grotesca, parecía
muy antigua y no se lograba determinar su origen. La estatua representaba a un
monstruo de contornos vagantes antropoides, pero con una cabeza de pulpo
cuyo rostro era una masa de tentáculos, un cuerpo escamoso que sugería cierta
elasticidad, cuatro extremidades dotadas de garras enormes y un par de alas
largas y estrechas en la espalda. El 1 de noviembre de 1907 la policía de New
Orleans había recibido un alarmado mensaje de la región pantanosa del sur. En
las primeras horas de la tarde veinte policías partieron en dos carrioches y un
automóvil, guiados por el tembloroso colono. Cuando el camino se hizo
intransitable, abandonaron los vehículos y durante varios kilómetros chapotearon
en silencio a través de los esposos bosques de cipreses donde nunca penetraba
la luz del día. A pesar de su repugnancia a quedarse nuevamente solos, todos
habitantes del lugar se rehusaron a avanzar un solo paso hacia la escena del
culto maldito, de modo que el inspector Legrasse y sus diecinueve colegas
tuvieron que aventurarse sin guías por aquellas negras arcadas de horror donde
ninguno de ellos había puesto el pie. La región en que ahora entraba la policía
tenía tradicionalmente muy mala fama y en su mayor parte na había sido
explorada por hombres blancos. Algunas leyendas se referían a un lago secreto
en que vivía una colosal e informe criatura, algo parecido a un pulpo y de ojos
fosforescentes y según los colonos, unos demonios de alas de murciélago salían
a medianoche de sus cavernas para adorar al monstruo. Por fin los hombres
llegaron a un sitio donde el bosque era menos denso y se encontraron de pronto
en el lugar mismo de la escena. Cuatro trastabillaron, un quinto perdió el
conocimiento y otros dos lanzaron un grito de horror que, por suerte, fue apagado
por el tumulto salvaje de la orgia. Este era ese culto y los prisioneros dijeron que
había existido siempre y que siempre existiría, ocultándose en lejanías desiertas
y lugares retirados hasta que el gran sacerdote Cthulhu saliese de su sombría
morada en la ciudad submarina de R’lyeh para reinar otra vez sobre la Tierra.
Algún día vendría, cuando los astros ocuparan una determinada posición y el
culto secreto estaría allí, esperándolo. El viejo Castro recordaba fragmentos de
odiosas leyendas que empequeñecían las especulaciones de los teósofos y
hacían de nuestro mundo algo reciente y fugaz. En ciclos muy lejanos otros seres
habían gobernado la Tierra. Habían vivido en grandes ciudades y sus vestigios
podían encontrarse aun –le habían dicho a Castro los inmortales de China- en
unas piedras ciclópeas de algunas islas del Pacifico.
Los sacerdotes sacarían entones al gran Cthulhu de su tumba para que reviviese
a sus vasallos y volviera a asumir su reinado en la Tierra. Ese tipo sería fácil de
conocer, pues entonces la humanidad se parecería a los Grandes Antiguos:
salvaje y libre, más allá del bien y del mal, sin moral y sin ley. Y todos los hombres
gritarían, matarían y gozarían alegremente. El vigilante arribo a un yate
Neozelandés armado. Como los tripulantes del yate combatían de un modo torpe
y cruel, tuvieron que matarlos a todos. Tres de los hombres de la Emma, incluso
el capitán Collins y el primer oficial Gree, murieron y los ocho restantes, bajo el
mando del segundo oficial, Johansen, se pusieron a navegar en la dirección
seguida originalmente por el yate a fin de descubrir por qué motivo se les había
ordenado cambiar de rumbo. Al día siguiente desembarcaron en una isla que no
figuraba en ningún mapa. Seis de los hombres murieron allí aunque Johansen
se mostró particularmente resistente a este respecto y dijo que había caído en
una grieta entre las rocas. Desde ese día hasta el doce de abril, fecha en que
fue recogido por el vigilante Johansen no recuerda nada, ni siquiera cuando
murió su compañero William Briden. La muerte no se debió aparentemente a otra
causa que a privaciones. De los seis hombres que nunca llegaron al barco, creen
que dos murieron simplemente de miedo en aquel instante maldito. Cthulhu se
había salido de su cueva pero debió a ver sido atrapado por los abismos
submarinos pues si no el mundo gritaría ahora de horror.