Bruce Hechos
Bruce Hechos
DE LOS APÓSTOLES
INTRODUCCIÓN, COMENTARIOS Y NOTAS
F. F. BRUCE
LIBROS DESAFÍOTM
CONTENIDO
PREFACIO DEL EDITOR
PREFACIO DEL AUTOR
ABREVIATURAS
INTRODUCCIÓN
I. HECHOS EN EL NUEVO TESTAMENTO
II. ORIGEN Y PROPÓSITO DE HECHOS
III. PABLO EN HECHOS
III. LOS HECHOS DE PEDRO Y LOS COMIENZOS DEL CRISTIANISMO GENTIL (9:32–12:24)
1. PEDRO EN JUDEA OCCIDENTAL (9:32–43)
A. Pedro en Lida: la curación de Eneas (9:32–35)
B. Pedro en Jope: Dorcas es resucitada (9:36–43)
2. LA HISTORIA DE CORNELIO (10:1–48)
A. Cornelio el centurión tiene una visión (10:1–8)
B. Pedro tiene una visión (10:9–16)
C. Los mensajeros de Cornelio llegan a Jope (10:17–23a)
D. Pedro entra en la casa de Cornelio (10:23b–33)
E. Los gentiles oyen las buenas nuevas (10:34–43)
F. Los gentiles reciben el Espíritu Santo (10:44–48)
3. LA ACCIÓN DE PEDRO RESPALDADA EN JERUSALÉN (11:1–18)
A. Pedro es llamado a rendir cuentas (11:1–3)
B. La defensa de Pedro (11:4–17)
C. Aceptación de la defensa de Pedro (11:18)
4. ANTIOQUÍA SE CONVIERTE EN UNA BASE CRISTIANA (11:19–30)
A. La evangelización gentil en Antioquía (11:19–21)
B. Bernabé y Saulo en Antioquía (11:22–26)
C. Ayuda para el hambre (11:27–30)
5. HERODES AGRIPA I Y LA IGLESIA (12:1–24)
A. Martirio de Jacobo y encarcelamiento de Pedro (12:1–4)
B. Pedro escapa de la prisión (12:5–11)
C. Pedro informa acerca de su huida (12:12–17)
D. Se descubre la huida de Pedro (12:18–19)
E. Muerte de Herodes Agripa I (12:20–23)
F. El evangelio continúa su progreso (12:24)
VI. PABLO PLANEA VISITAR ROMA Y LLEGA ALLÍ POR UN CAMINO IMPREVISTO (19:21–
28:31)
1. SE PREPARA PARA DEJAR EFESO RUMBO A MACEDONIA Y ACAYA (19:21–20:6)
A. Pablo hace planes para el futuro (19:21–22)
B. El alboroto en Efeso (19:23–41)
i. Indignación de los plateros (19:23–28)
ii. Manifestación en el teatro (19:29–34)
iii. El escribano de la ciudad calma la agitación (19:35–41)
C. Pablo visita Macedonia y Grecia (20:1–6)
2. EL VIAJE A JERUSALÉN (20:7–21:16)
A. Pablo en Troas (20:7–12)
B. De Troas a Mileto (20:13–16)
C. Pablo manda llamar a los ancianos de la iglesia efesia (20:17)
D. Pablo se despide de la iglesia efesia (20:18–35)
i. Retrospectiva de su ministerio efesio (20:18–21)
ii. Perspectivas de Pablo (20:22–24)
iii. Su encargo a los ancianos (20:25–31)
iv. Admonición final (20:32–35)
E. Una despedida afectuosa (20:36–38)
F. De Mileto a Tiro (21:1–6)
G. De Tiro a Cesarea (21:7–9)
H. Reaparece Agabo (21:10–14)
I. Llegada a Jerusalén (21:15–16)
3. PABLO EN JERUSALÉN (21:17–23:30)
A. Encuentro con Jacobo y los ancianos (21:17–26)
B. Alboroto en el templo (21:27–30)
C. Pablo rescatado por los romanos (21:31–36)
D. Pablo obtiene permiso para dirigirse a la multitud (21:37–40)
E. Defensa de Pablo ante el pueblo de Jerusalén (22:1–21)
i. Su primera época (22:1–5)
ii. El camino a Damasco (22:6–11)
iii. Ananías de Damasco (22:12–16)
iv. La visión de Pablo en el templo (22:17–21)
F. Pablo revela su ciudadanía romana (22:22–29)
G. Pablo es llevado ante el Sanedrín (22:30)
H. Pablo ante el Sanedrín (23:1–10)
i. Intercambio con el sumo sacerdote (23:1–5)
ii. La esperanza de la resurrección (23:6–10)
I. El Señor se aparece a Pablo por la noche (23:11)
J. El complot contra la vida de Pablo (23:12–15)
K. El complot revelado (23:16–22)
L. El tribuno se prepara para enviar a Pablo a Cesarea (23:23–24)
M. Carta del tribuno a Félix (23:25–30)
4. PABLO EN CESAREA (23:31–26:32)
A. Pablo es llevado a Cesarea (23:31–35)
B. Pablo es acusado ante Félix (24:1–9)
C. Defensa de Pablo ante Félix (24:10–21)
D. Félix aplaza el juicio (24:22–23)
E. Pablo se entrevista con Félix (24:24–26)
F. Félix es reemplazado por Festo; Pablo sigue detenido (24:27)
G. Festo visita Jerusalén (25:1–5)
H. Pablo apela al César (25:6–12)
I. Agripa II y Bernice visitan a Festo (25:13–22)
J. Pablo comparece ante Agripa (25:23–27)
K. Pablo acepta la invitación de Agripa a hablar (26:1)
L. La “apologia pro vita sua” de Pablo (26:2–23)
i. Exordio (26:2–3)
ii. La esperanza de la resurrección (26:4–8)
iii. El celo persecutorio de Pablo (26:9–11)
iv. La visión celestial (26:12–18)
v. La obediencia de Pablo a la visión (26:19–20)
vi. El arresto de Pablo (26:21)
vii. Peroración (26:22–23)
M. Intercambio entre Festo, Pablo y Agripa (26:24–29)
N. Acuerdo sobre la inocencia de Pablo (26:30–32)
5. VIAJE Y NAUFRAGIO DE PABLO (27:1–44)
A. De Cesarea a Mira (27:1–5)
B. Trasbordo en Mira y viaje a Creta (27:6–8)
C. Se rechaza el consejo de Pablo (27:9–12)
D. Son atrapados por el viento Euráquilo (27:13–20)
E. El estímulo de Pablo (27:21–26)
F. Se aproximan a tierra (27:27–29)
G. Se frustra el intento de huida de los marineros (27:30–32)
H. La comida a bordo (27:33–38)
I. El naufragio (27:39–41)
J. ¡A salvo en la costa! (27:42–44)
6. INVIERNO EN MALTA (28:1–10)
A. ¡Bienvenidos a Malta! (28:1–6)
B. Obras de sanidad en Malta (28:7–10)
7. ¡AL FIN ROMA! (28:11–31)
A. La última etapa: “Y así llegamos a Roma” (28:11–15)
B. Pablo es entregado para quedar bajo guardia (28:16)
C. Pablo y los judíos romanos (28:17–28)
i. Primera entrevista (28:17–22)
ii. Segunda entrevista (28:23–28)
D. El evangelio avanza sin obstáculos en Roma (28:30–31)
PREFACIO
A LA EDICIÓN CASTELLANA
PREFACIO
L a primera edición de este trabajo contenía un prólogo del editor general de la serie,
Ned Bernard Stonehouse, en el cual presentaba al autor de este comentario a los lectores,
haciéndolo con términos característicamente generosos. Después de la prematura muerte
del Dr. Stonehouse en 1962, el mencionado autor fue invitado a actuar como editor
general, responsabilidad que todavía ejerce. Para esta edición nueva y revisada parece
apropiado reemplazar tanto el prólogo original del editor como el prefacio del autor por
un solo prefacio.
Cuando el Dr. Stonehouse me invitó a colaborar en esta serie con el volumen sobre
Hechos yo estaba ocupado preparando un comentario sobre el texto griego de dicho libro,
que fue publicado en 1951 y ha sido objeto de una revisión exhaustiva simultáneamente
con este volumen. Acepté inmediatamente la invitación del Dr. Stonehouse porque la
preparación del trabajo sobre el texto griego había sugerido varios hilos de pensamiento
que no podían enmarcarse dentro de sus límites, y me parecía que una exposición del
texto bíblico traducido me daría la oportunidad de desarrollarlos.
Durante los últimos treinta años o más se han hecho algunas contribuciones notables
al estudio de la historia relatada por Lucas, y en particular de Hechos. En 1951 la
colección completa de los Studies in the Acts of the Apostles de Martin Dibelius
aparecieron en alemán (la traducción inglesa le siguió cinco años después). Varios de los
trabajos reeditados en ese volumen resultaron de difícil acceso cuando se publicaron por
primera vez, debido a una brecha de comunicación entre Alemania y los países de habla
inglesa. Pero pronto se descubrió que los estudios de Dibelius marcaban una nueva era en
la interpretación de Hechos; es indudable su influencia en gran parte de los trabajos sobre
Hechos que se han producido en años siguientes. Otro escritor de influencia fue Hans
Conzelmann, cuya monografía Die Mitte der Zeit (publicada en 1954) fue traducida al
inglés bajo el título menos preciso de The Theology of St. Luke. Allí se argumentaba que,
debido a la postergación de la parusía, que en un momento se creyó inminente, Lucas se
sintió impulsado a reemplazar la perspectiva cristiana primitiva por una nueva, en la que
el ministerio de Jesús, coronado por su muerte y resurrección, ya no se reconocía como el
escatón sino como la edad media de la historia, precedida por la época de la ley y los
profetas (cf. Lc. 16:16) y seguida por la era de la iglesia. El profesor Conzelmann
también ha proporcionado el comentario más reciente sobre Hechos al Handbuch zum
Neuen Testament de Lietzmann (disponible ya en inglés).
Ernst Käsemann, en varios trabajos, ha sostenido que Lucas es el primer portavoz del
“catolicismo primitivo” (frühkatholizismus), con una perspectiva en la cual el centro del
tiempo no es el ministerio de Jesús sino la era de la iglesia, y una theologia gloriae ha
superado la theologia crucis original y paulina. C. K. Barrett ha formulado algunas
críticas a estas afirmaciones en una serie de artículos que despiertan el interés del lector
por el volumen sobre Hechos que está preparando para la nueva serie del International
Critical Commentary.
El trabajo más noble sobre Hechos que ha aparecido hasta ahora dentro de la escuela
que se inspira en los trabajos de Martin Dibelius es el comentario de Ernst Haenchen,
publicado por primera vez 1966 en la serie de Meyer, y disponible desde 1971 en una
excelente traducción inglesa bajo el título de The Acts of the Apostles. Mientras son
reconocibles sus afinidades con Dibelius, Conzelmann y Käsemann, el profesor
Haenchen no los sigue sin críticas; lo que le interesa es exponer la composición de Lucas,
que es una composición marcada por una libertad creativa que hace que la narración
histórica sea el vehículo de la teología de Lucas. Esta teología no representa una
desviación del verdadero paulinismo; es una de las varias formas de la teología cristiana
gentil que se desarrollaron en forma paralela a la teología de Pablo, como también
posteriormente, y en virtual independencia de él.
Pero estos escritores no han monopolizado la literatura reciente sobre el tema: Lucas–
Hechos sigue siendo, como lo dijo una vez W. C. van Unnik, “un foco de tormenta en la
erudición contemporánea”. Estas palabras conforman el título de su ensayo introductorio
en un simposio de Studies in Luke-Acts, presentado a Paul Schubert en 1966. La variedad
de perspectivas que encuentran expresión en los otros dieciocho ensayos de este volumen
demuestran lo acertado de la expresión. Aparte del simposio citado, el trabajo de
Johannes Munck, especialmente por su volumen Paul and the Salvation of Mankind
(título con el que aparece la traducción inglesa), podría ilustrar esta variedad. Munck
llevó a cabo una valiente lucha contra las tendencias prevalecientes e insistió en que sólo
podría hacerse justicia a la historia y la literatura de la era apostólica cuando se hubiera
eliminado el último vestigio de la influencia de Ferdinand Christian Baur y sus asociados.
Durante esos años (desde 1950 hasta nuestros días), una sucesión de positivos y valiosos
estudios a cargo de Dom Jacques Dupont ha enriquecido nuestra comprensión de Hechos.
Más recientemente, el saber y la capacidad de Martin Hengel han iluminado el registro de
Hechos junto con otras áreas del cristianismo primitivo.
En varios comentarios muy buenos acerca del libro de Hechos, que han aparecido en
1980 y los años siguientes, se evidencia un acercamiento nuevo y fresco: I. Howard
Marshall en inglés, y Jürgen Roloff, Gottfried Schille, Gerhard Schneider y Arnold
Weiser en alemán. En este campo hay hoy un “embarras de richesse”, en contraste con la
situación imperante cuando estaba adquiriendo forma la primera edición de este
comentario.
Como en todos los volúmenes originales del New International Commentary sobre el
Nuevo Testamento, la American Standard Version de 1901 sirvió de base para la
exposición en la primera edición de esta obra. Ahora una traducción ad hoc que me
pertenece la ha reemplazado.
En el prefacio a la segunda edición de su Römerbrief, Karl Barth se queja de la
tendencia de muchos comentaristas bíblicos a limitarse a una forma de interpretación
textual que, a su entender, no era “un comentario en absoluto, sino simplemente el primer
paso hacia un comentario”. Como ejemplo de un verdadero comentario citaba a Calvino,
en su obra sobre Romanos: “¡ … con cuánta energía Calvino, habiendo establecido
primero lo que aparece en el texto, se dedica a volver a pensar todo el material y a luchar
con él hasta que los muros que separan al siglo XVI del siglo I se vuelven transparentes!
Pablo habla, y el hijo del siglo XVI escucha”.
Sin duda, según el criterio de Barth, mi volumen sobre el texto griego no era más que
“el primer paso hacia un comentario”, ya que estaba dedicado a los aspectos lingüístico,
textual e histórico de Hechos. De todos modos, los que no dan el primer paso nunca darán
el segundo. Tampoco podemos sostener, desde luego, que ni siquiera este trabajo haya
hecho transparente el muro entre el siglo I y el siglo XX. En particular, me doy cuenta
ahora, como no lo advertí en la década de los cincuenta, de que le he hecho muy poca
justicia a la teología distintiva de Lucas. En lugar de tratar de remediar esta deficiencia a
esta altura de las cosas, aconsejo a mi lectores que reparen la injusticia digiriendo el libro
Luke: Historian and Theologian, de I. Howard Marshall. Pero todavía puedo permitirme
alentar la esperanza, expresada por primera vez en 1954, de que algunos de mis lectores
de la última década del siglo XX capten lo que he oído en el curso de este estudio, no
sólo de la voz de Lucas sino de la Palabra de Dios.
F. F. Bruce
PRINCIPALES ABREVIATURAS
AASF Annales Academiae Scientiarum Fennicae
AB Anchor Bible
ad loc. ad locum (en el lugar mencionado)
AGG Abhandlungen der (königlichen) Gesellschaft der Wissenschaften zu
Göttingen
AJA American Journal of Archaeology
AJP American Journal of Philology
AJT American Journal of Theology
AnBib Analecta Biblica (Instituto Bíblico Pontificio, Roma)
ANRW Aufstieg und Niedergang der römischen Welt (de Gruyter, Berlín)
Ant. Antigüedades (Josefo)
Ap. Contra Apión (Josefo)
AS Anatolian Studies
ASNU Acta Seminarii Neotestamentici Upsaliensis
ASTI Annual of the Swedish Theological Institute (Brill, Leiden)
ASV American Standard Version (1901)
ATANT Abhandlungen zur Theologie des Alten und Neuen Testaments (Zwingli
Verlag, Zürich)
BA Biblical Archaeologist
BAGD W. Bauer-W. F. Arndt-F. W. Gingrich-F. W. Danker, Greek-English
Lexicon of the New Testament and Early Christian Literature
(Chicago/Cambridge, 1957, 21979)
BC Versión Bover-Cantera
BCH Bulletin de Correspondance Hellénique
BDF F. Blass-A. Debrunner-R. W. Funk, Greek Grammar of the New
Testament and Other Early Christian Literature (Chicago, 1961)
Beginnings The Beginnings of Christianity, F. J. Foakes-Jackson y K. Lake, eds.
(Macmillan, Londres 1920–33)
BETL Bibliotheca Ephemeridum Theologicarum Lovaniensium
BGBE Beiträge zur Geschichte der biblischen Exegese
BGU Aegyptische Urkunden aus den Museen zu Berlin: Griechische Urkunden,
I–VIII (1895–1933)
Bib. Biblica
BJ Biblia de Jerusalén
BJRL Bulletin of the John Rylands (University) Library, Manchester
BL Biblia Latinoamericana
BMI The Collection of Ancient Greek Inscriptions in the British Museum
BNTC Black’s (Harper’s) New Testament Commentaries
BRD The Bearing of Recent Discovery on the Trustworthiness of the New
Testament (W. M. Ramsay)
BZ Biblische Zeitschrift
BZNW Beihefte zur Zeitschrift für die Alttestamentliche Wissenschaft
CBCNEB Cambridge Bible Commentary on the New English Bible
CBQ Catholic Biblical Quarterly
CBSC Cambridge Bible for Schools and Colleges
CD Covenant of Damascus (= Obra Sadoquita)
CDA The Composition and Date of Acts (C C. Torrey)
CentB Century Bible
CGT Cambridge Greek Testament
Cron. Cronicón (Eusebio)
CIG Corpus Inscriptionum Graecarum (1828–77)
CIJ Corpus Inscriptionum Judaicarum, J.-B. Frey, ed. (1936)
CIL Corpus Inscriptionum Latinarum (1863–1909)
ClarB Clarendon Bible (Oxford)
CNT Commentaar op het Nieuwe Testament
CRINT Compendia Rerum Iudaicarum ad Novum Testamentum
DCB Dictionary of Christian Biography, W. Smith, ed.
ÉB Études Bibliques
EGT Expositor’s Greek Testament, W. R. Nicoll, ed.
EKK Evangelisch-katholischer Kommentar
ENT Erläuterungen zum Neuen Testament
Ep(p). Epístola(s)
EQ Evangelical Quarterly
ERE Encyclopaedia of Religion and Ethics, J. Hastings, ed.
Exp. Expositor, W. R. Nicoll, ed.
ExT Expository Times
FGNTK Forschungen zur Geschichte des neutestamentlichen Kanons
FRLANT Forschungen zur Religion und Literatur des Alten und Neuen Testaments
Geog. Geografía
GJ La guerra judía (Josefo)
GNC Good News Commentary (Harper & Row)
GNS Good News Studies (M. Glazier)
HDB Hastings’ Dictionary of the Bible, I–V
HE Historia Eclesiástica (Eusebio)
Hist. Historia
Hist.Crist. Historia Cristiana (Felipe de Side)
Hist.Nat. Historia Natural (Plinio)
HNT Handbuch zum Neuen Testament, H. Lietzmann, ed.
HSNT Die Heilige Schrift des Neuen Testaments
HTR Harvard Theological Review
HTS Harvard Theological Studies
HUCA Hebrew Union College Annual
HUL Home University Library
IB Interpreter’s Bible
Ibíd. ibídem, en el mismo lugar
IEJ Israel Exploratian Journal
IG Inscriptiones Graecae, 1873–
IGRR Inscriptiones Graecae ad Res Romanas pertinentes, R. Cagnat, ed., I–IV
(1911–14)
ILS Inscriptiones Latinae Selectae, H. Dessau, ed.
Insch. Eph. Inschriften von Ephesos, H. Wankel, etc., eds., I–VIII (Habelt, Bonn,
1979–84)
INT Introduction to the New Testament
JAC Jahrbuch für Antikes und Christentum
JAOS Journal of the American Oriental Society
JLB Journal of Biblical Literature
JEH Journal of Ecclesiastical History
JHS Journal of Hellenic Studies
JJS Journal of Jewish Studies
JQR Jewish Quarterly Review
JRS Journal of Roman Studies
JSJ Journal for the Study of Judaism
JSNT Journal for the Study of the New Testament
JSOT Sup. Suplemento(s) del Journal for the Study of the Old Testament
JTC Journal for Theology and the Church
JTS Journal of Theological Studies
KEK Kritisch-Exegetischer Kommentar (= Meyer Kommentar)
KJV King James Version (1611)
KV Korte Verklaring der heilige Schrift
LD Lectio Divina
LXX Septuaginta (versión griega precristiana del AT)
MAMA Monumenta Asiae Minoris Antiqua
MHT J. H. Moulton, W. F. Howard, N. Turner, Grammar of New Testament
Greek, I–IV (T. &. T. Clark, Edimburgo, 1906–76)
MM J. H. Moulton y G. Milligan, The Vocabulary of the Greek Testament
(Hodder & Stoughton, Londres, 1930)
MNTC Moffatt New Testament Commentary
NA26 E. y E. Nestle, K. Aland, etc., Novum Testamentum Graece, 26. neu
bearbeitete Auflage (Deutsche Bibelstiftung, Stuttgart, 1979)
NCB New Century Bible
NClarB New Clarendon Bible
NEB New English Bible
New Docs. New Documents illustrating Early Christianity, G. H. R. Horsley, ed., I-
(Macquarie University, 1981–)
NF Neue Folge
NGG Nachrichten der (königlichen) Gesellschaft der Wissenschaften zu
Göttingen
NICNT New International Commentary on the New Testament
NIGTC New International Greek Testament Commentary
NIV New International Version
NovT Novum Testamentum
NovT Sup Suplemento(s) de Novum Testamentum
NTD Das Neue Testament Deutsch
NTL New Testament Library
NTS New Testament Studies
NTTS New Testament Tools and Studies
ODCC Oxford Dictionary of the Christian Church
OGIS Orientis Graeci Inscriptiones Selectae, W. Dittenberger, ed.
Pan. Panarion (Epifanio)
Pap.Bibl.Nat. Papiros de la Bibliothèque Nationale (París)
PD Pacto de Damasco (= Obra Sadoquita)
PEQ Palestine Exploration Quarterly
P.Lond. Papyri of the British Museum (Londres)
P.Mich. Michigan Papyri
P.Oxy. Oxyrhynchus Papyri
Q Qumrán
1QS “Regla (Serek) de la Comunidad” de la Cueva 1 de Qumrán
4QDtq Manuscrito de Deuteronomio de la Cueva 4 de Qumrán
4QExa Manuscrito de Exodo de la Cueva 4 de Qumrán
QD Quaestiones Disputatae
QDAP Quarterly of the Department of Antiquities of Palestine
RAC Reallexikon für Antikes und Christentum
RE Real-Enzyklopädie für die Altertumswissenschaft (Pauly-Wissowa)
Recog.Clem. Recogniciones Clementinas
RÉG Revue des Études Grecques
RNT Regensburger Neues Testament
RSPT Revue des Sciences Philosophiques el Théologiques (París)
RSR Revue des Sciences religieuses (Estrasburgo)
RSV Revised Standard Version
RTR Reformed Theological Review
SBLDS Society for Biblical Literature Dissertation Series
SBT Studies in Biblical Theology
Schürer E. Schürer, History of the Jewish People in the Age of Jesus Christ, I–III,
Edimburgo, 1973–1987.
SEÅ Svensk Exegetisk Årsbok
SEG Supplementum Epigraphicum Graecum
SIG Sylloge Inscriptionum Graecarum, W. Dittenberger, ed.
SJLA Studies in Judaism in Late Antiquity
SJT Scottish Journal of Theology
SMB:SBO Série Monographique “Benedictina”: Section Biblico-Oecuménique
s.n. serie nueva
SNT Schriften des Neuen Testaments
SNTSM Society for New Testament Studies Monograph(s)
S. Sal. Salmos de Salomón
ST Studia Theologica
SUNT Studien zur Umwelt des Neuen Testaments
s.v. sub verbo, sub vocabulo (bajo el vocablo en cuestión)
TAPA Transactions of the American Philological Association
TB Talmud Babilónico
TBC Torch Biblical Commentaries
TDNT Theological Dictionary of the New Testament, G. Kittel y G. Friedrich,
eds., trad. ing. por G. W. Bromiley, I–X
Teod. Teodoción (traductor griego del AT)
THKNT Theologischer Hand-Kommentar zum Neuen Testament
TJ Talmud jerosolimitano (palestino)
TKNT Theologischer Kommentar zum Neuen Testament
TM Texto Masorético (de la Biblia Hebrea)
TNTC Tyndale New Testament Commentaries
Tos. Tosefta
TQ Theologische Quartalschrift
TR Textus Receptus (“Texto Recibido”), 1633
trad. ing. Traducción inglesa
TU Texte und Untersuchungen
TynB Tyndale Bulletin
TZ Theologische Zeitschrift
VHA Versión Hispanoamericana
VM Versión Moderna
VNC Versión Nácar-Colunga
VP Versión Popular
VRV1 Versión Reina-Valera, 1909
VRV2 Versión Reina-Valera, 1960
VT Vetus Testamentum
WC Westminster Commentaries
WMANT Wissenschaftliche Monographien zum Alten und Neuen Testament
WNT Westminster New Testament
WTJ Westminster Theological Journal
WUNT Wissenschaftliche Untersuchungen zum Neuen Testament
ZKG Zeitschrift für Kirchengeschichte
ZKNT Zahn-Kommentar zum Neuen Testament
ZNW Zeitschrift für die neutestamentliche Wissenschaft
ZTK Zeitschrift für Theologie und Kirche
ZWT Zeitschrift für wissenschaftliche Theologie
INTRODUCCIÓN
2
1 Co. 15:10; cf. Ro. 15:17–20; 2 Co. 11:23.
3
Acerca de Marción ver sobre todo A. Harnack, Marcion: Das Evangelium vom fremden Gott,
Leipzig, 1921, 21924, complementado por su Neue Studien zu Marcion, Leipzig, 1923; también E. C.
Blackman, Marcion and his Influence, Londres, 1948.
4
La afirmación de Tertuliano de que Valentino, un líder gnóstico (c. 140 d.C.) “parece utilizar el
instrumentum entero”, es decir, el Nuevo Testamento (Prescripción contra herejes 38.7), ha sido
confirmada en gran medida por las pruebas que ofrecen primitivos tratados valentinianos encontrados entre
los papiros de Nag Hammadi (cf. W. C. van Unnik, Newly Discovered Gnostic Writings, trad. ing.,
Londres, 1960, pp. 58–68, y la advertencia de H. von Campenhausen, The Formation of the Christian
Bible, trad. ing., Londres, 1972, p. 140, n. 171).
cartas paulinas sino también cartas de otros “hombres apostólicos”. Y, al unir El
Evangelio y El Apóstol, Hechos adquiría mayor importancia que nunca, porque no sólo
consolidaba las pretensiones de Pablo sino que confirmaba la autoridad de los apóstoles
originales, es decir, aquellos que Marción había repudiado como falsos profetas y
corruptores de la verdad como se la encuentra en Jesús. Se confirmó la posición de
Hechos como la piedra clave en el arco del canon cristiano. Una obra católica como
Hechos constituía un eje adecuado para un canon católico; no podía tener cabida en un
canon sectario como el de Marción.5
Este aspecto significativo de Hechos se refleja en el título Los Hechos de los
Apóstoles, que se le ha dado desde aquella época hasta el presente. En la medida en que
lo corroboran las evidencias, Hechos recibió este título primeramente en el así llamado
Prólogo Antimarcionita al Tercer Evangelio, a fines del siglo II (el documento más
primitivo que existe, también, para atribuir la paternidad literaria de la doble obra a
Lucas, el médico de Antioquía).6 El título Los Hechos de los Apóstoles puede haber
tenido por intención señalar su testimonio tocante al hecho de que Pablo no era (como lo
pensaba Marción) el único apóstol fiel de Cristo. Aun así, da una impresión exagerada: el
único apóstol (aparte de Pablo) de quien se ofrece un relato extenso es Pedro. (Si el título
se limitara simplemente a Hechos de Apóstoles entonces la referencia podría ser a Pablo y
Pedro; aunque el autor, quien en general restringe el uso del término “apóstol” a los
miembros de los Doce, no se lo da a Pablo en el sentido en que Pablo lo reclama para sí
mismo.)7 Más exagerada todavía es la forma del título dado a esta obra en otro
documento que data aproximadamente de la misma fecha: el Canon Muratorio; allí se la
llama Los Hechos de Todos los Apóstoles,8 aunque nada se dice de la mayoría de ellos
después de la elección de Matías para tomar el lugar de Judas al final del primer capítulo.
Parece que él mismo no podía pretender haber sido testigo ocular de los primeros
acontecimientos registrados en su historia, pero había tenido acceso a la información que
podían aportar los testigos oculares. No fue el primero en bosquejar un relato basado en
la información de testigos oculares (Lucas piensa, quizás, en el Evangelio de Marcos
como un registro anterior al propio), pero afirma que su relato se basa en una
9
J. Knox, Marcion and the New Testament, Chicago, 1942, pp. 119–139. Una crítica cuidadosa y
detallada de este trabajo fue la contribución de N. B. Stonehouse a WTJ 6, 1943–1944, pp. 86–98. Otra
línea de argumentación para fechar Hechos alrededor de la mitad del siglo II es la que sigue J. C. O’Neill
en The Theology of Acts in its Historical Setting, Londres, 21970: Sus énfasis apologéticos lo colocan junto
a Justino Mártir, sin que Justino ni Lucas muestren ningún conocimiento del trabajo del otro.
10
Cf. A. N. Sherwin-White, Roman Society and Roman Law in the New Testament, Oxford, 1963,
pp. 144–162, 172–189.
11
El primer volumen se ajusta al género del evangelio, que Marcos había establecido; el segundo
volumen sigue el precedente que establecieron los primitivos historiadores griegos (ver E. Plümacher,
Lukas als hellenistischer Schriftsteller, Gotinga, 1972).
12
ver S. Brown, “The Role of the Prologues in Determining the Purpose of Luke-Acts”,
Perspectives on Luke-Acts, C. H. Talbert, ed., Edimburgo, 1978, pp. 99–111; L. C. A. Alexander, “Luke’s
Preface in the Context of Greek Preface-Writing”, NovT 28, 1986, pp. 48–74.
investigación completa y veraz y está dispuesto en una secuencia apropiada.13
Cuando dice que él mismo ha “seguido de cerca todas las cosas de un tiempo a esta
parte” da a entender que, cuando menos, ha tomado parte en algunos de los últimos
acontecimientos que registra.14 Es difícil evitar relacionar esta pretensión sobreentendida
con La incidencia de las secciones donde aparece la primera persona del plural
“nosotros” en Hechos, es decir, secciones (referidas principalmente a viajes por mar que
hicieron Pablo y algunos de sus amigos) en las cuales la narración se hace en primera
persona del plural (“nosotros”/“nos”, etc.) en lugar de la tercera persona del plural
habitual (“ellos”/“los”).15 Resulta razonable inferir que el narrador fue uno de los
compañeros de Pablo durante los períodos que cubren dichas secciones. Esta inferencia,
que no se hace universalmente,16 puede haber dado origen en fecha temprana a la
tradición de que el autor de la obra en dos partes fue Lucas el médico, mencionado como
uno de los compañeros de Pablo en Colosenses 4:14. Por otro lado, la tradición y las
pruebas internas que ofrecen las secciones en primera persona del plural pueden ser
independientes entre sí, y por consiguiente mutuamente confirmatorias. La tradición
aparece al final del siglo II en el así llamado Prólogo Antimarcionita a Lucas y en el
Canon Muratorio, y posiblemente en una fecha aún más temprana se incorporó en una o
dos revisiones críticas de Hechos. El texto original no revela el nombre del autor, pero el
texto occidental de 11:28, que cuenta el incidente de Antioquía, a orillas del Orontes,
poco después de haberse fundado la iglesia allí, aparece en primera persona del plural
(“cuando nos reunimos”), lo cual sugiere que el relator era antioqueño (y confirma así la
tradición en este sentido en el Prólogo Antimarcionita).17 Además, una revisión crítica
anterior (aunque podría ser la misma) contiene el nombre Lucas en la narración de las
secciones en primera del plural en 20:13.18 En este comentario se acepta la autoría lucana
de las dos obras, aunque se reconoce que algunos estudiosos encuentran imposible creer
que el autor pueda haber conocido personalmente a Pablo.19
Lucas, entonces (como llamaremos al autor de aquí en más), anuncia que su propósito
13
Contrastar la afirmación de Papías de que Marcos registró las memorias de Pedro, “aunque no
en orden”, Eusebio, HE 3.39.15. Papías probablemente usó algún otro registro como parámetro con el cual
evaluó el orden de los eventos en el Evangelio de Marcos.
14
Para el sentido de παρακολουθεω ανωθεν (Lc. 1:3) ver H. J. Cadbury, “Commentary on the
Preface of Luke”, Beginnings I.2, pp. 489–510, especialmente pp. 501–503.
15
Las tres secciones en plural, “nosotros”, están en Hch. 16:10–17; 20:5–21:18; 27:1–28:16. ver
H. J. Cadbury, “ ‘We’ and ‘I’ Passages in Luke-Acts”, NTS 3, 1956–1957, pp. 128–132; M. Hengel, Acts
and the History of Earliest Christianity, trad. ing., Londres, 1979, pp. 66s.
16
Para una perspectiva muy diferente acerca del “nosotros” de Hechos ver E. Haenchen, “ ‘We’ in
Acts and the Itinerary”, trad. ing., JTC 1, 1965, pp. 65–99.
17
Ver pp. 270 (n. 33), 272.
18
Ver p. 453, n. 31.
19
Cf. C. K. Barrett, “Acts and the Pauline Corpus”, ExT 88, 1976–77, p. 4, col. 2; se refiere a su
New Testament Essays, Londres, 1972, pp. 82s., 98, 115.
al escribir era proporcionar a Teófilo (quienquiera que haya sido) un relato veraz y
ordenado de los orígenes del cristianismo, acerca del cual Teófilo ya tenía alguna
información. Le interesaba que su receptor se apoyara confiadamente en el relato que
ahora le brindaba. La primera parte de la narración, que se encuentra en lo que
conocemos como el Tercer Evangelio, es en esencia un registro del testimonio apostólico
del ministerio de las palabras, la obra, la pasión y el triunfo de Jesús, ampliado con el
material reunido por el mismo Lucas.20 El segundo volumen retoma la historia después de
la resurrección de Jesús y la continúa por unos treinta años; relata el progreso del
evangelio por el camino que va desde Judea, vía Antioquía, hasta Roma, y termina
mostrando al heraldo principal del evangelio proclamándolo en el corazón del imperio,
con evidente tolerancia por parte de las autoridades imperiales.
Pero no sólo es información lo que Lucas se propone ofrecer a Teófilo. En la época
en que escribía “en todas partes se habla contra” —para emplear una locución que le era
propia— el cristianismo (28:22). Había una sospecha ampliamente difundida de que se
trataba de un movimiento subversivo, una amenaza para el orden establecido. Y, por
cierto, a los ojos de aquellos que daban cierta importancia a la ley y al orden imperial, el
cristianismo había comenzado con una seria desventaja. Un gobernador romano había
condenado a muerte al fundador del cristianismo, y esto era innegable, acusado de
sedición. Así, el juicio de Tácito acerca del carácter criminal del cristianismo se basaba
parcialmente en el hecho de que debía su comienzo a un tal Cristo, “ejecutado por
sentencia del procurador Poncio Pilato siendo Tiberio emperador”.21 De modo que el
movimiento tan poco auspiciosamente inaugurado aparecía seguido de tumultos y
desórdenes dondequiera se extendía, tanto en las provincias romanas como en la misma
Roma. Lucas se propone solucionar este inconveniente.
La crucifixión de Cristo se presenta en el Evangelio de Lucas como un craso error de
la justicia. Es verdad que Pilato lo sentenció a muerte, pero ya había pronunciado su
veredicto de que no era culpable de los cargos que se le atribuían, y dictó la sentencia de
muerte sólo bajo presión y en contra de su mejor criterio.22 Herodes Antipas, tetrarca de
Galilea, donde Jesús desarrolló la mayor parte de su ministerio público, estuvo de
acuerdo en que no había razón para tomar en serio los cargos que se le hacían.23
De modo similar, en los Hechos diversos funcionarios, gentiles y judíos, muestran
buena voluntad hacia Pablo y otros misioneros cristianos, o al menos admiten que no hay
fundamento para las acusaciones que hacían sus opositores. En Chipre, el procónsul de la
provincia isleña recibe una impresión favorable de Pablo y Bernabé, como también de su
mensaje y actividad.24 En Filipos, colonia romana, los principales magistrados colegiados
20
Cf. tres comentarios importantes: E. E. Ellis, The Gospel of Luke, NCB, Grand Rapids/Londres,
2
1974; I. H. Marshall, The Gospel of Luke, NIGTC, Grand Rapids/Exeter, 1978; J. A. Fitzmyer The Gospel
according to Luke, AB, Garden City, N. Y. 1981–85.
21
Anales 15.44.4.
22
Lc. 23:4, 24.
23
Lc. 23:15.
24
Hch. 13:7, 12.
piden disculpas a Pablo y a Silas por haberlos azotado y encarcelado ilegalmente.25 En
Corinto, el procónsul de Acaya, Galión (miembro de una influyente familia romana),
decide que los cargos de los líderes judíos locales en contra de Pablo se relacionan con
disputas internas de la religión judía, y lo declara inocente de cualquier ofensa contra la
ley romana.26 En Efeso, los asiarcas, ciudadanos prominentes de la provincia de Asia, se
muestran amigos de Pablo, y el oficial ejecutivo principal de la administración de la
ciudad lo absuelve, junto con sus asociados, de todo cargo de sacrilegio público.27
Durante la última visita de Pablo a Judea, los procuradores Félix y Festo, sucesivamente,
no encuentran ningún fundamento en los cargos que presenta el Sanedrín, sea de intento
de violación de la santidad del templo de Jerusalén o de provocar disturbios en todo el
imperio.28 Agripa II, el rey judío subordinado a Roma, está de acuerdo con Festo en que
Pablo no ha hecho nada que merezca la muerte o el encarcelamiento, y que podría haber
sido liberado de inmediato sí no hubiera apelado al tribunal imperial de Roma,
impidiendo así una decisión por parte del procurador.29 Cuando se lo lleva a Roma para
oír su caso, ocupa la espera de dos años predicando el evangelio, bajo constante
vigilancia, sin que se intente obstaculizarlo.30 Si el cristianismo hubiese sido un
movimiento tan anárquico como se creía ampliamente, por cierto que la guardia
pretoriana, bajo cuya custodia se encontraba Pablo, no le habría permitido propagarlo.
Por lo tanto, podríamos preguntamos cómo es que tanta contienda y desorden
acompañaron el avance del cristianismo. Lucas acusa a las autoridades judías de Judea y
las otras provincias de ser los principales responsables de esa situación. Fue la clase
dirigente sumo sacerdotal de Jerusalén la que llevó a Jesús ante Pilato y, una generación
más tarde, la que llevó a Pablo ante Félix y Festo; y las comunidades judías locales, que
se negaban a aceptar el mensaje de salvación y se irritaban cuando lo aceptaban sus
vecinos gentiles, fomentaron la mayor parte de los disturbios que se produjeron cuando se
introdujo el evangelio en las provincias romanas.31
Sin embargo, Lucas no se opone a lo judío por principio. El cristianismo no es para él
una innovación, sino el debido cumplimiento de la religión de Israel. Se preocupa por
presentar a Pablo como judío leal y respetuoso de la ley. Esto se desprende
particularmente de los discursos que hace Pablo en defensa propia en Jerusalén, Cesarea
25
Hch. 16:37–39.
26
Hch. 18:12–17.
27
Hch. 19:31, 35–41.
28
Hch. 24:22–25:25.
29
Hch. 26:30–32.
30
Hch. 28:30s.
31
Hay dos ocasiones en Hechos en que un ataque contra los misioneros cristianos vino de gentiles,
y en ambas la razón era una amenaza real o imaginaria a intereses de propiedad: en Filipos (16:16–21) y en
Efeso (19:23–27).
y Roma.32 Al igual que en el caso de los otros discursos sobre los que hay informes en
Hechos, Lucas (en la mejor tradición de Tucídides) intenta dar el sentido general de lo
que realmente se decía,33 mientras al mismo tiempo hace de los discursos una parte
integral de su presentación y argumento. En dichos discursos apologéticos, entonces,
Pablo afirma creer todo lo que está en la ley y los profetas, y no haber hecho nada
contrario a las costumbres ancestrales de Israel.34 El único punto en cuestión entre él y
sus acusadores es la fe en la resurrección. Por esto quiere significar la fe de que Jesús se
levantó de los muertos, pero la resurrección de Jesús es para él la confirmación de la
esperanza nacional judía. ¿Por qué entonces habrían de rechazarla?35 Nada se dice en
estos discursos acerca del evangelio paulino de liberación de la ley que, de acuerdo con
sus cartas, era la principal piedra de tropiezo a la vista de sus opositores, fueran judíos o
cristianos judaizantes.
Es necesario, entonces, buscar un apropiado marco vital para una obra que destaca la
nota apologética justo de este modo. Una sugerencia atractiva señala el período
correspondiente al año 66 d.C. o poco después, cuando los principales acusadores de
Pablo, las autoridades judías, se habían desacreditado completamente ante los ojos
romanos por la revuelta contra el gobierno imperial.36 Es cierto que el mismo Pablo ya
estaba muerto para ese entonces, pero las acusaciones en su contra, especialmente la de
fomentar el desorden público, continuaban adjudicándose a los cristianos en general, y su
defensa, que podría haberse visto como vindicada de paso, podría alegarse válidamente a
favor de ellos. En aquellos años habría sido bastante efectivo destacar que, a diferencia de
los rebeldes judíos, los cristianos no eran desleales al imperio; que, de hecho, eran los
mismos judíos rebeldes los que siempre habían hecho todo lo que podían para renegar del
cristianismo.
A principios del siglo XX, Adolf Harnack37 y, más de sesenta años más tarde, J. A.
Robinson38 esgrimieron, como defensa de una fecha anterior al año 70 para ambos
32
Hch. 22:3–21; 23:6; 24:10–21; 25:8, 10s.; 26:2–23; 28:17–20. ver F. Veltmann, “The Defense
Speeches of Paul in Acts”, en Perspectives on Luke-Acts, C. H. Talbert, ed., pp. 243–256.
33
Tucídides sienta un precedente para los historiadores serios con su política acerca de la
inclusión de discursos en su obra (Historia 1.22.1). Ver M. I. Finley en sus apreciaciones acerca del
establecimiento de este proceder en Ancient History: Evidence and Models, Londres, 1985, pp. 13–15.
34
Hch. 24:12; 28:17. Ver más adelante p. 592, con n. 63.
35
Hch. 23:6; 24:14s.; 26:6–8, 23; 28:20.
36
Cf. T. W. Manson, Studies in the Gospels and Epistles, Manchester, 1962, pp. 56, 62–67. Para
otras consideraciones que señalan una fecha entre el 66 y el 70 ver C. S. C. Williams, “The Date of Luke-
Acts”, ExT 64, 1952–1953, pp. 283s.; The Acts of the Apostles, BNTC, Londres/Nueva York, 1957, pp. 13–
15.
37
The Date of the Acts and of the Synoptic Gospels, trad. ing., Londres, 1911, pp. 90–116. Cf. R.
B. Rackham, The Acts of the Apostles, Londres, 1901, pp. 1–lv.
38
Redating the New Testament, Londres, 1976, pp. 86–92.
trabajos, el argumento de que no hay nada en Hechos —y ni siquiera en Lucas—39 que
presuponga la revuelta judía y la consiguiente destrucción del templo y la ciudad de
Jerusalén (70 d.C). Ciertamente, se ha argumentado, debido a que no hay alusión a dos
eventos anteriores —la persecución neroniana y la ejecución de Pablo— que la
composición de Lucas–Hechos probablemente deba fecharse no más allá del 65 d.C.40 En
lo que hace a la persecución neroniana, hasta Tácito (que no era amigo de los cristianos)
admite que fue la acción debida a la malignidad de un hombre más que la expresión de
una política pública,41 y podría sostenerse que la reprobación oficial de la memoria y de
las acciones de Nerón a su muerte tenía por objeto ocultar su persecución de los
cristianos de Roma. Así que el hecho de que Lucas registre juicios favorables expresados
acerca del cristianismo por medio de otras autoridades romanas podría haber tenido la
intención de sugerir que la actividad anticristiana de Nerón fue un ataque irresponsable y
criminal de ese gobernante ahora execrado, sobre un movimiento cuya inocencia había
sido ampliamente atestiguada por muchos representantes más dignos del poder romano.
Por lo demás, sea que la ejecución de Pablo haya sido o no un incidente de la
persecución neroniana, el que no se lo mencione en Hechos no constituye un argumento
decisivo para fechar el libro:42 el objetivo de Lucas se ha alcanzado cuando ha ubicado a
Pablo en Roma y lo ha dejado allí predicando el evangelio libremente.43 Por cierto que la
llegada de Pablo a Roma, su testimonio del evangelio allí durante dos años, el
procedimiento legal que involucraba la audición de su apelación al César, deben haber
trasmitido el cristianismo a oídos de clases de la sociedad romana sobre las cuales, hasta
entonces, no había hecho ninguna impresión. El interés surgido no murió, sino que se
mantuvo y creció, hasta que bajo Domiciano (81–96 d. C.) llegó a los niveles más
elevados. En cualquier momento de este período, un trabajo que ofreciera una historia
39
La forma lucana del discurso del monte de los Olivos, especialmente el reemplazo de “la
abominación desoladora” (Mr. 13:14) por “Jerusalén rodeada de ejércitos” (Lc. 21:20), generalmente ha
sido considerada como evidencia de una fecha posterior al 70 d.C. Pero ver C. H. Dodd, “The Fall of
Jerusalem and the ‘Abomination of Desolation’ ” (1947), More New Testament Studies, Manchester, 1968,
pp. 69–83. La fecha de la forma que da Lucas al discurso del monte de los Olivos sería irrelevante, de
cualquier modo, para la fecha de Hechos si C. S. C. Williams estuviera en lo cierto al sostener que el
“primer tratado”, del cual Hechos es un segunda parte, debería identificarse con el “proto-Lucas”
(esencialmente, Q + L) (“The Date of Luke-Acts”).
40
Cf. R. B. Rackham, “The Acts of the Apostles. 2. A Plea for an Early Date”, JTS 1, 1899–1900,
pp. 76–87.
41
Tácito, Anales 15.44.8.
42
El hecho de que el resultado del juicio de Pablo no se mencione en Hechos ha sido explicado
por la hipótesis de la propia muerte de Lucas antes de que finalizara su obra (cf. J. de Zwaan, “Was the
Book of Acts a Posthumous Edition?”, HTR 17, 1924, pp. 95–153; H. Lietzmann, The Founding of the
Church Universal, trad. ing., Londres, 1950, p. 78. Pero Lucas probablemente terminó su trabajo
exactamente como intentó hacerlo.
43
Es absurdo decir, como lo dijo Ramsay, “Nadie puede aceptar el final de Hechos como la
conclusión de una historia racionalmente concebida” (St. Paul the Traveller, pp. 351s.), y es precario
argumentar, como él y algunos otros (incluido T. Zahn, INT, trad. ing. III, Edimburgo, 1909, pp. 58–61) lo
han hecho, de que Lucas debe de haber planeado un tercer volumen para completar su Historia.
inteligible del surgimiento y progreso del cristianismo y, al mismo tiempo, una respuesta
razonable a las calumnias populares en su contra tenía la seguridad de ser recibido entre
el inteligente público lector —o más bien el público oyente—44 de Roma, de quien
Teófilo era, probablemente, un representante. Su defensa positiva se expresaba mejor en
las palabras de Pablo, el ciudadano romano, cuya apelación al César se hizo no sólo por
él sino también por toda la comunidad cristiana y su fe.
Resulta difícil fijar la fecha de composición de Hechos en forma más precisa que
decir que fue en algún momento dentro del período flaviano (69–96 d.C.), posiblemente
alrededor de la mitad de este tiempo. Los argumentos por los cuales Sir William Ramsay,
a fines del siglo XIX, llegó a la conclusión de que fue compuesto alrededor del 80 d.C.
son precarios,45 pero nada que haya sido descubierto desde entonces ha señalado una
fecha más probable. Una consideración, admitidamente subjetiva, es la perspectiva desde
la cual la obra fue compuesta. Las relaciones entre Pablo, Pedro y Jacobo de Jerusalén se
presentan de un modo que sería mucho más natural si los tres hubieran muerto ya y el
autor hubiera podido ver sus logros duraderos en una proporción más satisfactoria de lo
que se hubiera podido lograr tan fácilmente si todavía habrían estado vivos. Por cierto
que la impresión que nos ofrece acerca de sus relaciones no es la impresión que se recibe
por las cartas de Pablo, y resulta más inteligible si hubieran estado muertos desde hacía
algunos años y sus desacuerdos (a los ojos de un hombre como Lucas, por lo menos)46 ya
no parecieran tan importantes como en el tiempo en que ocurrieron.47
La narración de Lucas, como la tenemos, no puede haber tenido la intención de servir
como evidencia para la defensa cuando se oyó la apelación de Pablo en la corte imperial.
Un documento escrito con ese propósito puede haber servido como fuente para Hechos,
pero hay muchas cosas en el libro (y a fortiori en Lucas–Hechos) que hubieran resultado
bastante irrelevantes en lo forense, sea, por un lado, el relato detallado del viaje de Pablo
y su naufragio o, por el otro lado, el generalizado énfasis sobre el papel dominante del
Espíritu Santo en la expansión del evangelio. Este énfasis constituye uno de los motivos
44
Era costumbre en Roma que una compañía se juntara para escuchar la lectura de una obra nueva
a cargo del autor o de algún otro. Cf. también M. Dibelius: “En el mercado del libro, al cual, a diferencia de
otros escritos cristianos primitivos, estos ‘dos volúmenes’ obviamente llegaron, probablemente fueron
conocidos como ‘Los hechos de Jesús, por Lucas’ y ‘Los hechos de los apóstoles, por Lucas’ ”. Hechos en
particular debe de haber sido escrito no sólo para las comunidades cristianas “sino también para los lectores
cultos, gentiles o cristianos” (Studies, pp. 103s.).
45
Ramsay, sosteniendo que “el año decimoquinto del imperio de Tiberio César” (Lc. 3:1) fue
contado desde el 12 d.C., “cuando Tiberio fue asociado por Augusto en el imperio”, y no desde su año de
ascensión (14 d.C.), llegó a la conclusión de que sólo podría haberse seguido un método tan inusual de
reconocimiento de años cuando se hubiese dado una situación similar (o se hubiese dado muy
recientemente), a saber, la asociación de Tito con Vespasiano en el gobierno imperial el 1 de julio del 71 d.
C., ocho años antes de su ascenso como emperador único (St. Paul the Traveller, pp. 386s.). Pero su
interpretación de Lc. 3:1 es improbable.
46
Ver p. 355 más adelante (sobre 15.38s.)
47
Cf. A. Ehrhardt, The Acts of the Apostles: Ten Lectures, Manchester, 1969, pp. 4, 50, 88s., et
passim.
teológicos centrales de Lucas.48 Otro motivo es su concepto de la historia de la
salvación:49 el evangelio, basado como está en la resurrección de Cristo, es la
culminación de un largo proceso preparatorio de revelación y dominio, rastreado hasta el
éxodo de Israel desde Egipto (como en el discurso de Pablo en la sinagoga de Antioquía
de Pisidia)50 o, aun más lejos, hasta el llamado de Abraham (como en la defensa de
Esteban ante el Sanedrín).51
¿Hubieran sido más pertinentes estos énfasis para el público inteligente que tenía en
vista Lucas de lo que hubieran sido para el consejo de defensa de Pablo ante Nerón? Para
muchos miembros de ese público habrían significado muy poco, pero el mismo Teófilo, y
otros como él, pueden muy bien haber sido conversos o casi conversos a la fe cristiana.
En cualquier caso, Lucas desea dejar en claro que el progreso de esta fe no fue el mero
producto de la planificación humana; fue dirigido por mediación divina. De cualquier
modo, esto puede haber contribuido al propósito apologético de Lucas, aunque no hubiera
sido demasiado útil como alegato en un tribunal judicial romano.
Lucas es, de hecho, el pionero entre los apologistas cristianos, especialmente en
aquella forma de apologética que se dirige a las autoridades civiles para establecer que el
cristianismo enseñaba el respeto a la ley. Pero en el curso del trabajo se presentan otras
formas de apologética, particularmente en algunos de los discursos de Hechos. Así, la
defensa de Esteban es el prototipo de la apologética cristiana en contra de los judíos,
diseñada para demostrar que el cristianismo, y no el judaísmo, es el cumplimiento
verdadero de la palabra de Dios hablada por medio de Moisés y los profetas, y que el
rechazo que los judíos experimentan hacia el evangelio es coherente con su rechazo del
mensaje divino que les trajeron mensajeros anteriores. El discurso de Pablo al público
ateniense en el Areópago es uno de los ejemplos más primitivos de la apologética
cristiana ante los paganos, diseñada para mostrar que el verdadero conocimiento de Dios
se da en el evangelio y no en las vanidades idólatras del paganismo.52 Su discurso de
despedida en Mileto ante los ancianos de la iglesia efesia es en parte apologético:
responde implícitamente a algunas críticas hechas en su contra dentro de la comunidad
cristiana.53 Y su discurso en Cesarea ante Agripa el joven es la apología culminante para
su propia carrera misionera.54
48
La comunidad cristiana está llena del Espíritu y él la guía; tanto así es que su voz es la voz del
Espíritu (cf., p. ej., 5:3; 15:28) y el Espíritu dirige toda la empresa evangelizadora, desde Jerusalén hasta
Roma (cf., p. ej., 16:6–10).
49
Cf. E. Lohse, “Lukas als Theologe der Heilsgeschichte”, Evangelische Theologie 14, 1954–55,
pp. 254–275; H. Flender, St. Luke: Theologian of Redemptive History, trad. ing., Londres, 1967.
50
Hch. 13:16–41.
51
Hch. 7:2–53.
52
Hch. 17:22–31.
53
Hch. 20:18–35.
54
Hch. 26:2–23.
III. PABLO EN HECHOS
En varias de sus cartas Pablo se vio ante la necesidad de defender la realidad de su
llamado y comisión divinos en contra de aquellos que la cuestionaban, y apeló en apoyo
de este reclamo a las “señales de apóstol” que distinguían su ministerio.55 No era
necesario para él describir en detalle esas señales a las personas que tuvieron experiencias
de ellas de primera mano. Pero otros lectores de sus cartas pueden haber dudado de la
validez de esta apelación si no hubiera sido por el registro que hace Lucas del ministerio
de Pablo. Nadie podría leer Hechos sin dudar de que Pablo realmente había sido
comisionado por el Cristo resucitado como “instrumento escogido”56 en su mano para la
amplia proclamación del evangelio.
La vindicación del reclamo de Pablo no fue el propósito principal de Lucas al
escribir. Lucas muestra, al pasar, que la comisión de Pablo era tan válida como la de
Pedro, y que ambos hombres fueron igualmente fieles a su comisión. Pero estos aspectos
secundarios de su obra adquirieron especial importancia en el siglo I, en vista de la
tendencia de los marcionitas de reclamar a Pablo en forma peculiar para ellos mismos, y
también en vista de las tendencias de otros de desprestigiar la carrera de Pablo en interés
de la de Pedro o de la de Jacobo.57 Tertuliano, por ejemplo, señala la incoherencia de
aquellos sectarios (los marcionitas en particular, sin duda) que rechazaban el testimonio
de Hechos, pero apelaban tan confiadamente a la autoridad única de Pablo. “Deben
mostrarnos primero de todo quién era este Pablo”, les dice. “¿Qué era antes de llegar a ser
apóstol? ¿Cómo llegó a ser apóstol?”58 Pablo, en sus cartas, da su propia respuesta a tales
preguntas, pero para corroboración independiente naturalmente se apelaría a Hechos, una
vez que esa obra se hubiera publicado. Pero esto no lo podían hacer los marcionitas:
Hechos realmente vindicaba los reclamos que Pablo hacía para sí, por cierto, pero
también vindicaba simultáneamente los reclamos que Pedro hacía para sí. Este testimonio
resultaba inaceptable. Hechos muestra que Pedro y el resto de los doce fueron verdaderos
y fieles apóstoles de Jesucristo (cosa que los marcionitas negaban) al mismo tiempo que
muestra cómo el logro misionero de Pablo fue no sólo tan grande como el de ellos, sino
mayor aún. Una característica de Hechos que se observará en el curso de nuestra
exposición es la serie de paralelos que se trazan entre la actividad misionera de Pedro y la
de Pablo,59 aunque ninguna de los dos se erige como la norma de comparación por la cual
se mide a la otra.
55
2 Co. 12:12; cf. C. K. Barrett, The Signs of an Apostle, Londres, 1970.
56
Hch. 9:15.
57
Tendencias que más tarde encontraron su expresión literaria en la Homilía clementina y las
Recogniciones clementinas (siglo III o IV d.C.)
58
Prescripción contra herejes 23. En la sección precedente (22) Tertuliano había dicho de
Hechos: “Aquellos que no aceptan este volumen de escritura no pueden tener nada que ver con el Espíritu
Santo, porque no pueden saber si el Espíritu Santo ha sido enviado ya a los discípulos, ni pueden afirmar
que constituyen la iglesia, ya que no pueden mostrar cuándo se estableció este cuerpo o dónde tuvo su
origen”.
59
Ver más adelante, p. 428, n. 14, para algunos detalles sobre estos paralelos.
Al registrar la grandeza del logro de Pablo, Hechos puede haber tenido consecuencias
felices más allá de la intención inmediata de Lucas. Una comparación del discurso de
despedida de Pablo en Mileto con las pruebas que ofrecen las epístolas pastorales sugiere
que, después que Pablo dejó su campo de misión egea, declinó su influencia allí y
especialmente en la provincia de Asia, y sus opositores ganaron, por lo menos, una
victoria temporaria en las iglesias.60 Pero en la medida en que esos rivales inculcaron
tendencias judaizantes, empero, su victoria fue muy temporaria. Antes de mucho tiempo,
el nombre y la reputación de Pablo fueron firmemente restablecidos y venerados en las
zonas que había evangelizado (aun cuando su enseñanza no se entendiera o no se aplicara
tan coherentemente como él hubiera deseado). Pueden encontrarse dos razones para esta
reivindicación de la memoria de Pablo. Una fue la dispersión de la iglesia de Jerusalén,
poco después de la caída de esa ciudad en el 70 d. C. Otra razón, y más importante, fue
probablemente la publicación de Hechos y su circulación entre las iglesias egeas: un
público más extenso que aquel al cual Lucas dirigió primero su Historia. La aparición de
Hechos debe haber engendrado un avivamiento del interés en Pablo; hasta puede, como
lo sugirió Edgar J. Goodspeed, haber hecho algo para estimular la reunión de sus escritos
en un solo cuerpo literario que circuló entre las iglesias.61 Resulta un punto digno de
notarse (y uno que se ha interpretado variadamente) el que el autor de Hechos no trasunte
ningún conocimiento de las cartas de Pablo;62 aparte de cualquier otra cosa que esto
quiera decir, significa casi con certeza que Hechos se escribió antes que las cartas
comenzaran a conocerse en forma general como unidades dentro de una colección.63
Pablo, sin duda, es el héroe de Lucas. Y este hecho llega a explicar la diferencia entre
la impresión que da Lucas de la personalidad de Pablo y la que recibimos de las propias
cartas paulinas. Porque Pablo, ciertamente, no era ante sus propios ojos ningún héroe. En
Hechos, desde el momento en que sale de Antioquía para hacer un extenso trabajo
misionero, Pablo domina la situación. Siempre está seguro de sí; siempre triunfa. En sus
cartas Pablo es, demasiado a menudo, la víctima de emociones conflictivas: “de fuera,
60
Comparar 20:29s. con 2 Ti. 1:15.
61
E. J. Goodspeed, INT, Chicago, 1937, pp. 210–217.
62
Esto ha recibido contestación, especialmente de M. S. Enslin, de acuerdo con quien Lucas no
sólo conoció las auténticas cartas paulinas sino que las usó como su principal fuente histórica y literaria,
reconstruyendo las actividades de Pablo con su ayuda sobre el principio de que lo que debería haber sido,
debe haber sido y realmente fue (Reapproaching Paul, Filadelfia, 1962, p. 27; cf. su “Luke’ and ‘Paul’ ”,
JAOS 58, 1938, pp. 81–91; “Once Again: Luke and Paul”, ZNW 61, 1970, pp. 253–271; “Luke, the Literary
Physician”, D. E. Aune, ed., Studies in New Testament and Early Christian Literature: Essays in Honor of
Allen P. Wikgren = NovT Sup. 33, Leiden, 1972, pp. 135–143).
63
Si las cartas paulinas no le proveyeron una fuente a Lucas, ¿qué fuentes utilizó? La pregunta es
más difícil de responder para Hechos (ninguna de sus fuentes ha sido preservada independientemente) que
para el Tercer Evangelio (donde una o dos de las fuentes todavía están disponibles para una inspección por
separado). Además de las narraciones en plural (“nosotros”), probablemente utilizó (en tercera persona)
otro itinerario (especialmente para el viaje anatoliano de Bernabé y Pablo mencionado en 13:13–14:26, y
quizás para el viaje de Pablo mencionado en 18:22s.); una o más fuentes de Jerusalén para la historia
primitiva de la iglesia madre, una fuente helenista (¿antioqueña?) (6:8–8:40; 11:19–26), y una colección de
Hechos de Pedro (9:32–11:18; 12:1–17). No siempre es fácil decidir qué fuentes putativas fueron escritas y
cuáles fueron orales. Ver J. Dupont, The Sources of Acts, trad. ing., Londres, 1964.
conflictos; de dentro, temores” (2 Co. 7:5). Confiesa que no tiene ni la seguridad en sí
mismo ni la autoafirmación que tienen los intrusos que le han ocasionado problemas
entre sus convertidos en Corinto; allí donde esos otros explotan a sus convertidos, él se
niega a reclamar sus derechos como su padre espiritual, y algunos de ellos lo desprecian
por su debilidad.64 El Pablo de las cartas es un personaje multifacético. Algunas veces,
por cierto, puede afirmar su autoridad,65 y esta es la faceta suya que Lucas pinta
principalmente.66 Pero aunque hay aspectos del verdadero Pablo que difícilmente
podríamos adivinar si no tuviéramos sus cartas, el cuadro de él que nos ofrece Lucas es
indeleble. Y al darnos este cuadro, con todas sus limitaciones, Lucas ha hecho una gran
contribución —por cierto, única— al registro de la expansión del cristianismo primitivo.
Su narración, de hecho, es una fuente de información del valor más alto para la historia
de la civilización.67
Puede ser o no algo bueno que, en la mayor parte del mundo hoy, el cristianismo se
vea como una religión europea. Pero, ¿cómo es que una fe que surgió en Asia se integró a
la civilización europea en lugar de la asiática? La respuesta seguramente es que, en la
providencia de Dios, su heraldo y misionero más importante en las tres décadas que
siguieron a su inicio fue un ciudadano romano, que vio cómo los centros y las
comunicaciones estratégicas del imperio romano podían ponerse al servicio del reino de
Cristo, y plantó la fe cristiana en esos centros y a lo largo de esas líneas de comunicación.
“En poco más de diez años san Pablo estableció la iglesia en cuatro provincias del
imperio: Galacia, Macedonia, Acaya y Asia. Antes del 47 d.C. no había iglesias en esas
provincias; en el 57 d. C. san Pablo podía hablar como si su trabajo estuviera completo, y
planear extensos viajes hacia el lejano oeste sin ansiedad de que las iglesias que había
fundado perecieran en su ausencia por necesidad de su guía y apoyo.”68
Lucas es el historiador de esta empresa, una de las de mayor alcance en la historia
mundial. Muestra claramente cómo fue llevada a cabo. “Hablando en forma general, la
actividad de Pablo se basaba sobre ciertos centros, desde los cuales emprendía sus viajes
más largos y más cortos, y que en el curso de los años fueron transferidos de una
provincia a otra.”69 El primero de esos centros fue Damasco, desde el cual (de acuerdo
con el propio relato de Pablo en Gálatas) penetró a la Arabia nabatea. Hubiera hecho de
Jerusalén su próximo centro si es que (de acuerdo con el relato de Lucas) no habría sido
64
2 Co. 10:1–12:13.
65
Cf. 1 Co. 4:18–21; 5:3–5; 2 Co. 13:1–4.
66
J. Jervell señala que Pablo como el carismático hombre de poder, de quien claramente Hechos
da testimonio, no es sino uno de los muchos aspectos que Pablo presenta en sus cartas (“Der unbekannte
Paulus”, Die paulinische Literatur und Theologie, S. Pedersen, ed., Aarhus/Gotinga, 1980).
67
No hay otro historiador griego comparable a Lucas entre Polibio (fl. 146 a.C.) y Eusebio (fl. 325
d.C.); ver A. Ehrhardt, “The Construction and Purpose of the Acts of the Apostles”, The Framework of the
New Testament Stories, Manchester, 1964, p. 64.
68
R. Allen, Missionary Methods: St. Paul’s or Ours?, Londres, 1927, p. 3.
69
M. Dibelius, Paul, W. G. Kümmel, ed., trad. ing., Londres, 1953, p. 69.
dirigido divinamente a no establecerse allí. Por lo tanto, volvió a su Tarso nativo, que le
proveyó una base conveniente para la evangelización de las provincias unidas de Siria y
Cilicia (para lo cual el mismo Pablo, otra vez en Gálatas, es nuestra autoridad). Luego,
durante períodos más cortos o más largos, sus centros sucesivos fueron Antioquía en el
Orantes, Corinto, Efeso, Roma.70 Algo de sus logros mientras trabajaba en un centro tras
otro, y predicaba el evangelio por los caminos que los unían, puede colegirse de sus
cartas. Pero es a Lucas a quien debemos agradecer por el registro coherente de la
actividad de Pablo.71 Sin su registro, seríamos incalculablemente más pobres. Aun con
ellos hay muchas cosas acerca de la carrera de Pablo que permanecen en la oscuridad;
pero serían muchas más si no tuviéramos el libro de Hechos.
HECHOS 1
A. PRÓLOGO (1:1–3)
1 El primer volumen que escribí,1 Teófilo, trataba de todo lo que Jesús comenzó a
hacer y enseñar
70
ver D. T. Rowlingson, “The Geographical Orientation of Paul’s Missionary Interests”, JBL 69,
1950, pp. 341–344.
71
Para intentos de presentar un registro coherente acerca de la actividad de Pablo sin la ayuda de
Hechos ver J. Knox, Chapters in a Life of Paul, Nueva York, 1950; G. Lüdemann, Paul, Apostle to the
Gentiles: Studies in Chronology, trad. ing., Londres, 1984.
1
El sujeto de “escribí” (εποιησαµην) es el mismo que el “mí” de “me pareció bien a mí” (εδοξε
καµοι) de Lc. 1:3, y muy probablemente está incluido en el «nosotros» de las secciones en plural en Hechos
(cf. p. 28). ver H. J. Cadbury, “ ‘Wé’ and ‘I’ Passages in Luke-Acts”, NTS 3, 1956–1957, pp. 128–132.
2 hasta el día en que fue arrebatado, después que hubo dado su mandamiento por
medio del Espíritu Santo a los apóstoles que había elegido.2
3 Fue a ellos que se presentó vivo después de su pasión mediante muchas señales
convincentes; se les apareció durante un período de cuarenta días y les habló
acerca del reino de Dios.
1–2 Teófilo, a quien está dedicado aquí el segundo volumen de la historia de Lucas, se
menciona de modo similar al comienzo del primer volumen, donde recibe el título de
“excelentísimo” (Lc. 1:3). Ha habido mucha especulación dudosa acerca de él. Algunos
han llegado a sugerir que no era ningún individuo en particular, sino que el nombre
Teófilo —“amado por Dios”— se utiliza aquí para designar al “lector cristiano”. El uso
del título honorífico “excelentísimo” hace que esto sea improbable. No podemos estar
seguros, sin embargo, si el título “excelentísimo” se aplica a Teófilo en sentido técnico,
indicando su rango, o si se le otorga a modo de cortesía.3 Tampoco se gana mucho
señalando la omisión del título en Hechos, como cuando se sugiere que Teófilo se hizo
cristiano después de recibir el “primer volumen” y, por lo tanto, ya no esperaría títulos
mundanos de rango o de honor de parte de otro cristiano.
Otra sugerencia es que el nombre Teófilo oculta la identidad de alguna persona muy
conocida, tal como Tito Flavio Clemente, primo del emperador Domiciano.4 Esto
también es improbable: Teófilo era un nombre personal sumamente corriente, atestiguado
desde el siglo III a.C. A pesar del motivo claramente apologético de la historia de Lucas,
es igualmente improbable que Teófilo fuera el abogado nombrado para la defensa de
Pablo en la presentación de su apelación al César.5 Es muy probable que Teófilo fuera un
miembro representativo de las personas inteligentes de clase media en Roma a quienes
Lucas deseaba ganar para que tuvieran una opinión menos prejuiciosa y más favorable
hacia el cristianismo que la que era corriente entre ellas. Lo cierto en cuanto al prólogo
2
El Texto Occidental original del v. 2 probablemente decía: “Hasta el día en que él por el Espíritu
Santo dio su mandamiento a los apóstoles que había elegido, y les mandó que predicasen el evangelio.” La
omisión del “fue arrebatado” (gr. ανεληµφθη) es digna de notarse, porque las palabras correspondientes en
Lc. 24:51, “y fue llevado arriba al cielo” (gr. και ανεφερετο εις τον ουρανον), faltan en el Texto Occidental
(están entre esas frases al final de Lucas, que Westcott y Hort señalaron como “no interpolaciones
occidentales”).
3
El gr. κρατιστος designaría a un miembro del orden ecuestre romano (representando al lat.
egregius); también puede ser un título de cortesía (correspondiente al lat. optimus). Cf. las apariciones
posteriores de esta palabra en Hechos, donde se trata de un título de cortesía que se les da a los
gobernadores romanos de Judea: Félix (23:26; 24:3) y Festo (26:25).
4
Cf. B. H. Streeter, The Four Gospels, Londres, 1924, pp. 534–539.
5
Cf. C. A. Heumann, “Dissertatio de Theophilo, cui Lucas historiam sacram inscripsit”,
Bibliotheca Historico-Philologico-Theologica, Cl. 4, Amsterdam, 1721, pp. 483–505; M. V. Aberle,
“Exegetische Studien. 1. Ueber den Zweck der Apostelgeschichte”, TQ 37, 1955, pp. 173–236; D. Plooij,
“The Work of St. Luke: A Historical Apology for Pauline Preaching before the Roman Court”, Exp. 8, 8,
1914, pp. 511–523; “Again: The Work of St.Luke”, Exp. 8, 13, 1917, pp. 108–124; J. I. Still, St. Paul on
Trial, Londres, 1923, pp. 84–98. Más generalmente, G. S. Duncan sugiere que la narración de Lucas estaba
“destinada a proveer información que se esperaba alcanzaría a aquellos que habrían de decidir el destino
del apóstol en Roma (St. Paul’s Ephesian Ministry, Londres, 1929, p. 97).
del primer volumen de Lucas (que sirve también como prólogo para las dos partes de la
obra) es que Teófilo ya había aprendido algo acerca del origen y el desarrollo del
cristianismo, y que el objeto de Lucas era ponerlo en posesión de información más
precisa que la que ya tenía.6
Tales dedicatorias eran corrientes en los círculos literarios contemporáneos. Por
ejemplo, Josefo dedicó sus Antigüedades judías, su Autobiografía y sus dos volúmenes
Contra Apión a un mecenas llamado Epafrodito. Al comienzo de su primer volumen
Contra Apión, se dirige a él como “Epafrodito, el más excelente de los hombres”;7
además, comienza el segundo volumen de la misma obra con las palabras: “Por medio del
volumen anterior, mi muy honorable Epafrodito,8 he demostrado nuestra antigüedad.”
Estas palabras de apertura son notablemente similares a las del segundo volumen de
Lucas.
Lucas comienza con una breve referencia a su volumen anterior9 como relato de
“todo lo que Jesús comenzó a hacer y enseñar hasta el día en que fue arrebatado” o, si
seguimos el Texto Occidental, “hasta el día en que, por el Espíritu Santo, comisionó a los
apóstoles que había elegido, y les encargó que proclamasen el evangelio”. Esto resume
exactamente la esfera que abarca el Evangelio de Lucas desde 4:1 en adelante: la
comisión de los apóstoles se registra en Lucas 24:44–49. La implicación de las palabras
de Lucas es que su segundo volumen será un relato de lo que Jesús siguió10 haciendo y
enseñando después de su ascensión, ya no más en presencia visible sobre la tierra sino
por su Espíritu en sus seguidores. La expresión “hacer y enseñar” resume muy bien el
doble contenido de todos los evangelios canónicos: todos registran la obra y las palabras
de Jesús (para citar el título de una de las presentaciones de su contenido).11
6
Acerca de la significación de Lc. 1:1–4 cf. H. J. Cadbury, “Commentary on the Preface of Luke”,
Beginnings II, pp. 489–510; N. B. Stonehouse, The Witness of Luke to Christ, Londres, 1951, pp. 24–45; I.
H. Marshall, The Gospel of Luke, Grand Rapids/ Exeter, 1978, pp. 39–44; L. C. A. Alexander, “Luke’s
Preface in the Context of Greek Preface-Writing”, NovT 28, 1986, pp. 48–74. Ver pp. 26ss. más arriba.
7
κρατιστε ανδρων Επαφροδιτε (Ap. 1.1)
8
τιµιωτατε µοι Επαφροδιτε (Ap. 2.1)
9
La palabra “anterior” en el v. 1 corresponde al gr. πρωτος, que significa literalmente “primero”.
W. M. Ramsay fuerza aquí el énfasis clásico de πρωτος y concluye que Lucas tenía en mente una obra en
tres volúmenes (St. Paul the Traveller and the Roman Citizen, Londres,14 1920, pp. 27s., 309). Cf. T. Zahn,
Die Apostelgeschichte des Lucas I, Leipzig/Erlangen,3 1922, pp. 16–18. Más recientemente algunos
eruditos han entendido que las epístolas pastorales constituyen la tercera parte de la obra de Lucas; cf. S. G.
Wilson, Luke and the Pastoral Epistles, Londres, 1979; J. D. Quinn, “The Last Volume of Luke: The
Relation of Luke-Acts to the Pastoral Epistles”, Perspectives on Luke-Acts, C. H. Talbert, ed., Edimburgo,
1978, pp. 62–75. Pero en el gr. helenístico προτερος, que estrictamente significa el “primero” (anterior) de
dos, fue generalmente desplazada por πρωτος. Lucas nunca utiliza προτερος, y aparece muy raramente en
los papiros en vernáculo.
10
Esto implica que el verbo “comenzó” en el v. 1 tiene un cierto énfasis y no debe considerarse
meramente como un auxiliar semitizante.
11
A. M. Hunter, The Work and Words of Jesus, Londres, 1950, 21973.
Fue “por medio del Espíritu Santo” que Jesús dio su encargo a sus apóstoles como
despedida. Casi invariablemente12 Lucas limita la designación de “apóstoles” a los doce
hombres a quienes Jesús eligió en una etapa temprana de su ministerio (Lc. 6:13–16), con
la excepción de que Matías reemplazó a Judas Iscariote (como se nos dice más adelante
en este capítulo). Su encargo los convirtió en los principales heraldos de las buenas
nuevas que había traído. La extensión de las buenas nuevas en el poder del Espíritu es el
tema de Hechos. Cuando fue bautizado, Jesús había sido “ungido” con el Espíritu Santo y
con poder (10:38) y, más recientemente, en las palabras de Pablo, había sido “designado
Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los
muertos” (Ro. 1:4). En el relato joanino de la comisión encargada a los discípulos por el
Cristo resucitado, Jesús indicó el poder por el cual iban a llevar a cabo su comisión
cuando “sopló aliento” en ellos y dijo: “Reciban el Espíritu Santo” (Jn. 20:22).13 Lucas
deja en claro que es por el poder de aquel mismo Espíritu que se llevaron a cabo todos los
hechos apostólicos que va a narrar, tanto que algunos han sugerido, como título
teológicamente más apropiado para este segundo volumen, Los Hechos del Espíritu
Santo.14
3 Durante un período de cuarenta días entre su resurrección y ascensión, Jesús se
apareció a intervalos a sus apóstoles y a otros seguidores de un modo que no podía dejar
dudas en sus mentes de que él realmente estaba vivo otra vez, levantado de entre los
muertos. La lista más antigua y más completa de estas apariciones es la que proporciona
Pablo en 1 Corintios. 15:5–7, aunque los relatos en los Evangelios indican que aun la lista
de Pablo no es exhaustiva. En las dos partes de la obra de Lucas las apariciones después
de la resurrección se limitan a Jerusalén y sus alrededores.15
¿Qué les enseñó Jesús durante esos días? Muchas escuelas gnósticas, que florecieron
en el siglo I y más tarde, afirmaban que les dio ciertas enseñanzas esotéricas, no
registradas en la literatura canónica de la Iglesia Católica, de las cuales ellos mismos eran
ahora los custodios e intérpretes. Dentro de las fronteras de la ortodoxia cristiana hubo
12
Para una excepción ver 14:4, 14, con comentarios.
13
Gr. ενεφυσησεν, el mismo verbo que se utiliza en Gn. 2:7 en la LXX acerca del soplo del
Creador, en las fosas nasales de Adán dándole el aliento de vida (cf. también Ez. 37:9). La relación de la
insuflación (como se la llama a la acción de Cristo en Jn. 20:22) con el derramamiento del Espíritu
registrado en Hch. 2:1–4 es una interesante cuestión crítica y teológica. Resulta un punto pertinente que
Lucas parece pensar, generalmente, que el Espíritu viene con manifestaciones externas de poder, mientras
que el incidente registrado por Juan no se caracteriza por ninguno de los fenómenos visibles y audibles
experimentados en el día de Pentecostés. “Lo que Juan registra no es mero anticipo de Pentecostés sino una
dádiva real del Espíritu para el propósito especificado. El derramamiento pentecostal del Espíritu fue más
público, y comprendía el nacimiento de la comunidad habitada por el Espíritu, la iglesia de la nueva era”
(F. F. Bruce, The Gospel of John, Grand Rapids/Basingstoke, 1983, p. 397).
14
Cf. J. A. Bengel, Gnomon Novi Testamenti (Tubinga, 1742), Londres, 31862, p. 389, sobre Hch.
1:1 (los hechos del Espíritu Santo más que los de los apóstoles, así como el primer volumen contiene los
hechos de Jesucristo); A. T. Pierson, The Acts of the Holy Spirit, Londres, 21913.
15
Ver H. von Campenhausen, Tradition and Life in the Church, trad. ing., Londres, 1968, pp. 42–
89; también S. H. Hooke, The Resurrection of Jesus, Londres, 1967; R. H. Fuller, The Formation of the
Resurrection Narratives, Londres, 1971; J. W. Wenham, Easter Enigma, Exeter, 1984.
una línea de tradición que lo representaba dándoles a los apóstoles instrucciones acerca
del orden eclesiástico.16 Pero Lucas declara que continuó instruyéndolos sobre los
mismos temas que habían formado el tema de su enseñanza antes de su pasión, asuntos
relacionados con el reino de Dios.
Desde los tiempos más primitivos en Israel, Dios fue reconocido como rey (cf. Ex.
15:18). Su reinado es universal (Sal. 103:19), pero se manifiesta más claramente allí
donde hombres y mujeres lo reconocen en la práctica, cumpliendo su voluntad. En
tiempos veterotestamentarios su reinado se manifestó en forma especial sobre la tierra en
la nación de Israel; a esta nación hizo conocer su voluntad y la llamó a una relación
pactual consigo mismo (cf. Sal. 147:20). Cuando en Israel se levantaron reyes humanos,
fueron considerados vicerregentes del Rey divino, que representaban su soberanía en la
tierra. Con la caída de la monarquía y el fin de la independencia nacional, surgió una
nueva concepción del reino de Dios destinado a ser revelado en la tierra en su plenitud en
fecha posterior (cf. Dn. 2:44; 7:13s.). Es a la luz de esta última concepción que debemos
entender las enseñanzas neotestamentarias acerca del reino de Dios. Jesús inaugura el
reino, que se “acercó” con la inauguración de su ministerio público (cf. Mr. 1:14s). y fue
liberado con poder por su muerte y exaltación (cf. Mr. 9:1). Las cosas relacionadas con el
reino de Dios que constituyen el tema de su enseñanza posterior a la resurrección, al
comienzo de Hechos, son idénticas a “las cosas relacionadas con el Señor Jesucristo” que
constituyen el tema de la enseñanza de Pablo en Roma al final del libro (28:31). Cuando
contaban la historia de Jesús, los apóstoles proclamaban las buenas nuevas del reino de
Dios, las mismas buenas nuevas que el mismo Jesús había anunciado antes, pero ahora
con un cumplimiento efectivo a través de los actos salvíficos de su pasión y triunfo.
Puede concluirse razonablemente que la enseñanza acerca del reino de Dios dada a los
apóstoles durante los cuarenta días tenía como fin aclararles la relación de estos actos
salvíficos con el mensaje del reino.
Lucas provee un ejemplo de esta enseñanza hacia el final de su Evangelio, donde
muestra al Señor resucitado abriendo la mente de sus discípulos para que entiendan las
Escrituras: “Así está escrito, que el Cristo debía padecer y al tercer día resucitar de los
muertos, y que debía predicarse en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados a
todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Lc. 24:45–47). “El reino de Dios se
concibe como algo que se hace presente en los hechos de la vida, muerte y resurrección
de Jesús, y proclamar estos hechos, en su marco apropiado, es predicar el evangelio del
reino de Dios.”17 Estas palabras de C. H. Dodd pueden adoptarse con una aclaración:
16
El título completo del manual de principios del siglo II llamado la Didajé (“La enseñanza del
Señor a través de los doce apóstoles a los gentiles”) tiene algunas de tales implicaciones. El manual siríaco
del siglo IV, El testamento de nuestro Señor, afirma explícitamente incluir las indicaciones del propio Jesús
sobre el orden en la iglesia, dadas a los apóstoles antes de su ascensión. La obra copta llamada Pistis Sofia,
producto del gnosticismo valentiniano, sostiene que registra revelaciones hechas por Jesús a sus discípulos
once años después de su resurrección, y no en un período de sólo cuarenta días.
17
C. H. Dodd, La predicación apostólica y sus desarrollos, Madrid, 1972, p. 27. Dodd creía que la
enseñanza de Jesús y la predicación apostólica primitiva presentaban una escatología completamente
“realizada”; cf. también su Las parábolas del reino, Madrid, 1974; The Coming of Christ, Cambridge,
1952.
Cuando los apóstoles proclamaban las buenas nuevas, no se detenían sólo en la
resurrección y exaltación de Cristo, sino que continuaban hablando de otro
acontecimiento más que consumaría la serie salvífica. Pedro relató a la familia de
Cornelio la forma en que Cristo había encargado a sus apóstoles “que predicaran al
pueblo y testificaran que él es el que ha sido ordenado por Dios como juez de vivos y
muertos” (10:42). Pablo les dijo a los areopagitas en Atenas que Dios “ha establecido un
día en el cual va a juzgar al mundo en justicia, por un varón al cual ha designado, y de
esto ha dado una garantía a todos, levantándolo de los muertos” (17:31). Este juicio del
mundo coincide, en la predicación apostólica, con la parusía de Cristo, la manifestación
perfecta y final del reino divino, cuando toda rodilla se inclinará ante su nombre y toda
lengua lo confesará como Señor (Fil. 2:10s)., cuando la voluntad de Dios se haga en la
tierra como se hace en el cielo (Mt. 6:10). En la primera venida de Cristo la era futura
invadió esta era presente; en su venida en gloria la era futura habrá reemplazado esta era
presente.18 Entre las dos venidas, las dos eras se superponen parcialmente; el pueblo de
Cristo vive temporariamente en esta época presente mientras que espiritualmente
pertenece al reino celestial y disfruta con anticipación de la vida de la era venidera. La
escatología bíblica es algo que se ha cumplido o “realizado” ampliamente, pero no
totalmente; falta un elemento futuro, que se hará presente en la parusía. Un relato
equilibrado de la presentación que hace el Nuevo Testamento del reino de Dios requiere
que se le preste la debida consideración a este elemento futuro tanto como a aquellos que
ya han sucedido.19
30
Los apóstoles ya habían recibido (según parece) el bautismo de Juan; el prometido bautismo con
el Espíritu Santo completaría para ellos, según su medida, el ungimiento con el Espíritu Santo y poder que
el mismo Jesús experimentó en ocasión de su bautismo en el Jordán (cf. 10:38). El fue ungido entonces
como el Siervo elegido de Dios; pronto ellos serían ungidos para compartir el ministerio del Siervo,
llevando la salvación de Dios por todo el mundo.
31
Cf. 1:22; 2:32; 3:15; 5:32; 10:39, 41; 13:31, etc.
32
Ver pp. 315–316.
33
G. W. H. Lampe, St. Luke and the Church of Jerusalem, Londres, 1969, p. 27.
34
Se ha sugerido que “lo último de la tierra” aquí es una referencia directa a Roma, como en S.
Sal. 8:16, donde Dios envía a Pompeyo contra el pueblo desobediente de Jerusalén “desde lo último de la
tierra” (απʼ εσχατου της γης), es decir, desde Roma. Pero el sentido de la frase no necesita ser tan limitado
en este contexto.
C. LA ASCENSIÓN (1:9–11)
9 Habiendo dicho esto fue arrebatado, mientras ellos miraban, y una nube lo quitó
de su vista.
10 Mientras se iba, ellos permanecieron mirando hacia el cielo, cuando de pronto
dos hombres con vestiduras blancas se pararon al lado de ellos.
11 “Hombres de Galilea —dijeron— ¿por qué se quedan mirando hacia el cielo?
Este Jesús, que ha sido arrebatado de ustedes y llevado al cielo, vendrá del
mismo modo como lo han visto irse al cielo.”
9 Cuando el Señor les había aclarado suficientemente su comisión, desapareció de su
vista, y ya no les fueron concedidas más apariciones posteriores a la resurrección, de la
clase que habían experimentado en varias ocasiones durante los últimos cuarenta días.
La mención que hace Lucas de este período de cuarenta días es la que se ha tomado
como base para la disposición en el calendario cristiano por la cual el día de ascensión
cae en el día cuadragésimo después de pascua. En el testimonio apostólico la resurrección
y la ascensión de Jesús parecen formar un solo movimiento continuo, y las dos juntas
constituyen su exaltación. Pero su exaltación no se pospuso hasta el cuadragésimo día
después de su triunfo sobre la muerte. La ascensión registrada aquí no fue la primera
ocasión en que desapareció de la vista de sus acompañantes después de su resurrección.
Lo hizo luego de haberse dado a conocer al partir el pan con los dos discípulos con los
que caminó a Emaús (Lc. 24:31). Tampoco se propone que supongamos que los
intervalos entre sus apariciones después de resucitado durante los cuarenta días los pasó
en algún estado intermedio, limitado a la tierra. Las apariciones posteriores a la
resurrección, en las cuales se acomodó a la condición temporal de la vida de los
discípulos, hasta llegar a comer con ellos, constituían visitas desde ese orden eterno al
cual ahora pertenecía su “cuerpo de gloria”. Lo que sucedió en el cuadragésimo día fue
que esta serie de visitas llegó a su fin con una escena que puso de manifiesto para los
discípulos la gloria celestial de su Maestro.
Esta no fue la primera ocasión en la que algunos de ellos, por lo menos, pudieron
comprobar su gloria celestial de manera parecida. Las palabras “una nube lo recibió
retirándolo de su vista” tienen reminiscencias de aquellas con las cuales finaliza el
incidente de la transfiguración en los evangelios: “Vino una nube y les hizo sombra … y
salió una voz de la nube diciendo: ‘Este es mi Hijo, mi Elegido; ¡escúchenlo!’ Y cuando
la voz hubo hablado, Jesús fue hallado solo” (Lc. 9:34–36).35 Tienen reminiscencias,
también, del lenguaje del propio Jesús acerca de la parusía del Hijo del Hombre: “Que
viene en nubes con gran poder y gloria” (Mr. 13:26); “viniendo con las nubes del cielo”
(Mr. 14:62).36 La transfiguración, la ascensión (como está descrita aquí) y la parusía son
35
ver G. H. Boobyer, St. Mark and the Transfiguration Story, Edimburgo, 1942; H. Riesenfeld,
Jésus transfiguré, Upsala, 1947; A. M. Ramsey, The Glory of God and the Transfiguration of Christ,
Londres, 1949.
36
ver N. B. Stonehouse, The Witness of Matthew and Mark to Christ, Grand Rapids, 21958, pp.
238–243; J. A. T. Robinson, Jesus and His Coming, Londres, 1957, pp. 43–58.
tres manifestaciones sucesivas de la gloria divina de Jesús.37 La nube, en cada caso, debe
entenderse como la nube que envuelve la gloria de Dios (la sejiná), la nube que, posada
sobre el tabernáculo mosaico y llenando el templo de Salomón, constituía la señal visible
para Israel de que la gloria divina había hecho su residencia allí (Ex. 40:34; 1 R. 8:10s.)
Así que, en el último momento en que los apóstoles vieron a su Señor con la visión
externa, les fue concedida “una teofanía: Jesús envuelto en la nube de la presencia
divina”.38
10 No hay necesidad de alarmarse con sugerencias de que la historia de la ascensión
está ligada a una concepción precopernicana del universo, y que aquella es, por lo tanto,
tan obsoleta como esta última. Cualquiera que abandona la superficie de la tierra da la
impresión, a los espectadores, de que está ascendiendo, y así, cuando la nube envolvió a
su Señor, sus discípulos se quedaron “mirando hacia el cielo” mientras desaparecía.
Algunos de ellos, quizás, recordando una experiencia anterior, esperaban que la nube se
disolviera y que Jesús estuviera todavía con ellos, como en el monte de la transfiguración.
En lugar de ello, de pronto advirtieron a dos hombres con vestiduras blancas parados allí
cerca. Lucas quiere que sus lectores entiendan que estos hombres eran mensajeros
angelicales, como los dos hombres que se les aparecieron a las mujeres en la tumba vacía
de Jesús “con vestiduras resplandecientes” (Lc. 24:4).39 En ambas instancias, el hecho de
que fueran dos sugiere que se los ve como testigos, siendo dos el número mínimo para los
que testifican (Dt. 19:15). En la primera ocasión los dos hombres dieron testimonio de la
resurrección de Jesús; aquí dan testimonio de su parusía venidera.
11 Es inútil que se queden mirando al cielo, dijeron los visitantes celestiales. “Este
Jesús” había de volver del mismo modo en que se fue. Desde la perspectiva de Lucas,
esta promesa iba a cumplirse, ciertamente, aunque no inmediatamente. Los discípulos
habían visto a Jesús yéndose en poder y gloria; en poder y gloria regresaría. Pero
transcurriría un intervalo entre su exaltación y su parusía, y en él la presencia del Espíritu
mantendría a su pueblo en unión viva con su Señor resucitado y glorificado, el que
regresaría.40
Cristo ha ascendido, pero su presencia y energía perdurables llenan todo el libro de
Hechos, y toda la historia posterior de su pueblo sobre la tierra. Su exaltación “a la diestra
37
Cf. Ap. 1:7
38
A. M. Ramsey, “What was the Ascension?”, Studiorum Novi Testamenti Societas, Bulletin 2,
Oxford, 1951, p. 49. Ver también J. Denney, HDB I, Edimburgo, 1898, pp. 161s. (s.v. “Ascension”); J. H.
Bernard, ERE II, Edimburgo, 1909, pp. 151–157 (s.v. “Assumption and Ascension”); P. Benoit, “The
Ascension”, 1949, trad. ing., Jesus and the Gospel, I, Nueva York, 1973, pp. 209–253; B. M. Metzger,
“The Ascension of Jesús Christ”, Historical and Literary Studies, Leiden/Grand Rapids, 1968, pp. 77–87.
39
Cf. Mr. 16:5 par. Mt. 28:3; Jn. 20:12. Las propias vestiduras de Jesús cuando fue transfigurado
se volvieron “blanco deslumbrante” (Lc. 9:29); “resplandecientes, intensamente blancas” (Mr. 9:3).
40
Pablo ha desarrollado mayormente este aspecto del ministerio del Espíritu: el Espíritu es
también el “sello”, las “primicias” o la “garantía” (gr. αρραβων) de la venidera herencia de gloria de los
creyentes (Ro. 8:23; 2 Co. 1:22; 5:5; Ef. 1:14; 4:30).
de Dios”41 significa que está presente con su pueblo en la tierra en forma mucho más
eficaz, “siempre, hasta el fin de la era” (Mt. 28:20). Como lo expresa Efesios 4:10, él
“ascendió muy por encima de todos los cielos, a fin de que llenase todas las cosas”.
41
Acerca de esta expresión ver 2:33–35, con los comentarios.
42
Gr. ελαιων, “huerto de olivos”.
43
Cf. Misná, Sotah 5.3. Las disposiciones generales para la observancia del día de reposo y sus
límites se encuentran en los tratados de la Misná Shabbat y ‘Erubin.
44
Así T. Zahn, Die Apostelgeschichte des Lucas, p. 44; este autor argumenta que el artículo
definido το delante de υπερωον seguramente habría indicado a los lectores cristianos primitivos, un
determinado aposento alto.
45
Cf. Ibíd., pp. 387–390.
Lucas ofrece a continuación una lista de los apóstoles,46 idéntica a la que se dio
anteriormente en Lucas 6:14–16, salvo por unas pocas variaciones en el orden de los
nombres y, por supuesto, la exclusión de Judas Iscariote. Las listas de los Doce en
Marcos 3:16–19 y Mateo 10:2–4 difieren de las listas de Lucas principalmente al poner a
Tadeo donde Lucas dice “Judas el hijo de Jacobo”. Por lo demás, aunque las listas varían
considerablemente en el orden, los mismos apóstoles se mencionan juntos en cada uno de
los tres grupos en que los tres escritores dividen a los Doce; y Pedro, Felipe y Jacobo hijo
de Alfeo siempre aparecen primero, quinto y noveno, respectivamente. No hay razón
suficiente para suponer que Jacobo hijo de Alfeo fuera consanguíneo de Jesús, o que el
nombre Alfeo deba identificarse con Cleofas (Jn. 19:25).47
Simón el celote, como se lo llama aquí y en Lucas 6:15, es llamado “Simón el
cananista” en Marcos 3:18 (seguido por Mt. 10:4). “Cananista” representa la palabra
hebrea o aramea correspondiente a “celote” (gr. zelotes). Esta palabra denotaría el
temperamento celoso de Simón, pero el hecho de que Marcos conserva sin traducción el
término semítico sugiere que se lo utiliza como término técnico, para denotar un miembro
del partido de los celotes.48 Los celotes constituían el ala militante del movimiento de
independencia judío en el siglo I d.C.; ellos asumieron el liderazgo en la revuelta contra
Roma en el 66 d.C. Aunque el nombre “celotes” (o su equivalente semítico) no está
explícitamente atestiguado para ellos antes del 66 d.C.,49 Josefo fecha su surgimiento en
la revuelta anterior del 6 d.C., cuando Judas el Galileo se negó a reconocer el derecho del
emperador romano a recibir tributo de Judea,50 y describe su doctrina política como una
“cuarta filosofía” entre los judíos (además de las “filosofías” de los fariseos, los saduceos
y los esenios).51
Judas el hijo de Jacobo se identificaría razonablemente con “Judas no el Iscariote” de
46
Ver la discusión de V. Taylor, “Los Doce y los apóstoles”, Evangelio según San Marcos,
Madrid, 1979, pp. 749–756; también K. H. Rengstorf, TDNT 1, pp. 407–447 (s.v. αποστολος); A.
Fridrichsen, The Apostle and his Message, Upsala, 1947; C. K. Barrett, The Signs of an Apostle, Londres,
1970; R. Schnackenburg, “Apostles before and during Paul’s Time”, Apostolic History and the Gospel, W.
W. Gasque y R. P. Martin, eds., Grand Rapids / Exeter, 1970, pp. 287–303; J. H. Schütz, Paul and the
Anatomy of Apostolic Authority, SNTSM 26, Cambridge, 1975.
47
Alfeo es el aram. halpai. No hay forma de saber si este Alfeo era el padre de Levi, el recolector
de impuestos (Mr. 2:14). Hegesipo dice que Cleofas era hermano de José el carpintero y padre de Simeón,
quien sucedió a Jacobo el Justo como líder de la iglesia de Jerusalén (cf. Eusebio, HE 3.11).
48
Gr. ζηλωτης, heb. qanna’i, aram. qan’ ana’. Los celotes eran los herederos espirituales de los
insurgentes hasmoneos del siglo II a.C., quienes se alzaron como respuesta al llamado de Matatías: “¡Todo
aquel que sienta celo (ζηλων) por la ley y apoye el pacto, que me siga!” (1 Mac. 2:27, BJ). Matatías, a su
vez, actuó en el espíritu de Eliseo, quien era “muy celoso (ζηλων εζηλωκα) por Yahveh, el Dios de los
ejércitos” (1 R. 19:10), y aun antes de Finees, quien “tuvo celo (εζηλωσεν) por su Dios” (Nm. 25:13). Cf.
21:20.
49
Josefo, GJ 2.651; 4.160s., etc. De modo similar, en el contexto de la guerra judía los qanna’im
aparecen primero en fuentes rabínicas (p. ej., ‘Abot de-Rabbi Nathan 6.8).
50
Ver 5:37 (con comentario).
51
Josefo, Ant. 18.9, 23. ver M. Hengel, The Zealots, trad. ing., Edimburgo, 1988.
Juan 14:22.52
De los apóstoles que figuran en la lista aquí, sólo Pedro, Jacobo y Juan vuelven a
mencionarse en Hechos (o en cualquier otro documento neotestamentario, aparte de los
evangelios).
14 Estos once apóstoles tenían en su grupo a las mujeres que habían ido a Jerusalén
desde Galilea con Jesús y sus seguidores (cf. Lc. 8:2s.; 23:55), y en particular María, la
madre de Jesús. Es digno mencionar que la última ocasión en la cual figura María en la
historia neotestamentaria —o en cualquier otra narración que puede considerarse
histórica en algún sentido— la encuentra unida en la adoración con los discípulos de
Jesús después que él asciende.
Con estas mujeres también se menciona a los hermanos de Jesús. Se ha debatido
calurosamente sobre si estos serían sus hermanos uterinos o parientes más remotos.53 La
responsabilidad de la demostración corresponde a aquellos que se empeñan en entender el
término en cualquier sentido que no sea el habitual. Los hermanos de Jesús no creyeron
en él durante su ministerio (cf. Jn. 7:5), pero después de su resurrección figuran en forma
prominente entre sus seguidores. El cambio en su actitud puede haber resultado de la
aparición, una vez resucitado, a Jacobo (1 Co. 15:7), el que con el tiempo ocupó una
posición de liderazgo indiscutido en la iglesia de Jerusalén (cf. Hch. 12:17; 15:13–21;
21:18). Se mencionan otros tres hermanos de Jesús por nombre: José, Judas y Simón (Mr.
6:3).54 Debido a que los hermanos de Jesús reciben aquí una mención separada de los
apóstoles, es evidente que el Jacobo y el Judas que se incluyen en el tercer cuarteto de la
lista apostólica no son idénticos al Jacobo y al Judas nombrados como dos de los
hermanos de Jesús.55
52
Llamado Judas Tomás (Judas el mellizo o gemelo), en la versión Siríaca Curetonia. No tenemos
modo de identificar a su padre Jacobo.
53
En el siglo IV Epifanio (Panarion 78) argumentó que estos hermanos eran hijos de José y una
esposa anterior. No fue el primero en sostener esta opinión, pero otros, como Tertuliano (Contra Marción
4.19; Sobre la carne de Cristo 7) los interpretaban como hermanos uterinos, hijos de José y de María.
Helvidio, un cristiano romano, apoyó esta última opinión alrededor del 380 d.C. (como parte de su
campaña en contra de la enseñanza prevaleciente de que la virginidad era un modo superior de vida en
comparación con el matrimonio). Como respuesta, Jerónimo escribió un tratado (Contra Helvidio: Sobre la
perpetua virginidad de la bendita María), en el cual propuso un nuevo punto de vista: los “hermanos” del
Señor eran sus primos hermanos, hijos de Alfeo por “María mujer de Cleofas” (de quien infirió,
probablemente en forma equivocada, que era la hermana de la Virgen, sobre la base de Jn. 19:25). La
virginidad perpetua de José, así como la de María, se salvaguardaron de este modo. De los hijos de María
de Cleofas se mencionan dos en Mr. 15:4 (Jacobo el menor y José). Al primero se lo llama Jacobo el menor
(ο µικρος) probablemente para distinguirlo de Jacobo el Justo, que pronto llegaría a ser líder de la iglesia de
Jerusalén (cf. Gá. 1:19).
54
En el paralelo Mt. 13:55 aparece “José”, lo mismo que en Marcos, en la VRV2 y la VNC. En la
BJ, en el pasaje de Mr. 15:40 dice “Joset” y en el de Mateo, “José”. En ambos lugares se mencionan
también las hermanas de Jesús, pero no por nombre.
55
Es posible que la referencia sea a los hermanos Jacobo y Judas en Judas 1: “Judas, siervo de
Jesucristo y hermano de Jacobo”.
“Los hermanos del Señor” continuaron formando un grupo distintivo en la iglesia
hasta bien avanzada la era apostólica (1 Co. 9:5).56 Aquí, en los comienzos de la vida de
la iglesia, se los registra como observadores fieles de los momentos de oración conjunta
con los otros miembros de este considerable grupo de creyentes en Jesús.57
56
ver J. B. Lighfoot, “The Brethren of the Lord”, St. Paul’s Epistle to the Galatians, Londres,
1865, pp. 252–291; J. B. Mayor, The Epistle of St. James, Londres, 21897, pp. v–xxxvi; T. Zahn, “Brüder
und Vettern Jesu”, Forschungen zur Geschichte des neutestamentlichen Kanons, VI, Leipzig, 1900, pp.
225–363; J. Chapman, The Brethren of the Lord, JTS 7, 1905–1906, pp. 412–433; R. E. Brown y otros,
Mary in the New Testament, Londres, 1978, pp. 65–72, 270–278.
57
Este fue el grupo original de los testigos de Jesús, incluyendo a “los que habían subido con él de
Galilea a Jerusalén” (13:31). El artículo τη delante de προσευχη (“oración”) posiblemente indica el servicio
de oración señalado. ver P. T. O’Brien, “Prayer in Luke-Acts”, TynB 24, 1973, pp. 111–127; A. A. Trites,
“The Prayer-Motif in Luke-Acts”, Perspectives on Luke-Acts, C. H. Talbert, ed., Edimburgo, 1978, pp.
215–242. G. W. H. Lampe señala que, así como Jesús ora antes del descenso del Espíritu sobre él (Lc.
3:21), así tos apóstoles y sus compañeros oran antes del descenso del Espíritu sobre ellos; esto, dice, ilustra
la “repetida doctrina de que el principal objeto de la oración es el don del Espíritu” según Lucas (The Seal
of the Spirit, Londres, 1951, p. 44).
58
Leyendo δει (“es necesario”) con el Texto Occidental en lugar de εδει (“fue necesario”).
59
Gr. πρηνης γενοµενος. Esto ha sido traducido algunas veces como “hinchándose” (cf. RSV
mg.), como si πρηνης fuera afín con πρηθω ο πιµπρηµι (cf. 28:6). La Antigua Siríaca parece haberlo
entendido así, a juzgar por las versiones secundarias basadas en ella y por un comentario de Efrem. En Sab.
4:19 πρηνεις se traduce inflatos en la Vulgata Latina. Papías preservó una tradición de que Judas realmente
se hinchó hasta adquirir proporciones monstruosas (ver J. B. Lightfoot, The Apostolic Fathers, Londres,
1891, pp. 523s., 534s.). ver F. H. Chase, “On ΠΡΗΝΗΣ ΓΕΝΟΜΕΝΟΣ in Acts I 18”, JTS 13, 1912, pp.
278–285, 415.
que se quede sin habitante’, y
‘Que algún otro se haga cargo de su responsabilidad.’
21 Ahora, pues, de los hombres que nos acompañaron todo el tiempo que el Señor
Jesús entraba y salía a nuestra cabeza,60
22 desde el bautismo mismo de Juan hasta el día en que fue quitado de nosotros, uno
debe convertirse en testigo de su resurrección junto con nosotros.”
23 Así que propusieron61 a dos: José, llamado Barsabás,62 cuyo apellido era Justo, y
Matías.
24 Entonces oraron: “Oh Señor, tú que conoces los corazones de todos, muestra
cuál de estos dos has elegido
25 para tomar el lugar en este ministerio y apostolado del cual desertó Judas, para
ir a su propio lugar”.
26 Luego echaron suertes entre ellos, y la suerte cayó sobre Matías, así que fue
reconocido junto con los once63 apóstoles.
15 El número de aquellos seguidores de Jesús que estaban juntos en Jerusalén era de
aproximadamente64 ciento veinte. Además, había más seguidores suyos en otros lugares,
especialmente en Galilea. De acuerdo con 1 Corintios 15:6, hubo una ocasión en que se
apareció resucitado a más de quinientos seguidores suyos; esto probablemente deba
considerarse como una aparición galilea. La presencia y la influencia de tantos seguidores
de Jesús en Galilea no debería olvidarse, aun cuando a Lucas le interesa trazar la
expansión del evangelio por el camino que comienza en Jerusalén y lleva a Roma.65
60
Gr. εφʼ ηµας (“entre nosotros” es inadecuado como traducción).
61
El Texto Occidental dice “propuso” (εστησεν en lugar de εστησαν), como si Pedro hubiera
tomado la iniciativa al nominarlos.
62
El Texto Occidental dice “Bernabé”, por confusión con el José de 4:36.
63
El Texto Occidental dice “doce” (la cláusula tendría que traducirse entonces “fue contado entre
los doce apóstoles”). Agustín une las dos lecturas: “Fue contado duodécimo con los once apóstoles” (Zahn
acepta esto como texto original; cf. su Urausgabe der Apostelgeschichte des Lucas, Leipzig, 1916, pp. 29,
244).
64
Lucas limita regularmente sus datos numéricos con la partícula ως ο ωσει (“alrededor de”).
65
R. Schütz, Apostel und Jünger, Giessen, 1921, argumenta a favor de una corriente de
cristianismo gentil que se extendía hacia el norte desde Galilea. Por más que se alegue a favor de esta
hipótesis, no puede establecerse sobre la base de las premisas de Schütz, envueltas en un análisis
inaceptable de Hechos, en el sentido de que se deriva de una fuente relacionada con “apóstoles” de Judea y
una fuente relacionada con “discípulos” de Galilea. Acerca de la posibilidad del desarrollo independiente
de un cristianismo galileo en la era apostólica ver también E. Lohmeyer, Galiläa und Jerusalem, Gotinga,
1936; W. Marxsen, Mark the Evangelist, trad. ing., Nashville, 1969; para una advertencia ver G. B. Caird,
The Apostolic Age, Londres, 1955, pp. 87–99.
Toda la compañía de ciento veinte66 se menciona aquí como los “hermanos”,
aplicación más amplia del término que en el v. 14 (donde denota los parientes de Jesús).
Entre ellos Pedro toma el lugar de liderazgo, como lo hizo en buena medida durante el
período cubierto por la narración evangélica. Su negación de Jesús en el patio del sumo
sacerdote puede muy bien haberlo desacreditado irreparablemente ante los ojos de sus
colegas, pero la aparición personal del Señor resucitado ante él y el hecho de que fue
comisionado nuevamente lo rehabilitaron y le aseguraron una posición de liderazgo que
nunca perdería.67
16–17 En esta ocasión, Pedro se hace cargo del liderazgo para llenar la vacante entre
los apóstoles ocasionada por la traición y muerte de Judas Iscariote. Con una excepción,
donde el término “apóstoles” tiene un sentido un tanto diferente,68 Lucas restringe el uso
de este término a los Doce. El total de doce era significativo; correspondía al número de
las tribus de Israel y puede haber señalado a los apóstoles como líderes del nuevo Israel.69
Tanto la deserción de Judas como la necesidad de reemplazarlo se ven aquí como
temas de la profecía veterotestamentaria. El uso de “testimonios” mesiánicos tomados del
Antiguo Testamento —textos que habían encontrado su cumplimiento en la historia de
Jesús y su continuación, y por lo tanto tenían gran valor como evidencia para el
testimonio ante los judíos— constituía una característica prominente del testimonio y la
apologética del cristianismo primitivo.70 Se ha sostenido que de tales “testimonios” ya se
habían compilado colecciones que circulaban en una fecha temprana para que estuvieran
fácilmente accesibles, y cuyo núcleo lo constituían las propias instrucciones de Jesús a
sus discípulos acerca del cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento (cf. Lc.
24:25–27, 32, 44–47). Incluso antes de la época de Jesús, parte del material del salterio
(especialmente en los “salmos reales”) se interpretaba en sentido mesiánico.71 Para
aquellos que creían que Jesús era el Mesías de la línea de David, esto significaba que
muchas de las experiencias del salmista (David) se entendieron como proféticamente
aplicables a Jesús (cf. 2:25–31, 34–36). Más aún, a la luz de la pasión de Jesús, muchas
de las aflicciones soportadas por una víctima justa en los salmos también se interpretaban
aplicándolas a él. Era lógico que lo que se decía de los enemigos del ungido del Señor o
de la víctima justa se interpretara en relación con los enemigos de Jesús (cf. 4:25–28).
66
Resulta difícil saber con seguridad si subyace algún designio en el hecho de que esta cantidad es
diez veces el total apostólico.
67
ver G. W. H. Lampe, “St. Peter’s Denial”, BJRL 55, 1972–1973, pp. 346–368.
68
Ver 14:4, 14, con comentarios.
69
Cf. Lc. 22:30 par. Mt. 19:28.
70
ver J. R. Harris, Testimonies, I, II, Cambridge, 1916, 1920; B. P. W. S. Hunt, Primitive Gospel
Sources, Londres, 1951; C. H. Dodd, According to the Scriptures, Londres, 1952; R. V. G. Tasker, The Old
Testament in the New Testament, Londres, 21954; B, Lindars, New Testament Apologetic, Londres, 1961;
A. T. Hanson, The Living Utterances of God, Londres, 1983.
71
Las palabras dirigidas al ungido del Señor en Sal. 2:9 se refieren al Mesías davídico venidero en
S. Sal. 17:26 (mitad del siglo I a.C.).
Entre sus enemigos se encontraba Judas, en forma prominente aunque no envidiable, y no
resultaba difícil encontrar textos del Antiguo Testamento que lo señalaran. En Juan
13:18, Jesús, anunciando la presencia de un traidor en el grupo en el aposento alto, cita el
Salmo 41:9 (“aquel que comía mi pan se ha vuelto contra mí”), y al orar por sus
discípulos en Juan 17:12 dice: “Ninguno de ellos está perdido sino el hijo de perdición,
para que la Escritura se cumpliese”. Mateo reúne un texto de Zacarías con uno de
Jeremías para proveer un “testimonio” combinado del precio que Judas recibió por su
traición y el campo que se compró con él (Mt. 27:9s.).72 Así que Pedro aduce aquí
“testimonios” adicionales tomados del salterio. Su verdadero autor, afirma, es el Espíritu
Santo, quien habló a través del profeta; David, siendo profeta, no era más que portavoz o
vocero del Espíritu (cf. 2:30; 4:25).
18–19 Antes de que Lucas reproduzca los textos exactos del salterio que Pedro citó
para dejar en claro su punto de vista, inserta un paréntesis a fin de que sus lectores
entiendan el trasfondo de las afirmaciones de Pedro. Pedro no necesitaba decirles a sus
oyentes en el aposento alto lo que le había sucedido a Judas, como tampoco pueden las
palabras del v. 19, “ese campo llegó a ser llamado en el habla de ellos Hakeldama”, ser
parte de la alocución directa de Pedro. Pero cuando Lucas visitó Jerusalén en el 57 d.C.,
probablemente escuchó la historia de la muerte de Judas, y él la inserta aquí. Judas, se le
dijo, compró un campo con sus ganancias mal habidas. Pero no vivió para disfrutar el
producto de su acto vergonzoso, porque se cayó y tuvo un rompimiento fatal.73 El campo,
por lo tanto, se denominó con un nombre arameo que significa “campo de sangre”.74
20 Después de este paréntesis, Lucas continúa con su informe acerca del discurso de
Pedro, y cita los dos textos del salterio a los cuales apeló Pedro. El primero (Sal. 69:25)
es una plegaria para que el lugar de habitación de los enemigos del salmista quede
desierto; el último (Sal. 109:8) ora para que un cierto enemigo muera antes de tiempo y
otra persona lo reemplace en su posición de responsabilidad. Aquí, entonces, hay
respaldo para el nombramiento de un sucesor de Judas.
21–22 Entonces se enuncian los requisitos esenciales para un sucesor aceptable de
Judas: tiene que haber sido compañero del Señor y de sus apóstoles desde el tiempo de la
actividad de Juan el Bautista hasta el día de la ascensión del Señor; en particular es
preciso que haya sido testigo de la resurrección, como lo fueron los demás apóstoles.
Resulta notable, en primer lugar, que el período indicado sea el período cubierto por la
predicación apostólica primitiva, el kerigma (cf. 10:37; 13:24s.); en segundo lugar, la
afirmación de que los apóstoles habían estado en compañía de Jesús desde los días en que
72
Cf. F. F. Bruce, This is That: The New Testament Development of Some Old Testament Themes,
Exeter/Grand Rapids, 1968, pp. 108–110.
73
La Vulgata Latina armoniza este relato con el de Mt. 27:5 diciendo que “habiéndose ahorcado
reventó (crepuit)”.
74
Aram. haqal dema’ (la letra final de Ακελδαµαχ es una transcripción visual, no fonética, del alef
final, como en Σιραχ de Sira’). De acuerdo con Mt. 27:7, se trataba del campo del alfarero y se utilizó de
allí en más para enterrar a los extranjeros. Mateo agrega que fueron los sumo sacerdotes quienes lo
compraron con el dinero que Judas les arrojó a los pies; E. Jacquier (Les Actes des Apôtres, París, 1926, p.
34) y otros han sugerido que lo compraron en nombre de Judas.
Juan estaba bautizando concuerda con las evidencias del Cuarto Evangelio, según el cual
casi la mitad de los Doce comenzó a seguir a Jesús en los días inmediatamente
posteriores a su bautismo juanino (Jn. 1:35–51). El llamado de los apóstoles registrado en
los evangelios sinópticos tuvo lugar después del encarcelamiento de Juan (Mr. 1:14–20).
23 La elección de los discípulos recayó sobre dos de los integrantes del grupo que
poseían las condiciones necesarias. El nombre adicional de José, Barsabás (“hijo del
sábado”), puede habérsele dado porque nació en día de descanso.75 Como muchos otros
judíos de aquel tiempo, llevaba un nombre gentil además del judío; el cognomen latino
Justo ofrecía una semejanza superficial con José y puede haberse considerado, además,
traducción del epíteto hebreo saddiq (“justo”).76 Según Eusebio y el escritor posterior
Felipe de Side, Papías informó, basado en la autoridad de las hijas de Felipe (cf. 21:9),
que este José, cuando era desafiado por incrédulos, bebía veneno de víboras en el nombre
del Señor y no sufría daño alguno.77 En cuanto a Matías, dice Eusebio que fue uno de los
setenta discípulos de Lucas 10:1.78 Quizás lo haya sido, pero es posible que Eusebio (o su
fuente) hayan conjeturado simplemente. La tradición posterior representa a Matías como
misionero a los etíopes.
24–26 Los discípulos no echaron suertes al azar: primero seleccionaron los dos
hombres que juzgaban los más dignos para cubrir la vacante. Es muy posible que no
hubiera nada para elegir entre José y Matías; en este caso, el acto de echar suertes, que
tenía precedentes muy respetables en la historia sagrada hebrea, era un modo razonable
de decidir por uno de los dos, especialmente dado que rogaron a Dios que prevaleciera en
el resultado de la suerte, en el espíritu de Proverbios 16:33:
La suerte se echa en el regazo, mas la decisión proviene enteramente del Señor.79
HECHOS 2
81
Gr. εκλεγοµαι.
82
Cf. Ignacio, A los magnesianos 5.1: “cada uno ha de ir a su propio lugar” (que podría concebirse
como un eco de este pasaje). Ignacio se refiere tanto a buenos como a malos. Policarpo (A los filipenses
9.2) y Clemente de Roma (A los corintios 5.4) utilizan un lenguaje similar para hablar del lugar de gloria
señalado.
83
Hch. 12:2.
84
Mr. 10:35–37.
85
Cf. R. Stier, The Words of the Apostles, trad. ing., Edimburgo, 1869, pp. 12–15; G. Campbell
Morgan, The Acts of the Apostles, Nueva York, 1924, pp. 19s.
1 Cuando1 llegó el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar.
2 Repentinamente, vino del cielo un sonido como de un viento fuerte y veloz, y llenó
toda la casa en la que estaban sentados.
3 Luego aparecieron lenguas como de fuego, distribuidas entre ellos de tal modo
que una descansó sobre cada uno de ellos,
4 y fueron todos llenados con el Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras
lenguas, como el Espíritu les concedía expresarse.
1 El día de Pentecostés se llamaba así porque caía en el quincuagésimo día2 después de la
presentación de la primera gavilla de la cosecha de cebada, es decir, el quincuagésimo día
desde el primer domingo después de pascua (Pentekostos es la palabra griega que
significa “quincuagésimo”).3 Entre los judíos de habla hebrea y aramea se lo conocía
como “la fiesta de las semanas”4 (Ex. 34:22a; Dt. 16:10) y también como “el día de las
primicias” (Nm. 28:26; cf. Ex. 23:16a), porque ese día se presentaban ante Dios “las
primicias de la siega del trigo” (Ex. 34:22a). En fecha posterior se la apreció como el
aniversario de la entrega de la ley en Sinaí5 (deducción razonable a partir de Ex. 19:1, de
acuerdo con el cual los israelitas llegaron “al desierto de Sinaí” en la tercera luna nueva
después de su partida de Egipto, es decir, el comienzo de Siván, unos cuarenta y cuatro
días después de la primera pascua).
El “lugar” donde los discípulos estaban en esta ocasión, la “casa” del v. 2, no se
especifica más precisamente; puede haber sido el aposento alto de 1:13, pero no hay
1
El Texto Occidental amplía: “Y sucedió en esos días …”
2
La forma femenina del ordinal, η πεντηκοστη (sc. ηµερα ο εορτη), se encuentra primero como
nombre de esta fiesta en Tobías 2:1 y 2 Mac 12:32. Acerca del significado de Pentecostés en Hechos ver G.
Kretschmar, “Himmelfahrt und Pfingsten”, ZKG 66, 1954–1955, pp. 209–253; J. D. G. Dunn, El bautismo
del Espíritu, Buenos Aires, 1977, pp. 135–156; I. H. Marshall, “The Significance of Pentecost”, SJT 30,
1977, pp. 347–369; A. T. Lincoln, “Theology and History in the Interpretation of Luke’s Pentecost”, ExT
96, 1984–1985, pp. 204–209.
3
El partido saduceo en el siglo I d.C. interpretaba el sábado en la frase “el día que sigue al
sábado” (Lv. 23:15) como el sábado semanal. Mientras el templo estuvo en pie, la interpretación saducea
llegó a ser normativa para la celebración pública de la fiesta. La tradición cristiana, de acuerdo con esto, ha
fijado el aniversario del descenso del Espíritu en domingo (los “cincuenta días” de Lv. 23:15 reconocidos
en forma inclusiva). Los fariseos, sin embargo, tomaban el “día de reposo” de Lv. 23:15 como el día de la
fiesta de los panes sin levadura (en el cual, según Lv. 23:7, no debía hacerse ningún trabajo servil); en este
caso, Pentecostés siempre caería en el mismo día del mes (Siván 6), pero no en el mismo día de la semana.
Los fariseos podían apelar a Jos. 5:11 (“el día después de la pascua”) leído a la luz de Lv. 23:10–14. Cf. la
Misná Menahot 10.3; Tos. Menahot 10.23.528; TB Menahot 65a; ver también L. Finkelstein, The
Pharisees, Filadelfia, 1946, pp. 115–118.
4
Heb. sabu‘ot, por cuyo nombre se designa comúnmente el día entre los judíos.
5
Este cálculo se originó quizás en el judaismo sectario; cf. Jubileos 1.1 con 6.17. José ben Halafta,
c. 150 d.C. (Seder ´Olam R. 5) lo atestiguó primero en el judaismo rabínico, y luego Eleazar ben Pedath, c.
270 d.C. (TB Pesahim 68b). ver B. Noack, “The Day of Pentecost in Jubilees, Qumran, and Acts”, ASTI 1,
1962, pp. 73–95.
modo de saberlo.
2 En la mañana de ese día de Pentecostés, entonces, el lugar donde estaban sentados
juntos los discípulos de pronto se llenó con lo que parecía un gran ventarrón del cielo.6
Quizás no tenga sentido hacer preguntas explícitas acerca de este viento, porque no hay
esperanza de que se pueda responderlas satisfactoriamente. ¿Fueron sólo los discípulos
los que escucharon el viento, o también fue audible para otros? No hay modo de saberlo.
Lo cierto es que el viento, según se sostenía, simbolizaba el Espíritu de Dios. Cuando
Ezequiel, por mandato divino, profetizó al viento y lo llamó para que soplara sobre los
cuerpos muertos en el valle de su visión, el aliento de Dios sopló sobre ellos y los llenó
de vida nueva (Ez. 37:9–14). Y, probablemente con una alusión a la visión de Ezequiel,
Jesús le dijo a Nicodemo: “El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni
sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu”(Jn.
3:8). Sea lo que fuere que pueda decirse acerca de la experiencia de los discípulos, al
menos esto resulta claro: el Espíritu de Dios vino sobre ellos con poder.
3 Juan el Bautista había predicho que el que venía llevaría a cabo un bautismo con
viento y fuego (Lc. 3:16s.). En la experiencia pentecostal de los discípulos, entonces, el
fuego y el viento tenían un significado: la manifestación del advenimiento del Espíritu
fue tanto visible como audible. Se vieron lo que parecían lenguas de fuego, una de las
cuales se posó sobre cada uno de ellos. Otra vez, resulta difícil traducir esta experiencia
en términos que expliquen su verdadero significado. Como en la zarza ardiente, el fuego
señala la presencia divina (Ex. 3:2–5). Quizás nadie ha expresado el significado espiritual
del “puro fuego celestial” que descendió en Pentecostés tan bien como Charles Wesley en
su himno “Oh, tú, que viniste desde lo alto”.7
Es dudoso hasta dónde las “lenguas como de fuego” expresan la intención de
simbolizar las “otras lenguas” en las cuales hablaron los discípulos. F. H. Chase sugiere
que, “en el momento en que el Espíritu iluminador fue derramado sobre la iglesia, la luz
de un nuevo día cayó sobre los apóstoles”, y luego continúa preguntando: “¿No era
natural que los cristianos vieran un significado más profundo en los rayos solares que se
filtraban a través de las columnas y arcos del templo y que reposaban sobre los apóstoles,
y relacionaran la visión con las maravillas de las predicciones apostólicas que siguieron,
jugaran con un uso no común de la palabra ‘lengua’ y hablaran de ‘lenguas como de
fuego’ reposando sobre los apóstoles?”8
Esto implica que la “casa en la que estaban sentados” era el templo, pero el hecho de
que estuvieran “sentados” parece excluir esta posibilidad. Por cierto que los atrios del
templo eran adecuados para la reunión de las grandes multitudes que escucharon las
6
Efrén el Sirio (siglo IV d.C.) dice que la casa se llenó de fragancia; esto puede ser una
reminiscencia de Is. 6:4.
7
Este himno (Methodist Hymn Book 386) es, en su origen, una meditación sobre Lv. 6:13 (“El
fuego arderá continuamente en el altar; no se apagará nunca”), pero la invocación de uno que vino desde
los cielos a la tierra “para impartir el puro fuego celestial” también tiene reminiscencias del tema de
Prometeo.
8
F. H. Chase, The Credibility of the Book of the Acts of the Apostles, Londres, 1902, p. 35.
palabras de Pedro (vv. 14–41), y, si los discípulos estaban en una casa privada cuando el
Espíritu tomó posesión de ellos por primera vez (que es lo más probable),9 deben de
haberla dejado para salir a las calles, o de otro modo su explosión de palabras inspiradas
no hubiera causado la impresión que originó. Si salieron a las calles hablando todavía en
lenguas, las multitudes seguramente se hubieran reunido ante el ruido, y puede suponerse
que siguieron a los discípulos hasta la zona del templo, donde Pedro se dio vuelta y se
dirigió a ellos. Esto implica agregar más a la narración de lo que Lucas realmente
registra, pero lo cierto es que cualquier intento de apreciar lo que realmente sucedió
conduce a esto.10
4 Como quiera se entiendan los fenómenos percibidos, la experiencia íntima de los
discípulos se afirma claramente: “fueron todos llenados con el Espíritu Santo”. El
bautismo espiritual predicho por Juan y prometido de nuevo por el Señor ahora se llevaba
a cabo en la práctica. Ser llenos del Espíritu es una experiencia que se repitió en varias
ocasiones (cf. 4:8, 31), pero el bautismo en el Espíritu que la comunidad creyente ahora
estaba experimentando fue un evento que tuvo lugar una sola vez y para siempre.11
En los tiempos del Antiguo Testamento, cuando el Espíritu de Dios poseía a hombre
y mujeres, estos profetizaban. Así sucedió con Eldad y Medad cuando el Espíritu reposó
sobre ellos en el campamento de Israel (Nm. 11:26), como también con muchos otros.
Así que ahora el descenso del Espíritu sobre los discípulos fue seguido por discursos
proféticos, pero discursos proféticos de una clase peculiar: en “otras lenguas”.
El hablar en lenguas, o glosolalia (como se lo llama comúnmente), no es un fenómeno
sin paralelos. No sólo las palabras de los que hablan están parcial o completamente más
allá de su control consciente, sino que se emiten en idiomas de los cuales no tienen
dominio en circunstancias normales. Dentro del Nuevo Testamento hay amplio
testimonio acerca de otra forma de glosolalia: se trata de un “don espiritual” altamente
valorado en la iglesia corintia. Pablo reconoce que la glosolalia corintia es un don
genuino del Espíritu Santo, pero lamenta la importancia indebida que le adjudican
algunos miembros de la iglesia de Corinto (1 Co. 12:10, 28–30; 14:2–19). Como se la
cultivaba en la iglesia de Corinto, la glosolalia se emitía en un discurso que ningún
oyente podía comprender hasta que algún presente recibiera el don espiritual correlativo
de la interpretación. Pero en Jerusalén, en el día de Pentecostés, los visitantes de muchas
regiones reconocieron inmediatamente las palabras que les escucharon hablar a los
discípulos en su éxtasis divino. Posiblemente, “lo que sucedió en esa ocasión fue que la
multitud de peregrinos oyó a los cristianos alabando a Dios en expresiones extáticas, y se
9
La palabra casa (οικος) se utiliza para referirse al templo así como a una casa privada (cf. 7:47;
Mr. 11:17; Jn. 2:16; Is. 6:4 y LXX (passim). De acuerdo con Lc. 24:53 los discípulos, después de la partida
de Jesús, “estaban continuamente en el templo”; pero la expresión de Hch. 2:2 sugiere una casa corriente
más que el templo.
10
Un alegato que apoya una ubicación en el templo es el que aduce R. A. Cole (The New Temple,
Londres, 1950, p. 38, n. 18); señala que si la venida del Espíritu se manifestó en el ambiente del templo hay
un nexo con Ez. 47:1s., donde el río que daba la vida surgía de debajo del umbral del templo (un pasaje que
quizás subyace a Jn. 7:38).
11
Ver el comentario sobre el v. 38 más adelante.
sorprendió al escuchar que muchas de las palabras que decían no eran palabras judías ni
griegas, sino que pertenecían a los idiomas nativos de Egipto, Asia Menor e Italia.”12
El mero hecho de la glosolalia o de cualquier otra expresión extática no es ninguna
evidencia de la presencia del Espíritu Santo. En tiempos apostólicos fue necesario
proveer un criterio para decidir cuáles de tales emisiones eran de parte de Dios y cuáles
no, así como había sido necesario en los tiempos del Antiguo Testamento.13 Pablo dejó
establecido, como prueba simple pero infalible, el testimonio que tales voces ofrecen de
Jesús: “nadie puede decir ‘Jesús es Señor’, sino por el Espíritu Santo” (1 Co. 12:3). Unas
pocas décadas más tarde Juan se hace eco de una tendencia en su propio entorno,
insistiendo en una prueba más explícita: “Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha
venido en carne es de Dios” (1 Jn. 4:2). El tema es más importante que el modo: el medio
no es el mensaje. En esta ocasión el contenido de las expresiones extáticas fue “las
poderosas obras de Dios” (v. 11), y el espectro de idiomas en que éstas se proclamaron
sugiere que Lucas pensaba que la venida del Espíritu era más particularmente una
preparación para la proclamación del evangelio a todo el mundo. La iglesia de Cristo
todavía habla en muchas lenguas y, si bien su discurso no es ahora normalmente del
orden sobrenatural que marcó el día de Pentecostés, el mensaje es el mismo: las
poderosas obras de Dios.14
12
P. Loyd, The Holy Spirit in the Acts, Londres, 1952, p. 32. Cf. también R. B. Rackham, The Acts
of the Apostles, Londres, 1901, pp. 15s.: “Todo nuevo comienzo en el pensamiento o la vida está
Inevitablemente acompañado por trastornos. Hay una lucha con el entorno viejo, y con el reajuste al nuevo
entorna. Así, la venida del Espíritu es seguida de fenómenos irregulares y anormales. Como el jordán, la
corriente llena y plena del Espíritu desborda ‘por todas sus orillas’ (Jos. 3:15). Al principio las vasijas
gastadas de la humanidad no pueden contenerlo; y hay una inundación de experiencias espirituales extrañas
y novedosas. Pero cuando ha cavado para sí un canal profundo en la iglesia, cuando se han aprendido y
comprendido las leyes de la nueva vida espiritual, entonces parte del fenómeno irregular desaparece, otros
se hacen normales, y lo que se pensaba milagroso llega a ser dote natural de la vida cristiana.”
13
Cf. Dt. 18:22 (si las predicciones de un hombre no llegan a ser ciertas, es un falso profeta);
13:1–5 (aunque sus predicciones lleguen a ser verdad, si aparta a sus oyentes de su lealtad al Dios
verdadero, es un falso profeta). Ver también las pruebas más «pedestres» aplicadas a los profetas en la
Didajé (11.1–12.5).
14
Sobre la glosolalia ver K. Lake, The Earlier Epistles of Paul, Londres, 1911, pp. 241–252; A. L.
Drummond, Edward Irving and his Circle, Londres, 1937, pp. 236–270, 278–297, y bibliografía, p. 300; J.
G. Davies, “Pentecost and Glossolalia”, JTS s. n. 3, 1952, pp. 228–231; J. P. M. Sweet, “A Sign for
Unbelievers: Paul’s Attitude to Glossolalia”, NTS 13, 1966–1967, pp. 240–257; K. Haacker, “Das
Pfingstwunder als exegetisches Problem”, Verborum Veritas, O. Böcher y K. Haacker, eds., Wuppertal,
1970, pp. 125–131; W. J. Samarin, Tongues of Man and Angels, Nueva York, 1972; A. J. M. Wedderburn,
“Romans 8.26—Towards a Theology of Glossolalia”, SJT 28, 1975, pp. 369–377; W. E. Mills, Speaking in
Tongues, Grand Rapids, 1986.
15
Ιουδαιοι om. alef (ver p. 71).
6 Cuando se oyó este sonido, la multitud se reunió y estaba confundida, porque
cada individuo les oía hablar en su propio idioma.
7 Estaban atónitos y asombrados: “¿No son galileos todas estas personas que
están hablando? —preguntaban—.
8 “¿Cómo es, entonces, que cada uno de nosotros oye (sus palabras) en nuestra
propia habla, en la cual nacimos?
9 Partos, medos, elamitas y los habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia,
Ponto y Asia,
10 Frigia y Panfilia, Egipto y los distritos de Libia alrededor de Cirene, visitantes de
Roma,
11 tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes, los escuchamos decir en
nuestras propias lenguas las poderosas obras de Dios.”
12 Estaban todos atónitos y perplejos, diciéndose uno al otro: “Qué significa esto?”
13 Otros decían, ridiculizando: “Están llenos de vino nuevo.”
5–8 Los judíos que residían en Jerusalén en esta ocasión eran, en su gran mayoría,
peregrinos de diversas tierras de la dispersión que habían llegado a la ciudad santa a
celebrar la fiesta de Pentecostés. Aun cuando la palabra “judíos” sea una adición al texto
original, son judíos o prosélitos los que se indican con la frase “hombres devotos”.16 Sólo
en el templo de Jerusalén podían asistir a los servicios sacrificiales especiales prescriptos
para esa “santa convocación” y tomar parte en ellos (Nm. 28:26–31). Muchos de los
visitantes se quedaron atónitos al escuchar las alabanzas a Dios que los discípulos
emitieron en alta voz, en lenguaje inspirado (a esto, y no al sonido de un viento veloz, se
refiere la palabra “sonido” del v. 6),17 porque reconocían los idiomas y dialectos nativos
de sus tierras de origen. Los visitantes de las tierras que estaban al este sabían arameo, y
los de las tierras que estaban al oeste sabían griego, pero ni el arameo ni el griego eran
idiomas extraños para los discípulos. El acento galileo se reconocía fácilmente, como lo
supo Pedro a su costo en una ocasión anterior;18 pero estos galileos parecían, en ese
momento, compartir entre ellos un dominio de la mayoría de las lenguas que se hablaban
en el mundo conocido.
Cuando se dio la ley en Sinaí, de acuerdo con la tradición rabínica posterior, “los
Diez Mandamientos fueron promulgados con una sola voz, y, sin embargo, dice: ‘Todo el
16
Gr.ανδρες ευλαβεις (para ευλαβης cf. 8:2; 22:12; Lc. 2:25).
17
Gr. της φωνης ταυτης (la palabra traducida “sonido” en el v. 2 es ηχος).
18
Ver Mr. 14:70 par. Mt. 26:73 y Lc. 22:59. El dialecto galileo se distingue por la confusión o
pérdida de sus laríngeas y aspiradas; cf. A. Neubauer, “The Dialects of Palestine in the Time of Christ”,
Studia Biblica, I, Oxford, 1885, p. 51; G. Dalman, Grammatik des jüdisch-palästinischen Aramäisch,
Leipzig, 1894, pp. 33–40, 42–51; F. Rosenthal, Die aramäistische Forschung, Leiden, 1939, p. 108 n.; E.
Y. Kutscher, Studies in Galiaean Aramaic, Bar-Ilan Univ. Press., Israel, 1976.
pueblo percibió las voces’ (Ex. 20:18); esto muestra que cuando la voz se emitió se
dividió en siete voces, y luego pasó a setenta lenguas y cada pueblo recibió la ley en su
propia habla.”19 Aunque esta forma de la tradición es tardía, ya se aceptaba en algunos
círculos judíos que Pentecostés marcaba el aniversario de la entrega de la ley,20 y puede
haber un paralelo implícito entre aquel evento y lo que estaba sucediendo ahora en la
afirmación de que todas las personas “de toda nación bajo el cielo” escuchaban las
alabanzas a Dios, “cada individuo … en su propia habla”. John Keble discernió y expresó
un paralelo implícito similar en su himno de Pentecostés: “Cuando Dios en la antigüedad
descendió del cielo”.21
Las personas que escucharon los sonidos en esta ocasión, sin embargo, no eran
gentiles, sino judíos y prosélitos; la evangelización de los gentiles fue un desarrollo
revolucionario, registrado con sonido de trompetas en una etapa posterior en la narración
de Hechos.22 Pero a esos visitantes “devotos”23 aparentemente Lucas los considera como
representantes de las diversas tierras de las que habían venido y de los dialectos locales
de dichas regiones.
9–11 A continuación sigue una impresionante lista de las naciones allí representadas.
Tales listas geográficas aparecen en otros lugares de la literatura antigua, especialmente
en los Rudimentos de Paulus Alexandrinus, tratado astrológico del siglo IV, donde las
naciones del mundo se distribuyen entre los doce signos del zodíaco.24 Pero se ha
19
Midrás Tanhuma 26c; cf. R. Yohanan (m. 279 d.C.), TB Shabbat 88b. El verdadero sentido de
las palabras citadas de Ex. 20:18 es “todo el pueblo percibió los truenos” (RSV). Las “setenta lenguas”
corresponden a las setenta naciones enumeradas en Gn. 10:2–31. La exégesis rabínica relacionaba esta cifra
con Dt. 32:8 TM: “el Altísimo … estableció los límites de los pueblos según el número de los hijos de
Israel”, siendo los “hijos de Israel” las setenta “personas de la casa de Jacob, que entraron en Egipto” (Gn.
46:27 TM). Cf. Filón, Decálogo 36. Ver n. 24 más adelante.
20
Ver p. 66, n. 5.
21
J. Keble, The Christian Year, Londres, 1827, no. 47. La estrofa
tiene reminiscencias no sólo de las “lenguas como de fuego” de Hch. 2:3 sino también de la
descripción que hace Virgilio de la llama radiante, que expresa el favor del cielo, jugando alrededor de la
cabeza de Iulus, hijo de Eneas, en la caída de Troya (La Eneida 2.681–686).
22
Ver 10:1–11:18; 11:19–26; 15:7–11.
23
Ver p. 70, n. 16. La palabra no es de las utilizadas para designar a los gentiles “temerosos de
Dios” (cf. 10:2, p. 241, n. 7).
24
S. Weinstock, “The Geographical Catalogue in Acts 2.9–11”, JRS 38, 1948, pp. 43–46, informa
acerca de una nota marginal encontrada en una separata de F. Cumont, “La plus ancienne géographie
astrologique”, Klio 9, 1909, pp. 263–273 (un artículo acerca de la división de los países de la tierra entre los
exagerado la semejanza entre la lista de las naciones de Paulus Alexandrinus y la lista
mucho más primitiva presentada aquí por Lucas. Esta última es importante en su contexto
y tiene algunas características de especial interés.25
Partia, Media,26 Elam (Elimais) y Mesopotamia estaban al este del Eufrates; los
judíos de esas regiones hablaban arameo. Estas eran las tierras de la dispersión más
antigua, a las cuales los asirios habían deportado a los exiliados de las diez tribus
norteñas de Israel en los siglos VIII y VII a. C. Ellos no perdieron totalmente su
identidad, como se ha supuesto tradicionalmente. Su número fue aumentando más tarde
por las deportaciones judías en la época de Nabucodonosor. A pesar de los decretos
reales persas que autorizaban su regreso, muchos de los descendientes de aquellos
exiliados prefirieron permanecer donde estaban, y sus colonias se vieron aumentadas por
más emigración, de tal modo que la población judía total de esos territorios orientales
probablemente llegaba a varias decenas de miles, si no a cientos de miles. Artajerjes III
de Persia ubicó una colonia de judíos cautivos en Hircania, sobre el Mar Caspio (c. 353 a.
C).27 Josefo tiene mucho que decir acerca de los asentamientos judíos en Mesopotamia y
regiones vecinas;28 fue para beneficio de ellos que produjo el primer bosquejo de su
Historia de la guerra judía en arameo.29
La referencia a “Judea” frecuentemente se ha considerado un error de copista, en
parte por razones gramaticales30 y en parte porque es improbable que se hiciese una
mención especial de que quienes eran naturales de Judea estaban residiendo en
Jerusalén.31 Se han sugerido muchas enmiendas, pero, en vista de las preponderantes
signos del zodíaco). La nota marginal, hecha por F. C. Burkitt, tabulaba el catálogo de naciones en Hch.
2:9–11 a la par de la lista de Paulus Alexandrinus. Weinstock concluye que Burkitt debe de haber
considerado que la geografía astrológica era la clave para la comprensión del catálogo de Lucas, quien,
consecuentemente, “a pesar de lo extraña que parezca su lista, quería decir, de hecho, ‘todo el mundo’ …
todas las naciones que viven bajo los doce signos del zodíaco recibieron el don de entender inmediatamente
su predicación”. Cf. J. A. Brinkman, “The Literary Background of the ‘Catalogue of the Nations’ (Acts
2.9–11)”, CBQ 25, 1963, pp. 418–427. En vista de la referencia a Dt. 32:8 en la n. 19, más arriba, no resulta
irrelevante recordar que el fragmento hebreo 4QDtq con la LXX traduce la parte final de ese versículo,
“estableció los límites de los pueblos según el número de los hijos de Dios” (es decir, los ángeles), lectura
que algunas veces se ha interpretado (o malinterpretado) astrológicamente.
25
Si hubo una relación literaria entre Lucas y Paulus Alexandrinus, tendríamos que suponer que el
último tuvo una fuente anterior. ver B. M. Metzger, “Ancient Astrological Geography and Acts 2.9–11”,
New Testament Studies: Philological, Versional and Patristic, NTTS 8, Leiden, 1980, pp. 46–56.
26
En 1 Enoc 56.5“partos y medos” desempeñan un papel de liderazgo en la última guerra gentil
contra Israel.
27
Jerónimo, Crónica (sobre la Olimpíada 105); Sincelo, Historia, G. Dindorf, ed., 1.486.
28
Josefo, Ant. 11.133; 15.14; 18.310–379.
29
Josefo, GJ, 1.3, 6.
30
La ausencia del artículo antes de Ιουδαιαν es una dificultad (ya que la palabra es propiamente un
adjetivo): “El vocablo sin articulo Ιουδαιαν … ciertamente es una corrupción” (BDF 261, n. 4). Pero
Ιουδαιαν τε και Πανφιλιαν puede corresponder al régimen de την delante del Μεσοποταµιαν precedente.
31
Como lo señaló Beda en el siglo VIII.
evidencias textuales que apoyan “Judea”, es mejor estar de acuerdo con B. M. Metzger en
que “probablemente la solución menos insatisfactoria para un problema admitidamente
difícil es aceptar la lectura atestiguada por el peso abrumador de los testimonios”.32 Si
“Judea” se entendiera aquí en su sentido más amplio, denotaría la extensión de tierra
desde la frontera egipcia hasta el Eufrates, dominada directa o indirectamente por los
reyes de Judea, David y Salomón. Esto explicaría la ausencia de Siria en la lista.33
En cuanto a los que vivían en Capadocia, Ponto y Asia, Frigia y Panfilia, hay amplias
pruebas de la existencia de grandes comunidades judías en esas zonas de Asia Menor.
Los capítulos centrales de Hechos (13–20) aportan abundante prueba de esto; Filón
declara que “los judíos son sumamente numerosos en cada ciudad de Asia y Siria”.34 La
presencia judía está atestiguada en Lidia desde el siglo VI a.C. (el Sefarad de Abd. 20 es
Sardis, la capital lidia). Antíoco III llevó dos mil familias judías desde Babilonia y las
instaló como colonos militares en Lidia y Frigia (c. 213 a.C.).35 Desde la costa norte de
Asia Menor algunos judíos cruzaron el Mar Negro; se han encontrado inscripciones
judías en Crimea.
Esos visitantes que venían desde Egipto y “los distritos de Libia alrededor de Cirene”,
pertenecían a otro sector muy populoso de la dispersión judía. Había habido judíos
continuamente en Egipto desde los primeros años del siglo VI a. C., y siempre estaban
recibiendo grupos nuevos, especialmente después de que Alejandro Magno conquistara
Egipto, en el 331 a.C., y se fundara Alejandría. De acuerdo con Filón, él mismo judío
alejandrino, dos de los cinco barrios que constituían la ciudad de Alejandría eran de
población judía;36 estimaba que en el 38 d.C. había alrededor de un millón de judíos en
Egipto37 (si ese total se dividiera por diez, sería más exacto). A los judíos de Cirenaica se
los menciona en otros lugares de Hechos (6:9; 11:20; 13:1), y Simón de Cirene figura en
la narración de la pasión (Mr. 15:21 par. Lc. 23:26). Se dice que Ptolomeo I de Egipto
(323–283 a.C.) estableció una cantidad de judíos en Cirenaica para asegurar su lealtad.38
32
B. M. Metzger, “Ancient Astrological Geography and Acts 2.9–11”, p. 56.
33
La verdad es que Jerónimo lee Siria aquí. Otras enmiendas ofrecidas han sido Armenia
(Tertuliano y Agustín), India (Crisóstomo y, mucho más tarde, R. Bentley), Galacia (M. Dibelius), Jonia
(W. L. Knox), Iberia (J. M. Ross, ExT 96, 1984–1985, p. 217), y Goryea, es decir Kurdistán (F. C. Burkitt,
Encyclopaedia Biblica, col. 4992). Esta última enmienda tiene el apoyo de unos cuantos manuscritos árabes
del NT: El canon Bodleian. Or. 129 (Hechos y las Epístolas en árabe) empieza la lista con Akrad (plural de
Kurdi), lectura apoyada por el manuscrito 99 del Cairo Antiguo y por un primitivo manuscrito de Aleppo,
del siglo XVIII del NT en árabe (en la biblioteca del obispo maronita), principalmente traducido de la
Peshitta, pero no enteramente, ya que su texto de la lista presente está de acuerdo con el ms. Bodleian ya
mencionado (E. P. F. Bishop, “Professor Burkitt and the Geographical Catalogue”, JRS 42, 1952, pp. 84s.).
34
Filón, Embajada a Gayo 245 (cf. 15:21, donde se trata principalmente de Siria y Asia Menor).
35
Josefo, Ant. 12.149; cf. F. F. Bruce, Colossians-Philemon-Ephesians, NICNT, Grand Rapids,
1984, pp. 8–13.
36
Filón, Flaccus 55.
37
Filón, Flaccus 43.
38
Josefo, Contra Apián 2.44
Los “visitantes de Roma, tanto judíos como prosélitos” forman el único contingente
de la tierra firme europea incluida en la lista de Lucas. Pueden haber estado presentes
también visitantes de Grecia, pero no se los menciona específicamente.39 Lucas está
interesado en Roma porque es la meta hacia la cual se mueve su relato. Es por lo menos
una posibilidad el que la iglesia romana, cuyos orígenes son tan oscuros, se remonte a
algunos de esos “visitantes de Roma” que escucharon el evangelio en Jerusalén ese día y
lo llevaron a sus hogares cuando volvieron. “Por la época del otoño que siguió a la
crucifixión es bastante posible que Jesús fuera honrado en la comunidad judía de Roma
así como lo era en la de Damasco.”40
Había una colonia judía en Roma en el siglo II a.C., que creció con los judíos traídos
desde Judea para adornar el triunfo de Pompeyo en el 61 a.C, y que más tarde fueron
liberados. Se estima que a comienzos de la era cristiana había entre 40.000 y 60.000
judíos residentes en Roma.41 Nuestras noticias de ellos derivan no sólo de fuentes
literarias contemporáneas, sino también del estudio de seis catacumbas judías.42 Todavía
no se ha excavado en Roma ninguna sinagoga judía del período imperial, pero se conocen
los nombres de once por las inscripciones.43 Probablemente la extensión de la enseñanza
cristiana en algunas de estas sinagogas llevó a la sedición del 49 d.C., la ocasión del
“edicto de Claudio de que todos los judíos debían abandonar Roma” (18:2).44
En ningún lado la actividad proselitista de los judíos fue tan marcada como en
Roma,45 y no sorprende que el contingente romano incluyera tanto prosélitos como judíos
de nacimiento. Un prosélito era un gentil de nacimiento que se había convertido al
judaísmo. Tal persona se proponía guardar la ley judía en su totalidad y era admitida
como miembro del pueblo elegido por medio de un triple rito: (1) circuncisión (para
prosélitos masculinos), (2) un autobautismo o purificatorio en presencia de testigos,46 (3)
39
Este es un argumento contra la tesis de Burkitt-Weinstock (p. 72, n. 24); la lista de Paulus
Alexandrinus coloca “Grecia y Jonia” (bajo el signo de la Virgo) entre Asia (bajo Leo) y Libia y Cirene
(bajo Libra).
40
F. J. Foakes-Jackson, Peter, Prince of Apostles, Londres, 1927, p. 195.
41
H. J. Leon, The Jews of Ancient Rome, Filadelfia, 1960, pp. 135s.; Schürer, The History of the
Jewish People in the Age of Jesus Christ III, Edimburgo, 1973–1986, pp. 73–81.
42
H. J. Leon, The Jews of Ancient Rome, pp. 46–66.
43
Ibíd., pp. 135–166; Schürer III, pp. 95–98.
44
Ver p. 407 con n. 9.
45
Al comienzo del siglo II d.C. Juvenal todavía tuvo oportunidad de satirizar la actividad
proselitista de los judíos en Roma (Sátira 14.96–106).
46
ver H. H. Rowley, “Jewish Proselyte Baptism and the Baptism of John” (1940), From Moses to
Qumran, Londres, 1963, pp. 211–235; T. F. Torrance, “Proselyte Baptism”, NTS 1, 1954–1955, pp. 150–
154; T. M. Taylor, “The Beginnings of Jewish Proselyte Baptism”, NTS 2, 1955–1956, pp. 193–198; K.
Pusey, “Jewish Proselyte Baptism”, ExT 95, 1983–1984, pp. 141–145.
el ofrecimiento de un sacrificio (mientras se mantuvo en pie el templo de Jerusalén).47
Debido al requisito de la circuncisión, el pleno proselitismo parece haber sido más común
entre las mujeres que entre los hombres. Muchos hombres se contentaban con una
adhesión menos completa al judaismo, indicada convencionalmente por el término
“temerosos de Dios”.48
El catálogo concluye con la referencia a cretenses49 y árabes. Los “árabes”
probablemente vivían en el reino nabateo, al este de Siria y Judea, que se extendía desde
el Mar Rojo hasta el Eufrates, con su capital en Petra. Estaban en ese tiempo en la
plenitud de su poder, bajo Aretas IV (9 a.C.–40 d.C).50 Las relaciones de este monarca
con Judea pueden ilustrarse con el hecho de que una de sus hijas fue la primera esposa
del tetrarca Herodes Antipas, la esposa de la que se divorció para casarse con Herodías.51
Todos estos visitantes, entonces, oyeron las exclamaciones de éxtasis de los apóstoles
y sus acompañantes. Las autoridades judías parecen haber admitido el uso de cualquier
idioma en el recitado de ciertas fórmulas religiosas: el Shemá (“Oye, oh Israel …”; Dt.
6:4), las Dieciocho Bendiciones y la bendición invocada sobre las comidas.52 Por lo tanto,
las alabanzas a Dios en varias lenguas se oían a menudo en Jerusalén durante las grandes
fiestas, cuando tantos peregrinos de la dispersión estaban en la ciudad. Ahora, para su
sorpresa, estos peregrinos oían las alabanzas a Dios en todas las lenguas de la dispersión
¡emitidas nada menos que por galileos! El evento no era nada inferior al reverso de la
maldición de Babel.53
12–13 La sorpresa y perplejidad pública fueron extendiéndose. Superficialmente, un
tipo de éxtasis es muy parecido a otro, y hasta Pablo, quien tenía el don de la glosolalia,54
tuvo que advertir a los cristianos corintios que un extraño que entrara a una de sus
reuniones cuando estaban todos “hablando en lenguas” ciertamente llegaría a la
conclusión de que estaban locos (1 Co. 14:23).55 Así que en esta ocasión había algunos en
47
De acuerdo con G. W. H. Lampe, The Seal of the Spirit, Londres, 1951, p. 83, este sacrificio “no
era indispensable, y en cualquier caso era probablemente una regla meramente ideal o teórica, ya que no
hay evidencia real que de este complejo de ceremonias se remonte a los días del templo”. Ver también
Schürer III, pp. 173s.
48
Ver p. 241, n. 7.
49
Para los judíos en Creta cf. Tit. 1:10; Josefo GJ 2.103; Ant. 17.327. La segunda esposa de Josefo
era una judía cretense (Vida 427).
50
Se lo menciona en 2 Co. 11:32 (cf. p. 228 más adelante, sobre 9:23–25).
51
Josefo, Ant. 18.109–115 (cf. p. 120 más adelante, sobre 4:27).
52
Misná Sotah 7.1; cf. Emil Schürer, Historia del pueblo judío en tiempos de jesús II, Madrid,
1985, pp. 46 (n. 78), 589–599.
53
“El relato de Pentecostés depende del relato de Babel” (J. G. Davies, “Pentecost and
Glossolalia”, pp. 228.).
54
1 Co. 14:18.
55
Cf. el contraste en Ef. 5:18 entre embriagarse “con vino” y “ser llenos del Espíritu”.
la multitud que restaron importancia al extraño evento con una mofa: “Están llenos de
vino nuevo”, es decir, vino dulce56 (porque, aunque faltaban unos meses para la vendimia
de ese año, había modos y medios de mantener dulce al vino durante todo el año).57
61
El verbo griego es αποφθεγγοµαι ya utilizado para mencionar la “emisión” inspirada por el
Espíritu en el v. 4. (En la LXX se lo utiliza para hablar sobre la profecía en 1 Cr. 25:1 y sobre la
adivinación en Mi. 5:12.)
62
El µετα ταυτα de la LXX (cf. 15:16 más adelante), que traduce el heb. ‘ahare ken. Para “en los
últimos días” como introducción de un oráculo, cf. Is. 2:2. par. Mi. 4:1. Hay otras variantes del texto del
AT en esta cita: En el AT, “sus jóvenes verán visiones” sigue y no precede a “sus ancianos soñarán
frase más precisa “en los últimos días”.63 Para Lucas la señal de la era venidera es la
presencia del Espíritu. El contexto de la profecía de Joel contiene un llamado al
arrepentimiento con la esperanza de recibir el perdón divino (Jl. 2:12–14), un llamado del
cual más tarde Pedro se hace eco (v. 38). Pero la característica prominente de las palabras
que cita Pedro es la predicción del derramamiento del Espíritu de Dios sobre toda la raza
humana; literalmente, “sobre toda carne”. Lucas ve en estas palabras un presagio de la
misión mundial a los gentiles, aun cuando Pedro no podría haberse dado cuenta de toda
su importancia cuando las citó en el día de Pentecostés. Por cierto que el derramamiento
del Espíritu sobre ciento veinte judíos no podía, en sí mismo, cumplir la predicción de tal
derramamiento “sobre toda carne”; pero fue el comienzo del cumplimiento. Las palabras
de Joel pueden haberse remontado a la exclamación de Moisés: “Ojalá todo el pueblo de
Jehová fuese profeta, y que Jehová pusiera su espíritu sobre ellos” (Nm. 11:29). El efecto
del derramamiento del Espíritu es el don de profecía, ejercitado en visiones y sueños y
por la palabra oral.
19–21 Las maravillas y señales que se revelarán en la naturaleza pueden tener más
importancia en su marco inmediato de lo que algunas veces se advierte. “Resulta
notable”, dice B. J. Hubbard, cómo la cita que hace Pedro de Joel “alude a muchos de los
fenómenos (incluyendo sueños y visiones) que caracterizan la versión lucana de los
orígenes cristianos.”64 En forma más particular, un poco más de siete semanas antes, la
gente de Jerusalén realmente había visto el oscurecimiento del sol, temprano por la tarde
del viernes santo; y más tarde ese mismo día la luna llena pascual puede muy bien haber
aparecido de color rojo sangre en el cielo como consecuencia de esa lobreguez
sobrenatural.65 Estos fenómenos se interpretan ahora como presagios del advenimiento
del día del Señor:66 un día de juicio, con seguridad, pero más inmediatamente, el día de la
salvación de Dios para todos los que invocaban su nombre.67
sueños”; la cláusula “y profetizarán” (v. 18) está ausente en el AT, como también las palabras “arriba”,
“señales”y “debajo” (v. 19).
63
Otros escritores del NT utilizan una fraseología similar para designar la nueva era inaugurada
por el hecho de Cristo: “Los fines de las edades” (1 Co. 10:11), “estos postreros días” (He. 1:2), “la
consumación de las edades” (He. 9:26), “los postreros tiempos” (1 P. 1:20), “la última hora” (1 Jn. 2:18).
64
B. J. Hubbard, “The Role of Commisioning Accounts in Acts”, en Perspectives on Luke-Acts,
C. H. Talbert, ed., Edimburgo, 1978, p. 198.
65
No podría haber sido un eclipse solar, porque en Pascua había luna llena. Acerca del significado
de Lc. 23:44s., “el sol se oscureció” (του ηλιου εκλιποντος), ver G. R. Driver, “Two Problems in the New
Testament”, JTS s. n. 16, 1965, pp. 331–337 (explica la oscuridad del viernes santo como ocasionada por
un viento hamsin). Cf. C. J. Humphreys y W. G. Waddington, “Dating the Crucifixion”, Nature 306, 1983,
pp. 743–746 (explican el color rojo sangre de la luna por un eclipse lunar del 3 de abril del 33 d. C.).
66
El adjetivo “notable” (LXX επιφανης) presupone el heb. nir’ eh en lugar del nora’ del TM
(“terrible”).
67
Cf. la descripción del gran día de ira en Ap. 6:12, basado sobre este mismo oráculo de Joel.
22 “Hombres de Israel, escuchen esto. Hablo de Jesús de Nazaret, un hombre
atestiguado ante ustedes por Dios mediante obras poderosas y maravillas y
señales que Dios hizo entre ustedes68 por medio de él, como ustedes mismo saben.
23 El les fue entregado de acuerdo con el propósito determinado por Dios y su
conocimiento previo; ustedes lo tomaron69 y por medio de hombres sin ley lo
clavaron70 y lo mataron.
24 Pero Dios lo levantó, soltando los dolores de la muerte, porque no era posible
que la muerte lo retuviera.
25 David dice en relación con él:
‘Vi al Señor siempre delante de mí, porque está a mi diestra,
para que yo no sea conmovido;
26 por lo tanto, mi corazón se ha regocijado
y mi lengua se ha gozado,
y mi carne además descansará en esperanza
27 porque no abandonarás mi alma al Hades,
ni dejarás que tu santo vea corrupción.
28 Me has hecho conocer los caminos de la vida;
con tu presencia me llenarás de gozo.’
22 Pedro encara ahora su tema principal: la proclamación de Jesús como Señor y Mesías.
La predicación apostólica primitiva71 regularmente consta de cuatro elementos (no
siempre en el mismo orden): (1) el anuncio de que ha llegado el tiempo del
cumplimiento; (2) un relato del ministerio, muerte y triunfo de Jesús; (3) citas del
Antiguo Testamento cuyo cumplimiento en estos eventos prueba que Jesús es aquel que
ellos señalaron antes; (4) un llamado al arrepentimiento. Estos cuatro elementos están
presentes en la proclamación de Pedro aquí. Ya ha anunciado que el tiempo del
cumplimiento ha llegado (v. 16); ahora resume la historia de Jesús.
Las “obras poderosas y maravillas y señales” que Dios llevó a cabo por medio de
68
El Texto Occidental dice “nosotros” (ηµας) en lugar de “vosotros” (υµας).
69
“Lo tomaron” refleja el participio λαβοντες que se lee en alef2 D E Ψ y la mayoría de los
cursivos pero se omite en la mayoría de las ediciones críticas.
70
Gr. προσπηγνυµι y no el más habitual σταυροω (lit. “atar a una estaca”).
71
A menudo llamado el kerigma (κηρυγµα, de κηρυσσω, “proclamar como un heraldo”, κηρυξ).
Jesús de Nazaret72 entre los “hombres de Israel” no necesitaban ninguna elaboración;
estaban frescas en la mente de todos. El que estos actos fueron, por cierto, llevados a
cabo por el poder divino era algo que había sido reconocido en forma general, excepto
por aquellos que vieron que tal reconocimiento implicaría consecuencias teológicas
indeseables.73 Los milagros de Jesús no eran meras “maravillas”; eran “obras poderosas”,
evidencias del poder de Dios operando entre la gente y “señales” del reino de Dios: “los
poderes del siglo venidero”, en el lenguaje de Hebreos 6:5. “Mas si por el dedo de Dios
echo yo fuera los demonios —dijo Jesús en una ocasión—, ciertamente el reino de Dios
ha llegado a ustedes” (Lc. 11:20). Y la mayoría de aquellos que vieron sus obras
poderosas estuvieron de acuerdo: “Dios ha visitado a su pueblo” (Lc. 7:16).74
23 Pero este Jesús había sido ejecutado por crucifixión. Aunque el juez que lo
sentenció a esta forma de muerte y los soldados que llevaron a cabo la ejecución eran
romanos, “hombres sin ley” (en el sentido de estar fuera del ámbito de la ley de Israel),75
las autoridades judías, en forma particular los sacerdotes principales, lo entregaron a los
romanos. Tal acción no carecía de paralelos; los magistrados de Jersualén entregaron a
otro Jesús, el hijo de Ananías, al gobernador romano para un tratamiento apropiado en el
62 d. C., cuando se dieron cuenta de que eran incapaces de vérselas con él.76 Las palabras
de Pedro aquí se dirigen al pueblo de Jerusalén, no a los visitantes judíos presentes en la
ciudad en Pentecostés.
Sin embargo, “el propósito determindo por Dios y su conocimiento previo” dirigieron
la acción de aquellos que tomaron parte, directa o indirectamente, en enviar a Jesús a la
muerte. Pablo dice que Dios mismo no escatimó a su propio Hijo, sino que “lo entregó
por todos nosotros” (Ro. 8:32). El propósito divino, revelado a través de los profetas, era
que el Mesías tendría que sufrir (cf. Hch. 3:18, etc.). Esto no lleva consigo ninguna
disminución de la culpa de aquellos que lo entregaron a la muerte o cumplieron la
72
O “Jesús nazoreo” (Ιησουν τον Ναζωραιον, v. 22). A pesar de varias otras explicaciones del
titulo Ναζωραιος como se lo usa para Jesús, resulta claro que los escritores del NT lo tomaron como
sinónimo de Ναζαρηνος, “perteneciente a Nazaret”. No hay diferencia de sentido entre “Jesús nazoreo”
aquí y “Jesús de Nazaret” en 10:38 mis adelante. El gr. Ναζωραιος es equivalente al heb. nosri (con
metátesis vocálica). ver M. Black, An Aramaic Approach to the Gospels and Acts, Oxford, 31967, pp. 197–
200. Para el plural Ναζωραιοι, que se utiliza para los seguidores de Jesús (24:5), ver p. 516, n. 15.
73
Ver Lc. 11:15 para el cargo de que exorcizaba demonios por el poder de Belzebú.
74
Cf. D. S. Cairns, The Faith that Rebels, Londres, 1929; A. Richardson, The Miracle Stories of
the Gospels, Londres, 1941; C. Brown, Miracles and the Critical Mind, Grand Rapids, 1984, pp. 293–325.
La palabra griega para “milagros” (τερατα) nunca se usa en el NT, excepto en conjunción con la palabra
para “señales” (σηµεια). Aquí se añade una tercera palabra, “obras portentosas” (δυναµεις) para hacer aún
más claro el significado de estos milagros. Cf. He. 2:4.
75
Gr. ανοµοι, en el sentido que tiene, p. ej., en 1 Co. 9:21, donde los ανοµοι son gentiles, por
oposición a los υπο νοµον (judíos). En cuanto a un sentido más general de la palabra (cf. KJV “malvados”),
resulta pertinente el hecho de que en la literatura judía a los romanos algunas veces se los menciona como
haresa ‘im, los malvados (el imperio romano es malekut haresa‘im, “el reino de los malvados”); cf. Mr.
14:41, “el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores” (αµαρτωλοι).
76
Josefo, GJ 6.303; cf. G. Vermes, Jesus and the World of Judaism, Londres, 1983, pp. viiis.
sentencia; pero sí señala el modo de quitarse la culpa y asegurarse el perdón. Pedro, sin
embargo, no dice nada acerca de esto hasta que sus oyentes estén verdaderamente
convencidos de su pecado.
24 Afirma Pedro que un tribunal superior ha revertido la sentencia que un tribunal
terrenal dictó contra Jesús y que los soldados romanos ejecutaron. Lo mataron, pero Dios
lo levantó y “soltó los dolores de la muerte”.77 No era posible que el elegido de Dios
permaneciera en las garras de la muerte; “el abismo no puede retener al Redentor, del
mismo modo que una mujer embarazada no puede retener al hijo dentro de su cuerpo.”78
Si el determinado consejo de Dios ordenó su sufrimiento y su muerte, así también ordenó
su resurrección y su gloria.
25–28 Ahora viene un “testimonio” del Antiguo Testamento como confirmación de la
afirmación que hace Pedro. La cita es de la versión griega del Salmo 16:8–11.79 Desde
los días primitivos la iglesia cristiana sostuvo que la exaltación de Jesús se produjo en
cumplimiento de la promesa de Dios a David (cf. Hch. 13:34, con su cita de Is. 55:3).
Tanto en el texto hebreo como en el griego, el Salmo 16 se atribuye a David. Pero las
palabras que ahora se citan del salmo (continúa el argumento de Pedro) no pueden
referirse a David, porque su alma sí descendió al lugar de los muertos y su cuerpo vio la
corrupción. Ninguno podía afirmar que David había sido rescatado de la tumba; su
sepulcro —que no estaba vacío— todavía era un lugar bien conocido (v. 29). Las
palabras “no abandonarás mi alma al Hades, ni dejarás que tu santo vea corrupción” se
refieren, por lo tanto, al Mesías de la línea davídica, “el más grande de los hijos del gran
David”, que el mismo David había prefigurado y en cuyo nombre habló aquellas palabras
por el Espíritu de profecía. (La glosa del Sal. 16:9 en un midrás muy posterior [“Mi
gloria se regocija por el Señor Mesías, que surgirá de mí”, es decir, de David] refleja el
hecho de que la interpretación mesiánica de las palabras persistió en la tradición judía.80)
Estas palabras proféticas, continúa argumentando Pedro, se han cumplido sólo en Jesús
de Nazaret; Jesús de Nazaret es, por lo tanto, el Mesías esperado.
77
Gr. λυσας τας ωδινας του θανατου. Las frases hebreas heble mawet, “ligaduras de muerte” (Sal.
18:4; 116:3), y heble seol, “ligaduras del Seol” (Sal. 18:5), se traducen ωδινες θανατου y ωδινες αδου,
respectivamente en la LXX, posiblemente debido a la similitud entre el heb. hebel (“ligadura”) y hebel
(“dolor de parto”). Pero no es necesario ver aquí una alusión al heblo sel masiah, “los dolores de parto del
Mesías” (es decir, los problemas que anuncian la era mesiánica; cf. Mr. 13:8). Policarpo (Ep. 1.2) puede
haberse hecho eco de este pasaje de Hechos cuando habla de Jesús como aquel “a quien Dios levantó,
habiendo desatado los dolores del Hades” (τας ωδινας του αδου).
78
G. Bertram, TDNT 9, p. 673 (s.v. ωδιν).
79
La LXX dice “Yo miré” (προορωµην) en lugar del TM “Yo he establecido” (siwwiti), y “mi
lengua” (η γλωσσα µου en lugar del TM “mi gloria” (kebodi); éste vierte labetah (“con seguridad”,
“firmemente”) en lugar de επʼ ελπιδι (“en esperanza”), y sahat (“abismo”) en lugar de διαφθορα
(“destrucción”, “corrupción”).
80
Midrás Tehillim sobre el Sal. 16:9.
29 “Mis hermanos, puedo hablarles abiertamente acerca del patriarca David. El
murió y fue sepultado, y su tumba está con nosotros hasta este día.
30 Pero él fue un profeta, y sabía que Dios había jurado que uno de sus
descendientes se iba a sentar en su trono,81
31 así que, por presciencia, habló de la resurrección del Cristo, diciendo que na fue
abandonado al Hades ni su carne fue sujeta a corrupción.
32 Este Jesús ha sido levantado por Dios; de esto todos nosotros somos testigos.
33 Así que, habiendo sido exaltado a la diestra de Dios, y habiendo recibido de su
Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto,82 como ustedes ven y
oyen.
34 No fue David quien ascendió al cielo; más bien, David mismo dice:
‘Dijo el Señor a mi señor, siéntate a mi diestra,
35 hasta que haga de tus enemigos estrado de tus pies.’
36 Por lo tanto, que toda la casa de Israel sepa con certeza que Dios lo ha hecho —a
este Jesús, a quien ustedes crucificaron— tanto Señor como Cristo.”
29 Era de conocimiento público, en Jerusalén y sus alrededores, que David —el
“patriarca”,83 como lo llama Pedro (porque fue el fundador de una dinastía)— murió y
fue sepultado y nunca había sido levantado de la tumba donde estaba, al sur de la ciudad,
cerca de Siloé. Su tumba se menciona en Nehemías 3:16 (el sitio ha sido recordado desde
épocas pre-exílicas). Fue profanada y robada por Juan Hircano durante el sitio de
Jerusalén en el 135/4 a.C.; más de un siglo después Herodes, luego de haber sido
detenido (se creía que por acción divina) en un intento de seguir el ejemplo de Hircano,
enmendó su impiedad construyendo un monumento de mármol blanco en la entrada de la
tumba.84 Como David, Jesús había muerto y había sido sepultado, pero, aunque podía
señalarse su tumba, no había necesidad de hacerlo, porque, a diferencia de David, fue
levantado y ya no estaba allí.
30–32 Antes de morir, sin embargo, David recibió una promesa solemne de Dios,
como lo declara el Salmo 132:11:
En verdad juró Jehová a David,
81
La expansión de KJV, “que del fruto de sus lomos, según la carne [cf. Ro. 1:3; 9:5], levantaría a
Cristo para que se sentara en su trono”, se remonta a la revisión bizantina de una lectura occidental.
82
Algunas autoridades occidentales añaden “don” después de “este” (τουτο το δωρον); aunque no
es parte del texto original, el agregado indica el verdadero significado.
83
El gr. πατριαρχης denota el fundador o antepasado de una familia; se utiliza en 7:8s., más
adelante, para referirse a los doce hijos de Jacob, y en He. 7:4 para Abraham.
84
Josefo, GJ 1.61; Ant. 7.393; 13.249; 16.179–183.
y no se retractará de ello:
En relación con este descendiente, de quien hablaba la promesa, David, como profeta
inspirado, pronunció palabras que presagiaban la liberación del sepulcro y la resurrección
de los muertos. Y al afirmar que Jesús de Nazaret había sido liberado así y levantado por
Dios, Pedro y sus colegas estaban haciendo una afirmación que podían confirmar can su
testimonio ocular personal: “de esto todos nosotros somos testigos”.
En su propia enseñanza Jesús no remarca esta ascendencia davídica, pero su identidad
y autoridad se interpretaron desde el principio en términos de una cristología de un “Hijo
de David”. La expectativa del Mesías davídico ardía con fulgor en los corazones de los
judíos piadosos en el siglo I a. C., incluyendo los del círculo en el cual nació Jesús.86
Pablo no desarrolla una cristología sobre un “Hijo de David”, sino que da por sentada la
descendencia davídica de Jesús como algo ampliamente conocido y confesado en la
iglesia primitiva (cf. Ro. 1:3; 15:12).
33 Pero, ¿dónde estaba Jesús ahora si había sido levantado de entre los muertos?
Estaba entronizado en lo alto, exaltado por la diestra de Dios.87 Había recibido de su
Padre el don prometido del Espíritu Santo, y ahora había derramado de ese Espíritu sobre
sus seguidores; todos los oyentes de Pedro habían sido testigos recientes de las señales
externas de ese derramamiento. El triunfo de Jesús fue avalado por el testimonio de sus
discípulos y el testimonio de la profecía del Antiguo Testamento, como también por su
propia actividad perdurable (Hch. 3:6; 4:10; etc.) y el testimonio del Espíritu Santo
(5:32).
Aquel que había recibido antes el Espíritu para llevar a cabo en forma pública su
propio ministerio terrenal, ahora había recibido el mismo Espíritu para impartirlo a sus
representantes a fin de que pudieran continuar, y ciertamente compartir, el ministerio que
él había comenzado. El haberles impartido ahora el Espíritu a ellos, hecho que
atestiguaban señales evidentes, constituía también una vindicación innegable de la
afirmación de que él era el Mesías exaltado.
34–35 La afirmación recibe apoyo ahora de otra prueba de la Escritura, esta vez del
Salmo 110:1.88 La creencia de que este también era un salmo davídico, y que el “señor” a
85
Hay otra alusión a este salmo en 7:46s. más adelante.
86
S. Sal 17:23–51; Lc. 1:32s., 69.
87
Dativo instrumental (τη δεξια); cf. 5:31, también Sal. 118:16 (LXX 117:16), δεξια κυριου
υψωσεν µε (“la diestra del Señor me ha exaltado”).
88
Cf. el uso del Sal. 110:1 en Ro. 8:34; 1 Co. 15:25; Col. 3:1; He. 1:3, 13, etc. (y del Sal. 110:4 en
He. 5:6, etc.). La profecía citada aquí puede haber tenido su ubicación original en la vida real en la
ceremonia de entronización de un rey davídico; provee el fundamento para la afirmación del credo de que
Cristo está sentado a la diestra de Dios. ver D. M. Hay, Glory at the Right Hand: Psalm 110 in Early
Christianity, Nashville/Nueva York, 1973; M. Gourgues, A la droite de Dieu: Résurrection de Jésus et
actualisation du Psaume 110, 1, ÉB, París, 1978.
quien Dios dirigía la invitación “siéntate a mi diestra” era el Mesías, está atestiguada en
el incidente de Marcos 12:35–37. El argumento de Pedro es similar al que ya había tenido
como base el Salmo 16:10. La invitación a sentarse a la diestra de Dios no se dirigió a
David: él no ascendió personalmente al cielo para compartir el trono de Dios. La
invitación se dirigía al hijo de David, y ha encontrado su cumplimiento en Jesús, el que
ha sido exaltado no sólo por la diestra de Dios (como se ha afirmado en el v. 33), sino
para tomar su lugar a la diestra de Dios, la posición de supremacía sobre el universo. Por
lo tanto, las palabras quedaban vindicadas con las que había escandalizado al tribunal
judío hacía menos de dos meses: “Pero desde ahora el Hijo del Hombre se sentará a la
diestra del poder de Dios” (Lc. 22:69). Esta exaltación de Jesús, de acuerdo con el Salmo
110:1, es una parte integral del mensaje apostólico primitivo, así como permanece como
parte integral de los credos cristianos históricos.
36 Las buenas nuevas han sido proclamadas; el testimonio de los apóstoles y el de la
profecía se han combinado para dar seguridad en cuanto a la verdad de la proclamación.89
Los hechos atestiguados señalan una sola conclusión: Dios ha hecho al Jesús crucificado
tanto Señor como Mesías.90 Se señala el contraste entre el tratamiento que recibió Jesús
de sus jueces terrenales y el que ha recibido de Dios. Cuando afirmó ser “el Cristo, el
Hijo del Bendito” (Mr. 14:61), su declaración fue rechazada como falsa y juzgada digna
de muerte. Pero Dios ha vindicado su afirmación como verdadera, y lo ha recuperado de
la muerte, exaltándolo al lugar más alto que puede ofrecer el cielo. Su mesianazgo,
aclamado en su bautismo, fue confirmado por su resurrección; por ella fue “declarado
Hijo de Dios con poder” (Ro. 1:4). Pero ha sido exaltado no sólo como Mesías e Hijo de
Dios, sino también como Señor. El primer sermón apostólico concluye con el primer
credo apostólico: “Jesús es Señor” (cf. Ro. 10:9; 1 Co. 12:3; Fil. 2:11), “Señor” no sólo
como portador de un título de cortesía, sino como el que lleva “un nombre que es sobre
todo nombre” (Fil. 2:9). Para un judío sólo había un nombre “sobre todo nombre”, el
nombre inefable del Dios de Israel, representado frecuentemente en la lectura de la
sinagoga y en la Biblia griega con la designación de “Señor”.91 Que los cristianos
89
Se llama a “toda la casa de Israel” a tomar conocimiento de la exaltación del Jesús crucificado.
Para esta frase, cf. Ez. 37:11; aparece en el Qaddish, una oración aramea en la liturgia judía:
palabra que ha de sustituir al nombre en la lectura pública, usualmente ‘adonai, “Señor”. En los mos.
cristianos de la LXX, YHWH está regularmente representado por κυριος (en la mayoría de los casos sin el
artículo definido). En el Sal. 110:1 (LXX 109:1), citado en el v. 34 (ειπεν [ο] κυριος τω κυριω µου), el
primer κυριος representa a YHWH, el segundo representa ‘adon, sustantivo común que significa “señor”.
Cuando Pedro dice que Dios ha hecho a Jesús “Señor”, da a dicho título una plenitud de significado que va
más allá de un mero título de cortesía. Cf. V. Taylor, The Names of Jesus, Londres, 1953, pp. 38–51; W.
Kramer, Christ, Lord, Son of God, trad. ing., SBT 50, Londres, 1966, pp. 65–107, 151–182, 215–222; F.
Hahn, The Titles of Jesus in Christology, trad. ing., Londres, 1969, pp. 68–135.
92
Considerar, p. ej. la aplicación de Is. 45:23 en Fil. 2:10 (“para que en el nombre de Jesús se
doble toda rodilla”), y de Is. 8:13 en 1 P. 3:15 (“santificad a Dios el Señor en vuestros corazones”).
93
Varias autoridades occidentales omiten “otros” delante de “apóstoles” y formulan así la
pregunta siguiente: “¿Qué hemos de hacer entonces, hermanos? Muéstrennos”.
94
El Texto Occidental inserta “el Señor” antes de “Jesucristo”.
95
El Texto Occidental dice “para nosotros y nuestros hijos”.
que se sometieran al bautismo en el nombre de Jesús, confesado como Mesías. Entonces
no sólo recibirían el perdón de pecados, sino también el don del Espíritu Santo, el don
que había sido derramado sobre los mismos apóstoles apenas unas horas antes.
Ya que Juan el Bautista distinguía su propio bautismo en agua —un “bautismo de
arrepentimiento para el perdón de los pecados” (Mr. 1:4 par. Lc. 3:3)— del bautismo en
el Espíritu que administraría aquel que venía, podría haberse esperado que, cuando los
discípulos experimentaron el derramamiento del Espíritu a partir del día de Pentecostés,
habrían dejado de lado el bautismo con agua entendiendo que algo mejor lo superaba. El
hecho es que no lo hicieron; continuaron bautizando en agua a los conversos “para el
perdón de pecados”, pero este bautismo era ahora parte de una iniciación más amplia que
se caracterizó, especialmente, por la recepción del Espíritu.
Evidentemente era necesario el arrepentimiento; era esencial un cambio completo de
corazón, una media vuelta espiritual, si aquellos que no habían reconocido en Jesús al
salvador enviado por Dios iban a disfrutar, de todos modos, la salvación que él había
venido a procurar para ellos y que ahora les ofrecía desde su lugar de exaltación. En los
años que precedieron a la crucifixión,96 Juan y Jesús (y los discípulos de Jesús en su
nombre) habían hecho el llamado al arrepentimiento, el que permaneció como elemento
imprescindible en la proclamación del mensaje apostólico.97
Como en la predicación de Juan, el llamado al bautismo va unido con el llamado al
arrepentimiento. Aparentemente, el mandato de bautizarse no provocaba ninguna
sorpresa. La práctica del bautismo era bastante conocida por los oyentes de Pedro, a
quienes (como los oyentes de Juan antes que ellos) se les exigía que recibieran el
bautismo en agua como la señal externa y visible de su arrepentimiento. Pero ahora hay
dos características nuevas en el rito del bautismo por agua: se administra “en el nombre
de Jesucristo” y se lo asocia con “el don del Espíritu Santo”. Estas características nuevas
destacan, en las palabras de G. W. H. Lampe, que el bautismo cristiano “es todavía un
rito escatológico, porque anhela la redención final que aún ha de venir cuando el Señor
vuelva en gloria; pero, considerado en relación con el bautismo de Juan, representa la
realización y el cumplimiento de la esperanza de Israel”.98
El bautismo se administra “en el nombre de Jesucristo”, no sólo por su autoridad sino
también, probablemente, en el sentido de que la persona que se bautizaba invocaba o
confesaba su nombre (cf. 22:16). Además, al parecer, la persona que administraba el
bautismo invocaba el nombre de Jesús sobre los convertidos a medida que eran
bautizados (cf. 15:17). Y se lo asocia con “el don del Espíritu Santo”. El bautismo en el
Espíritu es una obra interior; el bautismo en agua es ahora su señal externa. El bautismo
en agua adquiere, por lo tanto, un significado más rico que el que tenía con anterioridad,
gracias a la obra salvadora de Cristo y la recepción del Espíritu. El bautismo del Espíritu,
cuyo derramamiento era prerrogativa de nuestro Señor conferir, era, estrictamente
96
Mr. 1:4, 15; Lc. 5:32; 13:3, 5.
97
Cf. 3:19; 8:22; 17:30; 20:21; 26:20. Acerca del uso paulino ver p. 457, n. 45.
98
G. W. H. Lampe, The Seal of the Spirit, p. 33.
hablando, algo que ocurrió una vez y para siempre en el día de Pentecostés, cuando
derramó el don prometido sobre sus discípulos y luego los constituyó en el pueblo de
Dios en la nueva era; el bautismo en agua continuó siendo la señal visible por la cual
aquellos que creían en el evangelio, se arrepentían de sus pecados y reconocían a Jesús
como Señor, se incorporaban públicamente a la comunión del nuevo pueblo de Dios
bautizada en el Espíritu.99
Ciertamente sería un error unir las palabras “para el perdón de los pecados” con el
mandato a “ser bautizados” excluyendo el mandamiento anterior de arrepentirse. Está en
contra de todo el espíritu de la religión bíblica suponer que el rito exterior podría tener
algún valor, excepto en la medida en que estuviera acompañado por la obra de gracia
interna. En un pasaje similar del próximo capítulo (3:19), la eliminación de los pecados
del pueblo es una consecuencia directa de su arrepentimiento y su regreso a Dios; nada se
dice del bautismo, aunque sin duda la idea está implícita (el concepto de un creyente no
bautizado no parece admitirse en el Nuevo Testamento). Así que aquí la recepción del
Espíritu está condicionada, no por el bautismo en sí mismo, sino por el bautismo en el
nombre de Jesús como la expresión del arrepentimiento.100
El don del Espíritu debe distinguirse de los dones del Espíritu. El don del Espíritu es
el Espíritu mismo, derramado por el Señor exaltado bajo la autoridad del Padre; los dones
del Espíritu son aquellas facultades espirituales que imparte el Espíritu, “repartiendo a
cada uno en particular como él quiere” (1 Co. 12:11). Es verdad, como se ha señalado
frecuentemente, que Lucas piensa en la recepción del Espíritu en relación particular con
las notables manifestaciones que la acompañaban comúnmente en la era apostólica,101
pero el don prometido en el v. 38 a aquellos que se arrepienten y son bautizados es el
Espíritu en sí mismo. Este don puede incluir una variedad de dones del Espíritu, pero
primero y principal “los beneficios salvíficos de la obra de Cristo aplicada al creyente por
el Espíritu”.102 La relación entre estos beneficios salvíficos y la obra de Cristo mediante
la cual quedan a disposición del converso no está explícitamente indicada por Lucas en
este contexto, sino que está implícita aquí y se especifica más claramente en otros pasajes
de su relato.
99
Este aspecto es más prominente en Pablo (cf. 1 Co. 12:13) que en Lucas (el que, sin embargo, lo
sobreentiende fechando efectivamente la vida de la iglesia cristiana desde el descenso pentecostal del
Espíritu). No se niega la unidad vital del pueblo de Dios bajo el nuevo pacto con el pueblo de Dios de
tiempos primitivos; el nuevo comienzo que habían anhelado los creyentes del AT ahora era un hecho
consumado en la experiencia de aquellos que recibieron el don del Espíritu.
100
Acerca del bautismo ver H. G. Marsh, The Origin and Significance of New Testament Baptism,
Manchester, 1941; W. F. Flemington, The New Testament Doctrine of Baptism, Londres, 1948; O.
Cullmann, Baptism in the New Testament, trad. ing., Londres, 1950; G. W. H. Lampe, The Seal of the
Spirit; G. R. Beasley-Murray, Baptism in the New Testament, Londres, 1962; K. Barth, Church Dogmatics,
trad. ing., 4/4, Edimburgo, 1969; J. K. Howard, New Testament Baptism, Londres, 1970; J. D. G. Dunn, El
bautismo del Espíritu Santo, Buenos Aires, 1977.
101
Cf. Lampe, The Seal of the Spirit, pp. 47s.
102
N. B. Stonehouse, “Repentance, Baptism and the Gift of the Spirit”, Paul Before the Areopagus
and Other New Testament Studies, Grand Rapids, 1957, p. 85.
No hay indicio aquí de que la recepción del Espíritu por parte del creyente estuviese
condicionada a que se le impusieran las manos apostólicas. Es seguro que en un relato tan
breve, inevitablemente se habrían dejado de lado varios detalles; pero si Lucas sostenía
que la imposición de manos apostólicas era un requisito indispensable para recibir el
Espíritu (como algunos han inferido sin mayor base de 8:16), resulta notable que no tenga
nada que decir acerca de ello en esta narración pentecostal.103
39 La promesa del evangelio se extendió no sólo a los que estaban presentes en esa
ocasión y a la generación contemporánea, sino también a sus descendientes;104 no sólo a
la gente de Jerusalén sino también a los de tierras distantes (y, como aparece más tarde en
la narración de Lucas, no sólo a los judíos sino también a los gentiles). Las palabras de
Pedro hacen eco de dos pasajes proféticos: Isaías 57:19 (“Paz, paz al que está lejos y al
cercano, dice Jehová”) y Joel 2:32, donde las palabras citadas en los vv. 17–21 más arriba
se continúan así: “Porque en el monte de Sión y en Jerusalén habrá salvación, como ha
dicho Jehová, y entre el remanente al cual él habrá llamado”. Aquellos que invocan el
nombre del Señor son aquellos a quienes el Señor mismo ha llamado, y los ha llamado
eficazmente.
40 Con tales expresiones, entonces, Pedro presentó su testimonio razonado de los
hechos del evangelio y de la promesa de salvación.105 Jesús había reconvenido a la
generación a la que pertenecían sus oyentes como una “generación infiel y perversa” y
una “generación mala”, debido a su respuesta incrédula ante él y su mensaje (Lc. 9:41;
11:29). Pero había un modo de librarse del juicio que tal infidelidad inevitablemente
acarrearía. Un remanente de todo el pueblo disfrutaría la salvación de la cual había
hablado Joel; así que Pedro instó a sus oyentes a que se aseguraran, clamando con
arrepentimiento al Señor, de que pertenecían a este remanente y se salvaran de esa
generación perversa. Se ve a la nueva comunidad, de hecho, como el remanente creyente
del antiguo Israel y el núcleo del nuevo.
HECHOS 3
3
Las palabras “levántate y” están omitidas por alef B D copsah (el acuerda de B y D es
particularmente notable; εγειρε και puede haberse añadido bajo la influencia de Lc. 5:23 par.).
4
El Texto Occidental inserta “se levantó y” (εσταθη και).
5
El Texto Occidental añade “regocijándose y gozoso”.
6
Presumiblemente Juan el hijo de Zebedeo, que aparece como el compañero de Pedro en dos
ocasiones en Hechos (3:1–4:23 y 8:14–25); en ambas narraciones no es sino una figura laica al lado de
Pedro. (Es sin duda el mismo Juan mencionado como una de las tres “columnas” de la iglesia madre en Gá.
2:9.)
7
El atrio exterior del templo, como lo había reconstruido y extendido Herodes, no formaba parte
de los recintos sagrados en el sentido estricto del término; estaba abierto a los gentiles, y por lo tanto,
algunas veces se lo llamaba atrio de los gentiles (ver p. 478, n. 46). Desde este atrio podían subirse los
escalones para pasar a través de la barrera que lo separaba de los atrios interiores. En esta barrera había
carteles en griego y en latín, advirtiendo a los gentiles que no fueran más allá, so pena de muerte (ver pp.
478–479, nn. 47–49, sobre 21:28s.). La Puerta Hermosa era probablemente una de las puertas que daban
paso a través de esta barrera. El primero de los atrios interiores, que contenía el tesoro (cf. Mr. 12:41–44),
se llamaba atrio de las mujeres, porque las mujeres judías podían entrar hasta allí. Los laicos judíos podían
ir más allá, hasta el atrio de Israel. Después de esto estaba el atrio de los sacerdotes (que contenía, entre
otras cosas, el altar del holocausto); al extremo occidental de este atrio más interno estaba el edificio del
santuario (el ναος), con sus dos compartimientos, el lugar santo y el lugar santísimo.
al sacrificio de la tarde (alrededor de las tres),8 se detuvieron al ver a un lisiado que yacía
mendigando en la “Puerta Hermosa”. Puede que esta sea idéntica a la Puerta de Nicanor,
como se la llama en la Misná,9 que lleva al atrio de las mujeres; el nombre que se le da
aquí puede entenderse más fácilmente si se la identifica también con la puerta de bronce
corintio descripta por Josefo, de tan exquisita artesanía que “excedía grandemente en
valor a las puertas que estaban cubiertas con plata y engarzadas en oro”.10
4–6 Fijando su mirada sobre el lisiado, Pedro atrajo su atención. Cuando el cojo
levantó la vista esperanzadamente recibió algo más valioso que el regalo más generoso
que hubiera recibido jamás de un transeúnte caritativo. La orden de caminar, dada por
Pedro “en el nombre de Jesucristo de Nazaret”, fue acompañada por el poder para
hacerlo, impartido en el mismo nombre.
De acuerdo con Cornelio a Lápide, Tomás de Aquino visitó una vez al Papa
Inocencio II cuando este último estaba contando una gran suma de dinero. “Ves, Tomás
—dijo el Papa— la iglesia ya no puede decir: ‘No tengo plata ni oro’.” “Es cierto, santo
padre —fue la respuesta— ni tampoco puede decir ahora: ‘Levántate y anda’.” Cualquier
grupo cristiano que disfrute un buen nivel de prosperidad temporal puede meditar en la
moraleja de esta anécdota.
7–8 Adecuando su accionar a sus palabras, Pedro extendió su mano y, tomando la
mano derecha del lisiado, lo levantó sobre sus pies. En ese mismo momento, este hombre
que nunca había podido estar en pie y mucho menos caminar, tomó conciencia de una
extraña nueva fuerza en sus piernas y pies: en lugar de ceder bajo su peso, ahora lo
sostenían.11 Primero intentó pararse y cuando se dio cuenta de que podía hacerlo, puso un
pie adelante y trató de caminar; cuando se dio cuenta de que podía hacer eso también, el
solo caminar le pareció una forma muy ordinaria de desplazarse. Su emoción debía
encontrar una expresión más vigorosa; así que, saltando y brincando, descubriendo todo
lo que sus nuevos miembros eran capaces de hacer ahora, acompañó a los dos apóstoles a
los recintos interiores.12 Y no sólo se regocijaba con sus miembros en la bondad de Dios
8
Para la ofrenda de la tarde ver Ex. 29:39–42. Josefo dice que los sacrificios públicos se ofrecían
en el templo “dos veces por día, temprano por la mañana y alrededor de la hora novena” (Ant. 14.65). Un
servicio de oración pública acompañaba estos dos sacrificios y había otro servicio más de oración a la caída
del sol. La “ofrenda quemada continua”, que incluye los sacrificios de la mañana y de la tarde, es el tema
del tratado misnaico Tamid. ver Schürer II, pp. 397–408.
9
Misná, Middot 2.3. ver E. Stauffer, “Das Tor des Nikanor”, ZNW 44, 1952–1953, pp. 44–66.
10
Josefo, GJ 5.201. (Josefo, GJ 5.184–247, y el tratado misnaico Middot son nuestras principales
fuentes de información acerca de los edificios del templo antes de su destrucción en el 70 d.C.).
11
“Lo que el médico observa durante los meses de cura ordinaria gradual de un cojo se lleva a
cabo aquí en un momento” (A. Harnack, Luke the Physician, trad. ing., Londres, 1907, p. 191). Ver
también W. K. Hobart, The Medical Language of St. Luke, Dublín, 1882, pp. 34–37 (pero los datos del
léxico de Hobart deben examinarse con cuidado).
12
En otras palabras, “en el templo” (εις το ιερον), en el sentido con el cual aparece la expresión en
los vv. 2s. y 8. El ιερον abarca toda la zona del templo, incluido el atrio exterior; el ναος es la casa santa en
sí misma (ναος no se utiliza para el santuario de Jerusalén en Hechos, pero sí varias veces en los cuatro
evangelios, como en Lc. 1:9, 21s.; 23:45).
para con él; los atrios del templo resonaron con sus gritos de gozosa alabanza.
9–10 Naturalmente, una conducta tan indecorosa reunió a una multitud curiosa. La
gente reconoció al hombre como el mendigo cojo que constituía un cuadro tan familiar en
la Puerta Hermosa. Sabían que no había nada fraudulento en su cojera, porque así había
nacido; naturalmente, entonces, estaban atónitos ante lo que veían. Por cierto era
maravilloso, pero más que una maravilla, era una señal. Los dos apóstoles no habían
curado al hombre por ningún poder o habilidad propia; cuando invocaron el nombre y la
autoridad de Jesucristo de Nazaret, el cojo se levantó y pudo ponerse de pie por primera
vez en su vida. Evidentemente, entonces, el poder por el cual Jesús había curado a tales
personas durante su ministerio público todavía estaba presente y activo, ya no ejercido
directamente sino a través de sus discípulos.
Pero, como señalaron a continuación Pedro y Juan, ese poder no se limitaba a la
sanidad corporal. En una ocasión memorable en Capernaúm Jesús había curado a un
paralítico mandándole que se levantara y anduviera, con términos muy similares a los que
Pedro utilizó ahora; y su palabra, que habilitó al paralítico para que caminara, tuvo como
motivo ofrecer una confirmación pública de su autoridad para perdonar los pecados, así
como para sanar enfermos (Mr. 2:10s.).13 Así, también, sus discípulos no sólo curaron al
enfermo en su nombre, sino también recibieron de él “poder y mandato … para declarar y
pronunciar a su pueblo, en tanto penitente, la absolución y remisión de sus pecados”.14
Además, en esta ocasión, la misma conducta del que había sido cojo era en sí misma una
señal, para aquellos que tenían ojos para ver, del advenimiento de la nueva era.15 Acerca
de la nueva era, se había dicho mucho antes, “entonces el cojo saltará como un ciervo”
(Is. 35:6). Esta poderosa obra llevada a cabo por medio de sus discípulos corroboró lo
que habían significado las poderosas obras de Jesús: ciertamente, él era el Señor y el
Mesías.
28
Ver otras referencias a Pilato en 4:27 (donde se afirma su hostilidad hacia Jesús); 13:28.
29
El título “el santo” (αγιος, no οσιος como en 2:27) tiene su paralelo en el NT en Mr. 1:24; Lc.
4:34; 1 Jn. 2:20; Ap. 3:7. En el primero de estos pasajes “es, pues, probable que el endemoniado use la
expresión ο αγιος του θεον con significado mesiánico y que exprese con ella el sentido de la presencia de
un ser sobrenatural” (V. Taylor, Evangelio según San Marcos, pp. 191–192). Títulos similares se dan en el
AT a Aarón el sacerdote (Sal. 106:16) y a Elías el profeta (2 R. 4:9); en estos dos lugares (así como en
otros), el heb. qados se traduce αγιος en la LXX (donde οσιος aparece en la LXX corresponde regularmente
al heb. hasid). El título “el justo” (δικαιος) tiene su paralelo en el NT en Hch. 7:52; 22:14; Stg. 5:6; 1 Jn.
2:1. En cuanto a la insistencia del AT sobre la justicia del Ungido del Señor ver 2 S. 23:3; Is. 32:1; Zac. 9:9
(cf. también “mi siervo justo” en Is. 53:11). El Mesías es llamado “el justo” en 1 Enoc 38.2 (cf. 1 Enoc
46.3; 53.6; S. Sal. 17:35); el estilo plural “los justos y santos” se utiliza para referirse al pueblo mesiánico
en 1 Enoc 38.5; 48.1, 7; 51.2. ver V. Taylor, The Names of Jesus, Londres, 1953, pp. 80–83.
30
Gr. τον … αρχηγον της ζωης. La palabra αρχηγος se utiliza cuatro veces para Cristo en el NT.
Aquí y en He. 2:10 lo señala como la fuente de vida o salvación (ya que “vida” y “salvación” se
representan con una sola palabra aramea, hayye, la frase que se utiliza aquí es prácticamente sinónima de
τον αρχηγον της σωτηριας en He. 2:10; cf. A. F. J. Klijn, “The Term ‘Life’ in Syriac Theology”, SJT 5,
1952, pp. 390–397). En 5:31, más adelante, αρχηγος se utiliza más bien en el sentido de “principe” o
“líder”; en He. 12:2 se aplica a Cristo como el “pionero” o “ejemplo” de fe (τον της πιστεως αρχηγον).
17 “Ahora, pues, hermanos míos, sé31 que ustedes actuaron32 por ignorancia, y así
lo hicieron también sus gobernantes.
18 Pero de este modo Dios ha cumplido lo que había anunciado anticipadamente
por boca de todos los profetas, a saber, que el Mesías había de sufrir.
19 Arrepiéntanse, por lo tanto, y vuélvanse (a Dios), de tal modo que sus pecados
sean borrados,
20 a fin de que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, para que les
envíe a aquel que ha sido designado como su Mesías, es decir, Jesús.
21 El debe ser recibido en los cielos hasta el momento apropiado para establecer
todo lo que Dios ha hablado por boca de sus santos profetas desde tiempos
pasados.33
17–18 Pedro admitió que el tratamiento que el pueblo de Jerusalén le dio a su Mesías era
el resultado de la ignorancia.34 No se dieron cuenta de que Jesús de Nazaret era su
Salvador enviado divinamente. Ni sus gobernantes se dieron cuenta de esto, a pesar de las
claras palabras pronunciadas por él mismo. Resulta natural recordar el dicho de Jesús
desde la cruz: “No saben lo que hacen” (Lc. 23:34), aunque más a menudo se toma como
referencia a los verdugos romanos.35 Se podría pensar que las palabras de Pedro eran
sorprendentemente leves para personas como Caifás y los demás sacerdotes principales,
cuya determinación de matar a Jesús se subraya en todos los evangelios. De todos modos,
aquí tenemos la proclamación de una amnistía divina, que ofrece amplio perdón a todos
los que tomaron parte en la muerte de Jesús, si solamente reconocen su error, confiesan
sus pecados y se vuelven a Dios en arrepentimiento. Porque todas las cosas que le
sucedieron a Jesús en su sufrimiento y muerte ocurrieron en cumplimiento de las palabras
de los profetas, quienes predijeron que el Mesías debía sufrir.36 Es cierto que no dijeron
claramente que era el Mesías el que iba a sufrir; hablaron del Siervo obediente de Dios
sufriendo por los pecados de otros. Pero el mismo Jesús aceptó y cumplió su misión
mesiánica en función del relato profético del Siervo y otros sufrientes justos,37 y la
31
El Texto Occidental dice “sabemos” (επισταµεθα) en lugar de “sé” (οιδα).
32
El Texto Occidental, más explícitamente, dice: “ustedes hicieran un mal” (επραξατε πονηρον).
33
El Texto Occidental omite “desde tiempos pasados” (απʼ αιωνος), para lo cual cf. Lc. 1:70.
34
Se supone, quizás para lograr un efecto dramático, que los habitantes de Jerusalén a quienes se
dirige Pedro son idénticos al “pueblo” de Lc. 23:15 que se puso de parte de los acusadores de Jesús, en
contraste con las mujeres que lloraban de Lc. 23:27 o con los muchos espectadores que volvieron de la
crucifixión golpeándose el pecho (Lc. 23:48).
35
Acerca del texto y el significado de Lc. 23:34a ver I. H. Marshall, The Gospel of Luke, pp. 867s.
Cf. p. 191, n. 132.
36
La frase παθειν τον Χριστον αυτου es un lucanismo característico; cf. 17:3; 26:23; Lc. 24:46.
37
Las experiencias de un sufriente justo en el salterio están entretejidas en la narración de la
pasión en el NT y en otros lugares; ver Lc. 23:35, que sirve de eco al Sal. 22:7; 23:36, que hace eco al Sal.
69:21 (también Ro. 15:3, citando el Sal. 69:9); cf. “al que traspasaron” en Zac. 12:10 (Jn. 19:37; Ap. 1:7).
interpretación de los apóstoles se ajustaba a la suya. Los sufrimientos del siervo fueron
soportados para que a través de ellos la salvación alcanzase a muchos. Esto ya lo había
dicho Dios por medio de sus siervos, los profetas; Pedro y sus oyentes habían visto
cumplirse los oráculos proféticos y acercarse la salvación de Dios en estos últimos
tiempos.
19 Todo lo que tenían que hacer para obtener esa salvación era cambiar su actitud
anterior hacia Jesús y acomodarla a la actitud de Dios. Dios había declarado con claridad
su veredicto al levantarlo de entre los muertos. Que se arrepientan entonces, que repudien
con horror su asentimiento al asesinato de su verdadero Mesías, que se vuelvan a Dios en
sus corazones, y la salvación y la bendición alcanzadas por la muerte de su Mesías serían
suyas. Sus pecados serían borrados, hasta el pecado de los pecados que habían cometido
inconscientemente al consentir la muerte del Autor de la vida. He aquí el centro del
evangelio de la gracia.
No sólo iban a ser borrados sus pecados; Dios les enviaría aquellos tiempos de
refrigerio y gozo que los profetas habían descrito como característicos de la nueva era.38
20–21 El amanecer de esos tiempos de refrigerio y gozo estaba unido, en la
expectativa de muchos, a la venida del Mesías. El Mesías, ciertamente, había venido,
pero la mayoría de aquellos a quienes había venido lo ignoraron y repudiaron. Pero,
¿vendría otra vez? Esto está implícito en las palabras de Pedro. Cuando habla de Jesús a
sus oyentes como “aquel que ha sido designado como su Mesías”, no quiere decir que
Jesús, al presente, sea sólo el Mesías designado, sino que su investidura aguarda su
venida en gloria. Esto, por cierto, lo han sugerido aquellos que consideran que los
versículos 19–21 encierran “la cristología más primitiva de todas”.39 Pero no hay nada en
la palabra traducida “designado” que implique designación como opuesta a la investidura
plena; las otras dos apariciones de la palabra en el Nuevo Testamento, ambas en Hechos
(22:14; 26:16), se relacionan con la designación de Pablo como heraldo del evangelio. Se
aplica a Jesús aquí casi en el mismo sentido que las palabras traducidas “llamado” en
2:22 y “ordenado” en 10:42.40 Por su resurrección, Jesús ya ha sido “designado” o
llamado Mesías, en el sentido de la afirmación de Pablo (quizás haciendo eco de una
confesión primitiva de fe) en Romanos 1:4, de que ha sido “declarado Hijo de Dios con
poder … por la resurrección de entre los muertos”.
Investido así de dignidad mesiánica (dice Pedro), Jesús ha sido recibido en la
38
La palabra griega traducida “refrigerio” es αναψυξις “respiro” (cf. Ex. 8:15, la única aparición
del término en la LXX). El arrepentimiento proporcionaría al pueblo de Jerusalén un respiro o tregua del
juicio anunciado por Jesús, así como dio a los ninivitas una tregua en la destrucción que Jonás anunció.
Posiblemente la intención aquí sea más que un respiro o tregua, si “los ‘tiempos de refrigerio’ constituyen
la era definitiva de la salvación” (E. Schweizer, TDNT 9, pp. 664s., s.v. αναψυξις).
39
ver J. A. T. Robinson, “The Most Primitive Christology of All?”, Twelve New Testament
Studies, SBT 34, Londres, 1962, pp. 139–153.
40
La palabra utilizada aquí es προκεχειρισµενος (participio perfecto pasivo de προχειριζοµαι), la
de 2:22 es αποδεδειγµενος (de αποδεικνυµι), la de 10:42 es ωρισµενος (de οριζω, cuyo participio pasivo
aoristo se utiliza en Ro. 1:4).
presencia divina, y permanecerá allí hasta la consumación de todo lo que los profetas,
desde los tiempos antiguos, han predicho. Pero la palabra que significa “consumación” o
“establecimiento” puede también, en contextos apropiados, tener el sentido de
“restauración” o “restitución”.41 Si se fuera a reconocer aquí una referencia a la
“restauración de todas las cosas”, deberíamos recordar las palabras de Jesús en Marcos
9:12a: “Elías a la verdad vendrá primero y restaurará42 todas las cosas” (que no se
encuentran en el relato lucano de la transfiguración).43 Por cierto se ha sostenido que
Lucas, en estas palabras de Pedro, transfiere al esperado advenimiento de Jesús el
lenguaje originalmente aplicado al ministerio de Elías, que ha de volver.44 Aparte de esto,
si el significado “restauración” (bien probado para esta palabra) fuera el único posible
aquí, podría aducirse que el cuadro de Pablo de una creación renovada coincide con la
investidura de los hijos e hijas de Dios (Ro. 8:18–23). Pero el significado
“establecimiento” o “cumplimiento” también está bien comprobado, y tiene sentido en
este contexto, con referencia al cumplimiento de todas las profecías del Antiguo
Testamento, culminando con el establecimiento del orden de Dios sobre la tierra. Si Jesús
debe permanecer en el cielo hasta dicha consumación, esto está de acuerdo con la
exposición que hace Pablo del Salmo 110:1: Cristo debe reinar (a la diestra de Dios)
hasta que sean vencidos todos los poderes hostiles.45
La gente de Jerusalén (quizás como representantes de “toda la casa de Israel”)46 es
llamada a revertir el veredicto de la víspera de Pascua y rendir unidos pleitesía a Jesús
como Mesías. Aunque muchos respondieron a este llamado en los primeros días de la
iglesia, continuaron siendo una minoría; es inútil especular sobre lo que podría haber
sucedido si hubieran sido mayoría. Como están las cosas, uno de los temas de Lucas en
Hechos es que los judíos rechazan progresivamente el evangelio, al mismo ritmo (desde
11:18 en adelante) que los gentiles lo aceptan. Con todo, en el contexto general de
Hechos, las palabras de Pedro significan lo siguiente: las bendiciones del evangelio
destinadas a brotar de la muerte y resurrección de Jesús deben extenderse por todo el
mundo; entonces, y no antes, él volverá desde la diestra del poder.
41
Gr. αποκαταστασις. Cf. el verbo correspondiente αποκαθιστανω en 1:6, acerca de la
restauración del reino a Israel. La restauración aquí parece ser idéntica a la regeneración (παλιγγενεσια) de
Mt. 19:28.
42
Gr. αποκαθιστανει.
43
Pero ver Lc. 1:17, donde Juan, revestido del “espíritu y el poder de Elías”, hará “volver los
corazones de los padres a los hijos”, detalle citado de la profecía de Elías el que vuelve en Mal. 4:5s. (al
cual también se refiere Mr. 9:12).
44
ver O. Bauernfeind, Die Apostelgeschichte, Leipzig, 1939, pp. 66–68; “Tradition und
Komposition in dem Apokatastasisspruch Apostelgeschichte 3, 20f.”, Abraham unser Vater … Festschrift
für Otto Michel, O. Betz, M. Hengel y P. Schmidt, eds., Leiden, 1963, pp. 13–23.
45
1 Co. 15:24–28. Aunque el Sal 110:1 se cita frecuentemente con referencia a Cristo a lo largo
del NT, sólo en 1 Co. 15:24–28 hay una interpretación acerca de los “enemigos” que van a ser estrado de
sus pies.
46
Ver 2:36.
iii. Testimonio de los profetas (3:22–26)
22 “Moisés dijo:47 ‘El Señor su Dios levantará de entre ustedes, de entre sus
hermanos, un profeta como yo; deben escucharlo a él, según todo lo que él les
diga.
23 Toda persona que no escuche a ese profeta será destruida de entre el pueblo.’
24 Sí, y todos los profetas —todos los que hablaron, desde Samuel y sus sucesores en
adelante— también anunciaron estos días.
25 Ustedes son los descendientes de los profetas y (herederos) del pacto que Dios
hizo con sus padres cuando le dijo a Abraham: “Y en tu descendencia serán
bendecidas todas las familias de la tierra.’
26 Dios, habiendo levantado a su Siervo, lo envió primero a ustedes, a fin de que se
vuelva cada uno de ustedes de sus malas acciones.”
22–23 ¿Es verdad que todos los profetas, desde los primeros tiempos, hablaron de este
tiempo en el cual Pedro y sus oyentes estaban viviendo? Sí, incluso Moisés, el primero y
más grande de los profetas de Israel, anhelaba el día de Cristo. Luego siguen palabras de
Deuteronomio 18:15–19 en las cuales Moisés advierte a los israelitas que, cuando quieran
descubrir la voluntad divina, no deben recurrir a artes mágicas con este propósito, a la
manera de los cananeos. Cuando el Señor tiene que comunicarles algo, dice Moisés:
“Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios; a él
oiréis … mas a cualquiera que no oyere mis palabras que él hablare en mi nombre, yo le
pediré cuenta” (Dt. 18:15, 19).48 La referencia primaria de estas palabras de Moisés es a
la institución de profetas en Israel, como un medio diseñado por Dios para hacer conocer
su voluntad a su pueblo. Pero mucho antes de la época apostólica esta profecía se
interpretaba como que señalaba a un profeta en particular, un segundo Moisés, que iba a
ejercer plenamente la función mediadora del profeta como lo había hecho Moisés.49 Entre
los samaritanos,50 y más tarde entre los ebionitas,51 se veía al Mesías en función de este
profeta semejante a Moisés, y tenemos claras pruebas, particularmente en el Cuarto
Evangelio, de contemporáneos de Jesús que vieron esta forma de expectativa realizada en
47
El Texto Occidental añade “a sus padres”.
48
La parte final de esta cita reproducida en nuestro texto actual tiene gran semejanza con Lv.
23:29 (cualquiera que no guarde el día de expiación “será cortado de su pueblo”) más que con Lv. 18:19.
Ver n. 53 más abajo.
49
Ver la aplicación de Qumrán de esta profecía en 4Q Testimonia 5–7; también 1QS 9.11 (“hasta
la venida de un profeta y de los ungidos de Aarón e Israel”). Cf. F. F. Bruce, Biblical Exegesis in the
Qumran Texts, Grand Rapids/Londres, 1960, pp. 46–50.
50
ver J. Macdonald, The Theology of the Samaritans, Londres, 1964, pp. 359–365. Al Venidero,
según la expectativa samaritana, se lo llamó más tarde el “Restaurador” (Taheb). Cf. Jn. 4:19, 25, 29.
51
ver H.-J. Schoeps, Theologie und Geschichte des Judenchristentums, Tubinga, 1949, pp. 87–98.
él.52 Desde los días primitivos de la predicación apostólica, parece, este texto de
Deuteronomio se invocaba como predicción mosaica acerca de Jesús, y se incluía
regularmente en las compilaciones de “testimonios” que circulaban en la iglesia.53
En el discurso de Pedro en el día de Pentecostés se exponen la persona y la obra de
Jesús en función de una cristología del “hijo de David”.54 En este discurso se presentan
por lo menos dos, y quizás tres, cristologías una al lado de la otra; una cristología del
“Siervo”, posiblemente una cristología de “Elías” y, por cierto, una cristología del
“profeta”. No debe suponerse que estas cristologías se mantuvieran separadas
originalmente, cada una desarrollada por un grupo o escuela de pensamiento en el seno
de la iglesia primitiva. Han sido entretejidas a lo largo del curso de la historia cristiana, y
las evidencias con que contamos indican que fue así desde el comienzo. Por cierto que
Martin Hengel ha sostenido persuasivamente que la fase crucial del desarrollo
cristológico debe ubicarse dentro de los primeros cinco años posteriores a la muerte y
resurrección de Cristo.55 Las diversas cristologías estaban todas integradas por el
reconocimiento supremo de Jesús como Señor en un sentido que implicaba soberanía
universal.
24 El testimonio profético de Cristo que comenzó Moisés to continuaron Samuel y
todos los profetas posteriores. Puede mencionarse a Samuel especialmente como el
próximo profeta nombrado después de Moisés. Sería difícil encontrar una profecía de
Samuel que pudiera aplicarse a Jesús tan explícitamente como las palabras de Moisés que
se han citado; pero Samuel fue el profeta que ungió a David como rey y habló del
establecimiento de su reino,56 y las promesas hechas a David encontraron su
cumplimiento final en Jesús (cf. 13:34). Además, todas las palabras de los profetas, de
modo similar, tuvieron su cumplimiento final en él (cf. 10:43).
25–26 Los israelitas que estaban escuchando a Pedro eran “hijos de los profetas”, no
en el sentido del Antiguo Testamento que denotaba a los gremios proféticos
profesionales, sino en el sentido de que ellos eran herederos de las promesas hechas por
Dios por medio de los profetas, promesas que habían encontrado su cumplimiento ante
sus propios ojos. Así también, eran “hijos del pacto” hecho por Dios con Abraham, y eso
en un sentido especial, porque ellos habían vivido para ver el día en que el pacto se
52
Ver Jn. 6:14 y 7:40, donde a Jesús, como el que provee pan del cielo y el agua de vida, se lo
saluda como “el profeta” (el segundo Moisés); cf. Jn. 1:12b, 25, donde Juan niega que él mismo sea “el
profeta”. En la narración de la transfiguración, la orden desde la nube que envuelve la presencia divina, “a
él oíd” (Mr. 9:7), se hace eco de Dt. 18:15 e identifica a Jesús con el profeta esperado.
53
Cf. el uso que se hace de Dt. 18:15 en el discurso de Esteban (7:37); ver C. H. H. Scobie, “The
Origins and Development of Samaritan Christianitiy”, NTS 19, 1972–1973, pp. 390–414. En la forma en
que aparece en este texto, unida a Lv. 23:29 (ver n. 48 arriba), la cita reaparece en Recog. Clem. 1.36 (esto
puede sugerir dependencia de una colección testimonial). Ver también C. H. Dodd, According to the
Scriptures, Londres, 1952, pp. 53–57.
54
Ver p. 84, más arriba.
55
M. Hengel, Between Jesus and Paul, trad. ing., Londres, 1983, pp. 30–47.
56
Ver 1 S. 13:14; 15:28; 16:13; 28:17.
cumplió en Cristo: “En tu descendencia serán bendecidas todas las familias de la tierra.”57
Porque Cristo era el descendiente de Abraham, a través de quien esta bendición estaba
asegurada, y aunque la bendición era para “todas las familias de la tierra”, la primera
oportunidad de disfrutarla alcanzaba, naturalmente, a la propia familia de Abraham.58 Fue
entre ellos que Dios levantó a su siervo Jesús; lo había levantado para ser su líder y
salvador, así como siglos antes había levantado a su siervo Moisés. (Probablemente sea
esto lo que está en la mira aquí, más que la resurrección de Jesús de entre los muertos.)59
Jesús, como el descendiente prometido de Abraham, había llegado para derramar la mejor
bendición de Dios sobre ellos, haciéndolos volverse de su pecado. No lo habían oído al
principio, cuando Dios lo envió; que lo oigan ahora, cuando Dios, en su gracia
perdonadora, estaba dándoles una segunda oportunidad; de otro modo, perderían su
derecho a la bendición pactada.
HECHOS 4
57
Esta cita combina la traducción de la LXX de Gn. 12:3 (“en ti serán benditas todas las familias
de la tierra”) y de Gn. 22:18 (“en tu posteridad serán benditas todas las naciones de la tierra”). Lucas
probablemente prevé la misión gentil (cf. el uso que hace Pablo de la misma promesa en Gá. 3:8s., 16–29).
58
Con “a ustedes primero” cf. 13:46, como también la afirmación de Pablo del principio “al judío
primeramente” (Ro. 1:16; 2:9s.)
59
Cf. también 5:30; 13:33. Aquí el verbo es ανιστηµι, como en el v. 22 y en 13:33 (en 5:30 es
εγειρω).
1
El Texto Occidental añade “estas palabras”.
2
La gran mayoría de los testimonios dicen “sacerdotes” (ιερεις); “sumo sacerdotes” (αρχιερεις) es
la lectura de B y C. En cualquier caso, se trata de una referencia a los sumo sacerdotes.
3
El cód. D invierte la construcción, leyendo:” … proclamaban a Jesús en la resurrección de los
muertos”.
1 Se reunió tal multitud alrededor de Pedro y Juan mientras se dirigían así al pueblo en el
pórtico de Salomón, que intervinieron las autoridades del templo. El “capitán del
templo”,4 comandante de la policía del templo, era responsable de mantener el orden en
los atrios del templo, y puede haberse preocupado por la posibilidad de que la
obstrucción que causaba un gentío tan grande pudiese llevar a un alboroto.
2 Pero algunas de las otras autoridades tenían fuertes objeciones religiosas al
contenido de la predicación de los apóstoles, en especial al anuncio de que Jesús había
sido levantado de entre los muertos. Resulta notable que los saduceos5 —el partido al que
pertenecían las familias6 sumo sacerdotales— se mencionen especialmente en este
sentido. Ellos rechazaban, por principio, la doctrina de la resurrección en sí misma,
considerando que se trataba de una innovación farisea, y estaban muy enojados porque
los dos apóstoles, con su insistencia sobre el hecho de la resurrección de Jesús, afirmaban
en forma tan pública y persuasiva dicha doctrina.
3–4 Ya declinaba la tarde (por lo menos una o dos horas deben haber transcurrido
desde las oraciones de la tarde para las cuales Pedro y Juan habían ido al templo en
primer lugar), y no había tiempo para llevar a cabo un interrogatorio acerca de la
conducta de los apóstoles antes del atardecer. Por lo tanto, los encerraron por esa noche.
Pero las autoridades del templo no podían evitar el daño (así lo consideraban ellos) que
Pedro y Juan habían hecho; la curación del cojo y la predicación que había seguido
tuvieron el efecto de añadir una gran cantidad a los tres mil que creyeron el día de
4
Se hace referencia al capitán (στρατηγος) del templo en la literatura rabínica como el sagan, o
algunas veces como ’is har habbayit (“el hombre del monte del templo”). Pertenecía a una de las familias
sumo sacerdotales, y en el templo tenía el rango siguiente al del sumo sacerdote. La guardia del templo que
comandaba era un grupo seleccionado de levitas. Cf. 5:24, 26.
5
El nombre “saduceos” probablemente deriva del nombre personal Sadoc, pero no se sabe de cuál
Sadoc. Es improbable una asociación con la familia sacerdotal de Sadoc, porque ellos aparecen por primera
vez en la historia después de la remoción de los sadoquitas del sumo sacerdocio, y apoyando la dinastía
sumo sacerdotal de los hasmoneos. Todos los sumo sacerdotes, desde el reinado de Herodes hasta el
comienzo de la guerra contra Roma en el 66 d.C., pertenecieron a su partido. Como en esos años el disfrute
ininterrumpido de las prerrogativas sumo sacerdotales y aun de la existencia política de los judíos como
nación dependía de la buena voluntad de Roma, los saduceos colaboraban hasta donde era posible con las
autoridades romanas, y se oponían a las aspiraciones nacionalistas o religiosas que podían traer aparejada
su ira.
No se han conservado indicios de los propios saduceos acerca de su teología. Lo que se conoce
tiene que ver principalmente con los puntos en los cuales diferían de los fariseos (ver pp. 139–140, n. 51,
sobre 5:34). Rechazaban la “ley oral” o “tradición de los ancianos” que mantenían los fariseos, sosteniendo
que la ley escrita debía preservarse y aplicarse sin modificación. Quizás sea por esta razón que tenían
reputación de ser más severos en sus juicios que los fariseos. Rechazaban como innovaciones la creencia
farisea en jerarquías angélicas o demoníacas, junto con la esperanza de la resurrección del cuerpo (ver
23:8). Ver Josefo, GJ 2.164–166; Ant. 13.171, 298; 18.16s; también Schürer II, pp. 525–537.
6
Los principales sacerdotes incluían al sumo sacerdote y a los principales oficiales del templo (J.
Jeremias, Jerusalén en tiempos de Jesús, Madrid, 1977, pp. 199–224), junto con los ex sumo sacerdotes y
los miembros de las familias sacerdotales principales, de las cuales se elegía invariablemente el sumo
sacerdote en este período (ver Schürer II, pp. 313–316).
Pentecostés. El número de los hombres solamente,7 dice Lucas, totalizaba ahora unos
cinco mil.
saduceo, que apoyaba los intereses sumo sacerdotales, y una minoría poderosa del partido fariseo, al que
pertenecía la mayoría de los escribas o expositores profesionales de la ley de Moisés. En el NT se hace
referencia a este cuerpo por alguno, o por la totalidad, de los grupos que lo componían; así, aquí en el v. 5,
“sus gobernantes, ancianos y escribas” (cf. 5:23, “los sumo sacerdotes y ancianos”).
13
La cámara del concilio, según Josefo (GJ 2.344; 5.144; 6.354), estaba situada en el extremo
oriental de un puente sobre el valle del Tiropoeón (el puente que ahora está representado por el Arco de
Wilson). En el extremo occidental del puente estaba el lugar de reunión al aire libre llamado el Xystus, “el
(piso) encerado”. El nombre misnaico para la cámara del concilio, liskat haggazit, no significa,
presumiblemente (como se lo traduce habitualmente), “salón de piedras labradas” sino “salón al lado del (o
contra el) Xystus”. ver Schürer II, pp. 300–302; G. H. Dalman, Jerusalem und sein Gelände, Gütersloh,
1930, pp. 193s.; J. Simons, Jerusalem in the Old Testament, Leiden, 1952, pp. 252s.
14
P. Sulpicio Quirinio, legado de Siria, instituyó en el sumo sacerdocio, en el 6 d.C., a Anás o
Anano (heb. Hanan), hijo de Seti, quien ocupó el cargo por nueve años. Aún después de su destitución
continuó ejerciendo gran influencia: cinco de sus hijos, un yerno (Caifás) y un nieto llegaron a ser sumo
sacerdotes por períodos más cortos o más largos, durante la siguiente mitad del siglo. Su autoridad personal
se refleja en el papel que desempeña en la narración del juicio en el Cuarto Evangelio (Jn. 18:13–24). Aquí
se lo llama “el sumo sacerdote” en el sentido de ex sumo sacerdote (o, como podría decirse, sumo sacerdote
emérito). En Lc. 3:2 se lo asocia con Caifás (sumo sacerdote en el cargo en ese momento) en una nota
cronológica: “ocupando el sumo sacerdocio Anás y Caifás” (επι αρχιερεως Αννα και Καιαφα).
15
Caifás era el apellido de José (Josefo, Ant. 18.35, 95), yerno de Anás de acuerdo con Jn. 18:13.
Valerio Grato, prefecto de Judea, lo instituyó en el sumo sacerdocio en el 18 d.C., cargo que mantuvo
durante el término notablemente largo de dieciocho años, que incluyó los diez años de la administración de
Pilato. L. Vitelio (quien, como legado de Siria, visitó Judea al tiempo de la destitución de Pilato en el 36
d.C.) lo destituyó y Jonatán, hijo de Anás, lo reemplazó.
16
Si se sigue la lectura occidental “Jonatán” (en lugar de “Juan”) en el v. 16, podría ser una
referencia a Jonatán, hijo de Anás, quien finalmente sucedió a Caifás en el sumo sacerdocio. No se conoce
ningún Alejandro de la familia sumo sacerdotal por otra fuente.
17
Hay un contenido de desdén en el “vosotros” enfático (υµεις) del v. 7, ubicado como lo está al
final de la oración.
8–10 Para una ocasión como esta los apóstoles ya habían recibido instrucciones de su
Maestro: “Proponed en vuestros corazones no pensar antes cómo habéis de responder en
vuestra defensa; porque yo os daré palabra y sabiduría, la cual no podrán resistir ni
contradecir todos los que se opongan” (Lc. 21:14s.). Ahora probaron la verdad de esta
afirmación. Con palabras inspiradas por el Espíritu Santo,18 Pedro hizo su réplica. Si él y
Juan eran examinados con respecto a un hecho de sanidad llevado a cabo en un lisiado, si
el tribunal deseaba saber la causa de la curación del hombre, entonces que supiera, y que
toda la nación supiera, que la obra había sido hecha en el nombre de Jesús de Nazaret, el
Mesías. El que antes era lisiado estaba presente ahora ante el tribunal con ellos; o lo
habían encerrado también a él durante la noche, como parcialmente responsable de la
conmoción en el pórtico de Salomón, o lo habían convocado como testigo. “Este hombre
está aquí en presencia de ustedes completamente curado —dijo Pedro— por el nombre de
Jesús el Mesías, Jesús de Nazaret, a quien ustedes mandaron a la muerte, pero a quien
Dios levantó de entre los muertos.” No podía haber dudas acerca de la responsabilidad de
los hombres a quienes Pedro ahora estaba dirigiéndose; eran ellos quienes habían puesto
a Jesús en manos de Pilato, de lo cual Caifás era el responsable principal. (Probablemente
sea a Caifás a quien se hace referencia en las palabras de Jesús ante Pilato en Jn. 19:11:
“El que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene”.) Como antes, se señala un contraste
entre el trato que los hombres le dan a Jesús y el que le da Dios.
11 Los apóstoles están, técnicamente, a la defensiva, pero en realidad han pasado al
ataque. Pedro procede a predicar el evangelio a sus jueces, y basa su argumento sobre un
texto muy conocido del Antiguo Testamento. “La piedra que desecharon los edificadores
ha venido a ser cabeza del ángulo” (Sal. 118:22) es uno de los testimonios mesiánicos
más primitivos. El mismo Jesús lo utilizó así (implícitamente) como conclusión de la
parábola de la viña (Mr. 12:10s.).19 En el contexto original del Antiguo Testamento la
piedra rechazada es quizás Israel, desechada por las naciones pero elegida por Dios para
llevar a cabo su propósito. Pero, como sucede tan a menudo en el Nuevo Testamento, el
18
Gr. πλησθεις πνευµατος αγιου, “llenado con (el) Espíritu Santo”. Debería distinguirse entre este
uso del participio pasivo aoristo, que denota un momento de inspiración especial, y el uso del adjetivo
πληρης (“lleno”) para denotar el carácter permanente de una persona llena del Espíritu (como Esteban en
6:5).
19
En el pasaje paralelo de Lc. 20:17s., se vincula la piedra rechazada con la piedra de tropiezo de
Is. 8:14s., contra la cual “muchos … caerán y serán quebrantados”, y con la gran piedra en el sueño de
Nabucodonosor, que golpeó la imagen de tal modo que el viento llevó su polvo como si fuera paja (Dn.
2:35). En 1 P. 2:6, la piedra rechazada se vincula también con “la principal piedra del ángulo, escogida,
preciosa” puesta como fundamento en Sión (Is. 28:16), que también Pablo aplica como interpretación a
Cristo en Ro. 9:33 y posiblemente en Ef. 2:20. La exégesis cristológica interdependiente entre estos textos
de la “piedra” ha sido sostenida como una fuerte demostración de una colección primitiva de “testimonios”
veterotestamentarios. En la literatura cristiana tardía se agregan a la interpretación otras piedras
veterotestamentarias, como, p. ej., la piedra de Jacob en Betel (Gn. 28:11) y la piedra que sostuvo a Moisés
durante la batalla con Amalec en Refidim (Ex. 17:12); cf. Cipriano, Testimonios 2.16. ver J. A. Robinson,
The Epistle to the Ephesians, Londres, 1904, pp. 163s.; J. R. Harris, Testimonies, I, Cambridge, 1916, pp.
30s.; E. G. Selwyn, The First Epistle of Peter, Londres, 1946, pp. 268–277; B. P. W. Stather Hunt,
Primitive Gospel Sources, Londres, 1951, pp. 126–129; C. H. Dodd, According to the Scriptures, Londres,
1952, pp. 35s., 69, 99s.; S. H. Hooke, The Siege Perilous, Londres, 1955, pp. 235–249; F. F. Bruce, “The
Corner Stone”, ExT 84, 1972–1973, pp. 231–235. La “piedra del ángulo” es equivalente al “coronamiento
del frontón”.
propósito de Dios para Israel encuentra su cumplimiento en la obra individual de Cristo.
Tanto aquí como en el uso cristiano posterior de este “testimonio” los
“edificadores”20 se interpretan como los gobernantes de la nación judía, quienes no
reconocieron a Jesús como el liberador enviado divinamente; pero la Piedra que habían
desechado ha recibido ahora de parte de Dios el lugar de la más alta distinción: Jesús está
entronizado ahora a la diestra de Dios.
12 Y del Jesús que una vez fue rechazado, pero que ahora está glorificado, y sólo de
él, procede la verdadera salud salvadora. La liberación del lisiado de una dolencia
corporal puede servir como parábola de liberación de la culpa del pecado y del juicio
venidero.21 Si los gobernantes persistían en su repudio de Jesús, lo cual ya los había
hecho culpables de homicidio, no podían esperar liberación alguna de sus consecuencias
de ninguna otra parte ni por el poder de ningún otro nombre. El nombre de Jesús, por el
cual el lisiado había recibido el poder para saltar sobre sus pies y caminar, era el nombre
con el cual la salvación de Israel (y, como se descubriría más adelante, la salvación del
mundo) estaba inextricablemente unida. Por lo tanto, el curso del deber y de la sabiduría
que debían seguir era claro para los gobernantes; si lo rechazaban y persistían en su
conducta actual, acarrearían destrucción para la nación así como para sí mismos.
Los seguidores del camino cristiano no deben despreciar a los fundadores de las
grandes religiones del mundo. Sin embargo, de ninguno de ellos puede decirse que haya
salvación en su persona; sólo a uno le pertenece el título de “Salvador del mundo”.
31
Es inútil inquirir acerca de la fuente de información del narrador sobre la conversación que tuvo
lugar cuando los apóstoles fueron sacados. Su contenido general podría deducirse fácilmente de lo que los
jueces les dijeron a Pedro y a Juan cuando fueron introducidos nuevamente.
32
La acción registrada en Mt. 28:13 (que de paso confirma que la tumba fue hallada vacía)
difícilmente puede tomarse en serio; si hubiera habido una refutación más convincente que la afirmación de
los apóstoles, se la habría preferido.
21 Entonces los amenazaron más y luego los soltaron; no podían encontrar una
manera de castigarlos, porque todos estaban glorificando a Dios por lo que
había sucedido.
22 El hombre en quien se había llevado a cabo esta señal de sanidad tenía más de
cuarenta años.
18–20 Llamaron nuevamente a Pedro y a Juan y los pusieron al tanto de su decisión. Se
les impuso una prohibición total de cualquier otra mención del nombre de Jesús. Si
pensaron que los discípulos prestarían atención a esta prohibición, se desilusionaron
rápidamente. Pedro y Juan probablemente nunca habían oído hablar de Sócrates, y
ciertamente nunca habían leído la Apología de Platón, pero dieron la misma clase de
respuesta que dio Sócrates cuando se le ofreció la libertad a cambio de que abandonara la
investigación y el examen de la verdad y la sabiduría: “Obedeceré a Dios antes que a
ustedes”.33 Es, por supuesto, la clase de respuesta que daría cualquier persona de
principios cuando se le ofrece la libertad a cambio de abandonar el camino que le dicte la
conciencia. Pero lo que más pesaba sobre los apóstoles era su compromiso personal con
el Señor resucitado de ser sus testigos. Si a estos jueces se les presentara en forma
abstracta la cuestión acerca de si debía obedecerse un mandamiento divino o una norma
humana, dado el caso de que hubiera un choque entre ambos, afirmarían sin titubear que
debía obedecerse el mandamiento divino a toda costa. Pues bien, dijeron Pedro y Juan:
“No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído”.34
21–22 A pesar de este abierto desafío, el tribunal no hizo más que repetir la amenaza
de duros castigos. El entusiasmo popular era demasiado grande para que pudiera hacer
otra cosa. Lucas señala aquí, a modo de explicación sobre el grado del asombro público,
que el cojo que había sido curado tenía más de cuarenta años; había llegado a una edad en
la cual tales curaciones, especialmente de un defecto congénito, simplemente no
suceden.35 Pedro y Juan fueron despedidos.
“Este —dice un historiador judío del siglo veinte— fue el primer error que
cometieron los dirigentes judíos en relación con la nueva secta. Y este error fue fatal.
Probablemente no había ninguna necesidad de arrestar a los nazarenos, llamando así la
atención sobre ellos y convirtiéndolos en ‘mártires’. Pero una vez arrestados, no debieron
dejarlos en libertad tan pronto. El arresto y la liberación aumentaron el número de los
creyentes; porque esos hechos mostraron, por un lado, que la nueva secta aparecía como
un poder al cual las autoridades temían lo suficiente para perseguirla y, por otro lado, que
no había peligro en ser discípulo de Jesús (¡siendo él, por supuesto, quien los salvó de
mano de sus perseguidores!).”36
33
Platón, Apología de Sócrates 29D (para Sócrates “el dios” podría haber sido una traducción más
apropiada de τω θεω que “Dios”). Cf. 5:29 más adelante.
34
Gr. ου δυναµεθα … µη λαλειν.
35
Comparar el hombre en el estanque de Betesda, cuya dolencia había durado treinta y ocho años
(Jn. 5:5); sólo que no se dice que hubiera sido congénita.
36
J. Klausner, From Jesus to Paul, trad. ing., Londres, 1944, pp. 282s.
G. PEDRO Y JUAN VUELVEN A REUNIRSE CON SUS AMIGOS (4:23–31)
23 Cuando fueron liberados, Pedro y Juan volvieron a reunirse con sus compañeros
y les informaron acerca de todo lo que los sumo sacerdotes y ancianos les habían
dicho.
24 Cuando lo oyeron, elevaron sus voces juntos37 a Dios y dijeron: “Soberano
Señor, que hiciste el cielo y la tierra y el mar y todo lo que hay en ellos,
25 que por el Espíritu Santo has hablado por medio de tu siervo David, nuestro
padre:38
‘¿Por qué están furiosos los gentiles,
y hacen planes vanos los pueblos?
26 Los reyes de la tierra se ubicaron en orden de batalla,
y los gobernantes se reunieron,
contra el Señor y contra su ungido’;
27 porque de verdad, en esta ciudad se reunieron en contra de tu santo siervo Jesús,
a quien tú ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y las gentes de
Israel,
28 para hacer todo lo que tu mano y tu consejo habían dispuesto de antemano que
ocurriera.
29 Y ahora, oh Señor, mira sus amenazas, y da poder a tus siervos para que declaren
tu palabra con toda libertad de palabra,
30 mientras extiendes tu mano para sanar y para la realización de señales y
maravillas a través del nombre de tu santo siervo Jesús.”
31 Cuando hubieron orado, el lugar en el que estaban reunidos se sacudió, y fueron
todos llenados del Espíritu Santo y continuaron declarando la palabra de Dios
37
Gr. οµοθυµαδον (“de común acuerdo”), como en 1:14.
38
El griego es muy complicado aquí: Westcott y Hort hablan de “la extrema dificultad del texto,
que sin duda contiene un error primitivo”. La única manera de explicarlo tal como está (ο του πατρος ηµων
δια πνευµατος αγιου στοµατος Δαυιδ παιδος σου ειπον) es tomar a David como la “boca” (es decir, vocero)
del Espíritu Santo: “que dijiste a través de tu siervo David nuestro padre, el vocero del Espíritu Santo”. El
Texto Occidental dice: “quien a través del Espíritu Santo habló por medio de la boca de David, tu siervo.”
C. C. Torrey percibe un texto subyacente que podría traducirse: “Como nuestro padre David, tu siervo, dijo
por boca del Espíritu Santo” (Composition and Date of Acts, Cambridge, Mass., 1916, pp. 16–18). H. W.
Moule, ExT 51, 1939–1940, p. 396, sugirió que el escritor compuso un primer bosquejo y luego hizo
correcciones, y que un copista, entendiendo mal los signos de supresión o adición, combinó palabras que
debían ser alternativas.
con libertad de expresión.39
23–24 Cuando se liberó a los dos apóstoles, estos volvieron al lugar donde estaban sus
compañeros, los apóstoles, y otros creyentes, y, cuando les contaron su experiencia ante
el Sanedrín, todo el grupo se dedicó a la oración. Se dirigieron a Dios como el Señor
soberano,40 el creador de todo, en un lenguaje litúrgico clásico derivado de las Escrituras
hebreas.41
25–28 Luego citaron las palabras iniciales del Salmo 2 y encontraron prueba de su
origen divino en el cumplimiento que había tenido lugar tan recientemente en su propia
experiencia.
Este salmo, con su referencia explícita al ungido de Yahveh (Mesías), se había
interpretado aplicándolo al futuro libertador de la línea de David desde muy temprano,
por lo menos desde mediados del primer siglo a.C.;42 las palabras “Tú eres mi Hijo” (Sal.
2:7), dirigidas a Jesús en su bautismo por una voz celestial, lo señalaban, justamente,
como ese Mesías. De conformidad con esta forma de entender el pasaje, está la
interpretación que los apóstoles hacen ahora de las palabras iniciales del salmo. Los
“gentiles” se enfurecían contra Jesús, representados por los romanos que lo sentenciaron
a la cruz y llevaron a cabo la sentencia; los “pueblos” que se unieron contra él son (a
pesar del plural) los judíos o, más bien, sus gobernantes; los “reyes” que se ubicaron para
la batalla están representados por Herodes Antipas, tetrarca de Galilea y Perea, mientras
que los “gobernantes”, por Poncio Pilato.43 La referencia a Herodes recuerda el relato de
Lucas 23:7–12, donde Pilato, sabiendo que Jesús es galileo, procede diplomáticamente
enviándolo a Herodes. Lucas es el único de los cuatro evangelistas que le da a Herodes
un papel en la narración de la pasión.44
El lenguaje profético del salmo demuestra que Pilato, Herodes y los demás, al unirse
en contra de Jesús, simplemente llevan a cabo “el propósito determinado por Dios y su
conocimiento previo” (como se lo llamó en 2:23) de “que el Mesías había de sufrir”
(3:18).45 En estas palabras de los apóstoles hay una identificación explícita del divino
39
El Texto Occidental añade “a todo el que estuviera dispuesto a creer”.
40
Gr. δεσποτα, vocativo de δεσποτης (cf. Lc. 2:29; Ap. 6:10).
41
Cf. Ex. 20:11; Neh. 9:6; Sal. 146:6; Is. 42:5; también Sabiduría 13:3, 4, 9 (y cf. 14:15; 17:24,
más adelante).
42
Ver S. Sal. 17:26, donde el Sal. 2:9 se aplica al hijo esperado de David, el “señor ungido” (cf. p.
86 n. 90, arriba).
43
Ver p. 101, n. 28.
44
Para la opinión improbable de que la introducción de Herodes que hace Lucas surgió a partir de
la exégesis cristiana del Sal. 2:1s., ver M. Dibelius, “Herodes und Pilatus”, ZNW 16, 1915, pp. 113–126; G.
Lüdemann, Paul: Apostle to the Gentiles, trad. ing., Londres, 1984, pp. 12s., 36s. (con n. 41).
45
Tertuliano (Sobre la resurrección de la carne 20) ofrece una interpretación ligeramente
diferente: “En la persona de Pilato, las naciones (gentes) se enfurecieron, y en la persona de Israel los
pueblos (populi, plural) planearon cosas vanas; los reyes de la tierra se levantaron en Herodes, y en Anás y
Caifás se reunieron los gobernantes”. La aplicación inusual del plural λαοι a Israel se debe al uso del
“santo siervo Jesús” con el Hijo real de Dios a quien se dirige el Salmo 2:7. Jesús, el
siervo obediente de Dios, es aquel a quien Dios “ungió” o hizo Mesías en su bautismo.46
29–30 El Sanedrín podía amenazar, pero las amenazas no producían intimidación y
silencio sino una creciente osadía al hablar. Los apóstoles, por lo tanto, oraron para tener
valor para predicar su mensaje sin temor ni parcialidad,47 y que Dios colocara el sello de
su aprobación pública sobre su testimonio, concediéndoles más obras poderosas de
sanidad y señales y maravillas semejantes por medio del mismo nombre por el cual
habían curado al cojo: el nombre de su “santo siervo Jesús”.48
31 La seguridad del favor y la ayuda divinos vinieron mientras estaban orando. El
lugar tembló como si fuese un terremoto —no es posible saber si realmente fue un
temblor objetivo o si fue el modo en que se manifestó a su conciencia la presencia y el
poder de Dios—, y el Espíritu Santo los llenó a todos y los envió a proclamar las buenas
nuevas con confianza renovada. La descripción hecha aquí tiene reminiscencias de la
descripción de lo que sucedió en el día de Pentecostés, tanto en las señales externas del
advenimiento del Espíritu como en la actitud de oración de los discípulos en los
momentos de su llegada;49 pero aunque se trataba de un nuevo derramamiento del
Espíritu, no podría llamarse un nuevo bautismo.50 Si la narración de 3:1–4:31 se basa en
una fuente diferente de la de 2:1–41, el derramamiento del Espíritu aquí no es un
duplicado del de 2:4, cuando por primera vez “fueron todos llenados con el Espíritu
Santo”; en este relato, Pedro ya había sido “llenado con el Espíritu Santo” para su defensa
eficaz ante el tribunal (4:8).
singular λαος con referencia a Israel como el pueblo de Dios en contraposición a εθνη, “gentiles”; en el Sal.
2:1, el plural heb. le ’ummim, LXX λαοι, aparece en paralelismo sinónimo con goyim, LXX εθνη, y no en
oposición.
46
Con “a quien tú ungiste” (εχρισας) cf. 10:38, “Dios ungió (εχρισεν) a Jesús de Nazaret”; del
verbo χριω viene la forma χριστος, “ungido”, “mesías”.
47
Se llaman a sí (mismos “esclavos” (δουλοι) de Dios, quizás usando deliberadamente un término
más humilde que el que se aplica a Jesús como siervo de Dios (παις).
48
Frases como “por medio de su santo siervo Jesús” retuvieron un uso litúrgico en la iglesia
durante algunas generaciones; cf. Did. 9.2 (“por medio de Jesús tu siervo”); 1 Clemente 59.3 (“por medio
de Jesucristo, tu amado siervo”); Mart. Pol. 14.3 (“por medio … de Jesucristo tu amado siervo”); Hipólito,
Tradición Apostólica 4.4 (“Por medio de tu amado siervo Jesucristo”); etc.
49
Ver p. 57, n. 57 (sobre 1:14).
50
Ver la exposición de 2:38 (pp. 87–90).
51
El Texto Occidental añade “y no había ninguna división entre ellos”.
afirmaba que su propiedad le pertenecía; tenían todo en común.
33 Los apóstoles, con gran poder, daban testimoio de la resurrección del Señor
Jesús,52 y mucha gracia reposaba sobre todos ellos.
34 Nadie tenía necesidad entre ellos, porque todos los que eran propietarios de
tierra o casas las vendían y traían el precio recibido por la venta
35 y lo ponían a los pies de los apóstoles. Luego se hacía la distribución a cada
persona según la necesidad individual.
32–35 El resumen contenido en estos versículos es similar al de 2:43–47, pero sirve a
un propósito diferente en la narración. El resumen anterior concluía el relato del día de
Pentecostés; este resumen presenta los episodios contrastantes de Bernabé y Ananías.
La comunidad53 llena del Espíritu exhibía una notable unanimidad, que se expresaba
hasta en la actitud hacia la propiedad privada. Mientras que en Qumrán la institución del
fondo comunal estaba explícitamente regulada por escrito,54 la acción que tomaron estos
discípulos primitivos de Jesús tenía forma voluntaria. Los miembros consideraban que
sus propiedades privadas estaban a disposición de la comunidad; aquellos que poseían
casas o tierras las vendían a fin de que los bienes estuviesen más convenientemente a
disposición de la comunidad en forma de dinero. Los miembros más ricos, de esta
manera, hacían provisión para los más pobres y, por un tiempo, nadie tuvo necesidad de
quejarse de hambre o escasez. (Pero, más tarde, cuando se agotaron los fondos, y
especialmente después de que el país sufriera duramente por la hambruna mencionada en
11:28, la iglesia de Jerusalén llegó a depender de la generosidad de los hermanos
creyentes de otros lugares.) Los apóstoles, como dirigentes de la comunidad, recibían las
ofrendas de buena voluntad que se les traía, pero aparentemente delegaban en otros los
detalles de la distribución, porque ellos mismos tenían que dedicar su tiempo y sus
energías al testimonio público del Cristo resucitado. Mientras hacían esto, el poder de
Dios, demostrado con obras poderosas, acompañaba la predicación de los apóstoles,
como respuesta a la oración (v. 30), a la vez que continuaban disfrutando la experiencia
de la gracia de Dios y del favor de la población de Jerusalén.55
HECHOS 5
56
Se explica como υιος παρακλησεως, traducida en forma diversa “hijo de consolación” (VRV2,
VP, VNC), “hijo de exhortación” (BJ), “nuestro permanente consuelo” (BL). Este uso de “hijo” para
indicar el carácter de un hombre es una frase idiomática semítica. “Bernabé” podría ser la adaptación de
una forma como el Bar-Nebo palmirense (cf. G. A. Deissmann, Bible Studies, trad. ing., Edimburgo, 21909,
p. 188); otra sugerencia es que representa al arameo bar newaha’ (lit., “hijo de suavizar”); cf. A.
Klostermann, Probleme im Aposteltexte, Gotha, 1883, pp. 8–14. ver T. Zahn, Die Apostelgeschichte des
Lucas, pp. 183–188; S. P. Brock, “ΒΑΡΝΑΒΑΣ: ΥΙΟΣ ΠΑΡΑΚΑΗΣΕΩΣ”, JTS s.n. 25, 1974, pp. 93.
57
Ver 12:12 más adelante junto con Col. 4:10.
58
Para las prohibiciones ver Nm. 18:20, 24; Dt. 10:9; 18:1s; pero los miembros de la familia
sacerdotal como Jeremías (Jer. 32:6–15) y Josefo (Vida 422) tuvieron tierras en propiedad.
59
La palabra utilizada aquí es αγρος, que no aparece en ningún otro lugar de Hechos; en otros
lugares de Hechos un terreno es un χωριον (cf. v. 34; 1:18; 5:3, 8) o un κτηµα (2:45; 5:1).
1
La conjunción griega δε no necesita tener fuerza adversativa, pero aquí probablemente sea
adversativa, en contraste con Bernabé (4:36s.)
2
Gr. κτηµα (cf. 2:45, τα κτηµατα), refiriéndose aquí a propiedades consistentes en tierras, grandes
o pequeñas, como resulta claro por el uso de χωριον (“porción de terreno”) en el v. 3.
engañaras al Espíritu Santo y que guardaras parte del dinero recibido por el
terreno?
4 Mientras estaba el terreno, ¿acaso no era posesión tuya? Y cuando fue vendido,
¿no estaba el dinero todavía bajo tu control? ¿Por qué concebiste esta cosa4 en
tu corazón? Has mentido a Dios, no a seres humanos.”
5 Al oír estas palabras, Ananías5 cayó y murió, y gran temor vino sobre todos los
que se enteraron.
6 Los jóvenes se levantaron, lo envolvieron en una mortaja, lo sacaron y lo
sepultaron.
La historia de Ananías es para el libro de Hechos lo que la historia de Acán es para el
libro de Josué. En ambas narraciones un acto de engaño interrumpe el progreso victorioso
del pueblo de Dios. Puede que el mismo autor de Hechos deseara señalar esta
comparación: cuando dice que Ananías “retuvo” parte del precio (v. 2), utiliza el mismo
término griego que emplea la versión griega en Josué 7:1 donde se dice que los israelitas
(representados por Acán) “faltaron a la palabra” al retener para uso privado la propiedad
que se había dedicado a Dios.6
Muchos lectores consideran el incidente de Ananías y Safira como una piedra de
tropiezo, en parte ética y en parte intelectual. La dificultad intelectual no es tan grande
como algunas veces se supone. No sabemos casi nada acerca de las creencias privadas de
Ananías y su esposa, pero en una determinada etapa de conciencia religiosa, la muerte
súbita constituye una conocida consecuencia de la convicción de que uno ha infringido
involuntariamente un tabú. (No se desprende necesariamente de esto que la muerte de
Ananías deba tomarse así, pero muestra cuán poca coherencia hay en la idea de que esta
historia es esencialmente improbable.) En cuanto a la muerte subsecuente de Safira, si se
piensa que esto “añade tanta improbabilidad como la que existe en una coincidencia”,7
debe recordarse que ella soportó el trauma adicional de enterarse de la muerte repentina
de su esposo.
No sirve de nada argumentar que la doble muerte no fue tan repentina como lo
sugiere el relato, como lo hace, por ejemplo, Joseph Klausner. Cuando se detectó el
engaño de la pareja, dice él, “Pedro se enojó con ellos y los reprendió; y cuando murieron
poco tiempo después, por supuesto que se atribuyó su muerte a esta reprensión por parte
3
Gr. επληρωσεν. Por omisión accidental de λ, el Cód. alef dice επηρωσεν (que por sí mismo
hubiera tenido el significado no apropiada de “mutiló”); en P74 aparece enmendado como επειρασεν
(“tentado”); de allí la Vulgata temptauit.
4
El Texto Occidental dice “hacer esta (la) cosa malvada” ([τουτο] ποιησαι το πονηρον [πραγµα]).
5
Antes de “cayó” el Texto Occidental inserta “inmediatamente” (cf. v. 10).
6
El verbo es νοσφιζοµαι (traducido “hurtar” en Tit. 2:10); con ενοσφισατο απο της τιµης aquí cf.
ενοσφισατο απο του αναθεµατος en Jos. 7:1 LXX.
7
A. W. F. Blunt, The Acts of the Apostles, Oxford, 1923, p. 153.
del primer y principal apóstol”.8 Aun más improbable es la sugerencia de P. H. Menoud,
de que Ananías y Safira fueron los primeros miembros que murieron en la comunidad de
creyentes, y que su muerte natural fue un golpe tal para los demás (quienes pensaban que
Cristo, con su resurrección, había abolido la muerte física para su pueblo) que se sintieron
obligados a explicarla con la suposición de que algún pecado no detectado con
anterioridad los había puesto al descubierto.9
Un asunto mucho más grave es la impresión que da la narración acerca de la
personalidad de Pedro, quien había experimentado tan recientemente el perdón y la gracia
restauradora de Dios después de negar a Cristo en el palacio del sumo sacerdote. Es
absurdo tratar de hacerlo directamente responsable de la muerte de la pareja, pero su
lenguaje al dirigirse a ellos, y especialmente a Safira, les ha parecido a muchos lectores
un reflejo del espíritu de Elías pidiendo fuego del cielo sobre los soldados que venían a
arrestarlo, o el de Eliseo pronunciando sentencia de lepra perpetua sobre Giezi, más que
el espíritu de su Maestro. “Por supuesto que no se puede —dice un comentarista—
echarle la culpa a san Pedro por el hecho de que después de su dura reprimenda a
Ananías el ofensor cayera muerto súbitamente, aunque uno esperaría que en adelante san
Pedro fuera más cuidadoso en la reprensión de los hermanos pecadores de la
congregación. Pero la historia continúa relatando que Ananías fue sepultado sin que se le
dijera una sola palabra a su esposa, aunque debe haber estado en la vecindad. Cuando ella
se presento en la casa tres horas más tarde, san Pedro en lugar de informarle acerca de la
tremenda caída de su esposo como para darle la oportunidad de arrepentirse, la interrogó
de tal modo que el pecado en su corazón salió a la luz como una abierta mentira; y
entonces le dijo que su esposo estaba muerto y que ella moriría también … No importa
cuánto tratemos, no podemos imaginarnos a Cristo actuando hacia los pecadores como se
representa aquí a san Pedro.”10
No es parte de la tarea del comentarista emitir juicios morales sobre Pedro; sería
necesario, en todo caso, saber mucho más que lo que se relata en la narración. Safira, por
nada que se sepa en sentido contrario, puede haberle sugerido el engaño a su esposo. No
es el carácter de Pedro, ni siquiera lo que merecían Ananías y Safira, lo que interesa a
Lucas principalmente. Lo que le interesa enfatizar es la realidad de la presencia viva del
Espíritu Santo morando en la iglesia, junto con las solemnes implicaciones prácticas de
ese hecho. Tan pronto fue necesario remarcar la lección que más tarde formuló Pablo:
“¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si
alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él, porque el templo de Dios, el
cual sois vosotros, santo es” (1 Co. 3:16s.).11
8
J. Klausner, From Jesus to Paul, trad. ing., Londres, 1944, p. 289.
9
P. H. Menoud, «La mort d’Ananias et de Saphira (Actes 5, 1–11)», Aux Sources de la Tradition
Chrétienne: Mélanges offerts à M. Maurice Goguel, París/Neuchâtel, 1950, pp. 146–154.
10
L. E. Browne, The Acts of the Apostles, Londres, 1925, pp. 83s.
11
El énfasis de H. A. W. Meyer sobre el principio de la disciplina de la iglesia es importante para
la evaluación del incidente en su contexto (The Acts of the Apostles, trad. ing., I, Edimburgo, 1877, p. 142).
Ver también O. Cullmann, Peter: Disciple-Apostle-Martyr, trad. ing., Londres, 1953, p. 34.
El incidente muestra, también, que incluso en los primeros días la iglesia no
constituía una sociedad de gente perfecta. El cuadro que presenta Lucas de la comunidad
primitiva es, sin duda, un cuadro idealizado, pero no excesivamente idealizado. Para que
sus lectores no sobrestimen la unidad y santidad de los primeros creyentes, ha registrado
este incidente que no sólo ilustra su honesto realismo sino que también tiene la finalidad
de servir como advertencia para otros.
1–2 Dos miembros de la comunidad, Ananías y Safira su esposa,12 como muchos
otros miembros, vendieron un terreno que poseían. Retuvieron parte del precio para su
uso privado, como tenían todo el derecho de hacer, y Ananías trajo el resto a los apóstoles
para que lo utilicen para beneficio de la comunidad, pero presentó su monto como el total
del precio de venta recibido.
3 Pedro, percibiendo la verdad de la situación, le espetó a Ananías palabras
calculadas para hacer ver al infeliz hombre lo enorme de su pecado. La práctica poco
escrupulosa en el comercio ordinario de la vida era tan común entonces como ahora, pero
entre los seguidores de Cristo debía prevalecer un nivel más alto de probidad. Ananías, en
su esfuerzo por ganar una reputación por una generosidad mayor que la que realmente
había obtenido, trató de engañar a la comunidad de creyentes, pero en realidad estaba
tratando de engañar al Espíritu Santo, cuyo poder vivificante había creado la comunidad
y la mantenía viva. Así de real era la apreciación que tenían los apóstoles sobre la
presencia y autoridad del Espíritu en su medio. Por cierto puede haber sucedido, además,
que Ananías y Safira hubieran prometido dar todo el producto de la venta a Dios, pero
que luego cambiaran de opinión y sólo entregaran una parte. Una mentira a Pedro, como
hombre individual, podría haber pasado como algo relativamente venial, pero esto —sea
que Ananías lo supiera o no— era una mentira a Dios,13 algo sugerido por nada menos
que el gran adversario de Dios y de la humanidad.14
4 Nadie había obligado a Ananías a vender su propiedad: la virtud de un acto como el
de Bernabé residía en su generosidad espontánea. La comunidad de bienes en la iglesia
primitiva de Jerusalén era totalmente voluntaria. El terreno pertenecía a Ananías; podía
guardarlo o venderlo como deseara y, cuando lo hubiere vendido, el dinero obtenido sería
suyo para disponer según quisiera.15 La naturaleza voluntaria de todo este procedimiento
12
Ananías es el Hananías veterotestamentario (hananyahu, “Yahveh ha otorgado graciosamente”).
Safira representa el arameo sappira, “hermosa”. J. Klausner (From Jesus to Paul, pp. 289s.) sugiere que
esta puede ser la Safira cuyo nombre aparece en arameo (o hebreo) y griego en un osario encontrado en
Jerusalén en 1923. Lo más que puede decirse como apoyo a dicha identificación es que no puede
refutársela.
13
El Espíritu Santo en la iglesia es Dios mismo presente con su pueblo (cf. 1 Co. 14:25).
14
El gr. Σατανας es una palabra tomada del arameo; el heb. correspondiente, satan (“adversario”),
aparece como un sustantivo común en el AT, algunas veces para designar al acusador principal en el
tribunal celestial (cf. 1 Cr. 21:2; Job 1:6–2:7; Zac. 3:1s.). Junto con la transliteración Σατανας, el NT
también utiliza la traducción ο διαβολος, como en 10:38; 13:10 más adelante (ver p. 254, n. 58; p. 295, n.
26).
15
B. J. Capper, “The Interpretation of Acts 5.4”, JSNT 19, 1983, pp. 117–131, señala que en las
reglas de Qumrán, un postulante a ingresar en la comunidad entregaba su propiedad provisoriamente al
ofrece un contraste con buena parte de lo que se ha sostenido tomando como precedente
esta primitiva práctica cristiana. Pero el carácter voluntario de todo este procedimiento
hizo que la acción de Ananías fuera aún más gratuita. Si no forma parte de la tarea del
comentarista hacer juicios morales sobre Pedro, igualmente es preciso resistir la tentación
de hacerlo en el caso de Ananías. El deseo de ganar una reputación más alta que la que
uno merece, por generosidad o por alguna otra virtud, no es algo tan raro como para que
alguien se atreva a adoptar una actitud presuntuosa hacia Ananías. En una situación en la
que a aquellos que siguieron el ejemplo de Bernabé se les tuvo en alta estima dentro del
grupo, la presión social sobre otros para que hicieran lo mismo, o que aparentaran
hacerlo, debe de haber sido considerable.
5 Mientras Pedro hablaba, el pecado de Ananías lo alcanzó, y cayó muerto. Fue un
evidente acto de juicio —el juicio que comienza primero en la casa de Dios— y no es
extraño que todos los que lo oyeron se hayan llenado de temor. Pero también puede haber
sido un acto de misericordia, si se considera el incidente a la luz de las palabras de Pablo
acerca de otro ofensor contra la comunidad de creyentes: “Entregar a este hombre a
Satanás para la destrucción de la carne, a fin de que su espíritu sea salvo en el día del
Señor Jesús” (1 Co. 5:5).16 Algunos expositores han citado como paralelo de la muerte
repentina de Ananías la historia del deán de la iglesia de san Pablo (en Londres), quien
cayó muerto de miedo cuando el rey Eduardo I de Inglaterra le dirigió una mirada
iracunda.17 Pero no es un paralelo real; no fue nada en la personalidad de Pedro lo que
hizo que el corazón de Ananías dejara de latir, sino más bien la conciencia súbita del
sacrilegio que había cometido.
6 Inmediatamente, “los jóvenes” (probablemente los miembros más jóvenes de la
comunidad, y no sepultureros profesionales) sacaron y sepultaron su cuerpo muerto. En
aquel clima, la sepultura seguía rápidamente a la muerte; no hay certidumbre sobre lo que
se requería a modo de certificación médica. Aparentemente a Safira no le dijeron nada
acerca de la muerte de su esposo; no hay modo de saber si se hizo algún intento de
comunicarse con ella. El apretado relato de los hechos resalta el efecto dramático de la
narración, cuyo segundo acto va a seguir ahora al primero.
tesorero, pero no se la integraba con los fondos de la comunidad hasta que hubiera completado su período
de prueba y se lo admitiese como miembro pleno (1QS 6.18–23). Sugiere que Ananías, de modo similar,
hizo una transferencia provisoria de su dinero a la iglesia, pero que se esperaba que lo transfiriera en su
totalidad, aunque sólo fuera provisoriamente; hasta entonces, quedaba bajo su dominio en el sentido de que
podía recibir el dinero nuevamente si no se Io admitía, a su tiempo, como miembro pleno. Pero no hay
indicios de que se practicara un catecumenado provisorio de esta clase en esa etapa primitiva de la vida de
la iglesia. También puede marcarse el contraste entre el castigo establecido por engañar a la comunidad en
cuestiones relacionadas con propiedades —un año de exclusión de la comida fraternal y privación de un
cuarto de la ración individual de comida (1QS 6.24s.)— y las consecuencias del engaño de Ananías y
Safira.
16
No hay acuerdo sobre si esla “destrucción de la carne” significaba la muerte del miembro
pecador de la iglesia corintia o alguna grave enfermedad (cf. 2 Co. 12:7; Job 2:4–7). Para la creencia de que
los cristianos podían morir prematuramente por pecados serios ver 1 Co. 11:30; Stg. 5:20; 1 Jn. 5:16s.
17
F. J. Foakes-Jackson, The Acts of the Apostles, MNTC, Londres, 1931, p. 42, dice que era un
obispo.
D. MUERTE DE SAFIRA (5:7–11)
7 Hubo un lapso de alrededor de tres horas; luego entró su esposa. No sabía lo que
había sucedido.
8 Pedro le dijo:18 “Dime, ¿vendieron el terreno por tanto?” “Sí —dijo ella— por
tanto.”
9 Entonces Pedro le respondió: “¿Qué les hizo ponerse de acuerdo para tentar al
Espíritu del Señor? Mira, los pies de los que han enterrado a tu esposo están en
la puerta; te sacarán a ti también.”
10 Inmediatamente cayó a sus pies y murió.19 Los jóvenes entraron, la encontraron
muerta, la sacaron20 y la sepultaron con su marido.
11 Gran temor cayó sobre toda la iglesia y sobre todos los que oyeron esto.
7–10 La muerte de Ananías puede haber sido un golpe para Pedro, pero las siguientes tres
horas le dieron tiempo para considerar la tragedia y reconocer en ella el juicio divino por
un intento de engañar a la iglesia, y al Espíritu en la iglesia. Cuando entró Safira, él le
preguntó directamente si ella y su esposo habían vendido el terreno por la suma precisa
que habían entregado. Ella entonces tuvo una oportunidad de decir la verdad, pero
cuando se defendió descaradamente y repitió la falsedad de su esposo, Pedro no tuvo
ninguna duda de que Safira compartiría el destino de su esposo, y se lo dijo francamente.
A esta altura Pedro no había tenido mucha experiencia en el ministerio pastoral; de otro
modo probablemente le hubiera dado la noticia de la muerte de Ananías antes de
interrogarla, y el resultado quizá habría sido más feliz. Tal como ocurrió, tanto el hombre
como su mujer fueron descubiertos en un plan deliberadamente concebido para ver hasta
dónde podían probar la paciencia del Espíritu de Dios (que es lo que quiere decir
“tentarlo”); y habían ido demasiado lejos.21 La convicción de la complicidad en este
hecho culposo, junto con el tosco pero eficaz anuncio de la muerte de su esposo,
resultaron demasiado para Safira; ella, a su vez, cayó muerta y fue sacada y sepultada.
11 No hay razón para preguntarse si Ananías y Safira eran creyentes genuinos o no,
porque no hay modo de responder a tal pregunta. Por un lado, no se comportaron como si
18
Lit., “Pedro le contestó (απεκριθη)”; pero ella no había hablado. Aquí, como en algunos otros
lugares del NT y la LXX, αποκρινοµαι significa simplemente “dirigirse a”.
19
Gr. εξεψυξεν (como en el v. 5 arriba); se utiliza otra vez en 12:23 acerca de la muerte de
Heredes Agripa I, y en ningún otro lugar del NT. En la LXX se usa εκψυχω para la muerte de Sísara en Jue.
4:21 (recensión A) y en Ez. 21:12 (TM 7) para el “desmayo” de todos los que oyen acerca de la destrucción
de Jerusalén.
20
El Cód. D y la Peshitta Siríaca (probablemente preservando una lectura occidental) dicen “la
envolvieron y la sacaron”(cf. v. 6).
21
Respecto a esta idea cf. Ex. 17:2: (“¿Por qué ponen a prueba al Señor?”) y Dt. 6:16, “No
pondrán a prueba al Señor su Dios” (citado por nuestro Señor en la tentación en el desierto, Mt. 4:7 par. Lc.
4:12).
fueran creyentes genuinos; por otro lado, no se puede decir con certeza que no lo fueran,
a menos que uno esté dispuesto a decir que todo el que cometa un acto de engaño
deliberado no puede ser un creyente genuino. El temor que cayó sobre toda la comunidad
sugiere que muchos de sus miembros (como muchos israelitas cuando se desenmascaró a
Acán) tenían razones para temblar y pensar que “si no fuera por la gracia de Dios, ese
sería yo”. La mejor respuesta a las preguntas de esta clase es la que provee la doble
inscripción en la piedra basal divinamente colocada: “Conoce el Señor a los que son
suyos” y “Que todo el que invoca el nombre del Señor se aparte de iniquidad” (2 Ti.
2:19).
En el v. 11 la palabra “iglesia” (gr. ekklesia) aparece por primera vez en el texto
auténtico de Hechos.22 La palabra griega tiene tanto un fondo gentil como judío. En su
sentido gentil denota principalmente la asamblea de ciudadanos de una ciudad griega (cf.
Hch. 19:32, 39, 41), pero es el uso judío el que subyace a su empleo para designar a la
comunidad de creyentes en Jesús. En la Septuaginta es una de las palabras usadas para
designar al pueblo de Israel en su carácter religioso como la “asamblea” de Yahveh. Es
una pena que en tantas versiones del Nuevo Testamento se la traduzca con un término
(“iglesia”) que está ausente del Antiguo Testamento. Los lectores de la Biblia griega
podían sacar sus propias conclusiones del uso de ekklesia tanto en el Antiguo como en el
Nuevo Testamento. Así sucede can algunas versiones (como la traducción inglesa de
William Tyndale) donde los lectores encuentran la palabra “congregación” en ambos
Testamentos.23
22
Ver p. 91, n. 111, para su uso en el Texto Occidental de 2:47.
23
En Deuteronomio y los libros veterotestamentarios que siguen, excepto Jeremías y Ezequiel,
εκκλησια es la traducción regular que hace la LXX del heb. qahal, “asamblea”; en los primeros cuatro
libros del AT, como en Jeremías y en Ezequiel, qahal se representa regularmente en la LXX por συναγωγε,
que también se usa a lo largo de la LXX como la traducción de ‘edah, “congregación”. El equivalente
arameo de ‘edah, y ocasionalmente de qahal, era Kenista’, que probablemente subyace a los dichos
dominicales de Mt. 16:18 y 18:17, y era posiblemente el término por el cual se conocía al grupo de. los
discípulos de Jesús en Jerusalén (la kenista de los nazarenos). Entre tanto, εκκλησια adquirió un sentido
especializado para las reuniones cristianas y συναγωγη para las reuniones judías. La εκκλησια cristiana era
tanto nueva como vieja: nueva, debido a su relación con Jesús como Señor, y el testimonio correspondiente,
como también con los eventos de su muerte y exaltación, que marcaron una época, y con el envío del
Espíritu; vieja, como la continuación de la “congregación del Señor” que anteriormente se redujo a los
límites de una sola nación, pero ahora, habiendo muerto y resucitado con Cristo, estaría abierta a todos los
creyentes sin distinción. ver F. J. A. Hort, The Christian Ecclesia, Londres, 1897; K. L. Schmidt, TDNT 3,
pp. 501–536 (s.v. εκκλησια); G. Johnston, The Doctrine of the Church in the New Testament, Cambridge,
1943; O. Cullmann, The Early Church, trad. ing., Londres, 1956; E, Schweizer, Church Order in the New
Testament, trad. ing., Londres, 1961; H. Küng, The Structures of the Church, trad. ing., Londres, 1965.
13 y ninguno de los otros24 se atrevía a unirse a ellos; pero el pueblo los tenía en
alta estima.25
14 Más y más personas creían en el Señor y eran añadidas a su número, multitudes
tanto de hombres como de mujeres,
15 de tal modo que el pueblo hasta llevaba a sus enfermos a las plazas26 y los
acostaban en lechos y camastros, a fin de que al menos la sombra de Pedro
cayera sobre algunos de ellos cuando pasaba por allí.27
16 También llegó una multitud de las aldeas alrededor de Jerusalén, trayendo
enfermos y personas poseídas por demonios, y todos eran sanados.
12–16 Este párrafo es otro resumen como los que ya hemos visto en 2:43–47 y 4:32–35.
Proporciona una transición al incidente que se registra en los vv. 17–42.
Puede preguntarse cómo es posible que la afirmación que “ninguno de los otros se
atrevía a unirse” a los discípulos puede armonizar con el informe de que “más y más”
eran añadidos a su comunidad; la razón parece ser que la muerte de Ananías y Safira hizo
que se apartaran con temor todos los que no estaban totalmente comprometidos. Otra vez
se nos habla acerca de las “señales y maravillas” Ilevadas a cabo por agencia de los
apóstoles; la atmósfera general es como la de los primeros días del ministerio galileo de
nuestro Señor (Mr. 1:32–34 par. Lc. 4:40s.). La sombra de Pedro era tan eficaz como
expresión de poder sanador como lo había sido el borde del manto de su Maestro (Mr.
6:56). No es extraño que la gente común cantara alabanzas a los apóstoles y que el
número de creyentes aumentara. Aun de las aldeas y ciudades remotas de Judea la gente
se volcaba a la capital con sus enfermos, con la esperanza de beneficiarse con el
ministerio de sanidad de los apóstoles. La reputación de Pedro, evidentemente, era
particularmente alta en este sentido.
24
Debido a una dificultad para reconciliar el v. 13a con el v. 14a, se han hecho intentos de
enmendar “de los otros” (των … λοιπων) o “unirse” (κολλασθαι) o ambos. A. Hilgenfeld enmendó λοιπων
convirtiéndolo en Λευιτων (“levitas”). A. Pallis adoptó esta enmienda y también enmendó κολλασθαι
αυτοις convirtiéndolo en κωλυσαι αυτους (“impedir”): “Y de los levitas ninguno se atrevió a impedirles”
(de mantener reuniones en el recinto del templo). F. Blass sugirió que κολλασθαι αυτοις podría traducirse
“entremeterse con ellos”; lamentablemente no pueden aportarse pruebas convincentes del uso de κολλασθαι
en este sentido. M. Dibelius enmendó των δε λοιπων (“pero de los otros”) a των αρχοντων (“de las
gobernantes”). Los intentos de C. C. Torrey por solucionar el problema mediante referencia a un sustrato
arameo no son convincentes (Composition and Date of Acts, Cambridge, Mass., 1916, pp. 31s.; Documents
of the Primitive Church, Nueva York, 1941, p. 96); además, es improbable que un párrafo a modo de
resumen, como 5:12–16, tuviese origen arameo. No es necesario hacer ninguna enmienda; ver la exposición
más arriba.
25
P45 omite “pero el pueblo los tenía en gran estima”.
26
Gr. εις τας πλατειας, lit., “a los caminos anchos”. El pasaje muy similar de Mr. 6:56 (sin
paralelo en Lucas) dice εν ταις αγοραις (“en los mercados”).
27
El Texto Occidental añade “porque eran liberados de toda enfermedad que tuviera cada uno de
ellos”.
B. LOS APÓSTOLES ENCARCELADOS Y LIBERADOS (5:17–21A)
17 Ahora el sumo sacerdote y todos sus colegas, el partido de los saduceos como era
en ese entonces, entraron en acción. Estaban llenos de indignación,
18 así que arrestaron a los apóstoles y los pusieron bajo custodia oficial.28
19 Pero el ángel del Señor les abrió las puertas de la cárcel por la noche y los sacó.
20 “Vayan —les dijo— párense en el templo y díganle al pueblo todas las palabras
de esta vida.”
21a Al oír eso, entraron en el templo al amanecer y se pusieron a enseñar.
17–18 Se ha sostenido que este incidente es un duplicado del relato del arresto de Pedro y
Juan y su interrogación ante el Sanedrín que se ofrece en el capítulo anterior (4:1–22),
derivado de una fuente paralela. Sea esto así o no, está claro que Lucas presenta este
incidente como una consecuencia del caso anterior. Esta vez están involucrados todos los
apóstoles, no sólo dos, y en lugar de despedirlos con una simple advertencia se los castiga
por desobedecer la orden del tribunal impuesta en la audiencia anterior. Pedro y Juan
indicaron que no tendrían en cuenta esa orden (que les prohibía hablar o enseñar en el
nombre de Jesús). Ellos y sus colegas continuaron su predicación, junto con un ministerio
de sanidad que reproducía en mayor escala la cura milagrosa que había derivado en su
primera aparición ante el Sanedrín. Ahora las autoridades del templo, a instancias del
grupo sumo sacerdotal (que pertenecía, como ya se nos ha dicho, al partido de los
saduceos), arrestaron a todo el grupo de apóstoles —presumiblemente mientras estaban
predicando en el pórtico de Salomón— y los encerraron durante la noche. Se proponían,
al día siguiente, tomar medidas más drásticas con ellos que en la ocasión anterior.
19–21a Pero cuando despuntó el nuevo día, y se convocó una reunión del Sanedrín
para ocuparse de los apóstoles, no se los encontró. Las puertas de la cárcel estaban
cerradas, los miembros de la fuerza policial del templo que los cuidaban estaban en sus
puestos, pero los prisioneros se habían ido. En la literatura clásica podemos rastrear la
“forma” especial en la cual era costumbre describir escapadas inexplicables de la cárcel,29
y aquí se han detectado elementos de esta “forma”; pero esta crítica de las formas tiene
muy poco que decir acerca de la historicidad del asunto que está narrándose.
Lucas atribuye la huida de los apóstoles a la intervención divina. Fue el “ángel del
Señor” (o “un ángel del Señor”), dice, quien abrió las puertas de la prisión por la noche y
los liberó. La expresión idiomática proviene del Antiguo Testamento donde “el ángel del
Señor” constituye una extensión de la personalidad divina, el mismo Yahveh en su
manifestación a los seres humanos. Aunque cuando éste difícilmente sea el sentido en el
cual Lucas utiliza la expresión, sí quiere decir que la mano de Dios obró en la liberación
28
El Texto Occidental añade “y cada cual se fue a su propia casa” (cf. Jn. 7:53).
29
Cf. 12:6–10 (p. 279–282 con nn. 15–21); 16:25s. (p. 372 con n. 67) ver R. Reitzenstein, Die
hellenistischen Wundererzählungen, Leipzig, 1906, pp. 120–122.
de los apóstoles.30 No dice si el agente era un ser sobrenatural o un mensajero humano de
parte de Dios;31 no da detalles como los que proporciona más tarde acerca de la fuga de
Pedro cuando Herodes Agripa lo encarceló (12:6–10). Pero quienquiera haya sido el
“mensajero” en esta ocasión tenía voz, porque, cuando sacó a los apóstoles de la prisión,
les dijo que continuaran proclamando en el atrio del templo “todas las palabras de esta
vida”, expresión adecuada para el mensaje de salvación.32
35
Gr. υπηρεται, utilizado de modo similar para la policía del templo en Jn. 7:32, 45, 46; 18:3, 12.
36
El Cód. D tiene ιερευς (“sacerdote”) en lugar de αρχιερευς (“sumo sacerdote”). El códice
Afrolatino h (que exhibe un Texto Occidental) dice praetor, lo cual probablemente representa una lectura
griega στρατηγος (es decir, capitán del templo).
37
El Texto Occidental parafrasea más gráficamente el v. 29: “Pero Pedro le dijo, ‘¿Quién debería
ser obedecido? ¿Dios, o los seres humanos?” ’ Y él dijo, ‘Dios’. Y Pedro le dijo, ‘El Dios de nuestros
Padres …’ ”
alusión a Jesús como “este hombre” sea un ejemplo primitivo de la curiosa renuencia en
la tradición judía a pronunciar el nombre Jesús.38 (Sería posible, por supuesto, hacer
referencia a una curiosa renuencia cristiana a pronunciar su nombre, aunque por una
razón diferente.)
29–31 Las palabras “Pedro y los apóstoles” sin duda indican que Pedro respondió en
nombre de todo el grupo, como lo había hecho cuando se dirigió a la multitud en el día de
Pentecostés (2:14). Su respuesta en el caso presente es simplemente una repetición de la
proclama apostólica, destacando una vez más el contraste entre lo que los dirigentes del
pueblo le hicieron a Jesús y lo que le hizo Dios. “El Dios de nuestros padres levantó a
Jesús”(v. 30) se refiere probablemente a la inauguración del ministerio de Jesús; así como
Dios había levantado una vez a David para que fuera su rey (13:22),39 así también, más
recientemente, había levantado a Jesús para que fuera su Mesías (cf. 3:26). Los
gobernantes, sin embargo, habían tramado su muerte. Fueron los romanos quienes lo
crucificaron, por cierto, pero las autoridades sumo sacerdotales eran responsables de
habérselo entregado. La manera en que murió era el modo sobre el cual la ley sagrada de
Israel pronunciaba una maldición: “El hombre colgado es maldito por Dios” (Dt.
21:23).40 Sus enemigos, en otras palabras, le habían infligido la mayor de las vergüenzas.
Pero el inmenso poder41 de Dios lo exaltó; Dios le confirió el máximo honor,
invistiéndolo con autoridad de Príncipe42 y Salvador, para bendecir a su pueblo con la
gracia del arrepentimiento y el don del perdón. Con una proclama tal confiada a ellos, los
apóstoles no podían hacer otra cosa que insistir, como lo habían hecho antes, que debían
obedecer a Dios antes que a cualquier tribunal terrenal.43 La autoridad del Sanedrín era
grande, pero más grande todavía era la autoridad de aquel que los había comisionado para
que hicieran conocer las buenas nuevas.
32 Porque no sólo eran heraldos de las buenas nuevas, sino testigos también, y no
simplemente testigos por su propia iniciativa, sino testigos bajo la dirección del testigo
divino, el Espíritu Santo, impartido por Dios a todos los que lo obedecen. En estas
palabras señalamos otra vez la conciencia que tenía la comunidad primitiva de estar
38
Cf. J. Jocz, The Jewish People and Jesus Christ, Londres, 1949, p. 111.
39
El verbo aquí y en 13:22 es εγειρω.
40
La frase κρεµασαντες επι ξυλου aparece otra vez en 10:39; a la cruz de Jesús se la llama, de
modo similar, madero (ξυλον, “madera”) en 13:29; 1 P. 2:24. Este uso de ξυλον se remonta a través de la
LXX al heb. ‘es, que denota tanto un árbol como la estaca a palo sobre la cual se colgaban los cuerpos de
los criminales ejecutados (como en Dt. 21:22s.). Para el relato que hace Pablo de la paradoja de que el
mediador de una incomparable bendición divina haya tenido que morir, no obstante, bajo la maldición
divina ver Gá. 3:10–14. ver M. Wilcox, “Upon the Tree’—Dt. 21.22–23 in the New Testament”, JBL 96,
1977, pp. 85–99; J. A. Fitzmyer, “Crucifixion in Ancient Palestine, Qumran Literature, and the New
Testament”, CBQ 40, 1978, pp. 493–513. Otra forma penal de ξυλον (“cepo”) aparece en 16:24.
41
Lit. su mano derecha, como en 2:33.
42
Gr. αρχηγος, como en 3:15 (ver p. 101, n. 30).
43
La respuesta de Pedro en el v. 29 es más sucinta que el paralelo en 4:19, e incluso más cercana
al paralelo socrático citado ad loc. (cf. p. 117, n. 33).
habitados y poseídos por el Espíritu hasta tal punto que constituían su órgano de
expresión. También señalamos una notable concordancia con uno de los pasajes relativos
al paracleto en el Cuarto Evangelio: “Cuando venga el Consolador —dijo Jesús a los
discípulos en el aposento alto—, a quien yo les enviaré del Padre, él dará testimonio
acerca de mí; y ustedes también serán mis testigos, porque han estado conmigo desde el
principio”(Jn. 15:26s. VP).44
VP Versión Popular
44
ver W. F. Lofthouse, “The Holy Spirit in the Acts and the Fourth Gospel”, ExT 52, 1940–1941,
pp. 334–336.
45
Lit. “les dijo” (el cód. D amplía “ellos” a “los gobernantes y aquellos que se sentaban con
ellos”).
46
El Texto Occidental dice “alguien grande” (probablemente por 8:9).
47
El cód. D dice “fue destruido por su propia acción” (κατελυθη αυτος διʼ αυτου en lugar de
ανηρεθη).
48
P45 y D omiten “todos”.
49
D añade “no contaminando sus manos”.
50
El Texto Occidental añade “ni vosotros ni reyes ni tiranos. Absténeos por lo tanto de estos
hombres.”
40 y, llamando a los apóstoles, los azotaron y les ordenaron que no continuaran
hablando en el nombre de Jesús. Luego los despidieron.
33 Los dirigentes saduceos del Sanedrín estaban tan furiosos con esta oposición a sus
órdenes que consideraron la posibilidad de sentenciar a los apóstoles a muerte (por
lapidación, presumiblemente). Pero no podían adoptar ese curso de acción sin el apoyo de
los miembros fariseos del tribunal.51 Los fariseos se encontraban en minoría, pero el
público los respetaba mucho más que a los saduceos, tanto que los miembros saduceos
del tribunal comprendían que no era conveniente oponerse a las exigencias de los
fariseos.52 Esto resultaba particularmente importante en un caso como éste, en el cual los
acusados disfrutaban de la buena voluntad popular.
34 En esta reunión del Sanedrín estaba presente un líder fariseo de eminencia
realmente excepcional, Gamaliel el Viejo, el maestro más grande de la época. De acuerdo
con una tradición posterior era discípulo de Hillel, a quien sucedió como jefe de su
escuela. Pero aquellas tradiciones primitivas que reflejan alguna memoria directa de
Gamaliel y su enseñanza no lo asocian con la escuela de Hillel; hablan más bien de otros
que pertenecían a la escuela de Gamaliel, como si hubiera fundado una escuela propia.53
De acuerdo con Hechos 22:3, Pablo de Tarso fue uno de sus alumnos. Era recordado en
generaciones posteriores como la encarnación del fariseísmo puro. “Cuando el Rabí
Gamaliel el Viejo murió —se decía— cesó la gloria de la tora, y murieron la pureza y el
51
La palabra “fariseos” (Φαρισαιοι) deriva muy claramente del aram. perisayya’, heb. perusim,
“los separados”. Este nombre podría indicar tanto su tendencia general a mantenerse alejados del contacto
con aquellos que no se preocupaban por la pureza ceremonial como, en particular, su negativa a asociarse
con los hasmoneos durante el gobierno de Juan Hircano I (134–104 a.C.). Eran los herederos espirituales de
los hasidim (los hasideos, Ασιδαιοι, de 1 Mac. 2:42; 7:13; 2 Mac. 14:6), los piadosos miembros de la
comunidad que en épocas helenísticas se entregaban al estudio, la exposición y la práctica de la ley escrita
y oral y se oponían a las tendencias helenizantes populares. Cuando Antíoco IV trató de abolir la religión
judía, los hasidim apoyaron a los hasmoneos, los jefes de la resistencia armada contra él, a quienes les
retiraron su apoyo cuando los hasmoneos pasaron a establecer una supremacía política además de militar
para sí mismos y asumieron el tumo sacerdocio. Los fariseos se opusieron al partido gobernante desde la
época de Juan Hircano hasta la ascensión de la reina Salomé Alejandra (76–67 a.C.); bajo su gobierno
ocuparon una posición de gran influencia. En el siglo I d.C. se calculaba su número en alrededor de 6.000,
organizados en “compañías” o “asociaciones” (heb. haburot) fuertemente unidas. Ejercían gran influencia
religiosa sobre el pueblo; la mayoría de los escribas (cf. 4:5; 6:12; 23:9), los expositores públicos de la ley,
pertenecían a su partido. Sus dos escuelas principales en la época neotestamentaria eran las de Hillel y de
Shammai, rabinos sobresalientes que se destacaron en la última parte del reinado de Herodes. Después de la
caída de Jerusalén y el final del orden del templo en el 70 d.C. fueron los fariseos, y más especialmente los
herederos de la escuela de Hillel, quienes se mostraron más capaces de sobrevivir al desastre y preservar la
continuidad de la vida nacional. Para algunas de sus creencias características ver 23:6–8 (pp. 501–503, nn.
21–23). ver L. Finkelstein, The Pharisees, Filadelfia, 1946; A. Finkel, The Pharisees and the Teacher of
Nazareth, Leiden, 1964; J. Neusner, The Rabbinical Traditions about the Pharisees before 70, I–III,
Leiden, 1971; J. Bowker, Jesus and the Pharisees, Cambridge, 1973; E. Rivkin, A Hidden Revolution,
Nashville, 1978; Schürer II, pp. 507–524. Tenemos relatos contemporáneos de los fariseos por Josefo,
quien dice haber sido uno de ellos (GJ 2.162s.; Ant. 18.12–15).
52
Josefo, Ant. 18.17.
53
J. Neusner, The Rabbinical Traditions about the Pharisees before 70, I, pp. 341–376.
‘estado de separación’.”54 Ahora se levantó en el tribunal y dio orden de sacar a los
apóstoles de la cámara del concilio a fin de que hablara libremente a sus colegas.
35–36 Gamaliel advirtió a los demás que no hicieran nada imprudente. Su consejo
consistía en “sabia enseñanza farisea; Dios está sobre todos, y no necesita ayuda de los
hombres para el cumplimiento de sus propósitos; todo lo que deben hacer los hombres es
obedecer, y dejarle la cuestión a él.”55 En el aforismo de un rabino del siglo II, Yohanan
el fabricante de sandalias, se expresaron sentimientos similares a los de Gamaliel: “Toda
asamblea que se haga en el nombre del cielo finalmente quedará establecida, pero la que
no se haga en el nombre del cielo finalmente no quedará establecida.56 Gamaliel expresa
esta opinión, y la ilustra recordándoles a sus oyentes de otros movimientos en esa época
que por un tiempo disfrutaron de considerable apoyo, pero finalmente no prosperaron,
porque (evidentemente) no se hicieron “en el nombre del cielo”.
Primero, les recordó a un insurgente llamado Teudas, quien tuvo grandes pretensiones
y reunió seguidores en número de cuatrocientos hombres, pero no logró más que su
propia destrucción y la dispersión de su seguidores. No tenemos ninguna otra
información acerca de este Teudas, pero ya que se dice que prosperó antes del
levantamiento de Judas el Galileo (6 d.C.), es posible que haya sido uno de los muchos
jefes insurgentes que se levantaron en Palestina después de la muerte de Herodes el
Grande (4 a.C.).57
54
Misná, Sotah 9.15. Rabban (“nuestro maestro”) era un término arameo aplicado como título
honorífico a ciertos maestros distinguidos, para diferenciarlos de aquellos que recibían el título más
corriente de rabbi (“mi maestro”). La palabra traducida “estado de separación” (o “abstinencia”) es perisut,
de la misma raíz que la palabra “fariseos”; indica la suma total de virtudes fariseas. A Gamaliel, quien en la
tradición tiende a ser confundido con Gamaliel II (c. 100 d.C.), se le atribuye la introducción de ciertas
reformas en la reglamentación concerniente al divorcio y el nuevo matrimonio, “como medida de
precaución para el bien general”(Misná, Gittim 4.2s.; Yebamot 16.7).
55
J. A. Findlay, The Acts of the Apostles, Londres, 1936, p. 85.
56
Pirqe ‘Abot 4.14.
57
De acuerdo con Josefo (Ant. 20.97s.), un mago llamado Teudas guió una gran multitud hasta el
Jordán, prometiéndoles que a su orden el río se dividiría, de tal modo que podrían cruzar sin mojarse. El
procurador Cuspio Fado (c. 44–46 d.C.) mandó un cuerpo de caballería contra ellos; dispersaron a la
multitud y llevaron la cabeza de Teudas a Jerusalén. Este acontecimiento, sin embargo, debe de haber
tenido lugar varios años después del incidente descrito por Lucas. Aun así, el Teudas de Lucas ha sido
identificado con el Teudas de Josefo por quienes encuentran a Lucas culpable de un doble desatino: (a) el
de hacer que Gamaliel se refiera a un levantamiento que se produjo bastante después de la fecha en que se
supone que fue pronunciado el discurso que comentamos (porque la situación de Hechos 5 se antepone por
algunos años a la de Hechos 12, durante el reinado de Herodes Agripa en Judea, 41–44 d.C., y el Teudas de
Josefo se levantó poco después de la muerte de Herodes Agripa); (b) el de hacer que un acontecimiento del
44 d.C. suceda antes del levantamiento encabezado por Judas de Galilea, firmemente fechado en el 6–7
d.C. El doble desatino se explica por la suposición de que Lucas leyó mal a Josefo, quien continúa, después
de su relato acerca del mago Teudas, con la mención de los hijos de Judas (M. Krenkel, Josephus und
Lucas, Leipzig, 1894, pp. 162–174). Pero los argumentos a favor de que Lucas tenía conocimiento de las
Antigüedades de Josefo no son convincentes, y nos involucran en la conclusión de que Lucas leyó mal a
este historiador cada vez que lo consultó. “O Lucas no había leído a Josefo, o se olvidó todo lo que leyó”
(E. Schürer, “Lucas und Josephus”, ZWT 19, 1876, p. 582).
37 A continuación, les recordó el caso de Judas el Galileo. Cuando Judea fue reducida
a la condición de provincia romana, en el 6 d.C., después de la destitución de Arquelao,
se hizo un censo bajo la dirección del legado de Siria, P. Sulpicio Quirinio, para
determinar la cantidad de tributo que debía pagar la nueva provincia al erario imperial.58
Judas, hombre de Gamala en Gaulanítide (Golán), provocó una revuelta religiosa y
nacionalista, sosteniendo que era alta traición hacia Dios, el único verdadero rey de
Israel, que su pueblo en su tierra pagara tributo a un gobernante pagano.59 Roma aplastó
la rebelión, pero el espíritu que la animó siguió vivo y alentó al partido de los celotes a
dirigir la rebelión judía del 66 d.C.60 El movimiento de Judas no resultó tan inoperante
como lo suponía Gamaliel.
38–39 Por lo tanto, dijo Gamaliel, no tomen ninguna medida hostil hacia estos
hombres. Si su movimiento no es de Dios, se desvanecerá de cualquier modo; por otra
parte, si después de todo resultara ser de Dios, no desearían encontrarse luchando contra
él.61 Hay mucho sentido común en esta posición, porque no cabe duda de que ciertas
clases de hombres —y movimientos— pueden ahorcarse solos si se les da suficiente
soga; pero la política contemporizadora de Gamaliel no es siempre la más sabia, así sea
en la vida política como en la religiosa. Su alumno Pablo de Tarso pensaba de manera
muy diferente.
40 De todos modos, en esta ocasión prevaleció el consejo de Gamaliel.
Probablemente representaba la opinión de todos los fariseos. El tribunal se conformó con
infligir a los apóstoles el castigo menor de los azotes —no se dice si fue con la cuenta
completa de “cuarenta azotes menos uno” o algo menos severo—62 por desobedecer su
orden anterior, que ahora se les imponía nuevamente; no debían hablar más en el nombre
de Jesús.
58
Josefo, Ant. 17.355. El censo de Judea fue evidentemente parte de un censo más amplio llevado
a cabo por Cirenio en toda su provincia de Siria-Cilicia (a la que gobernó en el 6–7 d.C). Aparentemente,
los oficiales bajo su mando recibieron orden de supervisar el censo en diversas partes de la provincia; la
inscripción funeraria de un tal Q. Aemilius Secundus (CIL 3.6687, el “lapis Venetus”) nos cuenta como él
lo supervisó en Apamea sobre el Orontes, y en Judea probablemente lo supervisó Coponio, a quien
Augusto envió a Judea como su primer prefecto (GJ 2.117). En cuanto a la relación de este censo con el de
Lc. 2:2, también asociado con el nombre de Cirenio como gobernador de Siria, ver I. H. Marshall, The
Gospel of Luke, Grand Rapids/Exeter, 1978, pp. 96–104.
59
Ver Josefo, GJ 2.118, 433; 7.253; Ant. 18.4–10, 23–25; 20.102.
60
Ver pp. 55–56, con nn. 48–51 (sobre 1:13).
61
Cf. el ruego de Nicodemo a Pilato a favor de Jesús en el apócrifo Hechos de Pilato 5.1: “Déjalo
y no trames ningún mal en contra de él; si las señales que realiza son de Dios, permanecerán; pero si son de
los hombres, no llegarán a nada”. (En el argumento de Nicodemo, que sin duda está modelado sobre el de
Gamaliel, las obras de los magos egipcios Janes y Jambres sirven al mismo propósito que los
levantamientos de Teudas y Judas en el argumento de Gamaliel.)
62
El límite de cuarenta azotes fue fijado en Dt. 25:3; para evitar que inadvertidamente el límite
fuera excedido se fijó en la práctica en treinta y nueve (cf. 2 Co. 11:24). Los detalles para aplicar los azotes
están expresados en la Misná, Makkot 3.10–14.
F. LOS APÓSTOLES CONTINÚAN CON SU TESTIMONIO PÚBLICO (5:41–42)
41 Ellos, por su parte, salieron del Sanedrín con gozo, porque se los había
considerado dignos de sufrir vergüenza por el Nombre.
42 Y todos los días, en el templo y en los grupos caseros,63 sin cesar continuaron
enseñando y relatando las buenas nuevas del Mesías, Jesús.
41–42 Los apóstoles no prestaron mayor atención que la primera vez a la repetida
prohibición de hablar en el nombre de Jesús. Tanto en el atrio del templo como en
diversas casas, siguieron dando testimonio de Jesús, el Mesías de Israel. En cuanto a los
azotes que habían recibido, esto no los desanimó; por el contrario, encontraron causa de
gozo en el pensamiento de que Dios los había considerado dignos de padecer esta
humillación por causa del nombre de Jesús.64 Por cierto resultaba insignificante cuando
se la comparaba con la vergüenza y la angustia que había padecido Jesús; pero, en cierta
medida, constituía una participación en su sufrmiento, tal como él les había advertido que
podían esperar.65
HECHOS 6
1. ESTEBAN (6:1–8:1A)
A. EL NOMBRAMIENTO DE LOS SIETE (6:1–6)
1 En este tiempo,1 como los discípulos2 crecían en número, los helenistas
expresaron una queja contra los hebreos, porque sus viudas eran descuidadas en
63
Gr. κατʼ οικον, como en 2:46 (cf. κατʼ οικους, 20:20).
64
El texto (v. 41) dice simplemente “por el Nombre” (υπερ του ονοµατος). Para los cristianos
había un nombre sobre todos los demás, el nombre de Jesús. Este uso absoluto de το ονοµα reaparece en 3
Jn. 7 y aquí y allá en los Padres apostólicos.
65
Cf. Mt. 10:17–22; Mr. 13:9–13; Lc. 12:11s.; 21:12–19; Jn. 15:18–25; 16:2s.
1
Lit., “en estos días” (εν … ταις ηµεραις ταυταις), fórmula que marca el comienzo de una nueva
división de la obra y aquí, también, el uso de un nueva fuente (helenística), que pasaba a registrar el
lanzamiento de la misión a los gentiles en Antioquía de Siria (11:19–26).
2
Esta es la primera aparición de la palabra “discípulos” (µαθηται) en Hechos como nombre para
los seguidores de Jesús; se usa frecuentemente en Lucas y los otros evangelios en alusión a los que lo
acompañaron durante su ministerio.
la distribución diaria.3
2 Entonces los doce llamaron a todo el cuerpo de los discípulos a reunirse con ellos
y dijeron: “No es deseable que nosotros dejemos (el ministerio de) la palabra de
Dios y sirvamos a las mesas.
3 Así que, hermanos, busquen siete hombres de entre ustedes mismos,4 hombres de
buena reputación, llenos del Espíritu y de sabiduría, a quienes pongamos a cargo
de este asunto.
4 Nosotros mismos continuaremos en oración y en el ministerio de la palabra.”
5 Lo que dijeron fue aprobado por toda la compañía, así que eligieron a Esteban,
hombre lleno de fe y del Espíritu Santo, Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón,
Parmenas y Nicolás, prosélito venido de Antioquía.
6 Llevaron a estos hombres ante los apóstoles, quienes oraron y pusieron sus
manos sobre ellos.
Ahora ha llegado el momento de registrar un avance nuevo y trascendental en la vida
de la nueva comunidad. Este avance incluía la evangelización en gran escala de los
gentiles. Fueron los helenistas de la iglesia quienes tomaron la iniciativa en esta empresa
y, como no han sido mencionados en la crónica hasta ahora, Lucas inicia su relato de ella
diciendo algo acerca de ellos y sus dirigentes.
1 La iglesia de Jerusalén, se nos dice ahora, comprendía tanto a “hebreos” como a
“helenistas”. La distinción principal entre los dos grupos probablemente fuera lingüística:
los helenistas eran judíos cuyo idioma habitual era el griego y que asistían a sinagogas
grecoparlantes; los hebreos hablaban arameo (o hebreo misnaico) y asistían a sinagogas
donde los servicios se realizaban en hebreo. Muchos de los helenistas tenían afinidad con
las tierras de la dispersión judía alrededor de las costas mediterráneas, mientras que los
hebreos eran judíos palestinos; sin duda había varias diferencias sociales y culturales
menores entre los dos grupos.5 En el mundo judío en general había tensiones entre ellos,
y algunas de dichas tensiones permanecían entre los miembros de los dos grupos que se
habían unido a los “discípulos”,6 como se llama a los seguidores de Jesús aquí por
3
El Texto Occidental añade “porque era administrada por hebreos” (εν τη διακονια των Εβραιων).
4
La lectura occidental es más completa: “¿Qué hay entonces, hermanos? Busquen siete hombres
de entre ustedes …”.
5
Sobre el término “helenistas” (Ελληνισται) ver H. J. Cadbury, “The Hellenists”, Beginnings I.5,
Londres, 1933, pp. 59–74; C. F. D. Moule, “Once More, Who Were the Hellennists?”, ExT 70, 1958–1959,
pp. 100–102; M. Hengel, Between Jesus and Paul, trad. ing., Londres, 1983, pp. 1–29; también, H.
Windisch, TDNT 2, pp. 511–512 (s.v. Ελλην); BAGD, s.v. Ελληνιστης.
6
Encontramos esta tensión en el período helenístico temprano (cf. 1 Mac. 1:11–15); persistió hasta
el período romano, inclusive; ver M. Hengel, Judaism and Hellenism, trad. ing., Londres, 1974; Jews,
Greeks and Barbarians, trad. ing., Londres, 1980; I. H. Marshall, “Palestinian and Hellenistic Christianity”,
NTS 19, 1972–1973, pp. 271–287.
primera vez en Hechos.
El desacuerdo, que se hizo agudo, giraba en torno a un asunto práctico, no un asunto
de importancia teológica. Cuando se distribuían las raciones diarias entre los miembros
más pobres de la comunidad sobre la base del fondo común al cual habían contribuido
con sus propiedades los miembros más ricos, comenzaron a surgir quejas de que un grupo
era favorecido a expensas del otro. Las viudas conformaban, naturalmente, una
proporción importante de los miembros más pobres de la iglesia, y se decía que las viudas
helenísticas se encontraban en desventaja respecto a las viudas hebreas, quizás porque la
distribución de las limosnas estaba en manos de “hebreos”.
2–4 Los apóstoles o “los doce”, como se los llama aquí,7 resolvieron, sabiamente,
solucionar de inmediato el problema. Su ocupación primaria no era supervisar los asuntos
financieros de la comunidad o tomar parte activa en la “asistencia cotidiana” (como
traduce la BJ).8 Por lo tanto, reunieron a la comunidad y les pidieron que seleccionaran
siete hombres para que fueran responsables de administrar la distribución caritativa. Estos
siete debían ser hombres de reputación honorable, de tal modo que su probidad mereciera
completa confianza; debían ser hombres sabios, competentes en la administración y
también aptos para resolver sabiamente una situación en la cual había que considerar tan
delicadas susceptibilidades humanas; sobre todo, debían ser hombres de Dios, llenos de
su Espíritu. Estos pueden ser considerados requisitos ideales para todos los
nombramientos eclesiásticos. Si podían encontrarse tales hombres, para que tomaran a su
cargo la distribución y evitaran que surgieran nuevas causas de queja justificada, los
apóstoles quedarían libres para dedicarse por completo a la dirección del culto de
adoración regular de la iglesia y a la predicación del evangelio.
5 La sugerencia apostólica mereció aprobación, y se seleccionaron siete hombres.
Parece que todos eran helenistas (esta conclusión no se apoya meramente en el hecho de
que todos tenían nombres griegos); por cierto que probablemente se trataba de los líderes
reconocidos del grupo de helenistas en la iglesia. Esteban encabeza la lista; se lo describe
en forma más particular como un “hombre lleno de fe y del Espíritu Santo”, descripción
cuya importancia y significación aparece muy claramente a medida que continúa la
historia. Felipe también desempeña un papel importante en la narración subsecuente de
Hechos.9 Acerca de los otros cinco, Lucas no tiene nada que agregar. Prócoro aparece en
la tradición posterior como ayudante de Juan el evangelista, como obispo de Nicomedia y
7
En Hechos esta es la única vez que esta expresión se utiliza con referencia a los apóstoles (cf.
“los once” en 1:26; 2:14, donde se menciona a uno de los doce en forma especial, y los restantes, en forma
colectiva), aunque esto sucede comúnmente en Marcos y Lucas (cf. 1 Co. 15:5).
BJ Biblia de Jerusalén
8
Equivalente a la frase de Lutero in der täglichen Handreichung.
9
Ver 8:5–40; 21:8–9. Acerca de la posibilidad de que él fue uno de los que dieron información a
Lucas sobre esta parte de su narración, ver p. 469, n. 10.
como mártir en Antioquía.10 Acerca de Nicolás, el que se menciona último, se expresan
dos hechos interesantes: ni siquiera era judío de nacimiento, sino prosélito (convertido
del paganismo al judaísmo), y pertenecía a Antioquía, es decir, Antioquía sobre el
Orontes. El hecho de que el único de los siete acerca del cual se menciona en forma
especial el lugar de origen perteneciera a Antioquía puede ser indicación del interés
especial de Lucas por dicha ciudad (de acuerdo con la tradición, él era de Antioquía).11
Ya en la época de Ireneo (c. 180 d.C.), y posiblemente antes, se sostenía que este Nicolás
era el fundador del partido de los nicolaítas, que reciben una mención desfavorable en
Apocalipsis 2:6, 15.12 Los nicolaítas, ciertamente, derivaron su nombre de algún Nicolás;
el que haya sido este Nicolás o algún otro es algo que debe permanecer sin solución.
6 La comunidad en conjunto seleccionó a estos siete hombres y los presentó a los
apóstoles para su aprobación; los apóstoles los pusieron en sus cargos, imponiéndoles las
manos, después de orar. La imposición de manos se menciona en una variedad de
contextos en el Antiguo Testamento para conferir una bendición (cf. Gn. 48:13–20), para
expresar identificación, como cuando el que sacrificaba ponía sus manos sobre la cabeza
de la víctima del sacrificio (Lv. 1:4; 3:2; 4:4; 16:21, etc.), para comisionar a un sucesor
(cf. Nm. 27:23), y así sucesivamente. De acuerdo con la Misná, los miembros del
Sanedrín eran admitidos por imposición de manos.13 En este caso la imposición
apostólica de manos asociaba formalmente a los Doce con el nombramiento de los siete
para el cumplimiento de su tarea específica. No impartía, por supuesto, el don del
Espíritu; los siete ya estaban “llenos del Espíritu” (v. 3).
A estos siete se les ha llamado, convencionalmente, “diáconos”; en varias tradiciones
cristianas esta designación ha terminado por usarse en un sentido restringido para
nombrar a aquellos que son responsables de los asuntos financieros de la iglesia. Si bien
10
Con su nombre ha llegado hasta nosotros un escrito apócrifo del siglo V llamado Hechos de
Juan, una obra ortodoxa, que no debe confundirse con la composición gnóstica del siglo II del mismo
título.
11
J. Smith señala, como un caso paralelo, que de los ocho relatos de la campaña rusa de Napoleón
(tres hechos por franceses, tres por ingleses y dos por escoceses), sólo los dos hechos por escoceses
mencionan que el general ruso Barclay de Tolly era de origen escocés (The Voyage and Shipwreck of St.
Paul, Londres, 41880, p. 4). Ver p. 270–271, nn. 33, 40 (comentario sobre 11:28).
12
Ireneo, Contra las herejías 1.23.1; cf. 3.11.7. Victorino de Pettau (c. 300 d.C.), en el comentario
más antiguo sobre el Apocalipsis, tiene una nota acerca de Ap. 2:6: “Antes de aquel tiempo, hombres
sectarios y pestilentes habian hecho para si mismos una herejía en nombre del diácono Nicolás, en la que
enseñaban que la carne ofrecida a los ídolos podía exorcizarse para su ingestión, y que el que había
fornicado podía recibir la absolución al octavo día.” Victorino es más circunstancial en su relato que
Ireneo, y no hace personalmente responsable a Nicolás por el “nicolaitismo”; puede haber tomado su
información sobre el tema (como sobre muchos otros) de Papías. Los nicolaítas evidentemente animaron a
los cristianos a que ignorasen las condiciones del decreto apostólico de 15:29s. que se analiza más adelante
(ver pp. 352–353.).
13
Misná, Sanhedrin 4.4. La ceremonia se llamaba semikah en hebreo. Cf. 8:17; 9:12, 17; 19:6 más
adelante, con la exposición y notas que los acompañan.
en este pasaje14 no se utiliza el sustantivo griego diakonos, del cual deriva “diácono”, en
cambio se usa el sustantivo relacionado, diakonia (como también el verbo diakoneo,
“servir”, en el v. 2);15 pero diakonia se usa para referirse tanto a la “distribución” diaria
(v. 1) como al “ministerio” de la predicación (v. 4).16 Con referencia a su función actual,
sería mejor describir a los siete como “limosneros”, y donde aparece diakonos en otros
lugares del Nuevo Testamento griego para señalar un orden de servicio en la iglesia
distinto del de “obispo” (episkopos) o “anciano” (presbyteros),17 sería mejor traducirla
con el término más general de “ministro” (cf. Fil. 1:1; 1 Ti. 3:8–13).
Mientras que los siete fueron nombrados para servir como “limosneros”, resulta claro
que su actividad de ninguna manera se limitó a dicha área. Esteban y Felipe, por lo
menos, estaban bien capacitados para el liderazgo público en general y para las formas
especiales de servicio a las cuales se dedicaban, según el relato de Lucas: Esteban para la
defensa del evangelio y Felipe para la tarea de evangelización.
31
El Texto Occidental añade: “de pie en medio de ellos”.
32
“El blasfemo no es culpable hasta que haya pronunciado expresamente el Nombre” (Misná,
Sanhedrin 7.5).
vida. La vida económica de la ciudad y de sus residentes dependía del templo. El partido
sumo sacerdotal sabía que no necesitaba temer la desaprobación pública esta vez al
acusar a un miembro importante de la comunidad nazarena; por el contrario, la gente iba
a apoyar y hasta exigir las sanciones más duras de la ley contra tal hombre. Esteban, por
lo tanto, fue arrestado y sometido a juicio ante el Sanedrín.
13–14 Los testigos ofrecieron sus pruebas. La enseñanza de Esteban, decían,
amenazaba tanto al templo (el “lugar santo”) como a la ley,33 porque sostenía
persistentemente que Jesús de Nazaret iba a destruir el templo y cambiar las costumbres
que imperaban desde la época de Moisés.
Como con los “testigos falsos” que dieron un testimonio similar en contra de Jesús
ante el Sanedrín, sus acusaciones no eran inventos sin base. Por cierto que Jesús había
dicho algo acerca de destruir el templo, y Esteban había repetido, evidentemente, sus
palabras. Lo que Esteban quería decir (como se ve más adelante) era que la venida de
Cristo implicaba el fin del orden del templo. Jesús predijo la destrucción del templo
material —“no quedará piedra sobre piedra —dijo—; todo caerá” (Mr. 13:2)— pero la
acusación que se hacía en su contra en este caso no se basaba en esa predicción. Como
estaba expresada la acusación, Jesús había dicho: “Derribaré este templo hecho a mano, y
en tres días edificaré otro, no hecho a mano” (Mr. 14:58); sobre esto los testigos parecen
haber estado de acuerdo, aunque en otros detalles su testimonio presentaba tales
discrepancias que tuvo que ser desechado. El que Jesús, efectivamente, había dicho algo
por el estilo era, al parecer, asunto de dominio público en Jerusalén; se lo recordó en son
de burla cuando fue expuesto a la vergüenza pública en la cruz (Mr. 15:29s.). Pero
buscamos en vano en los evangelios sinópticos alguna información acerca del marco en
el cual emitió aquellas palabras o palabras semejantes. Juan, sin embargo, dice que
cuando se lo desafió a que justificara su acción de purificar el templo, dijo: “Destruyan
este templo, y en tres días volveré a levantarlo” (Jn. 2:19 VP). Juan explica estas palabras
como una referencia al levantamiento del “templo de su cuerpo” al tercer día (Jn. 2:21).
No dice que Jesús haya utilizado los términos “hecho a mano” y “no hecho a mano”, pero
el modo en que dichos términos entraron en el vocabulario cristiano desde fecha muy
temprana sugiere con fuerza que deben, efectivamente, su origen a Jesús.34
Es notable que Lucas, en su narración del juicio de Jesús, no reproduzca el incidente
de los testigos falsos. Este no es el único lugar donde Lucas omite un tema en el
ministerio de Jesús, que aparece en los otros evangelios sinópticos, a fin de ocuparse de
él en un contexto nuevo en la vida de la iglesia primitiva.35 Aquí tenemos un ejemplo de
esta tendencia en su tratamiento del tema de la destrucción del templo por Jesús.
33
Comparar la acusación contra Pablo en 21:28 más adelante.
VP Versión Popular
34
Cf. 7:48. Ver C. F. D. Moule, “Sanctuary and Sacrifice in the Church of the New Testament”,
JTS s.n. 1, 1950, pp. 29–41; M. Simon, “St. Stephen and the Jerusalem Temple”, JEH 2, 1951, pp. 133–
137; R. J. McKelvey, The New Temple, Oxford, 1969, pp. 67–72, 77–80, 86s.
35
Cf. 5:15 (p. 133, n. 26).
Cualesquiera hayan sido las palabras que Esteban utilizó y que provocaron la
acusación de haber dicho que Jesús destruiría el templo, lo cierto es que captó y expuso el
sentido exacto de las propias palabras de Jesús. Los apóstoles y muchos miembros
comunes de la iglesia de Jerusalén podían seguir asistiendo a los servicios del templo y
ser respetados como judíos cumplidores y devotos; Esteban sostenía que el evangelio
significaba el fin del culto con sacrificios y de toda la ley ceremonial. Según veían la
situación él y sus hermanos helenistas, esas cosas eran la señal externa y visible del
particularismo judío, y no podían reconciliarse con el marco más amplio de la salvación
llevada a cabo por Jesús. El mismo Jesús había dicho que con su mensaje del reino “uno
mayor que el templo” se había hecho presente (Mt. 12:6). La inauguración del nuevo
orden significaba el reemplazo del orden del templo por un nuevo edificio no hecho con
manos, esa casa espiritual de piedras vivas descrita en 1 Pedro 2:4–10 donde, por medio
de Jesucristo y por un sacerdocio santo, se ofrecen los sacrificios espirituales aceptables a
Dios.
15 Puede haberse intentado condenar a Jesús con la acusación de que amenazaba la
seguridad o la santidad del templo, porque la profanación del templo era una ofensa que
la administración romana reservaba expresamente a la jurisdicción de las autoridades
judías. Si se lo hubiera encontrado culpable de ese cargo, podrían haberlo condenado a su
antojo, sin referirlo al prefecto. El intento falló contra Jesús, pero estaban dadas todas las
condiciones para que el procesamiento de Esteban sobre dichas bases fuese exitoso.
Resultaba innecesario insistir en el cargo de haber hablado en contra de la ley, cuando
resultaban tan claras las evidencias de que había hablado en contra del templo. Pero
mientras sus acusadores presentaban sus cargos contra Esteban, su rostro brillaba ante el
Sanedrín como quien estaba conscientemente ante la presencia de Dios.36 Esta no era “la
mirada mansa y suave que a menudo se ve en cuadros donde aparecen ángeles; ni la fiera
mirada de un ángel vengador, sino una mirada que hablaba de inspiración interior, ojos
claros que ardían con luz interior”.37 Lucas no dice explícitamente a esta altura que
Esteban estaba lleno del Espíritu Santo cuando enfrentaba a sus jueces,38 aunque sí lo
dice de Pedro cuando presentó su defensa ante el mismo tribunal un poco antes (4:8); no
tiene necesidad de hacerlo aquí, ya que toda la narración lo sugiere.
36
Con la descripción del rostro de Esteban como “el rostro de un ángel” comparar el retrato de
Pablo en Hechos de Pablo 3, del siglo II (ver p. 321 con n. 8): “Lleno de gracia, porque algunas veces
paracía un hombre, y algunas veces tenía el rostro de un ángel”.
37
L. E. Browne, The Acts of the Apostles, Londres, 1925, p. 111. Quizás el profesor Browne se
deja llevar un tanto por su imaginación cuando dice: “Difícilmente podamos dudar de que fue Saulo quien
recordó esa mirada, una mirada que quedó grabada a fuego en su alma hasta que él también llegó a aceptar
a Jesús como su maestro y aprendió, en su propia vida, a experimentar la presencia del Espíritu Santo”.
38
Se dice explícitamente que Esteban estaba “lleno del Espíritu Santo” cuando, habiendo
terminado su defensa, vio al Hijo del Hombre sentado a la diestra de Dios (7:55). Ver también el v. 5 más
arriba.
HECHOS 7
1
El Texto Occidental añade “a Esteban”.
2
Ver p. 112, n. 15 (sobre 4:6).
3
Cf. la referencia al procedimiento romano en 25:16.
4
El Texto Occidental añade “y sus padres antes que ustedes”.
obviamente no es un discurso para la defensa en el sentido forense del término.5 Un
discurso como éste no estaba calculado, de ninguna manera, para obtener la absolución
ante el Sanedrín. Es más bien una defensa del cristianismo puro como el modo señalado
por Dios para la adoración; Esteban se muestra aquí como el precursor de los apologistas
cristianos, especialmente de aquellos que defendían al cristianismo frente al judaísmo.
Los cargos contra Esteban que los testigos adujeron para la acusación pueden haber sido
armados tendenciosamente; Esteban expone aquí en forma bastante detallada los
argumentos de los cuales aquellos cargos eran tergiversaciones.
Un tema principal del discurso es su insistencia en que la presencia de Dios no se
restringe a ninguna tierra en particular ni a ningún edificio material. Dios se reveló a
Abraham mucho antes que éste se estableciera en la tierra santa; estuvo con José en
Egipto; le dio su ley al pueblo de Israel por intermedio de Moisés cuando eran peregrinos
en el desierto. El pueblo de Dios, de modo similar, no debería restringirse a ninguna
localidad en particular; una tienda de campaña portátil como la que usaban en el desierto
y en los primeros años de su establecimiento en Canaán era un santuario mucho más
adecuado para la presencia divina en su medio que la estructura fija de piedra que
construyó el rey Salomón. El período que pasó Israel como pueblo peregrino —“la iglesia
en el desierto”— exhibe el orden divino; en este sentido (como en algunos otros) Esteban
se hace eco de la enseñanza de los grandes profetas del Antiguo Testamento, aunque ni
siquiera en el desierto Israel alcanzó el ideal divino.
Otro tema del discurso se convierte en rasgo constante de la apologética antijudaica
posterior: la insistencia en que la negación del pueblo judío a reconocer a Jesús como
Mesías era coherente con su actitud hacia los mensajeros de Dios desde el principio de su
historia nacional. Los hermanos de José lo odiaban, a pesar de que él era el libertador que
Dios predestinó para ellos; Moisés, otro libertador divinamente ordenado, fue repudiado
por su pueblo más de una vez. Los profetas también fueron perseguidos y matados por
aquellos a quienes entregaban la palabra de Dios, y, al fin, aquel de quien los profetas
habían dado testimonio anticipadamente había sido entregado a la muerte por aquellos a
quienes fue proclamado en primer lugar su mensaje de salvación.
Se ha sostenido que rasgos característicamente samaritanos marcan el discurso de
Esteban.6 Pero los samaritanos no discutían el principio de un templo, como lo hizo
5
Sobre el discurso de Esteban ver B. W. Bacon, “Stephen’s Speech: Its Argument and Doctrinal
Relationship”, Biblical and Semitic Studies, Yale Bicentennial Publications, 1901, pp. 233–276; M. Jones,
“The Significanc of St. Stephen in the History of the Primitive Christian Church”, Exp 8, 13, 1917, pp.
161–178; W. Mundle, “Die Stephanusrede Apg. 7: Eine Märtyrapologie”, ZNW 20, 1921, pp. 133–147; F.
J. Foakes-Jackson, “Stephen’s Speech in Acts”, JBL 49, 1930, pp. 283–286; A. Fridrichsen, “Zur
Stephanusrede”, Le Monde Oriental 25, 1931, pp. 44–52; A. F. J. Klijn, “Stephen’s Speech—Acts VII.2–
53”, NTS 4, 1957–1958, pp. 25–31; M. Simon, St. Stephen and the Hellenists in the Primitive Church,
Londres, 1958, pp. 39–97; L. W. Barnard, “Saint Stephen and Early Alexandrian Christianity”, NTS 7,
1960–1961, pp. 31–45; J. Bihler, Die Stephanusgeschichte im Zusammenhang der Apostelgeschichte,
Munich, 1963; T. Holtz, “Die Stephanusrede Act 7”, Untersuchungen über die alltestamentlichen Zitate bei
Lukas = TU 104, Berlín, 1968, pp. 85–127; J. Kilgallen, The Stephen Speech: A Literary-Redactional Study
of Acts 7.2–53 = AnBib 67, Roma, 1976.
6
Ver A. Spiro, “Stephen’s Samaritan Background”, apéndice V en J. Munck, The Acts of the
Apostles, AB, Garden City, N.Y., 1967, pp. 285–300; M. H. Scharlemann, Stephen: A Singular Saint =
Esteban; diferían de los judíos en la cuestión de su ubicación apropiada: sobre el monte
Gerizim o en Jerusalén (cf. Jn. 4:20). La insistencia de Esteban en que “el Altísimo … no
habita en casas hechas a mano” (v. 48) hubiera sido tan aplicable al templo samaritano en
Gerizim mientras estuvo en pie como al templo de Jerusalén.
También se ha intentado relacionar el punto de vista de Esteban con el de los
ebionitas, los cristianos judaizantes que por algunos siglos se mantuvieron diferenciados
del cristianismo católico.7 Compartían hasta cierto punto la actitud negativa de Esteban
hacia el orden del templo y el ritual de los sacrificios, y veían a Jesús como el “profeta
como Moisés” del orden deuteronómico (cf. v. 37). Pero la actitud ebionita era resultado
de la reflexión sobre las implicaciones teológicas de la destrucción del templo en el 70
d.C., mientras que Esteban comprendió la lógica de la situación casi cuarenta años antes.8
Los ebionitas estaban lejos de simpatizar con la misión mundial a los gentiles que se
encontraban lógicamente implícita en la argumentación de Esteban y que comenzó con su
muerte. Los cristianos que se embarcaron en esta misión mundial eran helenistas como
Esteban, y en su discurso podemos reconocer el primer manifiesto del cristianismo
helenista. Esteban y sus compañeros helenistas, como ya se ha señalado, eran de visión
más amplia que sus hermanos “hebreos” en la apreciación del divorcio con el orden del
templo, implícito en la enseñanza y obra de Jesús. Pero parece, también, que eran de
visión más amplia por cuanto supieron apreciar el alcance supranacional y universal del
evangelio. Las palabras iniciales de la defensa de Esteban implican que el pueblo de Dios
debe estar en marcha, que debe arrancar las estacas de su tienda como lo hizo Abraham,
abandonando el particularismo nacional y el ritual ancestral, a fin de dirigirse a donde
Dios lo guíe. Esta nota, sin duda, anticipaba el llamado de Hebreos 13:13 a abandonar el
judaísmo tradicional por la causa de Jesús y a “salir a él fuera del campamento”. En
varios sentidos Esteban señala un camino que luego siguió el escritor a los Hebreos,
aunque Esteban es, en algunos sentidos, el más radical de los dos: en Hebreos, el ritual
levítico es tratado como “una sombra de las cosas buenas venideras” (He. 10:1), mientras
que Esteban sostiene que el sistema de sacrificios se pervirtió a partir del período del
AnBib 34, Roma, 1968; C. H. H. Scobie, “The Origins and Development of Samaritan Christianity”, NTS
19, 1972–1973, pp. 390–414.
7
Cf. H.-J. Schoeps, Theologie und Geschichte des Judenchristentums, Tubinga, 1949, pp. 440–
447. Schoeps presta atención especial a las semejanzas entre la presentación de Esteban en Hechos y la de
Jacobo el Justo en la literatura seudoclementina (que según él conserva mucho material ebionita). Los
paralelos entre estas dos presentaciones son suficientemente llamativos como para constituir un problema
interesante de crítica literaria e histórica. Pero la solución del problema no es la que propone Schoeps,
quien llega a la conclusión de que Esteban, “en lugar de ser un personaje histórico, es una figura ersatz o
artificial presentada por Lucas por motivos tendenciosos, a fin de cargarlo con doctrinas que el autor
encontraba inconveniente reconocer como propias” (p. 441). Para una crítica de Schoeps sobre este punto
ver M. Simon, “Saint Stephen and the Jerusalem Temple”, JEH 2, 1951, pp. 127–142; Simon llega a la
conclusión de que, por el contrario, Esteban es el original y el Jacobo seudoclementino la creación
tendenciosa (p. 140).
8
Hasta la comunidad de Qumrán y (al parecer) los esenios en general no desaprobaban en
principio el ritual del templo; se abstenían de participar en él porque lo controlaba una jerarquía ilegítima
que “contaminaba el santuario” (CD 4.18).
desierto en adelante (vv. 41–43).9
Por cierto que se recalcan diversos matices dentro del cristianismo helenista. Lucas
mismo no comparte el concepto totalmente negativo de Esteban en cuanto al templo:
hasta un punto tardío en su crónica lo menciona con respeto, desde la anunciación
angelical a Zacarías en el lugar santo (Lc. 1:8–22) hasta la visión que Pablo tiene de
Cristo dentro del recinto sagrado (Hch. 22:17). Sólo después de la expulsión de Pablo del
templo durante su última visita a Jerusalén (21:30) queda sellado su destino.10
Resulta dudoso si la visión de Esteban acerca del orden del templo como desviación
de la auténtica tradición cúltica en Israel refleja una tendencia particular dentro del
judaísmo helenista.11 No cabe duda de que muchos judíos de la dispersión se sentían
menos atados al templo y al sacrificio que sus connacionales judíos más cercanos a
Jerusalén, pero hasta Filón de Alejandría consideraba al templo con veneración y hacía
peregrinaciones a Jerusalén para ofrecer oraciones y sacrificios allí.12 La comprensión
que tenía Esteban de la diferencia que había introducido Cristo dominaba su opinión.
2–3 Esteban tenía preparada su respuesta. Adopta la forma de una retrospectiva
histórica, forma literaria muy conocida en la tradición judía. “La afirmación de fe, en el
Antiguo Testamento, a menudo se asocia con una recitación de la intervención divina en
la vida de Israel. ‘Dios en la historia’ era la base subyacente en el optimismo rabínico. La
declaración cuando se presentaban las primicias de las cosechas (Dt. 26:5–10) tiene su
paralelo en los Salmos 78 y 107 … Por lo tanto, el discurso de Esteban en Hechos 7 tiene
9
Ver especialmente W. Manson, The Epistle to the Hebrews, Londres, 1951, pp. 25–46 (el
capítulo titulado “Stephen and the World-Mission of Christianity”); en la p. 36 enumera ocho rasgos
importantes del discurso de Esteban que reaparecen en Hebreos, y sugiere, en consecuencia, que el punto
de vista de Esteban puede proveer un punto de partida desde el cual buscar una comprensión de dicha
epístola. M. Simon, por otro lado, contrasta el enfoque de Esteban con el de Hebreos, especialmente en
cuanto al templo. “Para Esteban, el templo significa, desde el principio mismo, una desviación de la
tradición auténtica de Israel, tal como Dios la inspiró y dirigió … la opinión más comúnmente sostenida
fue, creo, la que está expresada en Hebreos; el templo y su culto eran, junto con todo el ritual de la ley,
‘una sombra de las cosas buenas venideras’. Por cierto que es imperfecto, pero de ninguna manera malo y
perverso. Porque estas cosas son, como lo expresa otra vez Hebreos, ‘figuras del verdadero’. El punto de
vista de Esteban casi no tiene paralelo en el pensamiento eclesiástico cristiano primitivo” (“Saint Stephen
and the Jerusalem Temple”, pp. 127s.). Debe tenerse presente que el escritor a los Hebreos utiliza el
tabernáculo, no el templo, como “parábola del tiempo presente” (He. 9:9).
10
Ver p. 479 con n. 51.
11
M. Simon (“Saint Stephen and the Jerusalem Temple”, pp. 132–137) aduce alguna evidencia,
incluyendo la terminología cuidadosamente elegìda de la LXX en pasajes significativos, que sugiere que
una sección de la dispersión judía “puede muy bien haber dirigido contra el templo de Jerusalén, su ritual y
sus sacrificios, la misma crítica que algunos filósofos griegos acostumbraban emitir contra la religión
pagana tradicional, sus templos y su ritual” (ver más adelante sobre 17:14s., pp. 395–396 con nn. 64–67).
Por cierto que en su propaganda proselitista los judíos de la dispersión tenderían a enfatizar el carácter
moral y espiritual de su religión y a suavizar sus exigencias rituales. ver Schürer III, pp. 138–140; también
J. Klausner, From Jesus to Paul, trad. ing., Londres, 1944, pp. 123–205. Pero la hostilidad que provocó la
tesis de Esteban en los círculos helenísticos de Jerusalén sugiere que la oposición al templo y sus rituales
sobre la base de principios no era generalmente aceptada en el judaísmo helenístico.
12
Cf. Filón, Sobre la providencia 2.64.
la forma adecuada. Es en la segunda parte donde difiere de los modelos hebreos.”13
La reseña histórica de Esteban repasa la historia de la nación desde el llamado de
Abraham hasta la construcción del templo de Salomón. Su bosquejo de la era patriarcal
(vv. 2–8) y de Israel en Egipto (vv. 9–19) sirve de introducción a sus temas centrales; su
relato de los primeros días de Moisés (vv. 20–29), el llamamiento de Moisés (vv. 30–34)
y el peregrinaje por el desierto (vv. 35–43) proveyeron una respuesta indirecta a la
acusación de estar hablando contra Moisés y una respuesta más directa al cargo de que
estaba hablando en contra de Dios; su contraste entre la tienda del desierto y el templo de
Jerusalén (vv. 44–50) responde particularmente a la acusación de hablar contra el templo.
Comenzando con la era patriarcal, entonces, recuerda a sus oyentes que en
Mesopotamia,14 lejos de la tierra prometida, Dios se reveló a Abraham primeramente. Se
justifica que nos preguntemos qué fue lo que persuadió a Abraham a desarraigarse, como
lo hizo, de su tierra natal para iniciar un viaje cuya meta no conocía de antemano. Bajo
todos los criterios de la vida común, se trataba de una aventura descabellada; pero tal
como aparece relatada en la narración bíblica, fue un acto de verdadera sabiduría. Fue el
Dios de la gloria15 quien se le apareció y lo llamó a embarcarse en el camino de la fe, y el
uso de ese título significa que Dios se manifestó a Abraham en una gloria tan subyugante
que Abraham no tuvo más alternativa que obedecer. Aquellos que son obedientes a la
visión divina, parece sugerir Esteban, siempre vivirán libres de ataduras a todo espacio
terrenal, estarán siempre listos para salir e ir a dondequiera Dios los guíe.
Una mirada a cualquier edición del Nuevo Testamento, en griego o en castellano, en
la cual las citas o alusiones al Antiguo Testamento aparezcan en tipos diferentes del resto
del texto, mostrará hasta dónde entra en la composición del discurso de Esteban el
lenguaje textual del Antiguo Testamento. (Está citado invariablemente en la forma que
tiene en la LXX.) Pero el discurso no es una mera cadena de citas, arduamente
compaginada; la fraseología del Antiguo Testamento se reproduce con una espontaneidad
que sugiere que el autor está perfectamente familiarizado con la narración y puede
utilizarla con frescura y libertad llamativas.16 Aquí, en el v. 3, cita de Génesis 12:1 las
13
I. Abrahams, Studies in Pharisaism and the Gospels, II, Cambridge, 1924, p. 18. A los pasajes
del AT aducidos por Abrahams podría añadirse Sal. 105; 106; 135; 136; Neh. 9:6–37; cf. también el
discurso de Pablo a la sinagoga en Antioquía de Pisidia (13:16–41 más adelante).
14
Mesopotamia representa la expresión griega más completa Συρια Μεσοποταµια (“Siria entre los
ríos”), refiriéndose a esa parte del norte de Siria que está entre el Eufrates y el Orantes. La Mesopotamia
antigua no incluía normalmente la zona sur del Irak moderno, en la que estaba la ciudad babilónica de Ur
(“Ur de los caldeos”), cerca de la boca del Eufrates, dé donde salió Abraham para ir a Harán. Pero aquí
Mesopotamia es evidentemente sinónimo de “la tierra de los caldeos” (v. 4).
15
Para el título cf. Sal 29 (LXX 28):3 (y expresìones similares en Ef. 1:17; 1 Co. 2:8).
17
Cf. Filón, Sobre Abraham 71; Josefo, Ant. 1.154.
18
En la LXX “Ur de los caldeos” (heb. ‘urkasdim) se traduce regularmente como “la tierra [gr.
χωρα, no γη como aquí] de los caldeos”. El gr. Χαλδαιοι denota tanto el Haldu de Urartu (Armenia) como
el Kaldu (heb. kasdim, “caldeos”) de Babilonia del sur.
19
Josefo, de modo similar, en su preámbulo a la historia de Abraham, habla de “los caldeos y los
otros mesopotámicos” (Ant. 1.157).
20
ver S. Lloyd y W. C. Brice, “Harran”, AS 1, 1951, pp. 77–111. En épocas griegas y romanas se
la conocía como Carrhae. Su nombre no es idéntico al de Harán, el hermano de Abraham (Gn. 11:27–31),
que en heb. se escribe con he inicial, y no con het.
21
La información cronológica de Gn. 11:26, 32; 12:4 sugeriría que la muerte de Taré tuvo lugar
sesenta años después de la partida de Abraham de Harán. J. Ussher y otros cronologistas de épocas
tempranas armonizan la afirmación de Esteban con las pruebas que aporta Génesis mediante el improbable
expediente de suponer que Taré tenía setenta años cuando nació su hijo mayor (Harán), y que Abraham no
nació antes de que Taré cumpliera ciento treinta años. Filón (Sobre la migración de Abraham 177) también
afirmaba que Abraham no salió de Harán hasta que hubo muerto su padre; este parecer está implícito,
además, en el Pentateuco Samaritano, que en Gn. 11:32 dice que cuando murió Taré tenía 145 años y no
205 (TM, LXX). Se seguiría de esto que Abraham, quien partió de Harán a la edad de 75 años (Gn. 12:4),
lo hizo apenas murió su padre. No se justificaría ver en esto pruebas de influencia samaritana en el discurso
de Esteban: aparte de sus reconocibles variantes sectarias, el Pentateuco Samaritano es, básicamente, un
texto palestino popular. Posiblemente Esteban (o Lucas) y Filón se apoyaban en una versión griega (que ya
no existe) que concordaba con la lectura samaritana de Gn. 11:32. P. E. Kahle dice con mayor seguridad
que “ni un solo ms. de la ‘Septuaginta’ cristiana ha conservado en Gn. 11:32 una lectura que Filón y Lucas
leyeron en su tora griega en el primer siglo cristiano” (The Cairo Geniza, Londres, 1947, p. 144).
servidumbre allí durante varias generaciones.22 Pero su exilio no sería permanente; a su
tiempo Dios los libraría de sus opresores y los llevaría de vuelta para que lo adoraran en
la tierra de Canaán.23
8 Una señal se le dio a Abraham, la circuncisión, como signo exterior del pacto que
Dios hizo con él.24 La aceptación por parte de Abraham de esta marca visible para él y
sus descendientes fue una expresión más de su fe en Dios. Y “así, aun cuando no existía
todavía un lugar santo, todas las condiciones esenciales para la religión de Israel se
habían cumplido”.25 Cuando nació Isaac, Abraham lo circuncidó el octavo día,26 y la
señal del pacto se transmitió de generación en generación, de Isaac a Jacob, y de Jacob a
sus doce hijos, los antepasados de las doce tribus de Israel.27
22
La cifra de 400 años para la opresión de los israelitas se toma de Gn. 15:13. Según Ex. 12:40
(TM) la estadía en Egipto duró 430 años, para lo cual 400 podría tomarse como un número redondo. Pero la
exégesis rabínica consideraba que los 400 años iban desde el nacimiento de Isaac hasta el éxodo. Cf. Pablo
en Gá. 3:17, donde la entrega de la ley (en el tercer mes posterior al éxodo) se fecha 430 años después de la
promesa hecha a Abraham (Gn. 12:3, 7; 13:15; etc.). Esto concuerda con la ampliación samaritana y de la
LXX de Ex. 12:40, que incluye en los 430 años la estadía de los israelitas en Canaán y también en Egipto.
El período pasado en Egipto resultaría, en ese caso, considerablemente menor; cf. Gn. 15:16, “en la cuarta
generación volverán aquí”.
23
Cf. p. 162, n. 16.
24
Cf. Gn. 17:9–14, 23–27.
25
K. Lake y H. J. Cadbury, Beginnings I.4, p. 72.
26
Gn. 21:4.
27
La mayoría de las naciones con las cuales Israel tenía vínculos en épocas patriarcales
practicaban la circuncisión, en la pubertad (cf. Gn. 17:25), si no en la infancia, aunque sólo para Israel tenía
esta significación especial en relación con el pacto. El término “patriarcas” (Gr. πατριαρχαι), usado aquí
con referencia a los hijos de Jacob como antepasados tribales, se emplea en la misma forma para ellos en 4
Mac. 16:25 y en el título de la versión griega de Los testamentos de los doce patriarcas. Cf. p. 83, n. 83
(sobre 2:29).
13 Durante su segunda visita José se dio a conocer a sus hermanos, y el parentesco
de José le fue revelado a Faraón.
14 Entonces José envió y llamó a su padre Jacob y a toda su familia, que sumaban
en total setenta y cinco personas.
15 De modo que Jabob descendió a Egipto28 y murió allí, como también lo hicieron
nuestros antepasados,
16 y fueron traídos de vuelta a Siquem y colocados en el sepulcro que Abraham
había comprado por un precio en plata a los hijos de Hamor en Siquem.29
17 Cuando se acercaba el tiempo para (el cumplimiento de) la promesa que Dios le
había hecho30 a Abraham, el pueblo aumentó y se multiplicó en Egipto,
18 hasta que se levantó en Egipto otro rey, que no conocía31 a José.
19 Este rey conspiró contra nuestro pueblo; maltrató a nuestros antepasados,
obligándolos a abandonar a sus infantes recién nacidos para que no se criasen
con vida.
9–10 Ya desde la época patriarcal, hubo oposición al propósito de Dios al llamar a
Abraham y dirigir el destino de su posteridad. Los hijos de Jacob vendieron a su hermano
José para ser esclavo en Egipto. Pero Dios supervisaba constantemente el cumplimiento
de ese propósito creciente que inauguró cuando llamó al padre de los fieles para que
saliera de la Mesopotamia, y que encontraría su consumación en la venida de Cristo.
Dispuso de tal modo la suerte de José en Egipto que llegó a tener gran autoridad en
aquella tierra como gran visir del Faraón.32
11–16 Esto resultó ventajoso para la familia de José, porque cuando sobrevino el
hambre en Canaán los hijos de Jacob fueron a comprar comida en Egipto, donde la
previsión y la autoridad de José habían preparado grandes depósitos de granos. La
segunda vez que fueron a Egipto a comprar alimentos, José (a quien no habían
reconocido en su visita anterior)33 les reveló su identidad, y se vieron obligados a
28
El cód. B omite “a Egipto”.
29
El Texto Occidental y el Texto Bizantino dicen “de Siquem” (του Ζυχεµ), por lo que VM tiene
“padre de Siquem”.
30
Gr. ωµολογησεν. P45 y el Texto Occidental dicen επηγγειλατο (“prometió”); 81 y el Texto
Bizantino dicen ωµοσεν (“juró”).
31
El Texto Occidental dice “no recordaba” (ουκ εµνησθη).
32
Aquí el lenguaje de Esteban refleja el de Sal. 105 (LXX 104):16–23, como también el de Gn.
37–45.
33
W. M. Ramsay sostiene que “la primera vez” (πρωτον) en el v. 12 tiene que significar la primera
de tres, siendo la tercera vez la ocasión en la que toda la familia de Jacob fue a Egipto (BRD, p. 254n.).
Pero en tiempos helenísticos πρωτος no tiene la misma fuerza que en el griego clásico (cf. p. 43, n. 9, sobre
reconocerlo como su libertador. (Puede haber aquí una sugerencia de que alguien más
grande que José, que tampoco su pueblo reconoció cuando vino por primera vez, será
reconocido como su libertador divinamente señalado cuando lo vean por segunda vez.) El
resultado del reconocimiento de José por parte de sus hermanos y su reconciliación con él
fue que Jacob y toda su familia descendieron a Egipto —setenta y cinco personas en total,
dice Esteban, siguiendo el texto griego—.34 Allí murió Jacob; allí, también, murieron sus
hijos con el tiempo. Pero no se los enterró en Egipto, sino en la tierra que Dios había
prometido a sus descendientes como herencia.35 La presencia de sus tumbas en la tierra
de la promesa, donde ya estaban las tumbas de Abraham e Isaac, era una señal de que,
aunque murieron en Egipto, murieron en fe.36
17–19 Sus hijos y nietos, sin embargo, se quedaron en Egipto y se multiplicaron allí,
hasta que llegó el tiempo que Dios señaló para cumplir su promesa a los patriarcas y dar a
sus descendientes la posesión de la tierra de Canaán. El instrumento en las manos de Dios
para hacer que salieran de Egipto fue un nuevo rey (presumiblemente uno de los primeros
reyes de la decimonovena dinastía)37 que trató de restringir el creciente número de los
israelitas por medio de trabajos forzados y el infanticidio compulsivo. Si no hubiera sido
por su política, probablemente habrían encontrado tan cómodo vivir en Egipto que nunca
hubiesen pensado salir de allí.
1:1). Aquí “la primera vez” (o “la ocasión anterior”) es correlativa, simplemente, de “la segunda ocasión”
(εν τω δευτερω).
34
Gn. 46:27; Ex. 1:5; Dt. 10:22 TM dicen setenta personas (incluidos Jacob, y José y sus dos
hijos). En Ex. 1:5 el ms. hebreo fragmentario 4QExa dice setenta y cinco personas; también Gn. 46:17; Ex.
1:5 LXX, omitiendo Jacob y José, pero acordando a José nueve hijos en lugar de los dos del TM (Gn.
46:27). Josefo (Ant. 2.176; 6.89) acepta la cifra de setenta; Filón (Sobre la migración de Abraham 199–
201) reconcilia las lecturas que discrepan, en forma alegórica; el número cinco, que simboliza los sentidos,
se ha omitido del número menor, para significar la transición del recalcitrante Jacob a Israel, el hombre con
la visión de Dios (como si procediera del heb. ’is ro’eh ’el, “hombre viendo a Dios”).
35
Jacob fue sepultado en Hebrón, en la cueva de Macpela, que Abraham había comprado a Efrón
hitita en 400 siclos de plata (Gn. 23:16; 49:29–32; 50:13). José fue enterrado en Siquem, en el pedazo de
terreno que Jacob había adquirido por 100 piezas de dinero (siempre que ese sea el significado de qesitah,
VRV1 “cordera”) a los hijos de Hamor (Jos. 24:32). Según Josefo (Ant. 2.199), los otros hijos de Jacob
fueron sepultados en Hebrón. Aquí se combinan las dos compras de tierra. Es improbable que la supresión
de Hebrón a favor de Siquem sea señal de influencia samaritana; el entierro de Abraham, Isaac y Jacob en
Hebrón está claramente registrado tanto en la Biblia Samaritana como en el TM.
36
Cf. He. 11:13.
37
Resulta evidente por los primeros capítulos de Exodo que la corte egipcia no estaba demasiado
lejos del lugar de asentamiento de los hebreos en Egipto; esto encaja mejor en la dinastía XIX que en la
XVIII. La referencia a la edificación de “Ramesés” en Ex. 1:11 señala, evidentemente, a Pi-Ramesse (cerca
de la moderna Qantir), la residencia de Ramsés II en el Delta oriental (c. 1290–1224 a.C.). Ramsés II fue el
rey más grande de la dinastía XIX.
20 “Fue en ese entonces que nació Moisés —un niño extremadamente hermoso—.38
Fue criado durante tres meses en la casa de su padre.
21 Luego fue abandonado, pero la hija del Faraón lo adoptó y lo crió como hijo
suyo.
22 Así que Moisés fue educado en toda la sabiduría de los egipcios; era poderoso en
sus palabras y hechos.
23 Cuando tenía cerca de cuarenta años, concibió la idea de visitar a sus hermanos,
el pueblo de Israel.
24 Cuando vio que uno de ellos era tratado injustamente, salió en su defensa y vengó
la herida que sufrió asestando al egipcio un golpe mortal.39
25 Pensaba que sus hermanos entendían que Dios los estaba liberando por medio de
él, pero no fue así.
26 Al día siguiente los abordó cuando estaban envueltos en una pelea y trató de
reconciliarlos pacíficamente. ‘Hombres —les dijo— ustedes son hermanos.40
¿Por qué se maltratan mutuamente?’
27 Pero el hombre que estaba atacando al otro lo empujó a un lado: ‘¿Quién —
preguntó— te ha hecho gobernante y juez sobre nosotros?
28 ¿Quieres matarme, como mataste al egipcio ayer?’
29 Cuando oyó esto, Moisés huyó. Vivió como extranjero en la tierra de Madián; allí
le nacieron dos hijos.
20–22 Los padres de Moisés no le hicieron caso al edicto de que todo niño varón nacido
entre los israelitas debía ser abandonado al nacer o arrojado al Nilo. Lo guardaron
durante tres meses antes de abandonarlo y, cuando al fin lo abandonaron, lo hicieron de
tal modo que fue rescatado rápidamente.41 Una hija del rey lo encontró, le tomó simpatía
y lo crió como hijo suyo, en un estilo adecuado para un príncipe real.42 De este modo
38
Gr. αστειος τω θεω, “hermoso para Dios” (“divinamente hermoso”). Expresiones como estas
aparecen en otras partes con fuerza elativa; cf. Jon. 3:3, donde Nínive es una ciudad “grande para Dios”
(LXX πολις µεγαλη τω θεω). Moisés es descripto como αστειος en Ex. 2:2 (LXX para el heb. tob, “bueno”)
y en He. 11:23.
39
El Texto Occidental agrega “de su raza” después de “era tratado injustamente” y “y lo sepultó
en la arena” después de “asestando al egipcio un golpe mortal” (siguiendo a Ex. 2:12).
40
El Texto Occidental dice “¿Qué están haciendo, hermanos?”
41
Cf. Ex. 2:1–10.
42
Es tarea vana tratar de identificar a esta princesa con alguna de las hijas de los reyes egipcios
conocidas por nombre. El escritor judío helenístico Artabano, en su obra Concerniente a los judíos (citada
por Eusebio, Preparación para el Evangelio 9.27), la llama Merris, nombre muy semejante al de la hija de
Moisés recibió la mejor instrucción que podía proveer la corte egipcia, y se distinguió en
elocuencia y acción.43 Esteban se expresa con más moderación que otros helenistas
judíos, quienes presentan a Moisés como padre de la ciencia y la cultura, y como el
fundador de la civilización egipcia.44
23–28 Era comprensible que un rey egipcio intentara frustrar el propósito divino, pero
algunos de los integrantes del propio pueblo elegido trataron inconscientemente de
obstaculizarlo. Si Faraón fue el instrumento de Dios para apartar a los israelitas de su
apego a Egipto, Moisés fue su agente para sacarlos de allí. El había comenzado a tomar
conciencia de esto, pero sus connacionales tardaron en reconocerlo como su libertador.
Esto se vio en la ocasión en que se les presentó como su defensor, cuando había llegado a
la madurez,45 pero su intervención a favor de ellos no fue apreciada. El escritor de la carta
a los Hebreos nos indica que en este tiempo Moisés tuvo que hacer la gran renuncia,
negándose a ser conocido de allí en más como el hijo de una princesa real y compartiendo
la suerte, por elección, con el despreciado pueblo de Dios (He. 11:24–26). Aquí aparece
otra vez el modelo de conducta que había de encontrar su expresión completa y final
cuando apareció Jesús en medio de su pueblo como el Salvador provisto por Dios.
29 Moisés se expuso a un grave peligro cuando intentó defender a su pueblo
oprimido. Su acción de matar al valentón egipcio se divulgó más ampliamente de lo que
él deseaba. Su crianza real no lo protegería si el Faraón sospechaba que planeaba dirigir
una rebelión de esclavos. Moisés tuvo que abandonar Egipto apresuradamente y buscar
refugio en el noroeste de Arabia.46 Allí él, como sus antepasados patriarcales, se hizo
“forastero en tierra extranjera” (Ex. 2:22), hecho que reconoció cuando llamó Gersón a su
Ramsés II y su mujer hitita; pero esta hija de Ramsés probablemente pertenecía a una generación posterior
a la de Moisés.
43
El que fuese poderoso en palabras parecería entrar en conflicto con la propia negación de
Moisés de su elocuencia en Ex. 4:10; pero esa negación no debe tomarse con demasiada seriedad; más
adelante en el relato del Pentateuco, Moisés aparece como un orador elocuente y persuasivo. La afirmación
de que era poderoso en obras se ilustra con la leyenda preservada por Josefo (Ant. 2.238–253) sobre el
modo en que condujo una campaña egipcia contra los etiopes, leyenda tal vez originada en un intento de
explicar su casamiento con la mujer cusita (Nm. 12:1, donde la LXX la llama etíope).
44
Artabano (loc. cit.) dice que los egipcios debían toda su civilización a Moisés, al que identifica
con el Hermes egipcio (Tot). Un judío helenístico anterior, Eupolemo, describe a Moisés como el inventor
de la escritura alfabética (Sobre los Reyes en Judea, citado por Eusebio, Preparación 9.26). Según Filón
(Vida de Moisés 1.20–24), Moisés era versado en geometría, aritmética, poesía, música, filosofía, astrología
y todas las ramas del saber. Josefo (Ant. 2.229–230) lo describe como único en sabiduría, estatura y
hermosura. ¡Después de todo esto, el lenguaje de Esteban parecería excesivamente moderado! Ver también
J. G. Gager, Moses in Greco-Roman Paganism, Nashville/Nueva York, 1972.
45
“Cuando Moisés hubo crecido”, dice Ex. 2:11 (LXX µεγας γενοµενος, citado en He. 11:24);
empero Esteban dice que en esa época tenía cuarenta años de edad. Esto tiene su paralelo en la tradición
rabínica, donde su vida de 120 años (Dt. 34:7) se divide en tres partes iguales, de las que la primera termina
en este momento y la segunda cuando vuelve de Madián a Egipto (cf. Ex. 7:7).
46
Es probable que Madián sea la región al este de Acaba.
primogénito (“forastero allí”).47
47
El segundo hijo, Eliezer, se menciona en Ex. 18:3s.
48
El Texto Occidental dice “el Señor le habló, diciendo”.
49
El Texto Occidental sigue al AT (Ex. 3:6) cuando repite “el Dios de” delante de “Isaac” y
“Jacob”. Cf. 3:13 (pp. 99–100, nn. 18, 24).
50
Cf. Ex. 3:1–4:17. El “monte de Dios” se menciona allí como Horeb; la identidad de Horeb y
Sinaí se indica mediante una comparación de Ex. 19:11–25 con Ex. 3:12; Dt. 1:6; etc. La identificación
tradicional del monte Sinaí bíblico con Jebel Musa en la península de Sinaí no parece ser anterior al
Peregrinaje de Egeria (385–388 d.C.). El “ángel” visto por Moisés (v. 30) era el mal’ak Yahweh especial
(Ex. 3:2), es decir, Yahveh mismo en su manifestación a los seres humanos. En Ex. 3 se lo llama
diversamente “el ángel de Yahveh” (v. 2), “Dios” (v. 4), y “Yahveh” (v. 7); de manera que en el relato de
Esteban el ángel habla con la voz del Señor (v. 31), afirma ser Dios (v. 32), y se lo llama “el Señor” (v. 33).
Cf. los vv. 35, 38 y 53 más adelante (y nn. 54, 58 y 99).
51
El acto de quitarse los zapatos era señal de reverencia en la presencia divina, a la vez que era
señal de respeto hacia el huésped que hacía una visita.
Allí contemplan tu propiciatorio;
Pero encontró expresión mucho antes en la ley del pacto de Israel: “En todo lugar —
dice Yahveh— donde yo hiciere que esté la memoria de mi nombre, vendré a ti y te
bendeciré” (Ex. 20:24).
El mensaje que Moisés recibió de Dios en ese lugar santo fue un mensaje de fidelidad
a su promesa. Dios no había olvidado su pacto con los patriarcas; seguía siendo el Dios
de Abraham, Isaac y Jacob. Ni era indiferente ante la angustia de sus descendientes en
Egipto; estaba a punto de intervenir para liberarlos, y en esta liberación Moisés sería su
agente. “Ven ahora, que te mande de vuelta a Egipto.”
52
Algunas autoridades alejandrinas (alef C 81) y el Texto Occidental agregan “sobre nosotros” a
partir del v. 27.
53
El Texto Occidental, siguiendo al AT (Dt. 18:15), agrega “han de prestarle atención”.
‘¿Trajeron ustedes sacrificios y ofrendas para mí,
Esos cuarenta años en el desierto, oh casa de Israel?
43 No; tomaron ustedes la tienda de Moloc
y la estrella de su dios Refán,
las imágenes que hicieron para su adoración.
Los enviaré más allá de Babilonia.’54
35–36 El mismo hombre a quien su pueblo había rechazado había sido elegido por Dios
para ser su gobernante y redentor. Lo habían rechazado la primera vez (como sus
hermanos habían repudiado a José), pero la segunda vez que se acercó a ellos no tuvieron
más opción que aceptarlo (como los hermanos de José lo reconocieron en la segunda
ocasión). La similitud de este rechazo con el que experimentó Jesús poco antes es
demasiado evidente para necesitar comentario. Toda la autoridad del mensajero divino
que Moisés había visto ante la zarza ardiente lo respaldaba cuando volvió a Egipto para
sacar a su pueblo y lo guió en medio de señales de su comisión celestial que nadie podía
cuestionar—“maravillas y señales55 en la tierra de Egipto y junto al Mar Rojo”, para no
hablar de aquéllas que jalonaron los años posteriores de peregrinación en el desierto.56
37 ¿Fue Moisés, en todo esto, un precursor de Jesús, como pareció afirmar Esteban?
Las propias palabras de Moisés proveen una respuesta adecuada; y aquí Esteban cita la
promesa acerca del profeta como Moisés en Deuteronomio 18:15 que Pedro ya ha citado
en el atrio del templo (3:22).
38 Allí en el desierto Moisés fue el conductor del pueblo; allí fueron constituidos en
asamblea de Yahveh;57 allí tuvieron al “ángel de la presencia”58 en medio de ellos; allí
54
En lugar de “más allá de Babilonia” la lectura occidental dice “a las partes de Babilonia”; esto
probablemente estaba calculado para concordar mejor con “más allá de Damasco” en Amós 5:27.
55
De la misma manera Jesús recibió acreditación divina ante sus contemporáneos mediante “obras
poderosas y maravillas y señales” que Dios realizó por medio de él entre ellos (2:22).
56
El relato del éxodo ilustra muy bien los dos vehículos principales de revelación especial que
Dios empleó en tiempos veterotestamentarios: las obras portentosas y la comunicación profética. Los
israelitas no habrían entendido las portentosas obras en torno al éxodo, si Moisés no les hubiese dado, como
el profeta y portavoz de Dios, su significado. Pero Moisés ni sus palabras hicieron esas poderosas obras;
estaban claramente fuera del control humano. Las poderosas obras y las palabras proféticas se apoyaban
entre sí y, mediante ambas unidas, Dios se dio a conocer a su pueblo. Cf. H. H. Rowley, From Moses to
Qumran, Londres, 1963, pp. 3–31.
57
En Dt. 18:16, inmediatamente después de que Moisés recordara al pueblo la promesa divina de
proporcionarle un profeta como él, menciona el pedido que el pueblo había hecho a Dios “en Horeb, el día
de la asamblea” (heb. qajal, LXX εκκλησια): no oír otra vez su voz hablándoles directamente. Como
Moisés estaba con la εκκλησια entonces, Cristo está con su εκκλησια ahora, que sigue siendo una εκκλησια
peregrina, “la asamblea en el desierto”. Ver p. 131, n. 23 (sobre 5:11).
58
El “ángel de la presencia” de Dios (lit., “el mensajero de su rostro”, heb. mal’ak panaw) es el
ángel que hace real su presencia a los seres humanos, en otras palabras, el ángel de Yahveh (ver n. 50
recibieron por medio de Moisés los oráculos vivientes de Dios.59 ¿Qué más podía desear
el pueblo de Dios? Allí en el desierto, por otra parte, lejos de la tierra prometida y de la
ciudad santa, todo esto fue de ellos.
39–41 Aun así, no estaban satisfechos; desobedecieron a Moisés y repudiaron su
liderazgo, aunque él era el vocero de Dios y su vicerregente entre ellos. ¿Fue acusado
Esteban de hablar “palabras blasfemas contra Moisés”, de propagar doctrinas que
amenazaban la permanente validez de “las costumbres que Moisés nos entregó”? ¡Una
acusación así cuadraba perfectamente a los descendientes de los que habían rechazado la
autoridad de Moisés durante su propia vida, de aquellos cuya actitud hacia el profeta más
grande que Moisés los había mostrado como dignos hijos de sus antepasados!
Justamente, aquellos israelitas en el desierto, a pesar de todos sus sagrados privilegios,
deseaban volver a Egipto, de donde Moisés los había sacado.60 La presencia invisible de
Dios no era suficiente para ellos; anhelaban algún tipo de divinidad que pudieran ver.
Mientras Moisés estaba ausente, recibiendo los “oráculos” de parte de Dios en el monte
Sinaí, persuadieron a Aarón de que fabricara “dioses que vayan delante de nosotros”.61
Así mostraron cuánto les importaba la adoración pura y sin íconos del Dios de sus padres.
La larga historia de la caída de Israel en la idolatría, que provocó la reconvención de un
profeta tras otro y al final lo llevó al exilio, tuvo sus comienzos en el desierto, cuando
ofrecieron homenaje mediante sacrificios al becerro de oro y celebraron gran fiesta en
honor de la obra de sus propias manos.62
42–43 Esteban halla resumido, en las palabras de Amós 5:25–27, el curso de la
idolatría de Israel, tal como aparece a lo largo del Antiguo Testamento, desde la
peregrinación en el desierto hasta el exilio babilónico. La adoración plena de la “hueste
celestial”, los poderes planetarios, a los cuales se entregó Jerusalén en los últimos años de
la monarquía, bajo la influencia asiria, fue la culminación de aquella primitiva idolatría
en el desierto.63 Fue más que su culminación, de hecho; se trataba del juicio divinamente
ordenado por aquella actitud rebelde. Dios se volvió y “los abandonó a la adoración de la
hueste celestial”. Estas son palabras terribles, pero el principio de que los seres humanos
se ven librados a las consecuencias lógicas de su propia y decidida preferencia está bien
arriba). No se hace mención alguna de este ángel en el relato de Exodo cuando se da la ley; comparar, sin
embargo, “el ángel de Dios” en Ex. 14:19; también Ex. 33:14, “mi presencia [heb. panai, ‘mi rostro’, pero
αυτος, en la LXX, ‘yo mismo’] irá con ustedes”. Ver también Is. 63:9, con referencia al éxodo y su
continuación: “el ángel de su presencia los salvó” (LXX “él mismo los salvó”. Ver también p. 183, n. 99
abajo.
59
Gr. λογια ζωντα (cf. Ro. 3:2; He. 4:12; 1 P. 1:23).
60
Cf. Nm. 14:3s.
61
Cf. Ex. 32:1–6.
62
Cf. Sal. 115(LXX 114):4 y 135 (LXX 134):15, donde los ídolos de las naciones se describen
como “plata y oro, obra de manos de hombres”.
63
Para la “hueste celestial” ver Dt. 4:19; 17:3; 2 R. (LXX 4 Reinos) 21:3, 5; 23:4s.; Jer. 8:2;
19:13; Sof. 1:5. Cf. p. 175. n. 71 abajo.
documentado en la Escritura y en la experienda.64 Mientras que Esteban afirma el
principio aquí en relación con la nación judía, Pablo lo afirma en relación con el mundo
gentil en Romanos 1:24, 26, 28.
El Texto Masorético de las palabras citadas de Amós difiere considerablemente de la
forma reproducida aquí (la traducción de la LXX, con algunas variantes). En los términos
y el contexto originales, Amós, profetizando en vísperas de las invasiones asirias que
llevaron al fin del reino norte de Israel, advierte a los israelitas que serán deportados “más
allá de Damasco” y que llevarán consigo al exilio las señales mismas de esa idolatría —
“Sacut, su rey y Keiwan su dios estrella”—, por la cual Yahveh va a descargar sobre ellos
este juicio.65 Ambas formas del texto comienzan con la siguiente pregunta: “¿Me trajeron
sacrificios y ofrendas durante cuarenta años en el desierto, oh casa de Israel?” Y en
ambas formas del texto la respuesta implícita es “no”.
Es preciso determinar la forma en que primero Amós, y luego Esteban, entendían ese
“no” implícito.
En cuanto a la intención de Amós, se ha supuesto comúnmente que quiso decir que la
adoración de Israel en el desierto estuvo totalmente desprovista de sacrificios. Pero esta
interpretación no llega a aclarar el énfasis principal de sus palabras. Su pregunta
probablemente significaba: “¿Fueron meros sacrificios y ofrendas, que eran un fin en sí
mismos y no la expresión de la lealtad de espíritu de ustedes, lo que ofrecieron en los días
del desierto?” La respuesta esperada será entonces: “No; nosotros ofrecimos algo más
que eso; ofrecimos justicia y un verdadero culto del corazón”.66 Amós, como Jeremías,
recuerda la experiencia del desierto como el período de luna de miel de Israel, cuando la
voluntad de Yahveh era su delicia.67
Esteban, sin embargo, siguiendo a la LXX, entiende que el “no” implícito significa:
“No; ofrecimos ciertamente sacrificios y ofrendas, pero a otros dioses, no al Dios de
Israel”.68 Acaba de destacar la infidelidad de Israel al adorar al becerro de oro, e infiere
64
Cf. Ez. 20:25s.
76
La LXX usa η σκηνη του µαρτυριου para traducir no sólo el heb. miskan ‘edut, como en Ex.
38:21 (LXX 37:19), etc., sino también el heb. ‘ohel mo’ed, “tienda de reunión”, como en Ex. 27:21, etc.
(Moffatt traduce esta última expresión “tienda del Encuentro”.)
77
Ex. 25:9, 40; 26:30; 27:8. Cf. la elaboración de este tema en He. 8:5; 9:23s.
78
Gr. Ιησους, de donde el “Jesús” de BC (como en He. 4:8). Puede haber una tácita sugerencia de
que no fue por accidente que el líder que los introdujo en la posesión terrenal de la promesa tenía el mismo
nombre que aquel bajo cuyo liderazgo el pueblo de Dios habría de heredar mejores promesas.
79
W. Manson, The Epistle to the Hebrews, pp. 33s.
había erigido para ella en el monte Sión.80 Esto se conmemora en el Salmo 132:2–5,
cuando se relata
Cómo juró a Yahveh,
Pero cuando hubo derrotado a sus enemigos dentro y fuera del país, David deseó
proveer una morada más noble para el arca (señal de la presencia de Dios con su pueblo)
que esta tienda-santuario. El contraste entre su propio palacio, revestido de madera de
cedro, y la tienda de cortinas dentro de la cual residía el arca no lo dejaba tranquilo.
Compartió su visión con el profeta Natán, cuya primera acción fue alentar al rey y
aconsejarle que pusiese manos a la obra y edificase un palacio para el arca de Dios. Pero
Natán pronto averiguó más claramente el deseo de Dios, y volvió a David con el mensaje
de que Dios no deseaba que le edificase ninguna casa de cedro; en lugar de ello él mismo
establecería la casa de David —su dinastía— a perpetuidad.
Natán continuó diciéndole a David que su hijo y sucesor edificaría una casa para el
“nombre” de Dios. Pero evidentemente Esteban no consideraba que la construcción del
templo de Salomón era el cumplimiento de esta promesa. Es evidente que muchos
cristianos primitivos interpretaron que la promesa anexa —que este hijo de David tendría
un trono establecido eternamente— se cumplió en Cristo.
Será grande, y será llamado Hijo del Altísimo;
Ellos creían que realmente en la persona de Cristo también se cumplió la promesa de una
nueva casa, construida para el nombre de Dios. Inmediatamente después de su entrada en
80
Cf. 1 S. (LXX 1 Reinos) 4:1b–7:2; 2 S. (LXX 2 Reinos) 6:1–7:29.
81
Según M. Simon (“Saint Stephen and the Jerusalem Temple”, p. 129), el “lugar” (gr. τοπος) en
esta cita es Jerusalén; la “morada” (gr. σκηνωµα, “tabernáculo”, “vivac”) es la tienda-santuario que David
erigió para el arca en Sión (cf. 2 S. [LXX 2 R.] 6:17; 1 Cr. 15:1), por contraste con la “casa” (gr. οικος) que
edificó Salomón (v. 47; cf. 2 S. [LXX 2 R.] 7:6 con 1 Cr. 17:5).
Jerusalén, cuando a Jesús lo saludaron como el hijo de David, ingresó en la zona del
templo y expulsó del patio de los gentiles a los comerciantes cuya actividad allí impedía
que cumpliera su verdadero propósito. “¿No está escrito —preguntó— ‘Mi casa será
llamada casa de oración para todas las naciones’?” (Mr. 11:17).82 En estas palabras hay
un esbozo de ese templo nuevo en el cual aquellos que anteriormente eran “extranjeros y
forasteros” ahora son hechos “conciudadanos de los santos” y convertidos (“edificados”)
en un santuario viviente que constituye una adecuada “morada de Dios en el Espíritu”
(Ef. 2:19–22). La obra de edificación comenzó con la resurrección de Jesús: se refería al
“templo de su cuerpo” cuando se comprometió a levantar un templo nuevo en tres días
(Jn. 2:20s.). Si se advierte aquí alguna intención en este sentido en el lenguaje de
Esteban, ésta subraya la importancia de este discurso como introducción teológica a la
narración de Lucas acerca de la misión a los gentiles.
47 Por contraste con el “tabernáculo” o vivac83 que David erigió para Dios, la casa84
que construyó Salomón su hijo era una estructura de piedra, inmóvil, fija en un solo
lugar. La brevedad con la cual se hace referencia y se descarta al edificio de Salomón, y
el implícito contraste con la intención de David, que no se vería realizada hasta el
advenimiento de alguien más grande que Salomón, expresan clara desaprobación. Sin
embargo, quizás no sea tanto la acción de Salomón lo que desprecia Esteban, pues el
mismo Salomón confesó que ningún templo hecho a mano podía ser la casa del Dios de
los cielos: “He aquí, los cielos de los cielos no te pueden contener; ¿cuánto menos esta
casa que yo he edificado?” (1. R. 8:27).85 Más bien, como antes lo había hecho Jeremías,
Esteban reprobaba el estado de ánimo al cual condujo el templo, un estado de ánimo que
el tabernáculo portátil no podría haber engendrado.
48 Los dioses de los paganos podían colocarse en santuarios materiales, pero no el
Dios Altísimo. Esto lo enseñaba el paganismo más elevado, así como los judíos y los
82
¿Acaso el interés de nuestro Señor, como aquí se sugiere, por aquellos gentiles que deseaban
acercarse todo lo posible para adorar al verdadero Dios habrá llevado a los griegos a pedir una entrevista
con él durante semana santa en Jerusalén (Jn. 12:21)? Cabe destacar que de inmediato pasó a hablar de su
inminente “glorificación” —el hecho de que sería “levantado” en un sentido doble— como la condición
necesaria para que atrayese a sí no sólo a los creyentes judíos sino a todos sin distinción. También cabe
destacar que mientras que la descripción del templo como “casa de oración para todas las naciones” se
toma directamente de Is. 56:7, también es eco de un pasaje en la oración de dedicación pronunciada por
Salomón, donde se hace provisión para que el extranjero pueda “orar hacia esta casa” (1 R.[LXX 3 Reinos]
8:41–43).
83
Gr. σκηνωµα, como en Sal. 132 (LXX 131):5 (cf. n. 81 arriba).
84
Cf. 1 R. (LXX 3 Reinos) 6:2, “la casa (gr. οικος, que traduce el heb. bayit) que el rey Salomón
edificó para Yahveh”.
85
También corresponde observar que en toda la oración dedicatoria de Salomón (1 R. [LXX 3
Reinos] 8:23–53) no se dice nada acerca del uso del templo para la realización de sacrificios; su función
principal es la de ser una casa de oración. Cf. el punto de vista atribuido a Trifón el judio en el Diálogo
(117.2) de Justino, de que Mal. 1:10–12 quiere decir que “Dios no aceptaba los sacrificios de los que
moraban entonces en Jerusalén, y se llamaban israelitas; pero declara su satisfacción con las oraciones de
los miembros dispersos de dicha nación, y denomina sacrificios a sus oraciones”.
cristianos.86 El contraste entre lo “hecho a mano” y lo “no hecho a mano” es un rasgo
prominente en la catequesis primitiva del Nuevo Testamento y en la primitiva apologética
cristiana.87 Donde entra enjuego el templo, el contraste parece remontarse a nuestro Señor
mismo. Aunque las pruebas aportadas en su juicio, en relación con lo que expresó cuando
dijo: “Destruiré este templo que ha sido hecho a mano, y en tres días edificaré otro, no
hecho a mano” (Mr. 14:58), se describen como “falso testimonio”, no es probable que
hayan sido falsas en este punto.88
49–50 Para remarcar el completo acuerdo de su caso con la revelación profética,
Esteban cita las palabras iniciales de Isaías 66, que claramente anticipan su propio
argumento, sea que su referencia primaria aluda a la edificación del segundo templo o a
alguna otra ocasión.89 Allí el profeta continúa diciendo en nombre de Yahveh, casi
inmediatamente después del pasaje citado por Esteban: “Pero miraré a aquel que es pobre
y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra” (Is. 66:2b). Esto describe bien el
carácter del pueblo de Dios, que constituye su verdadero templo (cf. Is. 57:15). Pero para
aquellos que imaginan que pueden localizar la presencia de Dios, viene la respuesta
burlona: “¿Cuál es el lugar de mi reposo?” ¿Piensan que pueden hacer que Dios se
“quede quieto” en un lugar, que pueden encarcelarlo en una jaula hermosamente
ornamentada?90 “El Templo no estaba pensado … para convertirse en una institución
86
Se enfatizaba constantemente en la propaganda judía contra el paganismo, y posteriormente
también en la cristiana (cf. 17:24s.); para el paganismo superior ver la cita de Eurípides más abajo, p. 396,
n. 65. Cf. también los Oráculos sibilinos 4.8–11: “No tiene por habitación una piedra erigida como templo,
sorda y muda, ruina y dolor de los mortales, sino un templo que no puede verse desde la tierra ni ojos
mortales pueden medir, por cuanto no lo forjó mano mortal.” (Algunas líneas posteriores de este poema,
25–30, pueden compararse con las palabras de Trifón citadas en la nota anterior, n. 85: “Felices entre los
seresumanos serán en la tierra los que … retiran sus ojos de todo templo y de todos los altares, vanas
estructuras de piedras que no pueden oír, contaminadas con la sangre de cosas vivientes y sacrificios de
bestias de cuatro patas, y vuelven la vista hacia la gran gloria del único Dios.”)
87
Cf. la despreciativa referencia en 19:26, más adelante, a “dioses hechos a mano”. Por contraste,
el adjetivo compuesto “no hecho a mano” (gr. αχειροποιητος), que se usa en Mr. 14:58 con respecto al
templo nuevo, se emplea en 2 Co. 5:1 para el cuerpo de resurrección, y en Col. 2:11 para la circuncisión
espiritual, por oposición a “la así llamada circuncisión en la carne, realizada por mano humana” (Ef. 2:11).
88
Cf. M. Simon, “Saint Stephen and the Jerusalem Temple”, pp. 133–137; C. F. D. Moule,
“Sanctuary and Sacrifice in the Church of the New Testament”, JTS s.n. 1, 1950, pp. 29–41.
89
La ocasión es, casi seguramente, la edificación del templo de Zorobabel, aun cuando se han
hecho intentos a veces (p. ej., por T. K. Cheyne y B. Duhm) de relacionar el oráculo con un templo
samaritano en Gerizim. T. C. G. Thornton (“Stephen’s Use of Isaiah LXVI”, JTS s.n. 25, 1974, pp. 432–
434) cita un midrás arameo en el que Isaías hace de Is. 66:1s. (junto con 1 R. 8:27) la base de una
predicción de la destrucción del templo de Salomón por Nabucodonosor, y por consiguiente tiene que
afrontar la ira asesina del rey Manasés.
90
Esta es la parte central de la argumentación de Esteban. En muchos sentidos el tabernáculo y el
templo eran comparables. Ambos eran copias de modelos divinamente propuestos: el tabernáculo del
desierto se hizo de conformidad con el arquetipo que se le mostró a Moisés en el Sinaí, y el templo de
Salomón, según el cronista, se construyó de acuerdo con un plano que “estaba en un escrito redactado por
revelación del Señor a David, en el que se explicaban todos los trabajos que había que hacer” (1 Cr. 28:19).
Ambos, según los escritos veterotestamentarios canónicos, estaban asociados con el rito de los sacrificios,
aun cuando Esteban guarda silencio sobre esto (sería imprudente, no obstante, sacar conclusiones positivas
a partir de su silencio). ver M. Simon, Verus Israel, París, 1948, pp. 111–117. El punto en el cual se
permanente, que obstaculizara el avance del plan divino para el pueblo de Dios.”91
El alegato de Esteban, por lo tanto, concluye así; todo lo que falta es imponerlo a la
conciencia de su auditorio. Ha respondido a las acusaciones presentadas en el proceso. En
cuanto a la acusación de subvertir la tradición mosaica, no es él sino la nación, y
preeminentemente sus dirigentes, los que deberían declararse culpables de esto: su culpa
está ampliamente atestiguada por sus propias escrituras sagradas, retrocediendo hasta la
propia época de Moisés. En cuanto a la acusación de blasfemar a Dios por anunciar el
reemplazo del templo por “este Jesús de Nazaret”, no hace ningún intento de negarlo sino
que justifica su posición con la afirmación de que es la posición de los patriarcas y los
profetas, mientras que la de sus opositores envuelve una negativa rotunda del testimonio
coherente de las Escrituras. “El discurso de Esteban se convierte así en una gran defensa
de la doctrina de la iglesia invisible, basada en un amplio panorama de la historia del
pueblo de Dios.”92
concentra Esteban es el punto principal que distinguía las dos estructuras: el tabernáculo era móvil, el
templo era fijo.
91
W. Manson, The Epistle to the Hebrews, p. 34.
92
A. Cole, The New Temple, Londres, 1950, p. 38.
93
Gr. ελευσις. G. D. Kilpatrick ha argumentado que esta palabra puede haber tenido vigencia
como término técnico en el judaísmo helenístico para designar el advenimiento mesiánico (“Acts VII 52
ΕΛΕΥΣΙΣ”, JTS 46, 1945, pp. 136–145). No aparece en ninguna otra parte en la Biblia griega.
El que la nación era obstinada, “dura de cerviz”, es una queja tan antigua como las
peregrinaciones en el desierto, una queja que Dios mismo expresa (Ex. 33:5). La
descripción de ellos como desobedientes —“incircuncisos de corazón y de oídos”—
significaba que, aunque estaban circuncidad os en sentido literal, de acuerdo con la
institución abrahámica, su falta de respuesta y su resistencia a la revelación de Dios
podían haberse esperado de gentiles a quienes no había dado a conocer su voluntad (cf.
Lv. 26:41; Dt. 10:16; Jer. 4:4; 6:10; 9:26; Ez. 44:7). Moisés y los profetas habían hecho
descripciones de generaciones anteriores en tales términos; eran igualmente ciertas, dijo
Esteban, de la generación contemporánea.
52 Muchos de los profetas de Dios en la época del Antiguo Testamento sufrieron
persecución y algunas veces la muerte misma por su fidelidad a la comisión divina. Hay
muchas pruebas de esto en los libros canónicos, y la tradición judía amplió el tema,94
describiendo, por ejemplo, el martirio de Isaías, aserrado en dos durante el reinado de
Manasés,95 y de Jeremías por lapidación a manos de las personas que lo habían obligado
a ir a Egipto con ellos.96 Buena parte de esa oposición a los profetas se debía a su ataque
contra las nociones pervertidas de Israel sobre el verdadero culto a Dios, ataque
ejemplificado en los textos proféticos citados en el discurso de Esteban. Esteban se
colocó en la línea de la sucesión profética al enfocar la historia de Israel sobre este tema
justamente; por lo tanto, resulta particularmente pertinente que se mencione aquí la
tradicional hostilidad de Israel hacia los profetas.
Pero ¿no reprobaron los judíos de los días posteriores la conducta de sus antepasados
hacia los profetas? Sí, por cierto. “Si hubiésemos vivido en los días de nuestros padres —
decían— no habríamos sido sus cómplices en la sangre de los profetas” (Mt. 23:30).
Rendían tributo a la memoria de los profetas y construían monumentos en su honor. Pero
Esteban insiste en que todavía son dignos hijos de sus antepasados, que mantienen la
misma hostilidad hacia los mensajeros de Dios;97 si aquellos antepasados mataron a los
que predijeron el advenimiento del Justo,98 ellos mismos —y aquí la denuncia de Esteban
se dirige particularmente a sus jueces sumo sacerdotales— habían llevado esa hostilidad a
su conclusión lógica, entregando al Justo a una muerte violenta.
53 Al rechazar al Mesías, habían colmado la medida de sus padres. Los padres se
habían resistido siempre al plan de Dios, el propósito mismo por el cual los había
convertido en nación y los había llamado a una relación pactual consigo mismo; ahora
sus descendientes habían repudiado a aquel en quien debía consumarse el plan y el
94
ver T. Schermann, ed., Prophetarum Vitae Fabulosae, Leipzig, 1907; C. C. Torrey, ed., Lives of
the Prophets, Filadelfía, 1946; H.-J. Schoeps, “Die jüdischen Prophetenmorde”, Aus frühchristlicher Zeit,
Tubinga, 1950, pp, 126–143.
95
Ver Ascensión de Isaías 5.1–14; TB Yebamot 49b; Sanedrín 103b; Justino, Diálogo 120.5;
Tertuliano, Sobre la paciencia 14.
96
ver Tertuliano, Remedio contra los escorpiones 8; Jerónimo, Contra Joviniano 2.37.
97
Cf. la argumentación en Mt. 23:29–37; 1 Ts. 2:15s.
98
Para esta designación de Cristo cf. 3:14 (p. 101, n. 29); 22:14.
propósito divinos. En los primeros tiempos de la nación, ésta desobedeció la ley de Dios,
aunque había recibido esa ley por mediación angélica.99 Y ahora, en estos últimos
tiempos, cuando Dios ha hablado, ya no por medio de un ángel sino por medio del Justo
por excelencia, los oyentes de Esteban lo habían rechazado a él en forma más decidida
aún.
103
De modo semejante, Jacobo el Justo, según Hegesipo, respondió a sus jueces: “¿Por qué me
preguntan acerca del Hijo del Hombre? Está sentado a la diestra del Todopoderoso en el cielo, y vendrá en
las nubes del cielo” (Eusebio, HE 2.23.13).
VP Versión Popular
104
Sobre la interrelación de estas palabras en los tres relatos sinópticos ver I. H. Marshall, The
Gospel of Luke, NIGTC, Grand Rapids/Exeter, 1978, pp. 849–851.
105
La expresión en Ap. 1:13 y 14:4 no es el titulo ο υιος του ανθρωπου sino οµοιον υιον
ανθρωπου (“uno como a un hijo de hombre”, es decir, una figura humana, como en Dn. 7:13).
identifica con los discípulos de Jesús y sus conversos.106
La respuesta de Jesús a la pregunta del sumo sacerdote combina la descripción de
Daniel de “uno como un hijo de hombre” que viene con las nubes del cielo con la
profecía del Salmo 110:1, en que Yahveh invita al rey de Israel a sentarse a su diestra.
Esta profecía subyace a la descripción de la visión de Esteban en este caso. Pero Esteban
ve al Hijo del Hombre no sentado sino de pie a la diestra de Dios. ¿Tiene alguna
significación este cambio de verbo?
Algunos comentaristas han pensado que no; C. H. Dodd, por ejemplo, señala que el
verbo “estar parado” “tiene comúnmente el sentido de ‘estar situado’ sin que en modo
alguno implique la actitud de estar de pie”.107 Pero en alusiones a la profecía del Salmo
110:1, el participio “sentado” es tan común que la excepción requiere una explicación. Se
han ofrecido diversas posibilidades. “Todavía no había tomado asiento definitivamente
—dice William Kelly— sino que aún estaba dándoseles a los judíos una última
oportunidad. ¿Rechazarían el testimonio acerca de aquel ascendido de veras a lo alto,
pero como señal, con la esperanza de ver si, por ventura, se arrepentían para que el Señor
pudiese ser enviado a inaugurar los tiempos de refrigerio aquí abajo?”108 Pero desde el
punto de vista de Lucas esta no era una “última oportunidad” para los judíos, quienes
siguen recibiendo oportunidades adicionales hasta el final mismo de su narración.109
En forma más plausible, Jesús ha sido presentado como levantándose del trono de
Dios para recibir a su protomártir; J. A. Bengel, quien adopta este punto de vista, cita al
106
La literatura sobre la cuestión del “Hijo del Hombre” es voluminosa. Ver (entre otras
exposiciones) C. Colpe, TDNT 8, pp. 400–477 (s.v. ο υιος του ανθρωπου); T. W. Manson, “The Son of
Man in Daniel, Enoch and the Gospels”, Studies in the Gospels and Epistles, Manchester, 1962, pp. 123–
145; H. E. Tödt, The Son of Man in the Synoptic Tradition, trad. ing., Londres, 1966; F. H. Borsch, The Son
of Man in Myth and History, Londres, 1967; M. D. Hooker, The Son of Man in Mark, Londres, 1967; C. F.
D. Maule, “Neglected Features in the Problem of “the Son of Man’ ”, Neues Testament und Geschichte, J.
Gnilka, ed., Friburgo, 1974, pp. 413–428; R. Pesch y R. Schnackenburg, eds., Jesus und der
Menschensohn, Friburgo, 1975; M. Casey, Son of Man, Londres, 1979; A. J. B. Higgins, The Son of Man in
the Teaching of Jesus, Cambridge, 1980; J. Coppens, Le Fils de l’Homme Néotestamentaire, Lovaina,
1981, y Le Fils de l’Homme Véléro-et Intertestamentaire, Lovaina, 1983; B. Lindars, Jesus: Son of Man,
Londres/Grand Rapids, 1983; S. Kim, “The ‘Son of Man’ ” as the Son of God, WUNT 30, Tubinga, 1983;
G. Vermes, “The Present State of the ‘Son of Man’ Debate”, Jesus and the World of Judaism, Londres,
1983, pp, 89–99.
107
C. H. Dodd, According to the Scriptures, Londres, 1952, p. 35n.; cf. G. H. Dalman, The Words
of Jesus, trad. ing., Edimburgo, 1902, p. 311.
108
W. Kelly, An Exposition of the Acts of the Apostles, Londres,3 1952, pp. 102s.; cf. J. N. Darby:
“No se sienta, por así decirlo, hasta que Israel ha rechazado formalmente el testimonio, cuando el grito de
Esteban llegó a su oído. Tomó su lugar, sentándose hasta que sus enemigos fueran convertidos en su
escabel, después de haberse negado a escuchar el testimonio del Espíritu Santo. Mientras que Esteban es
recibido en la presencia de Cristo en el cielo, Israel como Israel tiene que esperar afuera” (Collected
Writings 28, p. 283).
109
Por ello E. W. Bullinger no vio aquí la transición dispensacional sino en 28.28; ver The
Componion Bible, Londres, 1909–1921, apéndice 181 (“The Dispensational Position of the Book of
‘Acts’ ”).
mismo efecto a Arator, poeta cristiano del siglo VI.110 Otros han entendido que Esteban
pudo ver anticipadamente la gloria del advertimiento de Cristo: “Cristo se levanta como
acto preparatorio de su parusía”, dice Huw Pari Owen.111 Un refinamiento de esta
interpretación es el que propone C. K. Barrett: Jesús está de pie, por cierto, porque “está a
punto de venir”, pero Lucas creía que “la muerte de cada cristiano estaría marcada por lo
que podemos caracterizar como una parusía privada y personal del Hijo del Hombre”.112
Es muy probable que las palabras de Esteban deban entenderse estrechamente ligadas
a la promesa de Jesús: “Todo aquel que me confesare delante de los hombres, también el
Hijo del Hombre le confesará delante de los ángeles de Dios” (Lc. 12:8; en Mt. 10:33 “el
Hijo del Hombre” está reemplazado por “yo”). Es decir, Jesús se pone de pie como
testigo o abogado en defensa de Esteban. Esteban apela sobre la base del juicio adverso
del tribunal terrenal, y “en el tribunal celestial … este miembro de la comunidad del Hijo
del Hombre ya ha sido reivindicado por el jefe de dicha comunidad: El único Hijo del
Hombre por excelencia” (C. F. Moule).113 Si, en el momento en que estaba por comenzar
a testificar delante del Sanedrín, Esteban tuvo algún atisbo de esta visión beatífica, no es
extraño que su rostro brillara como el de un ángel (6:15).
¿Comprendía la visión que tuvo Esteban del Hijo del Hombre una apreciación de que
éste estuviera ejerciendo el dominio universal? De acuerdo con William Manson,
“Esteban captó y afirmó el sentido más que judío mesiánico en el cual debía entenderse
el ministerio y la significación de Jesús en la historia religiosa … Mientras que los
nacionalistas judíos se aferraban a la permanencia de su privilegio histórico nacional, e
incluso los cristianos ‘hebreos’ que se reunían en torno a los apóstoles, con toda su fe
nueva y meslánica, idealizaban las instituciones sagradas del pasado, ‘asistiendo
firmemente al templo’, ‘acudiendo al templo a la hora de la oración’, que era también la
hora del servicio de sacrificios, refugiándose bajo el alero del lugar santo, Esteban, en
cambio, vio que el Mesías estaba en el trono del universo.”114
Esta puede ser una apreciación justa del pensamiento de Esteban, pero se trata de una
cuestión sobre la que no se puede lograr certeza. La interpretación de Manson forma
parte de su argumentación para demostrar que Esteban fue precursor del escritor a los
Hebreos. Lo que puede decirse con cierta confianza es que Lucas considera el ministerio
de Esteban como introducción a la misión a los gentiles, en la cual comenzó a
110
Gnomon Novi Testamenti, p. 420: “stantem: quasi obvium Stephano” (Bengel).
111
H. P. Owen, “Stephen’s Vision in Acts VII 55–56”, NTS 1, 1954–1955, p. 225.
112
C. K. Barrett, “Stephen and the Son of Man”, Apophoreta: Festschrift für Ernst Haenchen,
BZNW 30, Berlín, 1964, pp. 32–38.
113
C. F. D. Moule, “From Defendant to Judge—and Deliverer” (1953), The Phenomenon of the
New Testament, SBT 2.1, Londres, 1967, pp. 90s.
114
W. Manson, The Epistle to the Hebrews, pp. 31s. Dado que el Hijo del Hombre ya había
recibido el dominio mundial ilimitado, prosigue, el llamado al pueblo de Dios era ahora a marchar hacia
adelante bajo la dirección del Jesús que una vez fue rechazado, “a quien pertenece el trono del mundo y el
Señorío de la Era por Venir” (p. 32).
reivindicarse la afirmación del derecho que tenía Cristo a ejercer el dominio del mundo.
La reivindicación de su derecho a la soberanía por medio de la misión gentil aparece otra
vez como el tema del discurso de Jacobo en el Concilio de Jerusalén (15:14–18).
Resumiendo, la presencia del Hijo del Hombre a la diestra de Dios significaba que
para su pueblo se había abierto un camino de acceso a Dios en forma más inmediata y
más satisfactoria para el alma, que lo que podía ofrecer el templo. Significaba que había
llegado la hora del cumplimiento, y que había llegado a su fin la era del particularismo.
La soberanía del Hijo del Hombre abarcaría a todas las naciones y razas sin distinción:
bajo su gobierno no hay lugar para una institución que otorgue privilegios religiosos a un
grupo por encima de los demás.
HECHOS 8
2. FELIPE (8:1b–40)
A. PERSECUCIÓN Y DISPERSIÓN (8:1B–3)
1 b Ese día se desató una gran persecución4 en contra de la iglesia en Jerusalén, y
todos fueron dispersados entre las regiones de Judea y Samaria, excepto los
apóstoles.5
2 El cuerpo de Esteban fue levantado y sepultado por hombres piadosos, quienes
1
Ver 22:3.
2
Aun aquí hay un paralelo entre las narraciones de Esteban y Jacobo. En Recog. Clem. 1.70,
Simón el Mago (probablemente una alusión indirecta a Pablo, persona detestable de los ebionitas) provoca
un tumulto contra Jacobo, y lo arroja de cabeza desde lo alto de una escalera en los alrededores del templo.
H.-J. Schoeps (Theologie und Geschichte des Judenchristentums, Tubinga, 1949, pp. 381–456) está
probablemente en lo correcto al retrotraer esto y mucho más en la literatura seudoclementina hasta un
Hechos de los apóstoles ebionita, compuesto como una obra rival de los Hechos canónicos; pero en ese
caso es mucho más probable que el retrato ebionita de Jacobo se base en el Esteban lucano que a la inversa
(ver p. 159, n. 7).
3
F. C. Conybeare, “The Stoning of St. Stephen”, Exp. 8, 6, 1913, pp. 468s. La afirmación de que
Saulo “aprobaba” (ην συνευδοκων) la ejecución de Esteban no implica necesariamente que fuera miembro
del Sanedrín; ver sobre 22:20, donde aparece nuevamente la expresión (p. 490).
4
Gr. διωγµος. El Texto Occidental añade “y tribulación” (και θλιψις), el término que se emplea en
11:19.
5
El Texto Occidental añade “que permanecieron en Jerusalén” (lo que de todos modos está
implícito).
hicieron gran lamentación por él.
3 Pero Saulo procedió a asolar la iglesia; entraba en sus casas, una por una,
arrastraba a los hombres y mujeres, y los entregaba para su encarcelamiento.
1b–2 La ley prescribía la obligación de sepultar los cuerpos de las personas ejecutadas,
pero no alentaba a lamentarse públicamente por ellos.6 Esteban, de cualquier modo,
recibió el último tributo que se le debía de parte de hombres devotos7 que evidentemente
desaprobaban su condenación y ejecución.
Su muerte, sin embargo, fue la señal para una campaña inmediata de represión contra
la iglesia de Jerusalén. Si leemos este párrafo en su contexto más amplio, llegaremos a la
conclusión de que los helenistas de la iglesia (el grupo del cual Esteban había sido un
conductor) constituyeron el blanco principal de ataque y, en su mayoría, debieron salir de
Jerusalén.8 Algunos, ciertamente, deben haber estado convencidos de que la ciudad se
había echado encima una condena irrevocable por su rechazo del testimonio de Esteban;
era sabio, por lo tanto, abandonarla.9 A partir de este momento, la iglesia de Jerusalén
parece haber formado un cuerpo mayormente “hebreo”.10
Los doce apóstoles permanecieron en Jerusalén, en parte sin duda porque creyeron
que era bu deber quedarse en su puesto,11 y, en parte, puede pensarse, porque la antipatía
popular no se dirigía tanto contra ellos como contra los líderes de los helenistas dentro de
la iglesia. La persecución y dispersión, de cualquier modo, dio lugar al comienzo del
cumplimiento de la comisión del Señor resucitado a sus discípulos: “Ustedes serán mis
testigos en Jerusalén, y en toda Judea y Samaría …” (1:8). “Las iglesias de Dios en Cristo
Jesús que están en Judea” (adoptando el lenguaje de Pablo en 1 Ts. 2:14)12 debían su
origen como comunidades separadas a aquella época de persecución.
3 El agente principal en la campaña de represión era Saulo de Tarso, quien ahora
6
Misná, Sanedrín 6.6.
7
Gr. ευλαβεις, utilizado regularmente en el NT para los judíos devotos (ver pp. 70–71, nn. 16, 23
[sobre 2:5]); aquí probablemente quiere significar judíos seguidores de Jesús.
8
Cf. 11:19s.
9
ver M. Hengel, Acts and the History of Earliest Christianity, trad. ing., Londres, 1979, pp. 74s.
La mención de Mnasón en 21:16 (más de veinte años después) muestra que no todos los creyentes
helenísticos abandonaron Jerusalén.
10
Esto es, hasta su dispersión c. 66 d.C., y aún más en el exilio después de esto. Luego de que el
emperador Adriano volvió a fundar Jerusalén en el 135 d.C. como colonia romana con el nombre de Aelia
Capitolina, la iglesia de Jerusalén fue una comunidad completamente gentil-cristiana, sin continuidad
alguna con la iglesia judeocristiana de Jerusalén del siglo I.
11
Lucas puede haber entendido que convenía teológicamente que permanecieran en Jerusalén,
como los líderes del pueblo de Dios de los últimos tiempos; cf. G. W. H. Lampe, St. Luke and the Church
of Jerusalem, Londres, 1969, p. 21.
12
Ver acerca de 9:31 (p. 233)
imprimió mayor eficacia a la actitud hacia el nuevo movimiento que él ya había
demostrado en el apedreamiento de Esteban. Provisto de la autorización necesaria de
parte de los dirigentes sumo sacerdotales del Sanedrín,13 asoló14 a la iglesia, arrestando a
sus miembros en sus propias casas y enviándolos a la cárcel. Fanático de las tradiciones
ancestrales de su nación,15 comprendió que la nueva fe las amenazaba. Se imponía una
acción drástica: esta gente, pensó, no eran meros entusiastas equivocados cuyo sincero
aferramiento al error requería paciente instrucción; eran impostores conscientes, que
proclamaban que Dios había levantado de la tumba para ser Señor y Mesías a un hombre
cuya forma de muerte demostraba que sobre él pesaba la maldición divina.16
40
Ver para este punto de vista A. J. Mason, The Relation of Confirmation to Baptism, Londres,
1891; G. Dix, Confirmation or the Laying On of Hands?, Londres, 1936; The Theology of Confirmation in
Relation to Baptism, Londres, 1946; N. Adler, Taufe und Handauflegung, Münster, 1951; y, para una
crítica magistral de este punto, G. W. H. Lampe, The Seal of the Spirit, Londres, 1951.
41
Lampe, The Seal of the Spirit, p. 70.
42
Ibíd., p. 72.
menos éxito, por la fuerza de las armas durante los últimos quinientos años.”43
43
A. Ehrhardt, The Acts of the Apostles, Manchester, 1969, p. 47.
44
En lugar de “Espíritu” (πνευµα), la lectura de alef B copsa, la expresión ampliada “el Espíritu
Santo” (το πνευµα το αγιον), aparece en P45.74 A C D E Ψ byz lat syr copbo.
45
El Texto Occidental añade (de forma poco elegante, al final de la oración): “que no dejó de
llorar copiosamente”.
llevará a ti a menos que te arrepientas y busques el perdón por tu malvado pensamiento”,
dijo Pedro. Simón había creído el mensaje de Felipe y había sido bautizado, pero todavía
manifestaba señales de su antigua naturaleza no regenerada. La venenosa raíz del
supersticioso egocentrismo no había sido erradicada de su corazón; su alma todavía
estaba firmemente retenida por las “cadenas de la injusticia”.46 Era dudoso, a los ojos de
Pedro, que Simón hubiera experimentado la gracia de Dios en algún sentido real. Simón
interpretaba todo lo que veía y oía en términos de sus propias normas, pero el evangelio
pertenecía a una dimensión completamente nueva, a la cual él permanecía extraño. En
este reino, claramente, no tenía “ninguna parte ni porción”.
El relato de Lucas de este enfrentamiento entre Pedro y Simón provee el arquetipo
para relatos de enfrentamientos posteriores entre ambos. Felipe puede haberse contentado
con la adhesión de Simón al grupo de sus convertidos, pero las exigencias más estrictas
de la ortodoxia apostólica no encontrarían lugar para Simón y sus seguidores en la
comunidad de los creyentes. Aquellos que se preocupan por especular sobre lo que
“podría haberse dado” en la historia pueden dedicarse a considerar cuál habría sido el
resultado si Simón y sus seguidores se hubieran incorporado en la iglesia en esta etapa
temprana, y decidir si habría sido algo bueno o malo para el progreso del cristianismo.47
Arnold Ehrhardt sentía que “la iglesia perdió un hombre aquí, que podría haber sido
salvado; san Pedro pisoteó la plantación nueva iniciada por san Felipe”.48 Otros han de
juzgar la situación de modo diferente.49
24 Simón fue presa del terror. El que hubiera incurrido en el desagrado de los
hombres que aparentemente tenían tanto poder a su disposición era un pensamiento
terrible; el Texto Occidental que nos dice que lloró todo el tiempo que Pedro siguió
hablando puede ajustarse a los hechos, si Simón era el tipo de médium emocionalmente
inestable que no es enteramente desconocido en nuestro tiempo, aunque este cuadro no
concuerda tan bien con el Simón el mago de la tradición ulterior. Pedro le había dicho
que orara pidiendo perdón, pero para el modo de pensar de Simón las oraciones de
hombres poseedores del poder demostrado por Pedro y Juan prevalecerían más que las
suyas, así que les suplicó que orasen ellos por él. Arnold Ehrhardt alaba a Simón por la
46
Por otra parte, Pedro puede querer decir que Simón se dirige hacia un amargo final: “Veo que
estás destinado a gustar el fruto amargo y a llevar los grillos del pecado”. La construcción (el verbo “estar”
seguido por εις) denota destino en los papiros, y así se ha utilizado en el v. 20 (lit., “que tu plata sea para tu
perdición”, ειη εις απωλειαν). El lenguaje de Pedro tiene sabor del AT; cf. Dt. 29:18 (del que se hace eco
He. 12:15) e Is. 58:6, notando especialmente εν χολῃ και πικρια en la LXX del primer texto ψσυνδεσµον
αδικιας en la LXX del segundo.
47
Si Simón hubiera continuado dentro de la iglesia, sería más plausible el diagnóstico de M. D.
Goulder sobre el gnosticismo samaritano como una de “las dos raíces del mito cristiano”; The Myth of God
Incarnate, J. Hick, ed., Londres, 1977, pp. 64–86.
48
A. Ehrhardt, The Acts of the Apostles, p. 47.
49
El mismo Lucas, con toda su simpatía por la misión helenística de Felipe, parece aprobar la dura
reprimenda que dirige Pedro a Simón. A sus ojos, Simón personifica el concepto helenístico del θειος ανηρ,
el hombre poseído o iluminado divinamente —la única persona así en Hch. 8— “y Lucas no lo aprueba”
(C. K. Barrett, “Theologia Crucis—in Acts”, Theologia Crucis—Signum Crucis, Festschrift für E. Dinkler,
Tubinga, 1979, p. 80). Ver p. 248 n. 33.
“inesperada humildad expresada en su hermosa respuesta” a la acusación de Pedro;
admite, por cierto, “la impresión de que Simón queda mucho mejor parado de este
encuentro con los apóstoles, que el tempestuoso san Pedro, que no le ofrece ninguna
palabra de consuelo”.50
La literatura canónica despide a Simón con este ruego en sus labios de que por la
intercesión de los apóstoles pueda escapar del juicio pronunciado sobre su corazón
torcido.51 Relatos ulteriores sobre su actividad causan la impresión de que, o no
intercedieron por él o su intercesión no fue eficaz. Aun así, Simón y sus seguidores
siguieron siendo conocidos como cristianos, como lo admite Justino Mártir:52 un tributo,
quizás, a lo que Simón aprendió durante el breve tiempo que pasó en compañía de Felipe.
50
A. Ehrhardt, The Acts of the Apostles, p. 46.
51
“Tu corazón no es recto (ευθεια)”, le dice Pedro en el v. 21 (de modo similar, el Sal. 77 [TM
78]:37, LXX).
52
Justino, Primera Apología 26.6
53
Gr. κατα µεσηµβριαν. En la LXX µεσηµβριαν regularmente significa “mediodía” (cf. περι
µεσηµβριαν, 22:6 más adelante), excepto en Dn. 8:4, 9 donde significa “sur” (Teodoción traduce νοτος).
Pero aquí “hacia el sur” es el sentido más natural (pero ver W. C. van Unnik, “Der Befehl an Philippus”,
ZNW 47, 1956, pp. 181–191).
30 Así que Felipe corrió hacia el etíope y oyó que leía a Isaías el profeta.
“¿Entiendes lo que estás leyendo?”, preguntó.
31 “¿Cómo podría —dijo el hombre— a menos que alguien me guíe?” E invitó a
Felipe a subir y a sentarse con él.
32 El pasaje de la escritura que leía era este:
“Como oveja fue llevado al sacrificio,
y como cordero mudo delante de su trasquilador,
así no abre su boca.
33 Como fue humillado, sus derechos le fueron quitados;
en cuanto a su descendencia, ¿quién la declarará?
porque su vida es quitada de la tierra.”
34 Entonces habló el funcionario. “Dime, por favor —le dijo a Felipe—: ¿Quién es
esta persona acerca de la cual dice esto el profeta? ¿El mismo o algún otro?”
35 Entonces Felipe comenzó a hablar; empezando por esta escritura le contó las
buenas noticias acerca de Jesús.
36 Mientras iban de camino, llegaron a donde había algo de agua. “Mira —dijo el
funcionario—, aquí hay agua.54 ¿Qué me impide ser bautizado?”55
38 Dio órdenes para que se detuviera el carruaje, y ambos, Felipe y el funcionario,
bajaron al agua, y Felipe lo bautizó.
39 Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe,56 y el
funcionario no lo volvió a ver; porque continuó gozoso su camino.
40 En cuanto a Felipe, apareció en Azoto.57 Entonces, pasando de ciudad en ciudad,
predicó el evangelio en todas ellas hasta que llegó a Cesarea.
54
P45 omite ιδου υδωρ.
55
Aquí el Texto Occidental añade: “Y él le dijo:, ‘Si crees de todo corazón, puedes.’ El dijo como
respuesta, ‘Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios’.” Aunque esta adición no se encuentra en el Texto
Bizantino, Erasmo la incorporó en sus ediciones impresas; creía que había sido omitida por descuido de los
copistas. En VRV2 aparece como el v. 37, pero se la omite, correctamente, del texto de The Greek New
Testament according to the Majority Text, Z. C. Hodges y A. L. Farstad, eds., Nashville, 1982, donde se
menciona en el aparato que se incluyó en el Texto Recibido. VP también la omite.
56
El Texto Occidental dice: “El Espíritu del Señor cayó sobre el eunuco, y el ángel del Señor
arrebató a Felipe.”
57
Gr. ευρεθη εις Αζωτον. Con este uso del pasivo de ευρισκω cf. el francés se trouver.
26 Ahora se retoma la historia de Felipe. Esta parte se cuenta en un estilo que, en algunos
aspectos, tiene reminiscencias de las narraciones veterotestamentarias de Elías.58
Mientras que aquí, como en 5:19, la frase griega traducida “el ángel del Señor” es la que
se utiliza en la LXX para el mensajero sobrenatural que manifestaba la presencia divina a
los seres humanos,59 la afirmación de Lucas de que “el ángel del Señor le habló a Felipe:
‘Levántate …’ ” es probablemente un modo vívido de expresar la dirección divina de
Felipe. En la narración que sigue resulta difícil distinguir realmente entre “el ángel del
Señor” y “el Espíritu del Señor”, aunque el Texto Occidental introduce una distinción en
el v. 39.
Sea como fuere, Felipe recibió una orden divina de dirigirse al sur por el camino de
Jerusalén a Gaza, probablemente el camino que pasaba por Bet-govrin, la Betogabris de
Ptolomeo (fundada nuevamente por Septimio Severo como Eleuterópolis). La palabra
“desierto” puede referirse a Gaza o al camino. El rey hasmoneo Alejandro Janneo
destruyó en el 96 a.C. la ciudad más antigua de Gaza; Gabinio construyó una nueva
ciudad más cerca del Mediterráneo en el 57 a.C., “permaneciendo desierta” la ciudad
antigua, como dice Estrabón.60 Por otro lado, era importante que Felipe supiera qué
camino tomar; si hubiera tomado otro camino, no se habría encontrado con el etíope.
Gaza figura en el Antiguo Testamento como una de las cinco ciudades de los filisteos.
27–28 Por el camino desierto a Gaza, Felipe se encontró con un carruaje cubierto que
iba hacia el sur; en él estaba sentado el tesorero del reino de Etiopía (Nubia), que había
hecho una peregrinación a Jerusalén y ahora regresaba a su casa. El reino de Etiopía
estaba sobre el Nilo, al sur de la primera catarata (en Asuán); sus dos ciudades principales
eran Meroe y Napata. El rey de Etiopía era venerado como hijo del sol y considerado un
personaje demasiado sagrado para cumplir las funciones seculares de la realeza; éstas las
cumplía en su lugar la reina madre, quien llevaba el título dinástico de Candace.61
El tesorero etíope era probablemente un adorador gentil del Dios de Israel. Se lo
designa con un término que posiblemente tenía el sentido más general de “funcionario” o
el sentido más estricto de “eunuco”.62 Los eunucos se empleaban comúnmente como
funcionarios de la corte en el Cercano Oriente desde la antigüedad hasta tiempos bastante
recientes. La ley de Israel excluía a los eunucos de los privilegios religiosos que
disfrutaban los demás miembros de la comunidad (Dt. 23:1); la supresión de esta
58
Cf. 1 R. 18:12; 2 R. 1:3; 2:16.
67
Acerca de la pertinencia de la designación “el Hijo del Hombre” en este marco ver M. Black,
“Servant of the Lord and Son of Man”, SJT 6, 1953, pp. 1–11. (Ver pp. 185–186 con nn. 104, 106, sobre
7:56.)
VP Versión Popular
HECHOS 9
16
Cf. Dalman, Jesus-Jeshua, p. 18.
17
Ver F. Dostoievsky, The Idiot, trad. ing., Londres, 1913, pp. 224s.; también la exposición en J.
Klausner, From Jesús to Paul, trad. ing., Londres, 1944, pp. 326–330.
18
Cf. 22:14; 26:16.
19
Cf. 1 Co. 9:1; 15:8; Gá. 1:16.
20
Cf. C. Rowland, “The Influence of the First Chapter of Ezequiel on Jewish and Early Christian
Literature”, dis. Cambridge, 1974; The Open Heaven, Londres, 1982, pp. 84s., 95s., et passim.
21
Cf. S. Kim, The Origin of Paul’s Gospel, Tubinga/Grand Rapids, 21984.
de su pasión” a Pedro, Jacobo y otros en la primera mañana de Pascua cristiana y en los
días que siguieron, así ahora, “como a uno nacido fuera de tiempo”, se le apareció a
Saulo (1 Co. 15:5–8). Sus compañeros de viaje (de acuerdo con 22:9) vieron la luz que
apareció súbitamente a su alrededor, pero para ellos no la acompañó esa enceguecedora
iluminación interior que provocó la revolución en el fanático perseguidor, reorientando su
celo hacia la propagación de la fe que hasta ese momento había procurado destruir.
El propio relato de Saulo sobre su experiencia no sólo se adecúa a los resultados: está
también en consonancia con ellos. Cuanto más se lo estudia, más inclinado se siente uno
a estar de acuerdo con el hambre de estado del siglo XVIII George Lyttelton, en que “la
conversión y el apostolado de san Pablo solos, debidamente considerados, fueron en sí
mismos una demostración suficiente de que el cristianismo era una revelación divina.”22
Un llamativo paralelo moderno de esta narración es la historia de Sundar Singh
acerca de su propia conversión después de un período de hostilidad contra el evangelio.
Orando en su habitación temprano por la mañana, el 18 de diciembre de 1904 vio una
gran luz. “Entonces mientras oraba y miraba hacia la luz, vi la silueta del Señor
Jesucristo. Tenía una gran apariencia de gloria y amor. Si hubiera sido alguna
encarnación hindú yo me habría postrado delante de ella. Pero era el Señor Jesucristo, a
quien yo había estado insultando pocos días atrás. Sentí que una visión como esta no
podía salir de mi propia imaginación. Oí una voz que me decía en indostánico: ‘¿Hasta
cuándo me vas a perseguir? He venido a salvarte; tú estabas orando para conocer el
camino correcto. ¿Por qué no lo tomas?’ Entonces me vino el siguiente pensamiento:
‘Jesucristo no está muerto, sino vivo, y él mismo debe ser quien me habla.’ Así que caí a
sus pies y tuve su maravillosa paz que no había podido obtener en ningún otro lado. Este
es el gozo que yo deseaba tener. Cuando me levanté, toda la visión había desaparecido,
pero la paz y el gozo permanecieron conmigo desde entonces.”23 Hubo varias
circunstancias que hacen difícil decir que lo que tuvo Sundar Singh fue un sueño o el
efecto de la autohipnosis; también es interesante saber que, hasta lo que recuerda, “en esa
época no conocía el relato de la conversión de san Pablo; aunque, por supuesto, en cuanto
a un detalle de esa clase no se puede confiar implícitamente en la memoria humana”24 (y
aun cuando no conociera el relato en la época de su conversión, lo conocía cuando relató
su conversión con las palabras recién citadas, y puede haber influido en la terminología
de su propia narración). Aquí tampoco podemos evaluar apropiadamente el relato del
Sadhu sobre su propia experiencia sin tomar en consideración la concecuente vida
notable y las señales excepcionales que acompañaron su ministerio.25
7 Algunas veces se ha pensado que la afirmación de que los compañeros de viaje de
22
G. Lyttelton, Observations on the Conversion and Apostleship of St. Paul, Londres, 1747,
parágrafo 1, “un tratado —escribió Samuel Johnson— al cual la incredulidad nunca ha podido inventar una
respuesta plausible”; Lives of the Most Eminent English Poets, Londres, 1779–1781.
23
B. H. Streeter y A. J. Appasamy, The Sadhu, Londres, 1921, pp. 6–8. Resulta de interés que la
voz se le haya dirigido en indostánico y no en inglés.
24
Ibíd., p. 8.
25
Ver pp. 279–280 más adelante (sobre 12:10s.)
Saulo “permanecieron mudos; oyeron la voz, pero no vieron a nadie”, contradice la
propia afirmación de Saulo de que “todos caímos al suelo” (26:14), y todavía más con su
afirmación de que los hombres que estaban con él “no oyeron la voz de aquel que estaba
hablandome” (22:9). La primera discrepancia no es importante; presumiblemente los
otros pudieron levantarse mientras Saulo quedó en el suelo. En cuanto a la otra, la
explicación de Crisóstomo, de que la voz oída por los compañeros de viaje era la de
Saulo hablando con el Señor resucitado,26 ofrece la dificultad de que “la voz” en el v. 7 se
entiende más naturalmente como referida a la “voz” del v. 4. La explicación más habitual
es que, mientras los otros oyeron un ruido (como la multitud de Jn. 12:29 que “decía que
había tronado” cuando una voz celestial contestó la oración de Jesús), no distinguieron
ninguna voz articulada.27
No se aclara si los compañeros de Saulo eran personas que simplemente viajaban en
la misma caravana, o si habían salido con él para ayudarlo en su misión.28 Dado que
estaba comisionado para llevar a los refugiados engrillados a Jerusalén, naturalmente
requeriría la colaboración de otros (quizá miembros de la policía del templo) para
reunirlos y llevarlos de vuelta.
34
“Todos los que invocan tu nombre” son los mismos que los que son llamados “tus santos” en el
v. 13. “Santos” (αγιοι) es una designación común para los cristianos en el NT, especialmente en las cartas
paulinas; los señala como el pueblo de Dios o de Cristo, apartado para él y su servicio.
35
Para el sentido que tenia Pablo mismo de su elección para un servicio especial ver Ro. 1:1, 5;
Gá. 1:15s.; Ef. 3:7–13.
36
Sobre “sufrir por el nombre” cf. 5:41; 21:13. El comentario que hace Pablo mismo de estas
palabras puede verse en 2 Co. 11:23–27. En el reino de Cristo sufrir por su nombre es señal de su favor y
garantía de su recompensa (cf. 14:22; Mt. 5:11s.; Ro. 8:17; Fil. 1:29s.; 2 Ts. 1:5–8; 2 Ti. 2:12).
37
Varios testigos (C2 E L 614 pm latp syrhd) añaden “inmediatamente” (παραχρηµα).
dirigiéndose a él con palabras de amistad fraternal. La forma del nombre “Saulo” en el
texto original a esta altura —la misma forma que utilizó la voz celestial que Saulo oyó en
el camino—38 sugiere que Ananías habló en arameo.
En su ulterior discurso a la población de Jerusalén desde lo alto de los escalones que
conectan el templo con la fortaleza Antonia (22:14–16), Pablo ofrece un relato más
completo de lo que le dijo Ananías; en su discurso ante Agripa (26:16–18) incluye la
comunicación de Ananías como parte de lo que se le dijo durante la visión celestial. En
esta narración, también, resulta claro que la visión del camino a Damasco y el mensaje de
Ananías se confirmaban mutuamente; por medio de esta comunicación doble Saulo
recibió su comisión de parte del Señor.
Al escribirles a los gálatas Pablo se preocupa por negar, con los términos más
enérgicos, que él hubiese recibido su comisión apostólica de algún ser mortal o por medio
de algún ser mortal; él la recibió, afirma, directamente del Cristo que le fue revelado
como el Hijo de Dios (Gá. 1:1, 11–20). ¿Cómo se condice esto con el papel que se le
adjudica a Ananías en Hechos?
En primer lugar, Pablo está respondiendo en Gálatas al cargo de que él dependía, para
la autoridad misionera que pudiera poseer, de los apóstoles en Jerusalén. La parte
representada por Ananías no podía afectar la polémica en uno u otro sentido. Un simple
discípulo como Ananías no podía, en ningún caso, haber tenido la autoridad para
comisionarlo. En segundo lugar, para este propósito especial Ananías ocupó una posición
tan exaltada, que sus palabras a Saulo constituían las palabras del Cristo resucitado. Por
haber sido enviado por el Cristo resucitado a poner sus manos sobre Saulo, era, en esta
ocasión especial, su agente y por cierto su vocero; Lucas no lo hubiera llamado apóstol,
aunque la expresión no habría sido inapropiada.39 Sea que se lo llamara apóstol o no,
ciertamente era un profeta debidamente autorizado. Como vocero de Cristo acudió a
Saulo; no tenía nada más que decir que las palabras que el Señor había puesto en sus
labios. Ananías pronunció las palabras pero, cuando lo hacía, era el mismo Cristo quien
comisionaba a Saulo para ser su embajador. Ananías puso las manos sobre Saulo, pero
fue el poder de Cristo el que en ese mismo momento iluminaba sus ojos y lo llenaba del
Espíritu Santo. El hecho de que Saulo haya recibido la llenura del Espíritu a través de la
imposición de manos de un discípulo tan humilde como Ananías muestra claramente que
Lucas no consideraba que la imposición apostólica de manos fuera necesaria para esto
(según su comprensión del término “apostólico”).40 Esa llenura era la condición
indispensable para el ministerio profético previsto para Saulo en las palabras del Señor en
el v. 15, un ministerio comparable a aquel para el cual fue llamado Jeremías en su época
(Jer. 1:5). De allí en adelante Saulo llevó a cabo este ministerio como una persona dotada
38
El Señor (v. 4 par. 22:7 y 26:14) y Ananías (aquí y en 22:13) utilizan la forma Σαουλ en
vocativo; se usa en acusativo para el rey Saúl en 13:21. En otros lugares de Hechos se emplea la forma
helenizada Σαυλος.
39
Cf. G. W. H. Lampe, The Seal of the Spirit, Londres, 1951, p. 72: “Ananías … es, a los fines de
encontrarse con Pablo, un apóstol cabalmente comisionado”.
40
Para la forma en que Lucas entiende los términos “apóstol” y “apostólico” ver p. 44 (sobre 1:2).
con poder celestial (cf. el v. 22).
El envío de Saulo y el papel que desempeñó en él Ananías quedarán para siempre
como piedra de tropiezo en el camino de aquellos cuya concepción del ministerio
apostólico está demasiado atada a una línea particular de transmisión o forma de
ordenación. Si el Señor resucitado comisionó a un siervo tan ilustre de un modo tan
“irregular”, ¿acaso no es posible que lo haya hecho otra vez y que pueda hacerlo otras
veces, cuando la ocasión así lo requiera?
De esta manera Ananías entra y sale de la narración, y no sabemos nada más sobre él.
Pero como el primer amigo de Saulo después de su conversión, el primer seguidor de
Jesús que lo saludó como hermano, el que le llevó fielmente la comisión del Señor,
Ananías tiene un lugar destacado en la historia sagrada, y un derecho especial a la
gratitud de todos los que de un modo u otro han participado de la bendición que surge de
la vida y obra del apóstol a los gentiles.
18–19a Cuando Ananías cumplió su comisión y puso sus manos sobre él, una
sustancia escamosa cayó de los ojos de Saulo.41 Podía ver otra vez; se levantó y fue
bautizado de inmediato en el nombre de Jesús (recibiendo su bautismo de manos de
Ananías, debemos suponer naturalmente);42 comió porprimera vez en tres días y un
retorno de la fuerza física acompañó la afluencia del nuevo poder espiritual.
41
Cf. Tobías 3:17 (“descamar las blancas películas de los ojos de Tobías”); 11:13 (“las blancas
películas se descarnaron de los ángulos de sus ojos”).
42
Ver p. 489 con n. 22 (sobre 22:16). El bautismo de Saulo, como el de Cornelio y su familia en
10:44–48, puede haber seguido a su recepción del Espíritu; esto no puede determinarse con certeza sobre la
base de la narración.
43
Gr. ηµερας τινας, para el cual P45 dice ηµερας ικανας. “muchos días” (cf. vv. 23, 43).
44
Algunas autoridades occidentales insertan “el Cristo”.
45
Algunas autoridades occidentales dicen “fue tanto más fortalecido en la palabra”.
residían en Damasco al demostrar que este Jesús era el Mesías.46
19b–20 De acuerdo con el bosquejo autobiográfico que ofrece en Gálatas 1:15–17, Pablo
no consultó a ningún ser humano después de recibir su “revelación de Jesucristo” sino
que fue a Arabia (el reino nabateo, que estaba en la frontera oriental de Siria y se extendía
hacia el sur hasta el Mar Rojo). Esto no excluye un breve período de testimonio en
Damasco como el que se describe aquí, sea antes de salir para Arabia (que parecería ser
lo más probable) o después de su regreso a Damasco (“sin demora” en el v. 20 no
necesita forzarse demasiado, especialmente porque Lucas nada dice de la visita a Arabia).
Es más significativo de lo que se supondría a primera vista el hecho de que la única
aparición del título “Hijo de Dios” en Hechos esté en este informe de la predicación
temprana de Saulo.47 Cristo se le reveló como Hijo de Dios en el camino a Damasco (Gá.
1:16; cf. 2 Co. 1:19; Ro.1:4).
Este título, o su equivalente, se utiliza en el Antiguo Testamento para referirse (1) al
pueblo de Israel (Ex. 4:22; Os. 11:1), (2) al rey ungido de Israel (2 S. 7:14; Sal. 89:26s.),
y por lo tanto (3) al rey ideal del futuro, el Mesías de la línea davídica (ver especialmente
Sal. 2:7 como se cita más abajo en 13:33; cf. también anteriormente, 2:25s.). Para el uso
mesiánico del título en la literatura seudoepigráfica, cf. 1 Enoc 105:2; 4 Esdras 7:28s;
13:32, 37, 52; 14:9. El que los contemporáneos de nuestro Señor creían que el Mesías era
en algún sentido especial el hijo de Dios se hace probable por las palabras de la pregunta
que le hizo el sumo sacerdote cuando fue sometido a juicio: “¿Eres tú el Mesías, el Hijo
del Bendito?” (Mr. 14:61 par. Mt. 26:63; Lc. 22:67, 70). Aplicado a nuestro Señor,
entonces, el título “Hijo de Dios” lo señala como el verdadero representante del Israel de
Dios y como el rey ungido por Dios; pero no es un mero título oficial. Dado el modo en
que él mismo entendió la voz celestial que le dijo en su bautismo: “Tú eres mi Hijo” (Mr.
1:11 par. Lc. 3:22), el título expresaba su relación y comunión únicas con el Padre.48 A.
E. Harvey encuentra tres aspectos de la filiación implícitos en la atribución del título a
Jesús: su obediencia perfecta a Dios, el hecho de que fuese el revelador final de Dios, el
hecho de que fuese el agente autorizado de Dios.49 La proclamación de Jesús como el
Hijo de Dios representa un adelanto con respecto a la forma en que ha sido proclamado
hasta aquí su mesiazgo en Hechos.
46
Hay un agregado occidental: “en quien Dios se agradó mucho”.
47
Cf. la cita del Sal. 2:7 en Hch. 13:33 (otra vez en labios de Pablo). Por cierto que “el uso más
interesante y más distintivamente paulino de υιος en Ro. 8 y Gá. 4 va mucho más allá que el simple
mesianismo” Pero incluso en Hch. 9:20 algo “más allá que el simple mesianismo” puede estar implícito:
Lucas no presenta necesariamente a Pablo aquí “en uno de los niveles más superficiales del propio
pensamiento paulino” (C. F. D. Moule, “The Christology of Acts”, Studies in Luke-Acts, L. E. Keck y J. L.
Martyn, eds., Nashville, 1966, p. 174).
48
Ver especialmente el famoso logion de Mt. 11:25–27 par. Lc. 10:21s.
49
A. E. Harvey, Jesus and the Constraints of History, Londres, 1982, pp. 154–173. Ver también J.
Bieneck, Sohn Gottes als Christusbezeichnung der Synoptiker, ATANT 21, Zürich, 1951; V. Taylor, The
Names of Jesus, Londres, 1953, pp. 52–65; G. Vos, The Self-Disclosure of Jesus, Grand Rapids, 1954, pp.
141–226; M. Hengel, The Son of God, trad. ing., Londres, 1976.
21–22 Saulo había sido enviado a las sinagogas de Damasco con la comisión del
sumo sacerdote, y a las sinagogas de Damasco se dirigió. Pero en lugar de presentar sus
credenciales y exigir la extradición de los discípulos de Jesús, apareció como el portador
de una comisión muy diferente, emitida por una autoridad superior a la del sumo
sacerdote, y como discípulo y mensajero de Jesús anunció lo que afirmaba su Maestro
sobre sí mismo. No es extraño que sus oyentes se sorprendieran por el cambio que le
había sobrevenido. Las noticias de su misión no se habían mantenido en secreto; aquí
estaba el hombre cuya llegada habían esperado, pero en lugar de arrestar a los discípulos
de Jesús estaba confundiendo a los judíos de Damasco con su afirmación de que el
testimonio de los discípulos era cierto: Jesús verdaderamente era el Mesías, el Hijo de
Dios.50 La plenitud del Espíritu que había recibido le dio a sus palabras un poder
demostrativo que no podía refutarse; así como con Esteban en fecha anterior, ahora
también con Pablo, sus oyentes “no pudieron resistir la sabiduría y el espíritu con que
hablaba” (6:10).
50
El verbo traducido “demostrar” (gr. συµβιβαζω) significa literalmente “colocar juntos”, aquí
colocando las promesas del AT junto con su correspondiente cumplimiento y, por lo tanto, “demostrando”
que Jesús era aquel a quien señalaban. Este era el método de alegato empleado regularmente (según Lucas)
por Pablo, Apolos y otros en las sinagogas alrededor del Mediterráneo oriental (cf. 17:2s.; 18:28; 26:22s.).
51
Cf. K. Lake, The Earlier Epistles of St. Paul, Londres, 1914, pp. 320–323.
en general actuaba como el representante del rey Aretas en al ciudad.52 Cualquiera sea la
parte que los judíos locales tuvieron en el plan, Pablo evita decir algo en detrimento de su
propio pueblo, pero una posibilidad es que, conociendo la animosidad nabatea oficial
contra él, hayan puesto al etnarca al tanto del lugar donde se encontraba, para que pudiera
arrestarlo cuando salía de la ciudad y llevarlo de regreso para vérselas con las autoridades
nabateas.53 De cualquier modo, mientras los enemigos de Saulo cuidaban las puertas de la
ciudad para atraparlo, algunos de sus nuevos amigos y simpatizantes lo sacaron.54 Uno de
ellos tenía una casa construida sobre el muro de la ciudad, y Pablo fue bajado en un gran
canasto o red55 a través de una ventana de la casa, ubicada en el mismo muro de la
ciudad.
Dice Lucas que este incidente ocurrió “al cabo de muchos días”; Pablo, más
concretamente, dice en Gálatas 1:18 que tres años después de su conversión (calculando
en forma inclusiva, indudablemente) fue a Jerusalén; y sobre la base del relato de Hechos
parecería haber pasado a Jerusalén inmediatamente después de haberse escapado de
Damasco.
52
E. Meyer, Ursprung und Anfänge des Christentums, III, Stuttgart/ Berlín, 1923, p. 346, describe
al etnarca como “jefe de la colonia nabatea en Damasco”; cf. E. A. Knauf, “Zum Ethnarehen des Aretas 2
Kor 11, 32”, ZNW 74, 1983, pp. 145–147. Se ha argumentado —por ej. Schürer (II, pp. 179–183)—, por la
ausencia de monedas romanas en Damasco entre el 34 y el 62 d.C., que Damasco estaba incluida en esa
época en el reino nabateo. Para argumentos en contra de esta opinión Meyer se refiere, con aprobación, a E.
Schwartz, “Die Aeren von Gerasa und Eleutheropolis”, NGG, 1906, pp. 367s. Si Damasco hubiese estado
bajo control nabateo, el etnarca podría haber arrestado abiertamente a Saulo.
53
Cf. H. Windisch, Der zweite Korintherbrief, KEK 6, Gotinga, 91924, p. 366.
54
La expresión “sus discípulos” (v. 25) sugiere que la predicación de Saulo en Damasco no fue
infructuosa.
55
La palabra traducida aquí “canasto” es σπυρις (de otro modo escrito σφυρις), voz utilizada en la
alimentación de los cuatro mil (Mr. 8:8). La palabra empleada en 2 Co. 11:33 es σαργανη, “una amplia
bolsa o canasta tejida o hecha de red, adecuada para contener paja, heno … o para fardos de lana” (Lake-
Cadbury, Beginnings I.4, p. 106).
56
En lugar de “helenistas” (Ελληνιστας) A tiene “griegos” (Ελληνας).
30 Cuando sus hermanos se enteraron de esto, lo llevaron a Cesarea y lo
despacharon a Tarso.
26 Cuando Saulo volvió a Jerusalén, se encontró en una situación difícil. Sus antiguos
compañeros estaban enterados de su deserción, y no podía esperar que lo recibieran
amigablemente. Por otra parte, los discípulos de Jesús, con los que ahora deseaba
asociarse, no habían olvidado su campaña de persecución. No pueden sorprendernos sus
sospechas cuando él se les acercó. El papel del agent provocateur era tan conocido en la
antigüedad como en los tiempos más recientes: ¿qué seguridad tenían de que esto no era
una treta de Saulo para ganar su confianza y hacer más efectiva su destrucción?
27 Fue Bernabé quien, fiel a su nombre, actuó como fiador de Saulo y los animó a
recibirlo. Es posible que Bernabé ya conociera a Saulo, supiera de su integridad de
carácter y estuviera convencido de la naturaleza genuina de su conversión.57 Cuando
Saulo necesitaba desesperadamente un verdadero amigo en Damasco, Ananías
desempeñó ese papel; ahora, cuando tenía igual necesidad en Jerusalén, encontró un
amigo en Bernabé. Y el prestigio de Bernabé entre los apóstoles y otros creyentes en
Jerusalén era tal que cuando les dio su garantía de que Saulo era ahora un verdadero
discípulo de Jesús, ya no dudaron de él.
Cuando Lucas dice que Bernabé llevó a Saulo “a los apóstoles”, la narración de
Gálatas 1:18–20 nos obliga a interpretar esto como un plural generalizador. De acuerdo
con la propia afirmación solemne de Pablo, los únicos dirigentes de la iglesia de
Jerusalén con quienes se encontró en esa ocasión fueron Pedro (Cefas) y Jacobo, el
hermano del Señor (a quien Pablo llama apóstol, aunque no hubiera satisfecho las
condiciones de Lucas para tal designación).
28–30 Con este relato de Lucas debe compararse todo el pasaje de Gá. 1:18–24:
“Después, pasados tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas58, y permanecí con él
quince días; pero no vi a ningún otro de los apóstoles, sino a Jacobo el hermano del
Señor. Les aseguro, en lo que estoy escribiéndoles, como que Dios es mi testigo, que no
estoy diciendo ninguna mentira. Después llegué a los territorios de Siria y Cilicia.
Permanecí desconocido de vista para las iglesias de Judea que están en Cristo; solamente
seguían oyendo decir: ‘nuestro anterior perseguidor ahora predica la fe que una vez
trataba de asolar’; y glorificaban a Dios a causa de mí.” El énfasis con el cual Pablo
afirma la verdad de este relato sugiere que estaba enterado de otro relato, que podía haber
llegado a oídos de los gálatas convertidos, y que está empeñado en refutar. Más aún, se
ha sostenido que este relato rival es aquel en el cual se basa Lucas aquí,59 pero esto es
completamente improbable.
57
Para una reconstrucción imaginativa de las relaciones tempranas de Bernabé con Saulo ver J. A.
Robertson, The Hidden Romance of the New Testament, Londres, 1920, pp. 46–61.
58
Quizá debe entenderse el verbo traducido “conocer” (ιστορησαι) en su sentido clásico más
preciso: “para interrogar a Cefas”. Ver F. F. Bruce, The Epistle to the Galatians, NIGTC, Grand
Rapids/Exeter, 1982, pp. 98s.; también O. Hofius, “Gal 1.18: ιστορησαι κηφαν”, ZNW 75, 1984, pp. 73–
85.
59
Cf. O. Linton, “The Third Aspect: A Neglected Point of View”, ST 3, 1949, pp. 79–95.
La preocupación principal de Pablo en esta sección de Gálatas es mostrar que él
recibió el evangelio y su comisión para predicarlo sin mediación humana; en modo
especial, que de ninguna manera estaba en deuda con las autoridades de Jerusalén. Había
comenzado a cumplir su comisión (en Arabia) antes de tener contacto alguno con
Jerusalén y, cuando a su debido tiempo viajó a Jerusalén, no fue sino una breve visita
privada. Puede que Lucas generalice y diga que vio a los apóstoles, pero Pablo
consideraba importante particularizar y decir cuáles eran los apóstoles que había visto.
No obstante, el informe generalizado de Lucas no sugiere de ningún modo que “los
apóstoles” a los cuales Bernabé presentó a Saulo le confirieron autoridad alguna.
No es tan sencillo reconciliar la descripción que hace Lucas de la actividad pública de
Saulo en Jerusalén en relación con los apóstoles, con la afirmación de Gálatas 1:22 de
que, hasta el momento de su partida hacia Siria y Cilicia (y posteriormente), permaneció
“desconocido de vista para las iglesias de Judea”, que sólo sabían de él de oídas. Un
comentarista elimina la frase “en Jerusalén” del v. 28 (tomándola como una glosa) y
considera que los vv. 28 y 29 constituyen una continuación de la descripción de Bernabé
de la actividad de Saulo en Damasco. Entonces el v. 30 podría continuar así: “Y los
hermanos lo reconocieron60 [como un discípulo] y lo llevaron a Cesarea y lo despacharon
a Tarso”. Así, se nos asegura, “toda la dificultad desaparece”.61 Pero no desaparece y,
aunque lo hiciera, debemos tener ciertas reservas ante una enmienda, no importa cuán
ingeniosa pueda ser, que se propone no por alguna base textual, sino porque su adopción
ayuda a eliminar una discrepancia. Es cierto que hay un notable parecido entre el relato
de la actividad de Pablo en Damasco (su predicación osada y la consecuente trama contra
su vida) y el de su actividad en Jerusalén. Las fuentes de Lucas probablemente le
proveyeron pocos detalles acerca de la visita a Jerusalén; de allí los términos
generalizados con que informa sobre ella.
Según Lucas, durante su visita a Jerusalén, Saulo tomó a su cargo el trabajo que
Esteban había dejado al morir, trabándose en polémica con los helenistas.62 La reacción
de estos fue rápida y violenta. Saulo era peor que Esteban; era para ellos un traidor a la
verdadera causa, y por su cambio de frente había traicionado a aquellos que antes lo
seguían lealmente como adalid en la supresión del nuevo movimiento. Con la
60
Como paralelo a este sentido de επιγινωσκω se aduce su uso en 1 Co. 16:18 (“sabed apreciar”
BJ).
61
L. E. Browne, The Acts of the Apostles, Londres, 1925, pp, 162–166. Otra forma de mitigar la
discrepancia es suponer que “las iglesias de Judea” en Gá. 1:22 son las iglesias fuera de la capital,
excluyéndose la iglesia de Jerusalén. (Ver A. Ehrhardt, The Acts of the Apostles, Manchester, 1969, p. 63.)
Pero esta es una interpretación antinatural en el contexto. De poco serviría que Pablo insistiera en que las
iglesias de la campiña de Judea no lo conocían si sus lectores quedaban libres de inferir que era conocido
por la iglesia de Jerusalén; esa era precisamente la impresión que le importaba disipar.
62
“Saulo, recién convertido, no era persona de mantenerse en silencio toda una quincena, y muy
probablemente predicó en la ciudad. Las palabras ‘entrando y saliendo de Jerusalén’ no significan que
visitó lugares fuera de la ciudad, sino que se movía libremente y sin temor entrando y saliendo de las casas
de la ciudad” (A. H. McNeile y C. S. C. Williams, Introduction to the New Testament, Oxford, 1953, p.
113); cf. H. N. Ridderbos, The Epistle of Paul to the Churches of Galatia, NICNT, Grand Rapids, 1953, pp.
72s.
información proporcionada aquí tenemos que combinar de algún modo el relato de Saulo
(reproducido más tarde en 22:17–21) de que Jesús se le apareció en el templo diciéndole
que abandonara Jerusalén porque su testimonio no sería escuchado. El protestó diciendo
que era un testigo especialmente valioso, porque el pueblo de Jerusalén conocía sus
antecedentes como perseguidor y su aprobación de la muerte de Esteban. Pero el Señor
repitió su orden de salir de Jerusalén, añadiendo que lo enviaría a los gentiles.63
Jerusalén ya no toleraba la permanencia de Saulo. Sus amigos le salvaron la vida
enviándolo a Cesarea, lejos del peligro, donde lo embarcaron hacia su Tarso nativo. Así,
como él mismo lo expresa, llegó “a los territorios de Siria y Cilicia” (Gá. 1:21). En esa
época Siria y Cilicia formaban una provincia imperial unida.64 Tarso, la ciudad principal
de Cilicia, tenía ahora unos mil años de vida. Había estado sujeta, de tanto en tanto, a los
asirios, los persas y los grecomacedonios. Pasó al dominio romano en el 64 a.C., pero
retuvo su autonomía como ciudad libre. Bajo Augusto, la administración de la ciudad fue
confiada a su primer maestro, Atenodoro el Estoico, nativo de Tarso, que parece haber
establecido un registro de propiedad para sus ciudadanos.65 Tarso era un importante
centro de cultura, con escuelas dedicadas a la filosofía, la retórica y la ley, aunque no
tenía la prestancia internacional de las escuelas de Atenas y Alejandría.66 No conviene,
sin embargo, exagerar la influencia que ejerció el sistema educacional de Tarso sobre su
hijo más ilustre.67
Allí, entonces, dejamos a Saulo por un tiempo, ocupado en una evangelización no
historiada; volvemos a encontrarlo en 11:25.
73
Gr. διερχοµενον δια παντων, “pasando por todas (partes)”.
74
Es posible entender εξ ετων οκτω (v. 33) en el sentido “desde que tenía ocho años”, pero la
interpretación usual es la más probable.
75
Gr. ιαται σε Ιησους Χριστος. Para un oído griego Ιησους, puede muy bien parecer afín con
ιαοµαι, “sanar” (ver p. 389, n. 35, sobre 17:18). El presente ιαται es aorístíco: “te sana en este momento”
(ver MHT I, p. 119). Pero H. J. Cadbury, “A Possible Perfect in Acts 9.34”, JTS 49, 1948, pp. 57s., sugiere
acentuar la palabra como perfecto, ιαται (“ha sanado”).
76
Gr. στρωσον σεαυτω. Es preciso proporcionar el objeto que corresponde a στρωννυµι: podría
ser “cama” o “mesa”.
77
Cf. el v. 19a arriba; también Mr. 5:43 par. Lc. 8:55.
35 La noticia de la curación de Eneas se difundió por todo el vecindario y por toda la
llanura costera de Sarón. Muchas personas de la zona acudieron a verlo, y el resultado fue
un nuevo ingreso de creyentes. Debido a que buena parte de ese territorio tenía población
gentil, aparece implícitamente una ampliación de los alcances del mensaje de salvación.
1
Cornelio era un nombre particularmente común en Roma desde el 82 a.C. cuando P. Cornelio
Sula emancipó a 10.000 esclavos que fueron enrolados en su gens Cornelia.
2
En el ejército regular romano, una cohorte era la décima parte de una legión y tenía una fuerza
teórica de 600 hombres. Pero no había tropas legionarias en Judea entre el 6 y el 66 d.C.; los gobernadores
romanos de Judea comandaban fuerzas auxiliares. Una cohorte auxiliar tenía una fuerza teórica de mil
hombres. La “cohorte italiana” era una de ellas; se la llamaba así porque, presumiblemente, en su origen
fue formada en Italia, aunque con el tiempo debe haberse integrado con provincianos. Más aún, los
soldados que formaban una unidad auxiliar eran habitualmente provincianos; recibían, con todo, la
ciudadanía romana cuando eran dados de baja. Hay pruebas escritas (ILS 9168) de la presencia en Siria c.
69 d.C. de la cohors II Italica ciuium Romanorum auxiliar (la “segunda cohorte italiana de ciudadanos
Los centuriones que aparecen en el relato del Nuevo Testamento causan una
impresión favorable. Es notable que el primer gentil con el cual tuvo trato Jesús durante
su ministerio público (hasta donde tenemos información) fue un centurión establecido en
Capernaúm (posiblemente destinado en comisión del ejército romano a las fuerzas de
seguridad de Herodes Antipas); fue con referencia a la fe de este hombre que se nos
informa que el Señor dijo: “Vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán
con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos” (Mt. 8:11).3 Estas palabras ahora
comienzan a tener su cumplimiento en otro centurión.
Nominalmente, un centurión estaba al mando de cien hombres; aunque su categoría
era la de un suboficial, sus responsabilidades eran más parecidas a las de un capitán del
ejército en la actualidad. Los centuriones constituían la espina dorsal del ejército romano.
El historiador Polibio resume así las cualidades necesarias del centurión: “Se requiere que
los centuriones no sean temerarios y aventureros sino más bien buenos conductores, de
mente equilibrada y prudente, no propensos a tomar la ofensiva o a comenzar un combate
inconsultamente, sino capaces, cuando se vean abrumados y presionados intensamente,
de permanecer firmes y morir en su puesto.”4
Para su encuentro, Pedro y Cornelio fueron preparados mediante la visión que cada
uno experimentó. Toda la narración, que “lleva el sello tanto de la probabilidad como de
la verdad” (según la opinión de Foakes-Jackson),5 es de gran importancia no sólo porque
nos dice cómo utilizó Pedro las llaves del reino para abrir una “puerta de fe” a los
gentiles, síno también porque introduce las cuestiones del intercambio social entre
creyentes judíos y gentiles, y de la admisión de estos últimos a la iglesia sin la
circuncisión. Estas cuestiones se trataron más tarde en el Concilio de Jerusalén, y el
episodio de Cornelio se tuvo en cuenta allí como caso probatorio (15:7–9). La
apreciación que tiene Lucas de la importancia del episodio de Cornelio se ve por el
espacio que le dedica al relato que hace Pedro de su experiencia en 11:4–17, así como por
la repetición de los rasgos salientes del incidente dentro de la narración presente.6
2 También es importante observar que Cornelio, aunque era gentil, adoraba al Dios de
Israel. A tales gentiles se los llamaba comúnmente “temerosos de Dios”; aunque este no
es un término técnico, su uso resulta conveniente.7 Muchos gentiles de esos días, aunque
romanos”); pero no tenemos pruebas directas de la identidad de las unidades militares en Judea entre el 6 y
el 41 d. C. Ver más adelante en 27:1, “la cohorte augusta”.
3
La logion aparece también en Lc. 13:28s., pero no en el contexto de la curación del siervo del
centurión (que se relata en Lc. 7:2–10).
4
Polibio, Historia 6.24.
5
F. J. Foakes-Jackson, The Acts of the Apostles, MNTC, Londres, 1931, p. 87. M. Dibelius
distingue la historia original (derivada, piensa él, de la tradición de algunas comunidades helenísticas) de
las adiciones lucanas; ver más adelante sobre 10:14–16 (p. 245, n. 19); 10:36s. (p. 252, n. 46); 11:2s. (p.
260).
6
Por ej., la repetición que hace Cornelio (vv. 30–32) de la esencia de su visión (vv. 3–6).
7
Ver Schürer III, pp. 150–177; K. G. Kuhn, TDNT 6, pp. 743s. (s.v. προσηλυτος, D II); L. H.
Feldman, “Jewish ‘Sympathizers’ in Classical Literature and Inscriptions”, TAPA 81, 1950, pp. 200–208; F.
no estaban preparados para convertirse plenamente al judaísmo8 (el requisito de la
circuncisión constituía un serio obstáculo para los hombres), se sentían atraídos por el
sencillo monoteísmo del servicio de la sinagoga judía y por las normas éticas del modo
de vida judío. Algunos de ellos asistían a la sinagoga y se habían hecho medianamente
versados en las oraciones y lecciones de las Escrituras, cuya lectura oían en la versión
griega; algunos observaban con más o menos escrupulosidad prácticas distintivas de los
judíos, tales como el cumplimiento del sábado y la abstención de ciertas clases de comida
(especialmente, la carne de cerdo). La adhesión de Cornelio a la religión judía aparecía
particularmente en que oraba regularmente al Dios de Israel y en las acciones de caridad
en beneficio del pueblo de Israel. Podría decirse, más aún, que tenía todas las
condiciones, excepto la circuncisión, que podían satisfacer los requisitos judíos.
El ejército romano tenía sus propias reglas religiosas, prescriptas oficialmente para
días señalados y cumplidas con la misma rutina puntillosa que las formaciones modernas
en los actos religiosos, pero totalmente incapaces de alimentar el alma de los hombres.9
Los soldados romanos que sentían la necesidad de satisfacer su hambre religiosa
buscaban alimento en otras partes; muchos en el mitraísmo; algunos, como Cornelio, en
el judaísmo.
El hecho de que los primeros gentiles en escuchar y aceptar el evangelio (como el
eunuco etíope y Cornelio) fueran adoradores del Dios de Israel es de lo más significativo
para la crónica de Hechos porque, como veremos, luego fueron personas como ellos,
temerosas de Dios, las que formaron el núcleo de la comunidad cristiana en una ciudad
tras otra en el transcurso de la actividad misionera de Pablo. El interés de Lucas en ellos
es tal que podría preguntarse si él mismo no era un gentil temeroso de Dios que creyó en
el evangelio cuando lo oyó.
3–6 A Cornelio, entonces, una tarde a la hora habitual de la oración (cf. 3:1) se le
apareció en visión un mensajero celestial. Su alarma inicial cuando le habló semejante
visitante se superó cuando se le aseguró que Dios no había descuidado su fidelidad en la
oración y en las limosnas, sino las había aceptado como una oblación digna. El lenguaje
del ángel está lleno de terminología sacrificial, tal como la que encontramos en las
Siegert, “Gottesfürchtige und Sympathisanten”, JSJ 4, 1973, pp. 109–16; A. T. Kraabel, “The Diaspora
Synagogue: Archaeological and Epigraphic Evidence since Sukenik”, ANRW 2/19, Berlín, 1979, pp. 477–
510; “The Disappearance of the ‘God-fearers’ ”, Numen 28, 1981, pp. 113–126; M. Stern, Greek and Latin
Authors on Jews and Judaism, II, Jerusalén, 1980, pp. 103–106; M. Wilcox, “The ‘God-fearers’ in Acts—
A reconsideration”, JSNT, no. 13, 1981, pp. 102–122; T. M. Finn, “The God-fearers Reconsidered”, CBQ
47, 1985, pp. 75–84. La “desaparición” de los temerosos de Dios, a la que se refiere Kraabel, sólo explica
la ausencia de alguna mención de ellos en las inscripciones de las sinagogas. Hay una ausencia similar de
mención de los libertos judíos en las inscripciones de las catacumbas judías en Roma; pero hay amplias
pruebas por otras fuentes acerca de la presencia de judíos libertos en Roma y en otros lugares del imperio;
cf. G. Fuks, “Where have all the Freedmen gone? On an Anomaly in the Jewish Grave Inscriptions from
Rome”, JJS 36, 1985, pp. 25–32.
8
Ver sobre 2:10 (p. 75, con nn. 44–47).
9
A. Ehrhardt (The Acts of the Apostles, Manchester, 1969, p. 54) ilustra esto mediante la feriale o
tabla de días festivos para el ejército romano descubierta en Dura Europus sobre el Eufrates (cf. R. O. Fink,
A. S. Hoey y W. F. Snyder, “The Feriale Duranum”, Yale Classical Studies 7, 1940, pp. 1–222).
prescripciones para las ofrendas levíticas; los actos de piedad y caridad de Cornelio
habían ascendido hasta la presencia divina como incienso o como el humo de un
sacrificio.10 Dios honraría este “memorial” con una respuesta adecuada; la naturaleza de
esa respuesta se le explicaría a Cornelio si enviaba a alguien a una cierta casa en Jope e
invitaba a un tal Simón Pedro, quien residía allí, para que viniera y lo visitara.
7–8 Inmediatamente Cornelio llevó a cabo las instrucciones que había recibido en la
visión. Despachó a Jope a dos de sus sirvientes domésticos y a uno de sus ordenanzas, un
soldado temeroso de Dios como él.
10
“Tus oraciones y tus actos de caridad han ascendido” (gr. ανεβησαν) como el humo de un
sacrificio (cf. la palabra hebrea para un holocausto, ‘olah, lit., “ascendiendo”). Para la referencia sacrificial
de la palabra “memorial” (gr. µνηµοσυνον) cf. Lv. 2:2 LXX, donde se utiliza este término para la parte de
la ofrenda de cereales que se quemaba, es decir, que se presentaba a Dios. Para la eficacia sacrificial de
actos religiosos como los de Cornelio, cf. Sal. 141 (LXX 140):2; Tobías 12:12, y en el NT Fil. 4:18; He.
13:15s.
11
Gr. σκενος, “instrumento” (como en 9:15); aquí debe traducirse con una palabra más indefinida,
tal como “cosa” u “objeto”. P45 dice “un cierto objeto, atado por sus cuatro puntas, bajado a la tierra”.
12
El Texto Bizantino coloca la frase “de la tierra” o “terrestres” después de “cuadrúpedos” y sigue
con “y fieras” antes de “y seres que se arrastran” (cf. KJV; VRV).
13
P45 omite “Pedro”.
14
El Texto Occidental y el Bizantino tienen “otra vez” en lugar de “de inmediato” (cf. VRV2).
9–10 Pedro tenía que ser preparado para el encuentro tanto como Cornelio, y había
escrúpulos que vencer del lado de Pedro como no los había de parte de Cornelio. Un
gentil temeroso de Dios como Cornelio no tenía objeciones a la relación con los judíos,
pero ni siquiera un judío moderadamente ortodoxo sería capaz de entrar voluntariamente
en la morada de un gentil, no importa cuán temeroso de Dios fuera. Sin duda algunos de
los escrúpulos heredados por Pedro ya no pesaban tanto para ese entonces, pero para que
aceptara una invitación a visitar a un gentil era necesaria una revelación especial.
La revelación que necesitaba le llegó a Pedro el día siguiente a la visión de Cornelio,
cuando los mensajeros de Cesarea se acercaban a Jope. Cerca del mediodía Pedro subió a
la azotea de la casa del curtidor en busca de tranquilidad para la oración. El mediodía no
era uno de los momentos señalados para la oración pública, pero los judíos piadosos
como Daniel (Dn. 6:10), que oraban tres veces al día, probablemente lo hacían entonces
(cf. Sal. 55:17). Mientras Pedro estaba en la azotea comenzó a sentir hambre15 y
probablemente pidió comida desde allí. Mientras estaban preparándosela le vino la
revelación en una visión y, sin duda, porque tenía hambre, la visión se centró en la
comida.
11–13 En esta experiencia de éxtasis, a Pedro le pareció ver un objeto semejante a
una gran sábana que bajaba del cielo. El que fuera el toldo destinado a darle sombra en la
azotea de la casa, o una vela en el horizonte occidental, lo que adoptó esta forma en su
visión es algo que no debe preocuparnos. De cualquier modo, cuando la sábana bajó hasta
donde estaba Pedro, se vio que estaba llena de toda clase de cuadrúpedos, reptiles y
aves,16 tanto adecuados como inadecuados para comer, de acuerdo con la ley y la
costumbre judías.17 Una voz celestial que le decía que matara y comiera lo que se le
proveía de este modo, acompañaba la visión de estos animales.
14–16 Todo esto estaba mal, según le indicaba la conciencia ancestral de Pedro. Los
animales inmundos no podían, de ningún modo, utilizarse para la comida, y aun los
animales “limpios” tenían que matarse con el ritual correspondiente antes de que su carne
pudiera consumirse. La protesta de Pedro ante el pedido divino adoptó forma verbal así
como ocurrió con la protesta del profeta Ezequiel cuando se le ordenó que preparara y
comiera “carne abominable” (Ez. 4:14): “No, Señor; nunca he comido nada profano o
inmundo”, dijo Pedro (implicando: “y no voy a comenzar ahora”).18 Otra vez vino la voz
15
La palabra traducida “le dio hambre” en el v. 10 (gr. προσπεινος) sólo aparece fuera de esta cita,
y hasta donde se sabe, en un oftalmólogo del siglo I llamado Demóstenes. F. W. Dillistone (“προσπεινος
[Acts 10.10]”, ExT 46, 1934–1935, p. 380) sugiere que Lucas puede haber sido alumno suyo. “Comer” es
literalmente “probar” (γευσασθαι); cf. 20:11 (p. 453, n. 30).
16
El mundo animal se clasifica bajo estas tres divisiones en Gn. 6:20 (“aves … bestias … todo
reptil de la tierra”).
17
Las leyes que distinguen a los animales limpios de los inmundos se encuentran en Lv. 11:2–47.
Eran puros (y por lo tanto aptos para comer) aquellos cuadrúpedos que rumiaban y a la vez tenían pezuñas
hendidas.
18
Pedro, sin duda, podría haber matado y comido uno de los animales “limpios”; pero estaba
escandalizado por la mezcla indiscriminada de animales limpios e inmundos. Esto resulta especialmente
importante en vista del modo práctico en que tuvo que aplicar inmediatamente la lección de la visión.
celestial: “No debes considerar profano lo que Dios ha limpiado.” Tres veces tuvo lugar
este intercambio; luego la sábana se elevó con su contenido y la visión se esfumó.
La abolición de las barreras fue inculcada en la visión con referencia especial a las
restricciones judías en torno a los alimentos, pero Pedro pronto aprendió que su alcance
era mucho más amplio.19 Quizás, mientras pensaba acerca de la visión, recordó haber
oído palabras similares en una ocasión anterior, aunque entonces no había llegado a
captar su importancia. Sin duda estaba presente cuando su Maestro, polemizando con los
fariseos y escribas, recalcó que lo que entra en el estómago de alguien no lo hace
inmundo, sino lo que sale del corazón (Mr. 7:14–19a). Esto constituía, en efecto, la
abolición de las leyes ceremoniales alimentarias y mucho más en el mismo sentido, pero
recién más tarde, como resultado de su experiencia en la terraza en Jope, Pedro llegó a
apreciarlo. Puede muy bien deberse a Pedro el comentario acotado por el evangelista al
pronunciamiento de Jesús sobre este tema: “De este modo declaró limpios todos los
alimentos” (Mr. 7:19b).
La limpieza divina de la comida en la visión es una parábola de la limpieza divina de
los seres humanos en el incidente al cual conduce la visión. No le llevó mucho tiempo a
Pedro entender esto: “Dios me ha enseñado”, dice más tarde en esta narración, “a no
llamar profano o inmundo a ningún ser humano” (v. 28). Dentro del marco de la visión es
la comida lo que Dios ha limpiado por el pronunciamiento dominical, pero en la
narración más amplia se trata de hombres y mujeres, incluso de gentiles, cuyo corazón ha
limpiado por la fe (cf. 15:9). Pero la limpieza de la comida no es totalmente parabólica:
hay una relación entre la abolición de las restricciones levíticas en torno a la comida y la
supresión de la barrera entre los creyentes judíos y gentiles, porque en gran medida la
ingestión de parte de los gentiles de comida declarada “inmunda” (no kosher) por la ley
judía era lo que hacía que la asociación con los gentiles se considerase fuente de
“contaminación” para los judíos (cf. v. 28).
19
El hecho de que la visión de Pedro haya tenido que ver con restricciones en cuanto a comida,
mientras que la narración en la cual se incluye trata sobre la corrección, para un judío, de entrar a una casa
gentil es tomado por M. Dibelius como indicación de que los vv. 9–16 forman parte de la elaboración que
hace Lucas sobre la base de una narración original que no tenía nada del significado especial que adquiere
en el esquema de su historia (Studies in the Acts of the Apostles, trad. ing., Londres, 1956, pp. 111s.).
20
Dos hombres, de acuerdo con B; el Texto Occidental y el Bizantino omiten el numeral. La
lectura de B, que es la más difícil (debido a la discrepancia con el v. 7 y con 11:11), tiene pretensiones de
20 Levántate, desciende, y acompáñalos a donde vayan. No titubees; soy yo el que
los he enviado.”
21 Así que Pedro bajó a donde estaban los hombres21 y dijo: “Vean, yo soy el
hombre que ustedes buscan. ¿Por qué causa están aquí?”
22 Ellos dijeron: “El centurión Cornelio, hombre justo y temeroso de Dios, que goza
de buena reputación en toda la nación judía, fue instruido por un santo ángel
para enviar por ti para que vayas a su casa y a oír lo que tienes que decir.”
23a Luego Pedro los invitó a pasar y los hospedó.
17–20 Pedro había salido del trance, pero se quedó en la azotea, meditando
profundamente, sopesando la significación de lo que había visto y oído en la visión. De
pronto, el Espíritu de Dios, mediante un aviso interior, le dio a conocer que algunos
hombres lo buscaban, y que debía irse con ellos sin duda ni vacilación. Porque en ese
momento, los mensajeros de Cesarea, habiendo preguntado por la casa de Simón el
curtidor, estaban esperando en la puerta de calle.
Se puede preguntar si hay alguna diferencia entre la comunicación angelical a
Cornelio (vv. 3–6) y la advertencia que recibió Pedro del Espíritu, así como hubo que
considerar una pregunta similar en la narración de Felipe y el etíope (8:26–39). Aquí la
diferencia es bastante evidente: la comunicación angelical fue hecha “en una visión,
claramente” (v. 3), mientras que Pedro tuvo conciencia de una voz interior que le habló.
Pero surge la pregunta más general sobre la relación entre la experiencia que puede
tenerse con el Espíritu Santo y la experiencia que puede tenerse con el Cristo resucitado,
una pregunta mucho más difícil de contestar porque a través del Espíritu Santo el Cristo
resucitado manifiesta su presencia y poder.22 Pero, ¿a quién consideraba Pedro que se
dirigía como “Señor” cuando desechó la invitación de matar y comer la carne provista en
la visión? En esa ocasión la voz parecía venir desde afuera, se colige, y probablemente
era una voz que Pedro recordaba muy bien y reconoció al instante.
21–23a Luego Pedro bajó (por una escalera externa, sin duda) y encontró a los
mensajeros de Cornelio en la puerta, quienes preguntaban por él. Les dijo que era el
hombre que buscaban, y les preguntó cuál era la razón de su visita. Así que le dijeron que
su amo Cornelio había recibido orden divina para invitar a Pedro a su casa, a fin de
escuchar de sus labios una importante comunicación. Para entonces, la comida que Pedro
había pedido estaba preparada, de manera que hizo entrar a los hombres para compartirla.
Y no sólo eso, sino que les proveyó alojamiento para que pasaran la noche, ya que era
demasiado tarde como para partir hacia Cesarea después de haberlos agasajado. Para
Pedro, agasajar a estos gentiles donde se alojaba él era un paso en la dirección correcta,
aunque no lo exponía a la contaminación en la medida en que lo haría la aceptación de
ser considerada original; si esto es así, hace pensar que los dos sirvientes domésticos eran los verdaderos
mensajeros, actuando como guardia el soldado que los acompañó.
21
El Texto Bizantino añade “que le habían sido enviados por Cornelio” (cf. VRV2).
22
Cf. F. F. Bruce, “Christ and Spirit in Paul”, BJRL 59, 1976–1977, pp. 259–285.
hospitalidad en casa de un gentil.