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ECONOMÍA GENERAL
TEMA 5 .................................... Se sustituye el tema entero por el nuevo que se entrega (revisado).
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Índice Tema 5
1.1. El monopolio
TEMA 5
1.1. EL MONOPOLIO
El monopolio es, como se ha señalado anteriormente, un mercado donde existen muchos deman-
dantes y un solo productor u oferente (vendedor), que se denomina monopolista. Solo existe una em-
presa en esa industria.
Por otro lado, se trata de un mercado que reúne las siguientes características: es libre, transparen-
te, perfecto y forzado, en contraposición al normal, porque el monopolista no considera el precio como
independiente de su actuación.
– Puede ocurrir que los costes en los que ha de incurrir el productor que quiera entrar en ese
mercado sean tan elevados –muchas veces, no costes productivos, sino de publicidad– que
es imposible que sean acometidos por nuevas empresas. Un ejemplo típico es el de la Coca-
Cola. No hablamos de refresco de cola, sino que a este producto le llamamos por su denomi-
nación comercial, e imagine el coste tan tremendo en el que se habría que incurrir para crear
esa imagen a nivel mundial.
– Otras veces, resulta que el productor es el propietario o controla las materias primas utiliza-
das en el proceso productivo, por lo que se niega a suministrarlas a otros posibles competido-
res, monopolizando, de esta forma, esa industria.
– Igualmente, puede suceder que la tecnología utilizada en el proceso productivo exija para su
uso el disponer de una patente o propiedad industrial de la misma. En definitiva de una licen-
cia que habilite a la empresa para producir o vender ese producto.
5–2 Oposiciones
– Finalmente, por política de precios. El monopolista obtiene beneficios extraordinarios, lo que
le permite, frente a la amenaza de la entrada de un nuevo productor, bajar el precio de forma
que el recién entrado con mayores costes (el monopolista al vender para todo el mercado dis-
fruta de economías de escala y menores costes unitarios) no puede competir, viéndose forza-
do a abandonar el mercado.
En todo caso, es difícil creer que en los sistemas económicos actuales, de tan alta interdepen-
dencia, no existan sustitutivos para el producto que ofrece el monopolista. Por tanto, vamos a
considerar que no existen sustitutivos cercanos. En todo caso, los monopolistas siempre están
cuidándose de competidores potenciales (por ejemplo, una empresa farmacéutica que mono-
poliza determinado medicamento tratará de controlar la posibilidad de que un rival produzca
un medicamento similar). A largo plazo, es seguro que ningún monopolio esté completamente
seguro contra los ataques de posibles competidores.
Los ingresos totales del monopolio vienen expresados por el producto de la cantidad vendida de
la mercancía y su precio. Con arreglo a la función de demanda, el precio se determina para cada canti-
dad del bien. Los ingresos totales estarán en función de esa cantidad. Dado que la función de demanda
es p = f(x), los ingresos totales serán:
IT = x × p = x × f(x)
Obsérvese, de nuevo, que en el monopolio puro o de oferta, el productor se enfrenta a una deman-
da normal (descendente) y, por lo tanto, el precio está en función de la cantidad y al revés. Extremo
este que no ocurre en la competencia perfecta, donde la curva de demanda a la que se enfrenta la em-
presa es perfectamente elástica (horizontal) y el precio es constante.
El ingreso marginal (variación en el ingreso total al variar en una unidad el producto vendido) o
derivada de los ingresos totales, respecto a la cantidad vendida, puede expresarse como:
La función f(x) es igual al precio y, por otro lado, f’(x) es menor que cero (al tratarse de la derivada de
una función decreciente, será negativa). De ambas cosas se puede deducir que el IMa, en este caso, es me-
nor que el precio. Dicho de otra forma, el precio es mayor que el ingreso marginal p > IMa. En la compe-
tencia perfecta eran iguales ingreso marginal y precio. Ya vemos que en el monopolio el precio es mayor.
Como ya se sabe, la condición de máximo de una función, en este caso el beneficio, es que la pri-
mera derivada sea cero, por lo que:
De donde:
IMa = CMa
Veamos la segunda condición (la segunda derivada del beneficio ha de ser menor que cero):
Como resumen, las condiciones indican que es preciso que, para que el monopolista haga máxi-
mos sus beneficios, la cantidad vendida y producida ha de ser tal que, para ello, el ingreso marginal
sea igual al coste marginal (primera condición) y, además, para esa misma cantidad el coste marginal
ha de crecer más rápido que el ingreso marginal (la pendiente de la curva de coste marginal es mayor
que la de la curva de ingreso marginal).
Tendremos que:
x = [CMa – f(x)]/f’(x)
5–4 Oposiciones
La expresión anterior permite calcular la cantidad que hará máximos los beneficios del monopo-
lista.
Gráficamente, el equilibrio del monopolio puede representarse tal como aparece en la FIGURA 2.
Veamos.
Dada la curva de coste marginal CMaCP del monopolista y la curva de demanda del mercado (él
solo atiende a todo el mercado), se puede obtener, a partir de la demanda, la curva de IMa.
Precio
CMaCP
PA1 CMeCP
C1
B
Dda = IMe
IMa
0 x1 Cantidad
de producto
• El precio PA1 está determinado por la demanda y es superior al ingreso marginal: p > IMa.
• La cantidad de equilibrio está determinada por la intersección de las curvas marginales (ingreso
marginal y coste marginal).
Como puede comprobarse, en este caso existe un beneficio puro o extraordinario que viene repre-
sentado por el área rayada.
Finalmente, es importante señalar que, al existir barreras de entrada, siempre habrá beneficios ex-
traordinarios (no como en la competencia perfecta). Este es un equilibrio tanto a corto como a largo plazo.
Se trata, aunque el producto sea igual que el de los demás vendedores, de conseguir su diferencia-
ción en el mercado, lo que puede conseguirse de muchas formas:
• Añadiendo algún componente que lo haga más atractivo que los demás.
• Creando una imagen, por medio de la publicidad, especial para ese producto.
• Presentándolo con determinado envase atractivo o sugerente, o consiguiendo que los minoristas
lo expongan en primer plano.
Todos los días se pueden ver múltiples ejemplos de esa diferenciación. Por ejemplo, en la indus-
tria de detergentes cada día aparece un nuevo componente en el mismo producto: el detergente «oxi-
genado»; el detergente con «xplim», por decir algo, que es milagroso y lava más blanco, etc., o el mer-
cado de los geles de baño, existe gel con avena, con sales marinas, con aceite protector, relajante, etc.,
cada uno de ellos, además, tiene un envase propio y diferenciado de los demás. De forma más simple:
las ofertas de «dos por uno», regalos promocionales, y un sinfín de ejemplos más.
Figura 3
5–6 Oposiciones
Alcanzado el éxito en la diferenciación del producto, el vendedor pasa a operar exactamente igual
que si fuera un monopolista. Fuerza un precio, fijando la cantidad de equilibrio y haciendo máximos
sus beneficios de la misma forma que en el monopolio (FIGURA 4).
Precio CMaCP
CMeCP
u
P1
w d
IMa
0 x1 Cantidad
Muchas veces, las empresas lo que hacen es «imitar» más que «innovar». Es decir, si como con-
secuencia del éxito en la estrategia de diferenciación, la empresa actúa como un monopolio (en mayor
medida cuanto mayor sea el éxito y mayor su demanda individual), otras empresas reaccionan «co-
piando» o añadiendo otro elemento, y entrando en ese mercado, en definitiva, atraídas por la existencia
de beneficios puros. Frente a este aumento de oferta, dado que el mercado tiene un potencial máximo
de consumo, disminuirá la demanda en particular de cada empresa o productor –la demanda total del
producto en el mercado ha de repartirse entre el creciente número de empresas existentes–, con lo
que cada una de ellas puede esperar disponer de menor parte o cuota de mercado. A cada precio, cada
una de las empresas puede esperar vender menos que antes de incorporarse o entrar en el mercado las
nuevas. Lo anterior implica que la curva de demanda de cada empresa se desplazará hacia la izquierda
y hacia abajo (para cada precio disminuye la demanda de cada una) conforme vayan entrando nuevas
empresas atraídas por los beneficios extraordinarios (superiores al beneficio normal). Este proceso
continuará hasta que no existan esos beneficios puros (FIGURA 5), ya que, mientras existan, atraerán a
nuevas empresas, continuando la expansión de la industria.
Precio
CMaCP
CMeCP
d
x
PLP
d
IMa
0 xLP x2 Cantidad
¿Existirá una posición final de equilibrio a largo plazo? Lógicamente, parece que sí, pero para
que se alcance esa posible situación de estabilidad a largo plazo, deberán haber desaparecido tanto
los incentivos para que entren nuevas empresas (beneficios puros) como los incentivos para salir de la
industria (pérdidas). Consiguientemente, para que se produzca el equilibrio a largo plazo, el precio ha
de ser igual al coste unitario o medio. En este caso, solo existirá un «beneficio normal», que se dará
cuando la curva de costes medios sea tangente en un punto a la empresa que sigue aplicando la dife-
renciación de su producto (demanda decreciente).
El equilibrio a largo plazo está representado en la FIGURA 5. De forma que el productor producirá
la cantidad xLP al precio PLP. La curva de demanda de este productor es tangente a su curva de coste
medio para esa cantidad de equilibrio. Podemos decir que a largo plazo existe exceso de capacidad
instalada, ya que para la dimensión o tamaño de planta correspondiente a esa curva de costes medios,
la empresa podría aumentar su producción hasta 0x2, disminuyendo también su coste unitario, pero no
lo va a hacer, ya que se reduciría el precio en una cuantía mayor a la que ha experimentado en su coste
unitario (medio) de producción.
Si se comparan estos resultados con los correspondientes al equilibrio a largo plazo de la compe-
tencia pura (perfecta), se observa que el precio es más alto y, por tanto, la producción es menor.
5–8 Oposiciones
1.3. LOS OLIGOPOLIOS
El oligopolio es otro de los mercados que más se da en la realidad. Piense en el cártel del petróleo
de la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo), o en las empresas de aviación comer-
cio o en el mercado de telefonía, tanto móvil como fija, etc.
Se supone que en el oligopolio de oferta u oligopolio puro (el que aquí se estudia) no existe dife-
renciación del producto (la realidad es que existen pocas diferencias, por ejemplo, entre los servicios
que ofrece una compañía u otra de telefonía (a veces utilizan hasta las mismas instalaciones). Igual-
mente, es un mercado transparente, ya que cada oferente se relaciona con los demandantes y también
tiene conocimiento directo de lo que están haciendo u ofreciendo sus otros competidores. Además, es
un mercado libre, puesto que existe libertad de cambio, ya que todos los sujetos poseen esa libertad
para efectuar las operaciones que deseen según sus gustos y conveniencias, sin ninguna intervención
ajena a ellos.
Como el número de demandantes es muy elevado, la demanda total se forma como suma de las
individuales de cada uno de los sujetos compradores. Por otro lado, los oferentes pueden fijar los pre-
cios o las cantidades, pero no ambas cosas a la vez, pues una viene dada por la otra según la función
de demanda. En todo caso, se trata de un mercado forzado, ya que el precio no es independiente de la
actuación de los pocos oligopolistas existentes que fuerzan un precio en el mercado.
En primer lugar, cuando se trata de un oligopolio «joven», es decir, un mercado que está nacien-
do, los oligopolistas entablan continuas «guerras de precios». Es decir, algún productor en sus ansias
de maximizar sus beneficios baja el precio, esperando quitar clientela a sus competidores. Pero claro,
los demás oligopolistas reaccionarán bajando, igualmente, el precio. Estas guerras a lo único que con-
ducen es a que todos ellos registren pérdidas. Llega un momento en el que los oligopolistas se dan
cuentan de esta situación y abandonan estas luchas de precios, pasando a competir en otras variables
distintas al precio. En este momento, se dice que el oligopolio «ha adquirido madurez». Consecuencia
de lo anterior es que el precio en un oligopolio suele ser muy estable.
Y dentro de la situación descrita anteriormente, ¿quién fijará el precio? Será aquel productor que
disponga de mayor poder en el mercado. Es decir, aquel que tenga unos costes de producción más ba-
jos, bien por ser el de mayor tamaño (disfrute de economías de escala), o bien porque esté mejor orga-
nizado y sea más eficiente. Los demás no tendrán más remedio que seguirle. Por ejemplo, es sabida la
Por último, al existir pocos productores es un mercado idóneo para que «esos pocos» se pongan
de acuerdo respecto a los precios y condiciones del mercado. En este caso forma lo que se llama un
cártel. En muchos países y regiones, como en la Unión Europea, estos acuerdos para eliminar la com-
petencia y ponerse de acuerdo en fijar un precio están prohibidos y, de hecho, perseguidos por la legis-
lación, pero esto no quiere decir que en la práctica no existan en el mercado. En este caso, el objetivo
perseguido por los productores es hacer máximos los beneficios obtenidos por la industria en total (sus
beneficios conjuntos), de ahí que su actuación consista en ponerse de acuerdo en la cantidad que glo-
balmente van a ofrecer al mercado, que, posteriormente, se reparten individualmente en cuotas.
La cantidad ofrecida conjuntamente por los oligopolistas es aquella que hace máximos sus benefi-
cios, siendo el precio el correspondiente a la demanda del mercado para esa cantidad.
Veamos un ejemplo: la cantidad de veces que se puede leer con relación a la OPEP –países pro-
ductores de petróleo– noticias relativas a los cambios en la producción y oferta de crudos petrolíferos
que bombean a nivel mundial. Cuando baja el precio, acuerdan vender menos. Por el contrario, a veces
menos de lo deseado, cuando consideran que el precio ha subido demasiado, se ven forzados (quizás
por la caída de sus ventas) a incrementar las cantidades que ofrecen al mercado mundial.
Estos acuerdos de los oligopolistas en el seno de un cártel en la práctica suelen durar poco, ya que
siempre existe algún productor que pensando que los demás van a respetar los acuerdos, trata de incre-
mentar sus beneficios aumentando sus ventas por encima de la cuota que tiene asignada. Como resul-
tado, acabará produciéndose globalmente otra cantidad distinta, rompiéndose el equilibrio alcanzado a
cortísimo plazo.
Para que el mercado funcione es preciso que se cumplan las condiciones de competencia que se
analizaron en temas anteriores. Cuando fallan alguna de esas condiciones, ya no se puede asegurar que
el mercado garantice la óptima asignación de los recursos.
Según la naturaleza e importancia de los fallos, se puede afirmar que el mercado, en determina-
dos supuestos, deja de ser el mejor mecanismo para asignar los recursos disponibles. En otros casos
se podrá aceptar que la solución que se consigue a través del mercado no es la óptima teórica, pero
sigue siendo la mejor de las posibles. Y en muy amplio número de casos quedará la puerta abierta a la
discusión de si el equilibrio del mercado es el «menos malo de los posibles» o si puede conseguirse un
resultado socialmente preferible a través de otras vías.
Cuando se habla de «otras vías» se hace referencia casi siempre a la posible intervención de los
poderes públicos en la economía. Por lo tanto, el análisis de los fallos del mercado nos sitúa en el
«umbral del intervencionismo», en el sentido de que se entra en la discusión, obviamente cargada de
valoraciones subjetivas las más de las veces, respecto a cuál es la mejor opción.
5 – 10 Oposiciones
La existencia de «fallos del mercado» abre la discusión sobre si es más eficiente la asignación de
recursos a través de «mercados imperfectos» o a través del intervencionismo estatal, también lastrado
por imperfecciones. Salvo en casos extremos, la mayoría de los supuestos solo pueden resolverse a
través de decisiones valorativas, dependientes de las preferencias de quienes toman las decisiones.
Los procesos de elección colectiva permiten cuantificar el peso relativo de esas valoraciones indivi-
duales.
Un primer grupo de fallos del mercado, quizá el más frecuente en la práctica, se englobaría bajo
la denominación de imperfecciones de la competencia referidas a la existencia de poder monopolísti-
co, por parte de algunos de los agentes económicos. En tales casos los sujetos ya no son precio-acep-
tantes, sino que tienen un margen de influencia sobre el precio, mayor o menor según las circunstan-
cias concretas del mercado en que actúan.
Un segundo grupo de supuestos en los que el mercado no cumple, de hecho, correctamente las
condiciones teóricas de la competencia perfecta se referirían a aspectos como la información y la mo-
vilidad perfectas. En tales supuestos el papel del Estado suele aceptarse que no implica necesariamente
la sustitución del mercado sino quizá tan solo favorecer las mejoras posibles en tales aspectos o definir
adecuadamente los derechos de las partes.
El consumo de cualquier bien o servicio de carácter privado implica la «apropiación» por parte
del comprador y la exclusión del resto de los consumidores del derecho a consumir ese bien o servicio
si no es por liberalidad del comprador originario. Si la oferta es suficiente, cada consumidor podrá
acceder, abonando el precio correspondiente, a ese mismo derecho respecto a bienes o servicios simi-
lares, pero distintos del primero: puedo comprar una naranja, un coche o un corte de pelo..., pero ya no
aquellos que compró el primero.
En el caso anterior (bienes y servicios privados normales) el consumo total es la suma de las uni-
dades consumidas por cada uno de los demandantes:
CX=CA+CB+CC+...+CN
(El consumo total de naranjas o coches es la suma de lo consumido por el sujeto A, más lo consu-
mido por el sujeto B, etc., hasta el último sujeto N).
Cuando el consumo es conjunto, el total consumido del bien de que se trate es igual a lo que han
consumido todos y cada uno de los sujetos:
CY = CA = CB = CC =...= CN
Esta circunstancia en sí misma no impide el funcionamiento del mercado mientras sea posible
restringir el acceso a quienes paguen previamente su correspondiente entrada.
Pero hay determinados casos en los que no es posible aplicar el principio de exclusión. Ello su-
pone que un sujeto o grupo de sujetos puede disfrutar del bien o servicio sin pagar por ello. Un para-
rrayos en un edificio protege a todos los situados en un radio determinado sin necesidad de que estos
abonen cantidad alguna y sin que sea posible restringir la protección. Todo aquello que está al libre
alcance de la vista, el oído o el olfato permite que se disfrute a través de los sentidos con grave dificul-
tad de restringir el acceso tan solo a quienes adquirieron el derecho. El partido de fútbol o el concierto
al aire libre que pueden verse u oírse desde un edificio cercano pasarían a cumplir parcialmente esta
condición porque, si bien hay quienes han de pagar para ver y oír, también hay otros, una minoría en
este caso, que pueden consumir sin pagar.
Bienes públicos son aquellos en los que coinciden las características del consumo conjunto y de la
imposibilidad para excluir de su aprovechamiento a quien no pague el precio correspondiente.
El ejemplo más característico sería la defensa nacional: todos estamos siendo defendidos de una
hipotética agresión exterior en la misma forma; el consumo de cada individuo es idéntico al de todos
los restantes así como al total existente de defensa; no cabe dividir el bien defensa nacional en unida-
des de venta ni, por lo tanto, asignar una parte del producto individualizada y excluyentemente a cada
consumidor; no cabe impedir el consumo de quien no contribuya al pago de los costes que implique la
defensa...
Como puede deducirse, el problema básico que hace difícil que el mercado pueda jugar adecuada-
mente es que cualquier ciudadano puede disfrutar del bien o servicio sin necesidad de pagar. La propia
naturaleza del bien incentiva el comportamiento del «usuario aprovechado» (free-rider), aquel que sa-
be que no necesita pagar ni siquiera manifestar su interés por ese bien dado que otros se encargarán de
pagar y é1 podrá disfrutarlo gratuitamente.
A diferencia de los bienes de consumo excluyente, si fuéramos capaces de conocer las demandas
individuales, la demanda total del mercado resultaría de la suma vertical de todas ellas. Mientras en los
bienes privados la demanda del mercado es la suma de todas las cantidades particulares demandadas
para cada precio, aquí la demanda total nos indicaría para cada cantidad del bien o servicio (disfrutada
conjunta y simultáneamente por todos los consumidores) cual sería la suma de los «precios» que cada
uno estaría dispuesto a aportar.
Pero esa demanda teórica no existe realmente en los bienes públicos ni cabe que exista un precio
en sentido estricto fijado por el mercado que equipare los costes y los beneficios sociales. La posibili-
dad de ser «usuario aprovechado» implica un escaso incentivo para hacer explícito el propio interés y
reconocer la cuantía de lo que cada uno está dispuesto a pagar por poder disfrutar de ese bien público.
Existen algunos supuestos en que el problema puede solucionarse a través de la iniciativa in-
dividual. Por ejemplo, cuando el colectivo afectado es relativamente reducido, como pueden ser los
casos de la seguridad de una urbanización o los costes colectivos de un club social... En tales casos el
número es lo suficientemente reducido como para que los costes de transacción (los derivados del pro-
5 – 12 Oposiciones
ceso necesario para conseguir el acuerdo entre los afectados) no crezcan desmesuradamente. Cuando
el número de afectados es muy elevado los costes de transacción se disparan y hacen prácticamente
imposible una solución que no venga impuesta por criterio de autoridad, sea de arbitraje, de decisión
delegada, etc.
Los bienes públicos no podrán ser atendidos satisfactoriamente por el mercado salvo que los cos-
tes de transacción sean muy reducidos o su provisión pueda financiarse por vías distintas a los pagos
de los usuarios.
Otro posible ejemplo sería el caso en que el bien o servicio pudiera financiarse por vías ajenas al
pago efectuado por los propios usuarios. Así, las emisiones de radio privadas que se financian a través
de la publicidad: es obvio que cumplen las características de bienes públicos en cuanto que el consumo
es conjunto y no hay exclusión, pero no es imprescindible la provisión estatal porque el mercado pue-
de financiar la actividad por otra vía.
Una condición elemental para que el mercado asigne correctamente los recursos es que los parti-
cipantes en el mismo valoren adecuadamente los costes y beneficios que se derivan de sus opciones.
Podemos suponer que, al menos en sus valores medios, esto ocurre así habitualmente en todos aque-
llos casos en que los costes y los beneficios lo son para el oferente o el demandante.
Pero existen supuestos en los que junto a esos costes y beneficios de quienes son sujetos directos
del equilibrio del mercado aparecen otros beneficios o costes indirectos que afectan a otros colectivos,
incluso al conjunto de la sociedad.
Llamamos externalidades positivas (o economías externas) a los beneficios que se derivan del
consumo o de la producción de un bien o servicio para algún sujeto o grupo de sujetos distinto del que
lo consume o produce. Nos encontraremos ante externalidades negativas (o deseconomías externas)
cuando lo que se derivan son costes con el mismo carácter indirecto.
Se desprende de la definición anterior que las externalidades pueden derivarse tanto del consumo
como de la producción y que pueden ser positivas o negativas. Algunos ejemplos tópicos permitirán
verlo claramente:
• Se derivan externalidades positivas de la producción de gastos como los que las empresas des-
tinan a investigación pues, además de los beneficios que puedan obtener por las innovaciones
que incorporen, permiten que la colectividad disfrute de tecnologías más baratas, más limpias
o más eficientes, que se irán generalizando progresivamente. Lo mismo ocurre con la «produc-
ción» de obras de infraestructura, como carreteras, conducciones energéticas o de comunica-
ciones, que permiten abaratar los consiguientes costes de transporte a cuantos utilicen esas vías
más eficaces.
• Se derivan externalidades negativas del consumo, por ejemplo, de drogas que, al margen de los
costes que supongan para el usuario, provocan con frecuencia efectos perjudiciales sobre otros
sujetos, accidentes, gastos sanitarios, a veces delitos contra la propiedad o la vida, etc.
En todos estos casos, el consumidor y el productor valoran los costes y beneficios apropiables y
que les afectan directamente, pero no estos otros efectos indirectos sobre sujetos distintos a los partici-
pantes en la transacción correspondiente.
El mercado lleva a una producción menor de la que sería socialmente deseable cuando existen
externalidades positivas, y a niveles de producción superiores a los óptimos cuando existen externali-
dades negativas.
Ante esta situación, las posibilidades de intervención estatal son extremadamente amplias, pues
dependerían tanto de la importancia relativa de las externalidades que aparezcan en cada caso como de
la valoración social de las mismas.
Podemos afirmar que todo comportamiento humano provoca efectos externos sobre cuantos nos
rodean. Pero gran parte de esas externalidades se consideran tolerables o irrelevantes y el Estado no
interviene en absoluto. Según crece la importancia de la externalidad causada puede ir aumentando la
reacción estatal hasta llegar al otro extremo en que la gravedad de determinadas externalidades lleva a
su prohibición, incluso a su consideración como delito.
La educación es un buen ejemplo para observar cómo la actuación pública puede abarcar muy
diversas posibilidades: en el caso de educación básica, se considera que la externalidad es tan extre-
madamente positiva que el Estado intenta proveerla por sí mismo y llega a declararla obligatoria para
todos los ciudadanos.
En niveles más elevados la oferta pública puede existir en solitario, coexistiendo con la privada o
dejando a esta toda la iniciativa. Puede ser gratuita o subvencionada. Puede entregarse la subvención
directamente a los usuarios o a los centros o a estos a través de aquellos. Puede arbitrarse como una
transferencia, como un descuento o como una rebaja impositiva. Puede graduarse según las caracterís-
ticas socioeconómicas de los hogares y/o de las capacidades de los estudiantes. Es más que probable
que exista un buen número de enseñanzas elevadas o marginales en las que el Estado considere que la
externalidad es muy reducida y su intervención sea prácticamente nula o limitada a regular las míni-
mas garantías que fija en general para que el mercado funcione con la fluidez necesaria.
Necesidades preferentes son aquellas que la colectividad considera que deben ser favorecidas y
necesidades indeseables las que deben ser restringidas o, incluso, prohibidas.
No hace falta señalar que el fuerte componente ideológico de estos calificativos implica que esta
justificación para el intervencionismo estatal sea necesariamente valorativa y frecuentemente polémi-
ca. Así, las dictaduras políticas suelen favorecer y prohibir actividades y consumos que son perfecta-
mente normales en buen número de sociedades. En otros lugares, razones religiosas o viejas tradicio-
nes justifican que el Estado apoye o persiga determinadas peculiaridades que resultarán sorprendentes
desde la perspectiva de quienes no comparten tales puntos de vista.
5 – 14 Oposiciones
Las externalidades podrían ser objetivables, discutibles y cuantificables. Su existencia supone que
el mercado no garantiza el óptimo social y que, si la desviación es importante (y tanto más cuanto ma-
yor lo sea), la intervención estatal podría mejorar la asignación de recursos, disponiendo para ello de
un amplísimo abanico de posibilidades de intervención.
La referencia a las necesidades preferentes e indeseables ha de entenderse tan solo como una des-
cripción de su existencia de hecho y explicación de más de un caso de intervencionismo, pero plantea
problemas su admisión como una razón técnica que aconseje el intervencionismo.
Si al mismo tiempo admitimos que los aspectos económicos no son los únicos relevantes a la hora
de medir el bienestar ciudadano, puede concebirse la posibilidad de que una hipotética intervención
por esa causa pudiera ser positiva desde la perspectiva del bienestar de una colectividad concreta,
siempre que fuera respaldada por un amplio consenso social.
En suma, que el intervencionismo estatal puede estar justificado en numerosas ocasiones y que las
más de las veces la graduación del mismo y la elección del instrumento vendrá determinada por juicios
de valor.
De acuerdo con lo que acabamos de ver, siempre que el Estado introduce algún tipo de traba al
libre juego del mercado, podemos afirmar que estamos ante un mercado intervenido. Sin embargo, po-
díamos decir que esa es la característica de prácticamente todos los mercados en la actualidad porque,
por pequeño que sea, siempre existe algún tipo de control público de las actividades de los particulares.
Por ello reservaremos esa calificación de mercado intervenido a aquellas ocasiones en que el pre-
cio no permite el ajuste entre cantidades ofrecidas y demandadas pero no por sus propias característi-
cas sino porque existe alguna intervención exterior, normalmente por parte del Estado.
El Estado puede imponer precios tope para determinados bienes o servicios. En tales casos, será
ilegal que los vendedores cobren un precio superior al máximo autorizado. Obviamente, si el precio
tope fuera igual o superior al de equilibrio, no tendía ninguna consecuencia. Supondremos siempre que
el precio tope se sitúa por debajo del que resultaría del libre juego de oferta y demanda.
Los precios tope se suelen introducir cuando existe una escasez relativa del bien o servicio que
llevaría a precios que se consideran excesivos. La subida del precio reduciría el nivel de vida de los
que compran el bien o lo haría inaccesible para muchos ciudadanos. Los controles de precios se suelen
establecer cuando se trata de bienes como los alimentos, la vivienda o la educación que se conside-
ran necesarios o muy convenientes. El abaratamiento obligado permite el acceso a tales bienes de las
personas con menor poder adquisitivo. En definitiva, la existencia de controles fomenta la demanda y
desalienta la oferta.
El control de precios provoca una escasez. Aunque un precio más alto perjudicaría claramente a
los consumidores que ahora pueden adquirir los bienes a menor precio, también es cierto que provoca-
ría un aumento de la cantidad ofrecida y, por lo tanto, algunos de los consumidores que ahora se que-
dan sin el bien en cuestión podría comprarlo aunque el precio de equilibrio fuera superior.
La existencia de un exceso de demanda significa, además, que se debe utilizar algún sistema de
racionamiento para distribuir los bienes disponibles. Estos sistemas pueden ser muy variados: puede
Probablemente, sea cual sea el sistema utilizado, aparecerá alguna forma de mercado negro y/o
de reventa, vendiéndose clandestinamente parte de los productos a precios superiores a los permitidos,
dado que hay demandantes dispuestos a pagar esos precios superiores.
Otra posibilidad es que el Gobierno marque un precio mínimo. Aquí el objetivo es garantizar a los
oferentes que el precio se va a mantener por encima de un determinado nivel que les garantice una re-
tribución adecuada. En este caso, un precio mínimo que fuera igual o inferior al de equilibrio tampoco
tendría consecuencia alguna. Por ello supondremos siempre que el precio mínimo es superior al resul-
tante del libre mercado.
Un mecanismo habitual es que la misma autoridad que impone el precio mínimo se comprometa a
adquirir los excedentes que ha provocado. Ello planteará periódicamente la cuestión de qué hacer con
las existencias que se van acumulando. Podrían destruirse, repartirse entre los necesitados o enviarse a
otros lugares donde pudieran encontrar salida. Los ejemplos como este son muy numerosos, especial-
mente en los sectores agrícola y ganadero.
En determinados casos, el Gobierno fija un precio mínimo pero no garantiza la absorción de los
excedentes. Tal puede ser el caso de los salarios mínimos. En tales supuestos el exceso de oferta queda
sin cubrir: supone la existencia de personas que estarían dispuestas a trabajar por ese salario mínimo,
pero no encuentran quien demande su fuerza de trabajo. Como en el caso anterior, también aquí puede
aparecer un mercado negro en el que, clandestinamente, se pacten precios inferiores al marcado legal-
mente.
Hemos visto que el mercado da una (no la única posible) respuesta a los grandes problemas eco-
nómicos aunque ello no signifique que siempre garantice el óptimo automáticamente, por unas u otras
causas, ni que los equilibrios que se alcancen sean aceptables para todos los ciudadanos. Las interven-
ciones externas, por ejemplo del Estado, alteran las condiciones de la competencia y el juego del mer-
cado, unas veces para corregir alguna de sus deficiencias, otras interfiriendo su funcionamiento por
razones de muy diversa índole.
5 – 16 Oposiciones