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Cuentos de Honestidad y Humildad

El documento presenta tres cuentos populares. El primero trata sobre un leñador honrado que pierde su hacha en un río y es recompensado por su honestidad. El segundo habla de un emperador que es engañado por dos estafadores sobre un traje invisible. El tercero narra la historia de un cedro vanidoso cuyo deseo de frutos lo lleva a la ruina. Los cuentos enseñan sobre la importancia de la honestidad y la humildad.

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Cuentos de Honestidad y Humildad

El documento presenta tres cuentos populares. El primero trata sobre un leñador honrado que pierde su hacha en un río y es recompensado por su honestidad. El segundo habla de un emperador que es engañado por dos estafadores sobre un traje invisible. El tercero narra la historia de un cedro vanidoso cuyo deseo de frutos lo lleva a la ruina. Los cuentos enseñan sobre la importancia de la honestidad y la humildad.

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El leñador honrado

Érase una vez, un leñador humilde y bueno, que después de trabajar todo el día en el campo,
regresaba a casa a reunirse con los suyos. Por el camino, se dispuso a cruzar un puente pequeño,
cuando de repente, se cayó su hacha en el río.

“¿Cómo haré ahora para trabajar y poder dar de comer a mis hijos?” exclamaba angustiado y
preocupado el leñador. Entonces, ante los ojos del pobre hambre apareció desde el fondo del río
una ninfa hermosa y centelleante. “No te lamentes buen hombre. Traeré devuelta tu hacha en
este instante” le dijo la criatura mágica al leñador, y se sumergió rápidamente en las aguas del río.

Poco después, la ninfa reapareció con un hacha de oro para mostrarle al leñador, pero este
contestó que esa no era su hacha. Nuevamente, la ninfa se sumergió en el río y trajo un hacha de
plata entre sus manos. “No. Esa tampoco es mi hacha” dijo el leñador con voz penosa.

Al tercer intento de la ninfa, apareció con un hacha de hierro. “¡Esa sí es mi hacha! Muchas
gracias” gritó el leñador con profunda alegría. Pero la ninfa quiso premiarlo por no haber dicho
mentiras, y le dijo “Te regalaré además las dos hachas de oro y de plata por haber sido tan
honrado”.

Ya ven amiguitos, siempre es bueno decir la verdad, pues en este mundo solo ganan los honestos y
humildes de corazón.
El traje nuevo del emperador

Hace mucho tiempo atrás, vivía un emperador muy rico que siempre estaba pendiente de lucir las
mejores prendas. Dos y tres veces en el mismo día, gustaba el emperador de cambiar sus vestidos
y llenarse de lujosas joyas. Los sastres del reino trabajaban sin descanso para proveer a su señor
con nuevos trajes, llenos de brillos y magníficas telas.

Cierto día, aparecieron en el reino dos ladrones muy bribones que decidieron estafar al
emperador. Los ladrones aseguraban poseer las mejores telas, y confeccionar ajuares nunca antes
vistos. Como era de esperar, el emperador quedó deslumbrado por las promesas de los ladrones y
les pagó una gran suma de dinero para que comenzaran a trabajar.

Durante varios días, los bribones se quedaron en una habitación del palacio simulando que tejían
hermosos vestidos, pero en realidad, solo se dedicaban a cobrar más oro y beber y comer a sus
anchas. El emperador, deseoso de conocer cómo avanzaba la obra, envió un sirviente a la
habitación de los ladrones.

Al llegar al lugar, el joven sirviente quedó consternado cuando vio el telar vacío, pero los ladrones
le aseguraron que el vestido estaba hecho de una tela mágica y que los tontos e ignorantes no
serían capaz de verla. “¡Claro que la veo! ¡Es hermosa!” exclamó el sirviente con temor a parecer
tonto, y marchó a contarle a su señor.

El emperador, sin poder contener su curiosidad, partió a contemplar la obra maestra. Al llegar
quedó sorprendido de no ver nada, pero como no podía parecer ignorante delante de sus
súbditos, disimuló su sorpresa y exclamó con alegría: “¡Es hermoso! ¡Nunca había visto nada tan
maravilloso en mi vida!”. Y decidió llevarlo puesto en la ceremonia del palacio al día siguiente.

Cuando llegó la hora, el emperador salió ante su pueblo completamente desnudo. Las personas
miraban aturdidas el espectáculo, pero nadie se atrevía a pronunciar palabra alguna. A pesar de
los murmullos, el emperador prosiguió la marcha, convencido que todo aquel que le miraba
asombrado, era por pura ignorancia y estupidez. Pero en realidad ¡Era todo lo contrario!

Este cuento sirve para demostrar que nunca debemos llevarnos por criterios ajenos, sino decir la
verdad siempre y pensar por nuestra propia cabeza.
El cedro vanidoso

Esta es la historia de un cedro presumido y tonto, que se jactaba a diario de su hermosura. El


cedro vivía en el medio de un jardín, rodeado de otros árboles más pequeños, y para nada tan
bellos como él. ¡Soy en verdad, algo digno de contemplar, y no hay nadie en este jardín que
supere mi encanto! – repetía el cedro en las mañanas, en las tardes y en las noches.

Al llegar la primavera, los árboles comenzaron a dar hermosas frutas. Deliciosas manzanas tuvo el
manzano, relucientes cerezas aportó el cerezo, y el peral brindó gordas y jugosas peras.

Mientras tanto, el cedro, que no podía dar frutos, se lamentaba angustiado: “Mi belleza no estará
completa hasta que mis ramas no tengan frutos hermosos como yo”. Entonces, se dedicó a
observar a los demás árboles y a imitarlos en todo lo que hicieran para tener frutos. Finalmente, el
cedro tuvo lo que pidió, y en lo alto de sus ramas, asomó un precioso fruto.

“Le daré de comer día y noche para que sea el más grande y hermoso de todos los frutos”
exclamaba el cerro orgulloso de su creación. Sin embargo, de tanto que llegó a crecer aquel fruto,
no hizo más que torcer poco a poco la copa de aquel cedro. Con el paso de los días, el fruto
maduró y se hizo más pesado cada vez, hasta que el cedro no pudo sostenerlo y su copa terminó
completamente quebrada y arruinada.

Algunas personas son como los cedros, que su ambición es tan grande que les lleva a perder todo
cuanto tuvieron, pues no hay nada tan fatal como la vanidad, y debemos evitar ser engreídos con
las personas que nos rodean.
Ratón de campo y ratón de ciudad

Había una vez un humilde ratoncito que vivía muy feliz a en el hueco de un árbol seco. Su casita
era muy cómoda y espaciosa, tenía sillones hechos con cáscaras de nuez, una cama con pétalos de
flor y cortinas en las ventanas tejidas con hilos de araña.

Cada vez que llegaba la hora de comida para el ratoncito, salía al campo, buscaba jugosas frutas y
agua fresca del río. Después, se dedicaba a corretear por la llanura verde o a descansar bajo la luz
de las estrellas. Todo era muy feliz para el pequeño ratón.

Una tarde, apareció su primo, el ratón de ciudad. El ratoncito le invitó a almorzar, y preparó una
deliciosa sopa de coles. Pero su primo, acostumbrado a los manjares de la ciudad, escupió la sopa
tan pronto la probó. “Qué sopa tan desagradable” exclamó.

Con el paso de los días, el ratoncito de la ciudad se cansó de estar en la casa de su primo, y decidió
invitarlo a la suya para mostrarle que él vivía en mejores condiciones. El ratoncito del campo
aceptó a regañadientes, y partieron rápidamente los dos animalitos.

Al llegar a la ciudad, el ratoncito de campo se sintió muy perturbado, pues allí no reinaba la paz
que tanto había gozado en el campo. Los tumultos de las personas, el ruido de los carros y la
suciedad de las calles, terminó por alterar a nuestro amiguito, que sólo pudo respirar tranquilo
cuando estuvo dentro de la casita de su primo.

La casita era grande, llena de lujos y comodidades. Su primo de la ciudad poseía largas colecciones
de queso, y una cama hecha con medias de seda. En la noche, el ratoncito de la ciudad preparó un
banquete muy sabroso con jamones y dulces exquisitos, pero cuando se disponían a comer,
aparecieron los bigotes de un enorme gato en las puertas de la casita.

Los ratones echaron a correr asustados por la puerta del fondo, pero su suerte fue peor, pues
cayeron a los pies de una mujer que les propinó un fuerte golpe con la punta de su escoba. Tan
dura fue la sacudida, que quedaron atontados en el medio de la calle.

El ratoncito del campo decidió entonces, que ya era hora de marcharse a su tranquila casita, pues
había comprendido que no vale cambiar las cosas lujosas y las comodidades por la paz y la
armonía de un hogar.
Piel de oso

Érase una vez, un joven campesino que se


encontraba extraviado en medio de un
bosque. Después de mucho caminar, el
jovenzuelo se encontró a orillas de un río con
un duende muy simpático.

“Buen día, joven. Si matas a ese oso detrás de


ti, no quedará duda de lo valiente que eres” le dijo el duendecillo y señaló hacia unos arbustos
donde se escondía un oso aterrador. El joven, sin dudarlo, mató a la bestia rápidamente y regresó
hacia el duende. “Ahora debes llevar esa piel durante tres años. Si no te la quitas en ese tiempo, te
regalaré un morral lleno de oro que nunca podrá quedar vacío”.

El campesino aceptó sin dudarlo, y se marchó del lugar disfrazado de oso. Sin embargo, en todos
los lugares que visitaba era rechazado, y los hombres salían armados a su encuentro y le
espantaban con pedradas. De tanto huir espantado, el joven campesino disfrazado de oso logró
hallar refugio en la choza de Ilse, una muchacha radiante y bella que tuvo compasión del oso y le
protegió desde entonces.

“¿Quieres casarte conmigo, hermosa Ilse?” le preguntó un buen día Piel de Oso, porque así le
llamaban al campesino. “Estaré encantada de ser tu esposa, pues tú necesitas de alguien que te
cuide” le respondió la dulce muchacha sin pensarlo. Desde ese momento, Piel de Oso deseaba que
el tiempo pasara volando, para poder quitarse el disfraz y cumplir así su promesa al duende.

Transcurridos tres años, el muchacho salió en busca del duende para obtener su recompensa.
“Qué bueno es saber que no has fallado a tu parte del trato, jovenzuelo” exclamó el duendecillo al
verle y le mostró a Piel de Oso un morral lleno de pepitas de oro. “Aquí tienes lo prometido, un
morral que siempre estará lleno de oro”.

El muchacho, con una alegría inmensa, regresó a casa de su amada Ilse, la cual se encontraba
llorando desconsolada la pérdida de su prometido Piel de Oso. Al ver al campesino entrar en su
choza no le reconoció, y cuando este le pidió casarse con ella, la hermosa Ilse se negó
completamente, pues sólo se casaría con su amado Piel de Oso.

“¿Acaso no reconoces el amor en mis ojos, querida Ilse?” preguntó el joven, y fue entonces
cuando se abrazaron profundamente y decidieron casarse en el instante. Desde entonces, vivieron
felices y repartieron el oro entre los más pobres

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