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El Coronel Dice Que Te Quiero - Juan Forn

Dovlatov fue un escritor ruso que tuvo dificultades para publicar en la Unión Soviética debido a su crítica del régimen. Fue enviado a un campo de trabajo en Siberia después de expresar sus opiniones. Más tarde, emigró a Estados Unidos donde publicó varios libros. El documento analiza dos libros de Dovlatov que narran sus experiencias tratando de publicar en la URSS y al escribir un diario ruso en Nueva York.

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El Coronel Dice Que Te Quiero - Juan Forn

Dovlatov fue un escritor ruso que tuvo dificultades para publicar en la Unión Soviética debido a su crítica del régimen. Fue enviado a un campo de trabajo en Siberia después de expresar sus opiniones. Más tarde, emigró a Estados Unidos donde publicó varios libros. El documento analiza dos libros de Dovlatov que narran sus experiencias tratando de publicar en la URSS y al escribir un diario ruso en Nueva York.

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El coronel dice que te quiero

Por Juan Forn

Cuando un escritor no puede publicar, cuando las editoriales


le rechazan cada cosa que manda, ¿cómo llama a lo que
guarda en el cajón? Solos de máquina de escribir, les decía
Sergei Dovlatov, y tenía una buena cantidad de ellos en sus
cajones, en la Unión Soviética de Brezhnev. Dovlatov fue
discípulo de Anna Ajmátova y de Joseph Brodsky, aprendió
de ellos a tener la guardia alta siempre, pero su época ya era
herbívora: “Los herederos de Stalin son decepcionantes. En
tiempos de Stalin se publicaban libros, y luego se fusilaba a
los autores. Ahora ni se fusila ni se publica”. Por decir cosas
como esta, el joven Dovlatov fue a parar a un campo en
Siberia... pero como guardia: así habían cambiado los
tiempos en la URSS, de Stalin a Kruschev y la gerontocracia.
Dovlatov quería estudiar Letras pero le dieron a elegir:
tractorista o servicio militar. Eligió servicio militar: lo
mandaron de guardia a un penal de delincuentes comunes en
Siberia, donde pasó más tiempo castigado en una celda que
como carcelero. Volvió tres años después a Leningrado con
un libro en la mochila. La novedad de aquel libro era que
rebatía la representacion clásica de la literatura
concentracionaria: el prisionero como víctima y el guardia
como encarnación del régimen. Dovlatov mostraba en
cambio lo que tenían en común, la influencia mutua: “Los
carceleros no se distinguen demasiado de los presos. Hablan
la misma jerga, piensan las mismas cosas. Y el mundo
exterior tampoco se distingue mucho del mundo carcelario.
A ambos lados del alambre hay un mundo básicamente igual,
poblado por habitantes mezquinos, egoístas, estúpidos,
perezosos y venales”.
El joven Dovlatov volvió con ese libro en la mochila y,
según sus propias palabras, aburrió a todo el mundo.
“Entendí por qué Turgueniev se burlaba de Dostoievski
recién salido de prisión. Quizá sea una ligera bravuconada
demostrar familiaridad con un material de la vida tan
inquietante para los demás”. Desde que volvió de Siberia en
1964 hasta que fue expulsado por indeseable de la URSS en
1978, Dovlatov no logró publicar nada en su país. En los
doce años siguientes, en Nueva York, publicó doce libros
cortitos y fulgurantes y después murió tal como había vivido:
de un coma alcohólico. Ya conté su historia acá, un viernes
hace años (“El borracho de la casa toma la palabra”), pero la
muchachada platense del sello Añosluz acaba de editar otro
de los libros de Dovlatov, con el hermoso título de El Oficio,
y no pude resistir la tentación, porque la buena noticia es
doble: no se trata en realidad de un libro sino de dos juntos,
que hablan de lo mismo. El primero se llama “El libro
invisible” y cuenta las tribulaciones de Dovlatov para
intentar publicar en la URSS aquel libro sobre su experiencia
carcelaria. El segundo se llama “El diario invisible” y cuenta
la delirante experiencia de hacer un diario en ruso en Nueva
York.
La gran diferencia entre Leningrado y Nueva York según
Dovlatov era que, allá, la ausencia de oportunidades le daba
el derecho a considerarse un genio no reconocido: “Para mis
amigos en Rusia, la falta de éxito oficial se veía compensada
con una morbosa satisfacción: fracasar era nuestra manera de
derrotar la estupidez que nos rodeaba, lo único que sabíamos
hacer bien”. En Nueva York, en cambio, descubrió que “el
severísimo mandato de ser geniales” era lo que le había
impedido hasta entonces dominar el propio oficio. Ahora en
Occidente podría decir lo que quisiera y publicar cualquier
cosa que escribiera, porque de golpe tuvieron, él y tres
amigos, un diario entero a su disposición. No sabían inglés,
no tenían una moneda, desconocían hasta lo más
rudimentario de la rutina periodística, cuando un simpático
mecenas les dio 16 mil dólares y les pidió “un diario ruso
para judíos”. En realidad salía una vez por semana, igual que
el otro diario en ruso que existía en Nueva York, que llevaba
sesenta años clavado en el tiempo, glorificando la monarquía
de los Romanov y el catolicismo ortodoxo.
Dovlatov y sus amigos aplicaron en su diario la teoría de la
lógica inversa: lo que no se podía en la URSS sí se podía en
Occidente, pensaron, y dieron rienda suelta al sarcasmo que
era moneda corriente pero rigurosamente clandestina en la
URSS. Hicieron por escrito lo que se practicaba sólo en
forma oral en su país. Por un instante fueron un éxito entre la
comunidad de emigrados rusos, hasta que el diario rival los
acusó de ser agitadores profesionales enviados por Moscú, y
no paró hasta hundirlos. En un momento fabuloso de El
Oficio, Dovlatov le contesta al geronte director del otro
diario: “Somos la tercera ola de la emigración, tenemos una
sensibilidad enfermiza a la demagogia y a la propaganda, y
un rechazo instintivo a la retórica, tenemos una
desorientación moral y política y una resistencia vital que se
transforma fácilmente en agresión. Odiamos el estéril
espiritismo de la segunda ola y nos hacen reír los delirios
infantiles de ustedes, los de la primera ola. Sí, nosotros
tenemos lo soviético adentro, es cierto. Nuestra tarea
principal es vencernos a nosotros mismos. El régimen no es
nuestro único enemigo. Somos rusos: además está nuestra
estupidez y nuestra pereza y nuestro egoísmo y nuestro
fariseísmo y nuestra intolerancia y codicia y venalidad”.
Lo que más temía Dovlatov en Occidente era transformarse
en “escritor occidental promedio”. No había mucho riesgo de
que eso sucediera. “El encanto, como se sabe, equilibra toda
clase de defectos”, dijo una vez. Cierto; cien por ciento
cierto en su caso. “El talento es como la lujuria. Difícil de
disimular. Y más difícil todavía de simular”, dijo también.
“Las cartas en las que ofrezco un texto a una revista o a una
editorial las hago siempre en papel de lija, para que no se las
puedan pasar por el culo”. Podría seguir citando dagas
voladoras como ésta hasta el final de la página, pero prefiero
terminar con mi momento Dovlatov favorito. Ocurre cuando
su mujer emigra, con la hijita de ambos, a Estados Unidos.
Él no quiere saber nada con irse, le firma los papeles de
divorcio y sale a festejar con los amigos, en un raid etílico
que culmina dieciocho meses después, frente a un coronel de
la KGB, que le dice, desde el otro lado del escritorio:
“Escúcheme, Dovlatov, mire las cartas que le escribe a esta
mujer, ¿no se da cuenta de que la quiere? Hágame el favor,
acá tiene el pasaporte. Deje de hacer papelones y váyase de
una vez”. Dovlatov llama por teléfono a su mujer desde
Leningrado para anunciarle que va para allá. Su esposa le
pregunta por qué. “Porque el coronel dice que te quiero”, le
contesta él.
(En el período entre que su esposa se fue y él partió de la
URSS, esos meses que pasó mayormente alcoholizado,
Dovlatov era guía en un museo Pushkin. Después escribió un
libro sensacional sobre la experiencia, los muchachos de
Añosluz lo tradujeron el año pasado: La Reserva Nacional
Pushkin. La foto que acompaña estas líneas es de esa época.
Dovlatov es, por supuesto, el gigante de camperón de cuero
que mira fiero.)

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