Autor: Eva María Rodríguez
Edades: Todas las edades
Valores: autoestima, aceptación
El príncipe que quiso cambiar de nombre Al príncipe Ludovico no le gustaba su
nombre. Lo encontraba anticuado y señorial, y no le pegaba nada con su aspecto.
Aunque Ludovico era todavía un niño, era un muchacho apuesto y atlético, y con
mucho don de gentes. Era simpático, trabajador, perseverante clemente y además
de un gran guerrero destinado a ser el mejor capitán que los ejércitos de su padre,
el rey, habían tenido más.
Pero su nombre…. ¡qué poco le gustaba a Ludovico su nombre!
Por eso un día decidió que quería cambiarlo, y partió con su séquito a las Montañas
Borrosas, el inhóspito lugar en el que vivían los Dadores de Nombres, unos duendes
que tenían la misión de dar a cada bebé su nombre al nacer.
El camino hasta las Montañas Borrosas fue duro. Ludovico y su séquito tuvieron
que luchar contra todo tipo de maleantes y bandidos, contra animales salvajes y
contra seres mágicos.
En una de sus trifulcas, Ludovico tuvo que enfrentarse personalmente a un ogro con
cinco ojos para salvar a una joven muchacha que estaba a punto de ser encerrada
en una jaula, como si fuera un canario.
- Gracias, gentil hombre -dijo la muchacha-. ¿Qué hacéis por estos parajes?
- Voy camino de las Montañas Borrosas para cambiar mi nombre -respondió-.
Acompáñame y te llevaré de vuelta a casa cuando regrese.
La muchacha aceptó encantada, aunque no le preguntó su nombre por miedo a
parecer desagradable. Durante los días que duró el viaje, Ludovico y la joven
charlaron como si se conocieran de toda la vida.
Cuando por fin llegaron a las Montañas Borrosas, Ludovico se presentó antes los
Dadores de Nombres.
- Señores, vengo a cambiar mi nombre -dijo con voz firme el príncipe.
- ¿Cómo te llamas? -preguntaron los duendes.
- Ludovico -respondió el príncipe.
- ¿Ludovico? -preguntó la joven-. ¿De verdad te llamas Ludovico? ¡Qué nombre tan
bonito!
En aquel instante al príncipe le pareció que su nombre, por primera vez, había
sonado hermoso, en labios de aquella preciosa muchacha.
- ¿Por qué dices eso? -preguntó el príncipe, inseguro por primera vez en su vida.
- Ludovico significa guerrero famoso. Ese nombre lo han llevado grandes líderes en
la historia -dijo ella.
Ludovico no supo qué decir. Así que la muchacha continuó hablando.
- Dicen que quien lleva ese nombre es una persona simpática, amable, segura de
sí misma, culta y distinguida.
- Pero es un nombre feo -acertó a decir el príncipe.
- Es tu nombre, y es perfecto para ti. -dijo ella, un poco sonrojada-. ¿Qué sería de ti
sin tu nombre? ¿Quién serías?
El príncipe que quiso cambiar de nombre Ludovico entendió entonces que una
persona es mucho más que su nombre, y si aquella muchacha había conseguido
mirar más allá, todos los demás podrían.
- Vaya, parece que hecho el viaje en balde... -dijo el príncipe.
Los duendes decidieron intervenir:
- Tu largo viaje te ha servido para descubrir que te otorgamos un gran nombre.
Ludovico, la joven muchacha y todo el séquito que les acompañaba regresaron a
casa.
- Por cierto, ¿cómo te llamas? -preguntó el príncipe a la joven.
- Ludovica -dijo ella.
Si todavía le quedaba al príncipe alguna duda sobre si su nombre era bonito o no,
se esfumó en ese instante.
- Ludovica -repitió, embobado.
Ludovico y Ludovica ya no se separaron jamás. Tuvieron un hijo y una hija, a los
que también llamaron Ludovico y Ludovica. Estos, a su vez, hicieron lo mismo con
sus hijos, y estos lo mismo con los suyos, y así fue por siempre jamás.
Autor: Eva María Rodríguez
Edades: Todas las edades
Valores: superación, esfuerzo, autoconfianza, autoestima
El cerdo que quería ser cantante Había una vez un cerdo llamado Antón que quería
ser cantante. Desde que era un cerdito siempre le había gustado escuchar música.
Se pasaba el día cantando las canciones de moda que sonaban en la radio de la
granja.
Todo el mundo le decía que los cerdos no podían ser cantantes. Que si los cerdos
son muy grandes, que si los cerdos son muy sucios, que si los cerdos son muy
feos… Todo eran pegas.
Pero Antón estaba decidido a ser cantante, así que cogió sus cosas y se fue a la
ciudad a buscar un profesor de canto. Visitó todas las escuelas de música que
había, pero en ninguna quisieron darle clases porque su gruñido era muy
desagradable.
Triste y desilusionado, Antón decidió volver a la granja. Pero cuando llegó a la
estación se dio cuenta de que ya no le quedaba dinero para coger el autobús.
El pobre animal necesitaba conseguir dinero para marcharse, pero no sabía hacer
nada más que cantar, aunque a su manera. Y no se le ocurrió otra cosa que sentarse
en la puerta de la estación de autobuses a cantar un blues acompañado de su
guitarra.
Cantando estaba cuando pasó por allí un productor de cine que se quedó
impresionado al ver el sentimiento que Antón le ponía a su canción.
El cerdo que quería ser cantante- Hola, ¿qué es lo que te pasa? -le preguntó-. ¿Por
qué cantas una canción tan triste?
- Quiero ser cantante y nadie me da una oportunidad -respondió el cerdo-. Todo el
mundo me dice que los cerdos no podemos ser cantantes porque somos feos y
sucios. Y los profesores dicen que tengo mi gruñido es horrible.
- ¿Ah sí? Pues te diré una cosa. No creo que eso sea motivo suficiente para que te
eches atrás. Verás, hay cosas que se pueden cambiar. Por ejemplo, si te lavas bien
estarás más limpio y olerás mucho mejor.
- Pero los cerdos no se lavan -respondió el cerdo-.
- ¡Claro, y tampoco son cantantes! Si quieres ser diferente tendrás que hacer cosas
distintas.
- Es verdad...
- Respecto a lo de ser feo -siguió diciendo el productor-, eso es algo que carece de
importancia. En realidad, forma parte de tu encanto. Además, eso depende de los
gustos de cada uno.
- ¿Y mi voz? -preguntó el cerdo.
- En mi opinión tiene personalidad propia y, además, cantas con mucho sentimiento.
Ven conmigo y haré de ti una estrella.
Y así fue como Antón, el cerdo que quería ser cantante, se convirtió en actor de cine
y triunfó cantando a su manera.