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Auschwitz - Laurence Rees

Hace sesenta años el mundo se horrorizó con el descubrimiento de la realidad de Auschwitz, el escenario de la mayor matanza de la historia humana; un millón cien mil seres humanos asesinados, incluidos más de doscientos mil niños. Pero, más allá de las imágenes y de los testimonios de las víctimas, la realidad de lo que Auschwitz fue y significó ha seguido escapando a nuestra percepción.Este es el primer relato completo de la historia de Auschwitz, que se convirtió en un inmenso taller que trabajaba para la guerra, a la vez que en una fábrica de muerte, donde se acabó arrojando niños vivos a las hogueras, al no dar abasto las cámaras de gas. Un lugar singular, con funcionarios corruptos, con médicos sanguinarios como Mengele y hasta un burdel para estimular a los prisioneros "muy trabajadores".Pero tal vez lo más terrible resulte saber que cerca del 85 por ciento de los miembros de las SS que trabajaron en el campo y sobrevivieron a la guerra han quedado impunes, que ni se arrepienten ni creen necesario excusarse con la obediencia a las órdenes recibidas y que ello no parece escandalizar hoy a sus conciudadanos. Este libro pretende despertar nuestras conciencias para que entre todos impidamos que vuelva a haber otro Auschwitz.

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Auschwitz - Laurence Rees

Hace sesenta años el mundo se horrorizó con el descubrimiento de la realidad de Auschwitz, el escenario de la mayor matanza de la historia humana; un millón cien mil seres humanos asesinados, incluidos más de doscientos mil niños. Pero, más allá de las imágenes y de los testimonios de las víctimas, la realidad de lo que Auschwitz fue y significó ha seguido escapando a nuestra percepción.Este es el primer relato completo de la historia de Auschwitz, que se convirtió en un inmenso taller que trabajaba para la guerra, a la vez que en una fábrica de muerte, donde se acabó arrojando niños vivos a las hogueras, al no dar abasto las cámaras de gas. Un lugar singular, con funcionarios corruptos, con médicos sanguinarios como Mengele y hasta un burdel para estimular a los prisioneros "muy trabajadores".Pero tal vez lo más terrible resulte saber que cerca del 85 por ciento de los miembros de las SS que trabajaron en el campo y sobrevivieron a la guerra han quedado impunes, que ni se arrepienten ni creen necesario excusarse con la obediencia a las órdenes recibidas y que ello no parece escandalizar hoy a sus conciudadanos. Este libro pretende despertar nuestras conciencias para que entre todos impidamos que vuelva a haber otro Auschwitz.

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Hace sesenta años el mundo se horrorizó con el descubrimiento de la

realidad de Auschwitz, el escenario de la mayor matanza de la


historia humana; un millón cien mil seres humanos asesinados,
incluidos más de doscientos mil niños. Pero, más allá de las imágenes
y de los testimonios de las víctimas, la realidad de lo que Auschwitz
fue y significó ha seguido escapando a nuestra percepción.
Este es el primer relato completo de la historia de Auschwitz, que se
convirtió en un inmenso taller que trabajaba para la guerra, a la vez
que en una fábrica de muerte, donde se acabó arrojando niños vivos
a las hogueras, al no dar abasto las cámaras de gas. Un lugar
singular, con funcionarios corruptos, con médicos sanguinarios como
Mengele y hasta un burdel para estimular a los prisioneros "muy
trabajadores".
Pero tal vez lo más terrible resulte saber que cerca del 85 por ciento
de los miembros de las SS que trabajaron en el campo y
sobrevivieron a la guerra han quedado impunes, que ni se
arrepienten ni creen necesario excusarse con la obediencia a las
órdenes recibidas y que ello no parece escandalizar hoy a sus
conciudadanos. Este libro pretende despertar nuestras conciencias
para que entre todos impidamos que vuelva a haber otro Auschwitz.
Laurence Rees

Auschwitz
Los nazis y la solución final

ePub r1.0
Titivillus 29.06.2017
Título original: Auschwitz; Los nazis y la solución final
Laurence Rees, 2005
Traducción: hay si

Editor digital: Titivillus


ePub base r1.2
En memoria del millón
cien mil hombres, mujeres y niños
que murieron en Auschwitz
Agradecimientos

El presente libro tiene su germen en una serie escrita y producida para la


televisión por quien escribe estas líneas. En consecuencia, son muchas las
personas a las que debo expresar mi gratitud.
La serie televisiva —y por lo tanto, este volumen impreso— no habría
sido posible sin el entusiasmo y compromiso mostrados en sus inicios por
Mark Thompson, entonces director de televisión de la BBC. Resulta muy
ilustrativo, para hacerse una idea del tiempo que se necesita para financiar,
desarrollar y hacer realidad un proyecto como éste, el hecho de que, en el
tiempo transcurrido entre el momento en que autorizó la serie y la fecha en
que, por fin, se emitió, Mark dejase la BBC, entrara al mando del Channel 4 y
volviese, esta vez en calidad de director general, a la British Broadcasting
Corporation. También hubo otros integrantes de la compañía que respaldaron
la serie, y entre ellos he de destacar a Jane Root, a la sazón directora
administrativa de la BBC2, Glenwyn Benson, jefa de documentales, y Emma
Swain, encargada de documentales especializados. Asimismo, he de hacer
especial mención de Keith Scholey, mi superior inmediato en cuanto director
administrativo de documentales especializados, que se mostró por demás
indulgente y me brindó inestimables consejos.
No son pocas las eminencias del mundo académico que han colaborado en
el proyecto. El profesor sir Ian Kershaw, asesor de la serie, confirió a ésta, en
calidad de prominente investigador al que no faltan honores, un alto grado de
agudeza. Con él he contraído una deuda impagable, tanto por su erudición
como por su amistad. El profesor David Cesarani también ha influido mucho a
la hora de dar forma tanto a mis teorías como a la serie televisiva; y no menos
puedo decir del profesor Christopher Browning. Sería difícil encontrar a dos
expertos más sobresalientes en lo tocante a la «solución final» nazi. El
profesor Robert Jan van Pelt nos fue de gran ayuda para entender la
arquitectura del campo de concentración, y tampoco fue pequeña la
contribución de los estudiosos y el personal administrativo del Museo Estatal
de Auschwitz-Birkenau, en Polonia. Entre las personas de esta institución a las
que necesito expresar en particular mi reconocimiento se encuentran Igor
Bartosik, Edyta Chowaniec, Jadwiga Dabrowska, Dorota Grela, Wanda Hutny,
Helena Kubica, Mirosław Obstarczyk, Krystyna Oleksy, Józef Orlicki, el
doctor Franciszek Piper, Wojciech Plosa, el doctor Piotr Setkiewicz,
Kazimierz Smoleń, los doctores Andrzej Strzelecki y Henryk Świebocki, Jerzy
Wróblewski y Roman Zbrzeski. Durante la investigación que llevamos a cabo
en suelo polaco contamos también con la inestimable ayuda de Kazimierz
Albin, Halina Elczewska, Abraham y Ester Frischer, el doctor Józef Geresz,
Bernadetta Gronek, John Harman, Alicja Kościan, Edward Kopowka, el
doctor Aleksander Lasik, Anna Machcewicz, Michalina Wysocka, Mariusz
Jerzy Olbromski, Łucja Pawlicka-Nowak, Robert Rydzoń, Hubert Rogoziński,
Jacek Szwic y el doctor Marian Turski.
En las islas anglonormandas Frederick Cohen puso a nuestra disposición
sus inigualables conocimientos de historia, y en Francia nos fueron de gran
ayuda Serge Klarsfeld y Adeline Suard. En Yad Vashem cabe hacer especial
mención del respaldo ofrecido por el doctor Gideon Greif. También en Israel
nos resultó de gran utilidad la obra de Nava Mizrachi. En Eslovaquia
colaboraron con nosotros Ivan Kamenec y Eduard Nižńansky, y en Alemania,
el doctor Andrej Angrick, Martin Cueppers, Wolf Gebhardt, Niels Gutschow,
Peter Klein, Michaela Lichtenstein, los doctores Bogdan Musial, Dieter Pohl y
Volker Reiss, Robert Sommer, el doctor Frank Stucke y Peter Witte. En Rusia,
el proyecto contó con la amistad del doctor Serguéi Sluch; en Hungría, con el
valiosísimo respaldo de la doctora Krisztina Fenyo; en Ucrania, con el de
Taras Shumeiko. En Estados Unidos contamos con la formidable labor llevada
a cabo por Adam Levy.
He de expresar, evidentemente, mi gratitud al equipo de producción de la
serie televisiva, y en particular a Detlef Siebert, quien no sólo dirigió con gran
brillantez las secuencias dramáticas de los distintos capítulos, sino que
favoreció al resto del contenido con sus útiles consejos y sus críticas
mordaces, producto de una mente excepcional. La labor de Martina Balazova y
Dominic Sutherland, los dos directores del documental, también fue
inmejorable; y otro tanto puede decirse del equipo de fieles cámaras formado
por Martin Patmore y Brian Biffin, que trabajaron a menudo a sus órdenes.
Dominic, que dio muestras de una inteligencia y un sentido común ejemplares
durante el proceso de posproducción, supervisó asimismo el contenido gráfico
con la ayuda de la Moving Picture Company y John Kennedy. Alan Lygo, el
mejor montador de televisión con que pueda contarse, contribuyó de forma
esencial al resultado definitivo, y no menos excelente fue el trabajo de
ayudante de producción de la serie llevado a cabo por Tanya Batchelor, ni el
de Anna Taborska, nuestra sobresaliente investigadora polaca. Declan Smith
se encargó de reunir el material que conforma el archivo de la serie, y
Rebecca Maidens y Cara Goold se ocuparon de coordinar la producción.
Todos hicieron un magnífico trabajo. Emily Brownridge no podría haber
cumplido mejor con el cometido de directora de producción, ni Anna Mishcon
y Laura Davey haber sido más comprensivas en cuanto productoras ejecutivas.
Mis propias ayudantes, Sarah Hall y, tras ella, Michelle Gribbon, también se
mostraron siempre dispuestas a colaborar en todo lo posible.
Especial mención merece la excelente orientación ofrecida por nuestros
coproductores estadounidenses de la KCET. Karen Hunte, Al Jerome, Mary
Mazur y, sobre todo, Megan Callaway contribuyeron al resultado final tanto
como Coby Atlas, del PBS (Public Broadcasting Service). Sally Potter y
Martin Redfern, de la BBC Books, han demostrado ser editores ejemplares y
muy comprensivos, y otro tanto cabe decir de Peter Osnos, Clive Priddle y
Kate Darnton, de la editorial neoyorquina Public Affairs. Andrew Nurnberg,
por su parte, ofreció, como de costumbre, su inapreciable consejo.
Mi propia familia —mis hijos, Benedict, Camilla y Oliver, y mi esposa,
Helena— me ha ayudado más de lo que pueda decir. No siempre debe de
resultar agradable convivir con alguien que tiene la cabeza llena de
información relativa a Auschwitz y los nazis, y ellos han tolerado este hecho y
otros muchos.
Con todo, mi más sincero agradecimiento debe ir dirigido al centenar
aproximado de personas que han prestado sus testimonios a este proyecto. Sus
recuerdos no tienen precio. Espero que me perdonen por expresar mi gratitud
de forma colectiva; sus nombres, y sus opiniones, pueden encontrarse en el
cuerpo del presente libro.
Introducción

Sé que el presente libro tiene mucho de perturbador. Aun así, estoy


convencido de que se trata de una obra necesaria, por dos motivos: el primero,
y el más evidente, es que las encuestas siguen demostrando que el público
general ignora la verdadera historia de Auschwitz[1]; el segundo, porque tengo
la esperanza de que aporte algo nuevo.
Con él culmino quince años de entrega a la elaboración de libros y
programas de televisión en torno al nazismo, y trato de poner de relieve que el
que constituye uno de los peores crímenes de la historia puede entenderse con
mayor propiedad si se estudia bajo el prisma de un lugar físico concreto:
Auschwitz. Su historia tiene, a diferencia de la del antijudaísmo, un comienzo
determinado (el 14 de junio de 1940, fecha en que llegaron los primeros
prisioneros polacos), y a diferencia de la del genocidio, un final definido (el
27 de enero de 1945, día en que fue liberado el campo de concentración).
Entre aquél y éste transcurre una historia tan compleja como sorprendente que
pone de manifiesto, en no pocos sentidos, los entresijos de la política racial y
étnica de los nazis. Auschwitz no se concibió, en absoluto, como un recinto
destinado a matar judíos, ni tampoco estuvo dedicado en exclusiva a lo que los
dirigentes del Reich llamaron la «solución final» al «problema judío» (si bien
ésta acabó por dominar el lugar); asimismo, estuvo siempre sometido a
constantes transformaciones físicas, que a menudo respondían a los continuos
cambios experimentados por la suerte del esfuerzo bélico alemán en
escenarios totalmente distintos. Auschwitz, en su destructivo dinamismo, era la
encarnación física de los valores fundamentales del estado nazi.
El estudio de Auschwitz ofrece, también, mucho más que una idea de cómo
era por dentro el mundo nazi, y así, nos da la oportunidad de comprender el
modo como se condujeron seres humanos subyugados a condiciones que se
hallan entre las más extremas que haya conocido la humanidad. No es poco lo
que, a partir de su historia, podemos aprender de nosotros mismos.
Este volumen parte de una investigación singular, basada en un centenar de
entrevistas realizadas, de forma expresa, a antiguos verdugos nazis y a
supervivientes del campo de concentración; si bien recurre, asimismo, a un
número mucho mayor de conversaciones mantenidas con antiguos integrantes
del Partido Nacionalsocialista, entre otras personas, cuando trabajaba en mi
anterior estudio sobre el Tercer Reich[2]. Las ventajas que ofrece el hecho de
reunirse con los protagonistas de uno y otro lado de esta historia son
inestimables, toda vez que el método permite acceder a grados de
conocimiento que raras veces pueden alcanzarse a partir del examen exclusivo
de documentos escritos. De hecho, y a pesar de que mi interés por este período
de la historia se remonta a mis años escolares, la honda fascinación que siento
por todo lo relacionado con el Tercer Reich arraigó en mí, precisamente, en un
momento concreto de cierta entrevista que hice, en 1990, a un antiguo miembro
del Partido Nazi. Me hallaba inmerso en la producción y redacción de un
documental acerca del doctor Joseph Goebbels, y estaba conversando con
Wilfred von Oven, quien, en calidad de secretario personal, había trabajado
codo a codo con el ministro de Propaganda de infausta memoria. Una vez
terminada la sesión formal, mientras tomábamos una taza de té, pregunté a
aquel hombre encantador y de gran inteligencia:
—Si tuviera que sintetizar en una sola palabra la imagen que conserva del
Tercer Reich, ¿cuál elegiría?
Al verlo reflexionar, di por hecho que su respuesta giraría en torno a los
horribles crímenes perpetrados por el régimen —unos crímenes cuya
existencia no había tenido reparo en admitir— y el terrible daño que había
causado el nazismo al mundo.
—Bueno —dijo al fin—, si tuviera que resumir con una palabra la imagen
que guardo del Tercer Reich, diría que fue un paraíso.
¿Un paraíso? Aquello no se correspondía con nada de lo que había leído
en mis libros de historia, ni se ajustaba, en absoluto, con el hombre elegante y
refinado que tenía sentado ante mí y que, dicho sea de paso, no poseía el
aspecto ni el modo de hablar que yo habría esperado de un veterano nazi. ¡Un
paraíso! ¿Cómo podía decir algo así? ¿Cómo podía nadie con un mínimo de
inteligencia pensar tal cosa del Tercer Reich y sus atrocidades? Más aún: ¿En
qué cabeza puede caber que, en pleno siglo XX, personas provenientes de una
nación culta, situada en el corazón de Europa, como es Alemania, fuesen
capaces de cometer tales atrocidades? Todas esas preguntas se agolparon en
mi mente aquella tarde, hace ya tantos años, y aún no han dejado de ocupar
buena parte de mis pensamientos.
Mi empeño en buscarles respuesta se vio favorecido por dos
circunstancias históricas: en primer lugar, me propuse entrevistar a los
antiguos nazis en un momento en que, precisamente, la mayoría de ellos no
arriesgaba nada por hablar sin ambages. Quince años antes, cuando aún
ocupaban puestos de renombre y hacían las veces de puntales de sus
respectivas comunidades, no habrían soltado prenda. Hoy, tres lustros
después, la mayor parte —incluido el encantador herr Von Oven— ha muerto.
A menudo hicieron falta meses —años, incluso— para persuadirlos de que
se dejaran grabar. En ningún caso podemos precisar con seguridad qué hizo
que cada uno de los participantes se decidiera a consentir que se filmase su
entrevista. Sin embargo, no cabe duda de que, para muchos, resultó
determinante el que se supiesen llegados al último tramo de su existencia y
quisieran dejar constancia de lo vivido en tan relevante período, sin
arredrarse ante las imperfecciones. No menos peso tuvo la confianza que
tenían depositada en que la BBC no iba a distorsionar su testimonio. Yo aun
añadiría que ningún otro organismo nos habría brindado el respaldo necesario
para acometer esta empresa. El tiempo dedicado a la investigación que ha
hecho posibles estos proyectos fue tanto, que sólo una emisora pública podría
haber afrontado tal compromiso.
La segunda circunstancia que intervino en mi favor fue el que la caída del
Muro de Berlín y la apertura de la Europa del Este coincidieran con el
momento en que comencé a interesarme por este asunto. De la noche a la
mañana, los investigadores nos encontramos con que no sólo habían quedado a
nuestra disposición archivos inéditos, sino también personas antes
inaccesibles. Yo había rodado en la Unión Soviética en 1989, con el país bajo
gobierno comunista, y había podido comprobar cuán difícil resultaba que
nadie hablase de la historia de su nación si no era con consignas
propagandísticas. Y de súbito, llegada la década de 1990, dio la impresión de
que hubiera reventado una presa y hubiesen salido a chorros todos los
recuerdos y las opiniones que se habían reprimido hasta entonces. En los
países bálticos pude oír a gente que aseguraba haber recibido a los nazis como
a liberadores; en las agrestes estepas de Kalmukia supe, de primera mano, de
las deportaciones de comunidades étnicas enteras que ordenó Stalin por
venganza; en Siberia conocí a veteranos que habían sufrido pena de cárcel en
dos ocasiones: con Hitler y con el dictador soviético; y en un pueblo cercano a
Minsk topé con una señora que se había encontrado en medio de una de las
más crueles guerras de guerrilla que haya visto la historia moderna, y, puesta a
pensar, aseguraba que los soldados del Ejército Rojo eran peores que los
nazis. Todos estos testimonios, tanto tiempo reprimidos, habrían desaparecido
junto con quienes los guardaban de no haber caído el comunismo.
Mientras recorría todos estos países recién liberados —desde Lituania
hasta Ucrania, y desde Serbia hasta Bielorrusia— me topé con algo aún más
espantoso: un feroz antisemitismo. Había dado por hecho que los habitantes de
la región me harían partícipe del odio que profesaban a los comunistas. Tal
cosa parecía natural; pero que odiaran a los judíos se me hacía absurdo, sobre
todo teniendo en cuenta que apenas quedaba ninguno en los lugares por los que
yo pasaba (Hitler y su régimen se habían encargado de que así fuera). Con
todo, el anciano de los estados bálticos que había ayudado a los nazis a matar
a tiros a no pocos de ellos en 1941 seguía pensando, sesenta años después,
que había hecho lo correcto; y ni siquiera quienes habían combatido contra los
alemanes carecían de brutales delirios antijudaicos. Recuerdo la pregunta que
me formuló, durante un almuerzo, cierto veterano de Ucrania. Había luchado
con denuedo en la guerrilla nacionalista de su país contra los nazis —primero
— y contra el Ejército Rojo —después—, por lo cual había sufrido
persecución.
—¿Qué piensa usted —quiso saber— de la teoría de que hay una
conspiración internacional de financieros judíos que, desde Nueva York,
pretenden destruir a todos los gobiernos no semíticos?
Lo miré de hito en hito un segundo. Pese a no ser judío, uno no puede
menos de sobresaltarse al encontrarse con una muestra tan clara de
antisemitismo por parte de una persona de la que nunca hubiese esperado
semejantes ideas.
—¿Que qué pienso de esa teoría? —acabé por responder—. Que es una
sandez.
El viejo partisano dio un sorbo a su vodka.
—¿De verdad? ¿Eso cree? Muy interesante…
Lo que más me inquietó fue que esta actitud no sólo estaba presente en los
más ancianos. Recuerdo a la señorita del mostrador de facturación de la
compañía aérea lituana que, tras conocer cuál era el asunto de la película que
estábamos rodando, dijo: «Le interesan a usted los judíos, ¿verdad? Pues no
olvide que Marx era uno de ellos». Y también fue en Lituania donde el oficial
que me enseñó el recinto fortificado de Kaunas en que se produjo una gran
matanza de judíos en 1941, un joven que apenas mediaba la veintena, me
aseguró: «Usted no conoce toda la historia: lo importante no es lo que les
hicimos nosotros a los judíos, sino lo que ellos nos hicieron a nosotros».
Nada más lejos de mi intención que afirmar que todos los habitantes de los
países de la Europa oriental que visité —ni siquiera la mayoría de ellos—
suscribieran estas opiniones. Así y todo, no deja de causar alarma el que se
lleguen a expresar abiertamente prejuicios como éstos.
Todo aquel que piense que lo que se narra en este libro apenas tiene
relevancia hoy día debería tener presente lo antedicho. Y también deberían
reflexionar sobre el particular quienes creen que el antijudaísmo extremo era,
de algún modo, algo exclusivo de los nazis o de Hitler. De hecho, la idea de
que un puñado de dementes impuso el exterminio criminal de los judíos a una
Europa poco dispuesta a perpetrar tales actos es una de las más peligrosas que
puedan concebirse. En la sociedad germana no había ninguna «tendencia
exterminadora» exclusiva del país antes de la llegada de los nazis al poder.
¿Cómo iba a haberla, si tantos judíos huyeron de Oriente durante la década de
1920 para buscar refugio precisamente en Alemania?
De cualquier modo, hay algo en la mentalidad de los nazis que no parece
corresponderse con los criminales que proliferaron en muchos otros regímenes
absolutos. Fue la conclusión a la que llegué tras culminar tres proyectos
diferentes relacionados con la Segunda Guerra Mundial, materializados en
sendos libros con sus respectivas series televisivas: Nazis: A Warning from
History, en primer lugar; War of the Century, en torno a la contienda sostenida
por Stalin y Hitler y Horror in the East, que pretende acercarse a la
mentalidad de los japoneses durante el decenio de 1930 y la Segunda Guerra
Mundial. Como consecuencia —imprevista— de dicha experiencia, me vi
convertido en la única persona que conozco que se haya entrevistado con un
número significativo de ejecutores pertenecientes a las tres mayores potencias
totalitarias de la época: Alemania, Japón y la Unión Soviética. Habida cuenta
de esta posición privilegiada, puedo confirmar que los criminales de guerra
nazis que he conocido eran diferentes del resto.
En la Unión Soviética de Stalin, el clima de terror alcanzó una intensidad
que no llegó a vivirse en la Alemania de Hitler hasta los días finales de la
guerra. La descripción que cierto oficial retirado de las fuerzas aéreas
soviéticas me hizo de las reuniones abiertas en la década de 1930, en los que
cualquiera podía ser denunciado en cuanto «enemigo del pueblo», no ha
dejado nunca de ponerme la piel de gallina. Nadie se hallaba a salvo de que
llamasen a su puerta a media noche. Tanto valía la intensidad con que tratara
de someterse al régimen o el número de consignas que gritara: la maldad de
Stalin era tal que nada de lo que hiciese, dijese o pensase el ciudadano
soviético podía salvarlo una vez que lo habían señalado con el dedo. Sin
embargo (y siempre que no pertenecieran a uno de los grupos específicos
perseguidos por el régimen —judíos, comunistas, gitanos, homosexuales,
«perezosos» o cualquier otro que se opusiera al sistema—), los habitantes de
la Alemania nazi podían llevar una vida relativamente exenta de temores. A
pesar de todas las investigaciones académicas que, cargadas de razón, hacen
hincapié en que la Gestapo dependía, en gran medida, de las denuncias
presentadas por ciudadanos corrientes para hacer su trabajo[3], no deja de ser
cierto que la mayor parte de la población alemana —casi con toda seguridad
hasta el mismo momento en que su país comenzó a perder la guerra— se
hallaba sumida en tal seguridad y felicidad personales que habría votado la
permanencia de Hitler en el poder incluso de haber tenido unas elecciones
libres y justas. En la Unión Soviética, por el contrario, ni siquiera los
colaboradores más cercanos y leales a Stalin pudieron asegurar nunca con
sinceridad que dormían tranquilos.
En consecuencia, quienes cometían crímenes por orden de Stalin solían
infligir castigos tan arbitrarios que a menudo desconocían las razones que los
habían motivado. Quien escribe estas líneas ha conocido, por ejemplo, a un
antiguo miembro de la policía secreta soviética que envolvía a los calmucos y
los colocaba en trenes para enviarlos a Siberia sin tener, siquiera hoy, una
idea clara de cuál era la política que subyacía tras semejante medida. Ante la
pregunta de por qué había participado en tales actos, no ofreció sino una
respuesta estereotipada que, por irónico que parezca, es la que con más
frecuencia atribuye a los nazis la leyenda popular: estaba «cumpliendo
órdenes». Había cometido un crimen porque se lo habían exigido y sabía que,
si no obedecía, lo ejecutarían; así que no le quedó más remedio que confiar en
que sus superiores supiesen lo que estaban haciendo. Esto quiere decir, claro
está, que, muerto Stalin y derribado el comunismo, se vio libre de seguir
haciendo su vida y dejar atrás el pasado. Asimismo, tal hecho identifica a
Stalin con el prototipo de tirano cruel y amedrentador del que no faltan
ejemplos en la historia, como puede constatarse con el caso de Saddam
Husein.
Por otro lado, he conocido a criminales de guerra japoneses que
cometieron algunas de las atrocidades más horribles de la historia moderna.
En China, los soldados nipones abrían en canal el abdomen de las
embarazadas para matar al feto con la bayoneta; ataban a los granjeros para
emplearlos en prácticas de tiro al blanco; torturaron a miles de inocentes con
técnicas que nada tenían que envidiar a las peores de las empleadas por la
Gestapo, y llevaron a término terribles experimentos médicos mucho antes de
que lo hicieran el doctor Mengele y los demás facultativos de Auschwitz. Se
suponía que eran gentes «inescrutables»; sin embargo, un estudio detenido
revela que esta aseveración no puede ser menos cierta. Habían crecido en una
sociedad intensamente militarizada, sometidos a un adiestramiento castrense
brutal en extremo. Desde su infancia habían aprendido a idolatrar a su
emperador —que también hacía las veces de comandante en jefe— y habían
vivido en una cultura que, por tradición, había elevado a la categoría de
semirreligión el deseo —tan propio del ser humano— de someterse. Valga, a
modo de síntesis de lo dicho, el testimonio del veterano que me confió que,
cuando le pidieron que participara en la violación colectiva de una mujer
china, lo consideró menos un acto sexual que una señal de su aceptación final
por parte de un grupo cuyos integrantes se habían aprovechado de él de un
modo despiadado con anterioridad. Al igual que el agente de la policía
soviética que tuve la ocasión de conocer, los soldados japoneses recurrían de
forma casi exclusiva a una fuente externa —el propio régimen— para
justificar su comportamiento.
La postura de muchos de los criminales de guerra nazis difiere de ésta, tal
como sintetiza, en el presente volumen, la entrevista mantenida con Hans
Friedrich, quien, en calidad de integrante de la unidad oriental de la SS,
reconoce haber ejecutado en persona a no pocos judíos. Ni siquiera hoy, a
tantos años de la caída del régimen nazi, se arrepiente de lo que hizo. Lo más
sencillo para él sería ocultarse tras el pretexto de que se había limitado a
«cumplir órdenes» o achacar sus delitos al «lavado de cerebro
propagandístico» al que habían sometido las autoridades nazis a la población
alemana; pero su inquebrantable convencimiento se lo impide. En aquel
momento creyó, personalmente, que era correcto fusilar a judíos, y todo apunta
a que sigue manteniendo tal opinión. Se trata de un proceder repugnante y
despreciable, pero no por ello menos fascinante. Además, los testimonios de
que disponemos de aquella época ponen de relieve que no era exclusivo del
entrevistado: en los archivos de Auschwitz, por ejemplo, no se da un solo caso
de soldado de la SS a quien procesaran por negarse a tomar parte en los
asesinatos; en cambio, no falta material que demuestre que el verdadero
problema de disciplina que se daba en el campo de concentración —desde el
punto de vista de los altos cargos de la SS— era el de los robos. Los
miembros ordinarios de la organización, por ende, coincidían, parece, con la
cúpula nazi en que era correcto asesinar a los judíos, aunque no se mostraban
conformes con la política de Himmler de no dejar que se beneficiaran de sus
crímenes. Y la pena reservada a quienes robaban podía llegar a ser draconiana
—mucho peor, casi con toda seguridad, que la que esperaba a quien rehusara,
sin más, participar en las matanzas.
A partir no sólo de las entrevistas, sino también del subsiguiente estudio
del material de archivo y el intercambio de opiniones mantenido con
investigadores académicos, he llegado a la conclusión de que había más
posibilidades de que los individuos que cometieron crímenes bajo el régimen
nazi aceptasen la responsabilidad personal de sus acciones que de que lo
hicieran los criminales de guerra a las órdenes de Stalin o Hiro-Hito[4].
Huelga decir que se trata de una generalización y que debe de haber, en cada
régimen, individuos que no se ajusten a este modelo. Sin embargo, como
conclusión global parece acertada, y resulta por demás curiosa si tenemos en
cuenta la rígida instrucción de la SS y el estereotipo popular que presenta a
los soldados alemanes como autómatas. Como tendremos oportunidad de ver,
esta tendencia de los nazis que perpetraron delitos a considerarse en mayor
grado dueños de sus propios actos contribuyó al desarrollo tanto de Auschwitz
como de la «solución final».
Vale la pena tratar de entender por qué tantos de los antiguos nazis con los
que me he entrevistado durante los últimos quince años parecen tener para sus
crímenes una justificación interna («Creo que era lo que había que hacer»)
más que una externa («Me mandaron hacerlo»). Una de las explicaciones más
obvias consiste en que el nazismo se fundó en creencias ya existentes,
cuidadosamente escogidas. El antisemitismo, por ejemplo, se daba en
Alemania mucho antes de Adolf Hitler, y mucha otra gente culpaba —en falso
— a los judíos de la derrota sufrida por el país en la Primera Guerra Mundial.
De hecho, el conjunto del programa político inicial presentado por el Partido
Nacionalsocialista en los albores de la década de 1920 apenas se distinguía
del de otras muchas formaciones nacionalistas de derecha. Hitler no aportó
originalidad alguna en lo tocante al pensamiento político —aunque sí en lo
relativo al liderazgo—. Cuando, a principios de los años treinta, Alemania se
vio azotada por la depresión, los nazis obtuvieron más votos que ningún otro
partido. A nadie se obligó, en las elecciones de 1932, a votarlos a punta de
pistola: llegaron al poder de total conformidad con la ley vigente, y este hecho
marca, por sí solo, una distinción fundamental. A diferencia del estalinismo y
otras dictaduras que se apropiaron, sin más, del poder, el nazismo se sustentó
en una base popular.
Otro motivo evidente de la integración del sistema de creencias que tantos
nazis compartían fue la eficacia de la labor llevada a cabo por el doctor
Joseph Goebbels[5]. El mito popular lo presenta a menudo como un polemista
vulgar, repudiable, tristemente célebre por Der ewige Jude («El judío
errante»), película de infausta memoria en la que se intercalan planos de
judíos con imágenes de ratas. No obstante, la inmensa mayoría de su obra era
mucho más refinada e insidiosa. Fue Hitler quien más afición demostró por
realizaciones como la citada, henchidas de un odio exento de ambigüedades,
en tanto que Goebbels abominaba de tan rudimentarios planteamientos y se
inclinaba por el más sutil Jud Süß («El judío Süss»), drama en el que una
hermosa joven aria sufre violación a manos de un hebreo. Los estudios de
audiencia promovidos por el propio Goebbels —quien estaba obsesionado
con esta ciencia— revelaron que estaba en lo cierto: el público que llenaba
las salas de proyección prefería, con diferencia, ver películas de propaganda
en las que no pudiesen, por emplear sus propias palabras, «ver la tramoya».
Goebbels estaba convencido de que siempre era mejor reforzar los
prejuicios del espectador que tratar de cambiar su opinión. En las ocasiones
en que se hacía necesario esto último, su técnica consistía en moverse «como
un convoy: siempre a la velocidad del buque más lento» y repetir una y otra
vez, de modos sutilmente distintos, el mensaje que quería transmitir[6]. De ese
modo, salvo raras excepciones, nunca trataba de decir nada al público:
mostraba imágenes y contaba historias que llevaban al alemán común a extraer
la conclusión que él quería, dejando siempre que pensase que la había
deducido por sí mismo.
Durante la década de 1930, Hitler no trató de imponer a menudo sus
políticas a la mayoría de la población en contra de su voluntad —una actitud
que Goebbels aprobaba—. El suyo, sobra decirlo, era un régimen radical; sin
embargo, prefería actuar con el consentimiento de la mayoría y dependía, en
gran medida —en interés del dinamismo que con tanto ahínco perseguía—, de
la iniciativa individual procedente de abajo. En consecuencia, en lo relativo a
la persecución de los judíos, los nazis fueron avanzando con mucho tiento.
Pese a la importancia fundamental que revestía para Hitler, el futuro dictador
no hizo campaña explícita del odio al pueblo hebreo durante las elecciones de
principios de los treinta. Si bien tampoco hizo nada por ocultar su
antijudaísmo, puso empeño, junto con el resto del partido, en destacar otros
aspectos de su programa, como era el caso del deseo de «reparar los
desaguisados» del Tratado de Versalles, proporcionar trabajo a los
desempleados y restaurar el sentimiento de orgullo nacional. Poco después de
ser proclamado canciller, sin embargo, desató una oleada de violencia contra
los judíos alemanes, para lo cual se sirvió, sobre todo, de las tropas de asalto
nazis. Su régimen promovió, asimismo, un boicot a sus negocios —respaldado
por Goebbels, ferviente antisemita—, aunque sólo duró un día. A la cúpula
nazi le preocupaba la opinión pública tanto nacional como extranjera, y en
particular quería evitar que su antijudaísmo desembocara en la discriminación
de Alemania. La promulgación, en 1936, de la Ley de Núremberg, que negaba
la ciudadanía a los hebreos alemanes, y la quema de sinagogas y el
encarcelamiento de decenas de miles de judíos en 1938, durante la Noche de
los Cristales Rotos (Kristallnacht), constituyeron otros dos violentos hitos en
la persecución de los judíos anterior a la guerra. Sin embargo, en general, la
política antisemítica de los nazis avanzó de forma gradual, y no fueron pocos
los integrantes de la comunidad perseguida que trataron de salir adelante en la
Alemania de Hitler en el decenio de 1930. La propaganda contra ellos
progresaba (exceptuando los casos de algún que otro fanático aislado, como
Julius Streicher y su escandaloso periodicucho Der Stürmer), tal como había
dicho Goebbels, «a la velocidad de la embarcación más lenta» del convoy, de
manera que ninguna de las películas abiertamente antisemitas mencionadas
arriba fue proyectada hasta que hubo comenzado la guerra.
La idea de que los nazis fueron incrementando de forma gradual sus
ataques a los judíos se opone a la evidente necesidad que tiene el ser humano
de determinar el momento concreto en que se tomó la decisión que se tradujo
en la «solución final» y las cámaras de gas de Auschwitz. Sin embargo, esta
historia no se resuelve de un modo tan sencillo. Las resoluciones que
desembocaron en la construcción de aquéllas y en el refinamiento de una
técnica de exterminio consistente en enviar a familias enteras a su aniquilación
haciéndolas subir a un enlace ferroviario que se detenía a sólo unos metros de
los hornos crematorios tardaron años en evolucionar. El régimen nazi fue uno
de los que practicaron lo que un historiador calificó con la célebre frase de
«radicalización acumulativa», por la cual cada decisión derivaba a menudo a
una crisis que acababa por traducirse en una decisión aún más radical[7]. El
ejemplo más obvio de cómo los acontecimientos pueden degenerar en
catástrofe de manera vertiginosa se halla en la crisis de alimentos sufrida en el
gueto de Łódź durante el verano de 1941, situación que llevó a un funcionario
nazi a preguntar «si la solución más humana no sería rematar a los judíos no
aptos para el trabajo por medio de algún mecanismo de acción rápida[8]». Por
consiguiente, la idea de la exterminación se justifica por medio de razones
«humanitarias». Aunque no debería olvidarse, por supuesto, que el origen del
trance alimentario de Łódź estribaba, precisamente, en las políticas adoptadas
por la propia cúpula nazi.
Esto no quiere decir que Hitler no fuese responsable del crimen —algo
que está fuera de toda duda—, sino que lo era de un modo más siniestro que el
de limitarse a reunir a sus subordinados un día concreto y obligarlos a adoptar
la decisión. Todos los dirigentes del partido sabían cuál era el rasgo político
que apreciaba su Führer por encima de todos: el radicalismo. En cierta
ocasión aseguró que quería que sus generales fueran como «perros que tiran de
una traílla» (y en este sentido lo defraudaron a menudo). Su amor por las
medidas drásticas —unido a su técnica de alentar una competitividad extrema
entre los altos mandos nazis por medios tales como el de nombrar a dos
personas para hacer, más o menos, el mismo trabajo— transmitió un gran
dinamismo al sistema político y administrativo del Reich, amén de una
marcada inestabilidad, como no podía ser de otro modo. Todo el mundo sabía
con qué vehemencia odiaba al pueblo hebreo; nadie ignoraba el discurso
pronunciado en el Reichstag, en 1939, en el que predijo la «exterminación» de
los judíos europeos en caso de que osaran «provocar» una guerra mundial. Por
lo tanto, todos sus gerifaltes sabían que, cuanto más radicales fuesen las
políticas que sugirieran en lo tocante a la comunidad judía, mejor.
Durante la Segunda Guerra Mundial, hubo algo que preocupaba a Hitler
por encima de todas las cosas: tratar de ganarla. En consecuencia, dedicó
mucho menos tiempo a la cuestión judía que a los entresijos de la estrategia
militar. Su actitud para con aquélla debió de ser acorde con las instrucciones
que dio a los jefes comarcales (o Gauleiter) de Dánzig, Prusia Occidental y el
Warthegau, a quienes hizo saber que quería ver germanizadas las
jurisdicciones que se hallaban a su cargo, para lo cual prometió «no hacer
preguntas», una vez que hubieran satisfecho su cometido, acerca del método
empleado. No es difícil, en consecuencia, imaginarlo comunicando a Himmler,
en diciembre de 1941, su deseo de que exterminara al pueblo judío y
ofreciéndole un silencio similar en torno al modo como obtuviese los
resultados deseados. Resulta imposible, claro está, saber con toda seguridad
si la conversación entre ambos fue así, ya que, durante la guerra, el Führer
tuvo buen cuidado de emplear a su subordinado a modo de salvaguarda entre
él y la puesta en práctica de la «solución final». Hitler era consciente de la
envergadura del crimen que tenían en mente cometer los nazis, y no albergaba
intención alguna de dejar documentos que pudiesen vincularlo a él. Sin
embargo, dejó sus huellas por doquier: en su directa retórica del odio, en la
estrecha relación existente entre las reuniones mantenidas con Himmler en el
cuartel general del dictador en Prusia Oriental y la subsiguiente radicalización
de la persecución y asesinato de judíos, etc.
Resulta difícil expresar el entusiasmo que producía a los dirigentes nazis
hallarse al servicio de un hombre que osaba concebir tan épicos sueños. Había
soñado con derrotar a Francia —país en que se había visto atollado el
Ejército alemán durante años en la Primera Guerra Mundial— en cuestión de
semanas, y lo había conseguido. Había soñado con conquistar la Unión
Soviética, y durante el verano y el otoño de 1941 parecía tener casi asegurada
la victoria. Además, había soñado con exterminar al pueblo judío, y en cierto
sentido, ésta iba a resultar la tarea más sencilla de todas.
No cabe duda de que las ambiciones de Hitler eran de una magnitud propia
de epopeya. Sin embargo, a la larga demostraron ser destructivas, y en este
sentido, nada lo fue tanto como el concepto de la «solución final». Resulta
significativo el que, en 1940, dos nazis que, con el tiempo, se convertirían en
figuras destacadas del desarrollo y la ejecución de aquélla reconociesen por
separado que los asesinatos masivos se oponían a los valores «civilizados» a
los que incluso ellos aspiraban. Así, en tanto que Heinrich Himmler escribió
que «exterminar físicamente a un pueblo» era, «en esencia, antigermánico»,
Reinhard Heydrich sostuvo que «el exterminio biológico es indigno del pueblo
alemán en cuanto nación civilizada[9]». Sin embargo, de un modo paulatino,
ambos se fueron adhiriendo, en el transcurso de los dieciocho meses que
siguieron a sus declaraciones, a la política que suponía «exterminar
físicamente a un pueblo».
Analizar el modo como Hitler, Himmler, Heydrich y otros nazis de relieve
crearon tanto su «solución final» como Auschwitz nos da la oportunidad de
ver en acción un proceso dinámico y radical de toma de decisiones por demás
complejo. No existió proyecto alguno del crimen impuesto desde arriba, ni
ninguno que fuese ideado desde abajo y reconocido, sin más, por quienes
llevaban las riendas del país. Nadie conminó a los miembros del partido a
perpetrar los asesinatos: estamos hablando, más bien, de una empresa
colectiva compartida por miles de personas que decidieron por sí mismas no
sólo participar, sino también aportar sus propias iniciativas con la intención
de resolver el problema de cómo matar a seres humanos y deshacerse de sus
cadáveres a una escala jamás concebida con anterioridad.
A medida que nos adentramos en la historia de los nazis y aquellos a
quienes persiguieron, aprendemos, asimismo, no pocas cosas acerca de la
condición humana. Y casi todo lo que nos encontramos es negativo.
Comprobamos que, en este caso, el sufrimiento casi nunca es redentor. Pese a
que, en muy raras ocasiones, topamos con personas extraordinarias que
actuaron con evidente bondad, ésta es, en su mayor parte, una historia de
degradación. Se hace difícil no coincidir con la opinión de Else Baker,
enviada a Auschwitz a los ocho años de edad, para quien «el grado de
depravación humana» alcanzado en el recinto fue «insondable». Con todo, si
existe un rayo de esperanza, está en el poder de la familia como fuerza
sustentadora. Con frecuencia se dan en esta historia actos heroicos, por parte
de quienes eran confinados en los campos de concentración, por el bien de un
progenitor, un hermano o un hijo.
Con todo, lo que Auschwitz y la «solución final» demuestran por encima
de todo es, quizás, el influjo fundamental que puede ejercer una situación
sobre el comportamiento humano. Esta teoría ha sido confirmada por uno de
los supervivientes más fuertes y animosos de los campos de la muerte: Toivi
Blatt, quien, obligado por los nazis a trabajar en Sobibór, arriesgó la vida con
la intención de fugarse. «La gente —recuerda— me preguntaba: “¿Qué has
aprendido?”, y lo cierto es que yo sólo estoy seguro de una cosa: nadie se
conoce a sí mismo. La misma persona educada a la que encontramos en la vía
pública y que, al preguntarle dónde está la calle Tal, recorre media manzana
para mostrárnoslo con ademán atento y afable, puede convertirse, en
circunstancias diferentes, en el peor de los sádicos. Nadie puede decir que se
conozca a sí mismo. Todos podemos ser buenos o malos en [distintas]
situaciones. A veces, cuando alguien se conduce conmigo de un modo amable,
me sorprendo pensando: “¿Cómo sería en Sobibór?”[10]».
La lección que me han enseñado los supervivientes (y que, si he de ser
sincero, he aprendido en igual medida de sus verdugos) es que la conducta
humana es frágil e impredecible, y se encuentra a menudo a merced del
entorno. Incluso los casos excepcionales de personas —como el mismo
Führer, por ejemplo— que parecen ser dueños de sus propios destinos se
debieron, en gran medida, a su respuesta a situaciones previas. El Adolf Hitler
que conoce la historia debe su existencia, fundamentalmente, a la interacción
entre el Hitler de preguerra —poco más que un vago inútil— y los
acontecimientos de la Primera Guerra Mundial, un conflicto internacional
sobre el que no tuvo dominio alguno. No conozco a ningún estudioso serio del
período que nos ocupa que considere que Hitler pudo haber destacado sin la
transformación que experimentó durante la citada contienda, ni sin la honda
amargura que le produjo la derrota de Alemania. Podemos, por ende, ir más
lejos en la afirmación de que, sin la Primera Guerra Mundial, jamás hubiese
existido un Hitler canciller, para aseverar que, sin la Primera Guerra Mundial,
nadie se habría convertido jamás en el Hitler que conoce la historia.
No obstante, también puede extraerse otra enseñanza, y es que, si bien es
cierto que los individuos pueden transformarse de forma radical según las
circunstancias, también lo es que los seres humanos que trabajan codo con
codo pueden dar origen a entornos culturales mejores, que, a su vez, pueden
ayudar a hacer que los individuos se comporten de un modo más virtuoso. La
historia del rescate de los judíos daneses por parte de sus compatriotas y del
modo como se aseguraron éstos de que fueran objeto de una cálida acogida
cuando, acabada la guerra, regresaran a su país constituye un sorprendente
ejemplo de esto último. La creencia, tan firme como generalizada, en los
derechos humanos de todo conterráneo propia de la cultura de Dinamarca
ayudó a infundir un comportamiento noble en la mayoría de sus ciudadanos.
Con todo, no debemos mostrarnos demasiado románticos respecto de la actitud
de los daneses, siendo así que también respondía, en grado sumo, a factores
circunstanciales ajenos a su control: el momento en que se produjo el ataque
nazi a los judíos de Dinamarca —cuando era evidente que Alemania perdería
la guerra—, la geografía del país —que posibilitó una fuga relativamente
sencilla a través de una angosta extensión de agua hacia el territorio neutral de
Suecia— y la ausencia de un esfuerzo concertado por parte de la SS para
imponer las deportaciones. De cualquier modo, no deja de ser razonable llegar
a la conclusión de que un modo de protegernos —al menos de forma parcial—
contra atrocidades como las de Auschwitz podría estribar en que los
individuos garantizasen, en cuanto colectivo, que la tradición cultural de su
sociedad repudia semejante sufrimiento. El declarado darwinismo de los
ideales nazis, que se asentaba en persuadir a cada alemán de su superioridad
racial, provocó precisamente —huelga decirlo— el efecto inverso.
Al cabo, sin embargo, queda en torno a este asunto una honda sensación de
tristeza imposible de mitigar. Durante todo el tiempo que he consagrado a este
proyecto, las voces que con más intensidad han llegado a mis oídos han sido
aquellas de las personas a las que no hemos podido entrevistar: el millón cien
mil seres humanos asesinados en Auschwitz, y en particular, los más de
doscientos mil niños que allí murieron y a los que se privó del derecho de
crecer y atesorar experiencias vitales. Tengo impresa en mi mente una imagen,
indeleble desde el momento en que me la describieron: cierta «procesión» de
cochecitos vacíos de bebé —fruto de los saqueos a las propiedades de los
judíos muertos— que salían, en fila de cinco en fondo, del campo de
concentración hacia la estación de ferrocarril. Quienes los empujaban tardaron
una hora en pasarlos todos ante los prisioneros que presenciaban esta
luctuosísima escena[11]. Los niños que habían llegado a Auschwitz en aquellos
cochecitos, así como sus madres, padres, hermanos, hermanas, tíos y tías —
muertos todos en aquel centro de exterminio— son los seres humanos a
quienes nunca debemos olvidar y a los que está dedicado este libro.
LAURENCE REES

Londres, julio de 2004


1. Unos comienzos sorprendentes

El 30 de abril de 1940, Rudolf Hoess logró colmar una ambiciosa


aspiración: a la edad de 39 años, y después de seis de servicio en la SS, fue
nombrado comandante de uno de los primeros campos de concentración
constituidos por los nazis en el «Nuevo Reich». Aquel día primaveral llegó, a
fin de tomar posesión del cargo, a una pequeña ciudad situada en lo que había
sido el suroeste de Polonia dieciocho meses antes, antes de convertirse en
parte de la Alta Silesia. Su nombre en polaco era Oświęcim, y en alemán,
Auschwitz.
A pesar del ascenso, el campo de concentración que había de dirigir Hoess
aún no existía. De hecho, su primer cometido consistía en supervisar su
construcción a partir de una serie de barracones destartalados y plagados de
insectos que habían pertenecido al Ejército polaco, agrupados en torno a un
terreno destinado a la doma de caballos que se extendía en las lindes de la
población. El aspecto que presentaban los alrededores apenas si podía ser
más deprimente: aquella tierra situada entre los ríos Soła y Vístula era
monótona y tenía un clima húmedo e insalubre.
Aquel primer día, nadie —incluido, sin duda alguna, el propio Hoess—
podía haber vaticinado que, en cuestión de cinco años, aquel campo se
convertiría en escenario de la mayor matanza de que el mundo haya sido
testigo. La historia de la cadena de decisiones que desembocó en esta
transformación es una de las más terribles conocidas por la humanidad, y nos
permite acercarnos de forma excepcional al modo como funcionaba el estado
nazi.
Adolf Hitler, Heinrich Himmler, Reinhard Heydrich, Hermann Goering y
otros dirigentes nazis adoptaron resoluciones que llevaron al exterminio de
más de un millón de personas en Auschwitz. Sin embargo, también coadyuvó
de manera fundamental al crimen la mentalidad de funcionarios de menor
categoría, como Hoess. Sin las dotes de mando demostradas por éste en el
terreno, hasta la fecha desconocido, de los asesinatos múltiples a tan colosal
escala, Auschwitz no habría funcionado jamás como lo hizo.
En realidad, apenas había nada excepcional en Rudolf Hoess: era un
hombre de altura mediana, rasgos regulares y cabello oscuro, ni feo ni
extraordinariamente guapo. En palabras del abogado estadounidense Whitney
Harris, que lo interrogó durante los juicios de Núremberg, daba la impresión
de ser «una persona normal, como el dependiente de una tienda de
ultramarinos[12]». Varios reclusos polacos de Auschwitz confirman esta
impresión y lo recuerdan como un individuo tranquilo y moderado, idéntico a
las numerosas personas con que nos cruzamos a diario en la calle sin siquiera
reparar en su presencia. Su aspecto, por lo tanto, no podía distar más del
estereotipo convencional del monstruo de la SS de rostro encendido y que
echa espumarajos por la boca, lo que, claro está, lo convierte en una figura
aún más aterradora.
En el momento en que acarreaba su maleta hacia el hotel situado frente a la
estación de ferrocarril de la ciudad que haría las veces de base para los
oficiales de la SS, en tanto se organizaba un alojamiento apropiado en el
interior del campo de concentración, Hoess llevaba también consigo el bagaje
mental propio de una vida adulta consagrada a la causa nacionalista. Su
carácter y sus creencias —como los de la mayoría de nazis exaltados— habían
sido moldeados por su reacción ante lo sucedido durante los anteriores
veinticinco años de la historia de Alemania, el período más turbulento que
jamás hubiese conocido el país. Nacido en la Selva Negra en 1900, en el seno
de una familia católica, se vio sometido, desde muy pequeño, a una serie de
influencias nada desdeñables: un padre tiránico obsesionado con la disciplina;
su participación en la Primera Guerra Mundial, como uno de los suboficiales
más jóvenes del Ejército alemán; su desesperado sentido de la traición y la
derrota sufridas en el conflicto; su pertenencia, a principios de la década de
1920, al grupo paramilitar de los Freikorps, cuyo objeto era combatir la
supuesta amenaza comunista en el territorio germano; y su implicación en
actividades políticas de extrema derecha, que culminó con su encarcelamiento
en 1923.
Fueron muchísimos los nazis que se formaron en un crisol muy similar, y
entre ellos se encontraba el mismísimo Adolf Hitler. Éste también tuvo una
infancia subyugada a un padre dominante y abrigaba un odio feroz dirigido a
quienes habían hecho perder a Alemania la guerra en la que acababa de luchar
(y durante la que, al igual que Hoess, se le había concedido la Cruz de
Hierro[13]). Hitler trató de hacerse con el poder mediante un violento golpe de
estado exactamente el mismo año en que Hoess se vio envuelto en un asesinato
de inspiración política.
Para los dos, así como para otros integrantes de la derecha nacionalista,
nada urgía tanto como entender por qué había perdido su país la contienda y se
había avenido a firmar una paz tan humillante. Y, apenas comenzados los años
de posguerra, creyeron haber dado con la respuesta: la responsabilidad, en su
opinión, recaía, sin lugar a dudas, sobre el pueblo judío. En favor de su teoría
adujeron el nombramiento de Walther Rathenau, de origen hebreo, en calidad
de ministro de Asuntos Exteriores del recién constituido gobierno de Weimar.
A esto se sumó, en 1919, la Räterepublik («República de los consejos», o «de
los soviets») que se instauró brevemente durante la primavera en Múnich y
que, a su decir, venía a demostrar, más allá de toda duda, el vínculo existente
entre el judaísmo y el temido credo marxista. De hecho, la mayoría de los
mandatarios de este gobierno dirigido por comunistas era de origen semita.
Nada importaban el ingente número de leales judíos alemanes que había
luchado con denuedo —y perdido la vida, en no pocos casos— durante la
guerra ni el hecho de que hubiese en el país miles de judíos que no
comulgaban con el comunismo ni con las izquierdas en general: para Hitler y
sus seguidores resultaba mucho más fácil hacer de ellos el chivo expiatorio de
los males de Alemania. De este modo, el recién fundado Partido Nazi supo
desarrollar con nuevos planteamientos el antisemitismo que había estado
presente durante años en Alemania. Desde el principio, sus partidarios
aseguraron que el odio que profesaban a los judíos no provenía de un
prejuicio ignorante, sino de un hecho científico: «Combatimos sus actividades
porque son origen de la TUBERCULOSIS RACIAL DE LAS NACIONES —
declara uno de sus más tempranos carteles, publicado en 1920—, y estamos
convencidos de que la convalecencia sólo podrá empezar cuando se elimine
esta bacteria[14]». Este tipo de ataque seudointelectual contra los hebreos
influyó notablemente en hombres como Hoess, que decían despreciar el
antisemitismo primitivo, violento y casi pornográfico propagado por Julius
Streicher, también nazi, en su panfletaria publicación Der Stürmer. «El
frenético acoso protagonizado por Der Stürmer ha hecho un flaco servicio a la
causa del antisemitismo», escribió Hoess desde la cárcel tras la derrota del
nazismo[15]. Su actitud ante la cuestión hebrea era, en cambio, más fría o,
según él mismo, más «racional». Aseguraba no tener casi nada en contra de los
judíos en cuanto individuos: el problema, en su opinión, radicaba en la
«conspiración judía internacional», por la que, tal como imaginaba él, movían
los resortes del poder y trataban de prestarse ayuda más allá de los límites de
cada nación. Eso era lo que, a su ver, había llevado a la derrota de Alemania
en la Primera Guerra Mundial y, por lo tanto, debía ser destruido: «Como el
fanático nacionalsocialista que era, yo estaba completamente convencido de
que nuestras ideas cobrarían cada vez una mayor aceptación y acabarían por
prevalecer en todo el mundo… La supremacía judía quedaría, entonces,
destruida[16]».
Tras salir de prisión en 1928, Hoess se consagró a otro de los puntales de
la doctrina nacionalista de derecha que, junto con el antisemitismo, contribuyó
a la definición del movimiento nazi: el amor a la tierra. Si los judíos eran
objeto de odio porque vivían, en su mayoría, en las ciudades, donde
practicaban, según palabras de Goebbels, una «cultura del asfalto» que a él le
parecía despreciable, los alemanes «de verdad» nunca olvidaron su pasión
por la naturaleza. No es fruto de la coincidencia que el propio Himmler
hubiese estudiado agronomía, ni que Auschwitz fuese a emplearse, en una de
sus últimas etapas, como centro de investigación agraria.
Hoess se hizo miembro de la orden de los Artaman, una de las
comunidades agrícolas que proliferaron en la Alemania de la época, conoció a
la mujer que se convertiría en su esposa y se estableció con la intención de
hacerse granjero. Sin embargo, sucedió algo que cambió su vida por completo:
en junio de 1934, Himmler, el jefe de la policía de Hitler, lo indujo a
abandonar su actividad y entrar como miembro a tiempo completo en la SS (la
Schutzstaffel o Escalón de Protección), selecta organización fundada con la
intención inicial de proporcionar una escolta personal al Führer y que, por
entonces, se había hecho cargo, entre otras cosas, de la dirección de los
campos de concentración[17]. Himmler conocía a Hoess desde hacía tiempo, y
tenía muy buen concepto de aquel correligionario que había entrado a formar
parte del Partido Nazi en una fecha tan temprana como noviembre de 1922. Su
carné tenía el número 3240.
Hoess pudo elegir: en ningún momento se vio obligado a presentarse a la
SS, organización que, por otra parte, no efectuaba reclutas forzosas. Aun así,
optó por aceptar la propuesta. «La posibilidad de un ascenso rápido y el
sueldo que éste traía aparejado —asegura en su autobiografía— me llevaron a
convencerme de que tenía que dar aquel paso[18]». En realidad, se trataba tan
sólo de una verdad a medias: Hoess, que escribió sus memorias una vez caído
el régimen nazi, olvida mencionar el que debió de haber sido para él el motivo
más relevante: el estado emocional en que se hallaba entonces. En 1934 hubo
de sentir que estaba asistiendo al nacimiento de un nuevo mundo, maravilloso
por demás. Hitler llevaba un año en el poder, y ya había comenzado a hacer
frente a los enemigos internos del nazismo: los políticos de izquierda, los
«perezosos», los antisociales, los judíos… En todo el país los alemanes que
no pertenecían a ninguno de estos grupos de riesgo específicos se mostraban
encantados con el sistema. La reacción de Manfred von Schroeder, hijo de un
banquero de Hamburgo que se afilió al Partido Nazi en 1933, resulta muy
significativa en este sentido: «Todo volvía a estar en orden y limpio. Nos
invadía cierto sentimiento de liberación nacional, de estar empezando de
cero… La gente decía: “Esto es una revolución; asombrosa y pacífica, pero
una revolución[19]”». Hoess se vio entonces ante la posibilidad de formar
parte activa de esta transformación radical, por cuyo advenimiento había
rezado desde el fin de la Primera Guerra Mundial. Pertenecer a la SS
significaba adquirir cierta posición, obtener determinados privilegios, vivir no
pocas emociones y gozar de la oportunidad de influir en la historia de la nueva
Alemania; en cambio, de la vida en la granja no podría sacar otra cosa que…
en fin, vivir en una granja. ¿Qué puede tener, pues, de sorprendente su
decisión? Así que aceptó la invitación de Himmler, y en noviembre de 1934
llegó a Dachau (Baviera), donde comenzó a servir en calidad de guardia del
campo de concentración.
Hoy día, el hombre de la calle —al menos en Gran Bretaña y Estados
Unidos—, sigue albergando no poca confusión en torno al cometido de los
diversos campos de concentración del estado nacionalsocialista. Recintos
como Dachau, fundado en marzo de 1933, cuando Hitler apenas llevaba dos
meses en el puesto de canciller, y campos de exterminio como el de Treblinka,
que comenzaron su existencia mediada la guerra, respondían a conceptos
diferentes. A esto se suma, para hacerlo más confuso todavía, lo complejo de
la historia del de Auschwitz, el más tristemente célebre de todos, que
evolucionaría para convertirse tanto en un campo de concentración como en
uno de exterminio. Entender la importancia de los rasgos que distinguían uno
de otro es fundamental para comprender el modo como racionalizaron los
alemanes la existencia de lugares como Dachau durante la década de 1930.
Ningún alemán de los que he entrevistado —ni siquiera los que habían sido
nazis fanáticos— mostró entusiasmo alguno en torno a la idea de los campos
de la muerte; si bien muchos expresaron una gran satisfacción en lo referente a
los de concentración de los años treinta. Acababan de despertar de la
pesadilla de la Gran Depresión, y la democracia, a su parecer, no había
logrado evitar que el país entrase en un período de creciente decadencia. El
fantasma del comunismo seguía presente (en las elecciones celebradas a
principios del decenio, Alemania parecía dividida en dos posturas extremas, y
no fueron pocos los que votaron al Partido Comunista). Para un hombre como
Manfred von Schroeder, ensalzador de la «revolución pacífica» de 1933,
existían innegables paralelismos históricos que justificaban la necesidad de
los campos de concentración: «Para los nobles franceses no debió de resultar
muy agradable encontrarse en la Bastilla, ¿verdad?… Es cierto que existían
campos de concentración, pero entonces todo el mundo decía: “Bueno: al fin y
al cabo, fueron los ingleses quienes los inventaron en el sur de Africa, durante
la guerra de los Bóers”».
Los primeros prisioneros que entraron en Dachau, en marzo de 1933,
formaban parte, en esencia, del grupo de oponentes políticos de los nazis. Los
judíos eran objeto de pullas, humillaciones y palizas en aquel tiempo, y sin
embargo, eran los políticos de izquierda del régimen anterior los que estaban
considerados la amenaza más inmediata[20]. Cuando Hoess llegó a Dachau lo
hizo con el total convencimiento de que esos «verdaderos oponentes del
estado debían estar bien encerrados[21]». Los tres años y medio que estuvo en
el recinto bávaro fueron decisivos a la hora de moldear su mentalidad, ya que
el régimen de Dachau, concebido con todo detalle a partir de las ideas de
Theodor Eicke, primer comandante del lugar, no era, sin más, brutal: había
sido ideado con objeto de quebrantar la voluntad de los reclusos. Eicke
sistematizó y redujo a orden la violencia y el odio que profesaban los nazis a
sus enemigos, con lo que convirtió el centro en un lugar de infausta memoria
por el sadismo físico allí practicado, que consistía, sobre todo, en infligir
latigazos y toda clase de golpes a los prisioneros. Algunos de éstos morían
asesinados, y las autoridades restaban importancia a su fallecimiento
asegurando que habían sido «abatidos mientras trataban de escapar». De
hecho, una minoría significativa de los condenados a Dachau murió en el
recinto. Sin embargo, la verdadera fuerza del régimen allí implantado no
radicaba tanto en el castigo físico —terrible, sin duda— como en la tortura
mental.
La primera innovación de este campo de concentración consistía en que, a
diferencia de lo que sucedía en un presidio común, el recluso ignoraba por
completo la posible duración de su condena. Así, si bien durante la década de
1930 la mayor parte de los prisioneros quedaba en libertad tras una condena
de un año aproximado, la duración de las penas individuales estaba sometida
al capricho de las autoridades. Los internos no tenían fecha alguna en la que
fundar sus esperanzas; sólo contaban con la permanente incertidumbre que
provocaba el no saber si la liberación llegaría al día, al mes o al año
siguiente. Hoess, que sabía por propia experiencia lo que era pasar años entre
rejas, no era ajeno al terrible poder que poseía este sistema. «El no saber
cuánto duraría su encarcelamiento era algo que jamás podían asimilar —
escribió—, algo que los agotaba y quebrantaba la voluntad más firme… Este
hecho convertía, por sí solo, en un tormento su vida en el campo de
concentración[22]».
A esta incertidumbre había que sumar el modo como jugaban los guardias
con la mente de los prisioneros. Josef Felder, parlamentario del Partido
Socialdemócrata que fue uno de los primeros presos de Dachau, recuerda que,
cuando estaba a punto de tocar fondo en lo emocional, uno de sus carceleros le
ofreció una soga y le enseñó el mejor modo de hacer un nudo para colgarse[23].
Sólo mediante el ejercicio de un tremendo dominio personal y repitiéndose a
sí mismo: «Tengo una familia», fue capaz de hacer caso omiso a la sugerencia.
Por otra parte, se exigía a los internos que mantuviesen un orden y una
limpieza escrupulosos en barracones y vestimentas. Las constantes
inspecciones permitían a los guardias de la SS encontrar siempre algún
defecto y, si les venía en gana, castigar a todo un barracón (Block) por
infracciones imaginarias. En ocasiones se sancionaba con «arresto
preventivo» a los reclusos de un mismo bloque, que recibían órdenes de
permanecer en sus literas, sin hablar ni moverse, durante días.
En Dachau se introdujo también el sistema de Kapos, que acabaría por
adoptarse en toda la red de campos de concentración y desempeñaría una
función muy importante en el funcionamiento del de Auschwitz. (El término
parece haberse derivado del italiano capo, «jefe[24]»). Las autoridades del
recinto nombraban a un prisionero de cada barracón, o «brigada» de trabajo,
que tendría un poder casi omnímodo sobre el resto de reclusos. Apenas cabe
sorprenderse de que abusasen con frecuencia de su posición. Ellos harían, en
mayor grado aún que los guardias de la SS, insoportable la vida dentro del
campo de concentración, al adoptar un comportamiento arbitrario en su
relación diaria con los demás internos. Con todo, también los Kapos corrían
un grave riesgo en caso de no agradar a sus superiores de la SS. Tal como
expresó Himmler, «su tarea consiste en asegurarse de que se trabaja… Por lo
tanto, debe espolear a sus subordinados. En el momento en que dejemos de
estar satisfechos de él, dejará de ser Kapo y volverá a unirse al resto de
prisioneros. Sabe perfectamente que éstos lo matarán a golpes la primera
noche tras su regreso[25]».
Desde el punto de vista de los nazis, la existencia en el campo de
concentración constituía un trasunto en miniatura del mundo exterior. «El
concepto de lucha es tan antiguo como la vida misma —había sentenciado ya
Hitler en un discurso de 1928—. En esta lucha, el más fuerte, el más capaz,
obtiene la victoria, mientras que el menos capaz, el débil, sale derrotado. La
lucha lo ha engendrado todo… Si el hombre vive y es capaz de protegerse por
encima del mundo animal, no es en virtud de los principios de humanidad, sino
por medio exclusivo de la lucha más brutal[26]». Esta actitud cuasidarwinista,
presente en el propio corazón del nazismo, se hizo palpable en la
administración de los campos de concentración. Los Kapos, por ejemplo,
podían maltratar «con justicia» a quienes se hallaban a su cargo por el simple
hecho de haber demostrado ser superiores en la «lucha» vital.
Por encima de todo, durante su estancia en el recinto, Hoess aprendió cuál
era el sistema de pensamiento esencial de la SS. Theodor Eicke había
predicado desde el primer momento una doctrina fundamental: la de la dureza.
«Todo aquel que muestre el menor vestigio de simpatía para con [los
prisioneros] deberá desaparecer de inmediato de nuestras filas. Necesito
hombres de la SS duros y totalmente entregados. Entre nosotros no hay lugar
para los blandos[27]». Por ende, cualquier forma de solidaridad, cualquier
atisbo de compasión eran signo de debilidad. Si un miembro de la SS
experimentaba alguno de estos sentimientos era porque el enemigo había
conseguido engañarlo. La propaganda nacionalsocialista pregonaba que, en
ocasiones, el adversario podía ocultarse, al acecho, en los lugares más
insospechados. Uno de los ejemplos más difundidos era La seta venenosa,
libro antisemita que advertía a los niños del insidioso peligro que suponían
los judíos a través de la metáfora de un hongo tóxico a pesar de su apariencia
atractiva. De igual manera, se inducía a los integrantes de la SS a despreciar
sus propios sentimientos de preocupación cuando, por ejemplo, contemplaban
el apaleamiento de un recluso. Se les enseñaba que todo sentimiento
prolongado de compasión se debía a una treta de la víctima. En cuanto
«enemigos del estado», tan astutas criaturas eran capaces de emplear cualquier
método a su alcance —y en especial el de apelar a la piedad de quienes los
tenían en cautiverio— para alcanzar sus malévolos objetivos. El recuerdo de
la «puñalada por la espalda», esto es, la creencia de que judíos y comunistas
habían conspirado tras las líneas de fuego para hacer que Alemania perdiese
la Primera Guerra Mundial, estaba siempre presente entre ellos, y encajaba a
la perfección en esta teoría del enemigo peligroso y oculto.
La única certeza que tenían los miembros de la SS era la invariable
corrección de las órdenes recibidas. Si un superior mandaba que se
encarcelara o ejecutara a alguien, no cabía pensar que pudiese estar
equivocado —aun cuando quien recibía la orden estimase incomprensible la
sentencia—. El único modo de protegerse del cáncer de la vacilación ante una
orden poco razonable en apariencia era la dureza, la cual, por consiguiente, se
convirtió en objeto de culto para todos aquellos que pertenecían a la SS.
«Debemos ser duros como el granito; de lo contrario, se desvanecerá la labor
de nuestro Führer», declaró Reinhard Heydrich, la figura más poderosa de la
organización después de Himmler[28].
Al tiempo que aprendía a reprimir emociones como la conmiseración y la
piedad, Hoess se imbuyó del sentimiento de hermandad que imperaba también
en la SS. Precisamente por el hecho de que los integrantes de la organización
sabían que sus superiores podían exigirles hacer cosas de las que los
«débiles» no eran capaces, se desarrolló entre ellos un espíritu de equipo
basado en el puntal esencial de la fidelidad entre camaradas. Los severos
valores de la organización —lealtad incondicional, dureza y protección del
Reich frente a los enemigos internos— se convirtieron casi en un credo
religioso, en una cosmovisión clara y cautivadora. «Estaba henchido de
gratitud a la SS por la orientación intelectual que me había proporcionado —
afirmó Johannes Hassebroeck, comandante de otro campo de concentración—.
Todos le estábamos agradecidos. Muchos estábamos desconcertados en
extremo antes de alistarnos en la organización: no entendíamos lo que estaba
sucediendo a nuestro alrededor; todo era tan confuso… La SS nos ofreció una
serie de ideas sencillas que se nos hacían comprensibles, y creímos en
ellas[29]».
Hoess aprendió también en Dachau otra lección importante que tendría
repercusiones en Auschwitz. Observó que a los prisioneros les resultaba más
llevadera su reclusión por el hecho de que la SS les permitiera trabajar.
Recordaba que, durante su propio encarcelamiento en Leipzig, lo único que le
había hecho afrontar un día tras otro con un estado de ánimo relativamente
positivo había sido el tener una ocupación encolando bolsas de papel. En
Dachau pudo comprobar que el trabajo ofrecía a los internos la posibilidad de
«ajustarse a una disciplina y soportar mejor, de este modo, el efecto
desmoralizador de su internamiento[30]». Tan convencido estaba de las
consecuencias paliativas del trabajo en el campo de concentración que llegó
incluso a adoptar el lema Arbeit macht frei («El trabajo os hará libres»),
empleado por vez primera en Dachau, y a consignarlo en grandes letras sobre
la puerta de hierro erigida a la entrada de Auschwitz.
Rudolf Hoess era un miembro ejemplar de la SS, y no tardó en ascender de
un puesto a otro en el escalafón de Dachau hasta alcanzar, en abril de 1936, la
graduación de Rapportführer o ayudante primero del comandante del campo
de concentración. En septiembre de ese mismo año fue ascendido a teniente y
trasladado a Sachsenhausen, donde permaneció hasta ser elevado a
comandante del recién creado recinto de Auschwitz. El hombre que llegó al
sur de Polonia en la primavera de 1940 era, amén de un producto de su propia
herencia genética, un ser moldeado en grado sumo por los acontecimientos
históricos de su tiempo. Tras seis años de servicio en calidad de guardia de
campo de concentración, se sentía preparado para asumir el mayor reto que se
le hubiese presentado: la creación de un centro modélico en los nuevos
territorios del Imperio nazi. Sabía lo que se esperaba de él y cuál era la
finalidad del lugar que se disponía a construir, y la experiencia adquirida en
Dachau y Sachsenhausen le brindaba las directrices que debía seguir. Sin
embargo, sus superiores albergaban planes diferentes, de modo que el campo
de concentración que erigió en Auschwitz acabó por evolucionar en una
dirección totalmente distinta a lo largo de los meses y años que siguieron.
Al mismo tiempo que Hoess comenzaba su labor en Auschwitz, en mayo de
1940, si bien cuatrocientos kilómetros más al noroeste, su superior hacía algo
por demás insólito: redactar un memorando para el Führer. En efecto, en
Berlín, Heinrich Himmler escribió por esas fechas lo que bautizó tímidamente
con el título de Algunas ideas sobre el modo de tratar a la población foránea
del Este. El Reichsführer de la SS, que sabía mover los hilos del poder como
pocos en todo el estado nazi, no ignoraba cuán imprudente resultaba confiar
sus pensamientos al papel en un régimen en el que los círculos más allegados a
la cúpula formulaban de palabra su política. Era consciente de que, una vez
por escrito, sus teorías podrían verse sometidas a la disección de sus rivales,
y al igual que todo nazi de relieve, tenía no pocos enemigos ávidos de hacerse
con parte de su poder. Así y todo, la situación de Polonia, país sometido a la
ocupación alemana desde el otoño de 1939, lo indujo a hacer una excepción y
elaborar el citado documento para Hitler. Se trata de uno de los más
significativos en la historia de la política racial nacionalsocialista, lo que se
debe, en buena medida, a que las palabras de que dejó constancia Himmler
habrían de esclarecer el marco en que iba a funcionar el nuevo campo de
concentración fundado en Auschwitz.
En aquel momento, en calidad de comisario del Reich para la
Consolidación del Carácter Nacional Alemán, se hallaba inmerso en la más
extensa y rápida reorganización étnica de un país de que haya sido testigo la
historia, y el proceso, en general, no podía ir por peor camino. Lejos de llevar
el orden a Polonia, nación por cuyas supuestas ineficacia y desorden
mostraban los nazis un gran desdén, Himmler y sus colegas no habían sido
capaces de exportar sino violencia y caos.
Entre los nazis existían pocas dudas acerca de cuál era la actitud
fundamental que habían de adoptar para con Polonia y sus habitantes, a los que
profesaban una gran aversión. La pregunta era qué debían hacer al respecto.
Uno de los «problemas» más importantes que consideraban que tenían que
resolver era el de los judíos del país. A diferencia de Alemania, donde la
comunidad hebrea representaba menos de un 1 por 100 de la población (es
decir, menos de trescientas mil personas) y se hallaba, en su mayoría,
integrada en la sociedad, Polonia era el hogar de tres millones de judíos, de
los cuales la mayoría vivía en su propia comunidad y se hacía fácilmente
identificable por la peculiar barba y otros rasgos propios de su fe. Después de
que el país quedase dividido entre Alemania y la Unión Soviética apenas
estallada la guerra (en virtud del pacto secreto de no agresión sellado por
ambos países en agosto de 1939), en la región ocupada por los nazis quedaron
más de dos millones de judíos polacos. Y la pregunta era qué suerte habrían de
correr.
Otro problema que se planteaba a los nazis —también creado por ellos
mismos— era el alojamiento de los cientos de miles de alemanes enviados por
barco a Polonia. En virtud de un acuerdo firmado por Alemania y la Unión
Soviética, se permitió emigrar a Alemania a los habitantes de casta germánica
de los estados bálticos, Besarabia (en la Rumania septentrional) y otras
regiones ocupadas por Stalin; «regresar al hogar del Reich», tal como rezaba
la propaganda. Para gentes tan obsesionadas con la pureza racial de la «sangre
alemana» como lo estaba el propio Himmler, ofrecer un lugar donde vivir a
todos los germanos que desearan volver a su patria nativa constituía un acto de
fe. La dificultad estribaba en determinar cuál sería ese lugar. A esto se sumaba
una tercera —y última— cuestión que debían resolver los nazis: la de cómo
debían tratar a los dieciocho millones de polacos no judíos que habían pasado
a ser súbditos del Reich. ¿Cómo debía organizarse el país para que nunca
supusiesen una amenaza?
Durante un discurso pronunciado en octubre de 1939, Hitler había ofrecido
algunas directrices para quienes se afanaban en solventar estos problemas
políticos. En aquella ocasión aseveró: «[L]a tarea fundamental consiste en
crear un nuevo orden etnográfico; es decir, reestructurar las nacionalidades
para crear líneas de demarcación mejores que las que hoy existen[31]». En la
práctica, este hecho comportaba la necesidad de dividir la Polonia ocupada en
dos zonas: en una se permitiría vivir a la mayoría de polacos, en tanto que la
otra sería incorporada a Alemania. Los individuos de estirpe germana que
llegasen al Imperio no serían alojados en el «Viejo Reich», sino en el «Nuevo
Reich». Tal como aseguraba el lema propagandístico, iban a regresar al Reich,
aunque no al Reich al que ellos esperaban regresar.
Sólo quedaba por resolver la cuestión de los judíos polacos. Hasta el
comienzo de la guerra, la política puesta en práctica por los nazis en relación
con los judíos que vivían bajo su dominio se había fundado en una creciente
persecución oficial concretada en incontables regulaciones restrictivas,
entremezcladas con episodios de violentas atrocidades, no oficiales, pero que
contaban con la aquiescencia de las autoridades. Las ideas que albergaba
Hitler con respecto a los judíos habían mudado muy poco desde mediados de
la década de 1920, cuando expresó en Mi lucha su opinión de que Alemania
habría ganado mucho durante la Primera Guerra Mundial de haber empleado
«gas letal» con «diez o doce mil de esos destructores hebreos de la nación».
Sin embargo, pese al evidente odio que abrigaba el Führer con respecto a la
comunidad judaica —del que había hecho profesión desde el fin de la Primera
Guerra Mundial— y a la posibilidad de que hubiese expresado en privado el
deseo de ver muertos a todos sus integrantes, nadie entre los nazis había
concebido aún un proyecto para su exterminación.
Lucille Eichengreen creció en el seno de una familia judía de Hamburgo en
los años treinta, y recuerda con suma claridad las circunstancias bajo las que
se obligaba a vivir a los judíos alemanes[32]. «Hasta 1933 llevamos una vida
agradable —asegura—. Sin embargo, una vez que Hitler se hizo con el poder,
los niños de nuestro edificio dejaron de hablarnos: nos tiraban piedras y nos
insultaban, y nosotros no lográbamos entender qué habíamos hecho para
merecer tal castigo. Nos preguntábamos por qué, y cuando lo hacíamos en
casa, nos respondían con algo semejante a: “Es algo pasajero; ya volverán las
aguas a su cauce”». Mediado el decenio, los Eichengreen recibieron noticia de
que en su edificio ya no podían habitar judíos. El gobierno les había asignado
una de las llamadas «casas judías», que pertenecían, en parte, a terratenientes
hebreos. Su apartamento nuevo era casi tan amplio como el que acababan de
dejar, pero con el transcurso de los años los fueron obligando a alojarse en
lugares cada vez más pequeños, hasta que acabaron compartiendo una misma
habitación amueblada para toda la familia. «Creo que, más o menos, lo
aceptamos —declara Lucille—. Era lo que dictaban las leyes, y nada podía
hacerse al respecto».
La ilusión de que las aguas volviesen a correr por donde solían en lo
tocante a la política antisemítica nacionalsocialista se desmoronó el 9 de
noviembre de 1938, durante la Noche de los Cristales Rotos. Las tropas de
asalto nazis destruyeron las propiedades de los judíos y arrestaron a miles de
ellos en venganza por la noticia de que cierto estudiante hebreo llamado
Herschel Grynszpan había asesinado, en París, al diplomático alemán Erns
vom Rath. «De camino a la escuela, vimos las sinagogas en llamas —prosigue
Lucille Eichengreen—, los escaparates rotos de las tiendas judías y la
mercancía por las calles, y los alemanes se reían… Teníamos mucho miedo:
estábamos convencidos de que nos agarrarían para hacer qué sé yo con
nosotros».
Para cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, se había negado a los
judíos el derecho a mantener la ciudadanía alemana, casarse con gentes no
hebreas, poseer un negocio o desempeñar determinadas profesiones; ni
siquiera podían tener permiso de conducción. Estas muestras de
discriminación legal, unidas a la violenta vehemencia de la Noche de los
Cristales Rotos, que acabó con más de mil sinagogas incendiadas,
cuatrocientos judíos muertos y unos treinta mil varones encarcelados durante
meses en campos de concentración, empujaron a muchos a emigrar. En 1939
eran ya unos cuatrocientos cincuenta mil los que habían abandonado la zona
del nuevo «Gran Reich alemán» (Alemania, Austria y las tierras checas de
población germánica), lo que equivalía a más de la mitad de los judíos que
allí vivían. Los nazis estaban encantados, sobre todo desde que, siguiendo la
iniciativa puesta en práctica por el SS Adolf Eichmann, experto en el «asunto
judío», en 1938, tras el Anschluss (anexión) de Austria, se diseñó un sistema
por el que poder robar a los judíos la mayor parte de su dinero antes de
concederles el permiso necesario para abandonar el país.
De cualquier modo, a los nacionalsocialistas no les resultó fácil, en un
principio, ver cómo podían aplicar en Polonia la solución con que habían
dado para el «problema» —por ellos mismos generado— de los judíos
alemanes. Allí no sólo tenían bajo su dominio a millones de hebreos, sino que
la mayoría era pobre, y en medio de una guerra no parecía viable encontrar un
país en el que pudiesen conminarlos a encontrar refugio. Entonces, en otoño de
1939, Adolf Eichmann creyó haber dado con la solución: hacerlos emigrar, si
no a otra nación, al lugar más inhóspito del nuevo Imperio nazi. Por si fuera
poco, tenía el convencimiento de haber encontrado el sitio ideal: el distrito
polaco de Lublinia, en torno a la ciudad de Nisko. Esta zona remota, situada en
el extremo oriental del territorio del Reich, le pareció el emplazamiento
perfecto para una «reserva judía». La Polonia ocupada por los alemanes
quedaría, en tal caso, dividida en tres partes: una germana, otra polaca y otra
judía, dispuestas según un eje bien definido que iría de poniente a levante. El
ambicioso plan de Eichmann obtuvo el visto bueno de la cúpula nazi, por lo
que se comenzó a trasladar allí a miles de judíos desde Austria. Las
condiciones eran atroces: los escasos preparativos que, en el mejor de los
casos, habían hecho las autoridades propiciaron la muerte de muchos de ellos.
Sin embargo, lejos de preocuparse, los nazis consideraron que debían
fomentarse estas circunstancias. Tal como hizo saber a sus hombres Hans
Frank, uno de los nazis que más tiempo llevaba trabajando en Polonia, en
noviembre de 1939: «No perdáis un solo minuto con los judíos: es un placer
poder dar al fin a su raza lo que se merece. Mientras mayor sea el número de
muertos, mejor[33]».
No obstante, cuando se sentó a redactar su memorando en mayo de 1940,
Himmler era muy consciente de que la emigración interna de judíos al extremo
oriental de Polonia había constituido un fracaso total. Ello se había debido, en
gran medida, a la pretensión de efectuar, a un mismo tiempo, tres movimientos
migratorios diferentes. Por un lado, había que transportar a Polonia a las
personas de estirpe germánica, que, además, debían buscar un lugar donde
vivir. Lo cual comportaba expulsar a los polacos de sus hogares y llevarlos a
otro sitio. Al mismo tiempo, se estaba trasladando al este del país a los judíos
para confinarlos en propiedades que también habían de requisar a sus
habitantes polacos. Apenas cabe maravillarse de que toda la operación se
tornase en una confusión de colosales dimensiones.
Llegada la primavera de 1940, el plan concebido por Eichmann de agrupar
a los judíos en torno a Nisko había quedado abandonado por completo, y
Polonia había quedado dividida, finalmente, en sólo dos categorías
territoriales distintas. Por un lado se hallaban los distritos que habían recibido
la denominación oficial de «alemanes» y formaban parte del Nuevo Reich, a
saber: Prusia Occidental, en torno a Dánzig (Gdańsk); el Warthegau, en la zona
occidental de Polonia, en torno a Posen (Poznań) y Łódź; y la Alta Silesia, en
torno a Katowize (la zona a la que pertenecía Auschwitz). Por el otro, se
encontraba la mayor región de todas, llamada «Gobierno General» y
conformada por las ciudades de Varsovia, Cracovia y Lublin, que había sido
destinada a albergar a la mayoría de polacos.
El problema más acuciante que hubo de arrostrar Himmler fue el de
proporcionar un alojamiento apropiado a los cientos de miles de inmigrantes
de casta germánica, y esta dificultad tendría, a su vez, un influjo considerable
sobre el modo como creía que debía ocuparse de polacos y judíos. El caso de
Irma Eigi y su familia ilustra el grado de crueldad con que trataron de salir los
nazis del aprieto, en apariencia irresoluble, en que ellos mismos se habían
metido, y también el modo como aumentaban los problemas de población,
conformando un círculo vicioso que se encaminaba de forma irremediable
hacia una situación crítica. En diciembre de 1939, Irma Eigi, estonia de
diecisiete años de ascendencia germánica, se encontró alojada con el resto de
los suyos en una vivienda provisional de Posen, en lo que había sido parte de
Polonia antes de pasar a manos de los alemanes como «el Warthegau[34]».
Habían aceptado la oferta de un traslado seguro a «el Reich» convencidos de
que los enviarían a Alemania. «Cuando nos dijeron que íbamos al
Warthegau… Créame: nos resultó estremecedor». Poco antes de la Navidad de
1939, uno de los oficiales al cargo de las viviendas entregó a su padre las
llaves de un piso que, hasta hacía tan sólo unas horas, había pertenecido a una
familia polaca. Días más tarde, las autoridades requisaron un restaurante a su
dueño polaco para que los recién llegados pudiesen tener un negocio que
dirigir. Los Eigi quedaron horrorizados: «No tuvimos noticia alguna de
aquella expropiación antes de que se consumase… Uno no puede vivir con ese
remordimiento, pero, por otra parte, a todos nos mueve el instinto de
supervivencia. ¿Qué otra cosa podíamos haber hecho? ¿Adónde íbamos a ir?».
Este caso individual de expoliación debe multiplicarse por más de cien
mil para dar una idea de lo que estaba sucediendo en Polonia durante ese
período. La operación de traslado hubo de efectuarse a una escala colosal: en
año y medio llegó medio millón aproximado de gentes de estirpe germánica a
las zonas nuevas del Reich, y con tal de hacer sitio para ellos, se privó de sus
hogares a cientos de miles de polacos. A muchos los metieron, sin más, a
empellones en camiones de ganado y los llevaron al sur, al Gobierno General,
donde los dejaron sin comida ni techo. No resulta sorprendente que Goebbels
señalase en su diario en enero de 1940: «Himmler está llevando a cabo
movimientos demográficos, aunque no siempre con éxito[35]».
Seguía pendiente, asimismo, la cuestión de los hebreos polacos. Tras
descubrir que intentar reorganizar el alojamiento de judíos, polacos y
germánicos era una labor imposible, Himmler adoptó una nueva solución: si se
necesitaba —y lo cierto es que se necesitaba con desesperación— espacio
para los inmigrantes de casta germana, debería obligarse a los judíos a vivir
en uno mucho más reducido. La respuesta estaba en los guetos.
Los guetos, que habrían de convertirse en un rasgo destacado de la
persecución de los judíos de Polonia a manos de los nazis, no fueron nunca
concebidos como los lugares en que acabaron por convertirse. Al igual que
otros muchos aspectos de la historia de Auschwitz y la «solución final» de los
nazis, estos barrios experimentaron una evolución que nadie había planeado en
un principio. Ya en noviembre de 1938, cuando se debatía el modo de abordar
los problemas de alojamiento planteados por la expropiación de los hogares
de los judíos alemanes, Reinhard Heydrich, miembro de la SS, había
declarado: «Quisiera, en lo referente a la cuestión de los guetos, dejar bien
claro cuál es mi postura: desde un punto de vista policial, no creo que sea
viable la construcción de un distrito totalmente segregado habitado en
exclusiva por judíos. Sería imposible gobernar un gueto en el que cada uno de
los judíos estuviese rodeado por el resto de su pueblo: acabaría por
convertirse en refugio de criminales y abrigo de epidemias y otros males[36]».
Sin embargo, en el caso de Polonia, y una vez excluidas —acaso
temporalmente— las demás posibilidades, los nazis trataron de confinar en
juderías a la comunidad hebrea del país. No se trataba sólo de una medida
práctica concebida para hacer disponible un mayor número de viviendas —
aun a pesar de las declaraciones de Hitler, que, en marzo de 1940, hizo
hincapié en que «el problema judío es una cuestión de espacio»—,[37] sino que
estaba también motivada por el profundo odio y el miedo a los judíos que
formaban, desde un principio, parte intrínseca del nacionalsocialismo. Lo
ideal, en opinión de los nazis, era expulsar, sin más, a los integrantes del
pueblo hebreo; aunque si la medida no era factible de un modo inmediato, y
como quiera que, según se sostenía, los judíos, y en especial los orientales,
eran portadores de enfermedades, era deber de las autoridades mantenerlos
separados de cualquier persona. Estera Frenkiel, adolescente judía de Łódź,
padeció desde un primer momento la intensa aversión física que profesaban
los nazis a los hebreos polacos: «Estábamos acostumbrados al
antisemitismo… El antisemitismo polaco tenía, quizás, un carácter más
financiero; pero los nazis parecían estar preguntando a cada instante: “¿Por
qué estáis aquí? ¡No deberíais existir! ¡Tendríais que desaparecer!”[38]».
En febrero de 1940, mientras seguían llevándose a cabo, sin pausa, las
deportaciones de polacos al Gobierno General, se anunció que los judíos de
Łódź iban a ser «realojados» en una zona aislada habilitada en el centro de la
ciudad. Desde un principio, se tenía la intención de que los guetos
constituyesen tan sólo una medida temporal, un lugar en el que recluir a los
judíos antes de deportarlos a cualquier otro lugar. En abril de 1940 se cerró el
gueto de Łódź de manera que los judíos no pudieran abandonarlo sin la
autorización de las autoridades alemanas. Aquel mismo mes, la Oficina
Central de Seguridad del Reich anunció la intención de reducir las
deportaciones de judíos al Gobierno General. Hans Frank, antiguo abogado de
Hitler, que se hallaba entonces al frente de la administración polaca, llevaba
meses haciendo campaña para poner fin a toda migración forzosa «no
autorizada», dado lo insostenible de la situación. Así lo describiría, pasado el
tiempo, el doctor Fritz Arlt, director del Departamento de Asuntos
Demográficos del Gobierno General: «Lanzaban a la gente de los trenes, ya en
la plaza del mercado o la estación de ferrocarriles, ya en cualquier otro sitio,
y a nadie parecía importarle… El oficial del distrito nos telefoneó para
decirnos: “Ya no sé qué hacer. Han vuelto a llegar a centenares, y no tengo
alojamiento ni comida: nada[39]”». Frank, que no mantenía buenas relaciones
con Himmler, se quejó ante Hermann Goering —quien se hallaba
interesadísimo en Polonia en cuanto encargado del Plan Cuatrienal— de la
política de deportación y del uso del Gobierno General en calidad de
«papelera racial». Entonces se firmó una precaria tregua entre ambos para
llegar a un acuerdo «en torno al procedimiento de futuras evacuaciones».
Y éste fue el asunto que hizo a Himmler sentarse a escribir el citado
memorando en mayo de 1940. La solución propuesta consistía en reforzar la
división de Polonia en dos zonas —germana y no germana— y definir el modo
como debían ser tratados los judíos y los polacos en general. Quien suscribía
esta declaración de fe racial expresó sus deseos de convertir a los polacos en
una nación de esclavos de escasa cultura, y al Gobierno General, en sede de
una «clase obrera sin dirección». «La población no germánica de los
territorios orientales no debe recibir más educación que la que se imparta en
la escuela elemental —escribió—. Ésta se limitará a enseñar operaciones
aritméticas sencillas (que lleguen, a lo sumo, al número 500), cómo escribir el
propio nombre y que es mandamiento de Dios acatar las órdenes de los
alemanes y ser honrado, trabajador y educado. No creo necesario que
aprendan a leer[40]».
A sus pretensiones de convertir Polonia en una nación de iletrados hay que
sumar un previsor propósito de «hacer una criba para separar a los de sangre
valiosa de entre los de sangre despreciable». Los niños polacos cuyas edades
estuviesen comprendidas entre los seis y los diez años deberían someterse a
un examen anual que permitiese arrebatar a sus familias a los más aceptables
desde el punto de vista racial y formarlos en Alemania sin que jamás
volviesen a ver a sus padres. Si bien la práctica nazi de raptar niños en
Polonia es mucho menos conocida que las relacionadas con el exterminio de
los judíos, lo cierto es que respondía a los mismos principios que éstas, y
demuestra hasta qué punto podía confiar alguien como Himmler en la
determinación del valor de un ser humano a partir de la composición racial.
Para él no se trataba de una perversa excentricidad —como sería considerada
hoy día—, sino de una parte esencial de su retorcida concepción del mundo.
Según su forma de pensar, si se permitía que esos niños permaneciesen en su
país, podría desarrollarse entre los polacos «una clase dirigente constituida
por estas gentes de buena sangre».
Resulta muy significativa la siguiente afirmación al respecto: «Por cruel y
trágico que pueda ser cada caso individual, si rechazamos el método de
exterminar físicamente a un pueblo empleado por los bolcheviques por
considerarlo, en esencia, antigermánico e imposible, hemos de reconocer que
el método propuesto es el mejor y el más suave». Pese a que, en principio, hay
que entender estas palabras en el contexto más inmediato de los niños polacos,
resulta evidente que cuando califica de contrario al carácter alemán el hecho
de «exterminar físicamente a un pueblo» pretende hacer aplicable su
admonición a otros colectivos, incluido el judío. (La declaración hecha por
Heydrich en verano de 1940 y referida de forma directa al pueblo hebreo,
según la cual «el exterminio biológico es indigno del pueblo alemán en cuanto
nación civilizada», viene a confirmar esta interpretación)[41].
En su amplio informe, Himmler también anunciaba el que quería que fuese
el sino de los judíos: «Tengo la esperanza de ver el término judío eliminado
por completo en virtud de la posibilidad de una emigración de los hebreos a
gran escala a Africa o a cualquier otra colonia». Este regreso a la anterior
política migratoria era posible entonces debido a la mayor abarcadura de la
guerra. Himmler contaba tanto con la inminente derrota de Francia como con
la capitulación de Gran Bretaña, que, una vez caída aquélla, no tardaría en
pedir un acuerdo de paz por separado. Acabada la contienda, podrían meter a
los judíos polacos en barcos para enviarlos, tal vez, a una de las antiguas
colonias africanas de Francia.
Por descabellada que nos parezca hoy la idea de embarcar a millones de
personas a África, no cabe duda de que los nazis se la tomaron en serio. Los
antisemitas radicales llevaban años sugiriendo la iniciativa, y en aquel
momento daba la impresión de que, por el modo como se estaba desarrollando
la guerra, sería posible poner en práctica esta solución al «problema judío» de
los nazis. Seis semanas después de la redacción del memorando de Himmler,
Franz Rademacher, miembro del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán,
escribió un documento que proponía la isla de Madagascar en cuanto destino
africano de los judíos[42]. Sin embargo, no debe olvidarse que este plan —
como el resto de soluciones ideadas antes de la guerra para hacer frente al
«problema judío»— habría llevado muerte y sufrimiento generalizados al
pueblo hebreo. El hipotético gobernador nazi de Madagascar habría acabado
por ser responsable, casi con toda seguridad, de la eliminación gradual de los
judíos en el transcurso de una o dos generaciones. Los nacionalsocialistas no
habrían aplicado la «solución final» que conocemos, pero apenas cabe dudar
de que se habría producido otra forma de genocidio.
Himmler entregó su informe a Hitler, quien, después de leerlo, le aseguró
que su punto de vista era «acertado y correcto». No deja de ser significativo
que el Führer no dejase constancia por escrito de su opinión: a Himmler le
bastaba con ir armado de su aprobación verbal en lo tocante al contenido. Así
era como se hacía política en la cúpula del estado nazi.
Rudolf Hoess y su campo de concentración en Auschwitz, aún en vías de
desarrollo, no eran sino una pequeña parte de todo este cuadro de conjunto.
Como quiera que la ciudad que lo acogía se encontraba en una de las zonas de
Polonia que iban a ser «germanizadas», el futuro inmediato del recinto
quedaría determinado, en gran medida, por su situación geográfica. La región
de la Alta Silesia había pasado ya de ser alemana a pertenecer a Polonia —y
viceversa— cierto número de veces, y en el período que precedió de forma
inmediata a la Primera Guerra Mundial había formado parte de Alemania, que,
sin embargo, la perdió en Versalles. En la época que estamos analizando, los
nazis tenían la intención de reivindicarla para el Reich. No obstante, a
diferencia de otras zonas de Polonia destinadas a ser sometidas a la
«germanización», la Alta Silesia se hallaba muy industrializada, y buena parte
de su territorio no era adecuada para servir de hogar a los colonos de
ascendencia germánica. Esto quería decir que deberían permanecer en el
territorio no pocos polacos para ser empleados como mano de obra en
régimen de esclavitud, lo que a su vez comportaba la necesidad de erigir en
aquella área un campo de concentración que sirviese para someter a la
población local. En un principio, Auschwitz había sido concebido como una
prisión de tránsito —o un campo de «cuarentena», en la jerga nazi— donde
mantener a los prisioneros antes de enviarlos a otros recintos del Reich; pero
apenas bastaron unos días para que quedase claro que funcionaría como un
lugar de encarcelamiento más.
Hoess no ignoraba que la guerra lo había radicalizado todo, incluidos los
campos de concentración, ni que, pese a haberse construido a imagen de
Dachau, este nuevo recinto tendría que arrostrar un problema mucho más
difícil de tratar que los que atañían a los campos del «Viejo Reich». El de
Auschwitz había de recluir y aterrorizar a los polacos en un momento de
reorganización étnica en que la nación estaba siendo destruida desde el punto
de vista intelectual y político. Por consiguiente, aun en su faceta inicial de
campo de concentración convencional, su tasa de mortalidad era, en
proporción, más alta que la de cualquier otro recinto del Reich. Así, en los
albores de 1942 ya había muerto más de la mitad de los veinte mil polacos que
allí fueron internados en un primer momento.
Los primeros prisioneros que llegaron a Auschwitz en junio de 1940 no
procedían, sin embargo, de Polonia, sino de Alemania: se trataba de treinta
criminales trasladados del campo de concentración de Sachsenhausen. Se
convertirían en los primeros Kapos del recinto y, por lo tanto, mediarían entre
la SS y los confinados polacos. La visión de aquellos individuos constituyó la
impresión que más marcó, de entrada, a muchos de los presos oriundos de
Polonia que formaban parte de los primeros convoyes llegados al campo de
concentración. «Pensamos que eran marineros —refiere Roman Trojanowski,
que llegó a Auschwitz el verano de 1940, a la edad de diecinueve años—.
Llevaban boinas como las de los navegantes, pero luego resultó que eran
criminales. Todos lo eran[43]». Wilhelm Brasse, que fue recluido, más o
menos, al mismo tiempo, declara: «Cuando llegamos, nos encontramos con los
Kapos alemanes, que, gritando a voz en cuello, nos golpeaban con bastones
cortos. Cuando alguien se demoraba al bajar del furgón de ganado lo
apaleaban. A más de uno lo mataron allí mismo. Yo estaba aterrorizado: todos
lo estábamos[44]».
Estos primeros prisioneros polacos habían sido enviados a Auschwitz por
razones muy diversas: algunos eran sospechosos de pertenecer a grupos
clandestinos de Polonia; otros, miembros de un grupo de los que caían en el
punto de mira de los nazis —como sacerdotes e intelectuales—, y aun había
otros que, simplemente, se habían atraído la aversión de algún alemán. De
hecho, muchos de los allí recluidos aquel 14 de junio de 1940, provenientes
de la prisión de Tarnów, eran estudiantes universitarios.
La tarea que debían llevar a cabo los recién llegados era sencilla:
construir el campo de concentración. «Nos servíamos de herramientas muy
primitivas —recuerda Wilhelm Brasse—. Los prisioneros debían acarrear
piedras. Se trataba de un trabajo muy difícil y penoso, y además nos
azotaban». Sin embargo, no se había proporcionado material de construcción
suficiente para culminar la labor, por lo que se tuvo que recurrir a una
solución típicamente nazi: el robo. «Yo trabajaba demoliendo casas que
habían pertenecido a familias polacas —sigue diciendo Brasse—. Teníamos
orden de hacernos con ladrillos, tablones o cualquier otra pieza de madera,
etc. Nos sorprendió que los alemanes tuviesen tanta prisa por construir y no
dispusieran del material necesario».
No tardó en desarrollarse en el recinto toda una cultura en torno al hurto de
material, no ya tomado de la población local, sino de dentro de la propia
institución. «Los Kapos alemanes nos enviaban diciendo: “Id a robar cemento
a los de otra brigada de trabajo. ¡Y que los zurzan!” —prosigue el testimonio
de Brasse—. Y eso es lo que hacíamos: sustraer tablones o cemento a otro
Kommando. En el argot del campo de concentración lo llamábamos
“organizar”. De todos modos, debíamos tener mucho cuidado de que no nos
descubrieran». Lo cierto es que esta práctica no estaba limitada a los reclusos:
el mismísimo Hoess se entregó a ella para cubrir ciertas necesidades. «Puesto
que no podía esperar ayuda alguna de la Inspectoría de Campos de
Concentración, me vi obligado a bastarme por mí mismo. Tuve que agenciarme
coches, camiones y el combustible necesario, y me vi conduciendo cien
kilómetros hasta Zakopane y Rabka para conseguir cacerolas para la cocina de
los prisioneros. También tuve que ir a los Sudetes por armaduras de cama y
jergones de paja… Cada vez que daba con almacenes de algún material que
necesitase con urgencia, me limitaba a llevarme lo que precisara sin
preocuparme de las formalidades… Ni siquiera sabía dónde obtener cien
metros de alambre de espino, y me urgían tanto que tuve que afanarlos[45]».
Mientras Hoess «organizaba» lo que juzgaba necesario para hacer de
Auschwitz un campo de concentración «útil», los polacos recluidos tras el
recién agenciado alambre de espino comenzaron a darse cuenta de que sus
probabilidades de supervivencia dependían, sobre todo, de un factor: cuál era
el Kapo para el que trabajaban. «Comprendí enseguida que en las brigadas de
trabajo “buenas”, los prisioneros tenían la cara redonda —afirma Wilhelm
Brasse—. Su modo de comportarse era distinto del de los que tenían los
trabajos más duros. Estos últimos estaban ojerosos; parecían esqueletos de
uniforme. De inmediato me di cuenta de que, para determinar qué Kapo era
mejor, bastaba con observar qué prisioneros tenían mejor aspecto».
A Roman Trojanowski le correspondió bregar a las órdenes de uno de los
más crueles, uno que, en cierta ocasión, con motivo de una falta menor, lo
castigó abofeteándole y obligándolo a permanecer en cuclillas dos horas
mientras sostenía un taburete delante de él. Los rigores de la vida en aquella
brigada estaban acabando con él. «No tenía fuerzas para andar de un lado a
otro con la carretilla día tras día —declara—. Después de una hora, se te caía
de las manos. Entonces te desplomabas encima y te lastimabas una pierna.
Tenía que salvar el pellejo». Al igual que sucedió a muchos otros reclusos,
antes y después que a él, Roman Trojanowski sabía que si no lograba salir de
la brigada de trabajo que le habían asignado, sería, en breve, hombre muerto.
Cierto día, mientras pasaban lista, anunciaron que necesitaban carpinteros
con experiencia, y pese a que jamás había ejercido como tal, aseguró llevar
siete años en el gremio. El plan se vino abajo cuando comenzó a trabajar en la
carpintería y se hizo evidente su impericia. «El Kapo me mandó llamar, me
llevó a su habitación y se plantó ante mí con una vara de gran tamaño. Nada
más verla me flaquearon las piernas. Me dijo que me daría veinticinco azotes
por los daños materiales que había causado; me ordenó inclinarme y me
golpeó. Lo hizo con toda la calma de que fue posible, para dejarme saborear
cada uno de los varapalos. Era un tipo corpulento de manos poderosas, y la
vara no lo era menos. Yo quería gritar, pero me mordí el labio y logré no
soltar un solo quejido en voz alta. Aquello funcionó, porque el Kapo se detuvo
después del golpe número quince. “Por lo bien que te estás portando —me
dijo— te perdono los otros diez”. De veinticinco, me llevé quince; pero fueron
suficientes: me pasé dos semanas con el culo lleno de cardenales negros,
violeta y amarillos, y fui incapaz de sentarme en mucho tiempo».
Tras ser expulsado de la carpintería, Trojanowski siguió buscando una
ocupación en el interior del recinto. «Era imprescindible —afirma—. Para
sobrevivir, había que estar bajo techo». En consecuencia, habló con un amigo
que conocía a un Kapo relativamente benigno llamado Otto Kuesel. Juntos
fueron a hablar con él, y Trojanowski exageró al hablar de sus conocimientos
de alemán y logró hacerse un hueco en la cocina, donde se encargaría de
preparar comida para los alemanes. «Así salvé la vida», declara.
La lucha por la supervivencia resultó especialmente dura a dos grupos de
prisioneros que se vieron marcados desde que llegaron al campo de
concentración y recibieron un trato sádico en especial: los clérigos y los
judíos. Si bien en aquel momento de su historia, con la política de guetos aún
en plena actividad, Auschwitz no constituía un destino común para los
hebreos, algunos de los intelectuales, miembros de la resistencia o prisioneros
políticos enviados al recinto profesaban la religión judía. Ellos y los
sacerdotes católicos polacos tenían más posibilidades que el resto de reclusos
de caer en manos de la brigada penal dirigida por uno de los Kapos de más
infausta memoria: Ernst Krankemann.
Krankemann llegó al campo de concentración con la segunda remesa de
criminales alemanes, trasladados desde Sachsenhausen el 29 de agosto de
1940. Se había hecho objeto de la inquina de muchos de los representantes de
la SS, pero contaba con el respaldo de Karl Fritsch, el Lagerführer («jefe de
campo», subordinado inmediato de Hoess), y Palitzsch, el Rapportführer
(«suboficial», ayudante primero del comandante). Krankemann, hombre
tremendamente obeso, acostumbraba sentarse en la apisonadora gigante que se
empleaba para allanar la explanada situada en el centro del campo de
concentración, destinada a pasar lista a los internos. «La primera vez que lo vi
—comenta Jerzy Bielecki, uno de los primeros presos en llegar a Auschwitz
—, estaban apisonando la plaza situada entre los dos bloques, y el peso de la
máquina era tal que las veinte o veinticinco personas que componían la unidad
apenas eran capaces de hacerla avanzar. Krankemann los fustigaba con un
látigo mientras gritaba: “¡Más rápido, perros!”[46]».
Bielecki fue testigo de cómo se obligaba a trabajar a aquellos reclusos en
la nivelación del terreno sin un descanso en todo el día. A la caída de la tarde,
uno de ellos se desplomó de rodillas sin poder levantarse. Entonces,
Krankemann ordenó a los demás que hiciesen pasar la colosal apisonadora por
encima del compañero que se hallaba postrado. «Yo ya estaba acostumbrado a
presenciar toda clase de muertes y apaleamientos —afirma Bielecki—; pero
lo que vi en aquella ocasión hizo que se me helase la sangre en las venas».
Los soldados de la SS, lejos de asistir indiferentes a tales muestras de
brutalidad, se dedicaban a fomentarlas de forma activa. Según el testimonio de
Wilhelm Brasse —y de hecho, de todos los que sobrevivieron a Auschwitz—,
fueron ellos quienes crearon en el campo de concentración aquella cultura de
crueldad homicida —y también cometieron personalmente no pocos asesinatos
—. «Los Kapos que mostraban un comportamiento particularmente atroz —
declara— recibían de la SS premios como una ración adicional de sopa, pan o
cigarrillos. Yo mismo fui testigo de ello: los soldados los incitaban. A menudo
oía a alguno de ellos decir: “¡Dale fuerte!”».
A pesar de la salvaje brutalidad que imperaba en sus instalaciones,
Auschwitz seguía siendo, desde el punto de vista nazi, poco más que una
tormenta periférica del violento huracán en que se había convertido la
reorganización de Polonia. En otoño de 1940 llegó el primer indicio de que
todo esto iba a cambiar. En septiembre, Oswald Pohl, jefe de la Oficina
Central de Administración y Economía de la SS, inspeccionó el campo de
concentración y ordenó a Hoess que aumentase su capacidad, convencido de
que los depósitos de arena y grava cercanos al lugar hacían aconsejable
integrarlo en la Deutsche Erd— und Steinwerke (DESt), compañía
dependiente de la SS dedicada a la explotación de recursos naturales. Las
consideraciones económicas habían ido cobrando una importancia cada vez
mayor para Himmler y la organización que dirigía desde que, en 1937 —
cuando el número de reclusos confinados en recintos de Alemania había
disminuido a diez mil, en comparación con los más de veinte mil de 1933—,
había dado con una solución innovadora para proteger el futuro de los campos
de concentración: introducir a la SS en el mundo de los negocios.
Ésta fue, desde el principio, una labor excepcional. Himmler no tenía
intención de constituir una compañía capitalista, sino, más bien, un grupo de
empresas que sirviesen al estado conforme a las ideas filosóficas del nazismo.
Los campos de concentración suministrarían las materias primas que
necesitaba la nueva Alemania —como las ingentes cantidades de granito
destinadas a la nueva Cancillería del Reich, edificio ciclópeo mandado erigir
por Hitler en Berlín—. A fin de lograr este objetivo, después de que, en 1938,
se hiciese realidad el Anschluss con Austria, la SS abrió un nuevo recinto en
Mauthausen con el único fin de tener un centro cercano a una cantera de
granito. Se consideró que nada podía ser tan idóneo como el que los oponentes
al régimen contribuyeran a su engrandecimiento. Tal como lo expresó Albert
Speer, arquitecto favorito del Führer: «A fin de cuentas, los judíos ya
fabricaban ladrillos en tiempos de los faraones[47]».
El entusiasmo por la producción industrial demostrado por el jefe de la SS
no se limitó al suministro de materiales de construcción para el Reich:
Himmler dio también su aprobación a otros muchos proyectos diversos, entre
los que se contaba la creación de una unidad experimental consagrada al
estudio de medicinas naturales y nuevas formas de producción agrícola —dos
de las pasiones de Himmler—. La organización, en consecuencia, no tardó en
dedicar parte de sus recursos a la producción de tejidos, bebidas vitaminadas
e incluso porcelana —estatuillas que representaban cabreros y otros motivos
apropiados desde el punto de vista racial—. Tal como han demostrado las
investigaciones recientes, los miembros de la SS que dirigían muchas de estas
empresas adolecían de un grado de incompetencia que habría resultado
cómico de no ser por lo luctuoso de esta historia[48].
No bien hubo ordenado Pohl la producción de arena y grava para el estado
nazi, Auschwitz adquirió una función más. En noviembre de 1940, Rudolf
Hoess se reunió con Himmler y logró que sus proyectos con respecto al campo
de concentración prendiesen en la imaginación de su superior. El interés que
compartían por la agricultura constituía un poderoso vínculo entre ambos.
Hoess dejó constancia de la nueva imagen del recinto que se había forjado
Himmler: «Allí se pondría en práctica todo experimento agrícola que fuese
necesario. Para ello, debían construirse gigantescos laboratorios y campos de
investigación. Se concedería una gran importancia a la cría de todo tipo de
ganado… Se drenarían las zonas pantanosas para hacerlas aprovechables…
Siguió hablando de planificación agrícola hasta los detalles más mínimos, y
sólo se detuvo cuando su ayudante le recordó que había una persona muy
importante esperando a ser recibida desde hacía un buen rato[49]».
Este encuentro mantenido entre Hoess y Himmler, eclipsado por los
sucesos aún más horribles que habrían de tener lugar en Auschwitz, da idea de
la mentalidad de estas dos figuras clave en la historia del recinto. Resulta
demasiado sencillo —y erróneo, sin más— tildarlos de «desequilibrados»
movidos por sentimientos irracionales que nunca lograremos comprender. La
referida reunión nos los revela como dos entusiastas —rayanos en la
excentricidad— capaces, en plena guerra, de concebir proyectos que en
tiempos de paz no pasarían de ser vanas ilusiones. No obstante, el hombre que
se había sentado con Hoess a estudiar esmeradamente la planificación de
Auschwitz tenía ya experiencia directa de lo que era ver sus sueños hechos
realidad de resultas de la acometividad nazi. De hecho, le había bastado
recorrer un mapa con la mano para reordenar las vidas de cientos de miles de
polacos e individuos de ascendencia germánica, sin dejar de producir los más
radicales fallos que puedan concebirse.
No debemos olvidar en ningún momento que la grandilocuente exposición
de su deseo de convertir Auschwitz en un centro de investigación agronómica
estaba encaminada a la consecución de una idea no por repulsiva menos
coherente. Lo declarado por él en aquel encuentro de noviembre de 1940
estaba motivado por su vehemente concepción de Silesia como una utopía
agrícola germana: poco menos que un paraíso. Las toscas alquerías polacas
del sur desaparecerían para dejar espacio a la erección de sólidas granjas
germanas de excelente administración. Hoess y Himmler sabían bien lo que
era ser granjero. Ambos profesaban una gran devoción —casi mística— al
cultivo de la tierra. Así, la idea de que Auschwitz pudiera convertirse en un
centro que promoviese la ciencia agrícola debió de resultarles muy atractiva.
Llevado de aquel repentino entusiasmo, Himmler no concedió demasiada
importancia a que el campo de concentración se encontrase, precisamente, en
el lugar menos idóneo para tal empresa. En efecto, el hecho de estar situada en
la confluencia del Sola y el Vístula convertía aquella zona en un terreno
expuesto a constantes inundaciones. Sin embargo, desde ese momento y hasta
el día de su clausura, los prisioneros de Auschwitz trabajarían para hacer
realidad el proyecto de Himmler, para lo cual cavarían acequias, drenarían
charcas, entibarían las márgenes de los ríos… y todo porque al Reichsführer
de la SS le resultaba más emocionante soñar que tratar de cuestiones
prácticas. Miles de personas morirían en el intento, si bien Himmler apenas
hubo de pensar siquiera en ello mientras forjaba castillos en el aire ante su fiel
subordinado Rudolf Hoess.
A finales de 1940, Hoess había establecido muchas de las estructuras
básicas y los principios que determinarían el funcionamiento del campo de
concentración durante los cuatro años siguientes: los Kapos, que vigilaban con
eficacia cada momento de la vida de los prisioneros; la brutalidad absoluta de
un régimen capaz de infligir castigos de forma arbitraria, y una penetrante
sensación entre los reclusos de que si no encontraban con rapidez un modo de
salir de una brigada de trabajo peligrosa no tardarían en estar muertos. Con
todo, se creó durante esos primeros meses otra realidad que simbolizaría de
un modo si cabe más apropiado la cultura de aquel campo de concentración: el
Bloque 11.
Desde el exterior, el Bloque 11 —que hasta 1941 llevó el número 13—
presentaba el mismo aspecto de los demás barracones de ladrillo rojo
repartidos en hileras por todo el recinto. Sin embargo, su función era diferente,
y ninguno de los presos lo ignoraba. «Personalmente, tenía un miedo atroz al
Bloque 11 —reconoce Józef Paczyński—. Me tenía horrorizado[50]». El resto
de reclusos compartía esta opinión, ya que dicho edificio era una prisión
dentro de otra prisión: un lugar dedicado a la tortura y al asesinato.
Jerzy Bielecki fue uno de los pocos que conocieron lo que sucedía en su
interior y vivieron para contarlo. Lo enviaron allí porque, cierta mañana, se
levantó tan enfermo y extenuado que fue incapaz de trabajar. Como quiera que
en Auschwitz no había posibilidad alguna de pedir un día de descanso para
recobrarse, trató de esconderse con la esperanza de que nadie reparara en su
ausencia. De entrada se refugió en las letrinas, pero sabía que corría serio
peligro si permanecía allí todo el día. En consecuencia, abandonó el lugar y
trató de hacer ver que estaba efectuando labores de limpieza. Por desgracia,
acabó por descubrirlo un guardia que lo envió al Bloque 11 para que fuese
castigado.
Le hicieron subir las escaleras que llevaban al ático. «Al entrar noté el
calor de las tejas —relata—. Era un hermoso día de agosto. Dentro percibí
cierto hedor y oí a alguien que decía entre gemidos: “¡Jesús, ay Jesús!”.
Estaba oscuro: no había más luz que la que se colaba entre las tejas». Levantó
la mirada y vio a un hombre colgado de una viga por las manos, que tenía
atadas a la espalda. «El de la SS me acercó una banqueta y me dijo: “Sube”.
Coloqué las manos detrás y me las unió con una cadena». Después de atarlo a
la viga, y sin previo aviso, apartó el taburete de una patada. «Caí con todo mi
peso. ¡Jesús, María y José! ¡Sentí un dolor terrible! Cuando comencé a
quejarme, me espetó: “¡Cierra la boca, perro! ¡Tú te lo has buscado!”». Dicho
esto, salió del ático y lo dejó allí.
El estar suspendido por los brazos estirados hacia atrás le causaba un
dolor insoportable. «El sudor, claro, no dejaba de correr por mi nariz. Hacía
mucho calor, y yo no dejaba de decir: “¡Mamá!”. Pasada una hora, sentí los
hombros dislocados. El otro no decía nada. Al rato llegó otro guardia de la
SS; se acercó a él y lo soltó. Tenía los ojos cerrados. Yo seguía colgado, sin
aliento: casi como si me hubiesen arrancado el alma. Sin embargo, llegó a mis
oídos algo que estaba diciendo el de la SS: “Sólo quince minutos más”».
Jerzy Bielecki recuerda poco más hasta el momento en que regresó ese
mismo hombre. «“Levanta las piernas”, me dijo; pero me fue imposible.
Entonces las tomó él, y me las apoyó, primero una y después la otra, en la
banqueta. Luego soltó la cadena, y yo caí de rodillas desde el taburete. Me
ayudó a tenerme. Me levantó la mano derecha y dijo: “Sostenía”; pero yo ni
siquiera me sentía los brazos. Entonces me confió: “Se te pasará de aquí a una
hora”. Y como pude, bajé las escaleras con el hombre de la SS, un guardia
muy compasivo».
Hay muchos aspectos que hacen digno de asombro este testimonio, y el del
valor demostrado por Bielecki durante la tortura no es el menos relevante. Con
todo, lo que resulta más inesperado de todo es, acaso, el contraste existente
entre los dos guardias: el sádico que apartó el taburete de una patada y el
«compasivo» que lo ayudó a bajar una vez concluida la tortura. Y es que, al
igual que sucedía con los Kapos, el temperamento de los soldados de la SS
podía variar ampliamente de uno a otro. Los testimonios de casi todos los
supervivientes de campos de concentración coinciden en la imposibilidad de
hacer un retrato que se ajuste a todos sus carceleros. Por este motivo, era vital
para subsistir en el recinto aprender a reconocer los distintos caracteres, no
sólo de los Kapos, sino también de los miembros de la SS. La vida de un
interno podía depender de esta capacidad.
Pese a haber salido destrozado del Bloque 11, Jerzy Bielecki puede
sentirse afortunado, pues lo más frecuente era que quien subía los escalones de
cemento del barracón para atravesar la puerta principal no volviese a salir de
allí con vida. Los nazis empleaban toda una variedad de métodos
espeluznantes para interrogar a quienes ingresaban en aquel edificio, además
de la técnica de descoyuntamiento de que fue víctima Bielecki: los azotaban a
latigazos, los torturaban con agua, les ponían agujas bajo las uñas, los
marcaban con un hierro al rojo o los empapaban con gasolina antes de
prenderles fuego. Los soldados de la SS que servían en Auschwitz también
utilizaron su propia iniciativa para ingeniar nuevos tormentos, tal como pudo
comprobar Bolesław Zbozień cuando vio llegar al hospital del recinto a un
recluso procedente del Bloque 11. «Uno de sus métodos favoritos, sobre todo
durante el invierno, consistía en meter la cabeza del prisionero en la estufa de
coque para arrancarle una confesión, de tal manera que su rostro quedaba
abrasado por completo… Aquel hombre estaba quemado y tenía los ojos
calcinados; pero no podía morir… Los de la Politische Abteilung [Sección
Política] seguían necesitándolo… Falleció varios días después, sin haber
llegado a perder el conocimiento hasta el último instante[51]».
Por entonces, el Bloque 11 se hallaba al mando del Untersturmführer
(«alférez») Max Grabner, uno de los miembros de más triste memoria del
personal del recinto. Antes de ingresar en la SS había sido vaquero, pero en
aquel momento tenía el poder de decidir sobre la vida o la muerte de quienes
entraban en aquel barracón. Cada semana se encargaba de «quitar el polvo al
búnker», proceso que consistía en decidir con sus subordinados la suerte de
cada uno de los reclusos a su cargo. Mientras que unos permanecían en sus
celdas, otros eran sentenciados según el «veredicto penal 1» (azotes o
cualquier otra forma de tortura) o el «veredicto penal 2» (ejecución
inmediata). A los condenados a esta última pena se les llevaba, en primer
lugar, a las duchas de la planta baja y se les obligaba a desvestirse. Una vez
desnudos, se les llevaba, por una puerta lateral, al patio situado entre este
barracón y el número 10, el único espacio entre bloques separado por muros
de ladrillo del resto del campo de concentración. Allí los ejecutaban: los
llevaban ante el paredón de piedra (conocido, en la jerga del recinto, como
«la pantalla» y situado ante el muro más alejado de la entrada del barracón)
asidos fuertemente por los brazos por un Kapo; una vez allí, un verdugo de la
SS colocaba una pistola de pequeño calibre —a fin de hacer el menor ruido
posible— frente a la cabeza del reo para disparar acto seguido.
De cualquier modo, los reclusos de Auschwitz no eran los únicos que
sufrían los tormentos administrados en el Bloque 11: el lugar hacía también las
veces de tribunal sumario de policía de la provincia alemana de Kattowitz (la
antigua Katowice polaca). En consecuencia, no era extraño que los polacos
arrestados por la Gestapo fuesen llevados allí directamente, sin pasar por el
resto del campo de concentración. Uno de los que ejercían de juez en aquellos
casos era el doctor Mildner, Obersturmbannführer («teniente coronel») de la
SS y consejero gubernamental. Perry Broad, también miembro de la
organización, de servicio en Auschwitz, describió el modo como el sádico
Mildner gustaba de llevar a cabo su labor: «Hicieron entrar a la sala a un
joven de dieciséis años. La insoportable hambruna lo había llevado a robar
cierta cantidad de alimentos en un comercio, por lo que su caso caía dentro de
la categoría de “criminal”. Tras leer la sentencia de muerte, Mildner dejó, sin
prisa alguna, el papel sobre la mesa y clavó su penetrante mirada en aquel
muchacho pálido y mal vestido que permanecía de pie ante la puerta. “¿Tienes
madre?”, le preguntó. El joven miró al suelo y respondió en voz baja: “Sí”.
“¿Temes a la muerte?”, quiso saber aquel despiadado carnicero de cuello de
toro, a quien parecía proporcionar un placer sádico el sufrimiento de su
víctima. El muchacho no dijo una palabra, aunque podía adivinarse en él un
ligero temblor. “Te van a fusilar hoy —le anunció Mildner tratando de conferir
a su voz un tono fatídico—. De todos modos, habrían acabado por ahorcarte un
día u otro. De aquí a una hora, estarás muerto.”[52]».
Según Broad, Mildner disfrutaba, en particular, hablando con las
condenadas inmediatamente después de haberlas sentenciado a muerte. «Les
comentaba, del modo más drástico posible, su inminente muerte ante el
paredón».
Con todo, y a pesar de los horrores del Bloque 11, Auschwitz seguía
aferrándose, en este estadio de su evolución, a algunos de los atributos
propios de un campo de concentración tradicional como Dachau. Nada ilustra
con mayor claridad esta semejanza conceptual que el hecho de que, en contra
de lo que se suele creer, en aquellos primeros meses no resultase extraño ser
internado en Auschwitz, cumplir condena y salir en libertad.
Poco antes de la Semana Santa de 1941, Władysław Bartoszewski,
prisionero político de origen polaco, se hallaba en el hospital del Bloque 20
cuando fueron a buscarlo dos hombres de la SS. «Me espetaron: “¡Sal!”. No
sabía qué estaba ocurriendo ni nadie me dio ninguna explicación. Yo estaba
sobresaltado, porque había cambiado mi situación y ninguno de mis
compañeros sabía qué iba a pasar. Estaba aterrorizado[53]». No tardó en
enterarse de que lo iban a llevar a que compareciese ante un equipo de
médicos alemanes. De camino, un doctor polaco —recluido allí también— le
susurró al oído:
—Si te preguntan, di que estás sano y te encuentras bien, porque si dices
que estás enfermo, no te van a dejar salir.
Bartoszewski no pudo menos de quedar pasmado ante la posibilidad de
abandonar el campo de concentración.
—¿Me van a liberar? —preguntó a los facultativos polacos, presa del
asombro y la emoción.
—¡Calla! —fue la única respuesta que recibió de ellos.
Entre Bartoszewski y su excarcelación se interponía, sin embargo, un
obstáculo nada baladí: su estado físico. «Tenía la espalda, las caderas y la
nuca llenas de forúnculos de gran tamaño. Aquellos médicos polacos me
cubrieron de bálsamo y disimularon con polvos los diviesos para tratar de
mejorar mi aspecto. Me dijeron: “No tengas miedo: no te van a examinar muy
de cerca; pero no debes decir nada: eso iría contra las normas, porque nadie
está enfermo aquí. ¿Entendido?”. Entonces me llevaron ante el doctor alemán,
al que ni siquiera miré. Los especialistas polacos, entusiasmados, le dijeron:
“Todo está perfectamente”, y él se limitó a inclinar la cabeza».
Tras pasar este superficial examen médico, Bartoszewski fue conducido al
centro administrativo del campo de concentración, donde le restituyeron la
ropa que llevaba cuando ingresó. «No me devolvieron la cruz de oro —
declara—; se la quedaron de recuerdo». Entonces, casi como si estuviesen
parodiando el procedimiento propio de un centro penitenciario corriente, un
soldado de la SS quiso saber si tenía alguna queja de su estadía en el recinto.
«Fui astuto y dije que no. Luego me preguntaron: “¿Estás satisfecho con tu
estancia en el campo de concentración?”, y yo respondí que sí. Tuve que
rellenar un formulario asegurando que no tenía reclamación alguna y que no
transgrediría la ley. No sabía qué ley tenían ellos en mente, porque, en cuanto
polaco, no me interesaba en absoluto la alemana: nuestra ley estaba
representada por nuestro gobierno, exiliado en Londres; pero, claro, eso no fue
lo que les dije a aquellos tipos».
Un guardia alemán lo escoltó, junto con otros tres polacos liberados aquel
mismo día, hasta la estación ferroviaria de Auschwitz para dejarlos en un tren.
Mientras éste se alejaba, Bartoszewski pudo sentir en todos los poros de su
piel «aquellos primeros minutos de libertad». Ante él quedaba un largo
camino a casa, a Varsovia, donde lo esperaba su madre. Los demás pasajeros
del tren «meneaban la cabeza. Había mujeres con los ojos anegados en
lágrimas de compasión. Saltaba a la vista que todos estaban conmovidos. Sólo
nos preguntaron: “¿De dónde venís?”, y nosotros respondimos: “De
Auschwitz”. Nadie dijo nada más: se limitaron a mirar aterrorizados».
Aquella noche, por fin, Bartoszewski llegó al piso varsoviano de su madre.
«Quedó pasmada al verme. Se lanzó a mis brazos, y yo reparé, al bajar la
mirada, en el cabello blanco que cubría su cabeza. Fue el primer cambio que
pude observar en ella. No tenía muy buen aspecto: nadie lo tenía en aquella
época».
En total fueron liberados varios centenares de prisioneros de Auschwitz,
todos de un modo similar. Nadie sabe con certeza por qué los eligieron a
ellos, si bien parece que, en el caso de Bartoszewski, el peso de la opinión
pública pudo haber desempeñado un papel importante, pues la Cruz Roja y
otras instituciones habían estado haciendo campaña en favor de su
excarcelación. En aquel tiempo, los nazis no eran indiferentes a la opinión
internacional, tal como confirma la suerte que corrió cierto número de
académicos polacos arrestados en noviembre de 1939. En virtud de la purga
de intelectuales, las autoridades nazis sacaron de sus aulas a los profesores de
la Universidad Jagellón de Cracovia para confinarlos en diversos campos de
concentración, incluido el de Dachau. Catorce meses más tarde, los que
seguían con vida fueron puestos en libertad, a causa, casi con toda certeza, de
la presión ejercida desde el mundo exterior por diversas instituciones,
incluidos nuncios papales.
Entre tanto, Auschwitz entró en una nueva fase fundamental de su
evolución cuando otro alemán tuvo cierto «sueño» que condicionaría el
desarrollo del campo de concentración. El doctor Otto Ambros, del poderoso
conglomerado industrial I. G. Farben, estaba buscando en Europa oriental un
emplazamiento apropiado para una fábrica de caucho sintético. No lo habría
hecho si la guerra hubiese seguido el curso que pronosticaron los dirigentes
nazis, ya que, del mismo modo que, en mayo de 1940, Himmler había
imaginado que sería posible transportar a los judíos a Africa dada la
inmediatez del fin de la guerra, la I. G. Farben había dado por sentado que no
había necesidad de llevar a cabo el proceso, difícil y costoso, de producción
de goma sintética y combustible. Una vez acabada la contienda —lo que,
según calculaban, no podía suceder más tarde del otoño de 1940—,
dispondrían de materias primas de sobra procedentes del exterior del Reich, y
sobre todo, de las nuevas colonias tomadas a los enemigos de Alemania.
Sin embargo, llegado noviembre de 1940, saltaba a la vista que el fin de la
guerra no estaba cerca. Churchill se había negado a firmar la paz y las fuerzas
aéreas británicas habían repelido los ataques de la aviación alemana durante
la batalla de Inglaterra. Una vez más, los planificadores germanos hubieron de
reaccionar ante lo inesperado. De hecho, ésta es una de las constantes de esta
historia: la cúpula nazi hubo de hacer frente, una y otra vez, a acontecimientos
que no había previsto de forma correcta. Llevados siempre de una ambición y
un optimismo inconmensurables —fundados en el convencimiento de que la
«voluntad» podía lograrlo todo por sí sola—, sus dirigentes acabaron por
estrellarse, bien a causa de su propia falta de planificación y previsión, bien
porque el enemigo era más poderoso de lo que les permitía reconocer su
hinchada autoestima.
Sea como fuere, lo cierto es que la I. G. Farben se vio obligada a
desempolvar y poner en práctica los planes de expansión que habían quedado
archivados a causa de la supuesta inminencia del final del conflicto. Pese a no
ser una compañía nacionalizada, el grupo de empresas daba muestras de una
muy buena disposición para con las necesidades y deseos de los mandamases
nacionalsocialistas. El Plan Cuatrienal exigía la creación de una fábrica de
buna, o caucho sintético, en la zona oriental del Reich, y tras mucho deliberar,
la I. G. Farben había accedido a establecer una en Silesia[54]. La goma
industrial se producía sometiendo carbón a un proceso de hidrogenación, que
consistía en cubrirlo con gas hidrógeno a altas temperaturas. Sin cal, agua y,
por encima de todo, carbón, era imposible que funcionase una fábrica de buna.
Por lo tanto, era condición esencial que el lugar elegido tuviese fácil acceso a
estas materias primas. A esto había que sumar que la I. G. Farben insistía en
que la zona colindante contase con una infraestructura desarrollada de
transporte y alojamiento.
Tras estudiar con esmero no pocos planos, Otto Ambros creyó haber dado
con un emplazamiento adecuado para su nueva planta de caucho sintético a
unos cinco kilómetros al este del campo de concentración de Auschwitz. La
proximidad de éste no fue, sin embargo, uno de los factores que más influyeron
en la decisión inicial de erigir allí la fábrica. De hecho, la compañía estaba
más interesada en emplear como mano de obra a los inmigrantes de
ascendencia germánica que en depender en exclusiva del trabajo de los
presos.
La actitud adoptada por Himmler ante la noticia del interés mostrado por
la I. G. Farben en establecerse en Auschwitz no puede calificarse sino de
esquizofrénica. En calidad de Reichsführer de la SS, albergaba dudas al
respecto. Hasta aquel momento, se había asegurado de que los prisioneros de
la red de campos de concentración trabajasen sólo para empresas dirigidas
por su organización. Por lo tanto, no mostró un gran entusiasmo ante la idea de
sentar un precedente utilizando a los reclusos para servir a la industria privada
—con lo que el dinero obtenido por su trabajo acabaría engrosando las arcas
del estado nacionalsocialista y no caería por entero en manos de la SS—. Pese
a que la organización percibiría no pocos ingresos derivados de la venta de
grava a la I. G. Farben, no cabe duda de que Himmler albergaba ambiciones
más complejas en lo tocante a sus propios negocios, y de que la nueva fábrica
sería un obstáculo en este sentido.
No obstante, en cuanto comisario del Reich para la Consolidación del
Carácter Nacional Alemán, su postura era mucho más positiva. Sabía de la
necesidad de inmigrantes de casta alemana que tenía la I. G. Farben, y estaba
más que dispuesto a tratar de suministrárselos. Encontrar alojamiento para la
mano de obra entrante no supondría ningún problema: las autoridades de
Auschwitz no mostrarían renuencia alguna a la hora de «poner en la calle» a
los judíos y polacos que vivían en la ciudad a fin de hacerles sitio[55]. La
decisión final recayó sobre Goering, director del Plan Cuatrienal, quien
dispuso que se construyese la fábrica en las cercanías del recinto de
Auschwitz. Se daba por hecho que Himmler y la SS debían prestar su
colaboración[56].
El interés demostrado por la I. G. Farben elevó a Auschwitz, un campo de
concentración de no demasiada entidad, a la categoría de uno de los
componentes más relevantes de la red administrada por la SS. En este sentido,
no deja de ser sintomático que Himmler decidiese visitar por vez primera sus
instalaciones el 1 de marzo de 1941. En sus memorias y durante el
interrogatorio a que fue sometido tras la guerra, Hoess proporcionó una
detallada descripción de aquel acontecimiento, durante el cual el jefe de la SS
dio rienda suelta a sus tendencias megalómanas. Si los proyectos de convertir
el recinto en un centro de investigación agrícola expresados en noviembre
habían sido ambiciosos, sus sueños de marzo transgredían toda idea de
mesura. Desvanecidas de forma definitiva las dudas iniciales acerca de si era
o no prudente permitir la presencia de la I. G. Farben en aquella región,
Himmler anunció con aire jovial que el campo de concentración ampliaría al
triple su capacidad con objeto de albergar a treinta mil reclusos. El Gauleiter
de la Alta Silesia, Fritz Bracht, que lo acompañó durante la visita, presentó
ciertas objeciones en lo tocante a tan rápida expansión, y otro alto cargo local
terció para comunicarle lo que estaba en boca de todos: que los problemas de
drenaje del recinto seguían sin resolverse. Himmler se limitó a decir que
deberían recurrir al dictamen de expertos en la materia y eliminar el obstáculo
por sí mismos, para poner después punto final al asunto con las siguientes
palabras: «Caballeros, el campo de concentración se ampliará. Mis razones
son más importantes que sus objeciones[57]».
Como subordinado de Himmler, Hoess no se atrevió a comunicar allí
mismo a su superior las dificultades que comportaba la puesta en práctica de
su nuevo plan, y esperó a encontrarse solo en el coche con él y con Erich von
dem Bach-Zelewski, alto dirigente de la SS y la policía para la región del
sureste, para expresar toda una retahíla de quejas. Alegó no disponer de los
materiales de construcción, el personal ni el tiempo necesarios. De hecho, no
tenía nada con lo que empezar. Himmler reaccionó como era de esperar: «¡No
quiero volver a oír hablar de dificultades! —repuso—. ¡Para un oficial de la
SS no hay obstáculos que valgan! Su deber es vencerlos. Cómo lo haga es su
problema, no el mío».
Lo más significativo de la conversación no es tanto la respuesta de
Himmler a las protestas de Hoess como el que éste pudiese dirigirse en los
términos citados al jefe de la SS. En la Unión Soviética, quien osase hablar de
igual modo a Stalin o a Beria —director de la policía secreta de la NKVD, el
cargo más similar al de Himmler que existía en Moscú— sabía que se jugaba
la vida. Sin embargo, por extraño que pueda resultar a primera vista, los altos
cargos del nazismo se mostraban más tolerantes con las críticas internas
expresadas por sus partidarios que los del sistema estalinista. Y ésta es una de
las razones por las que el Tercer Reich era el más dinámico de estos dos
regímenes políticos: el que los funcionarios que se hallaban en puestos no muy
elevados de la cadena de mando pudiesen emplear su iniciativa y hacer oír sus
opiniones. A diferencia de la mayoría de quienes cometieron crímenes durante
el gobierno de Stalin, Hoess nunca pudo achacar sus acciones al miedo a las
represalias que le reportaría el hecho de cuestionar una orden. Se había
afiliado a la SS porque creía de corazón en el conjunto del ideario nazi, y eso
quería decir que era libre de criticar los detalles de su aplicación práctica. Y
no hay un subordinado más poderoso que el que hace su trabajo no porque se
lo ordenen, sino porque está convencido de que está haciendo lo correcto.
Huelga decir que tener libertad para criticar una actuación concreta de
determinado superior es una cosa, y lograr a la postre algo al expresar la
opinión propia, otra muy diferente. De hecho, en este caso, Hoess no consiguió
nada al protestar ante Himmler: la expansión del campo de concentración que
había planeado éste iba a hacerse realidad a pesar de todo. Tal como
reconoció el comandante del recinto en tono afligido: «El Reichsführer
prestaba siempre mucha más atención a los informes positivos que a los
negativos».
Después de que la I. G. Farben hubiese decidido construir una fábrica de
caucho sintético en Auschwitz, Himmler dejó de restringir sus ostentosas ideas
al campo de concentración para incluir en ellas a la ciudad y su extrarradio.
Durante un encuentro de planificación celebrado el 7 de abril en Kattowitz, su
representante anunció: «El Reichsführer tiene intención de crear en la zona un
asentamiento oriental ejemplar, para lo cual se prestará especial atención al
hecho de asignar los espacios disponibles a hombres y mujeres alemanes
particularmente capacitados[58]». Se elaboró, así, un proyecto para crear una
nueva ciudad alemana de Auschwitz capaz de albergar a cuarenta mil
habitantes, un plan estrechamente vinculado a la expansión del recinto
penitenciario que se extendía a poca distancia.
Durante este período, Hoess tuvo ocasión de comprobar cuán útil podía
resultar su relación con la I. G. Farben. Las actas de la reunión mantenida el
27 de marzo de 1941 entre los funcionarios del campo de concentración y los
representantes de la compañía dan fe de los esfuerzos que realizó con tal de
que el centro que se hallaba a su cargo se beneficiase de la situación[59].
Cuando uno de los ingenieros de la empresa quiso saber cuántos prisioneros
podrían suministrársele durante los años siguientes, «el Sturmbannführer
Hoess puso de relieve las dificultades que supone el hecho de alojar a un
número suficiente de reclusos en el campo de concentración de Auschwitz,
siendo el principal problema que no es posible construir las instalaciones con
la celeridad necesaria». Se lo impedía, según declaró, la falta de materias
primas. Éste era, claro está, el mismo inconveniente que había aducido durante
el sermón pronunciado ante Himmler y que había tratado de solventar por sí
mismo viajando de un lado a otro y «afanando» alambre de espino. Durante la
reunión, Hoess sostuvo que si la I. G. Farben ayudaba a «acelerar la expansión
del recinto», no haría otra cosa que «beneficiar sus propios intereses, toda vez
que ése es el único modo de lograr el número necesario de prisioneros».
Parecía que, por fin, había dado con un público que mostraba cierta
comprensión con respecto a sus problemas, pues los caballeros de la
compañía accedieron a «asumir la tarea de indagar si es posible prestar su
ayuda al campo de concentración».
La I. G. Farben también consintió en pagar una suma «global» diaria de
tres marcos por trabajador no cualificado y cuatro por trabajador
especializado. Se calculó que el «rendimiento laboral» de cada prisionero del
campo de concentración equivaldría al «75 por 100 del de un trabajador
alemán corriente». Asimismo, se llegó a un acuerdo en torno al precio que
habría de abonar la empresa por metro cúbico de grava que extrajesen del río
Sola los reclusos. En general, «las negociaciones estuvieron presididas por
una cordial armonía. Ambas partes pusieron de relieve su deseo de ayudarse
mutuamente en todos los aspectos posibles».
No obstante, pese a su carácter colosal, los planes trazados por Himmler y
la I. G. Farben en relación con Auschwitz quedaron empequeñecidos ante las
ambiciosas decisiones que, en aquellos momentos, estaban adoptando los
estrategas nazis en Berlín. Los oficiales del alto mando de las fuerzas armadas
alemanas llevaban, en efecto, meses desarrollando un plan de invasión de la
Unión Soviética que recibió el nombre en clave de Operación Barbarroja. En
una reunión celebrada en su refugio bávaro del Berghof en julio de 1940,
Hitler había anunciado a sus comandantes que el mejor modo de poner fin a la
guerra con la mayor prontitud posible consistía en destruir la URSS. Estaba
convencido de que Gran Bretaña participaba en el conflicto con la esperanza
de que Stalin acabase por quebrantar el pacto de no agresión firmado con los
nazis en agosto de 1939, y pensaba que, si derrotaba a los soviéticos, los
británicos sellarían la paz y convertirían, por ende, a los alemanes en los
dueños indiscutibles de Europa. Esta decisión iba a condicionar, por sí sola,
la evolución de la guerra, y de hecho, el curso de la historia de Europa durante
lo que quedaba de siglo. A consecuencia de la invasión morirían veintisiete
millones de ciudadanos soviéticos, una pérdida mayor de lo que haya habido
de soportar nación alguna en la historia por causa de un solo conflicto. La
guerra, por otra parte, también proporcionaría a los nazis el entorno adecuado
para poner en práctica su «solución final», es decir, el exterminio de los
judíos. Por consiguiente, resulta imposible entender la evolución de Auschwitz
sin situar los cambios ocurridos en el recinto en el contexto de la planificación
de la Operación Barbarroja y el rumbo que tomó la contienda en el verano y el
otoño de 1941. De hecho, desde ese momento hasta el suicidio de Hitler,
acaecido el 30 de abril de 1945, los nazis centrarían su atención en los
avances logrados en el frente oriental, y también en la ausencia de éstos.
Los nacionalsocialistas no concebían la guerra como una lucha contra los
estados «civilizados» de Occidente, sino como un combate a muerte contra los
«infrahombres» judeobolcheviques[60]. No en vano escribió en su diario Franz
Halder, jefe del estado mayor general, en la entrada correspondiente al 17 de
marzo de 1941, que en Rusia «debe usarse la fuerza en su forma más brutal» y
asimismo se debe «exterminar a la intelectualidad instalada por Stalin». En
consonancia con esta actitud, los encargados de desarrollar los planes
económicos del Reich dieron con una solución devastadora al problema de la
necesidad de alimentar a las tropas germanas mientras avanzaban en territorio
soviético. Cierto documento de la agencia central de economía de la
Wehrmacht fechado el 2 de mayo de 1941 asegura que «todo el ejército
alemán» habría de «alimentarse a expensas de Rusia». De donde se deduce
una consecuencia evidente: «No cabe duda de que morirán de hambre decenas
de miles de personas si sustraemos al país todo lo que necesitamos[61]». Tres
semanas después, el 23 de mayo, el mismo organismo redactó un escrito aún
más radical, titulado «Directrices politicoeconómicas para la organización
económica de Oriente[62]». En él se informaba de la intención de hacer que los
recursos de Rusia sirvieran no sólo para alimentar a los soldados alemanes,
sino también para abastecer a los territorios europeos sometidos al dominio
nacionalsocialista. Esta nueva iniciativa comportaría la muerte por inanición
de treinta millones de habitantes de la región septentrional de la URSS.
No faltan estudios recientes que demuestran que tan aterradores
documentos no eran producto de un proceso mental derivado, sin más, de una
coyuntura específica: existía, dentro del movimiento nacionalsocialista, una
tendencia de pensamiento intelectual que contemplaba tal reducción
demográfica como una acción justificada desde el punto de vista económico.
La teoría de la «capacidad óptima de población» permitía a los especialistas
del Reich examinar cualquier área y determinar —sin tener en cuenta otro dato
que el del número de personas que en ella vivían— si iba a proporcionar
ganancias o pérdidas. Así, por ejemplo, Helmut Meinhold, economista del
Instituto para el Trabajo Alemán en el Este, calculó en 1941 que existía un
«excedente» de 5,83 millones de polacos, incluidos viejos y niños, lo que
comportaba «un desgaste real del capital[63]». Quienes componían este exceso
demográfico eran considerados Ballastexistenzen, rémoras humanas que no
hacían sino ocupar espacio. En aquel momento, los padres de estas teorías aún
no las habían llevado hasta sus últimas consecuencias; es decir, todavía no
habían instaurado la exterminación en Polonia. De cualquier manera, en ningún
momento pasaron por alto el modo como había hecho frente Stalin a una
superpoblación similar en la Unión Soviética. Durante la década de 1930, en
efecto, puso en práctica, en Ucrania, un proyecto de deportación de la clase
kulak —conformada por campesinos acomodados— y de colectivización de la
tierra que provocó la muerte de unos nueve millones de personas.
El citado pensamiento brindó, asimismo, sostén intelectual a las muertes
de civiles con que, según se calculaba, se saldaría la invasión alemana de
Rusia: para los economistas nazis, el deceso por inanición de «treinta millones
de personas» no sólo redundaría en beneficio inmediato de las tropas
atacantes, sino también, a largo plazo, en el del pueblo alemán. El tener menos
bocas que alimentar en la Unión Soviética significaría, por un lado, que podría
transportarse más alimento hacia los ciudadanos de Múnich y Hamburgo, y
facilitaría, por el otro, una rápida germanización de los territorios ocupados.
Himmler ya había señalado que las granjas polacas eran, en su mayoría,
demasiado pequeñas para mantener a una familia alemana, y no cabe duda de
que opinaba que el hecho de dejar morir de hambre a un número tan nutrido de
personas facilitaría la creación de vastas fincas agrarias germanas en la Unión
Soviética. Poco antes del comienzo de la invasión, el Reichsführer de la SS
admitió sin ambages ante sus compañeros durante una fiesta de fin de semana:
«El objetivo de la campaña de Rusia [consiste en] diezmar a la población
eslava con treinta millones de bajas[64]».
Por lo tanto, la idea de declarar la guerra a la Unión Soviética hizo que los
dirigentes nazis diesen rienda suelta a los pensamientos más radicales que
puedan imaginarse. Cuando Hitler escribió a Mussolini para comunicarle sus
intenciones de invasión, le confesó sentir una total «libertad espiritual»
fundada en la capacidad de actuar del modo que quisiese en el transcurso del
conflicto. Tal como escribió Goebbels, su ministro de Propaganda, en su
diario el 15 de junio de 1941: «El Führer dice que debemos hacernos con la
victoria, sin importar lo que hagamos bien o lo que hagamos mal. De todos
modos, tenemos tanto de lo que responder…».
También era evidente, ya desde este estadio de planificación de la guerra,
que los judíos de la Unión Soviética habrían de sufrir lo indecible. En un
discurso dirigido al Reichstag el 30 de enero de 1939, Hitler había vinculado
de forma explícita cualquier conflicto mundial futuro a la eliminación del
pueblo hebreo: «Hoy quiero convertirme de nuevo en profeta: si las finanzas
internacionales y los judíos de dentro y fuera de Europa consiguieran, una vez
más, arrastrar a las naciones a una guerra mundial, el resultado no sería la
bolchevización de la tierra, y por tanto, la victoria del judaísmo, sino la
aniquilación de la raza judía en Europa[65]». El empleo del término
«bolchevización» tenía el propósito específico de hacer hincapié en la
identificación que hacía la teoría racial nacionalsocialista entre el comunismo
y el judaísmo. Para el Führer, la Unión Soviética no era más que el nido de
una conspiración judeobolchevique. Nada importaban las manifiestas
tendencias antisemíticas de Stalin: los nazis albergaban en su imaginación la
idea de que los judíos tiraban, en secreto, de los hilos del Imperio estalinista.
Para arrostrar la amenaza que —según pensaban— suponían los judíos de
la Unión Soviética, se crearon cuatro grupos especiales de operaciones
(Einsatzgruppen), similares a los pelotones del Servicio de Seguridad —
parte de la SS— y la Policía de Seguridad que habían actuado tras el
Anschluss austríaco y la invasión de Polonia. La misión de éstos había
consistido en aniquilar a los «enemigos del estado» desde poco más atrás de
la primera línea de frente. En Polonia, los grupos especiales habían llevado a
cabo operaciones de terror que acarrearon la muerte de unos quince mil
polacos, en su mayoría judíos o intelectuales. Un total que, sin embargo,
resulta insignificante comparado con el propiciado por su actuación en suelo
soviético.
El efecto homicida de estas unidades debía ser, en un principio,
proporcional a su tamaño. El grupo especial de operaciones A, vinculado al
grupo de ejércitos del norte y conformado por un millar de soldados, era el
más numeroso. Los otros tres (B, C y D), destinados al resto de los grupos de
ejércitos, disponían de entre seiscientos y setecientos hombres. Poco antes de
la invasión, los mandos de las Einsatzgruppen recibieron instrucciones de
boca de Heydrich, recogidas más tarde en la directriz del 2 de julio de 1941.
En ellas se especificaba que los grupos especiales tenían por misión asesinar
a políticos comunistas, comisarios políticos y «judíos al servicio del partido o
el estado». De este modo, se hacía explícita la obsesión nazi con las
conexiones entre judaísmo y comunismo.
Durante los primeros días de la invasión, estas unidades entraron en la
Unión Soviética a continuación del Ejército alemán. El avance se produjo con
gran rapidez, de tal modo que, el 23 de junio —es decir, un día después del
ataque inicial—, el grupo especial de operaciones A, acaudillado por el
general de policía y Brigadeführer (general de división) de la SS Walter
Stahlecker, alcanzó la localidad lituana de Kaunas. No bien había entrado en
la ciudad, la Einsatzgruppe incitó una serie de pogromos contra la población
judía. No en vano había dictaminado Heydrich en su directriz: «No se tomará
medida alguna para impedir las purgas que puedan partir de elementos
anticomunistas o antisemitas en los recién ocupados territorios. Estas
iniciativas deberán, por el contrario, alentarse en secreto». Esta orden
demuestra que asesinar a «judíos al servicio del partido o el estado» era lo
menos que se esperaba de estas unidades de operaciones. Tal como escribió
Stahlecker en un informe posterior: «La misión de la policía de seguridad
consistía en poner en marcha estas purgas y encauzarlas a fin de garantizar que
se alcanzasen en el menor tiempo posible los objetivos de exterminio
propuestos[66]». En Kaunas, bajo la mirada aquiescente de los alemanes, los
lituanos que acababan de ser excarcelados apalearon a los judíos en las calles
hasta dejarlos sin vida. Algunos de quienes conformaban la nutrida multitud
que se congregó a observar estos linchamientos gritaban: «¡Machacad a esos
judíos!», a fin de estimular a los asesinos. Una vez consumado el acto, uno de
los que lo habían perpetrado trepó a lo alto de los cadáveres y, sacando un
acordeón, entonó el himno nacional lituano. Éste era, sin lugar a dudas, el tipo
de comportamiento que Heydrich deseaba que sus hombres alentasen «en
secreto».
Lejos de las ciudades principales, sobre todo, las Einsatzgruppen
llevaban a cabo sus labores de seleccionar «judíos al servicio del partido o el
estado» y acabar con ellos, lo cual equivalía a menudo, en la práctica, a
ejecutar a todos los judíos varones de una población. A fin de cuentas, según
la teoría nazi, no había un solo hebreo en la Unión Soviética que no
perteneciese, de un modo u otro, al colectivo señalado.
En tanto que los grupos especiales y las unidades de la SS a las que
estaban destinados asesinaban a los semitas soviéticos, el Ejército alemán
regular tampoco se libró de verse envuelto en crímenes de guerra. El decreto
Barbarroja, de infausta memoria, y el Kommisarbefehl, disposición por la que
se regulaba el tratamiento de los oficiales políticos, se tomaron como
justificación para ejecutar a guerrilleros sin reparo alguno, emprender
represalias contra comunidades enteras y asesinar a comisarios soviéticos
antes incluso de que fuesen capturados como prisioneros de guerra. Es,
precisamente, la actitud adoptada por los nazis con respecto a estos oficiales
políticos lo que relaciona a Auschwitz con este conflicto. En virtud de un
acuerdo firmado con la SS, el Ejército alemán permitió a los hombres de
Heydrich entrar en campos de concentración para prisioneros de guerra y dar
con los comisarios que no hubiesen sido detectados durante la selección
inicial de prisioneros llevada a cabo en la línea de frente. Se planteó entonces
la pregunta de dónde debían trasladarlos, pues no cabe duda de que los nazis
no contemplaban como ideal la posibilidad de asesinarlos ante sus camaradas.
Ésa fue la razón por la que, en julio de 1941, se enviaron a Auschwitz varios
cientos de agentes políticos hallados en los campos comunes de prisioneros de
guerra.
Estos reclusos recibieron, desde el mismo momento de su llegada, un trato
diferente del dispensado a los demás internos. Por increíble que pudiese
parecer, dado el sufrimiento que ya se estaba infligiendo a quienes vivían en el
recinto, fueron, como grupo, objeto de un tratamiento peor aún. Jerzy Bielecki
lo pudo deducir antes incluso de verlos: «Oímos un fragor de gritos, gemidos y
rugidos». Él y un amigo se dirigieron entonces a las canteras de grava que se
abrían en los confines del campo de concentración para ver desde allí a los
prisioneros soviéticos. «Estaban empujando aquellas carretillas, llenas de
arena y grava, sin dejar de correr —declara—. Era dificilísimo, pues los
tablones sobre los que tenían que pasar con la carga se deslizaban de un lado a
otro. Aquél no era un trabajo corriente: era un infierno creado por la SS para
aquellos prisioneros de guerra soviéticos». Los Kapos los aguijaban con
palos, instigados a su vez por los guardias de la SS, que no dejaban de gritar:
«¡Vamos, muchachos! ¡Atizadles!». Sin embargo, lo que más le impresionó fue
lo que vio a continuación: «Había cuatro o cinco soldados de la SS con armas,
y de cuando en cuando las cargaban, miraban hacia abajo, apuntaban y
disparaban al interior de la cantera. Mi amigo no pudo menos de preguntar:
“¿Qué está haciendo ese hijo de perra?”. Vimos a un Kapo apaleando a un
hombre moribundo, y mi compañero, que tenía cierta formación militar,
señaló: “Son prisioneros de guerra. ¡Tienen sus derechos!”. Así y todo, los
estaban matando mientras trabajaban». De este modo llegó a Auschwitz,
durante el verano de 1941, la contienda del frente oriental: la guerra sin leyes.
Asesinar a los comisarios soviéticos no era, huelga decirlo, sino una de
las muchas funciones que desempeñaba el recinto durante este período. Por
encima de todo, aquél seguía siendo un lugar destinado a oprimir a los
prisioneros polacos e infundirles terror. Y su afán por hacer que la institución
a su cargo satisficiese este cometido para con el estado nazi llevó a Hoess a
tratar de limitar, sin descanso, el número de fugas. En 1940 sólo intentaron
escapar dos personas; pero la cifra se elevó a 17 en 1941 —y habría de
incrementarse mucho los años siguientes, pues saltó a 173 en 1942, 295 en
1943 y 312 en 1944—.[67]Como quiera que la gran mayoría de los reclusos
allí confinados durante los años iniciales era de nacionalidad polaca y
compartía causa con los habitantes de la zona, una vez que uno de ellos había
logrado burlar la seguridad del campo de concentración contaba con la
posibilidad de no volver a ser capturado jamás si desaparecía en la confusión
de movimientos demográficos provocados por la reorganización étnica. Los
numerosos presos que trabajaban durante el día lejos del recinto ni siquiera
tenían que cruzar la valla electrificada que lo rodeaba; les bastaba con superar
un solo obstáculo: el cordón externo de centinelas, conocido como la Große
Postenkette.
La estrategia que seguía Hoess para impedir las evasiones estribaba,
simplemente, en infligir brutales castigos a los fugitivos capturados o, en caso
de que no pudieran dar con ellos, encarcelar a sus familiares y elegir a diez
prisioneros del bloque al que había pertenecido el huido para darles muerte de
un modo deliberadamente sádico. Roman Trojanowski vivió tres selecciones
diferentes en 1941, tras detectarse otras tantas fugas en su barracón. «El
Lagerführer y sus hombres miraban a los ojos de los prisioneros antes de
elegir —atestigua—. Por supuesto, los que tenían más probabilidad de que los
escogieran eran los más débiles, los que tenían peor aspecto. No sé en qué
pensaba yo mientras duraba el proceso: sólo trataba de no mirarlos a los ojos,
pues podía ser peligroso. Tratábamos de mantenernos derechos para que nadie
se fijase en nosotros, y cuando Fritsch se detenía cerca de alguien y señalaba
con el dedo, uno nunca sabía a quién estaba apuntando; de modo que a todos se
nos paraba el corazón». Trojanowski recuerda una selección que resumía de
manera perfecta la mentalidad del Lagerführer. «Fritsch reparó en un hombre
que no dejaba de tiritar, cerca de donde yo me encontraba. Le preguntó: “¿Por
qué tiemblas?”. “Porque tengo miedo —respondió él por mediación del
intérprete—. Tengo hijos pequeños que me esperan en casa y deseo criarlos:
no quiero morir”. Fritsch le replicó: “Pues ten mucho cuidado de que no se
repita, porque, si te vuelve a pasar, te pienso enviar allí”, y señaló la
chimenea del horno crematorio. El hombre no entendió sus palabras, y cuando
dio un paso adelante movido por el gesto de Fritsch, el traductor le indicó: “El
Lagerführer no te ha elegido: vuelve a tu sitio”. Pero Fritsch repuso: “Déjalo.
Si ha dado un paso al frente, es que está escrito en su sino”».
Los internos elegidos eran enviados al sótano del Bloque 11 y encerrados
en una celda donde se les dejaba morir de hambre. Se trataba de un proceso
lento y agónico: Roman Trojanowski oyó que cierto recluso al que conocía
llegó al extremo de comerse sus propios zapatos tras más de una semana sin
alimento. No obstante, durante el verano de 1941, estas celdas de inanición
fueron también testigos de uno de los pocos capítulos de esta historia que
pueden ofrecer algún consuelo a quienes confían en la posibilidad de
redención del sufrimiento. El sacerdote católico varsoviano Maximilian Kolbe
se vio en el trance de participar en una de las mencionadas selecciones
después de que un recluso hubiese huido de su barracón. Fritsch eligió a
Franciszek Gajowniczek, que se hallaba a poca distancia de él y que, al ser
señalado, gritó que tenía mujer e hijos y quería vivir. Kolbe lo oyó y se
ofreció a ocupar su lugar. Fritsch accedió, por lo que el religioso fue enviado
a una de las celdas junto con los otros nueve elegidos. Dos semanas más tarde
se suministró una inyección letal a los cuatro que seguían con vida, y entre
quienes se incluía el propio Kolbe. El papa Juan Pablo II —de origen polaco
— lo canonizó en 1982. Su historia ha dado pie a no poca controversia,
provocada, sobre todo, por cierta revista que publicó antes de ser arrestado y
que contenía material antisemítico. Lo que resulta incuestionable, sea como
fuere, es su denuedo a la hora de sacrificar su propia vida por un semejante.
Aquel mismo mes de julio de 1941, Auschwitz se tornó un lugar aún más
siniestro a causa de una serie de decisiones adoptadas a miles de kilómetros
de allí. Las autoridades estaban a punto de emplear, por vez primera, las
cámaras de gas para asesinar a prisioneros del recinto, si bien no del modo
por el que acabaría por cobrar tan infausta memoria el campo de
concentración. Los reclusos en cuestión eran víctimas del programa de
«eutanasia para adultos», operación homicida —conocida como Aktion T4—
que tenía sus raíces en un decreto promulgado por el Führer en octubre de
1939 por el que se permitía a los médicos seleccionar a pacientes con
deficiencias físicas o enfermedades mentales crónicas y asesinarlos. En un
principio se emplearon inyecciones químicas para acabar con la vida de los
discapacitados, aunque más tarde se optó, como método preferido, por el
monóxido de carbono embotellado. Entonces se construyeron cámaras de gas,
cuyo diseño estaba orientado a hacerlas parecer duchas colectivas, en centros
especiales de exterminio —antiguos hospitales psiquiátricos, por lo común—.
Meses antes de publicar el citado decreto, Hitler había autorizado seleccionar
y asesinar a los niños discapacitados, siguiendo los dictados de la siniestra
lógica de su propia concepción ultradarwiniana del mundo. Según ésta, no
tenían derecho a vivir por ser débiles y constituir una carga para la sociedad
alemana. Además, dada su honda adhesión a la teoría racial, al Führer lo
preocupaba el que fuesen capaces de reproducirse una vez superada la
pubertad.
El decreto que extendía a los adultos el programa de eutanasia tenía
efectos retroactivos desde el 1 de septiembre, lo que no es sino otro signo de
que la guerra, que dio comienzo el día 3, había propiciado la radicalización
del pensamiento nazi. Para estos fanáticos nacionalsocialistas, los
discapacitados constituían otro ejemplo de Ballastexistenzen, rémoras que
resultaban más perjudiciales aún para el país en el marco bélico. El doctor
Pfannmüller, una de las figuras de más triste renombre del programa de
eutanasia para adultos, expresó así su opinión al respecto: «No puedo soportar
la idea de que los mejores, la flor y nata de nuestra juventud, deban dar su
vida en el frente para que los cortos de entendederas y los elementos
irresponsables y asociales puedan gozar de una existencia segura en el
manicomio[68]». No sorprende, dada la mentalidad de quienes tales crímenes
perpetraban, que entre los criterios de selección se incluyera no sólo la
gravedad de la dolencia física o mental, sino también la condición religiosa o
étnica del paciente. Como cabe esperar, los judíos internos en hospitales
psiquiátricos fueron enviados a las cámaras de gas sin selección alguna, y en
la región oriental se emplearon métodos igual de draconianos a fin de vaciar
de enfermos los manicomios. Entre octubre de 1939 y mayo de 1940 se
asesinó a unos diez mil pacientes en Prusia Occidental y el Warthegau, muchos
de ellos merced a una nueva técnica: la cámara de gas sobre ruedas,
consistente en un compartimento sellado herméticamente habilitado en la parte
trasera de una camioneta, donde se metía a las víctimas para después
asfixiarlas con monóxido de carbono embotellado. No deja de ser
significativo que el espacio vital que quedaba disponible tras estas muertes
estuviese destinado a albergar a los inmigrantes de ascendencia alemana.
A principios de 1941 se hizo extensiva la campaña de eutanasia para
adultos a los campos de concentración mediante la operación conocida como
14F13, que llegó a Auschwitz el 28 de julio. «Durante la revista vespertina se
dijo que todo el que estuviese enfermo podría abandonar el lugar para curarse
—recuerda Kazimierz Smoleń, recluido a la sazón en el recinto por motivos
políticos—. Algunos presos lo creyeron, y todos se sentían esperanzados. Yo,
sin embargo, no estaba demasiado convencido de las buenas intenciones de la
SS.»[69]. Tampoco lo estaba Wilhelm Brasse, que oyó a su Kapo, un comunista
alemán, describir cuál pensaba que sería la suerte que iban a correr los
dolientes: «Nos dijo que en el campo de Sachsenhausen había oído decir que
se sacaba a la gente de los hospitales para hacerla desaparecer».
Del recinto salieron unos quinientos reclusos enfermos —entre voluntarios
y escogidos—, que fueron conducidos a un tren que los esperaba. «Estaban
agotados —comenta Kazimierz Smoleń—. No gozaban del menor atisbo de
salud. Aquélla era una marcha de espectros. La fila la cerraban enfermeras con
gente en camilla. El espectáculo era macabro. Nadie les lanzaba gritos ni se
reía. Los enfermos estaban encantados, y decían: “Por fin van a tener noticias
mías mi esposa y mis hijos”». Los que se quedaban, sin embargo, tenían un
motivo para alegrarse: entre quienes partían se encontraban dos de los Kapos
de más triste memoria. Uno de ellos era el odiado Krankemann, que, según se
murmuraba en el recinto, se había indispuesto con su protector, el Lagerführer
Fritsch. Lo más probable es que, tal como había previsto Himmler en relación
con el destino que esperaba a aquellos Kapos que regresaran a la vida normal
de prisionero, ambos fuesen asesinados en el tren antes de que éste llegara a
su destino. Todos los demás internos que salieron del campo de concentración
aquel día murieron en una cámara de gas instalada en un centro psiquiátrico de
Sonnenstein, cerca de Dánzig. Por lo tanto, los primeros reclusos de
Auschwitz ajusticiados mediante este método no perdieron la vida en el
recinto, en Alemania, en tanto que el motivo de su elección no fue su
pertenencia a la fe hebrea, sino el hecho de que habían dejado de ser útiles
para trabajar.
El verano de 1941 fue un momento decisivo no sólo en la evolución de
Auschwitz, sino también en el desarrollo de la guerra contra la Unión
Soviética y en el de la política adoptada por los nazis con respecto a los
judíos de los territorios conquistados en ésta. Todo hacía pensar que, cuando
menos en apariencia, el conflicto evolucionaba de modo favorable para la
Wehrmacht en el mes de julio. En una fecha tan temprana como la del 3 de
aquel mes, Franz Halder, integrante del alto mando alemán, escribió en su
diario: «No parece, por tanto, exagerado afirmar que la campaña de Rusia se
haya ganado en tan sólo dos semanas». Goebbels confió al suyo una reflexión
idéntica el día 8: «Nadie duda ya de que obtendremos la victoria en Rusia». A
mediados de julio, las unidades de carros de combate alemanas habían
avanzado ya seiscientos kilómetros tras cruzar las fronteras soviéticas, y
cuando el mes tocaba a su fin, Pável Sudoplátov, oficial de espionaje del
Ejército Rojo, se puso, a instancia de Beria, en contacto con el embajador
búlgaro en Moscú para rogarle que actuase de intermediario con los alemanes
y les suplicara un acuerdo de paz[70].
Con todo, en la práctica, la situación no era tan sencilla. La política de
inanición sobre la que se asentaba toda la estrategia de invasión había hecho,
por ejemplo, que Vilna, la capital de Lituania, quedase, a principios de julio,
con reservas de alimentos para sólo dos semanas. Y Goering había dejado
clara la postura nacionalsocialista al afirmar que sólo tenían derecho a ser
avituallados por las fuerzas invasoras quienes desempeñasen «tareas
importantes para Alemania[71]». También quedaba sin resolver, por otra parte,
la cuestión de los familiares que dependían de los judíos ejecutados por las
Einsatzgruppen: mujeres y niños que al perder al cabeza de familia corrían el
riesgo de morir de hambre con especial rapidez y, por lo tanto, no se hallaban,
precisamente, en condiciones de cumplir con las tareas a que se refería
Goering.
Entre tanto, se predijo la aparición de una crisis relativa al suministro de
alimentos no sólo en el frente oriental, sino también en el gueto polaco de
Łódź. En julio, Rolf-Heinz Höppner, oficial de la SS, escribió a Adolf
Eichmann, encargado de la sección de la Oficina Central de Seguridad del
Reich de la que dependían los asuntos judíos, en estos términos: «Existe el
peligro de que este invierno no podamos seguir alimentando a todos los
judíos. Uno debería preguntarse, con franqueza, si la solución más humana no
sería rematar a los judíos no aptos para el trabajo por medio de algún
mecanismo de acción rápida. Cuando menos, sería más agradable que dejarlos
morir de inanición». (No deja de ser significativo el que Höppner hable de la
posible necesidad de acabar con las vidas de los individuos «no aptos para el
trabajo», y no con las de todos los representantes del pueblo hebreo. A partir
de la primavera de 1941, y de forma paulatina, los nazis comenzaron a
distinguir entre los judíos que eran de utilidad a Alemania y los que no lo eran,
distinción que, con el tiempo, tomó forma precisa en las tristemente célebres
«selecciones» de Auschwitz).
A finales de julio, Himmler dio una serie de órdenes concebidas para
resolver la situación de los judíos a los que los nazis consideraban
«parásitos», al menos en lo que se refería al frente oriental. Reforzó las
Einsatzgruppen con unidades de caballería de la SS y batallones policiales.
Finalmente, estarían envueltos en las matanzas en torno a cuarenta mil
hombres, cifra que decuplica la de los soldados que integraban, en un
principio, los grupos especiales de operaciones. Tan formidable incremento de
mano de obra estuvo motivado por un hecho concreto: la política de
aniquilamiento en Oriente acabó por hacerse extensiva a las mujeres y los
niños judíos. Las instrucciones al respecto llegaron a los comandantes de las
diversas Einsatzgruppen en distintos momentos a lo largo de las semanas
siguientes. Esto se explica, en parte, por el hecho de que a menudo fuese el
mismísimo Himmler quien las transmitiera en persona mientras recorría los
diferentes escenarios de las matanzas. De cualquier modo, lo cierto es que, a
mediados de agosto, todos los comandantes de los pelotones de exterminio
conocían el nuevo alcance de su misión.
Este momento constituye un punto de inflexión en el proceso de los
asesinatos, pues, una vez incluidos entre sus objetivos las mujeres y los niños,
la persecución nacionalsocialista de los judíos entró en una fase conceptual
por entero diferente. Casi todas las políticas antisemíticas que habían puesto
en práctica los nazis hasta aquel estadio de la guerra habían sido genocidas en
potencia; de hecho, no eran pocos las mujeres y los niños judíos que habían
muerto confinados en guetos o durante la emigración fallida a Nisko. Sin
embargo, la nueva estrategia era muy diferente: los nazis habían decidido
reunir a unas y a otros, obligarlos a desnudarse, alinearlos cerca de una fosa
abierta en el suelo y fusilarlos. Nadie podía fingir que un niño de pecho
constituyese una amenaza inmediata para el esfuerzo bélico de Alemania, y sin
embargo, en adelante, los soldados germanos iban a apretar sus gatillos
después de haber apuntado a uno de ellos.
Fueron muchos los factores que confluyeron en este período trascendental
y provocaron tal cambio en la política nacionalsocialista. Uno de ellos fue,
por supuesto, que las mujeres y los niños de origen hebreo de la Unión
Soviética habían pasado a representar un «problema» para los nazis —si bien
éste lo habían creado también ellos mismos al ajusticiar a los judíos varones e
instigar, al mismo tiempo, su política de inanición en el frente oriental—.
Existe otro motivo de entre los que llevaron a las autoridades a hacer
extensivos los asesinatos que merece especial atención: en julio, Hitler había
anunciado su voluntad de crear en Oriente un «jardín de Edén» germánico, un
lugar en el que, claro está, no había lugar para los hebreos. (Cuesta pensar que
fuese fruto de la casualidad el que Himmler ordenara matar también a mujeres
y niños después de asistir a varios encuentros personales con el Führer en
julio, toda vez que un cambio así no habría sido posible sin el beneplácito de
éste). Ya que las unidades de exterminio llevaban un tiempo fusilando a judíos
varones, debió de parecer un paso lógico desde el punto de vista ideológico
del nazismo enviar tropas suplementarias a fin de «limpiar» por completo este
nuevo «jardín de Edén».
Hans Friedrich pertenecía a una de las unidades de infantería de la SS
enviadas a levante para reforzar los grupos especiales de operaciones durante
el verano de 1941[72]. Su brigada actuaba, sobre todo, en Ucrania, y según su
testimonio, no encontró resistencia alguna por parte de los judíos a los que iba
a asesinar. «Se hallaban anonadados a más no poder, asustadísimos,
petrificados, de modo que uno podía hacer con ellos lo que le viniera en gana.
Se habían resignado a su suerte». La SS y los colaboradores de que disponía
en Ucrania los sacaban de sus pueblos y los colocaban, de pie, junto a «una
zanja profunda y ancha, de tal modo que, al ser fusilados, cayeran directamente
al interior. El proceso se repitió una vez tras otra. Uno de los nuestros tenía
que bajar a la fosa para comprobar a conciencia si había alguno vivo, ya que
no todos quedaban heridos de muerte tras el primer disparo. Si encontraba a
alguno con vida, herido sin más, tenía que rematarlo con una pistola».
Friedrich reconoce haber asesinado a judíos ante tales zanjas[73]. Asegura
no haber pensado «en nada» al ver a sus víctimas esperando en pie a pocos
metros de él: «Sólo me decía: “Apunta bien, no vayas a fallar”. Eso era todo
lo que tenía en la cabeza. Cuando uno se encuentra allí delante, con el arma
cargada y listo para disparar… para él sólo existe la necesidad de mantener la
mano calma para apuntar bien. Nada más». Su conciencia nunca se ha visto
perturbada por los crímenes que cometió: jamás ha tenido una sola pesadilla
al respecto ni se ha despertado en mitad de la noche preguntándose qué hizo.
Los documentos de que disponemos confirman que Friedrich formaba parte
de la I Brigada de infantería de la SS que entró en Ucrania el 23 de julio. Si
bien él no especifica —debido al tiempo transcurrido o al deseo de no
incriminarse más aún— el sitio exacto donde llevó a cabo los asesinatos, los
testimonios escritos dan fe de que su unidad participó en una serie de matanzas
de judíos en diversos lugares concretos. Uno de ellos es la región occidental
del país. Allí, el 4 de agosto de 1941, sacaron de sus casas a más de diez mil
hebreos que habitaban las aldeas de los alrededores de Ostrog para reunirlos
en esta población. «A primera hora de la mañana llegaron los coches y los
camiones —recuerda Vasil Valdeman, hijo de familia judía, que a la sazón
contaba doce años—. Los soldados de la SS iban armados y llevaban
perros[74]». Tras rodear la ciudad, condujeron a miles de judíos a un villorrio
cercano en el que había una zona de terreno arenoso. «Nadie ignoraba que nos
iban a fusilar, aunque era imposible que la SS pudiera ejecutar a tiros a grupos
tan numerosos de personas. Llegamos allí a las diez [de la mañana], y nos
ordenaron sentarnos. Hacía mucho calor. No teníamos comida ni agua, y la
gente meaba, sin más, en el suelo. Fueron momentos muy duros. Alguien dijo
que prefería que le pegaran un tiro a tener que esperar allí sentado bajo aquel
sol. Hubo quien perdió el sentido, y algunos murieron de puro miedo».
El aldeano (no judío) Olexii Mulevich fue testigo de lo que sucedió a
continuación[75]. Desde el tejado de un establo cercano al que se había
encaramado, pudo ver a pequeños grupos de entre cincuenta y cien judíos a los
que separaban del resto y los hacían desnudarse. «Después de ponerlos al
borde de una zanja —afirma—, los oficiales decían a sus hombres que
escogiesen a un judío por barba al que disparar… Los judíos no dejaban de
dar alaridos. Sabían que estaban asistiendo a su propia muerte… Entonces, los
soldados descargaban sus armas, y los judíos caían al suelo de inmediato. El
oficial elegía entonces a varios judíos fuertes para que lanzasen los cadáveres
al hoyo».
Los fusilamientos se sucedieron durante todo el día. Murieron varios miles
de judíos de ambos sexos y todas las edades; sin embargo, había demasiados
para que la SS pudiera acabar con las vidas de todos con aquella única
operación. Por lo tanto, cuando cayó la tarde, los que quedaban, incluidos
Vasil Valdeman y su familia, fueron conducidos de nuevo a Ostrog. A causa de
las operaciones que siguieron a ésta, Vasil perdió a su padre, sus abuelos, dos
hermanos y dos tíos. Él logró escapar del gueto junto con su madre, con la que
pasó tres años escondido en casa de unos lugareños hasta que el Ejército Rojo
liberó Ucrania. «No sé qué sucedió en otros pueblos —dice—, pero las gentes
del nuestro ayudaron mucho a los judíos». Días después, Olexii Mulevich
salió a visitar los campos de exterminio y pudo contemplar una escena
espeluznante: «La arena se movía: creo que había heridos revolviéndose bajo
la superficie. Los compadecía, y quería ayudarlos; pero comprendí que,
aunque lograra sacar a alguno de la fosa, no podría curarlo».
«A los perros que teníamos en casa —observa Vasil Valdeman— nunca los
tratamos con la crueldad que emplearon los fascistas con nosotros… Yo no
dejaba de preguntarme: “¿Qué hará a esta gente ser tan despiadada?”». Hans
Friedrich tiene una respuesta a la pregunta de Valdeman: el odio. «Si he de ser
sincero —asegura—, no siento ninguna empatía [para con los judíos], porque
ellos nos hicieron, a mí y a mis padres, un daño tal que nunca podré
olvidarlo». En consecuencia, no ha experimentado jamás compasión alguna
por todos los miembros de la comunidad hebrea a los que fusiló. «Mi odio a
los judíos es demasiado grande». Si se le presiona un poco, reconoce que
sentía —y siente— que sus actos estaban justificados por razones de
«venganza».
Resulta fundamental entender el pasado de Friedrich para comprender por
qué se sintió capaz de participar en los fusilamientos, así como qué le hace
defender hoy lo que hizo entonces. Nació en 1921, en una zona de Rumania
dominada por gentes de casta germánica. Mientras crecía, aprendió a odiar a
los judíos con los que se topaban él y su familia. Su padre era granjero, y la
comunidad hebrea de la localidad en que vivían estaba constituida por
comerciantes que compraban la producción para venderla en el mercado. Los
padres de Friedrich le decían que los judíos obtenían demasiados beneficios
de sus tratos y engañaban por costumbre a su familia. «Me gustaría saber qué
hubiese hecho usted —añade— de haber tenido las experiencias que yo tuve.
Si fuese usted granjero y quisiera vender, pongamos por caso, cerdos, pero no
pudiera hacerlo si no era a través de un comerciante judío. Trate de ponerse en
nuestro lugar. No éramos dueños de nuestra propia vida».
Siendo adolescente, durante la década de 1930, hacía con sus amigos
carteles en los que podía leerse: «No compréis a los judíos», o «Los judíos
son nuestra desgracia», para colgarlos sobre la entrada de los
establecimientos de éstos. Se sentía «orgulloso» de hacerlo, porque estaba
«advirtiendo del peligro que suponían». Leía la propaganda publicada por el
estado nacionalsocialista —y en particular la virulenta revista antisemítica
Der Stürmer— y la consideraba en perfecta sintonía con la concepción del
mundo que se estaba formando en su mente. En 1940 se unió a las Waffen SS
—brazo armado de la organización— «porque el Reich alemán estaba en
guerra» y él «quería estar allí». Está convencido de que «existían conexiones
entre los judíos y el bolchevismo, y hay pruebas suficientes para demostrarlo».
Cuando, en calidad de soldado de la SS, avanzaba por territorio ucraniano
durante el verano de 1941, lo hacía convencido de que no estaba pisando un
país «civilizado… como Francia», sino, a lo sumo, un lugar «a medio
cultivar» y «muy por detrás de Europa». Por ende, cuando le pidieron que
asesinase a integrantes del pueblo hebreo, lo hizo de grado, pensando, en todo
momento, estar vengándose de los comerciantes judíos que habían estafado,
supuestamente, a los suyos. El hecho de que aquéllos fuesen otros judíos
totalmente distintos —judíos, de hecho, de un país diferente— no parecía tener
la menor importancia. Tal como él lo explica: «Todos son judíos».
Lejos de sentirse culpable por haber participado en la exterminación del
pueblo hebreo, Hans Friedrich no alberga remordimientos de ninguna clase. Y
a pesar de que en ningún momento lo dice expresamente, da la impresión de
estar orgulloso de lo que hicieron él y sus compañeros. Su mente tiene una
justificación, tan clara como categórica, para su forma de actuar: los judíos
hicieron daño a su familia, y el mundo es un lugar mejor sin ellos. En un
momento de descuido, Adolf Eichmann señaló que el saberse parte implicada
en el asesinato de millones de judíos le daba tal satisfacción que, el día de su
muerte, daría «saltos de alegría en la tumba». No es difícil colegir que Hans
Friedrich debe de sentirse exactamente igual.
No obstante, el hecho de que durante el verano de 1941 se estuviese
aumentando el alcance de la matanza en Oriente no implica forzosamente que
fuera entonces cuando se decidiese aplicar la «solución final», que afectó a
millones de judíos alemanes, polacos y de la Europa occidental. Existe, cierto
es, un documento que acaso sugiera la existencia de una conexión entre ambos
sucesos. En efecto, el 31 de julio, Heydrich logró que Goering plasmase su
firma en un papel que rezaba: «A fin de complementar la misión que le fue
asignada el 24 de enero de 1939, relativa a la solución del problema judío por
medio de movimientos migratorios y evacuaciones realizados del modo más
adecuado, le encomiendo, por la presente, la elaboración de un anteproyecto
detallado de las medidas preliminares que habrán de adoptarse —en lo tocante
a organización, objetivos y materiales— para ejecutar la pretendida solución
final de la cuestión judía». La coyuntura existente en el momento en que se
expidió este documento resulta fundamental a primera vista: Goering otorgó a
Heydrich la autorización general para «solucionar» la situación de los judíos
sometidos al dominio alemán en el preciso instante en que se iban a emplear
los pelotones de exterminio para fusilar a mujeres y niños en el frente oriental.
Sin embargo, cierto hallazgo reciente descubierto en el Archivo Especial
de Moscú hace lícito dudar de la especial significación de esta licencia del 31
de julio. El documento en cuestión contiene una nota de Heydrich, con fecha
del 26 de marzo de 1941, que expone lo siguiente: «Con respecto al problema
judío, informé con brevedad al mariscal [Goering] y le entregué mi nuevo
anteproyecto, que autorizó tras introducir una modificación en lo relativo a la
jurisdicción de Rosenberg antes de ordenar que volviera a presentarlo[76]».
Este «nuevo anteproyecto» constituía, con toda probabilidad, una respuesta al
cambio experimentado por la política antisemítica de los nazis a raíz de la
inminente invasión de la Unión Soviética. La idea de transportar a los judíos a
Africa había perdido validez, y a principios de 1941, Hitler había ordenado a
Heydrich que elaborase un plan para deportarlos a un lugar de los dominios de
Alemania. Como quiera que se esperaba que la guerra con la Unión Soviética
durase sólo algunas semanas y hubiera concluido antes de la llegada del
invierno ruso, ambos debieron de juzgar razonable empujar a los judíos más al
este aquel mismo otoño a modo de solución interna al problema que ellos
mismos habían creado. En los yermos de la Rusia oriental, los judíos sufrirían
lo indecible.
Tal como hace evidente la autorización del 31 de julio, Heydrich recibió,
en primer lugar, órdenes de planificar «la solución al problema judío por
medio de movimientos migratorios y evacuaciones» a principios de 1939; lo
que hace pensar que debió de comenzar entonces el debate sobre su
jurisdicción al respecto y el territorio en que podría actuar dentro del estado
nazi. Alfred Rosenberg —a quien se menciona en el documento del 26 de
marzo—, nombrado formalmente por Hitler, el 17 de julio de 1941, ministro
de los Territorios Ocupados del Este, constituía una amenaza potencial al
poder de que gozaba Heydrich en Oriente, y la licencia del 31 de julio bien
pudo haberse concebido para ayudarlo a reafirmar su propia posición.
De este modo, una vez sometido a análisis, el nuevo documento no
respalda la teoría que en cierto momento prevaleció en torno a la existencia de
una decisión concluyente adoptada por Hitler, durante la primavera o el
verano de 1941, por la que ordenaba la destrucción de todos los judíos de
Europa; teoría que se fundamenta, en buena medida, en la autorización del 31
de julio. Lo más probable es que, dado que todos los integrantes de la cúpula
nazi tenían puesta la mirada en la guerra que se estaba librando con la Unión
Soviética, la decisión de matar a las mujeres y los niños de los territorios
orientales conquistados se concibiese como un modo práctico de resolver un
problema inmediato y específico.
De cualquier modo, lo cierto es que esta «solución» particular iba a crear,
a su vez, sus propios problemas, lo que desembocaría en la concepción de
nuevos métodos homicidas que permitirían asesinar a judíos y a otros
colectivos a escalas aún mayores. Un momento fundamental en este proceso
tuvo lugar el 15 de agosto, cuando Heinrich Himmler visitó Minsk y pudo ver
en persona la labor de sus pelotones de exterminio. Uno de los que asistieron
con él a aquella ejecución fue Walter Frentz, oficial de la Luftwaffe que
trabajaba de camarógrafo en el cuartel general del Führer[77]. Él no pudo
menos de estremecerse ante semejante espectáculo, y además, está convencido
de que algunos de los integrantes del pelotón de fusilamiento sintieron lo
mismo que él. «Me dirigí al lugar de las ejecuciones —recuerda—. Poco
después, se acercó a mí el comandante de la policía auxiliar, porque sabía que
yo estaba en las fuerzas aéreas. “Teniente —me dijo—. Ya no puedo más.
¿Podría usted sacarme de aquí?”. Yo le contesté: “Yo no tengo ninguna
influencia en el cuerpo de policía: soy del Ejército del Aire, y no se me ocurre
nada que pueda hacer”. “Pues yo —me respondió— ya no puedo más. ¡Esto es
horrible!”».
Y no fue él el único oficial que se sintió traumatizado por los fusilamientos
de Minsk. El Obergruppenführer (teniente general) de la SS Erich von dem
Bach-Zelewski, testigo también de los acontecimientos, dijo a Himmler:
«Reichsführer, sólo ha sido un centenar… Mire a los ojos de los hombres de
este comando. ¡No pueden estar más trastornados! Estos hombres están
destrozados para el resto de sus días. ¿Qué clase de adeptos estamos
adiestrando aquí?; ¿neuróticos o salvajes?»[78]. Un tiempo después, el propio
Bach-Zelewski sufrió alteraciones mentales a consecuencia de los asesinatos,
y comenzó a experimentar «visiones» de los homicidios en los que había
participado.
De resultas de las protestas recibidas y de lo que él mismo había podido
presenciar, Himmler ordenó buscar un nuevo método de ajusticiamiento que
tuviese un efecto psicológico menor sobre sus hombres. En consecuencia,
pocas semanas más tarde, el doctor Albert Widmann, alférez de la SS
perteneciente al Instituto Técnico de la Policía Criminal, viajó al Este con la
intención de reunirse con Artur Nebe, comandante del grupo especial de
operaciones B, en el cuartel general de Minsk. Con anterioridad, Widmann
había desempeñado un papel fundamental en el diseño de la técnica de asfixia
con gas empleada para acabar con la vida de pacientes con enfermedades
mentales, y en esos momentos se disponía a llevar su experiencia a Oriente.
Por increíble que pueda parecer, uno de los primeros procedimientos de
que se sirvió Widmann con objeto de «mejorar» el proceso homicida
acometido en la Unión Soviética consistía en hacer saltar por los aires a sus
víctimas: colocó, en efecto, a varios enfermos mentales en un búnker junto con
cargas de explosivos. Wilhelm Jaschke, que servía en calidad de capitán en el
Einsatzkommando 8, fue testigo de lo que sucedió a continuación: «Aquélla
fue una visión atroz. La explosión no había tenido la potencia deseada, y
algunos heridos salieron, entre gritos, arrastrándose del foso[79]». «El búnker
se había desplomado por completo… Había miembros desgajados dispersos
por el suelo y colgando de los árboles. Al día siguiente, recogimos todos los
trozos y los lanzamos al interior de lo que quedaba del refugio, aunque
dejamos donde estaban los que había en las ramas más altas de los
árboles[80]».
Este horripilante experimento hizo ver a Widmann que el exterminio por
explosión no constituía, ni mucho menos, el método expeditivo que deseaba
Himmler; así es que decidió seguir investigando. El programa de eutanasia
para adultos había empleado con éxito, a tal fin, monóxido de carbono
embotellado. Sin embargo, no resultaba práctico transportar grandes
cantidades de bombonas a miles de kilómetros. Debía de haber otra forma,
según pensaron él y sus colegas, de servirse de dicho gas para matar. Pocas
semanas antes, Widmann y su superior, el doctor Walter Hess, habían estado
charlando, sentados en un vagón del metro de Berlín, acerca de la suerte que
había estado a punto de correr Artur Nebe. Después de regresar de una fiesta
en la que había bebido más de la cuenta y estacionar el coche en su garaje, se
quedó dormido sin apagar el motor, y poco le faltó para morir por asfixia
debido al monóxido de carbono que desprendía la combustión del carburante.
Parece ser que el recuerdo de la embriaguez de Nebe animó a Widmann a
experimentar conectando el tubo de escape de un automóvil al sótano de
ladrillo de un hospital psiquiátrico de Moguiliov, al este de Minsk. Hecho
esto, ordenó encerrar a cierto número de pacientes en la sala y puso en marcha
el motor. En un principio, la prueba no logró colmar las expectativas de los
dirigentes nazis, pues el vehículo no generaba el gas suficiente para acabar
con los pacientes. Este inconveniente se subsanó al reemplazar el coche por un
camión. El experimento fue, entonces, todo un éxito —visto, claro está, desde
el punto de vista nacionalsocialista—: Widmann había descubierto un modo
económico y eficaz de ejecutar a las víctimas con el menor impacto
psicológico para quienes perpetraban el crimen.
Por consiguiente, en otoño de 1941, el médico propició, en Oriente, un
cambio significativo en el proceso de ajusticiamiento nazi. De esto no cabe la
menor duda; pero cómo y cuándo se tomó la decisión de convertir Auschwitz
en parte integrante de la exterminación en masa de los judíos sigue siendo
motivo de controversia entre los especialistas. En buena medida, la dificultad
de determinarlo estriba en el testimonio ofrecido por Hoess, quien no sólo
acostumbra presentarse como víctima de las exigencias de Himmler, por un
lado, y de la incompetencia de sus subordinados, por el otro, sino que, a
menudo, sigue una datación muy poco fiable por imprecisa. «Durante el verano
de 1941 —reza su testimonio—, Himmler me mandó llamar y me comunicó:
“El Führer ha ordenado poner en marcha la solución final de la cuestión judía.
Debemos encargarnos, pues, de que así se haga. Por razones de transporte y
aislamiento, he elegido Auschwitz para tal menester[81]”». Hoess, en efecto,
visitó al Reichsführer de la SS en junio de 1941 para ponerlo al corriente del
desarrollo que estaban experimentando los planes concebidos para el campo
de concentración tras la expansión emprendida por la I. G. Farben. Sin
embargo, cuesta creer que en aquel momento recibiese la noticia de que
Auschwitz iba a formar parte de la «solución final». En primer lugar, no hay
pruebas adicionales que indiquen que, a esas alturas, se hubiese planeado una
exterminación mecanizada del pueblo hebreo en campos de concentración. La
reunión precedió tanto a los primeros asesinatos de judíos varones en Oriente
a manos de los grupos especiales como a la posterior inclusión de mujeres y
niños, que tuvo lugar a finales de julio. En segundo lugar, Hoess contradice su
propia datación al añadir que «en aquel momento había ya en el Gobierno
General otros tres campos de exterminio, en Bełżec, Treblinka y Sobibór»,
cuando, en realidad, ninguno de ellos existía aún en verano de 1941, y ninguno
de ellos comenzó a funcionar hasta bien entrado 1942.
Algunos estudiosos sostienen que, pese a lo contradictorio de su
declaración, cabe la posibilidad de que Hoess recibiese, en junio, órdenes de
establecer en Auschwitz instalaciones de exterminio. No obstante, las pruebas
de que disponemos en torno al desarrollo de la capacidad del recinto para
llevar a cabo los homicidios durante el verano y los albores del otoño de 1941
no parecen confirmar que la transformación se iniciase a raíz de un encuentro
mantenido en junio con Himmler. Lo más probable es que Hoess recordara mal
la fecha. No es impensable que tuviesen lugar conversaciones con el
Reichsführer de la SS como la que describe, si bien debió de ser al año
siguiente, y no en 1941.
Esto no quiere decir, ni mucho menos, que Auschwitz no tuviera ninguna
implicación en el proceso homicida de aquel verano. De hecho, la expulsión
de los reclusos enfermos en respuesta al programa 14f13 y el asesinato de
comisarios soviéticos en la cantera de grava plantearon a las autoridades del
recinto un problema semejante al que hubieron de afrontar los grupos
especiales destacados en el frente oriental; a saber: la necesidad de encontrar
un método de ejecución más eficaz. Al parecer, el descubrimiento decisivo a
este respecto se produjo cuando Hoess se hallaba lejos del campo de
concentración, a finales de agosto o principios de septiembre. Fritsch, su
subordinado inmediato, encontró una nueva aplicación para la sustancia
empleada a fin de acabar con las plagas de insectos que infestaban el recinto:
ácido prúsico cristalizado (cianuro), que se comercializaba, en latas, con el
nombre de Zyklon («ciclón») Blausäure («ácido prúsico»). Fritsch llevó a
cabo, en Auschwitz, la misma transposición lógica que estaba efectuando
Widmann en Oriente: si el Zyklon B —como se conocía popularmente el
producto— resultaba útil para acabar con los piojos, ¿por qué no emplearlo
para erradicar plagas humanas?; y ya que el Bloque 11 se estaba utilizando
como lugar de ejecución en el interior del recinto y su sótano se prestaba a ser
sellado, ¿había acaso un lugar más apropiado para llevar a cabo un
experimento con aquella sustancia?
Auschwitz no era, en aquel período, el campo de concentración más
oportuno para emprender en secreto una actividad así. Entre un barracón y otro
apenas si había unos cuantos metros, y los rumores corrían por el recinto con
gran prontitud. Así que, desde un principio, todos sabían de las pruebas de
Fritsch. «Pude observar que estaban transportando, en carretillas, arena con la
que aislar las ventanas —recuerda Wilhelm Brasse—, y cierto día los vi sacar
a los más enfermos del hospital en camillas para conducirlos al Bloque 11».
Así y todo, aquel infame barracón no sólo acogió a los pacientes más graves,
sino también, como no podía ser menos, a los integrantes del otro colectivo al
que las autoridades del lugar habían dado, con anterioridad, muestras de
querer exterminar: el de comisarios bolcheviques. «Reunieron a los
prisioneros de guerra soviéticos en el sótano —declara August Kowalczyk—,
pero resultó que el gas no funcionó tan bien como se había esperado, de modo
que muchos de los reclusos seleccionados seguían vivos al día siguiente. Por
lo tanto, aumentaron la dosis: echaron más cristales».
Tras regresar al campo de concentración y recibir, de boca de Fritsch,
noticia de los experimentos, Hoess asistió a las siguientes sesiones celebradas
en el Bloque 11. «Protegido por una máscara de gas, fui testigo directo de las
ejecuciones. La muerte poblaba las celdas repletas de gente en el mismo
instante en que se introducía el Zyklon B. Todo se acababa con un grito corto y
casi apagado». Aunque los testimonios que han llegado a nosotros hacen
pensar que la muerte en aquel barracón podía distar mucho de ser instantánea,
lo cierto es que, para los nazis de Auschwitz, el uso del Zyklon B hacía menos
penoso el proceso homicida: los verdugos ya no tenían que mirar a sus
víctimas a los ojos mientras las asesinaban. Hoess escribió que se sintió
«aliviado» con el nuevo método de ajusticiamiento, que «evitaba» un «baño
de sangre» innecesario. No podía estar más equivocado: el verdadero baño de
sangre estaba a punto de producirse.
2. Ordenes e iniciativas

El 7 de abril de 1946, Rudolf Hoess fue interrogado durante los juicios de


Núremberg por el psicólogo estadounidense Gustave Gilbert.
—¿Y en ningún momento se le pasó por la cabeza —quiso saber éste—
negarse a cumplir las órdenes que le daba Himmler en relación con la llamada
«solución final»?
—No —respondió Hoess—. El adiestramiento que habíamos recibido nos
impedía contemplar siquiera la idea de desobedecer una orden, fuera ésta del
tipo que fuere… Supongo que usted no puede comprender nuestro mundo: yo
tenía que acatar las órdenes: eso es todo[82].
El comandante del campo de concentración de Auschwitz, por lo tanto, no
dudó en sumarse a las filas de soldados alemanes que, tras haber perdido la
guerra, pretendieron que el mundo pensase que habían actuado como autómatas
que seguían a ciegas cualquier instrucción recibida sin tener en cuenta sus
propios sentimientos. La verdad, sin embargo, es que Hoess distaba mucho de
ser así. De hecho, durante los últimos seis meses del año 1941 y los seis
primeros de 1942, dio muestras de un proceder por demás innovador, de modo
que, lejos de limitarse a obedecer lo que se le mandaba, se sirvió de su propia
iniciativa a fin de ayudar a incrementar la capacidad de Auschwitz para
acabar con vidas ajenas. Y no fue el único que pensó y actuó de este modo
durante tan decisivo período: hubo otros muchos nazis que se condujeron de
manera similar. En efecto, uno de los factores más importantes del desarrollo
del proceso de exterminio fue el modo como las diferentes iniciativas surgidas
de lo más bajo del escalafón ayudaron a hacerlo cada vez más radical.
Acabada la contienda, Hoess, al igual que centenares de correligionarios
suyos, trató de convencer al mundo de que la única persona que tomó
resoluciones en realidad fue Adolf Hitler. Sin embargo, la «solución final» se
convirtió en la voluntad colectiva de muchos, y para demostrarlo más allá de
toda duda basta desenmarañar el proceso de toma de decisiones que
desembocó en la deportación de los judíos alemanes durante el otoño de 1941.
La guerra contra la Unión Soviética, que había comenzado en junio de ese
mismo año, precipitó la respuesta más radical concebida hasta entonces al
«problema judío» que habían creado los propios nazis: la destrucción del
pueblo hebreo soviético mediante el fusilamiento de hombres, mujeres y niños.
Sin embargo, en un principio, los judíos del Imperio alemán y de la Europa
occidental en general quedaron, relativamente, al margen de esta carnicería.
Los nazis seguían albergando la idea de «transportarlos a Oriente» una vez
acabado el conflicto, cosa que para Hitler, Himmler y Heydrich, que seguían
manteniendo una actitud por demás optimista, debía de ocurrir en algún
momento de aquel otoño de 1941. La suerte que esperaba a aquellos judíos
después de ser llevados al Este «tras la guerra» no está del todo clara, siendo
así que no había ningún campo de concentración en el que pudiesen
albergarlos. Lo más probable es que hubieran acabado por enviarlos a campos
de trabajo situados en las regiones más inhóspitas de la Rusia dominada por
los nazis, en las que no hubiesen escapado, de todos modos, del genocidio.
Éste, además, se habría dilatado más en el tiempo que la rauda masacre que
iba a cobrar forma en las cámaras de gas de Polonia.
No obstante, aquel mes de agosto, algunos de los cabecillas nazis se
tornaron impacientes con respecto a dicho plan. Sabían que, en Oriente, se
estaba afrontando el «problema» de los judíos soviéticos con los métodos más
brutales que pudieran imaginarse, y comenzaban a preguntar por qué no podía
enviarse a los judíos alemanes al epicentro de aquella operación homicida sin
más dilación. Joseph Goebbels, ministro de Propaganda y Gauleiter de Berlín,
fue uno de los que tomó la delantera a la hora de reclamar que se deportase
allí por la fuerza a la comunidad hebraica berlinesa. En un encuentro
mantenido el 15 de agosto, Leopold Gutterer, subsecretario de su ministerio,
señaló que, de los setenta mil judíos que habitaban en la capital del Reich, tan
sólo trabajaban diecinueve mil —una situación que, claro está, habían
provocado los propios nazis al imponer toda una serie de regulaciones
restrictivas a los hebreos alemanes—. El resto debía, en su opinión,
«acarrearse a Rusia… De hecho, lo mejor sería acabar con ellos[83]». Y
cuando el propio Goebbels se reunió con Hitler el 19 de aquel mismo mes, le
presentó unos argumentos similares en favor de la rápida deportación de los
judíos de Berlín.
La mente de Goebbels se hallaba dominada por la fantástica teoría
elaborada por el nacionalsocialismo en torno al papel representado por los
judíos de Alemania durante la Primera Guerra Mundial. Según ésta, mientras
los soldados alemanes sufrían en las líneas de fuego, aquéllos se beneficiaban
del derramamiento de sangre protegidos por la seguridad que les brindaban las
grandes ciudades; cuando, de hecho, los hebreos alemanes habían muerto en el
frente, claro está, en igual proporción que sus compatriotas. Y en aquel
momento, durante el verano de 1941, era obvio que permanecían en la capital
mientras la Wehrmacht protagonizaba una encarnizada lucha en el frente
oriental: poco más podían hacer, habida cuenta de que los nazis les habían
prohibido alistarse en las fuerzas armadas. Tal como solían hacer a menudo,
los nacionalsocialistas habían creado las circunstancias que mejor
concordaban con sus prejuicios. Aun así, pese a los ruegos de Goebbels,
Hitler seguía resistiéndose a permitir la deportación de la comunidad hebrea
de Berlín: para él, la guerra tenía carácter prioritario, de modo que la cuestión
judía podía esperar. El Führer, sin embargo, sí cedió ante una de las peticiones
de su ministro de Propaganda, e intensificó de forma significativa las medidas
antisemíticas de su gobierno al permitir que se marcase a los judíos alemanes
con la estrella de David en amarillo. En los guetos de Polonia se había hecho
algo semejante desde los primeros meses del conflicto, aunque el pueblo
hebreo de Alemania había escapado hasta entonces a semejante humillación.
Lo cierto es que Goebbels no fue la única alta autoridad nazi que presionó
a Hitler, durante aquel verano y los primeros días del otoño, para que diese su
visto bueno a la deportación de los judíos alemanes. Inmediatamente después
de que Gran Bretaña bombardease Hamburgo el 15 de septiembre, Karl
Kaufmann, Gauleiter de la ciudad, decidió escribir al Führer para rogarle que
autorizara la deportación de los judíos hamburgueses a fin de habilitar
viviendas en las que alojar a los ciudadanos no judíos que habían perdido sus
hogares. A la sazón, Hitler estaba recibiendo propuestas de muy diversa
procedencia de enviar a los judíos a Oriente. Entre éstas se hallaba la de
Alfred Rosenberg, que recomendaba desterrar a los hebreos de la Europa
central a modo de venganza por la reciente deportación a Siberia de los
alemanes del Volga ordenada por Stalin. Entonces, de súbito y pocas semanas
después de asegurar que no podía trasladarse a los judíos del Reich, el Führer
cambió de opinión, de tal modo que, en septiembre, decidió permitir que
comenzasen al fin las expulsiones.
No hay que entender, de cualquier modo, este cambio de estrategia como la
acción de un dirigente indeciso que se doblega a la voluntad de sus
subordinados: la decisión de Hitler estaba determinada, en igual medida,
cuando menos, por los últimos acontecimientos de la situación militar exterior.
Él siempre había asegurado que podría deportarse a los judíos cuando la
contienda llegase a su fin, y en septiembre de 1941 estaba convencido de que
apenas habría unas semanas de diferencia si, en lugar de esperar a que acabase
el conflicto, lo hacía entonces. Kiev estaba a punto de caer, y Moscú no
parecía ir a oponer gran resistencia al ataque alemán; así es que seguía
abrigando la esperanza de que la Unión Soviética cayese antes del invierno.
Seguía pendiente, claro está, la cuestión de dónde enviar a los judíos.
Himmler propuso de inmediato una respuesta: ¿Por qué no reunirlos en guetos
con los judíos polacos? El 18 de septiembre escribió a Arthur Greiser,
Gauleiter del Warthegau, y le pidió que preparase el gueto de Łódź para que
pudiera acoger a sesenta mil judíos procedentes del «Viejo Reich». El
Reichsführer de la SS no ignoraba, sin embargo, que aquélla constituía, a lo
sumo, una solución a corto plazo tan sólo, por cuanto, tal como se apresuraron
a señalar las autoridades de la judería en cuestión, el lugar adolecía ya de una
penosa superpoblación.
Lucille Eichengreen, que contaba entonces diecisiete años, formaba parte
del primer grupo de hebreos alemanes deportado a consecuencia del cambio
de estrategia de Hitler[84]. En octubre de 1941, cuando su madre recibió una
carta certificada por la que se ordenaba a su familia que se dispusiera a
abandonar Hamburgo antes de veinticuatro horas, nadie —ni siquiera los nazis
que querían librarse de ella— pudo haber predicho lo largo y tortuoso que
resultaría su viaje a Auschwitz. Los suyos ya habían soportado no pocas
adversidades: el padre de Lucille, de nacionalidad polaca, había sido
arrestado y confinado en Dachau al inicio de la guerra. Dieciocho meses más
tarde, en febrero de 1941, tuvieron, por fin, noticias suyas. «Unos agentes de
la Gestapo se presentaron en casa con su uniforme habitual: sombrero y abrigo
y botas de cuero —declara Lucille Eichengreen—. Dejaron caer una caja de
puros sobre la mesa de la cocina y nos comunicaron: “Aquí tienen las cenizas
de Benjamin Landau [su padre]”. Nunca sabremos si lo eran de verdad o si no
se trataba más que de un puñado de cenizas tomadas del horno crematorio de
Dachau. La muerte de mi padre fue un golpe terrible para todos, y en especial
para mi madre y mi hermana pequeña, que quedó muy traumatizada». Ocho
meses después de saber del fallecimiento del cabeza de familia a manos de los
nazis, Lucille, su hermana y su madre hubieron de abandonar su hogar de
forma definitiva para dirigirse a la estación de ferrocarril. Ninguno de los
conciudadanos con los que se cruzaron en las calles de Hamburgo dio
muestras de solidarizarse con su lamentable situación. «Nos miraban con gesto
impasible —recuerda—. O soltaban un improperio, o apartaban la vista. Tal
actitud no me ofendía: me asustaba».
Uwe Storjohann, que tenía dieciséis años, fue uno de los hamburgueses que
vio pasar a los judíos de camino a la estación[85]. «Parte de la población, tal
vez un 20 por 100, acogió la medida con gran regocijo —afirma—, diciendo:
“Gracias a Dios, nos vamos a quedar sin muchas bocas inútiles que
alimentar”, o: “No son más que parásitos”, sin dejar de aplaudir. Pero la gran
mayoría evitó pronunciarse sobre lo que estaba sucediendo, y ésa fue la gran
masa de ciudadanos que, durante la posguerra, aseguraría: “No teníamos
noticia de tal cosa; no vimos nada”. Respondieron apartando la mirada». Uno
de los amigos de Uwe Storjohann era medio judío, y hubo de decir adiós a su
tía preferida y a su abuela «de un modo desgarrador». El muchacho sólo tenía
un cuarto de sangre hebrea, por lo que las autoridades le permitieron quedarse;
pero no así su tía y su abuela, judías hasta la médula. La contemplación de
estas escenas desesperadas hizo nacer en la mente de Uwe Storjohann un
pensamiento que llegó a obsesionarlo: «Era algo así como agradecer al Cielo
no haber nacido judío, no ser uno de ellos. Al fin y al cabo, nadie puede elegir
a sus padres: yo podría haber nacido hebreo igualmente, y en tal caso, me
vería en el trance de ser deportado e iría de un lado a otro con aquella estrella
prendida a la ropa. Aún hoy sigo acordándome de esa sensación… De manera
inmediata —prosigue— me venía a la cabeza la siguiente pregunta: “¿Qué le
va a ocurrir a esta gente?”. Y, por todo lo que había oído, sabía, claro está,
que no podía ser nada bueno: de un modo u otro, los estaban enviando a un
mundo terrible».
La cuestión de lo que sabían los alemanes «corrientes» acerca de la suerte
que iban a correr los judíos es una de las que más controversia han provocado.
Sin embargo, lo más seguro es que la mayor parte de ellos intuyera, como Uwe
Storjohann, que los estaban condenando a vivir en «un mundo terrible». Sabían
que no regresarían jamás, tal como hacen suponer los mercados callejeros que
se organizaron en Hamburgo a fin de vender los enseres domésticos que
habían dejado atrás las familias deportadas. Y, de igual manera, sabían que los
judíos orientales no estaban corriendo mejor suerte. Cierto informe elaborado
por el SD (el Sicherheitsdienst, servicio de inteligencia de la SS, dirigido por
Reinhard Heydrich) en Franconia, en la Alemania meridional, con fecha de
diciembre de 1942, revela que los propios nazis estaban preocupados por el
efecto que podía tener sobre la población alemana el conocimiento de los
asesinatos cometidos en Oriente. «Una de las causas más poderosas de
malestar entre los más cercanos a la Iglesia y los habitantes de las zonas
rurales —reza el documento— la constituyen, en estos momentos, las noticias
procedentes de Rusia que hablan de fusilamientos y exterminio de los judíos.
Estas provocan, a menudo, preocupación, ansiedad e inquietud en estos
sectores de la población. En las zonas rurales está muy extendida la opinión de
que tal vez no ganemos la guerra, y de que, en caso de regresar a Alemania,
los judíos nos infligirán terribles castigos en venganza[86]».
Pese a que, en general, la población era muy consciente de lo que estaba
sucediendo, fueron, sin embargo, muy pocos los que protestaron ante la
deportación de los judíos alemanes, y nadie lo hizo en Hamburgo en octubre
de 1941. Tras atravesar las calles de la ciudad, las tres Eichengreen subieron
a un ferrocarril de tercera clase con asientos de madera. Cuando éste comenzó
a moverse, Lucille pudo comprobar que el suyo era «un tren sin destino, un
tren a ninguna parte, y no sabíamos qué habíamos de esperar».
Finalmente, llegarían a Auschwitz, donde, por esas fechas, se estaba
poniendo en práctica un colosal proyecto de ampliación del establecimiento. A
tres kilómetros del campo de concentración existente se pensaba construir uno
totalmente nuevo, en una zona de terreno pantanoso que los polacos llamaban
Brzezińska, y los alemanes, Birkenau. No obstante, aun cuando Auschwitz-
Birkenau acabaría por convertirse en escenario de no pocas matanzas de
judíos, lo cierto es que no fue éste el motivo por el que fue construido, ya que
el nuevo recinto no estaba concebido para confinar a los judíos, sino a los
prisioneros de guerra.
Hoy día, la mayor parte de los historiadores coincide en que, cuando
Himmler visitó Auschwitz en marzo de 1941, ordenó a Hoess que construyese
allí un gigantesco campo de concentración para prisioneros de guerra, capaz
de albergar a cien mil hombres. Esta información se basa exclusivamente en
las memorias del máximo responsable del recinto, quien, tal como ya hemos
visto, resulta, en ocasiones, muy poco fiable en lo tocante a las fechas
ofrecidas. Si es cierto que el jefe de la SS ordenó la construcción del nuevo
centro en marzo de aquel año, queda por solventar el misterio de por qué no se
puso en marcha el proyecto de edificación hasta el mes de octubre. Entre los
documentos de los archivos rusos revelados de forma reciente existe uno que
resuelve el enigma: procede de la oficina que coordinaba las obras del
recinto, tiene fecha del 12 de septiembre de 1941 y lleva el título de «Informe
explicativo sobre el anteproyecto de construcción y expansión del campo de
concentración de Auschwitz[87]». En él se incluye una descripción detallada
del estado en que se hallaba Auschwitz I (el recinto principal) y de la
ampliación de que iba a ser objeto con el fin de hacerlo capaz de contener a
treinta mil reclusos; pero en ningún momento se menciona —ni en el texto
principal ni en los diversos documentos adjuntos— que se tuviera previsto
construir un campo de prisioneros de guerra en Birkenau. Cabe dar por
sentado, por lo tanto, que el 12 de septiembre de 1941 no existía aún ningún
plan detallado al respecto.
Otra fuente recién descubierta en los archivos rusos viene a respaldar la
tesis de que en una fecha tan tardía como la de la segunda semana de
septiembre aún no se había tomado la decisión de edificar el nuevo recinto. El
hallazgo, a principios de la década de 1990, de secciones de la agenda de
Himmler que se daban por perdidas, ha facilitado el estudio detallado de los
movimientos y las llamadas telefónicas que efectuó durante este período
decisivo[88]. Gracias a ellas puede demostrarse, por ejemplo, que el 15 de
septiembre, Himmler trató de la cuestión de los Kriegsgefangenen
(«prisioneros de guerra») con Reinhard Heydrich y Oswald Pohl, jefe de la
Oficina Central de Economía y Administración de la SS. Al encuentro siguió
una conversación telefónica con este último, al día siguiente, en la que, según
una anotación de la agenda, se habló de «100 000 rusos» de los que iría a
«hacerse cargo» el sistema de campos de concentración. El 25 de septiembre,
el departamento del OKW (el alto mando de las fuerzas armadas) que se
hallaba al cargo de los prisioneros de guerra ordenó que se transfiriesen «cien
mil presos al Reichsführer de la SS». El 26, Hans Kammler, director de la
Oficina Central de edificación de la SS, ordenó la construcción de un nuevo
recinto en Auschwitz a tal efecto.
Todos estos nuevos testimonios apuntan, en resumidas cuentas, a que la
decisión final de construir el recinto de Birkenau se adoptó en septiembre de
1941, y no en marzo. No deja de ser posible, huelga decirlo, que Himmler se
percatase de las posibilidades de aquel emplazamiento durante la visita
efectuada la primavera de aquel año, ni es impensable, incluso, que pudiese
haber comentado con Hoess la idoneidad del lugar en caso de tener que
satisfacer futuras necesidades de expansión. Cierto es que la SS desalojó las
casas de la aldea de Birkenau en julio de 1941, y transportó a sus habitantes a
otro lugar, lo que hace pensar que las autoridades de Auschwitz advirtieron la
aptitud de aquella área —si bien aquélla no fue la única población vecina que
había desocupado la organización con objeto de crear una «zona de interés» (o
área de seguridad) en torno al campo de concentración—. Ahora bien, los
documentos recién rescatados parecen indicar que lo más probable es que no
se tomase ninguna determinación concreta en torno a Birkenau hasta
septiembre, tal como se ha dicho.
La tarea de diseñar y construir el nuevo recinto recayó sobre el
Hauptsturmführer («capitán») de la SS Karl Bischoff, recién nombrado jefe
de la oficina de edificación de Auschwitz, y el arquitecto Fritz Ertl,
Rottenführer («cabo») de la SS. Un análisis del proyecto que ambos
elaboraron pone de manifiesto que, desde un principio, tenían la intención de
construir un espacio demasiado superpoblado para hacer sostenible la vida
humana. Según la idea inicial, cada barracón albergaría a quinientos cincuenta
prisioneros, lo que implicaba que cada uno de ellos dispondría de sólo un
tercio del espacio total que correspondía a cada uno de los reclusos de los
campos de concentración del «Viejo Reich», como es el caso de Dachau. Con
todo, los documentos existentes revelan que ni siquiera tal grado de densidad
bastaba para satisfacer las necesidades de los arquitectos de la SS: la cantidad
citada aparece tachada y sustituida, a mano, por una nueva cifra: 744. En
consecuencia, se esperaba que cada interno subsistiese en una cuarta parte del
espacio asignado a uno de los que estaban confinados en cualquier campo de
concentración alemán. Semejante muestra de crueldad resultaba perfectamente
aceptable a los nazis encargados del proyecto, por cuanto sabían que aquél
debía ser un campo de prisioneros especial, diseñado para encarcelar no a los
combatientes británicos o franceses que cayeran en manos de su ejército, sino
a un enemigo que consideraban infrahumano: los prisioneros de guerra
soviéticos.
Durante los siete primeros meses de la guerra contra la Unión Soviética,
los alemanes capturaron a tres millones de soldados del Ejército Rojo. En el
transcurso total del conflicto tomaron a 5,7 millones, y la cifra de los que
perdieron la vida en cautividad resulta, cuando menos, escalofriante: 3,3
millones. Tras la contienda se pretendió asegurar que tan horrible estadística
se debía a que los alemanes nunca habían imaginado que harían tantos
prisioneros ni en un lapso tan breve de tiempo, y no habían podido, en
consecuencia, elaborar los planes adecuados para velar por todos ellos. No
obstante, este pretexto apenas puede enmascarar una realidad mucho más
funesta: tal como demuestran las actas de las reuniones de planificación
económica examinadas en el primer capítulo de este volumen, se sabía
perfectamente que alimentar al ejército alemán «a expensas» de la población
soviética durante la guerra provocaría una gran hambruna en el país ocupado.
Y el proyecto de la nueva extensión de Auschwitz-Birkenau se halla en
consonancia con esta actitud, siendo así que revela la intención de situar a los
prisioneros de guerra soviéticos en un entorno que haría inevitable la muerte
de un buen número de ellos.
Siguiendo el ejemplo del recinto original de Auschwitz, se obligó a los
propios internos a construir la ampliación de Birkenau. Y en el otoño de 1941
se envió a Auschwitz, con este objeto, a diez mil prisioneros de guerra
soviéticos. El recluso polaco Kazimierz Smoleń fue testigo de su ingreso.
«Habían llegado las nieves, por extraordinario que resulte en octubre, y los
sacaron de los trenes en que los transportaban a unos tres kilómetros del
campo de concentración. Tuvieron que desprenderse de toda su ropa e
introducirse en barriles de desinfectante, y así, desnudos, los llevaron a
Auschwitz. Pocos había que no estuviesen demacrados por completo[89]». Una
vez llegados al recinto principal, los prisioneros soviéticos se convirtieron en
los primeros reclusos a los que tatuaron sus respectivos números de
identificación. Esta fue otra de las «mejoras» introducidas en Auschwitz, el
único campo de concentración del estado nazi que llegó a emplear este método
para registrar a sus prisioneros. Parece ser que la medida se adoptó a causa de
la alta tasa de mortalidad, por cuanto resultaba más sencillo determinar la
identidad de un cadáver a partir de un número tatuado que por medio de un
disco colgado del cuello, que podía desprenderse con relativa facilidad. En un
principio, no se colocaban en el brazo de los presos, sino en el pecho,
punzándolo con largas agujas fijadas a una placa metálica antes de rellenar de
tinta las heridas. Según pudo comprobar Kazimierz Smoleń, muchos de los
internos soviéticos no podían soportar tan brutal procedimiento inicial.
«Tenían dificultades para moverse —asegura—, y cuando les estampaban el
sello, se desplomaban. Para que no cayeran, los tenían que poner contra la
pared».
De los diez mil prisioneros soviéticos que comenzaron la construcción de
Birkenau aquel otoño, apenas permanecían con vida unos centenares llegada la
primavera. Uno de los supervivientes que logró sobreponerse a las terribles
adversidades fue el soldado del Ejército Rojo Pável Stenkin[90]. Cayó en
manos de los alemanes el 22 de junio de 1941, cuando aún no habían
transcurrido dos horas desde el inicio del conflicto. En un primer momento lo
recluyeron en un gigantesco campo de prisioneros de guerra situado tras las
líneas alemanas, en el que permanecían, confinados como animales y
alimentados con sopa aguada, miles de camaradas suyos. Cuando éstos
comenzaron a morir a causa de la inanición, él sobrevivió, según sostiene,
porque estaba acostumbrado a tales condiciones: en efecto, dice ser un hombre
«famélico de nacimiento» por haberse criado en una granja colectiva soviética
en la década de 1930. Stenkin llegó a Auschwitz en uno de los primeros
convoyes de octubre de 1941, y enseguida hubo de ponerse a construir
barracones de ladrillo en el nuevo emplazamiento. «El tiempo de vida media
de un prisionero [soviético] en Birkenau era de dos semanas —asegura—.
Devorábamos todo lo que podíamos llevarnos a la boca: patatas crudas, por
ejemplo, estuviesen limpias o sucias: daba igual; de hecho, no teníamos dónde
lavarlas. Cuando llegaba la hora de levantarse por la mañana, los que seguían
con vida comenzaban a moverse y descubrían a su alrededor dos o tres
cadáveres. Te metes en la cama vivo… y por la mañana estás muerto. Allí no
había más que muerte, muerte, muerte: muerte por la noche, muerte por la
mañana, muerte por la tarde… La muerte estaba presente en todo momento».
Como quiera que los presos soviéticos habían sido registrados al llegar al
campo de concentración con un número de prisionero, las autoridades de
Auschwitz hubieron de arrostrar el problema de cómo explicar en el
Totenbuch («libro de defunciones») tantos miles de fallecimientos. La
solución consistió en inventar toda una serie de afecciones que las justificasen.
Así, por ejemplo, seiscientas de las muertes aparecen registradas como
debidas a «ataques al corazón[91]». (Más tarde, con la llegada de los judíos, se
solventaría este inconveniente por el sencillo método de no registrar a la
inmensa mayoría de los seleccionados para su ejecución inmediata).
«Los consideraban la categoría más ínfima de entre los seres humanos —
afirma Kazimierz Smoleń, que trabajó codo a codo con los prisioneros de
guerra de Birkenau—. Los de la SS los golpeaban y hostigaban más que a
ningún otro preso. Había que exterminarlos, y ellos caían como moscas». Tan
terribles eran las condiciones de vida a las que se veían sometidos, que
Rudolf Hoess llegó a presenciar actos de canibalismo. «Yo mismo —escribe
— me topé con un ruso tumbado entre montones de ladrillos al que habían
rasgado el tronco para arrancarle el hígado. Eran capaces de matarse a golpes
entre ellos por obtener comida[92]». Las memorias del responsable del recinto
recogen no pocos ejemplos del sufrimiento de estos reclusos, aunque en ningún
momento ofrecen ninguna explicación de por qué se hallaban reducidos a tal
estado. El hecho de que él y sus camaradas de la SS fueran responsables de la
muerte, en tan sólo medio año, de más de nueve mil de los diez mil que
entraron parece haber pasado inadvertido a quien las escribió. No existe la
menor duda de por qué Hoess no siente culpabilidad alguna al respecto:
porque, al comportarse como «animales», los prisioneros de guerra soviéticos
no estaban haciendo sino actuar como había predicho la propaganda nazi que
lo harían. Sus vaticinios habían logrado crear las condiciones que
desembocarían en el cumplimiento de éstos.
Pável Stenkin albergaba una sola esperanza mientras trabajaba en
Birkenau, enfermo y muerto de hambre, observando cómo morían los
camaradas que lo rodeaban: no le cabía la menor duda de que iba a morir,
pero quería «morir libre. Ése era mi sueño: que me acribillen a tiros, pero en
libertad». Esto fue lo que lo llevó a elaborar un plan de fuga con un puñado de
compañeros, aun a sabiendas de que tenían muy pocas posibilidades de salir
con vida del intento. En realidad, el plan no podía ser más simple: cierto día
de la primavera de 1942 los enviaron a ir a buscar el cadáver de otro
soviético que yacía a poquísima distancia de la parte externa del perímetro del
recinto. Tras atravesar la alambrada que lo rodeaba, gritaron: «¡Hurra!», y
echaron a correr en diferentes direcciones. La momentánea confusión que
produjo esta acción a los guardias apostados en las atalayas les impidió
apuntar con sus ametralladoras antes de que los evadidos hubiesen alcanzado
la seguridad que les ofrecía el bosque que se extendía en las inmediaciones.
Muchos meses después, tras no pocas andanzas, Pável Stenkin llegó, por fin, a
la zona soviética, donde, tal como tendremos oportunidad de ver en el capítulo
6, pudo comprobar que su sufrimiento aún no había acabado.
En octubre de 1941, los arquitectos de Auschwitz diseñaron también un
nuevo horno crematorio con el que sustituir al que existía en el recinto
principal. Las investigaciones recientes dan a entender que la incorporación en
los planos de un sistema de ventilación que expelía al exterior el aire viciado
para reemplazarlo por aire fresco, de un lado, y la ocultación de los conductos
de ventilación, del otro, implican que estaba diseñado con el fin de que
pudiera hacer, también, las veces de cámara de gas[93]. No faltan, sin embargo,
estudiosos que ponen en duda esta teoría, respaldados en la ausencia de
cualquier dispositivo que permitiera la introducción de Zyklon B en el
edificio. Con todo, aun suponiendo que los dirigentes de la SS pretendiesen
que la nueva incineradora fuese capaz de desempeñar las mismas funciones
que la antigua —que pocas semanas antes había servido para llevar a cabo, de
forma limitada, experimentos con Zyklon B semejantes a los que se habían
efectuado en el Bloque 11—, no existen indicios de que, en esta fase,
Auschwitz estuviese preparándose para ampliar de forma considerable su
capacidad de exterminio.
Aquel mes de octubre, mientras los arquitectos de la SS trazaban sus
planos y los prisioneros soviéticos comenzaban la construcción de Birkenau,
Lucille Eichengreen y los otros judíos de Hamburgo llegaron a la ciudad de
Łódź, situada en la región central de Polonia, que constituía la primera parada
de su largo viaje a Auschwitz. Lo que contemplaron aquel primer día en el
gueto los conmovió: «Vimos correr aguas residuales por las cañerías —
recuerda Lucille—; vimos viejas casas en ruinas; vimos un lugar que parecía
un barrio bajo (no conocíamos ninguno, pero estábamos seguras de que tenía
que ser así). Vimos gente en el gueto, cansada, ojerosa…; nadie nos prestó la
menor atención. No sabíamos a qué clase de lugar nos habían llevado:
simplemente, no le encontrábamos sentido alguno».
A su llegada al gueto de Łódź, el barrio llevaba dieciocho meses aislado
del exterior. El hambre y las enfermedades habían diezmado ya su población,
que se reduciría en más de un 20 por 100 en el transcurso de su historia. Las
condiciones de vida eran espeluznantes, dado que, en una área de cuatro
kilómetros cuadrados, habían obligado a convivir a ciento sesenta y cuatro mil
judíos[94].
En un principio, los nazis habían confinado a los hebreos de Łódź en el
gueto sin medio alguno de ganar dinero con el que comprar alimentos. Arthur
Greiser, que se hallaba al mando de la región, pretendía de este modo
obligarlos a renunciar a sus objetos de valor ante la amenaza de inanición.
Sobrevivir en tales circunstancias exigía cierta dosis de ingenio. Jacob
Zylberstein, uno de los primeros hebreos de Łódź que sufrieron pena de
cárcel, negociaba con los polacos que vivían en la zona colindante de la
ciudad[95]. Hizo un trato con un hombre que accedió a lanzarle un paquete con
pan por encima de la alambrada que rodeaba a la judería. Jacob se comió la
mitad del pan, vendió el resto y entregó las ganancias al polaco, que obtuvo
así unos beneficios considerables. «Nos estuvo ayudando durante dos meses…
Luego lo cogieron y lo mataron; pero dos meses eran entonces mucho tiempo».
Otros trocaban anillos de diamantes u otras joyas por alimentos, y de resultas
de este comercio, los polacos y emigrantes de estirpe germánica que vivían al
otro lado de la cerca tuvieron la oportunidad de amasar verdaderas fortunas.
«Si podía conseguir por cien marcos algo que, en realidad, costaba cinco mil,
habría sido estúpido si no lo hubiera comprado —declara Egon Zielke,
ciudadano de origen germánico que confiesa haber logrado pingües ganancias
tratando con los habitantes del gueto—. Ellos no podían darle bocados a un
anillo, pero si lograban canjearlo por una pieza de pan, podían subsistir un día
o dos más. Uno no tiene por qué ser un hombre de negocios: la vida es así[96]».
Llegado el mes de agosto de 1940, se hizo evidente para los nazis que los
judíos confinados en el gueto de Łódź no podían «acaparar» más bienes, toda
vez que habían comenzado a morir de hambre. Las autoridades locales, que,
como era costumbre entre los nacionalsocialistas, habían hecho planes tan sólo
a corto plazo, no estaban preparadas para afrontar esta inevitable crisis. Se
encontraron, entonces, con que habían de decidir entre dejar que los judíos
muriesen de inanición o permitir que trabajaran. Hans Biebow, director
alemán de la administración del gueto, estaba a favor de esta segunda opción,
en tanto que su subordinado inmediato, Alexander Palfinger, pensaba —
haciendo caso omiso de los numerosos indicios que parecían demostrar todo
lo contrario— que los habitantes del gueto podían seguir reuniendo dinero y
que, en consecuencia, debía negárseles todo alimento. Si no estaba en lo cierto
y se habían quedado sin medios para conseguir su propio sustento, «debería
sernos totalmente indiferente la rápida extinción de todos los judíos[97]».
La opinión de Biebow acabó por prevalecer, de suerte que se creó, en el
interior del gueto, cierto número de talleres que, con el tiempo, llegó casi a la
centena. La mayoría se dedicó a la producción textil. Quienes tenían trabajo
recibían más alimentos que los que no lo tenían, con lo que se estableció —
antes incluso de que se hiciera común entre los miembros de la administración
nacionalsocialista— el principio que distinguía de forma estricta a aquellos
judíos que los alemanes consideraban «productivos» de aquellos de los que se
pensaba que eran «bocas inútiles» que alimentar. Los nazis concedieron al
Ältestenrat («consejo de ancianos») judío del gueto de Łódź, presidido por
Mordechaj Chaim Rumkowski, una libertad considerable en lo tocante a la
administración del lugar. Esta institución se encargaba de organizar las
fábricas, la distribución de los alimentos, la policía del gueto y otros muchos
servicios. Lo cierto es que el desempeño de estas funciones no contribuyó a
aumentar, precisamente, la popularidad de sus integrantes entre el resto de
judíos del barrio. «Disfrutaban de raciones especiales —asegura Jacob
Zylberstein—, frecuentaban tiendas exclusivas y podían elegir los mejores
alimentos, con lo que podían permitirse vivir con cierta comodidad. A mí me
irritaba muchísimo que cierta parte selecta del gueto recibiese [este
tratamiento] y a los demás se nos desatendiera».
Éste fue el mundo que entraron a habitar Lucille Eichengreen, su hermana y
su madre en octubre de 1941: un lugar superpoblado y azotado por las
enfermedades en el que la mayoría pasaba hambre y algunos vivían mucho
mejor que otros. Los judíos alemanes que ingresaban en el gueto —cuya
llegada, amén de tardía, pecaba de no deseada— se vieron obligados a vivir
dondequiera que encontrasen un lugar disponible. «Teníamos que dormir en el
suelo de una aula —recuerda Lucille—. No había siquiera un catre, paja ni
nada por el estilo. Una vez al día nos daban sopa y un pedazo de pan». Cuando
trae a la memoria la llegada de los hebreos alemanes, Jacob Zylberstein
asegura: «Saltaba a la vista que estaban muy deprimidos. Supongo que se
debía a que se habían acostumbrado a mirar a los judíos polacos por encima
del hombro, pues nos consideraban de una categoría mucho más baja que la
suya. Y de la noche a la mañana, se encontraron con que habían ido a caer al
mismo nivel que nosotros, si no a uno inferior, ya que no eran capaces de vivir
en las condiciones en que subsistíamos nosotros».
Los judíos alemanes comenzaron a vender sus pertenencias a sus
correligionarios polacos a fin de poder adquirir raciones extraordinarias de
comida o vivir en mejores condiciones. Lucille Eichengreen tuvo mucha
suerte, pues, al ser de ascendencia polaca, su familia pudo negociar con mayor
facilidad. «Mi madre trocó una blusa de seda por mantequilla y pan, y apenas
hubo de esforzarse, porque hablaba el idioma de la gente de allí. Pocas
semanas después, yo misma cambié un monedero de piel a una mujer que
quería comerciar con pan. Resultaba patético mirar a los vendedores y
compararlos con los compradores. Éstos estaban harapientos, en tanto que
nosotros, en comparación, parecíamos aún gente adinerada: seguíamos
vestidos como occidentales y no estábamos tan famélicos como los de allí. No
era extraño que alguno de ellos viniera a vernos a la escuela en que nos
alojábamos para decirnos: “Tengo una habitación libre; si queréis dormir en
cama una noche, podéis hacerlo por una rebanada de pan o algo de dinero
alemán. Así os libraréis de dormir en la escuela por un día”. Se hacía todo
tipo de ofertas».
Los judíos alemanes no tardaron en darse cuenta de que apenas tendrían
posibilidades de sobrevivir si no conseguían trabajo en el gueto. Sin embargo,
no era fácil obtenerlo, y las fricciones existentes entre ellos y los hebreos
polacos no mejoraba, precisamente, la situación. «Los primeros [alemanes]
que llegaron al gueto se mostraron muy críticos con el modo como se hacían
allí las cosas —declara Lucille—, de modo que no resultaba difícil oír
comentarios como: “Esto es irregular… esto no es correcto… vamos a tener
que enseñarles…”. Uno no puede llegar a casa de otra persona y cambiar los
muebles de sitio; sin embargo, eso era lo que estaban tratando de hacer». Así y
todo, el mayor problema al que se enfrentaban los judíos llegados de
Alemania era la falta de «contactos» en el gueto. «Se trataba, en esencia, de un
sistema bastante corrupto —prosigue Lucille—: si tú me ayudas, yo te ayudo.
Y los forasteros no tenían derecho a participar. Cuando traté de encontrar
trabajo para mi hermana en la fábrica de sombreros, me resultó poco menos
que imposible, porque quienes la dirigían me preguntaban: “¿Y qué voy a
obtener yo a cambio?”. En el gueto había que pagar por todo, de un modo u
otro. Y los precios eran muy altos: no había nada barato. Pero, al cabo, eso era
lo que había hecho a los seres humanos la vida en aquel barrio aislado. Dudo
mucho de que fuesen así antes de la guerra. Yo tenía diecisiete años, y estaba
horrorizada por completo».
Por otra parte, si la llegada de los judíos alemanes había sido acogida con
resentimiento por la población del gueto, el enojo mostrado por los jerarcas
nazis del Warthegau no le quedó en zaga. Las protestas habían surgido en el
preciso instante en que Himmler propuso la deportación a Łódź de sesenta mil
judíos procedentes del «Viejo Reich», y a causa de ellas, la cifra se redujo
finalmente a veinte mil judíos y cinco mil gitanos. Sin embargo, tal afluencia
no estuvo exenta de problemas de relieve para el Gauleiter Arthur Greiser,
quien trató de buscar, junto con Wilhelm Koppe, alto dirigente de la SS y
comandante de la policía de la región, una solución a la masificación del
gueto. Apenas resulta sorprendente —habida cuenta de que, desde el verano
de 1941, la respuesta preferida a este tipo de crisis en la Europa oriental había
sido siempre el asesinato— que sus conversaciones acabaran por tratar sobre
diversos métodos de exterminio. A tal efecto, solicitaron los servicios del
capitán de la SS Herbert Lange, que había comandado una unidad especial
encargada de acabar con los discapacitados de Prusia Oriental y la región
circundante. Para algunas de sus ejecuciones, él y sus hombres se habían
servido de una «camioneta de gas», dotada de un compartimento trasero
herméticamente cerrado en el que se introducía monóxido de carbono
embotellado, y el sistema pareció a los nazis del lugar la respuesta más
apropiada a la repentina superpoblación del gueto de Łódź.
Según su chófer de la SS, Walter Burmeister, Lange dio, a finales de aquel
otoño, con un lugar adecuado para sus camionetas en el Warthegau. «Quiero
que quede claro desde el principio —le hizo saber su superior— que es
imprescindible mantener esto en el mayor de los secretos. Tengo órdenes de
crear un comando especial en Chełmno. Se nos va a unir personal de Posen y
de la policía estatal de Litzmannstadt [nombre alemán de Łódź]. Tenemos por
delante una labor difícil, pero de gran importancia[98]». En la aldea de
Chełmno, sita a unos ochenta kilómetros al noroeste de Łódź, Lange y su
equipo equiparon una casa de campo —el Schloss, o «castillo»— para llevar
a cabo aquella «labor difícil, pero de gran importancia» que era el asesinato
múltiple. Esta población, y no Auschwitz, estaba a punto de convertirse en el
primer lugar destinado a acabar con los judíos seleccionados del gueto de
Łódź.
Sin embargo, las de Chełmno no eran las únicas instalaciones de
exterminio que se hallaban en construcción hacia finales de 1941. El 1 de
noviembre se empezó a trabajar en un campo de concentración situado en
Bełżec, ciudad del distrito de Lublinia, en la zona oriental de Polonia. La
mayor parte del personal de este recinto, incluido su comandante, el capitán de
la SS Christian Wirth, procedía del programa de eutanasia para adultos. Todo
hace pensar, dada su localización en una zona remota del Gobierno General,
que este centro fue concebido con la intención de asesinar a los judíos
«improductivos» de los alrededores, igual que sucedió con Chełmno. Sin
embargo, a diferencia de este último, el de Bełżec fue el primer campo de
concentración proyectado desde el principio para que dispusiese de cámaras
de gas conectadas a motores que producían monóxido de carbono, sistema que
se derivaba de forma lógica de los experimentos dirigidos por Widmann en
Rusia en septiembre de 1941.
Mientras tanto, la deportación de judíos del «Viejo Reich» no había
cesado. Entre octubre de 1941 y febrero del año siguiente se trasladó a un total
de cincuenta y ocho mil personas, que fueron a parar a toda una variedad de
destinos en la Europa oriental, incluido el gueto de Łódź. Dondequiera que
llegasen, las autoridades nazis del lugar se veían obligadas a improvisar una
solución para ocuparse de ellos, ya a instancia de Berlín, ya por propia
iniciativa. Minsk recibió a unos siete mil judíos provenientes de Hamburgo,
que pudieron refugiarse en una parte del gueto que las autoridades acababan
de despejar a tal efecto —fusilando a los casi doce mil hebreos soviéticos
alojados allí—. Por su parte, los judíos de Múnich, Berlín, Fráncfort y otras
ciudades alemanas tuvieron por destino la ciudad lituana de Kaunas, en la que
los integrantes del Einsatzkommando 3 se encargaron de ejecutar a cinco mil
de ellos. Fueron los primeros alemanes asesinados nada más llegar tras ser
deportados al Este. De Berlín salieron, asimismo, otros deportados en
dirección a Riga (Letonia) el 30 de noviembre, para ser también eliminados en
el preciso instante de su llegada. Sin embargo, esta operación se llevó a
término contra la voluntad de Himmler, que había telefoneado a Heydrich para
decirle: «Llega un grupo de Berlín; que no lo liquiden». Friedrich Jeckeln, el
comandante de la SS que ordenó el ajusticiamiento, recibió, con posterioridad,
una amonestación por parte del Reichsführer.
Tal como ponen de relieve los acontecimientos arriba expuestos, durante el
otoño de 1941 apenas puede hablarse de coherencia estratégica en lo tocante a
la suerte destinada a los judíos del Reich. Y así, en tanto que protestó por los
asesinatos de Riga, Himmler no tuvo nada que objetar con respecto a los de
Kaunas. Sea como fuere, lo cierto es que, pese a estos indicios
contradictorios, no faltan los que apuntan a que la decisión de enviar a Oriente
a los judíos del Reich constituyó un momento decisivo en esta historia. En
octubre, durante una conversación de sobremesa mantenida después de la
cena, Hitler señaló: «Nadie me podrá decir que no podemos mandarlos a la
ciénaga. ¿Quién, si no, se preocupa de nuestro pueblo? No es mala idea dejar
que el temor a que estemos exterminando a los judíos vaya por delante de
nosotros[99]». Y es evidente que los dirigentes nazis estaban discutiendo, aquel
otoño, en torno a la posibilidad de enviar al Este a todos y cada uno de los
judíos que se hallaban bajo dominio alemán. En Francia, Reinhard Heydrich
justificó la quema de sinagogas parisinas arguyendo que sólo había dado su
aprobación a tal acto «una vez que las más altas autoridades han identificado
de un modo indiscutible a los judíos como los responsables de haber
incendiado Europa y han determinado que deben desaparecer del
continente[100]». Aquel mismo mes de noviembre de 1941, el Führer aseguró al
gran muftí de Jerusalén, que se encontraba en Berlín, que quería destruir a
todos los judíos, incluidos los que no estaban bajo control alemán[101].
La decisión de deportar a los judíos del Reich tomada por Hitler había
dado origen a una cadena de causalidades que acabaría por desembocar en su
aniquilación. En la Unión Soviética, los pelotones de exterminio ya estaban
fusilando a hombres, mujeres y niños judíos. ¿Qué pensaba el Führer que iba a
suceder a la población hebrea del Reich si la enviaba a la misma zona?
Asesinar a los judíos de las regiones conquistadas a fin de hacer sitio para
alojar a los que llegasen del Reich, por un lado, y acabar también con la vida
de estos últimos, por el otro, eran dos actos separados por una línea divisoria
que ya desde el principio resultaba muy delgada, tal como demostró la
actuación de Jeckeln en Riga, y que se tornó más difusa todavía para la cúpula
nazi del Gobierno General una vez avanzada la guerra y sometida Galitzia,
región situada en el extremo oriental de Polonia, contigua a las zonas de la
Unión Soviética castigadas por los pelotones de exterminio. Como quiera que
el grupo especial de operaciones había pasado semanas asesinando a la
comunidad hebraica de Galitzia, a las autoridades locales les iba a resultar
muy difícil hacer valer la teoría de que los judíos podían ser fusilados en una
parte del Gobierno General y no en otra.
Nada de esto, sin embargo, significa que Hitler y los demás dirigentes
nazis hubiesen tomado, en otoño de 1941, la firme decisión de asesinar a todos
los judíos de las zonas sometidas a Alemania. En primer lugar, aún no existían
los medios suficientes para permitir la comisión de un crimen de tal magnitud.
Las únicas instalaciones diseñadas a tal efecto que se hallaban en construcción
en noviembre de aquel año eran un dispositivo de camioneta de gas en
Chełmno y una pequeña cámara de gas en Bełżec. Sobre esta fecha se encargó
también a cierta compañía germana la construcción de un gran horno
crematorio de treinta y dos nichos en Moguiliov (Bielorrusia), iniciativa en la
que algunos ven una prueba evidente de la intención —nunca llevada a cabo—
de construir otro centro de exterminio bien entrado en Oriente. Sin embargo,
todo esto puede explicarse, asimismo, como producto del deseo de las
autoridades locales de contar con la capacidad, bien de asesinar a los judíos
autóctonos a fin de habilitar un espacio para los llegados del Reich, bien de
acabar con la vida de los judíos a su cargo incapaces de trabajar, quienes, en
su opinión, habían dejado de serles «útiles». Lo más relevante, en este sentido,
es que, en otoño de 1941, no había plan alguno de aumentar la capacidad
genocida del campo de concentración de Auschwitz. Es cierto que se estaba
diseñando una nueva incineradora, pero también lo es que estaba destinada,
sin más, a sustituir a la que ya existía en el recinto principal.
Esta confusión acabó por desvanecerse, con desastrosas consecuencias
para los judíos y la suerte que habrían de correr, de resultas de una serie de
acontecimientos ocurridos en uno de los lugares del mundo más alejados de
allí que pudieran imaginarse. El 7 de diciembre de 1941, los japoneses
bombardearon Pearl Harbor, y el 11 de diciembre, a fuer de aliada de Japón,
Alemania declaró la guerra a Estados Unidos. Para Hitler, todo esto no era
sino una «prueba irrefutable» de que los hebreos de todo el planeta se habían
unido para organizar un conflicto internacional, y en cierta emisión radiofónica
dirigida al pueblo germano a raíz de la ruptura de las hostilidades, aseveró de
forma explícita que «los judíos» estaban manipulando al presidente Roosevelt
del mismo modo como habían estado haciendo con su otro gran enemigo, Iosiv
Stalin.
El Führer fue aún más lejos durante un discurso pronunciado al día
siguiente ante los Gauleiter y los Reichsleiter de la cúpula nazi. En él, vinculó
el estallido de aquel conflicto al vaticinio que había realizado en el Reichstag
el 30 de enero de 1939, cuando advirtió que, «si los judíos lograban provocar
una guerra mundial», no encontrarían más respuesta que la «exterminación de
los judíos de Europa». El día 13 de diciembre, el ministro de Propaganda,
Joseph Goebbels, escribió en su diario: «Por lo que respecta a la cuestión
judía, el Führer está resuelto a solucionarla de un plumazo. Previno a los
judíos, con don profético, de que, si volvían a propiciar una guerra mundial,
acabarían asistiendo a su propio exterminio. No era una afirmación huera: la
guerra mundial ya se ha desencadenado, y la exterminación de los judíos va a
convertirse en su ineludible consecuencia. Es algo que hay que aceptar sin
sentimentalismos».
Aquella semana, todos parecían hablar de exterminio, tal como demuestra
la alocución que hizo Hans Frank, miembro del Gobierno General, ante los
jefes nazis en Cracovia, el 16 de diciembre: «A ley de viejo
nacionalsocialista, he de decir que, si el clan judío sobreviviese al conflicto
europeo mientras nosotros sacrificamos nuestra sangre más valiosa en la
defensa del continente, esta guerra no representaría más que un éxito a medias.
En lo tocante a los judíos no pienso actuar, por esta razón, sino dando por
hecho que van a desaparecer… Debemos exterminar a todo aquel judío que se
cruce en nuestro camino[102]». Frank, que había asistido a la arenga del día 12,
añadió también que, «en Berlín», le habían dicho que él y los que eran como él
tenían el deber de «liquidar a los judíos… en persona».
El hallazgo de la agenda de Himmler en la década de 1990 ofrece otra
vinculación tentadora con Hitler durante un período tan determinante como el
que nos ocupa. El 18 de diciembre, tras reunirse en privado con el Führer,
aquél anotó: «Cuestión judía: exterminarlos [auszurotten] como a
guerrilleros[103]». La referencia a los partisanos formaba parte de la lengua
críptica que permitía presentar los asesinatos de miembros de la comunidad
hebrea como una labor necesaria para la seguridad en la Europa oriental.
Pese a que jamás se ha encontrado un documento suscrito por Hitler que
pueda relacionarlo con una orden directa de poner en práctica la «solución
final», los testimonios arriba expuestos demuestran, más allá de toda duda
razonable, que, aquel mes de diciembre, instigó y dirigió la intensificación de
los actos perpetrados contra el pueblo judío. Lo más probable es que, aun sin
el acicate que supuso la entrada de Estados Unidos en la guerra, las
deportaciones de los judíos del Reich a los países del Este —que respondían
a órdenes directas del Führer— hubiesen desembocado en su destrucción. La
rabia y la frustración que produjo a Hitler el contraataque efectuado por el
Ejército Rojo a las puertas de Moscú el 5 de diciembre debió de haberlo
predispuesto a desahogarse con el pueblo hebreo; pero lo ocurrido en Pearl
Harbor acabó de determinar sus intenciones homicidas. En ese momento se
desvaneció, entre los dirigentes nazis, cualquier pretensión de limitarse a
deportar a los judíos y confinarlos en campos de concentración del Este
europeo: de un modo u otro, los hebreos estaban abocados al exterminio.
El día que siguió al del ataque de Pearl Harbor constituyó un nuevo
momento decisivo en la ejecución de la «solución final». El 8 de diciembre,
en efecto, llegó a Chełmno el primer grupo de prisioneros condenados a morir
por asfixia: judíos de Koło, Dąbie, Kłodawa y otras localidades de la región
circundante, transportados en camiones al campo de concentración (más tarde
llegarían en tren a la estación vecina de Powiercie). Los llevaron al espacioso
edificio situado en el centro de la aldea (el Schloss) y les ordenaron
desnudarse para poder proceder a su «desinfección». Acto seguido, los
condujeron al sótano, y tras ser obligados a recorrer un pasadizo y subir una
rampa de madera, se encontraron en lo que parecía una cámara oscura estanca.
De hecho, el lugar en el que se hallaban encerrados no era sino la parte trasera
de una camioneta.
En un primer momento, las camionetas de gas de Chełmno eran idénticas a
las que habían empleado, durante el año anterior, los encargados del programa
de eutanasia para adultos, que empleaban monóxido de carbono embotellado
para asesinar a las personas apresadas en el compartimento sellado habilitado
en la parte de atrás. Sin embargo, unas semanas más tarde llegaron a Chełmno
nuevos vehículos que hacían uso del gas arrojado por sus propios tubos de
escape para acabar con la vida de quienes se encontraban en su interior. Como
quiera que las ejecuciones se estaban efectuando en la misma aldea y las
camionetas se hallaban estacionadas en el patio del Schloss, resultaba
imposible mantener en secreto lo que estaba sucediendo. Zofia Szalek, que, a
la edad de once años, trabajaba y jugaba a pocos metros del lugar en que se
estaban perpetrando aquellos crímenes, fue testigo de algunas de las primeras
llegadas[104]. «Les propinaban [a los judíos] golpes terribles —declara—.
Llegaron en invierno, calzados con zuecos de madera… Aquí se desvestían:
había una montaña gigantesca hecha con sus ropas… Una vez desnudos, los
metían a empujones en los camiones. ¡Se formaba un griterío tremendo!
Aquellos alaridos daban pavor: era imposible soportarlos. Una vez llevaron
niños, y los pequeños no dejaban de chillar. Mi madre los oyó, y dice que
gritaban: “¡Mamá, sálvame!”».
Una vez asfixiados los judíos que habían llegado al Schloss, las
camionetas se dirigían al bosque de Rzuwowski, a poco más de tres
kilómetros de distancia. «Cuando vi que se iba me dije: “¡Por fin se aleja el
infierno!” —recuerda Zofia Szalek—. Yo estaba cuidando de las vacas al lado
de la carretera, por lo que era imposible que no viese la camioneta». Una vez
en el bosque, se descargaban los vehículos y se enterraban los cadáveres. Los
encargados de hacerlo eran judíos a quienes se obligaba a llevar a cabo estas
labores. Al caer la tarde habían de regresar al Schloss, donde los encerraban
durante toda la noche. Pasadas unas semanas, seguían la suerte del resto de sus
correligionarios y eran reemplazados por otros seleccionados de entre los
recién llegados.
No hubo de pasar mucho para que aquella arboleda se convirtiera en un
lugar espeluznante por lo insalubre, tal como pudo comprobar Zofia por
mediación de uno de los alemanes que componían el Waldkommando
(«destacamento del bosque»), unidad encargada de supervisar la eliminación
de los cadáveres. «Estaba alojado en nuestra casa, y siempre me llamaba para
ordenarme: “¡Límpiame los zapatos!”, y preguntarme después: “Apestan,
¿verdad?”. “Sí”, contestaba yo, porque aquel hedor era penetrante. Estaba
claro que los cuerpos se estaban descomponiendo. Desprendían un olor
horrible. Los habían enterrado en fosas, pero, con el calor, estaban empezando
a fermentar».
Kurt Moebius, encausado tras la contienda por crímenes de guerra, era uno
de los guardias alemanes que prestaban servicio en Chełmno. La declaración
de él obtenida en el presidio de Aquisgrán, en noviembre de 1961, ofreció una
idea de cuál era la mentalidad de los verdugos nazis durante su participación
en los asesinatos: «El capitán Lange nos hizo saber que las órdenes de
exterminar a los judíos procedían de Hitler y Himmler, y en calidad de
oficiales de policía, nos habían adiestrado para acatar cualquier instrucción
procedente del gobierno, que debíamos considerar legítima y correcta… En
aquel momento, yo estaba convencido de que los judíos no eran inocentes. A
fuerza de propaganda, nos habían inducido a pensar que eran criminales,
infrahombres que habían propiciado la decadencia sufrida por Alemania tras
la Primera Guerra Mundial[105]».
La principal razón por la que se estableció el campo de concentración de
Chełmno fue la necesidad de asesinar a los judíos del gueto de Łódź que se
consideraba que habían dejado de ser productivos, y el primer cargamento que
salió de la ciudad en dirección al nuevo centro de exterminio lo hizo el 16 de
enero de 1942. Lucille Eichengreen, que llevaba ya tres meses viviendo en la
citada judería, sintetiza con estas palabras el estado de ánimo general de los
confinados: «No queríamos salir de allí. Nos figurábamos que el sufrimiento
conocido era mejor que el aún por conocer». La vida en el gueto, que ya era
lamentable, se tornó aún más difícil de sobrellevar a causa de la ansiedad
añadida que suponía la «selección» de los deportados.
En cuanto primer centro de exterminio de judíos instituido en el estado
nacionalsocialista, Chełmno constituía un peldaño más de la escalera que
llevaba a la «solución final». Ahora bien, si pudo hacerse operativo con tanta
celeridad fue sólo gracias a la apresurada transformación de un caserío como
base para la matanza, y al método, ya existente, de las camionetas de gas. Por
lo tanto, era intrínsecamente ineficaz desde el punto de vista de los asesinos
nazis: ni podían mantenerse en secreto las operaciones ni había modo
aceptable de deshacerse de los cadáveres. No obstante, estas
«imperfecciones» quedarían solventadas cuando se inaugurase el nuevo campo
de exterminio de Bełżec, cuya construcción ya habían acometido.
Entre tanto, el 20 de enero, cuatro días después de la primera salida hacia
Chełmno de judíos procedentes del gueto de Łódź, se celebró una reunión en
la villa de que disponía la SS a la orilla del lago Wannsee, en las
inmediaciones de Berlín. El acontecimiento en cuestión es hoy tristemente
célebre por considerarse el acto más importante de toda la historia de la
«solución final», si bien dista mucho de merecer tal distinción. El encargado
de convocar aquel encuentro fue Reinhard Heydrich, que citó a una serie de
altos cargos del gobierno a tomar parte en un debate en torno a la cuestión
judía. Junto con cada invitación, envió anexa una copia de la autorización que
le había firmado Goering el 31 de julio de 1941 a fin de que pusiera en
práctica la «solución final» (si bien, tal como tuvimos oportunidad de ver en
el capítulo 1, resulta por demás improbable que el significado que tenía la
expresión en julio de 1941 fuese el mismo que habría adquirido llegado enero
de 1942). Dado que la reunión comenzaba a mediodía, el escrito también
anunciaba que se ofrecería un «refrigerio». La dirección consignada en la
invitación era: «Am Großen Wannsee 56-58». Se trataba de una finca
empleada en otro tiempo por la Interpol, la organización que coordinaba la
actividad policial internacional. No está de más recordar que los individuos
que se sentaron a parlamentar en la Conferencia de Wannsee eran funcionarios
asalariados de una de las grandes naciones de Europa, y no terroristas
clandestinos, pese a que sus delitos estuviesen destinados a superar en
magnitud a cualquiera de los actos criminales convencionales que hubiese
conocido la historia del mundo. Igual de instructivo resulta, cuando algunos
siguen, hoy día, hablando de una «clase inferior de criminales» de escasa
formación, no olvidar que, de las quince personas congregadas en aquella
ocasión, ocho habían alcanzado el grado de doctor universitario.
La fecha que, en un principio, figuraba en las invitaciones, enviadas en
noviembre de 1941, era la del 9 de diciembre; pero el bombardeo de Pearl
Harbor había obligado a posponer la reunión. Una de las preguntas que jamás
nos responderá la historia es, por consiguiente, cuál habría sido el contenido
de la conferencia de no haberse producido este retraso a causa de los
acontecimientos ocurridos en el Pacífico. No cabe duda de que la intención
del encuentro habría sido, de igual modo, la puesta en práctica de una
«solución» genocida definitiva al «problema judío» de los nazis. Sin embargo,
tal vez el debate se habría centrado más bien en una futura resolución de
posguerra o en un intento verdadero de establecer campos de trabajo para los
judíos deportados a la Europa oriental. En cualquier caso, no podemos hacer
otra cosa que conjeturar. Lo cierto es que, con independencia de que Estados
Unidos hubiese entrado o no en el conflicto, Wannsee no hubiese dejado nunca
de ser un acaecimiento importante para Heinrich Himmler y Reinhard
Heydrich. Durante el otoño de 1941 había surgido toda una serie de iniciativas
homicidas de diversa procedencia en el interior del estado nazi, de manera
que ambos consideraban que aquella reunión era necesaria, por encima de
cualquier otra consideración, para coordinarlas y poner de relieve, sin dejar
lugar a duda alguna, la supremacía de la SS en lo tocante a la dirección del
proceso de deportaciones.
Los asuntos discutidos en la Conferencia de Wannsee han llegado hasta
nosotros gracias, sobre todo, al ejemplar del acta —levantada por Adolf
Eichmann, coronel de la SS y «experto en asuntos judíos» de Heydrich— que
sobrevivió a la contienda. La relación de lo sucedido en aquella reunión posee
una gran importancia histórica, por cuanto constituye uno de los pocos
documentos que ofrecen un testimonio directo del proceso mental que subyace
a la «solución final».
Al comienzo del encuentro, Heydrich sacó a colación la autoridad
administrativa que le había conferido Goering y que le permitía presidir la
conferencia. A continuación, anunció el cambio formal experimentado por la
política nazi, del que, sin duda, todos los asistentes debían tener conocimiento
a esas alturas: en lugar de la «emigración» de los judíos a naciones ajenas al
control nazi, se pretendía efectuar una «evacuación… a los países del Este»
sometidos a la influencia nacionalsocialista. Tal operación afectaría, una vez
completa, a un total de once millones de miembros de la comunidad hebrea —
bien que la cifra incluía a varios millones de súbditos de países como Irlanda
y Gran Bretaña, que aún no habían caído en manos de los nazis—. Una vez
llegados a Oriente, serían divididos en dos grupos según su sexo, y los que
estuviesen en buenas condiciones físicas serían destinados a la construcción
de caminos (Heydrich debía de tener la mente puesta, casi con total seguridad,
en proyectos como el de la Durchgangasstraße IV, concebido para unir, por
carretera y ferrocarril, el Reich y el frente oriental y que ya se hallaba en
construcción). Quienes no lograran pasar esta selección serían, como cabe
esperar, asesinados de inmediato, en tanto que los elegidos sólo podían
aspirar a poco más que un aplazamiento de su sentencia, dado que se esperaba
que muriesen en gran número a causa de las duras condiciones de trabajo.
Heydrich expresó una preocupación especial en lo referente a los judíos que
pudiesen sobrevivir a su intención de hacerlos trabajar hasta la muerte, pues
serían los elegidos por la selección natural como más peligrosos enemigos de
los nazis. A ellos, según declaró, habría, también, que reservarles «el trato que
les corresponde». El resto de los presentes no podía albergar duda alguna
acerca de lo que quería decir con estas palabras.
Cabe destacar que no hubo disensión alguna en el encuentro con respecto
al principio general de matar a los judíos. Casi todo el debate se centró, más
bien, en la definición legal exacta de «judío», así como en determinar, en
consecuencia, quién podía ser sometido a deportación y quién no. La cuestión
de lo que había que hacer con los «medio judíos» dio pie a un animado
intercambio de opiniones. Se sugirió que debían ser esterilizados, o que
tendrían que elegir entre esta operación o la deportación. También había quien
pensaba que lo mejor era confinarlos en un gueto especial —en
Theresienstadt, la ciudad checa de Terezín—, donde se les albergaría junto
con los ancianos y los judíos de nombradía, cuya deportación directa a los
países del Este habría provocado el desasosiego del alemán medio.
La discusión pasó entonces a centrarse en el «problema» más inmediato
que planteaba la población hebrea del Gobierno General y los territorios
ocupados de la Unión Soviética. En estos últimos, las ejecuciones se estaban
llevando a cabo por mediación de pelotones de fusilamiento, en tanto que en
Polonia ya se estaba construyendo el campo de exterminio de Bełżec. Con
todo, en ambas áreas seguía habiendo millones de judíos con vida, y según
hizo constar Eichmann en el acta del encuentro, se presentaron al respecto
«varias soluciones posibles», frase inocua que debió de enmascarar un debate
acerca de métodos específicos de exterminio.
El acta de la Conferencia de Wannsee está elaborada con deliberada
oscuridad. Heydrich y Muller, director de la Gestapo, retocaron varias veces
el borrador de Eichmann con la intención de crear, precisamente, ese efecto.
Dado que se pretendía difundir el documento en círculos más amplios,
necesitaban que tuviese una redacción críptica, de tal modo que quienes
entendieran el contexto supiesen perfectamente lo que quería decirse en cada
momento, en tanto que la falta de terminología descarnada evitaría que se
escandalizasen los no iniciados que pudieran leer el escrito. Sea como fuere,
sigue constituyendo la prueba más clara del proceso de planificación que
subyacía a la «solución final», así como de la complicidad general del estado
en los asesinatos que seguirían al encuentro.
Cabe preguntarse, no obstante, si la Conferencia de Wannsee merece el
lugar que ocupa en la conciencia popular en cuanto reunión más significativa
de la historia de estos crímenes. Y la respuesta debe ser negativa. Esta idea
falsa descansa sobre el convencimiento de que fue entonces cuando los nazis
decidieron acometer la «solución final», y no es el caso: pese a que no
podemos negar su trascendencia, hemos de reconocer que, en cuanto momento
desencadenante, no pasó de revestir una importancia secundaria, ya que
formaba parte de la ampliación de un proceso de exterminio que se debía a
una decisión tomada en otro lugar. Mucha mayor trascendencia tuvieron, en
efecto, las conversaciones mantenidas por Hitler en diciembre de 1941. Si se
conservasen actas en regla de las reuniones que celebró con Himmler durante
este período, estaríamos en condiciones de contemplar, en verdad, lo siniestro
de la mente que hizo al mundo testigo de tamaño sufrimiento.
La Conferencia de Wannsee no tuvo efecto inmediato alguno sobre
Auschwitz. El proyecto de construcción del recinto de Birkenau no se vio
modificado de súbito para dotarlo de nuevas cámaras de gas, ni pudieron
apreciarse, aquel mes de enero, diferencias de relieve en el funcionamiento
general del campo de concentración. Desde principios del otoño de 1941 se
había llevado a cabo, eso sí, un cambio en cuanto al lugar empleado para
ejecutar los experimentos con Zyklon B, para lo cual se había sustituido el
Bloque 11 por el horno crematorio, situado a pocos metros del despacho de
Hoess y el barracón principal de administración de la SS. Esta medida
solventaba uno de los problemas a que habían de enfrentarse las autoridades
del recinto: el de tener que atravesar todo el campo de concentración para
llevar en carretilla los cadáveres desde el citado bloque a la incineradora, al
objeto de hacerlos cenizas. En cambio, planteaba uno nuevo, pues la cámara
en la que se perpetraban los asesinatos se hallaba por encima del nivel del
suelo, en el depósito de cadáveres próximo a los hornos, y no en el sótano del
barracón, que suponía un lugar más apartado.
A principios de 1942, Jerzy Bielecki fue testigo de la llegada de
prisioneros de guerra soviéticos destinados a morir por asfixia en este nuevo
emplazamiento. «Por la noche —comenta, recordando la escena que presenció
desde su bloque—, oí movimiento en el exterior, y dije a mis compañeros:
“¿Qué pasa? Vamos a echar un vistazo”. Entonces nos acercamos a la ventana
y vimos a un grupo de gente corriendo totalmente desnuda, entre gritos y
gemidos, en dirección al crematorio. Los de la SS también corrían, metralleta
en mano. Pudimos observarlo todo gracias a la luz de las lámparas colocadas
cerca de la alambrada. Estaba nevando y hacía un frío horrible: debíamos de
estar a quince o veinte grados bajo cero. Todos se lamentaban y daban
alaridos por causa de la temperatura. Era un sonido imposible de imaginar: yo
nunca había oído nada semejante. Así, sin ropa alguna, entraron en la cámara
de gas. Ofrecían una imagen diabólica, infernal».
Pero no fueron sólo los presos soviéticos y los reclusos que ya no podían
trabajar quienes perdieron la vida de un modo tan horrendo. Las autoridades
del campo de concentración llevaron también a la incineradora a pequeños
grupos de judíos, procedentes de la zona de la Alta Silesia que rodeaba al
recinto, que no eran capaces de ejecutar tareas pesadas. No existe registro
alguno que dé fe de las fechas exactas en que tuvieron lugar estas muertes, si
bien las declaraciones de los testigos de vista sitúan algunas de ellas en otoño
de 1941. Hans Stark, miembro de la SS destinado en Auschwitz, atestiguó lo
siguiente: «En otra ejecución posterior, también del otoño de 1941, Grabner
[Maximilian Grabner, director del departamento político en Auschwitz] me
dio órdenes de verter Zyklon B en la abertura, ya que sólo se había presentado
un auxiliar sanitario. Había que arrojar el cianuro en los dos orificios de la
cámara a la vez… Como el Zyklon B era granular [tal como ya hemos
mencionado], caía sobre los condenados según lo íbamos echando, y ellos
gritaban de un modo terrible al caer en la cuenta de lo que les estaba
sucediendo. No me asomé por la abertura porque tenía que cerrarla una vez
echados los cristales. Después de unos minutos abrieron la cámara. Los
muertos llenaban el suelo, caídos sin orden ni concierto. El espectáculo era
espantoso[106]».
Los ajusticiamientos en cámaras de gas de los judíos «improductivos» de
la zona adyacente a Auschwitz se sucedieron también tras la Conferencia de
Wannsee. Józef Paczyński, recluso del campo de concentración que trabajaba
en el edificio administrativo de la SS contiguo al horno crematorio, fue testigo
de la llegada de un grupo de varones pertenecientes a esta categoría que había
sido enviado al recinto para sufrir pena de muerte[107]. Subió al desván de la
oficina y, una vez allí, no tuvo más que levantar una de las tejas para observar
sin dificultad lo que sucedía frente a la incineradora. «Se dirigieron [los
soldados de la SS] a aquella gente con total corrección —asegura Paczyński
—. “Por favor, despojaos de vuestras ropas y disponed de forma ordenada
vuestras pertenencias”. Y los recién llegados se desnudaron. Entonces los
hicieron entrar [en el horno] y cerraron las puertas tras ellos a cal y canto.
Acto seguido, uno de los de la SS se encaramó a la cubierta llana del edificio
y, tras colocarse una máscara de gas, abrió una ventanilla y dejó caer el polvo
antes de volver a cerrarla. Inmediatamente, y a pesar del grosor de los muros,
pudo oírse un gran griterío». Después de casi dos años de cautiverio en aquel
recinto, Paczyński apenas sintió nada al ver a aquellos desgraciados caminar
hacia su propia muerte. «Llega un momento en que todo te es indiferente: hoy
te vas tú, y mañana me tocará a mí. Todo te trae sin cuidado. Un ser humano
puede acabar por acostumbrarse a cualquier cosa».
Este nuevo método de extermino hacía indispensable que se infundiera
cierta confianza en los judíos por medio de palabras tranquilizadoras. Las
autoridades del campo de concentración se dieron cuenta de que no hacía falta
hacer entrar en las cámaras a fuerza de patadas y golpes a los prisioneros
venidos de fuera: resultaba más práctico convencerlos de que pasar por la
improvisada cámara de gas del horno crematorio formaba parte del proceso de
admisión al uso en el recinto. Se trataba, en suma, de asegurarles que los iban
a «desinfectar» mediante una ducha, en lugar de hacerles saber que iban a ser
ejecutados. Esta iniciativa supuso un considerable paso adelante para los
nazis, pues solventaba toda una serie de dificultades a las que se habían
enfrentado los pelotones de exterminio con anterioridad. Introducir a los
condenados en las cámaras de gas mediante engaños en lugar de con el uso
abierto de la fuerza no sólo demostró ser más sencillo, sino menos estresante
para los propios verdugos. Por otro lado, ofrecía la solución a otra dificultad
práctica que habían encontrado los nacionalsocialistas a la hora de explotar
los efectos personales de sus víctimas. En muchas de las anteriores
ejecuciones por asfixia, los condenados habían muerto vestidos, y desnudarlos
tras su defunción había demostrado ser una labor complicada. Con el nuevo
método, los que iban a morir no sólo se desvestían de manera voluntaria, sino
que doblaban su ropa con total pulcritud y unían sus zapatos atando los
cordones de uno con los del otro.
Perry Broad[108], miembro de la SS destacado en Auschwitz, describió con
gran detalle el modo como se lograba esta atmósfera de sumisión en torno a
los asesinatos[109]. Maximilian Grabner, de pie sobre la azotea del crematorio,
comunicaba a los judíos congregados bajo él: «Ahora se os dará un baño y se
os desinfectará: no queremos epidemias en el campo de concentración. Luego
os conducirán a vuestros barracones, donde se os dará sopa caliente. A cada
uno de vosotros le será asignada una tarea en consonancia con sus aptitudes
profesionales. Ahora, desvestíos y colocad vuestra ropa en el suelo, delante
de vosotros[110]». Entonces, los de la SS los animaban, con gran tacto, a entrar
en el crematorio, sin ahorrar «bromas y comentarios triviales». Al decir de
Broad, una vez cerrada la puerta, uno de ellos gritaba desde el exterior: «¡No
os vayáis a quemar con la ducha!»[111].
A despecho de las ventajas que brindaba tan siniestra duplicidad, no hubo
de pasar mucho tiempo para que Hoess y sus colegas advirtieran que emplear
la incineradora del recinto como lugar de exterminio también comportaba
ciertas dificultades para ellos. El mayor problema con que se encontraron fue
el estruendo que provocaban sus asesinatos. «Se recurrió al ruido de motores
para amortiguar los alaridos —recuerda Józef Paczyński—. Se daba gas a dos
motocicletas para evitar que nadie pudiese oírlos. Los condenados aullaban
hasta que se iban debilitando. En realidad, las motocicletas no conseguían
disimular sus gritos: lo intentaron, pero no funcionó». Las improvisadas
cámaras de gas estaban tan cerca del resto de edificios del campo de
concentración que resultaba imposible que los demás reclusos no tuvieran
noticia de los asesinatos que se estaban perpetrando. Así pues, durante la
primavera de 1942, Hoess y otros miembros de relieve de la SS trataron de
idear otro modo de llevar a cabo las operaciones de exterminio, para lo cual,
lejos de limitarse a «seguir órdenes», echaron mano de su propia iniciativa.
Mientras tanto, el ajusticiamiento por asfixia de los judíos venidos
directamente del exterior del recinto estaba propiciando que Auschwitz
evolucionase para convertirse en una institución singular en el estado
nacionalsocialista. Por un lado, seguía admitiéndose en el campo de
concentración a algunos prisioneros, a los que ponían a trabajar después de
asignarles un número de identificación; y por el otro, se había creado una
clase de personas que serían asesinadas horas —minutos, incluso— después
de su llegada. Ningún otro recinto nazi funcionaba de un modo semejante:
existían centros de exterminio, como Chełmno, y campos de concentración,
como Dachau; pero el caso de Auschwitz era único[112].
El desarrollo de esta doble función hizo que muchos de los internos
viviesen y trabajasen —en ocasiones durante años— en una institución en la
que se asesinaba a otros que apenas tendrían tiempo de conocerla. Los judíos
de los alrededores a los que no se consideraba aptos para el trabajo
encontraban en Auschwitz una muerte instantánea, en tanto que, para los
polacos que habían sobrevivido entre sus alambradas desde que fue fundado,
el campo de concentración se había convertido en algo semejante a un hogar
desfigurado. A esas alturas, Józef Paczyński, el interno que presenció los
homicidios cometidos en el horno crematorio, llevaba veinte meses recluido
allí. Pocos de los que habían llegado durante el verano de 1940 habían
sobrevivido tanto. El único modo de lograrlo consistía en conseguir trabajo en
el interior del recinto, «bajo techo», y en este sentido, Paczyński no constituía
una excepción: se las había ingeniado para colocarse en una barbería, donde
cortaba el pelo a los miembros de la SS. El suyo era un puesto relativamente
privilegiado, hasta el punto de que lo convirtió en uno de los únicos reclusos
que estuvo en contacto directo con el mismísimo comandante. «El suboficial
me llevó al chalé de Hoess. Su mujer esperaba en la verja. Yo estaba muy
asustado. Subí las escaleras en dirección al cuarto de baño, donde había una
silla. Entonces entró Hoess y se sentó. Yo me cuadré. Él llevaba un puro en la
boca y leía el periódico. Le hice el mismo corte que le había visto con
anterioridad. Desde luego, no me salió precisamente una obra de arte. Hoess
no me dirigió la palabra, y yo tampoco dije nada. Yo tenía miedo, y él sentía
un gran desprecio por los reclusos. Tenía una navaja en la mano: podía haberle
rebanado el cuello. Tuve ocasión de hacerlo. Pero soy un ser pensante, y ¿sabe
usted lo que habría sucedido? Habrían aniquilado a toda mi familia, y a medio
campo de concentración. Además, habrían enviado a cualquier otro para que
ocupase su puesto».
Si bien el crimen que se le había pasado por las mientes podría haber
tenido consecuencias catastróficas para él y su familia, Józef Paczyński sabía
que necesitaba recurrir al robo («organizarse») si quería sobrevivir. En el
barracón, dormía al lado de un amigo suyo, Stanisław Dubiel, o Staszek, que
trabajaba de jardinero en la casa de Hoess. «Un día, estando ya acostados, le
pregunté: “¿Y no podríamos conseguir unos cuantos tomates de su huerto?”.
“Es posible”, me respondió». El jardín de Hoess daba al horno crematorio, y
la valla tenía un tablón suelto. «Sólo tienes que entrar por ahí —le dijo
Staszek— y tendrás cebollas y tomates».
El día acordado, Paczyński atravesó el vallado y se encontró con que,
metidas en cubos, lo esperaban las hortalizas prometidas. «Las cogí —
prosigue su relación—, y estaba a punto de largarme cuando apareció la
esposa de Hoess con otra mujer. Así que di un paso atrás y me oculté tras unos
arbustos. Cuando calculé que se habrían marchado salí de mi escondrijo, pero
ellas seguían hablando en mitad de un sendero. Las saludé con una inclinación
de cabeza y pasé a su lado con los tomates y las cebollas. Estaba empapado
[en sudor], y no pensaba otra cosa que: “Se acabó lo que se daba. Me han
cogido robando tomates: se acabó lo que se daba”. Me pasé la tarde
esperando a que, de un momento a otro, viniesen por mí para llevarme al
Bloque 11; pero no me llamó nadie. Cuando Staszek volvió del trabajo, me
tranquilizó: “No te preocupes: la mujer de Hoess me lo ha contado todo, y le
he dicho que te lo había dado yo”».
La aventura de Józef Paczyński y su amigo en el jardín del comandante no
deja de ser instructiva, ya que, por encima de todo, revela aspectos
importantes de las relaciones mantenidas entre los alemanes y los presos
polacos que gozaban de algún trato de favor. Cuando Staszek puso al corriente
a la esposa de Hoess de que había sido él quien había autorizado a su amigo a
tomar los cubos de tomates y cebollas, no hizo otra cosa que ofrecerse para
ser castigado por el robo cometido. A la postre, si a los jardineros como él les
hubiese estado permitido hacer uso de los frutos del huerto, ¿qué necesidad
había de planear la incursión secreta de Paczyński? Sin embargo, Staszek
sabía que lo más seguro era que la señora de Hoess lo perdonase, dado el
vínculo laboral existente entre ambos. Huelga decir que se trataba de lo que
los nazis habrían definido como una relación entre un superior «ario» y un
inferior «eslavo»; pero, al cabo, no dejaba de ser un vínculo. Al dirigirse a
Staszek, ella no buscaba el castigo de un recluso anónimo al que había
descubierto robando —algo que no le hubiese costado nada conseguir—, sino
el sufrimiento de alguien con quien llevaba tiempo trabajando en estrecha
cooperación.
En la vida del recinto se daba este tipo de relación con mucha frecuencia.
Los allí confinados afirman que el mejor modo de salvar la vida, una vez
obtenido un trabajo «bajo techo», consistía en ser de utilidad a un alemán
específico. Si éste acababa dependiendo de uno de los prisioneros, el recluso
sabía que lo protegería y evitaría que fuese castigado e incluso, en algunos
casos, asesinado. Lo cierto, sin embargo, es que no existía tanto un afecto
sincero —aunque pudiesen darse excepciones— como el conocimiento, por
parte del alemán, del engorroso inconveniente que suponía el hecho de
encontrar a un preso sustituto y tener que adiestrarlo.
El método de tratar de conseguir relacionarse con una figura poderosa
como medio de supervivencia, lejos de ser exclusivo de Auschwitz, constituía
también un factor común de la vida en el gueto. La diferencia es que ahí,
quienes tenían poder sobre la vida y la muerte podían ser tanto alemanes como
judíos. A medida que pasaban los meses en el de Łódź, Lucille Eichengreen
iba viendo deteriorarse su propio estado, el de su hermana y el de su madre.
«La comida de que disponíamos no bastaba para sustentarnos —asegura—. No
había leche ni carne; tampoco había fruta: no había nada». El único modo que
tenía de mejorar la situación de las tres era lograr un empleo, lo que
comportaría «una ración adicional de sopa a la hora de comer». Por lo tanto,
se obligó a recorrer, de fábrica en fábrica, las calles del gueto en busca de
trabajo.
Sin embargo, llegó mayo de 1942 y aún no había encontrado nada, de
modo que las tres se vieron incluidas en la lista de quienes iban a sufrir
deportación. «Todos [los de la lista] eran gente sin empleo, y un 90 por 100,
más o menos, acababa de llegar». Sin embargo, Lucille no ignoraba que poseía
una ventaja sobre el resto de los judíos alemanes de la nómina: dada la
ascendencia de su padre, ella y su familia estaban vinculadas, en cierta
medida, a Polonia. «Presenté nuestros pasaportes polacos de despacho en
despacho tratando de que nos borraran de la lista, hasta que, por fin, lo logré.
Aún no sé cómo, pero conseguí que nos quedásemos». Ella está convencida de
que fueron sus raíces polacas lo que les salvó la vida. «Querían incluir a todos
los judíos alemanes en el grupo que iba a salir del gueto —recuerda—, y yo
podía demostrar que, aunque procedíamos de Alemania, no éramos germanas.
Este factor no debería haber sido tan importante, dado que todos éramos
judíos; no debería haber supuesto ninguna diferencia, pero lo cierto es que así
fue». Los expulsados del gueto de Łódź para ser asesinados en Chełmno entre
enero y mayo de 1942 sumaron un total de cincuenta y cinco mil. Fueron los
alemanes quienes ordenaron tales deportaciones, aunque —merced a otra de
las medidas cínicas y divisivas introducidas por los nazis— se obligó a los
cabecillas del gueto a colaborar decidiendo quién habría de marchar.
La tensión producida por la vida en la judería tuvo profundas
repercusiones en la salud de la madre de Lucille, que «perdió interés por todo.
Había abandonado toda actividad. Estaba hinchada a causa del hambre, lo que
se debía a la retención de líquidos. Apenas podía andar de un modo normal.
Murió el 13 de julio de 1942, recluida allí. El gueto tenía un carro negro de
escasas dimensiones tirado de un caballo gris que, cada mañana, recogía a los
muertos, y se llevó a mi madre. Pasó más de una semana, cuando, entre los
judíos, es costumbre celebrar el entierro al día siguiente. Mi hermana y yo
salimos a buscar un hueco libre y la llevamos hasta allí. No había ataúdes:
había que arreglárselas con dos tablas y una cuerda atada alrededor. Por si
fuera poco, tuvimos que ir a encontrarlas en una casa enorme contigua al
cementerio que no tenía otra cosa que cadáveres: cadáveres insepultos.
Cuando la enterramos, colocamos sobre la tumba un trocito de madera para
distinguirla, aunque no tardó mucho en desaparecer, claro. Traté de localizar
el lugar cincuenta años después, pero fue imposible».
Las dos huérfanas, solas en el gueto, hubieron de componérselas del mejor
modo que encontraron. «No sentimos nada —asevera Lucille—. Ni dijimos
una oración ni lloramos siquiera. Habíamos quedado insensibles: nada podía
conmovernos. Regresamos a nuestra habitación, a aquella habitación
amueblada que compartíamos con otros confinados, y mi hermana dejó de
hablar. Así, sin más: no volvió a articular palabra. Era inteligente, alta y muy
hermosa; pero ya no había nada que decir. Se había abandonado por completo,
y mi madre me hizo prometer que cuidaría de ella. Pero no pude hacer nada: lo
intenté, pero me fue imposible».
Dos meses después, los alemanes entraron en el gueto para seleccionar por
sí mismos a los siguientes. Buscaban a los que no podían trabajar: los
ancianos, los enfermos y los que eran aún demasiado jóvenes. Rumkowski,
presidente del consejo de ancianos de la judería, pidió a las madres allí
recluidas que renunciasen a sus hijos para dárselos a los nazis. «“Entregad a
vuestros hijos para que los demás podamos vivir” —dijo, según el testimonio
de Lucille—. Yo tenía diecisiete años cuando oí este discurso, y no podía
entender cómo alguien podía querer convencer a unos padres de que le diesen
a sus hijos. Aún no he logrado comprenderlo. La gente gritaba: “¿Cómo
puedes pedirnos eso? ¿Cómo vamos a hacerlo?”. Él se limitó a responder: “Si
no lo hacemos, será peor”».
Lucille hizo todo lo que estaba en sus manos para asegurarse de que no se
llevasen a su hermana: la maquilló con colorete y la animó para que hiciese
ver que era una muchacha saludable. Tenía esperanzas de lograr su propósito,
convencida como estaba de que estaría a salvo por el hecho de tener doce
años, cuando la edad máxima de los seleccionados era de once. Sin embargo,
los alemanes se la arrebataron. «Se llevaron a mi hermana, contra todo
pronóstico. Yo traté de subir al camión con ella, pero alguien me lo impidió
golpeándome los brazos con el extremo de un fusil, y [los deportados]
desaparecieron». Ni siquiera cuando, desesperada, veía alejarse a la pequeña,
tenía Lucille idea alguna de que iba abocada a su propia muerte. «Jamás se
nos pasó por la mente pensar en lo que harían con los niños, los ancianos y los
que no eran capaces de trabajar. Nunca fuimos lo bastante racionales para
imaginárnoslo: nos limitamos a dar por hecho que seguirían vivos».
Sola por completo y desolada, Lucille supo obligarse a seguir buscando
trabajo en la judería. No deja de ser significativo el que, cuando, por fin,
encontró uno, fue a través de uno de los pocos «contactos» de que disponía. Se
trataba de otro hebreo alemán procedente de Hamburgo, que había persuadido
a Rumkowski de que el recinto necesitaba «mejoras», como parques y
espacios abiertos, y ella lo ayudó con el proyecto. Si bien el dirigente judío
del gueto cerró la recién creada oficina cuando apenas habían transcurrido
unos cuantos meses, lo cierto es que, a esas alturas, Lucille conocía a varias
personas que podían serle de utilidad. Una de ellas era una vienesa que
trabajaba en uno de los departamentos administrativos situados en el mismo
edificio, y por su mediación, se las compuso para obtener una nueva
colocación rellenando las solicitudes que se enviarían a los alemanes en
demanda de raciones de carbón para el invierno. El tiempo vivido en aquel
recinto le había enseñado una dura lección: «No podía confiar en nadie, ya
que mis compañeras de trabajo quizás usaran en beneficio propio cualquier
cosa que les contase. Había que andarse con mucho ojo; cualquiera podía
clavarte un puñal por la espalda, y no era difícil suponer el porqué: era una
cuestión de vida o muerte».
Cierto día, llegó Rumkowski a la oficina en busca de trabajadores para
una nueva fábrica creada en el gueto. A Lucille le provocaba un miedo
horrible encontrarse con él, porque aquel hombre de sesenta y seis años tenía
una pésima reputación, a pesar de su aspecto, que lo hacía parecer el abuelo
de todos ellos. «Había oído rumores, y sabía que tenía un humor de mil
diablos. Si se enojaba con alguien, no dudaba en emplear su bastón. Dentro de
los límites que le imponían del lado alemán, era un verdadero dictador. En mi
opinión, la mayoría de la gente le tenía miedo». Ella se escondió en el
recibidor y trató de pasar inadvertida, pero su nombre formaba parte de la
lista que él llevaba, por lo que acabaron por llamarla para que se entrevistase
con él. «Estaba sentado en una silla. Tenía el cabello blanco y gafas oscuras.
Sostenía el bastón con la mano derecha, y por un momento se me figuró un rey
en su trono. Me preguntó de dónde era, qué idiomas hablaba, qué había hecho
mi padre, dónde estaban los míos y si quedaba alguien de mi familia, y yo
respondí a todo. Sus últimas palabras fueron: “Tendrás noticias mías”. No le
presté demasiada atención».
Después de la visita de Rumkowski, el jefe de Lucille la destinó al
departamento de estadística. «No sé por qué me trasladaron. Quizá tenían
intención de ocultarme, porque aquélla era una oficina secreta, muy tranquila».
Pero entonces recibieron una llamada telefónica de la secretaria de
Rumkowski, que anunció que el presidente del consejo de ancianos quería
verla. Cuando se presentó en el edificio principal de administración, se
encontró con otras mujeres de su edad que ya estaban esperando. Rumkowski
las empleó a todas en un comedor que había creado para «trabajadores
meritorios». Algunas de las jóvenes ejercerían de camareras, y otras, como
Lucille, trabajarían en la oficina contigua. «Me dijo que quería que calculase
las raciones que podrían sacarse, por ejemplo, de cincuenta kilos de
remolacha». Como recompensa por su trabajo en el nuevo establecimiento,
recibiría una comida extra al día. «Eso era muy positivo —concluye—. Como
dirían hoy día: todo un negocio». Cuando se despidió de sus compañeros, su
jefe le dijo una última palabra de advertencia sobre Rumkowski: «Creo que
empleó la palabra que se usa en polaco para referirse a los cerdos». Y tenía
razón: en casi todos los guetos instaurados por los nazis, el dirigente de la
comunidad se conducía de un modo responsable; pero el de Łódź constituía
una excepción. Se había hecho famoso por añadir a la lista de los futuros
deportados a personas de las que quería librarse, y tal como Lucille estaba a
punto de descubrir, también era capaz de cometer infracciones mucho más
personales.
La joven comenzó a trabajar en el comedor, y no tardó en darse cuenta de
que aquél era uno de los proyectos favoritos del cabecilla del consejo de
ancianos. Casi todas las noches hacía una visita al establecimiento, cosa que
la llegó a horrorizar. «Lo oíamos llegar en un coche de caballos. Entraba en la
cocina y miraba a la camarera, y si tenía el delantal mal atado, la golpeaba con
el bastón. Miraba la comida, pero no se dignaba probarla: aquello habría sido
rebajarse. Luego entraba en la oficina, y sus pasos irregulares, debidos a una
leve cojera, podían oírse desde el recibidor. Yo estaba sola allí, y él acercaba
una silla y charlaba conmigo. Él hablaba y yo escuchaba. Me acosaba
sexualmente. Tomaba mi mano y, colocándola sobre su pene, me decía: “Ponía
a trabajar”… Yo me alejaba, pero él se ponía cada vez más cerca. La nuestra
era una relación aterradora: para mí, resultaba escandalosa. Quería que me
trasladase a un apartamento privado al que sólo él tuviese acceso, y yo no
pude menos de echarme a llorar. No quería mudarme. De hecho, no podía
entender que alguien quisiese hacer semejante cosa… Sin embargo, en el
gueto, el sexo era una mercancía muy valiosa, con la que se comerciaba como
se comerciaba con cualquier otro género». Lucille no participaba de grado,
claro está, en este «negocio», pero sabía a ciencia cierta que si no dejaba que
Rumkowski abusase de ella, su «vida pendería de un hilo». «Si hubiese
tratado de escapar de él, habría hecho que me deportasen. Y de eso no me
cabía la menor duda».
«Claro que se aprovechaba de las jóvenes —confirma Jacob Zylberstein,
que fue testigo del comportamiento del dirigente de la comunidad cierta vez
que se sintió atraído por determinada mujer—. Estábamos todos en el comedor
cuando entró él, rodeó a la muchacha con el brazo y se fue con ella. Yo lo vi.
Nadie tuvo que contármelo: lo vieron estos ojos». Zylberstein cree también
que la vida de cualquiera de ellas habría corrido serio peligro si no se hubiese
doblegado a sus deseos. «Personalmente, no me hacía ninguna gracia aquel
hombre —añade—: no me gustaba lo que representaba».
El comedor fue cerrado semanas después, y Lucille acabó cosiendo
cinturones para el Ejército alemán en una de las fábricas del recinto. Nunca
más volvió a ver a Rumkowski. De él no le quedó otra cosa que el daño que le
había infligido. «Me sentía asqueada, indignada, injuriada». En 1944, ambos
se encontraban entre los judíos de Łódź enviados a Auschwitz tras la clausura
del gueto. Rumkowski y su familia murieron en las cámaras de gas de
Birkenau, en tanto que a Lucille, dada su juventud, le aplazaron la pena para
ponerla a trabajar, hasta que la salvó, en mayo del año siguiente, la derrota de
los nazis.
Cuando Lucille Eichengreen ingresó en Auschwitz habían transcurrido tres
años casi desde que la deportaron de Alemania. Sin embargo, los primeros
judíos enviados al campo de concentración desde fuera de Polonia llegaron ya
en la primavera de 1942, y el relato de cómo acabaron en el tren que los
transportó al recinto es uno de los más sorprendentes y escandalosos de toda
la historia de la «solución final». Procedían de Eslovaquia, país cuya frontera
septentrional se encontraba a menos de ochenta kilómetros de Auschwitz. La
historia de esta nación había sido muy accidentada: en calidad de estado
independiente no tenía más de tres años, por cuanto fue creado en marzo de
1939, después de que los nazis se anexionasen los territorios checos
colindantes de Bohemia y Moravia. Antes de esa fecha, el país había formado
parte de Checoslovaquia, y hasta 1918 había pertenecido a Hungría. El
presidente de Eslovaquia era Józef Tiso, sacerdote católico situado al frente
del Partido Popular Eslovaco de Hlinka, furibundo defensor del nacionalismo.
Tiso se alió con los nazis y permitió, por medio de un tratado de protección,
que Alemania dominase la política exterior del país. El gobierno eslovaco se
adhirió con entusiasmo a las medidas antisemíticas adoptadas contra sus
noventa mil súbditos judíos, que se materializaron en la rápida introducción de
sucesivos reglamentos destinados a confiscar sus negocios, espolearlos a
tomar el camino de la emigración, excluirlos de la vida pública y hacerles
llevar el distintivo de la estrella de David amarilla; iniciativas todas que
tuvieron un efecto tan raudo como brutal sobre la comunidad hebrea eslovaca.
«Me percaté de que era una paria —reconoce Eva Votavova, que a la
sazón no era más que una estudiante de catorce años—. Había dejado de ser
una “persona decente”. Me expulsaron de la escuela secundaria. A los judíos
se nos prohibía poseer determinadas cosas: en realidad, no nos estaba
permitido tener posesiones. Antes de eso, había vivido en un pueblo en el que
todos habíamos crecido juntos y en igualdad[113]». Un rasgo sorprendente de la
persecución de los judíos eslovacos lo constituye la rapidez con que se
enemistaron los que antes eran amigos. No existió ningún tipo de
transformación gradual: más bien daba la sensación de que alguien hubiese
apretado, de súbito, un interruptor que provocara tal efecto. «Los jóvenes
alemanes [es decir, los habitantes de Eslovaquia de ascendencia germánica]
comenzaron a actuar como nazis —recuerda Otto Pressburger, judío eslovaco
que contaba quince años en 1939—. Antes de eso eran amigos nuestros, y
entre nosotros no existían diferencias: éramos jóvenes judíos o cristianos que
jugaban juntos de niños. Entonces comenzaron a poner letreros de: “Prohibida
la entrada a perros y judíos”. No nos dejaban caminar por la acera. Era
horrible: me prohibieron ir a la escuela o al cine, y ni siquiera podía asistir a
partidos de fútbol. Me tenía que quedar en casa, con mis padres, cuando antes
de aquello solía salir con mis amigos[114]». A quien tales cosas describe no le
cabía duda alguna de que el principal factor que motivó semejante cambio de
actitud para con la comunidad hebrea fue la codicia. «Pegados en los muros,
había carteles tomados de diarios alemanes en los que se mostraba un judío de
grandes narices que llevaba al hombro un saco lleno de dinero. Al lado, se
reproducía una viñeta de un miembro de la guardia de Hlinka pateándole las
nalgas para hacer caer el contenido de la bolsa. La ciudad estaba llena de
cosas como ésta».
La guardia eslovaca de Hlinka era la encargada de llevar a término las
operaciones antisemíticas, actuando, en este sentido, del mismo modo como
hacían las tropas de asalto nazis. Al igual que los integrantes de éstas, quienes
la conformaban rezumaban un odio manifiesto al pueblo hebreo. «A los
eslovacos les encantaba la idea de incautarse de [sus] comercios y hacerse
ricos —asevera Michal Kabáč, miembro de la guardia de Hlinka—. Ellos [los
judíos] recurrían a todo tipo de engaños en sus tiendas. Nunca trabajaban: lo
único que esperaban era una vida regalada. Estaba en su sangre: parecía que
todos los judíos del mundo siguiesen el principio de no querer trabajar. El
mismísimo Hitler tenía miedo de que llegasen a convertirse en los dueños de
Europa: por eso los mató. Fue todo cuestión de política[115]». No deja de ser
un rasgo asombroso de la falta de coherencia inherente al prejuicio antisemita
el que, al igual que sucede en el caso de Hans Friedrich, expuesto en el
capítulo 1, Michal Kabáč no vea contradicción alguna en el hecho de culpar a
los judíos de ser, a un tiempo, holgazanes y laboriosos. Ambos se muestran, en
efecto, celosos de sus negocios prósperos y poderosos, aunque aseguran que
nunca trabajaban. Si existe alguna lógica en la postura de Friedrich y Kabáč,
ésta estriba en que lo que ambos mantienen es que los judíos no hacían
trabajos «reales» como, por ejemplo, los agrícolas, sino que optaban por ser
tratantes o tenderos, actividades en las que, claro está, se habían centrado
precisamente porque, durante siglos, se les había prohibido, en no pocos
países europeos, la posesión de tierras.
Para los nazis, Auschwitz se había convertido, de la noche a la mañana, en
un lugar tentador para enviar a los judíos de Eslovaquia. Himmler era
consciente de que no ingresarían en el campo de concentración más
prisioneros de guerra soviéticos, siendo así que el punto muerto al que se
había llegado con el Ejército Rojo en las cercanías de Moscú había hecho
evidente que la batalla librada en Oriente no acabaría con la celeridad que se
había previsto en un principio. Los soldados soviéticos capturados se habían
convertido en una fuente de trabajo forzado demasiado valiosa para
malgastarla en un recinto como aquél, y Goering no tardaría en confirmar de
manera formal que todos los que hubiese disponibles debían enviarse a las
fábricas de armamento. En consecuencia, Birkenau no podría ejercer la
función que se le había asignado en el momento en que se proyectó. Quedaba
por resolver la pregunta de quién ocuparía el lugar de los presos soviéticos, y
Himmler, gran experto en cambios súbitos de política, dio enseguida con la
respuesta adecuada: los judíos.
Y, precisamente, era a la comunidad hebrea a la que, en esos momentos,
las autoridades de Eslovaquia estaban deseosas de deportar. Ya en otoño de
1941, los nazis habían solicitado a éstas el suministro de forzados a los que
poder poner a trabajar en el Reich. En febrero de 1942, momento que nos
ocupa, los eslovacos ofrecieron a familias completas, veinte mil judíos en
total. Tiso y su gobierno no tenían intención alguna de retener a las mujeres y
los niños una vez expatriados los que llevaban el pan a casa, tal como habían
hecho los nazis en el frente oriental. Librarse de unos y otros hacía mucho más
sencilla la labor de los gobernantes de Eslovaquia. Sin embargo, esto mismo
no era aplicable a los nazis, que, como carecían de la capacidad de exterminio
suficiente, no estaban dispuestos a aceptar la entrada de hebreos no aptos para
el trabajo. Con el fin de solventar este problema, se convocó, en febrero de
1942, una reunión en Bratislava, capital de Eslovaquia, entre Voitech Tuka,
primer ministro eslovaco, el doctor Izidor Koso, jefe de su gabinete, y el
comandante de la SS Dieter Wisliceny, agente de Eichmann en el país. Tanto
Wisliceny como Tuka ofrecieron, acabada la guerra, testimonio acerca del
contenido de este encuentro, y comparando lo declarado por ambos es posible
formarse una idea de lo que en él se dijo. Los eslovacos adujeron que separar
al cabeza de familia de los suyos era un acto «poco cristiano», toda vez que,
tras el reasentamiento de los trabajadores judíos en el Reich, las mujeres y los
niños quedarían sin «nadie capaz de cuidarlos». Según lo que recordaba
Wisliceny de aquella reunión, lo que preocupaba a los eslovacos no eran tanto
los «argumentos cristianos» como las «consideraciones financieras» que se
derivarían del hecho de que los alemanes recibieran la mano de obra y dejasen
atrás no pocas bocas que alimentar sin medios de subsistencia. Al final,
propusieron compensar de algún modo a Alemania por los «gastos» derivados
de la deportación de los familiares[116].
El asunto quedó, por fin, zanjado en Berlín. El gobierno eslovaco se avino
a abonar a los alemanes la cantidad de quinientos marcos por cada judío
deportado, a condición de que nunca regresase a Eslovaquia y de que
Alemania no reclamara las posesiones que hubiese dejado atrás. En
consecuencia, la nación, cuyo jefe de estado era un sacerdote católico, pagó a
los nazis para que se llevaran a los judíos.
Las deportaciones de judíos eslovacos comenzaron en marzo de 1942.
Para la mayoría de ellos, el camino al exilio comenzó con la reclusión en un
campo de realojamiento de Eslovaquia. Silvia Veselá estuvo retenida en uno
de estos recintos provisionales, situado en la ciudad de Poprad, aquella
primavera[117]. «Algunos de los soldados eslovacos se comportaban de un
modo de lo más estúpido —recuerda—. A veces se cagaban a posta en el
suelo para que lo limpiásemos a mano. Nos llamaban “putas judías” y nos
daban patadas. Se portaban muy mal. También nos decían: “Os vamos a
enseñar a trabajar a los judíos”, aunque todas fuésemos pobres mujeres muy
acostumbradas a bregar día a día… Es muy humillante que le arrebaten a una
su personalidad. No sé si lo entiende. De pronto, una se encuentra con que no
vale nada: nos trataban como a animales».
Los guardias de Hlinka que trabajaban en los campos de realojamiento
podían obtener generosos botines sin gran dificultad. «Cuando llegaban los
judíos —declara Michal Kabáč—, nos quedábamos con sus pertenencias y sus
ropas. El comandante segundo nos decía siempre que nos lleváramos la ropa
que quisiéramos. Y todos, hombres y mujeres, acaparábamos todo lo que
podíamos. Yo me quedé con un par de zapatos. Los lié con una cuerda y me los
llevé a casa. Los guardias estaban haciendo lo que debían». Y no fueron sólo
los eslovacos quienes desvalijaron a los judíos antes de su partida. «Un día
llegó un pez gordo de la SS —atestigua Silvia Veselá— y se puso a darnos
voces. No teníamos ni idea de por qué gritaba. Luego vimos cestos, tres cestos
grandes en los que teníamos que colocar nuestros objetos de oro y plata,
nuestro dinero y todo lo demás que tuviésemos de valor. Nos dijeron que para
trabajar no necesitábamos todo aquello. Yo era muy pobre: no tenía más que
un reloj que me había regalado mi tía. Así que lo entregué».
En aquellos campos de tránsito no sólo se daba este tipo de robos, sino
también casos ocasionales de brutalidad. «Nuestros guardias los golpeaban [a
los judíos] —admite Michal Kabáč—. Había algo semejante a una unidad
especial para castigar a los culpables. Los llevaban a una habitación pensada
para eso y les azotaban los pies con una vara de madera». Eran, huelga
decirlo, los propios guardias de Hlinka quienes decidían, de forma arbitraria,
quién era «culpable» y quién no.
La estancia en el recinto podía variar de unos cuantos días a varias
semanas, aunque, finalmente, las autoridades conducían a los judíos eslovacos
a una estación cercana de ferrocarril para hacerlos salir del país. Silvia
Veselá conserva un vivido recuerdo del camino a pie que los llevó hasta el
tren y de sus últimas vivencias en Eslovaquia: «Nos escupían y nos gritaban:
“¡Qué bien merecido lo tenéis, zorras judías! ¡Ahora sí que vais a trabajar!”.
También nos tiraban piedras. Hacían todo lo que podían por humillarnos.
Otros miraban en silencio nuestra degradación. Había algunos que lloraban,
aunque la mayoría, jóvenes y viejos, nos humillaba. No le deseo a nadie una
experiencia así. Es una sensación horrible».
Los guardias de Hlinka los escoltaron hasta la estación. «Me ordenaron
que cargase a las judías en el tren y las vigilara —comenta Michal Kabáč—.
Yo me decía: “¡No querías trabajar, puerca judía!”». Meses después, él y el
resto de los soldados supieron que estaban enviando a los judíos a la muerte, y
la noticia no les provocó sentimiento alguno de compasión. «Por un lado —
reconoce— sentí lástima por ellos, pero no mucha, teniendo en cuenta que
estaban robando a los eslovacos. La verdad es que no estábamos muy
apenados: pensábamos que era positivo que se los llevasen; así ya no podrían
engañarnos. Se acabó eso de enriquecerse a costa de la clase trabajadora».
Kabáč apenas tuvo contacto directo con los judíos antes de enviarlos a
sabiendas a su propia muerte. En su pueblo no vivía ninguno, y él mismo
admite no haber tenido nunca «problemas» con la comunidad hebrea de
Eslovaquia. Si abrazó con entusiasmo la causa antisemita no fue de resultas de
ninguna experiencia personal, sino a causa de su ferviente nacionalismo.
Estaba orgulloso de que su país se hubiese convertido en una nación autónoma,
y sus dirigentes le habían asegurado que «los judíos eran unos mentirosos y
estaban robando a los eslovacos». Su caso sirve para recordar, de un modo
por demás revelador, la prontitud con que puede echar raíces el prejuicio
cuando se presenta como parte de un conjunto de valores dotados en su
mayoría de un atractivo inmediato. Michal Kabáč se adhirió al antisemitismo
violento con tal de demostrar su condición de nacionalista eslovaco
comprometido y patriótico. Y de paso, obtuvo beneficios económicos, pues se
vio en situación de robar a los judíos y disfrazar el delito de algo semejante a
una «venganza legítima». Silvia Veselá pudo experimentar en primera persona
la celeridad con que había cambiado la moral imperante en Eslovaquia. «He
pensado en eso muchas veces. El ser humano está hecho de un material muy
maleable. No hay nada que hacer: cuando el dinero y la vida están en juego, es
dificilísimo encontrar a alguien dispuesto a sacrificarse por ti. A mí me dolió,
me dolió mucho, ver, por ejemplo, a una compañera de clase gritarme con el
puño en alto: “¡Te lo tienes bien merecido!”. Desde entonces, no espero nada
de la gente».
Mientras tanto, las autoridades de Auschwitz seguían mejorando las
instalaciones de exterminio de que disponía el recinto. El 27 de febrero de
1942, Rudolf Hoess, el arquitecto de la SS Karl Bischoff y Hans Kammler,
director de la Oficina Central de Edificación de la SS, celebraron una reunión
en la que decidieron trasladar a Birkenau el horno crematorio que se había
proyectado para Auschwitz I.[118] Tenían la intención de convertirlo en un lugar
alejado, cerca de una casita de campo que no tardaría en convertirse en una
instalación más para llevar a cabo los ajusticiamientos una vez tapiadas
puertas y ventanas, derribado el interior y creados dos compartimentos
cerrados que pudiesen ser empleados como sendas cámaras de gas. A éstas se
accedería, directamente, a través de dos nuevas entradas, y a cierta altura de
los muros se abriría una trampilla por la que poder introducir los cristales de
Zyklon B. El edificio, conocido como «la Casita Roja» o Búnker 1, se empleó
por vez primera con fines homicidas a finales de marzo de 1942, cuando llegó
a Auschwitz una remesa de judíos procedentes de los alrededores a los que no
se había considerado aptos para el programa de trabajos forzados. El lugar
tenía capacidad para asesinar, de una vez, a ochocientas personas si se
hacinaban en las cámaras.
Hoess se encontró, entonces, con una construcción de exterminio que no
adolecía de las desventajas de la incineradora de Auschwitz I, ya que, por más
que gritasen, los condenados a morir en la Casita Roja no perturbarían el
normal funcionamiento del campo de concentración. Sin embargo, no ignoraba
que habrían de pasar muchos meses —más de un año, de hecho— antes de que
pudiera erigirse en las cercanías un horno crematorio en el que poder
desembarazarse de los cadáveres de quienes perecían en esta cámara de gas
improvisada. Es decir: al resolver el problema de cómo asesinar a los presos
con cierta discreción, había creado uno nuevo: el de cómo deshacerse de las
pruebas.
Los primeros judíos eslovacos que ingresaron en marzo de 1942 no
hubieron de someterse a una selección a su llegada: todos fueron admitidos en
el recinto. Eso no quiere decir que la SS y los Kapos declinasen la
oportunidad de aterrorizar a los nuevos reclusos nada más aparecer. «Tuvimos
que llegar [a Auschwitz I] corriendo desde la estación —comenta Otto
Pressburger, que formaba parte de uno de los convoyes y pudo experimentar en
carne propia dicho terror—. Ellos [los de la SS] gritaban: Schnell laufen!
Laufen, laufen, laufen!, y nosotros apretábamos el paso. Mataron allí mismo a
quienes no podían correr. Nos sentimos como si fuéramos menos aún que
perros. Nos habían dicho que íbamos a trabajar, no que nos fuesen a recluir en
un campo de concentración».
A la mañana siguiente, después de pasar toda la noche sin comer ni beber,
Otto Pressburger, su padre y el resto del millar de eslovacos recién llegados
hubieron de ir corriendo desde el recinto principal hasta el lugar en que se
estaba erigiendo el de Birkenau. Según sus cálculos, en el camino murieron
abatidas setenta u ochenta personas. El barro y la inmundicia convertían la
obra en un lugar espantoso. «Las condiciones de Birkenau eran —tal como
recordaba Perry Broad, miembro de la SS— mucho peores que las de
Auschwitz [I]. Los pies se hundían en un viscoso lodazal a cada paso, y apenas
había agua para lavarse[119]». Los prisioneros se movían en un entorno de total
degradación, cubiertos de toda clase de suciedad, incluida la de sus propias
heces.
Ya en Birkenau, Otto Pressburger no hubo de esperar mucho para conocer
de forma directa el carácter bárbaro del régimen que imperaba en el campo de
concentración cuando propinó un puñetazo a un muchacho polaco que le había
robado el cinturón a su padre. Otro prisionero se apresuró a hacerle saber que
había cometido un error que podía acarrearle funestas consecuencias: resultó
que el agredido era un Pipel, palabra que, en la jerga empleada en el recinto,
designaba al compañero homosexual de corta edad de un Kapo. «Tuvimos que
volver corriendo al barracón y ocultarnos —recuerda Pressburger—. El Kapo
del bloque entró y nos hizo tumbarnos con la cabeza orientada al pasillo. Con
él llegó su espinilla, tratando de dar conmigo. Pero no me reconoció, porque,
sin pelo [las autoridades del campo de concentración hacían rapar a todos los
reclusos a su llegada] y con las mismas ropas, todos teníamos el mismo
aspecto. Tuve mucha suerte: de lo contrario, me habrían matado».
Aquel primer día de trabajo en Birkenau, Otto Pressburger fue testigo de
otro incidente que le hizo ver, de un modo aún más brutal, lo desesperado de
la situación en que se hallaba. «Fuimos a trabajar en la construcción de
caminos, supervisados por los Kapos y los guardias de la SS. Había entre
nosotros un judío paisano nuestro, un hombre alto y fuerte de buena familia. El
Kapo vio los dientes de oro que tenía y le pidió que se los diese. Él respondió
que no podía, pero el otro insistió en que debía hacerlo. El hombre seguía
diciendo que no podía darle los dientes de oro, hasta que el Kapo se enfureció
y dijo que todos teníamos que obedecer sus órdenes. Entonces cogió la pala y
lo derribó de un par de golpes, tras lo cual le dio la vuelta y, tras apoyar la
pala sobre su garganta, se subió encima. Después de partirle así el cuello, se
sirvió de ella para sacarle los dientes. No muy lejos, había otro judío que le
preguntó cómo podía hacer semejante cosa. El Kapo se acercó y le dijo que se
lo iba a enseñar, y lo mató del mismo modo. Entonces se volvió al resto de
nosotros y nos advirtió que nunca hiciésemos preguntas y que nos metiéramos
en nuestros asuntos. Al caer la noche hubimos de llevar con nosotros al
barracón doce cadáveres. Los mató por pura diversión, y todo, durante el
primer día de trabajo».
Este comportamiento homicida por parte de los Kapos había formado parte
del carácter de Auschwitz desde el principio, de manera que las experiencias
vividas por los recién llegados, por terribles que fuesen, no eran nada
extraordinario en el recinto. Sin embargo, la cultura —si es que puede
emplearse tal término al referirse a Auschwitz— del campo de concentración
estaba a punto de cambiar en dos aspectos diferentes a consecuencia del
confinamiento de los eslovacos.
La primera mudanza se debió al hecho de que comenzase a aceptarse la
reclusión de mujeres en una institución que, hasta entonces, había estado
destinada en exclusiva a los hombres. Con todo, la medida no tuvo el menor
efecto «civilizador» sobre las autoridades del lugar. De hecho, casi puede
asegurarse que sucedió lo contrario, tal como tuvo oportunidad de comprobar
Silvia Veselá. Ella llegó a Auschwitz poco después que Otto Pressburger,
junto con algunos cientos de mujeres más y un hombre, un médico judío al que
las autoridades de Eslovaquia habían ordenado que les acompañase. «Cuando
llegamos a Auschwitz, nos sacaron a patadas de los furgones —menciona
Silvia Veselá—. Los oficiales de la SS empezaron a dar gritos a nuestro
doctor, tratando de averiguar por qué era el único hombre del tren. Él
respondió con un alemán perfecto: “Soy médico, y estoy aquí por orden de la
junta central judía. Mi misión consiste en acompañar al grupo y regresar a
Eslovaquia”. Entonces, uno de los de la SS sacó una arma y lo mató de un
disparo. Lo hizo delante justo de mis ojos. Sólo porque era el único hombre
entre tantas mujeres. Aquélla fue, para mí, la primera conmoción».
Los soldados hicieron entonces caminar a las prisioneras hacia el recinto
principal de Auschwitz. «Vimos una serie de altos barracones y una entrada —
prosigue Silvia Veselá—. Sobre ésta había una inscripción que decía: Arbeit
macht frei, “El trabajo os hará libres”; así que pensamos que nos habían
llevado allí para trabajar». Se habían vaciado varios bloques del recinto
principal a fin de prepararlos para alojar a las recién llegadas, a las que se
ordenó que se desnudasen y entregaran todo objeto de valor que obrase aún en
su poder. «A pesar de lo que nos odiaban, los alemanes no dudaron en
quedarse con nuestros vestidos, nuestros zapatos y nuestras joyas. ¿Cómo se
explica eso? —pregunta Silvia Veselá—. Siempre he querido saber por qué no
sentían ninguna aversión hacia nuestras pertenencias».
Un oficial de la SS entró en la sala en que se encontraban las eslovacas,
sentadas, desnudas, mientras les rapaban la cabeza, y ordenó a cinco de ellas
que se presentasen en el gabinete del médico. «Quería examinar a las judías
—recuerda Silvia Veselá— y comprobar si eran de verdad vírgenes. También
quería saber si eran limpias. Tras el reconocimiento quedaron sorprendidos,
aunque en un sentido negativo: no podían creer que fuésemos tan aseadas.
Además, más del 90 por 100 éramos vírgenes. Todas las del grupo eran
mujeres judías religiosas: ninguna de ellas tenía intención de dejar que un
hombre la tocara antes de la boda. Sin embargo, durante la operación, los
médicos las privaron a todas de su doncellez usando los dedos. Todas
quedaron desfloradas: otro modo de humillarlas. Una amiga mía, que
pertenecía a una familia practicante, me dijo: “Quería guardar mi virginidad
para mi esposo… ¡y perderla así…!”».
Pese a su naturaleza atroz, lo vivido por Otto Pressburger y Silvia Veselá
durante las primeras horas que pasaron en el campo de concentración no es
representativo de lo que acabaría por constituir lo más característico del trato
recibido por los internos a su llegada al recinto. Y la razón es que estaba a
punto de iniciarse uno de los procesos de más triste memoria asociados con
Auschwitz: la selección inicial. Éste fue, precisamente, el segundo de los
cambios importantes experimentados por la institución a raíz de la reclusión
de los eslovacos. Ya a finales de abril se había llevado a cabo, con cierta
frecuencia, algo comparable con algunos convoyes entrantes, aunque la
selección sistemática no dio comienzo hasta el 4 de julio de 1942, cuando, a la
llegada de un grupo procedente de Eslovaquia, la SS dividió a quienes lo
integraban en presos capacitados para trabajar, cuya admisión se daba por
garantizada, y presos no aptos para tal menester, que irían directos a la cámara
de gas. Hasta este momento, dos años después de que el campo de
concentración recibiese a sus primeros reclusos, las autoridades de Auschwitz
no habían puesto en práctica el proceso que acabaría por convertirse en lo más
representativo del terror despiadado que imperaba en aquel lugar.
Eva Votavova se encontraba, junto con sus padres, en una de las primeras
remesas sometidas a este procedimiento inicial. En esta oleada de deportados
eslovacos había ancianos, niños y gentes que, como ella, aún eran jóvenes y
gozaban de buena salud. «Cuando llegamos a la estación de Auschwitz nos
hicieron alinearnos en fila de cinco en fondo. Entonces se desataron las
escenas de dolor. Comenzaron a separar a los jóvenes de los viejos y los
niños. Separaron a mi padre de mi madre y de mí misma. Ya no volví a saber
nada de él. Cuando lo vi por última vez parecía preocupado, triste,
desesperado».
A esas alturas, semanas después del fin de las obras de la Casita Roja, se
había remodelado ya, a pocos centenares de metros, un edificio similar,
conocido como «la Casita Blanca» o Búnker 2, para convertirlo en otro centro
de exterminio con capacidad para unas mil doscientas personas. En su interior
había cuatro salas de escasa amplitud convertidas en otras tantas cámaras de
gas, lo que permitía una mejor ventilación que el Búnker 1 y hacía más fácil
limpiar el lugar de Zyklon B una vez consumados los asesinatos, otro ejemplo
de las iniciativas adoptadas constantemente por las autoridades de Auschwitz
para tratar de «mejorar» el proceso de exterminio.
Otto Pressburger vio esperando en el exterior de ambas casas a los recién
llegados de Eslovaquia condenados a morir. «Estaban sentados, después de
acabar, supongo, la comida que habían traído de sus casas. A su alrededor se
apostaban los soldados de la SS con perros. No sabían, claro, lo que les iba a
pasar, y nosotros no queríamos contárselo: habría sido peor para ellos.
Estábamos convencidos de que quienes los llevaban a aquel lugar no eran
humanos, sino algo semejante a criaturas selváticas sin domesticar». Según su
testimonio, en aquel período las ejecuciones se efectuaban de noche: «Nunca
lo hacían por el día, [porque] daban por hecho que [los condenados] gritarían
o tratarían de escapar. Lo único que veíamos a la mañana siguiente eran los
cadáveres apilados al lado de las fosas».
A Pressburger lo obligaron a trabajar en una brigada especial, un
Sonderkommando encargado de enterrar los cuerpos que salían de una y otra
casa. «Matar a la gente con gas es muy sencillo —asegura—: lo único que
necesitaban era sellar las ventanas y las puertas para mantener el gas en el
interior. Luego, cerraban las puertas, y en pocos minutos estaban muertos los
de dentro. Después [los de la SS] los llevaban a los hoyos que yo cavaba. Los
enterrábamos a la mañana siguiente: les echábamos cal y algo de tierra, la
necesaria para cubrirlos y que nadie pudiese verlos». Como método para
deshacerse de los cadáveres no era, precisamente, el más adecuado. De hecho,
la llegada del verano convirtió aquellos cuerpos lanzados a las fosas en un
nuevo problema, nada menor, que habrían de resolver los nazis. La labor de
Pressburger, que aún sigue atormentándolo en pesadillas, se tornó aún más
desagradable: «Los cadáveres estaban cobrando vida: comenzaron a
descomponerse y a salir de los agujeros. Por todos lados había sangre y
mugre, y nosotros teníamos que sacarlos con las manos desnudas. Ya no
parecían cuerpos humanos sin vida: no eran más que una masa putrefacta.
Tuvimos que escarbar en aquel caos para sacar, de cuando en cuando, una
cabeza, una mano o una pierna. El olor era insoportable. No podía hacer otra
cosa [que ejecutar aquella tarea] si quería seguir con vida. De lo contrario me
habrían matado. Y yo quería vivir. A veces me preguntaba si merecía la pena
hacerlo en esas condiciones». Una vez exhumados los cadáveres, los soldados
de la SS les ordenaron colocarlos en grandes fosas en llamas, que harían las
veces de improvisadas incineradoras entre tanto acababan las obras de la que
se estaba erigiendo a poca distancia de allí. «Hicimos una hoguera enorme —
relata Pressburger— con leña y gasolina, le prendimos fuego y fuimos echando
los cadáveres al interior. En todo momento había dos personas lanzando un
cuerpo: una asiéndolo por las piernas, y la otra, por los brazos. Apenas
podíamos aguantar el hedor, pero ni siquiera nos dieron una ración extra de
alimento como recompensa. Los de la SS no dejaban de beber botellas de
coñac o vodka, pues tampoco ellos podían soportarlo».
Mientras hacía de tripas corazón para acabar con aquella espantosa tarea
de desenterrar cadáveres para quemarlos, Pressburger hubo de luchar, por
añadidura, con un trauma personal: la muerte de su progenitor. Los miembros
del destacamento especial pasaban hambre y sed, y su padre había acabado
por beber agua de lluvia de un charco, algo que constituía una causa frecuente
de infección y muerte. «El médico al que me llevaban de pequeño me dijo que
nunca bebiese aquella agua si no quería morir antes de que hubiesen pasado
veinticuatro horas. Había muchos casos de gente con las piernas hinchadas por
beber el agua de lluvia. Las piernas les supuraban». Pero su padre no fue
capaz de dominarse, y perdió la vida en consecuencia. Tras la conmoción
inicial y el sufrimiento que le provocó la pérdida, Pressburger paró mientes en
que el único modo que tenía de sobrevivir consistía en apartar de su
pensamiento todo lo que estaba sucediendo a su alrededor, incluida la muerte
de su propio padre. «Cuanto menos tardase en olvidar —afirma—, más tiempo
viviría».
En el ejercicio de este férreo autodominio —que se hacía más necesario
que nunca a la hora de vencer el terrible padecimiento provocado por la falta
de alimento y bebida—, contó con la inesperada ayuda de ciertos recuerdos de
su infancia. «De pequeño, mis padres acostumbraban darme dinero para
comprar un bocadillo de camino a la escuela. Sin embargo, yo me lo gastaba
en regaliz. Por lo tanto, pasaba todo el día sin más alimento que el de aquella
golosina hasta que llegaba a casa por la tarde». De este modo, cuando todos
sus compañeros de Birkenau «enloquecían de hambre», él lograba superar el
trance. «Estaba hecho a no comer demasiado, y aún mantengo la costumbre».
Otto Pressburger no es el único que está persuadido de deber su
supervivencia a la capacidad de servirse del recuerdo de privaciones pasadas.
Tal como señala Jacob Zylberstein, refiriéndose al gueto de Łódź, a muchos de
los judíos alemanes que llegaban les costaba demasiado hacer frente a la vida
que llevaban allí debido a haber pertenecido a familias pudientes, en tanto que
para él y los suyos, que habían llevado una existencia de relativa pobreza, la
caída no era tan brutal. Silvia Veselá pudo observar un fenómeno similar en el
caso de las mujeres eslovacas de clase media acomodada. Aun en los campos
de realojamiento en que estuvieron confinadas en su país, antes de su traslado
a Auschwitz, les resultaba más difícil arrostrar las condiciones de vida
existentes que a mujeres como ella, de origen mucho más humilde. También el
prisionero de guerra soviético Pável Stenkin se dio cuenta de que las
estrecheces sufridas en su infancia se habían convertido en una ventaja durante
su reclusión. De niño, nunca había tenido gran cosa que echarse a la boca —ni
había gozado tampoco de demasiado cariño—, y sus experiencias negativas se
habían vuelto en su favor.
Este tipo de «selección» que se daba en el interior de los guetos y los
campos de concentración era, claro está, lo que preocupaba precisamente a
Reinhard Heydrich, tal como expresó en la Conferencia de Wannsee. Los nazis
estaban demasiado imbuidos de la idea darwinista de la supervivencia del
más fuerte para permitir que los judíos que sobreviviesen a los horrores de los
trabajos forzados siguieran con vida: de hecho, la teoría racial
nacionalsocialista les indicaba que habían logrado aislar al grupo al que más
debían temer. El encono con que se aferraron los nazis a su retorcida lógica
hasta sus más extremas consecuencias es uno de los factores que distingue a su
«solución final» de otros casos de genocidio, como el trato homicida de que
hizo objeto Stalin a las nacionalidades minoritarias de la Unión Soviética.
Bien es cierto que este último persiguió a naciones enteras, pero no lo es
menos que el sistema bolchevique no pretendía aniquilarlas en su totalidad.
Por el contrario, para satisfacer las intenciones de los nazis se hacía necesario
eliminar hasta el último judío del territorio alemán, con independencia de cuál
fuese el método empleado.
Al regresar al lugar en que se encuentran enterradas las víctimas de
Birkenau, Otto Pressburger no puede menos de recordar a los miles de presos
que llegaron con él a Auschwitz desde Eslovaquia y que hoy no pueden hacer
un viaje como el suyo. «Es terrible. Recuerdo perfectamente haber estado de
pie [aquí] junto a mi padre. La mayoría de la gente que trabajaba en este lugar
era de mi ciudad: los conocía a todos. Cada día quedaban menos. Aún deben
de estar enterrados por aquí: sólo cuatro sobrevivimos los tres años».
Entre la primavera de 1942 y el comienzo del verano fueron a morir a la
Casita Roja y a la Casita Blanca miles de judíos, llegados sobre todo de la
Alta Silesia y Eslovaquia. De camino a las cámaras de gas instaladas en
aquellos edificios, los oficiales de la SS, como es el caso de Palitzsch,
charlaban con los condenados y les preguntaban por sus negocios o sus títulos
académicos. Rudolf Hoess subraya en sus memorias hasta qué punto era
importante, si se quería llevar a cabo sin dificultad un asesinato colectivo a tal
escala, efectuar todo el proceso en medio de una atmósfera lo más distendida
posible. Con todo, podía ocurrir, tal como él se encarga de apuntar, que uno de
los componentes del grupo que se dirigía a las cámaras de gas hablase de
asfixia o asesinato, y entonces «prendía en todos el pánico», lo que hacía
mucho más difícil la ejecución. Con el tiempo, se optó por someter a una
estrecha vigilancia a los individuos de los que se sospechaba que podían
causar problemas a los nazis en este sentido. Ante el menor indicio que hiciese
pensar que alguien trataba de perturbar el ambiente de sumisión que habían
creado, los guardias apartaban con discreción al sujeto conflictivo de la vista
de los otros y acababan con él con ayuda de una pistola de pequeño calibre lo
bastante silenciosa para que los que estuvieran cerca no pudiesen oír el ruido.
Es imposible imaginar siquiera el tormento de las madres que sospechasen
lo que estaba a punto de suceder a sus hijos, que caminaban con ellas hacia
una muerte segura bajo «los árboles frutales cargados de flores que poblaban
el huerto de la casa de campo», por emplear las palabras del comandante del
recinto[120]. Hoess recoge en sus memorias cierta ocasión en que una mujer le
susurró: «¿Cómo puede usted mandar a morir a niños tan hermosos, tan
adorables? ¿Es que no tiene corazón?». Otro día fue testigo de cómo una
madre trataba de sacar a sus retoños de la cámara de gas mientras se cerraba
la puerta, sin dejar de gritar: «¡Dejen al menos vivir a mis niñitos!». Escenas
tan desgarradoras como ésta creaban, verdad es, cierto malestar en su espíritu;
pero nada, según él mismo, que no pudiese ahuyentar con una vigorosa
galopada a caballo o unos cuantos tragos.
Concentrar los asesinatos masivos en un rincón remoto del recinto de
Birkenau sí resultó una medida efectiva para que la existencia normal del
campo de concentración de Auschwitz I dejara de verse afectada por los
ajusticiamientos. Y mientras que la vida en este último seguía siendo tan dura
como siempre para los confinados, la SS había encontrado en él un lugar en el
que relajarse y conseguir ciertas comodidades tras un día de trabajo, tal como
tuvo oportunidad de descubrir Tadeusz Rybacki, al que había arrestado la
Gestapo como sospechoso de colaborar con la resistencia polaca[121].
Después de haber pasado, en cuestión de varios meses, por diferentes
brigadas de trabajo, acabó por hacerse con una de las ocupaciones más
solicitadas en el recinto principal de Auschwitz: la de camarero del comedor
de la SS. Tras la llegada de los miembros femeninos de la organización, que
coincidió con el confinamiento de las mujeres eslovacas durante la primavera
de 1942, fue testigo de alguna que otra velada de desenfreno. «Fue como un
festín de mafiosos —afirma, refiriéndose a una noche en particular—. Todos
cantaban, bebían y se daban palmaditas en la espalda. Había todo tipo de
alcohol. Yo les servía vino, y una de las mujeres de la SS comenzó a tirarme
del brazo cuando fui a llenar su copa. Entonces me dijo: “¡Cariño…!”, y todos
clavaron en mí su mirada. Me encontré, de pronto, metido en una situación muy
peligrosa, y a punto estuve de derramar el vino. Por suerte, unos cuantos
soldados le gritaron: “¡Calla la boca, putón!”, y ella me soltó». Avanzada la
noche, pudo comprobar que otra de ellas se estaba insinuando ante él y el resto
de los camareros. «Una mujer corpulenta y borracha, que caminaba
balanceándose, en dirección a los lavabos, supongo, nos vio allí de pie y
comenzó a hacernos gestos que semejaban a los del coito. Nosotros, con gesto
imperturbable, nos decíamos en voz baja: “¿Qué quiere la guarra esta?”».
Rybacki no pasó por alto el contraste existente entre la vida disipada de la
SS y la brutal existencia de los reclusos: «Sólo los prisioneros estaban
condenados a morir de necesidad: las autoridades habían convertido la
estancia en aquel campo de concentración en una lenta ejecución a fuerza de
hambre, golpes y un trabajo extenuante. Sin embargo, ellos [los de la SS] lo
tenían todo. En aquel banquete no faltaba nada: había licores de todo tipo,
incluso coñac francés, y en cantidad. Tenía el monstruoso aspecto de un festín
demoníaco. No puede usted imaginar lo terrible de la escena».
De cualquier modo, Rybacki no ignoraba cuán afortunado podía
considerarse de ser camarero del comedor. Aquella ocupación no sólo le
permitía trabajar «bajo techo» —algo fundamental, en su opinión, si quería
sobrevivir al invierno—, sino que lo ponía en contacto directo con la
mercancía más preciada en el recinto: las provisiones alimentarias. Él y sus
compañeros robaban todo lo que podían y lo escondían en el ático del
edificio. Sin embargo, esta operación no carecía de riesgo: en cierta ocasión,
estando varios miembros de la SS en la cafetería contigua al comedor, los
camareros oyeron un gran estruendo. Al asomarse a la sala, «se nos puso el
pelo de punta… De pronto vimos las piernas de alguien y medio cuerpo
asomando a través de un agujero del techo». Enseguida supieron lo que había
ocurrido: uno de los camareros había caído mientras buscaba comida en el
ático. «Allí arriba había que tener mucho cuidado de apoyar los pies en las
vigas al andar, porque, de lo contrario, podíamos acabar en la planta de
abajo». La situación pudo haber desembocado en la ejecución de todos ellos,
aunque, por fortuna, los soldados que se encontraban cerca de ahí no dejaron
de reír ni beber en ningún momento, y a ninguno se le ocurrió volver la vista al
comedor. El prisionero accidentado se las compuso para volver a subir, tras lo
cual se retiraron los escombros. Sin embargo, aún quedaba por solucionar el
problema que suponía el agujero del techo. A la mañana siguiente, cuando
llegaron al trabajo, no tuvieron más que sobornar a uno de los guardias de la
SS con mantequilla y salchichas para que no hiciese muchas preguntas acerca
de los daños. Dos días después, los desperfectos estaban reparados.
De no haber tenido lugar en Auschwitz, la anécdota del amigo de Tadeusz
Rybacki, atravesado en el techo con las piernas colgando, totalmente
desamparado, habría resultado cómica. Por otra parte, el hecho de que él y sus
camaradas corrompiesen a un soldado de la SS para evitar ser castigados
recuerda a la manipulación de guardias alemanes en campos de prisioneros de
guerra aliados que tanto gusta a los realizadores de Hollywood inclinados a
poner una nota romántica a la experiencia vivida en los recintos occidentales.
Sin embargo, al haber sucedido en Auschwitz, el relato no nos hace pensar en
nada semejante. Más bien se presenta como un elemento más que nos hace
reparar en la evolución que había experimentado aquel lugar, convertido, a
principios de verano de 1942, en dos campos de concentración separados, no
sólo en lo geográfico —pues Birkenau emergía del barro a poco menos de tres
kilómetros del recinto principal—, sino también en lo doctrinario y lo
psicológico. En uno, los prisioneros como Tadeusz Rybacki hacían cuanto
estaba en sus manos por sobrevivir, intrigando para conseguir el mejor trabajo
y «organizando» raciones extra de alimento, en tanto que en el otro, hombres,
mujeres y niños morían asesinados cuando apenas habían transcurrido unas
horas desde su llegada.
Desde el punto de vista de Hoess, era evidente que, aquel verano, debía
centrar sus energías y su atención en este segundo recinto y en las operaciones
de exterminio llevadas a cabo en él. Las cámaras de gas habilitadas en el
interior de las dos casas de campo y la quema de cadáveres a la intemperie
seguían siendo poco más que soluciones provisionales a la labor homicida que
se habían impuesto los nazis, y las ejecuciones de Auschwitz seguían siendo
algo ineficaz e improvisado. En cuanto centro de exterminio, el campo de
concentración se hallaba aún dando sus primeros pasos, considerando el
carácter limitado de su capacidad. Pese a que las pruebas que presentaron tras
la guerra pareciesen indicar lo contrario, Hoess y sus colegas ya habían
colaborado con su propia iniciativa en el diseño de medios temporales para
asesinar a ingentes cantidades de personas. Con todo, eran muy conscientes de
que aún tenían por delante su mayor cometido, el que los hizo merecedores de
la peor reputación que nadie pueda imaginar: la creación de una fábrica de
muertos.
3. Fábricas de muertos

En los albores de 1942, el único campo de exterminio especializado que


se hallaba en activo en el Imperio alemán era el de Chełmno. Pese a ello, los
nazis no dudaron en embarcarse en una verdadera orgía de destrucción, ya que,
a diferencia de quienes adoptan un sistema menos radical, planificando
primero en detalle sus acciones para después —y sólo después— llevarlas a
cabo, el gobierno nacionalsocialista se entregó a la deportación de los judíos
antes de probar la eficacia de los métodos de destrucción que habían diseñado
o instalarlos de forma adecuada. Fue a impulsos del desorden subsiguiente
como estructuraron su genocidio, y la historia de cómo organizaron esta labor
homicida —y de cómo convirtieron el de 1942 en el año más mortífero de
toda la «solución final»— dice mucho acerca de la mentalidad de quienes la
perpetraron.
Auschwitz no iba a representar el papel más destacado en las matanzas de
1942; sin embargo, fue durante ese año cuando el recinto comenzó a hacerse
notar en la Europa occidental. Días después de que las autoridades eslovacas
negociasen con los alemanes el envío de sus judíos al campo de concentración
otro país europeo comenzó a deportar gentes destinadas al mismo recinto. Y
las circunstancias que desembocaron en estas expatriaciones resultan aún más
complejas y sorprendentes que las que hemos tenido oportunidad de conocer
en el caso de Eslovaquia, lo que en buena medida se debe a que el tren que
partió el 23 de marzo con destino a Auschwitz procedía de un país
conquistado por los alemanes al que las autoridades del Reich habían
permitido una gran libertad en lo tocante a su propia administración: Francia.
Tras la rápida derrota sufrida en junio de 1940, el país había quedado
dividido en dos zonas: la ocupada y la libre. El mariscal Philippe Pétain,
héroe de la Primera Guerra Mundial, se erigió en jefe del estado de la zona
ocupada, centrado en Vichy. Durante los primeros años de la guerra, el
mariscal gozó de una gran popularidad —mucho mayor de lo que estarían
dispuestos a reconocer no pocos franceses una vez acabada la contienda— y
actuó como la principal personificación del deseo, compartido por todo el
país, de restaurar la dignidad de Francia. Los alemanes, por su parte, tenían
objetivos en apariencia contradictorios: querían someter a la nación, aunque
manteniendo en ella la menor presencia física posible. En consecuencia,
habían destinado, para todo el país, ocupado o no, menos de mil quinientos
oficiales y funcionarios germanos. Su dominio dependía, en gran medida, de la
cooperación de los burócratas galos y de su sistema administrativo.
Durante el primer año de ocupación apenas existieron tensiones entre
franceses y alemanes. El general Otto von Stuelpnagel, comandante militar de
la zona, tenía su centro de operaciones en el hotel Majestic, desde donde
actuaba más como un gobernador romano que administrara una provincia
semiautónoma del Imperio que como un nazi que tratase de reducir la región a
su cargo a una nación de esclavos. De cualquier modo, este hecho no redujo la
vulnerabilidad de los judíos de Francia. En 1940 vivían en el país unos
trescientos cincuenta mil, y casi la mitad carecía de pasaporte galo: muchos
habían llegado, procedentes de la Europa oriental, en la década de 1920, en
tanto que otros lo habían hecho en fechas más recientes, huyendo —sin éxito—
de los nazis. Estos judíos foráneos fueron los que hubieron de soportar lo peor
de las primeras persecuciones. En octubre de 1940, el nuevo gobierno francés
proclamó, en el «estatuto judío», que toda la comunidad hebrea tenía
prohibido trabajar en ciertas profesiones, a los miembros extranjeros de ésta
residentes en la zona no ocupada se reservaba, además, el tormento adicional
que suponía la reclusión en campos de internamiento.
Durante este primer período de la ocupación de Francia, los nazis pusieron
en práctica la persecución del pueblo judío del modo acostumbrado: en primer
lugar, identificando y registrando a sus integrantes, para después aprobar leyes
que los obligasen a registrar sus propiedades antes de confiscarlas y deportar
a todos los judíos de la zona ocupada. El gobierno de Vichy no dudó en
brindar su sumisa colaboración durante todo el proceso. Sin embargo, la
relativa calma con que se estaba desarrollando la ocupación habría de verse
perturbada, en 1941, por algo acaecido miles de kilómetros más al este: la
invasión de la Unión Soviética. El 21 de agosto de aquel año, dos alemanes
recibieron heridas de bala en París, y uno de ellos murió. Enseguida se
resolvió que detrás de la agresión se encontraban los comunistas franceses, y
el asesinato cometido poco después, el 3 de septiembre, no sirvió más que
para aumentar la preocupación de los alemanes por que la vida tranquila de
Francia hubiese llegado a su fin.
Las autoridades germanas reaccionaron ante los citados crímenes
encarcelando a los comunistas y consumando asesinatos a modo de desquite
(acto seguido del incidente de septiembre se fusiló, en efecto, a tres rehenes).
Con todo, la respuesta no pareció adecuada a Hitler, que tenía los cinco
sentidos puestos en dirigir, desde su cuartel general situado en los bosques de
Prusia Oriental, el baño de sangre en que se había convertido la guerra en el
frente oriental. El mariscal de campo Wilhelm Keitel puso en conocimiento de
las autoridades parisinas el enfado del dirigente nazi: «Los actos de represalia
llevados a cabo contra los tres rehenes constituyen una medida muy poco
enérgica. El Führer considera que un soldado alemán vale mucho más que tres
comunistas franceses, y espera que se responda a casos similares con los
castigos más severos posibles. Ante un próximo asesinato debe reaccionarse
de inmediato con al menos cien ejecuciones por cada alemán [muerto]. Sin
castigos draconianos como éste, será imposible dominar la situación[122]».
Hitler había esperado de su representante en Francia una actuación tan
resuelta y brutal como las medidas emprendidas por su comandante en jefe en
Ucrania, en diciembre de 1941, ante una amenaza similar. «La lucha contra la
guerrilla —escribió— sólo puede prosperar si hace ver a la población que los
guerrilleros y quienes los respaldan acaban, más tarde o más temprano,
ajusticiados». «La muerte por estrangulación resulta particularmente
amedrentadora», señaló, más adelante, el propio Führer[123]. «Sólo en los
lugares en que la batalla contra el incordio de los partisanos se ha llevado a
cabo con despiadada brutalidad se han alcanzado resultados
satisfactorios[124]».
Las autoridades alemanas de la capital francesa se enfrentaban a un dilema
nada fácil: si actuaban en consonancia con la política recomendada por Hitler,
corrían el peligro de verse privadas de la colaboración del pueblo galo, tal
como parecía corroborar la indignación surgida ante el asesinato de noventa y
ocho rehenes tras el atentado contra un oficial alemán en Nantes en el mes de
octubre. Al general Von Stuelpnagel no le cabía la menor duda de que tales
«métodos polacos» no funcionaban en Francia[125]. Sin embargo, en cuanto
político, tenía el suficiente pragmatismo para comprender que Hitler no
cambiaría de opinión a fin de permitir que los alemanes destacados allí
procediesen a su arbitrio en lo tocante a este asunto. El Führer estaba resuelto
a exigir severos castigos a este respecto. En consecuencia, las autoridades
alemanas de Francia adoptaron una postura que constituye un claro ejemplo
del modo como buscaban soluciones quienes ocupaban puestos de relieve en
el estado nazi, y que consistió en soslayar, en cierta medida, las ideas
dogmáticas del Führer ideando formas alternativas de castigo severo que
dañasen en un grado mucho menor sus relaciones con el pueblo francés.
Enseguida se propusieron dos opciones: la imposición de multas a amplios
sectores de la población, por un lado, y la deportación, por el otro. Y dado
que no había nazi que no tuviese labrada a fuego en su mente la existencia de
un supuesto vínculo entre comunistas y judíos, nada pudo parecer más natural a
los germanos destacados en París que la idea de multar y deportar a la
comunidad hebrea en venganza por la muerte de sus compatriotas a manos de
los comunistas. Proseguirían las represalias en forma de asesinato, aunque a
escala reducida y sólo como una parte ínfima de la política general de
«castigos draconianos».
Pese a la solución parcial que había encontrado a su problema, Von
Stuelpnagel seguía pensando que debía quejarse de nuevo ante sus superiores,
y en enero de 1942 llegó a la conclusión de que era incapaz de «conciliar los
fusilamientos colectivos con mi conciencia, ni responder de ellos ante el
tribunal de la historia[126]». No cabe sorprenderse de que, poco después de
esta declaración, Von Stuelpnagel abandonara el cargo. Así y todo, quedaron
inamovibles los principios que había establecido: judíos y comunistas serían
deportados a modo de respuesta ante cualquier muestra de resistencia por
parte de los franceses. En consecuencia, en marzo de 1942 partió de Francia el
primer convoy destinado al campo de concentración de Auschwitz. Los
oficiales del Ejército alemán, que no deseaban tener que «responder… ante el
tribunal de la historia», no tuvieron, sin embargo, reparo alguno en enviar a
los ocupantes de aquel ferrocarril al lugar más peligroso que pudieran
imaginar. De los 1112 hombres que subieron a él en Compiègne, 1008
morirían en cuestión de cinco meses a causa de una devastadora combinación
de hambre, abusos y enfermedades. Se cree que sólo 20 sobrevivieron a la
guerra, lo que quiere decir que más de un 98 por 100 de las víctimas de
aquella primera deportación murió en Auschwitz[127].
En aquel momento, la expulsión de la comunidad hebrea de Francia como
medida de desquite se había fundido, de forma evidente, con otra idea mucho
más amplia: la «solución final» adoptada por los nazis ante su «problema
judío», cuya estrategia general a largo plazo había quedado muy clara ya en
enero de 1942, en la Conferencia de Wannsee. La responsabilidad de poner en
práctica, día a día, esta política en Francia recayó sobre el capitán de la SS
Theodor Dannecker, subordinado a las órdenes de Adolf Eichmann, quien, a su
vez, había de responder ante Reinhard Heydrich. El 6 de mayo, este último
visitó en persona París y confió a un grupo reducido de personas que «igual
que sucedió en el caso de los judíos rusos de Kiev, se ha dictado sentencia de
muerte contra todos los judíos de Europa, incluidos los de Francia, cuyas
primeras deportaciones están teniendo lugar durante estas semanas[128]».
Los nazis habrían de arrostrar un obstáculo difícil de salvar si querían
lograr su anhelado objetivo de ver a Francia «libre de judíos»: las propias
autoridades del país. Alemania no disponía allí de la mano de obra necesaria
para identificar, detener y expatriar a los hebreos galos sin contar con la
participación activa de la administración y la policía francesas, y más aún
habida cuenta de que, en un primer momento, los nazis exigieron que se
deportase a más judíos de Francia que de ningún otro país de la Europa
occidental. Durante un encuentro celebrado en Berlín el 11 de junio de 1942,
presidido por Adolf Eichmann, se anunció un plan de actuación por el que
debían ser llevados a Auschwitz 10 000 judíos belgas, 15 000 holandeses y
100 000 franceses. Sus edades debían estar comprendidas entre los dieciséis y
los cuarenta años, y sólo un 10 por 100 de ellos podía ser «no apto para el
trabajo». Nunca se ha revelado cuál era el verdadero motivo de tales cifras y
restricciones, pero la decisión de no aceptar todavía grandes cantidades de
niños y ancianos hace pensar en que se tenía conciencia de que la capacidad
de exterminio de Auschwitz era aún limitada. Ansioso por complacer a sus
superiores, Theodor Dannecker se comprometió a enviar a todo hebreo francés
que estuviese entre las edades señaladas. De hecho, poco después de la
reunión berlinesa elaboró un plan para deportar a cuarenta mil personas hacia
Oriente antes de que hubieran transcurrido tres meses.
No obstante, de formular tan ambicioso plan a ser capaz de hacerlo
realidad en un país que seguía administrándose, en buena medida, de forma
autónoma había un abismo. En una reunión mantenida el 2 de julio entre René
Bousquet, jefe de la policía de Vichy, y una serie de funcionarios nazis, los
alemanes pudieron comprobar por sí mismos cuán lejos estaba la teoría de la
práctica. El representante francés expuso la postura de su gobierno: en la
Francia ocupada, sólo podrían ser deportados los judíos extranjeros, y en la
no ocupada, la policía gala no participaría en redada alguna. Según sus
propias palabras: «Por parte de Francia, no tenemos nada en contra de los
arrestos en sí, pero resultaría muy embarazoso que los ejecutase la policía
francesa en París. Esta es la postura expresada por el mariscal [Pétain[129]]».
Helmut Knochen, director de la policía de seguridad alemana, que sabía que
las deportaciones serían impracticables sin la colaboración del país invadido,
no dudó en protestar, y recordó a Bousquet que Hitler no entendería la actitud
de Francia en un asunto que tanta importancia revestía para él. Al galo le bastó
la amenaza implícita para mudar de postura: su policía efectuaría los arrestos
tanto en unas zonas como en otras, pero sólo detendría a judíos foráneos. Las
autoridades francesas habían tomado una clara determinación política:
cooperarían entregando extranjeros a los alemanes a fin de proteger a sus
propios ciudadanos.
En un encuentro celebrado dos días después entre el primer ministro
francés, Pierre Laval, y Dannecker, aquél se mostró dispuesto —según este
último— a que, «en la evacuación de familias judías de la zona no ocupada, se
incluyera también a los niños de menos de dieciséis años. Por lo que respecta
a los menores judíos de la zona ocupada, la cuestión no le interesaba lo más
mínimo[130]». Para los historiadores, la propuesta de Laval lo hace merecedor
de su «eterno descrédito[131]», y no falta quien afirme que este momento
debería «escribirse con tinta indeleble en la historia de Francia[132]». Y lo
cierto es que resulta imposible no estar de acuerdo con ellos, sobre todo si se
tiene en cuenta el terrible sufrimiento que estaba a punto de sobrevenir a todos
estos niños, así como que buena parte de él les sería infligido por el pueblo
francés, en suelo francés y a consecuencia de la proposición expresada por un
político francés.
Las primeras detenciones de judíos extranjeros por parte de la policía gala
tuvieron lugar en París la noche del 16 de julio de 1942. En el apartamento
familiar del distrito número 10 se encontraban Annette Muller, su hermano
menor Michel, sus dos hermanos mayores y su madre[133]. Tras oír ciertos
rumores, su padre, que era de origen polaco, había ido a ocultarse en las
cercanías, en tanto que los suyos habían permanecido en la vivienda, ya que
les resultaba inconcebible que toda la familia pudiese estar en peligro.
Annette, que a la sazón contaba nueve años, no ha olvidado ningún detalle de
lo sucedido aquella noche. «Nos despertamos al oír llamar a la puerta con
violencia. Entonces entró la policía, y mi madre rogó a los agentes que no nos
hiciesen marchar. El inspector le propinó un empujón y le gritó: “¡Vamos, date
prisa! ¡No nos hagas perder el tiempo!”. Aquello me dejó impresionada.
Durante muchos años tuve pesadillas al ver de pronto a mi madre, a la que
tenía en un pedestal, [comportarse de ese modo]. No lograba entender por qué
se humilló ante ellos».
Su progenitora se apresuró a extender una sábana en el suelo y comenzó a
llenarla de ropa y alimentos no perecederos. Minutos después se encontraban
todos bajando las escaleras en dirección a la calle. Annette recordó de pronto
que había olvidado su peine, y los agentes le dejaron volver por él siempre
que «regresase enseguida». Al entrar en el apartamento, descubrió que aún
había en él miembros de la policía. «Todo estaba patas arriba. Yo quise llevar
[también] mi muñeca conmigo… y ellos me la arrebataron de los brazos y la
lanzaron con violencia sobre la cama deshecha. Entonces entendí que lo que
iba a ocurrimos no era nada bueno».
Una vez en la calle, aprovechando el tumulto de policías y judíos, su
madre hizo huir a sus dos hijos mayores, de diez y once años, y ambos
desaparecieron entre la multitud —los dos sobrevivieron a la guerra ocultos
en casa de otras familias francesas—. Entonces, la policía obligó al resto a
subir a una serie de autobuses que los llevó a la prisión de tránsito en que se
había convertido el Vélodrome d’Hiver, un estadio cubierto situado en el
distrito número 15. Todas las familias arrestadas en el transcurso de las dos
noches de redada —un total de 12 884 personas, de las cuales 4115 eran niños
— fueron confinadas allí. Michel Muller, que no pasaba de los siete años,
recuerda lo que sucedió después como en una serie de «destellos» de gran
intensidad. «Las luces estaban encendidas día y noche. Había enormes
tragaluces y hacía mucho calor. Apenas volvimos a ver a la poli. Había uno o
dos lugares de los que obtener agua, y lavabos: tal vez dos. Lo que no he
borrado de mi mente son los olores: después de dos días, el hedor se hizo
irrespirable. Los pequeños jugábamos, ya que había un montón de niños a los
que conocía. Nos deslizábamos por la pista destinada a las bicicletas, que era
de madera[134]».
Annette Muller cayó enferma en medio de tan insalubres condiciones, por
lo que la llevaron al espacio central que quedaba rodeado por la pista para
que se echase. «Vi a un hombre paralítico que vivía a poca distancia de la rue
de l’Avenir. Cuando íbamos a su casa lo veíamos siempre con una manta sobre
las piernas, rodeado de sus hijos, que se dirigían a él con gran respeto.
Recuerdo cuánto me impresionaba aquel señor. Y allí lo vi tumbado en el
suelo, desnudo (era la primera vez, dicho sea de paso, que veía a un hombre
sin ropa) y sin dejar de gritar. Tenía los ojos medio abiertos, y el cuerpo,
blanco y desnudo. Ofrecía una imagen aterradora».
Tras varios días de confinamiento en el velódromo, las autoridades
trasladaron a las familias, en tren, a recintos establecidos en los campos
franceses. El destino de los Muller fue Beaune-la-Rolande. «Era un pueblo
muy bonito —afirma Michel—: hermoso y cálido. Había un paseo largo de
árboles. Nos hicieron atravesar parte de la población, y la gente nos miraba…
con curiosidad». Su familia fue de las últimas en llegar a un recinto dispuesto
a la carrera en el que ni siquiera quedaban camas para ellos. En consecuencia,
hubieron de dormir, como pudieron, en el suelo, sobre un lecho de paja. Aun
así, a Michel no le importó. «Al principio —asegura— no estaba preocupado.
No tenía miedo, porque estábamos con mi madre, y eso me tranquilizaba.
Además, podía jugar con mis amigos». Sólo lo inquietaba una cosa: «Todos
éramos buenos estudiantes, y no sabíamos si nos daría tiempo a volver a la
hora a la escuela».
Pese a las condiciones del campo de realojamiento, el hecho de estar
acompañados de su madre constituía un gran consuelo para los dos hermanos.
«Pese a lo preocupada que estaba en casa —recuerda Annette— y a que, en
realidad, ya no pudimos volver a hablar con ella, durante el principio de
nuestra estancia allí estuvo siempre a nuestra disposición. Jugaba con
nosotros, y nosotros la abrazábamos. Las otras mujeres nos miraban y se reían
al verla jugar con los dos de un modo tan físico». Sin embargo, cierto
recuerdo de aquellos primeros días en el recinto no ha dejado de obsesionar
nunca a su hija: «La primera noche que pasamos en el barracón debió de haber
llovido, y ella estaba empapada. Mi hermano y yo discutimos porque ninguno
quería dormir a su lado por no mojarse. Ella dijo algo así como: “Tenéis más
miedo del agua que deseo de dormir con mamá”. Cuando nos separamos, me
atormentó la idea de haber dejado escapar la oportunidad de colocarme junto
a ella aquella noche». Días más tarde, su madre se las compuso para sobornar
a un agente de la gendarmerie —pues en el campo de realojamiento no vieron
jamás a un funcionario que no fuera francés— a fin de que hiciese llegar una
carta a su marido, y aquella iniciativa resultaría ser, con el tiempo, lo que
permitió salvar las vidas de sus dos hijos menores.
Apenas habían transcurrido unos días desde su llegada al recinto cuando
las mujeres recibieron órdenes de entregar sus objetos de valor. Sin embargo,
algunas prefirieron deshacerse de sus posesiones más preciadas de un modo
que, según esperaban, impidiese a sus carceleros sacar el menor provecho de
ellas: «Las letrinas consistían en una zanja —explica Michel Muller—, una
zanja con una especie de tablón encima, y todos podían vernos cuando
hacíamos nuestras necesidades; la idea me resultaba espantosa. Resultaba
bochornoso que cualquiera pudiese asomarse cuando estábamos allí. El caso
es que hubo algunas [mujeres] que echaron sus joyas a la mierda». Más tarde,
el muchacho vio a algunos de los habitantes del pueblo, a quienes habían
contratado para que registrasen a las reclusas judías, hurgando en aquel foso
con un palo. «Aquello me sorprendió de veras», asegura.
El sufrimiento que conocieron los Muller y otros miles de familias en
recintos como el de Beaune-la-Rolande o el de Pithiviers fue poco comparado
con el que les esperaba. Dado que, en un principio, los alemanes habían
pedido a los franceses la deportación exclusiva de adultos capaces de
trabajar, y puesto que los niños sólo se habían incluido en un segundo
momento a fin de hacer cuadrar las cuentas, en Berlín no se habían acordado,
de modo formal, los preparativos necesarios para la expatriación de familias
enteras. Sin embargo, aun cuando sabían, casi con toda seguridad, que apenas
habría que esperar unas semanas a que se efectuasen tales preparativos, las
autoridades galas convinieron en separar a los padres de sus hijos y deportar
primero a los adultos. Jean Leguay, delegado de la policía de Vichy, escribió
al prefecto de Orleans para indicarle: «Los niños no deberían salir del país en
los mismos convoyes que sus padres. —Y añadió—: Mientras esperan a que
les llegue el momento de volver a reunirse con ellos, se tendrá cuidado de
ellos[135]». No obstante, reveló que sabía que los niños partirían también en
breve al asegurar que «los trenes de los pequeños comenzarán a salir durante
la segunda mitad de agosto[136]». Las autoridades francesas, por lo tanto, no
trataron, en absoluto, de evitar los terribles padecimientos a que estaban
abocados los expatriados; no propusieron a los alemanes que retrasasen las
primeras salidas unas semanas para no tener que desmembrar a las familias.
Laval ya había declarado con anterioridad que su propuesta de incluir a
los niños en las deportaciones se debía a un deseo «humano» de no separar a
las familias. Tal aseveración, que ya entonces acusaba el mismo tufo de
hipocresía que los «argumentos cristianos» presentados por los eslovacos a la
hora de deportar a unidades familiares enteras, se revela hoy día como una
falsedad descarada. Nada podía haber menos «humano» que las acciones que
planeaba Leguay en aquellos momentos: arrebatar a los hijos del seno paterno
en los centros de tránsito de Beaune-la-Rolande y Pithiviers. Dicho con
palabras del historiador Serge Klarsfeld: «Leguay cierra los ojos ante la
significación real de las deportaciones, que él contribuye a hacer aún más
inhumanas. Su principal preocupación consiste en llenar, sentado en su
soleado despacho de la rue de Monceau, el número de trenes que había
establecido la Gestapo[137]».
A principios de agosto comenzaron a circular, en Beaune-la-Rolande,
rumores de que iban a llevarse a los adultos. «Recuerdo que [mi madre] cosió
dinero en las hombreras de mi chaquetita —refiere Michel Muller—. Era la de
mi traje de los domingos, compuesto también de chaleco y pantalones cortos,
unos pantalones que creo que eran como de golf y de los que estaba muy
orgulloso. Cosió el dinero y me dijo que tuviera cuidado. Al día siguiente fue
la redada». La policía francesa entró en el recinto y reunió a todos los allí
confinados. Cuando anunciaron que se separaría a los hijos de sus
progenitores, se formó un gran alboroto. «Muchos de los niños se aferraron a
sus madres —señala Michel—. Aquéllos fueron momentos muy difíciles: los
pequeños agarrados a sus madres, sin dejar de gritar ni llorar, y los gendarmes
abrumados». Annette completa la relación: «La policía hacía retroceder a las
madres golpeándolas de manera brutal, pero los niños no soltaban sus ropas.
[Los gendarmes] comenzaron a empaparnos con agua y a rasgar los vestidos
de las mujeres. Todo el mundo estaba chillando y llorando. De pronto, cesó el
estruendo y se hizo el más absoluto silencio». Frente a las mujeres y los niños
habían colocado una ametralladora, y nadie pasó por alto la amenaza. «Ante
nosotros se extendía toda una hilera de mujeres —recuerda Annette—. Aún
puedo verlas delante de mí. Y los niños nos abrazábamos. Mi madre, que se
encontraba en primera fila, nos hizo una señal con la mirada, y nosotros no
apartábamos la vista de ella. Tuve la impresión de que sus ojos nos sonreían,
como si quisiera decirnos que iba a volver. Michel lloraba. Ésa es la última
imagen que conservo de mi madre».
Las condiciones de vida en el campo de realojamiento no tardaron en
empeorar para los niños tras la marcha de sus padres. Sin madres que cuidaran
de ellos, andaban siempre sucios y con las ropas llenas de manchas. Para peor
suerte, la dieta de sopa aguada y habichuelas provocó no pocas diarreas. Con
todo, lo más difícil de superar para ellos fue el vacío emocional provocado
por la partida. «Lo más duro era la caída de la tarde —asegura Michel Muller
—. Era entonces cuando mamá solía contarnos cuentos, y cuando se fue
tuvimos que hacerlo solos». Annette añade: «La tristeza que me provocó su
marcha hizo que no quisiese salir del barracón hasta pasados unos días. No
podía dejar de llorar. Seguía durmiendo sobre la paja, y me repetía que se
había ido por mi culpa, porque no me había portado bien con ella. Me
reprochaba, yo misma, todo tipo de cosas. Al fin, fue Michel quien me obligó
a salir. Tenía disentería, y él me ayudó a lavarme y me hizo comer. Poco a
poco, me fue llevando por el recinto para que, juntos, arrancásemos hierbas y
tratáramos de alimentarnos con ellas».
Con sólo siete años, Michel asumió el papel de protector de su hermana. Y
hubo de enfrentarse a dificultades nada despreciables. Annette estaba enferma
y no podía hacer cola para lograr sopa, y el experimento de comer hierba (el
niño dio por hecho que sabría como la lechuga) no fue ningún éxito. Con todo,
el mayor problema con que se encontró fue que, a causa de su corta edad, era
menos corpulento que muchos de los niños con los que debía competir a la
hora de comer. «Recuerdo perfectamente las peleas que surgían en el momento
de servir la sopa entre los mismos muchachos. Como yo era muy pequeño, no
podía meterme entre los que se apiñaban para conseguir un plato. A veces
regresaba con la lata vacía, sin haber logrado una gota. Mi hermana estaba
siempre enferma; así que teníamos que ir a donde estaban los bidones de los
que habían sacado la sopa en busca de algún resto. Hablábamos mucho de
comida. Nos detallábamos el menú que nos apetecía a cada instante, aunque en
casa nunca fuimos, por lo general, muy buenos a la mesa. Sin embargo, en
aquellos momentos, el hambre nos tenía martirizados». Michel se dio cuenta
de que, si quería que él y su hermana sobrevivieran, debía hacer algo por que
cambiase su situación de forma radical, ya que, con el transcurso de los días,
ambos se encontraban más débiles. Así que no dudó en entrar en acción al ver
cierto cartel a la puerta del hospital del recinto. «Decía que los niños de
menos de cinco años podían comer allí. Y como yo sabía leer y escribir
(siempre he insistido a mis hijos en la utilidad de tal aptitud), hice ver que
tenía cinco años, cosa que funcionó muy bien. De ese modo pudimos comer mi
hermana y yo», porque el pequeño también se las ingeniaba para sacar
raciones extra del establecimiento.
Lo que convierte a este episodio en uno de los dotados de mayor patetismo
de una historia no exenta de atrocidades no es sólo el que separasen con tanta
violencia a los hijos de sus padres sino también el trato que les dispensaron
las autoridades francesas una vez que quedaron a su «cuidado». No se trata
sólo de que los desatendiesen —estaban mal alimentados y abandonados en lo
emocional—, sino de las humillaciones que hubieron de sufrir en el período
más vulnerable de su desarrollo. A despecho del hambre, a pesar de la
suciedad, lo que más afectó en Beaune-la-Rolande a Michel Muller fueron las
vejaciones a que se vio sometido. «Ya que el grado de higiene era ínfimo y
todos teníamos piojos, nos afeitaron la cabeza. Yo tenía mucho pelo en aquella
época, y mi madre estaba orgullosísima de mis rizos. Y cuando aquel
gendarme fue a raparme, me sujetó entre sus piernas y dijo: “¡Hombre! Vamos
a jugar a El último mohicano”, y me rasuró una línea en mitad de la cabeza, de
modo que quedé con pelo a ambos lados y una parte afeitada en medio. Sentí
tanta vergüenza que acabé por robar una boina para taparme». Tenía un
aspecto tan horrible que conmovió incluso a su hermana de nueve años.
«Recuerdo que a mi madre le encantaba peinarle el cabello, un hermoso
cabello rubio. Siempre le decía que era guapísimo. Y cuando le afeitaron
aquella raya en el centro, adquirió un aspecto espantoso. Entonces entendí por
qué se marginaba a los judíos, porque yo misma había sentido, al verlo con la
cara sucia y aquel corte de pelo, cierta repulsión. Mi propio hermano pequeño
me inspiró repugnancia». Pasados unos días, los gendarmes acabaron, por fin,
el trabajo y rasuraron también los laterales de su cabeza. En tanto que ellos se
lo pasaron en grande a su costa, Michel hubo de soportar un trauma emocional
que aún no se ha borrado de su memoria.
Mientras tanto, a mediados de agosto de 1942, se habían puesto en marcha
los preparativos necesarios para que los franceses pudieran deportar a los
niños confinados y completar así la cifra prometida a los alemanes. El plan
consistía en trasladar a los muchachos de Beaune-la-Rolande y Pithiviers al
campo de internamiento de Drancy, suburbio situado al noreste de París. De
allí serían enviados, finalmente, a Auschwitz en convoyes compartidos con
adultos, lo que significa que viajarían a la muerte en compañía de extraños.
El 15 de agosto, una columna consternada de niños volvió a recorrer las
calles arboladas del hermoso pueblo de Beaune-la-Rolande, esta vez en
dirección a la estación de ferrocarril. Tenían un aspecto muy diferente del de
aquellos muchachos relativamente sanos que habían llegado al centro de
realojamiento acompañados de sus madres poco más de dos semanas antes.
«Recuerdo que los aldeanos nos miraban —declara Annette Muller—. Nos
miraban con una repulsión idéntica a la que yo misma había sentido. Debíamos
de oler mal. Estábamos rapados y cubiertos de llagas. La repugnancia que
podía verse en su rostro era semejante a la que puede verse, en ocasiones, en
el metro, ante un mendigo mugriento que duerme en un banco. Daba la
impresión de que ya no fuésemos humanos». Así y todo, los niños entonaban
canciones de camino a la estación, ya que, tal como señala Annette:
«Estábamos convencidos de que nos llevaban a ver a nuestros padres». Sin
embargo, no tenían por destino sus hogares, sino el mentado recinto de Drancy,
conducto que sirvió para enviar a los campos de exterminio orientales a más
de sesenta y cinco mil personas, de las cuales más de sesenta mil acabaron en
Auschwitz.
Odette Daltroff-Baticle, recluida en Drancy en agosto de 1942, se había
ofrecido, junto con dos amigas, a cuidar de los niños enviados de Beaune-la-
Rolande y Pithiviers. «Llegaron en un estado pésimo: plagados de parásitos,
sucísimos y aquejados de disentería. Tratamos de ducharlos, pero no teníamos
con qué secarlos. Entonces hicimos lo posible por darles alimento, porque
llevaban días sin comer; pero nos costó horrores. También intentamos hacer
una relación completa de sus nombres, pero muchos ni siquiera sabían su
apellido, por lo que se limitaban a decir cosas como: “Soy el hermano
pequeño de Pierre”. Pusimos todo nuestro empeño en averiguar cómo se
llamaban. Con los mayores, claro, no hubo problema alguno; pero con los más
pequeños nos resultó del todo imposible. Sus madres les habían atado trocitos
de madera con sus nombres, pero muchos de ellos se los habían arrancado y se
habían servido de ellos para jugar con otros niños[138]».
Ante tan lastimoso panorama, Odette y las demás voluntarias llegaron a la
conclusión de que no podían hacer otra cosa que tratar de confortar a los
pequeños con palabras que sabían falsas. «Les mentimos; les dijimos: “Ya
verás como vuelves a ver a tus papás”. Ellos, claro está, no nos creyeron: es
curioso, pero sospechaban lo que les iba a suceder. Muchos nos decían:
“Madame, adópteme; adópteme”, porque querían permanecer en aquel campo
a pesar de las pésimas condiciones. No querían que volviesen a llevárselos.
Había allí un niño… un niño hermosísimo de tres años y medio. No dejaba de
repetir algo que aún tengo grabado en la memoria: “Mamá, voy a tener miedo.
Mamá, voy a tener miedo”. No decía otra cosa. Por sorprendente que parezca,
sabía que aún iba a tener razones para estar más asustado. Daban muestras de
un pesimismo extremo, y eso los hacía preferir los horrores de aquel recinto.
Lo habían comprendido todo mucho mejor que nosotros».
Odette advirtió que aún poseían «pequeños objetos que tenían mucha
importancia para ellos», como fotografías de sus padres o joyas de escaso
tamaño. «Había una niñita que decía, refiriéndose a sus zarcillos: “¿Creen que
me dejaran quedarme con cositas de oro?”». Sin embargo, la víspera de su
partida, llegaron reclusas judías de otra parte del recinto a registrarlos en
busca de objetos de valor. «Aquellas mujeres recibieron un pago por día
trabajado, y no nos cabía la menor duda de que se echaron a los bolsillos la
mitad de lo que encontraron. Además, tal como pudimos ver, no tuvieron para
ellos una sola palabra agradable. Trataron a los niños con una insensibilidad
tal que me resultó incluso curiosa».
A los hermanos Muller, la vida en el campo de internamiento de Drancy —
creado en una urbanización de bajo coste a medio construir— les pareció
semejante a «andar por una pesadilla». Annette se sintió horrorizada no sólo
por las condiciones de vida del lugar (ella y Michel dormían sobre un suelo de
hormigón, rodeados de excrementos), sino también porque, dado que los pocos
adultos que trataban de cuidar a los pequeños no daban abasto para atenderlos
a todos, ella y su hermano se encontraron con que «nadie se ocupó de
nosotros. Estábamos solos: no recuerdo de ninguna persona mayor que nos
cuidase». Entonces, poco antes de la fecha prevista para enviarlos a
Auschwitz, llamaron a una serie de niños, y ella y su hermano estaban en la
lista. Escoltaron a los dos pequeños fuera del recinto, más allá del alambre de
espinos, hasta un coche de policía que los esperaba. «Pensamos que nos iban a
liberar —recuerda Annette—. Estábamos convencidos de que íbamos a ver a
los nuestros y regresar a la rue de l’Avenir. Elaboramos incluso un plan para
dar una sorpresa a nuestros padres, que consistía en escondernos debajo de la
mesa y salir para ver su expresión de fel