SALMO 119:60
“Me apresuré y no me retardé,
En guardar Tus mandamientos”
Uno de los propósitos de la ley de Dios es frenar el pecado. Por eso Pablo afirma
que la ley fue dada “para los transgresores” (1 Tim 1:9). El problema es que los
“transgresores” no desean someterse a la ley de Dios; por eso Dios estableció
sanciones para aquellos que quebrantan Su ley (Rom 13:1-4).
Nuestra sociedad refleja esa triste realidad. Si no hubiera “transgresores” (=
pecadores) no sería necesario tener leyes. Las leyes existen para frenar la maldad
humana. Y aun cuando hay leyes, el nivel de mal comportamiento va subiendo en
forma alarmante. ¡Cómo sería si no hubiera leyes y sanciones! La vida sería un
caos. Los “transgresores” actuarían impunemente, y la maldad se desbordaría
totalmente.
En el caso del Salmista vemos una actitud totalmente diferente. Lejos de ser una
persona que se rebela contra la ley de Dios, él expresa un gran deseo de someterse
a ella. Por eso dice, “Me apresuré y no me retardé en guardar Tus mandamientos”.
Comencemos meditando en los dos verbos; son interesantes.
- “me apresuré” (‘kush’). La palabra en hebreo indica la acción de una
persona emocionada por hacer algo que le trae placer. Cuando algo nos
trae placer y satisfacción, no tardamos en hacerlo; nos apresuramos. En
Núm 32:17, este verbo se usa para las dos tribus y medio que cruzaron el
río Jordán para apoyar a las demás tribus en la conquista de la Tierra
Prometida. En ese contexto dijeron, “nosotros nos armaremos, e iremos
con diligencia [‘kush’] delante de los hijos de Israel”. Ellos sabían que sus
familias quedarían al este del río Jordán, desprotegidos (humanamente
hablando). Estarían ansiosos por volver a ver a sus esposas e hijos. Como
no podían hacerlo hasta terminar la conquista, se apresuraron a cruzar el río
Jordán para iniciar el trabajo. ¡Cuánto más rápido empezaban, más rápido
volverían a casa! En Hab 1:8, el mismo verbo se usa para hablar de águilas
que vuelan con tremenda velocidad porque “se apresuran [‘kush’] a
devorar”. El deleite de comer les hizo volar con rapidez. Esa fue la actitud
del Salmista; se apresuró a guardar la ley de Dios, porque hallaba deleita en
ella.
- “no me retardé” (‘majaj’). Según la concordancia exegética de Strong, este
verbo significa ‘ser renuente’. Cuando una persona es renuente a hacer
algo, se demora, lo posterga; no muestra mucha emoción por hacerlo. Por
ejemplo, cuando Dios estaba por destruir a Sodoma, Lot no quiso dejar la
ciudad. Leemos en el texto sagrado, “Y deteniéndose él [‘majaj’] los
varones asieron de su mano” (Gén 19:16). El Salmista no fue así frente a la
ley de Dios. ¡Todo lo opuesto! Él no se retardó, sino se apresuró en
guardar la ley.
REFLEXIÓN: ¿Cómo es nuestra obediencia a Dios? ¿Nos apresuramos a obedecerle
cuando Él indica que hay algo que quiere que hagamos? ¿O será que a
veces somos renuentes en a obedecer a Dios? ¡Qué buen ejemplo nos
da el Salmista de obediencia a Dios! Pidamosle la gracia para ser
semejantes a él.
En Rom 8:7 Pablo afirma que “los designios [= los planes, propósitos y deseos] de
la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni
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tampoco pueden”. Si es así, entonces ¿cómo explicamos la actitud del Salmista en
este verso? ¿Cómo es que él se muestra tan ansioso por guardar la ley de Dios,
cuando la verdad es que la ley de Dios va en contra de lo que nuestra naturaleza
pecaminosa (= “la carne”) quiere?
La respuesta a esa pregunta tiene tres partes:
1. Dios le dio entendimiento espiritual. Aparte de la gracia de Dios no
podemos entender la ley divina. Según el apóstol Pablo, “el hombre natural
no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura,
y no las puede entender” (1 Cor 2:14). Esa es la reacción de muchísimas
personas, hoy en día, cuando declaramos la ley de Dios acerca de nuestra
sexualidad – sencillamente les parece una locura (el no tener relaciones
sexuales hasta casarse, etc.). Y no debemos sorprendernos que reaccionen
así; porque la única persona que puede entender y amar la ley de Dios es
aquella a quien Dios ha concedido entendimiento espiritual. Hubo un
tiempo cuando el Salmista no entendía la ley de Dios; pero Dios abrió sus
ojos espirituales. Por eso ahora entiende y ama la ley de Jehová. Sabe que
Dios ha dado Su ley para nuestro bien. Por eso se apresura a guardarla.
REFLEXIÓN: ¿Estamos luchando por entender algún aspecto de la ley de Dios?
¿Hay algo que Dios está pidiendo de nosotros que nos cuesta
entender? Pidamos a Dios que abra nuestros ojos espirituales, para
entender la excelencia de Su ley (Sal 19:7-10), y confiar que la
voluntad de Dios es “buena…agradable y perfecta” (Rom 12:2).
2. Dios le dio un nuevo corazón. A veces como creyentes, sabemos que la
ley de Dios es buena para nosotros; sin embargo, aun así nos cuesta
obedecerla. Eso indica que no es suficiente tener entendimiento espiritual;
se requiere un corazón plenamente renovado, deseoso de obedecer a Dios.
Después de haber desobedecido a Dios (en el caso de Betsabé) David tuvo
que clamar al Señor: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un
espíritu recto dentro de mí” (Sa 51:10). Él sabía que la ley del adulterio
era buena; también sabía que no era bueno matar a un hombre inocente.
Sin embargo, cometió adulterio, y mandó matar a Urías. Lo hizo, porque
por un momento su corazón (= su voluntad) le falló, e hizo lo que él quería
en vez de hacer la voluntad de Dios.
REFLEXIÓN: No se trata de criticar a David. Todos tenemos esa tendencia de
apartarnos del camino de Dios. Lo que tenemos que hacer es clamar a
Dios y pedirle que día a día renueve nuestros corazones; para que así
nos apresuremos a obedecer Sus mandatos.
3. Dios le dio un gran amor por Él. Notemos que el Salmista no habla
simplemente de guardar “los mandamientos” sino de guardar “Tus
mandamientos”. Fue el hecho que eran los mandamientos de Dios que hizo
la gran diferencia. En el Salmista se cumplió lo dicho por el Señor, “Si me
amáis, guardad Mis mandamientos” (Juan 14:15). ¡Qué diferencia hace el
amor!
REFLEXIÓN: Si nos está costando guardar algún mandamiento de Dios, o
someternos a Su voluntad en alguna área de nuestras vidas,
preguntémonos: “¿Cuánto amo a Dios?” El Señor entregó Su vida por
nosotros. Debemos amarle mucho; y cuando lo hacemos, nos
apresuraremos y no nos retardaremos en guardar Sus mandamientos.
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