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Ladron de Almas - Yrsa Sigurdardottir PDF

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Jónas, el propietario de un moderno complejo hotelero especializado en

terapias alternativas, acude a Þóra, una abogada de Reykiavik, para que


investigue una serie de sucesos relacionados con lo sobrenatural, pero el
mismo día de su llegada a Snæfellsnes encuentran el cadáver de Birna, la
arquitecto a la que Jónas había encargado la construcción de un ala del
hotel.
Þóra, con la inestimable ayuda de su compañero Matthew, se propone
demostrar la inocencia de su cliente, pero nada es lo que parece en aquel
paraje idílico, repleto de leyendas y misterios y donde se concentra una
fuerte carga telúrica y espiritual. No dejan de circular historias de
desapariciones, se producen nuevos crímenes y las pistas, por extraño que
pueda parecer, conducen a los antiguos propietarios de las tierras donde
esta ubicado el hotel, en cuyo pasado se oculta un terrible secreto que
alguien parece interesado en ocultar.

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Febrero, 1945

La niña notó cómo el frío le iba subiendo por la pierna y serpenteaba por su
espalda. Intentó acomodarse en el asiento delantero para poder mirar mejor
hacia el exterior. Se concentró en escudriñar el blanco paisaje nevado pero no
distinguió ser vivo alguno. Hace demasiado frío fuera, pensó, con ganas de salir
del coche y volver a entrar en casa. Pero, al mismo tiempo, no se atrevía a decir
nada. Una lágrima se deslizó por su mejilla mientras el hombre que estaba
sentado a su lado se esforzaba por poner el coche en marcha. Ella apretó los
labios y apartó los ojos de él, para que no viera la lágrima. Se enfadaría mucho.
Miró la casa junto al coche e intentó encontrar con los ojos a la otra chica, pero
el único ser vivo que se veía era Snúður, el perro. Estaba acostado, durmiendo, en
las escaleras de la puerta de la calle. Se puso en pie de repente y la miró
fijamente. Ella le dirigió una débil sonrisa. El perro volvió a tumbarse y cerró los
ojos.
El coche se puso en marcha con una sacudida, y el hombre se irguió en su
asiento.
—Ya era hora —dijo con una voz profunda y áspera, y abandonó el lugar en
el que estaba aparcado. Miró un instante a la niña, que se había vuelto de espaldas
—. Bueno, vamos a hacer un viajecito. —La niña se vio zarandeada en su asiento
cuando abandonaron el abrupto y desolado camino que conducía a la casa—.
Procura sentarte bien —le advirtió el hombre sin mirarla.
El coche alcanzó por fin la carretera. Ambos guardaron silencio durante un
buen rato. La pequeña iba mirando por la ventana con la esperanza de ver algún
caballo, pero por todas partes reinaba un idéntico vacío. De pronto, su corazón dio
un brinco al darse cuenta de lo que pasaba.
—¿Vamos a mi casa? —preguntó con un hilo de voz y los ojos muy abiertos.
—Podríamos decir que sí.
La niña se estiró más para observar mejor el paisaje que se deslizaba ante sus
ojos. Por delante estaba el terreno conocido, a lo lejos se veía el promontorio
rocoso que su madre decía que era una ogresa convertida en piedra. Se inclinó
hacia delante, para ver mejor. Encima de una diminuta colina apareció un coche
que se dirigía hacia ellos. El hombre se acomodó en el asiento y le ordenó que se
agachara. Lo hizo sin vacilar, pues y a estaba habituada a esconderse. Sin duda el
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hombre pensaba lo mismo que solía decir el abuelo, que el ejército no había
traído nada bueno. Su madre le había dicho en voz baja que los militares eran
unos hombres normales, lo mismo que el abuelo. Sólo que más jóvenes. Y más
guapos. « Como tú» . La niña recordaba la bonita sonrisa que le había dirigido su
madre al decirlo.
La chiquilla oy ó el ruido del otro coche al aproximarse, que fue aumentando
progresivamente hasta que los dos vehículos se cruzaron, y luego disminuy ó a
medida que se alejaba de nuevo. Volvió a acomodarse en el asiento.
—Puedes sentarte recta —dijo el conductor, y ella se irguió—. ¿Sabes
cuántos años tienes?
—Cuatro —respondió ella, esforzándose por vocalizar bien, como le había
enseñado su abuelo.
El hombre rezongó algo.
—Estás bastante enclenque para tener cuatro años. —La niña no comprendió
la palabra pero pudo percibir que no debía de ser nada bueno. No respondió.
Silencio—. ¿Quieres volver a ver a tu mamá?
La chiquilla abrió mucho los ojos y miró al hombre. ¿Iban a ver a su madre?
Aquella idea la hizo sentirse mejor. Asintió enérgicamente con la cabeza.
—Ya me lo imaginaba —replicó el hombre, con la mirada fija en la
carretera—. La verás más tarde.
La niña y a no sentía el frío en los muslos. Ahora todo volvería a ir bien.
Torcieron por un camino que ella conocía perfectamente. Vio su granja y sonrió
por primera vez en mucho tiempo. El coche se fue acercando lentamente hasta
detenerse. La niña miró encantada hacia la imponente casona. Había algo que
parecía solitario y triste. No había luces ni salía humo por la chimenea.
—¿Está mamá aquí? —preguntó extrañada. Notó algo raro desde que había
visto a su madre acostada en la cama del dormitorio en casa del hombre.
Enferma. Igual que había pasado con el abuelo. Estaba enferma, y nadie parecía
querer ay udarla, sólo ella. A lo mejor su madre había vuelto a casa, la noche en
que desapareció de la cama. ¿Pero por qué la había dejado con aquel hombre?
Ella no podía haber hecho algo así.
—Tu mamá no está aquí, exactamente. Pero la verás. Podréis estar juntas
todo el tiempo. —En sus labios apareció una media sonrisa que hizo desaparecer
la alegría de la pequeña, que ni siquiera se atrevió a preguntar. El hombre abrió la
portezuela del coche y salió. Pasó por delante del morro del coche y le abrió la
otra puerta—. Ven. Tienes que hacer un viajecito antes de poder ver a tu madre.
—La niña salió del coche con mucho cuidado. Miró a su alrededor con la
esperanza de ver a alguien, o algo, que pudiera confortarla, pero no encontró
nada.
El hombre se inclinó y tomó la mano de la niña, cubierta con unas manoplas.
—Ven, voy a enseñarte una cosa.
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La agarró de la mano, de modo que la niña tuvo que correr para seguirle el
paso. Se dirigieron a la parte trasera de la casa, hacia los establos, de donde
surgía un hedor horrible, que iba aumentando a medida que se acercaban a la
vaquería. La chiquilla tenía ganas de taparse la nariz con la mano, pero no se
atrevió. El hombre hizo una mueca que indicaba con toda claridad que también él
notaba aquella pestilencia. Cuando llegaron a la puerta del establo, el hombre dio
un rodeo al edificio para mirar por una ventana. La niña era demasiado pequeña
para imitarle. El hombre se apartó del establo y se cubrió la boca con la mano.
La chiquilla esperaba que no les hubiera pasado nada malo a las vacas. Se dio
cuenta de que no se oía ruido alguno en el establo. Probablemente estarían
durmiendo. El hombre se la llevó otra vez, a rastras.
—Qué asquerosidad —dijo. Se alejaron un trecho del establo hasta que el
hombre se detuvo y miró la capa de nieve. Aflojó su presión sobre la mano de la
niña—. ¿Dónde demonios estaba? —farfulló, irritado, arañando la nieve con los
zapatos.
La niña permaneció inmóvil mientras el hombre seguía excavando a su
alrededor. Ya no se sentía contenta. Mamá no estaba allí. No podía estar debajo
de la nieve. Estaba enferma. Hizo un puchero y le preguntó al hombre a media
voz:
—¿Dónde está mamá?
—Está con Dios —respondió él sin dejar de escarbar.
—¿Con Dios? —preguntó Kristín, aturdida—. ¿Y qué está haciendo allí?
El hombre dejó escapar un gruñido.
—Está muerta. Cuando uno se muere se va con Dios.
La niña no sabía lo que significaba aquello. Nunca había visto a nadie que
estuviera muerto.
—Dios es bueno, ¿verdad? —No estaba segura de por qué le preguntaba
aquello al hombre. Sabía perfectamente la respuesta. Su mamá y su abuelo se lo
habían dicho muchas veces. Dios era bueno. Buenísimo—. ¿Volverá después de
estar en casa de Dios? —preguntó esperanzada.
El hombre soltó un grito de alegría y dejó de escarbar.
—Aquí está. Por fin. —Se inclinó y se puso a quitar la nieve del suelo con sus
manos enguantadas—. No, nadie vuelve de la casa de Dios. Tendrás que ir tú
también si quieres ver a tu madre.
La niña se puso rígida. ¿Qué quería decir? Observó cómo el hombre
despejaba la trampilla de hierro que estaba en medio del patio, donde su madre
le tenía prohibido jugar. ¿Estaría Dios allí abajo?
El hombre se estiró antes de inclinarse hacia el suelo y abrir el pesado
portillo. Echó una mirada a la niña y sonrió de nuevo. Ella habría preferido que
no lo hiciera. Le hizo señas para que se acercara. Vacilante, la pequeña se dirigió
hacia él, y hacia el gran agujero negro que había aparecido debajo de la
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trampilla.
—¿Ahí abajo está Dios con mamá? —preguntó con voz temblorosa.
El hombre seguía sonriendo.
—No, no está ahí, pero luego vendrá a buscarte. Ven. —Aferró a la niña por
sus delgados hombros y la empujó hasta el borde del agujero—. Qué bien que
estés bautizada. Dios no da la bienvenida a los que no lo están. Pero esperemos
que Él se acuerde de ti, por si no puede mirar tu nombre en el registro de la
iglesia. —La sonrisa del hombre se hizo aún más fría—. Quizá sea mejor
asegurarse bien, así que vamos a repetir la ceremonia para may or seguridad. No
quiero que Dios se niegue a llevarte con él. —El hombre rió en voz baja.
La niña no comprendía a qué se refería y siguió con la mirada clavada en
aquel hoy o misterioso, como hipnotizada. Su madre nunca bajaría a un agujero
como aquél. Oy ó al hombre murmurar algo confuso sobre un « bautismo
abreviado» , pero no levantó la mirada hasta que él se dirigió a ella, puso una
mano llena de nieve sobre su frente, cerró los ojos y dijo:
—Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
El hombre abrió los ojos y miró fijamente a la niña. Aunque a ella le dolía
terriblemente la frente a causa del frío, más daño aún le hizo aquella mirada.
Apartó los ojos y metió las manos en los bolsillos de su chaquetón. Estaba helada
y las manoplas no servían de mucho ante aquel viento gélido. Notó que había
algo en el bolsillo derecho y recordó el sobre. La dominó una gran preocupación
que suavizó por un momento el miedo a aquel hombre. Había prometido a su
madre que se encargaría del sobre y ahora, seguramente, no iba a poder cumplir
aquella promesa. Era lo último de lo que habían hablado, y la niña recordaba
bien cuánto había recalcado aquello su madre. Sintió que una lágrima descendía
por una de sus mejillas. No podía dejar que el hombre se apoderara del sobre,
porque mamá le había dicho muy clarito que no eso no podía ocurrir. La chiquilla
se mordió el labio inferior sin saber si decir algo o callar. Volvió a cerrar los ojos
con fuerza deseando no estar allí, sino acostada al lado de su madre, y que todo
fuera como antes. Luego abrió los ojos y allí seguían los dos, ella y el hombre.
La desesperación se adueñó de ella y lloró sin ruido, dejando que las lágrimas se
deslizaran por sus mejillas hasta el cuello de su jersey.
El hombre la agarró por los hombros.
—Ahora, Dios te llevará con él. ¿Sabes alguna oración? —La niña asintió
intranquila—. Estupendo. —Miró al agujero—. Ahora te meteré ahí abajo y Dios
vendrá a buscarte dentro de un rato. Será mejor que vay as diciendo tus oraciones
hasta que llegue. Tendrás frío, pero te dormirás tranquilamente y antes de que te
des cuenta estarás con tu madre en el cielo.
La pequeña dejó escapar un sollozo, aunque se esforzó todo cuanto pudo por
evitarlo. Aquello no estaba bien. ¿Por qué no podía ir a buscarla Dios ahora
mismo, si era tan bueno? ¿Por qué tenía que bajar a aquel agujero tan negro? Le
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daba miedo la oscuridad y aquel agujero era malo. Se lo había dicho su madre.
Miró al hombre y supo que tendría que bajar allí, quisiera o no. No podía
moverse. El hombre la tomó en brazos y la levantó en el aire, bajándola al
agujero. La criatura giró la cabeza para ver la granja por última vez, y vio,
extrañada, la ventana de la buhardilla, que estaba justo enfrente. Había alguien
allí, mirando. La ventana estaba demasiado sucia y demasiado lejos para poder
reconocer quién era. Cuando estuvo dentro del agujero y a no pudo ver nada, e
intentó no dejarse dominar por el pánico. Dios era bueno. Lo que había en la
ventana no era un fantasma. Dios era bueno. Y el callado y lastimero gemido
que se oy ó de pronto en el fondo del agujero no era el de los niños muertos. Dios
era bueno. Lo había dicho mamá.
Hacía mucho más frío dentro del agujero que fuera. La niña intentó sentarse
pero el suelo estaba más helado que el asiento del coche. Se envolvió en sus
propios brazos. La trampilla volvió a rechinar y antes de que se cerrara, la niña
oy ó al hombre decir:
—Que te vay a bien. Dale recuerdos a tu mamá. Y a Dios. Reza muchas
oraciones.
Todo se volvió negro. La niña intentó respirar, pero le resultó difícil por los
sollozos. Lo peor era que no podría entregar nunca el sobre. Apretó otra vez los
ojos porque se sentía más tranquila imaginándose que había luz. Quizá viniera
alguien a buscarla, seguramente la persona de la ventana la salvaría. Ojalá,
ojalá, ojalá. No quería seguir allí más tiempo. Apretó las manos:

Cierro mis ojos, confiada


que siempre será guardada
mi vida por Tu Gracia.
Mas si quieres llevarme contigo,
que tu ángel sea mi amigo
para proteger mi infancia.

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MARTES 6 de junio de 2006

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Capítulo 1

—Bocacarta —corrigió Þóra [1] , con una sonrisa cortés—. En el reglamento


se denomina bocacarta. —Señaló la hoja impresa que tenía delante de ella sobre
el escritorio, y le dio la vuelta para que el texto apuntase al matrimonio sentado al
otro lado de la mesa. Sus arrugas se hicieron más profundas y Þóra se apresuró a
continuar antes de que el hombre plantease más objeciones—. Cuando la norma
número 505/1997 sobre el servicio de correos fue derogada por la norma número
364/2003 sobre servicio y prestación del servicio de correos, se anuló la parte del
artículo 12.° que trataba de buzones de correos y bocacartas.
—¡Vay a! —exclamó el hombre con una mirada triunfante a su mujer—. Es
lo que y o decía. No pueden dejar de traernos el correo. —Se volvió hacia Þóra,
se irguió y cruzó las manos.
Þóra carraspeó un poco.
—Desgraciadamente, no es tan sencillo. El nuevo reglamento hace
referencia a la normativa de construcción en todo lo relativo a las bocacartas y
su ubicación. De acuerdo con dicha normativa, las bocacartas tienen que estar
colocadas de modo que la distancia de la parte inferior del marco de la boca
hasta el suelo no sea inferior a 1000 milímetros, ni superior a 1200 milímetros. —
Þóra hizo una brevísima pausa en sus explicaciones para tomar aire, pero tenía
que hablar rápido antes de que el hombre la interrumpiera—. En la ley n°
12/2002 sobre el servicio de correos dice también que los carteros están
autorizados a devolver los envíos postales si una bocacarta no está construida
conforme al reglamento.
No pudo continuar, porque el hombre y a estaba furioso otra vez.
—¿Me está diciendo que y a no me van a traer el correo y que lo único que
me queda es el derecho al pataleo ante esa normativa absurda? —bufó
teatralmente, agitando las manos como si estuviera defendiéndose de las
acometidas de invisibles chupatintas.
Þóra se encogió de hombros.
—Naturalmente, puede poner más alta la abertura.
El hombre la miró con ojos asesinos.
—Tenía la esperanza de que usted me fuera de más utilidad, especialmente
porque me prometió tener bien estudiado el asunto cuando llegáramos.
[Link]
En lugar de agarrar el reglamento y tirárselo al hombre a su rostro
enrojecido, Þóra se contentó con apretar los dientes.
—Y lo he hecho —afirmó con tranquilidad y una sonrisa artificial.
Había esperado que la pareja se hubiese quedado asombrada ante la
minuciosidad con que había estudiado el asunto y de lo bien que sabía recitar los
números de los artículos. También habría podido decirse a sí misma que aquél
era uno de esos casos fastidiosos en los que no hay nada que sacar. La excitación
palpable en la voz del hombre cuando había llamado al bufete dos días atrás
tendría que haberle servido de campanilla de advertencia. Casi sin dejarla hablar,
había solicitado asesoramiento legal para un pleito que tenían su mujer y él con
el cartero y el servicio de correos. Acababan de trasladarse a una casa
unifamiliar que se habían hecho traer enterita desde América, hasta la última
tabla… incluy endo, entre otras cosas, una puerta exterior con una bocacarta no
reglamentaria. Un día, la mujer llegó a casa y se encontró en la puerta de la
calle una nota manuscrita que decía que no volverían a traerles el correo, pues la
abertura estaba demasiado baja. A partir de entonces, tendrían que ir a la estafeta
a recoger su correo.
—Lo único que puedo aconsejarle es que lo más adecuado será cambiar la
posición. Un litigio contra el Servicio de Correos de Islandia sólo servirá para
acarrearle más gastos. Tampoco le recomiendo que se meta en pleitos contra el
supervisor de construcciones.
—También cuesta dinero cambiar una puerta, la bocacarta no se puede
mover. Ya se lo dije. —El hombre y la mujer se miraron, triunfantes.
—Una puerta cuesta menos que un pleito, de eso no hay duda. —Þóra
alcanzó la última carpeta del montón que había preparado antes de reunirse con
la pareja—. Aquí hay una carta que he escrito en su nombre. —Marido y mujer
echaron mano hacia el papel al mismo tiempo, pero el hombre llegó primero—.
La oficina de correos o el cartero no actuaron correctamente. Tendrían que
haberle enviado a usted, mejor dicho, tendrían que haberles enviado a ustedes
dos, una carta certificada con la notificación de que la bocacarta estaba a una
altura ilegal, y les tendrían que haber dado un plazo para realizar las
modificaciones necesarias. La suspensión del servicio no podría producirse hasta
que hubiera transcurrido el plazo.
—Una carta certificada —chilló la mujer—. ¿Cómo van a entregarla si no
pueden traérnosla a casa? —Miró a su marido, satisfecha consigo misma. Sin
embargo, la reacción no fue la que esperaba, y el gesto de su rostro cambió
enseguida, transformándose en la mueca que traía al entrar en el despacho.
—Ay, cariño, no nos vengas con más complicaciones —dijo el hombre con
brusquedad—. Las cartas certificadas no las meten en el buzón… hay que firmar
el recibo cuando las entregan. —Se volvió hacia Þóra—. Continúe.
—En la carta se solicita que la oficina de correos realice los pasos exigidos,
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que se atenga a la normativa y les conceda un plazo razonable. Nosotros
proponemos dos meses. —Señaló la carta que el hombre acababa de leer y se la
estaba entregando a su mujer—. Transcurrido ese tiempo quedarán muy pocas
opciones, y les aconsejo que alteren debidamente la altura de la bocacarta antes
de que acabe el plazo. Si no es posible cambiarla y optan por conservar la misma
puerta, tienen la opción de colocar un buzón. Tendrá que tener la boca dentro de
los mismos límites de altura de la bocacarta. Si se deciden por esta opción, les
recomiendo que lo coloquen utilizando un metro, para evitar nuevos problemas.
—Dirigió una seca sonrisa a la pareja.
El hombre se quedó con la mirada fija, pensando. De pronto sonrió con un
gesto perverso.
—De acuerdo, y a comprendo. Enviamos la carta, recibimos una carta
certificada y entonces tenemos dos meses durante los cuales el cartero tiene que
traernos las cartas a pesar de la altura de la boca. ¿No es así? —Þóra asintió. El
hombre se puso en pie con gesto triunfal—. Quien ríe el último, ríe mejor. Ahora
envío la carta y mientras dura el plazo coloco una bocacarta en la parte más baja
de la puerta. Pasado el plazo, colocaré un buzón. Vamos, Gerða.
Þóra les acompañó hasta la puerta, donde dieron las gracias y se despidieron,
el hombre excitado ante la idea de enviar la carta para poder empezar la segunda
parte de su lucha contra el cartero. Al volver a su mesa, Þóra sacudió la cabeza,
asombrándose, una vez más, ante lo retorcido que podía ser el espíritu humano.
Lo que se les ocurría a algunas personas. Confiaba en que los carteros tuvieran
buenos sueldos, aunque lo dudaba mucho.
No había hecho más que sentarse cuando Bragi, el copropietario de su
pequeño bufete de abogados, asomó la cabeza por el umbral. Era un hombre de
edad madura, especializado en separaciones matrimoniales, un tipo de casos al
que Þóra nunca había tenido intención alguna de dedicarse personalmente. Su
propio divorcio le resultaba suficiente para toda una vida. Pero Bragi se
encontraba como pez en el agua en ese terreno, se le daba especialmente bien
solucionar los casos más difíciles y conseguir que la gente se pusiera de acuerdo
sin tener que llegar demasiado a las manos.
—Bueno, ¿qué tal la boca del buzón? ¿Crees que llegará a establecer
jurisprudencia en el Tribunal Supremo?
Þóra le sonrió.
—No, van a pensarse el asunto y nosotros tendremos que recordar que hay
que mandarles la factura por mensajero. No está nada claro que vay an a seguir
recibiendo el correo.
—Pero ojalá se divorcien —dijo Bragi frotándose las manos—. Imagínate lo
que sacaríamos de eso. —Sacó una nota amarilla y se la entregó a Þóra—. Esta
persona llamó mientras estabas con los buzoneros. Pidió que le telefonearas en
cuanto estuvieras libre.
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Þóra miró la nota y suspiró al ver el nombre. Jónas Júlíusson.
—Pues qué bien —exclamó, mirando a Bragi—. ¿Y qué es lo que quería?
Hacía un año, Þóra había asesorado a aquel millonario de mediana edad en la
tramitación de un contrato de compraventa de una granja agrícola en
Snæfellsnes. El tal Jónas se había enriquecido muy deprisa en el extranjero,
donde se especializó en la compra de emisoras de radio en dificultades, que
desmantelaba y vendía con enormes beneficios. Þóra no sabía si siempre había
sido raro o si se había convertido en lo que era al mismo tiempo que crecía su
riqueza. Se metió hasta el cuello en la new age desde que había comenzado, y
tenía planes de construir una especie de hotel-balneario donde la gente pudiera
alojarse, aliviando todos sus males físicos y psíquicos mediante terapias
tradicionales. Þóra agitó la cabeza al recordar todo aquello.
—Defectos ocultos, imagino —respondió Bragi—. No está del todo contento
con la propiedad. —Le sonrió—. Llámale, conmigo no quiso hablar. Según él, tú
tienes a Venus en Cáncer, y eso te convierte en una buena abogada. —Bragi se
encogió de hombros—. Una carta astral favorable quizá no sea peor acreditación
que unas buenas calificaciones en la facultad de derecho. ¿Qué sé y o?
—Menudo rollo —dijo Þóra, alargando el brazo hacia el teléfono.
Jonas había empezado su relación con ella haciéndole la carta astral, que le
había salido muy favorable. Þóra sospechaba que los grandes bufetes se habrían
negado a darle datos sobre la hora de nacimiento de sus abogados, y por eso
había tenido que buscar asesores de menor calado, de otro modo no se podía
entender muy bien por qué un hombre de su nivel llevaba sus asuntos a un bufete
de abogados que sólo constaba de cuatro personas. Marcó el número escrito en la
infame caligrafía de Bragi y se aclaró la garganta mientras esperaba respuesta.
—Diga —se oy ó decir a una voz masculina—. Soy Jónas.
—Hola, Jónas, soy Þóra Guðmundsdóttir, de Abogados Centro. Me han dicho
que habías llamado.
—Sí, en efecto. Me alegro mucho de oírte. —El hombre suspiró.
—Bragi, el que habló antes contigo, mencionó un defecto oculto. ¿De qué va
el asunto? —preguntó Þóra, mirando a su colega, que asintió con la cabeza.
—Es tremendo, te lo juro. Están apareciendo graves defectos ocultos que
seguramente los vendedores conocían, pero de los que no me dijeron ni media
palabra. Me temo que esto va a arruinar de raíz todos mis planes.
—¿En qué consiste el defecto? —preguntó Þóra, extrañada. La propiedad
había sido examinada por peritos reconocidos antes de la compra, y ella en
persona había leído su informe. No había surgido nada fuera de lo habitual. El
terreno tenía la extensión que decía el vendedor, contaba con todos los derechos
enumerados en el inventario, y las dos viviendas que pertenecían a los terrenos
estaban en tan mal estado que no había más remedio que pensar en una
renovación total.
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—Una de las casas en la que he construido, el hotel, la granja Kirkjustétt,
¿recuerdas?
—Sí, la recuerdo —dijo Þóra, que añadió—: Ya sabes que cuando se trata de
compra de bienes inmuebles, el defecto tiene que ascender al menos a un 10%
del precio de compra para que se puedan exigir compensaciones. No me puedo
imaginar ningún defecto oculto en una casa tan vieja que llegue a ese límite, por
muy grande y grave que sea. Además, un defecto oculto tiene que ser
precisamente eso: oculto. En el informe de los peritos se indicaba de forma
explícita que esas casas necesitaban una renovación completa.
—Este defecto deja la granja totalmente inútil para mis actividades —replicó
Jónas con decisión—. Y no hay duda alguna de que es oculto y de que los
tasadores no pudieron descubrirlo.
—¿Y en qué consiste el defecto, entonces? —preguntó Þóra, intrigada. Lo
más que podía imaginar es que se hubiera abierto un geiser en el suelo, como
decía la historia que había sucedido en Hverargerði hacía mucho tiempo, aunque
no recordaba que en la propiedad en cuestión hubiera calefacción geotérmica.
—Ya sé que no eres muy receptiva en materia espiritual —dijo Jónas con
tranquilidad—. Seguramente te quedarás asombrada cuando te diga lo que hay
aquí, pero te ruego que me creas. —Hizo una pausa antes de soltarlo—: Aquí hay
fantasmas.
Þóra cerró los ojos. Fantasmas. Nada menos.
—Ah, vay a —dijo mientras hacía girar uno de sus dedos sobre la sien para
indicarle a Bragi que el asunto de Jónas era de lo más peculiar. Su colega se
aproximó con la esperanza de oír algo de lo que decía el cliente.
—Sabía que te mostrarías escéptica —murmuró Jónas—. Pero, sin embargo,
es verdad, y en la comarca lo sabe todo el mundo. Los propietarios también
estaban al tanto, pero no dijeron nada al efectuar la venta. Lo considero un
engaño, sobre todo porque sabía cuáles eran mis planes para la granja y las
tierras. Tengo gente muy perceptiva y lo mismo pasa con mis clientes y mis
empleados. Lo están pasando mal.
Þóra le interrumpió.
—¿Cómo se manifiestan esos fantasmas?
—Hay un espíritu endemoniado en la casa. Puedo mencionar como ejemplo
cosas que desaparecen, que se oy en sonidos inexplicables a medianoche y que la
gente ha visto aparecer a un niño.
—¿Y? —preguntó Þóra. Aquello no era tan extraño. En su casa las cosas
desaparecían un día sí y otro también, se oían ruidos de día y de noche, y los
niños aparecían inesperadamente con excesiva frecuencia.
—Aquí no hay ningún niño, Þóra. Ni tampoco en ningún sitio cercano. —
Calló un momento—. Ese niño no es de este mundo. Lo vi aparecer detrás de mí
cuando estaba mirándome en el espejo y no hay palabras que puedan explicar lo
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poco vivo que está.
Þóra sintió un ligero escalofrío en la espalda. Había tal convicción en la voz
de Jónas que le llevó a pensar que él creía en todo aquello, que estaba convencido
de haber visto algo sobrenatural, por muy increíble que a ella le pudiera parecer.
—¿Qué quieres que haga y o en este asunto? —preguntó—. ¿Quieres
demandar a los vendedores para que te hagan una rebaja en el precio de
compra? ¿Se trata de eso? Una cosa sí que está clara… y o no puedo librarte de
los fantasmas ni hacer un exorcismo en la casa.
—Ven por aquí el fin de semana —dijo Jónas de repente—. Me gustaría
enseñarte ciertas cosas que hemos encontrado, y discutir contigo si afectan al
asunto. Tengo una suite libre y, de paso, puedes disfrutar un poco. Masajes con
piedras y otras cosas por el estilo. Volverás a casa renovada. Naturalmente, te
pagaré bien.
Þóra pensó que no le vendría nada mal un par de días de descanso, aunque
crey ó percibir cierta ambigüedad en la relajación que Jónas prometía, teniendo
en cuenta aquellas supuestas apariciones. En aquellos momentos, su vida daba
vueltas en una especie de espiral vertiginosa, principalmente en lo tocante al
futuro nieto que su hijo había engendrado antes de cumplir los dieciséis, y la
tensa relación con su ex marido, a quien se le había metido en la cabeza que la
culpa de todo ello la tenía ella por ser una mala madre. Según él, las hormonas de
su hijo no habían tenido nada que ver en el asunto. La culpa era de Þóra, única y
exclusivamente. Aquella opinión la compartían los padres de la pequeña futura
mamá, que tenía quince años. Þóra suspiró. Harían falta muchísimas piedras
poderosísimas para arrancar de las ruinas de su alma tantas preocupaciones.
—¿Y qué quieres que vea y o? ¿No puedes enviarme las cosas a Reikiavik?
Jónas rió con frialdad.
—No, desde luego que no. Hay montones de cajas de libros viejos, dibujos,
fotos y toda clase de cachivaches.
—¿Por qué crees que esos trastos viejos tienen alguna relación con el
« defecto» ? —preguntó Þóra escéptica—. ¿Y por qué no los miras tú mismo?
—Yo no puedo. Lo he intentado, pero hay algo en todo esto que me llena de
espanto. No puedo ni acercarme a esas cosas. Pero tú eres mucho más terrenal y
seguramente podrás echarles un vistazo sin sentirte afectada.
Þóra no podía menos que estar de acuerdo. Auras, elfos, fantasmas y cosas
por el estilo no habían ocupado demasiado su mente hasta aquel momento. Lo
tangible se había convertido para ella en una cadena que la mantenía
suficientemente atada como para que no sintiera necesidad de buscar ninguna
otra cosa más allá de los límites de la realidad.
—Dame un poco de tiempo para pensarlo, Jónas. Lo único que puedo
prometerte es que haré lo posible por ir, si puedo. Te llamo mañana por la tarde.
¿Te parece bien?
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—Sí, sí, claro. Pero llámame sin falta, estaré aquí todo el día. —Jónas vaciló
antes de volver a hablar—. Me preguntaste en qué afectaban al tema los trastos
viejos que he encontrado.
Þóra respondió afirmativamente.
Jónas guardó de nuevo silencio un momento.
—En una de las fotos está la niña que vi en el espejo.

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JUEVES 8 de Junio de 2006

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Capítulo 2

Þóra buscó la carpeta con los trámites de la compra de terrenos en


Snæfellsnes. Había poco que sacar, al menos no encontró nada que pudiera
indicar la existencia de aquel peculiar « defecto oculto» . Había sido una
operación de compra de propiedades bastante convencional, con la salvedad de
que Jónas había hecho toda una serie de exigencias en lo tocante a las fechas en
las que se debía hacer ciertas cosas, por ejemplo, el contrato de compraventa
tenía que firmarse en sábado. Þóra solamente había preguntado por miedo a que
pidiera un aplazamiento para adaptarse a la posición de los astros. Al terminar el
sábado en cuestión, volvió a pensar lo mismo. Pero, por otra parte, en la venta en
sí no se había producido nada de especial. Se habló de la propiedad y de lo que
contenía, incluy endo los bienes muebles y otras cosas existentes en los terrenos.
Los vendedores eran dos hermanos de entre cincuenta y sesenta años de edad,
Börkur y Elín, hijos de Pórður. En realidad actuaban en representación de su
madre, que había heredado las tierras de su padre mucho tiempo atrás.
Consiguieron un precio de lo más ventajoso por la propiedad, y Þóra recordaba
bien la envidia que le produjo todo aquel dinero en su momento.
Sonrió para sí al pensar en cuánto dinero habría que tasar al fantasma para
que pudiese afectar a la propiedad en un 10%. Pero, de inmediato, la sonrisa
desapareció cuando se imaginó intentando entablar un pleito con los propietarios
para que abonaran una compensación por daños y perjuicios. El hermano era el
que había llevado la may or parte del trato en nombre de su madre. Þóra sólo
había visto a la hermana una vez, cuando se firmó el contrato. La madre no había
aparecido nunca, y a que tenía una edad muy avanzada y no podía moverse de la
cama, según contaba Börkur, que parecía muy orgulloso de ella. Su hermana
Elín, en cambio, se había mostrado silenciosa y retraída. Þóra tuvo entonces la
sensación de que ella no estaba tan interesada en vender como su hermano.
Teniendo en cuenta todo aquello, dudaba mucho que él aceptara la reclamación
de una compensación sin poner objeciones. Trató de ignorar aquella cuestión
momentáneamente y cruzó los dedos con la esperanza de que Jónas cambiara de
idea. En caso contrario, se vería obligada a echar mano de todos sus recursos
para quitársela de la cabeza.
Se concentró en otros asuntos, que eran pocos y de escasa relevancia. Por
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desgracia, el bufete estaba tranquilo. Suspiró y maldijo su estupidez en cuestiones
monetarias. A finales del año anterior había trabajado para unos alemanes muy
ricos que le habían pagado espléndidamente, y si hubiera tenido una pizca de
sentido común habría utilizado el dinero para aligerar la hipoteca de la casa. En
lugar de eso, se lo había gastado en una caravana y un todoterreno. No acababa
de entender por qué lo había hecho. Encima había pedido un préstamo para
cubrir lo que faltaba, con lo que se había metido en más problemas económicos
todavía. Recordaba vagamente haber imaginado viajes por el país con el sol de
un cálido verano, una familia numerosa moderna de vacaciones de verano: una
madre divorciada con sus dos hijos… en su caso una hija de seis años y un hijo
de dieciséis que, precisamente, estaba camino de ser padre. El nieto aún no tenía
cabida en aquel sueño de color de Rósa, pues, probablemente, sólo lo vería uno
de cada dos fines de semana. Ojalá no fueran los fines de semana que sus hijos
pasaban con su padre. Sería un buen tema de estudio para los sociólogos analizar
la situación de un padre de fin de semana que seguía siendo suficientemente
joven para pasar dos fines de semana al mes con su propio padre.
Cuando Þóra hubo acabado todos sus asuntos entró en la red e intentó, para
entretenerse, encontrar información sobre los terrenos o las casas que había en
ellos. Buscó por los nombres de las casas que figuraban en el contrato de
compraventa, Kirkjustétt y Kreppa, pero no encontró nada: ni en el pasado ni en
el presente. Se encogió de hombros y renunció. Decidió echar un vistazo a su
correo electrónico y vio con cierto pesar que Matthew le había enviado un
mensaje. Había conocido a aquel alemán durante la investigación del asunto que
había acabado por proporcionarle la caravana y el todoterreno, sin pagar la
hipoteca. En realidad había hecho algo más que conocer a aquel hombre (lo
había conocido « íntimamente» , como diría su madre), y ahora pretendía venir
de visita para renovar su « íntimo» conocimiento. Matthew le preguntaba si le
vendría bien que fuera a Islandia para unas breves vacaciones. Þóra se moría de
ganas de que fuera a verla, pero sabía que la mejor fecha sería en torno al año
2020, cuando su hija cumpliera los veinte. No estaba nada segura de que
Matthew pudiera esperar tanto. Así que cerró el correo y decidió esperar hasta el
día siguiente para contestarle.
Se levantó, puso un poco de orden en el escritorio y suspiró. Pensó si había
suspirado a causa de algún profundo y reprimido deseo de una vida con menos
preocupaciones, inocente y sin nietos precoces, pero llegó a la conclusión de que
no era tan complicado. Si suspiraba era sencillamente porque ahora tenía que
pasar por delante de Bella al salir. Bella era la secretaria de la oficina que ella y
Bragi se habían dejado encasquetar en el contrato de alquiler del local cuando
abrieron el bufete. Þóra hizo acopio de valor y salió del despacho.
—Bueno, me voy —dijo al pasar por delante del mostrador de recepción.
Pensó en la idea de subir el mostrador para que aquella joven tan poco atractiva
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quedara un poco más oculta, pero enseguida se avergonzó de semejante
pensamiento y una falsa sonrisa brotó en sus labios—. ¡Hasta mañana!
Bella levantó sus espesas cejas y miró de reojo a Þóra. Para completar el
gesto de desagrado, torció la boca.
—Ah. Estás aquí.
—¿Ah? ¿Qué quieres decir con « ah» ? —preguntó Þóra extrañada—. ¿Y
dónde iba a estar, si no? Me viste entrar después del almuerzo, y no me has visto
salir. No tengo costumbre de escaparme saltando por la ventana.
—No, por desgracia —se oy ó rezongar a Bella, aunque no pudo estar segura
de que fuera eso lo que había oído, porque lo que dijo la joven en voz alta fue—:
Tu ex marido llamó por no sé qué y le dije que no estabas. No quiso dejar ningún
recado.
Þóra se sintió agradecida por aquel detalle, pues las llamadas telefónicas de
Hannes no le solían reportar demasiadas alegrías. No le apetecía lo más mínimo
que Bella tuviera oportunidad de divertirse con todo lo negativo de su vida.
Decidió dejar las cosas como estaban, resuelta a no buscar pelea con aquel
monstruo. Así que se limitó a enviarle otra sonrisa y descolgó su chaquetón del
perchero. Cuando estaba a punto de salir abriendo la puerta… más aún, cuando
tenía y a la mano derecha sobre el pomo, la chica carraspeó indicándole que
había algo más.
—Bueno, también llamó Lýsing. No has cumplido los plazos de pago de la
caravana.
Þóra ni siquiera la miró. Salió tranquilamente al pasillo y cerró la puerta. En
aquel momento, habría aceptado sin dudarlo el masaje al que la había invitado
Jónas, sin importarle qué piedras pudieran emplearse.
***
Birna miró a su alrededor y respiró hondo. Observó a través de los jirones de
neblina que flotaban sobre el mar y vio una pareja de gaviotas que descendían en
picado compitiendo por la comida. Ninguna de las dos aves consiguió vencer y
volvieron a elevarse con gran griterío y batir de alas. Desaparecieron en la
espesa capa de niebla que flotaba sobre la orilla. Había bajado la marea y un
fondo de algas húmedas se extendía por toda la play a de guijarros. Era un lugar
poco corriente, no se veía arena en ningún sitio, sólo montones de cantos rodados
de todas las formas y tamaños. El entorno de la play a también era peculiar: una
pequeña ensenada rodeada de altos farallones de columnas basálticas, diseñados
sin duda por alguna fuerza poderosísima para servir de residencia colectiva a las
aves. Cada cornisa estaba aprovechada, y de ella surgía un alboroto de gaviotas.
Birna se dirigió hacia un extremo en la parte interior de la play a, donde los
acantilados formaban una ensenada más pequeña que la que ella iba bordeando.
El mar entraba allí a través de un arco de piedra que se abría al mar abierto y la
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cala estaba completamente rodeada de rocas. Solamente se podían ver los altos
acantilados de piedra, pero el graznido de los pájaros que habitaban en ellos
resonaba en la play a entera.
Birna se detuvo. La niebla se había ido espesando rápidamente y sólo veía a
escasos metros de distancia. Volvió a respirar hondo, ahora por la nariz, y disfrutó
del peculiar aroma de la play a. Le habría gustado mucho quedarse a dormir allí
al aire libre, envuelta por la niebla. No le apetecía nada volver al hotel. Pero no
tendría por qué ser así. El edificio le gustaba, y cada vez que lo miraba sentía un
orgullo infantil, sobre todo durante la época de su construcción, cuando apenas
tenía forma. Incluso le gustaba el agujero que habían excavado cuando
empezaron a echar los cimientos. El terreno en el que iba a edificarse el hotel le
había llamado la atención de alguna forma desde la primera vez que había ido a
ver la parcela. Estaba ante el mar abierto, al sur de Snæfellsnes, y en sí mismo no
parecía diferente a las otras fincas de la comarca. Desde luego estaba bastante
más apartado, pues la granja no se veía hasta que uno se aproximaba. El antiguo
edificio estaba construido en un terreno cubierto de hierba oculto en medio de un
desolado páramo que llegaba casi hasta el mar. El imponente entorno la había
inspirado. Igual que la antigua casa. Tenía que diseñar un edificio
desproporcionadamente grande que estaría conectado a ella, sin empequeñecerla
ni asfixiarla. Le había causado muchos quebraderos de cabeza: la sencillez era
frecuentemente la virtud más difícil, al contrario que la exuberancia. Pan
comido.
Las ideas que surgieron a medida que avanzaba el proy ecto resultaron una
novedad para ella. Aunque le gustaba su profesión, otras casas que había
diseñado no habían despertado las mismas sensaciones. En realidad, sabía
perfectamente a qué se debía. El hotel era, con mucho, su obra más perfecta. Ya
desde que había empezado a dibujar los primeros bocetos en su estudio de
Reikiavik, se había dado cuenta de que estaba en el camino correcto. Aquel
edificio era mucho mejor que los que había diseñado antes. Comprendió que
ahora, por fin, empezaría a ser alguien. Sería cotizada.
Muchas veces había tratado de comprender por qué aquel proy ecto se había
apoderado de ella tan rápidamente y cuál había sido el motivo que la había
llevado a una conclusión tan extraordinaria. Tal vez porque estaba increíblemente
bien conservado, pese a que nadie había vivido allí durante cincuenta años. Para
ella, estaba claro que alguien se había estado ocupando de la casa todos aquellos
años, quizá con idea de utilizarla como residencia de verano o como refugio de la
vida urbana, sin llegar nunca a conseguirlo. Dentro del edificio no había nada que
indicase que el presente hubiera chocado con el pasado. Una espesa capa de
polvo se había depositado por encima de todo, algunas ratoneras esparcidas por
todos lados indicaban, sin embargo, que alguien se había preocupado de que el
mobiliario no sufriera un daño innecesario. Cuando Birna entró por primera vez,
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sintió un cierto estremecimiento al ver los diminutos esqueletos que había en
algunas de las trampas, pero por lo demás la casa le causó buena impresión, por
dentro y también por fuera.
Miró la hora. ¿Qué pasaba con ese hombre? ¿Se había entretenido en aquella
estúpida sesión de espiritismo? El mensaje era bien claro. Buscó su teléfono y
revisó los mensajes. Sí, no había error. Nos vemos a las nueve en la cueva. Vay a
estupidez. Antes de volver a guardar el móvil en el bolsillo, comprobó que no
había cobertura en aquella ensenada. Para ella, aquello era lo más fastidioso de
la zona. Nunca estaba segura de que hubiera cobertura.
Decidió volver a la cueva. Podía ser que él estuviera y a allí. Aunque la cueva
estaba en lo más alto de la play a, la bruma se había hecho tan espesa que podría
llevar un rato allí esperando sin que ella se hubiera dado cuenta. Además, el ruido
de los pájaros no permitía oír nada más, de forma que ni siquiera habría podido
oírle llegar. Se puso en marcha teniendo mucho cuidado de mirar dónde pisaba,
porque era muy fácil dar un traspié en el pedregal. A su paso, los guijarros
chasqueaban cuando su peso los hacía rodar. Ojalá hubiera cambiado finalmente
de opinión y se hubiera dejado convencer por sus razonamientos. Pero había
tenido que gastar mucha pólvora en el asunto. En realidad, lo dudaba, tan
empecinado estaba en aquello. De todos modos, esperaba que hubiera adoptado
la decisión correcta, aunque también sabía que, de ser así, el cambio de opinión
habría sido gracias a ella. Había cedido y se había acostado con él. Al menos
sacaría algo de aquello, porque no había experimentado placer alguno. Era
importante tener varios proy ectos en marcha al mismo tiempo, la competencia
era dura. Aunque en cierto modo y a tenía asegurado el éxito allí, no era cosa de
limitarse a aquello con exclusividad. Se estaba exigiendo demasiado. ¿Pero qué
importancia tienen unas relaciones sexuales en el contexto de la victoria entre sus
colegas? Todos hablarían de ella. Birna sonrió para sus adentros sólo de pensarlo.
Un griterío desacostumbrado en la roca de los pájaros la arrancó
violentamente de sus ensoñaciones. Parecía como si todos los pájaros de la tierra
se hubieran puesto de acuerdo en alzar la voz. Quizá querían recordar su
existencia al mundo que se ocultaba detrás de la niebla. Birna suspiró. Había
empezado a hacer frío y se envolvió en el abrigo. ¿Qué clase de verano era
aquél? Al llegar a la cueva, no vio a nadie. Llamó en voz alta por si estuviera allí
aunque no pudiera verlo, pero nadie respondió. Diez minutos. Le daría diez
minutos y luego se iría. Menudo rollo. La ira enrojeció sus mejillas y con ello
sintió algo de calor. ¿Cómo tenía la desfachatez de hacerla esperar de aquel
modo? No era lo mismo que llegar tarde a una cita en algún café de Reikiavik.
Allí podía dedicarse a leer periódicos para pasar el rato, pero aquí no había nada
que hacer. Y aunque el lugar fuera tan extraordinariamente hermoso, como otros
sitios de Snaefellsnes, en aquel momento no se veía nada por culpa de la niebla.
Cinco minutos. Le daría solamente cinco minutos. Aún tenía que regresar y le
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habían entrado unas ganas terribles de hacer pis. Un pensamiento extraño se
deslizó por su mente. No tenía relación con su presencia en la play a o con el
enfado por hacerla esperar allí sola en medio de aquella niebla asquerosamente
fría. De pronto, se sintió triste por no conocer mejor la geografía de la comarca
y de otros lugares de Snaefellsnes. ¿Cómo se formó, por ejemplo, el Kirkjufell,
una montaña por la que siempre se había sentido atraída? Estaba aislada justo
delante del mar al norte de la península, y aún recordaba suficiente geografía
para saber que no se trataba de un volcán. Por eso, echaba en falta haber
prestado más atención a la asignatura en sus años de instituto. Cuando volviera a
casa lo consultaría. Como decidió hacer, en realidad, la primera vez que vio la
montaña, aunque después se olvidara de ello.
De nuevo, los chillidos de los pájaros estallaron en las paredes del acantilado
en el que Birna estaba apoy ada. Sufrió un sobresalto y se alejó dos pasos de la
pared. Tuvo una sensación de náusea y se estremeció. No era la primera vez.
Era algo relacionado con aquel lugar. No solamente con lo que estaba a la vista, y
con aquellos personajes insoportables que trabajaban en el hotel y se creían
auxiliares espirituales de los huéspedes. Por no hablar de estos últimos. Eran otro
montón de chiflados. Aunque algo menos malos. No, había algo más. Algo que
había ido creciendo poco a poco, calladamente, que había empezado la primera
vez que vio aquel lugar, con el escalofrío que le produjo la imagen de los
esqueletos de los ratones, y que había acabado por convertirse en una
permanente sensación de náusea, sensación que le provocaba una ira difícil de
dominar. No era aquel estúpido cuento de fantasmas lo que ejercía su influencia
sobre ella. Estaba segura de que los empleados del hotel se lo habían inventado,
movidos por algún extraño impulso que iba más allá de su capacidad de
comprensión. Volvió a estremecerse, aunque ahora, más que nada, para volver
en sí. ¿Qué estúpido juego melodramático era aquél? Ella, que era conocida entre
sus amigos por su apego a lo terrenal, que en ocasiones llegaba al aburrimiento.
Aquí había un trabajo que hacer. Jónas quería más. Había mucho potencial en un
hotel para chiflados, pero no había sido aquello lo que había sorprendido a Birna,
sino todo el dinero que parecían tener todos aquellos desequilibrados. El
alojamiento no era precisamente barato en el establecimiento de Jónas, por no
hablar de la guía espiritual que proporcionaban sus empleados.
Birna intentó sonreír al recordar, de pronto, cómo se había comportado
Eiríkur, el especialista del hotel en la lectura de auras, cuando ella había llegado
hacía una semana. La había aferrado con fuerza por el brazo y le había
susurrado que tenía el aura negra. Debía tener cuidado. La muerte le seguía los
pasos. Frunció el ceño ante aquel recuerdo, pero también ante el desagradable
aliento del hombre y su mal olor.
Habían pasado los cinco minutos. Se las pagaría. Habría podido estar
trabajando, tenía mucho que hacer y el plazo para terminar el proy ecto no era
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eterno. Si no le hubiera llegado aquel mensaje, habría seguido enfrascada en los
planos del terreno para la construcción del nuevo edificio, y quién sabe si no
habría llegado y a a la solución. Tenía que edificarse separado de la casa
principal, a cierta distancia de ella. Por algún motivo, aún no había conseguido
determinar la localización exacta. Había algo en el lugar donde debería hacer el
edificio, algo que se le escapaba. Pero no se trataba en absoluto de una cuestión
de buena o mala elección, sino algo que le molestaba en aquella parcela, algo
que no encajaba, pero que no lograba comprender. A lo mejor no era más que
una tontería, estaba y a más que harta de todos los plazos que tuvo que ir
cumpliendo a lo largo del año y medio anterior. Jónas quería un arquitecto que
dedicara toda su vida al trabajo (aparte de tener el horóscopo adecuado), y sin
discutir, ella había aceptado vivir en el lugar. Había preguntado a algunos
empleados del hotel si habían notado algo extraño en aquella parte de la
propiedad, pero no le habían dicho nada especialmente útil. La may oría habían
contestado a su pregunta con otra más clara: ¿Por qué no eliges otro sitio si éste
no te acaba de gustar? Aquí hay terreno de sobra. Pero esa gente no la
comprendía. Eso sí, sabían perfectamente todo lo relativo a la situación de las
estrellas y los planetas. Por su parte, Birna era una experta en la ubicación de los
edificios. Aquél era el solar, no se podía hablar de ningún otro.
Los pájaros incrementaron su griterío, pero Birna estaba demasiado
concentrada en sus pensamientos para darse cuenta. Fue moviéndose lentamente
entre las piedras en dirección a la parte superior de la play a. De pronto, se detuvo
a escuchar. Se oían crujidos en las piedras de la play a detrás de ella. Se dispuso a
darse la vuelta, contenta de poder liberarse por fin de la irritación que había ido
acumulándose en su interior desde que había empezado la espera. Maldita sea.
Ya había llegado. Birna no consiguió darse la vuelta por completo. A pesar del
ruido de los pájaros que llegaba desde las rocas, oy ó claramente el silbido del
objeto que atravesaba el tranquilo aire del mar en dirección a su cabeza, y vio la
roca gris en el mismo instante en que impactaba violentamente en su frente. No
vio nada más en esta vida. Pero sintió algunas cosas. De una forma vaga e irreal
notó cómo era arrastrada por la áspera tierra. Sintió la carne de gallina que la fría
niebla causó en su carne desnuda cuando le arrancaron las ropas y percibió en la
boca el sabor metálico de la sangre, y la tristeza que lo acompañó. Le quitaron
los calcetines y notó un terrible dolor punzante en las plantas de los pies. ¿Qué
estaba pasando? Todo sucedía como en un sueño, intangible. Una voz que conocía
bien llegó hasta sus oídos, pero aquello no podía tener nada que ver con lo que
estaba pasando, no podía ser. Birna intentó decir algo pero no consiguió articular
una sola palabra. Un sorprendente suspiro brotó de su cuello, pero ella no había
suspirado. Qué extraño era todo.
Antes de sumergirse en la negrura, por su mente cruzó la idea de que nunca
podría leer nada sobre el origen de Kirkjufell. Aunque resultara chocante, aquello
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le pareció lo peor de todo.
La misma pareja de gaviotas que Birna había visto arrojarse hacia el mar en
busca de alimento, estaba esperando en la play a, vigilando lo que sucedía entre la
bruma. Esperaban pacientes a que acabara la agresión. La play a y el mar
cuidaban de los suy os. Aquí nadie debe pasar hambre.

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VIERNES 9 junio de 2006

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Capítulo 3

—No comprendo qué puede haberle pasado a Birna —refunfuñó Jónas,


alargando la mano hacia una taza floreada con el brebaje cuy a composición
acababa de explicarle pomposamente a Þóra. Se trataba de un té de elaboración
propia, a base de hierbas de la vecindad inmediata y que, según Jónas, curaba
toda clase de males y enfermedades. Þóra había aceptado la taza, había sorbido
un poquito con algo de ruido y, a juzgar por el sabor, aquel té debía de ser
especialmente saludable—. Me habría gustado que os conocierais —añadió
después de beber un sorbo de la infusión y dejar la taza con mucho cuidado sobre
el platillo.
Había algo tremendamente ridículo en todo aquello. La taza y el platillo eran
finísimos, de exquisita porcelana, con una elegante asita que parecía aún más
pequeña en las grandes manos de Jónas. Era lo menos parecido a un hombre de
aspecto delicado, y a que poseía una gran corpulencia sin ser gordo, estaba
bronceado, y a fin de cuentas era el tipo de hombretón capaz de beberse el café
más fuerte directamente de la cafetera cuando estaba a bordo de un arrastrero y,
sin embargo, no hacía el más mínimo ruido cuando tomaba a sorbitos un
imbebible té de hierbas en una taza de señorita, nada más salir de la clase de
y oga.
Þóra sonrió y se acomodó en la silla. Estaban en el despacho de Jónas en el
hotel, y le dolía la espalda del largo rato que se había pasado conduciendo hasta
llegar allí. El tráfico de viernes era muy denso, e incluso se vio empeorado
porque había tenido que llevar a los chicos a casa de su padre, en Garðabær, al
salir de la ciudad. Los coches avanzaban a paso de tortuga y daba la sensación de
que todos los habitantes del área metropolitana de la capital iban en la misma
dirección. Aunque aquel fin de semana, en realidad, no le correspondía, Hannes
le había pedido que hicieran un cambio pues el fin de semana siguiente tenía que
ir al extranjero a un congreso médico y no podía quedarse con los niños. Þóra
había decidido, sin la menor vacilación, tomarle la palabra a Jónas y pasar el fin
de semana en el hotel new age de Snæfellsnes. Tenía intención de aprovechar la
ocasión para desconectar, darse unos masajes y aprovechar el relax que Jónas le
había prometido, aunque el objetivo del viaje era quitarle de la cabeza la idea de
reclamar una compensación por las apariciones fantasmales. Þóra quería
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terminar lo antes posible la conversación, para poder irse a su habitación a echar
una siestecita.
—Ya aparecerá —dijo Þóra al aire, no sabía nada sobre aquella arquitecta, la
mujer bien podría ser una alcohólica compulsiva que anduviera tirada por allí y
que no se dejaría ver en un par de semanas.
Jónas resopló.
—No es propio de ella, íbamos a repasar los bocetos para el edificio nuevo
esta mañana. —Rebuscó entre unos papeles que había encima de la mesa,
visiblemente irritado con la arquitecta.
—¿No habrá ido al pueblo a algo? —preguntó Þóra, esperando que no siguiera
hablando de aquella mujer. Los dolores de la espalda, debidos al cansancio,
estaban extendiéndose a los hombros.
Jónas sacudió la cabeza.
—Su coche está ahí fuera. —Golpeó la superficie de la mesa con las dos
manos—. En fin, vale. Finalmente, tú has venido. —Sonrió a Þóra—. Estoy
impaciente por contarte lo de las apariciones, pero eso tendrá que esperar un
poco. —Miró su reloj de pulsera y se puso en pie—. Tengo que ir a hacer la
ronda. Suelo hablar con la gente al acabar la jornada. Tengo mejores vibraciones
con la empresa y con la marcha de todo si me entero de los problemas desde el
principio. Así es más fácil tomar medidas.
Þóra se puso en pie, feliz de su liberación.
—Sí. Hablaremos mañana. No te preocupes por mí. Pasaré aquí todo el fin de
semana y habrá tiempo de sobra para repasar el asunto. —En el momento en
que Þóra se estaba colgando el bolso al hombro, notó un olor espantoso y arrugó
la nariz—. ¿Qué peste es ésa? —le preguntó a Jónas—. La noté también en el
aparcamiento. ¿Hay alguna fábrica de aceite de hígado de bacalao por aquí
cerca?
Jónas levantó la nariz y respiró por ella varias veces. Luego miró a Þóra,
impasible.
—Yo no huelo nada. Supongo que me habré acostumbrado a esa maldición —
respondió—. En la play a de ahí abajo quedó varada una ballena. Cuando el
viento sopla en determinada dirección, el hedor llega hasta aquí.
—¿Y te quedas tan tranquilo? —dijo Þóra—. ¿Te limitarás a esperar a que el
cadáver desaparezca? —Hizo una mueca cuando volvió a percibir el olor. Ojalá
el defecto oculto fuera algo parecido a aquello, entonces el caso estaría cerrado
al momento.
—Te acostumbras —dijo Jónas. Levantó el teléfono y marcó un número—.
Hola. Te envío a Þóra. Llévala a su habitación y dale hora para un masaje esta
tarde. —Se despidió y colgó—. Acompáñame a la recepción, te voy a dar una de
las mejores habitaciones, con una vista espléndida. No te decepcionará.
Una chica joven acompañó a Þóra desde la recepción. No se diferenciaba
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mucho de un muchacho, y le llegaba a Þóra justo a los hombros. No se sentía
cómoda dejando que aquella chiquilla le llevara su maleta, pero no hubo otra
opción. Dio gracias de que no fuera demasiado pesada aunque, como siempre,
había metido en ella demasiadas cosas. Þóra estaba segura de que en los viajes
regían ley es distintas a las válidas para los días normales, y que se podría poner
ropa que, en otras circunstancias, ni siquiera miraba en el armario. A pesar de
todo, acababa siempre poniéndose los mismos trapos de costumbre. Þóra siguió a
la chica por un largo pasillo que daba la sensación de ser más ancho de lo que era
en realidad, debido a la extraordinaria claridad que entraba por un enorme
tragaluz que ocupaba el techo de un extremo al otro. El sol de la tarde brillaba
sobre el fino cabello de la chica, que iba delante de ella.
—¿Es agradable trabajar aquí? —preguntó Þóra, intentando entablar
conversación.
—No —respondió la chica sin volver la cabeza—. Me estoy buscando otro
empleo. Lo malo es que no hay.
—Ah —dijo Þóra. No había esperado una respuesta tan espontánea—. ¿No
son buena gente los empleados? —La chica se dio la vuelta un instante sin perder
el paso por el corredor.
—No y sí. La may oría están bien. Algunos son unos verdaderos pelmas. —La
muchacha se detuvo delante de una de las puertas, sacó del bolsillo una tarjeta de
plástico y abrió—. A lo mejor la culpa es mía, quién sabe. Yo no soy demasiado
buena para este rollo de atender clientes.
Por el bien del hotel, Þóra confió en que aquella chica no tuviera demasiado
que ver con las terapias. No era precisamente lo que podía llamarse una buena
vendedora.
—¿Y por eso quieres irte? —preguntó.
—No. No exactamente por eso —respondió la chica, indicándole a Þóra que
entrase en la habitación por delante de ella—. Es otra cosa. No puedo explicarlo
bien. Este lugar es malo.
Þóra y a había cruzado el umbral y por eso no llegó a ver el rostro de la chica
al decirlo. No sabía muy bien si estaba seria, aunque la voz parecía indicar que lo
que había dicho era de verdad. Þóra miró la bonita habitación y se dirigió a una
gran pared de cristal que daba hacia el mar. Fuera había una terracita solarium.
—¿Qué quiere decir eso de que es malo? —preguntó, volviéndose hacia la
muchacha. La vista indicaba todo lo contrario: destellos en un mar suavemente
rizado y pacífico más allá de la play a.
La chica se encogió de hombros.
—Pues que es malo. Este sitio siempre ha sido malo. Todo el mundo lo sabe.
Þóra enarcó las cejas.
—¿Todo el mundo lo sabe? ¿Quién es todo el mundo? —Si aquel lugar tenía
mala fama y los propietarios la conocían pero prefirieron no mencionar, sería y a
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una base (muy débil) para un posible pleito.
La chica la miró como sólo saben hacerlo los jóvenes a los que todo les
fastidia.
—Pues todos. Todos los de por aquí.
Þóra sonrió para sí. No tenía ni idea del número de habitantes del sur de
Snæfellsnes, pero sabía que la palabra « todos» no tenía ninguna relación con él.
—¿Y qué es lo que saben todos?
De repente, la chica se puso nerviosa. Metió las manos en los bolsillos de sus
vaqueros demasiado grandes y bajó los ojos.
—Tengo que volver al trabajo. No puedo seguir hablando con usted de este
asunto. —Dio media vuelta y salió al pasillo—. Quizá más tarde. —En el quicio
de la puerta se detuvo y miró suplicante a Þóra—. No le diga a Jónas que he
estado charlando de esto. No le gusta que hable demasiado con los clientes. —Se
frotó la mano izquierda entre el pulgar y el índice—. Si quiero encontrar otro
empleo necesitaré informes positivos. Quiero trabajar en un hotel en Reikiavik.
—No te preocupes. No soy una huésped corriente. Le expondré a Jónas que
has sido muy útil y le pediré permiso para hablar contigo tranquilamente. Jónas
me pidió que viniera para investigar una serie de cosas. Creo que tú puedes
ay udarme, y a él también, de paso. —Þóra sonrió a la chica, que la miró
escéptica—. ¿Y cómo te llamas, por cierto? —preguntó Þóra, para poder
buscarla al día siguiente.
—Sóldís —respondió la muchacha. Se quedó callada un momento en el
umbral, como si no supiera adonde dirigirse, pero sonrió débilmente, se despidió
y se fue.
***
Bergur Ketilsson caminaba a paso tranquilo, aunque sabía que su mujer le
estaba esperando en casa con la cena. Prefería pasar la noche solo, en medio de
la naturaleza, antes que en casa con ella, en un silencio opresivo, en una artificial
felicidad matrimonial. Suspiró al pensarlo. Llevaban casados veinte años,
aparentemente en buena armonía y compenetración, pero la pasión nunca había
sido excesiva, ni siquiera durante el breve noviazgo. No eran así, al menos ellos
no. Él se había dado cuenta hacía muy poco de que a ella le pasaba algo
parecido. Un poco tarde, descubrirlo a los cuarenta. La vida se habría
comportado, sin duda, de una manera diferente si se hubiera dado cuenta antes
de casarse con la zombi de Rósa. Entonces quizá se habría ido a la capital a
estudiar. Cuando era joven adoraba la lengua islandesa, aunque nunca se lo había
mencionado a nadie. La gente no era muy aficionada a aquella disciplina, con la
soledad que acompaña a las tareas de una granja. Con gesto triste, iba buscando
nidos de éider. La reciente ola de frío había jugado una mala pasada a los
polluelos. Ese año habría menos éideres.
[Link]
Continuó. A lo lejos veía el tejado del hotel sobresaliendo por encima de las
rocas de la play a. Lo miró en silencio, concentrado en imaginarse lo que sucedía
allí dentro. Pero no pudo. Se encogió de hombros y siguió adelante. No se
encontraba bien y decidió seguir el camino más largo, que pasaba por la
ensenada. No era un simple rodeo, pues quería averiguar cómo habían aguantado
la ola de frío las puestas de aves marinas. Avivó el paso y continuó pensativo. El
hotel era el culpable del estado depresivo que se había adueñado de él. Si no lo
hubieran construido, él habría seguido viviendo su vida tan conforme, ni feliz ni
infeliz. Por eso nunca podía formarse una opinión clara sobre él: le había
producido, en cierto modo, una felicidad excesiva y una tristeza demasiado
grande como para ser capaz de pensar las cosas con claridad. Se dio cuenta de la
presencia de un nido y se dirigió tranquilamente hacia él. Dos polluelos diminutos
estaban muertos en el centro. La hembra de éider no se veía por ningún sitio,
quizá el frío también había acabado con ella.
En la ensenada la situación parecía la misma. Vio pocas crías en los nidos que
descansaban en cada terraza. Los éideres estarían, dentro de un año, igual que el
zorro. Se alejó del acantilado y se dirigió hacia la granja. Sus pasos eran lentos,
porque no tenía ganas de llegar. El hedor del cadáver de la ballena ni siquiera le
molestaba, le resultaba indiferente, en el estado en que se encontraba en aquel
momento. Bergur aceleró el paso. Quizá lo que tenía que hacer era ir a casa y
decirle a Rósa que había encontrado otra mujer. Una mujer más divertida, más
lista, más guapa y encima más joven. En cualquier caso, una mujer mejor que
ella. Por un instante, la idea le pareció razonable. Se lo dejaría todo a Rósa, la
granja, el ganado, los caballos, los pollos de éider. Él tendría suficiente con su
recién descubierta felicidad. Pero aquella visión era irreal. Rósa no podría
encargarse ella sola de la granja, y la noticia no le haría ni la menor gracia. A fin
de cuentas, la comarca y las tierras no le gustaban demasiado, reaccionaba
siempre exactamente igual ante todas las cosas, con aquel gesto inexpresivo que
rozaba la indiferencia. Lo que más la emocionaba era el gato. Lo mismo sucedía
en todos los aspectos de su vida en común. Lo raro era que él había sido
exactamente igual. Pero ahora era un hombre completamente diferente.
En el borde de la play a tropezó con algo y miró hacia abajo, extrañado. Por
lo general, caminaba con mucha seguridad, sabía moverse sobre los redondeados
guijarros de la play a y las resbaladizas algas. Pero aquel montón de algas era
mucho may or que cualquiera de los que había visto llegar a la play a traídos por
la marea, a lo largo de los años. Además, se quedó petrificado cuando la luz
iluminó un brazo humano en medio de las algas. No cabía duda alguna. Los dedos
estaban tan apretados que a ningún fabricante de muñecas o maniquíes se le
pasaría ni siquiera por la cabeza construir una mano semejante. Bergur se
agachó y notó el hedor de la sangre inundando sus sentidos. Se asustó. La
pestilencia se había abierto paso entre las algas cuando Bergur movió con el pie
[Link]
el blando cieno, y el metálico olor de la sangre resultó tan fuerte que ahogaba por
completo la fetidez de la ballena muerta. Se cubrió la nariz y la boca con el
antebrazo para no aspirar aquel olor repulsivo. Volvió a erguirse, pensando en lo
que podía hacer por aquella persona que había allí, debajo de las algas. Vio que
un ray o de luz llegaba hasta el cuerpo y brillaba sobre una piel blanca. Se extrañó
de no haberse percatado antes de la presencia del cuerpo pues, cuando lo vio, su
posición resultó evidente. Nunca llevaba teléfono móvil, por eso lo único que
podía hacer era llegar a casa lo antes posible y llamar desde allí a la policía.
Quizá también fuera necesario llamar al servicio de urgencias médicas.
Seguramente también los necesitarían. Tomó aire a través de la manga del abrigo
para evitar el olor de la sangre, pero de pronto se quedó agarrotado. Sus ojos se
clavaron en la mano. Conocía el anillo del hinchado dedo anular.
Bergur cay ó de rodillas al lado del cadáver. El hedor y a no le molestaba.
Agarró aquella helada mano para asegurarse. Sí, era el anillo. Boqueó para
respirar. Con manos rápidas empezó a apartar las algas en el lugar donde
calculaba que estaría la cabeza, pero enseguida se detuvo. No había rostro. Pero
vio suficientes cabellos para darse perfecta cuenta de que su sueño de una vida
nueva, emocionante y feliz acababa de terminar.
***
Þóra trataba de mostrarse tranquila. Estaba tumbada sobre el estómago
intentando relajarse, aunque, en realidad, estaba concentrada en aparentar
relajación, porque no quería que la masajista crey era otra cosa. Era una mujer
musculosa y nervuda, más joven que Þóra. Iba vestida con unos pantalones
blancos de lino y una camiseta de manga corta, de color verde claro, sin medias
y con sandalias lisas. Las uñas de los dedos de sus pies estaban pintadas de laca
azul claro. Por regla general, Þóra no solía mirar mucho esa parte del cuerpo de
la gente, pero aquellos dedos de los pies se le aparecían constantemente mientras
estaba tumbada boca abajo sobre la camilla, con la cara inmóvil, metida en un
agujero que había al final de la misma.
Lo peor había pasado, la mujer había dejado de masajear y había empezado
a colocar piedras calientes sobre la columna vertebral de Þóra.
—Ahora notarás cómo la fuerza de las piedras se va disolviendo por tu
espalda. Luego se moverá por los nervios hacia todos los rincones y los huecos
más oscuros. —Por debajo de la voz sonaba música relajante de un disco que la
masajista le había dicho que se podía comprar en la recepción. Þóra estaba
decidida a mirar el nombre de aquel grupo, para evitar que algún día pudiera
comprar un disco suy o por despiste.
—¿Falta mucho? —preguntó Þóra, con la esperanza de que terminara y a—.
Creo que la fuerza ha llegado y a hasta el último rinconcito. Estoy empezando a
sentirme estupendamente.
[Link]
—¿Sí? —A la masajista le resultaba difícil de creer—. ¿Estás segura? Aún
queda bastante.
Þóra reprimió un suspiro.
—Desde luego que sí. Estupendamente. Noto perfectamente que y a estoy
lista.
La masajista iba a poner reparos pero se detuvo cuando sonó un teléfono en
algún lugar de la salita.
—Espera un momento —le dijo a Þóra, y los dedos de los pies
desaparecieron.
—Diga. —Þóra la oy ó responder al teléfono—. Estoy con la terapia. —Se
produjo un largo silencio y luego se oy ó a la mujer decir con la voz excitadísima
—: ¿Qué dices? ¿No será una broma?… Dios mío… Ya voy.
La mujer dejó el auricular con un golpe.
—Ha pasado algo. Horrible, más bien. De lo más horrible.
Þóra se incorporó a medias sobre un brazo.
—¿Y? —preguntó, y esta vez no tuvo que fingir curiosidad—. ¿Algo
relacionado con los fantasmas?
La mujer puso cara de susto y se cubrió la boca con la mano.
—Oh, no, nada de eso, qué va. Han encontrado un cadáver en la play a.
Vigdís, la de la recepción, cree que es alguien de aquí, porque ha venido la policía
para hablar con Jónas.
Þóra saltó de la camilla, desnuda, y se envolvió en un albornoz. Se apresuró a
cubrirse con él, porque nunca le había gustado demasiado estar completamente
desnuda delante de desconocidos, aunque no se avergonzaba en absoluto de su
propio cuerpo.
—Tú ve para allá, y o y a me las arreglo. —Se colocó el cinturón del albornoz
e hizo un nudo—. ¿Ha sido un accidente?
—No lo sé —respondió la masajista, sin poder ocultar su impaciencia. Era
evidente que ardía en deseos de enterarse de algo más.
—Recojo mis cosas y voy —dijo Þóra, animando a la mujer a que saliera—.
Prometo que no robaré ni una sola piedra.
La mujer no necesitó que se lo repitieran dos veces, se dio media vuelta y
desapareció por el pasillo. Þóra fue hasta la cortina detrás de la cual se había
desnudado y empezó a ponerse la ropa a toda prisa. Sonó su teléfono en el bolso
y lo sacó.
—Hola —saludó, intentando ponerse los calcetines con la otra mano. La
cobertura era horrible, y el teléfono hacía toda clase de ruidos y chasquidos.
—Hola, Þóra. —Era Matthew—. Sigo esperando alguna respuesta a mi
correo.
—Ah, sí —replicó ella, dejando de pelearse con los calcetines—. Te aseguro
que iba a contestarte.
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—Pues di cuándo ahora mismo. Así no tendrás que seguir buscando el
momento adecuado —dijo Matthew. Era obvio que tenía intención de ir, dijera
ella lo que dijese—. Da luz verde a mi viaje.
—Éste no es el mejor momento —respondió Þóra—. Estoy trabajando y ha
pasado algo.
—¿Qué? —preguntó Matthew, convencido claramente de que ella estaba
inventándose alguna excusa—. Dime lo que ha pasado.
—Bueno, es bastante raro —explicó Þóra, intentando recordar la palabra
alemana para « fantasma» —. Estoy trabajando en un caso referente a
apariciones fantasmales y todo parece indicar que las cosas se están
complicando. La policía acaba de encontrar un cadáver y podría tratarse de algo
relacionado con el asunto.
—¿Dónde estás? —preguntó Matthew.
—¿Yo? —preguntó Þóra, como una tonta—. Estoy en el campo.
—No te marches. Llegaré pasado mañana por la tarde. —El tono de voz de
Matthew indicaba que iba en serio.
—Espera, espera, todo está bien. No vengas aquí —dijo Þóra desesperada—.
No es un crimen, sólo un cadáver. —Vaciló—. Como otro cualquiera.
—Estaré encantado de verte pasado mañana por la tarde —se oy ó al otro
lado de la línea.
—Pero si ni siquiera sabes dónde estoy, y no pienso decírtelo. Espera unos
días y déjame que encuentre un momento más adecuado. Te prometo que lo
haré. Tengo ganas de verte. Pero ahora precisamente, no.
—No necesitas decirme dónde estás. Ya te encontraré. Nos vemos.
Þóra no consiguió hacer más advertencias… Matthew había colgado.

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Capítulo 4

Después de vestirse a todo correr, Þóra decidió acercarse inmediatamente a


la recepción con la esperanza de obtener detalles más precisos sobre el hallazgo
del cadáver. Mientras se dirigía hacía allí vio un llavero que, con las prisas, la
masajista se había dejado. Decidió llevárselo, le serviría de excusa para
presentarse. Salió al corredor con pasos rápidos, contenta consigo misma.
No vio a la masajista por ninguna parte. Una mujer joven estaba inclinada
sobre el mostrador de la recepción, enfrascada en una conversación en voz baja
con una amiga. Era desagradablemente flaca y la corta bata, inmaculadamente
blanca, que llevaba puesta sobre unos pantalones del mismo estilo apenas lograba
ocultar algo sus escasas carnes. Þóra se situó a su lado y les sonrió a las dos con
la esperanza de ser admitida entre ellas. Le costó un poco, pero finalmente le
prestaron atención, en el gesto de ambas se dibujó el rechazo, pero, en una
fracción de segundo, consiguieron reprimirlo y devolverle la sonrisa. Durante un
breve instante, fingió estudiar un cartel que colgaba en la recepción para
anunciar una sesión, celebrada la noche anterior, con un famoso médium de
Reikiavik. Se volvió entonces hacia ellas y sonrió.
—Hola —dijo Þóra para romper el hielo. La curiosidad superó a todo lo
demás, de modo que olvidó la excusa del llavero—. Me he enterado de lo del
cadáver de la play a.
Las dos mujeres se miraron y con un gesto acordaron permitir que Þóra
participase. La más delgada se volvió hacia ella.
—Espantoso —exclamó con énfasis, abriendo mucho los ojos—. ¿Sabes que
ha venido la policía? —Levantó el brazo del mostrador y le dio la mano a Þóra—.
Me llamo Kata y soy esteticista. —Sus blancos dientes destellaron.
Þóra saludó y sintió extrañeza por la fuerza del apretón de manos de aquella
mujer tan flaca.
—Yo soy Þóra. Me encargo de algunos asuntos de Jónas. En realidad no estoy
aquí como huésped.
La mujer de la recepción asintió con la cabeza.
—Es verdad, me lo dijo él. Yo me llamo Vigdís, jefa de recepción. Tú eres
abogada o algo así, ¿no?
Sin tener muy claro lo que querría decir aquel « o algo así» , Þóra asintió.
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—Justo. —Miró a su alrededor, y a través de las grandes puertas de cristal de
la entrada vio que el coche de la policía seguía allí delante—. ¿Adónde ha ido la
policía?
Vigdís señaló hacia la derecha y habló en voz baja en tono de complicidad,
aunque no había nadie cerca.
—Querían hablar con Jónas. —Se echó hacia atrás en la silla y levantó las
cejas—. No se sorprendió lo más mínimo cuando se lo dije.
—Pero ¿qué dijo la policía, exactamente? —preguntó Þóra—. A lo mejor, él
no comprendió de qué tema se trataba.
Vigdís se ruborizó un poquitín.
—Sí, no, no —dijo con vacilación—. A mí no me dijeron nada, sólo
preguntaron por Jónas.
—¿Cómo sabes entonces que se trata de un cadáver? —preguntó la esteticista
Kata, que claramente no estaba enterada de todo.
El rubor inundó las mejillas de Vigdís.
—Les oí decirlo. Les estaba acompañando al despacho de Jónas y, cuando se
presentaron, le dijeron de qué querían hablar con él.
Þóra estaba totalmente segura de que la mujer había pegado la oreja a la
puerta.
—¿Dijeron algo sobre cómo murió la persona en cuestión? —preguntó—. ¿El
cadáver llegó a tierra arrastrado por el mar, o qué pasó?
—¿Y era una mujer o un hombre? —interrumpió la esteticista—. ¿Lo
mencionaron?
—Desde luego, era una mujer —respondió Vigdís, el rubor de sus mejillas
empezaba a desdibujarse. Evidentemente, disfrutaba de disponer de una
información privilegiada, y cuando siguió hablando, procuró alargar las palabras
para sacarles el máximo jugo posible—. No dijeron nada directamente sobre la
causa de la muerte, pero, a juzgar por lo que les oí decir, estoy convencida de
que la muerte no fue por causas naturales. —Tomó aire por la nariz, muy
teatralmente. Kata se tapó la boca con la mano. Aquella tontería había logrado su
objetivo, evidentemente.
—¿Por qué vinieron aquí? —preguntó Þóra—. ¿Han encontrado el cuerpo en
la play a del hotel?
Vigdís movió lentamente la cabeza en señal de asentimiento y señaló con el
dedo hacia una ventana que daba hacia mar abierto.
—No lo sé con exactitud, pero fue por aquí cerca. Ahí abajo, en algún sitio.
—Þóra y Kata miraron por la ventana. El viento estaba calmado y aún había
plena claridad, aunque fuera y a bastante tarde. No se veía la play a porque había
cierta diferencia de altura entre la explanada que se extendía por delante de la
ventana y el nivel del mar.
—No habrá sido justo ahí debajo, ¿verdad? —dijo Þóra, apartando la vista de
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la ventana—. Os habríais tenido que dar cuenta si la policía hubiera recorrido esa
zona.
Vigdís se encogió de hombros.
—La vieja granja posee un terreno enorme, y no toda la play a se ve aquí
abajo. Incluy e, entre otras cosas, aquella península. —Señaló una elevación que
se veía por la ventana—. La tierra llega por el oeste hasta el otro lado del brezal y
desde aquí no la vemos. Además, a la propiedad se puede acceder desde varios
sitios.
Þóra y Kata se quedaron con la mirada fija en el brezal, con la esperanza de
ver algo más allá. Entonces, Þóra movió lentamente la cabeza.
—¿No eran originalmente dos granjas con dos terrenos distintos? —Vigdís se
encogió de hombros. Þóra continuó—: Recuerdo que eran dos terrenos,
propiedad de unos hermanos, uno de los cuales murió sin descendencia de modo
que el terreno pasó al otro. Luego los fundió en uno solo. Eso explicaría su
extensión. Por regla general sólo existe una vivienda en cada terreno, no dos. Me
pregunto si la divisoria pasaría por esa loma de ahí. —Volvió la cabeza y pudo
comprobar que ninguna de las dos mujeres tenía la más mínima idea al respecto.
—Seguramente —dijo Kata, que se volvió inmediatamente hacia su amiga—.
Pero ¿quién era? ¿Dijeron algo de eso?
—Creo que no tienen ni idea. Porque cuando llegaron me preguntaron
cuántos huéspedes estaban registrados en el hotel y si habíamos echado de menos
a alguno. —Sonrió, cómplice, a sus interlocutoras—. Yo sólo dije la verdad: que
no tenía ni idea. Esto es un hotel, no una cárcel. —Se dirigió entonces a Þóra—:
los huéspedes tienen una llave que se pueden llevar al salir. No me la dejan a mí,
y sólo por pura casualidad me puedo enterar de si van o vienen. No suelen
decirme nada. Como mucho, si salen a caminar me piden información sobre los
mejores sitios para visitar.
—Pero podía tratarse de la pareja alcohólica de la habitación 18. En dos días
no se les ha visto a ninguno —dijo Kata sin poder ocultar su indignación.
Vigdís sacudió la cabeza.
—No, la cocina acaba de llevarles comida a la habitación. Y bebida. —Puso
gran énfasis en este último detalle—. La mujer llamó hace un rato y pidió que la
pusiera con el servicio de habitaciones. Dijo que estaban un poco cansados y que
se habían pasado el día durmiendo.
Kata dejó escapar un bufido.
—Cansados, cansados. Tendrían una buena cogorza.
Þóra notó que poco más podría sacar de aquellas dos mujeres. No le gustaban
demasiado los cotilleos, y menos aún cuando trataban de personas a las que no
conocía ni de oídas. Así que decidió despedirse. Metió la mano en el bolsillo para
coger las llaves.
—Tengo unas llaves que se olvidó mi masajista. —Þóra les dio el llavero, que
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tenía la bandera islandesa pintada sobre una plaquita metálica.
—Te refieres a Sibba —señaló Vigdís, pasando el brazo por encima del
mostrador para agarrar el llavero—. A veces es de lo más despistada. —Se fijó
en el tarjetón de plástico que colgaba del patriótico llavero—. Dios mío, si es
nada menos que la llave maestra. Es que es… —No se pudo saber lo que era,
porque sonó el teléfono. Vigdís se dio la vuelta hacia el aparato.
Þóra tiró enseguida de las llaves y miró a Kata.
—Pues voy a devolverle el llavero y o misma. Olvidé pedirle una nueva cita,
así que de todos modos tengo que hablar con ella. —Sonrió a la joven con cara
inocente—. ¿Sabes dónde puede estar?
La esteticista se encogió de hombros.
—A lo mejor en la cafetería. —Señaló un pasillo que se abría a la derecha—.
Está en la misma dirección que la cocina.
Þóra le dio las gracias y luego añadió:
—¿Tienes idea de cuál es la habitación de Birna? La arquitecta. Me gustaría
pasar a saludarla.
Kata sacudió la cabeza, pero alargó la mano hacia un libro que había detrás
del mostrador. Vigdís seguía ocupada en el teléfono y no les hacía ningún caso.
—Birna, Birna… —Unos dedos finos con uñas largas pintadas de blanco
recorrieron la página—. Ah, y a; aquí está. —Volvió a cerrar el libro—. En la
habitación 5. Está en la misma dirección. Tiene que estar aquí, seguro, porque su
coche sigue en el aparcamiento. No pasa precisamente desapercibido.
—Ah, qué bien —replicó Þóra, que no era demasiado aficionada a los coches
—. Muchísimas gracias. A lo mejor mañana te hago una visita. No me vendrá
mal depilarme. —La joven asintió enérgicamente con la cabeza; en realidad
demasiado enérgicamente, pensó Þóra.
Mientras iba por el pasillo, varias ideas se le pasaron por la cabeza. ¿Qué
demonios pretendía? No podía ni imaginar que la muerta fuera la arquitecta de la
que Jónas se había quejado de que no estaba por ningún sitio. A juzgar por todas
las apariencias, se trataba de una mujer completamente distinta. ¿Y qué, si era
Birna? Eso no justificaba que se colara en su habitación a espiar. Þóra iba
pensando en esto por el pasillo, pero cuanto más cerca estaba de la habitación 5,
tanto may or era su decisión de entrar a echar un vistazo. Si la mujer de la play a
resultaba ser Birna, aquélla sería probablemente la única ocasión de la que
dispondría para registrar la habitación. Si había algo sospechoso en su muerte, la
policía la precintaría. Intentó convencerse a sí misma de que se merecía aquella
oportunidad como abogada de Jónas. ¿Sospecharían de él? Se repitió
mentalmente a sí misma que no estaba haciendo nada malo. Se limitaría a meter
la cabeza y mirar. Nada más.
Se detuvo ante la puerta de la habitación. Miró hacia atrás rápidamente y vio
a las mujeres de la recepción, que estaban ensimismadas charlando sin mirarla.
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Pasó la llave de plástico por el lector, abrió la puerta y se coló en el interior.
***
Jónas intentaba comportarse como lo haría un inocente director de hotel, pero
se dio cuenta de que se le hacía cada vez más difícil desempeñar el papel. Desde
siempre, no soportaba a la policía, y el sentimiento parecía ser mutuo en las
escasas veces que se habían cruzado sus caminos. Aquellos policías tenían una
habilidad especial para mirarle fijamente a los ojos mientras le interrogaban, y
Jónas supuso que habrían recibido algún curso para sacarle la verdad a la gente a
través de las reacciones de sus pupilas. Por ese motivo, parpadeó varias veces, y
le salió aceptablemente bien. Carraspeó.
—Como les he dicho, esa descripción podría encajar con Birna, la arquitecta,
pero es demasiado genérica como para poder tener una absoluta certeza. ¿Esa
mujer no llevaba nada que sirviera para identificarla, una cartera o algo así? —
Alargó un brazo hacia la ventana que había detrás de él—. ¿No les parece que
aquí hace mucho calor? ¿Abro la ventana? —Jónas tenía miedo de que el sudor
empezara a resbalar por su frente, creando así la típica imagen del culpable.
Los agentes de policía se miraron, parecían estar de lo más frescos a pesar de
llevar su uniforme negro completo, con hombreras ribeteadas de amarillo. No se
habían quitado los chaquetones aunque allí dentro hacía un calor indescriptible.
Conservaban puestas sus gorras de policía. No respondieron a las preguntas de
Jónas sobre la ventana ni sobre la identificación, sino que continuaron
preguntando.
—¿Cuándo vio por última vez a Birna?
—Bueno, no lo sé exactamente —respondió Jónas, intentando hacer memoria
—. Ay er estuvo aquí. De eso estoy completamente seguro.
—¿La vio ay er, entonces? —preguntó el más joven. Tenía facciones duras, y
a Jónas le gustaba aún menos que el may or, que parecía más flexible.
—¿Cómo? —preguntó Jónas con torpeza, pero enseguida añadió—: Sí, sí. La
vi. Varias veces, además. Ella estaba intentando acabar el proy ecto del edificio
anejo que tiene que construirse aquí, y vino a verme a cada rato para mostrarme
algunos detalles.
Los policías asintieron al unísono. El may or se rascó la mejilla durante un
momento, y luego preguntó:
—¿Y hoy ? ¿Vino a su despacho hoy en algún momento?
Jónas sacudió la cabeza con energía.
—No. Con toda seguridad, no. Teníamos que vernos esta mañana pero no
apareció. He estado buscándola por todas partes, pero no la he encontrado ni la
he visto. Intenté localizarla en el móvil, pero estaba apagado. Sólo conseguí
acceder al buzón de voz.
—¿Qué teléfono móvil usaba? ¿Puede describirlo? —preguntó el más joven.
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Jónas no tuvo que pensarlo mucho. El teléfono de Birna era muy llamativo.
La había visto con él muchas veces.
—Es de color granate, uno de esos que se cierran. Brillante. Bastante
pequeño, aunque no sé de qué marca es. En la parte delantera había un dibujo
pacifista plateado, pero creo que no era la marca, sino un simple adorno. —Los
policías se miraron de reojo y se pusieron en pie a la vez. Jónas siguió pegado al
asiento. Se había quedado más tranquilo al haber podido responder algo, por fin,
de modo concluy ente—. La mujer que han encontrado… ¿murió
accidentalmente?
Ninguno de los dos policías respondió.
—¿Sería tan amable de acompañarnos a la habitación de Birna Halldórsdóttir?
***
Þóra miró a su alrededor por última vez. No había descubierto nada
interesante en la habitación. Sin duda, era distinta a cualquier otra habitación de
hotel, pues saltaba a la vista que la arquitecta se había instalado durante un
período de tiempo más largo de lo habitual. Había pegado en las paredes bocetos
de edificaciones, que Þóra imaginó serían proy ectos del nuevo edificio que,
según le había contado Jónas, faltaba por construir todavía. En algunos de los
dibujos había garabateadas toda clase de notas, algunas de ellas fácilmente
comprensibles, otras no. En otros, había cálculos con números subray ados en
tinta roja. Eran cifras muy elevadas, y Þóra confió en que, por el bien de Jónas,
no fueran aproximaciones presupuestarias.
Abrió el armario, más que nada por curiosidad, pues difícilmente podría
esperar encontrar allí nada significativo. Había metido un lápiz por el tirador de la
puerta al abrir el armario, porque no quería dejar sus huellas dactilares. También
podía haberlo dejado cerrado, y a que en el armario no había encontrado nada
interesante, aparte de desvelarle que Birna era una persona muy elegante. No
había demasiadas prendas: blusas, pantalones de vestir y chaquetones colgaban
de las perchas, mientras que el resto de la ropa estaba pulcramente ordenada en
los estantes. Le dio la sensación de que aquella mujer podría haber trabajado
antes en una boutique de moda, porque todo estaba perfectamente doblado. Birna
tenía buen gusto para la ropa, sencilla pero elegante, y todas las prendas parecían
tener en común su alto coste. Þóra intentó mirar la etiqueta de la marca en el
cuello de un jersey que estaba situado en la parte superior de uno de los
montones, pero no consiguió leerlo. Cerró el armario y se dirigió al teléfono de la
mesilla, que había recibido algunas llamadas poco antes. Anotó los números en
una hoja en blanco del bloc del hotel que estaba al lado del teléfono. Eran tres.
Plegó la hoja y se la metió en el bolsillo.
Echó un vistazo a la habitación pero no vio nada que le apeteciera examinar
más detenidamente, con la excepción del cajón del escritorio. Ya había movido
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un poco los papeles que había encima de la mesa, pero no había sacado nada en
claro. Todos parecían estar relacionados con el nuevo edificio, principalmente
folletos de fabricantes de diversos materiales de construcción. Empujó con el pie
la silla del escritorio para llegar al cajón. Pero se encontró con un problema,
porque no tenía tirador. Se cubrió la mano derecha con la manga y lo abrió
agarrándolo por la parte inferior. Dentro había dos libros, el Nuevo Testamento y
una agenda encuadernada en piel con el nombre de Birna. Por fin algo
interesante. Utilizó la manga para sacar el libro del cajón. Lo sacudió un poco
para abrirlo. Bingo. Una escritura muy cuidada llenaba las páginas. Þóra sonrió,
pero la sonrisa duró poco. Desde el pasillo le llegó un ruido, que parecía proceder
de la puerta. Sobresaltada, miró a su alrededor. No le dio tiempo a pararse a
pensar, tenía que salir. No había forma de explicar lo que estaba haciendo allí
dentro… incluso le resultaba difícil explicárselo a sí misma. Levantó la cortina,
que llegaba hasta el suelo, pidiendo a Dios que las habitaciones fueran todas
iguales. Para suerte de Þóra, resultó ser así, y con mano temblorosa levantó el
tirador de la puerta de la terraza y salió al jardín. Luego volvió a empujar la
puerta hasta que encajó, con todo el cuidado que pudo, y se marchó a paso
rápido.
Cuando llegó a la esquina del edificio, respiró hondo. Su corazón parecía
querer salírsele del pecho. ¿Pero en qué estaba pensando? Obviamente, tenía
algún tornillo suelto. Había escapado por un pelo. Estaba segura de haber oído la
puerta de la habitación abrirse en el mismo momento en que ella cerraba. Volvió
a respirar hondo. Las palpitaciones volvieron a calmarse pero luego su corazón
volvió a dar otro salto. ¡El cajón de la mesa! Se lo había dejado abierto. Intentó
calmarse. ¿Y qué más daba? Nunca se imaginarían que había sido ella quien lo
había dejado así. Se sintió más tranquila, y mentalmente dio gracias a Dios por su
buena suerte. Y en el mismo instante dio un respingo al ver que en sus manos
seguía la agenda con el nombre de Birna Halldórsdóttir, miembro del Colegio de
Arquitectos de Islandia.

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Capítulo 5

El coche de policía se alejó despacio por el camino de acceso, y Jónas pensó


que las fuerzas de la ley deberían hacer sus visitas a otras horas menos
inconvenientes. Tendrían que pensar un poco antes de ir, para procurar molestar
lo menos posible a los clientes con su presencia. Respiró más tranquilo cuando el
coche se perdió de vista, por fin, y confió en que no tuvieran que volver. En
realidad, sabía que no había muchas probabilidades de que fuera así. Habían
precintado la habitación de Birna después de echar un vistazo al interior para
convencerse de que no estaba. A continuación, le habían ordenado a Jónas que se
ocupase de que no entrara nadie hasta que hubieran realizado un registro. Por
eso, todo indicaba que aquélla no sería la última vez que Jónas les tendría que ver.
La única escapatoria sería que se comprobase que la muerta no era Birna, pero
también aquello era un deseo sin fundamento. Antes de abandonar los terrenos,
los policías le habían pedido a Jónas que les indicara cuál era el coche de la
arquitecta. Estaba en el aparcamiento y era un Audi deportivo de color azul
oscuro, que debía de haber comprado muy recientemente y que se encontraba
en un extremo de la explanada. Birna aparcaba siempre lo más lejos posible de
los demás coches para evitar que algún conductor descuidado le abollara las
puertas de su tesoro. Los policías se acercaron al coche y uno de ellos sacó del
bolsillo una bolsita de plástico. Sin abrir la bolsa, el agente apuntó hacia el
vehículo y apretó lo que llevaba en ella. El deportivo hizo sonar el claxon y
parpadeó. Al verlo, los policías intercambiaron una mirada muy significativa.
Jónas suspiró. Era una situación de lo más incómoda. ¿Tenía que poner cara
de pena? Le había tomado aprecio a Birna pese a sus defectos, y si procuraba no
engañarse a sí mismo era obvio que incluso estaba un poco enamorado de ella,
aunque el sentimiento no hubiera sido mutuo. ¿Tenía que poner cara de
desilusión? Aquello representaba un contratiempo para la ampliación del hotel.
¿Debía contárselo a los empleados del hotel, o aparentar que no pasaba nada? La
policía no había sido muy explícita. Tenía que estar alerta, pues, sin duda, muchos
leerían cualquier cosa en sus reacciones y las interpretarían como mejor
conviniese a la historia que inevitablemente pondrían enseguida en circulación.
Aquel lugar era pequeño y sus empleados no se caracterizaban precisamente por
su discreción. Suspiró otra vez. A lo mejor, la policía llegaba a la conclusión de
que se trataba de un accidente, aunque nada apuntase en esa dirección. Jónas se
dio media vuelta y entró. Pasó rápidamente por la recepción para que no le
hiciesen ninguna pregunta. Consiguió el resultado deseado, pero el gesto de Kata,
que seguía holgazaneando junto al mostrador de entrada, reflejaba con claridad
que ardía de impaciencia por saber lo que había dicho la policía. La esteticista
abrió la boca en el momento en que Jónas entró por la puerta, pero volvió a
cerrarla cuando él apartó rápidamente la mirada y aceleró el paso. Ella y Vigdís,
la recepcionista, siguieron decepcionadas las rápidas zancadas con que cruzó por
delante de ellas, sin decir una palabra ni preguntar nada. Aquella situación no
duraría mucho, al final la curiosidad las empujaría a preguntar, aunque para ello
tuvieran que echar a correr detrás de él por el pasillo. « Pero mientras tanto…» ,
pensó Jónas, entrando a toda prisa en su despacho y cerrando la puerta con llave.
Se sentó sumido en oscuros pensamientos. Quizá las cosas podían dar un vuelco.
¿Quién sabe si aquel terrible suceso acabaría por resultar beneficioso para el
hotel y para él mismo? Agarró el teléfono y marcó un número.
***
Þóra estaba sentada a los pies de la cama de su habitación, abochornada. El
diario de Birna descansaba en su regazo. Aún no había decidido qué hacer con él,
si podría volver a entrar a escondidas en el cuarto de Birna para dejarlo otra vez
allí o si sería mejor abandonarlo en algún otro lugar. Pensó en el tiempo que
tenía: ¿debía librarse del diario inmediatamente, o esperar hasta haberlo
estudiado? El rubor cubrió sus mejillas al recordar que, a fin de cuentas, Birna
podía seguir estando entre los vivos. ¿En qué estaba pensando? ¿Se había hartado
tanto de bocacartas y otras estupideces como para lanzarse a la caza de casos
más emocionantes, puesto que éstos no venían por sí solos? Había ido allí para
quitarle de la cabeza al chiflado dueño de un hotel un pleito sin perspectiva
alguna, no para entrometerse en una investigación policial que a ella no le atañía
en lo más mínimo. Sonó su teléfono y se estiró hacia él, encantada de tener algo
distinto en que pensar.
—¿Podrías pasarte un momento por mi despacho? —preguntó Jónas en un
tono misterioso—. Ha sucedido algo inesperado y no sé si estará relacionado con
los fantasmas.
—¿Qué me dices? —preguntó Þóra, extrañada.
—Te lo explicaré cuando vengas, pero creo que el cadáver que ha aparecido
es de Birna, la arquitecta.
—Estoy allí en diez minutos —le cortó Þóra, y se despidió.
Vay a. Apartó la mirada del teléfono y la dirigió al diario. Se sintió aliviada.
Por lo menos no le había robado el diario a una mujer viva. Abrió la agenda con
la manga y utilizó el pulgar para pasar las páginas. Era un dietario poco
convencional, eso estaba bien claro. En lugar de tener una anotación aquí y otra
allá, cada página estaba cubierta de escritura apretada, y bien aprovechada.
Había muchos dibujos de casas, edificios y partes de edificios. Algunos esbozos
parecían surgidos de la mente de Birna, pero otros, más probablemente,
correspondían a ejemplos reales. Obviamente, Birna no había dedicado una
página a cada día, porque tenía llenas las páginas hasta bien entrado
septiembre… cuatro meses más tarde. Þóra miró las últimas anotaciones, con la
esperanza de encontrar una frase del estilo de: Cita con X en la playa - tengo que
andar con cuidado. Pero no había nada de eso. En la may or parte de las hojas
ponía cosas como: Aniversario Bergur - no olvidar, Arreglo de cuentas de abril, y
una legión de nombres de empresas que Þóra desconocía por completo. Al lado
de cada nombre estaba escrito un número de teléfono y algunas indicaciones en
milímetros, y al final de todo en coronas. Al final de cada línea había series
variables de abreviaturas que Þóra fue incapaz de descifrar: Sv, Hv, R, Gr, Sil, etc.
Por encima de estas líneas aparecía: Revestimiento, la palabra estaba subray ada.
Birna parecía haber estado buscando datos sobre distintos tipos de revestimiento y
había escrito la línea que mostraba uno de los presupuestos más bajos. Los
revestimientos no podían tener relación alguna con la muerte de la mujer, de
modo que Þóra abrió el siguiente par de páginas. Allí había un esquema que
mostraba, por lo que ella podía ver, la parcela que rodeaba el hotel y la ubicación
del nuevo edificio. Estaban escritas en letra apresurada las dimensiones y
distancias principales, y una flecha cuidadosamente dibujada señalaba el norte.
Alrededor del esquema, se encontraban diversas observaciones, la may or parte
de ellas referentes a las pendientes del terreno y las luces. Pero una cosa llamó la
atención de Þóra: ¿¿¿Qué sitio es ése??? ¿¿¿Planos antiguos??? Por debajo
estaba escrito con otra pluma Toma. Detrás de la palabra había también tres
signos de interrogación. No entendía nada.
Aunque lo que más le apetecía era seguir examinando la agenda, tenía que ir
a ver a Jónas, que debía de saber que Þóra no tenía ninguna ocupación especial,
de modo que sería difícil explicar un retraso tan largo. Sin embargo, pasó unas
cuantas páginas más, hasta que llegó a unas que eran similares a las que
contenían los esquemas. Se encontraba allí bocetos del plano de una casa, dos
cuadrados parecidos, uno al lado del otro, que representaban una habitación cada
uno. Se mostraba una escalera en el mismo lugar, en el interior de ambos. Se
trataba, claramente, de una casa de dos pisos. Las habitaciones estaban
cuidadosamente indicadas: sala, comedor, cocina, despacho, dormitorio, retrete,
etcétera. Había diversas cosas garabateadas en los espacios. Entre otras cosas se
podía leer: ¿Año de construcción 1920? ¿Humedad en la pared exterior SO?
¿Zócalos? Birna también había escrito una pregunta que, evidentemente, le
resultaba inquietante, porque la había enmarcado y subray ado varias veces:
¿Quién era Kristín? Þóra volvió a mirar el plano de la casa. Una de las
habitaciones del piso superior estaba marcada Dormitorio, como las otras dos,
pero en aquella estaba escrito con letra más pequeña: ¿Kristín? Pasó páginas en
busca de algo que indicase que aquellos esquemas correspondieran a una casa
vecina, pero no vio nada. En lo más alto de la página anterior ponía, en cambio,
Kreppa que, si recordaba bien, era el nombre de la granja, y no una especulación
de Birna sobre el futuro económico de Islandia. Aunque ese fuera el significado
de la palabra, aquello no iba de ninguna « crisis» . Cerró el libro y lo dejó encima
de su maleta. El personal de limpieza no se pondría a cotillear.
***
Jónas parecía preocupado y menos satisfecho de sí mismo que de costumbre.
Le pidió a Þóra que se sentara en una de las incómodas sillas para visitantes que
había delante de su mesa de escritorio, mientras él se reclinaba en su mullido
sillón de cuero detrás de la mesa. Esta vez no le ofreció té de hierbas, para gran
alivio de Þóra.
—¿Qué quería la policía, Jónas? —preguntó Þóra para romper el hielo.
Jónas suspiró.
—¿Todo el mundo sabe que estuvieron aquí?
—Bueno, y o no puedo hablar por los demás, pero no creo que sea la única
que lo sabe. La gente más inverosímil es capaz de reconocer a la policía en
cuanto la ve —respondió Þóra—. ¿Qué querían?
Jónas suspiró de nuevo, aunque ahora el suspiro fue más profundo que la
primera vez. Sacó de su muñeca izquierda un reloj de pulsera de acero con una
gran piedra marrón, y se puso a frotarlo pensando en otra cosa antes de
responder a la pregunta.
—Han encontrado un cadáver en la play a. El cuerpo de una mujer. Creen
que se trata de Birna, la arquitecta de la que te hablé ay er. —Volvió a centrar su
atención en el reloj de pulsera, acariciándolo tranquilamente, ahora con los ojos
cerrados.
—Vay a —dijo Þóra—. ¿Mencionaron algo sobre la causa de la muerte?
Puede haber razones muy diversas para la aparición de personas muertas en una
play a. Con frecuencia se trata de suicidios.
—No creo que se hay a suicidado —replicó Jónas, abatido—. No era de ese
tipo de persona.
Þóra no pudo objetar que no eran sólo las personas de un tipo determinado
quienes se quitaban la vida.
—¿Qué te ha dicho la policía? Eso es lo más importante. Es de suponer que
habrán estado en el lugar donde la encontraron.
Jónas apartó los ojos de su reloj y miró a Þóra.
—No dijeron nada directamente. Fue más su forma de comportarse y lo que
no dijeron. —Se concentró de nuevo en el reloj—. Por ejemplo, si se hubiera
ahogado, si se hubiera golpeado contra una piedra o cualquier otra cosa que
apuntara a un accidente, seguramente me habrían interrogado sobre sus
costumbres. ¿Pasaba mucho tiempo en la play a? ¿Paseos en barca? ¿Nadaba en
el mar? Pero no me preguntaron absolutamente nada. Lo único que querían saber
era si habíamos echado a alguien en falta y si reconocía a una mujer que
describieron a muy grandes rasgos. —Jónas miró repentinamente a Þóra—.
Ahora que me doy cuenta, fue muy extraño que no describieran ningún rasgo del
rostro. ¿Le faltaría la cabeza? —Se apresuró a añadir, antes de que Þóra
consiguiera responder algo—: No, seguro que no, describieron el pelo. —Abrió
mucho los ojos—. ¿A lo mejor alguien le cortó la cabeza, le quitó el cuero
cabelludo y lo puso encima del cadáver?
Þóra puso fin a aquella sucesión de ideas absurdas.
—Me parece que estás dejando volar la imaginación, pensando toda clase de
disparates. Pero sí que estoy completamente de acuerdo en que todo parece
indicar que lo sucedido es algo más que un simple accidente. —Þóra hizo un
esfuerzo para añadir lo que dijo a continuación—: ¿Los policías han registrado su
habitación?
—Uno de ellos echó un vistazo al interior. El otro esperó conmigo en el pasillo.
Sólo estuvo dentro un minuto o algo así, y cuando volvió se limitó a sacudir la
cabeza.
—¿No dijo nada de si había pasado algo anómalo en la habitación, ni preguntó
quiénes tenían llave? —Un leve rubor recorrió las mejillas de Þóra.
—No, ni una palabra de todo eso. Prohibieron taxativamente que nadie
entrase allí hasta que la policía científica hubiera terminado de hacer su trabajo
en ella, y luego me pidieron que les enseñara el coche de Birna. Llevaban en una
bolsita una llave electrónica que lo abría.
Þóra asintió pensativa. Realmente no parecía haber duda sobre la identidad de
la muerta.
—Vay a, venga. —Miró a Jónas y esperó, incómoda, a que terminase de
juguetear con aquel dichoso reloj. Sin duda tendría algo que ver con las terapias
no convencionales, los campos de energía o algo por el estilo—. ¿Alguien
deseaba la muerte de Birna? ¿Estaba metida en algún lío?
Jónas sacudió la cabeza lentamente.
—No, era una persona normal. —Þóra fue incapaz de imaginarse lo que
aquel hombre podía considerar normal, pero concluy ó que su escala de valores
sería distinta a la suy a propia—. Una persona excelente y una arquitecta
brillantísima. —Jónas sonrió con dificultad—. Era Capricornio, constante y
sincera. Sobre todo, una persona estupenda. Toda una persona de honor.
—¿Pero nadie tuvo nunca un problema con ella? —preguntó Þóra—. ¿No se
te ocurre nadie que hubiera podido tener algún enfrentamiento con ella que
pudiera desembocar en semejante barbaridad?
Jónas volvió a ponerse el reloj en la muñeca y ahora dedicó a Þóra toda su
atención.
—Hombre. Se me pasó por la cabeza si podía tener alguna relación con las
apariciones.
Þóra ni siquiera sonrió.
—¿Estás insinuando que uno de los fantasmas que aparecen por aquí ha
cometido un crimen?
Jónas se encogió de hombros y levantó las manos abiertas.
—¿Qué sé y o? Sencillamente, todo esto parece demasiada casualidad. Esta
casa está embrujada. Birna aparece muerta justo ahí delante. Ella estaba
trabajando en las reformas. Los fantasmas quieren mantener su entorno
exactamente igual a como era cuando fallecieron. Luchan con uñas y dientes
contra cualquier clase de alteración. ¿Qué va a pensar uno?
Þóra nunca había oído nada semejante ni tenía ningún interés especial en los
fantasmas.
—Jónas, creo que está completamente excluida la posibilidad de que aquí
hay an participado fantasmas.
—¿Estás segura? —preguntó el propietario del hotel—. Birna estaba muy
intrigada con la historia de este lugar. Decía que tenía que conocerlo bien porque,
de otro modo, le resultaría difícil establecer relaciones afectivas con el espacio.
No puede excluirse que hay a removido las iras reprimidas de algún difunto y que
hay a acabado pagándolo con la vida. Quizá no directamente… pero quizá sí
indirectamente. —Al ver que Þóra no sabía qué decir, continuó—: Puede que no
exista una relación directa entre una cosa y otra. Y además tenemos que tener en
cuenta este lugar. Esto está embrujado y los vendedores no dijeron nada al
respecto. Una mujer ha muerto trágicamente… tal vez por algo relacionado con
las apariciones. Será difícil no pensar en esta posibilidad, porque no sería ni
mucho menos imposible que el asesino hubiera estado dirigido por fuerzas del
más allá. ¿Comprendes?
Þóra no pudo menos que negar con la cabeza.
—Claro que sí, ¿no lo ves? Tú les cuentas a los vendedores que una mujer ha
fallecido y que corren rumores de que ha sido el fantasma quien lo ha hecho.
Toda esa cuestión puede llegar a dilucidarse en un juicio. Pero algo me dice que
esa gente no tendrá el más mínimo interés en verse envuelta en un caso de
asesinato, aunque sea de forma indirecta. ¿Tú querrías ser testigo en un caso de
asesinato en el que el defensor del asesino dé a entender que callaste los hechos
que acabarían por dar lugar al crimen? —Jónas sacudió la cabeza—. No, no te
gustaría ni pizca. A ellos tampoco. Quizá así se consiga que acepten pagar
compensación.
Þóra le interrumpió.
—¿Qué más da si consigues una compensación? Tú tendrás que seguir con el
hotel, ¿no pretenderás volverte atrás en la compra por este motivo? Si dices en
serio lo del fantasma, dudo que consigas sobornarlo para que se largue.
Jónas sonrió.
—Naturalmente que no puedo hacerlo. Pero preveo que tendré que aumentar
el sueldo de los empleados para que no se despidan y se larguen. Éste es un
pueblo espiritual, sensible con las cosas sobrenaturales. Ya he empezado a
preocuparme porque algunos han dado a entender que están pensando en dejar el
trabajo. Mi presupuesto de operaciones se está viniendo abajo, y bien podría
resultar que se evapore el escaso beneficio que tenía calculado. Los huéspedes de
sitios como éste son también sensibles. No les interesa para nada tener que
vérselas con seres del otro mundo. Y mucho menos, si puede costarles la vida.
Þóra tenía que digerir todo aquello. No le apetecía lo más mínimo intentar
forzar a la gente a llegar a un acuerdo amenazándoles con involucrar sus
nombres en un caso de asesinato, pero las palabras de Jónas sobre sus empleados
eran un argumento de peso.
—Permíteme que lo piense más tranquilamente. —Hizo ademán de ponerse
en pie, pero se detuvo—. Aunque todavía tienes que decirme algo sobre esas
apariciones fantasmales. ¿Cómo se manifiesta el fantasma, en realidad? —Jónas
resopló.
—Puf. No sé por dónde empezar.
—Por el principio, por ejemplo —dijo Þóra un poco molesta.
—Sí, seguramente es lo mejor —respondió Jónas, a quien las palabras de
Þóra no parecían haberle afectado en lo más mínimo—. Como y a te he dicho, la
may or parte de los empleados perciben más de lo que se ve a primera vista. —
Þóra asintió—. Empezaron a sentir una presencia desagradable. Recuerdo que el
lector de auras, que se llama Eiríkur, fue el primero que la notó. Luego fueron
otros quienes la percibieron, y posteriormente todos los demás. Yo tardé mucho
en darme cuenta, al principio pensé que serían simples imaginaciones. —Jónas
miró a Þóra con cara de preocupación—. En realidad, es imposible explicárselo
a quienes no son receptivos a estas cosas, pero sí que puedo afirmar que es algo
que dista mucho de ser una sensación placentera. A lo que mejor se puede
comparar es a cuando sientes que hay alguien siguiéndote. Como si estuviera ahí
sentado mirándote desde algún rincón oscuro, por ejemplo. Eso es lo que me
pasó a mí, al menos.
Aquel relato no hizo más que confirmar la opinión de Þóra de que se trataba
de un caso de histeria colectiva. Uno había empezado con una historia confusa y
luego fueron siguiendo los demás, uno tras otro, hasta que la imaginación de la
gente acabó convirtiéndola en un hecho real y palpable.
—Jónas —dijo Þóra—. Tendrás que buscar algo mejor. Este pleito no tiene
muchas posibilidades de salir adelante, si voy a ver a los vendedores y les repito
lo que me has estado contando. Tendremos que contar con algún buen
argumento, no basta con una historia de miedo por aquí y otra por allá.
Jónas la miró escandalizado.
—Pero es mucho más que eso. Una historia de miedo te hace temblar un
momento. Esta sensación es permanente. Opresiva, es quizá la palabra más
adecuada. La may oría, por no decir todos, han oído llantos por las noches,
gemidos de niños. —De pronto puso un gesto triunfante—. Y y o he visto un
fantasma auténtico. Más de una vez, además. Su presencia ha ido aumentando
últimamente.
—¿Y dónde has visto ese fantasma? —preguntó Þóra escéptica.
—Fuera, sobre todo. Aquí delante —Jónas agitó la mano hacia la ventana que
había detrás de él, sin mirar hacia allí—. No me resulta fácil explicar
exactamente dónde estaba situado el fantasma, pues siempre que lo vi había
neblina. Algunos fantasmas sólo aparecen en determinadas condiciones
atmosféricas, y éste viene cuando hay niebla.
—Así que, me imagino, no podrás describirlo con detalle, ¿verdad? —
preguntó Þóra.
—No, en realidad no. Excepto que sé perfectamente que se trata de una niña
o una mujer. El ser era demasiado pequeño para ser un varón. —Jónas se echó
hacia atrás en el sillón—. Aparte de que la vi aparecerse en el espejo de mi
habitación. Entonces no me cupo duda alguna de que se trataba de una chica.
Sucedió bastante rápido, pero…
—Dijiste que habías reconocido a la chica en una foto que encontraste.
Difícilmente sucedería tan deprisa como para que no pudieras conservar en la
memoria los rasgos de su rostro, ¿no?
—Ya, no sé exactamente cómo explicarlo. Estaba cepillándome los dientes y
oí un leve crujido. Me quedé como petrificado, me incorporé y entonces vi al
ente en el espejo, pasando por delante de la puerta. Mi subconsciente consiguió
percibir suficientemente los rasgos de su cara, aunque me resultaría muy difícil
describirla, pero reconocí el rostro en una de las fotos. —Jónas abrió uno de los
cajones del escritorio y se puso a rebuscar algo mientras seguía hablando—: Ni
siquiera pude seguir con la foto en la mano después de aquello. La metí en la
caja y la cerré. Para ti no representará problema alguno mirarla, pero y o no
puedo.
—Dudo que me quite el sueño —dijo Þóra, sonriéndole—. Me gustaría hablar
con alguno de tus empleados sobre este asunto. Con ese tal Eiríkur, el lector de
auras, por ejemplo.
—Ningún problema. En este momento no está aquí pero volverá mañana,
creo. —Jónas encontró por fin lo que estaba buscando en el cajón. Le entregó a
Þóra una llave vieja y pesada, metida en un gran aro metálico—. Ésta es la llave
del viejo sótano. Las cajas de las que te he hablado están allí abajo. Échales un
vistazo. Hay muchas cosas curiosas que pueden explicar las apariciones.
Þóra agarró la llave.
—¿No me engaña la memoria si la vieja granja se llamaba Kreppa? —
preguntó con gesto inocente.
El dueño del hotel la miró extrañado.
—Sí, es cierto. Originalmente eran dos terrenos que se fusionaron. Uno se
llamaba Kreppa, el otro Kirkjustétt. —Jónas se encogió de hombros con
indiferencia—. Birna se pasó mucho tiempo estudiando las peculiaridades de la
propiedad.
—¿Sí? ¿Y por qué? —preguntó Þóra, con más curiosidad todavía—. ¿Sigue en
pie la vieja granja?
—Sí, está todavía en su sitio. Originalmente íbamos a construir el nuevo
edificio al lado, como hicimos aquí, pero a Birna no le pareció bien. Pensaba que
había demasiada distancia de un sitio a otro, y además le parecía que la casa
estaba demasiado deteriorada. Puedes echarle un vistazo mañana, si quieres. Las
llaves están debajo de una piedra, al lado de la entrada de la casa. Es interesante
de ver, porque aún tiene todo el mobiliario antiguo.
—¿Cómo es posible? —preguntó Þóra—. Cuando se realizó la venta, nadie
vivía en las tierras.
—Ni idea —respondió Jónas—. En realidad, puede ser que y a se hay an
llevado parte de esos trastos viejos, porque la hermana… —Jónas buscó en los
recovecos de su memoria el nombre de la mujer. Hizo un círculo tras otro con el
dedo mientras pensaba.
—¿Te refieres a Elín Pórðardóttir? ¿La que te vendió las tierras? —intervino
Þóra.
—Sí, justo —exclamó Jónas. El dedo índice se detuvo en mitad de un círculo
—. ¡Elín, la hermana! Llamó aquí hace un par de meses y dijo que por fin
podrían llevarse los trastos. Yo estaba en el pueblo, así que no hablé
personalmente con la mujer, sólo recibí el recado, me lo dio Vigdís, la de
recepción. Su hija vino un poco después y le explicaron dónde podría encontrar
la llave. Quizá lo mejor hay a sido que ninguno de los dos se reuniera conmigo,
porque y o les habría soltado unas cuantas cosas sobre las apariciones.
Þóra se sentía incapaz de seguir hablando de fantasmas.
—¿Cómo es que querían el mobiliario? —preguntó—. No recuerdo que se
discutiera ese asunto al cerrar la venta.
—Ya, fue cosa de palabra —explicó Jónas—. Lo discutieron conmigo en
algún momento del proceso, y y o les dije que se llevaran lo que quisieran. —Y
añadió triunfante—: En realidad, les indiqué que prefería que lo hicieran lo antes
posible, porque quería utilizar la casa o derribarla.
Þóra asintió con la cabeza. Miró el reloj de la pared.
—Quizá vay a a verla durante el fin de semana. Quién sabe si me encuentro a
la tal Elín o a su hermano. —Echó un vistazo a su reloj de pulsera—. Creo que
esperaré hasta mañana para revisar las cajas. Ya se ha hecho demasiado tarde.
Jónas estuvo de acuerdo.
—No son cosas que convenga mirar antes de dormir, te lo aseguro. —Sonrió
estúpidamente—. Crea uno en fantasmas, o no.
SÁBADO 10 de junio de 2006
Capítulo 6

Pocas cosas le disgustaban más a Gauti que trabajar en una autopsia un


sábado por la mañana temprano, y peor aún si había tenido que hacer los
preparativos la noche anterior. Las noches de los viernes se podían dedicar mil
veces mejor a cualquier cosa que no fuera el olor de desinfectante y la
compañía de los muertos en el sótano del Hospital General. A esas horas tenía
que estar en un bar rodeado de mujeres fáciles, envuelto en una espesa nube de
humo de los cigarrillos. Gauti pensó si debería cambiar de trabajo de una vez por
todas. Ahora todos parecían encontrar empleos bien pagados. Más o menos. No
estaba seguro de que el gremio bancario fuera a aceptar sin más sus cinco años
de experiencia como ay udante de autopsias, pero todos sus colegas parecían
haber conseguido algún trabajo. Intentó imaginarse a sí mismo con chaqueta y
corbata detrás de una mesa, un ejecutivo dedicado a hacer la autopsia de la
situación financiera de los clientes y a darles después buenos consejos que, a fin
de cuentas, les conducirían al aumento de sus deudas. No, de momento, la
convivencia con los muertos era más variada y entretenida. Examinó la bandeja
del instrumental y comprobó que todo estaba en su sitio, también el cadáver,
cubierto con una sábana blanca. Sólo faltaba el forense. Gauti miró el reloj que
colgaba en la pared detrás de él. El médico llegaba tarde. Hrannar Pétursson.
Suspiró. Todo lo malo siempre podía empeorar. Era un engreído de lo más
fastidioso y que, encima, era un especialista poco serio. Sus descuidos en el
trabajo no le habían acarreado nunca ninguna consecuencia, pero algunas veces
Gauti había tenido que señalarle algunos errores tan evidentes que incluso él se
había percatado de ellos. Que Gauti le indicara sus equivocaciones ponía de los
nervios a Hrannar, pero hacía como si nada, e incluso se divertía sacándole de
quicio.
La puerta de la sala de autopsias se abrió y Hrannar entró con grandes
aspavientos. Iba acompañado de un joven al que Gauti y a conocía, pero cuy o
nombre no recordaba. Había estado haciendo algo en el departamento la semana
anterior, pero Gauti sabía que nunca había asistido a una autopsia.
—Buenos días —saludó Hrannar con altanería, señalando con la mano a su
acompañante—. Éste es Sigurgeir, estudiante de quinto año de medicina, al que
he autorizado a acompañarme. No todos los días podemos examinar un cadáver
como éste.
Gauti hizo una señal con la cabeza dirigida a Sigurgeir, que sonreía tenso, y
levantó la sábana que cubría el cuerpo. Observó la reacción del estudiante. El
joven apenas pudo contener las ganas de vomitar que se adueñaron de él.
Hrannar hizo como si no se diera cuenta, inclinándose tanto sobre la cabeza de la
muerta que su nariz casi la rozó. Luego se incorporó, sacó el dictáfono y
comenzó la clase.
—Sobre la mesa y ace una mujer desconocida que fue hallada muerta en una
play a del sur de Snæfellsnes. Los rasgos del rostro son irreconocibles a causa de
considerables heridas que pueden haber sido infligidas post mortem por algún
animal…
***
—Papá no es nada divertido. Lo único que hace es dormir. Y Gy lfi, lo mismo.
Quiero irme contigo.
Þóra se quitó las legañas de los ojos y se incorporó en la cama, apoy ada en la
almohada. Había agarrado el móvil que estaba sobre la mesilla de noche,
respondiendo sin haber conseguido despertar del todo, y carraspeó antes de
contestar a su hija. Recordaba muy vagamente algo sobre un sueño de fantasmas
y niños que lloraban, pero aquella imagen se le escapaba y no consiguió
recuperarla.
—Hola, Sóley. ¿Te has despertado y a? —Miró el reloj y vio que eran las ocho
menos veinte—. Uf. Pero si es tempranísimo, cariño. Hoy es sábado. Papá y
Gy lfi quieren dormir bien para poder ser más divertidos el resto del día.
—Puf. —La suave vocecita estaba llena de reproche—. No serán nada
divertidos. Sólo me lo paso bien contigo. Tú sí que eres divertida. —La conexión
era tan mala que la voz de Sóley parecía salir del interior de un barril.
« Las cosas son como son» , pensó Þóra, que conocía por propia experiencia
que aquella admiración tardaría en desaparecer. Sóley sólo tenía seis años, y
aunque estaba a punto de cumplir los siete, quedaban por delante bastantes años
en los que Þóra desempeñaría el papel primordial en su vida.
—Regresaré a casa pasado mañana por la tarde. Entonces haremos algo
divertido. Te llevaré conchitas de la play a, si quieres.
—¡La play a! ¿Estás en la play a? —Sóley suspiró—. ¿Por qué no puedo estar
contigo? Tengo muchísimas ganas de ir a la play a.
Þóra se mordió el dorso de la mano por haber mencionado la play a. Como
vivían cerca del mar, ni siquiera se le había ocurrido pensar que una play a
pudiera llamarle la atención.
—Ay, cariño, sabes que tienes que pasar el fin de semana con papá. A lo
mejor podemos venir aquí juntas este verano.
—¿Con la caravana? —preguntó Sóley entusiasmada.
Þóra suspiró para sus adentros.
—A lo mejor. Ya veremos. —No conocía nada más horrible que conducir con
aquel trasto a remolque, y ni siquiera había aprendido aún a dar marcha atrás.
Los escasos viajes que habían hecho con la caravana los había organizado de tal
forma que no había tenido necesidad de dar marcha atrás—. Ahora pon la tele,
porque acaba de empezar el programa infantil. Papá y Gy lfi se despertarán
enseguida. ¿Vale?
—Vale —dijo Sóley con voz muy mustia—. Adiós.
—Adiós, cariño. Te echo de menos —se despidió Þóra, y colgó. Se quedó un
rato mirando el teléfono, preguntándose cómo había llegado a aquella situación.
Su matrimonio se había ido al garete relativamente pronto, pero ella se había
obstinado en no reconocerlo, impidiendo así un final decente. Durante once años
todo había transcurrido más o menos normal, pero el final del camino había
llegado rápidamente muy poco después. Hannes y ella se separaron año y medio
más tarde. Ella sentía ciertos remordimientos de conciencia al ver a los niños
siempre de un lado a otro, y de que tuvieran dos casas. Pero no había mucho que
se pudiera hacer al respecto, y jamás volvería con Hannes, aunque fuera
campeón mundial en dar marcha atrás con una caravana. Se levantó de la cama,
se quitó de encima aquellos opresivos pensamientos y se metió en la ducha.
Después se vistió con unos vaqueros, unas deportivas y un gastado jersey con
capucha, preparada para bajar a cualquier sótano polvoriento. Al mirarse en el
gran espejo, comprobó que sólo le faltaba la mascarilla de motonieve para
ponerse a atracar bancos como Dios manda.
En el comedor la esperaba un bufé de desay uno muy bien surtido. Þóra no
estaba acostumbrada a comer mucho por las mañanas, pero todo estaba tan bien
presentado y resultaba tan apetitoso que no pudo resistirse, y llenó un plato
grande con huevos revueltos, beicon y pan tostado. También se decidió por
algunas frutas para darle un toquecito de color. La dieta que se había impuesto
había quedado definitivamente olvidada. En el restaurante estaban ocupadas la
mitad de las mesas. Þóra sintió curiosidad por saber qué clase de gente se alojaba
en un hotel como aquél, que no sólo era carísimo sino que encima ofrecía todos
aquellos elementos new age. No consiguió descubrir ninguna característica
peculiar en los huéspedes. Eran de todas las edades y de distintas nacionalidades,
aunque la may oría parecían islandeses.
En tres de las mesas había personas solas, como Þóra: dos hombres, uno
joven y el otro anciano, y una mujer de mediana edad. Þóra supuso que todos
debían de ser compatriotas. El hombre may or parecía fuera de lugar entre los
huéspedes. Þóra imaginó que sería abogado o inspector de hacienda. La mujer
parecía encajar todavía menos, tan silenciosa y con un aspecto tan triste, con los
ojos clavados en la taza de café que tenía ante ella sobre la mesa. En el plato
había un montón de comida que no parecía haber tocado. Aquella mujer tenía un
aspecto tan penoso que Þóra no pudo evitar sentir compasión por ella. El joven,
en cambio, era como una parte más del entorno y Þóra dejó que sus ojos se
detuvieran en él. Lo hizo única y exclusivamente porque era guapísimo, moreno,
bronceado, y con todo el aspecto de practicar culturismo de competición sin
necesidad de esteroides. Þóra sonrió para sí, nostálgica, pero cambió el gesto en
cuanto el joven miró hacia ella y le devolvió la sonrisa. Avergonzada, se bebió el
café de un sorbo y se puso en pie. El muchacho hizo lo mismo. Llevaba una
pierna vendada, y agarró una muleta que tenía apoy ada sobre la silla de al lado.
Se dirigió cojeando detrás de ella hacia la salida.
—¿Eres islandesa? —oy ó Þóra que decían detrás de ella.
Þóra se dio la vuelta y vio que, a corta distancia, el joven no era, en absoluto,
más feo que de lejos.
—¿Yo? Sí, claro —respondió ella, deseando no ir vestida de atracadora de
bancos—. ¿Y tú? —añadió con una sonrisa.
Él devolvió la sonrisa y le tendió la mano.
—No, y o soy chino, interesado por la lengua islandesa. Me llamo Teitur.
—Þóra. —Aferró la mano que le tendía el joven.
—Tienes que ser recién llegada —dijo él, mirándola directamente a los ojos
—. Si no, me habría dado cuenta de que estabas por aquí.
« Así que ésas tenemos» , pensó Þóra, aunque sin dejar traslucir nada.
—Llegué ay er. ¿Y tú? ¿Llevas mucho aquí?
El joven volvió a sonreír.
—Una semana.
—¿Y te gusta? —preguntó Þóra como una tonta. Siempre se comportaba de
una forma un tanto patosa en la relación con el sexo opuesto, sobre todo si se
trataba de hombres más jóvenes que ella.
Levantó las cejas con gesto alegre.
—Ah, sí. Esto es estupendo. Estoy realizando una especie de viaje de trabajo
y de placer, y me parece estupendo poder unir las dos cosas. Con la excepción
de esto. —Se apoy ó en la muleta y levantó la pierna eny esada.
—Oh —dijo Þóra—. ¿Qué te ha sucedido?
—Me caí de un caballo como un auténtico burro —respondió—. Puedo con
todo lo que hay aquí excepto con los paseos a caballo. En realidad no me caí, el
caballo se desbocó y me tiró al suelo. Y así me torcí el tobillo, aunque puedo
considerarme afortunado de que gracias a ello pueda librarme de los caballos
antes de que las cosas fueran a peor. Mantente lo más alejada que puedas de
ellos.
Þóra sonrió.
—No te preocupes. No pienso ni remotamente acercarme por allí. —Þóra se
dedicaría a los trineos tirados por perros antes que a hacer una excursión a
caballo—. Has dicho que estabas trabajando. ¿A qué te dedicas? —preguntó, más
que nada, por mera curiosidad. No le parecía muy probable que aquél fuera un
lugar muy cómodo para trabajar, excepto si el hombre era escritor.
—Soy corredor de bolsa. Un trabajo bastante estresante, pero que tiene la
gran ventaja de que se puede practicar en cualquier sitio donde estés, lo único
que hace falta es un ordenador y una conexión a Internet. ¿Y tú? ¿Qué haces?
—Soy abogada —explicó Þóra, afirmando con la cabeza como para
asegurarse de que la crey era. Dios mío, que poco refinada era a veces.
—Bueno —dijo Teitur—. Oy e, ¿qué te parece si te enseño la zona? Después
de la semana que llevo aquí, me conozco hasta el último rincón.
Þóra le sonrió. Dudaba de que, en sólo una semana, se hubiera podido
convertir en un especialista en aquel lugar, Además, el joven no parecía capaz de
pasear mucho con un solo pie.
—¿Quién sabe? Ya veremos.
—Estoy más o menos libre —dijo Teitur sonriente—. No tienes más que
darme un toque.
Þóra le devolvió la sonrisa y se despidió. En aquel momento, iba a dedicarse
a algo muy distinto que a pasear tan contenta por los alrededores en compañía de
aquel hombre tan guapo: tenía que encerrarse en un sótano polvoriento a ver
viejas fotos. Por muy despacio que pudiera caminar el chico. Pues sí.
***
La may or parte de los órganos internos de la muerta reposaban en las
bandejas metálicas. El cerebro estaba en una, los pulmones en otra may or, el
hígado en la tercera y así sucesivamente. El bufé de la muerte, que hacía y a
mucho tiempo que había dejado de incomodar a Gauti. Sin embargo, tuvo que
rebobinar su pasado hacia atrás muchos años para recordar un cadáver tan
maltratado como aquél. Confiaba en que la mujer hubiera muerto rápidamente,
o que hubiera perdido la consciencia antes de que le hicieran todo aquello.
Hrannar se dirigió hacia el lavabo, quitándose los guantes.
—Bueno. La mujer fue violada brutalmente pero su muerte puede achacarse
a golpes reiterados en el rostro. A causa de ellos, los rasgos de la cara son
irreconocibles y también por la agresión post mortem de algún animal,
seguramente un zorro. No es posible determinar si la mujer conservaba la
consciencia mientras se producía la violación, pero en el cuerpo no se
encontraron heridas que pudieran indicar que había opuesto resistencia.
Probablemente recibió un golpe antes del inicio de la violación y está claro que
falleció antes de la conclusión de ésta. Igualmente puede suponerse que los
golpes se propinaron en el transcurso de la misma. Presencia de semen,
presumiblemente del autor, en la vagina, y cuy o análisis, así como el de unos
cabellos hallados al rasurar sus genitales, podrán indicar en su momento quién es
el culpable. No me parece posible otra cosa. La cantidad de semen es realmente
sorprendente, lo que da pie a pensar que se trata de más de un culpable. —Sus
palabras iban dirigidas al estudiante de medicina, que estaba pálido y silencioso al
lado de Gauti—. Y es necesario redactar con mucho cuidado la descripción de
los alfileres en el informe de la autopsia. No todos los días nos traen un cadáver
con algo semejante en las plantas de los pies. Algo me dice que el asesino quiso
indicar algo con tal acción. Lo único que se me ocurre es que se trate de un
enfermo mental o algún sádico. Al menos, no puedo imaginar ninguna razón
simple que pueda explicar por qué actuó de semejante forma. —Señaló diez
alfileres sanguinolentos que había extraído de las plantas de los pies de la mujer y
había metido en un frasco de plástico transparente. Se quitó la bata pringosa y se
pasó los dedos por el pelo—. ¿Podríais redactarlo todo bien y enviar el informe
inmediatamente a investigación? La policía está esperando impaciente las
conclusiones. —Dicho esto, se dirigió hacia la puerta.
—Uno se acostumbra, no te preocupes —le dijo Gauti al muchacho, dándole
una palmadita en la espalda para animarlo. Dejó los guantes ensangrentados en
la batea de plástico blanco—. Te has portado muy bien.
—Asqueroso —balbuceó el estudiante en voz muy baja para que sólo llegara
a oídos de Gauti—. ¿Cómo pudo ocurrírseme que esto sería mejor que el servicio
de salud de Hvammstangir?
***
Þóra miró fijamente las estanterías llenas de cajas en el sótano que acababa
de iluminar. Un resplandor mortecino surgía de una araña rusa en medio de la
habitación, y había una diminuta ventana, tan sucia que la escasa luz que se
filtraba por ella era de color parduzco. El olor a moho se le metía por la nariz y la
boca. Vay a. Estaba tentada de pedirle a Jónas que le subiera las cajas a su
habitación. Para colmo de males, los puntales de madera que sostenían el techo
parecían estar carcomidos y a punto de desplomarse. Þóra hizo una mueca al
pensar en la cantidad de animalillos que, sin duda, vivirían allí, pero se serenó y
se acercó al estante más bajo. Le pareció que se trataba en total de doce cajas de
madera, grandes y antiquísimas, pero era difícil ver con claridad su número, por
la forma en que estaban colocadas. Levantó con cuidado la tapa de la caja
superior y tuvo la precaución de echarse un poco hacia atrás por si algo saltaba
de ella. No pasó nada, de modo que miró con cuidado.
Abrió los ojos de par en par. Había esperado de todo, menos aquello.
Capítulo 7

En lo más alto de la caja había una bandera doblada, con la cruz gamada. El
círculo blanco que rodeaba la cruz estaba un poco amarillento y la tela áspera al
tacto. Þóra no pudo evitar una mueca de asombro cuando la levantó con mucho
cuidado y la puso a un lado. Debajo de la bandera había un montón de periódicos
y revistas, aún más amarillentos que la bandera. La primera revista se llamaba
Island y tenía el símbolo nazi justo en el centro, debajo del nombre. Jónas no le
había mencionado nada de eso en su ridículo discurso sobre los fantasmas y las
historias tenebrosas de la casa. Levantó la revista y vio que otros ejemplares del
montón eran similares. Estaba editada por el Partido Nacional. Þóra sacudió la
cabeza. Recordaba que en Islandia había existido un reducido grupo, simpatizante
de los nazis, antes de la guerra, pero era incapaz de acordarse de lo que habían
hecho. Evidentemente, habían editado algunas cosas, aunque las revistas tenían
pocas páginas y no incluían nada demasiado interesante, a juzgar por aquellos
ejemplares. Al hojear el montón, vio también algunos números de la revista
estudiantil Mjölnir, editada, según se indicaba en la portada, por la Asociación de
Estudiantes Nacionales. Þóra sacó de la caja el montón de revistas para ver lo
que se escondía debajo, y encontró una camisa doblada, un brazalete con la cruz
gamada y un cinturón unido a una correa de cuero que parecía destinada a
cruzarse sobre el hombro. Eso era todo. Había llegado al fondo de la caja,
cuando descubrió un objeto de latón, que resultó ser otra esvástica, y una especie
de vaina, cuy a función, si es que tenía alguna, Þóra no alcanzó a comprender.
Allí había también una multitud de recortes de periódico con anuncios de bailes,
acampadas y reuniones, aparentemente organizados por los nacionalistas, junto
con cosas que no tenían mucho que ver con la política, como una billetera vieja,
zapatos y fotos de personas que no parecían llevar ninguna cruz gamada. En las
fotos no se veía ningún niño, pero eran casi todas del mismo estilo, con personas
endomingadas y en la flor de su edad, unas veces sentados sobre mantas en
excursiones campestres, otras veces de pie, al lado de la pared de una casa. Þóra
no supo discernir si la pared que se veía en varias fotos formaba parte de la vieja
granja en la que estaba en aquel momento, pues sólo se veía una pequeña parte.
A juzgar por las ropas, las fotos habían sido tomadas antes de la guerra.
Þóra intentó volver a colocar las cosas en el mismo orden en que las había
sacado. Estaba segura de que la caja no había sido abierta desde hacía muchos
años, y que daría igual el orden en que lo dejara todo. Pero pensó que lo más
correcto sería dejarlo tal y como lo había encontrado. En la siguiente caja que
examinó encontró pocas cosas que le llamaran la atención. Allí había
principalmente paños de ganchillo con dibujos de flores y cenefas doradas. En la
tercera caja, en cambio, había un viejo álbum de fotos. La abuela de Þóra tenía
un álbum parecido y quizá por ello la invadió una cierta sensación de tristeza,
haciéndole pensar en la brevedad de la vida y lo rápidamente que se borran los
recuerdos. Por ejemplo, sería difícil encontrar a alguien que hubiera conocido a
las personas de las fotos del álbum, y dentro de muy poco sería prácticamente
imposible. Se sentó sobre una de las cajas para poder mirar las fotos con
tranquilidad.
Levantó la gruesa tapa de la cubierta. En la primera página, y debajo de una
especie de guarda, que más bien parecía papel cebolla, aparecían fotografías
relacionadas con la antigua granja. La casa, que en ellas tenía un aspecto casi
nuevo, no había cambiado prácticamente nada, y en una placa de madera
grabada delante de la entrada se podía leer Kirkjustétt. Þóra tomó con mucho
cuidado una esquina de la foto y la sacó de la bolsita que la protegía. Detrás de
ella había un sello que indicaba que había sido tomada, o revelada, en el año
1919. Con una caligrafía muy cuidada, que tenía que pertenecer a una mujer,
estaba escrito: Bjarni Pórólfsson y Aðalheiður Jónsdóttir. Þóra estudió la foto con
más detenimiento y vio que el fotógrafo estaba de espaldas al sol, porque la
pareja intentaba como podía poner un gesto natural al tiempo que se protegían de
la luz. Eran gente apuesta, un hombre de elevada estatura con cabello espeso y
abundante, que le caía por detrás del cuello, y una mujer joven y delgada vestida
con una falda hasta los tobillos, zapatos de domingo de tacón bajo y un sombrero
de estilo antiguo que le cubría la cabeza completamente. Bajo el sombrero
asomaba su cabello rubio. Por su parte, él vestía unos pantalones anchos de color
claro, con grandes y llamativas vueltas, camisa y tirantes. Estaban los dos bien
envarados uno junto al otro, frente a la pared de la casa, con los brazos a los
costados. Posiblemente serían los dueños de la casa en otra época.
En la misma página había otra foto con el mismo tema aunque ahora se había
sumado otra pareja. Þóra volvió a colocar la primera foto en su lugar y sacó la
otra. Con la misma caligrafía se podía leer que además de Bjarni y Aðalheiður,
estaban allí también Grímur Pórólfsson y Kristún Valgeirsdóttir. No hacía falta
comprobar que tenían el mismo patronímico para darse cuenta de que Bjarni y
Grímur eran hermanos. Había escasa diferencia en su aspecto, aunque vistieran
ropas bastante diferentes. Observó detenidamente la imagen, pero no pudo leer
nada en el gesto de aquellas personas, porque el sol les hacía tener la cara
arrugada. Sí que vio, sin embargo, que la que debía de ser la esposa de Grímur
era muy distinta a la rubia Aðalheiður. Parecía may or en edad y bienestar, si tal
descripción existiera. Era más gruesa y una cabeza más baja, e iba vestida con
una falda de diario, un grueso jersey y zapatos planos. El cabello oscuro estaba
recogido detrás de forma muy sencilla. Þóra se preguntó cómo habrían acabado
juntas aquellas dos mujeres tan distintas. Pasó página.
En la plana siguiente había tres fotos de la joven pareja, Bjarni y Aðalheiður,
todas en el exterior. Había pocas variaciones con respecto a las primeras fotos,
con la excepción de que la joven y a no llevaba sombrero en la cabeza. Þóra
siguió pasando páginas y estudió dos fotografías en las que el hermano may or y
su esposa estaban junto a la pareja más joven, pero al grupo se había añadido un
niño pequeño: una muchachita de cabello oscuro, gordita, como era costumbre
en aquellos tiempos. Þóra miró detrás de la foto y vio que la niña se llamaba
Edda Grímsdóttir, hija del hermano may or. La foto había sido tomada el año
1922, y la criatura parecía tener un año de edad. Las fotos siguientes habían sido
tomadas con intervalos de varios años. En una, que tenía la indicación del año
1923, Þóra tuvo la clara sensación de que Aðalheiður, la más joven de las dos
mujeres, se encontraba en estado, pero en las fotografías posteriores no había ni
huella de un niño. Nada hasta que dio con una foto del año 1924. Había allí una
foto de una pareja joven con un bebé de meses en brazos. Había sido tomada en
un taller de fotografía. El bebé estaba envuelto en un mar de puntillas, y en la
parte de atrás de la foto se comprobaba que era una niña de nombre Guðný. A
continuación, venía otra foto de una niña, pero era extrañísima. La pequeña
parecía dormida, vestida con un gorro de ganchillo que le cubría la coronilla, y
un vestidito de ganchillo. El cuerpo estaba en una posición sorprendente, si es que
la niña estaba realmente dormida. Ninguno de los dos hijos de Þóra había
dormido jamás en aquella postura, con las manos cruzadas sobre el pecho y las
piernas estiradas. Þóra despegó la foto y miró lo que ponía detrás. Estaba escrito
el nombre de la niña, Edda Grímsdóttir, y dos años, con una cruz negra trazada
delante del segundo. Había muerto el mismo año que Bjarni y Aðalheiður habían
tenido a su pequeña. Þóra volvió a colocar la foto en su sitio y resopló. Sabía que
en aquella época se tenía por costumbre fotografiar a los difuntos, pero nunca
había visto una imagen como aquélla, y mucho menos la había tenido en las
manos. Pensó si se trataría de la fotografía a la que se refería Jónas cuando dijo
que había visto una foto del fantasma.
Tuvo la sensación de que y a había empezado a conocer a la gente de la
granja cuando hojeó el resto de las páginas. En realidad, aquella imaginada
familiaridad tuvo el efecto de que se quedara un tanto mustia al ver lo mal que se
había portado el tiempo con aquella familia. Por ejemplo, no se veían fotos del
hermano may or posteriores al año 1925. Seguramente él y su esposa se habían
trasladado a otro lugar o habían desaparecido de la vida del matrimonio más
joven, por algún motivo. Tal vez la pérdida de su hija Edda había sido la causa de
su abandono del hogar. Aðalheiður desaparecía también de las fotos a partir de
1927. La última foto en la que se la veía mostraba claramente que estaba en
estado de buena esperanza, pero era de 1926. La caligrafía del dorso de las fotos
cambiaba también a partir de esa fecha; era una escritura mucho más
descuidada y no hacía falta ser un experto grafólogo para comprender que se
trataba de escritura masculina. Þóra crey ó vislumbrar un gesto apenado en
Bjarni, el marido de ella, a partir de entonces. En las fotos, sin embargo, estaba
siempre sonriendo cariñosamente a Guðný, quien, a juzgar por las fotos, iba
creciendo estupendamente, bella como su madre y, al mismo tiempo, muy
parecida a la familia de su padre.
El álbum de fotos no estaba lleno. Las últimas dos imágenes de Guðný la
mostraban de pie frente a la pared de la casa, que parecía el lugar favorito de la
familia a la hora de sacarse fotos. Ahora se había convertido en una muchachita
adolescente, de formas bien marcadas y con el cabello rubio ondulado. Þóra se
imaginó que debían de haberla considerado una preciosidad, y a que su aspecto
no desmerecía en lo más mínimo del de las poquísimas estrellas de cine que Þóra
recordaba de aquella época. Las dos fotos eran del año 1941, y habrían sido
deliciosas si Guðný hubiera estado sola en ellas. No era así, porque la muchacha
estaba flanqueada por dos hombres jóvenes, con la espalda tiesa como un palo y
rostro solemne. No era la estúpida pose de los jóvenes lo que hacía extraña
aquella foto, sino sus ropas. Los dos llevaban unos sencillos pantalones oscuros y
camisas blancas, y en el brazo una banda con la cruz gamada. En el pecho se
cruzaba un extraño cinturón con una correa, y en una mano sujetaban un gran
mástil de bandera, que no ondeaba, sino que colgaba inmóvil. Pero no hacía falta
verla para sacar la conclusión de que sería la bandera del partido nazi, porque lo
más alto del mástil estaba coronado por la cruz gamada que Þóra había
encontrado en la primera caja. La vaina estaba destinada, evidentemente, a
insertarla en aquel lugar. El nombre de aquellos hombres no estaba anotado en la
parte posterior de la foto, solamente el año y el nombre de Guðný.
A continuación venían solamente tres planas vacías. En la primera de ellas
resultaba evidente que habían quitado una foto, la superficie oscura que marcaba
el lugar donde había estado pegada llamaba la atención con sus bordes levantados
y las bolsitas triangulares de las esquinas aún pegadas. Þóra sacudió el álbum con
la esperanza de que alguien hubiera metido alguna otra foto entre las páginas,
pero nada cay ó. Lo dejó a un lado.
Se puso en pie. La luz de aquel sótano en tinieblas era tan mortecina que, sin
duda, estudiaría mejor las fotos en su habitación. Además, quería preguntarle a
Jónas si alguna de las niñas del álbum era el fantasma que decía haber
reconocido en una foto. Se produjo un chirrido en cada escalón de la escalera de
madera que llevaba al exterior, y Þóra dio gracias por no tener sobrepeso.
Cuando llegó al nivel del hotel respiró hondo, contenta de haber dejado atrás el
olor a moho. Disfrutó del aire fresco unos instantes y luego dirigió sus pasos hacia
la puerta de entrada.
Delante de una ventana del pasillo vio a Sóldís, la muchacha que la había
acompañado a la habitación a su llegada, el día anterior. Estaba fumando,
apoy ada en la pared de la casa. Þóra decidió dar un rodeo para charlar con ella
un poco más tranquilamente sobre las historias que, según había insinuado,
circulaban sobre la casa o el terreno.
—¡Hola, Sóldís!
La muchacha se dio la vuelta. Su gesto era tan inexpresivo que Þóra no pudo
distinguir si se alegraba o se sentía molesta de volver a verla. En todo caso, no
huy ó.
—¿Sí?
Þóra se dirigió hacia la muchacha.
—Hola, ¿no me recuerdas?
—Sí, sí, claro que sí. Estás alojada aquí. Una amiga de Jónas.
—Exacto. —Þóra sonrió amistosa—. Oy e, ay er mencionaste algo sobre unas
viejas historias acerca de este lugar, y dijiste que en otro momento me las
contarías. ¿Tienes tiempo ahora?
La muchacha torció el gesto pero consiguió no mirar a Þóra a los ojos.
—Tengo que volver al trabajo.
—A Jónas le parecerá bien. Estoy intentando ay udarle, y aunque pueda
parecer improbable, puede ser que esas historias sobre este lugar me faciliten las
cosas para hacerlo. —Þóra esperaba que aquello funcionara.
La muchacha se removió en el sitio, incómoda, pero se encogió de hombros
con indiferencia.
—Vale. A mí me da completamente igual.
—Magnífico —exclamó Þóra—. ¿Te parece que entremos? —El tiempo
seguía un tanto desapacible aunque la niebla se hubiera despejado un poco. En
realidad, era como si sólo hubiera subido unos cuantos metros, porque aún se veía
únicamente la parte más baja de los montes cercanos.
La muchacha volvió a encogerse de hombros.
—Vale. Como te he dicho, a mí me da igual. —Se puso en marcha y Þóra la
siguió. Entraron por la puerta destinada a los empleados y desembocaron en una
gran cocina que seguramente servía al restaurante. Allí, Sóldís se sentó al lado de
una mesita de cocina destinada a los empleados y le hizo una seña a Þóra para
que hiciera lo mismo. Extendió la mano hacia un termo de considerable tamaño
y agarró dos tazas de un enorme montón de tazas y vasos que estaban en un
extremo de la mesa.
—Yo me crié aquí, y mi abuela me contó toda clase de historias sobre la
comarca. Trols y todo eso, y a sabes. La may or parte son simples tonterías, pero
algunas tienen una base verdadera, por lo que me contó —explicó Sóldís, dándole
a Þóra una humeante taza de café.
Þóra asintió.
—¿Como qué? —Alargó el brazo hacia un pequeño cartón de leche y vertió
unas gotitas en su café.
—Bueno, como lo de estas tierras de aquí. Mi abuela me dijo que sobre ellas
pesa una maldición.
—¿Una maldición? —Þóra no pudo evitar enarcar las cejas con un gesto de
sorpresa.
—En otros tiempos, este malpaís era conocido por sus expósitos. Las mujeres
de la región que no podían mantener a sus hijos se los llevaban y los
abandonaban aquí. —Miró a Þóra y se estremeció—. Horrible. La gente todavía
puede oírlos. Más aún, y o misma los he oído.
Þóra tuvo que hacer lo posible por no atragantarse con el café. Se inclinó para
acercarse a ella.
—¿Me estás diciendo que has oído el llanto de un niño, o de varios niños, que
fueron abandonados en la lava hace cientos de años? —preguntó.
Sóldís miró a Þóra con gesto pensativo.
—No soy la única que lo ha hecho, créeme. Casi todo el mundo de por aquí
ha oído el llanto. Incluso ha sucedido hace poco. Nunca lo había oído hasta que
empecé a trabajar aquí.
—¿Y cómo es posible? —preguntó Þóra.
—Eso no lo sé. Mi abuela me dijo que pasa y luego llega un momento en que
deja de suceder. Ella recordaba historias de un llanto espantoso que salía de aquí
mismo, en los años cuarenta. Uno de los granjeros vino a intentar averiguar qué
era, porque pensaba que sería un niño de carne y hueso, y llegó a oírlo llorar
débilmente justo a su lado, pero no pudo encontrarlo por ningún lado. Se fue
pitando a su casa y nunca se atrevió a acercarse a esta granja otra vez. Mi abuela
me contó que poco después terminó la guerra y quizá los niños abandonados lo
notaron y estaban manifestando su alegría. O su furia. A lo mejor está a punto de
pasar algo malo. Claro, o algo bueno, también puede ser.
Þóra llamaba a aquello rezar a Dios y al diablo. Estaba claro que siempre
pasan cosas y, en consecuencia, siempre hay algo a punto de suceder. Da igual
que sea bueno o malo. Por esa regla de tres siempre se podría explicar por qué
volvían a llorar los niños abandonados, los expósitos. No era de extrañar que las
apariciones del fantasma se hubiesen extendido como el fuego entre los
empleados, pues la explicación servía tanto para un roto como para un descosido.
—¿Has visto algún expósito? —preguntó Þóra—. ¿O alguna otra cosa en el
hotel?
—No, por Dios —exclamó Sóldís—. Afortunadamente no. Son espantosos. A
lo mejor hasta me volvía loca al verlos, compréndeme.
—Tranquila —dijo Þóra, maternalmente—. Esa historia de que el malpaís
era un sitio habitual para abandonar a los niños… ¿la conoce todo el mundo?
—Sí, desde luego —respondió Sóldís—. Se dice que ningún niño de aquí ha
llegado a adulto. Todos lo saben. —Vio que Þóra tenía dificultades para digerir
aquello—. Mira en el cementerio. Mira las lápidas. Verás que no es ningún bulo.
Þóra pensó involuntariamente en la foto de la niña muerta, Edda Grímsdóttir.
—Digamos entonces que la aparición del fantasma está relacionada con los
expósitos —dijo Þóra—. ¿Cómo explicas la aparición que vio Jónas, y también
otros más, según tengo entendido? Ese fantasma no era un bebé.
—Ese espectro no es un niño abandonado —afirmó Sóldis—. Podría haber
sido la madre de alguno de los niños, condenada a buscarlo hasta el fin de los
tiempos. O quizá sea el fantasma de la vieja errante.
—¿El fantasma de la vieja errante? —repitió Þóra sin comprender nada en
absoluto—. ¿Así que hay otros fantasmas en la región, no sólo los de los niños
abandonados?
—Sí —respondió Sóldís—. Un montón. Pero los niños abandonados y el
espectro de la vieja errante son los únicos que conozco que son exactamente de
estas tierras. Esa historia sucedió aquí, pero antes de que se construy eran las dos
granjas, cuando aquí había un perchel.
—¿Un perchel? —preguntó Þóra.
—Bueno, esas chabolas de pescadores. Marinos y demás —respondió Sóldís
—. Un montón de trabajadores, sabes. Marineros, en realidad.
—¿Y qué tiene que ver eso con el encantamiento? —preguntó Þóra cautelosa.
—Muchísimo —dijo la chica de sopetón—. Mi abuela me dijo que los
percheleros de allí mataron a una mujer errante y encima utilizaron su carne
como carnada.
—¿Como carnada? —dijo Þóra con una mueca.
—Sí, carnada —repitió la chica, feliz con su reacción—. Con ella pescaban
estupendamente y decidieron no volver a tierra, sino seguir remando en la
oscuridad, para pescar más. Cuando la noche los envolvió del todo, el bote volcó.
Sólo se salvó uno de los hombres, el que se había opuesto a todo aquello. Explicó
que el barco había sido volcado desde abajo, y a sabes, como si hubiera en el mar
algo que lo hizo zozobrar, y él crey ó siempre que había sido el espectro de la
mujer.
—Ya —dijo Þóra extrañada—. ¿Y es ése el fantasma? ¿La mujer que
utilizaron como carnada?
Sóldís negó con la cabeza.
—También podría ser el espectro de uno de los pescadores a los que mató,
porque los cuerpos de los otros marineros fueron arrojados a la costa y
seguramente fueran condenados a vagar por aquí. —Se inclinó hacia Þóra en
plan confidencial—. ¿Y sabes una cosa?
—No. ¿Qué? —preguntó Þóra.
—Los cuerpos llegaron a la play a que acaba de registrar la policía. Donde
han encontrado el cadáver —Sóldís se irguió.
—¿Cómo sabes que la policía ha estado allí? —preguntó Þóra.
Sóldís miró desconcertada a Þóra.
—Conozco a todo el mundo. Una prima mía me llamó por teléfono y me lo
contó. ¿Crees que la gente no se da cuenta de que la policía anda investigando?
—Claro, claro —replicó Þóra—. Claro que se dan cuenta. —Reflexionó un
instante—. Pero esos marineros eran hombres, imagino. ¿En este sitio no hay
ninguna historia sobre el fantasma de un niño? ¿De una niña, más exactamente?
Sóldís hizo memoria con gesto pensativo.
—¿Quieres decir, el fantasma del que habla la gente del hotel?
—Sí, eso es —respondió Þóra esperanzada—. ¿Qué opinas de ese fantasma?
¿Tu abuela te contó algo sobre él?
—Bueno, le pregunté, pero ella no sabía nada. Sí que he oído hablar de otra
mujer que a lo mejor podía ser una hija del granjero que vivía aquí antes. Se
llamaba Bjarni, si recuerdo bien. —Sóldís hizo una pausa antes de continuar—.
Todo el mundo hablaba de que abusaba de su hija. Incesto.
—Anda —exclamó Þóra. A su memoria acudieron las imágenes del álbum,
sobre todo de Guðný y su padre Bjarni. Ni se le había pasado por la cabeza algo
así.
La chica se encogió de hombros.
—Murieron los dos. De tuberculosis.
Þóra asintió moviendo la cabeza lentamente.
—Ya, y a veo. Pero ¿tú qué piensas? ¿Qué el fantasma es esa chica de la
granja?
Sóldís miró a Þóra a los ojos.
—Yo he visto al fantasma, pero a ella no la he visto nunca, de modo que ¿qué
sé y o?
—¿Tú has visto al fantasma? —preguntó Þóra, atónita.
—Sí —fue la engreída respuesta. La mirada de Sóldís era provocadora, como
si estuviera retando a Þóra a que osara poner en duda la veracidad de aquello.
—Comprendo —dijo Þóra con prudencia—. ¿Dónde viste el fantasma, si
puedo preguntar?
—Ahí fuera. En la niebla. No la vi con detalle, pero estoy totalmente segura
de que se trataba de una niña. Þóra asintió.
—¿No sería el niño de alguno de los vecinos? —preguntó con prudencia.
Sóldís rió burlona.
—¿De alguno de los vecinos? ¿Qué vecinos? Hay cinco kilómetros hasta la
granja más cercana, y ellos tienen un chico, ¿entiendes? Y no creo que se le pase
por la cabeza venir aquí a pasear entre la niebla. ¿Para qué?
Þóra tuvo que confesar que sería poco lógico. Estaba pensando en hacerle
alguna pregunta más, cuando sonó su móvil.
—Hola, Þóra —dijo la familiar voz de Matthew—. ¿Ya has decidido si me
dices dónde estás, o tengo que organizar un equipo de búsqueda? Estoy en el
aeropuerto de Keflavík. Acabamos de aterrizar.
Capítulo 8

—Te estoy diciendo que alguien ha asaltado mi almacén —dijo Stefanía,


golpeándose furiosa los muslos con las manos. Intentaba que la maliciosa risita de
Vigdís, la recepcionista, no la pusiera aún más nerviosa. Ya estaba bien. Alguien
había forzado el candado del pequeño almacén donde guardaba sus artículos, y
aunque no parecía haber desaparecido nada, ese detalle no alteraba la seriedad
del caso. Stefanía estaba acostumbrada a que las mujeres no la comprendieran.
No estaba segura de si se debía a su aspecto, o si tenía algo que ver con su
especialidad laboral: consejera sexual. Muchas veces tenía la sensación de que
sus compañeras de género pensaban que había optado por aquella disciplina
única y exclusivamente para poder ligar, lo que, efectivamente, sucedía de vez
en cuando. Pero eso no era culpa suy a. Hizo una mueca de furia—. No es
broma. El candado está destrozado. Puedes venir y verlo tú misma si no me
crees.
Vigdís enarcó las cejas.
—No es necesario ponerse tan alterada. Tienes que comprender que no existe
ningún motivo para montar este numerito sobre el asalto, porque no han robado
nada. —Se volvió nuevamente hacia el ordenador. No aguantaba a Stefanía y su
rollo sexológico. Fuese a donde fuese aquella mujer, siempre había algún lío, y
esa estupidez del asalto se la había inventado nada más que para llamar la
atención. Pero esta vez no creía que fuera a conseguirlo, pues tenía que competir
con el hallazgo de un cadáver. Apartó los ojos de la pantalla para mirar a
Stefanía, y los clavó en ella—. De modo que no sé qué buscas aquí, en realidad.
A Stefanía le habría encantado más que nada en el mundo que aquella idiota
de Vigdís se tirara a un estanque lleno de pirañas, pero decidió no mostrarse
afectada.
—¿Qué busco? No lo sé. ¿Pero no sería correcto, por lo menos, que Jónas se
enterase de que alguien ha forzado el candado de un almacén cerrado bajo llave?
¿Quién sabe si era algún drogadicto en busca de droga? Podría volver.
—¿De droga? —exclamó Vigdís escandalizada—. ¿Quién iba a ponerse a
buscar droga en ese cuartucho tuy o? Esto es un hotel especializado en terapias
naturales y temas espirituales. No hay en todo Snæfellsnes un sitio más
improbable para almacenar estupefacientes o medicinas.
Stefanía respiró hondo.
—Perdona, pero los que están metidos hasta las cachas en las drogas puede
que no estén enterados de la especialidad del hotel. Aparte de que podría haber
sido alguno de los huéspedes. —Y añadió con una sonrisa empalagosa—: O algún
empleado.
La reacción de Vigdís fue bronca:
—¿Un empleado? ¿Estás loca?
—Lo digo por decir. Si no ha sido un drogadicto, entonces tuvo que ser una
persona normal y corriente. Quizá se moría de ganas por poseer alguna de las
cosas que vendo, pero le daba vergüenza pedirla de modo normal. ¿Quién sabe?
—Stefanía abrió mucho los ojos en artificial asombro.
Vigdís estaba decidida a no dejarse enredar en charlas sobre cremas sexuales
e instrumentos auxiliares de la vida amorosa. Stefanía sabía que aquel tema de
conversación le resultaba desagradable, y Vigdís no quería hacerle el favor de
ponerse colorada.
—Y entonces, ¿por qué no robaron nada?
Stefanía vaciló por un momento.
—Bueno, no lo sé. Naturalmente no he mirado en todas las cajas ni he
comprobado si estaba absolutamente todo. A lo mejor se llevaron algo. —No
llegó más allá en sus especulaciones.
—Es excesivo, con lo que está pasando, empeñarse en darle vueltas a un
asalto en el que « quizá» pueden haber robado algo. —Vigdís hizo un gesto con
los dedos dibujando las comillas en el aire, al tiempo que decía « quizá» .
—¿Y entonces? —preguntó Stefanía inquisitiva—. ¿Qué ha pasado? —Le
fastidiaba la frecuencia con que sucedía algo cuando ella no estaba. Por las
noches se iba a Hellnar, a su casa, y rara vez trabajaba en festivo. A lo mejor ésa
era la única razón por la que encajaba tan mal con los demás los empleados, que
en su may oría se alojaban en unos bungalós que Jónas había hecho construir al
lado del hotel.
—Han encontrado un cadáver en la play a. Ahí abajo, en la play a, justo al
lado de las rocas. —Vigdís hizo un silencio dramático antes de continuar—.
Seguramente se trata de Birna, la arquitecta. —Volvió a quedarse en silencio por
un momento—. Probablemente la asesinaron. —Se llevó una alegría al ver que
Stefanía palidecía y se ponía las manos en el pecho.
—¿Te lo estás inventando? —preguntó Stefanía, articulando las palabras con
dificultad.
—Noooo. Tal como te lo cuento. Muerta, probablemente asesinada. —Vigdís
se volvió de nuevo hacia el ordenador y cambió de tema para fastidiar a Stefanía
—. ¿Te sobra alguna caja vacía para la abogada? Necesita una grande para
meter unas cosas.
—¿Eh? Sí, sí, claro —respondió Stefanía con la cabeza en otro sitio. ¿Qué
demonios había pasado? Pensó en los consejos que le había dado a la pobre
mujer muy poco tiempo atrás. ¿Habrían sido la causa de que perdiera la vida?
Stefanía farfulló algo incoherente, haciendo que se despedía, y se apresuró a
marcharse. No quería que vieran cómo le había afectado la noticia. Pero había
algo que sí precisaba saber exactamente. Se dio media vuelta—. ¿El sexo tuvo
algo que ver en el asunto? ¿Sabes si la violaron, o algo por el estilo?
—Sí, creo que sí —respondió Vigdís sin tener ni idea al respecto. Algo le decía
que aquella respuesta le sentaría como un mazazo.
Stefanía fue directamente, con el rostro completamente rojo, hacia su
despacho. No necesitaba más datos.
***
Þóra dejó caer la pesada caja sobre la cama recién hecha de su habitación
del hotel. No entendía muy bien las indicaciones que llevaba en los laterales.
Cuando recogió la caja en recepción pensó, en un principio, que serían objetos de
broma, cámaras fotográficas de pega o cosas por el estilo. En todos los laterales
de la caja ponía en grandes letras negras: Vibrating Dildo - Genuine Rubber - New
Aloe Vera Action! Para quienes no tuvieran buenos conocimientos de inglés,
debajo del texto había un dibujo del contenido. Þóra se había puesto colorada
hasta la raíz de los cabellos cuando, en la recepción, tomó la caja de manos de
Vigdís, que le dijo, aprovechando la ocasión:
—Ésta me pareció más apropiada que la de vulvas artificiales. —Sonrió y
continuó—: La única persona que tenía una caja vacía era la sexóloga. Perdona.
A Þóra le había llevado la may or parte de la mañana revisar el resto de los
trastos del sótano y reunir lo que le pareció más interesante. Se quedó
únicamente con los documentos viejos, cartas y fotos, y dejó el resto: tazas, un
reloj, candelabros y otros objetos decorativos. Los papeles que no tenían relación
directa con el caso quedaron también en su sitio, en las tinieblas de las cajas, pero
se llevó todas las fotos, independientemente de lo que representaba cada una,
pues nunca se podía saber lo que podía aparecer después de estudiarlas con
mejor luz. No resultaron ser muchas, pero una de ellas atrajo especialmente su
atención: una imagen, en un bonito marco antiguo, de la muchacha que Þóra
estaba convencida que era la chica de la vieja granja, Guðný Bjarnadóttir.
Aparecía sentada sobre las rodillas, encima de la hierba, sonriendo, hermosa y
jovial, al fotógrafo. Llevaba puesta una blusa blanca de cuello ancho, sujeta con
una larga cinta que bajaba desde el cuello. Aquella blusa mostraba, de alguna
forma inexplicable, que se trataba de una chica, no de una mujer joven. Þóra
estaba más o menos segura de que la sensación que quería provocar con aquella
prenda debía de ser muy distinta. Colocó la foto en la mesilla de noche al lado de
la cama. Le llevó largo tiempo equilibrarla, porque el soporte que tenía pegado a
la parte trasera del marco no había resistido bien el almacenaje. La miró un
momento y deseó de todo corazón que lo que le había dicho Sóldís sobre el
incesto en la granja fuera una simple invención. De otro modo, aquélla sería,
muy probablemente, la víctima.
Las tripas de Þóra hicieron ruido. Miró el reloj y vio que y a era la una.
Llamó a la recepción y le dijeron que la cocina estaba abierta hasta la una y
media, así que tenía que darse prisa. Se lavó las manos a todo correr y se cepilló
un poco el cabello desordenado. Su estancia en el sótano no había favorecido
precisamente su aspecto, pero no quiso cambiarse aquellas ropas polvorientas
para poder llegar al comedor antes de que cerraran. Siempre se podría poner de
punta en blanco para la cena, pensó al salir.
En el salón sólo había un huésped cuando entró Þóra. Era un hombre may or,
el que ella había pensado en el desay uno que debía de ser inspector de hacienda
o abogado. No la miró ni dio señal alguna de que tuviera intención de saludarla.
Estaba absorto, mirando tristemente por la ventana y no pareció darse cuenta de
que en el comedor, los comensales se habían duplicado con la llegada de Þóra.
¿De qué conocía a aquel hombre? Þóra eligió una mesa bastante distanciada de la
suy a. No había hecho más que sentarse cuando un joven con sonrisa fingida
apareció de la nada y le entregó el menú. Þóra le dio las gracias y pidió agua con
gas para empezar. Mientras el camarero iba a buscarla, ley ó el menú de
mediodía y eligió una tortilla con ensalada verde. Según la descripción, la
ensalada incluía diente de león y acedera, y la curiosidad la impulsó a elegir
aquel plato. El camarero apareció con la bebida en el momento en que ella
volvía a dejar la carta sobre la mesa, y alabó su elección cuando ella le dijo lo
que deseaba. Þóra sospechaba que habría hecho lo mismo aunque hubiera
elegido una chuleta de cerdo cruda, si hubiera habido algo similar en el menú. No
parecía precisamente sincero.
—¿Se sabe algo más del hallazgo del cadáver? —preguntó mientras el
camarero le servía agua en el vaso. Éste se sobresaltó, dejando caer un poco de
agua sobre el mantel.
—Ay, perdón. Mira que soy torpe —se disculpó mientras agarraba una
servilleta de la mesa vecina.
—No pasa nada —respondió Þóra con una sonrisa—. No es más que agua. —
Esperó a que terminara de secar la mancha—. Pero ¿se sabe algo?
El camarero arrugó la servilleta entre las manos y se movió inquieto.
—Dios mío, es de lo más incómodo. En realidad, no sé qué debo decir y qué
no. El dueño se reunirá con nosotros dentro de un rato y nos indicará
exactamente lo que podemos decir a los clientes. No queremos dar pábulo a
historias que puedan provocarles un estrés innecesario. La gente viene aquí a
descansar.
—Yo no soy un huésped corriente. Puede decirme lo que hay. Trabajo para
Jónas. Soy su abogada. Así que lo que me mueve no es la mera curiosidad.
El camarero parecía escéptico.
—Ah. Comprendo. —Obviamente no comprendía del todo, porque no dijo
nada más.
—¿Así que no sabe nada más del asunto? ¿Ya se sabe quién era?
—No, oficialmente no. Pero todo el mundo dice que se trata de Birna, la
arquitecta. —Se encogió de hombros—. Pero todo son rumores, y bien puede ser
que al final se trate de otra persona.
—¿La conocía usted? —preguntó Þóra.
—Un poco —respondió el camarero con gesto impenetrable—. Estaba
mucho aquí, y uno no podía evitar tener trato con ella.
—No parece que le resultara demasiado simpática. —Þóra bebió un sorbo de
agua y notó cómo el polvo del sótano que se le había quedado en la boca bajaba
con el líquido.
Resultaba evidente que el camarero y a se había cansado de aquella
conversación.
—Tengo que llevar el pedido a la cocina. El cocinero se enfadará si tiene que
seguir aquí después de la una y media. —Le sonrió—. A decir verdad, no la
aguantaba. Era una mala bruja y eso no cambia aunque esté muerta. Era una
bruja. —Se marchó.
Þóra miró su espalda hasta que desapareció en la cocina con el pedido.
Estaba claro que no todos estaban de acuerdo con Jónas en que Birna fuera una
persona de honor. Si se trataba de Birna.
***
Después del almuerzo, Þóra regresó a la habitación. No había logrado sacarle
nada más al camarero, excepto que se llamaba Jökull. Y había acabado
comiendo sola en el salón, porque poco después de que el camarero
desapareciera con su pedido, el anciano se había levantado y había abandonado
la sala sin prestarle la más mínima atención. En cambio, Þóra le había mirado
mientras se marchaba, y no pudo evitar la sensación de que había algo conocido
en el rostro de aquel hombre. Pero no conseguía recordar de quién se trataba.
Podía haber sido cualquiera, un conductor de autobús de los tiempos de su
infancia, o cualquier otro, pero siguió teniendo la sensación de que lo conocía.
Comprendió que lo más juicioso sería dedicarse a estudiar a fondo el
contenido de la caja, o ponerse a leer la agenda de Birna, pero la tentación de
darse una ducha era demasiado fuerte: quitarse de encima el polvo del sótano, y
luego tumbarse un ratito a descansar. La siesta era un placer que podía practicar
en muy pocas ocasiones. En casa siempre tenía mucho que hacer y la cama no
era tan atractiva ni tan mullida, ni estaba tan bien hecha ni era tan estupenda. No
renunció a ninguna de las dos cosas.
***
Þóra dio un respingo. Había puesto la alarma del móvil para que la despertara
una hora después, pero no había sonado. Miró extrañada a su alrededor, pero sólo
cuando llamaron a la puerta volvió realmente en sí. Se puso el albornoz que había
utilizado tras la ducha y dijo en voz alta:
—¿Quién es? —Nadie respondió, pero volvieron a golpear la puerta. Se
acercó a la puerta. La entreabrió y asomó la cabeza—. ¿Sí?
—Hola, cariño —saludó Matthew—. ¿No me dejas entrar?
Þóra se maldijo a sí misma por no haberse pintado, por tener el pelo mojado
y, además, por haber dormido con el pelo sin secar. Se pasó la mano por la
cabeza en un fallido intento de dominar los enmarañados rizos.
—Anda, hola. Has encontrado el sitio.
Matthew entró sonriente.
—Naturalmente. Tampoco ha sido tan complicado. —Miró en torno suy o—.
Bonita habitación. —Sus ojos se detuvieron en los envoltorios de la sexóloga.
Þóra no tuvo tiempo de darle un empujón a la caja para hacerla desaparecer.
Sonrió incómoda.
—Ya veo que no podía retrasarme más —dijo el alemán.
Capítulo 9

Þóra nunca había probado nada similar a lo que aquella caja estaba destinada
a contener en su vida anterior. Pero sí que estaba bastante segura de que aquellos
artilugios no resistirían la comparación con el original, como suele suceder en
este mundo con todas las imitaciones. Sonrió para sí y se sentó en la cama. El
albornoz estaba allí todo arrugado y extendió una mano para cogerlo. Qué
extraño que no lo hiciera más, pensó al tiempo que se lo ponía por encima y
buscaba sus ropas. Aunque hasta aquel momento no le había importado ni lo más
mínimo, prefería tener algo de ropa encima cuando Matthew volviera a
aparecer. Había salido un momento al coche de alquiler a recoger su equipaje,
que pensaba dejar en la habitación que había tomado para él. Þóra opinaba que
no tenía mucho sentido haber hecho otra reserva, pero le agradecía la cortesía
que demostraba al no querer dar la impresión de que se metía en su habitación de
buenas a primeras… aunque realmente eso era lo que había pasado. Volvió a
sonreír cuando se dio cuenta de que estaba contentísima de volver a verle, y feliz
de que hubiera ido allí a pesar de sus objeciones. Lo peor de su relación, en
realidad, era la falta de costumbre. Él era extranjero y seguramente sería
incapaz de instalarse en Islandia. Cuando apareció, ella, en su torpeza, había
intentado hilar algún tema intrascendente de conversación, y le preguntó si le
había gustado el Festival de Eurovisión. Él la miró incrédulo y le preguntó si
estaba bromeando. Una persona que no tenía interés por Eurovisión no
conseguiría vivir en aquel país más de siete días. Se vistió a toda prisa.
Matthew apareció justo cuando se estaba poniendo los calcetines.
—Ay —exclamó él, decepcionado—. Había olvidado que tienes el récord
mundial en vestirte deprisa. —Le sonrió—. Lo que evidentemente tiene sus
ventajas, porque también eres un ray o a la hora de desnudarte.
—Muy gracioso —dijo Þóra—. ¿Qué te parece el hotel?
Matthew miró a su alrededor y se encogió de hombros.
—Está bien. Un poco apartado. Pero, por cierto, ¿qué estás haciendo tú aquí?
—Se apresuró a añadir—: No protesto. En absoluto.
—Trabajo para el propietario, está pensando en entablar un litigio contra los
que le vendieron la propiedad.
—Ajá. ¿Lo han engañado? —preguntó Matthew. Se acercó a la ventana y
descorrió la cortina para contemplar el paisaje—. Muy bonito —dijo, y se volvió
hacia Þóra.
—Bueno, es una estupidez total. Está convencido de que este lugar está
embrujado y que los antiguos dueños tenían que haberle informado de ello.
—Embrujado, vay a por Dios. —Matthew puso la misma cara que Þóra
esperaba que pondría el juez si el caso llegaba hasta él—. Nada menos.
—La actividad del hotel va muy acorde a todas esas cosas, de modo que no
es tan absurdo como se podría pensar. —Þóra le sonrió—. Éste es uno de esos
hoteles new age. Aquí se da especial énfasis a cosas como las terapias
alternativas, la relajación, los alimentos biológicos, la lectura de auras y cosas
por el estilo. La may or parte de los empleados son muy espirituales o algo aún
peor. Por eso no les hacen ninguna gracia los fantasmas.
—Así que es eso —declaró Matthew con una mueca—. Todo de lo más
natural, claro.
—Por Dios, qué va —respondió Þóra a toda prisa—. A decir verdad, no
resulta tan absurdo en este lugar, porque desde hace mucho tiempo existe la
creencia en lo sobrenatural, si se puede expresar así. Hay una historia que dice,
por ejemplo, que dentro del glaciar vive un hombre llamado Bárður que se
marchó allí tremendamente deprimido después de que su hija fuese arrastrada
hasta Groenlandia en un témpano de hielo. Se le considera el protector de la
comarca. Naturalmente, se dice que el glaciar posee poderes sobrenaturales.
Aunque, en realidad, no sé si esas fuerzas tienen que ver con el tal Bárður, o con
el glaciar mismo.
—¿Las fuerzas sobrenaturales del glaciar? —Era obvio que Matthew no creía
en esas cosas—. Una montaña cubierta de nieve que no se derrite, ¿no?
—Ja, ja —dijo Þóra—. Sólo estoy contándote cómo están las cosas. No mi
opinión. La creencia en las fuerzas de este glaciar es muy antigua en Islandia,
aquí vino gente de todas partes para recibir a los extraterrestres a fines del siglo
pasado.
—Y naturalmente no hubo ningún mensaje, ¿verdad?
Þóra se encogió de hombros.
—No están todos de acuerdo al respecto. El portavoz del grupo dijo que sí se
había recibido un mensaje. Aunque sólo espiritualmente. No hubo ninguna nave
espacial ni nada por el estilo. Una especie de viaje espiritual.
—¿O una fantasía, quizá? —Matthew sonrió.
Þóra devolvió la sonrisa.
—Seguramente, aunque hay que decir que es una montaña espléndida.
—¿Y qué relación tiene todo esto con el cadáver?
—Ah, eso. No creo que el cadáver tenga nada que ver con estas historias
sobrenaturales. En mi opinión, al menos. El dueño no está completamente de
acuerdo conmigo en esta cuestión. Piensa que el fantasma está involucrado en el
caso. —Sonrió con embarazo—. Es un personaje bastante peculiar.
—No me digas —repuso Matthew alzando las cejas—. ¿Encontraron el
cadáver aquí en el hotel?
Þóra le contó en pocas palabras dónde habían encontrado el cuerpo, que se
trataba de una mujer que trabajaba para Jónas, y que pensaban que había sido
asesinada.
—¿Y hay algún sospechoso? —preguntó Matthew.
—No, que y o sepa —respondió Þóra—. Dudo que la policía hay a llegado a
formarse una opinión todavía. El caso está aún dando los primeros pasos.
—Por tu bien, espero que no sea Jónas —dijo Matthew.
—No, seguramente no fue él —replicó Þóra, distraída. Y añadió, con cautela
—: En realidad tengo algo que quizá podría arrojar alguna luz en el caso. —
Sonrió incómoda.
—¿Que tienes algo? ¿A qué te refieres? —preguntó Matthew, mirándola
atentamente.
—Bueno, tengo un diario de la mujer que, según todos los indicios, es la
víctima. Un dietario, en realidad —respondió Þóra con la cara roja como un
tomate, aunque intentando sonar lo despreocupada posible.
—¿Qué? —preguntó Matthew—. ¿Conocías a esa mujer?
—Nunca la he visto —respondió Þóra.
—Pero tienes su agenda. ¿Cómo es posible?
—Me la encontré —contestó Þóra, pero enseguida decidió ser sincera y
añadió—: En realidad la robé, aunque sin darme cuenta.
Matthew sacudió la cabeza.
—Sin darte cuenta, vay a. —Abrió las manos y miró al cielo—. Dios mío, que
no hay a sido ella quien mató a la arquitecta a causa de esa agenda. Aunque hay a
sido sin darse cuenta.
***
Jónas estaba en la puerta principal observando a tres policías vestidos de civil,
dedicados a investigar el coche de Birna. Habían venido en una furgoneta
especial que habían aparcado en un rincón apartado. Allí bajaron y, sin
anunciarse a nadie del hotel, empezaron a fotografiar el pequeño automóvil
deportivo y el terreno a su alrededor. Vigdís, la de recepción, avisó a Jónas para
informarle tan pronto se dio cuenta de la llegada del vehículo, y él acudió a toda
prisa a la entrada.
—¿Qué están haciendo? —preguntó Vigdís.
Jónas dio un respingo. Estaba tan enfrascado en mirar lo que hacían los
policías, que no había notado la presencia de Vigdís. Se puso una mano en el
corazón y la miró.
—Uf, vay a susto. —Se dio la vuelta para seguir mirando al exterior—. Están
examinando el coche de Birna, me parece. Dios sabe por qué.
Vigdís entornó los ojos para ver mejor.
—¿Será que sospechan que la mataron en el coche, a lo mejor?
Jónas sacudió la cabeza.
—No creo. Hace días que el coche no se ha movido de allí. Recuerdo que se
lo dije.
—¿Y eso qué cambia? —preguntó Vigdís—. Quiero decir, la podrían haber
matado en el coche ahí fuera.
Jónas se volvió hacia ella enfadado.
—¿Qué estupideces dices? Ante todo, no tenemos ni idea de si se trata de un
crimen, de modo que no nos tenemos que preocupar lo más mínimo sobre el
lugar donde hay a podido cometerse.
Vigdís se encogió de hombros.
—¿Quién crees que puede ahogarse en esa play a? Es así de honda. —Marcó
un centímetro de distancia entre el índice y el pulgar—. Tienen que haberla
asesinado.
Jónas iba a responder a Vigdís y a pedirle que no exagerase tanto, cuando vio
a uno de los policías sacar un teléfono del bolsillo. El débil sonido de la llamada
llegó hasta ellos. El policía respondió y pudieron ver que hablaba con alguien.
Enseguida levantó los ojos y miró hacia la puerta de entrada. Se quedó con los
ojos fijos en Jónas, que estaba al lado del cristal y empezó a notar un
desagradable cosquilleo en el estómago. El agente de policía concluy ó la
conversación sin apartar los ojos del propietario del hotel, y se dirigió a la
entrada.
—¡Jo! —le susurró Vigdís a Jónas—. ¿Lo has visto? Parece que viene a hablar
contigo.
***
Þóra se dirigió a toda prisa a la oficina de Jónas. La había llamado
requiriendo su presencia, diciéndole únicamente que la policía estaba
preguntándole unas cosas de las que no tenía ni idea. Las palabras de Matthew
acerca de Jónas parecían haber sido premonitorias, y ella no pudo evitar pensar
en que, a fin de cuentas, quizá el glaciar sí poseía una fuerza sobrenatural.
—Perdón —dijo después de tocar en la puerta del despacho y abrir. Jónas
estaba sentado detrás de su escritorio, frente a otro hombre con el rostro
enrojecido. Éste se encontraba de espaldas a ella, pero se giró cuando la oy ó
decir, en tono tranquilizador—: ¿Va todo bien?
—No, no va todo bien, en absoluto —bramó el propietario del hotel, que se
levantó para arrastrar una tercera silla hacia su mesa.
El agente de policía era de mediana edad y con aspecto rudo. Se levantó
cinco centímetros en su silla y le dio la mano a Þóra. Aquello fue suficiente para
que ella pudiese comprobar que era un hombre extraordinariamente grande y
fuerte.
—Hola. Me llamo Pórður Kjartansson. Policía de investigación.
—Hola. Þóra Guðmundsdóttir, abogada. —Se estrecharon la mano—. ¿Cuál
es el problema? —preguntó a Jónas.
—Pues que resulta que creen que y o tuve algo que ver con la muerte de esa
mujer —exclamó Jónas fuera de sí. Hizo un gesto con la mano para señalar al
hombre que tenía delante, y añadió—: Les dejo revisar mi ordenador y mi
impresora, y ahora dice que también tiene una orden para llevarse mi teléfono
móvil. —Jónas estaba tan furioso que hasta le faltaron las palabras adecuadas y
se contentó con mirar a Þórólfur con los ojos cargados de odio—. Comprendo —
dijo Þóra con tranquilidad—. ¿Puedo ver la orden? Soy la abogada de Jónas y él
ha solicitado mis servicios legales.
Þórólfur le entregó el papel sin decir una sola palabra. Þóra ley ó rápidamente
el texto y vio que era una orden del Juzgado de Distrito de Vesturland para
requisar el teléfono móvil de Jónas Júlíusson. La justificación era el interés del
mismo para la investigación del asesinato de Birna Halldórsdóttir. El corazón de
Þóra dio un brinco. Ahora y a lo sabía con toda claridad.
—¿Puedo preguntar por qué es necesario el teléfono? —preguntó con
tranquilidad.
—Consideramos que el teléfono puede contener información que pueda
sernos de utilidad —respondió Pórúlfur sin gesto alguno.
—En un teléfono como éste hay información de muchos tipos —replicó Þóra
con tranquilidad, intentando recordar qué clase de secretos podría tener Jónas. Si
hubieran querido averiguar a quién había telefoneado, lo hubieran conseguido en
la compañía telefónica. De modo que tenían que andar detrás de alguna otra
cosa, el calendario o quizá las fotos, si disponía de cámara. Lo que era realmente
extraño en la orden era que la policía tuviera interés sólo en el teléfono. No iban a
realizar el típico registro domiciliario, a menos que existiera otra orden diferente
—. Aquí dice que pueden llevarse el teléfono, pero no menciona para nada la
tarjeta. ¿Puede conservarla? —preguntó Þóra con la débil esperanza de que lo
que querían tuviese relación con la tarjeta telefónica y no con el propio teléfono.
Þórólfur le arrebató la orden.
—Dice « el teléfono móvil de número…» . —Pasó la página y cuando
encontró lo que buscaba se volvió victorioso hacia Þóra y puso un dedo sobre el
texto—. « 667—6767» . Ya ve, es el número de Jónas. Además, se indica que él
es el usuario registrado del mismo. Si me entrega el teléfono sin la tarjeta, no
estará entregándome lo que aquí se estipula. —Se echó atrás en la silla,
satisfecho, y se dirigió a Jónas—: No tiene más remedio que entregarme el
teléfono.
Þóra miró a Jónas.
—¿No te parece conveniente hacerlo?
Jónas resopló como una ballena.
—Por supuesto que no. ¿Qué voy a hacer sin teléfono? Claro que la cobertura
en este sitio no da para mucho, pero me es igual. Este teléfono es mío.
—Le recomiendo que aconseje a su cliente que me entregue lo que estipula
la orden. No hacerlo sería un gravísimo error. —Þórólfur no podía disimular que
tanto tira y afloja le estaba poniendo nervioso.
—Yo no maté a Birna. —Jónas dio un puñetazo sobre la mesa—. ¿Cómo
puede habérseles pasado semejante cosa por la cabeza?
—Nadie afirma tal cosa. Y y o, menos que nadie —respondió Pórúlfur, algo
más tranquilo—. Pero su forma de comportarse suscita ciertas dudas.
—Pero ¿qué está insinuando? —bramó Jónas, dando otro golpe en la mesa,
ahora con tanta fuerza que el soporte de plumas y algunos otros objetos saltaron
sobre la superficie—. Yo no tengo nada que ver con este crimen y exijo que me
hagan la prueba del detector de mentiras para demostrarlo. El teléfono no se lo
llevan.
Þóra se inclinó hacia Jónas y le agarró la mano suavemente.
—Querido Jónas, en Islandia no se utiliza el detector de mentiras. En este país
carece de toda fuerza probatoria. Te aconsejo que le entregues el teléfono. Sobre
todo si no has hecho nada malo.
—Ni hablar —se negó Jónas con vehemencia. Cruzó los brazos sobre el pecho
y se echó atrás en su silla como para enfatizar todavía más su decisión. Luego se
inclinó hacia Þóra y le susurró al oído—: No se pueden llevar el teléfono.
Créeme, de verdad, sería terrible. —Volvió a echarse atrás y sonrió al policía.
—Perfecto. Comprendo. Dame tu teléfono. —Le miró fijamente a los ojos
—. Confía en mí.
Jónas la miró confundido.
—No. Tú no se lo darás a la policía.
—Jónas. Te repito que confies en mí. —Þóra extendió la mano abierta hacia
arriba.
Jónas la miró sin saber muy bien a qué atenerse. Tras una breve reflexión
sacó su teléfono de un bolsillo de la chaqueta que colgaba en el respaldo del
sillón, pasándoselo a Þóra, pero sin soltarlo.
—No puedes dejar que se lleve el teléfono.
La abogada asintió.
—Ya lo sé. Puedes soltarlo. —Dio un suspiro de alivio cuando Jónas se lo
entregó, por fin. Se alegró al ver que el móvil no tenía cámara de fotos.
—Haga el favor de entregarme el teléfono —ordenó Þórólfur, alargándole el
papel como confirmación de sus derechos en el caso.
—Un momento —dijo Þóra, poniendo su propio teléfono sobre la mesa. Lo
abrió y sacó la tarjeta. Después hizo lo mismo con el de Jónas, e intercambió las
tarjetas—. Aquí tiene. El teléfono con el número 667—6767, usuario legal Jónas
Júlíusson. —Entregó su propio móvil al policía—. Totalmente conforme con la
orden judicial, si no he entendido mal. —Sonrió a Þórólfur.
***
—¡Magnífico, espléndido! —exclamó Jónas cuando entraron a todo correr en
la habitación de Þóra. Había salido hacia allí con el teléfono en la mano en
cuanto Þórólfur hizo una llamada y recibió la confirmación de que podía
considerarse que Jónas había satisfecho las exigencias de la orden judicial. Pero
se estaba redactando una nueva orden que expresaría las cosas mejor. En el
intervalo, Þóra podría enterarse de la razón que había impulsado a Jónas a
negarse a entregar su móvil a la policía.
—Matthew, Jónas; Jónas, Matthew. —Þóra se limitó a presentarlos con
brevedad porque ella y Jónas no tenían mucho tiempo. Matthew asintió con la
cabeza, visiblemente extrañado de todo aquello, pero no preguntó nada. Þóra se
volvió hacia Jónas—. ¿Por qué demonios no dejaste que ese hombre se llevara el
teléfono sin más?
—Contiene números que no estoy dispuesto a que sean descubiertos. Y
también mensajes de SMS. —Jónas se inclinó hacia Þóra y susurró—: De vez en
cuando me fumo un porrito. Hay dos vecinos con los que trapicheo y sus
números están en mi teléfono. Además, en él hay probablemente algún mensaje
que les envío cuando no contestan. En ellos se puede comprobar exactamente de
qué naturaleza son nuestras relaciones.
Þóra asintió con la cabeza, anonadada ante aquella estupidez de Jónas. En
realidad, veía en ello una prueba clara de que era inocente de la muerte de Birna.
En comparación con la compra de hachís, habría hecho falta un papel con su
nombre encima del cadáver. Le entregó el móvil.
—No puedo aconsejarte que hagas nada ilegal, pero aquí está el teléfono. Te
recuerdo que apenas hay tiempo. Mi PIN es 4036.
Jónas encendió el teléfono y marcó el PIN. Fue de inmediato a su propia
agenda y borró dos números que Þóra se ocupó de no mirar. Luego fue al
archivo de SMS y eliminó varios mensajes recibidos. Cuando se puso a mirar los
mensajes enviados, dejó escapar una exclamación y alejó el móvil de su cara
para enfocar mejor.
—¿Pero qué demonios es esto?
Þóra se inclinó sobre él y agarró el teléfono.
—¿Qué es? ¿Qué hay ahí?
Jónas soltó el teléfono.
—Esto está mal. —Estaba visiblemente alterado.
Þóra ley ó el título de los mensajes de más arriba, que debían de ser los
últimos. « Ns vmos en la play a…» . En la pantalla no se veía más, de modo que
Þóra decidió examinarlo más detenidamente. Quedó asombrada al ver el
mensaje en su totalidad. « Ns vmos en la play a dnde la cueva a ls 9 sta noxe tngo
q discutir tu idea - Jónas» . Þóra vio que el mensaje había sido enviado el jueves
pasado, a las 19:25 de la tarde anterior al hallazgo del cadáver.
—No me digas que éste es el número de Birna —dijo Þóra asustada,
devolviéndole el teléfono a Jónas.
Éste miró el teléfono, luego a Þóra y asintió moviendo lentamente la cabeza.
Capítulo 10

—¿Algo va mal? —preguntó Matthew en inglés, mirando alternativamente a


Þóra y a Jónas, que estaban en pie con los ojos clavados en el teléfono.
Transcurrió un rato hasta que ambos recuperaron el uso de la palabra.
Matthew había estado observando lo que hacían sin entender nada, aunque pudo
darse cuenta de que no todo iba como debiera.
Jónas, que seguía boquiabierto y sin poder articular palabra, se volvió hacia
él.
—¿Y quién eres tú, en realidad? —preguntó, visiblemente contento de poder
pensar en algo que no fueran sus propios problemas.
—Es un amigo mío de Alemania. Trabajó en la policía, y ahora lleva los
asuntos de seguridad de un banco alemán. Le conocí en otro caso —respondió
Þóra—. Puedes confiar en él, no le contará nada a nadie.
—Eso dices tú —repuso Jónas, que parecía ponerlo en duda—. No entiendo
nada. Yo no envié ese mensaje. Lo juro.
Þóra jugueteó con el teléfono, pensativa.
—Alguien lo hizo, Jónas, y no puede negarse que tú eres quien más
posibilidades tenías de hacerlo. —Se volvió hacia Matthew y le explicó el asunto.
Jónas asistía en silencio, moviéndose intranquilo. Cuando Þóra concluy ó sus
explicaciones, volvió a intervenir él.
—Te repito que y o no envié ese mensaje. Punto. —Jónas dirigía sus palabras
a Matthew, esperando recibir su apoy o.
—¿Dejó el teléfono en algún sitio esa tarde? —preguntó Matthew—. Si no fue
usted quien envió el mensaje, alguna otra persona tiene que haber utilizado el
móvil para hacerlo. Con la intención de hacer recaer las sospechas sobre usted o
para atraer a Birna hasta la play a. Quizá se trate de alguien con quien ella no
habría querido citarse, de otro modo.
—Cualquiera de esas dos posibilidades explica que se trata de un asesino que
actuó con total sangre fría. Alguien que tenía intención de asesinar a Birna y que
lo planificó todo —dijo Þóra—. Hay que decir que eso es bastante infrecuente en
Islandia. Por regla general, los asesinatos se producen en la cocina, cuando unos
cuantos borrachos acaban a palos y alguno echa mano de un cuchillo. Así que lo
de Birna viene a ser un caso muy excepcional.
Þóra y Matthew se volvieron hacia Jónas.
—Es de extrema importancia que recuerdes dónde estabas cuando se envió el
mensaje de SMS —dijo ella—. Por ejemplo, ¿tienes costumbre de dejar el móvil
por ahí?
—Ése es el problema —respondió Jónas—. La cobertura de móvil en esta
zona es muy variable, y por eso resulta inútil llevarlo encima a todas partes.
—Pero ¿adónde fue usted? ¿Lo recuerda? —preguntó Matthew.
Jónas se rascó la coronilla.
—No lo recuerdo. En este momento, no. Necesito algo de tiempo para poder
recordarlo con tranquilidad. Desgraciadamente, no sé lo que estaba haciendo
entonces. Tampoco tengo costumbre de fijarme mucho en esas cosas.
—El hachís no es bueno para la memoria, Jónas —advirtió Þóra—. Tienes
que conseguir recordar dónde estuviste, fue hace sólo dos días. ¿No fue la tarde
en que hubo aquí una reunión con un médium? Vi el cartel en la recepción.
Jónas se dio una palmada en la frente.
—Sí, sí. Claro. El jueves por la tarde. —Pero miró a Þóra con un gesto tan
vacío como antes—. Pero sigo sin recordar nada de lo que estuve haciendo. Yo
no asistí a la reunión, hasta ahí está claro.
—Estupendo —dijo Þóra—. Pero intenta hacer memoria. Es muy
importante. —Le quitó el teléfono y volvió a repasar la lista de mensajes—. Hay
algo que me resulta extraño en todo esto —dijo pensativa después de volver a
leerla—. ¿Por qué iba a hacer caso Birna a estos mensajes? Si y o recibiera un
mensaje tuy o, Jónas, para que nos viéramos en una play a, te llamaría para
preguntarte qué quieres.
—No le habría extrañado demasiado. Acababa de recomendarme la
construcción de un pequeño restaurante en ese lugar pero y o no estaba
excesivamente entusiasmado con la idea. Se habría ido para allá sin pensarlo, con
la esperanza de que y o hubiera cambiado de opinión —explicó Jónas.
—¿Y eso lo sabían todos? —preguntó Matthew.
—Prácticamente sí —respondió Jónas—. Birna hablaba un montón. La
discreción no era su principal virtud, que digamos.
Þóra miró preocupada a Jónas.
—Dime una cosa. Ya que tú no la mataste, ¿quién podría haberlo hecho? Tú
me la describiste como un angelito que se llevaba bien con todo el mundo. No
puedo creer que hubiera mucha gente con motivos para matar a una arquitecta
relativamente normal.
Jónas miró turbado a Matthew y a ella alternativamente.
—Hummm. Lo que dije quizá no fuera la pura verdad. Era una fiera
tremenda. No conozco a ningún empleado que la aguantara. Les hablaba en tono
condescendiente, no otorgaba importancia alguna a lo que teníamos por delante,
y así sucesivamente. De modo que existe una larga lista de personas que se
llevaban mal con ella. Pero no sé cuántos de ellos habrían llegado al punto de
matarla. —Después de pensar un instante, añadió—: No se me ocurre nadie, es
demasiado rocambolesco.
—Por su bien, espero que esté pasando por alto algo muy evidente —dijo
Matthew—. De otro modo, la policía dirigirá su atención hacia usted y nadie más.
—Ve a intentar recordar dónde estuviste el jueves por la tarde —le pidió Þóra
—. Mientras tanto, Matthew y y o intentaremos enterarnos de algo más sobre
Birna. Vete haciendo a la idea de entregarles el teléfono. No te resistas.
Seguramente habrán conseguido y a la lista de mensajes de Birna y querrán tu
móvil como confirmación. No los borres, bajo ninguna circunstancia. Lo único
que conseguirás es aumentar las sospechas en tu contra.
—Vay a, ¿así están las cosas? —dijo Jónas con los ánimos por los suelos.
—Ahora dame mi tarjeta SIM. No hay ninguna necesidad de que acabe en
manos de la policía.
***
—Por algún motivo, estoy totalmente segura de que el crimen tiene relación
con la casa o con los terrenos —dijo Þóra, arrancando ensimismada una brizna
de hierba.
—¿Por qué piensas eso? —preguntó Matthew, tomando un sorbo de su café.
Estaban sentados en unas hamacas en el patio de la parte posterior del hotel,
gozando de las vistas sobre la bahía de Faxaflói—. Es mucho más probable que el
motivo se encuentre en el presente y no en el pasado: amor, dinero, locura. A lo
mejor, ella ni siquiera conocía al asesino, quizá vio a una mujer caminando sola
por la play a y perdió el control.
Þóra se metió la brizna de hierba en la boca.
—El SMS apunta a otra cosa. —Mordisqueó la hierba y luego añadió—:
Sencillamente, tengo la sensación de que existe alguna relación con el hotel. Es
algo relacionado con esta casa. También con la agenda. No hay una sola palabra
sobre dinero o amor. Si nos atenemos a ella, Birna no pensaba nada más que en el
trabajo.
—¿No podía tratarse simplemente de la agenda que utilizaba para su trabajo?
¿A lo mejor tenía otra para las cosas de su vida privada? —Matthew vio que la
brizna de hierba subía y bajaba en la comisura de la boca de Þóra—. No sabía
que las mujeres islandesas fuerais herbívoras —dijo, haciendo una mueca—.
¿Está buena?
—Pruébala. Ay uda a pensar —respondió Þóra, arrancando otra pajita. Se la
pasó y sonrió cuando él puso un gesto raro, pero se decidió a probar—.
Seguramente, en ese diario hay algo que puede ay udarnos a descubrir al asesino.
—Observó a Matthew masticar la hierbecita—. ¿No te gusta? Sólo te faltan unas
botas de goma para convertirte en todo un granjero islandés.
—La goma la usamos en mi país para tapas, cintas elásticas y pelotas. No
para el calzado. —Matthew se quitó la hierba de la boca con aprensión—.
¿Echamos un vistazo al diario?
Þóra se sentó en la hamaca con el respaldo inclinado.
—A lo mejor tendríamos que hacer una cosa. En el librito había un dibujo de
la otra granja que hay en este terreno, acompañado de toda clase de anotaciones
que quizá podríamos entender si visitamos el lugar.
Matthew se incorporó también.
—Tú decides. Yo te sigo y ejerzo de guardaespaldas. —Le guiñó un ojo—.
Tengo la sensación de que esta investigación tuy a va a acabar llevándote a toda
clase de caminos indeseados. Ya has empezado violando la habitación de la
difunta, saqueando sus pertenencias y obstaculizando la justicia al permitir a
Jónas que destruy era datos sospechosos de su teléfono. Ardo en deseos de ver
adonde conducirá todo esto.
***
—Aquí pone Kristín, con un signo de interrogación detrás del nombre. ¿Qué
tal si empezamos por aquí? —Þóra señaló la hoja con el plano de la casa. Estaban
los dos en la habitación a la que se accedía desde la entrada de la vieja granja y
estaban decidiendo si seguir por la escalera hasta el segundo piso o inspeccionar
la planta baja, donde, según el plano, tenía que haber dos salas, cocina, despensa,
retrete y despacho.
—¿Eso no está arriba? ¿No deberíamos hacer un recorrido por el piso inferior,
primero? —preguntó Matthew, mirando por la puerta que daba a la izquierda.
—Pues muy bien —asintió Þóra, cerrando de nuevo el libro de golpe. Había
dejado de preocuparse por no dejar huellas dactilares en él, pues no tenía
intención de abandonarlo excepto en caso de absoluta necesidad—. ¡Uf, aquí
apesta! —La casa exhalaba un olor extraño, que Þóra era incapaz de identificar.
Era como una combinación de moho, polvo seco y bolitas antipolilla. Por lo
menos, estaba claro que no habían aireado aquel lugar en años—. Caray —dijo
poniéndose una mano sobre la boca.
Matthew respiró hondo.
—Si y o fuera tú, intentaría acostumbrarme. Dentro de un rato, dejarás de
notar el olor. —Pese a sus grandilocuentes palabras, torció el gesto al hablar—.
¡Uf! ¿No podemos abrir una ventana?
Entraron en la habitación situada a mano derecha que, de acuerdo con el
plano de Birna, era una biblioteca. El tirador de la puerta era prehistórico, un
picaporte de madera, grueso y corto, que había que sujetar con fuerza. La puerta
parecía abombada, y a Þóra le llamó la atención que las puertas interiores
actuales fueran mucho más gruesas. Entró detrás de Matthew y echaron un
vistazo alrededor sin decir una palabra.
—Aquí no hay mucho que ver —masculló Matthew después de repasar unos
estantes vacíos colocados a lo largo de las paredes, y de abrir los cajones de una
gran mesa de escritorio debajo de una ventana tremendamente sucia, y que
resultaron estar tan vacíos como las estanterías, con la única excepción de un
lápiz antiquísimo. Le habían sacado punta con cuchillo, y el extremo no tenía
goma de borrar.
—Pero fíjate —observó Þóra—. Es como si hubiera habido libros en estas
estanterías hasta no hace demasiado tiempo. —Señaló el polvo de los estantes.
Era espeso en los bordes, pero la capa que cubría la parte interior era mucho más
fina, apenas distinguible.
Matthew se acercó a las estanterías y miró.
—Tienes razón. ¿Sería Birna quien se habrá llevado los libros? A lo mejor
había algo valioso en ellos. —Þóra se encogió de hombros—. No me parece
lógico. No mencionaba libros en su plano. Claro que a lo mejor no los
mencionaría si tenía intención de robarlos. Seguramente se los habrán llevado los
anteriores propietarios. Jónas dijo que le habían avisado de que pensaban llevarse
los enseres.
Salieron de aquella estancia y se dirigieron más al interior de la casa.
Encontraron dos salas ady acentes con muebles antiguos, unos desgastados sofás,
que en tiempos habían tenido adornos, un inmenso carrito de té y una mesa y
sillas de comedor en madera oscura, con filigranas doradas en el respaldo. Había
mesitas auxiliares aquí y allá, pero no se veían objetos. En las paredes colgaban
dos cuadros, uno de un barco, otro del glaciar Snæfelssjökull. Los dos estaban tan
sucios que no se podía distinguir el nombre del pintor. El aparador estaba vacío, lo
mismo que la alacena.
—Te reto a que te dejes caer en el sofá —dijo Matthew, indicando la
polvorienta tapicería. A través de la suciedad, se apreciaban las formas de unos
dibujos floreados en colores pálidos—. Me encantaría ver la nube que se alzaría,
formando graciosas volutas.
—No, gracias —contestó Þóra—. Hazlo tú mismo. Te daré cien coronas.
Matthew la agarró suavemente por el brazo.
—Ahora estoy pensando en algo muy diferente al pago en dinero en efectivo.
Þóra le sonrió.
—Siempre es posible llegar a un acuerdo. —Volvió a mirar el sofá e hizo una
mueca—. Pero me temo que eso tendrás que olvidarlo, no estoy segura de que el
polvo se asentara antes de la llegada de la noche, y entonces quizá no seríamos
capaces de desenterrarnos. Ven, vamos a ver la cocina.
No estaba tan vacía como las otras habitaciones, pero era igual de anticuada,
con armarios sencillos y pintados de blanco, el fregadero pequeño y poco
profundo. El lugar de trabajo no era muy grande en comparación con una cocina
actual, pero el espacio para la mesa de la cocina era mucho may or de lo que
Þóra estaba acostumbrada. De unos ganchos colgaban cucharones y
espumaderas de acero, una cafetera antigua de peltre reposaba sobre del fogón.
—Qué raro, abandonar todo esto —dijo Þóra, mirando a su alrededor.
Matthew abrió uno de los armarios de cocina y se encontró ante toda una
colección de tazas y vasos, todos diferentes.
—Quizá todo esto sea indicativo de alguna otra cosa mucho más
desagradable. Es probable que pensaran hacer algo, pero que luego no resultó
posible. A lo mejor murieron y por eso no necesitaron llevarse todas estas cosas.
Los herederos, sin duda, y a tenían cafeteras y utensilios de cocina, y no
necesitaron recoger lo que había aquí. —Se calló y señaló una caja de cartón que
había sobre una de las sillas de la cocina—. Mira, ¿qué es eso?
Se acercaron a la caja y vieron que contenía objetos envueltos en hojas de
periódico. Al lado de la caja había también un montón de hojas. Þóra cogió una
de ellas y buscó la fecha.
—Esto es de may o. Parece que los antiguos propietarios estuvieron aquí hace
poco, empaquetando. Pero ¿qué es esto? —dijo, señalando un termo que estaba
colocado a la sombra de la caja—. Esto no es antiguo —agarró el termo y lo
agitó. Dentro sonó el líquido al moverse, y Þóra abrió la tapa. Olió con
precaución el contenido—. Café —reveló—. Esto tiene que ser de Elín y Börkur,
o de la persona que enviaron aquí para llevarse sus pertenencias. —Volvió a
dejar el termo en el suelo.
—¿Quiénes son Elín y Börkur? ¿Los antiguos propietarios? ¿Vivían aquí? —
preguntó Matthew.
—Son hermanos, los herederos de las tierras, un hombre y una mujer de
mediana edad. Si vivían aquí, lo ignoro, pero lo dudo, a la vista de lo antiguo que
es todo lo que hay aquí dentro. —Þóra observó el anticuado mobiliario—. Como
mucho andarán por los cincuenta. Todos estos utensilios son mucho más antiguos,
de modo que no pudieron criarse aquí.
—Pero ¿por qué han decidido llevarse todo esto ahora? —preguntó Matthew
—. La venta de la propiedad se tuvo que realizar hace algunos años. La parte
nueva del hotel no puede haberse levantado en unos pocos meses.
—No, no, eso es cierto. Supongo que la idea de Jónas de construir en esta casa
no les llamó la atención al principio, pero luego cay eron en la cuenta. —Þóra
abrió los cajones de la cocina uno tras otro y los examinó. No contenían nada que
despertara su interés.
Terminaron de examinar el piso inferior sin encontrar nada. En la despensa
había diversos objetos que habían pasado años y años en las estanterías, pero
también algunas cajas de cartón recientes, con viejos libros polvorientos. No
abrieron más que dos cajas, pensando que las que estaban cerradas contendrían
objetos de la sala que habían quitado para llevárselos, igual que el resto de los
libros de las estanterías. Þóra dejó que Matthew inspeccionara el cuarto de baño
y, a juzgar por el gesto que puso al volver, no se había perdido nada al no ir ella
también.
—Vamos arriba —dijo él con cara de asco, dirigiéndose hacia la escalera.
Primero miraron por la puerta que daba al sótano pero no había luz y Þóra
decidió que allí no tenían necesidad imperiosa de ir. De modo que se dirigieron al
piso superior. En el rellano encontraron cinco puertas, todas ellas cerradas. La
primera que Matthew intentó abrir resultó estar cerrada con llave. Dejó de
intentarlo en la siguiente puerta, cuando y a tenía la mano sobre el picaporte.
—Mira un momento el plano y dime qué puerta da al cuarto de baño.
Þóra miró el diario de Birna y propuso entonces que mirasen la habitación
marcada con la palabra Kristín.
—Creo que es la que más le interesaba a Birna —dijo Þóra, indicándole a
Matthew la puerta correspondiente.
—Nunca te perdonaré si me estás tomando el pelo y esta puerta da a otro
cuarto de baño —exclamó Matthew antes de abrir.
—Mira y y a está —dijo Þóra, que empujó la puerta mientras él ponía la
mano sobre el tirador. Entraron en una habitación infantil, que seguramente
habría pertenecido a la niña. Sobre la cabecera de la cama de listones de madera
pintados de blanco estaba apoy ado un desgarbado oso de peluche al que le
faltaba un ojo. Era de color marrón claro y peludo por todas partes excepto en el
vientre, que era de tela grisácea. Las costuras que unían el tronco a los miembros
estaban descosidas, de modo que se veía un alambre negro en los hombros y los
muslos del osito. Al cuello tenía atado un descolorido lacito rojo. Þóra sintió una
punzada en el corazón al ver cómo, con el paso de los años, el lazo había ido
sufriendo los efectos de las ley es de Newton y ahora colgaba en mitad del pecho.
Al lado del oso había una muñeca zarrapastrosa, mirando con sus ojos pintados
hacia la pared de enfrente.
—Pero qué extraño es todo esto —dijo Þóra, muy afectada.
—Sí —asintió Matthew—. Evidentemente, esta gente se fue a toda prisa.
Mira. —Se acercó a una estantería sobre la que estaban colocados varios libros
polvorientos. Debajo de ella había una mesa de escritorio pintada en laca blanca
con una hoja de papel en la que había un dibujo a medio acabar. Sobre ella y el
resto de la mesa había unos lápices de colores de cera. Matthew levantó el dibujo
y lo examinó. Las esquinas estaban retorcidas y una capa de polvo grisáceo
cubría el papel. Matthew sopló con fuerza sobre la hoja de papel y se levantó una
nube de polvo que alejó con la mano. Luego le dio el dibujo a Þóra—. La niña ni
siquiera tuvo tiempo de acabar su dibujo.
Þóra miró el papel. Se apreciaba claramente que era de una niña poco
may or que Sóley, su hija de seis años. El dibujo representaba una casa ardiendo,
con unas espesas llamas que se alzaban hacia el cielo desde el tejado. La casa
tenía una gran puerta y una ventana. Sólo la mitad estaba coloreada.
—Curioso motivo para un dibujo —dijo Þóra, dejando el papel—. ¿Estaría
dibujando esta casa?
Matthew sacudió la cabeza.
—No, no lo creo. Aunque el dibujo lo hay a hecho una niña pequeña, parece
claro que se trata de una casa de una sola planta. —Torció el gesto—. Tiene una
puerta curiosamente grande.
Þóra señaló la ventana.
—¿Es eso un ojo? —Se inclinó para ver el dibujo más de cerca—. Anda, la
niña dibujó a alguien dentro de la casa. Mira, aquí hay también una boca abierta.
Pero nariz no hay.
Matthew se inclinó también.
—Y que lo digas, si que es un motivo extraño para un dibujo. A lo mejor, esa
niña era algo rara.
—O vio algo espantoso —señaló Þóra, apartándose de la mesa—. Creo que
tendríamos que intentar averiguar quién vivió aquí y cuándo se trasladaron. Sé
que el dueño se llamaba Grímur, pero creo que tuvo una única hija, que murió
tan joven que difícilmente habría podido hacer este dibujo. Puede ser que
después de él y su mujer viviera aquí alguna otra familia.
Se dirigió hacia una puertecita disimulada en la pared. La abrió con cuidado y
vio que se trataba de un armario ropero. De la barra colgaban muchas perchas.
En dos de ellas había ropas finas, un elegante jersey y un delicado vestido de
algodón sin costuras. Las dos prendas eran demasiado grandes para haber
pertenecido a Edda, que murió a los cuatro años de edad, según el álbum de fotos
del sótano del hotel.
—¿Qué es eso de ahí detrás? —preguntó Matthew señalando el fondo del
armario.
Þóra metió más la cabeza y vio que en el fondo del armario había unos
listones que rodeaban un espacio que no coincidía del todo con el resto de la
pared. Empujó y aquel espacio cedió.
—¡Anda! —exclamó—. Es una puertecita disimulada. Mira, hay unos
escalones que suben. —Se alternaron para mirar por la oscura abertura, y
Matthew sacó la llave del coche. Tenía una bombillita que servía de linterna.
Iluminó la escalera.
—Mira —dijo Matthew, señalando el escalón con la linterna—. Huellas de
pasos en el polvo. Alguien ha subido por aquí.
—Birna. Sin duda alguna, Birna —declaró Þóra con decisión—. En la agenda
señaló la posición de vigas y demás. Querría ver en qué estado se encontraba el
armazón del tejado. Esto tiene que llevar a una especie de desván. Ven,
¿allanamos también esa parte de la residencia? —Miró a Matthew, que le sonrió.
—Bueno, espera aquí mientras bajo a buscar un cuchillo. Sólo tendré que
quitarme un brazo y probablemente también el hombro. —Señaló la abertura—.
Es totalmente imposible que y o consiga pasar por ahí.
—Dame la llave, entonces —pidió Þóra. Se la puso en la boca mientras
entraba encogida por el armario y atravesaba el estrecho agujero. Antes de
empezar a subir las escaleras se volvió hacia Matthew y le regaló una amplia
sonrisa—. Hasta ahora. Te mataré si me encuentro a una rata. —Subió el primer
escalón, se lo pensó mejor y retrocedió hacia el agujero—. O un ratón. Te
mataré también si piso un ratón.
El desván estaba totalmente vacío. Þóra pasó el débil ray o de luz por el suelo
y vio que Birna había estado por allí. Þóra no pisaba con demasiada confianza,
porque no tenía ni idea de si el entablado soportaría su peso. La arquitecta debía
de ser más pequeña que ella, o al menos sus pies eran muy pequeños en
comparación con los de Þóra. Por eso habría preferido examinar el desván desde
la escalera en la que se encontraba, pero cuando el ray o de luz dio con algo que
brillaba en una viga, no pudo resistir la tentación. Puso un pie sobre el suelo del
desván con mucho cuidado. A cada paso que daba, se oían crujidos y chirridos, y
temió que si se abría el suelo caería encima de Matthew, en el piso de abajo. O
peor aún… en un cuarto de baño. Pasó el ray o de luz por el suelo y vio que Birna
—o quien hubiera dejado aquellas huellas— también había pasado por allí. Eso la
hizo respirar más tranquila, y por fin pudo llegar a la viga. Se inclinó e iluminó el
suelo.
Oro. Un juguete, en realidad. Þóra sonrió y recogió una insignia con alas. Sin
duda se trataba de una insignia de aviador. La examinó a la débil luz. Volvió a
dejarla en su lugar y agarró una taza de porcelana descascarillada. Había más
objetos: una cuchara de plata que se había vuelto negra, dos blancos dientes de
leche, un collar con una cruz y unas cuantas fotos de estrellas de cine colocadas
en un cuidadoso montón. Þóra se levantó, pero se detuvo al instante cuando
estaba a punto de estirar las rodillas. Iluminó la viga de madera del techo y se
inclinó sobre ella. Había algo grabado. Se percató de que podía leer lo que ponía.
—¡Matthew! —gritó—. ¡Aquí está el nombre de Kristín!
—¿Eh? —oy ó su respuesta en la lejanía.
Volvió a inclinarse y ley ó la inscripción por última vez, para fijarla en su
memoria y poder repetírsela a Matthew. Él no la oía con claridad:

papá mató a kristín


odio a papá
Capítulo 11

—Sí, por fin decidieron llevarse todos los cachivaches que había en la casa,
como te dije —explicó Jónas, reclinándose sobre el respaldo de la silla. Estaban
muy cómodos junto a la chimenea del bar, rodeados de fotos antiguas que
decoraban las paredes—. Le pedí a Birna que les avisara de que habíamos
decidido construir en la vieja granja, para que pudieran recoger lo que quisieran
antes de empezar las obras de remodelación. Lo del anexo estaba descartado, en
realidad, pero de todos modos se pusieron a ello. No tengo ni idea de lo que se
han llevado. Al menos, nadie le comunicó a ella, ni tampoco a mí, que hubieran
terminado.
Matthew tomó un sorbo de su cerveza.
—¿Se alojaron aquí?
—No, nunca pidieron una habitación. Pero sí vinieron varias veces a comer al
restaurante.
—¿Vinieron los dos hermanos a retirar las cosas, o sólo Elín? —preguntó Þóra.
—Ni idea —respondió Jónas—. Recuerdo que una vez vinieron varios a la
vez, el hermano y su mujer, la hermana y dos jóvenes, el hijo de él y la hija de
ella. No sé si fue un viaje de un día, o si se alojaron por aquí cerca. Aún poseen
varios terrenos en la península, creo recordar, de modo que bien podrían haberse
hospedado por allí. Creo que tienen también una casa en Sty kkishólmur o en
Ólafsvík, que utilizan como residencia de verano.
—¿Tuvieron quizá alguna discusión seria con Birna? —preguntó Þóra.
—No, ni puedo imaginármelo —contestó Jónas—. Sé que discutió de algo con
el hermano, pero tengo entendido que todo se desarrolló por cauces estrictamente
amistosos. Ella estuvo buscando datos sobre las características del terreno durante
la construcción del hotel. Creo que esperaba que tuvieran planos antiguos o algo
por el estilo.
—¿Y los consiguió? —preguntó Þóra.
—No, creo que no —respondió Jónas—. Recuerdo que el hombre no tenía
nada, aunque sí le dio algunas cosas que podían ser de utilidad. Sé que le permitió
buscar entre los trastos viejos, los que están en el sótano de Kirkjustétt, y también
los del otro sitio, Kreppa.
—¿Recuerdas si Birna mencionó alguna vez el nombre « Kristín» ? —
preguntó Þóra—. ¿O que preguntara por alguien con ese nombre?
Jónas sacudió la cabeza.
—No, no recuerdo nada de eso. ¿Quién es esa Kristín?
—Ni idea —respondió Þóra—. Sin duda, no tiene nada que ver con esto.
Encontramos el nombre en… —Þóra consiguió contenerse justo a tiempo, antes
de mencionar la agenda de Birna—… grabado en una viga de la granja. A lo
mejor no es más que el nombre de algún animalito de compañía, una gata o
quizá el corderito criado en la casa. Creemos que lo escribió un niño.
—Pues Kristín es un nombre bastante raro para un gato —dijo Jónas—. No
recuerdo que Birna mencionara nunca a una Kristín, ni a una mujer con ese
nombre ni tampoco a un gato.
Guardaron silencio durante un instante. Þóra tomó un sorbito del vino blanco
que Jónas había pedido para ella y echó un vistazo a su alrededor. La sala de la
chimenea era muy confortable, de estilo antiguo, aunque formaba parte de un
ala del hotel de estilo moderno.
—¿Son de aquí? —preguntó, señalando las viejas fotos de las paredes.
—No, las compré en anticuarios. No tengo ni idea de quiénes son. Birna se
ocupó de eso —Jónas miró alrededor—. Esas cosas se le daban muy bien.
Matthew y Þóra movieron la cabeza en señal de acuerdo.
—Quizá podrías conseguir el permiso de la familia para utilizar alguna de las
fotos que hay en las cajas del sótano. Hay varios álbumes y algunas fotos
enmarcadas, y creo que son de los antiguos habitantes. Podrían darle aún más
encanto al lugar. Me llevé un montón a la habitación para examinarlas mejor.
Puedes echarles un vistazo, si quieres.
Jónas se sobrecogió.
—No, muchas gracias, ni hablar. No quiero saber nada de ellas.
—¿En qué foto exactamente creíste reconocer al fantasma? —preguntó Þóra
—. Las he revisado todas y hay varias posibles candidatas.
—Era una foto enmarcada de una chica jovencita —respondió Jónas—.
Rubia. Hasta el último cabello, era igual al ser que se me apareció.
—De modo que no se trata de una niña —dijo Þóra—. Tenía entendido que se
trataba de una niña. —La única foto enmarcada que había encontrado Þóra era
la de Guðný, la que había colocado en su habitación. En ella, Guðný no era una
niña, sino una adolescente bastante crecidita.
—Niña o no —replicó Jónas decidido—. Una chica joven, mucho más joven
que y o. Para mí, eso es una niña.
—Y sigues manteniendo que eso sucedió realmente —interrumpió Matthew.
En su gesto aparecía claramente su opinión sobre aquellos sucesos—. ¿No lo
habrás soñado?
—No —exclamó Jónas con decisión—. En absoluto. Volví a casa cansado y
eso puede explicar mejor la situación. Cuando estás en ese estado, descienden las
barreras de la mente y puedes contactar más fácilmente con lo que no es de este
mundo. Sucedió, os lo puedo jurar.
—Estupendo —dijo Þóra—. Dejémoslo así de momento. Pero ¿has
conseguido recordar dónde estuviste el jueves por la tarde?
—Ya, eso —contestó Jónas—. Sólo de forma muy fragmentaria. Recuerdo
que estaba aquí al empezar la reunión con el médium, pero luego me marché.
Me daba miedo lo que podía pasar.
—¿Miedo? —exclamó Matthew sin poderse contener—. ¿A qué?
—A lo que podía pasar. Este es un sitio maligno y no me apetecía lo más
mínimo oír a los difuntos confirmarlo —explicó Jónas como si no hubiera nada
más natural—. Así que decidí irme a dar un paseo a pie y renovar mis energías
espirituales. Había bancos de niebla, una condición atmosférica que siempre me
viene estupendamente para hacerlo.
Þóra se apresuró a quitarle la palabra a Matthew antes de que fuera a
preguntar por la renovación de las energías espirituales.
—¿Te encontraste con alguien durante el paseo?
—No —dijo Jónas—. A nadie. Hacía un tiempo bastante desagradable y aquí
no hay ahora mucha gente, de modo que no había más alma viviente que y o
mismo ahí fuera.
—Olvidas a Birna —apostilló Þóra—. Y al asesino. Seguramente estarían por
ahí a la misma hora. —Miró a Jónas con ojos implorantes—. No me irás a decir
que bajaste a la ensenada en donde encontraron el cuerpo de Birna.
—No, no fui allí —dijo Jónas—. Tomé esa dirección pero no llegué hasta allí.
Tenía un cabreo fenomenal y, en realidad, iba sin rumbo fijo. Había venido un
tipo del ay untamiento porque tenía que hacer una obra en la carretera de acceso,
y precisamente había elegido ese día para hacer la zanja, y al final se marchó
dejándolo todo sin terminar. Por eso, los que acudieron esa tarde a la reunión
espiritista tuvieron que dejar sus coches en la carretera y hacer a pie el resto del
camino. Dos kilómetros. Estoy seguro de que muchos no asistieron por ese
motivo, por no mencionar lo molestos que estaban los clientes del hotel cuando se
enteraron de que no podían sacar los coches.
—¿Cuándo se solucionó el problema? —preguntó Matthew.
—Bueno, a la mañana siguiente —dijo Jónas, que seguía enfadadísimo con el
operario—. Aquel tipo no se atrevió a no hacerlo, después de la bronca que le
solté.
—¿Eso significa que del hotel no salió ningún coche hacia la play a en la que
apareció Birna esa misma noche? —preguntó Þóra.
—No, fue totalmente imposible —respondió Jónas—. Era una zanja de mil
demonios.
—¿Llevabas el teléfono cuando saliste a pasear? —preguntó Matthew.
Jónas no necesitó pensarlo mucho.
—No, con total y absoluta seguridad, no. Emite unas ondas que me alteran
siempre en la renovación de las energías espirituales.
Matthew se incorporó de una forma que daba a entender claramente que iba
a interrogar más detenidamente a Jónas sobre el particular. Pero, de pronto,
apareció Vigdís y se dirigió directamente a ellos con unas hojas impresas en las
manos.
—Aquí está lo que me pediste —dijo, entregándole dos hojas de papel a Jónas
—. En la primera página están los nombres de los que se alojaron aquí las noches
del jueves y el viernes, y en la otra los que habían hecho una reserva pero no
pudieron venir o la cancelaron. —Sonrió servicial a Þóra y Matthew—. Tengo
que volver a la recepción para atender el teléfono. —Se marchó y Jónas le gritó
« gracias» mientras se iba. Echó un breve vistazo a los papeles y después se los
dio a Þóra.
—Ésta es una lista impresa del archivo informático, aunque probablemente
nos resultará de escasa ay uda. No me puedo imaginar que a Birna la asesinara
ningún cliente. Me parece bastante absurdo.
—Nunca se sabe —respondió Þóra, mientras empezaba a leer. La lista no era
muy larga—. ¿Hay pocas reservas? —preguntó—. No son muchos nombres.
—Desde luego que no —respondió Jónas, un poco dolido, ante su expresión
incrédula—. No es posible pretender que tengamos todo reservado, excepto justo
antes de pleno verano. El periodo turístico es tan breve que casi no se puede
denominar así. He pensado en toda clase de eventos para atraer visitantes en
invierno. O de lo contrario, esto va a resultar de lo más deprimente.
Þóra asintió sin apartar la mirada de la lista.
—A juzgar por esto, hubo ocho habitaciones ocupadas la noche del jueves y
diez la del viernes.
—Si ahí lo dice —respondió Jónas—. Naturalmente no guardo esas cosas en
la memoria, pero probablemente ésa es la proporción. —Agarró su vaso de
cerveza y tomó un trago—. Esta cerveza procede de agricultura biológica —
explicó mientras dejaba el vaso sobre la mesa y se quitaba la espuma del labio
superior.
Þóra se dio cuenta de que las cejas de Matthew se levantaron un poco, y que
olía su vaso con gesto receloso. Se apresuró a tomar la palabra antes de que
consiguiera preguntar por el cultivo en cuestión.
—¿Conoces a alguno de los clientes? —preguntó inclinándose hacia Jónas con
la lista por delante—. Por ejemplo, ¿la lista contiene nombres de clientes
estables?
—Hace tan poco tiempo que empezamos, que aún no nos hemos hecho con
clientes estables, por desgracia. Pero, de todas formas, creo que podré recordar
quiénes eran. —Jónas puso un dedo sobre el primero de los nombres y empezó
con él—. Veamos, el señor y la señora Brietnes, no, éstos eran un matrimonio
may or, de Noruega. Es muy poco probable que tengan relación alguna con este
asunto. Siguen aquí, por si queréis hablar con ellos. —Desplazó el dedo—. Karl
Hermannsson. No le recuerdo, parece que sólo se alojó aquí esa noche. Pero de
esta pareja sí que me acuerdo, Örn Friðriksson y Ásadís Henrýsdóttir, y a habían
venido antes, son gente interesada por lo que hacemos aquí y saben disfrutar de
lo que ofrecemos. No pueden estar relacionados con esto de ninguna forma.
Espera un momento. ¿Quién era éste? Pröstur Laufey jarson. —Reflexionó un
momento—. Sí, claro que sí, el del kay ak. Ha venido a remar, a entrenar para un
campeonato de remo. Tiene reserva hasta el miércoles. Muy distante y gruñón.
Así que podría perfectamente ser un asesino.
—O no —dijo Þóra. Nunca había oído que los asesinos fueran más distantes
que el resto de la gente en las relaciones personales—. ¿Y estos extranjeros? —
Señaló los nombres siguientes.
—El señor Takahashi y su hijo. —Jónas levantó los ojos para mirar a Þóra y
sonrió—. Demasiado educados como para matar a nadie. Muy tranquilos los dos,
y el padre está convaleciente de un tratamiento contra el cáncer. Su hijo no se
separa de él. Olvídalos. —Dirigió la mirada a los siguientes nombres—. No sé
quiénes son éstos, Björn Einarsson y Guðný Sveinbjörnsdóttir, no caigo. Pero a
éste tendrías que conocerle, Þóra: Magnús Baldvinsson, viejo político de
izquierdas.
Cuando Þóra oy ó el nombre, se le vino a la mente el rostro del hombre que
había visto en el comedor a la hora del almuerzo.
—Sí, claro. Le vi hoy a mediodía. Precisamente estuve ley endo un artículo
sobre él en un periódico. Es el abuelo de Baldvin Baldvinsson, del que dicen tiene
un gran futuro. ¿Pero qué está haciendo aquí ese hombre?
—Descansando simplemente, creo. No es precisamente muy hablador, pero
me dijo que se había criado en la comarca. Supongo que el corazón y la mente
buscan la tierra de la infancia cuando llega la vejez —dijo Jónas. Continuó
bajando por la lista—. No me acuerdo de esta Pórdís Eggertsdóttir, no tengo ni
idea de quién es. Pero a este sí que le recuerdo, Robin Kohman, es fotógrafo y ha
venido a hacer fotos para un artículo sobre las provincias de Vesturland y
Vesturfjörður para una revista de viajes. Le acompañaba un periodista que y a se
marchó. Se fue el martes, no el miércoles. Este Teitur es un corredor de bolsa
que lleva aquí varios días, parece bastante simpático, aunque un poco esnob. Se
lesionó montando a caballo al poco de llegar, y pensé que se iría en cuanto sufrió
el accidente, pero aquí sigue. El resto de los nombres no los conozco. Ni los que
llegaron el viernes ni los que cancelaron las reservas. —Dejó los papeles sobre la
mesa delante de él, y Þóra los recogió.
—¿Hay algún problema en que intente charlar con estas personas? —
preguntó Þóra.
—En absoluto —afirmó Jónas poniéndose en pie—. Pero procura tratar bien a
los clientes. No los ahuy entes. —Miró por un instante a Matthew y luego añadió a
media voz, en islandés—: Que ése no se ponga a interrogar a nadie. Haz todo lo
posible para que parezca una conversación intrascendente. —Se incorporó, se dio
una palmada en los muslos—. Voy a ver qué tal le va a la policía. Ahora están
registrando la habitación de Birna, no sé qué creen que puede esconder allí.
Matthew le guiñó un ojo a Þóra y dibujó una fugaz sonrisita.
—No, seguramente no encontrarán nada —dijo tan tranquilo.
—Pero ahora y a tienen mi teléfono —dijo Jónas—, y por lo menos pueden
entretenerse en hacer una lista de todo lo que contiene.
***
Steini estaba sumido en oscuros pensamientos, con la mirada fija en el
camino de acceso, al otro lado de la ventana. Habría podido estar solo, a juzgar
por el tráfico. Ni un solo coche, ni una sola persona. Había pasado el rato viendo
la televisión como un tonto. Y eso que sólo tenía veintitrés años. Si su vida hubiera
transcurrido de la forma habitual, las cosas serían distintas. No tenía que ser así.
No podía ser. En realidad, aún seguía confiando en que alguien fuera a decirle
que todo era un malentendido. Que aquello no le había pasado a él, sino a alguna
otra persona. Perdona, amigo, que te hay amos hecho pasar por esto sin
necesidad, pero son cosas que suceden, a veces. Levántate. Puedes hacerlo. No
ha sido más que un malentendido. Tu coche no es un desastre total. Era el coche
de otro. Y tú no ibas en él. Un borbotón de risa absurda y extraña surgió de su
interior. Seguro.
Se irguió y al hacerlo apareció la imagen de su rostro reflejada en la ventana.
Se asustó y se cubrió más la cabeza con la capucha para que se viera lo menos
posible. Nunca se acostumbraría a aquello. Nunca. Steini aferró, con sus manos
y a expertas, las ruedas de la silla y se apartó de la ventana. ¿Dónde estaba
Bertha? Había prometido venir, y siempre cumplía lo que decía. Querida,
preciosa Bertha. Sin ella, sería incapaz de hacer nada. Enfermeras, médicos,
psicólogos y como se llamara toda esa gente, se empeñaban en insistir en que se
fuera a la capital, que se matriculara en la universidad, que hiciera algo. Que la
vida no se acababa allí, aunque, en aquel momento, se sintiera tremendamente
mal. Con la rehabilitación adecuada era posible que se viese prácticamente libre
de la silla de ruedas, aunque el proceso fuese laborioso y doloroso. Esa gente no
le comprendía. Tenía que quedarse allí. Allí estaba su casa, aquél era su hogar.
Por aquella zona pasaba poca gente y casi todo el mundo le conocía. Nadie se
asustaba cuando le veían aparecer con aquella horrible máscara que se suponía
era su rostro. En Reikiavik, en cambio, sucedería un día sí y otro también. Se
consumiría y acabaría matándose en un tiempo récord. Tenía tanto que
agradecer a Bertha. Ella era la principal responsable de que pudiera seguir allí,
con las dificultades que tenía para valerse por sí solo.
¿Quizá Bertha le había abandonado? ¿Ya se había hartado? ¿No iba a ay udarle
más? Steini se acercó en su silla hasta la televisión y agarró el mando a distancia.
Prefería ver aquellos espantosos programas que seguir con sus negros
pensamientos. Subió el volumen y fijó la mirada en la pantalla. No pensar. No
pensar.
***
Þóra y Matthew hicieron un brindis.
—Realmente, espero que esto no proceda de agricultura ecológica —dijo él
antes de tomar un trago.
Þóra le sonrió.
—No, esperemos que se hay a cultivado con la habitual porquería de los
pesticidas, mejor aún si se les ha añadido algo de mercurio. —Bebió un sorbo de
vino—. Da igual cómo se ha cultivado, el resultado es muy bueno. —Dejó su
copa sobre el mantel blanco y comió un bocado de pan para tener algo que
morder—. Estoy muerta de hambre. Muerta.
—Mmmm —dijo Matthew—. Me alegro mucho de que eso no hay a
cambiado. Y de que tú no hay as cambiado. —Le guiñó un ojo—. Además, tu
forma de vestir sigue siendo tan… cómo decirlo…
Þóra se miró su sencillo jersey y sacó la lengua.
—¿No irías a pensar que habría venido aquí con vestido largo esperando que
alguien me invitara a comer?
—Me permito dudar que te hubieras puesto vestido largo aunque te hubieran
invitado. —Se recolocó la corbata con gran ceremonia.
—Ja, ja. —Þóra se rió—. Tengo demasiada hambre para responder a los
chistecitos de un tarugo como tú. ¿Y dónde está la comida? —Miró el reloj—.
Maldita sea. Tengo que llamar a casa antes de que se duerma Sóley. —Alargó la
mano para agarrar su bolso, pero antes de abrirlo recordó que su teléfono estaba
en poder de la policía—. Vay a, ¿me puedes dejar tu móvil?
—Claro —dijo Matthew, ofreciéndole un elegante teléfono—. ¿Algo no va
bien con tus niños? Casi ni me atrevo a preguntar, pero… ¿y a eres abuela?
Þóra alargó la mano para tomar el móvil.
—Puedes respirar tranquilo, aún estás cenando con una mujer joven. —Era
un teléfono con tapa, y lo abrió. En la pantalla apareció la foto de una niña negra
con montones de trencitas en el pelo—. ¿Quién es ésta? —preguntó extrañada,
dirigiendo el teléfono hacia Matthew. Nunca había mencionado que estuviera
casado o viviendo con alguien.
Matthew sonrió.
—Es mi hija.
—¿Ah, sí? —dijo Þóra—. No se te parece mucho. —Volvió a contemplar la
foto—. Excepto en el pelo, quizá. —No sabía muy bien qué más decir.
Matthew se rió y se pasó la mano por el cabello, con perfecto corte de
caballero.
—No, no somos parientes consanguíneos. La adopté a través de una ONG.
—Oh, qué bonito. —Þóra bebió un sorbo para disimular el peso que se le
había quitado de encima—. Por un momento creí que estabas casado o que vivías
con alguien. No me gustan demasiado los hombres casados. En la escala de
atractivo del cero al diez, les pongo un menos dos.
—Qué raras sois las mujeres —dijo Matthew—. A mí, tú me pareces
atractiva y eso no cambiaría, estuvieras casada o no.
—Tienes la suerte de que estoy divorciada —dijo Þóra, mirando de nuevo la
foto—. No vive contigo, ¿no? —Era totalmente incapaz de imaginarse a Matthew
lavando las ropitas de un niño, y mucho menos haciendo una serie de apretadas
trenzas en una cabecita.
—No, no —respondió Matthew—. Vive en Ruanda. Conozco a una mujer que
trabaja en ese pueblo con la Cruz Roja, ay udando a los necesitados. Fue ella
quien me convenció.
—¿Cómo se llama? —preguntó Þóra.
—¿La mujer, o la niña? —preguntó Matthew.
—La niña, claro —contestó Þóra.
—Lay a —dijo Matthew.
—Un nombre muy bonito —afirmó Þóra, poniendo sus manos sobre una de
las de él, que descansaba sobre la mesa—. Voy a hacer una llamada breve,
porque cuando llega la hora de comer le cuelgo hasta a mis propios hijos. —
Marcó el número de su hijo—. Hola, Gy lfi, ¿qué tal estás?
—¿Estás en el extranjero? —preguntó la voz extrañada de su hijo.
—No, no —dijo Þóra, que se apresuró a añadir—: He tomado prestado un
móvil a un extranjero que está aquí en el hotel, porque tuve que dejar el mío.
Pero ¿qué tal todo?
—Una mierda. Esto es espantosamente aburrido. Quiero irme a casa —
respondió Gy lfi convencido.
—No, no —respondió Þóra, maternalmente—. Si es muy divertido. ¿Está
contenta Sóley ?
—Ella está siempre contenta, no tienes que preguntar —replicó Gy lfi
cabreado—. Pero y o me voy a morir de aburrimiento aquí. Papá se ha puesto
como loco a jugar con el Sing Star de los 80, de Sóley, y si vuelvo a oírle otra vez
cantando Eye of the Tiger, me largo. De verdad.
—Venga, hombre —dijo Þóra—. Ya queda poco. Déjame hablar un
momentito con Sóley, cariño. —No se atrevía a decir nada en favor del karaoke
de su padre.
—Habla con ella pero no te alargues mucho. Tengo que llamar a Sigga. Antes
se puso el teléfono en la barriga para que el niño me mandara un SMS con sus
pataditas.
—¿Ah, sí? —dijo Þóra, que y a no se asombraba por nada—. ¿Y qué escribió?
—jt —respondió Gy lfi orgulloso. Le pasó el teléfono a su hermana sin más
preámbulos, y una vocecita gritó:
—¡Mami, hola, mami!
—Hola, ratoncito —saludó Þóra—. ¿Te lo pasas bien?
—Sí, sí, muy bien. Pero tengo ganas de estar en casa contigo. Papá y Gy lfi
siempre están peleándose.
—Ya queda poco, cariño. Tengo muchísimas ganas de que volvamos a estar
juntos los tres. Dile hola a tu padre de mi parte, nos vemos mañana. —Þóra se
despidió. Cerró el teléfono y se lo pasó a Matthew.
—No entendí ni una palabra —dijo éste, volviendo a meter el teléfono en el
bolsillo de la americana—. ¿Piensas hablarme en islandés luego? ¿En la cama?
—Claro que sí, corderito mío —dijo Þóra lo más cariñosamente que pudo, y
levantó un pie del suelo para ponerlo en un lugar mucho más cálido. El vino
blanco estaba empezando a hacerle efecto—. ¿No te alegras, al menos, de que no
lleve zapatos de tacón?
***
Rósa estaba junto a la cocina colando café al estilo antiguo. No necesitaba
estar muy pendiente y dejó vagar sus pensamientos, pero, por desgracia, su
mente iba demasiado rápido y lo único que consiguió fue desencadenar ideas aún
más negras sobre todas las cosas que ella no podía cambiar. Hizo un esfuerzo por
pensar en su corderito, Stubbur, y lo fuerte que había chupado el biberón aquella
mañana, pero aquella tierna visión se disipó enseguida. En su lugar, se interpuso
el recuerdo de la vuelta a casa de Bergur la noche anterior, y el gesto que tenía
cuando le habló del cadáver que había encontrado en la play a. Ella intentó alejar
aquella imagen, obligándose a pensar en la inminente visita de su hermano.
Seguramente, serviría para alegrar la vida doméstica, porque era un hombre
muy simpático y siempre estaba de broma. No cabía la menor duda de que les
vendría estupendamente, la casa era tan silenciosa que los desconocidos debían
de pensar que ella y su marido eran mudos. Sonrió triste e irónica ante semejante
idea. Como si por allí pasara algún desconocido. A aquella casa no iban ni
siquiera los conocidos. Sólo a los parientes más próximos se les pasaba por la
cabeza ir de visita. Era lógico. La gente no visitaba un lugar donde incluso las
plantas de las macetas se habían vuelto tan tristonas como ellos dos.
Rósa suspiró. No tenía ni una amiga íntima a la que recurrir cuando
necesitaba consejo. Bergur era desdichado porque vivía con ella y no la quería.
Y ella también era desdichada porque vivía con él y le quería, sin que su amor se
viera correspondido. No sabía exactamente cuándo había dejado de quererla, si
hubiera podido hablarse de amor alguna vez, pero recordaba bien cuándo
empezó a quererle ella a él. El día en que se conocieron. Aún podía recordar lo
guapo que era y tan distinto a los demás jóvenes que había tratado hasta
entonces. Había llegado a la comarca para ay udar en los trabajos de primavera
en las granjas, y en un abrir y cerrar de ojos la había embrujado hasta la
médula. Trabajaron juntos, ensangrentados hasta los codos en la época de
nacimiento de los corderos, y su fascinación fue creciendo a medida que
descubría, a lo largo de sus conversaciones, lo culto que era el joven y cuánto
sabía de todo. Además, él hablaba con mucho más cuidado que el resto de la
gente, y seguía haciéndolo. Aquello le daba un cierto aire cosmopolita, aunque
nunca hubiera puesto un pie fuera de la región. En esa época, y en realidad
todavía hoy, ella se sentía como una palurda a su lado. Siempre había sabido que
no le llegaba a la suela de los zapatos. Llegaría el momento en que se marcharía,
y aquello la llenaba de una tristeza y un pesar que contribuían a asfixiar aún más
su relación. ¿Qué fue primero, el huevo, o la gallina?
Uf. Se estremeció ligeramente y se maldijo a sí misma por su cobardía y su
autocompasión. Notó el aroma del café ascender hasta su nariz y sólo con ello se
sintió mejor. Quizá vinieran tiempos mejores, con las flores llenando los prados.
Fue a buscar el bizcocho y un cuchillo para cortarlo. Bergur estaba a punto de
llegar y quería tenerlo todo dispuesto para cuando apareciera en casa, cansado
de las labores de la tarde. Estaba arreglando el techo del granero, que estaba
lleno de goteras, y ella sabía perfectamente que aquel trabajo no le gustaba nada
y le resultaba muy difícil. Estaba claro que no era precisamente un manitas.
Pero a ella le daba igual. No era su destreza en el trabajo lo que la atraía de él.
Había echado a cocer la última morcilla congelada que quedaba del otoño
anterior, y unas patatas. Pensándolo bien, no era una cena excesivamente
apetecible, y por eso se le ocurrió alegrar un poco la existencia ofreciéndole a su
marido un bizcocho. Miró el puchero y vio que el hervor estaba subiendo. De
pronto, una lágrima empezó a correr por su rostro. Maldita zorra del demonio. Se
secó la lágrima, sorbió por la nariz y blandió el cuchillo. Maldita zorra del
demonio. Él pertenecía a otra, ¿eso no significaba nada para ella? La tapa del
puchero tintineó, y Rósa dio un respingo. Sonrió brevemente al tiempo que la
levantaba y bajaba el fuego.
Maldita zorra del demonio muerta. Muerta, muerta, zorra muerta. Rósa
recuperó el buen humor y amenazó al bizcocho con el cuchillo. Muerta, y muy
pronto enterrada. Ella no había oído de nadie que abandonara a su esposa por una
zorra muerta.
***
Matthew se sentó en la cama. Estaba sediento y se preguntó si había sido la
sed lo que le había despertado, o algo procedente del exterior. Sonrió para sí ante
aquella tontería cuando se dio cuenta que desde el otro lado de la ventana abierta
no llegaba otra cosa que silencio. Bostezó y se levantó con todo cuidado para no
despertar a Þóra. Le resultó un tanto complicado, porque ella había conseguido,
de una forma admirable, ocupar tanto espacio en la cama que él se las vio y se
las deseó para no caer encima de ella al salir. Fue al baño y dejó correr el agua
mientras sostenía un vaso. Lo había puesto debajo del chorro cuando llegó a sus
oídos un sonido extraño. Cerró el grifo inmediatamente y aguzó el oído. Era el
llanto lastimero de un niño. Matthew salió receloso del baño e intentó identificar
la procedencia del sonido. Éste cesó de pronto y él levantó las cejas, extrañado.
Quizá en el hotel había huéspedes con un niño que no podía dormir. Tenía que ser
eso. Sonrió por su sandez y fue hacia la ventana para cerrarla mejor. Þóra
prefería tenerla abierta de par en par, pero la habitación se había quedado y a
bastante fría. No estaba habituado a dormir con tanto frío.
Cuando estaba colocando el cierre de la ventana, el llanto volvió a comenzar.
Ahora no cabía duda de que llegaba de fuera. Matthew abrió más la cortina y
observó atentamente la clara noche. No vio nada y el ruido cesó otra vez, tan de
repente como la primera vez. Esperó largo rato junto a la ventana por si volvía a
oírse, pero no sucedió nada y finalmente regresó a la cama, tan seguro de que
había oído un llanto como de que ese llanto no procedía de ningún niño del más
allá.
Capítulo 12

Los dos japoneses, padre e hijo, eran tan exageradamente corteses que Þóra
se sintió como un camionero borracho en su presencia. Hizo todo lo posible por
comportarse debidamente, habló despacio, se movió sin brusquedades y evitó
gestos y muecas, pero no lo consiguió. Matthew seguramente lo haría mejor, y
Þóra empezó a sospechar que su experiencia en el banco alemán podría venir
estupendamente. De modo que hizo una pausa en la conversación y dejó que
fuera él quien hablara con los japoneses. Les habían abordado a la entrada del
hotel cuando volvían del breve paseo que, según Vigdís, acostumbraban a dar
todas las mañanas. Ahora estaban sentados en unas sillas de madera instaladas
delante del hotel, gozando del excepcional sol.
—¿De modo que no la conocían? —preguntó Matthew en voz baja pero clara.
Aún estaba un poco molesto con Þóra por haber reaccionado con una burlona
sonrisita de conmiseración ante la historia del llanto del niño aquella noche,
añadiendo que debía de haberlo soñado.
El hijo tradujo las palabras de Matthew al japonés para su padre. Luego se
volvió de nuevo hacia ellos.
—No, lo sentimos. No sabemos bien a quién se refieren.
—Era arquitecta, trabajaba para el dueño del hotel. Una mujer joven, de
cabello oscuro —añadió Matthew.
El hombre may or puso una delgada mano sobre el hombro de su hijo y dijo
algo incomprensible. El hijo escuchó con gesto de conformidad, y luego asintió
con la cabeza. Su mirada se trasladó del padre a Matthew.
—Es posible que mi padre hay a visto a la mujer de que hablan. Estaba aquí
mismo, en las dependencias del hotel charlando con un hombre en silla de ruedas
y una muchacha joven. Dice que la mujer sostenía en la mano unos dibujos y
que se los estaba mostrando. ¿Es posible que sea ella?
Matthew miró a Þóra y puso gesto interrogante.
—¿Tenía ella relación con alguien en silla de ruedas?
Þóra sacudió la cabeza.
—No, que y o sepa.
Matthew le pidió al hijo que preguntara a su padre si sabía de qué personas se
trataba.
Se produjo un nuevo intercambio de palabras entre padre e hijo, que este
tradujo enseguida para Matthew y Þóra.
—No, mi padre no conocía a esas personas pero había visto a la mujer antes
en el hotel, y a los jóvenes en el sendero. —Inclinó la cabeza ligeramente antes
de continuar—. Mi padre dice que prestó cierta atención a la joven pareja por la
especial amabilidad que mostraba la muchacha hacia el inválido. Por lo demás,
no sabe nada de esas personas, ni tampoco de la arquitecta. Yo personalmente
nunca me encontré con esa mujer, de modo que no puedo ay udarles.
Matthew y Þóra se miraron brevemente. No había motivo para seguir
importunando a aquellas personas, y se dispusieron a levantarse.
—Señor Takahashi, muchísimas gracias por su amabilidad —agradeció
Matthew inclinando la cabeza. Þóra le imitó—. Esperamos que su estancia aquí
sea placentera.
—Muchas gracias —respondió el hijo, poniéndose en pie. Ay udó a levantarse
a su padre convaleciente—. Este lugar es agradable. Mi padre ha estado
enfermo, pero el aire fresco le fortalece.
—Espero que se mejore —intervino Þóra, dedicando una de sus sonrisas al
anciano. Éste se la devolvió y se despidieron. Cuando estuvieron y a dentro del
hotel, Þóra se volvió hacia Matthew—. Desgraciadamente, no hemos sacado
mucho en claro.
Matthew se encogió de hombros.
—¿No esperarías que supieran quién es el asesino? —Frunció el ceño—. Pero
sí que me parece extraño que el hijo afirmara no tener ni idea de quién era Birna
hasta que el padre dijo que la había visto. ¿Recuerdas lo que dijo Vigdís sobre los
japoneses? Que el hijo seguía a su padre como una sombra. ¿Dónde estaba
cuando el padre vio a la arquitecta y a la pareja de jóvenes?
—A lo mejor, el padre los vio por la ventana —respondió Þóra—. El hijo nos
lo habría dicho si la recordara. ¿Por qué no iba a hacerlo?
—No lo sé —replicó Matthew pensativo—. Pero es curioso todo lo que
hablaron padre e hijo en comparación con la brevedad de las respuestas en la
traducción del hijo. También me pareció extraño que no preguntaran por qué nos
interesamos por Birna.
—¿No tendrá algo que ver con las normas de cortesía en Japón? A lo mejor,
curiosear y robar son dos cosas igual de mal consideradas en ese país. —Þóra
tenía hambre y miró el reloj que colgaba en la pared por encima de ellos—. Ven.
Vamos a comer algo antes de que retiren el desay uno.
Matthew la miró extrañado, y luego miró su propio reloj de pulsera.
—No cerrarán el comedor a las ocho, ¿verdad?
—Ven —dijo Þóra, moviéndose impaciente—. Me moriré si no me tomo un
café. Además, allí habrá algunos huéspedes más con los que podemos hablar. —
Se habían levantado tempranísimo, con la esperanza de ver a todos los clientes
posibles antes de que se fueran.
—No quiero que te mueras —dijo Matthew, siguiéndola—. Aunque no hay as
creído lo del llanto.
—Uuuh —bromeó Þóra con voz cavernosa—. Fantasma… uuuh. —Se rió del
agrio gesto de Matthew—. No te pongas así. Estaremos mucho mejor después de
desay unar.
En el comedor sólo había tres mesas ocupadas. Un matrimonio may or, que
Þóra no había visto hasta entonces, estaba sentado en una de ellas, en la otra se
encontraba Magnús Baldvinsson, el viejo político del que había hablado Jónas, y
en la tercera estaba un hombre joven enfrascado en sus pensamientos. Estaba
bronceado y parecía una persona acomodada, pero sus ropas juveniles trataban
de ocultarlo. Þóra decidió hablar primero con el joven. Le dio un codazo a
Matthew y le dijo en voz baja sin que se notara mucho:
—Ése debe de ser, seguramente, el del kay ak, Þröstur Laufey jarson, el que
según Jónas bien podría estar relacionado con la muerte de Birna. ¿Ves lo
enfadado que está? Vamos a sentarnos a una mesa al lado de la suy a. —Se
acercaron al mostrador y Þóra colocó algo al azar en su plato. Se sintió molesta
de que Matthew pareciera tener intención de tomarse el tiempo necesario para
examinar todo lo que había en el bufé, pasando lentamente por delante de los
alimentos expuestos. Þóra volvió a darle otro codazo—. Rápido. No puede
marcharse antes de que nos sentemos nosotros. —Matthew la miró frustrado,
pero sin pensárselo más agarró un y ogur. Se dirigieron hacia la mesa que estaba
justo al lado de la del piragüista. Þóra le sonrió cuando se estaban sentando—.
Buenos días, un tiempo estupendo.
El hombre no la miró, ni pareció darse cuenta de que se estaba dirigiendo a
él. Bostezó y tomó un sorbo de zumo de naranja. Þóra volvió a intentarlo.
—Perdona —dijo en voz alta para que no cupiese duda alguna de que dirigía
sus palabras a alguien que no era su compañero de mesa—. ¿Sabes si se pueden
alquilar barcas por aquí cerca? Estábamos pensando en alquilar una. O un kay ak.
El hombre tragó el zumo y miró extrañado a Þóra.
—Perdona, ¿me hablabas a mí? Desgraciadamente, no comprendo el
islandés.
—Oh. —Þóra se quedó confusa. Evidentemente no se trataba de Þröstur
Laufey jarson. Sonrió para disculparse—. Lo siento, creía que eras otra persona.
—Intentó hilar algún otro tema de conversación para no perder a aquel hombre
—. ¿Has llegado hace poco?
Él sacudió la cabeza.
—No, llevo aquí un tiempo, aunque con interrupciones, pues he estado
viajando.
Þóra fingió interés por sus viajes, intentando parecer natural.
—¿Y por dónde has estado? Aquí hay mucho que ver.
El hombre pareció alegrarse de tener compañía. Se giró un poco en la silla
para ver mejor a Þóra y Matthew.
—Principalmente por Vestfjörður. Trabajo para una revista de viajes que
trata de destinos interesantes y cosas similares.
—No parece un trabajo aburrido —comentó Þóra, bebiendo el primer sorbo
de café. No recordaba cómo se llamaba aquel hombre, pero tenía que tratarse
del fotógrafo que Jónas había reconocido en la lista de clientes.
El joven se rió.
—Bueno, puede resultar cansado, como todo. Soy fotógrafo y mis días se me
hacen a veces de lo más largos y difíciles.
Þóra extendió la mano derecha.
—Pero qué torpe soy. Me llamo Þóra. —Señaló a Matthew con una
inclinación de cabeza—. Y éste es Matthew, de Alemania.
El joven se levantó un poco para saludar.
—Hola. Yo me llamo Robin. Robin Kohman. De Estados Unidos.
Þóra fingió un auténtico gesto de curiosidad.
—Oy e, espera, ¿puede ser que te hay a visto con Birna?
Robin se encogió de hombros.
—¿Con Birna?
—Sí, con Birna, la arquitecta que vivía aquí… —Se le quedó mirando
esperanzada.
—Ah sí, Birna, la arquitecta —dijo Robin contento. Pronunció el nombre de
forma completamente diferente a como lo había hecho Þóra—. Sí, claro que la
conozco, sólo que no entendí el nombre cuando lo dijiste. Soy totalmente incapaz
de pronunciarlo bien. Todas esas palabras vuestras suenan igual. —Robin se tomó
el último sorbo de zumo y se secó los labios con la servilleta—. Sí, nos
conocemos. Me encargó que le hiciera algunas fotos, y me indicó algunos sitios
de los alrededores en donde podría encontrar material interesante para mis
fotografías.
—¿Recuerdas cuándo la viste por última vez? —preguntó Matthew. Aún no
había tenido ocasión de abrir el y ogur.
Robin reflexionó un momento.
—Bueno, hace varios días. ¿Pasa algo?
—No, creo que no —mintió Þóra—. Sólo que queríamos verla. —Vio por el
rabillo del ojo que Magnús Baldvinsson se levantaba y salía.
—Si os tropezáis con ella, decidle por favor que aún tengo sus fotos. —Robin
se puso en pie.
—Lo haremos, si se da el caso —dijo Matthew con una sonrisa ambigua.
Cuando Robin se hubo marchado, levantó el y ogur en el aire y lo blandió ante el
rostro de Þóra—. ¿Ahora y a puedo ir a buscar algo decente para comer?
***
Magnús Baldvinsson iba por el terreno del hotel en busca de un lugar donde
hubiese buena cobertura para el móvil. Desde su habitación era imposible
intentar conectar, y no quería charlar por el teléfono delante de extraños en el
pasillo o el comedor, donde sabía que también era mala la cobertura. Estuvo a
punto de caer dos veces a causa de las piedras sueltas. Era difícil tener la mirada
puesta a la vez en la pantalla del teléfono y en el suelo. Respiró más aliviado
cuando el móvil mostró que había cobertura, y se apresuró a marcar el número
de casa. Estaba en el aparcamiento y suponía que enseguida empezaría a
aparecer gente. Esperó impaciente mientras sonaban las llamadas. Por fin hubo
respuesta.
—Mi querida Fríða. ¿Te he despertado?
—¿Magnús? ¿Pero qué hora es? —La esposa de Magnús acompañó sus
palabras con un sonoro bostezo.
—Son las ocho, más o menos —respondió él, molesto.
—¿Pasa algo? —preguntó Fríða preocupada. El sueño había desaparecido de
su voz.
—No, nada. Sólo quería decirte que voy a quedarme aquí algunos días más.
—Magnús vio que se abría la puerta del hotel, y salía un hombre joven en
chándal. Respiró tranquilo al ver que se dirigía hacia la play a en vez de al
aparcamiento—. Por aquí hay unas personas preguntando por Birna.
—¿Preguntando? ¿Qué es lo que están preguntando? ¿Han hablado contigo? —
Fríða habría seguido bombardeándole a preguntas si Magnús no la hubiera
interrumpido. Casi se palpaba la angustia en la voz de la mujer.
—Fríða, estate tranquila. —Respiró hondo e hizo un esfuerzo por no perder el
control. A medida que pasaban los años, Fríða se iba haciendo cada vez más débil
de los nervios, y no era necesario un crimen para desequilibrarla. Pensándolo
bien, la verdad es que había reaccionado increíblemente bien, cuando tuvo que
enfrentarse a algo realmente serio—. No sé lo que anda husmeando esa gente,
aún no han venido a hablar conmigo. Llamaba solamente para decirte que pienso
quedarme un poco más aquí. Si echo a correr, puede resultar de lo más
sospechoso. La policía ha venido dos veces y estoy esperando a que vengan a
hablar conmigo de un momento a otro. —Suspiró—. Supongo que querrán hablar
con todos los que estaban aquí.
Fríða calló un momento y luego volvió a tomar la palabra con voz más suave.
—Ha llamado Baldvin.
—¿Y qué quería? —preguntó Magnús. No podía evitar sentirse henchido de
orgullo cada vez que oía el nombre de su nieto. Estaba seguro de que su abuelo
había sentido algo parecido cuando él era joven. Para rematar, se parecían como
dos gotas de agua, y un periodista había publicado incluso una foto de Magnús
joven en una entrevista que le hicieron a Baldvin, para poner de relieve el gran
parecido que existía entre los dos. Magnús sonrió para sí, ahora y a sería difícil
que alguien los confundiera, él era un viejo y Baldvin un apuesto joven.
—Preguntó por ti. Quería saber cuándo volvías a casa —respondió Fríða—.
Creo que tiene intención de ir por ahí.
—¡No! —exclamó Magnús enfadado—. Bajo ninguna circunstancia debe
venir aquí. Eso sólo serviría para empeorar las cosas. Hubiera sido mejor que se
hubiera quedado en casa el otro día en vez de pretender echarme una mano.
—Sus intenciones son buenas —respondió la esposa—. Quizá no tenga
importancia. Si esa Birna hubiese hablado con alguien, y a lo habrías sabido. Tal
vez todo hay a muerto con ella. —La mujer suspiró—. ¿No será mejor dejar las
cosas como están?
Magnús dejó escapar un débil suspiro.
—De eso no podemos estar seguros, Fríða. He invertido y a demasiado como
para detenerme ahora en los últimos metros. Y no digamos Baldvin. Yo seguiré
aquí y veré por dónde sopla el viento. En los próximos días, esto se aclarará. No
puede ser de otro modo.
—¿Quieres que vay a y o? ¿Te has llevado medicinas suficientes? —Fríða
estaba a punto de perder el control.
—No vengas. De ninguna manera. Y por todos los dioses, deten a Baldvin
para que no vuelva a entrometerse. —Magnús respiró hondo—. Mi querida Fríða,
la cobertura es muy mala aquí y no creo que consigas contactar conmigo por el
móvil. Pero no me llames tampoco al teléfono del hotel. Nunca se sabe quién
está escuchando. Yo me encargaré de contactar contigo.
Cortó la conversación. Miró a su alrededor, hacia la bella línea de la costa, y
se dio la vuelta para contemplar las montañas al norte. Albergaba la esperanza de
sentirse lleno de felicidad y paz, pero no fue así. Una ira de profundas raíces se
inflamó de repente en su interior. Con sus intrigas y su infamia, Birna había
destruido lo que él más amaba: las tierras de su infancia. Ahora no sentía más
que ansiedad. Ya era demasiado viejo para dominar el miedo, y su confianza en
sí mismo había desaparecido. Aquello acabaría mal. Para él y para Baldvin. La
ira fue diluy éndose, para dejar paso a una enorme tristeza. Quizá Birna había
sido la raíz del problema, y su asesinato marcara el principio del fin. Pero si
miraba las cosas realmente a fondo, él era el único que tenía la culpa.
Una vez había leído que las sombras de los viejos pecados son infinitas, que
uno no puede esconderse de ellas. Debería haberlo pensado bien en su momento.
Capítulo 13

Desde su asiento tras del mostrador de recepción, Vigdís siguió con la vista a
Þóra y Matthew, que caminaban en dirección al despacho de Jónas. Pensó si
debía informarles de que Jónas no estaba, pero decidió no hacerlo. Ya se darían
cuenta ellos solos. Se volvió hacia la pantalla del ordenador y se puso de nuevo a
leer las noticias en la red. En realidad, los artículos que leía tenían poco de
noticias propiamente dichas, pero Vigdís hacía mucho que había dejado de
interesarse por las cuestiones de Oriente Próximo, la política, las tonterías de la
inflación y ese tipo de cosas que ocupaban la may or parte del tiempo de los
periodistas. Esa clase de informaciones eran una especie de círculo vicioso sin
fin, mientras que las noticias que leía Vigdís era diáfanas y tenían principio y fin.
Siempre estaba claro quién era el malo y quién el bueno, e iban acompañadas de
fotografías que resultaba entretenido mirar. Y estaban centradas, sobre todo, en
los ricos y famosos. Fue ley endo emocionada una pantalla tras otra y se enteró,
sin ningún género de duda, de que Nicole Ritchie y Keira Knightly tenían
anorexia. Estudió a fondo la fotografía ampliada de las costillas de las dos, que
asomaban por el escote de sus vestidos de noche. Vigdís sacudió la cabeza con
gesto entristecido.
—Perdona —se oy ó, y aquello la desvió durante un rato de su preocupación
por la salud de las jóvenes actrices.
La recepcionista levantó la mirada.
—¿Sabes algo de Jónas? —preguntó Þóra.
Vigdís cerró la ventana del ordenador para que la pantalla mostrara las
reservas.
—Jónas hizo una escapada a la capital. Estará de vuelta por la tarde. —Puso
un gesto servicial—. ¿Puedo ay udaros?
Þóra miró a Matthew y luego de nuevo a Vigdís.
—Sólo queríamos saber si estaban aquí algunas personas. Estamos intentando
contactar con todos los que pudieran conocer a Birna. El piragüista, por ejemplo.
—¿Prostur Laufey jarson? —preguntó Vigdís, que tenía gran facilidad para
recordar nombres. Era una aptitud de la que hacía gala en su trabajo en la
recepción, y una de las razones por las que Jónas estaba tan satisfecho con ella.
Además, Vigdís conocía estupendamente la red informática, así que Jónas ni se
planteaba cambiarla de puesto de trabajo.
—Sí, justo —respondió Þóra—. ¿Está ahora en el hotel?
—No, siempre sale muy temprano a entrenar. Y vi el kay ak en la play a de
abajo ay er por la tarde. Quizá esté remando en esa zona. Si el kay ak no está en el
pequeño embarcadero, es que está en el mar. Siempre lo deja ahí.
Þóra le tradujo a Matthew lo que había dicho y decidieron bajar a la play a
con la esperanza de encontrar a Pröstur. Antes de salir, Þóra se volvió hacia
Vigdís.
—¿Y a Magnús Baldvinsson? ¿Lo has visto?
Vigdís se encogió de hombros.
—No sé adónde ha ido. Hace poco estaba dando vueltas por aquí. No suele ir
muy lejos. Sale a pasear, pero nunca pasa fuera más de una hora. Ya es bastante
may or.
—¿Es viudo? —preguntó Þóra—. Jónas dijo que había venido él solo.
—No, creo que no —respondió Vigdís—. Su esposa le ha llamado varias
veces.
—Qué raro que no le acompañara.
—A lo mejor está enferma —señaló Vigdís—. O no puede salir de casa por
alguna razón.
—Quizá nos encontremos con él en cualquier sitio, más tarde —dijo Þóra.
Vigdís asintió con un gesto que delataba que sabía más de lo que había dicho.
—Sí, no dejéis de intentarlo.
—¿Por qué? —preguntó.
—Bueno, por nada. El conocía a Birna —respondió Vigdís. Dejó pasar un
momento de silencio antes de añadir—: O creo que la conocía. Por lo menos, al
registrarse preguntó expresamente por ella.
—¿Ah, sí? —preguntó Þóra extrañada. Jónas no había mencionado ninguna
relación entre Magnús y Birna—. ¿Sabes de qué se conocían?
Vigdís sacudió la cabeza.
—Ni idea. En realidad, no sé nada de nada. Él preguntó por ella y y o le
contesté. Nunca vi que hablaran ni nada por el estilo. Pero él no volvió a
preguntar por ella, y ella nunca preguntó por él.
***
Þröstur Laufey jarson colocó el remo de doble pala sobre el kay ak y miró el
cronómetro que rodeaba su muñeca. Aunque llevaba y a un buen rato de
entrenamiento, aún no le apetecía volver. El bote se mecía tranquilamente en el
mar mientras él pensaba en cómo mejorar el plan de entrenamiento, que no
parecía dar los resultados apetecidos. Respiró hondo y dejó escapar un pesado
suspiro. Tenía que reconocer que el entrenamiento no marchaba bien, no
conseguía aprovechar al máximo su potencial. El pequeño gimnasio del hotel no
tenía mucho que ofrecer y eso hacía difícil mantener la masa corpóral en el
nivel óptimo, y mucho menos aumentarla. Þröstur giró los hombros haciendo tres
círculos para disolver la tensión y notó que una gota de sudor le bajaba por la
espalda, por dentro del traje de neopreno. La idea de una ducha caliente, e
incluso un masaje a continuación, fue suficiente para hacerle llevar el kay ak
tranquilamente hacia la orilla. Aún tenía tiempo. Volvería después del mediodía y
lo aprovecharía mejor.
Cuando la proa del kay ak se dirigió hacia el hotel, vaciló un momento antes de
mover el remo. Aflojó un poco la presión sobre éste y aguzó la vista. ¿Quiénes
eran aquellas personas que estaban en la play a? Era evidente que le estaban
haciendo señas; suspiró. Turistas. No había nada más fastidioso que los turistas y
sus estúpidas preguntas: ¿Cazas ballenas con eso? ¿Has ido a remo hasta
Groenlandia? Consideró la situación. ¿Iba a dejarse atrapar por aquellos
imbéciles, o sería mejor desembarcar en otro sitio? Así le dejarían en paz,
aunque tardaría mucho más en llegar al hotel. Se humedeció los labios resecos y
notó un fuerte sabor a sal en la lengua. Aquella gente seguía saludando con la
mano, más enérgicamente incluso que antes, y Pröstur tuvo la sensación de que
conocía a la mujer, una huésped del hotel, recién llegada. Ojalá no fuera la que
estaba preguntando por la arquitecta en la recepción cuando pasó por allí el día
anterior. No tenía ninguna gana de charlar con ella. En absoluto. Era imposible
adivinar qué clase de preguntas se le iban a ocurrir. Dio la vuelta al kay ak con
toda tranquilidad. Antes de empezar a remar con fuerza, miró sin querer el remo,
como si esperase verlo todavía manchado de sangre. Naturalmente, ésta había
desaparecido. Él mismo la había quitado, y lo había hecho a conciencia. Se alejó
remando vigorosamente.
***
—¿Qué pasa? —gritó Þóra hacia el mar cuando el kay ak dio repentinamente
la vuelta y se alejó con rapidez impulsado por el remo. Había hecho todo lo
posible por llamar la atención del deportista, pero tuvo que bajar el brazo—. Nos
ha visto con toda claridad. ¿Qué le pasa?
Matthew se puso una mano sobre la frente y siguió con la mirada el decidido
recorrido de ía embarcación hacia el oeste, a lo largo de la play a.
—Sí, claro que nos ha visto. O su entrenamiento le deja poco tiempo para
hablar con nosotros, o simplemente lo ha hecho para evitarnos. —El kay ak
desapareció de su vista detrás de unas rocas y Matthew se volvió hacia Þóra—.
Creo que no ha querido hablar con nosotros. A lo mejor es muy tímido.
—¿Nos quedamos por aquí a esperarle? —preguntó Þóra, ansiosa por hablar
con aquel tipo fastidioso lo antes posible. Jónas podía tener muchos defectos, pero
era bastante intuitivo con las personas, y Pröstur le había parecido sospechoso—.
Me parece evidente que esconde algo, o no tendría problema para hablar con
nosotros.
—No del todo —repuso Matthew—. A lo mejor sencillamente está cansado y
no tiene ganas de charlar. No creo que pueda saber qué queremos de él. ¿Qué tal
si volvemos? Ya le veremos luego. Venga, vamos a buscar al anciano, a ese tal
Magnús.
Þóra tenía que reconocer que era un plan mucho más razonable que quedarse
en la play a por si acaso, de modo que regresaron al hotel. Vigdís les dijo que no
había visto a Magnús, pero que posiblemente estaría en su habitación, así que se
dirigieron al piso de arriba.
—Yo hablaré —dijo Þóra en voz baja mientras llamaba a la puerta con
decisión. Oy eron movimiento en el interior—. Es tan may or que no estoy segura
de que pueda manejarse bien en otros idiomas que no sean el islandés y quizá el
danés. —Se abrió una rendija en la puerta y por ella asomó Magnús Baldvinsson
—. Buenos días, Magnús, me llamo Þóra y éste es Matthew. ¿Podríamos hablar
con usted un momentito?
—¿Por qué? —respondió él con voz ronca—. Quiero decir, ¿quiénes son
ustedes?
—Perdone, y o soy la abogada de Jónas, el propietario del hotel, y éste es mi
ay udante. —Þóra reprimió su deseo de meter el pie en el umbral para obligarle a
dejar la puerta abierta—. Sólo le robaremos unos minutos. Quizá pueda
ay udarnos usted un poco.
La rendija se hizo más pequeña pero luego Magnús abrió la puerta del todo.
—Pasen. Están en su casa.
—Muchas gracias —dijo Þóra, sentándose—. No le entretendremos mucho.
Magnús la miró rígido.
—No tengo mucho que hacer, de modo que no tiene que preocuparse. La
experiencia me ha enseñado que el tiempo sólo se considera valioso cuando uno
es joven. Ya se darán cuenta ustedes mismos.
—No estoy del todo segura de estar de acuerdo con ese proverbio —replicó
Þóra cortésmente—. Pero desearíamos hablar un poco con usted sobre Birna, la
arquitecta, que fue encontrada muerta en la play a. —Observó con atención la
posible reacción de Magnús.
—Sí, me he enterado. Espantoso —dijo Magnús sin mostrar gran emoción—.
Me dijeron que con casi total seguridad se trata de un crimen, lo que lo hace aún
más doloroso.
—Sí, eso parece —dijo Þóra a Magnús con una sonrisa—. Estamos intentando
averiguar quiénes podrían desear su muerte.
—¿Y creen que y o soy uno de ellos? —preguntó Magnús secamente.
—No, de ninguna manera —se apresuró a responder Þóra—. Tenemos
entendido que usted la conocía, y confiábamos en que a lo mejor podía saber
algo que nos sirviera de ay uda.
—¿Qué y o la conocía? —dijo Magnús extrañado, aunque sin poder disimular
del todo su enfado—. ¿Quién ha dicho que la conocía? No es cierto.
—Conocerla es quizá un término excesivo —explicó Þóra—. Tengo entendido
que preguntó por ella en la recepción. Creí que lo había hecho porque la conocía.
Magnús guardó silencio un momento.
—Pues no lo recuerdo, aunque mi memoria y a no está para muchos trotes. Si
pregunté por ella tuvo que ser porque había visto su nombre en alguna lista en el
mostrador, por ejemplo. Mi mujer y y o estamos buscando un arquitecto, y a lo
mejor el nombre hizo sonar alguna campanita en mi cabeza. Recuerdo muy
vagamente algo así, pero no estoy nada seguro de que ésa sea la explicación. ¿No
podría ser que la recepcionista se refiriese a otra persona?
Þóra se dio cuenta de que estaba mintiendo. Trató de calcular su edad, y llegó
a la conclusión de que no podía tener menos de ochenta años. ¿Desde cuando una
pareja de más de ochenta años se pone a buscar un arquitecto? Sus padres
acababan de cumplir los sesenta y la simple idea de cambiar de coche se les
hacía tremendamente cuesta arriba, así que ni hablar de un proy ecto de
construcción.
—¿Piensan construir? —preguntó.
—¿Cómo? No, no —respondió Magnús con cierta vacilación—. Tenemos una
vieja residencia de verano en Pingvallavatn que querríamos transformar en casa
de reposo. Necesitamos asesoramiento. —Miró a Þóra con cara inexpresiva—.
No ha habido forma de encontrar un arquitecto. Vivimos y a en un tiempo de
cuenta atrás.
—Supongo que no habrá venido aquí con idea de buscar un arquitecto —
preguntó Þóra, decidida a no dejar escapar tan fácilmente al anciano.
Magnús la miró con gesto cansado.
—No, naturalmente que no. El motivo de mi estancia aquí no es de su
incumbencia, y preferiría concluir esta conversación ahora mismo. —Guardó
silencio, a la espera de su reacción. Ellos siguieron sentados, con gesto
inexpresivo, Matthew porque no entendía ni una sola palabra, y Þóra porque no
quería asustar más al buen hombre. Cuando vio con claridad que no pensaban
decir nada, Magnús volvió a tomar la palabra. Parecía que se le había pasado un
poco el enfado—. Aunque, a decir verdad, sí que puedo decirles por qué estoy
aquí. A lo mejor con eso me dejan en paz. Si no, pensarían que tengo algo que
ocultar, y no hay nada más lejos de la realidad.
—No, por supuesto que no pensamos tal cosa —dijo Þóra con cordialidad—.
Simplemente estamos intentando averiguar lo que pasó. Nada más. —Le sonrió
—. Perdónenos si parecemos demasiado insistentes o acusadores, no era ésa
nuestra intención. Sólo estamos intentando hacernos una composición de lugar
sobre lo sucedido. Es lo único que nos interesa.
—Eso es lo que usted dice —repuso Magnús con vacilación—. Pues la
explicación consiste en que he estado enfermo y quería descansar un poco. La
experiencia me ha enseñado que la soledad es lo más beneficioso para el alma.
Pero ésta no es fácil de conseguir. La sociedad contemporánea es demasiado
ajetreada.
—¿Pero por qué eligió este hotel? Esta empresa se basa en las terapias de
medicina alternativa y en cuestiones espirituales, y espero no ofenderle diciendo
que ninguna de esas cosas debe de atraer demasiado a una persona de su
generación.
Magnús sonrió por primera vez desde que abrió la puerta.
—Tiene toda la razón. Yo no tengo fe alguna en todo lo que ofrecen aquí. Vine
simplemente porque éstas son las tierras de mi infancia. Crecí en una granja no
muy lejos de aquí. Los lazos que te arrastran a la patria de tus padres son muy
poderosos.
Þóra abrió mucho los ojos.
—¿Ah, sí? ¿Conocía usted a la gente de la granja?
Magnús vaciló un momento.
—Sí, desde luego. ¿Tiene eso alguna importancia?
—Probablemente no. Sólo sé que Birna estaba muy interesada por la historia
de la granja, y creo que eso tiene alguna relación con su muerte. Pero lo cierto
es que no tengo demasiada base para sostener semejante idea.
Magnús palideció.
—¿No es demasiado arriesgado hacer semejantes conjeturas sin
fundamento? —Su voz temblaba ligeramente.
Þóra decidió aparentar que no tenía importancia.
—Claro, claro, sin duda. Pero es estupendo que usted conociera a los
habitantes de este lugar. Tal vez pueda informarme usted sobre la historia. Pero
no me refiero a las historias de fantasmas y apariciones.
Magnús parecía incómodo. Carraspeó como si quisiera recuperar la
compostura.
—No me van mucho los fantasmas, y esa clase de cosas no me ha vuelto a
preocupar desde que era niño. Aquí han circulado historias durante mucho
tiempo, pero para conocerlas será mejor que pregunten a cualquier otro, no a mí.
—Magnús estaba hundido en la silla, pero se estiró antes de continuar—: No soy
historiador, y en mis tiempos no tenía suficiente interés por la genealogía y cosas
similares como para prestar atención a los cuentos de lo que había pasado aquí
con anterioridad. Por eso no creo que pueda decirles demasiado.
—Pero conoció a los propietarios, ¿verdad? Cómo se llamaba… —Þóra
intentó recordar los nombres escritos en la parte de atrás de las fotos que había en
la caja—… Björn algo.
Magnús seguía sentado como una estatua.
—Bjarni. Bjarni Þórólfsson de Kirkjustétt.
—Eso es —exclamo Þóra, contenta—. ¿Y el hermano habitaba la granja de
al lado?
—Sí, Bjarni era hermano de Grímur de Kreppa. —Magnús apretó los labios
—. Grímur tenía título de médico y era may or que Bjarni. Lo que les pasó a los
dos fue lamentable. Pero cada uno tiene su cruz.
—¿Y eso? —Ahora se había despertado la curiosidad de Þóra. Las fotografías
transmitían una cierta imagen de personas golpeadas por el destino, pero Þóra
pensó que se debía a que habían desaparecido en las brumas del tiempo, y que
sus victorias y sus derrotas habían caído y a en el olvido. Era de lo más
desagradable tener ante los ojos, impreso en imágenes, la velocidad con que se
cae en las sombras del olvido. Pero quizá detrás de aquella sensación de inutilidad
había algo más—. ¿A qué se refiere?
Magnús dejó escapar un profundo suspiro.
—El padre de esos dos hermanos fue uno de los armadores más importantes
de la península. Incluso construy ó un par de percheles, con los que salían a
faenar, entonces eran barcos de remo, y ganó bastante dinero. Por supuesto,
nada comparable a lo que se ve hoy día en los grandes accionistas y en esa
nueva generación de banqueros, pero en su tiempo consiguió una posición muy
acomodada. No recuerdo cuántos barcos tenía, pero en todo caso eran muchos.
Era propietario de la factoría en Sty kkishólmur.
—¿Los hermanos continuaron con el negocio de su padre? —preguntó Þóra.
—No —respondió Magnús—. Antes de llegar a adultos, él y a había dejado la
pesca y había invertido en tierras. Adquirió una buena extensión de tierras por
aquí, en el sur de la península. Fue una decisión muy inteligente, pues poco
después la pesca empezó a ir mal. Aparecieron los arrastreros y todas las viejas
empresas desaparecieron.
—¿Sabía que iban a torcerse las cosas? —preguntó Þóra.
—No, no era ningún adivino, si se refiere usted a esto. Sencillamente, no
quería que sus hijos salieran al mar. Había visto perecer a demasiados hombres
jóvenes para desear que sus hijos corrieran la misma suerte. Así que mandó a los
jóvenes a la capital, a estudiar. Grímur era un buen estudiante y se hizo médico,
como y a le dije, pero a Bjarni no le iban mucho los libros. Era un tipo
extraordinariamente alegre y divertido, y también caprichoso. No era tan serio
como el hermano may or. Casi podría decir que es raro encontrar a dos hermanos
tan diferentes. Claro que hay que tener en cuenta que desconozco los detalles
sobre aquellos jóvenes, todo lo supe por mi padre, que nunca mentía y que
tampoco era dado a inventarse historias.
—¿Grímur ejerció como médico en la provincia? —preguntó Þóra.
—Sí, se instaló aquí y construy ó la granja llamada Kreppa. Se dedicaba, en
parte, a la agricultura además de su trabajo como médico, pues éste no le daba
para mantenerse adecuadamente. Aquí vivía poca gente, al igual que ocurre hoy
en día. Así que probó con los trabajos agrícolas como ocupación principal, pero
no le fue del todo bien. Bjarni, en cambio, se consagró totalmente a la granja. Y
le funcionó espléndidamente. De modo que fue enriqueciéndose, con eso y con
sus inversiones.
—¿Y dónde está la desgracia de todo esto? —preguntó Þóra. En conjunto, lo
sucedido parecía bastante positivo.
—La desgracia, sí —dijo Magnús muy serio—. En realidad estaba en los
asuntos del amor, como tantas veces sucede. Bjarni se casó muy joven con una
mujer de excepcional belleza. Aðalheiður, se llamaba. —A Magnús se le puso un
gesto casi de ensoñación—. Yo era un chaval entonces pero nunca la olvidaré.
Quizá por el contraste tan enorme entre ella y este entorno. Era bellísima, alegre
y divertida. También hacendosa. Bjarni la había conocido en Reikiavik, y cuando
se trasladaron aquí, ella no sabía absolutamente nada de las labores de un ama de
casa. Siempre iba vestida como si fuera a asistir a una fiesta. Como es
comprensible, la gente de la comarca no tenía demasiada confianza en ella como
ama de casa, pero las cosas acabaron resultando muy distintas a lo esperado. Se
empeñó en aprender, y lo hizo estupendamente. Con laboriosidad y a costa de
mucho esfuerzo, hizo callar enseguida a los murmuradores, se lo aseguro.
Kristrún, la esposa de Grímur, era completamente distinta. Ella era de aquí,
espléndida trabajadora igual que Aðalheiður, pero de una manera diferente. Ella
cumplía sus obligaciones con total adustez, a conciencia y en silencio, y
Aðalheiður siempre con una sonrisa en los labios, y siempre se echaba a reír de
forma encantadora si algo sucedía como no debía. Se llevaban muy bien con sus
maridos, eso seguro. Bjarni alegre y superficial, Grímur siempre como un cielo
de tormenta.
—¿Aðalheiður murió joven? —preguntó Þóra, recordando que había
desaparecido de las fotos.
—Sí —respondió Magnús con gesto apenado—. Tuvieron una hija, una niña
que bautizaron con el nombre de Guðný. Una chiquita preciosa, la viva imagen
de su madre. Grímur y su mujer habían tenido también una hija poco tiempo
antes, pero murió. Aquella combinación de dolor y felicidad tuvo el efecto de
que se abriera un abismo entre las dos mujeres, la esposa de Grímur acusó a
Aðalheiður de envenenar a su hija, lo que no tenía el mínimo asomo de verdad,
pero la mujer estaba destrozada por el dolor y seguramente fue incapaz de
controlar sus palabras cuando lanzó semejante acusación. Como consecuencia de
todo ello, la relación entre los dos hermanos se enfrió. De modo que habían
dejado de hablarse cuando sobrevinieron las desgracias.
—¿Desgracias? —preguntó Þóra.
—Sí, Aðalheiður murió de una septicemia, y en cuanto a la mujer de Grímur,
todo parece indicar que enloqueció. Durante años, no volvió a saberse de ella, y
quedaron sólo los hermanos, uno convertido en joven viudo con una hija
pequeña, y el otro con una mujer trastornada, y sin hijos. No podían ir a buscar
consuelo uno en el otro por culpa de su orgullo, y cada uno tuvo que bregar con
sus propios demonios. En realidad, Grímur se casó más tarde con Kristrún y
tuvieron otra hija, Málfríði, que nació justo antes de la guerra. La mujer murió
de fiebres puerperales, aunque se dice que se quitó la vida después del
nacimiento, pero Grímur falsificó el certificado de defunción. Lo firmó él
mismo. De todas formas, creo que esas cosas son invenciones sin ningún
fundamento; Kristrún era y a entonces de muy débil constitución, y a las
mujeres, según se van haciendo may ores, se les va haciendo todo cada vez más
difícil, como saben ustedes.
—Ya, claro —dijo Þóra—. ¿Y los hermanos nunca se reconciliaron?
—No, aunque empezó a ver cierto contacto entre las dos casas cuando Bjarni
enfermó.
—¿De tuberculosis? —preguntó Þóra.
—Sí, en efecto —respondió Magnús—. Se encerró, negándose a ir a Reikiavik
para someterse a tratamiento. Murió varios años más tarde. —Magnús respiró
hondo—. Pero no antes de haber contagiado a Guðný, su hija, que le estuvo
cuidando. No pasó mucho tiempo entre la muerte del padre y la de su hija. El
hermano de él se encargó de todo lo necesario durante su enfermedad, pero no
sirvió de nada. Todo habría sido completamente distinto si Bjarni hubiera ido a la
capital para que le curasen allí. —Magnús sacudió su canosa cabeza con gesto
apesadumbrado—. Grímur recogió las cosas poco después y se mudó a Reikiavik
con su hija Málfríði. Heredó de su hermano y por eso no tuvo que vender las
tierras ni otras propiedades que tenían en la península. Aunque no vivió mucho
tiempo, falleció unos años después de instalarse en la capital. Tuvo muchos
problemas psicológicos, más o menos como su esposa.
—¿Y Kristín? —preguntó Þóra. Magnús se puso rígido. Abrió la boca como
para decir algo pero la cerró inmediatamente—. ¿Había alguna Kristín en alguna
de las granjas? —repitió.
Magnús puso un gesto duro.
—No. No hubo ninguna Kristín —carraspeó—. Creo que hemos terminado.
—Pero ¿sabe por casualidad quién de los de estas granjas estuvo relacionado
con el Partido Nacional? —se apresuró a preguntar, antes de que los invitaran a
abandonar la habitación.
—No tengo nada más que añadir a lo que y a he dicho —repuso Magnús
poniéndose en pie. Se tambaleaba sin moverse del sitio, y Þóra temió por un
momento que se fuera a desmay ar, pero recuperó el equilibrio y se quedó tieso,
rígido, señalando con el dedo la puerta de la habitación—. Por favor.
Þóra se dio cuenta de que no serviría de nada gastar más energías en aquel
hombre. Pero ¿qué conexión existía entre los nazis y las cosas que habían pasado
en aquel lugar? ¿O con Kristín? ¿Y quién era, en realidad, aquella Kristín?
Capítulo 14

—Le aconsejo que aplace sus actividades de los próximos días —decía desde
Reikiavik Þórólfur, el comisario, con voz reposada—. Es decir, si tiene intención
de proteger los derechos de su cliente.
—Puf —resopló Þóra—. No sé si podré hacerlo. Tendría que volver a
Reikiavik hoy mismo.
—No, es preferible que no lo haga —dijo Þórólfur secamente—. Quería que
supiera que en los próximos días estaremos en el hotel para tomar declaración a
la gente, sobre todo a los clientes que no podamos localizar más tarde. Puedo
asegurarle que tendremos que hablar bastante con Jónas. Usted se presentó como
su abogada, y por eso queríamos dejar las cosas bien claras. Pero, naturalmente,
puede usted hacer lo que mejor le parezca.
—No me diga —respondió ella malhumorada. Si había algo que la ponía
frenética era que le hablaran en plan condescendiente. Pero, por otra parte, tenía
que mantener buenas relaciones con la policía por el bien de Jónas, así que trató
de dejar a un lado su enfado—. Muchas gracias por proporcionarme la
información. Veré si puedo solucionar el asunto. —Se despidieron y Þóra marcó
el número de Jónas. Naturalmente se trataba del número de Vigdís, la
recepcionista, que le había prestado su móvil al dueño del hotel, pues la policía
seguía teniendo el suy o retenido. Jónas le había dejado a Þóra un teléfono
prehistórico que parecía más bien una cinta de vídeo, en el que ella había metido
su tarjeta SIM. Þóra tenía el presentimiento de que la policía no se daría
demasiada prisa en devolverle su móvil, después de lo sucedido.
Jónas respondió al cabo de varias llamadas, y sonó como si estuviera en un
coche en marcha. Le dijo que la policía tenía intención de hablar con él la
semana siguiente y que tomarían declaración a los huéspedes.
—¿Hablar conmigo? —Jónas sonaba realmente extrañado.
—Sí, contigo —respondió Þóra—. ¿Ya has olvidado el mensaje de SMS?
Probablemente estás bajo sospecha.
—Pero y o no lo envié. Ya te lo he dicho. —Jónas parecía dolido.
—Sé perfectamente lo que me dijiste. Pero eso no cambia nada en el hecho
de que parezcas sospechoso por varios motivos. —Þóra oy ó a Jónas soltar un
silbido al otro lado de la línea—. ¿Quieres que y o te ay ude en la declaración, o te
ocupas tú solo?
—No puedo estar solo —dijo Jónas, y su voz dejaba traslucir el miedo—. No
sé nada de todas esas cosas. Tienes que ay udarme. —Se llenó de alegría al
añadir—: Te pagaré.
Þóra no pudo evitar una sonrisa.
—La policía encontrará al asesino, Jónas. No te preocupes. Si eres inocente,
no te pasará nada.
—No estoy tan seguro —dijo Jónas dudoso—. Insisto en que necesito que
estés a mi lado en los interrogatorios.
—Estupendo —dijo Þóra—. Entonces tengo que hacer una serie de
diligencias para prolongar mi estancia. ¿Hay espacio libre en el hotel?
—Sí, no hay problema. No estará completo hasta el mes de julio.
—Tendré que pensar qué hacer con los niños —anunció Þóra—. Este fin de
semana estaban con su padre, pero hoy es domingo y tienen que volver a casa.
—Cariño, mándalos para aquí —exclamó Jónas con voz alegre—. A los
chicos les encanta la naturaleza y en la play a encontrarán muchas cosas que
hacer.
Þóra sonrió. Gy lfi se lo pasaría de miedo en la play a si hubiera ordenador y
conexión a Internet.
—Espero que no sea necesario. Ya te diré. —Se despidieron, y Þóra se volvió
hacia Matthew y suspiró.
—¿Qué pasa? —preguntó él, lleno de curiosidad—. Me temo que ese suspiro
no anuncia nada bueno.
—No —dijo Þóra, blandiendo el pesado teléfono—. Jónas desea que le asista
profesionalmente en los interrogatorios que se avecinan.
Matthew sonrió de oreja a oreja.
—¿Y no es estupendo? Yo no tengo ninguna prisa.
Þóra no devolvió la sonrisa ni siquiera a medias.
—Claro, claro. Sería estupendo si no tuviera un problema con los niños. Están
con su padre, pero tengo que ir a recogerlos.
—Ajá —dijo Matthew en tono de sabelotodo, lo que indicaba que era
totalmente incapaz de identificarse con la situación—. ¿No puedes llamar y
preguntar si pueden quedarse más tiempo?
—Sí, si no me queda más remedio —contestó Þóra con fastidio. No soportaba
tener que pedirle un favor a Hannes, porque sabía que él disfrutaba cuando ella
necesitaba hacerlo y, sobre todo, porque a ella le sucedía exactamente lo mismo,
pero en sentido contrario.
Tras un prolongado tira y afloja en el teléfono, Þóra y Hannes acordaron que
los niños se quedaran otra noche en casa de su padre. Pero no más. Hannes tenía
que ir al gimnasio y hacer otras muchas cosas que había tenido que aplazar por la
visita de sus hijos. Þóra no tuvo más remedio que soltarle que lo entendía
perfectamente, mintió diciendo que le había dado muchas vueltas al asunto,
porque estaba segura de que él y a había hecho un esfuerzo enorme. Colgó con la
esperanza de que se estampara contra el trampolín del gimnasio. Incluso se
permitió sacarle la lengua al teléfono antes de dejar el aparato.
—Me encanta ver lo madura que eres en la relación con tu ex marido —
bromeó Matthew—. No todo el mundo tiene una ex esposa tan magnífica.
Þóra le hizo una mueca.
—¿Hablas por experiencia? —Pero añadió entonces en otro tono—: Los niños
pueden quedarse solamente una noche más. Así que tengo que buscar otra
solución o marcharme a casa.
—Yo no estoy separado, he tenido problemas para encontrar una mujer que
me agradara —explicó Matthew—. En realidad nunca se me han dado muy bien
estos asuntos. —Dio una palmada al ver en la cara de Þóra que no se había
tragado ni una sola palabra—. Bueno, vale. Ya que no tenemos demasiado
tiempo, deberías intentar aprovecharlo al máximo. Ya basta de paseos. ¿Qué te
apetece hacer?
—Una de las pocas cosas que tengo claras es que cuanto más sepa, en mejor
situación estaré para apoy ar a Jónas en los interrogatorios —dijo Þóra,
reflexionando—. Deberíamos intentar hablar con otros huéspedes más, o buscar
a Eiríkur, el lector de auras, que es la persona de referencia en historias de
fantasmas. Jónas dijo que ay er no había venido.
Matthew puso gesto de pena.
—Yo no me refería precisamente a eso. Y en lo que pensaba no tienen cabida
otros huéspedes del hotel, ni tampoco los lectores de auras.
Þóra se ruborizó, pero fingió que no le había oído.
—Ven, pongámonos en marcha. Como dijiste tú mismo, tenemos que
aprovechar bien el tiempo.
***
Eiríkur se quedó mirando la baraja del tarot que había extendido delante de él.
Dinero… bueno. Muerte… malo. Pasó el dedo índice por los bordes de la carta
de la Parca y dejó vagar la mente. Habían salido las mismas cartas dos veces
seguidas, y aunque él distara de ser un especialista en el tarot, sabía que la
probabilidad de semejante repetición era realmente mínima. ¿Qué trataban de
decirle aquellas cartas? Pensó si debería recurrir a alguien que supiese interpretar
mejor el tarot, pero llegó a la conclusión de que sería una complicación
tremenda. Tendría que entrar en el hotel, abandonar las agradables viviendas de
los empleados y, sencillamente, no le apetecía hacerlo. Allí no se podía utilizar el
teléfono, y la cobertura de los móviles era la misma que aquí. En realidad,
Eiríkur nunca utilizaba teléfono móvil. Leía las auras de la gente y sabía que las
ondas emitidas por aquellos aparatos podían tener efectos nocivos sobre ellas, lo
que impedía decir nada a ciencia cierta. Prefería ir al teléfono público más
cercano en vez de dedicarse a parlotear con el aparatito sabiendo que el aura se
oscurecía con cada palabra. No, tenía que ser capaz de interpretar aquello por su
cuenta y riesgo. Apoy ó la frente sobre la palma de su mano y fijó los ojos en las
cartas. Dinero. Muerte.
Estiró la espalda. ¿Quizá la muerte no significaba su propia muerte o la de
alguien próximo, sino simplemente la muerte de la arquitecta? Movió la cabeza
en una señal de asentimiento dirigida a sí mismo. Naturalmente. Aquello
significaba que el suceso tendría una gran influencia en su vida. Por eso habían
salido las mismas cartas dos veces seguidas. ¿Y el dinero? ¿Qué relación había
entre éste y la muerte de la arquitecta? Se lo había advertido. El aura de Birna
parecía una nube de carbón, y estaba más que claro que aquello no podía
anunciar nada bueno. Tal vez pudiera aprovechar aquella predicción para
hacerse publicidad. Se maldijo por no habérselo dicho a alguna otra persona
además de a ella. Ahora sólo quedaba él para contarlo.
Le entraron ganas de fumar un cigarrillo y suspiró. Jónas no veía buenos ojos
que los empleados fumasen, y él no aguantaba verse obligado a hacerlo en
secreto como un adolescente cualquiera. Ya era demasiado viejo para eso.
Apoy ado sobre una pared del edificio con la esperanza de que nadie se diera
cuenta de que estaba allí. Lo ridículo que sería hacer algo así. Tal vez era
justificable prohibir a los dietistas y a los asesores individuales que echaran un
cigarro de vez en cuando, pero ¿qué cliente iba a ponerse a señalar con el dedo a
un lector de auras? Nadie, claro que no. Eiríkur se quedó rígido. Sus reflexiones
sobre el tabaco habían tocado algún resorte oculto en lo más profundo de su
mente. ¿Qué era aquello que había dicho Vigdís? ¿Que el cadáver lo habían
encontrado el viernes y que nadie había visto a Birna desde el jueves por la
tarde? La tarde que él se escapó a escondidas de la reunión espiritista para echar
un cigarrito en una esquina sombría donde nadie pudiera verle. Ahora entendía lo
que no logró comprender entonces, y supo qué hacía aquella persona buscando
algo a tientas. La persona que vio aquella noche era el asesino. Naturalmente.
« Así que fumar no vale para nada» , pensó satisfecho de sí.
Recogió las cartas y sonrió. Por supuesto. Ahora sabía cuál era la relación
entre el dinero y el crimen. El dinero era para él, porque todo tiene su precio. El
precio estaría estipulado en el contrato, y a que el silencio también se paga. Pero
era una persona optimista por naturaleza, y no le preocupaba mucho la
posibilidad de no llegar a un acuerdo satisfactorio. Sólo tenía que pasar un
momentito al hotel para llamar. Y luego también tendría que tener unas palabritas
con su jefe, Jónas. Sería divertido charlar con él sin tener que ser siempre el que
decía a todo que sí, para no quedarse sin trabajo. Ahora tenía al alcance de la
mano la independencia económica tanto tiempo deseada y, por eso, no había
motivo alguno para humillarse ante aquel hombre, para hacer de felpudo ante él.
Guardó la baraja, se puso en pie y salió. No tenía tiempo que perder, porque
tenía que redactar el contrato. Tenía tanta prisa que no tuvo tiempo ni para
detenerse un momento a mirarse en el espejito que colgaba junto al perchero de
la puerta. Aunque su aura tenía un aspecto denso y oscuro. Casi negro.
***
Þóra dejó escapar un suspiro.
—¿O sea que están todos fuera?
Vigdís la miró sin emoción alguna.
—Bueno, no digo tanto, pero la may oría siempre hacen alguna excursión o
bien ocupan su tiempo en alguna actividad durante el tiempo que permanecen
aquí. Es rarísimo que tengamos un huésped que se registre y luego se quede sin
hacer nada en su habitación esperando a que vay as a verle.
Matthew dirigió una hermosa sonrisa a Vigdís, pues no había entendido ni una
palabra de lo que ésta había dicho.
—Bonito día —le soltó en inglés.
—Sí, mucho —respondió Vigdís—. Por eso hay tan poca gente dentro del
hotel ahora. —Miró a Þóra—. No lo digo con mala intención, pero no puedo
hacer nada por vosotros. Lo siento. La gente volverá a aparecer a la hora de la
cena. Los que quieran abandonar el hotel pasarán antes por aquí, naturalmente,
pero creo que no va a haber nadie en esa situación.
—Maldita sea —exclamó Þóra—. ¿Y tampoco hay empleados libres de
servicio que estén dispuestos a charlar un poco?
Vigdís sacudió la cabeza.
—Como hay poca gente, no tienen mucho trabajo, y estarán descansando un
poco en sus habitaciones hasta la hora de la cena. —Les miró desconfiada—.
¿Qué estáis buscando, en realidad?
—Nada concreto —dijo Þóra—. Sólo queríamos preguntar algunas cosas
relativas a Birna. Lo que hacía y a quiénes trataba. Ver si alguien tiene alguna
información que pudiera aclararnos su muerte.
—Su asesinato, querrás decir —interrumpió Vigdís—. Si andáis perdidos
podéis ir a la iglesia. Sé que Birna iba allí a veces, porque y o le di la llave.
—¿Una iglesia? —preguntó Þóra, sorprendida—. ¿Qué iglesia?
—Bueno, una iglesita que está justo aquí al lado. En realidad no pertenece a
estas tierras, pero nosotros tenemos las llaves. A veces llegan autocares con gente
que quiere verla. A los extranjeros les encanta, les parece una monada. —Vigdís
estiró un brazo por debajo del mostrador de recepción y sacó una llave antigua
—. Tenéis que empujar un poco la puerta al girar la llave.
Matthew la tomó y Vigdís les indicó el camino que debían seguir.
—Aunque la iglesia sea del año 1864, sigue siendo utilizada por los habitantes
de las granjas de los alrededores, de modo que sed cuidadosos. —Vigdís bostezó
—. Recuerdo que Birna estaba tremendamente interesada en el cementerio. Creo
que estuvo buscando cierta lápida.
***
La habitación era un desastre. Lo había puesto todo patas arriba pero sin
encontrar nada. ¿Qué había hecho aquella mujer con aquello? Suspiró para dar
una vía de escape a su frustración, pero procuró hacerlo de forma casi inaudible.
¿Por qué no podía encontrarlo y acabar aquella miserable historia? Pegó la oreja
a la puerta y escuchó. Todo parecía en silencio en el pasillo. Volvió al interior de
la habitación. ¿Debía seguir registrando o contentarse con la situación? Aquello no
estaba allí. No tenía sentido seguir buscándolo. Se dirigió hacia la puerta que daba
al patio y miró atentamente entre las cortinas. Nadie. Abrió la puerta con mucho
cuidado y salió al aire libre. Luego cerró la puerta tras de sí y se marchó. En el
sendero se quitó los guantes y los metió en el bolsillo. ¿Pero qué era aquello?
Capítulo 15

La iglesia estaba en un terrenito cubierto de hierba, a poca distancia de la


play a. Estaba encaramada en lo más alto de una loma de escasa altura; era
pequeña y negruzca, de madera, y a Þóra le recordó, sobre todo, a las iglesias
que solía dibujar en la escuela infantil: una casita con una pequeña torre y una
cruz en lo alto. Aunque tenía que decir que los templos de sus dibujos eran
bastante más alegres y coloridos, pero había que reconocer que el negro le iba
muy bien a aquella iglesia. Las ventanas y la puerta pintadas de blanco
proporcionaban el contraste necesario, y el conjunto ponía de manifiesto que el
edificio estaba bastante bien conservado. Þóra no recordaba haber visto nunca
una iglesia de aquel color negro, y se preguntó si sería su color original. Tampoco
sabía mucho sobre la historia de la arquitectura en Islandia, pero las paredes
parecían embreadas, lo que probablemente indicaba que cubrían alguna pintura
original. Decidió para sí que aquélla tenía que ser la explicación, y transmitió a
Matthew su idea como si se tratase de un hecho perfectamente constatado. Él lo
aceptó sin más.
En torno al edificio se extendía un amplio atrio cubierto casi completamente
de hierba y musgo, de modo que sólo se veía el pavimento de piedra en algunos
lugares. Frente a la puerta había un portón de hierro que daba acceso al atrio.
Abrieron el portón, que chirrió horriblemente, y lo cruzaron.
—Mira —dijo Þóra, señalando algo con la mano—. El cementerio. —Se
veían algunas lápidas.
—Claramente, aquí han muerto menos personas de lo que cabría de esperar
—observó Matthew al ver un espacio vacío entre la iglesia y las tumbas.
—Sí —respondió Þóra—. Es extraño. Vigdís dijo que la iglesia seguía siendo
utilizada por los habitantes de la comarca, con lo que quizá esto debería estar más
lleno.
—Pues parece que no —dijo Matthew.
Miró la cerradura de la puerta de la iglesia.
—¿Qué es lo que tenía que hacer? ¿Empujar o tirar?
—Empujar, creo. O tirar. Una de dos —respondió Þóra con la mente en otro
lugar, sin prestar atención a los forcejeos de Matthew, con la vista puesta en el
cementerio y las lápidas—. ¿Crees que encontraremos la tumba de esa Kristín?
—preguntó, volviéndose hacia Matthew, que peleaba frenéticamente con la
puerta—. Birna debió de estar buscándola cuando estuvo aquí.
—No lo sé —respondió él, molesto—. ¿Qué le pasa a esta puerta? —Apoy ó
un hombro sobre la gruesa puerta e hizo girar la llave. Se escuchó un débil
chasquido—. Na endlich! —exclamó triunfante, empujando la puerta para abrirla
—. Si es usted tan amable, señora.
La puerta se abrió repentinamente de par en par. Pudieron ver entonces la
nave, con su altar, sus bancos y su púlpito. Prácticamente todo era de madera, y
aunque el interior estaba pintado con tonos apagados, le daba un ligero colorido
un friso floreado a lo largo del techo y en los laterales de los bancos. El resultado
era elegante y acogedor, excepto el retablo del altar, en el que aparecía Cristo
crucificado sobre la colina del Gólgota.
—¿Por qué son tan estrechos estos bancos? —preguntó Matthew al sentarse.
Apenas le cabía el trasero en el asiento, y por si fuera poco las piernas le
chocaban con el banco de delante.
—Seguramente para asegurarse de que la gente no se quedaba dormida —
respondió Þóra—. O para ahorrar sitio. No creo que hay a otra explicación más
probable.
—O eso, o que muchísimos islandeses eran enanos —dijo Matthew
poniéndose en pie. Se dirigió hacia Þóra, que estaba junto a la escalera que
conducía al coro—. ¿Echamos un vistazo por arriba? —preguntó—. Me temo que
tardaremos quince segundos en ver todo lo de aquí abajo.
Subieron por una angosta escalera y llegaron al coro. Todo estaba pintado en
los mismos colores suaves. Por encima de la balaustrada se veía toda la nave de
la iglesia, y lo primero que llamó la atención de Þóra fue una gran araña de latón
en medio del techo. Miraron a su alrededor, pero no parecía que hubiera mucho
más que ver; allí había un órgano excelente sobre el que descansaba una partitura
abierta y una cajita de madera que Þóra abrió y vio que guardaba libros de
himnos y otras cosas para el coro. No había nada más.
—Pero qué mísero es esto —dijo Þóra desilusionada—. Esperaba algo más
historiado.
—¿Como qué? —preguntó Matthew—. Difícilmente habrá aquí algo
relacionado con el crimen. Seguramente, a Birna sólo le interesaba la iglesia
como edificio. A fin de cuentas, era arquitecta.
Þóra hizo una mueca.
—¿No tendría que haber aquí una sacristía o algo semejante? No creo que los
curas tengan que acarrear todo lo necesario para la liturgia cada vez que vengan
a celebrar misa.
Matthew se encogió de hombros.
—Hay una Biblia en el altar, ahí abajo. Quizá les baste con eso. Y también
candelabros.
—¿Y los registros parroquiales? ¿No tienen todas las iglesias obligación de
llevar registros parroquiales? —Þóra volvió a asomarse a la balaustrada para
echar un vistazo más detallado a la iglesia. Quizá hubiera algún armarito colgado
de la pared, o un arcón. Pero no vio nada parecido—. Hay que registrar todo lo
que sucede.
Matthew la miró sin comprender.
—¿A qué te refieres?
—Bodas, bautizos, confirmaciones. Todo se recoge en los registros
parroquiales. —Þóra se dirigió hacia la pared interior del estrado, junto a la
escalera. Fue caminando junto a ella con la esperanza de encontrar alguna
puertecilla disimulada—. ¡Lo sabía! —exclamó emocionada al descubrir una
trampilla cuadrada en el techo, justo en mitad de la pared—. Aquí hay algo.
Matthew se dirigió hacia donde estaba ella y miró hacia arriba. El techo era
allí bastante bajo, de modo que no tuvo problema ninguno para empujar la
trampilla y abrirla. Los dos miraron el negro agujero.
—Me parece que hay un escalón —dijo—. Tiene que haber alguna forma de
iluminar este espacio.
Þóra presionó una anticuada pera que había al lado de la escalera. Con ello se
encendieron varias bombillas en la pared.
—¿Está mejor?
—Sí y no —respondió Matthew—. Es mejor porque me permite ver el
interior, pero es peor porque veo que no hay nada.
—¿Nada? ¿No hay libros? —preguntó Þóra decepcionada mientras intentaba
ponerse de puntillas para mirar el interior del agujero.
—No —dijo Matthew—. Esto no es más que un hueco que da al campanario,
creo. Me permito dudar que aquí hay a algún libro guardado. —Agarró con
ambas manos el borde del agujero y se aupó—. No. Totalmente vacío. Aquí no
hay nada. —Se dejó caer al suelo y dio una palmada para quitarse el polvo de las
manos—. Quizá Vigdís sepa dónde se guardan esos registros parroquiales. Ella
tiene las llaves y quién sabe si la han encargado de algo más.
—Voy a mirar mejor junto al altar —dijo Þóra—. Tiene que estar aquí, en
algún sitio. —Se alejó de Matthew en dirección al Jesús crucificado. A primera
vista no parecía haber nada más que la Biblia, dos candelabros grandes y
macizos y un paño de color púrpura, delicadamente bordado, colocado sobre una
mesita auxiliar adosada a la pared debajo de la tabla de altar. Levantó el paño y
vio que la mesita era en realidad una arqueta—. Matthew, mira —dijo en voz alta
—. Esto es un arcón. —Se inclinó y tiró del asa con ambas manos. No estaba
cerrado con llave, y la tapa se abrió con un leve crujido. Þóra levantó la cabeza
con gesto victorioso. Extrajo tres grandes libros encuadernados en piel. El de la
parte superior tenía aspecto reciente, y cuando Þóra lo abrió, vio, por las fechas
de las anotaciones, que no merecía la pena perder el tiempo en investigarlas. La
nota más antigua, en la primera página, era de 1966. Abrió el siguiente libro y
fue pasando hojas hasta encontrar los años cuarenta del siglo XX.
—Yo diría que Kristín debió de vivir durante los años de la guerra —le dijo a
Matthew—. Las fotos de las estrellas de cine que encontré allí, debajo de las
vigas del desván, eran de aquella época. —Fue pasando todas las páginas de
aquellos años pero no encontró nada. Aunque había habido algunos nacimientos,
bautizos, bodas y fallecimientos, por ningún sitio aparecía ninguna Kristín. Había
una laguna extraña en el registro del año 1941, cuy a página terminaba con el
nombre de una novia, mientras que en la página opuesta, el registro anotado
parecía tener más que ver con un entierro. Þóra hizo una mueca—. Qué raro —
dijo, forzando la apertura del libro para ver mejor si había algo junto al margen
interior. Le pasó el libro a Matthew—. Mira. Han quitado una página. Quizá dos.
Matthew examinó el libro y se mostró de acuerdo.
—Es evidente —asintió, devolviéndole el libro a Þóra—. ¿Quién haría algo
así? ¿Alguien deseoso de borrar toda huella de su propio matrimonio?
—O alguien que quería borrar el bautismo de un niño —conjeturó Þóra—. En
aquella época, si eliminabas a un niño de los registros parroquiales, en cierto
modo habías conseguido borrarlo de los documentos de la historia. No sé si
existían registros estatales en esos años, ni si ese tipo de registro se llevaba en las
zonas rurales. No debe de haber sido difícil hacerse desaparecer a uno mismo o a
otro cualquiera.
Volvieron a dejar en su sitio los libros una vez que Þóra los hubo hojeado
todos sin encontrar tampoco ninguna referencia al entierro de la misteriosa
Kristín.
Se desplazaron al cementerio y no tuvieron que pasar delante de muchas
lápidas para darse cuenta de cuánto habían cambiado los tiempos. En las cruces
de aquel pequeño cementerio se hallaban inscripciones de lo más conmovedoras,
del estilo de: Un muchacho - nacido muerto. Una muchacha - sin bautizar. Por
regla general, había varios hijos de los mismos padres uno al lado del otro, o bien
varios hermanos difuntos y acían bajo la misma losa. Þóra examinó a conciencia
todas las inscripciones con la esperanza de hallar nombres conocidos. Encontró
dos lápidas con el nombre de Kristín. Ambas habían muerto a edad avanzada.
Þóra consideró improbable que aquellas mujeres guardaran alguna relación con
la inscripción de la viga del desván.
Finalmente, se dirigieron hasta dos sepulturas ady acentes, rodeadas por una
verja. Ambas mostraban lápidas de tamaño y calidad may ores de lo habitual.
Las losas eran sencillas, de piedra y metro y medio de altura. Un musgo o una
planta de color anaranjado se había extendido sobre las dos. En una de las piedras
estaba grabada una serpiente que se retorcía sobre sí misma y se mordía su
propia cola, y una lámpara de Aladino. Þóra no reconoció ninguno de los dos
símbolos, pero recordó que en el Nuevo Testamento de la sociedad de los
Gedeones había una lámpara de Aladino. Preguntó a Matthew si los conocía,
pero él no sabía mucho más que ella. Ley ó la inscripción en su totalidad. En la
piedra estaban escritos los nombres de los habitantes de Kirkjustétt, que ahora
formaba parte del complejo hotelero de Jónas. En la parte superior estaba escrito
el nombre del granjero: Bjarni Þórólfsson, terrateniente de Kirkjustétt, n. 1896 -…
1944. Debajo ponía: Su esposa Aðalheiður Jónsdóttir, n. 1900 -… 1928. Debajo de
estos dos había dos nombres más: Bjarni n. 1923 -… 1923 y Guðný n. 1924 -…
1945.
—Estas son las personas de las fotos de que te hablé, las que conoció Magnús
Baldvinsson. —No hacían falta conocimientos de islandés para comprender lo
que ponía en las piedras, y Matthew se inclinó para leerlas. Þóra prosiguió—:
Según lo que contó Magnús, el granjero y su hija murieron de tuberculosis, y su
mujer de una septicemia, cuando era aún muy joven. —Le indicó con el dedo
las fechas que había debajo del nombre de Aðalheiður—. Según cuenta una de
las chicas que trabaja para Jónas, en la granja hubo prácticas incestuosas.
Probablemente se trataba de Bjarni y su hija Guðný.
—Si lo que ella dijo es cierto —dijo Matthew—. ¿Cómo puede saber algo una
chica de hoy sobre unos incestos que tuvieron lugar hace setenta años?
—Se lo contó su abuela —respondió Þóra—. No creo que la abuela le
mintiera.
—La abuela puede ser de la misma cuerda —dijo Matthew con una sonrisa
irónica—. Por lo menos, y o no me arriesgaría a creer sin más esa clase de
historias, aunque procedan de una ancianita.
—Naturalmente —asintió Þóra—. Más aún, espero, por el bien de Guðný, que
fueran simplemente habladurías. —Señaló la inscripción con el nombre del hijo
que no había alcanzado el año de edad—. En las fotos me di cuenta de que
Aðalheiður parecía estar embarazada, pero no vi fotos de ningún niño. Quizá sólo
viviera unos pocos días.
—Él y la may oría de los niños de por aquí —dijo Matthew señalando las
tumbas a su alrededor—. Más de la mitad de los muertos son niños que no lo
consiguieron.
—Todo indica que esta gente no tenía mucho éxito en criar a sus hijos para
que llegaran a adultos —dijo ella mirando en torno suy o—. A menos que la
mortalidad infantil fuera igual de elevada en todo el país. —Þóra sintió un
escalofrío—. Afortunadamente esos tiempos han pasado y a —dijo acercándose
a la piedra de al lado, que era aún más sencilla—. Qué extraño. —Señaló la
piedra, que estaba medio vacía—. Sólo dos inscripciones: Su esposa Kristrún
Valgeirsdóttir n. 1894 -… 1940, y debajo: Edda Grímsdóttir n. 1921 -… 1924. —
Þóra miró a Matthew—. No dice quién es él.
—¿No será el padre que mató a Kristín? —preguntó Matthew—. Obviamente
sigue vivo o, por lo menos, no está enterrado aquí.
Þóra sacudió la cabeza.
—No, no puede ser. Magnús dijo que Grímur murió varios años después de
irse a vivir a la capital.
—¿Pero quién era, entonces? —preguntó Matthew—. Se supone que se
trataría de él. Y aquí tiene un estupendo espacio libre para su nombre. Es raro,
verlo tan vacío.
Þóra miró a su alrededor.
—No creo que esté enterrado aquí, pues no se le menciona en la lápida. —
Dieron una vuelta para mirar el resto del cementerio pero no encontraron la
lápida de Grímur ni la de Kristín—. A lo mejor, al final resulta que la dichosa
Kristín no es más que una gatita —dijo Þóra decepcionada cuando salieron del
cementerio cruzando el chirriante portón.
—¿Y qué pasa con la página que falta en el libro de registro? Creo que en
estos momentos, lo más sensato será ir a ver a esos hermanos que le vendieron
las tierras a Jónas —dijo Matthew—. Podrías utilizar el asunto del fantasma como
excusa para interrogarles a fondo sobre la historia del lugar, sobre Grímur,
Kristín y demás.
Þóra asintió, pensativa. No era ninguna tontería.
***
Elín Þórðardóttir colgó el teléfono sin quitar la mano del auricular. Exhaló un
profundo suspiro, luego volvió a descolgar y se lo puso en el oído. Con ágiles
dedos marcó un número y esperó impaciente la respuesta.
—Börkur —dijo rápidamente—. ¿Qué pasa?
—No lo sé, Elín. No tiene buena pinta. —Börkur estaba enfadado, como
siempre que su hermana le llamaba por teléfono—. Ha pasado algo en casa.
—¿Qué? —preguntó Elín con curiosidad. Tenía que tratarse de Svava, la
mujer de Börkur, que no salía de una crisis para entrar en otra, siempre
perdiendo los nervios por cualquier nimiedad.
—Nada que quiera discutir contigo —respondió Börkur, más enfadado aún
que antes—. ¿Qué querías?
Elín no se dejó intimidar por el tono de frialdad, al que y a estaba más que
acostumbrada. En realidad, estaba deseosa de poder agitar un poco la vida de su
hermano. Ella siempre se había opuesto a vender las tierras, pero tuvo que
acabar cediendo ante su insistencia. Lo peor fue que su madre no se había
negado, y todo era de ella, aunque el dinero fuera a parar al bolsillo de los dos
hermanos. Börkur había conseguido convencerla con su labia. Pero ahora podría
vengarse de la codicia de su hermano.
—Þóra, la abogada del dichoso Jónas, el que compró Kirkjustétt y Kreppa,
acaba de llamar. —Disfrutó de la pausa que introdujo, para que él tuviera que
pedirle que continuara.
—¿Y? —preguntó Börkur con malos modos pero intrigado—. ¿Qué quería?
—Ha surgido una pega, hermanito —informó Elín, sonriendo para sí—.
Quiere vernos por un defecto oculto que dice que ha encontrado Jónas.
—¿Qué estupidez es ésa? ¿Un defecto oculto en los terrenos? ¿Esa gente está
mal de la cabeza? ¿Qué demonios puede ser? ¿Contaminación del humus?
Elín le dejó desahogarse antes de intervenir.
—No entramos en detalles. Sólo quería que fuéramos a una reunión. A
Vesturland, a ser posible.
—¿A Vesturland? ¡Como si uno no tuviera nada mejor que hacer que echar a
correr a Snæfellsnes! —exclamó Börkur, casi gritando—. ¡Tengo mucho que
hacer! ¡Muchísimo que hacer!
—Ay, qué fastidio —dijo Elín fingiendo compasión—. Entonces será mejor
que vay a y o sola.
Börkur calló por un momento antes de responder.
—No. Yo también iré. ¿Cuándo tenemos que vernos?
—Mañana —respondió Elín—. Quizá lo más fácil sea acercarnos a
Sty kkishólmur esta noche en vez de viajar mañana por la mañana.
—Ya veré lo que hago. Llámame más tarde, esta noche. Quizá lo haga, si
puedo solucionar unos compromisos aquí esta tarde.
—Börkur —dijo Elín—. Una cosa más para acabar. Estoy prácticamente
segura de que eso que llaman defecto oculto debe de tener relación con algo
extraño. La abogada me sonó realmente rara al teléfono.
—¿Y eso? —preguntó Börkur.
—Pues nada, rara —respondió Elín—. Debe de haber algo, eso está claro,
aunque no sé qué es.
—¿Piensas que puede tratarse de algo relacionado con el cadáver del que han
hablado en las noticias? —preguntó Börkur con una voz repentinamente más
suave.
—No, eso ni se me había ocurrido —replicó Elín extrañada. El cambio en la
voz de su hermano la pilló desprevenida.
Se despidieron y Elín se quedó sentada junto al teléfono, pensativa. Intentó
recordar lo que había visto y oído acerca del hallazgo de aquel cadáver, que
había salido en el informativo justo antes del fin de semana. Enarcó las cejas.
Había coincidido con un viaje relámpago a Snæfellsnes que Börkur había tenido
que hacer para no sé qué tontería. Qué extraño.
Capítulo 16

—Este tiene que ser el lugar. —Þóra miró a su alrededor, por la play a—. En
realidad no hay mucho que sacar de aquí.
Los guijarros brillaban a sus pies. Estaba bajando la marea y las piedras
seguían húmedas después de la pleamar. Nada en el majestuoso paisaje dejaba
traslucir que allí mismo había sido encontrado un cadáver poco tiempo atrás, y
Þóra pensó que no sabía lo que había esperado descubrir allí. ¿Quizá carteles
amarillos de advertencia colocados por la policía?
Matthew miró su reloj.
—No, lo único que podemos sacar en claro es que estamos exactamente a
treinta y cinco minutos a pie del hotel.
—Pero no hemos caminado deprisa —dijo Þóra—. ¿Cuánto es el mínimo que
habríamos podido tardar?
Matthew se encogió de hombros.
—No lo sé. Tal vez podríamos haber llegado en veinticinco minutos. En
menos tiempo es difícil, excepto corriendo.
—Así que alguien pudo haber venido aquí desde el hotel, matar a Birna y
regresar en menos de una hora —apuntó Þóra pensativa.
Matthew sonrió.
—Sí, pero eso no le deja mucho tiempo al asesino para empezar y terminar
el trabajo, porque significaría que habría tenido que venir hasta aquí ex profeso
para matar a la mujer, no para una charla que acabara complicándose de mala
manera.
—Qué ruido tan espantoso hacen esos pájaros —dijo Þóra, volviéndose hacia
el acantilado—. Pobres polluelos. —Contempló la frenética vida de las aves un
ratito antes de volverse de nuevo hacia Matthew—. Nadie habría podido oír gritos
ni llamadas de auxilio con ese estruendo infernal.
Matthew movió las manos señalando a su alrededor.
—¿Y quién iba a oír nada? No creo que esta zona sea muy concurrida.
Þóra miró en torno suy o, y y a estaba a punto mostrarse de acuerdo, cuando
notó la presencia de dos personas en lo más alto del borde del acantilado.
—Pues… —dijo, señalando con la barbilla en dirección a las dos figuras.
Observaron el pausado descenso de la pareja por la pendiente pedregosa. Una
mujer joven empujaba una silla de ruedas, pero no se podía distinguir al
pasajero, porque una gran capucha ocultaba su cabeza y su rostro. La mujer
parecía hacer considerables esfuerzos para hacer avanzar la silla por los cantos
sueltos de la ladera—. Ésos deben de ser los jóvenes que mencionó el anciano
japonés —dijo Þóra—. Los que vio charlando con Birna. ¿Vamos a hablar un
poco con ellos? —Miró a Matthew.
—¿Y por qué no? —dijo Matthew con una sonrisa—. No será una tontería
may or que otras de esta peculiar investigación tuy a. —Se apresuró a añadir—:
Pero no me malinterpretes. No me estoy quejando, en absoluto. Todo esto me
encanta, aunque no tenga ni la menor idea de adonde nos lleva.
Þóra le dio un codazo.
—¿De pronto te has vuelto ácrata, ahora de viejo? Vamos. —Se alejaron
lentamente cuesta arriba en dirección a la pareja.
Cuando se acercaron, Þóra crey ó al principio que tenía algo en el ojo. Era
incapaz de enfocar el rostro que asomaba apenas por la capucha. Pero a cada
paso iba confirmando más y más que a su vista no le pasaba nada. Su estómago
se encogió involuntariamente, y tuvo que luchar contra el deseo de echar a
correr para escapar de aquello. Pero ¿qué sucedía realmente con el rostro de la
persona de la silla? Se concentró en la chica, que tenía las mejillas coloradas y
sonreía. Pero sus ojos volvían una y otra vez, en contra de sus deseos, hacia el
rostro bajo la capucha y a la reluciente piel, pálida y tensa, que cubría toda su
parte izquierda. Þóra no era capaz de mirar mucho tiempo el desfigurado
contorno de los ojos, los escalofriantes restos de nariz y la piel llena de cicatrices
y con un aspecto como de plástico, que llegaba desde la barbilla hasta la frente,
que era lo que podía verse por debajo de la capucha. Confió en que aquel
desgraciado ser humano, que parecía aún joven, no se percatara de la impresión
que causaba en quienes le veían, aunque en el fondo de su alma sabía que era
una esperanza inútil. Þóra deseó que Matthew soportara mejor que ella aquella
inesperada situación, pero no se atrevía a mirarle por miedo a hacer algún gesto
que delatara su propio horror. Se obligó a esbozar una sonrisa.
—Buenos días —saludó a la muchacha.
—Hola —respondió la chica, con una cálida sonrisa. Era rubia, con el espeso
cabello recogido en una cola que se movía cuando hablaba. Þóra tuvo la
sensación de que había en ella algo familiar, pero no fue capaz de recordar de
qué podía conocerla—. No estoy segura de que consigamos bajar —añadió la
muchacha—. Y desde luego no va a ser fácil subir.
—Por aquí no hay mucho que ver —dijo Þóra—. Si queréis, Matthew puede
ay udaros a bajar. —Señaló al alemán con el dedo sin mirarle—. Y luego a volver
a subir, claro.
—Sí, mejor —respondió la muchacha, inclinando la cabeza sobre la silla—.
¿Tú qué dices? —preguntó al hombre que iba allí sentado—. ¿Aceptamos su
ay uda, o damos la vuelta y y a está? No hay nada que ver. —El joven farfulló
algo que Þóra no captó, pero que la muchacha pareció comprender—. Vale, tú
mandas. —Miró a Þóra—. Creo que nos damos la vuelta. ¿Me podría ay udar? —
Matthew agarró los brazos de la silla y subieron hasta el final de la cuesta.
—No me habría venido mal esa ay udita el jueves pasado —dijo la muchacha
sonriendo.
—¿Estuvisteis aquí el jueves? —preguntó Þóra extrañada—. ¿Por la noche,
quizá?
¿Sería posible que la chica y el joven hubiesen sido testigos de algo inusual sin
darse cuenta de su importancia? ¿O podía ser que estuvieran involucrados de
alguna forma en el asesinato de Birna? Þóra aguardó expectante una respuesta
que cuando llegó trajo consigo una decepción.
—No, no estuvimos aquí —replicó la chica, aún un tanto cansada por el
esfuerzo—. Pensábamos ir juntos a la reunión espiritista del hotel, pero al final
acabé y endo y o sola porque no conseguí hacer pasar la silla por un agujero
enorme que habían excavado a través del camino de acceso. Fue un auténtico
fastidio, porque aquí no hay muchos sitios a donde ir y a Steini le apetecía
mucho. —Miró a Þóra y torció el gesto un poco—. Aunque, en realidad, no se
perdió mucho. Fue un rollo espantoso, y el médium me pareció de lo más falso.
Þóra no se atrevió a preguntar si otros médiums no estarían también cortados
por idéntico patrón. Volvió la cabeza para mirar la play a y la bahía.
—¿Estáis de excursión? —preguntó.
—Sólo queríamos ver dónde habían encontrado el cuerpo —explicó la
muchacha como si fuera lo más normal del mundo—. Conocíamos a la mujer
que murió.
En el fondo de su alma, Þóra respiró aliviada. Ahora no tendría que andar
dando rodeos para conseguir llegar hasta Birna.
—Ah, eso —dijo con toda la despreocupación de que fue capaz—. Nosotros
hemos venido por el mismo motivo. Queríamos ver el lugar de los hechos con
nuestros propios ojos.
La muchacha abrió mucho los ojos.
—¿Sí? ¿Vosotros también la conocíais?
Þóra sacudió la cabeza.
—No, no es eso. Tenemos cierta relación con ella. Me llamo Þóra.
La muchacha extendió la mano.
—Bertha. —Se dio la vuelta para mirar la play a—. Espantoso —dijo con voz
apagada—. En las noticias dijeron que la habían asesinado. —Miró a Þóra—.
¿Por qué iba a querer alguien matarla?
—Bueno, no lo sé —replicó Þóra como quien no sabe nada—. A lo mejor no
fue por nada especial que tuviera que ver con ella misma. Puede que sólo tuviera
la mala suerte de encontrarse con un psicópata.
—¿Tú crees? —preguntó Bertha, de cuy o gesto aún no había desaparecido el
gesto de temor—. ¿Aquí?
—No, seguro que no —respondió Þóra—. Es absurdo. Pero mejor eso que
pensar que es culpa de un fantasma.
—Un fantasma —repitió Bertha con el semblante tenso—. ¿Quizá los
marineros? Ésta es precisamente la play a a la que llegaron sus cuerpos. —Se
estremeció—. Siempre me ha dado escalofríos este lugar.
Þóra miró extrañada a la muchacha. Había esperado que sonriera o que
hiciera alguna mueca irónica al oír sus palabras, no que se tomara con total
seriedad lo del fantasma. Era evidente que en esa comarca no había que tomarse
a broma las apariciones.
—¿Tú crees en fantasmas? —preguntó con cautela.
—Sí —respondió Bertha, su rostro dejaba bien claro que lo que decía era
cierto—. Esto está maldito. Sin ningún género de dudas. Muchas veces me muero
de miedo en la oscuridad.
Þóra no supo qué decir, pero se le pasó fugazmente por la cabeza la idea de
que podría servir de testigo si se llegaba a un pleito por las apariciones. Estaban
y a casi en lo alto de la cresta cuando Þóra decidió dejarse de fantasmas e ir
directamente al grano.
—¿De qué la conocías?
—Era la arquitecta del hotel. Está en unas tierras que pertenecieron a mi
madre, y y o la ay udé un poco. —Miró a Þóra y desplazó luego los ojos hacia la
silla de ruedas, que Matthew se esforzaba en empujar cuesta arriba—. Era muy
simpática.
Þóra no preguntó más detalles, pero no le resultó fácil imaginar que Birna se
hubiera llevado bien con el joven de la silla de ruedas. En cambio, se dio cuenta
por fin de por qué le había resultado conocida la muchacha, y es que era igual a
su madre Elín, a la que Þóra conoció cuando habían cerrado el contrato de
compraventa. De modo que no sería muy práctico utilizarla como testigo contra
su propia familia ante un tribunal, y Þóra decidió que no lo haría. Pero no vendría
mal recabar de ella algo de información.
—¿En qué ay udaste a Birna? —preguntó.
—Estaba interesada en la historia del lugar, y ni mi madre ni mi tío Börkur
tenían tiempo ni ganas de hablar mucho con ella. Yo le conté lo que sabía y
busqué planos antiguos para ella. En realidad no los encontré, pero sí que le pude
dar algunas fotos viejas. Estaba encantada con ellas.
—¿Recuerdas de qué eran? —preguntó Þóra sorprendida. En el sótano había
fotos de sobra, y resultaba extraño que a Birna no le hubieran parecido
suficientes. A lo mejor los temas eran demasiado repetitivos, la misma pared…
distintas personas.
—Bueno, eran sobre todo fotos de la antigua granja, del bisabuelo y la
bisabuela. También había en las fotos algunas otras personas que y o no conocía.
—La muchacha calló de pronto y miró a Þóra con gesto preocupado—. ¿Me las
devolverán? Ni mi madre ni Börkur saben que se las presté.
—Seguro que sí —dijo Þóra—. Díselo a la policía. Tienen que venir por aquí
mañana. ¿Vives por aquí cerca?
—No. Tenemos una casa en Sty kkishólmur donde me quedo cuando vengo.
Intento venir todo lo que puedo. —Miró a Þóra y añadió en voz más baja—: Por
Steini. Él no quiere estar en Reikiavik.
Þóra asintió con la cabeza.
—¿Sois parientes? —preguntó. Estaban a cierta distancia de los otros dos, pero
no suficientemente lejos como para que Þóra se atreviera a preguntar qué le
había sucedido al joven. Bajo ningún concepto quería que se percatara de la
curiosidad que le despertaba su aspecto.
—Sí, somos primos. —Y añadió—: Por parte de padre.
Más adelante, Matthew se detuvo y miró alrededor, con aspecto cansado.
Habían llegado a lo más alto de la cresta. Þóra se apresuró a cambiar de tema de
conversación, y volvió al hallazgo del cuerpo.
—¿Tienes alguna idea de quién puede haber matado a Birna? ¿Estaba liada
con alguien, o peleada con alguna persona?
La chica sacudió la cabeza.
—No estaba peleada con nadie, creo. Por lo menos, nunca habló de eso. Pero
nos vimos varias veces, y o estoy recogiendo las cosas que dejó la familia en la
vieja granja de Kreppa, justo ahí al lado, y ella iba bastante por allí. Era muy
entretenido charlar con ella. No sé si tiene importancia, pero me dijo que tenía un
novio o algo por el estilo.
—¿Un novio? —preguntó Þóra intrigada—. ¿Sabes algo más sobre él?
Bertha puso gesto de inseguridad y pensó por un momento antes de responder.
—Bueno, no sé si debería contarlo. Él está casado, de modo que lo llevaban
en secreto. Me lo dijo confidencialmente, era obvio que quería contárselo a
alguien. No quiero traicionar la confianza de Birna, aunque esté muerta.
Þóra sintió que la arquitecta debía de sentirse tremendamente sola para
confiar sus secretos a una chica tan joven. No creía que Bertha tuviera más de
veinte años.
—Me temo que todo esto acabará saliendo a la luz. Aunque pueda parecer
una tontería, muchas veces son precisamente esas relaciones amorosas las que
conducen a sucesos como éste. ¿No querrás que escape el que lo hizo?
Bertha sacudió enérgicamente la cabeza.
—No, por Dios. —Se movió inquieta. Estaban y a al lado de Matthew y Steini.
—Vamos —se oy ó decir ásperamente a una voz por debajo de la capucha—.
Quiero irme y a.
Bertha se dirigió hacia la silla y la agarró para empujarla.
—Muy bien, Steini —dijo, y le dio las gracias a Matthew por su ay uda. Luego
se volvió hacia Þóra—. A lo mejor nos volvemos a ver. ¿Vivís aquí?
—No, estamos en el hotel —informó Þóra, decepcionada por no haber
conseguido el nombre del amante. Vio a la muchacha despedirse con la mano y
empezar a caminar lentamente con la silla por delante.
Cuando Bertha había caminado unos pasos, se detuvo y se volvió
bruscamente.
—Se llama Bergur. Es granjero, en Tunga. —Y continuó adelante sin decir
nada más.
Þóra y Matthew se quedaron quietos mirando la trabajosa marcha de la
joven con la silla por aquel irregular terreno. Cuando se hubieron alejado
suficiente, Matthew se volvió hacia Þóra.
—¿Qué demonios puede haberle pasado a ese chico?
***
Vigdís sacó la cabeza por encima del mostrador de recepción y miró a su
alrededor. Nadie. Miró el reloj de la pared y vio que los huéspedes aún tardarían
un rato en llegar. A pesar de sus diferencias de nacionalidad y de aficiones, la
may or parte de ellos parecía llevar a cabo la misma rutina una vez se habían
inscrito: levantarse entre las ocho y las nueve y salir al aire libre a gozar de la
naturaleza después del desay uno. De modo que no había que esperar que
estuvieran de vuelta hasta tarde. Sabía que aquello le había acarreado a Jónas
cierta preocupación, pues su idea original era que la gente pasara más tiempo (y
gastara más dinero) entre las paredes del hotel. Masajistas, terapeutas, sexóloga,
lector de auras y como se llamaran todos esos especialistas, no estaban menos
decepcionados porque les pagaban según los servicios prestados. Era sobre todo
por las tardes y los fines de semana cuando estaban realmente ocupados, y la
may oría de ellos habían empezado a hacer publicidad de su trabajo para no
morirse de hambre. Pero Jónas estaba empeñado en que empezarían a tener más
actividad en cuanto los islandeses se quedaran más tiempo dentro de casa,
cuando el día se hiciera más corto y comenzaran a celebrarse las habituales
fiestas. El verano estaba llegando a su fin, y era obvio que algunos empleados se
irían a la calle si no aumentaba la demanda por sus servicios.
Pero aunque el futuro laboral de aquellos hechiceros fuese bastante negro en
aquellos momentos, el de Vigdís parecía estupendo. Pero la curiosidad la estaba
matando. Una vez que la policía obtuvo de ella y de Jónas la promesa de que
nadie entraría en la habitación de Birna, le habían entrado unas ganas
insoportables de desobedecer la orden. Jónas echó un fugaz vistazo cuando les
abrió la puerta a los policías, y dijo que allí dentro no había nada interesante.
Pero Vigdís tenía que verlo con sus propios ojos. A lo mejor había sangre por
todas partes, o algo aún más desagradable, que Jónas no pudo ver desde el lugar
en el que se encontraba. O algo de lo que no podía o no quería hablar.
Vigdís se puso en pie y cogió la llave maestra. Echó un vistazo al pasillo y se
marchó decidida. Se detuvo ante la puerta de la habitación y metió la llave sin
vacilar. La empujó con manos rápidas, se coló adentro y cerró la puerta a sus
espaldas. En cuanto oy ó el clic de la cerradura se dio cuenta del error que había
cometido. Allí dentro todo estaba patas arriba. De sangre, nada, pero había ropas
como árboles caídos por todas partes, y todo un caos de papeles. Vigdís se dio
cuenta de que tenía que informar inmediatamente a la policía de que alguien
había entrado en la habitación. ¿Pero cómo les iba a explicar que había ido ella a
hacer allí? ¿A limpiar? A lo mejor podía contarles la trola de que había oído
ruidos, pero aquello complicaría la investigación… podrían pensar que había
sucedido justo en ese momento. Dejó escapar un pesado suspiro y echó las
manos hacia atrás para tantear en busca del pomo de la puerta. Mientras salía a
hurtadillas, intentó desesperadamente encontrar una justificación plausible para
su irregular presencia allí dentro. Tendría que inventarse algo.
***
—¿Es una broma? ¿Pero quién se ocupó del escenario? —Þórólfur se
arrellanó en la silla y se volvió hacia su subordinado. Agitó las manos, señalando
una serie de estanterías de acero en las que tenía que guardarse todo lo
encontrado en el lugar de aparición del cadáver de Snæfellsnes—. ¡Conchas y
cangrejos muertos! —Cerró los ojos y se frotó con el dedo una de las sienes.
Sintió que lo peor de la jaqueca todavía no había llegado.
—Puf, fue Guðmundur. Es nuevo —respondió Lárus con voz apagada.
—Igual que unos chavales de diez años de excursión con el colegio. ¿Qué se
creía ese Guðmundur que tenía que hacer? ¿Limpiar la play a para tumbarse un
rato? A lo mejor hasta tengo que agradecer que no me echaran toda la arena
encima de mi mesa. —Dio la vuelta al escritorio y miró el contenido de varias
bandejas.
—Piedras —murmuró Lárus, pero enseguida procuró arreglarlo, al ver que
Þórólfur le ponía mala cara—. La play a es pedregosa… no de arena.
—¿Piedras, arena, qué más da? —gritó Þórólfur fuera de sí, y siguió mirando
cosas—. Guðmundur parece haberse confundido radicalmente de oficio.
Supongo que primero le habrá parecido que tenía que revisar un escenario
inmenso, pero luego parece que se dedicó a recoger piedrecitas y cosas ligeras.
—Þórólfur metió el bolígrafo en una lata de cerveza vieja y retorcida—. Como
esto —dijo, levantando la lata—. Cualquier imbécil puede ver que una lata como
ésta lleva meses a la intemperie. Y esto… —Þórólfur se desplazó hasta la
siguiente bandeja y levantó las manos desesperado—. ¡Un pez lobo muerto! —Se
volvió hacia Lárus—. ¿Has visto las fotos del cadáver? ¿Qué relación podía tener
un pez lobo muerto con lo que le sucedió a esa mujer? ¿Acaso cree Guðmundur
que la mujer resbaló sobre el cadáver del pez y se cay ó sobre las piedras? ¿Crees
tú que eso podría explicar las lesiones?
Lárus se limitó a sacudir la cabeza. Þórólfur había empezado a gritar y
aquello no presagiaba nada bueno. Se movió incómodo y abrió la boca para decir
algo pero, antes de pensar en nada coherente, su jefe volvió a hablar, aunque
ahora mucho más calmado.
—¿Qué es esto? ¿Un vibrador? —Lárus se acercó a Þórólfur y se colocó a su
lado para poder ver lo que había en la bandeja. Exacto. En la viscosa boca del
pez lobo se podía ver un estropeado cilindro de plástico que parecía un pene
artificial.
Capítulo 17

Þóra le dio un golpecito con el codo a Matthew y señaló con la cabeza en


dirección a un hombre joven que pasaba delante de ellos.
—Ése es el camarero, Jökull, que me habló tan mal de Birna —explicó a
media voz, poniéndose en pie—. Tengo mis sospechas de que sabe algo. —
Estaban tomando café en el vestíbulo de entrada del hotel, donde habían estado
planificando los siguientes pasos a dar, sin llegar a ninguna conclusión, aparte de
que tenían que encontrar al amante de Birna, Bergur, dueño de una granja en
Tunga. Habían estado discutiendo cómo abordarlo, y Þóra había acabado por
aburrirse de tanto darle vueltas a las cosas. Por eso, el camarero le pareció una
tabla de salvación, y se acercó a él con rapidez. Iba hacia el comedor, pero Þóra
consiguió darle un golpecito en el hombro antes de que se escapara.
—Hola —le dijo sonriente—. ¿Me recuerda?
El joven se dio la vuelta extrañado.
—¿Eh? Ah sí, claro. Usted es la abogada, ¿no?
—Eso es, me llamo Þóra. ¿Tendría cinco minutos? Querría preguntarle un par
de cositas más sobre Birna.
El camarero miró su reloj.
—Bueno, venga. Aunque no es mucho lo que puedo contar. Ya le dije la
opinión que tenía de ella. En realidad, no tengo mucho más que añadir.
—Nunca se sabe —respondió Þóra—. ¿Nos sentamos aquí? —Señaló un sofá
colocado en el pasillo y que parecía estar allí simplemente como decoración.
Aquélla sería probablemente la primera vez que se utilizaba, pensó al sentarse.
Dio un golpecito en el asiento del sofá a su lado, para indicarle al joven que
tomara asiento junto a ella. Una nubécula de polvo se elevó en volutas a ambos
lados de la palma de su mano cuando golpeó la tapicería—. ¿Cómo la conoció?
¿Sólo en el comedor?
El camarero se sentó en el borde del sofá.
—Para ser sincero, y o no la conocía, pero éste no es un lugar tan grande
como para que uno no acabara conociéndola. Pero lo cierto es que llevo poco
tiempo trabajando aquí y además procuraba evitarla, de modo que nunca
llegamos a establecer contacto. Sacará usted mucho más hablando con cualquier
otro empleado antes que conmigo.
Þóra frunció el ceño.
—Pero sigo sin entender que, aunque ponga de relieve que prácticamente no
conocía a Birna, parecía haberse formado una opinión muy clara sobre ella.
Muy clara y negativa. Tendría que haber algún motivo para ello.
En el rostro del camarero se dibujó un gesto de ira.
—Yo conozco a la gente —exclamó, sin dar más detalles.
Þóra decidió dirigir sus preguntas por otros derroteros, con la esperanza de no
espantar a aquel hombre.
—¿Me equivoco al pensar que se llama Jökull?
—No, no, es cierto —respondió el camarero, que aún sabía controlarse—.
Jökull Guðmundsson.
—Muy apropiado para estos lugares, eso de llamarse « glaciar» —dijo Þóra
amistosamente, con una sonrisa—. ¿Es usted de la zona?
—Sí, en efecto —respondió Jökull—. Crecí en una granja muy cerca de aquí.
Pero me fui a Reikiavik a estudiar hostelería y estuve allí mucho tiempo. Pero
luego me encontré con una oportunidad de regresar cuando Jónas publicó un
anuncio pidiendo personal.
—Comprendo —dijo Þóra—. Esta región es extraordinariamente hermosa, y
estoy segura de que si has nacido aquí tienes que estar siempre deseando volver.
—Sí, esto es muy distinto a Reikiavik —respondió Jökull, que sonreía por
primera vez.
—Y supongo que conocerá la historia de la zona —preguntó Þóra—. ¿Sabe,
por ejemplo, algo sobre las apariciones que dicen que hubo en estas granjas?
El rostro de Jökull se ensombreció.
—No me apetece lo más mínimo hablar de fantasmas con gente de Reikiavik
—dijo—. Allí no entienden estas cosas. Cuando no se trata de asfalto o cualquier
otra cosa tangible, no son capaces de comprender nada y se burlan de todo esto.
Þóra torció el gesto.
—Yo no tenía intención alguna de reírme de la creencia en fantasmas. Estoy
preparando a cuenta de Jónas un pleito en el que los fantasmas tienen un papel
importante. Eso es todo. Cualquier testimonio sobre ese asunto en estas tierras me
vendrá muy bien.
—Puede ser. —Jökull dudó—. Pero tendrá que ir a buscarlo en otro sitio. No
puedo ay udarle. Yo no soy especialista en historias de fantasmas, aunque
conozco algunas y creo que el mundo es demasiado complejo como para que los
de Reikiavik puedan saber todo lo que se puede saber.
—Pero ¿conoce algo de la historia del lugar, aparte de espíritus y fantasmas?
Por ejemplo, ¿sabe algo sobre las personas que vivieron en estas granjas?
Jökull sacudió la cabeza.
—No, nada. No soy suficientemente viejo para interesarme por la historia.
« No deja de tener sentido» , pensó Þóra, que decidió intentar obtener la
información de los ancianos que conocieran la comarca.
—¿Aún tiene parientes aquí?
—Una hermana —respondió Jökull.
—¿Sus padres se marcharon a la ciudad? —preguntó Þóra.
—No, murieron —respondió Jökull, con más sequedad aún que antes.
—Ah —dijo Þóra, que no quiso preguntar nada más al respecto—. Tiene que
perdonar mi insistencia sobre la historia del lugar, pero ¿sabe si el movimiento
nazi estuvo actuando aquí, o algo por el estilo?
Jökull abrió mucho los ojos, y Þóra supo que no mentía cuando contestó al
instante:
—No, jamás he oído nada al respecto. Aunque no me interese demasiado el
pasado, eso lo recordaría, seguro. Debe de tratarse de alguna tontería de esas que
se cuentan.
—Sí, supongo —respondió Þóra—. Pero y a que está usted aquí y es el único
que puede informarme… quisiera hacerle otra pregunta que no tiene relación
alguna con el pasado.
—¿Cuál? —preguntó Jökull con suspicacia.
—Esta mañana me encontré con un joven que creo que es de por aquí. No
pude enterarme de los años que tenía, pero y o diría que es más o menos de su
misma edad. Iba en silla de ruedas y posiblemente ha sufrido quemaduras de
algún tipo. ¿No sabrá qué le ha pasado?
Jökull se levantó sin decir una sola palabra.
—Tengo que volver al trabajo. Los cinco minutos han pasado y a de sobra. —
Apretó con fuerza los labios, como para asegurarse de que su boca no se pondría
a soltar nada por su cuenta.
—¿De modo que no sabe nada de él? —preguntó Þóra, que se puso también
en pie.
—Tengo trabajo. Hasta luego —dijo Jökull, y se marchó. Þóra le miró
pensativa mientras se alejaba. Evidentemente, había tocado un punto débil.
***
—Es muy extraño —dijo Þóra, dejando el café, que y a se le había quedado
completamente frío. Al tragar un sorbo había hecho una mueca involuntaria.
—¿Crees que puede estar relacionado con el crimen? —preguntó Matthew—.
¿O simplemente que es un muchacho raro?
—No puedo decir a ciencia cierta si está involucrado en el tema de alguna
manera. Está claro que Birna le resultaba odiosa, pero no quiso confesar el
motivo, sólo dijo que conocía bien a las personas. ¿No será un antiguo amante al
que ella abandonó por el campesino?
—O un conocedor de la gente tan bueno como afirma ser —observó
Matthew, encogiéndose de hombros—. Estoy desfallecido de hambre, ¿qué hora
es y a?
Þóra ignoró la pregunta.
—No, hay algo en todo esto. Le puse en un buen aprieto al preguntarle por el
joven de la silla de ruedas.
Matthew hizo un gesto de indignación.
—¿Le preguntaste por él? ¿Cómo se te ocurrió?
—Por nada —dijo Þóra—. Es que soy tremendamente curiosa y no me
esperaba en absoluto una reacción como la que tuvo. Ni se me pasó por la cabeza
que le pudiera resultar incómodo. Ahora, por lo menos, está claro que tengo que
averiguar qué es lo que pasó.
—A mí me parece total y absolutamente improcedente —señaló Matthew, tan
indignado como antes—. Preguntar por las desgracias de una persona totalmente
desconocida que, por si fuera poco, está inválido.
—¿Y qué? ¿Está prohibido preguntar sobre los inválidos? —se defendió Þóra
—. Lo que te pasa es que tienes hambre y eso te pone de mal humor. Vamos a
comer algo. —Se levantó del sofá.
Aquello alegró a Matthew.
—¿Qué tal si vamos a comer algo distinto? —preguntó—. ¿No hay más
restaurantes por aquí cerca?
—Sí —respondió Þóra—. Por ejemplo, podemos acercarnos a Hellnir. Tal vez
podamos encontrar a alguien que conozca a los fantasmas de la comarca o que
sepa algo sobre el tal Bergur de Tunga.
Matthew suspiró pesadamente.
—Ay, espero que no.
***
Eiríkur hizo un enorme esfuerzo y abrió los ojos. El especialista en lectura de
auras tenía el peor dolor de cabeza que había sufrido en muchos años. Intentó
moverse, pero enseguida abandonó el intento cuando sintió tales náuseas que no
tuvo más remedio que volver a cerrar los ojos antes de conseguir enfocar lo que
había a su alrededor. Cuando lo peor hubo pasado, intentó concentrarse en cómo
le había entrado aquella jaqueca. ¿Qué había sucedido? ¿Había estado bebiendo?
No recordaba nada que apuntara a semejante cosa, ni percibía en la boca el
gusto del alcohol. Enseguida se le apareció en la memoria el brumoso recuerdo
del tarot en el alojamiento de empleados del hotel, había estado echándose las
cartas a sí mismo. ¿O había sido para algún otro? Creía recordar que había tenido
una fuerte discusión con Jónas, pero no sabía por qué motivo. ¿Por el trabajo, o
por el tarot? Su mente estaba en blanco. Sus pensamientos se dispersaron cuando
sintió un espantoso pinchazo. Subía desde sus pies, y era de tal magnitud que, al
principio, Eiríkur tuvo dificultad para darse cuenta con exactitud de cuál era el
origen. No sabía si se había roto los tobillos o se trataba de alguna otra cosa. El
dolor fue disminuy endo en intensidad y entonces pudo darse cuenta de que las
punzadas procedían de la planta de los pies. ¿Pero qué había pasado? ¿Estaba en
el hotel?
Tuvo la sensación de estar tumbado sobre algo cálido pero duro. Tanteó con
ambas manos a sus lados y pensó que tenía que tratarse de hierba o de heno. El
desagradable olor que se le metía por la nariz, sin embargo, no indicaba en
absoluto que estuviera al aire libre. Un sonido extraño llegó además hasta él, pero
no pudo identificarlo. ¿Era una respiración? ¿Había quizá alguien a su lado? Con
mucho cuidado, Eiríkur entreabrió un ojo y vio que se encontraba en el interior
de un edificio. Estaba sumergido en la oscuridad, pero desde algún lugar detrás
de él llegaba un débil resplandor. No había fuerza humana capaz de hacerle darse
la vuelta para comprobar de dónde procedía la luz. En aquellos momentos, le
resultaba y a suficientemente difícil respirar. Se concentró en hacerlo con mucho
cuidado: dentro, fuera, dentro, fuera. Luchaba contra la náusea que no dejaba de
acosarle. Aunque fuera una estupidez, no podía ni pensar en vomitar antes de
saber dónde estaba y qué le había sucedido. Enseguida vio las cosas más claras.
Dinero. Dinero y muerte. El corazón dio un salto en su pecho y movió la
cabeza tan despacio como fue capaz con la esperanza de que todo fuera una
alucinación. Pero no. Estaba en una caballeriza. No había dinero alguno, y le fue
invadiendo la sospecha de que, en cambio, era la muerte la que estaba allí a su
lado. Perdió el control de su respiración y al mismo tiempo el control de la
náusea. Vomitó con todas sus fuerzas, y toda su atención estuvo centrada en ello
durante un rato. Pero pasó pronto, y el miedo volvió a apoderarse de él. Se oy ó
un poderoso relincho, seguido por el estampido de unos cascos. ¿De dónde
procedía aquel ruido? ¿A qué lado estaba el animal? Quiso sentarse y abrir los
ojos. Al intentarlo, volvió a vomitar, pero el primer acceso había sido tan violento
que prácticamente nada más pudo salir de él. Cuando pasó lo peor, logró
incorporarse sobre los codos y mirar cautelosamente a su alrededor. Su mirada
recorrió su propio pecho y, a pesar de su extraño estado, se pudo dar cuenta al
instante del lugar de donde procedía aquel hedor insoportable. Luchó consigo
mismo para reprimir el alarido que se formó en su garganta, y lo logró. Se obligó
también a apartar los ojos de aquel pellejo ensangrentado y de aquellas fauces
abiertas en aquel cráneo que se movía sin control, para concentrarse en lo que
tenía encima. El instinto de supervivencia fue más fuerte que el deseo de quitarse
de encima aquella porquería, aunque le ardiera en la piel la cuerda basta con la
que estaba atado a su cuerpo aquel horror. Miró despacio por encima de su propio
cuerpo.
Patas. Cuatro patas finas pero robustas. ¿Qué le habían dicho? Que nadie se lo
imaginaría, que todos dirían que había sido un accidente. Un accidente mortal
muy desgraciado provocado por él mismo. No podía ser. La gente tenía que
saber que era un asesinato, y no una simple estupidez por su parte. Eiríkur y a
había tenido que aguantar suficientes burlas un día tras otro a causa de su trabajo
como lector de auras. Tendría que hacer lo que fuera para que las bromas no le
acompañaran hasta más allá de la tumba. Al poco, aquello le llegó a parecer más
acuciante que conservar la vida. Ahora que se había dado perfecta cuenta de la
situación, tenía que hallar algún medio de darla a conocer. Intentó concentrarse.
Estaba en la cuadra de una caballeriza, así que no había mucho donde escoger.
No serviría de nada colocar la paja a su alrededor, porque cuando alguien
apareciera finalmente por allí volvería a quedar desperdigada. No, tendría que
garabatear alguna cosa en algún sitio llano que no pudieran pisotear los animales.
Recorrió el espacio a su alrededor con ojos atentos y vio que la pared no estaba
lejos. Con una decisión que ignoraba poseer, consiguió sobreponerse a su
sufrimiento y arrastrarse hasta ella. Por el camino rogó a Dios que le permitiera
escribir unas pocas letras en la pared con el anillo antes de que todo acabara. El
ritmo del jadeo del animal creció, y Eiríkur se quedó agarrotado. ¿Qué era lo que
le habían dicho? Que en cuanto aquel semental se percatara de lo que había en el
suelo, se llenaría de miedo, empezaría a cocear y lo mataría a patadas. Cuando
el ritmo de la respiración se calmó, esperó para may or seguridad un momento
más y luego siguió avanzando hacia la pared con extremada lentitud. No había
forma de que se pudiera poner en pie, el dolor en las plantas de los pies era como
si los estuvieran quemando con agua hirviendo.
Eiríkur notó que su hombro tocaba la pared y extendió hacia ella la mano con
el anillo. Empezó a raspar el revestimiento, pero, en ese mismo instante, el
caballo resopló al oír el chirrido del anillo rasgando la pared. Eiríkur vio con
horror cómo la bestia dirigía sus ojos pardos hacia él y relinchaba. Se apresuró
todo lo que pudo para grabar en la pared, pero sin atreverse a apartar los ojos de
aquella bestia enfurecida. El caballo agitó sus patas delanteras, giró luego sus
cuartos traseros hacia Eiríkur y le golpeó. Lo único que pasó por la mente del
hombre fue si la pareja conseguiría descubrir al asesino. Si hubiera tenido un
poco más de tiempo… Nadie entendería aquello. Un ruido espantoso surgió del
semental y Eiríkur se cubrió la cabeza con la mano casi instintivamente.
Pero, en realidad, era algo tan inútil como creer que habría alguien capaz de
leer lo que había escrito en la pared:

RER
Capítulo 18

—El potro es de mi mujer. A mí no me gustan mucho los caballos —dijo


Bergur mirando al suelo. Þórólfur se inclinó sobre la vieja mesa de la cocina,
procurando no meter la manga de la chaqueta en la mancha de café que se
formó cuando Bergur se llenó la taza con mano temblorosa.
—¿Y qué estaba usted haciendo ahí dentro? Si tan poco le gustan los caballos,
según acaba de decir.
—Les damos de comer por la tarde. Yo me encargo de eso —respondió
Bergur sin levantar los ojos—. Para eso no hace falta tener afición a los caballos.
Þórólfur había aprendido muchas cosas a lo largo de los años pasados en la
policía, y una de ellas era que podía fiarse de sus propias intuiciones acerca de
las personas a las que interrogaba. Tenía una clara sensación de que el hombre
inclinado delante de él tenía algo que ocultar. Sólo Dios sabía lo que era, pero
Þórólfur se propuso averiguarlo.
—No, desde luego que no —asintió, y empezó a preguntar apuntando bien—:
¿Cómo siguen teniendo el caballo en la cuadra, en vez de libre en el campo? Por
lo que sé, eso no es nada habitual en junio.
—Alquilamos caballos —respondió Bergur—. En realidad es mi mujer la que
se ocupa de los animales y y o echo una mano en lo que es necesario. Me
encargo de alimentarles y poco más. —Bergur se mordisqueó una uña de la
mano izquierda—. En realidad, ese semental está aquí de paso, apareció por aquí.
Þórólfur anotó algo en su cuaderno y cuando hubo terminado levantó la vista.
—¿Cómo se dio cuenta de que había algo que no iba como debía?
Bergur se encogió de hombros.
—No sé la hora con exactitud, si es a eso a lo que se refiere. No llevo ni reloj
ni móvil. —Señaló con el dedo el teléfono móvil de Þórólfur, que estaba en
medio de ambos, sobre la mesa—. Pero sí que está claro que lo vi muy poco
después de entrar en la caballeriza. —Bergur calló y tragó saliva ruidosamente.
—Ah, y a —dijo Þórólfur como si entendiera—. ¿Cómo se dio cuenta tan
rápidamente? Esa cuadra está en el otro extremo del edificio. ¿Había algún
motivo especial para que fuera directamente hasta allí?
Bergur volvió a tragar con esfuerzo.
—Siempre empiezo dándole al macho. Es medio salvaje todavía y es
impetuoso y molesto. Y está siempre a la expectativa mientras estoy y o dentro.
Si le doy primero a él, se queda tranquilo mientras atiendo a las otras caballerías.
—Comprendo —dijo Þórólfur—. Está en la cuadra más grande, la que tiene
las paredes más altas. ¿Me equivoco? —Bergur asintió con la cabeza sin decir una
palabra y Þórólfur continuó—: ¿Y eso por qué? ¿Es porque ese caballo es, cómo
dijo usted, impetuoso y molesto?
—No, no exactamente. Los machos sin castrar siempre se encierran mejor
que los demás. Así se evita que puedan acercarse a los demás caballos… eso
podría tener pésimas consecuencias.
—¿De modo que el semental en cuestión quizá no era especial? —preguntó
Þórólfur—. Quiero decir, ¿todos son iguales, los demás caballos siempre les
tienen miedo a este tipo de animales?
—Sí, los sementales son más agresivos que los castrados y que las y eguas —
respondió Bergur en voz baja—. Pero ese potro en particular es más fiero de lo
habitual. Puedo asegurarlo casi sin ninguna duda, aunque no soy especialista en
estos temas.
—Perfecto —dijo Þórólfur sin referirse a nada en particular—. Y al ir usted,
como acaba de decir, directamente hasta el corral…
—La cuadra —interrumpió Bergur.
—A la cuadra, entonces —se corrigió Þórólfur un poco molesto—, al
momento ve que hay un hombre en el suelo, ¿no?
—Sí, así es —respondió Bergur—. Me resulta tan inverosímil que no me es
fácil explicarlo en detalle.
—Inténtelo, de todos modos —alentó Þórólfur.
—Creo que antes que nada vi al zorro, luego al hombre. Recuerdo que vi
sangre en las tablas y primero pensé que el caballo se había hecho daño. Luego
vi al zorro y pensé que la sangre era suy a, pero luego… —Bergur jadeó
apresuradamente mientras intentaba controlarse—. Fue horroroso. Estaba allí
tumbado y pensé si estaría vivo, pero cuando me incliné para ver mejor
comprendí enseguida que tenía que estar muerto. —Respiró hondo y repitió—:
Fue horroroso. Y aquellos pies. Dios mío.
—¿De modo que uno no se acostumbra a estas cosas? —preguntó Þórólfur,
dando un golpecito en el borde de la mesa.
Bergur levantó la vista, extrañado, y con gesto de miedo.
—¿Cómo?
—Es el segundo cadáver que se encuentra usted por casualidad en pocos días.
Pensaba que sería menos malo la segunda vez, quizá —dijo Þórólfur—. Resulta
una casualidad bastante sorprendente, ¿no cree?
—Yo no decido qué cosas me voy a encontrar —replicó Bergur con voz
apagada—. Nunca me habría imaginado que volvería a vivir algo parecido, ojalá
no me hubiera pasado a mí. Ninguna de las dos veces. —Levantó los ojos y miró
a Þórólfur a la cara—. Yo no tengo nada que ver con esto, si eso es lo que cree
usted.
—No, no. Quizá no. Pero no deja de ser curioso —señaló Þórólfur,
devolviendo la mirada de Bergur con expresión decidida.
—Tiene que haber sido un accidente —dijo Bergur en tono dolorido—.
¿Sospechan de alguien?
—¿Cómo explicaría usted un accidente así? —preguntó Þórólfur.
—Bueno, no sé —dijo Bergur, que reflexionó por unos momentos—. Quizá
fue ese cazador de zorros quien trajo al animal. O quizá fue por alguna otra cosa
aún más rara.
—¿Qué quiere decir, con « más rara» ?
—Ha habido casos de hombres que entran en los establos para aliviar sus
necesidades. Quizá ese hombre entró para eso —respondió Bergur, ruborizándose
un poco.
—Pero entonces habría llevado una banqueta, o una caja, o algo a lo que
subirse, ¿no? ¿Y cómo encaja el zorro en todo esto? ¿Y los alfileres? —preguntó
Þórólfur con gesto duro—. Esas explicaciones suy as son demasiado rebuscadas.
Bergur se incorporó y se sentó con la espalda bien estirada.
—No soy y o quien investiga el caso. Usted me preguntó y y o le he
respondido. No tengo ni idea de cómo llegó ahí ese hombre. Sólo sé que y o no
tengo nada que ver.
—Muy bien, pero es su establo…
—Caballeriza. Los establos son para las vacas —dijo Bergur, irritado.
Enseguida se le disipó la ira y añadió, y a más calmado—: No estoy seguro de
querer seguir hablando de esto por ahora. Aún no tengo superado este horror. —
Bajó la cabeza y volvió a mirar el suelo.
—Enseguida terminamos —anunció Þórólfur, su voz no mostraba el menor
asomo de simpatía hacia el hombre que estaba sentado delante de él—. He visto
que hay un rifle en esa pared. ¿Es suy o?
—Sí —dijo Bergur—. Es mío. Dudo mucho que encuentre por estas tierras un
solo granjero que no tenga un rifle. —Levantó la mirada enfadado—. A ese
hombre no lo mataron a tiros. ¿A qué viene esa pregunta?
Þórólfur sonrió con fingida inocencia.
—No, pero al zorro sí que le pegaron un tiro, si no me equivoco. ¿Mató usted
al zorro?
Bergur pellizcó el borde del mantel de plástico coloreado de la mesa.
—No. O sí. No lo sé.
—¿Cómo? —preguntó Þórólfur extrañado—. ¿Puede explicármelo mejor? No
estoy seguro de haberle entendido bien. ¿No sabe si fue usted quien le pegó un
tiro a ese zorro?
Bergur dejó de juguetear con el mantel y miró a Þórólfur.
—Mato a los zorros en cuanto los veo. Tenemos una zona de puesta de
eideres, y no podemos permitirnos el lujo de dejar que ande por ahí una alimaña
suelta. Pero resulta que hace varios meses que no le disparo a ninguno, con la
excepción de un día en que se me escapó uno. Le alcancé, porque encontré
sangre y algunos jirones de pelo, pero no conseguí hallar el cadáver por ningún
sitio. Pesé que había escapado vivo, pero ¿quién sabe? A lo mejor aquel zorro es
éste.
—Sí, quién sabe —dudó Þórólfur—. Tal vez nos lo pueda explicar más
detenidamente y, por supuesto, hay muchísimas cosas más que necesitaremos
repasar mejor.
—Ahora no puedo —dijo Bergur claramente molesto con la idea—.
Sencillamente, no puedo.
—No tiene importancia —dijo Þórólfur, poniéndose las manos abiertas sobre
los muslos—. Sólo dos cosas más para terminar y y a volveremos a hablar más
tarde. En primer lugar… ¿la caballeriza suele estar habitualmente abierta, o
cerrada con llave? En segundo lugar… ¿conocía usted al difunto?, ¿pudo
reconocerle?
Bergur no levantó la mirada.
—Nunca cerramos la caballeriza con llave. Hasta ahora jamás ha sido
necesario. —Levantó los ojos y los clavó cansinamente en Þórólfur—. No tengo
ni idea de si conocía o no a ese hombre. Podría ser cualquiera… y a vio lo
desfigurado que estaba.
—Tiene toda la razón —dijo Þórólfur, disponiéndose a levantarse—. Ay,
perdone, una cosa más, la última.
Bergur miró al hombre con gesto de resignación.
—¿Qué es?
—Encontramos algo escrito en una pared de la cuadra, más exactamente,
algo grabado. Eran unas letras y estuvimos dándole vueltas a si llevarían allí
mucho tiempo o si serían algo reciente.
—¿Unas letras? —preguntó Bergur con extrañeza—. No recuerdo que hubiera
allí ninguna letra grabada. ¿Qué ponía?
—Bueno, creo que era R-E-R. ¿Le dice eso algo?
Bergur sacudió la cabeza.
—Nada. No lo he visto nunca, y no sé qué puede significar. —A juzgar por su
gesto, parecía responder con total sinceridad. Pero Þórólfur no pudo evitar la
sensación de que Bergur tenía algo que ocultar. ¿Pero qué?
***
—Si no tuviera tanta hambre, propondría que siguiéramos buscando —dijo
Matthew mientras abría la puerta del restaurante para dejar pasar a Þóra. Aquel
local estaba especializado en comida vegetariana y pese a la burda traducción de
Þóra de toda clase de recortes de periódico enmarcados que había en la ventana,
alabando la excelencia del lugar, Matthew no estaba demasiado ilusionado.
—La cerveza es vegetal —dijo Þóra, enviándole una sonrisa—. O está hecha
con vegetales, por lo menos.
Matthew sacudió la cabeza, escandalizado.
—No sé qué información tendrás sobre la cerveza, pero créeme, estás
equivocada. —Entró tras ella—. La cerveza es, si acaso, de cereales.
—Cereales… vegetales —dijo Þóra mientras le hacía señas a un camarero
para que les diera una mesa—. No hay diferencia. —Descubrió una mujer a la
que reconoció, sentada en la barra. Le dio un codazo a Matthew—. Esa mujer
trabaja en el hotel. Quizá deberíamos charlar un poco con ella.
—Yo no me acerco a esa barra a menos que me den una carta y que pueda
pedir desde allí —declaró Matthew—. Y con la condición de que den galletitas.
—De acuerdo —asintió Þóra, sonriéndole al camarero que llegaba en aquel
mismo instante—. Nos apetece empezar en la barra, si no hay problema —le
dijo—. Pero tenemos bastante hambre, así que preferiríamos que nos trajera y a
la carta. —Entraron en el bar, que era pequeño en relación con el tamaño del
local, y Þóra se sentó en un taburete alto al lado de la mujer. No había más que
cuatro asientos, y Matthew se instaló junto a Þóra, justo delante de un pequeño
cuenco con frutos secos.
—Hola —saludó la abogada, inclinándose para que la mujer le viera la cara
—. ¿No te conozco del hotel? ¿Del de Jónas?
Saltaba a la vista que la mujer y a había bebido demasiado. Delante de ella
había un vaso de lo más rococó lleno de un cóctel de venenoso color verde, y a
su lado descansaban varias varillas rojas, todas coronadas por una pequeña
cereza de cristal. La mujer necesitó un poco de tiempo para hacerse cargo de la
pregunta, y aprovechó para controlar unos ojos que parecían nadar dentro de
unas grandes órbitas pintadas. Cuando empezó a hablar, no sonaba en absoluto tan
borracha como Þóra había pensado.
—Espera, ¿te conozco? —preguntó con voz considerablemente potente.
—No, no nos conocemos, pero te he visto. Me llamo Þóra y estoy haciendo
un trabajito para Jónas. —Þóra extendió su mano.
El apretón de manos de la mujer fue bastante flojo.
—Ah, sí, es verdad. Ahora te recuerdo. Yo soy Stefanía, asesora sexual.
En el fondo, Þóra se quedó asombrada, pero no se atrevió a dejar traslucir
ningún gesto. Estaba bastante segura de que a la mujer no le gustaría en absoluto.
—Ah, vay a. ¿Tienes mucho trabajo? —preguntó.
La mujer se encogió de hombros y bebió un sorbito de cóctel.
—A veces sí. A veces no. —Dejó el vaso y se pasó la lengua por los labios
pintados de rojo—. Jónas se empeña en que todo llegará. Pero, a decir verdad,
esto ha empezado de una forma demasiado tranquila.
—No me digas —dijo Þóra compasiva—. Pero, por lo demás, ¿es agradable
trabajar allí? Es un lugar con un encanto muy especial.
La mujer resopló mientras hacía una mueca.
—Pues no, no es agradable. —Miró a Þóra y se esforzó por mirarla a los
ojos.
—¿Lo dices por las apariciones del fantasma? —preguntó Þóra—. ¿Te
preocupa eso?
Stefanía negó enérgicamente con la cabeza.
—No, por suerte nunca estoy allí de noche. Yo no he percibido ningún
fantasma, porque sólo aparecen en el turno de noche. Nunca he oído hablar de
apariciones que asusten a la gente durante el día. —Se echó hacia atrás un
mechón de pelo que le había caído sobre un ojo—. No, mi problema en ese
bendito centro de trabajo son las mujeres. —Suspiró profundamente—. Las
mujeres siempre son un fastidio. El sitio sería estupendo si sólo trabajaran
hombres. —Soltó un hipo—. Y y o, claro.
—Sí, claro —dijo Þóra—. Pero ¿qué mujeres son esas que tan insoportables
te resultan? No he conocido a muchas, pero sí que he charlado con Vigdís de
recepción.
—Vigdís, dichosa Vigdís —murmuró Stefanía—. Es un bicho.
—Ah —exclamó Þóra extrañada—. Naturalmente, y o no la conozco, pero
parece buena chica. A lo mejor me equivoco.
—Da lo mismo —dijo Stefanía irritada—. Por lo menos, a mí no me aguanta,
aunque y o nunca le he hecho absolutamente nada. —Miró preocupada a Þóra y
añadió—: He estado analizando el asunto y y a sé qué es lo que le pasa. —Hizo un
silencio breve pero teatral—. Me tiene un miedo cerval… miedo sexual. —Miró
triunfante a Þóra.
—¿Y eso? —preguntó Þóra sin comprender—. ¿Tiene miedo a que la violes?
Stefanía se echó a reír. Su risa era ligera y sin afectación, completamente
distinta a la persona misma.
—No, tonta. Como mujer, su temor primigenio va dirigido hacia las mujeres
que son más atractivas que ella. —Sonrió de una forma empalagosa—. No hace
falta tener ray os X en los ojos para darse cuenta de que y o soy sexualmente
mucho más atractiva que ella. —Bebió un trago—. Siempre llego a la misma
conclusión. Conozco a esa clase de gente como la palma de mi mano.
Matthew le dio un tironcito de la manga a Þóra.
—¿Podríamos pedir algo? Yo y a he elegido y te recuerdo que soy capaz de
asesinar cuando el hambre me acucia.
Þóra miró el vacío cuenco de las almendras.
—No importa, llama al camarero y pide tú. —Iba a darse la vuelta hacia
Stefanía, pero Matthew la detuvo.
—¿Y tú? ¿Tú, qué quieres comer? —Matthew señaló la carta, que le puso a
Þóra delante de la cara, y que ella ni siquiera se dignó mirar.
—Cualquier cosa —respondió Þóra—. Pídeme algo. —Se dio la vuelta hacia
Stefanía y Matthew hizo señas al camarero—. Hablando de mujeres —siguió—,
¿conocías a Birna, la arquitecta?
El gesto de Stefanía cambió como si le hubieran dado un bofetón. Se encogió
y, en una fracción de segundo, Þóra notó cómo se le descomponía el rostro.
—Dios mío santísimo —dijo Stefanía, que parecía tener un nudo en la
garganta—. Es espantoso.
—Desde luego —asintió Þóra—. ¿Ella no era una de esas mujeres tan
fastidiosas?
—No, en absoluto. Era un cielo —afirmó Stefanía. Echó un largo trago, hasta
vaciar el vaso. Después quitó la varilla con la cereza, se la metió en la boca y la
chupó un momento. Luego la dejó con todo cuidado en el borde de la barra, junto
a las demás—. Estoy tan afectada por todo esto, que y a no sé qué me pasa. —
Miró a Þóra—. No tengo costumbre de venir por aquí los domingos por la tarde.
Aunque vivo cerca.
—Comprendo —dijo Þóra, que no comprendía nada en absoluto—. Parece
que tú conocías muy bien a Birna, ¿tienes alguna idea de quien habría podido
albergar malos deseos hacia ella?
Stefanía levantó el vaso vacío y lo movió formando un pequeño anillo. Las
pocas gotas que quedaban cay eron hasta el fondo.
—Sí, tengo una idea —dijo con tranquilidad.
—¿Sí? —Þóra no pudo ocultar su excitación—. ¿De quién se trata?
Stefanía miró a Þóra.
—Estoy atada por un juramento de silencio. Los sexólogos somos como los
médicos en ese aspecto. Y como los abogados.
Þóra procuró no echarse a reír con la comparación. Aunque tampoco
resultaba tan absurda: a Bragi, su socio y copropietario del bufete, no le vendría
nada mal aproximarse a las fronteras de la asesoría sexual cuando tenía entre
manos uno de sus pleitos de divorcio.
—Yo soy abogada, y esa norma tiene sus excepciones. El bien general, por
ejemplo.
Stefanía reflexionó un momento, pero sólo un momento.
—Si eres abogada, entonces puedo hablarte a ti del asunto, ¿verdad? Pero no
son más que nombres, y no se los dirás a nadie. Aquí no se ve afectado ese bien
general.
Þóra no podía creer que hubiera tenido tanta suerte. Había contado con una
larga sesión en la barra, pendiente de que Stefanía se emborrachara lo suficiente
para olvidar el juramento de silencio de los sexólogos.
—No se lo puedo decir a nadie. De eso puedes estar segura.
—Estupendo —exclamó Stefanía—. Se me puso un nudo en el estómago
cuando me enteré, porque no le puedo contar nada a nadie. Ahora quizá podré
sentirme mejor. —Miró a Þóra—. ¿Lo prometes?
—Lo prometo —aseguró Þóra. Cruzó los dedos en la espalda porque sería
incapaz de no contárselo a Matthew—. ¿Quién le deseaba algo malo a Birna?
Stefanía había sido sincera, sin duda, al decir que se sentiría más aliviada.
Cuando empezó a hablar, lo hizo tres veces más rápido de lo normal.
—Tenía una relación con un granjero casado de por aquí. Se llama Bergur y
vive en Tunga. Eran de lo más desenfrenados en su relación sexual, y ella vino a
pedirme consejo. Pensaba que las cosas habían llegado demasiado lejos.
—¿Y pudiste ay udarla? —preguntó Þóra—. ¿Tal vez le recomendaste que
dejara de verse con él? —La ruptura de una relación podría ser motivo suficiente
para que un hombre enloquecido cometiera un crimen.
Stefanía apartó el vaso.
—No. —Se metió en la boca una uña pintada de rojo y la mordió con fuerza.
Volvió a sacar la uña; en el extremo se veía una mancha blanca: había arrancado
el esmalte con los dientes—. No, no lo hice. —Se quedó mirando el vaso como
absorta—. Le dije que dejara las cosas seguir su curso. Que el sexo duro no hace
daño alguno, por regla general.
—Oh —exclamó Þóra—. Comprendo que te sientas mal.
Stefanía asintió con un lento movimiento de la cabeza. Miró a Þóra y sus ojos
dieron al mismo tiempo con Matthew. Hasta aquel momento, había estado tan
ensimismada en sus propios sufrimientos que no se había fijado bien en él. Sonrió
y puso un gesto que a Þóra no le hizo ninguna gracia.
—¿Quién es ése? ¿Tu amigo? —preguntó melosa.
Þóra decidió garantizar su derecho exclusivo a él, escudándose en el idioma.
—Es extranjero. Está aquí para descansar. —Se inclinó hacia Stefanía,
bajando el tono de voz—. Sida. —Luego movió la cabeza con gesto cómplice y
se echó hacia atrás en su taburete.
La sexóloga abrió los ojos de par en par.
—¡Jo! —exclamó decepcionada—. Si queréis puedo daros algunos consejos
que os podrán ay udar. Hay muchas cosas divertidas que se pueden hacer en el
sexo sin llegar a la penetración.
—No, gracias —dijo Þóra con una sonrisa cortés—. Te lo agradezco de todos
modos. —Se volvió hacia Matthew—. Vamos. La comida estará a punto de llegar.
Stefanía le sonrió al alemán.
—Es muy importante que comas bien y no te saltes ninguna comida —le
recomendó amistosa.
—Desde luego —dijo Matthew sorprendido.
Þóra agarró por el hombro a Stefanía un instante.
—Muchísimas gracias. Seguramente nos volveremos a ver más tarde, porque
tengo que seguir haciendo algunas cosas más para Jónas.
Stefanía la miró con extrañeza.
—¿No quieres saber quién es el otro?
—¿El otro qué? —preguntó Þóra desconcertada.
—Bueno, el otro hombre que desearía perjudicar a Birna —explicó Stefanía
medio disgustada.
Þóra asintió moviendo enérgicamente la cabeza:
—Sí, por supuesto.
Stefanía se inclinó para hablarle al oído. Cuando estuvo tan cerca que Þóra
quedó convencida de que la había manchado de lápiz de labios, dijo en un
susurro:
—Jónas.
***
Þóra siguió con la vista los coches de policía uno detrás del otro. Tres
coches… Evidentemente, allí pasaba algo muy grave. Entraron tranquilamente
en la explanada de grava delante del hotel y aparcaron uno junto al otro en una
esquina. Los golpes de las puertas al cerrarse resonaron en la oscuridad cuando
seis agentes de policía salieron de ellos; uno era una mujer.
—¿Y ahora? —preguntó Þóra, mirando extrañada a Matthew—. Dijeron que
no pensaban venir por aquí hasta mañana. —Luego miró silenciosa a aquella
pequeña tropa, que se acercaba a paso ligero hacia la puerta principal, donde
Matthew y ella estaban sentados al sol vespertino, cada uno con su vaso de vino.
Ella seguía con hambre, pues Matthew se había vengado de su indiferencia ante
la carta del restaurante encargándole única y exclusivamente una ensalada
verde. Tampoco es que él hubiera salido mucho mejor parado, con la lasaña
vegetariana que había pedido. No le había dado para nada. Repitieron pan dos
veces más, pero tampoco quedaron demasiado satisfechos.
Þóra reconoció a dos de los policías. Se trataba de los que habían hablado con
Jónas y se llevaron su teléfono. Recordó que el may or se llamaba Þórólfur.
—Buenas tardes —dijo, dirigiendo a éste su saludo.
—Buenas —fue la seca respuesta.
—Tenía entendido que no volverían hasta mañana —dijo Þóra—. ¿Sucede
algo malo?
Þórólfur respondió brevemente sin detenerse ni siquiera a mirarles hasta que
llegó delante de su mesa.
—Todo es efímero en este mundo. —E inmediatamente desapareció con el
resto del grupo en el interior del edificio.
Capítulo 19

Þóra carraspeó.
—Hay una cosa que no consigo comprender en todo esto. —Miró a Jónas,
que estaba sentado, pálido, a su lado, antes de continuar—: ¿Por qué quieren
hablar con mi cliente? Él no tiene caballeriza y no puedo imaginarme que hay a
surgido en su investigación inicial nada que pueda indicar que él tuviera parte
alguna en lo que parece haber sucedido allí. —Dirigió una dura mirada a
Þórólfur a los ojos—. ¿O hay algo más?
Le llegó entonces a Þórólfur el turno de carraspear, y lo hizo con ganas.
—Ahora mismo se lo explico bien claro. El cadáver encontrado cerca de aquí
resultó que se trataba de una mujer que trabajaba para su cliente. En vista de que
han pasado sólo muy pocos días, las cosas parecen indicar que aquí hay algo que
no va como debería. Tenemos motivos para sospechar que es la misma persona
la que ha intervenido en las dos ocasiones.
Jónas se inclinó hacia adelante en su silla.
—Hagan el favor de referirse a mí por mi nombre. Estoy harto de que me
llamen cliente.
Þóra suspiró, pero miró a Jónas y asintió con la cabeza. Luego se dirigió de
nuevo a Þórólfur.
—En todo caso, ustedes están aquí exclusivamente para preguntar a Jónas si
el difunto era cliente o empleado del hotel, no porque consideren que esté
relacionado de alguna otra forma con este caso, supongo.
Þórólfur abrió las manos.
—No he dicho nada de eso, pues la investigación se encuentra en una fase
preliminar en estos momentos. Pero es evidente que por ahora sólo estamos
intentando averiguar quién es el difunto. Lo que suceda al final no lo podemos
predecir.
—Y esa caballeriza —dijo Þóra—, ¿puedo preguntar quién es el dueño?
—Pregunte lo que quiera —respondió Þórólfur molesto—. Yo le responderé si
lo considero oportuno. —Hizo crujir los huesos de las manos—. Pero, por otra
parte, no es ningún secreto que la cuadra en cuestión pertenece a la granja
llamada Tunga.
Þóra dio un respingo, pero confió en que Þórólfur no se hubiese dado cuenta.
—¿Esa granja está cerca de aquí? —preguntó Þóra, intentando aparentar que
no sabía nada.
—Es la siguiente granja al oeste de aquí —respondió Jónas, feliz de poder
decir algo.
—Comprendo —dijo Þóra—. Entonces debe de estar bastante próxima a la
play a, donde apareció el cadáver de Birna, ¿no? —Dirigió su pregunta a Þórólfur.
Al ver que éste no respondía, prosiguió—: ¿No deberían estar en la granja
hablando con sus propietarios, en vez de haber venido aquí? —Resolvió esperar
antes de contarle a la policía la relación entre el granjero y Birna, hasta que ella
misma hubiera hablado con él. Tomó la determinación de reunirse con Bergur
inmediatamente, a la mañana siguiente, antes de que la relación hubiera salido a
la superficie. En cuanto esto sucediera, no estaría nada claro que fuera a tener la
más mínima oportunidad de hablar con él.
—Vay amos al tema —dijo Þórólfur irritado, volviéndose hacia Jónas—.
Supongo que usted conoce la cuadra en cuestión, ¿no?
—Sí, desde luego —respondió Jónas—. Sé perfectamente dónde está y he
entrado en ella.
—¿Entiende usted de caballos? —preguntó Þórólfur.
—No, en absoluto —respondió Jónas—. Sólo soy algo aficionado. Pero tengo
intención de meterme en ello más a fondo en el futuro. Ahora tengo más que
suficiente con la construcción del complejo.
—¿Y qué fue a hacer a la caballeriza? —preguntó Þórólfur.
—Rósa tuvo la amabilidad de enseñarme los caballos —dijo Jónas, que se
apresuró a añadir—: Rósa es la dueña de la granja, la esposa de Bergur.
Habíamos estado hablando algo de caballos las pocas veces que nos habíamos
visto, y dijo que quería enseñarme un joven semental que tenían. Eso fue hace
bastante tiempo, medio año o más.
—¿Se acuerda del nombre del caballo en cuestión? —preguntó Þórólfur.
—Sí —dijo Jónas—. Recuerdo que se llamaba Hielo. —Sonrió—. Pero más
bien habría debido llamarse Fuego, porque nunca he visto un caballo con un
genio tan vivo.
Þórúlfur se tomó su tiempo antes de hacer la siguiente pregunta, y aprovechó
para contrastar algo que había escrito en el cuaderno que tenía delante. Þóra se
empezó a intranquilizar. En aquellas preguntas sobre el caballo había alguna cosa
que apuntaba a que, en el fondo de todo, se ocultaba algo más que una simple
búsqueda de información. Pero decidió no dejarse alterar, y esperar a ver el
curso que tomaban los acontecimientos. Þórólfur apartó finalmente los ojos de su
cuaderno de notas y los clavó en Jónas.
—En otras palabras, usted afirma que hace aproximadamente seis meses, en
la caballeriza en cuestión, había un caballo bastante temperamental o difícil. ¿Me
equivoco?
—Eso es —asintió Jónas, enarcando las cejas—. ¿Por qué lo pregunta?
—Por nada especial —dijo Þórólfur, anotando algo—. ¿Y zorros? —preguntó
—. ¿Puede decirme algo sobre la presencia de zorros en la comarca?
Jónas miró a Þórólfur y luego a Þóra, con cara de extrañeza.
—¿Tengo que contestar a eso? —preguntó desconcertado. Þóra asintió. Estaba
deseosa de ver adonde iba a parar todo aquello. Jónas se volvió de nuevo hacia
Þórólfur—. No comprendo la pregunta, en absoluto. ¿Quiere saber algo en
general sobre los zorros, o si y o tengo un zorro?
—Bueno —dijo Þórólfur—, sería estupendo, por ejemplo, saber si hay zorros
por aquí cerca, o si usted tiene zorros, también estaría bien que me lo dijera.
Jónas se echó hacia atrás en su silla y frunció el entrecejo.
—No tengo ningún zorro. ¿Por qué iba a tener zorros? Ésta no es una granja
de animales de peletería. —Se dirigió a Þóra, que se encogió de hombros y le
hizo una seña de que continuara respondiendo. Jónas aceptó, aunque muy a
desgana—. Pero por aquí sí que hay zorros. Lo sé porque saquean los nidos de
eider y los granjeros están siempre quejándose. A decir verdad, es lo único que
sé sobre esos animales. —Jónas calló y reflexionó un momento antes de
continuar—. Bueno, aparte de que eran los únicos mamíferos que vivían en
Islandia cuando la colonización.
Þórólfur sonrió con frialdad.
—No le he pedido una lección de ciencias naturales. —Se pasó la mano
derecha por el pelo—. Dígame otra cosa, ¿las letras R-E-R tienen algún
significado para usted?
Jónas sacudió la cabeza.
—No. Me temo que no. —Miró a Þóra—. ¿Qué significan?
—Ni idea —respondió ella, mirando a Þórólfur—. ¿Qué significado tiene?
—No importa —dijo sin añadir nada más—. ¿Tienen ustedes sala de costura
en el hotel? —preguntó luego.
—No —contestó Jónas—. ¿Tiene algún botón suelto o algo descosido? —
preguntó un momento después, aparentemente con total sinceridad.
Þórólfur no respondió, sino que continuó con sus preguntas.
—¿Practican aquí la acupuntura?
—Yo personalmente, no, pero, en alguna ocasión, hemos hablado de traer
temporalmente algún especialista en esa materia —respondió Jónas con
extrañeza—. Con esa antiquísima forma de terapia se pueden conseguir
resultados increíbles en algunas afecciones. Sé de un hombre que había estado
fumando un paquete de Camel sin filtro al día durante treinta años… —No
consiguió terminar.
—No sé si se habrá dado cuenta de que ésta no es una simple charla amistosa
—le interrumpió Þórólfur enfadado—. Yo pregunto y usted responde.
Preferiblemente sí y no, siempre que sea posible. —Se frotó un hombro mientras
hablaba, y Þóra rogó a Dios que Jónas no fuera a ofrecerle un masaje con
piedras—. La pregunta es ésta: ¿Existe aquí sala de costura, hay agujas de
acupuntura o se ofrece algún servicio que precise la utilización de agujas o
alfileres?
Jónas pensó un momento y luego contestó, de acuerdo con las instrucciones
de Þórólfur:
—Sí —dijo, y luego calló.
Þórólfur suspiró.
—¿Sí, qué? ¿De qué servicios se trata?
Þóra le hizo una señal a Jónas para que respondiera.
—En todas las habitaciones hay unos pequeños costureros del tamaño de una
caja de cerillas. Están para los huéspedes que necesiten hacer algún arreglo en
sus ropas. Puedo ir a buscar uno, si quiere. Contienen unos rollitos de hilo de
colores, una aguja, dos o tres botones y un imperdible, si no recuerdo mal. Es lo
único que hay.
—¿Alfileres, no?
—No —negó Jónas, sacudiendo la cabeza—. Creo, casi con total seguridad,
que no.
—Me gustaría ver uno antes de irme —solicitó Þórólfur—. Y ver dónde los
almacena. —Hizo una breve pausa y miró fijamente a Jónas a los ojos—. Una
última cosa, para terminar. Me han informado de que alguien ha entrado en la
habitación de Birna.
—¿Cómo? —exclamó Jónas asombrado—. No tenía ni idea. ¿De dónde ha
sacado esa información?
—Eso no le afecta a usted. Lo que sí le afecta es la pregunta de si sabe quién
lo hizo o cuándo sucedió.
—No sé nada de nada. No he entrado allí desde que ustedes hicieron cerrar
con llave la habitación el viernes por la noche y prohibieron que nadie entrara.
Puedo responderle que y o no fui. —Jónas hablaba deprisa—. No se me ha
perdido nada allí.
—Eso lo dice usted —repuso Þórólfur, apartando la mirada de Jónas y
dirigiéndola a su cuaderno de notas—. Alguien pensó que tenía motivo para
entrar allí. Eso está claro. Si no fue usted… ¿quién, entonces? —Volvió a mirar a
Jónas.
—Bueno, no lo sé. El asesino, o alguien —respondió Jónas con torpeza.
—¿Hemos acabado y a? —intervino Þóra—. Dijo que una última cosa para
acabar, y Jónas y a ha respondido. ¿Podemos irnos y a?
Þórólfur agitó la mano.
—Por favor. Pero seguramente tendré que volver a hablar con usted mañana
—le dijo a Jónas—. No se marche.
Jónas abrió mucho los ojos, desconcertado, así que fue Þóra la que habló en
su lugar:
—No, no. Claro que no. Pero le recuerdo que deseo estar presente en todos
los interrogatorios de Jónas, y confío en que eso no planteará problema alguno.
—No, no —dijo Þórólfur—. ¿Por qué iba a resultar un problema?
Þóra y Jónas salieron del despacho que Jónas les había prestado a los agentes
de policía. Si se podía llamar despacho. Era un almacén de material de limpieza,
en donde había también un escritorio para el que no habían encontrado hueco en
ningún otro sitio. Habían traído unas sillas y las habían colocado lo mejor que
permitía el escaso espacio disponible, pero el resultado no era nada convencional,
en ningún sentido de la palabra. Cuando habían comenzado, a Þóra le llamó la
atención lo poco amenazadora que resultaba la habitación, y se preguntó si le
serviría a la policía para sus primeros interrogatorios. Después de llevar allí un
ratito, se dio cuenta de que el olor a desinfectante era tan insoportable que
compensaba por completo el aspecto inocente de la habitación. Al salir se sintió
total y absolutamente encantada. Y pensativa. ¿Zorros? ¿Alfileres? ¿R-E-R?
***
Jónas tomaba su coñac a grandes sorbos, contraviniendo todas las reglas de la
moderación. Había invitado a Þóra y a Matthew a ir a su apartamento cuando
ella le dijo que tenía que hablar con él, después del interrogatorio. El
apartamento, que era bastante pequeño pero acogedor, formaba parte del
edificio del hotel. La vista hacia el oeste, en dirección al glaciar, era espléndida
desde el lugar en donde estaba sentada Þóra, al lado de Matthew, en un mullido
sofá de cuero, con un vaso de agua en la mano.
—¿Sabes algo más de lo que le dijiste a la policía? —preguntó Þóra—. Por
ejemplo, ¿qué era eso del zorro y las agujas? ¿Y las letras?
—No tengo ni la más remota idea. Puedo jurarlo —aseguró Jónas—. No sé
nada en absoluto sobre ese hombre y mucho menos sobre zorros, alfileres o
letras. Flipaba. Pensé que se trataba de una trampa.
—No, no lo creo —dijo Þóra—. Pero sí que resultó todo un tanto raro, de eso
no hay duda. —Esperó mientras Jónas apuraba su vaso y alargaba una mano
hacia la botella para servirse un poco más—. Dime una cosa, Jónas. —Éste la
miró—. ¿Sabes que Birna tenía una relación con un campesino de por aquí cerca?
¿Un campesino casado?
Jónas se ruborizó.
—Sí, lo sospechaba —dijo con un gesto extraño.
—Y te habrás dado cuenta, supongo, de que se trata del granjero de la
caballeriza de la que estuvo hablando la policía —señaló Þóra.
—Sí, me he dado cuenta —afirmó Jónas—. Pero no quise decir nada.
—¿Por qué no? —preguntó Þóra.
—Bueno, no sé —respondió Jónas, que bebió un largo trago.
—¿Es quizá porque tú también tuviste una relación con ella y no querías
arriesgarte a verte más involucrado en el asunto?
—Tal vez —respondió Jónas, con un rencor en la voz que recordaba
totalmente al de un chaval.
—¿Por qué no me contaste que habíais estado juntos? —preguntó Þóra
enfadada.
—No fue nada, nada en absoluto —respondió Jónas—. En todo caso, no fue
motivo suficiente para querer hacerle daño.
—¿Así que rompisteis la relación por las buenas? —preguntó Þóra. Miró de
reojo a Matthew, que en aquel momento bostezaba. Þóra estaba llevando la
conversación en islandés para que las reacciones de Jónas fueran lo más
naturales posible. De modo que Matthew estaba allí sentado como un inútil,
contemplando el glaciar. Þóra estaba asombrada de la calma con que se lo estaba
tomando, su ex marido habría estado dándole codazos todo el rato para dejarle
bien claro que y a estaba harto.
—Pues sí —contestó Jónas. Tenía los ojos un poco vidriosos, pero Þóra no
sabía si era por el cansancio, pues y a era medianoche, o por el alcohol—. Desde
luego, y o habría preferido que siguiéramos juntos, pero ella prefirió buscar
nuevos aires. Dijo que era demasiado viejo para ella.
—Suena como si no te hubiera resultado demasiado agradable —observó
Þóra—. ¿Se fue de tus brazos a los de Bergur?
—Sí —afirmó Jónas cariacontecido—, realmente se puede describir así.
—Me parece que todo eso no te gustó ni pizca —dijo Þóra—. Quizá no tenga
derecho a mencionarlo, pero me resulta extraño que quisieras que ella siguiera
trabajando aquí después de eso. Da igual que os hubierais separado por las
buenas o por las malas.
—Fue por las buenas. No miento —replicó Jónas—. ¿Qué podía hacer? Ella
y a no me quería, ¿y qué? Así es la vida a veces. Era una buena arquitecta y
comprendía mis ideas sobre el resto de las construcciones del complejo. Soy
suficientemente maduro como para saber separar negocios y vida privada.
—Suerte que tienes —dijo Þóra—. Esperemos que no aparezca ninguna
versión distinta en los interrogatorios de los demás testigos. —Miró a Jónas—. Eso
no te favorecería mucho.
—¿Por qué? —preguntó Jónas extrañado—. ¿Es que no puedo ser amigo de
una mujer?
—Claro que sí —dijo Þóra molesta—. Sabes perfectamente a lo que me
refiero. Y luego está lo otro. ¿Quién es el hombre de la cuadra? A lo mejor es el
tal Bergur. ¿Y entonces?
Jónas palideció.
—Bueno, no sé.
Þóra se dio una palmada en el muslo y se dispuso a ponerse en pie.
—Yo no me habría puesto a escribir cosas en las paredes. No dijeron nada
que indicara si se trata de un accidente o de algo peor.
Jónas la miró.
—¿Tú crees que la policía se pondría a hacerme preguntas sobre zorros y
letras si un caballerizo se hubiera caído en el granero? No, detrás de todo eso hay
algo más.
***
Matthew había pasado el brazo por el hombro de Þóra mientras miraban el ir
y venir de las olas en la orilla del mar. Ella le había pedido que fueran a dar un
paseo antes de acostarse, pues seguía con el olor de los productos de limpieza
inundándole la nariz, anunciando una jaqueca si no un ataque de nervios. Cerró
los ojos y estaba a punto de decir algo bonito cuando sonó su móvil.
—Todo parece indicar que el hotel es el único lugar de la zona que carece de
cobertura —dijo Matthew suspirando.
Þóra se apresuró a responder.
—Hola, Þóra, perdona por llamarte tan tarde —dijo una voz femenina—. Soy
Dísa, tu vecina.
—Ya, hola —dijo Þóra extrañada. ¿Se le habría incendiado la casa?
—Intenté localizarte antes, pero probablemente tenías el móvil apagado —
dijo Dísa para disculparse.
—No, estoy en Snæfellsnes y la cobertura es infame por aquí —explicó Þóra,
confiando en que la mujer fuera por fin al grano—. Viene y va todo el rato.
—Sí, sabía que estabas en el campo. Por eso te llamo. Es que he visto que
alguien se llevaba tu todoterreno con la caravana a remolque, hacia las once. Me
pareció de lo más extraño. ¿Se lo has prestado a alguien?
—No —dijo Þóra irritada—. Oy e, Dísa, muchas gracias. Voy a comprobar si
alguien se lo ha llevado prestado. Si no, tendré que llamar a la policía. Gracias
otra vez.
Colgó y vio que tenía seis mensajes esperándola. Abrió el más reciente.
Decía: llámame enseguida - Gylfi se ha largado llevándose a Soley.
Þóra dejó escapar un profundísimo suspiro. Miró a Matthew y dijo con voz
fúnebre:
—Nunca tengas hijos. Conténtate con la niña africana.
LUNES 12 de junio de 2006
Capítulo 20

Þóra caminaba en círculos por el aparcamiento en busca de una buena


conexión para su móvil. Matthew la seguía extrañado.
—¿Por qué no usas el teléfono de la habitación? —preguntó, tiritando para
quitarse el frío. La mañana era bastante desapacible y Þóra no sabía muy bien si
estaban en medio de un banco de niebla o simplemente había nubes bajas. Había
intentado contactar con su hijo Gy lfi la noche anterior sin conseguirlo, y quería
comenzar el día sabiendo dónde estaban él y la caravana. El muchacho no tenía
aún carné de conducir, aunque y a había hecho los cursos. Þóra estaba espantada
pensando que podía haberles ocurrido algo. Los mensajes de su móvil habían
eliminado de un plumazo el bienestar de que estaba disfrutando hasta entonces.
Primero llegaron tres de Gy lfi. En el primero, la informaba de su enfado al no
poder irse a casa como habían acordado, en el segundo que se marchaba de casa
de su padre, y el tercero decía solamente: Eye of the Tiger - me fui. A
continuación, habían llegado varios mensajes de su ex, en los que explicaba que
Gy lfi era inaguantable e indisciplinado y que todo era culpa de ella. Þóra los
borró. Gy lfi era un estudiante bastante tranquilo y aplicado, y muy lejos de los
defectos que le achacaba su padre. Pero era joven y a veces le resultaba difícil
controlarse cuando se le obligaba a hacer algo que no le gustaba y, sobre todo, si
tenía que asistir calladito a las espantosas canciones de su padre. Eye of the Tiger
había sido, evidentemente, la gota que colmó el vaso. Þóra no recordaba que
Gy lfi se hubiera sentido nunca encantado de ir a casa de su padre. Fueran
acompañados o no por la consola de juegos de Sóley y su Sing Star. Después del
divorcio, Hannes había comenzado una relación con una mujer a la que le
enloquecían los caballos, manía que él había empezado a compartir. Ni Gy lfi ni
Sóley compartían la afición, y además Gy lfi les tenía miedo a los caballos,
miedo que había mamado con la leche de su madre. Por eso, le fastidiaba
siempre muchísimo ir con su padre, con la amenaza constante de un paseo a
caballo en cualquier momento. Hannes era incapaz de comprenderlo, por mucho
que Þóra se esforzó en explicárselo, y decía que « había que quitarle esa manía
al chico» .
Þóra suspiró y esperó respuesta. Estuvo pensando si llamar a los padres de la
novia, en caso de que Gy lfi no respondiese, pero no le apetecía nada.
Evidentemente, Gy lfi se la había llevado en su fuga con la caravana, porque a
Þóra le había llegado también un mensaje de la madre de la chica, y lo último
que quería era dar pie a sus explosiones de soberbia. Pero podía comprender
perfectamente que la mujer estuviera furiosa, a ella misma no le habría hecho
ninguna gracia si Sóley estuviera a punto de dar a luz a los dieciséis años, y
anduviera en un todoterreno, con una caravana a remolque, en compañía de un
novio poco may or que ella. Agradeció que los padres de Sigga no supieran que
Gy lfi no tenía carné. Por fin respondieron, y la somnolienta voz de su hijo sonó al
otro lado de la línea.
—¿Sí?
—¿Dónde estás? —bramó Þóra a pesar de que intentaba mantener la
compostura.
—¿Qué? ¿Yo? —preguntó Gy lfi como un tonto.
—Sí, claro que tú. ¿Dónde estás?
Gy lfi bostezó.
—En algún sitio cerca de Hveragerði, creo. Pasamos ay er por ahí.
Þóra echó sapos y culebras contra sí misma por no haberse aplicado más en
viajar con sus hijos por el país. Sabía por experiencia propia que toda la región
sur del país era, en la mente de su hijo, por Hvergarði, igual que toda la región
norte era por Akureyri.
—¿Estás en la caravana? —preguntó Þóra, que se apresuró a añadir—: ¿Y
con quién estás?
—Ah, Sigga y y o —dijo Gy lfi, que añadió arrastrando las palabras—: bueno,
y Sóley.
—¡Sóley ! —gritó Þóra—. ¿Cómo se te ha podido pasar por la cabeza
llevártela a ella? Ni siquiera tienes carné de conducir, y aunque lo tuvieras,
mucho me temo que no estarías autorizado para llevar una caravana durante los
primeros meses. ¿Cómo se te ocurre llevarte el coche con una novia embarazada
y con tu hermana de seis años?
—Conducir no tiene ningún truco —respondió Gy lfi con seguridad varonil—.
Y para que lo sepas, Sóley está aquí porque se negó a decirme dónde guardas las
llaves del todoterreno si no me la llevaba a ella también. Además, y a estaba más
que harta de los alaridos de papá. La pobre ni siquiera podía jugar con su propia
consola.
Þóra exhaló un profundo suspiro.
—Mira, Gy lfi, cariño —dijo con toda la calma de que fue capaz—. No
muevas la caravana ni un metro más. Esta tarde iré a buscaros. ¿Estáis en un
camping?
—Ah, no —respondió Gy lfi—. Creo que no. Estamos en un sitio en el que he
parado.
—Comprendo —dijo Þóra. Cerró los ojos y sacudió la cabeza para quitarse
de encima las ganas de chillar—. Entérate de dónde estás exactamente y dímelo.
Envíame un SMS, porque la cobertura aquí es terrible. No sigas viaje. No querrás
acabar herido en un accidente, tú o cualquier otra persona.
Una vez que Gy lfi lo prometió, se despidieron. Þóra tenía que confiar en que
la obedeciera. Por regla general, su hijo era obediente, pero si habían aparcado a
un lado de la carretera o en lugar igual de inteligente acabarían por tener hambre
o se verían obligados a desplazarse a algún sitio mejor. Se metió el móvil en el
bolsillo y se volvió hacia Matthew.
—Repito lo que te dije anoche. No tengas hijos.
***
Þóra dio rápidos golpecitos en el borde de la mesa con la pluma que sostenía
entre el pulgar y el índice.
—¿Eso te ay uda a pensar? —preguntó Matthew—. Eso espero, al menos,
porque y o no consigo hilar ni una sola idea hasta el final con ese golpeteo en los
oídos.
Þóra dejó la pluma, se volvió hacia Matthew e hizo una mueca.
—Esto es importante. Estoy intentando mantener la concentración, pero mis
hijos metidos en la caravana se me vienen una y otra vez a la cabeza. —Cerró
los ojos y respiró hondo—. ¿Cómo se me pudo ocurrir comprar semejante
monstruosidad?
—Porque en cuestiones de dinero eres tan previsora como un pececito dorado
—dijo Matthew sonriéndole. Se encontraban en la habitación del hotel, Þóra a la
mesa y Matthew sentado en la cama. Estaba apoy ado contra la cabecera,
disfrutando de la vida. Ella estaba sentada en una silla estilo new age elegida, sin
ningún género de dudas, por su aspecto y no por su utilidad o su comodidad—.
Ponte a escribir lo que y a sabes a ciencia cierta —le ordenó suavemente
Matthew, acomodándose aún mejor—. Lo demás vendrá después.
Þóra empuñó la pluma y estuvo pensando un ratito. Se había empeñado en
que Matthew y ella repasaran las circunstancias para preparar su reunión con
Börkur y Elín, los hermanos que le habían vendido los terrenos a Jónas. Tenía la
sensación de que no tendría ninguna otra oportunidad de interrogarlos a fondo, y
quería tener las cosas bien claras.
—Vale —asintió, y empezó a escribir.
Cuando levantó la vista, había llenado tres hojas de tamaño DIN-4. Claro que
había bastante espacio entre las líneas, así que no era un texto demasiado largo,
pero había querido separar bien los detalles que recordaba. Se volvió hacia la
cama, encantada consigo misma.
—Despierta —dijo en voz alta al comprobar que Matthew estaba echando
una cabezadita.
Matthew se despertó con un respingo.
—Estaba despierto —dijo inmediatamente—. ¿Has acabado?
—Sí —afirmó Þóra, enarbolando sus papeles—. Por lo menos, de momento
no recuerdo nada más.
—Cuéntame —pidió Matthew, adoptando una postura más erguida. Al
dormirse había ido escurriéndose por la cabecera abajo.
—En primer lugar, están las apariciones del fantasma. He hablado con
bastante gente y todos están de acuerdo en que el lugar está embrujado. Aunque
la may oría de la gente de la zona cree en esas cosas, me inclino a pensar que
aquí está pasando algo, efectivamente…
Matthew la interrumpió.
—¿Bromeas? —preguntó—. ¿Crees que la historia de los fantasmas tiene
cabida en la realidad?
—No, claro que no —respondió Þóra molesta—. No me has dejado
explicarme. Lo que iba a decir era que seguramente se trata de algo que tiene
una explicación natural. Gran parte de los habitantes de la zona creen en lo
sobrenatural y a lo mejor interpretan de esa forma algún fenómeno extraño: un
fenómeno que seguramente se podría explicar de otra forma más racional. Creo
que deberíamos intentar descubrirlo. Fantasmas en el jardín, gritos a
medianoche, apariciones en las habitaciones.
—Pero fue precisamente en la de Jónas donde apareció el espíritu —dijo
Matthew, para aportar más detalles—. Y aunque eso no afecte a lo principal,
¿cómo explicarías esos sucesos? —preguntó entonces—. ¿No será sencillamente
cosa de extraterrestres?
—Ja, ja —se rió Þóra—. Lo que y o pensaba era que, a lo mejor, se trataba
de Birna y Bergur haciendo el amor por ahí. La sexóloga dijo que practicaban el
sexo duro. Quién sabe si soltaban unos gritos tremendos, y los fantasmas que se
vieron fugazmente no eran más que ellos buscando lugares apropiados.
—Yo oí esos gritos, y no tenían nada que ver con relaciones sexuales de
ningún tipo —dijo Matthew, ruborizándose un poco, porque sabía que Þóra estaba
convencida de que habían sido simples imaginaciones suy as—. Además, cuando
llegaron a mis oídos, Birna y a estaba muerta.
Þóra lo miró con gesto impenetrable.
—No sé qué decir, pero me permito dudar de que hay as oído nada. Más bien,
sospecho que debes de haberlo soñado. —Vio que Matthew estaba a punto de
poner algún reparo, y se apresuró a continuar—: Sea como fuere, estoy segura
de que aparecerá alguna explicación plausible, y estoy decidida a encontrarla,
porque es posible que tenga alguna relación con los crímenes.
—¿No estarías arruinando al mismo tiempo el pleito de Jónas? Me refiero al
del defecto oculto —preguntó Matthew—. Si explicas las apariciones, no habrá
nada en lo que basar la reclamación de daños y perjuicios.
—No, naturalmente eso cambiaría todo de forma radical —respondió Þóra
—. Pero, en cambio, creo que a Jónas, en realidad, lo que más le saca de quicio
en este asunto es que el fantasma ejerce una influencia negativa sobre sus
empleados, con las correspondientes consecuencias económicas. Si consigo
explicar las apariciones y demostrar que en todo esto no hay nada sobrenatural,
se habrá obtenido el resultado deseado. Los empleados recuperarán la
tranquilidad y Jónas podrá dejar de preocuparse por las dimisiones y las
exigencias de aumento de sueldo.
—Si te creen —señaló Matthew—. Aunque te escuchen, no está claro que te
oigan.
Þóra dejó el papel que tenía en las manos, y agarró otro.
—No importa. Al menos, creo que eso lo clarificará todo. —Pasó los ojos por
el texto y después levantó la vista—. Y lúego está el asesinato de Birna. En ese
asunto hay una serie de cosas que tenemos que ver con más detalle.
—¿Como qué? —preguntó Matthew—. ¿Ese peculiar cliente tuy o?
Þóra estuvo pensando si lanzarle a la cabeza el cenicero que había sobre la
mesa, pero renunció a ello.
—Sí, desde luego. Entre otras cosas —respondió, conteniéndose—. Bien
puede ser que esté más involucrado de lo que quiere reconocer. Por ejemplo,
nunca me habló de su relación con Birna. No estaría nada mal saber algo más
sobre sus relaciones y sobre su ruptura por culpa de una tercera persona.
—¿Qué opinas sobre el mensaje que le enviaron a Birna desde el teléfono de
Jónas? —preguntó Matthew—. ¿Crees que lo hicieron sin que él lo supiera?
Þóra se encogió de hombros.
—No lo sé, realmente no lo sé. Me cuesta mucho creer que Jónas hay a
asesinado a Birna, le enviase el mensaje o no. Naturalmente, no estará dispuesto
a reconocer que ha sido él quien lo escribió, a la vista de lo sucedido. No tiene por
qué haberse reunido con ella en ese lugar, aunque hay a sido él quien le enviara el
mensaje. Quizá sucedió algo que se lo impidió, sencillamente —reflexionó Þóra,
que hizo una breve pausa—. De ser así, se podría pensar que Jónas mencionó
ante el asesino la cita prevista, y que éste aprovechó la ocasión.
—¿Quién pudo ser?
—Eso no lo sé, pero quizá pueda recordarlo Jónas —Þóra sacudió la cabeza
—. No, qué va. No lo dirá a menos que se vea obligado a reconocer que fue él
mismo quien envió el mensaje. No resultará nada fácil obligarle.
—La otra posibilidad es, naturalmente, que el asesino se apoderase del
teléfono y enviara el mensaje como si fuera Jónas. Dijo que solía dejarse el
móvil en la habitación —recordó Matthew—. Hubo bastantes personas que
tuvieron ocasión de hacerlo. Huéspedes del hotel, empleados e incluso asistentes
a la reunión espiritista. El problema de esta hipótesis es que la gente del hotel, al
menos los que estaban en la reunión, no habrían tenido tiempo de ir hasta allá
abajo andando o corriendo y matar a Birna. Es imposible si el crimen se produjo
hacia las nueve, como indica la lista de mensajes.
—De acuerdo —dijo Þóra, volviendo a mirar su papel—. Pero también está
el granjero, Bergur. Lo he puesto en la parte de abajo del papel, porque está
implicado, no sólo por su relación con Birna sino también por ese hombre que
encontraron muerto en sus caballerizas. —Miró a Matthew—. Me parece una
casualidad muy extraña. Dos cadáveres en tres días, uno el de su amante, y el
otro aparece en una de las dependencias de su granja. Me gustaría mucho
conocer a ese hombre.
Matthew se limitó a levantar las cejas.
—¿Has pensado en la mujer de Bergur? Ella tiene un motivo más que
suficiente para querer librarse de Birna, y a que convirtió su matrimonio en una
pura farsa.
Þóra asintió lentamente con la cabeza.
—Sí, sí que es verdad. Quizá deberíamos ir a visitarla. ¿Qué excusa podemos
alegar?
—Podríamos ir con el pretexto de hacer una excursión a caballo —propuso
Matthew sonriendo—. Supongo que estará encantada de prestar ese tipo de
servicios.
Þóra devolvió la sonrisa.
—Eso podría funcionar si la mujer fuera ciega y tonta. Nadie creería que tú
vas preparado para embadurnarte de estiércol. Lo mismo podrías ofrecerte a
impartir clases de islandés. —Dirigió los ojos hacia los pantalones perfectamente
planchados y la camisa blanca que Matthew llevaba puestos—. O tal vez podrías
presentarte como misionero mormón. Ni siquiera tendrías que cambiarte de
ropa.
Matthew hizo como si no oy era aquellas palabras.
—¿Y decir la verdad, sencillamente? —prosiguió—. Reunirnos con ellos sobre
esa base, aunque los dos por separado.
—¿Y cuál es la verdad? ¿Que sospechamos de ella como culpable de un
asesinato? —Þóra sacudió la cabeza—. No, gracias. Eso no sirve.
—La verdad tiene muchas caras —dijo Matthew—. Le dices simplemente
que estás investigando las apariciones. Eso no es mentira.
Þóra meditó un instante.
—Pues es verdad. Además, es bastante posible que sepan algo sobre la
historia de la granja y de la comarca. No es una idea tan disparatada.
—¿Qué más has escrito? —preguntó Matthew—. ¿No habrás pensado
solamente en esas tres personas?
Þóra ley ó rápidamente el papel.
—No, qué va. El piragüista, Þröstur Laufey jarson, me parece muy
misterioso. —Miró a Matthew—. Tendremos que hablar con él.
Matthew se encogió de hombros.
—¿Lo dices porque se escapó al vernos en la play a?
—Entre otras cosas, sí —respondió Þóra—. Y también los dos japoneses
resultan un tanto extraños, pero seguramente son simples imaginaciones mías. —
Bajó los ojos hacia el papel—. El camarero, Jökull, es también increíblemente
negativo en lo tocante a Birna. —Deslizó la mirada por el texto—. Luego está el
viejo político, Magnús. Está claro que oculta algo. Por ejemplo, ¿por qué no
reconoció que preguntó por Birna al registrarse en el hotel?
—Estás bromeando —dijo Matthew—. Ese hombre es tan anciano que no
sería capaz de matar ni a la planta de una maceta. Puede ser que tenga algo que
ocultar, por qué no, pero y o no le veo enviando un SMS y luego bajando a gatas
hasta la play a con la intención de matar a esa mujer. ¿Y por qué tienes la fijación
de que se trata de un hombre? El asesino podría ser perfectamente una mujer.
—¿Como quién? —preguntó Þóra—. ¿Vigdís, la de recepción? ¿O la sexóloga
beoda, Stefanía?
—Sí, precisamente —contestó Matthew—. O la mujer de Bergur, como
señalé antes. Sólo estoy indicando que sabes demasiado poco para poder excluir
a nadie.
Þóra suspiró.
—Lo sé. Lo siento. —Agarró la última de las hojas—. Y luego hay cosas que
quizá no afecten para nada al asesinato de Birna pero que, sin embargo, merece
la pena que las tengamos en cuenta.
—Suéltalas —dijo Matthew—. Esto empieza a resultar divertido.
—Deseo saber quién era Kristín —dijo Þóra—. Su nombre está en la agenda
de Birna, de modo que es posible que tenga algo que ver con el crimen.
Matthew rió, pero se detuvo de inmediato al comprobar que Þóra le miraba
con mala cara.
—Sigue.
—Otra cosa que quiero saber es dónde estaba el estudio de Birna. Estuve en
su habitación del hotel, y aunque no soy arquitecta es evidente que no trabajaba
allí, o si lo hacía era de forma muy limitada. Ni siquiera había ordenador, por
ejemplo.
—¿Le preguntaste a Jónas por ese detalle?
—Pues no. Sólo pensé en ello cuando estaba poniendo estas cosas por escrito.
Pero lo haré, de eso puedes estar seguro. Y si alguien registró su habitación fue
porque tenía que andar detrás de algo.
—En eso estoy de acuerdo —dijo Matthew—. Pero si su estudio está en
Reikiavik, seguramente la policía lo habrá precintado.
—En realidad, estoy segura de que trabajaba en algún sitio aquí, a juzgar por
algunas cosas que dijo Jónas, al menos —señaló Þóra, blandiendo la última hoja
—. Y tengo más cosas —dijo mientras leía lo último que había anotado—: Me
habría gustado saber dónde está enterrado Grímur. —Levantó la vista para mirar
a Matthew—. Y me muero por saber qué le sucedió al joven de la silla de ruedas.
—Cielo santo —exclamó Matthew—. No empieces por ahí.
—Pues sí que lo haré, tengo que saberlo —dijo Þóra con determinación—.
Aunque sólo sea porque el camarero se alteró terriblemente cuando mencioné al
muchacho. Me pareció muy extraño. —Volvió a mirar el papel—. También
tenemos que enterarnos de por qué le preguntó la policía a Jónas por zorros y
alfileres y, naturalmente, lo que es ese R-E-R. Y también necesito saber dónde
encaja, en todas estas cosas, el hombre muerto.
—Siempre es una ventaja saber lo que quieres —afirmó Matthew—. Algunos
no llegan más que a eso.
Þóra no le escuchaba.
—También me gustaría saber un poco más sobre los nazis en Islandia —dijo
mientras plegaba los papeles.
El suspiro de Matthew fue tan fuerte que Þóra tuvo la sensación de que le
había dado un ataque de apendicitis.
—Nazis —repitió Matthew con cara de pocos amigos—. Tampoco podían
faltar.
Capítulo 21

Þóra tuvo la sensación de haber retrocedido en el tiempo cincuenta años por


lo menos. Estaba sentada en una sala repleta de muebles de madera barnizados.
—Digamos que Jónas está bastante disgustado por el hecho de que no
mencionaran este asunto al realizar la compraventa —decía Þóra ligeramente
recostada en el respaldo, haciendo crujir los muelles del viejo sofá. Era un
armatoste, con asientos más profundos de lo habitual, de modo que cuando por
fin consiguió encontrar el respaldo, se dio cuenta de que estaba estúpidamente
echada hacia atrás, y se apresuró a incorporarse. Lo peor era que su estatura le
habría permitido inclinarse hacia el respaldo del sofá sin que los pies se le
quedaran colgando en el aire, pero y a importaba poco. Los dos hermanos, Börkur
y Elín, la habían llamado aquella misma mañana para rogarle que fuera a su
casa de Sty kkishólmur. Þóra decidió aceptar en lugar de hacerles acudir al hotel.
En realidad, acogió aquel cambio con satisfacción, pues estaba deseando salir del
entorno del hotel, aunque sólo fuera para aclararse las ideas.
La alta casa era una de las más señoriales de la ciudad. Resultaba evidente
que habían invertido en ella mucho dinero, y estaba bien conservada. Þóra pensó
que probablemente se trataría de la casa del bisabuelo, el que se había
enriquecido como armador de barcos de pesca y había conseguido sacarle todo
el jugo posible a aquel negocio antes de la llegada de los tiempos de los
arrastreros. Matthew se había quedado admirado por aquella casa de chapa de
zinc. Estaba elegantemente pintada y el frontispicio, las paredes y los aleros,
todos blancos, llamaban la atención. Había preferido quedarse fuera para que la
conversación pudiera llevarse a cabo en islandés y para tener, además, ocasión
de echar un vistazo a la ciudad. De modo que Þóra estaba sola, bajo la mirada
escrutadora de Börkur y Elín, sentados frente a ella, con las manos sobre los
imponentes brazos de sus sillones, en actitud autoritaria.
—Eso no son más que viejas habladurías. Jamás se me habría ocurrido
pensar que tuvieran nada que ver con el presente. Sandeces. Es que no sé ni qué
decir —exclamó secamente Börkur—. Y lo único que puedo pensar es si
mencionarlo hubiera cambiado algo. —Prosiguió—: Ese hombre tenía unas
ganas terribles de cerrar la compra. Ni siquiera mostró interés alguno por la
licencia de pesca de salmón en el río, ni otras cosas que podían haberle sido
útiles.
—Teniendo en cuenta la clase de actividad a la que se dedica, estoy segura de
que a Jónas le habría parecido importante, de haberlo sabido —dijo Þóra con una
sonrisa de cortesía—. Y mucho. Los salmones y otras cosas similares están en un
segundo plano en este contexto, pero lo sobrenatural no.
Börkur resopló.
—¿Y qué piensa hacer con esta estupidez? ¿Conseguir una rebaja en el precio
de compra?
—Por ejemplo —respondió Þóra—. Esa sería una posibilidad.
—Jamás he oído una cosa semejante —dijo Börkur indignado—.
¿Deberíamos buscarnos un abogado? —Miró a su hermana, en cuy o rostro
parecía haber una nube de tormenta.
Elín estaba sentada al lado de su hermano, sin hacer un solo gesto.
—Quizá debiéramos hablar del asunto un poco más. A ver si es posible
encontrar alguna salida. —Se dirigió a Þóra—: ¿O no? ¿O a lo mejor Börkur tiene
razón?
—Si y o pensara que la única solución es una rebaja o una compensación por
daños y perjuicios, me habría limitado a enviarles una carta —respondió Þóra—.
He venido para discutir el asunto y ver si podemos solucionarlo de alguna otra
forma.
—Daños y perjuicios —refunfuñó Börkur—. Soy y o quien tendría que
reclamar daños y perjuicios. Tendría que estar trabajando, en vez de estar aquí
sentado hablando de estas estupideces.
—Venga, hombre —dijo su hermana Elín, molesta—. Tus empleados estarán
contentos de librarse de ti durante un rato. A lo mejor hacen un fondo común
para que no vuelvas.
El rostro de Börkur se puso rojo como la sangre, pero decidió no responder.
En lugar de eso, volvió a dirigirse a Þóra.
—Tengo una propuesta —bramó—. Dígale a Jónas que nos reímos de esta
estupidez suy a y que todo el mundo hará lo mismo. Dudo mucho que hay a un
solo juez hoy en día que esté dispuesto a admitir un pleito por daños y perjuicios
basado en apariciones fantasmales. —Jadeó durante un momento antes de
continuar—: Tiene que ser bastante difícil encontrar abogados como usted,
dispuestos a aceptar casos tan estúpidos como éste.
A Þóra no le hizo ninguna gracia que la consideraran una abogaducha de
tercera, pero decidió controlarse. Sabía por experiencia propia que quien pierde
los estribos en una discusión, acaba derrotado.
—Naturalmente, ustedes son muy libres de decidir qué prefieren hacer —
dijo imperturbable—. Pero me permito señalarles que a los jueces les pone muy
nerviosos que la gente no haga un esfuerzo por solucionar sus asuntos antes de
llegar hasta ellos. Los tribunales son el último recurso, no el primer escalón, para
casos como éste.
Elín puso la mano sobre los dedos de su hermano, que apretaban con fuerza el
tapete de la butaca.
—Entiendo —le dijo a Þóra sin mirar a su hermano—. Pero ¿de qué otra
manera se puede solucionar? ¿Tiene usted alguna propuesta que hacernos al
respecto? —Miró a su hermano y le sonrió con calma—. Estamos abiertos a todo.
—¿Contratar un exorcista, quizá? —gruñó Börkur—. ¿No sería lo más
práctico?
Þóra fingió no haberle oído, y se dirigió a Elín:
—Quizá una forma de empezar sería que me contasen, por ejemplo, si
ustedes mismos vieron apariciones en el lugar.
—Sí, ¿por qué no? —respondió Elín, aflojando un poco la presión sobre los
dedos de su hermano—. Porque a eso es muy fácil responder. Yo jamás he
notado absolutamente nada extraño allí, aunque no hay a vivido mucho tiempo en
la casa. Nuestra madre creció en Kreppa con el abuelo Grímur. Nuestro tío
abuelo Bjarni era el dueño de Kirkjustétt, donde se construy ó el hotel, pero murió
hace mucho. Si hubo historias asociadas a la propiedad, no hay muchas
posibilidades de que nosotros llegáramos a oírlas.
—¿Y usted? —preguntó Þóra a Börkur—. ¿Percibió alguna cosa u oy ó hablar
de algo relativo a apariciones en cualquiera de las granjas, o en la comarca?
Börkur sacudió la cabeza.
—Claro que no. Allí no hay nada que notar ni que oír. Yo no me pliego a
hablar de semejantes estupideces. —Y añadió tormentoso—: Y además, y o he
vivido allí menos aún que Elín.
Þóra se volvió de nuevo hacia la hermana.
—¿Y cómo es posible que las granjas estén en tan buen estado de
conservación? Yo no vi Kirkjustétt antes de que se construy era el hotel, pero
estuvimos visitando Kreppa y puedo imaginar que la casa estará en un estado
similar al que tenía Kirkjustétt.
—Sí, es cierto —respondió Elín con calma—. Nos ocupamos de que se
atendiera al mantenimiento de las casas. —Movió en círculo una mano para
llamar su atención al salón en el que se encontraban—. Esta casa pertenece a la
familia desde que la construy ó mi bisabuelo. La utilizamos como segunda
residencia cuando venimos a la región. Es mucho más grande y no está tan
aislada como las dos viejas granjas. Mi hermano y y o no visitamos este lugar
con tanta frecuencia como para que resultara conveniente dividirla.
—Pero entonces, ¿por qué mantener las otras granjas? ¿No era un gasto
superfluo? —preguntó Þóra.
—Bah —dijo Elín—. Para nuestra madre eran importantes cuando tenía salud
y energía para ello. No quería deshacerse de nada, su intención era volverse al
campo cuando envejeciera, y estaba empeñada en que todo siguiera como había
estado siempre. Pero no pudo hacerlo, porque aquí no hay tantos servicios como
en las ciudades para los ciudadanos de la tercera edad. —Levantó la cabeza con
orgullo—. Pese a todo, conservamos las casas incluso después que nuestra madre
enfermase, porque se nos ocurrió la idea de que, con el tiempo, los hijos de
Börkur y los míos tuvieran cada uno su granja. Aunque mi hermano y y o no
hemos tenido problema para compartir la casa, pensamos que tal vez más
adelante nuestros hijos desearían poder venir aquí con sus familias.
—¿Y por qué las vendieron, entonces? —preguntó Þóra—. Conservaron las
granjas durante decenios para sus hijos, pero cuando éstos se hicieron adultos,
decidieron deshacerse de ellas. —Añadió, para explicarse—: He conocido a su
hija Bertha, y calculo que el resto de sus hijos tendrán edades similares.
Elín sonrió de forma calculada.
—Sí, así son las cosas. Yo sólo tengo una hija, pero Börkur tiene dos hijos.
Ninguno de los dos ha mostrado interés alguno por Snæfellsnes, de modo que es
inútil seguir conservándolo todo.
—Pero ¿y su hija Bertha? —preguntó Þóra—. La conocí aquí y he creído
entender que viene bastante por la región.
En el rostro de Elín volvió a dibujarse la misma sonrisa fría.
—Bertha viene mucho por aquí, tiene razón. Pero Börkur y y o hemos
acordado que y o le compraré su parte de esta casa, y no es necesario que mi
hija y y o tengamos dos residencias en la comarca. En realidad, y a nos estamos
deshaciendo de algunas cosillas.
—¿Así que tienen más tierras en la península? —preguntó Þóra.
—Sí —respondió Börkur, muy satisfecho—. Sí que las tenemos.
Þóra frunció el entrecejo.
—¿Pero entonces por qué le vendieron a Jónas sólo una parte? —preguntó
extrañada. Siempre había pensado que lo último que se vende es lo que tiene
valor sentimental para la familia.
—Jónas estaba buscando tierras con antiguas edificaciones —respondió
Börkur, tan enfadado como antes—. Se quedó entusiasmado con esos terrenos en
cuanto supo que no había una, sino dos granjas.
—Nos hizo una oferta muy buena, como sabe usted perfectamente —añadió
Elín—. Había llegado el momento de tomar una decisión definitiva, y el resultado
fue el que todos conocemos.
Þóra meditó si debía indagar más sobre las circunstancias de fondo de la
venta. Todo aquello le resultaba bastante inverosímil, y su impresión se vio
reforzada por la frialdad con que Elín le respondía. Por miedo a que la mujer se
molestara por tantas preguntas sobre el mismo asunto, Þóra decidió cambiar de
tema.
—¿Conocen bien la historia de las dos granjas?
—¿Bien? —exclamó Elín con tono de sorpresa—. Naturalmente que la
conocemos, pero, por desgracia, y o soy pésima en genealogía e historia. —
Levantó las manos y volvió las palmas hacia Börkur—. Y lo mismo puede
decirse de mi hermano.
Börkur se limitó a erguirse y carraspear.
—Siempre he pensado dedicarme más a fondo a esos asuntos, pero estoy tan
ocupado que nunca encuentro el tiempo para hacerlo.
—Pero tienen que haber oído historias a lo largo de los años; de su madre, por
ejemplo —indagó Þóra—. ¿No recordarán algo concerniente a las granjas?
—Nuestra madre no hablaba mucho de su vida aquí —respondió Elín—. Se
trasladó a Reikiavik con el abuelo cuando era todavía muy joven. —Elín bajó la
vista hacia su regazo—. Su vida no fue precisamente un camino de rosas. La
abuela Kristrún se murió cuando ella no era más que un bebé, y tenemos
entendido que el abuelo Grímur no fue un padre, digamos, modélico. Tuvo que
bregar con muchos problemas, nunca volvió a ser el mismo tras la muerte de la
abuela. —Elín levantó los ojos y miró de nuevo a Þóra a la cara—. Pero, por
desgracia, no le recuerdo, de modo que no puedo juzgar si era o no una mala
persona.
Þóra torció el gesto.
—¿Por qué habla así de él? ¿Le hizo algo malo a su madre?
—A su manera, sí —contestó Elín—. Se suicidó. Mamá tenía sólo diecinueve
años, y lo único que sé es que nunca dejaría que un hijo mío descubriera que he
muerto de esa forma. En mi opinión, no fue un buen padre, a pesar de todo lo
demás que se pueda decir de él.
—No seas así —intervino bruscamente Börkur—. Sabes perfectamente que el
buen hombre estaba enfermo. No puedes pretender que un hombre
psicológicamente hundido vay a a cumplir hasta la última norma moral de la
sociedad. Eso son puros y simples prejuicios, nada más.
Elín le miró con enfado, pero no le respondió. Se volvió hacia Þóra.
—Naturalmente, mi hermano ve las cosas de forma diferente. Yo quiero
tanto a mi madre que no puedo evitar la ira al pensar en el daño que le hizo. —
Echó un vistazo a su alrededor—. Estoy segura de que mamá tenía un enorme
aprecio a las tierras de la península, pues mientras vivió aquí todo iba a pedir de
boca. Pero, cuando se trasladaron a la capital, el abuelo enfermó. Ella quiso
conservar en la memoria sus recuerdos de una infancia llena de felicidad.
—Comprendo —dijo Þóra—. Sería difícil. —Dirigió una sonrisa de simpatía a
los dos hermanos, y continuó—: Estuve viendo la lápida de su abuela en el
cementerio próximo al hotel, y su abuelo Grímur no parece estar enterrado a su
lado. Si me permiten la pregunta, ¿a qué se debe?
Los labios de Elín se apretaron un poco.
—Mamá siempre dijo que había tomado esa decisión tras su muerte. Él
nunca expresó deseo alguno sobre el lugar dónde quería ser sepultado, y ella
tampoco tenía el menor deseo de que lo enterraran en la región. Yo diría que
prefirió tenerlo cerca de ella, y por entonces vivían en Reikiavik.
Þóra pensó que era una explicación extraña. Se acomodó en el sofá.
—Y díganme, ¿saben algo sobre la historia de su tío abuelo Bjarni, que vivió
originalmente en Kirkjustétt?
—Murió joven, de tuberculosis —respondió Börkur, contento de ser el
primero en responder—. Perdió a su mujer también joven, de modo que la
historia de los dos hermanos no deja de ser parecida.
—Ella también murió —dijo Þóra—… me refiero a su hija Guðný. De
tuberculosis, ¿no?
—Sí. —Elín se apresuró a intervenir. A juzgar por su gesto, no le gustaba nada
que su hermano le quitara la palabra—. Los dos enfermaron y se negaron a ir a
la capital a recibir tratamiento al hospital. A saber si aquello hubiera podido
cambiar las cosas. No sé prácticamente nada sobre la tuberculosis. Sé que
nuestro abuelo les estuvo tratando lo mejor que pudo, porque era médico. Pero,
desgraciadamente, no sirvió de nada.
Þóra se inclinó un poco hacia delante.
—Sé que les parecerá una pregunta muy incómoda, pero tengo que hacerla,
de todos modos. —Hizo una breve pausa. Los hermanos se quedaron inmóviles,
tensos—. He oído hablar de que en la granja hubo prácticas incestuosas, que
Bjarni abusaba de su hija. ¿Puede ser cierto eso?
—No —replicó Elín con voz dura—. Todavía siguen con esa cuestión. Es una
demostración de lo poco que había que hacer aquí en aquellos tiempos. La gente
no tenía otra ocupación que inventarse chismes sobre las personas respetables
que y a habían muerto y no podían defenderse de las habladurías. —Elín calló,
con el rostro púrpura. Evidentemente, no era la primera vez que oía aquello.
—¿Cómo puede estar tan segura? —preguntó Þóra con toda la cautela que
pudo—. Quizá su madre no hablaba de ello por lo joven que era ella en aquella
época y, como usted misma dijo, usted no conoció a su abuelo, de modo que
difícilmente se lo habría podido contar él.
Elín miró fijamente a Þóra, con furia en los ojos.
—Oí a mi madre rechazar esa historia con tal determinación, que no me cabe
la más mínima duda de que es un puro y simple infundio. —Apretó los labios—.
Pero no veo el objeto de esta conversación. Si no tiene usted nada más inteligente
que preguntarnos, creo que deberíamos concluir esta entrevista ahora mismo.
—Le pido mil disculpas —dijo Þóra, compungida—. No necesito seguir
hablando de estas cosas. —Intentó desesperadamente sacar a colación cualquier
otra cosa para evitar que la echaran sin más—. ¿Saben ustedes si los hermanos
tuvieron algún desencuentro? —preguntó a toda prisa—. Tengo entendido que
estuvieron años sin hablarse.
Elín estaba aún demasiado enfadada para responder, así que quien lo hizo fue
Börkur.
—Fue cosa de sus esposas. Chocaron entre ellas y arrastraron a los dos
hermanos. Creo que nadie sabe exactamente cuál fue el motivo de la disputa
entre la abuela y su cuñada, pero fue suficientemente serio como para que no
pudieran solucionarlo entre los hermanos, incluso después de la muerte de las dos
mujeres. La familia es conocida por su intransigencia y su afán de venganza.
Elín intervino.
—Mamá me dijo que la abuela Kristrún perdió un niño, y que en su
desesperación le echó la culpa de haberle matado a su cuñada Aðalheiður.
Semejante acusación carecía del más mínimo fundamento, el niño enfermó y
murió, y a está, pero el estado psíquico de la abuela empezaba y a a ser delicado
en aquel entonces. Bjarni, el hermano del abuelo, se sintió enormemente
ofendido al ver a su mujer acusada de semejante atrocidad, y tuvieron los dos un
enfrentamiento tremendo, aunque creo que se habían reconciliado cuando murió
Bjarni, pues tengo entendido que el abuelo se portó muy bien con él, y lo atendió
durante su enfermedad, en una época en que nadie se atrevía a acercarse por
miedo al contagio.
Þóra asintió.
—¿Saben si hubo un incendio en alguna de las granjas? —preguntó; ante sus
ojos veía el dibujo de una casa en llamas que habían encontrado en la mesa de la
habitación infantil de Kreppa.
—¿Un incendio? —dijeron los hermanos a coro. Elín sacudió la cabeza—. No,
jamás he oído nada al respecto. Las granjas son las originales.
Þóra asintió.
—¿Y les suena el nombre de Kristín en relación con las granjas?
—No había ninguna Kristín, que y o recuerde —dijo Börkur sin alterarse lo
más mínimo con la pregunta—. Pero tiene que haber existido alguna Kristín en el
vecindario. Sólo que no recuerdo haberla oído mencionar nunca. —Elín se
contentó con sacudir la cabeza.
Þóra se esforzó todo cuanto pudo en la formulación de la siguiente pregunta,
que preveía que sería la última.
—¿Saben si alguno de los dos hermanos, o los dos, fueron miembros del
Partido Nacional durante los años de la guerra?
—¿El Partido Nacional? —repitió Börkur con el rostro enrojecido—. ¿Se
refiere a los nazis?
—Sí —dijo Þóra.
—Esto y a es demasiado —dijo Elín, que golpeó las manos contra los brazos
del sillón y se puso en pie—. Me niego a seguir perdiendo el tiempo con estas
imbecilidades.
Þóra se levantó también.
—Para hablar de otra cosa, finalmente, supongo que habrán oído hablar de la
mujer que asesinaron allí cerca justo antes del fin de semana. Ahora se ha
cometido otro crimen. Todo parece indicar que ay er por la tarde. ¿Estaban
ustedes de camino hacia aquí la noche en cuestión?
En el fondo, los dos hermanos eran exactamente iguales. El gesto de ira que
se dibujó en ambos rostros casi al mismo tiempo puso de relieve su enorme
parecido.
—La única respuesta educada que se me ocurre a esa pregunta tan ambigua
es « no» : ninguno de nosotros tiene nada que ver con esos crímenes. Es mejor
que se marche —dijo Elín con sequedad—. Fantasmas, incesto, nazis y
asesinatos. No aguanto más majaderías.
***
Matthew se encontraba esperando en la calle delante de la casa, apoy ado
confortablemente sobre una farola, pero se enderezó cuando Þóra apareció en la
puerta. Oy ó un sonoro portazo cuando llegó a la escalera de la calle, lo que
provocó que una amplia sonrisa se dibujara en los labios del alemán.
—¿Preguntaste por el muchacho quemado? —dijo mientras caminaba hacia
ella.
—No —contestó Þóra decepcionada—. Desgraciadamente no me dio tiempo.
La sonrisa de Matthew se hizo aún más amplia.
—No importa —dijo—. Ven. Tengo que enseñarte una cosa.
Capítulo 22

—¿Qué es eso? —preguntó Þóra, dándose media vuelta delante del pequeño
escaparate de la tienda. No le resultaba fácil comprender la sincera alegría de
Matthew al enseñarle aquellos cachivaches dispuestos sobre las polvorientas y
blancas estanterías de madera del escaparate—. Un montón de tazas viejas, ¿y
qué?
—Mira —dijo él decepcionado, señalando un objeto pequeño que estaba
entre la figurita de una perdiz nival y un florero con una Rósa pintada.
Þóra se acercó más al escaparate y pudo ver que se trataba de una medalla
de plata con un casco y dos espadas. Por el lugar de la estantería en que se
encontraba, Þóra apenas podía verla sin ponerse de puntillas.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—Es una condecoración alemana de la Segunda Guerra Mundial —explicó
Matthew satisfecho de sí.
—¿Y? —preguntó Þóra—. ¿Quieres comprarla?
Matthew se echó a reír.
—En realidad, no —dijo, señalando la puerta de la tienda—. Pero he visto
pasar al vendedor y parece más viejo que los trastos que vende. Se me ocurrió
que podríamos entrar y preguntarle sobre los nazis de Snæfellsnes. Seguramente
él sabrá algo de cualquier cosa que le preguntemos. Esa condecoración nos
proporcionará una excusa estupenda para hablar con él.
—Ajá —exclamó Þóra—. Ya voy comprendiendo.
Al entrar en la tienda, les recibió un sonoro timbrazo, procedente de una
campanilla que había en la puerta. Þóra no comprendió para qué hacía falta un
timbre, pues la tienda era tan pequeña que difícilmente pasaría desapercibida
cualquier persona que entrara. No había un palmo de espacio que no estuviese
repleto de cosas, con lo que el lugar parecía más pequeño todavía. Las
atiborradas estanterías que cubrían todas las paredes casi llegaban al techo. Había
una escalera apoy ada sobre una de ellas. Los objetos estaban llenos de polvo, lo
que no indicaba precisamente que el negocio fuera viento en popa. En la parte
interior de la tienda estaba un anciano canoso detrás de una mesa igual de vieja,
sobre la que se apoy aba una caja registradora tan antigua que Þóra dudó que
cumpliera las normas del Ministerio de Hacienda. Después de echar un vistazo,
se fueron aproximando al mostrador, pasando por el medio de toda clase de
mueblecitos viejos que estaban amontonados por el suelo para aprovechar al
máximo el reducido espacio.
—Buenos días —saludó Þóra, sonriendo al vendedor, cuando llegaron por fin
hasta el mostrador sin romper nada milagrosamente.
—Buenas —respondió tranquilo el hombre, sin sonreír—. ¿En qué puedo
ay udarles?
—Este amigo mío es de Alemania, y ha visto en el escaparate una insignia
que le ha llamado la atención —respondió Þóra—. ¿Podríamos echarle un
vistazo?
El anciano asintió y fue hasta el escaparate, abriéndose paso entre los trastos.
—Sí, esto lleva aquí mucho tiempo, se lo aseguro —dijo mientras alargaba un
brazo para coger el objeto—. En realidad es una condecoración, no una insignia.
—Se dio la vuelta con la plaquita de plata en la mano y la puso sobre el
mostrador—. Una condecoración que se concedía a los heridos.
—Ah —exclamó Þóra levantando el objeto. La condecoración, como había
podido ver, tenía grabado un casco y dos espadas, pero ahora se daba cuenta de
que en el casco había una cruz gamada. La medalla estaba orlada con hojas de
laurel—. ¿Así que se la concedían a los soldados que resultaban heridos en la
guerra? Pues habrá muchas en circulación, supongo.
El anciano puso un gesto de reproche y Þóra se arrepintió de haberlo dicho.
Sin duda, el hombre pensaría que estaba regateando. Le quitó la medalla.
—Sí que se concedieron muchas, es cierto. En el momento álgido de la
guerra empezaron a honrar también a civiles heridos en los bombardeos. Pero
ésta es especial, porque es de plata. De acuerdo con la gravedad de las heridas,
había tres clases. Normal, plata y oro. La normal se solía conceder por heridas
en el campo de batalla. Era la más corriente.
—¿Qué clase de herida había que tener para conseguir la de plata? —
preguntó Þóra.
—Había diversas heridas que proporcionaban la condecoración en plata, por
ejemplo la pérdida de algún miembro. También por daños cerebrales leves. —El
hombre levantó la medalla e hizo que la luz del sol cay era sobre ella—. Esta
condecoración no es de las que más codiciaba la gente, se lo aseguro.
—¿Y la de oro, entonces? —añadió Þóra—. Creo que prefiero no saber lo que
había que sufrir para ganarse una de oro. —Sonrió al anciano—. Mi amigo está
muy interesado en comprarla. —Señaló a Matthew con el dedo—. ¿Sabe algo
sobre su origen?
El anciano sonrió.
—Desgraciadamente, no. La conseguí hace varios decenios con otras
pertenencias procedentes del legado de un difunto. No iba acompañada de
historia alguna sobre cómo llegó a él.
—Pensaba que quizá pudiera haber pertenecido a algún islandés —dijo Þóra
—. Eso la haría aún más interesante.
—No tengo ni idea —explicó el anciano—. Puede ser, pero lo pongo en duda.
Creo que sólo la recibían los alemanes, al menos si se trataba de civiles.
—¿No hubo islandeses que lucharon junto a los alemanes? A lo mejor esta
medalla se la dieron a uno de ellos —señaló Þóra, confiada en que aquello le
diera pie a hablar de los nazis de Snæfellsnes.
—Creo que fueron muy, muy pocos. Un puñado de locos fue a la guerra
junto a los alemanes en Noruega, e incluso en Dinamarca, pero creo que ninguno
de ellos puso jamás un pie en el campo de batalla. —El hombre dejó la insignia
sobre el mostrador—. No fueron héroes precisamente los que hicieron esas
grandes hazañas en este país. Unos tontos de cuidado. Creo que les atraía sobre
todo el uniforme.
—¿Ah, sí? —dijo Þóra—. Tengo que reconocer que no sé prácticamente nada
sobre lo que pasó en Islandia. ¿Acaso hubo un movimiento nazi en este país?
—Sí, sí que lo hubo —informó el anciano—. Eran los nacionales, sobre todo
chicos jóvenes que se divertían desfilando con banderas y pegándose con los
socialistas. Creo que estaban movidos, mucho más que por algún ideal, por puros
sentimientos infantiles.
—¿Ese movimiento estuvo extendido por aquí, en Snæfellsnes? —preguntó
con cara de inocente.
El anciano se rascó la cabeza. Þóra se percató de que tenía el pelo bastante
espeso para un hombre de su edad, aunque y a estuviera todo canoso.
—Afortunadamente, aquella locura nunca se asentó con fuerza en esta zona
—dijo, mirando a Þóra con unos ojos incoloros y acuosos—. Hubo un hombre
aquí, al sur de la península, que se impuso la misión de hacer proselitismo y
reunir gente, pero enfermó antes de conseguir nada. Los jóvenes de esta región
con los que intentó formar un grupo de nacionales perdieron el interés enseguida,
en cuanto él dejó de intervenir directamente. Nunca se llegó a nada.
Þóra sintió ganas de gritar hurra, pero se contentó con decir, con tono de
indiferencia:
—Sí, tiene razón. ¿No sería quizá Grímur Pórólfsson, granjero de Kreppa? —
dijo, cruzando los dedos con la esperanza de acertar. Aquello explicaría los
objetos nazis de la caja, si el individuo en cuestión había sido el abuelo de Börkur
y Elín.
El anciano entornó los ojos y miró dubitativo a Þóra.
—Yo creía que usted no sabía nada de esto —dijo—. A la vista de lo que sabe,
me parece que estoy haciendo el tonto.
—Bueno, sólo sé algo sobre esa familia —se apresuró a responder Þóra—.
No sé nada sobre el movimiento nacional. —Se volvió hacia Matthew y le guiñó
un ojo en tono cómplice que el hombre no vio—. ¿Bueno, qué, compramos la
insignia?
—Condecoración. —La corrigió, sacando su cartera con reticencia—.
¿Cuánto cuesta?
El vendedor mencionó una cantidad que, a juzgar por el gesto de Matthew, no
era ninguna ganga. Pero pagó sin decir nada y se dio la vuelta hacia Þóra
mientras el hombre empaquetaba la condecoración, y le preguntó:
—¿Cuándo es tu cumpleaños? Tengo un regalo para ti.
Þóra le sacó la lengua y se volvió entonces hacia el hombre para recoger la
medalla empaquetada.
—Muchas gracias —dijo, y se dirigieron a la salida por una escalera que
crujió bajo su peso. Cuando llegaron a la puerta, Þóra se volvió, decidida a hacer
un último intento de sacarle el nombre del campesino. Pero no tuvo ni que abrir
la boca.
El anciano seguía en su lugar, detrás del mostrador, sobre el que tenía
apoy adas las manos. Miró fijamente a Þóra, con gesto impenetrable, pero habló
antes de que surgiera la pregunta.
—Bjarni —dijo el anciano en voz alta y clara—. El hermano de Grímur.
Bjarni Pórólfsson, que vivía en Kirkjustétt.
***
—No hay duda de que Bjarni fue un tipo simpatiquísimo —dijo Matthew,
dejando la medalla sobre la mesa que les separaba—. Abusa de su hija y difunde
el nazismo. —Dio la vuelta a la medalla para que el casco y las espadas
apuntaran en dirección contraria a Þóra—. Creo que estarás realmente guapa
con esto al cuello.
Þóra empujó la medalla a un lado.
—¿Estás loco? —preguntó—. Nunca me pondría eso. Es un objeto maldito.
Podría hacer creer que he sufrido daños cerebrales leves. —Agitó las manos
hacia el plato que estaba delante de Matthew—. Come, no suelo invitar nunca a
nadie. —Estaban en un pequeño restaurante, al que Þóra había invitado a
Matthew como compensación por el dinero gastado en la compra—. Esto es por
la medalla, recuerda.
Llenó de pasta su tenedor y se lo metió en la boca. Después de tragar, levantó
la vista y dijo:
—Pues sigo sin tener clara la relación de todo esto con Birna. En realidad,
estoy igual que antes.
—Tengo que decir que no se puede construir mucho sobre la foto de una cruz
gamada.
—No, quizá no —respondió Þóra—. Pero tengo la sensación de que todo esto
tiene importancia.
—A veces vale la pena hacer caso a las intuiciones —señaló Matthew—. Pero
por desgracia no siempre es así. —Tomó un sorbo de agua con gas—. Lo mejor
sería que pudieras proporcionar alguna base a tu intuición. Preferiblemente algo
tangible.
Þóra jugueteaba en la pasta con el tenedor. Levantó los ojos con gesto alegre.
—¿Sabes lo que tendría que hacer?
—Ummm, ¿dejar de darle vueltas a todas estas cosas y que la policía se
encargue de la investigación? —respondió Matthew esperanzado.
—No —contestó Þóra—. Tendría que entrar en la red y sentarme más rato a
leer el diario de Birna. No lo estudié demasiado a fondo porque tenía mala
conciencia. Puede ser que hay a pasado por alto alguna cosa. —Chocó su vaso de
agua con gas con el de Matthew—. Brindo por ello.
***
Þóra estaba en la recepción delante de un ordenador que los huéspedes
utilizaban para conectarse a Internet. Tenía un portátil en la habitación, que debía
permitir la conexión inalámbrica a la red, pero después de diez intentos inútiles de
conectarse, se rindió y arrastró consigo a Matthew. Señaló la pantalla.
—Éste tiene que ser. Grímur Pórólfsson nace el año 1890 en Sty kkishólmur y
muere el año 1957 en Reikiavik. —Había entrado en la página web de los
registros de enterramientos de los cementerios de Reikiavik y allí había
encontrado el nombre de Grímur. Hizo clic en el nombre y ley ó en la pantalla—:
Cementerio de Fossvogur. Parcela H—36—0077. —Miró triunfante a Matthew.
—No tengo ninguna intención de destruir tu felicidad, pero ¿qué sacamos de
eso? —preguntó.
—Me guía la curiosidad de saber lo que pone en su lápida. Quién sabe si a su
lado está enterrada Kristín. Desgraciadamente, no se puede buscar en los
números de parcela, de modo que tengo que enviar a alguien a averiguarlo.
—¿A quién? —preguntó Matthew—. Espero que no sea a los fugados de la
caravana.
—No —respondió Þóra—. Al ángel de la guarda, Bella.
***
—Sí, Bella. Te estoy pidiendo que vay as al cementerio de Fossvogur y me
busques una lápida. —Þóra suspiró en silencio y puso cara de desesperación para
que la viera Matthew—. Sí, y que me digas lo que pone en la lápida y si hay
enterrada alguna Kristín con él o a su lado. —Guardó silencio un momento
mientras escuchaba las objeciones de la secretaria, pero enseguida acabó por
interrumpirla—. Claro que me doy cuenta de que no puedes estar al mismo
tiempo en la oficina y en el cementerio de Fossvogur. No te llevará mucho
tiempo. Puedes desviar las llamadas a tu móvil, y antes de que te des cuenta
estarás de vuelta en tu sillita. —Þóra tenía la mano en la frente mientras
escuchaba—. Estupendo. Y dime lo que encuentras. —Colgó—. Puf ¿Por qué no
podré tener una secretaria normal, de las que se alegran de salir al aire libre de
vez en cuando? Aunque sea para ir a un cementerio.
Matthew sonrió.
—Es una chica estupenda. Sólo tienes que darle una oportunidad. —Estaba
tumbado en la cama y feliz con la creación y todas sus criaturas, Bella incluida.
Gracias a ella, Þóra y él dispondrían de un tiempo para ellos mismos, pues de
otro modo le habría tocado a él hacer la comprobación. Bella no respondió al
teléfono cuando Þóra intentó localizarla por primera vez. Tampoco a la segunda
ni a la tercera. Así que Þóra decidió darle media hora antes de realizar el cuarto
intento.
Þóra tenía el albornoz puesto y estaba bebiendo café que había preparado en
una diminuta cafetera que había en la habitación del hotel. Delante de ella, en
una mesita auxiliar, estaba la agenda de Birna. Movió el dedo con energía sobre
una de las páginas.
—Esto resulta un tanto extraño. —Miró a Matthew, que estaba adormilado
debajo del edredón de la gran cama.
—¿Estás asegurándote de que tus huellas dactilares queden bien visibles en la
agenda, por si cae en manos de la policía? —preguntó somnoliento.
—No, escucha —dijo Þóra excitada—. En esta plana, debajo de la cruz
gamada, ha estado apuntando cosas de las cajas que y o estuve mirando en el
sótano. Reconozco las descripciones de algunos objetos que había en ellas. —
Levantó el librito y le enseñó a Matthew las páginas en cuestión—. Mira, aquí
hay una lista en la que apuntó los objetos que contenían. Quizá anotó lo que
pensaba que podría utilizar, o las cosas que le interesaron por el motivo que fuera.
Tiene que haber visto lo mismo que y o, incluy endo la bandera nazi. Aunque
aquélla fue la primera caja que abrí, ella no tuvo por qué ir viéndolas en el
mismo orden.
—¿Y? —preguntó Matthew—. ¿Qué significa este espléndido descubrimiento
que has hecho?
Þóra dejó la agenda.
—No lo sé —respondió, pasándola la página en la que estaba dibujada la cruz
gamada—. Pero lo que está perfectamente claro es que tenía algo muy metido
en la cabeza, a la vista del cuidado con que dibujó el símbolo y las veces que lo
repasó. Mira. —Levantó la agenda y se la puso a Matthew delante de los ojos.
—Espera a cumplir los cuarenta —dijo él sentándose en la cama para ver
mejor el librito. Entornó los ojos y luego volvió a recostarse en la almohada—.
Sí, se esforzó mucho en ese dibujo, eso es totalmente cierto. ¿Qué escribió ahí,
alrededor de él?
—Cosas diversas —dijo Þóra—. Parte no resulta legible porque ha hecho
unos garabatos, pero veo que pone ¿¿Cruz gamada?? Y después ¿¿Y quién era
ése?? Luego hay un número de teléfono, pero desgraciadamente no puedo leerlo
bien, porque lo tachó.
—Quizá después de llamar —dijo Matthew.
—Cinco, ocho, algo más —ley ó Þóra, con la nariz encima del libro. Se
incorporó entonces y se dio una palmada con las manos en los muslos—. Espera,
anoté los números de teléfono a los que llamó Birna desde el teléfono de su
habitación. Podría intentar llamar. —Þóra sacó la lista del bolsillo. Se levantó y se
dirigió al teléfono. Marcó el primer número y esperó mientras sonaban las
llamadas. Finalmente contestaron ¡Banco BK, buenos días!, se oy ó al otro lado de
la línea. Þóra colgó—. De ahí no sacaríamos nada. —Le dijo a Matthew, y probó
el número siguiente. Se llevó el dedo a los labios para indicarle que guardara
silencio mientras llegaba la respuesta.
—Rey kjalundur, buenos días —respondió una cálida voz femenina.
—Buenos días, mi nombre es Þóra.
—Hola, ¿en qué puedo ay udarla? —preguntó la mujer.
—Llamo porque estoy buscando información sobre Birna Halldórsdóttir,
arquitecta. Tenía anotado este número, y me preguntaba si usted sabría algo o
podría dirigirme a alguna otra persona. —Þóra se sintió un tanto descorazonada,
porque seguramente así no conseguiría nada.
La mujer del otro lado pensó cuidadosamente el asunto.
—Desgraciadamente, no llevamos una lista de visitas de los residentes, ni
tampoco de llamadas telefónicas. Tenemos un elevado número de enfermos, y
no hay modo de acceder a toda esa información.
—Pero no tiene por qué ser un enfermo —señaló Þóra con una débil
esperanza de que a quien Birna había intentado localizar fuera un empleado.
—Entonces me lo pone todavía más difícil —respondió la mujer—. Siento no
poder ay udarla. Discúlpeme, pero tengo que atender otra llamada. Adiós.
—Rey kjalundur —le dijo a Matthew, con un suspiro—. Un sanatorio. No hay
forma de averiguar a quién llamó allí. —Volvió a levantar el teléfono—. Bueno,
el tercer número, el último. Qué mal lo escribí. ¿Es esto un cinco, o un seis? —
Levantó el auricular y marcó—. Cuatro, uno, uno… —Concluy ó el número y
esperó mientras sonaban las llamadas. Cuando se aproximaban a la decena,
estuvo a punto de abandonar toda esperanza. En ese mismo instante, se escuchó
una voz mecánica decir que la llamada se desviaba. Un solo timbrazo antes de
que sonara la respuesta.
—Ay untamiento, buenos días.
—Buenos días —dijo Þóra—. ¿Con quién hablo, por favor? ¿El ay untamiento
de Reikiavik?
—Sí —dijo la chica—. ¿Quería hablar con Baldvin? —preguntó entonces. Al
ver que Þóra dudaba, la muchacha continuó—: Veo que ha marcado su número
privado. Sus horas de atención telefónica son de cuatro a seis, todos los miércoles.
Tendrá que volver a intentarlo. —Se despidió con amabilidad.
Þóra se volvió hacia Matthew.
—Era el número de teléfono del despacho de Baldvin Baldvinsson, en el
ay untamiento. Es concejal y parece ocupar un cargo de cierta importancia.
—¿Y quién es ese Baldvin? —preguntó Matthew sin mucho interés.
—El nieto del viejo Magnús —respondió Þóra, echando mano a la agenda.
Estudió el número tachado—. Es uno de los políticos más prometedores de la
actualidad. Me permito dudar que Birna le hay a llamado para discutir la
transformación de la residencia de verano de su abuelo en una casa de reposo.
Además estoy segura de que este número es uno de los que Birna anotó en la
agenda. —Siguió hojeando el diario—. Recuerdo que en algún sitio encontré una
dirección de Internet que podría ser la suy a. —Pasó rápidamente las páginas de
la agenda hasta encontrar una en la estaba escrito en el margen:
[Link]@rey [Link]—. Aquí está. No puede tratarse de ningún otro.
—¿Para qué crees que le querría? —preguntó Matthew.
—No lo sé, pero veo que tendremos que volver a charlar con el viejo —dijo
Þóra. Volvió a la agenda y pasó las páginas rápidamente—. Realmente está
repleto de descripciones importantes, ojalá consiguiera separar el trigo de la
paja.
—¿Puedes imaginarte lo feliz que estaría la policía de tener esa agenda? —
preguntó Matthew—. A lo mejor y a tendrían al asesino entre rejas.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Þóra—. ¿Estás diciendo que la policía es
más lista que y o?
—No, no —respondió Matthew—. Sólo que tú tienes menos gente a tu
disposición y estás menos preparada para investigar estas cosas.
Þóra cogió la agenda y hojeó algunas páginas. No tenía respuesta posible a
aquello y se limitó a elegir una plana al azar. Resultó ser la que mostraba la
elección de solar para la construcción. ¿¿¿Qué es este punto??? ¿¿¿Planos
antiguos??? A continuación, ponía: Tiene que haber planos - hablarlo con Jónas.
Þóra se levantó y se dirigió hacia la ventana. Desde allí miró el terreno que
tanto interesaba a Birna, e intentó comprobar si sería posible distinguir algo
extraño en aquel solar. Abrió la cortina totalmente y miró la verde extensión de
hierba. El terreno era relativamente llano, y a Þóra le pareció espléndido para
construir. Volvió a concentrarse en la página e intentó hacerse una idea de la
situación del nuevo edificio. El solar estaba en el lado este de la parcela,
suficientemente alejado como para no entorpecer la vista al mar de las
habitaciones y a construidas.
—No hay nada especial en ese terreno —señaló, hablando para sí misma
más que para Matthew—. Es un prado normal y corriente como el que hay en
todas las granjas. No muy bien segado.
Entornó los ojos. Lo único que destacaba en aquella superficie de hierba que
se mecía con el viento era una piedra gris.
—Vamos —le dijo a Matthew, lanzándose hacia el borde la cama—. Vístete
enseguida. Tenemos que ir a ver una piedra.
Capítulo 23

—¿Pretendes decirme que me has sacado de la cama para venir a ver esto?
—dijo Matthew mirando a su alrededor. Estaban en medio de la alta hierba de la
explanada que había detrás del hotel—. Esto es hierba —dijo, avanzando unos
cuantos pasos.
—No estoy mirando la hierba —replicó Þóra, inclinándose sobre una piedra
que destacaba en medio del campo—. Sino esto.
—Ah, entonces es muy distinto —bromeó Matthew, acercándose a Þóra y
sacudiendo la cabeza—. Esto, Þóra, es una piedra gris —dijo, y añadió al
momento—: no necesitas tocarla para confirmarlo.
—Sí, pero no es de aquí —dijo Þóra, que empezó a arrancar la hierba de la
raíz de la roca. Tenía el aspecto de una imagen en miniatura del pico Toblerone…
o una imagen ampliada de la chocolatina—. Mira a tu alrededor —señaló—. ¿Ves
alguna otra piedra en la explanada?
—No —respondió Matthew tras echar un rápido vistazo en torno suy o—. Eso
es lo más misterioso de todo —añadió, irónico.
—No, en serio —dijo Þóra levantando la vista y dejando su tarea un instante
—. La gente tenía mucho cuidado en quitar las piedras de las explanadas en los
viejos tiempos. ¿Por qué iban a dejar una piedra tan enorme en medio de la
hierba?
—¿Porque pesaba demasiado? —la interrumpió Matthew, inclinándose sobre
ella—. ¿No será una de esas piedras debajo de las cuales viven los elfos?
Þóra sacudió la cabeza.
—No, esas piedras tienen que ser mucho may ores; rocas de verdad. —Se
incorporó y se dirigió al otro lado de la piedra—. No soy ninguna especialista,
pero me da la sensación de que este lado está pulido. Mira. —Matthew se asomó
por encima de Þóra y vio que tenía razón. En el otro lado, la superficie era basta
e irregular, pero allí la piedra parecía cortada o rota, y además estaba lisa y
pulida. Þóra pasó la palma de la mano por la superficie.
—Vay a —exclamó, mirando excitada a Matthew—. Hay algo grabado. —
Apartó la alta hierba y vieron unas letras medio desgastadas en mitad de la
piedra.
—¿Qué pone? —preguntó Matthew.
Þóra se inclinó y estudió la inscripción. Lo primero que pensó es que se
trataba de una lápida, pero enseguida comprobó que la inscripción era un poema,
no un nombre con sus fechas correspondientes. Murmuró:

La tona habría de cuidar,


familia crear debía
un esposo, mi destino
igual que el tuyo sería.

—¿Qué significa? —preguntó Matthew intrigado—. ¿Es algo especial?


Þóra se incorporó.
—Pues no lo sé —dijo—. Me parece que es un poema, pero no lo entiendo
del todo. Hay una palabra que no sé lo que significa. —Þóra volvió a inclinarse
sobre la piedra para cerciorarse de que había leído correctamente la palabra
tona. Se incorporó y miró a Matthew—. ¿Sería esto lo que tanto molestaba a
Birna de este lugar?
—¿Esta piedra? —dijo Matthew riendo—. Me parece absurdo. Sería
facilísimo quitarla, así que no veo de qué forma podría impedir las obras de
construcción en este solar. —Volvió a pasar la vista por la explanada—. Éste es un
prado de lo más normal, con una piedra. A lo mejor ese poema es de los dueños,
que tenían en mucho aprecio su propia poesía. Tal vez había aquí un macizo de
flores, o la tumba de algún animalito doméstico. ¿El poema tiene que ver con
animales?
—No —dijo Þóra, que se puso en pie—. Tona. —Se quedó pensativa—. ¿A lo
mejor la palabra tona de la agenda de Birna se refería, en realidad, a ésta?
—Pues no sé —replicó Matthew—. ¿Pero por qué no siegan el césped aquí?
—preguntó de repente, mirando al suelo. La hierba era tan alta que no se veía sus
zapatos.
—¿Eh? —dijo Þóra—. ¿Por qué iban a hacerlo? Está muy bien así. Muy
natural.
—Si miras la explanada del otro lado del hotel, allí la hierba está segada —
indicó Matthew, señalando con el dedo en esa dirección.
—Tienes toda la razón —señaló un montoncito de tierra marrón a poca
distancia de donde se encontraban—. ¿Qué es eso? —preguntó mientras se
aproximaba.
—Tus pasmosos descubrimientos no concluy en nunca —se burló Matthew,
mirando fijamente el montón de tierra a sus pies—. Has descubierto el mantillo.
—Ya sé que es mantillo —dijo Þóra—. La pregunta es ¿qué hace ahí, encima
de la hierba?
Matthew miró a su alrededor.
—Parece que alguien ha estado excavando por el prado —dijo—. Hay más
montones como éste por otros sitios.
—¿Y eso? ¿Tendrá algo que ver con el edificio nuevo? —Se alejó—. Quizá
Vigdís sepa algo al respecto, y por qué no siegan este lugar.
—De paso puedes preguntarle también si Birna trabajaba en algún otro sitio
que no fuera su habitación —apuntó Matthew al echar a andar detrás de Þóra.
Þóra se dio la vuelta.
—¿Ya empiezas a darte cuenta de que voy por buen camino? —preguntó s
onriente.
Matthew le devolvió la sonrisa.
—Vas tan bien como un cojo bailando el vals.
***
Vigdís estaba sentada en su lugar habitual en la recepción, con las mejillas
encendidas. Al principio, Þóra crey ó que tenía fiebre. Además, tenía los ojos
vidriosos y le temblaban los dedos. Para colmo, estaba tan fuera de sí que no se
dio cuenta de su presencia hasta que recurrieron a un violento carraspeo para
llamar su atención. Vigdís les miró por fin, con la boca abierta, apartó la mirada
del auricular del teléfono que sostenía en la mano y lo colgó con violencia.
—¡Jesús! —exclamó mientras se incorporaba en su silla.
—¿Hay algún problema? —preguntó Þóra.
Vigdís la miró con los ojos desmesuradamente abiertos.
—No, qué va —respondió con asombro en la voz—. Todo está tan
perfectamente que ni sé qué decir.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Þóra, preocupada—. ¿No habrán encontrado
otro cadáver?
—No, en realidad, no —contestó Vigdís—. Sólo que acabo de enterarme de
quién era el muerto de las cuadras. —El rojo de sus mejillas se hizo más intenso
—. Eiríkur —anunció, sacudiendo la cabeza con gesto triste.
—¿Eiríkur? —repitió Þóra en tono interrogante—. ¿Quién es?
—Era —corrigió Vigdís—. Ahora habrá que acostumbrarse a hablar de él en
pasado. Dios mío, qué extraño. Primero Birna, ahora Eiríkur.
—¿Pero quién es? —repitió Þóra, que se apresuró a corregirse ella sola—:
Quién era, quiero decir.
—Era el lector de auras del hotel —respondió Vigdís—. Delgado, alto y
medio calvo. —Suspiró.
Þóra le explicó la situación a Matthew. No tenía ni idea de cómo se decía
« aura» en alemán, de modo que utilizó un gesto muy teatral que Matthew
interpretó como anillo de ray os. Þóra dijo impaciente que luego le explicaría
mejor a qué se dedicaba el muerto. Se volvió de nuevo hacia Vigdís.
—¿Y cómo lo sabes? —preguntó—. ¿Alguien te llamó para decírtelo?
—Sí —replicó Vigdís, jadeante—. Su hermana. Encontraron un recibo de una
tarjeta de crédito en un bolsillo, y así dieron con el nombre. Llamaron a su
hermana y le pidieron que fuera a reconocer el cuerpo. Era la más cercana a él.
Lo han llevado a Reikiavik. —Dejó escapar un hondo suspiro, como si aquello
fuera lo peor de todo—. Su hermana estaba totalmente destrozada, dijo que le
habían matado a coces.
—¿Fue un caballo, entonces? —preguntó Þóra—. Cuando los policías hablaron
con Jónas, no mencionaron cuál había sido la causa de la muerte.
—Eso no lo dijo. Me quedé tan muda que no fui capaz ni de preguntárselo —
Vigdís miró a Þóra con cara de susto—. ¿Crees que será peligroso continuar aquí?
¿Qué es lo que está pasando?
—Cada uno tendrá que decidir por sí mismo —dijo, pero añadió enseguida,
para animarla—: Pero no creo que por aquí ande suelto ningún asesino en serie,
si te refieres a eso. Ni siquiera se sabe si ese hombre murió por un accidente o
por alguna otra causa. Puede tratarse de una simple casualidad. —Þóra
reflexionó un instante—. ¿Su hermana mencionó si había algo que le hubiera
parecido sospechoso a la policía?
—No, no dijo nada. —Vigdís vaciló—. Aunque sí que mencionó algo. Por
ejemplo, al despedirse me dijo que tuviera mucho cuidado. Era como si
estuviera dando a entender que las cosas no estaban nada claras. —Vigdís puso
cara interrogante—. ¿Pero quién iba a querer matar a Eiríkur? —preguntó—. No
era el hombre más gracioso del mundo, pero tampoco era mala persona. Uf,
pobre hombre. —Apretó los ojos, y Þóra lo interpretó como que se estaba
esforzando por detener las lágrimas—. A lo mejor tenía que haberme portado
mejor con él. Pero era tan raro, y tenía la manía de venírseme encima de
improviso, cuando y o estaba adormilada.
Þóra no tenía ganas de seguir con juegos melodramáticos ni de perder el
tiempo consolando a Vigdís.
—¿Le gustaba montar a caballo?
—Qué va, no puedo ni imaginármelo —respondió Vigdís—. Estaba siempre
tan pálido y macilento que me parece imposible que saliera al aire libre si no era
para fumarse un pitillo. —Y añadió decidida—: él, de caballos, nada.
—¿Y le gustaban los zorros? —preguntó Þóra, intentando no pensar en lo
estúpida que sonaba aquella pregunta.
—¿Los zorros? —preguntó Vigdís asombrada—. ¿Y eso?
—Nada, no es nada —dijo Þóra. Lanzó otra pregunta sobre zorros, y a que
había empezado con el tema—. Su hermana no mencionó nada sobre zorros,
¿verdad?
—No —dijo Vigdís, mirando a Þóra de una forma tal que parecía haber
empezado a poner en duda su equilibrio mental—. Ya te he dicho todo lo que me
contó.
—¿Crees que Eiríkur fue a la caballeriza por algún motivo en especial? —
preguntó Þóra, decidida a no seguir preguntando por los zorros—. ¿Era amigo del
dueño, Bergur?
Vigdís arqueó una de las cejas.
—No era amigo de Bergur —afirmó, añadiendo enseguida, con gesto de
chismorreo—: En cambio, Birna… Birna y Bergur eran amigos… muy íntimos.
—Sí, eso he oído —dijo Þóra, que vio cómo se esfumaba la satisfacción de
Vigdís, que y a se veía confiándole un secreto—. ¿Eiríkur hablaba mucho con
Birna, o sobre ella? ¿Eran amigos, o colegas?
—En absoluto —dijo Vigdís con total seguridad—. No había en toda la región
dos tipos más distintos que ellos dos. Él era más bien, vay a, cómo decirlo… —Se
quedó pensando.
—Dime la verdad —la interrumpió Þóra—. No vas a hacer ningún favor a
nadie dorando la imagen del muerto.
Aquello pareció alegrar a Vigdís.
—Tienes toda la razón —dijo—. Si tengo que hablar claramente, Eiríkur era
un auténtico guarro. Iba sucio y muchas veces mal afeitado. Si había algo de
especial en su forma de vestir es que vestía con un descuido absoluto. Era
bastante prepotente y exigente. —Obviamente, no era preciso decirle a Vigdís
dos veces que no adornara demasiado sus descripciones—. En cambio, Birna era
elegantísima, guapa y cuidada por fuera. Por dentro era muy diferente.
Simpatiquísima si quería utilizarte para algo, pero enseguida enseñaba su otra
cara, en cuanto se daba cuenta de que no le servías para sus intereses. Tenía a
Jónas bailando en la punta de un dedo. —Vigdís se calló para recuperar el
resuello—. En realidad, tenía en común con Eiríkur que ambos eran despiadados.
Pero en el resto, eran como el agua y el aceite.
Þóra movió la cabeza para asentir, con gesto muy serio, intentando dejarle
ver a Vigdís lo asombrada que la había dejado aquel vapuleo tan terrible.
—¿De modo que no se trataban? —preguntó—. Digamos, ¿Eiríkur no sabría
más que los demás sobre los líos en que podía andar metida ella?
—No, imposible —replicó Vigdís categórica—. Birna no se habría mezclado
con Eiríkur aunque hubieran estado solos en una isla desierta.
—Comprendo —dijo Þóra—. Dime otra cosa, ¿Eiríkur o Birna habían
cambiado de alguna forma antes de morir? ¿Recuerdas si hicieron o dijeron algo
poco habitual en ellos?
Vigdís reflexionó un momento, pero enseguida sacudió la cabeza.
—No, no recuerdo nada de eso. Pero en realidad tampoco recuerdo cuándo
vi por última vez a Birna; aunque si hubiera habido algo extraño, seguramente me
acordaría. La última vez que hablé con Eiríkur fue cuando vino por aquí buscando
a Jónas. —Se tapó la boca con la mano—. Huy, eso debió de ser justo antes de
morir.
Þóra respiró hondo.
—¿Y estuvo con Jónas? —preguntó tranquila.
—Bueno, no lo sé —respondió Vigdís—. Le dije que fuera a mirar a su
despacho. Pero no me fijé en lo que hacía, ni vi si se reunían.
Þóra no sabía si preguntar algo más sobre Eiríkur. Sólo se le ocurrió volver a
lo que les había llevado allí inicialmente.
—Oy e, detrás del edificio parece que han segado la parte de poniente del
prado, pero no la de levante. ¿Sabes por qué?
Vigdís abrió mucho los ojos.
—No, ni idea. —Entornó la vista—. ¿Por qué lo preguntas?
—No, por nada —contestó Þóra—. Simple curiosidad. —Se apresuró a añadir
—: ¿Y sabes si Jónas hizo perforaciones en esa misma zona? ¿O quizá Birna?
Vigdís la miró sin comprender.
—¿Perforaciones? ¿Te refieres a agujeros normales y corrientes que se
cavan en la tierra?
Þóra asintió.
—Unos agujeros pequeños. Que y o sepa, no se deben de haber hecho con
máquinas, seguro.
Vigdís sacudió vehemente la cabeza.
—En absoluto. Si le hubieran dicho a alguien que fuera a excavar en ese
lugar, y o lo habría sabido. Sé todo lo que se hace aquí. Jónas está empeñado en
que vigile.
—¿Birna tenía algún estudio en las proximidades? —interrumpió Matthew—.
Aparte de su habitación.
—No lo sé, pero no sería extraño —respondió Vigdís—. Solía salir por las
mañanas o por las tardes y no se quedaba por aquí cerca, de modo que debía de
tener su refugio. —Vigdís miró con complicidad a Þóra—. A lo mejor sólo se iba
a ver a Bergur.
—¿Quién sabe? —dijo Þóra, sonriéndole con picardía. Miró su reloj—. Una
última pregunta, de verdad, y dejamos de molestarte. ¿Quién siega el prado?
Vigdís la miró escéptica, pero se encogió de hombros y respondió sin pensarlo
dos veces.
—Jökull. Trabaja también de camarero.
***
—¿Es una broma? —preguntó Jökull, mirando a su alrededor como si buscara
alguna cámara oculta—. ¿Quiere saber por qué no está segada esa parte?
—Sí —dijo Þóra con una sonrisa—. Me han dicho que usted se encarga de
eso.
Jökull puso una cara de mal humor que no encajaba nada con su uniforme
blanco y negro de camarero.
—Sí, así me gano un dinero extra. No hay nada que hacer fuera de las horas
de las comidas, así que puedo sacarme un extra haciendo eso.
—Chico trabajador —dijo Þóra—. Pero ¿cuál es el motivo para que esté así?
¿Esa piedra tan grande que hay ?
—No, eso no es problema —balbuceó Jökull—. Hay alguna otra cosa rara en
la hierba que hace que la segadora no corte bien. Irregularidades. No hace más
que pararse y estoy harto de tener que empujarla a la fuerza. Nadie se fija en
ese sitio. ¿Se ha quejado Jónas?
—No, en absoluto —dijo Þóra con una sonrisa. Iba a marcharse, pero se
detuvo de pronto—. ¿Podría prestarnos una pala?
***
—Lo digo totalmente en serio —protestó Matthew, arrojando una palada de
tierra a su espalda—. No se puede negar que eres una mujer especial. No hay
muchas personas de tu sexo capaces de hacerme empuñar una pala.
—Baah —dijo Þóra—. Menos charlar. Más cavar. —Habían vuelto al prado,
donde Þóra estuvo atareada hasta que encontró una irregularidad en la tierra, y
allí puso a Matthew a cavar—. Sin duda, aquí hay algo interesante.
Matthew suspiró.
—Estupendo. —Clavó con energía la pala en la tierra y se puso las manos en
las caderas—. Aquí tiene usted.
Þóra se puso a su lado y miró el estrecho agujero.
—¿Es una trampilla?
Matthew se rascó la frente.
—¿No serán unos cimientos? ¿No habrá habido una casa en este sitio? —
Aferró de nuevo la pala y excavó más a los dos lados—. Anda.
—¿Ves tú lo que estoy viendo y o? —dijo Þóra, inclinándose. Se incorporó y le
enseñó la mano abierta—. Ceniza. —Miró a Matthew—. Esta casa se quemó.
—¿Igual que en el dibujo? —preguntó Matthew. Calló por un momento—. ¿En
el dibujo, no había unos ojos dentro de la casa incendiada?
Capítulo 24

—Ha colgado —dijo Þóra con una mueca, mirando la pantalla de su móvil—.
A menos que se hay a ido la conexión. —Apartó la vista de la pantalla y sacudió
la cabeza—. No, ha colgado.
—¿Esperabas otra cosa? —preguntó Matthew—. ¿Esta mañana te echan de su
casa, y ahora esperabas que estuvieran encantados de hablar contigo por
teléfono?
—No, claro —dijo Þóra, decepcionada, metiendo el teléfono en el bolsillo—.
Pero habría sido estupendo que supieran qué edificio había en este lugar. —
Matthew y ella seguían en el prado, en realidad en un extremo del mismo, pues
cerca de la piedra no había cobertura para el móvil—. A lo mejor, Bertha, la
hija, sabe algo —añadió Þóra pensativa—. Esperemos que no esté molesta
conmigo ella también.
—Imagino que no —declaró Matthew—. Pero enseguida te pondrá mala cara
si te pones a hacer preguntas sobre su amigo, el de la silla de ruedas.
—No, no —dijo Þóra—. De momento, ese tema no lo voy a tocar. Lo que
quiero ahora es saber algo sobre esta casa. —Se dirigieron hacia el hotel. Al
pasar por el lugar donde Matthew había cavado hasta encontrar los cimientos,
Þóra se detuvo—. ¿Y si Birna no tenía ni idea de esto? Aunque parece que le dio
muchas vueltas al lugar, a juzgar por lo que pone en su diario.
—¿Hay algo claro? —dijo Matthew—. Jökull, el que se encarga de segar esta
zona, debería ser el único que supiera algo. Pero no te dijo ni pío cuando hablaste
con él sobre Birna. Es de suponer que tampoco le habría dicho nada a ella, si los
dos hubieran llegado a hablar.
—Pero alguien ha estado excavando por el prado. Si esa misma persona ha
estado buscando los cimientos, no tenía las ideas muy claras. Ninguno de los
agujeros está cerca.
—A esas cosas no se les puede llamar realmente agujeros —observó
Matthew—. Pero estoy de acuerdo contigo en que si el desconocido excavador
estaba buscando la casa quemada, no se puede decir que acertara.
—Creo que me apetece volver a echar un vistazo al sótano, para registrar las
cajas más detenidamente —dijo Þóra con la mente en otro sitio—. A lo mejor
hay algo que pueda indicarnos qué había aquí. Una foto, o algo por el estilo.
Matthew miró su reloj.
—No sé si será muy recomendable. ¿No tenías que ir a buscar a tus hijos a la
caravana?
—Eso puede esperar hasta la tarde —respondió Þóra—. Llamé a Gy lfi hace
un rato y, de momento, están bien. Van a ir a una tiendecita no muy lejos de
donde aparcaron. —Cruzó los dedos—. Sólo espero que Sigga, su novia, avise a
sus padres. Yo no pienso llamarlos, lo tengo muy claro. No consiguen asumir que
Gy lfi hay a causado un problema semejante a su niña. Y luego siempre acaban
remachando que todo ha sido culpa mía.
—¿Y qué pasa con tu ex marido? —preguntó Matthew—. ¿Crees que Gy lfi le
avisará?
—Espero que no —exclamó Þóra—. A mí me da igual si Hannes lo pasa mal.
Fue culpa suy a que se fugaran. —Dio una palmadita en el bolsillo donde
guardaba su móvil, y sonrió—. Tengo como un centenar de mensajes suy os sin
leer. Les echaré un vistazo cuando tenga oportunidad, o cuando… —Sonó su
teléfono y dejó de hablar mientras lo sacaba del bolsillo.
Era Bella.
—Hola —saludó Þóra—. ¿Qué tal te ha ido? —Mientras hablaba con la
secretaria, sacó una pluma del bolsillo del chaquetón y un papel—. ¿Ninguna
Kristín, dices? —Escuchó y fue anotando lo que le contaba Bella. Luego se
despidió y se volvió hacia Matthew—. Está enterrado allí él solo. No hay ninguna
Kristín, ni en su tumba ni en las cercanas. —Suspiró decepcionada—. En la lápida
está el nombre, sus fechas de nacimiento y defunción, y un breve poema.
—Qué bien —dijo Matthew—. Más poemas. Recítamelo.
Þóra ley ó el papel en el que había escrito lo que le había dictado Bella:

El hogar es mejor,
aunque sea pequeño,
en casa se es el rey.
Sangra el corazón
de quien debe limosnear,
a toda hora, la comida.

Levantó los ojos hacia Matthew.


—Pero este poema sí me resulta familiar, a diferencia del otro, que no lo he
oído nunca. A lo mejor puedo encontrar su origen en la red. Es posible que sea
del Hávamál.
Matthew tocó el hombro de Þóra e indicó con la mano en dirección al hotel.
—Parece que te llegan refuerzos —dijo, señalando un coche de policía que se
dirigía hacia el hotel—. Me parece que, por el momento, no vas a poder volver al
sótano.
***
—¿Por qué no quieres salir? —preguntó Bertha extrañada, y corrió la cortina
de la ventana. Al instante, la oscura habitación se llenó de claridad—. Hace un
tiempo realmente espléndido. —Miró fugazmente hacia el exterior y luego se
volvió de espaldas a la ventana—. Vamos, te vendrá bien.
—Ve tú —dijo Steini secamente, tirando con la mano sana de un trozo de
goma que se había soltado en la cubierta de una de las ruedas de la silla—. A mí
no me apetece.
—No seas así —rogó Bertha, dirigiéndose hacia él. Se puso en cuclillas y sus
rostros quedaron a la misma altura. Bertha sentía que le era más fácil conseguir
que se abriera un poco cuando se miraban a los ojos—. Te prometo que te
encontrarás mejor si sales a tomar un poco el aire. Hay algo que te atormenta y
quién sabe si se te irá si consigues pensar en cualquier otra cosa.
—No se irá —dijo Steini agobiado.
Bertha estaba y a más que acostumbrada a las cortantes respuestas de Steini,
que tenía dificultad para hablar a causa de las quemaduras que le rodeaban la
boca. Era como si tuviera los labios quemados, y Bertha seguía tan extrañada
como al principio de que los médicos no se lo hubieran arreglado un poco mejor.
En realidad, tenía la sospecha de que Steini se había negado a someterse a más
operaciones; al menos, cuando Bertha le preguntaba, nunca quería hablar de las
que le quedaban todavía. Era imposible que siguiera aún en lista de espera, como
le dijo en una ocasión. Mucho más probable era que aún no hubiera superado los
dolores y las molestias que siguieron a las primeras operaciones, y no tenía el
menor deseo de pasar otra vez por lo mismo. La semana anterior había oído un
mensaje de la fisioterapeuta en su buzón de voz. Le pedía a Steini que la llamara,
y le animaba a reincorporarse a la rehabilitación. Pero cuando Bertha le pidió
que hablara con la enfermera, Steini se negó tajantemente. Necesitaba más
tiempo para recuperarse, física y psicológicamente.
—Podemos ir a dar un paseo en coche, si lo prefieres —dijo Bertha con una
sonrisa—. Estoy dispuesta a ir a cualquier sitio, pero tenemos que salir.
—¿A cualquier sitio? —preguntó Steini, mirándola a los ojos sin pestañear.
—Casi —dijo Bertha con tranquilidad forzada, incorporándose. Sabía
perfectamente adonde quería ir Steini, pero aquello no le parecía nada bien.
Ahora no, y mejor nunca—. Sabes a lo que me refiero. —Le puso una mano
sobre la rodilla—. Venga. Anímate.
Steini arrancó la tira de goma con un tirón violento.
—¿Nunca tienes miedo? —preguntó.
—¿Miedo? —preguntó Bertha con extrañeza—. ¿Por qué iba a tener miedo?
—Sonrió—. Se acerca el verano.
Steini la miró un momento en silencio. Luego se cubrió la cara con las manos.
—Me siento mal.
Bertha sintió una punzada en el estómago. No soportaba verle así. Pero así
eran las cosas. Todo era tan injusto. ¿Por qué no había salido mejor parado de
aquel accidente? Mucha gente tenía accidentes sin que las consecuencias fuesen
tan graves como las del suy o. Si no le hubiera telefoneado… Hizo lo posible por
mantener la sonrisa.
—Ya lo sé —dijo con gesto alegre—. Vamos a Kreppa. Aún me quedan
muchas cosas que empaquetar, y quién sabe si encontramos algo curioso.
Recuerda lo bien que te lo pasaste la última vez.
Steini rió fríamente.
—¿Bien, dices? —repuso con un suspiro—. Me da igual. Vamos.
—Estupendo —exclamó Bertha—. Te prometo que no te arrepentirás. —
Respiró aliviada. En cuanto salieran, él recuperaría su alegría. Así sucedía
siempre. Se sobresaltó cuando de repente la aferró con fuerza por la muñeca.
—¿Podrás perdonarme? —preguntó con voz apagada.
—¿Perdonarte? —se extrañó Bertha—. ¿Perdonarte qué?
—Bueno —dijo él—. Si todo sale mal, ¿podrás perdonarme?
Bertha sacudió la cabeza, molesta. Era la frase más larga que le había oído
pronunciar en meses.
—¿Qué tonterías dices? —Con cara alegre quitó su mano de la muñeca y se
colocó detrás de la silla de ruedas—. Eres un pelma. Te perdono —dijo,
empujando la silla—. Qué tonto eres. —Y añadió amistosa—: ¿Qué es lo que me
has hecho? Espero que nada —dijo Steini echándose la capucha del jersey sobre
la cabeza mientras Bertha abría la puerta de la calle y pasaba la silla por el
umbral—. Eso espero.
***
Þórólfur torció el gesto y se apoy ó sobre la puerta que daba a la oficina
provisional en el hotel.
—Hemos progresado bastante. Dejaremos las cosas así.
Þóra estaba en el pasillo delante de él, con los brazos cruzados. Hablaba en
voz baja para que no les oy era Jónas, que esperaba al otro lado de la puerta. El
dueño del hotel había expresado su deseo de que Þóra estuviera presente cuando
Þórólfur le convocó. No pudieron ponerse de acuerdo hasta que Þórólfur recordó
a Jónas que tenía que decir la verdad y añadió que como acusado no tenía
obligación de testimoniar sobre los asuntos objeto de acusación. Cundo el policía
acabó, Þóra se puso en pie y expresó su deseo de hablar con él en privado. Allí
estaba ahora, discutiendo con el policía.
—Pero no ha respondido a mi pregunta. ¿Por qué se da a Jónas, de pronto,
tratamiento de sospechoso? —preguntó—. ¿Qué es lo que ha cambiado?
Þórólfur imitó a Þóra y cruzó los brazos sobre el pecho él también, con gesto
serio.
—Hemos hablado con varios testigos, tanto ay er como hoy mismo. El cuadro
que se ha ido formando no es muy favorable para su cliente.
Þóra respiró hondo.
—¿Y eso qué quiere decir? ¿Tiene intención de detenerle?
—Eso dependerá de lo que diga en el interrogatorio —respondió Þórólfur,
encogiéndose de hombros—. Quién sabe, quizá lo pueda aclarar todo sin
problema.
—¿Aclarar? —preguntó Þóra—. ¿Aclarar qué? No se le ha pedido ninguna
aclaración hasta el momento.
—Como acabo de decirle, han salido a la luz una serie de cosas, ay er y hoy,
que se desconocían la última vez que hablamos con él. No es que lo que nos ha
explicado hasta ahora me parezca insuficiente —contestó Þórólfur—. ¿Pero no
será mejor ponernos manos a la obra, para que usted pueda saber también a qué
queremos que nos responda?
—Déjeme dos minutos a solas con él —solicitó Þóra—. Tengo que explicarle
el cambio de la situación.
A Þórólfur no pareció gustarle mucho la idea, pero accedió. Dijo a su
ay udante que saliera del despacho para que entrase Þóra. Ésta se apresuró a
sentarse al lado de Jónas, que la miraba enfadado.
—¿Qué pasa? —preguntó preocupado—. ¿Por qué has salido?
Þóra le puso una mano sobre la rodilla.
—Jónas, las cosas han cambiado. Hasta ahora te han estado interrogando
como testigo, y en los primeros interrogatorios te trataron en consecuencia.
Ahora te has convertido en sospechoso, o imputado.
—¿Qué? —bramó Jónas—. ¿Yo?
—Sí, tú —respondió Þóra—. Tenemos muy poco tiempo, de modo que es
mejor no perderlo en tonterías. Escúchame. —Miró a Jónas a los ojos—.
Þórólfur acaba de decirme que han salido a la luz ciertas cosas, en las
declaraciones de los testigos, que te sitúan a ti como sospechoso.
—¿Qué? Yo no he hecho nada, y a se lo he dicho —exclamó Jónas, casi
gritando—. Tienen que ser falsos testimonios. —Þóra notó que le temblaba la
pierna.
—Siempre puede ser que los testigos no hay an dicho la verdad, Jónas —dijo
Þóra, que apretó su presión sobre la rodilla de Jónas, con la esperanza de
calmarlo un poco—. Lo que importa en estos momentos es que recuerdes bien
adónde has ido y dónde has estado, y que puedas responder de manera
convincente a las preguntas que te pueda hacer Þórólfur. Si no está satisfecho o
de acuerdo con tus respuestas, corres el peligro de que te detengan.
La pierna de Jónas se puso rígida. Su rostro palideció.
—¿Que me detengan? ¿Qué quieres decir?
—Que te lleven preso, Jónas —explicó Þóra, inclinándose sobre él—. Que te
metan en el coche de la policía y te lleven a la comisaría, te conduzcan al día
siguiente ante el juez y le pidan que decrete prisión provisional. —Þóra sólo había
asistido tres veces a casos en los que se había procedido a decretar prisión
preventiva de corta duración, de modo que no tenía un conocimiento en
profundidad del procedimiento. Los casos en cuestión no habían sido
especialmente importantes, así que Þóra decidió que aquél no era el mejor
momento para recordarle a Jónas las posibles limitaciones de su defensa.
—Yo no puedo ir a la cárcel —dijo Jónas, estremeciéndose de tal forma, que
Þóra no tuvo la menor duda sobre sus palabras—. No puedo. Hoy es lunes.
Þóra enarcó las cejas.
—¿Lunes? ¿Es peor un lunes que cualquier otro día?
—No, no —dijo Jónas, que parecía ensimismado—. Pero no quiero acabar
así. Los lunes son días malos para mí.
Þóra le interrumpió antes de que se pusiera a disertar sobre estrellas y auras.
—Escúchame con atención. Ahora les diremos a los agentes que entren para
interrogarte. Y, si eres capaz de explicar todo lo que ellos creen que hace recaer
sus sospechas sobre ti, te prometo que podrás salir de aquí conmigo.
—¿Pero y si no lo consigo? —preguntó Jónas, aferrando la mano de Þóra—.
¿Entonces, qué?
—Entonces haremos lo que se pueda —dijo Þóra, dándole una palmada en el
hombro—. Anímate e intenta parecer tan natural como puedas, dadas las
circunstancias. —Se puso en pie y se dirigió a la puerta—. ¿Estás listo? —
preguntó con una mano sobre el pomo. Jónas asintió con la cabeza. Pero no
parecía ni remotamente preparado para lo que le esperaba.
***
—Hum… no lo sé —dijo Jónas, mirando de reojo a Þóra, sentada a su lado.
Þórólfur puso cara de enorme asombro.
—¿Cómo que no? Si a mí me preguntaran si había tenido relaciones sexuales
con una mujer joven y guapa el jueves pasado, no tendría dificultad alguna en
recordarlo. ¿O es que usted sólo piensa en el trabajo?
Þóra suspiró en su interior.
—Prefiere no responder a la pregunta —dijo sin cambiar el gesto.
—Perfecto —dijo Þórólfur—. Practicaremos análisis de ADN, de modo que
su respuesta tampoco es totalmente necesaria.
No hacía falta prueba de ADN para hallar la respuesta a la pregunta. Jónas
estaba sentado a su lado, completamente tenso, y la culpabilidad se leía en todos
los rasgos de su rostro. No cabía duda alguna de que había tenido relaciones
sexuales con Birna el jueves en cuestión… que, por desgracia, era también el día
en que la mujer encontró la muerte.
—¿Se encontró semen en la vagina de Birna? —preguntó Þóra—. Les
recuerdo que tendré acceso a todas las diligencias si le detienen y se decreta
prisión provisional, y a que pueden estar seguros de que recuriremos, y si hace
falta llegaré hasta el Tribunal Supremo. —Oy ó a Jónas suspirar. Þórólfur sacó un
lápiz y lo mordió mientras pensaba.
—No puedo negar que se encontró semen en la vagina de la difunta.
—¿Puedo preguntar si sus investigaciones han sacado a la luz la relación de
Birna con un granjero vecino? —preguntó Þóra, con la esperanza de que la
policía no se hubiera enterado aún—. El semen en cuestión podría corresponder a
ese hombre.
—Lo sabemos todo al respecto —afirmó Þórólfur, y un gesto extraño
apareció en su cara.
—¿Y? —preguntó Þóra—. ¿No sería más práctico interrogarle a él en vez de
a Jónas?
—Ya lo hemos hecho —explicó Þórólfur, haciendo girar el lápiz entre sus
dedos con gran habilidad—. Independientemente del resultado que obtengamos
con las muestras biológicas de ese hombre, necesitamos también las de su
cliente.
—¿Y por qué? —preguntó Þóra—. Si el semen resulta pertenecer al granjero,
no puede ser de Jónas. —Þórólfur dejó traslucir una sonrisita perversa, lo que
encendió una lucecita en la mente de Þóra—. ¿O quizá había semen de dos
hombres en los órganos sexuales de Birna?
Þórólfur dejó inmediatamente de juguetear con el lápiz.
—Tal vez —respondió tras un instante de vacilación.
Þóra no necesitó más precisiones. Birna había tenido relaciones sexuales con
dos hombres el día que fue asesinada. Seguramente Jónas era uno de ellos, y el
otro sería Bergur o el asesino, a menos que ambos fueran la misma persona.
Sintió que Jónas se ponía tenso a su lado, y sabía suficiente sobre los hombres
para saber qué le había molestado. Se inclinó hacia él y le susurró al oído, para
que los agentes no la oy eran:
—Seguro que tú fuiste el primero. —Aquello no podía poner a Jónas más
nervioso de lo que y a estaba. Þóra notó que se relajaba un poco—. Pero hay que
dejar bien claro que no es lo mismo tener relaciones sexuales con una persona
que matarla, ¿no es así? —le dijo a Þórólfur, y añadió enseguida—: Supongo que
no se está acusando a Jónas de semejante cosa en estos momentos.
—No, no, no de modo definitivo —contestó Þórólfur—. Pero si la difunta
revela, por la presencia de lesiones internas y externas en los órganos sexuales,
que ha sido violada, el caso, naturalmente, es distinto, ¿no es cierto?
Þóra decidió no responder.
—¿Hay algo más que quieran aclarar, o sólo querían una explicación sobre el
semen de Jónas?
—Hay más cosas —señaló Þórólfur—. Vamos a estudiar los mensajes
enviados desde su teléfono, Jónas. ¿Puede explicarlos? ¿Decirnos, por ejemplo,
dónde estaba usted entre las nueve y las diez de esa noche?
Jónas se volvió hacia Þóra, con gesto de desesperación. Ella movió la cabeza
con energía y parpadeó, indicándole así que debía responder.
—No puedo explicar ese mensaje. Yo no lo envié, de modo que alguien tiene
que haberme robado el móvil y haberlo utilizado. Yo fui a caminar un rato hacia
las siete y me dejé el teléfono. Alguien lo robó mientras y o estaba fuera.
—Robado, claro —dijo Þórólfur, pero su voz dejaba traslucir cierta burla—.
Lo robaron y luego lo volvieron a dejar en su sitio, ¿no?
—Sí —replicó Jónas con énfasis—. No siempre lo llevo encima, ni mucho
menos, me lo dejo aquí, de modo que no tuvo que ser nada difícil. —Se masajeó
las sienes, nervioso—. El hotel estaba repleto de gente. Había una reunión
espiritista, y cualquiera habría podido hacerlo.
—Qué curioso, que recuerde precisamente eso —observó Þórólfur pensativo
—. Esa circunstancia en particular nos ha causado ciertas dificultades. Como dice
usted, esto estaba lleno de gente, pero nadie recuerda haberle visto a usted esa
noche. ¿Hasta dónde llegó en su caminata? ¿Hasta la play a?
—¡No! —exclamó Jónas, a la vez que daba un fuerte golpe con las manos
abiertas sobre la mesa, para poner más énfasis en sus palabras—. Deambulé sin
rumbo fijo. Empecé por acercarme a la zanja del camino de acceso, para
comprobar si habían avanzado en el arreglo, y luego caminé una hora más o
menos. Cuando volví, fui directamente a mi despacho y luego a mi apartamento.
Alguien me habrá visto en el hotel, con toda seguridad. No iba por ahí con la
cabeza tapada. Volví justo antes de las diez. La reunión continuaba, si recuerdo
bien.
—Pues resulta que nadie dice haberle visto a usted. Ni dentro del hotel ni en el
exterior, en todo ese rato. Hubo una pausa en la reunión a las nueve y media, y
ciertamente duró hasta las diez. La gente de la reunión estaba por todas partes,
algunos salieron a fumar, otros fueron a tomar un café, pero nadie le vio. Sin
embargo, debió regresar en ese intervalo —dijo Þórólfur—. Pero pasemos a otro
asunto. Ay er por la noche encontraron otro cadáver en unas caballerizas cerca de
aquí. ¿Puede decirme dónde estaba ay er domingo hacia la hora de la cena?
—¿Yo? Estaba en Reikiavik —dijo Jónas.
—¿Cuándo salió para la capital?
—Me marché hacia las dos, más o menos. —La voz de Jónas temblaba un
poco.
—Y supongo que habrá pasado por los túneles, ¿no?
—Sí —dijo Jónas antes de que Þóra consiguiera detenerle. Había algo que a
ella no le gustaba nada.
—Supongo que viajaba en su propio coche, ¿verdad? —preguntó Þórólfur
entonces. Tenía el gesto de un niño ante una gran fuente de dulces.
—Prefiere no responder a esa pregunta —se apresuró a decir Þóra. Puso la
mano sobre el muslo de Jónas y apretó con fuerza.
—Perfectamente —dijo Þórólfur, con una sonrisa burlona—. Pero y a
sabemos que fue a Reikiavik por los túneles. En ellos está terminantemente
prohibido circular a caballo, a pie o en bicicleta, de modo que habrá que pensar
que fue en un vehículo de alguna clase.
—Fui en mi propio coche —afirmó Jónas como un tonto, a pesar de la fuerza
con que Þóra le apretaba en la pierna. No pudo resistir la tentación de clavarle las
uñas por aquella estupidez. Jónas se quejó un poco y miró molesto a Þóra, que
aparentó que no había hecho nada.
En el rostro de Þórólfur apareció la sonrisa más amplia que les había
dedicado hasta entonces. Y el gesto de desprecio de su rostro se hizo más
marcado. Cogió unos papeles que tenía en un montón, y los dejó caer sobre la
mesa, delante de Jónas.
—Tengo aquí un listado de todos los vehículos que pasaron ay er por los
túneles de Hvalfjörður. Pero entre ellos no está la matrícula de su coche. —
Guardó silencio y miró a Jónas a los ojos—. ¿Cómo lo explica?
Esta vez, por fin, Jónas supo contenerse.
—Opta por no responder a esa pregunta —dijo Þóra—. Es evidente que Jónas
se encuentra en un estado de considerable nerviosismo, lo que sin duda hace que
su anterior respuesta se pueda explicar como un error de memoria.
—Eso pasó ay er —dijo Þórólfur. Se encogió de hombros cuando ni Þóra ni
Jónas reaccionaron ante sus palabras—. En todo caso, pasemos a otro tema.
¿Otro más? Þóra intentó aparentar una calma total, pese a la angustia que la
dominó, y al miedo por Jónas. ¿Qué más cosas tenían contra él?
***
—Y encima resulta que se había peleado con Eiríkur, el que encontraron
muerto en la caballeriza —le dijo Þóra a Matthew—. Justo antes de que Eiríkur
saliera del hotel. Y encima, se descubrió que tenía una cantidad enorme de
somnífero en la sangre, el mismo somnífero que tenía Jónas en su mesita de
noche. —Dejó escapar un suspiro—. Tenían una orden de registro, maldita sea.
Matthew soltó un silbido.
—¿No será que es simplemente culpable? —preguntó.
—No lo sé, no sabría decirte —dijo Þóra—. En el cinturón de Birna se
encontraron huellas dactilares suy as, y él había tenido relaciones sexuales con
ella el día que la asesinaron, o esa misma noche, aunque él lo negó. Encima
mintió diciendo que ay er había ido a Reikiavik. —Suspiró y le dio a Matthew la
lista con las matrículas—. Mandaron hacer un listado de todos los coches que
pasaron por los túneles. Habrán empleado a mucha gente toda la noche
comprobando las cámaras de seguridad. Se dejaron la lista, de modo que me la
quedé.
—¿Y luego? —preguntó Matthew—. ¿Adónde se lo han llevado?
—A Borgarnes —respondió Þóra—. Mañana por la mañana comparecerá
ante el Tribunal de Distrito de Vesturland. —Se pasó los dedos por el pelo—. Y
conseguirán lo que quieren, a menos que el juez esté borracho.
—¿Ese juez suele estar borracho? —preguntó Matthew escandalizado.
—No, es sólo una forma de hablar —explicó Þóra, que se acomodó en su
butaca—. Pero no nos vendría nada mal.
—Ah, olvidé decirte lo que pasó mientras estabas fuera —informó Matthew
de repente—. Me estaba tomando un café en el bar, y cuando fui a buscar el
dinero en el bolsillo para pagar, encontré la condecoración que te compré en
Sty kkishólmur. La puse en la mesa, con las monedas, y el que estaba sentado a mi
lado se puso frenético. Era el viejo, Magnus Baldvinsson.
—¿Sí? —dijo Þóra asombrada—. ¿Qué dijo?
—No tengo ni idea —contestó Matthew—. Habló en islandés, pero no sonó
nada amistoso. Acabó agarrando la medalla y tirándola al suelo en el otro
extremo del bar. Luego se levantó y se largó. El camarero se quedó boquiabierto,
y me dijo que el viejo había gritado que y o estaba provocándole. Me devolvió la
medalla, tan asombrado como y o.
—Pues sí —dijo Þóra, extrañada—. También se puso muy raro cuando le
preguntamos por los nazis, ¿recuerdas? No son reacciones nada normales aquí en
Islandia. El nazismo tuvo muy poca influencia en este país, aunque a la gente no
le parece nada bien lo que hicieron. ¿No sería conveniente que volviéramos a
charlar con él? —Alargó la mano para coger el teléfono, que estaba encima de la
mesa—. Pero ahora necesito arreglar todo lo necesario para que mi hijo vuelva a
casa. Me parece que y o no voy a poder regresar por el momento. —Marcó el
número de su hijo.
—Hola, Gy lfi, soy mamá. ¿Te lo pasas bien en Selfoss?
Capítulo 25

—Ve tú delante —dijo Þóra, dándole un empujoncito a Matthew—. Puedes


hacerte pasar por un aficionado a los caballos. Se lo creerán a pies juntillas
porque eres alemán. —Estaban en la explanada de la alquería de Tunga, donde
Þóra esperaba poder hablar con Bergur. Aquélla le pareció la excusa más
aceptable para poder llegar hasta los crímenes de los que acusaban a Jónas.
Se encontraban y a junto a la vivienda, de construcción práctica y sencilla.
Parecía una de tantas casitas unifamiliares de los años setenta, con la diferencia
de que se encontraba en un pésimo estado de conservación. Había desconchones
en el revestimiento, pues la pintura se había desprendido; regueros de orín
bajaban por las sucias paredes blanquecinas desde los soportes de hierro forjado.
—Venga, no seas tímido —le animó Þóra.
—Ni hablar del peluquín, cariño —dijo Matthew, arrugando la nariz—. Qué
mal huele aquí —añadió, y miró a su alrededor con la esperanza de encontrar la
fuente de tanta fetidez.
—¿No será puro y simple olor a campo? —dijo Þóra, respirando hondo por la
nariz—. A menos que el viento venga de la ballena muerta. Yo hablaré por los
dos. De todos modos, lo mejor es no fingir demasiado. —Llamó a la deteriorada
puerta exterior. Sobre la jamba había una plaquita de madera en la que estaban
pintados, con bonitas letras, los nombres de los dueños: Bergur y Rósa. Þóra
esperaba de todo corazón que no fuera la señora quien abriese. Necesitaban
hablar con Bergur, y Þóra no tenía ni idea de si la esposa conocía su relación con
Birna. No le apetecía nada tener que ser ella quien le diese la noticia, y no
tendrían muchas opciones de hablar con el marido sin que saliese a relucir el
tema. Cruzó los dedos.
Se abrió la puerta y apareció un hombre entre los treinta y los cuarenta años
de edad. Era bastante delgado pero parecía robusto, con hombros anchos y
grandes bíceps. Þóra pudo comprender que Birna se hubiera sentido atraída por
aquel hombre, pues en los marcados rasgos de su rostro y en su rizado cabello
oscuro había algo que le hacía resultar tremendamente atractivo.
—Buenos días —saludó Þóra—. ¿Es usted Bergur?
—Sí —respondió el hombre, mirando interrogante a los recién llegados.
Þóra sonrió.
—Yo me llamo Þóra, y soy abogada de Jónas, el del hotel. Éste es Matthew,
de Alemania, que me está ay udando en el trabajo, por así decirlo. —Indicó con
el dedo a Matthew, que inclinó la cabeza con cortesía—. Nos gustaría hablar un
momentito con usted. —Le miró a los ojos—. Sobre el asesinato de Birna y el
reciente hallazgo del otro cadáver.
Bergur les clavó los ojos. Como Þóra sospechaba, no se alegraba,
precisamente, de su visita.
—No sé si debo hablar con ustedes —replicó secamente—. La policía me ha
sometido a interminables interrogatorios y estoy exhausto. ¿No pueden solicitar
las declaraciones de los testigos, y y a está? No tengo nada que hablar con
ustedes.
Þóra borró la sonrisa.
—En realidad, prefiero hablar y o misma con la gente en vez de leer en un
papel lo que han contado. Además, seguramente, muchas de las preguntas que
más me interesan no se las habrán hecho todavía. —Dejó escapar un leve suspiro
—. Pero si no quiere hablar con nosotros, intentaremos hacerlo mañana con su
mujer. Espero que ella no esté tan cansada como usted.
Bergur se puso nervioso.
—No creo que ella tenga más interés que y o en hablar con ustedes.
—Ya se verá en su momento, ¿no? —dijo Þóra—. La llamaré por teléfono y
le explicaré por qué quiero hablar con ella. Estoy segura de que querrá verme.
—Þóra esperaba que bastara con aquello, y puso cara de poker para que Bergur
no sospechara que estaba echándose un farol.
El granjero miró hacia atrás, al interior de la casa. Luego se volvió y le
dirigió a Þóra una furiosa mirada. Hizo como que no veía a Matthew.
—De acuerdo —asintió irritado—. Hablaré con ustedes, pero no aquí. Hay un
cuartucho en las caballerizas, podemos sentarnos allí. —Entró en la casa y se
puso los zapatos mientras decía en voz alta—: ¡Rósa! Salgo un momento. —
Luego cerró sin decir nada más, aunque su mujer le respondió algo, que Þóra no
llegó a distinguir. Bergur echó a andar en silencio.
—La caballeriza… —dijo Þóra en voz bien alta mientras le seguía casi
corriendo en dirección a un edificio con un recubrimiento de chapa
recientemente construido—… ¿es la misma en la que encontró el cuerpo de
Eiríkur? —Bergur no respondió, así que Þóra miró a Matthew y abrió mucho los
ojos para indicarle que el asunto no iba del todo bien, y que tendría que participar
él también en la conversación. Matthew se limitó a sonreír y a sacudir la cabeza.
Siguieron al granjero hasta el portón, que abrió con gran esfuerzo.
—Entren —dijo.
—Gracias —respondió Þóra, que no pudo evitar una sonrisa al ver la mueca
de Matthew cuando el olor a excrementos de caballo les golpeó como una
violenta coz—. Qué rico olor —dijo sin que Bergur la oy era, guiñando un ojo.
Matthew tenía los labios tan apretados que no pudo ni sonreír. Su gesto sólo se
relajó al entrar en el cuarto.
—Pueden sentarse aquí —dijo Bergur, señalando tres sillas de lona colocadas
alrededor de una vieja mesa de cocina. Él se apoy ó contra un pequeño fregadero
en el que había una cafetera roñosa y una caja de cartuchos.
—Muchas gracias —dijo Þóra al sentarse. Vio la extrañeza con que Bergur
seguía los movimientos de Matthew, que no se sentó en la silla hasta haberle
quitado el polvo con las manos—. No sé si me oy ó antes —continuó—, ¿es ésta la
misma cuadra en la que se encontró el cadáver de Eiríkur?
Bergur asintió con la cabeza.
—Sí.
—Y fue usted quien lo encontró, ¿no? —preguntó Þóra. Él volvió a asentir en
silencio con la cabeza, así que continuó—: Y también fue usted quien se topó con
el cadáver de Birna. Qué curioso —añadió, con un gesto de extrañeza.
Bergur no respondió al momento, sino que fijó en ella sus ojos enmarcados
por unas espesas cejas negras, hasta que Þóra se vio obligada a pestañear.
Entonces habló.
—¿Está insinuando algo? —preguntó secamente—. Si es así, le diré lo mismo
que le dije a la policía: que no tengo absolutamente nada que ver con esas dos
muertes.
—Esos asesinatos —le corrigió Þóra—. Porque a los dos los asesinaron. En
todo caso, sabemos perfectamente que usted tenía una relación amorosa con
Birna. ¿Iba todo bien entre ustedes?
Bergur se sonrojó ligeramente, pero Þóra no supo si era de indignación o de
vergüenza por tener que hablar de su adulterio con unos desconocidos. Pero
cuando por fin habló, su voz indicó que se trataba más bien de esto último.
—Iba bien —dijo, volviendo a cerrar los labios con fuerza.
—¿Su mujer estaba al tanto? ¿Cómo se llama…? —dijo Pora, que prosiguió al
momento—: Ah, sí, Rósa. ¿Estaba Rósa al tanto?
El rubor se hizo ahora muy evidente.
—No —respondió Bergur—. No estaba enterada, y aún no se ha enterado,
creo. Por lo menos, y o no se lo he dicho.
—De modo que era una aventura temporal —preguntó Þóra—. Se lo
pregunto en vista de que prefirió ocultárselo a su mujer.
—Ya era más que eso —respondió Bergur, irritado—. Tenía intención de
separarme de Rósa. Pero aún no había llegado el momento de decírselo.
—Comprendo —dijo Þóra—. Entonces quizá no sea conveniente tener que
hablarlo con ella precisamente ahora, ¿no?
—Eso a usted no le importa —declaró Bergur con el rostro encendido.
—No, claro que no —repuso Þóra. Se sentó mejor en la incómoda silla, que
soltó un crujido—. Hoy me he enterado de algo sobre Birna que me parece
bastante raro, a la vista de lo que me está contando usted. —Calló como si
estuviera reflexionando sobre la conveniencia de confiar a Bergur aquel dato.
—¿De qué se trata? —preguntó Bergur con curiosidad.
—No, quizá no sea más que una tontería —dijo Þóra, mirándose las uñas.
Luego levantó los ojos y los clavó en los de Bergur—. El día en que fue
asesinada, Birna había tenido relaciones sexuales con dos hombres. Con usted,
supongo, y con otro. Quizá con el asesino… quizá no. Puede ser que la relación
que tenían ustedes dos no fuera más que una aventura pasajera, para ella.
Bergur se irguió y exhaló con fuerza.
—No sé de dónde habrá sacado sus informes, pero a mí me dijeron que la
habían violado. Creo que no hace falta ser demasiado listo para comprender que
ese último coito fue en contra de su voluntad —bramó fuera de sí.
—¿De modo que reconoce que fue usted uno de los dos? —preguntó Þóra.
Bergur se dejó caer de nuevo sobre el fregadero.
—Sí. Fue con pleno consentimiento de ella y mucho antes de que la
asesinaran. Lo hicimos por la tarde, y la asesinaron por la noche.
Þóra reflexionó un momento.
—¿Quién cree que puede haber matado a Birna? —preguntó—. Eran muy
íntimos, tendrá que haberle dado muchas vueltas al asunto.
—Jónas —vociferó fuera de sí—. ¿Quién si no?
Þóra se encogió de hombros.
—Él asegura que es inocente. Exactamente igual que usted —reveló—. ¿Y
por qué iba a desearle él la muerte? Birna trabajaba para él en algo que le
resultaba especialmente querido. Ahora todo se ha ido a hacer gárgaras, o por lo
menos se ha complicado muchísimo. Además, tengo entendido que acababan de
acordar poner fin a su relación amorosa, de modo que no debía de haber
problema de celos. ¿O no es así?
—No tenían ninguna relación amorosa —explicó Bergur muy enfadado—. Se
habían acostado, pero no tenían una relación. —Se detuvo un instante para
respirar—. Pero él estaba loco por ella y es mentira que hubiera aceptado la
ruptura, porque era ella quien le había rechazado.
—¿Cómo sabe usted eso? —preguntó Þóra.
—Me lo contó Birna —respondió Bergur, ingenuo—. Él la perseguía como si
fuera su sombra. Ésa fue la razón de que Birna dejara de usar su habitación del
hotel como estudio. No la dejaba en paz.
Þóra era todo oídos.
—¿Y adónde iba, entonces? —preguntó—. Supongo que a algún sitio cerca,
¿no?
Bergur comprendió al instante la causa del interés de Pora. Aprovechó para
dejar pasar un tiempo antes de responderle, pero finalmente lo hizo.
—Se trasladó a Kreppa —dijo—. La granja pertenece al hotel pero allí no
vive nadie. Se instaló allí.
—Sé a qué granja se refiere —replicó Þóra—. Y he estado allí, pero no vi
nada que indicara que alguien hubiera estado trabajando allí recientemente —
dijo con un gesto de duda—. ¿Sabe quizá qué habitación utilizaba?
—Una de las del piso de arriba —contestó Bergur, sin dar más detalles.
—Comprendo —dijo Þóra, que decidió volver a la granja lo antes posible.
Tenía que haber allí algo que perteneciera a Birna, quizá algo que arrojara luz
sobre su muerte, aunque el deseo era quizá demasiado optimista—. Dígame una
cosa —continuó—. ¿Conoce usted la historia de las dos granjas, Kreppa y
Kirkjustétt?
Bergur sacudió la cabeza.
—No. Yo soy de Vestfjörður. Vine aquí a los veinte años.
—¿Nunca ha oído hablar de algún incendio en Kirkjustétt? —preguntó Þóra
con escasas esperanzas.
—No, nunca —respondió Bergur—. Las granjas no han sufrido renovaciones,
de modo que no puede haber habido un incendio allí, a menos que la
reconstrucción se hiciera muy rápidamente y se reparasen todos los daños. Pero
lo dudo, porque Birna estaba muy interesada en la historia de las granjas y nunca
me lo mencionó.
—¿Habló con usted sobre la historia de las granjas? —preguntó Þóra, con la
esperanza de obtener una respuesta positiva—. ¿Y le mencionó alguna vez a los
nazis en relación con ellas?
Bergur levantó las cejas.
—Sí —contestó—. En realidad no dijo nada, pero me preguntó si y o sabía
algo sobre la historia de los nazis en esta zona. Naturalmente, y o no sabía nada,
pero cuando le pregunté por qué quería saberlo, me dijo que no me preocupase,
que no era nada importante. Qué extraño que usted vuelva a mencionarlo ahora.
Ya casi lo tenía olvidado por completo.
—¿Y Kristín? —preguntó—. ¿Mencionó alguna vez el nombre de Kristín?
Bergur rió con frialdad y sonrió burlón.
—Dígame un solo islandés que no ha tenido en los labios el nombre de Kristín
al menos una vez en la vida. —Borró la sonrisa—. Pero no recuerdo nada
especial que tuviera relación con ese nombre.
—Muy bien —asintió Þóra—. Si no le importa, me gustaría preguntarle por
Eiríkur, el lector de auras. —No esperó a su respuesta, sino que prosiguió—: ¿Se
conocían?
—No —respondió Bergur—. Sabía quién era. Eso era todo. Nunca hablé con
él.
—¿Podría decirme, quizá, cómo lo encontró y, tal vez, cómo es el lugar?
—¿No prefieren verlo con sus propios ojos? —dijo Bergur.
Matthew y Þóra se levantaron y le siguieron hasta la caballeriza propiamente
dicha. Þóra se había acostumbrado al olor, de modo que no le afectó mucho,
pero Matthew hizo grandes aspavientos nada más abandonar el cuartucho.
Caminaron hasta una de las cuadras, que tenía paredes más altas que las demás.
—Es aquí —indicó Bergur, con el rostro un tanto pálido—. El semental estaba
en el pesebre y lo había matado a coces. Al menos ésa es la impresión que tuve.
—Abrió el cubículo—. El caballo no está aquí ahora.
Þóra echó un vistazo al interior. No había mucho que ver, pues lo habían
quitado todo, dejando el suelo libre.
—Supongo que la policía habrá registrado el escenario a fondo.
—Sí, se pasaron aquí toda la noche —respondió Bergur—. No dejaron las
cosas muy ordenadas, precisamente.
—Me lo imagino —dijo Þóra—. ¿Por qué entró usted aquí?
—A darles de comer —respondió conciso—. Por desgracia.
—¿Por desgracia? —preguntó Þóra—. ¿Qué quiere decir?
—Ojalá no hubiera tenido que ver aquella atrocidad —contestó Bergur con
sinceridad—. El cuadro era espantoso. El zorro, las agujas y la sangre, por no
hablar del hombre destrozado.
—¿El zorro? —Þóra no pudo evitar un gesto de sorpresa—. ¿Había un zorro
aquí dentro?
—Sí —respondió Bergur—. Atado al pecho del cadáver. Al principio pensé
que se trataba de una estola de piel, pero luego me di cuenta de lo que era
realmente. Me quedé como petrificado un buen rato antes de reaccionar.
Mirando. —Cerró la puerta de la cuadra.
—¿Por qué va alguien a atarse al pecho un zorro, a sí mismo o a otra persona?
—pensó Þóra en voz alta—. ¿Tienen algún significado especial los zorros en esta
comarca?
—No, no que y o sepa —respondió Bergur—. No tengo ni la menor idea de
qué podría significar o representar. A lo mejor era sólo para hacerlo todo más
horrible aún. El olor del zorro era repulsivo. Llevaba muerto mucho más tiempo
que Eiríkur.
Þóra asintió, pensativa. No conseguía imaginar ninguna explicación.
—¿Y qué agujas son ésas que mencionó? ¿Se había estado iny ectando algo
ese hombre? —A lo mejor era aquél el motivo de las extrañas preguntas de
Þórólfur sobre agujas y costura.
Bergur entornó los ojos, visiblemente contrariado por tener que recordarlo.
Tragó saliva antes de hablar.
—El cadáver tenía alfileres clavados en las plantas de los pies. —Vaciló un
momento, pero prosiguió—: A Birna le habían hecho lo mismo. —Tuvo un
estremecimiento y añadió—: Quienquiera que fuese el que les clavó aquello en
los pies, no les tenía ninguna simpatía, eso está claro.
—¿Alfileres? —preguntó Þóra desconcertada—. ¿Alfileres?
—Sí —dijo Bergur, volviendo a apretar los labios—. Prefiero no hablar de
eso. No tengo ganas de recordar todos esos detalles.
Þóra lo dejó correr, pues estaba tan confusa que no tenía ni idea de qué más
preguntar. ¿Qué podía llevar a alguien a clavarles alfileres en los pies a unas
personas a las que quiere matar? ¿Quizá habían torturado a Birna y Eiríkur para
sacarles información? Þóra dejó de darle vueltas a la idea y pasó a otro asunto.
—¿Puedo preguntarle si consiguió explicarle a la policía dónde estaba usted a
la hora en que creen que murieron Birna y Eiríkur?
—Sí y no —respondió Bergur—. Pude explicar dónde estaba, pero por regla
general voy solo, de manera que nadie puede confirmarlo excepto mi mujer. —
Miró a Þóra como advirtiéndole que no debía poner en duda lo que le estaba
diciendo. A Þóra ni se le pasó por la cabeza hacerlo, y pensó que había sido más
sensato que Jónas, que se inventó unas ausencias que se pudieron desmontar con
facilidad—. No creo que ella le vay a a mentir a la policía —añadió secamente,
como si aquello fuera un inconveniente.
—Una cosa más —se apresuró a decir Þóra—. ¿Qué significa RER?
Bergur alargó una mano al pestillo de la cuadra y volvió a abrirlo.
—No tengo ni idea de su significado. —Señaló con el dedo la pared del fondo
de la cuadra del semental—. Eiríkur lo grabó en la chapa antes de morir.
Þóra entró, y Matthew detrás de ella; le explicó lo que había dicho Bergur, y
los dos se agacharon sobre la porquería para mirar mejor. Matthew sacó su móvil
e hizo una foto.
—RER —dijo Þóra, saliendo de la cuadra detrás de él—. ¿Qué palabra
querría escribir? A lo mejor la segunda R es en realidad una B.
Bergur se encogió de hombros.
—Como y a le dije… no tengo ni la más remota idea de lo que puede
significar. —Cerró la cuadra—. Tendría que volver a mis obligaciones. ¿Tienen
y a suficiente?
Se escuchó un leve crujido y la puerta de la caballeriza se abrió. Entró
titubeante una mujer de edad similar a la de Bergur. Su aspecto le llamó la
atención a Þóra. No era ni fea ni desgarbada, pero había algo en su forma de
moverse y en su ropa, que la hacía tremendamente poco atractiva. Su cabello
estaba como muerto y descolorido, sujeto por detrás de la cabeza con una cinta
que no contribuía demasiado a su belleza. En sus cortas pestañas no había ni
huella de rímel. Era una mujer a la que no sería fácil describir cinco minutos
después de que se hubiera marchado, y daba la sensación de que ella misma era
también consciente de su aspecto, y prefería pasar desapercibida. Þóra hizo un
intento de sonreír para tranquilizarla un poco, pues se la veía nerviosa e indecisa
en medio de la puerta abierta. La mujer carraspeó y dijo luego en voz baja:
—¿No vienes? —Había dirigido sus palabras a Bergur, como si no viera a
Þóra y Matthew.
—Ahora mismo —respondió Bergur. En su voz no había ni un mínimo asomo
de cariño—. Vuelve a casa. Ya voy y o.
—Ah, vay a —dijo Þóra con alegría—. Es hora de irnos. —Se volvió hacia
Bergur—. Muchísimas gracias. Ha sido muy amable al dejarnos ver el escenario
de los hechos. —Apartó la mirada de Bergur y dirigió sus ojos hacia la mujer,
que suponía era Rósa—. Su marido ha sido muy amable al enseñarnos la cuadra
en la que se encontró el cadáver. Soy abogada y estoy en el caso por mi cliente.
Rósa asintió indiferente.
—Adiós, Rósa. —Tendió la mano a la vez que se presentaba. Los ojos de la
mujer sólo se detuvieron en Þóra por una fracción de segundo, volviéndose
inmediatamente hacia su marido.
—¿Vienes y a? —repitió. Bergur no respondió.
Þóra intentó romper aquel difícil momento con una pregunta final,
aprovechando que Matthew no comprendía.
—Una última cosa. Vi a un chico joven en silla de ruedas muy cerca del
hotel. Creo que es de aquí. ¿Sabe usted qué accidente le causó esas heridas? —
Bergur y Rósa se quedaron mirándola, petrificados—. Ya saben, un muchacho
que tiene unas quemaduras horribles —añadió para ser más precisa. No tuvo que
decir nada más, porque los insultos que empezaron a salir como escupitajos por
la boca de Rósa le indicaron sin asomo de duda que sabían de quién estaba
hablando. Þóra se quedó atónita y vio, sin decir una sola palabra, cómo Bergur
agarraba a su esposa por el brazo y se la llevaba a rastras.
Matthew le puso la mano sobre el hombro a Þóra.
—Tengo tantas ganas de largarme de este lugar apestoso, que no te puedes ni
imaginar. Pero he de reconocer que me gustaría saber qué barbaridad acabas de
decirle a esa buena mujer.
***
Magnús Baldvinsson sonrió para sí. Aunque y a estaba viejo y cansado, había
momentos en los que se olvidaba de la decadencia de su cuerpo y se sentía como
en sus años mozos. Y aquél era uno de esos momentos. Marcó el número de su
casa y esperó de buen humor a que su esposa respondiera, se tomó un generoso
trago del coñac que había comprado en el bar y disfrutó al sentir el líquido
dorado calentar su boca antes de pasar a la garganta.
—Hola, Fríða —saludó—. Ya se acabó.
—¿Qué? —se oy ó preguntar a su mujer—. ¿Vuelves y a a casa? ¿Qué ha
sucedido?
—La policía acaba de detener a un hombre por el asesinato de Birna —
informó Magnús, haciendo girar la copa ante sus ojos—. Puedes decirle a
Baldvin que venga a buscarme cuando mejor le convenga.
—Está en el este, preparando el congreso del partido. Si recuerdo bien, no
estará en su casa hasta por la noche, tarde —respondió su mujer con miedo en la
voz—. ¿Quieres que le pida a alguien que vay a a recogerte?
—No, no —respondió Magnús, aún contento. A la alegría que acompañaba a
la relajación de la tensión y el miedo de los días pasados, se sumaba el orgullo
por su nieto—. Me apetece ir con él, y también que me cuente qué tal fue la
reunión.
—Siempre está preguntando por ti, desde que te llevó a Snæfellsnes —dijo su
mujer—. Se alegrará de traerte él a casa. —Aquellas palabras fueron seguidas
por un breve silencio, pero luego añadió, desconfiada y asustada a la vez—:
¿Tenéis algún plan?
—No —contestó Magnús sin dudarlo—. Bueno, no puedo alargar esto. Dile a
Baldvin que venga cuando mejor le convenga. Yo estaré aquí.
Se despidieron, y Magnús colgó. Dejó la mano encima del teléfono un breve
instante, antes de retirarla. No supo si fue la visión de su mano avejentada lo que
le devolvió de golpe a la realidad, o el alcohol, pero, de repente, volvió a sentirse
como un anciano. Notó con extrañeza cómo una lágrima se deslizaba por su
mejilla llena de arrugas, y la vio caer sobre la pernera del pantalón. Se quedó
mirando la manchita, mientras le invadía una sensación de culpa y de malestar.
Kristín.
***
Þóra se masajeó las sienes.
—No sé si servirá de mucho o de poco el saberlo, pero la estrofa de la lápida
de Grímur Pórólfsson es del Hávamál —anunció, reclinándose sobre el respaldo
de su silla, delante del ordenador. Miró orgullosa a Matthew, sabiendo que él no
tenía ni idea de qué le estaba hablando—. El Hávamál es una serie de versos
aforísticos medievales que se suponen compuestos por Odín. Muchas de las cosas
que se dicen en el poema siguen siendo increíblemente sensatas hoy día. —Þóra
reconoció en el gesto de desinterés de Matthew el suy o propio en los años de
instituto, cuando oy ó hablar del Hávamál en serio por primera vez—. De verdad
—continuó—. Aquí pone que esta estrofa en particular se refiere a las desgracias
que le sobrevienen a quien acaba viéndose obligado a depender de otras
personas.
—Lo que no nos aclara nada en sí mismo —señaló Matthew—. Eso lo sabe
todo hijo de vecino.
—Pues a mí me parece que es muy revelador —repuso Pora—. Por
ejemplo, me parece evidente que lo grabaron en la lápida de Grímur por algún
motivo. No lo eligieron al azar, estoy segura. —Volvió de nuevo a la red e intentó
encontrar la estrofa que estaba en la piedra del prado del hotel. No fue fácil sacar
nada en claro, lo único que consiguió fue una referencia a los cuentos populares
de Jón Árnason, en una página que trataba del abandono de niños y, a pesar de
varios intentos, no consiguió hallar la colección de historias en la red en forma
accesible—. Esta estrofa tiene que ver con el abandono de niños —dijo Þóra,
explicando lo que había encontrado—. Aquí pone que los niños sin bautizar que
eran expuestos se convertían en fantasmas y que sus lamentos, el lamento de los
expósitos, se oy e cuando el viento sopla sobre su pira, que es el lugar donde
fueron abandonados. Incluso se cuenta aquí que los expósitos pueden viajar
apoy ándose en una rodilla y empujándose con una mano. —Apartó la vista de la
pantalla y miró a Matthew—. ¿Tú viste algo así por la ventana? —Matthew le
puso muy mala cara y Þóra se giró de nuevo hacia la pantalla, con una sonrisita
—. Pero la próxima vez que te encuentres con un expósito debes tener cuidado de
que no haga tres círculos a tu alrededor, porque entonces perderás la razón.
Intenta que se aleje, así se marchará en busca de su madre. —Miró de nuevo a
Matthew, con una sonrisa de oreja a oreja.
—Eres muy graciosa —dijo Matthew enfadado—. Lo de aquel ruido no era
broma, lo oí de verdad.
—Tendría que localizar la colección de cuentos y ley endas populares y
buscar allí. —Þóra bostezó—. Pero eso puede esperar.
—Estoy de acuerdo contigo en que no corre ninguna prisa —asintió Matthew
—. Algo me dice que eso no te va a aproximar al asesino.
—Nunca se sabe, amigo mío —dijo Þóra, que inició una nueva búsqueda,
ahora sobre la tuberculosis. Ley ó algunas de las pocas páginas que encontró
sobre el tema—. Eso se llama mala suerte —dijo—. El antibiótico contra la
tuberculosis llegó al mercado en 1946. Un año después de la muerte de Guðný.
—Siguió ley endo y luego cerró el navegador y se puso en pie—. En realidad,
después lo que he leído, puedo comprender por qué ni Guðný ni su padre, Bjarni,
quisieron ir al hospital para tuberculosos. Según lo que he encontrado, los intentos
que se hacían para detener el avance de la tuberculosis, o para curarla, eran de
todo menos agradables. Comprimir por completo un pulmón, extirpar costillas y
cosas por el estilo, pero no servían de nada y en muchos casos el enfermo
quedaba mutilado.
Matthew le dio un golpecito en el hombro.
—Todo eso es terriblemente apasionante, pero creo que deberías darte la
vuelta y ver quién acaba de entrar.
Þóra se giró hacia la entrada principal, pero enseguida se volvió otra vez
hacia Matthew.
—¿Qué querrá? ¿Crees que me habrá visto?
—¿No será que viene a darte una paliza? —le susurró Matthew al oído—.
Pero creo, a pesar de todo, que deberías hablar con ella.
Þóra no respondió, pero se volvió de nuevo a mirar. Vio cómo Jökull, el
camarero y segador, se acercaba a la señora de Tunga, visiblemente nerviosa
delante del mostrador de recepción, que estaba vacío. Iba vestido con un
chaquetón y botas y trató a Rósa con gran afabilidad antes de salir los dos juntos.
Ninguno de ellos pareció fijarse en la presencia de Matthew o de Þóra. Ésta se
volvió hacia Matthew.
—¿Qué demonios de relación hay entre esos dos?
Capítulo 26

—Sé que tu jornada laboral está a punto de acabar, Bella —dijo Þóra con el
cansancio en la voz—. Y no te estoy pidiendo que trabajes esta noche. Puedes
hacerlo mañana por la mañana. —Sacudió la cabeza para comunicarle su
desesperación a Matthew, mientras escuchaba las protestas de su secretaria—. Mi
querida Bella, y o pensaba que ésta era una tarea que te venía que ni pintada, por
lo aficionada que eres a los caballos. —Þóra no acababa de comprender que
Bella, con sus abundantes carnes, lograra subirse a lomos de un caballo—. Lo
único que tienes que hacer es averiguar si existe alguna relación entre caballos y
zorros, o entre zorros y asesinatos. —Suspiró y cerró los ojos cuando Bella la
interrumpió—. Bella, no sé cómo puedes encontrarlo. Intenta comprobar si los
zorros y los caballos, especialmente los sementales, tienen algo en común. —
Þóra se daba perfecta cuenta de que tendría que explicarlo un poco mejor—. La
cuestión es que han encontrado en una caballeriza a un hombre, al que un
semental había matado a coces. El cadáver tenía atado al pecho un zorro muerto.
Me imagino, y quiero comprobarlo, que lo hicieron con alguna intención.
Matthew le guiñó el ojo a Þóra y sonrió. Conocía perfectamente lo tensa que
era la relación de Þóra con su secretaria y se divertía mucho oy éndolas, aunque
no comprendiera una sola palabra de lo que hablaban.
—Dale recuerdos de mi parte —interrumpió.
Þóra hizo una mueca.
—Sí, Bella, sí. Lo encontrarás. Hiciste muy bien el encargo del cementerio, y
estoy segura de que lo mismo pasará ahora con esto. Matthew te envía
recuerdos. —Miró a Matthew y sonrió—. Le apetece mucho ir contigo a visitar
unas caballerizas en cuanto volvamos. Ya hemos estado en unas, y le han
encantado. En estos momentos, su may or ilusión es tener la oportunidad de dar
de comer a los caballos y recoger el estiércol. Ya sabes cómo les gustan a los
alemanes los caballos islandeses. —Se despidió y se volvió hacia Matthew—.
Bella quiere invitarte a ir con ella a ver una caballeriza cuando volvamos —dijo,
con una sonrisa de oreja a oreja—. Dice que te dé las gracias por la última vez
que os visteis.
—Ja, ja —exclamó Matthew—. Muy graciosa. Supongo que le habrás
contado lo bien que lo pasaste tú en la cuadra. ¿Conseguiste decir tres palabras
seguidas antes de que Rósa se pusiera hecha un basilisco?
—Tienes que reconocer que reaccionó de una manera muy extraña —
observó Þóra—. Da igual que la pregunta fuera o no agradable. Pero tengo que
descubrir qué relación existe entre ella y Jökull.
—Su reacción en la cuadra fue un poco exagerada —dijo Matthew—. Pero
y a te advertí que no debías meter las narices en ese asunto.
—Lo divertido es que y o intentaba ser amable, porque me dio la sensación de
que Bergur estaba muy molesto con ella —dijo Þóra—. Lo del joven de la silla
de ruedas fue lo único que se me ocurrió.
—Por desgracia —señalo Mathew—. ¿No se podrá encontrar algo al respecto
en la red? Está tan destrozado que no puede haber nacido así, tiene que haber
estado en un incendio y los incendios suelen ser noticia casi siempre. Sobre todo
cuando alguien sale herido —añadió—. Tiene que poderse acceder de alguna
forma a las noticias antiguas en las páginas de los periódicos.
—Sí, probablemente —dijo Þóra—. Pero sería muchísimo más sencillo si
alguien de aquí pudiera contármelo. No sé qué buscar, ni siquiera sé si sucedió
hace diez años o hace un mes. Los periódicos no suelen especificar las heridas, se
contentan con decir si alguien está grave o de pronóstico reservado, y cosas por
el estilo. Aparte de que ni siquiera sé si fue el incendio de una casa o si el joven
se cay ó sin más dentro de un geiser. —Dejó escapar un hondo suspiro—.
Además de que tendría que dedicarme más bien a intentar hacer algo por el
pobre Jónas.
Matthew gruñó.
—Si se puede —dijo—. Tienes que reconocer que podría ser culpable.
—Sí, desgraciadamente —asintió Þóra—. Pero de alguna forma, estoy
segura de que no fue él quien cometió esos crímenes.
—¿Y quién, entonces? —preguntó Matthew—. Todo tendría mejor pinta si
hubiera algún sospechoso más.
Þóra reflexionó un momento.
—El siguiente sería Bergur, pero no tendría, aparentemente, ningún motivo
para matar a Eiríkur. —Se mordió el labio inferior. Estaban en la explanada frente
al hotel, adonde habían ido porque Þóra quería hablar con Bella. Se encontraban
uno al lado del otro, apoy ados en el coche de alquiler de Matthew—. ¿No
podemos excluir a todos los que estaban en la reunión espiritista? —preguntó Þóra
—. Se estaba celebrando justo en el lapso de tiempo en que fue asesinada Birna,
a juzgar por lo que dijo la policía.
—¿Se ha sabido algo más preciso sobre la hora de la muerte? —preguntó
Matthew.
—Þórólfur dijo que entre las nueve y las diez del jueves por la noche —
respondió Þóra—. Tenía que basarse en las conclusiones de la autopsia. Coincide
además con el mensaje en el que la citaban a las nueve. —Þóra suspiró—. La
reunión empezó a las ocho. Nosotros tardamos media hora en llegar a la play a,
así que si el asesino fue allí desde la reunión, no habría podido estar de vuelta
antes de la pausa, que fue a las nueve y media. El acceso estaba cortado, de
modo que nadie habría podido llegar en coche… habría tardado demasiado
tiempo en llegar a la carretera general.
—¿Sabes quienes estuvieron en la reunión? —preguntó Matthew—. De nada
sirve excluir a un montón de gente si no tienes más información sobre quiénes
eran.
—No, pero estoy segura de que, de una u otra forma, Vigdís sabrá quiénes
asistieron. Ella cobraba la entrada —dijo Þóra—. Y además, muchos debieron de
pagar con tarjeta, de forma que podremos encontrar los nombres de algunos de
ellos.
—¿Pero no deberías concentrarte en los posibles sospechosos, en lugar de en
los que no son sospechosos? —señaló Matthew.
—Sí, pero de esta forma podré descartar a bastantes. Y al mismo tiempo,
tendré una lista de los que pudieron haber visto a Jónas paseando durante la
pausa, y que podrían servir como testigos de su ausencia —dijo Þóra. Observó
una gaviota que volaba por encima de ellos—. A menos que el asesino se hay a
marchado volando —dijo pensativa, pero de repente se irguió y se apartó del
coche—. ¿Y por qué no en barco? ¿No podría haber tenido el asesino una motora
con la que entró en la ensenada?
Matthew no parecía igual de entusiasmado con la idea.
—¿No es un poco absurdo? —la contradijo—. Tú y y o estuvimos en la
ensenada y viendo la play a no me pareció que fuera posible desembarcar allí.
Las piedras del fondo no hacían más que moverse. —Y añadió pensativo—:
Aunque, en realidad, había un posible embarcadero. A lo mejor sí que se puede.
—Siguió reflexionando—. Pero la barca habría tenido que estar amarrada aquí al
lado, en el embarcadero del hotel, antes de la reunión. Quizá hay a alguien que
recuerde si fue así. Vamos allá y veamos cómo es.
Bajaron desde el hotel al pequeño muelle que había al este de los terrenos.
Matthew se volvió y miró al hotel, cuando y a estaban casi llegando al lugar.
—Aquí no se nos ve mucho —dijo, señalando con el dedo. Desde donde
estaban se veía el tejado del hotel, pero ni las puertas ni las ventanas—. Sería
fácil hacer cualquier cosa aquí sin que te molesten. —Miró a su alrededor—. Y
eso que me da la sensación de que este embarcadero no parece usarse mucho.
No hay cabos ni postes para amarrar botes.
Þóra miró por debajo de los lados de la pasarela pero no vio nada que pudiera
indicar que el muelle estuviera en uso.
—De acuerdo —dijo—. Pero de todos modos le preguntaré a Vigdís si
recuerda alguna barca esa noche. —Se levantó viento, envolviéndoles en el olor
de la ballena muerta—. Dios mío —exclamó Þóra, mirando el borde de la play a
en dirección al lugar de donde soplaba el viento—. ¡Allí está el cadáver, mira! —
señaló con el dedo hacia una gran masa negra, informe, a bastante distancia.
Matthew se cubrió la boca y la nariz con la mano, pero aguzó la vista en
dirección al lugar que señalaba Þóra.
—¿Pero qué es eso? No puede haber en el mundo un olor más horrible.
—¿Vamos a echar un vistazo? —preguntó Þóra—. Si atajamos por esa
pequeña ensenada, estaremos allí en poco tiempo.
Matthew dejó de mirar la línea de la play a, y se concentró en Þóra.
—¿Estás hablando en serio? ¿Quieres ir hasta allí para ver esa monstruosidad
asquerosa?
—Pues, claro —dijo Þóra, pero en ese momento sonó su teléfono. Suspiró al
ver el número—. Hola.
—¿No se te ha pasado por la cabeza contestar a los mensajes que te he estado
enviando ininterrumpidamente, o te limitas a borrarlos? —gritó su ex marido,
furioso—. No sé dónde diablos estás, pero esta eterna falta de comunicación se
ha vuelto un tanto fastidiosa. No me chupo el dedo, y sé perfectamente que tienes
apagado el móvil para poder enredarte con el primero que te encuentres.
Þóra intentó contenerse, pero no pudo mantener del todo la prudencia ante
semejante perorata.
—Cállate, Hannes —le ordenó—. Estoy aquí trabajando, y si alguna vez
hubieras llegado más allá de la circunvalación de Reikiavik, sabrías que no en
todas partes hay cobertura para el móvil. —Esto último lo dijo con toda frialdad,
aunque ella misma lo había descubierto muy pocos días atrás—. Lo único que
tengo que decirte es que Gy lfi y Sóley están justo a las afueras de Selfoss y que
hay que ir allí a buscarles. Sigga está con ellos.
—¿Y a mí qué me cuentas? —vociferó Hannes—. Yo también trabajo y no
puedo andar de un lado para otro según a ti te convenga.
—¿Puedes ir a buscarles, o no? —preguntó Þóra—. Si no puedes, llamo a mis
padres y les pido que vay an ellos. Pero quiero recordarte que es culpa tuy a. Si no
hubieras estado cantando Eye of the Tiger una vez tras otra, no se habrían
marchado. —Þóra subió el volumen, porque le parecía oír música—. Estoy
oy endo Final Countdown —dijo, escandalizada—. ¿Aún estás con el Sing Star?
Se despidieron cuando Hannes aceptó ir a buscarles, y Þóra colgó, enfadada
por haberse irritado. Abrió el teléfono y llamó a Gy lfi para decirle que su padre
iría a buscarles. Tuvo que hacer un buen esfuerzo para calmarse del todo.
—Drama familiar —le dijo a Matthew, que la miraba con mucha curiosidad
—. Iremos a Kreppa a buscar el estudio de Birna.
—Por fin —exclamó Matthew—. Estoy dispuesto a todo menos a estudiar el
cadáver de la ballena. ¿Y quién sabe? A lo mejor encontramos más nombres de
personas asesinadas grabados en esa casa.
Subieron al muelle y volvieron hacia el hotel, donde Þóra vio un hombre que
les hacía señas con las manos. Era el fotógrafo de la revista de viajes, Robin
Kohman. Þóra respondió a sus señas, y él se dirigió hacia ellos.
—Hi —les gritó—. Os estaba buscando.
—¿Y eso? —le gritó Þóra, a su vez, acelerando el paso—. Estábamos echando
un vistazo por ahí.
—Me marcho esta noche —anunció el fotógrafo después de los saludos—, y
quería daros las fotos de Birna. —Y añadió con un gesto mucho más triste—: Me
he enterado de lo sucedido, y quería entregárselas a alguien que la conociera. —
Sacudió la cabeza, apesadumbrado—. Ha sido tan repentino y, desde luego, me
resulta enormemente sorprendente en este país.
—Sí, es espantoso —dijo Þóra—. Esperemos que capturen pronto al culpable.
—¿Ha hablado contigo la policía? —preguntó Matthew—. Supongo que
desearán entrevistarse con todos los huéspedes antes de que se vay an.
Robin asintió.
—Sí, charlaron conmigo esta mañana, pero no pude decirles nada.
—¿No les quisiste dar las fotos a ellos? —preguntó Þóra—. Aunque nosotros sí
las queremos, por supuesto.
—No; pensé que estas cosas no tenían nada que ver con el asunto —dijo
Robin—. No creo que las fotos tengan ninguna relación con el asesinato de Birna.
Son de lo más inocentes. —Sonrió cordial—. Quizá con excepción de una, la de
un zorro muerto.
***
Matthew dejó la foto. Estaban sentados con Robin en el bar, y sobre la mesa,
delante de ellos, había un montón de fotografías que el hombre había extraído de
un sobre grande con el nombre de Birna.
—¿Dónde tomaste ésta? —preguntó Matthew, señalando el zorro muerto que
ocupaba el centro de la imagen. La esbelta criatura y acía de lado sobre la hierba.
La lengua colgaba por un lado de la boca, y la piel rojiza estaba desgarrada y
ensangrentada en un costado.
—Estaba al lado del sendero que llevaba a la vieja granja, que está justo ahí
al lado —respondió Robin—. Birna me pidió que la acompañara hasta allí a hacer
algunas fotos y nos encontramos con el pobre bicho. Me pidió ella que la hiciera,
le parecía de lo más triste. En esta foto no se ve, pero todo lo que había alrededor
indicaba que el zorro se había arrastrado hasta allí gravemente herido. —Robin
señaló la herida en el costado del animal—. Escapó al cazador, pero el disparo
resultó ser mortal.
—¿Os llevasteis el zorro? —preguntó Þóra.
—No, ¿estás loca? —dijo Robin—. Ni lo tocamos. Olía espantosamente mal,
y no teníamos el menor deseo de recoger el cadáver.
—¿Crees que alguna persona, o algunas personas, habrían podido pasar
después de vosotros y habérselo llevado? —preguntó Þóra.
Robin miró alternativamente a uno y otro, extrañado.
—No acierto a comprender este interés, pero claro que es posible. El zorro
estaba a la vista de todos los que pasaran por allí. —Se irguió—. Sólo que no
puedo imaginarme que nadie pueda tener interés en recoger un cadáver como
ése. A menos que la piel sea muy valiosa. —Miró a Þóra—. ¿Tienen los
islandeses debilidad por los zorros?
Þóra sonrió.
—No, no como para ponerse a recoger cadáveres. El interés que tenemos
Matthew y y o por el zorro tiene otra motivación, muy diferente, pero sería
demasiado largo de explicar. —Agarró las fotos y empezó a mirarlas—. ¿Birna
no te dijo por qué eligió estos temas precisamente? —le preguntó a Robin—. Veo
que muchas fotos son de la vieja granja y del terreno que hay detrás de hotel,
pero también hay una de una trampilla de metal y otras de paredes interiores, al
parecer. ¿Te explicó algo? —Le enseñó a Robin las fotos en cuestión.
El fotógrafo las miró y asintió con la cabeza.
—Recuerdo bien que había esa trampilla en el prado de la vieja granja, ahí al
lado de las rocas —explicó—. La foto de las paredes, en cambio, la tomé aquí, en
el sótano, en la parte vieja del hotel. Me pidió que la tomara un día después de las
otras, pero no me dio más explicación sobre su interés por la trampilla. Pensé que
tendría algo que ver con la arquitectura, pero no entendí del todo por qué quería
precisamente esas fotos.
—¿Te comentó algo sobre esta piedra? —preguntó Matthew, señalando tres
fotos de la roca con la inscripción que habían encontrado detrás del hotel.
Robin estudió las fotos.
—Sí, qué curioso. Le pregunté por ella, mientras la fotografiábamos por
delante y por detrás. Me tradujo el poema y, como me pareció bastante raro, le
pregunté si era una costumbre islandesa escribir poemas en las piedras. —Dejó
las fotos sobre la mesa—. Contestó que no, y se mostró bastante extrañada de
encontrar allí una piedra con inscripción.
—¿Se le ocurrió alguna explicación, o estuvo pensando cómo habría llegado
allí la piedra? —preguntó Þóra.
—No directamente —respondió Robin—. Estuvo intentando comprobar si el
poema lo podían haber grabado los habitantes, o si en la casa habría podido vivir
algún artista. Luego pensó que tal vez se tratara de la tumba de algún animal
doméstico, aunque el poema no le parecía que encajara con eso. Que y o sepa,
no llegó a ninguna conclusión.
Matthew le dio un golpecito a Þóra.
—Aquí hay una interesante —dijo, dándole una foto de Birna hablando con
un anciano en la explanada de delante de la puerta principal del hotel. Þóra la
tomó—. A lo mejor estaban hablando de la remodelación de su residencia —dijo
Matthew con una sonrisa.
Robin se inclinó sobre Þóra para ver lo que tanto les había llamado la
atención.
—Sí, esta foto —dijo—. Se la tomé por mi cuenta. Estábamos y endo hacia la
vieja granja, cuando ese hombre salió del hotel y se puso a hablar con Birna. Sé
que es un cliente, porque le he visto varias veces en el comedor.
Þóra asintió.
—¿Sabes de qué hablaron?
—No, ni idea —dijo Robin—. Hablaban en islandés. Pero no hacía falta
entender nada para darse cuenta de que no era una charla de amigos normal y
corriente. Sólo hice esta foto, porque enseguida empezaron a discutir y no me
pareció muy apropiado.
—¿Te dijo ella algo sobre el motivo de la discusión? —preguntó Matthew.
—Sí, dijo algo sobre que la gente tendría que darse cuenta de una vez por
todas de que cada uno era responsable de sus propios actos —reveló Robin—.
Estaba bastante enfadada, así que no pregunté más. —Se lo pensó mejor—. Pero
luego añadió algo así como que los viejos pecados crecían igual que las viejas
deudas. No comprendí a qué se refería, y me limité a cambiar de tema.
Þóra y Matthew se miraron a los ojos. Magnús Baldvinsson. ¿Viejos pecados?
***
La enfermera se dirigió hacia la cama de la anciana y le dio un amable
golpecito en el hombro para despertarla.
—Malla, bonita —dijo suavemente—. Despierta. Tienes que tomar tus
medicinas.
La anciana abrió los ojos sin decir una palabra. Miró al aire, parpadeó varias
veces y tosió débilmente. La enfermera la miró en silencio. Sabía que, a veces,
la anciana necesitaba mucho tiempo para volver en sí. Se limitó a permanecer
tranquila a su lado, con una mano aún sobre el flaco hombro y un vasito de
plástico en la otra. El vasito contenía pastillas blancas y rojas que iba a darle a la
mujer.
—Vamos —dijo con voz alegre—. Dentro de un momentito podrás volver a
tumbarte.
—Ha venido —dijo de repente la anciana. Seguía con los ojos en el aire, y
aún no había mirado a la mujer que esperaba, paciente, al lado de la cama.
—¿Quién ha venido? —preguntó la enfermera sin mucho interés. Ya hacía
mucho tiempo que se había acostumbrado a toda clase de desvarios de los
ancianos, sobre todo cuando se debatían entre el sueño y la vigilia. Era como si
regresaran a los largos días del pasado, cuando eran más jóvenes, más ágiles y
no tenían que depender de otros para las cosas más insignificantes.
—Ha venido —repitió la anciana, sonriendo—. Me ha perdonado. —Miró a su
interlocutora por primera vez, aún con la sonrisa en los labios—. No estaba
enfadada. Siempre tan alegre.
—Estupendo —respondió con alegría la enfermera—. No es nada bueno estar
enfadado. —Agitó el vasito de las medicinas—. Venga, incorpórate y tómate las
medicinas.
La anciana no miró el vaso de pastillas, sino a la joven, directamente a los
ojos.
—Le pregunté si estaba enfadada —dijo—. Ella me preguntó que por qué iba
a estar enfadada. —Se incorporó sobre los codos con gran esfuerzo—. Siempre
tan alegre.
—¿Quieres que te sostenga el agua, o lo puedes hacer tú sola? —preguntó la
enfermera, echando mano al vaso que había en la mesilla de noche. Le dio agua
a la anciana.
—Naturalmente, le dije que por qué iba a que estar enfadada —continuó la
anciana, sin prestar la más mínima atención al agua o a las medicinas—. Y eso
que siempre pensé que lo sabía todo sobre mí. —Sacudió la cabeza extrañada,
agitando su cabello blanco—. Parecía que nunca había estado enfadada —dijo
luego, y cerró los ojos—. Pero lo importante es que me ha perdonado a pesar de
todo.
—Pues eso es estupendo —dijo la enfermera, dejando en la mesilla el vaso
de medicinas y el agua—. Vamos. —Sujetó por debajo de los brazos a la anciana
—. Tienes que incorporarte mejor. —Alzó a la mujer para que se pudiera sentar
bien. Tenía la espalda torcida y no podía esperarse que se sentara perfectamente
recta, pero aquello sería suficiente—. Ahora nos tomaremos las medicinas. —
Agarró las pastillas—. Hay otras personas esperando, así que tendremos que
darnos un poquito de prisa. —Llevó el vaso a los finos y descoloridos labios de la
mujer.
La anciana abrió la boca y dejó que la joven le introdujera las pastillas.
Conocía el procedimiento y esperó a que le diera un poco de agua para tragar.
Las píldoras bajaron por su garganta con unos ruidos que la mujer no hizo nada
por reprimir. Finalmente se secó la boca con el dorso de la mano y miró a la
enfermera.
—Era buena y alegre. Imagínate.
—¿Imagínate qué, cariño? —preguntó la enfermera por cortesía, sin acabar
de aclararse de si la anciana estaba plenamente consciente.
—Me perdonó —repitió una vez más, con la misma voz de extrañeza de antes
—. Y y o que no hice nada por ella.
—¿Estás segura, cariño? —dijo la enfermera con una sonrisa—. Estoy
convencida de que hiciste muchísimo por ella. Sólo que y a no te acuerdas.
La anciana frunció el ceño.
—Claro que me acuerdo. Murió. ¿Como podría olvidarlo?
La enfermera sonrió en su interior y acarició afable sus cabellos grises. Era
lo que se temía, la pobre anciana estaba delirando. ¿La visita de una mujer
muerta? No se preocupó por mantener la sonrisa, sino que volvió a acostar a la
mujer en una postura más cómoda.
—Venga, Malla. Ahora intenta volver a dormir.
La anciana cerró inmediatamente los ojos, en el mismo momento en que su
cabeza caía sobre la almohada.
—Asesinada. La maldad está por todas partes. —Chasqueó los labios y luego
musitó, adormilada—: Querida mía. Mi querida Kristín.
Capítulo 27

—Debe de tratarse del mismo animal que le ataron a Eiríkur —dijo Matthew
—. Por lo menos, no veo al zorro por ninguna parte. —Þóra y él habían ido
siguiendo los pasos de Birna y Robin hasta Kreppa, y estaban en el lugar donde él
les dijo que habían encontrado el zorro. No se le veía por ningún sitio.
—Tal vez otros animales han dado buena cuenta de sus restos, pero
seguramente tienes razón —dijo Þóra—. Los únicos animales que se ven por
estos alrededores son ovejas, y dudo que se dediquen a comer zorros. —Miró al
cielo—. Quizá los pájaros, pero entonces habrían dejado los huesos.
—De modo que el asesino pasó por aquí —conjeturó Matthew, revolviendo un
poco la hierba del borde del sendero, con una rama que había cogido mientras
estaban buscando el cadáver.
—O eso, o mató al zorro y lo siguió hasta aquí, cuando Birna y Robin y a se
habían ido —dijo Þóra—. Ya me gustaría saber qué significado tenía ese zorro.
—Quién sabe, a menos que Bella, tu ángel de la guardia, consiga descubrirlo
—observó Matthew—. El zorro debería significar algo, supongo.
—¿Transmitir algún mensaje, quieres decir? —repuso Þóra dubitativa—. ¿De
las asociaciones de defensa de los animales, o algo por el estilo?
—No, del asesino —dijo Matthew—. A lo mejor es un perturbado que intenta
decir algo con todo esto. ¿Sabemos con toda seguridad que no había nada atado a
Birna?
—No, que y o sepa —respondió Þóra—. Al menos, nunca se ha mencionado.
Los dos tenían alfileres en las plantas de los pies, pero nadie ha mencionado
ningún zorro, ni ningún otro animal, en relación con ella.
Se detuvieron en el patio de grava de delante de la casa.
—¿De quién es ese coche? —preguntó Matthew, señalando un Renault
Mégane nuevo, aparcado en el patio.
Þóra se encogió de hombros.
—Ni idea —dijo—. No debería haber nadie aquí. —Miró las ventanas de la
casa y vio que dentro había haz—. A lo mejor han venido los hermanos a acabar
de llevarse sus pertenencias. Eso espero. —Sacó la llave de la casa y se
dirigieron hacia la puerta, que no estaba cerrada con llave. Þóra abrió y metió la
cabeza—. ¡Hola! —gritó—. ¿Hay alguien?
—¡Hola! —gritaron como respuesta, y se oy eron unos pasos que se
aproximaban—. Ah, hola —se oy ó decir a una voz alegre al tiempo que aparecía
Bertha, la hija de Elín. Se había recogido el pelo en una coleta, y llevaba en la
mano una bay eta de quitar el polvo—. Me asusté. Bienvenidos, estoy
empaquetando cosas para mamá y el tío Börkur. —Agitó la bay eta—. Hay tanto
polvo que intento ir limpiando cada cosa antes de guardarla, aunque me eternice.
Matthew le devolvió la sonrisa, feliz de encontrar a alguien que recordaba que
era extranjero y aceptaba hablar con él en inglés.
—Hola —le dijo tendiéndole la mano—. Gracias por el otro día.
—Lo mismo digo —respondió Bertha—. He tenido la gran idea de traer una
cafetera y estaba sirviéndome un café. Llegáis que ni pintados, porque Steini no
quiere café y siempre hago de sobra.
La siguieron hasta la cocina, donde estaba el joven, sentado en su silla de
ruedas. Como la vez anterior, ocultaba el rostro con la capucha cubriéndole la
cabeza, aunque al entrar se le vio dirigir sus ojos hacia ellos. Pero no dijo nada.
—Invitados, Steini —dijo Bertha, a lo que él respondió con un murmullo
inaudible—. Servios, por favor —invitó Bertha, señalando unas tazas de porcelana
colocadas junto al fregadero—. Acabo de limpiarlas —añadió con una sonrisa.
—Gracias —dijo Þóra—. Ni me había dado cuenta de lo que me apetecía un
café. —Se llenó la taza y luego sirvió a Matthew—. ¿No es una barbaridad de
trabajo para vosotros? —preguntó después de tomar un primer sorbo.
—Sí que lo es —dijo Bertha sin dudarlo—. No sé en qué estaba pensando
cuando me ofrecí a encargarme y o. Aunque en realidad no deja de ser
entretenido. Es una sensación especial, tocar estos objetos a los que los bisabuelos
Grímur y Kristrún les tuvieron tanto aprecio.
—Me lo imagino —dijo Þóra—. A decir verdad, hemos venido a echar un
vistazo al estudio de Birna. Tenemos entendido que se había preparado un refugio
aquí arriba. ¿Es cierto?
—Sí —respondió Bertha—. ¿Queréis que os lo enseñe? No hay muchas cosas,
sólo dibujos, pero no hay ordenador. Utilizaba un portátil y no lo quería enchufar
aquí. —Señaló el cable de la cafetera—. Los enchufes son tan viejos que hace
falta siempre un conector especial, Birna tenía miedo de que la corriente no
fuera estable y no quería correr el riesgo de estropear su portátil. Siempre lo
cargaba a tope en el hotel antes de venir.
—No importa —dijo Matthew—. Tampoco estamos buscando un ordenador a
toda costa. Sólo queríamos ver en qué andaba trabajando.
Bertha entornó los ojos.
—¿Pensáis que el crimen pueda tener algo que ver con el edificio que estaba
diseñando? —El tono de su voz indicaba que albergaba dudas de que pudiera ser
así—. ¿No está y a claro que el asesino era un psicópata sexual?
—No, eso no está nada claro —respondió Þóra, aunque decidió no mencionar
la detención de Jónas. La muchacha podría pensar que Þóra y Matthew estaban
apoy ando al asesino, y negarse a colaborar con quienes torturaron a su amiga—.
Pero es absurdo pensar que sus bocetos tengan algo que ver con el crimen. Sólo
estamos interesados en ver si aquí puede haber algo que arroje alguna luz sobre
el caso.
—Comprendo —respondió Bertha—. No he vuelto a entrar desde que se
cometió el crimen —añadió—. Esperaba que la policía registrase el cuarto, por
eso no quise tocar nada. Pero, hasta ahora, no han venido, así que probablemente
esa habitación no tendrá ninguna importancia. —Se volvió hacia Þóra—. Tú eres
abogada, ¿verdad? ¿La abogada de Jónas y del hotel? —preguntó.
—Sí —respondió Þóra, cruzando los dedos para que la chica no fuera a
preguntar sobre la situación de su cliente.
—Entonces no habrá problema para que entres tú —dijo—. No irás a
entorpecer la labor de la policía, ¿verdad?
—No, por Dios. —Mintió Þóra con aire inocente—. Nunca haría algo así. No
nos llevaremos nada. Sólo miraremos. —Tomó un sorbo de café—. Este café
está riquísimo —dijo con una sonrisa.
—Gracias —respondió Bertha—. A algunos, mi café les parece demasiado
fuerte. —Señaló con la barbilla a Steini.
—Es demasiado fuerte —se oy ó debajo de la capucha—. Demasiado fuerte.
Matthew no se sentía tan incómodo como Þóra con aquella situación, pues
respondió a Steini enseguida:
—Ponle leche. Ése es el truco —dijo con total naturalidad—. Tendrías que
probarlo. Con crema es aún más rico.
—Quizá —dijo Steini—. Pero prefiero los refrescos.
Bertha sonrió a Matthew con alegría y Þóra pensó que ojalá se le ocurriera a
ella algo que decirle al joven. Había algo doloroso en el afecto que sentía la
muchacha por él.
—¿Os lo enseño? —preguntó Bertha de pronto—. Steini y y o tendríamos que
ir acabando esto. —Se dirigió a la puerta que daba al pasillo.
—Sí, desde luego —respondió Þóra, dejando la taza. Matthew hizo lo mismo
—. Os podéis quedar aquí abajo, si queréis —dijo Þóra, caminando detrás de
Bertha—. No nos llevaremos ni estropearemos nada.
—No hay problema —respondió Bertha—. Todavía tengo cosas por organizar.
Los tres subieron en fila india por la escalera y llegaron hasta la puerta del
cuarto de Birna. Resultó ser la habitación que Þóra y Matthew no habían podido
abrir cuando fueron a la casa por primera vez.
—Cerré con llave en cuanto me enteré del asesinato —explicó Bertha
mientras peleaba con una llave que se atascaba en la cerradura. Finalmente,
consiguió introducirla bien, la hizo girar y empujó la puerta. Sobre el escritorio
había una lata de refresco, en el alféizar de la ventana un cenicero y por diversos
lugares de la habitación había otros restos de época actual. Había unos dibujos
clavados en la pared, igual que en la habitación de Birna en el hotel, la may or
parte eran bocetos a mano, pero también había otros a ordenador.
Þóra contempló los dibujos, que mostraban la configuración prevista del
nuevo edificio y varios cortes en distintos lugares.
—¿Qué es esto? —preguntó, señalando el boceto de una casa con un bosque
de pinos al fondo. Junto a la casa había autocares y gente paseando—. No creo
que éste fuera el proy ecto del nuevo edificio de Jónas. —La construcción era una
estructura de cristal y no resultaría nada fácil organizar habitaciones para
huéspedes detrás de semejantes paredes transparentes.
Bertha se acercó.
—No, no lo creo —dijo—. Bertha me enseñó sus proy ectos del edificio, y no
se parecían nada a éste. —Se inclinó hacia una esquina del dibujo—. Tiene fecha
de hace una semana —anunció con una mueca—. La última vez que Birna me
invitó a entrar, no estaba aquí.
—Pero sí que estaba cuando cerraste con llave, ¿no? —preguntó Matthew—.
No lo pusieron después de morir ella, ¿verdad?
Bertha enarcó las cejas mientras intentaba hacer memoria.
—Realmente, no lo sé —dijo—. Metí la cabeza antes de cerrar y no recuerdo
si estaba ahí el dibujo. —Les miró preocupada, como si aquello hubiera sido una
tremenda estupidez por su parte—. Pero nadie ha entrado aquí desde que cerré
con llave. De eso no hay duda.
—¿Cuándo fue eso, exactamente? —preguntó Þóra.
—El sábado —respondió Bertha—. No sé qué hora sería, pero fue por la
tarde. ¿Importa mucho? —preguntó con gesto de preocupación—. ¿Creéis que el
asesino ha podido venir aquí?
—No —dijo Þóra—. Claro que no. No parece que mucha gente supiera de la
existencia de este refugio de Birna. —Se dirigió a la mesa. Sobre ella había varios
bosquejos y en medio de todo varios recibos de tarjetas de crédito. No parecían
revelar nada especial, aparte de que Birna compraba en Esso y en Spöl. Tuvo
que hacer fuerza para abrir los cajones de la mesa, que estaban bastante
arqueados. Dos estaban completamente vacíos, uno contenía material de
escritorio y cuadernos, y en el tercero había una llavecita en un llavero con una
placa de metal en la que estaba grabada una marca comercial que Þóra no
conocía. Levantó la llave. Era pequeña y no servía para una puerta ni para un
coche, ni para ninguna otra cosa que se le pudiera ocurrir a Pora—. ¿Sabes de
qué es esta llave? —preguntó a Bertha, que negó con la cabeza.
—Ni idea —dijo—. Pero tiene que ser de Birna, seguro, porque en ese cajón
no había ninguna llave cuando se instaló en la habitación. Los vacié antes de que
se viniera para aquí con sus cosas.
Þóra se guardó la llave en un bolsillo.
—Me la llevo prestada —le dijo a Bertha—. No te preocupes por la policía. Si
la quieren, se la daré.
—A mí me da igual —replicó Bertha—. Lo único que quiero es que
encuentren al asesino. Me da lo mismo quién lo haga.
—Pues nada, estupendo —dijo Matthew poco después, cuando acabaron de
examinar el cuarto—. ¿Hay en la casa algo más que perteneciera a Birna?
—Quizá un vaso, abajo —dijo Bertha—. Sí, y unas botas que hay en el
zaguán. ¿Queréis esas cosas?
Þóra sonrió.
—No, no. Pero dime una cosa. Birna parece que estaba especialmente
interesada por una trampilla que había aquí. ¿Sabes algo?
Bertha sacudió lentamente la cabeza.
—No, pero se me ocurre que debió de ser cuando estaba pensando si hacer el
edificio al lado de esta casa —respondió—. Fue hace casi dos meses, cuando me
encontré con ella aquí la primera vez.
—No, es algo de mucho más tarde, algo muy reciente —dijo Matthew—.
¿Sabes de qué trampilla estamos hablando?
—Sí —asintió Bertha—. O, más exactamente, creo que sí. Por aquí sólo hay
una trampilla. ¿Queréis verla?
Þóra miró a Matthew y se encogió de hombros.
—¿Por qué no? —dijo.
Salieron de la habitación con Bertha y se quedaron junto a ella mientras
cerraba concienzudamente la puerta con llave. Al salir, Þóra aprovechó la
ocasión para preguntarle a la muchacha si se había encontrado objetos nazis al
preparar las cajas para llevárselas, o si Birna había mencionado algo al respecto
en alguna ocasión.
Bertha se dio la vuelta en la escalera de salida del edificio y miró a Þóra con
cara de extrañeza.
—No, ¿cómo se te puede ocurrir semejante cosa?
—No es nada —dijo Þóra—. Las cajas que hay en el sótano del hotel sí que
contienen algunas cosas de ésas.
—¿Sí? —exclamó Bertha, sin poder ocultar su asombro—. Me parece
rarísimo. ¿Quizá pertenecían a otros, no a mi familia?
—Puede ser —dijo Þóra, aunque estaba convencida de lo contrario—. Y otra
cosa —añadió—, ¿te suena el nombre de Kristín?
—¿Kristín Sveins? —preguntó Bertha sin volverse a mirarla. El corazón de
Þóra dio un vuelco—. Estuvo en mi misma clase durante muchos años. Hace
tiempo que no la veo. —Se volvió a Þóra con un gesto de extrañeza—. ¿La
conoces?
Þóra intentó disimular su decepción.
—No, pensaba en otra Kristín. Alguien que vivió aquí, o por aquí cerca, hace
mucho, mucho tiempo.
Bertha sacudió la cabeza.
—No, no recuerdo a nadie con ese nombre. Pero y o no soy la persona
adecuada para preguntar por gente de otra época. Quizás mamá pueda ay udarte.
« Segurísimo» , pensó Þóra.
—¿Es ésta la trampilla? —preguntó, señalando una tapa metálica con el asa
levantada, que Bertha agarró con fuerza. Estaban a unos veinte metros detrás de
la casa.
—Sí —dijo Bertha—. No tiene nada de especial. ¿Queréis abrirla? —
preguntó, y le hizo una señal a Matthew para que abriera él mismo si quería.
Matthew se inclinó e hizo un esfuerzo para levantar la pesada trampilla. Los
viejos goznes chirriaron cuando el alemán intentó infructuosamente abrirlo.
—¿Qué hay aquí abajo? —preguntó.
—Nada —dijo Bertha—. Es un almacén anejo, si recuerdo bien. Hay acceso
desde el sótano. Creo que guardaban ahí el carbón para la calefacción. Ni se sabe
cuándo lo abrieron por última vez. Desde que tengo memoria, la casa siempre ha
tenido calefacción eléctrica.
—¿Podríamos echar un vistazo al sótano? —preguntó Matthew, limpiándose
en la hierba las manos, que se le habían ensuciado.
Bertha asintió, pero insistió en que allí no había nada. Les acompañó y
después de entrar por una puertecita que había en un extremo del sótano y
atravesar un pequeño pasillo, que en realidad parecía un túnel, llegaron a una
puerta metálica que Bertha abrió de un empujón. Allí delante no había nada más
que oscuridad. Con el escaso resplandor que llegaba desde el sótano, se podía ver,
sin embargo, que la carbonera estaba cubierta de polvo negro y que en el suelo
había aún algunos pedazos de carbón negro.
—Bastante desagradable —dijo Bertha, cerrando la puerta—. Birna no era
precisamente el tipo de gente que se interesa por estas cosas —añadió luego—. El
caso es que no recuerdo que bajara nunca a este sótano. —Empezó a subir la
escalera—. Claro que muchas veces estaba aquí sola, y pudo bajar alguna vez a
echar un vistazo. Para qué, ni idea.
Cuando estuvieron de nuevo en la superficie, Þóra y Matthew decidieron que
y a era suficiente. Se despidieron de Bertha y le dieron las gracias por su ay uda.
Matthew le pidió que les despidiera de Steini, y Þóra luchó contra el deseo de
preguntarle qué le había sucedido. Pero no fue capaz de guardarse la pregunta.
—Bertha, no te lo tomes a mal, pero ¿qué le pasó a tu amigo? —dijo en voz
suficientemente baja para que no se la pudiera oír desde la cocina.
Bertha sopló ruidosamente.
—Tuvo un accidente. Otro coche chocó contra el suy o, y se incendió. Iba
fumando —dijo Bertha, también en voz baja.
—Dios mío —exclamó Þóra—. Qué horror. ¿Está inválido?
—No —respondió Bertha—. Al menos no tiene afectada la médula. Lo que
pasa es que tiene tan mal las piernas que no puede andar con normalidad. Se le
quemaron varios músculos, y el injerto de piel sigue doliéndole mucho. Espero
conseguir pronto que vuelva a empezar la fisioterapia. Pero hace falta tiempo. —
Miró fugazmente hacia la esquina para asegurarse de que Steini no estuviera por
allí cerca—. Lo peor es que el hombre que chocó con él estaba borracho. Steini
estaba completamente sobrio.
—¿Y qué le pasó al otro? —preguntó Þóra—. ¿No le condenaron?
Bertha sonrió con frialdad.
—Puede decirse que recibió su merecido. Pereció en el accidente. Su mujer
también. —Calló un momento como para decidir si debía contarles algo más o
dejarlo allí—. Eran unos granjeros de la comarca. Los padres de Rósa, la mujer
de Bergur.
« Nada menos» , pensó Þóra. Parece que todos los caminos llevaban a Bergur
y a su granja, Tunga.
Capítulo 28

Þóra estaba sentada delante del ordenador que estaba en la mesa de despacho
de Jónas, con el auricular del teléfono en el oído.
—La policía explicará las diligencias al juez, así como cualquier otra cosa
que apunte a tu culpabilidad, y y o intentaré quitarles fuerza o demostrar que no
son suficientes. A continuación, el juez te hará unas preguntas y tú tendrás
oportunidad de responder. No es imprescindible que lo hagas, pero y o te
recomendaría que no te negaras a responder excepto en casos excepcionales.
—¿No tendré oportunidad de decir que soy inocente? —preguntó Jónas,
amedrentado—. Estoy totalmente seguro de que el juez se dará cuenta de que
digo la verdad. Los jueces tienen que ser extraordinariamente intuitivos para esas
cosas.
Þóra no pudo evitar echarse a reír, aunque apartando el aparato.
—Mi querido Jónas —empezó—, los jueces son personas normales y pueden
tomar decisiones equivocadas, como todo el mundo. Además, el juez ha de tener
en cuenta las diligencias que se le presentan. Si apuntan inequívocamente a tu
culpabilidad, o si tú pareces cómplice de algo, entonces tiene que tomar su
decisión basándose en esas cosas, por muy convincente que puedas parecer al
declararte inocente.
—Todo esto me da un miedo horroroso —dijo Jónas, hablando con el corazón
en la mano. Þóra esperaba que fuese capaz de causar una impresión semejante
cuando se declarase inocente la mañana siguiente. Nunca se podía saber cómo
iban a reaccionar los jueces.
—Lo comprendo perfectamente, Jónas —dijo Þóra—. Pero no te derrumbes.
Recuerda que y o estaré a tu lado mañana por la mañana, y esperemos que todo
vay a lo mejor posible.
—¿Qué piensas decir? —preguntó Jónas—. ¿Sacarás algo nuevo?
—Nos espera una noche muy larga. Te conducirán ante el juez a las diez, y
dudo que para esa hora hay a podido encontrar algo. —La desesperación no se
disimulaba en el silencio que se produjo al otro lado de la línea—. Pero haré todo
lo que pueda. Te lo prometo.
—Algo, cualquier cosa —suplicó Jónas—. ¿No puedes encontrar al asesino, o
a alguien que finja serlo?
—Puedo hacer cualquier cosa menos contratar a un actor que acepte
acusarse a sí mismo de un crimen delante del juez. —Þóra movió el ratón, y la
pantalla del ordenador se encendió—. ¿Cuál es la clave de tu ordenador, Jónas?
Lo he encendido pero no puedo entrar sin la clave.
—Hachís —dijo Jónas—. Todo en minúsculas.
Þóra suspiró.
—¿Estás mal de la cabeza? —le regañó—. La voy a cambiar. Si la policía te
requisa el ordenador, no es ésa precisamente la clave que nos gustaría que
hubiera. Pondré algo más inocente.
Se despidieron y Þóra cambió inmediatamente la clave.
—Amnesty —dijo para sí—. Todo en minúsculas.
—¿Con quién hablas? —preguntó Matthew al entrar—. ¿Con el fantasma?
Þóra apartó los ojos de la pantalla y sonrió.
—Sí, no estaría mal. A lo mejor él podría decirme quién es el asesino, antes
de la diez de mañana.
Matthew se sentó solemne en la silla frente a Þóra. Dejó caer sobre la mesa
un grueso montón de papeles.
—He encontrado algunos de los coches —anunció.
Þóra agarró los papeles. Matthew había salido al aparcamiento con la lista
para comprobar si algunos de los vehículos pertenecientes a los huéspedes y a los
empleados habían circulado por los túneles el día que Eiríkur murió coceado.
—¿Cómo conseguiste repasar toda esa cantidad de matrículas y de nombres?
—preguntó Þóra—. ¿Y cuántos son, en realidad?
—Unos cinco mil, pero la bienaventurada policía se entretuvo señalando en la
lista todos los coches que pudieran tener alguna relación con el crimen. Entre
ellos están los de algunos empleados de la zona —informó Matthew—. El
problema radicaba en los coches de alquiler, en ellos la que aparece como dueña
es la empresa, de modo que de ésos no se puede sacar mucho.
—¿Y te has dedicado a comprobar las listas con los coches del aparcamiento?
—preguntó Þóra.
—Sí, encontré ahí delante varias matrículas de coches alquilados, que
figuraban en la lista. Así que le pedí a Vigdís que me echara una mano —
respondió Matthew—. Salió conmigo al aparcamiento y me dijo de quién era
cada coche. Parecía saberlo a las mil maravillas. —Agarró la lista de nuevo y
pasó las páginas—. Por desgracia, no pudimos sacar mucho en claro. Los de los
coches de alquiler son todos extranjeros, y ninguno de ellos está directamente
bajo sospecha. Pero es bastante evidente que ni el coche de los japoneses ni el de
Robin, el fotógrafo, pasaron ese día por los túneles.
—Robin dijo que estuvo en Vestfjörður —recordó Þóra—. Que él no pasara
por los túneles encajaría con su historia, porque Vestfjörður está en dirección
contraria. Los dos japoneses nunca salen, según dice Vigdís, de modo que no me
extraña nada que no viajaran. ¿Y los demás?
—No sé si servirá de mucho, pero en uno de los coches que la policía tenía
marcados viajó Bergur ida y vuelta a lo largo de la mañana, de forma que él
parece excluido —explicó Matthew, que siguió pasando hojas—. El corredor de
bolsa, el que está lesionado, no viajó tampoco, o por lo menos no he podido
encontrar su nombre en la lista. Pero dudo mucho que pueda conducir muy lejos
en el estado en que está. El del kay ak, Pröstur, sí que salió hacia las seis, y el
crimen se perpetró hacia la hora de la cena, de forma que parece tener coartada.
Regresó mucho más tarde.
—¿Cuánto tiempo pasó de la ida a la vuelta? —preguntó Þóra—. Porque se
puede bordear Hvalfjörður, sin atravesar los túneles, volver, matar a Eiríkur,
volver otra vez rodeando el fiordo y luego regresar por los túneles. —Hizo una
mueca—. Suena demasiado complicado. Si pasó por los túneles una hora antes de
la hora en que se cometió el crimen, es bastante improbable que en ese tiempo
pueda llegar hasta aquí, arrastrar a Eiríkur hasta la cuadra, dejarlo allí y volver a
rehacer el círculo. No sé cuál es el margen de error al calcular la hora de la
muerte, que dicen tuvo lugar en torno a las seis. Pero no es demasiado preciso.
Matthew comparó la hora de salida y de regreso de Pröstur.
—Volvió dos horas y media después de pasar por primera vez.
—Pues entonces excluido —dijo Þóra—. Habría tenido que correr
muchísimo. Pero de todos modos deberíamos ir a verle. A lo mejor sabe algo.
¿Qué más tienes por ahí?
—Los empleados parece que se quedaron aquí en su may oría, por lo menos
en la lista hay pocos coches pertenecientes a ellos. Naturalmente, no descarto
que se me hay a pasado algo por alto, pero creo que sólo dos cruzaron los túneles
ese día. El coche de Jökull, el camarero, fue por los túneles hacia las dos y
regresó dos horas más tarde, de modo que aún no se le puede excluir. Y está un
coche señalado por la policía, que Vigdís dice que pertenece a la masajista. Se
fue hacia el mediodía y no volvió. Y también hay otra mujer que la policía tenía
marcada y que Vigdís me dijo que trabajaba aquí. Se llama Sóldís y se dedica
sobre todo a la limpieza, pasó poco después de la hora en que se perpetró el
crimen. Vigdís dice que iba a llevar el coche a un taller de Reikiavik el domingo,
y que alguien la iba a traer de vuelta. Yo no conozco a esa mujer, pero puede
haber regresado a cualquier hora, porque no se sabe quién la trajo.
—Sóldís no es más que una chica jovencita. Es poco probable que tenga nada
que ver con todo esto —afirmó Þóra—. Hablé con ella antes de que tú llegaras, y
parecía buena gente. Y creo que el culpable difícilmente habría podido ser una
mujer —dijo Pora—. Al menos si pensamos que el asesino fue el mismo en los
dos crímenes. Recuerda que Birna fue violada.
—Quizá la policía hay a marcado los coches de mujeres y hombres por un
igual —dijo Matthew—. Porque no se puede saber si el que conducía era el
dueño. A lo mejor, las mujeres podían haberle prestado a alguien el coche, y
entonces el asesino utilizó un vehículo que no era de su propiedad. Lo mismo
puede decirse de los coches propiedad de hombres, claro. Nada garantiza que
quien iba al volante fuera su propietario oficial.
—No, en eso tienes toda la razón —asintió Þóra—. Eso no nos ay uda
demasiado, ¿verdad?
—Bueno —dijo Matthew—. Revisé otros nombres de la lista, porque no se
sabe qué estaba buscando la policía. —Pasó varias hojas—. Encontré a los dos
hermanos que le vendieron las tierras a Jónas, y que vimos en Sty kkishólmur,
Börkur y Elín; pasaron por los túneles en dirección hacia aquí poco antes de
cometerse el crimen. No volvieron. También está esa chica, Bertha, que fue
hacia el sur una hora antes del asesinato y no regresó ese día.
—¿Crees que esos dos podrían ser los asesinos? —preguntó Bertha—. ¿Los dos
hermanos? —Frunció los labios—. No había pensado en esa posibilidad. En
realidad es difícil imaginar por qué iban a querer matar a esas personas.
—Nunca se sabe —dijo Matthew—. Y bueno, también le pregunté a Vigdís
por el anciano, Magnús Baldvinsson, y me dijo que no había venido en coche,
que le había traído su nieto. Así que el día en cuestión no se movió ni un
milímetro, aparte de que no resulta un buen candidato a asesino.
—Hay una pregunta sobre la mujer de Bergur —dijo Þóra, pensativa—. Me
parece totalmente inverosímil que pudieran suceder todas esas cosas
prácticamente delante de la puerta de su casa sin que ni ella ni su marido se
enterasen de nada. Él es el amante de Birna, se encuentra con su cadáver y luego
matan a Eiríkur en su caballeriza. Su mujer tenía motivos suficientes para desear
la muerte de Birna, pero no acabo de imaginar qué podría haberla llevado a
matar a Eiríkur. —Þóra miró a Matthew—. ¿No sería ella quien mató a Birna?
Hoy en la cuadra se la veía tremendamente alterada.
Matthew se encogió de hombros.
—Sí, sin duda, pero la pregunta es quién era el hombre que estuvo con ella.
¿Quizá Jökull?
Þóra dejó escapar un suspiro y se volvió hacia el ordenador.
—Estoy muerta de hambre —dijo, mirando el reloj que aparecía en una
esquina de la pantalla—. ¿Y si vamos a comer algo? Me temo que si esperamos
mucho más, nos encontraremos la cocina cerrada. Y el ordenador no se nos va a
escapar.
Se pusieron en pie y salieron del despacho. Matthew dejó la lista y Þóra tuvo
la precaución de cerrar con llave, para que no entrase nadie a llevársela. No
tenía nada claro si la policía le daría otra copia si aquélla desaparecía, sobre todo
en vista de que ella no tenía ninguna razón para tenerla. Además, era improbable
que le entregaran una copia que incluy era aquellas marcas, y volver a empezar
desde el principio sería un trabajo enorme.
—Ojalá hay a marisco —dijo Þóra cuando le sonaron las tripas—. O aunque
sea albóndigas.
—Yo votaría por un sándwich y una cerveza —replicó Matthew—. Pero nada
de ballena, y tampoco tienes necesidad de compartir conmigo tu marisco. —Se
calló cuando Þóra la dio un tironcito de la manga. Hizo una señal con la cabeza
en dirección a una chica delgada que iba hacia la puerta principal, acompañada
de una mujer may or.
—Ésa es Sóldís —comentó Þóra en voz baja—. La que no reconociste en la
lista. —Pasaron cerca de ellos y Þóra saludó amigablemente a la muchacha—.
Hola, Sóldís —dijo, y se detuvo.
Sóldís y la mujer que iba con ella se detuvieron también, y la muchacha puso
un gesto que se parecía a una sonrisa.
—Ah sí, hola.
Þóra se presentó a la anciana, tendiéndole la mano.
—Soy abogada y trabajo para el dueño del hotel. Sóldís me ay udó bastante
en diversos asuntos. —La anciana se presentó, dijo que se llamaba Lára. Þóra
sonrió a la muchacha—. Me gustaría preguntarte una cosa más, si no tenéis
demasiada prisa.
—Yo no, por lo menos —repuso la anciana—. Sólo he venido a buscarla a
ella, y no tengo ninguna prisa. Respóndele, Sóldís, anda.
—Sí, claro. A mí me da igual —dijo Sóldís con un gesto de indiferencia que
sólo los adolescentes son capaces de reflejar. Estaba mascando chicle,
evidentemente un trozo grande, lo que le hacía hablar de forma un poco
inarticulada—. ¿Qué quieres saber?
—No es nada especialmente importante —respondió Pora—. Tenemos una
lista de los coches que pasaron por los túneles de Hvalfjörður el domingo, y nos
encontramos con que tú ibas en uno de ellos hacia Reikiavik, a un taller.
—Exacto —afirmó Sóldís. Utilizó el pulgar para señalar a la anciana—. No
me lo devuelven hasta el miércoles, y por eso viene mi abuela a buscarme.
—La pregunta es —dijo Þóra— con quién regresaste. Estamos intentando
aclarar las idas y venidas de la gente ese día, y quiénes se quedaron por aquí
cerca.
A Sóldís, aquella pregunta le resultó extraña, a juzgar por el gesto que puso.
—Volví con Próstur —respondió.
—¿El piragüista? —preguntó Þóra sorprendida.
—Sí, le había oído decir que tenía que pasarse por Reikiavik y y o tenía un
buen lío encima, así que le pregunté si me podía traer a casa. Dijo que sin
problema. —Hinchó un gran globo de chicle y dejó que explotara en su cara.
Luego volvió a meterse los restos de chicle en la boca con la lengua, con gran
habilidad—. Steini me dejó colgada y tuve suerte de que Pröstur me rescatara.
—¿Steini? —preguntó Þóra—. ¿Quién es Steini?
—Mi novio —respondió Sóldís—. O algo así. Iba a ir a buscarme pero se echó
atrás a última hora. En realidad es bastante raro. Antes no lo era, pero tuvo el
accidente y … —Movió el dedo índice haciendo un círculo junto a la sien.
—¿Te refieres al chico de la silla de ruedas, ese que está todo quemado? —
preguntó Þóra, asombrada—. ¿Puede conducir?
—Sí, claro —respondió Sóldís—. Sólo está quemado en el costado derecho, y
tiene una mano en perfecto estado. Los pies están bastante mal, pero lleva un
chisme en el coche que le facilita el uso de los pedales. El coche está adaptado.
—Debe de ser muy importante para él —dijo Þóra, intentando ocultar su
asombro. Estaba convencida de que el chico sería incapaz de manejar un coche.
Había creído que era completamente dependiente, y a que se desplazaba en silla
de ruedas—. ¿Cómo os conocisteis? —preguntó entonces.
—Fuimos a la misma clase desde los seis años —explicó Sóldís—. Sólo había
un grupo ese año, sabes, de modo que teníamos que coincidir porque nacimos el
mismo año. Luego se trasladó a vivir cerca de aquí, justo después del accidente,
y empecé a fijarme en él. Primero porque me daba lástima, sabes, pero luego
porque me gustaba charlar con él.
—¿Así que es un buen chico? —preguntó Þóra, intentando disimular su
extrañeza. Añadió, para explicarse—: Las dos veces que coincidí con él, me
pareció una persona de muy pocas palabras.
—Sí, es majo, aunque no le gustan mucho los forasteros —respondió Sóldís,
explotando un globo de chicle—. Creo que se siente incómodo cuando la gente le
mira. En realidad, sólo somos dos las que tratamos mucho con él. Su prima
Bertha y y o.
—La conozco —repuso Þóra—. ¿También sois amigas?
—Sí, claro —respondió Sóldís—. Antes no la trataba, porque ella es de
Reikiavik. La conocí en casa de Steini. Es muy buena con él y se porta de miedo.
—Creo que la culpa del accidente fue de una pareja may or, de una granja
muy cerca de aquí —explicó Þóra.
—Sí, fue algo terrible —intervino la anciana—. Lo más lamentable de todo
fue que Gvendur condujera borracho. No habría pasado lo que pasó si Baco no
hubiera sido su copiloto. Todo aquello afectó muchísimo a su hija Rósa. Se quedó
un poco trastornada. Tampoco es que fuera una persona demasiado sociable,
pero después del accidente, se encerró en su concha. Y fue una completa
tontería, porque nadie iba a culparla de lo sucedido.
Þóra asintió.
—Usted es de la comarca, ¿verdad? —preguntó a Lára.
—Sí, nací y me crié aquí —respondió sonriente. Þóra vio que Sóldis se
parecía bastante a ella. Pese a los sesenta años de diferencia, los rasgos faciales
eran los mismos—. Me trasladé a Reikiavik hace años, cuando era joven, pero
enseguida me di perfecta cuenta de que me encontraba mucho mejor aquí. Y y a
nunca he querido buscar ningún otro sitio. Cada día que pasa lo tengo más claro.
Þóra sonrió.
—He encontrado una serie de cosas que me han llamado mucho la atención.
¿Conocía usted a los propietarios de las dos granjas que pertenecen a estos
terrenos?
—¿Los de Kreppa y Kirkjustétt? Claro que los conocí —afirmó Lára,
orgullosa—. Yo era muy amiga de Guðný, la chica de Kirkjustétt. Por eso me
encanta venir por aquí, aunque sea difícil distinguir dónde acaba lo antiguo y
dónde empieza lo nuevo.
—¿Recuerda bien esa época? —preguntó Þóra mientras trataba de formular
preguntas que pudieran resultar significativas.
—Sí; claro que mi memoria, como todo lo demás, ha empezado a
deteriorarse, pero es curioso que los recuerdos que mejor se mantienen son los
más antiguos. Pregunta todo lo que quieras. Grímur y su hermano Bjarni no
fueron nunca gente normal, así que no me extrañaré ni pizca de que las preguntas
sean raras. La vida en estas granjas era extraña, así que no se puede esperar otra
cosa.
Þóra le habría dado un beso a la abuela de Sóldís.
—Vay a, cómo me alegro de oír lo que está diciendo. No he tenido mucha
suerte cuando he intentado hablar con la gente sobre este asunto, algunos se
niegan en redondo o simplemente prefieren no hablar de ello. —Þóra tomó aire
y fue directa al grano—. ¿Recuerda si la granja tuvo algo que ver con los nazis,
de una forma o de otra? Vi una bandera y otros objetos que me llamaron
muchísimo la atención, por eso me resultó extraño encontrármelos en el sótano
de una granja aquí en Islandia. ¿Sabe algo relacionado con ese asunto?
Lára exhaló el aire con un gesto de cansancio.
—Sí, desgraciadamente tiene razón. Bjarni estaba fascinado con eso. No hay
que olvidar que desde que murió su mujer, Aðalheiður, a finales de los años
veinte, nunca volvió a ser el mismo. Ella significaba todo para él, e incluso se
puede decir que al perderla a ella, el buen hombre perdió también el juicio o la
sensatez. —La anciana sonrió, socarrona—. Aunque hay que decir que no le vino
del todo mal, porque se enriqueció gracias, precisamente, a lo raro que se había
vuelto. Se puso a invertir en toda clase de empresas descabelladas, que, en
realidad, tendrían que haberle llevado a la ruina, pero que acabaron por darle oro
a espuertas, gracias al momento histórico. Estalló la guerra justo en el periodo en
que estaba haciendo esas inversiones, y la suerte le acompañó. Fue por pura
casualidad, pues la economía mejoró muchísimo inmediatamente después, con
todos los militares extranjeros y el crecimiento de la población en el país. Pero el
pobre Grímur no tuvo la misma suerte, él fue siempre la voz de la razón.
—¿Se arruinó? —preguntó Þóra.
—No, las cosas no llegaron a tanto, pero y o creo que no anduvo muy lejos.
Era médico, y como médico de distrito no tenía nunca trabajo suficiente en la
comarca, y se dedicaba cada vez más a la agricultura. Al final dejó de trabajar
como médico y se dedicó plenamente a la granja, pero no consiguió gente que
trabajara para él. Todos se habían ido a Reikiavik, porque allí los salarios eran
mejores, trabajando para el ejército inglés. Bjarni acabó salvando de la
bancarrota a su hermano, compró todas sus propiedades pero le permitió seguir
como si aún fuera él el propietario. Bjarni lo hizo a pesar de las tensiones que
seguían existiendo entre él y su hermano, de modo que para Grímur tuvo que ser
difícil aceptar su ay uda. Para colmo de males murió Kristrún, la mujer de
Grímur, al igual que su hija. Kristrún no andaba muy bien de la cabeza, de
manera que prácticamente no la llegué a conocer. No se relacionaba mucho con
la gente —continuó la anciana, tras detenerse un minuto a tomar aliento—. Por lo
que respecta al nazismo, Bjarni recibió la visita de unos hombres de Reikiavik que
estaban empeñados en transformarlo en una especie de jefe del movimiento
nacional islandés en la provincia de Vesturland. Tenía que reunir un grupo de
hombres jóvenes para convertirlos en una fuerza política importante en estas
tierras. Algo así pasó en la capital, y creo que también en el norte, aunque nunca
tuvieron el viento muy a favor.
—¿Y lo hizo? —preguntó Þóra—. ¿Entró en el partido y reunió gente?
—Empezó. Y hay que decir que hizo bastantes progresos. —Lára volvió a
sonreír—. Pero no era la ideología, ni el partido, ni la cruz gamada lo que atraía a
los hombres que venían aquí. Todos venían por la hija de Bjarni, Guðný.
—¿La amiga que mencionó antes? —preguntó Þóra.
—Sí, Guðný. En aquellos tiempos las amistades eran muy diferentes a como
son ahora. Nos veíamos mucho menos que las amigas de hoy día. Pero, en
cambio, a esa amistad no le faltaba nada, no podía ser mejor, ni más estrecha. —
La anciana miró al infinito, en una ensoñación—. Era tan bonita. Una niña
preciosa que se convirtió en una muchacha preciosa. Exactamente como su
madre. Los jóvenes de la comarca bebían los vientos por ella desde que había
entrado en la pubertad. Así que aprovechaban la menor oportunidad para entrar
en su casa, aunque se pensara que estaban con los nacionales por una noche. No
creo que supieran una palabra de nazismo. Lo único que querían era estar cerca
de Guðný.
—¿Asistía ella a las reuniones o los encuentros? —preguntó Þóra.
—No, cariño —respondió la anciana—. Ella preparaba el café y se lo llevaba
a la mesa a los otros. A veces la ay udaba y o. Estudiábamos a los chicos por
delante y por detrás y nos lo pasábamos fenomenal. —Un gesto de tristeza se
dibujó en el rostro de Lára, que sacudió la cabeza—. No sé adónde habría llegado
todo aquello, pero se frenó en seco y luego pasó lo que pasó.
—¿Se refiere a la tisis? —preguntó Þóra.
—Sí, y a otras cosas más —contestó ella—. Bjarni enfermó y se aisló… y
Guðný también. —Suspiró—. Yo me trasladé al sur con mi prima en esa misma
época y perdí el contacto con ella, aparte de algunas cartas que nos escribimos.
Todo aquel lío del partido nacional se derrumbó como un castillo de naipes.
—¿Qué piensa de los rumores que afirman que Bjarni abusaba de Guðný? —
preguntó Þóra.
Lára miró a Þóra a los ojos. Dejó escapar él aire y entornó los ojos.
—Dios mío, hace tanto tiempo. Aunque he pensado mucho en Guðný
últimamente. —Señaló a Sóldís, que estaba concentrada en su chicle a su lado, sin
hacerles mucho caso—. Cuando Sóldís empezó a trabajar aquí, se me vino todo a
la memoria a la vez. —Vaciló, pero luego miró a Þóra con determinación—.
Creo que Bjarni nunca le puso una mano encima a su hija, ni por enfado ni por
ningún otro motivo que no fuera decente. Era un buen hombre, por muy raro que
fuera, y en las cartas de Guðný se podía ver que ella le quería muchísimo. Por
eso no puedo dar crédito a semejantes habladurías. —Bajó los ojos—. Pero algo
sí que sucedió. Cuando Guðný enfermó, las cartas se hicieron más espaciadas,
pero en la última me confió un secreto, dijo que había tenido un niño. La carta la
había escrito poco después de morir su padre, y cuando el niño tenía y a cuatro
años. Dijo que no se había atrevido a contármelo antes. En esos años, aquello era
un escándalo tremendo. Sólo tenía dieciséis años cuando nació su hijo. No
mencionaba al padre de aquel niño ni directa ni indirectamente, pero me dijo que
más tarde me contaría toda la historia. Nunca pudo hacerlo, porque lo siguiente
que supe es que había muerto.
—¿Quién pudo ser el padre —preguntó Þóra— si no fue su propio padre?
—Hay otros posibles candidatos, se lo aseguro —respondió Lára—. La tisis no
era una enfermedad que comprendiera mucha gente, porque es contagiosa, y en
esa época no tenía cura. Se quedaron totalmente aislados cuando su padre decidió
quedarse en casa en vez de ir a la capital. Ella no quería dejarlo, pasara lo que
pasara. La única persona que los visitaba era Grímur, el hermano de Bjarni.
Siempre he sospechado que abusaba de Guðný, aunque no lo puedo asegurar,
porque no hay forma de probarlo. Excepto quizá por el hecho de que no era una
buena persona.
—¿Qué fue del hijo? —preguntó Þóra—. ¿Era niño, o niña?
—Era una niña. No sé qué fue de ella, porque cuando volví a la región nadie
parecía conocer su existencia. El cura que la había bautizado había fallecido
hacía poco, al parecer, y las personas a las que pregunté no sabían nada de
ninguna niña. Pero algunos reconocieron que Guðný había encargado algunos
productos que sólo podrían explicarse de haber habido un niño en la granja. Los
rumores en el pueblo se inclinaban a pensar que la niña había muerto, que la
habían abandonado o que había enfermado de tuberculosis como la madre. La
historia del incesto sólo empezó después de la muerte de Guðný y Bjarni. A lo
mejor fue el resultado de los esfuerzos que hice por encontrar a la niña.
—¿Se lo comentó a Grímur? —preguntó Þóra.
—Lo intenté, pero él no quiso hablar conmigo. Se trasladó a Reikiavik poco
después de mi regreso. Nadie quiso ay udarme a descubrir nada, porque del
incesto ni se hablaba: se consideraba algo terriblemente bochornoso.
—¿Cómo se llamaba la niña? ¿Lo sabe? —preguntó Þóra.
—Kristín. En la carta me dijo que se llamaba Kristín —respondió Lára—. He
removido cielo y tierra buscando una lápida con ese nombre, pero no la he
encontrado. Así que ignoro qué fue de ella.
—Kristín —dijo Þóra—. Existió.
—¿Existió? —repitió Lára—; y o aún albergo la esperanza de que esté viva.
Todo este tiempo he creído que Guðný se la debió de dejar a algunas buenas
personas, en secreto. No quería que la gente tuviera miedo de que la niña les
pegara la tuberculosis. Me imagino que habría pensado hacerlo desde que nació
la niña, y que le pediría a Grímur que no enviara el certificado de nacimiento a
las autoridades, o que lo falsificara de algún modo. Supongo que su tío se
encargaría de la niña cuando nació, pues toda relación de otras personas con
Guðný y su padre había cesado. —El rostro de Lára se había endurecido—.
Guðný era temerosa de Dios y si la niña hubiera muerto sólo habría aceptado que
fuera enterrada en tierra consagrada, de modo que estaría en el cementerio de
ahí al lado.
Þóra asintió. Ninguna madre en su sano juicio abandonaría en cualquier sitio
el cadáver de un hijo suy o, habiendo un cementerio tan cerca. Kristín debió de
haber sobrevivido a su madre. No quiso comentarle a la mujer lo que estaba
grabado en la viga del tejado, y le dijo que seguramente debían de haber matado
a Kristín. Era mejor que la mujer pensara eso, y no que seguía con vida. Así que
Þóra cambió de tema.
—¿Sabe quizá si ahí detrás había una casa? Debió de quemarse hasta los
cimientos hace mucho tiempo.
—¿Una casa? —preguntó Lára con extrañeza—. Aquí no había más que una
casa y sigue en pie, aunque ahora pertenezca al hotel. —Frunció el entrecejo,
pensativa—. A menos que se refiera al almacén —dijo de pronto—. Ahora que lo
dice, me doy cuenta de que ha desaparecido. —Volvió la cabeza en busca de la
ventana que daba a la parte trasera del hotel, pero no vio nada—. Aquí al lado de
la casa había un almacén y un establo. A lo mejor se quemaron esas
dependencias, pero eso sucedió antes de que y o volviera, porque no sé nada de
ningún incendio. Tampoco puedo decir si los edificios seguían en pie cuando volví
a la comarca.
—Sé que puede sonar extraño, pero ¿recuerda algo especial sobre la
carbonera de Kreppa? —preguntó Þóra—. Es subterránea y se accede a ella
desde el sótano y también a través de una trampilla que hay en el patio.
Lára hizo una mueca, pensativa.
—No, no lo recuerdo. ¿Es importante?
—¿Qué hace esa gente? —se oy ó de pronto a Sóldís, antes de que Þóra
consiguiera responder—. ¿No saben que aquí está prohibido acampar? Hay un
cartel bien grande en el desvío. Esta es una reserva natural.
—¡Oh, no! —exclamó Þóra. A través del cristal de la puerta vio un
todoterreno con una caravana a remolque, que entraban entre una nube de polvo
en el aparcamiento, justo frente a ellos.
Capítulo 29

La caravana llamaba mucho la atención en medio del aparcamiento. Þóra se


quedó allí parada viendo a Gy lfi salir del todoterreno y abrir la puerta a su
hermanita y a Sigga, que iban en los asientos de atrás. Evidentemente no había
querido que el cinturón de seguridad de delante pudiera causar daño alguno a su
aún nonato heredero, en caso de accidente. Debería haber tenido en cuenta
también la seguridad en otras cuestiones, y a que conducía ilegalmente. Sigga se
dobló, molesta, al bajar, y la barriga resultó todavía más desproporcionada con
su cuerpecito. Þóra esperaba, por bien de ella, que en la criatura no primaran los
genes de su padre: al nacer, las cabezas de Gy lfi y Sóley tenían el tamaño de
calabazas. Pensó cómo podría mandarles de vuelta a casa, pero recordó que eran
casi las diez de la noche, demasiado tarde y a para buscar un chófer que les
viniera a buscar.
—¿Por qué no habéis ido con vuestro padre? —le dijo a gritos a Gy lfi
mientras corría hacia ellos por el aparcamiento—. Tenía que ir a buscaros a
Selfoss.
—Puaj —exclamó Gy lfi, cerrando cuidadosamente el coche con la llave—.
Ninguno de nosotros tiene ganas de volver a su casa, ni a la de los padres de
Sigga, así que decidimos largarnos de acampada. Se lo dije a papá para que no
hiciera un viaje inútil si te ponías nerviosa.
A Þóra aquello le habría importado bien poco. Por ella, Hannes podía hacer
todos los viajes inútiles hasta el fin del mundo si era preciso, que no por eso iba a
preocuparse ni lo más mínimo. Pero no sabía cómo iba a arreglárselas con Jónas,
Matthew y sus dos hijos, sin olvidar a su nuera con su avanzadísimo embarazo,
para hacer lo que tenía que hacer sin fastidiar a alguno de ellos… o a todos.
—¿Cómo estás, Sigga, cariño? —saludó a la muchachita embarazada,
mientras abrazaba a Sóley, que envolvió a su madre entre sus brazos, con una
sonrisa luminosa.
—Bueeeno —respondió Sigga—. Me duele la espalda.
Þóra notó que una mueca de temor recorría su rostro.
—¿Crees que el niño está a punto de llegar? —preguntó—. Porque si es así no
podemos quedarnos aquí.
—No, mamá —dijo Gy lfi, escandalizado—. Aún no ha cumplido los nueve
meses.
Evidentemente, su hijo nunca había oído hablar de los partos prematuros.
—Entrad —dijo Þóra, dirigiendo a aquella tropa hacia la puerta principal—.
Gy lfi, tú y y o tenemos que hablar de este viajecito tuy o en coche; pero eso
tendrá que esperar a otro momento —le susurró a su hijo al oído—. Estoy
tremendamente decepcionada contigo; ¿cómo se te ocurrido semejante idea? —
Luego añadió, para que todos pudieran oírla—: Voy a ver si consigo una
habitación para vosotros. Se acabaron las acampadas. Para eso habrá que
esperar a que el niño hay a venido al mundo. —Se imaginó a Gy lfi con un bebé
en brazos, intentando colocar la carpa de la caravana, y añadió a toda prisa—: Y
a que hay a empezado a ir al colegio. —Matthew esperaba sonriente en la puerta.
Þóra hizo una mueca que sólo él pudo ver—. Chicos, os acordáis de Matthew,
¿verdad? Está aquí ay udándome en un caso relacionado con el hotel. Tendréis
que portaros muy bien, porque tengo que trabajar. No iréis a ningún sitio ni
romperéis nada. —Pensó añadir « y no pariréis» , pero se contuvo en el último
momento. Ya iba a resultar suficientemente difícil que cumplieran las dos
primeras órdenes.
***
—No te preocupes —dijo Matthew cuando acababan de sentarse delante del
ordenador, en el despacho de Jónas—. Todo va bien. Me encantan tus chicos.
Aunque no sean, de ninguna manera, las vacaciones que y o esperaba, creo que
esto se está poniendo interesante. —Le hizo un guiño cómplice—. Quizá puedas
contratar a una canguro en Reikiavik, para que podamos irnos a un restaurante
donde no ofrezcan sólo hierbas de cultivo biológico.
Þóra apartó los ojos del monitor.
—¿Cómo es posible que los Cuentos y Leyendas de Jón Árnason no estén
disponibles en la red? —farfulló.
—¿Puedo tomar eso como un « sí» ? —preguntó Matthew.
—¿Eh? —dijo Þóra con la mente en otro sitio, bajando por la página que
estaba viendo—. Sí, sí —añadió, sin tener la menor idea de a qué estaba
accediendo—. Por mucho que busco, no encuentro la historia en cuestión, sólo el
poema. Tengo que ir a una biblioteca.
Matthew miró su reloj.
—Va a ser difícil a estas horas —afirmó—. ¿Crees en serio que la inscripción
de la piedra tiene alguna relación con el caso?
Þóra levantó los ojos y le miró.
—No —respondió—. Tengo que reconocer que lo que pasa es que no hay
nada más que pueda hacer. Estoy buscando un último recurso para mañana, y no
tengo mucho donde elegir.
—Si el asesino es Bergur, o su mujer, como parecías inclinada a pensar,
seguramente la piedra no presente ningún interés para esta historia —dijo
Matthew—. El sentido común dice que deberías concentrarte en algo más
cercano en el tiempo —Matthew se acercó a la ventana y miró un coche que se
acercaba al hotel. Se fue aproximando al edificio hasta detenerse justo delante de
la ventana. Los faros se apagaron y el sonido del motor calló—. Conozco esa
matrícula —aseguró Matthew mientras descorría la cortina—. ¿Dónde está la
lista?
Þóra le miró incrédula.
—¿Estás diciendo que recuerdas una matrícula entre los miles que repasaste?
—preguntó, alargando una mano hacia la lista.
—Es una matrícula especial —respondió Matthew—. Además no eran tantas,
y ésta destacaba totalmente entre el resto. —Pasó las páginas de la lista—. Aquí
está. Una hora antes de que mataran a Eiríkur, este coche pasó por los túneles
procedente Reikiavik. —Le devolvió la lista a Þóra e indicó una línea—. Ahí.
Veritas —señaló—. Recuerdo esta matrícula porque estuve pensando a qué
trabajo podía dedicarse el dueño. No se me ocurrió nada relacionado con la
verdad, sino algo que tuviera que ver con la enseñanza de las matemáticas.
Þóra agarró la lista y ley ó el nombre del propietario.
—Nada menos —dijo, poniendo la hoja sobre la mesa—. Es un político.
Baldvin Baldvinsson, nieto del viejo Magnús, con el que estuvimos hablando. —
Þóra se puso en pie—. ¿A qué vendrá tanto por aquí?
—¿Tal vez a recoger a su abuelo? —propuso Matthew—. ¿O quizá a la caza de
votos?
—Lo mejor es preguntárselo —dijo Þóra—. A juzgar por su matrícula, nos
responderá la verdad y nada más que la verdad.
***
En la recepción se encontraba Baldvin dando golpecitos rítmicamente sobre
el mostrador mientras aguardaba. Vigdís estaba de espaldas a él, delante del
ordenador. Þóra esperaba que tuviera un sueldo decente, porque aquella chica
parecía pasarse de guardia en la recepción las veinticuatro horas del día.
—¿Nadie te releva? —preguntó cuando ella y Matthew llegaron junto a
Baldvin. Þóra no quería abordar directamente al hombre, y le pareció estupendo
poder empezar hablando con Vigdís. Él parecía esperar algo, de modo que no se
iría enseguida.
Vigdís miró a Þóra por encima del hombro.
—Sí, sí. Jónas iba a encargarse de este turno, pero… —Vaciló—… y a sabes.
Tenía idea de sustituirme, pero no ha podido ser. —Introdujo algún dato en el
ordenador y se volvió hacia Baldvin—: Le puedo dar el la habitación 14. Está al
lado de la de su abuelo. —Alargó la mano para agarrar una llave, y se la dio.
Þóra miró a Baldvin.
—¿No es usted el nieto de Magnús? ¿El concejal?
Baldvin miró a Þóra, extrañado. Tenía aspecto cansado y pareció no darse
cuenta del enorme parecido que tenía con su abuelo. Þóra recordaba las fotos de
Magnús de joven, y pensó qué sensación se tendría al saber, con toda exactitud,
cómo te tratarían los años.
—Ah, sí, sí —respondió—. ¿Nos conocemos?
Þóra le ofreció la mano.
—No, pero conozco a su abuelo. Yo era amiga de Birna. —No interrumpió su
afectuoso apretón, pero lo aflojó un poco y preguntó sin más—: Usted la conocía,
¿no es así?
Pareció como si Baldvin se hubiera tragado una mosca. Se aclaró la garganta
y consiguió quitársela.
—¿Amiga de Birna, dice? Me temo que no conozco a ninguna Birna.
—¿No? —dijo Þóra, sin intención de discutir el asunto. Aún no había soltado la
mano de Baldvin y notó cómo ésta empeza a sudar—. ¿Y eso? ¿No estuvo usted
aquí el domingo?
Se dio cuenta de que Baldvin se sentía inseguro, y a fuera por la larga
duración del apretón de manos o por la pregunta.
—¿Yo? No, tiene que haber alguna confusión —contestó con una sonrisa
viscosa.
—¿De verdad? —exclamó Þóra, aparentando sorpresa—. Me pareció que iba
detrás de usted por los túneles, justo hasta aquí. Seguramente me confundo. —Le
soltó la mano y Baldvin se la acercó al cuerpo como si la mujer fuera una
leprosa.
—Sí, debe de ser eso. Lo cierto es que estaba en otro sitio. —Apartó los ojos
de Þóra y miró a Vigdís—. Muchas gracias —dijo, apartándose del mostrador—.
Encantado de conocerla —se dirigió luego a Þóra, dejando ver sus brillantes
dientes. Un auténtico hombre público.
—Lo mismo digo —respondió Þóra, sonriéndole a su vez. Se volvió hacia
Matthew—. Miente como un descosido —dijo en voz baja. Se volvió entonces
hacia Vigdís—. ¿Recuerdas si estuvo aquí el domingo por la noche?
Vigdís sacudió la cabeza y bostezó.
—No; sólo le he visto dos veces antes —explicó—. El día que trajo a su
abuelo y la noche que se celebró la reunión espiritista.
Þóra se agarró al borde del mostrador.
—¿Estuvo aquí ese día?
—Sí, y a te lo he dicho —respondió Vigdís, sorprendida—. Vino a cenar con su
abuelo y luego fueron los dos a la reunión. Creo que enseguida se dieron cuenta
de que no era cosa para ellos, porque desaparecieron en cuanto llegó la pausa.
Þóra abrió mucho los ojos, mirando a Matthew, que hizo un rápido
movimiento del dedo en dirección a Vigdís, que parecía estar a punto de
marcharse. Þóra comprendió al momento a qué se refería Matthew. La chica
tenía en la mano una llave muy parecida a la que habían encontrado en el
escritorio de Kreppa.
—¿Pasa algo? —preguntó, extrañada de que no se hubieran ido y a—. ¿Algún
problema con la habitación de los chicos?
—¿Eh? No, no —contestó Þóra, con los ojos fijos en la llave—. ¿Me dejas ver
esa llave? —Sacó la que tenía ella—. Es que tengo una exactamente igual, y me
preguntaba de dónde sería.
—Es la llave de mi taquilla en la zona de empleados —informó, dándosela
con desgana—. Si has encontrado una llave como ésta, tiene que ser de alguien
que trabaja aquí. No sería la primera vez que alguien la pierde.
Þóra cogió las llaves y las comparó. Eran casi exactamente iguales. Miró a
Vigdís y le devolvió su llave.
—Creo que no es de ningún empleado —dijo—. ¿Sabes si Birna tenía acceso
a alguna taquilla?
Vigdís torció la boca mientras pensaba.
—No, que y o sepa, pero podría ser perfectamente. No hace mucho tiempo
que las pusieron. Ella se encargó de elegirlas. A lo mejor se quedó con una. —
Pasó al otro lado del mostrador—. No hay muchas, así que no os costará
demasiado comprobar a dónde pertenece.
Þóra y Matthew siguieron a Vigdís a la zona reservada a los empleados,
donde había una hilera de armaritos metálicos junto a una pared.
—¿Podemos empezar y a? —preguntó Þóra, blandiendo la llavecita.
—Cuando quieras —dijo Vigdís—. Puedes olvidarte de la número siete, que
es mi taquilla.
Þóra probó las cerraduras. No tuvo que hacer muchos intentos porque la llave
encajó en el tercer armario. Oy ó un débil chasquido al girar la llave. Agarró con
mucho cuidado la manija metálica y abrió. Respiró hondo, miró a Matthew y
observó el interior de la taquilla. Se volvió casi al momento, decepcionada.
—Vacío. Maldita sea. —Dejó sitio a Matthew para que mirase. Al ver que no
se apartaba enseguida, sino que metía la cabeza más adentro, le dio un golpecito
en la espalda, impaciente—. ¿Qué? ¿Ves algo?
Matthew estaba mirando el techo del armarito.
—Hay algo pegado aquí —dijo con voz cavernosa desde el interior del
armario metálico—. ¿Tienes unas pinzas? —preguntó irguiéndose—. No será
muy inteligente dejar nuestras huellas aquí, por si este papelito resulta ser
importante.
Þóra miró a Vigdís.
—¿Hay un botiquín aquí? —Metió la cabeza en el armario y vio un pequeño
cuadrado blanco pegado con cinta adhesiva. Los bordes del papel no eran lisos,
sino que estaban un poco arrugados—. ¿Pero qué es eso? —se preguntó a sí
misma, mientras agarraba las pinzas que le pasaba Vigdís.
Matthew y Vigdís miraron cómo iba soltando la cinta adhesiva, aunque
apenas podían ver nada más que su espalda.
—¡Bingo! —exclamó Þóra, que se volvió de espaldas al armario con el
rectángulo blanco sujeto con las pinzas—. Es una foto. —Dio la vuelta a la
fotografía para poder ver qué representaba—. ¡Oh! —fue lo único que pudo
decir antes de enseñársela a Vigdís y Matthew.
—¡Válgame el cielo! —exclamó Vigdís—. ¡Baldvin Baldvinsson! No sabía
que fuera neonazi.
—Este no es Baldvin —explicó Þóra, poniendo la foto sobre la mesa de la
cocina—. Es su abuelo Magnús. Esta foto fue tomada hace muchos años.
—¡Pues cómo se parecen, Dios mío! —dijo Vigdís—. Yo habría destruido
esta foto si fuera Magnús. O Baldvin.
—A lo mejor no tuvieron ocasión de hacerlo —conjeturó Þóra, girándose
hacia la recepcionista—. No hables de esto con nadie en absoluto.
—Dios mío, qué va —respondió Vigdís—. Claro que no. —Por su mente
pasaron al instante el número de teléfono de su amiga Gulla y el momento en
que apareciera Kata por el salón de belleza a la mañana siguiente. A ellas se les
podía confiar un secreto. Todo el mundo sabía que los mejores amigos de uno,
por definición, no eran « nadie» . Se dirigió hacia su armario, recogió su
monedero y volvió a la recepción. Al pasar delante de Matthew le puso una
mano en el hombro y le dijo amistosamente que en Islandia todo el mundo
estaba muy bien informado, y que no debía tener miedo a los prejuicios.
Matthew se quedó mirándola asombrado mientras se marchaba.
—¿Qué ha querido decir con eso? —preguntó a Þóra, boquiabierto.
Þóra tuvo la sospecha de que Stefanía, la sexóloga, no era tan reservada
como había querido dar a entender. Þóra se encogió de hombros.
—Aquí son todos muy raros —dijo con cara de inocencia, sonriendo
débilmente—. Me parece que va siendo hora de meter a Sóley en la cama. Yo no
creo que pueda dormirme en un rato, después de todo lo que ha pasado.
***
Þóra estaba otra vez sentada al ordenador de Jónas.
—Todo encaja —dijo mientras leía lo que el buscador de la red había
encontrado sobre Baldvin Baldvinsson. Abrió varios enlaces, pero pocos de ellos
le parecieron interesantes. Fue mirando algunos, por si acaso, mientras
charlaban.
—¿Y qué? —preguntó Matthew—. Te concedo que esa foto en ese lugar
indica que Birna pretendía evitar que la encontrasen. La única persona que podría
tener interés en conseguir esa imagen es Magnús, pero es demasiado viejo para
matar a nadie. Y no tengo nada claro, en absoluto, el motivo que tendría para a
matar a Birna, aunque supiera que ella la tenía en su poder.
—Creo que él no es el único, en realidad —dijo Þóra—. El joven Baldvin
tiene mucho más que perder. Resulta que va a participar en unas primarias para
las elecciones al parlamento, y hace poco salió en los periódicos un artículo sobre
lo parecidos que eran, tanto en lo que decían como en lo que hacían, su abuelo y
él. Una foto del abuelo con uniforme nazi, que habría podido ser perfectamente
una foto suy a, haría muchísimo daño a su candidatura. —Apartó los ojos de la
pantalla y miró a Matthew—. El buen hombre conduce un coche matriculado
veritas. Puedes imaginarte perfectamente la imagen que quiere que tenga de él
la gente. Los nazis no encajan demasiado bien en ella. Su rápida ascensión en la
política se debe, en parte, a su abuelo. Si el prestigio del abuelo sufre un duro
revés, afectaría también a Baldvin, aunque él no existiera ni como embrión en
aquella época.
—¿Pero qué le importaba eso a Birna? —preguntó Matthew—. ¿Por qué no le
dio la foto, sin más? ¿Quizá pensaba chantajearles? Ninguno de los dos parece
particularmente rico.
—Cuando encontró la foto, supongo que en el viejo álbum del sótano, en el
que faltaba una, lo más probable es que quisiera mirarla mejor y por eso se la
llevó. Naturalmente le llamaría la atención, porque es una cara conocida. De
modo que se daría cuenta de que tenía en las manos algo que podría utilizar en
provecho propio, pero dudo mucho que tuviera intención de sacarle dinero a
ninguno de los dos —dijo Þóra, abriendo otro enlace. Ley ó un momento y
levantó la mirada—. Aquí hay algo interesante. Baldvin está en el comité de
selección, como miembro del ay untamiento, para una nueva estación de
autobuses que van a construir en Oskjuhlíð. —Apartó la mirada de la pantalla—.
¿Recuerdas el dibujo de la casa de cristal que había en una pared de Kreppa? En
Islandia no hay muchos sitios con bosque. Oskjuhlíð es uno de ellos. En la foto
había autocares. —Juntó las manos—. Obviamente, quería conseguir a toda costa
ese encargo. Eso podría explicar, además, la llamada telefónica que le hizo.
Matthew parecía dudoso.
—¿Estás diciéndome que iba a chantajear a Baldvin para que influy era en la
decisión, de forma que el encargo se lo hicieran a ella? —Sacudió la cabeza—.
Me permito poner un gran signo de interrogación a tu teoría.
—Para un arquitecto en Islandia, un encargo como ése es el premio gordo de
la lotería —explicó Þóra—. Es un edificio grande en un lugar muy transitado, y
el nombre de su arquitecto pasaría a ser conocido al momento. Luego llegarían
más encargos uno detrás de otro. Así funcionan las cosas aquí, y seguramente
también en otros muchos sitios.
—Pero ¿cómo puede tener una sola persona una influencia tan determinante
en una decisión como esa? —preguntó Matthew—. Tendrá que haber más
personas que decidan.
—Naturalmente —contestó Þóra—. Pero él tiene acceso a información que
no es accesible a los concursantes, y podría sacarles a otros miembros del comité
información adicional sobre lo que a ellos les parece más importante, y otras
cosas por el estilo. Aunque hay que cumplir todos los requisitos para optar a esos
concursos, lo más normal es que a la hora de decidir se tenga en cuenta algo que
sólo cumple algún proy ecto que venía recomendado desde el principio. Si el
arquitecto sabe que los miembros del comité prefieren, por ejemplo, un edificio
algo más grande de lo que estipulan las condiciones… —Þóra se encogió de
hombros—… entonces tiene una ventaja decisiva. Además, estoy segura de que
una persona puede convencer a las demás si se ve en clara necesidad de
hacerlo… y está segura de lo que quiere. En una de estas páginas, acabo de ver
que Baldvin fue elegido en su tiempo el mejor orador en una competición de
debates de bachillerato durante dos años consecutivos. Tiene que poseer un gran
poder de convicción.
—¿Y qué piensas hacer? —preguntó Matthew—. No es una explicación
demasiado firme y además no explica el asesinato de Eiríkur.
—¿Recuerdas la página web de Baldvin en la agenda de Birna? —preguntó
Þóra.
—Sí —asintió Matthew—. ¿Piensas mandarle un correo?
—No —replicó Þóra—. Estoy pensando en hacer una apuesta. —Echó mano
al teléfono—. Voy a pedirle a la policía que investigue los correos de Birna a
Baldvin en el ordenador de ella. Deben de tenerlo, y seguramente no se habrán
fijado demasiado en el mensaje que le envió.
Cuando recibió respuesta, tras una larga espera, Þóra dijo quién era e intentó
sonar lo más respetable que pudo.
—¿Puede hacer el favor de ponerme con Þórólfur Kjartansson? Es respecto
al caso de asesinato de Snæfellsnes. Tengo que hacerle llegar un mensaje
urgentemente, o, mejor aún, hablar con él en persona.
Se puso a silbar la chabacana melodía que sonaba en el sistema telefónico
público mientras esperaba. Tras un rato considerable, se dejó de oír al sonar la
voz cansada de Þórólfur:
—¿Diga?
***
Þóra se encontraba tumbada en la cama, abrazada a su hija. La había sacado
de la habitación de Gy lfi y Sigga completamente dormida y se la había llevado a
la suy a, más por miedo a que Sigga se pusiera de parto y soltara el niño encima
de Sóley, que por cualquier otro motivo. Matthew se había vuelto a su propia
habitación sin más discusión. Comprendió perfectamente su posición y no se
sintió incómodo con ella en absoluto. Þóra se mostró profundamente agradecida
de que la dejara un rato sola para seguir dándole vueltas a las cosas. Lo que más
le dolía era lo que podría suceder a la mañana siguiente; tenía miedo de que
Þórólfur no mordiera el anzuelo, y entonces no habría mucho que pudiera hacer
por Jónas, aparte de atenerse a algún formalismo. Y aquella idea no le agradaba
demasiado.
Pero había más cosas que la atormentaban. Si Magnús o Baldvin eran los
asesinos de Birna, no había modo de entender por qué habían matado también a
Eiríkur, ni qué relación tenía éste con ellos. ¿Quizá era cómplice de Birna? ¿Qué
objeto tenía entonces el zorro, y qué significaba aquel rer? Si es que aquella
inscripción tenía alguna importancia.
La cuestión de Kristín la preocupaba igualmente. Había conseguido averiguar
que era hija de Guðný Bjarnadóttir, pero al mismo tiempo había quedado claro
que difícilmente podía relacionarse con el caso. Había todavía más cosas que
danzaban por su mente, acosándola, pero estaba demasiado cansada como para
poder fijar su pensamiento en ninguna de ellas, y al final todo se fue mezclando
hasta convertirse en un batiburrillo: carbón, paredes, caballos, contratos,
depreciación de las acciones, rotura de una pierna…
Se despertó de aquellas reflexiones oníricas con un llanto infantil. Extrañada,
apartó de su brazo la cabeza de su hija, que seguía dormida, y se sentó en la
cama. El sonido volvió a oírse. Salió de la cama y se acercó a la ventana, pero en
la penumbra no consiguió distinguir nada. El extraño llanto empezó de nuevo en
algún lugar, en el exterior. Pero cesó tan repentinamente como había comenzado.
Þóra cerró la ventana y se apartó de la cortina, de forma que no podía ver nada
fuera. Un niño aún sin bautizar, pálido como un cadáver, arrastrándose con una
mano ensangrentada sobre la tierra, dejó de parecerle, de pronto, una idea tan
absurda como le había dicho a Matthew para burlarse de él. Regresó al lado de su
hija, decidida a no hablar de aquello con nadie. Seguramente se trataba de una
jugada de su imaginación. A través de la ventana cerrada, oy ó que el débil y
lastimero gemido comenzaba de nuevo.
Capítulo 30

El juez estaba sentado, vestido con su toga negra orlada en raso, y los ojos
clavados en Þóra. Tenía las manos juntas delante de la boca, como si quisiera
evitar que en algún momento se le escapara sacarle la lengua o hacer algún gesto
de aburrimiento.
—Si la señora letrada tiene la amabilidad de continuar —dijo con voz
profunda—. Esto se está poniendo interesante.
Þóra le sonrió cortésmente.
—Como acabo de indicarle, di con este objeto de modo totalmente casual e
inmediatamente informé a la policía de su existencia. En consecuencia, no se
puede alegar que habría tenido que informar antes de despegar la foto, pues hasta
que la miré no pude saber la importancia que podría tener para el caso. Para ello
tuve que sacarla. Pero, por si acaso, tuve la precaución de no alterar nada
innecesariamente y sólo la toqué con pinzas.
—¿Técnicas del CSI Miami? —preguntó el juez, apartando la mano de la
boca, mientras sonreía a Þóra.
—En realidad, sí —respondió Þóra, devolviéndole la sonrisa.
El juez se volvió hacia el fiscal, que había solicitado prisión provisional para
Jónas.
—Me parece que el ministerio fiscal no ha investigado el caso como es
debido. En lugar de oponerse a los argumentos de la defensa, deberían
agradecerle su colaboración. No está claro en absoluto que la fotografía en
cuestión hubiera llegado a manos de las autoridades de otro modo.
El fiscal pidió la palabra y se puso en pie.
—Ciertamente nos alegramos de haber podido acceder a este objeto, y
procederemos a estudiar este nuevo aspecto del caso. La sección de investigación
envió de inmediato a una persona en cuanto se tuvo conocimiento del hallazgo
ay er por la noche, y la foto está siendo estudiada en estos mismos momentos. —
Carraspeó—. Por otra parte, no vemos motivo alguno para desestimar nuestra
petición de prisión provisional para el sospechoso, sobre esta única base. El
imputado no ha explicado las circunstancias de modo suficiente y aún existen
sospechas muy fundadas de su participación en los hechos delictivos.
—¿Qué responde usted, letrada? —preguntó el juez, mirando a Þóra.
—Es absurdo considerar que la foto es lo único nuevo que tenemos. El
vehículo de Baldvin Baldvinsson pasó por los túneles de Hvalfjörður el domingo a
las 17:51. Eso quiere decir que estuvo en la zona con tiempo suficiente para
perpetrar el segundo de los asesinatos, aunque ante mí no hay a querido
reconocer dicho viaje. Supongo que la policía dispondrá de una lista semejante
del tráfico en el día en que Birna fue asesinada, y de acuerdo con mis fuentes, el
mencionado Baldvin estaba también en la zona. Participó en una reunión
espiritista que se celebró esa noche, pero salió antes de la pausa, lo que quiere
decir que tuvo posibilidades de llegar hasta Birna y matarla. La policía dispone
también, sin duda, del correo electrónico cruzado entre Baldvin y Birna, aunque
y o no he sido autorizada a acceder a él todavía, como tampoco a las demás
diligencias de la investigación, con excepción de la lista del tráfico de vehículos
por los túneles el domingo, que la policía tuvo la amabilidad de dejarme. —Þóra
vio a Þórólfur removerse en su asiento en la sala de audiencias. Ansiaba,
visiblemente nervioso, poder corregir aquel error, pero la única forma de hacerlo
era admitir que se habían olvidado la lista encima de la mesa. Se dominó. Þóra
continuó—: También he hecho notar que quizá Eiríkur tuvo intención de escribir
abreviadamente « Reikiavik» en la pared, pero no consiguió grabar el último
trazo correctamente. La K puede haber resultado escrita como R. Es preciso
recordar que mientras estaba intentando escribir, un semental furioso estaba a
punto de matarle a coces. REK podría haber sido una alusión a la ocupación de
Baldvin como concejal.
El juez movió lentamente la cabeza, asintiendo.
—He de reconocer que no podemos apresurarnos a sacar conclusiones.
Baldvin Baldvinsson es concejal y su abuelo Magnús fue alcalde. Por ello, es
muy arriesgado airear unas confusas ideas en el sentido de que sea culpable de
violar tan gravemente las ley es. No necesito extenderme mucho para señalar
cuáles podrían ser las consecuencias si estas cosas llegaran a los medios de
comunicación sin ser verificadas debidamente.
—Para mi cliente no es menos grave encontrarse en esa misma situación —
afirmó Þóra—. También se está atentando contra su reputación. —Dio gracias a
Dios de que la contraseña del ordenador de Jónas no fuera conocida por todo el
mundo—. Mi defendido ha reconocido que tuvo relaciones sexuales con la
difunta el jueves de autos, pero mucho antes de la hora a la que se calcula tuvo
lugar el crimen. Eso explica sus huellas dactilares en el cinturón de la interfecta;
pero ésta no se cambió de ropa a lo largo del día, al menos no se me ha
informado de que lo hiciera. Mi defendido explicó, además, sus viajes en ambos
días, aunque no hay a habido tiempo de confirmar su relato. Al prestar
declaración ante la policía, se equivocó acerca de su viaje a Reikiavik el domingo
pasado, pero eso es algo que le puede suceder a cualquiera.
El juez miró al fiscal del distrito y le otorgó la palabra.
—Lo único que ha quedado claramente establecido en esta discusión —dijo el
fiscal— es que la investigación de los escenarios está lejos de haber sido
concluida, en vista de que aún están apareciendo nuevas pruebas. Pero eso, de
ningún modo, puede llevar a la puesta en libertad del sospechoso en estos
momentos. No sabemos si será exculpado por las nuevas diligencias. Esa teoría
de Baldvin, sin duda, es interesante, pero resulta demasiado rebuscada y no libra
de sospecha al imputado. Por ejemplo, no se ha demostrado relación alguna
entre Baldvin y Eiríkur. Por todo ello, nos mantenemos en la solicitud de catorce
días de prisión preventiva.
—En referencia al párrafo primero del artículo ciento tres de la ley de
procedimiento —dijo Þóra—, consideramos que las sospechas sobre mi cliente
no están suficientemente fundadas, teniendo en cuenta, además, que no obran las
excepciones establecidas en el mencionado artículo. A la luz de las dudas que
despierta la incompleta investigación de la policía, quiero señalar especialmente,
en este contexto, que es totalmente imposible que el imputado pueda dificultar la
investigación destruy endo pruebas, como se estipula en el apartado (a) del
mencionado artículo. Si mi cliente hubiera conocido la existencia de la foto en
cuestión, habría tenido tiempo suficiente para destruirla o entregarla. Por ello, no
se puede aducir que exista peligro de que destruy a pruebas ni cualquier otra cosa,
pues habría podido hacerlo en los días pasados. Pero no lo ha hecho, como
demuestra esta fotografía, y por ello solicitamos que no se atienda a la solicitud
de la policía o que, en su caso, se señale un periodo de prisión preventiva más
breve del solicitado. En caso de tomarse esta decisión, sigo solicitando el acceso
sin restricciones a todas las diligencias policiales en el caso.
—Si puedo intervenir, señor juez —interrumpió el fiscal—, está claro que dos
personas han muerto a manos de un asesino, y existen sospechas razonables de
que ese asesino puede haber sido el detenido. Delitos como éstos, obviamente,
despiertan una gran alarma social, pues no está claro si el homicida elige a sus
víctimas empujado por sus propios deseos irracionales, o por algún otro motivo.
De forma que cualquier persona podría ser la próxima víctima. Si se considera
que no se cumplen las condiciones establecidas en el párrafo primero,
solicitamos que se decrete prisión preventiva en base al párrafo segundo, por la
alarma social causada.
El juez dio por concluida la vista y se puso en pie. Dijo que se tomaría un
tiempo para deliberar hasta el mediodía, que sería entonces cuando daría a
conocer su decisión, y que no se marcharan muy lejos. Salió seguido por el
secretario judicial. Þóra se volvió hacia Jónas.
—No podemos hacer más que esperar —le dijo en voz baja.
—¿Qué crees que dirá? —le susurró Jónas—. Me parece que lo hiciste
estupendamente, y la alineación de los astros es favorable, para hablar sin
exageración alguna. Estoy convencido de que rechazará esa absurda solicitud de
prisión preventiva. —La miró orgulloso—. Fue tremendo cuando mencionaste los
números de los artículos.
Þóra sonrió a Jónas. Por fin había alguien que sabía valorar sus
enumeraciones. Þóra llevaba mucho tiempo esperando aquel momento. Lo único
que estropeaba la alegría ligeramente era que quien tanto la había alabado
mencionase la posición de los astros en el mismo contexto, y que encima fuera
sospechoso de asesinato.
—No ha sido nada —replicó—. Tendrías que oírme recitar los números de los
artículos del reglamento de Correos y de las disposiciones sobre las bocacartas.
***
Þóra se dejó caer sobre una de las sillas de madera delante de la puerta del
hotel, y puso la gruesa cartera con los documentos del caso sobre la mesa,
mientras suspiraba cansinamente. El juez de distrito había ordenado que se la
entregaran, metida en una bolsa de supermercado.
—Desgraciadamente, no fue todo lo bien que esperaba —le dijo a Matthew,
que estaba sentado a su lado—. Han decretado siete días de prisión preventiva. —
Miró a su alrededor—. ¿Dónde están los niños?
—Se fueron a ver la ballena muerta —informó Matthew—. Pero no estoy
seguro de que hay an comprendido mis explicaciones, de modo que a lo mejor
aparecen en el momento más inoportuno.
Þóra no tenía duda alguna al respecto.
—Seguro que no te entendieron —dijo. Conocía suficientemente bien a sus
hijos como para saber que ninguno de ellos iría jamás a ver un animal en estado
de descomposición, y mucho menos si se trataba de una ballena gigantesca. Pero
no conocía a Sigga lo bastante para saber si a ella le iban ese tipo de cosas. Þóra
dio un golpecito sobre la bolsa de plástico de color naranja—. Pero me han
entregado las diligencias. Þórólfur intentó impedirlo, diciendo que mandaría
gente a copiarlas en Reikiavik a la primera oportunidad, pero el juez solicitó la
ay uda de su secretario, les quitó la carpeta y mandó que lo fotocopiaran todo
para dármelo. El fiscal tenía, naturalmente, su propio ejemplar. —Sonrió ante
aquella victoria, pequeña pero dulce—. Tengo que revisar todo esto sin perder ni
un minuto, a ver si aquí hay algo que no sepamos.
—Espero que no sea nada que perjudique a Jónas —deseó Matthew—.
¿Puede ser que la policía tenga contra él algo más de lo que os hay an dicho a ti o
a él?
—Te aseguro que lo expusieron todo en el juzgado —dijo Þóra—. Lo han
hecho por precaución, te lo aseguro. —Confiaba en que sus conclusiones no
fueran exageradas, pero el hecho de que el juez hubiera acortado el tiempo de
detención provisional, del medio mes solicitado a una sola semana, tenía que
significar que había sido por su causa. Por lo menos, eso es lo que tenía que
pensar—. El pobre Jónas no se tomó nada bien la noticia —añadió.
—No creo que se pudiera esperar otra cosa —dijo Matthew—. ¿Dónde está
ahora?
—Lo han llevado a la prisión de Litla-Hraun con escolta policial. Es un
fastidio que los presos preventivos estén retenidos allí. Se tarda un montón en
llegar desde la capital —dijo Þóra—, y no digamos desde aquí.
—¿Y no tendrías que volver y a a Reikiavik? —preguntó Matthew.
—Por el momento, estoy mejor aquí —respondió Þóra—. Þórólfur dijo que
no interrogarían a Jónas en los dos próximos días. Pensaban concentrarse en la
investigación del escenario y acabar de tomar declaración a los testigos, y otras
cosas que no especificaron. No estaba demasiado contento con el juicio que
mereció su investigación del escenario.
—¿Hay algo más que ver aquí? —preguntó Matthew—. La verdad es que
encontramos la llave de la taquilla por pura casualidad. Difícilmente volverá a
tocarnos la lotería.
—Yo no estoy tan segura. Hay algo que me preocupa. Y no me refiero a
todos los cabos sueltos del caso. —Se puso en pie y colocó la bolsa entre los
brazos—. Voy a echar un vistazo rápido a todo esto, a ver si encuentro algo que
pueda darle la vuelta al caso. También estuve en la biblioteca y me he traído un
ejemplar de los Cuentos y Leyendas, por si la historia que hay detrás del poema
puede explicar algo. No tardaré mucho, pero sería estupendo que mandaras a
mis chicos a otra excursión en cuanto aparezcan; si aparecen.
***
Dos horas más tarde, Þóra salió del despacho de Jónas. Estaba un poco
desalentada, y a que no había avanzado mucho. Había leído hasta el final cada
referencia de la carpeta, donde había innumerables declaraciones de testigos,
algunos resúmenes sobre la investigación del escenario, dos informes de autopsia
y los resultados de los análisis de sangre y otros fluidos corporales. Los resultados
de las pruebas de ADN sobre el semen hallado en los órganos sexuales de Birna
no estaban incluidos en la carpeta, pero la solicitud de dichos análisis sí se
encontraba entre las diligencias. También estaban los resultados del análisis del
grupo sanguíneo del que había dejado el semen, que indicaban que se trataba de
semen de dos hombres distintos. A Þóra no le quedó claro si este hallazgo había
sido pura casualidad o si alguien había solicitado los análisis impulsado por alguna
sospecha concreta. Estuvo pensando en si sería habitual que una mujer tuviese
relaciones sexuales con dos hombres diferentes el mismo día sin que se dedicara
al oficio. Hubo un detalle que no comprendió con exactitud. Se trataba de una
explicación que señalaba que, además del semen, se había encontrado otra
sustancia biológica en los órganos sexuales de Birna; se le daba el nombre de A.
Barbadensis Mili, A. Vulgaris Lam. Þóra lo anotó con la esperanza de que Matthew
lo conociera, aunque lo dudaba. Seguramente se trataba de algo que Birna había
utilizado por su cuenta, aunque Þóra no sabía con qué finalidad.
Le hizo una seña a Matthew, dirigiéndose hacia él, que se encontraba
tranquilamente en el bar bebiendo una cerveza. Dejó la carpeta sobre la mesa y
se sentó.
—¿Sigue habiendo sólo tres niños?
—No está del todo claro —dijo Matthew—. Tus dos hijos tenían la cara verde
cuando volvieron de su paseo a la play a. La chica embarazada era la única con
buen aspecto. Los invité a tomar un refresco en el bar y se lo llevaron a la
habitación, tenían intención de ver una película.
—Me refería a si el grupo no ha aumentado todavía —bromeó Þóra, que hizo
una señal al camarero para pedirle un refresco.
—Aún no eres abuela, así que disfruta de la vida —dijo Matthew, haciendo
chocar su vaso de cerveza con el refresco de Þóra—. ¿Has encontrado algo
interesante? —preguntó, inclinando un poco el vaso hacia la carpeta antes de
beber un trago.
—No, en realidad, no. Hay varias cosas que confirman lo que hemos oído o
encontrado nosotros. A los dos cadáveres les clavaron agujas o alfileres en las
plantas de los pies, a Eiríkur le ataron un zorro y según la autopsia que le hicieron
al animal, éste llevaba y a muerto algún tiempo de un tiro de rifle.
Desgraciadamente, no aparece ninguna explicación de por qué el zorro estaba
atado al pecho de Eiríkur.
—¿Has sabido algo de nuestra preciosa Bella? —preguntó Matthew—. ¿No iba
a encargarse ella de averiguártelo?
—Maldita sea, se me había olvidado —dijo Þóra. Sacó su teléfono y marcó el
número del bufete.
—Diga —se oy ó decir a Bella al otro extremo de la línea. Nada de Bufete
Centro buenos días, ni ninguna otra cosa que indicara que quien había llamado
estaba en comunicación con un respetable bufete de abogados y no con una casa
particular.
—Hola, Bella, soy Þóra. ¿Has descubierto algo sobre el asunto de los zorros y
los caballos? —Þóra no se atrevió a reñirle de nuevo por su forma de responder
al teléfono.
—¿Qué? —se oy ó decir a una voz zafia y torpe—. Ah, y a, eso. —Guardó
silencio un momento y Þóra tuvo la sensación de que se oía un ruido como si
inhalara e inmediatamente después soltara el aire con rapidez.
—Bella, ¿estás fumando en la oficina? —preguntó Þóra, enfadada—. Ya
sabes que está prohibido.
—No —respondió Bella—. ¿Estás loca? —Þóra crey ó estar oy endo con toda
seguridad el chisporroteo de un cigarrillo al arder. ¿A lo mejor aquella chica
había empezado a fumar en pipa? Antes de que pudiera preguntárselo, Bella
continuó—: Los caballistas con los que contacté nunca habían oído mencionar
ninguna relación. Pero también hablé con un cazador de zorros que conozco y de
ese tío pude sacar algo más.
Þóra olvidó completamente el tabaco.
—¿Qué te ha dicho? —preguntó interesadísima. ¿A lo mejor aquella
secretaria servía finalmente para algo?
—Bueno —dijo Bella—. Dijo que los caballos se ponían rabiosos de miedo si
percibían el olor a zorro muerto. Y que se dedicaban a darle coces a la carroña.
—¿Eso es algo que sólo saben los cazadores de zorros? —preguntó Þóra en
suspense—. ¿Ningún caballista suele saberlo, o crees que los caballistas con los
que hablaste eran particularmente ignorantes?
—¿Ignorantes sobre los zorros? —preguntó Bella burlona—. No tengo ni idea.
Yo diría que, en general, no lo saben. ¿Cuándo se encuentra uno con un zorro?
—Gracias, Bella —dijo Þóra, seguramente por primera vez con total
sinceridad—. Puedes tomarte el resto del día libre. —Aquello no era una
generosidad exagerada, y a que la ausencia de la secretaria no alteraría en lo más
mínimo la actividad del bufete. Colgó y le contó a Matthew la conversación
telefónica.
—Así que el asesino ató el zorro a Eiríkur para excitar al caballo, seguro de
que el pobre hombre no sólo resultaría herido, sino muerto. —Matthew frunció el
ceño—. Qué frialdad.
—En general, los caballistas no saben lo furiosos que se ponen los caballos
con las carroñas de zorro —dijo Þóra, pensativa—. Lo saben sobre todo los
cazadores de zorros. —Pensó un momento y luego añadió—: ¿No será Bergur
cazador de zorros? Tiene nidos de eider. —Miró a Matthew a los ojos—. Había
una caja de cartuchos de fusil en la salita de la caballeriza.
Matthew la miró a ella también a los ojos, fijamente.
—A lo mejor rer tenía que ser ber o, más exactamente, bergur, pero Eiríkur
empezó a recibir coces y no pudo seguir. —Matthew sacó su móvil y recuperó la
fotografía que había tomado de las letras grabadas en la pared. Estuvo un ratito
ampliando la foto y situando las letras en mitad de la pantalla—. Vay a —dijo
después de mirar con todo detenimiento la fotografía, pasándole el teléfono a
Þóra—. El trazo descendente de la primera erre no es tan recto como el de la
segunda.
***
Þóra colgó el teléfono y se volvió hacia Matthew.
—Me parece que a Þórólfur no le ha disgustado la noticia —dijo—.
Aparentaba estar perfectamente tranquilo pero noté que se alegró cuando se lo
conté. Puedo predecir que Bergur recibirá una visita de la policía dentro de poco.
—Bueno, o su mujer —apostilló Matthew—. Nunca se sabe.
—Sí, claro —asintió Þóra—. Pero algo sí que se sabe. Leí el informe de la
autopsia, y está bastante claro que Birna fue violada brutalmente. En eso no
encajan las mujeres, excepto como cómplices, quizá. Podría ser que Rósa
participara en el asesinato, pero no en compañía de su marido. Dudo mucho que
hay an sido capaces de ponerse de acuerdo en la hora, y no creo que fueran
capaces de meterse juntos en semejante lío. —En ese momento, Sóldís apareció
dirigiéndose hacia ellos.
—Mi abuela quiere hablar contigo —dijo incómoda—. Pregunta si puedes
llamarla. Se trata de algo relacionado con vuestra conversación de ay er. —Sóldís
se miró los pies—. No estás obligada a hacerlo, pero éste es su número. —Le dio
a Þóra una nota en un papelito amarillo. Þóra le dio las gracias muy
sinceramente y sacó inmediatamente el teléfono. Sóldís se dio media vuelta y
desapareció del bar a toda prisa. Respondieron después de una sola llamada.
—Hola, Lára, aquí Þóra. La abogada del hotel. Sóldís me dijo que quería que
la llamara.
—Sí, hola. Me alegro mucho de que me llames. No he podido pensar más que
en Guðný desde que charlamos ay er. Creo que te gustaría que el destino de la
niña quedara aclarado finalmente. —Þóra tuvo la sensación de que la mujer
estaba muy alterada, aunque su voz no lo dejaba traslucir—. Tengo aquí la carta
de Guðný de la que te hablé ay er —dijo la mujer, dejando escapar un débilísimo
sollozo—. La estuve buscando por todas partes y al final la encontré guardada
con algunas otras cosillas que conservo de esa época. La he leído una y otra vez
y ahora creo poder decir que he conseguido leer entre líneas.
—¿Y eso? —preguntó Þóra.
—Dice en un sitio que la niña es igualita a su padre, y que me daré cuenta del
parecido enseguida —explicó Lára—. En su época, cuando empezaron las
habladurías sobre el incesto, estuve casi a punto de creérmelo y pensé que ella se
había acostado con su padre o con su tío. Ahora soy una persona más madura y
veo que eso nunca lo diría una mujer sobre su propio hijo si se encontrara en tal
situación. En otro lugar, pregunta por un muchacho del que había estado
enamoriscada antes de que y o me marchara de la comarca, y me pide su
dirección. Quería enviarle unas líneas —Lára calló y respiró hondo—. Creo que
ese joven era el padre. Se fue a vivir a Reikiavik poco después que y o, y
recuerdo que reaccionó de forma muy rara cuando me lo encontré un año más
tarde, y no quiso hablar mucho conmigo. Entonces no lo comprendí, y aún sigo
sin entenderlo. Tal vez la niña podría explicar su reacción. A lo mejor pensaba
que y o conocía la existencia de la pequeña, o que Guðný se había quedado
embarazada y no le apetecía hablar de ello. Llevaba del brazo a una mujer
joven.
—¿Quién era? —preguntó Þóra—. ¿Está vivo todavía?
—Desde luego que está vivo —respondió Lára—. Se habló mucho de él
cuando se retiró. Fue alcalde hace unos años.
Þóra notó que sus dedos se aferraban con fuerza al aparato telefónico.
—¿Magnús Baldvinsson? —preguntó con toda la tranquilidad de que fue
capaz.
—Sí, ¿cómo lo sabes? —preguntó Lára, asombrada—. ¿Le conoces?
—Está alojado en el hotel —respondió Þóra—. Pero podría haberse
marchado y a, su nieto vino a buscarle ay er por la noche.
—Qué extraño —dijo Lára—. En todos estos años, desde que se trasladó a
Reikiavik, no ha venido a la región más que en algún viaje relámpago.
—Ya, vay a —fue lo único que se le ocurrió a Þóra—. Se puede pensar que la
llegada de la niña le hizo tan poca gracia, que… —Þóra vaciló mientras buscaba
las palabras apropiadas. Los adultos son una cosa y los niños otra muy distinta—
… que se las debió de ingeniar para darla en adopción tras la muerte de Guðný, o
que simple y llanamente la mató. —Confió en que así resultara más fácil de
digerir.
—No lo sé —replicó Lára. La anciana voz se quebró de nuevo—. Dios mío,
es imposible creer que pueda pasar algo así. Magnús no tenía mucha
personalidad. Pero ¿podría haber sido tan mezquino? De verdad, no lo sé. No
puedo ni imaginarme que alguien pueda ser tan malvado. En nuestra sociedad ni
nos damos cuenta de que están entre nosotros. Ni hoy ni en aquella época. —
Lára calló y se sonó—. Y también está la otra cosa que me preguntaste. Lo de la
carbonera. Me puse a darle vueltas y recordé que se pasaron a la calefacción
eléctrica en las dos granjas antes de que y o me marchara a Reikiavik. Decían
que era estupenda, pero Bjarni mandó instalar un generador en un hoy o en el ala
norte, junto a la carretera. No sé si te servirá de algo, pero después de eso, el
carbón dejó de usarse en las dos granjas, y abandonaron las carboneras. —La
voz de Lára se había vuelto más fuerte al hablar de cosas cotidianas como la
calefacción, aunque se notaba cierta melancolía en sus palabras—. En la caja en
que estaba la carta encontré una foto antigua en la que estamos Guðný y y o
detrás de la granja, y recordé todo eso mientras estaba mirándola. Porque en la
foto se ve la entrada a la carbonera, y eso me desató los recuerdos.
Þóra interrumpió a Lára.
—Cuando dice que estaban detrás de la granja, ¿a cuál de las dos se refieres?
—A Kirkjustétt —contestó Lára—. No subíamos mucho a Kreppa en esos
años. Bjarni y Grímur casi no se hablaban, y creo poder afirmar con cierta
seguridad que la única relación que seguían manteniendo era por el generador,
que utilizaban ambos.
—¿Así que había una carbonera igual detrás de Kirkjustétt? —preguntó Þóra
—. No hay rastro de semejante cosa detrás del hotel. ¿Puede ser que la
carbonera acabase debajo del edificio anexo?
—No, eso no puede ser —dijo Lára—. Si no recuerdo mal, estaba bastante
lejos de la casa, y no es el sitio donde se construy ó el anexo. La trampilla de
entrada tendría que estar en el prado que hay detrás del hotel. Era igual en las dos
granjas. Se consideraba de lo más moderno tener la carbonera lejos de la casa,
aunque era más caro que guardar el carbón en el sótano. Era mucho más
refinado hacer una entrada a la carbonera desde el sótano, aunque estuviera tan
lejos de la casa.
Þóra miró a Matthew con los ojos muy abiertos. Cortó la conversación con
Lára, sintiendo de pronto la necesidad de bajar al sótano a buscar la puerta que
daba a la carbonera. Antes de despedirse, le dijo a la anciana que la informaría
de cualquier cosa que llegara a averiguar sobre el destino de la misteriosa niña.
—Tengo que hacer una breve llamada —le dijo Þóra a Matthew mientras
marcaba el número de la prisión de Litla-Hraun—. Prometo que te lo explico
todo enseguida. —Lo que recordaba de la foto de una pared del sótano que Birna
había mandado hacer al fotógrafo extranjero no contenía nada que pudiera
indicar la existencia de una puerta allí abajo. En cuanto Jónas se puso al teléfono,
Þóra fue directamente al grano—: Jónas, probablemente tendré que tirar un trozo
de una pared del sótano debajo de la parte antigua del hotel. Sólo quería que lo
supieras. Por lo demás, ¿todo bien?
***
Þóra, Matthew y Gy lfi estaban delante de una de las paredes del sótano;
habían llegado al acuerdo de que aquélla era la que daba hacia el prado de la
parte posterior del edificio. Les había llevado un tiempo considerable orientarse y
decidir cuál era la pared adecuada, pues tuvieron que ir haciendo pruebas
mientras levantaban en el aire a Sóley para que mirase por las sucísimas
ventanas; al final decidieron que la pared de la foto de Birna debía de ser la
correcta. Matthew dejó la fotografía y aferró el mazo. Þóra se echó para atrás,
reuniéndose con Sigga y Sóley, que estaban esperando emocionadísimas. Gy lfi
estaba al lado de Matthew, dispuesto a relevar al alemán.
Gy lfi había exigido acompañarles cuando los vio salir al prado con las palas,
para cerciorarse de que la carbonera estaba realmente allí antes de poner manos
a la obra y hacer el agujero, y las chicas se empeñaron en acompañarles,
encantadas con la novedad. La carbonera había aparecido a unos 30 centímetros
de profundidad, justo al lado de la piedra grabada, pero en lugar de malgastar el
tiempo excavando para liberar toda la trampilla, se dirigieron inmediatamente al
sótano a buscar la puerta, que tenía que estar allí oculta. Matthew se temía que
abrir una trampilla que llevaba decenas de años enterrada no sería más fácil que
cuando lo habían intentado en Kreppa.
—¿Qué pensáis que vais a encontrar ahí detrás? —preguntó Gy lfi, no del todo
seguro de que fuera demasiado divertido ponerse a tirar abajo una pared.
—A decir verdad, no tengo ni idea —dijo Þóra—. Pero, a juzgar por el
cuidado con que disimularon la puerta, alguien debía de querer que no se
acercara nadie. No hay ninguna razón plausible para tapiar una puerta en el
sótano. Se habría podido cegar de otro modo si la intención no hubiera sido
ocultarla.
—¿Y si no hay nada? —preguntó Gy lfi—. ¿Qué dirá el dueño de todo esto?
—Nada —respondió Þóra—. Acabo de contarle lo que sucede, y en el peor
de los casos sólo tendrá que gastar un poco en unos cuantos metros cuadrados de
pared. —Le hizo señas con las manos para que se pusiera delante—. ¡Empieza!
Empezaron a golpear la pared. Þóra y las niñas miraban expectantes, pero
enseguida pudieron comprobar que las cosas no irían tan deprisa como
esperaban. Media hora más tarde, cuando Sóley se haba dormido y a de
aburrimiento sobre un montón de cajas, y los bostezos de Sigga se sucedían sin
pausa, el agujero a través del revestimiento de la pared, la madera y la piedra,
había alcanzado unas dimensiones considerables como para poder acceder al
otro lado. Matthew y Gy lfi estaban sucios y sudorosos con las mangas
remangadas, recuperando el resuello.
—Yo no entro la primera —dijo Þóra, sacando la cabeza del agujero—. El
aire está viciadísimo ahí dentro. Huele a quemado, ¿no?
—Ya voy y o —dijo Gy lfi. Þóra le conocía suficientemente bien para saber
que no lo decía de verdad.
—Matthew, ve tú delante —dijo, empujándole hacia la abertura—. ¿Dónde
está la linterna?
Tras meterse a duras penas los tres por el agujero, Þóra y Gy lfi siguieron a
Matthew por el estrecho túnel. La débil luz de la linterna sólo iluminaba al
alemán, que iba en primer lugar. Madre e hijo se acercaron a él cuando se
detuvo delante de la puerta que había al final del túnel. Se volvió hacia ellos, con
la linterna colocada debajo de la barbilla. Þóra y Gy lfi se llevaron un susto
terrible, mientras Matthew se echaba a reír. Se quitó la linterna de la cara e
iluminó la puerta.
—¿Abro?
Deberían haber dicho que no.
Capítulo 31

—Y, naturalmente, fue por pura casualidad, igual que la foto —preguntó
Þórólfur—. ¿Bajaron al sótano armados, casualmente, de unas mazas y les
apeteció tirar abajo justo esa pared, porque sí?
Þóra se quitó una astilla del pelo, contenta de comprobar que no era un diente,
como había temido.
—No —respondió—. Creía que había hablado con suficiente claridad.
Queríamos asegurarnos de que no los íbamos a avisar para cualquier estupidez,
malgastando con ello el dinero público. No había forma de comprobar lo que
había ahí abajo sin derribar la pared. Tengo que reconocer que no me esperaba
esto.
Se estremeció cuando dos hombres de la sección de investigación pasaron
con unas carretillas llenas de huesos. Un penetrante olor a quemado las
acompañaba. Había policías pululando por todo el hotel; habían acudido de las
comisarías cercanas pero también un grupo de especialistas llegados de Reikiavik.
Þóra sospechaba que la may oría carecía de una función específica, y que
estaban allí movidos más bien por la curiosidad. Hizo una mueca.
—Como y a le dije, esperaba encontrar el esqueleto de un niño, y no un
montón de huesos de la altura de una persona.
—¿No se dio cuenta de que eran huesos de animales? —preguntó Þórólfur—.
¿Era difícil ver claramente las cosas en la oscuridad de ahí abajo?
—Los huesos que más me llamaron la atención no eran de animales —
explicó Þóra con decisión—. Antes de que se viniera abajo el montón de huesos,
la luz de la linterna alumbró una pequeña manopla de borra, y también un hueso
justo en la abertura de la manopla, de modo que me di cuenta de que ahí abajo
hay un niño muerto. Lo único que podía haber dentro de la manopla era una
mano. Estaba justo debajo del montón antes de que éste se desmoronara, de
modo que no aparecerá hasta que hay an retirado los demás huesos. Si y o fuera
usted, le diría a los hombres que fueran con cuidado cuando lleguen abajo… —
no concluy ó la frase.
—Puede comprobar usted misma que actuamos despacio —dijo Þórólfur,
mirando a su alrededor—. Nos atenemos a todas las normas relativas a la
investigación de escenarios, encontremos o no huesos humanos. Tenemos que
averiguar lo que ha sucedido aquí, pues es algo bastante anómalo disponer en esta
forma de cadáveres de animales medio quemados. Así que no necesita
preocuparse de que vay amos a destruir prueba alguna. Debería preocuparse más
bien por Jónas, y a que esto no afecta en lo más mínimo a su posible culpabilidad.
—¿Y si le dijera que ahí estarían los huesos de una hija de Magnús
Baldvinsson, sin bautizar siquiera, de finales de la guerra mundial? —dijo Þóra.
—¿Eso cambiaría algo? —preguntó Þórólfur indiferente, aunque se notaba
que su interés había aumentado—. ¿O quizá pretende usted insinuar que él mató a
su propia hija y luego echó encima decenas de cadáveres de animales? —Sonrió
y continuó—: ¿Y que regresa al lugar del crimen sesenta años después para
comprobar que ha desaparecido por completo?
—Está usted interpretando las cosas a su conveniencia, pero seguramente se
descubrirá quién era el padre en cuanto se realice el análisis de ADN de los
restos del niño. Aunque por sí mismo eso no indique quién lo mató, la paternidad
abrirá muchos interrogantes, y creo que Magnús Baldvinsson no saldrá muy bien
parado de esa investigación.
—¿De modo que sigue manteniendo la teoría de que fueron Magnús o Baldvin
los asesinos de Birna y Eiríkur? —preguntó Þórólfur.
Þóra se quitó más suciedad del pelo.
—En realidad, también he estado planteándome si habría sido Bergur, o su
esposa, con ay uda de él o de otra persona —conjeturó Þóra, que explicó la
conversación que había tenido con Matthew sobre el rifle, el zorro y la extraña
inscripción rer de Eiríkur—. Matthew y y o la vimos salir del hotel con un
camarero que trabaja aquí. Parecían muy amigos. Pensamos que Rósa podría
haberle convencido para matar a Birna. Ella podría haber querido hacerlo para
vengarse del adulterio.
Þórólfur levantó las cejas hasta las raíces del cabello.
—Usted conoce a la esposa de Bergur —dijo—. ¿Le parece posible que tenga
tal capacidad de convicción?
—No, en realidad, no —respondió Þóra—. Pero si alguien tiene más interés
del debido por conseguir algo de otra persona, nunca se sabe.
Þórólfur sonrió con perversidad.
—¿Ese camarero se llama quizá Jökull Guðmundsson? —preguntó.
—Sí —contestó Þóra extrañada—. En realidad desconozco su patronímico,
pero se llama Jökull. ¿Tiene idea de por qué andan juntos?
Þórólfur dejó escapar una risita.
—Son hermanos —reveló—. Seguramente, eso explica que se traten tan
amistosamente.
Þóra no dijo nada. Ahora entendía la antipatía que Jökull tenía a Birna, se
debía simple y llanamente a que su cuñado engañaba a su hermana con ella.
Aquello explicaba también la reacción a sus preguntas sobre Steini. Había sido su
padre el causante del accidente, y, sin duda, le afectaba hablar de aquello tanto
como a su hermana.
—Ajá —exclamó Þóra—. Eso cambia un poco las cosas.
—Sí, ¿verdad? —dijo Þórólfur—. Por otra parte, puedo asegurarle que aún
seguimos investigando la posible participación de Bergur en el caso —añadió sin
especificar si el granjero estaba bajo sospecha o si Jónas seguía siendo el único
sospechoso—. Creo que no va a importar mucho, pero le diré también que
estamos comparando el rifle y la bala que encontramos en el zorro. No tenemos
medios para hacer ese estudio en la provincia, de modo que lo hemos enviado a
Reikiavik. Desgraciadamente, harán falta unos cuantos días hasta que recibamos
los resultados, pero mientras tanto examinaremos un par de cosas más. —
Después dijo que iba a bajar al sótano a comprobar cómo iba todo.
Þóra se levantó y se dirigió hacia Matthew, que estaba terminando de explicar
lo que había pasado en el sótano. Había hecho falta mucho más tiempo del
habitual, porque la policía quiso hacer el interrogatorio con ay uda de un
intérprete.
—¿Crees que nos mandarán a la trena a hacer compañía a Jónas? —bromeó
Matthew con una risita mientras salían los dos juntos—. En vista del aspecto que
tengo, encajaría allí perfectamente —añadió. Sus ropas estaban cubiertas de
polvo y suciedad, puesto que no habían tenido tiempo para cambiarse desde que
les había caído encima una montaña de huesos.
Þóra lo miró de arriba abajo y sonrió.
—¿Cuánto tiempo hacía que no estabas así de sucio? —preguntó, quitándole
del jersey algo que resultó ser un fragmento de hueso.
—Años y años —respondió él—. En el banco no hay escombros, y mucho
menos montones de huesos como el de ahí abajo.
Þóra se estremeció. Le habló de la relación entre Rósa y Jökull, y que
difícilmente serían la pareja sanguinaria que habían empezado a sospechar.
—¿Sabes? —dijo entonces—. Pondría la mano en el fuego a que quien colocó
la piedra grabada encima de la carbonera sabía lo que había debajo. Su intención
debía de ser erigir una especie de monumento funerario. Una lápida secreta.
—Eso quiere decir entonces que el niño no murió de muerte natural. Si no,
¿por qué disimular una lápida? —dijo Matthew, que esperó a que Þóra abriese la
puerta de su habitación—. Aparte de que nadie haría algo así por un niño muerto
a menos que tuviera algo que ocultar.
—Tengo la sospecha de que la piedra la erigió el viejo Magnús —señaló Þóra
en el momento en que se abría la puerta. Fue directamente hacia el teléfono que
estaba encima de la mesita de noche—. Voy a llamar a Elín para preguntarle si
sabe algo de la piedra. A lo mejor, ella o su hermano recuerdan cuándo la
pusieron y quién se encargó de ello.
—¿Crees que querrá hablar contigo? —preguntó Matthew.
—No creo que me cuelgue esta vez —afirmó Þóra—. Porque resulta que se
ha encontrado un esqueleto de niño en unos terrenos que pertenecieron a su
abuelo y a su tío abuelo, y que son propiedad de su propia familia desde hace
decenios. —Buscó el número de móvil de Elín—. Además la voy a despistar
usando el teléfono del hotel, porque el número de mi móvil lo conoce. —Volvió a
dirigir su atención al teléfono—. Hola, soy Þóra —dijo en cuanto respondieron.
—¿Qué quiere ahora? —preguntó Elín enfadada. Se podía oír que iba en un
coche.
—Antes que nada, quería informarla de que ahora mismo acaban de
encontrar todo un montón de huesos en la granja. La may or parte son de
animales, pero todo parece indicar que también puede encontrarse el esqueleto
de una persona. De un niño.
—¿Y a mí qué me cuenta? —preguntó Elín casi en un chillido—. ¿No es eso lo
que lleva pasando todo este tiempo? Desde que ese Jónas nos compró las tierras
no paran de aparecer cadáveres. Oí en la radio que esta mañana han decretado
su prisión provisional.
—Sí, sí, cierto —replicó Þóra, nada contenta con que el caso de Jónas hubiera
llegado y a a los medios de comunicación—. Pero estos huesos no tienen nada
que ver con él, porque muy probablemente estaban aquí mucho tiempo antes de
que él comprase las tierras —explicó Þóra—. ¿Me equivoco al pensar que fue su
familia la que construy ó la granja actual y que ha sido su propietaria
ininterrumpidamente desde entonces? Por desgracia, creo que esto les afecta a
usted y a su hermano mucho más que a Jónas.
—¿Pero qué está diciendo? —gritó Elín—. ¿Huesos de niño? —Parecía
realmente asombrada, sin acabar de entender lo que sucedía—. ¿Qué niño?
—Ya se sabrá —contestó Þóra—. La policía querrá hablar con ustedes, y tal
vez lo mejor sea que y o no siga molestándoles sobre este particular. Sólo quería
preguntarle una cosa. —Esperó, pero Elín no dijo nada, de modo que continuó—:
Detrás del edificio, hacia el este, hay una piedra grande en la que grabaron un
poema que creo que procede de una ley enda popular. Alguien tuvo que colocar
esa piedra, porque desde luego no lo hicieron las fuerzas de la naturaleza.
¿Conoce esa especie de lápida, o sabe quién la puso allí?
—¿La piedra? —preguntó Elín sorprendida—. ¿Qué tiene que ver con el caso?
—Quizá nada —mintió Þóra—. Sólo quería conocer su origen, para
cerciorarme de que no está relacionada. —Cruzó los dedos con la esperanza de
que Elín se tragase su explicación.
—Puedo prometerle que no tiene relación alguna —respondió Elín con
determinación—. Mi madre la colocó hace muchos años. Era un regalo de bodas
anticipado que se hizo ella misma, según me contó. No me pregunte por qué,
nunca me dio más detalles. Puede estar totalmente segura de que no tiene
relación alguna con la muerte de ningún niño.
Þóra ocultó su extrañeza ante la noticia de que hubiese sido Málfríður, la hija
de Grímur, quien había colocado la piedra.
—Una cosa para terminar, de verdad —dijo—. ¿Por qué vinieron su hermano
y usted a la región el domingo por la noche? Tengo una lista elaborada por la
policía con los vehículos que pasaron por los túneles ese día, y ustedes dos están
en ella.
—Vinimos porque teníamos una reunión con usted —respondió Elín, furiosa
—. ¿Ya no se acuerda? Vino a nuestra casa el lunes, y nosotros decidimos no
tener que viajar por la mañana, sino llegar a Sty kkishólmur la noche anterior. ¿No
se le habrá pasado por la cabeza pensar que Börkur y y o hay amos cometido esos
crímenes?
Þóra dijo que no, incomodísima.
—Era sólo uno de tantos detalles que quería dejar resueltos.
—También puede dejar resuelto que Börkur no vino por aquí el jueves por la
noche a matar a nadie —dijo bruscamente Elín.
Þóra calló un instante, porque no quería dejar ver que desconocía totalmente
aquel viaje de su hermano. Seguramente, Elín debía de creer que Þóra tendría
también una lista del tráfico de ese día.
—Bueno, ¿y a qué vino, entonces? —preguntó cautelosa.
—No creo que él me vay a a dar las gracias por contárselo —respondió Elín
—. Ya me costó a mí bastante sacárselo. —Un estruendoso bocinazo interrumpió
la conversación, y cuando Elín volvió a hablar, maldijo furiosa—. Malditos
viejos, ¿por qué no les quitarán el carné de conducir antes de que se queden
dormidos al volante? —protestó enfadada, antes de volver al tema—. La única
razón por la que le cuento qué vino a hacer es para librarme de usted y eliminar
más sospechas estúpidas sobre nosotros.
—A mí me importan poco las razones que la impulsan a contármelo —
contestó Þóra con sequedad—. ¿Qué vino a hacer?
—Fue a una reunión con unos agentes inmobiliarios que están locos por ver
las tierras que quedan, para su posible compra —dijo Elín—. Mi hermano sabe
que y o prefiero esperar, pero él lo hizo en contra de mis deseos. Los de la
inmobiliaria se lo podrán confirmar, si tiene usted alguna duda al respecto.
Þóra se despidió y colgó el teléfono.
—Fue su madre quien hizo poner la piedra —dijo—. Es una gente de lo más
extraña; el caso es que tienen antecedentes en la familia de problemas mentales,
tanto el abuelo como la abuela estuvieron aquejados de enfermedades de ese
tipo. —Þóra se puso en pie—. Pero probablemente son inocentes de los dos
asesinatos, al menos esta mujer acaba de darme unas explicaciones bastante
razonables de las idas y venidas de ambos. —Þóra agarró la bolsa de plástico que
contenía los Cuentos y Leyendas de Jón Árnason—. Si encuentro ese poema, es
de suponer que irá acompañado de un texto que explique mejor su significado.
Podría arrojar alguna luz sobre los motivos que tuvo la madre de Börkur y Elín
para grabarlo en la piedra y por qué la colocó. —Dejó la bolsa sobre la mesa—.
Tengo que acordarme de devolver los libros cuando regresemos a Reikiavik —
dijo—. En la biblioteca a la que suelo ir van a construir un edificio nuevo con las
multas que he pagado y a por mis retrasos en las devoluciones. No tengo ningunas
ganas de encontrarme con los mismos problemas por todo el país.
—¿Piensas leerte todos los volúmenes? —preguntó Matthew mientras
observaba a Þóra amontonar un tomo encima de otro—. Creo que, mientras
tanto, y o voy a ir dándome una ducha.
—Tengo que revisar esto rápidamente —dijo Þóra. Miró el índice del primer
volumen y buscó « expósitos» —. Aquí está —observó encantada, apartando los
ojos del libro—. Aquí hay una historia que se llama Un esposo era mi destino.
Tiene que ser ésta.
Þóra ley ó de un tirón la breve ley enda y luego dejó el libro abierto encima
de las rodillas.
—¿Qué? —preguntó Matthew—. No estoy seguro de si ese gesto significa
algo bueno o algo malo.
—Yo tampoco —replicó Þóra—. La historia habla de una madre que
abandonó a su hija. Años después tuvo otra hija, a la que sí crió. Cuando la niña
llegó a la edad nubil, un joven pidió su mano y se casaron. En el momento álgido
de la fiesta de bodas llamaron a la ventana y se oy ó recitar el poema: La tona
habría de cuidar, familia crear debía, un esposo, mi destino igual que el tuyo sería.
—Miró a Matthew—. Dicen que el poema lo compuso la expósita para su
hermana.
—¿Quizá el poema alude a que la hermana disfruta de lo que habría tenido
que pertenecer a la niña abandonada? —preguntó Matthew.
—Sí, no se puede interpretar de otra forma —dijo Þóra—. ¿Tendría Guðný
otro hijo? —Sacudió la cabeza mientras pronunciaba esas palabras—. No, no
creo.
—¿Y a quién fue a parar lo que legalmente habría pertenecido a esa niña? —
preguntó Matthew—. Es de suponer que ella habría sido la heredera de su madre.
Þóra hinchó las mejillas y fue echando el aire lentamente.
—Naturalmente, depende de cuándo muriera Guðný. Si la hija murió antes
que ella, entonces no habría podido heredar a su madre. Si hubiera muerto
después de ella, las cosas serían diferentes. El padre de Guðný murió antes que
ella, y como era viudo y no se había vuelto a casar, ella era su único
descendiente, Guðný sería su heredera universal. De modo que la niña habría
heredado todos los bienes de su madre a la muerte de ésta.
—En ese caso, alguien se benefició de la muerte de la niña —afirmó
Matthew—, quedándose con la herencia de Guðný, que legalmente le pertenecía
a ella. ¿Quién podría estar en esa situación?
—El pariente más próximo de la madre —dijo Þóra—. Grímur, el tío de
Guðný. —Cerró el libro—. Lára, la abuela de Sóldís, dijo que la situación
económica de Grímur era bastante precaria. Por eso, habría podido matarla para
impedir que se casara. En cuanto la chica contrajese matrimonio, Grímur
perdería todo derecho a la herencia.
—Muy bien pensado —asintió Matthew—. Pero no fue él quien erigió la
piedra, de modo que, si fue él quien la mató, Málfríður, su hija, la madre de Elín
y Börkur, sabía por lo menos que el cuerpo estaba allí debajo. Es demasiada
casualidad que levantara esa piedra con esa inscripción precisamente en ese
lugar.
—Málfríður —dijo Þóra, pensativa—. Málfríður heredó lo que pertenecía a la
niña. Si se trata de una niña y si, además, es la hija de Guðný.
—No faltan cabos sueltos en todo esto —señaló Matthew—. Pero tengo que
reconocer que suena estupendamente. ¿Quizá sea ella la asesina, y no el padre,
Grímur?
—No lo creo. Durante la guerra era una niña. Cuando Lára volvió a la
comarca después de la contienda, la hija de Guðný había desaparecido de la faz
de la tierra. Pero puede ser perfectamente que Kristín, la hija de Guðný, sea la
Kristín mencionada en la viga del desván. De ser así, es más que probable que
Málfríður hubiera grabado la frase: papá mató a Kristín. Odio a papá. Quizá se
enteró de alguna forma. Pudo haber sido testigo del crimen o se lo contó su
padre.
—Has progresado mucho en la explicación de este caso tan antiguo —dijo
Matthew, entrando en el baño para quitarse la suciedad de las manos. Siguió
hablando desde allí intentando hacerse oír por encima del ruido del grifo—: Lo
peor es que todo eso no le sirve para nada a Jónas. No creo que a Birna y a
Eiríkur les mataran por eso.
—Ya, no sé —dijo Þóra, gritando también—. ¿A lo mejor, Birna se enteró de
todo y eso hizo que alguien quisiera verla muerta? Porque no querían que se
supiera. Ella estaba escarbando en esas cosas, como demuestra la foto de
Magnús. A lo mejor encontró algo que la puso sobre la pista.
Matthew apareció en la puerta, secándose las manos con una toalla.
—¿Pero quién iba a querer matarla por eso? ¿Elín y Börkur?
—No creo —reflexionó Þóra—. Sería absurdo que vendieran las tierras si
querían mantener estas cosas en secreto.
—Es probable que no tengan la menor idea de todo este asunto —señaló
Matthew, volviendo a desaparecer en el baño con la toalla—. Birna podría
habérselo contado para intentar chantajearlos y sacarles dinero. No hay duda de
que intentó extorsionar a Magnús y Baldvin, de modo que no habría tenido
demasiados escrúpulos para hacerlo también con los otros.
—Podría ser —dijo Þóra—. Pero mi impresión es que no lo sabía. Si algo se
puede concluir a partir de su agenda es que sospechaba que había sucedido algo
extraño en esta casa, pero en ningún sitio hay el más mínimo indicio de que
hubiera llegado a descubrir de qué se trataba. —Fue a buscar el diario y pasó
lentamente las páginas—. ¿Recuerdas dónde estaba situado el edificio nuevo, en
los planos que estaban colgados de las paredes de Kreppa? —preguntó—. ¿No
ocupaba toda la zona, incluidas la piedra y la trampilla?
Matthew intentó refrescar su memoria.
—Claro que sí —afirmó—. ¿Por qué lo preguntas?
—¿Quizá mataron a Birna para impedir la reforma? —dijo Þóra—. En el
momento en que empezaran a construir, se descubriría esa parte secreta del
sótano. A lo mejor fue una medida preventiva. Recordarás que habían estado
excavando en distintas partes del patio. Tal vez estaban intentando encontrar la
trampilla y sacar los restos de la niña antes de las reformas, pero no lo
consiguieron y, en consecuencia, recurrieron al drástico sistema de eliminar a
Birna.
—Pero sigue en pie la pregunta de por qué iban a querer mantenerlo en
secreto —dijo Matthew—. Los dos hermanos querrían evitar a toda costa que el
asunto saliera a la luz. A nadie le apetece que se sepa que su abuelo ha asesinado
a un niño. Pero no parece muy normal que la gente cometa un crimen para
evitar ese género de cosas.
—Si hubieran querido mantenerlo en secreto no habrían vendido, recuerda —
dijo Þóra—. También estoy de acuerdo en que quizá es demasiado, eso de matar
a alguien para evitar un escándalo. —Cerró los ojos—. Hay algo que se me
escapa. Es algo de lo más evidente pero no consigo averiguarlo. —Alargó la
mano hacia la carpeta que contenía las diligencias de la policía y hojeó los
documentos—. Ni siquiera tengo idea de qué es lo que debería buscar —dijo con
un profundo suspiro.
Matthew se acercó a su lado. Tomó de la otra mesilla la lista de los vehículos
que habían pasado por los túneles de Hvalfjörður.
—¿Y si el asesino no tiene ninguna relación directa con esto? ¿Y si se trata de
alguien que quiere proteger a la familia?
Þóra levantó la vista e inclinó la cabeza hacia un lado.
—¿Quién, entonces?
Matthew le entregó la lista y señaló una de las matrículas.
—Mientras estabas fuera ay er, le pregunté a Sóldís si tenía idea de cuál era el
nombre completo de Steini. Ya que puede conducir, se me ocurrió comprobar si
estaba en la lista. Resultó que sí. —Señaló un coche que había pasado por los
túneles, viniendo de Reikiavik, el propietario era Porsteinn Kjartansson—. Steini
es un diminutivo de Porsteinn, ¿no? Recuerdas que dijo que no podía ir a recoger
a Sóldís porque no pensaba ir a Reikiavik —añadió Matthew—. Sin embargo, sí
que fue, y parece que regresó por el túnel una hora antes de que Birna fuera
asesinada.
—¿Crees que ha podido asesinarla para evitarle una conmoción a Bertha por
todo aquel escándalo? —preguntó Þóra—. Es un tanto absurdo. Además, está
lisiado. ¿Cómo iba a poder hacerlo?
—Me parece que últimamente sólo nos han llegado noticias de que no está tan
lisiado como creíamos —observó Matthew—. Si miras sus movimientos desde
aquí hacia Reikiavik, verás que el coche de Bertha salió de aquí más o menos a la
misma hora, también. Puede ser perfectamente que Steini tomara la precaución
de que ella no pudiera quedar en ningún momento bajo sospecha, y cometió el
crimen después de que se marchara. De poco serviría matar a Birna y Eiríkur
para acabar metiendo a Bertha en un problema todavía may or que el que le
estaba intentando evitar.
Þóra frunció el ceño.
—Aunque esté menos lisiado de lo que creíamos, no le veo arrastrando a un
hombre hasta la caballeriza y luego metiéndolo en la cuadra de un semental
furioso.
—A lo mejor, Eiríkur no estaba totalmente inconsciente —dijo Matthew—.
Tal vez, la droga sólo lo dejó atontado. Suficientemente atontado como para
hacer que le siguiera por las buenas. Puede que se estuviera vengando del
accidente al meter a Eiríkur en la caballeriza de Bergur y su mujer. De esa
forma, se estaría tomando la revancha a causa de que el padre de éstos hubiera
causado el accidente al conducir en estado de embriaguez. A lo mejor pensaba
que las sospechas recaerían sobre Bergur o su mujer. No tiene por qué haberlo
hecho, necesariamente, sólo para proteger a Bertha.
Þóra asintió, pensativa.
—Pero ¿y la violación? —preguntó entonces—. Steini habría tenido que ser
capaz de violar a Birna, y ella no estaba bajo los efectos de ninguna droga. —
Buscó el informe de la autopsia—. Aquí dice que la atacaron desde atrás y la
golpearon con una piedra en la cabeza. Quizá estaba inconsciente cuando la
violaron. —Siguió ley endo—. ¿No sabrás qué es A. Barbadensis Mill, A. Vulgaris
Lam? —preguntó al llegar de nuevo a la sustancia hallada en los órganos sexuales
de Birna.
—No te lo puedo decir así sin más —respondió Matthew con una sonrisa—.
Vulgaris significa « vulgar» , pero eso no ay uda demasiado. ¿No puedes buscarlo
en Internet?
—Sí, seguro —dijo Þóra—. Pero ahora no tengo tiempo. Quizá le pida a Gy lfi
que lo busque. Le vendrá muy bien para relajar la cabeza, después de tantos
huesos. —Telefoneó al cuarto de su hijo y le pidió que mirase en el ordenador
para huéspedes que había en recepción—. Él lo encontrará enseguida —dijo
Þóra, al colgar. Miró a Matthew y sonrió—. Cuando los niños cumplen los doce
años, nunca dejan de hacer las cosas de inmediato. Es lo habitual. Mi padre dice
que y o era exactamente igual… y que su padre decía lo mismo de él. Quizá sea
hereditario.
—¿Intentamos echarle el guante a Steini, o incluso a Bertha? —propuso
Matthew—. Quizá ella pueda decirnos algo que apoy e mi teoría. Aunque sea
amiga suy a y parezca que le tiene mucho aprecio, no se puede estar seguro de
que vay a a ponerse de su lado sin más, si las cosas se ponen demasiado mal.
—Probablemente tengas razón —dijo Þóra, dispuesta a levantarse—. Estoy
lista. Tú echaste abajo una pared por mí, de manera que lo menos que puedo
hacer y o para pagarte el favor es comprobar si esas absurdas suposiciones tuy as
resultan tan buenas como las mías.
—Eres libre de pagarme de alguna otra forma —bromeó Matthew sonriente.
Þóra no respondió. Estaba con un volumen de los cuentos populares abierto en
las manos, ley endo algo.
—Espera un momento —dijo, turbada—. ¿Qué es esto?
Capítulo 32

Þóra estaba señalando emocionada el texto, que Matthew miraba sin entender
nada.
—Aquí, antes de la historia del expósito, dice que si quieres evitar que alguien
vuelva como fantasma, hay que clavarle alfileres en las plantas de los pies. —
Volvió a cerrar el libro—. El asesino quiso impedir que sus víctimas regresaran.
Matthew la miró con gesto dubitativo.
—¿Pero para qué?
—Nosotros quizá no lo comprendamos, pero seguramente él cree en
fantasmas —dijo Þóra, ruborizándose un poco al pensar en el llanto de expósito
que había oído. Había mantenido su promesa de no mencionárselo a nadie, y a
Matthew menos que nadie.
—¿Por qué te has ruborizado? —preguntó—. ¿Tal vez al acercarte a la vejez
empiezas a creer en fantasmas? —Le dio un golpecito en el brazo—. ¿Tú también
oíste el llanto?
A Þóra no le resultaba nada fácil mentir cuando se trataba de sus
sentimientos, así que decidió que no intentaría disfrazar lo sucedido.
—Sí, oí algo —respondió con reticencia—. Naturalmente no se trataba de un
expósito, pero sí que era un llanto, como de un niño pequeño.
—Estupendo —exclamó Matthew, visiblemente encantado del rumbo que
habían tomado las cosas—. Tendrías cuidado de evitar los tres círculos, ¿verdad?
Aunque de momento no pareces excesivamente chiflada.
Þóra le sacó la lengua.
—Vamos —dijo—. Tenemos cosas mucho más importantes que hacer, en
lugar de hablar de fantasmas. Vamos a buscar a Bertha o a Steini.
—Pero antes intenta devolver el expósito a su madre —continuó Matthew—.
Sería lo mejor.
***
Þóra tenía prisa por salir de la recepción del hotel. El olor a quemado
procedente de los cargamentos de animales carbonizados que iban sacando del
sótano lo había invadido todo, y al cruzar por delante de Vigdís casi no pudo
resistir la necesidad imperiosa de taparse la nariz. Así que optó por acelerar el
paso y contener la respiración. Al pasar a toda velocidad se dio de bruces con
Pröstur Laufey jarson.
—Perdona —se disculpó, intentando esquivarle—. No te había visto.
—No pasa nada —dijo el piragüista, con cara de perro. Llevaba puesto el
traje de neopreno y tenía el pelo mojado—. No ha pasado nada. Todo lo
contrario que con mi kay ak —añadió después enfadado.
—¿Cómo? —preguntó Þóra—. ¿Ha sufrido algún daño? —Al ver el gesto de
Þröstur, soltó sin poderlo evitar—: ¡Yo ni me he acercado a él!
—Ya, y a lo sé —dijo Pröstur, dispuesto a seguir su camino.
—Espera, querría preguntarte un par de cosas —dijo Þóra, agarrándole por el
brazo. Dio un respingo al notar lo grandes que eran los bíceps de aquel hombre—.
Hasta ahora no he conseguido pillarte ni un momento.
—¿Qué me quieres preguntar? —dijo Pröstur; Þóra no se atrevió a seguir
tocándole el brazo—. ¿Si alguna vez se me ha quedado la cabeza debajo del agua
cuando estaba en el kay ak?
—Mmmm, no —contestó Þóra extrañada—. Ni se me había pasado por la
cabeza. No, no, mis preguntas se refieren a los dos crímenes que se han cometido
por aquí cerca, que supongo y a conoces.
El gesto de Pröstur mostró al mismo tiempo ira y miedo. La puerta del hotel
se abrió, y su atención se dirigió hacia las carretillas con huesos que pasaban por
delante. En su rostro apareció reflejada una enorme sorpresa.
—¿Qué está pasando aquí?
—De todo —replicó Þóra—. Pero nada bueno. ¿Estarías dispuesto a charlar
un momento? Podría ser importante. —Confiaba en que la capacidad de
convicción de aquellos huesos consiguiera hacerle aceptar.
—Sí, sí —respondió él enseguida—. Precisamente iba a hablar con la policía.
Como el kay ak está dañado, no hay ningún motivo para seguir callando.
—¿Cómo? —dijo Þóra, señalando las hamacas que había fuera—. ¿Qué tal si
nos sentamos? —Se dirigieron hacia la mesa y se sentaron, y Þóra aprovechó la
ocasión para presentarle a Matthew—. ¿Qué ibas a contarle a la policía? —le
preguntó después.
Pröstur puso gesto de entendido.
—El viernes por la mañana salí a entrenar, y me encontré el kay ak todo lleno
de sangre. —De pronto, se arrepintió—. En realidad no estaba todo lleno de
sangre, había sangre en el remo y en el asiento, y luego algunas manchas
dispersas. La sangre no era mía, así que me imaginé que podría tener alguna
relación con el crimen que se cometió el jueves por la noche.
Los ojos de Þóra parecían a punto de salírsele de las órbitas.
—Hoy es martes —dijo—. ¿Por qué demonios no lo has contado hasta ahora?
—No me enteré del crimen hasta el sábado, cuando me lo contó la
recepcionista. Para entonces y a lo había limpiado casi todo —respondió Pröstur
irritado.
—¿De modo que aún queda algo de sangre? —preguntó Pora, con la
esperanza de que así fuera. Quizá allí habría restos del asesino.
—Eh… no —contestó Þröstur con muy mala cara, y añadió enseguida en
tono de disculpa—: Tengo que ir al campeonato del mundo dentro de quince días.
No podía permitirme el lujo de dejar el kay ak en alguna sala de la policía
científica, así que limpié lo que quedaba y opté por no decir nada. De todos
modos, el daño estaba hecho, porque y a lo había limpiado casi todo.
Þóra no envidió a Þröstur tener que contarle todo aquello a Þórólfur.
—¿Pero por qué has cambiado de opinión ahora precisamente? —preguntó.
—Algún imbécil dejó el kay ak en la play a en marea baja, encima de las
piedras, y el fondo se ha estropeado. No entendía por qué estaba haciendo unos
tiempos tan malos, hasta que vi lo que había pasado. El fondo estaba en buen
estado cuando lo inspeccioné la semana pasada, de modo que ese asqueroso
asesino me ha causado un perjuicio enorme.
Þóra no tuvo duda alguna de que lo que más le fastidiaba a Þröstur en todo
aquello era que el asesino le hubiera estropeado el kay ak.
—¿No te das cuenta de que si hubieras informado el sábado mismo nada más
saberlo, a lo mejor se podría haber evitado el crimen que cometieron el domingo
por la noche?
—Puf —rezongó Þröstur—. No era mucha la sangre que quedaba. Ya te lo he
dicho. —Miró a Matthew en busca de apoy o, y luego intentó cambiar de tema—.
Estoy decidido a denunciar al asesino en cuanto lo atrapen, y a pedir una
compensación por los daños. Estaba prácticamente seguro de subir al podio.
—Es un perjuicio enorme —dijo Þóra, aunque logró no sonar demasiado
irónica—. Una pregunta más. Pasaste por los túneles de Hvalfjörður el domingo
por la noche, ¿verdad?
—Sí —afirmó Pröstur con brusquedad—. Se me había terminado la bebida
proteínica y tuve que buscar una farmacia. —Miró desafiante a Þóra—. ¿No me
crees? Tengo un recibo de Ly fja, en Lágmúli.
—Sí, sí, faltaría más —dijo Þóra distraída. Estaba pensando en algo
totalmente distinto: que no podían seguir excluy endo a la gente de la reunión
espiritista ni a los empleados del hotel que se encontraban allí esa noche—.
¿Cuánto se tarda en ir remando desde aquí a la ensenada donde asesinaron a la
arquitecta? —preguntó.
—Ssss, nada —dijo Þröstur—. Por mar no hay distancia. Te ahorras los
rodeos que hay que ir dando cuando vas por tierra. Yo tardaría cinco minutos con
mar tranquila. Una persona sin entrenamiento, quizá diez minutos o algo así.
—¿Una persona que no esté acostumbrada puede llevar un kay ak sin
dificultad? —preguntó Matthew, que hasta aquel momento se había contentado
con escuchar.
—Sí, si no es más torpe de lo debido —dijo Pröstur—. Es necesaria cierta
práctica para hacerlo bien. Pero para un tray ecto corto con mar tranquila, no
hace falta saber nada especial. Basta con ser fuerte. —Se puso en pie—. Mejor
me voy a dar una ducha antes de ir a ver a la poli. Quiero que se tomen en serio
mi queja, porque no es ninguna broma. —Empujó la pesada silla de madera
hacia la mesa y se dispuso a marcharse. De pronto recordó algo y se volvió
hacia ellos—. Ah, y seguramente se acordará de mí el chico del coche que
estaba allí parado —dijo—. No tendría que ser difícil dar con él.
—¿Qué chico? ¿A qué te refieres? —preguntó Þóra.
—Al salir de los túneles lo vi aparcado en el arcén, y pensé que tendría algún
problema. Paré y fui a ofrecerme a ay udarle, pero resulta que se trataba de ese
chico accidentado, que me dijo que no pasaba nada. Que quería quedarse un
ratito allí parado. Que no había ningún problema. Luego subió la ventanilla y no
quiso seguir hablando conmigo.
—¿A qué hora fue eso, aproximadamente? —preguntó Matthew.
—Hacia las seis, creo —respondió Þröstur—. Cuando volví a pasar por allí
después, esa misma tarde, y a no estaba. Supongo que se habría cansado de
decirle a la gente que no había ningún problema. Porque y o no fui el único que
pensó que pasaba algo, pues nada más irme y o, se detuvo otro coche —añadió, y
entró en el hotel.
Matthew le dio una patadita a Þóra por debajo de la mesa.
—Estoy seguro de que Steini pasó por los túneles detrás de Bertha para
cerciorarse de que se había marchado, luego se quedó un rato en el arcén por si
regresaba, después dio media vuelta y quitó de en medio a Eiríkur. Þröstur pasó
mientras estaba haciendo tiempo. Todo puede encajar.
—Pero es de lo más absurdo —dijo Þóra—. Si estaba en los túneles hacia las
seis, aún tenía que llegar hasta aquí, y hay una buena tirada.
—La hora de la muerte de Eiríkur no es muy precisa —señaló Matthew—.
Hacia la hora de la cena. La gente cena a distintas horas. —Se puso en pie—.
Voy un momento a por la lista. Quiero comprobar cuándo se dirigió hacia el sur,
porque al mirar su nombre no me fijé en eso, no era lo que estaba buscando.
A Þóra no le hacía ninguna gracia tener que volver a meterse en medio del
hedor que reinaba en la recepción, así que optó por esperar fuera. Matthew
volvió enseguida, a todo correr, con la lista en la mano.
—Pasó por los túneles en dirección a Reikiavik cinco coches detrás de Bertha.
Encaja perfectamente con mi teoría. Quería asegurarse de que se marchaba. —
Depositó el montón de papeles sobre la mesa, delante de Þóra—. Creo que
tendríamos que hablar con ella, y esperar que sepa algo que pueda desatar el
último nudo de todo este enredo.
—No sólo esperemos que sepa algo, sino que quiera compartirlo con nosotros
—dijo Þóra, poniéndose en pie—. No está nada claro que vay a a estar dispuesta
a traicionarle cuando sepa lo que hizo. No creo que se nos eche en los brazos si le
decimos que su primo y amigo es un asesino. Podría necesitar un tiempo para
digerir las cosas tan horribles que ha hecho Steini. —Sonrió—. Si es que ha hecho
algo. De lo cual no estoy nada convencida.
***
Þóra se agarró la frente con las manos.
—Ya sé qué es lo que tanto me irrita —dijo—. La lista de sucesión de
herederos. Si la niña sobrevivió a su madre y a su abuelo, todas las propiedades
que le pertenecían están en manos ilícitas. Grímur, naturalmente, no habría
podido heredar a la niña. —Iban en el coche, volviendo de Kreppa, donde habían
esperado encontrar a Bertha. Su coche no estaba, y la casa estaba vacía.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Matthew—. ¿No era el pariente más
próximo de la niña, una vez muertos la madre y el abuelo?
Þóra sacudió la cabeza.
—Lo era el padre, naturalmente. El padre de la niña lo habría heredado todo
a la muerte de ésta.
—Y todo parece indicar que el padre es Magnús —señaló Matthew—. No se
me había ocurrido. Naturalmente, a Grímur no le habría correspondido nada. Por
eso escondió a la niña e intentó destruir los registros de su corta vida.
Þóra respiró hondo.
—Y lo que es más, si Málfríður, la hija de Grímur, conocía el crimen, ella
también se apropió indebidamente de la herencia.
—Claro —asintió Matthew—. Si su padre consiguió la herencia ilícitamente,
carecía de derechos a ella, y lo mismo sucedería con su hija.
—De eso no estoy tan segura, porque si ella no sabía nada y actuó de buena
fe, el asunto tomaría otro cariz. Pero no debía de ignorarlo por completo, si mis
suposiciones están fundadas. Más todavía, sigue viva. Sus hijos, Börkur y Elín,
tenían un poder notarial para firmar en su nombre el traspaso de las tierras a
Jónas. En realidad, formalmente, ellos no han heredado nada todavía. En el poder
se señalaba que la propiedad de su madre es indivisa, de modo que la existencia o
no de buena fe no les afecta a ellos dos.
—Pues tienen muchísimo que perder —observó Matthew—. Pero también
tiene mucho que ganar el padre de la niña, el viejo Magnús.
—Sí, no cabe duda de que se habría beneficiado muchísimo matando a Birna
para evitar que fuera encontrada la criatura. Pero, al mismo tiempo… —Þóra
miró por el parabrisas la vieja granja—. El caso tiene otro aspecto muy distinto si
tenemos en cuenta la oposición de Elín al resto de la familia. Por ejemplo, Bertha
dejaría de tener una casa para cuando quisiera venir a la comarca. La casa de
Sty kkishólmur se convirtió en propiedad de Bjarni cuando las cosas empezaron a
irle mal a Grímur, y lo mismo pasó con la granja de éste —continuó Þóra—. Si
Bertha no tiene casa en la que quedarse en la región, Steini corre el riesgo de
quedarse completamente solo. —Miró a Matthew—. ¿No deberíamos ir a hablar
directamente con él? No tenemos ni idea de dónde ni cuándo encontrar a Bertha.
Pero, seguramente, Sóldís sabrá dónde vive Steini, de modo que no deberíamos
tener problemas para encontrarle.
—¿Y Þórólfur? —preguntó Matthew—. ¿No deberíamos informarle, y que
sea él quien vay a a hablar con el chico?
Þóra reflexionó un instante.
—No, no. Esto es igual que lo de la pared. Tenemos que asegurarnos de que
tenemos razón antes de molestar a la policía. Mientras tanto, ellos y a tienen
bastante que hacer.
***
Matthew y Þóra se encontraban delante de la puerta de casa de Steini,
esperando. Les había gritado que y a iba a abrir, pero la espera se estaba
haciendo muy larga.
—Eso no indica que esté precisamente en plena forma —dijo Matthew,
envolviéndose mejor en el chaquetón. Había empezado de repente a hacer frío,
y el aire gélido se le estaba metiendo por todos los huesos—. ¿Estás segura de que
estamos en junio?
Antes de que Þóra pudiera responder, se abrió la puerta, pero sólo
parcialmente.
—¿Qué? —se oy ó decir desde la y a archiconocida capucha.
—Hola —saludó Þóra con toda la amabilidad de que fue capaz—. ¿Te
acuerdas de nosotros? Estuvimos en Kreppa y allí os conocimos a ti y a Bertha.
También nos vimos en la ensenada.
—Sí, y a, ¿qué queréis? —Sus palabras sonaban de una forma muy confusa,
como si Steini hablara con la boca llena. Þóra sospechó que sería porque tenía
dificultades para abrir la boca, y confió en que hablar no le causara dolor.
Independientemente de lo que pudiera haber hecho, sentía mucha lástima por él.
—Queríamos hablar contigo un momento —pidió la abogada, confiando en
que les dejara pasar—. Es sobre la tarde del domingo pasado.
La silla de ruedas se desplazó hacia atrás para dejar que la puerta se abriera
por completo.
—Entrad —dijo Steini, aunque el extraño sonido de su voz no permitía saber si
le molestaba tener que charlar con ellos. Þóra y Matthew intercambiaron, al
entrar, miradas disimuladas, pero no dijeron nada.
—¿Hace mucho tiempo que vives aquí? —preguntó Þóra en tono cordial,
cuando estuvieron en el silencioso salón. A primera vista, la casa causaba una
impresión un tanto lúgubre. Todo estaba perfectamente limpio y ordenado, pero
no había señal alguna que indicase que viviera alguien en ella, no había ni fotos
en las paredes ni objetos personales, aparte de unas muletas apoy adas contra la
entrada del pequeño cuarto de estar, que era mucho más agradable que el pasillo
y el vestíbulo, y a que, por ejemplo, había un florero con flores silvestres de la
zona. Þóra imaginó que se las habría traído Bertha, pues no era muy probable
que un joven postrado en una silla de ruedas pudiera dedicarse a recoger flores
para llevárselas a casa.
—Sí —respondió Steini, sin entrar en más detalles.
—Comprendo —dijo Þóra, sonriente—. Lo mejor es ir al grano —prosiguió
—. Queríamos saber si pasaste en tu coche por los túneles el domingo por la
tarde. Un vehículo matriculado a tu nombre pasó por allí hacia la hora de la cena.
Steini calló y bajó la cabeza aún más. Luego habló.
—Sí, era y o —dijo; y como antes, el tono de su voz no permitía saber si decía
la verdad.
—¿Puedo preguntarte qué fuiste a hacer a Reikiavik? —preguntó Þóra.
—No —contestó Steini. Echó una fugaz mirada desde debajo de su capucha,
y Þóra tuvo que esforzarse para no mostrar reacción alguna—. ¿Creéis que fui
y o quien mató a ese hombre? —preguntó entonces, y ahora sí quedó bien patente
el sufrimiento de Steini. Era evidente que estaba fuera de sí de ira—. ¿Eso creéis?
—Se levantó de la silla y apoy ándose en uno de los brazos consiguió mantener el
equilibrio. Tenía un pie completamente torcido, inútil para cualquier esfuerzo. Era
totalmente imposible forzar un pie sano a adoptar aquella posición.
—No —se apresuró Þóra a responder—. Por supuesto que no pensamos
semejante cosa. —Soltó aquella mentira piadosa para hacerlo todo un poco
menos difícil—. Pensábamos que podías haberle prestado tu coche a alguien.
Estamos intentando saber quién estaba en la zona cuando se perpetró el asesinato
de Eiríkur.
—Yo no estaba por aquí. Y tampoco cuando asesinaron a Birna —reveló
Steini, dejándose caer en la silla de ruedas. Su extraña forma de hablar se hizo
algo más clara, de modo que Þóra pudo distinguir casi todas las palabras. El
joven parecía todavía furioso, y jadeaba. Þóra confió que no le fuera a dar un
ataque.
—Han encontrado una tumba antigua en la vieja granja, junto al hotel —
continuó Þóra, con la esperanza de que pensara en otra cosa y se pudiera
tranquilizar un poco.
—Marchaos —dijo de repente—. No os quiero aquí. —Movió la silla en
dirección a Þóra.
Matthew, que no había comprendido nada de lo que habían hablado hasta ese
instante, se dio cuenta al momento de que la conversación había concluido, y que
la relación entre Þóra y Steini no llevaba a buen puerto. Se puso en pie y se
acercó a Þóra.
—Venga —dijo—. Tenemos que marcharnos. —La agarró de la mano y le
dio una patadita en un pie. Luego se volvió hacia Steini, le dio las gracias y salió
de inmediato, ocupándose de que Þóra fuese por delante—. No todo está claro,
pero difícilmente podría cometer un crimen —comentó una vez que cerró la
puerta a sus espaldas. Steini no les había acompañado a la salida.
—Pero todo esto es un tanto raro —dijo Þóra—. Su reacción cuando le hablé
de la tumba no fue natural, en absoluto, eso está bien claro. Ni tampoco lo que
dijo sobre los túneles, si lo analizamos con cuidado. ¿Quizá está protegiendo al
asesino?
—Lo dudo —dijo Matthew, abriendo la portezuela del coche para que entrase
Þóra—. Si él no es el asesino, el culpable tiene que haber sido Bergur, o Baldvin.
De acuerdo con tu teoría sobre el accidente, Steini guarda un profundo rencor
hacia Bergur por su relación con el causante de la colisión, y no tenemos ni idea
de si conoce o no a Baldvin. De modo que es difícil que esté protegiéndoles.
—Maldita sea —exclamó Þóra—. Esto tendría que haber funcionado. —Se
sentó en su asiento y esperó a que Matthew se pusiera al volante—. Pero estoy de
acuerdo contigo en que él no pudo haberlo hecho. Le falta la fuerza física
necesaria. También tengo mis dudas sobre Bergur. Claro que habría podido ir
andando al hotel, robar el kay ak e ir remando hasta la ensenada para matar a
Birna, pero eso es demasiado complicado. ¿Por qué no fue en coche hasta allí?
¿Y cuándo iba a robarle el móvil a Jónas para enviarle el mensaje a Birna? —
Sacudió la cabeza—. Pienso que a él hay que descartarlo. En cambio, Baldvin
estaba en el hotel y no le habría sido difícil apropiarse del teléfono. Él también
estuvo en la reunión, pero desapareció antes del descanso, de modo que habría
podido ir corriendo al embarcadero, robar el kay ak y atacar a Birna. Motivos
tenía de sobra. —Sonó el móvil de Þóra.
—Hola. Ya te lo he encontrado —dijo Gy lfi—. Es la denominación científica
del áloe vera.
Þóra le dio las gracias y colgó. Miró a Matthew, que estaba atareado
ajustándose el cinturón de seguridad.
—¿Qué pasa? —preguntó al darse cuenta de que Þóra le estaba mirando
fijamente.
—¿Para qué se pondría una mujer áloe vera en sus partes íntimas? ¿Se utiliza
como lubricante?
Matthew se rió.
—Perdona, pero ¿por qué me preguntas eso a mí? ¿Tengo pinta de dedicarme
a esas cosas? Habla con tu amiga la sexóloga, no conmigo. —Salió marcha atrás
—. El coche de veritas seguía delante del hotel cuando salimos nosotros —dijo—.
¿Y si hablamos con ese buen hombre?
—¿Y por qué no? —replicó Þóra con una sonrisa—. Tendrá que decirnos la
verdad, ¿no?
Matthew dio media vuelta y salió hacia la carretera por el camino de grava.
—De eso, nada. Es un político.
Capítulo 33

Matthew estaba llamando con fuerza a la puerta de la habitación de Magnús,


en el hotel. Nadie había respondido en el cuarto de Baldvin, de modo que
Matthew y Þóra pensaron que estaría con su abuelo. El todoterreno matriculado
veritas seguía en su sitio en el aparcamiento, así que los dos hombres tenían que
seguir en el hotel. Þóra dio una palmada cuando en el interior se escuchó un
sonido apagado. Inmediatamente después, se abrió la puerta y Magnús apareció
en el umbral. Al ver quiénes eran los visitantes, puso cara de enfado. Pero los
rasgos de su rostro estaban demasiado flácidos y descoloridos como para que
pudieran resultar amenazantes. Recordaba sobre todo a un mal maquillaje
teatral.
—¿Qué quieren ustedes? —bramó.
—En realidad, estamos buscando a Baldvin —dijo Þóra con sus mejores
maneras—. ¿Está aquí, por casualidad?
—¿Quién lo pregunta? —se oy ó en el interior de la habitación.
—Son la abogada y el alemán —respondió Magnús al instante, con su
arrugada manaza aún en el pomo de la puerta.
—Hazles pasar —dijo Baldvin—. No tenemos nada que ocultar. —Magnús
abrió, y Þóra y Matthew entraron—. Siéntense. —Baldvin señaló dos sillas. Él se
sentó en una tercera, mientras su abuelo se instalaba en el borde de la cama—.
¿Qué se les ofrece? —preguntó, poniendo las manos sobre la mesa que tenía
delante. Los ojos de Þóra se quedaron fijos en ellas, por lo grandes y fuertes que
eran, y le recordaron las palabras de Pröstur, que tenías que ser fuerte para
llevar un kay ak por el mar. Baldvin podría hacerlo sin problema, aunque hubiera
oleaje.
—Sólo querría que me respondiera a algunas preguntas —comenzó Þóra,
acomodándose en su silla—. Como seguramente saben, soy la abogada de Jónas,
el propietario del hotel, que se encuentra en prisión provisional, creo que
injustamente, a causa de los crímenes que se han cometido aquí cerca.
—Estamos perfectamente enterados —dijo Magnús irritado—. Si han venido
a intentar cargarnos esos crímenes a cualquiera de nosotros dos, no se saldrán
con la suy a. Ni Baldvin ni y o tenemos nada que ver. Por regla general, en prisión
provisional se mete a quien hay que meter, señora mía. A lo mejor tendría que ir
haciéndose a la idea en lugar de venir a fastidiarnos imponiéndonos su presencia.
—Venga, no seas así —dijo Baldvin a su abuelo mientras sonreía a Þóra para
disculparse. Pero en sus ojos no se veía reflejada aquella sonrisa—. Los dos
estamos un poco fastidiados por no poder irnos a casa. La policía nos ha pedido
que esperemos, porque tienen que hablar con nosotros. Yo no tengo argumentos
para hablar de la culpabilidad o la inocencia de Jónas, pero puedo confirmar, con
toda mi buena conciencia, igual que mi abuelo, que nosotros no tenemos nada
que ver con esto. Suelte sus preguntas y a lo mejor puedo convencerla de lo que
estoy diciendo.
—¿Qué vino a hacer aquí el domingo por la tarde? —preguntó Þóra de
improviso—. Su coche pasó por los túneles de Hvalfjörður.
Baldvin se reclinó en su silla y quitó las manos de la mesa.
—No se anda usted con rodeos. No vine para matar a ese pobre desgraciado,
si es eso a lo que se refiere.
—¿Y a qué, entonces? —preguntó Þóra con mordacidad—. No haría todo ese
viaje sólo para visitar a su abuelo, supongo.
—No —contestó Baldvin—. Se lo puedo decir. Estoy decidido a dejarlo todo
perfectamente claro. Aunque lo que vine a hacer no sea cosa de la que pueda
uno jactarse, no intentaré ocultarla. —Enderezó la espalda—. Seguramente
ustedes han encontrado la foto, y tengo entendido por la policía que conocen el
intento de Birna de forzarme a asegurarle el triunfo en el concurso para la
construcción de la nueva estación. —Þóra asintió—. Esa mujer tenía una
ambición sin límites —dijo Baldvin, que se apresuró a continuar—: Con esto no
intento justificar, en absoluto, que la asesinaran. Ni mucho menos. Me
telefoneaba, me enviaba correos y, sencillamente, no me dejaba en paz. Hizo lo
mismo con mi abuelo, que acabó dejando la residencia de Rey kjalund para venir
a intentar hablar directamente con ella. Estaba abrumado ante la idea de que su
pasado pudiera acabar arrojando una sombra sobre mi vida.
—Muy lamentable —dijo Þóra en tono irónico—. Pero aún no me ha
aclarado qué vino a hacer aquí el domingo por la tarde.
—Vine a registrar la habitación de Birna —respondió Baldvin sin más rodeos
—. Mi abuelo se había enterado de que la policía aún no había hecho un registro a
fondo, y y o confiaba en encontrar la foto. No estaba allí.
—¿Y el jueves? —preguntó Þóra—. Salieron de la reunión espiritista justo
después de que empezara, y no volvieron. ¿Qué pasó?
Baldvin sonrió y movió las manos señalando a su abuelo.
—Mi abuelo tuvo un desfallecimiento. Se encontró mal, así que salí para
acompañarle. Además, la reunión no era de nuestro agrado. Sólo fuimos con la
esperanza de ver a Birna.
—¿Hay alguien que pueda confirmarlo? —preguntó Þóra.
—Sí, claro que sí —afirmó Baldvin con una sonrisa de satisfacción—. Llevé a
mi abuelo a la habitación y llamé a un médico. Me dio el número de un colega
suy o que estaba de guardia en la zona, y que vino a verle. Supongo que llegaría
hacia las nueve y se iría hacia las diez.
Þóra se dio cuenta al momento de que aquello los exculpaba a los dos. No se
atrevió a preguntar por el nombre del médico, dejaría a Þórólfur que confirmara
su historia.
—Comprendo —dijo, mirando a Matthew—. Creo que no hay nada más. —
Se levantó—. Aunque, en realidad, hay una cosa que querría comentarle a usted,
Magnús. Aquí detrás se ha encontrado los huesos de un niño. Creo que se trata de
Kristín, la hija que tuvo usted con Guðný Bjarnadóttir.
—¿Qué quiere usted decir? —preguntó el anciano con la voz rota—. ¿Mi hija?
—Sí, la que Guðný le mencionó en su carta —dijo Þóra, jugándoselo todo a
que realmente había sido así—. Creo que Grímur, el hermano de Bjarni, que
vivía en la granja de al lado, la mató para asegurarse la herencia de su hermano,
evitando que fuera a parar a usted.
—¿A mí? —dijo Magnús con el rostro aún más gris. Þóra se percató de que no
había negado la existencia de la carta.
—De todas formas, creo —continuó Þóra antes de que el anciano pudiera
preguntar nada más— que su indiferencia le hizo perder todo derecho a la
herencia. Usted conocía la existencia de esa niña y habría tenido que reclamar su
herencia en el momento debido. También habría tenido que hacer otras cosas
más, como interesarse por lo que había pasado con ella, o reconocerla en su día.
—Se dirigió hacia la puerta, con Matthew pisándole los talones—. Estoy segura
de que si usted hubiera cumplido con su obligación, no habría ningún esqueleto
infantil en ese sótano.
—Pero… —dijo el anciano, sin terminar la frase. Baldvin no intervino, se
limitó a mirar a su abuelo con gesto impenetrable—. ¿Cómo puede decir tal cosa?
Þóra estaba y a en la puerta, pero se volvió.
—Porque si Grímur hubiera sabido que Kristín tenía un padre que no
pretendía ignorar su existencia, no habría tenido ocasión de hacerla desaparecer.
—Envió una sonrisa a los dos hombres—. Adiós. Encantada de haberles
conocido. —Salieron y cerraron la puerta, dejando a los dos hombres sentados
allí, como petrificados.
—Pues y a sólo queda Bergur —dijo Þóra con un suspiro—. Aunque sea el
más improbable de todos. Yo no consigo imaginármelo remando en kay ak sin
necesidad ninguna, y mucho menos le veo tan preocupado por la posibilidad de
apariciones fantasmales como para dedicarse a clavarle a la gente alfileres en
las plantas de los pies.
—La vida da muchas vueltas —repuso Matthew, poniéndole una mano sobre
el hombro—. Por ejemplo, ¿quién iba a imaginar que y o me iba a enamorar de
una mujer que calza unas asquerosas zapatillas de deporte?
Þóra se miró los pies y sonrió. Sus zapatos estaban bastante gastados, en
comparación con los de Matthew, impecables.
—A lo mejor, la misma persona que podría haber pensado que y o iba a
liarme con un hombre que usa zapatos de charol.
***
Þóra paseaba como una leona enjaulada intentando poner en orden sus
pensamientos, que parecían completamente bloqueados. Matthew y ella habían
vuelto a la habitación, donde esperaba encontrar alguna escapatoria en aquel
callejón sin salida. Caminaba arriba y abajo por delante de la cama, mientras
Matthew estaba sentado tan tranquilo en el sillón, al lado de la ventana, con una
cerveza en la mano.
—Tiene que ser Bergur. Es el único que queda —dijo, dejando el vaso sobre
la mesita—. A menos que fuera Jónas.
Þóra suspiró.
—Las cosas se pondrían fatal para él si no hubiera otra explicación. —Se puso
las manos en la cabeza y continuó con sus paseos—. ¿Realmente no hay nadie
más en quien podamos pensar?
—A mí me parece que no. Creo además que sólo puede ser obra de dos
hombres: Bergur y Jónas —continuó Matthew—. Son los únicos que quedan.
—Lástima que el asesino no pueda ser una mujer —dijo Pora—. Rósa y
Jökull me parecían una especie de Bonnie and Cly de. Todo se estropeó al
enterarnos de que son hermanos. —Se detuvo y miró a Matthew—. ¿Has sabido
alguna vez de un hermano y una hermana que formaran una pareja criminal?
Matthew sacudió la cabeza.
—No, nunca. Sólo hombres. Los hermanos Dalton, por ejemplo. Jamás de
diferente sexo.
—¿Tan absurdo es que Rósa llegara al lugar donde se encontraba Birna,
después de la violación, y la matara? —dijo Þóra sin dar demasiado énfasis a sus
palabras—. No, no vale —añadió. Llamaron a la puerta. Þóra imaginó que sería
uno de sus hijos, por eso se quedó un poco extrañada al abrir y ver a Stefanía en
el pasillo.
—Hola —saludó la sexóloga con una sonrisa incómoda—. Sólo vengo a
traeros una cosa. En realidad esperaba que vinieseis vosotros a verme por propia
iniciativa, pero parece que no. —Se movía inquieta, con las manos a la espalda.
Þóra se preguntó qué llevaría allí escondido—. Yo podría ay udaros —añadió
Stefanía, sonriendo de nuevo.
A Þóra se le puso un nudo en el estómago. La mujer estaba allí para
aconsejarles a Matthew y ella a fin de que pudiesen practicar el sexo seguro.
Tragó saliva, que de pronto le había inundado la boca. Ahora sería difícil
esconderse tras barreras lingüísticas y malentendidos.
—Muchas gracias —fue lo único que se le ocurrió. Pero siguió tapando la
puerta, por miedo a que Stefanía entrase y se pusiera a hablar con Matthew.
—De nada —dijo Stefanía—. Veo que estás ocupada, así que te doy esto y
me marcho. —Le entregó una cajita—. Puedes llamarme cuando quieras —
añadió Stefanía—. Puse mi tarjeta dentro de la caja. El aparato se explica solo.
Es un consolador pero no del tipo habitual, porque al moverlo repetidas veces se
produce la ey aculación de un gel. Eso lo hace muchísimo más realista. Es un
producto que acaba de salir al mercado. —Sonrió.
Þóra se quedó boquiabierta mirando la caja.
—Ah, qué bien —consiguió articular, levantando la mirada, turbada. De
pronto, se le encendió una lucecita. Le devolvió la caja a Stefanía y volvió a
entrar en la habitación a toda prisa—. Espera un momento —le dijo a la mujer,
que se había quedado en la puerta, mirándola asombrada. Volvió con la caja que
le habían dejado en recepción para meter las cosas del sótano—. ¿Es el mismo
producto? —preguntó, señalando el texto de la caja: Aloe Vera Action.
Stefanía se quedó mirando a Þóra, y a juzgar por el gesto que puso debía de
pensar que le faltaba un tornillo.
—Eh, no —respondió, viendo con enorme extrañeza la cara de decepción de
Þóra—. Ése es el modelo antiguo. El tuy o es nuevo —añadió. Miró a Þóra con
aire curioso—. Los otros se acabaron enseguida. Tuvieron un éxito enorme.
Incluso, el último me lo robaron —prosiguió—. La semana pasada asaltaron mi
almacén y por fin conseguí descubrir lo que se habían llevado. Quería daros lo
más nuevo. —Miró a Þóra, aún con gesto de asombro—. Esta marca es igual de
buena. La única diferencia es que el gel de éste no es áloe vera.
—¿Un asalto? —preguntó Þóra muy alterada—. ¿Cuándo fue eso?
—La semana pasada —respondió Stefanía—. Vamos a ver, y o libré el martes
y entonces estaba todo, pero cuando volví el jueves me encontré con el asalto.
Habían roto el candado, pero el asesinato de Birna hizo que este delito sin
importancia pasara completamente desapercibido. Aparte de que al principio
pensé que no faltaba nada. Sólo me di cuenta cuando fui a buscar este vibrador
para vosotros.
Þóra se volvió hacia el interior de la habitación, con la caja en los brazos.
—Adivina —le dijo a Matthew, llena de entusiasmo—. Rósa vuelve a estar en
la lista. En lo más alto de la lista, por si fuera poco.
Matthew la miró tranquilo, en contraste con la excitación de ella.
—¿Y cómo es eso? —preguntó.
—El asesino de Birna no fue un hombre sino una mujer. La violación fue
simulada, para confundir a la policía. —Þóra puso la caja en el suelo—. ¿Quién
podía hacer algo así? —se respondió a sí misma—. Una mujer, naturalmente.
Una mujer que no tenía ni idea de los efectos del Aloe Vera Action.
Matthew se quedó mirando fijamente a Þóra.
—Creo que eso necesita una explicación más detallada —repuso con
tranquilidad, bebiendo otro trago de cerveza.
Þóra cogió la carpeta de las diligencias policiales, buscó una hoja y se la
mostró a Matthew. Le señaló la fotografía fotocopiada de un consolador en una
bandeja de metal.
—Esto lo encontraron en la play a, junto a muchísimas otras cosas, pero no
está nada claro que la policía se diera cuenta de lo que tenían entre manos. —
Þóra miró la caja en la que habían puesto las cosas del sótano—. Es del mismo
tipo que el de esta caja, por si acaso estás pensando que soy una experta en
artilugios sexuales.
Matthew miró la caja con una sonrisita.
—Comprendo —dijo, volviendo los ojos hacia Þóra—. Pero no acabo de
captar la relación.
—Según la descripción de la caja, este aparatito suelta un gel de áloe vera —
explicó, poniéndose un poco colorada—. No me preguntes por qué. —Volvió a
señalar la foto—. Puede ser que encontraran semen de dos hombres en la vagina
de Birna, pero no procedían de ninguna violación.
—¿Y cómo lo sabes? —preguntó Matthew—. Aunque dos hombres hay an
reconocido haber mantenido relaciones sexuales con ella, eso no quiere decir que
fuera necesariamente con su consentimiento.
—Creo que el asesino intentó hacer creer que la habían violado —señaló Þóra
—. Y para ello utilizó este aparato. Es la única explicación racional para la
presencia de áloe vera. Una mujer que ha tenido sexo con dos hombres en un
periodo de tiempo bastante corto, no se va a ir a la play a con un aparato de éstos.
—Señaló una vez más la foto—. ¿Y por qué iba a querer alguien que pareciese
que había habido una violación? —preguntó, y al momento se respondió ella
misma—: Para despistar a la policía. Sólo puede significar que el asesino era una
mujer. Las mujeres no violan a otras mujeres.
—No —dijo Matthew—, eso es cierto. Pero, por otro lado, hay muchas más
mujeres que habrían podido asesinarla. No tuvo que ser necesariamente Rósa.
—Desde luego —dijo Þóra—. Pero tiene que haber sido una mujer con un
buen motivo para hacerlo. Y Rósa lo tenía, hasta ahí no hay duda.
—Así es —asintió Matthew, pero no dijo nada más. Miró extrañado a
Stefanía, que entraba en la habitación. Les sonreía, y en la mano seguía llevando
la caja, que entregó a Matthew. Con tanta emoción, Þóra se había olvidado por
completo de la sexóloga.
—Toma, esto es para ti. Te lo puedes quedar. Créeme, ha ay udado a mucha
gente en tu situación —le dijo a Matthew en un inglés de pronunciación
defectuosa, se despidió y se fue.
Matthew se quedó pegado a la silla. En una mano sostenía el vaso de cerveza,
y en la otra la caja con el accesorio sexual, al que miraba fijamente. En un
primer momento, el asombro le impidió decir nada, pero cuando la puerta se
cerró detrás de Stefanía, miró a Þóra.
—No le habrás dicho a esa mujer que y o estaba pensando en salir del
armario, ¿verdad?
—No, ¿estás loco? —dijo Þóra con total y absoluta sinceridad—. Jamás haría
algo así. Venga, vamos a ver a Þórólfur. A lo mejor no se ha enterado aún de todo
esto.
—A menos que esta mujer tan peculiar esté dedicada de lleno a la difusión de
este mágico aparato —dijo Matthew, dejando la caja y poniéndose en pie.
***
En la puerta principal, Vigdís les dijo que Þórólfur y otro policía habían ido
con Pröstur a buscar el kay ak para organizar su traslado. Þóra suponía que lo
enviarían a investigación con la esperanza de que Þröstur no hubiera conseguido
eliminar todas las pruebas. Aunque, por desgracia, y a juzgar por lo que había
contado el deportista, era prácticamente imposible que quedara algo. Mientras
estaban con Vigdís pensando si esperar o ir a buscar a algún otro policía, Þóra vio
al corredor de bolsa acercarse cojeando hacia la recepción. Llevaba a rastras
una maleta, con grandes dificultades.
—Voy a echarle una mano —le dijo a Matthew, dirigiéndose a Teitur—.
Deja, y o me encargo —le gritó al acercarse, y fue recompensada con una
sonrisa cuando él la vio llegar.
—Muchas gracias —dijo encantado, dejando que Þóra agarrara su maleta—.
Sigo hecho un asco, pero tengo que llegar a mi casa.
—¿Viene a buscarte alguien? —preguntó Þóra. No podía imaginar que
pudiera conducir, en el estado en que se encontraba.
—Sí, mi hermano —contestó Teitur, jadeante—. Más tarde mandaré a
alguien a buscar mi coche. ¿No necesitas un coche para ir a la capital?
Þóra rió.
—No, en realidad no —respondió, pensando en el todoterreno, que no sabía
cómo llevar a Reikiavik. Desde luego, no pensaba dejar que Gy lfi volviera
conducirlo.
Teitur se dejó caer con una queja.
—Maldito jamelgo —dijo—. Dudo que vuelva a montar jamás en un caballo.
—Tienes suerte de no haber salido peor parado —replicó Þóra—. No
entiendo cómo los del alquiler de caballos te pudieron dar uno que no fuera
totalmente seguro. ¿Dónde lo alquilaste, por cierto?
—Ah, en una granja cerca de aquí, se llama Tunga, si no recuerdo mal. Pero
en realidad no fue culpa de ellos —dijo Teitur—. La mujer se quedó
consternadísima. No fue una buena forma de empezar una actividad nueva.
—¿Tunga? —dijo Þóra. Era la granja de Bergur y Rósa, que ella estaba y a
bastante segura de que tenían bastante que ocultar—. ¿Alquilaste el caballo allí?
¿No sería un macho un tanto indómito?
Teitur rió.
—No, no estoy tan loco. Era un caballo normal. Sencillamente, tuve una
suerte pésima. Es decir, ¿qué probabilidades hay de que te encuentres con un
zorro muerto? El caballo seguía nerviosísimo mucho después de que y o me
hubiera caído.
Þóra se quedó inmóvil.
—¿Pasó justo aquí al lado? ¿El cadáver estaba junto al sendero de la vieja
granja? —preguntó. Teitur asintió.
—Así es. Un zorro muerto. No tenía ni idea de que los caballos se pusieran tan
nerviosos al verlos.
—¿Se lo contaste a los dueños del caballo? —Þóra intentaba mantener la
calma.
—Sí —contestó Teitur, sorprendido por la emoción de Þóra—. Tuve que
volver para avisarles de que el caballo había desaparecido.
—Y naturalmente, les explicaste lo que había pasado y dónde fue, ¿no? —
preguntó Þóra—. ¿Les hablaste del zorro y de la reacción del caballo?
—Sí —respondió Teitur—. La mujer parecía desesperada. Porque el caballo
se había escapado, y y o había resultado herido.
—Esa mujer —dijo Þóra—, ¿se llamaba Rósa? —Teitur asintió sonriente—.
¿Había alguien con ella que hubiera podido oír la historia del zorro? —preguntó—.
Como su marido, por ejemplo.
—No —respondió Teitur—. Estaba ella sola. No tengo ni idea de si luego se lo
contó a él, pero me imagino que sí. —Miró a Þóra con curiosidad—. ¿Por qué lo
preguntas?
—No, por nada —dijo Þóra, distraída—. Bueno, espero que llegues a casa sin
más problemas y que te mejores. —Colocó la maleta junto al mostrador de
recepción.
—Seguro —dijo Teitur. Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó su
billetera. Durante un instante, Þóra pensó que iba a darle una propina por su
ay uda, pero tomó una tarjeta—. No dudes en ponerte en contacto conmigo si no
sabes qué hacer con tu dinero —dijo con una sonrisa—. Se me dan bastante bien
las inversiones de mis clientes.
Þóra cogió la tarjeta, la ley ó por cortesía y se la metió en el bolsillo. Tendrían
que pasar muchas cosas en su vida antes de que consiguiera reunir dinero
suficiente para poder invertir.
—Muchas gracias —dijo—. Nunca se sabe.
***
—Hay una cosa que no encaja —señaló Matthew—. No tenemos
conocimiento de que Rósa viniera aquí la noche en que se celebró la reunión
espiritista. ¿Y cómo encajamos lo del teléfono de Jónas y lo del kay ak?
Þóra miró cómo se abría la puerta exterior, con la esperanza de que Þórólfur
apareciera por fin. Pero resultó que no era él, sino que se trataba de una pareja
arrastrando una maleta, nuevos huéspedes camino de la recepción. Þóra se
volvió hacia Matthew.
—A lo mejor Jökull pudo robar el móvil para que ella enviase el mensaje.
—Eso no explica lo del kay ak —insistió Matthew—. Ella tendría que haber
estado aquí para que la vía marítima tuviese algún sentido.
—A lo mejor estuvo aquí —dijo Þóra—. Pero no tiene por qué haber asistido
a la reunión.
Matthew no parecía convencido.
—Tal como y o lo veo, la única razón para usar el kay ak era poder escapar de
la reunión sin ser visto y estar de vuelta en un corto espacio de tiempo para llegar
antes de la pausa, sin que nadie se diera cuenta de que había salido. A lo mejor
existe otra explicación, pero y o no consigo encontrarla.
Þóra se levantó. Se habían instalado en las sillas que había frente a la entrada
para asegurarse de que veían a Þórólfur. Señaló la recepción.
—Voy a hablar con Vigdís.
Se dirigió hacia ella y esperó mientras acababa los trámites con la joven
pareja, que por fin desaparecieron con una llave en la mano y una sonrisa en los
labios.
—Oy e, Vigdís —preguntó Þóra—, ¿conoces de vista a la hermana de Jökull?
Vigdís quitó el papel de la impresora que había en el mostrador delante de ella
y alargó una mano hacia el taladrador.
—¿Violeta, o como se llame? Sí, claro —dijo mientras perforaba la hoja de
papel—. ¿Por qué? ¿Estás buscándola?
—Se llama Rósa —la corrigió Þóra—. No, no estoy buscándola. Sólo quería
preguntarte si recuerdas que viniera a la sesión espiritista del jueves pasado.
—No —dijo Vigdís con pleno convencimiento—. No asistió. —Abrió una
carpeta y metió en ella la hoja de papel. Se detuvo a mitad de la operación y
miró a Þóra—. No asistió. Pero sí estuvo aquí.
—¿Sí? —dijo Þóra, intentando ocultar su agitación.
—Sí, recuerdo que casi me dio pena. Traía un ramo de flores para el hombre
que se lesionó al caerse del caballo. Teitur, el que acaba de dejar el hotel. —Þóra
asintió—. Tuvo que hacer a pie todo el camino desde la carretera con el ramo,
porque estaba cortado, y el ramo llegó y a bastante marchito.
—¿Y eso fue la noche del jueves? —preguntó Þóra.
—Sin ninguna duda —replicó Vigdís—. Recuerdo que no tuve ni tiempo de
hablar con ella, porque estaba liadísima atendiendo un montón de gente, llegaron
todos a la vez. Me limité a recoger las flores y a decirle que haría que se las
entregaran. Me dio las gracias y pidió permiso para entrar un momentito en la
cocina a ver a su hermano.
—¿Viste cuándo se fue? —preguntó Þóra.
—No, creo que no —respondió Vigdís—. A mí también me apetecía ir a la
sesión, así que puse una nota en recepción pidiéndole a la gente que fueran a la
sala si necesitaban algo. No era probable que llegara nadie, a causa de las obras
en la carretera. Y me llevé el inalámbrico por su llamaba alguien.
—¿Sabes si tenía trato con Eiríkur, el lector de auras? —preguntó Þóra.
—En realidad, Eiríkur vino a verme antes de ir a buscar a Jónas para discutir
por el sueldo y las condiciones del contrato. Andaba buscando información sobre
los propietarios de los alrededores. Quería el número de teléfono de los dos
hermanos, Elín y … cómo se llama él…
—Börkur —la interrumpió Þóra—. ¿Para qué les buscaba?
—Eso no lo sé —dijo Vigdís—. Creo que tenía algo que ver con las
apariciones, él estaba completamente enloquecido con ese rollo. Naturalmente,
y o no tenía el teléfono de los hermanos, pero sí el de Bertha, la chica que está
recogiendo las cosas de la vieja granja, y le dije que la llamara y que ella le
daría los números. —Cerró la carpeta y la colocó en su sitio—. Eiríkur intentó
llamarla desde el teléfono de la recepción pero no contestó. Así que le di otro
número que tenía de unos propietarios de por aquí cerca, el único que tenía
aparte del de la chica.
—¿De qué número se trataba? —preguntó Þóra.
—El de Rósa —respondió Vigdís. Tomó una hoja de papel DIN-A4 de la
mesa y se la entregó a Þóra—. Éste es un anuncio del alquiler de caballos, que
Jökull me pidió que pusiera por aquí. Ahí están el nombre de ella y el número de
teléfono. —Vigdís volvió a agarrar el papel—. Saqué el anuncio cuando se lesionó
el corredor de bolsa. No quería que se accidentaran más clientes —Vigdís se dio
cuenta de que aquello había despertado el interés de Þóra—. Se lo conté a la
policía, porque pasó justo antes de que Eiríkur fuera asesinado en la caballeriza.
—¿Sabes si Eiríkur llamó? —preguntó Þóra, inquieta.
—Ni idea —dijo Vigdís—. Escribí los dos números en un papel y se los dí. —
Sacó el cuerpo por el mostrador y señaló con el dedo—. Se fue allí a llamar.
Desde ese teléfono de ahí. Debe de ser la primera y única vez que se ha usado,
está en un sitio totalmente inútil. —Volvió a sentarse—. Le oí hablar mucho rato,
de modo que debió de haber conectado con alguien. —Garabateó algo en un
papelito amarillo y se lo dio a Þóra—. Éstos son los números, por si quieres
preguntarles a Rósa y Bertha.
El teléfono estaba colocado en una mesita, en un rincón, debajo de una
inmensa cabeza de alce disecada que colgaba demasiado baja para su tamaño.
Þóra agarró el auricular, tratando de evitar que se le metiera un asta de alce en el
ojo. Apretó el botón de listado de llamadas. El primer número que apareció en la
pantalla no coincidía con ninguno de los del papel, pero luego apareció el número
del teléfono fijo de Rósa y a continuación el del móvil de Bertha. Þóra se hizo
idea de que el primer número era el más reciente, y que no tendría nada que ver
con Eiríkur. Éste había intentado llamar a Bertha, que no había respondido, y
luego se puso en contacto con Rósa.
Todo había empezado a encajar.
***
Þóra se dejó caer en la silla.
—Ya ves que todo encaja —dijo, satisfecha de sí misma.
—¿No tendríamos que haber pillado y a a Þórólfur? —preguntó Matthew,
mirando su reloj—. Empiezo a pensar que se ha marchado. Ha pasado
demasiado tiempo.
—Supongo que la niebla lo estará reteniendo —conjeturó Þóra, señalando la
puerta exterior. Allí fuera, la visibilidad había empeorado enormemente. Se
volvió hacia la puerta del sótano, que estaba abierta de par en par—. ¿Y ahora?
—dijo Þóra—. ¿Siguen con eso? —Notaron que la actividad de los investigadores
en el sótano aumentaba. El traslado de los huesos parecía haber concluido,
porque los hombres volvían con las manos vacías. Pasaron por delante de Þóra y
Matthew hacia la salida sin mirarles siquiera, y volvieron al momento, ahora con
toda clase de equipos: cámaras fotográficas, aspiradoras, palas y otras cosas.
—Me da la sensación de que han aparecido los huesos de la niña —dijo
Matthew—. Hay más ajetreo que cuando se trataba de los animales.
—Uff —exclamó Þóra con un escalofrío—. Por mucho que lo intento, soy
incapaz de comprender cómo le pudieron hacer eso a una niña pequeña.
Encerrarla en una carbonera y dejarla morir allí, por una herencia.
—Ese Grímur no actuaba de manera normal, por eso es imposible
comprender lo que hizo —repuso Matthew, mirando a un hombre con un gran
reflector a cuestas, que desapareció por la puerta del sótano.
Þórólfur se instaló en la silla delante de ellos. Se movía de manera
increíblemente silenciosa para un hombre tan corpulento.
—Vay a, señores —dijo—. Me han dicho que querían hablar conmigo. —
Señaló hacia la puerta del sótano con el pulgar—. No tengo mucho tiempo.
Requieren mi presencia en el sótano. ¿De qué se trata?
Þóra sacó la carpeta de las diligencias de la investigación.
—Creo que sé quién asesinó a Birna y a Eiríkur —dijo—. Pero necesitaremos
algo más que unos pocos minutos para explicarlo, aunque creo que al final no le
parecerá que hay a sido una pérdida de tiempo.
Þórólfur dejó escapar un gruñido.
—No esté tan segura —dijo, reclinándose sobre el respaldo—. Vamos allá —
prosiguió, y se apresuró a añadir a toda prisa—: Pero nada de detalles. Sólo los
puntos principales, por favor.
Una vez que Þóra terminó su relato sobre Rósa, el zorro, el gel de áloe vera,
las conversaciones telefónicas de Eiríkur y los demás datos, le miró inquieta.
—Seguramente, Rósa es la asesina, y su hermano pudo ser cómplice, si no
algo más. Usted podrá investigarlo hasta el final, y o no.
Þórólfur miró a la abogada, pensativo. La había escuchado con paciencia y
sin preguntar nada.
—En realidad y a he hablado con ella sobre la conversación con Eiríkur —dijo
—. Me contó que le había llamado para preguntar por el alquiler de caballos, y si
estaba en su casa o en algún otro sitio.
Þóra hizo una mueca.
—¿Para qué?
Þórólfur se encogió de hombros.
—No lo sé; todo eso me pareció muy raro. Lo de las flores y el aparatito del
gel resulta muy interesante. —Se puso en pie y bostezó—. Y y o que pensaba que
el día de hoy acabaría pronto. No sé si ir a ver a la pareja. —Miró hacia la puerta
del sótano—. Lo que hay en el sótano ha tardado años en aparecer. No creo que
importe demasiado esperar media hora más.
Þóra no pudo ocultar cuánto se alegraba de oírle. Þórólfur parecía haberse
tomado en serio su teoría, fuese cual fuese su resultado final.
—Muchas gracias, Þórólfur. Ya me informará de cómo se desarrollan los
acontecimientos. —Se levantó.
El policía hizo una señal al agente para que le acompañara. Miró a Þóra.
—Yo no he dicho eso. —Se fue sin despedirse.
***
Þóra acabó de desmenuzar con el tenedor las patatas y el pescado de su hija,
que vigilaba con atención si la mantequilla estaba uniformemente extendida en la
crema. El cocinero no había prestado atención a aquel detalle al distribuir
cuidadosamente la comida en el plato. En el comedor había poca gente, así que
los atendieron de inmediato y la comida llegó rápidamente.
—No sé si podré comerme eso —dijo Sigga, mirando fijamente el montón de
almejas que tenía delante—. Yo creía que había pedido conchas de pasta. —
Gy lfi, que tenía pasta, miró hacia el plato de ella, debatiéndose en una terrible
lucha interior sobre la conveniencia de ofrecerle a la madre de su futuro hijo
cambiar de plato. Al final le propuso compartir su comida, y las almejas
acabaron siendo para Matthew, que no tuvo el más mínimo problema en
considerarlas una ración extra de lo que él había pedido, un gran filete que y a
había comenzado a degustar.
Þóra colocó el plato de patatas y pescado delante de su hija, que empezó a
comer sin más dilación, y luego también ella se concentró en su comida. Se
alegraba de poder comer algo, cansada y a de darle vueltas a todo aquel asunto y
de tratar de encontrar culpables y motivos para serlo. Dio gracias a Dios por
haberse topado con el corredor de bolsa en la puerta del hotel. Les había ay udado
en la búsqueda del asesino mucho más que cualquiera de las otras cosas a las que
se habían dedicado los días anteriores. De pronto, dejó los cubiertos sobre la
mesa.
—¿Cómo volvió a la granja donde le habían alquilado el caballo después de la
caída? —preguntó con cara de tonta.
—¿Quién? —dijo Matthew, dejando en el plato una almeja vacía.
—Teitur, el corredor de bolsa. Estaba lesionado y no podía conducir. No creo
que fuera caminando —dijo Þóra—. Alguien tiene que haberle llevado.
—Sí —afirmó Matthew—. ¿Y qué? —Sigga y Gy lfi les miraban sin
comprender. Sóley, en cambio, estaba enfrascada en comparar el nivel de su
refresco con los vasos de su hermano y su cuñada.
—Si alguien le llevó, o le ay udó de alguna forma a llegar hasta allí, esa
persona también se habrá enterado del efecto que producen los zorros muertos
sobre los caballos, y también sabría dónde encontrar el cadáver del animal. —
Echó mano al teléfono y sacó del bolsillo la tarjeta de Teitur.
—Hola, soy Þóra, la abogada del hotel. Me preguntaba quién te ay udó a ir del
lugar del accidente a la granja.
—Ah, sí, hola —respondió Teitur—. Y y o que esperaba que hubieras decidido
invertir. Es el mejor momento.
—Pues no, parece que no… de momento sólo quiero saber eso del accidente.
—Vale —contestó Teitur, obviamente decepcionado—. Fue esa chica. Creía
que te lo había contado, cuando me preguntaste la primera vez por el accidente.
Ella me salvó, consiguió sacarme antes de que el caballo me hiciera más daño.
El animal estaba completamente desbocado.
—¿A qué chica te refieres? —preguntó Þóra con calma—. ¿Sabes su nombre?
—Sí —respondió él—. Pero no me acuerdo. Estaba allí cerca, metiendo unas
cajas en la vieja casa que había al final del sendero. Muchas veces he pensado
en lo que podría haber pasado si el cadáver del zorro hubiera estado algo más
lejos, y ella no me hubiera visto. Fue muy amable al llevarme a la granja donde
había alquilado el caballo y luego de vuelta al hotel.
—¿Se llamaba Bertha? —preguntó Þóra, con la voz aún tranquila, aunque
dentro de ella se agitaba toda una tormenta.
—¡Sí! —exclamó Teitur con alegría—. Eso es. Se llamaba Bertha.
Capítulo 34

R-E-R. B-E-R. Bertha. Þóra dejó el teléfono sobre la mesa y se quedó


mirando al infinito. Matthew, Gy lfi y Sigga esperaban en silencio, con los
cubiertos en el aire, a que reaccionara.
—No fue Rósa —dijo Þóra de repente—. Bertha sabía lo del zorro.
—Recuerda que, aunque lo supiera, eso no la convierte en culpable —repuso
Matthew. Gy lfi y Sigga miraban en suspenso, aunque no entendían ni una palabra
de lo que hablaban.
—No es sólo eso —dijo Þóra—. En primer lugar, es la que más tenía que
perder, aparte de su madre, Elín, y de su tío Börkur. Estuvo en la sesión espiritista
y tiene miedo a los fantasmas, de modo que, seguramente, cree que clavar
agujas en la planta de los pies de sus víctimas impediría que volviesen como
espectros.
—¿Pero no estás olvidando que Bertha no estaba aquí cuando mataron a
Eiríkur? —preguntó Matthew—. Se había ido a Reikiavik. Lo demuestra la lista de
los túneles. ¿O quizá crees que se trata de dos asesinos diferentes?
—No, en absoluto —contestó Þóra—. Si se piensa más detenidamente el
asunto, probablemente ella nunca fue a Reikiavik.
Matthew arqueó las cejas.
—¿Crees que le prestó su coche a alguien?
—No, creo que cambió de coche con Steini —dijo Þóra—. Es demasiada
casualidad que pasaran los dos por los túneles cada uno en una dirección. Steini
no fue a comprobar que ella se hubiera ido, como pensamos nosotros, sino que
fue a su encuentro, la esperó, cambiaron de coche en un extremo de los túneles y
ella vino aquí para matar a Eiríkur. Cuando Pröstur, el piragüista, vio a Steini, éste
estaba esperando a que ella diese la vuelta, ¿no sería Bertha la que iba en el
vehículo que Pröstur dijo que llegó justo cuando él estaba a punto de marcharse?
Eso le proporcionaba a ella una buena coartada.
—¿Y él? —preguntó Matthew—. Se mete hasta el cuello en su lugar.
Þóra sacudió la cabeza.
—¿Quién iba a creer que él podía haber metido a Eiríkur en la cuadra del
semental? Ya le viste antes. No hay ni la más remota posibilidad. Ella, en cambio,
está fuerte como un toro, de tanto empujar la silla de ruedas de acá para allá. —
Þóra se agarró la frente con las manos—. ¿Recuerdas la foto de su tía Guðný, la
que estaba enmarcada y que tenía y o en mi mesita de noche? —Matthew asintió
—. Fijándose bien, ella y Bertha se parecen un poco. Sobre todo si uno se
imagina a Guðný con el pelo diferente.
Matthew sonrió.
—La verdad es que no recuerdo el rostro, y mucho menos el peinado. ¿Eso
importa?
—Ésa fue la foto que disgustó tanto a Jónas —explicó Pora—. Dijo que había
visto un fantasma que era exactamente igual a la mujer de esa imagen. La
última vez que vio el fantasma, Jónas estaba en su apartamento. —Cerró los ojos
y trajo a su memoria la foto con el hermoso rostro de Guðný—. Apuesto a que se
trataba de Bertha, que aprovechó la ocasión para robar los somníferos. No sé a
qué vendría, a lo mejor intentaba encontrar algo que le revelara lo que
proy ectaba hacer Jónas en el edificio nuevo. Él se la encontró inesperadamente,
pero supongo que estaría un poco ido y no sabría si aquello se trataba de algo de
este mundo o del otro, si estaba viendo a una persona vivita y coleando o a un
espectro. Tal vez quisiera utilizar los somníferos con Birna, pero no se atrevió a
cogerlos cuando Jónas se dio cuenta de su presencia. Y más tarde, cuando llegó
el momento de matar a Eiríkur, se acordó de ellos, y entonces le resultaría más
fácil robárselos, o no le quedó más remedio, pues aquellas pastillas eran los
únicos tranquilizantes a los que tenía acceso. Y supongo que también sería ella el
fantasma que se veía detrás del hotel, en medio de la niebla. Y algo me dice que
debió de andar por allí atrás con la pala en busca de la trampilla. A lo mejor
esperaba poder sacar los huesos de Kristín antes de que los encontraran.
—¿Y qué piensas hacer con eso? —preguntó Matthew—. Tengo la sensación
de que todas esas cabalas no lo resuelven todo. Por ejemplo, ¿por qué iba a matar
a Eiríkur?
Þóra resopló.
—No lo sé, de verdad. A lo mejor era su cómplice, o la vio. Quizá no fuera
ella la única que sabía lo que había pasado.
—¿No deberíamos dejar esa pregunta a la policía? —preguntó Matthew—.
Þórólfur parecía bien encauzado y a con los huesos y no creo que le vay a a
sentar demasiado bien que ahora pretendas hacerle cambiar de dirección otra
vez. En estos momentos, estará hablando con Rósa, a la que acusaste hace un
ratito nada más.
Þóra suspiró y se puso en pie.
—Tengo que ir a informarle. Cuanto antes me enfrente a él, mejor.
—Cat —dijo la única persona que no estaba dándole vueltas a las cosas. Sóley
sonrió a Matthew y luego miró a su madre—. Dile que sé inglés —explicó
encantada consigo misma.
—Estupendo, cariño —replicó Þóra, acariciándole suavemente la cabeza—.
Vas a poder practicar un poco más, porque tengo que salir un momentito.
Matthew se quedará con vosotros.
—Dog —oy ó que decía Sóley de lo más orgullosa, mientras Þóra salía del
restaurante en dirección a su coche.
***
Lára se acomodó lo mejor posible sobre la dura silla, procurando no arrugar
el abrigo que tenía doblado en el regazo. Las flores que había traído no parecían
haber revivido al meterlas en agua, y presentaban un aspecto bastante marchito
en el jarrón metálico de la mesita de noche. Saludó a la anciana Málfríður
Grímsdóttir. Carraspeó y tomó en la suy a la reseca mano de la anciana.
—No he podido pensar en otra cosa últimamente. Los recuerdos me han
estado acosando desde que mi nieta Sóldís empezó a trabajar en el hotel que han
hecho allí, en tus tierras. Tú sabes la verdad y esperaba que quisieras contármelo
todo ahora. Antes de que sea demasiado tarde. —Miró el infeliz rostro de la
mujer de la cama, y no pudo evitar pensar, extrañada, en la forma tan distinta en
que la edad trataba a las personas. Málfríður era bastante más joven que ella,
pero allí estaba, condenada a la cama y apenas parecía capaz de mantener
levantada la cabeza, mientras que Lára estaba sentada con la espalda
perfectamente recta. Confiaba en que, cuando llegara el momento, las cosas
fueran deprisa. No le apetecía lo más mínimo que su vida terminase como la de
aquella mujer.
Una lágrima apareció en un ojo de la anciana. Como estaba tumbada, no
pudo correr por la flácida mejilla, sino que se quedó allí, formando un charquito.
—Espero que Dios me perdone —dijo, cerrando los párpados. Al hacerlo, la
lágrima cay ó sobre la almohada—. Yo era muy joven. No me atrevía a disgustar
a papá, y luego enfermó y tuve otras cosas en que pensar.
—No te estoy acusando a ti de ninguna de las maneras, mi querida Málfríður
—dijo Lára con cariño, apretándole la mano—. Comprendo perfectamente que
no pudieras contármelo en su momento, pero ahora y a nos queda poco tiempo a
las dos y no puedo dejar este mundo sin saber qué fue de la niña. Se lo debo a
Guðný.
Las lágrimas brotaron ahora en abundancia de los ojos de Málfríður, que
seguían cerrados.
—Está muerta —afirmó con la voz rota—. Papá lo hizo. —Soltó un hipo y
Lára esperó impaciente a que se recuperara—. La encerró en la carbonera, y
murió allí durante la noche. Yo había ido a Kirkjustétt a buscar una muñeca suy a
a la que echaba mucho de menos, y lo vi por la ventana. Dios mío —dijo
Málfríður, que calló al recordarlo. Tomó aire y prosiguió—: Después de quemar
el establo, donde no quedó nada con vida, recogió los restos de los animales y los
echó a la carbonera, y esa primavera dejó que creciera la hierba sobre la
trampilla. Cerró a conciencia la puerta que llevaba de la carbonera al túnel y
luego tapió la del otro lado, el que daba al sótano, para que nadie pudiera saber
que allí existía otra puerta.
—¿Por qué? —preguntó Lára al borde del llanto.
—Los animales murieron porque Guðný no pudo ocuparse de ellos después
de la muerte de su padre, cuando ella estaba y a enferma de muerte. Cuando
papá se la llevó, al final, y a no se podía salvar a los animales. El olor era
espantoso. Prendió fuego al establo y tapió la puerta para que la gente no se
enterase de lo mal que quería, realmente, a su hermano Bjarni y a su sobrina.
Naturalmente, habría tenido que encargarse él de los animales en lugar de
Guðný, cuando ella y a no podía levantarse. —La anciana volvió a apretar los
ojos—. Ni siquiera se tomó tiempo para comprobar si todos los animales estaban
muertos. Había por lo menos una vaca que no lo estaba. La vi por la ventana,
enloquecida de terror. Aquella visión se me sigue apareciendo todavía cuando
cierro los ojos.
—No estoy hablando del establo —dijo Lára—. ¿Por qué le hizo eso a la hija
de Guðný? Estoy intentando comprenderlo. —Notó cómo las lágrimas habían
empezado a descender por sus propias mejillas.
—Kristín —dijo Málfríður, abriendo los ojos y clavándolos en el techo blanco
—. Papá la odiaba. Al principio, y o no lo comprendía. Era tan alegre y tan
buena, de lo más calladita, preciosa. Era algunos años menor que y o, y los pocos
días que estuvo en nuestra casa no hizo más que atender a su madre. Papá no
quería entrar en su cuarto, porque tenía miedo a contagiarse, pero la niña se
pasaba todo el rato con ella, le daba de comer y procuraba que se sintiera lo
mejor posible. Hasta que una noche su madre murió. Kristín era especial, pero
papá no lo veía. Yo me sentía tan feliz de tenerla a ella en casa, y en mi
ingenuidad pensaba que seguiría viviendo con nosotros después de la muerte de
su madre. No fue así. —Málfríður hizo una breve pausa—. En vez de dejarla
vivir con nosotros, papá decidió quitarle la vida y borrar todas sus huellas, como
si nunca hubiera existido. Cuando nació Kristín, él esperaba que la contagiara su
abuelo y que muriera de tisis antes de poderse casar. Por eso nunca escribió el
certificado de nacimiento, pues un niño ilegítimo le pareció una afrenta horrorosa
a la familia. Más adelante, aquello le vino muy bien.
—¿Pero por qué enloqueció de esa forma? —preguntó Lára—. Yo me habría
quedado encantada con la hija de Guðný, y la habría querido como si fuese mi
propia hija. Él no habría tenido que encargarse de ella.
Málfríður volvió la cabeza hacia Lára.
—Estaba loco de furia de haberse tenido que quedar de pronto con ella. Papá
lo había perdido todo. Su hermano Bjarni le había ay udado comprando nuestra
granja y avalando todos sus préstamos, pero en lugar de agradecerle su
generosidad, aquello sembró una cizaña que al final acabó con papá. Se quitó la
vida, enfermo de odio y de vergüenza contra sí mismo por todo lo que había
hecho por dinero. Antes de suicidarse, me lo contó todo. Creo que buscaba la paz
de su alma, pero y o no pude proporcionársela. Su frialdad me produjo un
auténtico shock, y aunque y o lo había visto casi todo en el momento en que
sucedió, para mí fue demasiado que él mismo me lo confirmara. —Málfríður se
quedó de nuevo con la vista fija en el techo—. Elegí la inscripción de su lápida de
acorde a su vida. Un corazón sanguinario. —Volvió a callar, y tosió débilmente
—. Eso ha marcado toda mi existencia. Yo la traicioné, y he vivido con el miedo
constante de que se volviera contra mí. Y a su manera, lo ha hecho. Hasta hoy,
sólo se aparecía en mi mala conciencia, pero ahora me ha visitado en sueños.
—La haré exhumar —dijo Lára, que no quería prolongar aquella
conversación. Ya tenía suficiente—, para enterrarla al lado de su madre. Es lo
menos que puedo hacer.
Málfríður se incorporó por primera vez desde la entrada de Lára.
—No necesitas hacerlo. Ya me he encargado de ello.
Lára la miró sin comprender.
—Aún no han encontrado a la niña.
—Ha pasado algo —dijo la anciana—. Se lo conté todo a mi nieta Bertha, la
hija de Elín, y ella dijo que lo solucionaría. Prometió encargarse ella. —
Málfríður sonrió débilmente a Lára—. Resulta extraño que no les hay a podido
contar nada de esto a mis hijos, pero de pronto llegó Bertha, y esa chica tiene
algo que me recuerda a Guðný y a la niña. Bertha es un alma buena. Ella hará lo
necesario.
Lára miró a Málfríður y se puso en pie. La furia coloreaba de rojo sus
mejillas.
—No me extrañaría nada que se pareciese más a tu padre que a su madre y
a su abuela.
***
—Esperemos que el arrepentimiento de Málfríður Grímsdóttir sea duradero.
No veo nada claro que decida mantener su versión cuando se halle ante el hecho
consumado de lo que le espera a su propia nieta —dijo Þóra, y colgó.
Ya no hacían falta más pruebas. La llamada telefónica de Lára le había
quitado todo asomo de duda sobre la culpabilidad de Bertha. Þóra detuvo el coche
en el arcén cuando sonó la llamada de la anciana, y ahora se había puesto en
marcha de nuevo, a velocidad de tortuga a causa de la espesa niebla, en
dirección a Tunga. Al girar en una curva, la niebla pareció levantarse un
momento y entonces aparecieron toda clase de visiones irreales en el malpaís
musgoso que caracterizaba aquella comarca. Un escalofrío inesperado la
recorrió de arriba abajo cuando la niebla volvio a hacerse más densa y se tragó
aquellas extrañas formaciones rocosas. Þóra esperaba no hacer el camino
inútilmente, no era mucha distancia pero a causa de la pésima visibilidad, iba
muy despacio y no le resultaba nada fácil orientarse y saber dónde estaba
exactamente. De pronto, crey ó ver un hombre con un brazo extendido en medio
de la carretera, pero se trataba del poste que señalaba la granja de Tunga. Torció
por el desvío y aumentó la velocidad. Tras un breve recorrido, vio que estaba
frente a la granja. En la explanada de delante estaba el coche de Þórólfur, y se
detuvo a su lado. No había nadie en el vehículo. Bajó y se dirigió a la puerta
principal, pero no había dado más que unos pasos cuando se detuvo. De la niebla
surgía un débil llanto infantil. Þóra se volvió e intentó identificar el lugar de origen
del sonido, pero sin éxito. El sollozo se detuvo tan repentinamente como había
empezado, y Þóra se frotó el brazo para quitarse la carne de gallina. ¿Qué
demonios era aquello? ¿Podía ser que una mujer con un bebé anduviera
paseando por allí, en medio de toda aquella niebla? Entornó los ojos con la
esperanza de ver mejor. Sólo consiguió llevarse un nuevo sobresalto cuando
crey ó percibir movimiento en el lugar donde creía que tenía que estar la
caballeriza. La curiosidad la hizo avanzar, pero a mitad de camino tuvo la
precaución de pisar con mucho cuidado para que no se oy eran sus pasos en la
grava.
Había llegado junto a la caballeriza, cuando el llanto empezó de nuevo. Þóra
miró a su espalda y no vio nada. Se llevó un susto tremendo al escuchar ante ella
un violento estrépito. La puerta de la cuadra no estaba cerrada y había chocado
contra la pared. Alguien se la había dejado abierta. Se pegó al muro todo lo que
pudo con la esperanza de que no la vieran entre la niebla. En el hueco de la
puerta, delante de ella, apareció la silueta de una persona. Lo vio salir y cerrar la
puerta. Þóra no tardó en darse cuenta de que no podía seguir oculta.
—Hola, Bertha —saludó—. ¿Qué haces tú aquí?
La muchacha se sobresaltó. Se dio la vuelta y se quedó mirando fijamente a
Þóra, con el miedo dibujado en su rostro.
—¿Yo? —dijo—. Nada.
—Te he visto salir de la cuadra —dijo Þóra—. ¿Conoces a los dueños de la
granja?
El llanto infantil comenzó de nuevo, y Bertha dirigió toda su atención a la
niebla.
—Oí ese gimoteo y quería saber qué era —dijo, moviéndose nerviosa en el
sitio.
—¿Dentro de la cuadra? —preguntó Þóra—. Ese ruido viene de fuera. En eso
no hay confusión posible. —Miró a la muchacha, que había empezado a
morderse el labio inferior—. Óy eme, Bertha, creo que sabes muy bien que y a se
ha acabado todo —continuó con calma—. El cadáver de Kristín ha aparecido y
no tiene sentido intentar evitar lo inevitable. ¿No prefieres acompañarme a hablar
con Þórólfur, de la policía? Está aquí, en la granja. —Þóra señaló el lugar donde
recordaba que estaba la vivienda. Ahora, en medio de la niebla, no podía ver
prácticamente nada.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Bertha. El gesto de indiferencia no servía
de mucho, porque la voz le temblaba—. ¿Qué es eso? —preguntó luego, al oír el
llanto crecer poco a poco.
—¿No será un expósito? —dijo Þóra con tranquilidad—. O Kristín, la hija de
tu tía abuela. Tengo entendido que ha estado visitando a tu abuela. —Þóra
esperaba que Bertha no pusiera en duda la poco clara descripción que había
hecho Lára del sueño de Málfríður, en el que se le había aparecido Kristín—.
Ven. Será mejor que entremos, en vez de quedarnos aquí esperando a que el
fantasma dé tres vueltas alrededor de nosotras. No tengo del todo claro que y a se
hay a marchado.
Bertha miró a Þóra, casi como si estuviera totalmente borracha. Estaba pálida
como un cadáver, y tenía los ojos enrojecidos.
—¿Cómo encontraron a Kristín? —preguntó con la voz espesa.
—Eso no importa —replicó Þóra—. Tenía que aparecer. Afortunadamente,
todo ha terminado. Ahora hay que afrontar lo que venga.
—Mamá y y o lo perderíamos todo —soltó Bertha de pronto, y Þóra no sabía
bien si hablaba con ella, o consigo misma—. Steini también. La casa en la que
vive es propiedad nuestra. Sus padres vendieron las tierras y se marcharon a
Reikiavik. Él tendría que irse a vivir con ellos. —Miró hacia la niebla y respiró
hondo. Þóra vio que unas diminutas perlas de sudor se habían formado en su
frente y alrededor de sus ojos. El llanto disminuy ó y cesó por completo. Aquello
pareció calmar un poco a Bertha.
—Hay cosas mucho peores que perder las propiedades —declaró Þóra, que
no pudo contenerse y añadió—: Por ejemplo, perder la vida.
Bertha la miró entonces por primera vez.
—Ni Eiríkur ni Birna merecían vivir. No eran buenas personas. Ella le pidió un
montón de dinero al viejo, y Eiríkur intentó chantajearme a mí. Me llamó y dijo
que me había visto salir de la sesión espiritista. Iba a decírselo a mi madre y a
exigirle que le pagara por su silencio. Pensaba que éramos millonarias, por todas
las tierras que tenemos en la región. Le dije que viniera a verme aquí, a las
caballerizas, y luego… y a lo sabes.
—Sí, por desgracia —afirmó Þóra. No entendía cómo aquella chica podía
tener un comportamiento tan normal y tan natural, cuando era evidente que
había perdido todo contacto con la realidad—. Leí la autopsia de Birna, y allí
decía que la golpearon repetidamente con una piedra en la cara. ¿Esperabas que
así no pudieran identificarla? —preguntó.
—No —contestó Bertha sin vacilar—. Mi intención era darle un golpe en la
nuca, pero se giró justo en ese momento y la piedra le dio en la cara. Supongo
que me oy ó cuando me acerqué. Pensaba hacer creer que se había golpeado la
cabeza contra una roca en la play a mientras la estaban violando, pero aquello me
arruinó el plan. Todo tenía que salir perfecto, elegí el día, aprovechando la sesión,
y procuré que la gente me viese allí. Me senté en la última fila y salí sin que
nadie se diera cuenta cuando el médium había atraído toda la atención sobre él, y
usé el kay ak para hacerlo todo en el menor tiempo posible. Sóldís me había
hablado de la embarcación, y también de que su dueño se iría dentro de poco.
Por eso tuve que darme prisa. —Bertha apretó los dientes—. Sóldís habla mucho.
La oí hablar de las pastillas de Jónas, y que de vez en cuando se dejaba el móvil
por allí. También me dijo lo que vendía la sexóloga y otras cosas que me vinieron
muy bien. —Bertha suspiró y sus ojos se humedecieron—. Todo tenía que salir a
la perfección, pero acabó y éndose a la mierda. Birna no murió
instantáneamente, y tuve que golpearla una y otra vez. —Bertha bajó la vista al
suelo—. Cuando vinieron las gaviotas creí que iba a vomitar.
El estómago de Þóra también dio un vuelco, pero se contuvo y siguió
preguntando. Era evidente que no volvería a presentársele una oportunidad
semejante.
—¿Por qué les clavaste alfileres en las plantas de los pies?
—Quería evitar que regresaran como fantasmas. Volviendo no le hacen
ningún favor a nadie, ni a los muertos ni a los vivos —explicó Bertha, que parecía
incapaz de mantenerse en pie.
—¿Estás bien? —preguntó Þóra, preocupada—. ¿Qué estabas haciendo
realmente ahí dentro? —Lo único que se le ocurría era que había tomado o
bebido algo que le había causado aquel efecto. Se dio cuenta entonces de que el
motivo debía de ser que su vida se estaba desmoronando.
—Vine a dejar las pastillas aquí —respondió Bertha con una voz sorda—.
Esperaba que eso hiciera recaer las sospechas sobre Bergur y Rósa, si acababan
soltando a Jónas. Empecé a preocuparme cuando la policía descubrió que el
mensaje de móvil lo había enviado otra persona. —Suspiró y miró a Þóra a los
ojos—. Fui y o la que utilizó el teléfono. Llegue a esa conclusión después de
pensar en la mejor manera de hacerlo. Así resultaría todo más fácil. Había que
detener a Birna. No me escuchó cuando le dije que este lugar no era bueno para
construir el edificio. Si me hubiera hecho caso, no habría habido ningún
problema. —Bertha vaciló—. Pero y o lo hice para salvar a Steini —añadió, y
Þóra no supo con seguridad si estaba intentando justificarse ante ella o si quería
calmar su propia conciencia—. Era lo mínimo que podía hacer. Lo que le pasó
fue culpa mía, porque y o le llamé por teléfono y le pedí que fuera a recogerme
la tarde del accidente. No puede vivir en Reikiavik. Ahora se siente aún peor,
porque cree que él es el causante de que y o hay a hecho todo esto, y siempre está
pidiéndome que le perdone. Pero y o decidí por mi cuenta arreglar este asunto,
así que no hay nada que perdonar. Lo hice por él. —Se derrumbó.
—Vamos, vamos —dijo Þóra con calma, apresurándose a ay udar a la chica
a ponerse de nuevo en pie—. Vamos.
Se pusieron en camino hacia la granja. Þóra sosteniendo a Bertha por el brazo
para evitar que volviera a caerse. El llanto empezó de nuevo pero desapareció
poco después. La abogada estaba perdiendo y a la calma cuando llegaron a las
escaleras. La muchacha temblaba como un flan. Þóra miró hacia atrás en el
momento en que tocaba el timbre, con la esperanza de que no tardasen en abrir.
Por fin, Rósa apareció en el umbral. No dijo nada, se quedó mirando fijamente
algo detrás de ellas. Þóra se volvió, casi segura de ver un expósito arrastrándose
escaleras arriba sobre uno de sus bracitos.
—¡Gulli! —exclamó Rósa—. Estás aquí, gatito malo. ¿Dónde te habías
metido? —El llanto cesó en el momento en que ella pronunció su nombre—. ¡Mi
gatito! —dijo luego en un cariñoso falsete—. Ven aquí, bicho malo. —El gato
macho de color amarillento maulló contento mientras subía por las escaleras
como un buen chico.
DOMINGO 18 de junio de 2006
Capítulo 35

El refresco del minibar era caro, pero para Þóra valía cada corona de su
precio. Dejó la lata y se envolvió mejor en el grueso albornoz blanco. Se acercó
a la ventana de su habitación del hotel, descorrió las cortinas y miró hacia la
plaza de Austurvöllur. Había poca gente en la calle, y las pocas personas que
deambulaban por allí parecían en su may or parte rezagadas de la noche anterior.
Þóra sonrió para sí. Soltó la cortina y volvió a la cama, donde Matthew dormía.
No podía creer que ahora que había encontrado a alguien que no era divorciado
ni borracho, ni un sabihondo ni un hincha de los deportes, se tratara de un
extranjero que seguramente nunca se iría a vivir a Islandia.
Pero a lo mejor aquél era precisamente el motivo de que le gustara tanto
aquel hombre.
Se oy ó la amortiguada llamada de su móvil, en algún lugar de la habitación.
Tuvo que prestar mucha atención para saber de dónde llegaba el sonido.
Finalmente encontró el teléfono en su bolso, que estaba colgado del respaldo de
una silla, junto a los pies de la cama. Se apresuró a responder.
—Diga —respondió en voz baja mientras se dirigía hacia el cuarto de baño,
donde se encerró para no despertar a Matthew.
—Mamá —gritó Gy lfi—. Sigga se está muriendo.
Þóra cerró los ojos y se puso la mano sobre la frente. Había dejado a Gy lfi y
Sigga solos en casa con Sóley para que Matthew consiguiera pasar
tranquilamente su última noche en el país. Su hijo y su novia habían sido capaces
de encargar un bebé, de modo que bien podrían cuidar de una niña de seis años
por una sola noche. Además, Sigga no parecía en absoluto a punto de ponerse de
parto.
—Mira, Gy lfi —dijo Þóra—. No se está muriendo. Simplemente va a tener el
niño. —Los gemidos de Sigga llegaban a través del teléfono—. ¿Lo está pasando
muy mal?
—Se está muriendo, mamá —replicó Gy lfi—. De verdad. Escucha. —Los
gritos aumentaron, pero de pronto cesaron—. Viene y va —añadió.
—Ha empezado el parto, cariño —dijo Þóra con calma, aunque por dentro
estaba de todo menos tranquila—. Voy para allá. Vístete y viste a tu hermana, y
si Sigga puede vestirse, mejor, y si no, que vay a como esté. —Þóra abrió la
puerta del baño y entró en la habitación—. ¿Ha llamado Sigga a su madre? ¿Está
y a de camino? —preguntó mientras recogía sus ropas.
—No —respondió Gy lfi—. Sigga quiere que llame y o, pero ni hablar. Esa tía
es un rollo.
Þóra no podía contradecir a su hijo, pero le animó a llamar, pese a todo;
seguramente los padres de Sigga querrían estar al lado de su hija. Añadió que si
se empeñaba en no avisarles, aquello sería la guinda de la tarta en las difíciles
relaciones de Gy lfi con sus suegros.
—Estaré allí en un momento —afirmó Þóra—. Estad preparados. Si ellos
quieren recoger a Sigga, que lo hagan. Tú verás si prefieres ir con ellos o
conmigo, pero Sóley viene conmigo.
Corrió y se puso la falda. Nunca se acostumbraría a aquella forma de vestir.
Se había puesto falda y zapatos de tacón, porque quería que la última noche de
Matthew fuera un poco especial. Miró sus medias que colgaban del televisor. Hizo
una mueca, pero decidió ponérselas en vez de ir con las blancuzcas piernas al
aire.
—Matthew —susurró, dándole un golpecito—. Tengo que marcharme a toda
prisa. Sigga se ha puesto de parto.
El alemán, que estaba tumbado boca abajo, levantó la cara de la almohada y
la miró somnoliento.
—¿Qué?
—Tengo que ir al hospital —repitió Þóra—. A juzgar por los alaridos de Sigga,
no creo que tarde mucho. Ya te llamaré para tenerte al tanto.
Þóra condujo más rápido de lo que tenía por costumbre. Sonrió al entrar en el
acceso de su casa, recordando la ignorancia con que Gy lfi y Sigga hablaban del
parto. Unas veces, Sigga decía que quería parir en una bañera, otras, de pie en
medio de la naturaleza, como la mujer de Tom Cruise. Sus preferencias variaban
según el último artículo que hubiera leído en la red. Todos aquellos partos de
ensueño se producían sin ay uda de anestesia de ninguna clase, aunque Þóra se
temía que cambiaría de opinión por completo en cuanto llegara la hora. Los dos
se habían negado a seguir asistiendo a los cursos de preparación al parto después
de la primera clase. La comadrona se quedó escandalizada cuando Sigga
preguntó si en el paritorio tendrían MTV.
—Ya estoy aquí —gritó Þóra al entrar, pero no se la oy ó por los gritos de
Sigga. Nunca la admitirían en la Iglesia de la Cienciología.
—¡Algo pasa! —gritó Gy lfi cuando vio aparecer a su madre—. Seguro que el
niño está intentando nacer de lado.
—No pasa nada —dijo Þóra—. Las cosas son así, por desgracia. —Se acercó
a Sigga, que estaba sentada en el comedor con la cabeza entre las manos.
—Entonces es que tiene las caderas demasiado estrechas —replicó Gy lfi,
desesperado—. Todo el mundo dice que parir con unas caderas como las suy as
es complicadísimo.
—Las caderas no son como el cuello de una botella a la hora de parir, Gy lfi.
El niño sale más abajo. —Se inclinó sobre Sigga—. Procura respirar con calma,
Sigga —dijo—. Venga, vamos al coche. ¿Ya has roto aguas?
Sigga levantó el rostro para mirar a Þóra sin comprender.
—¿Qué aguas?
—Vamos —apremió Þóra, dando una palmada—. Enseguida os enteraréis de
todo. —Sostuvo a Sigga mientras salían, y Gy lfi se adelantó para abrir la puerta.
Sóley iba detrás, adormilada, sin hacerse una idea muy clara de lo que estaba
pasando—. Sigga, si te ofrecen la epidural, diles que sí. Ahora lo hacen siempre
—dijo Þóra, ay udándola a tumbarse en el asiento posterior del todoterreno.
Había tomado y a la decisión de venderlo junto a la caravana para quitarse las
deudas de encima, pero el todoterreno era más grande que su viejo cacharro, e
irían más cómodos en él. Þóra se puso al volante y arrancó. Cuando había
abandonado el acceso marcha atrás, Sigga soltó tal grito que Þóra frenó
bruscamente. Gy lfi y ella miraron hacia atrás.
Þóra suspiró. Tendría que rebajar el precio del todoterreno, después de la
inundación del asiento trasero.
***
Sóley balanceaba los pies que le colgaban del asiento. No tenía mucho más
que hacer para matar el tiempo en la sala de espera. Þóra estaba extrañada de lo
bien que se estaba portando y de lo calladita que estaba, sobre todo a la vista de
que llevaban casi tres horas esperando en aquella salita. La espera no se llevaba
mejor con la presencia del padre de Sigga, que apenas hablaba, pero que le había
puesto a Þóra una cara bastante elocuente. Por eso, Þóra se alegró al oír el
timbre de su móvil, que rasgó el opresivo silencio. Lo agarró y salió al pasillo.
—Hola, Þóra, soy Lára, de Snæfellsnes. La abuela de Sóldís —anunció la voz
reposada y de bello timbre de la anciana—. Espero no llamar en mal momento.
—No, en absoluto —dijo Þóra—. Me alegro de oírla. Pensaba llamarla,
porque no conseguí localizarla antes de volver a casa. —Habían pasado cinco
días desde que la policía había detenido a Bertha y Steini, y Þóra había tenido que
dedicar toda su atención a resolver los flecos pendientes del caso y concluir las
cosas en los tribunales. Además, Jónas, afortunadamente, había renunciado al
pleito contra los hermanos, una vez que se supo que el fantasma que él creía que
andaba apareciéndose era Bertha—. Naturalmente, y a sabrá que Kristín ha
aparecido.
—Sí, por eso llamaba —dijo Lára—. En realidad, por eso y por otra cosa —
prosiguió—. Estoy organizando su entierro para que repose junto a su madre, y
me gustaría que estuvieras presente en la ceremonia. Tú has tenido una
participación fundamental en el hallazgo de la niña. La pobre no tiene muchos
parientes precisamente, y me gustaría que, además del cura y y o, también
estuvieras tú.
—Para mí será un auténtico honor —contestó Þóra con cariño.
—Estupendo —exclamó Lára—. También quería decirte que aún no está
fijado el día. —Carraspeó cortésmente—. Y está lo otro. El policía que llevaba la
investigación acaba de llamar a mi puerta.
—¿Þórólfur? —preguntó Þóra, extrañada—. ¿Qué quería?
—Me traía una carta, o mejor dicho la fotocopia de una carta —explicó Lára
—. Una carta que ha tardado sesenta años en llegarme. Es de Guðný.
—¿Dónde estaba? —preguntó Þóra con sorpresa—. ¿La encontraron en la
carbonera?
—Estaba en el bolsillo del abrigo de Kristín —dijo Lára. Þóra notó que la
anciana estaba al borde de las lágrimas, pero volvió a hablarle con la voz más
relajada—. Muchas de las cosas que pone en la carta sólo me afectan a mí, pero
hay ciertos detalles que me gustaría compartir contigo.
—Faltaría más —dijo Þóra—. Me imagino que aclararán muchas cosas.
—Cuando Guðný escribió la carta, sabía perfectamente que estaba a punto de
morir, y que aquélla sería su última oportunidad de contar su historia. Me pide
disculpas, al principio, por no haberme contado la verdad en sus cartas anteriores,
no se había atrevido porque temía que y o acudiera a su lado y me contagiara.
Además, y o había comenzado una nueva vida en Reikiavik y no quería
estropeármela con lloriqueos por sus propias desdichas.
—Supongo que se refería a la tuberculosis —dijo Þóra—. ¿O la desgracia era
la niña?
—No —respondió Lára—. Amaba con locura a su hijita, y la llamaba su « luz
en la oscuridad» y otras cosas por el estilo. Dice que era una niña increíblemente
buena y linda, a pesar de haberse criado aislada de todo el mundo, sola con su
madre y su abuelo. No se puede negar que Guðný se avergonzaba de haber
tenido una hija ilegítima, pero aquello no se tradujo en resentimiento alguno
hacia Kristín.
—Los niños tienen una increíble capacidad de adaptación —dijo Þóra,
pensando en su nietecito que y a venía de camino, quizá de costado.
—Es cierto —asintió Lára—. Kristín tuvo la suerte de tener una madre tan
alegre, y no tenía que pensar en nada más. —Lára vaciló un momento y Þóra
supuso que estaría mirando la carta, en busca de algo—. Guðný afirma con total
claridad que el padre de Kristín es Magnús Baldvinsson —prosiguió—. Habían
tenido relaciones íntimas una vez que asistió a una reunión del Partido Nacional
organizada por su padre y se quedó embarazada. Dice que no se había acostado
con ningún otro hombre, ni antes ni después, e incluso bromea diciendo que no
debían de existir muchos más candidatos.
—¿Le comenta en algún sitio si él supo de la existencia de la niña? —preguntó
Þóra. Si fuera así, habría tenido pleno derecho a heredarla.
—Dice que él se fue a estudiar a Reikiavik antes de que ella se diera cuenta de
su estado, pero que le envió una carta después del nacimiento de Kristín. Pero él
jamás respondió. —Lára suspiró—. La carta deja ver con toda claridad que
aquello le dolió muchísimo, sobre todo pensando en su hija. Si en algún momento
llegó a querer a aquel hombre, el amor se acabó, como es natural.
—Ya, en las relaciones personales hay cosas que no se pueden perdonar —
repuso Þóra—; incluso cosas mucho menos serias que negarse a aceptar el
propio hijo.
—En la carta, Guðný me pide que me haga cargo de su hija —dijo Lára—.
Cuando la escribió, su padre y a había muerto, y ella y su hija se habían
trasladado a la casa de su tío Grímur. Guðný dice que no se fía de él, porque
aquel hombre era un neurasténico, que las mira con tal odio, a ella y a su hija,
que no quiere que de ninguna manera sea él quien se quede a cargo de Kristín.
Además, me pregunta si podría hacer algo por Málfríður, la hija de Grímur, por
la que también está preocupada, aunque es may or que Kristín y más capaz de
cuidarse a sí misma.
—Vay a. ¿Sabría él que Guðný intentaba dejar a Kristín a tu cargo? —
preguntó Þóra—. Con la pequeña se irían todas las posesiones de Grímur,
naturalmente.
—No lo sé —contestó Lára—. Finaliza diciéndome que no sabe cuándo
recibiré la carta, porque no cree que Grímur la eche al correo, y que tiene
pensado dársela a Kristín con la esperanza de que ella se la pueda entregar a
alguien. Ya había hablado con Kristín, contándole que y o era muy buena y que a
lo mejor iba a conocerme muy pronto. Añade que tiene plena confianza en que
Kristín entregará la carta, aunque sea muy pequeña, porque es muy cuidadosa y
aplicada.
—Al menos consiguió mantener la carta escondida —dijo Þóra.
—Sí. —Al otro lado de la línea, y a no cabía duda de que la anciana se había
echado a llorar—. Me será más fácil hablar de todo esto contigo después del
entierro —continuó Lára, con la voz completamente quebrada—. Creo que por
ahora y a es suficiente.
—No se preocupe —dijo Þóra—. Estaré allí. Puede estar segura. —Se
despidió de la anciana, y colgó.
Þóra había estado caminando arriba y abajo por el pasillo mientras hablaba,
sin prestar mucha atención a ninguna otra cosa. En aquel momento, se volvió a
dar cuenta de que al otro lado de la may oría de aquellas puertas que daban al
pasillo había mujeres concentradas, única y exclusivamente, en aumentar la
especie humana. Crey ó reconocer los gritos que salían del paritorio C, y prestó
atención con la esperanza de oír el llanto de un bebé. No fue así, pues era absurdo
pensar que unos diminutos pulmones pudieran sonar más fuerte que aquellas
mujeres en vías de convertirse en madres. Þóra logró distinguir una frase en
medio de los gritos: « ¡No puedo creer que sea así!» . Mentalmente, Þóra expresó
su acuerdo con Sigga, y sonrió. Evidentemente, el parto estaba en marcha.
Esperó con la oreja pegada a la puerta y tras varios sonoros lamentos y más
gritos, se pudo oír el lastimero llanto de un bebé. Los ojos de Þóra se llenaron de
lágrimas, y se apartó de la puerta. Esperaba que, aunque no se hubiera oído nada
de Gy lfi, aquello no significara que se había desmay ado. De modo que se sintió
aliviada al oír su voz diciendo: « ¡Eh, tira esa porquería!» . Þóra se llevó un susto,
pero se tranquilizó al oír a la madre de Sigga decirle escandalizada:
—No seas así. Sólo está saliendo la placenta. Hay quienes la secan y hacen
pantallas de lámpara.
Þóra confió en que su regalo de Papá Noel de ese año no incluy era una
pantalla de aquéllas.
Se abrió la puerta y salió Gy lfi. Abrazó a su madre. Estaba deslumbrante,
como el sol sobre el brezal.
—¡Ha sido asqueroso, pero y a soy padre! Es un niño.
Þóra lo cubrió de besos.
—Cariño, Gy lfi, cariño —dijo entre los besos—. Mi más sincera
enhorabuena, mi niño querido. ¿Es guapo?
—Por fuera es como si estuviera cubierto de harina —respondió Gy lfi con un
escalofrío—. Y el cordón umbilical es un poco… —No acabó la frase, sino que
echó la mano al pomo de la puerta y abrió—. Míralo tú misma —dijo, entrando
él delante.
Þóra no quiso entrar del todo, se contentó con meter la cabeza por la puerta.
Vio apenas a la madre de Sigga y a la comadrona a un lado de la mesa de partos,
pero el bebé en brazos de su madre las dejaba completamente en un segundo
plano.
Þóra entró en la sala de espera como hipnotizada. Acababa de ser abuela. De
alguna extraña forma, después de haber visto a su nieto, sintió unos deseos
inmensos de echar a correr al hotel, con Matthew.
SABADO 24 de junio de 2006

Le llegó el turno a Þóra, que se acercó a la fosa abierta.


—Polvo eres y en polvo te convertirás —dijo en voz baja, y dejó que la tierra
cay era lentamente desde la palma de su mano sobre la pequeña caja. Se
santiguó y se echó hacia atrás.
Caía una fina llovizna sobre el reducido grupo que se había congregado en la
pequeña iglesia y había seguido en silencio el ataúd hasta el cementerio. Había
llevado de la mano a Lára durante el breve recorrido. Þóra notó que aquello le
había gustado a la anciana, de modo que no le soltó la mano hasta que Lára se
acercó encorvada al ataúd para testimoniar su aprecio a la niñita muerta. Ella y
un hombre may or eran los únicos del grupo que parecían auténticamente
afectados. La visión del anciano encogía el corazón. Era Magnús Baldvinsson.
Había aparecido justo cuando la ceremonia estaba a punto de empezar, y se
había sentado en silencio en la última fila de la iglesia. En el cortejo fúnebre
procuró mantenerse varios pasos por detrás de los demás. Llevaba un sombrero
que tenía agarrado con fuerza con ambas manos, y bajó los ojos al suelo cuando
Þóra le miró por casualidad. Sintió compasión por él. Pensó en acercarse, pero
decidió seguir junto a Lára. Tenía que acompañarla, y Þóra no sabía cómo
reaccionaría Magnús si se acercaba a él.
Miró al sacerdote, que cerró los ojos y comenzó a entonar un antiguo himno.
Þóra siguió su ejemplo y tuvo la sensación de que a Kristín le habría gustado la
elección:

Cierro mis ojos, confiada


que siempre será guardada
mi vida por Tu Gracia.
Mas si quieres llevarme contigo,
que tu ángel sea mi amigo
para proteger mi infancia.

Después, el grupo cantó Igual que la única flor antes de que los asistentes
fueran marchándose uno tras otro, recibiendo, al despedirse, la bendición del
sacerdote.
Al final quedaron tres: Lára, Þóra y Magnús. Él seguía aparte, avergonzado.
—Ven —dijo Lára en voz baja—. Te prepararé un café. —Dio un ligero
apretón en el brazo de Þóra—. Quiero enseñarte la carta. ¿Tienes prisa?
—No —respondió Þóra.
Salieron del cementerio dejando atrás a Magnús Baldvinsson, que se quedó
completamente solo ante la fosa de su hija, muerta tanto tiempo atrás.
Þóra sonrió al oír un leve llanto infantil que llegaba desde el malpaís cercano
al cementerio. « Un gato» pensó, y entonces recordó haber visto al animalillo al
pasar por Tunga camino del cementerio. Nunca podría haber recorrido tanta
distancia en un tiempo tan corto. El llanto cada vez sonaba más fuerte, y Þóra
apretó el flaco y debilitado brazo de la anciana.
—¿Puede caminar más deprisa? —preguntó—. Estoy tiritando.
Notas
[1] El islandés posee algunas letras inexistentes en nuestro alfabeto. La única que
puede afectarnos es la Þ, que se pronuncia como la zeta castellana. El nombre de
la protagonista es, por tanto, « Zóra» . [N. del T.] <<
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