Duda Razonable PDF
Duda Razonable PDF
ISSN: 0717-2877
revista-praxis@[Link]
Universidad de Talca
Chile
∗
Una versión preliminar fue presentada, por Raúl Carnevali R., en mayo de 2003, para la Jornada de
debate y discusión de la reforma procesal penal, realizada en Antofagasta, organizada por la Defen-
soría Penal Pública de la II Región y la Universidad de Antofagasta. Quisiéramos agradecer las obser-
vaciones formuladas en su momento por el Juez de Garantía Daniel Urrutia Laubreaux y que fueron
publicadas en Boletín Centro de Estudios del Derecho, Universidad Católica del Norte, sede Coquimbo,
Nº 4, 2003, pp. 8 y ss. Por último, quisiéramos agradecer especialmente a Danilo Báez, magistrado
de Tribunal Oral en lo Penal, por sus rigurosos y asertivos comentarios que, creemos, han servido para
mejorar el trabajo. Haberlo logrado, claro está, es nuestra responsabilidad. Trabajo recibido el 21 de
julio y aprobado el 27 de septiembre de 2011.
Doctor en Derecho; Profesor asociado en Derecho Penal de la Universidad de Talca y Director del Centro
**
Court was convinced beyond a reasonable doubt, if there is a reasoned and studied
minority vote that finds for acquittal?
Palabras Clave
Duda Razonable, Voto Disidente, Absolución Penal
Key Words
Reasonable Doubt, Minority Vote, Criminal Absolution
I. Aproximación al problema
Hoy es un lugar común decir que el nuevo sistema de enjuiciamiento cri-
minal importó un cambio sin precedentes en nuestra cultura jurídica. A través
de la reforma procesal penal se introdujeron aspectos como la inmediación, la
oralidad, la publicidad, la contradictoriedad, a niveles que se desconocían en
nuestra tradición jurídica1. De hecho, muchos de esos principios se han replicado
–con mayor o menor éxito– en las sucesivas modificaciones a los procesos que se
han ido materializando en los últimos años2. Dentro de los institutos novedosos
de la reforma procesal penal uno que destaca, por su relevancia e importancia
política, es el juicio oral. Es en ese escenario donde aquellos principios que
señalamos se muestran en su máxima expresión, constituyendo los pilares sobre
los cuales se legitima la reforma. Y mucho se ha escrito sobre el juicio oral,
desde aspectos teórico-dogmáticos sobre los presupuestos del juicio oral, hasta
manuales de litigación para enfrentarlo adecuadamente3. Sin embargo, poco
se ha reflexionado sobre el estándar de convicción que se adoptó para que el
1
Cabe recordar, en todo caso, que previo al nuevo proceso penal estaba vigente en Chile un sistema
de enjuiciamiento criminal ortodoxamente inquisitivo, marcado por la escrituración, el secretismo,
la mediación, la delegación de funciones y la completa falta de imparcialidad del juzgador. Era un
proceso penal en que, en palabras de Ferrajoli, el juez procedía de oficio a la búsqueda, recolección
y valoración de las pruebas, llegándose al juicio después de una instrucción escrita y secreta de la que
estaban excluidos o, en cualquier caso, limitados la contradicción y los derechos de defensa. Ferrajoli,
Luigi, Derecho y razón. Teoría del garantismo penal, Traducción de Andrés Ibáñez, Perfecto, y Otros,
Ed. Trotta, Madrid, 1995, p. 564.
2
Nos referimos, en concreto, a las reformas al procedimiento en materia de Familia y al procedimiento
Laboral, en donde se han incorporado, con matices, similares principios que los del proceso penal, en
particular, la oralidad, inmediación y concentración.
3
A modo de referencia, cfr., entre otros, Horvitz Lennon, María Inés; López Masle, Julián, Derecho
procesal penal chileno, tomos I y II, Ed. Jurídica, Santiago, 2002 y 2004; Duce, Mauricio; Riego, Cris-
tián, Proceso Penal, Ed. Jurídica, Santiago, 2007; Duce, Mauricio; Baytelman, Andrés, Litigación penal
en juicios orales, 2° Edición, Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales, Universidad Diego Portales,
Santiago, 2002; Vial Campos, Pelayo, Técnicas y fundamentos del contraexamen en el proceso penal
chileno, Ed. Librotecnia, Santiago, 2006; Carocca, Alex, y Otros, Nuevo proceso penal, Ed. ConoSur
Ltda., Santiago, 2000; Blanco Suárez, Rafael, y Otros, Litigación estratégica en el nuevo proceso penal,
Ed. LexisNexis, Santiago, 2005.
tribunal pudiera condenar a una persona, lo que ha de ser uno de los aspectos
centrales del juicio4.
Por otra parte, si bien el título del presente trabajo hace referencia a la expresión
“convicción”, por ser aquella utilizada en el Código Procesal Penal, no se nos
escapa la irrefutable crítica a la que ha sido sometida en el último tiempo, y que
compartimos. En efecto, por convicción pareciera referirse a un modelo de libre
valoración de la prueba por parte del juez, de carácter eminentemente subjetivo,
en virtud del cual el adjudicador adquiere el íntimo convencimiento acerca de los
hechos ocurridos. Sin embargo, este razonamiento es inconsistente para quienes
compartimos un modelo garantista, que permita el control de esa justificación por
parte de un tribunal superior o de un tercero, incluida, obviamente, la comunidad.
En efecto, la interpretación correcta del Art. 340 del Código Procesal Penal habría
que hacerla tomando en consideración los límites prescritos en el Art. 297 del
mismo cuerpo adjetivo y, compartiendo con Accatino5, mediante una interpre-
tación no subjetivista del estándar de prueba más allá de toda duda razonable.
Por eso, no nos parece completamente satisfactorio –porque igualmente deja un
espacio incontrolable de subjetivismo–, la posición de Coloma6, para quien habría
ahí un doble filtro, primero en los límites fijados por los principios de la lógica,
las máximas de la experiencia y los conocimientos científicamente afianzados,
y segundo, en el convencimiento de los jueces de la realización de la conducta
tipificada y de la participación culpable. En todo caso, mediante un proceso de
motivación racional, objetiva y dotada de validez intersubjetiva7.
4
Entendemos con Gascón, que un estándar de prueba (convicción) supone: “criterios que indican
cuándo se ha conseguido la prueba de un hecho; o sea, los criterios que indican cuándo está justifi-
cado como verdadera la hipótesis que lo describe” (la cursiva en el original). Gascón Abellán, Marina,
“Sobre la posibilidad de formular estándares de prueba objetivos”, DOXA, Cuadernos de Filosofía del
Derecho Nº 28, 2005, p. 129.
5
Cfr. Accatino Scagliotti, Daniela, “El modelo legal de justificación de los enunciados probatorios en
las sentencias penales y su control a través del recurso de nulidad”, en Accatino Scagliotti, Daniela
(Coord.), Formación y valoración de la prueba en el proceso penal, Ed. Abeledo Perrot, Santiago, 2010,
pp. 119 ss., en especial, pp. 137 ss.; Accatino Scagliotti, Daniela: “La fundamentación de la declaración
de hechos probados en el nuevo proceso penal. Un diagnóstico”, Revista de Derecho de la Universidad
Austral de Chile, Vol. XIX, N. 2, 2006, pp. 9 ss. Similar opinión puede verse en Báez, Danilo, “¿Estándar
de convicción o arbitrariedad judicial? Bases y propuestas para la interpretación del estándar de “duda
razonable” en el Código Procesal Penal”, en Verdugo M., Mario (Dir.), Gaceta Jurídica, Doctrinas
Esenciales, Derecho Penal, Tomo I, Legal Publishing Chile, Santiago, 2011, pp. 867 y ss.
6
Coloma Correa, Rodrigo, “Panorama General de la Prueba en el Juicio Oral”, en Coloma Correa, Rodrigo
(Ed.), La Prueba en el Nuevo Proceso Penal Oral, Ed. LexisNexis, Santiago, 2003, p. 27. Con todo, no
podemos dejar de reconocer que el aporte de Coloma ha sido trascendental en esta discusión, pues fue el
primero que cuestionó, decididamente, una aproximación enteramente subjetivista al citado baremo.
7
Sobre esto cfr., entre otros, Ferrer Beltrán, Jordi, Prueba y verdad en el derecho, 2° Edición, Marcial
Pons, Madrid, 2005, pp. 80 y ss.; Gascón Abellán, Marina, Los hechos en el derecho, 3° Edición, Marcial
Pons, Madrid, 2010, p 169 y ss.
Como se sabe, el Art. 340 del Código Procesal Penal8 introdujo un nuevo
estándar de prueba para que el Tribunal pueda dictar una sentencia condenatoria.
Este consiste en que el juzgador debe adquirir la convicción más allá de toda
duda razonable de que se ha cometido el hecho punible objeto de la acusación
y que en él le ha correspondido una participación culpable al acusado.
Se ha insertado pues, en nuestro ordenamiento jurídico, un estándar que,
como es conocido, emerge de la tradición jurídica anglosajona y que hasta hace
un tiempo era desconocido en la propia cultura del derecho europeo continen-
tal, y de la que somos herederos9. En Estados Unidos, por ejemplo, el estándar
de prueba acerca de la concurrencia de los elementos de la responsabilidad
penal en una persona deben ser probados “beyond a reasonabledoubt” y aque-
llo ha sido considerado por la Corte Suprema como un derecho fundamental,
reconocido en la propia Constitución, aun cuando aquél no aparezca siquiera
mencionado en la carta fundamental10.
En todo caso conviene, desde ya, realizar una precisión respecto de los
orígenes del estándar de la duda razonable, por cuanto ello puede ser útil para
comprender mejor el alcance y sentido que este baremo tiene y que, para bien
o para mal, constituye el límite de convicción impuesto por nuestro legislador
para condenar a un imputado en un juicio penal.
El estándar de duda razonable, como nos enseña Whitman, descansa en el
olvidado mundo de la teología cristiana pre moderna que, por cierto, escasa
relevancia le asignaba a nuestras preocupaciones garantistas o epistemológi-
cas11. En efecto, el estándar de prueba no pretendía proteger al imputado –como
hoy lo sostenemos–, sino que la duda razonable fue originalmente concebida
para proteger –de su condena– el alma de los integrantes del jurado. Se creía,
8
Art. 340: “Convicción del tribunal. Nadie podrá ser condenado por delito sino cuando el tribunal
que lo juzgare adquiriere, más allá de toda duda razonable, la convicción de que realmente se hubie-
re cometido el hecho punible objeto de la acusación y que en él hubiere correspondido al acusado
una participación culpable y penada por la ley. El tribunal formará su convicción sobre la base de la
prueba producida durante el juicio oral. No se podrá condenar a una persona con el solo mérito de
su propia declaración”.
9
No se nos escapa que en Inglaterra, por ejemplo, se ha ido abandonando el estándar de duda razo-
nable y se ha ido imponiendo, en su lugar, un estándar de firme convicción. Laudan, Larry, “Por qué un
estándar de prueba subjetivo y ambiguo no es un estándar”, Traducción de Calvo Soler, Raúl, DOXA,
Cuadernos de Filosofía del Derecho, Nº 28, 2005, p. 100.
10
In Re Winship, 397 U.S. 358, 374 (1970). En ese sentido la jurisprudencia de la Corte Suprema de
Estados Unidos se ha mantenido bastante inalterable, en términos de entender que el estándar de
prueba del proceso penal, el de la duda razonable, se encuentra consagrado en la sexta enmienda. Así
se ha dicho, entre otros, en los siguientes fallos: Jones v. United States, 526 U.S. 227 (1999); Apprendi
v. New Jersey, 530 U.S. 466 (2000); Ring v. Arizona, 536 U.S. 584 (2002) y Cunningham v. California
549 U.S. 270 (2007).
11
Whitman, James,The Origins of Reasonable Doubt, Theological roots of the criminal trial, Yale Uni-
versity Press, New Haven, 2008, p. 2.
12
Whitman, The Origins, cit. nota n. 11, p. 2. Por lo mismo, y en lo relevante para nuestro trabajo, el
estándar de duda razonable –en la tradición del Common Law– no fue creado desde una perspectiva
epistemológica (que nosotros sostenemos) ni necesariamente desde una perspectiva consensuada o
narrativa (que sostienen otros) sino que por una motivación religiosa de protección del jurado. Por lo
mismo, nada impide que hoy –desaparecidas esas razones– podamos indagar el sentido y alcance de
aquel baremo que más se adecue a nuestro Estado democrático de Derecho.
13
Parecen compartir el momento histórico del surgimiento en el proceso laico del estándar de convic-
ción de la duda razonable, Horvitz; López, Derecho Procesal, Tomo II, cit. nota n. 3, p. 154.
14
Langbein, John, The origins of adversary criminal trial, Oxford University Press, Oxford, 2005, p. 262.
15
Beattie, John, Crime and the Courts in England 1660 - 1800, citado en LANGBEIN, The origins of
adversary, cit. nota n. 14, p. 263.
16
Beattie, John, Crime and the Courts in England 1660 - 1800, citado en Langbein, The origins of ad-
versary, cit. nota n. 14, pp. 263 y 264 (la traducción es nuestra).
17
Duce y Riego parecen sostener, en nuestro medio, una clásica aproximación narrativa o storytelling,
que se centra en el concepto de plausibilidad como criterio de verificabilidad probatoria. Cfr. Duce;
Riego, Proceso Penal, cit. nota n. 3, pp. 497 y ss. Cabe recordar, como afirma Taruffo, que toda la teoría
de la denominada storytelling, es elaborada en el plano del análisis psicológico del comportamiento
de los jurados. Así y todo, si fuera ese en definitiva el modelo adoptado por los jurados, lo cierto es
que compartimos con el autor italiano que aquello sería una profunda y errada modalidad de decisión,
por cuanto prescinde de la valoración de la credibilidad de cada una de las pruebas y no se preocupa
por establecer qué hechos han sido demostrados y qué hechos no lo han sido; además de ser cuanto
menos genérico, cultural y subjetivamente relativo y carente de toda garantía de objetividad. Pero tam-
bién, por su cercanía con el concepto de verosimilitud, donde aquello que es plausible sería verosímil
y lo sería no aquello que es verdadero, si no aquello que parece corresponderse con la normalidad.
Taruffo, Michele, “Tres observaciones sobre ´Por qué un estándar de prueba subjetivo y ambiguo no es
un estándar´, de Larry Laudan”, Traducción de Ferrer Beltrán, Jordi, DOXA, Cuadernos de Filosofía del
Derecho, Nº 28, 2005, p. 122. Si eso sucede en Chile, donde además tenemos jueces profesionales,
la cuestión sería lamentable.
asigna al estándar es, a nuestro juicio, lo que justifica tal empresa. Volveremos
sobre ello infra18.
Dicho lo anterior, nos parece necesario afirmar que compartimos el análisis
más o menos generalizado en nuestra doctrina, en cuanto a que el carácter fo-
ráneo a nuestra tradición, del baremo de prueba, no es motivo suficiente para
emitir un juicio negativo sobre su introducción en nuestro sistema procesal
penal19. Sin embargo, creemos que si se profundiza acerca de su incorporación,
debe estimarse inconsistente e incoherente con la eventual hipótesis del voto
disidente respecto de la decisión de los hechos, conforme se ha ido asentando
en nuestra jurisprudencia. En términos sencillos, y según se fundamentará, un
voto disidente respecto de la quaestio facti, motivado y razonado –y por lo mis-
mo no subjetivo– conforme las exigencias de nuestro proceso penal, en virtud
del cual uno de los jueces del tribunal ha considerado que existe una duda
razonable de que realmente se hubiere cometido el hecho punible y que en él
hubiere correspondido al acusado participación culpable, debe ser suficiente
para absolver al imputado. Si nuestro proceso penal tiene una pretensión de
búsqueda de verdad –epistémica, no formal como equivocadamente se sostie-
ne– como legitimación del castigo estatal, aquella debe ser impuesta cuando
–al menos desde una perspectiva material–, existe unanimidad de los jueces
en cuanto a la condena.
Por de pronto, como se verá, la incorporación de la duda razonable en el
Código Procesal Penal chileno recién aconteció al final del debate legislativo,
prácticamente cuando faltaban escasos meses para que la reforma comenzara
a funcionar en su primera etapa –diciembre de 2000. Sin mayor discusión, se
dispuso como criterio para precisar un grado de convicción que debe alcanzar
el juez al momento de sentenciar. No obstante, en ese momento legislativo
poco se profundizó acerca de su origen y sobre su sentido dentro del sistema
procesal del que emana, esto es, del Common Law20. Y es que, como se ob-
servará, el estándar de más allá de toda duda razonable –beyond a reasonable
18
Cfr. Taruffo, “Tres observaciones”, cit. nota n. 17, pp.115 ss.; Taruffo, Michele, “Conocimiento
Científico y Estándares de Prueba Judicial”, en La Prueba, Artículos y Conferencias, Editorial Metro-
politana, Santiago, 2009, pp. 87 ss.
19
Más bien las críticas pueden ir por su excesivo subjetivismo, su indefinición y su excesivo contenido
probabilístico. Todas estas críticas se resumen en lo que Taruffo denomina una “necesidad insatisfecha
de objetividad” en la determinación judicial de los hechos. Taruffo, “Tres observaciones”, cit. nota
n. 17, p. 116.
20
Una opinión similar puede verse en Báez, “¿Estándar de convicción o arbitrariedad judicial?”, cit.
nota n. 5, p. 852. El autor citado apunta a que la falta de profundización y discusión en el Parlamento
respecto del estándar de convicción –sumado a una precariedad de diálogo dogmático por parte de la
doctrina nacional– “han llevado en la actualidad a un estado de completa incertidumbre y peligrosidad
en relación a la forma de interpretación de la noción de duda razonable que se emplea en los distintos
tribunales nacionales” (destacado en el original).
21
Park, Roger; Leonard, David P.; Goldberg, Steven H., Evidence Law., West Group, Saint Paul, MN,1998,
pp. 88 ss.; Chiesa Aponte, Ernesto, Derecho procesal penal de Puerto Rico y Estados Unidos, Editorial
Forum, Bogotá , Vol. II, 995, pp. 51 ss. A nuestro juicio, la errada interpretación se ha generado, en-
tre otras razones, porque en Chile no se ha distinguido entre el “prosecution´s production burden”
y el “prosecution´s burden of persuasion”. Mientras el primero define el estándar de producción de
prueba necesario para poder juzgar a una persona, el segundo da cuenta del estándar requerido para
poder persuadir a otro –al juez– de que aquellos elementos probatorios son suficientes para condenar
a alguien. En nuestro país, dado que el juez de garantía hace más bien un control de legalidad de
la acusación –y no de mérito–, el primer estándar queda entregado casi exclusivamente –salvo en
alguna hipótesis de sobreseimiento definitivo– al Ministerio Público, y el segundo queda reservado al
tribunal, mediante el estándar de la duda razonable. Cfr. Langbein, The origins of adversary, cit. nota
n. 14, pp. 258 ss. Lo mismo en Hendler, Edmundo, Derecho penal y procesal penal, Ed. Ad-Hoc,
Buenos Aires,1996, pp. 212 ss.
22
Por lo mismo debe considerarse lo dispuesto en el presente trabajo no sólo respecto del Ministe-
rio Público, sino también respecto del querellante, sea que actúa en compañía del órgano estatal, o
privadamente por medio del instituto del forzamiento de la acusación (art. 258 del Código Procesal
Penal). No es posible extendernos sobre este punto, pero es evidente que el estándar de prueba sugerido
por nuestro Código Procesal Penal también presenta diferencias estructurales con la existencia de la
figura del querellante y, con mayor razón, con la del forzamiento de la acusación. En efecto, la duda
razonable se enmarca dentro de un contexto en que, evidentemente, es el Estado el que tiene la carga
de la prueba en contra del imputado, pues ello justifica el desequilibrio que encierra la presunción
de inocencia y el ejercicio del principio in dubio pro reo, lo que no es claro en una contienda entre
particulares. No parece suficiente, en este punto, decir que la presunción de inocencia y el in dubio
pro reo se justifican por el riesgo inherente a ciertos valores sociales (libertad) que encierra la respuesta
penal, porque cuando el juicio es entre particulares (víctima e imputado) aquello no parece razón
para que una, la víctima, quede en una posición tan desmejorada frente al otro, el imputado. Por eso
el juicio penal debe siempre ser, necesariamente, entre el Estado y el acusado.
23
En el mismo sentido, Báez, “¿Estándar de convicción o arbitrariedad judicial?”, cit. nota n. 5,
p. 854.
24
Compartimos, en todo caso, con Laudan, la idea que con un adecuado estándar de prueba, por
ejemplo el de la duda razonable (siempre que sea objetivo y razonado) la presunción de inocencia
material dejaría de tener sentido en el juicio, porque aquella no sería necesaria ni apropiada. Lo
relevante, entonces, sería que el adjudicador sea particularmente exigente en que la culpabilidad
del imputado debe ser probada en el juicio, y que la única prueba relevante para su culpabilidad o
inocencia es la prueba que será producida en el juicio. Cfr. Laudan, “Por qué un estándar de prueba
subjetivo”, cit. nota n. 9, p. 112.
25
En términos similares, Etcheberry, Alfredo, “Consideración sobre el criterio de condena en el Código
Procesal Penal”, en Delito, pena y proceso. Libro Homenaje a la memoria de Tito Solari Peralta, Editorial
Jurídica de Chile, Santiago, 2008, pp. 677-678.
algunas ideas respecto del sentido y alcance que pudiera tener la verdad en el
proceso penal y cómo se relaciona con la duda razonable, en el contexto de
un proceso adversarial.
Lo primero que uno debe decir, respecto de esto, es que el proceso penal
–aunque necesariamente orientado a la averiguación de la verdad–26 difícil-
mente puede pretender siempre alcanzarla y, por el contrario, no son pocas
las veces que se cometen importantes errores27. Los jueces, como en cualquier
actividad humana, se equivocan en sus decisiones y condenan a una persona
inocente o absuelven a una que efectivamente cometió el delito. Es por ello
que, al decir de Taruffo, el proceso penal “no está particularmente interesado de
forma general en la reducción o la eliminación de los errores, sino que tiende a
distribuir los errores de forma tal que favorezcan sistemáticamente a la posición
del imputado”28. Dicho de otra manera, el proceso penal no está –difícilmente
26
Por lo mismo no compartimos con quienes consideran que el proceso adversarial o acusatorio está
más bien dirigido a la implementación del principio de contradicción entre las partes, y al respeto por
la autonomía y derechos del imputado (por ejemplo, para evitar la tortura), y dejan en cambio a la
determinación de la verdad sobre los hechos como una mera casualidad (incluso propugnando rebaja
de estándares) que, por sí sola, no es considerara relevante. Una posición similar a la expuesta en Chile
cfr. Duce; Riego, Proceso Penal, cit. nota n. 3, pp. 483 ss. En efecto, en opinión de los autores, “este
escenario [del nuevo proceso penal] de protección del imputado en su autonomía para declarar o no,
pone al sistema en la necesidad de privilegiar altamente el funcionamiento de la prueba indiciaria,
esto es, de pruebas que nos permiten reconstruir los hechos sólo parcialmente y que para completar la
verdad de lo ocurrido nos obligan a recurrir al razonamiento deductivo”. Sobre lo expuesto, dos cosas.
Primero, no parece razonable justificar –o al menos requiere bastante más carga argumentativa que la
propuesta por los autores– que sea posible rebajar la pretensión de verdad por una mayor protección
del imputado y, segundo, que no es el razonamiento deductivo el método adecuado para “completar
la verdad” del proceso. Al respecto, cfr. Horvitz; López, Derecho Procesal, Tomo II, cit. nota n. 3, p.
333. Atienza, Manuel, Las Razones del Derecho, teorias de la argumentación jurídica, Universidad
Nacional Autónoma de México, México D.F., 2005.
27
Se podrá sostener, de una manera algo simplista, que la pretensión del tribunal es alcanzar una
verdad procesal, formal o “del proceso” y que aquélla no tiene relación con la verdad material. Que,
por ello, los jueces entonces no cometen errores, son infalibles, y que su decisión fija una determina-
da verdad procesal dada la autoridad jurisdiccional de la que están revestidos. Parece evidente que
detrás de esa reflexión se esconde un discurso autoritario e infalible difícilmente justificable que, en
cuanto a la verdad, parece discurrir más en la lógica del auctoritas, non veritas facit iudicium, más
que, como propone Ferrajoli un veritas, non auctoritas faci tiudicium. Cfr. Ferrajoli, Derecho y Razón,
cit. nota n. 1, p. 37, en el mismo sentido, Ferrajoli, Luigi, “Notas Críticas y Autocríticas en Torno a la
Discusión Sobre Derecho y Razón”, Traducción de Guzmán, Nicolás, Revista de Ciencias Jurídicas
Más Derecho 2001/II, p. 38.
28
Cfr. Taruffo, “Tres observaciones”, cit. nota n. 17, p. 117; Cfr. Bayón, Juan Carlos. “Epistemología,
moral y prueba de los hechos: hacia un enfoque no benthamiano”. En:[Link] LinkClick.
aspx?fileticket=fYVRM58p9Z4%3D&tabid=9724&language=en-US[visitado el 03/06/2011]. Hay, por
ende, detrás de esta posición una decisión política y moral de evitar que los errores en la valoración de
los hechos perjudique al imputado inocente. Una opinión similar se puede observar en el razonamiento
de la Corte Suprema de Estados Unidos cuando, en el caso Addington v. Texas, sostiene que “In a
criminal case, on the other hand, the interests of the defendant are of such magnitude that historically
and without any explicit constitutional requirement they have been protected by standards of proof
designed to exclude as nearly as possible the likelihood of an erroneous judgment. In the administration
of criminal justice, our society imposes almost the entire risk of error upon itself. This is accomplished
by requiring under the Due Process Clause that the state prove the guilt of an accused beyond a reason-
able doubt”. Addington v. Texas, 441 U.S. 418 (1979). (Lo destacado es nuestro).
29
Cfr. Maier, Julio, Derecho procesal penal, 2ª Edición, Tomo I, Editores del Puerto, Buenos Aires,
2002, p. 664. Esto es lo que Bayón denomina criterios contra epistémicos, porque introducirían ex-
cepciones o desviaciones de diversos tipos respecto a lo que resultaría de seguir incondicionalmente
los criterios generales de racionalidad epistémica. Cfr. Bayón, “Epistemología, moral y prueba de los
hechos”, cit. nota n. 28, p. 7.
30
Cfr. Muñoz Conde, Francisco, La búsqueda de la verdad en el proceso penal, 3ª Edición, Hammurabi,
Buenos Aires, 2007, p. 111.
31
En el mismo sentido, Muñoz Conde, para quien la tarea de averiguación de la verdad en el proceso
penal resulta una tarea altamente compleja, porque en el marco institucional donde se desarrolla la
búsqueda de esa verdad, el proceso penal, las partes no están situadas en un plano de igualdad. Muñoz
Conde, La búsqueda, cit. nota n. 30, p. 109.
debe resolver pro reo la eventual duda que subsista cuando todas las pruebas
hayan sido analizadas32. Por eso, a decir de Taruffo, un estándar como el de
la duda razonable debiera alcanzarse sólo en el caso de que la prueba haya
ofrecido la “certeza” sobre los hechos materia de la acusación33.
Lo que subyace a esto, entonces, es ese desequilibrio sistemático que se
materializa en el estándar de prueba más allá de toda duda razonable en cuanto
es una decisión ética o ética-política del Estado, que pretende que el juez penal
pueda condenar al imputado solamente cuando haya alcanzado la “certeza”
jurídica de su culpabilidad34. Ese estándar de prueba, como se ha dicho, es
particularmente elevado, por lo pronto, mucho más alto que el de sede civil,
porque, a decir de Taruffo, en el proceso penal entran en juego las garantías a
favor del imputado, que no tienen un equivalente en el proceso civil35. Volve-
mos a reiterar, si la regulación de un estándar de prueba como el de la duda
razonable –particularmente alto– se vincula directamente con una decisión ética
o ética-política del Estado, que pretende distribuir errores de manera tal que
favorezcan al imputado, parece ilógico que en lo central de la adjudicación,
a saber, el estándar de convicción –y su vinculación epistemológica hacia la
verdad– se difumine esa distribución, permitiendo la condena con una decisión
sólo de mayoría.
Por otra parte, Grande, siguiendo a Damaska –quien centra su análisis más
que en la dicotomía entre sistema inquisitivo v/s adversarial, en el rol que se
le asigna a las partes, por sobre el juez, en la búsqueda de la verdad–, nos su-
32
Taruffo, Michele, “Algunos comentarios sobre la valoración de la prueba”, en La Prueba, Artículos
y Conferencias, Editorial Metropolitana, Santiago, 2009, p. 36. Es por ello que para Taruffo, ese des-
equilibrio estructural no se da en el proceso civil, en el cual las partes se ubican sistemáticamente en
un mismo nivel.
33
Taruffo,“Algunos comentarios”, cit. nota n. 32, p. 37. Con todo, habría que precisar que el estándar
de duda razonable no exige “certeza”, por el contrario, la adopción del estándar de duda razonable
constituye una manifestación expresa en rechazo a tal nivel de convicción. En términos sencillos, el
estándar de prueba adoptado por nuestro legislador supone la existencia –y la acepta– de errores en la
adjudicación y, por lo mismo, asume que el Ministerio Público no debe superar todo tipo de errores.
Sin embargo, en la adopción del estándar de duda razonable subyace la pretensión de que existan más
absoluciones erróneas que condenas erróneas. La lógica que se encuentra detrás, en otras palabras,
es que mientras más alto es el estándar de prueba para el Ministerio Público, menos probabilidades
de condenar a un inocente.
34
Taruffo, “Conocimiento Científico”, cit. nota n. 18, p. 113.
35
Estos principios, a saber, la presunción de inocencia, el in dubio pro reo, la idea de que es la acu-
sación la que tiene la carga de la prueba, y el estándar de prueba (en nuestro caso el estándar de duda
razonable), forman parte de lo que Laudan denomina el núcleo débil de la epistemología jurídica,
por cuanto permiten –mediante la epistemología– ayudar en la distribución correcta de errores que,
socialmente, aparecen como aceptables en un proceso penal. Cfr. Laudan, “Por qué un estándar de
prueba subjetivo”, cit. nota n. 9, p. 97; Laudan, Larry: Truth, Error, and Criminal Law, and Essay in Legal
Epistemology, Cambridge Studies in Philosophy and Law, Cambridge, 2006, p 29.
36
Grande, Elisabeta, “Dances of Criminal Justice: Thougths on Systemic Differences and the Search for
the Truth”, en Jackson, John y Otros,Crime, Procedure and Evidence in a Comparative and International
Context, Essays in Honour of Professor MirjanDamaska, Hart Publishing, Oxford, 2008, pp. 145 y ss.
37
Grande, “Dances of Criminal Justice”,cit. nota n. 36, p. 147
38
De Urbano, Eduardo; Torres, Miguel Angel: La Prueba Ilícita Penal, Ed. Thomson Aranzadi, Madrid,
2003, p. 33.
39
En similar sentido, para Stein la averiguación de la verdad es un fin en algún sentido prioritario del
proceso en materia de prueba, pero no es en absoluto el único. Stein, A,Foundations of EvidenceLaw,
citado en Ferrer Beltrán, Jordi, “La prueba es libertad, pero no tanto: Una teoría de la prueba cuasi-
benthamiana”, en Accatino, Daniela (Coord.),Formación y valoración de la prueba en el proceso penal,
Ed. AbeledoPerrot, Santiago, 2010, p. 11.
40
Obviamente no nos vamos a explayar respecto de este punto, pero es importante recordar que el
Código Procesal Penal regula, a propósito de sus principios básicos, limitaciones constitucionales a
la forma de investigar del Ministerio Público; a la legalidad de las medidas privativas o restrictivas de
libertad; reconoce las facultades, derechos y garantías constitucionales al imputado desde la primera
actuación en su contra; limita las privaciones de los derechos que la Constitución asegura a la autori-
zación previa del juez y, por último, autoriza que se cautelen las garantías del imputado cuando éste
no está en condiciones de ejercer los derechos que le reconoce la Constitución. Luego, en el derrotero
del Código Procesal Penal existen otras normas, vinculadas a los derechos del imputado: la nulidad
procesal y el recurso de nulidad, donde el Código hace una expresa referencia a la Constitución como
límite del ejercicio del iuspuniendi. Respecto de la exclusión de prueba por haber sido obtenida con
ilicitud, el Código utiliza una expresión aún más amplia, y por ende, con mayor extensión de aquello
que está consagrado en la Constitución, señalando que se puede excluir prueba obtenida con inob-
servancia de garantías fundamentales, lo que repite en el Art. 334 a propósito de la prohibición de
lectura de registros y documentos.
41
En el mismo sentido, Alchourron, Carlos;Bulygin, Eugenio,Análisis lógico y Derecho, Centro de
Estudios Constitucionales, Madrid, 1991, p. 312.
42
“Es preferible que diez culpables escapen, antes que un inocente sufra” fue la frase que uso el juez
William Blackstone para justificar la presunción de inocencia. La ratio 10:1, que en Estados Unidos
se conoce como la “Blackstone ratio”, expresa la clásica idea americana de la presunción de ino-
cencia y el estándar de convicción “más allá de toda duda razonable”, pilares del sistema criminal.
Volokh, Alexander, “Better than ten guilty men…”, en King, Larry (Ed.): Beyond a Reasonable Doubt,
Ed. Phoenix, California, 2006, p. 87. En el mismo sentido, pero en la tradición continental, se refiere
Verri cuando indica que “más vale perdonar a veinte culpables, que castigar a un inocente”. Verri,
Pietro,“Observaciones sobre la tortura”, citado por Carvalho, Salo de, Pena e Garantias: una leitura do
garantismo de Luigi Ferrajoli no Brasil”, Ed. Lumen Juris, Rio de Janeiro, p. 29.
43
Para mayor detalle, cfr., entre otros, Pfeffer Urquiaga, Emilio, Código Procesal Penal. Anotado y concor-
dado., Editorial Jurídica de Chile, Santiago, 2001, pp. 340-341;Maturana Miquel, Cristián (Coord.),Reforma
Procesal Penal, Tomo II, Editorial Jurídica de Chile, Santiago, 2003, pp. 682-686; Urrutia Laubreaux,
Daniel, “Aproximación al concepto de ‘más allá de toda duda razonable’”, Boletín Centro de Estudios
del Derecho,Universidad Católica del Norte Nº 2, 2002, pp. 2-3; Ríos Laulié, Francisco, “Estándar de
convicción requerido para alcanzar una condena, propuesto en el nuevo Código Procesal Penal”, en
Seminario Reforma Procesal Penal, Universidad Católica de Temuco, 2001, pp. 247 y ss.
gen en el Art. 261 del Código Procesal penal alemán44. Pues bien, este proyecto
de la Cámara recibió la aprobación en general del Senado, el que procedió
entonces a la discusión particular de las distintas disposiciones.
Es así que en junio de 2000, la Comisión de Constitución, Legislación, Justicia
y Reglamento del Senado propuso algunas enmiendas al proyecto de la Cámara.
Dentro de éstas se hallaba el Art. 380 en comento, el que pasó a ser el Art. 342.
En lo que aquí interesa se estableció como estándar para condenar que el tribunal
adquiriera suficiente convicción de que se ha cometido el delito y la participación
del acusado en este hecho. Además, se agregó un inciso 3º: nadie puede ser con-
denado con el solo mérito de su declaración. Principalmente, el cambio buscaba
dejar claro que no era precisa una convicción absoluta o plena para condenar.
Dado que la Cámara desechó, entre otras, esta enmienda propuesta por el
Senado al Art. 342, se constituyó en agosto de 2000 una Comisión mixta. Pues
bien, es dentro de este contexto que surgió una tercera propuesta –las anteriores
eran convicción y suficiente convicción–: convicción más allá de toda duda
razonable. Es decir, se introdujo cuatro meses antes de que la reforma comen-
zara a funcionar en su primera etapa.
Si se revisan las actas legislativas no hubo mayor debate en torno a la incor-
poración de este nuevo concepto, salvo que se tuvo presente que se trata de un
estándar de convicción propio del Derecho anglosajón y no del derecho europeo
continental. Se destacó, además, que dicha medida de convicción resultaba útil,
pues dejaba suficientemente claro que no era exigible una convicción absoluta
para condenar, siendo suficiente que no se manifestaren dudas importantes.
Precisamente, en la Sesión 29 de la Cámara, de 17 de agosto de 2000, se
afirma: “La Comisión Mixta tuvo presente que el estándar de convicción “más
allá de toda duda razonable” es propio del derecho anglosajón, y no del euro-
peo continental, por lo que resulta una novedad también para el ordenamiento
jurídico chileno. Sin embargo, es un concepto útil, toda vez que está suficiente-
mente decantado45 y elimina las discusiones relativas al grado de convicción que
44
A modo casi anecdótico, podemos encontrar el primer atisbo (bastante inconsciente) de lo que sería el
estándar de convicción finalmente aprobado, en la intervención del Diputado Elgueta durante la primera
discusión en la Sala de la Cámara de Diputados del proyecto de Código, cuando indicó que “Asimismo,
es fundamental en este proceso el respeto al principio de inocencia consagrado en los tratados interna-
cionales, que se manifiesta en los siguientes aspectos: nadie está obligado a probar su inocencia y, en
caso de duda, debe absolverse.”. En todo caso, es pertinente resaltar la relación que el diputado hizo de
la duda y la presunción de inocencia, pilar importante de la duda razonable, como se ha sostenido.
45
Llama la atención que Riego y Duce admitan que la motivación para la introducción del estándar
de prueba del nuevo sistema procesal penal y, por lo mismo, de uno de los pilares donde descansa
la etapa de adjudicación del juicio, lejos de provenir del estudio y razonamiento de las necesidades
epistemológicas del proceso y su vinculación con las garantías, “provino de la experiencia práctica
en el funcionamiento del juicio oral adquirida por algunos de los académicos que participamos en el
proceso de reforma, en el contexto de programas de entrenamiento de destrezas de litigación y simu-
laciones de juicios que tuvieron lugar paralelamente a la discusión legislativa.” Duce; Riego, Proceso
Penal, cit. nota n. 3, p. 483. (lo destacado es nuestro).
46
La cursiva no está en el original. Etcheberry, “Consideración”,cit. nota n. 25, pp. 671 y ss., crítica que
se haya afirmado que se trata de un concepto decantado. Por el contrario, en el Derecho anglosajón
a pesar del tiempo transcurrido, todavía se generan cuestionamientos. Cfr. Horvitz; López, Derecho
Procesal, Tomo II, cit. nota n. 3, p. 158 y ss.
47
Para Ferrajoli, Derecho y Razón, cit. nota n. 1, p. 564, lo que caracteriza al sistema inquisitivo es
que el juez procede de oficio a la búsqueda, recolección y valoración de las pruebas, llegando al juicio
después de una instrucción escrita y secreta de los que están excluidos o limitados los derechos de la
defensa. Ilustrativo resulta lo expuesto por Foucault, Michel,Vigilar y castigar, Traducción de Garzón,
Aureliano, Buenos Aires, Siglo XXI, 2002, pp. 41 y ss., para dar a conocer las particularidades del sistema
inquisitivo entre los siglos XV y XVIII. El proceso era secreto hasta la sentencia, el que se desarrollaba
sin el acusado o al menos sin conocer la acusación, los cargos, las declaraciones y las pruebas. El
control absoluto lo tenía quien instruía el proceso. Asimismo, el acusado no tenía posibilidades de
acceder a un abogado a fin de comprobar las irregularidades del proceso. La forma escrita y secreta
del procedimiento respondía al principio de que en materia penal el establecimiento de la verdad era
para el soberano y los jueces un derecho absoluto y un poder exclusivo. Ante la justicia del soberano,
todas las voces deben callar.
48
Cfr. Maier, Derecho procesal penal, cit. nota n. 29, pp. 284 ss.; Ferrajoli, Derecho y Razón, cit. nota
n. 1, p. 565;Vázquez Rossi, Jorge,Derecho procesal penal, Tomo II,Rubinzal-Culzoni, Buenos Aires,
1997, p. 281;Paillas, Enrique,Derecho procesal penal, Volumen I, Editorial Jurídica de Chile, Santiago,
1984, pp. 9 y ss.; Fontecilla Riquelme, Rafael,Tratado de Derecho procesal penal, 2º Edición, Tomo
I,Editorial Jurídica de Chile, Santiago, 1978, p. 39 y ss.
49
Como afirma Foucault, Vigilar, cit. nota n. 47, p. 42, para establecer la verdad debían aplicarse
ciertas reglas. Precisamente el secreto imponía un modelo riguroso de demostración penal. Este autor
destaca además, que este sistema de pruebas legales hacía que la verdad en la esfera penal fuera el
resultado de un arte complejo, que sólo era conocido por especialistas; cfr. Bofill, Jorge, “La prueba
en el proceso penal”, Revista de Derecho y Jurisprudencia T. XCI, N. 1, 1994, pp.21-22; Paillas,
Enrique,La prueba en el proceso penal, Editorial Jurídica de Chile, Santiago, 1982, pp. 12-13; Riego,
Cristián, “Nuevo estándar de convicción”, Informe de Investigación de la Facultad de Derecho de la
Universidad Diego Portales Nº 17, 2003, pp. 5-6.
50
Cfr. Roxin, Claus,Derecho procesal penal, 25º Edición Alemana, Traducción de Córdoba, Gabriela;
Pastor, Daniel, Editores del Puerto, Buenos Aires, 2003, p. 558; Foucault, Vigilar, cit. nota n. 47, pp.
43-44; Riego, Cristián;Duce, Mauricio, Introducción al nuevo sistema procesal penal, Universidad Diego
Portales, Santiago, Volumen. 1, 2002, p. 51; Riego, “Nuevo estándar”, cit. nota n. 49, p. 6; Paillas, La
prueba, cit. nota n. 49, pp. 77 y ss.
51
Ferrajoli, Derecho y Razón, cit. nota n. 1, p. 565, señala que la inquisición al reaparecer en el s.
XIII con las Constituciones de Federico II tratándose de los procesos por crímenes de lesa majestad,
respecto de los procesos eclesiásticos por los delitos de herejía y brujería, tales formas adquirieron
mayor fuerza y dureza, pues el ofendido era Dios y por ello la acusación obligatoria y pública, suponía
una investigación de la verdad que no admitía incertidumbre, por tanto la colaboración del acusado
debía ser forzosa; Cfr. Vázquez, Derecho procesal, cit. nota n. 48, p. 289; Maier, Derecho procesal
penal, cit. nota n. 29, p. 292.
52
En estos términos, Vázquez, Derecho procesal, cit. nota n. 48, p. 291. Es por esta razón que la tor-
tura adquirió tanta relevancia, pues era indispensable para lograr la confesión y así extraer la verdad.
La tortura tuvo una minuciosa regulación –también como garantía para el imputado a fin de impedir
actuaciones innecesarias– para así lograr que la confesión estuviera dotada de la necesaria calidad que
permitiera reconstruir la verdad histórica. Cfr. Maier, Derecho procesal penal, cit. nota n. 29, p. 293;
Foucault, Vigilar, cit. nota n. 47, pp. 45 ss.; Paillas, Derecho procesal, cit. nota n. 48, pp. 38 ss.
53
Cfr. Foucault, Vigilar, cit. nota n. 47, p. 45; Paillas, Derecho procesal, cit. nota n. 48, pp. 54 ss.;
Paillas, La prueba, cit. nota n. 49, pp. 19 ss.; especialmente ilustrativo es lo expuesto por Beccaria,
César,Tratado de los delitos y de las penas, Traducción deBernaldo De Quiros, Constancio,Editorial
Cajicas, México, 1957, pp. 88 y ss.
54
Art. 105: “Se prohíbe a todos los jueces, autoridades y Tribunales imponer la pena de confiscación
de bienes, y la aplicación de toda clase de tormentos. La pena de infamia no pasará jamás de la per-
sona del sentenciado.”
que olvidar que lo se busca es la verdad histórica y qué mejor que contar con
la confesión del inculpado–55. Es así, que algunos medios del antiguo sistema
procesal sí tenían la capacidad de mermar la voluntad del sujeto y con ello lograr
la confesión56 –empleo excesivo de la prisión preventiva, práctica habitual de la
incomunicación, interrogatorios policiales sin mayores regulaciones (Art. 120
bis del Código de Procedimiento Penal), en fin, los sumarios prolongados–57.
Por otro lado, dada la exigencia de la debida correlación entre el fallo y el
grado de certeza, ello daba lugar a que mientras lo anterior no acontecía se
sobreseía temporalmente la causa, manteniéndose sobre el sujeto la constante
incertidumbre acerca de la reiniciación del proceso.
En este contexto se comprende el Art. 456 bis del Código de Procedimiento
Penal, el que esencialmente exige que los jueces lleguen a la certeza o seguridad
de que se ha cometido el delito y la participación a través de los medios de
prueba legal y en donde la confesión adquiere especial importancia58.
En todo caso y demostrando con ello la carencia de una adecuada sistemati-
zación en esta esfera, debe hacerse notar que si bien el antiguo sistema procesal
se establece la prueba legal59, también es posible hallar diversas disposiciones
que se apartan de lo anterior, sobre todo respecto a determinados delitos, esta-
bleciendo otros sistemas probatorios. En este orden, pueden citarse, por ejemplo,
el derogado Art. 36 de la Ley 19.366 –tráfico ilícito de estupefacientes60–, y el
Art. 59 de la Ley 11.625 –respecto de los delitos de hurto y robo61–.
55
Al respecto, cfr. Tortura, Derechos humanos y justicia criminal en Chile, Escuela de Derecho de la Univer-
sidad Diego Portales y Centro por la justicia y el Derecho Internacional, Santiago, 2002, pp. 34-36.
56
Así ya lo ha expuesto claramente, Riego, “Nuevo estándar”, cit. nota n. 49, pp. 8-9;Riego; Duce,
Introducción, cit. nota n. 50, pp. 343-346.
57
Claramente se expone en Informe anual sobre Derechos Humanos en Chile en 200 (hechos de 2002),
Facultad de Derecho de la Universidad Diego Portales, Santiago, 2003, p. 12-20, como el sistema
inquisitivo no satisface siquiera la garantía más básica como es la del derecho a juicio.
58
Así, Bofill, “La prueba”, cit., nota n. 49, p. 22. El juez no está obligado a someter su convicción
al resultado de la prueba legal. Es decir, no sólo debe decidir sobre la base de dichas reglas, sino
también sobre su convicción personal. Lo que el juez no puede hacer es adquirir la convicción por
otros medios de prueba.
59
Para Abalos, Washington,Derecho procesal penal, Tomo II, Ediciones Jurídica de Cuyo, Santiago,
1993, p. 403, no es lo mismo hablar de prueba legal que prueba tasada o tarifada. En efecto, tratándose
de la prueba tasada, la ley no sólo precisa los medios de prueba sino que además determina el valor
de éstas. En cambio, respecto de la sana crítica racional o de íntima convicción es posible regular
los medios de prueba –por tanto, existe también un sistema de prueba legal–, pero no se les asigna
un determinado valor probatorio, dejándose que el juzgador libremente seleccione los medios que
motivan su decisión.
60
Art. 36: “En la sustanciación y fallo de los procesos por los delitos a que se refiere esta ley, los
tribunales apreciarán la prueba de acuerdo con las reglas de la sana crítica”.
61
Art. 59: “En los procesos por delitos de robo y hurto los Tribunales apreciarán la prueba en con-
ciencia”.
62
Cfr. el somero examen que hace Etcheberry, “Consideración”,cit. nota n. 25, pp. 665 y ss.
63
Para conocer la evolución experimentada en dicho período, Mittermaier, Kart Joseph,Tratado de la
prueba en materia criminal, Traducción de González Del Alba, Primitivo, Hammurabi, Buenos Aires,
2006, pp. 45 ss.; Cfr. Vegas Torres, Jaime,Presunción de inocencia y prueba en el proceso penal, La
Ley, Madrid, 1993, p. 157; Roxin, Derecho, cit. nota n. 50, pp. 563 ss.;Paillas, La prueba, cit. nota n.
49, p. 25 y ss.
64
Cfr. Roxin, Derecho, cit. nota n. 50, p. 564.
65
Cfr. Bofill, “La prueba”, [Link] n. 49, p. 22; Maier, Derecho procesal penal, cit. nota n. 29, pp.
353 ss.;
66
Cfr. Bofill, “La prueba”, cit. nota n. 49, p. 23; Roxin, Derecho, cit. nota n. 50, p. 565 y ss.; Muñoz
Conde, La búsqueda, cit. nota n. 30, p. 116, para quien la intime conviction conduce a un subjetivismo
extremo en el que en muchas ocasiones los “hechos probados” se convierten en una auténtica “caja
de sorpresas”.
67
Con detalle, Vegas, Presunción de inocencia, cit. nota n. 63, pp. 164 y ss.
68
Así, Vegas Torres, Presunción de inocencia, cit. nota n. 63, pp. 159 y ss., quien señala que el propio
Tribunal Supremo sostenía la ilimitada libertad del juzgador en la averiguación de la verdad. El juzgador
no se hallaba vinculado por las reglas de la sana crítica, ni a las de la lógica o la razón en su tarea de
apreciación de la prueba.
69
Vegas, Presunción de inocencia, cit. nota n. 63, p. 167, cita la sentencia del Tribunal Supremo es-
pañol –19 de febrero de 1988– que al referirse a la presunción de inocencia señala: “En el seno del
proceso penal, la traducción de tan prestante y apreciada regla estriba ab initio inocente al inculpado,
traspasando a las partes acusadoras la carga aportadora de aquellos elementos de prueba capaces de
trocar ese planteamiento inicial en un fundado y razonable veredicto culpabilístico; y ello de tal modo
que, ante un vacío de aportaciones, ante cualquier fracaso en el suministro de datos reveladores de la
efectiva participación del encausado en el hecho criminal investigado, se impone su absolución con
independencia de la convicción íntima subyacente en el ánimo del juzgador”.
70
Como señala IgartúaSalaverría, Juan,El caso Marey. Presunción de inocencia y votos particulares,
Trotta, Madrid, 1999, pp. 13 ss. la motivación de las sentencias desempeña dos funciones, a saber,
una burocrática –o técnico-jurídica– y otra democrática –o social–. Precisamente, esta función social
de la motivación no se ve afectada por el hecho de que en la práctica muy pocos lean las sentencias,
pues debe entenderse que la fundamentación no sólo legitima la decisión frente a la sociedad, sino
también, lo que puede ser aún más importante: la legítima frente al justiciable. El condenado debe
poder comprender las razones que invoca el Estado para privarle de uno o más de sus derechos fun-
damentales. Cfr., asimismo, Ferrajoli, Derecho y Razón, cit. nota n. 1, pp. 622-623.
71
El derecho a la tutela judicial efectiva supone la obtención de una resolución fundada en el derecho,
lo que exige su motivación. Para conocer la jurisprudencia española sobre esta materia, cfr. Rodríguez
Fernández, Ricardo,Derechos fundamentales y garantías individuales en el proceso penal, Comares,
Granada, 1999, pp. 4 y ss. Asimismo, Carocca Pérez, Alex,Garantía Constitucional de la Defensa
Procesal, Bosch, Barcelona, 1998, pp. 340-342
72
Etcheberry, “Consideración”,cit. nota n. 25, p. 669.
73
La cursiva no está en el original.
74
Vera, Robustiano, Código de Procedimiento Penal. Comentado y concordado. Imprenta El Debate,
Santiago, 1906, p. 408.
75
Crítico también se muestra, Etcheberry, “Consideración”,cit. nota n. 25, pp. 671 y ss.
76
Y de hecho, no son pocos los autores y jueces que desde hace un tiempo han comenzado a criticar
el estándar de duda razonable y a sugerir un incremento del estándar. Así, por ejemplo, se ha sugerido
que la solución es adoptar la instrucción propuesta por la Federal Judicial Center, que describe la
duda razonable como la exigencia de que el jurado esté “firmemente convencido” de la responsabi-
lidad del imputado. Victor v. Nebraska, 511 U.S. 1, 26 (1994). En el mismosentidoSolan, Lawrence,
“Refocusing the Burden of Proof in Criminal Cases: Some Doubt About Reasonable Doubt”, Texas
Law ReviewN. 78, 1999, pp.105, 144.
77
Park; Leonard; Goldberg,Evidence, cit. nota n. 21, p. [Link] respecto, Etcheberry, “Consideración”,cit.
nota n. 25, pp. 673 y ss., quien hace presente las dificultades que la precisión de la duda razonable
genera en el mundo anglosajón.
78
Cfr. En:[Link] el 03/05/2011].
el ente acusador debía probar la culpabilidad del acusado más allá de toda
duda razonable79.
Dicha sentencia señala: “Lest there remain any doubt about the constitutional sta-
ture of the reasonable-doubt standard, we explicitly hold that the Due Process Clause
protects the accused against conviction except upon proof beyond a reasonable
doubt of every fact necessary to constitute the crime with which he is charged”80.
Sin pretender entrar en mayores disquisiciones, en general puede decirse
que en el Derecho anglosajón la duda razonable se entiende, mayoritariamen-
te, con un carácter fuertemente subjetivo, como estar frente una duda fundada
sobre la base de la razón y el sentido común –incluso, se llega a hablar de la
necesidad de certeza moral81– y no sobre la base de puras especulaciones82. En
consecuencia, la exigencia de la superación del umbral de la duda razonable
dice relación con la obligación de quien tiene el peso de la prueba –burden of
proof– de refutar la presunción de inocencia a través de pruebas que vayan más
allá de toda duda razonable. Como afirma Chiesa Aponte, desde una perspectiva
cualitativa del estándar probatorio: “La prueba más allá de toda duda razonable
no significa certeza absoluta ni certeza matemática; es suficiente la convicción
o certeza moral en un ánimo no prejuiciado”83.
Al respecto, en la citada sentencia In Re Winship se afirma: “Moreover, use
of the reasonable-doubt standard is indispensable to command the respect and
confidence of the community in applications of the criminal law. It is critical that
the moral force of the criminal law not be diluted by a standard of proof that leaves
people in doubt whether innocent men are being condemned. It is also impor-
tant in our free society that every individual going about his ordinary affairs have
confidence that his government cannot adjudge him guilty of a criminal offense
without convincing a proper factfinder of his guilt with utmost certainty”.
Pues bien, ¿cuáles son los niveles de prueba que se han desarrollado en el
mundo jurídico norteamericano? Es decir, cuáles son los estándares de prueba
–Standars of Proof– que se disponen. Al respecto, es posible distinguir tres
niveles, a saber, más allá de toda duda razonable, que es el más estricto y el
79
Chiesa, Derecho procesal, Vol. II, cit. nota. 21, p. 51; Lafave, Wayne R.; Israel, Jerold H.; King, Nancy
J.,Criminal Procedure, 3° Edición, West Group, Saint Paul, MN, 2000, p. 540; Horvitz; López, Derecho
Procesal, Tomo II, cit. nota n. 3,p. 154, traduciendo el dictum relevante de la sentencia en cuestión.
80
En:[Link] el
03/05/2011].
81
Sobre el punto, Horvitz; López, Derecho Procesal, Tomo II, cit. nota n. 3,p. 162-164;
82
De hecho, la propia Corte Suprema de Estados Unidos ha reconocido, reiteradamente, que la duda
razonable es un criterio subjetivo. Así, en el caso Jackson V. Virginia, el máximo tribunal estadounidense
sostuvo que el jurado, para poder condenar a alguien, debía lograr “un estado subjetivo cercano a la cer-
tidumbre”. Cfr. críticamente, Laudan, “Por qué un estándar de prueba subjetivo”, cit. nota n. 9, p. 105.
83
Chiesa, Derecho procesal, Vol. III, cit. nota n. 21, p. 378.
exigible para los casos criminales, a continuación está la prueba clara y con-
vincente84, y por último, la prueba preponderante85 –para los casos civiles–86.
En este sentido, Fletcher87, a fin de graficar los niveles de exigencias recién
descritos, recurre al siguiente ejemplo: si se está en un campo deportivo con
líneas numeradas de 1 a 100, se supera el estándar de la duda razonable
cuando el balón llega a la línea 9988; respecto a la prueba clara y convincente
84
El estándar de prueba “clear and convincing” fue usado, por primera vez, por la Corte de Apelaciones
de Nueva York cuando debió resolver un caso sobre el derecho a la muerte. El JuezWachtlerdefinió el
estándarseñalandoque“Clear and convincing proof should… be requiered in cases where it is claimed
that a person, now incompetent, left instructions to terminate life sustaining procedures when there
is no hope of recovery”. El mismo estándar fue luego utilizado por la Corte Suprema de los Estados
Unidos, en el conocido caso sobre el derecho a la muerte Cruzan v. Director, Missouri Department of
Health, 497 U.S. 261 (1990).
85
También denominado, “preponderancia de las evidencias”. En el sistema canadiense, este estándar
se conoce como “balance of probabilities”.
86
Lafave; Israel; King, Criminal Procedure, cit. Nota n. 79, p. 540; Park; Leonard; Goldberg, Evidence, cit.
nota n. 21, pp. 89-90; Chiesa, Derechoprocesal, Vol. III, cit. nota n. 21, p. 378; Dressler, Joshua;Thomas
III, George C.,Criminal Procedure: Principles, Policies and Perspectives, West Group, Saint Paul, MN,
1999, pp. 1246-1250; Horvitz;LópezMasle, DerechoProcesal, Tomo II, cit. nota n. 3, p. 155. Podríamos,
citando a Gascón, definir el estándar de prueba preponderante como aquel en que una hipótesis sobre
un hecho resultará aceptable o probada cuando sea más probable que cualquiera de las hipótesis al-
ternativas sobre el mismo hecho manejadas o consideras en el proceso y siempre que dichas hipótesis
resulte más probable que no; es decir, más probable que su correlativa hipótesis negativa. Gascón,
“Sobre la posibilidad de formular”, cit. nota n. 4, p. 130.
87
Fletcher, George P,Conceptos básicos de Derecho Pena, Traducción de Muñoz Conde, Francisco,
Tirant lo Blanch, Valencia, 1997, pp. 36-37.
88
Hay diversas maneras de aproximarse al fenómeno de la duda razonable y en el mundo anglosajón
la cuestión no ha sido pacífica. Así, algunos autores, en general los académicos como Fletcher, prefieren
una aproximación Bayesiana, eminentemente probabilística y profundamente subjetiva, al estándar de
prueba. Y, entonces, suelen recurrir a un umbral de probabilidad (del 90% al 95%) que se debe lograr
para poder condenar a una persona. Otros en cambio, han sugerido que los juicios son “historias” y
el estándar de duda razonable sería –mirado cualitativa y también subjetivamente– la medida de la
certeza que el jurado debería tener respecto de las narraciones de cada una de las partes, en especial
del ente persecutor. Así, entonces, la duda razonable, quedaría reducida a carecer de toda duda, o tener
una alta confianza subjetiva. Sin embargo, aplicar el modelo de la narración a los procesos penales
ha sido problemático. Sobreé[Link], Ronald, “A reconceptualization of Civil Trials”, Buffalo Uni-
versity Law ReviewN. 66, p. 426 y ss; Allen, Ronald;Leiter, Brian: “Naturalized Epistemology and the
Law of Evidence”, VA Law ReviewN.87, 2001, p.1491, p. 1528. Una crítica al modelo probabilístico
en, Laudan, “Por qué un estándar de prueba subjetivo”, cit. nota n. 9, pp. 105 y ss. Sin perjuicio de las
profundas críticas que pueden hacerse a ambos modelos de interpretación del estándar probatorio, los
dos comparten una alta exigencia probatoria para alcanzar una condena. En la lógica bayesiana, se
sostiene un porcentaje alto de probabilidad y, desde la óptica subjetiva, un nivel alto de confianza. Por
lo mismo, no compartimos la posición de Riego y Duce cuando, a pretexto de un sistema que durante
la etapa de investigación respeta la autonomía y los derechos del individuo, proponen un estándar de
prueba –además de subjetivo–, reducido. Duce; Riego, Proceso Penal, cit. nota n. 3, pp. 483 y ss.
89
Delmas-Marty, Mireille (Dir.),Procesos penales de Europa, Traducción de Morenilla Allard, Pablo,
Eijus, Zaragoza, 2000, pp. 621-622.
90
En estos términos, Fletcher, Conceptos básicos, cit. nota n. 87, p. 37.
91
Con todo, debe advertirse que a los jueces, en general, no les gusta esta aproximación bayesiana
al concepto de duda razonable, porque aquello sería un reconocimiento explícito de la falibilidad
del sistema y de la posibilidad de que éste cometa errores. En cambio, prefieren esconderse detrás de
discursos como el de la verdad formal, la verdad del juicio o la verdad procesal, que, no cabe duda,
encierran un fuerte contenido decisionista.
92
Es un caso muy conocido que tuvo lugar en España, en que numerosas personas sufrieron lesiones
graves y enfermedades, e incluso la muerte, por haber consumido aceite de colza desnaturalizado,
mezclado y adulterado con otras sustancias que no se pudieron determinar. Sin embargo, otras per-
sonas que también consumieron el aceite no desarrollaron ningún síndrome tóxico. Con detalle, cfr.
Paredes Castañón, José Manuel;Rodríguez Montañés, Teresa;El caso de la colza: responsabilidad penal
por productos adulterados o defectuosos, Tirant lo Blanch, Valencia,1995, passim.
93
Taruffo, “Tres observaciones”, cit. nota n. 17, p. 121.
94
Por lo mismo, resultan sugerentes todas las críticas que Pizzi le asigna al sistema procesal penal
estadounidense, y particularmente al juicio oral, cuando sostiene que se ha transformado en un juicio
indiferente frente a la verdad. Cfr. portodos, Pizzi, William: Trials Without Truth, New York University
Press, New York and London, 1999. Ello, a pesar de que la Corte Suprema de Estados Unidos, en el
año 1966 había sostenido que el propósito básico del juicio oral es buscar la verdad. Cfr. Tehan v.
U.S. 406, (1966).
95
Johnson v. Louisiana, 406 U.S. 356 (1972).
96
Apodaca v. Oregon , 406 U.S. 404 (1972).
97
Jury Unanimity in California: Should it Stay or Should it Go?
98
Brief of Amicus Curiae The Federal Public Defender for the District Court Oregon In Support of
Petitioner, presentadopara ante la Corte Suprema de los EstadosUnidos en el caso Alonso Herrera v.
The State of Oregon.
99
Drabsch, Talina,Majority Jury Verdicts in Criminal Trial, NSW Parliamentary Library Research Service,
2005.
Amar, Akhil Reed, “Reinventing Juries: Ten Suggested Reforms”, U.C. Davis Law ReviewN. 1169,
100
101
Así también lo expone Etcheberry, “Consideración”,cit. nota n. 25, p. 677.
102
Compartimos, en ese sentido, con Bayón cuando sostiene que para considerar satisfactorio un
estándar de prueba cualquiera –y eso se aplica al nuestro– debiera reunir cuatro requisitos. En primer
término, y como lo hemos dicho tantas veces, no debe tratarse de un estándar subjetivo, por lo mismo
no puede referirse a estados mentales del juzgados –como su “pleno convencimiento” su “ausencia
de duda”– porque aquello es francamente incompatible con la concepción racionalista de la prue-
ba. En segundo término, debe estar formulado en forma tal que haga posible determinar a través de
procedimientos intersubjetivamente controlamos cuándo ha quedado satisfecho y cuándo no. En
tercer lugar, su formulación debe ser tal que de su aplicación correcta resulte exactamente la ratio
entre falsos positivos y falsos negativos. Por último, de su aplicación debe resultar esa distribución
del riesgo, pero precisamente en razón de la calidad de los elementos de prueba y de las cadenas de
inferencias probatorias que es preciso llevar a cabo a partir de los mismos. Cfr. Bayón, “Epistemología,
moral y prueba de los hechos”, cit. nota n. 28, p. 7. Si eso es así, y si nuestro Código Procesal Penal
pretende tener un estándar de prueba satisfactorio, entonces lo razonable es que habiendo un voto
de minoría, que cumpla con las obligaciones constitucionales y legales de motivación racional, ana-
lítica y objetiva, aquello debería impedir, como efectivo mecanismo de distribución del error, que el
imputado sea condenado.
103
Taruffo, “Tres observaciones”, cit. nota n. 17, p. 121.
104
Acerca del principio in dubio pro reo, cfr. Maier, Derecho procesal penal, cit. nota n. 29, pp. 494 ss.
105
Dicho de otra manera, el principio in dubio pro reo, le otorga a un imputado un cierto grado de
duda respecto de la imputación en su contra (si fuera todo duda no se podría condenar a nadie). Por
lo mismo, su relación con la duda razonable –y sobre todo entendiendo que ella es un estándar par-
ticularmente alto– de inclusión. La duda razonable, en el ámbito del juicio, incorpora el principio in
dubio pro reo. Así, en palabras de Laudan, el imputado debería ser absuelto, incluso si pensamos que
es probablemente culpable, a menos que el nivel de culpabilidad satisfaga un estándar de prueba muy
exigente. Por lo mismo, no hay beneficio de la duda que sea de fundamentación libre, independiente
del estándar de prueba. Laudan, “Por qué un estándar de prueba subjetivo”, cit. nota n. 9, p. 112.
106
En sentido, Vegas Torres, Presunción de inocencia, cit. nota n. 63, pp. 208-209, afirma: “En estos
casos, ante la insuficiencia de la norma sustantiva para orientar la decisión, es preciso que el orde-
namiento suministre al juzgador un criterio que, o bien le permita sustituir la incertidumbre derivada
de la prueba (o de la ausencia de ella) por una certidumbre de origen legal (o constitucional) sobre la
cual poder decidir, aplicando o dejando de aplicar la norma penal o bien le indique directamente el
sentido que ha de dar a la decisión en caso de incertidumbre. En este terreno nos encontramos ya con
una primera diferencia entre la forma de actuar el in dubio pro reo y la presunción de inocencia como
criterios de decisión en caso de incertidumbre. En efecto, el in dubio pro reo actúa como regla que
orienta directamente la decisión en sentido absolutorio, cuando la culpabilidad del acusado es incierta.
Su propia formulación vincula directamente la incertidumbre (in dubio) con la decisión favorable (pro
reo). La presunción de inocencia, en cambio, determina el sentido de la decisión de manera indirecta
o mediata, sustituyendo la incertidumbre por la certeza de la inocencia del acusado, lo que conduce
a su absolución por no darse el supuesto del hecho de la norma penal”. Chiesa, Derecho procesal,
Vol. II, cit. nota n. 21, p. 52.
Sobre la importancia que puede tener el voto particular en una sentencia penal, cfr. Igartúa, El caso
107
Marey, cit. nota n. 70, p. 28 y ss.; Etcheberry, “Consideración”,cit. nota n. 25, pp. 677-678.
108
Habiendo dicho esto, entonces, parece evidente que no compartimos en lo absoluto la así lla-
mada “tesis Juicia” según la cual las sentencias absolutorias permitirían un nivel de argumentación
inferior a las condenatorias, porque estas últimas –en razón de una garantía– requerirían mayor nivel
de fundamentación. Esa tesis descansa –ahora desde la mirada de las sentencias absolutorias– en una
perspectiva subjetivista de la duda razonable que se debe rechazar.
109
No desconocemos que la exigencia de unanimidad, incluso en sistemas que tienen un mecanismo
de adjudicación por jurados está en retirada. Así, salvo Canadá, no hay otro país en el mundo que exija
unanimidad para todos los juicios penales. En Estados Unidos, como se sabe, a nivel federal la exigen-
cia es la unanimidad del jurado para condenar, pero no pasa lo mismo en los Estados de Louisiana y
Oregon, que ahora permiten, incluso mediante reformas a sus constituciones estatales, la posibilidad
de condenar con algo menos que la unanimidad. Sobre la discusión respecto de la unanimidad en el
modelo norteamericano Cfr. Diamond, Shari; Rose, Mary;MurphyBeth, “RevisitingtheUnanimityRequi-
rement: TheBehavior of the Non-Unanimous Civil Jury”, NorthwesternUniversityLawReview Vol. 100,
N. 1, pp. 201 ss. En Inglaterra, por su parte, en el año 1967 se abolió la exigencia de la unanimidad,
básicamente a consecuencia de una serie de casos de persecución a miembros de la mafia (London
Gangsters) donde se alegó la existencia de sobornos y amenazas al jurado. Nada de eso se pudo com-
probar. Cfr. Criminal JusticeAct 1967. En todo caso la exigencia o no de unanimidad en sistemas de
jurado es irrelevante para nuestra discusión, porque a decir de Laudan, en esos modelos –aunque él
pretende, a nuestro juicio erradamente, ampliarlo a otros modelos– existe un exceso de subjetivismo,
el jurado no debe motivar sus decisiones y, probablemente, su razonamiento funciona más sobre la
base de una pugna de historias, más que el análisis razonado de cada una de las pruebas presentadas
en el [Link]. Laudan, “Por qué un estándar de prueba subjetivo”, cit. nota n. 9, pp. 98 ss.
110
En el mismo sentido Báez para quien la “decisión de condenada debe ser tomada por todos los
miembros del órgano jurisdiccional colegiado, por tratarse de una operación jurídica de primer grado,
por lo que en el evento de que uno de ellos no haya alcanzado esta certeza necesaria, existiendo a su
juicio fundamentos razonables basados en los medios de prueba rendidos para no dar por acreditados
las proposiciones fácticas relativas a la existencia del hecho punible o a la participación del acusado
en él, el resultado del juicio debe necesariamente ser un veredicto de naturaleza absolutoria”. El autor
también comparte con nosotros la tésis que las decisiones en torno a cuestiones de carácter jurídico.
calificantes puedan ser tomadas por simple mayoría. Lo que nos separa, en todo caso, es que él con-
sidera que se requiere una modificación legal para normativizarlo, nosotros consideramos que sí es
posible, conforme a una interpretación constitucionalmente. Cfr., Báez, “¿Estándar de convicción o
arbitrariedad judicial?”, cit. nota n. 5, p. 874.
penal y que permiten adoptar resoluciones por la mayoría absoluta –Art. 72–111.
Por tanto, lo expuesto sólo podría tener valor como propuesta de lege ferenda
siendo necesario adecuar nuestra normativa a la exigencia de unanimidad, si se
pretende que exista la debida coherencia con este nuevo estándar de prueba.
Para responder lo anterior, creemos que es necesario efectuar ciertas distin-
ciones. Cuando se está frente a hechos, el tribunal debe resolver por unanimidad,
por exigencia del propio Art. 340 del Código Procesal Penal. Y es que la imposi-
ción de la superación de la duda razonable, dispuesta por la propia ley, supone
que el tribunal en su conjunto considera que las pruebas producidas durante
el juicio oral no presentan dudas razonables –conforme a los principios de la
lógica, de las máximas de la experiencia y los conocimientos científicamente
afianzados–, acerca de la existencia de un hecho punible y de la culpabilidad
del acusado. Resulta del todo incoherente desde la perspectiva procesal, y
contrario a la presunción de inocencia como se ha señalado supra, condenar
cuando uno de los miembros del tribunal valora razonadamente que las mismas
pruebas no son suficientes para alcanzar la exigencia de convicción.
Por lo anterior, somos del parecer que no es necesaria una reforma, pues de
lege lata, atendido lo dispuesto en el Art. 340, se puede desprender la exigencia
de la unanimidad para condenar, dado que la propia ley establece el estándar
y sobre qué debe recaer la convicción del tribunal112.
En efecto, consideramos que una interpretación constitucionalmente correcta
debiera considerar que una condena a un ciudadano, respecto del cual uno de
los jueces del proceso adjudicatario estuvo por absolverlo mediante un voto
efectivamente razonado, es inadecuada desde el derecho al debido proceso que,
entre otras cosas, debiera considerar el estándar de prueba de duda razonable
como una exigencia de unanimidad.
En cambio, si se está frente a consideraciones de derecho o cuestiones de
carácter jurídico-calificantes; es decir, cuando no se presentan cuestionamientos
en torno a la existencia del hecho punible y las discrepancias dicen relación
con la figura típica que se conforma –siempre, claro está, que se ha llamado a
111
Art. 72. “Las Cortes de Apelaciones deberán funcionar, para conocer y decidir los asuntos que les
estén encomendados, con un número de miembros que no sea inferior al mínimum determinado en
cada caso por la ley, y sus resoluciones se adoptarán por mayoría absoluta de votos conformes.”
112
Se podría criticar que esta postura generaría fuertes discrepancias para determinar en el Tribunal si
el voto de minoría es razonado y motivado suficientemente, lo que podría generar confusiones para
determinar cuándo procede o no la condena. La solución es bastante más sencilla, en esos casos el
sistema recursivo operaría como debería hacerlo, es decir, si el Ministerio Público –o el querellante–
consideraran que el voto de minoría no cumple los requisitos del Art. 342, podría recurrir e intentar
un nuevo juicio. Aquello, por cierto, en la lógica –que nosotros no compartimos– de que el Ministerio
Público debiera tener derecho al recurso. Pero esta es una discusión de legeferenda hoy en nuestro
sistema donde, por el contrario, hay texto expreso que reconoce el carácter de agraviado del Ministerio
Público y por lo mismo legitimado para recurrir.
113
Esto nos aleja, por cierto, de las concepciones más cercanas a la idea de verdad consensuada o
de mera narración y nos acerca –como lo hemos hecho en el trabajo– a una relación más epistemo-
lógica del proceso penal. Y nos parece que no solamente hay razones teóricas, lógicas y políticas que
permiten afirmar que esta postura debe prevalecer en nuestro modelo, sino que también razones de
carácter positivas. Así, en nuestra normativa adjudicativa hay suficientes ejemplo que nos permiten
sostener eso, a saber, y a modo simplemente demostrativo: la norma que autoriza al juez de garantía a
reabrir la investigación y ordenar al Ministerio Público la realización de ciertas diligencias previamente
solicitadas por las partes, a menos que fueran manifiestamente impertinentes, que tuvieren por objeto
acreditar hechos públicos y notorios o que fueran puramente dilatorias (con lo cual el juez debe hacer
un control de mérito –de correspondencia epistemológica de las mismas– para determinar su realización)
–Art. 257–; o la que permite a las partes llegar a ciertas convenciones probatorias que, en todo caso,
nos son completamente vinculantes para los miembros del Tribunal, si en el juicio oral se les presenta
prueba contradictoria con aquella (con la debida motivación de su rechazo y las justificaciones de su
refutación) –Art. 275–; aquella que permite a los jueces hacer preguntas aclaratorias en la declaración
de imputados y testigos (que lo diferencia con la total pasividad, por ejemplo, que deben tener los
miembros de un jurado) –Art. 326 y 329–; y la que permite que el tribunal –autónomamente– pueda
constituirse en un lugar distinto de la sala de audiencias para apreciar determinadas circunstancias re-
levantes del caso –Art. 337–. Pero también existen otras normas que indudablemente permiten rechazar
una posición favorable de nuestro proceso penal a las lógicas narrativas, como aquella que autoriza
al Juez de Garantía a rechazar de oficio un principio de oportunidad –Art. 170–; la que permite que
el juez de oficio niegue la aprobación de un acuerdo reparatorio cuando considerare que existe un
interés público prevalente –Art. 241–; y las que facultan al juez para oponerse a un procedimiento
abreviado o, incluso, dictar una sentencia absolutoria.
114
Entendemos –siguiendo a Accatino– que aquel voto de minoría debe satisfacer los estándares
de fundamentación de la motivación y que, por lo mismo, se debe estructurar en forma dialógica y
comprenda no sólo la justificación lineal de la hipótesis fáctica acogida, sino también la valoración
singularizada de las pruebas desestimadas y la confrontación de las hipótesis desechadas. Cfr. Accatino,
“La fundamentación de la declaración de hechos”, cit. nota n. 5, p. 14.
niana”) llega a la conclusión que, o bien no se dio por probada la existencia del
delito o la participación en él del imputado, entonces no se entiende cómo, a
partir del voto de mayoría, esa descripción epistemológica de los hechos pueda
“dejar de tener sentido” para el proceso penal, ser “irrelevante” y por lo mismo,
no impedir la condena.
Corolario de la anterior, creemos que hoy se ha desvirtuado absolutamente
el sentido y el alcance del recurso de nulidad, en lo que dice relación con el
voto disidente115. En general, cuando existe un voto disidente la parte que se
considera agraviada, que en general coincide con el voto de minoría, impugna
la decisión sosteniendo que el razonamiento del voto de mayoría no cumplió
con los requisitos del Art. 342 letra c) del Código Procesal Penal y, en cambio,
que sí lo habría hecho el voto de minoría. De manera más o menos inconsciente,
muchas veces lo que se pretende es que la Corte comparta la aproximación
epistemológica (del razonamiento inductivo) del voto de minoría, dando a
entender que aquel se acerca más a la verdad, a fin de que se anule el juicio
o se dicte una sentencia más favorable para el imputado. Sostenemos que
aquello no tiene mayor sentido, por cuanto en la distribución del error parece
ser una inadecuada decisión política-moral. En cambio, como hemos dicho
insistentemente, lo que debería ocurrir es que habiendo un voto de minoría
–adecuadamente motivado y objetivamente razonado– aquel debería impedir
la condena y, sólo en ese caso, el Ministerio Público (o el querellante) deberían
poder recurrir para impugnar ese voto. Por ejemplo, porque se valoró los medios
de prueba infringiendo los límites de la valoración de la prueba fijados en el
Art. 297 del Código Procesal Penal.
VII. Conclusión
Se hace necesario iniciar una discusión sobre esta materia, pues hasta la
fecha no se han extraído muchas de las consecuencias que se debieran derivar
de este nuevo estándar de prueba. Como ya se señaló, en el debate legislativo
no se reflexionó con la debida atención acerca de sus alcances y, por tanto,
su posterior inclusión en el sistema procesal penal resulta del todo discutible.
Sin perjuicio de ello, creemos haber demostrado que al entender el nuevo es-
115
No podremos abordar, por exceder el sentido del presente trabajo, dos aspectos centrales y polé-
micos de la regulación de nuestro recurso de nulidad en el proceso penal. Por un parte, lo restrictivo
en cuanto a la posibilidad de poder revisar cuestiones de hecho en la impugnación de la sentencia de
juicio oral y, en segundo lugar, la posibilidad del Ministerio Publico de poder asumir el rol de sujeto
activo en el recurso e impugnar una sentencia de juicio oral, con el riesgo que ello conlleva de una
segunda oportunidad en que el imputado sea condenado (DoubleJeopardy). Trabajaremos, por ende,
con la regulación actual de nuestro Código que, como se sabe, es absolutamente restrictivo en cuanto
a la revisión de los hechos y que, además, no ve inconvenientes en que el Ministerio Público pueda
impugnar decisiones de los tribunales orales en lo penal.
116
Como afirma Accatino, en nuestra doctrina y en la práctica judicial sigue vigente –y no diríamos
soterradamente– una noción subjetivista de la prueba, que entiende que el objetivo fundamental de la
actividad probatoria es la de lograr la convicción del tribunal y que vincula conceptualmente la prueba
de un hecho con la adquisición por parte del tribunal del estado mental consistente en la creencia
en la ocurrencia de los hechos. Cfr. Accatino, “La fundamentación de la declaración de hechos”, cit.
nota n. 5, p. 13.
117
Así, para Accatino, citando una abundante bibliografía, un modelo de justificación analítico es aquel
que requiere una exposición pormenorizada de todas las pruebas practicadas, del valor probatorio
que se les ha asignado y las razones que lo sustentan y de la cadena de inferencias que permite tener
por justificadas las conclusiones probatorias. Cfr. Accatino, “La fundamentación de la declaración de
hechos”, cit. nota n. 5, p. 13.
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