EL SECRETO DE MARION
Reunió con prisa el equipaje de mano que llevaba disperso en el asiento
adyacente al suyo y, nerviosamente, dejó caer a sus pies el manojo de
cartas que descansaba en su regazo. En la cuarta división del vagón de
pasajeros sólo había viajado ella y un hombre de rostro apagado.
Al acomodarse sobre el hombro la correa de la cartera, se sintió
fatigada. Deslizó la mirada a través de las ventanillas del vagón y pudo
reparar en un largo cartel de bienvenida. Levantó la maleta comprimiendo
todo su cuerpo, se encaminó hasta la portezuela que comunicaba con la
división contigua y la traspuso revisando el recinto vacío que dejaba
detrás. Rápidamente pudo llegar hasta la puerta de salida y descendió con
precaución ayudándose en un recodo del pasamano. De pie en el andén,
distinguió un conjunto de bancas dispuestas en hilera con plazas
disponibles, se acercó hasta ellas y finalmente se derrumbó, liberando la
tensión de sus músculos. Momentos después, el andén quedó flotando en el
vacío, barrido por el silencio de los que abandonaban el lugar sin
contemplar el rastro de humo pardo y negruzco que regaba la locomotora a
su paso. Levantó su equipaje, se dirigió hasta la entrada de la estación
y desde allí pudo advertir el sofocante tráfico que rebalsaba por la
calle que corría frente a ella. Descendió los escalones de mármol de la
entrada y divisó el reloj de metal incrustado en lo alto de un viejo
edificio. Alisó sus cabellos y comenzó a caminar calmadamente hacia el
terminal de taxis. Sin embargo, una lejana duda la asaltó haciéndola
girar el rostro sin poder disimular una oscura incomodidad. Se detuvo
unos segundos a pensar, atinó a coger su manojo de cartas y prosiguió su
camino. “Me necesita”, se dijo, “lo sé”.
El taxi se detuvo frente a una casa con amplios jardines exteriores,
grandes ventanales obstruidos por un espeso cortinaje y fachada
totalmente envejecida. El terreno en el que estaba enclavada era amplio y
podía adivinarse un jardín posterior. Frente a ella, la mujer pudo intuir
las causas de un descuido tan evidente y permaneció contemplando la
maleza que había invadido los bordes de la entrada. Después de unos
instantes más, se acercó hasta la verja de media altura que cercaba el
frente y liberó el pestillo por dentro.
Se dirigió a la puerta para tocar. A los pocos segundos, la silueta de un
hombre de mediana estatura, con los rasgos de la vejez marcados en los
pliegues del rostro y en la profusa canosidad de sus cabellos, se recortó
en el vano. Su rostro ostentaba una barba de varios días, sonreía con
dificultad y un aliento a alcohol se desprendía de su boca. Luego de un
prolongado abrazo, ambos se limitaron a guardar silencio. El hombre
levantó la maleta, la miró fijamente a los ojos e ingresaron al
recibidor.
-Marion...- dijo el hombre en tono explicativo, después de cerrar la
puerta.
Sin mediar palabra, la mujer lo tomó del hombro, levantó el índice
hasta tocarle los labios en señal de silencio y se recostó sobre su
pecho. El hombre la rodeó con sus brazos y le besó los cabellos con
ternura. Inmediatamente después, la condujo hasta la sala con pasos
indecisos y le rogó que lo esperara mientras subía las maletas. La mujer
permaneció con las manos cruzadas observando el juego mecánico de un
reloj atrapado en una urna de cristal hasta que el hombre estuvo
nuevamente frente a ella.
-Me has faltado tanto, Marion- dijo, tomándola de las manos-. Y tenemos
tanto de qué hablar. Bueno, llegas justo para la cena-. La condujo hasta
el comedor, cruzándole el brazo por encima del hombro y le mostró la
mesa. Cogió nuevamente su vaso de whisky que reposaba en ella-. ¡Esto hay
que celebrarlo! Sólo debes esperar un par de minutos–agregó-, un par de
minutos.
La mujer asintió con la cabeza y dibujó un gesto cansado con los labios.
-Está bien –dijo-. Antes quisiera reposar unos minutos-. Se liberó
suavemente, enrumbó hacia las escaleras y agregó-: Tú también me has
hecho falta, ¿lo sabías?, mucha falta.
Al abrir la puerta de su habitación, algo extraño se apoderó de ella. Un
aliento fresco escapó discretamente hasta inundarla y se sintió envuelta
en una atmósfera que iba reconstruyendo con recuerdos vivos. Dio unos
cuantos pasos, se detuvo bajo la lámpara de centro y advirtió, al girar,
que los objetos y la disposición de los muebles no había cambiado. La
habitación era grande y estaba impecablemente conservada. Se acercó al
armario y pudo comprobar, como lo sospechaba, que su ropa y la que había
heredado de su madre se mantenían como antes, protegidas del polvo
gracias a unas cubiertas de plástico. “Nada ha cambiado”, pensó. Descolgó
un vestido con cuidado, un largo vestido de noche nunca usado por ella y
comenzó a bailar con él en suaves evoluciones. Entonces recordó el rostro
de su madre y su espléndida belleza. Su esbelta figura y su voz sensual,
su presencia que llenaba toda la casa, la distancia que se había hecho
cada vez más difícil de sobrellevar.
Inesperadamente se volvió hacia el espejo que reposaba sobre el tocador y
pudo advertir que un inocultable gesto de dolor habitaba su rostro. Trató
de evitarse, pero se sintió atrapada en los contornos de su propia
imagen. Ahora podía ver el color artificial de sus cabellos y las
opacidades de su piel. Se acercó más al espejo sosteniendo una mirada
obsesiva y se mantuvo observando unos minutos el vestido de luces de su
madre, apreciando la delicadeza del talle, el hermoso perfil del corte.
En una reacción automática, arrojó el vestido al piso, cerró los ojos y
se sintió invadida por una profunda amargura. Al instante se dirigió
hacia la puerta de la habitación, cogió la perilla con firmeza y cerró
con llave cuidando de no hacer ruido. Volvió a la cama buscando reposo,
se extendió sobre ella relajándose y logró con esfuerzo que una suave
marea comenzara a mecerla en un concierto pausado, lento. Vinieron a ella
soleadas tardes en una playa solitaria y el sonido de las olas que
rompían en la orilla y que se extendían hasta besarle los pies. El ocaso
de un sol moribundo, el espigón que levantaba una lluvia tupida cuando el
mar se estrellaba contra él, y el rostro de su padre, iluminado por la
luz de una pequeña lamparilla dentro de una carpa de lona. Sí, podía
recordarlo todo con claridad y verse ahora recostada sobre su cama, las
piernas extendidas, la ropa desencajada, las manos intranquilas.
Rápidamente se incorporó negando con la cabeza y se acercó a la ventana
frotándose los ojos. Vio entonces cómo el atardecer invadía la calle
tendiendo un manto pardo que envolvía a los árboles y casas. Autos que se
desplazaban con los faros encendidos y los postes de alumbrado
apresurando el anochecer con la luz que arrojaban sobre la avenida.
Apartó la mirada, buscó su cartera con vehemencia, extrajo un pequeño
espejo y se comenzó a maquillar. Abanicó los párpados suavemente, retocó
el color de su piel y liberó un gesto sensual. “Necesito tranquilizarme”,
pensó. Se acercó hasta la maleta, la tendió sobre la cama y sacó una
chompa. Se la colocó removiendo los costados corridos a un lado y se
volvió al espejo. Finalmente, se devolvió una sonrisa mirándose a los
ojos y salió de la habitación.
-Todo está bien, Marion –se dijo-. Todo está bien.
La mesa estaba puesta y había fuego en la chimenea. Una frutera con
manzanas y damascos y una botella de vino tinto con dos copas de cristal
labrado sobre el mantel blanco. Servilletas brocadas. El hombre había
recogido las arpilleras que se extendían sobre las mamparas que
comunicaban con el jardín interior y miraba hacia él sentado en un amplio
sofá con un nuevo trago en la mano. En la mesa también había dos velas
encendidas.
-¿Marion?- interrogó sin volverse, al escuchar unos golpes agudos que
descendían por la escalera. La mujer apresuró el paso y, en unos
segundos, pudo dominar completamente los ambientes. Observó la mesa del
comedor y se hizo vivo un lejano recuerdo de su madre. Se encaminó
silenciosamente hacia las espaldas del hombre, le vendó los ojos con
alegre disfuerzo y preguntó risueña:
-¿Quién soy?
El hombre dejó el vaso a un costado, colocó sus dos manos con suavidad
sobre las de ella y pronunció su nombre pausadamente. Luego se devolvió
la visión apartándose las manos y se mantuvo en silencio, con la mirada
fija en el jardín.
-Marion –dijo de pronto-. ¿Vienes a vivir nuevamente conmigo, no es
cierto?
La mujer le estrechó las manos en un impulso incontenible rodeándolo por
el frente y trató de levantarlo del sofá.
-¡Vamos! –dijo evasiva- ese jardín no está nada bien. Además la mesa luce
divina-. Estrechó aún más las manos del hombre y recostó sus ojos en los
de él.
-Recibí tus cartas. Sé que todo será diferente desde ahora.
Al instante, el hombre se levantó del sofá y bajó la mirada.
-Esas velas se están consumiendo –dijo la mujer-. Además ya tengo hambre-
. Él le devolvió una sonrisa.
Llegaron hasta la mesa y se sentaron frente a frente. El hombre comenzó a
servir el vino.
-He dejado mi trabajo por ti- dijo la mujer, observando el color granate
que teñía las copas. El hombre detuvo el flujo del líquido y fijó la
mirada en ella por unos segundos. Luego continuó sirviendo.
-Vivir sólo es algo complicado –dijo-. ¿No lo crees?
-Lo sé -respondió la mujer.
Terminó de servir el vino, colocó nuevamente la botella junto a la
frutera y levantó su copa.
-Brindo por ti, Marion –dijo-. Por ti.
-Yo brindo por nosotros.
Acercaron sus copas para el brindis y bebieron todo el contenido.
-Tu madre adoraba esta mesa -dijo el hombre, con nostalgia-. ¿Lo sabías?
Siempre que había algo que celebrar, ella se apresuraba en recordarme las
cosas que no debían faltar. Hoy debes comprar damascos y manzanas,
decía. ¡Y no olvides el vino! Sí -continuó fascinado-, puedo imaginarla
aquí, frente a mí, liberando el humo de su cigarrillo con elegante
indiferencia, observándome con amor, levantando su copa para mí,
envolviéndome con el deseo que brotaba de sus ojos. Marion, su belleza,
su forma de quererme...
De improviso el hombre suspendió la fuerza de sus palabras y permaneció
con la mirada incrustada en el fulgor de las velas, alejado completamente
por el recuerdo, absorbido por el pasado. La mujer lo observaba.
-Marion- dijo después de unos segundos, visiblemente desolado-. ¿Vienes a
quedarte conmigo, no es verdad? ¡Te he necesitado tanto!
La mujer respondió con una ambigua sonrisa insinuada en el apagado color
de sus ojos y reclinó la cabeza. El hombre se sintió desconcertado y solo
atinó a insistir.
-Marion, ¿tengo que volvértelo a pedir?
En ese momento la mujer recordó las cartas y el impulso ciego que la
había empujado a regresar, las palabras envueltas en un clamor que se
volvía plegaria y la visión de su propia vida, apartada, reducida al
consuelo de los recuerdos. “Todo volverá a ser como antes”, pensó, “estoy
segura”. Finalmente, levantó el rostro y preparó cada una de las palabras
en su mente:
-No –respondió-. No tienes que hacerlo. Ahora mejor comamos. Ambos
necesitamos descansar.
Esa noche no pudo retener el sueño. “Me necesita”, se repetía y en esa
constatación depositaba mucho de lo que ella ambicionaba en realidad. La
seguridad que le proporcionaban sus deducciones, luego de la primera
conversación con su padre, después de muchos años, le demostraban que no
había cometido un error al volver. Las cartas parecían haberlo dicho
todo. ¿Había algo más que agregar? Sabía bien que las palabras cuando no
ayudaban confundían los deseos. ¿Por qué no dejar que las cosas se
desenvolvieran con naturalidad? El recuerdo de su madre la perturbaba, no
obstante había aprendido a vivir con él. Lo aceptaba y estaba segura
de que era mejor que las cosas marcharan así. No debía ignorarlo por
ningún motivo.
Los días que siguieron a su regreso los ocupó en el aprendizaje de las
nuevas costumbres de su padre sin descuidar el menor detalle. Intentó
descubrir lo que había detrás de cada uno de sus actos y de las largas
miradas que sostenían cuando el vacío comenzaba a rondar alrededor de
ellos.
Fue así que progresivamente, y para sorpresa suya, comprobó que su padre
era un ser más complejo que el que había abandonado algunos años atrás.
Alguien a quien creía conocer y que, sin embargo, empezaba a sentir
lejano, distante en los momentos en los que alentaba la intimidad
propicia para el diálogo abierto y sincero. No lo podía entender. A pesar
de todo, cada día albergaba secretamente la posibilidad de que sólo se
trataran de suposiciones suyas.
Con el paso del tiempo, todo comenzó a ser monótono de una forma
inevitable y se sintió envuelta en el fantasma del error. Sin embargo,
el compromiso había sido sellado y no había forma de retroceder. Sabía,
también, que una fuerza ingobernable la impulsaba a detener el dolor
instalado en su vida. Esta era su única oportunidad. Debía insistir.
Inicialmente se había detenido en la posibilidad del cambio. Su vida
hasta entonces se había reducido a ciertos momentos de alegría dispersos
en la memoria, sumidos en el sopor de la tristeza y la soledad. Volver a
casa significaba el reencuentro con lo único que poseía.
No esperaba que su padre volviese a vivir como cuando su madre vivía.
Sabía bien que esa muerte había motivado mucho de lo que ella veía a su
alrededor, pero conservaba la esperanza de que todo fuera diferente y se
diera paso al olvido. Ambos, en el fondo, habían alimentado sus días con
recuerdos, de esa forma el contacto interrumpido durante años había
levantado entre los dos un muro infranqueable. Fue entonces que
comprendió que las cartas podían reducirse a un llamado desesperado, un
último llamado del que no podía, a pesar de todo, estar segura.
Como era previsible, llegaron las primeras cartas de sus amigos del
trabajo pero no las respondió. Confirmaba al remitente con un gesto de
indiferencia y luego las rompía sin abrirlas. Cuando se cumplió un mes de
su regreso y su padre se convirtió en una sombra incrustada en el
recuerdo de su esposa, el diálogo se interrumpió y ella pasó a convivir
consigo misma, como lo había intuido desde el principio sin aceptarlo.
Entonces las dudas crecieron hasta inundarlo todo y ella se sintió
prisionera de un destino que no se merecía. Sin embargo, de algo estaba
segura: no se sometería sin oponer una férrea resistencia. Era lo único
que podía pedir. Debía encontrar esa única salida que la ayudara a
reconstruir todo lo que el tiempo había destruido desde la muerte de su
madre.
Comenzó a detenerse en sus recuerdos con más cuidado sin dejar escapar el
menor indicio, sin dejar de vivirlos en la intensidad adecuada. Recuerdos
lejanos, apagados, volvían a instalarse en ella, a ser parte de su vida
cotidiana. Pronto entendió que debía compartirlos con su padre y que esa
podía ser, después de todo, una opción de vida. Encontró entonces un
reducto transparente que podía unirlos y que se mostraba favorable. En
algún momento pensó que podía vivir así, si seleccionaba sólo lo positivo
y si se hacían vida intensa los recuerdos más hermosos. Sin embargo, se
detuvo a combatir su propia resignación y a demostrarse que ése sería
sólo un escape, que la vida la tentaría en todo momento con un ansia
creciente hasta que todo volviese a repetirse desde el principio, como
cuando ella tomó la determinación de marcharse. A menudo regresaba a las
cartas y hurgaba exhaustivamente en cada una de las palabras que la
habían impulsado a regresar. Comprobaba que la soledad envolvía cada uno
de los ruegos de su padre y que era verdad, finalmente, que la
necesitaba. No cabía duda. Pero, ¿cómo la necesitaba? ¿La quería como una
sombra a su costado recogiendo sus pasos hasta la muerte?
“Cambiar a veces resulta más difícil que aprender a vivir”, se decía. No
le exigiría que sepultase el recuerdo de su madre. Sabía bien que esa era
la única razón que podía mantener a su padre con vida y que por encima de
todo debía cuidar esa manera de estar conectado con la realidad. El
recuerdo era opresivo, por cierto, y nada se podía contra él. Su madre
flotaba en el ambiente y todo lo que los rodeaba era la extensión de
ella, de su delicadeza, de su gusto, de su inteligencia, de su amor.
Los días siguieron demostrándole a cada momento que las posibilidades del
cambio se diluirían si seguía alimentando esa forma de vida. Debía tomar
una decisión. Durante noches enteras barajaba todas las posibilidades que
su imaginación podía producir. En ese punto la dependencia de su padre
frente al alcohol se había hecho más profunda. Todo hacía parecer que él
sólo había esperado su regreso para que finalmente comenzara a entregarse
a la autodestrucción con mayor libertad. ¿Acaso quería que ella fuera
testigo de eso?
A veces se sentía como una mujer injustamente encerrada en una estrecha
prisión.
Debía tener la compañía de alguien. Esa sería la única salida. Debía, por
todos los medios accesibles, volver a intentarlo todo desde el principio.
Olvidar quién era, pensar en la felicidad como una obligación consigo
misma, no retardar el menor esfuerzo. Actuaría de acuerdo con sus
instintos. No los traicionaría en ningún caso. Sentía bullir en ella
diversos sentimientos confusa y hasta contradictoriamente. Debía
ordenarse. Sin embargo, estaba segura de algo: debía amar, arrancar de sí
el dolor, la amargura que habían hecho de ella un ser hasta cierto punto
artificial. Comenzó a preocuparse de su apariencia. Rescatar su belleza
apagada, el natural esplendor heredado de su madre. Establecer un pacto
de belleza, volver a desarrollar su amor propio sepultado por una
excesiva preocupación frente al mundo exterior.
Pronto descubrió el encanto de sus ojos y cierta efervescencia que
brotaba de ellos cuando sonreía. La misma sonrisa de su madre. La
juventud la había abandonado, era cierto, pero la imagen de una mujer
digna se sostenía en cada uno de sus gestos. Había escogido la soltería
como una posibilidad entre otras y sabía que eso le había dado en su
momento la fuerza que ahora sentía ajena por completo. Debía recuperarla.
Haber vivido tanto tiempo sola, después de todo, resultaba ser una prueba
de valor y las lecciones que había aprendido no eran nada desdeñables.
Sin embargo, sentía un profundo temor de entregarse a alguien por
completo. No había amado a nadie con la certeza que da el amor cuando es
verdadero y de nada servía esa seguridad que recordaba más como una
actitud defensiva que como la afirmación de una persona en el sentido
pleno. Se sentía, a pesar de todo, desprotegida, completamente sola en un
mundo que la atemorizaba. Quería estar segura del camino por el que
transitaba, ansiaba una vida sin temores.
Una noche, después de largas meditaciones, pensó que huir sería la única
salida. Abandonarlo todo, olvidar las razones que la habían impulsado a
volver, pensar que todo había sido un error y que no cometía ninguna
falta si abandonaba a su padre a una suerte que ella no había alimentado
ni con el pensamiento.
Meditó sobre el futuro de ambos, nuevamente separados, y sobre la
imposibilidad de una vida futura fundada en la tranquilidad. Sabía que le
pesaría por el resto de sus días el haber tomado una decisión así. No
obstante, ahora se manifestaba con más fuerza el ánimo que la había
llevado a hacer ciertos cambios. Había recuperado el amor propio y
conquistado una defensa contra la infelicidad que no la convertían en
otra mujer, pero que la dotaban de una ansiada seguridad, nueva,
vigorosa. No se trataba tampoco de engañarse de manera que todo quedara
arreglado por obra de un egoísmo que no sentía. Sólo se trataba de
entender. Sin embargo empezó a sentir un miedo incomprensible a sí misma,
a lo que sería capaz de hacer por ser feliz. El proceso de destrucción de
su padre se había iniciado y todo hacía parecer que era irreversible. Lo
intentó todo y todo fue inútil ¿La había engañado entonces? ¿Alentó su
regreso sólo para que alguien fuera testigo del horror que había
significado para él perder a su esposa? Se sentía capaz de todo. De dejar
encerrado a su padre en las cuatro paredes de esa casa que volvía a
convertirse en un escenario de triste recuerdo, de marcharse en cualquier
momento, de maldecir mil veces a la vida, a su padre y a sí misma, por
creerse capaz de lo peor. Una rabia incontenible la invadía, un deseo de
no estar viva.
Habían pasado dos meses de su regreso y ya no le quedaban dudas de lo que
sería de ella en adelante. El desaliento le había ganado la partida. Poco
a poco fue entregándose al abandono total hasta que no tuvo reparos
consigo
La noche se había desplomado sin dar tregua a los últimos reflejos de la
tarde. Ella apenas si lo pudo notar. Había comenzado a beber, como en los
últimos días, en busca de sosiego. Recostada sobre el sillón que miraba
hacia la calle, dejó que la botella de vino que tenía entre las manos
fuera destilando su contenido en un vaso pequeño. Inicialmente había
tratado de distender la habitual presión que sentía en su cabeza, pero
esta vez se había sentido en un suave confort. Se sentía relajada.
Pensó en su padre y lo imaginó como ella; entonces creyó compartir con él
un reducto íntimo e impenetrable y que ahora comprendía en toda su
magnitud. “¿Por qué sufrir?”, pensó. Volvió los ojos hacia la calle a
través de las cortinas y distinguió con claridad a un hombre joven que
se alejaba apresuradamente. Nada cambiaría, lo sabía bien.
Sin premeditación se incorporó dejando la botella sobre el velador y se
acercó a correr la cortina. Quería estar sola. Sus movimientos eran
lentos, difíciles. Por un instante el vaso dudó en sus manos, cayó al
suelo y se rompió.
-Estoy hecha una ruina -maldijo.
Estuvo a punto de llorar, pero se contuvo. Trató de reunir los pedazos
rotos ayudándose con los pies, pero abandonó la tarea. Con dificultad
pudo acercarse hasta su cama y se extendió sobre ella. Se sintió pesada,
inútil. Volvió sobre cada uno de los objetos de la habitación con extraña
admiración, como si todo fuese desconocido. Su mirada tropezó con el
tocador, con los sillones, con la lámpara de centro, hasta que se detuvo
en el armario. Recordó entonces con una fuerza incontenible el primer día
de su regreso, la imperiosa necesidad de volver a su habitación, de verlo
todo nuevamente, de comprobar lo que había intuido en muchos años.
Se sintió poseída de una profunda certeza y tuvo miedo. Se incorporó
nuevamente, corrió hasta el armario y tiró de las puertas con violencia.
El vestido de luces y el reflejo de las lentejuelas se estrellaron contra
ella. Todo volvía a repetirse. Sin embargo, esta vez lo descolgó con
cuidado y lo extendió sobre la cama. Ahora, todos sus movimientos
escapaban a su voluntad. Lentamente comenzó a desvestirse hasta quedar
totalmente desnuda. Se dirigió al espejo, observó sus senos, deslizó las
manos por su cintura y se acarició el sexo. Volvió hasta la cama,
levantó el vestido y se introdujo en él. Corrió el cierre escondido a un
costado de la prenda y volvió a ver su reflejo en el espejo. Recordó el
rostro de su madre y se llevó las dos manos al rostro. Comenzó a caminar
por la habitación impulsada por una ansiedad indominable y volvió a la
botella. La cogió con imperiosa necesidad, se la llevó a la boca y bebió
un largo sorbo. Se dirigió hasta la puerta de la habitación. Cuando
estuvo frente a ella sintió temor, un temor antiguo. Sin embargo, la
abrió decididamente y la traspuso a pesar de todo, maldiciendo, negándose
a sí misma. Todo era una confusión. Dejó la botella en el inicio de la
escalera y comenzó descender los altos escalones. Algo le había dicho que
su padre se encontraba en su habitación. Bajó al bar y cogió dos vasos.
Luego se dirigió a la cocina, abrió el refrigerador y sacó un par de
hielos. Volvió al bar, los introdujo en los vasos, agregó whisky y tomó
una bandeja plateada. Colocó los vasos sobre ella y se dirigió a la
habitación de su padre.
Ayudándose con una mano pudo abrir la puerta. Todo estaba oscuro.
Encendió la luz. Entonces pudo verlo. Su cuerpo estaba extendido sobre la
cama y sostenía un vaso a medio consumir. La mirada incrustada en el
cielo raso. Dejó la bandeja en la mesa de noche, se acercó hasta él y lo
tomó de la mano. Su padre le devolvió la mirada y sonrió, pero sus ojos
estaban totalmente extraviados. Ella le acarició la frente y, sin poder
evitarlo, lo besó en los labios. Luego comenzó a desabotonarle la camisa.
-Ahora ya no estaremos solos- dijo, segura de sí misma-. No más.
Se acercó hasta la puerta, la cerró y presionó el interruptor de luz.