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Historia de La Virgen Del Perpetuo Socorro

El icono de la Virgen del Perpetuo Socorro se encuentra en la iglesia de San Alfonso en Roma. Según la leyenda, el icono fue traído de Creta a Roma por un mercader en el siglo XV. Permaneció en la iglesia de San Mateo durante 300 años hasta que fue trasladado a la iglesia de San Alfonso en 1866, donde se encuentra actualmente. La devoción a la Virgen del Perpetuo Socorro se ha extendido a todo el mundo.

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Historia de La Virgen Del Perpetuo Socorro

El icono de la Virgen del Perpetuo Socorro se encuentra en la iglesia de San Alfonso en Roma. Según la leyenda, el icono fue traído de Creta a Roma por un mercader en el siglo XV. Permaneció en la iglesia de San Mateo durante 300 años hasta que fue trasladado a la iglesia de San Alfonso en 1866, donde se encuentra actualmente. La devoción a la Virgen del Perpetuo Socorro se ha extendido a todo el mundo.

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HISTORIA DE LA VIRGEN DEL PERPETUO SOCORRO

El icono original está en el altar mayor de la iglesia de San Alfonso, muy cerca de la Basílica de Santa María
la Mayor en Roma. El icono de la Virgen, pintado sobre madera, de 21 por 17 pulgadas, muestra a María
con el Niño Jesús. El Niño observa a dos ángeles que le muestran los instrumentos de su futura Pasión
mientras agarra fuertemente con las dos manos a su Madre, quien lo sostiene en sus brazos. El cuadro
recuerda la maternidad divina de la Virgen y su cuidado por Jesús desde su concepción hasta su muerte.

Según una tablilla colocada antiguamente al lado del icono con los orígenes de la imagen, la cuna de este
cuadro fue la isla de Creta, en el mar Egeo. Un mercader sustrajo el icono de una iglesia, lo escondió entre
su equipaje y se embarcó rumbo a otras tierras. Durante la travesía sobrevino una gran tempestad y los
pasajeros se encomendaron a Dios y a la Virgen. La leyenda cuenta que el mar recuperó su calma y el
pasaje arribó a puerto seguro.

Poco después el mercader llegó a Roma con el cuadro y, tras algunas resistencias de la familia, el icono
pasa a ocupar un lugar preferente en la iglesia de san Mateo, regentada por los agustinos. Era el año 1499,
en tiempos del papa Alejandro VI. La iglesia de san Mateo era un templo menor entre las grandes basílicas
de San Juan de Letrán y Santa María la Mayor. Allí permaneció la imagen del Perpetuo Socorro durante
trescientos años. Los escritores de la época narraron ampliamente los milagros atribuidos a la imagen. El
siglo XVII parece ser el más intenso en la devoción y culto a la Virgen del Perpetuo Socorro.

En febrero de 1798, con la invasión de Napoleón, sus tropas se apoderan de Italia y destruyen en Roma
más de treinta iglesias, entre ellas la de San Mateo. Los religiosos agustinos salvan el icono y se lo llevan
consigo a una pequeña capilla, quedando allí sin culto popular y en el olvido.

En 1855 los Redentoristas compran unos terrenos al lado de la Via Merulana, muy cerca de Santa María
la Mayor. Se llamaba Villa Caserta y en su interior algún día estuvo edificada la iglesia de San Mateo. A
través del padre Miguel Marchi se descubre en 1865 el paradero del icono. El 11 de diciembre de 1865,
los hijos de San Alfonso María de Ligorio, solicitan al papa la concesión del Perpetuo Socorro. El 19 de
enero de 1866 la imagen regresa a la iglesia de San Alfonso, en el mismo emplazamiento donde había
estado tres siglos.

Restaurada la imagen, ocupa el centro del ábside de la iglesia de san Alfonso y su devoción e influencia se
extiende a los cinco continentes. El papa Pío IX dijo, en la audiencia al superior general de los
Redentoristas el 11 de diciembre de 1865: "Den a conocerla a todo el mundo". Juan Pablo II, en su
autobiografía "Don y misterio", al referirse a los orígenes de su vocación sacerdotal, afirma: "No puedo
olvidar la trayectoria mariana. La veneración a la Madre de Dios en su forma tradicional me viene de la
familia y de la parroquia de Wadowice. Recuerdo, en la iglesia parroquial, una capilla lateral dedicada a la
Madre del Perpetuo Socorro a la cual por la mañana, antes del comienzo de las clases, acudían los
estudiantes del instituto. También, al acabar las clases, en las horas de la tarde, iban muchos estudiantes
para rezar a la Virgen".
ACROSTICO A LA VIRGEN DEL PERPETUO SOCORRO
V irgen Maria Del Perpetuo Socorro:
I nfunde en mi alma y corazon,
R espeto ,amor y adoracion por la Trinidad,
Guiada con tu santa bendicion.
E nvuelveme en tu regazo ,
Niña pura inmaculada y santa.
D ame fortaleza para la lucha,
E speranza fuerza y valor.
L audable Madre del Salvador.
P erpetuo Socorro Virgen Maria,
E n el altar de mi corazon,
R eina amada ,Reina mia
P urisima y castisima Maria,
E scucha mis plegarias por favor.
T u Señora del silencio y la contemplacion
U n dia podre decirte:
Oh, gracias Maria que me salvo.
S oberana Maria del eterno auxilio.
O bra maestra del amor de Dios.
C onsuela al que sufre,al que llora,
O lvidado en este valle de dolor.
R eina del cielo, escucha mis
R uegos,Socorriendo al desvalido
Oh,Madre de amor ,misericordia y bondad.
ORACIÓN DEL PERPETUO SOCORRO
¡Santísima Virgen María, que para inspirarme confianza habéis querido llamaros Madre del
Perpetuo Socorro! Yo os suplico me socorráis en todo tiempo y en todo lugar; en mis tentaciones,
después de mis caídas, en mis dificultades, en todas las miserias de la vida y, sobre todo, en el
trance de la muerte. Concédeme, ¡oh amorosa Madre!, el pensamiento y la costumbre de recurrir
siempre a Vos; porque estoy cierto de que, si soy fiel en invocaros, Vos seréis fiel en socorrerme.
Alcanzadme, pues, la gracia de acudir a Vos sin cesar con la confianza de un hijo, a fin de que
obtenga vuestro perpetuo socorro y la perseverancia final. Bendecidme y rogad por mí ahora y
en la hora de mi muerte. Así sea.
¡Oh Madre del Perpetuo Socorro! Rogad a Jesús por mí, y salvadme.

ORACIÓN II
¡Oh Madre del Perpetuo Socorro!, en cuyos brazos el mismo Niño Jesús parece buscar seguro
refugio; ya que ese mismo Dios hecho Hijo tuyo como tierna Madre lo estrechas contra tu pecho
y sujetas sus manos con tu diestra, no permitas, Señora, que ese mismo Jesús ofendido por
nuestras culpas, descargue sobre el mundo el brazo de su irritada justicia; sé tú nuestra poderosa
Medianera y Abogada, y detenga tu maternal socorro los castigos que hemos merecido. En
especial, Madre mía, concédeme la gracia que te pido.

ORACIÓN III
Santísima y siempre pura Virgen María, Madre de Jesucristo, Reina del mundo y Señora de todo
lo creado; que a ninguno abandonas, a ninguno desprecias ni dejas desconsolado a quien recurre
a Ti con corazón humilde y puro. No me deseches por mis gravísimos e innumerables pecados,
no me abandones por mis muchas iniquidades, ni por la dureza e inmundicia de mi corazón me
prives de tu gracia y de tu amor, pues soy tu hijo. Escucha a este pecador que confía en tu
misericordia y piedad: socórreme, piadosísima Madre del Perpetuo Socorro, de tu querido Hijo,
omnipotente Dios y Señor nuestro Jesucristo, la indulgencia y la remisión de todos mis pecados
y la gracia de tu amor y temor, la salud y la castidad y el verme libre de todos los peligros de alma
y cuerpo. En los últimos momentos de mi vida, sé mi piadosa auxiliadora y libra mi alma de las
eternas penas y de todo mal, así como las almas de mis padres, familiares, amigos y
bienhechores, y las de todos los fieles vivos y difuntos, con el auxilio de Aquel que por espacio de
nueve meses llevaste en tu purísimo seno y con tus manos reclinaste en el pesebre, tu Hijo y
Señor nuestro Jesucristo, que es bendito por los siglos de los siglos. Amén.
ORACIÓN IV

Oh Madre del Perpetuo Socorro, concédeme la gracia de que pueda siempre invocar tu bellísimo
nombre ya que él es el Socorro del que vive y Esperanza del que muere. Ah María dulcísima,
María de los pequeños y olvidados, haz que tu nombre sea de hoy en adelante el aliento de mi
vida. Cada vez que te llame, Madre mía, apresúrate a socorrerme, pues, en todas mi tentaciones,
y en todas mis necesidades propongo no dejar de invocarte diciendo y repitiendo: María, María,
Madre Mía.

Oh qué consuelo, qué dulzura, qué confianza, qué ternura siente todo mi ser con sólo repetir tu
nombre y pensar en ti, Madre Mía. Bendigo y doy gracias a Dios que te ha dado para bien nuestro
ese nombre tan dulce, tan amable y bello. Mas no me contento con pronunciar tu bendito
nombre, quiero pronunciarlo con amor, quiero que el amor me recuerde que siempre debo
acudir a ti, Madre del Perpetuo Socorro.
Oración por los hijos a la Virgen
del Perpetuo Socorro
Madre mía, socorre a mis hijos!
que esta palabra sea el grito de
mi corazón desde la aurora.
¡Oh María! que tu bendición
los acompañe, los guarde, los defienda
los anime, los sostenga en todas
partes y en todas las cosas.
Cuando postrados ante la
presencia del Señor le ofrezcan
sus tributos de alabanza y
oración, cuando le presenten
sus necesidades, o imploren
sus divinas misericorias.
¡Madre mía socorre a mis hijos!
Cuando se dirijan al trabajo
donde el deber los llama,
cuando pasen
de una ocupación a otra,
a cada movimiento que ejecuten,
a cada paso que den
y a cada nueva acción.
¡Madre mía socorre a mis hijos!
Cuando la prueba venga
a ejercitar su debilísima virtud
y el cáliz del sufrimientose
muestre antes sus ojos,
cuando la Divina Misericordia,
quiera instruirlos y
purificarlos por el sufrimiento.
¡Madre mía socorre a mis hijos!
Cuando el infierno
desencadenado contra ellos
se esfuerce en seducirlos
con los atractivos del placer,
las violencias de las tentaciones
y los malos ejemplos.
¡Madre mía socorre y preserva
de todo mal a mis hijos!
Cuando se dirijan a buscar
el remedio de sus males
y la curación de sus heridas
en el Tribunal de la
reconciliación y de la paz
¡Madre mía socorre a mis hijos!
Cuando se acerquen
a la Sagrada Mesa
para alimentarse con el
Pan de los Angeles,
con el Verbo hecho carne
por nosotros
en tus purísimas entrañas.
¡Madre mía bendice a mis hijos!
Cuando en la noche se
dispongan al descanso
a fin de continuar con nuevo fervor
al día siguiente su camino hacia la patria eterna
¡Madre mía bendice a mis hijos!
Que tu bendición, Madre mía,
descienda sobre ellos,
en el día, en la noche,
en el consuelo, en la tristeza,
en el trabajo, en el descanso,
en la salud y en la enfermedad,
en la vida y en la muerte
y que esta no sea repentina,
y por toda una eternidad. Así Sea
(Se rezan tres avemarias)

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