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González, L. Pueblo en Vilo.

Ejercicio de microhistoria

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JUIS GONZALEZ ! PUEBLO EN VILO Primera edicién (El Colegio de México), 1968 Segunda edicién (nce, Lectura Mexicanas), 1984 Tercera edicién (Coleccién Tezontle), 1995 Cuarta edicion, 1999 eee 1 Tercera reimpresi6n, 2007 j : Ala memoria del general LAZARO CARDENAS y de don Feperico GONZALEZ CARDENAS a, Gonzalez, Luis j i Pueblo en vilo / Luis Gonzalez. — 4° ed. — México : : FCE, 1999 : 290 p, : 21 x 14. cm— (Colec. Historia) ISBN 978-968-16-5796-3 : / ; 1. México - Historia L Ser. I. t ] : | LC F1306 G529 Dewey 972.35 Gé43p TO Distribucion mundial Comentarios y sugerencias: editorial@[Link] www [Link] Tel. (65)5227-4672 Fax (55)5227-4694 Empresa certificada ISO 9001: 2000 En portada: montaje fotografico de Gregorio Gonzalez, de Josefina Gonzélez de la Vara D. R. © 1984, Fonvo pe Cuttura Econéaica, ] Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738. México, D. F. ' 4 | Se prohfbe la reproduccién total o parcial de esta obra i —incluido el disefo tipogrético y de portada—, ‘ | sea cual fuere el medio, electrénico o mecénico, sin el consentimiento por escrito del editor. ISBN 978-968-16-5796-3 Impreso en México + Printed in Mexico PROLOGO La comunidad de San José de Gracia, tema de estos apuntes, figura en muy pocos mapas del estado de Michoacdn. En los que figura, se le crucifica entre el paralelo 20 y el meridiano 103. Es un punto de la historia, la geograffa y la poblacién de la Repuibli- ca mexicana que apenas ha comenzado a ser noticia en los tilti- mos tres lustros, quizd por las siete ediciones de un libro que lo desnuda, por ciertos reportajes periodisticos o radiofénicos y por un par de videocartuchos pasados por las pantallas de la tele- vision, - El libro donde se cuenta sin tapujos la historia universal de San José de Gracia, editado en espajiol tres veces, dos en inglés y otras tantas en francés, no ha sido reescrito para su octava com- parecencia ptiblica, pero si muy aligerado. Como esta edicién busca congraciarse con quienes sélo leen por gusto y sin 4nimox de encontrar pelos en la sopa, prescinde de un prélogo extenso” de tres introducciones, igual ntimero de despedidas y una pre- historia; en suma, suprime cosa de cien paginas. Con la supresidn de preémbulos, adioses y el primer capitulo, se consigue un libro casi sin lonjas, con la esbeltez de los voltimenes de la serje de “Lecturas Mexicanas”. Pude enflaquecerlo més, pude quitarle nuimeros, sensiblerias, nombres propios y otras incomodidades, pero no lo hice por temor a dejarlo fantasmal, con la piel untada a los huesos. Ojala sean atinados los pareceres de aquellos observAdores que aseguran la representatividad y la singularidad de Sdn José de Gracia. Si, como dicen, esta columna vale como botén de muestra de lo que'son y han sido muchas comunidades mintis- culas, mestizas y huérfanas de la regién montafiosa del México central, Pueblo en vilo, imagen veraz de San José, puede servir a los preocupados por encontrarle el hilo a México. Si es verdad que més de algiin josefino ha resuelto bien este o aquel problema del agro que permanece irresoluto en otras partes de la Republi- ca, Pueblo en vilo, que no escatima las experiencias propias de los 9 10 PROLOGO joseanos, puede ser titil para quienes aspiran a enderezar este ais. Pueblo en vilo esta elaborado con amor, pero no del ciego; se amasé con muchas simpattas, pero sin faltas a la verdad. Bl au- tor no sélo se dio el lujo de haber nacido y crecide en el pueblo en cuestiOn. Antes de ponerse a escribir, practicé caminatas a pie ya caballo por la tierra donde crece Ja historia josefina; convers6 con todo mundo en aquel mundillo; exploré los archivos de sus padres, de la parroquia, del municipio y el Archivo General de la Nacién; vio, oy6 y se documenté mucho, y como si eso fuera poco, fue ayudado no tinicamente por @l recuerdo de Jas personas del terrufio de San José, también por la eficacia para comunicar re- cuerdos de Armida. . Con la certeza de que no necesitan ninguna otra aclaraci6n preliminar las paginas siguientes, libero de mi presencia a los posibles lectores de la version achicada de la microhistoria de San José. PRIMERA PARTE MEDIO SIGLO EN BUSCA DE COMUNION I, LOS RANCHOS (1861-1882) COJUMATLAN EN VENTA El general Antonio Lépez de Santa Anna, el presidente cojo que se hacfa llamar Su Alteza Serenisizna, disfrutaba del espectacu- jo de un gran baile, cuando supo que el coronel Florencio Vi- llarreal, al frente de una tropa de campesinos, habia lanzado en el villorrio de Ayutla un plan que exigia la caida del gobierno y la formacién de un Congreso Constituyente que le diera al Esta- do mexicano la forma republicana, representativa y popular. Las adhesiones al Plan de Ayutla vinieron de todas partes. La Revo- luci6n cundié. Santa Anna se fue, Los liberales puros o del “ir de prisa” tomaron el poder; expidieron leyes anticlericales y unifi- caron a todo el clero en su contra. Alguien en el Congreso Cons- tituyente traté de ir mas all4. Ponciano Arriaga, “para que del actual sistema de la propiedad ilusoria, porque acuerda el dere- cho solamente a una minora, la humanidad pase al sistema de propiedad real, que acordaré el fruto de sus obras a la mayorfa hasta hoy explotada”, pide que se distribuyan “nuestras tierras feraces y hoy incultas entre hombres laboriosos de nuestro pais’’.' El Congreso no toma en cuenta esa sugerencia, ni tam- poco las similares de Olvera y Castillo Velasco. Los constitu- yentes redactan una Constitucién parecida a la de 1824, pero con mayor dosis de libertades para el individuo y menos para las cor- poraciones, entre las cuales figuraba en lugar eminentg la Iglesia. Lo acordado por los constituyentes acrecents la discordia ci- vil. Liberales y conservadores se pusieron a pelear sin tregua ni cansancio en una guerra que habrfa de durar tres afios. El prime- to fue de victorias contrarrevolucionarias; el segundo de equili- brio de fuerzas, bandolerismo, robo, hambre, epidemias, oratoria 1 Francisco Zarco, Historia del Congreso Constituyente. 1856-1857, pp. 690-697, 363-365, 387-404. 13 14 LOS RANCHOS (1861-1882) politica y literatura de combate, y el tercero, de grandes triunfos para el partido liberal y de la expedicién de las segundas Leyes de Reforma. Justo Sierra cree que esa lucha removi6 “concien- cias, hogares, campos y ciudades”. Quizé ningtin estado se abs- tuvo de tomar parte en ella. En 1860, el partido conservador se qued6 sin ejércitos, pero no sin generales, caudillos politicos y madrinas. Los generales derro- tados emprendieron una “guerra sintética”, consistente en abatir amansalva a los prohombres de la faccidn victoriosa. Los politi- cos depuestos acudieron a implorar el auxilio de sus madrinas, que eran algunas de las testas coronadas de Europa. La pareja imperial de Francia vino en su apoyo, porque queria oponer un muro monarquico y latino a la expansiva reptiblica de la Améri- ca del Norte y el momento era propicio para levantar la barda, pues una mitad de los Estados Unidos peleaba contra la otra mi- tad. Los soldados de Francia, reforzados por los mondrquicos de México, reiniciaron la lucha contra los liberales en el poder en 1862. Perdieron la batalla del 5 de mayo y ganaron otras muchas; las suficientes para tomar el tim6n y mandar traer al emperador y sentarlo en su silla imperial; pero no las necesarias para abatir a los contendientes. Como todo mundo sabe, la guerra fue ardua en casi todo el pais en el sexenio 1862-1867, sin llegar a ser la preo- cupacion central de la gente campesina. En Ia Hacienda de Co- jumatlan, los rancheros se preocupaban y ocupaban en otras cosas, aun cuando no permanecieron completamente al margen de la trifulca. En la zona alta de Cojumatlan, el sexenio de 1861-1866 fue me- morable por media docena de acontecimientos de escasa 0 nin- guna significacién nacional. Dejaron recuerdos la aurora boreal, ja desaparicién de la hacienda, el paso de los franceses, el maes- tro Jess Gomez y el arribo de Tiburcio Torres. Otros sucesos, como la llegada y el fusilamiento de Maximiliano, las agresiones anticlericales de don Epitacio Huerta, la vida y las hazafias de Juarez, los litigios y los destierros del obispo Munguia, y en ge- neral todo lo acontecido mAs alld de cien kilémetros a la redonda, se ignoré aqui. La prensa periddica nunca legaba a manos de los rancheros; las partidas de beligerantes que visitaban la zona ja- més se ocuparon en comunicar sus andanzas a los campesinos; éstos iban lo menos posible a los pueblos y ciudades cercanos, LOS RANCHOS (1861-1882) 15 por temor a la leva y a los ladrones, y los pocos que fueron “en- Jevados” y salieron con vida de la trifulca, no se enteraron de la causa que los llevé al teatro de la guerra. Mientras los franceses desembarcaban en Veracruz, los rancheros de la hacienda sdlo hablaban de fraccionamiento y de la aurora boreal. Para este millar y medio de mexicanos que vivia al margen de Ja vida del pais y muy adentro de la naturaleza, una aurora boreal importaba mas que cien intervenciones forasteras. En el otofio de 1789 habia habido otra, y lo sabfan los vecinos, aunque nin- guno la hubiera visto. Esta de 1861, comparada con lo que se decia de aquélla, no fue menos maravillésa y tremebunda. Se vio en las madrugadas, al final del afio, hacia el norte. Distaba mucho de ser la luz sonrosada que precede inmediatamente a la salida del sol. Las danzantes luminiscencias vistas en el cielo se asemeja- bana la lumbre emanada de los lugares con tesoros ocultos, pero su enormidad infundfa zozobra. Era como si se hubieran junta- do a bailar todos los fuegos. Aquello parecfa un combate en el que San Miguel y sus angeles arrojaban rayos, centellas y bolas de lumbre contra el ejército de los demonios. Se dice que la aurora polar sacudié de terror a la gente citadi- na, pero nunca tanto como a los campesinos. Y sin embargo, para los campesinos de Cojumatl4n coincidié con el inicio de una vida mejor. Ellos querfan tierra y libertad. Esta la tenfan. Aquélla la consiguieron algunos el mismo afio de la aurora a causa del fraccionamiento de la hacienda de Cojumatlan. Si a otros no les tocd ni un pie de tierra, fue por desconfiados. No podian intuir que una hacienda se desmoronara. Lo que veian con sus propios ojos no era probablemente real. Quizé las ventas fuesen fingidas; quiz se trataba de una treta de “licenciados” para hacerse de las modestas fortunas que, convertidas en oro y plata, guardaban los rancheros en ollas de barro, bajo tierra. No ora fac creer que los poderosos sefiores de Guaracha, San Antonio y Coju- matlén necesitaran deshacerse de uno de sus latifundios, y me- nos que quisieran hacerlo. Lo comin era sumarle ranchos a las haciendas y no dividirlas en ranchos.* 2-Los datos sobre la aurora boreal y los preliminares del fraccionamiento de la hacienda fueron distraidos de la tradicién oral. También las fuentes escritas se refieren al acontecimiento. Asi Mariano de Jestis Torres en su Historia civil y ecle- sidstica de Michoacn. 16 LOS RANCHOS (1861-1882) Algunos no pudieron comprar tierra por falta de dinero; no habian hecho ahorros En fin, no faltaron los que tenian con qué pagarla, pero que no supieron oportunamente de la oferta, Tam- poco falté el engafiado. Lo que si puede asegurarse es que todos los subarrendatarios de Cojumatlén, sin excepcién alguna, aspi- raban a ser duefios absolutos de los ranchos que tenfan en arrien- do. La raz6n es clara: querfan mejorar su condicién, ganar casta social, ser tenidos en mas. Y para eso era indispensable ser terra- teniente. El tener monedas atesoradas era sin duda un simbolo de riqueza y prestigio, pero no el basico. El principal sfmbolo del. hombre importante era la posesién de tierras. Eso daba valimien- to y, por afiadidura, seguridad. Las ollas repletas de oro podian ser robadas. Al ganado, en un mal temporal, se lo Hevaba la tiz- nada. La tierra estaba alli; nadie podia cargar con ella, ninguna calamidad era capaz de destruirla. Por todo esto, la compra de fracciones del viejo latifundio de Cojumatlan era demasiado ten- tadora. Era a la vez una operacién arriesgada. Lo cierto es que los poderosos duefios de las haciendas de Guaracha, apremiados pot los acreedores, estaban dispuestos a deshacerse del menos productivo de sus latifundios. Quizd el Tumor circulante de que dofia Antonia Moreno perdia enormes caudales jugando a las cartas era cierto. Quizé esas pérdidas fue- ron la causa proxima de la decisién de vender a Cojumatlan. Quiza fueron las guerras civiles que, segtin se dijo, habfan que- brantado el poder y la riqueza de algunos grandes terratenien- tes. La divisién de la hacienda no fue insdlita. Si hemos de creer al general Pérez Hernandez, varias fincas rustica, “en tiempos pasados excesivamente grandes”, se fraccionaron.3 Los achaques de la de Cojumatlan datan de las afios treinta. El gobernador Diego Moreno necesitaba caudales. Sobre sus haciendas pesaban ya varias hipotecas; él le cargé otras. En 1836, arrendé la hacien- da de Cojumatlin, por 4700 pesos anuales, a don Luis Arceo. El arrendatatio se obligé a permitir que el ganado de Guaracha agostase en la propiedad arrendada en tiempo de aguas, como era costumbre.* Don Luis Arceo murié en 1837. No fue facil dar con otro arrendatario. Al fin cayé don José Dolores Acufia. No le José Marfa Pérez Hernéndez, Compendio geogréfico del estado de Mickoucin, p. 27. + 'anj, Libro de Protocolo del Lic, Alejandro Abarca. LOS RANCHOS (1861-1882) 17 fue tan mal, porque en 1846 renové el contrato.> Vino en seguida la defuncién de Diego Moreno. Los herederos convinieron en que la tercera esposa del difunto administrara las haciendas. La sefiora SAnchez Lefiero murié durante la guerra de tres aiios. Acufia se atrasaba cada vez mas en sus pagos. Los duefios seguian cargdndose de deudas. Dofia Antonia Moreno de Depeyre, la hija mayor de don Diego, la jugadora empedernida, se hizo cargo de Ia vasta herencia‘ . En la ciudad de México, ante la fe del notario ptiblico don Ra- mén de la Cueva, dofia Antonia, en su propio nombre y en el de sus hermanos, plenamente facultada, concedié a don Tirso Arre- gui, honorable ciudadane de Sahuayo, un poder bastante para que obtuviese la devolucién de la hacienda de Cojumatlan de su arrendatario José Dolores Acujia, “y recogida procediera a su venta en fracciones”. Dio otro poder especial a don Felipe Vi- llasefior, también de los grandes de Sahuayo, para deslindar la hacienda y exigir a don José Dolores Acufia “el pago de las canti- dades de que resultase deudor”.” Don Tirso Arregui cumplié al pie de Ia letra las instrucciones de la sefiora Moreno. En los afios de 1861 y 1862 fraccioné en cin- cuenta y tantas porciones de desigual tamafio una superficie de casi cincuenta mil hectdreas en las que “se criaba bien el ganado vacuno, de lana, caballar y de cerda”, donde algunas tierras “productan maiz, trigo, frijol, y otras, magueyes”, y donde los habitantes de la Ilanura norte podian “pescar en el gran lago de Chapala” § El latifundio puesto en venta colindaba al oriente (Sa- huayo y Jiquilpan de por medio), con las haciendas de Guaracha y La Palma; al poniente, pasado el rio de la Pasién, con las lomas de Toluquilla de don José Guadalupe Barragén; al norte con la laguna de Chapala, y al sur con “los indios de Mazamitla”, “los condueiios o parcioneros de la hacienda de Pie de Puerco” y las tierras de Quitupan. Sus sucesivos duefios habian estado en quie- ta y pacifica posesién de la hacienda durante “doscientos veinte y seis afios”.? En 1837 se habia valuado en cincuenta y cinco mil 5 Ibid,, Libro de la Alcaldia de Jiquilpan 6 Ibid., Protocolo del Lic. Miguel E. Cizares, 1861-1864. 7 Ibid. * Pérez Hlern4ndez, op. cit, pp. 107 y 109. ® any, Libro de Protocolo del Lic. Miguel E. Cazares, 1861-1864. 18 LOS RANCHOS (1861-1882) pesos. Don Tirso Arregui la vendié fraccionada en ciento diez mil pesos.” Las tierras de la hacienda de Cojumatlan tuvieron dos clases de compradores. Los que se quedaron con los mejores y mayores terrenos no eran oriundos de la hacienda, fueron los ricos de Ji- quilpan, Cotija y Sahuayo y los riquillos del valle de Pajacuaran, Cojumatlan y Mazamitla. Los subarrendatarios sélo pudieron comprar ranchos pequefios, sin tierras de labor y con agostade- tos de segunda clase.!! La toma de posesién de los ranchos en que se fracciond la hacienda se hizo solemnemente: El 27 de julio de 1862, Amadeo Betancourt, juez de primera instancia del distrito de Jiquilpan, después de dar a don Manuel Arias posesién del Sabino y de quedarse a dormir en el mejor jacal de la rancheria del mismo nombre, a las siete de la mafiana, acompatiado de su secretario y de don Tirso Arregui, don Ignacio Sanchez Higareda, el licencia- do Villasefior, don Ramén Contreras y el interesado don Fruc- tuoso Chavez y muchos mas, se dirigid hasta la confluencia de los arroyos de San Miguel y la Estancia. Aquf el comprador soli- cité formalmente el primer auto de posesidn; el juez preguntd a los presentes si habfa alguno entre ellos que contradijera la pose- sion. La contradijo don Ramén Martinez, vecino del rancho, diciendo que “al comprar don Frutos el Cerrito le ofrecié que le pasaria parte de él... que él [don Ramé6n] preparé el dinero que le correspondia por su parte con gran sacrificio y que habiendo ido a entregarlo a Chavez, éste le dijo que no estaba por cumplir- le”, El juez dejé a salvo el derecho de Martinez y mand6 pro- seguir la ceremonia. Al no haber otra persona que se opusiera, don Frutos tomé de una mano al vendedor Tirso Arregui y lo paseo por un trecho del lindero; cogié en seguida unas piedras y las arrojé; arrancé zacates de la tierra, corté ramas e hizo otras sefiales de verdadera posesién. Luego la comitiva monté en sus caballos y cabalg6 por el arroyo de San Miguel y barranca de la Leona hasta el rio de la Pasion, donde se repitié la ceremonia de arrancar zacate. Dos veces mas en distintos lugares se hizo lo 1 Esa cifra es 1a suma de los precios que aparecen en cada una de las escri- turas de venta, 1 any. Unas escrituras aparecen registradas en el protocolo del Lic. Cazares y otras en el de Abarca. LOS RANCHOS (1861-1882) 19 mismo, y al final el juez tomé de la mano a don Frutos “y en nombre de la Soberania Nacional” le dio posesién de todos los terrenos del Cerrito de la Lefia.2 Terminado el fatigoso recorri- do, el secretario don Ignacio Bravo levanté el acta y luego todos [Link] pasaron a las copas de mezcal y al comelitén. Jolgorios semejantes se repitieron en otros 50 ranchos y en diver- sas ocasiones. . Una vez entrados en posesién de sus tierras, los nuevos due- fios se dieron a acondicionarlas, a levantar cercas, hacer corrales y ecuaros, construir casas y jacales y todo lo posible dada la épo- ca, la miseria y la ignorancia. Los,mias pudientes comenzaron a circundar su rancho con cerca doble de piedra. La mayoria se limité a levantar tapias simples de vara y media de altura, algo mas bajas que un cristiano, suficientes para impedir el paso de vacas y toros ajenos. Se comenzé por hacer las cercas limitrofes entre propiedad y propiedad y se continud con la hechura de los cercados que dividirfan las porciones destinadas a siembra de Jas destinadas a pastizal. Algunos desde entonces pudieron divi- dir sus pastizales en potreros que irfan sucesivamente agostando las reses. Los mds ricos levantaron en medio de su propiedad ca- sas de muros de adobe y techos de teja. Los menos pudientes se redujeron a construir una choza, si no la tenfan ya. Todos, junto a la casa 0 el jacal, edificaron el corral de la ordefia y los herrade- ros, y alrededor de la casa 0 el jacal, el ecuaro o huerta. Los me- nos pobres y que no tenfan en su pertenencia rio 0 arroyo, se dieron el gusto de hacer jagiieyes para dar de beber a sus rebafios. El numero y la variedad de ganados aumenté considerable- mente. Los compradores de fuera acarrearon bovinos y ovinos. Las reas de siembra y pastizal se ensancharon; se hicieron desmon- tes; se echaron abajo viejos encinales; se enralé la capat boscosa de cerros, laderas y barrancas. Se inicié una etapa de transforma- ciones y averias, y si las mudanzas no fueron tan veloces al princi- pio se debié en buena parte a la guerra. Comenzaba el merodeo de grupos monarquistas y republica- nos. Pedro Avila, famoso por lo sanguinario, combatia en favor de los giieros mondrquicos. Hacia el poniente, Antonio Rojas, el capitén del diablo en el cuerpo, el mismo que ayud6é a los indios ¥ jhid., Protocolo del Lic. Alejandro Abarca. 20 LOS RANCHOS (1861-1882) de Mazamitla a recuperar las tierras usurpadas por los colonos del Durazno, el que fusil (entre otros) al administrador.y a dos de- pendientes de la hacienda de Tizapan; Rojas, el de las mil fecho- rfas, andaba peleando contra los giieros. Un dia por la tarde lle- gan éstos al Llano de la Cruz. (Son 400 zuavos a las érdenes del coronel Clinchant.) Las mujeres se ponen a hacer tortillas para ellos. (Esa misma tarde entran a Jiquilpan 4000 hombres, defen- sores de la Reptiblica, al mando del general José Maria Arteaga.) Los rancheros del Llano de la Cruz y puntos circundantes ven con asombro el traje de los zuavos: camisa guanga y azul, y na-_ gilillas rojas. Ya oscuro, los francéses salen al galope del Llano de la Cruz y se dirigen hacia donde sale el sol. Los de Clinchant, ~ alas cuatro de la mafiana, atacan a los republicanos que duer- men en Jiquilpan. Se traba el combate. Muere el general Ornelas de un balazo en el cuello y el general Pedro Rioseco de un golpe. Se dispersa el ejército atacado." Los gtieros vuelven por donde vinieron. Otra vez las mujeres de los rancheros de la ex hacienda de Cojumatl4n muelen mafz y hacen tortillas para ellos. En adelante, ya por una rancherfa, ya por otra, ya victoriosos, ya maltrechos, los gabachos vuelven a pasar. En eso llega Tibur- cio Torres, chaparro, gordo, rojizo y barbén. Era oriundo y venia de Zapotlanejo. En los Altos de Jalisco, segtin cuenta, habia dejado tendidos a muchos giieros y numerosos mexicanos imperialistas. Fue de la afamada gavilla de Brigido Torres, derrotado en Pénja- mo. Venia huyendo porque sus enemigos eran duefios ya de todos los Altos. Aqui seguira contando sus hazafias; aqui se que- dar a vivir; luego Iegaran sus hermanos. Entre todos fundan la familia Torres,"4 LA ECONOMIA RANCHERA. La Reptblica de Judrez y de Lerdo (1867-1876) se propuso reha- cer la agricultura con nuevos cultivos y nuevas técnicas de la- branza, fomentar la industria, favorecer la inmigracidn de colo- nos extranjeros, construir ferrocarriles, canales y carreteras; hacer de cada campesino un pequefio propietario; instituir la libertad 1 Ramon Sanchez, op. cit., pp. 128-129 y noticias comunicadas por la anciana Apolonia Oceguera que tenfa 13 afios cuando la entrada de los franceses. 14 Datos comunicados por Angel Torres, sobrino de don Tiburcio. LOS RANCHOS (1861-1882) 21 de trabajo; establecer la democracia y sacar al pueblo “de su pos- tracién moral, la supersticién; de la abyeccién mental, la igno- rancia; de la abyeccién fisiolégica, el alcoholismo, a un esta- do mejor, aun cuando fuese lentamente mejor’’."5 Ninguno de esos buenos propésitos afecté en fo mas minimo la marcha de los 2.000 mil habitantes que para 1870 vivian en los ranchos altos de Ja ex hacienda. Aislada, esa minuscula sociedad de 2000 hom- bres, constituida con descendientes de las familias establecidas aqui al concluir la independencia y con los que vienen al vender- se la hacienda de Cojumatlan, ofrece signos de crecimiento. En el quindenio 1867-1882, la pequefia-sociedad sola se encamina a consolidar su economia ganadera; a fijar un régimen alimenticio sustentado en el cuadrangulo leche-carne-maiz-frijol; a construir firmemente un sistema-de pequefia propiedad rustica; a repar- tirse el trabajo por especialidades; a dividirse en grupos segtin la propiedad y la riqueza; a amistarse por lazos de parentesco y compadrazgo, y a enemistarse por motivos de dinero y honor; acrear su propio cédigo de virtudes y vicios; a salir de Ja cultura puramente oral hacia la escrita; a establecer su propia épica y a madurar su fe y sus habitos cristianos. En 1866, el afio dela venida del seftor obispo, “se dio el caso de que en diciembre cayeran fuertes aguaceros”!* y todo el afio de 1867 fue muy llovedor. Las 1500 vacas en ordefia engordaron y dieron en cada uno de esos afios alrededor de 250 000 litros de jeche, un poco més de un litro diario por vaca en ordefia. El pre- cio de los vacunos se trepé hasta las nubes. Don José Guadalupe Gonzélez vendid una partida de vaquillas a 13 pesos cada una. Entre todas las rancherias de lo que seria jurisdiccién de San José se fabricaban mil grandes quesos anualmente. La manera de com- portarse con los vacunos no cambié mucho. Se siguid'prdefian- do sdlo de San Juan a Todos Santos y al becerraje se le hgrré como siempre, pasadas las aguas, a fin de que las quemaduras del fie- tro no se Ilenasen de queresas y gusanos.!” Por lo demas, se puso de moda la cria de borregos. Hacia 1870 +5 Justo Sierra, Evolucién politica del pueblo mexicano, p, 423. El cuadro més vasto y acabado sobre la época lo forman los tres primeros voltimenes de Daniel Cosio Villegas, Historia moderna de México. La Repiiblica Restaurada. 2 Mariano de Jestis Torres, op. cit, p. 169. Archivo particular de José Dolores Pulido (1828-1913), en poder del autor. 22 LOS RANCHOS (1861-1882) el numero de ovinos llega a ser igual al de vacunos. La borrega- da se distribufa en chinchorros de 25 a 100 ovejas. La gente me- nuda se encargaba de conducir los chinchorros a los mejores pa- ninos, defenderlos del coyote, encerrarlos y darles salitre una vez a la semana. La gente mayor hacia la trasquila de las ovejas en abril y en noviembre, y recogia un kilo de vellén por animal trasquilado. Al llegar a la edad de diez afios, la oveja era sacrifi- cada sin pretexto ni excusa y comida en forma de birria o barba- coa. Por el tiempo en que se murié Juarez los ovicultores de aqui vendian unos 2500 kilos de lana anuales a los saraperos de Jiquilpan. . “ Otro negocio en alza era el apicola. Entonges en ningun jacal faltaban las abejas zumbadoras sobre una armazén de madera, a una vara del piso. Alli, en cajones con techo de tejamanil, vivian los enjambres, productores de miel y cera en mayo y noviem- bre, [Link] de la capazén. La miel extrafda se consum({a en fa- milia y la cera se levaba a vender en forma de marquetas blancas. Hubo un dfa en que las colmenas locales ya no pudieron surtir del todo la industria blanqueadora local, y empezaron los viajes en busca de cera amarilla. Hacia 1875, alrededor de 100 familias, la cuarta parte del conjunte de familias, se dedicaban en los me- ses secos a blanquear cera. Desde Pihuamo trafan las marquetas redondas, unas amarillas, otras anaranjadas y otras de color café; Uegaban a su poder con un asiento de abejas muertas. Las mar- quetas de arroba o mas eran licuadas a fuego lento; con el liqui- do y un cdntaro se hacfan conchas, que durante una semana se exponian al sol sobre campo verde. Los tejuelos asoleados se ro- ciaban con jugo de maguey, volvianse a licuar y se metian en moldes redondos. Las marquetas redondas y blancas iban a pa- rar a Cotija. Los cotijenses se encargarfan de convertirlas en velas y llevarlas a mil partes. En sélo la rancheria del Llano de la Cruz y tanchos préximos se blanqueaban anualmente unas 600 arrobas. El proceso del blanqueamiento le dejaba a cada blanqueador un peso por arroba. Si se suma a esto el precio de la cera en bruto, se concluye que el valor de la produccién apicola local vendida era de 16000 pesos anuales.'8 La hechura de quesos, Ia trasquila de ovejas, la purificacién de 18 Datos comunicados por Luis Gonzdlez Cardenas. LOS RANCHOS (1861-1882) 23° la cera y el destilado de mezcal condujeron a los rancheros hacia la economia de mercado y los quitaron de ser muy pobres. Cuando Porfirio Diaz fue presidente de la Reptiblica por primera vez, habia todavia muchos magueyes en cerros y lomas aledafios al Llano de la Cruz. Del corazdn de los magueyes se sacaba aguamiel; del plumero de pencas y pias, reatas y costales, y del conjunto, el aguardiente, el bebestible aludido en el refran: “Para todo mal, mezcal; para todo bien, también”. No el pulque, no el aguamiel fermentada; sdlo el aguardiente de la conocida receta: Macere el maguey con pisones; macerado, péngalo en cribas de cuero y déjelo fermentar y transformarse ert tuba. Caliente la tuba a fuego lento en ollas de barro tapadas con cazuelas de cobre llenas de agua fria. Adentro de las ollas calientes se produce el vapor alco- hélico que al subir hasta rozar los depésitos de agua helada se lictia. El vapor licuado desciende en gotitas hasta un barril por el canal de una penca de maguey. Hacia 1880 la produccién mezca- lera de la zona que nos ocupa era de 200 barriles anualmente, barri- les de a 15 pesos que se arrebataban los compradores.!* El cultivo del maiz y el frijol nunca fue negocio. El suelo de la meseta no es a propésito para vegetales de este tipo, pero como no se podfa prescindir de las tortillas y el plato de frijoles, se si- guié sembrando lo minimo necesario para no tener que comprar el maiz y el frijol. Las milpas, por supuesto, se hacian como de costumbre, con arado y bueyes. Las huertas de arboles frutales se pusieron de moda. En los aledafios de cada jacal hubo desde ‘un par hasta una docena de frutales: durazno, limonero, nopal manso, aguacate, lima, etcétera. La carne (incluso Ja carne de las reses que se mueren de flacas en tiempo de secas), la leche, el maiz y el frijol, complementados con las verdolagas, los nopales, las tunas, las charagiiescas, el mezontle, el quiote, la caza mayor y menor, consefvaba ala gente en buena forma. Todavia més, se cafa con frecuencia en el pecado capital de la gula y no sdlo por los excesos en la bebida. El hecho de la alimentacién satisfactoria y aun abundante no presupone el alimento sano. El agua, por ejemplo, no era salu- dable, abundaban las enfermedades de origen hidrico.”” 1 El aguardiente de mezcal se exportaba poco. Una descripcin detallada de la manera de elaborarlo se encuentra en Esteban Chavez, Quitupan, pp. 219-221 2 Los libros de defunciones del apc registran como principales causas de 24 LOS RANCHOS (1861-1882) El relativo bienestar estomacal no armonizaba con la indu- mentaria, la casa y el mobiliario. La regién es fria y los vestidos eran ligeros. El sarape embrocado encima de la camisa, el botén del cuello cerrado y la faja al vientre para sostener el calz6n lar- go de manta formaban la indumentaria masculina habitual. Las mujeres no se ponian nada debajo del cotén. La pulmonfa, mas que ninguna otra enfermedad, cobraba numerosas victimas. Uno de cada tres morfan con fuertes dolores de costado. La ropa mal- abrigaba y era escasa. Los hombres y las mujeres, aparte del ves- tido puesto, sdlo tenian otro. De la lluvia y el sol se protegian con. el sombrero de soyate y el capote’o china. Casi todos, menos-los de categoria, calzaban huaraches sencillos. El gusto por el con- fort no habfa nacido. El escaso interés puesto en la comodidad se nota principalmente en las modestfsimas viviendas. Las casas, por no decir las chozas, no daban el suficiente abri- go. Fuera de las “casas grandes” con muros de adobe y techos de teja que levantaron en sus respectivos ranchos los propietarios de nota, sélo habfa, como antes del fraccionamiento, modestisi- mas viviendas techadas con zacate, con su cuarto para dormir, su cuarto para cocinar y su soportal para estar. De las paredes de varas recubiertas de lodo, seguian colgando imagenes de santos y algunos utensilios. E) piso, de tierra. Junto a la choza, el 4rbol guardian, los arboles frutales, las gallinas, el ganado de cerda, los gatos y la jaurfa de perros. Los pequefios propietarios y los simples jornaleros, los que te- nian algo y los que nada tenian, se emparejaban en la manera de vivir sin comodidad. No se buscaba el dinero para darse una exis- tencia cémoda. El dinero servia para tres propésitos: para ser te- nido en més, para adquirir tierras y para enterrarlo. Era un gusto asistit a bodas y herraderos con los bolsillos repletos de mone- das de plata para que resonaran al caminar y a la hora del baile. Era otra aspiraci6n ranchera la de constituir latifundios y reco- rrerlos de punta a punta en buenos caballos. Y era la més extrafia de sus preferencias la de coleccionar moneditas de oro en ollas que se ponian a buen resguardo bajo tierra, junto a la choza. El espiritu del ahorro, la idolatria de la tierra y el sentido ornamen- defuncién el sarampién, la tos ferina, las viruelas, la pulmonia, la disenteria y la diarrea. LOS RANCHOS (1861-1882) 25 tal asignado a la plata, eran tres elementos esenciales de su menta- lidad econdmica. El trabajar no valia mucho. Sto a medias era fuente de rique- za. El ganado aumentaba espontaneamente. Requeria de la mano del hombse de julio a octubre y casi sdlo para ordefiarlo. El que- hacer tenfa mas valor moral que econémico. La ociosidad era un. vicio y el trabajo una virtud. Trabajar y ser bueno eran casi sind- nimos. E] trabajo tenfa también el sentido de diversion. Alegria y trabajo no estaban refiidos y para los rancheros que vivian en sus ranchos, era incomprensible la existencia de los propietarios au- sentistas. Asi pues, el quehacer del-hombre tenia dos dimensio- nes principales, la moral y la pldcentera, y una secundaria: la lucrativa.2! LA SOCIEDAD RANCHERA Antes del fraccionamiento de la hacienda de Cojumatlan las diferencias entre unos vecinos y otros eran casi todas naturales. Se distinguian por el color de la piel, el sexo, la edad, la estatura, el vigor fisico, la mayor o menor valentia, la inteligencia y otras cosas por el estilo. Una distincién de cardcter social de suma im- portancia provenfa del apellido. Dentro de un régimen patriarcal y patrilineal contaba mucho la pertenencia a cierto clan o familia grande. Por otra parte, casi todos hacfan las mismas cosas y eran igualmente pobres. A partir de 1861, empiezan a perfilarse nue- vos rasgos de distincidn. Se acenttta la especializacién en el tra- bajo. Irrumpen los que laboran y los que no, pastores y labrado- res, artesanos y algtin comerciante. Hay quienes trabajan lo suyo y para si, y quienes como medieros y aun como peones trabajan en ajeno y parcialmente para otros. Comienzan a surgitilos espe- cialistas y las clases sociales. Considerdbanse ricos los doce que sin dejar la vida en el pueblo usufructuaban la produccién ranchera; se daban comodi- dades provenientes de sus ranchos trabajados por otros; obte- nian recursos para sus ocios y negocios del esfuerzo de sus va- queros, medieros y peones. Asi don Manuel Arias, que acabé 2} La fuente principal de lo dicho en los cuatto titimos parrafos, han sido las conversaciones con los ancianos y especialmente con don Luis Ganzdlez Carde- nas. Otras noticias fueron espigadas en la correspondencia de José Dolores Pulido. 26 108 RANCHOS (1861-1882) avecindandose en Guadalajara; don Francisco y don Rafael Arias, vecinos de Mazamitla; don Vicente Arregui, don Bartolo y don Pedro Zepeda, don Néstor y don Antonio Ramirez, instalados en Sahuayo; don Miguel Mora, que en 1867 compré el Nogal a Pe- dro Zepeda y lo administré desde su residencia en Pajacuarén, y don Rafael Quiroz y don José Guadalupe Sandoval, de Jiquilpan y Sahuayo,”” Formaban la medianfa 50 jefes de familia propieta- tios de fincas generalmente mds pequefias que las de los ricos, de un sitio o menos de extensién, que vivian en sus ranchos por lo menos durante el temporal de lluvias, y que vigilaban direc- tamente el desarrollo de sus gariados y sementeras y que ahorta- ban a costa de su bienestar familiar. Situemos en el tercer grupo a los 300 jefes de familia restantes, que en su mayoria servian, hacia‘1870, de medieros, artesanos, vaqueros y peones a los terra- tenientes ausentistas. Guadalupe Gonzalez Toscano fue un hombre arquetipo de la clase media y un hombre prominente entre los moradores del Llano de la Cruz. Naci6 en 1821. Era el mayor de los hijos de An- tonio Gonzalez Horta y Lugarda Toscano. Aprendié de su padre el cultivo de la milpa, el manejo del caballo y la reata, el cuidado y uso de las reses y demés oficios agropecuarios. Acudié a un maestro del Durazno para ensefiarse a leer, escribir y contar. Na- die sabe donde adquirié el rezado, pues fue gran rezador toda su vida. Para casarse puso el ojo en una hija de Vicente Pulido Arteaga, el “rico” de la rancherfa. El era enteramente pobre. Te- nfa a su favor el ser buen mozo, honorable, y bueno para todo. Gertrudis, la pretendida, aspiraba a un hombre de esas cuali- dades, aunque no sin qué. Guadalupe dejé el tercio de lefia a la puerta de la casa de Gertrudis; la hermana mayor lo recogié y lo quem6 s6lo para deshacerse de Gertrudis. sta, sin saberlo, ha- bia dado el “si”. El tercio era para ella; el tercio habia sido que- mado; tenia que casarse. Del matrimonio nacieron seis hijos (Ci- tiaco, Fermin, Gregorio, Andrés, Bernardo y Patricio) y cuatro hijas (Andrea, Salomé, Lucia y Genoveva). Guadalupe era sub- arrendatario de la hacienda; Gertrudis ahorraba y escarchaba cera. El era serio y sobrio, bueno para su casa y bueno para la ® Datos escuetos acerca de los terratenientes ausentistas los proporciona ei Archive de Notarfas de Jiquilpan los de tipo anecdotico provienen de la tradicién familiar. LOS RANCHOS (1861-1882) 7 casa ajena. En 15 afios de ahorro juntaron él y su esposa 750 pe- sos, que los dieron a cambio de las 350 hectareas del encinar y magueyera que baja de la copa del cerro de Larios, por el haida oeste. Guadalupe Gonzdlez empezé a ser sefior de tierras y ga- nados en 1861; en 1867 compré terrenos de temporal y agostade- ro en El Espino, y por fin consiguié hacerse del cerro de las Pita- hayas. Asf complets tierras suficientes para 200 vacunos; llegé a ser para muchos como padre. Un rico de Cotija, don Antonio Ca- tranza, lo habilitaba sin formalidad alguna. Se levantaba antes de que el sol saliera; se acostaba dos o tres horas después de su puesta. La comida era muy sobria;tl vestido nunca dejé de con- sistir en camisa y calzén de manta, huaraches y sombrero de so- yate. Y su quehacer diario era rudo e iba de sol a sol; las ganancias se repartian entre él y los necesitados. Era un hombre virtuoso; lo que se Hama un santo. Don Guadalupe Gonzalez murié en 1872 de un tumor en el dedo cordial. Los rancheros Ilevaban una vida pobre, pero no penosa. Su ideal de hombre era sencillo. Entre las cosas dignas se citaban el sudor, el honor, el vigor, la bravura y la astucia. Se estimaban so- bre todas las cosas las fuerzas fisicas, la destreza en el manejo del caballo y la audacia. En el hombre no se vefan mal los vicios del cuerpo: la embriaguez, la cépula extramarital, el dormitar a la sombra de un Arbol y el tabaco. Fuera de las virtudes y vicios corporales, figuraba en la lista de su ideal el poseer privada- mente tierra, mujer, ganado y oro. Por causa de las cosas posei- das tan a pecho nunca faltaron los altercados, las tifias y los ho- micidios. Por unos pasos de tierra, una mirada a la mujer ajena, el pasto que me comié la vaca dafiera de fulanito y las monedas que le presté y no me devolvi6 zutanito, habia duelos feroces. Con todo, el honor y la buena fama eran las virtudesimés peli- grosas y frecuentes. Lo normal era tratarse con respeto, pues la minima irrespetuosidad salia cara. - El saber leer, escribir y contar se puso de moda. Los jefes de familia en las rancherfas solfan juntarse para pagar un maestro. En el Llano de la Cruz ensefiaron don Jestis Gémez que vino de Sahuayo y el altefio Pedro Torres. Este tuvo que dejar el puesto. por un lio de faldas. Pretendian a la misma muchacha él y un ranchero valiente. Ambos recibieron el si, uno por las buenas y el otro por la fuerza. La mujer se fue a Cojumatlan a preparar la 238 LOS RANCHOS (1861-1882) boda. Los rivales se fueron tras ella por distintos caminos. Al bra- vo se le hizo consentir que Ja boda serfa en la misa mayor, pero en misa primera el padre caso a la muchacha con el maestro; al amanecer ya iban los recién casados atravesando la laguna. Las habilidades ecuestres y homicidas del engafiado resultaron ini- tiles sobre el agua. La escuela alcanz6 a muy pocos y no sustituy6 a la crianza. La formacidn definitiva del ranchero resultaba del trato y roce con el ambiente natural y la vida ranchera. Los nifios aprendian a comer tirados en el suelo. Alli les llegaban los “sopes” de masa cocida arrojados desde el metate por la‘madre. Se ensefiaban a caminar, correr y trepar en y sobre los encinos, los caballos y los toros. Los habitos de conservacién de la especie se los mostraban los ani~ males, Desde pequefios se ejercitaban en todos los quehaceres; a Jos nifios se les acomodaba como becerreros, alzadores, pastores y blanqueadores de cera, y a las nifias como ayudantes de la mamié en el jacal y en el campo. El ideal de mujer seguia siendo Ja mujer fuerte del evangelio. Por lo demas, sobre la mujer pesaba la mayor parte del trabajo rudo: el moler en el metate el nixtamal, hacer tortillas, preparar la comida, asentar el piso, fregar, lavar, coser, zurcir, acarrear agua, lidiar al marido y los hijos, estar al pendiente de puercos y gallinas, blanquear cera, amasar queso, tejer y en suma ocuparse en todas las industrias caseras y todas las ocupaciones de casa al grado de no tener punto de reposo, Unicamente los hombres se podian per- mitir el vicio de la ociosidad y de los de la generacién que suce- dié a la de José Guadalupe Gonzélez, la de los nacidos entre 1834 y 1847, se lo permitieron en mayor cuantia que sus padres y her- manos mayotes, y especialmente los del grupo terrateniente, y nunca més alld de los limites impuestos por el gobierno de los ancianos, que eran los que llevaban la autoridad. El respeto a los an- cianos se mantuvo incélume.? Los gobiernos de la Republica, del estado y del municipio tini- camente se acordaban de los rancheros de la punta occidental del distrito de Jiquilpan cuando alguno de ellos cometia alguna fechoria y a la hora de pagar las contribuciones. Pasada la trifulca, % Casi todo lo relativo a la vida social apuntado aqui se debe a testimonios proporcionados por Mariano Gonzalez Vazquez, Apolonia Oceguera, Luis, Jose- fina y Agustina Gonzalez Cardenas. LOS RANCHOS (1861-1882) 29 el juzgado de letras de Jiquilpan y la policfa rural volvieron a la rigidez acostumbrada para con los pobres. La carcel se llené de presos, “siendo los més por rifias y homicidios”.4 También des- de 1866 volvié a funcionar en Jiquilpan una Administracién de Rentas del Estado y aparte, una subalterna de la Renta del Tim- bre, y ambas fueron igualmente eficientes en el cobro de los im puestos. Y como si esto fuera poco, la eficiencia de la Tesorerfa municipal de Sahuayo era muy digna de nota. El comportamien- to de los funcionarios ptiblicos no ayudaba nada en la tarea de infundir en los rancheros respeto y amor para la autoridad civil. Por otra parte, la fidelidad del campesino hacia la Iglesia parecia incompatible con la exigida por el Estado. ‘RELIGION, JUEGO E INSEGURIDAD La falta de sujecién a la ley y a la autoridad civil contrastaba con la entrega al gobierno eclesiastico y los mandamientos teligiosos. Con poca instruccién, sin culto ptiblico y no exenta de supersti- ciones, la vida religiosa conservé su exuberancia. Una parte so- bresaliente de ella la constituia el trato directo, fisico, con seres del més alla. Nadie dudaba de las apariciones del diablo y las animas del purgatorio; nadie dejé de toparse alguna vez con seres sobre- naturales, con fantasmas de varia indole. Los ejercicios religiosos se acrecentaron. Un ejercicio comin y corriente fue el rezo del rosario al amanecer y al anochecer. Muchos recorrian 10 y hasta 20 kilémetros para oir misa domini- cal de alguno de los pueblos cercanos. Las imagenes de San José, la Virgen de Guadalupe, San Juan, San Isidro Labrador y San- tiago, eran las mas frecuentadas. Casi nadie prescindia d¢ la confe- sién anual, el pago de Jos diezmos y el riguroso ayung durante los 40 dias de la cuaresma. Casi todos se sabian el rezad® de prin- cipio a fin: padrenuestro, credo, avemaria, mandamientos, todo fiel..., yo pecador, Sefior mio Jesucristo..., Ja magnifica, las leta- nias y numerosas jaculatorias. Nadie dudaba de ninguno de los articulos de la fe. El cielo, el infierno y el purgatorio eran tan rea- les como la noche y el dia. Otras tres ocupaciones favoritas de los rancheros, ademas de % Ramén Sénchez, op. city, p- 197. 30 LOS RANCHOS (1861-1882) rezar, eran el juego, la jineta y la conversacién. Gustaban princi- palmente los juegos de azar y por encima de todo, el de naipes. Y se recibian con extrafios transportes de juibilo las fiestas anua- les de los herraderos. Entonces se ponfan de relieve todas las destrezas adquiridas en la incesante lucha contra la naturaleza zooldgica; exhibian los mejores su habilidad en el manejo del ca- ballo y la reata, se practicaba el toreo y la jineteada “al uso anti- guo”, Y se adornaba todo eso con miisica de mariachi, con sones tepletos de malicia, de alusiones eréticas, de deseos encapsula- dos, con sones que incitan a bramar, aullar, relinchar y beber aguardiente hasta caer. o La conversacién en derredor del fuego, de la luz roja del ocote, fue una distraccién muy frecuentada entonces. Oir y contar suce- didos ¢ historias llego a ser el pasatiempo preferido desde la en- trada del sol hasta las nueve de la noche. ¥ no cabe duda que hubo buenos recitadores dentro de un arte de referir muy escueto y un repertorio de temas muy limitado: hazafias de caballos y jinetes, labores de la tierra, “crimenes de los hombres”, pleitos y muer- tes violentas, sucesos naturales, aguaceros, rayos, crecientes de tios y los signos que se consideraban como rasgos del dia del jui- cio final: aquel cometa, aquella aurora. Venian en segundo térmi- no las historias de bandidos célebres, los recuerdos de las “tincas”, los difuntos de ambos céleras, los aparecidos, las diabluras del diablo y de los vivales, los cuentos de tema erdtico, las “relacio- nes” de tesoros ocultos y algunas historias biblicas: Sansén y Da- lila, Tobfas y el Angel Gabriel, José y sus hermanos, Adén y Eva, Moisés rescatado de las aguas del rfo. Se recitaban versos ajenos y se hacian versos descriptivos y de burla. José Dolores Toscano (1834-1903) fue el rimador mas ofdo. Esparcié corridos, epigra- mas, chistes. Las demas ramas del arte eran menos frecuentadas. Sobra decir que se cantaban valonas y el alabado, este tiltimo a la madrugada; se intercambiaban coplas en los “papaquis” y eran imprescindibles los sones del arpa de José Leén en todos los fan- dangos con motivo de bautizos, bodas, cosechas y herraderos. La existencia libre, semibarbara, alegre, igualitaria, hubiera sido idilica sin el sentimiento de la zozobra, sin el temor a la no- che, a los malos espiritus, a 1a “seca” anual que arrasaba con el ganado, a las sequias decenales, a las heladas tempranas y tar- dias, a las pestes, al dolor de costado, a las viruelas, al “mal de LOS RANCHOS (1861-1882) 31 Lazaro”, a las viboras, a los meteoros, a la muerte repentina, a la corrupcién de los cadaveres, a los venenos, a tomar el mismo dia carne de puerco, menudo o aguacate y leche, al deshonor, a la maledicencia, al amor no correspondido, a las malas artes de los demés, a dejar verse la P en la frente, a encontrarse con difuntos, a sentir sobre la cara los dedos helados de los aparecidos, a to- parse con los cuerpos en llamas de los condenados, y especial- mente a la ruptura de la paz, a volver a los tiempos anarquicos del bandolerismo, la violacién de mujeres y la leva. Pero s6lo seis sucesos alteraron la calma en el quindenio 1867- 1882: la rebelién de Ochoa, las fechorias de el Nopal, 1a gran ham- bre, una visita de obispo, la nevada y el cometa. Lo de Ochoa fue un episodio de la rebelién cristera, que abar- 6 los estados de Michoacén, Querétaro, Guanajuato y Jalisco durante la administracién del presidente Lerdo de Tejada, para protestar por la politica en materia religiosa; sobre todo por ha- ber incorporado a la Constitucién las Leyes de Reforma. En estos puntos, los cabecillas Ignacio Ochoa y Eulogio Cardenas, con 150 hombres de caballeria, caen stibitamente en Sahuayo el 9 de enero de 1874. A partir de entonces hacen victimas de toda clase de la- trocinios y molestias a los rancheros de Ja ex hacienda de Coju- matlan y zonas aledafias. Al fin, cansados los vecinos de la region. y con el auxilio de Martinez, un jefe de acordada local, logran abatir a Ochoa en la rancheria del Sabino. El cabecilla rebelde sitia al general Luna, encerrado en la finca de la hacienda, tien- _ de un cordén de sitiadores por todos lados, menos el de la presa; en la noche, a nado, fuerzas del coronel Gutiérrez unidas a los encargados del orden en la comarca y a Martinez, penetran en el recinto sitiado; al otro dia se abren a la vez todas las puertas de la finca, salen torrencialmente los sitiados, atacan a fe Ochoa, matan a 100, y a los restantes los ponen en fuga. Acabjar con la fugitiva tropa dispersa fue un juego de nifios. . A lasombra de los “antiguos cristeros” medré Francisco Gu- tiérrez, apodado el Nopal. A mediados de 1874 se fugé con 20 de sus compafieros de la carcel de Jiquilpan. Al frente de su gavilla de ex presidiarios convertidos en bandoleros “infundié terror y espanto entre los moradores de estos lugares por sus numerosos 3 Esteban Chavez, op. cit. p. 40. 32 LOS RANCHOS (1861-1882) robos y horribles asesinatos”.** Como sucedia con Ochoa, batallo- nes y regimientos hacfan poca mella en los de Gutiérrez. Otra vez jos ranchevos se hicieron justicia por su propia mano. En parte por las fechorias de Ochoa y Gutiérrez, y también por las heladas y sequfa de 1876 y 1877, el hambre apreté en el occi- dente de Michoacén. Se secé gran parte de la laguna. Las vacas se murieron a montones. La falta de maiz y frijol hubo necesidad de suplirla con las pencas de los nopales y Jas rafces de las chara- giiescas. Muchas personas acudieron a Jiquilpan y Sahuayo, en agosto de 1881, para ver al nuevo obispo de Zamora, al sefiorial don José Maria Cazares y Martinez. Las visitas episcopales eran ra- ras. Todavia recordaban algunos la hecha a Sahuayo por don Clemente de Jesus Munguia en 1854. Fue menos concurrida la que hizo, también a Sahuayo en el afio de 1866, don José Antonio de la Peiia. Sélo los vecinos del Llano de la Cruz y el Durazno disfrutaron de la fugaz presencia, en Mazamitla, de Pedro Espi- noza, obispo de Guadalajara. La de Cazares tuvo atractivos su- plementarios; aparte de las confirmaciones de rigor, hubo misio- nes dadas por “los padres santos”. Todo predicador era padre santo para aquellas gentes. Algunos viejos habfan ofdo predicar en Mazamitla, y atin vivian de lo que les dijeron cuando Ilegaron los predicadores del sefior Cézares.”” Un hecho imprevisto vino a descomponer las cosas en febrero de 1881. Después de muchos dias de loviznas y heladas “se des- até un viento huracanado que apenas permitfa moverse”. Del viento sali “una nevada que comenzé al anochecer y termind al clarear”. La nieve subid mas de tres pulgadas. El sol amanecié mis brillante y radioso que nunca, Nadie habia visto antes nada parecido. La nevada le resté lucidez al cometa. Los cometas, como las visitas de obispo, eran raros, pero sucedian. Como los sefio- res obispos, los cometas eran vistosos. Al contrario de los obispos, los cometas eran portadores de calamidades: hambruna, guerra y peste. La blancura y el brillo de la nevada, las plumitas de algod6n y vidrio hicieron época. La nevada vino a cerrar la época que abris la aurora boreal.” 2% Ramén Sanchez, op. cit., p. 131. ¥ Ibid., pp. 164-165. * Datos comunicados por Luis Gonzilez Cardenas. II. EL PUEBLO (1883-1900) LA GENERACION DE LA NEVADA Suele definirse el gobierno de don Porfirio Diaz como una época de paz, prosperidad econémica, consolidacién de la naciona- lidad y dictadura. Don Daniel Cosio Villegas ha demostrado que ja paz porfirica no fue tan general ni tan firme como se supone.} De cualquier manera, comparada con la de cualquier periodo anterior desde la Independencia, parece mas sélidd. Don Pedro Henriquez Urefia asegura que la prosperidad porfiriana sélo alcanza a las capas superiores de la poblacién.? No por eso deja de ser deslumbradora con sus trenes, maquinas y palacios. Tam- poco cala muy hondo la consolidacién nacional por medio de la educaci6n ptiblica, la promulgaci6n de cédigos y la propaganda nacionalista, pero no se pueden ignorar las escuelas relum- brantes del positivismo, la varia codificacién y el difundido sen- timiento “de una patria pomposa, multimillonaria, honorable en el presente y epopéyica en el pasado”. La dictadura y el caci- quismo también tienen sus menos. El dictador se muestra pater- nal y oportunista y no toda su cauda de caciques es por igual es- pinosa. En todo caso las virtudes y los vicios del régimen de Diaz son notorios en las ciudades; cunden en vastas superficies del México rural, pero no penetran en todos los rincones del pafs.4 De los ingredientes del porfiriato, inicamente uno ne de modo directo al terrufio de esta historia. Aca no llega nihguna de las modernas vias de comunicaci6n y transporte consttuidas por el régimen. Tampoco innovaciones técnicas ni capital extran- jero alguno. Y esto queda olvidado por el gobierno de la Repti- | Daniel Cosio Villegas, “El porfiriato: era de consolidacién”, Historia Mexicana Gjulio-septiembre de 1963), t. xa, nim. 1, pp. 76-87. ? Pedro Henrfquez Ureiia, Historia de la cultura en la América Hispanica, p. UL. 3 Ramén Lépez Velarde, El Leén y la Virgen. + Pata la sociedad porfiriana debe consultarse la minuciosa obra de Moisés Gonzalez Navarro, El porfiriato. Vida social, en Daniel Cosio Villegas, Historia moderaa de México. 33 34 EL PUEBLO (1883-1900) blica, por los gobernadores de Michoacan, por los prefectos de Jiquilpan y, en buena medida, por los municipes de Sahuayo y los jefes de tenencia de Cojumatlan. Como de costumbre, queda al margen de la vida piiblica. Aqui nadie se percata de que los odios preferidos de Porfirio Diaz y sus corifeos eran la libertad. de expresion y de trabajo, Aquf no se sufren los abusos de los je- fes politicos; aqui no se recae en el latifundismo, ni se cae en el peonaje. Sélo se respira la paz y a su sombra entra en escena una generacién de rancheros més venturosa que las precedentes, que hace crecer y prosperar su pequefio mundo casi sin ayudas exte- riores, y sin ninguna oficial. ~~ Desde 1818 se habfan sucedido en la zona alta de la vicarfa de Cojumatlan cuatro generaciones de hombres: la insurgente, la del célera grande, la del cdlera chico y la de la aurora boreal. La pri- mera generacion cumplié valientemente con su doble cometido de repoblar la porcién montafiosa de la hacienda de Cojumatlan y de combatir a lo barbaro la barbarie zooldgica. Fue aquella ge- neracién de patriarcas la que devolvié a la domesticidad los va- cunos y equinos salvajes, la que ahond6 loberas, trampas donde quedaron sepultadas muchas alimafias, la que limpid de malas yerbas los terrenos. Sus miembros fueron sabelotodo y alegres.5 En cambio, los hombres de la generacién del célera grande, los nacidos entre 1803 y 1817, la pasaron mal. La generacién del cé- Jera chico, la de los nacidos entre 1818 y 1833 tuvo algo muy importante a su favor: el fraccionamiento y la venta de la hacien- da de Cojumatlan en 1861. Tuvo otra coyuntura venturosa: se le injerté sangre nueva. También le dieron brillo las personas de empuje: los cinco Antonios Martinez, los Chavez del Espino y el Tiznado, los Pulido y Gonzélez del Llano de la Cruz, especial- mente José Guadalupe Gonzalez. Por lo que sea, los de esta generacién implantaron, de una vez por todas, el aprovecha- miento més o menos integral del ganado, en especial la succién ¢ industrializacién de la leche. Fue la generacién que le hizo el primer boquete a la barrera del autoconsumo y la economia na- tural y, por lo mismo, la primera generaci6n adinerada, la tinica que después de Martin Toscano, junté porciones considerables de plata y oro, ya para ensanchar sus tierras, ya para ponerlas a 3 Vid supra “tres entradas”. EL PUEBLO (1883-1900) 35 buen resguardo bajo tierra, ya para que las gastara la generacién siguiente en la que militaron muchos ebrios, jinetes, hombres de pistola de chispa, charros plateados, varones y mujeres que le die- ton calor y sabor a la vida ranchera, pero no estimulos de indole econdémica. A tareas de gente seria se dedicardn otra vez cien je- fes de familia de la generacién de la nevada, jefes que toman el mando en los 80 del siglo x1x; en los principios de la paz porfirica. En la generacién de la nevada militan los nietos de los insur- gentes y los hijos mayores de los beneficiados con el fracciona- miento de la hacienda de Cojumatlan, o sea los nacidos entre 1848 y 1862, los que de nifios y adolescentes padecieron los sus- tos y zozobras de las luchas de Reforma, Intervencién, Segundo Imperio y Cristera, y por lo mismo, y por ser en gran parte pro- pietarios, son pacfficos, amantes del orden y no exentos de codi- cia. Es una generacién que no contradice la marcha general del pais. Va con la corriente. No es, sin embargo, una generacién ho- mogénea. Tampoco lo fue la insurgente y estuvo muy activa. También la generacién de Guadalupe Gonzalez Toscano fue he- terogénea y muy emprendedora. La generacién de la nevada, como las dos generaciones dinamicas, construird sin estar unida, a veces por emulacidn. Hay entre sus miembros diferencias de lu- gar y de clase. No armonizan generalmenie los pueblerinos y los rancheros, ni siquiera los nativos de un rancho con los de otro. También suele haber diferencias entre las familias grandes, pero no tan notorias como el distanciamiento entre ricos y pobres. Los miembros mas acaudalados de la generacién pacifista y constructiva no vivian, por regla general, en sus ranchos. Asi los Arias vecinos de Mazamitla y Guadalajara, sefiores de mas de 10000 hectdreas, de la mitad de toda la tierra comprendida des- de 1888 en la vicaria de San José; los Mora, vecinos de Pajacua- ran y duefios desde 1867 de la vasia extensién del Nogal; los Ze- peda, moradores de Sahuayo, el Valle y Mazamitla; Ramirez y Arregui, de Sahuayo; Sandoval y Quiroz, de Jiquilpan; seis fami- lias que tenian a su nombre una cuarta parte de la tierra. Y esta aristocracia terrateniente y ausentista, duefia de las tres cuartas partes del conjunto, no sdlo poseia propiedades aqui. De don Manuel Arias, dueiio del Sabino, se dice que tenfa otras seis ha- ciendas, y no mucho menos ricos y orgullosos eran los demas grandes propietarios. Los mds vivian holgadamente, algunos en 36 EL PUEBLO (1883-1900) vastas residencias citadinas, atendidas por numerosa servidum- bre. Mandaban a sus hijos a buenas escuelas y la familia Mora vio a uno de sus vastagos convertirse en arzobispo de México. Muchos practicaron el deporte de prefiar a las hijas de sus traba- jadores; muchos se dedicaron al ocio del juego y los paseos. Como quiera, hay que reconocerles empuje constructive, deseos de aprovechar sus fincas lo mejor posible, haciendo abrevaderos para ganado, multiplicando ordefias ¢ intentando modestas auda- cias industriales, como el molino de harina que don Manuel Arias puso en Aguacaliente® Los que pueden considerarse como de clase media de la ge- neraci6n pacifista o de la nevada, al contrarig de los ricos, vivian aguas y secas en los ranchos desu propiedad o en las rancherias préximas a sus posesiones. Asi, los grupos de pequefios propie- tarios del Llano de la Cruz (los hijos y hermanos de don Guada- lupe Gonzalez Toscano y los herederos de don Vicente e Isabel Pulido), del Saucite (los hijos de don Antonio Martinez), de San Miguel (Abraham y Filemon Aguilar, Simén Contreras, Antonio Cérdenas y los hermanos Ortega, Felipe y Rams6n), de la Estan- cia (los hijos de don Antonio Barrios menos el mtisico que re- nuncié a su herencia y se quedé a vivir en Cotija), de San Pedro (los Rodriguez, hijos del caporal, José Maria Higareda y Luis Garcia), del Izote, Brefia y Tinaja (los Ruiz y los Ruiz Pamplona) y del Espino y China (Trinidad y Vicente Chavez, Valeriano Cér- denas y los Fonseca}, Todos estos propietarios menores, ya solos, ya con el auxilio de parientes proximos, se entregaban en cuerpo y alma al beneficio de sus tierras y ganados en particular, y al me- joramiento de la zona en general. Més que en darse a si mismos bienestar y cultura, pensaban en dérselos a sus descendientes. En general prescindfan del ocio por extrema dedicacién al nego- cio. Al contrario de los ricos, le tenian gran amor a la tierra.” El tercer grupo de la generacién de la nevada lo formaban los sin tierra: vaqueros, medieros, modestfisimos artesanos y peones. La mayoria de este proletariado trabajaba para los propietarios grandes y vivia (con poca libertad, aunque no en la servidumbre de los peones del latifundismo porfiriano) en las propiedades de En las ruinas del acueducto del molino esta grabada con cincel la fecha de 1893. El molino operé alrededor de cinco attos. 7 Vid. supra cap. 11. EL PUEBLO (1883-1900) 37 los sefiores. Unicamente los desposeidos del Llano de la Cruz (dos docenas de familias) la pasaban sin sefior, alquilando su trabajo aquf y alld, arriando mulas, blanqueando cera, haciendo mecates 0 poniendo vinata. Todos, libres y menos libres, tenfan lo bastan- te para pasarla pobremente, sin posibilidades de ahorro. Eran tan adictos a la tierra como los pequefios propietarios, y mas ade- lante colaborarfan en el desarrollo de la regién desinteresada y alegremente.® Los cuatro hombres de la generacién de la nevada mas distin- guidos como promotores del desarrollo fueron por orden de edad: Gregorio, Andrés y Bernardo Gonzalez, del Llano, y Juan Cha- vez, de China. Aquellos tres hijos de don Guadalupe Gonzalez y Gertrudis Pulido; éste de Vicente Chavez y Ana Maria Tejeda. Gregorio nacié en 1850; Andrés en 1852; Bernardo en 1857 y Juan. en 1859. Los ensefié a leer, escribir y contar don Jestis Gémez. De sus padres aprendieron los oficios campestres y las recetas del buen vivir. Gregorio y Juan eran bromistas; Bernardo serio y Andrés solemne. Se dice que la solemnidad y la extrema com- postura las aprendid en el pueblo. Andrés, siendo adolescente, estuvo en Cojumatian para limarse. Aprendié alli la caligrafia, el arte de “las escrituras” (contratos de compraventa, pagarés, testa- mentos, actas, recibos). Andrés recibié el don de la letra; Juan el del ingenio; Bernardo el del negocio y Gregorio el de la religién. Juan fue duefio de variados talentos y exploré varios oficios: la herrerfa, la fabricacién de jabones, la medicina, la cirugia y otras artes mecdnicas. Era imperioso para los campesinos averiguar el curso de las Iluvias, saber cudndo empezarian las aguas y cudn- do lloveria y cémo. Don Juan inventé un sistema de pronésticos. Exigfan las mujeres algo que las liberara de la [Link] me- tate; don Juan se ingenié para construir un molino de Piedra, un molinito casero que remoliera el nixtamal. Carecfa la gente de la regién [Link] que supiera los secretos para toda clase de do- lores y padecimientos. Don Juan se aplicé al arte de la medicina; llegé a saber el uso de multitud de mixturas, jarabes y aceites. Don Gregorio también exploré muchos camines: el comercio, Ja ganader{fa mayor y menor, la apicultura y el blanqueamiento 5 Los dos apuntados aqui han sido distrafdos del Archivo de Notarfas de Jiquilpan, Archivo Parroquial de Cojumatlén y la tradicion oral. 38 EL PUEBLO (1883-1909) de la cera. En 1882 se hizo de su primer rancho, la Tinaja, adonde iba con su familia en tiempo de ordefia. Cuando algunos fuere- fios dejaron de venir por los productos de esta regién, don Gre- gorio inicié sus largos viajes a la capital, adonde Ilevaba queso, puercos y lo que se ofrecfa. Desde joven tuvo ordefia, rebafio de ovejas y piara, pero no era la economia su vocacién. En lo que fue nico fue en la piedad. La historia biblica y el catecismo del padre Ripalda fueron las fuentes de su inspiracién. Los cuatro se distinguieron por lo piadoso; los cuatro eran tam- bién hombres de negocios, pero en los tratos ninguno aventajé a Bernardo, que legaria a ser un terrateniente y ganadero de fortu- na. Cada uno en su especialidad, todos con dan de gentes, traba- jaron para ellos y para todos. Su obra mayor fue la de haber condu- cido a sus coterréneos desde la vida ranchera hasta la pueblerina.? Hubo un dia en que la falta de este tipo de vida se dejé sentir. La sintié principalmente fa clase media ranchera. Los ricos ya la disfrutaban; vivian en Mazamitla, en Jiquilpan, en Sahuayo, en el Valle. Vivir en un pueblo tenia sus recompensas de todo orden. A un pueblerino le era mas facil vender y comprar. El pueblo daba mayores garantias al dinero, la honra y la vida. Contra las asechanzas de los pronunciados, los bandoleros, y aun contra las del demonio y los condenados, lo mejor era el pueblo. En todo pueblo residia un sacerdote y habia un templo. Los pueble- rinos jamés se alejaban de sus difuntos, pues tenfan camposanto a la orilla del pueblo, Para convivir con vivos y muertos se nece- sitaba Ia comunidad pueblerina. En un pueblo podfan lucir Ja belleza, los trajes y las virtudes de las muchachas. También la educacién de los hijos era mas facil en una poblacién, En el pue- blo habia mercado, tiendas,comerciantes, plaza, muchachas tu- cidoras, escuela, maestros, artesanos, orden, autoridad propia, iglesia, sacerdote y cementerio. La clase media ranchera, ansiosa de cambio, podfa optar por dos caminos: ir a vivir a cualquiera de los pueblos vecinos o fun- darse uno. Los rancheros de otras tres zonas de la meseta ya habian elegido; se acababan de hacer sus respectivos pueblos: el Valle, Manzanilla y Concepcién de Buenos Aires, éste mds cono- 9 Los datos biogréficos de los patriarcas provienen de los archivos parroquia- les de Cojumatl4n, Mazamitla y San José, y sobre todo de informes obtenidos de - hijo y familiares de los citados. EL PUEBLO (1883-1900) . 39 cido por Pueblo Nuevo. Los de la ex hacienda de Cojumatian se- guirfan el mismo camino. Ya eran suficientes para congregarse; en 1885 llegaban a tres mil. Habfa tres rancherfas grandes: Ojo de Rana con un centenar de habitantes, el Sabino con 125 y el Llano de la Cruz con 217.1° Auchen andaba alrededor de los 75 habi- tantes y San Miguel crecfa a toda prisa. Cualquiera de estas ran- cherias se podria convertir en pueblo. Tres de ellas presentaban dificultades a causa de los ricos; a éstos no les convenia ni les con- yencia la idea del pueblo, Algunos de San Miguel querfan el pue- blo alli, pero prevalecié la opinién de los grandes terratenientes. Unicamente en el Llano de la Cruz;la mas grande de las ranche- rfas, no habia ricos que aguaran la idea de la congregacién. El Llano no era el medio natural mas adecuado, pero si e] medio humano mas eficaz para realizar la idea. La FUNDACION DE SAN José DE GRACIA En una de las veces en que el padre de Cojumatlan vino a oir la Ultima confesién de un moribundo del Llano de la Cruz, lo acompafié el diécono Esteban Zepeda, hijo de buenas familias sahuayenses. Fl diécono les propuso a los rancheros que levan- taran una capilla en medio de la rancheria. Todos asintieron. El diacono se convirtié en presbitero y fue nombrado cura de Sa- hhuayo en 1886, La idea de levantar capilla en el Llano de la Cruz se habfa ampliado. Ahora el sefior cura Zepeda pensaba, como Jos rancheros, fundar una poblacién con su plaza, su templo y sus calles a cordel. La coyuntura se presents al finalizar el afio de 1887. Entonces llegé a Sahuayo en visita pastoral don José Marfa CAzares y Martinez. Con ese motivo, algunas tm del Llano de La Cruz acudieron a Sahuayo; llevaban a cqnfirmar a sus criaturas. E] sefior cura Zepeda lamé aparte a los Ilaneros y les dijo: “Vamos a fundar el pueblo segtin lo quieren. Vean a su ilustrisima para que nos dé el permiso correspondiente”. Luego les dio las instrucciones para abordar al obispo. Habia que hin- carse delante del él; besarle la esposa; la esposa era el anillo que W Antonio Garcia Cubas, Diccionario geogréfico, historico y biogrdfico de los Esta- dos Unidos Mexicanos, y arc, libros de bautismos. 40 EL PUEBLO (1883-1900) Nevaba en la mano derecha; no se fueran a confundir, como lo hizo el bobo que bes6 a una dama de alcurnia sentada al lado del sefior obispo. Los del Llano de la Cruz se fueron a ver al sefior Cazares. Era un hombre digno de verse. Traia muy bien puestas las vestiduras de su oficio; se sentaba majestuosamente. Todas las calles esta- ban adornadas con papelites de china. Las muisicas de aliento no paraban de tocar. También se ofan los cohetes. Todo el pueblo an- daba tirando cohetes. El sefior obispo era afable y tenia un gran dominio de si. Gregorio Gonzalez le dijo a lo que iban. El obispo pregunto si no habia algtin puéblo cerca del sitio donde querfan fundar el suyo. Le dijeron que si, que Mazamitla. “Esto esta mal”, dijo él. De todos modos los autorizé para hacer la fundacién, At salir de alli se fueron con el sefior cura. “Muy bien”, les dijo el padre Zepeda, “alla voy a trazar el pueblo”. Serfa como el 18 de marzo de 1888 cuando un mozo llegé al Llano de la Cruz con la noticia de que allf només venia el sefior cura con mucha gente. Los hombres se metieron en sus trajes de charro y se peinaron la barba. Se mand6 a unos chiquillos a “que’ fueran a decirles a los que andaban en sus quehaceres de la lle~ gada del padre”. Otros chiquillos corrieron a traer tortillas, carne y lo que hubiera en las rancherfas cercanas. En eso llegé Ja comi- tiva. La formaban los principales de Sahuayo; ademas del seftor cura, el presidente municipal don Tomas Sanchez, el boticario don Estanislao Amezcua, don Melesio Picazo, don Pedro Zepeda y algunos més. También venia dofia Refugio, la hermana del sefior cura y otras mujeres. Todos comieron bien. En la tarde, en asamblea del vecindario, se traté sobre la forma de conseguir dinero para sacar adelante la fundacién. Primero habl el sefior cura que entonces no tenia ni 30 afios de edad. Luego don Tomas Sanchez (éste si viejo y coludo) propuso colec- tas y rifas. Alli en la junta misma se colectaron, en promesas, mas de cien pesos. Algunos de los vecinos quedaron en dar vacas y novillos; otros puercos, gallinas 0 puro trabajo. Unicamente don José Dolores Zepeda (seria porque era de Mazamitla) dijo que él daba para que no se hiciera el pueblo. Otros quedaron en dar y al tiltimo no dieron nada. Al otro dia se delibero sobre el lugar adecuado para la funda- cién. Unos dijeron que en Ojo de Agua y otros que en Ahuanato. EL PUBBLO (1883-1900) ai Se escogié la loma que se levantaba enfrente de las casas del Llano de la Cruz, hacia donde se pone el sol, noms pasado el arroyo. La loma era de José Maria y Luis Gonzalez Toscano; es- taba llena de nopales, magueyes y huizaches; sus duefios acepta- ron vender lotes. Se fijé el sitio exacto donde estarian la plaza y el templo. Con una yunta de bueyes, con surcos bien derechos, se marcé el perimetro de la plaza y la manzana del templo; aqui se enterraron reliquias de santos; se trazaron otras siete manzanas rectangulares. Después todo mundo se fue a comer. Se comia entonces en punto de mediodia. Durante la comida se traté el asunto del nombre. Se le-podia dejar el de Llano de la Cruz, pero lo mejor era ponerle otro. Cémo se le iba a decir Yano si estaba en una loma. Seria bueno ponerle nombre de un santo, pero la corte celestial estaba muy poblada. Dofia Refugio, la her- mana del sefior cura, dijo: “Pénganle San José; hoy es 19 de mar- zo, dia del patriarca José”. Todos estuvieron de acuerdo, y sepa quién le agregé a San José el de Gracia, Cuando se volvi6 la co- mitiva ya esto se Ilamaba San José de Gracia. (As{ termin6 el primer acto,)"" Don Gregorio Gonzalez Pulido se encargé de promover y diri- gir la fabrica del templo. Mucha gente anduvo metida en la aper- tura de los zanjones. Se hizo un hondo vallado en forma de cruz; se llené de piedras, segtin las indicaciones de Marcos Pulido, el primer maestro de obras. Luego llegé un albafil para asesorar en el levantamiento de los muros de adobe; don Atanasio Alonso habia dado muestras de ser un buen albafil en otro pueblo nue- vo, en Concepcién de Buenos Aires; él era oriundo de Tepatitlin, en el coraz6n de los Altos. Mientras unos ponian mano en la obra de la iglesia, otros le- vantaban sus hogares dentro de la traza del pueblo. Bran casas diferentes a las de antes. Todos los muros se hicieron gle adobe. Ya casi nadié hizo paredes de varas y lodo ni techos de zacate. Se ‘adopté el sistema constructivo de las poblaciones aledatias de nota. Para los cimientos se usaron piedras unidas entre sf con lodo. Sobre los cimientos se pusieron los muros de adobe de dos 1 Datos comunicados por Luis Gonzalez Cardenas, de 87 afios de edad, oriundo del Llano de la Cruz e hijo del fndador Gregorio Gonzdlez Pulido. ® Datos comunicados por Mariano Gonzélez. Vazquez, nacido en 1865 en el Llano de la Cruz e hijo de Antonio Gonzalez Horta. Az EL PUEBLO (1883-1900) a tres metros de altura. Los adobes eran tabiques de barro seca- do al sol de 50 x 40 x 18 centimetros, Encima de los muros se colocaron vigas y el caballete de madera, armazén del techo de dos aguas. Sobre la armaz6n se puso un enrejado de varillas para sostener las tejas rojas e imbricadas. En la base de la armaz6n se tendié un piso de tablas, 0 tapanco. Al tapanco se le dio el desti- no de granero, de depésito del maiz y los manojos de hoja. En general se tomaron como modelos las casas de poblaciones como Jiquitpan, Sahuayo y Ia Manzanilla. Nadie pens6 entonces en hacer sus casas conforme a los dicta- dos de la higiene. Nadie se pteocupé de que estuvieran bien ventiladas 0 con mucha iluminacién. Nadie tom6 muy en cuenta el que fuesen abrigadoras. Las heces fecales se seguirfan deposi- tando, como de costumbre, en el corral y a flor de tierra, para ser- vir de alimento a los cerdos. Algunos a espaldas de la casa levan- taron tejavanes para los animales domésticos y especialmente para el caballo. También las basuras fueron a dar al corral para que entre ellas las gallinas, a fuerza de picotear, seleccionaran lo provechoso. Seguin se sabfa, las casas de los mejores pueblos del contorno no tenfan patio ni jardin hacia afuera. Desaparecié el soportal ex- terior que reaparecié adentro, alrededor del patio. Don Andrés Gonzalez Pulido, que se habfa limado en Cojumatlan, puso en su casa sala, aparte de cocina y cuartos para dormir. Aftos después otros seguirfan su ejemplo. Otra cosa ampliamente imitada fue la de Menar de belenes espafioles el huerto interior; a la sombra de los arboles frutales, los belenes que trajo dofia Lucia Cardenas de Zapotlan se mullti- plicaron répidamente. Por tiltimo, las ventanas: ya ninguna cons- truccién carecié de ventanas hacia la calle, aparte del zaguan. Por fuera y por dentro las casas de San José fueron mejores que las de cualquier rancherfa, y mas amuebladas. Sillas de pino ¢ ixtle, camas, mesas y escupideras se agregaron al mobiliario tradi- cional. La arquitectura conflufa a la idea de formar un pueblo,” 1888... 1889... 1890. Afio tras afio llegaron familias a plantarse, con casa y todo, en San José. Practicamente la rancherfa del Lla- 38 Datos comunicados por Luis, Josefina y Rosa Gonzélez, Cardenas, Maria Gonzalez, Zepeda, Maria Pulido y otros informantes fidedignos. EL PUEBLO (1883-1900) 43 no de la Cruz se vacid, en los tres primeros afios, en la traza del pueblo. De la Venta vinieron los Toscano; los Pérez (Francisco y Manuel) del Valle de Mazamitla; del mero Mazamitla, el carpin- tero Blas Ramos y el matancero Pascual Barriga. Tizapan co- laboré al poblamiento de Sain José con el panadero Martin Cha- pala L6pez y con el arriero Andrés Galvez. Los corrales de To- luquilla proporcionaron un par de valientes, los Ortiz; El Paso de Piedra adujo a la familia Lara y al buen fustero Vicente Chavez; Pancho Cotija Chavez, Ildefonso Penche Contreras y el majes- tuoso don Lorenzo Zepeda se vinieron en plan de comerciantes. Lugar aparte y distinguido entre los primeros habitantes de San José ocupan los Partida del Palo Dulce y los Chavez del Espino y China."# Y desde junio de 1888 comenzé a funcionar la vicarfa de San José de Gracia, adscrita a la parroquia de Sahuayo. Bl ntimero de sus feligreses empezaria siendo de 3000. Habia ya 3000 habi- tantes donde 30 afios antes, en 1861, s6lo habia 1000.15 En abril habfa venido el padre Luis Martinez, vicario de Cojumatlan, a la confesién de un moribundo en el Liano de la Cruz. Desde el Lla- no contemplé la loma donde se acababa de trazar el pueblo, y éste fue su comentario: “;Alli se hard la poblacién? Pues si es alli, no nace todavia el padre que vendra a decir la primera misa”. Eso dijo y se fue. En junio de 1888 volvié al pueblo, que segtin é] no creceria sobre aquella loma, con el nombramiento de vicario de San José de Gracia. Gregorio Gonzalez Pulido vendio una consi- derable partida de ganado para comprar los ornamentos que requerfa el vicario. Contra toda su voluntad, el padre Martinez, oriundo de Sahuayo, permanecié en el naciente pueblo afio y medio. Después fue a servir de acompafiante al patrén de Gua- racha, Ese papel le gusté mucho. En sustitucién del printer vicario vino otro comodino. Tampoco el padre Marcos Nufiez sitvid para cosa alguna y sf para desanimar a la gente. Los constructores del pueblo lo padecieron por mas de un afio.!* 44 Archivo Parroquial de San José de Gracia, al que en adelante se le citard con las sigias arsj, Informaciones matrimoniales, 1888-1900. 8 arsi, Libro de bautismos, 1. El ntimero de habitantes se calculé a partir del niimero de bantismos registrados ese afio. Se multiplicé el ntimero de bautizados por 25. 1 Las fechas de estadia de los vicarios provienen del ars}. La semblanza de los dos primeros se hizo con datos aportados por Luis Gonzdlez Cardenas. 44 EL PUEBLO (1883-1900) Por lo pronto, al nuevo pueblo no se le concedié mas rango politico que a cualquier rancherfa. Se puso como encargado del orden y jefe de acordada a Rodrigo Moreno, como suplente del an- terior a don Abundio Chavez y como ayudantes de ambos a jus- to Ramirez, Toribio Olloqui, Timoteo Chavez, Crescencio Negrete, Francisco Chavez, Marcos Rojas, Desiderio Ortiz, Cornelio Gar- cia, José Pérez y Luis Buenrostro.’’ La designacién de todos estos caballeros la hizo el ayuntamiento de Sahuayo tomando en cuen- ta las pruebas de honradez y de bravura que cada uno de los designados tenfa en su haber. El 19 de abril de 1890, los munici- pes cambiaron de opinién. En“acuerdo de cabildo “se dispuso nombrar encargado del orden en San José de Gracia al ciuda- dano Gregorio Gonzalez como propietario y como suplente a Lorenzo Zepeda, por virtud de haber manifestado algunos mu- nicipes que Rodrigo Moreno y Abundio Chavez... no estaban a Ppropésito, y que si lo estaba Rodrigo para desempefiarse con el cargo de Juez de acordada”.' A fines de 1890 un gran acontecimiento vino a cerrar el segun- do acto de la fundacién del pueblo. El obispo Cazares decidid venir a San José. Salié de Cojumatlan con un séquito imponente; subis los 400 metros de rigor y apenas comenzaba a cabalgar sobre la meseta de aire puro, cuando salieron a su encuentro los primeros grupos de jinetes vestidos de charros. A medida que avanzaba, el ntimero de acompafiantes crecia, “y tanto, que los. que iban delante, como los que seguian atrds, le aclamaban...” Rodeado de la multitud entré José Maria, obispo de Zamora, en San José, donde permanecié dia y medio; asesté la cachetada de la confirmacién a casi un millar de criaturas y se le agasajé con un torito de fuego. Poco después el padre Nuifiez salié del pue- blo y vino en su lugar el padre Oth6n Sanchez, un sacerdote re- cién ordenado.9 El padre Othén habfa pegado su primer grito en Sahuayo, desenvuelto notablemente de la Independencia para acd, al pun- to de habérsele aventajado en poblacién y riqueza a Jiquilpan, "Archivo Municipal de Sahuayo, Libros de acuerdo del H. Ayuntamiento. En adelante este archivo ser4 citado ast: aM. ® ams, Libro de acuerdos del H. Ayuntamiento del afio de 1890. 42 Informant: Luis Gonzalez Cardenas. También ars, Libro de confirmaciones, ntim. 1. EL PUEBLO (1883-1900) 45 cabecera del distrito. En 1895, el censo registra a 7 199 sahuayen- ses, que segtin la opinién de Ramén Sénchez se distinguian de Jos otros habitantes de Ja zona por ser individualistas, igualados y agresivos, “Su susceptibilidad entre si, los hace guardar resen- timientos, motivando la desunién.” “La gente del pueblo es hasta insolente, teniendo las pretensiones de querer igualarse con per- sonas de representacién social. Tienen también otra reprobada costumbre: cada hijo de vecino tiene su apodo.””° Eran ademas, no lo sefiala Sanchez, religiosos hasta el fanatismo. El padre Othén era de la clase media sahuayense. Se acabé de formar en el seminario de Zamora que funds el sefior Cazares en 1864 y donde ensefiaban, aparte de gramitica latina, filosofia es- coldstica y teologia, una moral rigida y el desdén y el odio hacia los gobiernos emanados de ia Reforma. El padre Othén era alto y robusto, sahuayense hasta las cachas, cristiano al uso antiguo. Fue puesto por el obispo Cazares de vicario en San José con la misién de modelar una sociedad pueblerina naciente, y el envia~ do se encargé de hacer un pueblo a imagen y semejanza del de Sahuayo y del ideal de vida aprendido en el instituto de Zamora. Entre 1891 y 1900 se consuma la fundacién. El templo se pone en servicio. El maestro Francisco Gama (feo, picado de viruelas, ex coronel del Segundo Imperio e iracundo) les hace entrar las letras y los ntimeros a medio centenar de nifios desde 1896 hasta que queda del todo ciego en 1898. Luego se abrié Ja escuela de las madres. También numerosas tiendas y talleres artesanales. Gre- gorio Nuifiez, del Guayabo, Sabds Flores, de Ocotlan, pusieron car- nicerias; Julian Godoy, de Quitupan, abrié panaderia; Emigdio Martinez, de Jiquilpan, sastreria; Heliodoro Amezcua, de Sahua- yo, botica; Pilar Villalobos, de los Altos, talabarteria; Bartolo Ortiz, de los Corrales, zapateria; Braulio Valdovinos, dei Jarigro, som- brereria, y don Lorenzo Zepeda, de Sahuayo, mesén. is adobe- ros, tejeros, carpinteros y albaftiles que ayudaron a formar el caserio de San José pasaron de la docena entre locales y fuerefios. El padre Othén fue Ja figura principal en el acto definitivo de la fundacién de San José. En el primer momento el personaje sobre- saliente habia sido el cura de Sahuayo, don Esteban Zepeda; en. el segundo, fueron los vecinos del Llano de la Cruz, y en el ter- 2 Ramon Sanchez, op. cit., p. 147. 46 EL PUEBLO (1883-1900) cero, el joven sacerdote, paisano del padre Zepeda, y como él, valiente, decidido y trabajador. En ninguno de los actos dejé de aparecer el obispo de Zamora, don José Maria Cazares y Marti- nez. Don Othén atendié a las mil minucias que requiere el naci- [Link] un pueblo. Puso mano a la traza; apresuré y termind laconstruccién del templo; erigié el curato; hizo casa para escuela; hizo pronésticos y profecias; trajo maestros; acarreé artesanos; us6 de la representaci6n teatral y otros medios para consolidar la doctrina cristiana en la feligresia; vistié a la gente; vaptiled a borrachos y jugadores; trats y contraté con los campesinos sobre tierras y ganados, y quiso proporcionarle un santo al naciente pueblo. (Ponciano Toro, después de una fiebre dle 40 dias, comen- 26a tener éxtasis; vefa a toda la corte celestial y a los huéspedes del infierno y preveia a los que acabarian entre alados angeles y a los que después de muertos serfan atizados por diablillos rojos. El padre don Othén propuso a la veneracién ptiblica al vidente; su hermano Rosendo, punzandolo con una aguja de arria, lo des- perté de uno de sus éxtasis y ya no volvié a tener otro.) . El padre Othén nunca predicaba; gustaba de leer libros piado- sos e infundia el amor a la lectura en la gente joven. El padre iba de casa en casa haciendo obras de misericordia y ejercitaba a los demas en ellas. Todo el pueblo y las rancherfas to consultaban. El dictaminaba lo que habia que darle a la nifia enferma; propo- nia medios para amansar al marido pegador; decia cémo se con- feecionaba un retrete. El padre Othon le organizaba vistosas re- cepciones al obispo y a los misioneros que lo acompafiaban en sus visitas pastorales. (Su llustrisima y los predicadores volvie- ron en 1893, 1896 y 1900. Las tres veces impartieron confirma- ciones y ejercicios espirituales. En todos los ejercicios se llor6 co- piosamente.) El sefior obispo Cazares queria mucho al padre Othén y mucho més lo querfan y respetaban sus parroquianos.2' El pueblo prosperé con don Othén tan répidamente, que ya en 1895 era manzana de discordia entre los estados de Michoacan y Jalisco. El gobierno de Jalisco, con base en vagos derechos colo- niales, sostuvo que el saliente suroccidental de la ex hacienda, o 21 Sobre fa vida y vietudes del P. Othdn atestiguaron muchas personas: Agus- tina Gonzélez Cardenas, de 81 afios de edad; Maria Pulido de 82 aftos de edad; Margarita Orozco de.78 afios de edad; Luis y Josefina Gonzalez Cardenas, etcétera. EL PUEBLO (1883-1900) a7 sea todos los terrenos y rancherfas situadas al sur de una linea trazada de la Aguacaliente a la punta del cerro de Larios, eran ja- liscienses. Para resolver este problema de limites y otros surgidos entre ambos estados, se formé una comisién técnica encargada del deslinde, que trabajé desde 1895 hasta 1897 y se sirvic de ase- sores rancheros, entre ellos Gregorio Gonzalez Pulido. Gracias al estudio minucioso de técnicos se fijaron detalladamente los linde- ros de Michoacan en el extremo oeste y, por afiadidura, la lin- de de la vicarfa de San José por los lados norte, sur y poniente.2 Los comisionados de ambos gobiernos estatales convinieron sin dificultad que por la parte poniente’ fuera el limite el rfo de la Pasion, desde el Molino hasta donde se junta ese rfo con el arro- yo de Aguacaliente.® Disputaron sobre la posesidn de San José y sus alrededores. Los josefinos expresaron claramente su deseo de ser michoacanos. Michoacan aleg6 que San José y sus contor- nos “jamés han pertenecido a Jalisco” y sostuvo su interés en conservar ese pueblo “porque es una poblacidn de porven "24 La causa de que los josefinos no hayan querido ser jaliscienses es muy sencilla. Como toda aldea del mundo hispanoamericano, San José tuvo, desde su fundacién, su aldea rival. Fue, por su- puesto; la més cercana, Mazamitla, a sdlo dos leguas de distancia. Si los josefinos hubieran aceptado pertenecer a Jalisco, hubieran quedado, por lo pronto, sujetos a Mazamitla, que ya era cabecera municipal. , Pueblos divididos por un rfo, como lo dice la etimologia, son pueblos rivales. Entre San José y Mazamitla sélo habia un arro- yo, porque a esa altura todavia no es rio el de la Pasién. Como quiera, desde San José era Mazamitla el pueblo que quedaba mas a mano para tenerlo como enemigo. La Manzanilla estaba mas dis- tante y unida con lazos de sangre a la gente de San José. demas, aquel pueblo ya tenia su rival en Concepcién de Buengs Aires. También el Valle de Mazamitla o de Judrez andaba en pleito ca- sado con Quitupan. Nia los de San José ni a los de Mazamitla les quedaba otro camino; debian ser pueblos hostiles. La gente de cada uno de los dos pueblos estaba obligada a tener mala opinion 2 Limites entre Michoacin y Jalisco. Coleccién de documentos oficiales, Morelia, 1898, p. 82. 23 Op. cit., p. 83. ; ; 24 ams, Libro de acuerdos del H. Ayentamiento, afto 1896, y op. cit, p. 45. 48 EL PUEBLO (1883-1900) y hacer comentarios burlones de la gente del otro pueblo. Tam- poco podian faliar las rifias a pedradas entre los muchachos de ambas localidades. A San José le tocé un rival mayor y de mds peso que él. Maza- mitla tenfa por lo menos 400 afios de vida; era una comunidad prehispanica. Sufrid algunos reveses en los primeros siglos de la Colonia, pero se mantuvo como la poblacién mas importante de ja meseta y la Sierra del Tigre. Nada se le comparaba en 40 kilé- metros a la redonda. Su nombre soné mucho durante la lucha insurgente, Al empezar la vida nacional comenzé a tener dificul- tades con los colonos blancos:‘Llegaron los criollos y no para fundirse con la gente antigua del lugar. Los nubios se instalaron como sefiores de los aborigenes. A finales del siglo x1x era ya un pueblo dividido en dos castas, no un pueblo mestizo. Tenfa el do- ble de habitantes que San José de Gracia y capitaneaba un vasto territorio. En 1898, la vicarfa de San José de Gracia quedé bien delimita- da: algo mas de 230 kilémetros cuadrados de superficie, un pue- blo y 25 rancherfas, mds de 3000 cristianos y alrededor de 9000 vacunos.® En el pueblo no habia tanta gente como fuera de de- searse. Los patronos ricos no dejaron que sus sirvientes se ave- cindaran en el pueblo. Otros decian: “En el pueblo no me man- tengo”. Algunos depositaron la familia en San José y ellos se quedaron en el rancho.” Aunque con pocos, San José tenfa ya la fisonomia inconfundible de un pueblo de adobes subido sobre una loma. Calles rectas cortadas en Angulo recto, una iglesia donde cabia medio millar de fieles, un cementerio distante, una plaza donde se plantaron Arboles grandes, la casa vicarial, un edificio para es- cuela, tres tendajones, varios talleres y 150 casas formaban-el pue- blo al finalizar el siglo xix. Casas con mujeres que ya no vestian como antes, porque el padre les habia obligado al uso de la ropa interior. Mujeres “con blusa corrida hasta la oreja y la falda baja- da hasta el huesito”. Mujeres enrebozadas que sdlo asomaban un ojo y la punta de la trenza. Mujeres en cocinas que consumen mucha lefia. Hombres de las casas grandes que habfan comenza- % La cifra de los vacunos la proporciona un papel suelto que consta en ese montén de papeles que es el Archivo Municipal de Sahuayo. % Datos comunicados por Luis Gonzalez Cardenas. EL PUEBLO (1883-1900) 49 do a vestir con pantalén ajustado; sombrero de fieltro, de falda amplisima y de copa como torre; botas y otros signos que los dis- tinguian de los pobres, sdlo exteriormente. EL GRAN MIEDO DEL ANO 1900. En 1900, segtin el censo nacional habfa en la vicarfa de San José de Gracia 3 251 habitantes, el doble de los calculados para 1867. En el pueblo habitaban 894, o sea 28% del total. La rancheria del Sabino, centro de la hacienda, tenia 239 habitantes; el Paso Real, 258, y San Pedro, 251. Sélo en tres rancherias se concentraba otro 23% de la gente. Entre 101 y 200 moradores albergaban Auchen, Colongo, La Espafiola, Ojo de Rana y San Miguel..Andaban entre 50 y 100 habitantes, la Brefia, China, Durazno, Espino, Estancia del Monte, Laureles, Milpillas, Palo Dulce, Rosa, Saucito, Tinaja y Venta. Con menos de 50 habitantes, el censo en 1900 registra uinicamente a la Arena. Olvida el Aguacaliente, el Izote y el Ce- trito de la Lefia, que tenian en conjunto algo mas de 100 personas. La poblacién total de la vicaria se puede estimar conservadora- mente en 3400 habitantes.?” En el pueblo se concentraba una cuarta parte de la gente; otra, en la zona de las pequefias propiedades, y el resto en las propie- dades mayores. Esto indica que las partes menos densas eran las ocupadas por los latifundios. Por ejemplo, la hacienda del Sabi- no, con una extensién de 42 kilémetros, no reunia mas de 275 ha- bitantes, 0 sea entre seis y siete habitantes por kilémetro cuadra- do, siendo que esa hacienda poseia los mejores terrenos de cultivo y agostadero de la region y era la mas trabajada de todas las grandes propiedades. Es también significativo el qué un ter- cio de la poblacién de las rancherias moraba sobre la linea fron- teriza entre los estados de Michoacan y Jalisco, debido en parte a la presencia del rio de la Pasién, y en otra, a las posibilidades que se ofrecian, viviendo en la frontera, de escapar a los castigos de la justicia estatal.28 ® Censo y Divisin Territorial de la Repiiblica Mexicana. México, Tipogratia de la Secretaria de Fomento, 1904. % Limites entre Michoncin y Jalisco, p. 46: “Los criminales al cruzar la linea limttrofe se creen ampatados por la soberanfa de otro estado, ¢ inmunes”. 50 EL PUEBLO (1883-1900) La poblacién de 1900 era en general homogénea. Desde 30 afios atras Ja inmigraci6n habia sido escasa. Y aquellos antiguos inmigrantes Ilegados en los aflos 60, procedian de lugares préxi- mos, segiin vimos, y para 1900 estaban totalmente asimilados al miicleo anterior. Los que vinieron, a partir de 1891, al pueblo re- cién fundado, o s6lo residieron en San José por un Hempo {como la frondosa familia del padre Oth6n y los artesanos por él trai- dos) o fueron personas de la Manzanilla y localidades cercanas, que en nada diferfan de las de San José y sus contornos. Practica- mente todos los feligreses del padre Othén eran iguales por la cultura. La gente de la vicaria crecia rapidamente yino por la exigua inmigracion. Entre 1890 y 1899 nacieron 1187 seres humanos y murieron 360. El superdvit fue de 817, a pesar de que hubo afios malos: en 1890 la epidemia de tos ferina se llevé a muchas cria- turas y en 1894 la epidemia de virnelas mato a 18 nifios.? Suma- dos a los 817, los 79 que vinieron de fuera a establecerse en el pueblo recién fundado, se obtiene la cifra de 896, que correspon- de al aumento habido en la década. Asi, pues, en 10 afios la-po- blacién de 1a vicarfa crecié 30%; no obstante el estorbo de ende- mias y epidemias, contra las que no se tenia casi ninguna arma. La sexta parte de las defunciones fue obra de la neumonia, 5% de la tos ferina y 8% de las viruelas. La vacuna contra éstas ape- nas comenzaba a difundirse. En San José, uno de cada 10 nacidos vivos moria antes de cumplir el afio; en los ranchos !a mortali- dad infantil era de 14%. Por complicaciones durante el embaraz0 y el parto se iba buen ntimero de madres. Por accidentes y vio- lencias morfa uno por mil de tos varones mayores de 15 afios. Entre 1891 y 1900 sélo hubo cinco homicidios.” Todo iba viento en popa, cuando un rumor desquicié al pue- blo y las rancherfas. Nadie sabe de donde salié un comentario atribuido a Santa Teresa: “Todo se acabara antes del afio 2000”. Nadie supo quién precis6 la fecha: “El mundo feneceré el dia til- timo del afio 1900”. En el tiempo de aguas, cuando todo es tronar y lover, empezé la invasién de los terrores. En noviembre vino el sefior obispo. Hubo, como de costum- % args, Libros de bautismos y defunciones. 30 apsy, Libro de defunciones, 1. EL PUEBLO (1883-1900) 51 bre, misiones. La gente se azoté y lloré. Alguien le oyé decir a uno de los padres que seguramente la vida terminarfa la noche del 31 de diciembre. Otros aseguraban que el sefior obispo en persona lo habia predicado. Ademés habia presagios funestos; el principal, un cometa. El padre Othén traté de detener la crecien- te marea de miedo. No hubo poder humano capaz de enfrentarse a la angustia colectiva. Los rancheros empezaron a bajar a San José. Las aglomeraciones en la iglesia, la desesperacién, el aleteo del miedo lo entristecié todo. Nadie queria quedarse sin confe- sién, y el padre no podia confesar a todos a la vez. Dijo que co- menzaria con las madres que llevaran nifios en brazos. Se produ- jo gran escéndalo en el templo cuando se descubrié que una mujer en lugar de nifio, abrazaba una almohada. Como quiera, ningtin pecado de los feligreses quedo inconfeso. Durante tres dias y tres noches don Othén no se levanté del confesonario. Por fin lleg6 la terrorifica noche. El atrio y el templo se estremecieron de terror hasta las doce. Expirado el plazo fatal, el vecindario recobré la vida de antes. Empez6 el desfile hacia las casas. Huy6 el gran miedo. En el futuro no quedarfan mas angustias que la zozobra por los malos temporales. Pero el terror ante la proximi- - dad del juicio final ya habia producido una crisis. Al parecer, el miedo general de que este mundo se acabara con el siglo, atrajo toda clase de calamidades. La fertilidad femenina amengué notablemente. En 1900 disminuy6 en 12% la natalidad, y el numero de defunciones aumenté en 51% con res- pecto al afio anterior: En San José hubo mds entierros que bau- tismos. Una epidemia de viruela y el recrudecimiento de la endé- mica pulmonja hicieron numerosas victimas. Algunos se quedaron en la inopia; decidicron darse buena vida antes de pasar al otro mundo. Marcos Chévez, que acababa de recibir una hefencia, cuando vio que lo del fin del mundo iba en serio, se gastd la he- rencia en sonadas partandas y bochinches.* ‘ 21 Se resumen los recuerdos de muchas personas sobre el gran susto. Ill. LOS RANCHOS Y EL PUEBLO (1901-1910) ‘EL MUNDO DE LOS NEGOCIOS Y LA VIDA SOCIAL Una visita a San José de Gracia, hecha en 1901 por media docena de observadores minuciosos y-diversos habria arrojado otras tantas imagenes diferentes. Uno diria: es un pueblo de ganados, cabalgaduras, labriegos y jinetes barbones, otro verfa una con- gregacién de medianos y pequefios propietarios rentistas y to- dos compadres y parientes entre si; un tercero se afianzaria a la idea de un pueblecito de gente holgazana, seca y apacible; el libe- “ ral jacobino no lo distinguiria de un monasterio de beatos, de una trapa sin muros; el patriota progresista diria del pueblo que era un nido de conservadores apatridas, y el séxto observador, el jefe de una comunidad indigena, encontraria a los. giteros y mo- renos de San José avorazaclos, sin sosiego, amantes de mudanzas y nerviosos. Ninguna de las seis fisonomias, con exclusién de las otras, correspondia a la de San José, pero las seis juntas le eran jus- tamente atribuibles. Las caracteristicas sobresalientes de la vida econémica eran: predominio absoluto del sector agropecuario; manufactura rudi- mentaria, comercio estrecho y exiguo, actividades muy poco ren- didoras, poca productividad y precios bajos. Las ocupaciones del campo (la agricultura maicera de temporal y la ganaderia de le- che) absorbieron en 1901 al 80% de la poblacién activa. Las ac- tividades indusiriales consistian principalmente en la transfor- macién elemental de algunos productos ganaderos y en artesanfas mintsculas. La vida econémica giraba en la ronda anual de las estaciones. El calendario de trabajo era el siguiente: primavera, es- tacién de las siembras principales (maiz, frijol y calabazas) y de Ja cosecha del garbanzo y el trigo. Verano, estacién agropecuaria por excelencia (escarda y asegunda de las milpas, abundantes or- defias, recoleccién de frutas, fabricacién de quesos y trabajo inten- so para todos). Otofio, estacién de las mintisculas siembras de 52 LOS RANCHOS Y EL PUEBLO (1901-1910) 53 garbanzo y trigo, del corte de la hoja del maiz, de la soltada de vacas y de los herraderos. Invierno, periodo de la recoleccién del maiz y las fiestas cosecheras. También eran del periodo seco las vinatas, pero el maximo ejercicio de las secas consistia en quitar el cuero al ganado que mataba la sequia, a la cuarta parte del ga~ nado en los afios buenos y a la mitad 0 més en los malos. No todos los afios econémicos eran iguales. La abundancia y distribucién de las Iuvias, vientos y heladas cambiaba de un ci- clo a otro. Se distinguian tres especies de afio: secos, buenos y pin- tos. A los tres los determinaban fundamentalmente las Iluvias. En los afios secos no habia Iluviaginvernales y era breve o poco abundante el temporal de aguas, como pas6 en 1894-1896. Eran ciclos anuales buenos los contrarios a los anteriores; asi 1898 y 1899. Pero no sélo la abundancia y permanencia de la Iluvia hhacian un buen afio general. Se daban también los afios pintos, en que no llovia parejo en toda la region. A merced del tiempo, de las vueltas del tiempo estaban los quehaceres y en especial los agropecuarios; a merced del tiempo y de San Isidro Labrador.t La ganaderia siguié a la cabeza de todas las actividades econé- micas. El ntimero de ganaderos con més de 10 cabezas de gana- do mayor era de 70 en 1897.2 Los grandes propietarios, como don Manuel Arias, agostaban en la regi6n alrededor de 2500 bo- vinos, 0 sea poco menos dé la tercera parte del ntimero total. En todo el distrito de Jiquilpan habia 21 200 cabezas de ganado va- cuno. La vicarfa de San José que sélo era, por su extensién, la treceava parte del distrito, tenfa la tercera parte de todos los va- cunos del distrito. Ya era, pues, la zona ganadera por excelencia. En tiempo de aguas, de San Juan a Todos Santos, se formaban alrededor de 60 ordefias de 40 a 60 vacas cada una, que daban diariamente durante cuatro meses y una semana, cto litros, y en toda la temporada 750000 litros, que en pesos de éntonces valian 15000. El valor de las crias era de 9 000 pesos. Agregando a esos valores el de los otros ganados (caballar, mular, asnal, de cerda y lanar) se puede estimar la produccién ganadera en 30000 pesos.4 "Datos comunicados por Luis Gonzalez Cardenas. 2 ams, Registro de fierros y marcas, afio 1897. 5 Ramén Sénchez, op. cit, p. 213. 4 Datos comunicados por Luis Gonzalez Cardenas. 54 LOS RANCHOS Y EL PUEBLO (1901-1910) La industria basica era Ja transformaci6én de la leche en queso, y en mucho menor escala, en jocoque, requesén, mantequilla batida y agria y quesillo. Aproximadamente las cuatro quintas partes de la leche se convertian en esos productos conforme a férmulas precisas acarreadas por la costumbre. Todo el queso, sal- vo pequefias variantes (queso panela), era grande y redondo, se- [Link] manchego en sabor y aroma. La mayor parte se comer- cializaba. Don Gregorio Gonzalez Pulido levaba una vez. al mes los productos de la regina la capital. El queso era transportado a lomo de mula a Tizapén; de ahi [Link] canoa a Ocotlén, donde el tren lo transportaba hasta México. Allé lo vendian unos espa- fioles apellidados Pérez. Los demas derivados de la leche se con- sum{fan aqui: el jocoque o nata de la leche cruda, el reques6n o ricotta obtenide del suero y la mantequilla agria o de Flandes. Fuera de la leche, el resto [Link] productos del ganado vacuno no se industrializaba en cantidades de consideracidn. Los animales de desahije y de desecho que no mataba la seca se vendian en pie a los arribefios (comerciantes del Bajio) y cubrian el consumo lo- cal de la carne. La lana de los escasos rebaiios de ovejas la con- sumia parcialmente la pequefia industria local de los sarapes. La mitad de los cerdos moria aqui, y la otra mitad se conductia a México por el ‘mismo camino del queso. Los cueros de vacunés y ovinos alimentaban modestas curtidurias y talabarterfas locales. Era el talabartero de nota don Eulalio Vargas. Fl 4rea cultivada de maiz. y cereales se mantuvo restringida a cortos pedazos de tierra. Aun durante los afios buenos, la cosecha de maiz era magra. Se sembraban 300 yuntas de maiz y algunos ecuaros de azadén. En mayo o junio, segtin los caprichos del temporal y segtin se sembraran en seco o sobre mojado, después de. abrir los surcos, empezaban los sembradores a tirar los gra- nos y taparlos echéndoles tierra con el pie. Al siguiente mes se hacia la escarda en seco, auxiliada pot los alzadores, y al otro mes venia la asegunda en llovido, casi en el lodo. Las operaciones de siembra, escarda y asegunda se llevaban de dos a tres semanas cada una. Concluidas éstas, se soltaban los bueyes y habia que esperar hasta el corte de Ia hoja dando una que otra vuelta ala milpa para impedir la entrada de animales datieros; tapando los portillos de las cercas y haciendo algo de casanga si otras yerbas, aparte del maiz, habian crecido en medio de Ja labor. ' LOS RANCHOS Y EL PUEBLO (1901-1910) 55 Después del corte de la hoja venia la cosecha. [Link] afio habia sido bueno se cosechaban de 30 a 50 fanegas por yunta, mas el frijol y las calabazas. Si bien iba, se recogfan en toda la zona unas 800 toneladas de maiz y 15 de frijol, que valian alrededor de 20000 pesos. El kilo de maiz estaba entonces a dos centavos y medio y el de frijol a tres. Eran mas apreciados el trigo y el gar- banzo, pero se daban muy poco en estos puntos. Casi tinicamen- tela hacienda del Sabino sembraba trigo en la laguna, y a veces garbanzo. Los duefios del Sabino si ganaban dinero con las siem- bras; los demas se las comian. El maiz y el frijol eran para el consumo local. Cada cristiano se endilgaba tres fanegas anuales de inaiz y media de frijol. Lo res- tante que eran los ojupos, el maiz podrido y contrahecho, se lo tragaban les caballos y las vacas, lo mismo que la hoja y el rastrojo. Las mujeres industrializaban lo cosechado para hacer- lo comestible. Casi todo el mafz, una vez desgranado, lo con- vertian en tortillas, pero no dejaban de hacer atole blanco (la bebida del tiempo de secas), corundas, elotes cocidos 0 tostados y sopas de elote, toqueras y tamales. Los frijoles de la olla o re- fritos eran el final de las tres comidas. Las calabazas se comian tatemadas o en tacha (cocidas con piloncillo o miel de abeja). Otros alimentos vegetales que se consumian cocidos eran las pencas tiernas del nopal, las verdolagas, los hongos y las flores de calabaza. Las tunas, duraznos, charagitiescas y el aguamiel iban crudos al estémago.> De las mezcaleras (y entonces habia muchas todavia), ademas del aguamiel, se sacaba aguardiente de mezcal. Llegaban a la do- cena los vinateros mas distinguidos. En San José vivia don Rafael Cérdova. Por lo demés, el hacer alcohol iba para abajo a causa de Ja competencia de Quitupan. Otra artesanfa que comenz§ba a de- rrumbarse era la del blanqueamiento de la cera. A comiénzos del siglo actual, el pueblo tenfa dentro del grupo de los econémica- mente activos a siete carpinteros, dos herreros, tres panaderos, dos saraperos, cinco mecateros, tres talabarteros, 30 cereros, dos fusteros, un sastre, un pintor, seis albafiiles, un par de musicos, un boticario, un ladron de gavilla, media docena de arrieros,-dos za- pateros, un alfarero, un calero, un cigarrero, un peluquero, cuatro 5 Datos comunicados por Luis y Josefina Gonzéler Cardenas. q 56 LOS RANCHOS Y EL PUEBLO (1901-1910) maestros, el sacerdote, un horticultor, una partera, tres carnice- ros y muchos comerciantes.° El comercio hizo mayores avances que los otros negocios. Aparecié la casta de los comerciantes, principalmente en el pue- blo, donde 18 vecinos ostentaban en 1901 como principal ocupa- cién el negocio de compra y venta. Habfa comerciantes am- bulantes y tenderos. De aquéllos algunos sélo se movian dentro de la jurisdicci6n de San José y otros eran importadores y expor- tadores. Entre éstos, Gregorio Gonzalez Pulido era el campeén; entre los tenderos sonaban mucho Lorenzo Zepeda, oriundo de Sahuayo, e Ildefonso Contrera$ de Epenche. En aquellas tiendas se vendian los articulos de consumo normal, con excepcién de los producidos en la zona; manta de primera a nueve centavos metro, percal a siete centavos, sal de Colima a cuatro centavos el kilo, azttcar a 10, jabon de Zapotlan a 10, piloncillo a ocho, arroz a nueve, un sombrero de soyate a 60 centavos y un sombrero de fieltro aleman a ocho pesos. Los carniceros ponian sobre una mesa Ja carne de los animales que ellos personalmente habfan matado la vispera. Un kilo de carne de res se compraba por real y cuartilla, y de cerdo, por 10 centavos. La manteca para las fritangas valfa 25 centavos, es decir, dos reales el kilo.” La actividad econémica menos productiva era la biisqueda de tesoros enterrados. Habia cuatro maneras de dar con ellos, las cuatro igualmente ineficaces: la relaci6n, el fuego, las varitas y Jas dnimas del purgatorio. Estas tiltimas perseguian mucho a las mujeres. A veces se les aparecfan para pedirles que pagaran tal o cual manda y a veces para decirles al oido dénde estaba el di- nero. Las sefioras despertaban buscéndolo iniitilmente. Tampoco Jas varitas de virtud servian m4s que las voces de ultratumba. Lo més comin era repartir cuatro varitas entre dos personas, quie- nes las sostenfan a corta altura del suelo en los lugares donde podia estar encubierto el tesoro. Algunas rezaban: “varita de vir- tud, por la virtud que Dios te dio, declara si aqui hay dinero”. La manera de declarar de la varita consistia en-clavarse en el sitio © Segiin el censo retrospectivo levantado por el A., para 1901. Los datos para ese censo se obtuvieron en su gran mayoria en los libros parroquiales de San José. _7 Estos precios y los que aparecen mas adelante, en diversas secciones, se saca- roh de las libretas de gastos de dofia Josefina Gonzélez Cardenas. LOS RANCHOS Y EL PUEBLO (1901-1910) 37 buscado. Por supuesto, cuando se iba a precisar el punto exacto de un tesoro, era porque previamente se habian visto fuegos en el lugar. Eran Iamitas que vagaban a corta distancia del suelo e indicaban el rumbo, mas no el sitio preciso. Sdlo las “relaciones” apuntaban todo con mucha exactitud, aunque era dificil hacerse de ellas. Habfa relaciones apreciadisimas, como las de Martin Toscano. Quienes las ponfan en practica hablaban de un tropel de caballos. La especializacion en el trabajo crecfa a gran prisa. Un hom- bre, como don Juan Chavez, sabelotodo, se convertia en figura excepcional y admirable. Habia pasado la época de los “todis- tas”, pero se estaba atin muy lejos de la época de los “especia- listas”. Lo normal era que una persona desempefiara cuatro traba- jos de diversa indole a la vez. También era comtin que.a lo largo de la vida se pasara una y hasta tres veces de una serie de oficios a otra. Un par de ejemplos: la mayorfa de los pequeiios propieta- rios eran ganaderos, fabricantes de queso y blanqueadores de cera, y algunos todo eso mas comerciantes y encargados del or- den, como los hermanos Bernardo y Gregorio Gonzalez. Entre los no propietarios y los minifundistas era muy frecuente que fue- ran alzadores primero, loderos y becerreros después, sembrado- res de maiz, ordefiadores y albafiiles, pequefios comerciantes, artesanos 0 cualquiera otra cosa mas tarde. El mudar de oficio no tena lfmite. Lugardo Gémez, maestro de escuela en 1892, fue desde 1894 ordefiador. No habia trabajos agobiadores ni de tiempo completo. En la hacienda del Sabino hubo peonaje y se trabajaba de sol a sol. Fue- ra de all{ el quehacer no era rudo. Los mas de los trabajadores (ensu mayoria de género masculino, ain cuando la participa- cién de las mujeres en las ocupaciones remuneradas to bajaba del 20% de la poblacién econdémicamente activa) consujmian, sin amonedarlo, la mayor parte del fruto de su trabajo. Grosso modo es posible afirmar que un pequefio propietario productor de leche, fabricante de queso y blanqueador de cera, ademas de lo que se comia él y su familia, percibfa en un afio normal alrede- dor de 300 pesos. Un aparcero, ordeiiador, vinatero, etcétera, po- dia juntarse al afio, descontando la comida, con 40 pesos. El asa- lariado puro era un ser casi inexistente. Los jornales eran tan bajos que se dificultaba sostener una familia siendo sdlo jor- 58 LOS RANCHOS Y EL PUEBLO (1901-1910) 4 LOS RANCHOS Y EL PUEBLO (1901-1910) 59 nalero. “El jornal de los peones en las haciendas era de 12 y Manuel Arias, el rico duefio de la hacienda del Sabino, adquiere A medio centavos en efectivo y un cuarterén de maiz..., y en las pequefias propiedades, de 25 centavos diarios, sin recibir racién de mafz.”8 El peén de por aca solfa tener una o dos vacas “cos- [Link] pastoreo mensualmente un centavo por cabeza”. “Esos individuos que tenian una o mas vacas, con su producto podian alimentar sus familias y lo que ganaban con su trabajo personal lo dedicaban para compra de mercancfas”.? Hacia 1901 en la vicaria de San José habia alrededor de 140 predios ruisticos. En promedio, a cada uno le correspondian 178 hectdreas, En el resto del municipio de Jiquilpan habia 1171 fin- cas risticas con una extensién promedio de 265 hectdreas. En este distrito y en todo el resto del estado de Michoacan, lo nor- mal era la existencia de vastos latifundios al lado de minifun- dios, menos en la vicarfa de San José que tinicamente tenfa una hacienda de medianas proporciones. Lo demas eran ranchos. Fuera de la hacienda, que pasaba ligeramente de las 4000 hecta- reas, habia siete propietarios que posefan de 1000 a 3000 hec- tareas; 16 duefios de 300 a 1000 hectéreas; 28 propietarios de 100 a 300, y 88 parvifundistas con menos de 100 hectareas. En 1896 don Ramén Sanchez vefa con simpatia “a los muchos propieta- rios de los terrenos altos situados al poniente de Jiquilpan’.! El miimero aumentaba afio con afio; las propiedades se dividian por sucesi6n 0 por venta de algunas de sus partes. En 1892 la Tinaja se reparte entre dos hijos de don Francisco Gutiérrez; en 1893, los hijos de don, Vicente Chavez venden los Sauces a numerosos compradores: Secundino Haro, Francisco Orozco, Julidn Moreno, etcétera; en 1894 don Jestis Zepeda le compra a uno de los hijos de don Francisco Arias el potrero de San Miguel; en 1895 co- mienzan a integrarse las grandes propiedades de don José Martt- nez al comprar a los Contreras, sus cufiados, diversas fracciones de la Arena. En 1897 Valeriano Cardenas se hace de un rancho en El Espino juntando, por compra, tres; en cambio la propiedad de Dolores Zepeda, en la Venta, se reparte entre sus tres hijos. Al afio siguiente la viuda de don Antonio Barrios reparte la Es- tancia del Monte entre cinco de sus hijos; por otro lado, don * Sanchez, op. cit., p. 205. *Wbid,, p. 204. 10 Phid., p. 30, diversos terrenos contiguos a su hacienda. Mientras unas pro- piedades se dividen, otras se ensanchan. Como quiera, predomi- na la divisién. Por eso se pasa de 62 propietarios en 1867 a 140 en 1900." Al terminar el siglo pasado, de las 600 familias de la vicaria de San José de Gracia, casi la cuarta parte era propietaria de fincas nisticas. Los sefiores de tierras y ganados residentes formaban la clase media de la regién. Su nivel materia! de bienestar no era malo. Don Ramén Sanchez atestigua que el distrito de Jiquilpan tiene hacia donde el sol se pone, “grarides mesetas de tierras de labor y montes de encinos, madrofios y otros 4rboles propios de la {ria temperatura. Los muchos propietarios de esos terrenos que compraron a la hacienda de Guaracha, tienen en sus pequefios predios casas cémodas amuebladas con algtin lujo, y no es raro ver buenas colecciones de cromos”.!? Algunos posefan casa en el rancho y [Link] pueblo; casas de muros de adobe y techos de tejas, con amplias recdmaras y muebles pegados ala pared (las peta- quillas, las camas, la silla de ixtle), con imagenes y paisajes col- gando de las paredes, con macetas en el portal interior, con muchas matas regadas ervel jardin interior. Casas con comedor y cocinas bien abastecidas, y lejos del conjunio, el comtin y su ban- queta de tres hoyos en el corral de los puercos, las gallinas y el caballo. Casas con otro corral lleno de Arboles frutales. Viviendas pobladas por hombres vestidos de charro 0 de calzén y camisa de manta, por acaudalades que viven casi como los pobres, con un minimo de lujo. Estos riquillos de San José de Gracia invertian los 300 pesos ganados en el afio en compra de terrenos y edu- cacién de los hijos. También en Ienar con monedas amarillas 0 alazanas ollas de barro, y en obtener pequeias comodidades y solaces. Los pobres dedicaban los 40 pesos reunidos anualrfente a la obtencién, también, de alguna comodidad y solaz 0 a la cele- bracién de una fiesta casera. Los propietarios mayores, residentes en Sahuayo, Mazamitla, Jiquilpan y Tizap4n, formaban mundo aparte y hostil. Eran los grufiones. Los vecinos de San José solfan quejarse ante la autori- 11 aaq, Protocolo de los Lics. Ignacio Zepeda y Aurelio Gémez. 12 Sanchez, op. cit, p. 30. 60 LOS RANCHOS Y EL PUEBLO (1901-1910) dad municipal del egoismo de los hacendados. Don Manuel Arias venia al Sabino, es verdad, pero también es cierto que declaraba prohibido el paso por su propiedad; argiiia que se le paraban los pelos de rabia al ver que el caballo de un caminante comia un matojo de los suyos. Los municipes de Sahuayo procedieron contra el viejo miserable y contra los demds ricos fuerefios cuan- tas veces se hizo necesario.'? Por supuesto que también habfa discordias en el seno de la so- ciedad josefina, pero de poco fuste. En el decenio 1890-1900 sdlo se dan cinco homicidios y varias rifias sin mayores consecuien- cias.¥ El honor mancillado y 168 ‘hurtos segufan prendiendo lum- bres; pero lo normal eran las relaciones amistosas y secas. “Rela- ciones cautelosas y bajo todos los respetos y disimulos”.!5 Vivia cada cual a su modo y todos igual: rigurosa separacién de muje- res y hombres, vida sexual vergonzante, autoridad paterna abso- luta; los patronos le anteponen el don al nombre de sus medieros; éstos se descubren delante de sus amos; el saludo con quitada de sombrero y a media voz es imprescindible cuando dos se encuen- tran; al sacerdote se le besa la mano; los viejecitos son tratados con todo comedimiento; los compadres, las comadres y los pa- rientes se visitan; a las bodas y los entierros acuden todos; mu- chas gentes entran a la casa del moribundo para ayudarlo a bien morir; las mujeres enlutadas Ioran y se ponen a vestir al difunto; a los muertos se les viste con la misma solemnidad que a las no- vias; y a unos y otras hay que rezarles y lorarles. El padre Othén preside las ceremonias de la vida social; las recomienda, las pule y hace que nifios y adultos se ejerciten en ellas. La autoridad maxima seguia siendo el padre Othon. Los jefes politicos que aqui se lamaban encargados del orden, y los jueces, que aqui eran jefes de acordada, reconocian y acataban la autori- dad del padre; consultaban con él lo que debia hacerse. La encar- gatura del orden se Ja alternaron don Juan Chavez, don Gregorio y don Bernardo Gonzalez. Ninguno queria tenerla; procuraba enemistades; dejaba muy pocas satisfacciones y ninguna de in- dole econémica. A los encargados del orden y a los jueces de 13 ams, Libros de acuerdos, afios 1896-1903. 4 any, Sentencias criminales, 1891-1900. '§ La vida del pueblo de San José de Gracia coincide en muchos aspectos con Ja descrita por Agustin Yajiez en Al filo del agua. LOS RANCHOS Y EL PUEBLO (1901-1910) 61 acordada los proponia el jefe de tenencia o de policia en Cojuma- tlan y los nombraba el ayuntamiento de Sahuayo. Cojumatlén y Sahuayo tinicamente les exigian dos virtudes: honradez y valentia.16 SOLACES Y QUEHACERES RELIGIOSOS En aquellos tiempos no habia en la jurisdicci6n dé San José ni discordia social ni pobreza extrema ni quehaceres agobiantes ni comodidad. Eran frecuentes las zozobras y el miedo agudo y Ja alegria desbordante. La oscilacién emotiva parece haber sido mayor que hoy. Fécilmente se pasaba del sufrimiento al gozo y viceversa. Emotividad y religiosidad se mezclaban muy a menu- do. Temor, aguda conciencia de pecado, placer erético, arrepen- timiento en masa. No eran holgazanes ni los amos ni los sirvientes, pero unos y otros tenian mucho tiempo de sobra y suficientes re- cursos para permitirse solaces. Si se los dieron sus progenitorés, menos pudientes que ellos, con mas raz6n se los darfan ellos. Pero Jos solaces siempre fueron esporddicos y cortos. Solaces gastrondmicos: bebidas embriagantes, cigarrillos y antojos. El consumo de aguardiente de mezcal era abundante. Unicamente en el pueblo habfa 10 profesionales de la embria- guez. No se tiene noticia de que haya habido abstemios totales. Los hombres (las mujeres casi nunca) se emborrachaban en las fiestas. Pero las fiestas no eran muy frecuentes. Habia 130 bauti- zo al afio y muy pocos se celebraban; habia 30 bodas y muchas pasaban en seco. Para los més, el aguardiente no era pan de cada dia; el cigarrillo de hoja lo era de cada rato. Fumaban mucho hombres y mujeres. Por supuesto que las comidas de antojo no eran tinicamente para las mujeres embarazadas; se se¢gvian en dia de fiesta, en bautizos y bodas, en herraderos y cos¢chas, se podian servir un dia cualquiera en la casa; las servian lis muje- res para solaz del marido, del padre y los hermanos, a quienes se Jes antojaban con frecuencia los tamales, los bufiuelos, el min- guiche, los moles picantisimos, las enchiladas, las sopas de elote, las tortas de requesén y el arroz con leche, y en la cuaresma, la capirotada y los torreznos.!7 16 ams, Libros de actas. 1” Datos comunicados por Josefina Gonzélez Cardenas. 62 LOS RANCHOS Y EL PUEBLO (1901-1910) Solaces deportivos. No eran ni mas ni menos que los acarrea- dos por la tradicién. Los frecuentaban todas las edades, pero eran exclusivos del hombre, 0 casi. A los pequefios, aparte de permitir- les jugar con trompos y canicas y volar papalotes, se les ejerci- taba para ser buenos charros. Amansar y hacer a la rienda un ca- ballo, calarlo, corter y saltar con él, lazar y pelear desde él, ir como torre o dormirse sobre él; jinetear y torear un novillo, herrarlo, caparlo y ponerle mara; abatir gitilotas o un pdjaro cualquiera; matar tejones, ardillas, liebres, conejos, coyotes y viboras; em- prenderla contra la fauna silvestre a resoterazos, pedradas y bala- zs; treparse a los drboles; atrevérse a pasar los rios crecidos; hacer largas caminatas eran solaces frecuentes que, por afiadidura, le acarreaban prestigio a quien los hacia rapidamente y bien; eran ejercicios de esparcimiento en herraderos y fuera de ellos que facilitaban el acceso a otros [Link] solaces, en especial a los del género femenino. ' Los solaces amorosos eran de tres especies: preconyugales, conyugales y extraconyugales. Los primeros resultaban un poco acrobaticos y riesgosos. Requerfan horadacién de muros y esca- lamiento de paredes a deshora de la noche. El coloquio con la pretendida, si era descubierto por los padres, facilmente termi- naba a balazos. Los ejercicios preconyugales exigfan también el uso de Ia carta, la alcahueta y una breve obra de teatro que re- presentaban el que iba a pedir a la muchacha y los padres que no Ja darfan asf como asf. De los solaces conyugales baste decir que en pocas ocasiones (porque Jos de aquf no eran como los de otros pueblos) inclufan el deporte de azotar a la mujer. No era raro, so- bre todo en las rancherias, el rapto de la novia cuando los padres de la muchacha se oponian al matrimonio. El padre Othén no lo- gr6 desterrar del todo esa costumbre. En cambio si acabé con la fiesta matrimonial al uso viejo, con el intercambio de coplas entre los partidos masculino y femenino, el combate con cascarones y el papaqui. Tampoco consigui evitar relaciones amorosas fuera del matrimonio. Testimonio incontrovertible de la supervivencia de tales amorfos son los hijos ilegftimos. Por cada 12 hijos de ma- trimonio hubo un bastardo en la década 1890-1899.1* Otra diver- sién extramarital inocente y muy frecuentada era Ja de acechar a 1 aps, Libros de bautismos, ry 1. LOS RANCHOS Y EL PUEBLO (1901-1910) 63 las muchachas cuando se bafiaban en los arroyos, al aire libre, tal como vinieron al mundo, en cueros vivos, encueradas. Los solaces musicales de cada dia estaban a cargo del piar de Jas golondrinas, los quiquiriquies madrugadores, el interminable afinamiento de los violines por parte de los grillos y todos los re- linchos, btamas, rebufes, ladraduras, grufiimientos, miaus, ronro- neos, rebuznos, aullidos, cacareos, pfos, roncas y cucties. Aqui comenzé el clamoreo de las campanas cuando don Camilo Oca- ranza las fundié hacia 1895. En adelante, sus toques, repiques, plafiidos, dobles, rebatos, apeldes y angelus le indicaban a la fe- ligresfa los quehaceres de cada momento. También la vieja misica de los cuernos fue significativa. Las campanas eran las cornetas de érdenes para toda la poblacién; el cuerno enviaba mensajes a un individuo o a una familia. Su sonido era audible a gran dis- tancia. Estaba muy asociado a la noche, como las canciones que grupos callejeros entonaban, en la oscuridad, con voces aflauta- das, durante los meses de elotes y cosechas. Esos coros noctur- nos, melancdlicos, hibricos, eran el reverso del coro femenino que acompariaba misas y rosarios solemnes; diferfa también de las miiltiples voces que dia a dia cantaban el “alabado”. Los sones eran otra cosa; su musica la desparramaba, en dia de fiesta gene- ral, el afamado mariachi de don Antonio Vargas.’ Tanto como el arpa, las guitarras y el coro del mariachi, el tambor, pocas veces oido, alebrestaba los 4nimos, Fue inolvidable el festival de tam- bores y violines que durante todo un mes no dejé de retumbar y chillar en la casa de campo de don Epifanio Arias. Los solaces igneos sdlo podian darse en la noche o en la pe- numbra del templo, Habia muchas maneras de jugar con fuego, Entre las mds espectaculares estaban la de hacer una fogata en la noche irremisiblemente oscura, a campo raso y con acgmpafia- miento de mtisica y canciones, y la de prenderle fuego ajun pas- tizal o a un monte, en una noche muda y ventosa, y al tiltimo, por ser la primera, la de los fuegos artificiales: las ristras de coheto- nes en las misas y rosarios de mayo y junio, los cohetes de colores, las girdndulas y los toritos de fuego del 19 de marzo.” Los solaces literarios nunca eran comparables a los fgneos y ‘9 Datos comunicados por Luis Gonzdlez C4rdenas. 2 Datos comunticados por Agustina Gonzélez Cardenas. 64 LOS RANCHOS Y EL PUEBLO (1901-1910) filarm6nicos. Habia poca cultura literaria, no obstante los esfuer- zos del padre Othén para que la gente leyera: prestaba y reco- mendaba libros y él mismo ponfa el ejemplo al terminar el rosa- tio, cuando lefa durante un cuarto de hora algunos parrafos de libros piadosos. E] habito de la lectura se inicié antes en las mu- jeres que en los hombres. En las tertulias preponderantemente femeninas se lefa el Arco Iris de Paz (explicaci6n de los misterios del rosario), Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno, El Martir del Gél- gota, el Afio Cristiano (coleccién de vidas de santos), La imitaci6n de Cristo, Estaur6fila y la Historia de Genoveva de Brabante2* Los solaces de la conversaciéh comenzaban al oscurecer, cuan- do se recogian las gallinas. En las tertulias masculinas, conforme a la tradicién, se platicaba del tiempo, las cosechas, el ganado, los crimenes, y toda la tematica de siempre. Se comentaba el viaje al infierno de don Antonio Vargas y otras habladurias. Don Do- lores Toscano. seguia teniendo un adagio o un verso para cada ocurrencia de la vida. Todos aprendian de memoria sus versos y los del “Pronunciado”. A los hombres no les entraba la letra, eran hombres de “palabra”. Y sin embargo la lectura en voz alta, todavia no Ia lectura en silencio, cundfa lentamente. Los solaces dramiaticos los introdujo el padre Othén, a pesar de no existir una tradicién al respecto. Para el objeto de divertir y adoctrinar, durante un par de afios se representaron en las calles del pueblo, con actores pueblerinos, los misterios de'la Pasién de Nuestro Sefior Jesucristo: fariseos enmascarados y vestidos de colores chillantes, el Judas con chicote. A comienzos del siglo actual Ja semana santa era ya otra cosa. La abria ‘el domingo de Ramos con la bendicién de las palmas. Desde el miércoles en la tarde hasta el lunes de Pascua nadie trabajaba. Todo era tristeza y devocién. Enmudecfan las campanas y empezaba el trac-trac de Ja [Link] convocar a diversos ejercicios: el del lavatorio en primer término. El padre, después de lavar y besar los pies de 12 nifios, proferia un sermén, coreado por los Iloriqueos de la gente. En la noche venia otro sobre la Ultima Cena y el Viernes Santo, dos més: el de las Siete Palabras y el del Pésame. Durante todos los Dias Santos, don Tiburcio Torres iba por las calles to- cando la tristisima chirimia. Los ayunos eran rigurosos. El silen- 1 Datos comunicados por Josefina Gonzalez Cardenas, LOS RANCHOS Y EL PUEBLO (1901-1910) 65 cio impenetrable. Las mujeres enlutadas y los hombres de cami- ga y calzén blanco Lenaban el templo a todas horas. Pero las la- grimas, el silencio y la tristeza se paraban en seco al darse el re- pique de la Gloria, el sébado por la majiana.2 Con la venida del padre Othén, la vida religiosa, ya desde antes robusta, se vigoriz6 mas. El consiguidé que el ideal del ho- nor se supeditara al ideal de la santidad. Al despertarse, todo pue- blerino se persignaba y rezaba varias oraciones, a veces cantadas. Las “Gracias” decfan: . Gracias te doy, gran Seftor y alabo tu gran poder pues con el alma en el cuerpo me dejaste amanecer. Venfa luego la misa rezada por el padre Othén, justamente al acabar de amanecer. Casi todo el pueblo la ofa y la coreaba con toses. Una tos daba la sefial para la explosién de muchas otras. Mientras el oficiante murmuraba textos latinos, los asistentes, con recogimiento y compostura, se ponian de pie y'se hincaban. Un alto porcentaje comulgaba para después ir a sus quehaceres y cantar alegremente: El que va a misa no se atrasa, leva el Angel de la Guarda, contando paso por paso, y asf jamés tiene atraso. Al sonar las 12 campanadas rezaban muchos el Angelus: y concibié por obra del Espiritu Santo. “He aqui la esclava del Seftor, hagase en mi segiin tu palabra.” El Verbo Divino se hizo hombre y habité entre nosotros. El Angel del Sefior anuncié a Maria | Las oraciones de la tarde eran el rosario y las letanfas a la Vir- gen, seguidas de un cuarto de hora de lectura para meditarse. En 2. Datos comunicados por José Chavez Fonseca, de 82 afios de edad. 66 LOS RANCHOS ¥ EL PUEBLO (1901-1910) Ja noche se volvia a rezar, y a cualquier hora, en el campo o salien- do de las casas del pueblo, cundia el famoso Alabado: Con Juan Bautista se encuentra Y de esta manera le habla: . aqué no has visto ti pasar al hijo de mis entrafias? —Por aqui pas6, Sefiora, tres horas antes del alba, cinco mil azotes lleva en sus sagradas espaldas, una tiinica morada y una soga en [Link]. \ La Virgen oyendo esto cay6 en tierra desmayada, San Juan como buen sobrino luego acudié a levantarla. Dos congregaciones encauzaban la vida piadosa de los feligre- ses: las Hijas de Maria y el Apostolado de la Oracién. Aquélla era una congregacién rigida, preconventual, a la que pertenecian todas las muchachas. Entre otras obligaciones imponia la de lle- var traje negro con cuello alto, mangas largas y falda hasta el tobillo, cinta azul y medalla de plata. Las Hijas de Marfa eran el espejo de todas las virtudes. Digna de verse era la devocién con que escuchaban la misa y el rosario y la cantidad de oraciones que Je agregaban a la cuota diaria normal, aparte de cdnticos, como el “trisagio”. Ademds eran ellas las que arreglaban el tempio para las fiestas de San José, Semana Santa, mes de Marfa, San Isi- dro, Gradas de la Virgen, 12 de diciembre y Nochebuena. Tam- bién decoraban el templo con flores para la misa mayor de todos jos domingos, a la que asistfan rancheros y pueblerinos, la misa de la vicarfa. Esto, sin contar las penitencias y caridades de esas jOvenes, palidas y enlutadas, secundadoras del padre Oth6n en Ja campajia de adoctrinamiento y buenas costumbres.¥ Las Hijas de Maria y las “madres del asilo” (éstas a partir de. 1900) ensefiaban el Ripalda a los nifios. Los grandes se lo sabian de cuerito a cuerito; lo crefan al pie de la letra; lo practicaban ha- 2 Datos comunicados por Agustina y Josefina GonzAlez Cardenas. LOS RANCHOS Y EL PUEBLO (1901-1910) 67 ciéndole excepciones de varia indole. La fe se mantenfa inmacu- jada, como la de los padres y abuelos y los que legaron de Espa- fia a poblar estas tierras. Todos estaban seguros de que la vida no merece mayores regalos, por ser un simple puente hacia la otra vida, porque a fin de cuentas todo se deja, y porque es mejor llegar con una carga liviana de placeres ante el severisimo juicio del dia de la muerte. Habia pequefios tedlogos entre los feligre- ses del padre Othdn. Eran frecuentes las discusiones sobre puntos de varia doctrina. Cualquier debate lo zanjaba el dictamen del padre o un texto oportunamente aducido. La gran mayoria, no menos catélica que la minorfa ilustrada’en puntos religiosos, te- nia un credo con algunas adherencias supersticiosas, un vasto devocionario y una moral frecuentemente vulnerada. La actitud de la generacién que fund6 San José de Gracia puede calificarse de conservadora, aunque con sus “peros”. En- tre camino viejo conocido y bueno por conocer, escogia la ma- yorfa de las veces el camino viejo, pero no siempre. No avanzaba un pie hasta que tenfa bien asentado el otro. “Le buscaba el modo a las cosas” para aprovecharlas mejor. La conformidad con el es- tilo de vida recibido de sus antepasados era casi completa, pero no dejaba de carcomerlos el gusano de la ambicién, el deseo de ser mas honrados, ricos y sabedores que sus padres, y sobre todo e] anhelo de que sus hijos fueran mds que ellos. A veces la con- formidad lograba vencer a la ambicién; otras, la lucha quedaba " indecisa; pero no era rara la victoria del espiritu de mudanza. Eran tardos en resolver, justamente porque no se sujetaban in- condicionalmente al imperio de la tradicién; eran tardos pero no tercos. Caminaban paso a paso, sin impaciencia. Quiz movidos por vagos sentimientos de inferioridad, aquellos pueblerinos y rancheros tendian a caizarse costumbres citadinas, a buscarjtrato e ilustracién y sobre todo, a conseguirlo para su prole. Seguuy José Lépez Portillo, “porque el hombre de campo, aun siendo rico, suele padecer numerosos engafios y bochornos durante la vida, nacidos de su falta de tratos e ilustracién; siente anhelo vivisimo de que sus descendientes salgan de la penumbra intelectual y social en que él se ha agitado, esperando de ellos ayuda, consejo y fortaleza”.** Quiza por eso la generacién fundadora de San % José Lépez Portillo y Rojas, Le Parcela, p. 36. 68 LOS RANCHOS ¥ EL PUEBLO (1901-1910) José se preocupé mucho por la educacién de sus hijos. Paga a Lugardo Gomez para que ensefie a los nifios del pueblo, pero no perdura. Cambia el oficio de maestro por el de ordefiador. Viene don Francisco Balsas en su lugar, el profesor borrachin, y en segui- da el severisimo don Francisco Gama, que a fuerza de desbaratar varas de membrillo en las asentaderas de los muchachos, los en- séfia a leer, escribir y contar mientras la vista se lo permite. Enceguecido Gama, se buscé otro maestro, y se le hallé.en una orden religiosa reciente. Hacia 1884, sabedor el seftor Cazares de que en Sahuayo vivfa la monja exclaustrada sor Margarita Go- mez, la invité a fundar en Zaffiora una orden que se dedicaria principalmente a difundir la ensefianza primaria en los pueblos. Por otra parte, dispuso el obispo que cada pueblo tuviera su es- cuela, que se llamaria “asilo”. En la construccién del de San José colabor6 con entusiasmo todo el vecindario, pero antes de que se terminara llegé sor Juana Garnica a esparcir las primeras letras y el catecismo en los parvulos. Al otro aiio, en 1900, vinieron sor An- gela Gémez y tres compafieras mas. Todavia faltaba terminar el asilo cuando las religiosas empezaron a ensefiar su repertorio a casi toctos los nifios y nifias del pueblo. Ensefiaban lectura, escri- tura, nociones de gramatica y aritmética, catecismo del padre Ripalda e historia religiosa de Fleury. A las nifias se les daban cursos suplementarios de labores domésticas. A la primera escue- la religiosa acudieron dos centenares de alumnos.* En la vicarfa deSan José de Gracia se vivia tan atado a la tradi- cién como a la tierra, es decir, muy atado, pero no al punto de no poder desatarse, y menos querer estar sujeto. La gente del pue- blo y contornos, en su gran mayorfa, no habia visto més mundo que el de la meseta; en algunos casos, los salitrales de Teocuita- tldn, las playas de Chapala, las villas de Jiquilpan y Sahuayo, la pequefia ciudad de Cotija, las tierras de la miel y de la cera, y Contla, Tamazula y Zapotlin. Habia hombres (muy pocos) que hacian viajes a Zamora, a Guadalajara y a México. Pero lo comén. no era viajar. La gente se plantaba de por vida en su pequefia patria, en la reducida patria que alcanzaban a divisar sus ojos. Era lo corriente el sentirse a gusto en su rincén. Eran muy pocas las gentes que se decidfan a cambiar su tierra por otra més 35 Datos comunicados por Luis y Josefina Gonzalez Cardenas, LOS RANCHOS Y EL PUEBLO (1901-1910) 69 prédiga, como la del contorno, o més poltronas, como la de las ciudades. Aquf la iban pasando pobremente, pero sin mayores agobios. Sin embargo, la carcoma de la curiosidad hacia su obra. Iba en aumento el interés por conocer lo distante, por averiguar lo sucedido all lejos. Se les preguntaba a los arrieros por las sel- vas de Tabasco. Don Gregorio Gonzalez Pulido referia maravillas de la capital de la Reptiblica. Un dia don Gregorio se aventuré hasta Orizaba, y vino con la noticia de la luz eléctrica. Era tam~ bién el encargado de describir a don Porfirio y los fastuosos des~ files de la capital. £1 estaba familiarizado con el tren, pero la mayor parte de sus paisanos jamas-lo habfan visto, y a algunos, al verlo por primera vez estruendoso y Iameante, les temblaron las corvas y no falté quien echara a correr.® A Ja curiosidad por lo lejano se suma la curiosidad por Jo mo- derno. Se viaja para conocer el tren. Llegan los primeros rumores acerca del fonégrafo y la fotografia. Comienzan a colarse aires foréneos del mundo reciente. ‘LOS AIRES DE AFUERA Los primeros afios del siglo xx no fueron buenos. En 1902 se ini- cid una época de sequia que sacrificé mas de la mitad del gana- do. Sin embargo, a ningtin ganadero se le ocurrié abandonar el negocio de la ganaderfa. En los tiltimos afios del siglo anterior habia muchos vendedores de tierras; en los comienzos del pre- sente siglo varios querfan comprar terrenos, pero casi nadie esta- ba dispuesto a vender. El valor de la propiedad rustica subi6. En 1902 se dijo que don José Martinez acababa de comprar el rancho de Auchen casi regalado, pues habia dado por é[Link] 10000 pesos. Cuarenta afios antes la misma finca vat valido 2000 pesos, precio que entonces se estimé altisimo.?”’Por otra parte, don José Martinez fue un comprador afortunado, no sélo por haber comprado barato, sino por haber conseguido ven- dedor. Ademas, con la entrada del siglo, la muerte se olvidé de Jas personas. En el pueblo de San José murieron 28 el ultimo afio 2% Datos comunicados por Agustina y Josefina Gonzalez Cardenas. ® any, Protocolo del Lic. Ignacio Zepeda, 1902, y Protocolo del Lic. Miguel E Cazares. \ j 4 70 LOS RANCHOS ¥ EL PUEBLO (1901-1910) de la centuria pasada; nueve el primer afio de la nueva, y cinco en 1902. También mejoraton con ese advenimiento las relaciones personales. Hubo menos ririas y robos. En el quinquenio 1901- 1905 sdlo se registraron dos homicidios.* Al pueblo seguian Hegando inmigrantes. Muy pocos de las rancherias de su jurisdiccién; entre ellos, don Isidro Martinez, conduefio del Saucito. Otros Hegaron de més alla: de Sahuayo el ganadero Faustino Villanueva, después de desposar una hija de don Gregorio Gonzdlez. Eran de Zin4paro los alfareros Salomé Barriga y Mateo Zavala, mds sus mujeres e hijos; de la Manzani- lla, el zapatero don Carmen Bétbera y familia, y del Valle, uno de los ricos de ese pueblo, seguido por sus hermanos: en 1902 se establecen en San José don Herculano Zepeda y la numerosa prole de su primer matrimonio.” Mientras unos liegaban, otros se iban. Mucha de la gente atrai- da por el padre don Othén salié tras él. El 5 de abril de 1903, el padre entrega la vicaria al clérigo Francisco Castillo, también de Sahuayo. En medio de la consternacién general se despide don Othén, el padre que habia sido de San José por 12 aiios. El nuevo sacerdote era tan joven como el anterior y mas ilustrado, pero in- misericorde, duro, ascético. Llegs dando machetazos contra los enemigos del alma: el mundo, el demonio y la carne. Se propuso Jevantar todavia més las tapias que tenfan aislado a San José, aba- tir todos los pecados, purificar al cuerpo e imponer sin tregua ni piedad la limpieza y el orden cristianos. El padre Castillo introdujo algunas mudanzas. Cerré la escue- Ja de las madres y abrié en su lugar otra donde enseiid él per- sonalmente, auxiliado por alumnas aventajadas de las expulsas: Marfa Pulido, Elena Cardenas, Maria y Agustina Gonzalez Carde- nas. Redujo festividades profanas. Se'le cercenaron a las fiestas publicas, incluso a la del 19 de marzo, la musica, los cohetes y los castillos. Aspiré a convertir en asceta a cada uno de sus feligre- ses. Increments las vigilias, los ayunos y las oraciones. Fueron Jas abanderadas de su politica purificadora las Hijas de Marfa. A éstas no se les permitia tener novio, ni vestir atractivamente ni andar en fiestas ni en espectdculos profanos.” Su campafia con- 28 aps}, Libro de defunciones, r. #9 apsi, Informaciones matrimoniales, 11. 39 Datos comunicados por Agustina Gonzélez Cardenas. LOS RANCHOS Y EL PUEBLO (1901-1910) val tra las apetencias de la carne obtuvo algunas modestas victorias. Varias muchachas de las mejores familias se quedaron solteras para siempre. El consigue una disminucién en el ntimero de matrimonios. En 1902, el padre Othén casa a 40 parejas, en el pri- mer afio del padre Castillo sdlo hay 32 bodas, y en el segundo, 31. Pero sufre también derrotas de consideracién.3! Bajo su mandato comienzan a desmoronarsé las barreras de la soledad. Al mesén de don Lorenzo Zepeda empezaron a llegar gentes extrafias. Era un mesén pobre al que se entraba por un zaguan largo y ancho, En medio del patio empedrado habia un pozo. Al- rededor estaban cuartuchos con puertas llenas de resquicios, sin muebles, con chinches y pulgas. ‘De que no hubiera ratones se encargaban los cincuates, viboras negras de dos metros de largo que ahuyentan a las viboras malignas y se comen a los ratones. Al fondo del patio habia macheros y caballerizas. A toda hora se ojan golpes, rebuznos, relinchos, canciones y platicas. Al princi- pio sélo llegaban al mesén los rancheros de las cercanjas y los arrieros de Sahuayo y Cotija. Luego dieron en venir gitanos, sal- timbanquis, catrines, los que atravesaban corriendo por entre un aro de lumbre, los adivinadores de la suerte, los titiriteros, los merolicos que ofrecian ungiientos y yerbas, los payasos y los agen- . tes de casas comerciales y firmas de renombre. En una de ésas vino el agente comercial de la Bayer a proponer la aspirina, la pildora milagrosa, la que por algtin tiempo fue curalotodo. En 1905 aparece en el pueblo un hombre catrin, de sombrero chiquito. Llama a la puerta de las casas principales. Algunos veci- nos, por equivocacién, le besan la mano. Lo creen sacerdote, De hecho es un agente viajero de la casa Singer. Propone maquinas de coser movidas por pedales. Logra entusiasmar a varios jefes de familia. Después de un mes entran al pueblo cinco ne mo lus- trosas y con ellas una sefirita de Jiquilpan que viene 4 mostrar cémo se manejaban.* El correo llega a San José de Gracia en 1906. Con Guadalupe Gonzalez Buenostro al frente, se funda en el pueblo una agencia postal. Un dia a la semana don Camilo recorrerfa la ruta San José-Tizapan a caballo, lentamente. Antes era dificil y costoso 31 psy, Libro de matrimonios, 1. 2 Datos comunicados por Josefina Gonzélez Cardenas. 3 Huaninba (1941), nim. 1, p. 13.

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