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Maria Obra 3

El documento narra la vida de un joven en su hogar rural en Colombia y sus interacciones con la familia y esclavos. Describe escenas como recoger flores con María, lecciones de gramática y geografía, y asistir a una boda y baile de esclavos.
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El documento narra la vida de un joven en su hogar rural en Colombia y sus interacciones con la familia y esclavos. Describe escenas como recoger flores con María, lecciones de gramática y geografía, y asistir a una boda y baile de esclavos.
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Captulo IV

Dorm tranquilo, como cuando me adormeca en la niez uno de los maravillosos cuentos del
esclavo Pedro.
So que Mara entraba a renovar las flores de mi mesa, y que al salir haba rozado las cortinas de
mi lecho con su falda de muselina vaporosa salpicada de florecillas azules.
Cuando despert, las aves cantaban revoloteando en los follajes de los naranjos y pomarrosos, y los
azahares llenaron mi estancia con su aroma tan luego como entreabr la puerta.
La voz de Mara lleg entonces a mis odos dulce y pura: era su voz de nia, pero ms grave y lista
ya para prestarse a todas las modulaciones de la ternura y de la pasin. Ay! cuntas veces en mis
sueos un eco de ese mismo acento ha llegado despus a mi alma, y mis ojos han buscado en vano
aquel huerto donde tan bella la vi en aquella maana de agosto!
La nia cuyas inocentes caricias haban sido todas para m, no sera ya la compaera de mis
juegos; pero en las tardes doradas de verano estara en los paseos a mi lado, en medio del grupo de
mis hermanas; le ayudara yo a cultivar sus flores predilectas; en las veladas oira su voz, me
miraran sus ojos, nos separara un solo paso.
Luego que me hube arreglado ligeramente los vestidos, abr la ventana, y divis a Mara en una de
las calles del jardn, acompaada de Emma: llevaba un traje ms oscuro que el de la vspera, y el
paoln color de prpura, enlazado a la cintura, le caa en forma de banda sobre la falda; su larga
cabellera, dividida en dos crenchas, ocultbale a medias parte de la espalda y pecho: ella y mi
hermana tenan descalzos los pies. Llevaba una vasija de porcelana poco ms blanca que los
brazos que la sostenan, la que iba llenando de rosas abiertas durante la noche, desechando por
marchitas las menos hmedas y lozanas. Ella, riendo con su compaera, hunda las mejillas, ms
frescas que las rosas, en el tazn rebosante. Descubrime Emma: Mara lo not, y sin volverse
hacia m, cay de rodillas para ocultarme sus pies, desatse del talle el paoln, y cubrindose con
l los hombros, finga jugar con las flores. Las hijas nbiles de los patriarcas no fueron ms
hermosas en las alboradas en que recogan flores para sus altares.
Pasado el almuerzo, me llam mi madre a su costurero. Emma y Mara estaban bordando cerca de
ella. Volvi sta a sonrojarse cuando me present; recordaba tal vez la sorpresa que
involuntariamente le haba yo dado en la maana.
Mi madre quera verme y orme sin cesar.
Emma, ms insinuante ya, me preguntaba mil cosas de Bogot; me exiga que les describiera bailes
esplndidos, hermosos vestidos de seora que estuvieran en uso, las ms bellas mujeres que
figuraran entonces en la alta sociedad. Oan sin dejar sus labores. Mara me miraba algunas veces
al descuido, o haca por lo bajo observaciones a su compaera de asiento; y al ponerse en pie para
acercarse a mi madre a consultar algo sobre el bordado, pude ver sus pies primorosamente
calzados: su paso ligero y digno revelaba todo el orgullo, no abatido, de nuestra raza, y el seductivo
recato de la virgen cristiana. Iluminronsele los ojos cuando mi madre manifest deseo de que yo
diese a las muchachas algunas lecciones de gramtica y geografa, materias en que no tenan sino
muy escasas nociones. Convnose en que daramos principio a las lecciones pasados seis u ocho
das, durante los cuales podra yo graduar el estado de los conocimientos de cada una.
Horas despus me avisaron que el bao estaba preparado y fui a l. Un frondoso y corpulento
naranjo, agobiado de frutos maduros, formaba pabelln sobre el ancho estanque de canteras
bruidas: sobrenadaban en el agua muchsimas rosas: semejbase a un bao oriental, y estaba
perfumado con las flores que en la maana haba recogido Mara.
Captulo V

Haban pasado tres das cuando me convid mi padre a visitar sus haciendas del valle, y fue preciso
complacerlo; por otra parte, yo tena inters real a favor de sus empresas. Mi madre se empe
vivamente por nuestro pronto regreso. Mis hermanas se entristecieron. Mara no me suplic, como
ellas, que regresase en la misma semana; pero me segua incesantemente con los ojos durante los
preparativos de viaje.
En mi ausencia, mi padre haba mejorado sus propiedades notablemente: una costosa y bella
fbrica de azcar, muchas fanegadas de caa para abastecerla, extensas dehesas con ganado
vacuno y caballar, buenos cebaderos y una lujosa casa de habitacin, constituan lo ms notable de
sus haciendas de tierra caliente. Los esclavos, bien vestidos y contentos, hasta donde es posible
estarlo en la servidumbre, eran sumisos y afectuosos para con su amo. Hall hombres a los que,
nios poco antes, me haban enseado a poner trampas a las chilacoas y guatines en la espesura
de los bosques: sus padres y ellos volvieron a verme con inequvocas seales de placer. Solamente
a Pedro, el buen amigo y fiel ayo, no deba encontrarlo: l haba derramado lgrimas al colocarme
sobre el caballo el da de mi partida para Bogot, diciendo: amito mo, ya no te ver ms. El
corazn le avisaba que morira antes de mi regreso.
Pude notar que mi padre, sin dejar de ser amo, daba un trato carioso a sus esclavos, se mostraba
celoso por la buena conducta de sus esposas y acariciaba a los nios.
Una tarde, ya a puestas del sol, regresbamos de las labranzas a la fbrica mi padre, Higinio (el
mayordomo) y yo. Ellos hablaban de trabajos hechos y por hacer; a m me ocupaban cosas menos
serias: pensaba en los das de mi infancia. El olor peculiar de los bosques recin derribados y el de
las piuelas en sazn; la greguera de los loros en los guaduales y guayabales vecinos; el taido
lejano del cuerno de algn pastor, repetido por los montes: las castrueras de los esclavos que
volvan espaciosamente de las labores con las herramientas al hombro; los arreboles vistos al travs
de los caaverales movedizos: todo me recordaba las tardes en que abusando mis hermanas, Mara
y yo de alguna licencia de m madre, obtenida a fuerza de tenacidad, nos solazbamos recogiendo
guayabas de nuestros rboles predilectos, sacando nidos de piuelas, muchas veces con grave
lesin de brazos y manos, y espiando polluelos de pericos en las cercas de los corrales.
Al encontrarnos con un grupo de esclavos, dijo mi padre a un joven negro de notable apostura:
-Conque, Bruno, todo lo de tu matrimonio est arreglado para pasado maana?
-S, mi amo -le respondi quitndose el sombrero de junco y apoyndose en el mango de su pala.
-Quines son los padrinos?
-a Dolores y or Anselmo, si su merced quiere.
-Bueno. Remigia y t estaris bien confesados. Compraste todo lo que necesitabas para ella y para
ti con el dinero que mand darte?
-Todo est ya, mi amo.
-Y nada ms deseas?
-Su merced ver.
-El cuarto que te ha sealado Higinio es bueno?
-S, mi amo.
-Ah! ya s. Lo que quieres es baile.
Rise entonces Bruno, mostrando sus dientes de blancura deslumbrante, volviendo a mirar a sus
compaeros.
-Justo es; te portas muy bien. Ya sabes -agreg dirigindose a Higinio-: arregla eso, y que queden
contentos.
-Y sus mercedes se van antes? -pregunt Bruno.
-No -le respond-; nos damos por convidados.
En la madrugada del sbado prximo se casaron Bruno y Remigia. Esa noche a las siete montamos
mi padre y yo para ir al baile, cuya msica empezbamos a or. Cuando llegamos, Julin, el esclavo
capitn de la cuadrilla, sali a tomarnos el estribo y a recibir nuestros caballos. Estaba lujoso con su
vestido de domingo, y le penda de la cintura el largo machete de guarnicin plateada, insignia de su
empleo. Una sala de nuestra antigua casa de habitacin haba sido desocupada de los enseres de
labor que contena, para hacer el baile en ella. Habanla rodeado de tarimas: en una araa de
madera suspendida de una de las vigas, daba vueltas media docena de luces: los msicos y
cantores, mezcla de agregados, esclavos y manumisos, ocupaban una de las puertas. No haba sino
dos flautas de caa, un tambor improvisado, dos alfandoques y una pandereta; pero las finas voces
de los negritos entonaban los bambucos con maestra tal; haba en sus cantos tan sentida
combinacin de melanclicos, alegres y ligeros acordes; los versos que cantaban eran tan
tiernamente sencillos, que el ms culto diletante hubiera escuchado en xtasis aquella msica
semisalvaje. Penetramos en la sala con zamarros y sombreros. Bailaban en ese momento Remigia y
Bruno: ella con follao de boleros azules, tumbadillo de flores rojas, camisa blanca bordada de negro
y gargantilla y zarcillos de cristal color de rub, danzaba con toda la gentileza y donaire que eran de
esperarse de su talle cimbrador. Bruno, doblados sobre los hombros los paos de su ruana de hilo,
calzn de vistosa manta, camisa blanca aplanchada, y un cabiblanco nuevo a la cintura, zapateaba
con destreza admirable.
Pasada aquella mano, que as llaman los campesinos cada pieza de baile, tocaron los msicos su
ms hermoso bambuco, porque Julin les anunci que era para el amo. Remigia, animada por su
marido y por el capitn, se resolvi al fin a bailar unos momentos con mi padre: pero entonces no se
atreva a levantar los ojos, y sus movimientos en la danza eran menos espontneos. Al cabo de una
hora nos retiramos.
Qued mi padre satisfecho de mi atencin durante la visita que hicimos a las haciendas; mas
cuando le dije que en adelante deseaba participar de sus fatigas quedndome a su lado, me
manifest, casi con pesar, que se vea en el caso de sacrificar a favor mo su bienestar,
cumplindome la promesa que me tena hecha de tiempo atrs, de enviarme a Europa a concluir
mis estudios de medicina, y que deba emprender viaje, a ms tardar dentro de cuatro meses. Al
hablarme as, su fisonoma se revisti de una seriedad solemne sin afectacin, que se notaba en l
cuando tomaba resoluciones irrevocables. Esto pasaba la tarde en que regresbamos a la sierra.
Empezaba a anochecer, y a no haber sido as, habra notado la emocin que su negativa me
causaba. El resto del camino se hizo en silencio. Cun feliz hubiera yo vuelto a ver a Mara, si la
noticia de ese viaje no se hubiese interpuesto desde aquel momento entre mis esperanzas y ella

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