Blaise Pascal
Blaise Pascal
«PENSEÉS»
DE BLAISE PASCAL
(1623-1662)
Ramon ALCOBERRO
Tanto Pascal como sus herederos consideran que si el hombre tiene que medirse con
alguien sólo puede hacerlo -sólo merece hacerlo- con el mismo Dios; cualquier otra
disputa les resulta demasiado insignificante. Por ello sienten una “impotencia
existencial”paradójica, que en vez de llevarlos al silencio les conduce a la escritura, y
viven con un pánico cerval a la muerte o, más en concreto, al juicio divino. Además
están convencidos, de que los humanos son incapaces de alcanzar la verdad por sí
mismos y de que inevitablemente la humanidad siempre ha sido y será infeliz porqué
es dependiente –y jamás puede dejar de serlo.
Otro rasgo que une a esa extraña cofradía filosófica es el uso descarnado de la ironía:
Pascal y los filósofos que hemos llamado “del descentramiento” nunca jamás se
permitirían el chiste explícito, finalmente vulgar; pero para ellos el mundo tiene un
sentido trágico que sólo puede acabar de resolverse en un sarcasmo a veces
innecesariamente cruel, y -eso también es significativo- ejercido siempre con perfecta
indiferencia tanto contra uno mismo (contra el “amor propio”) como sobre los demás.
Los filósofos de esa extraña cofradía dan por hecho, además, que formar parte de “los
que han entendido”obliga a pagar un precio casi imposible; sólo se salda la deuda con
lo Absoluto dejando jirones de la propia vida en el empeño.
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Y finalmente, “last but not least” para agobio de psicólogos, todos los filósofos de esa
estirpe pasan la vida notando la sombra de un padre –casi freudiano– que se encarga
de amargarles la vida, en el más estricto sentido de la palabra, haciéndose
omnipresente y odioso hasta cuando se empeña en hacer desaparecer.
Blaise Pascal (1623-1662) forma parte del pequeño grupo de filósofos que escriben
para conocerse a sí mismos, porque les va su vida en ello –y no para resolver
problemas conceptuales. Sería abusivo reducirlo a «pensador religioso», etiqueta hoy
desprestigiada, porque en él lo religioso es condición necesaria pero no suficiente de su
obra, por decirlo en vocabulario escolástico. Los pensadores de la estirpe que se inicia
en Pascal se tienen a si mismos como el único problema conceptual verdaderamente
significativo y buscan a Dios entre tinieblas. De hecho su obra es su vida y la escritura
viene a ser como el latido de su corazón: viven porque escriben de la misma manera
que los demás mortales vivimos porque el corazón no sabe ni pude pararse. Ese es el
tipo humano que escribe las «PENSÉES» para defender la religión incluso contra ella
misma (Pascal es un jansenista que ve en los jesuitas casi al demonio), que escribe
para no perderse y para mostrar un camino de salvación, conseguido al precio de la
propia negación; un camino que en su caso no es otro que el de la paradoja.
Como enseñó Jean Mesnard: «La miseria del hombre [en Pascal] es esencialmente
“impotencia”. Es un efecto de su grandeza. El hombre es semejante a los animales,
que no son miserables, pero se ha encontrado en una situación mucho más elevada y
el vago recuerdo que conservó de este primer estado le torna insoportable su condición
actual. La miseria del hombre proviene de la contradicción ente la realidad de lo que es
y el ideal al que aspira. Aspira a la verdad y sólo encuentra error; aspira a la felicidad y
sólo encuentra aburrimiento; aspira a la verdadera justicia y no encuentra más que
falsa justicia; aspira al infinito y sólo encuentra finitud. El hombre se halla, pues,
escindido; su vida es un perpetuo drama». Convertir ese drama en discurso es lo que
hace a Pascal un pensador imprescindible para la antropología filosófica, incluso desde
una óptica no creyente.
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aunque prevista por el autor, que incluso había elaborado un índice de la obra, nunca
llegó a ver la luz. Fueron sus editores de 1670-1671, y los posteriores, quienes
interpretando, no siempre con buen criterio, aproximadamente un millar de
fragmentos “construyeron”el texto. Incluso el título del libro se debe a una discutible y
un tanto arbitraria decisión de sus editores que lo publicaron como «PENSÉES DE M.
PASCAL SUR LA RELIGION ET SUR QUELQUES AUTRES SUJETS; QUI ONT ÉTÉ
TROVÉES APRÈS SA MORT PARMI SES PAPIERS». Las «PENSÉES» no son “ensayos”
digresivos, tipo Montaigne, sino conjeturas, apuntes o fogonazos cuyo valor formal
proviene posiblemente de su carácter fragmentario, que le da una fuerza expresiva
imposible de lograr, por una pura razón formal, en un texto piadoso más convencional.
Pero leer a Pascal –que exige un lector adulto y un tanto “de vuelta” de muchas
ilusiones vanas– sigue siendo una experiencia que va mucho más allá del ámbito
religioso.
Pascal que escribe de una forma perfectamente clara y estrictamente moderna, resulta
–sin embargo– de lectura enrevesada hoy, precisamente porque vivimos en una época
cada vez más “postcristiana”, que ha perdido muchas de las claves culturales
tradicionales. Por ello la mejor estrategia consiste en abordarlo desde el prisma de la
paradoja. En sus «PENSÉES» se encuentran los fundamentos del debate entre razón y
fe en la modernidad y, en cierta manera, con él aparece también el complejo tema –
luego central en el existencialismo del siglo 20– de la relación entre la fe y el absurdo
existencial. Con Kierkegaard, Pascal es, entre los clásicos, quien mejor asume el reto
que significa para el cristianismo una modernidad racionalista, pero a la vez
instrumental. A la razón geométrica, Pascal opondrá el conocimiento profundo del
corazón humano que le lleva a encontrar un hombre desorientado y, por ello mismo,
sediento de Absoluto. A la concepción mecánica del mundo, Pascal le enfrentará una
radical afirmación de la insuficiencia y de la provisionalidad de la razón que sólo un
Dios puede colmar.
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Hay un «temor bueno», que viene de Dios y de la fe, y un «temor malo» que viene de
la duda. Hay un temor a perder a Dios y otro a encontrarle (L 908). El corazón conoce
ambos temores y es en el corazón –y no en la razón– donde se juega la partida.
Como creyente “moderno”, y por primera vez desde el mismo interior del cristianismo,
Pascal se da cuenta de que la mejor defensa posible de la fe tras del “cogito”
cartesiano ya no puede vincularse a la defensa de ninguna tradición, sino que se halla
en la reivindicación de la paradoja como fuente y límite de razón, pues, finalmente la
razón es un criterio de conocimiento a la vez útil e incompleto, porque «[..] Todo lo
que es incomprensible no deja de ser» (L 521). En palabras de Bérengère Parmentier:
«La verdad, para Pascal, escapa a la razón; por ello no pretende persuadir
racionalmente» («Le Siècle des moralistes: de Montaigne a La Bruyère», París: Seuil,
200, p. 99).
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Pascal ha sido el filósofo que quiso hacer del escepticismo una demostración de la
existencia de Dios en un mundo que considera irremisiblemente irracional, pues,
finalmente: «Éste no es para nada el país de la verdad, ella va errante desconocida
entre los hombres...» (L 840). Debería quedar claro que Pascal no se opone a la razón
de ninguna de las maneras. Si chocase con los principios de la razón «nuestra religión
sería absurda y ridícula» y es en el pensamiento donde se manifiesta la grandeza
humana. Pero claramente considera que existe una instancia superior y más decisiva
que la razón calculadora: se trata de la razón que nace del “coeur”, hecha de “instinct”
y “sentiment”, (el ámbito del sentimiento, el corazón, la intuición emocional... ) [L
110] y es allí donde se pone en juego lo realmente valioso, que ya no es racional y que
nos permite situarnos ante lo trascendente, es decir, ante lo decisivo.
Casi se podría decir, con un mínimo anacronismo, que la estrategia pascaliana ante el
desafío racionalista prefigura la de algunos pensadores judíos centroeuropeos del siglo
pasado frente a la herencia ilustrada: no pretendían negarla directamente, sino
mostrar su supuesta insuficiencia hasta convertirla en algo, en el fondo, insignificante.
De la misma manera, Pascal jamás reniega de la razón pero si de la pretensión según
la cual el hombre es un ser razonable. Por retomar una de sus más citadas frases: «No
hay nada tan conforme a la razón como el desacuerdo en la razón». En consecuencia,
si la razón ni siquiera es capaz de ponerse de acuerdo consigo misma, sólo se puede
superar el absurdo [de la razón] a condición de admitir lo inexplicable [la fe]. Aquello
que los humanos toman por “razón” permite, según Pascal, poco más que la
sacralización de la costumbre y, por ello mismo, resulta insuficiente cuando se plantea
seriamente la cuestión de la Verdad (es decir de Dios –con mayúsculas).
Como ha repetido el estudioso Jean Mesnard: «en el hombre [según Pascal] se revelan
dos aspectos contradictorios, la miseria y la grandeza». Pero la grandeza del hombre
sólo se encuentra en el nivel de la “esperanza” mientras que la miseria se descubre
brutal y pesada a cada momento en la vanidad, en el amor propio y en las relaciones
humanas en general. Hay como una especie de principio axiológico en Pascal según el
cual «Cada cosa es en parte verdadera y en parte falsa» (L 905). Incluso la pena de
muerte, la castidad o el matrimonio tienen su lado bueno y su lado malo. Por eso la
razón no sería tampoco verdadera sin la fe.
Pascal fue el primer creyente para una modernidad que se construye desde la duda;
por primera vez un pensamiento religioso se elabora desde la consciencia de que en la
modernidad el deseo se ha convertido en motor de la acción –y que en el núcleo
mismo de tal deseo habita la insatisfacción. El mínimo análisis de la modernidad nos
muestra como: «Nada se detiene para nosotros. Es el estado que nos resulta natural y
a la vez contrario a nuestra iniciación: quemamos de deseo para encontrar un
fundamento firme y una última base constante para edificar una torre que se eleva
hasta el infinito, pero todo nuestro fundamento se hunde y la tierra se abre hasta los
abismos».
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Un profundo reconocimiento de lo contradictorio como necesario, es decir, de la
necesidad de la fe y a la vez de la dificultad de su fundamentación, recorre toda la
obra pascaliana y la convierte en la primera reflexión estrictamente moderna elaborada
en el marco del catolicismo. Mientras los jesuitas todavía creían –y creen– posible
pensar el mundo desde la perspectiva del orden, Pascal fue el primer cristiano que
tuvo una profunda conciencia del desorden –característica básica de la modernidad.
Mientras los cartesianos concebían el mundo como “máquina”, Pascal sabe –aunque lo
lamente– que el cuerpo y las pasiones nos impiden ser puramente racionales y ve en
esa exigencia pasional y desordenada una extraña muestra de la sabiduría divina que,
a través de la pasión nos muestra de la necesidad de un Dios que nos lleve a escuchar
el corazón humano más allá de una razón “ployable à tous sens”(L 530).
A manera de biografía
Blaise Pascal nació el 19 de junio 1623 en Clermont (Aubernia), entonces una pequeña
ciudad de 9.000 habitantes. Su padre, Étienne Pascal, era magistrado –juzgaba los
pleitos en materia de impuestos– pero en 1631, cuando el pequeño tenía poco más de
siete años, vendió su cargo para vivir de rentas en París, establecido en el barrio
aristocrático del “faubourg” Saint-Germain, dedicado por entero a la educación de sus
tres hijos, Gilberte (1620), Blaise (1623) y Jacqueline (1625), que se hizo monja. En
París, la familia Pascal, que formalmente pertenecía la nobleza de toga pesa a vivir de
hecho como un burguesía rentista, logró la amistad de algunas de las más importantes
familias de alcurnia que les fueron muy útiles (los Roannez, la duquesa de Aiguillon, la
marquesa de Sablé, etc.) y Ëtienne mantenía contactos con los intelectuales más
significativos de la época.
En 1926 muere la madre del futuro filósofo y el padre educa a la prole de una manera
que podríamos llamar “liberal”. De hecho Blaise Pascal no sufrió jamás una educación
escolástica de la que necesitase liberarse, porque ni siquiera la aprendió. La vocación
científica, en cambio, apareció muy pronto, en plena infancia. En la academia de
Mersenne, amigo de su padre, conoció a los principales talentos matemáticos y todavía
no había cumplido 17 años cuando publicó su primer tratado de geometría el «ESSAI
SUR LES CONIQUES».
Para situar la obra pascaliana tampoco está de más recordar que se produce en el
momento en que la comprensión científica evoluciona, “del mundo cerrado al universo
infinito”, por decirlo con el título de un clásico libro de Alexandre Koyré (1957). La
nueva noción del mundo: «no comporta ya –dice Koyré– ninguna jerarquía natural y
está unido por la identidad de las leyes que lo rigen en todas sus partes». Las
correspondencias establecidas por la tradición entre el orden cósmico de los elementos
y el orden fisiológico del cuerpo humano, entre el orden moral de los sentimientos
humanos y el orden metafísico o cósmico de las cosas se revela sólo como una
metáfora o una fábula. Esa idea de que en el mundo se ha entronizado el azar y, más
estrictamente, de que el hombre ha perdido su lugar en el mundo, es una constante en
el contexto cultural e ideológico de Pascal. Pero Pascal no quiere “salvar” el
humanismo, sino redimir al hombre de su propia miseria para llevarlo a Dios.
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mostrar la fragilidad de las cosas, más allá del absurdo (“odioso”) dogmatismo del
racionalismo, ingenuamente optimista. Conviene no olvidar, por otra parte, y para
evitar cualquier malentendido, que Pascal tenía plena conciencia de su valor como
científico y que jamás pretendió, más bien al contrario, que su fe interfiriese en su
trabajo como científico. Sea dicho ya ahora que jamás, ni al final de su vida,
interrumpió ningún trabajo científico por ningún (supuesto) escrúpulo de conciencia.
Entre 1639 y 1647 Étienne Pascal, que había sido sospechoso de poca fidelidad al rey y
llegó a ocultarse durante una temporada para evitar caer en prisión por los
movimientos políticos de la época, fue nombrado por Richelieu comisario para el
impuesto en Rouen y la familia se trasladó con él a Normandía, que por entonces se
hallaba prácticamente en estado de “revuelta fiscal” contra los altos impuestos que la
empobrecen. El pequeño Blaise tiene ya fama de genio matemático e inventa para su
padre una máquina de calcular. El invento fue lo suficientemente significativo para que
todavía un siglo después Diderot incluyese un croquis detallado en los volúmenes de
«Planches» de la «ENCYCLOPÉDIE».
La estancia en Normandía tiene también importancia porque será allí donde, a raíz de
un accidente de su padre, la familia entra en contacto con el jansenismo que
practicaban los piadosos médicos, y hermanos, Deschamps, una especie de santones o
predicadores populares que mezclaban religión, ciencia médica y protesta
antinobiliaria. En el jansenismo hay, obviamente, un componente religioso
perfectamente central, pero es, también, un movimiento de protesta con raíces
populares que exige una cierta “autenticidad” a la política y no puede extrañar que el
padre del filósofo, que había tenido alguna simpatía por los movimientos
antiseñoriales, se sintiese cercano a esta espiritualidad exigente –y mucho más si la fe
religiosa se entemezcla con un sentido de la amistad muy profundo. La amistad será,
por cierto, uno de los ejes vitales del joven Pascal.
En 1643 Arnauld, uno de los teóricos más importantes del jansenismo, publica «La
comunión frecuente» y al año siguiente se traduce el «Discurso sobre la reforma del
hombre interior» del propio Jansenio. El joven Pascal leyó ambas obras y para él
significaron un profundo revulsivo, suficiente para marcarlo de por vida. Su propia
hermana Gilberte dirá más tarde que: «Dios le iluminó de tal modo con esta santa
lectura que comprendió perfectamente que la religión cristiana nos obliga a vivir sólo
para Dios, y a no tener más mira que él. Y esta verdad se manifestó tan evidente, tan
necesaria y tan útil que dio al traste con todas sus investigaciones. De forma que a
partir de entonces renunció a todos los otros conocimientos para consagrarse a la
única cosa que Jesucristo llama necesaria». Aunque el texto suena a hagiografía
familiar –y los estudiosos sitúan su conversión algo más tarde– es significativo que la
vivencia de su fe pueda, cuanto menos, plantearse en estos términos.
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fue un pequeño fracaso En 1648 a petición de Pascal su cuñado y primo Florien Pérrier
realiza un experimento sobre la presión en la montaña del Puy-de-Dôme, cerca de
Clermont que justifica las ideas del libro y lo confirma como uno de los científicos más
importantes del momento.
Mediante el uso intencionado de las citas en la obra, Pascal crea una figura literaria
destinada a convertirse en arquetipo: el «jesuita» (especialmente en la Carta nº 4). Un
jesuita será desde entonces un tipo psicológico especial: serio, reflexivo, mundano y
franco pero que, por decirlo con Mesnard, «ha rendido su criterio en manos de sus
superiores» para convertirse (en las Cartas 5ª a 9ª) en un moralista patético, en un
coleccionista de casos de conciencia hundido en arenas movedizas que se llaman
“probabilismo”, “equívoco” y “restricción mental” –y que termina supeditando la moral
evangélica a una pura casuística mundanal. Quede en todo caso, y por encima de la
discusión teológica sobre la «atrición» jesuítica frente a la «contrición» jansenista, la
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constatación de una voluntad de estilo. Si algo se puede defender sin atisbo de duda
es que la ironía pascaliana abrió el campo a Voltaire.
Entre 1659 y su muerte el 19 de agosto de 1662, Pascal sufre un proceso que los
estudiosos han llamado a veces “Dépouillement” [“despojamiento”, “abatimiento”...].
Entre marzo de 1659 y agosto del año siguiente Pascal cae en un «état de
anéantissement de toutes ses forces». Según su hermana Gilberte: «no pudo ya hacer
nada durante los cuatro años que aún vivió, si es que se puede llamar vida a la
languidez tan lastimosa en que los pasó». Será entonces cuando redacta su «ORACIÓN
PARA PEDIR A DIOS EL BUEN USO DE LAS ENFERMEDADES», que junto al
«MEMORIAL» son clásicos de la espiritualidad católica.
Pero eso no significa que Pascal sea un enfermo puramente pasivo y silencioso: incluso
entonces fantasea con la posibilidad de convertirse en educador de un Príncipe
cristiano, a cuyo fin escribió –en 1660 según Lafuma– los tres «DISCURSOS SOBRE LA
CONDICIÓN DE LOS GRANDES», destinados al duque de Chevreuse, hijo del duque de
Luynes. También en su enfermedad Pascal encontró tiempo y energías para fundar una
compañía de transporte en carruajes “a cinco sueldos” cuyos beneficios debían
dedicarse a socorrer a los pobres de París. Pero en octubre de 1661, en plena
persecución contra Port-Royal, muere su hermana Jacqueline y finalmente cae abatido
el filósofo.
Si hemos expuesto por extenso su vida –y aún debiera hacerse más hincapié en su
obra científica y en la espantosa miseria de su época, rota por las guerras– es porque
Pascal constituye todo un ejemplo de filósofo «existencial», cuya vida no puede
separarse de su obra. Es el cristiano radical y el matemático especializado en las
paradojas quien nos permite comprender al filósofo de la religión.
Pero: ¿qué puede ser un «libertino»; palabra que, por cierto, hoy ya no suena para
nada atroz, sino simplemente anacrónica y francamente cómica? En un sentido amplio,
“libertino” es el epicúreo lector de Montaigne. Pero eso nos dice muy poco, porque
Montaigne puede ser leído en claves francamente diversas e incluso contradictorias.
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Debemos a Antony MacKenna, en su magnífico libro: «Entre Descartes et Gassendi. La
première edition des “Pensées”de Pascal» (1993), resumen de una investigación más
amplia, haber desempolvado el «DISCOURS SUR LES “PENSÉES” DE M. PASCAL» de
Filleau de La Chaise (1668) escrito en colaboración con algunos íntimos amigos de
Pascal, y particularmente con el duque de Roannez, donde entre otros testimonios
sobre los manuscritos pascalianos se ofrece una pequeña galería de lo que se entendía
en la época por “libertino”. Un tal epíteto se aplicaba por entonces a:
.- Quienes «se aplican a los conocimientos, a las investigaciones del intelecto [esprit] y
al estudio de la naturaleza», pero lo hacen por “orgullo”y “curiosidad”.
.- Quienes, como Hobbes, por ejemplo, son filósofos «pirronianos materialistas», que
se limitan al puro cálculo, aunque lo hagan «en vías rectas y poco sujetas a error».
Según Filleau de La Chaise, cuyo libro había sido aprobado por la familia directa de
Pascal, siempre muy estricta y exigente cuando de su hermano y tío se trataba, el
filósofo habría intentado contra estos “libertinos”todo un arsenal de pruebas:
c.- Basadas en “razones metafísicas” (o “sutiles”), aunque los humanos tengan, como
bien recuerda Filleau de La Chaise, «la cabeza poco apta para los razonamientos
metafísicos» y para las abstracciones en general.
Habría que matizar un poco el distinto valor de las cuatro pruebas. Las primeras
seguramente debieran ser analizadas alrededor de la famosa “apuesta”pascaliana, de
la que luego hablaremos. La segunda y la tercera tienen muy poco valor para Pascal –
que de hecho niega cualquier valor a las “razones metafísicas”.
De hecho, lo que dará valor al esfuerzo pascaliano serán las pruebas basadas,
precisamente, en las «raisons du coeur». Es “la dureza de su corazón”, en definitiva, lo
que mueve al libertino y lo que Pascal pretende desmontar. Si Pascal es un creyente
que pretende responder a la modernidad no deja, sin embargo de reconocerle una
legitimidad perfectamente coherente. En definitiva sabe que: «Todos sus principios son
verdaderos, de los pirronianos, de los estoicos, de los ateos, etc; pero sus conclusiones
son falsas porque los principios opuestos son también verdaderos» (L 619). Es decir, el
moderno, el libertino, no es un “insensato”, sino alguien que –partiendo de principio
perfectamente lógicos desde una concepción mundana de la racionalidad– no entendió
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la peculiar forma de razonamiento propia del cristianismo, cuya base se halla en la
conciliación de lo que desde fuera de la fe debería necesariamente ser considerado
como contradictorio.
Pascal se toma siempre muy en serio la afirmación paulina del “escándalo de la fe”y a
través de un ejercicio retórico (que en ese sentido debe a los jesuitas y a la casuística
más de lo que quisiera reconocer) pretende reivindicar lo trascendental asumiendo
como método la contradicción. Sólo el cristianismo es capaz de asumir la combinación
de las verdades opuestas sin caer por ello en la contradicción: «... Hay, pues, un gran
número de verdades de fe y de moral que parecen repugnantes y que subsisten todas
en un orden admirable / La fuente de todas las herejías es la exclusión de alguna de
esas verdades» (L 131).
En tanto que ejercicio de combate contra los libertinos puede entenderse mejor por
qué las «PENSÉES» deben ser, inevitablemente fragmentarias –precisamente porque
deben adecuarse a un objeto que es, en él mismo, arbitrario y fragmentado.
1.- ORDEN
2.- VANIDAD
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3.- MISERIA
4.- ABURRIMIENTO
6.- GRANDEZA
Los escépticos sólo han considerado la miseria del hombre, los dogmáticos sólo su
grandeza. Aspectos contradictorios cuya clave ofrece el cristianismo
9.- FILÓSOFOS
Los epicúreos sitúan la felicidad en los placeres fáciles, simples y sencillos, pero
nosotros tenemos mayores aspiraciones. Los estoicos sitúan el placer en nosotros
mismos, pero olvidan nuestras debilidades. No hay en absoluto ninguna verdadera
moral si no tiene en cuenta nuestra grandeza y, a la vez, nuestra bajeza.
El hombre tiene nostalgia de una felicidad perdida. Nuestra alma es un abismo infinito
que sólo el infinito puede llenar.
11.- A. P. R. (A PORT-ROYAL)
12.- INICIO
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riesgo. Comencemos, pues, por “entontecernos”aparentemente al menos, cumpliendo
con los gestos de la fe.
Excluir la razón sería absurdo, no admitir más que la razón sería orgullo. Siendo el
hombre incapaz de conocer a Dios por sus propios medios, Dios le es revelado a través
de signos.
Las pruebas de la religión son medio claras y medio obscuras. No hay salvación sin una
búsqueda humilde y perseverante. “Deus absconditus”.
20.- RABINISMO
21.- PERPETUIDAD
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23 .- PRUEBAS DE JESUCRISTO
La divinidad de Cristo es probada por las profecías, por los milagros y todavía más por
la santidad de Su persona y de Su doctrina, sólo visible a los hombres que tienen el
corazón puro. Distinción entre los tres órdenes: carne, espíritu y caridad
24.- PROFECÍAS
Las profecías no son sólo anteriores a la vida de Cristo, sino que constituyen un
“milagro subsistente”.
Capítulo sólo esbozado. Sin duda, Pascal quería mostrar cómo algunas realidades del
A. T. profetizan ciertos aspectos de la Iglesia.
El convertido debe odiar su propia voluntad, su amor propio, para vincularse a Dios.
Debe evitar el desespero como la presunción orgullosa
27.- CONCLUSIÓN
Sólo hay conversión en la humildad. Toda gracia proviene de Dios. Conocer a Dios sin
amarlo es inútil. Quienes creen sin pruebas, porque sencillamente conocen su miseria
y aspiran a la salvación, tienen sin embargo una fe cierta.
Para el Cardenal Jean Daniélou (en «Le Figaro littéraire» de agosto de 1970) la
argumentación que debía presentarse en la «Apología» pascaliana se despliega
progresivamente en tres tiempos, se trataría así de mostrar que:
1.- La religión es razonable (legajos 1 a 7). Tras de haber descrito la debilidad del
hombre, Pascal muestra su grandeza. “Contradicción” que sólo explica el pecado
original, de forma que el cristianismo «ha conocido bien al hombre».
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una argumentación coherente... aunque no sea posible ya reconstruirlo, ni siquiera en
parte.
Queda abierta la pregunta de qué hubiese sucedido en caso de haber podido levar a
cabo este proyecto de «Apología». Para algunos (como Sartre) fue una suerte que no
desarrollase el libro en su intención original, pues no hubiese pasado de ser un vulgar
“Catecismo” de apologética, tan previsible como otros muchos. Otros autores no han
dejado de recordar que Pascal era un polemista de genio, capaz de convertir sus
«PROVINCIANAS» en gran éxito de público, por lo que seguramente el libro habría sido
de gran interés. Tal vez, de acuerdo a los usos literarios del momento, habrían
desaparecido los fragmentos más emotivos o existenciales. En todo caso, como es
obvio, no hay respuesta posible para lo que aquí se plantea, como no la hay para
ninguna ucronía. El texto que tenemos no es el que hubiera podido ser, sino el que es.
Aunque pueda tener algún valor apologético y convenza a los convencidos, como
argumento filosófico no resulta convincente de ninguna de las maneras, porque, de
hecho, la “apuesta” trata a los individuos como menores de edad –y en tal sentido es
irrelevante, tanto desde el punto de vista moral (porque se sitúa al margen de la
autonomía), como en una seria concepción religiosa, incompatible con cualquier
“juego”. Lo significativo, en todo caso es que Pascal creía que la razón, incluso la
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matemática de las probabilidades, ponía de verdad al alcance del hombre religioso un
argumento para confirmar y/o demostrar la fe.
Pero el creyente sabe que la razón por ella sola no pude de ningún modo conducirnos a
la fe, precisamente porque el hombre es “poco”razonable. El error de los incrédulos no
es otro que el de no darse cuenta de las limitaciones que corroen ala razón, en ella
misma, implícitamente y de forma inevitable. El hombre nace del pecado original y por
eso mismo siempre será un ser imperfecto. La razón sin la fe vale de poco. He ahí,
pues, el papel del corazón, que tiene «razones que la razón no conoce» (L 423). De la
misma manera que no se ama por la razón, tampoco es ella el instrumento adecuado
para el conocimiento de Dios. Como dice en L 424: «Es el corazón quien siente a Dios
y no la razón. He aquí lo que es la fe. Dios sensible al corazón, no a la razón».
La «miseria del hombre sin Dios» se verá compensada por la «grandeza del hombre
con Dios», pero para eso se necesita un «esprit de finesse» que no se opone
mecánicamente al de geometría sino que lo complementa. Es el corazón y la
sensibilidad, es decir, la aspiración al infinito lo que determina la grandeza humana.
Haberlo entendido no es poco. En un momento de crisis de la religión “social”, regresar
a la concepción pascaliana del “coeur”tal vez indica un camino...
APÉNDICE:
EL «MEMORIAL»; LA ORACIÓN DE PASCAL
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[Sumisión total a Jesucristo y a mi director
Eternamente en alegría por un día de ejercicio en la tierra
Non obliviscar sermones tuos. Amen]
Dereliquierunt me fontem aquae vitae: Me han abandonado a mí, fuente de agua viva
(Jr 2,13).
Non obliviscar sermones tuos. Amen: No olvidaré tus palabras (Ps 119,16)
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