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Momo
Michael Ende
En la noche brilla tu luz.
De dénde, no lo sé.
fan cerca parece y tan lejos.
Cémo te llamas, no lo s
Lo que quiera que sea
luce, pequefia estrella
(Segan una vieja cancién infantil de Irlanda) .Primera parte:
Momo y sus amigos
Una ciudad grande y una nifa pequena
En los viejos, viejos tiempos cuando los hombres hablaban
todavia muchas otras lenguas, ya habia en los paises
ciudades grandes y suntuosas. Se alzaban alli los palacios
de reyes y emperadores, habia en ellas calles anchas,
callejas estrechas y callejuelas intrincadas, magnificos
templos con estatuas de oro y m4rmol dedicadas a los dioses;
habia mercados multicolores, donde se ofrecian mercaderias
de todos los paises, y plazas amplias donde la gente se
reunia para comentar las novedades y hacer o escuchar
discursos. Sobre todo, habia alli grandes teatros. Tenian el
aspecto de nuestros circos actuales, sélo que estaban hechos
totalmente de sillares de piedra. Las filas de asientos para
los espectadores estaban escalonadas como en un gran embudo.
Vistos desde arriba, algunos de estos edificios eran
totalmente redondos, otros més ovalados y algunos hacian un
ancho semicirculo. Se les llamaba anfiteatros.
Habia algunos que eran tan grandes como un campo de futbol y
otros m&s pequefios, en los que sélo cabian unos cientos de
espectadores. Algunos eran muy suntuosos, adornados con
columnas y estatuas, y otros eran sencillos, sin decoracién.
Esos anfiteatros no tenian tejado, todo se hacia al aire
libre. Por eso, en los teatros suntuosos se tendian sobre
las filas de asientos tapices bordados de oro, para proteger
al ptblico del ardor del sol o de un chaparrén repentino. En
los teatros mAs humildes cumplian la misma funcién cafiizos
de mimbre o paja. En una palabra: los teatros eran tal comola gente se los podia permitir. Pero todos querian tener
uno, porque eran oyentes y mirones apasionados.
¥ cuando escuchaban los acontecimientos conmovedores o
cémicos que se representaban en la escena, les parecia que
la vida representada era, de modo misterioso, mas real que
su vida cotidiana. Y¥ les gustaba contemplar esa otra
realidad.
Han pasado milenios desde entonces. Las grandes ciudades de
aquel tiempo han decaido, los templos y palacios se han
derrumbado. El viento y la lluvia, el frio y el calor han
limado y excavado las piedras, de los grandes teatros no
quedan mds que ruinas. En los agrietados muros, las cigarras
cantan su mondétona cancién y es como si la tierra respirara
en suefios.
Pero algunas de esas viejas y grandes ciudades siguen
siendo, en la actualidad, grandes. Claro que la vida en
ellas es diferente. La gente va en coche o tranvia, tiene
teléfono y electricidad. Pero por aqui o por alli, entre los
edificios nuevos, quedan todavia un par de columnas, una
puerta, un trozo de muralla o incluso un anfiteatro de
aquellos lejanos dias.
En una de esas ciudades transcurrié la historia de Momo.
Fuera, en el extremo sur de esa gran ciudad, alli donde
comienzan los primeros campos, y las chozas y chabolas son
cada vez més miserables, quedan, ocultas en un pinar, las
ruinas de un pequefio anfiteatro. Ni siquiera en los viejos
tiempos fue uno de los suntuosos; ya por aquel entonces era,
digamos, un teatro para gente humilde. En nuestros dias, es
decir, en la época en que se inicié la historia de Momo, las
ruinas estaban casi olvidadas. Sélo unos pocos catedraticos
de arqueologia sabian que existian, pero no se ocupaban de
ellas porque ya no habia nada que investigar. Tampoco era un
monumento que se pudiera comparar con los otros que habia en
la gran ciudad. De modo que sélo de vez en cuando se perdian
por alli unos turistas, saltaban por las filas de asientos,
cubiertas de hierbas, hacian ruido, hacian alguna foto y se
iban de nuevo. Entonces volvia el silencio al circulo de
piedra y las cigarras cantaban la siguiente estrofa de su
interminable cancién que, por lo dem4s, no se diferenciaba
en nada de las estrofas anteriores.En realidad, sélo las gentes de los alrededores conocia el
curioso edificio redondo. Apacentaban en é1 sus cabras, los
niflos usaban la plaza redonda para jugar a la pelota y a
veces se encontraban ahi, de noche, algunas parejitas.
Pero un dia corrié la voz entre la gente de que ultimamente
vivia alguien en las ruinas. Se trataba, al parecer, de una
nifia. No lo podian decir exactamente, porque iba vestida de
un modo muy curioso. Parecia que se llamaba Momo o algo asi.
El aspecto externo de Momo ciertamente era un tanto desusado
y acaso podia asustar algo a la gente que da mucha
importancia al aseo y al orden. Era pequefia y bastante
flaca, de modo que ni con la mejor voluntad se podia decir
si tenia ocho afios sélo o ya tenia doce. Tenia el pelo muy
ensortijado, negro, como la pez, y con todo el aspecto de no
haberse enfrentado jamés a un peine o unas tijeras. Tenia
unos ojos muy grandes, muy hermosos y también negros como la
pez y unos pies del mismo color, pues casi siempre iba
descalza. S6lo en invierno llevaba zapatos de vez en cuando,
pero solian ser diferentes, descabalados, y ademas le
quedaban demasiado grandes. Eso era porque Momo no poseia
nada m&s que lo que encontraba por ahi o lo que le
regalaban. Su falda estaba hecha de muchos remiendos de
diferentes colores y le llegaba hasta los tobillos., Encima
llevaba un chaquetén de hombre, viejo, demasiado grande,
cuyas mangas se arremangaba alrededor de la mufieca. Momo no
queria cortarlas porque recordaba, previsoramente, que
todavia tenia que crecer. ¥ quién sabe si alguna vez
volveria a encontrar un chaquetén tan grande, tan practico y
con tantos bolsillos.
Debajo del escenario de las ruinas, cubierto de hierba,
habia unas camaras medio derruidas, a las que se podia
llegar por un agujero en la pared. Alli se habia instalado
Momo como en su casa. Una tarde llegaron unos cuantos
hombres y mujeres de los alrededores que trataron de
interrogarla. Momo los miraba asustada, porque temia que la
echaran. Pero pronto se dio cuenta de que eran gente amable.
Ellos también eran pobres y conocian la vida.
-¥ bien —dijo uno de los hombres-, parece que te gusta esto.
-Si —contesté Momo.
—2¥ quieres quedarte aqui?-Si, si puedo.
—Pero, no te espera nadie?
jo.
Quiero decir, gno tienes que volver a casa?
-Esta es mi casa.
—;De dénde vienes, pequefia?
Momo hizo con la mano un movimiento indefinido, sefialando
algin lugar cualquiera a lo lejos.
-2¥ quiénes son tus padres? —-siguié preguntando el hombre.
La nifia lo miré perpleja, también a los dem4s, y se encogié
un poco de hombros. La gente se miré y suspiré.
-No tengas miedo -siguié el hombre-. No queremos echarte.
Queremos ayudarte.
Momo asintié muda, no del todo convencida.
-Dices que te llamas Momo, zno es asi?
-Si.
-Es un nombre bonito, pero no lo he oido nunca. ¢Quién te ha
llamado asi?
—Yo —dijo Momo.
—2Ta misma te has llamado asi?
-Si.
—2¥ cuando naciste?
Momo pens6 un rato y dijo, por fi
-Por lo que puedo recordar, siempre he existido.
-iEs que no tienes ninguna tia, ningin tio, ninguna abuela,
ni familia con quien puedas ir?Momo mir6é al hombre y call6é un rato. Al fin murmuré:
-Esta es mi casa.
-Bien, bien —dijo el hombre-. Pero todavia eres una nifa.
gCudntos afios tienes?
—Cien -dijo Momo, como dudosa.
La gente se rié, pues lo consideraba un chiste.
~Bueno, en serio, gcuantos afios tienes?
—Ciento dos —contesté Momo, un poco mds dudosa todavia.
La gente tardé un poco en darse cuenta de que la nifia sélo
conocia un par de nimeros que habia oido por ahi, pero que
no significaban nada, porque nadie le habia ensefiado a
contar.
-Escucha —dijo el hombre, después de haber consultado con
los demas-. 2Te parece bien que le digamos a la policia que
estés aqui? Entonces te llevarian a un hospicio, donde
tendrias comida y una cama y donde podrias aprender a contar
y a leer y a escribir y muchas cosas més. Qué te parece,
eh?
-No -murmur6é-. No quiero ir alli. Ya estuve alli una vez.
También habia otros nifios. Habia rejas en las ventanas.
Habia azotes cada dia, y muy injustos. Entonces, de noche,
escalé la pared y me fui. No quiero volver alli.
-Lo entiendo -dijo un hombre viejo, y asintio. ¥ los demas
también lo entendian y asintieron.
-Est bien -dijo una mujer-. Pero todavia eres muy pequefia.
“Alguien” ha de cuidar de ti.
-¥o —contest6 Momo aliviada.
-i¥a sabes hacerlo? —pregunté la mujer.
Momo callé un rato y dijo en voz baja:
lo necesito mucho.La gente volvié a intercambiar miradas, a suspirar y a
asentir.
-Sabes, Momo -volvié a tomar la palabra el hombre que habia
hablado primero-, creemos que quiz& podrias quedarte con
alguno de nosotros. Es verdad que todos tenemos poco sitio,
y la mayor parte ya tenemos un montén de nifios que
alimentar, pero por eso creemos que uno m4s no importa. 2Qué
te parece eso, eh?
-Gracias —dijo Momo, y sonrié por primera vez—
gracias. Pero, zpor qué no me dejais vivir aqui?
Muchas
La gente estuvo discutiendo mucho rato, y al final estuvo de
acuerdo. Porque aqui, pensaban, Momo podia vivir igual de
bien que con cualquiera de ellos, y todos juntos cuidarian
de ella, porque de todos modos seria mucho mas f4cil hacerlo
todos juntos que uno solo.
Empezaron en seguida, limpiaron y arreglaron la camara medio
derruida en la que vivia Momo todo lo bien que pudieron. Uno
de ellos, que era albafil, construyé incluso un pequefo
hogar. También encontraron un tubo de chimenea oxidado. Un
viejo carpintero construyé con unas cajas una mesa y dos
sillas. Por fin, las mujeres trajeron una vieja cama de
hierro fuera de uso, con adornos de madera, un colchén que
sélo estaba un poco roto y dos mantas. La cueva de piedra
debajo del escenario se habia convertido en una acogedora
habitacién. El albafil, que tenia aptitudes artisticas,
pinté un bonito cuadro de flores en la pared. Incluso pinté
el marco y el clavo del que colgaba el cuadro.
Entonces vinieron los nifios y los mayores y trajeron la
comida que les sobraba, uno un pedacito de queso, el otro un
pedazo de pan, el tercero un poco de fruta y asi los demas.
Y como eran muchos nifios, se reunié esa noche en el
anfiteatro un nutrido grupo e hicieron una pequefia fiesta en
honor de la instalacién de Momo. Fue una fiesta muy
divertida, como sélo saben celebrarlas la gente modesta.
Asi comenz6 la amistad entre la pequefia Momo y la gente de
los alrededores.Una cualidad poco comin y una pelea muy comin
Desde entonces, Momo vivid muy bien, por lo menos eso le
parecia a ella. Siempre tenia algo que comer, unas veces
més, otras menos, segin fuesen las cosas y segtin la gente
pudiera prescindir de ellas. Tenia un techo sobre su cabeza,
tenia una cama, y, cuando tenia frio, podia encender el
fuego. ¥, lo mas importante: tenia muchos y buenos amigos.
Se podia pensar que Momo habia tenido mucha suerte al haber
encontrado gente tan amable, y la propia Momo lo pensaba
asi. Pero también la gente se dio pronto cuenta de que habia
tenido mucha suerte. Necesitaban a Momo, y se preguntaban
cémo habian podido pasar sin ella antes. ¥ cuanto mas tiempo
se quedaba con ellos la nifia, tanto més imprescindible se
hacia, tan imprescindible que todos temian que algun dia
pudiera marcharse.
De ahi viene que Momo tuviera muchas visitas. Casi siempre
se veia a alguien sentado con ella, que le hablaba
solicitamente. ¥ el que la necesitaba y no podia ir, la
mandaba buscar. ¥ a quien todavia no se habia dado cuenta de
que la necesitaba, le decian los demas:
—jVete con Momo!
Estas palabras se convirtieron en una frase hecha entre la
gente de las cercanias. Igual que se dice: “jBuena suerte!",
© “jQue aproveche!”, o “j¥ qué sé yo!”, se decia, en toda
clase de ocasiones: “jVete con Momo!”.
Pero, gpor qué? ¢Es que Momo era tan increiblemente lista
que tenia un buen consejo para cualquiera? :Encontraba
siempre las palabras apropiadas cuando alguien necesitaba
consuelo? :Sabia hacer juicios sabios y justos?
No; Momo, como cualquier otro nifio, no sabia hacer nada de
todo eso.
Entonces, ges que Momo sabia algo que ponia a la gente de
buen humor? ~Sabia cantar muy bien? ;0 sabia tocar uninstrumento? 40 es que -ya que vivia en una especie de
circo— sabia bailar o hacer acrobacias?
No, tampoco era eso.
gAcaso sabia magia? Conocia algin encantamiento con el que
se pudiera ahuyentar todas las miserias y preocupaciones?
gSabia leer en las lineas de la mano o predecir el futuro de
cualquier otro modo?
Nada de eso.
Lo que la pequefia Momo sabia hacer como nadie era escuchar.
Eso no es nada especial, dird, quizds, algin lector
cualquiera sabe escuchar.
Pues eso es un error. Muy pocas personas saben escuchar de
verdad. ¥ la manera en que sabia escuchar Momo era tinica.
Momo sabia escuchar de tal manera que a la gente tonta se le
ocurrian, de repente, ideas muy inteligentes. No porque
dijera o preguntara algo que llevara a los dem4s a pensar
esas ideas, no; simplemente estaba alli y escuchaba con toda
su atencién y toda simpatia. Mientras tanto miraba al otro
con sus grandes ojos negros y el otro en cuestién notaba de
inmediato cémo se le ocurrian pensamientos que nunca hubiera
creido que estaban en él.
Sabia escuchar de tal manera que la gente perpleja o
indecisa sabia muy bien, de repente, qué era lo que queria.
© los timidos se sentian de stbito muy libres y valerosos. 0
los desgraciados y agobiados se volvian confiados y alegres.
¥ si alguien creia que su vida estaba totalmente perdida y
que era insignificante y que él mismo no era mas que uno
entre millones, y que no importaba nada y que se podia
sustituir con la misma facilidad que una maceta rota, iba y
le contaba todo eso a la pequefia Momo, y le resultaba claro,
de modo misterioso mientras hablaba, que tal como era sélo
habia uno entre todos los hombres y que, por eso, era
importante a su manera, para el mundo.
jAsi sabia escuchar Momo!
Una vez fueron a verla al anfiteatro dos hombres que se
habian peleado a muerte y que ya no se querian hablar, a
pesar de ser vecinos. Los dem4s les habian aconsejado que
fueran a ver a Momo, porque no estaba bien que los vecinosvivieran enemistados. Los dos hombres, al principio, se
habian negado, pero al final habian accedido a
regafiadientes.
Ani estaban los dos, en el anfiteatro, mudos y hostiles,
cada uno en un lado de las filas de asientos de piedra,
mirando sombrios ante s
Uno era el albafiil que habia hecho el hogar y el bonito
cuadro de flores que habia en la “salita” de Momo. Se
llamaba Nicola y era un tipo fuerte con un mostacho negro e
hirsuto. El otro se llamaba Nino. Era delgado y siempre
parecia un poco cansado. Nino era el arrendatario de un
pequefio establecimiento al borde de la ciudad, en el que por
lo general sélo habia unos pocos viejos que en toda la noche
no bebian m&s que un solo vaso de vino y hablaban de sus
recuerdos. También Nino y su gorda mujer estaban entre los
amigos de Momo y muchas veces le habian traido cosas buenas
que comer.
Como Momo se dio cuenta de que los dos estaban enfadados, no
supo, al principio, con quién sentarse primero. Para no
ofender a ninguno, se senté por fin en el borde de piedra de
la escena a la misma distancia de uno y de otro y miraba
alternativamente a uno y a otro. Simplemente esperaba a ver
qué ocurria. Algunas cosas necesitan su tiempo, y tiempo era
lo unico que Momo tenia de sobra.
Después de que los hombres hubieran estado asi un buen rato,
Nicola se levanté de repente y dijo:
-Yo me voy. He demostrado que tenia buena voluntad al venir
aqui. Pero tui ves, Momo, lo obstinado que es él. qué
esperar mas?
¥, efectivamente, se volvié para irse.
“Si, jldrgate! -le grité Nino-. No hacia ninguna falta que
vinieras. Yo no me reconcilio con un criminal.
Nicola giré en redondo. Su cara estaba roja de ira.
—cQuién es un criminal? -pregunté en tono amenazador y
volvié a su sitio-. ;Repitelo!
—jLo repetiré cuantas veces quieras! —grité Nino-. gTa te
crees que porque eres grande y fuerte nadie se atreve adecirte las verdades a la cara? Yo me atrevo, y te las
cantaré a ti y a cualquiera que quiera escucharlas.
Adelante, ven y matame, como ya dijiste una vez que harias.
jOjal4 lo hubiese hecho! —chillé Nicola y apret6 los puftos—
. Ya ves, Momo, cémo miente y calumnia. Sélo lo agarré una
vez por el cuello y lo tiré al charco que hay detr4s de su
covacha. Alli no se ahoga ni una rata. —Volviéndose de nuevo
a Nino, grité-: Por desgracia vives todavia, como se puede
ver.
Durante un rato volaron en una y otra direccién los peores
insultos, y Momo no podia entender de qué iba la cosa y por
qué estaban tan enfadados los dos. Pero poco a poco fue
sabiendo que Nicola s6lo habia cometido aquella salvajada
porque Nino, antes, le habia dado una bofetada delante de
algunos de sus parroquianos. A eso, por su parte, le habia
antecedido el intento de Nicola de hacer aficos toda la
vajilla de Nino.
—jNo es verdad! -se defendié amargamente Nicola~. Sélo tiré
a la pared una sola jarra que, adem4s, ya tenia una grieta.
-Pero la jarra era mia, gsabes? —respondié Nino-. ¥, ademas,
no tienes derecho a eso.
Nicola pensaba que si tenia derecho a eso, porque Nino lo
habia ofendido en su honor de albafil.
—:Sabes lo que dijo de mi? -grité dirigiéndose a Momo-. Dijo
que yo no era capaz de construir una pared derecha, porque
estaba borracho dia y noche. Que era igual que mi
tatarabuelo, que habia trabajado en la torre inclinada de
Pisa.
—Pero, Nicola -contest6 Nino-, si eso era una broma.
jonita broma! —protesté Nicola~. No tiene ninguna gracia.
Resulté que Nino sélo habia devuelto una broma anterior de
Nicola. Porque una mafiana se habia encontrado con que en su
puerta habian escrito con grandes letras rojas:
VENTEROS Y GATOS, TODOS LATROS.
¥ eso, a su vez, no le habia hecho ninguna gracia a Nino.Durante un rato se pelearon, muy en serio, sobre cual de las
dos bromas era peor, y volvieron a encolerizarse. Pero de
repente se quedaron cortados.
Momo los miraba con grandes ojos, y ninguno de los dos podia
explicarse bien, bien, su mirada. ;Es que, por dentro, se
estaba riendo de ellos? 20 estaba triste? Su cara no se lo
decia. Pero a los dos hombres les parecié, de repente, que
se veian a si mismos en un espejo, y comenzaron a sentir
verg8enza.
-Bien —dijo Nicola-, puede ser que no debiera haber escrito
aquello en tu puerta, Nino. No lo hubiera hecho si ta no te
hubieras negado a servirme un vaso de vino mas. Eso iba
contra la ley, zsabes? Porque siempre te he pagado y no
tenias ninguna razén para tratarme asi.
Ya lo creo que la tenia! —contest6 Nino-. Es que ya no te
acuerdas de aquel asunto del san Antonio? jAh, ahora te has
puesto blanco! Porque me estafaste con todas las de la ley,
y no tengo por qué aguantartelo.
-iQue yo te estafé a ti? -grité Nicola~. jAl revés! Ta
querias engafarme a mi, sélo que no lo conseguiste.
El asunto era el siguiente: en el pequefio establecimiento de
Nino colgaba de la pared una pequefia imagen de san Antonio.
Era una foto en color que Nino habia recortado una vez de
una revista.
Un dia, Nicola le quiso comprar esa imagen; segin decia,
porque le gustaba mucho. Regateando hdébilmente, Nino habia
conseguido que Nicola le diera, a cambio, su vieja radio.
Nino se creyé muy listo, porque Nicola hacia muy mal
negocio. Se pusieron de acuerdo.
Pero después result6 que entre la imagen y el marco de
cartén habia un billete de banco, del que Nino no sabia
nada. De repente era él el que hacia un mal negocio, y eso
le molestaba. Exigié que Nicola le devolviera el dinero,
porque éste no formaba parte del trato. Nicola se negé, y
entonces Nino no le quiso servir nada mds. Asi habia
comenzado la pelea.
Asi que los dos llegaron al principio del asunto que los
habia enemistado, callaron un rato.Entonces pregunté Nino:
—Dime ahora con toda honradez, Nicola, zya sabias de ese
dinero antes del cambio o no?
Claro que si; si no, no hubiera hecho el cambio.
-Entonces estarés de acuerdo en que me has estafado.
—¢Por qué? ;En serio que ti no sabias nada de ese dinero?
-No, palabra de honor.
—jLo ves! Eras ti quien querias estafarme a mi. Porque,
gcémo podias pedirme mi radio a cambio de un trozo de papel
de periédico?
—¢¥ cémo te enteraste tt de lo del dinero?
—Dos noches antes habia visto cémo un cliente lo metia alli
como ofrenda a san Antonio.
Nino se mordié los labios:
-2Era mucho?
-Ni més ni menos que lo que valia mi radio —contesté Nicola.
-Entonces, toda nuestra pelea -dijo Nino pensativamente-
solamente es por el san Antonio que recorté de una revista.
Nicola se rascé la cabeza:
-En realidad, si. Si quieres te lo devuelvo, Nino.
—jQué va! -contesté Nino, con mucha dignidad-. Lo que se da
no se quita. Un apretén de manos vale entre caballeros.
¥ de repente, ambos se echaron a reir. Bajaron los escalones
de piedra, se encontraron en medio de la plazoleta central,
se abrazaron dandose palmadas en la espalda. Después, ambos
abrazaron a Momo y le dijeron:
—jMuchas gracias!Cuando, al cabo de un rato, se fueron, Momo siguid
diciéndoles adiés con la mano durante mucho rato. Estaba muy
contenta de que sus amigos volvieran a estar de buenas.
Otra vez, un chico le trajo su canario, que no queria
cantar. Eso era una tarea mucho mas dificil para Momo. Tuvo
que estarse escuchéndolo toda una semana hasta que por fin
volvié a cantar y silbar.
Momo escuchaba a todos: a perros y gatos, a grillos y ranas,
incluso a la lluvia y al viento en los Arboles. ¥ todos le
hablaban en su propia lengua.
Algunas noches, cuando ya se habian ido a sus casas todos
sus amigos, se quedaba sola en el gran circulo de piedra del
viejo teatro sobre el que se alzaba la gran ctpula
estrellada del cielo y escuchaba el enorme silencio.
Entonces le parecia que estaba en el centro de una gran
oreja, que escuchaba el universo de estrellas. ¥ también que
ofa una misica callada, pero aun asi muy impresionante, que
le llegaba muy adentro, al alma.
En esas noches solia sofiar cosas especialmente hermosas.
¥ quien ahora siga creyendo que el escuchar no tiene nada de
especial, que pruebe, a ver si sabe hacerlo tan bien.1
Una tempestad de juego y una tormenta de verdad
Se entiende que al escuchar, Momo no hacia ninguna
diferencia entre adultos y nifios. Pero los nifios tenian otra
razén m&s para que les gustara tanto ir al viejo anfiteatro.
Desde que Momo estaba alli, sabian jugar como nunca habian
jugado. No les quedaba ni un solo momento para aburrirse. ¥
eso no se debia a que Momo hiciera buenas sugerencias. No,
Momo simplemente estaba alli y participaba en el juego. ¥
por eso -no se sabe cémo— los propios nifios tenian las
mejores ideas. Cada dia inventaban un juego nuevo, mas
divertido que el anterior.
Una vez, era un dia pesado y bochornoso, habia unos diez u
once nifios sentados en las gradas de piedra esperando a
Momo, que se habia ido a dar una vuelta, segin solia hacer
alguna vez. El cielo estaba encapotado con unas nubes
plomizas. Probablemente habria pronto una tormenta.
“Yo me voy a casa -dijo una nifia que llevaba un hermanito
pequefio-. El rayo y el trueno me dan miedo.
—e¥ en casa? —pregunt6 un nifio que llevaba gafas-, ies que
en casa no te dan miedo?
-Si -dijo la nina.
-Entonces, igual te puedes quedar aqui -respondié el nifio.
La nifia se encogié de hombros y asintié. Al cabo de un rato
dijo:
-A lo mejor Momo ni siquiera viene.
-i¥ qué? -se mezclé en la conversacién un chico con aspecto
un tanto descuidado-. Aun asi podemos jugar a cualquier
cosa, sin Momo.
-Bien, pero, ia qué?
No lo sé. A cualquier cosa.—Cualquier cosa no es nada. Alguien tiene una idea?
-¥o sé una cosa —dijo un chico con una aguda voz de nifia—
podriamos jugar a que las ruinas son un gran barco, y
navegamos por mares desconocidos y vivimos aventuras. Yo soy
el capitan, ta eres el primer oficial, y ti eres un
investigador, porque es un viaje de exploracién, gsabéis? ¥
los dem4s sois marineros.
-¥ nosotras, las nifas, zqué somos?
-Vosotras sois marineras; se trata de un barco del futuro.
iEso es un buen plan! Intentaron jugar, pero no conseguian
ponerse de acuerdo y el juego no funcionaba. Al rato, todos
volvian a estar sentados en las gradas y esperaban.
Entonces llegé Momo.
La espuma saltaba furiosa cuando la proa cortaba el agua. El
buque oceanografico “Argo” cabeceaba majestuosamente en el
oleaje mientras avanzaba tranquilamente, a toda maquina, por
el mar del coral del sur. Nadie recordaba que un barco se
hubiese atrevido a navegar por estos mares peligrosos,
llenos de bajios, arrecifes de coral y monstruos marinos
desconocidos. Habia aqui, sobre todo, lo que llamaban el
“tifon eterno”, un ciclén que nunca descansaba. Recorria
incansable esos mares buscando victimas como si fuera un ser
vivo, incluso astuto. Su camino era impredecible. ¥ todo lo
que caia en las garras de ese huracd4n no volvia a aparecer
hasta que quedaba reducido a astillas.
Bien es cierto que la nave expedicionaria “Argo” estaba muy
bien preparada para un encuentro con el “ciclén andarin”.
Estaba hecha enteramente de acero especial, azul, elastico e
irrompible como una espada toledana. ¥, merced a un sistema
de construccién especial, estaba fundido enteramente de una
pieza, sin ninguna soldadura.
in asi, es dificil que otro capitan y otra tripulaci6n
hubieran tenido el valor de exponerse a estos peligros. Pero
el capitan Gordon tenia mucho valor. Desde el puente de
mando miraba orgulloso a sus marineros y marineras, todos
ellos grandes especialistas en sus respectivos campos.Al lado del capitan estaba su primer oficial, don Meld, un
lobo de mar de los que quedan pocos; habia sobrevivido a
ciento veintisiete huracanes.
Un poco mAs atras, en la toldilla, se podia ver al profesor
Quadrado, director cientifico de la expedicién, con sus dos
auxiliares, Mora y Sara, que merced a su prodigiosa memoria
suplian bibliotecas enteras. Los tres estaban inclinados
sobre sus instrumentos de precisién y se consultaban en su
complicada jerga cientifica.
Un poco més alla estaba, en cuclillas, la bella nativa
Momosan. De vez en cuando el profesor le preguntaba acerca
de algén detalle de esos mares y ella le respondia en su
hermoso dialecto hula, que sélo el profesor entendia.
El objetivo de la expedicién era hallar las causas del
“tifén andarin” y, de ser posible, eliminarlo, para que esos
mares volvieran a ser navegables para los demas barcos.
Pero, de momento todo seguia tranquilo, y no habia indicio
de tempestad.
De repente, un grito del vigia arrancé al capitan de sus
pensamientos.
fapitan! -grité desde la cofa haciendo bocina con las
manos-. Si no estoy loco veo ahi delante una isla de
cristal.
El capitan y don Meli miraron inmediatamente a través de sus
catalejos. También el profesor Quadrado y sus auxiliares se
acercaron, interesados. Sdlo la bella nativa se quedd
tranquilamente sentada. Las misteriosas costumbres de su
pueblo le prohibian mostrar curiosidad. Pronto llegaron a la
isla de cristal. El profesor bajé del barco por una escala
de cuerda y piso el suelo transparente. Este era enormemente
resbaladizo y al profesor Quadrado le costaba mucho
mantenerse en pie.
La isla era totalmente redonda y tenia un didmetro de unos
veinte metros. Hacia el centro se levantaba como una cipula.
Cuando el profesor hubo alcanzado el lugar més alto pudo
distinguir claramente una luz titilante en su interior.
Comunicéd sus observaciones a los demas, que esperaban,
atentos, apoyados en la borda.-Segin eso —-dijo la auxiliar Mora-, debe de tratarse de una
Cestapuntia briscatesia.
—Puede ser —dijo la auxiliar Sara-, pero también puede ser
un Cédulo leporifero.
El profesor Quadrado se enderezé, se ajusté las gafas y
grit6 hacia el puente:
-En mi opinién, tenemos que vérnoslas con una variedad del
Comodus intarsicus comin. Pero no podremos estar seguros
hasta no haberlo visto por debajo.
Al instante se echaron al agua tres de las marineras que
eran, adem4s, submarinistas de fama mundial y que, mientras
tanto, ya se habian vestido con sus trajes de inmersi6n.
Durante un rato, no se vieron en la superficie del mar mas
que montones de burbujas, pero de repente sacé la cabeza del
agua una de las nifias, de nombre Sandra, que grit6 con voz
entrecortada:
-Es una medusa gigante. Las otras dos submarinistas estan
atrapadas entre los tentaculos y no pueden soltarse. Tenemos
que ayudarlas antes de que sea demasiado tarde.
Dicho esto, volvié a sumergirse.
Inmediatamente se lanzaron al agua cien expertos hombres—
rana a las érdenes del capitan Blanco, conocido por el apodo
de “el Delfin”. Bajo el agua comenz6 un combate increible, y
el mar se cubrié de espuma. Pero ni siquiera esos valerosos
marineros consiguieron librar a las dos chicas de los
terribles tentaculos. La fuerza de la gigantesca medusa era
demasiado grande.
-Hay en ese mar alguna cosa —dijo el profesor, con la frente
arrugada, a sus dos auxiliares- que provoca el gigantismo en
los seres vivos. Esto es sumamente interesante.
Mientras tanto, el capitan Gordon y su primer oficial don
Mela, que habian estado conferenciando, habian tomado una
decision.
—jAtras! —grit6 don Meli—. jTodo el mundo a_ bordo!
Partiremos al monstruo en dos, si no, no podremos librar a
las dos marineras. “El Delfin” y sus hombres volvieron asubir a bordo. El “Argo” retrocedié un poco y se lanzé
después con toda su potencia avante, hacia la medusa
gigante. La proa del buque era aguda como una cuchilla de
afeitar. Corté la medusa en dos mitades, sin que a bordo se
notara apenas un pequefio temblor. La maniobra no carecia de
peligro para las dos submarinistas presas entre los
tentaculos, pero el primer oficial habia calculado su
posicién con la mayor exactitud y pasé por medio de las dos.
Al instante, los tentaculos del monstruo perdieron toda su
fuerza y las dos prisioneras pudieron librarse de ellos.
Fueron recibidas jubilosamente a bordo
se acercé a las dos muchachas y les dij
El profesor Quadrado
“Ha sido culpa mia. No deberia haberos enviado. Perdonadme
por haberos puesto en peligro.
-No hay nada que perdonar, profesor —respondié una de las
chicas con una risa alegre-. Al fin y al cabo nos hemos
embarcado para eso.
A lo que la otra chica afiadié
-El peligro es nuestra profesién.
Ya no quedaba tiempo para mas palabras. Durante los trabajos
de rescate, el capitan y la tripulacién se habian olvidado
de observar el mar. De modo que sélo ahora, en el ultimo
instante, se dieron cuenta de que por el horizonte habia
aparecido el “tifén andarin” que se dirigia a toda velocidad
hacia el “Argo”.
Lleg6 al barco una primera ola, impresionante, lo alz6 en su
cresta y lo lanzé por una sima acuosa de cincuenta metros de
profundidad, por lo menos. De haberse tratado de una
tripulacién menos experta y valerosa que la del “Argo”, en
este primer embate la mitad habria sido arrastrada por la
borda, mientras que la otra mitad se habria desmayado. Pero
el capitan Gordon estaba bien plantado sobre el puente de
mando, como si no hubiera pasado nada, y toda la tripulacién
habia aguantado del mismo modo. Sélo la hermosa indigena
Momosan, no acostumbrada a los peligros del mar, se habia
refugiado en un bote salvavidas.
En pocos segundos se oscurecié todo el cielo. El torbellino
se lanz6, ululante, sobre el barco, al que hacia saltarsobre las olas como un corcho. Su furia parecia crecer de
minuto en minuto por no poder romperlo.
El capitan daba sus érdenes con voz sosegada, y su primer
oficial las repetia en voz alta. Incluso el profesor
Quadrado y sus auxiliares seguian junto a sus instrumentos.
Calculaban dénde debia estar el centro del tifon, pues hacia
alli tenia que ir el barco. El capitan Gordon admiraba en
silencio la sangre fria de los cientificos que, al fin y al
cabo, no conocian el mar como é1 y sus hombres.
El primer rayo cayé sobre el buque de acero, que quedé
cargado eléctricamente. Hacia cualquier parte que se
extendiera la mano saltaban chispas. Pero todos, a bordo del
“Argo”, se habian entrenado durante meses para ello. A nadie
le importaba ya.
Lo unico malo era que las partes ms delgadas del barco,
cables de acero y barras de hierro, se ponian incandescentes
como el filamento de una bombilla, y eso dificultaba un poco
el trabajo de la tripulacién, aunque todos llevaban guantes
de amianto. Quiso la suerte que esa incandescencia se
apagara pronto, porque comenzé a caer una lluvia tal, como
nadie de a bordo —a excepcién de don Meli- habia visto
jamés; una lluvia tan espesa que pronto desplazé todo el
aire respirable. La tripulacién tuvo que ponerse gafas y
escafandras de submarinista.
Un relampago sucedia a otro, un trueno a otro. La tempestad
ululaba. Se levantaban olas enormes y blanca espuma.
El “Argo”, con los motores a toda maquina, avanzaba metro a
metro contra la fuerza incontenible del tifén. Los
maquinistas y fogoneros, en el vientre del barco, hacian
esfuerzos sobrehumanos. Se habian atado con gruesas sogas
para que los bruscos movimientos del barco no los lanzaran
hacia las fauces abiertas de las calderas.
Por fin llegaron al centro del tifén. ;Qué espectdculo se
les ofrecié alli!
Sobre la superficie del mar, liso como un espejo, porque la
propia fuerza del huracaén barria las olas, bailaba un ser
gigantesco. Se sostenia sobre una pata, se ensanchaba por
arriba y parecia realmente un trompo del tamafo de una
montafia. Daba vueltas con tal rapidez, que no se podian
distinguir los detalles.—jUn Sum-sum gomalasticum! —exclamé entusiasmado el profesor
Quadrado, mientras se sujetaba las gafas, que la lluvia le
hacia resbalar una y otra vez.
—:Puede explicarnos esto un poco més? —refunfufé don Mel!
Somos simples marinos y..
-No moleste ahora al profesor con sus observaciones —le
interrumpié la auxiliar Sara~. Es una ocasién tnica. Esa
especie de trompo animal procede, probablemente, de las
primeras etapas de la evolucién. Debe de tener més de mil
millones de afios. Hoy no queda m&s que una variedad
microscépica que a veces se encuentra en la salsa de tomate
y, excepcionalmente, en la tinta verde. Un ejemplar de ese
tamafio es, seguramente, el nico superviviente de su
especie.
-Pero nosotros estamos aqui —grité a través del ulular del
viento el capitén—- para eliminar las causas del “tifon
andarin”. Asi que el profesor ha de decirnos cémo se puede
hacer parar esa cosa.
-No lo sé -dijo el profesor-. La ciencia no ha tenido
todavia ninguna ocasién de investigarlo.
-Esté bien -dijo el capitan-. Primero le dispararemos y ya
veremos qué pasa.
-Es una pena -se quejé el profesor— disparar sobre el unico
ejemplar de Sum-sum gomalasticum.
Pero el cafién contraficcién ya apuntaba al trompo
gigantesco.
—jFuego! -ordené el capitan.
De la boca del cafén salié una llamarada azul de un
kilémetro de longitud. No se oyé nada, porque, como todo el
mundo sabe, el cafién contraficcién dispara proteinas.
El proyectil luminoso volé hacia el Sum-sum, pero cayd bajo
el efecto del trompo, se desvié, dio varias vueltas al
monstruo y fue arrastrado hacia lo alto, donde desaparecié
entre las negras nubes.iEs inutil! -grit6 el capitan Gordon-. Tenemos que
acercarnos mas.
-Es imposible acercarnos mds —respondié don Melt-. Las
maquinas trabajan a toda potencia y lo unico que logramos es
que la tempestad no nos empuje mas lejos.
—{Tiene alguna idea, profesor? —pregunté el capitan.
Pero el profesor se encogié de hombros, al igual que sus
auxiliares, que tampoco sabian qué aconsejar. Parecia que la
expedicién habia fracasado.
En ese momento, alguien tiré de la manga del profesor. Era
la bella indigena.
Jalumba! —dijo con gesto elegante-. Malumba oisitu sono.
Erbini samba insaltu lolobindra. Cramuna heu beni beni
sadogau.
-{Babalu? -pregunté sorprendido el profesor
feinosi intu ge doinen malumba?
¢Didi maha
La bella indigena asintié repetidamente y contesté:
—Dodo um aufu sulamat vafada.
-Oi-oi -respondié el profesor, mientras se acariciaba
pensativamente el menton.
Qué es lo que dice? —quiso saber el primer oficial.
—Dice —-explicé el profesor— que en su pueblo hay una cancién
antiquisima, con la que se puede hacer dormir al “tifon
andarin”, si es que alguien se atreve a cantarla.
ridiculo! -—refunfufié don Melti-. Una nana para un
Qué opina usted profesor? —pregunté la auxiliar Sara—. (Es
posible una cosa asi?
-No hay que tener prejuicios -dijo el profesor—. Muchas
veces hay un fondo de verdad en las tradiciones de los
indigenas. Quiz4 haya unas vibraciones sonoras determinadas
que tienen alguna influencia sobre el Sum-sum gomalasticum.
No sabemos nada acerca de sus condiciones de vida.
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