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Papelucho y El Marciano PDF

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Este es mi diario secreto y se prohibe leerlo, Hoy martes 13. El papa me dijo: —Papelucho, ven a mi escritorio... Cuando un papé le dice esto a uno, es igual a cuando San Pedro lo ataja en la puer- ta del cielo: de un rum se agolpan los pecados y demas cuestiones. Y ni se saca nada con pensar que el famoso escritorio es puramen- te cuarto de tareas cuando el papa no estd. Y tampoco se saca nada con acordarse de que hace cinco minutos ese pap se lavaba los dientes en pijama arrugado y sin peinarse. Papé junté la puerta con manos limpias y nerviosas y me encert6 con él y todas mis culpas. —Tii sabes por qué te he lamado —dijo. —No tengo ni la mayor idea —contesté. —Veamos... Pensemos un poco caballe- rito... —Se senté en su silla sin sospechar que tiene una pata quebrada. —Creo que sabes por qué estamos aqui. —Si es por lo del gato, papa, quiero explicarle... —No es por lo del gato —me irrumpié colérico, —Si es por la custién del agua... —No es la cuestién del agua —sus ma- nos se ponfan mas limpias cada vez. —Entonces seria mi zapato en el techo de la otra casa. —iNo es por lo de tu zapato! Papa traspasaba mis ojos y me hacia do- ler la cabeza. Pero no lefa mi pensamiento ni yo el suyo. {Qué habria hecho yo, Dios mio? Se me atropellaban las cosas: el atornillador que se trag6 la cafierfa del lavaplatos cuando iba a sacar la cucharita que no sirvi6 para salvar al grillo que se ahogaba. 0 serfa por lo de esas colleras que converti en medallas hace tiempo? {O la crema de cara que le fabriqué de sorpresa a la mamé, un dia? 8 —Habré que refrescarte la memoria dijo la voz astrondutica del papa. —Si, papé —me apuré a contestar—. Este asunto de la memoria puede tener re- medio. En el colegio hay montones de mala memoriados. Y también la mamé a veces se olvida de lo que va a decir. Parece que hay un profe que la perdié enterita y ni sabe cémo se lama, Peto yo creo que usted puede encontrar la suya. No se preocupe de la mia porque todavia soy joven y... —Silencio! —bufé de repente interrum- piendo mi discurso—. ;Basta! Frené en seco y quedé paralelo. Un silencio tremendo Hlené el cuarto y solo se ofa mi cuchicheo interior. Qué ex- perimento raro hacia el papa conmigo? ;Por qué me miraba callado? ¢Quién hablarfa primero, él 0 yo? ,O es que él estaba escu- chando lo que pasaba en mi dentror y arre- batando mi secreto? De pronto se puso calmo. —No tienes por qué poner esa cara de culpable —dijo—. Es muy simple. Quiero que me digas con franqueza, :qué te pasa, hijo mfo? Soy tu padre. Ta mejor amigo, tecuérdalo... No podia recordarlo porque era la pri- mera vez que lo ofa, Mi padre era mi mejor amigo. Ahora no se me olvidaria jamas. Esperé, HI también espers. Pas6 mucho tiempo. —No puedo perder la mafiana entera esperandote —dijo con voz de paciencia—. Te he preguntado qué te pasa... Me explico. Desde hace un tiempo tu madre y yo te no- tamos callado, extrafio, ausente, haces cosas muy raras... Por ejemplo miras al cielo mu- cho rato. {Tienes dificultad en ver? —Si —contesté, —Pero me ves a mf, gno? —Si, claro... —wWes lo que dice esta carta? —No. —JLa ves borrada? —No, la veo patas arribas. —Bien —dijo enderezando la carta—. No tenemos por qué preocuparnos de tu vista. Ahora explicame zpor qué saltas como sapo y a veces hasta dormido? Sent calor en las orejas. Mis saltos son asunto mio. Papé esta tratando de perforar mi secreto... Yo nunca le pregunto a él por qué estira el cogote y se mete el dedo en el cuello. Ese es asunto de él... ~Antes era campeén de salto —dijo enrabiado. —No esta muy claro eso. Tus saltos no son de entrenamiento. Son de sapo... Ahora estaba seguro: papé sospechaba de mi. No hay nada més cargante que sos- pechen de uno. Y él queria asegurarse si el marciano estaba dentro de mi. Si se conven- cfa me iba a hacer operar, y me lo sacarfan igual que mi apéndice. Mi marciano es mio y yo lo protegeré de los curiosos. Nadie ven- dra a quitarmelo. —Ahora hay otro sistema de entrenarse —dije. —Otras veces te quedas largo rato calla- do, como escuchando algo. Luego te ries o hablas solo... ‘Te enojas sin motivo y alegas a nadie... (Es también un modo de entrenarse? El marciano y yo nos refmos... Siempre que nos reimos los dos a un tiempo me da hipo. —jAh! —dijo papé—. Y también ese hipo que te viene a cada rato... Creo que de- berfa verte un médico. —Es hipo-dérmico —le contesté— asi dice el profe. —2Y por qué miras tanto el cielo? —se vefa en las manos del pap que estaba apurado. —La cuestién de los astronautas sin c4p- sulas, los ovnis, los... —Ya, ya —me irrumpié—. No te preocu- pes, no hacen dafio. Y ya es tarde. Tengo que volar a la oficina, Quedamos entonces en que soy tu mejor amigo, que te estés entre- nando para campeén de saltos y que no tie- nes dificultad en ver. No es asf? ;Adiés! —y salié como un chifle a pillar su micro. Pero yo lo alcancé y lo pillé al justo cuando iba a trepar en él. —{Qué pasa? —pregunte. —;Qué es dificultad de ver? Usted es mi mejor amigo y quiero que me explique... Puso cara de loco cuando el micro partis. —Dificultad de ver es ver mal... dijo estirando el cogote y pasandose el dedo por el cuello. —és por eso que no veo a los astronau- tas sin cApsula? Nadie los ve porque estén muy lejos ~—clamé—. Y ahora por tu culpa tendré que tomar taxi. Apenas hizo dedo fren6 un taxi y al Partir en él, en vez de estar feliz tenia una cara de caballero de esos que Je han robado labilletera. Det y yo nos quedamos mirando el taxi que se perdia entre muchos. —#Por qué no fuiste con él a su oficina? Quiero conocerla —dijo Det. —También yo quiero conocer la luna... Pero tengo que hacer tareas, —Eres aburrido. ¢Qué son tareas? No contesté y entré a la casa. Pero Det estaba enrabiado y cuando Ie da por pelear 8 molestoso como un dolor de muela: Porque uno ni sabe lo que quiere él y lo que quiere uno. Las ganas suyas y las mias, distintas y furiosas. Bueno es pelear con otro, pero pelear por dentro es rotun- damente fatal. Y por eso me eché al suelo de guata. Es Ja tinica forma en que Det se duerme y deja en paz. —iQué hace ahi? {Esté enfermo? Llegé la Domi con su famosa escoba ha- ciéndome cosquillas en las orejas. Igual que el papé. También ella quiere saber lo que me pasa. No puede tener uno su secreto propio? Me hice el muerto. En esta casa solo res- petan a los muertos. Barrié, plumere6, canté, suspird y por fin pasé el dedo por la mesa. —Todo se pierde en esta casa —dijo—. Hasta el pafio amarillo. que este pobre nifio se lo ha comi- do... Se ha puesto tan raro... Mas vale que se muriera el pobrecito. Porque el patrén ya lo iba a encerrar por raro... —@ncerrarme ami? Donde? —resucité de un brinco. —iAve Maria! —chill6 la pobre asusta- da— Yo lo crefa muerto... —{Quién dijo que me iban a encerrar? —Una no tiene la culpa de ofr lo que ha- blan en el comedor... 15 —dEn qué me van a encerrar? —En un hospital de locos, creo yo, Ast se mejora altiro. —No estoy enfermo, —Ningtin loco se cree... No sé qué cara puse, pero la Domi esta- ba arrepentida de lo que dijo. —Loco de veras no esta. No se preocu- Pe. Yo le hago un sahumerio y lo dejo como nuevo. Pero me guarda el secreto,. Otro secreto mas. ~—Voy a pensarlo, Domi —te dije— y te contesto... Tenia que consultarlo con Det, no fuera a matarlo, Salf corriendo y me trepé al peral, que es Ja tinica parte donde uno puede estar tranquilo para pensar y conversar con Det. Desde a tttima rama del peral salté al te- jado, pero estaba tan caliente y apenas lo to- qué salié humo de mi zapato y di un brinco, —iQué pasa? —dijo Det en mi dentror, —Me quemé un pie... 16 No sirves para nada... —dijo—. Que te quemas, que tienes que hacer tareas, que hace hambre... —ile callas! —dije furiundo—. ;A tino te importan esas cosas porque eres de otro planeta y no entiendes nada! —Entiendo —dijo él—. Lo que ti sientes es miedo. Miedo a quemarte, miedo al ham- bre, miedo a que te encierren por loco... Todo le aguanto a Det menos que me lla- me cobarde. Eso no. Yo lo tengo alojado en mi, primero porque hay que darle asilo al peregrino, segundo porque mientras no pueda viajar yo en la cépsula espacial, al menos puedo ayudar a un marciano y tercero porque si lo tengo dentro soy casi un marciang yo mismo. Y no es fécil, viviendo entre gente tan distinta que se cree inteligente y no sabe nada de ellos. Soy valiente y soy hombre porque a na- die le he contado el secreto que tengo. Y ahora escribo mi diario para que no se me olvide cuando sea viejo. Fue esa tarde cuando of un grito en la calle. Sali afuera y vi un monton de gente en una esquina. Los curiosos se juntan cuando hay algo que ver y yo quise saber lo que era eso. Me costé abrirme paso entre las piernas de tantos. Nadie hablaba. Parecian estiticos y sin idea alguna. Hombres, mujeres, colé- ricos y perros hacian redondela y yo me en- tremet{ a mirar. No era més que un pedazo de platillo volador cualquiera y nadie se atrevia a to- carlo. Estaban todos momios, mira y mira. Me volvi con desprecio. jA qué tanto mirar si lo tinico importante ya no estaba? El marciano del platillo habia desaparecido, dejé el aparato en pana y hasta su propio casco en Ia vereda. O andarfa rondando en- tre nosotros disfrazado de invisible? Senti pena del valiente marciano que Heg6 hasta nosotros y tuvo que esconderse. Porque ellos son tan choros que ni se dejan pillar. {es que la curiosidad del hombre los derrite y pulveriza? Me marché del pelotén de curiosos con pena y rabia. Entré en casa y para distraer mi congoja me encerré a hacer tareas para un aiio entero. Y esa noche mi mama tuvo que desper- tarme para que me desvistiera. Lo malo fue que junto con meterme en la cama me desvelé rotundamente. Aunque era plena noche yo estaba entero de dia y 19 ae sentia el silencio que latia en todo el mun- do. La luna se colaba en gotas por la polilla de mi cortina y allé en el horizonte roncaba el papa como tigre. La gotera del bafio re- Petfa esa marcha que obliga a marchar y el hambre supersénico me Ponfa rabioso. Habia Pasos hipécritas y voces secretas de piratas nocturnos, de esas que se han salido de 6r- bita y andan suelias aprovechando ja noche. Yo no tenfa miedo. La tiltima vez que tuve miedo fue cuando era chico, esa vez que me cai del tejado, y fue poquito antes de Hegar al suelo. Pero entonces juré no tener nunca mas miedo, y he cumplido. El alboroto de mis tripas me obligé a levantarme. Ojal4 que la Domi no hubiera lavado los platos esta noche. Porque nadie se acuerda en esta casa de que hay hambres nocturnas... Encontré un raspado de sopa fria en una olla y al langiietear la cuchara of un lamento muy largo en alguna parie. Apagué con violencia la luz de la coci- na y entonces... jpude ver al marciano! Fue la Ultima vez; ahi a mi lado. Era hecho de puntitos bailones y un poco luminosos que se velan solo en la oscuridad. Era més chico que yo y tan blando como el humo de un cigarro. Casi pura cabeza, y quizé algunas patas que flotaban al compas de suspiros. iPobre marciano metido en una cocina desconocida! Suave, blando, onduloso, casi sin cuerpo —tal vez de puros puntos de luz— entre nosotros los hombres duros, he- diondos, que comen y traspiran, que pisan, que trabajan, que hacen casas con techos y murallas y cocinas calientes. No querfa asustarlo y me quedé muy quieto. No fuera a reventarle alguna cosa al dar un paso. Qué podria decizle? fl no entendfa mi idioma. Habia huido del grupo de curiosos y se escondia en mi casa. Yo sin querer lo habia asustado... Querfa darle confianza, ser su amigo. 2Cémo podria ayudarlo? Pensando en esto estaba, cuando justo que me picé la nariz. estornudé. Fue uno de 80s estornudos que chupan todo el aire ha- cia dentro, de esos de aspiradora. Y al mismo instante desaparecié para siempre el marcia- nito, No qued6 un solo punto en la cocina. Poco a poco me di cuenta de que lo ha- bia aspirado y lo tenfa en mi, Mi cuerpo se habia vuelto de plomo con remaches en to- das las bisagras de mis piernas y brazos, Yo no pensaba con claridad. Todo estaba revuelto en mi dentror. Ahora pensaba a dos voces, todo con si y no al mismo tiempo. Y sentia al marciano que se agrandaba y se achicaba adentro, aco- modéndose, reajusténdose, como haciéndose un hueco, ;Pobre gallo! Por fin me decidi a ayudarlo. Si fuera yo el cafdo en Marte me gustaria encontrar un amigo. Ese amigo era yo para él. —iQuién anda ahi? —irrumpié en el si- Iencio la voz de mamé muy sofiolienta. —Yo—dije— tenia hambre y vine a co- mer algo. —iDerechito a la cama! —ordené ma- jestuosa. Quise obedecer y no pude. El marciano me pesaba como si fuera plomo derretido en mis venas. No lograba despegar un pie del suelo para dar un paso. —No sé quién eres —dije en cuchi- cheo—. Pero quiero ayudarte y soy tu ami- go. Vémonos a dormit.. —¢Dormir? —dijo una voz como de re- mordimientos de ayer—. {Y eso qué es? —Descansar —expliqué—. ;Vamos! —pero no podia moverme. —No te entiendo —dijo la voz en mi dentror. Entonces entendi que él no enten- diera. Un marciano es distinto a uno, —Ponte liviano para que pueda mover- me —le dije. {Qué es liviano? Chitas que resultaba dificil explicar. ‘Pacienciat Oye —le dije— Quita el freno como si fucras a volverte a Marte en tu platillo, ~—El platillo clotis —dijo la voz, No es raz6n para quedarnos clavados Para siempre en la cocina, ;Desembrégate! —ordené. Y entonces algo se aflojé dentro, me sent{ més liviano y puede andar. Volvi a ta cama, me acosté y me tapé. No queria volver a estormudar para que no | escapara el marciano. Y me picaba tremendo Ja nariz. —Oye —dije cuando estuye tapado hasta las orejas—. Cuéntame un poco de ti eQuién te mand6 a la Tierra? {Viniste pura mente a curiosear? —A mi no me manda nadie —dijo y dio un salto dentro—. Muchos vienen y yo tam- bién vine. Pocos vuelven. —,Cémo te lamas? —Det. &¥ ti? —Papelucho. —{Qué haces? ;Siempre descansas? —Puramente en las noches. Voy al cole gio en el dia, estudio, juego. {Ti no duermes? —Nooo. Yo me evaporo y tampoco en- tiendo jota de lo que a ti te pasa. Mas me va- fa no haber venido a este planeta. ;CuAl es? —La Tierra. —Ni of hablar de él. No vale mucho la pena, me parece... (Me ayudards a volver a Marte? —Si supiera cémo, capaz que fuera contigo... —No hay platillos aqui? {No se con- siguen? —No todavia... pero podriamos fabricar ‘uno entre ti y yo. —Si. Necesito volverme. —Lo haremos juntos mafiana... —Qué es mafiana? —Otro hoy, pero después. ~No entiendo. En todo caso guarda el secreto de mi. Que nadie sepa que estoy aqui en la Tierra. —éres muy importante? gEres hijo de un rey? jEres nifio? —Soy Det y tt te callas de mf. No le di- ces a nadie que estoy aqui jamés. —iJamés! —repetf y por fin me dormi, MeRcoLes 4 Si yo hubiera sabido to que es alojar a un marciano, quizds lo habria expulsado el mis- mo dia. Antes yo podia pensar y hacer mi Busto. Ahora no. Porque tener a Det adentro Tesulta molestoso: que si, que no, cada cosa, 4 Lo que yo quiero no lo quiere él, lo que yo hago no lo entiende. Y lo que él quiere no lo entiendo yo. Treparse al peral salié fatal. A Det le die- ron ganas de seguir trepando hasta llegar a Marte y yo por darle en el gusto sub y subi.. Me parecia chora su idea y si él me ayuda- ba... Pero cuando menos lo pensdbamos se aca- baron las ramas y pescado de unas hojas jzas! nos vinimos al suelo con unas cuantas peras. Por suerte nadie nos vio y también por suerte habfa un mantel pituco tendido en las ramas a secar. Sitvié de red un instante y se rasgé en dos de puro viejo. Total la mamé tiene ahora dos manteles y yo un cototo en la frente. Ala mami le dio con que: —éor qué no comes, hijo? Estas palido y creo que tienes fiebre. Det se habia aturdido con el golpe y ni chistaba. Yo tenfa susto de que se me hubie- ra escapado. Todavia tenfa muchas ganas de tenerlo conmigo y me daba cototo pensar en todas las maravillas que habriamos podido hacer juntos. Pero cuando Ilegé el postre, que era una fuente de peras verdes y otras machucadas, se desperts el marciano. 7 —iYa viene! ‘Ya viene! —empezé a trans- mitir como un telégrafo. —iCAllate! —e dije—. Todos vemos las eras porque tenemos ojos. —iNo! —rezongé enrabiado—. js lo otro! jYa se acerca! —No te entiendo —le dije yen ese mo- mento comenz6 a aullar el Choclo, y entendi, —i¥a viene! —grité en coro con Det y salté de la silla Un remezén gigante de la tierra, un temblor grado mil y volaron las copas y los platos y la fuente con peras se escap6 de las manos de la Domi para ir a parar en la pro~ Pia cabeza del papé. Fra una fuente antigua de no sé cudntos kilates de porcelana y se hizo afticos. —iSocorroo0! —gritaba la Domi tapan- dose la cabeza con la pollera para librarse | del yeso que cafa del techo. —fTerremoto! —chillé la mama arran- cando. El papa se apretaba la cabeza para juntar los huesos de su calavera quiz que- brada. La Ji corria detras del Choclo, que se- a guia ladrando. —jMisericordia! —gritaban en la ca- lle las vecinas. Todas las caras parecian de historieta. Yo estaba muy tranquilo. Det me tranguilizaba. —¢Por qué arman tanto jaleo? —pregun- taba Det. —Bueno —le dije—, es un temblor gra- do mil, un terremoto. —i¥ eso qué tiene de particular? 20 ~iNadal, que se caen las casas y muere gente aplastada.,. —Pero gpara qué hacen casas si se caen? —me pregunts y yo me quedé pensando idem. Total, sino hicieran casas, qué impor. tarfan los terremotos? En eso volvi6 la mamé al comedor don- de yo estaba. Venfa loca de horror y trafa los ojos al revés. Sus manos me cogieron como inmensas arafias, —Hijo no ve que tiembla? (Quieres mo- tir aplastado? —grit6. Y me arrastré ala calle. Afuera habia unas cuantas tejas que- bradas y total lo del mantel ni importaba al lado del remez6n. El cototo del papa iba subiendo y era ya casi tan grande como el mio. La Domi lloraba a chorros y la Ji se refa tratando de bajarle los pelos al pobre Cho... clo, que estaba muy nervioso, Habia mucha gente en la calle y todos contaban a un tiempo lo que estaban hacien. | do en el momento del sacudén. No sé para qué explicaba dofia Rosa, cuando todavia tenia la pollera arremangada... La vecina de enfrente se abrazaba a un inmenso reloj, | ~Siempre salvo mi reloj —decia— para saber la hora del temblor. —Yo salvé mi radio —decfa la Rudecin- da con cara de premiada. Todos eran amigos y el tinico rabioso era el papa por su cototo. Es lo bueno de los temblores porque se aca- ban las peleas, los retos, los castigos. Entramos otra vez en la casa y ahi esta- ba la crema. Habia terrones y yeso en todo el suelo, revuelto con peras y pedazos de fuente. Los cuadros chuecos en la muralla lo mareaban a uno més que las lamparas. Una voz decia: | —Noticia de tltimo minuto: La agencia ‘Taft de Nueva York anuncia un temblor en ién central de Chile. ae la radio que habia quedado fun- cionando con sus noticias atrasadas, como siempre. Sub{ corriendo a mi cuarto antes de que Megara la mamé a ordenar. Queria ver mis ruinas propias y aproveché de quebrar lo que olvids el temblor y que era ese florero cargante que siempre amenazaba de caer y que jams cumplié su palabra. 31 J. Mi cuarto estaba choro. Tenia tres hoyos electrénicos: uno en el techo con vista a los satélites, uno en la muralla con vista a los vecinos y otro en un rincén con vista a las Cuevas de los ratones nocturnos, En cuatro Patas me metf por él y recorri ese mundo desconocido. Era supersinico. Oscuro ymis- terioso con olor propio y leno de esas cosas que a uno le prohiben guardar: pedazos de Pan duro, papeles molidos, suelas de Zapato antiguas, algodones plomos y clavos y pul- seras. Era una mina de esas que uno necesita tener y donde encuentra siempre lo que le hace falta. Lo tinico malo es que mi entrada asust6 alos ratones y partieron galopando a escon- derse en un hoyo donde yo no cabia. Los pobrecitos crefan que yo era un : cnemigo. Ahi vendria yo a echarles més | tarde comida y mas tesoros para su mina, Pobres ratoncitos que la gente los obliga a Vivir escondiéndose. Y también los obliga a ser ladrones...Si nadie les da comida zde qué quieren que vivan? 5 Eso me dio la idea de hacerles un super- mercado propio, con de todo. {Qué felices van a ser mafiana! Lo importante por ahora es disimular la entrada de mi cueva, antes de que se les ocurra taparla... Por eso sali Ba teando, atraqué el catre a la esquina y dejé invisible el hoyo. Cuando bajé no habia nadie en la casa. Todos otra vez en la calle y con Ia mano en el pecho. —éD6nde estabas, Papelucho? Todavia caen trozos de yeso y algo parecia galopar en el techo... Creo que todavia tiembla... —decia mama. / —No tiembla —le aseguré— siempre queda penando un temblor por algtin rato y ©30 es sefial de que terminé —le dije. Cuando estuvieron tranquilos, el papa subi6, vio mi catre en el rincén y pregunté: —@Desde cuando tienes ahi tu catre? —iPuh! Desde hace rato... —dije y él se quedé mirando al cielo, —Menos mal que esta casa es arren- dada —dijo—. Buenos pesos va a costar acomodarla... Apenitas se fue él de mi cuarto, salié la Ji de debajo de mi catre. —Toma —me dijo—, se qued6 en la cueva tu lapicera... —y me la entregé bien Aspera. —2Cuando entraste ti ahi? —Yo entro todos los dias —dijo ella— a traerles comida a mis ratones, en vez de dormir la siesta. jEllos me conocen y no se esconden de mi! Ala Jile brillaban los ojos y ni sabia que me sacaba pica. —Voy a ayudarte a juntarles comida, tanta comida que no tengan que salir nun- ca més a buscatla. Asfestaran seguros y no 4 habra peligro de que traigan un gato a esta casa... le dije. —Ellos le tienen compasién al gato veci- no —dijo—, siempre le tiran al tejado lo que a ellos les sobra... 2 no le tienen miedo? —Wor qué van a tenerle miedo si el gato vive de lo que ellos le dan? —Bajen, niftos! —grité la voz de la mami. Det, que se habia dormido desde el tem- lor, desperté con un brinco. Los tres bajamos corriendo pensando que ahora habia incendio... Peronno. Puramente los nervios de la mamé. Resulta que el famoso temblor no bot6 nin- guna casa ni cosa, sino que la de nosotros, que por suerte no es nuestra, Es de un sefior propietario. Todos los vecinos han entrado a verla y dicen que se cae de todos modos, con o sin temblor y compadecen al papa y a la mama. Asi que la convencieron de que no podemos dormir en ella ni una noche porque amane- cemos cadaver. Como los hoteles son muy caros la mam decidié que dormirfamos en un taxi. Costé harto convencer al papé y al taxis- ta, pero la mamé se las arregla para salir con su idea, y as{ nos instalamos frente ala puer- ta de calle, creo que para verla caer. Ami me pareci6 chora la cuestién porque asi le débamos libertad a los ratones siquiera Por una noche, pero el asunto de acomodarse en un taxi resulta bastante molestoso. De ca- ber, cabfamos, pero a todos nos sobraban las cabezas. O sea, nos quedaban bambaleando igual que los adornos del Arbol de pascua, No habia c6mo afirmarias. El papé fue el primero que se bajé fu- tiundo y dijo que él dormia en la casa aun- que se viniera abajo. Un portazo en el taxi y otro en la casa y desapareci6. Al poco rato el chofer dijo que por pesos mas pesos menos, él no se daba una mala _ noche, y siguio al papé. Entonces la Domi _- también se bajé alegando que le dolia el pes- cuezo y preferfa amanecer reventada que | mal dormida, Total quedamos los tres con la mamé y | Ia Jiy nos acomodamos al estilo del Africa, Y por fin nos dormimos. Pero no tan por fin, 4 porque al poquito rato se abri6 la puerta del taxi con violencia y un seftor se ech6 encima de nosotros con maletas y ordené: —iAl aeropuerto, rapido! Adentro se armé la crema y chillaba la mamé creyendo que la cogoteaban y chillaba el sefior creyendo que a él idem. Y cuando al fin se entendieron, resulta que él habia creido que el taxi estaba libre porque Ia Ji le habia levantado la banderita con la famosa palabra. Det queria saber todo el tiempo lo que pasaba, y yo lo hacia callar. De repente, aburrido, chillé: —iCéllate, idiota! —y el caballero que iba al aeropuerto peloted mi insulto y me mandé6 un tirén de orejas sulfuroso. La mamé por arreglarlo dijo: —No se dé por entendido, sefior, el nifio es alucinado. Asf que ahora soy alucinado también. Cuando el sefior partié nos arreglamos de nuevo para dormir, pero a la Ji le dio con que tenia pesadeces y que en vez de dormir preferfa jugar al circo. Entonces la mamé Sac6 sus famosas pastillitas y nos metié una en cada boca y dos en la propia y de puro desvelados nos dormimos. Resulta que al poquito rato empezé a temecerse el cacharro peor que un terre- moto y una voz de trueno bramaba dentro chillando: —iSalgan de ahi! Qué pasa en este taxi? Era un carabinero de esos de mal caricter —iAbran o rompo el vidrio! Pero Ia mamé no desperts jamés. La ji abrié un poco la ventana y yo desperté bas- tante aturdido, ais suyo el taxi? —pregunté cerrando otra vez los ojos—. El sefior que se cree el duefio esta en Ia casa... Y no siga molestando Porque cuesta mucho dormirse ~ De modo que son nifios vagos los que hay dentro? Van a venir conmigo ahora mis- mo a la comisaria, La Jicert6 el vidrio y los dedos gordos | del sefior carabinero se quedaron pillados ‘gual que una Jaucha en la trampa, —jLa mamé est durmiendo y es la no- che! —cuchicheé la Ji mientras los dedos gordos se iban poniendo mas gordos por minuto. La cara del duefio de esos dedos era como de ogro, pero ni se ofa lo que estaba diciendo su boca acelerada. —Si usted se va tranquilito a su casa lo soltamos —le dijo la Ji. tun “sf” con la cabeza y Ia idrio para apretarlo des- Pués, sin dedos. El ogro partié chupandose sus fdem. Y cuando amanecis el dia costé despe- amos unos de otros de los asientos calien- tes y latigudos. Entramos a la casa a tomar desayuno y al poco rato Uegaron unos maestros a traba- jar para arreglarla, Uno era flaco y tartamudo entero y pica- ba las paredes a mil por hora, El otro era gor- do y traspiroso, Iba detrés del flaco tapando Jos hoyos con una crema de yeso. La mama ¥ el papa salieron porque les daba ataque ver Jos montones de tierra y yeso en todas partes, Alratito la Domi era como hermana con el maestro gordo y casi no se podian separar. Se miraban tanto que yo creo que hacia mu. cho tiempo que no se veian, y se tomaban de Jamano, y se quedaban pegados con el yeso, Porque el yeso se pone duro altiro, y en una de estas tuvimos que Hamar al maestro fla- © para que despegara a la Domi del gordo y como es tartamudo y tembloroso los martillé 40 casi entetos. Pero los despegé. Si no, no ha- briamos podido tener almuerzo. ——Esta ca-casa de-debian ech-ech-echar- la abajo —decia el maestro flaco. —Con una buena enyesada se afirma —decia el gordo tirando el yeso al techo y las, murallas. En el suelo crecian los cerros de ba- troy yeso, ladrillos y pinturas, pero ala Domi nada la confundfa y se sentia muy feliz. Nos hizo la comida més rica y almorza~ mos con los maestros y el Choclo y la cosa duré hasta casi la noche. Det se habia vuelto a poner preguntén y molestoso. Es raro, pero aunque nadie lo oye el Choclo ladra cada vez que él transmite y todo el mundo pregunta, gqué le pasa a ese perro? —Salgamos —decia Det—. Quiero hacer contacto, {Me liaman! —y empezé a hacerme cosquillas en las tripas. El Choclo segufa la- drando sulfuroso, hasta que al fin salf afue- ra, es decir, a la calle. El sol se habia escondido y con eso la Domi se puso chinche y enamorosa y cargante. El maestro del yeso se limpiaba las ‘ufias con un tenedor de memoria y miraba a 1a Domi acholado. Det seguia fregando y yo estaba aburrido de todo. ~iQuiero mi platillo! —repetia Det con cantinela. —Bascalo tii, si lo quieres. ~eCémo lo busco si tui me tienes preso? —iYo no te tengo preso! Tit te metiste dentro —rabié, ~iLargame fuera! Tengo que hacer contacto. {No entiendes que el temblor era el comando? Yo tengo que acudir cuando me Ilaman. —Entonces mandate cambiar. —iEstornuda y me lanzas! —chill6 Det, ‘Traté de estornudar. La nariz no me pi caba por motivo alguno. Tendrfa que res- friarme para lograrl Furioso me saqué la camisa, el pantalén, Jos zapatos y me sonté en una poza de agua, junto al grifo, en puros calzoncillos Pero ni pio. Se habia ido el dia, era la © noche y estaba encendido el alumbrado, Te- nia el cuerpo con carne de gallina... y niun | estornudo. Det seguia fregando. Yo me metfa el dedo en la garganta por si lo vomitaba, El Choclo a mi lado ladraba ronco y aburrido. —fe has vuelto loco? ;Qué haces ahi desnudo? Miré. Habfa un montén de gente junto a mi. Unos le explicaban a otros. —Habla solo hace rato... Se pasea ame- nazando al aire... Se desnudé y se ha sentado enel agua... |Esté loco de remate! * Bs Papelucho —dijo una voz de vie- ja y una mano tiritona y rugosa me hizo Jevantarme. —Vistase, hijito, porque se va a resfriar dijo la voz de la mano que empezé a po- nerme la camisa, —Hay que llevarlo a su casa —dijo otra voz. Su casa se cayé con el temblor —dijo otra voz, —iClaro! El susto lo ha vuelto loco —dijo la viejita, que no tenia la menor idea de ponerle a uno los pantalones. —Hace tiempo que esté raro. —dijo una voz de hombre—. Sus padres no se preocu- pan... Debian internarlo en un hospital... 43 Hasta ahi no més aguanté yo. dInternar- mea mien un hospital? ;Decir que mis pa- dres no se preocupan? Me puse duro entero. —A m{ no me toca nadie —dije— y tampoco me “Ilevan” como si fuera una cosa. Y para que lo sepan jmis padres se preocupan! —chillé y el Choclo empez6 a ladrar como un le6n tratando de morder a Ios intrusos. Se abrié el circuito de mirones para de- jarle paso a un hombre de gorra, armado de un cordel y un bozal. Tenia cara de esque- Iéto de rinoceronte y ojos de pulga con flato y era completamente inolvidable. Lacié al Choclo y le encajé el bozal igual que uno se traga una uva y lo arrastré al furgén negro, que era ni ms ni menos que la perrera. De un salto casi mortal, estaba yo ipso flatus metido con el Choclo entre mil perros huérfanos y mudos y de todos los portes, formas, caras, colores y olores. La puerta se cerré rotunda y partimos oscuros y zama- rreados, camino quizé a la muerte... At E tastronautico ruido de ese furgén asesino hacfa menos triste el silencio de los perros. En cada vuelta de calle rodabamos apilados en montén, igual que limones. Yo buscaba a tientas la cabeza del Choclo para tranquilizar- Jo, Sabfa que él estarfa pensando en la cémara de gases y otras preocupaciones de perro que adivina las injusticias del mundo. 45 Trataba en vano en la oscuridad de sa- carle el bozal para que supiera que alguna vez podria volver a abrir su regio hocico y comer o ladrar si le venia en gana. Lo conseguf por fin, pero después de sacarle el bozal a cinco perros anénimos. Menos mal que eran todos inteligentes y ninguno thist6. Puramente me langiietea- ban las piernas con sus lenguas calientes. Y ast después fue fécil sacar todos los bozales... Entretando yo pensaba a chorro de qué modo podriamos arrancarnos. Por una rejilla alta de la puerta se vefan las luces de la calle que pasaba pillandose. Esa puerta era ina- brible con su manilla por fuera. En la cabina delantera el hombre inolvidable acompafiaba al chofer asesino. Cémo salir de ahi? Me lancé con todo el cuerpo contra la puerta insolente. Al momento los perros me copiaron y crujié la maldita. Pero jamas se abri6. Era necesario mAs fuerza, més impul- so... Acaso una frenada del cacharro... Mirando en la oscuridad vi que habia otra reja que nos separaba de la cabina 46 delantera. Ipso flatus les expliqué a los Petros que pasaran sus colas por los hoyos y las aceleraran. El chofer dio un bufido cuando sinti6 a la espalda el tamboreo de colas. —iMalditos quiltros! —clamé—. No les ensefiaré! —y dio toda la velocidad de su méquina para frenar de un repentén en seco. Fue el milagro. Como una gran descar- ga fuimos a dar todos contra la puerta en revoltoso enredo de patas, colas, cabezas y la puerta se abri6. Caimos a la calle como un rodado gigante, pero blando y callado. Antes de que partiera el furgén ya trotaba- mos todos en inmenso desfile galopante por calles desconocidas. La gente nos hacfa el quite como si fué- ramos un tractor sin chofer y los autos fre- naban para darnos el paso igual que a los huelguistas. Era una carrera muda, con el puro sonido de las lenguas afuera. Perros desocupados se iban juntando al desfile y los mas chiquititos galopaban atrés dando saltos mortales para alcanzarnos. Era un desfile impotente y chorifl4i. Correr asi en multitud es supersénico, sobre todo cuando uno no sabe a dénde va ni tampoco le importa. De pronto se oy6 la estérica sirena po- licial y un enorme guanaco apunté hacia Nosotros con su genial chorro de agua. Su fuerza nos arroll6 en un pelotén mojado y revolcado y perdiendo nuestro centro de bravedad patinamos a lomos con las patas arriba, Pero entre la gente a veces hay cristia- nos. Una sefiora gorda abrié un portén de Su garaje y con su escoba nos ayudé a ro- dar dentro y aunque el chorro de agua nos seguia, cerré la puerta y se planté al frente como un guerrero, Poco a poco nos sacudimos el agua y nos enderezamos en silencio mientras ofamos la brava pelea de Ja sefiora con los carabineros, —Abra y largue esos perros que son de a perrera —decia una voz —No abro porque es mi casa —su voz estaba mojada. —En nombre de la ley tiene que abriz. 48 —Traiga una orden del juez y ahf vere- mos —estornudaba ella, Por fin partié el guanaco con tremendos Tuidos de cambios. El garaje se abrié atrés por una puerte- cita misteriosa y aparecié la sefiora trayendo una bandeja Ilena de platillos con leche. 14h! —dijo al verme—. Ti no eres pe- 0 y no me das confianza... Mejor te largas! —Me iré cuando esté seguro de que ellos no serén recogicios por la pertera —cla- mé con voz de héroe. Qué te crees? ;Que soy una traidora? —No, pero usted quiere echar a su tini- co amigo que soy yo. El Choclo se puso a ladrar y con él todos 10s perros a un tiempo y como el garaje tenfa £0, tronaban las murallas como si fuera a venirse abajo. Entonces la sefiora entendi6 y se puso teverenciosa conmigo. —Perd6n —dijo—. Ahora lo comprendo. Bllos melo han dicho y estoy a tus érdenes, 2Qué puedo hacer por ustedes? —Aunque es asunto suyo, creo que es mejor que nos deje en libertad antes de que vuelva la perrera con su famoso juez en orden, — Bravo! —aplaudié con-sus manitos gordas y sonoras de anillos y pulseras—. Bravo, bravo, es un gran idea... —y abrié de par en par la puerta por donde habiamos en- trado y nos lanzamos todos al galope cada uno en direccién distinta, Lo iltimo que vi de su cara eran sus ojos con légrimas. ‘Cuando Ilegué a mi casa habia un radio- patrulla en Ja puerta. Casi me volv{ atrés, pero ahi estaba la Domi llorando mientras el maestro del yeso la consolaba. —jAlabado sea Dios! —dijo al verme—. Todo el mundo buscéndolo... Entr6 el Choclo primero y lo segui. Ah estaba el papa pasedndose, la mamé sollo- zando en una silla y la Ji abrazada del te- niente, ademas de dos vecinas que hablaban aun tiempo. Al vernos todos quedaron mudos. 50 Se oy6 un golpe en el techo y el Choclo levant6 sus bellas orejas. Yo lo sujeté fuerte, mientras el papa hacia una carraspera y la mami se sonaba definitivamente. —Veo que ha vuelto el nifio —dijo el teniente. —En efecto —dijo el papé, poniéndome Ja mano paternalmente en la cabeza. —Antes de que me retire, ;desea us- ted hacer una declaracién? —pregunté el teniente. Como el papé no parecia seguro de ha- cerla, hablé yo. —Sefior teniente —Ie dije—. Si usted tu- Viera un perro que es su mejor amigo, cdeja- rfa que se lo Hevara la perrera? —No, desde luego que no. —Yo hice lo que usted habria hecho, nada més. Es mi declaracién. Las sefioras vecinas se miraron, le suspi- raron a Ja mamé y al pap4 y por fin se fueron. El teniente me dio un tremendo apretén. de manos y me dej6 todos los dedos pegacios para siempre. Lia gente es muy distinta de lo que uno aprende en la historia sagrada. Siendo que yo era un hijo completamente prédigo, no hicieron ninguna fiesta para recibirme y me trataron igual que si nada hubiera pasado. Ni siquiera me preguntaron la aventura de la perrera. Porque son padres modernos 0 tal vez subdesarrollados. La cosa es que se fueron a correr donde Ia tfa Lala porque la mama tiene alergia al yeso y a los temblores de casas en ruinas. La Domi nos dio comida que le sobré del almuerzo y lo que nos sobr6 a nosotros se la Hevamos a los ratones con la Ji. Ahi estaban los pobrecitos, nerviosos y acorralados en su cueva oscura, muertos de miedo de que fuéramos enemigos. Como no me conocen, tuve que salirme del rincén para que se atrevieran a banquetearse. En elentretecho habfa una gran ventana al cielo y por ella pudimos ver con la Ji va- rios platillos voladores de esos que llaman ovnis. Det se puso saltén cuando los vimos y empezé a hacer unos ruidos extrafios que no pude entender, Seguramente se estaba co- municando con ellos. Debe ser raro cuando uno esta en otro Planeta divisar a los amigos que se acercan pero no Hegan hasta uno. Debe ser muy tremendo... Yo, pensando esto, quise ayudar a Det y asomé la cabeza por el hoyo donde faltaba la reja. Abrila boca y traté de tener hipo, pero sin resultado. Un platillo se habfa detenido arriba frente a nosotros. Era rojo, luminoso y con olor de noche. Hacia muchas sefias con su luz pestafieante y yo sentia que Det recibfa Jos mensajes porque se iba poniendo pesa- do y mas pesado, igual que la noche que se metié en mi, De pronto me recorrié un tilimbre dela cabeza a los pies y me cai por el hoyo y el otro hoyo y fui a dara mi cuarto... No sé si me dormf o simplemente me aturdi. La cosa es que esta noche no desperté jams, ni siquiera a la hora del desayuno... Cuando fbamos a almorzar, vino el Choclo a buscarme con su novia. Era una quiltra fina de esas regalonas premiadas y escobilladas que estan siempre ladrando en una ventana de auto o de casa pituca, Se habria arrancado de unos brazos polvoro- 808 y pulserosos de los que aburren con sus if s. Ayer habia corrido al lado del Choclo en el desfile y yo no pensé ja- més que era por interés de él. Segin dice la Domi anoche durmié aqui en la cocina, mas. feliz que en la cama pituca que le tendré su duejia. Lo malo es que el Choclo no sirve para marido. Uno se da cuenta de que es solter6n egoista y ni la mira, se come solo la comida que les dan a los dos y por tiltimo le preocu- pan més los ratones de mi cueva que su novia. El papa y la mamé estén muy carifiosos conmigo y me ponen atencién cada vez que les hablo. Me hacen sentirme “otro”. Tampo- co les parece mal que tenga ahora dos perros en vez de uno, y no me preguntan nada ni me prohtben cosa alguna. Uno llega a pen- Sar que uno no es uno mismo y claro, le dan ganas de probar si es uno el que ha cambia- do 0 son ellos. For eso hice un ensayo para saber quién es quién, —Mamé, una vez dijo usted que me da- rfa una fiesta para mi cumpleafios, —Por supuesto que te la daré —dijo lim- Piando una foto apestada de moscas. —Lo malo es que ya pasé mi cumplea- ios... —dije fatalmente. iNo me digas! ;Cudndo fue? —paré de limpiar, me mir6 y escupié el trapo para seguir limpiando. —Usted deberfa acordarse. Yo era gua- gua cuando nact. —En realidad, lo siento. Pero podemos celebrarte cuando quieras. —En ese caso podriamos hacer una fies- {a de... matrimonio, Tengo un amigo que se quiere casar, —1Qué? —dej6 caer el trapo y los bra~ 208. Ahi me di cuenta de que ella era ella. Seria yo yo mismo? —No es de esos matrimonios con flores ¥ velos. Es el Choclo el que se casa. Me gus- taria celebrarlo en vez de mi, La mami se sent6 en el suelo y empezé a tefr y reir y reir y de repente frend y se 56 Puso seria como esas sefioras que uno pisa enel micro, Lo celebraremos, hijo. ;Cudndo serd la boda? ~Mamié, los perros no tienen boda, Pura celebracién, ~Entiendo —puso cara de estar sacan- do la cuenta del almacén—, invitaras a tus amigos y compraremos helados y galletas, ~Inwitaremos a los amigos del Choclo, claro. Los helados tendremos que derretirlos ano? —Si, seguramente. Pero supongo que el Choclo tiene pocos amigos, Pelea con todos los Petros vecinos. Yo dirfa que no tiene amigos, —Se ve que usted hace muchos afios que salié del colegio —dije—. Pelear es ser mas amigos, es tener confianza. Yo creo que seran veinte los invitados Para que de ver- dad parezca fiesta. Nunca supe lo que queria decir con los movimientos raros de cabeza en 6; pero sime qued6 mirando como si yo fuera ‘otro”, —Té dispondras la fiesta como quieras —me miraba como si yo fuera obispo—. Un matrimonio es una celebracién importante, y la haremos a tu gusto. Justo en ese momento entré el Choclo seguido de su novia y como ella no conocfa ala mamé empez6 a ladrarle. Ipso flatus Det se volvié molestoso y co- menz6 a fregar. No sé qué pasa con los la- dridos de perros y los marcianos, pero se ve que les producen tilimbre o electro-rabia y se desesperan. —Hasta cudndo me tienes encerrado —clamaba Det sulfuroso—, la famosa Tie- rra es una lata y quiero ime... Hace dos dias que duermo sin alivio. ;Sacame a respirar! —iPor mi puedes respirar hasta que revientes! —le dije en mi dentror tratando de que la mami no se pusiera sospechosa o detective. Para disimular mi pelea con Det, comencé a pillarle las pulgas al Cho- clo y a su novia, asi no ladraban. Pero Det con su carécter marciano siguié buscando Ja camorra: —iEn mala hora me vine a la Tierra 58 ae cuando pude irme al Sol! —decia—. Aqui todo se vuelve murallas, techos, ruedas, mo- tores y colegios. Hasta para volar se encie- tran en cuartuchos duros y ruidosos... —iTi te callas! —contesté—. Eres un simple marciano cafdo de su platillo y eso no sirve a nadie. Si al menos Jo tuvieras todavia, te darfamos boleto.. Mientras le sacaba pica, iba echando las Pulgas en una caja de fésforos. Det comenzé a tascarse dentro de mi como si las pulgas me las hubiera tragado y claro, yo me retorcia con sus retortijones. La mamé redondeé sus ojos y sacé 7pidamente una de sus pastillas que siempre Hene a mano, La ech6 en un vaso de agua con mano tiritona para hacérmela tomar. —Bébete esto, mi lindo, y te sentiras me- jor —decia. és bueno para los nervios? —pregunté. —Sty para todo lo deméds... Aproveché que la mamé parti6 a guar- dar el frasco para darle el agua con pastillita al Choclo que era el nervioso. 59 ae Las mamés no saben de planetas, de mar- cianos, de ovnis ni de nada cientifico y ni sos- pechan lo que nos sucede. El Choclo bostez6 y empezé a quedarse dormido con todas sus pulgas ‘mientras yo me hacia el Jeso de todo lo que transmitia Det re- zongando del mundo. —Fres un nifio juicioso —dijo la mamé al ver el vaso vacio. —No tanto como usted cree—contesté—. Mamé, spor qué no lee algo sobre planetas? —No tengo tiempo —dijo lavando bien el vaso, como si adivinara que tenfa lengua de perro—. Y dame esa caja de pulgas... Qué har con ellas? —No hagas preguntas tontas. —Es que las necesito —contesté definitivamente. —yPara que? —Usted no entiende de ciencia... Qué saco con explicarle de un motorcito a retroim- pulso palpitante vitalicio indore? Eso es ciencia? Lo que si sé es que si largas esas pulgas se infestard toda la casa y no acabaremos nunca con ellas. 60 . ae —Céomo se le puede ocurrir que voy a largarlas con lo que me ha costado juntarlas? Algiin dia usted comprenderé por qué las guardo, cuando vea que el mundo reemplaza un motor a bencina por otras cosas... Me miré de hipo en hipo, sin hablar, y yo guardé la caja en mi bolsillo. El Choclo roncaba a nuestros pies y su novia parecia preguntar qué le habiamos hecho. Entonces aparecié la Domi a avisar que se habia terminado el gas y le cambié a la mam la preocupacién de mf por la del balén. Siyo hubiera sabido todo to que iba a pa- sarme con alojar al marciano, lo habria de- jado escapar el primer dia. Ahora me he acostumbrado a que me crean cucti. Tengo dentro un marciano que también me cree idem, asf que llego a convencerme de que a Jo peor estoy cucti. A ratos me consuelo pensando que a los sabios siempre los creen locos; pero lo malo €s que los pobres sabios trabajan toda la vida Para hacer un invento y resulta que ese in- vento lo hace otro y de pura casualidad, y sin ser sabio tampoco. Ast que para inventar un platillo vola~ dor que se lleve al marciano, con o sin migo, tengo que trabajar en cosas fomes, y asi me resulta seguramente de casualidad. Por eso guardo mis pulgas para después que resulte, © sea para mafiana o pasado. Yo sé que Dios ha puesto en el mundo miles de cosas choras para que uno las des- Cubra o las invente. Pero solo a algunos nos da el radar de pillarlas, A mi me da la tincada de que los perros Son trasmisores y tienen su antena de tem- blores y patillas con los astros. Yo creo que Sus antenas son las pulgas, 0 sea su teletipo, Por eso me interesan y también porque na- die las quiere. “ala vez que me vienen estas ideas trato de ponerme distraido y pensar en tonteras y hacer leseras. Igual que Santiago Watt cuan- do tap6 la tetera con la cuchara, sin pensar. 63 — Por imitar al famoso Santiago levanté la tapita de la olla a presi6n. Fue un voleén que legs al techo con ta- llarines y todo, y fue tanta la fuerza retro- magnética que sali yo disparado hacia atras y por eso me libré de quemarme, Esto de yo disparado atrés debe ser un invento, pero se Jo dejo a otro que lo aproveche. Yo me alean- 6a quemar la punta de la nariz y me duele rabiosa, jCémo seré el dolor que hasta Det lo sin- ti6 dentro y se le pasé el hipo! Al poco rato comenzé de nuevo a molestar. —Ya te achaplinaste por la pura cha- muscada de nariz —me dijo—. Qué hay del invento? —Té no sabes lo que duele quemarse —contesté—. ;Qué es el fuego para ti? —2l fuego? Una de las cuantas leseras de la Tierra... —No seas desgraciado —clamé—. El fuego es macanudo y harta falta que les hace en Marte. No hay laboratorio sin mechero 64 ee con fuego y si en Marte lo usaran no ten- drian que venir a intrusear a este mundo... —Los intrusos son ustedes con sus cap- sulas, satélites y naves espaciales que ni dan en bola. iY harto que nos reimos al verlas! Cada vez. que se acercan les estropeamos Ia tonterita esa... Det sabe sacar pica, Harta rabia da que se burlen de uno los demés, pero cuando se burlan de uno dentro del idem, es catacliptico. Me enfureci. —Vas a ver lo que es un laboratorio ~dije— y lo que voy a hacer contigo... Parti furiundo y Det se qued6 mudo. Yo iba a mi laboratorio y los pies me volaban como si tuviera esquis aéreos... Lo malo es que hace tiempo que no ten- 80 laboratorio asi que corrfa por la calle sin saber a dénde iba, Hasta que por fin tropecé con el Menta, que tiene su casita de diarios y revistas en la esquina del colegio. —¢Dénde vas tan apurado y seriote, Pa- pelucho? —me atajé. EI Menta es reamigo mio y siempre me ha ayudado. —Tengo un problema —le dije. —Aqui estoy yo para ayudarte —sus ojos se fruncieron miréndome—. {e duele mucho la nariz? —Muy poco. Pero dime, scémo curaban antes a los endemoniados? El Menta tiene recetas para todo y puso cara de eclipse. Remojé el pan con su té y Io derritié en su boca. —Eindemoniado o endemoniada? —pre~ gunté—. {No sera la Domitilita? —No es ella, pero otro de la familia... En tus revistas debe haber alguna receta. — Claro! —sorbié el té con tanta fuerza que por poco se traga hasta la taza—. Hay varios métodos: el naturista, el brujo, el eléc- trico y el magico. La cosa es saber qué clase de demonio tiene adentro. —Pongémosle que sea un demonio de esos del mediod{a —era el tinico que me acordé mas conocido. —¢Ese? —dijo el Menta echando un fla- to—. Ese se cura con pura brujerfa, —zCual brujeria? —Hay que tejer una calceta de puras ca- nas al aire... —Oye, Menta, no es chacota. El endemo- niado ya no se aguanta... El Menta se langiietes su diente de oroy me mir6 con paciencia. —Mejor me dices lo que sientes y yo te Preparo un agiiita especial. También él queria arrancarme mi se- creto. Por mucha rabia que tenga con Det yo cumplo mi promesa. Lo que pasa es que todo el mundo es curioso, igual que Adén. —Guéardate tus brujerias, tus canas al aire y tus agilitas —le dije—, yo pensé que con todas tus revistas y diarios sabrias algo de planetas, —iHaberlo dicho antes! —clamé sin- tético—. Los demonios planetarios hay que correrlos haciéndoles cruces con escoba que haya barrido tres ratones muertos... Después se echan a volar tres platillos desde un tercer 67 aa piso y se baja a recibirlos antes de que Teguen al suelo. —Tendrian que ser platillos de pluma- vit.. —alegué. jClaro! Se entiende, platillos vo- ladores... Ahi me llegé la onda. Estaba hecho el descubrimiento por pura casualidad, tal como debia ser... Fabricando un platillo vo- lador de plumavit podria irse Det y tal vez yo con él, hasta el mismo Marte. Me hinché de felicidad y tanto, que por poco se me sale el marciano por falta de hue- co. Pero ya ni me interesaba echarlo, por eso solté el aire y la alegria. Me di una vuelta de carneros y partf a chorro a mi casa. Mi invento estaba hecho! Resutta terrible tener que poner atencién en clase cuando uno tiene dentro una idea genial. Como si lo supiera, el Chuleta Pardo me enchufé toda la tarde sus antenas, y dale y 6 dale con preguntarme a mi como si fuera el tinico que habia en la clase. De tanto contestar me daba miedo que se me fuera la idea y por eso empecé a apun- tar en todos los cuadernos y en el escritorio Ja palabra clave: plumavit. —iQué escribes, Papelucho? —pregunts el profe. Y el tontén de Urquieta se apur6 en contestar: —HI puro nombre de su polola, padre... _—iCaramba! Con que polola... eh? dPiensas casarte luego? Las manos se me empufiaron, pero el pufiete para Urquieta tuve que echarlo a mi bolsillo mientras estaba en clase. —iNo, sefior! Y tampoco es polola. Escri- bi plumavit —dije serio. —@Plumavit? 2¥ qué significa para ti plumavit? —Por ahora es simplemente plumavit. —Tendrés de tarea una composicién es- crita sobre plumavit. Necesito tres paginas sobre eso que tan- to te interesa. —{lres paginas? Qué quiere usted que diga? —Eso es asunto tuyo. En realidad yo no 86 las razones de que te interese tanto... Ex- plicalo por escrito. Al terminar la clase, el Chuleta elevé tres dedos gordos y me dijo al salir: —Tres paginas, Papelucho. Ni una menos. Y el muy jet6n de Urquieta solté la risa miréndome. Ahi fue donde se me arrancé el pufiete del bolsillo y al Urquieta le soné el cachete como un balazo. . Rodé por el suelo, pero se levant6 de un brinco. ¥ resulta que es bueno para las cache- tadas y me aplasté la quemadura de la nariz. y creo que me dejé la cara plana, Menos mal que me quedaron los hoyos de narices por donde salié un chorro inmenso de sangre... Se armé el boche. Un cabro chico se desmayé y el propio Chuleta se fue poniendo verde. A mf me dio mas susto la verdura del Chuleta que 70. mi sangre, porque de todos modos la nariz me dolfa antes, y ahora, si no la tenia tendria que dejar de dolerme. Por suerte, en ese momento, Det empez6 a tocar musica. Era algo como trompetas ce- lestiales, bonito, suave, dulce. Y no supe més... Cuando desperté estaba en la enfermeria. En una camilla yacia el Chuleta Pardo inmenso y desvanecido, en otra Unquieta con dolor de muelas. Pero yo era el mas importan- te de todos porque habia un enfermero vesti- do de blanco respirando fétido encima de mi. —Tiene la nariz quebrada y ademés he- rida —decia—. Ser necesario un otorrino... Me enderecé indignado. —No es necesario —dije defendiéndo- me de esa grave operacién—. Estoy bien... —Pero soné otra vez la trompetita de Det, bail6 todo y se esfumé la escena. Cuando volvi a despertar estaba preso por una cadena de ojos: el enfermero, un doctor, el Chuleta y el propio Urquieta me traspasaban miréndome. El pobre Urquieta estaba turnio de horror, —Hay que operar —dijo una voz de ul- tratumba. Los ojos de Urquieta se cerraron perpetuos. Pensé en mi cara sin nariz, pero me consolé con la idea de no tener que sonarme nunca mas. —La herida de mi nariz es propia —dije con voz débil— No me la hizo Urquieta. La traje de mi casa. Me desmayé porque se me olvid6 tomar desayuno. Entonces me dejaron en “observacién’, que quiere decir en paz. El puro Urquieta se quedé conmigo con cara fiel, como la del Choclo. —Eres un buen tipo —dijo con ca- mraspera. ~Y ti eres bueno para los puiietes —le contesté. Quise sonreir pero mi cara se habfa puesto dura toda entera. —Yo creo que podrfan injertarte una na- riz —dijo Urquieta— y tal vez yo te puedo operar gratis cuando sea doctor. —Alt quieres ser doctor? le pregunté. —Eso depende de tu nariz —explicé. Con disimulo me toqué la cara y senti 73 que era suave y resbalosa, gorda y sin forma, dura como pelota de fatbol. Creo que eso me dio suefio y me dormi. Maiana decidiria si le importa a un inventor tener una pelota de fritbol en vez de cara. En todo caso a los mar- cianos no les importaria. Me desperté el Chuleta muy sonriente. —No te preocupes del castigo —me de- cfa con su boca espumosa—. Algiin dia me explicarés por qué te interesa tanto el plu- mavit. Ahora quiero que veas si puedes le- vantarte para Ilevarte a casa. Te Ievo en la camioneta del colegio. Alenderezarme me miré en sus anteojos y vique era yo mismo aunque un poco dis- tinto. La herida de mi nariz se habia chorrea- do y parecia un hot dog bien jugoso. Al verme, a la mamé se le desperté su amor maternal y a mi ni me importé que me compadeciera. Fila tiene derecho. —Lindo, con tal de que te metas en la cama te compro lo que quieras para entrete- nerte —suplicaba. —Creo que me conviene si me compra plumavit —tartamudeé en voz débil. 74 —¢Cuantos kilos? —pregunté toda humilde. —No muchos... Diez kilos por ahora —dije porque no me gusta abusar. Y ella parti a comprarlos. Me acosté sin zapatos, pero vestido. Te- nfa en mi cama al Choclo y me rodeaban su novia, la Ji y la Domi como esclavos. Yo es- taba de moda. Todos querian servirme, pero ni se me ocurria qué pedirles. La Domi me trajo merengues, la Ji sus juguetes, la novia del Choclo un hueso y el Papa un cuaderno nuevo para escribir mi diario. De pronto se abrié la puerta del dor- mitorio y entr6 algo blanco inmenso y es- Ponjoso que caminaba solo. Era como una nube gigante que se hubiera colocado en el dormitorio. Detras de ella of una voz que decia: —Te traje solo medio kilo, por ahora, Pero mafiana puedo traerte el res Y aparecié la mamé detrds de la nube. Mi cuarto quedo repleto de plumavit. 75 Fl Choclo y su novia empezaron a ladrar ylaJiarefr. A Det y aminos dio hipo, pero de alegria. Mi felicidad dur6 esa noche, pero como. dormia ni supe que era feliz. Amaneci atra- sado para el colegio, con romadizo y sin na- riz, pero tremendo de ideas geniales, No es que me crea genio, sino que creo que pueden ser ideas de Det, que tampoco es genio, pero piensa distinto. Como éles egoista y se aburre en la Tierra, solo piensa en volver a Marte y ni me deja a mi pensar en otra cosa que’el invento. Yo siempre supe la tabla del dos, pero hoy por su culpa, contesté todo mal. Ni si- quiera podia ofr lo que preguntaba el profe, porque todo el tiempo me repicaba el ovni, el platillo volador, el plumavit. —Papelucho, te he preguntado cuatro veces cuénto es siete por dos... —Son siete volts de amperes supremos... —dije autoservicio. —iAtiende, Papelucho! —Si, sefior. —jiContesta mi pregunta! —¢Cual pregunta? —Siete por dos, zcuanto es? ~— Olvide la tabla del siete el afio pasado —dije. —iOlvidaste también la del dos! —bra- m6 el profe. —No, sefior. La del dos estoy seguro de que la sé. Pero al siete le tengo alergia desde chico. Me da urticaria. —iAl patio hasta que atiendas! —su voz soné furiunda y salf obediente, pero retan- do a Det, que era mi turbador. No sabe sacar cuentas y tampoco entiende en electricidad, pero se mete. El profe salié detras de mi y me levé a un pilar. —Escucha, Papelucho —dijo con voz de abuelito de radio—. Ti tienes una preocu- Paci6n... :por qué no me la dices? Soy tu me- jor amigo. Lo miré rotundo. ;Qué se habia imagina- do de creerse mi mejor amigo? {Y mi padre? Z {Qué les ha dado a todos por ser mis mejores, amigos? —Cuando yo era chico tenia también grandes preocupaciones —siguié hablando porque no contesté y yo entretanto pensaba en. lo raro que debié ser como nifio con esas tre- mendas cejas diabélicas y esa boca escupien- te—, Dormia mal y no podia estudiar... Hasta que mi profesor, que era un sabio, me ayud6. —Si, pero usted no es sabio... —se me salié decirle. —Fso lo verds cuando me cuentes tu problema. Quiero ayudarte. Desde hace un tiempo ya no atiendes en clase. Tu madre est preocupada. A veces es mds fécil confiar en un amigo de afuera que en su propia mama... demas yo comprendo que ese golpe de tu nariz debi6 dolerte mucho... —y sacé del bol- sillo un caramelo que tuve que comerme. Mientras con la lengua le sacaba las hi- lachas y basuras, podfa yo pensar sin contes- tar y pensé que en verdad hay harta gente preocupada por mi. Tal vez me convenia aprovechar que estoy raro para poder hacer tranquilo mi invento y a lo mejor puedo ca- pear colegio. Ser raro a medias no vale la pena. Mas. vale ser raro de frentén. Por eso resolvi ha- blar lo que me decia Det. —2Qué chirimpoya de luna me dio a co- mer? —pregunté. —Un caramelo, Papelucho —dijo amable. —Sudor de luna con pelos —soplé Det. —Qué extrafio comentario, nifio. Aun- que tii asocias la Iuna con miel de caramelo, por lo de luna de miel, gverdad? —zQué es verdad? —difimos Det y yo. Al profe se le achoraron los ojos y la boca se le puso glucosa. Me tomé de la mano yme llev6 a la oficina. Al poco rato me habian mandado a dejar a mi casa en la camioneta con una cartita. Total que antes de media hora estaba instala- do en mi cuarto con todos mis montones de plumavit, una olla lena de engrudo y otra de manjar blanco y la mamé suplicéndome que me tragara la dichosa pastilla con el manjar. 7 ae Tave que comerme hasta el raspado de manjar blanco para que me pasara la pastilla Porque se me pegaba en el gaznate. Por fin me dediqué a disparar por la ventana pedazos de plumavit contando para saber cuanto rato duraban en el aire. Ninguno se vol6. Todos caian, Era mate- tial muerto atraido por el imn de la Tierra. No tenia vida de retroimpulso. jNo servia! Entonces lo disparé todo por la ventana. Qued6 la crema en Ia calle. Los perros lo olian y lo dejaban. Las mujeres recogian algtin pedazo y se lo Ilevaban. Los autos lo hacian volar un poco al pasar. Eso era todo. iAhi estaba mi famoso invento de “casuali- dad”, perdid Eso crefa yo en ese momento, sin sospe- char lo que iba a suceder... Mi cabeza desencantada colgaba por la ventana como un volantin enredado en los alambres, Se me querfa caer a la calle, pero la sujetaba. Todo se daba vueltas, el plumavit me pesaba en los ojos y Det roncaba en mi dentror como un gigante peludo. Quizés me habré dormido, pero fue en todo caso un suefio profético. Senti que mi cabeza se volvia escobilla de enceradora y giraba sacando lustre hasta elevarse en el aire. De pronto sent{ en mi bolsillo Ia cajita con pulgas y quise abrirla para darles liber- tad. Pero no pude hacerlo. Estaba tan lena que se atascaba. Parece que las pulgas se ha- bian casado todas y tenian tantos hijos que no cabjan ya en la mezquina caja. La abri con fuerza, pero con gran cuidado... Fueron saltando todas alegres y brillosas. Se Ilené el aire de puntitos café y la atmésfera se volvié estereof6nica y pal- pitosa de vida. Una cépsula de aire folel6- rico de pulguitas gaseosas me envolvia elevandome... Det se asomé a mi boca y rio feliz. —Ya vamos a conectarnos —dijo con ver- dadero tilimbre. All4 nos espera el comando y sabris lo choro que es no ver més la Tierra. Casi pensé en la mamé, el pap, la Ji y la Domi, pero dominé mis malos pensamientos. 82 Harto me habia costado conseguir zafarme de la tentacién de la carne... Un astronauta tiene que mirar su aventura, su invento y despre- ciar todo lo que deja atrds... Aceleré mi vio- lenta fuerza a fondo y las pulgas se apretaron, alrededor mio con impulso grado 8. Miré hacia abajo y villa Tierra chiquita y fomecita con sus inventitos desgraciados y sus aburridos problemas subdesarrollados. Resplandecia Marte cada vez mas grande, més cerca, més luminoso y saltarin, Era algo epiléptico de bella hermosura catacliptica y su imén chorividente atrafa mi cépsula voleéni- camente. Nuestra velocidad era un millén de kilémetros por segundo aftos luz. Amartizamos blandamente en el espu- ‘moso planeta donde nos esperaba un ejército marciano en traje de gala y envuelto en capas de olas de mar color violeta. Hablaban todos a un tiempo y el conjunto producfa una musica Pint6rica y violenta. Det se me salt6 fuera y fue a juntarse al grupo. Yo me sent igual que cuando me sacaron la muela picada... Pero lo segui de todos modos. 83 ee ¥ entramos en unos carruseles extrafios. A cada uno nos envolvia una custion como flor grande con olor de fruta desconocida y todo se iba poniendo como de plata brillan- te. Nos moviamos con el compas eléctrico de una maquina inmensa. Ni sé para qué serfa todo esto, pero en todo caso era algo distinto. Por eso le pre- gunté a Det: —,Cudl es el comando? Todos se ven iguales... —El total es el comando —explicé— y no hagas preguntas esttipidas. —Dime al menos si hemos hecho contacto. =, —Otra pregunta esttipida... {No lo sien- tes? —y no explicé nada mas y seguimos funcionando. Se ve que los marcianos no piensan. Puramente funcionan. jPara qué, digo yo? —Veo que somos parte de una maquina —dije—. ,Cudnto tiempo dura este trabajo? —diota, aqué no hay tiempo... AY no se aburren nunca? —pregun- +t6é—. No hay nada més que hacer? 84 ae —Yo me aburri —dijo Det calladito—, Por eso bajé a la Tierra a curiosear. Pero es- toy feliz de haber vuelto. jEso vale la pena! —Y siguié funcionando al gran compas. —Parece que no me voy a acostumbrar —le dije a Det—. No hay absolutamente nada més en qué entretenerse? Nadie me contests. Se ve que no enten- dian que a mi no me gustara hacer lo mis- mo durante afios y afios, aunque no exista el tiempo. —#Se muere uno alguna ver, siquiera? —

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