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LITERATURA

MAYA
PROLOGO

I. LA LITERATURA MAYA

H a sta n o so tro shan llegado numerosos testimonios de la cultura que crea­


ron los mayas prehispánicos, en un vasto territorio que comprende los ac­
tuales estados mexicanos de Yucatán, Campeche, Quintana Roo, parte de
Tabasco y parte de Chiapas; Guatemala, Belice y parte de Honduras. Entre
estos testimonios se encuentra un gran número de textos, escritos en carac­
teres jeroglíficos sobre piedra, estuco, madera, cerámica, hueso, jade y otros
materiales, y en códices elaborados con tiras de papel de amate o de piel de
venado. Todos estos textos constituyen la expresión gráfica de la historia,
ideas y sentimientos de los mayas; sin embargo, aunque ha habido conside­
rables avances en la labor de descifre de la compleja escritura que desarrolla­
ron los mayas, y gracias a esos logros sabemos que sus escritos tratan de as­
tronomía, cronología, religión, historia y actividades cotidianas de la comu­
nidad, no se ha podido encontrar la clave para descifrar la escritura, y mien­
tras no podamos leer sus códices e inscripciones, éstos forman parte del acervo
arqueológico y no del acervo literario.
El conocimiento de la escritura no estaba al alcance de todos los estratos
sociales del pueblo maya; más bien, era monopolio del grupo sacerdotal, que
en el período Clásico (300-900 d.C.) tuvo también el poder político; en el
período Posclásico (900-1500 d.C.) la escritura era enseñada no sólo a los
que habrían de ostentar cargos sacerdotales, sino también a los gobernantes,
y quizá a todos los nobles, pero siguieron siendo los sacerdotes quienes reali­
zaron y manejaron los códices. Esto no significa que el pueblo permaneciera
completamente ajeno al contenido de ellos, pues eran dados a conocer en las
festividades religiosas, en las cuales los sacerdotes hacían una transmisión
oral, apoyándose en los códices, que tal vez era más rica que los datos escri­
tos; asimismo, en estas ceremonias se llevaban a cabo representaciones dra­
matizadas de los mitos, los propios ritos y la historia, materias fundamenta­
les de los textos escritos.

IX
Como consecuencia de diversos cambios socio-políticos ocurridos en el
período Posclásico, que llevaron a los mayas a una decadencia cultural en
el último momento de esa época, a la llegada de los españoles ya no se reali­
zaban inscripciones en piedra y en estuco, pero todavía se elaboraban códices,
y, según los cronistas españoles del siglo xvi, éstos eran muy numerosos.
O sea, que el conocimiento de la escritura permanecía vivo, a pesar de la de­
cadencia. Sin embargo, sólo conservamos tres códices mayas: el Dresde, el
París (o Peresiano) y el Madrid (o Trocortesiano), que ningún maya puede
ya leer. ¿Qué ocurrió con los libros y con sus creadores?
Los frailes españoles, en su afán dogmático de “desterrar la idolatría” y
sabiendo tal vez que “los códices eran para los mayas algo más que el medio
de conservar sus conocimientos y sus tradiciones; eran el símbolo de todo
lo sagrado y digno de respeto, la clave para comprender el espacio y el tiem­
po y para situarse en ellos, la norma de vida y el principio de identidad de
su ser comunitario” ,1 destruyeron todos los libros que pudieron encontrar,
y los sacerdotes mayas fueron perseguidos, torturados y muertos. El obispo
Fray Diego de Landa, a quien debemos una de las obras más importantes
sobre la cultura maya, la Relación de las cosas de Yucatán, pero a quien hay
que atribuir también las más lamentables acciones en contra de los mayas,
entre las que está el famoso “Auto de fe de Maní” , escribe:

Hallárnosles gran número de libros de estas sus letras, y porque no tenían


cosa en que no hubiese supersticiones y falsedades del demonio, se los que­
mamos todos, lo cual sintieron a maravilla y les dio mucha pena.2

Así se perdieron, en los primeros siglos de la Colonia, los textos y quie­


nes los sabían leer; pero la conciencia maya de su propia identidad no murió
en todos con la conquista española; el afán de conservar por escrito sus tra­
diciones religiosas, sus ritos, su acontecer histórico, sus fiestas e, incluso, sus
vivencias de la naturaleza, trascendió al profundo cambio ocasionado por la
implantación violenta de un nuevo orden político-social y una nueva religión.
Algunos hombres mayas, lejos de abandonar su herencia cultural, aprovecha­
ron el aprendizaje del alfabeto latino para escribir, en su propia lengua, nue­
vos libros, que recogieron datos consignados en sus antiguos códices y las
tradiciones orales que eran complemento de ellos, así como los acontecimien­
tos y las emociones que a sus autores les tocó vivir. Al conjunto de estos
libros indígenas, escritos después de la Conquista, es a lo que podemos llamar
“literatura maya” .
Así, nuestro criterio para considerar un texto dentro de la literatura maya
es que haya sido escrito por hombres mayas, en una lengua mayanse y que
su contenido pertenezca a la tradición maya prehispánica que, aunque alte­

1 Mercedes de la Garza, La conciencia histórica de los antiguos mayas, Presentación


Alberto Ruz Lhuillier, Universidad Nacional Autónoma de México, Centro de Estudios
Mayas, México, 1975 (Serie Cuadernos, 11); p. 68.
2 Fray Diego de Landa, Relación de las cosas de Yucatán, 9.a ed., Introd. Angel María
Garibay, Edit. Porrúa, México, 1966 (Biblioteca Porrúa, 13); p. 105.

X
rada e influida por la cultura occidental, pervivió entre los grupos indígenas
después de la llegada de los españoles.
Partiendo de este criterio, no consideramos como literatura maya, prime­
ro, los textos en lenguas mayanses, cuyo contenido no es indígena; por ejem­
plo, registros eclesiásticos y administrativos, literatura bíblica, catecismos,
himnos, sermones, bulas papales, cuentos europeos, y gramáticas y dicciona­
rios elaborados desde el siglo xvi. Segundo, los libros sobre la tradición maya
prehispánica escritos por frailes, soldados y encomenderos españoles con dis­
tintas finalidades que van, desde la misión evangelizadora y un verdadero
interés de conocimiento, hasta el afán de congraciarse con la Corona españo­
la. Y tercero, los textos de tradición maya, obtenidos de informantes indíge­
nas en los siglos xix y xx por etnohistoriadores, con la excepción de aquellos
en los que claramente perviven elementos de la antigua cultura maya.

II. RELACION DE LOS PRIN CIPA LES LIBRO S MAYAS

En el vasto territorio maya se hablan actualmente veintisiete lenguas ma­


yanses, y fuera del territorio, hacia el norte de Veracruz y sur de Tamaulipas,
encontramos una más, el huasteco. Este grupo de lenguas quizá forma parte
de un grupo mayor, el macromaya, que a su vez está emparentado con otras
grandes divisiones lingüísticas. Norman Me Kuown supone que la diversifi­
cación de estas lenguas se inició, a partir de un primer grupo ubicado en los
altos de Guatemala, desde 1800 a.C., y ha hecho la siguiente clasificación de
la familia mayanse:
1. HUASTECANO: huasteco, chicomucelteco (cotoque).
2. CHOLANO: chontal, chol, chortí.
3. TZELTALANO: tzeltal, tzotzil, tojolabal.
4. CHUJ.
5. KANJOLABANO: jacalteco, kanjobal, solomeco.
6. M O TOCINTLECO .
7. MAME ANO: mam, aguacateco, ixil.
8. QUICHEANO: rabinal (achí), uspanteco, quiché, cakchiquel, tzutuhil.
9. KEKCH IANO : kekchí, pokonchí, pocomán.
10. MAYA: yucateco, lacandón, itzá, mopán.3
En algunas de estas lenguas se escribieron los libros indígenas colonia­
les, lo cual pudo lograrse gracias a la extraordinaria labor de los primeros
misioneros españoles; éstos, por necesidades de la evangelización, adaptaron
los caracteres latinos para representar los sonidos de las lenguas mayanses, e
inventaron símbolos especiales para glotalizar consonantes, que no existen en
español, como la C H ’, la DZ y la P \ Además de crear el sistema de repre­
sentación gráfica, que surgió después de no pocas dificultades, los frailes es-

3 Norman Me Quown, The Classification of the Mayan Languages, International Jour­


nal of American Linguistics, Vol. X X II, No. 3, Indiana, 1956. “Los orígenes y la diferen­
ciación de los mayas, según se infiere del estudio comparativo de las lenguas mayanas” , en
Desarrollo cultural de los mayas, edit. Evon Z. Vogt y Alberto Ruz Lhuillier, Universidad
Nacional Autónoma de México, Centro de Estudios Mayas, México, 1971.

XI
7 CHORTI 17 K A N JG SA L 23 ACHI
8 TZELTAL 18 IXíL 24 QUICHE
9 TZOTZIL 19 USPANTECO 25 C A K C K IC U EL
10 TO JO LABAL 20 KEKCHI 26 TZUTUHIL
11 CHUJ 21 PO CO M CH I
12 JACALTECO 22 PO CO M AN
pañoles estudiaron y ordenaron los diversos elementos del lenguaje, elaboran­
do un buen número de gramáticas y vocabularios.
Este trabajo, al lado del afán de los indígenas por conservar su historia y
tradiciones, fue la base de la sobrevivencia de la literatura maya prehispánica
en nuevos libros, entre los que destacan, por su importancia histórica y lite­
raria, algunos debidos a los quichés, a los cakchiqueles y a los yucatecos.
Entre ellos encontramos textos religiosos, históricos, cronológicos, astronómi­
cos, médicos, literarios y legales; pero es muy difícil hacer una clasificación
temática de los libros, ya que la mayor parte de ellos reúne varios tipos de
textos. Por eso, en la relación de las obras principales, que hacemos a conti­
nuación, éstas aparecen ordenadas conforme a la lengua en la que fueron
escritas. (Los libros que se reeditan en esta antología se señalan con un as­
terisco.)

TEXTO S EN YUCATECO

Libros de Chilam Balam.


Provienen de distintos poblados de la península de Yucatán, de los que
toman sus diferentes nombres: *Chumayel, Tizimín, Káua, Ixil, Tecax, Nah,
Tusik, Maní, Chan Kan, Teabo, Peto, Nabulá, Tihosuco, Tixcocob, Telchac,
Hocabá y Oxkutzcab. Las copias conocidas pertenecen a los siglos x v m y
xix. De los de Teabo, Peto, Nabulá, Tihosuco, Tixcocob, Telchac, Hocabá
y Oxkutzcab sólo se tienen referencias, y no hay seguridad de que en todos
los casos se trate de un libro independiente; por ejemplo, el Teabo parece
ser el mismo que el Tecax; el Hocabá es quizá otro nombre de Káua; el
Peto puede haber surgido de una mala interpretación de la palabra “pueblo” .
Estos libros reciben su nombre del sacerdote taumaturgo llamado Chilam
Balam, que vivió un poco antes de la llegada de los españoles y que se hizo
famoso por predecir el advenimiento de hombres distintos y de una nueva
religión. Su profecía aparece en varios de los libros, al lado de predicciones
semejantes de otros sacerdotes. El nombre se compone de dos términos:
ckilán, “el que es boca” y balam, “jaguar o brujo” , por lo que puede tradu­
cirse como “brujo profeta” . Este personaje vivió en Maní, y quizá de ahí
proviene el hecho de nombrar así a los libros, pues se menciona por primera
vez en una transcripción hecha por Pío Pérez: “Hasta aquí termina el libro
titulado Chilambalam, que se conservó en el pueblo de M an í...” 4
Los Libros de Chilam Balam no son obras estructuradas y con un sentido
unitario, sino que cada libro es una recopilación de los escritos más diversos
y procedentes de diferentes épocas. En ellos encontramos: textos religiosos:
míticos (algunos de los cuales son fruto del sincretismo maya-cristiano), ri­
tuales y proféticos (tablas de profecías de los katunes o períodos de 20 años;
de los tunes o años y de los kines o días, así como profecías sobre la llegada
de los españoles); textos cronológicos: explicaciones sobre el calendario indí­

4 Alfredo Barrera Vásquez y Silvia Rendón, El Libro de los Libros de Chilam Balam,
4.* ed., Fondo de Cultura Económica, México, 1969 (Col. Popular, 42); pp. 9-10. Códice
Pérez, trad. Ermilo Solís Alcalá, Imprenta Oriente, Mérida, 1949; p. 137.

X III
gena y almanaques; textos astronómicos, con influencia europea; textos his­
tóricos: desde crónicas con registros de fechas, hasta acontecimientos aisla­
dos; textos literarios, y una variedad de escritos no clasificados.

* Cantares de Dzitbalché.
Proceden de Dzitbalché, Campeche. Recopilados en el siglo xvm . Es un
conjunto de dieciséis cantos sobre rituales, como el de sacrificio por flecha-
miento y la ceremonia de Año Nuevo; oraciones; cantos a la orfandad, a la
naturaleza y a las doncellas que van al matrimonio.

* Códice de Calkiní.
Llamado por algunos Chilam Balam de Calkiní o Crónica de Calkiní. Pro­
cede de Calkiní, Yucatán. Siglo xvn (?). Está compuesto por varias relacio­
nes sin orden cronológico, pues se trata de una recopilación. Habla del linaje
de los Canules; de la extensión y límites del territorio que les pertenecía; de
sus hombres ilustres, y de la conquista española realizada por Montejo. En
los documentos aparecen las fechas de 1579, 1582 y 1595. El último pasaje
parece haber sido añadido posteriormente, pues data de 1821.

Códice Pérez.
Recopilación de varios textos procedentes de Maní, Ticul, Sotuta y otros
sitios de Yucatán. Siglo xix. Contiene algunos textos del tipo de los Libros
de Chilam Balam. Incluye gran parte del Chilam Balam de Maní, y otros escri­
tos del mismo sitio. Se piensa que la tercera parte del códice se basa en el
Chilam Balam de Oxkutzcab, que se ha perdido. Encontramos en él tablas y
correlaciones de los calendarios cristiano y maya; material profético; alma­
naques, y fechas históricas. Hay también una copia parcial del Chilam Balam
de Ixil, parte de los Documentos de tierras de Sotuta y del Tratado de tie­
rras de Maní y la Crónica de Chac-Xulub-Chen, escrita por Pech Ah Nakuk,
llamada también Crónica de Chicxulub y Códice Nakuk pech. Procede de
Chicxulub, Yucatán. Siglo xvi. Relata la conquista española y otros acon­
tecimientos de Yucatán entre 1511 y 1562. Tiene algunos apéndices que in­
cluyen una lista de los conquistadores españoles.

Crónica de Maní (con versión en español).


Procede de Maní, Yucatán, 1557-1813. Consta de una copia en yucateco,
de finales del siglo xvi, y de otra en español, del siglo xvn, del Tratado de
tierras de Maní, perteneciente a 1557. Incluye una copia del mapa de la pro­
vincia de Maní, textos en yucateco y español, escritos entre 1624 y 1813, y
dos mapas de Calkiní de los siglos x v i i y xvm .

Crónica de Yaxkukul, escrita por Pech Ah Macán.


Procede de Yaxkukul, Yucatán, siglo xvi. Se trata de una crónica de la
conquista española y otros acontecimientos de Yucatán, ocurridos entre 1511
y 1553. Incluye una crónica escrita por Ah Naum Pech en 1541, listas de los
conquistadores españoles y datos sobre los límites de Yaxkukul. Es muy se­
mejante a la Crónica de Chac-Xulub Chen.

XIV
Crónicas de los Xiú (con versión en español).
Llamadas también Libro de probanzas, Papeles de la familia Xiú, Manus­
crito de Ticul y Crónica de Oxkutzcab. Proceden de Maní, Yucatán. 1608-
1817. Recopilación de documentos relativos a la familia Xiú, reyes de la pro­
vincia de Maní. Muchos de los escritos son pruebas de nobleza y “proban­
zas” , en las que se establecen límites de tierras y se piden privilegios para
los Xiú, que se consideraban poseedores legítimos del pueblo de Oxkutzcab.
Contiene un pequeño registro histórico con el árbol genealógico de la fami­
lia, y al final, uno de los autores, Juan Xiú, declara que en 1685 copió el
texto de un antiguo libro jeroglífico. Como los asuntos cubren los años de
1533 a 1545, dicho texto jeroglífico habría sido escrito durante la conquista
española y constituiría un caso excepcional, ya que no se sabe de otros libros
jeroglíficos mayas escritos después de la llegada de los españoles.5

Documentos de tierras de Sotuta (con versión española de Gaspar Anto­


nio Chi).
Proceden de Sotuta, Yaxcabá y otros sitios de Yucatán, 1600. Se descri­
ben los límites del territorio de Sotuta, como estaban establecidos en 1600,
de acuerdo con la división de Ñachi Cocom, de 1545. Incluye acuerdos terri­
toriales realizados en Yaxcabá en 1600.

Documentos de Tabí (con versión en español).


Proceden de Tabí, Yucatán. 1569-1821. Documentos legales con infor­
maciones sobre la época prehispánica y acontecimientos históricos del si­
glo XVI.

Libros del judío.


Proceden de la Península de Yucatán. Siglos x v m y xix. Un conjunto
de diez libros, de los cuales los primeros cinco están en yucateco y los res­
tantes en español. Son textos de medicina maya que hablan de síntomas y
curaciones de enfermedades, así como del uso de plantas nativas como re­
medios.

Ritual de los Bacabes.


Procede de Yucatán. Siglo xvm . Consta de cuarenta y dos textos médi­
cos de carácter ritual, en los que se alude a las principales creencias míticas
de los mayas.

Títulos de Ebtún (con versión en español).


Proceden de la provincia Cupul, Yucatán. Siglos xvi a xix. Son títulos
y tratados de tierras, con información sobre la sociedad colonial, las finanzas
de los indígenas, la tenencia de la tierra y las leyes, así como una breve infor­
mación histórica y mapas locales tardíos.

5 Ralph L. Roys, The Indiatt Background of Colonial Yucatan, Carnegie Institution


of Washington, Washington, 1943.

XV
TEXTO S EN CHONTAL

Texto chontal, en Papeles de Paxbolon-Maldonado (con traducción española


de la misma época).
Es el único texto conocido en chontal. Se conserva una copia procedente
de Tixchel, Campeche, 1614. Fue escrito en náhuatl en 1567, un año des­
pués de que Pablo Paxbolon tomara el cargo de Cacique y Gobernador de
Tixchel. En 1612 se hizo una traducción al chontal para Martín Maldonado,
realizada por el amanuense nativo del pueblo. Contiene una probanza de mé­
ritos y servicios de Pablo Paxbolon, que se divide en tres partes: a) Una re­
lación de las generaciones de reyes de Acalán, desde los tiempos prehistóri­
cos hasta el siglo xvi. Termina con una genealogía de Pablo Paxbolon. b) Lis­
ta de 76 localidades de Acalán. c ). Relato de sucesos de Acalán-Tixchel desde
los tiempos de Cortés hasta 1604. Aparentemente fue escrita en 1610. Con­
tiene datos importantes, como el de la muerte del gobernante mexica Cuauh-
témoc.6

TEXTO S EN QUICHE

* Popol Vub.
Llamado también Popol Buj, E l libro del consejo, Manuscrito de Chichi-
castenango, Libro del común, Libro Nacional de los quichés, Historias del
origen de los indios de esta provincia de Guatemala. Procede de Santa Cruz
del Quiché, Guatemala. Escrito por un miembro del linaje Kavek, alrededor
de 1550-1555, que pudo haber sido Diego Reynoso. Se inicia con la cosmo­
gonía quiché, en la que ocupa el lugar principal la creación del hombre, que
es formado de masa de maíz, después de que los dioses creadores han fra­
casado haciendo hombres de barro y de madera. Dentro del mito cosmogó­
nico destaca también el origen del Sol y de la Luna, que resultan de la apo­
teosis de dos héroes culturales, Hunahpú e Ixbalanqué.
Después del relato cosmogónico, la obra presenta la historia de los gru­
pos quichés: su origen; sus migraciones; la fundación de sus ciudades; sus
relaciones, tanto de paz, como de guerra, con los otros grupos de Guatemala,
y los hechos de sus reyes. Esta parte nos habla también de su organización
política, social y religiosa, de sus rituales y de sus conceptos sobre los dioses
y sobre el sentido de la vida humana. Nos ilustra, asimismo, sobre los otros
grupos que poblaron Guatemala durante el período Posclásico, y sobre el
carácter determinante dé la influencia tolteca en el mundo maya.

* Rabinal Achí.
Procede de San Pablo de Rabinal, Guatemala. Drama indígena llamado
por sus creadores ‘"Baile del tun” , cuyo asunto es un ritual de sacrificio de
un guerrero del linaje Kavek, realizado por los de Rabinal. En 1850 uno de

6 France V. Scholes y Ralph L. Roys, The Maya Chontal Indians of Acalán-Tixchel,


University of Oklahoma Press, Norman, 1968 (The Civilization of American Indian Series).

XVI
sus depositarios, Bartolo Sis, de San Pablo de Rabinal, lo transcribió y lo dio
a conocer, pero dicha transcripción ha desaparecido.

* Título de los Señores de Totonicapán.


Procede de Totonicapán, Guatemala. 1554. Es un título de propiedad
que refiere la historia del pueblo quiché, desde sus orígenes, hasta mediados
del siglo xv. Señala los hechos más importantes, sobre todo los de carácter
guerrero. Hasta ahora sólo se conocía una traducción española hecha a me­
diados del siglo xvn, cuyo autor, Dionisio José Chonay, dice haber omitido
la primera parte por referirse a la creación del mundo según la Biblia; pero
recientemente Robert M. Carmack dice haber encontrado el manuscrito ori­
ginal en quiché, en posesión de los Principales de San Miguel Totonicapán.7

Título C ’oyoi.
Procede de Utatlán, Guatemala. Escrito por miembros de la rama Quej-
nay de los quichés, entre 1550 y 1570. Incluye dos pinturas. Es una narra­
ción de la llegada de los fundadores de linaje; sus migraciones; la posible
fundación de Utatlán; las conquistas del rey Quikab, y una visión de la con­
quista española Hay una petición de tierras en la que se enumera las pro­
piedades territoriales de los C’oyoi.

Títulos Nijaib.
Cuatro documentos que asientan los derechos sobre las tierras de la rama
Nijaib de los quichés.
Nijaib I: Llamado también Título de la casa de Ixcuin Nehaib, Señora del
territorio de Otzoya. Procede de la región de Quetzaltenango, Guatemala.
Escrito entre 1550 y 1560. Contiene datos sobre la vida del rey Quikab y
sobre la historia de los quichés antes de la Conquista; incluye declaraciones
sobre el tributo que se pagaba a Moctezuma, y termina con un importante
relato de la conquista española de la región de Quetzaltenango.
Nijaib II: Llamado también Título Real de Don Francisco Izquín Nehaib.
Procede de Momostenango, Guatemala. 1558. Es una carta de nobleza de
Don Francisco Izquín Nehaib que registra los nombres de las familias quichés
Kavek, Ahau Quiché, Ilocab y Tamub. Contiene una historia de la conquista
y el tributo en Verapaz, río Chixoy, y Quetzaltenango, hacia 1501.
Nijaib I I I: llamado también Antiguo título quiché. Procede de la región de
Momostenango, Guatemala. 1542. Señala las fronteras de las tierras cercanas
a Momostenango e incluye datos sobre Izquín Nehaib y los quichés de la
rama Ilocab.
Nijaib IV: Procede de Santa Cruz del Quiché. 1555. Es un título del terri­
torio de Otzoya, que describe los límites políticos y menciona a los señores
quichés, ilustrándonos sobre sus relaciones políticas.

Título del Ajpop Huitzitzil Tzunún. Noticias de la conquista y batalla que


Don Pedro de Alvarado ganó en el Pinar de Quetzaltenango.

7 Robert Carmack et al., La formación del reino quiché, Instituto de Antropología


e Historia, Ministerio de Educación, Guatemala, 1975 (Publicación especial, 7).

XVII
Procede de Quetzaltenango, Guatemala. 1567. Es una Probanza y Título
de Martín Velázquez Ajpop Huitzitzil Tzunún, confirmando su posición
como “principal y cabeza de su calpul” y su derecho sobre las tierras. Con­
tiene una breve narración sobre la conquista quiché de los mames del área
de Culajá, y de eventos de la conquista española en Quetzaltenango. Incluye
una relación de Pedro de Alvarado, fechada en 1524.

Título de los indios de Santa Clara la Laguna.


Procede de Santa Cruz del Quiché, Guatemala. 1583. Escrito por miem­
bros del linaje Kavek. Contiene una breve declaración de las fronteras de
tierras, pero incluye una historia de las migraciones y genealogía quiché, que
aparece en el mismo orden que en el Popol Vuh.

Título de los Señores de Sacapulas (con versión en español).


Llamado también Título territorial de los Señores de Sacapulas o Título
Sacapulas. Procede de Santo Domingo Sacapulas, Guatemala. 1551. Se acom­
paña de un mapa circular donde se asientan por escrito los límites de tierras,
y de dos pequeños documentos, uno en quiché y otro en español. Fue escrito
por señores de los linajes Canil y Tolteca de Sacapulas. Relata los orígenes
quichés, sus migraciones y asentamientos alrededor de Sacapulas, con genea­
logías y derechos de los oficios políticos dentro de la comunidad.

Título Tamub.
Llamado también Historia quiché de Don Juan de Torres. Procede de
la región de Totonicapán, Guatemala. 1580. Fue escrito por miembros de la
línea Ekoamak’ de los Tamub Quichés. Es un título que señala los límites
territoriales y relata la historia de los Tamub: migraciones, organización po­
lítica y genealogías. Corrobora y complementa los datos contenidos en el
Popol Vuh sobre los Kavek, Nijaib y Ahau Quiché.

TEX TO S EN CAKCH IQ UEL

* Anales de los cakchiqueles.


Llamado también Memorial de Sololá, Memorial de Tecpán-Atitlán, Ma­
nuscrito cakchiquel y Anales de los Xahil de los indios cakchiqueles. Procede
de Sololá, Guatemala. Fines del siglo xvi y principios del x v i i . Es el primer
manuscrito indígena conocido (fines del siglo xvii). Fue escrito principal­
mente por dos miembros del linaje Xahil: el autor de la primera parte fue
Francisco Hernández Arana, nieto del rey cakchiquel Hun Ik ’ y testigo de la
Conquista en 1524; en 1573 empezó a transcribir las tradiciones de su lina­
je, y continuó hasta su muerte (1582 ?). En 1583 Francisco Díaz, también
del linaje Xahil, prosiguió la relación, registrando eventos del pueblo. Se ini­
cia con referencias de unas declaraciones testimoniales rendidas por indios
conversos. Después relata el mito del origen del hombre, creado de masa de
maíz, tras el cual viene una narración histórica que parte del origen de los
linajes cakchiqueles, señalando los nombres de los diversos grupos que, pro­
X V III
cedentes de un lugar remoto más allá del mar, llegaron a Tulán para recibir
a sus dioses y sus dignidades políticas. Refiere la salida de Tulán hacia la
actual Guatemala; menciona los sitios que tocaron las tribus en su larga
peregrinación, las guerras contra otros pueblos, la fundación de sus ciudades
y, sobre todo, sus relaciones de paz y de guerra con los quichés, que fueron
determinantes en su historia.
Dentro del relato histórico encontramos varias leyendas míticas, que ex­
presan sus conceptos religiosos y el sentido de sus rituales. Toda esta pri­
mera parte es muy semejante al Popol Vuh, y nos corrobora la veracidad de
sus datos históricos y la comunidad de creencias religiosas en Guatemala.
La segunda parte narra los hechos de la conquista española, no sólo refi­
riéndose a los cakchiqueles, sino también dando a conocer el sometimiento
de los quichés. Después se convierte en un registro anual de acontecimien­
tos de escasa importancia, que va de 1571 a 1604.

* Historias de los Xpantzay. Trasunto de los títulos de tierras de Tecpán,


Guatemala (con versión española de 1659).
Proceden de Tecpán, Guatemala. 1550s. Son tres documentos que en
1659 los indios de Tecpán presentaron como prueba de sus derechos sobre
las tierras, para lo cual fueron traducidos al español.
El primero, titulado Historia de los Xpantzay de Tecpán, Guatemala, re­
lata el origen del grupo y señala los linderos de sus tierras. E l segundo,
Guerras comunes de quichés y cakchiqueles, refiere la participación cakchi­
quel en las actividades militares de los quichés, durante los reinados de Gu-
cumatz y Qikab. El tercero, llamado Testamento de los Xpantzay, narra la
historia de la dinastía reinante de los Xpantzay, dando detalles sobre la mi­
gración cakchiquel en el área del Lago Atitlán.

Título Chajoma.
Procede de San Martín Xilotepeque. 1555. Escrito por los cakchiqueles
de la rama Chajoma. Es un título de propiedad que contiene una lista de
toponímicos prehispánicos y nombres de los grupos sociales de la región cak­
chiquel. Incluye breves referencias a la historia cakchiquel y listas de reyes.

TEXTO S EN POKONCHI

Título del barrio de Santa Ana.


Procede de San Cristóbal Verapaz (Cahcoh), Guatemala. 1565. Señala
los límites de tierras del barrio de Santa Ana en el siglo xvi. Proporciona
algunos datos sobre los orígenes legendarios y un registro de acontecimien­
tos religiosos y posesiones de tierras de principios del siglo xvi.

TEXTO S IN D IG EN A S EN ESPAÑOL

Incluimos aquí dos obras escritas en español porque obviamente son de

XIX
tradición indígena y es muy probable que hayan sido trasladadas de origina­
les en quiché y tzutuhil que se perdieron. Ellas son:

Papel del origen de los señores o Título Zapotitlán.


Procede de la región de Zapotitlán, Guatemala. 1579. Se encuentra en
la Relación geográfica de Zapotitlán y Suchitepec enviada al Rey por el Co­
rregidor Juan de Estrada, 1579. Contiene la genealogía e historia de los
reyes de Utatlán, tal vez escritas para pedir la legitimación de los reyes del
área de Zapotitlán. Es una versión diferente a la versión oficial de la capital
quiché, por lo que constituye una fuente de inestimable valor para el conoci­
miento de la historia de los quichés. Por su composición, parece ser una casi
exacta transcripción del original en quiché.

Relación' de los caciques y principales del pueblo de Atitlán o Relación Tzu­


tuhil.
Procede de Atitlán, Guatemala. 1571. Es una breve y clara descripción
de la organización política y social de los tzutuhiles de Atitlán, en la época
prehispánica. Asimismo, relata la conquista española y la imposición de tri­
buto a los tzutuhiles por parte de los españoles. Se mencionan los nombres
de seis señores, que aparecen también en un documento de 1563, que regis­
tra la disputa entre dos facciones de los tzutuhiles de Atitlán. En esta disputa
se presentaron dos “pinturas” o códices prehispánicos tzutuhiles, por lo que
puede pensarse que la Relación Tzutuhil se basó en documentos prehispá­
nicos.8

III. PROPOSITOS CON LO S QUE FUERON ESCRITO S


LOS LIBRO S MAYAS

El sentido de la creación de nuevos textos mayas, a partir del momento


de la Conquista, sólo puede ser cabalmente comprendido si tomamos en
consideración por qué realizaron obras escritas los mayas prehispánicos, pues
aunque la elaboración de textos en la época colonial responde, en gran me­
dida, a nuevas necesidades surgidas de la conflictiva situación que trajo con­
sigo el dominio español, sus autores fueron herederos de una peculiar con­
cepción del cosmos que nos ayuda a explicar el afán de los antiguos mayas
por registrar sus logros científicos, sus conceptos religiosos y su historia.

8 Robert M. Carmack, Quichean Civilization, The Ethnohistoric, Ethnographic and


Archaeological Sources, University of California Press, Los Angeles, 1973. Para conocer
la historia de cada una de estas obras, desde su descubrimiento hasta su actual localiza­
ción, las copias, publicaciones y comentarios que se han hecho de ellas, consúltese, ade­
más, Charles Gibson y John B. Glass, "A Census of Middle American Prose Manuscripts
in the Native Historical Tradition” , en Guide to Ethnohistorical Sources, part four, Editor
Howard D. Cline, University of Texas Press, Austin, 1975 (Handbook of Middle American
Indians, No. 15). Alfred M. Tozzer, A Maya Grammar, Papers of the Peabody Museum
of American Archaeology and Ethnology, Harvard University, Vol. IX, Cambridge, Mas-
sachusetts, 1921.

XX
P E N IN S U L A
DE Y U C A T A N G U A T E M A LA
1X1L 1 UTATLAN
C H U M A YE L 2 IX IM C H E
TIZIMIN 3 STA. CR U Z DEL Q U ICH E
MANI 4 C H IC H IC A STE N A N G O
KAUA 5 SO LO LA
C H IXC U LU B 6 TO TO NICAPAN
TIXKOKOB 7 TECPAN
8 TEABO 8 R A B IN A L
9 OXKUTZCAB 9 QUETZALTENANGO
10 TELCHAC 10 SACAPU LAS
11 TEKAX
12 PETO
13 C H AN KO M
14 TIH O SU C O
15 H O C A BA
16 CALKINI
17 DZITBALCHE
18 EBTUN
19 YA X KU KU L
20 SOTUTA
21 T U SIK
Los mayas destacaron por una notable preocupación por el hombre, que
se expresa fundamentalmente en su arte escultórico, y por unos conocimien­
tos científicos que sobrepasaron en muchos aspectos a los de todas las cultu­
ras antiguas del mundo. Ambos aspectos no están desvinculados entre sí, ya
que la ciencia surgió entre los mayas por un afán de comprender y mejorar
la vida del hombre. Los grandes cálculos cronológicos y astronómicos de los
mayas responden a una original idea del mundo y la temporalidad, que con­
siste en considerar al universo como un conjunto de energías divinas en cons­
tante movimiento, regidas por una ley cíclica. El mundo, creado por los dio­
ses mediante un proceso de ordenamiento, destrucción y reordenamiento, es
para ellos escenario y manifestación constante de los seres divinos que son,
tanto las grandes fuerzas naturales: astros, tierra, agua, viento y fuego, como
los períodos de tiempo; éstos son concebidos en forma de deidades que re­
corren el espacio en un movimiento cíclico ordenado, trayendo sobre el mun­
do y los hombres cargas de influencias benéficas o maléficas.
Así, en tanto que los astros y el tiempo son dioses, y de los dioses de­
pende la existencia del hombre, podemos decir que la ciencia astronómica y
cronológica surgió de la necesidad de conocer las energías divinas para pro­
teger a los hombres, planear su vida material y planear su propia historia.
Por ejemplo, los mayas calcularon con gran exactitud el ciclo de Venus,
que es de 584 días, midiendo su aparición como estrella matutina, su desa­
parición, su reaparición como estrella vespertina y su nueva desaparición.
Pero este cálculo se realizó porque se creía que, en su nacimiento como es­
trella de la mañana, Venus surgía del inframundo y, por ello, venía cargada
con las influencias maléficas del dios de la muerte, que caerían sobre los
hombres. Por tanto, los sacerdotes se afanaron por conocer con exactitud el
día del orto helíaco de Venus, y de registrar por escrito sus conocimientos,
para prevenir a la comunidad y prepararla para el peligro de muerte al que
se enfrentaría (los cálculos sobre Venus se encuentran en el Códice Dresde).
Además de los astros, los períodos de tiempo divinos influyen sobre el
mundo y los hombres: cada día traía una carga de influencias benéficas o
maléficas, que determinaban el destino de los nacidos en él, y las acciones
individuales y colectivas, por lo que se creó un calendario de los días, calen­
dario ritual constituido por veinte signos y trece numerales, el cual debía
ser consultado para elaborar los horóscopos y antes de realizar cualquier acti­
vidad. Quienes lo manejaban eran los sacerdotes, de modo que ellos fijaban
el día propicio para cada una de las labores agrícolas, para las bodas, para
la construcción, para los rituales de purificación, para las fiestas, etcétera,
pues si una actividad se llevaba a cabo en un día maléfico, fracasaría.
Lo mismo ocurría con los ciclos mayores, como los katunes (períodos de
20 años de 360 días), que eran, en el momento de la Conquista, la base para
medir el tiempo. Las fechas se registraban por la “cuenta de los katunes” o
u kahlay katunob ( “cuenta corta” ), procedimiento que sustituyó a un com­
plejo sistema de fechar en el que se incluían otros varios ciclos y se utili­
zaba una fecha Era (la llamada “cuenta larga” o “serie inicial” , que se usó
durante el período Clásico). Sólo había trece katunes de diferente nombre,
debido a que únicamente podían finalizar en los días Ahau del calendario

XXII
ritual; se presentaban en un orden descendente y alternado: Katún 13 Ahau,
Katún 11 Ahau, Katún 9 A hau..., Katún 12 Ahau, Katún 10 Ahau, Katún
8 Ahau... El ciclo se cerraba cuando llegaba de nuevo cualquiera de los trece
katunes, o sea, cada 256 años, y entonces volvían a darse las mismas influen­
cias divinas, por lo que los hechos ocurridos en el katún anterior del mismo
nombre se repetirían. Con base en esta creencia, los sacerdotes consignaban
en sus códices todos los acontecimientos, registrando antes que nada la fecha,
y llevaban un cómputo sistemático del tiempo, para saber cuándo retornaría
el katún. Al acercarse el fin del ciclo, consultaban sus libros, pues lo ahí re­
gistrado constituía el futuro que esperaba a la comunidad, y daban a conocer
al pueblo las profecías. En el Códice Pérez se asienta:

Así lo escribieron con sus signos los grandes sacerdotes cuando averigua­
ron el orden que deben llevar los Katunes; para saber las calamidades de cada
Katún..?

Así, encontramos que uno de los propósitos esenciales que tenía la reali­
zación de textos era la posibilidad de prepararse para recibir el futuro, acep­
tando las influencias benéficas de los dioses y conjurando las maléficas por
medio de múltiples rituales, lo cual indica que los mayas pensaron que po­
dían, de algún modo, cambiar el futuro.
En síntesis, el maya se afanó por conocer el ritmo de los astros y por
computar el tiempo con toda exactitud, para programar las actividades bási­
cas de la comunidad, en especial la agricultura, que fue el fundamento de su
vida material. Pero la preocupación por el conocimiento del mundo y la tem­
poralidad no está desligada de la preocupación histórica, más bien es esen­
cialmente un afán de comprender el devenir de la vida del hombre, y cimiento
para que los hombres planeen su propia historia, decidiendo su futuro con
base en su pasado.10
Este sentido radical que tuvo la elaboración de textos escritos para el
maya prehispánico fue determinante en la creación de los libros mayas post-
hispánicos, y tan es así, que son precisamente estas obras las que nos han
proporcionado la información básica, corroborando los datos arqueológicos y
epigráficos, para acercarnos a la comprensión de los conceptos mayas prehis­
pánicos.
Por su propia palabra, sabemos que los autores de los textos mayas colo­
niales, que fueron seguramente sacerdotes y nobles conocedores de sus códi­
ces antiguos y de sus tradiciones orales, se impusieron la obligación de pre­
servar la herencia de sus antepasados; la herencia espiritual: sus creencias
religiosas, y la herencia material: sus tierras, ante la invasión espiritual y
material de los españoles. El medio para lograr tal fin fueron los textos que,
como hemos visto, recogen los mitos y rituales indígenas, confirman la no­
bleza y antigüedad de los linajes, y prueban la legítima posesión de las tie­
rras. Por ello, todos los textos fueron libros de la comunidad, Popol Vuh o
Popolhuun, y eran guardados cuidadosamente por alguna familia principal

9 Códice Pérez, p. 215.


10 Vid de la Garza, op. cit.

X X III
del pueblo, y heredados de padres a hijos. En muchos de ellos, fundamental­
mente los de contenido histórico, encontramos que los diversos depositarios
anotaron durante siglos enteros las cosas que consideraron de importancia
para la comunidad, dignas de ser recordadas o útiles para la defensa de su
territorio, y ésta fue la manera de mantener la identidad y perpetuar el ser
histórico de los grupos mayas..
Los cronistas españoles nos corroboran el sentido comunitario de los libros
mayas, que ellos conocieron y muchas veces utilizaron para redactar sus rela­
ciones sobre los mayas. Antonio de Fuentes y Guzmán, por ejemplo, autor
de la Recordación florida, que hace referencia a varios textos quichés, nos
dice:
En distintos manuscritos de los citados, se halla la propia noticia y tradi­
ción de la certeza de su linaje, que es cuaderno de los Calpules o familias nobles
del pueblo de Sta. Catarina Istaguacán, escripto en veinte, y ocho fojas, por un
cacique dellos, Don Francisco Careta Calel Ysumpam...n

En la mayor parte de los libros encontramos la declaración de la finali­


dad que llevó al autor a escribir, y de acuerdo con tal finalidad, podemos
dividir los textos principales en dos grandes grupos: los que predominante­
mente buscan preservar la herencia espiritual, y los que buscan preservar la
herencia material, aunque muchos de los escritos persiguen ambas cosas y no
sea tan legítimo separar los intereses religiosos de los meramente económicos.

Los libros sagrados de la comunidad


A los textos del primer grupo les llamaremos aquí “los Popol Vuh o
Popolhuun sagrados ’ , ya que su contenido es fundamentalmente religioso y
fueron elaborados con el fin principal de ser leídos en reuniones de la comu­
nidad indígena, siguiendo la tradición de los antiguos sacerdotes, quienes
transmitían al pueblo el contenido de sus códices por medio de discursos
pronunciados en las ceremonias religiosas. López Cogolludo asienta:

Tenían fábulas muy perjudiciales de la creación del mundo, algunos (des­


pués que supieron) las hicieron escribir, y guardaban, aun ya cristianos bauti­
zados, y las leían en sus juntas.12

Sólo que estas nuevas ceremonias eran reuniones clandestinas que se lle­
vaban a cabo en las noches y en lugares lejanos al pueblo, debido a la perse­
cución de que era objeto tal tipo de actos y quienes los realizaban. Hay múl­
tiples testimonios, escritos por españoles, por los que sabemos que los frailes
sometían a los indios a diversos tormentos físicos para obligarlos a confesar
los actos de idolatría.13

11 Antonio de Fuentes y Guzmán, Recordación florida. Discurso historial y demostra­


ción natural, material, militar y política del Reyno de Guatemala, 3 vols., Biblioteca “Goa-
themala” de la Sociedad de Geografía e Historia, vols. VI-VIII, Guatemala, 1932.
12 Fray Diego López Cogolludo, Historia de Yucatán, 3.a ed., 2 vols., Imprenta de
Manuel Aldana Rivas, Mérida, 1867; vol. I, p. 310.
13 Vid France V. Scholes y Eleanor B. Adams, Don Diego Quijada, Alcalde Mayor
de Yucatán, 2 vols., Antigua Librería Robredo de José Porrúa e hijos, México, 1938 (Bi­
blioteca histórica mexicana de obras inéditas, 14 y 15).

XXIV
Fray Francisco Ximénez, que logró obtener de los quichés el manuscrito
del Popol Vuh, nos ilustra sobre el valor que sus textos sagrados tenía para
los mayas, al relatar:

Pero como fue con todo sigilo que se conservó entre ellos con tanto secre­
to, que ni memoria se hacía entre los ministros antiguos de tal cosa, e indagan­
do yo aqueste punto, estando en el Curato de Santo Tomás Chichicastenango,
hallé que era Doctrina que primero mamaban con la leche y que todos ellos casi
lo tienen de memoria, y descubrí que de aquestos libros tenían muchos en­
tre sí...14

Entre los libros sagrados, que claramente fueron escritos con el propó­
sito fundamental de fortalecer la religión maya y “desterrar el cristianismo” ,
frente al afán de los frailes de “desterrar la idolatría” , los más importantes
son el Popol Vuh, los Anales de los cakchiqueles y los Libros de Chilam
Balam, aunque eventualmente estas obras también pudieron haber servido
para confirmar la autenticidad de los linajes y defender los derechos sobre
las tierras.
Los textos religiosos e históricos de estas obras, que en algunas partes
tienen influencia cristiana, fueron muy probablemente redactados utilizando
antiguos códices, pues la complejidad de los mitos y la abundancia de datos
históricos que poseen no pudieron haber sido retenidos en la memoria for­
mando parte únicamente de la tradición oral. El autor del Popol Vuh nos lo
confirma cuando dice:

Esto lo escribiremos ya dentro de la ley de Dios, en el Cristianismo; lo


sacaremos a la luz porque ya no se ve el Popol Vuh, así llamado... Existía el
libro original, escrito antiguamente, pero su vista está oculta al investigador y
al pensador...15

En los Anales de los cakchiqueles encontramos una notable diferencia en­


tre la primera parte, donde se narra la historia del pueblo cakchiquel, según
“las historias de nuestros primeros padres y abuelos...” ,16 con registros de
fechas y una concordancia de datos con el Popol Vuh, y la segunda parte,
donde se relata la Conquista y los acontecimientos ocurridos desde entonces.
Esto nos sugiere que, como en el Popol Vuh, el autor pudo tener a la vista
un antiguo códice jeroglífico. Esta misma diferencia se aprecia en los Libros
de Chilam Balam, donde los mitos, las profecías y los registros históricos,
aunque sufrieron modificaciones por los sucesivos copistas de los textos, se
distinguen claramente de los escritos que a lo largo de los años fueron agre­
gándose al núcleo original. Los fragmentos antiguos de los diferentes Chila-
mes, que refieren los mismos acontecimientos, son llamados “textos de fondo”
por Alfredo Barrera Vásquez y Silvia Rendón, quienes realizaron un impor­
tante cotejo de varios de ellos titulado Libro de los libros de Chilam Balam.

14 Fray Francisco Ximénez, Historia de la provincia de San Vicente de Chiapa y Gua­


temala, 3 vols., Biblioteca “Goathemala” de la Sociedad de Geografía e Historia, vols. I-III,
Guatemala, 1929; vol. I, p. 5.
15 Popol Vuh, Vid infra, p. 11.
16 Anales de los cakchiqueles, Vid infra, p. 114.

XXV
En los libros sagrados, tradición histórica y mitología se presentan entre­
mezcladas. El relato se inicia generalmente como la narración de la historia
de las tribus, por lo que podría pensarse que se trata sólo de textos histó­
ricos; pero para ellos no hay oposición entre historia y mito; al referir la
historia se dan a conocer como lo esencial las ideas religiosas, pues se hace
partir la narración del origen mítico del mundo y el hombre, y a lo largo del
texto se enfatiza el lugar principal que ocuparon los dioses en la historia de
las tribus; se describen los rituales; se intercalan otros mitos, y se presenta
a los gobernantes como hombres sabios y poderosos por su obediencia a las
deidades y su cumplimiento de los rituales, entre los que está la adivinación
del futuro por medio de los libros sagrados. Dice el autor del Popol Vuh:

Grandes Señores y hombres prodigiosos eran los reyes portentosos Gucu-


matz y Cotuhá, y los reyes portentosos Quicab y Cavizimah. Ellos sabían si se
haría la guerra y todo era claro ante sus ojos; veían si habría mortandad o
hambre, si habría pleitos. Sabían bien que había donde podían verlo, que existía
un libro por ellos llamado Popol Vuh. Pero no sólo de esta manera era grande
la condición de los Señores. Grandes eran también sus ayunos. Y esto era en
pago de haber sido creados y en pago de su reino. Ayunaban mucho tiempo y
hacían sacrificios a sus dioses.17

Los Libros de Chilam Balam no constituyen un relato ordenado de la


historia de cada grupo; sin embargo, entre los textos aislados que los inte­
gran, encontramos también los mitos cosmogónicos, los orígenes históricos,
los rituales y la exaltación de los gobernantes:

Verdaderamente muchos eran sus “Verdaderos Hombres” . No para vender


traiciones gustaban de unirse unos con otros; pero no está a la vista todo lo que
hay dentro de esto ni cuánto ha de ser explicado. Los que lo saben vienen del
gran linaje de nosotros, los hombres mayas. Esos sabrán el significado de lo que
hay aquí cuando lo lean. Y entonces lo verán y entonces lo explicarán y enton­
ces serán claros los oscuros signos del Katún. Porque ellos son los sacerdotes.18

Todo ello nos indica que estos libros sagrados siguieron teniendo, como
los antiguos códices, el sentido de afirmar el poder de los gobernantes loca­
les, dentro del tradicional sistema político maya, y de servir de base para la
transmisión de los mitos y para el ritual de adivinación, aunque es posible
que, a causa de la persecución religiosa, esta práctica ritual pronto se haya
perdido.
Los textos escritos para ser cantados, bailados o representados, de los
que conocemos E l libro de los cantares de Dzitbalché y el Rabinal Achí, pa­
recen haber tenido, como los anteriores, el propósito de afirmar entre los
mayas sus convicciones religiosas, mantener su identidad histórica y exaltar a
los reyes, pues en esas ceremonias clandestinas de los primeros siglos de la
Colonia se hacían también representaciones dramáticas. Fuentes y Guzmán
refiere:

17 Popol Vuh, Vid infra, p. 94.


18 Libro de Chilam Balam de Chumayel, Vid infra, p. 226.

XXVI
Danzan, pues, cantando alabanzas del santo que se celebra; pero en los
bailes prohibidos cantaban las historias y los hechos de sus mayores y de sus
falsas y mentidas deidades...19

Estos bailes prohibidos, o “bailes del tun” , se representaron durante los


siglos xvi, x v i i y xvm , y fueron siempre considerados como actos religiosos,
ya que los actores se confesaban, se preparaban con ayunos y abstinencias,
ejecutaban ritos antes de la representación, y esperaban algún castigo divino
después de ella.20
Por todo esto, los manuscritos que contenían el texto de las represen­
taciones, y que probablemente eran legados de padres a hijos dentro de las
familias de maestros oficiales de danzas o holpopob, pueden también ser con­
siderados como libros sagrados de la comunidad. En ellos, además de conser­
varse los rituales prehispánicos, se hacen alabanzas de los antepasados. El
Canto 5 de E l libro de los cantares de Dzitbalché, por ejemplo, dice que es
necesario medir la cuenta de los katunes, desde el tiempo en que se constru­
yeron las antiguas ciudades mayas, y, al referirse a sus constructores, afirma
que fueron “los grandes y poderosos hombres” . En seguida declara por qué
se escribieron esos cantares:

Lo que signifique / aquí en los poblados, damos; / el significado, / el cual


vemos hoy, / y lo que sabemos / porque día / a día vemos / en medio de los
cielos / la señal de lo que / nos fue dicho por / los hombres antiguos / hom­
bres de aquí / de nuestros pueblos, / de aquí de nuestra tierra. Damos / lo cier­
to de nuestra intención / para que se pueda / leer lo que / hay en la faz del /
cielo al entrar la / noche, así desde / el horizonte hasta el meridiano...

Así pues, la lectura de los libros sagrados y las representaciones de tipo


dramático, acompañadas de ritos de purificación y de otros rituales, eran ce­
remonias religiosas, de algún modo semejantes a las grandes fiestas de la
época prehispánica. Sólo que aquí había algo más: una intensa actitud defen­
siva, por la cual se trataba de dar a la comunidad una motivación para recha­
zar el dominio político, económico y espiritual'.de los españoles. Así, mien­
tras los frailes trataban de evangelizar a los indígenas, con la convicción de
que los llevaban al camino de la verdad y de la salvación, -los sacerdotes
mayas buscaban afirmar en ellos la confianza en sus dirigentes y en sus creen­
cias, su valor y su dignidad como pueblo que, tanto frailes como autoridades
españolas, habían invalidado. Indudablemente, ésta es una de las causas radi­
cales de las múltiples rebeliones indígenas que se han llevado a cabo desde
la conquista española hasta nuestros días, y nos explica también el hecho de
que, de algún modo, no se haya perdido el principio de identidad y la fuerza
comunitaria del pueblo maya, aunque haya desaparecido lo más rico de sus
creaciones culturales.

19 Fuentes y Guzmán, op. cit., pp. 212-213.


20 Rene Acuña, Introducción al estudio del Rabinal Achí, Universidad Nacional Autó­
noma de México, Centro de Estudios Mayas, México, 1975 (Serie Cuadernos, 12); pp.
147-148.

XXVII
Los textos legales: crónicas, probanzas y títulos
Los textos escritos con la finalidad de preservar la herencia material de
los mayas son principalmente crónicas, títulos de propiedad, tratados de tie­
rras y probanzas de méritos y servicios, que fueron redactados por los miem­
bros de algunas familias nobles, muchas veces a petición de las autoridades
españolas, para confirmar la legítima posesión de las tierras, para solicitar
privilegios o para limitar los tributos. Pero como los autores tratan de probar
la nobleza de sus linajes y la antigüedad de ellos en la posesión de las tierras,
muchos de los escritos son importantes textos históricos, con un rico acervo
de datos sobre la historia y la organización política y social de los antiguos
mayas, y otros ponen el énfasis en registrar los acontecimientos de la con­
quista española y nos dan una valiosa información sobre la sociedad colonial.
Estos escritos eran presentados ante las autoridades coloniales, principal­
mente en los litigios de tierras o sobre los tributos, como prueba de los de­
rechos del grupo, y eran también libros comunitarios, que estaban en manos
de las familias de Principales y se heredaban de padres a hijos.
Casi todos los autores declaran el motivo que los llevó a escribir, que va
desde el deseo de que su linaje sea conocido, hasta problemas concretos. Por
ejemplo, el Texto chontal constata que Pablo Paxbolon compareció ante el
escribano público Juan Bautista:

y dijo que tenía necesidad que tomasen los dichos de los viejos porque quiere
saber y oír cómo empezó y cómo vienen sus abuelos y padres, reyes antiguos; lo
cual declararon y dijeron los que se nombran Alonso Chagbalam y Luis Tuzin,
muy viejos...21

Mucho más explícitos son los autores del Códice de Calkiní y de las H is­
torias de los Xpantzay. El primero afirma haber escrito para que no se olvi­
dara el trato de los calkinienses y los mopilaenses sobre los límites de su
territorio:

Nada de pleitos ni envidias. Ni nadie deberá gritar porque no sea suyo (el
bosque). Ésta es la causa de que demos el título, nuestra palabra, nosotros los
calkinienses, para que sea visto por los hijos de los mopilaenses que vienen
atrás.22

Y el segundo, dirigiéndose a sus hijos, declara:

Si por acaso os hiciere mal Don Francisco Ordóñez y dijere que no tenéis
linaje, hijos míos, ya veo que querrá provocar un pleito. Por eso me pongo
ahora a escribir vuestra estirpe, vuestro nacimiento.23

Muchos de estos textos, por su carácter legal, no fueron realizados con


la libertad que se advierte en los libros sagrados, sino que predomina en
ellos la necesidad de ajustarse a los requerimientos de los españoles. Por
ejemplo, en los títulos quichés hay un especial interés por mostrar sus rela-

21 Scholes y Roys, op. cit., p. 367.


22 Códice de Calkiní, Vid infra, p. 438.
23 Historias de los Xpantzay, Vid infra, p. 426.

XXVIII
dones con la familia reinante de Utatlán, porque ello les permitía obtener
mayores privilegios. En algunos casos, los misioneros pedían a los nativos
adaptar la historia de sus migraciones a los relatos bíblicos, quizá con el fin
de que fueran mejor tratados por los encomenderos. Es posible que por ello
encontremos tan marcada influencia cristiana en libros como el Título de los
Señores de Totonicapán.24
Sin embargo, estos textos no dejan de ser importantes documentos para
el conocimiento de la historia e instituciones de los mayas prehispánicos y de
la organización política y social de la Colonia.

IV. CONTENIDO Y FORMA D E LOS LIBRO S MAYAS

Desde un punto de vista formal, no todos los textos mayas pueden ser
considerados como obras literarias, pues mientras que algunos de ellos son
verdaderas obras poéticas en las que destaca la riqueza del lenguaje y los
recursos estilísticos, la mayoría está formada por documentos de carácter me­
ramente legal, que tienen sólo un valor histórico. Fue fundamentalmente en
los escritos de carácter religioso, y en algunos textos históricos y médicos,
donde los mayas expresaron su sensibilidad poética, su capacidad imagina­
tiva y su riqueza espiritual, por lo que son éstos los libros que, a nuestro
parecer, constituyen la aportación maya a la literatura universal.
Al igual que todas las literaturas de las grandes culturas pre-griegas del
Viejo Mundo y las orientales, los escritos literarios de los mayas son primor­
dialmente una manifestación de las vivencias religiosas y de la preocupación
histórica, y fueron realizados con un fin práctico, no con un fin propiamente
artístico. Además, los libros revelan una mentalidad y una concepción sui
generis del mundo y de la vida, de ahí que sea muy difícil hacer una clasi­
ficación de ellos basándose en los géneros clásicos establecidos en la cultura
occidental, pues, de acuerdo con este criterio, resultaría que casi todas estas
obras son a la vez épicas, líricas, dramáticas, didácticas e históricas. Sin em­
bargo, los diversos temas que contienen los libros determinan ciertas dife­
rencias estilísticas, lo que nos permite dividir la obra escrita de los mayas en
cuatro grandes grupos: literatura mítica y profética; literatura ritual; litera­
tura médica, astronómica y calendárica, y literatura histórica y legendaria.
En los puntos anteriores hemos resumido el contenido particular de los
principales textos mayas, y nos hemos referido a la temática para tratar de
explicar el sentido y la finalidad de la creación de estos escritos. Aquí dare­
mos una visión general del contenido, destacando los temas concretos' que,
a nuestro parecer, son medulares en la literatura maya, ya sea porque son
comunes a los textos de Yucatán y de Guatemala, o porque aparecen en la
mayoría de los escritos de una de estas dos regiones, y haremos algunas con­
sideraciones sobre el estilo de los libros mayas.

24 Carmack, Quichean Civilization, p. 21.

XXIX
Literatura mítica y profética
Intercalado en los escritos históricos, en las profecías, en los textos mé­
dicos, etcétera, hay un importante material mítico en las obras mayas. En­
contramos, desde relatos aislados, hasta los grandes mitos cosmogónicos, que
tratan de dar una explicación general del universo.
Entre los mitos particulares, que a veces están integrados a los relatos
cosmogónicos, tenemos, por ejemplo, los del origen del fuego (Anales de los
cakchiqueles y Popol Vuh); la explicación de las características físicas de
ciertos animales (Popol V uh); el origen del tiempo ( Chilam Balam de Chu-
mayel); el origen de la oscuridad y de la noche (Anales de los cakchiqueles);
el castigo a la soberbia (Popol V uh); el nacimiento milagroso de los héroes
culturales (Popol Vuh).
En los relatos míticos aislados se menciona a diversas deidades, por ejem­
plo: patronos de actividades humanas: Hunbatz y Hunchouen, de los flau­
tistas y artesanos (Popol Vuh) y Cit Bolon Tun, de los médicos (Libros de
Chilam Balam ); guardianes de la naturaleza, como Zaquicoxol, del fuego
(Anales de los cakchiqueles); dioses tribales, como Tohil, de los quichés
(Popol V uh); provocadores de las enfermedades, como los dioses de Xibal-
bá (Popol V uh); y los del Metnal (Ritual de los Bacabes); los dioses de los
puntos cardinales o Bacabes (Libros de Chilam Balam, Ritual de los Bacabes),
etcétera.
Hay también varios mitos que explican el origen de los rituales, como
el de Tolgom, “el hijo del lodo que tiembla” (la ciénaga), que es asaeteado
por los cakchiqueles durante su peregrinación, relato que fundamenta el ri­
tual de sacrificio por flechamiento, que se realizaba cada año en el mes
XJchum, quinto del calendario cakchiquel (Anales de los cakchiqueles). Otro
mito de este tipo es el de Tohil, dios protector de los quichés: el principal
problema de las tribus durante su peregrinación desde Tulán era que no
tenían fuego, pero éste les fue dado a los quichés por Tohil, y cuando las
demás tribus lo piden, el dios demanda a cambio el sacrificio de venados, de
aves y de hombres. Aquí se explica el origen del sacrificio humano por ex­
tracción del corazón (Popol Vuh).
En el mismo libro encontramos expresado míticamente el origen del rito
de adivinación con granos de maíz: en el proceso de formación del hombre
aparecen los adivinos Ixpiyacoc e Ixmucané, quienes, por medio de los gra­
nos, pronostican que serán buenos unos hombres hechos de madera.
El mito del origen del Sol y de la Luna en el Popol Vuh, donde los per­
sonajes centrales juegan a la pelota con los dioses del inframundo, nos revela
el sentido simbólico de este juego que, aunque a la llegada de los españoles
tenía un carácter más profano que religioso, debe haber sido un importante
ritual, como lo muestra la existencia de campos de juego en los centros cere­
moniales. Entre los nahuas, el juego simbolizaba, al lado de otras significa­
ciones, la lucha de los astros en el cielo, la pugna de las fuerzas luminosas
contra las fuerzas oscuras; los aztecas nos presentan a su dios Huitzilopochtli
(el Sol) luchando en el campo de juego contra Coyolxauhqui y los Centzon-
huitznahuac (la Luna y las estrellas). En el libro quiché, el juego parece estar
también aludiendo al movimiento de los astros, sólo que no nos presenta una

XXX
oposición entre la Luna y el Sol, sino entre los seres luminosos (Sol y Luna)
y los seres de la oscuridad (los dioses del inframundo), por lo que la lucha
no sólo representa la dinámica astral, sino también la pugna de los principios
de vida, representados por los seres celestes, y los principios de muerte, sim­
bolizados por los seres infr aterres tres, de la cual resultan vencedores los pri­
meros.25
La expresión religiosa más importante en los textos es el mito cosmogó­
nico, que aparece en el Popol Vuh, los Anales de los cakchiqueles y los Libros
de Chilam Balam. Estos relatos del origen del cosmos son fundamentales
también para conocer las ideas cosmológicas y las ideas que del hombre y
los dioses tuvieron los mayas prehispánicos, y nos revelan, asimismo, que
tanto los mayas de Yucatán como los de Guatemala compartieron la misma
cosmovisión con los grupos nahuas, lo que expresa un trasfondo de creencias
religiosas comunes a nivel mesoamericano.
El mito cosmogónico del Popol Vuh es el más completo y significativo
entre los mitos mesoamericanos sobre el origen. Relata la creación como un
proceso que va desde la decisión de los dioses de crear el cosmos, hasta la
formación del hombre, que completa y da sentido a la obra de los dioses.26
En los Anales de los cakchiqueles no se menciona la creación de la natura­
leza, sino únicamente la formación del hombre, y el mito aparece después de
que se ha iniciado el relato de la historia del pueblo cakchiquel; pero es nota­
blemente semejante al mito del Popol Vuh. En los Libros de Chilam Balam,
fundamentalmente en el de Chumayel sí encontramos, aunque en textos in­
conexos, las ideas sobre el origen del mundo, y algunas oscuras menciones
del origen del hombre, según ei pensamiento maya. Estos fragmentos están
escritos, como casi todos los textos míticos de los Libros de Chilam Balam,
en un lenguaje enigmático, plagado de términos cristianos, por lo que, a pri­
mera vista, parecería que se trata de mitos cosmogónicos diferentes a los
quichés y cakchiqueles; pero un análisis cuidadoso de ellos, estableciendo
una comparación de su contenido con el de los mitos de Guatemala y los
nahuas, nos ha permitido saber que, a su manera, los mayas de Yucatán ex­
presaron las mismas ideas cosmogónicas básicas que aquéllos.
El mito del Popol Vuh, armónicamente estructurado, se inicia con la
imagen de los dioses creadores, situados en un escenario estático de mar y
cielo, donde se llevará a cabo la obra de creación. El agua aparece en este
mito como el principio generador mismo, ya que se identifica con los dioses
creadores. Estos son llamados Tepeu y Gucumatz, nombres ambos de Quet-
zalcóatl, el dios creador del mito náhuatl. En la narración del manuscrito
cakchiquel no se mencionan estos dioses, y en el Chilam Balam de Chumayel
el principio vital que sostiene al mundo aparece como una “serpiente de vida
con los cascabeles de su cola” ,27 lo que claramente alude a Quetzalcóatl, la
serpiente emplumada.

25 Mercedes de la Garza, El hombre en el pensamiento religioso náhuatl y maya,


Prólogo Miguel León-Portilla, Universidad Nacional Autónoma de México, Centro de Es­
tudios Mayas, México, 1978, (Serie Cuadernos, 14); p. 45.
26 Ibidem, p. 37.
27 Libro de Chilam Balam de Chumayel, Vid infra, p. 243.

XXXI
En el Popol Vuh el mundo surge de la palabra de los dioses, que es fuer­
za mágica y energía creadora; por medio de esta fuerza, la tierra emerge de
las aguas y se forman los valles y las montañas. En seguida son creados los
animales, cuya aparición es explicada como una necesidad de romper la inmo­
vilidad y el silencio, es decir, de dar movimiento al mundo. El Chilam Balam
de Chumayel expresa la misma idea de dinamismo, pero de una manera más
abstracta: lo primero que se crea es el tiempo, y una vez dinamizado el es­
pacio, aparecen los distintos seres:

Cuando no había despertado el mundo antiguamente, nació el Mes y em­


pezó a caminar solo... nacido el Mes creó el que se llama Día y creó el cielo
y la tierra, por escala: agua, tierra, piedras y árboles.28

Sobre los animales, que no son mencionados en el texto cakchiquel ni en


el de Chumayel, el Popol Vuh nos dice que los dioses les repartieron sus
moradas y les pidieron que hablaran, que los invocaran por haberlos creado.
Pero los animales no pudieron hablar y los dioses los mandaron habitar en
los barrancos y los bosques, y los condenaron a ser comidos y utilizados por
el hombre, lo cual expresa ya la meta de la creación: formar seres que reco­
nozcan y veneren a los dioses. Este propósito se confirma cuando los dioses
deciden:

— ¡A probar otra vez! Ya se acerca el amanecer y la aurora; ¡hagamos al


que nos sustentará y alimentará! ¿Cómo haremos para ser invocados, para ser
recordados sobre la tierra...? Probemos ahora hacer unos seres obedientes, res­
petuosos, que nos sustenten y alimenten. Así dijeron.29

En este fragmento se hace patente el concepto que del hombre, el mundo


y los dioses tuvieron los mayas prehispánicos. Al decirnos que el objetivo
de los dioses al crear el mundo no es sólo que haya quienes los reconozcan
y los veneren, o sea, seres conscientes, sino también la necesidad de los dio­
ses de ser alimentados, nos dan a conocer que para los mayas sustentar a las
deidades es su misión esencial sobre la tierra, y que los dioses no son per­
fectos, sino que requieren ser alimentados por los hombres para poder sub­
sistir. Así, los dioses dependen de los hombres, como los hombres dependen
de los dioses. El hombre, por esta responsabilidad existencial, aparece como
un ser diferente de los otros que habitan el mundo.
A partir de este momento, en que se pone de manifiesto que la creación
del hombre es lo que da sentido a la creación del universo, el relato del
Popol Vuh se concentra en los intentos de los dioses de formar hombres cons­
cientes. Intentan primero hacerlo de barro, pero fracasan, pues estos seres no
tenían entendimiento y se deshicieron con el agua. Después hacen hombres
de madera, que hablaban y se multiplicaban, pero tampoco reconocieron a
los creadores, y fueron aniquilados por medio de un diluvio. Esta catástrofe
cósmica es mencionada también en varios fragmentos del Chilam Balam de
Chumayel, del Chilam Balam de Maní y del Ritual de los Bacabes, y coincide

28 Ibidern, pp. 253, 254.


29 Popol Vuh, Vid infra, p. 15.

XXXII
con la desaparición del universo del mito de los nahuas, lo que nos corrobora
también la comunidad de creencias, respecto del origen, en Mesoamérica.
El texto de Chumayel menciona la formación de un hombre de barro,
después de la creación del tiempo, y habla en otro fragmento de unos hom­
bres que fueron gigantes y que procedían de unos seres semidivinos llamados
Guerreros; pero pone el énfasis en la descripción de la catástrofe, que sobre­
vino porque los nueve dioses del inframundo (Bolontikú) roban el principio
de vida (la serpiente emplumada) a los trece dioses de los cielos (Oxlahun-
tikú), lo que ocasiona la destrucción del mundo y de los hombres:

Y fueron enterrados por la orilla de la arena en las olas del mar. Y enton­
ces, en un solo golpe de agua, llegaron las aguas. Y cuando fue robada la Gran
Serpiente, se desplomó el firmamento y hundió la tierra.30

El mito del libro de Chumayel coincide con el mito náhuatl, que tam­
bién habla de la existencia de gigantes en uno de los Soles y de la destruc­
ción cósmica por agua, por lo que podemos pensar que igualmente alude a
varias Edades previas en las que vivieron distintas clases de hombres; y el
Popol Vuh coincide con ambos al referir, además de la catástrofe, la exis­
tencia anterior de diferentes hombres. En cuanto al libro de los cakchiqueles,
concuerda con el Popol Vuh y con el Chilam Balam de Chumayel al men­
cionar al hombre de tierra que no respondió al propósito de los dioses.
En el Popol Vuh y en los Anales de los cakchiqueles encontramos después
el relato de la aparición de los hombres actuales, aquellos que van a satis­
facer el requerimiento de las deidades, y que son formados de masa de maíz.
Estos hombres coinciden con los llamados “hombres amarillos” en el texto
de Chumayel, que son los hombres de maíz, los mayas actuales; y corres­
ponden también a los hombres creados por Quetzalcóatl en el Quinto Sol,
cuyo alimento es el maíz, de los que habla el mito náhuatl.
Tanto el texto quiché como el cakchiquel nos dicen que una vez que los
dioses decidieron hacer al hombre de masa de maíz, varios animales partici­
paron en la formación, consiguiendo el grano en una tierra de la abundancia
llamada Paxil. En el mito náhuatl se señala la misma idea: las hormigas con­
ducen a los dioses creadores al lugar donde se hallaba el maíz, también un
sitio de la abundancia, llamado Tonacatépetl. Es este alimento, que fue la
base de subsistencia de los pueblos prehispánicos, lo que va a permitir en
los mitos que el nuevo hombre sea cualitativamente diferente de los ante­
riores, que sea un ser consciente; es decir, que para ellos “no es el espíritu
el que infunde vida a la materia, como ocurre en otras cosmogonías, sino
la materia la que condiciona el espíritu” .31
Según el Popol Vuh fueron cuatro varones y cuatro mujeres los primeros
hombres formados, y según los Anales de los cakchiqueles, trece hombres y
catorce mujeres. En la primera obra no aparecen al mismo tiempo los varo­
nes y las mujeres, lo cual se debe a que los hombres resultaron perfectos:

30 Libro de Chilam Balam de Chumayel, Vid. infra, p. 243.


31 De la Garza, El hombre..., p. 46.

XX XIII
Fueron dotados de inteligencia; vieron y al punto se extendió su vista, al­
canzaron a ver, alcanzaron a conocer todo lo que hay en el mundo. Cuando
miraban, al instante veían a su alrededor y contemplaban en torno a ellos la
bóveda del cielo y la faz redonda de la tierra... Grande era su sabiduría; su
vista llegaba hasta los bosques, las rocas, los mares, las montañas y los valles.32

En la vista están simbolizados la conciencia y el conocimiento, por lo


que “ver todo” significa ser perfecto, autosuficiente. Los dioses interrogan
a los hombres, y al oír su respuesta se dan cuenta de su perfección y esto les
disgusta; no quieren un hombre así, pues puede no venerarlos ni procrear;
los dioses necesitan a un hombre carente, que requiera de ellos, así como
ellos requieren de los hombres, y, por ello, les echan un vaho sobre los ojos
para que “no vean más que un poco” , es decir, les quitan la perfección.
Esta idea, que no aparece en el texto cakchiquel, ni en los Libros de
Chilam Balam, ni en el mito náhuatl, tiene quizá alguna influencia cristiana,
pues se parece a la pérdida del Paraíso en el Génesis; sólo que para los
quichés la perfección se pierde limitando el conocimiento, mientras que en
el Génesis se pierde adquiriéndolo, y la contingencia humana se explica por
una decisión de los dioses, no por una falla del hombre. La idea expresada
en el Popol Vuh es acorde con el sentido que tenía la vida del hombre para
los pueblos prehispánicos: alimentar a sus dioses porque éstos son insufi­
cientes, idea que dista mucho de la hebrea, en la que Dios es omnipotente
y perfecto. Así, aunque el escritor quiché pudiera haber tenido alguna in­
fluencia bíblica, el sentido esencial de esta parte del mito no es cristiano.
Una vez perdida la perfección de los hombres, aparecen en el Popol Vuh
las mujeres, para dar alegría y compañía al hombre y para engendrar a los
hijos. Las primeras parejas humanas, en los dos textos de Guatemala, se mul­
tiplican y dan lugar a las tribus quichés y cakchiqueles, y una vez que estas
tribus estuvieron establecidas en sus lugares de asentamiento, aparece el Sol,
completándose la obra de creación. La misma idea de la aparición del Sol
después de la de los hombres se manifiesta en el Chilam Balam de Chumayel.
Pero en el Popol Vuh encontramos un mito que, con algunas variantes,
es mencionado también por cronistas españoles, como Torquemada,33 y que se
incluye en el texto antes del relato de la formación de los hombres de maíz.
Es un rico pasaje, en cuanto a símbolos míticos, que narra las hazañas de los
semidioses. Hu.nahpú e Ixbalanqué, quienes, después de jugar a la pelota en
el inframundo con los dioses de la muerte, de ser sometidos a varias pruebas
y de morir, renacen convertidos en el Sol y la Luna. En el libro se da por
supuesto que es éste el Sol que aparece en el cielo cuando ya las tribus estu­
vieron establecidas.

En los Libros de Chilam Balam encontramos un buen número de profe­


cías que no sólo nos ilustran sobre este aspecto esencial de la religión maya
prehispánica, sino que nos dan a conocer que después de la Conquista per­
sistieron las concepciones fundamentales de los mayas. Como ya hemos seña­

32 Popol Vuh, Vid infra, p. 63.


33 Fray Juan de Torquemada, Monarquía indiana, 4.a ed., 3 vols., Introd. Miguel
León-Portilla, Edit. Porrúa, México, 1969 (Biblioteca Porrúa, 41-43); Vol. II, pp. 53-54.

XXXIV
lado, la elaboración de profecías se basó en un concepto cíclico del tiempo,
por el cual se creía que los acontecimientos, tanto naturales como históricos,
se repetían, debido a que volvían a presentarse en cada ciclo las mismas car­
gas de influencias divinas que habían determinado los hechos en el lapso
anterior del mismo nombre. Basándose en sus códices, donde estaban regis­
trados los hechos, los sacerdotes preparaban sus profecías para darlas a co­
nocer al pueblo. Y siglos después, en el Chilam Balam de Chumayel, uno de
los escritores mayas asienta:
Estoy en 18 de agosto de este año de 1766. Hubo tormenta de viento. Es­
cribo su memoria para que se pueda ver cuántos años después va a haber otra.34

Esto nos da a conocer que, por lo menos hasta el siglo x vm , la creencia


prehispánica básica de la recurrencia cíclica de los acontecimientos estaba
vigente.
Las profecías contenidas en los Libros de Chilam Balam se refieren a
tres tipos de períodos: los katunes (20 tunes), los tunes (años de 360 días)
y los días.
Las predicciones katúnicas ( Chumayel, Káua, Pérez, Tizimin) constitu­
yen dos series completas y una incompleta, y no se inician con el Katún. 13
Ahau, sino con el 11 Ahau, debido a que éste fue el katún de la llegada de
los españoles. Las predicciones túnicas (Maní, Tizimín) se refieren sólo a
una rueda de veinte tunes, correspondiente a un Katún 5 Ahau-, el ciclo se
denomina Cuceb, “lo que gira” . Las predicciones diurnas (Ixil, Káua, Tizi­
mín, Pérez) son las del Sansamal Kin Xoc, “La cuenta diaria de los D ías”
de un año, que señala si un día es bueno o malo, y que servía como funda­
mento para las actividades generales; y las del Chuenil Kin Sansamal, “Ar­
tificio diario de los Días” . que señala las influencias de los veinte días del
calendario ritual.35
Hay en los Libros de Chilam Balam (Pérez, Chumayel y Tizimín) otro
tipo de predicciones que, precisamente, se titulan “Profecías” ; se adjudican
a cinco sacerdotes mayas llamados Napuctun, Ah Kauil Chel, Nahau Pech,
Natzin Yabun Chan y Chilam Balam. Son profecías fatalistas que anuncian
la llegada de extranjeros, de una nueva religión y de un tiempo de miseria
y sufrimiento, por lo que se relacionaron con la Conquista. Pero en realidad,
a causa de la idea cíclica de la historia, en ellas se confunden acontecimientos
como el dominio de los itzáes, que se consideraban extranjeros, y el yugo
español; la adoración de Kukulcán, introducida por los toltecas, y el cris­
tianismo. En general, en todos los textos proféticos se entremezclan aconte­
cimientos del pasado y el futuro, ya que, para ellos, ambos son resultado de
la misma carga de influencias divinas del katún.
Los textos proféticos son ricos en contenido religioso, histórico y moral,
pues mencionan un gran número de deidades, incluyen ideas cosmogónicas
y cosmológicas, y generalmente se refieren a situaciones socio-políticas en
las que hay un relajamiento de las costumbres. Casi todas las predicciones

34 Libro de Chilam Balam de Chumayel, Vid infra, p. 269.


35 Vid Barrera Vásquez y Rendón, op. cit., pp. 45-48.

XXXV
anuncian desgracias, en un tono de desesperada resignación, quizá por haber
sido escritas precisamente en una época de destrucción, violencia y atropello
de los hombres y las creencias mayas.

Aunque el estilo de los relatos míticos y proféticos de Yucatán es distin­


to al de los textos míticos de Guatemala, en tanto que en los primeros abun­
da el uso de fórmulas sintéticas, lo que les da un carácter profundamente
esotérico, y en los segundos el texto fluye en una forma más narrativa, en
ambos encontramos un lenguaje altamente simbólico y multívoco, en el que
se emplean metafóricamente objetos, colores y seres naturales, como flores,
animales, árboles y piedras, para expresar las ideas, las vivencias y las ac­
ciones.
Como es manifiesto también en las artes plásticas, el medio natural en
el que vivieron los mayas, extraordinario por su majestuosidad, su variedad
y su belleza, domina toda la creación maya; está presente en todo pensa­
miento, en toda imagen, en todo ritual, en toda afección humana. Es la na­
turaleza la que condiciona el espíritu, como lo expresa el Popol Vuh, en la
idea de que el haber sido formado de masa de maíz es lo que permite al
hombre hacerse consciente de sí mismo y de los dioses. Y el espíritu se torna
a la vez naturaleza, al expresarse simbolizado en ceibas, en aves, en jaguares,
en flores y en piedras. Todas las ideas, las virtudes y las pasiones humanas,
en el arte maya toman formas vegetales, animales y minerales, lo cual nos
habla de una unidad indisoluble del hombre con su medio. En este sentido,
cabría decir que la cultura maya es, esencialmente, una cultura de la natu­
raleza.
Así, en los escritos de los mayas, hasta los conceptos más abstractos,
como el de que el mundo tiene una racionalidad y un orden inherentes, son
expresados en una forma plástica, concreta, casi tangible, empleando a veces
como símbolos hasta los objetos de uso cotidiano. No en vano el lenguaje
escrito propio de la cultura maya prehispánica, los códices y las inscripciones,
es fundamentalmente un arte plástico, es pintura y escultura.
Veamos, por ejemplo, cómo se describe el reordenamiento del mundo,
después de la destrucción por agua, en el Chilam Balam de Chumayel-.

Al terminar el arrasamiento se abará Chac Imix Che, la ceiba roja, colum­


na del cielo, señal del amanecer del mundo, árbol del Bacab, Vertedor, en donde
se posará Kan Xib Yuyum, Oropéndola-amarilla-macho. Se alzará también Sac
Imix Che, Ceiba-blanca, al norte, allí se posará Zac Chic, Blanco-remendador,
Zenzontle: soporte del cielo y señal del aniquilamiento será la ceiba blanca. Se
alzará también Ek Imix Che, Ceiba-negra al poniente del país llano; señal del
aniquilamiento será la ceiba negra; allí se posará Ek Tan Picdzoy, Pájaro-de-
pecho-negro. Se alzará también Kan Imix Che, Ceiba-amarilla, al sur del país
llano, como señal del aniquilamiento; allí se posará Kan Tan Picdzoy, Pájaro-
de-pecho-amarillo, Kan Xib Yuyun, Oropéndola-amarilla-macho, Ah Kan Oyal
Mut, Ave-vencida-amarilla. Se alzará también Yaax Imixche, Ceiba-verde, en el
centro de la provincia, como señal y memoria del aniquilamiento. Ella es la
que sostiene el plato y el vaso; la Estera y el Trono de los katunes por ella
viven.36

36 Ibidem, p. 92.

XXXVI
La exuberancia de los textos míticos y proféticos, que al mismo tiempo
es de un gran refinamiento, como la de lab artes plásticas, se debe también
al recurso estilístico de repetir un mismo pensamiento en diferentes térmi­
nos o formas verbales, es decir, al paralelismo de las frases, que revela una
significación compleja, dificultando la comprensión del texto, pero que le da
una simetría, un ritmo peculiar, propio para ser recitado, lo cual corrobora
las afirmaciones de los cronistas de que los textos sagrados eran aprendidos
de memoria sobre la base de lo registrado en los códices, que fueron sim­
plemente un apoyo para la expresión oral. Esta modalidad estilística, propia
del pensamiento mítico, fue común a las literaturas mesoamericanas y a las
literaturas religiosas del Viejo Mundo.
En las palabras que los dioses creadores del Popol Vuh dicen a los adi­
vinos Ixpiyacoc e Ixmucané, cuando les piden ayuda para la formación del
hombre, podemos apreciar el paralelismo de los componentes de las frases
y de la estructura de las frases mismas:

Entrad, pues, en consulta, abuela, abuelo, nuestra abuela, nuestro abuelo,


Ixpiyacoc, Ixmucané, haced que aclare, que amanezca, que seamos invocados,
que seamos adorados, que seamos recordados por el hombre creado, por el hom­
bre formado, por el hombre mortal, haced que así se haga.37

Otra peculiaridad del estilo de los textos míticos y proféticos es la enu­


meración de cualidades, de seres, de atributos, etcétera, que responde al mis­
mo afán de expresar un hecho o idea en todas las formas posibles, o descri­
biendo todos los detalles. A veces las repeticiones y las enumeraciones tor­
nan monótono el texto, pero esta monotonía siempre está impregnada de un
hondo sentido poético, que comunica la elevada sensibilidad del hombre
maya. En la predicción para un Katún 3 Ahau leemos:

Entonces serán asentados los Señores de los pueblos en sus Esteras y Tro­
nos y le será cortada la garganta al que detenta la Estera y el Trono, al Jaguar
del pueblo, al Tigre rojo, al Gato Montés rojo, al Gato Montés blanco.38

Y el Popol Vuh, para afirmar que no había seres antes del ordenamiento
del mundo, dice:

No había todavía un hombre ni un animal, pájaros, peces, cangrejos, árbo­


les, piedras, cuevas, barrancas, hierbas ni bosques...39

Como ya hemos señalado, los libros mayas que hemos llamado Popol Vuh
o Popolhuun sagrados no guardan una unidad temática, sino que incluyen
tanto las tradiciones religiosas, como las históricas; pero mientras que los
Libros de Chilam Balam son recopilaciones de fragmentos aislados y escritos
en diferentes épocas por distintos autores, lo que ocurre también con los
Anales de los cakchiqueles, el Popol Vuh es una obra unitaria, notablemen­

37 Popol Vuh, Vid infra, p. 16.


38 Barrera Vásquez y Rendón, op. cit., p. 55.
39 Popol Vuh, Vid infra, p. 13.

XXXVII
te estructurada, que revela la presencia de un solo autor, dotado de una
extraordinaria capacidad artística. De ahí que haya sido considerado como
la obra maestra de la literatura indígena mesoamericana.
No pretendemos hacer aquí el análisis literario que merece el Popol Vuh,
pero no podemos dejar de destacar algunas de sus virtudes.
Los mitos e historias de los quichés han sido integrados en esta obra,
logrando un relato excelente por su congruencia y altura poética. No se trata
simplemente de una transcripción de textos aislados, como ocurre con la ma­
yoría de las obras indígenas, sino que hay una secuencia ordenada, expresada
con notable fluidez. Se ha dicho que la obra se divide en varias partes, unas
míticas y otra histórica, pero ésta es una división arbitraria, pues, en reali­
dad, la obra es una narración de la historia de los quichés, desde sus orígenes
hasta el momento de la Conquista, según la visión religiosa del mundo y
del hombre de los mayas prehispánicos. Es decir, que se trata de un relato
mítico-histórico de la historia quiché, en el que los diversos elementos que
lo componen forman un todo armónico. Prescindiendo de la variedad y la
abundancia de imágenes de la expresión mítica, esta historia se puede sinte­
tizar así:
Los fundadores de los linajes quichés son formados de masa de maíz por
los dioses, después de varios intentos fallidos de hacer seres que los veneren
y sustenten, y de haber creado el universo para ellos. Estos hombres, que
empiezan a multiplicarse y a buscar una forma de vida, peregrinando haciá
otras tierras, y siempre acompañados y aconsejados por sus creadores, se
mueven en un mundo nuevo, recién formado, todavía inmerso en la hume­
dad y en la oscuridad, porque no había salido el Sol. Al llegar a las tierras
donde fijan sus residencias, habiendo constituido ya numerosas tribus, pre­
sencian la salida del Sol, fundan ciudades, inician sus rituales, se organizan
social y políticamente, luchan contra otros pueblos, se engrandecen y ex­
tienden su poderío.
El Popol Vuh es un poema escrito con predominio de paralelismos, en
un lenguaje metafórico que atiende más a expresar la significación que el
hecho, y en el que no hay la oscuridad y la exuberancia de los textos de
Yucatán ni la monotonía, a veces desesperante, del Rabinal Achí, sino que
se ha logrado crear los elementos formales más adecuados para comunicar,
con profundidad, emoción y dramatismo, las ideas, las vivencias y los aconte­
cimientos que fundamentaron el ser del hombre quiché.

Literatura ritual
Al lado de las narraciones míticas y proféticas, y también escritos con
una gran riqueza conceptual y expresiva, están los textos rituales, constitui­
dos por himnos sagrados, oraciones, cantos diversos y dramas. Todos ellos
eran parte esencial de las fiestas religiosas, que en 1Y época prehispánica se
sucedían sin interrupción, y constituyen la actualización dramatizada de los
mitos, en que consiste primordialmente el ritual.
Estos textos, entre los que destacan E l libro de los cantares de Dzitbalché
y el Rabinal Achí, están escritos con el lenguaje simbólico que responde a la
forma peculiar de conceptualización del maya.

XXXVIII
Los cantares de Dzitbalché constituyen el único ejemplo que tenemos
sobre el texto que acompañaba a las danzas rituales. Entre ellos encontra­
mos oraciones que se pronunciaban én las ceremonias religiosas, dedicadas
generalmente al Sol, como dador de la vida; nos revelan éstas el vitalismo
de los mayas, que es expresado también en las plegarias a los dioses de las
que nos habla el Popol Vuh, en las cuales piden alimentos, hijos, y larga y
buena vida para ellos. Hay también un ejemplo de las oraciones que pronun­
ciaban los médicos en los ritos curativos, y varios cantos, que van desde los
himnos sagrados que acompañaban a los rituales más importantes, como los
de sacrificio humano, hasta cantares para la ceremonia de bodas e, inclusive,
para ritos secretos que hacían las mujeres en un lugar apartado, para seducir
o retener al hombre amado. Pero algunos de ellos parecen ser sólo líricos,
es decir, la expresión de una vivencia subjetiva, interna y personal, como el
Cantar 8, que es el lamento de un huérfano por su condición de soledad y de
abandono, y el Cantar 14, que comunica una emoción de alegría provocada
por el canto de las aves:

Pues si hay alegría


en los animales,
¿por qué no se alegran
nuestros corazones? Si así son
ellos al amanecer:
¡bellísimos!
¡Sólo cantos, sólo juegos
pasan por sus pensamientos!

Estos cantos líricos son sencillos y emotivos, muy distintos de las oscu­
ras y complejas obras míticas y proféticas. Asimismo, los cantos rituales, los
himnos y las oraciones usan metáforas más simples, aunque presentan tam­
bién paralelismos y redundancias. Por ejemplo, en los cantares para la danza
del sacrificio por flechamiento, se dice al que va a ser sacrificado:

Endulza tu ánimo, bello


hombre; tú vas
a ver el rostro de tu Padre
en lo alto. No habrá de
regresarte aquí sobre
la tierra bajo el plumaje
del pequeño Colibrí o
bajo la piel
del bello Ciervo
del Jaguar, de la pequeña
Mérula o del pequeño Pajuí.
(Cantar 1)

Y al flechador se le dice:

Bien untado has


grasa de ciervo macho
en tus bíceps, en tus muslos,
en tus rodillas, en tus gemelos,
en tus costillas, en tu pecho.
XXXIX
Coge tu arco, ponle su dardo...
apúntale al pecho...
(Cantar 13)

Es probable que esta simplicidad, en comparación con el lenguaje mítico,


se deba a que se trata de un canto, no de un intento de explicación del mun­
do y sus fenómenos; y, además, en el rito seguramente eran más importan­
tes el ademán, la danza y la música, que la palabra.
Pero había rituales más complejos que las danzas y los cantos, que con­
sistían en la escenificación del acontecimiento, sobre la base de un texto dia­
logado; éste era aprendido de memoria por actores que caracterizaban a los
personajes mediante múltiples atavíos, máscaras y otros recursos. La repre­
sentación se acompañaba de música y danza, y estaba a cargo del Holpop o
maestro de ceremonias, quien, de manera semejante al Corega del primitivo
teatro griego, hacía las funciones de director. El Rabinal Achí, es la única
pieza con estructura dramática que ha llegado hasta nosotros, y nos confirma
las referencias de los cronistas españoles sobre este tipo de representaciones
en la época prehispánica, que tenían, esencialmente, un sentido ritual.
Se ha dicho que esta obra se transmitió oralmente por varias generacio­
nes hasta que uno de sus depositarios, Bartolo Sis, decidió escribirla para
asegurar su pervivencia; asimismo, se ha dicho que es un texto de contenido
histórico por tener el siguiente asunto: los rabinalenses capturan, someten
a un interrogatorio y, finalmente, sacrifican a un guerrero quiché que les
había ocasionado un daño. Pero, de acuerdo con el análisis que del libro ha
realizado René A cuña40 es muy posible que se trate de un texto ritual, “que
pertenece a una clase de bailes o ritos gladiatorios, cuyo uso persistió desde
el siglo xvi, hasta finales del x vm , a pesar de las periódicas prohibiciones,
civiles y eclesiásticas, que solamente demuestran su tenaz supervivencia” .41
Y también parece verosímil su hipótesis de que el libro no fue transmitido
oralmente, sino que existió un manuscrito que, como los otros textos religio­
sos e históricos, fue heredado de generación en generación hasta llegar a
Bartolo Sis.
El libro nos da a conocer que los ritos de sacrificio humano se acompa­
ñaban de un estricto y variado ceremonial, y que esta forma de muerte dignifi­
caba y sacralizaba a los hombres. Al mismo tiempo, su cuidadosa conserva­
ción dentro de la comunidad, y las normas que regían este tipo de teatro
religioso, nos expresan que las representaciones dramatizadas de los ritos
eran, ellas mismas, actos rituales.
El Rabinal Achí es una de las mejores muestras de la forma indígena de
pensamiento y expresión. Es de las pocas obras mayas con una estructura
unitaria y armónica, y tiene la peculiaridad de presentar el pasado del per­
sonaje principal, el guerrero quiché, a medida que dialoga con el Varón de
Rabinal y que se acerca la hora de su holocausto. El libro tiene una especial
monotonía porque abundan en él las fórmulas de cortesía y las repeticiones,
no sólo constituidas por los abundantes paralelismos, sino porque el diálogo

40 Acuña, op. cit.


41 Ibidem, p. 160.

XL
consiste en que el interlocutor siempre repite el parlamento anterior al iniciar
el suyo.
Él paralelismo en esta obra se ilustra en el siguiente parlamento:
Si mi Gobernador, mi mandatario, permite que te deje marchar a las mon­
tañas, a los valles; si mi Gobernador lo dice, entonces te dejaré marchar a las
montañas, a los valles. Sí, si mi Gobernador dice eso, te dejaré marchar.42

Como en las demás obras religiosas mayas, también aquí el lenguaje es


metafórico, por ejemplo, para expresar la idea de que los enemigos huyeron
en multitud, dice: “Se tornaron en moscas, en mariposas, en grandes hor­
migas, en hormiguitas” . Pero, a pesar del ritmo monótono, de la lentitud y
del lenguaje simbólico y complejo, el texto tiene un alto tono dramático y
poético. Como se trataba de la representación de un rito, no había expecta­
tiva, pero se comunica con gran fuerza expresiva el dolor del hombre que
va a morir lejos de su tierra. Este dice:
¡Ah, oh cielo! ¡Ah, oh tierra! Mi decisión, mi denuedo, no me han servido.
Busqué mi camino bajo el cielo, busqué mi camino sobre la tierra, apartando
las yerbas, apartando los abrojos... ¿Debo realmente morir, fallecer aquí, bajo
el cielo, sobre la tierra?... ¡Cómo no puedo cambiarme por esa ardilla, ese pá­
jaro, que mueren sobre la rama del árbol, sobre el retoño del árbol donde con­
siguieron con qué alimentarse, con qué comer, bajo el cielo, sobre la tierra!43

En los Libros de Chilam Balam hay algunos textos rituales, entre los que
se encuentra el “Lenguaje de Zuyúa” , una serie de acertijos que el jefe su­
premo, el halach uinic, ponía como prueba a los gobernantes de las provin­
cias o bataboob, para comprobar su derecho a gobernar, adquirido por per­
tenecer a la nobleza. Sé trata de un lenguaje esotérico, aunque utiliza imáge­
nes simples e ingenuas, generalmente asociadas con la comida. Las adivinan­
zas aparecen acompañadas de la explicación de su significado:
“Traedme el Sol, hijos míos, para tenerlo en mi plato. Hincada ha de tener
la lanza de la alta cruz en el centro de su corazón en donde tiene asentado a
Yax-Bolon, Jaguar-verde, bebiendo sangre. Esto es habla de Zuyúa” . Esto es lo
que se les pide; el Sol es un gran huevo frito y la lanza con la alta cruz hin­
cada en su corazón a que se refiere es la bendición, y el jaguar verde sentado
encima bebiendo sangre, es el chile verde cuando comienza a ponerse colorado.
Así es el habla de Zuyúa.44

Literatura médica, astronómica y calendárica


Hay en la literatura maya varios textos médicos, que provienen de la
tradición prehispánica, así como algunos escritos relativos al calendario maya
y que tocan asuntos astronómicos, pero que de ninguna manera son una con­
tinuación de los grandes cálculos matemáticos, astronómicos y cronológicos
de los antiguos mayas, sino sólo un afán de explicar el calendario maya y
algunos fenómenos naturales, ya bajo la influencia del pensamiento occi­
dental.

42 Rabinal Achí, Vid infra, p. 320.


43 Ibidem, p. 334.
44 Barrera Vásquez y Rendón, op. cit., p. 132.

XLI
Si estos textos han sido considerados, en cierto modo, científicos, por
los temas que tocan, no por ello ha de pensarse que los mayas (ni los prehis­
pánicos, y menos aún los de la Colonia) desarrollaron una ciencia pura y
teorética, como la ha entendido, en gran medida, la cultura occidental; pues
aunque los grandes logros de los mayas prehispánicos puedan ser un conoci­
miento verdadero, la actitud de sus creadores no fue de un interés meramente
cognoscitivo e intelectual, sino una actitud religiosa y práctica, que responde
a su peculiar concepción del cosmos. Por ello, los libros de medicina maya,
que nos transmiten los conocimientos médicos anteriores a la Conquista, son
esencialmente textos religiosos, y las explicaciones del calendario ponen el
acento en las cargas de influencias divinas que el tiempo traía sobre los hom­
bres, según los antiguos mayas.
Además de los escritos incluidos en los Libros de Chilam Balam de Ixil,
de Tekax y de Káua, que describen síntomas y curaciones de varias enfer­
medades, hay algunos manuscritos cuyo contenido es exclusivamente médico,
que datan de los siglos x v m y xix, pero que provienen de antiguas fuentes.
Ellos son los llamados Libros del judío y el Ritual de los Bacabes.
El título de Libros del judío que han recibido varios textos quizá deriva
de una obra de Ricardo Ossado, alias “el judío” , quien, según se dice, cura­
ba las enfermedades mediante hierbas y otros remedios indígenas. Estos ma­
nuscritos, de los cuales los primeros cinco están escritos en maya y los cinco
restantes en español, son: Libro del judío; Libro de medicina maya; Libro
de medicina maya de Sotuta; Libro del judío de Sotuta; Cuaderno de Teabo;
Apuntes sobre algunas plantas medicinales de Yucatán; El libro de los médi­
cos yerbateros de Yucatáñ o noticias sobre yerbas y animales medicinales
yucatecos sacados de los antiguos libros mayas de Chilam Balam, calendarios
y demás cosas curiosas; Noticias de varias plantas y sus virtudes; Juan Pío
Pérez, Recetarios de indios en lengua maya; Yerbas y hechicerías del Yu­
catán,.45
El Ritual de los Bacabes, el más importante texto médico maya, contiene
cuarenta y dos encantamientos médicos, que nos expresan el sentido mágico-
religioso que tuvo la medicina maya, por lo que puede también ser conside­
rado como un libro ritual. Entre las fórmulas curativas tenemos, por ejemplo,
“El encantamiento para el ataque-de-guacamaya y convulsiones” , las “Pala­
bras para la erupción-de-tarántula” , el ataque de tarántula, etcétera. En ellos
se alude al origen del mundo, a los diferentes estratos del cosmos, y se men­
ciona a varias deidades, entre las que destacan las maléficas que provocan las
enfermedades; pero el sitio principal lo ocupan los Bacabes, dioses de los
cuatro puntos cardinales y ordenadores del mundo. Estos textos están escritos
en un lenguaje arcaico, plagado de simbolismos esotéricos; es un lenguaje sin­
tético, que no pretende explicar, sino lograr la curación por la fuerza mágica
de la palabra sagrada. Un fragmento de las “Palabras para el ataque-de-jaguar-
guacamaya, la locura del ataque” basta para darnos una idea de este tipo de
textos mágicos:

45 Tozzer, op. cit., p. 195. Gibson, op. cit., p. 389.

X L II
Entonces vertedores, vosotros acalláis. Vosotros aquietáis la codicia de la
creación, la codicia de la oscuridad, vosotros cuatro dioses, vosotros, cuatro Ba­
cabes. El caería en el corazón del Metnal (el inframundo), en el lugar del padre
de Can vah-ual-kak (“vigoroso-enemigo-del-fuego” ). Ix Ma-uay (“ señora dañina-
uno” ), Ix Mac-u-holcab, quien mantuvo cerrada la abertura de la tierra...46

En cuanto a los textos calendáricos y astronómicos, en el Códice Pérez y


en el Chilam Balam de Tizimín hay una “Explicación del calendario maya” ,
que describe el calendario solar llamado por los mayas de Yucatán Haab,
constituido por 18 meses de 20 días, más cinco días sobrantes, considerados
fatales. El texto se refiere a estos días como:

Los más temibles, los de mayor pena por el temor de muertes inesperadas
y peligros de ser devorados por. el jaguar. En ellos todo era malo: mordeduras
de serpientes venenosas en el monte y golpe de ramas ponzoñosas a los hom­
bres, según decían.47

Este fragmento explica también los signos de la matemática maya, para


comunicar cómo contaban los años los antepasados. Menciona, asimismo, el
calendario ritual, de 260 días, afirmando que se han hecho dibujos explica­
tivos de todo esto. El autor dice haber copiado este texto de unas pinturas,
y registra su nombre, Diego Chi, así como la fecha, 16 de julio de 1689,
afirmando:

Pero lo que escribo no es nada meritorio, sólo para que sepan las cosas en
que pasaban su vida nuestros antepasados en la época de su ceguera...48

En el Chilam Balam de Chumayel hay también un pasaje sobre el calen­


dario maya. Presenta los nombres de los meses, con su equivalencia en el
calendario gregoriano; menciona los equinoccios y los solsticios, y explica la
trayectoria del Sol, y los eclipses de Sol y de Luna, ilustrando su exposición
con dibujos.
El autor de este texto no está tratando de hacer pervivir los conocimien­
tos de sus antepasados, sino de dar a conocer al pueblo estos fenómenos,
pues dice:

Se explica para que sepan los hombres mayas qué es lo que le sucede al
sol y a la luna.49

Literatura histórica y legendaria


En la mayor parte de los libros mayas encontramos textos históricos,
pues el registro de los hechos del pasado parece haber sido una de las preocu­
paciones esenciales de los hombres mayas en el momento de la Conquista, ya
fuera por el afán de mantener su identidad y su dignidad como pueblo frente

46 Ritual of the Bacabs. A book of Maya Incantations, Transíated and Edited by


Ralph L. Roys, University of Oklahoma Press: Norman, 1965 (The Civilization of the
American Indian Series); p. 5.
47 Barrera Vásquez y Rendón, op. cit., p. 150.
48 Ibidem, p. 151.
49 Libro de Chilam Balam de Chumayel, Vid infra, p. 232.
X L III
al nuevo orden implantado por los españoles; por la necesidad de conocer el
futuro, con base en el concepto cíclico de la historia, o por confirmar la no­
bleza de sus linajes para conservar sus tierras y obtener privilegios. Así, rela­
taron acontecimientos, tanto del pasado prehispánico, como de la Conquista
y los primeros siglos de la Colonia, aprovechando las cualidades expresivas
del alfabeto latino, que les permitió integrar en forma narrativa los datos
consignados en sus códices y sus tradiciones orales. Estos textos históricos
indígenas constituyen las fuentes básicas para el conocimiento de la historia
de los mayas prehispánicos del período Posclásico, y nos proporcionan va­
liosa información sobre el contacto cultural en la Colonia.
Entre las narraciones históricas destacan las migraciones de los xiúes y
los itzáes, y la historia del pueblo quiché. Las primeras aparecen en varios
Libros de Chilam Balam, y la segunda, en casi todos los textos de Guate­
mala. Tanto los xiúes, como los quichés, enfatizan su origen en Tulán (quizá
la Tula tolteca del Altiplano Central) y en la historia quiché sobresale la
presencia de dos grandes reyes: Gucumatz (identificado con Kukulcán-Quet-
zalcóatl) y Qikab, así como la del gobernante supremo de todos los grupos,
Nacxit, sin duda asociado a la figura legendaria de Ce Ácatl Topiltzin Acxitl
Quetzalcóatl, fundador de Tula, personaje que también aparece mencionado
en el Chilam Balam de Chumayel.

Los grupos más importantes de la historia del período Posclásico en Yu­


catán parecen haber sido los xiúes y los itzáes. Los primeros de origen
náhuatl, y los segundos, de origen desconocido, pero casi seguramente maya.
Los acontecimientos principales de la llegada de estos grupos a Yucatán
están registrados en los libros de Chilam Balam de Maní, de Tizimín y de
Chumayel, en tres textos que, según Barrera Vásquez y Rendón, constituyen
una sola crónica, a la que ha denominado Crónica Matichu y que nos pre­
senta en su obra El libro de los libros de Chilam Balam.50
En esta crónica se señalan escuetamente los acontecimientos, pero regis­
trando la fecha de cada uno de ellos, mediante el sistema de “cuenta corta” .
En la primera parte se consigna que los xiúes salieron de Nonoual (el No-
noualco náhuatl) en un Katún 3 Ahau (849-869); peregrinaron durante cua­
tro katunes y un año, guiados por su caudillo Chan Tepeu, hasta llegar a
Chacnabitón (región quizá situada al sur de Chakanputún) al final de un
Katún 5 Ahau (1086-1106). Después, en la tercera parte de la crónica, se
menciona a otro caudillo, Ah Suytok Tutul Xiú, quien llega a Uxmal en un
Katún 2 Ahau (987-1007) y ahí establece su gobierno, que dura diez katunes.
Algunos de estos datos están corroborados por las fuentes escritas espa­
ñolas y por investigaciones arqueológicas, sobre todo la llegada de Tutul Xiú,
que se menciona en casi todas las Relaciones histórico-geográficas de Yuca­
tán, presentándolo como un gran conquistador y héroe cultural.51

50 Barrera Vásquez y Rendón, op. cit.


^ Relaciones histórico-geográficas de las Provincias de Yucatán-Valladolid, en Col. de
Documentos inéditos relativos al descubrimiento, conquista y organización de las antiguas
posesiones españolas de Ultramar, 2 * Serie, Vols. 11 y 13, Establecimiento Tipográfico
“Sucesores de Rivadeneyra” , Madrid, 1898, 1900.

X LIV
La segunda parte de la crónica relata la historia de los itzáes, que se
inicia con la llegada del grupo a Siyan Can Bakhalal, en un Katún 8 Ahau
(415-435); en el Katún 13 Ahau (495-514) ocupan Chichén Itzá y, después
de reinar ahí diez katunes, abandonan la ciudad, en otro Katún 8 Ahau, para
establecerse en Chakanputún, en el Katún 6 Ahau (692-711); permanecieron
ahí durante trece veintenas de años y volvieron a dejar su sitio de asenta­
miento en otro Katún 8 Ahau (928-948); anduvieron errantes durante dos
veintenas más y llegan a Chichén Itzá de nuevo a fines del Katún 4 Ahau.
Después de varios acontecimientos, viene un nuevo abandono de Chichén
Itzá, causado por un problema político con Mayapán, y curiosamente vuelve
a darse en un Katún 8 Ahau (1185-1204). Mayapán constituye una tiranía
sobre Yucatán, y es destruida en el siguiente Katún 8 Ahau (1441-1461). La
crónica ya no menciona los acontecimientos que siguieron a este hecho, pero
por otras fuentes sabemos que los itzáes abandonaron la península de Yuca­
tán después de la destrucción de Mayapán, para ir a establecerse en el Petén
(Guatemala), donde fueron conquistados por los españoles 137 días antes de
la llegada de otro Katún 8 Ahau (1697-1717), el 13 de marzo de 1697, y que
precisamente pudieron ser sometidos porque se avecinaba el katún que siem­
pre había significado para ellos un cambio político-social importante.
La identidad y el sitio de origen de los itzáes han sido muy discutidos,
pues, ni esta crónica, ni los datos que nos proporcionan las fuentes españo­
las son muy claros a este respecto. Pudieron ser mayas que llegaron a Yuca­
tán procedentes del área central, o mayas de lengua chontal, originarios de
Chakanputún, o nahuas que, como los xiúes, se asimilaron a la cultura maya.
Lo que sí parece estar claro es que llegaron a Chichén Itzá, procedentes de
Chakanputún, casi al mismo tiempo que los toltecas, quienes venían guiados
por un personaje llamado Kukulcán (Quetzalcóatl), y que a partir de enton­
ces la influencia tolteca fue determinante en Chichén Itzá y en toda la penín­
sula de Yucatán, como lo muestra también la arqueología.

Los acontecimientos históricos del pueblo quiché se relatan en el Popol


Vuh, el Título de los Señores de Totonicapán, la Historia quiché de Don Juan
de Torres, los Títulos de la casa de Ixcuin Nehaib, el Título de los indios de
Santa Clara la Laguna y el Título de los Señores de Sacapulas. Otros textos
quichés, como el Papel del origen de los Señores, el Título real de Don Fran­
cisco Izquín Nehaib, y los textos cakchiqueles, como los Anales de los cak­
chiqueles y las Historias de los Xpantzay, asientan también varios datos so­
bre los quichés que corroboran la veracidad de la narración histórica conte­
nida en los principales textos.
La historia del pueblo quiché se inicia en el Popol Vuh a. partir del final
del mito cosmogónico, es decir, con los cuatro primeros hombres formados
de masa de maíz: Balam-Quitzé, Balam-Acab, Mahucutah e Iqui Balam.
Éstos se multiplicaron en Oriente, donde estaban al lado de varios otros gru­
pos, como «los Tepeu (toltecas llamados yaquis por los mayas), los Olomán
(olmeca-xicalancas) y los cakchiqueles. Todos juntos esperaban la salida del
Sol, y no tenían todavía ídolos. Desde el sitio en que estaban reunidos se
dirigieron hacia la ciudad de Tulán-Zuiva (Cueva de Tulán), Vucub-Pec (Siete

XLV
Cuevas), Vucub-Ziván (Siete barrancos), para recibir ahí a sus dioses. En los
mitos nahuas encontramos la mención de Chicomóztoc (Siete cuevas o ba­
rrancos), como el sitio de origen de ese pueblo, lo cual nos habla de una
unidad originaria de los principales grupos del período Posclásico en Meso-
américa. Concuerdan con el Popol Vuh los Anales de los cakchiqueles, que
se inician mencionando a los primeros padres, Gagavitz y Zactecauh, quienes
llegaron a Tulán, procedentes del otro lado del mar; el Título de los Seño­
res de Totonicapán, que asienta que los caudillos de los pueblos se dirigie­
ron a Pa Tulán, Pa Civán desde la otra parte del océano; los Libros de
Chilam Balam, donde encontramos, como hemos visto, el mismo sitio de
origen para los xiúes, y otros textos de Yucatán, como el Códice de Calkiní,
que afirma que los hombres mayas llegaron del Oriente.
Desde ese sitio, donde reciben a sus dioses y se diversifican las lenguas,
los quichés y los otros grupos de Guatemala inician su peregrinaje hacia sus
tierras de asentamiento, y aunque casi no hay registros de fechas en los tex­
tos de Guatemala, se puede suponer que esta peregrinación se da más o me­
nos al mismo tiempo que la de los grupos de Yucatán. Dichas migraciones
están referidas, asimismo, en muchas crónicas españolas, pero en ellas se ha­
bla sobre todo de la salida de Quetzalcóatl y sus seguidores hacia el sur y
de la llegada de Kukulcán a Yucatán.
Los textos de Guatemala relatan la peregrinación mencionando conflic­
tos guerreros que tuvieron con los habitantes de algunas regiones y dando el
nombre de los sitios que fueron tocando las tribus, por lo que se ha podido
inferir que pasaron por la Costa del Golfo de México, hasta llegar a la Laguna
de Términos, donde se encontraba Chakanputún, el sitio en el que los itzáes
estuvieron establecidos por muchos años. Es posible que en ese importante
lugar de reunión de grupos se haya empezado a dar la mayanización de los
pueblos procedentes del Altiplano Central.
Quizá a causa de conflictos con los itzáes en Chakanputún, las tribus de­
jan ese lugar, y siguiendo el curso de los grandes ríos, como el Usumacinta,
arriban a Guatemala, donde se establecen en las altiplanicies y montañas de
la región central, después de grandes adversidades, que son narradas en el
Popol Vuh. Dice este texto que los grupos quichés se reunieron en una mon­
taña llamada Chi-Pixab y ahí designaron sus nombres a los tres grandes
grupos: Quiché, Tamub e Ilocab; también dieron su nombre a los cakchi­
queles, a los de Rabinal y a los de Tziquinahá. De ahí partieron a los bosques
y buscaron lugares seguros donde poner a sus dioses, dejándolos en los mon­
tes de Avilix, Hacavitz y Patohil (al norte del Quiché). En el monte Avilix
se reunieron los quichés, los cakchiqueles, los tzutuhiles y otros, para esperar
la aurora. Al llegar a este punto se relata la salida del Sol, precedido por
Icoquih (Venus), la gran estrella. Los hombres queman incienso y bailan; al
salir el Sol, los dioses se convierten en piedras, así como algunos animales.
Con este relato mítico los quichés simbolizaron el origen de la vida seden­
taria y de la estructuración de su nueva cultura; pero sin olvidar su proce­
dencia y su vínculo con los grupos del Altiplano Central, como lo expresa
el Popol Vuh, cuando dice que los hombres cantaron:

XLVI
— ¡Ay de nosotros! En Tulán nos perdimos, nos separamos, y allá queda­
ron nuestros hermanos mayores y menores. ¡Ay de nosotros hemos visto el sol!,
pero ¿dónde están ellos aihora que ya ha amanecido? 52

En el monte Hacavitz los quichés fundan su primera ciudad, se multi­


plican y dominan a las otras tribus. Entonces, los cuatro caudillos transmi­
ten a sus hijos el símbolo del poder, un envoltorio llamado Pizom-Gagal, y
regresan a su lugar de origen. Los nuevos gobernantes, Qocaib, Qoacutec
y Qoahau, van después a Oriente, de donde sus padres habían venido, para
recibir los atributos de poder de manos del “Señor, Rey del Oriente” , Nac­
xit, que era “el único juez supremo de todos los reinos” .53 Nacxit es, sin
duda, algún sucesor de Topiltzin Acxitl Quetzalcóatl, quien probablemente
residía en Chichén Itzá y que, según los quichés, ejercía el mando supremo
sobre todos los grupos mayas. Los cakchiqueles también lo mencionan otor­
gando el poder y las dignidades a los reyes; estas dignidades eran, tanto para
los cakchiqueles como para los quichés, los títulos de Ahpop y Ahpop Camhá.
Es importante destacar que entre las muchas insignias y distintivos que
Nacxit da a los quichés, en el Popol Vuh se citan “las pinturas de Tulán,
las pinturas, como le llamaban a aquello en que ponían sus historias” ,54 en lo
cual no sólo vemos expresada la tradición de conservar cuidadosamente por
escrito la historia, sino la confirmación de la existencia de un texto antiguo
en el que está basado el Popol Vuh, posiblemente.
Cuando regresan los reyes quichés a su ciudad Hacavitz, se unen ahí to­
das las tribus para rendirles veneración y reconocer su poder. Después viene
un período de peregrinaje buscando un nuevo sitio para establecerse, pues
ya eran muy numerosos; tocan varios lugares, que son consignados por el
Título de Totonicapán, y bajo la cuarta generación de reyes fundan la ciudad
de Chi Izmachí, con edificios de cal y canto, donde reinan los reyes Cotuhá
e Iztayul.
Al principio hubo dificultades, pero el engrandecimiento de las tres ca­
sas reales de los Quiché: Cavec, Nihaib y Ahau Quiché, provocó la indigna­
ción de los otros grupos quichés: los Tamub v los Ilocab, quienes decidie­
ron hacerles la guerra; éstos fueron derrotados, sometidos y sacrificados
ante los dioses.
Con este hecho, el grupo quiché se engrandeció aún más y abandonó Chi
Izmachí para fundar una nueva ciudad, Gumarcah (llamada por los mexica­
nos Utatlán, “lugar de cañas” ). Ahí gobernaron, con los cargos supremos,
Cotuhá y Gucumatz, de la quinta generación, que realizaron la expansión
del reino quiché y afianzaron su poderío sobre todos los demás grupos.
A Gucumatz y Cotuhá se les considera en los textos como reyes prodi­
giosos, sobre todo a Gucumatz, “ Serpiente emplumada” , quien, elevado al
rango de semi-dios por su poder de subir al cielo y descender a Xibalbá;
convertirse en serpiente, en tigre, en sangre coagulada... aparece como el
símbolo del predominio quiché y se equipara al Kukulcán de los mayas de

52 Popol Vuh, Vid Infra, p. 74.


53 Ibidetn, p. 86.
54 Ibidem, p. 86.

XLVII
Yucatán. También en los Anales de los cakchiqueles vemos la influencia que
el culto a Quetzalcóatl tuvo entre los mayas de Guatemala: refiere este texto
que durante su peregrinación, los hombres se detienen en Qabouil Abah,
“la piedra del dios” , y ahí el caudillo Gagavitz se arroja al agua y se convierte
en serpiente emplumada.55 Asimismo, uno de los grandes reyes cakchiqueles
fue Tepeuh (otro nombre de Quetzalcóatl), quien se hacía temer por sus artes
de hechicería, y todas las tribus le rendían tributo.
Siguiendo con la historia quiché, gobiernan después otros reyes prodi­
giosos: Qikab y Cavizimah. Qikab fue quizá el rey más importante de los
quichés; bajo su gobierno, el reino se extiende hasta las montañas de los
mames, las tierras de los tzutuhiles y los cakchiqueles, y la costa del Pacífico
y el Petén. Su ciudad se convierte en la más poderosa de Guatemala, y reci­
be un abundante tributo. La grandeza del rey Qikab es enfatizada por todos
los textos, incluso por los cakchiqueles, que lo consideran como amigo y de­
fensor de este pueblo, contra los mismos quichés. Las guerras que llevaron
a los quichés al dominio sobre los demás grupos están, asimismo, narradas
en la mayoría de los libros.
A finales del siglo xv, a causa de numerosas guerras, había disminuido
el poderío quiché; sin embargo, a la llegada de los españoles, los quichés
lucharon valerosamente contra ellos.

Es necesario destacar que en los textos históricos hay un particular in­


terés en asentar las genealogías de las familias nobles o almehenoob, de las
que salían los gobernantes y los sacerdotes en la época prehispánica. Hay
muchos libros que precisamente tienen como finalidad registrar la historia
de un linaje particular, como el Códice de Calkiní, que contiene la genealo­
gía de la familia Canul; las Crónicas de los Xiú, que asientan el árbol genea­
lógico de la familia; el Texto chontal, de Pablo Paxbolon, donde se regis­
tran las generaciones de los reyes de Acalán; el Título de los indios de Santa
Clara la Laguna, que incluye la genealogía quiché, etcétera.
Pero también en los textos que parecen no haber sido escritos sólo con
fines legales, como las crónicas que relatan la Conquista, se enfatiza la fina­
lidad de mostrar su linaje ilustre. La Crónica de Chac-Xulub-Chen, por ejem­
plo, nos dice:
Y fueron muchos los que miraron cumplidos los sucesos que cuento dentro
de mi información a saber, para que sean conocidos los de mi linaje y por mis
hijos, y por los que vengan detrás hasta que tenga lugar la muerte aquí en la
tierra.56

Y en las obras que hemos considerado como “libros sagrados de la co­


munidad” , encontramos que el relato histórico se centra en las hazañas de
los hombres ilustres, y que se incluyen genealogías. Por ejemplo, en el Popol
Vuh, que al final enumera las generaciones de los reyes quichés, desde los

55 Anales de los cakchiqueles, Vid infra, p. 134.


56 Nakuk Ah Pech, Crónica de Chac-Xulub-Chen, en Crónicas de la Conquista, Uni­
versidad Nacional Autónoma de México, México, 1950 (Biblioteca del Estudiante Univer­
sitario, 2).

X LV III
fundadores o cabezas de linaje hasta los que se seguían considerando reyes
bajo el dominio español; los Anales de los cakchiqueles, que también pre­
sentan genealogías al final, y el Libro de Chilam Balam de Chumayel, donde
encontramos un “Libro de los linajes” que habla de troncos de familias
nobles.
La preocupación central de mencionar los linajes nobles en los registros
de tipo histórico no surgió en el momento de la Conquista, y no respondió
sólo a la necesidad de obtener favores especiales y de proteger las tierras
contra el despojo que realizaron los españoles, sino que es también una
herencia de los mayas prehispánicos. Landa afirma:

Que tienen mucha cuenta por saber el origen de sus linajes... y eso pro­
curan saberlo de los sacerdotes, que es una de sus ciencias, y jáctanse mucho
de los varones señalados que ha habido en sus linajes.57

Esta aseveración de que el registrar el origen de los linajes era una de


las ciencias, se corrobora con el descifre de glifos de tipo histórico en las
inscripciones jeroglíficas mayas, entre los que encontramos nombres de per­
sonajes y de dinastías; fechas de nacimiento, de ascenso al trono, de aconte­
cimientos guerreros y de muerte de gobernantes. Las inscripciones que con­
tienen estos glifos generalmente aparecen en estelas o dinteles de piedra
donde se representa al mandatario con sus atributos de poder. Esto parece
indicarnos que los registros de tipo histórico giraban alrededor de la familia
gobernante. Y, además, sabemos que fue en las familias nobles donde se cul­
tivó la escritura.
Por todo lo anterior, podemos decir que la historia, para los mayas, es
la historia del grupo dominante, y que una de las finalidades que ellos tenían
al registrarla y transmitirla al pueblo, mediante discursos de los sacerdotes o
representaciones dramáticas, era la de engrandecer al linaje en el poder, afir­
mando y justificando así su dominio sobre el pueblo y su derecho a seguir
gobernando. Este propósito obviamente desapareció con la conquista espa­
ñola, pero fue precisamente de la nobleza de sus linajes, de lo que algunos
mayas se valieron para proteger sus bienes y sus vidas, y para preservar su
herencia cultural, cuando cayeron bajo el yugo español.

En los escritos de carácter histórico encontramos varias formas expresi­


vas, pero todos ellos se distinguen de los textos propiamente religiosos por
el escaso uso de las metáforas y el afán de claridad y precisión. Los textos
históricos del Popol Vuh y de la primera parte de los Anales de los cakchi­
queles están profundamente unidos al mito y a la leyenda. Los aconteci­
mientos reales a veces se expresan alegóricamente, haciendo intervenir en
ellos a los dioses protectores de las tribus, y al mismo tiempo que se relatan
las peregrinaciones, la fundación de ciudades, las guerras y las sucesiones, se
explica en forma mítica el origen del fuego, de la cultura y de los rituales.
Destaca en estos textos el tono de exaltada veneración por los hechos de los
ancestros, sobre todo por los fundadores de los linajes, que aparecen como

57 Landa, op. cit., p. 41.


X LIX
semidioses, lo que da a los escritos un carácter de verdaderos poemas épicos.
En el Popol Vuh se intercalan, además, oraciones y fragmentos que se
pueden considerar de carácter didáctico, como los consejos que los cuatro
primeros hombres dan a sus hijos al dejar el mando de las tribus. En todos
ellos se manifiestan los valores morales que rigieron la vida de los quichés,
y revelan un profundo sentido poético de la vida:

¡Oh tú, hermosura del día! ¡Tú, Huracán; Tú Corazón del Cielo y de la
Tierra! ¡Tú, dador de la riqueza, y dador de las hijas y de los hijos! Vuelve
hacia acá tu gloria y tu riqueza; concédeles la vida y el desarrollo a mis hijos
y vasallos; que se multipliquen y crezcan los que han de alimentarte y mante­
nerte; los que te invocan en los caminos, en los campos, a la orilla de los ríos,
en los barrancos, bajo los bejucos.
Dales sus hijas y sus hijos. Que no encuentren desgracia ni infortunio...
Que no caigan, que no sean heridos... Que no encuentren obstáculos ni detrás
ni delante de ellos... Concédeles buenos caminos, hermosos caminos planos...58

Tanto en éstos, que podemos considerar como poemas históricos, como


en las crónicas y anales de los mayas de Guatemala, encontramos una narra­
ción fluida, que busca explicar los hechos, como debió ser la versión oral de
la historia que se hacía en la época prehispánica. Por el contrario, en los
fragmentos donde se asientan los acontecimientos principales de los itzáes y
los xiúes, contenidos en los Libros de Chilam Balam, destaca el interés por
registrar las fechas con exactitud, y los hechos se asientan de una manera tan
escueta, que creemos encontrarnos ante los propios códices de los que segu­
ramente fueron copiados estos datos. Quizá, como parecen confirmarlo los
mismos textos, esto se deba a que ya en la época colonial todavía se regis­
traban los acontecimientos con la finalidad de servir de referencia para cono­
cer el futuro, según el concepto cíclico de la historia que tuvieron los mayas
prehispánicos.

Pero los mayas no sólo se afanaron por trasladar a un nuevo lenguaje


escrito la historia recordada en sus códices y en sus tradiciones orales, sino
que también narraron la conquista española, dejando una constancia, expre­
sada ya con aparente indiferencia, ya con un profundo dolor, de la signifi­
cación que para ellos tuvo el someterse al dominio español.
Nakuk Ah Pech hace una relación bastante objetiva de la Conquista, se­
ñalando cómo el gobierno maya fue sustituido por el español, y muy velada-
mente revela sus emociones ante tales hechos:

A saber, después vinieron a esta tierra, a esta provincia, los señores extran­
jeros; pero no eran los hombres mayas, en su corazón, para entregar su tributo
a los señores extranjeros recién llegados... Y he aquí que (recordando) las
cosas que fueron pasadas, pongo, ay, fuerza en mi corazón.59

En los Anales de los cakchiqueles, la narración de la Conquista es inclui­


da dentro de su propia cronología, la cual tiene como punto de referencia

58 Popol Vuh, Vid, infra, pp. 94-95.


59 Nakuk Ah Pech, op. cit., p. 201.

L
un acontecimiento de fundamental importancia para ellos: la revolución en
la ciudad de Iximché; este hecho funciona como una especie de fecha Era,
pues a partir de él se cuentan los años y se sitúan los acontecimientos pos­
teriores.
Como si asentara un dato más de la historia cakchiquel, lacónicamente el
escritor relata:
El día 5 Ah [16 de enero de 1524] se cumplieron 28 años [desde la revo­
lución de Iximché]...
Durante ese año llegaron los castellanos. Hace cuarenta y nueve años que
llegaron los castellanos a Xepit y Xetulul. El día 1 Ganel [20 de febrero de
1524] fueron destruidos los quichés por los castellanos. Su jefe, el llamado
Tunatiuh Avilantaro [Pedro de Alvarado], conquistó todos los pueblos. Hasta
entonces no eran conocidas sus caras. Hasta hacía poco se rendía culto a la ma­
dera y a la piedra.60

Y sobre su impresión de los recién llegados, dice:

En verdad infundían miedo cuando llegaron. Sus caras eran extrañas. Los
Señores los tomaron por dioses. Nosotros mismos, vuestro padre, fuimos a ver­
los cuando entraron a Iximché.61

Muy diferente es la “visión de los vencidos” 62 manifiesta en los Libros


de Chilam Balam, donde se expresan dolidos lamentos por la llegada de los
conquistadores, una gran indignación por su actitud violenta y rapaz, y un
profundo desprecio por su religión y por su enseñanza. Estos textos nos dan
a conocer la conciencia maya del profundo cambio que significó la Conquista
en el ser histórico del hombre maya.
En las predicciones del Katún 11 Ahau en el que llegaron los españoles,
con una notable fuerza expresiva y una honda penetración, los escritores
mayas asientan:

Solamente por el tiempo loco, por los locos sacerdotes, fue que entró en
nosotros la tristeza, que entró en nosotros el “Cristianismo” . Porque los “muy
cristianos” llegaron aquí con el verdadero Dios; pero ese fue el principio de la
miseria nuestra, el principio del tributo... la causa de que saliera la discordia
oculta, el principio de las peleas con armas de fuego, el principio de los atro­
pellos...63
¡Ay! ¡Entristezcámonos porque llegaron!
Del oriente vinieron cuando llegaron a esta tierra, los barbudos, los men­
sajeros de la señal de la divinidad, los extranjeros de la tierra, los hombres
rubicundos... comienzo de la Flor de Mayo [la lujuria]. ¡Ay del Itzá, Brujo-
del agua, que vienen los cobardes blancos del cielo! El palo del blanco ba­
jará, vendrá del cielo, por todas partes vendrá, al amanecer veréis la señal que
le anuncia.
¡Ay! ¡Entristezcámonos porque vinieron, porque llegaron los grandes
amontonadores de piedras, los grandes amontonadores de vigas para construir,

60 Anales de los cakchiqueles, Vid infra, p. 161.


61 Ibidem, p. 162.
62 Vid Miguel León-Portilla, Visión de los vencidos. Relaciones indígenas de la con­
quista, Introd., Selección y notas, trad. Angel María Garibay, Universidad Nacional Autó­
noma de México, México, 1969 (Biblioteca del Estudiante Universitario, 81).
63 Libro de Chilam Balam de Chumayel, Vid infra, p. 226.

LI
los falsos ibteeles de la tierra que estallan fuego al extremo de sus brazos, los
embozados en sus sabanos, los de reatas para ahorcar a los Señores! Triste es­
tará la palabra de Hunab Ku, Unica-deidad, para nosotros, cuando se extienda
por toda la tierra la palabra del Dios de los cielos.
¡Ay! ¡Entristezcámonos porque llegaron! ¡Ay del Itzá, Brujo-del-agua, que
vuestros dioses no valdrán ya más!
Este Dios Verdadero que viene del cielo sólo de pecado hablará, sólo de
pecado será su enseñanza. Inhumanos serán sus soldados, crueles sus mastines
bravos. ¿Cuál será el Ah Kin, Sacerdote-del-culto-solar, y el Bobat, Profeta, que
entienda lo que ha de ocurrir a los pueblos de Mayapán, Estandarte-Venado, y
Chichén Itzá, Orillas-de-los-pozos-del-brujo-del-agua? ¡Ay de vosotros, mis Her­
manos Menores, que en el 7 Ahau Katun tendréis exceso de dolor y exceso de
miseria por el tributo rendido con violencia y antes que nada entregado con
rapidez! Diferente tributo mañana y pasado mañana daréis; esto es lo que vie­
ne, hijos míos. Preparaos a soportar la carga de la miseria que viene a vuestros
pueblos, porque este katun que se asienta es katun de miseria, katun de pleitos
con el diablo, pleitos en el 11 Ahau.64

Pero el escritor maya no sólo se lamenta de las torturas físicas, del des­
pojo de sus bienes materiales y de la imposición de tributo, sino también
del ultraje cometido en sus mujeres. La lujuria, que tiene entre los mayas
como símbolo la flor, es una de las actitudes de los españoles que más se
destaca en estos textos, situándola entre las causas fundamentales de la vio­
lación que sufre el hombre maya en lo más íntimo de su ser y de su dig­
nidad:

Ellos [los españoles] enseñaron el miedo; y vinieron a marchitar las flo­


res. Para que su flor viviese, dañaron y sorbieron la flor de los otros... No
había Alto Conocimiento, no había Sagrado Lenguaje, no había Divina Enseñan­
za en los sustitutos de los dioses que llegaron aquí. ¡Castrar al Sol! Eso vinie­
ron a hacer aquí los extranjeros. Y he aquí que quedaron los hijos de sus hijos
aquí en medio del pueblo, y ésos reciben su amargura.65

M erced es de la G arza

64 Barrera Vásquez y Rendón, op. cit., pp. 68-69.


65 Libro de Chilam Balam de Chumayel, Vid infra, p. 229.
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LUI
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LIV
CRITERIO DE ESTA EDICION

I gnorados en diversos archivos de América y Europa, permanecieron durante varios si­


glos los textos escritos, después de la conquista española, en lenguas mayanses y caracte­
res latinos, que constituyen una de las más importantes manifestaciones del pensamiento
y la forma de vida de los hombres mayas. A partir de la segunda mitad del siglo xix, gra­
cias al interés de algunos estudiosos, entre los que destaca Charles Etienne Brasseur de
Bourbourg, estos escritos empezaron a ser traducidos y divulgados. Pero no fue sino
hasta hace aproximadamente cincuenta años, cuando se inició el estudio científico de los
documentos mayas, los cuales pasaron así a ser considerados ya no sólo como un vesti­
gio bello y misterioso de una lejana cultura, sino también como una fuente de primera
importancia para el conocimiento, tanto de la civilización maya prehispánica, como de
la actitud y visión de los hombres mayas ante la conquista y la colonización españolas.
Contamos, de este modo, con diversas traducciones y estudios críticos de los prin­
cipales textos, que han sido publicados aisladamente. Ahora, acordes con el propósito
de la BIBLIOTECA AYACUCHO de recoger el patrimonio cultural de América La­
tina, desde el legado de las civilizaciones indígenas hasta las grandes creaciones de nues­
tro tiempo, en este volumen hemos reunido un grupo de obras, seleccionadas entre las
más destacadas de la literatura de lenguas mayanses traducidas al español, con el objeto
de dar una visión de conjunto del afán expresivo y la sensibilidad poética del pueblo
maya.
Nuestro criterio básico ha sido no sólo que en esta antología esté representada la
creación literaria tanto de los grupos mayanses de México, como de los de Guatemala,
sino además considerar la diversidad de textos que los mayas elaboraron, por lo cual
hemos agrupado los que aquí reproducimos de acuerdo con su temática y con la fina­
lidad con la que fueron escritos. Así, hemos dividido este volumen en tres partes, que
incluyen obras de Guatemala y la península de Yucatán:

I. LOS POPOL VUH * O POPOLHUUN * * MITICOS,


HISTORICOS Y PROFETICOS

Presentamos en esta parte tres de los que hemos llamado Popol Vuh o Popolhuun
sagrados, “Libros Sagrados de la comunidad”, que parecen haber sido escritos con el pro­
pósito principal de afirmar y perpetuar la herencia espiritual de los mayas, por medio

* “Libro de la comunidad” en quiché.


* * “Libro de la comunidad” en yucateco.

LV
de su lectura en reuniones indígenas clandestinas. Contienen fundamentalmente los
grandes mitos cosmogónicos y una variedad de mitos menores; la historia y leyendas del
origen de las tribus, migraciones, fundación de ciudades y hechos de los principales go­
bernantes, así como profecías para diversos lapsos, basadas en el concepto cíclico del
tiempo de los mayas prehispánicos. Estas obras son:
— Popol Vuh. Las antiguas historias del Quiché. Procedente de Santa Cruz del
Quiché, Guatemala. En la traducción al español del texto original en quiché,
con introducción y notas, de Adrián Recinos; editada en la Colección Popular del
fondo de Cultura Económica, México, 1960.
— Memorial de Sololá. Anales de los cakchiqueles. Procedente de Sololá, Guate­
mala. En la traducción al español del original en cakchiquel, con introducción
y notas de Adrián Recinos. Editada por el Fondo de Cultura Económica, Biblio­
teca Americana, México, en 1950.
— Libro de Chilam Balam de Chumayel. Procedente de Chumayel, Yucatán. En la
traducción del yucateco al español, con prólogo, de Antonio Mediz Bolio. Reim­
presión corregida por el traductor, editada por la Universidad Nacional Autóno­
ma de México, Biblioteca del Estudiante Universitario, No. 21, en 1941.

II. LOS POPOL VUH O POPOLHUUN RITUALES

Aquí ofrecemos dos obras de carácter ritual, que son únicas en su género. La pri­
mera constituida por un texto con estructura dramática, representante de los drama-
bailes llamados “baile del Tun”, que se escenificaban en las celebraciones religiosas, con­
tinuando una tradición de los antiguos mayas; y la segunda, integrada por cantares de
índole diversa, muchas veces unidos a la danza, que acompañaban a ritos de origen pre-
hispánico. También consideramos estas obras como “Libros sagrados de la comunidad” ,
ya que se representaban en las reuniones secretas posteriores a la Conquista, con el sen­
tido primordial de fortalecer el vínculo comunitario, haciendo pervivir la religión maya.
Los libros rituales son:
— Rabinal Achí. Procedente de San Pablo de Rabinal, Guatemala. Prólogo y adap­
tación de Francisco Monterde, de la traducción del original en quiché (que desa­
pareció) al francés hecha por Georges Raynaud y vertida al español por Luis
Cardoza y Aragón. Editado con el nombre de Teatro indígena prehispánico
(Rabinal Achí) por la Universidad Nacional Autónoma de México, Biblioteca
del Estudiante Universitario, No. 71, México, en 1955.
— Libro de los cantares de Dzitbalché. Procedentes de Dzitbalché, Campeche. En
la traducción del yucateco al español, con introducción y notas, de Alfredo Ba­
rrera Vásquez. Editado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia,
México, en 1965.

III. LOS POPOL VUH O POPOLHUUN HISTORICO-LEGALES

Esta parte incluye tres de los textos de carácter principalmente histórico, pero ela­
borados con el objeto central de preservar la herencia material de los mayas; es decir,
que fueron redactados por algunos miembros de la nobleza maya con el propósito de
confirmar, en los litigios de tierras, su legítima posesión de las mismas; de limitar los
tributos, y de solicitar privilegios a las autoridades españolas, por el hecho de pertene­
cer a un linaje ilustre. Eran también Popol Vuh o Popolhuun, libros de la comunidad,
que estaban en manos de los nobles, cuyas genealogías se asentaban en ellos. Los que
aquí presentamos son:
— Título de los Señores de Totonicapán. Procedente de Totonicapán, Guatemala.
En la traducción del original en quiché al español, hecha por Dionisio José
Chonay, con introducción y notas de Adrián Recinos. Editada por el Fondo de
Cultura Económica, Biblioteca Americana, Serie de Literatura indígena, México,
en 1950.
LV I
— Las historias de los Xpantzay. Tres documentos procedentes de Tecpán, Guate­
mala. En traducción del cakchiquel al español hecha en el siglo xvi, con intro­
ducción de Adrián Recinos. Publicados en Crónicas indígenas de Guatemala,
Editorial Universitaria, Guatemala, en 1957.
— Códice de Calkiní. Procedente de Calkiní, Yucatán. En la traducción del yuca-
teco al español, con proemio, de Alfredo Barrera Vásquez. Publicado por el
Gobierno del Estado de Campeche, Biblioteca campechana, No. 4, en 1957.
Pensamos que el hecho de presentar unidos estos textos, precedidos de un intento
de sistematización y análisis general de la literatura maya, que ofrecemos en nuestro
Prólogo, puede contribuir al entendimiento y a la necesaria divulgación de esta impor­
tante expresión cultural, perteneciente a una de las más notables civilizaciones de la
América prehispánica, por lo que agradecemos a los traductores o a sus deudos, así como
a las editoriales que autorizaron las reediciones, haber hecho posible la realización de
este volumen.
Las notas que agregamos a los textos se distinguen con un asterisco y la mención N.E.
entre paréntesis.

M. de la G.

LV II
I

LOS POPOL VUH O POPOLHUUN


MITICOS, HISTORICOS Y PROFETICOS
POPOL VUH

Las antiguas historias del Quiché


(Traducción, introducción y notas de Adrián Recinos)

INTRODUCCION

De todos los pueblos americanos, los quichés de


Guatemala son los que nos han dejado el más rico
legado mitológico. Su descripción de la creación, se­
gún aparece en el Popol Vuh, que puede llamarse
el libro nacional de los quichés, es, en su ruda y
extraña elocuencia y poética originalidad, una de las
más raras reliquias del pensamiento aborigen.

H u b e r t H o w e B a ncro ft
The Native Races, t. JII, cap. n

Los p u e b l o s del continente americano no se encontraban al tiempo del des­


cubrimiento en el estado de atraso que generalmente se cree. En lo material
habían alcanzado un notable grado de adelanto, a pesar de su aislamiento del
resto del mundo, como lo demuestran las obras de arquitectura, los caminos
de los incas del Perú y de los aztecas de México y los mayas de Yucatán y
Guatemala, la organización social y política y las conquistas en el orden inte­
lectual. Los mayas, especialmente, poseían conocimientos exactos de los mo­
vimientos de los astros, un calendario perfecto y una sorprendente aptitud
para los trabajos literarios y artísticos.
Las guerras de la Conquista fueron sumamente destructoras. La opulen­
ta ciudad de México o Tenochtitlán fue arrasada por los vencedores. La ca­
pital de los quichés de Guatemala, llamada Utatlán o Gumarcaah, pereció
entre las llamas junto con sus reyes, y sus habitantes fueron reducidos a la
esclavitud. No corrieron mejor suerte los documentos pertenecientes a la cul­
tura de los indios que fueron destruidos por los primeros misioneros cristia­
nos para obligarlos a abandonar sus viejas creencias religiosas. Y, sin embar­
go, esos mismos misioneros, pasado el ardor de la persecución religiosa, se
dieron a la fructuosa labor de recoger la tradición indígena y las noticias de

3
sus artes y costumbres, las cuales se han conservado felizmente en las obras
de Sahagán, Las Casas, Torquemada y otros escritores.
La existencia de una literatura indígena precolombina en el continente
americano permaneció ignorada hasta el siglo xix. Si bien los cronistas es­
pañoles del período colonial habían incluido en sus obras algunas muestras
de la poesía y las oraciones y admoniciones de los indios, su verdadero pen­
samiento no fue conocido hasta que los modernos investigadores descubrie­
ron los cantos y leyendas que aún se conservan en los diversos países ameri­
canos. Entre todos aquellos pueblos se distinguen por su superior calidad las
narraciones de los mayas de Yucatán y los quichés y cakchiqueles de Gua­
temala.
Los primitivos habitantes de esta región del Nuevo Mundo poseían un
sistema propio de escritura que los califica de verdaderamente civilizados.
Por medio de sus signos y caracteres escribían los datos de su comercio, sus
noticias cronológicas, geográficas e históricas. Los mayas, principalmente, de­
sarrollaron una brillante cultura en el sur de México y en el actual territorio
de Guatemala, e inventaron una escritura jeroglífica que en parte se ha lo­
grado descifrar. Algunos de los libros escritos por ellos en un sistema gráfico
original se conservan felizmente en las bibliotecas europeas.
E l historiador Bernal Díaz del Castillo dice que los indios de México
tenían “ unos librillos de un papel de corteza de árbol que llaman amate, y
en ellos hechas sus señales del tiempo e de cosas pasadas” . Otros cronistas
de aquella época refieren que los antiguos pobladores de estas tierras poseían
escritas sus historias, la genealogía y sucesión de sus reyes, los acontecimien­
tos de cada año, la demarcación de las tierras, las ceremonias y fiestas, sus
leyes y ritos religiosos.
Los misioneros españoles que tomaron a su cargo la instrucción religiosa
de los indios se preocuparon desde un principio por enseñarles a hablar* y leer
la lengua castellana, y algunos de ellos aprendieron a escribir usando el alfa­
beto latino, no sólo para componer las frases del nuevo idioma, sino también
para transcribir las palabras y los textos de las lenguas indígenas. E l buen
sentido con que los naturales se dedicaron a estas disciplinas permitió que
se conservaran por escrito las noticias de la antigüedad y el tesoro literario
que sólo ellos conocían y que se había estado transmitiendo probablemente
en forma oral, de generación en generación.
Tratando por ahora de las historias de los indios quichés de Guatemala
es interesante dar a conocer la manera un tanto misteriosa como se descu­
brió el libro más notable de la antigüedad americana.
A principios del siglo x vm el Padre Fray Francisco Ximénez, de la Orden
de Santo Domingo, que había llegado de España a Guatemala en 1688 "en
una barcada de religiosos” , desempeñaba el curato del pintoresco pueblo de
Santo Tomás Chuilá, hoy Chichicastenango, donde se conservaba y existe
todavía la antigua tradición de los indios quichés. Gracias a su carácter bon­
dadoso^ y a su espíritu comprensivo de la psicología y necesidades de los in­
dios, el Padre Ximénez logró inspirarles confianza y consiguió que le dieran
a conocer un libro escrito pocos años después de la conquista española, en
la lengua quiché, con auxilio del alfabeto castellano. E l Padre Ximénez se

4
interesó vivamente en el hallazgo, y hallándose ya en posesión del idioma
indígena, pudo enterarse del gran valor del manuscrito que había caído en
sus manos, y se dedicó con ahínco a estudiarlo y traducirlo a su propio idio­
ma. Como garantía de la veracidad de su traducción, el buen fraile transcribió
íntegro el texto quiché del documento indígena, y junto a él, en columnas
paralelas, insertó su traducción castellana. Este manuscrito, que se conserva
actualmente en la Biblioteca Newberry de Chicago, lleva el título siguiente
que le fue dado por su descubridor y primer traductor:
Empiezan las historias del origen de los Indios de esta provincia de Gua­
temala, traduzido de la lengua quiché en la castellana para más comodidad
de los Ministros del Sto. Evangelio, por el R. P. F. Franzisco Ximénez, Cura
doctrinero por el Real Patronato del Pueblo de Sto. Tomás Chuilá.
El nombre de su autor se ignora en absoluto. Solamente se sabe lo que
dice el propio manuscrito, o sea que existía antiguamente un libro llamado
Popol Vuh en donde se refería claramente el origen del mundo y de la raza
aborigen, todo lo cual veían los reyes en él, y que, como ese libro ya no exis­
tía, se escribía esta narración "ya dentro de la ley de Dios, en el Cristia­
nismo” .
Esta primera traducción del P. Ximénez no era muy clara; apegada estric­
tamente al original, a veces era difícil de leer y de oscuro sentido; pero él
la revisó, la hizo menos literal y de más agradable lectura y la incluyó en el
primer tomo de su extensa Historia de la Provincia de San Vicente de Chia-
pa y Guatemala que terminó hacia el año 1722. Escribió además el laborioso
fraile otra importante obra, el Tesoro de las Lenguas Cacchiquel, Quiché y
Tzutuhil, en dos volúmenes, de los cuales el primero, de 204 folios dobles,
contiene un vocabulario, y el segundo una gramática de dichas tres lenguas,
que consta de 92 folios dobles, o sea 184 páginas. En esta obra hizo Ximé­
nez un estudio minucioso de la lengua quiché siguiendo el método de la gra­
mática latina y señalando las relaciones y diferencias que existen entre las
tres lenguas que aún se hablan en Guatemala. Brasseur de Bourbourg se apro<-
vechó bien de este trabajo para componer su Grammaire de la Langue Qui-
chée que publicó en París en 1862.
Unidas a la Gramática o Arte de las tres lenguas hoy depositado en la Bi­
blioteca Newberry de Chicago, se encuentran la copia del Manuscrito de
Chichicastenango hecha por Ximénez y su primera traducción castellana. En
opinión de Brasseur de Bourbourg esta copia debe tenerse como el original
de la narración quiché.
El P. Ximénez dice en su Historia de la Provincia que las historias que
recogió en Santo Tomás Chuilá eran la doctrina que los indios primero ma­
maban con la leche de su madre y que todos ellos las sabían de memoria, y
que según pudo enterarse en aquel pueblo “de aquestos libros tenían muchos
entre sí” . Lo cierto es que el documento que Ximénez tuvo en sus manos es
el único que efectivamente ha aparecido y cuyo contenido se ha conservado
felizmente gracias a su previsión y diligencia.
Estudiando el texto del Manuscrito de Chichicastenango se encuentran
algunos datos que permiten fijar aproximadamente la época en que fue redac­
tado por uno o varios indios quichés. Se habla en él de la visita que hizo al

5
Quiché el Obispo D. Francisco Marroquín para bendecir la ciudad española
que sustituyó a la antigua Utatlán, visita que, según el P. Ximénez, tuvo lu­
gar en 1539, y al enunciar en las páginas finales la serie de los reyes que
gobernaron el territorio, menciona como miembros de la última generación
a Juan de Rojas y a Juan Cortés, nietos de los reyes a quienes el conquistador
español Pedro de Alvarado quemó frente a Utatlán en 1524. Los últimos
señores quichés vivieron hasta después de la mitad del siglo xvi. E l Oidor
de la Real Audiencia Alonso Zorita los conoció durante la visita que hizo al
Quiché en 1553 y 1557 y los encontró “ tan pobres y miserables como el más
pobre indio del pueblo” . Las firmas de estos principes aparecen en varios
documentos indígenas, entre ellos el Título de los Señores de Totonicapán,
extendido el 28 de septiembre de 1544. De estos datos es posible deducir
que el célebre manuscrito quiché se terminó de redactar alrededor de 1544.
Los trabajos del P. Ximénez permanecieron olvidados en el archivo del
Convento de Santo Domingo, de donde pasaron en 1830 a la biblioteca de
la Universidad de Guatemala. Allí los encontró en 1854 el viajero austríaco
Dr. Cari Scherzer, y dándose cuenta de su valor se hizo extender una copia
de la primera traducción de Ximénez y la publicó en Viena en 1857 con el
título primitivo de Las Historias del origen de los indios de esta provincia
de Guatemala.
E l célebre americanista Charles Etienne Brasseur de Bourbourg llegó a
Guatemala un año después de Scherzer y se interesó también por estas his­
torias; adquirió no• se sabe exactamente de qué manera, el manuscrito de
Ximénez, y haciendo uso del conocimiento de la lengua quiché que aprendió
durante el año que administró el curato del pueblo de Rabinal, se dedicó a
traducirlo al francés. Vuelto a su país, Brasseur publicó un hermoso volu­
men con el título de Popol Vuh. Le Livre Sacré et les mythes de l’antiquité
américaine. Este volumen, editado en París en 1861, contiene el texto qui­
ché, la traducción de Brasseur y un erudito comentario, y desde su aparición
fue acogido con vivo interés por el mundo científico de América y Europa.
Brasseur de Bourbourg dio al documento indígena el nombre de Popol
Vuh que conserva hasta ahora, y aunque por ello ha sido criticado por varios
comentaristas, el hecho es que el autor de esta narración se propuso eviden­
temente reproducir el libro antiguo que ya no se veía en su tiempo y que era
conocido con el nombre de Popol Vuh.
La versión francesa de Brasseur fue a la vez traducida al castellano y en
esa forma fue publicada en Centroamérica a fines del siglo pasado y luego
reproducida en Yucatán. Otros trabajos sobre la mitología y la historia pre­
colombina de Guatemala fueron publicados al mismo tiempo en América y
los países europeos por Bancroft, Brinton, Charencey, Chavero, Müller, Seler,
Raynard, Spence, etc., animados todos estos autores del interés que les había
inspirado la aparición del Popol Vuh.
Muerto Brasseur, su colección de manuscritos y obras impresas se dis­
persó y hoy se encuentra repartida en varias bibliotecas de Francia y los E s­
tados Unidos de América.
Una segunda versión del Popol Vuh se debe al profesor Georges Raynaud,
dedicado durante muchos años al estudio de las religiones y de los manus­

6
critos indígenas americanos. Su traducción vio la luz en París en 1925 y fue
trasladada al castellano dos años después con el título de Los dioses, los hé­
roes y los hombres de Guatemala antigua o Libro del Consejo.
Dos traducciones alemanas de este libro han sido publicadas en Alema­
nia: la primera, por Noah Elieser Pohorilles, apareció en 1913 en Leipzig;
la segunda se debe al Dr. Leonhard Schultze-Jena, de la Universidad de Mar-
burg. Este distinguido americanista, que había recogido anteriormente las
oraciones de los indios quichés y publicado un libro sobre la vida y las creen­
cias de aquel pueblo americano, tuvo a la vista una copia fotográfica del ma­
nuscrito de Ximénez y publicó en Stuttgart en 1944 un hermoso volumen
con el título de Popol Vuh. Das heilige Buch der Quiche Indianer. Tiene esta
obra el mérito de haber reproducido el texto quiché tal como lo transcribió
el P. Ximénez y de haberse basado en él su versión alemana que, por esta
razón, es más fiel y exacta que la versión francesa de Brasseur.
Dos traducciones modernas en castellano han aparecido en los últimos
años. La primera se debe al licenciado J. Antonio Villacorta y don Flavio
Rodas, y fue publicada en Guatemala en 1927 con el título de Manuscrito
de Chichicastenango. El Popol Buj. Se incluye en esta edición el texto quiché
tomado de la obra de Brasseur y fonetizado nuevamente para uso del lector
español. Por una coincidencia, que revela el interés que inspira el documento
indígena, el autor de esta introducción estaba trabajando en los Estados Uni­
dos al mismo tiempo que el profesor Schultze-Jena en Alemania en la tra­
ducción del manuscrito quiché que en 1941 había encontrado en la Bibliote­
ca Newberry. Conociendo la importancia de este documento, y con la espe­
ranza de poder añadir algo nuevo a la interpretación de los anteriores traduc­
tores, emprendí desde aquel año la difícil tarea de trasladar las historias de
los indios de mi país al idioma castellano y de aclarar por medio de notas los
pasajes oscuros, añadiendo los datos geográficos y de otra naturaleza que
contribuyeran a su mejor inteligencia. Mi traducción fue publicada en México
en 1947 bajo el título de Popol Vuh. Las antiguas historias del Quiché.
Por empeño de mi inolvidable amigo el arqueólogo Sylvanus G. Morley,
mi versión castellana fue trasladada al inglés y publicada en 1950 por la im­
prenta de la Universidad de Oklahoma, Estados Unidos, en un bello libro
que lleva el título de Popol Vuh. The Sacred Book of the Ancient Quiché
Maya. Esta versión, reproducida poco después en Inglaterra, es la primera
que se ha publicado íntegramente en el idioma inglés.
Como podrá observar el lector, el libro de los antiguos indios quichés
ha recibido la atención de los hombres de estudio de ambos continentes.
Está para publicarse, además, una traducción al japonés.* La parte mitoló­
gica que contiene ha dado lugar asimismo a varias obras de entretenimiento,
entre las cuales 'pueden citarse las del escritor argentino Arturo Capdevila y
del escritor yucateco Ermilo Abreu Gómez, en América, y los cuentos de

* La traducción de Recinos de 1947 ha sido vertida a los siguientes idiomas: Inglés,


Goetz y Morley, 1950; Italiano, Terracini, 1960; Japonés, Hayashiya, 1961. Asimismo,
fue la base de la versión de Saravia Enríquez, 1965. Nuevas traducciones: Burgess y
Xec, 1955, español; Kinzhalov, 1959, ruso; Cordan, 1962, alemán; Villacorta, 1962, es­
pañol; Edmonson, 1971, inglés. (N. £.)

7
Charles Finger y Walter Krickeberg en Europa. En la presente edición * * se
ha tratado de ofrecer a los lectores el libro sagrado de los quichés en una
forma más sencilla y popular, sin alterar su contenido, y conservando los da­
tos más importantes del comentario y de las notas con que ha aparecido an­
teriormente.
En la descripción de la creación, uno de los pasajes más notables de esta
crónica, notará el lector alguna semejanza con el Libro del Génesis. Es evi­
dente que el autor conocía algo de los textos bíblicos que le habían enseñada
los misioneros cristianos; pero, como ha dicho el comentarista Adolfo Ban-
delier, “el conjunto es una colección de tradiciones originales de los indios
de Guatemala, y como tal, la obra de mayor valor para la historia y la etno­
logía indígena de la América Central” .
Otro famoso historiador, Hubert Howe Bancroft, ha dicho por su parte
que el Popol Vuh es una de las más raras reliquias del pensamiento aborigen
del Nuevo Mundo.
Los lectores que recorran las páginas de este libro no dejarán de confir­
mar estas dos opiniones de dos sabios americanistas.

En el Popol Vuh pueden distinguirse tres partes. La primera es una des­


cripción de la creación y del origen del hombre, que después de varios ensa­
yos infructuosos fue hecho de maíz, el grano que constituye la base de la
alimentación de los naturales de México y Centroamérica.
En la segunda parte se refieren las aventuras de los jóvenes semidioses
Hunahpú e Ixbalanqué y de sus padres sacrificados por los genios del mal
en su reino sombrío de Xibalbay; y en el curso de varios episodios llenos de
interés se obtiene una lección de moral, el castigo de los malvados y la humi­
llación de los soberbios. Rasgos ingeniosos adornan el drama mitológico que
en el campo de la invención y expresión artística no tiene rival en la América
precolombina.
La tercera parte no presenta el atractivo literario de la segunda, pero
encierra un caudal de noticias relativas al origen de los pueblos indígenas de
Guatemala, sus emigraciones, su distribución en el territorio, sus guerras y
el predominio de la raza quiché hasta poco antes de la conquista española.
En esta parte se describe también la serie de los reyes que gobernaban
el territorio, sus conquistas y la destrucción de los pueblos pequeños que no
se sometieron voluntariamente al dominio de los quichés. Para el estudio de
la historia antigua de aquellos reinos indígenas los datos de esta parte del
Popul Vuh, confirmados por otros preciosos documentos, el Título de los
Señores de Totonicapán y otras crónicas de la misma época, son de inestima­
ble valor.
Cuando, en 1524, los españoles, bajo el mando de Pedro de Alvarado,
invadieron por orden de Cortés el territorio situado inmediatamente al sur
de México, encontraron en él una población numerosa, dueña de una civili­
zación semejante a la de sus vecinos del norte. Ocupaban el centro del país
los quichés y cakchiqueles; al poniente vivían los indios mames que aún ha-

* * Fondo de Cultura Económica, 1960 (Colección Popular No. 11).

8
hitan los departamentos de Huehuetenango y San Marcos; en las márgenes
del sur del Lago de Atitlán se encontraba la raza aguerrida de los zutujiles;
y, hacia el norte y oriente, se extendían otros pueblos de raza y lengua distin­
tas. Todos eran, sin embargo, descendientes de los mayas que en el centro
del Continente desarrollaron, en los primeros siglos de la era cristiana, una
maravillosa civilización.
Las características físicas de los quichés y demás pueblos indígenas de
Guatemala, y la semejanza entre las lenguas, demuestran suficientemente el
parentesco que las une con la madre común. Robustecen el concepto de la
unidad racial maya-quiché las ideas comunes que se encuentran en los docu­
mentos de Guatemala y Yucatán acerca del origen de sus habitantes.
Además del elemento maya original se observan en el compuesto étnico
y en las lenguas de los antiguos reinos indígenas las huellas de la raza tolteca
que, procedente del norte de México, invadió la península de Yucatán bajo
el mando de Quetzalcóatl hacia el siglo xi de nuestra era.
Los datos de los documentos revelan que las tribus guatemaltecas vivie­
ron largo tiempo en la región de la Laguna de Términos y que, no encon­
trando probablemente en ella suficiente espacio vital ni la independencia ne­
cesaria para sus actividades, la abandonaron y emprendieron una peregrina­
ción total hacia las tierras del interior, siguiendo el curso de los grandes ríos
que tienen su origen en las montañas de Guatemala: el Usumacinta y el Gri-
jalva. De esta manera llegaron a las altiplanicies y montañas del interior don­
de se establecieron y propagaron aprovechando los recursos del país y las
facilidades que éste les brindaba para la defensa contra sus enemigos.
Durante su largo viaje, y en los primeros tiempos de su establecimiento
en las nuevas tierras, padecieron las tribus grandes penalidades que se des­
criben en los documentos, hasta que descubrieron el maíz y comenzaron a
practicar la agricultura. El resultado, a través de los años, fue sumamente
favorable para el desarrollo de la población y de la cultura de los diferentes
grupos, entre los cuales se destaca la nación quiché.
Si la producción intelectual marca el grado supremo de la cultura de un
pueblo, la existencia de un libro de tan grandes alcances y mérito literario
como el Popol Vuh es bastante para asignar a los quichés de Guatemala un
puesto de honor entre todas las naciones indígenas del Nuevo Mundo.
Confío en que el curioso lector que recorra las páginas de este libro y se
sienta cautivado por el encanto de la antigua mitología americana podrá con­
firmar esta opinión.

A drián R ecin os

9
PREAMBULO

E s t e e s el principio de las antiguas historias de este lugar llamado Quiché.1


Aquí escribiremos y comenzaremos las antiguas historias,2 el principio y el
origen de todo lo que se hizo en la ciudad de Quiché, por las tribus de la
nación quiché.
Y aquí traeremos la manifestación, la publicación y la narración de lo
que estaba oculto, la revelación por Tzacol, Bitol, Alom, Qaholom, que se
llaman Hunahpú-Vuch, Hunahpú-Utiú, Zaqui-Nimá-Tziís, Tepeu, Gucumatz,
u Qux Cho, u Qux Palo, Ah Raxá Lac, Ah Raxá Tzel, así llamados.3 Y [al

1 En este principio de las antiguas historias de la raza y en los renglones siguientes,


el desconocido autor da el nombre de Quiché al país, así llamado: varal Quiché u bi;
a la ciudad, Quiché tinamit, y a las tribus de la nación, r’amag Quiché vinac. La palabra
quiché, queché o quechelah significa bosque en varias de las lenguas de Guatemala, y
proviene de qui, quiy, muchos y che, árbol, palabra maya original. Quiché, tierra de
muchos árboles, poblada de bosques, era el nombre de la nación más poderosa del inte­
rior de Guatemala en el siglo xvi. El mismo significado tiene la palabra náhuatl Quauht-
lemallan, que es probablemente una traducción del nombre Quiché y que, lo mismo que
éste, describe con acierto el país montuoso y fértil que se extiende al sur de México. Es
indudable que el nombre azteca Quauhtlemallan, del cual se derivó el moderno de Gua­
temala, se aplicaba a todo el país y no solamente a la capital de los cakchiqueles, Ixim-
ché (el árbol llamado ahora ramón), a la cual los tlaxcaltecas que llegaron con Alvarado
llamaron Tecpán-Quauhtlemallan. Todo este territorio situado al sur de Yucatán y el
Petén-Itzá era conocido desde antes de la conquista española con los nombres de Quauht­
lemallan y Tecolotlán (Verapaz hoy día).
2 Para escribir las antiguas historias del origen y desarrollo de la nación quiché el
autor probablemente se sirvió, no sólo de la tradición oral, sino también de las pinturas
antiguas. Sahagún refiere que los sacerdotes toltecas cuando caminaban hacia el Oriente
(Yucatán) llevaban consigo “ todas sus pinturas donde tenían todas las cosas de antigua­
llas y de los oficios mecánicos” . En el capítulo vi de la Cuarta Parte de este libro se lee
que el Señor Nacxit (Quetzalcóatl) dio a los príncipes quichés, entre otras cosas, “las
pinturas de Tulán (u tzibal Tulán), las pinturas, como le llamaban a aquello en que po­
nían sus historias” .
3 Estos son los nombres de la divinidad, ordenados en parejas creadoras de acuerdo
con la concepción dualística de los quichés, como sigue:
Tzacol y Bitol, el Creador y el Formador;

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mismo tiempo] la declaración, la narración conjuntas de la Abuela y el Abue­
lo, cuyos nombres son Ixpiyacoc e Ixmucané,4 amparadores y protectores, dos
veces abuela, dos veces abuelo, así llamados en las historias quichés, cuando
contaban todo lo que hicieron en el principio de la vida, el principio de la
historia.
Esto lo escribiremos ya dentro de la ley de Dios, en el Cristianismo; lo
sacaremos a luz porque ya no se ve el Popol Vuh, así llamado,5 donde se veía

Alorn, la diosa madre, la que concibe los hijos, de al, hijo, alan, dar a luz. Qaholom,
el dios padre que engendra los hijos, de qahol, hijo del padre, qaholah, engendrar. Ma­
dre y padre los llama Ximénez; son el Gran Padre y la Gran Madre, así llamados por
los indios, según refiere Las Casas, y que estaban en el cielo;
Hunahpú-Vuch, un cazador vulpeja o tacuazín (Opossum), dios del amanecer; vuch
es el momento que precede al amanecer. Hunahpú-Vuch es la divinidad en potencia fe­
menina, según Seler. Hunahpú-Utiú, un cazador coyote, variedad de lobo (Canis latrans),
dios de la noche, en potencia masculina;
Zaqui-Nimá-Tziís, Gran pisóte blanco (Nasua nasica) o coatí, encanecido por la edad,
diosa madre; y su consorte, Nim-Ac, Gran cerdo montés, o jabalí, ausente en este lugar
por una omisión mecánica, pero invocado en el capítulo siguiente;
Tepeu, el rey o soberano, del náhuatl Tepeuh, tepeuani, que Molina traduce por
conquistador o vencedor en batalla; ah tepehual entre los mayas, quienes lo tomaron
igualmente de los mexicanos. Gucumatz, serpiente cubierta de plumas verdes, de guc, en
maya, kuk, plumas verdes, quetzal por antonomasia, y cumatz, serpiente; es la versión
quiché de Kukulcán, el nombre maya de Quetzalcóatl, el rey tolteca, conquistador, civi­
lizador y dios de Yucatán durante el período del Nuevo Imperio Maya. El fuerte colo­
rido mexicano de la religión de los quichés se refleja en esta pareja creadora que con­
tinúa siendo invocada a través del libro hasta que la divinidad toma forma corporal en
Tohil, a quien en la Tercera Parte se identifica expresamente con Quetzalcóatl;
U Qux Cho, el corazón o el espíritu de la laguna. U Qux Paló, el corazón o espí­
ritu del mar. Ya se verá que a la divinidad la llamaban también el Corazón del Cielo,
u Qux Cah;
Ah Raxá Lac, el Señor del verde plato, o sea la tierra; Ah Raxá Tzel, el Señor de
la jicara verde o del cajete azul, como dice Ximénez, o sea el cielo.
El nombre Hunahpú ha sido objeto de muchas interpretaciones. Literalmente, sig­
nifica un cazador con cerbatana, un tirador; etimológicamente es eso mismo y es vocablo
de la lengua maya, ahpú en maya es cazador y ah ppuh ob, forma de plural, son los
monteros que van a la caza, según el Diccionario de Aíotul. Es evidente, sin embargo,
que los quichés debían tener alguna razón más plausible que esta etimología para dar
ese nombre a la divinidad. El cazador en los tiempos primitivos era un personaje muy
importante; el pueblo vivía de la caza y de los frutos espontáneos de la tierra antes de
la invención de la agricultura. Hunahpú sería, en consecuencia, el cazador universal, que
proveía al hombre de sustento; hun tiene también en maya la acepción de general y
universal. Pero posiblemente los quichés que descendían directamente de los mayas, qui­
sieron reproducir en el nombre Hunahpú, el sonido de las palabras mayas Hunab Ku,
“el único dios” , que servían para designar al dios principal del panteón maya, que no
podía representarse materialmente, por ser incorpóreo. La pintura de un cazador podría
haber servido en los tiempos antiguos para representar el fonema Hunab Ku que ence­
rraba una idea abstracta, la de un ser espiritual y divino. El procedimiento es común en
la escritura pictográfica precolombina. Hunahpú es también el nombre del vigésimo día
del calendario quiché, el día más venerado de los antiguos, equivalente al maya Ahau,
señor o jefe, y al náhuatl Xóchitl, flor y sol, símbolo del dios sol o Tonatiuh.
4 Ixpiyacoc e Ixmucané, el viejo y la vieja (en maya ixnuc es vieja), equivalentes
de los dioses mexicanos Cipactonal y Oxomoco, los sabios que según la leyenda tolteca
inventaron la astrología judiciaria y compusieron la cuenta de los tiempos, o sea el ca­
lendario.
5 Popo Vuh, o Popol Vuh, literalmente el libro de la comunidad. La palabra popol
es maya y significa junta, reunión o casa común. Popol na es la “casa de comunidad

11
claramente la venida del otro lado del mar, la narración de nuestra oscuridad,
y se veía claramente la vida.
Existía el libro original, escrito antiguamente, pero su vista está oculta
al investigador y al pensador. Grande era la descripción y el relato de cómo
se acabó de formar todo el cielo y la tierra, cómo fue formado y repartido
en cuatro partes, cómo fue señalado y el cielo fue medido y se trajo la cuerda
de medir y fue extendida en el cielo y en la tierra; en los cuatro ángulos, en
los cuatro rincones,6 como fue dicho por el Creador y el Formador, la madre
y el padre de la vida,7 de todo lo creado, el que da la respiración y el pensa­
miento, la que da a luz a los hijos, el que vela por la felicidad de los pueblos,
la felicidad del linaje humano, el sabio, el que medita en la bondad de todo
lo que existe en el cielo, en la tierra, en los lagos y en el mar.

PRIMERA PARTE

CAPITULO PRIMERO

E s t a e s la relación de cómo todo estaba en suspenso, todo en calma, en si­


lencio; todo inmóvil, callado, y vacía la extensión del cielo.

donde se juntan a tratar de cosas de república” , dice el Diccionario de Motul. Pop es


verbo quiché que significa juntar, adunar, amontonarse la gente, según Ximénez; y popol
cosa perteneciente al cabildo comunal, nacional. Por esta razón Ximénez interpreta el
Popol Vuh como Libro del Común, o del Consejo. Vuh o uúh es libro, papel o trapo y
se deriva del maya húun o úun, que es papel y libro y el árbol de cuya corteza se hacía
el papel antiguamente y que los nahuas ñaman amatl, en Guatemala popularmente amatle
(Ficus cotinifolia). Nótese que en muchas palabras la n del maya se convierte en /, o h
aspirada en quiché. Na, casa en maya, se convierte en ha, o ja; húun, o úun, libro en
maya, se vuelve vuh o uúh en quiché.
6 Los cuatro puntos cardinales, según Brasseur. Es la misma idea de los cuatro
Bacabes que sostienen el cielo de los mayas.
7 Cuando enumera personas de los dos sexos, se observará que el Popol Vuh ga­
lantemente menciona primero a la mujer.

12
Esta es la primera relación, el primer discurso. No había todavía un
hombre, ni un animal, pájaros, peces, cangrejos, árboles, piedras, cuevas, ba­
rrancas, hierbas ni bosques: sólo el cielo existía.
No se manifestaba la faz de la tierra. Sólo estaban el mar en calma y el
cielo en toda su extensión.
No había nada junto, que hiciera ruido, ni cosa alguna que se moviera,
ni se agitara, ni hiciera ruido en el cielo.
No había nada que estuviera en pie; sólo el agua en reposo, el mar apa­
cible, solo y tranquilo. No había nada dotado de existencia.
Solamente había inmovilidad y silencio en la oscuridad, en la noche. Sólo
el Creador, el Formador, Tepeu, Gucumatz, los Progenitores, estaban en el
agua rodeados de claridad.1 Estaban ocultos bajo plumas verdes y azules,2 por
eso se les llama Gucumatz. De grandes sabios, de grandes pensadores es su
naturaleza. De esta manera existía el cielo y también el Corazón del Cielo,
que éste es el nombre de Dios. Así contaban.
Llegó aquí entonces la palabra, vinieron juntos Tepeu y Gucumatz, en la
oscuridad, en la noche, y hablaron entre sí Tepeu y Gucumatz. Hablaron,
pues, consultando entre sí y meditando; se pusieron de acuerdo, juntaron
sus palabras y su pensamiento.
Entonces se manifestó con claridad, mientras meditaban, que cuando
amaneciera debía aparecer el hombre.3 Entonces dispusieron la creación y
crecimiento de los árboles y los bejucos y el nacimiento de la vida y la crea­
ción del hombre. Se dispuso así en las tinieblas y en la noche por el Corazón
del Cielo, que se llama Huracán.
El primero se llama Caculhá Huracán. El segundo es Chipi-Caculhá. El
tercero es Raxa-Caculhá. Y estos tres son el Corazón del Cielo.4

1 Estaban en el agua porque los quichés asociaban el nombre de Gucumatz con el


líquido elemento. El Obispo Núñez de la Vega dice que Gucumatz es culebra de plumas
que anda en el agua. El manuscrito cakchiquel refiere que a uno de los pueblos primi­
tivos que emigraron a Guatemala se le llamó Gucumatz porque su salvación estaba en
el agua.
2 Guc, o q’uc, kuk en maya, es el ave que hoy se llama quetzal (Vharomacrus mo-
cinno); el mismo nombre se da a las hermosas plumas verdes de la cola de esta ave, a
las cuales se llama quetzalli en náhuatl. Raxón, o raxom es otra ave de plumaje azul ce­
leste, según Basseta, un pájaro de “pecho musgo y alas azules” , según el Vocabulario de
los Padres Franciscanos. Ranchón en la lengua vulgar de Guatemala, es la Cotinga ama-
bilis, de color azul turquesa y pecho y garganta morados que los mexicanos llaman xiuh-
tototl. Las plumas de estas dos aves tropicales, que abundan especialmente en la región
de Verapaz, eran usadas en los adornos ceremoniales de los reyes y señores principales
desde los tiempos más antiguos de los mayas.
3 Con la concisión propia del idioma quiché, el autor refiere cómo nació claramente
la idea en la mente de los Formadores, cómo se reveló la necesidad de crear al hombre,
objeto último y supremo de la Creación, según las ideas finalistas de los quichés. La idea
de crear al hombre se concibió entonces, pero como se verá en el curso de la narración,
no se puso en práctica hasta mucho tiempo después.
4 Huracán, una pierna; Caculhá Huracán, rayo de una pierna, o sea el relámpago;
Chipi Caculhá, rayo pequeño. Esta es la interpretación de Ximénez. El tercero, Raxa
Caculhá, es el rayo verde, según el mismo escritor, y el relámpago o el trueno, según
Brasseur. El adjetivo rax tiene, entre otros significados, el de repentino o súbito. En
cakchiquel raxhaná-hih es el relámpago. Sin embargo, de todo esto, racán tiene en quiché
y en cakchiquel el significado de grande o largo.

13
Entonces vinieron juntos Tepeu y Gucumatz; entonces conferenciaron
sobre la vida y la claridad, cómo se hará para que aclare y amanezca, quién
será el que produzca el alimento y el sustento.
— ¡Hágase así! ¡Que se llene el vacío! ¡Que esta agua se retire y deso­
cupe [el espacio], que surja la tierra y que se afirme! Así dijeron. ¡Que
aclare, que amanezca en el cielo y en la tierra! No habrá gloria ni grandeza
en nuestra creación y formación hasta que exista la criatura humana, el hom­
bre formado. Así dijeron.
Luego la tierra fue creada por ellos. Así fue en verdad como se hizo la
creación de la tierra: — ¡Tierra!, dijeron, y al instante fue hecha.
Como la neblina, como la nube y como una polvareda fue la creación,
cuando surgieron del agua las montañas; y al instante crecieron las montañas.
Solamente por un prodigio, sólo por arte mágica se realizó la formación
de las montañas y los valles; y al instante brotaron juntos los cipresales y
pinares en la superficie.
Y así se llenó de alegría Gucumatz, diciendo: — ¡Buena ha sido tu ve­
nida, Corazón del Cielo; tú, Huracán, y tú, Chipi-Caculhá, Raxa-Caculhá!
—Nuestra obra, nuestra creación será terminada, contestaron.
Primero se formaron la tierra, las montañas y los valles; se dividieron las
corrientes de agua, los arroyos se fueron libremente entre los cerros, y las
aguas quedaron separadas cuando aparecieron las altas montañas.
Así fue la creación de la tierra, cuando fue formada por el Corazón del
Cielo, el Corazón de la Tierra, que así son llamados los que primero la fecun­
daron, cuando el cielo estaba en suspenso y la tierra se hallaba sumergida
dentro del agua.
De esta manera se perfeccionó la obra, cuando la ejecutaron después de
pensar y meditar sobre su feliz terminación.

CAPITULO II

Lu ego hicieron a los animales pequeños del monte, los guardianes de todos
los bosques, los genios de la montaña,5 los venados, los pájaros, leones, tigres,
serpientes, culebras, cantiles [víboras], guardianes de los bejucos.
Y dijeron los Progenitores: — ¿Sólo silencio e inmovilidad habrá bajo
los árboles y los bejucos? Conviene que en lo sucesivo haya quien los guarde.
Así. dijeron cuando meditaron y hablaron en seguida. Al punto fueron
creados los venados y las aves. En seguida les repartieron sus moradas a los
venados y a las aves. —Tú, venado, dormirás en la vega de los ríos y en los
barrancos. Aquí estarás entre la maleza, entre las hierbas; en el bosque os
multiplicaréis, en cuatro pies andaréis y os sostendréis. Y así como se dijo,
así se hizo.
Luego designaron también su morada á los pájaros pequeños y a las aves

5 Literalmente, el hombrecillo del bosque. Los antiguos indios creían que los mon­
tes estaban habitados por estos seres guardianes, espíritus de los montes, especie de
duendes semejantes a los alux de los mayas.

14
mayores: —Vosotros, pájaros, habitaréis sobre los árboles y los bejucos, allí
haréis vuestros nidos, allí os multiplicaréis, allí os sacudiréis en las ramas de
los árboles y de los bejucos. Así les fue dicho a los venados y a los pájaros
para que hicieran lo que debían hacer, y todos tomaron sus habitaciones y
sus nidos.
De esta manera los Progenitores les dieron sus habitaciones a los anima­
les de la tierra.
Y estando terminada la creación de todos los cuadrúpedos y las aves, les
fue dicho a los cuadrúpedos y pájaros por el Creador y Formador y los Pro­
genitores: —Hablad, gritad, gorjead, llamad, hablad cada uno según vuestra
especie, según la variedad de cada uno. Así les fue dicho a los venados, los
pájaros, leones, tigres y serpientes.
—Decid, pues, nuestros nombres, alabadnos a nosotros, vuestra madre,
vuestro padre. ¡Invocad, pues, a Huracán, Chipi-Caculhá, Raxa-Caculha, el
Corazón del Cielo, el Corazón de la Tierra, el Creador, el Formador, los Pro­
genitores; hablad, invocadnos, adoradnos!, les dijeron.
Pero no se pudo conseguir que hablaran como los hombres; sólo chilla­
ban, cacareaban y graznaban; no se manifestó la forma de su lenguaje, y cada
uno gritaba de manera diferente.
Cuando el Creador y el Formador vieron que no era posible que habla­
ran, se dijeron entre sí: —No ha sido posible que ellos digan nuestro nom­
bre, el de nosotros, sus creadores y formadores. Esto no está bien, dijeron
entre sí los Progenitores.
Entonces se les dijo: —Seréis cambiados porque no se ha conseguido
que habléis. Hemos cambiado de parecer: vuestro alimento, vuestra pastura,
vuestra habitación y vuestros nidos los tendréis, serán los barrancos y los
bosques, porque no se ha podido lograr que nos adoréis ni nos invoquéis.
Todavía hay quienes nos adoren, haremos otros [seres] que sean obedientes.
Vosotros, aceptad vuestro destino: vuestras carnes serán trituradas. Así será.
Esta será vuestra suerte. Así dijeron cuando hicieron saber su voluntad a los
animales pequeños y grandes que hay sobre la faz de la tierra.
Luego quisieron probar suerte nuevamente, quisieron hacer otra tentativa
y quisieron probar de nuevo a que los adoraran.
Pero no pudieron entender su lenguaje entre ellos mismos, nada pudie­
ron conseguir y nada pudieron hacer. Por esta razón fueron inmoladas sus
carnes y fueron condenados a ser comidos y matados los animales que exis­
ten sobre la faz de la tierra.
Así, pues, hubo que hacer una nueva tentativa de crear y formar al hom­
bre por el Creador, el Formador y los Progenitores.
— ¡A probar otra vez! Ya se acercan el amanecer y la aurora; ¡hagamos
al que nos sustentará y alimentará! ¿Cómo haremos para ser invocados, para
ser recordados sobre la tierra? Ya hemos probado con nuestras primeras
obras, nuestras primeras criaturas; pero no se pudo lograr que fuésemos ala­
bados y venerados por ellos. Probemos ahora a hacer unos seres obedientes,
respetuosos, que nos sustenten y alimenten. Así dijeron.
Entonces fue la creación y la formación. De tierra, de lodo hicieron la
carne [del hombre]. Pero vieron que no estaba bien, porque se deshacía, es­

15
taba blando, no tenía movimiento, no tenía fuerza, se caía, estaba aguado, no
movía la cabeza, la cara se le iba para un lado, tenía velada la vista, no podía
ver hacia atrás. Al principio hablaba, pero no tenía entendimiento. Rápida­
mente se humedeció dentro del agua y no se pudo sostener.
Y dijeron el Creador y el Formador. Bien se ve que no puede andar ni
multiplicarse. Que se haga una consulta acerca de esto, dijeron.
Entonces desbarataron y deshicieron su obra y su creación. Y en seguida
dijeron: — ¿Cómo haremos para perfeccionar, para que salgan bien nuestros
adoradores, nuestros invocadores?
Así dijeron cuando de nuevo consultaron entre sí: —Digámosles a Ixpi-
vacoc, Ixmucané, Hunahpú-Vuch, Hunahpú-Utiú: ¡Probad suerte otra vez!
¡Probad a hacer la creación! Así dijeron entre sí el Creador y el Formador
cuando hablaron a Ixpiyacoc e Ixmucané.
En seguida les hablaron a aquellos adivinos, la abuela del día, la abuela
del alba,6 que así eran llamados por el Creador y el Formador, y cuyos nom­
bres eran Ixpiyacoc e Ixmucané.
Y dijeron Huracán, Tepeu y Gucumatz cuando le hablaron al agorero, al
formador, que son los adivinos: —Hay que reunirse y encontrar los medios
para que el hombre que formemos, el hombre que vamos a crear nos sosten­
ga y alimente, nos invoque y se acuerde de nosotros.
—Entrad, pues, en consulta, abuela, abuelo, nuestra abuela, nuestro abue­
lo, Ixpiyacoc, Ixmucané, haced que aclare, que amanezca, que seamos invoca­
dos, que seamos adorados, que seamos recordados por el hombre creado, por
el hombre formado, por el hombre mortal, haced que así se haga.
—Dad a conocer vuestra naturaleza, Hunahpú-Vuch, Hunahpú-Utiú, dos
veces madre, dos veces padre,7 Nim-Ac, Nimá-Tziís, el Señor de la esmeralda,
el joyero, el escultor, el tallador, el Señor de los hermosos platos, el Señor de
la verde jicara, el maestro de la resina, el maestro Toltecat,8 la abuela del
sol, la abuela del alba, que así seréis llamados por nuestras obras y nuestras
criaturas.
—Echad la suerte con vuestros granos de maíz y de tzité.9 Hágase así y
6 R ’atit quib, r’atit zac. La palabra atit debe entenderse aquí en sentido colectivo,
abarcando a los dos abuelos Ixpiyacoc e Ixmucané, a quienes luego llama el texto por
sus nombres. La misma expresión se lee más adelante.
7 El autor llama dos veces madre a Hunahpú-Vuch y dos veces padre a Hunahpú-
Utiú, definiendo de esta manera el sexo de cada uno de los miembros de la pareja crea­
dora.
8 El texto parece enumerar en este sitio los oficios corrientes del hombre de aquel
tiempo. El autor invoca al ahqual, que es evidentemente el que tallaba las esmeraldas
o piedras verdes; al ahyamanic, o sea el joyero o platero; al ahcbut, cincelador o escul­
tor; al ahtzalam, tallador o ebanista; al ahraxalac, o sea el que fabricaba los verdes o
hermosos platos; al ahraxazel, el que hacía los vasos o jicaras, verdes y hermosas, que
ambos sentidos tiene la palabra raxá; al ahgol, que era el que trabajaba la resina o el
copal, y, por último, al ahtoltecat, que era sin duda el platero, tolteca. Los toltecas, en
efecto, fueron grandes maestros en el arte de la platería, que, según la leyenda, les fue
enseñado por el propio Quetzalcóatl.
9 Tzité, árbol de pito, Erythrina corallodendron, Tzompanquahuitl en lengua mexi­
cana. Se usa en el campo para formar cercados. Su fruto es una vaina que encierra unos
granos rojos parecidos al frijol, los cuales usaban y usan todavía los indios junto con
los granos del maíz en sus sortilegios y hechicerías.

16
se sabrá y resultará si labraremos o tallaremos su boca y sus ojos en madera.
Así les fue dicho a los adivinos.
A continuación vino la adivinación, la echada de la suerte con el maíz y
el tzité. — ¡Suerte! ¡Criatura!, les dijeron entonces una vieja y un viejo.
Y este viejo era el de las suertes del tzité, el llamado Ixpiyacoc.10 Y la vieja
era la adivina, la formadora, que se llamaba Chiracán Ixmucané.
Y comenzando la adivinación, dijeron así: — ¡Juntaos, acoplaos! ¡Ha­
blad, que os oigamos, decid, declarad sí conviene que se junte la madera y
que sea labrada por el Creador y el Formador, y si éste [el hombre de made­
ra] es el que nos ha de sustentar y alimentar cuando aclare, cuando ama­
nezca!
—Tú, maíz; tú, tzité; tú, suerte; tú, criatura: ¡unios, ayuntaos!, les dije­
ron al maíz, al tzité, a la suerte, a la criatura. ¡Ven a sacrificar aquí, Corazón
del Cielo; no castigues a Tepeu y Gucumatz!
Entonces hablaron y dijeron la verdad: —Buenos saldrán vuestros muñe­
cos hechos de madera; hablarán y conversarán sobre la faz de la tierra.
— ¡Así sea!, contestaron, cuando hablaron.
Y al instante fueron hechos los muñecos labrados en madera. Se parecían
al hombre, hablaban como el hombre y poblaron la superficie de la tierra.
Existieron y se multiplicaron; tuvieron hijas, tuvieron hijos los muñecos
de palo; pero no tenían alma, ni entendimiento, no se acordaban de su Crea­
dor, de su Formador; caminaban sin rumbo y andaban a gatas.
Ya no se acordaban del Corazón del Cielo y por eso cayeron en desgracia.
Fue solamente un ensayo, un intento de hacer hombres. Hablaban al princi­
pio, pero su cara estaba enjuta; sus pies y sus manos no tenían consistencia;
no tenían sangre, ni sustancia, ni humedad, ni gordura; sus mejillas estaban
secas, secos sus pies y sus manos, y amarillas sus carnes.
Por esta razón ya no pensaban en el Creador ni en el Formador, en los
que les daban el ser y cuidaban de ellos.
Estos fueron los primeros hombres que en gran número existieron sobre
la faz de la tierra.

CAPITULO III

E n se g u id a fueron aniquilados, destruidos y deshechos los muñecos de palo,


y recibieron la muerte.
Una inundación fue producida por el Corazón del Cielo; un gran diluvio
se formó, que cayó sobre las cabezas de los muñecos de palo.
De tzité se hizo la carne del hombre, pero cuando la mujer fue labrada
por el Creador y el Formador, se hizo de espadaña11 la carne de la mujer.

10 Ah tzité, el que adivina la suerte por los granos del tzité; Basseta interpreta la
palabra como hechicero, y eso es en este caso Ixpiyacoc.
11 El nombre quiché zibaque se usa corrientemente en Guatemala para designar esta
planta de la familia de las tifáceas, muy usada para la fabricación de esteras llamadas en
el país petates tules.

17
Estos materiales quisieron el Creador y el Formador que entraran en su com­
posición.
Pero no pensaban, no hablaban con su Creador y su Formador, que los
habían hecho, que los habían creado. Y por esta razón fueron muertos, fue­
ron anegados. Una resina abundante vino del cielo. El llamado Xecotcovach
llegó y les vació los ojos; Camalotz vino a cortarles la cabeza; y vino Cotz-
balam y les devoró las carnes. El Tucumbalam llegó también y les quebró y
magulló los huesos y los nervios, les molió y desmoronó los huesos.
Y esto fue para castigarlos porque no habían pensado en su madre, ni en
su padre, el Corazón del Cielo, llamado Huracán. Y por este motivo se oscu­
reció la faz de la tierra y comenzó una lluvia negra, una lluvia de día, una
lluvia de noche.
Llegaron entonces los animales pequeños, los animales grandes, y los pa­
los y las piedras les golpearon las caras. Y se pusieron todos a hablar; sus ti­
najas, sus comales,12 sus platos, sus ollas, sus perros, sus piedras de moler,13
todos se levantaron y les golpearon las caras.
—Mucho mal nos hacíais; nos comíais, y nosotros ahora os morderemos,
les dijeron sus perros y sus aves de corral.14
Y las piedras de moler: —Eramos atormentadas por vosotros; cada día,
cada -día^de noche, al amanecer, todo el tiempo hacían holi, holi huqui, huqui
nuestras caras, a causa de vosotros.15 Este era el tributo que os pagábamos.
Pero ahora que habéis dejado de ser hombres probaréis nuestras fuerzas. Mo­
leremos y reduciremos a polvo vuestras carnes, les dijeron sus piedras de
moler.
Y he aquí que sus perros hablaron y les dijeron: — ¿Por qué no nos da­
bais nuestra comida? Apenas estábamos mirando y ya nos arrojabais de vues­
tro lado y nos echabais fuera. Siempre teníais listo un palo para pegarnos
mientras comíais.
Así era como nos tratabais. Nosotros no podíamos hablar. Quizás no os
diéramos muerte ahora; pero ¿por qué no reflexionabais, por qué no pensa­
bais en vosotros mismos? Ahora nosotros os destruiremos, ahora probaréis
vosotros los dientes que hay en nuestra boca: os devoraremos, dijeron los
perros, y luego les destrozaron las caras.
Y a su vez sus comales, sus ollas les hablaron así: —Dolor y sufrimiento
nos causabais. Nuestra boca y nuestras caras estaban tiznadas, siempre está­
bamos puestos sobre el fuego y nos quemabais como si no sintiéramos dolor.
Ahora probaréis vosotros, os quemaremos, dijeron sus ollas, y todos les des­

12 Comalli en lengua mexicana, xot en quiché, plato grande, semejante a un disco


de barro, que se usa para cocer las tortillas de maíz.
13 Qui caa, en el original, piedra de moler, metate en México.
14 Los perros cuyas carnes comían aquellos hombres de palo no eran los que hoy
existen en América, sino una variedad que los cronistas españoles llaman perros mudos,
porque no ladraban. Sus aves de corral eran el pavo, el faisán y la gallina de monte.
15 Estas palabras son únicamente una imitación del ruido que hace la piedra du­
rante la molienda del maíz.

18
trozaron las caras. Las piedras del hogar, que estaban amontonadas, se arro­
jaron directamente desde el fuego contra sus cabezas causándoles dolor.16
Desesperados corrían de un lado para otro; querían subirse sobre las ca­
sas y las casas se caían y los arrojaban al suelo; querían subirse sobre los
árboles y los árboles los lanzaban a lo lejos; querían entrar en las cavernas
y las cavernas se cerraban ante ellos.
Así fue la ruina de los hombres que habían sido creados y formados, de
los hombres hechos para ser destruidos y aniquilados: a todos les fueron
destrozadas las bocas y las caras.
Y dicen que la descendencia de aquéllos son los monos que existen ahora
en los bosques; éstos son la muestra de aquéllos, porque sólo de palo fue
hecha su carne por el Creador y el Formador.17
Y por esta razón el mono se parece al hombre, es la muestra de una ge­
neración de hombres creados, los hombres formados que eran solamente mu­
ñecos y hechos solamente de madera.

CAPITULO IV

H a b ía entonces muy poca claridad sobre la faz de la tierra. Aún no había sol.
Sin embargo, había un ser orgulloso de sí mismo que se llamaba Vucub-
Caquix.18
Existían ya el cielo y la tierra, pero estaba cubierta la faz del sol y de la
luna.
Y decía (Vucub-Caquix): —Verdaderamente, son una muestra clara de
aquellos hombres que se ahogaron y su naturaleza es como la de seres sobre­
naturales.19
—Yo seré grande ahora sobre todos los seres creados y formados. Yo soy
el sol, soy la claridad, la luna, exclamó. Grande es mi esplendor. Por mí
caminarán y vencerán los hombres. Porque de plata son mis ojos, resplande­
cientes como piedras preciosas, como esmeraldas; mis dientes brillan como
piedras finas, semejantes a la faz del cielo. Mi nariz brilla de lejos como la
luna, mi trono es de plata y la faz de la tierra se ilumina cuando salgo frente
a mi trono.
16 La idea de un diluvio antiguo y la creencia de otro que sería el fin del mundo
y tendría caracteres parecidos al que se describe en este lugar del Popol Vuh, existía
todavía entre los indios de Guatemala en los años subsiguientes a la conquista española,
según se lee en la Apologética Historia (cap. ccxxxv, p. 620).
17 Según los Anales de Cuauhtitlán, en la cuarta edad de la tierra “ se ahogaron mu­
chas personas y arrojaron a los montes a otras y se convirtieron en monos” . (Traducción
de Galicia Chimalpopoca.)
18 Vucub-Caquix, o sea Siete Guacamayos. Todo este episodio de Vucub-Caquix y
sus hijos es completamente fabuloso y sin relación con hecho histórico alguno. Los qui­
chés usaban frecuentemente el número siete (vucub) en los nombres propios, como se verá
en el curso de este libro.
19 Esta parece ser una alusión a la inundación que destruyó a los hombres de palo.
Más adelante observa el narrador que Vucub-Caquix existía al tiempo de la inundación.
La idea común entre los indios era que no todos los hombres primitivos habían perecido
durante el diluvio.
19
Así, pues, yo soy el sol, yo soy la luna, para el linaje humano. Así será
porque mi vista alcanza muy lejos.
De esta manera hablaba Vucub-Caquix. Pero en realidad, Vucub-Caquix
no era el sol; solamente se vanagloriaba de sus plumas y riquezas. Pero su
vista alcanzaba solamente el horizonte y no se extendía sobre todo el mundo.
Aún no se le veía la cara al sol, ni a la luna, ni a las estrellas, y aún no
había amanecido. Por esta razón Vucub-Caquix se envanecía como si él fuera
el sol y la luna, porque aún no se había manifestado ni se ostentaba la cla­
ridad del sol y de la luna. Su única ambición era engrandecerse y dominar.
Y fue entonces cuando ocurrió el diluvio a causa de los muñecos de palo.
Ahora contaremos cómo murió Vucub-Caquix y fue vencido, y cómo fue
hecho el hombre por el Creador y Formador.

CAPITULO V

E s t e es el principio de la derrota y de la ruina de la gloria de Vucub-Caquix


por los dos muchachos, el primero de los cuales se llamaba Hunahpú y el se­
gundo Ixbalanqué. Estos eran dioses verdaderamente. Como veían el mal que
hacía el soberbio, y que quería hacerlo en presencia del Corazón del Cielo, se
dijeron los muchachos:
—No está bien que esto sea así, cuando el hombre no vive todavía aquí
sobre la tierra. Así, pues, probaremos a tirarle con la cerbatana cuando esté
comiendo; le tiraremos y le causaremos una enfermedad, y entonces se aca­
barán sus riquezas, sus piedras verdes, sus metales preciosos, sus esmeraldas,
sus alhajas de que se enorgullece. Y así lo harán todos los hombres, porque
no deben envanecerse por el poder ni la riqueza.
—Así será, dijeron los muchachos, echándose cada uno su cerbatana al
hombro.
Ahora bien, este Vucub-Caquix tenía dos hijos: el primero se llamaba
Zipacná, el segundo era Cabracán; y la madre de los dos se llamaba Chimal-
mat, la mujer de Vucub-Caquix.
Zipacná jugaba a la pelota con los grandes montes: el Chigag, Hunahpú,
Pecul, Yaxcanul, Macamob y Huliznab. Estos son los nombres de los montes
que existían cuando amaneció y que fueron creados en una sola noche por
Zipacná.
Cabracán movía los montes y por él temblaban las montañas grandes y
pequeñas.
De esta manera proclamaban su orgullo los hijos de Vucub-Caquix:
— ¡Oíd! ¡Yo soy el sol!, decía Vucub-Caquix. — ¡Yo soy el que hizo la tie­
rra!, decía Zipacná. — ¡Yo soy el que sacudo el cielo y conmuevo toda la
tierra!, decía Cabracán. Así era como los hijos de Vucub-Caquix le dispu­
taban a su madre la grandeza. Y esto les parecía mal a los muchachos.
Aún no había sido creada nuestra primera madre, ni nuestro primer padre.
Por tanto, fue resuelta su muerte [de Vucub-Caquix y de sus hijos] y su
destrucción, por los dos jóvenes.

21
CAPITULO VI

C o n tarem o s ahora el tiro de cerbatana que dispararon los dos muchachos


contra Vucub-Caquix, y la destrucción de cada uno de los que se habían en­
soberbecido.
Vucub-Caquix tenía un gran árbol de nance, cuya fruta era la comida de
Vucub-Caquix. Este venía cada día junto al nance y se subía a la cima del
árbol. Hunahpú e Ixbalanqué habían visto que ésa era su comida. Y habién­
dose puesto en acecho de Vucub-Caquix al pie del árbol, escondidos entre
las hojas, llegó Vucub-Caquix directamente a su comida de nances.
En este momento fue herido por un tiro de cerbatana de Hun-Hunahpú,20
que le dio precisamente en la quijada, y dando gritos se vino derecho a tierra
desde lo alto del árbol.
Hun-Hunahpú corrió apresuradamente para apoderarse de él, pero Vucub-
Caquix le arrancó el brazo a Hun-Hunahpú y tirando de él lo dobló desde la
punta hasta el hombro. Así le arrancó [el brazo] Vucub-Caquix a Hun-Hu­
nahpú. Ciertamente hicieron bien los muchachos no dejándose vencer primero
por Vucub-Caquix.
Llevando el brazo de Hun-Hunahpú se fue Vucub-Caquix para su casa,
a donde llegó sosteniéndose la quijada.
— ¿Qué os ha sucedido, Señor? —dijo Chimalmat, la mujer de Vucub-
Caquix.
— ¿Qué ha de ser, sino aquellos dos demonios que me tiraron con cer­
batana y me desquiciaron la quijada? A causa de ello se me menean los dien­
tes y me duelen mucho. Pero yo he traído [su brazo] para ponerlo sobre el
fuego. Allí que se quede colgado y suspendido sobre el fuego, porque de se­
guro vendrán a buscarlo esos demonios. Así habló Vucub-Caquix mientras
colgaba el brazo de Hun-Hunahpú.
Habiendo meditado Hun-Hunahpú e Ixbalanqué, se fueron a hablar con
un viejo que tenía los cabellos completamente,blancos y con una vieja, de
verdad muy vieja y humilde, ambos doblados ya como gentes muy ancianas.
Llamábase el viejo Zaqui-Nim-Ac y la vieja Zaqui-Nimá-Tiís.21 Los mucha­
chos les dijeron a la vieja y al viejo:
—Acompañadnos para ir a traer nuestro brazo a casa de Vucub-Caquix.
Nosotros iremos detrás. “Estos que nos acompañan son nuestros nietos; su
madre y su padre ya son muertos; por esta razón ellos van a todas partes tras
de nosotros, a donde nos dan limosna, pues lo único que nosotros sabemos
hacer es sacar el gusano de las muelas.” Así les diréis.
De esta manera, Vucub-Caquix nos verá como a muchachos y nosotros
también estaremos allí para aconsejaros, dijeron los dos jóvenes.
—Está bien — contestaron los viejos.
A continuación se pusieron en camino para el lugar donde se encontraba
20 Aquí aparece Hun-Hunahpú en lugar de Hun-Ahpú, error evidente que se corri­
ge en el curso de la narración.
21 Zaqui-Nin-Ac, el Gran Jabalí Blanco; Zaqui-Nimá-Tziís, el Gran Pisóte Blanco.
El viejo y la vieja representan a la pareja creadora que, bajo diferentes nombres, apa­
rece en toda la primera parte de estas historias.

22
Vucub-Caquix recostado en su trono. Caminaban la vieja y el viejo seguidos
de los dos muchachos, que iban jugando tras ellos. Así llegaron al pie de la
casa del Señor, quien estaba gritando a causa de las muelas.
Al ver Vucub-Caquix al viejo y a la vieja y a los que los acompañaban,
les preguntó el Señor:
— ¿De dónde venís, abuelos?
—Andamos buscando de qué alimentarnos, respetable Señor, contestaron
aquéllos.
— ¿Y cuál es vuestra comida? ¿No son vuestros hijos éstos que os acom­
pañan?
— ¡Oh, no, Señor! Son nuestros nietos; pero les tenemos lástima, y lo
que a nosotros nos dan lo compartimos con ellos Señor, contestaron la vieja
y el viejo.
Mientras tanto, se moría el Señor del dolor de muelas y sólo con gran
dificultad podía hablar.
—Yo os ruego encarecidamente que tengáis lástima de mí. ¿Qué podéis
hacer? ¿Qué es lo que sabéis curar?, les preguntó el Señor. Y los viejos con­
testaron:
— ¡Oh, Señor, nosotros sólo sacamos el gusano de las muelas, curamos
los ojos y ponemos los huesos en su lugar.
—Está muy bien. Curadme los dientes, que verdaderamente me hacen
sufrir día y noche, y a causa de ellos y de mis ojos no tengo sosiego y no
puedo dormir. Todo esto se debe a que dos demonios me tiraron un bodo-
cazo, y por eso no puedo comer. Así, pues, tened piedad de mí, apretadme
los dientes con vuestras manos.
—Muy bien, Señor. Un gusano es el que os hace sufrir. Bastará con sacar
esos dientes y poneros otros en su lugar.
—No está bien que saquéis los dientes, porque sólo así soy Señor y todo
mi ornamento son mis dientes y mis ojos.
—Nosotros os pondremos otros en su lugar, hechos de hueso molido.
Pero el hueso molido no eran más que granos de maíz blanco.
—Está bien, sacadlos, venid a socorredme, replicó.
Sacáronle entonces los dientes a Vucub-Caquix; y en su lugar le pusieron
solamente granos de maíz blanco, y estos granos de maíz le brillaban en la
boca. Al instante decayeron sus facciones y ya no parecía Señor. Luego aca­
baron de sacarle los dientes que le brillaban en la boca como perlas. Y por
último le curaron los ojos a Vucub-Caquix reventándole las niñas de los ojos
y acabaron de quitarle todas sus riquezas.
Pero nada sentía ya. Sólo se quedó mirando mientras por consejo de
Hunahpú e Ixbalanqué acababan de despojarlo de las cosas de que se enor­
gullecía.
Así murió Vucub-Caquix. Luego recuperó su brazo Hunahpú. Y murió
también Chimalmat, la mujer de Vucub-Caquix.
Así se perdieron las riquezas de Vucub-Caquix. El médico se apoderó de
todas las esmeraldas y piedras preciosas que habían sido su orgullo aquí en
la tierra.
La vieja y el viejo que estas cosas hicieron eran seres maravillosos. Y ha­

23
biendo recuperado el brazo, volvieron a ponerlo en su lugar y quedó bien
otra vez.
Solamente para lograr la muerte de Vucub-Caquix quisieron obrar de
esta manera, porque les pareció mal que se enorgulleciera.
Y en seguida se marcharon los dos muchachos, habiendo ejecutado así
la orden del Corazón del Cielo.

CAPITULO VII

H e aq u íahora los hechos de Zipacná, el primer hijo de Vucub-Caquix.


—Yo soy el creador de las montañas, decía Zipacná.
Este Zipacná se estaba bañando a la orilla de un río cuando pasaron cua­
trocientos muchachos,22 que llevaban arrastrando un árbol para sostén de su
casa. Los cuatrocientos caminaban después de haber cortado un gran árbol
para viga madre de su casa.
Llegó entonces Zipacná y dirigiéndose hacia donde estaban los cuatrocien­
tos muchachos, les dijo:
— ¿Qué estáis haciendo, muchachos?
— Sólo es este palo, respondieron, que no lo podemos levantar y llevar
en hombros.
—Yo lo llevaré. ¿A dónde ha de ir? ¿Para qué lo queréis?
—Para viga madre de nuestra casa.
—Está bien, contestó, y levantándolo se lo echó al hombre y lo llevó
hacia la entrada de la casa de los cuatrocientos muchachos.
—Ahora quédate con nosotros, muchacho, le dijeron. ¿Tienes madre o
padre?
—No tengo, contestó.
—Entonces te acompañaremos mañana para preparar otro palo para sos­
tén de nuestra casa.
—Bueno, contestó.
Los cuatrocientos muchachos conferenciaron en seguida y dijeron:
— ¿Cómo haremos con este muchacho para matarlo? Porque d o está bien
lo que ha hecho levantando él solo el palo. Hagamos un gran hoyo y eché­
moslo para hacerlo caer en él. “Baja a sacar y traer tierra del hoyo” , le dire­
mos, y cuando se haya agachado para bajar a la excavación le dejaremos caer
el palo grande y allí en el hoyo morirá.
Así dijeron los cuatrocientos muchachos y luego abrieron un gran hoyo
muy profundo. En seguida llamaron a Zipacná.
—Nosotros te queremos bien. Anda, ven a cavar la tierra porque noso­
tros ya no alcanzamos, le dijeron.
—Está bien, contestó. En seguida bajó al hoyo. Y llamándolo mientras
estaba cavando la tierra, le dijeron: — ¿Has bajado ya muy hondo?
— Sí, contestó, mientras comenzaba a abrir el hoyo, pero el hoyo que

22 Omuch qaholab, cuatrocientos muchachos. Se usa el nombre colectivo para indi­


car un gran número, un montón.

24
estaba haciendo era para librarse del peligro. El sabía que lo querían matar;
por eso, al abrir el hoyo, hizo, hacia un lado, una segunda excavación para
librarse.
— ¿Hasta dónde vas?, gritaron hacia abajo los cuatrocientos muchachos.
—Todavía estoy cavando; yo os llamaré allí arriba cuando esté termina­
da la excavación, dijo Zipacná desde el fondo del hoyo. Pero no estaba ca­
vando su sepultura, sino que estaba abriendo otro hoyo para salvarse.
Por último los llamó Zipacná; pero cuando llamó ya se había puesto en
salvo dentro del hoyo.
—Venid a sacar y llevaros la tierra que he arrancado y está en el asiento
del hoyo, porque en verdad lo he ahondado mucho. ¿No oís mi llamada?
Y sin embargo, vuestros gritos, vuestras palabras, se repiten como un eco
una y dos veces, y así oiga bien dónde estáis. Esto decía Zipacná desde el
hoyo donde estaba escondido, gritando desde el fondo.
Entonces los muchachos arrojaron violentamente su gran palo, que cayó
en seguida con estruendo al fondo del hoyo.
— ¡Que nadie hable! Esperemos hasta oír sus gritos cuando muera, se
dijeron entre sí, hablando en secreto y cubriéndose cada uno la cara, mientras
caía el palo con estrépito. [Zipacná] habló entonces lanzando un grito, pero
llamó una sola vez cuando cayó el palo en el fondo.
— ¡Qué bien nos ha salido lo que le hicimos! Ya murió, dijeron los jó­
venes. Si desgraciadamente hubiera continuado lo que había comenzado a
hacer, estaríamos perdidos, porque ya se había metido entre nosotros, los
cuatrocientos muchachos.
Y llenos de alegría dijeron: —Ahora vamos a fabricar nuestra chicha
durante estos tres días. Pasados estos tres días beberemos por la construc­
ción de nuestra casa, nosotros los cuatrocientos muchachos. Luego dijeron:
—Mañana veremos y pasado mañana veremos también si no vienen las hor­
migas entre la tierra cuando hieda y se pudra. En seguida se tranquilizará
nuestro corazón y beberemos nuestra chicha, dijeron.
Zipacná escuchaba desde el hoyo todo lo que hablaban los muchachos.
Y luego, al segundo día, llegaron las hormigas en montón, yendo y viniendo
y juntándose debajo del palo. Unas traían en la boca los cabellos y otras las
uñas de Zipacná.
Cuando vieron esto los muchachos, dijeron: — ¡Ya pereció aquel demo­
nio! Mirad cómo se han juntado las hormigas, cómo han llegado por mon­
tones, trayendo unas los cabellos y otras las uñas. ¡Mirad lo que hemos
hecho! Así hablaban entre sí.
Sin embargo, Zipacná estaba bien vivo. Se había cortado los cabellos de
la cabeza y se había roído las uñas con los dientes para dárselos a las hor­
migas.
Y así los cuatrocientos muchachos creyeron que había muerto, y al tercer
día dieron principio a la orgía y se emborracharon todos los muchachos.
Y estando ebrios los cuatrocientos muchachos, ya no sentían nada. En segui­
da Zipacná dejó caer la casa sobre sus cabezas y acabó de matarlos a todos.
Ni siquiera uno, ni dos se salvaron de entre los cuatrocientos muchachos;
muertos fueron por Zipacná, el hijo de Vucub-Caquix.

25
Así fue la muerte de los cuatrocientos muchachos, y se cuenta que en­
traron en el grupo de estrellas que por ellos se llama Motz, aunque esto tal
vez será mentira.

CAPITULO VIII

C o n tarem o s ahora la derrota de Zipacná por los dos muchachos Hunahpú


e Ixbalanqué.
Ahora sigue la derrota y muerte de Zipacná, cuando fue vencido por los
dos muchachos Hunahpú e Ixbalanqué.
El corazón de los dos jóvenes estaba lleno de rencor porque los cuatro­
cientos muchachos habían sido muertos por Zipacná. Y éste sólo buscaba
pescados y cangrejos a la orilla de los ríos, que ésta era su comida de cada
día. Durante el día se paseaba buscando su comida y de noche se echaba los
cerros a cuestas.
En seguida Hunahpú e Ixbalanqué hicieron una figura a imitación de un
cangrejo muy grande, y le dieron la apariencia de tal con una hoja de pie de
gallo,13 del que se encuentra en los bosques.
Así hicieron la parte inferior del cangrejo; de pahac24 le hicieron las pa­
tas y le pusieron una concha de piedra que le cubrió la espalda al cangrejo.
Luego pusieron esta [especie de] tortuga, al pie de un gran cerro llamado
Meauánf5 donde lo iban a vencer [a Zipacná].
A continuación se fueron los muchachos a hacerle encuentro a Zipacná
a la orilla de un río.
— ¿A dónde vas, muchacho?, le preguntaron a Zipacná.
—No voy a ninguna parte, sólo ando buscando mi comida, muchachos,
contestó Zipacná.
— ¿Y cuál es tu comida?
. —Pescado y cangrejos, pero aquí no los hay y no he hallado ninguno;
desde antier no he comido y ya no aguanto el hambre, dijo Zipacná a Hu­
nahpú e Ixbalanqué.
— Allá en el fondo del barranco está un cangrejo, verdaderamente un
gran cangrejo y ¡bien que te lo comieras! Sólo que nos mordió cuando lo
quisimos coger y por eso le tenemos miedo. Por nada iríamos a cogerlo, di­
jeron Hunahpú e Ixbalanqué.
— ¡Tened lástima de mí! Venid y enseñádmelo, muchachos, dijo Zipacná.
—No queremos. Anda tú solo, que no te perderás. Sigue por la vega del
río y llegarás al pie de un gran cerro, allí está haciendo ruido en el fondo
del barranco. Sólo tienes que llegar allá, le dijeron Hunahpú e Ixbalanqué.
— ¡Ay, desgraciado de mí! ¿No lo podéis encontrar vosotros, pues, mu­
23 Ec, “ pie de gallo” , una bromeliácea de hojas grandes y brillantes que crece sobre
los árboles.
24 Otras hojas más pequeñas llamadas pahac, dice Ximénez.
25 La montaña de Meaguán se levanta al poniente del pueblo de Rabinal, en la re­
gión del río Chixoy.,

26
chachos? Venid a enseñármelo. Hay muchos pájaros que podéis tirar con la
cerbatana, y yo sé dónde se encuentran, dijo Zipacná.
Su humildad convenció a los muchachos. Y éstos le dijeron: — Pero ¿de
veras lo podrás coger? Porque sólo por causa tuya volveremos; nosotros ya
no lo intentaremos porque nos mordió cuando íbamos entrando boca abajo.
Luego tuvimos miedo al entrar arrastrándonos, pero en poco estuvo que lo
cogiéramos. Así, pues, es bueno que tú entres arrastrándote, le dijeron.
—Está bien, dijo Zipacná, y entonces se fue en su compañía. Llegaron
al fondo del barranco, y allí, tendido sobre el costado, estaba el cangrejo mos­
trando su concha colorada. Y allí también, en el fondo del barranco, estaba
el engaño de los muchachos.
— ¡Qué bueno!, dijo entonces Zipacná con alegría. ¡Quisiera tenerlo ya
en la boca! Y era que verdaderamente se estaba muriendo de hambre. Quiso
probar a ponerse de bruces, quiso entrar, pero el cangrejo iba subiendo. Sa­
lióse en seguida y los muchachos le preguntaron:
— ¿No lo cogiste?
—No, contestó, porque se fue para arriba y poco me faltó para cogerlo.
Pero tal vez sería bueno que yo entrara para arriba, agregó. Y luego entró
de nuevo hacia arriba, pero cuando ya casi había acabado de entrar y sólo
mostraba la punta de los pies, se derrumbó el gran cerro y le cayó lenta­
mente sobre el pecho.
Nunca más volvió Zipacná y fue convertido en piedra.
Así fue vencido Zipacná por los muchachos Hunahpú e Ixbalanqué;
aquel que, según la antigua tradición, hacía las montañas, el hijo primogénito
de Vucub-Caquix.
Al pie del cerro llamado Meauán fue vencido. Sólo por un prodigio fue
vencido el segundo de los soberbios. Quedaba otro, cuya historia contaremos
ahora.

CAPITULO IX

E l t e r c e r o de los soberbios era el segundo hijo de Vucub-Caquix, que se


llamaba Cabracán.
— ¡Yo derribo las montañas!, decía.
Pero Hunahpú e Ixbalanqué vencieron también a Cabracán. Huracán,
Chipi-Caculhá y Raxa-Caculhá hablaron y dijeron a Hunahpú e Ixbalanqué:
—Que el segundo hijo de Vucub-Caquix sea también vencido. Esta es
nuestra voluntad. Porque no está bien lo que hace sobre la tierra, exaltando
su gloria, su grandeza y su poder, y no debe ser así. Llevadle con halagos
allá donde nace el sol, les dijo Huracán a los dos jóvenes.
—Muy bien, respetable Señor, contestaron éstos, porque no es justo lo
que vemos. ¿Acaso no existes tú, tú que eres la paz, tú, Corazón del Cielo?,
dijeron los muchachos mientras escuchaban la orden de Huracán.
Entretanto, Cabracán se ocupaba en sacudir las montañas. Al más pe­
queño golpe de sus pies sobre la tierra, se abrían las montañas grandes y
pequeñas. Así lo encontraron los muchachos, quienes preguntaron a Ca­
bracán:

27
— ¿A dónde vas, muchacho?
—A ninguna parte, contestó. Aquí estoy moviendo las montañas y las
estaré derribando para siempre,26 dijo en respuesta.
A continuación les preguntó Cabracán a Hunahpú e Ixbalanqué:
— ¿Qué venís a hacer aquí? No conozco vuestras caras. ¿Cómo os lla­
máis?, dijo Cabracán.
—-No tenemos nombre, contestaron aquéllos. No somos más que tirado­
res con cerbatana y cazadores con liga en los montes. Somos pobres y no te­
nemos nada que nos pertenezca, muchacho. Solamente caminamos por los
montes pequeños y grandes, muchacho. Y precisamente hemos visto una gran
montaña, allá donde se enrojece el cielo. Verdaderamente se levanta muy alto
y domina la cima de todos los cerros. Así es que no hemos podido coger ni
uno ni dos pájaros en ella, muchacho. Pero ¿es verdad que tú puedes derri­
bar todas las montañas, muchacho?, le dijeron Hunahpú e Ixbalanqué a Ca­
bracán.
— ¿De veras habéis visto esa montaña que decís? ¿En dónde está? En
cuanto yo la vea la echaré abajo. ¿Dónde la visteis?
— Por allá está, donde nace el sol, dijeron Hunahpú e Ixbalanqué.
—Está bien, enseñadme el camino, les dijo a los dos jóvenes.
— ¡Oh, n o !, contestaron éstos. Tenemos que llevarte en medio de noso­
tros: uno irá a tu mano izquierda y otro a tu mano derecha, porque tene­
mos nuestras cerbatanas, y si hubiere pájaros les tiraremos.
Y así iban alegres, probando sus cerbatanas; pero cuando tiraban con
ellas, no usaban el bodoque de barro en el tubo de sus cerbatanas, sino que
sólo con el soplo derribaban a los pájaros cuando les tiraban, de lo cual se
admiraba grandemente Cabracán.
En seguida hicieron un fuego los muchachos y pusieron a asar los pája­
ros en el fuego, pero untaron uno de los pájaros con tizate,27 lo cubrieron de
una tierra blanca.
—Esto le daremos, dijeron, para que se le abra el apetito con el olor
que despide. Este nuestro pájaro será su perdición. Así como la tierra cubre
este pájaro por obra nuestra, así daremos con él en tierra y en tierra lo se­
pultaremos.
— Grande será la sabiduría de un ser creado, de un ser formado, cuando
amanezca, cuando aclare, dijeron los muchachos.
— Como el deseo de comer un bocado es natural en el hombre, el cora­
zón de Cabracán está ansioso, decían entre sí Hunahpú e Ixbalanqué.
Mientras estaban asando los pájaros, éstos se iban dorando al cocerse,
y la grasa y el jugo que de ellos se escapaban despedían el olor más apeti­
toso. Cabracán sentía grandes ganas de comérselos; se le hacía agua la boca,
bostezaba y la baba y la saliva le corrían a causa del olor excitante de los
pájaros.
Luego les preguntó: — ¿Qué es esa vuestra comida? Verdaderamente es
agradable el olor que siento. Dadme un pedacito, les dijo.
26 Literalmente, mientras haya sol y claridad.
27 Del náhuatl tizatl, yeso. El autor usa la palabra maya y quiché zahcab que se
aplica a una especie de cemento blanco natural que usaban los antiguos indios.

28
Diéronle entonces un pájaro a Cabracán, el pájaro que sería su ruina. Y en
cuanto acabó de comerlo se pusieron en camino y llegaron al oriente, adonde
estaba la gran montaña. Pero ya entonces se le habían aflojado las piernas y
las manos a Cabracán, ya no tenía fuerzas a causa de la tierra con que habían
untado el pájaro que se comió, y ya no pudo hacerles nada a las montañas,
ni le fue posible derribarlas.
En seguida lo amarraron los muchachos. Atáronle los brazos detrás de la
espalda y le ataron también el cuello y los pies juntos. Luego lo botaron al
suelo, y allí mismo lo enterraron.
De esta manera fue vencido Cabracán tan sólo por obra de Hunahpú e
Ixbalanqué. No sería posible enumerar todas las cosas que éstos hicieron
aquí en la tierra.
Ahora contaremos el nacimiento de Hunahpú e Ixbalanqué, habiendo
relatado primeramente la destrucción de Vucub-Caquix con la de Zipacná y
la de Cabracán aquí sobre la tierra.

SEGUNDA PARTE

CAPITULO PRIMERO

A hora diremos también el nombre del padre de Hunahpú e Ixbalanqué. De­


jaremos en la sombra su origen, y dejaremos en la oscuridad el relato y la
historia del nacimiento de Hunahpú e Ixbalanqué. Sólo diremos la mitad,
una parte solamente de la historia de su padre.
1 He aquí la historia. He aquí el nombre de Hun-Hunahpú, así llamado.
Sus padres eran Ixpiyacoc e Ixmucané. De ellos nacieron, durante la noche,28
Hun-Hunahpú y Vucub-Hunahpú, de Ixpiyacoc e Ixmucané.29
Ahora bien, Hun-Hunahpú había engendrado y tenía dos hijos, y de estos
dos hijos, el primero se llamaba Hunbatz y el segundo Hunchouén.30
La madre de éstos se llamaba Ixbaquiyalo, así se llamaba la mujer de
Hun-Hunahpú. Y el otro Vucub-Hunahpú no tenía mujer, era soltero.
Estos dos hijos, por su naturaleza, eran grandes sabios y grande era su
sabiduría; eran adivinos aquí en la tierra, de buena índole y buenas costum­
bres. Todas las artes les fueron enseñadas a Hunbatz y Hunchouén, los hijos

28 Esto es, antes que hubiera sol, ni luna, ni hubiese sido creado el hombre.
29 Hun-Hunahpú, 1 Hunahpú; Vucub-Hunahpú, 7 Hunahpú, son dos días del ca­
lendario quiché. Como se sabe, los antiguos indios designaban les días anteponiendo un
número a cada uno, formando series de 13 días que se repetían sin interrupción hasta
formar el ciclo de 260 días que los mayas llamaban tzolkín, los quichés cholquih y los
mexicanos tonalpohualli. Era costumbre dar a las personas el nombre del día en que
nacían.
30 Nótese que, fuera de la indicación de que se dirá el nombre de los padres de
Hunahpú e Ixbalanqué, no se vuelve a hablar de estos héroes hasta que se cuenta su
nacimiento en el capítulo v de la Segunda Parte. Ailí se refiere la otra mitad de la his­
toria, que en este lugar deja el autor intencionalmente en la oscuridad.

29
de Hun-Hunahpú. Eran flautistas, cantores, tiradores con cerbatana, pinto­
res, escultores, joyeros, plateros: esto eran Hunbatz y Hunchouén.31
Ahora bien, Hun-Hunahpú y Vucub-Hunahpú se ocupaban solamente
de jugar a los dados y a la pelota todos los días; y de dos en dos se dispu­
taban los cuatro cuando se reunían en el juego de pelota.
Allí venía a observarlos el Voc,32 el mensajero de Huracán, de Chipi-
Caculhá, de Raxa-Caculhá; pero este Voc no se quedaba lejos de la tierra,
ni lejos de Xibalbá-,33 y en un instante subía al cielo al lado de Huracán.
Estaban todavía aquí en la tierra cuando murió la madre de Hunbatz y
Hunchouén.
Y habiendo ido a jugar a la pelota en el camino de Xibalbá, los oyeron
Hun-Camé y Vucub-Camé, los Señores de Xibalbá.
— ¿Qué están haciendo sobre la tierra? ¿Quiénes son los que la hacen
temblar y hacen tanto ruido? ¡Que vayan a llamarlos! ¡Que vengan a jugar
aquí a la pelota, donde los venceremos! Ya no somos respetados por ellos,
ya no tienen consideración ni miedo a nuestra categoría, y hasta se ponen
a pelear sobre nuestras cabezas, dijeron todos los de Xibalbá.
En seguida entraron todos en consejo. Los llamados Hun-Camé y Vucub-
Camé eran los jueces supremos. A todos los Señores les señalaban sus fun­
ciones Hun-Camé y Vucub-Camé y a cada uno le señalaban sus atribuciones.
Xiquiripat y Cuchumaquic, eran los Señores de estos nombres. Estos son
los que causan los derrames de sangre de los hombres.
Otros se llamaban Ahalpuh y Ahalganá, también Señores. Y el oficio de
éstos eran hinchar a los hombres, hacerles brotar pus de las piernas y teñir­
les de amarillo la cara, lo que se llama Chuganal. Tal era el oficio de Ahal­
puh y Ahalganá.
Otros eran el Señor Chamiabac y el Señor Chamiaholom, alguaciles de
Xibalbá, cuyas varas eran de hueso. La ocupación de éstos era enflaquecer
a los hombres hasta que los volvían sólo huesos y calaveras y se morían y se
los llevaban con el vientre y los huesos estirados. Tal era el oficio de Cha­
miabac y Chamiaholom, así llamados.
Otros se llamaban el Señor Ahalmez y el Señor Ahaltocob. El oficio de
éstos era hacer que a los hombres les sucediera alguna desgracia, ya cuando
iban para la casa, o frente a ella, y que los encontraran heridos, tendidos
boca arriba en el suelo y muertos. Tal era el oficio de Ahalmez y Ahaltocob,
como les llamaban.
Venían en seguida otros Señores llamados Xic y Patán, cuyo oficio era
causar la muerte a los hombres en los caminos, lo que se llama muerte re­
pentina, haciéndoles llegar la sangre a la boca hasta que morían vomitando

31 Ah chuen, en maya, significa artesano. Diccionario de Motul.


32 Al lugar donde jugaban a la pelota, pa hom en el original, llegaba a observarlos
el voc o vac, que es el gavilán.
33 Chi-Xibalhá. Antiguamente, dice el P. Coto, este nombre Xibalbay significaba el
demonio, o los difuntos o visiones que se aparecían a los indios. En Yucatán tenía los
mismos significados. Xibalbá era el diablo y xibil es desaparecerse como visión o fan­
tasma, según el Diccionario de Motul. Los mayas practicaban un baile que llamaban X i­
balbá ocot, o baile del demonio. Para los quichés Xibalbá era la región subterránea habi­
tada por enemigos del hombre.

30
sangre. El oficio de cada uno de estos Señores era cargar con ellos, oprimirles
la garganta y el pecho para que los hombres murieran en los caminos, hacién­
doles llegar [la sangre] a la garganta cuando caminaban. Este era el oficio
de Xic v Patán.
Y habiéndose reunido en consejo, trataron de la manera de atormentar
y castigar a Hun-Hunahpú y a Vucub-Hunahpú. Lo que deseaban los de
Xibalbá eran los instrumentos de juego de Hun-Hunahpú y Vacub-Hunahpú,
sus cueros,34 sus anillos, sus guantes, la corona y la máscara,35 que eran los
adornos de Hun-Hunahpú y Vucub-Hunahpú.
Ahora contaremos su ida a Xibalbá y cómo dejaron tras de ellos a los
hijos de Hun-Hunahpú, Hunbatz y Chouén, cuya madre había muerto.
Luego diremos cómo Hunbatz y Hunchouén fueron vencidos por Hunah­
pú e Ixbalanqué.

CAPITULO II

E n seg u id afue la venida de los mensajeros de Hun-Camé y Vucub-Camé.


— Id, les dijeron, Ahpop Achih,36 id a llamar a Hun-Hunahpú y Vucub-
Hunahpú. “ Venid con nosotros” , les diréis. “ Dicen los Señores que vengáis” .
Que vengan aquí a jugar a la pelota con nosotros, para que con ellos se ale­
gren nuestras caras, porque verdaderamente nos causan admiración. Así,
pues, que vengan, dijeron los Señores. Y que traigan acá sus instrumentos
de juego, sus anillos, sus guantes, y que traigan también sus pelotas de cau­
cho, dijeron los Señores. “Venid pronto, les diréis” , les fue dicho a los men­
sajeros.
Y estos mensajeros eran búhos: Chabi-Tucur, Huracán-Tucur, Caquix-
Tucur y Holom-Tucur.37 Así se llamaban los mensajeros de Xibalbá.
Chabi-Tucur era veloz como una flecha; Huracán-Tucur tenía solamente
una pierna; Caquix-Tucur tenía la espalda roja, y Holom-Tucur solamente
tenía cabeza, no tenía piernas, pero sí tenía alas.
Los cuatro mensajeros tenían la dignidad de Ahpop-Achih. Saliendo de
Xibalbá llegaron rápidamente, llevando su mensaje, al patio donde estaban
jugando a la pelota Hun-Hunahpú y Vucub-Hunahpú, en el juego de pelota
que se llamaba Nim-Xob Carchaba Los búhos mensajeros se dirigieron al
34 Tzuun, rodela de cuero, interpreta Ximénez. Eran los cueros que les cubrían las
piernas y los protegían contra el golpe de la pelota.
35 Vachzot, cerco de la cara, según Ximénez, máscara. Todos estos objetos eran ne­
cesarios para el violento juego de la pelota y para ornato de los jugadores.
36 Título de algunos de los Señores y jefes quichés.
37 Chabi-Tucur, Búho flecha; Huracán-Tucur, Búho de upa pierna, o Búho gigante;
Caquix-Tucur, Búho guacamaya; Holom-Tucur, Cabez,a de búho, o Búho que se distin­
guía por la cabeza. Tucur es el nombre quiché del búho. Así se llama también un pueblo
de la Verapaz, San Miguel Tucurú. Esta ave nocturna es conocida indistintamente en
Guatemala con el nombre de tucurú y con el de tecolote, del náhuatl tecolotl.
38 La gran Carchah, centro importante de población en la Verapaz, región en donde
parecen haber localizado los quichés los hechos mitológicos del Popol Vuh. En el Ma­
nuscrito cakchiquel se lee que éstos y los quichés fueron a poblar a Sabinal, al medio de
Chacachil, al medio de Nimxor, al medio de Moinal, al medio de Carchah (nicah Car-

31
juego de la pelota y presentaron su mensaje, precisamente en el orden en
que se lo dieron Hun-Camé, Vucub-Camé, Ahalpuh, Ahalganá, Chamiabac,
Chamiaholom, Xiquiripat, Cuchumaquic. Ahalmez, Ahaltocob, Xic y Patán,
que así se llamaban los Señores que enviaban su recado por medio de los
buhos.
— ¿De veras han hablado así los Señores Hun-Camé y Vucub-Camé?
—Ciertamente han hablado así, y nosotros os tenemos que acompañar.
— “Que traigan todos sus instrumentos para el juego” , han dicho los
Señores.
— Está bien, dijeron los jóvenes. Aguardadnos, sólo vamos a despedirnos
de nuestra madre.
Y habiéndose dirigido hacia su casa, le dijeron a su madre, pues su padre
ya era muerto: —Nos vamos, madre nuestra, pero en vano será nuestra ida.
Los mensajeros del Señor han venido a llevarnos. “ Que vengan” , han dicho,
según manifiestan los enviados.
—Aquí se quedará en prenda nuestra pelota, agregaron. En seguida la
fueron a colgar en el hueco que hacía el techo de la casa. Luego dijeron:
—Ya volveremos a jugar. Y dirigiéndose a Hunbatz y Hunchouén les di­
jeron:
—Vosotros ocupaos de tocar la flauta y de cantar, de pintar, de escul­
pir; calentad nuestra casa y calentad el corazón de vuestra abuela.
Cuando se despidieron de su madre, se enterneció Ixmucané y echó a
llorar. —No os aflijáis, nosotros nos vamos, pero todavía no hemos muerto,
dijeron al partir Hun-Hunahpú y Vucub-Hunahpú.
En seguida se fueron Hun-Hunahpú y Vucub-Hunahpú y los mensajeros
los llevaban por el camino. Así fueron bajando por el camino de Xibalbá,
por unas escaleras muy inclinadas. Fueron bajando hasta que llegaron a la
orilla de un río que corría rápidamente entre los barrancos llamados Nu zivan
cul y Cuzivan39 y pasaron por ellos. Luego pasaron por el río que corre en-

chah). Algunos de estos lugares conservan sus nombres antiguos y pueden identificarse
fácilmente en la región de la Verapaz. Según el documento cakchiquel, Nim Xor y Car­
chah eran dos sitios diferentes.
39 Nu zivan cul, mi barranco o el barranco angosto. Cu zivan, barranco angosto, es­
trecho. Zivan es barranco, pero se llama así también a las cuevas subterráneas en Vera-
paz y el Petén; son los siguanes del lenguaje corriente. Los datos topográficos que sumi­
nistra este capítulo y las indicaciones que se encuentran en otros lugares de esta Segunda
Parte demuestran que los antiguos quichés tenían ideas bastante precisas sobre la locali­
zación del reino de Xibalbá, donde habitaban unos jefes sanguinarios y despóticos a
quienes aquéllos estuvieron sujetos en los tiempos mitológicos. En el presente capítulo
se señala, como punto de partida del camino de Xibalbá, el gran pueblo de Carchá que
existe todavía a pocos kilómetros de Cobán, la capital del departamento de la Alta Vera-
paz. Saliendo de Carchá el camino bajaba “ por unas escaleras muy inclinadas” hasta llegar
a los barrancos o siguanes, entre los cuales corría un río precipitadamente; es decir, des­
cendían de las montañas del interior hasta las tierras bajas del Petén, a los dominios de
os itzáes. Al final de esta Segunda Parte se dice que los de Xibalbá eran los Ah-Tza, los
4h-Tucur, los malos, los búhos. Estas palabras, sin embargo, pueden leerse también como
‘los de Itza” (Petén) y “ los de Tucur”, o sea Tocolotlán, la tierra de los búhos (la Ve-
rapaz). Son las dos regiones del norte de Guatemala, muy conocidas en el mundc antiguo,
hasta donde los quichés no pudieron extender sus conquistas. Estos nombres confirman
las indicaciones topográficas del texto. Las tribus que en tiempos relativamente recientes

32
tre jícaros espinosos. Los jícaros eran innumerables, pero ellos pasaron sin
lastimarse.
Luego llegaron a la orilla de un río de sangre y lo atravesaron sin beber
sus aguas; llegaron a otro río solamente de agua y no fueron vencidos. Pa­
saron adelante hasta que llegaron a donde se juntaban cuatro caminos y allí
fueron vencidos, en el cruce de los cuatro caminos.
De estos cuatro caminos, uno era rojo, otro negro, otro blanco y otro
amarillo. Y el camino negro les habló de esta manera: —Yo soy el que de­
béis tomar porque yo soy el camino del Señor. Así habló el camino.
Y allí fueron vencidos. Los llevaron por el camino de Xibalbá y cuando
llegaron a la sala del consejo de los Señores de Xibalbá, ya habían perdido
la partida.
Ahora bien, los primeros que estaban allí sentados eran solamente mu­
ñecos, hechos de palo, arreglados por los de Xibalbá.
A éstos los saludaron primero:
— ¿Cómo estáis, Hun-Camé?, le dijeron al muñeco.
— ¿Cómo estáis, Vucub-Camé?, le dijeron al hombre de palo. Pero éstos
no les respondieron. Al punto soltaron la carcajada los Señores de Xibalbá y
todos los demás Señores se pusieron a reír ruidosamente, porque sentían que
ya los habían vencido, que habían vencido a Hun-Hunahpú y Vucub-Hu-
nahpú. Y seguían riéndose.
Luego hablaron Hun-Camé y Vucub-Camé: —Muy bien, dijeron. Ya vi­
nisteis. Mañana preparad la máscara, vuestros anillos y vuestros guantes, les
dijeron.
—Venid a sentaros en nuestro banco, les dijeron. Pero el banco que les
ofrecían era de piedra ardiente y en el banco se quemaron. Se pusieron a dar
vueltas en el banco, pero no se aliviaron y si no se hubieran levantado se les
habrían quemado las asentaderas.
Los de Xibalbá se echaron a reír de nuevo, se morían de la risa; se re­
torcían del dolor que les causaba la risa en las entrañas, en la sangre y en
los huesos, riéndose todos los Señores de Xibalbá.
—Idos ahora a aquella casa, les dijeron; allí se os llevará vuestra raja
de ocote40 y vuestro cigarro y allí dormiréis.
En seguida llegaron a la Casa Oscura. No había más que tinieblas en el
interior de la casa.
Mientras tanto, los señores de Xibalbá discurrían lo que debían hacer.

llegaron a establecerse en las montañas del interior de Guatemala tenían sin duda alguna
creencia de que el norte del territorio estaba poblado por sus viejos enemigos, los mismos
que en épocas anteriores disponían de las vidas de sus antepasados. Esos habitantes del
norte eran los mayas del Viejo Imperio, una de cuyas ramas, la de los itzáes, fue la últi­
ma en rendirse a los españoles en los años finales del siglo x v i i . Otros datos dispersos
en el Popol Vuh revelan que Xibalbá era un lugar profundo, subterráneo, un abismo
desde el cual había que subir para llegar a la tierra; pero el propio documento quiché
explica que los Señores de Xibalbá no eran dioses, ni eran inmortales, que eran falsos de
corazón, hipócritas, envidiosos y tiranos. Que no eran invencibles se demuestra en el
curso de la narración.
40 Chah en quiché, ocotl en lengua mexicana, pino resinoso que usan los indios para
alumbrarse.

33
— Sacrifiquémoslos mañana, que mueran pronto, pronto, para que- sus
instrumentos de juego nos sirvan a nosotros para jugar, dijeron entre sí los
Señores de Xibalbá.
Ahora bien, su ocote era una punta redonda de pedernal del que llaman
zaquitoc, éste es el pino de Xibalbá. Su ocote era puntiagudo y afilado y
brillante como hueso; muy duro era el pino de los de Xibalbá.
Hun-Hunahpú y Vucub-Hunahpú entraron a la Casa Oscura. Allí fueron
a darles su ocote, un solo ocote encendido que les mandaban Hun-Camé y
Vucub-Camé, junto con un cigarro para cada uno, encendido también, que les
mandaban los Señores. Esto fueron a darles a Hun-Hunahpú y Vucub-Hu­
nahpú.
Estos se hallaban en cuclillas en la oscuridad cuando llegaron los porta­
dores del ocote y los cigarros. Al entrar, el ocote alumbraba brillantemente.
— Que enciendan su ocote y sus cigarros cada uno; que vengan a devol­
verlos al amanecer, pero que no los consuman, sino que los devuelvan ente­
ros; esto es lo que os mandan decir los Señores. Así les dijeron. Y así fueron
vencidos. Su ocote se consumió, y asimismo se consumieron los cigarros que
les habían dado.
Los castigos de Xibalbá eran numerosos; eran castigos de muchas ma­
neras.
El primero era la Casa Oscura, Quequma-ha, en cuyo interior sólo había
tinieblas.
El segundo la Casa donde tiritaban, Xuxulim-ha, dentro de la cual hacía
mucho frío. Un viento frío e insoportable soplaba en su interior.
El tercero era la Casa de los tigres, Balami-ha, así llamada, en la cual no
había más que tigres que se revolvían, se amontonaban, gruñían y se mofa­
ban. Los tigres estaban encerrados dentro de la casa.
Zotzi-ha, la Casa de los murciélagos, se llamaba el cuarto lugar de cas­
tigo. Dentro de esta casa no había más que murciélagos que chillaban, grita­
ban y revoloteaban en la casa. Los murciélagos estaban encerrados y no
podían salir.
El quinto se llamaba la Casa de las Navajas, Chayin-ha,41 dentro de la
cual solamente había navajas cortantes y afiladas, calladas o rechinando las
unas con las otras dentro de la casa.
Muchos eran los lugares de tormento de Xibalbá; pero no entraron en
ellos Hun-Hunahpú y Vucub-Hunahpú. Solamente mencionamos los nombres
de estas casas de castigo.
Cuando entraron Hun-Hunahpú y Vucub-Hunahpú ante Hun-Camé y
Vucub-Camé, les dijeron éstos:
— ¿Dónde están mis cigarros? ¿Dónde está mi raja de ocote que os die­
ron anoche?
— Se acabaron, Señor.
—Está bien. Hoy será el fin de vuestros días. Ahora moriréis. Seréis

41 Cbay, obsidiana, sustancia vidriosa, piedra volcánica negra, la “ piedra de rayo”


de los campesinos, de la cual desprendían los indios pequeñas hojas cortantes que usaban
como cuchillos o navajas y puntas de flecha.

34
destruidos, os haremos pedazos y aquí quedará oculta vuestra memoria. Se­
réis sacrificados, dijeron Hun-Camé y Vucub-Camé.
En seguida los sacrificaron y los enterraron en el Pucbal-Cbah, así lla­
mado. Antes de enterrarlos le cortaron la cabeza a Hun-Hunahpú y enterra­
ron al hermano mayor junto con el hermano menor.
—Llevad la cabeza y ponedla en aquel árbol que está sembrado y en el
camino, dijeron Hun-Camé y Vucub-Camé. Y habiendo ido a poner la ca­
beza en el árbol, al punto se cubrió de frutas este árbol que jamás había
fructificado antes de que pusieran entre sus ramas la cabeza de Hun-Hunahpú.
Y a esta jicara la llamamos hoy la cabeza de Hun-Hunahpú, que así se dice.
Con admiración contemplaban Hun-Camé y Vucub-Camé el fruto del ár­
bol. El fruto redondo estaba en todas partes; pero no se distinguía la cabeza
de Hun-Hunahpú; era un fruto igual a los demás frutos del jícaro. Así apa­
recía ante todos los de Xibalbá cuando llegaban a verla.
A juicio de aquéllos, la naturaleza de este árbol era maravillosa, por lo
que había sucedido en un instante cuando pusieron entre sus ramas la ca­
beza de Hun-Hunahpú. Y los Señores de Xibalbá ordenaron: — ¡Que nadie
venga a coger de esta fruta! ¡Que nadie venga a ponerse debajo de este
árbol!, dijeron, y así dispusieron impedirlo todos los de Xibalbá.
La cabeza de Hun-Hunahpú no volvió a aparecer, porque se había vuelto
la misma cosa que el fruto del árbol que se llama jícaro. Sin embargo, una
muchacha oyó la historia maravillosa. Ahora contaremos cómo fue su llegada.

CAPITULO III

E s t a e s la historia de una doncella, hija de un Señor llamado Cuchumaquic.


Llegaron [estas noticias] a oídos de una doncella, hija de un Señor. El
nombre del padre era Cuchumaquic y el de la doncella Ixquic. Cuando ella
oyó la historia de los frutos del árbol, que fue contada por su padre, se
quedó admirada de oírla.
— ¿Por qué no he de ir a ver a ese árbol que cuentan?, exclamó la joven.
Ciertamente deben ser sabrosos los frutos de que oigo hablar. A continuación
se puso en camino ella sola y llegó al pie del árbol que estaba sembrado en
Pucbal-Chah.
— ¡Ah!, exclamó, ¿qué frutos son los que produce este árbol? ¿No es
admirable ver cómo se ha cubierto de frutos? ¿Me he de morir, me perderé
si corto uno de ellos?, dijo la doncella.
Habló entonces la calavera que estaba entre las ramas del árbol y dijo:
— ¿Qué es lo que quieres? Estos objetos redondos que cubren las ramas del
árbol no son más que calaveras. Así dijo la cabeza de Hun-Hunahpú diri­
giéndose a la joven. ¿Por ventura los deseas?, agregó.
—Sí, los deseo, contestó la doncella.
—Muy bien, dijo la calavera. Extiende hacia acá tu mano derecha.
—Bien, replicó la joven, y levantando su mano derecha, la extendió en
dirección a la calavera.

35
En ese instante la calavera lanzó un chisguete de saliva que fue a caer
directamente en la palma de la mano de la doncella. Miróse ésta rápidamente
y con atención la palma de la mano, pero la saliva de la calavera ya no es­
taba en su mano.
—En mi saliva y mi baba te he dado mi descendencia (dijo la voz en el
árbol). Ahora mi cabeza ya no tiene nada encima, no es más que una calavera
despojada de la carne. Así es la cabeza de los grandes príncipes, la carne es
lo único que les da una hermosa apariencia. Y cuando mueren espántanse
los hombres a causa de los huesos. Así es también la naturaleza de los hijos,
que son como la saliva y la baba, ya sean hijos de un Señor, de un hombre
sabio o de un orador. Su condición no se pierde cuando se van, sino se here­
da; no se extingue ni desaparece la imagen del Señor, del hombre sabio o
del orador, sino que la dejan a sus hijas y a los hijos que engendran. Esto
mismo he hecho yo contigo. Sube, pues, a la superficie de la tierra, que no
morirás. Confía en mi palabra que así será, dijo la cabeza de Hun-Hunahpú
y de Vucub-Hunahpú.
Y todo lo que tan acertadamente hicieron fue por mandato de Huracán,
Chipi-Caculhá y Raxa-Caculhá.
Volvióse en seguida a su casa la doncella después que le fueron hechas
todas estas advertencias, habiendo concebido inmediatamente los hijos en su
vientre por la sola virtud de la saliva, Y así fueron engendrados Hunahpú e
Ixbalanqué.
Llegó, pues, la joven a su casa y después de haberse cumplido seis meses,
fue advertido su estado por su padre, el llamado Cuchumaquic. Al instante
fue descubierto el secreto de la joven por el padre, al observar que tenía hijo.
Reuniéronse entonces en consejo todos los Señores Hun-Cumé y Vucub-
Camé con Cuchumaquic.
—Mi hija está preñada, Señores; ha sido deshonrada, exclamó el Cuchu­
maquic cuando compareció ante los Señores.
—Está bien, dijeron éstos. Oblígala a declarar la verdad, y si se niega a
hablar, castígala; que la lleven a sacrificar lejos de aquí.
—Muy bien, respetables Señores, contestó. A continuación interrogó a
su hija:
— ¿De quién es el hijo que tienes en el vientre, hija mía? Y ella contestó:
—No tengo hijo, señor padre, aún no he conocido varón.
—Está bien, replicó. Positivamente eres una ramera. Llevadla a sacrifi­
car, señores Ahpop Achih; traedme el corazón dentro de una jicara y volved
hoy mismo ante los Señores, les dijo a los búhos.
Los cuatro mensajeros tomaron la jicara y se marcharon llevando en sus
brazos a la joven y llevando también el cuchillo de pedernal para sacrificarla.
Y ella les dijo: —No es posible que me matéis, ¡oh mensajeros!, porque
no es una deshonra lo que llevo en el vientre, sino que se engendró solo
cuando fui a admirar la cabeza de Hun-Hunahpú que estaba en Pucbal-Chah.
Así, pues, no debéis sacrificarme, ¡oh mensajeros!, dijo la joven dirigiéndose
a ellos.
— ¿Y qué pondremos en lugar de tu corazón? Se nos ha dicho por tu
padre: “Traedme el corazón, volved ante los Señores, cumplid vuestro deber

36
y atended juntos a la obra, traedlo pronto en la jicara, poned el corazón en
el fondo de la jicara.” ¿Acaso no se nos habló así? ¿Qué le daremos entre la
jicara? Nosotros bien quisiéramos que no murieras, dijeron los mensajeros.
—Muy bien, pero este corazón no les pertenece a ellos. Tampoco debe
ser aquí vuestra morada, ni debéis tolerar que os obliguen a matar a los
hombres. Después serán ciertamente vuestros los verdaderos criminales y míos
serán en seguida Hun-Camé y Vucub-Camé. Así, pues, la sangre y sólo la
sangre será de ellos y estará en su presencia. Tampoco puede ser que este
corazón sea quemado ante ellos.42 Recoged el producto de este árbol, dijo la
doncella. El jugo rojo brotó del árbol, cayó en la jicara y en seguida se hizo
una bola resplandeciente que tomó la forma de un corazón hecho con la savia
que corría de aquel árbol encarnado. Semejante a la sangre brotaba la sa­
via del árbol, imitando la verdadera sangre. Luego se coaguló allí dentro la
sangre, o sea la savia del árbol rojo, y se cubrió de una capa muy encendida
como de sangre al coagularse dentro de la jicara, mientras que el árbol res­
plandecía por obra de la doncella. Llamábase Arbol rojo de granad pero
[desde entonces] tomó el nombre de Arbol de la Sangre porque a su savia
se le llama la Sangre.
— Allá en Ja tierra seréis amados y tendréis lo que os pertenece, dijo la
joven a los búhos.
—Está bien, niña. Nosotros nos iremos allá, subiremos a servirte; tú,
sigue tu camino mientras nosotros vamos a presentar la savia en lugar de tu
corazón ante los Señores, dijeron los mensajeros.
Cuando llegaron a presencia de los Señores, estaban todos aguardando.
— ¿Se ha terminado eso?, preguntó Hun-Camé.
—Todo está concluido, Señores. Aquí está el corazón en el fondo de la
jicara.
—Muy bien. Veamos, exclamó Hun-Camé. Y cogiéndolo con los dedos
lo levañtó, se rompió la corteza y comenzó a derramarse la sangre de vivo
color rojo.
—Atizad bien el fuego y ponedlo sobre las brasas, dijo Hun-Camé.
En seguida lo arrojaron al fuego y comenzaron a sentir el olor los de
Xibalbá, y levantándose todos se acercaron y ciertamente sentían muy dulce
la fragancia de la sangre. t
Y mientras ellos se quedaban pensativos, se marcharon los búhos, los
servidores de la doncella, remontaron el vuelo en bandada desde el abismo
hacia la tierra y los cuatro se convirtieron en sus servidores.
Así fueron vencidos los Señores de Xibalbá. Por la doncella fueron enga­
ñados todos.

42 Aunque no se había mencionado antes, Ixquic sabía muy bien que los Señores
deseaban su corazón para quemarlo. Esta era una antigua costumbre de los mayas.
43 Chuh Cakché. Es el árbol que los mexicanos llamaban ezquahuitl, árbol de san­
gre, y los europeos denominaban sangre, Sangre de Dragón, Croton sanguifluus, una
planta tropical cuya savia tiene el color y la densidad de la sangre.

37
CAPITULO IV

A hora bien, estaban con su madre Hunbatz y Hunchouén44 cuando llegó la


mujer llamada Ixquic.
Cuando llegó, pues, la mujer Ixquic ante la madre de Hunbatz y Hun­
chouén, llevaba a sus hijos en el vientre y faltaba poco para que nacieran
Hunahpú e Ixbalanqué, que así fueron llamados.
Al llegar la mujer ante la anciana, le dijo la mujer a la abuela: —He lle­
gado, señora madre; yo soy vuestra nuera y vuestra hija, señora madre. Así
dijo cuando entró a la casa de la abuela.
— ¿De dónde vienes tú? ¿En dónde están mis hijos? ¿Por ventura no
murieron en Xibalbá? ¿No ves a éstos a quienes les quedaron su descen­
dencia y linaje y que se llaman Hunbatz y Hunchouén? ¡Sal de aquí! ¡Vete!,
gritó la vieja a la muchacha.
—Y, sin embargo, es la verdad que soy vuestra nuera; ha tiempo que lo
soy. Pertenezco a Hun-Hunahpú. Ellos viven en lo que llevo, no han muerto
Hun-Hunahpú y Vucub-Hunahpú: volverán a mostrarse claramente, mi se­
ñora suegra. Y así, pronto veréis su imagen en lo que traigo, le fue dicho
a la vieja.
Entonces se enfurecieron Hunbatz y Hunchouén. Sólo se entretenían en
tocar la flauta y cantar, en pintar y esculpir, en lo que pasaban todo el día,
y eran el consuelo de la vieja.
Habló luego la vieja y dijo:
—No quiero que tú seas mi nuera, porque lo que llevas en el vientre es
fruto de tu deshonestidad. Además, eres una embustera: mis hijos de quie­
nes hablas ya son muertos.
Luego agregó la abuela: —Esto que te digo es la pura verdad; pero en
fin, está bien, tú eres mi nuera, según he oído. Anda, pues, a traer la comida
para los que hay que alimentar. Anda a cosechar una red grande [de maíz]
y vuelve en seguida, puesto que eres mi nuera, según lo que oigo, le dijo a
la muchacha.
—Muy bien, replicó la joven, y se fue en seguida para la milpa que po­
seían Hunbatz y Hunchouén. El camino había sido abierto por ellos y la
joven lo tomó y así llegó a la milpa; pero no encontró más que una mata
de maíz; no había dos, ni tres, y viendo que sólo había una mata con su
espiga, se llenó de angustia el corazón de la muchacha.
— ¡Ay, pecadora, desgraciada de mí! ¿A dónde he de ir a conseguir una
red de maíz, como se me ha ordenado?, exclamó. Y en seguida se puso a
invocar al ChahaV%de la comida para que llegara y se la llevase.
— ¡Ixtoh, Ixcanil, Ixcacau,46 vosotras las que cocéis el maíz; y tú Chahal,
guardián de la comida de Hunbatz y Hunchouén!, dijo la muchacha. Y a con­
tinuación cogió las barbas, los pelos rojos de la mazorca y los arrancó, sin
44 Era la abuela de estos muchachos, que les servía de madre.
45 Guardián de las sementeras.
46 Brasseur interpreta estos nombres como sigue: Ixtoh, la diosa de la lluvia; Ixca-
nil, la diosa de las mieses (de ganel, espiga de maíz amarillo); e Ixcacau, la diosa del
cacao.

38
cortar la mazorca. Luego los arregló en la red como mazorcas de maíz y la
gran red se llenó completamente.
Volvióse en seguida la joven; los animales del campo iban cargando la
red, y cuando llegaron fueron a dejar la carga a un rincón de la casa, como
si ella la hubiera llevado. Llegó entonces la vieja y luego que vio el maíz
que había en la gran red, exclamó:
— ¿De dónde has traído todo este maíz? ¿Por ventura acabaste con
nuestra milpa y te la has traído toda para acá? Iré a ver al instante, dijo la
vieja, y se puso en camino para ir a ver la milpa. Pero la única mata de
maíz estaba allí todavía y asimismo se veía el lugar donde había estado la red
al pie de la mata.47 La vieja regresó entonces a toda prisa a su casa y dijo a
la muchacha:
—Esta es prueba suficiente de que realmente eres mi nuera. Veré ahora
tus obras, aquéllos que llevas [en el vientre] y que también son sabios, le
dijo a la muchacha.

CAPITULO V

C o n tarem os ahora el nacimiento de Hunahpú e Ixbalanqué. Aquí, pues, di­


remos cómo fue su nacimiento.
Cuando llegó el día de su nacimiento, dio a luz la joven que se llamaba
Ixquic; pero la abuela no los vio cuando nacieron. En un instante fueron
dados a luz los dos muchachos llamados Hunahpú e Ixbalanqué. Allá en el
monte fueron dados a luz.
Luego llegaron a la casa, pero no podían dormirse.
— ¡Anda a botarlos afuera!, dijo la vieja, porque verdaderamente es mu­
cho lo que gritan. Y en seguida fueron a ponerlos sobre un hormiguero. Allí
durmieron tranquilamente. Luego los quitaron de ese lugar y los pusieron
sobre las espinas.
Ahora bien, lo que querían Hunbatz y Hunchouén era que murieran allí
mismo en el hormiguero, o que murieran sobre las espinas. Deseábanlo así
a causa del odio y de la envidia que por ellos sentían Hunbatz y Hunchouén.
Al principio se negaban a recibir en la casa a sus hermanos menores; no
los conocían y así se criaron en el campo.
Hunbatz y Hunchouén eran grandes músicos y cantores; habían crecido
en medio de muchos trabajos y necesidades y pasaron por muchas penas,
pero llegaron a ser muy sabios. Eran a un tiempo flautistas, cantores, pinto­
res y talladores; todo lo sabían hacer.
Tenían noticia de su nacimiento y sabían también que eran los sucesores
de sus padres, los que fueron a Xibalbá y murieron allá. Grandes sabios eran,
pues Hunbatz y Hunchouén y en su interior sabían todo lo relativo al naci­
miento de sus hermanos menores. Sin embargo, no demostraban su sabiduría,
por la envidia que les tenían, pues sus corazones estaban llenos de mala vo-
47 U qolibal cat chuxe. Ni Brasseur ni Ximénez traducen chuxe, al pie.

39
luntad para ellos, sin que Hunahpú e Ixbalanqué los hubieran ofendido en
nada.
Estos últimos se ocupaban solamente de tirar con cerbatana todos los
días; no eran amados de la abuela ni de Hunbatz ni de Hunchouén. No les
daban de comer; solamente cuando ya estaba terminada la comida y habían
comido Hunbatz y Hunchouén, entonces llegaban ellos. Pero no se enojaban,
ni se encolerizaban y sufrían calladamente, porque sabían su condición y se
daban cuenta de todo con claridad. Traían sus pájaros cuando venían cada
día, y Hunbatz y Hunchouén se los comían, sin darle nada a ninguno de los
dos, Hunahpú e Ixbalanqué.
La sola ocupación de Hunbatz y Hunchouén era tocar la flauta y cantar.
Y una vez que Hunahpú e Ixbalanqué llegaron sin traer ninguna clase
de pájaros, entraron [en la casa] y se enfureció la abuela.
— ¿Por qué no traéis pájaros?, les dijo a Hunahpú e Ixbalanqué.
Y ellos contestaron: —Lo que sucede, abuela nuestra, es que nuestros
pájaros se han quedado trabados en el árbol y nosotros no podemos subir
a cogerlos, querida abuela. Si nuestros hermanos mayores así lo quieren, que
vengan con nosotros y que vayan a bajar los pájaros, dijeron.
—Está bien, dijeron los hermanos mayores, contestando, iremos con voso­
tros al amanecer.
Consultaron entonces los dos entre sí la manera de vencer a Hunbatz y
Hunchouén. — Solamente cambiaremos su naturaleza, su apariencia; cúmpla­
se así nuestra palabra, por los muchos sufrimientos que nos han causado.
Ellos deseaban que muriésemos, que nos perdiéramos nosotros, sus herma­
nos menores. En su interior nos tenían como muchachos. Por todo esto los
venceremos y daremos un ejemplo. Así iban diciendo entre ellos mientras se
dirigían al pie del árbol llamado Canté.48 Iban acompañados de sus herma­
nos mayores y tirando con la cerbatana. No era posible contar los pájaros
que cantaban sobre el árbol y sus hermanos mayores se admiraban de ver
tantos pájaros. Había pájaros, pero ni uno solo caía al pie del árbol.
—Nuestros pájaros no caen al suelo. Id a bajarlos, les dijeron a sus her­
manos mayores.
—Muy bien, contestaron éstos. Y en seguida subieron al árbol, pero el
árbol aumentó de tamaño y su tronco se hinchó. Luego quisieron bajar Hun­
batz y Hunchouén, pero ya no pudieron descender de la cima del árbol.
Entonces exclamaron desde lo alto del árbol: — ¿Qué nos ha sucedido,
hermanos nuestros? ¡Desgraciados de nosotros! Este árbol nos causa espan­
to de sólo verlo, ¡oh hermanos nuestros!, dijeron desde la cima del árbol.
Y Hunahpú e Ixbalanqué les contestaron: —Desatad vuestros calzones,49
atadlos debajo del vientre, dejando largas las puntas y tirando de ellas por
detrás, de ese modo podréis andar fácilmente. Así les dijeron sus hermanos
menores.

48 Canté, palo amarillo, Gliricidia sepium. Arbol de cuyas raíces obtenían los mayas
una sustancia de color amarillo, según el Diccionario de Motul. En Yucatán es conocido
con el nombre de Zac-yab y en Centroamérica con el de Madre de cacao.
49 Desatad vuestros calzones, o bragas; probablemente era un simple taparrabo se­
mejante al maxtatl de los indios mexicanos y al ex de los mayas.

40
—Está bien, contestaron, tirando la punta de sus ceñidores, pero al ins­
tante se convirtieron éstos en colas y ellos tomaron la apariencia de monos.
En seguida se fueron sobre las ramas de los árboles, por entre los montes
grandes y pequeños y se internaron en el bosque, haciendo muecas y colum­
piándose en las ramas de los árboles.
Así fueron vencidos Hunbatz y Hunchouén por Hunahpú e Ixbalanqué;
y sólo por arte de magia pudieron hacerlo.
Volviéronse éstos a su casa y al llegar hablaron con su abuela y con su
madre, diciéndoles: — ¿Qué será, abuela nuestra, lo que les ha sucedido a
nuestros hermanos mayores, que de repente se volvieron sus caras como ca­
ras de animales? Así dijeron.
—Si vosotros les habéis hecho algún daño a vuestros hermanos, me ha­
béis hecho desgraciada y me habéis llenado de tristeza. No hagáis semejante
cosa a vuestros hermanos, ¡oh hijos m íos!, dijo la vieja a Hunahpú e Ixba-
lanqué.
Y ellos le dijeron a su abuela:
—No os aflijáis, abuela nuestra. Volveréis a ver la cara de nuestros her­
manos; ellos volverán, pero será una prueba difícil para vos, abuela. Y tened
cuidado de no reíros. Y ahora, ¡a probar su suerte!, dijeron.
En seguida se pusieron a tocar la flauta, tocando la canción de Hunahpú-
Qoy. Luego cantaron, tocaron la flauta y el tambor, tomando sus flautas y
su tambor. Después sentaron junto a ellos a su abuela y siguieron tocando
y llamando con la música y el canto, entonando la canción que se llama Hu-
nahpú-Qoy.
Por fin llegaron Hunbatz y Hunchouén y al llegar se pusieron a bailar;
pero cuantío la vieja vio sus feos visajes se echó a reír al verlos la vieja, sin
poder contener la risa, y ellos se fueron al instante y no se les volvió a ver
la cara.
— ¡Ya lo veis, abuela! Se han ido para el bosque. ¿Qué habéis hecho,
abuela nuestra? Sólo cuatro veces podemos hacer esta prueba y no faltan más
que tres. Vamos a llamarlos con la flauta y con el canto, pero procurad con­
tener la risa. ¡Que comience la prueba!, dijeron Hunahpú e Ixbalanqué.
En seguida se pusieron de nuevo a tocar. Hunbatz y Hunchouén volvieron
bailando y llegaron hasta el centro del patio de la casa, haciendo monerías y
provocando a risa a su abuela hasta que ésta soltó la carcajada. Realmente
eran muy divertidos cuando llegaron con sus caras de mono, sus anchas posa­
deras, sus colas delgadas y el agujero de su vientre, todo lo cual obligaba a
la vieja a reírse.
Luego se fueron otra vez a los montes. Y Hunahpú e Ixbalanqué dije­
ron: — ¿Y ahora qué hacemos, abuela? Sólo esta tercera vez probaremos.
Tocaron de nuevo la flauta y volvieron los monos bailando. La abuela
contuvo la risa. Luego subieron sobre la cocina; sus ojos despedían una luz
roja, alargaban y se restregaban los hocicos y espantaban de las muecas que
se hacían uno al otro.
En cuanto la abuela vio todo esto se echó a reír violentamente; pero ya
no se les volvieron a ver las caras, a causa de la risa de la vieja.
—Ya sólo esta vez los llamaremos, abuela, para que salgan acá por la

41
cuarta vez, dijeron los muchachos. Volvieron, pues, a tocar la flauta, pero
ellos no regresaron la cuarta vez, sino que se fueron a toda prisa para el
bosque.
Los muchachos le dijeron a la abuela: —Hemos hecho todo lo posible,
abuelita; primero vinieron, luego probamos a llamarlos de nuevo. Pero no
os aflijáis; aquí estamos nosotros, vuestros nietos; a nosotros debéis vernos,
¡oh madre nuestra! ¡oh nuestra abuela!, como el recuerdo de nuestros her­
manos mayores, de aquellos que se llamaron y tenían por nombre Hunbatz y
Hunchouén, dijeron Hunahpú e Ixbalanqué.
Aquéllos eran invocados por los músicos y los cantores, por las gentes
antiguas. Invocábanlos también los pintores y talladores en tiempos pasados.50
Pero fueron convertidos en animales y se volvieron monos porque se enso­
berbecieron y maltrataron a sus hermanos.
De esta manera sufrieron sus corazones; así fue su pérdida y fueron des­
truidos Hunbatz y Hunchouén y se volvieron animales. Habían vivido siem­
pre en su casa; fueron músicos y cantores e hicieron también grandes cosas
cuando vivían con la abuela y con su madre.

CAPITULO VI

C om enzaron entonces su trabajo, para darse a conocer ante su abuela y ante


su madre. Lo primero que harían era la milpa. —Vamos a sembrar la milpa,
abuela y madre nuestra, dijeron. No os aflijáis; aquí estamos nosotros, vues­
tros nietos, nosotros los que estamos en lugar de nuestros hermanos, dijeron
Hunahpú e Ixbalanqué.
En seguida tomaron sus hachas, sus piochas y sus azadas de palo y se
fueron, llevando cada uno su cerbatana al hombro. Al salir de su casa, le
encargaron a su abuela que les llevara su comida.
—A mediodía nos traeréis la comida, abuela, le dijeron.
—Está bien, nietos míos, contestó la vieja.
Poco después llegaron al lugar de la siembra. Y al hundir el azadón en
la tierra, éste labraba la tierra, el azadón hacía el trabajo por sí solo.
De la misma manera clavaban el hacha en el tronco de los árboles y en
sus ramas y al punto caían y quedaban tendidos en el suelo todos los árboles
y bejucos. Rápidamente caían los árboles, cortados de un solo hachazo.
Lo que había arrancado el azadón era mucho también. No se podían
contar las zarzas ni las espinas que habían cortado con un solo golpe de
azadón. Tampoco era posible calcular lo que habían arrancado y derribado
en todos los montes grandes y pequeños.
Y habiendo aleccionado a un animal llamado Ixmucur,51 lo hicieron subir
50 Los pintores y talladores de Yucatán invocaban a Huncbevén y Hun-ahau, que
eran los hijos menores de Ixchel e Itzamná (la diosa y el dios que veneraban los mayas
de la península), según refiere el P. Las Casas (1909, ccxxxv, “De los libros y de las
tradiciones religiosas que había en Guatemala” ).
51 La tórtola, mucuy en maya.

42
a la cima de un gran tronco y Hunahpú e Ixbalanqué le dijeron: — Observa
cuando venga nuestra abuela a traernos la comida y al instante comienza a
cantar y nosotros empuñaremos la azada y el hacha.
—Está bien, contestó Ixmucur.
En seguida se pusieron a tirar con la cerbatana; ciertamente no hacían
ningún trabajo de labranza. Poco después cantó la paloma e inmediatamente
corrió uno a coger la azada y el otro a coger el hacha. Y envolviéndose la
cabeza, el uno se cubrió de tierra las manos intencionalmente y se ensució
asimismo la cara como un verdadero labrador, y el otro adrede se echó asti­
llas de madera sobre la cabeza como si efectivamente hubiera estado cortan­
do los árboles.
Así fueron vistos por su abuela. En seguida comieron, pero realmente
no habían hecho trabajo de labranza y sin merecerla les dieron su comida.
Luego se fueron a su casa. —Estamos verdaderamente cansados, abuela, di­
jeron al llegar, estirando sin motivo las piernas y los brazos ante su abuela.
Regresaron al día siguiente, y al llegar al campo encontraron que se ha­
bían vuelto a levantar todos los árboles y bejucos y que todas las zarzas y
espinas se habían vuelto a unir y enlazar entre sí.
— ¿Quién nos ha hecho este engaño?, dijeron. Sin duda lo han hecho
todos los animales pequeños y grandes, el león, el tigre, el venado, el conejo,
el gato de monte, el coyote, el jabalí, el pisóte, los pájaros chicos, los pájaros
grandes; éstos fueron los que lo hicieron y en una sola noche lo ejecutaron.
En seguida comenzaron de nuevo a preparar el campo y a arreglar la tie­
rra y los árboles cortados. Luego discurrieron acerca de lo que habían de
hacer con los palos cortados y las hierbas arrancadas.
—Ahora velaremos nuestra milpa; tal vez podamos sorprender al que
viene a hacer todo este daño, dijeron discurriendo entre sí. Y a continuación
regresaron a la casa.
— ¿Qué os parece, abuela, que se han burlado de nosotros? Nuestro
campo que habíamos labrado se ha vuelto un gran pajonal y bosque espeso.
Así lo hallamos cuando llegamos hace un rato, abuela, le dijeron a su abuela
y a su madre. Pero volveremos allá y velaremos, porque no es justo que nos
hagan tales cosas, dijeron.
Luego se vistieron y en seguida se fueron de nuevo a su campo de ár­
boles cortados y allí se escondieron, recatándose en la sombra.
Reuniéronse entonces todos los animales, uno de cada especie se juntó
con todos los demás animales chicos y animales grandes. Y era media noche
en punto cuando llegaron hablando todos y diciendo así en sus lenguas:
“ ¡Levantaos, árboles! ¡Levantaos, bejucos! ”
Esto decían cuando llegaron y se agruparon bajo los árboles y bajo los
bejucos y fueron acercándose hasta manifestarse ante sus ojos [de Hunahpú
e Ixbalanqué].
Eran los primeros el león y el tigre, y quisieron cogerlos, pero no se de­
jaron. Luego se acercaron al venado y al conejo y sólo les pudieron coger las
colas, solamente se las arrancaron. La cola del venado les quedó entre las
manos y por esta razón el venado y el conejo llevan cortas las colas.
El gato de monte, el coyote, el jabalí y el pisóte tampoco se entregaron.

43
Todos los animales pasaron frente a Hunahpú e Ixbalanqué, cuyos corazones
ardían de cólera porque no los podían coger.
Pero, por último, llegó otro dando saltos al llegar, y a éste, que era el
ratón, al instante lo atraparon y lo envolvieron en un paño. Y luego que lo
cogieron, le apretaron la cabeza y lo quisieron ahogar, y le quemaron la cola
en el fuego, de donde viene que la cola del ratón no tiene pelo; y así tam­
bién le quisieron pegar en los ojos los dos muchachos Hunahpú e Ixba-
lanqué.
Y dijo el ratón: —Yo no debo morir a vuestras manos. Y vuestro oficio
tampoco es el de sembrar milpa.
— ¿Qué nos cuentas tú ahora?, le dijeron los muchachos al ratón.
— Soltadme un poco, que en mi pecho tengo algo que deciros y os lo
diré en seguida, pero antes dadme algo de comer, dijo el ratón.
—Después te daremos tu comida, pero habla primero, le contestaron.
—Está bien. Sabréis, pues, que los bienes de vuestros padres Hun-Hu­
nahpú y Vucub-Hunahpú, así llamados, aquéllos que murieron en Xibalbá,
o sea los instrumentos con que jugaban, han quedado y están allí colgados
en el techo de la casa: el anillo, los guantes y la pelota. Sin embargo, vues­
tra abuela no os los quiere enseñar porque a causa de ellos murieron vues­
tros padres.
— ¿Lo sabes con certeza?, le dijeron los muchachos al ratón. Y sus cora­
zones se alegraron grandemente cuando oyeron la noticia de la pelota de
goma. Y como ya había hablado el ratón, le señalaron su comida al ratón.
—Esta será la comida: el maíz, las pepitas de chile, el frijol, el pataxte,
el cacao: todo esto te pertenece, y si hay algo que esté guardado u olvidado,
tuyo será también, ¡cómelo!, le fue dicho al ratón por Hunahpú e Ixba-
lanqué.
—Magnífico, muchachos, dijo aquél; pero ¿qué le diré a vuestra abuela
si me ve?
—No tengas pena, porque nosotros estamos aquí y sabremos lo que hay
que decirle a nuestra abuela. ¡Vamos!, lleguemos pronto a esta esquina de
la casa, llega pronto a donde están esas cosas colgadas; nosotros estaremos
mirando al desván de la casa y atendiendo únicamente a nuestra comida, le
dijeron al ratón.
Y habiéndolo dispuesto así durante la noche, después de consultarlo en­
tre sí, Hunahpú e Ixbalanqué llegaron a mediodía. Cuando llegaron llevaban
consigo al ratón, pero nc lo enseñaban; uno de ellos entró directamente a la
casa y el otro se acercó a la esquina y de allí hizo subir al instante al ratón.
En seguida pidieron su comida a su abuela: —Preparad nuestra comi­
da,52 queremos un chilmol,53 abuela nuestra, dijeron. Y al punto les prepara­
ron la comida y les pusieron delante un plato de caldo.
Pero esto era sólo para engañar a su abuela y a su madre. Y habiendo

52 Literalmente, moled nuestra comida. La comida de los indios quichés consistía


principalmente en tortillas y bollos de maíz cocido y molido en la piedra que se llamaba
caam, el metatl de México.
53 Chilmulli, en náhuatl, salsa de chile o ají.

44
hecho que se consumiera el agua que había en la tinaja: —Verdaderamente
nos estamos muriendo de sed; id a traernos de beber, le dijeron a su abuela.
—Bueno, contestó ella y se fue. Pusiéronse entonces a comer, pero la
verdad es que no tenían hambre; sólo era un engaño lo que hacían. Vieron
entonces en su plato de chile54 cómo el ratón se dirigía rápidamente hacia la
pelota que estaba colgada del techo de la casa. Al ver esto en su chilmol,
despacharon a cierto Xan, el animal llamado Xan, que es como un mosquito,
el cual fue al río y perforó la pared del cántaro de la abuela, y aunque ella
trató de contener el agua que se salía, no pudo cerrar la picadura hecha en
el cántaro.
— ¿Qué le pasa a nuestra abuela? Tenemos la boca seca por falta de
agua, nos estamos muriendo de sed, le dijeron a su madre y la mandaron
fuera. En seguida fue el ratón a cortar [la cuerda que sostenía] la pelota,
la cual cayó del techo de la casa junto con el anillo, los guantes y los cueros.
Se apoderaron de ellos los muchachos y corrieron al instante a esconderlos
en el camino que conducía al juego de la pelota.
Después de esto se encaminaron al río, a reunirse con su abuela y su
madre, que estaban atareadas tratando de tapar el agujero del cántaro. Y lle­
gando cada uno con su cerbatana, dijeron cuando llegaron al río: — ¿Qué
estáis haciendo? Nos cansamos [de esperar] y nos vinimos, les dijeron.
—Mirad el agujero de mi cántaro que no se puede tapar, dijo la abuela.
Al instante lo taparon y juntos regresaron, marchando ellos delante de su
abuela.
Y así fue el hallazgo de la pelota.

CAPITULO VII

Muy c o n te n to s se fueron a jugar al patio del juego de pelota; estuvieron


jugando solos largo tiempo y limpiaron el patio donde jugaban sus padres.
Y oyéndolos, los Señores de Xibalbá dijeron: — ¿Quiénes son esos que
vuelven a jugar sobre nuestras cabezas y que nos molestan con el tropel
que hacen? ¿Acaso no murieron Hun-Hunahpú y Vucub-Hunahpú, aquellos
que se quisieron engrandecer ante nosotros? ¡Id a llamarlos al instante!
Así dijeron Hun-Camé, Vucub-Camé y todos los Señores. Y enviándolos
a llamar dijeron a sus mensajeros: — Id y decidles cuando lleguéis allá: “Que
vengan, han dicho los Señores; aquí deseamos jugar a la pelota con ellos,
dentro de siete días queremos jugar; así dijeron los Señores, decidles cuando
lleguéis” fue la orden que dieron a los mensajeros. Y éstos vinieron enton­
ces por el camino ancho de los muchachos que conducía directamente a su
casa; por él llegaron los mensajeros directamente ante la abuela de aquéllos.
Comiendo estaba cuando llegaron los mensajeros de Xibalbá.
•—Que vengan, con seguridad, dicen los Señores, dijeron los mensajeros

54 Dentro del chilmol. La salsa líquida y roja hacía las veces de espejo y reflejaba
los movimientos del ratón en el techo, sin que los muchachos parecieran estarlos obser­
vando.

45
de Xibalbá. Y señalaron el día los mensajeros de Xibalbá: —Dentro de siete
días los esperan, le dijeron a Ixmucané.
—Está bien, mensajeros, ellos llegarán, respondió la vieja. Y los mensa­
jeros se fueron de regreso.
Entonces se llenó de angustia el corazón de la vieja. ¿A quién mandaré
que vaya a llamar a mis nietos? ¿No fue de esta misma manera como vinie­
ron los mensajeros de Xibalbá en ocasión pasada, cuando vinieron a llevarse
a sus padres?, dijo su abuela, entrando sola y afligida a su casa.
Y en seguida le cayó un piojo en la falda. Le cogió y se lo puso en la
palma de la mano, y el piojo se meneó y echó a andar.
—Hijo mío, ¿te gustaría que te mandara a que fueras a llamar a mis'
nietos al juego de pelota?, le dijo al piojo. “Han llegado mensajeros ante
vuestra abuela” , dirás; “que vengan dentro de siete días, que vengan, dicen
los mensajeros de Xibalbá; así lo manda decir vuestra abuela” , le dijo ésta
al piojo.
Al punto se fue el piojo contoneándose. Y estaba sentado en el camino
un muchacho llamado Tamazul, o sea el sapo.
— ¿A dónde vas?, le dijo el sapo al piojo.
—Llevo un mandado en mi vientre, voy a buscar a los muchachos, le
contestó el piojo al Tamazul.
—Está bien, pero veo que no te das prisa, le dijo el sapo al piojo. ¿No
quieres que te trague? Ya verás cómo corro yo, y así llegaremos rápidamente.
—Muy bien, le contestó el piojo al sapo. En seguida se lo tragó el sapo.
Y el sapo caminó mucho tiempo, pero sin apresurarse. Luego encontró a su
vez una gran culebra, que se llamaba Zaquicaz.
— ¿A dónde vas, joven Tamazul?, díjole al sapo Zaquicaz.
—Voy de mensajero, llevo un mandado en mi vientre, le dijo el sapo a
la culebra.
—Veo que no caminas aprisa. ¿No llegaré yo más pronto?, le dijo la cu­
lebra al sapo. — ¡Ven acá!, contestó. En seguida Zaquicaz se tragó al sapo.
Y desde entonces fue ésta la comida de las culebras, que todavía hoy se tra­
gan a los sapos.
Iba caminando aprisa la culebra y habiéndola encontrado el Vac,55 que
es un pájaro grande, al instante se tragó el gavilán a la culebra. Poco después
llegó al juego de pelota. Desde entonces fue ésta la comida de los gavilanes,
que devoran a las culebras en los campos.
Y al llegar el gavilán, se paró sobre la cornisa del juego de pelota, donde
Hanahpú e Ixbalanqué se divertían jugando a la pelota. Al llegar, el gavilán
se puso a gritar: ¡Vac-có! ¡Vac-có! [ ¡Aquí está el gavilán! ], decía en su
graznido. ¡Aquí está el gavilán!
— ¿Quién está gritando? ¡Vengan nuestras cerbatanas!, exclamaron.
Y disparándole en seguida al gavilán, le dirigieron el bodoque a la niña del
ojo, y dando vueltas se vino al suelo. Corrieron a recogerlo y le pregunta­
ron: — ¿Qué vienes a hacer aquí?, le dijeron al gavilán.

55 Gavilán que come culebras. Vocabulario de los P.P. Franciscanos.

46
—Traigo un mensaje en mi vientre. Curadme primero el ojo y después
os diré, contestó el gavilán.
—Muy bien, dijeron ellos, y sacando un poco de la goma de la pelota
con que jugaban, se la pusieron en el ojo al gavilán. Lotzquic56 le llamaron
ellos y al instante quedó curada perfectamente por ellos la vista del gavilán.
—Habla, pues, dijeron al gavilán. Y en seguida vomitó una gran culebra.
—Habla tú, le dijeron a la culebra.
—Bueno, dijo ésta y vomitó al sapo.
— ¿Dónde está tu mandado que anunciabas?, le dijeron al sapo.
—Aquí está el mandado en mi vientre, contestó el sapo. Y en seguida
hizo esfuerzos, pero no pudo vomitar; solamente se le llenaba la boca como
de baba, y no le venía el vómito. Los muchachos ya querían pegarle.
—Eres un mentiroso, le dijeron, dándole de puntapiés en el trasero, y el
hueso del anca le bajó a las piernas. Probó de nuevo, pero sólo la baba le
llenaba la boca. Entonces le abrieron la boca al sapo los muchachos y una
vez abierta, buscaron dentro de la boca. El piojo estaba pegado a los dientes
del sapo; en la boca se había quedado, no lo había tragado, sólo había hecho
como que se lo tragaba. Así quedó burlado el sapo, y no se conoce la clase
de comida que le dan; no puede correr y se volvió comida de culebras.
— ¡Habla!, le dijeron al piojo, y entonces dijo el mandado: —Ha dicho
vuestra abuela, muchachos: “Anda a llamarlos; han venido mensajeros de
Hun-Camé y Vucub-Camé para que vayan a Xibalbá, diciendo: 'Que vengan
acá dentro de siete días para jugar a la pelota con nosotros, que traigan tam­
bién sus instrumentos de juego, la pelota, los anillos, los guantes, los cueros,
para que se diviertan aquí’, dicen los Señores.” “De veras han venido” , dice
vuestra abuela. Por eso he venido yo. Porque de verdad dice esto vuestra
abuela y llora y se lamenta vuestra abuela, por eso he venido.
— ¿Será cierto?, dijeron los muchachos para sus adentros, cuando oyeron
esto. Y yéndose al instante llegaron al lado de su abuela; sólo fueron a des­
pedirse de su abuela.
—Nos vamos, abuela, solamente venimos a despedirnos. Pero ahí queda
la señal que dejamos de nuestra suerte: cada uno de nosotros sembraremos
una caña, en medio de nuestra casa la sembraremos: si se secan, esa será la
señal de nuestra muerte. ¡Muertos son!, diréis, si llegan a secarse. Pero si
retoñan: ¡Están vivos!, diréis, ¡oh abuela nuestra! Y vos, madre, no llo­
réis, que ahí os dejamos la señal de nuestra suerte, dijeron.
Y antes de irse, sembró una [caña] Hunahpú y otra Ixbalanqué; las sem­
braron en la casa y no en el campo, ni tampoco en tierra húmeda, sino en
tierra seca; en medio de su casa las dejaron sembradas.

56 Lotz, acedera, vulgarmente en Guatemala, chicha fuerte; lotzquic, goma de jugo


de acedera. E s una hierba tropical americana, que los mexicanos llaman Xocoyolli, y que
parece ser Oxalis en nuestra clasificación de historia natural, dice Brasseur. Agrega que
los indígenas de la América Central le aseguraron que la usaban para quitar las catara­
tas de los ojos. Garcilaso de la Vega, el Inca, habla igualmente de una planta semejante
usada por los indios del Perú.

47
CAPITULO VIII

M arch aro n entonces, llevando cada uno su cerbatana, y fueron bajando en


dirección a Xibalbá. Bajaron rápidamente los escalones y pasaron entre va­
rios ríos y barrancas. Pasaron entre unos pájaros y estos pájaros llamábanse
Molay.
Pasaron también por un río de podre y por un río de sangre, donde de­
bían ser destruidos según pensaban los de Xibalbá; pero no los tocaron con
sus pies, sino que los atravesaron sobre sus cerbatanas.
Salieron de allí y llegaron a una encrucijada de cuatro caminos. Ellos sa­
bían muy bien cuáles eran los caminos de Xibalbá: el camino negro, el cami­
no blanco, el camino rojo y el camino verde. Así, pues, despacharon a un
animal llamado Xan. Este debía ir a recoger las noticias que lo enviaban a
buscar. —Pícalos uno por uno; primero pica al que está sentado en primer
término y acaba picándolos a todos, pues ésa es la parte que te corresponde,
chupar la sangre de los hombres en los caminos, le dijeron al mosquito.
—Muy bien, contestó el mosquito. Y en seguida se internó por el camino
negro y se fue directamente hacia los muñecos de palo que estaban sentados
primero y cubiertos de adornos. Picó al primero, pero éste no habló; luego
picó al otro, picó al segundo que estaba sentado, pero éste tampoco habló.
Picó después al tercero; el tercero de los que estaban sentados era Hun-
Camé. — ¡Ay!, dijo cuando lo picaron.
— ¿Qué es eso, Hun-Camé? ¿Qué es lo que os ha picado? ¿No sabéis
quién os ha picado?, dijo el cuarto de los Señores que estaban sentados.
— ¿Qué hay, Vucub-Camé? ¿Qué os ha picado?, dijo el quinto sentado.
— ¡Ay! ¡Ay!, dijo entonces Xiquiripat. Y Vucub-Camé le preguntó:
— ¿Qué os ha picado? Y dijo cuando lo picaron, el sexto que estaba senta­
do: ¡Ay!
— ¿Qué es eso, Cuchumaquic?, le dijo Xiquiripat. ¿Qué es lo que os ha
picado? Y dijo el séptimo sentado cuando lo picaron: — ¡Ay!
— ¿Qué hay, Ahalpuh?, le dijo Cuchumaquic. ¿Qué os ha picado? Y dijo,
cuando lo picaron, el octavo de los sentados: — ¡Ay!
— ¿Qué es eso, Chamiabac?, le dijo Ahalcaná, ¿Qué os ha picado? Y dijo,
cuando lo picaron, el noveno de los sentados: — ¡Ay!
— ¿Qué es eso, Chamiabac?, le dijo Ahalcaná, ¿Qué os ha picado? Y dijo,,
cuando lo picaron, el décimo de los sentados: — ¡Ay!
— ¿Qué pasa, Chamiaholom?, dijo Chamiabac. ¿Qué os ha picado?
Y dijo el undécimo sentado cuando lo picaron: — ¡Ay!
— ¿Qué sucede?, le dijo Chamiaholom. ¿Qué os ha picado? Y dijo el
duodécimo de los sentados cuando lo picaron: — ¡Ay!
— ¿Qué es eso, Patán?, le dijeron. ¿Qué os ha picado? Y dijo el deci­
motercero de los sentados cuando lo picaron: — ¡Ay!
— ¿Qué pasa, Quicxic?, le dijo Patán. ¿Qué os ha picado? Y dijo el
decimocuarto de los sentados cuando a su vez lo picaron: — ¡Ay!
— ¿Qué os ha picado, Quicrixcac?, le dijo Quicré.
Así fue la declaración de sus nombres, que fueron diciéndose todos los
unos a los otros; así se dieron a conocer al declarar sus nombres, llamándose

48
uno a uno cada ;efe. Y de esta manera dijo su nombre cada uno de los que
estaban sentados en su rincón.
Ni un solo de los nombres se perdió. Todos acabaron de decir su nombre
cuando los picó un pelo de la pierna de Hunahpú que éste se arrancó. En
realidad, no era un mosquito el que los picó y fue a oír los nombres de todos
de parte de Hunahpú e Ixbalanqué.
Continuaron su camino [los muchachos] y llegaron a donde estaban los
de Xibalbá.
—Saludad al Señor, al que está sentado, les dijo uno para engañarlos.
—Ese no es Señor, no es más que un muñeco de palo, dijeron, y siguie­
ron adelante. En seguida comenzaron a saludar:
— [Salud, Hun-Camé! ¡Salud, Vucub-Camé! ¡Salud, Xiquiripat! ¡Salud,
Cuchumaquic! ¡Salud, Ahalpuh! ¡Salud, Ahalcaná! ¡Salud, Chamiabac! ¡Sa­
lud, Chamiaholom! ¡Salud, Quicxic! ¡Salud, Patán! ¡Salud, Quicré! ¡Salud,
Quicrixcac!, dijeron llegando ante ellos. Y enseñando todos la cara les dije­
ron sus nombres a todos, sin que se les escapara el nombre de uno solo.
Pero lo que éstos deseaban era que no descubrieran sus nombres.
—Sentaos aquí, les dijeron, esperando que se sentaran en el asiento [que
les indicaban].
—Este no es asiento para nosotros, es sólo una piedra ardiente, dijeron
Hunahpú e Ixbalanqué, y no pudieron vencerlos.
—Está bien, id a aquella casa, les dijeron. Y a continuación entraron en
la Casa Oscura. Y allí tampoco fueron vencidos.

CAPITULO IX

E s t a era la primera prueba de Xibalbá. Al entrar allí [los muchachos], pen­


saban los de Xibalbá que sería el principio de su derrota. Entraron desde
luego en la Casa Oscura; en seguida fueron a llevarles sus rajas de pino en­
cendidas y los mensajeros de Hun-Camé le llevaron también a cada uno su
cigarro.
—Estas son sus rajas de pino, dijo el Señor; que devuelvan este ocote
mañana al amanecer junto con los cigarros, y que los traigan enteros, dice
el Señor. Así hablaron los mensajeros cuando llegaron.
—Muy bien, contestaron ellos. Pero, en realidad, no [encendieron] la
raja de ocote, sino que pusieron una cosa roja en su lugar, o sea unas plumas
de la cola de la guacamaya, que a los veladores les pareció que era ocote en­
cendido. Y en cuanto a los cigarros, les pusieron luciérnagas en la punta a
los cigarros.
Toda la noche los dieron por vencidos.
— Perdidos son, decían los guardianes. Pero el ocote no se había acabado
y tenía la misma apariencia, y los cigarros no los habían encendido y tenían
el mismo aspecto.
Fueron a dar parte a los Señores.
—¿Cómo ha sido esto? ¿De dónde han venido? ¿Quién los engendró?

49
¿Quién los dio a luz? En verdad hacen arder de ira nuestros corazones, por­
que no está bien lo que nos hacen. Sus caras son extrañas y extraña su ma­
nera de conducirse, decían ellos entre sí.
Luego los mandaron a llamar todos los Señores.
— ¡Ea! ¡Vamos a jugar a la pelota, muchachos!, les dijeron. Al mismo
tiempo fueron interrogados por Hun-Camé y Vucub-Camé.
— ¿De dónde venís? ¡Contadnos, muchachos!, les dijeron los de Xibalbá.
— ¡Quién sabe de dónde venimos! Nosotros lo ignoramos, dijeron úni­
camente, y no hablaron más.
—Está bien. Vamos a jugar a la pelota, muchachos, les dijeron los de
Xibalbá.
—Bueno, contestaron.
—Usaremos esta nuestra pelota, dijeron los de Xibalbá.
—De ninguna manera usaréis ésa, sino la nuestra, contestaron los mu­
chachos.
—Esa no, sino la nuestra será la que usaremos, dijeron los de Xibalbá.
—Está bien, dijeron los muchachos.
— Vaya por un gusano chil, dijeron los de Xibalbá.
—Eso no, sino que hablará la cabeza del león, dijeron los muchachos.
—Eso no, dijeron los de Xibalbá.
—Está bien, dijo Hunahpú.
Entonces los de Xibalbá arrojaron la pelota, la lanzaron directamente al
anillo de Hunahpú. En seguida, mientras los de Xibalbá echaban mano del
cuchillo de pedernal, la pelota rebotó y se fue saltando por todo el suelo del
juego de pelota.
— ¿Qué es esto?, exclamaron Hunahpú e Ixbalanqué. ¿Nos queréis dar
la muerte? ¿Acaso no nos mandasteis llamar? ¿Y no vinieron vuestros pro­
pios mensajeros? En verdad, ¡desgraciados de nosotros! Nos marcharemos
al punto, les dijeron los muchachos.
Eso era precisamente lo que querían que les pasara a los muchachos, que
murieran inmediatamente y allí mismo en el juego de pelota y que así fue­
ran vencidos. Pero no fue así, y fueron los de Xibalbá los que salieron ven­
cidos por los muchachos.
—No os marchéis, muchachos, sigamos jugando a la pelota, pero usare­
mos la vuestra, les dijeron a los muchachos.
—Está bien, contestaron, y entonces metieron la pelota [en el anillo de
Xibalbá], con lo cual terminó la partida.
Y lastimados por sus derrotas dijeron en seguida los de Xibalbá:
— ¿Cómo haremos para vencerlos? Y dirigiéndose a los muchachos les
dijeron: — Id a juntar y a traernos temprano cuatro jicaras de flores. Así
dijeron los de Xibalbá a los muchachos.
—Muy bien. ¿Y qué clase de flores?, les preguntaron los muchachos a
los de Xibalbá.
—Un ramo de chipilín colorado;57 un ramo de chipilín blanco, un ramo
de chipilín amarillo y un ramo de Carinimac, dijeron los de Xibalbá.
57 Cierta planta llamada chipilín, dice Ximénez. Es una planta de la familia de las
leguminosas, Crotalaria longirostrata.

50
—Está bien, dijeron los muchachos.
Así terminó la plática; igualmente fuertes y enérgicas eran las palabras
de los muchachos. Y sus corazones estaban tranquilos cuando se entregaron
los muchachos para que los vencieran.
Los de Xibalbá estaban felices pensando que ya los habían vencido.
—Esto nos ha salido bien. Primero tienen que cortarlas, dijeron los de
Xibalbá. — ¿A dónde irán a traer las flores?, decían en sus adentros.
—Con seguridad nos daréis mañana temprano nuestras flores; id, pues,
a cortarlas, les dijeron a Hunahpú e Ixbalanqué los de Xibalbá.
—Está bien, contestaron. De madrugada jugaremos de nuevo a la pelota,
dijeron y se despidieron.
Y en seguida entraron los muchachos en la Casa de las Navajas, el se­
gundo lugar de tormento de Xibalbá. Y lo que deseaban los Señores era que
fuesen despedazados por las navajas, y fueran muertos rápidamente; así lo
deseaban sus corazones.
Pero no murieron. Les hablaron en seguida a las navajas58 y les advir­
tieron:
—Vuestras serán las carnes de todos los animales, les dijeron a los cu­
chillos. Y no se movieron más, sino que estuvieron quietas todas las navajas.
Así pasaron la noche en la Casa de las Navajas, y llamando a todas las
hormigas, les dijeron: —Hormigas cortadoras, zompopos,59 ¡venid e inmedia­
tamente id todas a traernos todas las clases de flores que hay que cortar para
los Señores!
—Muy bien, dijeron ellas, y se fueron todas las hormigas a traer las flo­
res de los jardines de Hun-Camé y Vucub-Camé.
Previamente les habían advertido [los Señores] a los guardianes de las
flores de Xibalbá: —Tened cuidado con nuestras flores, no os las dejéis ro­
bar por los muchachos que las irán a cortar. Aunque ¿cómo*podrían ser vistas
y cortadas por ellos? De ninguna manera. ¡Velad, pues, toda la noche!
—Está bien, contestaron. Pero nada sintieron los guardianes del jardín.
Inútilmente lanzaban sus gritos subidos en las ramas de los árboles del jar­
dín. Allí estuvieron toda la noche, repitiendo sus mismos gritos y cantos.
— ¡Ixpurpuvec! ¡Ixpurpuvec!, decía el uno en su grito.
— ¡Puhuyú! ¡Vuhuyú!, decía en su grito el llamado Puhuyú.60
Dos eran los guardianes del jardín de Hun-Camé y Vucub-Camé. Pero
no sentían a las hormigas que les robaban lo que estaban cuidando, dando
vueltas y moviéndose cortando las flores, subiendo sobre los árboles a cortar
las flores y recogiéndolas del suelo al pie de los árboles.

58 Ta x-e cha chire cha. Brasseur observa en este lugar que los quichés se compla­
cían en estos juegos de palabras. En todo este capítulo se usa por el autor la palabra
cha, que significa hablar, decir, lanza, navaja, vidrio, etc. Lo mismo puede decirse de la
palabra cah usada como adjetivo, verbo y adverbio.
59 Hormigas rojizas o negras que salen por la noche y cortan las hojas tiernas y las
flores. Son conocidas popularmente en Guatemala con el nombre de zompopos, palabra
mexicana.
60 Purpuvec y puhuy (pronuncíese purpugüec y pujuy), son los nombres que dan
todavía los quichés y cakchiqueles al mochuelo o lechuza. Son palabras imitativas del
grito de estas aves.

51
Entretanto los guardias seguían dando gritos, y no sentían los dientes
que les cortaban las colas y las alas.
Y así acarreaban entre los dientes las flores que bajaban, y recogiéndolas
se marchaban llevándolas con los dientes.
Pronto llenaron las cuatro jicaras de flores, y estaban húmedas [de rocío]
cuando amaneció. En seguida llegaron los mensajeros para recogerlas. —Que
vengan, ha dicho el Señor, y que traigan acá al instante lo que han cortado,
les dijeron a los muchachos.
—Muy bien, contestaron. Y llevando las flores en las cuatro jicaras, se
fueron, y cuando llegaron a presencia del Señor y los demás Señores, daba
gusto ver las flores que traían. Y de esta manera fueron vencidos los de
Xibalbá.
Sólo a las hormigas habían enviado los muchachos [a cortar las flores],
y en una noche las hormigas las cogieron y las pusieron en las jicaras.
Al punto palidecieron todos los de Xibalbá y se les pusieron lívidas las
caras a causa de las flores. Luego mandaron llamar a los guardianes de las
flores. — ¿Por qué os habéis dejado robar nuestras flores? Estas que aquí
vemos son nuestras flores, les dijeron a los guardianes.
—No sentimos nada, Señor. Nuestras colas también han sufrido, contes­
taron. Y luego les rasgaron la boca en castigo de haberse dejado robar lo
que estaba bajo su custodia.
Así fueron vencidos Hun-Camé y Vucub-Camé por Hunahpú e Ixbalan-
qué. Y éste fue el principio de sus obras.
Desde entonces trae partida la boca el mochuelo, y así hendida la tie­
ne hoy.
En seguida bajaron a jugar a la pelota y jugaron también tantos iguales.
Luego acabaron de jugar y quedaron convenidos para la madrugada siguiente.
Así dijeron los de Xibalbá.
—Está bien, dijeron los muchachos al terminar.

CAPITULO X

E n tr a r o n después en la Casa del Frío. No es posible describir el frío que


hacía. La casa estaba llena de granizo, era la mansión del frío. Pronto, sin
embargo, se quitó el frío porque con troncos viejos lo hicieron desaparecer
los muchachos.
Así es que no murieron; estaban vivos cuando amaneció. Ciertamente lo
que querían los de Xibalbá era que murieran; pero no fue así, sino que
cuando amaneció estaban llenos de salud, y salieron de nuevo cuando los
fueron a buscar los mensajeros.
— ¿Cómo es eso? ¿No han muerto todavía?, dijo el Señor de Xibalbá.
Admirábanse de ver las obras de Hunahpú e Ixbalanqué.
En seguida entraron en la Casa de los Tigres. La casa estaba llena de
tigres. — ¡No nos mordáis! Aquí está lo que os pertenece, le dijeron a los
tigres. Y en seguida les arrojaron unos huesos a los animales. Y éstos se
precipitaron sobre los huesos.

52
— ¡Ahora sí se acabaron! Ya les comieron las entrañas. Al fin se han
entregado. Ahora les están triturando los huesos. Así decían los guardias, ale­
gres todos por este motivo.
Pero no murieron. Igualmente buenos y sanos salieron de la Casa de
los Tigres.
— ¿De qué raza son éstos? ¿De dónde han venido?, decían todos los de
Xibalbá.
Luego entraron en medio del fuego a una Casa de Fuego, donde sólo fue­
go había, pero no se quemaron. Sólo ardían las brasas y la leña. Y asimismo
estaban sanos cuando amaneció. Pero lo que querían [los de Xibalbá] era
que murieran allí dentro, donde habían pasado. Sin embargo, no sucedió así,
con lo cual se descorazonaron los de Xibalbá.
Pusiéronlos entonces en la Casa de los Murciélagos. No había más que
murciélagos dentro de esta casa, la casa de Camazotz, un gran animal, cuyos
instrumentos de matar eran como una punta seca, y al instante perecían los
que llegaban a su presencia.
Estaban, pues, allí dentro, pero durmieron dentro de sus cerbatanas.
Y no fueron mordidos por los que estaban en la casa. Sin embargo, uno de
ellos tuvo que rendirse a causa de otro Camazotz que vino del cielo y por el
cual tuvo que hacer su aparición.
Estuvieron apiñados y en consejo toda la noche los murciélagos y revo­
loteando: Quilitz, quilitz, decían; así estuvieron diciendo toda la noche. Pa­
raron un poco, sin embargo, y ya no se movieron los murciélagos y se estu­
vieron pegados a la punta de una de las cerbatanas.
Dijo entonces Ixbalanqué a Hunahpú: — ¿Comenzará ya a amanecer?,
mira tú.
—Tal vez sí, voy a ver, contestó éste.
Y como tenía muchas ganas de ver afuera de la boca de la cerbatana, y
quería ver si había amanecido, al instante le cortó la cabeza Camazotz y el
cuerpo de Hunahpú quedó decapitado.
Nuevamente preguntó Ixbalanqué: — ¿No ha amanecido todavía? Pero
Hunahpú no se movía. — ¿A dónde se ha ido Hunahpú? ¿Qué es lo que has
hecho? Pero no se movía, y permanecía callado.
Entonces se sintió avergonzado Ixbalanqué y exclamó: — ¡Desgraciados
de nosotros! Estamos completamente vencidos.
Fueron en seguida a colgar la cabeza sobre el juego de pelota por orden
expresa de Hun-Camé y Vucub-Camé, y todos los de Xibalbá se regocijaron
por lo que había sucedido a la cabeza de Hunahpú.

CAPITULO XI

llamó [Ixbalanqué] a todos los animales, al pisóte, al jabalí, a


E n se g u id a
todos los animales pequeños y grandes, durante la noche, y a la madrugada
les preguntó cuál era su comida.
— ¿Cuál es la comida de cada uno de vosotros?, pues yo os he llamado
para que escojáis vuestra comida, les dijo Ixbalanqué.

53
—Muy bien, contestaron. Y en seguida se fueron a tomar cada uno lo
suyo, y se marcharon todos juntos. Unos fueron a tomar las cosas podridas;
otros fueron a coger hierbas; otros fueron a recoger piedras. Otros fueron
a recoger tierra. Variadas eran las comidas de los animales [pequeños] y de
los animales grandes.
Detrás de ellos se había quedado la tortuga, la cual llegó contoneándose
a tomar su comida. Y llegando al extremo [del cuerpo] tomó la forma de
la cabeza de Hunahpú, y al instante le fueron labrados los ojos.
Muchos sabios vinieron entonces del cielo. El Corazón del Cielo, Hura­
cán, vinieron a cernerse sobre la Casa de los Murciélagos.
Y no fue fácil acabar de hacerle la cara, pero salió muy buena; la cabe­
llera también tenía una hermosa apariencia, y asimismo pudo hablar.
Pero como ya quería amanecer y el horizonte se teñía de rojo: — ¡Oscu­
rece de nuevo, viejo!, le fue dicho al zopilote.
—Está bien, contestó el viejo,61 y al instante oscureció el viejo. “Ya os­
cureció el zopilote” , dice ahora la gente.
Y así, durante la frescura del amanecer, comenzó su existencia.
— ¿Estará bien?, dijeron. ¿Saldrá parecido a Hunahpú?
—Está muy bien, contestaron. Y efectivamente, parecía de hueso la ca­
beza, se había transformado en una cabeza verdadera.
Luego hablaron entre sí y se pusieron de acuerdo: —No juegues tú a
la pelota; haz únicamente como que juegas; yo solo lo haré todo, le dijo
Ixbalanqué.
En seguida le dio sus órdenes a un conejo: —Anda a colocarte sobre el
juego de pelota; quédate allí entre el encinal, le fue dicho al conejo por
Ixbalanqué; cuando te llegue la pelota sal corriendo inmediatamente, y yo
haré lo demás, le fue dicho al conejo cuando se le dieron estas instrucciones
durante la noche.
En seguida amaneció y los dos muchachos estaban buenos y sanos. Luego
bajaron a jugar a la pelota. La cabeza de Hunahpú estaba colgada sobre el
juego de pelota.
— ¡Hemos triunfado! ¡Habéis labrado vuestra propia ruina; os habéis
entregado!, les decían. De esta manera provocan a Hunahpú.
— Pégale a la cabeza con la pelota, le decían. Pero no lo molestaban con
esto, él no se daba por entendido.
Luego arrojaron la pelota los Señores de Xibalbá. Ixbalanqué le salió al
encuentro; la pelota iba derecho al anillo, pero se detuvo, rebotando, pasó
rápidamente por encima del juego de pelota y de un salto se dirigió hasta el
encinal.
El conejo salió al instante y se fue saltando; y los de Xibalbá corrían

61 Los quichés llaman al zopilote macho mama cuch, o sea zopilote viejo. La identi­
dad del animal que aquí se menciona carece, sin embargo, de importancia. Los antiguos
indios se servían de los objetos y seres naturales para representar las ideas y cosas inma­
teriales, por el parecido de sus nombres. En el presente caso trataban, sin duda, de re­
presentar la idea de la oscuridad que precede inmediatamente al amanecer, a la cual lla­
maban vuch.

54
persiguiéndolo. Iban haciendo ruido y gritando tras el conejo. Acabaron por
irse todos los de Xibalbá.
En seguida se apoderó Ixbalanqué de la cabeza de Hunahpú; se llevó de
nuevo la tortuga y fue a colocarla sobre el juego de pelota. Y aquella cabeza
era verdaderamente la cabeza de Hunahpú y los dos muchachos se pusieron
muy contentos.
Corrieron, pues, los de Xibalbá a buscar la pelota y habiéndola encon­
trado entre las encinas, los llamaron, diciendo:
—Venid acá. Aquí está la pelota, nosotros la encontramos, dijeron, y la
tenían colgando.
Cuando regresaron los de Xibalbá exclamaron: — ¿Qué es lo que vemos?
Luego comenzaron nuevamente a jugar. Tantos iguales hicieron por am­
bas partes.
En seguida Ixbalanqué le lanzó una piedra a la tortuga; ésta se vino al
suelo y cayó en el patio del juego de pelota hecha mil pedazos como pepitas,
delante de los Señores.
— ¿Quién de vosotros irá a buscarla? ¿Dónde está el que irá a traerla?,
dijeron los de Xibalbá.
Y así fueron vencidos los Señores de Xibalbá por Hunahpú e Ixbalanqué.
Grandes trabajos pasaron éstos, pero no murieron, a pesar de todo lo que
les hicieron.

CAPITULO X II

H e aqu í la memoria de la muerte de Hunahpú e Ixbalanqué. Ahora conta­


remos la manera como murieron.
Habiendo sido prevenidos de todos los sufrimientos que les querían im­
poner, no murieron de los tormentos de Xibalbá, ni fueron vencidos por to­
dos los animales feroces que había en Xibalbá.
Mandaron llamar después a dos adivinos que eran como profetas; llamá­
banse Xulú y Pacam y eran sabios, y les dijeron:
—Se os preguntará por los Señores de Xibalbá acerca de nuestra muerte,
que están concertando y preparando por el hecho de que no hemos muerto,
ni nos han podido vencer, ni hemos perecido en sus tormentos, ni nos han
atacado los animales. Tenemos el presentimiento en nuestro corazón de que
usarán la hoguera para darnos muerte. Todos los de Xibalbá se han reunido,
pero la verdad es que no moriremos. He aquí, pues, nuestras instrucciones
sobre lo que debéis decir:
—Si os vinieren a consultar acerca de nuestra muerte y que seamos sacri­
ficados, ¿qué diréis entonces vosotros, Xulú y Pacam? Si os dijeren: “ ¿No
será bueno arrojar sus huesos en el barranco?” “ ¡No conviene — diréis—
porque resucitarán después! ” Si os dijeren: “ ¿No será bueno que los col­
guemos de los árboles?” , contestaréis: “De ninguna manera conviene, por­
que entonces también les volveréis a ver las caras” . Y cuando por tercera
vez os digan: “ ¿Será bueno que arrojemos sus huesos al río?” , si así os
fuere dicho por ellos: “Así conviene que mueran —diréis— ; luego conviene

55
moler sus huesos en la piedra, como se muele la harina de maíz; que cada
uno sea molido [por separado]; en seguida arrojadlos al río, allí donde brota
la fuente, para que se vayan por todos los cerros pequeños y grandes.” Así
les responderéis cuando pongáis en práctica el plan que os hemos aconsejado,
dijeron Hunahpú e Ixbalanqué. Y cuando se despidieron de ellos, ya tenían
conocimiento de su muerte. Hicieron entonces una gran hoguera, una espe­
cie de horno hicieron los de Xibalbá y lo llenaron de ramas gruesas.
Luego llegaron los mensajeros que habían de acompañarlos, los mensa­
jeros de Hun-Camé y de Vucub-Camé.
— “ ¡Que vengan! Id a buscar a los muchachos, id allá para que sepan
que los vamos a quemar.” Esto dijeron los Señores, ¡oh muchachos!, excla­
maron los mensajeros.
—Está bien, contestaron. Y poniéndose rápidamente en camino, llegaron
junto a la hoguera. Allí quisieron obligarlos a divertirse con ellos.
— ¡Tomemos nuestra chicha y volemos cuatro veces cada uno [encima
de la hoguera], muchachos!, les fue dicho por Hun-Camé.
—No tratéis de engañarnos, contestaron. ¿Acaso no tenemos conocimien­
to de nuestra muerte, ¡oh Señores!, y de que eso es lo que aquí nos espera?
Y juntándose frente a frente, extendieron ambos los brazos, se inclinaron
hacia el suelo y se precipitaron en la hoguera, y así murieron los dos juntos.
Todos los de Xibalbá se llenaron de alegría y dando muchas voces y sil­
bidos, exclamaban: — ¡Ahora sí los hemos vencido! ¡Por fin se han entre­
gado!
En seguida llamaron a Xulú y Pacam, a quienes [los muchachos] habían
dejado advertidos, y les preguntaron qué debían hacer con sus huesos, tal
como ellos les habían pronosticado. Los de Xibalbá molieron entonces sus
huesos y fueron a arrojarlos al río. Pero éstos no fueron muy lejos, pues
asentándose al punto en el fondo del agua, se convirtieron en hermosos
muchachos. Y cuando de nuevo se manifestaron, tenían en verdad sus mismas
caras.62

CAPITULO X III

día volvieron a aparecer y fueron vistos en el agua por la gente.


A l q u in to
Tenían ambos la apariencia de hombres-peces63 cuando los vieron los de
Xibalbá, después de buscarlos por todo el río.
Y al día siguiente se presentaron dos pobres, de rostro avejentado y as­
pecto miserable, vestidos de harapos, y cuya apariencia no los recomendaba.
Así fueron vistos por los de Xibalbá.
Y era poca cosa lo que hacían. Solamente se ocupaban en bailar el baile

62 Es decir, las de Hunahpú e Ixbalanqué.


63 Literalmente hombre pez. El autor juega indudablemente con estas palabras para
dar a entender que los héroes de la historia eran hijos de las aguas.
64 En el baile del lxtzul los bailarines llevaban máscaras pequeñas y colas de guaca­
maya en el colodrillo, según Barela. Landa dice que en las fiestas de Año Nuevo, cuando
éste caía en el día Muluc, los mayas de Yucatán bailaban un baile de zancos muy altos.

56
de Puhuy [lechuza o chotacabra], el baile de Cux [comadreja] y el del Iboy
[armadillo], y bailaban también el Ixtzul [ciempiés] y el Chitic [el que anda
sobre zancos].64
Además, obraban muchos prodigios. Quemaban las casas como si de
veras ardieran y al punto las volvían a su estado anterior. Muchos de los
de Xibalbá los contemplaban con admiración.
Luego se despedazaban a sí mismos; se mataban el uno al otro; ten­
díase como muerto el primero a quien habían matado, y al instante lo resu­
citaba el otro. Los de Xibalbá miraban con asombro todo lo que hacían, y
ellos lo ejecutaban como el principio de su triunfo sobre los de Xibalbá.
Llegó en seguida la noticia de sus bailes a oídos de los Señores Hun-
Camé y Vucub-Camé. Al oírla exclamaron: — ¿Quiénes son esos dos huér­
fanos? ¿Realmente os causan tanto placer?
—Ciertamente son muy hermosos sus bailes y todo lo que hacen, con­
testó el que había llevado la noticia a los Señores.
Contentos de oír esto, enviaron entonces a sus mensajeros a que los lla­
maran con halagos. — "¿Qué vengan acá, que vengan para que veamos lo
que hacen, que los admiremos y nos maravillen. Esto dicen los Señores.” Así
les diréis a ellos, les fue dicho a los mensajeros.
Llegaron éstos en seguida ante los bailarines y les comunicaron la orden
de los Señores.
—No queremos, contestaron, porque francamente nos da vergüenza.
¿Cómo no nos ha de dar vergüenza presentarnos en la casa de los Señores
con nuestra mala catadura, nuestros ojos tan grandes y nuestra pobre apa­
riencia? ¿No estáis viendo que no somos más que unos [pobres] bailarines?
¿Qué les diremos a nuestros compañeros de pobreza que han venido con
nosotros y desean ver nuestros bailes y divertirse con ellos? ¿Por ventura
podríamos hacer lo mismo con los Señores? Así, pues, no queremos ir, men­
sajeros, dijeron Hunahpú e Ixbalanqué.
Con el rostro abrumado de contrariedad y de pena se fueron al fin; pero
por algún tiempo no querían caminar y los mensajeros tuvieron que pegarles
varias veces en la cara cuando se dirigían a la residencia de los Señores.
Llegaron, pues, ante los Señores, con aire encogido e inclinando la fren­
te; llegaron prosternándose, haciendo reverencias y humillándose 65 Se veían
extenuados, andrajosos, y su aspecto era realmente de vagabundos cuando
llegaron.
Preguntáronles en seguida por su patria y por su pueblo; preguntáronles
también por su madre y su padre.
— ¿De dónde venís?, les dijeron.
—No lo sabemos, señor. No conocemos la cara de nuestra madre ni la
de nuestro padre: éramos pequeños cuando murieron, contestaron, y no di­
jeron una palabra más.
—Está bien. Ahora haced [vuestros juegos] para que os admiremos.
¿Qué deseáis? Os daremos vuestra recompensa, les dijeron.

65 Hay aquí una repetición del mismo concepto expresado en una serie de verbos
sinónimos.

57
—No queremos nada; pero verdaderamente tenemos mucho miedo, le
dijeron al Señor.
—No os aflijáis, no tengáis miedo. ¡Bailad! Y haced primero la parte
en que os matáis; quemad mi casa, haced todo lo que sabéis. Nosotros os
admiraremos, pues eso es lo que desean nuestros corazones. Y para que os
vayáis después, pobres gentes, os daremos vuestra recompensa, les dijeron.
Entonces dieron principio a sus cantos y a sus bailes. Todos los de Xibalbá
llegaron y se juntaron para verlos. Luego representaron el baile del Cux, bai­
laron el Puhuy y bailaron el Iboy.
Y les dijo el Señor: —Despedazad a mi perro y que sea resucitado por
vosotros, les dijo.
—Está bien, contestaron, y despedazaron al perro. En seguida lo resu­
citaron. Verdaderamente lleno de alegría estaba el perro cuando fue resuci­
tado, y movía la cola cuando lo revivieron.
El Señor les dijo entonces: — ¡Quemad ahora mi casa! Así les dijo. Al
momento quemaron la casa del Señor, y aunque estaban juntos todos los
Señores dentro de la casa, no se quemaron. Pronto volvió a quedar buena y
ni un instante estuvo perdida la casa de Hun-Camé.
Maravilláronse todos los Señores y asimismo sus bailes les causaban mu­
cho placer.
Luego les fue dicho por el Señor: —Matad ahora a un hombre, sacrifi­
cadlo, pero que no muera, dijeron.
—Muy bien, contestaron. Y cogiendo a un hombre, lo sacrificaron en
seguida, y levantando en alto el corazón de este hombre, lo suspendieron a
la vista de los Señores.
Maravilláronse de nuevo Hun-Camé y Vucub-Camé. Un instante después
fue resucitado el hombre por ellos [por los muchachos] y su corazón se ale­
gró grandemente cuando fue resucitado.
Los Señores estaban asombrados. — ¡Sacrificaos ahora a vosotros mis­
mos, que lo veamos nosotros! ¡Nuestros corazones desean verdaderamente
vuestros bailes!, dijeron los Señores.
—Muy bien, Señor, contestaron. Y a continuación se sacrificaron. Hunah­
pú fue sacrificado por Ixbalanqué; uno por uno fueron cercenados sus bra­
zos y sus piernas, fue separada su cabeza y llevada a distancia, su corazón
arrancado del pecho y arrojado sobre la hierba. Todos los Señores de Xibalbá
estaban fascinados. Miraban con admiración, y sólo uno estaba bailando, que
era Ixbalanqué.
— ¡Levántate!, dijo éste, y al punto volvió a la vida. Alegráronse mucho
[los jóvenes] y los Señores se alegraron también. En verdad, lo que hacían
alegraba el corazón de Hun-Camé y Vucub-Camé y éstos sentían como si
ellos mismos estuvieran bailando.66

66 Estos engaños, que recuerdan los actos de sugestión de los fakires de la India,
eran bien conocidos de los indios mayas de México. Sahagún, describiendo las costum­
bres de los huastecas, tribu mexicana relacionada con los mayas de Yucatán, refiere que
cuando volvieron a Panuda, o Pánuco, “llevaron consigo los cantares que usaban cuando
bailaban y todos los aderezos que usaban en la danza o areyto. Los mismos eran amigos
de hacer embaimientos, con los cuales engañaban a las gentes, dándoles a entender ser

58
Sus corazones se llenaron en seguida de deseo y ansiedad por los bailes
de Hunahpú e Ixbalanqué. Dieron entonces sus órdenes Hun-Camé y Vucub-
Camé.
— ¡Haced lo mismo con nosotros! ¡Sacrificadnos!, dijeron. Despedazad­
nos uno por uno!, le dijeron Hun-Camé y Vucub-Camé a Hunahpú e Ixba-
lanqué.
—Está bien; después resucitaréis. ¿Acaso no nos habéis traído para que
os divirtamos a vosotros, los Señores, y a vuestros hijos y vasallos?, les dije­
ron a los Señores.
Y he aquí que primero sacrificaron al que era su jefe y Señor, el llamado
Hun-Camé, rey de Xibalbá.
Y muerto Hun-Camé, se apoderaron de Vucub-Camé. Y no los resuci­
taron.
Los de Xibalbá se pusieron en fuga luego que vieron a los Señores muer­
tos y sacrificados. En un instante fueron sacrificados los dos. Y esto se hizo
para castigarlos. Rápidamente fue muerto el Señor Principal. Y no lo resu­
citaron.
Y un Señor se humilló entonces, presentándose ante los bailarines. No
lo habían descubierto, ni lo habían encontrado. — ¡Tened piedad de m í!,
dijo cuando se dio a conocer.
Huyeron todos los hijos y vasallos de Xibalbá a un gran barranco, y se
metieron todos en un hondo precipicio. Allí estaban amontonados cuando
llegaron innumerables hormigas que los descubrieron y los desalojaron del
barranco. De esta manera los sacaron al camino y cuando llegaron se proster­
naron y se entregaron todos, se humillaron y llegaron afligidos.
Así fueron vencidos los Señores de Xibalbá. Sólo por un prodigio y por
su transformación pudieron hacerlo.67

CAPITULO XIV

dijeron sus nombres y se ensalzaron a sí mismos ante todos los


E n se g u id a
de Xibalbá.
— Oíd nuestros nombres. Os diremos también los nombres de nuestros
padres. Nosotros somos Ixhunahpú e Ixbalanqué, éstos son nuestros nom­
bres.68 Y nuestros padres son aquellos que matasteis y que se llamaban Hun-
Hunahpú y Vucub-Hunahpú. Nosotros, los que aquí veis, somos, pues, los
verdadero lo que es falso, como es hacer creer que se quemaban las casas, cuando no
había tal; que hacían aparecer una fuente con peces, y no había nada, sino ilusión de
los ojos: que se mataban a sí mismos haciendo tajadas y pedazos sus carnes, y otras cosas
que eran aparentes y no verdaderas...”
67 Se refiere naturalmente a la metamorfosis de Hunahpú e Ixbalanqué en los dos
muchachos pobres que engañaron trágicamente a los Señores de Xibalbá valiéndose de
sus artes de magia.
68 Xhunahpu, Xbalanque en el original. La X inicial denota el diminutivo en quiché.
En este lugar sirve para establecer la relación de padre e hijo entre Hun-Hunahpú e
Ixhunahpú.

59
vengadores de los dolores y sufrimientos de nuestros padres. Por eso noso­
tros sufrimos todos los males que les hicisteis. En consecuencia, os acabare­
mos a todos vosotros, os daremos muerte y ninguno escapará, les dijeron.
Al instante cayeron de rodillas, todos los de Xibalbá.
— ¡Tened misericordia de nosotros, Hunahpú e Ixbalanqué! Es cierto
que pecamos contra vuestros padres que decís y que están enterrados en Puc-
bal-Chah, dijeron.
—Está bien. Esta es nuestra sentencia, la que os vamos a comunicar.
Oídla todos vosotros los de Xibalbá:
—Puesto que ya no existe vuestro gran poder ni vuestra estirpe, y tam­
poco merecéis misericordia, será rebajada la condición de vuestra sangre. No
será para vosotros el juego de pelota.69 Solamente os ocuparéis de hacer ca­
charros, apastes70 y piedras de moler maíz. Sólo los hijos de las malezas y del
desierto hablarán con vosotros. Los hijos esclarecidos, los vasallos civiliza­
dos no os pertenecerán y se alejarán de vuestra presencia. Los pecadores, los
malos, los tristes, los desventurados, los que se entregan al vicio, ésos son
los que os acogerán. Ya no os apoderaréis repentinamente de los hombres, y
tened presente la humildad de vuestra sangre. Así les dijeron a todos los de
Xibalbá.
De esta manera comenzó su destrucción y comenzaron sus lamentos. No
era mucho su poder antiguamente. Sólo les gustaba hacer el mal a los hom­
bres en aquel tiempo. En verdad no tenían antaño la condición de dioses.
Además, sus caras horribles causaban espanto. Eran los Enemigos, los Búhos.71
Incitaban al mal, al pecado y a la discordia.
Eran también falsos de corazón, negros y blancos a la vez,72 envidiosos
y tiranos, según contaban. Además, se pintaban y untaban la cara.
Así fue, pues, la pérdida de su grandeza y la decadencia de su imperio.
Y esto fue lo que hicieron Hunahpú e Ixbalanqué.
Mientras tanto la abuela lloraba y se lamentaba frente a las cañas que
ellos habían dejado sembradas. Las cañas retoñaron, luego se secaron cuando
los quemaron en la hoguera; después retoñaron otra vez. Entonces la abuela
encendió el fuego y quemó copal ante las cañas en memoria de sus nietos.
Y el corazón de su abuela se llenó de alegría cuando por segunda vez retoña­
ron las cañas. Entonces fueron adoradas por la abuela y ésta las llamó el
Centro de la Casa, Nicah [el centro] se llamaron.
Cañas vivas en la tierra llana \Cazam Ah Chatam Uleu~\ fue su nombre.
Y fueron llamadas el centro de la Casa y el Centro, porque en medio de su
casa sembraron ellos las cañas. Y se llamó Tierra Allanada, Cañas Vivas en
la Tierra Llana, a las cañas que sembraron. Y también las llamó Cañas Vivas
69 Recuérdese que el juego de pelota estaba reservado a la gente principal.
70 Vasijas grandes de barro de ancha boca, así llamadas en Guatemala.
Ah-Tza, los de la guerra. Ab-Tucur, los búhos. Como indica Brasseur, puede haber
relación entre estos nombres y los itzáes, tribu maya que habita al norte de Guatemala
en la región llamada Petén-Itzá, y los pobladores de Tucurú, pueblo de la Verapaz. Es
probable que los quichés y cakchiqueles emigraran desde el norte, huyendo de la tiranía
de aquellos pueblos y con el propósito de vivir en libertad en tierras nuevas.
72 Con aspecto de negros y de blancos, doble apariencia, símbolo de su falsía: de
dos caras.

60
porque retoñaron. Este nombre les fue dado por Ixmucané a las que dejaron
sembradas Hunahpú e Ixbalanqué para que fueran recordados por su abuela.
Ahora bien, sus padres, los que murieron antiguamente, fueron Hun-
Hunahpú y Vucub-Hunahpú. Ellos vieron también las caras de sus padres allá
en Xibalbá y sus padres hablaron con sus descendientes, los que vencieron
a los de Xibalbá.
Y he aquí cómo fueron honrados sus padres por ellos. Honraron a Vucub-
Hunahpú; fueron a honrarlo al Sacrificadero del juego de pelota. Y asimis­
mo quisieron hacerle la cara. Buscaron allí todo su ser, la boca, la nariz, los
ojos. Encontraron su cuerpo, pero muy poco pudieron hacer. No pronunció
su nombre el Hunahpú. Ni pudo decirlo su boca.
Y he aquí cómo ensalzaron la memoria de sus padres, a quienes habían
dejado y dejaron allá en el Sacrificadero del juego de pelota: “Vosotros se­
réis invocados” , les dijeron sus hijos, cuando se fortaleció su corazón. “Seréis
los primeros en levantaros y seréis adorados los primeros por los hijos escla­
recidos, por los vasallos civilizados. Vuestros nombres no se perderán. ¡Así
será! ” , dijeron a sus padres y se consoló su corazón. “Nosotros somos los
vengadores de vuestra muerte, de las penas y dolores que os causaron.”
Así fue su despedida, cuando ya habían vencido a todos los de Xibalbá.
Luego subieron en medio de la luz y al instante se elevaron al cielo. Al
uno le tocó el sol y al otro la luna. Entonces se iluminó la bóveda del cielo
y la faz de la tierra. Y ellos moran en el cielo.
Entonces subieron también los cuatrocientos muchachos a quienes mató
Zipacná, y así se volvieron compañeros de aquéllos y se convirtieron en es­
trellas del cielo.

TERCERA PARTE

CAPITULO PRIMERO

H e aqu í, pues, el principio de cuando se dispuso hacer al hombre, y cuando


se buscó lo que debía entrar en la carne del hombre.
Y dijeron los Progenitores, los Creadores y Formadores, que se llaman
Tepeu y Gucumatz: “Ha llegado el tiempo del amanecer, de que se termine
la obra y que aparezcan los que nos han de sustentar y nutrir, los hijos escla­
recidos, los vasallos civilizados; que aparezca el hombre, la humanidad, so­
bre la superficie de la tierra.” Así dijeron.
Se juntaron, llegaron y celebraron consejo en la oscuridad y en la noche;
luego buscaron y discutieron, y aquí reflexionaron y pensaron. De esta ma­
nera salieron a luz claramente sus decisiones y encontraron y descubrieron
lo que debía entrar en la carne del hombre.
Poco faltaba para que el sol, la luna y las estrellas aparecieran sobre los
Creadores y Formadores.

61
De Paxil, de Cayalá, así llamados, vinieron las mazorcas amarillas y las
mazorcas blancas.
Estos son los nombres de los animales que trajeron la comida:73 Yac [el
gato de monte], Utiú [el coyote], Quel [una cotorra vulgarmente llamada
chocoyo] y Hoh [el cuervo]. Estos cuatro animales les dieron la noticia de
las mazorcas amarillas y las mazorcas blancas, les dijeron que fueran a Paxil
y les enseñaron el camino de Paxil.
Y así encontraron la comida y ésta fue la que entró en la carne del hom­
bre creado, del hombre formado; ésta fue su sangre, de ésta se hizo la san­
gre del hombre. Así entró el maíz [en la formación del hombre] por obra
de los Progenitores.
Y de esta manera se llenaron de alegría, porque habían descubierto una
hermosa tierra, llena de deleites, abundante en mazorcas amarillas y mazor­
cas blancas y abundante también en pataxte y cacao, y en innumerables za­
potes, anonas, jocotes, nances, matasanos y miel. Abundancia de sabrosos
alimentos había en aquel pueblo llamado de Paxil y Cayalá.
Había alimentos de todas clases, alimentos pequeños y grandes, plantas
pequeñas y plantas grandes. Los animales enseñaron el camino. Y moliendo
entonces las mazorcas amarillas y las mazorcas blancas, hizo Ixmucané nueve
bebidas, y de este alimento provinieron la fuerza y la gordura y con él crea­
ron los músculos y el vigor del hombre. Esto hicieron los Progenitores, Tepeu
y Gucumatz, así llamados.
A continuación entraron en pláticas acerca de la creación y la formación
de nuestra primera madre y padre. De maíz amarillo y de maíz blanco se
hizo su carne; de masa de maíz se hicieron los brazos y las piernas del hom­
bre. Unicamente masa de maíz entró en la carne de nuestros padres, los cua­
tro hombres que fueron creados.

73 Ecbá, comida, alimento. Cuando se trata del hombre, echa es el maíz cocido y
molido que era la comida corriente del indio americano, y que los quichés pensaban lógi­
camente que había servido para formar a los primeros hombres.

62
CAPITULO II

E s t o s son los nombres de los primeros hombres que fueron creados y for­
mados: el primer hombre fue Balam-Quitzé, el segundo Balam-Acab, el ter­
cero Mahucutah y el cuarto Iqui-Balam.
Estos son los nombres de nuestras primeras madres y padres.74
Se dice que ellos sólo fueron hechos y formados, no tuvieron madre, no
tuvieron padre. Solamente se les llamaba varones. No nacieron de mujer, ni
fueron engendrados por el Creador y el Formador, por los Progenitores. Sólo
por un prodigio, por obra de encantamiento fueron creados y formados por
el Creador, el Formador, los Progenitores, Tepeu y Gucumatz. Y como te­
nían la apariencia de hombres, hombres fueron; hablaron, conversaron, vie­
ron y oyeron, anduvieron, agarraban las cosas; eran hombres buenos y her­
mosos y su figura era figura de varón.
Fueron dotados de inteligencia; vieron y al punto se extendió su vista,
alcanzaron a ver, alcanzaron a conocer todo lo que hay en el mundo. Cuando
miraban, al instante veían a su alrededor y contemplaban en torno a ellos la
bóveda del cielo y la faz redonda de la tierra.
Las cosas ocultas [por la distancia] las veían todas, sin tener primero que
moverse; en seguida veían el mundo y asimismo desde el lugar donde estaban
lo veían.
Grande era su sabiduría; su vista llegaba hasta los bosques, las rocas,
los lagos, los mares, las montañas y los valles. En verdad eran hombres ad­
mirables Balam-Quitzé, Balam-Acab, Mahucutah e Iqui-Balam.
Entonces les preguntaron el Creador y el Formador: — ¿Qué pensáis de
vuestro estado? ¿No miráis? ¿No oís? ¿No son buenos vuestro lenguaje y
vuestra manera de andar? ¡Mirad, pues! ¡Contemplad el mundo, ved si apa­
recen las montañas y los valles! ¡Probad, pues, a v er!, les dijeron.
Y en seguida acabaron de ver cuanto había en el mundo. Luego dieron
las gracias al Creador y al Formador: — ¡En verdad os damos gracias dos y
tres veces! Hemos sido creados, se nos ha dado una boca y una cara, habla­
mos, oímos, pensamos y andamos; sentimos perfectamente y conocemos lo
que está lejos y lo que está cerca. Vemos también lo grande y lo pequeño en
el cielo y en la tierra. Os damos gracias, pues, por habernos creado, ¡oh
Creador y Formador!, por habernos dado el ser, ¡oh abuela nuestra!,
¡oh nuestro abuelo!, dijeron dando las gracias por su creación y formación.
Acabaron de conocerlo todo y examinaron los cuatro rincones y los cua­
tro puntos de la bóveda del cielo y de la faz de la tierra.
Pero el Creador y el Formador no oyeron esto con gusto.
—No está bien lo que dicen nuestras criaturas, nuestras obras; todo lo
saben, lo grande y lo pequeño, dijeron. Y así celebraron consejo nuevamente
los Progenitores: — ¿Qué haremos ahora con ellos? ¡Que su vista sólo al­
cance a lo que está cerca, que sólo vean un poco de la faz de la tierra! No
está bien lo que dicen. ¿Acaso no son por su naturaleza simples criaturas y

74 Es decir, los antepasados, los progenitores. En el capítulo siguiente el autor vuel­


ve a llamarlos madres, en el mismo sentido genérico.

63
hechuras [nuestras]? ¿Han de ser ellos también dioses? ¿Y si no procrean y
se multiplican cuando amanezca, cuando salga el sol? ¿Y si no se propagan?
Así dijeron.
—Refrenemos un poco sus deseos, pues no está bien lo que vemos. ¿Por
ventura se han de igualar ellos a nosotros, sus autores, que podemos abarcar
grandes distancias, que lo sabemos y vemos todo?
Esto dijeron el Corazón del Cielo, Huracán, Chipi-Caculhá, Raxa-Caculhá,
Tepeu, Gucumatz, los Progenitores, Ixpiyacoc, Ixmucané, el Creador y el
Formador. Así hablaron y en seguida cambiaron la naturaleza de sus obras,
de sus criaturas.
Entonces el Corazón del Cielo les echó un vaho sobre los ojos, los cuales
se empañaron como cuando se sopla sobre la luna de un espejo. Sus ojos se
velaron y sólo pudieron ver lo que estaba cerca, sólo esto era claro para ellos.
Así fue destruida su sabiduría y todos los conocimientos de los cuatro
hombres, origen y principio [de la raza quiché].
Así fueron creados y formados nuestros abuelos, nuestros padres, por
el Corazón del Cielo, el Corazón de la Tierra.

CAPITULO III

E ntonces existieron también sus esposas y fueron hechas sus mujeres. Dios
mismo las hizo cuidadosamente. Y así, durante el sueño, llegaron, verdadera­
mente hermosas, sus mujeres, al lado de Balam-Quitzé, Balam-Acab, Mahu­
cutah e Iqui-Balam.
Allí estaban sus mujeres, cuando despertaron, y al instante se llenaron
de alegría sus corazones a causa de sus esposas.
He aquí los nombres de sus mujeres: Cahá-Paluna, era el nombre de la
mujer de Balam-Quitzé; Chomihá se llamaba la mujer de Balam-Acab; Tzu-
nunihá, la mujer de Mahucutah; y Caquixahá era el nombre de la mujer de
Iqui-Balam. Estos son los nombres de sus mujeres, las cuales eran Señoras
principales.
Ellos engendraron a los hombres, a las tribus pequeñas y a las tribus
grandes, y fueron el origen de nosotros, la gente del Quiché. Muchos eran
los sacerdotes y sacrificadores; no eran solamente cuatro, pero estos cuatro
fueron los progenitores de nosotros la gente del Quiché.
Diferentes eran los nombres de cada uno cuando se multiplicaron allá en
el Oriente, y muchos eran los nombres de la gente: Tepeu, Olomán, Cohah,
Quenech, Ahau, que así se llamaban estos hombres allá en el Oriente, donde
se multiplicaron.75
Se conoce también el principio de los de Tamub y los de Ilocab, que vi­
75 Es posible reconocer entre estos nombres el de Tepeu, que en otros lugares de
este libro se aplica a los yaquis, Yaqui-Tepeu, una de las tribus de origen tolteca que
emigraron junto con los quichés. También puede identificarse a los de Olomán, que son
los olmecas, olmeca-xicalancas, que vivían al sur de Veracruz, con quienes los quichés
estaban asimismo íntimamente unidos.

64
nieron juntos de allá del Oriente. Balam-Quitzé era el abuelo y el padre de
las nueve casas grandes de los Cavec; Balam-Acab era el abuelo y padre
de las nueve casas grandes de los Nihaib; Cahucutah, el abuelo y padre de las
cuatro casas grandes de Ahau-Quiché.
Tres grupos de familias existieron; pero no olvidaron el nombre de su
abuelo y padre, los que se propagaron y multiplicaron allá en el Oriente.
Vinieron también los Tamub y los Ilocab, y trece ramas de pueblos, los
trece de Tecpán, y los Rabinales, los Cakchiqueles, los de Tziquinahá, y los
Zacahá y los Lamaq, Cumatz, Tuhalhá, Uchabahá, los de Chumilahá, los de
Quibahá, los de Batenabá, Acul-Vinac, Balamihá, los Canchaheles y Balam-
Colob.16
Estas son solamente las tribus principales, las ramas del pueblo, que
nosotros mencionamos; sólo de las principales hablaremos. Muchas otras sa­
lieron de cada grupo del pueblo, pero no escribiremos sus nombres. Ellas
también se multiplicaron allá en el Oriente.
Muchos hombres fueron hechos y en la oscuridad se multiplicaron. No
había nacido el sol ni la luz cuando se multiplicaron. Juntos vivían todos, en
gran número existían y andaban allá en el Oriente.
Sin embargo, no sustentaban ni mantenían [a su Dios]; solamente alza­
ban las caras al cielo y no sabían qué habían venido a hacer tan lejos.
Allí estuvieron entonces en gran número los hombres negros y los hom­
bres blancos, hombres de muchas clases, hombres de muchas lenguas, que
causaba admiración oírlas.
Hay generaciones en el mundo, hay gentes montaraces, a las que no se les
ve la cara; no tienen casas, sólo andan por los montes pequeños y grandes,
como locos. Así decían despreciando a la gente del monte.
Así decían allá donde veían la salida del sol. Una misma era la lengua de
todos. No invocaban la madera ni la piedra, y se acordaban de la palabra del
Creador y Formador, del Corazón del Cielo, del Corazón de la Tierra.
Así hablaban y esperaban con inquietud la llegada de la aurora. Y eleva­
ban sus ruegos, aquellos adoradores de la palabra [de Dios], amantes, obe­
dientes y temerosos, levantando las caras al cielo cuando pedían hijas e hijos:
— ¡Oh tú, Tzacol, Bitol! ¡Míranos, escúchanos! ¡No nos dejes, no nos
desampares, oh Dios, que estás en el cielo y en la tierra, Corazón del Cielo,
Corazón de la Tierra! ¡Danos nuestra descendencia, nuestra sucesión, mien­

76 Los trece pueblos de Tecpán, que el Título de Totonicapán llama Vukamag Tec-
pam, son las tribus pocomames y poconchíes, según Brasseur. La tribu de Rabinal se es­
tableció en el centro de la actual República de Guatemala, y sus descendientes forman
todavía un núcleo importante de población quiché. Los cakchiqueles constituyeron un
reino fuerte y numeroso, rival del reino quiché y tuvieron por capital a Iximché (nom­
bre indígena del árbol actualmente llamado ramón). Los mexicanos llamaban a Iximché
T ecpán-Quauhtemallan, de donde viene el nombre moderno Guatemala. La tribu de Tzi­
quinahá tuvo por capital la ciudad lacustre de Atitlán, y ocupó la parte occidental del
territorio que circunda el lago de este nombre. Zacahá es el actual Salcajá, cerca de Que-
zaltenango, Lamac, Cumatz, Tuhalhá y Uhabahá existían en los alrededores de Sacapulas,
según Brasseur. No ha sido posible identificar las tribus restantes. La de Balamihá puede
ser la que se estableció en el lugar llamado hoy Balamyá, del departamento de Chimal-
tenango.

65
tras camine el sol y haya claridad! ¡Que amanezca, que llegue la aurora!
¡Danos muchos buenos caminos, caminos planos! ¡Que los pueblos tengan
paz, mucha paz, y sean felices; y danos buena vida y útil existencia! ¡Oh tú,
Huracán, Chipi-Caculhá, Raxa-Caculhá, Chipi-Nanauac, Raxa-Nanauac, Voc,
Hunahpú, Tepeu, Gucumatz, Alom, Qaholom, Ixpiyacoc, Ixmucané, abuela
del sol, abuela de la luz! ¡Que amanezca y que llegue la aurora!
Así decían mientras veían e invocaban la salida del sol, la llegada de la
aurora; y al mismo tiempo que veían la salida del sol, contemplaban el luce­
ro del alba, la gran estrella precursora del sol, que alumbra la bóveda del
cielo y la superficie de la tierra, e ilumina los pasos de los hombres creados
y formados.

CAPITULO IV

B alam -Qu it z é , Balam-Acab, Mahucutah e Iqui-Balam dijeron: —Aguarde­


mos que amanezca. Así dijeron aquellos grandes sabios, los varones enten­
didos, los sacerdotes y sacrificadores. Esto dijeron.
Nuestras primeras madres y padres no tenían todavía maderos ni piedras
que custodiar,77 pero sus corazones estaban cansados de esperar el sol. Y ya
eran muy numerosos todos los pueblos y la gente yaqui,7S los sacerdotes y
sacrificadores.
— ¡Vámonos, vamos a buscar y a ver si están guardados nuestros símbo­
los! , si encontramos lo que pondremos a arder ante ellos.79 Pues estando de
esta manera no tenemos quien vele por nosotros, dijeron Balam-Quitzé, Ba­
lam-Acab, Mahucutah e Iqui-Balam.
Y habiendo llegado a sus oídos la noticia de una ciudad, se dirigieron
hacia allá.
Ahora bien, el nombre del lugar a donde se dirigieron Balam-Quitzé,
Balam-Acab, Mahucutah e Iqui-Balam y los de Tamub e Ilocab eran Tulán-
'Zuiva, Vucub-Pec, Vucub-Ziván ,80 Este era el nombre de la ciudad a donde
fueron a recibir a sus dioses.
Así, pues, llegaron todos a Tulán. No era posible contar los hombres que
llegaron; eran muchísimos y caminaban ordenadamente.
Fue entonces la salida de sus dioses; primero los de Balam-Quitzé, Balam-

77 Es decir, ídolos.
78 Los mexicanos, los antiguos toltecas, el pueblo náhuatl, que uniéndose a los mayas
del sur, fueron el origen de las naciones indígenas de Guatemala. El autor llama a los
yaquis los sacerdotes y sacrificadores, y estos mismos nombres les da en varios lugares a
los jefes quichés Balam-Quitzé y compañeros.
79 Evidentemente buscaban el incienso para quemar ante los dioses.
80 Este pasaje de Popol Vuh es muy interesante como prueba de la comunidad de
origen de los quichés y demás pueblos de Guatemala y de las tribus que se establecieron
en los tiempos antiguos en diversas partes de México y Yucatán. Tulátt-Zuiva, la Cueva
de Tulán, Vucub-Pec, Siete Cuevas, y Vucub-Ziván, Siete Barrancas, son los nombres
quichés del sitio a que la tradición mexicana da el nombre de Chicomoztoc, que en len­
gua náhuatl significa igualmente Siete Cuevas.

66
Acab, Mahucutah e Iqui-Balam, quienes se llenaron de alegría: — ¡Por fin
hemos hallado lo que buscábamos!, dijeron.
Y el primero que salió fue Tohil, que así se llamaba este dios, y lo sacó
a cuestas en su arca81 Balam-Quitzé. En seguida sacaron al dios que se llama­
ba Avilix, a quien llevó Balam-Acab. Al dios que se llamaba Hacavitz lo lle­
vaba Mahucutah; y al dios llamado Nicahtacah lo condujo Iqui-Balam.
Y junto con la gente del Quiché, lo recibieron también los de Tamub.
Y asimismo Tohil fue el nombre del dios de los de Tamub, que recibieron
el abuelo y padre de los Señores de Tamub que conocemos hoy día.
En tercer lugar estaban los de Ilocab. Tohil era también el nombre del
dios que recibieron los abuelos y los padres de los Señores a quienes igual­
mente conocemos ahora.
Así fueron llamadas las tres [familias] quichés y no se separaron porque
era uno el nombre de su dios, Tohil de los Quichés, Tohil de los Tamub y de
los Ilocab; uno solo era el nombre del dios, y por eso no se dividieron las
tres [familias] quichés.
Grande era en verdad la naturaleza de los tres, Tohil, Avilix y Hacavitz.
Y entonces llegaron todos los pueblos, los de Rabinal, los Cakchiqueles,
los de Tziquinahá y las gentes que ahora se llaman Yaquis. Y allí fue donde
se alteró el lenguaje de las tribus; diferentes volviéronse sus lenguas. Ya no
podían entenderse claramente entre sí después de haber llegado a Tulán. Allí
también se separaron, algunas hubo que se fueron para el Oriente,82 pero
muchas se vinieron para acá.
Y sus vestidos eran solamente pieles de animales; no tenían buenas ro­
pas que ponerse, las pieles de animales eran su único atavío. Eran pobres,
nada poseían, pero su naturaleza era de hombres prodigiosos.
Cuando llegaron a Tulán-Zuiva, Vucub-Pec, Vucub-Ziván, dicen las anti­
guas tradiciones que habían andado mucho para llegar a Tulán.

CAPITULO V

Y no tenían fuego. Solamente lo tenían los de Tohil. Este era el dios de las
tribus que fue el primero que creó el fuego. No se sabe cómo nació, porque
ya estaba ardiendo el fuego cuando lo vieron Balam-Quitzé y Balam-Acab.
— ¡Ay, nuestro fuego ya no existe! Moriremos de frío, dijeron. Entonces
Tohil les contestó: — ¡No os aflijáis! Vuestro será el fuego perdido de que
habláis, les dijo entonces Tohil.
— ¿De veras? ¡Oh Dios, nuestro sostén, nuestro mantenedor, tú, nues­
tro D ios!, dijeron, dándole sus agradecimientos.
Y Tohil les respondió: —Está bien, ciertamente yo soy vuestro Dios;
¡que así sea! Yo soy vuestro Señor; ¡que así sea! Así les fue dicho a los
81 El arca o jaula de madera que los indios llevan a cuestas para conducir sus pro­
ductos o cargamentos de un lugar a otro. El nombre corriente en Guatemala es cacaxte,
como tantos otros, de la lengua mexicana.
82 A Yucatán.

67
sacerdotes y sacrificadores por Tohil. Y así recibieron su fuego las tribus y
se alegraron a causa del fuego.
En seguida comenzó a caer un gran aguacero, cuando ya estaba ardiendo
el fuego de las tribus. Gran cantidad de granizo cayó sobre las cabezas de
todas las tribus, y el fuego se apagó a causa del granizo, y nuevamente se
extinguió su fuego.
Entonces Balam-Quitzé y Balam-Acab le pidieron otra vez su fuego a
Tohil: — ¡Ah, Tohil, verdaderamente nos morimos de frío!, le dijeron
a Tohil.
—Está bien, no os aflijáis, contestó Tohil, y al instante sacó fuego, dando
vueltas dentro de su zapato.83

Alegráronse al punto Balam-Quitzé, Balam-Acab, Mahucutah e Iqui-Ba­


lam, y en seguida se calentaron.
Ahora bien, el fuego de los pueblos [de Vucamag] se había apagado
igualmente, y aquéllos se morían de frío.
En seguida llegaron a pedir su fuego a Balam-Quitzé, Balam-Acab, Ma­
hucutah e Iqui-Balam. Ya no podían soportar el frío ni la helada; estaban
temblando y dando diente con diente; ya no tenían vida; las piernas y las
manos les temblaban y nada podían coger con éstas cuando llegaron.
—No nos causa vergüenza venir ante vosotros a pediros que nos deis
un poco de vuestro fuego, dijeron al llegar. Pero no fueron bien recibidos.
Y entonces se llenó de tristeza el corazón de las tribus.
—El lenguaje de Balam-Quitzé, Balam-Acab, Mahucutah e Iqui-Balam
es diferente. ¡Ay! ¡Hemos abandonado nuestra lengua! ¿Qué es lo que he­
mos hecho? Estamos perdidos. ¿En dónde fuimos engañados? Una sola era

83 Damos la versión de Ximénez. La expresión alude indudablemente a la manera


primitiva de sacar fuego por medio de un palo que se hace girar rápidamente dentro de
otro. Según el "Título de los Señores de Totonicapán, Balam-Quitzé y sus compañeros
fueron “comenzando a frotar madera y piedras, los que primero sacaron fuego” . Los
pueblos de Vukamag sólo consiguieron que los quichés les dieran “un poco” de su fuego
ofreciendo darles a sus hijas.

68
nuestra lengua cuando llegamos allá a Tulán; de una sola manera habíamos
sido creados y educados. No está bien lo que hemos hecho, dijeron todas las
tribus bajo los árboles y los bejucos.
Entonces se presentó un hombre ante Balam-Quitzé, Balam-Acab, Mahu­
cutah e Iqui-Balam, y habló de esta manera el mensajero de Xibalbá: —Este
es, en verdad, vuestro Dios; éste es vuestro sostén; ésta es, además, la repre­
sentación, el recuerdo de vuestro Creador y Formador. No les deis, pues, su
fuego a los pueblos, hasta que ellos ofrenden a Tohil. No es menester que
os den algo a vosotros. Preguntad a Tohil qué es lo que deben dar cuando
vengan a recibir el fuego, les dijo el de Xibalbá. Este tenía alas como las
alas del murciélago. Yo soy enviado por vuestro Creador, por vuestro For­
mador, dijo el de Xibalbá.
Llenáronse entonces de alegría, y se ensancharon también los corazones
de Tohil, Avilix y Hacavitz cuando habló el de Xibalbá, el cual desapareció
al instante de su presencia.
Pero no perecieron las tribus cuando llegaron, aunque se morían de frío.
Había mucho granizo, lluvia negra y neblina, y hacía un frío indescriptible.
Hallábanse todas las tribus temblando y tiritando de frío cuando llegaron
a donde estaban Balam-Quitzé, Balam-Acab, Mahucutah e Iqui-Balam. Gran­
de era la aflicción de sus corazones y tristes estaban sus bocas y sus ojos.
En seguida llegaron los suplicantes a presencia de Balam-Quitzé, Balam-
Acab, Mahucutah e Iqui-Balam. — ¿No tendréis compasión de nosotros, que
solamente os pedimos un poco de vuestro fuego? ¿Acaso no estábamos jun­
tos y reunidos? ¿No fue una misma nuestra morada y una sola nuestra patria
cuando fuisteis creados, cuando fuisteis formados? ¡Tened, pues, misericor­
dia de nosotros!, dijeron.
— ¿Qué nos daréis para que tengamos misericordia de vosotros?, les pre­
guntaron.
—Pues bien, os daremos dinero, contestaron las tribus.
—No queremos dinero, dijeron Balam-Quitzé y Balam-Acab.
— ¿Y qué es lo que queréis?
—Ahora lo preguntaremos.
—Está bien, dijeron las tribus.
—Le preguntaremos a Tohil y luego os diremos, les contestaron.
— ¿Qué deben dar las tribus, ¡oh Tohil!, que han venido a pedir tu
fuego?, dijeron entonces Balam-Quitzé, Balam-Acab, Mahucutah e Iqui-
Balam.
— ¡Bueno! ¿Querrán dar su pecho y su sobaco? 84 ¿Quieren sus corazo­
nes que yo, Tohil, los estreche entre mis brazos? Pero si así no lo desean,
tampoco les daré su fuego, respondió Tohil.
—Decidles que eso será más tarde, que no tendrán que venir ahora a
unir su pecho y sus sobacos. Esto os manda decir, les diréis. Esta fue la res­
puesta a Balam-Quitzé, Balam-Acab, Mahucutah e Iqui-Balam.

84 Es decir, entregar a las víctimas para que las sacrifiquen, al estilo mexicano,
abriéndoles el pecho con el cuchillo de pedernal y ofrendando sus corazones a la divini­
dad. La misma idea se repite más adelante en términos inequívocos.

69
Entonces transmitieron la palabra de Tohil. —Está bien, nos uniremos
y lo abrazaremos, dijeron [los pueblos], cuando oyeron y recibieron la pa­
labra de Tohil. Y no obraron con tardanza: — ¡Bueno, dijeron, pero que sea
pronto! Y en seguida recibieron el fuego. Luego se calentaron.

CAPITULO VI

H ubo , sin embargo, una tribu que hurtó el fuego entre el humo, y fueron
los de la casa de Zotzil. E l dios de los cakchiqueles se llamaba Chamalcán y
tenía la figura de un murciélago.
Cuando pasaron entre el humo, pasaron suavemente, y luego se apodera­
ron del fuego. No pidieron el fuego los cakchiqueles porque no quisieron en­
tregarse como vencidos, de la manera como fueron vencidas las demás tribus
cuando ofrecieron su pecho y su sobaco para que se los abrieran. Y ésta era
la abertura que había dicho Tohil: que sacrificaran a todas las tribus ante
él, que se les arrancara el corazón del pecho y del sobaco.
Y esto no se había comenzado a hacer cuando fue profetizada por Tohil
la toma del poder y el señorío por Balam-Quitzé, Balam-Acab, Mahucutah e
Iqui-Balam.
Allá en Tulán-Zuiva, de donde habían venido, acostumbraban no comer,
observaban un ayuno perpetuo, mientras aguardaban la llegada de la aurora
y atisbaban la salida del sol.
Turnábanse para ver la grande estrella que se llama Icoquih ,85 y que sale
primero delante del sol, cuando nace el sol, la brillante Icoquih, que siempre
estaba allí frente a ellos en el Oriente, cuando estuvieron allá en la llamada
Tulán-Zuiva, de donde vino su dios.
No fue aquí, pues, donde recibieron su poder y señorío, sino que allá
sometieron y subyugaron a las tribus grandes y pequeñas, cuando las sacri­
ficaron ante Tohil y le ofrendaron la sangre, la sustancia, el pecho y el cos­
tado de todos los hombres.
A Tulán les llegó al instante su poder; grande fue su sabiduría en la
oscuridad y en la noche.
Luego se vinieron, se arrancaron de allá y abandonaron el Oriente. —Esta
no es nuestra casa, vámonos y veamos dónde nos hemos de establecer, dijo
entonces Tohil.
En verdad les hablaba a Balam-Quitzé, Balam-Acab, Mahucutah e Iqui-
Balam. —Dejad hecha vuestra acción de gracias, disponed lo necesario para
sangraros las orejas, picaos los codos, haced vuestros sacrificios, éste será
vuestro agradecimiento ante Dios.
—Está bien, dijeron, y se sacaron sangre de las orejas. Y lloraron en sus
cantos por su salida de Tulán; lloraron sus corazones cuando abandonaron
a Tulán.
— ¡Ay de nosotros! Ya no veremos aquí el amanecer, cuando nazca el

85 Icoquih, Venus, la precursora del sol, literalmente la que lleva a cuestas al sol.

70
sol y alumbre la faz de la tierra, dijeron al partir. Pero dejaron algunas gen­
tes en el camino por donde iban para que velaran.
Cada una de las tribus se levantaba continuamente para ver la estrella
precursora del sol. Esta señal de la aurora la traían en su corazón cuando
vinieron de allá del Oriente, y con la misma esperanza partieron de allá, de
aquella gran distancia, según dicen en sus cantos hoy día.

CAPITULO VII
L legaron por entonces a la cumbre de una montaña y allí se reunieron todo
el pueblo quiché y las tribus. Allí celebraron todos consejo para tomar sus
disposiciones. Llaman hoy día a esta montaña Chi-Pixab, éste es el nombre
de la montaña.
Reuniéronse allí y se ensalzaron a sí mismos: — ¡Yo soy, yo, el pueblo
del Quiché! Y tú, Tamub, éste será tu nombre. Y a los de Ilocab les dije­
ron: —Tú, Ilocab, éste será tu nombre. Y estos tres [pueblos] quichés no
desaparecerán, una misma es nuestra suerte, dijeron cuando designaron sus
nombres.
En seguida dieron su nombre a los Cakchiqueles: Gagchequeleb fue su
nombre. Asimismo a los de Rabinal, que éste fue su nombre que hasta ahora
no han perdido. Y también a los de Tziquinahá,86 que así se llaman hoy día.
Estos son los nombres que se dieron entre sí.
Allá se reunieron a esperar que amaneciera y a observar la salida de la
estrella que llega primero delante del sol, cuando éste está a punto de nacer.
—De allá venimos, pero nos hemos separado, decían entre sí.
Y sus corazones estaban afligidos, y estaban pasando grandes sufrimien­
tos: no tenían comida, no tenían sustento; solamente olían la punta de sus
bastones y así se imaginaban que comían, pero no se alimentaban cuando
venían.
No está bien claro, sin embargo, cómo fue su paso sobre el mar; como
si no hubiera mar pasaron hacia este lado; sobre piedras pasaron, sobre pie­
dras en hilera sobre la arena. Por esta razón fueron llamadas Piedras en hile­
ra, Arenas arrancadas, nombres que ellos les dieron cuando pasaron entre el
mar, habiéndose dividido las aguas cuando pasaron.
Y sus corazones estaban afligidos cuando conferenciaban entre sí, porque
no tenían que comer, sólo un trago de agua que bebían y un puñado de maíz.
Allí estaban, pues, congregados en la montaña llamada Chi-Pixab. Y ha­
bían llevado también a Tohil, Avilix y Hacavitz. Un ayuno completo obser­
vaba Balam-Quitzé con su mujer Cahá-Paluma, que éste era el nombre de su
mujer. Así lo hacían también Balam-Acab y su mujer, la llamada Chomihá;
y también Mahucutah observaba un ayuno absoluto con su mujer, la llamada
Tzununihá, e Iqui-Balam con su mujer, la llamada Caquixahá.
Y ellos eran los que ayunaban en la oscuridad y en la noche. Grande era
su tristeza cuando estaban en el monte que ahora se llama Chi-Pixab.
86 El pueblo de Rabinal conserva su nombre antiguo. Tziquinahá es el actual pueblo
de Atitlán.

71
CAPITULO VIII

Y nuevamente les habló su dios. Así les hablaron entonces Tohil, Avilix y
Hacavitz a Balam-Quitzé, Balam-Acab, Mahucutah e Iqui-Balam: — ¡Vámo­
nos ya, levantémonos ya, no permanezcamos aquí, llevadnos a un lugar es­
condido! Ya se acerca el amanecer. ¿No sería una desgracia para vosotros
que fuéramos aprisionados por los enemigos en estos muros donde nos tenéis
vosotros los sacerdotes y sacrificadores? Ponednos, pues, a cada uno en lu­
gar seguro, dijeron cuando hablaron.
—Muy bien. Nos marcharemos, iremos en busca de los bosques, contes­
taron todos.
A continuación cada uno tomó y se echó a cuestas a su dios. Así llevaron
a Avilix al barranco llamado Euabal-Ziván, así nombrado por ellos, al gran
barranco del bosque que ahora llamamos Pavilix, y allí lo dejaron. En este
barranco fue dejado por Balam-Acab.
En orden fueron dejándolos. El primero que dejaron así fue Hacavitz,
sobre una gran pirámide colorada, en el monte que se llama ahora Hacavitz.
Allí fue fundado su pueblo, en el lugar donde estuvo el dios llamado Ha­
cavitz.
Asimismo se quedó Mahucutah con su dios, que fue el segundo dios es­
condido por ellos. No estuvo Hacavitz en el bosque, sino que en un cerro
desmontado fue escondido Hacavitz.
Luego vino Balam-Quitzé, llegó al gran bosque; para esconder a Tohil
llegó Balam-Quitzé al cerro que hoy se llama Patohil. Entonces celebraron
la ocultación de Tohil en la barranca, en su refugio. Gran cantidad de cule­
bras, de tigres, víboras y cantiles87 había en el bosque en donde estuvo escon­
dido por los sacerdotes y sacrificadores.
Juntos estaban Balam-Quitzé, Balam-Acab, Mahucutah e Iqui-Balam;
juntos esperaban el amanecer allá sobre el cerro llamado Hacavitz.
Y a poca distancia estaba el dios de los Tamub y de los de Ilocab. Amac­
han se llamaba el lugar donde estaba el dios de los de Tamub, y allí les ama­
neció. Amac-Uquineat se llamaba el lugar donde les amaneció a los de Ilocab;
allí estaba el dios de los de Ilocab, a corta distancia de la montaña.
Allí estaban también todos los de Rabinal, los Cakchiqueles, los de Tzi­
quinahá, todas las tribus pequeñas y las tribus grandes. Juntos se detuvieron
aguardando la llegada de la aurora y la salida de la gran estrella llamada
Icoquih, que sale primero delante del sol, cuando amanece, según cuentan.
Juntos estaban, pues, Balam-Quitzé, Balam-Acab, Mahucutah e Iqui-
Balam. No dormían, permanecían de pie y grande era la ansiedad de sus co­
razones y su vientre por la aurora y el amanecer. Allí también sintieron ver­
güenza, les sobrevino una gran aflicción, una gran angustia y estaban abru­
mados por el dolor.
Hasta allí habían llegado. — ¡Ay, que hemos venido sin alegría! ¡Si al
menos pudiéramos ver el nacimiento del sol! ¿Qué haremos ahora? Si éra­

87 Canti, variedad de serpiente venenosa, Trigonocephalus specialis. Estos animales


eran considerados por los antiguos indios como dioses menores de su mitología.

72
mos de un mismo sentir en nuestra patria, ¿cómo nos hemos ausentado?,
decían hablando entre ellos, en medio de la tristeza y la aflicción y con las­
timera voz.
Hablaban, pero no se calmaba la ansiedad de sus corazones por ver la
llegada de la aurora: —Los dioses están sentados en las barrancas, en los
bosques, están entre las parásitas, entre el musgo; ni siquiera un asiento de
tablas se les dio, decían.
Primeramente estaban Tohil, Avilix y Hacavitz. Grande era su gloria, su
fuerza y su poder sobre los dioses de todas las tribus. Muchos eran sus pro­
digios e innumerables sus viajes y peregrinaciones en medio del frío y el co­
razón de las tribus estaba lleno de temor.
Tranquilos estaban respecto a ellos los corazones de Balam-Quitzé, Balam-
Acab, Mahucutah e Iqui-Balam. No sentían ansiedad en su pecho por los
dioses que habían recibido y traído a cuestas cuando vinieron de allá de
Tulán-Zuiva, de allá en el Oriente.
Estaban, pues, allí en el bosque que ahora se llama Zaquiribal Pa-Tohil,
P ’Avilix, Pa-Hacavitz.
Y entonces les amaneció y les brilló su aurora a nuestros abuelos y nues­
tros padres.
Ahora contaremos la llegada de la aurora y la aparición del sol, la luna
y las estrellas.

CAPITULO IX

H e aquí , pues, la aurora, y la aparición del sol, la luna y las estrellas.


Grandemente se alegraron Balam-Quitzé, Balam-Acab, Mahucutah e Iqui-
Balam cuando vieron a la Estrella de la mañana. Salió primero con la faz
resplandeciente, cuando salió primero delante del sol.
En seguida desenvolvieron el incienso que habían traído desde el Oriente
y que pensaban quemar, y entonces desataron los tres presentes que pensa­
ban ofrecer.
El incienso que traía Balam-Quitzé se llamaba Mixtán-Pom\ el incienso
que traía Balam-Acab se llamaba Caviztán-Pom; y el que traía Mahucutah
se llamaba Cabauil-Pom. Los tres tenían su incienso. Lo quemaron y en se­
guida se pusieron a bailar en dirección al Oriente.
Lloraban de alegría cuando estaban bailando y quemaban su incienso, su
precioso incienso. Luego lloraron porque no veían ni contemplaban todavía
el nacimiento del sol.
En seguida, salió el sol. Alegráronse los animales chicos y grandes y se
levantaron en las vegas de los ríos, en las barrancas, y en la cima de las
montañas; todos dirigieron la vista allá donde sale el sol.
Luego rugieron el león y el tigre. Pero primero cantó el pájaro que se
llama Queletzú. Verdaderamente se alegraron todos los animales y extendie­
ron sus alas el águila, el rey zope, las aves pequeñas y las aves grandes.
Los sacerdotes y sacrificadores estaban arrodillados; grande era la ale­
gría de los sacerdotes y sacrificadores y de los de Tamub e Ilocab y de los

73
rabinaleros, los cakchiqueles, los de Tziquinahá y los de Tuhalhá, (Jchabahá,
Quibahá, los de Batená y los Yaqui Tepeu, tribus todas que existen hoy día.
Y no era posible contar la gente. A un mismo tiempo alumbró la aurora a
todas las tribus.
En seguida se secó la superficie de la tierra a causa del sol. Semejante a
un hombre era el sol cuando se manifestó y su faz ardía cuando secó la
superficie de la tierra.
Antes que saliera el sol estaba húmeda y fangosa la superficie de la tierra,
antes que saliera el sol; pero el sol se levantó y subió como un hombre. Pero
no se soportaba su calor. Sólo se manifestó cuando nació y se quedó fijo
como un espejo. No era ciertamente el mismo sol que nosotros vemos, se
dice en sus historias.
Inmediatamente después se convirtieron en piedra Tohil, Avilix y Haca­
vitz, junto con los seres deificados, el león, el tigre, la culebra, el cantil y el
duende. Sus brazos se prendieron de los árboles cuando aparecieron el sol, la
luna y las estrellas. Todos se convirtieron igualmente en piedras. Tal vez no
estaríamos vivos nosotros hoy día a causa de los animales voraces, el león,
el tigre, la culebra, el cantil y el duende; quizás no existiría ahora nuestra
gloria si los primeros animales no se hubieran vuelto piedra por obra del sol.
Cuando éste salió se llenaron de alegría los corazones de Balam-Quitzé,
Balam-Acab, Mahucutah e Iqui-Balam. Grandemente se alegraron cuando
amaneció. Y no eran muchos los hombres que allí estaban; sólo eran unos
pocos los que estaban sobre el monte Hacavitz. Allí les amaneció, allí que­
maron el incienso y bailaron, dirigiendo la mirada hacia el Oriente, de donde
habían venido. Allá estaban sus montañas y sus valles, allá de donde vinieron
Balam-Quitzé, Balam-Acab, Mahucutah e Iqui-Balam, así llamados.
Pero fue aquí donde se multiplicaron, en la montaña, y ésta fue su ciu­
dad; aquí estaban, además cuando aparecieron el sol, la luna y las estrellas,
cuando amaneció y se alumbró la faz de la tierra y el mundo entero. Aquí
también comenzaron su canto, que se llama Camucú\ lo cantaron, pero sólo
el dolor de su corazones y sus entrañas expresaron en su canto. — ¡Ay de
nosotros! En Tulán nos perdimos, nos separamos, y allá quedaron nuestros
hermanos mayores y menores. ¡Ay, nosotros hemos visto el so l!, pero ¿dón­
de están ellos ahora que ya ha amanecido?, les decían a los sacerdotes y sa­
crificadores de los yaquis.
Porque en verdad, el llamado Tohil es el mismo dios de los yaquis, cuyo
nombre es Yolcuaí-Quiizalcuaf.8S
Nos separamos allá en Tulán, en Zuiva, de allá salimos juntos y allí fue
creada nuestra raza cuando vinimos, decían entre sí.
Entonces se acordaron de sus hermanos mayores y de sus hermanos me­
nores, los yaquis, a quienes les amaneció allá en el país que hoy se llama

88 El gran civilizador era adorado como una divinidad por los antiguos mexicanos,
quienes le daban diferentes nombres. Llamábanle Ehecatl, o dios del viento; Yulcuat, o
sea serpiente cascabel; Quetzalcóatl, o serpiente cubierta de plumas verdes. Este último
significado corresponde también al nombre maya Kukulcán y al nombre quiché Gucu­
matz. En este lugar del texto se revela que los quichés identificaban también a Quetzal­
cóatl con su dios Tohil. Ambos eran efectivamente dioses de la lluvia.

74
México. Había también una parte de la gente que se quedó allá en el Oriente,
los llamados Tepeu Olimán, que se quedaron allí, dijeron.
Gran aflicción sentían en sus corazones allá en el Hacavitz; lo mismo
sentían los de Tamub y de Ilocab, que estaban igualmente allí en el bosque
llamado Amac-Tan, donde les amaneció a los sacerdotes y sacrificadores de
Tamub y a su dios, que era también Tohil, pues era uno mismo el nombre
del dios de las tres ramas del pueblo quiché. Y también es el nombre del
dios de los rabinaleros, pues hay poca diferencia con el nombre de Huntoh,
que así se llama el dios de los rabinaleros; por eso dicen que quisieron igua­
lar su lengua a la del Quiché.
Ahora bien, la lengua de los cakchiqueles es diferente, porque era dife­
rente el nombre de su dios cuando vinieron de allá de Tulán-Zuiva. Tzotzihá
Chimalcán era el nombre de su dios, y hablan hoy una lengua diferente; y
también de su dios tomaron su nombre las familias Ahpozotzil y Ahpoxá,
así llamadas.
También se cambió la lengua del dios, cuando les dieron su dios allá en
Tulán, junto a la piedra; su lengua fue cambiada cuando vinieron de Tulán
en la oscuridad. Y estando juntas les amaneció y les brilló su aurora a todas
las tribus, estando reunidos los nombres de los dioses de cada una de las
tribus.

CAPITULO X

Y ahora referiremos su estancia y su permanencia allá en la montaña, donde


se hallaban juntos los cuatro llamados Balam-Quitzé, Balam-Acab, Mahucu­
tah e Iqui-Balam. Lloraban sus corazones por Tohil, Avilix y Hacavitz a
quienes habían dejado entre las parásitas y el musgo.
He aquí cómo hicieron los sacrificios al pie del sitio donde pusieron a
Tohil cuando llegaron a presencia de Tohil y de Avilix. Iban a verlos y a sa­
ludarlos y darles gracias también por la llegada de la aurora. Ellos estaban
en la espesura, entre las piedras, allá en el bosque. Y sólo por arte de magia
hablaron cuando llegaron los sacerdotes y sacrificadores ante Tohil. No traían
grandes presentes, sólo resina, restos de goma noh y pericón 89 quemaron
ante su dios.
Y entonces habló Tohil; sólo por un prodigio les dio sus consejos a los
sacerdotes y sacrificadores. Y ellos [los dioses] hablaron entonces y dijeron:
“Verdaderamente aquí serán nuestras montañas y nuestros valles. Noso­
tros somos vuestros; grandes serán nuestra gloria y nuestra descendencia por
obra de todos los hombres. Vuestras son todas las tribus y nosotros, vuestros
compañeros. Cuidad de vuestra ciudad y nosotros os daremos vuestra ins­
trucción.

89 En lugar del incienso de Oriente, los quichés quemaban en los altares de sus
dioses una variedad de sustancias aromáticas: trementina, o sea la resina del pino, que
ellos llamaban col; pom, o sea el copalli de México; la goma que llamaban noh, que es
otra resina, según Ximénez, y la hierba pericón o hipericón, Tagetes lucida, de la familia
de las compuestas.

75
“No nos mostréis ante las tribus cuando estemos enojados por las pala­
bras de sus bocas y por su comportamiento. Tampoco dejéis que caigamos en
el lazo. Dadnos a nosotros en cambio los hijos de la hierba y los hijos del
campo y también las hembras de los venados y las hembras de las aves.90
Venid a darnos un poco de vuestra sangre, tened compasión de nosotros.
Quedaos con el pelo de los venados91 y guardaos de aquellos cuyas miradas
nos han engañado.
“Así, pues, el venado [la piel] será nuestro símbolo que manifestaréis
ante las tribus. Cuando se os pregunte ¿dónde está Tohil?, presentaréis el
venado ante sus ojos. Tampoco os presentéis vosotros mismos, pues tendréis
otras cosas que hacer. Grande será vuestra condición; dominaréis a todas las
tribus; traeréis su sangre y su sustancia ante nosotros, y los que vengan a
abrazamos, nuestros serán también” , dijeron entonces Tohil, Avilix y Ha­
cavitz.92

Apariencia de muchachos tenían, cuando los vieron al llegar a ofrendar­


les los presentes. Entonces comenzó la persecución de los hijos de las aves
y los hijos de los venados, y el producto de la caza era recibido por los sacer­
dotes y sacrificadores. Y en cuanto encontraban a las aves y a los hijos de
los venados, al punto iban a depositar la sangre de los venados y las aves en
la boca de las piedras de Tohil y de Avilix.
Y cuando la sangre había sido bebida por los dioses, al punto hablaba la
piedra, cuando llegaban los sacerdotes y sacrificadores, cuando iban a lle­
varles sus ofrendas. Y de igual manera lo hacían delante de sus símbolos,
quemando pericón y bolom-ocox.
Los símbolos de cada uno estaban allá donde habían sido colocados por

90 Como se ha dicho en otro lugar, bajo la palabra queh, venado, se comprenden


todos los cuadrúpedos.
91 El texto alude probablemente a la piel cubierta de pelo del venado, que los sacer­
dotes debían enseñar al pueblo en lugar de los verdaderos dioses de los quichés, obede­
ciendo las órdenes de Tohil.
92 Se notará que los tres dioses hablaban juntos a las tribus.

76
ellos, en la cumbre de la montaña. Pero ellos [los sacerdotes] no vivían en
sus casas durante el día, sino que andaban por los montes, y sólo se alimen-'
taban de los hijos de los tábanos y de las avispas y de la abejas que busca­
ban; no tenían buena comida ni buena bebida. Y tampoco eran conocidos lor
caminos de sus casas, ni se sabía dónde habían quedado sus mujeres.

CUARTA PARTE

CAPITULO PRIMERO

A hora b ie n , muchos pueblos fueron fundándose uno por uno, y las diferen­
tes ramas de las tribus se iban reuniendo y agrupando junto a los caminos,
sus caminos que habían abierto.
En cuant9 a Balam-Quitzé, Balam-Acab, Mahucutah e Iqui-Balam, no se
sabía dónde estaban. Pero cuando veían a las tribus que pasaban por los ca­
minos, al instante se ponían a gritar en la cumbre de los montes, lanzando
el aullido del coyote y el grito del gato de monte, e imitando el rugido del
león y del tigre.

Y viendo las tribus estas cosas cuando caminaban: —Sus gritos son de
coyote, de gato de monte, de león y de tigre, decían. Quieren aparentar que
no son hombres ante todas las tribus, y sólo hacen esto para engañamos a
nosotros los pueblos. Algo desean sus corazones. Ciertamente no se espantan
de lo que hacen. Algo se proponen con el rugido del león, con el rugido del
tigre que lanzan cuando ven a uno o dos hombres caminando; lo que quie­
ren es acabar con nosotros.
Cada día llegaban [los sacerdotes] a sus casas y al lado de sus mujeres,
llevando solamente las crías de los abejorros y de las avispas y las crías de
las abejas para darles a sus mujeres.
Cada día también llegaban ante Tohil, Avilix y Hacavitz y decían en sus
corazones: —He aquí a Tohil, Avilix y Hacavitz. Sólo la sangre de los ve-

77
nados y de las aves podemos ofrecerles; solamente nos sacaremos sangre de
las orejas y de los brazos. Pidámosles fuerzas y vigor a Tohil, Avilix y Haca­
vitz. ¿Qué dirán de las muertes del pueblo, que uno por uno los vamos ma­
tando?, decían entre sí cuando se dirigían a la presencia de Tohil, Avilix y
Hacavitz.
Luego se punzaban las orejas y los brazos ante la divinidad, recogían su
sangre y la ponían en el vaso, junto a la piedra. Pero en realidad, no eran de
piedra, sino que se presentaba cada uno bajo la figura de un muchacho.
Alegrábanse con la sangre de los sacerdotes y sacrificadores cuando llega­
ban con esta muestra de su trabajo:
— ¡Seguid sus huellas [las de los animales que sacrificaban], allá está
vuestra salvación!
—De allá vino, de Tulán, cuando nos trajisteis, les dijeron, cuando os
dieron la piel llamada Pazilizib, untada de sangre: que se derrame su sangre
y que ésta sea la ofrenda de Tohil, Avilix y Hacavitz.93

CAPITULO II

H e aquí cómo comenzó el robo de los hombres de las tribus [de Vuc Amag]
por Balam-Quitzé, Balam-Acab, Mahucutah e Iqui-Balam.
Luego vino la matanza de las tribus. Cogían a uno solo cuando iba cami­
nando, o a dos cuando iban caminando, y no se sabía cuándo los cogían, y en
seguida los iban a sacrificar ante Tohil y Avilix. Después regaban la sangre
en el camino y ponían la cabeza por separado en el camino. Y decían las
tribus: “El tigre se los comió.” Y lo decían así porque eran como pisadas
de tigre las huellas que dejaban, aunque ellos no se mostraban.
Ya eran muchos los hombres que habían robado, pero no se dieron cuen­
ta las tribus hasta más tarde. — ¿Si serán Tohil y Avilix los que se introdu­
cen entre nosotros? Ellos deben ser aquellos a quienes alimentan los sacer­
dotes y sacrificadores. ¿En dónde estarán sus casas? ¡Sigamos sus pisadas!,
dijeron todos los pueblos.
Entonces celebraron consejo entre ellos. A continuación comenzaron a
seguir las huellas de los sacerdotes y sacrificadores, pero éstas no eran claras.
Sólo eran pisadas de fieras, pisadas de tigre lo que veían, pero las huellas no
eran claras. No estaban claras las primeras huellas, pues estaban invertidas,
como hechas para que se perdieran, y no estaba claro su camino. Se formó
una neblina, se formó una lluvia negra y se hizo mucho lodo; y empezó a
caer una llovizna. Esto era lo que los pueblos veían ante ellos. Y sus corazo­
nes se cansaban de buscar y perseguirlos por los caminos, porque como era
tan grande el ser de Tohil, Avilix y Hacavitz, se alejaban hasta allá en la
cima de las montañas, en la vecindad de los pueblos que mataban.

93 A pesar de sus incoherencias y de su sentido muy oscuro, este capítulo parece ser
el prólogo de la destrucción de las tribus de Vuc Amag, enemigos de los quichés, a
quienes los sacerdotes se proponían sacrificar en la forma que habían aprendido en el
Norte, como se verá en los capítulos que siguen.

78
Así comenzó el rapto de la gente cuando los brujos cogían a las tribus en
los caminos y las sacrificaban ante Tohil, Avilix y Hacavitz; pero a sus
[propios] hijos los salvaron allá en la montaña.
Tohil, Avilix y Hacavitz tenían la apariencia de tres muchachos y cami­
naban por virtud mágica de la piedra. Había un río donde se bañaban a la
orilla del agua y allí únicamente se aparecían. Se llamaba por esto En el Baño
de Tohil, y éste era el nombre del río.94 Muchas veces los veían las tribus,
pero desaparecían inmediatamente cuando eran vistos por los pueblos.
Se tuvo entonces noticia de donde estaban Balam-Quitzé, Balam-Acab,
Mahucutah e Iqui-Balam, y al instante celebraron consejo las tribus sobre la
manera de darles muerte.
En primer lugar quisieron tratar las tribus sobre la manera de vencer a
Tohil, Avilix y Hacavitz. Y todos los sacerdotes y sacrificadores [de las tri­
bus] dijeron ante las tribus: —Que todos se levanten, que se llame a todos,
que no haya un grupo, ni dos grupos de entre nosotros que se quede atrás
de los demás.
Reuniéronse todos, se reunieron en gran número y deliberaron entre sí.
Y dijeron, preguntándose los unos a los otros: — ¿Cómo haremos para ven­
cer a los quichés de Cavec95 por cuya culpa se están acabando nuestros hijos
y vasallos? No se sabe cómo es la destrucción de la gente. Si debemos pere­
cer por medio de estos raptos, que así sea; y si es tan grande el poder de
Tohil, Avilix y Hacavitz, entonces que sea nuestro dios este Tohil, ¡y ojalá
que lo hagáis vuestro cautivo! No es posible que ellos nos venzan. ¿No hay
acaso bastantes hombres entre nosotros? Y los Cavec no son muchos, dijeron,
cuando estuvieron todos reunidos.
Y algunos dijeron, dirigiéndose a las tribus cuando hablaron: — ¿Quién
ha visto a esos que se bañan en el río todos los días? Si ellos son Tohil,
Avilix y Hacavitz, los venceremos primero a ellos y después comenzaremos
la derrota de los sacerdotes y sacrificadores. Esto dijeron varios de ellos
cuando hablaron.
— ¿Pero cómo los venceremos?, preguntaron de nuevo.
—Esta será nuestra manera de vencerlos. Como ellos tienen aspecto de
muchachos cuando se dejan ver entre el agua, que vayan dos doncellas que
sean verdaderamente hermosas y amabilísimas doncellas, y que les entren
deseos de poseerlas, replicaron.
—Muy bien. Vamos, pues; busquemos dos preciosas doncellas, exclama­
ron, y en seguida fueron a buscar a sus hijas. Y verdaderamente eran bellí­
simas doncellas.
Luego les dieron instrucciones a las doncellas: — Id, hijas nuestras, id a
lavar la ropa al río, y si viereis a los tres muchachos, desnudaos ante ellos,
y si sus corazones os desean, ¡llamadlos! Si os dijeren: “ ¿Podemos llegar a
vuestro lado?” “Sí” les responderéis. Y cuando os pregunten: “ ¿De dónde
venís, hijas de quién sois?, contestaréis:” “Somos hijas de los Señores.”
94 Brasseur localiza el río de este nombre en un lugar a cinco o seis leguas al sud­
oeste de Cubulco, en el camino de Joyabaj, en la cumbre de la montaña que separa a
ambos pueblos.
95 La familia de Cavec era la más importante y numerosa del reino quiché.

79
Luego les diréis: —Venga una prenda de vosotros. Y si después que os
hayan dado alguna cosa os quieren besar la cara, entregaos de veras a ellos.
Y si no os entregáis, os mataremos. Después nuestro corazón estará satisfe­
cho. Cuando tengáis la prenda, traedla para acá y ésta será la prueba, a nues­
tro juicio, de que ellos se allegaron a vosotras.
Así dijeron los Señores cuando aconsejaron a las dos doncellas. He aquí
los nombres de éstas: Ixtah se llamaba una de las doncellas y la otra Ixpuch.96
Y a las dos llamadas Ixtah e Ixpuch las mandaron al río, al baño de Tohil,
Avilix y Hacavitz. Esto fue lo que dispusieron todas las tribus.
Marcháronse en seguida, bien adornadas, y verdaderamente estaban muy
hermosas cuando se fueron allá donde se bañaba Tohil,97 a que las vieran y
a lavar. Cuando ellas se fueron, se alegraron los Señores porque habían en­
viado a sus dos hijas.
Luego que éstas llegaron al río comenzaron a lavar. Ya se habían desnu­
dado las dos y estaban arrimadas a las piedras cuando llegaron Tohil, Avilix
Y Hacavitz. Llegaron allá a la orilla del río y quedaron un poco sorprendi­
dos al ver a las dos jóvenes que estaban lavando, y las muchachas se aver­
gonzaron al punto cuando llegó Tohil. Pero a Tohil no se le antojaron las
dos doncellas. Y entonces les preguntó: — ¿De dónde venís? Así les dijo
a las dos doncellas y agregó: — ¿Qué cosa queréis que venís aquí hasta la
orilla de nuestra agua?
Y ellas contestaron: — Se nos ha mandado por los Señores que vengamos
acá. “Id a verles las caras a los Tohil y hablad con ellos” , nos dijeron los
Señores; y “traed luego la prueba de que les habéis visto la cara” , se nos
ha dicho. Así hablaron las dos muchachas, dando a conocer el objeto de su
llegada.
Ahora bien, lo que querían las tribus era que las doncellas fueran viola­
das por los naguales de Tohil.98 Pero Tohil, Avilix y Hacavitz les dijeron,
hablando de nuevo a Ixtah e Ixpuch, que así se llamaban las dos doncellas:
—Está bien, con vosotras irá la prueba de nuestra plática. Esperad un poco
y luego se la daréis a los Señores, les dijeron.
Luego entraron en consulta los sacerdotes y sacrificadores y les dijeron
a Balam-Quitzé, Balam-Acab, Mahucutah e Iqui-Balam: —Pintad tres capas,
pintad en ellas la señal de vuestro ser para que les llegue a las tribus y se
vayan con las dos muchachas que están lavando. Dádselas a ellas, les dijeron
a Balam-Quitzé, Balam-Acab y Mahucutah.
En seguida se pusieron los tres a pintar. Primero pintó un tigre Balam-
Quitzé; la figura fue hecha y pintada en la superficie de la manta. Luego

96 Ixtán es muchacha en cakchiquel. Ichpoch significa muchacha también en náhuatl,


según Brasseur. El Título de los Señores de Totonicapán agrega una tercera joven a quien
llama Quibatzunah (la bien arreglada o acicalada). Es más lógico creer que la misión que
despacharon las tribus se compusiera de tres sirenas, puesto que los dioses a quienes se
trataba de seducir eran también tres.
97 Tohil en este lugar vuelve a ser nombre colectivo.
98 Conforme a las creencias de los quichés, aquellos jóvenes que aparecieron en el
Baño de Tohil eran la encarnación de los dioses en figura humana y su representación
corporal, su alter ego. El nagual era la persona o animal en que se transformaban los
indios a voluntad.

80
Balam-Acab pintó la figura de un águila sobre la superficie de la manta; y
luego Mahucutah pintó por todas partes abejorros y avispas, cuya figura
y dibujos pintó sobre la tela. Y acabaron sus pinturas los tres, tres piezas pin­
taron.
A continuación fueron a entregar las mantas a Ixtah e Ixpuch, así lla­
madas, y les dijeron Balam-Quitzé, Balam-Acab y Mahucutah: —Aquí está
la prueba de vuestra conversación; llevadla ante los Señores: “En verdad
nos ha hablado Tohil, diréis, he aquí la prueba que traemos” , les diréis, y
que se vistan con las ropas que les daréis. Esto les dijeron a las doncellas
cuando las despidieron. Ellas se fueron en seguida, llevando las llamadas
mantas pintadas.
Cuando llegaron, se llenaron de alegría los Señores al ver sus rostros y
sus manos, de las cuales colgaba lo que habían ido a pedir las doncellas.
— ¿Le visteis la cara a Tohil?, les preguntaron.
—Sí se la vimos, respondieron Ixtah e Ixpuch.
—Muy bien. ¿Y traéis la prenda, no es verdad?, preguntaron los Seño­
res, pensando que ésta era la señal de su pecado.
Extendieron entonces las jóvenes las mantas pintadas, todas llenas de ti­
gres y de águilas y llenas de abejorros y de avispas, pintados en la superficie
de la tela y que brillaban ante la vista. En seguida les entraron deseos de
ponérselas.
Nada le hizo el tigre cuando el Señor se echó a las espaldas la primera
pintura. Luego se puso el Señor la segunda pintura con el dibujo del águila.
El Señor se sentía muy bien, metido dentro de ella. Y así, daba vueltas de­
lante de todos. Luego se quitó las faldas ante todos y se puso el Señor la
tercera manta pintada. Y he aquí que se echó encima los abejorros y las avis­
pas que contenía. Al instante le picaron las carnes los zánganos y las avispas.
Y no pudiendo sufrir ni tolerar las picaduras de los animales, el Señor em­
pezó a dar de gritos a causa de los animales cuyas figuras estaban pintadas
en la tela, la pintura de Mahucutah, que fue la tercera que pintaron.
Así fueron vencidos. En seguida los Señores reprendieron a las doncellas
llamadas Ixtah e Ixpuch: — ¿Qué clase de ropas son las que habéis traído?
¿Dónde fuisteis a traerlas, demonios?, les dijeron a las doncellas cuando las
reprendieron. Todos los pueblos fueron vencidos por Tohil.
Ahora bien, lo que querían era que Tohil se hubiera ido a divertir con
Ixtah e Ixpuch y que éstas se hubieran vuelto rameras, pues creían las tribus
que les servirían de tentación. Pero no fue posible que lo vencieran, gracias
a aquellos hombres prodigiosos, Balam-Quitzé, Balam-Acab, Mahucutah e
Iqui-Balam

CAPITULO III

E ntonces celebraron consejo nuevamente todas las tribus. — ¿Qué haremos


con ellos? En verdad grande es su condición, dijeron cuando se reunieron
de nuevo en consejo. —Pues bien, los acecharemos, los mataremos, nos ar­
maremos de arcos y de escudos. ¿No somos acaso numerosos? Que no haya

81
uno, ni dos de entre nosotros que se quede atrás. Así hablaron cuando cele­
braron consejo. Y armáronse todos los pueblos. Muchos eran los guerreros
cuando se reunieron todos los pueblos para darles muerte.
Mientras tanto estaban Balam-Quitzé, Balam-Acab, Mahucutah e Iqui-
Balam, estaban en el monte Hacavitz, en el cerro de este nombre. Estaban
allí para salvar a sus hijos en la montaña.
Y no era mucha su gente, no tenían una muchedumbre como la muche­
dumbre de los pueblos. Era pequeña la cumbre del monte donde tenían asien­
to y por eso las tribus dispusieron matarlos cuando se reunieron todos, se
congregaron y levantaron todos.
Así fue, pues, la reunión de todos los pueblos, todos armados de sus
arcos y sus escudos. No era posible contar la riqueza de sus armas; era muy
hermoso el aspecto de todos los jefes y varones y ciertamente todos cumplían
sus órdenes.
—Positivamente serán destruidos, y en cuanto a Tohil, será nuestro dios,
lo adoraremos, si lo hacemos prisionero, dijeron entre ellos. Pero Tohil lo
sabía todo y lo sabían también Balam-Quitzé, Balam-Acab y Mahucutah. Ellos
oían todo lo que proyectaban, porque no dormían, ni descansaban desde que
se armaron de sus armas todos los guerreros.
En seguida se levantaron todos los guerreros y se pusieron en camino
con la intención de introducirse por la noche. Pero no llegaron, sino que
estuvieron en vela en el camino, todos los guerreros y luego fueron derrota­
dos por Balam-Quitzé, Balam-Acab y Mahucutah.
Quedáronse todos en vela en el camino y nada sintieron hasta que aca­
baron por dormirse. En seguida comenzaron a arrancarles las cejas y las bar­
bas; luego les quitaron los adornos de metal del cuello, sus coronas y co­
llares. Y les quitaron el metal del puño de sus picas. Hiciéronlo así para
castigarlos y para humillarlos y para darles una muestra del poderío de la
gente quiché.
En cuanto despertaron quisieron tomar sus coronas y sus varas, pero ya
no tenían el metal en el puño ni sus coronas. — ¿Quién nos ha despojado?
¿Quién nos ha arrancado las barbas? ¿De dónde han venido a robarnos
nuestros metales preciosos?, decían todos los guerreros. ¿Serán esos demo­
nios que se roban a los hombres? Pero no conseguirán infundirnos miedo.
Entremos por la fuerza a su ciudad y así volveremos a verle la cara a nues­
tra plata; esto les haremos, dijeron todas las tribus, y todos ciertamente
cumplirían su palabra.
Entretanto estaban tranquilos los corazones de los sacerdotes y sacrifica­
dores en la cumbre de la montaña. Y habiendo consultado Balam-Quitzé,
Balam-Acab, Mahucutah e Iqui-Balam, construyeron una muralla en las ori­
llas de su ciudad y la cercaron de tablas y aguijones. Luego hicieron unos
muñecos que tomaron forma de hombres, y los pusieron en fila sobre la
muralla, los armaron de escudos y de flechas y los adornaron poniéndoles
las coronas de metal en la cabeza. Esto les pusieron a aquellos simples mu­
ñecos y maniquíes, los adornaron con la plata de las tribus que les habían ido
a quitar en el camino y con esto adornaron a los muñecos.
Hicieron unos fosos alrededor de la ciudad y en seguida le pidieron con­

82
sejo a Tohil: — ¿Nos matarán? ¿Nos vencerán?, dijeron sus corazones a
Tohü.
— ¡No os aflijáis! Yo estoy aquí. Y esto les pondréis. No tengáis miedo,
les dijo a Balam-Quitzé, Balam-Acab, Mahucutah e Iqui-Balam, luego les die­
ron los zánganos y las avispas. Esto fue lo que les fueron a traer. Y cuando
vinieron los pusieron entre cuatro grandes calabazas que colocaron alrededor
de la ciudad. Encerraron los zánganos y las avispas dentro de las calabazas,
para combatir con ellos a los pueblos.
La ciudad estaba vigilada desde lejos, espiada y observada por los agen­
tes de las tribus. —No son numerosos, decían. Pero sólo vieron a los mu­
ñecos y los maniquíes que meneaban suavemente sus arcos y sus escudos.
Verdaderamente tenían la apariencia de hombres, tenían en verdad aspecto de
combatientes cuando los vieron las tribus, y todas las tribus se alegraron
porque vieron que no eran muchos.
Las tribus eran muy numerosas; no era posible contar la gente, los gue­
rreros y soldados que iban a matar a Balam-Quitzé, Balam-Acab y Mahucu­
tah, quienes estaban en el monte Hacavitz, nombre del lugar donde se ha­
llaban.
Ahora contaremos cómo fue su llegada.

CAPITULO IV

E staban , pues, Balam-Quitzé, Balam-Acab, Mahucutah e Iqui-Balam, esta­


ban todos juntos en la montaña con sus mujeres y sus hijos cuando llegaron
todos los guerreros y soldados. Las tribus no se componían de dieciséis mil,
ni de veinticuatro mil hombres."
Rodearon toda la ciudad, lanzando grandes gritos, armados de flechas y
de escudos, tañendo tambores, dando el grito de guerra, silbando, vocife­
rando, incitando a la pelea, cuando llegaron al pie de la ciudad.
Pero no se amedrentaban los sacerdotes y sacrificadores, solamente los
veían desde la orilla de la muralla, donde estaban en buen orden con sus
mujeres y sus hijos. Sólo pensaban en los esfuerzos y vociferaciones de las
tribus cuando subían éstas por las faldas del monte.
Poco faltaba ya para que se arrojaran sobre la entrada de la ciudad, cuan­
do abrieron las cuatro calabazas que estaban a las orillas de la ciudad, cuan­
do salieron los zánganos y las avispas, como una humareda salieron de las
calabazas. Y así perecieron los guerreros a causa de los insectos que les mor­
dían las niñas de los ojos, y se les prendían de las narices, la boca, las pier­
nas y los brazos. — ¿En dónde están, decían, los que fueron a coger, los que
fueron a sacar todos los zánganos y avispas que aquí están?
Directamente iban a picarles las niñas de los ojos, zumbaban en banda­

99 Literalmente la bolsa, saco o costal en que se guardaba el cacao y que contenía


ocho mil almendras. Equivale al xiquipil de México. La misma palabra se empleaba tam­
bién para contar las tropas. El texto da a entender que el ejército de las tribus contenía
más de 24 000 hombres.

83
das los animales sobre cada uno de los hombres; y aturdidos por los zán­
ganos y las avispas, ya no pudieron empuñar sus arcos ni sus escudos, que
estaban doblados en el suelo.
Cuando caían quedaban tendidos en las faldas de la montaña y ya no
sentían cuando les disparaban las flechas y los herían las hachas. Solamente
palos sin punta usaron Balam-Quitzé y Balam-Acab. Sus mujeres también
entraron a matar. Sólo una parte regresó y todas las tribus echaron a correr.
Pero los primeros que cogieron los acabaron, los mataron; no fueron pocos
los hombres que murieron, y no murieron los que ellos pensaban perseguir,
sino los que los insectos atacaban. Tampoco fue obra de valentía, porque no
murieron por las flechas ni por los escudos.
Entonces se rindieron todas las tribus. Humilláronse los pueblos ante
Balam-Quitzé, Balam-Acab y Mahucutah. —Tened piedad de nosotros, no
nos matéis, exclamaron.
—Muy bien. Aunque sois dignos de morir, os volveréis [nuestros] vasa­
llos por toda la vida, les dijeron.
De esta manera fue la derrota de todas las tribus por nuestras primeras
madres y padres; y esto pasó allá sobre el monte Hacavitz, como ahora se
le llama. En éste fue donde primero estuvieron fundados, donde se multipli­
caron y aumentaron, engendraron sus hijas, dieron el ser a sus hijos, sobre
el monte Hacavitz.
Estaban, pues, muy contentos cuando vencieron a todas las tribus, a las
que derrotaron allá en la cumbre del monte. Así fue como llevaron a cabo
la derrota de las tribus, de todas las tribus. Después de esto descansaron sus
corazones. Y les dijeron a sus hijos que cuando los quisieron matar, ya se
acercaba la hora de su muerte.
Y ahora contaremos la muerte de Balam-Quitzé, Balam-Acab, Mahucutah
e Iqui-Balam, así llamados.

CAPITULO V

Y como ya presentían su muerte y su fin, les dieron sus consejos a sus hijos.
No estaban enfermos, no sentían dolor ni agonía cuando dejaron sus reco­
mendaciones a sus hijos.
Estos son los nombres de sus hijos: Balam-Quitzé tuvo dos hijos, Qocaib
se llamaba el primero y Qocavib era el nombre del segundo hijo de Balam-
Quitzé, el abuelo y padre de los de Cavec.
Y éstos son los dos hijos que engendró Balam-Acab, he aquí sus nom­
bres: Qoacul se llamaba el primero de sus hijos y Qoacutec fue llamado el
segundo hijo de Balam-Acab, de los de Nihaib.
Mahucutah tuvo solamente un hijo, que se llamaba Qoahau.
Aquellos tres tuvieron hijos, pero Iqui-Balam no tuvo hijos. Ellos eran
verdaderamente los sacrificadores, y éstos son los nombres de sus hijos.
Así, pues, se despidieron de ellos. Estaban juntos los cuatro y se pusie­
ron a cantar, sintiendo tristeza en sus corazones; y sus corazones lloraban

84
cuando cantaron el Camucú, que así se llamaba la canción que cantaron
cuando se despidieron de sus hijos.
— ¡Oh hijos nuestros! Nosotros nos vamos, nosotros regresamos; sanas
recomendaciones y sabios consejos os dejamos. Y vosotras, también, que vi­
nisteis de nuestra lejana Patria, ¡oh esposas nuestras!, les dijeron a sus mu­
jeres, y de cada una de ellas se despidieron. Nosotros nos volvemos a nues­
tro pueblo, ya está en su sitio Nuestro Señor de los Venados,100 manifiesto
está en el cielo. Vamos a emprender el regreso, hemos cumplido nuestra mi­
sión, nuestros días están terminados. Pensad, pues, en nosotros, no nos bo­
rréis [de la memoria], ni nos olvidéis. Volveréis a ver vuestros hogares y
vuestras montañas, estableceos allí, y que ¡así sea! Continuad vuestro cami­
no y veréis de nuevo el lugar de donde vinimos.
Estas palabras pronunciaron cuando se despidieron. Luego dejó Balam-
Quitzé la señal de su existencia: —Este es un recuerdo que dejo para voso­
tros. Este será vuestro poder. Yo me despido lleno de tristeza, agregó. En­
tonces dejó la señal de su ser, el Pizom-Gagal, así llamado, cuyo contenido
era invisible, porque estaba envuelto y no podía desenvolverse; no se veía
la costura porque no se vio cuando lo envolvieron.
De esta manera se despidieron y en seguida desaparecieron allá en la
cima del monte Hacavitz.
No fueron enterrados por sus mujeres, ni por sus hijos, porque no se
vio qué se hicieron cuando desaparecieron. Sólo se vio claramente su des­
pedida, y así el Envoltorio fue muy querido para ellos. Era el recuerdo de
sus padres e inmediatamente quemaron copal ante este recuerdo de sus
padres.
Y entonces fueron creados los hombres por los Señores que sucedieron
a Balam-Quitzé, cuando dieron principio los abuelos y padres de los de Ca­
vec; pero no desaparecieron sus hijos, los llamados Qocaib y Qocavib.
Así murieron los cuatro, nuestros primeros abuelos y padres; así desapa­
recieron, dejando a sus hijos sobre el monte Hacavitz, allá donde permane­
cieron sus hijos.
Y estando ya los pueblos sometidos y terminada su grandeza, las tribus
ya no tenían ningún poder y vivían todas dedicadas a servir diariamente.
Se acordaban de sus padres; grande era para ellos la gloria del Envol­
torio. Jamás lo desataban, sino que estaba siempre enrollado y con ellos.
Envoltorio de Grandeza le llamaron cuando ensalzaron y pusieron nombre
a la custodia que les dejaron sus padres como señal de su existencia.
Así fue, pues, la desaparición y fin de Balam-Quitzé Balam-Acab, Ma­
hucutah e Iqui-Balam, los primeros varones que vinieron de allá del otro
lado del mar, de donde nace el sol. Hacía mucho tiempo que habían venido
aquí cuando murieron, siendo muy viejos, los jefes y sacrificadores así lla­
mados.

100 Entre los mayas, lo mismo que entre los quichés, el Señor o dueño de los Vena­
dos es un símbolo de desaparición y despedida. En Yucatán le llaman Yumilceh, Señor
venado.

85
CAPITULO VI

L uego dispusieron irse al Oriente, pensando cumplir así la recomendación


de sus padres que no habían olvidado. Hacía mucho tiempo que sus padres
habían muerto cuando las tribus les dieron sus mujeres, y se emparentaron
cuando los tres tomaron mujer.
Y al marcharse dijeron: —Vamos al Oriente, allá de donde vinieron
nuestros padres. A sf dijeron cuando se pusieron en camino los tres hijos.
Qocaib llamábase el uno y era hijo de Balam-Quitzé, de los de Cavec. El
llamado Qoacutec era hijo de Balam-Acab, de los de Nihaib; y el otro que
se llamaba Qoahau era hijo de Mahucutah, de los Ahau-Quiché.
Estos son, pues, los nombres de los que fueron allá al otro lado del mar;
los tres se fueron entonces, y estaban dotados de inteligencia y de experien­
cia, su condición no era de hombres vanos. Despidiéronse de todos sus her­
manos y parientes y se marcharon alegremente. “No moriremos, volvere­
mos” , dijeron cuando se fueron los tres.
Seguramente pasaron sobre el mar cuando llegaron allá al Oriente, cuan­
do fueron a recibir la investidura del reino. Y éste era el nombre del Señor,
Rey del Oriente a donde llegaron. Cuando llegaron ante el Señor Nacxit ,m
que éste era el nombre del gran Señor, el único juez supremo de todos los
reinos, aquél les dio las insignias del reino y todos sus distintivos. Entonces
vinieron las insignias de los Ahpop y los Ahpop-Camhá, y entonces vino la
insignia de la grandeza y del señorío del Ahpop y el Ahpop-Camhá, y Nacxit
acabó de darles las insignias de la realeza, cuyos nombres son: el dosel, el
trono, las flautas de hueso, el cham-cham, cuentas amarillas, garras de león,
garras de tigre, cabezas y patas de venado, palios, conchas de caracol, tabaco,
calabacillas, plumas de papagayo, estandartes de pluma de garza real, tatam
y caxcón. Todo esto trajeron los que vinieron, cuando fueron a recibir al
otro lado del mar las pinturas de Tulán, las pinturas, como le llamaban a
aquello en que ponían sus historias.
Luego, habiendo llegado a su pueblo llamado Hacavitz, se juntaron allí
todos los de Tamub y de Ilocab; todas las tribus se juntaron y se llenaron
de alegría cuando llegaron Qocaib, Qoacutec y Qoahau, quienes tomaron nue­
vamente allí el gobierno de las tribus.
Alegráronse los de Rabinal, los cakchiqueles y los de Tziquinahá. Ante
ellos se manifestaron las insignias de la grandeza del reino. Grande era tam­
bién la existencia de las tribus, aunque no se había acabado de manifestar

101 Nacxit es el nombre abreviado que los quichés y cakchiqueles daban en sus his­
torias al Rey del Oriente, que no era otro que Topiltzin Acxitl Quetzalcóatl, el célebre
rey tolteca que obligado a abandonar sus dominios del norte emigró a fines del siglo x a
tierras de Yucatán (el Oriente de las crónicas antiguas), fundó la ciudad de Mayapán y
repobló la de Chichén Itzá, civilizó la península y terminada su misión se marchó por
donde vino. La fabulosa Tlapallan adonde se cuenta que emigró el gran monarca era el
país que se extiende desde Xicalanco hacia el oriente, o sea la región costanera y los mo­
dernos Estados mexicanos de Tabasco, Campeche y Yucatán.
En las Crónicas o Libros de Chilam Balam de Yucatán se habla de la profecía del
retorno de Kukulcán-Quetzalcóatl a quien se llama en dichos documentos Nacxit-Xuchit.

86
su poderío. Y estaban allí en Hacavitz, estaban todos con los que vinieron
del Oriente. Allí pasaron mucho tiempo, allí en la cima de la montaña es­
taban en gran número.
Allí también murieron las mujeres de Balam-Quitzé, Balam-Acab y Ma­
hucutah.
Viniéronse después, abandonando su patria y buscaron otros lugares don­
de establecerse. Incontables son los sitios donde se establecieron, donde es­
tuvieron, y a los cuales les dieron nombre. Allí se reunieron y aumentaron
nuestras primeras madres y nuestros primeros padres. Así decían los anti­
guos cuando contaban cómo despoblaron*su primera ciudad llamada Hacavitz
y vinieron a fundar otra ciudad que llamaron Chi-Quix.
Mucho tiempo estuvieron en esta otra ciudad, donde tuvieron hijas y
tuvieron hijos. Allí estuvieron en gran número, y eran cuatro los montes a
cada uno de los cuales le dieron el nombre de su ciudad. Casaron a sus hijas
y a sus hijos; solamente las regalaban y los regalos y mercedes que les hacían
los recibían como precio de sus hijos y así llevaban una existencia feliz.
Pasaron después por cada uno de los barrios de la ciudad, cuyos diversos
nombres son: Chi-Quix, Chichac, Humetahá, Culbá y Cavinal. Estos eran
los nombres de los lugares donde se detuvieron. Y examinaban los cerros y
sus ciudades y buscaban los lugares deshabitados porque todos juntos eran
ya muy numerosos.
Ya eran muertos los que habían ido al Oriente a recibir el señorío. Ya
eran viejos cuando llegaron a cada una de las ciudades. No se acostumbra­
ron a los diferentes lugares que atravesaron; muchos trabajos y penas sufrie­
ron y hasta después de mucho tiempo no llegaron a su pueblo los abuelos y
padres. He aquí el nombre de la ciudad a donde llegaron.

CAPITULO VII

C hi-Izmachí es el nombre del asiento de su ciudad, donde estuvieron des­


pués y se establecieron. Allí desarrollaron su poder y construyeron edificios
de cal y canto bajo la cuarta generación de reyes.
Y gobernaron Conaché y Beleheb-Queh, el Galel-Ahau. En seguida rei­
naron el rey Cotuhá e Iztayul, así llamados, Ahpop y Ahpop-Camhá, quie­
nes reinaron allí en Izmachí, que fue la hermosa ciudad que construyeron.
Solamente tres Casas grandes existieron allí en Izmachí. No había enton­
ces las veinticuatro Casas grandes, solamente tres eran sus Casas grandes,
una sola Casa grande de los Cavec, una sola Casa grande de los Nihaib y una
sola de los Ahau-Quiché. Sólo dos tenían Casas grandes, las dos ramas de la
familia [los quichés y los Tamub].
Y estaban allí en Izmachí con un solo pensamiento, sin animadversiones
ni dificultades, tranquilo estaba el reino, no tenían pleitos ni riñas, sólo la
paz y la felicidad estaban en sus corazones. No había envidia ni tenían celos.
Su grandeza era limitada, no habían pensado en engrandecerse ni en aumen­
tar. Cuando trataron de hacerlo, empuñaron el escudo allí en Izmachí y sólo

87
para dar muestras de su imperio, en señal de su poder y señal de su gran­
deza.
Viendo esto los de Ilocab, comenzó la guerra por parte de los de Ilocab,
quienes quisieron ir a matar al rey Cotuhá, deseando tener solamente un
jefe suyo. Y en cuanto al Señor Iztayul, querían castigarlo, que fuera casti­
gado por los de Ilocab y que le diesen muerte'. Pero su envidia no les dio
resultado contra el rey Cotuhá, quien cayó sobre ellos antes que los de Ilocab
pudiesen darle muerte al rey.
Así fue el principio de la revuelta y de las disensiones de la guerra. Pri­
mero atacaron la ciudad y llegaron los guerreros. Y lo que querían era la
ruina de la raza quiché, deseando reinar ellos solos. Pero sólo llegaron a
morir, fueron capturados y cayeron en cautividad y no fueron muchos de
entre ellos los que lograron escapar.
En seguida comenzaron a sacrificarlos; los de Ilocab fueron sacrificados
ante el dios, y éste fue el pago de sus pecados por orden del rey Cotuhá.
Muchos fueron también los que cayeron en esclavitud y en servidumbre;
sólo fueron a entregarse y ser vencidos por haber dispuesto la guerra contra
los Señores y contra la ciudad. La destrucción y la ruina de la raza y del rey
del Quiché era lo que deseaban sus corazones; pero no lo consiguieron.
De esta manera nacieron los sacrificios de los hombres ante los dioses,
cuando se libró la guerra de los escudos, que fue la causa de que se comen­
zaran a hacer las fortificaciones de la ciudad de Izmachí.
Allí comenzó y se originó su poderío, porque era realmente grande el
imperio del rey del Quiché. En todo sentido eran reyes prodigiosos; no
había quien pudiera dominarlos, ni había nadie que los pudiera humillar.
Y fueron asimismo los creadores de la grandeza del reino que se fundó allí
en Izmachí.
Allí creció el temor a su dios, sentían temor y se llenaron de espanto
todas las tribus, grandes y pequeñas, que presenciaban la llegada de los cau­
tivos, los cuales eran sacrificados y matados por obra del poder y señorío del
rey Cotuhá, del rey Iztayul y los de Nihaib y de Ahau-Quiché.
Solamente tres ramas de la familia [quiché] estuvieron allí en Izmachí,
que así se llamaba la ciudad, y allí comenzaron también los festines y orgías
con motivo de sus hijas, cuando llegaban a pedirlas en matrimonio. Y así se
juntaban las tres Casas grandes, por ellos así llamadas, y allí bebían sus be­
bidas, allí comían también su comida, que era el precio de sus hermanas, el
precio de sus hijas, y sus corazones se alegraban cuando lo hacían y comían
y bebían en las Casas grandes.
—Estos son nuestros agradecimientos y así abrimos el camino a nuestra
posteridad y nuestra descendencia, ésta es la demostración de nuestro con­
sentimiento para que sean esposas y maridos, decían.
Allí se identificaron, y allí les dieron sus nombres, se distribuyeron en
parcialidades, en las siete tribus principales y en cantones.
—Unámonos, nosotros los de Cavec, nosotros los de Nihaib y nosotros
los de Ahau-Quiché, dijeron las tres familias y las tres Casas grandes. Por
largo tiempo estuvieron allí en Izmachí, hasta que encontraron y vieron otra
ciudad y abandonaron la de Izmachí.

88
CAPITULO VIII
D e s p u é s de haberse levantado de allá, vinieron aquí a la ciudad de Gumar­
caah,m nombre que le dieron los quichés cuando vinieron los reyes Cotuhá
V Gucumatz y todos los Señores. Habían entrado entonces en la quinta gene­
ración de hombres desde el principio de la civilización y de la población, el
principio de la existencia de la nación.
Allí, pues, hicieron muchos sus casas y asimismo construyeron el templo
del dios; en el centro de la parte alta de la ciudad lo pusieron cuando llega­
ron y se establecieron.
Luego fue el crecimiento de su imperio. Eran muchos y numerosos cuan­
do celebraron consejo en sus Casas grandes. Se reunieron y se dividieron,
porque habían surgido disensiones y existían celos entre ellos por el precio
de sus hermanas y de sus hijas, y porque ya no hacían sus bebidas en su
presencia.
Esta fue, pues, la causa de que se dividieran y que se volvieran unos
contra otros y se arrojaran las calaveras de los muertos, se las arrojaran en­
tre sí.
Entonces se dividieron en nueve familias, y habiendo terminado el pleito
de las hermanas y de las hijas, ejecutaron la disposición de dividir el reino
en veinticuatro Casas grandes, lo que así se hizo. Hace mucho tiempo que
vinieron todos aquí a su ciudad, cuando terminaron las veinticuatro Casas
grandes, allí en la ciudad de Gumarcaah, que fue bendecida por el Señor
Obispo. Posteriormente la ciudad fue abandonada.
Allí se engrandecieron, allí instalaron con esplendor sus tronos y sitiales,
y se distribuyeron sus honores entre todos los Señores. Formáronse nueve
familias con los nueve Señores de Cavec, nueve con los señores de Nihaib,
cuatro de los Señores de Ahau-Quiché y dos con los señores de Zaquic.
Volviéronse muy numerosos y muchos eran también los que seguían a
cada uno de los Señores; éstos eran los primeros entre sus vasallos y muchí­
simas eran las familias de cada uno de los Señores.
Diremos ahora los nombres de cada uno de los Señores de cada una de
las Casas grandes. He aquí, pues, los nombres de los Señores de Cavec. El
primero de los Señores era el Ahpop,103 [luego] el Ahpop-Camhá,m el Ah-
Tohil,105 el Ah-Gucumatz,m el Nim-Chocoh-Cavec,m el Popol-Vinac-Chituy,m
el Lolmet-Quehnay,m el Popol-Vinac Pa Hom Tzalatz 110 y el Uchuch-
Camhá.m
102 La palabra Gumarcaah significa cabañas podridas, según Ximénez; traduciéndola
a su idioma, los mexicanos llamaron a la ciudad de Utatlán, lugar de cañaverales. Era, a la
llegada de los españoles, la ciudad más importante de la América Central.
103 £i rey.
104 El adjunto al monarca, destinado a sucederle.
105 El sacerdote de Tohil.
106 El sacerdote de Gucumatz
107 El Gran elegido de Cavec.
108 El Consejero Chituy, Ministro tesorero.
109 El Factor o Contador y recaudador de tributos.
110 El Consejero del juego de pelota largo.
1,1 El Mayordomo, según Brasseur.

89
Estos eran, pues, los Señores de los de Cavec, nueve Señores. Cada uno
tenía su Casa grande. Más adelante aparecerán de nuevo.
He aquí los Señores de los de Nihaib. El primero era el Ahau-Galel, lue­
go vienen el Abau-Ahtzic-Vinac, el Galel-Camhá, el Nimá-Camha, el Ucbuch-
Camhá, el Nim-Chocoh-Nihaibab, el Avilix, el Yacolatam, el Utzam-pop-
Zaclatol y el Nimá-Lolmet-Ycoltux, los nueve Señores de los de Nihaib.
Y en cuanto a los de Ahau-Quiché, éstos son los nombres de los Señores:
Abtzic-Vinac, Abau-Lolmet, Abau-Nim-Cbocoh-Abau y Ahau-Hacavitz, cuatro
Señores de los Ahau-Quiché, en el orden de sus Casas grandes.
Y dos eran las familias de los Zaquic, los Señores Tzutuhá y Galel-Zaquic.
Estos dos señores sólo tenían una Casa grande.

CAPITULO IX

D e e s t a manera se complementaron los veinticuatro Señores y existieron


las veinticuatro Casas grandes. Así crecieron la grandeza y el poderío del
Quiché. Entonces se engrandeció y dominó la superioridad de los hijos
del Quiché, cuando construyeron de cal y canto la ciudad de los barrancos.
Vinieron los pueblos pequeños, los pueblos grandes ante la persona del
rey. Se engrandeció el Quiché cuando surgió su gloria y majestad, cuando
se levantaron la casa del dios y la casa de los Señores. Pero no fueron éstos
los que las hicieron ni las trabajaron, ni tampoco construyeron sus casas, ni
hicieron la casa del dios, pues fueron [hechas] por sus hijos y vasallos, que
se habían multiplicado.
Y no fue engañándolos, ni robándolos, ni arrebatándolos violentamente,
porque en realidad pertenecía cada uno a los Señores, y fueron muchos sus
hermanos y parientes que se habían juntado y se reunían para oír las órdenes
de cada uno de los Señores.
Verdaderamente los amaban y grande era la gloria de los Señores; y era
tenido en gran respeto el día en que habían nacido los Señores por sus hijos
y vasallos, cuando se multiplicaron los habitantes del campo y de la ciudad.
Pero no fue que llegaran a entregarse todas las tribus, ni que cayeran
en batalla los [habitantes de los] campos y las ciudades, sino que se engran­
decieron a causa de los Señores prodigiosos, del rey Gucumatz y del rey
Cotuhá. Verdaderamente, Gucumatz era un rey prodigioso. Siete días subía
al cielo y siete días caminaba para descender a Xibalbá; siete días se con­
vertía en culebra' y verdaderamente se volvía serpiente; siete días se con­
vertía en águila, siete días se convertía en tigre: verdaderamente su aparien­
cia era de águila y de tigre. Otros siete días se convertía en sangre coagulada
y solamente era sangre en reposo.
En verdad era maravillosa la naturaleza de este rey, y todos los demás
Señores se llenaban de espanto ante él. Esparcióse la noticia de la naturaleza
prodigiosa del rey y la oyeron todos los Señores de los pueblos. Y éste fue
el principio de la grandeza del Quiche, cuando el rey Gucumatz dio estas
muestras de su poder. No se pciuxo su imagen en la memoria de sus hijos

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y sus nietos. Y no hizo esto para que hubiera un rey prodigioso; lo hizo
solamente para que hubiera un medio de dominar a todos los pueblos, como
una demostración de que sólo uno era llamado a ser el jefe de los pueblos.
Fue la cuarta generación de reyes, la del rey prodigioso llamado Gucu­
matz, quien fue asimismo Ahpop y Ahpop-Camahá.
Quedaron sucesores y descendientes que reinaron y dominaron, y que
engendraron a sus hijos, e hicieron muchas cosas. Fueron engendrados Te-
pepul e I