P e n s a m i e n t o s s i l e n c i a d o s
Coleccin Antologas del Pensamiento Social Latinoamericano y Caribeo
DESCOLONIZANDO MUNDOS
Aportes de intelectuales negras y
negros al pensamiento social colombiano
Aurora Vergara-Figueroa
Luis Ramrez Vidal
Luis Ernesto Valencia Angulo
Luz Marina Agudelo Henao
Lina Marcela Mosquera Lemus
Sneider Rojas Mora
[Antologistas]
DESCOLONIZANDO MUNDOS
Descolonizando mundos: aportes de intelectuales negras y negros
al pensamiento social colombiano / Jos Caicedo ... [et al.];
compilado por Aurora Vergara-Figueroa... [et al.] - 1a ed. - Ciudad
Autnoma de Buenos Aires: CLACSO, 2017.
Libro digital, PDF - (Antologas del pensamiento social
latinoamericano y caribeo / Pablo Gentili)
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-722-254-8
1. Pensamiento Social. 2. Colombia. I. Caicedo, Jos II. Vergara-
Figueroa, Aurora, comp.
CDD 301.072
Otros descriptores asignados por CLACSO:
Pensamiento Social / Pensamiento Crtico / Pensamiento
Decolonial / Intelectuales negras y negros / Derechos Humanos /
Discriminacin / Identidad / Dispora / Esclavitud / Colombia
Coleccin Antologas del Pensamiento Social
Latinoamericano y Caribeo
Serie Pensamientos Silenciados
DESCOLONIZANDO MUNDOS
APORTES DE INTELECTUALES NEGRAS Y NEGROS
AL PENSAMIENTO SOCIAL COLOMBIANO
Aurora Vergara-Figueroa
Luis Ramrez Vidal
Luis Ernesto Valencia Angulo
Luz Marina Agudelo Henao
Lina Marcela Mosquera Lemus
Sneider Rojas Mora
(Antologistas)
Rogerio Velsquez | Alfonso Mnera Cadavid | Claudia Mosquera
Rosero-Labb | Santiago Arboleda Quinez | Jos Caicedo Ortiz |
Zulia Mena Garca | Sergio Mosquera | Amir Smith Crdoba | Mary
Grueso Romero | Alfonso Cassiani Herrera | Teodora Hurtado Saa |
Daniel Garcs Aragn | Manuel Zapata Olivella | Betty Ruth Lozano |
Bibiana Pearanda | Arnoldo Palacios Mosquera | Alfredo Vann | Jairo
Archbold Nez | Gilma Mosquera Torres | Libia Grueso Castelblanco |
Mara Viveros Vigoya | Vicenta Moreno Hurtado | Debaye Mornan
Antologas del Pensamiento Social Latinoamericano y Caribeo
Serie Pensamientos Silenciados
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Primera edicin
Descolonizando mundos: Aportes de intelectuales negras y negros al pensamiento social colombiano (Buenos
Aires: CLACSO, agosto de 2017)
ISBN 978-987-722-254-8
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los autores firmantes, y su publicacin no necesariamente refleja los puntos de vista de la Secretara Ejecutiva de CLACSO.
NDICE
Aurora Vergara-Figueroa, Luis Ramrez Vidal,
Luis Ernesto Valencia Angulo, Luz Marina Agudelo Henao,
Lina Marcela Mosquera Lemus y Sneider Rojas Mora
Introduccin 11
PARTE PRIMERA
HISTORIA
Rogerio Velsquez
El Choc en la independencia de Colombia (1965) 25
Alfonso Mnera Cadavid
Balance historiogrfico de la esclavitud en Colombia. 1900-1990 (2005) 89
Claudia Mosquera Rosero-Labb
Reparaciones para negros, afrocolombianos y raizales
como rescatados de la Trata Negrera Trasatlntica
y desterrados de la guerra en Colombia (2007) 117
Santiago Arboleda Quinez
Bicentenario de qu? Imgenes del afrocolombiano
en el proyecto nacional: Candelario Obeso (2009) 171
7
Jos Caicedo Ortiz
La dispora africana como acontecimiento histrico (2013) 185
Zulia Mena Garca y Sergio A. Mosquera
Afrochocoanas visibles: un enfoque de gnero y etnia (2015) 217
PARTE SEGUNDA
CONOCIMIENTO PROPIO
Amir Smith Crdoba
Cultura negra y avasallamiento cultural (1980) 251
Mary Grueso Romero
El otro yo que s soy yo. Poemas de amor y mar (1997) 269
Alfonso Cassiani Herrera
Las comunidades renacientes de la costa caribe continental.
Construccin identitaria de las comunidades renacientes en
el Caribe continental colombiano (2002) 319
Teodora Hurtado Saa
Los estudios contemporneos sobre poblacin afrocolombiana
y el dilema de la produccin del conocimiento propio (2008) 335
Daniel Garcs Aragn
La homogeneizacin y la diversidad: dos grandes tendencias
en el sistema educativo colombiano. 1976-2000 (2009) 361
PARTE TERCERA
IDENTIDAD
Manuel Zapata Olivella
Descolonizacin de la novela histrica latinoamericana (2006) 399
Betty Ruth Lozano y Bibiana Pearanda
Memoria y reparacin. Y de ser mujeres negras qu? (2007) 415
Arnoldo Palacios Mosquera
Crtegui (2009) 425
Alfredo Vann
El da de vuelta (2012) 441
8
Jairo Archbold Nez
El tema de la identidad cultural (2015) 451
PARTE CUARTA
CUERPOS Y TERRITORIOS RACIALIZADOS
Gilma Mosquera Torres
Sobre el sistema urbano-aldeano del Pacfico (2000) 467
Libia Grueso Castelblanco
La poblacin afrodescendiente y su referencia como
sujeto de ley en el desarrollo normativo de Colombia. Punto de
partida para definir niveles de reconocimiento y reparacin (2007) 543
Mara Viveros Vigoya
La sexualizacin de la raza y la racializacin de la
sexualidad en el contexto latinoamericano actual (2009) 569
Vicenta Moreno Hurtado y Debaye Mornan
Y el derecho a la ciudad? Aproximaciones al
racismo, la dominacin patriarcal y las estrategias
feministas de resistencia en Cali, Colombia (2015) 591
Sobre los autores y las autoras 611
Sobre los y las antologistas 619
9
INTRODUCCIN
Aurora Vergara-Figueroa, Luis Ramrez Vidal, Luis
Ernesto Valencia Angulo, Luz Marina Agudelo Henao,
Lina Marcela Mosquera Lemus y Sneider Rojas Mora
NOTA SOBRE LA ALIANZA
La presente antologa es producto del inters comn de dos propues-
tas participantes a la convocatoria de CLACSO para presentar pro-
yectos de nuevas publicaciones temticas en el marco de la Coleccin
Antologas del Pensamiento Social Latinoamericano y Caribeo en la
serie Pensamientos Silenciados.
Ante la similitud en la seleccin de autores y autoras, los equi-
pos del Centro de Estudios Afrodiaspricos (CEAF)1 de la Universidad
Icesi y del Departamento de Antropologa la Universidad de Antioquia
se contactaron para presentar una propuesta unificada de antologa.
JUSTIFICACIN DEL ABORDAJE
En esta antologa se busca contribuir al debido reconocimiento de
aquellos textos de autoras y autores afrocolombianos que en los lti-
mos 50 aos (1965-2015) han sido invisibilizados por la investigacin
y la produccin acadmica tradicionales de las ciencias sociales y las
humanidades. Una tradicin que, en consonancia con el lastre de la
esclavitud, durante gran parte del siglo XX, desde la academia conti-
1 El CEAF se encuentra adscrito al Grupo Interdisciplinario de Estudios Sociocul-
turales y Psicolgicos-(Nexos). Este grupo est vinculado a la red de CLACSO.
11
DESCOLONIZANDO MUNDOS
nu desconociendo a la poblacin afrocolombiana, ignorando siste-
mticamente sus condiciones materiales de existencia y sus contribu-
ciones a la historia cultural, poltica, econmica, social e intelectual
del pas. Dicho desconocimiento ha sido denunciado por acadmicas
y acadmicos, quienes sin ambages han hablado de patrones de de-
pendencia y de colonialismo acadmico. Un ejemplo de estas denun-
cias fueron las palabras de Manuel Zapata Olivella, quien en Descolo-
nizacin de la novela histrica latinoamericana argument que era el
momento de descolonizar nuestra literatura de quinientos aos de
alienacin (2002: 131). El precio a pagar por denuncias como estas
ha sido el ostracismo, la pauperizacin, el arrinconamiento laboral,
el sealamiento de ser portadores de un discurso sospechoso, funda-
mentalista, parroquial que impide ver hacia el futuro por estar atado
a lo que despectivamente llaman una supuesta ancestralidad.
Atendiendo los requisitos de la convocatoria, los textos que he-
mos elegido en esta antologa, adems de haber sido publicados en el
periodo comprendido entre 1965-2015, fueron seleccionados con el
criterio de demostrar un balance de gnero. De esta manera, seleccio-
namos captulos de libros y artculos que contrarrestan los efectos de
la compleja invisibilidad a la que han estado sometidas las investiga-
ciones realizadas por afrocolombianas, al ser ms silenciadas que las
producciones realizadas por los afrocolombianos, pese a la diversidad
y riqueza de sus contenidos.
En este orden de ideas, los textos seleccionados reflejan una di-
versidad en cuanto al contexto de procedencia de cada uno de los au-
tores y autoras. De los veinte trabajos escogidos, el lector o la lectora
encontrarn intelectuales de las diversas regiones del pas; del Choc,
Nario, Cauca, Bolvar, Crdoba, Valle del Cauca, del Archipilago de
San Andrs, Providencia y Santa Catalina, entre otros departamentos
de Colombia que se caracterizan por tener una alta presencia de pobla-
cin afrocolombiana. Territorios ricos en biodiversidad, cuyo devenir
ha inspirado creaciones artsticas y producciones cientficas dismiles.
En este sentido, esta antologa recoge una pequea pero significa-
tiva muestra de esta diversidad encarnada en producciones adscritas a
campos acadmicos como los de la Sociologa, Antropologa, Historia,
Derecho, Economa, Ciencias Polticas, Literatura, Filosofa, Trabajo
Social y Arte. Campos acadmicos desde donde estas y estos afroco-
lombianos han escrito sobre el racismo, el desarraigo, el destierro, el
hambre como producto de la desidia estatal, la dependencia econmi-
ca, el colonialismo acadmico, las complejidades de la exclusin, la
violencia de gnero, la segregacin racializada en los espacios urba-
nos y sus consecuencias, las acciones afirmativas.
12
Introduccin
De igual manera, los autores y autoras seleccionados han escrito
sobre la magia liberadora del tambor, la belleza de la danza, los encan-
tadores y variados paisajes de sus territorios ancestrales, la tradicin
oral, el poder crtico del arte en las dcimas y la pintura. Todas estas
temticas muestran la agudeza de unos seres humanos que con gran
maestra han sabido apropiarse de los espacios acadmicos para de-
mostrar que pueden hablar con voz propia acerca de su realidad y de
otros temas. Con esta antologa, esperamos que sus textos sean inte-
grados a los currculos de las Ciencias Sociales y Humanas.
SELECCIN DE LOS PRINCIPALES AUTORES Y OBRAS
En esta antologa seleccionamos obras que abordan un rango hete-
rogneo de problemas sociales, polticos, econmicos y culturales re-
lacionados con la vida de las y los afrodescendientes en Colombia,
entre 1965-2015. De esta manera, proponemos, recopilar los trabajos
de Manuel Zapata Olivella, Santiago Arboleda, Arnoldo Palacios, Jai-
ro Archbold Nez, Mary Grueso Romero, Claudia Mosquera, Zulia
Mena, Sergio Mosquera, Daniel Garcs Arango, Mara Viveros Vigoya,
Amir Smith Crdoba, Bibiana Pearanda, Betty Ruth Lozano, Libia
Grueso, Alfredo Vann, Gilma Mosquera, Rogerio Velsquez, Vicenta
Moreno, Debaye Mornan, Teodora Hurtado, Alfonso Cassiani, Alfonso
Mnera y Jos Caicedo Ortiz.
Utilizamos siete criterios para esta seleccin de textos. Primero,
la temporalidad en el que fue escrito el texto. Segundo, la extensin de
la obra acadmica del autor o autora. Tercero, la visibilidad o invisibi-
lidad del tema sobre el que se escribi. Cuarto, la identidad de gnero
del autor o autora. Quinto, la procedencia regional del autor o autora.
Sexto, la ciencia social o humana desde o para la que se escribi el tex-
to. Sptimo, el uso o no del texto en los cursos de pregrado y posgrado
de la ciencia social o humana desde o para la que se escribi el texto.
Con estos criterios, nos aseguramos de tener una representacin
equilibrada de textos que podramos considerar clsicos, contempo-
rneos y modernos. Este criterio editorial y esta apuesta metodol-
gica de seleccin de textos plantea retos que superan los lmites de
este proyecto. En aras de cumplir los requisitos de publicacin y de
aplicar nuestros criterios de seleccin nos quedan por fuera muchos
textos que esperamos que futuros proyectos antolgicos puedan in-
tegrar. Seleccionamos de Rogerio Velsquez el anlisis histrico que
hizo en 1965 titulado El Choc en la independencia de Colombia.
Este trabajo marc un hito en la naciente investigacin antropolgica
sobre la vida de la gente negra en el pas. El autor describe la compo-
sicin socio-demogrfica y la evolucin social, poltica y econmica
del territorio que hoy conforma el departamento del Choc entre 1500
13
DESCOLONIZANDO MUNDOS
y 1810. En este ensayo, Velsquez inaugura el anlisis socio-histrico
de las movilizaciones de indgenas y afrodescendientes en los siglos
XVI, XVII, XVIII y XIX. Con el rtulo Rebeliones de la plebe pre-
senta once acontecimientos que antecedieron la independencia de
Colombia. Por ejemplo, la protesta de mineros de Negu en 1688, las
revueltas Indgenas de Llor en 1688, y del Darin en 1719, 1727, 1754
y 1782, el levantamiento de esclavizados Negros en Tad en 1728, y en
el Pata en 1732, la sedicin de Riosucio en 1766, la movilizacin de
indgenas en Pavarad en 1806, y el fusilamiento del gobernador don
Carlos Ciaurriz. Seleccionamos tambin con este criterio, trabajos de
Manuel Zapata Olivella, Mary Grueso y Betty Ruth Lozano.
Proponemos tambin una representacin de textos de intelectua-
les con una obra extensa como Arnoldo Palacios y de intelectuales
jvenes como Jos Caicedo Ortiz. Una representacin de textos en los
que se aborden temas poco investigados. Por ejemplo, la produccin
de Vicenta Moreno y Debaye Mornan sobre las fronteras invisibles
en los barrios de la ciudad de Cali. Las autoras proponen un ejercicio
de visibilizacin a las estrategias espaciales de resistencia de muje-
res negras del Distrito de Aguablanca, uno de los espacios con mayor
ndice de pobreza en Cali, Colombia. Con su texto, las autoras propo-
nen discutir cmo las mujeres negras resisten a la estigmatizacin, la
marginacin poltica y la muerte en una ciudad racialmente dividida.
[] [As, logran] contraponerse a las narrativas acadmicas y discur-
sos polticos que criminalizan la vida de la gente negra en los sectores
populares y que generalmente presentan a las mujeres negras sola-
mente como vctimas, o como desorganizadas (2015: 89).
En lo que respecta al criterio de la identidad de gnero del autor
o autora, establecimos un balance de gnero entre los textos de las y
los intelectuales aqu compilados. De esta manera, proponemos una
antologa con un balance de gnero en la produccin bibliogrfica de
los y las intelectuales aqu compilados. De la misma manera, propo-
nemos una antologa con diversas voces regionales como lo explica-
mos en la justificacin del abordaje. Finalmente, en lo que concierne
a los criterios de la ciencia social o humana desde o para la que se
escribi y su uso o no en los cursos de pregrado y posgrado selec-
cionamos textos de Sociologa, Antropologa, Literatura, Historia,
Derecho, Economa, Ciencia Poltica y Periodismo. As, se encontra-
rn, por ejemplo, los textos de Santiago Arboleda, Claudia Mosquera,
Zulia Mena, Sergio Mosquera, Daniel Garcs Arango, Mara Viveros
Vigoya, Amir Smith Crdoba, Bibiana Pearanda, Libia Grueso, Al-
fredo Vann, Gilma Mosquera y Alfonso Cassiani.
14
Introduccin
DESCRIPCIN DE LOS ARTCULOS SELECCIONADOS
PARTE PRIMERA: HISTORIA
ROGERIO VELSQUEZ: EL CHOC
EN LA INDEPENDENCIA DE COLOMBIA (1965)
El intelectual Rogelio Velsquez nos comparte en este texto un rastreo
minucioso que documenta aspectos sociales, polticos, econmicos y
culturales del departamento del Choc y su influencia en los proce-
sos independentistas de la nacin colombiana. Velsquez examina la
exclusin y el aislamiento al que se ha sometido al territorio y a la
poblacin chocoana histricamente. Adems, analiza la influencia y
el aporte de esta ltima a la independencia.
ALFONSO MNERA CADAVID: BALANCE HISTORIOGRFICO
DE LA ESCLAVITUD EN COLOMBIA. 1900-1990 (2005)
El historiador Alfonso Mnera, gran conocedor de la historia del Ca-
ribe colombiano y particularmente del perodo de Independencia, ha
hecho importantes contribuciones a la investigacin histrica de la
regin Caribe y los periodos de esclavizacin. En esta oportunidad,
se concentra en revisar la manera en que se ha escrito la historia del
negro en Colombia. De este modo, realiza una revisin historiogrfica
de los trabajos que cronolgicamente datan sobre la esclavizacin en
el pas, acercndose a los estudios en torno a la economa y sociedad
esclavista, a los estudios etnogrficos, regionales y sobre la trata.
CLAUDIA MOSQUERA ROSERO-LABB: REPARACIONES PARA NEGROS,
AFROCOLOMBIANOS Y RAIZALES COMO RESCATADOS DE LA
TRATA NEGRERA TRASATLNTICA Y DESTERRADOS DE LA
GUERRA EN COLOMBIA (2007)
La trayectoria acadmica de Claudia Mosquera Rosero-Labb ha es-
tado caracterizada por la sensibilidad hacia la vida de la poblacin
negra en Colombia y en el continente americano. Temas como la es-
clavitud, el racismo, las acciones afirmativas, la justicia, la violencia,
la formacin de la identidad, han sido parte de su repertorio de in-
ters. En este artculo presenta una rigurosa argumentacin a favor
de la aplicacin de la Justicia Reparativa para afrocolombianos. Toda
una argumentacin que descansa en el anlisis de la efectividad de
las polticas multiculturales surgidas desde la Constitucin Poltica de
1991, a las cuales confronta en cuanto a su papel para contrarrestar
los efectos negativos de la colonialidad del poder.
15
DESCOLONIZANDO MUNDOS
SANTIAGO ARBOLEDA QUINEZ: BICENTENARIO DE QU?
IMGENES DEL AFROCOLOMBIANO EN EL PROYECTO
NACIONAL: CANDELARIO OBESO (2009)
Santiago Arboleda Quinez es un historiador que ha dedicado su
trabajo profesional a la investigacin de temas afrocolombianos. En
el presente artculo expone cmo la obra de Candelario Obeso (1849-
1884) precursor de la Poesa Negra en Colombia encarna la situa-
cin decimonnica vivida por la poblacin negra respecto al proyecto
de Estado-nacin, el cual tuvo como mecanismo homogenizante el
mestizaje. En el texto, el autor resalta la participacin evidente y re-
sistente de Obeso en la lucha contra el racismo y el compromiso hacia
su condicin socio-racial, es decir, que explora la conexin entre la
literatura y proyecto nacional. La obra de Obeso expone la situacin
de la poblacin afro y cmo esta construye su identidad en relacin
a la configuracin de la nacin colombiana. De acuerdo con Santiago
Arboleda, las letras del poeta debaten sobre el mestizaje como proyec-
to no solo en Colombia sino en el resto de naciones latinoamericanas.
JOS CAICEDO ORTIZ: LA DISPORA AFRICANA
COMO ACONTECIMIENTO HISTRICO (2013)
En este captulo de su libro A mano alzada: memoria escrita de la
dispora intelectual afrocolombiana, Jos Caicedo propone que ha-
blar de dispora africana implica rememorar la historia del trfico de
los pueblos africanos. En este sentido, para referirse a la dispora es
necesario atender a dos perspectivas. Por un lado, a la esclavizacin
como proceso inscrito en las relaciones de poder del sistema colonial,
y por otro, en la reconfiguracin de lo africano, que resurge como
estrategias de resistencias y cimarronaje a ese mismo acontecimien-
to. Luego expone que en la narracin colonial de la historia, pueblos
como el africano no tienen temporalidad, historia ni civilizacin, lo
que implica que no hay solo una historia de frica sino dos: la de su
sometimiento y la de su diasporizacin en Amrica. Seguidamente, el
autor enumera rasgos diaspricos que posibilitan pensar la historia
de la dispora africana como un fenmeno temporalmente extenso y
como un proceso de rupturas y continuidades donde es clave la com-
prensin de las condiciones histricas que la hicieron posible y los
procesos de adaptacin, reinvencin y reificacin de las tradiciones
africanas en Amrica.
ZULIA MENA GARCA Y SERGIO MOSQUERA: AFROCHOCOANAS
VISIBLES: UN ENFOQUE DE GNERO Y ETNIA (2015)
En este texto, Zulia Mena y Sergio Mosquera proponen que el estudio
sobre las mujeres toma importancia en el presente siglo, debido al
16
Introduccin
inters por atender las desigualdades e injusticias en determinados
grupos sociales. En la primera parte, que aqu les presentamos, los
autores promueven la importancia de los estudios historiogrficos, so-
ciolgicos, polticos, antropolgicos y econmicos para comprender
la relacin entre gnero y etnia. En esta lnea, para Mena y Mosquera
es fundamental analizar los escenarios de exclusin en los que se ha
sometido a la mujer negra en Colombia, escenarios que imposibilitan
a estas mujeres abrir espacios sociales. Por medio de historias de vida
de mujeres negras del departamento del Choc, los autores, desde una
perfectiva de gnero, ofrecen su visin sobre ser mujer y ser negra,
destacan las luchas femeninas por la emancipacin, por la sobreviven-
cia de la familia, de la cultura y la historia.
PARTE SEGUNDA: CONOCIMIENTO PROPIO
AMIR SMITH CRDOBA: CULTURA NEGRA
Y AVASALLAMIENTO CULTURAL (1980)
Durante la dcada del ochenta en Colombia, Samir Smith Crdoba
mulo de algunos independentistas africanos como Amlcar Cabral
aporta de manera significativa y profunda sobre el significado de ser
negro en un pas de mestizos. En una poca relativamente reciente,
propone reivindicar, de manera clara y honesta, la herencia de sus
ancestros con orgullo y ahnco.
MARY GRUESO ROMERO: EL OTRO YO QUE S SOY YO.
POEMAS DE AMOR Y MAR (1997)
La poeta caucana Mary Grueso Romero ha destacado en sus obras la
identidad afrodescendiente, promoviendo las formas y usos del len-
guaje y de las terminologas por parte sus comunidades. Los poemas,
chigualos y arrullos son el recurso en el que Grueso nos sumerge en
un inmenso mar de dolores y tristezas al usar metforas que reme-
moran la ilegal trata esclavista, el desarraigo y los abusos cometidos
contra la poblacin negra a lo largo de la historia. Tambin, sus lneas
atribuyen a los trabajos cotidianos y de resistencia del pueblo afroco-
lombiano, los cantos que evocan la belleza despreciada de lo negro y
reivindican la identidad.
ALFONSO CASSIANI HERRERA: LAS COMUNIDADES RENACIENTES
DE LA COSTA CARIBE CONTINENTAL. CONSTRUCCIN IDENTITARIA
DE LAS COMUNIDADES RENACIENTES EN EL CARIBE
CONTINENTAL COLOMBIANO (2002)
Las comunidades renacientes de la costa caribe continental, artculo
del historiador Alfonso Cassiani, presenta un recorrido por los pro-
cesos de reconocimiento y fortalecimiento de la identidad tnica,
17
DESCOLONIZANDO MUNDOS
histrica y cultural de las comunidades afrodescendientes en Colom-
bia, al que l denomina comunidades renacientes. Hace principal
nfasis en las experiencias que condujeron a la conformacin del
movimiento social de comunidades renacientes o negras de la Costa
Caribe, con el fin de comprender y analizar las dinmicas organiza-
tivas de esta regin.
TEODORA HURTADO SAA: LOS ESTUDIOS CONTEMPORNEOS SOBRE
POBLACIN AFROCOLOMBIANA Y EL DILEMA DE LA PRODUCCIN
DEL CONOCIMIENTO PROPIO (2008)
Teodora Hurtado ha investigado a lo largo de varios aos el papel
y la participacin de las poblaciones negras en el desarrollo de las
ciencias sociales. En esta oportunidad, presenta una mirada general
de la produccin intelectual desarrolladas por profesionales negros y
negras en el campo de las ciencias sociales y la repercusin que dichas
investigaciones han tenido en crculos ms extendidos. Su texto es
un ejercicio juicioso de reflexin sobre los estudios afrocolombianos,
en l, la autora plantea la importancia de procesos a nivel mundial y
local que histricamente han contribuido a la produccin acadmica
de temas afrodescendientes. Por otro lado, destaca las contribuciones
realizadas para la fundacin de los estudios afro en Colombia y luego
enfatiza acerca del marco jurdico constitucional que legitim el for-
talecimiento del tema afro en la academia colombiana.
DANIEL GARCS ARAGN: LA HOMOGENEIZACIN Y LA
DIVERSIDAD: DOS GRANDES TENDENCIAS EN EL SISTEMA
EDUCATIVO COLOMBIANO. 1976-2000 (2009)
En Colombia, pocas veces un decreto haba tenido tanto impacto so-
bre la vida de un gran porcentaje de la poblacin como la Ley de Co-
munidades Negras (Ley 70 de 1993). Es all donde la obra de Daniel
Garcs resulta imprescindible: el tema de la enseanza de la historia
africana y los legados de los antiguos esclavizados es puesta en esce-
na como agente reparativo. De hecho, la Ley 70 insiste en que fue en
los escenarios de enseanza donde se produjo ms invisibilizacin y
violencia contra los descendientes de africanos y africanos; por tanto,
debe ser desde all donde se implemente parte de la poltica reparativa
hacia los afrocolombianos.
PARTE TERCERA: IDENTIDAD
MANUEL ZAPATA OLIVELLA: DESCOLONIZACIN DE
LA NOVELA HISTRICA LATINOAMERICANA (2006)
El escritor Manuel Zapata Olivella, desde una mirada decolonial, su-
giere en su artculo la desalienacin de la literatura propia. De acuer-
18
Introduccin
do con el autor, la literatura latinoamericana es la mayor muestra de
alienacin del pueblo, de los efectos de las formas de expresin eu-
ropeas. Seguidamente, para el autor es fundamental la llegada de un
nuevo siglo, en el sentido de que el nuevo mestizo multitnico y pluri-
cultural tiene la tarea de reevaluar el pasado en relacin a la literatura,
pues en este proceso se ajusta su expresin autntica e identitaria.
BETTY RUTH LOZANO Y BIBIANA PEARANDA: MEMORIA
Y REPARACIN. Y DE SER MUJERES NEGRAS QU? (2007)
El artculo de Betty Ruth Lozano y Viviana Pearanda inicia estable-
ciendo las organizaciones de comunidades negras en Colombia, en
dos vertientes polticas. Por un lado, se encuentran aquellas organi-
zaciones que reivindican el derecho a la igualdad y que denuncian la
exclusin racial como aquella que imposibilita el acceso a la pobla-
cin negra a diversas oportunidades y recursos. Por otro lado, se en-
cuentran las que se inscriben en el multiculturalismo, donde su carta
de presentacin es el derecho a la diferencia y a la identidad tnica.
Con esta aclaracin, las autoras establecen que los estudios sobre el
racismo en el pas no deben desligarse de la categora de gnero y que
muchas de las organizaciones no reconocen la subordinacin de las
mujeres negras socialmente, por tanto, el racismo y el sexismo son dos
problemticas que no permiten el avance digno de las mujeres negras.
ARNOLDO PALACIOS: CRTEGUI (2009)
Crtegui es tan solo el primer captulo del libro Buscando mi madre-
dedis del escritor chocoano Arnoldo Palacios. Es un abrebocas a esta
obra autobiogrfica en la que el autor describe detalladamente la ma-
gia de la gente, de los ritos, medicinas, comidas y lenguajes que con-
forman su departamento. Su texto tambin es metafrico, pues hace
referencia a ese Choc que tambalea, que cojea a causa de las desa-
tenciones del Estado colombiano, que es marginado y estigmatizado.
ALFREDO VANN: EL DA DE VUELTA (2012)
El escritor, poeta y etnlogo Alfredo Vanin reconstruye en esta obra
los paisajes, sonidos, colores y poblaciones del Litoral Pacfico. Tam-
bin hace un esfuerzo por denunciar las situaciones de marginalidad
que aquejan al pueblo negro de esta y otras regiones del pas. A tra-
vs de la metfora, el autor expone las problemticas de la explota-
cin y extraccin de recursos y la pobreza; anuncia la persistencia
del poder colonial, pero tambin los procesos del pueblo afrodescen-
diente para resistir.
19
DESCOLONIZANDO MUNDOS
JAIRO ARCHBOLD NEZ: EL TEMA DE LA
IDENTIDAD CULTURAL (2015)
El historiador Jairo Archbold Nez muestra la manera en que los
etnnimos creole y raizal surgieron a partir de los aos ochenta como
mecanismo para introducir el archipilago de San Andrs y Providen-
cia dentro del contexto caribeo y, en el mismo sentido, como res-
puesta identitaria que evidenciara la molestia sentida hacia el Estado.
El autor argumenta cmo en este proceso de identidad se deben tener
en cuenta las heterogeneidades producidas por la constante movilidad
de nativos e inmigrantes y, asimismo, la forma como esta subalterni-
dad critica la modernidad eurocntrica.
PARTE CUARTA: CUERPOS Y TERRITORIOS RACIALIZADOS
GILMA MOSQUERA TORRES: SOBRE EL SISTEMA
URBANO-ALDEANO DEL PACFICO (2000)
En este trabajo, la arquitecta urbanista Gilma Mosquera estudia la
conexin entre los sistemas socioculturales y la naturaleza en los pro-
cesos de organizacin espacial de las comunidades afrodescendientes
del Pacfico colombiano. De acuerdo con la autora, la organizacin de
las poblaciones del Pacifico corresponden a lgicas de colonizacin
agrcola iniciadas por las comunidades negras. Mosquera analiza las
formas de poblamiento tanto urbano como rural, se pregunta por los
sistemas de hbitat en relacin a los ros y costas que conforman la
regin, y por la importancia de la tipologa y estructuracin como un
modelo jerrquico de asentamientos afrodescendientes.
LIBIA GRUESO CASTELBLANCO: LA POBLACIN AFRODESCENDIENTE
Y SU REFERENCIA COMO SUJETO DE LEY EN EL DESARROLLO
NORMATIVO DE COLOMBIA. PUNTO DE PARTIDA PARA DEFINIR
NIVELES DE RECONOCIMIENTO Y REPARACIN (2007)
En este artculo, Libia Grueso interroga acerca de la definicin ju-
rdica de la poblacin afrocolombiana, es decir, sobre el nivel de re-
conocimiento que el Estado le da a esta poblacin. Grueso propone
que a la poblacin afrodescendiente como portadora de derechos se le
debe reconocer de acuerdo a sus situaciones histricas, sociales, eco-
nmicas y culturales, atendindole desde los derechos fundamentales,
derechos econmicos, culturales y derechos colectivos. Estas nuevas
categoras de derechos, segn la autora, no se desarrollan plenamente
en la jurisprudencia colombiana. Adems, falta la adecuada respuesta
a problemticas de la poblacin como la territorialidad, gobierno pro-
pio y propiedad intelectual.
20
Introduccin
MARA VIVEROS VIGOYA: LA SEXUALIZACIN DE LA RAZA
Y LA RACIALIZACIN DE LA SEXUALIDAD EN EL CONTEXTO
LATINOAMERICANO ACTUAL (2009)
En este artculo, la doctora en antropologa Mara Viveros aborda
la pregunta por la relacin entre raza, gnero y sexualidad presen-
te en algunos trabajos realizados en Colombia, Cuba, Brasil, Per,
Mxico y Ecuador. Esta realidad es analizada a partir del concepto
de biopoder que se puede aplicar a la moderna definicin de raza,
enfatizndola como pureza biolgica. Asimismo, hace referencia al
feminismo negro como otra postura desde la cual la construccin de
discursos es hecha por grupos minorizados e inferiorizados por el
colectivo hegemnico.
VICENTA MORENO HURTADO Y DEBAYE MORNAN: Y EL DERECHO
A LA CIUDAD? APROXIMACIONES AL RACISMO, LA DOMINACIN
PATRIARCAL Y LAS ESTRATEGIAS FEMINISTAS DE RESISTENCIA
EN CALI, COLOMBIA (2015)
El este artculo Vicenta Moreno y Debaye Mornan exponen la discri-
minacin por clase, raza y gnero que enfrentan las mujeres negras.
Bajo una mirada interseccional, las autoras contextualizan acerca
de las condiciones sociales de los afrodescendientes en la Ciudad de
Santiago de Cali; atendiendo a los indicadores de pobreza, empleo y
violencia homicida. Luego, bajo el mismo enfoque analizan las estra-
tegias de resistencia desarrolladas por las mujeres afrodescendientes
frente al fenmeno de la violencia urbana, lo que propone un dilogo
con madres de jvenes asesinados por grupos pandilleros o por la po-
lica. En este sentido, Moreno y Mornan presentan una interpretacin
de cmo las categoras identitarias de raza, de gnero y clase no pue-
den ser entendidas sin una consideracin del territorio, que no es solo
el espacio poltico donde las dominaciones acontecen, sino tambin y
principalmente un medio de produccin social. Finalmente, el artcu-
lo presenta las narrativas de mujeres negras empleadas domsticas en
las casas de las lites caleas, lo que permite indagar sobre el papel
subalterno que continan teniendo las mujeres afrodescendientes en
la sociedad y hace un llamado a estudiar el racismo y la discrimina-
cin de gnero en la configuracin de la ciudad de Cali como una
ciudad desigual.
21
parte primera
HISTORIA
EL CHOC EN LA
INDEPENDENCIA DE COLOMBIA*
Rogerio Velsquez
Excelentsimo Seor:
En este da me da aviso don Julin Bayer, coman-
dante de la Columna de Atrato, de estar sometida a la
obediencia del Soberano, la Provincia del Choc; yo
creo que esta es la ltima que lo ha hecho de todo este
Reino, y acaso de todos sus dominios en Amrica.
INTRODUCCIN
ESTAMPA BREVE DE LA TIERRA
A principios del siglo XIX, la extensin superficiaria del Choc era co-
nocida ampliamente. Por las trochas indias o mineras, conquistadores
y traficantes de toda laya haban recorrido la tierra que iba desde el
golfo de Urab a la frontera ecuatoriana, desde el Darin panameo a
los valles de Curazamba. Picachos y sabanas de Frontino y planadas
de Nore, Sasafiral, Tres Morros y Paramillo; las quiebras de Cham y
las crestas de Andgueda; las gargantas del Calima y del Dagua; la se-
rrana del Baud con sus macizos principales, montes y vaguada; del
Pacfico, todo haba sido visto en conjunto en sus problemas fsicos,
humanos y econmicos.
La mayor parte de la colonizacin se hizo por el agua. Ros y ma-
res visitados en potrillos como los descritos por Coln o Francisco Sil-
vestre, en 1789 (Silvestre, 1927), abrieron los secretos de la comarca.
* Velsquez, Rogerio 2010 (1965) El Choc en la independencia de Colombia en
Ensayos escogidos (Bogot: Ministerio de Cultura) pp. 41-133.
25
DESCOLONIZANDO MUNDOS
Desde 1500 hasta 1810, el curso y direccin de las corrientes, cinagas
y fajas que separan los sistemas, empezaron a figurar en informes y
libros, no con la precisin requerida, pero lo suficientemente aproxi-
mada para dar a la Pennsula una noticia de la regin. El inters del
oro o la fama de este contribuy, como pudo, al descubrimiento de
playas duras y boscosas, de remolinos y torrentes, de bahas y ensena-
das abiertas a lagartos, tigres y serpientes.
Gracias a un funcionario espaol, cuyo nombre no ha sido revela-
do, se conocieron las posibilidades del Atrato, en 1777. En estilo gil,
vigoroso y expresivo, el viajero annimo cont las vegas de la Provin-
cia de Citar, sus ros de estancias y canalones, sus pueblos que no
crecan, los transportes del medio, las cuadrillas esclavas, los hombres
de los amos, la fauna y la flora, el comercio, la vida indgena que des-
apareca desde Irachura, en Andgueda, hasta la isla de los Muertos,
en el mar de los caribes. Este documento con planos y mapas arroja
una gran luz sobre el pasado de los hispanos en las costas occidentales
de Colombia.
Antonio de la Torre y Miranda, Jaime Navarro, Antonio Arvalo,
Antonio de Guzmn, Bernaldo de Quiroz y muchos otros mostraron
la grandeza del Atrato en sus alfaques, hoces y encaadas, ruinas y
metales. Redondean estos trabajos la investigacin llevada a cabo en
1780, por el capitn de ingenieros Juan Jimnez Donoso, quien por
orden del virrey Flrez puntualiz las enrevesadas bocas del gran ro,
sus lomas y pantanos, saltos de agua, cerros y cordilleras de madera,
aves y puercos monteses, palmas reales y cimarroneras de nativos.
Otros que se encararon con el Atrato fueron Fidalgo y Montene-
gro. Fieles a la sabidura de su tiempo, estudiaron sobre l la caren-
cia de inmigracin, su economa, la ninguna forma de cultura de su
conglomerado, los usos y costumbres de los naturales y los emplaza-
mientos de los negros. En sus mrgenes, hablaron de las vigas de las
Pulgas y Tumarad, de Bebar y Quibd, de los das de navegacin
de Cartagena a Citar, a puerto de Andgueda e istmo de San Pablo,
sin olvidarse de abogados y picapleitos que perturbaban el sueo de
jueces y tenientes.
Si el descubrimiento del San Juan, en su parte media, fue obra
de Melchor Velsquez Valdenebro y de su hijo del mismo nombre, en
1575, las desembocaduras fueron conocidas por Pizarro, Almagro y
Andagoya. Por orden de Vasco de Mendoza y Silva, Cristbal Quintero
y Arias de Silva, recorren el ro hasta Nvita, en 1593 (Ortega, 1921).
Por estos capitanes entran en la historia los indios chirambiras o cha-
rambirs, los de Baeza o Baud, Catre y sus vecindades, las riquezas
mineras de Cucurrup y de Yarrama, los insectos que llenaban el aire,
las vboras y los osos perseguidores, las tempestades siniestras que
26
Rogerio Velsquez
sacuden la naturaleza. Montando guardia con los arcabuces, se catean
las riberas con bateas circulares, se funda a Sip con el nombre de San
Agustn de vila, y se cae sobre los noanams, que irrumpan sobre
Paya y Tatam con incendios y asonadas.
Cartgrafos y gegrafos midieron y describieron los ocanos, des-
de Morroquemado hasta Santiago, en el vecindario ecuatoriano, y des-
de el cabo de la Vela hasta Veraguas. En esta labor se contaron abras
y ancones, se fijaron las distancias de un punto a otro, se midieron las
hondonadas y se citaron los ros. Fieles a la historia y orgullosos de
sus corraciales, los viajeros, en navos seguros, cantaron las hazaas
de los que ganaron para la monarqua tantos anegadizos y montaas,
tantas barras de arena y tantas soledades.
Ojeda y Balboa, Pizarro y su gente, Cieza de Len y Oviedo y
Valds fueron los primeros en informar a Espaa las excelencias de
las costas. En 1790-1791, Alejandro Malaspina habla de la despobla-
cin natural del Pacfico, de la pobreza comercial del lugar y de la ca-
rencia de caminos. Entre estaciones opuestas, virazones y calmas, en
noches inclementes y das despejados, sujet a observaciones exactas
de latitud y longitud las islas del Gallo, las Gorgonas y Buenaventura,
Chirambira y cabo Corrientes, San Francisco Solano y los islotes de
Malpelo (Merizalde, 1921).
En 1810 se conocan ya los istmos buscados por Carlos V, y las
casas reales de Portugal e Inglaterra. El punto de unin de los ocanos
que movieron los esfuerzos de Coln, Juan de Sols, Hernn Corts,
Lucas Vsquez de Aylln, Gonzlez Dvila, Gaspar de Corte-Real, Ves-
pucio y muchos ms, se descubri subiendo el Atrato o atravesando la
manigua de Napip o Truand. Por el San Juan y el Quito se hallaron
los arrastraderos de San Pablo y los que llevan al Pacfico.
A propsito del canal de la Raspadura, el Choc es estudiado en
todas sus posibilidades. Hombres como el piloto vizcano Goyeneche,
en el siglo XVIII; don Antonio de Ariza, en 1774; el arzobispo-virrey,
en 1789; el sabio Caldas, Humboldt y don Jos Ignacio de Pombo,
en 1803, no solo analizan la practicabilidad de la comunicacin, sino
que meten en el conocimiento de los americanos nuevas ideas de la
comarca afortunada. Entre mapas hidrogrficos y descripciones del
ambiente, se exaltan las ventajas comerciales que obtendra el Nuevo
Reino con la realizacin de la obra que preocup, ms tarde, la mente
del Libertador.
Adems de los trabajos anteriores, Humboldt se haba deteni-
do en los vegetales que alimentaban los bosques que van de Pasto a
Centroamrica, para preguntarse por el nmero de los estudiados en
obras impresas, por los descubiertos, pero no analizados, por los que
llenan, en fin, el globo de las cordilleras chocoanas. Despus de pene-
27
DESCOLONIZANDO MUNDOS
trar en el eje orogrfico de la regin, revisa los montes que hunden sus
espuelas en el Atrato, en las costas, en el San Juan y Panam. Frente
a la conformacin del territorio, se extasa en el istmo de San Pablo,
en el oro de Andgueda, norte de Quibd, Indipurd y Nvita, para
describir los cargueros que cruzan la humedad constante, descalzos
sobre la arcilla espesa y cenagosa, y pasan a nado profundos arroyos
de agua fra (Prez, 1959).
Este era el Choc de 1810. Ros, lagunas y campos incultos, bre-
as escarpadas, pramos. En medio de centellas palpitantes, de anor-
malidades en la temperatura, bacterias, parsitos y virus, tierras rea-
lengas entregadas, conucos de pan sembrar y recoger, escasas races
comestibles, minas de oro y platino, etctera.
Afianzado el poder poltico, los montes bajos podan ser cultiva-
dos por realistas convertidos en revolucionarios, por soldados o cons-
piradores empedernidos, o poblados por mesones y tambos de indios
y barracas de esclavos. En islotes y bacanas abrira el comercio su
especulacin con los cerdos que faltaban o con los hatos numerosos
que concedan privilegios.
Con la revuelta de julio, se defenderan los puertos principales.
All estaban Urab y Baha Solano, Buenaventura y Tumaco, entre
tantos que figuraban en las expediciones de Hernando de la Serna,
Fidalgo y Montenegro. Todos eran aptos para estancias y granjeras,
vigas y atalayas, cercos de vacadas y factoras de lucro. De todos par-
tiran naves cargadas de zarzaparrilla y maderas. El honor nacional
peda luchar por estas anfractuosidades que llevaran al universo las
riquezas forestales y agrarias del pas.
En nombre de las ramadas largas y estrechas donde nacieron los
hijos, del fuego casero que sec los petos y aljubas de los que creyeron
en El Dorado, los chocoanos de 1810 amaron el riesgo de las batallas
y el desafo de lo sorpresivo. Por ganar el bienestar que brindaban los
filones y reducir los poderes excesivos, por derribar un rgimen que
sojuzgaba a los hombres en lugar de servirlos por restaurar derechos
primitivos e inalienables conculcados en ms de trescientos aos de
violencia, amos y esclavos siguieron la direccin de Santa Fe y Car-
tagena para romper el viejo cerco, realizar una aspiracin, fundar un
orden nuevo y clavar, en la conciencia de los que sobreviviran, el sue-
o de nuevas esperanzas.
CAMINOS
La posicin geogrfica del Choc influy siempre en favor de su
aislamiento. A gran distancia de Cartagena, Cali, Santa Fe de An-
tioquia, Neiva y Popayn, comenz a crecer trabajosamente entre
bosques tropicales, praderas y pramos, farallones, contrafuertes y
28
Rogerio Velsquez
pantanos, ros violentos y de fiebres, amn de ocanos difciles para
navegar en la mayor parte del ao. Estas duras condiciones impe-
dan e impiden todava su salida natural al interior del pas y a pue-
blos del continente.
Sin embargo, lo anterior no releva a los espaoles del cargo de
abandono. Tozudos y tenaces como eran, habran podido mejorar las
trochas de los indios, aprovechar los baquianos de taludes y hon-
donadas mineras para trazar, en el corazn de la maleza, rutas de
penetracin, antes que conformarse con los atajos que corran por
speros y escabrosos senderos, peascos elevados o valles hmedos,
por laderas estrechas, derrumbas, cerros nevados, soledades, puentes
que pasar, quebradas que seguir, cinagas, lodos y espinas que pisar,
aguaceros continuos que aguantar, todo a pie, de seis, diez y quince
y veinte das de largo, sin otra esperanza de vveres que los que se
llevan cargados en los hombros hasta llegar a los puertos y embarca-
deros (Carrasco, 1945).
De Bebar a Antioquia; de Bebaram al mismo lugar; de And-
gueda al Cauca; de Nvita a Cartago; de la costa del Pacfico al Atrato;
del Atrato al Sin, que llevaba a Cartagena; del Calima al Dagua, y
de aqu al Valle del Cauca; de Naranjal a Sip, y del golfo de Urab
a Santa Mara, tierras de Cana y lugares adyacentes, comerciantes y
esclavos cargueros tenan, fuera de boquerones, despeaderos, fraga
espesa, humedad y moho, que pegar el cuerpo en el barro, partir las
corrientes a nado o en balsas, apoyarse en plantas venenosas, troncos
viejos o reptiles dormidos, descansar en madrigueras o en las races
de los grandes rboles. As pasaba el correo, las vituallas, los instru-
mentos de labranza, las semillas, telas de Quito o del Reino, paos y
lienzos de altares, imgenes y plvora.
Frente a este embotellamiento, el visitador Juan Jimnez Dono-
so, en su Relacin del Choc, escrita en 1780, peda, sin resultados
positivos, el arreglo de los caminos de tierra que mediaban entre las
provincias chocoanas y las de Popayn y Antioquia, de modo que to-
dos pudieran ser transitados con mulas o bueyes. Los problemas del
istmo de San Pablo y Bocachica; los que envolvan las montaas in-
termedias entre Nvita y Cartago, y las que separan a Quibd de Cali,
obstculos evidentes para el progreso regional, fueron llevados al go-
bierno de Santa Fe para ser estudiados de acuerdo con las exigencias
del comercio. Los impedimentos subsistieron porque la mano de obra
indgena y la de procedencia africana estaban empeadas en servir al
feudalismo ultramarino o en aportar a la aristocracia que naca en los
predios americanos.
No hay razn para que la misma comunicacin de Napip con el
interior del pas, conocida minuciosamente por Jimnez Donoso, no
29
DESCOLONIZANDO MUNDOS
pudiera perfeccionarse. Con ella, los papeles de la Corte y los de las
cancilleras del Per, Chile, Argentina y Paraguay entraran a Carta-
gena en un lapso de treinta y cinco das, salvando el Atrato y el Sin.
La intervencin de don Jos de Acosta en contra de la va produjo el
milagro de dejar los montes en su sitio y las cordilleras como haban
nacido, en obediencia de la fe. Otros acontecimientos se hubiesen ex-
perimentado si Felipe II deja abrir las sierras y trastornar los ros,
como lo peda el sevillano Francisco Lpez de Gmara, en su Historia
general de las Indias.
Mientras Citar se comunicaba malamente con Antioquia y Car-
tagena, Nvita sala al mundo exterior por el camino de Ita, tan tra-
do y llevado por don Pedro Fermn de Vargas. Esta ruta comercial,
que nutra a Pasto, Quito y Popayn, no haba crecido en limpieza ni
por los esfuerzos de los capitanes Cristbal de Troya, Pablo Durango
Delgadillo, Francisco Prez Menacho, Vicente Justiniani y Hernando
de Soto Caldern. En ms de ciento treinta y seis aos de existen-
cia continuaba siendo, en 1800, una bveda sombra de cincuenta
centmetros de ancho, cuyo suelo estaba constituido por lodazales
perpetuos, y la techumbre por las entrelazadas ramas de rboles se-
culares, albergue de horribles ofidios y de toda clase de sabandijas
(Merizalde, 1921).
Otro camino abandonado fue el seguido por Balboa en el descu-
brimiento del Pacfico. Se le dejara por orden de Pedrarias, por las
subidas fatigantes, por la vegetacin impenetrable, el calor de las ho-
yadas, por el miedo a las rocas cortadas a pico o a las serpientes que
se ensaaban contra hombres y caballos. Se le descuidara probable-
mente por los mosquitos y jejenes, por sus alturas y espejismos que
mareaban, por los murcilagos que desangraban, por los puentes de
bejucos levantados por la indiada. Con el olvido de esta va se detuvo
el avance cultural del bajo Atrato, la comunicacin con Antioquia y
la Provincia de Biruquete, que corresponda en mucha parte al terri-
torio chocoano.
El sendero que comunicaba a Cali con los ros: Timba y Yuruman-
gu, de piso firme y sin ros, propio para el trnsito de bestias, como
escribi de l don Pedro Agustn de Valencia, tesorero de la Real Casa
de Moneda de Popayn, fue olvidado como el del Dagua a Vijes, por
donde haba pasado Andagoya y bajado gente de Benalczar. Con la
prdida de ambos se cancelaron las posibilidades de colonizar el alto
y bajo Choc, en las desembocaduras de sus ros principales, ricos
en oro, esclavistas y africanos, como pobres en cultura y educacin,
economa y disciplinas manuales y en arrestos para vencer el lodo de
los caseros, las emanaciones de los manglares, las enfermedades y el
hambre que se calmaba con races, pltano, ratas salvajes y pescado.
30
Rogerio Velsquez
De los ros se acordaron en Espaa para cerrarlos, como ocurri
con el Atrato, para cobrar por cruzarlos, o por los quintos que pro-
ducan sus arenas. Escollos, agua que se estrella en las rocas, troncos
de rboles, precipicios, orillas montuosas, fragosidades imposibles de
remediar en los terrenos cercanos a sus mrgenes, cosas adversas que
ayudaron a afirmar la libertad de la persona humana, solo fueron vis-
tas en los albores de la revolucin por don Antonio Villavicencio, tres-
cientos aos despus de que los nativos haban luchado con ellas con
el cuerpo y el alma, con la sangre y los huesos, los pulmones y la vida.
La comunicacin marina se vio interferida por requisitos y dis-
posiciones. Condiciones fsicas de las embarcaciones; permisos sani-
tarios, visas y rdenes de Quito o Per, Panam, o Santa Fe, eran
necesarios para viajar de Chirambira a Guayaquil, Lima o Callao. Con
estas restricciones, solo se podan efectuar dos o tres salidas al ao,
gravando a los interesados en alguna cantidad, con la estipulacin
de no navegar otro, para que escaseando los vveres y efectos se ven-
dieran a los mineros; por el dueo del barco, como nico vendedor, a
ms, subido precio (Giraldo, 1954).
La costa sur esperaba anualmente una nave con el comercio que
cruzaba el cabo de Hornos. Con ms viajes y menos lucro de los due-
os de canoas chatas y champanes, el bajo Choc habra conocido ta-
lleres, agricultura, comercio, contacto poltico con el mundo de Santa
Fe o Panam, ciudades y escuelas; con navegacin regular, el ocano
que vio Balboa desde las cumbres del Quarequ, gobern Andagoya
hasta San Juan de Micay, y meti en la historia universal don Fran-
cisco Pizarro con sus luchas y mortificaciones, habra enseado a sus
hombres a vestirse, a disminuir los dolos y los adoratorios del demo-
nio, a formar y templar el carcter para sortear con xito la miseria
que los aquejaba.
Al Estado espaol no lo preocupaban las ventajas militares ni las
responsabilidades de la colonizacin. Bases estratgicas, defensa de
fronteras, ruedas y caballos se olvidaron en esta parte del Nuevo Mun-
do. Para la capa social dirigente, lo interesante eran sus posibilidades
de subsistencia, el oro para halagar, lisonjear y merecer, propiedades
para transferir, esclavos para lograr o donar, indios para oprimir, rea-
les mineros para gozar con avaricia. Para abatir estos excesos, los de
abajo, conociendo sus races, se abrazaron a la revolucin granadina
comenzada por el padre Las Casas en la primera mitad del siglo XVI.
31
DESCOLONIZANDO MUNDOS
PRIMERA PARTE
LAS RAZONES DE LA INDEPENDENCIA
Cuando una larga cadena de abusos, y usurpaciones,
que persiguen invariablemente el mismo objetivo, hace
patente la intencin de reducir al pueblo a un despotis-
mo absoluto, es derecho del hombre, es su obligacin,
arrojar a ese gobierno y, procurarse nuevos guardianes
para seguridad futura.
Prembulo de la declaracin de independencia de los
Estados Unidos de Amrica
LA PROVINCIA ECONMICA
LA AGRICULTURA REGIONAL
Si la agricultura del Choc en los tiempos actuales es algo desastroso,
la de la Colonia fue apenas de subsistencia. Diez mil ros, treinta o
cuarenta grados centgrados de calor, humedad relativa de 85%, nubes
amontonadas y electricidad atmosfrica que se resuelve en relmpa-
gos, rayos y centellas, y precipitacin pluviomtrica de 8.000 a 10.000
milmetros tenan que incidir sobre la agricultura. Como consecuen-
cia, aparecieron el hambre, la pobreza econmica y los malestares ge-
nerales que crearon las tensiones internas entre las clases regionales.
No obstante los signos anotados, la tierra, obedeciendo la pol-
tica de los reyes, habran podido mejorar los niveles de vida de los
habitantes. Lavado el suelo por la lluviosidad, quedaban las terrazas
aluviales de las riberas, las localidades costeras del Cario, donde esta-
ban ubicadas Concepcin, Mandinga y Caimn, y las veras de los ros
que desembocan al Pacfico. Frente a estas condiciones, amparadas
por la hidrografa y la climatologa ambientales, se alzaba el espaol
mortificado por las inundaciones y vientos que desgajaban las colinas,
las hoyadas coluviales sin vas, la mano de obra escasa que se deba
pagar, la selva cercana con sus hormigas y pulgones que empobrecan
los cultivos, el contacto con animales de presa, especialmente el mur-
cilago que desangraba al ganado.
Fundas o granjas en un suelo como el nuestro requeran voluntad,
podero, ansias de producir como Antioquia, Valle o Cartagena. Mas
el peninsular fue inferior al medio que lo sostena. De ah el precario
sustento con que se alimentaba, la dispersin de sus centros poblados,
32
Rogerio Velsquez
sus fallas de previsin, su inestabilidad y desamor al agro, su torpe-
za en transportes y en problemas sanitarios. Con buques, caminos y
mercados, haba acelerado el crecimiento de las aldeas, explotado con
xito los recursos naturales, cambiado las costumbres de los colonos y
campesinos, dado vigor a la economa general, que se asentaba, antes
que todo, en la armazn de los minerales.
El terrateniente pastuso o payans no fue hombre de planes para
el porvenir. En medio de tempestades agresivas como las descritas por
Caldas, se contrat con un monocultivo frugal, pobre y desmirriado.
Chontaduro, yuca, pltano, ame, granos de maz, dos o tres rboles
frutales, caa dulce y cacao en pequeas cantidades. Para l, la liber-
tad poltica se consegua con el ejercicio de socavones u hoyaderos,
tomas o fosos longitudinales. Empero, disputaba por tierras vecinales
que se destinaban para la descendencia, nunca para labrarlas y con-
vertirlas en recursos alimenticios de que tanto se necesitaba.
Hablando de lo agrcola, el Choc era rico como el que ms del
Nuevo Reino. Los inconvenientes de su geografa contribuan a ello.
Agua por todas partes. Tierra abundante para una fragmentacin pro-
porcional y adecuada de la poblacin, y clima variado, todo hablaba
de sus posibilidades potenciales.
La fertilidad del pas, que adems de dar con abundancia todos
los frutos necesarios para la vida, puede enriquecer a sus habitantes
con sus preciosos productos de oro en muchas minas, cacao, ail,
tabaco, caf, algodn, caas dulces para azcar, palo de tinta y carey,
adems de cera de indio y todo gnero de maderas y materiales. Pues
si en las mejores colonias que tienen los extranjeros en estos domi-
nios, algunos de estos frutos, que se dan separados de ellas, las hacen
ricas y de tanto aprecio, y a la isla de Cuba el azcar y el tabaco, qu
utilidades no se podrn sacar de esta provincia donde se hallan juntos
todos estos productos, con la facilidad que dan tantos ros para cul-
tivarlos y conducirlos? Bien puede creerse que fomentndola podr
hacerse en poco tiempo una de las mejores de la Amrica, y que ms
rinda a nuestro Soberano (Contralora General de la Repblica, 1943).
Pero el espaol, que estaba de paso en matorrales y sabanas, no
logr ver ni adivinar estas ventajas. Trastornado por el regreso a la tie-
rra de origen, rico y poderoso, no se detuvo en los campos de cultivo de
doa Clemencia de Caicedo, en los predios de Leonardo de Crdoba, en
los bosques de Ungua y de San Joaqun de Naurit, en los paisajes na-
turales de Bojay, Munguid y Taman, en las vertientes templadas del
San Juan o el Atrato. Al pueblo conquistador le bastaba buscar oro, vivir
como refugiado, ahorrar equipo, comer mal, alojarse en peores condi-
ciones. En su presupuesto no figuraban comunidades felices, prsperas
y uniformes que sintieran el deseo de vivir plena y cabalmente.
33
DESCOLONIZANDO MUNDOS
Puesto que los vencedores adoptan los vicios y costumbres de los
vencidos, el blanco del Choc se aliment de pltano, all as, races y
trozos de chontaduro, que se encontraban en todas partes. Sin rota-
cin de cultivos, no poda hacer ms. La escasez de ganado se supli
con carnes de guagua, sano, tatabros, venados, peces salados y lonjas
salpresas de Guayaquil, Cartago o Cartagena. Con razn deca Jim-
nez Donoso que unos mantenimientos y caldos, que son los renglo-
nes ms fuertes, son demasiadamente caros, por lo que todos parecen
confundidos y envueltos en su oro y su miseria, a excepcin de alguna
docena de mineros que a fuerza de industria, trabajo y fortuna, se les
conoce algn caudal (Ortega, 1921).
Aunque las tierras de pan sembrar, estancias de ganado mayor
o de caballera haban sido donadas para el sostn de los esclavos, la
avaricia ultramarina, apoyndose en la Cdula Real del 15 de octubre
de 1754, llev los baldos a propiedad privada de los dueos de los en-
tables. Con esta disposicin, el San Juan se dividi, entre veinticuatro
mineros de Popayn, Santa Fe y algunos seores del lugar, y el Atrato
se parcel entre quince terratenientes. En ninguna de estas divisiones
se metieron semillas y pienso, trapiches, huertas y ganado. Antes que
plantaciones, los fundos se convirtieron en rancheros donde viva el
minero y su familia, al lado de centenares de esclavos que componan
estanques, bajaban a los zambullideros o moran bajo el peso de los
derrumbes que aplastaban contra el cauce de los canalones.
A falta de explotacin agrcola de las nuevas tierras recibidas, las
oligarquas caucanas cobraron impuestos por usarlas. Plantaciones y
sementeras, corte de maderas, caza y pesca fueron tasados. Adems
de prisiones por deudas, insultos y vilipendios, el colono negro o el
mulato se vieron obligados a hacer agricultura nmada y difcil por la
situacin de los transportes, por la falta de un gremio interesado en
los cultivos y por las minas que permitan el incremento ilcito del oro
que se registraba en la Aduana, sin pasar una vez siquiera a manos de
los labradores (Giraldo, 1954).
Mulatos, zambos y negros libres cultivaban para sobrevivir. Don
Carlos de Ciaurriz, que los vio personalmente en 1803, dice de ellos:
La situacin baja, pantanosa y anegadiza de lo interior de estas mon-
taas no tiene otro recurso que el de las vegas que hay distantes unas
de otras en la longitud de los ros. En ellas residen precisamente dis-
persos mulatos, zambos y negros libres de dichos partidos para culti-
var y subsistir con sus familias, alimentndose con los mencionados
frutos y la miel que benefician de la caa y haciendo comercio propor-
cionado a sus cosechas con los mineros y los pueblos y con la gente
de otros ros (Ortega, 1921). El maz se comerciaba con los naturales,
que lo vendan a dos tomines el almud.
34
Rogerio Velsquez
Ya est dicho que el indio trabajaba para los corregidores. De ene-
ro a mayo y de agosto al 15 de octubre permaneca ocupado, con sus
propias herramientas, en sembrar para los recaudadores. Los jornales
de cuatro reales diarios se reciban
[] en machetes, hachas, cuchillos, cascabeles, chaquiras, trompas,
peines, bayeta de Quito, mantas, lienzos y frazadas del Reino, sorti-
jas de cobre, orejeras de estao, manillas o brazaletes de plata y otras
menudencias de lo mismo para gargantillas, y todo a precios muy su-
bidos, de modo que el miserable indio solo viene a ganar una tenue
cantidad recibindola en las especies que quiere el corregidor y no en
las que necesita. (Ortega, 1921)
Para evitar la rebelin contra semejante tratamiento aparecan el
cepo, la fuerza del ltigo, los cambios de localidad, las retenciones en
los pueblos.
En la cercana de piratas, el cuna entraba en la faena agrcola con
alma desesperada. Lo mova la venganza y, en ocasiones, el vestido.
Cacao y algodn de Urab, mieles, lanas y resinas de Tumarad, brea
y raicillas de Tarena se cambiaban por escopetas, plvora, balas, ar-
mas blancas y licores. Ingleses, holandeses y franceses de las colonias
de Jamaica y Curazao enseaban a manejar armas de fuego para de-
fender once ros y quebradas, habitaciones y estancias, cinco pueblos
y sus tradiciones tribales que mermaban corsarios, negros cimarrones
y espaoles americanos.
Las barreras aduaneras, creadas para contener el comercio no
espaol, obligaron a los militares y aventureros que usufructuaban
la regin a comer pan a cuatro reales la libra; sal en grano del Ecua-
dor a catorce y veinte castellanos de oro el tercio de cinco arrobas;
carne salada de res por diecisis, veinticuatro y treinta castellanos
las cien libras; arrobas de azcar transportada por Andgueda y el
golfo de Urab por diecisis hasta treinta y seis castellanos cada una;
harina extranjera de diecisis a veinticuatro castellanos; una botija
de vino del Per por veinticuatro castellanos. Los productos de la
tierra, como aguardiente, cacao, carne de cerdo, gallinas, se reem-
plazaban por anisado de contrabando, carne de monos y puercos
monteses, pavas y paujes, y pescado salpreso o fresco cazado con
arpones, lanzas y atarrayas.
Ya en las postrimeras de la Colonia el comercio fue libre y casi
todo realizado por contrabandistas. Sin el correspondiente pago de
los quintos, salan por el Atrato el oro, la quina y los frutos a Porto-
belo en espera de los convoyes. Esta fuga de la riqueza nacional por
una costa dilatada y despoblada, con abundantes surgieras, como lo
anot el virrey Mendinueta en 1803, dio poder a los corsarios que se
35
DESCOLONIZANDO MUNDOS
agazapaban en los puertos del Sin y Urab, disminuy el numerario
regional, produjo caresta de gneros, efectos y mantenimientos que
venan de Europa, y ahond la pugna entre comerciantes espaoles y
criollos, lo que contribuy a debilitar ms los vnculos de la camarilla
que consideraba el trabajo como un oprobio que deban soportar por
su desgracia, los de abajo, en beneficio de los potentados.
MINERA
El ideal de los colonizadores de recoger bastante oro, bastante plati-
no, y recogerlos aprisa; y entre tanto, sobre una barbacoa, y entre el
fango y la maleza, como los cerdos y con ellos; alimentarse con plta-
no que brindan los campos y con pescado que ofrecen los ros, rega-
lndose en los das grandes con un palmo de tasajo conducido desde
el Cauca; andar casi desnudos, el pie en el suelo, con una camisa de
listado y unos altos y estrechos pantalones de dril; zambullirse, buzos
codiciosos en aquel mar de calor, de humedad, de miasmas y de pla-
gas, con riesgo de la vida y prdida de la salud, por amontonar a todo
trance: toda carrera, con el trabajo del esclavo, fuertes riquezas, para
ir luego a disfrutarlas a otras partes (Espinosa, 1944) se desvaneci,
para muchos, por las siguientes razones:
1. Mtodos de trabajo: Los elementos dedicados a la minera eran
escasos y anticuados. La pobreza tcnica radicaba en el hecho
de que entre los espaoles apenas haba mineros de oficio. Las
herramientas que venan de Espaa, y el crecido precio del hie-
rro en la Pennsula obligaban a trabajar en forma rudimenta-
ria, separando con las manos las arenas para extraer de su seno
las pepas de oro que se buscaban afanosas.
Para abrir una mina se usaban macanas o coas, adems de
barras de hierro que labraban los esclavos. En todo montaje
haba un forjador de barretones y almocafres que ayudaban a
remover el lodo de los canalones. Con la forja catalana, los ne-
gros ablandaban el metal y preparaban los instrumentos.
De azuelas, barras y barretas habla Las Casas; como elementos
usados por los indios en cata, o cateas de oro en pozos y tiros
verticales. Ms tarde se agreg la batea o artesa circular fabri-
cada a comps, ojo y machete. Grandes o medianas, servan
para pruebas en cerros y ros, bombear agua de las profun-
didades, lavar minas, transportar menesteres caseros, etc. Las
bateas fueron de mucha utilidad en esa poca en que la minera
se haca sin estudios, sin conocimiento de geologa ni de geo-
metra subterrnea.
36
Rogerio Velsquez
El mazamorreo se diversificaba, en ocasiones. Aqu, era la toma
que represaba el agua de las quebradas en forma de escalones
hasta llegar a las arenas aurferas; ah, el canaln que exiga
un nmero considerable de obreros armados de manos, uas,
cachos y barretas; all, el socavn de regular profundidad y
longitud, de incierto encuentro con la veta minera; ms all,
el hoyadero, dado en los terrenos reconocidamente pobres.
Para complementar el sistema, apareca el zambullidero que
se cumpla por jvenes ms o menos robustos, que se hundan
en los torrentes con el espinazo encorvado por la pesada piedra
que descansaba en la espalda, llevando contenida la respira-
cin que, si ampliaba el trax, rompa los pulmones y odos de
los infelices africanos.
De esta forma, el progreso econmico era lento. Sin molinos
como los proyectados por el conde de Casa-Jijn; sin mqui-
nas para tajar vetas ni cuerpos mineros organizados como en
Mxico; sin un fondo anual para apoyar la obra de los trabaja-
dores pobres; sin que nadie tuviese conocimiento de mineralo-
ga, ciencia pedida por Pedro Fermn de Vargas en algunos de
sus estudios; secando lagunas con zanjas a impulso de bateas;
cambiando el curso de los ros con madera y arena para alcan-
zar el mineral; transportando materiales a hombro para tender
los canalones en zigzag; sin agua permanente para correr la
arena de los entables; sin dinero para construir pilas o estan-
ques; sin molinos, de pisones y de arrastre como los empleados
por Boussingault, en Mariquita; sin cuas ni almdenas; sin
conocer el uso de la plvora para volar rocas y peas, ni gras
para remover los obstculos, la minera chocoana, en la poca
colonial, no fue una ventaja, sino un sacrificio.
2. Pobreza de los mineros: Con lo anterior, el negocio empobre-
ca. Don Pedro Fermn de Vargas, que estudi a fondo el pro-
blema, escribi:
Por clculos bien aproximados se ha computado que entre minas ricas,
medianas y pobres, unas con otras, sacar el negro ms diestro la sexta
parte de una onza de oro, o dos pesos cinco reales, excepto el real del
da. El ao lo dividen los trabajos por mitad, empleando la una en la
extraccin y caza de las arenas aurferas, y la otra en su lavado. Qui-
tando noventa das de los trescientos sesenta y cinco del ao, por razn
de las fiestas, quedan tiles doscientos ochenta y cinco, de los cuales
se emplea la mitad en lavar las arenas menudsimas, que producen por
cada negro 374 pesos y medio real.
37
DESCOLONIZANDO MUNDOS
Como los vveres son extremadamente escasos y caros en las tierras de
minas, por razn de ellos, vestuario y enfermedades, que gaste diaria-
mente un negro cuatro reales, quedando en favor del amo 191 pesos,
cuatro y medio reales anualmente. Quitemos por razn de herramien-
tas, gastos de bateas y otras menudencias de poca consideracin, 8
pesos todos los aos al respecto de cada negro, y quedan 183 pesos,
cuatro reales y medio, poco ms de 90 pesos de oro. Rebajando de este
producto los derechos de quinto, fundicin, amonedacin, etc., apenas
quedan a favor del minero 80 pesos de oro o 160 de plata. De manera
que suponiendo que un minero mantenga su mina corriente con 50
negros, gana todos los aos 8.000 pesos, pero muy pocas son las minas
de estas conveniencias. (Vargas, 1944)
Hasta 1803, segn Carlos Ciaurriz, las minas del Choc se
lavaban cada seis meses, con cuadrillas y mayordomos o ad-
ministradores, capitanes o capitanejos. Separado el oro de la
platina, y apuntadas las cantidades en los libros respectivos, se
denunciaban a las Cajas Reales para satisfacer el Real derecho
de quintos a razn de 3% (Ciaurriz, s/f). Lo sacado, extrados
los doblones de su majestad, no alcanzaba para cancelar los
costos; pagar los comestibles y dems cosas necesarias para la
vida humana.
De esta forma, el empeo de los mineros, sus pleitos continuos
y el pago de sus deudas con los negros, desmantelando la pro-
vincia, hacan la pobreza general, lo que se hubiese evitado ex-
plotando la sal del Atrato o el cobre de Andgueda o la plata de
los criaderos del San Juan, para citar minerales que pesaban en
Europa. Pero el espaol puro o el raizal americano se deslum-
braban con el oro que sostena navos en Gnova y Cerdea, Si-
cilia y Npoles, amn de fuertes y atalayas organizados meticu-
losamente para la defensa de los turcos en las costas italianas.
Tiempos de calamidades mineras fueron los aos de 1756,
1777 y 1780 por el alza del fierro, el acero y el sebo colados.
Para el ltimo ao citado, la regin peda artesanos calificados
como los de Cartagena y Portobelo, y, sobre todo, productos
extranjeros que supliesen los que la metrpoli no poda pro-
porcionar a bajo precio, como vestidos, alimentos, herramien-
tas e instrumentos de la capital. La ruina fue tanta que los
entables de don Ignacio de Rentera, Franco Martnez y Leo-
nardo de Crdoba se vieron tan afectados que, de cuadrillas
crecidas como eran, bajaron, en 1796, a ser simples lavaderos,
donde la gente principal se dedicaba personalmente a buscar
el metal que necesitaba para no perecer de hambre o tener
38
Rogerio Velsquez
que entregar, por deudas, a los comerciantes de fula, cerdos,
bayeta y otros trapos, los escasos esclavos que les quedaban
dispersos y desordenados.
Estos mineros insolventes fueron un acicate de la revolucin.
El hacer trabajar a la chusma de sol a sol; el esperar sin inquie-
tudes el producido de los canalones; el hacer ningn caso de
las disposiciones oficiales, en especial de la Cdula Real del 31
de mayo de 1789 que miraba por la utilidad de los siervos, y
trataba de atenderlos en la educacin, alimento, vestido, ocu-
pacin, diversiones, habitacin, enfermedades, penas y cas-
tigos produjo escndalo en los rancheros y sediciones en los
canalones. Los excesos ocurridos en Sesego en 1800 prueban
lo que decimos.
La minera dividi a los colonos en pobres y ricos, es decir, en
amigos del sistema gubernamental imperante y en enemigos
del mismo. Los primeros no deseaban permanecer sometidos
a hijos o nietos de conquistadores o americanos, por no pagar
tributos ni derechos delegados o subdelegados, correr las con-
tingencias de exhibicin de ttulos, ni entenderse con proble-
mas de composicin de tierras, o esperar la tarda confirmacin
real de la propiedad, en tanto, que quedaba con la obligacin
de fomentar la poblacin y de aumentar, mediante cultivos, la
chacra miserable. Los ricos, empero, se acercaban al Gobierno
por las ventajas que reciban abusando de las leyes.
Zambos, negros y mulatos libres, por su exigua capacidad tri-
butaria, crearon la minera nmada. Sin trapiches ni cacao que
cuidar; sin tierras que deslindar o amojonar; sin expendios de
granos que distribuir entre los dos o tres esclavos que mante-
nan, se fueron juntando con otras gentes de color o con mi-
neros extraos a la regin, aunque pobres como ellos. Como
la tierra era sana, se poda salir a poblar ros y madrigueras
desconocidos, donde se pudiera maquinar contra la Corona,
contra alcaldes que ganaban sueldos, contra vecinos de calidad
que mantenan esclavos, contra la vida azarosa. A estos hom-
bres de carne y hueso se debi, de 1810 en adelante, el sosteni-
miento de la resistencia, y, en cierta manera, el xito final de la
empresa libertadora.
LOS PUEBLOS
En la fundacin de una ciudad espaola en Amrica, se tenan en
cuenta diversas circunstancias. Situacin, emplazamiento, condi-
ciones fsicas, previsin de ensanches, armonizacin de barriadas de
39
DESCOLONIZANDO MUNDOS
indios y espaoles. Sanidad, trfico y servicios pblicos, todo se estu-
diaba meticulosamente a fin de cumplir con las ordenanzas recogidas
en la Recopilacin de leyes de Indias, que ordenaban a las fundaciones
tener comodidad de agua, tierras y montes, entradas y salidas, y la-
branzas y un exido de una legua de largo donde los indios puedan
tener sus ganados.
Estas disposiciones no se cumplieron en territorio chocoano.
Buscando las riquezas de los metales preciosos, los poblados se hicie-
ron en las quebradas de oro corrido en las vertientes con playas donde
se pudiera mazamorrear, en los palenques o represas que horadaban
los cauces o riberas. Quedaron sin estudiar el clima, el suelo, el re-
lieve y las zonas de cultivo, es decir, los puntos claves que explican
las relaciones primarias entre al campo y la ciudad. Por olvidar estos
pormenores, Citar aparece en la margen derecha del Atrato, sobre un
banco de cobre; Tad, en una isla de escasas proporciones; y Riosucio
en territorio inundable.
Todos los pueblos deca un viajero estn situados en las vegas de
los ros, que unas ms altas, y otras menos, son de reducida extensin;
y aunque es mayor la que tienen algunas por la parte de sus declives,
que descienden a lo ms bajo de sus terrenos, es intil para edificar
respecto de ser perennes los manantiales y cinagas que all se encie-
rran. Por eso estn ceidas las poblaciones a los recintos de dichas
vegas, cuyas situaciones desiguales y barrialosas por su poca firmeza,
y la lluviosa constitucin del clima, se remedian terraplenando lo po-
sible con la piedra menuda y el cascajo que brindan los ros en el ve-
rano, como tambin poniendo puentes en las zanjas y los arroyos que
circundan las poblaciones. (Ciaurriz, s/f)
Consecuencialmente, geografa y estructura habitacional, colindaron.
Aqu, pobreza y mugre en los ranchos de vara en tierra de los caos
mineros; ah, tambos indgenas, abiertos al sol y a la lluvia, ergui-
dos sobre pilotes; all, cubiertas de paja de cuatro planos pendientes,
dentro de las cuales se realizaban todas las funciones. En Atrato o
San Juan, en Urab o la costa del Pacfico, la vivienda fue abrigo ru-
dimentario y provisional contra el clima, la selva, las avenidas de los
ros y el paso de las serpientes. Habitaciones de esta ndole indicaron
la tendencia trashumante de la poblacin, en marcha tras del oro que
saltaba de una ribera a otra, de una a otra provincia, de las minas de
Guapi a los socavones de Cana o Quiebralomo, de las planadas de San
Pablo Adentro a los zambullideros del Calima.
Los colonizadores no sintieron el ambiente templado del Tama-
n o de Sip, las abras ardientes de Sapzurro o Acand, las faldas de
las cordilleras que enmurallaban la tierra. Las reservas del Baud, las
40
Rogerio Velsquez
islas de Malpelo o las Gorgonas eran campos de trabajo propicios a
catedrales y monasterios, a establecimientos educativos y siembras de
toda clase, a pastoreo de ganado, a lanas y cordajes. Sin embargo, la
monumentalidad a que era aficionado el espaol no lleg a desarro-
llarse en estos lugares por temor a herejes o por asaltos de indios, por
la inconstancia de los pobladores o por golillas regionales que crean
ciegamente en la eficacia del papel sellado.
Para luchar contra las importaciones clandestinas urgan ciuda-
des en los caminos solitarios, en las vegas de los ros, en los talones
quebrados de los cerros. Para defender los correos de Panam, de Chi-
le o de Cartagena, pasando por el istmo de Naip o Napip, se requera
cortar los riscos con aldeas, partir la lejana con casas y hombres. La
complacencia con el paisaje y la pereza de los capataces para romper
los farallones con la mancha de los territorios en caso de guerra. Las
depredaciones de franceses y portugueses en los caminos de Antio-
quia y bajo Atrato fueron posibles por el despoblamiento.
Tierras para resistir el empuje de piratas ingleses y bucaneros de
Jamaica las haba en Cacarica, Pacurund y en los altozanos de Las
Pulgas, en el can del ro Atrato. En Nvita sobraban los arrastra-
deros de San Pablo, Juntas del Taman, y San Joaqun, pasos obli-
gados de los que penetraban en nuestra comarca. Con la inversin
de parte de los 300.000 castellanos de oro que se producan en la
comarca cada seis meses, se habran levantado fortalezas como las
pedidas por Jimnez Donoso en 1780, tras de las cuales el indio in-
definido y el esclavo habran defendido el comercio de los atropellos
de tantos que, viviendo en holganza, amancebamientos y bebidas,
interceptaban los correos, quemaban la correspondencia real o de
los particulares, y se incautaban los intereses del Virreinato o de los
adinerados de las minas.
Desaparecido San Andrs y muerta Santa Mara del Darin; ani-
quilada San Sebastin de Buenavista y sin valor econmico Mandinga
y Concepcin, el mar Caribe serva para hundir naves que iban a La
Espaola por gneros o a Sanlcar de Barrameda con intrigas y ape-
titos. Las olas encrespadas no hacan dao a puertos abrigados como
Cartagena o Santa Marta, sino a Zapote, aldea de negros refugiados
de todos los puntos del golfo de Urab, boquete selvtico que se ali-
mentaba con el canto fnebre de los monos, el desagradable silbido
del alcatraz, el montono caer de los aguaceros sobre las ramas de
los rboles, el zumbido de los insectos, el estridente grito de los rayos
y el sordo retumbar de los truenos, como escribi en su Diario don
Joaqun Acosta, en 1820.
En el Pacfico nada valan ni Puerto Quemado, ni San Francisco
Solano, ni San Juan de Micay, ni Barbacoas, ni Tumaco. Buenaven-
41
DESCOLONIZANDO MUNDOS
tura era tierra inhabitable, calidsima y encerrada por una espesa
selva que no permita el paso de caballos (Archivo Nacional, s/f), e
Iscuand se presentaba pauprrima y de psimos vecinos (Archivo
Nacional, s/f), segn dijo de ellas fray Jernimo Escobar, en 1582. En
todas ellas la marea cortaba el avance de los buques para dar paso al
hambre, a la escasez de sal y de telas baratas para la plebe de los mi-
nerales, hierro para los barretones, y almocafres y perendengues para
los naturales.
Como Toro, sobre el Taman, con veinticuatro espaoles, indig-
nos de tener vasallos a quien ensear la fe eran Llor, Bet, Cajn,
Monte Carmelo, Bebar o Bagad. El conformismo de los habitantes
no dejaba salvar los arroyos con puentes, desecar, rellenar. Hacer estos
trabajos implicaba arraigarse en el tremedal que creca en la tierra
y el agua, atrs de los barrancos y en los valles de estancias. Para el
colonizador del Choc, el trpico fue una empresa comercial que era
necesario explotar con sus hombres y sus circunstancias en beneficio
de Europa.
Los pueblos de ms agradable aspecto, de ms nmero de veci-
nos distinguidos y de comercio ms floreciente son, inclusive la capi-
tal de Nvita, los de Tad y Sip, de aquella provincia, y el de Quibd,
de la de Citar (Ciaurriz, s/f). Sin embargo, el virrey Caballero y Gn-
gora, al fijarse en las ciudades del Virreinato, escribe:
A excepcin de las pocas ciudades de primer orden; que tal grado me-
recen respecto de las del segundo, de mera apariencia en sus infelices
edificios, de las del tercero, por la memoria de sus ruinas y vestigios; a
excepcin de algunas parroquias que posteriormente se han fundado
bajo mejores auspicios, todas las dems poblaciones del Virreinato son
un reducido y pequeo conjunto de miserables ranchos, chozas y bu-
jos (Morales, 1964)
As eran los poblados del Choc al final del siglo XIX. Entregados por
el Virrey de Santa Fe a los corregidores, se convirtieron en ladroneras
de compaas sueltas que formaban el Ejrcito, en barbacoas de es-
cndalo, robo y cautiverio de clases infelices econmicamente. En su
seno, tenientes y mandones vendan indios o los repartan, cazaban
negros con perros para devolverlos a los amos, o montaban patbulos
a la derecha, a la izquierda, apoyados en Aristteles y en citas sueltas
del Antiguo Testamento.
LOS IMPUESTOS
La tierra hmeda, pluviosa y desgraciada, que record don Juan de
Castellanos en una de sus elegas, fue, desde el aparecimiento de San-
ta Mara la Antigua del Darin, campo de explotacin y rebatia. Con-
42
Rogerio Velsquez
quistadores, corregidores, tenientes de gobernadores y jueces, gentes
de exploracin y montoneras de soldados usaron y abusaron de la
fuerza del poder para sacar, de siervos sin pan y de la gleba sin nom-
bre, tributos que no llegaban a Espaa por la fragosidad del territorio
o la codicia de los recaudadores.
Indios de planadas o arroyos, de laberintos o de valles, todos
fueron gravados. Para sostener el idilio poltico de los europeos y la
anchurosidad de la evangelizacin los de Quibd fueron tasados con
tres pesos, con dos los de Anserma y Noanam, aunque obligados a
proveer de maz a los minerales, y a trabajar seis meses para los co-
rregidores. La costumbre de tales contribuciones, que cal tanto en
el interior del Nuevo Reino, dio margen, sin embargo, a que Alonso
de Hincapi, procurador de Toro, enjuiciase a Melchor Velsquez, el
fundador de la ciudad, y a mover la rebelda de los urabs, tatamas,
chancos y coronados, payas y raposos hasta la entrada de 1800. Hom-
bres de behetras, carecan de hbito para dar regalas exorbitantes a
reyezuelos comarcanos.
Los dos y medio patacones anuales que se cubran por los tercios
de San Juan y Navidad; los seis patacones impuestos a los chocs en
1751, lo mismo que a los anaconas y forasteros de la ciudad de Po-
payn, Buga, Cali, Caloto, en tanto que a los iscuands, barbacoas y
raposos se gravaban con ocho (Ortega, 1921); el contribuir al soste-
nimiento de la curia con primicias y obvenciones que se extendan a
los tenedores de esclavos, provocaron discusiones entre gobernadores
vecinos, como los de Antioquia y Citar, y fugas en masa de naturales
en Llor, Domingod y Chintad, Caimn y Bojay, en el Atrato.
Por tantas cargas desaparecieron Santa Mara, en el golfo de Ura-
b, Llor, Buenaventura y los emplazamientos civilizadores de los
agustinos descalzos en el Darin panameo. Si ello fue as, no es del
todo exacta la afirmacin del seor Groot, cuando escribe: Despus
de la revolucin de 1810, los indios se presentaban porfiadamente
ante los corregidores con el empeo de pagar el tributo de su amo el
Rey, y muchos de ellos lloraban cuando se les deca que ya no haba
Rey a quien pagar tributo (Groot, 1890). Estos indios no debieron
ser los pijaos que destruyeron a Neiva y a La Plata, ni los chibchas del
Taman, en el hoy municipio de Nvita, que arrasaron para siempre
la naciente Sed de Cristo, levantada por los jesuitas.
No se escaparon los negros de esta fiebre de tributos. Nada impor-
taba que viviesen al borde de lagunas paldicas y entre vapores enfer-
mizos. El mazamorrear en los ros, que haban ayudado a descubrir y
a poblar, impona un gravamen de un castellano de oro por persona, lo
mismo que por comer carne de manat, tratar con amos blancos, usar
montes y maderas, cazar y pescar. A la empresa de la expansin de la
43
DESCOLONIZANDO MUNDOS
fe y de las ciudades de otros puntos del continente, al cabotaje y al
extraamiento de piratas, deba contribuir con su bolo, as hubiese
llegado en cadenas y en buques hediondos o careciese de un palmo de
tierra de los que daban los reyes a quienes le servan al imperio.
El derecho de mazamorreo, aunque lo pagaba la clase ms mi-
serable de los chocoanos, para emplear una expresin de don Juan
de Aguirre, ltimo gobernador de Espaa en nuestra comarca, era
para libertos, blancos y mulatos y gentes libradas de cuadrillas, o
sea, aquellos infelices que, acabando de salir de la esclavitud, con-
tinuaban el ejercicio de extraer el oro y no alcanzaban a tener cinco
esclavos para llamarlos mineros (Ortega, 1921). En el quinquenio de
1805 a 1809, los de barrancos, rancheros y congostos, trabajando
con las uas, produjeron 3.684 pesos, que serviran para sostener las
milicias que intimidaban a los negros y contenan a los indios en sus
movimientos defensivos.
Los quintos y cabos de 1754 montaron a 1.315 castellanos y ocho
granos de oro, sin contar 733 castellanos y nueve granos de tributo.
Las ramas de papel sellado, alcabala de cuatro por ciento, aguardien-
te, media anata y tierras, produjeron en el ao citado 2.366 castella-
nos, once y tres cuartos de granos que fueron avaluados en 8.826 de
oro, o sea, 17.656 patacones. En 1778 y 1779 se llevaron a Bogot
11.985 pesos, once tomines y tres cuartos de granos, sin dejar de pagar
los gravmenes en el interior, al tiempo de la recoleccin de consumo
de los frutos, en el comercio de una Provincia a otra, y en la exporta-
cin de puerto a puerto por las aduanas, a los que se agregaban otros
derechos municipales que se exigan en los cabildos de las ciudades y
villas (Boletn Historial, 1916).
Sobre la hacienda regional recayeron medias cuotas de empleos,
epavas, multas, tributos, comisas, retenciones, ventas de oficios, ba-
las, temporalidades, pulperas, aguardiente, tabaco, pesca de perlas,
lanzas, papel sellado, alcabala, diezmos y primicias, almojarifazgos,
sisas y armadas de barlovento. No hay que olvidar los pechos por sal-
do, naipe, plvora, la amonedacin de oro y plata que embarazaban
el comercio interior, las gabelas por toneladas, caceras y derechos de
importacin que incidan sobre el comercio exterior.
El ms gravoso de todos estos impuestos fue la alcabala. Caa
sobre indios y espaoles, sobre bienes races, mercancas y activida-
des comerciales. Multitud de artculos quedaban bajo ella. Los que
produca la pequea industria de los pobres y por los que no se haba
pagado antes; se comprendan muchas cosas que hasta entonces se
haban juzgado exentas (Archivo Nacional, s/f). Alcabala y estancos
de aguardiente y tabaco dieron origen a una costosa polica de vigilan-
cia que abusaba donde apareca, injuriaba, chantajeaba, ultrajaba a
44
Rogerio Velsquez
las mujeres, incendiaba haciendas enteras o maltrataba a las personas
que tenan la desgracia de padecer dichos tributos.
Las disposiciones sobre estancos de aguardiente afectaron al
Choc en grado sobresaliente. Se restringi el sembrado, subi el
precio de la miel y se extingui la venta de anisado. En 1810 haban
desaparecido los caaduzales de muchas regiones como los de Nau-
rit e Ich, hasta el punto de comprarse un frasco de miel por un
castellano de oro, lo que estimulaba la fabricacin de aguardiente de
contrabando, segn cuenta el gobernador Ramn Diego Jimnez en
uno de sus informes (Archivo Nacional, s/f). El cierre de los estancos
desparpaj a los cargueros del Tambo, La Brea y Calima, que ganaban
tres patacones por cada tercio arrastrado en los istmos y montaas.
A los traficantes o mindals se les impona un real en Andgueda
por los vveres que introdujeran para el sostenimiento de los pueblos.
El comerciante de Citar, Nvita y Sip daba el estipendio de un real
por cada cerdo, y medio real por el uso de las balanzas oficiales. Las
tesoreras de los puertos de Bagad controlaban los efectos que entra-
ban del Cauca por Cham, en tanto que la de Citar, con vigas y ayu-
dantes, producan, en tiempos del virrey Sols, cien pesos mensuales
por las ropas y tercios que venan del Reino de la sabana de Bogot o
de los puertos de El Callao.
Adems de los impuestos por el peaje y cruce de los ros, estaba el
gracioso donativo per cpita que cobraba Popayn. De tantos tributos
que se echaban en guerras ultramarinas, en afianzamiento de monar-
quas, en quemar herejes, en armarse contra turcos, en atuendo de
virreyes y en sueldos de oidores, en perseguir sobre los mares goletas
de contrabandistas, solo qued el grito de viva el Rey y abajo el mal
gobierno, dado por los esclavos del Pata, cuarenta aos antes de que
lo usaran Galn y sus hombres en el oriente de Colombia.
Terratenientes y comerciantes de anzuelos, trompas y agujas, car-
gueros, bogas y peones, no estaban en condiciones de sostener un tren
de gabelas como las sealadas. Alimentados deficientemente, mal ves-
tidos y peor alojados y sometidos a un rgimen poltico centralista que
impeda el desarrollo de las Provincias, el Choc tena que sublevarse
en busca de la revisin de sus recursos, doblar la produccin de cal-
dos, hacer ms hombre al esclavo, ms prepotente al rico, y brindar
oportunidades insospechadas a todos los que acampasen en su suelo.
LA EDUCACIN
Una de las causas del atraso y pobreza de los habitantes del Choc fue,
hasta 1810, la falta de conocimientos adecuados en ciencias y artes
que permitieran a la comunidad preparar las producciones espont-
neas que brindaba la naturaleza. La metrpoli se haba hecho sentir
45
DESCOLONIZANDO MUNDOS
en la entrega de los terrenos llamados realengos, en el hostigamiento
de los indgenas errantes, pero nunca en el desarrollo de las industrias
que tanto se necesitaban. La madre patria, en nuestra regin no busc
jams la causa del estancamiento comarcano, ni menos la tcnica de
trabajo apropiada para el ensanche de la factora.
En un mundo de preciossimas producciones que utilizar, de
montes que allanar, de caminos que abrir, de pantanos y minas que
desecar, de aguas que dirigir, de metales que depurar (Giraldo, 1954),
como apuntaba el arzobispo-virrey, nadie ense a observar la na-
turaleza, ni a manejar el clculo, el comps y la regla, ni tampoco
mtodos para discutir y entender el ente de razn, la primera materia,
y la forma de la substancia (Hernndez, 1947). Ni ciencias exactas ni
especulativas conoci el pueblo. La armona del conjunto estaba cei-
da a normas, sistemas y procedimientos inadecuados para aumentar
la poblacin, la baja productividad de los comerciantes y conjurar el
hambre que mermaba vigor a la comunidad.
Nadie pregunt, por ejemplo, si la pala y el arado eran ms con-
venientes que las manos peladas o las coas en las faenas agrcolas, o si
el carguo en la espalda de los esclavos renda ms que las ruedas o los
animales de tiro. En una comarca de alta temperatura y de humedad,
que daaba el cuero y pudra los metales, los colonizadores no pensa-
ron en dominar el mbito que los sustentaba, ya con el abecedario, o
bien con normas econmicas que produjesen ingresos aceptables. En
Barbacoas o La Concha, en Carmelo o Los Tres Brazos de la Santsima
Trinidad, el espaol excit las posibilidades chocoanas, a caballo de
los nativos que padecan por la voracidad del capitalismo.
Sin puertos los mares, y las selvas sin caminos; sin pueblos los
ros, y los montes sin cultivos; ociosos los canales, y la parte social
y humana empecinada en inversiones ruinosas o escasamente ren-
tables, la provincia de los chocs tuvo por denominador comn la
ignorancia que abarcaba la solucin de los problemas del campo, de
los centros urbanos, el gobierno, la propiedad territorial, el mercado
y el comercio. La reforma de la estructura, el logro de iguales oportu-
nidades para todos estaba en la letra pura o en su espritu, en el libro
revisado por censores, pero siempre capaz de dar un nivel de vida ms
armnico con la dignidad de los americanos.
La instruccin libresca que se proporcionaba en las grandes ca-
pitales, nada tuvo que ver con el Choc. Las escuelas privadas y ho-
gareas que se establecan a diario en otros puntos del virreinato; las
creadas por cabildos y dirigidas por seglares, de que habla la Novsima
recopilacin de leyes de Espaa, no se asentaron en nuestro medio. Con
estos instrumentos se habra fomentado
46
Rogerio Velsquez
[] la perfecta educacin de la juventud en los rudimentos de la fe ca-
tlica, en las reglas del bien obrar, en el ejercicio de las virtudes, y en el
noble arte de leer, escribir y contar, cultivando a los hombres desde su
infancia y en los primeros pasos de su inteligencia, hasta que propor-
cionen en su vida para hacer progresos en las virtudes, en las ciencias
y en las artes. (Bohrquez, 1956)
El cuadro de la incultura regional debi de ser tan alarmante que, en
1744 se public una Cdula Real con miras a elevar la sabidura de los
que transportaban caudales, pagaban derechos de embarcaciones me-
nores o por hacer contratos con los blancos. Para la alta clase, bastaba
saber que a la plebe se le enseaban las oraciones del cristiano, y que
se la obligaba a confesar sus pecados en las festividades de los santos
que reposaban en los minerales. Leer y escribir sobraron. Las notables
artes de leer, escribir y contar fueron reputadas como actividades per-
niciosas, o motivos de desobediencia o de prdida de tiempo. Es cierto
que desde 1503 se prescribi a los gobernadores la enseanza de las
primeras letras al indgena.
Otros, mandamos decan las instrucciones a Ovando que luego
haga hacer en cada una de las dichas poblaciones e junto con las di-
chas iglesias, una casa en que todos los nios que hubiere se junten
cada dos veces para que all el dicho Capelln les muestre a leer e es-
cribir, e santiguarse, e sigan la confesin o el pater noster o el Credo e
Salve Regina. (Gmez, 1961)
Hasta 1803, estos deseos de los reyes no se realizaron en nuestra tie-
rra. El olvido de la lengua nacional que se buscaba trat de hallarse en
Llor y Quibd con escuelas de primeras letras pagadas por los esco-
lares, caciques, gobernadores y mandones de los caseros sealados.
La guerra de la independencia cort el plan propuesto por el visitador
Carlos Ciaurriz.
Por el golfo de Urab las letras se enfrentaron con serios obstcu-
los. Los agustinos, entre otras comunidades, con celo apostlico y de-
dicacin insuperable, se propusieron aprender la lengua de los cunas
para administrar ms tarde, con provecho, los santos sacramentos.
En tarea tan prolija no se olvidaba el castellano, que serva, entre otros
menesteres, para mantener la distancia entre espaoles y nativos, sos-
tener la tutela sobre el indio, y oponer, como barrera, el dialecto aglu-
tinante de los darienistas contra la rapacidad de los aventureros.
Los indios nobles, sin embargo, tuvieron colegio en Toro, es los
finales del siglo XVIII. La escuela, que naci convertida en resguardo,
se extingui dejando cansancio en los recogidos y vagas noticias cat-
licas. Al final, la indiada regres a luchar contra los opresores, que se
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DESCOLONIZANDO MUNDOS
parapetaban en una moral acomodaticia, en un rango social dudoso y
en una economa inestable con la que se humillaba constantemente a
chancos y coronados, totumas y chocs.
Si la nobleza americana gast ctedra de lectura y escritura, arit-
mtica elemental, latn y gramtica, los dems componentes sociales,
en montoneras y bohos, recibieron prdicas morales para alcanzar
el paraso. As, en Supa y Marmato, Dagua y cabo Corrientes. Por lo
superficial de la enseanza, leles y mohanes, sin entender la razn de
los diezmos y tributos que pesaban sobre cerdos, lechones y palomas,
quemaron y asolaron y regresaron a sus antiguas ceremonias. Como
en la costa del Pacfico, en 1646, en el Darin hubo mrtires descoyun-
tados, sacerdotes atados y atravesados con lanzas, funcionarios sagra-
dos carbonizados y estropeados, pastores degollados y ludibriados por
bebedores, hechiceros y brujos sopladores (Arcila, 1951).
Americanos enemigos del trabajo admitieron la esclavitud del
africano y elaboraron racionalizaciones especficas para justificar su
papel de amos, amparados en la piel, la religin y la poltica, y en resa-
bios burgueses. Poder, riqueza, bienestar se deca deben vedarse
a gentes de color. El negro, para los grupos encumbrados, careca de
inteligencia, aplicacin, buen carcter, cuando no apareca como des-
moralizante y peligroso en medio de la sociedad. No convena, pues,
alfabetizar a los mineros que se haban trado como cimiento del or-
den econmico.
Los africanos, con todo, sin habituarse a su posicin, solicita-
ron escuela.
Desearon modificar el atraso de la Provincia vecinos de Nvita, para lo
cual se dirigieron al Gobierno central, en 1802, para que se les proveye-
se de escuelas primarias en donde sus moradores e indios aprendieran
la religin y las letras y las prcticas estatales. (Nieto, 1955)
La peticin no fue atendida. El pueblo llano, la cabeza servil, deba
asimilar las costumbres de sus superiores, y conformarse con los sen-
timientos y creencias que se les infunda entre martirios y evasiones.
Los das coloniales chocoanos transcurrieron sin luces en mine-
ra y agricultura, en cabotaje e industrias caseras. No hubo telares ni
ruedas ni caballos ni buques. Fuera del monopolio de los metales y
de las tierras ribereas, prim, por aquel tiempo, la ley que se violaba
por los superiores del Gobierno, o que se haca sentir con todos sus
rigores en los tumbaderos y entables. Crecer, fabricar y transportar no
fueron lecciones que se dictaran en nuestra comarca, como suceda en
Bogot, Quito o Buenos Aires.
Ni pastoreo ni obraje ni orfebrera ni corrales. Ni cueros ni tra-
piches ni cultivos de caf, algodn o cacao. La penetracin a lomo
48
Rogerio Velsquez
de hombres o en embarcaciones primitivas, no poda ampliar el por-
venir. Los yacimientos de plata y cobre, la pesca en grande escala, la
bsqueda de races y de palos tintreos, no florecieron por las anti-
patas de las castas dominantes. Lo mismo ocurri con la habitacin,
puertos y geografa urbana. Tal vez los seores desconfiados y recelo-
sos que manejaban el territorio y que se combatan entre s pensaron
que hombres nacidos en manantiales y tierras vrgenes deban apren-
der a callar y a obedecer para sostener de esta manera el equilibrio
del Virreinato.
Pero la vitalidad de los cados estaba en su hermetismo, en su fru-
galidad, en los segmentos que integraban su mundo. Las viejas esen-
cias de la libertad estaban en el temple de los ros, en los indios, en los
moldes del payans que crea en la rebelin, en la contumacia de las
botas libres, en la individualidad del africano. El pasto espiritual que
faltaba en el pueblo y que haba pedido en repetidas ocasiones don
Carlos de Ciaurriz, empujaba a los brbaros a ver el mundo con sus
propios ojos, y a aceptar, contra el Estado, que los haba degradado,
vendido, jugado y traicionado, la accin punitiva de la violencia que
se senta llegar de cien puntos diversos.
LAS CLASES SOCIALES
LA NOBLEZA
Los empleados del Virreinato en el Choc constituyeron la nobleza.
No fue la tal originada en la sangre o en ttulos del soberano, pues, Ots
Capdequi, investigador de estos asuntos, dice a propsito:
Ni siquiera las primeras noticias llegadas a la Corte del hallazgo ex-
traordinario de unas islas misteriosas que el destino haba interpuesto
en las rutas marinas del primer Almirante de las Indias, hicieron me-
lla importante en el nimo de los gobernantes ni lograron provocar el
entusiasmo de las clases sociales aristocrticas. (Ots Capdequi, 1941)
Lo preclaro de tantos buscatesoros fueron los gajes otorgados, gracias
a los tiempos que se vivan, a la sicologa del pueblo espaol y a la
ndole colonizadora de las tierras americanas.
Estos empresarios, al mezclarse con otras razas claras, produje-
ron la jerarqua del territorio. Debajo de ella quedaron adelantados,
conquistadores, descubridores y pobladores ultramarinos, aunque
fuesen hijosdalgo de Indias, como reza la Ordenanza 99 dada por
Felipe II. Estas nuevas familias avasallaron los comandos y ventajas
para fomentar, a su manera, el avance del pas que poblaban y cultiva-
ban en forma ilgica y anormal, o bien entre tensiones y torturas que
producan la inestabilidad, la confusin y la anarqua en el empleo del
esfuerzo y de los recursos disponibles.
49
DESCOLONIZANDO MUNDOS
Tasando precios y controlando champanes; organizando arrien-
dos y monopolios o suministrando ornamentos para las iglesias; vi-
gilando el cumplimiento del decreto que conceda permiso al Darin
para comerciar con La Espaola; pesquisando contrabandos de plata,
oro, monedas, esclavos, armas y guanines conforme a la ordenanza de
1504; o pensando en diezmos sealados en la Cdula de Talavera del 6
de julio de 1540, los delegados de los reyes se dividieron la tierra. Poya
y Tatam, Noanam, Citar y Baud los vieron en todos los puntos
cardinales engrosando su patrimonio, sin importarles los juicios de
residencia, las crceles o los dictmenes adversos contra su honesti-
dad que luchara por obrar en armona con la moral del cristianismo.
Aunque no trabajaban fsicamente, nunca descansaban. Cuando
se conclua una cuestin, apareca otra. Si no era el tributo indio, era
el recaudo de la bula de la Santa Cruzada para allegar fondos para
vencer a los infieles. Reposando el nimo, se entraba en quintos reales
derivados de plata, oro, plomo, estao, azogue u otro metal. Espao-
les hubo para examinar documentos relacionados con la consecucin
de esclavos, otear costas, etc. Al cansarse de esto, soaban con pensio-
nes y repartimientos lejos de la manigua, o con olivares y viedos en
la tierra natal, ya que en este refugio el vino escaseaba con frecuencia,
la carne, cuando haba, se alteraba, la sal se corrompa, las botas y las
lanzas se llenaban de moho, y el calor y las plagas no permitan soar
en cosas grandes.
Por el cobro de tributos varias veces; por venalidad; por especu-
laciones con artculos de consumo; por deportaciones de indios; por
abusos de autoridad al aplicar las instrucciones de los reyes, de 3 de
octubre de 1558, donde se ordenaba a espaoles, indios y mestizos
vagabundos juntarse y poblar (Puga, 1878), para contribuir de esta
manera a la grandeza de la colonizacin, ociosos y vagos que vivan
del juego, sin casas de habitacin ni domicilio fijo; los desplazados
de ladroneras y montaas; los que haban olvidado los oficios apren-
didos en la madre patria, adems de indios y negros, odiaron a esta
clase que derivaba su ingreso del ejercicio de gentes que, sin alimento,
metan sus humores, sus enfermedades y su alma en los huecos de los
canalones, en los maizales, o encorvaban las uas en la extraccin de
races, cscaras y frutos.
No menguaba en nada la vala del empleado la consecucin de
las prebendas por ddivas o compras. Entre los que comerciaban ca-
seros aparecen alguaciles mayores y alfreces mayores, escribanos
de gobernacin y escribanos de cabildos, escribanos pblicos y del
nmero, y escribanos de minas y registros, y jueces de la real hacien-
da. Caudillos, justicias, procuradores y mayordomos, fiscales que no
fiscalizaban, protectores de indios que no protegan, tenientes y go-
50
Rogerio Velsquez
bernadores, cierran la lista. Con el sueldo se les repartan solares y
tierras de estancias, como las que dio, en 1535, Alonso de Heredia
y que historia Castellanos: Sealan plazas, calles, pertenencias, / al
norte, sur, oriente y al ocaso.
Esta era la nobleza que en los das soados llegada de un virrey
a Bogot, exaltacin de un prncipe al trono, nacimiento de un infan-
te vesta pantaln a la rodilla y largas medias, zapatos con hebilla,
casaca larga, abierta en los costados y mangas ajustadas, chaleco lu-
joso largo por delante, capa espaola, joyas y adornos. Los vestidos
de pao de Segovia o de Bjar se dejaban para lucirlos en Espaa, en
donde, al calor de vinos de La Mancha o del Reino de Sevilla, se pudie-
ran entonar canciones castellanas o gallegas, andaluzas o aragonesas
impregnadas de fuerza como la raza misma.
LOS TERRATENIENTES
De brazo con la nobleza comarcana caminaron los que haban alcan-
zado las tierras desde 1513 en adelante. Las razones de entregar la
comarca a descubridores y pobladores las resume la Ley 1, tt. 12, lib.
40., de la Recopilacin, con las siguientes palabras:
[] porque nuestros vasallos se alienten al descubrimiento y pobla-
cin de las Indias y puedan vivir con la comodidad y conveniencia que
deseamos, es nuestra voluntad que se puedan repartir y repartan casas,
solares, tierras nuevas en los pueblos y lugares que por el gobernador
de la nueva poblacin les fueren sealados haciendo distincin entre
escuderos y peones y los que fueren de menor grado y merecimientos,
y los aumenten y mejoren atenta la calidad de sus servicios para que
cuiden de la labranza y crianza. (Ots Capdequi, 1941)
La venta de las tierras, llamadas vacas por el Gobierno, y las orde-
nanzas mineras, afianzaron el prestigio de los terratenientes. Prego-
nes como los de Sevilla, en 1511; concesiones y capitulaciones con
vasallos excepcionales y cdulas como las de 1504, 1511, 1529 y 1619,
reafirmaron la voluntad de podero de una casta que naca con escla-
vos, y, con parrafadas e influencias, corra sobre los Andes y era duea
de todos los riachuelos de la costa.
Lo aleatorio del producido minero, y los gastos de sostenimiento,
llevaron a la Corona a arrendar o vender sus minas ricas o de nacin.
Espaoles, americanos e indios podan conseguir estos entables pa-
gando al fisco el quinto correspondiente. No deban ser mineros los
ministros, gobernadores, corregidores, alcaldes mayores y sus tenien-
tes letrados, ni alcaldes ni escribanos de minas, porque, adems de
mantener una zona neutral en los conflictos, tenan ellos una cuota
mensual que sala del forcejeo de los humildes que, en ocasiones, ni
51
DESCOLONIZANDO MUNDOS
rean ni lloraban, sino que se daban como animales inferiores en el
fomento de la inmigracin.
As nacieron los grandes magnates de la costa. Los Tenorios, en Mi-
cay, Naita, Mechengue, Aguaclara, Chuare y Santa Brbara; los Mos-
queras y Arboledas, amos de Timbiqu y de gran parte del alto Choc;
Francisco Parada, fundador por segunda vez de Iscuand y dueo de
Sanabria; los Crdobas y Palomeques, poseedores del bajo Atrato; los
Palacios, de Crtegui; los Orobias, de Guapi; los Olayas, de Tapaje y San-
quianga, Satinga y Aguacatal, Nerete y Pulviza; Angulos, Sarmientos,
Castillos y Albanes que empuan el poder en Telemb y sus afluentes.
Con ellos se extiende la esclavitud de los africanos hasta Quito y Pa-
nam, abarcando las sierras de Naya, Yurumangu, Raposo, Calima y
Cajambre, pueblos y caseros donde ejercieron autoridad ilimitada los
agentes de Pedro Agustn de Valencia y Sebastin Lanchas de Estrada.
La vida del terrateniente est contada en multitud de documentos
por viajeros e historiadores. Sirvi para completar el descubrimien-
to de la comarca, para trazar los primeros caminos, para avivar el
descontento contra Espaa, especialmente entre indios y negros. Casi
siempre se caracteriz por la dureza contra los esclavos, por fricciones
con otros mineros, por la burla al tesoro pblico, por sus costumbres
disolutas. Al terrateniente se debe el mestizaje racial que comenz con
el indio y se desparram ms tarde sobre la raza africana.
EL SACERDOCIO
El Choc, tierra de contradicciones, padeci, hasta 1810, lucha de
clases, de sentimientos y aspiraciones. Divergencias por impuestos,
esclavos, privilegios y jornales; choques y fricciones por una econo-
ma sin saldo favorable para proyectarse sobre el Virreinato crearon
grupos que se aniquilaban por gajes lejanos o por simples caprichos
de los colonizadores.
El papel preponderante de la curia, que buscaba en nuestra re-
gin extinguir la magia, el ttem y el fetiche en negros e indios, se vio
deslustrado por el demonio de las ambiciones. La riqueza mineral, la
codicia de los capitalistas de otras regiones, el deseo del clero de otros
sitios que anhelaban disfrutar de los curatos, hizo nacer la malqueren-
cia contra los misioneros. Los primeros en sufrir el choque de fuerzas
extraas fueron los candelarias, que abandonaron el bajo Atrato en
1636. Bucaneros piratas y negociantes, que conculcaban las reales dis-
posiciones al trasegar por el gran ro, impusieron la necesidad de su
retiro. Aos ms tarde, franciscanos y jesuitas hicieron otro tanto por
la defensa de la vida.
En 1689 dejan el pas los jesuitas. Comprendiendo que servan de
obstculo a la expansin de las oligarquas seccionales, se marginaron
52
Rogerio Velsquez
en las selvas del Amazonas. De ah en adelante desaparece el conven-
to de Toro, y vuelven las tribus que se domesticaban con la doctrina
oral al vagabundaje y a las fallas culturales anotadas por fray Juan
de Quevedo en la silla episcopal de Urab, creencias y supersticiones
descritas minuciosamente por fray Pedro Simn en el tomo I de sus
Noticias historiales.
La curia se enfrent a la selva y a los naturales que crean en
deidades que atraen el rayo y la lluvia, aumentan la caza y la pesca,
desbordan los torrentes, dan o curan las enfermedades y alimentan
los cultivos. Despus luch con los altos empleados, con gobernadores
que embarcaban frailes a Cartagena o los encarcelaban, como proce-
di Carlos Alcedo y Sotomayor con el franciscano Juan Jos de Cr-
doba, en 1681. Representantes del imperio, como se crea el sacerdo-
cio, no poda dejar violar sin querellas ni algazaras las instrucciones
impartidas a Nicols de Ovando en 1504, ni las voces de Alcal de
Henares y Zaragoza en 1503, ni menos las ordenanzas de 1554, que
buscaban la grandeza interior de esos que se consuman bajo tercios
de cuatro arrobas sin ms alimento que pltano y harina de maz.
La iglesia espaola en la Colonia dice Eduardo Mendoza Va-
rela, si exceptuamos breves intervalos, no fue tan solo un Estado
dentro del Estado, sino un gobierno por encima del mismo Gobierno
(Mendoza, 1963). Por esta razn, los doctrineros acusan a los gober-
nadores por retencin de sueldos. As lo hizo el presbtero Luis Anto-
nio de la Cueva, en 1672. Despus de demostrar al juez de residencia
que tena permiso de la Audiencia de Santa Fe para ensear a los
indios de Noanam y el Raposo, San Lorenzo de Supa, Paya y Citar,
enumera los riesgos vencidos en las provincias citadas, su valenta de
fundador de Cajamarca, y poblador de Tatam y Noanam, para con-
cluir pidiendo el pago de sus servicios como plantador de la fe entre
brbaros que servan a militares en zonas de provincia.
Por minas tambin hubo jaleo. En Santa Brbara de Iscuand
se acusa al sacerdote Francisco Rugi, de la compaa de Jess, por
llevarse los indios con ciertos pretextos de que les quiere ensear
la doctrina, para, en el ro de Timbiqu, servirse de ellos sacan-
do oro (Pacheco, 1955). Sacerdotes mineros fueron Francisco de
la Parra, de Santa Brbara de Nvita; Clemente Miranda, de Yal;
Rafael Antonio de Cerezo, de Nvita y Tad. En esta empresa riva-
lizaban con alfreces, maestros de campo, descubridores y colo-
nizadores que se repartan la comarca. Para detener la ambicin
sacerdotal decan los seglares era necesario providencias como
las empleadas en Nueva Espaa, en 1533, antes de que la tierra
toda fuese de la curia, como haba ocurrido en Mjico de 1570 en
adelante (Bargall, 1855).
53
DESCOLONIZANDO MUNDOS
Litigios hubo entre religiosos por jurisdiccin, minas, manejo de
caudales y esclavos, incumplimiento de capitulaciones de entradas y
funciones, diezmos y primicias. Hijos de su poca, amaron el oro, el
nfasis, la fuerza. Dedicados a su negocio, segn Francisco Silves-
tre; con vida licenciosa, y desarreglada hasta convertir el ministerio
de edificacin en ministerio de perdicin (Groot, 1890); pobres y
sin letras, lo que los obligaba a hacer cosas indecentes a su estado
(lvarez, 1955), cumplieron, sin embargo, su tarea en lo social, polti-
co y econmico. En la vida chocoana se les hall acondicionando los
hbitos, las ideas y la sicologa del pueblo, dando normas y estilos,
participando en fiestas pblicas y privadas y haciendo obligatorio lo
que acrecentaba su poder. Para conseguir lo que deseaban lucharon
pblicamente contra comerciantes y pobladores, amos y mineros,
potentados locales y representantes de Espaa, contra jerarcas de la
Iglesia y clero llano, con indios, feligreses y negros, contra todo lo que
estorbaba el logro de sus aspiraciones.
EL INDIO
La situacin social de los nativos era calamitosa en los comienzos
del siglo XIX. Hasta 1661, el reconocimiento de la autoridad del Rey
provocaba, en Citar y Tatam, guerrillas armadas, pactos y com-
promisos de no agresin, que se incumplan con frecuencia. El ran-
cho indgena se vio en las cabeceras de los ros y en los picos de las
cordilleras, en todo lugar que estuviese a salvo de perros canbales
que ganaban sueldos, y de hombres que cobraban impuestos para las
instituciones espaolas.
Sera un error negar que la accin evangelizadora del sacerdocio
no mell asperezas ni costumbres de los naturales. En 1780, Juan Ji-
mnez Donoso los hall dciles y simples en su modo de explicarse
y de portarse, viviendo sin fausto y sin ambicin, adictos siempre a
bebidas embriagantes cuyo desorden degenera en lujuria y a veces
en supersticiones (Ortega, 1921). Empero, la dureza de la vida que
soportaban los haca huir de los pueblos del Tigre y Tarena, Cacarica,
Calidonia, Cupica y Llor, Pavarand y Murr, y someterse a perma-
necer en despoblados y costas inhspitas, en cejas de montes sin ca-
minos o en barrancos de tres varas.
Cerca de las ciudades ejerca oficios varios. Cuando se le arre-
bataba la parcela, entraba el indio a trabajar en los montes de los
corregidores por seis meses, para recibir en pago, menudencias. En
algunas provincias del Choc dice un autor y especialmente en la
de Tatam, se les lleg a tiranizar obligndolos a llevar cargas a cues-
tas por speras montaas, o por agua en canoas, mal comidos y peor
tratados y pagndoles su trabajo con gneros y mercancas que con
54
Rogerio Velsquez
frecuencia les eran intiles y siempre se las daban a precios exorbi-
tantes (Arboleda, 1948). El carguo indgena ms comn se llevaba a
cabo de San Juan de Cham al puerto de Andgueda, en diez o quince
das, empleando tres o cuatro naturales en la conduccin de tercios
que exigan siete u ocho trabajadores. No llevando alimentacin por
la imposibilidad de portarla, tomaban los cargueros para su nutricin
de los fardos que conducan, gastos que se les elevaba en cantidad de
precio, viniendo al fin de la jornada a ganar poco o nada, o a quedar
comprometidos a hacer nuevos viajes que esclavizaban para siempre.
En todo esto se incumplan las leyes, especialmente la 6, 7, 8, 9
y 10, tt. 10, libro 60, que prohiban hacer de los naturales bestias de
carga, as lo consintieran. Con el pago de jornales en las formas cita-
das, se violaban las leyes 2 y 3, tt. 10, libros 40 y 50, para no recordar
cdulas, provisiones, pregones y ordenanzas que salvaguardaban su
prestigio de sbditos de Espaa.
El miedo a la matrcula; el ser bestias de carga; el robo de sus
mujeres e hijas, accin condenada por la reina Isabel el 3 de agosto
de 1533; el temor al cristianismo, que deca una cosa y haca otra; el
permanecer en pueblos fijos y vestidos y hablar en castellano; la re-
presin de sus bebezones y sus dioses, estimularon, primero, el odio
al peninsular o al blanco en general, a los mestizos y criollos, negros,
zambos y mulatos, y, despus, en forma abierta, la guerra sin cuartel.
EL NEGRO
La base de la pirmide social estaba formada por negros que valan
menos que los indios. Esclavos como los moros, sus descendientes
estaban sujetos a los sufrimientos del titulaje. En las ciudades o en los
campos eran bienes terrenos de otros hombres, cosas como el ganado
o los cerdos, brazos para explotar o sembrar, bueyes que servan solo
para construir heredades de poderosos y letrados.
Jurdicamente todo el mundo poda conseguir piezas de bano.
Mayores o menores de edad, varones y hembras, capaces e incapa-
ces, nacidos o por nacer, americanos o espaoles europeos, seglares o
eclesisticos, civiles o militares, nobles o del fuero comn. Al feto se le
conseguan siervos para cuando pudiese gobernarlos. Para ser amo en
tierra firme, bastaba con nacer vivo, respirar veinticuatro horas natu-
rales, tener forma de hombre sin miembros de bestias, ser bautizado
antes de que muriese. La Ley XVI, tt. VI, partida VI, lo dispona de
esta forma.
Comprado con oro sellado, tejos, oro en polvo o plata pura, lo-
tes de tabaco, azcar, cacao, arroz, maz, races, carnes o pltanos,
se le marcaba en la espalda, cadera o pecho, con letras o seales de
los amos. Esta costumbre haba sido corregida por Carlos III, el 4 de
55
DESCOLONIZANDO MUNDOS
noviembre de 1784, pero en el Choc subsisti hasta 1800. Para inuti-
lizar las marcas de carimbar en nuestro territorio no haban valido
rebeliones africanas, desrdenes pueblerinos, el labrar silencioso en
minas y sementeras, el oro levantado en todas partes.
El africano soport castigos excesivos. Por el robo de una esper-
ma (Posada, 1935), fugas que se castigaban con heridas que se caute-
rizaban con aj, fuego y sal, o con collares de hierro que se soldaban
sobre el cuello, adems de los celebrados perros de presa, cepo y lti-
go, los grilletes y las marcas, el pregn, el tumbadero y las campanas,
los cortes de orejas y narices, piernas y corvejones. Por algo se deca
que la cabeza servil careca de derechos.
Lo inhumano de los superiores condujo a los africanos a toda
suerte de locuras. Se paralizaron las minas y las siembras, o se busca-
ba con ahnco la carta de rescate, miraje ilusorio si se considera que
la tal vala de tres a quinientos patacones que, si se recogan en las
faenas de los das de fiesta, con limosnas y regalos, el amo reciba el
dinero y retena la libertad. Cuando el esclavo demandaba, si se atre-
va a ello, el seor negaba haberlo recibido o confesaba diciendo que
el manumiso se lo haba robado (Rojas, 1922).
En gran nmero se registraron suicidios por temor a la esclavi-
tud, y asesinatos cometidos por negras en las personas de sus hijos
para librarlos de la coyunda futura. En todas partes se vieron negros
que pedan ser vendidos a nuevos amos para procurarse vestidos, ali-
mentacin y medicina; concubinas que malparan a consecuencia de
los castigos; amos que maltrataban a sus siervas para provocar los
abortos; infelices, en fin, que mataban a sus superiores ante la impo-
sibilidad de trabajar como muchos para sostener grandes familias.
Para el espaol que no trabajaba, el esclavo no deba tener otro
Dios que su amo, y a l tena que entregarle el fruto de sus inquietu-
des. Con hambre fsica; desnudo; aislado de sus hermanos en raza;
en habitaciones lacustres, insuficientes y malsanas; sin medicina;
sin poder abrazar profesiones que lo libertase de los zambullideros;
pen de canoas, pescador y cazador; sin poder tener a su servicio
otros seres que le ayudasen en sus faenas cotidianas; prohibido de
casarse con razas claras, asistir a diversiones de espaoles o de in-
dios, llevar armas, andar de noche, comprar en villas y mercados;
utilizado como moneda en los juegos o como dinero para saldar
compromisos comerciales; construyendo pueblos, levantando igle-
sias, fabricando crceles, dotando al sacerdocio del snodo tasado,
pero sin disfrutar de sueldos ni solares, caballeras o peonas, lleg a
1810, fecha en que empez a variar el ritmo de las instituciones del
Reino, y con estas, su existencia.
56
Rogerio Velsquez
LA MASA FLOTANTE
La masa flotante de la poblacin del virreinato, estaba formada por
gente ociosa y como tal aplicada a la rapia y hurtos y otros delitos
consiguientes en estos (Giraldo, 1954), escribi un da el mariscal de
campo don Antonio Manso y Maldonado. Entre tantos americanos y
europeos pueden situarse a negros e indios que buscaban, al calor de
las contradicciones econmicas, polticas y sociales, evadirse del go-
bierno que emanaba de Espaa.
El cuadro debi ser inquietante, si nos atenemos a las considera-
ciones del arzobispo-virrey, que dice:
Se ven fertilsimos valles, cuya abundancia pide la mano del hombre,
ms para recoger que para trabajar; y, sin embargo, se hallan yermos
y sin un solo habitante, al mismo tiempo que se pueblan las montaas
speras y estriles de hombres criminosos y forajidos, escapados de la
sociedad, por vivir sin ley ni religin. Bastara delinear un abreviado
mapa de la poblacin del Reino para que se conociese la confusin y
desorden en que viven estos montaraces hombres, eligiendo a su ar-
bitrio y sin intervencin del Gobierno, ni de los jueces subalternos, el
lugar de su retiro, tanto ms agradable para ellos cuanto ms apartado
de la Iglesia y de su pueblo. Esto nace de la antigua y arraigada libertad
de huirse los unos de los otros para poder vivir a sus anchas y sin rece-
lo de ser notados en sus infames y viles procedimientos. Los hombres
medianamente acomodados se llaman aquellos que por falta de provi-
dencias precautivas de la demasiada agregacin de tierras en un solo
sujeto, han podido a viles precios adquirir inmensos terrenos en que
por lo regular tienen como feudatarios a los de inferior fortuna. Los
primeros perseveran ms arraigados a sus posesiones por la ganancia
que reciben de sus esparcidos domsticos; pero estos, que forman el
mayor nmero de habitantes libres, hacen propiamente una poblacin
vaga y volante que obligados de la tirana de los propietarios, transmi-
gran con la facilidad que les conceden el poco peso de sus muebles, la
corta prdida de sus ranchos y el ningn amor a la pila en que fueron
bautizados. Lo mismo tienen donde mueren que donde nacieron, y en
cualquier parte hallan lo mismo que dejaron. (Giraldo, 1954)
Gentes alzadas, como las del Sin y Cartagena, descritas y apacigua-
das por Antonio de la Torre y Miranda; negros dispersos en el golfo,
Cana y Panam; africanos huidos por ros y quebradas que paraban
en istmos donde inquietaban con sus rapias y depredaciones; indios
confinados como los de Cacarica que, al llegar a Juntas del Taman, se
volvan vagabundos amparados por los montes; barbacoas escondidas
y lejanas, como las que vio Alonso de Garca en la Villa de Anserma
(Ortega, 1921); ociosos y vagos que vivan del juego, sin casas de ha-
bitacin ni domicilio fijo; hombres enojados con la Corona, porque,
57
DESCOLONIZANDO MUNDOS
habiendo olvidado los oficios aprendidos en Europa o Amrica, eran
obligados a alquilarse en los trabajos diarios, recibiendo el jornal que
mandaba la Ley 1, tt. XII, libro VI de la Recopilacin, desearan aca-
bar con la dureza y rapacidad de los agentes del Gobierno, con las
arbitrarias detenciones y reconocimientos en los trnsitos, con las di-
ficultades de obtener pronta justicia rebajando los costos de los plei-
tos, y dar fin al engreimiento de los ministros y jefes superiores que
odiaban a los naturales (Banco de la Repblica, 1960).
Entre esta masa flotante pueden incluirse a piratas y bucaneros
que visitaron la comarca. El oro de Cana, Quibd y Antioquia propici
estas incursiones. Sir William Paterson y sus acompaantes en 1698
no deben colocarse en esta lista, pues el ingls pensaba asentarse en
la tierra para arrebatar las llaves del mundo a Espaa, haciendo de
su fundacin un puerto libre en donde no existiesen diferencias de
partido, de religin o nacionalidad (Restrepo, 1930).
Verdaderos corsarios fueron Francis Drake y Juan Hawkins,
quien se posesiona del golfo en 1563 con negros guinenos; Francis
LOlloneis, muerto en las desembocaduras del Atrato a manos de los
indios; Lionel Wafer y Guillermo Dampier, en 1680; el capitn Long,
que enarbola la bandera inglesa en Trigand, en 1689; Vernon, en
1745; Miguelillo, San Martn y compaeros, en 1758, los que ejecu-
taron muertes y latrocinios en las personas de los indgenas (Hernn-
dez, 1956).
Bajo el mando del francs Coxon, en 1679, Hawkins, Sharpe y
otros traicionados por Morgan en Panam, llegan a la provincia del
Darin. Indios de este lugar haban informado la posibilidad de atacar
a Chepa, cerca de la mar del Sur. Al oeste de la desembocadura del
Atrato deciden atacar a Santa Mara, defendida por una guarnicin
de cuatrocientos espaoles. Con banderas rojas, armados de pistolas
y puales, garfios y mosquetes, atravesando bosques, ros y planta-
ciones, precipicios perpendiculares y sierras empinadas, tomaron el
pueblo, despus de hacer veintisis bajas y de dejar sesenta heridos.
Hubo escaso botn. En esta ocasin intervinieron los indgenas por
venganza contra el gobernador espaol que se haba robado la hija
del cacique del Darin, a quien tena por esposa (Esquemelin, 1945).
Botas libres, en 1679, entraron al Choc, por el Atrato, Coxon y
Cook, con 600 hombres, remontaron el ro arrostrando penalidades y
ataques de los naturales, hasta el real de minas de Quibd, apresando
espaoles que se ocupaban en el cambio de oro.
Los expedicionarios portaban sendas fuertes maletas para cargar el
oro que consiguieran en la aventura; pero siendo combatidos por las
gentes y por los indgenas, por la naturaleza que les era hostil, regre-
58
Rogerio Velsquez
saron sin tesoro y malferidos a buscar sus embarcaciones de mar, que
haban dejado en las bocas del Atrato. (Restrepo, 1952)
En 1703, cuenta Jimnez Donoso,
[] la armada inglesa con pocos efectos de su poder costeaba sin opo-
sicin hasta en la Amrica, y sin tener suceso feliz, doscientos ingleses,
esperando mejor fortuna, entraron por el golfo del Darin, y poniendo
pie en tierra pasaron a Antioquia, con nimo de saquearla. El goberna-
dor que no recelaba este peligro se hall sin soldados espaoles para la
defensa, y animando a los indios se armaron como mejor pudieron con
palos, tostadas las puntas, piedras, algunos con espadas y lanzas, aun-
que pocos, todos los cuales dieron sobre los enemigos con tanto valor,
que no solo evitaron su dao, sino que enteramente los derrotaron, sin
que se escapase uno de sus manos. (Ortega, 1921)
Indios y negros, mulatos y mestizos, tuvieron, frente a corsarios y bu-
caneros, conducta cambiante. Acorralados como estaban, buscaban
un escape. Con la Corona o contra ella, pareca ser el grito de espao-
les rapaces, de nativos que vivan ajenos a la vida nacional, de mula-
tos escandalosos y viciosos, y de africanos aptos para golpear con los
cerrojos de su jaula, a la derecha o a la izquierda.
LAS REBELIONES DE LA PLEBE
Indios y negros, por el tratamiento recibido, dieron seales de vida. No
saban ellos que con los movimientos revolucionarios se debilitaban
los resortes esclavistas, los lazos familiares, la Iglesia y el obraje, la pre-
potencia de los mandatarios. Sin embargo, sentaban su protesta por el
trabajo obligatorio en los das de fiesta, para decir, a voz en cuello, que
no podan atender el sostenimiento de la parentela con el estipendio de
un real, o para informar a las clases privilegiadas que no aceptaban los
gravmenes por el lavado de las escorias del ro, cazar o pescar, o por
los pechos que se extraan a cada esclavo que dejaba de concurrir a los
minerales. Los de abajo saban, con todo, que cada brote de descon-
tento se castigaba con ventas a la carrera de los revoltosos, o bien con
cuerpos descoyuntados, ensangrentados y en patbulos.
Con la ninguna medicina, apareca la historia del vestido. El ne-
gro, por ejemplo, cubra sus desnudeces con trapos regalados por los
amos: calzn de fula para los das de misa, taparrabo para los comu-
nes y bayeta para las mujeres. En esto se segua la costumbre ameri-
cana de ver a los africanos en
[] ranchero diseminados entre aquellos bosques espesos, cinagas
y caos, sin vestidos, de que no necesitaban por no tener vergenza,
59
DESCOLONIZANDO MUNDOS
pues solo las mujeres se ponan un escaso guayuco en la cintura o un
tetero hecho con un pauelo grande que se estaban por dos de sus
puntas sobre la nuca y por las otras dos en los lomos, formando por
delante del pecho un velo undoso y desleal que haca traicin, cuando
no al calor, al volumen. (Espinosa, 1944)
Cara a estas necesidades nacieron los conflictos sociales. Crtica, insa-
tisfaccin, ansias de tener tanto como los dems, ilusin de reglamen-
tar el trabajo y de acabar con lo existente. Para tener derechos como
persona humana, ocupaciones y medios de mejoramiento gradual, el
de Zambeza o Costa de Oro sigui, cuantas veces le fue posible, los
ejemplos de Boyano y Mozambique en Panam, o la leccin de San
Basilio de Palenque en la caribe Cartagena.
Porque daba lo mismo morir en la pesca de perlas, mina o nave-
gacin o huyendo de la ira de los terratenientes. En este ltimo caso
se perda la lengua, las orejas o los miembros genitales, o se mataba de
frente al dueo de los entables, al capataz o corregidor.
A individuos que no
destinaban un grano de oro de sus propiedades para el sostn de misio-
neros que llevaran a los salvajes independientes, y mantuvieran, entre
los negros esclavizados, la luz del cristianismo; a los que no favorecan
hospitales donde pudieran refugiarse los negros inutilizados por el lar-
go servicio; a los que no fundaban escuelas donde los nios esclavos
se hicieran medio racionales; a los que no velaban por lugares donde
pudieran residir autoridades que vigilaran los tesoros extrados diaria-
mente; a los que no daban para prisiones donde regenerarse los crimi-
nales; ni para mejoras que hicieran menos insalubres aquellos climas
enervantes, ni para vas donde penetran el comercio y la industria y la
civilizacin [],
a tales hombres se les poda hacer la guerra, destronarlos y extinguir-
los si fuera necesario. El Choc, tributario del Cauca, aprendi de Cali
a defenderse. Los sucesos de 1536, 1602, 1743, 1775 y 1778, relatados
por cargueros, bogas y baquianos, sostuvieron el fuego de combatir al
Virreinato. Cuando el escndalo trataba de apagarse, lo atizaban Car-
tago, Buga, Anserma, Caloto y Toro con la instigacin de sus plebeyos.
Cartagena, entre tanto, enviaba, junto con sus champanes, noticias
alarmantes sobre Carlos IV, o sobre su esposa Mara Teresa de Parma,
Godoy o Manuel Mallo, o sobre nuevas y extraordinarias contribu-
ciones para contener a los franceses que irrumpan altaneros sobre
Espaa y sus posesiones.
A estos estmulos se sumaban los piratas. Mostrando a las gen-
tes que la metrpoli se poda vencer, contaban, a su manera, lo que
60
Rogerio Velsquez
ocurra en la Pennsula. Un territorio desvertebrado y desordenado
polticamente; mandatarios con diferencias culturales, y reyes mani-
ticos, dbiles o dementes. En Amrica, como secuela de lo anterior,
aparecan los sistemas polticos donde proliferaban los impuestos, sa-
cerdotes que luchaban entre s, castas que se perseguan apoyndose
en palaciegos venales. En no pocos levantamientos del golfo, los bas-
tardos de la costa, con sus prdicas continuas, fueron decisivos.
Adems de lo dicho, muleques, mulecones y piezas de Indias
crean con firmeza en la existencia de una orden real que conceda la
libertad a los africanos, pero que blancos interesados la retenan para
su provecho personal. Esta suposicin, errnea tal vez, pero que hizo
carrera en el Nuevo Mundo, puso ruido en Antioquia, en 1781. En el
Choc, donde las razones abundaban, la conseja mantuvo los nimos
sobre exaltados y dispuesta la voluntad a la aventura. Esclavos que se
mataban para no servir a los amos, como el Jelofe Lepaa, historiado
por don Eduardo Posada, esclavos que corran los peligros del cima-
rronaje provocaron disturbios en diversos puntos de la comarca.
Los hechos se agudizaron con la noticia de la obra libertadora
llevada a cabo por don Lorenzo de Agudelo, en Santa Fe de Antioquia;
Jorge Ramn de Posada, en Marinilla; y Francisco Ignacio Meja, en
Rionegro. La informacin de lo realizado por los patricios citados se
extendi por el Len y Murr, Bebar y Bebaram, de boca en boca y
de odo en odo, poniendo en predicamento la conducta del goberna-
dor Aguirre, que guardaba, como Jos Barn de Chaves, en Antioquia,
el documento que haba manumitido a centenares de personas en So-
corro, Sopetrn, Guarne y San Jernimo.
Los terratenientes, sin quererlo, ayudaron tambin a las revueltas.
La relajacin de sus costumbres y el endurecimiento de sus concien-
cias los mantena alejados de Dios. Consideraban que la evangeliza-
cin de sus esclavos afectaba su dominio absoluto y se empeaban, por
lo mismo, en mantenerlos aherrojados en las tinieblas tenebrosas de la
ms absoluta ignorancia. (Martnez, s/f)
La vida ruda, aislada y casi brbara dice otro autor que llevaban
los colonos en sus aldeas, minas y hatos, en lucha con el calor, la hu-
medad, los insectos y las enfermedades endmicas de los trpicos, sin
ms ley que sus propios impulsos, puestos al servicio de la necesidad
de satisfacer los ms rudimentarios y primordiales apetitos de la natu-
raleza, que era ya embrutecedora forzosamente. (Garrig, 1929)
Estos dieron nacimiento al palenque, a los asaltos sorpresivos, a los
combates desesperados. Las rebeliones ms notables que influyeron
sobre los chocoanos, en ms de doscientos aos de existencia, fueron:
61
DESCOLONIZANDO MUNDOS
-- 1688. Sublevacin de los mineros de Negu: Los orgenes apa-
recen sintetizados en la opresin en que los amos tienen a los
esclavos con tan crecido trabajo, castigo y corto alimento que
no son capaces de mantenerse ni tener descanso, dice uno de
los pacificadores.
Fue tan cruel el sometimiento de los facciosos que de las mu-
chas minas y esclavos que las labraban, no quedaron ms de
diez y ocho negros de mina del gobernador Juan Buesso de Val-
ds y doce del licenciado Miguel Bentez de la Serna, y cuatro de
Fabin Ramrez. Murieron muchos y salieron los ms de los que
escaparon con vida por el socorro del Soberano (Ortega, 1921).
-- 1688. Revuelta indgena de Llor: La opresin injusta y el ser-
vicio como esclavos, para pagarles en miriaques y cosas que
muchas veces les son intiles, encendi la sedicin. El tirano
Quiruvida y otros que le seguan como dice el pacificador Car-
los Sotomayor y Alcedo pidieron gobierno propio simbolizado
en alcaldes, capitanes, gobernadores o caciques que entendieran
su lengua y los ampararan de los corregidores (Ortega, 1921).
Negada la proposicin, surgi la revuelta. El maestro de campo
don Juan de Caicedo, ajustici a ms de treinta indios de los
ms soberbios, que al enfermo de accidente violento siempre le
aprovecha la sangra. Sin embargo, quedaron los resentimien-
tos, los ajenos influjos que obligaron a los indios de la regin a
inquietar a los espaoles hasta 1757 (Ortega, 1921).
-- 1719. Motn del Darin: El odio a los evangelizadores promo-
vi el levantamiento, que se vio apoyado por los extranjeros
ingleses que merodeaban por la costa. El estado de zozobra
continu hasta 1723, fecha en que la indiada pas a cuchillo a
los vecinos de Santa Mara.
-- 1727. Nueva revuelta del Darin: Es uno de los ms clebres
motines ocurridos en el siglo XVIII. Tuvo su origen en la mala
conducta del sacerdocio y en el tratamiento desobligante dado
por las autoridades a los indios. Unos y otros los obligaban, no
solamente a hacer rozas de comunidad para su manutencin,
sino tambin para negociar con ellas con sus productos; pero
lo que ms dola a los indios no era esto, sino que los magnates
los apaleaban y hasta los arrastraban de los cabellos, sin que
tuvieran libres de ellos ni los mismos caciques y principales del
pueblo, lo cual fue disponiendo los nimos contra el gobierno
de la Provincia en trminos tales que solo aguardaban la pri-
mera ocasin para sublevarse contra los espaoles.
62
Rogerio Velsquez
Agregbanse a esto las sugestiones de los extranjeros que se metan all
en busca de oro y no perdan la ocasin para concitar a los naturales
contra el Gobierno. Uno de ellos fue un francs llamado Carlos Tibn,
que despus del primer saqueo que en 1712 hecho por los ingleses en
Santa Cruz, llevndose toda la riqueza y esclavos de las minas, vino
con ochenta franceses de los forajidos que infestaban la Provincia, y
juntando trescientos indios del golfo, entraron a sangre y fuego en bus-
ca del oro que se haba sacado de las minas, y cometieran toda clase de
excesos. (Ortega, 1921)
En esta revuelta se oy, por primera vez, el grito de libertar
al Darin del poder de los metropolitanos, idea lanzada por el
mestizo Luis Garca, jefe de los amotinados. Aunque la guerri-
lla fue vencida en Chucunaque, todava en 1734
los indios de algunos franceses que haba de los conjurados con Gar-
ca, bajaron a Santa Cruz de Cana, y como estaba indefensa, la saquea-
ron a satisfaccin. Los indios rebeldes, restos de la faccin de Garca,
haban engrosado sus poblaciones en la montaa con otros que fueron
obligados a seguirlos temiendo los mataran como a tantos que haban
resistido. Estos indios continuaron los asaltos sobre los pueblos some-
tidos al Gobierno, hacindoles ms o menos dao, hasta 1772 en que
se estableci bien la casa fuerte de Yavira, con fuerza suficiente para la
seguridad de la Provincia. (Ortega, 1921)
-- 1728. Levantamiento de Tad: Cuarenta negros expoliados por
las necesidades matan al minero que los diriga y a otros cator-
ce espaoles, poniendo en gran consternacin la Provincia con
la noticia de que se levantaran tres mil de las cuadrillas para
tomarse el Gobierno. El teniente Julin Trespalacios y Mier,
debel la insurreccin, castigando con la pena capital a cuatro
africanos cabecillas del tumulto. Averiguadas las causas se ha-
ll ser la opresin en que los amos tienen a los esclavos con tan
crecido trabajo, castigo y corto alimento, no siendo capaces de
mantenerse ni de tener descanso (Ortega, 1921).
-- 1732. El alboroto del Pata: En el gobierno de Jos Francisco
Carreo se alzaron varios negros y formaron palenque en el
sitio de El Castigo, en el valle del Pata. Se intent reducirlos
por la fuerza pero no se pudo, vindose obligada la Audiencia
de Quito a ofrecerles la paz, la libertad y el derecho de vivir
all tranquilos con tal de que se sometieran a la vida civil, pero
sin admitir otros esclavos prfugos. Aceptada la propuesta, no
cumplieron la ltima condicin.
63
DESCOLONIZANDO MUNDOS
Habiendo crecido la reunin, al mando de un negro llamado Je-
rnimo, Carreo, en 1745, resolvi someterlos, contraviniendo
lo pactado por el gobierno de Quito. Al efecto, una fuerte expedi-
cin dirigida por Juan lvarez de Ura y Toms Hurtado, hacen-
dados del Pata, atacaron las fortificaciones y trincheras levanta-
das por los negros. Toms Alvarado, vecino de Pasto, blanco que
se serva de los cimarrones, hecho caudillo por la turba, qued
herido en la refriega y muerto Jernimo que comand la gente
con piedras y garrotes, lanzas, machetes y fusiles.
El padre franciscano fray Jos Joaqun Barrutieta, que acompa la
expedicin como capelln, por medio de la persuasin y buenos ofi-
cios, consigui que los fugitivos se presentaran y rindieran, y el Cabil-
do acord dar las gracias tanto a l como a lvarez Ura y a Hurtado
por el servicio patritico y til que haban prestado. (Aragn, 1936)
-- 1754. Otra vez el Darin: Reedificados los pueblos de Molineca,
Balsas, Tubcut, Chucunaque, Cape y Yavisa, destruidos por los
corsarios, los indios se rebelaron de nuevo contra los extranjeros.
Empujados por los ingleses, extinguieron a los pocos europeos
que quedaban en el Real de Santa Mara, al lograr dar muerte
a 87 franceses que se encontraban en Portobelo, Caimn, Con-
cepcin, cayos de San Blas y golfo del Darin.
Esta matanza, perpetrada por nativos sobornados, adems
de detener el avance de la agricultura que haba comenzado
a florecer, estimul la codicia de los ingleses que pensaban
apoderarse de las costas, de acuerdo con el plan trazado en
Londres en 1739.
-- 1758. Motn del bajo Atrato: Indios de Tigre y Tarena llevados
a Murind, incendiaron la poblacin de Viga y dieron muerte
al capitn y al fiscal, regresando despus a sus antiguas aldeas
(Ortega, 1921).
-- 1766. Sedicin de Riosucio: En este ao, el capitn Cabrera, de
Calidonia y Ramn, de un ro inmediato, incendiaron la viga
de Riosucio, y dieron muerte al capitn espaol y a ocho hom-
bres que estaban con l, para robarles. Este ataque volvi a
repetirse en 1774, por los capitanes Bernardo, de Estola, y Tov,
de Caimn (Ortega, 1921).
-- 1782. Nueva revuelta del Darin: Indios de Caimn, Concepcin
y Mandinga,
64
Rogerio Velsquez
[] pasan a cuchillo a 140 hombres del Regimiento de la Corona, que
viniendo en su auxilio de Cartagena fueron llevados por un temporal
a las costas del Darin. El mariscal de campo don Antonio Arvalo,
los someti en 1786. Para escarmentarlos se dispuso el plan de hosti-
lizarlos por el sur y el norte, con que se quemaron muchos pueblos, se
mataron animales, se arrasaron platanales, se aprisionaron bastante
de ellos hasta que los redujeron a la ltima angustia. (Prez, 1951)
-- 1806. Disturbio de Pavarand: La convencin de paz y vasallaje,
firmada por los indios y el virrey Caballero y Gngora, en 1787,
fue incumplida por los naturales al atacar el pueblo de Pava-
rand. En esta ocasin fue aniquilado el resto de la guarnicin
trada por el Gobierno para poblar el Darin (Ortega, 1966).
-- 1809. Fusilamiento de don Carlos Ciaurriz: Los informes conti-
nuos del gobernador Carlos de Ciaurriz a la Audiencia de Santa
Fe sobre el estado miserable de la tierra y los abusos de los co-
rregidores y empleados con los del estado servil, movi la con-
jura de Juan de Aguirre, quien, amparado con los vnculos de
sangre que lo unan a la Virreina de Bogot, fusil, sin proceso,
al valeroso gobernador, y asumi el comando del territorio.
La impunidad de este atropello exasper el nimo del pueblo,
que empez a ver en el sobrino poltico de Amar y Barbn
un monstruo de soberbia, de iniquidad y de avaricia, a la vez
que redobl su esfuerzo por debilitar cada da el podero de
los peninsulares.
As lleg el Choc al siglo XIX. Para pacificar la tierra no haban
valido pactos con indios, destacamentos, fuertes, vigas, traslados de
pueblos y familias de una banda a otra, armas y gobernadores. Por
todas partes seguan alentando cimarrones, ingleses, franceses, sol-
dados devorados por el clima, iglesias taladas y sacerdotes sacrifi-
cados, pobreza e ignorancia. Como nadie conoca las artimaas de
Pitt, la ambicin de Bonaparte, el descontento de los mercaderes de
Europa, la circulacin de panfletos, la declaracin de Filadelfia, la
noticia de la Revolucin Francesa, los habitantes alentaban un deseo:
ser libres los padres, los hermanos, los esposos y sus hijos, vale decir,
ser ciudadanos.
65
DESCOLONIZANDO MUNDOS
SEGUNDA PARTE
1810-1820
Ya no podemos dedicar, ni consagrar, ni santificar este
suelo, porque los hombres valientes que en l lucharon,
lo exaltaron con su herosmo y su abnegacin.
Abraham Lincoln
LA NOTICIA REVOLUCIONARIA
La noticia del 20 de julio de 1810 lleg a Citar en los ltimos das del
mes de agosto de ese mismo ao. Ella, y el llamamiento de la Junta
Suprema a las Provincias del Reino para secundar la empresa con el
coraje que se requera, produjeron alborozo en los que vivan esperan-
do. La locura disparatada y el motn irresponsable estuvieron ausen-
tes en esos momentos de jbilo. Si haba llegado la hora de saltar las
barreras de la opresin, era necesario actuar con serenidad, sin los
inconvenientes de los alborotos.
En efecto dice el Diario Poltico de Caldas, el 31 de agosto lti-
mo, 1810, se erigi en Quibd una Junta gubernativa a pedimiento
del pueblo, con adhesin a la Suprema de esta Capital, con el objeto
de atender las necesidades polticas del territorio, sin innovar en las
relaciones de comercio y rentas de la Corona, que se mandaron subsis-
tir como hasta all, mientras no se dispusiese otra cosa por el Consejo
General de las Provincias. (Caldas, 1903)
Es importante destacar que el pueblo pidi la creacin de la Junta
gubernativa que iba a comandar la obra futura. Pueblo, aqu, vale
por seres que se inclinaban a voluntad de los patronos para no mo-
rir en la indigencia. En esta palabra quedan envueltos los habitantes
de partidos mineros, los que luchaban por la existencia en un plano
instintivo para subsistir, los que daban un ritmo brutal a su vida por
bosques de moriche y de seje. La presencia de este pueblo, corrige
la apreciacin infundada de que la regin por su aislamiento y por la
timidez de sus componentes sometidos pasivamente al dominio espa-
ol, permaneci ajeno al movimiento libertario (Contralora General
de la Repblica, 1943).
66
Rogerio Velsquez
Fue nombrado para Presidente de dicha Junta don Jos Mara
Valencia; Vicepresidente, don Toms Santacruz y Barona; vocales,
don Jos Ignacio Valenzuela, don Manuel Borrero y don Manuel Scar-
petta (Caldas, 1903). Para seguir el ejemplo de Bogot, la mesa di-
rectiva se dirigi al cantn noviteo a fin de que hiciera tanto como
sus vecinos. Feligreses y tratantes que movan champanes y arrastra-
ban tercios de mercanca, recogeran el comunicado y trabajaran con
ahnco. Ganar el apoyo moral para la causa era una inmensa y opor-
tuna conquista.
No se equivocaron los quibdoseos.
El 27 de septiembre de 1810 se form una Junta Provincial, guberna-
tiva en aquella capital, con asistencia del Teniente Gobernador de la
Provincia y dems autoridades, el pueblo, curas y jueces, represen-
tantes de los lugares subalternos, los que de comn acuerdo eligieron
Presidente de la Junta al D. D. Miguel Antonio Moreno; Vicepresi-
dente, D. D. Francisco Antonio Caycedo; vocales, D. D. Ignacio Hur-
tado, D. Vicente Vernaza y D. Francisco Antonio Tern, secretario.
Congregados dichos seores presentaron el juramento de obediencia,
sumisin y respeto a la Suprema Junta establecida en esta Capital
en representacin de Fernando VII, y de servir fiel y legalmente sus
empleos, con cuyos requisitos se verific la instalacin de la referida
Junta. (Caldas, 1903)
Comprometida la tierra, permaneci vigilante. Haba llegado la hora
de probar su resistencia, su carcter. Para abrirse paso por entre la
pobreza circundante, suciedad, enfermedades y corrupciones del pa-
sado, era necesario prepararse para repeler las fuerzas exteriores que
caeran sobre ella para humillarla y quebrantarla.
INDEPENDENCIA DEL CHOC
Ya sin las autoridades coloniales, el Gobierno provisional del Nuevo
Reino concret sus actividades a formar un poder lo suficientemente
capaz de enfrentarse con xito a los acontecimientos. En circular de
fecha 27 de julio de 1810 invit a las secciones adictas a la revolucin
a que enviasen un diputado con los que se constituira la Suprema
Junta de Santaf, organismo que convocara a su vez una Asamblea
General o Cortes del Reino, para resolver lo por hacer en favor de Fer-
nando VII (Henao y Arrubla, 1952).
La propuesta tuvo acogida en muchos lugares de significacin.
As, por ejemplo, se alistaron a concurrir Cartagena, Santa Marta,
Antioquia, Socorro, Casanare, Neiva, Mariquita, Pamplona, Tunja y
Choc, especialmente esta, que habilit las delegaciones de Quibd y
67
DESCOLONIZANDO MUNDOS
Nvita. Para hacer parte del Congreso, los atrateos eligieron el 20 de
septiembre de ese ao a don Toms Santacruz y Barona, en tanto que
Nvita dio credenciales a los seores Ignacio Herrera y Luis Azuola,
en eleccin efectuada el 11 de octubre de 1810 (Caldas, 1903).
Aunque la tierra estaba distante de Santaf por muchos centena-
res de leguas, las ideas polticas de aquellos das trabajaban sobre los
chocoanos. Tunja, despedazada por bandos acalorados; Sogamoso,
que buscaba erigirse en provincia; Momps, apartado de Cartagena,
y Girn de Pamplona; Ambalema en contra de Mariquita (Restrepo,
1858), fueron estmulo para que Nvita anhelara aprovechar la con-
fusin para dar el salto de cantn a provincia. Esta refriega casera
inclin a Nvita a presentarse al Congreso con las ideas de Nario.
En este mundo de opiniones, sospechas, proyectos y temores, en
que cada hombre era un sistema (Henao y Arrubla, 1952), se reuni
el Supremo Congreso el 22 de diciembre de 1810. No asisti a las
deliberaciones el representante Santacruz y Barona, pero s don Igna-
cio Herrera, sndico-procurador de Santaf, caleo ilustre que haba
sobresalido en las jornadas del 20 de julio en la capital del Virreinato.
Como amigo del centralismo, Herrera fue beligerante, y asumi en sus
actuaciones la vocera total de los chocoanos.
Para los sucesos de 1811, nuestro territorio estuvo presente. No
rubric la Carta Federal del 27 de noviembre de ese ao; por cuanto
su vocero, don Ignacio Herrera, y el Dr. Manuel Bernardo lvarez,
que lo era de Cundinamarca, quedaron en minora ante los delegados
de Antioquia, Cartagena, Neiva, Pamplona y Tunja, quienes aboga-
ban por una constitucin calcada de la de los Estados Unidos y la
Francia del Directorio. El Choc, amando como amaba al Gobierno
constitucional y representativo, la separacin de poderes y la cada
del sistema fiscal imperante, tena la obligacin de sostener que la
federacin era la ruina de los pueblos nacientes por las exigencias de
su organizacin.
Cinco meses antes de que el Colegio Electoral de Cundinamarca
decretase la libertad del Estado que representaba del poder espaol, el
Choc, infiel a los principios monrquicos, declar su independencia
el 2 de febrero de 1813. En Cabildo abierto integrado por Toms Prez,
Domingo y Manuel Mena, Miguel Buch, ngel Prez, Nicols Gonzlez
Acevedo, fray Jos Talledo, Francisco Garca Falcn, Miguel Montalvo,
ngel Rueda, Domingo Martnez y otros, juraron separar el territorio
de la Corona. En lo adelante, en el anchuroso coloniaje, ese mapa de
ros y canales, de bosques, resinas y metales, sera una comarca que
buscara sus propias soluciones sin el concurso de los gachupines.
Ciertamente, la provincia era pobre para dar paso tan arriesga-
do. A esta circunstancia podra agregarse la carencia de vas, los pe-
68
Rogerio Velsquez
ligros de la Audiencia de Panam, las luchas internas de Popayn, la
monarqua de Pasto, las disensiones de Cartagena y Santa Marta. Sin
considerar estos peligros, la sabana de los citars y chocs march
con su tiempo, dispuesta a edificarse por s misma, bajo el amparo
de sus ideales.
EL MOMENTO ESTELAR
Sometida Cartagena por don Pablo Morillo, comenzaron los fracasos
nacionales. Dividido el ejrcito expedicionario que invada la Nueva
Granada, se destin al Choc al teniente coronel Julin Bayer, quien
en seis botes de guerra sali de Cartagena, en diciembre de 1815.
Pobres y humildes labriegos, gentes de ros impetuosos y peones de
siembras elementales, iban a medirse con el brillante conjunto del
Pacificador, que entraba al pas, inclemente e inexorable.
La Junta de Citar, intuyendo los descalabros de los patriotas en
el Atlntico, se aprest a la defensa. Avivando el patriotismo por los
medios a su alcance, alleg recursos de todo gnero, tanto que pudo
auxiliar a don Juan del Corral, dictador de Antioquia, con 500 fusiles,
dinero y otros elementos, ayuda que se envi con el capitn Zoilo Sa-
lazar y el alfrez Emigdio Crdenas (Domnguez, 1915). Realizado
este acto de compaerismo, el Gobierno se prepar a resistir las fuer-
zas de la tirana.
Para luchar contra los que suban el Atrato, se encontr un punto
de apoyo. En la desembocadura del ro Murr, desde donde se poda
avistar oportunamente a los que llegaban, se construy un fuerte con
fondos de Francisco Garca Falcn, corregidor del citado lugar, y el
concurso de sus esclavos. Como jefe de la fortaleza actuaban el coro-
nel Miguel Montalvo, y el sinuano Toms Prez, hombre que puso al
servicio de la causa su persona y sus bienes, sus recursos pecuniarios
y su fogoso entusiasmo.
Al pie del fuerte se colocaron los dos caones de a tres que cuida-
ban la comarca y la goleta El Fogoso, canoa de una sola pieza, y la co-
mida necesaria. En plena selva comenzaba la lucha, no solo contra los
extranjeros, sino contra los rayos del sol, contra el calor y las lluvias,
contra las fieras y las calamidades que arrasan las cosechas, contra
las serpientes que asechan todos los caminos, contra los insectos que
arruinan las sementeras, contra las hormigas que invaden las despen-
sas y se comen los manjares, contra el zancudo, el mosco y los jejenes
que flagelan en forma inmisericorde.
Mientras la miserable Provincia del Choc, como la apellid
Morilla, se dispona a su defensa, Bayer, con sus embarcaciones ar-
tilladas y bien provistas de tropas y pertrechos, llegaba a El Zapote,
ranchero costanero cercano al delta del Atrato. La dura y difcil trave-
69
DESCOLONIZANDO MUNDOS
sa y las peripecias soportadas con la soldadesca, se vieron premiadas
con el encuentro sorpresivo de don Jos Mara Portocarrero y Lozano,
quien con 150 emigrantes haba dejado a Cartagena en los momentos
del asedio. Convenientemente escoltados, los fugitivos fueron devuel-
tos a la Heroica, donde el primero hall la muerte en el patbulo el 24
de febrero de 1816 (Domnguez, 1915).
Dos meses detuvo el palenque a los peninsulares. Desde febre-
ro, cuando Bayer se present con su tropa, hasta marzo, en que las
naves dieron rumbo a Cartagena a contar el insuceso, no hubo da
que no tronasen los caones y ensordeciesen los fusiles. Valientes y
deseosos de gloria, los espaoles adularon falazmente a los nativos;
forzando entradas, trataron y realizaron asaltos, gritaron proclamas,
llamaron a las filas realistas a los africanos bajo el seuelo de la li-
bertad. Si la ciudad de los Heredias haba sido la primera presa de la
reconquista, el Choc era el primer escudo que amellaba los prop-
sitos de los ultramarinos.
Solo estuvo el Choc en esta hora de sacrificios. Solo estuvo en
estos sesenta das defendindose de cuerpos de infantera, de artillera
volante de ingenieros, de fragatas que hendan las aguas en persecu-
cin de altos designios. En un mundo desapacible como el bajo Atra-
to, el Choc, sin el apoyo de las capitales del Reino, luch solo por un
nuevo sentido de la vida, por una nueva poltica social.
Con la victoria de Murr se despejaron los caminos del Cauca, la en-
trada a Antioquia, la ruta al Ecuador, y Panam, Cartagena y los Andes.
Si no se utilizaron esas vas para aniquilar a Morillo, la culpa no fue del
Choc, sino de los colombianos, que se asfixiaban en coartadas y tram-
pas, delaciones y engaos, en ansias de fueros, en infidencias y malicias
entre hermanos que parecan haber olvidado el compromiso de resistir
contra los forneos que ganaban las ciudades de manera fulgurante.
EL AO TERRIBLE
El ao de 1816 seala el comienzo de la ruina de la Repblica. Solda-
dos que ocupaban ciudades y levantaban patbulos; ejrcitos que co-
rrompan costumbres de regiones enteras; usurpacin de bienes per-
tenecientes a los patriotas; aumento de alcabalas sobre la produccin
de cualquier gnero; presidios y trabajos forzados. La fuerza imperial
que cae despticamente sobre campos y aldeas, hace abrir el camino
de Anchicay con la contribucin de todos los pueblos del Valle (Ra-
mos, 1944), a la vez que golpea sobre la espalda de los negros que pro-
ducen un milln de pesos en las minas chocoanas, segn los clculos
de don Vicente Restrepo (Restrepo, 1952).
En este ao crucial, el espritu revolucionario no cede. Bayer, in-
cansable como era, volvi a la brega en los primeros das de abril.
70
Rogerio Velsquez
Vena en esta ocasin con el comandante Antonio Pl y un refuerzo
de soldados, distribuido en la fortaleza de Neptuno en la goleta El
Fogoso, arrebatada a los nativos en el primer combate, y otra parte en
la barquetona Mochuelo. Las bateras emplazadas en la fragata des-
mantelaron el fuerte de Murr, ahora abandonado a escasos patriotas,
pues, los otros, refugiados en Quibd, sostenan el Gobierno que se-
gua con lado los reveses de los granadinos.
De que en Murr no haba para combatir sino escasos bongs en
que algunos ribereos trataron de hostilizar a los extranjeros, lo con-
firma el siguiente parte de Bayer a Morillo, fechado el 19 de mayo en
la boca de Bebar:
El 19 del mismo [de abril] me introduje por las bocas del ro, siguiendo
siempre las huellas del enea, sorprendindolo ms veces sus embarca-
ciones apostadas que se fijaban a nuestra vista. El 13 [de mayo] llegu
al puerto del Remolino cerca de Murr, el cual encontr abandonado
por la guarnicin. (Valencia, 1926)
No hallando resistencia, los tercios se tomaron a Quibd, el 6 de
mayo de 1816. En el asedio quedaron prisioneros Francisco Garca
Falcn, a quien se le expropiaron sus bienes en favor de la Corona;
ngel Rueda, condenado a ocho aos de presidio en Cartagena; y
Domingo Martnez a seis. El capitn Toms Prez escap, lo mismo
que el grueso de los republicanos que se dirigieron a Nvita, con su
gobernador a la cabeza.
Al da siguiente, Bayer persigui a los fugitivos con el escuadrn
Medio Regimiento de la Victoria. En Arrastradera de San Pablo, don-
de est hoy la ciudad de Istmina, se trab el combate, que fue funesto
para los nativos. En esta accin cayeron prisioneros Miguel Buch y
Miguel Montalvo, quienes, trasladados a Bogot por el ro Magdalena,
subieron al cadalso el 29 de octubre de 1816, al lado de Caldas y Ulloa.
Nvita fue la ltima en esta serie de ganancias realistas. El 25
de mayo desapareci su independencia. Arrojo y actos temerarios
nada valieron. Al final, canoas, caones, fusiles y soldados en poder
de Bayer; Juan Aguirre nombrado gobernador; Antonio Pl en poder
de la costa del Pacfico, y el siguiente parte de victoria que honra a
nuestros antepasados:
N 7: Que queda enterado.
Excelentsimo seor:
En este da me da aviso Don Julin Bayer, Comandante de la Columna
de Atrato, de estar sometida a la obediencia del Soberano, la Provincia
del Choc; yo creo que esta es la ltima que lo ha hecho de todo este
Reino, y acaso de todos sus dominios en Amrica; mas para el gobier-
71
DESCOLONIZANDO MUNDOS
no sincero, y para la obligacin ma, me apresuro a felicitar a V. E. con
extremos parabienes.
Dios guarde a V. E. muchos aos. Antioquia y mayo 27 de 1816.
Excelentsimo seor.
Francisco Warleta
(Velsquez, s/f)
FUSILAMIENTO DE TOMS PREZ
Abolidas las medidas del gobierno revolucionario que dejaba libre el
comercio en el ramo de aguardiente, la franquicia de la platina y el in-
dulto de los mazamorreros, Juan Aguirre, en su carcter de goberna-
dor, fij por bando los tributos a que debieran sujetarse los traficantes
y venteros. La cntara de aguardiente que en los aos anteriores osci-
laba entre doce y diez y seis pesos, subi a treinta y dos; el gravamen
a los mineros, la clase ms miserable de la poblacin como se la
calificaba por entonces, creci de tres a cuatrocientos pesos en favor
de la Real Hacienda, a la vez que se estancaba la platina como en los
tiempos anteriores.
Las disposiciones de Aguirre se complementaron con la persecu-
cin a los insurgentes. Invocando el Artculo 22 de la Constitucin de
1812, que deca:
A los espaoles que por cualquiera lnea son habidos y reputados por
originarios de frica, les queda abierta la puerta de la virtud y del me-
recimiento para ser ciudadanos; en su consecuencia las Cortes conce-
deran carta de ciudadano a los que hicieren servicios certificados a la
patria, o a los que se distingan por su talento, aplicacin y conducta,
con la condicin de que sean hijos de legtimos matrimonios; de pa-
dres ingenuos; de que estn casados con mujer ingenua; y avecindados
en los dominios de las Espaas, y de que ejerzan alguna profesin,
oficio o industria til, con un capital propio. (Zuleta, 1915)
ofreci 200 patacones y la libertad, si era esclavo, al individuo que
presentara vivo o muerto, al rebelde de La Pursima. Crispn y Simn
Salazar, negros esclavos de Joaqun Snchez, ganaron la prima, aun-
que no la condicin de libertos, porque al reclamar la carta de afora-
miento, se les notific recibir cincuenta palos cada uno. Si la traicin
se aprovecha, el traidor se castiga, fueron las palabras del tirano al
serle reclamado el cambio de la oferta por el ilustre granadino.
El proceso del mrtir, iniciado el 4 de junio de 1816, fue como sigue:
Orden de juzgar a Toms Prez
Citar, 4 de junio de 1816.
Seor Don Antonio Pl, 2 Comandante de la Columna del Choc.
72
Rogerio Velsquez
Presente.
Hallndome con instrucciones del Excmo. General en Jefe del Ejrcito
Pacificador de las Amricas, de hacer juzgar por el Consejo de Guerra
Verbal, formado por los seores Oficiales que se hallen en la Columna
de mi mando, a los individuos ms perjudiciales a la tranquilidad p-
blica; y de hacer ejecutar inmediatamente la sentencia, nombr ayer
Presidente del Consejo de Guerra, en que reunir como vocales al Te-
niente de Granaderos del Regimiento de Len, Don Vicente Gallardo, al
Teniente del Regimiento del Rey, Don Ramn Snchez, y al Alfrez del
Regimiento de la Victoria, Don Cosme Rodrguez, para que se juzgue
en el da de maana a Toms Prez, ngel Rueda y Domingo Martnez,
acusados de haber servido con las armas de rebelin contra las tropas
del Rey nuestro seor, hasta ser cogidos con las armas en las manos, de
haber servido de incendiarios en esta Provincia, en cuyas causas har
de Fiscal el Tercer Piloto de la Real Armada, don Manuel Gil.
Dios guarde a usted muchos aos, Julin Bayer.
Don Manuel Gil, Tercer Piloto de la Real Armada y habilitado de Ofi-
cial, segn Ordenanza General: habiendo de nombrar Escribano, se-
gn previene S. M. en sus reales Ordenanzas, para que acte en el
Consejo de Guerra Verbal contra Toms Prez, Rueda y Domingo
Martnez, nombr al Sargento Graduado Rufino Real, de la Tercera
Compaa del Regimiento de la Victoria, al que advertido en la obliga-
cin que contrae, acepta, jura y promete guardar fidelidad y sigilo en
cuanto acte.
Y para que conste la firm conmigo en Citar, a doce de junio de mil
ochocientos diez y seis. Manuel Gil. Rufino Real.
Celebracin del juicio
Don Manuel Gil, Tercer Piloto de la Real Armada y habilitado de Oficial,
segn Ordenanza General, certific los puntos que hoy da doce de ju-
nio de 1816, despus de haber odo la misa del Espritu Santo en la igle-
sia de este pueblo de Citar, se ha juntado al Consejo de Guerra en casa
del Capitn 2, y Comandante de la Columna del Choc, Don Antonio
Pl siendo dicho seor Presidente del Consejo y en el cual se hallaron
presentes el Teniente del Regimiento de Len, Don Vicente Gallardo y
el de la misma clase del Regimiento del Rey, Don Ramn Snchez, y el
Subteniente del Regimiento de la Victoria, Don Cosme Rodrguez.
Habiendo hecho comparecer ante el Consejo a Toms Prez, acusado
del delito de infidencia, y hecha la seal de la cruz, se le exigi el jura-
mento conforme a Ordenanzas; dijo llamarse Toms Prez, ser de edad
de treinta y cinco aos, hijo de la Pura y Limpia; preguntado si haba
servido antes de la revolucin, dijo haber servido cuatro aos en los
buques de guerra, y cuando subi de primera vez el Comandante Don
Julin Bayer, confiesa haber sido uno de los que ms se distinguieron
en la accin del Fuerte del Remolino, por cuya causa le hizo Capitn
el gobierno insurgente; asimismo confiesa haber puesto una bandera
encarnada con el objeto de defenderse hasta morir.
73
DESCOLONIZANDO MUNDOS
La segunda vez que subieron las armas del Rey fue el nico que hizo
fuego con las fuerzas sutiles que mandaba en el Remolino de Murr,
insultando a los espaoles y su Gobierno con palabras las ms oscu-
ras. Preguntado por qu motivo vino a este pueblo, dijo haber veni-
do de patrn y prctico de una goleta inglesa con bandera del Estado
que conduca mil y trescientos fusiles; y asimismo dice haber acepta-
do el empleo de Capitn gustosamente; que fue cogido con las armas
en la mano por unos esclavos de Joaqun Snchez, habiendo ofrecido
cien patacones; y habindole dicho nombrase defensor de entre los
habitantes del pueblo, por no existir en la Columna ms oficiales que
componen el Consejo, atestigu con Don Pedro Portillo, vecino de este
pueblo al que se hizo comparecer ante el Consejo y dijo: que solo puede
alegar en su favor que, despus de salir a la toma de la Provincia de
Antioquia, le oy decir que quedara [sic] y ojal se hubiese pasado en
dicha Provincia de Antioquia, para no exponerse a padecer; y l alega
a favor haber hecho varias solicitudes para irse a Cartagena, a su casa,
y que nunca el gobierno se lo permiti. Para que conste, lo firmaron
conmigo el presente Escribano, y por no saber escribir el reo, hizo la
seal de la Cruz; y que lo dicho es la verdad a cargo del juramento que
tiene hecho, en que se firm y ratific, leda que le fue esta declaracin.
Manuel Gil. [Hay una cruz]
Ante m, Rufino Real. Pedro Portillo.
Sentencia de muerte
En Citar, a doce de junio de mil ochocientos diez y seis, estando con-
feso el reo del delito de infidencia, mand el seor Presidente pasasen
a votar los seores que componen el Consejo, y unnimemente todos
los votos le sentenciaron a ser pasado por la espalda como traidor al
Rey y que su cabeza sea fijada en la embocadura del ro Atrato y Quito,
y lo firmaron dichos seores.
Antonio Pl. Vicente Gallardo. Ramn Snchez. Cosme Rodrguez.
Confirmacin de la sentencia
Citar, catorce de junio de mil ochocientos diez y seis.
Confirmo la antecedente sentencia, y ejectese la muerte a las cinco de
la tarde de este da.
Julin Bayer.
Notificacin de la sentencia
En el pueblo de Citar, a las diez y media de la maana del da catorce
de junio de mil ochocientos diez y seis, Don Manuel Gil, Tercer Piloto
de la Armada Real y habilitado de Oficial, segn Ordenanza General
de la Armada, en virtud de la sentencia dada por el Consejo y aprobada
por el seor Teniente Coronel y Comandante de la Columna del Choc,
Don Julin Bayer, pas, con asistencia de m, El Escribano, al calabozo
de la Prevencin de este pueblo de Citar donde se hallaban Toms
Prez, ngel Rueda y Domingo Martnez, reos de este proceso, habin-
74
Rogerio Velsquez
doseles hecho poner de rodillas les le la sentencia de ser el primero
pasado por las armas por la espalda y su cabeza fuese cortada y puesta
en la embocadura del ro Quito con el Atrato; el segundo, de ocho aos
de presidio en Cartagena; el tercero de seis aos. Y debiendo ejecutar
la sentencia de cortar la cabeza a Toms Prez y ponerla en el sitio
prescrito, en virtud de la primera sentencia, y se llam a un confesor
para que le preparase cristianamente. Y para que conste por diligencia,
afirm dicho seor, de que yo el infrascrito Escribano doy fe.
Manuel Gil. Ante m, Rufino Real.
Ejecucin de la sentencia
En Citar a catorce de junio de mil ochocientos diez y seis, yo infras-
crito Escribano doy fe:
Que en virtud de la sentencia de ser pasado por las armas por la es-
palda, y puesta la cabeza en embocadura del Ro Atrato y Quito, dada
por el Consejo de Guerra Verbal a Toms Prez, se le condujo en buena
custodia en el mismo da, mes y ao, a extramuros de la ciudad, en
donde estaba el ayudante de la columna, Don Vicente Gallardo; y ha-
biendo publicado por dicho seor el bando que S. M. previene en sus
Reales Ordenanzas, y ledo por m la sentencia en alta voz, se pas por
las armas por la espalda a Toms Prez, en cumplimiento de su senten-
cia, a las cinco de la tarde del referido da, mes y ao.
Y para que conste por diligencia, lo firm dicho seor, con el presente
Escribano.
Ante m, Manuel Gil. Rufino Real.
Sentencia de Domingo Martnez
En Citar, a doce de junio de mil ochocientos diez y seis, habiendo
concluido el reo su declaracin y no pudindole averiguar el que haba
sido comprendido en el delito de incendiario y s de insurgente, mand
el seor Presidente pasar a votacin a los seores que componen el
Consejo y unnimes todos los votos, fue sentenciado a ser desterrado
por seis aos al presidio de Cartagena, y de verificar el castigo impues-
to de cortar la cabeza a Toms Prez y fijarla en el sitio prescrito y la
firmaron. (Gonzlez, 1944)
Miguel Buch, Miguel Montalvo y el sinuano inmortal fueron las ofren-
das chocoanas a la naciente Repblica en los aciagos das de 1816.
Cayeron en el terremoto provocado por las fuerzas peninsulares que
Dios castig ms tarde en Murr, donde los hombres de Bolvar reali-
zaron el milagro de aniquilar los atropellos.
1816-1819
Los padecimientos soportados cohesionaron la raza. Unidos los hom-
bres por el torbellino revolucionario, comenz la tierra a moverse en
busca de maneras eficaces para alcanzar su bienestar. Contra el or-
75
DESCOLONIZANDO MUNDOS
den establecido por Smano y sus agentes haba que maquinar, urdir,
crear corrientes subterrneas capaces de despertar las emanaciones
telricas de los que padecan. Algo les deca a los chocoanos que la
libertad no est afuera, sino dentro del corazn.
En este alentar, el pueblo contaba con las noticias del interior. A
veces se saban levantamientos y asonadas como las ejecutadas por
los hermanos Almeida en Chocont, Suesca y Nemocn, y otras oca-
siones se desalentaba el espritu al conocer los insucesos de mujeres
como Policarpa y Antonia Santos, martirios y prisiones de ciudadanos
ilustres, y muertes desesperadas. Con todo, la mente y los suspiros
estaban fijos en Labranzagrande y Guasdualito, en Pore y Chire, en
Arauca y La Laguna, puntos donde se preparaba la tormenta definitiva
contra los pacificadores sanguinarios.
Las buenas y malas noticias recibidas pasaban los ros, cruzaban
los minerales y agitaban a criollos en aldeas miserables. Piratas del
golfo de Urab, indios y esclavos convertidos en mensajeros oficiosos,
metan y afianzaban la idea de volver a las armas para debilitar a los
hispanos. Reaccionar contra Aguirre fue el lema de los que sufran
deportaciones, cercenamiento de manos y orejas, robo de mujeres,
encierros con grillos y trabajos forzados, impuestos exorbitantes, y la
intervencin del gobierno en los negocios de los particulares.
Por todo esto, Murr volvi a ser campo de operaciones. Realistas
vinculados al comercio, conocedores, adems, de las turbulencias de
Casanare, Pamplona, Tunja, Neiva y el Socorro huyeron a Cartagena
en forma precipitada. Entre estos se menciona a Carlos Ferrer y Xi-
ques, capitn de navo, valeroso y amante del Rey que, en canoa chata
baj el Atrato y realiz la travesa de mar sin temor a los escollos. Los
viajeros alertaron al gobierno de la Heroica de los peligros que en el
Choc amenazaban a la Corona, lo que sirvi para preparar una inva-
sin al mando del vasco citado.
Tanto fervor patriota no fue intil. Nativos y colonizadores que se
oponan a la sumisin, se vieron en el motn que dio la vuelta por los
canalones de Santa Brbara y Sesego, Cajn y Los Tres Brazos, Yal,
Sip y Opogod, con amenazas de prender en Tad e Ir y los zambu-
llideros de San Pablo (Archivo del Distrito de Nvita, s/f). El desorden
se aplac con el sacrificio de los hermanos Padilla, Po y Luis, el pri-
mero de abril de 1819 (Henao y Arrubla, 1952).
ACTIVIDADES EN LAS COSTAS
EN EL PACFICO
Manuel Valverde, espaol, fundador de Guapi a fines del siglo XVIII,
dueo de minas en Tapaje, tremol el pendn real en las tierras que
dominaba. Con un cuerpo de guarnicin se present a la defensa de la
76
Rogerio Velsquez
villa y del ro que eran suyos. En los primeros meses de 1813, la pobla-
cin fue rescatada para el pas, por la valenta de don Manuel Olaya,
sus esclavos y vecinos. Valverde huy al Ecuador hasta la ocupacin
de Popayn por Smano, fecha en que intent regresar, de no haber
muerto en las cercanas de Coquimbo (Merizalde, 1941).
Merece atencin destacada el patrullaje de don Guillermo Brown,
evocado por el historiador Raimundo Rivas, de la siguiente manera:
Guillermo Brown, Comodoro de las fuerzas martimas de Buenos Ai-
res, se apoder, en abril de 1816, de la fragata La Gobernadora, salida
de Guayaquil con prisioneros patriotas para ser juzgados en Lima.
Convencido por Vicente Vanegas de que deba seguir a las costas gra-
nadinas, con el objeto de ayudar a la revolucin, Brown lleg a Bue-
naventura en los momentos en que triunfaba la reaccin a favor de
Fernando VII, gracias a Morillo. Ofreci sus servicios a las autorida-
des patriotas, solicito, adems, provisiones para sus embarcaciones,
mientras montaba una batera de seis caones para defender el puerto
de los espaoles.
El presidente de las Provincias Unidas de la Nueva Granada, doctor
Jos Fernndez Madrid, y el general Jos Mara Cabal, contestaron
aceptando alborozados las propuestas de Brown. Con todo, las comu-
nicaciones no llegaron a poder del marino porteo, en cuyos navos
pensaron asilarse, a fin de lograr su salvacin del patbulo, que les pre-
paraba Morillo, ilustres prceres tales como Camilo Torres, apstol de
la revolucin; el antiguo comisionado regio Liborio Meja, el propio
general Cabal y el conde de Casa Valencia.
Tal propsito no se realiz porque Brown, cansado de esperar, viendo
irse a pique sus naves ancladas, y temeroso de las superiores fuerzas
espaolas, se hizo a la vela cuarenta y un das despus de su llegada,
dejando en tierra al doctor Hanford y a su hermano, quienes fueron
puestos en capilla en Popayn. (Rivas y Restrepo Senz, 1928)
En medio de la sostenida moral de los habitantes del Pacfico, merece
destacarse la obra cumplida por Juan Illingworth. El gobierno chileno,
para socorrer a los patriotas, destac una de sus fragatas con mirar al
rodeo del ocano. Para esta empresa se escogi La Rosa de los Andes,
buque que comand Illingworth, de familia inglesa, marino avezado,
amigo de nuestro pas, y hombre diferente a los corsarios de su tiempo.
Los propsitos de Illingworth fueron claros y precisos. Golpear a
Espaa en su avance al interior de la Nueva Granada; dar en tierra con
la Cdula Real de 1614, que estableca pena de muerte y confiscacin
de bienes para quienes favorecieran la participacin de extranjeros en
el comercio con las Amricas; vencer los viejos galeones del imperio
que zarpaban de Cartagena o Sanlcar con patentes de corso; amar la
independencia americana.
77
DESCOLONIZANDO MUNDOS
Diferente a Luis Aury, que pretendi alzarse con Panam, Por-
tobelo y Changres, y a muchos codos de distancia del capitn Mit-
chel, partidario de tropelas y desmanes, el enviado chileno combati
a Tacn en Tumaco, encall en el ro Iscuand, huyendo de la nave
espaola La Prueba, con la que sostuvo un reido encuentro en la
baha de Buenaventura, donde entreg al coronel Cancino las armas y
municiones que libertaron el alto Choc del podero de la Pennsula.
Sabedor del avance realista sobre Quibd, se sita en Cupica, a
ocho das de Citar y ocho de Panam, con el propsito de trasladar su
nave por el istmo de Napip y cortar la retirada de los extranjeros que
atacaban La Viga. La relacin de tamaa proeza, nica en su gnero,
la hace el historiador Vicua Mackena con las siguientes palabras:
En los primeros das del mes de enero de 1820 La Rosa de los Andes se
encontraba tranquilamente anclada en la baha de Cupica, una de las
muchas ensenadas del golfo de Panam, que por su profundidad hacia
Darin estrecha el paso de un ocano al otro ocano.
Tena noticia de esto el comandante de La Rosa por los indios ribere-
os y haba sabido adems, a su paso por San Buenaventura, que los
realistas de Cartagena enviaban una expedicin desde el Atlntico para
que subiendo por el poderoso ro Atrato cayese sobre los invasores del
Choc por su espalda. La expedicin, segn el aviso que hemos recor-
dado, constaba de 200 hombres embarcados en cuatro caoneras.
Con la vivaz energa de los hombres de su raza, admirablemente secun-
dado por la heroica docilidad de sus marinos y soldados chilenos, Illin-
gworth se propuso llevar a cabo una de las operaciones ms atrevidas
y singulares que sea dable imaginar en aquellas soledades, y cuya eje-
cucin import una verdadera gloria universal para su nombre y para
sus compaeros. Esa resolucin fue la de atravesar de un mar a otro el
istmo del Darin, con un destacamento de cien hombres llevando en
sus hombros una embarcacin de mar, y embarcndose en la parte in-
ferior del Atrato, cortar la retirada hacia el mar Caribe a los invasores.
Realiz su abra el atrevido marino con gigantescos esfuerzos: navegan-
do en ocasiones contra las corrientes; arrastrando en otras su esquife
entre las rocas; deslizndolo a veces a fuerza de brazos por las cimas
escarpadas; y as, el 4 de febrero de 1820, lleg al trmino de su expe-
dicin, echando el pesado bote en las aguas del Atrato. (Contralora
General de la Repblica, 1943)
Mientras estas cosas sucedan, los negros, expoliados por los terrate-
nientes, se sublevaron en Saija en 1818, contra sus verdaderos amos,
unos, y otros negando la esclavitud. En nmero de ochenta, en palen-
que sobre el ro, desbarataron la expedicin comandada por Manuel
Silvestre Valverde, con puyas envenenadas, sables y macanas (Archivo
General del Cauca, s/f). Este revuelto, que contrast con la conducta
78
Rogerio Velsquez
de los bandoleros africanos que seguan a Tacn y a los monarquistas
de Pasto, mantuvo, en chozas y rancheros, el entusiasmo de ser libre
hasta la llegada del gobierno de Jos Hilario Lpez.
EN EL ATLNTICO
Con el bloqueo de Cartagena iniciado por Morillo, comienza la activi-
dad blica en el ocano Caribe. La dispersin de los sitiados, que prin-
cipi el 5 de diciembre de 1815, llev a los ms apartados rincones del
litoral la semilla de la revolucin. Siete goletas y seis embarcaciones
menores sirvieron esta empresa, que honra a los que la iniciaron bajo
el fuego cruzado de los buques enemigos.
La proeza, ejecutada con audacia y valenta, encendi los nimos
patriotas en el interior de Urab, Cocl, Veraguas, San Andrs y Pro-
videncia, Cuba, Santo Domingo y los cayos de San Luis. En el Darin,
los hermanos Carabaos, sabedores de la cada de la Heroica, pene-
traron por el Atrato con la ambicin de soplar sobre los ribereos
vientos libertadores. Un banco de arena, al detener la travesa, impi-
di que la tierra de abraibas y abenamecheis se contagiaran con las
ideas de la independencia nacional.
Los que recalaron en las costas de Veraguas corrieron, asimismo, suerte
adversa. La falta de alimentos y la sorpresa de las guerrillas realistas
dispersaron el conjunto, dentro del cual iban Garca de Toledo, y Ayos
que, apresados, fueron despachados desde Portobello, por las autorida-
des espaolas a Morillo, en Cartagena. (Rivas y Restrepo Senz, 1928)
Lo mismo ocurri a los emigrantes de Cocl, Jamaica y Providencia.
Despus de estas aventuras, corsarios americanos continuaron traba-
jando. Imitando a los Estados Unidos en 1778 y 1812, marinos con
patentes de Cartagena, Margarita y otros puertos; granadinos, vene-
zolanos, chilenos y argentinos daban batalla sin cuartel a las naves re-
alistas. Persiguiendo el comercio espaol se les vio desde 1815 a 1821
en los cayos, Curazao, Kingston, Cartagena, Riohacha, Santa Marta,
La Amelia, San Andrs y Providencia, etc. Donde entraban despertaba
el comercio, la trata de esclavos y los actos de piratera (Rivas y Res-
trepo Senz, 1928).
En febrero de 1820, Cancino resuelve ponerse en comunicacin
con Aury, corsario y pirata, amigo de la emancipacin, ms tarde ene-
migo de Bolvar y de Brion, al que soaba emular. Se buscaba auxilio
para cortar el paso de las tropas imperiales que se internaban por el
Atrato, detener el avance de Calzada en el cauce, libertar el occidente
de la Nueva Granada. En la goleta Diana sali Joaqun Acosta a Cata-
lina y Providencia. El resultado de la misin fue nulo por la escasez
79
DESCOLONIZANDO MUNDOS
de vveres en el Choc para sostener la tripulacin que se trajese, por
falta de un buen puerto para los diecisis buques que componan la
armada, por el desaire de Brion y Urdaneta al no solicitar la coopera-
cin de Aury en la campaa contra Riohacha y Santa Marta.
En otra parte de estas notas aparecen las peticiones concretas de
los patriotas ante el corso de Providencia. La negativa de Aury hizo
posible la invasin quitea, la toma de Popayn, la entrada al Valle
de los defensores de la tirana. Con las fuerzas del corsario se habra
evitado el combate de Pitay, la refriega de Jenoy, la toma del Pata
por Calzada, los esfuerzos de Sucre en El Trapiche, las deserciones
de los republicanos, las marchas y contramarchas a Cali en espera de
tropas que venan de Guayaquil, la sangrienta batalla de Bombon y
las tardas capitulaciones de Basilio Garca con el Cabildo de Pasto.
LOS DAS DECISIVOS
No bien terminada la batalla de Boyac, Bolvar destin al Choc
al coronel Nicols Gamba y Valencia, y como ayudantes de campo
a los capitanes Manuel Melndez Arjona, Juan Mara Gmez, Jos
Mara Caicedo Zorrilla, al teniente Leandro Avendao y a los subte-
nientes Joaqun Acosta y Mauricio Olaya. Con tropas regulares, per-
trechos y vveres salieron por Cartago con direccin a Nvita, el 18
de octubre de 1819. Para asesorar a Gamba y Valencia, el Libertador
nombr como jefe civil y militar al gobernador del Choc, coronel
Jos Mara Cancino.
Joaqun Acosta, que no haba podido viajar con el grueso de los
expedicionarios, sali de Cartago en noviembre, a la cabeza de una
escolta que deba auxiliar a los patriotas de esas soledades. Viajan-
do por caminos intransitables dice su hija; por andurriales y des-
poblados; morando en los climas peores del mundo; luchando con
aquella naturaleza ecuatorial tan exuberante cuanto malsana, el joven
militar pas los meses de noviembre y diciembre (Acosta, 1901), en
viaje a su destino.
El 16 de enero de 1820, sali de Nvita Acosta rumbo al Atrato:
Hoy sal de Nvita escribe con mis compaeros. Hasta las tres de
la tarde guardamos en La Bodega al coronel Cancino que debera lle-
gar hoy. Pero como no pareca y urga continuar el viaje, hice cargar las
canoas y embarcndonos en el ro Taman, continuamos la marcha. A
las cinco de la tarde llegamos a las bocas el Taman en donde este ro
desagua en el caudaloso San Juan. Nos quedamos esa noche en sus ori-
llas en una casa grande. Estando all recib un chasqui que me enviaba
el gobernador con una orden para que continuase marcha hasta Citar
a cumplir una comisin. (Acosta, 1901)
80
Rogerio Velsquez
En Citar, rendida su tarea, recibi orden de Cancino para fortificar
un punto ventajoso sobre las riberas atrateas. El 27 estaba en Murr
al lado de Gamba y Valencia, de donde parti a Providencia a confe-
renciar con Aury, con las siguientes instrucciones:
1. Pondr en manos del expresado seor dos pliegos y algunos papeles
pblicos que lleva consigo;
2. Le informar al Estado poltico del Reino todo, poniendo delante
la libertad y franqueza con que puede aproximarse a bocas de este ro,
entrar en comunicacin con el Supremo Gobierno y tratar a la vez con
el Comandante de la fragata Los Andes, procedente de Chile;
3. Le har presente que siendo este el nico puerto libre que sobre el
Ocano cuenta la Nueva Granada, se le ofrece esta ocasin de renovar
sus servicios subindolo y protegiendo el comercio y las comisiones
del Gobierno;
4. Sin embargo de que aguardamos un gran nmero de elementos
de Chile y tambin de Santaf, como por la distancia llegarn tarde
para nuestras breves operaciones, y presentndose ahora la ocasin
de hacer desaparecer la guerra del Sur, con el auxilio de este digno
Jefe, le encarecer lo necesario por lo pronto para el cumplimiento de
nuestros proyectos;
5. Con especialidad pedir cuarenta mil cartuchos de fusil, y si no pl-
vora y plomo en parte para completar este nmero; fusiles, doce piezas
de artillera de calibre de a 12 a 24 con sus correspondientes dotacio-
nes; marineros; oficiales de marina; jarcias; carpinteros de ribera y ga-
lafates para cuatro buques con alguna tropa de lnea y 400 fornituras;
6. A los talentos y acreditada prudencia de este Jefe abandonar la
meditacin de las consecuencias favorables que resultarn a la Nueva
Granada y a la causa entera de la nunca vista comunicacin entre los
escuadrones del Norte con el del Sur por el istmo de Tupic;
7. A los cuatro das de llegada debe volverse con los auxilios que por lo
pronto se le presten, en un buque, ya sea en calidad de los servicios que
comenzar a hacer este seor, o por el justo precio que ser satisfecho
a su llegada;
8. Si por algn caso no estuviere el Almirante all, y se hallase cerca,
podr detenerse hasta diez das con la certidumbre de que podr vol-
ver, y si no, seguir a Jamaica, y entregando al ciudadano Cabero el
pliego, se interesar con l sobre el envo de quinientos fusiles con sus
fornituras, y cuarenta mil cartuchos, y regresar de all en el primer
barco que venga.
Traer, adems, cuatro cornetas con sus instrumentos, cuatro clarine-
tes, y dos trompas del mismo modo. (Acosta, 1901)
Pero dejemos a Acosta en Providencia, y volvamos a Cancino, que ha-
ba partido de Nvita el 16 de enero al encuentro de la corbeta La
Rosa de los Andes, anclada en Buenaventura. Con armas y provisiones
81
DESCOLONIZANDO MUNDOS
regres por la misma va del San Juan, con la idea de que el fuerte de
Murr haba sido atacado por los enemigos. Angustiado, aceler la
marcha. Con la espada desnuda y lanzando gritos, sin dormir ni co-
mer, alentando a los bogas, no les permita un momento de descanso.
Introduca el dedo ndice de la mano derecha en el agua y no se encon-
traba satisfecho si la velocidad de la canoa no formaba una corriente
que le hiciese llegar el agua hasta el codo. A la vez reclutaba en las
orillas a todo hombre que consideraba capaz de manejar las armas.
As lleg al Arrastradera de San Pablo. All se le inform que haba ne-
cesidad de pasar a espaldas de cargueros terciadores las personas y ob-
jetos y una vez en el punto de El Tambo, deba buscarse nuevas canoas
para seguir a Quibd. El Coronel encontr dispendioso el traslado y
dispuso pasar arrastrando las embarcaciones en que iban soldados y
elementos. Toda la tropa y cuanta gente pudo poner en movimiento
emprendieron el arrastre de las canoas, las cuales corran en seco con
igual velocidad que en el agua, impulsadas por el esfuerzo humano.
(Contralora General de la Repblica, 1943)
Del estado de la fortaleza de Murr, dice Acosta:
Los espaoles haban levantado en Cartagena una expedicin de 200
hombres y venan con una lancha caonera y cuatro buques ms de
guerra a invadir el Choc. Tardaran en llegar a lo ms quince das, y
nosotros nos hallbamos en la fortaleza improvisada sin municiones,
sin pertrechos y por junto apenas contbamos cuarenta soldados.
Las Provincias de Antioquia y del Valle del Cauca no podan socorrer-
nos, porque no haba tiempo de avisarles. Pero el entusiasmo por la
libertad y el amor a la patria, todo lo pueden.
Gamba y Valencia parti a Citar a enganchar algunos soldados ms,
traer la artillera que pudiese hallar, y fundir todo metal que encon-
trara para hacer balas. Yo dice Acosta, me qued en Murr con la
guarnicin, un can grande y cuatro pequeos que habamos sacado
de la goleta Diana. Situ esto lo mejor que pude para defender la po-
sicin; felizmente los indios de los contornos se manifestaron en esta
ocasin muy adictos a la independencia, y nos enviaron alguna plvo-
ra. (Acosta, 1901)
Carlos Ferrer y Xiques se present en Murr el 29 de enero de 1820.
De lo ocurrido en esa accin, cuenta Acosta:
Apenas haba regresado el Comandante Gamba a Murr, se present
el enemigo al frente de la fortaleza y atac briosamente con un can,
de a 24 que llevaba. Los espaoles no aguardaban que la improvisada
fortaleza pudiera defenderse con tanto valor. Durante diez das se vio
asediada la valiente guarnicin de Murr por las fuerzas espaolas, sin
82
Rogerio Velsquez
que lograsen amilanarla, a pesar de lo exiguo de sus recursos. Viendo
aquello y temiendo sin duda que llegasen a auxiliar a los patriotas de
la capital del Choc, el Comandante espaol, despus de sufrir algunas
prdidas, resolvi retirarse.
Al ver que el enemigo se alejaba, los patriotas pensaron que aquello
lo hacan para obligar a la guarnicin a salir a perseguirlos, y enton-
ces, fuera ya de los parapetos, acabar con ellos. Permanecieron, pues,
detrs de los muros del pequeo fuerte, aguardando a que regresaran
pero no fue as. Los espaoles haban partido definitivamente, y cuan-
do Gamba dio orden de que se pusieran en marcha para perseguirlos,
era ya demasiado tarde, y se devolvieron sin haber logrado alcanzarlos.
Dos das despus lleg Cancino con cien hombres y pertrechos para
reforzar a los sitiados. (Acosta, 1901)
Con el triunfo, muchos espaoles radicados en Quibd huyeron des-
pavoridamente. Cancino design jefe de la escolta que deba seguir la
caravana de fugitivos al odiado Juan Aguirre, con orden de decapitar
a los que aprehendiese. Fue as como en el Brazo del Ingls, sobre el
Atrato, hallaron la muerte Ramn de Diego Jimnez, ex gobernador
del Choc; Inocencio Cucaln Joaqun Andrade y otros. Carlos Ferrer
y Xiques escap, para morir en Majagual, provincia de Cartagena, por
orden del teniente Jos Mara Crdoba.
De regreso de la comisin, Cancino, ante el clamor de las familias
perseguidas por Aguirre, pretextando no haber dado la orden por es-
crito, conden al espaol a sufrir palos en las puertas de las casas de
cada una de sus vctimas. En desagravio de la decapitacin de Toms
Prez, le hizo cortar las manos que, fritas en aceite, las expuso a la p-
blica contemplacin en el lugar donde tres aos antes fuera colocada
la cabeza del costeo inmortal (Gonzlez, 1909).
De esta manera se liquid para siempre el Gobierno espaol en
nuestra comarca. En adelante, seguira la lucha contra los esclavistas,
la pobreza y la ignorancia, hasta que el negro pudiese entrar al esce-
nario de la vida civil con sus creencias y supersticiones, mitos, cantos
y danzas, concepciones mgicas y sicomentales del mundo, libres sus
padres, libres sus hermanos, libres los esposos y libres los hijos de su
amor, como lo quiso Bolvar, en oposicin a las sentinas de los barcos
de trata, los socavones y las marcas, las ventas y castigos infamantes,
la estrechez econmica y los cimarronajes permanentes.
NOTICIAS DE LOS LIBERTADORES
JOS MARA CANCINO
Naci en Bogot en 1803. Hijo de don Salvador Cancino, fusilado en
Cartagena por orden del general Morillo, lleg al Ejrcito a la edad de
catorce aos. En su hoja de servicios, se lee:
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DESCOLONIZANDO MUNDOS
Cancino Jos Mara, Alfrez 2. Cuerpos donde ha servido: En el Bata-
lln de Milicias. En el Batalln Socorro. En el Batalln Barcelona. En
el Batalln Vanguardia. En el Batalln Guardias. En el Batalln N 1
de Infantera, Guardia Nacional.
Campaas y accin de guerra: Hizo la de Popayn en el ao de 1813 y
1814 a rdenes del General Nario, hallndose en las acciones de Alto
Palac, Calibo, Juanamb y Tacines y en la de La Plata, a las rdenes
del Comandante Pedro Monsalve, en la cual qued prisionero, y sen-
tenciado al 2 de Numancia hasta que en Paipa se fug. Pas de nuevo
al Ejrcito Libertador de 1819. La conducta poltico-militar de este
oficial ha sido la que por la Ley orgnica del ejrcito se exige.
Waldo Vanegas, Sargento Mayor de Infantera y Jefe del Estado Ma-
yor de la 1 Columna, del Ejrcito, certific que la anterior hoja de
servicios est formada conforme a los documentos presentados por el
interesado, los cuales estn arreglados al Decreto de 4 de julio de 1833.
Bogot, 25 de julio de 1836. Waldo Vanegas.
En 1836 tena, treinta y tres aos. Natural de Bogot, soltero. / Repbli-
ca de la Nueva Granada. / 15 de enero de 1811. Pito veterano. Tiempo
de servicio en este empleo, 5 aos, 5 meses, 25 das. 11 de Julio de 1816,
Prisionero. Tiempo que dur en prisin, 8 aos, 5 meses, 25 das. / In-
corporado de nuevo a filas, 6 de Agosto de 1819. / Tiempo que figur en
filas de nuevo, 7 aos, 5 meses, 4 das. / 1 de enero de 1827. / Sargento
1. Tiempo que dur de Sargento 1, 3 aos, 7 meses, 2 das. Alfrez 2,
13 de agosto de 1820. / Tiempo de Alfrez, 2 aos, 10 meses, 2 das. / In-
definido. 15 de junio de 1833. Tiempo de doble campaa, 2 aos. Tiem-
po de servicio hasta el 15 de junio de 1833, 24 aos, 4 meses, 28 das.
Se le consider valor. Aplicacin, regular. Capacidad, regular. Conduc-
ta, buena. Estado, soltero. En 1827 fue destinado al Batalln Vargas.
(Velsquez, s/f)
Posesionados los patriotas del territorio chocoano, Cancino se preo-
cup por organizar la administracin pblica, procurando en todos
sus actos dar alivio a las clases desvalidas. En 1822 volvi con el cargo
de gobernador, estableciendo, de acuerdo con la Ley 14 de 1821, los
cabildos y las autoridades indgenas. En 1823 fue gobernador por ter-
cera vez y muri en su hacienda de Barragn, Provincia de Tulu, en
1834 (Contralora General de la Repblica, 1943).
NICOLS GAMBA Y VALENCIA
Natural de Cartago. Sirvi la causa republicana desde 1814. Cuando
los patriotas fueron vencidos en 1816, Gamba se ocult hasta 1819,
ao en que volvi a presentarse para servir en las filas patriotas. Sirvi
al Choc con lucidez hasta cuando se uni a Sucre a su paso por el
Cauca, pero tuvo la desgracia de morir en ese mismo ao en el com-
bate de Guach, 12 de septiembre de 1821.
84
Rogerio Velsquez
JOAQUN ACOSTA
Naci en Guaduas el 28 de diciembre de 1800. Presente ante el Li-
bertador, pidi un puesto en el Ejrcito, plaza que se le confiri en el
Batalln de Cazadores con el grado de subteniente. El 22 de septiem-
bre de 1819 sigui al Cauca con la expedicin que deba pacificar esa
Provincia, que gobernaban Simn Muoz y sus secuaces.
Despus de la campaa del Choc, se incorpor de nuevo a su
Batalln, que acampaba en Popayn. Aqu sirvi activamente en favor
de los patriotas que vencieron fuerzas de Smano en Las Piedras y
avanzaron hasta Cuchilla del Tambo, donde el 29 de junio de 1816
los realistas haban batido a los republicanos. El 22 de marzo de 1821
comand la escolta de honor que acompa a Sucre hasta Buenaven-
tura, camino del Sur.
A fines de mayo de 1821, se dirigi al Choc a estudiar las posi-
bilidades de la comunicacin entre el Pacfico y el Atlntico. La va
escogida fue la de San Pablo, que debera unir las corrientes de Atrato
y San Juan.
Como secretario de gobierno de Cancino en 1822, Acosta conoce
el territorio en toda su extensin. En este tiempo escribe sobre minas:
trabaja en el proyectado canal del Arrastradera; instala la primera asam-
blea de Nvita; traza rutas comerciales como las de Garrapatas a Naran-
jal, y, en busca de los indgenas, a quienes estudia ampliamente, atravie-
sa el golfo, cruza el pramo de Guanacas y las tierras tolimenses y vuelve
a Bogot, donde sigue trabajando al lado del general Santander.
Acosta fue gegrafo, hombre de ciencias, historiador, filntropo,
profesor de Colegios, publicista del Semanario de Caldas y de los via-
jes de Boussingault a la Amrica del Sur. Un gran colombiano, que,
en los campos de batalla, en el mar, en las bahas, en los ros, en las
charcas lodosas del Atrato, labr con hierro y fuego los perfiles de su
propia existencia.
MIGUEL MONTALVO
Haba nacido en Honda en abril de 1872. Educado en el colegio del
Rosario, ejerci la abogaca en Bogot. En 1810 fue uno de los ms ac-
tivos. Con el doctor Joaqun Vargas fue relator de la Sala de Gobierno
y de Hacienda. En 1812, en asocio de don Joaqun Caicedo y de don
Tiburcio Echeverri, fue a celebrar con el presidente de Tunja y otros
altos personajes los tratados de Santa Rosa, que no fueron cumplidos
con los federalistas. Firm el acta de Independencia de Cundinamar-
ca el 19 de junio de 1803. Hizo campaa del sur al lado de Nario
y asisti a los combates de Alto Palac, Calibo, Juanamb, Tacines,
Cebollas, ejidos de Pasto y la batalla de Palo. Fue enviado en comisin
al Choc hasta caer prisionero (Ospina, 1941).
85
DESCOLONIZANDO MUNDOS
MIGUEL BUCH
Espaol decidido por la causa republicana. Nombrado gobernador en
1814, sirvi con actividad y energa en la defensa de Antioquia, con
hombres, armas y dinero. Defendi a Choc en el Fuerte de Murr,
en 1815, para terminar en Nvita, despus de resistir valientemente
(Ospina, 1941).
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88
BALANCE HISTORIOGRFICO DE LA
ESCLAVITUD EN COLOMBIA, 1900-1990*1
Alfonso Mnera Cadavid
INTRODUCCIN
El nmero total de esclavos importados durante el perodo colonial
a lo que hoy es el territorio de Colombia se calcul recientemente en
unos 120.000 (Colmenares, 1979: 43). Segn los datos de Francisco
Silvestre, en 1789 haba 51.999 de una poblacin total de 738.523, o
1 Este ensayo fue el resultado de mi participacin en el Seminario sobre Esclavi-
tud en Latinoamrica, dirigido por Francisco Scarano en la Universidad de Connec-
ticut, en el segundo semestre de 1989. Sin los numerosos y valiosos conocimientos
aportados por el profesor Scarano en esta clase, habra sido imposible para m es-
cribir este trabajo. Apareci en la revista Historia y Sociedad, del departamento de
historia de la Universidad de Puerto Rico, Ro Piedras, en 1991. Para su inclusin
en este libro [Nota de los eds.: se refiere a Mnera Cadavid, Alfonso 2005 Fronteras
Imaginadas. La construccin de las razas y de la geografa en el siglo XIX colombiano
(Bogot: Planeta Colombiana)] hice algunos cambios menores, pero en lo sustancial
se conserva tal como se edit hace trece aos. En los ltimos quince aos se ha
contemplado la publicacin de nuevos trabajos sobre la esclavitud, en particular
acerca del mundo de los esclavos en Colombia, sobre los que sera deseable escribir
un nuevo balance historiogrfico.
* Mnera Cadavid, Alfonso 2005 Balance historiogrfico de la esclavitud en Co-
lombia. 1900-1990 en Fronteras Imaginadas. La construccin de las razas y de la
geografa en el siglo XIX colombiano (Bogot: Planeta Colombiana) pp. 193-225.
89
DESCOLONIZANDO MUNDOS
sea que en ese momento, en el cual la esclavitud haba alcanzado sus
ms altos niveles, los esclavos representaban apenas un 7% de la po-
blacin (Silvestre, 1950: 32 y ss.).
Empero, estos datos no deben llamar a engao. Si algo se advier-
te en los estudios recientes es que sobre este pequeo porcentaje de
seres humanos descans una parte esencial de la economa colonial.
El oro, las grandes haciendas azucareras, los hatos extensos, las ar-
tesanas del Caribe y de buena parte del occidente colombiano fue-
ron obra del trabajo esclavo, al menos durante el siglo XVIII. As, en
casi toda la regin occidental del pas, es decir, en las poderosas pro-
vincias de Popayn, Antioquia y Cartagena, la produccin agrcola y
minera se bas en gran medida en la esclavitud. Adems, para 1789
una buena parte de la poblacin estaba constituida por los mestizos,
entre los cuales la proporcin de mulatos y negros libres era bastante
considerable. Pese a que se ha estudiado poco la participacin de
estos descendientes de esclavos, algunos datos, tales como que para
esa fecha la minera de Antioquia, el algodn de las zonas clidas y
las artesanas de Bolvar dependan mayormente de ellos, nos llevan
a pensar que su papel en la economa de transicin de la colonia a la
repblica debi ser muy importante.
Sin embargo, a pesar de que la colonia pudiera definirse como
constituida por una economa y una sociedad esclavista, solo recien-
temente se ha despertado un inters por el estudio de esta parte, al pa-
recer poco agradable, de nuestra historia. Y, en verdad, es muy poco lo
que se ha hecho hasta ahora, y lo que hay es el resultado de un nmero
muy pequeo de estudiosos, algunos de ellos extranjeros. Organizar
el material existente de modo que se vea la trayectoria de los estudios
relacionados con la esclavitud en Colombia, y dentro de esta trayec-
toria sus tendencias y hallazgos principales, ha sido el objeto de este
balance. He preferido realizarlo cronolgicamente por varias razones.
Quizs la ms importante sea la ausencia en ellos de una continuidad
temtica, y por otro lado el hecho de que solo a partir de los aos fi-
nales de la dcada de los setenta se puede hablar de una intencin de
otorgarles una dimensin regional a estos estudios.
En este punto hay que hacer hincapi en que una deficiencia
clave de la historiografa colombiana, solo parcialmente subsanada
en el ltimo cuarto de siglo, ha sido intentar estudiar el pas en su
conjunto sin antes acometer el conocimiento sistemtico de sus par-
tes. Esto, que podra sealarse como una conducta compartida en el
mbito ms amplio de Latinoamrica, adquiere proporciones parti-
cularmente graves en el caso de Colombia, que durante la Colonia y
todava hasta finales del siglo XIX, no era otra cosa que un conjunto
de regiones separadas por persistentes barreras naturales y cultura-
90
Alfonso Mnera Cadavid
les. Entre esta profunda indiferencia hacia las realidades regionales
y la aceptacin del mito de una nacionalidad andina nutrido de
prejuicios ideolgicos hubo una intercambiable relacin de causa y
efecto. Prueba evidente de ello, en especial, es la historiografa sobre
la esclavitud en Colombia.
LA CONCIENCIA DECIMONNICA
En 1910, con ocasin de los actos preparatorios de las festividades del
primer centenario de la independencia, el gobierno nacional organiz
un certamen para elegir una obra que sirviera como texto de ensean-
za oficial de la historia colombiana en los colegios de todo el pas. El
jurado, integrado por miembros de la Academia Nacional de Historia,
escogi el extenso tratado escrito por los historiadores Jess Mara
Henao y Gerardo Arrubla (1910). Este estudio, que abarca desde los
orgenes mismos de la conquista hasta los inicios de la modernidad en
el siglo XX, sera por ms de medio siglo el texto en el cual las jvenes
generaciones aprenderan la historia colombiana2.
A pesar de que ya en 1879 el exsecretario del virreinato, Francisco
Silvestre, haba sealado que negros y mulatos constituan una parte
notable y creciente de la poblacin de la Nueva Granada (Silvestre,
1950), Henao y Arrubla consideraron digno de importancia incluir en
su historia un captulo completo sobre la sociedad y las costumbres
de sus venerables antepasados chibchas, pero no as la ms compleja
y oscura herencia afrocolombiana. Y, lo que es ms importante, mien-
tras a lo largo de este minucioso estudio los espaoles e indgenas
entran y salen, como una presencia viva y dinmica, la primera y ni-
ca mencin en extenso 22 renglones de los negros aparece en la
pgina 223. Se pudiera creer que se trata de un corto resumen sobre
sus orgenes o, quizs, como se hara ms tarde, de sus sufrimientos.
Pues no. Los autores consideraron necesario referirse brevemente al
fenmeno de la trata de esclavos al historiar las terribles pestes de la
lepra y la viruela que azotaron la Nueva Granada en los siglos colonia-
les. La referencia en cuestin empieza as:
Parece, pues, que la lepra fue introducida al Nuevo Reino de Granada
por los conquistadores europeos, particularmente por los andaluces,
y el mal tom incremento cuando vinieron los esclavos negros africa-
2 No solo en esto descansa la importancia del texto de Henao y Arrubla. Quince
aos despus de su premiacin fue traducido al ingls por el historiador norteameri-
cano Fred Rippy y adoptado como manual de enseanza sobre Colombia en Estados
Unidos. De modo que es probable que, al igual que en Colombia, en Estados Unidos
este texto haya influido ms que ningn otro en la formacin de una idea del aconte-
cer histrico de la nacin colombiana (Henao y Arrubla, 1938).
91
DESCOLONIZANDO MUNDOS
nos, raza muy infectada, procedente por lo general de Guinea, Congo,
Berbera, etc. La trata de negros, iniciada a principio del siglo XVI
(Henao y Arrubla, 1910: 223)
Catorce renglones ms en este prrafo y otras dos brevsimas mencio-
nes de no ms de tres renglones es todo lo que merecieron los negros
esclavos en casi 400 pginas de detalles y ancdotas sobre la conquista
y colonia del antiguo reino de la Nueva Granada. Nada sobre sus or-
genes, nada sobre su decisiva participacin en la economa colonial,
nada sobre sus gigantescos esfuerzos para crearse una humanidad a
pesar de los horrores de la esclavitud y, lo que es ms increble, todo
esto en un pas que en el siglo XVIII no posea una sola actividad
econmica que no descansase en los hombros de la poblacin negra,
mulata y zamba.
He credo saludable detenerme en esta obra fundamental, con-
siderada por la mayora de los historiadores colombianos como una
de las mejores sntesis de la historia de Colombia, porque en cierto
sentido Henao y Arrubla no hicieron otra cosa que llevar a un extremo
el punto de vista dominante en la historiografa decimonnica sobre
el papel de los esclavos. Lo interesante de esta concepcin histrica es
que la preocupacin no era condenar o justificar la esclavitud, ni de-
mostrar que los negros constituan una raza inferior. Simplemente se
les omita de la historia. Se les negaba toda existencia o solo aparecan
como referencias tangenciales, necesarias para ilustrar otros procesos
sociales. Como veremos a lo largo de este ensayo, tal opinin est pre-
sente en una u otra forma en los estudios histricos de este siglo hasta
los aos sesenta. Un balance de la historiografa colombiana a este
respecto, en uno de sus sentidos ms importantes, no es sino el regis-
tro fascinante de cmo poco a poco, en un proceso extremadamente
tmido, se va delineando la presencia cada vez ms significativa de la
esclavitud negra en nuestra historia.
EL DEBATE MORAL EN TORNO A LA ESCLAVITUD
En el mes de febrero de 1922 apareci en el Boletn de la Academia
Nacional de Historia un artculo con el sugestivo nombre de La escla-
vitud en Colombia (Rojas, 1922). Probablemente era la primera vez
que esta institucin se constitua en objeto central de las preocupacio-
nes de un historiador colombiano. Por supuesto, ms que un estudio
sereno sobre cualquiera de los muy complejos aspectos de la esclavi-
tud en Colombia, el autor lo que quiso hacer e hizo muy bien fue
ofrecer un cuadro dantesco de la vida terrible de los esclavos.
Cinco aos despus Eduardo Posada, uno de los distinguidos his-
toriadores de aquel tiempo y director del boletn de la academia, in-
92
Alfonso Mnera Cadavid
cursionaba en el tema de la esclavitud. En varias entregas aparecidas
a lo largo del ao de 1927, y en homenaje al preclaro escritor cubano
don Fernando Ortiz, Posada organiz como pudo, casi sin ton ni son,
la primera, rudimentaria y desordenada presentacin histrica de la
institucin de la esclavitud (Posada, 1927). Bsicamente, lo que hizo
fue una colcha de retazos con datos dispersos, untada de la consabi-
da pesadumbre moral, que lo nico que dejaba claro era la casi total
ignorancia que aun los historiadores ms reconocidos tenan, en ese
entonces, sobre la participacin de los esclavos en la historia nacional.
En la dcada siguiente otro de los miembros de la academia, Car-
los Restrepo Canal, en la conclusin de un pequeo artculo titulado
Documento sobre esclavos mostr la esclavitud como una institu-
cin paternalista (Restrepo, 1937: 492). Sin embargo, en este enfoque
patriarcal nadie llegara, ni antes ni despus, tan lejos como Gabriel
Porras Troconis en su obra Cartagena hispnica, publicada en 1950.
Segn este autor, las negras esclavas que entraban al servicio de las
familias espaolas eran tenidas como miembros de la familia, sin
igualdad social, s, pero con la afectiva y las debidas a la persona hu-
mana, como hijas de Dios (Porras Troconis, 1950: 234-235).
En sntesis, un balance sobre la historiografa de la esclavitud en
esta primera mitad del siglo se limitara a la resea de este tipo de ex-
plosiones emocionales y, en otros casos, de profundas ignorancias y te-
rribles superficialidades, como las que hasta este momento he citado,
si no fuera por la presencia salvadora de un trabajo de distinta ndole
y dimensin. Me refiero a la disertacin doctoral de James F. King,
Negro Slavery in the Viceroyalty of New Granada (King, 1939). Con
el estudio de King se inici en serio la investigacin histrica sobre
la esclavitud en Colombia. Sobre sus contribuciones al conocimiento
de nuestra historia hablar en detalle al referirme en particular a los
trabajos sobre la trata de negros por Cartagena de Indias.
EL NFASIS ANTROPOLGICO
La influencia de Melville J. Herskovits fue decisiva en determinar
el rumbo de los trabajos que se hicieron en Colombia en la dcada
del cincuenta en torno al pasado esclavista de la Nueva Granada. En
1952, la Revista Javeriana public un ensayo titulado Nuevas inves-
tigaciones afrocolombianas (Arboleda, 1952: 197-206). Su autor, el
jesuita Jos Rafael Arboleda, acababa de regresar de Northwestern
University, donde haba estudiado con la direccin de Herskovits. En
este trabajo, Arboleda dio a conocer, de una manera muy didctica,
los principios bsicos del mtodo de su maestro y plante que, ante
la completa ausencia de trabajos sobre la esclavitud en Colombia, lo
que haba que hacer de inmediato era aplicar estos principios de la
93
DESCOLONIZANDO MUNDOS
etnohistoria al conocimiento de la herencia africana de las socieda-
des negras y mulatas de Colombia (Arboleda, 1952: 199-200). En una
disciplina hasta ese momento totalmente dominada por el tema del
amerindio, las reflexiones del padre Arboleda tuvieron el carcter de
novsimas. Era como si despus de dcadas de indagacin sobre el pa-
sado colonial hubiramos necesitado enviar a un hombre a los vientos
fros y distantes de Chicago para que entonces s, desde fuera, empe-
zramos a intuir la verdad elemental de que Colombia era el resultado
de una mezcla en la cual el negro haba sido decisivo.
Los aos cincuenta constituyeron un perodo bastante animado
en torno a la etnografa del negro. De los varios ensayos publicados
bajo la influencia de Herskovits, quizs el que tuvo mayor aliento y
resonancia, a pesar de sus evidentes debilidades tericas y metodol-
gicas, fue Palenque de San Basilio: una comunidad descendiente de
negros cimarrones (Escalante, 1954). Su autor, el socilogo barran-
quillero Aquiles Escalante, present en este estudio las conclusiones
de una investigacin de campo realizada en el pueblo caribeo de San
Basilio, situado en las cercanas de Cartagena, que, adems de origen
cimarrn, tena la peculiaridad de ser una de las pocas comunidades
afroamericanas con un grado de pureza racial y cultural extremada-
mente alto. Visto con la perspectiva de los aos, el resultado desilu-
siona por el tono predominantemente descriptivo y carente de una
interpretacin sistemtica sobre la cultura material y espiritual de los
negros de San Basilio. Sin embargo, este trabajo tuvo aportes muy
valiosos. Quizs el ms importante sea el registro de una idea esencial:
a pesar de las terribles condiciones en las que los puso el cimarro-
naje, obligados a vivir en una regin aislada, insalubre y pantanosa,
los negros del palenque de San Basilio construyeron una comunidad
rica en expresiones culturales propias. Las danzas del bullerengue y el
mapal, los cantos fnebres del lumbal, la hermosa literatura oral y
la creacin de un lenguaje propio constituyeron algunas de esas mani-
festaciones descritas por Aquiles Escalante.
Mediados de siglo fue, por el contrario, un perodo de una gran
pobreza en materia de estudios histricos. Al tiempo que el pas se
desangraba en una violencia sin par en nuestro cotidiano registro de
violencias, los historiadores de aquel entonces, que en su inmensa
mayora eran polticos activos y aficionados a los estudios histricos,
tuvieron aun menos tiempo y serenidad para dedicarse al oficio solita-
rio y paciente de la historia3. De modo que otra vez la excepcin vino
desde afuera. Sin lugar a dudas Colonial Place Mining in Colombia,
3 Entre las pocas excepciones que cabra sealar, la ms notable es la de la obra del
excelente historiador Luis Ospina Vsquez, 1954.
94
Alfonso Mnera Cadavid
escrito en 1950 por el gegrafo norteamericano Robert C. West, como
tesis de grado en la Universidad de Berkeley, es uno de los trabajos
ms valiosos de la historiografa colombiana (Cooper West, 1952). El
estudio de West sigue siendo la introduccin ms completa y mejor
organizada al conocimiento general de la minera del oro en Colombia
durante el perodo colonial. Aqu aparece por primera vez una clasi-
ficacin regional precisa de esta actividad econmica, lo mismo que
una descripcin detallada de varios de sus componentes estructurales,
tales como los tipos de tcnicas y de mano de obra utilizadas.
En relacin con el trabajo esclavo, West mostr que en 1544, y
probablemente antes, ya haba negros trabajando en las minas cerca-
nas a Popayn; para 1550 los espaoles haban introducido cuadrillas
de esclavos negros en las minas de Buritic, en Antioquia. Sin embar-
go agrega, el influjo de los negros en las zonas mineras no se hizo
aparente hasta fines del siglo XVI, cuando result evidente el colapso
de la poblacin indgena (Cooper West, 1952: 81). La minera del oro
de los siglos XVII y XVIII descans casi por completo en los hombros
de los esclavos negros. La organizacin de las cuadrillas en las minas
fue otro campo al cual este autor aport conocimientos muy valiosos.
Ya en 1950 West haba establecido que estas se integraban por hom-
bres y mujeres, no solo en las minas sino tambin en la agricultura.
Estas cuadrillas iban de un pequeo nmero de seis esclavos hasta
ms de cien (Cooper West, 1952: 84). Por otro lado, destac la costum-
bre de concederles a los esclavos los domingos y otros das festivos
con el objeto de que se dedicaran a trabajar para su propio beneficio.
Estudios posteriores mostraran la importancia de esta institucin en
la economa minera del Choc. En sntesis, se podra decir sin temor
a equivocaciones que con esta excelente monografa Robert West ofre-
ci el primer anlisis moderno de la esclavitud en Colombia como una
institucin econmica.
En 1953 Harold Bierck, profesor en aquel entonces de la Uni-
versidad de Carolina del Norte, inici el estudio crtico del proceso
de la abolicin de la esclavitud en el perodo de la Gran Colombia.
En un interesante artculo publicado en una revista norteamerica-
na, Bierck adujo la existencia de fuertes intereses antiabolicionistas,
incluso en las altas esferas del gobierno de la naciente repblica.
Igualmente, mostr la ineficiencia de las medidas a favor de la liber-
tad de los esclavos, no solo como consecuencia de la fuerte presin
ejercida por la lite esclavista sino tambin debido a la inoperancia
de una burocracia que poco o nada haba cambiado despus de la In-
dependencia (Bierck A. Jr., 1953: 365-386). Sin embargo, a pesar de
los nuevos horizontes abiertos por Bierck en un asunto tan estrecha-
mente ligado al problema de la creacin del Estado nacional, habra
95
DESCOLONIZANDO MUNDOS
que esperar 16 aos para que un historiador colombiano volviera
otra vez a tocar este tema.
LA HISTORIA DE LA ESCLAVITUD
ADQUIERE CARTA DE CIUDADANA
La dcada de los sesenta vera la irrupcin de varios trabajos mayores
sobre diferentes aspectos de la esclavitud en Colombia. Jaime Jarami-
llo Uribe public dos interesantes artculos de larga extensin en la
revista que l mismo diriga y cuyo nombre, Anuario Colombiano de
Historia Social y de la Cultura, indicaba el deseo evidente de una nueva
perspectiva. El primero de ellos apareci en 1963 (Jaramillo Uribe,
1963). Aqu, por primera vez en 150 aos de historia nacional, un his-
toriador colombiano plante la importancia econmica de los negros
esclavos en el virreinato de la Nueva Granada. Basado en una exten-
sa bsqueda en los archivos colombianos, Jaramillo Uribe analiz un
amplio espectro de caractersticas sociales y econmicas de la esclavi-
tud colonial. Sin la pretensin de agotar el tema, y mucho menos sin
intentar un anlisis a fondo de la economa esclavista, el autor situ
el estudio de la esclavitud sobre bases ms cientficas. A l se debe la
formulacin de que ya para el siglo XVIII no solo la minera, como se
pensaba, sino las actividades econmicas de mayor importancia, en
general, estaban basadas en el trabajo de los esclavos. En uno de los
pasajes ms lcidos de este ensayo, dice:
La economa neogranadina del siglo XVIII reposaba sobre seis activi-
dades: minera, agricultura, ganadera, artesana, comercio y trabajo
domstico. Ahora bien, de estas, las de mayor importancia por su vo-
lumen y representacin en la riqueza privada estaban basadas en el
trabajo de la poblacin esclava. (Jaramillo Uribe, 1963: 20)
Esta afirmacin, que implicaba una revisin a fondo de la antigua
concepcin andina de colonia, debi producir desde aquel entonces
un nfasis en la comprobacin emprica de esta tesis y, por supuesto,
en el estudio de las consecuencias sociales y culturales que se deriva-
ron de este hecho esencial. Cosa curiosa, todava estamos a la espera
de esa reaccin.
Jaramillo Uribe dedic buena parte de este ensayo inaugural a
discutir la mayor o menor bondad de las instituciones esclavistas his-
pnicas. Recurdese que Frank Tannenbaum, pocos aos antes, haba
publicado su famoso folleto comparativo de la esclavitud anglosajo-
na e hispnica en tierras americanas (Tannenbaum, 1946). Pues bien,
segn Jaramillo nada permite afirmar que los esclavos de la Nueva
Granada gozaron de mayor bienestar o de un mejor trato que los de
otras regiones de Amrica. Por el contrario, el tipo de documentacin
96
Alfonso Mnera Cadavid
encontrada por l lo llev a la conclusin de que no solo el maltrato
era la norma, como en cualquier otro sitio, sino que adems la legis-
lacin y el aparato judicial haban actuado casi siempre en contra de
los esclavos y a favor de los amos. Es posible que Norman Meiklejohn
tenga razn en la crtica que le hace a este autor al sealar el insatis-
factorio uso de las fuentes para apoyar este tipo de afirmacin general
(Meiklejohn, 1969). En realidad, la debilidad de este trabajo reside en
la desmesurada ambicin de sus propsitos: no era fcil en los aos
sesenta, en medio de la completa ausencia de investigaciones regio-
nales, y en un ensayo de poco ms de 50 pginas, cubrir temas tan
complejos como el contenido econmico de la esclavitud, los orgenes
tribales de los esclavos, el trato a la poblacin esclava, las relaciones
sexuales entre amos y esclavos y la legislacin colonial sobre la escla-
vitud, sin acudir a generalidades que, en la mayor parte de los casos,
todava esperan una comprobacin emprica ms exhaustiva.
En su segundo trabajo, Jaramillo Uribe retom desde otro ngulo
el tema de la abolicin de la esclavitud iniciado por Bierck (Jaramillo
Uribe, 1969). La ausencia de estudios precedentes sobre la rentabili-
dad de la mano de obra esclava y el trabajo libre en la minera y en
la hacienda, el desconocimiento sobre la disponibilidad del trabajo
asalariado y en general sobre las formas y dimensin de este ltimo
en amplias zonas del pas durante este perodo, obligaron a Jaramillo
Uribe a limitarse a la exposicin de hiptesis, entre las cuales sobresa-
le que los mviles polticos de la manumisin en la primera mitad del
siglo XIX fueron ms importantes que los econmicos. Es decir, que
debido a que no hubo una presin real a favor de la creacin de un
mercado de trabajo libre, por la ausencia de un desarrollo industrial,
urbano o agrcola, la abolicin de la esclavitud a mediados del siglo
XIX debi originarse en los intereses polticos del liberalismo de aquel
entonces, que hizo de esta reforma una de sus banderas favoritas.
A pesar de las posibilidades que abri este pequeo y provocativo
ensayo, en funcin de revelar el sentido real de ideologa liberal de
la naciente repblica, hubo que esperar otros siete aos para que un
historiador colombiano retomara el tema de la abolicin. El excelente
trabajo de una de nuestras mejores historiadoras, Margarita Gonz-
lez, traera a la luz mucho ms de lo que Jaramillo se haba atrevido a
sugerir. A este trabajo nos referiremos en detalle ms adelante.
Un ao antes, Jaramillo Uribe haba publicado Mestizaje y dife-
renciacin social en la Nueva Granada (Jaramillo Uribe, 1978). Aqu
Jaramillo retomaba, para el caso colombiano, las viejas tesis de Freire
para el Brasil, sobre la bondad del mestizaje en promocionar una so-
ciedad ms abierta y en facilitar el proceso mismo de creacin de la
nacin decimonnica. A pesar de que el centro de las reflexiones de
97
DESCOLONIZANDO MUNDOS
este ensayo no es la esclavitud, hay que tenerlo presente en cualquier
historiografa sobre dicha institucin por una contribucin funda-
mental: su anlisis de la dinmica del mestizaje supone la afirmacin
de que en el siglo XVIII colombiano, y en la primera parte del XIX, la
esclavitud sobrevivi al lado de formas muy abiertas de integracin
de la poblacin negra a la sociedad libre mediante los procesos de
mezcla con la raza blanca. A diferencia de otros lugares como el Per,
Ecuador, Bolivia y Mxico, en la Nueva Granada el mestizaje entre las
distintas razas fue particularmente intenso, aliviando de esta manera
la aparicin de conflictos y tensiones raciales en el perodo de la re-
pblica. En relacin con estas tesis de Jaramillo Uribe, me atrevera
a sugerir que habra que mirar con ms cautela los datos del censo de
1778-1780, de los que se deduce la intensidad del mestizaje en Colom-
bia en fecha tan temprana como los aos finales del siglo XVIII.
En los ltimos aos de la dcada de los sesenta y principios de
la siguiente, Colombia pareci atraer de nuevo la atencin de los in-
vestigadores estadounidenses, probablemente como consecuencia del
inters por la esclavitud hispanoamericana que haban despertado los
estudios comparativos de Tannenbaum y, tambin, por el hecho de
ser tierra virgen en materia de investigaciones. De las grandes reas
esclavistas de la Amrica colonial, el virreinato de la Nueva Granada
segua siendo el menos estudiado. Dos importantes disertaciones doc-
torales, fundamentadas en una detallada documentacin de archivo,
exploraron a fondo los temas de la legislacin esclavista de las enfer-
medades de los negros asentados en este territorio (Meiklejohn, 1969;
Chandler, 1972). La primera de ellas, The Observance of Negro Slave
Legislation in Colonial New Granada, escrita en 1968 bajo la tute-
la del maestro Lewis Hanke, intentaba demostrar todo lo contrario
a lo que haba sostenido pocos aos antes Jaramillo Uribe, es decir,
que la legislacin y la justicia colonial haban adoptado una actitud
positiva ante la humanidad de los esclavos. Segn su autor, Norman
Meiklejohn, la tesis de Tannenbaum de que los principios humanita-
rios contenidos en la Ley de las Siete Partidas de Alfonso el Sabio ha-
ban determinado la conducta de la justicia espaola hacia los escla-
vos en Amrica era perfectamente verificable mediante el estudio de la
esclavitud durante los tres siglos coloniales de la Nueva Granada. As,
uno de los resultados ms interesantes de dicho trabajo se desprende
de este postulado, y est dado por la diferencia que Meiklejohn plan-
tea en los tipos de actitudes adoptados por los rganos de la justicia,
por un lado hacia la legislacin casustica y represiva contenida en la
Recopilacin de Indias, y por otro lado hacia los contenidos positivos
de la Ley de las Siete Partidas. Este autor encontr que, en trminos
generales, las normas esclavistas de la Recopilacin de Indias, relati-
98
Alfonso Mnera Cadavid
vas al control de la poblacin esclava, tuvieron poca aplicacin en la
prctica. Por el contrario, los principios humanitarios de la Espaa
medieval en relacin con la proteccin y manumisin de los esclavos
encontraron una positiva respuesta en el conjunto de instituciones
que intervenan en la aplicacin de las normas esclavistas.
Sin el nimo de negar el valor de este trabajo, hay que sealar al-
gunas anomalas metodolgicas que, hasta cierto punto, comprometen
la validez de sus conclusiones centrales. Una observacin cuidadosa de
la extensa documentacin de casos judiciales utilizados por Meiklejohn
muestra que la inmensa mayora de ellos se refieren al siglo XVIII, y
que, aun cuando l omite en muchos casos el origen de esta documen-
tacin, es muy probable que la mayor parte de ella se refiera al mundo
urbano ms que al rural. De modo que estas series judiciales son usadas
sin tener en cuenta las caractersticas econmicas y sociales que las
hicieron posibles. En realidad, es difcil suponer una igualdad de ac-
ceso a la ley entre el Choc minero y rural, apartado de la civilizacin,
y los centros desarrollados como Cartagena, o entre los esclavos de las
grandes plantaciones del Valle del Cauca o del sur de Bolvar y los escla-
vos artesanos o del servicio domstico en Popayn. De todos modos, lo
que s se puede plantear con alguna certeza, como un resultado de este
estudio, es que para el siglo XVIII en los centros urbanos de la Nueva
Granada los esclavos contaban con toda una superestructura jurdica
que los protega de los excesos cometidos por los amos y que les facili-
taba enormemente el proceso de obtencin de la libertad. Ir ms all de
esto es difcil debido a los problemas metodolgicos antes sealados.
En 1972, David Lee Chandler escribi la segunda de las tesis aludi-
das. Es probable que este sea el nico estudio extenso que existe sobre
las enfermedades asociadas a la esclavitud en Hispanoamrica y uno
de los ms completos sobre este tema para Amrica en general. El tra-
bajo realizado por Chandler en los archivos colombianos fue ms am-
plio y minucioso que el de Meiklejohn, pero al mismo tiempo presenta
inconsistencias metodolgicas ms graves. Afirmaciones como las de
que los negros esclavos fueron los responsables de la introduccin en
el interior del pas de todas las grandes pestes del siglo XVI al XVII,
incluso de aquellas asociadas a los espaoles como la viruela, y que en
consecuencia lo fueron del terrible aniquilamiento de la poblacin in-
dgena, resultan temerarias y sin ningn tipo de fundamento (Chand-
ler, 1972: 120-136). Adems, la organizacin de los datos estadsticos a
partir de los cuales el autor extrae sus conclusiones centrales sobre la
difusin de las enfermedades en la Nueva Granada, a pesar del enorme
valor de esta informacin, resulta deficiente para los fines propuestos.
Bsicamente lo que Chandler hizo fue agrupar una muestra de 7.984
casos de enfermedades, de las cuales 1.641 aparecen como pertene-
99
DESCOLONIZANDO MUNDOS
cientes a esclavos que trabajan en las haciendas, 3.848 en las minas,
125 en el servicio domstico y aqu aparece el primer problema gra-
ve 2.370 bajo los jesuitas (Chandler, 1972: 183). Adems de que no
logramos saber a qu tipo de actividad econmica estaban ligados los
que aparecen bajo el rubro de jesuitas, tampoco llegamos a conocer
la distribucin regional ni temporal de todos estos esclavos. De modo
que, si bien como muestra de tendencias generales el trabajo no deja
de ser valioso, anlisis ms detallados acerca de prevalencias de ciertas
enfermedades por actividad econmica, por regin o por perodo de
tiempo son imposibles con base en esta organizacin de datos; en el
mejor de los casos, sus resultados son poco confiables.
Sin embargo, al margen de la importancia que tiene la presenta-
cin que hace Chandler del cuerpo de enfermedades asociadas con la
esclavitud en Colombia, su mayor contribucin estriba en el relato de
la epopeya que representaba el viaje de los esclavos que iban desde el
puerto de Cartagena hasta las regiones mineras y agrcolas del inte-
rior. Por la absurda poltica comercial y fiscal impuesta por Espaa a
la Nueva Granada, la internacin de los esclavos se converta en una
verdadera pesadilla que arrojaba un ndice de mortalidad extremada-
mente alto superior al 20% y que contribua al tambin altsimo
ndice de mortalidad en el perodo de aclimatacin en los campos de
trabajo. El viaje de los esclavos de Cartagena al Choc, por ejemplo,
que hubiese podido realizarse por el ro Atrato en menos de 500 kil-
metros, se converta en un trayecto de ms del triple, en el que haba
que subir y volver a bajar la cordillera, con sus terribles pramos y
abismos sin fin.
En 1974, la historiadora colombiana Margarita Gonzlez retoma-
ra el tema de la abolicin de la esclavitud en un excelente y exten-
so ensayo publicado en la revista Cuadernos Colombianos (Gonzlez,
1974). Metodolgicamente la autora se coloca en el extremo opuesto
de la posicin adoptada por tradicin sobre este particular. A dife-
rencia de Jaramillo Uribe, quien de antemano acepta la existencia de
una voluntad antiabolicionista dominante desde las primeras dcadas
del siglo XIX, ella comienza por preguntarse si esta existi realmente.
La conclusin a la que llega, apoyada por una evidencia documental
incuestionable, es sorprendente y de profundas consecuencias para la
comprensin cabal de la repblica del siglo XIX. Segn Gonzlez, la
ley de manumisin aprobada por el Congreso de 1821 fue el resultado
de la necesidad de conciliar la presin exterior de Inglaterra, la pre-
sin interior de los esclavos que haban combatido al lado de Bolvar,
con base en la promesa de su liberacin, y el afn de que los seores
esclavistas no tuvieran ninguna prdida. Dice lo siguiente:
100
Alfonso Mnera Cadavid
Por lo dems, como hemos visto, desde el punto de vista puramente
local, era mucho ms el inters por mantener la esclavitud que por
suprimirla La estipulacin sobre supresin de trfico negrero en la
ley del 21 trata de conciliar el compromiso contrado con Inglaterra y
la tendencia preponderante en el pas, o sea la afirmacin de la escla-
vitud. (Gonzlez, 1974: 24)
Esta historiadora revel dos notables hechos: la ley del 21 conceda
libertad de partos, pero al mismo tiempo garantizaba la continuidad
del sistema al imponer la obligacin forzosa de trabajar para los amos
de sus padres, hasta los 18 aos, a los nacidos de ese ao en adelante.
Esto significaba que a partir de 1839 los nacidos del 21 en adelante
recobraran su libertad completa. Evidentemente esta no era la in-
tencin real del legislador, y en 1843 se estableci la institucin del
concierto forzoso para los libertos, mediante la cual se les obligaba a
seguir sujetos a sus antiguos amos siete aos ms. Para Gonzlez, a
diferencia tambin de Jaime Jaramillo Uribe, quien no vio motiva-
ciones econmicas claras en este proceso, la posicin dominante de
mantener la esclavitud y, luego en los aos cincuenta, de favorecer la
manumisin forzosa y sin indemnizacin inmediata, estn en estre-
cha relacin con el hecho de que para la primera mitad del siglo XIX
no existan las condiciones sociales y econmicas internas tendientes
a la instauracin del trabajo libre asalariado. Pero para mediados
del siglo la evolucin econmica interna, ligada a los mercados mun-
diales, exige cambios en las relaciones sociales que mediaban en la
esclavitud (Gonzlez, 1974: 32). A pesar de su indudable importan-
cia, esta tesis no est discutida en detalle en este ensayo y solo aparece
mencionada para darles una explicacin lgica a los cambios que se
producen a lo largo del proceso de la manumisin de los esclavos en
la primera mitad el siglo XIX. Habra que volver otra vez a la pregun-
ta inicial de Jaramillo Uribe acerca de si el proceso de expansin de
la produccin de tabaco para la exportacin, trabajado con mano de
obra libre, fue en realidad el factor decisivo de la abolicin definitiva
de la esclavitud en Colombia. Por lo dems, habra que sealar que
para 1851 el nmero de esclavos se haba reducido a menos de 17.000
y se concentraban, principalmente, en las regiones de Popayn, Antio-
quia y las costas caribe y pacfica colombianas.
LOS ESTUDIOS SOBRE LA TRATA
Con el advenimiento en los aos setenta de un renovado inters en
los estudios sobre la esclavitud afroamericana, la trata de esclavos
por Cartagena, puerto negrero de indudable importancia en el perodo
colonial, sera objeto de dos estudios mayores. Los trabajos de Jorge
Palacios Preciado sobre el comercio de esclavos en este puerto a fina-
101
DESCOLONIZANDO MUNDOS
les del siglo XVII y primera mitad del XVIII, y de Enriqueta Vila Vilar,
arrojaron luz sobre el movimiento de esclavos en la Nueva Granada
(Palacios Preciado, 1977).
A pesar de todos los defectos propios de su poca, con la obra
de James F. King, Negro Slavery in Viceroyalty of New Granada se
iniciaron las investigaciones histricas sobre la esclavitud en Colom-
bia. Como era de esperarse, este autor norteamericano se centr en
los aspectos diplomticos e institucionales de la esclavitud. King hizo
un pormenorizado relato de la trata negrera a lo largo del siglo XVIII,
empezando con el asiento ingls de 1713 hasta el establecimiento del
comercio libre de negros en 1791. En realidad haba que comenzar
por el principio, porque todo estaba por hacerse en 1939. As, adems
de organizar por primera vez el conocimiento de las distintas etapas
institucionales de la esclavitud en el siglo XVIII, este autor tuvo el
mrito de ofrecer en su obra el primer intento de sistematizacin de
la distribucin regional de la esclavitud en Colombia. Las reas de
Antioquia, Popayn y Choc fueron definidas con claridad por King;
no as, sin embargo, la otra rea importante del Caribe. Pero, cu-
riosamente, como lo veremos ms adelante en detalle, esta ha sido
una actitud tpica de la literatura sobre la esclavitud en Colombia,
ms que una limitacin suya. Con King empez tambin la discusin
sobre el carcter humanitario de las instituciones hispnicas en el
trato hacia el negro. Mucho antes de que Tannenbaum publicara su
estudio comparativo, King haba destacado el carcter benefactor de
las leyes, el Estado y la Iglesia hacia los esclavos, y haba tenido tam-
bin la suficiente sagacidad para ver, desde entonces, las diferencias
econmicas entre la Nueva Granada y Cuba, que permitieron que en
la primera fuera posible esta actitud humanitaria, mientras que en la
segunda no fuese as.
Ahora bien, en Negro Slavery in Viceroyalty of New Granada
no hay el mnimo intento por estudiar las caractersticas econmicas
y sociales de la trata, ms all de la simple enunciacin de su fina-
lidad general de carcter productivo. Hubo entonces que esperar a
que se publicara el documentadsimo trabajo de Palacios Preciado
en 1973 para empezar a manejar con cierta precisin los datos sobre
esclavos importados en este reino y algunas de sus condiciones de-
mogrficas (Palacios Preciado, 1977). El resultado ms esclarecedor
de este estudio fue la comprobacin de que durante el perodo de
mayor absorcin de mano de obra en los centros mineros de la Nueva
Granada (1680-1735), en Cartagena solo se vendieron cerca de 18.500
esclavos, es decir, un promedio anual de 336 esclavos, de los cuales
dos terceras partes eran hombres. Segn Palacios, en este perodo
Cartagena perdi definitivamente su preeminencia como principal
102
Alfonso Mnera Cadavid
puerto negrero de la Amrica espaola. En realidad, solamente du-
rante el asiento de la compaa Cacheau (1698-1702), Cartagena vol-
vi a ser la factora principal de esclavos, honor que haba perdido
desde mediados del siglo XVII.
En 1977, Enriqueta Vila Vilar llen otro importante vaco al cuan-
tificar, mediante mtodos ms confiables, el nmero de esclavos im-
portados por Cartagena durante los asientos portugueses. Ella encon-
tr que de 1595 a 1640 un mnimo de 45.000 esclavos haban sido
legalmente introducidos por este puerto, y que el total, incluyendo los
ilegales, haba sido de 135.000 (Vila Vilar, 1977). Por supuesto, gran
parte de estos esclavos venan con destino a territorios diferentes de
los de la Nueva Granada, ya que esta ciudad fue el principal puerto
de introduccin de esclavos durante todo el perodo de los asientos
portugueses. Vila Vilar no intent discriminar las cifras relativas al
nmero de esclavos que se quedaron en la Nueva Granada.
Dos aos ms tarde. Germn Colmenares ofreci por primera vez
un nmero global de los esclavos introducidos al territorio colombia-
no durante toda la poca colonial, basndose en los datos de Vila Vilar
y Palacios Preciado, adems de otros pocos dispersos en monografas
y trabajos ms generales. Segn los clculos de este historiador co-
lombiano, durante todo el perodo colonial la Nueva Granada ha-
bra recibido cerca de 80.000 esclavos de introducciones legtimas;
estableciendo un promedio de introducciones de contrabando de un
50% de las legales, la cifra total sera aproximadamente de 120.000. Es
decir, un poco ms de la mitad de los 200.000 que Philip Curtin asign
a la Nueva Granada, Panam y la audiencia de Quito (Colmenares,
1979: 42-43; Curtin, 1969).
Otros aspectos, como las variaciones de precios, se han tratado
tambin en algunos de estos trabajos. Al respecto, Palacios Preciado
ofreci una excelente discusin en su obra para toda la primera mitad
del XVIII. En relacin con otras magnitudes, tales como los ndices de
fertilidad y mortalidad, es poco lo que se conoce de manera global. Sin
embargo, los estudios regionales, bsicamente sobre el rea minera
de Popayn y el Choc, han empezado a ocuparse de estos aspectos,
fundamentales para entender la compleja dinmica de la esclavitud.
LOS ESTUDIOS REGIONALES
EL REA MINERA DE LA ANTIGUA GOBERNACIN DE POPAYN
Los aos setenta no solo son significativos por el mayor conocimien-
to que se obtuvo sobre el comercio de esclavos sino, especialmente,
por una innovacin de profundas consecuencias para la historiogra-
fa colombiana: el advenimiento de los modernos estudios regiona-
les. De estos, uno de los ms valiosos no solo para Colombia sino
103
DESCOLONIZANDO MUNDOS
incluso para los estudios latinoamericanos, es el escrito por William
F. Sharp (1976).
Sharp estudi la evolucin del Choc desde los das iniciales de
la Colonia, mucho antes del boom aurfero, y cuando no era otra cosa
que una zona fronteriza de contrabando, hasta finales del siglo XVIII.
Este estudio contiene importantes contribuciones al conocimiento de
la esclavitud colonial. Quizs las de mayor trascendencia sean sus cl-
culos de rentabilidad para el sistema esclavista de las minas del Cho-
c y sus conclusiones en torno a las caractersticas demogrficas de
la poblacin esclava. Influido por los hallazgos de Engerman y Fogel
en torno a la rentabilidad de los esclavos del sur de Estados Unidos
(Fogel y Engerman, 1974), Sharp introdujo, por primera vez en los
estudios coloniales del rea colombiana, un anlisis de la rentabilidad
de la mano de obra esclava. l lleg a la conclusin de que en la regin
chocoana la minera esclavista fue una empresa de alta rentabilidad
que produjo rendimientos del 34,32% en 1724; 12,69% en 1759; 7,96%
en 1778; 5,16% en 1782, y 18,87% en 1804 (Sharp, 1976: 171-189).
A partir de estos resultados, Sharp pudo explicar en trminos de
su mayor o menor rentabilidad las fuertes fluctuaciones que se pre-
sentaron en la demanda de esclavos en la regin. Las altas ganancias
de la primera mitad del siglo pudieron haber llevado a los propieta-
rios de minas a invertir grandes sumas de dinero en la compra ma-
siva de esclavos entre 1759 y 1782. De una fecha a otra la poblacin
esclava pas de 3.918 a 7.088. Pero a partir de este ltimo decenio de
1780, la creciente baja de la rentabilidad provoc un descenso en la
reinversin de capital, estimulando, por el contrario, una cada verti-
ginosa de la poblacin esclava. En 1808 el nmero de esclavos haba
descendido a 4.968 y, con ello, la rentabilidad haba subido otra vez.
Segn Sharp, las condiciones de la produccin minera en el Choc
no permitan que esta fuera rentable bajo los sistemas de trabajo y
de suministro de los alimentos empleados, a menos que la poblacin
esclava se mantuviera por debajo de 5.000. Estas cifras pueden, por
supuesto, arrojar mucha luz sobre los lmites de crecimiento de la
produccin aurfera y del sistema esclavista de la Nueva Granada en
trminos comparativos con otras regiones del continente, sobre todo
si se recuerda que el Choc era el rea productiva por excelencia du-
rante todo el siglo XVIII.
En el anlisis de las condiciones demogrficas de la poblacin es-
clava del Choc, Sharp lleg a conclusiones sorprendentes. En primer
lugar, seal que a pesar de que el Choc dependi de las importacio-
nes para mantener el nivel de la poblacin esclava, como el Brasil o
las islas del Caribe, esto no debera llevar a la conclusin de que hubo
un alto ndice de mortalidad o un bajo ndice de reproduccin. Por
104
Alfonso Mnera Cadavid
el contrario, aunque advierte que es imposible calcular los ndices de
mortalidad debido a la frecuencia de las manumisiones, el gran n-
mero de esclavos viejos mencionados en los inventarios de las minas
y el hecho de que el crecimiento vegetativo de la poblacin esclava no
result particularmente alto, aunque entre la poblacin negra en ge-
neral s lo fue, desmentiran la presuncin de una elevada mortalidad
(Sharp, 1976: 125-126). En segundo lugar, el alto ndice de nacimien-
tos encuentra una explicacin en otro hecho sorprendente: De 1778 a
1808 las mujeres esclavas nunca fueron menos del 45% del total de la
poblacin. Adems, Sharp agrega que existe una evidencia fuerte de
que los seores esclavistas preferan familias unidas a esclavos solos.
En 1782 casi un tercio de los esclavos estaban casados y muchos de los
solteros eran hijos que vivan con sus familias. Las mujeres embara-
zadas reciban raciones extra y privilegios especiales como incentivo
para procrear (Sharp, 1976: 124).
Sharp examina otros temas de importancia, cuya sola resea se
hara muy extensa para los propsitos de este ensayo. Quizs valga
la pena agregar, como conclusin, que con Slavery on the Spanish
Frontier se dio un nuevo y poderoso impulso a los estudios sobre la
esclavitud en Colombia, sobre todo por el enorme favor de dirigir la
atencin hacia los complejos problemas de orden econmico y social
que las recientes interpretaciones del fenmeno esclavista en Esta-
dos Unidos y el Caribe haban puesto sobre la mesa. Que esto sera
una influencia benfica para los estudios histricos colombianos lo
demostrara plenamente el trabajo de Germn Colmenares sobre la
sociedad esclavista de Popayn publicado tres aos despus (Colme-
nares, 1979: Tomo II).
La trascendencia que para esta poca haban cobrado los estu-
dios sobre la esclavitud en Colombia puede sintetizarse en palabras
de Colmenares:
Dada su importancia como elemento que contribuy en la formacin
de minas y haciendas, se ha dado prelacin al estudio de la esclavitud.
Este tema se impone ahora como punto focal de cualquier estudio so-
bre la regin (Popayn) en el siglo XVIII. (Colmenares, 1979: 7)
Pocos aos antes esta idea habra sido impronunciable en los crculos
acadmicos colombianos4.
4 A pesar de que el estudio de Sharp debi ejercer un estmulo saludable en la
produccin de esta obra de Colmenares, es de justicia sealar que este ltimo, en
trabajos ms generales sobre la economa y la sociedad colombianas, haba mostra-
do evidente preocupacin por el tema de la esclavitud aos antes de que el primero
escribiera sobre el Choc.
105
DESCOLONIZANDO MUNDOS
El objetivo de Colmenares fue estudiar la regin de Popayn
como una totalidad determinada por el carcter esclavista de su pro-
duccin, definida como evidentemente precapitalista. Esta formula-
cin terica, a la que Colmenares le dio mucha ms importancia de la
que l mismo acepta, est presente a lo largo del trabajo. En realidad,
un elemento esencial de este libro es la discusin que plantea con las
tesis de Engerman y Fogel y, por supuesto, con las conclusiones y el
mtodo empleado por Sharp. A este respecto resultan particularmente
interesantes sus objeciones a dicho mtodo en la determinacin de la
rentabilidad del sistema esclavista en el Choc del siglo XVIII.
En otro sentido, Colmenares estableci un dilogo muy fructfero
con la obra de Sharp. Por ejemplo, en relacin con la estructura demo-
grfica de la poblacin esclava, reexamin los hallazgos de este ltimo,
ofreciendo en algunos casos resultados ms completos. Colmenares su-
giri que la estructura poblacional de las cuadrillas en la gobernacin
de Popayn atraves tres etapas definidas. Una en la cual se constituye
el ncleo primordial de las cuadrillas alrededor de 1710. Otra, cerca
de 1740, que culmina una etapa intensiva de compras, favorecida por
una elevada productividad de las minas. Y la tercera, 30 aos ms tar-
de, hacia 1770, en la que las cuadrillas revelan una cierta estabilidad
y cuya poblacin activa no se reemplaza principalmente con bozales
adultos sino con la incorporacin al trabajo de una creciente poblacin
criolla. Con base en lo anterior, l piensa que, si bien como dice Sharp a
partir de 1770-1780 pudo haber unas tasas de crecimiento poblacional
positivas, por lo menos hasta esta fecha el crecimiento vegetativo de la
poblacin esclava debi ser negativo (Colmenares, 1979: 76-86).
Es tambin muy interesante la correccin que hace Colmenares a
la hiptesis de Sharp de que las manumisiones fueron un factor deci-
sivo en el descenso de la poblacin esclava a fines del XVIII. Segn el
primero, este descenso fue el resultado del traslado masivo de cuadri-
llas completas del Choc a otras minas o a las haciendas de Popayn
(Colmenares, 1979: 84-87). La conclusin final de Colmenares sobre
este problema de la reproduccin vegetativa de la poblacin esclava,
en el sentido de que Colombia habra tenido una posicin intermedia
entre los dos casos extremos de Estados Unidos y las Antillas, en la
que los africanos parecan haberse adaptado en la segunda mitad
del siglo XVIII a condiciones de vida que deban ser menos duras
en las minas y haciendas neogranadinas que en las plantaciones anti-
llanas y brasileas, requerir nuevas investigaciones que ofrezcan un
cuadro ms completo de la estructura demogrfica de la esclavitud.
En 1981, David L. Chandler public un muy provocativo artculo
titulado Family Bonds and the Bondsman: The Slave Family in Colo-
nial Colombia, en Latin American Research Review (Chandler, 1981:
106
Alfonso Mnera Cadavid
107-131). Este es quizs el intento ms serio y ambicioso por exponer
un hecho del que antes tenamos apenas noticia: que los esclavos ha-
ban constituido, como una caracterstica central de sus vidas, fami-
lias estables. Que estas no eran una excepcin sino, por el contrario,
un hecho bastante comn en la esclavitud neogranadina. Al lado de
lo anterior, Chandler trae nuevos datos a favor de la tesis de Sharp de
que la manumisin fue una prctica bastante difundida, sobre todo en
las zonas mineras del Choc.
En una de sus tesis ms llamativas, sostiene este autor:
Una combinacin de motivos religiosos, humanitarios, paternalistas
y econmicos llevaron a la Iglesia, a la corona y a los funcionarios
coloniales y propietarios en Colombia a favorecer los lazos familia-
res entre los esclavos de la colonia. En general, ellos fueron extraordi-
nariamente exitosos. Si las cifras son correctas y representativas, dos
tercios de todos los esclavos adultos vivieron en unidades familiares.
Las familias esclavas no solo existieron, sino que fueron duraderas,
unidades familiares viables, con derechos de relaciones conyugales re-
conocidos y derechos sobre sus hijos.
Ms adelante agrega:
Los derechos de los esclavos a mantener sus familias, a tener una pro-
piedad y a comprar su libertad tuvieron dos efectos. Cre, en Colombia
con toda seguridad, una atmsfera en la que los negros pudieron liber-
tarse ellos mismos con relativa facilidad, aunque fue probablemente
ms fcil en las reas mineras que en cualquier otro lugar A menu-
do cre tambin una cohesin entre las familias negras, que entonces
trabajaron juntas hacia la liberacin de otros miembros de la familia.
(Chandler, 1981: 126-127)
La enorme y variada documentacin utilizada por Chandler en este tra-
bajo es, en esencia, la misma usada por l en su disertacin doctoral an-
tes comentada. Solo que aqu emple principalmente la concerniente al
siglo XVIII, y si bien algunos documentos y cifras se refieren a regiones
tan dismiles como el Ecuador y la costa caribe colombiana, la mayor
parte de estos se concentran en la regin del viejo Cauca y el Choc.
Finalmente, en 1984 la Universidad del Valle public el excelente
libro La abolicin de la esclavitud en Popayn, del historiador cubano
Jorge Castellanos. Como su ttulo lo sugiere, en este trabajo se rea-
firma el carcter regional de los nuevos estudios sobre la esclavitud,
aportando otras luces sobre un tema del cual se haba tenido siempre
un conocimiento de sus tendencias generales, pero poco o nada de sus
manifestaciones locales.
107
DESCOLONIZANDO MUNDOS
LOS ESTUDIOS REGIONALES
LA COSTA CARIBE
La costa caribe, entendida como una unidad regional, tena a fina-
les del siglo XVIII un mayor nmero de esclavos que cualquiera de
las otras dos grandes regiones esclavistas, Popayn y Antioquia. Sola-
mente en la provincia de Cartagena, con 9.622 esclavos en 1778, haba
ms esclavos que en el Choc en cualquier poca de su historia, casi
tantos como en Antioquia y ms de 70% de los existentes en toda la
provincia de Popayn para aquel entonces. En los siglos XVI y XVII,
Cartagena fue el emporio de la trata de negros en la Amrica hispana;
con sus casi 6.000 esclavos en 1686, tambin fue la provincia escla-
vista por excelencia de la Nueva Granada. A pesar de todo lo anterior,
no existe ningn estudio que se haya ocupado de la esclavitud en la
provincia de Cartagena y en general en la regin caribe colombiana,
al igual que Sharp y Colmenares para el Choc y Popayn, respectiva-
mente. Solo es posible encontrar el breve ensayo en que Adolfo Meisel
estudi la hacienda esclavista de la provincia de Cartagena (Meisel,
1980). Este trabajo, presentado como tesis de grado para obtener el t-
tulo de economista en la Universidad de los Andes, es principalmente
una mirada panormica a la evolucin de la hacienda esclavista desde
1588 hasta 1851. Sin embargo, tiene el valor de haber introducido
las preocupaciones por el anlisis econmico social, en especial por
las caractersticas demogrficas de la poblacin esclava, presente en
Sharp y Colmenares, al conocimiento del entorno caribeo.
Meisel mostr varias cosas. La primera de ellas tiene que ver con la
comprobacin estadstica de que para el siglo XVIII, al menos para el
tercer cuarto de este siglo, la gran hacienda de esta regin se trabajaba,
bsicamente, con mano de obra esclava. Ciertas haciendas de trapiche
y de hatos eran trabajadas en algunos casos por ms de cien esclavos.
En segundo lugar, al estudiar la conducta demogrfica de esta pobla-
cin esclava, lleg a resultados tan sorprendentes como los hallados en
el Choc. Mientras que para fines del siglo XVII la razn de masculini-
dad era de 492, el censo de 1778 mostraba una razn de masculinidad
de apenas 106. Adems, encontr que para esta ltima fecha el 33% de
la poblacin era menor de catorce aos, contra 4,9% en el siglo XVII.
Pese a que acepta el hecho evidente de que se trataba de una poblacin
joven con una natalidad significativa, Meisel se apresur a advertir:
Esto no implicaba, sin embargo, que la poblacin total estuviera cre-
ciendo. En ausencia de un flujo migratorio, las altas tasas de morta-
lidad producan tasas de reproduccin negativas. Entre 1777 y 1825,
la poblacin negra de la provincia de Cartagena se redujo en un 50%.
(Meisel, 1980: 251 261)
108
Alfonso Mnera Cadavid
El grave error aqu estuvo en confundir el decrecimiento de la pobla-
cin esclava con el de la poblacin negra como tal. En realidad, lo que
muestran estos datos es que esta ltima, al igual que la del Choc para
dicha poca, estaba expandindose al mismo tiempo que la esclavitud
declinaba de modo acelerado. Al calor de los debates ideolgicos de
entonces, Meisel denomin ingenuamente el proceso de transicin de
la mano de obra esclava a mano de obra libre en las haciendas del
siglo XIX como un proceso de constitucin de una sociedad feudal.
Pese a lo anterior, no dejan de ser interesantes sus insinuaciones en
torno a los mtodos utilizados por los hacendados para disciplinar la
fuerza de trabajo dispersa e integrada por mestizos y negros libres.
El ensayo de Meisel no es, por supuesto, equiparable a lo hecho
por Sharp y Colmenares. No poda serlo, adems, por la naturaleza
misma de su escrito, diseado como exploracin inicial de un tema
para obtener el ttulo bsico de economista. La diferencia de fondo
quizs est en que mientras el primero se propuso un estudio pa-
normico, y con una documentacin muy limitada, los segundos,
con una enorme documentacin en las manos, estudiaron la regin
como una totalidad socioeconmica, en donde la estructura de la
propiedad, el comportamiento demogrfico de la poblacin escla-
va, sus patrones de resistencia, las caractersticas del trabajo y otras
variables importantes, como el tipo de relaciones dentro del mbito
urbano y de este con el mundo rural, fueron exhaustivamente ana-
lizados. En realidad, todo lo anterior est todava por hacerse para
el Caribe colombiano, pese a que otros estudios, no enfocados en el
problema de la esclavitud, han arrojado nuevas luces sobre el parti-
cular. En este orden de ideas, es necesario referirse a los trabajos de
Orlando Fals Borda y Hermes Tovar.
Fals Borda fue quizs el primero de los investigadores sociales co-
lombianos en referirse a la necesidad de un estudio sistemtico de las
condiciones socioeconmicas del Caribe colombiano, entendido este
como un rea geogrfica con caractersticas propias que la diferen-
cian del resto del pas. En un ensayo inicial, publicado en 1973, hizo
un esquema del desarrollo de la costa caribe desde los das iniciales
de la conquista hasta los orgenes del capitalismo en el siglo XIX (Fals
Borda, 1976). En este trabajo estudi dos aspectos importantes de
esta geografa: las tendencias centrales en el poblamiento costeo y la
expansin de la hacienda. Sobre lo segundo mostr, incluso antes que
Meisel, el carcter esclavista de esta produccin, que defini como
modo de produccin seorial esclavista; pero fuera de su enunciacin
terica, poco ms fue lo que hizo al respecto. En cambio, sobre el tipo
de poblamiento, el trabajo de este autor permanece insuperado. Con
una precisin en los detalles, Fals reconstruye las corrientes de pobla-
109
DESCOLONIZANDO MUNDOS
cin de los siglos XVI al XVIII. De particular relevancia es el mapa en
el que muestra los pueblos de negros y palenques establecidos en esta
rea del Caribe de 1533 a 1788.
Siete aos despus, Fals Borda public el primer libro de su serie
titulada Historia doble de la costa, dedicado a estudiar la formacin
seorial esclavista en el sur de la antigua provincia de Cartagena, cuyo
centro era Mompox. Aqu se concentr en el examen de los grandes
seores de la tierra, los marqueses de Valdehoyos y Santa Coa (Fals
Borda, 1980). Sin embargo, ms que la economa de sus haciendas, la
preocupacin central de este trabajo es la vida urbana de estas gran-
des familias aristocrticas, a la par que pretende recrear la gesta social
y cultural que fue surgiendo de nuevos pueblos campesinos formados
por una intensa mezcla de negros cimarrones, mulatos libres y mes-
tizos de todas las categoras en esta extensa rea del sur de Bolvar.
En ese mismo ao de 1980 apareci la obra de Hermes Tovar,
Grandes empresas agrcolas del siglo XVIII, cuyo mrito ha sido poner
aun ms claro, a travs de un anlisis comparativo de la gran propie-
dad agraria de la Nueva Granada, que la costa fue una de las reas de
mayor desarrollo agrcola y ganadero en el siglo XVIII, y que este se
bas en el trabajo esclavo. Pero en dicho libro no se logra explicar la
significacin de las haciendas azucareras y ganaderas en el conjunto
de la economa caribea y nacional, en trminos de su participacin
real en la produccin nacional y de su impacto sobre otras actividades
econmicas y sociales. Mucho menos ampla el conocimiento de las
cuadrillas de esclavos vinculadas a estas haciendas (Tovar, 1980).
Adems de estas obras que examinan o tocan la problemtica so-
cioeconmica del negro en la poblacin caribe, poco ms es lo que se
ha hecho en otros campos. Quizs lo ms valioso sea el trabajo de Nina
S. de Friedemann sobre el palenque de San Basilio (De Friedemann,
1980). Mucho ms sistemtico en su concepcin y con una visin his-
trica ms elaborada, 26 aos despus de que Aquiles Escalante escri-
biera su ensayo sobre San Basilio, este trabajo expone el resultado de
una larga investigacin sobre los orgenes y los nexos africanos de esta
singular comunidad de cimarrones del Caribe colombiano. La seora
Friedemann estudia de modo por dems convincente la presencia de
frica en la organizacin econmica, social y cultural de los habitan-
tes del palenque. Las fotos que acompaan el libro constituyen otro
acierto en el orden de la indagacin antropolgica y cultural.
El trabajo de recopilacin documental de Roberto Arrzola, ti-
tulado Palenque, primer pueblo libre de Amrica, es otra importante
contribucin, aunque de otro orden, a los estudios de las comunida-
des cimarronas del Caribe colombiano, en especial a la del palenque
de San Basilio (Arrzola, 1970). Con mucha paciencia Arrzola, en
110
Alfonso Mnera Cadavid
una poca en la que muy pocos se interesaban en Colombia por estos
asuntos, se dedic a la bsqueda en el Archivo de Indias de Sevilla de
documentos sobre la revuelta de esclavos en Cartagena. El resultado
es un recuento minucioso de las luchas de los esclavos en esta regin,
a lo largo del siglo XVII y principios del XVIII, centrndose sobre
todo en los finales del seiscientos, en que se produjo la gran revuelta
esclava de los negros del palenque de San Basilio. Como la mayor
parte del libro no es sino la reproduccin literal de cientos y cientos
de documentos, este se convierte en una verdadera mina de oro no
solo para conocer los incidentes de esta sublevacin, sino tambin de
muchos otros aspectos de la vida de los esclavos. Tres aos despus
de haberse editado el libro de Arrzola, la Escuela de Estudios Hispa-
noamericanos de Sevilla public Palenques de negros en Cartagena de
Indias a fines del siglo XVII, de Mara del Carmen Borrego Pla (1973).
Este trabajo hace uso de una pequea fraccin de la documentacin
utilizada por Arrzola, siendo su interpretacin del cimarronaje de los
palenques de muy escaso valor analtico.
Lo ltimo que se ha dado a conocer sobre la esclavitud en el Cari-
be colombiano es La llave de las Indias, obra escrita por el historiador
Nicols del Castillo Mathieu. Este es un libro muy valioso por la forma
como ordena la informacin, dispersa en una variedad de trabajos,
sobre el comercio y el origen tribal de los esclavos que llegaron a Car-
tagena durante el perodo colonial. Hay all un primer y extraordi-
nario esfuerzo, de enorme utilidad, por determinar las distintas pro-
cedencias de los esclavos africanos segn el perodo de su arribo a
Cartagena (Del Castillo Mathieu, 1981). El mismo autor escribi otra
obra de contribuciones fundamentales al conocimiento del mundo es-
piritual y cultural de la poblacin esclava, titulada Esclavos negros en
Cartagena y sus aportes lxicos (Del Castillo Mathieu, 1982). En los
aos ochenta el tema de los aportes lingsticos fue uno de los ms
estudiados en la experiencia afrocolombiana. Esencial ha sido en este
particular la contribucin del Instituto Caro y Cuervo. Por conside-
raciones de mtodo y de espacio he preferido no referirme en detalle
a este aspecto, igualmente importante, de los estudios sobre la escla-
vitud en Colombia. De todos modos vale la pena sealar, adems del
ya mencionado de Nicols del Castillo, los de Carlos Patio Rosselli y
Nina S. de Friedemann (1983), y el de William W. Megenney (1986).
CONCLUSIONES
Aun cuando ha sido inevitable dejar de lado un grupo numeroso de
trabajos que se refieren al negro en Colombia, dispersos en decenas de
revistas, creo haber mostrado un desarrollo cronolgico de la historio-
grafa sobre la esclavitud hasta finales de la dcada de los ochenta, sus
111
DESCOLONIZANDO MUNDOS
principales tendencias, hallazgos y debilidades. Sin embargo, conside-
ro necesario, para hacer de esta discusin un ejercicio ms fructfero,
exponer unas pocas reflexiones que ayudarn a situar mejor el anlisis
en torno al quehacer intelectual de los colombianos sobre un tema tan
complejo y comprometedor como es este de la esclavitud.
Lo primero que parece evidente es que con excepcin de la exce-
lente monografa de Robert West, nada importante se haba escrito
en torno a las condiciones socioeconmicas de la esclavitud colom-
biana hasta hace 38 aos. En 1963 Jaime Jaramillo Uribe lleg a la
verdad elemental vedada al resto de los colombianos durante ms
de 150 aos de historia nacional por el poder de los prejuicios ideol-
gicos de que los esclavos en Colombia, pese a no ser siquiera 10%
de la poblacin, fueron durante el siglo XVIII la fuerza de trabajo
clave no solo de la minera del oro sino tambin de prcticamente
todas las actividades econmicas importantes de aquel entonces. En
verdad, en la dcada del sesenta, con los trabajos de Jaramillo Uribe
y Norman Meiklejohn, la historia social de la esclavitud en Colombia
gan estatura.
No obstante, tan solo en los aos setenta los estudios socioecon-
micos en torno a la economa y sociedad esclavista adquirieron plena
madurez en Colombia. Por primera vez se habl de la rentabilidad y
de ndices de mortalidad y natalidad de la poblacin esclava, de patro-
nes alimentarios y, lo que es ms importante, de cmo toda una socie-
dad se construy sobre los hombros del trabajo hercleo y creativo de
un grupo tan reducido de seres humanos.
Empero, todos estos trabajos posteriores a los aos setenta, a pe-
sar de concentrar sus esfuerzos en temticas diferentes, tienen en co-
mn que se nutren bsicamente de documentos sobre esclavos de las
regiones mineras y agrcolas de la antigua gobernacin de Popayn.
Los estudios de Sharp y Colmenares sobre el Choc y Popayn com-
parten, por supuesto, esta caracterstica de trabajos sobre tal regin;
pero, incluso la investigacin sobre morbilidad en la Nueva Granada
de Chandler y el magnfico ensayo sobre la abolicin de Margarita
Gonzlez se basan casi exclusivamente en una documentacin pro-
veniente del antiguo Cauca. De modo que una condicin clave de los
estudios sobre la esclavitud en Colombia tiene que ver con su conno-
tacin y desbalance regional. Por qu se conocen mucho mejor la
economa y la sociedad esclavista de Popayn que las de Antioquia y
la costa caribe? Creo que esto merece una explicacin.
En lo referente al departamento de Antioquia, pienso que la au-
sencia de estudios mayores sobre la esclavitud en esta regin est rela-
cionada con el peso enorme que ha tenido en los estudios histricos co-
lombianos la tesis de Parsons de que la expansin antioquea fue obra,
112
Alfonso Mnera Cadavid
desde finales del siglo XVIII de hombres libres (Parsons, 1949). Sin
embargo, aqu cabe recordar la sabia recomendacin que Colmenares
les haca, hace ya algunos aos, a los estudiosos de la realidad antio-
quea de que examinaran con ms prudencia el papel de las cuadrillas
de negros esclavos en la minera de Antioquia a finales del siglo XVIII.
Con respecto a la costa caribe, la cosa es aun ms compleja. No
dudo de la enorme influencia que ha tenido en la casi completa au-
sencia de estudios sobre la economa y la sociedad esclavista de esta
regin entender a Colombia, en el conjunto de Latinoamrica, como
un pas andino, cuya actividad colonial era casi exclusivamente la pro-
duccin de oro. Aun cuando en los ltimos diez aos esta idea ha co-
menzado a cambiar, la misma no dej de ejercer un dominio sobre los
estudios histricos colombianos. Hoy empieza a ser claro el profundo
error que ha trado consigo concebir a Colombia como un pas de
los Andes, al igual que Per o Bolivia. Profundas diferencias separan
a Colombia de estos pases. Pinsese, por ejemplo, que en Colombia
la mayor parte de los centros mineros de importancia y las grandes
haciendas de trapiche no estaban en las montaas andinas sino en los
valles de tierra caliente. O en que la mano de obra en estas actividades
no fue indgena sino negra, por lo menos a lo largo de los siglos XVII
y XVIII. Adems, tngase en cuenta que si bien es cierto que el oro
constituy 90% o ms de las exportaciones colombianas a lo largo del
siglo XVIII, al parecer solo una minora de la poblacin econmica-
mente activa se dedic a su explotacin directa. Por desgracia, en este
campo, el de la distribucin ocupacional de la poblacin colonial, as
como en tantos otros, no se han emprendido todava estudios genera-
les. Evidentemente, esta carencia se seguir presentando en la medida
en que sigamos ignorando la costa caribe.
Hoy sabemos tambin que para 1778 la poblacin esclava de la
costa caribe era tanto como un 25% de la totalidad de esclavos en
Colombia en aquel entonces. Igualmente, conocemos que su partici-
pacin en las actividades productivas de la regin, sobre todo en la
gran hacienda trapichera y ganadera, lo mismo que en las comunica-
ciones y en los oficios artesanales, fue clave. Pero nada de fondo, del
tenor de lo hecho por Colmenares y Sharp para Popayn y el Choc,
se ha escrito sobre las cuadrillas de esclavos de las haciendas cos-
teas o sobre la creatividad de los negros artesanos. Poco sabemos
todava, en sntesis, sobre cmo trabajaban y vivan estos esclavos
caribeos. Tampoco hemos intentado conocer el mundo urbano de
la poblacin esclavista de Cartagena que era, con Popayn, uno de
los dos grandes centros urbanos de la esclavitud en la Nueva Grana-
da. El da en que se haga esta historia los mismos cartageneros se
van a sorprender de cun negra era la Cartagena del siglo XVIII y
113
DESCOLONIZANDO MUNDOS
de cun importante era la participacin de estos negros en todas las
actividades de la ciudad.
Algunos temas de carcter general debern tratarse en un futu-
ro prximo si queremos entender mejor la historia de Colombia. En
primer lugar, habr que estudiar este hecho singular por el cual, a
diferencia de la experiencia general, en la Nueva Granada del siglo
XVII florecieron las haciendas azucareras esclavistas en las tierras del
interior, a cientos de kilmetros de los puertos, mientras que en las
tierras caribeas de fcil acceso a estos, las haciendas de trapiche no
pudieron producir azcar en el XVIII. Si se piensa en la pretensin
de algunos virreyes ilustrados de exportar el azcar de las tierras in-
teriores, situadas a cientos de kilmetros del puerto ms cercano, se
ver que hay un factor regional que no hemos estudiado lo suficiente
para comprender no solo lo relativo a la esclavitud, sino incluso todo
el problema de la transicin de la economa colonial a la republicana
del siglo XIX. En segundo lugar, debemos abordar el conocimiento de
cmo esta poblacin negra y mulata creci a finales del XVIII y fue
integrada al trabajo de las haciendas y las minas a lo largo del siglo
XIX. Finalmente, y en estrecha relacin con lo anterior, ser necesario
profundizar en la interpretacin de Margarita Gonzlez sobre la abo-
licin de la esclavitud, lo cual nos ensear muchsimo sobre aspectos
tan interesantes como la nueva ideologa de la repblica.
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REPARACIONES PARA NEGROS,
AFROCOLOMBIANOS Y RAIZALES COMO
RESCATADOS DE LA TRATA NEGRERA
TRANSATLNTICA Y DESTERRADOS
DE LA GUERRA EN COLOMBIA*1
Claudia Mosquera Rosero-Labb
REFLEXIONES SOBRE LOS IMPACTOS DEL MULTICULTURALISMO
CONSTITUCIONAL COLOMBIANO EN LA DISCUSIN TNICO-
RACIAL NEGRA, AFROCOLOMBIANA Y RAIZAL
Quince aos despus de la expedicin de la Constitucin de 1991, adje-
tivada de pluritnica y multicultural, sus desarrollos retan hoy al campo
1 Agradezco los generosos aportes y comentarios crticos que hicieron a este escri-
to Farid Samir Benavides, Andrs Gabriel Arvalo, ngela Ins Robledo, Fernando
Visbal Uricoechea, Michel Maurice Gabriel Labb, Michle Baussant, y al maestro
Bogumil Jewsiewicki-Koss, director de la Ctedra de Historia Comparada de la Me-
moria en la Universidad de Laval (Canad) e investigador del Celat. Los argumentos
que expongo son de mi entera responsabilidad y en ningn momento estas personas
estn comprometidos con ellos. En este escrito har uso en muchas ocasiones del
masculino universal para representar los dos gneros, prctica que no debe leerse
como un ejercicio de discriminacin frente a la produccin intelectual de hombres y
mujeres: lo hice simplemente con el objeto de aligerar el texto.
* Mosquera Rosero-Labb, Claudia 2007 Reparaciones para negros, afrocolombia-
nos y raizales como rescatados de la trata negrera, trasatlntica y desterrados de la
guerra en Colombia en Mosquera Rosero-Labb, Claudia y Barcelos, Luiz Claudio
(eds.) Afro-reparaciones: Memorias de la esclavitud y justicia reparativa para negros,
afrocolombianos y raizales (Bogot: Universidad Nacional de Colombia, Facultad
de Ciencias Humanas, Centro de Estudios Sociales) pp. 213-276.
117
DESCOLONIZANDO MUNDOS
acadmico a responder con honestidad intelectual a una serie de cues-
tionamientos que han aparecido y a analizar en detalle las paradojas,
las contradicciones y los efectos perversos que han surgido en la imple-
mentacin del multiculturalismo en el pas. Por medio de la exposicin
de casos y a travs de ancdotas podemos dar cuenta de las complejas
dinmicas de las polticas de la cultura y de las polticas identitarias
(Poirier, 2004: 9; Rojas, 2004; Rojas, 2005; Zambrano, 2006).
Es cierto que los colectivos organizados que representan las dife-
rencias culturales constitutivas del espectro multicultural los gne-
ros, las discapacidades, las opciones sexuales, los cultos, las genera-
ciones, la diversidad tnico-racial, etc. hacen uso de esencialismos
estratgicos, es decir, de solidaridades temporales dirigidas a la ac-
cin social, por medio de los cuales aceptan de manera transitoria una
posicin esencialista en cuanto a sus identidades para poder actuar
como bloque (Spivak, 1994).
Pero es de anotar que, de manera poco instrumentalista, han
realizado demandas particularistas y fragmentadas que en ocasiones
parecen hacerle el juego a un Estado que se niega a pensar el cmo
se ha ido reconfigurando en funcin de esta nueva fase del capitalis-
mo mundial, borrando de manera paulatina su funcin de procurar
bienestar social a las mayoras, y que parece bastante diligente en la
acomodacin de diferencias: que todo cambie para que nada cambie
parece ser la consigna de la retrica reaccionaria que lo anima (Hirs-
chman, 1991: 119). Pero, muy a pesar de todo esto, el espectro multi-
cultural ha trado consigo, por medio de legtimas demandas, la emer-
gencia de ciudadanas diferenciadas2. Lejos de sealarse con el dedo
como un atentado a la democracia inclusiva, al modo de los acadmi-
cos nacionales y extranjeros defensores de la ciudadana universal y
representantes de una lite intelectual cosmopolita que gira en torno
a las nociones de hibridacin, mestizaje y creolizacin (Werbner y Mo-
dood, 1997), esta situacin debera verse como algo positivo, como un
hecho social que ha permitido mostrar que las diferencias culturales
se conectan con situaciones indeseables (Malagn, 2001; 2003) tales
2 Retomo la definicin que surgi de las discusiones que sostuvo el Grupo de Ciu-
dadanas Diferenciadas en la elaboracin de la propuesta Centro de Excelencia Ciu-
dadanas Inclusivas, de la cual hicieron parte la Universidad Nacional, la Universidad
Javeriana y la Universidad del Valle, planteada ante Colciencias este ao: Las formas
en que los grupos subalternos construyen sus identidades alrededor de nociones de
etnicidad, raza, gnero, identidad sexual y ciclo de vida. Entindase por ciudadanas
diferenciadas el conjunto de sujetos socialmente marcados por su relacin conflicti-
va y antagnica con los modelos normativos de ciudadana. Estas ciudadanas expre-
san las formas en que los grupos subordinados actan frente al racismo, el sexismo,
la homofobia y la inequidad social (Documento Centro de Excelencia, 2006: 19).
118
Claudia Mosquera Rosero-Labb
como la pobreza, el sexismo, el racismo, el clasismo, la intolerancia y
la homofobia (Viveros, 2006; Serrano y Viveros, 2006).
Tambin hemos analizado cmo estas diferencias culturales re-
troalimentan las discriminaciones, las exclusiones, las marginaciones
y las desigualdades sociales y econmicas (Mosquera y Provensal,
2000; Viveros, 2006; Meertens, Viveros y Arango, 2005; Serrano y Vi-
veros, 2006). La expresin poltica de las demandas por ciudadanas
diferenciadas ha trado consigo tmidos amagos de configuraciones
culturales por medio de la redefinicin de subjetividades y de relacio-
nes sociales (Moore, 1999), lo cual ser siempre bienvenido en una
democracia no solo inclusiva sino tambin participativa.
La implementacin del multiculturalismo en Colombia tambin
nos permite apreciar que un grupo subalternizado con una diferen-
cia cultural tnico-racial construida desde afuera por el Estado, la
cooperacin internacional, legislaciones nacionales e internacionales,
cumbres y conferencias mundiales, funcionarios de todos los niveles
del Estado, la banca multilateral o desde adentro por medio de los
grupos organizados en torno a reivindicaciones no es un todo ho-
mogneo, pues internamente dicha diferencia cultural engloba otras
diferencias culturales tnico-raciales microlocales: por ejemplo, den-
tro de la categora negros o afrocolombianos habra que entender las
diferencias construidas entre los raizales de San Andrs y Providencia,
los libres del Choc, los champetos de la Cartagena negra popular, los
palenqueros de San Basilio de Palenque, los renacientes de Tumaco, y
los negros y afrocolombianos de las grandes ciudades, que nacieron
en ellas y son hijos de gentes negras del Pacfico o del Caribe conti-
nental e insular llegadas en calidad de emigrantes aos atrs. Pero
lo interesante para estos grupos es reconocer que las desigualdades
sociales y econmicas y las discriminaciones los golpean por igual.
El multiculturalismo del pas no insistir en estos significantes que
los conectan; tampoco lo har un grupo de acadmicos posmodernos
interesados en mostrar las diversidades que desunen.
La identidad tnica negra emergente la representan tambin los
ltimos mencionados, aunque se sientan rolos, afrobogotanos o negro-
mestizos. A ellos las personas que se consideran autnticamente andi-
nas les preguntan habitualmente en qu lugar de la costa nacieron y si
son de Cali, Buenaventura o Cartagena, o los interrogan acerca de su
tiempo exacto de permanencia en Bogot. Estas preguntas los acercan
poco a poco al campo de los estudios afrocolombianos y a todo tipo de
manifestacin cultural exotizada de la cultura negra que organice la
Alcalda de Bogot, donde se los encuentra afirmando pblicamente
que en el momento estn interesados en la discusin negra porque se
encuentran en bsquedas personales.
119
DESCOLONIZANDO MUNDOS
Escuch muchos de estos relatos en el evento que coordin Ma-
delaine Andebeng Labeau Alingu3 en la Semana de la Afrocolombia-
nidad, organizada en mayo de 2006. Estas personas me recuerdan
procesos interesantes descritos por colegas que se desempean en el
trabajo social intercultural y pertenecen ellos mismos a minoras t-
nicas. Me refiero, por ejemplo, al trabajador social australiano Janis
Fook, quien cuenta que buscaba un grupo con el cual compartir su
historia la de alguien con una identidad tnica incierta: un indivi-
duo con apariencia de tener ascendencia china pero que haba sido
criado para pensarse a s mismo como un australiano blanco y sus
caractersticas sociales, pero encontraba colectividades que le exigan
compartir sus caractersticas culturales. En este orden de ideas, Fook
recuerda que las ms recientes teoras acerca de la etnicidad recono-
cen que la concepcin de este trmino, definido por la raza, la cultu-
ra, el lenguaje y la Historia, es anticuada en este momento. Seala
que algunos tericos argumentan que las nociones ms dinmicas
de etnicidad son apropiadas, particularmente, para comprender la de
los emigrantes. La etnicidad de estos, particularmente la de quienes
pertenecen a las ms recientes generaciones de emigrantes, ha sido
llamada emergente con el propsito de denotar un proceso en el cual
la etnicidad y la identidad tnica se estn construyendo a partir de
una interaccin dinmica con condiciones estructurales, culturales y
contextuales (Fook, 2002).
Las mismas personas que estn empeadas en bsquedas perso-
nales ven el Pacfico como una zona tan extica y desconocida como
lo puede ser Nueva Delhi, Birmania o Zimbabwe y no manifiestan
mayor inters en su comprensin ni estn interesados en la importan-
cia geopoltica y simblica de estos territorios. Encuentran extrasi-
ma la afirmacin de que el Pacfico colombiano es para los negros y
afrocolombianos lo que el Amazonas para los indgenas. En sus bs-
quedas personales frica dice poco: cmo identificarse con un conti-
nente que el discurso colonial y poscolonial construy como un lugar
de subdesarrollo, barbarie de odios tribales, hambrunas transmitidas
por CNN y sida?
Por todo lo expuesto conocemos el riesgo que se corre de esencia-
lizar la cultura heredada de las naciones de proveniencia de los escla-
vizados y de olvidar que, como toda identidad tnico-racial, la cultura
negra, afrocolombiana o raizal es un campo de violencia simblica
interna, de luchas e interpretaciones que se enfrentan dentro de su
aparente homogeneidad (Deyanova, 2006: 158).
3 Coordinadora del Centro de Estudios Africanos de la Universidad Externado
de Colombia.
120
Claudia Mosquera Rosero-Labb
El multiculturalismo esquemtico de algunos funcionarios o de
algunos intervinientes sociales tambin puede insistir en la presencia
de procesos de desidentificacin en personas o colectivos diferencia-
dos, lo que hace a la vez que el grupo dominante imponga su identi-
dad social y cultural incluso por medio de la retrica del respeto a la
diferencia, pues estas personas diferenciadas se diferencian de ellos:
hombres y mujeres, mestizos y mestizas, heterosexuales, pertenecien-
tes a las clases medias y occidentalizados. Esta situacin la encontr
en una investigacin que desarrollo en la actualidad en programas de
atencin psicosocial de poblacin y en la cual analizo las prcticas
profesionales que llevan a cabo intervinientes mestizas con poblacin
negra desplazada. El espacio de la intervencin psicosocial transmite
los valores sociales y culturales asociados a la sexualidad, a la procrea-
cin, a las relaciones de gnero y a la educacin de la prole del grupo
social dominante en el pas4. Todo esto se hace acompaado del dis-
curso de los derechos humanos los de la niez, los del adolescente,
los de la mujer y del de los derechos a la salud sexual y reproductiva.
El discurso de los derechos tambin es un terreno de lucha.
De la misma manera sabemos hoy que un grupo o un individuo
subalternizado puede ser portador de mltiples diferencias culturales:
ser, por ejemplo, un hombre gay negro discapacitado y portador del
VIH o una mujer lesbiana negra y pobre. En ambos casos, esta acu-
mulacin de hndicaps los sita la mayora de las veces en el terreno
de las poblaciones altamente visibles y vulnerables. Pero es muy pro-
bable que los programas de bienestar social y los intervinientes que
atienden estos problemas sociales no incorporen estas diferencias a
sus prcticas interventivas. Esto ilustra el hecho de que, en el espectro
multicultural, las diferencias culturales que se reconocen pueden ser
superficiales: se trata de aquellas que son presentables y aceptables se-
gn los cdigos morales de la sociedad dominante, aquellas que ofre-
cen la simulacin de la diferencia pero sin cuestionar el orden social
y moral dominante, ni los principios ontolgicos y epistemolgicos
dominantes (Poirier, 2004: 10).
Por otra parte, el multiculturalismo a la colombiana nos ha permi-
tido observar que, en el terreno de la solicitud de reconocimiento de
una determinada identidad cultural, se exponen, hablando de manera
heurstica, tres tipos de demandas, en ocasiones simultneamente, en
ocasiones no, lo que depende de la naturaleza del colectivo organi-
4 La investigacin referenciada se titula construccin de saberes de accin desde
la intervencin social con poblacin afrocolombiana desplazada y la financian Col-
ciencias y la Direccin Nacional de Investigaciones de la Universidad Nacional de
Colombia, Sede Bogot. Contrato # 233-2005.
121
DESCOLONIZANDO MUNDOS
zado reivindicador. El primer tipo de demandas est asociado a una
solicitud que se hace a la sociedad en general y al Estado en particular
para que garanticen el respeto a unos derechos individuales que les
permitan vivir de la mejor manera su diferencia en el mbito priva-
do, el desarrollo del self, la afirmacin para la autorrealizacin. Aqu
vemos que la diferencia cultural se respeta garantizando un conjunto
de derechos y eludiendo los aspectos dialcticos de las diferencias
culturales y de las relaciones interculturales, como tampoco se expone
qu se har con los principios ontolgicos que pueden residir en dicha
diferencia (Poirier, 2004).
El segundo tipo de demandas sita la diferencia cultural en la
bsqueda de la justicia social para la reconciliacin tnico-racial. El
reconocimiento es visto como el derecho a la participacin igualitaria
en la interaccin social. Quienes las hacen se adhieren a la sentencia
Nancy Fraser (1999): Todo el mundo tiene el derecho a buscar la esti-
ma social en condiciones de equidad y de igualdad de oportunidades.
El tercer tipo de demandas reclama el derecho a la diferencia para
vivirla colectivamente, en medio de una jurisdiccin especial, en un te-
rritorio de demandas histricas que les permitan a quienes las formu-
lan seguir siendo autnticos y ser modernos al mismo tiempo por
medio de un discurso de autoctona de origen o de la domesticacin de
una naturaleza inhspita. Sus impulsadores hablan de la necesidad de
un proyecto de desarrollo propio no exento de contradicciones ante
las lgicas de esta nueva etapa en el capitalismo transnacional: es el
caso de los Consejos Comunitarios creados por la Ley 70 de 1993 (Aro-
cha, 2004) y de los nuevos resguardos indgenas (Zambrano, 2006).
La manera como el Estado realiza la gestin poltica de las dife-
rencias culturales ha permitido que nos demos cuenta de la falta de
un contexto histrico y genealgico para entenderlas y situarlas. La
forma como el Estado y sus instituciones entienden el multiculturalis-
mo muestra bien que la cultura se aborda como una cosa y no como
un proceso histrico. Se le percibe como un objeto que el actor posee
y no como constitutivo de la persona. La cultura es presentada como
algo que el actor social tiene derecho a tener. Cuando se pone en n-
fasis en el tener cultural y no en el ser cultural las cuestiones sobre la
diferencia y la alteridad quedan intactas (Poirier, 2004: 11). En oca-
siones parece que los funcionarios encargados de poner en marcha el
multiculturalismo toman las diferencias culturales como si fueran de
reciente constitucin o, peor an, pura invencin. Esta es una de las
razones por las cuales se observa
un proceso de objetivacin extrema de la cultura, por fuera de la corpo-
reidad, de prcticas y de las conciencias individuales, fuera de la Histo-
122
Claudia Mosquera Rosero-Labb
ria y por ende fuera de la redefinicin de las relaciones sociales, de las
relaciones de poder desiguales, con todo esto se tiende a un culturalis-
mo de las diferencias culturales y a una culturizacin del Otro, en donde
la cultura es reducida a consideraciones de orden esttico, ocultando
los valores morales y sus aspectos dialcticos subyacentes (Ibdem: 10).
En lo que concierte a los negros, afrocolombianos y raizales existen
una fuerte resistencia a hablar de las relaciones de poder existentes en
cuanto a la negacin de la igualdad de oportunidades para este grupo
subalternizado y una gran apertura y mucho apoyo a todo lo que sig-
nifique patrimonio inmaterial, representado en actos folclricos, mu-
sicales, gastronmicos y deportivos, sofisma de distraccin en el que
ha cado una buena parte de los grupos que conforman el Movimiento
Social Afrocolombiano.
Entiendo que el ejercicio de historizacin y esclarecimiento ge-
nealgico de una diferencia cultural trae consigo de manera inevita-
ble la jerarquizacin de las diferencias. Las razones por las cuales un
gitano puede estar inmerso en procesos de exclusin y discriminacin
no son las mismas que las de un negro chocoano ni las que explican
la situacin de un indgena del Cauca que vive en un barrio pobre de
Popayn. En mi inters por la cuestin negra, afrocolombiana y rai-
zal me pregunto qu pasa con los sujetos concretos de la diferencia
cultural, es decir, con quienes llegaron a estas tierras a consecuencia
de un acto ignominioso e imborrable de la historia de la humanidad y
como partes clave de una institucin que los racializ hasta nuestros
das. Tiene este hecho alguna repercusin en la manera de ver hoy el
proyecto de vida de este grupo subalternizado? O debemos adherir
a Fook cuando nos recuerda que, segn el pensamiento posmoderno,
las ms recientes teoras acerca de la etnicidad abogan por definirla
por fuera de los conceptos tnico-raciales, del lenguaje y de la Histo-
ria, por considerar anticuado hacerlo as?
Acepto la importancia del reconocimiento de las identidades
emergentes para entender las bsquedas identitarias de los descen-
dientes de los emigrantes econmicos que llegaron en calidad de
mano de obra barata en los aos sesenta a pases del llamado primer
mundo o de los descendientes de los cerebros fugados que encontra-
ron all una manera de escapar a la falta de oportunidades de sus pa-
ses de origen. Si bien es cierto que en el pas se registra el fenmeno
de las identidades emergentes, estas no explican otras experiencias
tnico-raciales de varios millones de descendientes de esclavizados,
de aquellos cuya huella genealgica les escamotea la igualdad de
oportunidades. En Colombia es urgente ampliar los debates tnico-
raciales negros que denuncien la construccin social jerarquizada de
123
DESCOLONIZANDO MUNDOS
la raza negra hecho social que afecta la calidad de vida de los des-
cendientes de esclavizados y de las zonas geogrficas de mayoras
negras, que se opongan a la folclorizacin, a la patrimonializacin
para el turismo tnico transnacional y a la esencializacin de la cul-
tura negra que lleva a que todo lo negro sea exotizado como si no
tuviera necesidad de materialidad para reproducirse, que revoquen
la mudez que les ha impuesto el Estado a las Memorias de la Esclavi-
tud y que escriban una nueva narrativa sobre el aporte que hicieron
desde su llegada los negros, afrocolombianos y raizales a la construc-
cin de la nacin, la cual entrara dignificada al Museo Nacional de
Colombia, al Museo del Oro, al Instituto Caro y Cuervo y a los ma-
nuales oficiales de Historia.
Los estudiosos de las dinmicas sociales, polticas y culturales de
las diversidades sabemos que las ciudadanas diferenciadas encuen-
tran en el multiculturalismo un asiento para su desarrollo y sus reivin-
dicaciones. No obstante, por saludable que sea, para una sociedad en
donde reina la cultura de las desigualdades y las exclusiones, la apa-
ricin de ciudadanas diferenciadas, y por ms que se promuevan los
necesarios cambios culturales y sociales que la sociedad colombiana
necesita, podemos preguntarnos si es posible construir un proyecto
conjunto de humanidad en la Colombia del futuro, en donde nadie
tenga que reivindicar diferencia alguna para existir como ser humano,
para vivir con dignidad, para que todos los colombianos comparta-
mos una historia colectiva hecha con retazos de mltiples voces.
Si bien es cierto que la aparicin de un proyecto de humanidad
compartida (Baumann, 2003) es un largo proceso, mientras este llega
podemos ir avanzando con propuestas osadas para el cambio social y
cultural de las relaciones tnico-raciales existentes. Podemos ir pen-
sando sobre cmo alcanzar una sociedad en donde los afrocolombia-
nos, negros y raizales puedan acceder a los indicadores bsicos de
calidad de vida y de dignidad histrica en una perspectiva de justi-
cia reparativa. En el derecho internacional se legitima un proceso de
descolonizacin y de afirmacin de autonoma para los pueblos. La
forma como esta legitimidad se manifiesta es por medio del reconoci-
miento de la autonoma poltica. En el caso que nos ocupa, estamos
delante de sujetos excluidos de una nacin agresora y que reivindi-
can autonoma en los territorios colectivos rurales reconocidos como
tales por la Ley 70 de 1993; pero el grueso de la poblacin vive en
las ciudades. Esta situacin hace interesante el debate sobre justicia
reparativa en Colombia.
En los siguientes apartes de este escrito me interesa plantear que
la Constitucin de 1991 no solamente fue una propuesta para reali-
zar la gestin poltica de las diversidades culturales sino que tambin
124
Claudia Mosquera Rosero-Labb
puede verse como un pacto tico-poltico para la refundacin de la
Nacin. En este sentido me pregunto si dicha refundacin es posible
nicamente con el reconocimiento del carcter pluritnico y multi-
cultural del espacio nacional, sin que el Estado repare el dao hecho
al proyecto de vida colectivo del grupo subalternizado negro, afroco-
lombiano y raizal, sin que ese mismo Estado emprenda acciones de
justicia reparativa.
LOS SUBALTERNOS PODEMOS ENUNCIAR
Mi inters en los temas que desarrollar en este artculo surge de una
preocupacin tica y poltica sobre un crimen de lesa humanidad
como la trata negrera transatlntica5, de la imperiosa necesidad de
releer este pasado de destierro histrico para contextualizarlo como
continuum en la vida contempornea de los descendientes de los so-
brevivientes de ese crimen, quienes entraron en calidad de piezas de
Indias, deshumanizados, por el puerto de Cartagena de Indias entre
1533 y 1810 a la Nueva Granada colonial como parte del proyecto de
modernidad que en Europa lider la Espaa que conquist el Nuevo
Mundo. Era una Espaa que necesitaba oro y otras materias primas,
por lo cual instal en sus colonias la institucin econmica de la escla-
vitud. Me pregunto por la suerte de aquellos seres, llegados en medio
de las relaciones sociales coloniales, que los ubicaron en el rango de
la sub-humanidad.
La creacin de la Repblica en el siglo XIX y sus pretensiones de
producir ciudadanos libres e iguales hizo poco en la prctica por revo-
lucionar las relaciones sociales coloniales heredadas del Imperio Es-
paol. Walter Mignolo (2000: 3-7) nos recuerda que el surgimiento de
los Estados modernos se da en el marco del sistema-mundo moderno/
colonial. Aunque la Repblica pretendi adelantar un proyecto mo-
derno de ciudadana, este no se logr del todo debido a su entronque
en un sistema capitalista moderno/colonial. Quiz esto explique por
5 Se denomina crimen de lesa humanidad a aquel acto que agravia, lastima, ofen-
de e injuria a la humanidad en su conjunto. Segn lo establecido por el Estatuto de
Roma de la Corte Penal Internacional se consideran tales las conductas tipificadas
como asesinato, exterminio, deportacin o desplazamiento forzoso, encarcelacin,
tortura, violacin, prostitucin forzada, esterilizacin forzada, persecucin por
motivos polticos, religiosos, ideolgicos, raciales, tnicos u otros definidos expre-
samente, desaparicin forzada o cualesquiera actos inhumanos que causen graves
sufrimientos o atenten contra la salud mental o fsica de quien lo sufre, siempre
que dichas conductas se cometan como parte de un ataque generalizado o sistem-
tico contra una poblacin civil y con conocimiento de dicho ataque. El crimen de
lesa humanidad es uno de los delitos ms graves segn el derecho internacional,
pues se atiene al principio de imprescriptibilidad, cualquiera que sea la fecha en
que se haya cometido.
125
DESCOLONIZANDO MUNDOS
qu no se produjeron rupturas importantes en el orden de las relacio-
nes raciales sino que, por el contrario, los descendientes de africanos
fueron declarados ciudadanos sin ningn tipo de previsin sobre la
situacin de suprema privacin econmica y poltica en la que los
haba colocado la institucin de la esclavitud (Mosquera, Pardo y
Hoffmann, 2002: 16).
Pese a su validacin progresiva como herramienta para pensar
una nueva idea de nacin, la ideologa del mestizaje tritnico esta-
ba llamada a resquebrajar las relaciones coloniales estructurales y
estructurantes del tejido social de la poca. Dicha ideologa, con su
lema todos tenemos algo de las tres sangres que conforman la na-
cin, buscaba un corte abrupto con una serie de principios hoy con-
siderados absurdos, como la obsesin por la limpieza de la sangre
o la defensa del honor (Castro-Gmez, 2005; Garrido, 1998). Por el
contrario, de manera subrepticia, aunque el discurso repiti hasta la
saciedad el nuevo ideario de mestizaje tritnico-racial nacional, este
a la postre jerarquiz en una pirmide el legado de las sangres; en la
prctica, de manera procesual y por medio de instituciones modernas
estatales y eclesisticas, se fortaleci un ideal de nacin blanco-mes-
tiza centralista, en el cual las zonas de fronteras y sus habitantes no
tenan cabida (Serje, 2005; Mnera, 2005; Castro-Gmez, 2005). Las
zonas de fronteras se convirtieron en el envs de la civitas, siendo esta
el espacio legal donde habitan los sujetos epistemolgicos, morales
y estticos que necesita la Modernidad (Castro-Gmez, 2004: 290).
Desde el punto de vista tnico-racial, el discurso poltico republi-
cano trajo cambios sociales y culturales que favorecieron a unos, los
descendientes de los criollos ilustrados, en detrimento de otros, los
descendientes de africanos; por ejemplo, el discurso poltico republi-
cano y particularmente el geogrfico, identificaron y definieron a los
grupos negros como raza africana o como descendientes de ella, con el
fin de excluirlos del proyecto nacional o, como mnimo, condicionar-
los (Almario, 2001: 26).
Aqu podra estar la explicacin de la poca importancia que se
dio a los resultados de la Comisin Corogrfica, los cuales en el fondo
justificaban cientficamente un Estado ms federalista en donde de-
beran valorarse lo regional como fuente de riquezas y la diversidad
tnico-racial como hecho social que tambin mereca ser parte de la
nacin (Snchez, 1998) y aportaban pocos elementos para optar por
una organizacin poltica centralista del pas, viraje que finalmente se
hizo en la segunda mitad del siglo XIX:
La Comisin Corogrfica fue concebida como un proyecto donde el
objetivo fundamental era netamente cartogrfico y de generacin de
126
Claudia Mosquera Rosero-Labb
informacin geogrfica adecuada para un gobierno ms racional, tal
como lo anot Toms Cipriano de Mosquera durante su primera presi-
dencia, entre 1845 y 1849. Fuera de compilar la carta general del pas,
la Comisin tambin tena a su cargo la creacin de mapas corogrfi-
cos de cada una de las provincias visitadas, en los que se resumieran
las caractersticas ms importantes de esa regin. Adicionalmente, la
Comisin buscaba hacer un inventario de recursos para el aprovecha-
miento del potencial del pas, en particular los productos agrcolas que
presentaban una ventaja comparativa para su exportacin de acuerdo
con el modelo liberal, que domin la economa mundial durante el
siglo XIX. En tercer lugar, la Comisin deba hacerse cargo de reali-
zar observaciones sobre gentes y sus costumbres en las distintas zo-
nas visitadas, de manera que fuera posible determinar las diferencias
de regin a regin, y de esta forma contribuir a la formacin de una
identidad nacional, donde se enfatizaban los elementos comunes entre
distintas zonas, pero a su vez las diferencias regionales. De todos estos
objetivos [] el primero fue cumplido a cabalidad, mientras los otros
dos tuvieron un desarrollo mucho menor debido en parte a la muerte
de Agustn Codazzi en 1859, antes de terminar los trabajos de campo
de la Comisin, y en parte al olvido al que fueron condenados los tra-
bajos de la Comisin por razones polticas durante las ltimas dcadas
del siglo XIX. (Guhl, 2005: 28)
Esto implic que en las zonas de mayoras negras o mulatas como el
Caribe y el Pacfico [] se dio una relacin entre regin, desigualdad
social y estructura de clase, cabe decir que en la regin tendieron a
coincidir fronteras, las sociales con las fronteras tnicas, dado el esca-
so mestizaje, mulataje y zambaje, el amplio predominio demogrfico
de los negros, la baja cantidad de efectivos blancos y la casi desprecia-
ble inmigracin de estos o de mestizos hacia la regin, as como por
la precaria movilidad social y geogrfica que se present en la regin
y desde esta hacia otras regiones y zonas del pas. (Almario, 2003: 95)
En pleno siglo XXI se puede afirmar que, aunque la remozada na-
cin pluritnica y multicultural culturaliza los aportes de negros,
afrocolombianos y raizales, el Estado sigue negndoles el derecho a
una ciudadana plena. An existen serias dificultades para su desen-
volvimiento humano, y los indicadores de calidad de vida y de bien-
estar econmico demuestran que, como grupo subalternizado, viven
en condiciones de vida infrahumanas. Adems, la guerra en su fase
actual los convierte de nuevo en desterrados de los territorios en don-
de haban reconstruido la cultura de los rescatados del crimen de lesa
humanidad ya mencionado.
Al mismo tiempo considero que no podemos seguir pensando
la nacin que pactamos en 1991 sin discutir los proyectos societales
para el presente y el futuro, que tienen que reposicionar y reparar la
127
DESCOLONIZANDO MUNDOS
ignominiosa historia que se inicia con la llegada de los esclavizados
al pas. Es preciso debatir los silencios que existen alrededor de mu-
chsimos elementos de la institucin de la esclavitud apropiacin
gratuita de mano de obra, contribucin a la economa minera del oro
en la Nueva Granada, muertes por maltrato, utilizacin de mano de
obra infantil y femenina, asesinato de la mano de obra intil como
la de los esclavizados ancianos, negacin de la raz africana como
parte de la nacin, etc. para pensar con nuevos elementos, y en un
contexto generalizado de aceptacin de la importancia de los dere-
chos humanos y del derecho internacional, en la inclusin social con
perspectiva reparativa de los negros, afrocolombianos y raizales al
pacto de refundacin de la nacin de la mano de polticas pblicas
estatales redistributivas en lo econmico, de reconocimiento cultural
y simblico y abiertamente antirracistas. Por ello se hace necesaria
una tica de la responsabilidad vuelta hacia el pasado por parte del
Estado (Ferry, 2001: 31).
No deseo ser sealada como una intelectual activista que ve a los
afrocolombianos, negros y raizales como simples vctimas de la trata
negrera transatlntica y de la institucin de la esclavitud. Mis investi-
gaciones y otras que ha desarrollado el Grupo de Estudios Afrocolom-
bianos sobre estrategias de insercin urbana en Bogot (Mosquera
Rosero, 1998) as como las de otros agudos intelectuales negros en-
tre ellos Santiago Arboleda, quien utiliza el concepto de suficiencias
ntimas, muestran la animadversin de este grupo subalternizado a
ser visto como vctima y devela las estrategias que se desarrollan para
preservar la cotidianidad en medio de condiciones de vida infrahuma-
na. Para Santiago Arboleda (2002: 417), las suficiencias ntimas son
el reservorio de construcciones mentales operativas, producto de las
relaciones sociales establecidas por un grupo a travs de su Historia,
que se concretan en elaboraciones y formas de gestin efectivas comu-
nicadas condensadamente como orientaciones de su sociabilidad y su
vida. Son suficiencias ntimas en la medida en que no sin aludir a las
carencias insisten en un punto de partida positivo, vivificante para el
individuo y su comunidad, y no propiamente en una actitud reactiva
frente a los otros grupos.
Es de anotar que negros, afrocolombianos y raizales hemos construi-
do como grupo a lo largo de los siglos discursos y prcticas, que pue-
den ser apropiadas por personas o colectivos que se reclamen de la
cultura negra y que pueden presentrseles a extranjeros, sobre la ca-
pacidad de recuperacin, la espiritualidad, la solidaridad, la tica del
parentesco, el folclor, la msica, el patrimonio oral, la gastronoma, la
risa presta, la carcajada, el culto a la vida, la actitud trascendente ante
128
Claudia Mosquera Rosero-Labb
la muerte y el morir, el goce del cuerpo, el desarrollo de todos los sen-
tidos y la asuncin del erotismo, la algazara perpetua para sabernos
rescatados de los puertos del no retorno, una cosmovisin autntica
y narrativas sobre nuestro aguante extremo ante la dificultad, sobre
nuestra capacidad desmedida de hacerle frente a la mala vida y de ser
eternos caminantes, como prueba de nuestra capacidad de supervi-
vencia diasprica. Todo esto para no morir simblicamente y seguir
inscritos en la saga de nuestros orgenes.
De la misma manera, este grupo ha creado un relato social apo-
logtico sobre la capacidad de los subordinados insurrectos (Ortega,
2004: 112) de resistir a la esclavizacin, sobre la memoria palen-
quera. Pero circulan menos, de manera social otros relatos sobre
cmo se desarroll la institucin de la esclavitud, sobre sus dinmi-
cas regionales, rurales y urbanas. Cuntas personas murieron en
el transcurso de esa travesa transatlntica? Cunto sufrimiento se
les infligi a los esclavizados durante la institucin de la esclavitud?
Cunto sufrimiento social hemos heredado nosotros los descen-
dientes de los esclavizados?
Sern las suficiencias ntimas y los relatos apologticos los que
justifican la negacin sistemtica que el grueso de la poblacin negra,
afrocolombiana y raizal hace del racismo y de las discriminaciones,
primero, en sus vidas y, luego, en la sociedad colombiana? Tendr
esto que ver con la insensibilidad y la falta de movilizacin social fren-
te a la interseccin de todas las discriminaciones en negros, afroco-
lombianos y raizales? Por qu no nos conmueve la fragmentaria y
discontinua Memoria de la Esclavitud que seala Anne Marie Loson-
czy? Por qu no nos impresionan los fenmenos de olvido promovi-
dos por el Estado y el ala ms tradicional de la Iglesia catlica sobre la
execrable institucin? La ausencia de respuestas sociales y culturales
a la tal victimizacin no es incompatible con procesos de reflexin
sobre un crimen que caus y sigue generando daos sociales, sufri-
miento y condiciones de vida infrahumanas.
Acerca de la violencia epistmica (Spivak, 1994) que trajo consigo
el poder colonial6 y que continu ejerciendo la Repblica hasta nues-
tros das y que deber ser objeto de reparacin inmediata, Santia-
go Castro-Gmez nos recuerda que se ejerci sobre los indgenas; pero
es interesante anotar que funcion de la misma manera, y hasta con
6 En su artculo Can the subaltern speak? (1994), Gayatri Spivak la define como
la alteracin, negacin y, en casos extremos como las colonizaciones, hasta extin-
cin de los significados de la vida cotidiana, jurdica y simblica de individuos y
grupos. La violencia epistmica es una forma de invisibilizar al otro arrebatndole
su posibilidad de representacin.
129
DESCOLONIZANDO MUNDOS
mayor rigor, para los esclavizados negros a su llegada. La violencia
epistmica guarda estrecha relacin con el concepto de colonialidad
del poder desarrollado por Anbal Quijano:
Segn Quijano, los colonizadores espaoles entablaron con los coloni-
zados una relacin de poder fundada en la superioridad tnica y cog-
nitiva de los primeros sobre los segundos. En esta matriz de poder, no
se trataba de someter militarmente a los indgenas y dominarlos por
la fuerza, sino de lograr que cambiaran radicalmente sus formas tra-
dicionales de conocer el mundo, adoptando como propio el horizonte
cognitivo del dominador. [] No se trataba de reprimir fsicamente a
los dominados, sino de conseguir que naturalizaran el imaginario cul-
tural europeo como nica forma de relacionarse con la naturaleza, con
el mundo social y con la subjetividad. Estamos frente a un proyecto sui
generis de querer cambiar radicalmente de las estructuras cognitivas,
afectivas y volitivas del dominado, es decir, de convertirlo en un hom-
bre nuevo hecho a imagen y semejanza del hombre blanco occidental.
(Castro-Gmez, 2005: 62-63; Maya, 2005)7
Ante esta violencia epistmica, representada no solamente en la ne-
gacin sistemtica de los saberes y tcnicas que trajeron consigo los
africanos esclavizados (Maya, 1998: 45; 2005), sino tambin en
la negacin del acceso a la educacin escolarizada y, por lo tanto, al
terreno de las artes y las ciencias de corte occidental, los descendientes
de los africanos solo pudieron cultivar las artes expresivas y las mani-
festaciones culturales e inmateriales a partir de la creatividad local.
Ante la puerta cerrada de la cultura acadmica, la poblacin negra ha
tenido que expresarse creando y recreando una compleja cultura po-
pular de mltiples expresiones. La msica, el canto, la danza, integra-
dos en un complejo festivo de intensa participacin colectiva, es uno
los rasgos vitales de las poblaciones de ascendencia africana. (Mosque-
ra, Pardo y Hoffmann, 2002: 16)
En plena globalizacin neoliberal, los negros, afrocolombianos y rai-
zales necesitan de otras armas, al lado de las que tienen, para enfrentar
la violencia epistmica que impone hoy la sociedad del conocimiento.
Me interesa, pues, extender una invitacin ampliada a las perso-
nas que integramos a este grupo subalternizado a hablar una vez ms
sobre este silencio histrico, a analizar estos procesos de olvido y a
7 El profesor Farid Samir Benavides, de la Facultad de Derecho de la Universidad
Nacional, sede Bogot, me recuerda con tino que tambin se podra hablar de una
violencia hermenutica que hace parecer universal lo meramente local de Euro-
pa. El discurso de la globalizacin repite y consolida esa violencia.
130
Claudia Mosquera Rosero-Labb
desenmascarar la naturalizacin de las desigualdades sociales y eco-
nmicas que golpean al grueso de la poblacin negra, afrocolombiana
y raizal que vive en los departamentos, ciudades, municipios, case-
ros, veredas, ros, archipilagos e islas donde somos mayora. Busco
unir la ma a las voces de buscadores de utopas que denuncien y se
opongan al racismo estructural, social y cotidiano, que se pronuncien
frente a todas las discriminaciones y que le exijan al Estado que eleve
los indicadores de calidad de vida para el grueso de los descendientes
de esclavizados, sometidos a situaciones inaceptables de pobreza y ex-
trema pobreza y cuyas vidas se desarrollan en medio del sufrimiento
debido a esta condicin.
Negros de todos los colores: si bien es verdad que no hablamos de
la trata negrera o de la institucin de la esclavitud en nuestras fami-
lias y hogares, s nos sabemos, aunque sea inconscientemente, des-
cendientes de una misma tragedia humana imperdonable cuando en
la vida de todos los das usamos palabras como familia, to, primo, mi
sangre, mi raza, mi corracial o mi gente para dirigirnos a personas con
quienes no tenemos parentesco biolgico alguno, pero con las que nos
sentimos conectadas por hilos invisibles como parte de una imagina-
da familia afrodiasprica.
En mis investigaciones empricas con personas y con grupos ne-
gros, afrocolombianos y raizales que no hacen parte de organizacio-
nes u asociaciones tnico-raciales, de grupos culturales o musicales
ni de colectivos de jvenes en procesos de reflexin frente a lo negro,
lo afro y lo raizal me he preguntado ms de una vez: por qu pocas
personas han reflexionado acerca del origen del color de su piel?, por
qu han aceptado e interiorizado las desigualdades reales y simblicas
de la construccin histrica, social y cultural de lo que significa ser
negro, sin contradecirlo de manera abierta?, no ser que necesitamos
de un trabajo de duelo colectivo por nuestro destierro de frica? Creo
que hay que analizar calmadamente la afirmacin de Martn Kalu-
lambi: La reconquista del derecho al duelo pasa por la clarificacin y
el reconocimiento del Crimen de Lesa Humanidad que representa la
Trata Negrera y la del trabajo ligado de la Memoria al perjuicio hist-
rico causado y asumido (Kalulambi, 2002: 457). Somos descendien-
tes de seres humanos a quienes se les infligi un dao ontolgico al
someterlos a un destierro criminal, de personas arrancadas ecolgica
y antropolgicamente de su contexto y diseminadas por el mundo sin
ancestros conocidos, sin lugar de nacimiento confirmado, sin apellido
propio, sin familia estable y sin palabra (Memel-Fot, 1998: 191). El
Estado, sus legisladores y las polticas pblicas tienen el deber tico
y jurdico de reconocer y responder por este crimen, por sus efectos
estructurales y dainos en todos los rdenes y sus imbricaciones en la
131
DESCOLONIZANDO MUNDOS
historia pasada, reciente y futura del pas para reparar los perjuicios
ocasionados, al menos los reparables8.
Intelectuales como Anthony Appiah (2004) y Michel Giraud (2004)
sostienen, como argumento en contra de las reparaciones histricas a
que debera dar lugar la trata negrera al ser considerada un crimen de
lesa humanidad, que las exigencias de justicia y equidad para corregir
las desigualdades no ganan nada invocando los daos del pasado. Por
su parte, Bogumil Jewsiewicki-Koss, apoyndose en esta idea, sostie-
ne que hacemos parte del presente y tenemos la responsabilidad del
mismo, debemos actuar en el presente honrando nuestros principios
y nuestras responsabilidades. La genealoga del mal no tiene en ella
misma la receta ni su razn de ser para extirparla, el presente debera
encargarse de definir la accin y legitimarla (2004: 8).
Por supuesto, yo me aparto de planteamientos como estos. Admi-
to que existen varias formas de construir las identidades, pero hoy me
inscribo en la corriente de intelectuales que les conceden importancia
a las herencias del pasado, a los ancestros, para armar las identidades
tnico-raciales, para elaborar una nocin de autonoma frente a otros
grupos subalternizados o hegemnicos y para reclamar una concep-
cin de justicia social para el grupo con el cual se tiene un vnculo
constitutivo (Sandel, 1982), reclamos que no sern la panacea pero s
tienen el estatus de justos. Pienso que cuando buscamos apropiar-
nos o reapropiarnos de las significaciones del pasado, manifestamos
el deseo de inscribirnos en una comunidad de pertenencia, en el lugar
comn de una Historia colectiva (Kattan, 2003: 36) y creo en esta
bsqueda ms que nunca en tiempos como estos, que quieren arras-
trarnos a la amnesia colectiva.
Para cerrar este aparte considero que una tendencia de la pers-
pectiva culturalista sobre la gente negra, afrocolombiana o raizal ha
sido poco crtica del problema de las desigualdades sociales y econ-
micas, que ha sustituido el concepto de cultura por el de raza9 y que
ha mostrado que se puede estar en contra del racismo y presto a de-
nunciar las estereotipias asociadas sin necesariamente cuestionar el
orden sociorracial y econmico vigente, pues, segn esta perspectiva,
en nombre del pluralismo cultural, cada diferencia cultural existente
debe ser perpetuada tal cual por el solo hecho de ser una diferencia
(Baumann, 2003). La perspectiva instrumentalista ha sostenido que
las reivindicaciones amparadas en la existencia de la identidad ne-
8 En Estados Unidos se habl de reparacin despus de la Guerra Civil. Pero luego
se dio la segregacin racial legal. Es interesante traer a colacin este hecho, pues se
reconoce el deber tico y jurdico del Estado de reparar un dao que es imprescriptible.
9 Ver la crtica que realizan Barbary, Ramrez y Urrea (2004: 245).
132
Claudia Mosquera Rosero-Labb
gra, afrocolombiana o raizal son unas invenciones posteriores a la
Constitucin de 1991, al Artculo Transitorio (AT) 55 y a la Ley 70 de
1993 (Cunin, 2003; Hoffmann, 2000; Barbary, Ramrez y Urrea, 2004:
245). Es preocupante que esta perspectiva desconozca muchas veces
la dimensin histrica de las demandas tnico-raciales negras en Co-
lombia y los dilogos sostenidos durante dcadas por lderes e intelec-
tuales con el Movimiento Negro estadounidense y con el Movimiento
Negro de Brasil (Angulo, 1999: 57-72). Por estas razones propongo
que nos detengamos a reflexionar de nuevo sobre las memorias de la
esclavitud y sus repercusiones en las desigualdades sociales y econ-
micas de los descendientes de africanos trados en calidad de esclavi-
zados al Nuevo Reino de Granada, pues, aunque est implcito en las
reivindicaciones sociales y culturales de algunas de las tendencias del
Movimiento Social Afrocolombiano sobre todo en las que lideran
Carlos Rosero (el Proceso de Comunidades Negras) y Juan de Dios
Mosquera (el Movimiento Nacional Cimarrn), que lo han estable-
cido firmemente en su agenda de discusin con el Estado, sin mayor
eco, el tema de las repercusiones de la esclavitud en los proyectos de
presente y futuro de los negros, afrocolombianos y raizales ha sido, a
mi entender, el menos explorado tanto desde el punto de vista acad-
mico como desde el tico-poltico a pesar de las recomendaciones de
la Conferencia de Durban de 2001 y de un contexto mundial de expan-
sin de los derechos humanos y del derecho internacional.
MEMORIAS DE LA ESCLAVITUD, DESIGUALDADES
SOCIOECONMICAS, RACISMOS Y JUSTICIA REPARATIVA
En 2001, las Naciones Unidas organizaron la Conferencia Mundial
contra el Racismo, la Discriminacin Racial, la Xenofobia y la Intole-
rancia en Durban (Sudfrica) con el fin de adoptar una declaracin y
un programa de accin para luchar contra el racismo y las discrimi-
naciones. All se posicion el tema de las reparaciones. De qu repara-
ciones se trata? Reparar es restaurar o aliviar a una vctima de un dao
causado. Esto se hace al menos de tres maneras: restituyendo los bie-
nes o el modo de vida que ella tena, reconociendo la responsabilidad
del dao y reestableciendo la relacin social lastimada (Appiah, 2004).
Los miembros de la dispora africana hacen parte de esta discusin,
por lo que se recomend a los Estados pensar en las respuestas locales
a este crimen de lesa humanidad, el cual es imprescriptible. Colombia
no ha realizado este paso pese a que firm los compromisos que emer-
gieron de la conferencia.
Los trabajos sobre la Memoria social coinciden en afirmar la
estrecha relacin entre memoria y pasado: La Memoria no es todo
el pasado, pero ella es todo lo que del pasado continua viviendo en
133
DESCOLONIZANDO MUNDOS
nosotros como producto de una experiencia directa, por transmisin
familiar, social o poltica (Barret-Ducroq, 1998). Creo que tambin es
posible establecer un puente entre Memoria y nuevos proyectos socie-
tales, y es aqu en donde en parte justifico en la posibilidad de pensar
en la justicia reparativa, es decir, aquella que procura devolverles a las
vctimas, entendido el trmino en su acepcin poltica e histrica y no
psiquitrica o psicologizada, lo que hayan perdido a causa de actos
institucionalizados de violencia o de exclusin extrema. Entonces los
negros y afrocolombianos, vctimas del racismo estructural que se ins-
tal en el pas con la institucin de la esclavitud en su relacin con la
trata negrera y vctimas de la fase actual de la guerra, son doblemente
sujetos, como grupo subalternizado, de este tipo de justicia.
El tema de la justicia reparativa puede abordarse desde la re-
flexin tica y desde la filosofa moral (Ferry, 2001). Por una parte,
la justicia reparativa posiciona la demanda de la igualdad de opor-
tunidades para los negros, afrocolombianos y raizales, quienes, a
partir de la abolicin formal de la esclavitud en 1821 y desde su
ubicacin geogrfica en zonas de fronteras durante los procesos de
automanumisin y post-esclavitud, no fueron considerados parte del
proyecto de construccin de la nacin republicana, situacin que
perdura. Una manera de concretar esta justicia es por medio de Ac-
ciones Afirmativas:
Las Acciones Afirmativas tienen como objetivo no solamente impe-
dir las discriminaciones del presente, sino que principalmente deben
eliminar los efectos persistentes (psicolgicos, culturales y comporta-
mentales) de la discriminacin del pasado (que tienden a perpetuarse).
Estos efectos se reflejan en la llamada discriminacin estructural,
reflejada en las abismales desigualdades sociales entre grupos domi-
nantes y grupos marginalizados. (Massey y Denton, 1993; Dantziger y
Gottschalk, 1995)
Desde el punto de vista del racismo y la discriminacin estructural se
pueden leer los resultados de un estudio realizado por Planeacin Na-
cional y las Naciones Unidas (DPN-PNUD, 2006), en el que se seala
que el ndice de Calidad de Vida (ICV) segn el cual la situacin es
mejor a medida que la escala se aproxima a 100 de todo el pas al-
canza los 77 puntos, pero que al respecto se han perdido dos dcadas
en la costa pacfica. El desarrollo de la calidad de vida de los habitan-
tes de los departamentos de Choc, Cauca y Nario, que son los que
integran la regin Pacfica, parece detenido en el tiempo: respecto al
Valle, Santander y Quindo, est atrasado dieciocho aos. En efecto,
esta regin tuvo un retroceso de cerca de 12 puntos en el perodo se-
alado, al bajar de 74,3 a 62,6.
134
Claudia Mosquera Rosero-Labb
A escala nacional, el ICV tuvo una mejora de 3 puntos entre
1997 y 2003, llegando a 77 puntos. Todas las regiones, con excepcin
de la Pacfica, registraron avances en el indicador, que recoge las va-
riables calidad de la vivienda (riqueza fsica), acceso y calidad de los
servicios pblicos domiciliarios (riqueza fsica colectiva), educacin
(capital humano individual) y tamao y composicin del hogar (capi-
tal social bsico).
En contraste con los tres departamentos del Pacfico, Bogot
lugar en el cual se asienta el proyecto andinocntrico10 tiene el ICV
ms alto del pas (89), seguido por Valle (83), Antioquia (78) y la re-
gin oriental (75).
Al lado de Libia Grueso, Leyla Andrea Arroyo Muoz, Julia Cogo-
llo, Zulia Mena, Betty Ruth Lozano, Teresa Cassiani, Dorina Hernn-
dez, Isabel Mena, Doris Garca y Rosa Carlina Garca, por nombrar
solo a algunas, yo hago parte de un grupo de intelectuales activistas
que sostenemos que los descendientes de los esclavizados trados en
el marco de la trata negrera transatlntica a la Nueva Granada son un
grupo subalternizado al cual el Estado colombiano actual debe repa-
rar por tres razones.
Primero, por los grandes beneficios econmicos que obtuvo la
economa colonial de esta institucin econmica durante tres siglos:
el oro, las grandes haciendas azucareras, los extensos hatos, las arte-
sanas del Caribe y de buena parte del occidente colombiano fueron
obra del trabajo esclavizado, al menos durante el siglo XVIII (Mne-
ra, 2005: 194). Permtaseme apoyarme en un historiador de la talla
intelectual de Jaime Jaramillo Uribe (1963: 20): La economa neo-
granadina del siglo XVIII reposaba sobre seis actividades: minera,
agricultura, ganadera, artesana, comercio y trabajo domstico. Aho-
ra bien: de estas, las de mayor importancia por su volumen y repre-
sentacin en la riqueza privada estaban basadas en el trabajo de la
poblacin esclava.
Parte de esta acumulacin no se utiliz como indemnizacin de-
corosa en el momento de la abolicin de la esclavitud, lo cual habra
tenido el mrito de no dejar desamparados a los nuevos libres. Cni-
camente fueron los antiguos propietarios de negros esclavizados a
quienes se indemniz! En este perodo de la historia colombiana se
racializa al esclavizado negro, lo cual ser un lastre que lo excluir
de las esferas en donde se operar el reparto de los bienes y privi-
legios. El trmino racializacin en ingls, racialization se utiliza
generalmente para designar los procesos por los cuales la sociedad les
10 Ver el artculo del maestro Jaime Arocha y Lina del Mar Moreno Tovar en este
mismo libro.
135
DESCOLONIZANDO MUNDOS
atribuye una significacin social a algunos grupos por motivos fsicos
superficiales, como el fenotipo o el color de la piel. Las personas que
as se catalogan son reducidas al rol de minoras raciales inferiores en
funcin de su relacin con el grupo dominante (Li, 1994; 1998). Aun-
que la biologa ha deslegitimado la idea de raza desde el punto de vista
cientfico, existe una raza social histricamente construida de forma
particular por cada sociedad.
El Virreinato de la Nueva Granada, que funcion gracias a una
economa y una sociedad esclavistas, se benefici de la deshumaniza-
cin y la cosificacin de los esclavizados, es decir, de su tratamiento
como mercancas, lo que justificaba la apropiacin su fuerza de traba-
jo para beneficio de la economa neogranadina en su engranaje con la
consolidacin del colonialismo europeo occidental en el Nuevo Mun-
do. El historiador Patrick Wolfe (2001) sostiene que la nocin actual
de raza es endmica de la modernidad, y modernidad y colonialismo
van a la par:
La Modernidad y la colonialidad pertenecen entonces a una misma
matriz gentica, y son por ello mutuamente dependientes. No hay
Modernidad sin colonialismo y no hay colonialismo sin Modernidad,
porque Europa solo se hace centro del sistema-mundo en el momento
en que constituye a sus colonias de ultramar como periferias. (Castro-
Gmez, 2005: 50)
Anbal Quijano (2005: 203) afirma que
en Amrica, la idea de raza fue un modo de otorgar legitimidad a las
relaciones de dominacin impuestas por la conquista. La posterior
constitucin de Europa como nueva identidad despus de Amrica y la
expansin del colonialismo europeo sobre el resto del Mundo llevaron
a la elaboracin de la perspectiva eurocntrica del conocimiento y con
ella a la elaboracin terica de la idea de raza como naturalizacin de
esas relaciones coloniales de dominacin entre europeos y no-euro-
peos. Histricamente, eso signific una nueva manera de legitimar las
ya antiguas ideas y prcticas de relaciones de superioridad/inferiori-
dad entre dominados y dominantes.
El actual Estado colombiano, heredero y continuador de este proyecto
colonial, debe responder, pues un Estado no es una estructura abs-
tracta, desvinculada de toda realidad histrica. l tiene un pasado que
debe en virtud de la Justicia y de su propia justificacin frente a s
mismo consentir y asumir (Kattan, 2003: 50).
En su inters en instalar un Estado liberal burgus, la Repblica
tampoco hizo gran cosa por quebrar esta construccin social, hist-
rica y cultural que se hizo del negro esclavo durante la institucin de
136
Claudia Mosquera Rosero-Labb
la esclavitud. El modelo de ciudadano abstracto, genrico, sin color,
sexo ni clase social, junto al principio de igualdad sobre el cual se ci-
ment la Repblica, no tuvo en la mira a los negros. La ideologa del
mestizaje tritnico tampoco cumpli con su funcin neutralizadora
de las relaciones raciales coloniales. La construccin de diferencia-
ciones raciales asimtricas en la Colonia haca parte de un proyecto
econmico mundial, de un nuevo patrn global de control del tra-
bajo del Otro, que continu en la Repblica. Anbal Quijano (2005:
204) afirma:
De otro lado, en el proceso de constitucin histrica de Amrica, to-
das las formas de control y de explotacin del trabajo y de control de
la produccin-apropiacin-distribucin de productos fueron articula-
das alrededor de la relacin capital-salario (en adelante capital) y del
mercado mundial. Quedaron incluidos la esclavitud, la servidumbre,
la pequea produccin mercantil, la reciprocidad y el salario. En tal
ensamblaje, cada una de dichas formas de control del trabajo no era
una mera extensin de sus antecedentes histricos. Todas eran hist-
rica y sociolgicamente nuevas. En primer lugar, porque fueron de-
liberadamente establecidas y organizadas para producir mercancas
para el mercado mundial. En segundo lugar, porque no existan solo de
manera simultnea en el mismo espacio-tiempo, sino todas y cada una
articuladas al capital y a su mercado, y por este medio entre s. Con-
figuraron as un nuevo patrn global de control del trabajo, a su vez
un elemento fundamental de un nuevo patrn de poder, del cual eran
conjunta e individualmente dependientes histrico-estructuralmente.
De esta manera, la Repblica representaba una continuidad de la con-
solidacin del capitalismo mundial, por lo cual quebrar la matriz ra-
cial que se haba creado para asentarlo no era tarea fcil. Solo de esta
manera podemos entender los hallazgos de Margarita Gonzlez en su
anlisis sobre la Repblica del siglo XIX:
Por lo dems, como hemos visto, desde el punto de vista puramente
local, era mucho ms el inters por mantener la esclavitud que por
suprimirla [] La estipulacin sobre supresin de trfico negrero en
la Ley 21 trata de conciliar el compromiso contrado con Inglaterra y
la tendencia preponderante en el pas, o sea la afirmacin de la Escla-
vitud. (Gonzlez, 1976: 24)
Por los estudios acerca de la colonialidad del poder sabemos que los
rasgos fenotpicos y culturales son insuficientes para producir dife-
renciaciones raciales y que en efecto existe una confusin entre los
rasgos fenotpicos utilizados para justificar la construccin de la idea
de raza y las caractersticas sociales, culturales e histricas atribuidas
137
DESCOLONIZANDO MUNDOS
a los grupos racializados (Li, 1994; 1998). Por ello, los negros, afroco-
lombianos y raizales son un grupo social racializado como inferior,
situacin que naturaliza el que hoy sufran y vivan en condiciones de
vida infrahumanas.
No es el color de la piel o los rasgos fenotpicos en s lo que debe
ser objeto de anlisis cientfico social: es la construccin social, cul-
tural e histrica que se ha hecho de los mismos y segn la cual se
justifican jerarquas asimtricas en el reparto de bienes y privilegios,
que excluye a los negros, afrocolombianos y raizales. De todas formas,
el color de la piel y los rasgos fenotpicos s pueden utilizarse como
marcadores sociales objetivos que nos permiten juzgar las diferencias
entre grupos sociales, observar y hasta cuantificar el reparto de pri-
vilegios que resultan de tener tal o cual color de piel o esta o aquella
apariencia (Li, 1998).
Este pas, que desea ser inclusivo con su diversidad tnica-racial,
no puede avanzar en este desideratum sin el reconocimiento pblico
de la existencia de la institucin de la esclavitud y de su carcter ig-
nominioso, vejatorio y racializante. No puede continuar en la subva-
lorizacin del peso que ella tuvo en la base de la construccin de la
diferenciacin tnico-racial asimtrica en Colombia.
Es en la construccin social de la diferencia racial del ser negro
donde debemos buscar las razones del racismo estructural, social y
cotidiano y de todas las discriminaciones asociadas. Sin el reconoci-
miento de todo esto ser imposible transmutar la huella genealgica
que la trata negrera y la institucin de la esclavitud nos dejaron.
Sabemos que como es una construccin social, cultural e histri-
ca y no est genticamente determinada, toda identidad tnico-racial
puede modificarse con la accin poltica y la intervencin estatal por
medio de polticas pblicas dirigidas y espaciales. La percepcin que
se tenga de la identidad racial de una persona puede cambiar de ma-
nera considerable con el tiempo. Las personas consideradas diferen-
tes por su pertenencia tnico-racial en un espacio geogrfico y en
un tiempo determinado pueden verse colocadas en otra categora, y
hasta puede ocurrir que en otra temporalidad y espacialidad dicha
pertenencia no se tenga en cuenta (Loury, 2002). El Estado colom-
biano debe trabajar en este sentido. De all la necesidad de un debate
sobre una justicia reparativa que promueva la inclusin social por
medio de polticas y programas pblicos audaces desde el punto de
vista reparativo.
Las desigualdades sociales, econmicas, simblicas y polticas
que sufren negros, afrocolombianos y raizales son de tipo sistmico y
estn cargadas de imaginarios y representaciones sociales que se ins-
talaron a partir de la institucin de la esclavitud, desde la cual se han
138
Claudia Mosquera Rosero-Labb
esencializado y naturalizado unas supuestas inferioridad y subhuma-
nidad de los negros, afrocolombianos y raizales (Ibdem). El racismo
que se desprendi de la economa esclavista del siglo XVI no es el
mismo del siglo XXI El racismo debe entenderse como un fen-
meno histricamente especfico en constante mutacin (Kincheloe
y Steinberg, 2000: 210), pero cumple con la misma funcin: impe-
dir el reparto igualitario de oportunidades y privilegios valindose de
cualquier explicacin esencialista, por medio de cualquier discurso
biolgico, cultural, ontolgico, cognitivo o histrico sobre un Otro.
La segunda razn por la cual el Estado colombiano debe reparar
al grupo subalternizado que constituyen los descendientes de los es-
clavizados trados en el marco de la trata negrera transatlntica a la
Nueva Granada tiene que ver con la forma como dicho Estado raciali-
z tambin la geografa nacional (Taussig, 1978; Wade, 1997; Almario,
2001; Mnera, 2005, Serje, 2005) para justificar la exclusin territorial
de vastas reas del proyecto republicano. Para el caso del Pacfico, se-
gn los gegrafos decimonnicos, determinadas clasificaciones racia-
les se correspondan con unas formas de vida social y unos espacios
geogrficos diferenciados de poblamiento, que configuraron una suer-
te de topografa racial en esta parte del pas (Almario, 2001: 27). La
nacin se hizo por medio de la creacin de unas fronteras imaginadas
(Mnera, 2005) en donde negros e indgenas fueron ubicados; eran
zonas de frontera, baldas o calientes, alejadas de la civitas, la cual
estaba ubicada en los Andes. Alfonso Mnera (2005: 22) sostiene que
desde la regin andina se construy una visin de la nacin que se
volvi dominante, hasta el punto de ser compartida por las otras lites
regionales en las postrimeras del siglo XIX. La jerarqua de los terri-
torios, que dotaba a los Andes de una superioridad natural, y la jerar-
qua y distribucin espacial de las razas, que pona en la cspide a las
gentes de color blanco11, fueron dos elementos centrales de la nacin
que se narraba, sin que a su lado surgiera de las otras regiones una
contraimagen de igual poder de persuasin.
Hoy esas zonas de Frontera contienen los recursos que una parte del
capitalismo trasnacional necesita, es decir, los recursos asociados a la
biodiversidad. En Colombia son las reas de mayor pobreza. Mostrar
el hecho histrico, social, cultural y poltico de la creacin de una
geografa imaginada tendra el efecto de desnaturalizar el alarmante
11 Santiago Castro Gmez (2005: 68) ampla esta idea cuando nos dice que ser
blancos no tena que ver tanto con el color de la piel, como con la escenificacin de
un imaginario cultural tejido por creencias religiosas, tipos de vestimenta, certifica-
dos de nobleza, modos de comportamiento y formas de producir conocimientos.
139
DESCOLONIZANDO MUNDOS
abandono estatal que viven los departamentos negros, que durante
la Colonia, antes de la imposicin del mito de la nacionalidad andi-
na, constituido durante el siglo XIX (Mnera, 2005: 197), tuvieron
inmensa importancia. Es bueno recordar que el Choc, uno de los de-
partamentos ms pobres de este pas, fue el rea ms productiva para
la minera esclavista durante el siglo XVIII. Los negros y afrocolom-
bianos han sobrevivido hasta hoy en condiciones de gran desventaja
frente a otros grupos sociales habitantes de geografas de tierras
fras y se los acusa de vivir con los peores indicadores de calidad
de vida por carecer de iniciativa individual y empresarial, por poseer
un ethos de la dejadez que les impide ver que son dueos de zonas de
gran riqueza y por haberse acostumbrado a sobrevivir en un mar de
pobreza, discursos que los negros y afrocolombianos en unos casos
han aceptado y a los que en otros se han opuesto afirmando que ellos
han creado cultura en la adversidad, establecido pautas pacficas de
convivencia con los indgenas, cuidado la selva hmeda tropical antes
de que llegara la guerra a estos territorios y, por medio de una eficaz
tica del parentesco y de procesos de movilidad dentro y fuera del
pas, garantizado la permanencia en la zona de familias negras que
han sido las guardianas de la hoy codiciada biodiversidad.
La ltima razn tiene que ver con la forma como el Estado co-
lombiano salvaguarda una memoria nacional neutra sin pensar que
esta nunca puede ser nica, que la memoria nacional debera estar
compuesta de una multiplicidad de tramas e hilos narrativos, a me-
nudo heterogneos y contradictorios, que remitan a una diversidad
de interpretaciones del devenir histrico (Kattan, 2003: 50). Con la
salvaguarda de esta memoria nacional neutra se han promovido el
olvido y el silencio ante la institucin colonial de la esclavitud, algo
que se ha logrado de manera parcial. Reconozco que, en la Moderni-
dad, el olvido hace parte de nuestra forma de sociabilidad y de nues-
tras ideologas culturales (Melndez, 2002: 394) y que no es un fen-
meno potestativo de la sociedad colombiana, pues es comn a toda
una serie de sociedades donde el pasado se mitifica a partir de negar/
olvidar determinados aspectos que cuestionaran la(s) identidad(es)
construida(s) (Ibdem). La institucin de la esclavitud y sus secue-
las de hoy hacen parte de fenmenos sujetos a procesos de olvido y
silencio, abanderados por varios tipos de actores: el Estado, la Iglesia
catlica, la disciplina histrica, las ciencias sociales y humanas y una
buena parte de los descendientes de la trata negrera transatlntica, de
manera individual y colectiva.
La sociedad colombiana, en su conjunto, necesita crear ms
conciencia de su pasado esclavista y asumir los perjuicios del con-
tinuum que esta institucin econmica les caus a los esclavizados
140
Claudia Mosquera Rosero-Labb
y les sigue ocasionando actualmente a sus descendientes por medio
de los racismos. El silencio que se ha guardado frente a esta institu-
cin econmica muestra varias dimensiones del asunto. La primera
de ellas es que se trata de un hecho histrico del pasado que causa
molestias porque se mira segn los valores ticos del hoy. La segun-
da es el recelo de las antiguas familias esclavistas, que no desean
ser sealadas como tales hoy y que tambin pretenden ocultar que
sus fortunas de hoy tienen su origen en esta ignominiosa actividad,
aunque desde la creacin de la Repblica, quiz desde mucho antes,
han permanecido en puestos importantes de poder tanto en el Esta-
do como en la actividad econmica privada, acumulando privilegios
histricos, cuidando celosamente la memoria neutra del Estado y
asumiendo el rol de guardianes del orden sociorracial heredado de
la Colonia. Es curioso, pero con excepcin de los pocos historiadores
expertos en la trata negrera transatlntica y en sus relaciones con el
Virreinato de la Nueva Granada, con la institucin de la esclavitud
y con una parte de la lite econmica, casi nadie sabe en Colombia
cules fueron las familias ligadas a la economa esclavista ni qu
papel desempe en ella la Iglesia catlica, en especial la Compaa
de Jess12, junto a otros agentes econmicos de la poca ligados al
comercio esclavista. Volver a referirme a los fenmenos de olvido y
silencio ms adelante.
Con la aceptacin de la existencia de grupos racialmente subal-
ternizados de manera histrica, la sociedad colombiana en su conjun-
to necesita reflexionar sobre las afrorreparaciones, las cuales pasan
por pensar la justicia social, pero con perspectiva reparativa. No se
trata de ver a los negros, afrocolombianos o raizales como faltos de
competencias mestizas (Cunin, 2003) o incapaces de adherirse a los
principios liberales clsicos, con su insistencia en la iniciativa y en un
proyecto de vida individual: se trata de verlos como un grupo subal-
ternizado que ha sido sometido a variados procesos de dominacin y
opresin, de racismo y discriminaciones, y al que se le ha negado la
igualdad de oportunidades:
La fusin de la justicia distributiva y de la poltica del reconocimien-
to es la consecuencia natural de la promesa moderna de justicia so-
cial en un contexto de modernidad fluida [] Este contexto es el
de la reconciliacin con la coexistencia perpetua, luego entonces de
12 Es interesante recordar la preocupacin exclusiva por la salvacin de las almas
y la indiferencia frente a los maltratos infligidos al cuerpo y a la libertad tan fuer-
temente enraizados en la tradicin cristiana. Esta dicotoma cristiana sirvi para
legitimar la esclavizacin de los cuerpos de los africanos, cuya alma recibira la fe
cristiana (Fredj, 2001: 390).
141
DESCOLONIZANDO MUNDOS
una situacin que ms que otra necesita del arte de la cohabitacin
pacfica y humana. Es una poca que no puede ms (o no deseara)
entretener la esperanza de la erradicacin radical y sbita de la mi-
seria humana, liberando la condicin humana de todo conflicto y
de todo sufrimiento. Porque la idea de humanidad compartida tiene
sentido en el contexto de la modernidad fluida, ella debe significar
simplemente la preocupacin de darle a cada uno oportunidades y
suprimir de una vez por todas aquello que impida aprehender esta
igualdad de oportunidades que se pone de manifiesto en las suce-
sivas reivindicaciones de reconocimiento. Todas las diferencias no
tienen el mismo valor, ciertos tipos de vida en comunidad son ms
deseables que otros. Pero no hay forma de descubrir cules, en la
medida en que cada uno de estos tipos no ha tenido la oportunidad
equitativa y real de reclamar, de mostrar que eran vlidos estos re-
clamos. (Baumann, 2003: 35)
MEMORIAS DE LA ESCLAVITUD HECHAS DE FRAGMENTOS,
PROCESOS DE OLVIDO Y COMUNIDAD DE RESENTIMIENTO
Al recibir la literatura acadmica asociada a los temas de la memoria
y el olvido, parece que el debate socioantropolgico, poltico, jurdi-
co y tico actual sobre un pasado traumtico de guerras, genocidios,
desplazamientos forzados, trfico de seres humanos y dictaduras mi-
litares se encuentra inmerso en tres corrientes. La primera es la que
aboga por el olvido en pos de la reconstruccin en el presente de la
vida cotidiana, la que propende a impedir que la vctima se constituya
como tal y aboga por la aparicin del individuo como agente capaz de
renacer haciendo tabula rasa del pasado doloroso.
Desde aqu se argumenta que desarrollar relaciones sociales co-
tidianas, a partir del vivir, implica no solo la reproduccin del pre-
sente, sino la constante produccin de olvidos de procesos, sujetos
y experiencias cuya presencia actualizada limitara la posibilidad de
vivir/convivir (Melndez, 2002: 394). La segunda corriente ve en el
pasado una fuente de enriquecimiento de la identidad social por me-
dio del ejercicio de la anamnesia como derecho y de la posibilidad de
reclamar un vnculo constitutivo con los ancestros y con aquellos que
han sufrido a causa de un crimen de lesa humanidad. Y la tercera co-
rriente se pregunta por el impacto que puedan tener en la comunidad
poltica las comunidades de resentimiento (Das, 2003)13.
13 En la Escuela de Frncfort se resalta la idea de la Memoria del sufrimiento.
Pues debe recordarse que el presente se funda en el dolor de sujetos pasados, y recor-
dar ese dolor permite determinar la justicia o la injusticia del bienestar presente. En
todo caso es curioso parte del prejuicio eurocntrico que las sociedades occiden-
tales acepten con ms facilidad la reparacin cuando las vctimas son grupos blancos
(Alemania) que cuando la reclaman sujetos de color.
142
Claudia Mosquera Rosero-Labb
Ante estos dilemas, Emmanuel Kattan, uno de los defensores de
la segunda corriente expuesta, realiza un ejercicio reflexivo que me
parece interesante; se pregunta:
Esta preocupacin acentuada por el pasado no entra en contradic-
cin con uno de los principios fundamentales de la Modernidad: la
libertad del individuo de escoger su propia existencia, de darle forma
a su vida, de liberarse de las obligaciones que lo ligan a su comunidad,
a su pasado, a sus ancestros? Los deberes que nos damos en torno al
pasado, los esfuerzos que desplegamos para conmemorar las tragedias
de nuestro siglo, para perpetuar la Memoria de las vctimas de geno-
cidio parecieran incompatibles con una vocacin de libertad que nos
implica a cuestionar las certezas del pasado y a definir nuestra existen-
cia separndonos del peso de la Historia y de la tradicin. (2003: 36)
Una pregunta pertinente para quienes nos afiliamos a esta corriente.
Desde otra orilla, Veena Das se pregunta sobre cmo hablar del
pasado sin formar una comunidad de resentimiento. Y encuentra que
ante esta preocupacin parecen existir dos respuestas: en la primera,
el nfasis en el sufrimiento de las vctimas dentro de una cultura po-
pular herida hace difcil reconocer el pasado, y por lo tanto, compro-
meterse con la creacin de s en el presente. En el segundo se pregunta
si el resentimiento es visto como el destino inevitable de un inten-
to por enfrentar el problema del sufrimiento y la reparacin (Das,
2003). Ante esta bipolaridad, la misma autora se interroga: no obs-
tante, an me pregunto si es posible una imagen diferente de las vcti-
mas y de los supervivientes en la que el tiempo no est congelado sino
que se le permita hacer su trabajo (Ibdem). Tomando el caso de los
descendientes contemporneos de africanos esclavizados en la Nue-
va Granada, creo que el temor a ser considerados una comunidad de
resentimiento ha impedido mirar el pasado como un acto insurgente;
no se ha querido enfrentar de manera pblica ni en el interior de la
vida privada el tema del sufrimiento social y de las huellas de la trata
y de la institucin de la esclavitud. Creo que, en un primer momento,
asumir colectivamente el debate de la afrorreparacin pasa por asu-
mirnos como resentidos, pasa por aceptar el costo pblico pero eman-
cipador de sabernos miembros de una comunidad de resentimiento y
por admitir que tenemos razones para ello. Veamos.
Segn la Defensora del Pueblo (2003), la poblacin afrocolombia-
na presenta unas tasas de analfabetismo de 43% en las reas rurales y
de 20% en las zonas urbanas; estos mismos datos son, para todos los
colombianos, de 23,4% a nivel rural y de 7,3% en las zonas urbanas.
La cobertura de la educacin primaria es de 60% en las reas urbanas
y de solo 41% en las zonas rurales, siendo los promedios nacionales
143
DESCOLONIZANDO MUNDOS
87% y 73%, respectivamente. La cobertura de la educacin secundaria
llega apenas a 38%, siendo exclusiva de los centros urbanos, mientras
para la zona andina del pas alcanza el 88%. En la regin del Pacfi-
co, cuya poblacin negra supera 92% del total, de cada cien jvenes
afrocolombianos de ambos sexos que terminan la secundaria solo dos
logran ingresar a la universidad. El 95% de las familias no pueden
enviar a sus hijos a la universidad por carecer de recursos suficientes.
La calidad de la educacin secundaria en el Pacfico es inferior en 40%
a la de otras zonas del pas. El Pacfico colombiano, con ms de 1.300
kilmetros de costa y 1.264.000 habitantes, solo posee dos universi-
dades pblicas, ubicadas en Quibd y Buenaventura, y estas tienen
dficit de presupuesto, personal docente y adecuacin tecnolgica.
La educacin en la costa pacfica ha sido deficitaria con respecto
a la demanda educativa. Las tasas de analfabetismo en 1997 eran de
43% en lo rural y 20% en lo urbano, mientras en todo el pas fueron de
23,4% en lo rural y 7,3% en el urbano. La cobertura de la educacin
primaria para el mismo ao fue de 60% en las reas urbanas y de 41%
en las rurales, siendo de 87% y 73% respectivamente a escala nacio-
nal. La cobertura de secundaria es de 38% mientras que el promedio
nacional es de 88%. El ingreso a la universidad es de 2%, y la calidad
de la educacin es 40% menor que en el interior. Existen 148 colegios
de bachillerato, pero solo 54 tienen el programa completo. Ocho uni-
versidades prestan sus servicios en forma presencial y a distancia.
En Colombia, el desempleo afecta con fuerza especial a los jve-
nes, a las mujeres, a los ms pobres y a otras poblaciones en situacin
de vulnerabilidad, y dentro de estos la poblacin afrocolombiana es
la que con mayor frecuencia presenta niveles inferiores a la lnea de
pobreza. El desempleo ha llegado a 44,7% entre los menores de die-
cisiete aos y a 34,8% entre los jvenes de hasta veinticuatro aos; la
situacin de las mujeres de estas mismas edades se torna ms grave
todava, pues los ndices llegaron a 51,9% y 39,1%, respectivamente.
En ciudades de mayor concentracin afrocolombiana, como Buena-
ventura, el nivel de pobreza se explica, entre otras causas, por la alta
tasa de desempleo (29%) y subempleo (35%) y los bajos niveles sala-
riales (63% de los ocupados ganan menos de un salario mnimo), que
impiden que las cabezas de hogar lleven los recursos necesarios para
cubrir las necesidades de alimentos y el consumo de otros bienes y
servicios bsicos (Conpes 3310/2006).
En su estimulante artculo sobre el trauma y el testimonio, Das
(2003) muestra y se distancia de ella la manera como un impor-
tante intelectual zaireo, Achille Mbemb, explica por qu el sujeto
africano ha tenido tanta dificultad para contarse su propia historia y
ha sido incapaz de dejar de sufrir por la que han contado otras voces.
144
Claudia Mosquera Rosero-Labb
Para Mbemb existe una necesidad de hablar con su propia voz so-
bre aspectos del pasado africano.
Dice Das que, para Mbemb,
la Historia como magia parte de la premisa de que, a diferencia de
la memoria juda del Holocausto, no hay, propiamente hablando, una
memoria africana de la esclavitud, la cual, en el mejor de los casos,
se experimenta como una herida cuyo significado pertenece al domi-
nio de lo inconsciente, ms en el mbito de la brujera que en el de
la Historia. Entre las razones que explican la dificultad del proyecto
de recuperar la memoria de la esclavitud, Mbemb identifica la zona
de penumbra en la cual la memoria de la esclavitud entre los afroa-
mericanos y los africanos continentales oculta una escisin. Para los
africanos, se trata de un silencio de culpabilidad y la negacin de los
africanos a enfrentar el aspecto perturbador del crimen que compro-
mete su propia responsabilidad en este estado de cosas. Argumenta,
adicionalmente, que el eliminar este aspecto del sufrimiento de la es-
clavitud negra moderna consigue crear la ficcin (o ilusin) de que la
temporalidad de la servidumbre y el sufrimiento eran iguales a ambos
lados del Atlntico. (Ibdem: 298)
Creo comprender por qu Das se aparta de la creacin del metarre-
lato que parece defender Achille Mbemb (2002) y muestra la im-
portancia de lo micro en la reconstruccin de una historia trgica.
Para el caso colombiano asumo el riesgo de parecer esencialista,
pero aunque comparto que no hay un sujeto colectivo unitario []
sino formas de habitar el mundo en las que intentamos apropiarnos
de l o hallar nuestra propia voz, tanto dentro como fuera de los g-
neros que estn disponibles en el descenso a la cotidianidad (Das,
2003), veo plausible la creacin de una narrativa menos micro, sin
que con ello implique adoptar una narrativa generalizante. Negros,
afrocolombianos y raizales necesitamos de un gran relato comparti-
do, conformado de retazos de la tradicin oral y de fuentes histricas
y contemporneas acerca de las diferentes memorias de la esclavitud
en Colombia, y que transcienda, por ejemplo, las identidades loca-
les ancladas al ro o al estero, a la vereda o a la parentela (Restrepo,
2001: 53). No veo otra va para frenar la perpetuacin y la difusin
de las historias distorsionadas existentes en las reas negras del pas,
desde las cuales se afirma, entre muchos ejemplos, que las gentes
negras del Pacfico aceptaron la Esclavitud, que los del Caribe con-
tinental la resistieron y los del Caribe insular no la sintieron por su
naturaleza benvola y laxa. Hay que crear un gran relato compartido
que conecte todas las maneras de ser negro, afrocolombiano o raizal
que existan en el pas.
145
DESCOLONIZANDO MUNDOS
Pienso, como lo seala Das (2003), que
es posible la creacin de s (tanto de manera individual como colecti-
va) por medio de una nueva ocupacin (de manera simblica y recon-
ciliada con el pasado) de un espacio marcado por la devastacin (en
nuestro caso, el dolor del sufrimiento diasprico, del destierro a causa
de la guerra) acogiendo los signos de la injuria y convirtindolos en
maneras de convertirse en sujeto.
Pienso que esto no solo es posible sino tambin deseable, sin necesi-
dad de quedarse en el tropo de la vctima. Por otra parte, Das habla de
la necesidad de impedir que la victimizacin les arrebate a personas la
vida cotidiana (Ibdem). En defensa de su propuesta nos dice:
No hay aqu pretensin alguna de un grandioso proyecto de recupe-
racin, sino simplemente, la pregunta acerca de cmo pueden rea-
lizarse las tareas de sobrevivir tener un techo para cobijarse, ser
capaz de enviar a sus hijos a la escuela, ser capaz de realizar el tra-
bajo de todos los das sin temor constante a ser atacado. Encontr
que la construccin de la identidad no estaba ubicada en la sombra
de algn pasado fantasmal, sino en el contexto de hacer habitable la
cotidianidad. (Ibdem)
Entiendo el argumento como salida individual frente a la parlisis que
nos impone la barbarie, pero me pregunto dnde queda la responsa-
bilidad moral de quienes cometieron los hechos: el nacimiento de un
agente o de un actor social tiene acaso como corolario la desapari-
cin de la Memoria de lo que pas?; hacer habitable la cotidianidad
equivale a adoptar prcticas de silenciamiento o de olvido? Aqu de-
seo poner en dilogo lo que plantea Das con la situacin de los negros
y afrocolombianos. La situacin de guerra en Colombia nos obliga a
pensar en dos registros histricos del sufrimiento social: el del pasado
y el del presente. Antonio Caicedo, de 35 aos, un interviniente que
entrevist en Cali en agosto de 2006, ante una pregunta sobre la per-
cepcin que tena de la Ley de Justicia y Paz del actual gobierno la
cual, de la manera ms inmoral, favorece la impunidad de los hechos
violentos cometidos por los paramilitares, expres lo siguiente re-
frindose a las personas negras desplazadas que l atiende:
Ante cada persona que nos llega me pregunto qu espera del Estado
o de la sociedad en relacin con la Justicia, qu sentimientos morales
abriga respecto de sus victimarios o qu les transmite a sus hijos res-
pecto de lo que le ocurri. Las respuestas son diversas y no es proce-
dente generalizar, pero la impresin que recojo es que la gente busca
ante todo vivir en paz, asegurar el futuro de sus hijos, poder llorar a sus
146
Claudia Mosquera Rosero-Labb
muertos, poder saludar a sus vecinos y poder ofrecer algo al visitante
en vez de tener que mendigar. No es la venganza ni el castigo lo que
aparece en primera lnea en la mayora de los casos.
Ante estos casos habra que esperar, en efecto, que la vida cotidiana
de estas personas se reestablezca, pero en un mundo irrigado por el
derecho internacional, por el discurso de los derechos humanos, por
pactos ticos aceptados por la Humanidad (Heller, 1990: 51-66). Las
personas que han sido vctimas de actos de barbarie y atrocidades de
la guerra tienen el derecho a saber qu paso, a conocer la verdad, a
que se haga justicia, a que se castigue a los culpables y a que el Estado
se comprometa a que algo as no se repita.
Volviendo a la perspectiva histrica de un crimen de lesa huma-
nidad, qu pasa cuando la vida cotidiana de los descendientes de
las vctimas de dicho crimen ha estado signada durante siglos por las
afugias y el desespero diario ante la falta de oportunidades claras para
vivir de la mejor manera el presente y proyectar el futuro? Los negros,
afrocolombianos y raizales han tenido que vivir durante siglos la ex-
periencia corporal y psquica del racismo estructural, social y cotidia-
no, en el da a da, en todos los rincones del mundo de la vida, desde
hace varias generaciones ya. Volvamos a los indicadores sociales y
econmicos de hoy; all est la impronta de la huella genealgica de
lo que se lee como un remoto pasado casi inexistente, que justifica que
las posibilidades de enviar a la prole a la escuela disminuyan frente a
las de otro grupo social, no subalternizado. Yo veo un vnculo entre la
construccin racializada de los territorios de frontera en donde habita
el grueso de la poblacin negra a la que an se ve como salvaje y
la justificacin de que all se cometan muchos de los atropellos de la
guerra actual (Bello, Mantilla, Mosquera y Camelo, 2000: 40).
Los subalternos contemporneos, escolarizados o no, con poco,
medio o mucho mestizaje biolgico y cultural, podemos hacer uso de
la anamnesia; es decir, podemos evocar voluntariamente el pasado,
recordar en el espacio pblico la ignominia, no dejarnos amedren-
tar por el orden sociorracial vigente, que nos acusa de resentidos
aunque lo seremos hasta que los indicadores sociales y econmicos
mejoren, hasta que se juzguen los crmenes de lesa humanidad que
esta guerra ha cometido contra los nuestros. Podemos oponernos
a la cooptacin pblica estatal, relativizar las sirenas de la movili-
dad social ascendente, que nos pide a cambio negar la existencia
del techo de vidrio sobre todo a los ms negros entre nosotros,
que nos pide desconocer o negar la existencia de los racismos y de
las discriminaciones por origen tnico-racial. No todos los sujetos
subalternos son seres racionales en el sentido elsteriano, dispuestos
147
DESCOLONIZANDO MUNDOS
a maximizar sus beneficios (Elster, 1991); tambin existimos sujetos
morales, como bien lo explic Max Weber (1959). Para m, esta sera
una de las vas para explorar la bsqueda de una mejor forma de
humanidad (Baumann, 2003).
EL LUGAR DEL SILENCIO-OLVIDO EN LA PRESERVACIN DE LAS
MEMORIAS DE LA ESCLAVITUD POR PARTE DE LOS NEGROS,
AFROCOLOMBIANOS Y RAIZALES
La terapeuta y antroploga hngaro-belga-francesa Anne Marie Lo-
zonczy es quien ms ha insistido en la inexistencia de un registro oral
importante sobre la esclavitud en Colombia, y ha argumentado que
este silencio indicara que
los pobladores negros de las reas rurales del Pacfico labraron un
mundo social guardando silencio sobre la esclavizacin, experiencia
que desapareci de la memoria narrada, de su historia. El silencio re-
medi el dolor pasado, cerrando antiguas cicatrices [] una suerte de
amnesia tcita de un grupo subalterno sirvi para distanciar el dolor
que inflige el recuerdo y as persistir, la lucha explcita, racional y emo-
cional a la vez. (Gnecco y Zambrano, 2000: 20)
Es cierto: en Colombia no existe un registro oral importante, como
s ocurre en Brasil y en Cuba. Pero este hecho no implica un olvi-
do total: existen retazos de recuerdos o, como los llama Anne Marie
Losonczy (1999), regmenes de memoria dispersos y discontinuos
sobre la llegada de frica y la implantacin de la institucin de la
esclavitud. Pese a la importancia del Choc y del Pacfico Sur en la
economa minera del oro habra que mencionar que existen lugares
y procesos de memoria individual y colectiva entre negros y afroco-
lombianos sobre la institucin de la esclavitud en Colombia, lo que
demuestra que no existen el silencio total ni el olvido total sealado
por la autora. En Cartagena de Indias, los guas tursticos les expli-
can a los turistas que las piedras con las cuales se ensamblaron las
murallas que hoy hacen parte de la ciudad Patrimonio Mundial de la
Humanidad se pegaron con la sangre de los esclavizados, la cual se
utiliz como cemento. En el norte del Cauca se dice que en algunas
haciendas las paredes quedaron manchadas de la sangre derramada
por los esclavizados en el laboreo y que es imposible deshacerse de
ella limpindola porque vuelve a aparecer (Mina, 1975). Los palen-
queros se presentan ante el resto de negros, afrocolombianos y raiza-
les no solo como lo autnticos herederos de las huellas de africana,
sino tambin como los que se resistieron a la institucin de la escla-
vitud, y esta memoria cimarrona es transmitida a las generaciones si-
148
Claudia Mosquera Rosero-Labb
guientes. Algunas abuelas del Pacfico corrigen la corporeidad sumisa
de sus nietas reprendindolas por cierta manera sumisa de presentar
el cuerpo y recordndoles que esa actitud corresponda a la poca de
la esclavitud, en la cual las esclavizadas se presentaban as ante sus
amas para demostrarles obediencia.
No obstante la existencia de estos fragmentos memoriales, lo que
no existe en Colombia son expresiones activas de esa memoria (Me-
lndez, 2002: 392), sobre todo a nivel poltico reivindicativo, que se
expresen en el espacio pblico, que pongan en entredicho la narrativa
de la institucin de la esclavitud que los historiadores oficialistas han
transmitido y segn la cual los esclavos fueron pasivos ante esta ins-
titucin y las negras esclavas que entraban al servicio de las familias
espaolas eran tenidas como miembros de la familia, sin igualdad
social, pero s con la afectiva y las debidas a las persona humana,
como hijas de Dios (Porras, 1950: 234). Dichas narrativas presentan
la esclavitud como un fenmeno marginal y distanciado, sin relacin
con la contemporaneidad, con la vida concreta de los descendientes
de los esclavizados. scar Almario y Eduardo Restrepo complejizan la
discusin con su trabajo de campo en el Pacfico sur, una de las zonas
esclavistas por excelencia, al lado del Choc y Antioquia. scar Alma-
rio encontr en el ro Tapaje, municipio de El Charco, un fragmento
de memoria de la existencia del ltimo gran esclavista local (Almario,
2001; 2002). Restrepo, por su parte, rechaza el supuesto de la pers-
pectiva instrumentalista, segn el cual, despus de la Constitucin de
1991, el AT 55 y la Ley 70 de 1993, se dio una invencin de comunidad
por parte de los lderes tnicos y los funcionarios que estaban a favor
de dicha ley:
Si este silenciamiento en el registro de la tradicin oral del origen y de
la esclavitud responde a una modalidad de memoria dispersa y discon-
tinua, en el proceso de etnizacin de comunidad negra nos enfrenta-
mos a una reacomodacin de las identidades, memorias y olvidos. No
es que ahora s las comunidades negras conocen su verdadero pasado,
que por extraas razones (quizs por lo doloroso del mismo) haban
arrojado al silencio colectivo en lo que a su tradicin oral se refiere.
No es que ahora la real historia perdida haya sido recuperada defi-
nitivamente por la toma de conciencia de las comunidades resultado
del proceso organizativo. Tampoco es que unos personajes de afuera
vienen a imponer a las poblaciones locales una historia que no es la de
ellas. Menos an que las modalidades de memoria dispersa y discon-
tinuas desaparecen como por arte de magia, de la noche a la maana,
porque por fin recibieron la buena nueva que haba sido escurridiza
hasta entonces. (Restrepo, 2001: 51)
149
DESCOLONIZANDO MUNDOS
El anlisis de los fenmenos de olvido de la institucin de la esclavi-
tud es una buena razn para revisar el papel que desempe la Igle-
sia catlica en este proceso: durante el dominio colonial, la Iglesia
fue la piedra angular del sistema simblico de diferenciacin tnica,
exclusin social y estigmatizacin cultural que acompaaba la sobre-
explotacin de las poblaciones autctonas y de los esclavizados afri-
canos (Almario, 2003: 43). Una lectura cuidadosa de la produccin
intelectual de Rogerio Velsquez nos recuerda el papel que cumplen
los mitos y leyendas de la tradicin oral, nicho privilegiado del uni-
verso simblico, y la manera como tambin inscriben en lo divino la
aceptacin de las asimetras sociorraciales existentes:
Dios hizo a los hombres de un solo color. Queriendo diferenciarlos,
los dividi en tres montones y les orden baarse cierta maana que
haca mucho fro. A la hora de caer al pozo hizo tronar, llover, relam-
paguear y ventar. El primer grupo, sin decir esta boca es ma, se dedic
a hacer lo que se le mandaba. Al hundirse en el agua cada hombre
not que cambiaba de piel a medida que se frotaba la mugre. En una
hora quedaron blancos los baistas. Al salirse se arrodillaron y dieron
gracias a Nuestro Seor por el beneficio que les haba proporcionado.
Como premio a su humildad Dios los puso de gobernadores de otros
hombres. Al ver esto, el segundo montn se meti al agua, que se iba
secando a medida que la tocaban los hombres. Para estos ya no hubo
liquido bastante, por lo que quedaron del color de la caa amarilla y
con el pelo pasudo. Fueron los mulatos. Quedaron como alguaciles o
segundones en el gobierno que se formaba. Tarde, despus de muchos
ruegos, pas el tercer grupo al pozo, que ya no tena agua. Los compo-
nentes solo pudieron tocar la arena del fondo con los pies y con las ma-
nos. Puesto que no se hicieron ni blancos ni morenos, no bendijeron al
que los haba criado. Fueron, en adelante, los negros del pueblo. As se
oper la diferenciacin de las razas y la manera como gan una el sitio
que ocupa en la sociedad. Esto lo contaban los amos en las minas de
Barbacoas. (Velsquez, 2000: 184)
No obstante, en el curso de un trabajo de campo en el Choc, doa
Brbara Mena, anciana de cien aos para entonces, les cont a Dolo-
res Palacios y al antroplogo Eduardo Ariza sobre la existencia de un
personaje llamado Juanico Mena, testimonio que debe ser justiprecia-
do por quienes sostienen el olvido de la poca de la esclavitud o del
origen africano:
Juanico Mena era un hombre negro de frica o de Jamaica. Era ex-
tranjero. l se vol porque era esclavo, le tuvo miedo a la esclavitud
y entonces huy y lleg y se instal en una quebrada que se llama
Guayabal. Entonces all en un tiempo en Semana Santa, como Viernes
150
Claudia Mosquera Rosero-Labb
Santo, vio el monte ardiendo y crey que la candela lo andaba persi-
guiendo, por lo que se asust y llam a su mujer y le dijo que estaba
perseguido. La candela suba y bajaba sobre un peladero grandsimo
que tena oro (el oro en Semana Santa arde). As fue que despus cuan-
do ya amaneci y seal el puesto y fue a buscar el oro y con el primer
metal que sac fue a comprar su libertad [] As compr su libertad y
tambin la de su mujer. (Vargas, 1999a: 55-56)
Por otra parte, scar Almario tambin realiza valiosos aportes a esta
discusin con la informacin emprica de su trabajo de campo reali-
zado en el Pacfico sur y un fino anlisis de esta Memoria, en el que
nos plantea:
La limitada conciencia de su etnicidad por parte de estos grupos, como
consecuencia de los obstculos que para la misma representacin re-
presentaba el discurso hegemnico, se expresa en las dificultades para
construir una definicin propia. [] En cambio lo que s debi aumen-
tar en forma creciente fue el sentimiento de pertenencia a algo que
iba ms all de las sociedades locales, el sentido de distincin y de la
diferencia. La religiosidad popular debi ser el instrumento o medio
fundamental para dotar a estos grupos negros de un sentido de identi-
dad ms amplio que el ro, de lugar y de familias fundadoras. En este
contexto, ao tras ao, los ciclos de la vida cotidiana la formacin
de familia (la nuclear y la extendida), los nacimientos y la muerte
eran ritualizados con las celebraciones religiosas como las fiestas pa-
tronales, las de Navidad y Semana Santa, con la finalidad de reafirmar
la etnicidad y la identidad. La difusa ancestralidad africana debi ser
ritualizada tambin, perviviendo en distintos saberes y prcticas cada
vez ms selectivas, pero sobre todo en la msica y los cantos, esos s
colectivamente compartidos, en los cuales la emblemtica marimba y
sus evocadores tonos oficiaban de resonancia de la Memoria. En estas
condiciones,