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Caso Puerto Hurraco

Dos hermanos mataron a nueve personas e hirieron a seis más en un pueblo español en 1990 debido a una larga enemistad entre dos familias. El documento describe los eventos y la tensión que quedó en el pueblo después del tiroteo debido a los lazos familiares entre los residentes.
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Caso Puerto Hurraco

Dos hermanos mataron a nueve personas e hirieron a seis más en un pueblo español en 1990 debido a una larga enemistad entre dos familias. El documento describe los eventos y la tensión que quedó en el pueblo después del tiroteo debido a los lazos familiares entre los residentes.
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Puerto Hurraco, odio a muerte en la Espaa profunda

Dcadas de resentimiento entre dos familias de un pueblo de Badajoz acabaron en una


tarde de furia con nueve asesinados. Este es el relato del cronista que cubri el suceso
a finales de agosto de 1990
Sucedi el domingo 26 de agosto de 1990 a ltima hora de la tar-de en un lugar
llamado Puerto Hurraco, un pueblo profundo de Ba-dajoz con 205 habitantes censados
y protegido por dos montes ne-gros con forma de ala. Los hermanos Emilio y Antonio
Izquierdo, de 56 y 58 aos, se apostaron en un callejn, descargaron sus escopetas de
repeticin y abatieron a quince personas. Nueve de ellas murie-ron entre esa fecha y el
10 de septiembre y las seis restantes fueron reponindose con desigual fortuna: todas
han quedado marcadas por la tragedia, pero algunas tendrn que soportar el recuerdo
en una silla de ruedas.

LOS SUCESOS DE EL PAS


Puerto Hurraco, odio a muerte en la Espaa profunda
Los reportajes y ensayos de esta veraniega serie han sido extrados del libro Los
sucesos de EL PAS, publicado en 1996 como parte de la conmemoracin de los 20
aos del diario, lanzado el 4 de mayo de 1976. Histricas firmas del peridico, como
Rosa Montero, Juan Jos Mills o Jess Duva desmenuzan algunos de los crmenes que
han marcado la reciente Historia de Espaa, de la matanza de Atocha al crimen de los
Marqueses de Urquijo.

En un principio, los hermanos haban venido decididos a asestar un golpe de muerte a


la familia Cabanillas las dos hijas de Antonio Cabanillas, de trece y catorce aos,
fueron las primeras en caer, sus enemigos frontales desde los aos veinte, pe-ro el
olor de la plvora y la sangre que corra pendiente abajo por la calle principal les dej
clavados en el suelo y en el gatillo. Al final, dispararon sobre todo lo que vieron. Emilio
huy al monte despus del primer cargador. Antonio se qued all todava un rato,
hasta agotar el segundo. Horas despus, de madrugada, la Guardia Civil tuvo que sacar
a tiros a los dos hermanos de un cercano olivar en el que se haban refugiado tanto,
que dos guardias civiles resultaron gravemente heridos. Luego, se coment que por
qu no haban huido, por qu haban quedado atrapados en el lugar rabioso de su
cri-men. Tal vez, la venganza, que les haba atado a Puerto Hurraco du-rante toda la
vida, les atara tambin despus de llevarla a cabo.

El suceso se vivi en Espaa con la extraeza y el temor de quien se encuentra frente a


pginas del pasado resucitadas con actores de carne y hueso. La dcada recin
inaugurada quera significar el ine-luctable fin de aquella otra Espaa de oscura
conciencia, aislada del mundo y sobreviviendo dificultosamente de recursos escasos y
entre penas y culpas que se colaban por los callejones histricos del pesi-mismo y de la
tristeza. Eso haba terminado. Estbamos en Europa y ya habamos dado los primeros
pasos hacia una modernidad con-sensuada por los propios y arropada por los extraos.
Muchos vie-ron en Puerto Hurraco una fotografa antigua o el ltimo latigazo de un
mundo que se extingua, pero muchos otros se enfrentaron, con una perplejidad
interrogante, a un suceso real y presente que pona en cuestin la idea actual de
Espaa, siempre vista a travs del pris-ma urbano, cubierta por la sombra avanzada de
la capital y de las capitales. Aqu se cifraba la incgnita: se trataba del pasado o se
tra-taba de ignorancia del presente.

Dos das despus de la matanza, el suplemento dominical del dia-rio EL PAS envi a
quien esto escribe y al fotgrafo Miguel Gener a buscar las claves de un suceso que
reuna paradojas suficientes co-mo para pensar que la averiguacin no haba concluido
con la me-ra informacin del desastre.

Detrs de los visillos

La primera impresin de Puerto Hurraco, una estrecha calle principal en cuesta, a


ltima hora de la tarde espesa y caliente de agosto, con una mujer que todava fregaba
en las paredes y en el cemento las manchas de sangre, y puertas cerradas a cal y canto,
fue la de estar visitando un pueblo con gente vigilando detrs de los visillos de la
ventana. De vez en cuando se escuchaba, casi exagera-damente, casi como si uno se lo
estuviera inventando o esperase in-ventrselo, un cerrojo que recorra la calle, que
sala del pueblo y que se perda en una resonancia entre los omplatos de los dos
mon-tes negros que planeaban siniestramente sobre las casas blanquea-das. No haba
nadie en la calle y las nicas figuras visibles eran las de dos guardias civiles sentados en
un cuatro latas ladeado sobre una cuneta a la entrada del pueblo.

MS INFORMACIN
Puerto Hurraco, odio a muerte en la Espaa profunda Todo lo publicado en EL PAS
sobre el caso
2015: Puerto Hurraco quiere olvidar
2010: El ltimo de los asesinos se ahorca en su celda
1994: 688 aos de crcel para los hermanos Izquierdo
De vez en cuando, algn vecino cruzaba velozmente y miraba al-rededor como si
tuviera que cerciorarse del lugar en que viva. Con el paso del tiempo, se terminaba
descubriendo a otros periodistas y fotgrafos, que salan apresuradamente de una
casa para entrar en otra y que ya haban adoptado los hbitos clandestinos de la
pobla-cin. El da que sigui al entierro de las vctimas, entre el fragor de cepillos que
intentaban borrar la sangre del domingo, un vecino pi-di a los reporteros que no se
marcharan, porque as se sentan ms protegidos. Pero, al mismo tiempo, no
aceptaba hospedajes por temor a represalias. La guerra de Antonio y Emilio
Izquierdo ha-ba derivado en una guerra interna: a ver quin dice y qu a los
pe-riodistas.

En los das siguientes a la matanza, uno de los aspectos ms sorprendentes para un


recin llegado era el clima de tensin que se haba creado entre los propios vecinos.
Daba la impresin de que la alarma no haba dejado de sonar todava y de que esta vez
el peligro no iba a venir de afuera Emilio y Antonio vivan en Monte-rrubio de la
Serena, sino de los intestinos de la aldea. La razn, sencilla, pero que tardaba en
descubrirse, tena que ver con los in-trincados lazos de parentesco de los habitantes de
Puerto Hurraco. Los Izquierdo y los Cabanillas se odiaban, y el hecho es que una buena
parte de las familias de Puerto Hurraco eran Cabanillas o Iz-quierdo, pero una parte
an mayor haba mezclado sus apellidos con el sistema endogmico tan habitual en las
zonas rurales y aisladas del interior de la pennsula. De forma que los Cabanillas
Izquierdo o los Izquierdo Cabanillas suponan un verdadero grueso de la po-blacin.

El cementerio era una prueba contundente de esta tupida red de peligros. Situado a un
costado de la carretera general, rodea-do de un campo que pareca en esto
permanente, mostraba con to-da claridad y en letras de molde la hegemona de los
dos apellidos y de sus mezclas. Para mayor enrarecimiento, en la catstrofe del
do-mingo haba muerto una cuada del marido de Emilia Izquierdo, la tercera hermana
en discordia junto a Luciana y ngela a las que ms tarde se acusara de haber
inducido a sus hermanos al asesinato.

En esos das, cada cual poda imaginar la amenaza en el interior de su propia casa o
lindando con la del vecino. Todo dependa del bando en que cada uno decidiera
alistarse o se sintiera incluido, ha-bida cuenta de que todos y cada uno tenan
innumerables posibili-dades de pertenecer a ambos. Por tanto, una cierta
arbitrariedad surgida de lo que no se saba del otro, del prximo, cuyos verdade-ros
sentimientos podan haber estado escondidos o disimulados para brotar ahora
repentinamente, se una a la conmocin y al miedo generalizado. La ecuacin
resultante era, pues, miedo ms arbitra-riedad y su solucin, una incgnita.
Curiosamente, esos mismos tr-minos haban estado, como se vera despus, en el
origen de la tra-gedia.

Los das que siguieron al suceso fueron das temidos. Haba mie-do al regreso de las
hermanas presuntamente instigadoras, Luciana y ngela, evaporadas desde la semana
anterior; miedo a Antonio Cabanillas, el padre de las nias asesinadas; miedo a la
respuesta de las distintas ramas de las distintas f31nilias, dentro y fuera del pue-blo; y,
sobre todo, un miedo contagioso a que la cuerda del ltimo drama tirase de otros
dramas sobre los que el olvido haba trabaja-do como una lpida. Algunos vecinos
hablaban ya de hacer las ma-letas y de cerrar los escasos negocios. Se tema el xodo.

Fuera de esto, exista tambin una aprensin causada por esta estructura de
parentesco relacionada con que ciertas historias sa-lieran a la luz. Una especie de
pudor repentino de una aldea endo-gmica acostumbrada a guardar sus conflictos. Y
tambin un tem-blor vergonzoso a aparecer como el reflejo miserable de esa Espaa
profunda, tan trada y llevada por los libros, por el cine y por la te-levisin, de nios en
las tinajas, campesinos obtusos y sanguinarios, y malevolencia rural.

En el fondo, con unas cosas y con otras, se estaba jugando la su-pervivencia del
pueblo. Haba algo ms que una disputa sangrienta entre familias: se haba puesto en
peligro la supervivencia colectiva.

Cuando los vecinos se decidan a hablar era para defender esa su-pervivencia. Insistan,
de un modo que se diriga en primer lugar a su propio convencimiento, como si la
presencia del interlocutor sir-viera sobre todo para escucharse a s mismos, en que el
estallido no afectaba ms que a los amadeos y a los patas pels, ramas
par-ticulares de los Cabanillas y de los Izquierdo. Aceptar la idea de una guerra entre
los Cabanillas y los Izquierdo, sin matices y sin reduc-ciones, era transigir con la idea de
una guerra universalizada y con la previsin de una hecatombe a la vuelta de la
esquina. Fuera co-mo fuese, el primer gesto de la supervivencia consista en espantar
los fantasmas de una contienda colectiva, particularizando el con-flicto hasta
contenerlo en su territorio ms pequeo.

La supervivencia, adems, mereca la pena en trminos objeti-vos. Los trminos


estaban relacionados con la reciente prosperidad del pueblo, tradicionalmente
dedicado a la aceituna, el grano, los cerdos y las ovejas. Las subvenciones estatales y el
empleo comuni-tario haban hecho crecer el nivel de vida en los ltimos cinco aos. Se
vean casas nuevas y reformadas por todas partes, las calles es-taban asfaltadas y en
los pequeos negocios se respiraban aires de beneficio. Para entenderlo mejor, haba
que remontarse a la historia de una aldea que no conoci la electricidad hasta los aos
se-tenta, el agua corriente hasta los ochenta y el asfaltado de las calles hasta haca seis
aos. Por primera vez, aquella conciencia colecti-va, secularmente cerrada al mundo,
haba empezado a asomarse a l. Los defensores de la tesis de la tragedia aislada
luchaban con-tra la memoria en una atmsfera de plvora antigua. Era la memo-ria de
una aldea fundada por familias Izquierdo provenientes del cercano Helechal en el siglo
pasado y que, a principios de la centu-ria, se encuentran conviviendo con extraos que
regresan de una emigracin cubana.

En ese momento comenz la guerra, la guerra de los Camariches (Izquierdo) contra los
Habaneros (Cabanillas). Es decir, la guerra de los fundadores contra una familia de
intrusos llegada de Cuba. A la vista del entramado presente de parentescos, la
resurreccin de ese conflicto significara la guerra de todos contra todos. Despus de
tan-tos aos, y estando tan cerca ya del mundo contemporneo, los habi-tantes de
Puerto Hurraco teman, tras el nefasto domingo de agosto, levantarse por la maana
pensando que cualquiera poda ser un ene-migo, que la fiera dormida poda despertar
y llenar el aire de zarpa-zos. Como si no hubiera pasado el tiempo o como si hubiera
dado igual que el tiempo hubiera pasado. En ese aspecto, sus sentimientos eran muy
semejantes a los sentimientos con que el resto del pas les contemplaba. Mientras el
pas entero, a su vez, se senta observado por los nuevos y modernos amigos europeos,
los mismos que haban surtido la leyenda negra espaola de hechos que la
confirmaban ejemplarmente, de hechos muy semejantes a los de Puerto Hurraco.
Seguramente, Puerto Hurraco hizo que los espaoles se volvieran tan hipersensibles a
la observacin como los propios vecinos, y tambin desde esa oscura culpabilidad
nutrida por la incertidumbre y la ig-norancia.

La historia olvidada

Exista, por tanto, una historia de Puerto Hurraco, una historia escondida y, al parecer,
fatalmente olvidada, a la que se haba re-gresado brutalmente a causa de ese mismo
olvido.

Hacia 1920. Unos nios juegan en el polvo marrn de una calle-juela. Los hombres
arrastran sus mulas en el campo y las dos len-guas de piedra negra que desde la
montaa lamen Puerto Hurraco lanzan chispazos de luz. Los nios son ngel
Cabanillas, apodado El Rapa, y los hijos de La Torca y La Daniela, ambas de familia
Iz-quierdo. De pronto, se enredan en una gresca. El Rapa, de catorce aos, se marcha a
su casa. Al cabo de un rato, cuando quiere salir de nuevo a la calle, La Torca y La
Daniela le esperan armadas. La madre de ngel Cabanillas no le deja salir. El incidente
crea una tensin desproporcionada entre las familias. No hay un previo con-flicto de
tierras, ni otro conocido. Pero la tensin alcanza los aos si-guientes, cuando las
familias aparecen en la historia completamen-te enconadas.

Ao 1928 o 1929. Luis Cabanillas se interpone en la amistad de su hermana Matilde


con Alejandro Garca Izquierdo. Alejandro pide ayuda a los parientes Izquierdo y
traman esperar a Luis a la salida del saln de baile de Marcelo Merino. Son las ltimas
horas de la fiesta, el ambiente del saln est espeso y un amigo de Luis abre la
ventana. Por encima de los tejados distingue el perfil lunar de los montes y, con la
misma luz, a Alejandro y a sus primos apostados en una de las callejuelas. Luis hace
cuestin de honor en salir mientras tantea la navaja que lleva en el bolsillo del
pantaln. Antes de que los Izquierdo reaccionen, asesta una pualada en el cuello a
Alejan-dro Garca. El acuchillado nunca lleg a recuperarse totalmente. Se qued
como atontado. Luis Cabanillas fue condenado a siete me-ses de crcel ya posterior
destierro en Pearroya.

Ao 1935. Se repite el suceso con distintos protagonistas e inversa fortuna. Un baile en


una fiesta cercana. Basilio Cabanillas ronda a Amelia Izquierdo, prima de Daniel
Izquierdo, por mote El Dentis-ta. Al parecer, Basilio y Amelia se entienden. El Dentista
interrum-pe la escena y discute con Basilio. El clima se caldea a lo largo de la noche.
Finalmente, El Dentista lanza una amenaza y se marcha. Ba-silio regresa al pueblo
caminando, sorteando pedregales y olivos en una noche cerrada. El Dentista surge de
entre unos matorrales y le apalea hasta tumbarlo. Basilio consigue llegar a su casa y de
all a un hospital de Badajoz, donde tardar semanas en reponerse. Daniel Izquierdo, El
Dentista, fue encarcelado y aos despus tuvo que pa-gar fianza para conseguir la
licencia de escopeta.

Hasta estas fechas, los conflictos responden al esquema de Ca-mariches contra


Habaneros. No hay disputas materiales de ninguna especie. Las disputas tienen
trasfondo grupal y las heredan los pa-rientes por extensin consangunea y
cronolgica. Se trata de los fundadores y de los emigrantes que legan a su
descendencia una probable competitividad a escala local y slo explicable dentro de
un entorno cerrado donde el roce produce una marca cuya exposicin continua tiende
a pasar por herida.

El resto forma parte de una historia ms y mejor manejada por los que todava viven.
Pasaron 26 aos desde las andanzas de El Dentista hasta la desgracia siguiente. En ese
plazo largo, que no se-ra el nico de magnitud que mediara entre catstrofes, los
Cabani-llas y los Izquierdo debieron de fundirse en una maraa de lazos de parentela,
que hoy son inextricables y amenazadores. Estos lazos parecan configurar una paz
decisiva. Pero en Puerto Hurraco la paz ni se decide ni tiene dueos.

Aos 50. Amadeo Cabanillas Caballero y Manuel Izquierdo, llama-do Mal Tiempo,
echan ovejas en los tristes pastos de Puerto Hurraco. Las fincas lindan. No hay cercado,
slo un golpe largo de tierra amon-tonada que las separa. Las ovejas entienden mal la
delimitacin y se la saltan sin reflexionar. Otra gresca, de no grandes dimensiones,
pe-ro que se conserva en la memoria como un hito de este prolongado ca-mino de
desavenencias. El que algo as se conserve en la memoria es lo ms inquietante de
todo.

Ao 1961. Se produce el primer choque entre Antonio Cabanillas -el padre de las nias
asesinadas-, todava nio, y los futuros cri-minales de sus hijas, Emilio y Antonio
Izquierdo. Al nio le tupie-ron la boca de hierba. El padre de las nias asesinadas
neg en esos das aciagos de agosto que tuviera jams un roce con Antonio y Emi-lio.
Aunque lo negaba no como si negara el hecho, sino como si ne-gara cualquier especie
de memoria. Mientras se diriga con su trac-tor al campo, dos das despus de las
desgraciadas prdidas, de la boca de Antonio Cabanillas se escapaba la palabra
maldad con una certeza religiosa.

El caso es que, sin moverse de la fecha, Amadeo Cabanillas Ri-vera, hijo del otro
Amadeo y hermano de Antonio, discuti con Jer-nimo y Luciana, hermanos de
Antonio y Emilio por el asunto del chaval. Luciana se rompe un brazo al caer empujada
por Amadeo: sta es toda la historia de amor que vivieron y que en 1990 levanta-ba
especulaciones acerca de un despecho sentimental que habra ali-mentado la ltima
fase del resentimiento. Jernimo esper en la fin-ca de Las Pelcanas a Amadeo y lo
mat de una cuchillada. Aos de crcel, psiquitrico y destierro a Monterrubio, a seis
kilmetros. El pueblo donde vivan y desde el que tramaron los hermanos Izquier-do la
matanza.

1984, veintitrs aos ms tarde. La casa de Isabel Izquierdo, ma-dre de los convictos y
hermana de Mal Tiempo, se incendia. La ma-dre muere, y las hermanas, que estaban
esa noche en la casa, acusan a Antonio Cabanillas de haber prendido el fuego y al
pueblo entero de no haberles ayudado. Lo cierto es que olvidaron a su madre entre las
llamas y que muy pocos vecinos llegaron a despertarse esa noche.

1986. Jernimo repite cuchillada en la Cooperativa de Monterru-bio, esta vez sobre


Antonio Cabanillas, que tiene que ser ingresado. A partir de este momento, los Patas
Pels se enclaustran en su feu-do de Monterrubio. Los hermanos se dedican a jugar a
las cartas y a toma: helados de corte, una especie de pasin. Luciana y ngela van
clamando justicia por las calles, se arrodillan delante del cuar-telillo de la Guardia Civil
y obligan a los vecinos a desenchufar los frigorficos ya parar los relojes de pared, por
temor a que camufla-ran bombas. Una existencia entre la locura y el miedo,
alimentada por confidentes y enzarzadores. Despus de que la locura y el miedo
hubieran fermentado lo suficiente y se hubieran descompuesto en su propio caldo de
cultivo, lleg el domingo sangriento, tras las fiestas de agosto. Vengo a por el Puerto,
esto vengo esperando hace seis aos, dicen que gritaba Emilio Izquierdo desde el
callejn entre descarga y descarga de su repetidora.

Ruido de cerrojos
Esta historia pudo componerse a partir de fragmentos, de confi-dencias a media voz,
hechas en el pequeo bar donde los parro-quianos se limitaban a jugar a las cartas y a
vigilar permanente-mente a los periodistas o, tras llamar a alguna puerta, atravesar un
largo pasillo y quedarse en el patio del fondo mientras los dueos de la casa echaban
los cerrojos. Jams se confiaban en grupo. Las ni-cas posibilidades dependan de
encontrar a solas al interlocutor o de sacarle de la proximidad de los otros. Las mujeres
y los hombres ha-blaban en su casa slo a condicin de que no estuviera el cnyuge. La
mutua vigilancia a que todos se sometan daba como resultado un silencio a medias y,
muchas veces, ficciones o falsedades.

Los ms proclives a soltarse, y no mucho, eran los emigrantes que haban regresado
para las fiestas y los que haban tomado la deci-sin de marcharse. Por lo general, se
negaban a dar el nombre y slo apuntaban la rama de Izquierdo o Cabanillas a la que
pertenecan y cuya posicin estratgica en el conflicto era prcticamente imposi-ble
desentraar para el forastero. La mayora hablaba como Caba-nillas en esos
momentos, pero un ligero contraste con el siguiente in-terlocutor arrojaba la idea
contraria. No decan su nombre, aunque se denunciaban entre ellos. se con el que
dice que ha hablado es un Amadeo o ese es un Pata Pel.

Al llegar la noche, los guardias civiles recomendaban severamen-te que los periodistas
dejaran el pueblo. Entonces s que sonaban los cerrojos ms all de toda atmsfera
literaria. Miguel Gener hizo unas esplndidas fotografas de lo que era la noche en
Puerto Hurraco, aguantando en aquella oscuridad tensa en la que las luces de los
fa-roles se pegaban al suelo y dejaban recortado por encima el cielo an-cho, espeso y
nocturno, de las tierras pacenses. Esas fotografas con-siguieron reproducir las
tenebrosas impresiones que podra haber sentido cualquiera que se acercara a Puerto
Hurraco horas despus de la, carnicera. Algo as como meterse en un poblado
fantasma del viejo Oeste, pero sin pica, cruzado por caminos que se fundan en la
noche y con una carretera cercana que pareca el tramo final de todas las carreteras
del mundo. Dentro de las casas, las luces se apa-gaban enseguida y entonces el cielo
oscuro empezaba a pesar y a desplomarse como la tapa de un atad.

En Esparragosa o en Zalamea, a pocos kilmetros, la noche se vi-va de muy distinta


manera. La gente sala a tomar el fresco al qui-cio de la puerta, se vean corros de
adolescentes en las puentecillas y paseantes que se adentraban en la tiniebla de los
senderos. Eran las horas para respirar un poco de aire, despus de los cuarenta gra-dos
de secano que haban carbonizado el da. En Puerto Hurraco no se respiraba, los
habitantes parecan contener el aliento hasta que pasara algo que se senta prximo y
fatal. Esa noche calurosa de en-cierro daba la verdadera temperatura del nimo de la
gente.

El da 30 de agosto las hermanas Izquierdo, ngela y Luciana, salieron de un escondrijo


de Madrid y tomaron el expreso de Bada-joz. A partir de ese momento iniciaron su
escabroso periplo entre las pretensiones del fiscal, que las acus de conspirar junto a
sus her-manos -aunque la Audiencia de Badajoz revoc en febrero de 1992 el auto de
procesamiento-, y su inexorable destino psiquitrico en Mrida. Pero durante los
cuatro das en que estuvieron desapareci-das, ngela y Luciana se presentaban como
la clave que poda des-cifrar los enigmas. Y tambin disolver el sentimiento de
amenaza in-mediata que todava pesaba sobre las gentes de Puerto Hurraco. Su
desaparicin haba prolongado la inquietud, porque, sin lugar a du-das, tanto para los
de Puerto Hurraco como para quienes estaban al tanto en Monterrubio de la Serena,
haba una diferencia sustancial entre el dedo que haba apretado el gatillo y el cerebro
que haba en-viado la orden.

La casa de Monterrubio era una casa de pueblo de dos plantas pe-queas embutida en
una hilera y tan cerrada a cal y canto como, segn decan, lo haba estado en los
ltimos aos, cuando los hermanos y hermanas Izquierdo vivan en ella. El diagnstico
del vecindario era tan concluyente como lo fue despus el de la Audiencia. Eran dos
mu-jeres mayores, de 49 y 63 aos, prematuramente envejecidas, cuya existencia
estaba organizada alrededor de los los vecinales, que salan dando gritos de su casa y
recorran las calles insultando a sus parien-tes de Puerto Hurraco y a cualquiera de
Monterrubio que se cruzara con ellas, que peregrinaban regularmente al cuartelillo y
que, simple-mente, no podan estar bien. En contraste, Emilio y Antonio rara vez
protagonizaban un altercado. Parecan bastante pacficos o quiz slo tranquilos y,
segn la opinin del coro popular de Monterrubio, absolutamente dominados por sus
hermanas.

Ninguno de los cuatro se haba casado. La nica pista sentimen-tal relacionaba a


Luciana con Amadeo Cabanillas, en el famoso episodio que concluy con fractura de
huesos para la mujer y que inau-gur la ltima fase criminal entre las familias
antagonistas. Luciana neg en das posteriores que hubiera existido semejante
posibilidad, como no poda ser de otra manera. Los cuatro hermanos, por lo de-ms,
apenas salan de la casa de Monterrubio, donde las persianas estaban
permanentemente bajadas y los pestillos echados. All fue-ron re cociendo su
animadversin y sus malos sentimientos durante seis aos.

Con todo ello viene el dilema. La matanza de Puerto Hurraco pue-de ser contemplada
a la luz de una historia secular de rencillas y con-flictos que culmin de esa manera
como poda haber culminado de cualquier otra parecida, o bien esa tragedia hay que
observarla a tra-vs de esta ltima escena, mucho ms reducida, mucho ms actual,
mucho mejor iluminada. Si fuera as, lo que se ofrece a la vista es el cuadro de cuatro
hermanos encerrados en s mismos, con antece-dentes psiquitricos y con
manifestaciones de desequilibrio patentes, aislados en un pueblo de Badajoz que ni
siquiera es el suyo, armados hasta los dientes y profiriendo amenazas constantes, ante
la pasivi-dad de instituciones y vecinos. Despus se conocera el dominio pa-tolgico
que los mayores ejercan sobre los pequeos y tambin sal-dran a la luz abultados
rumores sobre la vida de los Izquierdo. Pero no haba ninguna necesidad de ello,
porque un simple vistazo a los historiales clnicos, al entorno familiar en el que haban
crecido y aprendido, a su vida cotidiana y a sus hechos cotidianos, habra bas-tado para
anticipar un pronstico de lo que podra ocurrir y de lo que fatalmente ocurri.

Los desheredados
La historia de la Espaa negra y profunda siempre ha servido ha-cia dentro y desde
fuera. Desde fuera, el que ms y el que menos ya sabe cmo ha funcionado. Pero,
paradjicamente, tambin ha sido eficaz a la inversa, tapando la desidia de la sociedad
civil y de las instituciones pblicas, y arrojando al pozo sin fondo de la concien-cia de
un pueblo que se ha movido entre la supervivencia y el olvi-do todos los desastres que
nadie era capaz de asumir.

Desde un punto de vista literario y dramtico conmueve descubrir que un pueblo de


doscientos habitantes guarde en su memoria cen-tenaria un arsenal de disputas que
van desde lo ridculo hasta lo ca-tastrfico, con nombres y apellidos, con detalles
minsculos trasmi-tidos de padres a hijos como las palabras de una liturgia, y que la
tragedia corone finalmente esta memoria. Pero desde el punto de vis-ta de los hechos,
lo nico que se acerca a los motivos verdaderos ms all de las leyendas que nos
dejan tan enaltecidos como vulne-rables es la constatacin de que cuatro personas
enfermas, indivi-dual y socialmente enfermas, armadas, aisladas y sin escapatoria
an-te el mundo, explotaron un mal da en un clima colectivo de asombro que sustituy
automticamente a una colectiva indiferencia.

Como en las malas pelculas, todo trat de resolverse judicial-mente. Los juicios tienen
la virtud de aplicar condenas y de trasfe-rir las ideas de bien y mal a la potestad de un
tribunal o de un ju-rado que, en realidad, slo se ocupa de crmenes y castigos. El juicio
de los hermanos Izquierdo caus la misma expectacin que la trage-dia y dej las cosas
en el lugar donde se quedan las cosas intocables.

El 17 de enero de 1994, Antonio y Emilio Izquierdo se sentaron en el banquillo de los


acusados, cuando ya se haba decidido la re-clusin de sus hermanas en el hospital
psiquitrico de Mrida con un diagnstico de delirios paranoides. Jos Gmez
Romero, el psi-quiatra que las tena a su cargo, declaraba en esas fechas, tres aos y
medio despus de su ingreso, que Luciana y ngela han mejora-do algo, poco a poco,
pasean con otras internas y, sobre todo, nge-la ha desarrollado un poco de su
personalidad, condicionada por la de su hermana hasta el punto de que, al principio,
las cogas por separado y te hablaba utilizando las mismas expresiones que Lucia-na
(EL PAS, 23 de enero de 1994). En el juicio, los peritos psiqui-tricos llegaron a la
conclusin de que Emilio y Antonio Izquierdo su-fran alteracin de la personalidad de
carcter paranoide. Cosa que, al parecer, no alteraba el plano de la conciencia, si
bien so-bre esta personalidad, que constituye terreno abonado, hay una vi-vencia (la
muerte de la madre) que es vivida de forma muy trau-mtica por estas personas y se
convierte en una idea sobrevalorada (la venganza) que invade el campo psquico del
sujeto. En este sen-tido estimamos que su capacidad volitiva podra estar disminuida
(EL PAS, 18 de enero de 1994). Dado que la psiquiatra se mueve por el mundo como
si fuera una ciencia, hay cosas que los legos no pue-den entender. Por ejemplo, el que
la conciencia no se altere cuando hay una idea sobrevalorada que invade el campo
psquico del suje-to, disminuyendo adems su capacidad volitiva. Misterios del ser.

Los magistrados, en los fundamentos de derecho, afirmaron adems que Emilio y


Antonio no eran enfermos mentales, exponiendo el he-cho de que ambos eran
capaces de manejar un rebao de ovejas de unas 1.000 cabezas y que tenan fincas
arrendadas, consiguiendo, a pesar de la crisis por la que atraviesa el campo, poseer
una carti-lla de ahorros con unos diez millones (EL PAS, 26 de enero de 1994). Es
decir, habra una relacin inequvoca entre la salud mental y la gestin econmica y
agropecuaria. Estaramos aqu ante una especie de protestantismo psicolgico visto
a travs de la doctrina de la predestinacin mental.

As pues, los delirios paranoides de los hermanos y de las herma-nas Izquierdo


tuvieron distinto final como consecuencia de la dife-rente relacin con el gatillo. La
justicia actu sobre los hechos y se limit a sancionarlos, salomnicamente, con sus
dos espadas con-temporneas: el psiquitrico y la crcel. El 25 de enero de 1994,
An-tonio y Emilio Izquierdo fueron condenados a 688 aos de crcel perfectamente
divididos entre ambos como autores criminalmente responsables de nueve asesinatos
consumados y seis frustrados. Los ponentes afirmaron que los dos hermanos
prepararon por vengan-za un plan de exterminio del mayor nmero de habitantes
posible de Puerto Hurraco.

Aunque la Justicia dict sentencia, y con ella la sentencia del ol-vido o del comienzo del
olvido, lo cierto es que, ms que disipar la temida imagen de Espaa, la revel en
fotografas nuevas. La mitad locos o idiotas, la mitad asesinos carniceros. Y, sin
embargo, haban pasado muchas otras cosas sobre las que no se poda dictar
senten-cia como la abrumada existencia de esas cuatro personas encerradas en una
casa de Monterrubio de la Serena hablando con sus fantas-mas en un idioma delirante,
o la supervivencia en un entorno capaz de trasmitir de generacin en generacin la
forma en que unas ove-jas se saltaron unas lindes de tierra amontonada para provocar
una refriega. El mundo es complicado y la ley lo simplifica en trminos de habitabilidad
convencional, cuando la ley se cumple. Pero, con toda certeza, la masacre de Puerto
Hurraco debi servir para llevar a la superficie una imagen de la Espaa actual ms all
de los tpi-cos y de las ideas conformadas a las que invita la desidia intelectual de la
que somos ancestrales herederos. Muchas regiones rurales es-paolas estn todava
iniciando el siglo XX y esta situacin no se re-fiere solamente a medios materiales de
vida o a capacidad de pro-mover recursos, sino tambin al lugar que ocupan en el
proyecto de este pas. El abandono a su locura de los cuatro hermanos Izquier-do
podra ser tambin el abandono a que se ha sometido a una vas-ta extensin de la vida
espaola que no encuentra su sitio en ningn proyecto y que no se ve reflejada en
ningn futuro. La Espaa ne-gra no est hecha de ningn material particular. Si est
hecha de al-go es de los ojos que no quieren mirarla.

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