La muerte en historia, arte y literatura
La muerte en historia, arte y literatura
Resumen
En general se llama muerte a todo fenmeno en el que se produce una cesacin. En sentido ms
estricto, se refiere este trmino a la cesacin de la vida y en especial a la cesacin de la vida
humana.
El relieve de este tema se debe, sobre todo, al concepto que se tenga de la muerte, responde a la
concepcin que se tenga del mundo, y lleva en s la pregunta sobre el sentido de la vida, sea que
se considere posible la inmortalidad, sea que la muerte se aborte como el lmite absoluto de la
existencia humana.
Sobre la fuerza emocional telrica de la muerte que ha sido, es y ser punto de partida del ms
grave raciocinio. La muerte a travs de la historia ha demostrado que el hombre comn, el de la
vida cotidiana; escritores, artistas y msicos poco se han sustrado al tema de la muerte. La
muerte y el amor, inseparablemente unidos, fecundan la conciencia del hombre y le sugieren
ideas y sentimientos. La muerte destruye para unos; el amor crea, para otros. Este crear y
destruir, en riguroso turno de poder, forman la trama de la gran tragedia de la vida.
Summary
In general calls himself death to all phenomenon in which a ceasing takes place. In stricter sense,
refers this term to the ceasing of the life and especially to the ceasing of the human life. The
relief of this topic owes himself, mainly, to the concept that one has of the death, responds to the
conception that one has of the world, and it takes in yes the question on the sense of the life, be
that it is considered possible the immortality, be that the death you miscarries as the absolute
limit of the human existence.
About the telluric emotional force of the death that has been, it is and it will be starting point of
the most serious reason. The death through the history has demonstrated that the common man,
that of the daily life; writers, artists and musicians a little sustrado is had to the topic of the
death. The death and the love, inseparably united, they fecundate the man's conscience and they
suggest him ideas and feelings. The death destroys for some; the love believes, for others. This to
create and to destroy, in rigorous shift of power, they form the plot of the great tragedy of the
life.
De acuerdo con Edgar Morin (1974) la conciencia humana de la muerte no slo supone
conciencia de lo que era inconsciente en el animal, sino tambin una ruptura en la relacin
individuo-especie, una premonicin de la individualidad con respecto a la especie y una
decadencia de la especie con respecto a la individualidad.
La muerte (Albornoz, 1990) en sentido general se refiere al deceso de un ser vivo; as entendida
es que nos dice Sartre (1905-1980) que la muerte es un simple hecho como el nacimiento.
Cuando la muerte se considera como algo que ocurre a la existencia humana, entonces es posible
apreciar varias concepciones acerca de la misma. As tenemos:
La muerte como principio de una nueva existencia. Esta es una concepcin religiosa,
presupone que el alma es inmortal, que en el acto de la muerte se separa el cuerpo para
pasar a llevar otro tipo de existencia.
Algunas religiones orientales consideran la muerte como el retorno al mundo del cual
hemos salido; de ah el "tierra eres y en tierra te convertirs", tambin la idea del "eterno
retorno".
La muerte entendida como limitacin de la existencia, para el existencialista Karl Jaspers
(1883-1969) la muerte es la situacin lmite, inevitable a todo hombre. En tal sentido es
decisiva, esencial, ligada a la naturaleza humana en cuanto tal, signo inequvoco de la
finitud.
La muerte es el problema fundamental del hombre, el solo hecho de tomar conciencia de
la muerte basta para engendrar la angustia y caracterizar la existencia humana. La exis-
tencia es la vida ms la conciencia de la muerte.
De acuerdo con Iribarren (1965) los nicos capacitados para hablar de la muerte son los muertos;
pero los muertos nada dicen porque estn mudos y delegan en los vivos la pretensin imposible
de comprender y definir el gran enigma.
El hombre de Neardenthal (60 a 90 mil aos) es considerado el primer homo sapiens, el quinto
de la clasificacin de los homnidos (australopitus, oreopitus, zinjantropos, heidilber); ha dejado
testimonios de su espiritualidad y ejemplo de ello lo tenemos en las sepulturas, en estos
enterramientos se ha podido observar el cuidado con que se dispona el suelo (cubrindolo con
cantos rodados), el cadver (en posicin encogida) y las ofrendas. Estas ltimas prueban la
creencia en una vida de ultratumba que requera la ayuda de los vivos (Salvat, 1974).
Parece ser que la muerte era una realidad que no poda pasar inadvertida para estos hombres del
paleoltico dotado cada vez de mayor conciencia.
En los diferentes continentes, los arquelogos y antroplogos, han encontrado diversos
enterramientos, pero no siempre ser posible determinar si el esqueleto descubierto corresponda
a una muerte casual acontecida en el lugar del hallazgo o si su situacin en ese punto
corresponda a una eleccin deliberada por parte de quienes le sobrevivieron. Las conclusiones
actuales de los investigadores es que el hombre prehistrico no slo respetaba a sus muertos, sino
que, incluso, estaba preocupado por la vida de ultratumba. Parece evidente que, para ellos, la
muerte era la entrada a un reino del sueo, del que ignoramos si pensaban que podan
despertarse, es decir, si la muerte era un estado transitorio o definitivo. Aunque no se pueda
afirmar rotundamente, es muy posible que los alimentos y objetos de silex, que aparecen junto a
los esqueletos con relativa frecuencia, fueron depositados como ofrendas para que el muerto
pudiera utilizarlos en el trnsito de un mundo a otro.
El hombre del neoltico continuar con manifestaciones de culto a los muertos, las primeras
comunidades neolticas enterraban cuidadosamente a sus muertos, a quienes ofrendaban muchas
veces vasijas con alimentos, pequeos objetos y otras piezas propias de la persona, pero sin
excesivas complejidades. En la comunidad primitiva se sabe que el hombre del paleoltico
superior (Graterol-Frassato, 1976) fue un creador de formas plsticas, volumtricas, rtmicas y
sonoras. Todos los investigadores que han estudiado el arte de la comunidad primitiva, estn de
acuerdo en afirmar que dicho arte estuvo al servicio de la sociedad; y que esa prctica es un
fenmeno social. El artista mgico hechicero cumpla una funcin tan importante como el caza-
dor-fabricador-pescador. El arte pictrico era un instrumento de produccin, estaba al servicio de
la caza y del hombre como totalidad; se fundament en principios mgicos, rodeado de misterio
y de muerte. De acuerdo con Hauser (1979): la muerte prueba de que este arte persegua un
efecto mgico y no esttico, al menos en su propsito consciente, est en que en estas pinturas
los animales se representaban frecuentemente atravesados con lanzas y flechas, o eran atacados
con tales armas una vez terminada la obra pictrica. Indudablemente se trata de una muerte en
efigie. Y que el arte paleoltico est en conexin con ocasiones mgicas lo prueba, finalmente, la
representacin de figuras humanas disfrazadas de animales, en la mayora de las cuales se
ejecutan danzas mgico-mmicas.
A partir de estos primeros momentos en la evolucin del hombre, demuestran que no hay
sociedad humana que no someta sus difuntos a atenciones particulares, cuya funcin es integrar
el fenmeno brutal e inevitable de la muerte y, en cierta forma, negarla. As se explican las
actividades frente a la descomposicin del cuerpo y al espanto que suscita. Hay un esfuerzo por
suprimir esta descomposicin quemando el cadver y conservando las cenizas, como por
ejemplo, las urnas funerarias de los Zapotecas de Mxico; Sanoja y Vargas (1992) sealan que
los indgenas que habitaron la actual regin costera del Oriente venezolano, las ceremonias
funerarias tenan un carcter diferencial en cuanto al rango del individuo; cuando se trataba de
caciques o jefes principales, los cadveres eran desecados al fuego y los huesos pulverizados
eran ofrecidos a todos los presentes, mezclados en una bebida fabricada con grasa que haba
destilado el cadver durante la coccin (el alimento puede convertirse en el instrumento que
ponga al hombre en relacin estrecha con lo sagrado: ofrenda a los muertos, a los dioses). Los
Koriaks de Siberia dispersaban las cenizas. Hoy en da, en La India los familiares del difunto,
colocan el cadver en una pira funeraria; el hijo mayor o el padre inician la ceremonia de la
incineracin, prenden fuego a la lea con una antorcha y derraman una mezcla aromtica de
especias e incienso sobre el cuerpo. El chisporroteo de la lea queda ahogado por las voces de
los brahmanes, que recitan mantras en snscrito. Una de estas frmulas sagradas, traducidas,
dice: "Que el alma que nunca muere siga esforzndose por convertirse en parte de la realidad
suprema".
El culto a los antepasados reposa en dos ideas principales: primeramente, la muerte es muy
raramente una aniquilacin total del ser: el difunto sobrevive de cierta forma en un mundo que le
es propio y mantiene, se presenta el caso, relaciones estrechas con los vivientes. Despus, como
lo ha expresado Jensen (1954), esta actitud frente a los muertos se funda en la idea de que el
hombre es un elemento de la divinidad, ya que sea hecho a la imagen de Dios, o que haya
recibido de la divinidad una entidad espiritual que es su verdadera substancia vital, o que
descienda directamente de la divinidad por la cadena de los antepasados y participe de la
divinidad por el milagro de la generacin y del nacimiento. Este sentimiento de lazo entre la
humanidad y la divinidad lleva lgicamente a ciertas creencias concernientes a las relaciones
entre vivos y muertos.
El culto de los antepasados es la ms antigua religin practicada por los chinos. La civilizacin
China del hombre de Pekin, enterraba a sus muertos, hecho que los ubica como portadores de la
cultura del tipo paleoltico; los chinos en sus primeros tiempos, profesaban un profundo respeto a
los mayores, principalmente a los antepasados, a quienes se renda culto en altares para que los
protegieran.
El sintoismo (religin tradicional del Japn, oficial hasta 1945) conceda una plaza privilegiada a
los Kami, o espritus de los difuntos.
Los israelitas de la poca primitiva pensaban que sus muertos vivan en el Seol desde donde se
interesaban por la suerte de sus hijos y nietos.
Los antiguos egipcios que, como aseguraba Herodoto (484420 a.C.), fueron "los ms religiosos
de todos los hombres", moran preocupados por su comparecencia ante el tribunal de Osiris
(como veremos ms adelante), con el alegato de su justificacin bien aprendido. Nadie como
ellos buscaron en los profundos arcanos de la muerte. Rendan culto a las almas de los muertos y
no tenan por tales, en el sentido material de la palabra, mientras sus cuerpos no fuesen
destruidos o sus imgenes se perpetuaran en la piedra. Esto explica el rito de los
embalsamamientos por ellos practicados. La profusin de momias y estatuas lo comprueba. As,
pues, los antiguos egipcios, an despus de morir, se resistan a abandonar los espacios vitales de
la naturaleza y de lo divino.
Los egipcios consideraban que toda persona tena tres partes: el cuerpo, el ka y el alma. El
cuerpo viva esta vida como un hecho pasajero. El ka o doble era la fuerza vital que sobreviva
despus de la muerte y quedaba en esta vida.
El alma se manifestaba en este mundo por los sentimientos y las acciones; era inmortal e
inmaterial. A la muerte del individuo, el alma deba hacer el viaje al ms all para ser juzgada.
Era conducida a un tribunal de cuarenta y dos jueces (demonios, constituidos en acusadores del
difunto) presidido por Osiris (el dios que, a su vez, fue despojado de la vida), dios de los
muertos, y sus acciones pesadas por el dios Anubis (dios de cabeza de perro) en una balanza, el
dios Tot se desempeaba en la funcin de secretario. Si no tena pecados pasaba a gozar de los
beneficios del reino de Osiris y ser como los propios. Si los tena, iba al Duat, lugar donde
careca de libertad. Antes de dictarse la sentencia, el alma deba justificar ante el tribunal su
comportamiento en esta vida, para lo cual le serva el libro de los muertos, conjunto de consejos
propios para la actuacin en el otro mundo (Nack de Emil, 1966). Lo mejor del arte egipcio en
torno a la vida de la muerte y de los muertos. Las tumbas reales de los faraones de la primera y
segunda dinasta, las pirmides de Gizeh, los Hipogeos su construccin fue dirigida para
conmemorar a los muertos importantes, los escultores egipcios gustaban plasmar en relieve los
afanes de los vivos. Son frecuentes en sus monumentos funerarios las escenas de vaqueros, la-
bradores y artistas en plena faena cotidiana.
Los griegos anteriores a Scrates (470-399 a.C) y Platn (427-348 a.C) crean que el alma
sobrevive a la muerte. Por ejemplo Pitgoras (570-480 a.C), el famoso matemtico del siglo VI
a.C, sostena que el alma es inmortal y que transmigra. Antes de l, Tales de Mileto (625-547
a.C), el ms antiguo filsofo griego conocido, aleg que posean alma inmortal no slo los
hombres, los animales y las plantas, sino tambin objetos tales como los imanes, ya que estos
pueden mover el hierro. Los antiguos griegos afirmaban que las almas de los muertos cruzaban
en barca el ro Estigia para entrar en una inmensa regin subterrnea conocida como el reino de
los muertos. All las almas eran sometidas a juicio y o bien se las sentenciaba a sufrir tormento
en una prisin de murallas altas, o bien se las destinaba a la felicidad absoluta del Eliseo. Aunque
Epicuro (341-270 a.C), negaba la existencia de los dioses y rechazaba la creencia en la
inmortalidad del alma. Para los griegos las divinidades primigenias de su mitologa (Rojas M,
2002) eran meras abstracciones simblicas poco o nada personalizadas. Del Caos original
procede el Erebo (tinieblas infernales) y la Noche, de cuya unin amorosa nacen Eter (Cielo) y el
Da. El Eter corresponde a la regin ms limpia, elevada y luminosa del firmamento y debe ser
distinguido de Urano, otro cielo fuertemente personal. Tambin son hijos de Caos: Hipnos (el
sueo) la estirpe de los ensueos (Oneiros), la Burla y la Desdicha, as como las divinidades
personalizadas: el Engao, el Concbito, la Vejez, el Amor, y el Dolor. Pero tambin son hijos
del Caos, Moro, Cer y Thanatos, tres nombres que son casi sinnimos de la muerte. En el arte
griego triunf la forma y el mito, el placer de vivir y la gracia corporal. Pero no elude la
preocupacin de la muerte que exterioriza y perpeta en mrmol, piedra y cermica. Danzan sim-
blicas las horas en sus relieves; decoran las esteras funerarias cuadros familiares de despedida y
en los vasos ticos suelen representarse coros de msicos y plaideras. El mausoleo de
Halicarnaso, una de las maravillas del mundo antiguo, es la ms alta contribucin del arte griego,
al par que protesta jerrquica contra la tirana de la muerte que todo pretende allanarlo.
Roma glorific en sus arcos triunfales y en sus templos, en sus estatuas, arcos y ternas la
tradicin que coronan sus tumbas, son el mejor exponente del estoicismo romano pocas veces
traducido a inquietud esttica, frente a la necesidad de morir. El "ave caesar, morituri te salutant"
de los gladiadores cincela en carne mortal una gallarda actitud escultrica ante la muerte.
En el siglo VII a.C., en Irn (o Persia), hacia el oriente de Gracia, vivi un profeta llamado
Zoroastro (Zaratustra 628-555 a.C), fundador de una forma de adoracin que lleg a conocerse
como zoroastrismo. Esta era una religin del Imperio Persa, el cual dominaba el mundo antes de
que Gracia se convirtiera en una potencia de primer orden. Las escrituras zorostricas dicen: "En
inmortalidad el alma del justo gozar para siempre de felicidad, pero en tormento el alma del
mentiroso sin duda estar". Y estas leyes ha decretado Ahura-Mazda (que significa "un dios
sabio") en virtud de su autoridad soberana. La enseanza de la inmortalidad del alma tambin
formaba parte de la religin iran prezorostrica. Las tribus antiguas de Irn, por ejemplo,
ofrendaban a los muertos alimento y ropa para el beneficio de sus almas en el reino subterrneo.
En los libros Vedas, de la India, se destaca la metempsicosis, que es la transmigracin o
reencarnacin de las almas individuales; afirmaban que el alma no ofrece ningn alivio, porque
el alma renace en otro cuerpo; enseaban que, de acuerdo con la conducta que se haba tenido, se
poda ascender o descender en la reencarnacin. Si se perteneca a una casta inferior, pero si
haba mostrado una conducta correcta, se renaca como miembro de una casta superior; por el
contrario, si la conducta haba sido incorrecta, se volva a vivir como seres de castas inferiores o
aun en animales Estas ideas fueron transformando con la aparicin: lro. Del Jainismo, que
pretenda acabar con la idea de las transmigracin del alma y destruir as uno de los elementos
que, de manera firme, apoyaba al sistema de castas. 2do. El budismo que estableci la negacin
del alma y afirm que la pasin es la fuente de todo mal, y que no puede ser satisfecha jams;
recomendaba entonces el control y el total abandono de los deseos (Harrison et al, 1991). Los
budistas rezan "El libro tibetano de los muertos" para que el difunto tenga un mejor nacimiento y
pueda liberarse de los lmites de la existencia.
En la frica negra el animismo (creencia en un alma de las cosas en un mundo de los espritus y
en una fuerza vital) una real importancia y toma incontestablemente manifestaciones de
pluralidad. Para los dogon (Mal) el culto de los antepasados asegura la continuidad del hilo
social, es decir, descendencias que se siguen a travs de las generaciones y que aseguran la
continuidad del grupo social (Akoun, 1981). De acuerdo con Bamunoba y Adoukonou (1984), en
la vida africana se considera que la muerte es la puerta por la que el ltimo aliento abandona el
cuerpo en calidad de espritu. Pero se estima que el espritu que sale del cuerpo es menos
inteligente que el cuerpo del que se separa. En frica Oriental, las ceremonias rituales, incluidos
los ritos funerarios que se celebran a lo largo de la vida y en el momento de la muerte de una
persona, revisten gran importancia para los africanos, y estn integradas en la vida social. Sin
embargo, debido a los rpidos cambios causados por la instruccin y por la religin cristiana, las
ceremonias ancestrales han perdido, en su mayora, parte de su alcance o de su capacidad. La
introduccin del cristianismo ha llevado a considerar a muchas ceremonias rituales como
prcticas anticristianas y paganas. El concepto africano de religin parece conectarse con ideas
relacionadas con la muerte y con el culto de los espritus. La muerte es inevitable y en la mayora
de las sociedades de frica Oriental tiene efectos descriptivos. El matrimonio convierte al
hombre en un ser creador y reproductor, relacionndolo al mismo tiempo con los antepasados y
con las generaciones futuras. La muerte, por el contrario, se sita entre el mundo de los humanos
y el de los espritus, entre lo visible y. lo invisible. Lo que quiere decir que la muerte no pone
trmino a la existencia, ya que sta contina en el ms all. Los bayankole de Uganda occidental,
lo mismo que otras sociedades africanas, creen que morir es partir hacia otro mundo, aunque el
espritu del muerto puede volver cuando le parece para visitar a los miembros vivos de su
familia. sta es la razn por la que tratan de cumplir los deseos del difunto y de conservar su
recuerdo. Pero tambin se cree que el espritu de los difuntos puede volver a atormentar a los
vivos Por ltimo, los pueblos de frica oriental consideran a la muerte como una separacin,
pero no como un aniquilamiento total. Quien desaparece va a reunirse con los difuntos, y el
nico cambio importante es que su cuerpo se descompone; el espritu, en cambio, sobrevive y
accede a otra forma de existencia.
Los indgenas que poblaron la cuenca del lago de Tacarigua o Valencia, desarrollaron un modo
de vida jerrquico cacial caracterizado por la construccin de complejos de montculos
(funerarios y de habitacin), produccin de bienes suntuarios dedicados al culto a los muertos
(Vargas, 1990) La etnias indgenas venezolanas pre-colonial conceban la muerte como un
fenmeno no natural sino producido por seres malignos, sobrenaturales, sobre los cuales caba
ejercer el derecho de venganza y castigo por parte de la parentela (Alfaro y Vargas, 1992). Entre
los Chaimas era habitual, a la muerte de alguien, consultar al piache quien, para conservar su
prestigio se senta en la obligacin de identificar al posible homicida. Esta manera de concebir la
muerte era compartida por las etnias del Alto Orinoco (Baribas, Piaroas, entre otras) las cuales
atribuan la muerte a brujeras, hechiceras, y maleficios de fuerzas exticas, enemigos, que en
muchos casos atribuan a grupos rivales. De all que a la llegada de los espaoles las
enfermedades de las cuales eran portadores, las atribuyeron a los espritus malignos que habita-
ban en ellos. Este concepto, tan firmemente arraigado, en Maquiritares, Macos, Piaroas y
Mapoyos, los llev a evitar a todo trance mezclar su sangre con la de los colonizadores, etnias
del Alto Orinoco como los Betoyes y Tamanacos, practicaban el infanticidio en casos de
deformidad o en parto gemelar. Las prcticas eutansicas se ubican en algunas etnias como los
Maquiritari, Panares, Mapoyos y Piaroas solan matar a los miembros de la comunidad en estado
de enfermedad incurable. Otras etnias practicaban actos menos agresivos que consistan en
abandonar a los enfermos a su suerte, dejndoles en algunos casos, alimentos, armas y bebidas.
Los egipcios fueron los primeros en recubrir las caras de los muertos con mscaras funerarias.
Prisionero de su semejanza transfigurada, el difunto no poda ya tener acceso al mundo de los
vivos. La mscara egipcia nace ligada a la muerte. Se presentaba, a primera vista, como un
tabique estanco, una separacin entre dos mundos. En realidad, la muerte en Egipto era delgada
como una mscara. Era una muda y no un aniquilamiento, un paso y no un trmino, morir era
viajar con serenidad como un sueo. No haba muerte, sino muertos.
Los primeros romanos le rendan culto a los antepasados y las mscaras cumplan funciones
funerarias Estas se moldeaban con cera en las caras de los difuntos, que eran llevadas por los
miembros de la familia en cada nueva muerte y que representaban a los antepasados. Con el
pasar de los tiempos la conciencia trgica se perder con la mscara escnica de los romanos,
grotesca y caricaturesca.
La mscara griega, destino y tragedia. Mscaras de oro de Micenas, trabajadas sobre las caras
mismas de los muertos, son sobrecogedoras huellas de una vida que se ha coagulado. Esa rigidez
cadavrica era la de las mscaras griegas que se paseaban por escena, llevadas por los actores
que resucitaban los hombres de antao.
La mscara africana no es la fijacin de una expresin, sino una aparicin que hace nacer la
angustia de una presencia mgica. Asociada a los ritos agrarios, funerarios o iniciticos, la
mscara en Africa Occidental, constituye el apoyo, de fuerzas espirituales que interesan unos
grupos restringidos o una sociedad entera, permite captar y controlar, canalizando y aprisionando
la fuerza vital que impide errar, en particular despus de la muerte de un ser humano o de un
animal que provoca una liberacin de energa.
Los cristianos aseguran que la muerte es el estipendio y la paga del pecado. As consta en el libro
del Gnesis (I, 27; XX, 2), y San Pablo lo confirma y recuerda en casi todas sus epstolas (a los
Romanos, V, 12; VI, 23. A los Corintios, Primera, XV, 21. A los Efesios, II, 15. A los
Colosenses, II, 13. A Timoteo, Primera, V, 6). Jesucristo destrua la muerte con la muerte: "Yo
soy la resurreccin y la vida, quien cree en mi aunque hubiere muerto vivir; y todo aquel que
vive y cree en mi no morir para siempre" (San Juan, XI, 25 y 26).
En los tiempos heroicos del cristianismo moran los fieles gozosamente, con la alegra del viajero
que sabe de antemano que le aguarda la felicidad al trmino de su viaje. Nada les causaba temor;
ni las incomodidades del trayecto, ni el dolor fsico de la jornada. Antes al contrario, eran mritos
y trabajos santificantes que haran ms apetecible el placer de llegar. Los primitivos cristianos
saban por qu moran y para qu moran. Esta certidumbre producto de las gracias y dones que
Dios infunde en el alma, proclamada por legiones de mrtires, les permiti prever y disfrutar
anticipadamente los goces inefables de la vida eterna.
Esos tiempos heroicos pasarn cuando Constantino (gobern entre 312-337) con el Edicto de
Miln (ao 313) decret la tolerancia al cristianismo. Con Theodosio (gobern entre 379395), el
cristianismo triunf, por lo que el nuevo emperador lo declar religin oficial y nica del imperio
(ao 380), aboliendo el paganismo en el ao 394. Los balbuceos artsticos de los cristianos de las
catacumbas se producen en "El valle de las tinieblas y de la muerte" y tienen por motivo
principal la conmemoracin de los fieles difuntos. La fe en la otra vida orna sus sarcfagos, no
con luctuosas escenas, sino con representaciones bblicas y gloriosas alusiones a la Iglesia
triunfante. Aqu la alegora de la muerte pierde su fealdad y se convierte en smbolo de eterna
bienaventurada o de castigo eterno.
El cristianismo triunfar y el imperio romano se dividir y luego se derrumbar dndole paso a la
Edad Media y a la hegemona de la Iglesia y el poder a los Papas. La socorrida imagen medieval
representar al universo y al mundo como una inmensa liza dispuesta para el triunfo de la muerte
sobre cabezas coronadas, mitras bamboleantes e infernales orgullos.
En los fastos rudos de la Edad Media la muerte parece significar trmino y castigo. Se muere
lentamente, da a da, hora a hora, con plena conciencia de que morir es solucionar todos los
conflictos humanos. Pesa la muerte ms que la vida en la balanza de las apreciaciones histricas.
Su presencia hace del da noche y de la cancin plaido. La fatalidad de la muerte, evidenciada
por los moralistas y los telogos, polariza todas las preocupaciones y centra el pensamiento
universal en un montn de tibias cruzadas y calaveras. La tcnica de morir se eleva entonces al
rango de arte. De la Edad Media puede decirse, no que muere viviendo, sino que vive muriendo.
Hombres y mujeres visten mortajas. La muerte armada y ensabanada, con una guadaa en la
mano y una clepsidra en la otra, gota a gota, se enseorea de las ciudades y cantan las horas,
castaeteo de sus desiertas mandbulas, en un terrible y constante murmullo: recurdenme!,
estoy aqu.
La mayora del pueblo judo, con excepcin de algunos justos, era y sigue siendo materialista.
Sita en este mundo el premio y el castigo de las buenas o malas acciones y considera la mansin
del Seor inaccesible a los mortales. La muerte, para muchos de ellos, significa carroa y fin de
todo. Interpretando a los profetas a modo de orculos polticos, el Mesas se define en sus
mentes, no como Redentor del gnero humano, sino como una especie de caudillo que levantar
al pueblo elegido de su postracin y lo sacar del oprobio. Presuponemos la decepcionada
extraeza de los judos nacionalistas que crean en Jess "Mi reino no es de este mundo" (San
Juan, XVIII, 36). Ser piadoso, honesto, caritativo y apegado al Tor representa para los judos el
medio de alcanzar la vida eterna.
Para el pensamiento ortodoxo, la muerte est decretada a los hombres por Dios y su hora es
incierta. Debemos mirarla con sacrificio grato al Todopoderoso. Es puerta de acceso a la
inmoralidad y por ello la muerte de los seres queridos no debe contristarnos.
Los rabes, a travs de Mahoma y los preceptos del Corn; la vida del hombre est predestinada,
el juicio final y la reencarnacin existen. Para el Islam, el cuerpo guarda el alma una noche para
que los ngeles la interroguen acerca de su fe en Al. Los musulmanes creen que su fe es la
culminacin de las revelaciones dadas a los hebreos y cristianos fieles de la antigedad. El Corn
cita tanto de las Escrituras Hebreas como de las Griegas, pero en la doctrina de la inmortalidad
del alma discrepa de ellas. El Corn ensea que el hombre tiene un alma que sigue viviendo tras
la muerte. Tambin habla de una resurreccin de los muertos, un da de juicio y el destino final
del alma: o vida en un jardn paradisaco celestial, o castigado en un infierno ardiente.
1.4. El Renacimiento
2.1. En la literatura:
Sobre la fuerza emocional telrica de la muerte que ha sido, es y ser punto de partida del ms
grave raciocinio, tiene Miguel de Unamuno palabras felices y aclaratorias: "Un Miserere cantado
en comn por una muchedumbre azotada del destino vale tanto como una filosofa", podemos
recalcar que dicho canto se hace en las tinieblas de profunda incertidumbre. Pocos escritores,
artistas y msicos se han sustrado al tema de la muerte. El misterio, compartido por todos, que
encierra es manantial inagotable de inspiracin para la poesa. La muerte (thanatos) y el amor
(eros), inseparablemente unidos, fecundan la conciencia del hombre y le sugieren ideas y
sentimientos. La muerte destruye, para unos; el amor crea, para otros. Este crear y destruir, en
riguroso turno de poder, forman la trama de la gran tragedia de la vida. Quin pregona el triunfo
definitivo de la muerte; quin la victoria final del amor, en incansable forcejeo, se disputan
nuestras codicias, nuestros afanes, nuestras ilusiones. Y as hasta la consumacin de los siglos en
una especie de guerra fra y paz ardiente.
La muerte, he llegado a comprender al final de este seminario, no se define; se siente, se teme, se
llora o se canta. Para el filsofo es motivo de meditacin; para el poeta, ritmo y melancola. En
La Danza Macabra (1874) de Camile Saint Sans (1835-1921); nos describe el paisaje nocturno
de la muerte con armoniosas notas de color que parecen alaridos de nostalgia. Recordemos que
una danza macabra siempre ha sido un tema alegrico en el arte, la literatura, el teatro y la
msica que se caracteriza por la representacin del esqueleto humano como smbolo de la
muerte; basado en la creencia popular, fomentada por las plagas y guerras de los siglos XIV y
XV, de que la muerte, en forma de esqueleto, surge de las tumbas y tienta a los que tienen vida
con el fin de que se unan a ella. El tema, extremadamente convincente, se sustenta en la idea de
la inevitabilidad de la muerte, as como su poder igualador frente a todos los hombres, desde el
Papa hasta el mendigo, pasando por toda la escala social. Es tambin una amonestacin a la
necesidad de arrepentimiento.
La novelstica universal debe a la muerte sus mejores captulos, los ms intensos y densos del
contenido humano. Y aqu la ficcin nunca es ficcin porque calma su sed en los abrevaderos
experimentales de la realidad. Desde los llamados Libros de los Muertos de los antiguos
egipcios, que se colocaban junto a los cadveres a modo de itinerario, pues contenan minuciosos
detalles de los parajes ultraterrenos hasta "Los muertos, las muertas y otras fantasmagoras", de
uno de los exponentes del vanguardismo y el expresionismo Ramn Gmez de la Serna (1888-
1963), pasando por la "Diferencia entre lo temporal y lo eterno" de Padre Juan Eusebio
Nierenberg (1595-1558), existe en el mundo una copiosa literatura, ms o menos asctica, ms o
menos humorstica, sobre el tema de la muerte. Esta literatura no es privativa de ningn pas, ni
tiempo, si bien evoluciona a favor del clima cultural y natural, ideolgico y geopoltico, lo que
sera las representaciones sociales de la muerte.
Todos los contemporneos de la antesala del siglo XX son reflejo de la crisis de valores que
fragmenta las sociedades europeas (Nouschi, 1999). El desface entre las mutaciones
tecnolgicas, las conquistas materiales y la fuerza de las tradiciones est ms o menos
pronunciado, segn los pases. En la Alemania de Guillermo II (1859-1941) - ltimo emperador
alemn, su agresiva poltica exterior fue uno de los factores desencadenantes de la I Guerra
Mundial y la extincin del imperio - adoraba el arte con casco y lo convencional, las jvenes
generaciones se refugiaban en el irracionalismo, el anticonformismo y sobre todo el
individualismo, vivero de las nuevas tendencias. En Viena, el "Malestar en la Cultura" (1930) -
Sigmund Freud (1856-1939) - favorece en los jvenes la autocrtica, el autoanlisis, incluso la
autodepreciacin y el odio de s. La modernidad y el futuro ya no son portadores de esperanza,
sino de enfrentamiento. Las nuevas generaciones estn divididas entre la rebelin y la impo-
tencia, entre el optimismo y la certidumbre del Apocalipsis. Como trasfondo, la voluntad de
afirmar su identidad austraca solo se puede manifestar en el arte, habida cuenta de la diversidad
de pueblos y de territorios que abarcaba el Imperio austraco.
En Francia, los artistas divididos entre la imposibilidad de creer y la nostalgia de creer, segn la
expresin de Gerard Peylet, rompen con el positivismo, el naturalismo, para complacerse en el
simbolismo el nihilismo. Maurice Barrs (1862) - "Culto del Yo"-, Len Bloy (1846-1917) y
Rmy de Gourmont (1858-1915) ... evocan el pesimismo, especie de spleen neorromntico que
invade toda una generacin desarmada en busca de un ideal. Este misticismo brumoso que los
envuelve (hacemos referencia a Baudelaire y a Des Esseintes, el personaje principal de Huymans
- 1848-1907- en "Contrapelo" - 1884 - obra representativa del decadentismo-irracionalista), no
toma cuerpo; les permite blasfemar, pero no regularse. De este modo, tumultuosas hasta la
tumba, se irn tambaleando del paraso de los videntes a los parasos artificiales. La moda son la
absenta, las drogas, el opio apreciado por Vctor Segalen (1878-1919) y sus amigos oficiales de
la marina, el ter de Jean Larrain, la morfina. Huir de lo cotidiano gracias a las sensaciones
fuertes: el dandy, el snob invaden las novelas y se convierten tambin en la poca de la difusin
entre los medios literarios de la tesis sobre la locura, la histeria y la hipnosis. Guy de Maupassant
(1850-1893) sigue los cursos del profesor Jean Martn Charcot (1825-1893) - padre de la
neurologa clnica - Odilon Redon (1840-1916) - pintor precursor del surrealismo - quiere
colocar la lgica de lo visible al servicio de lo invisible, Huysmans (Joris Karl Huymmas, seud-
nimo de Charles Marie Georges Huysmans), Octave Mirbeau (1848-1917), Jules Barhuy
D'Aurevilly (1808-1889 autor de "Las Diablicas", -1874, el dandi, el diablo y la mujer: tres
paradjicos enemigos para su espritu) ven en el artista a un neurtico. "Paso a los que vibran,
paso a la histeria, paso a la neurosis!", que se convierte en un medio de conocerse a uno mismo y
a los dems, fuente de creacin y refugio de una generacin. Mejor que las polticas, los artistas
precursores de tiempos nuevos, perciben los cambios que se anuncian y certifican la prdida de
referencias de toda una poca. El siglo ser testigo de dos grandes guerras mundiales, en donde
se irn perfeccionando las tcnicas para matar el enemigo, en donde cada vez estarn ms
distanciados y las armas sern ms efectivas.
La inquietud de la muerte flota como un fantasma sobre la lrica del mundo entero. Hay poesa
del amor y hay poesa de la muerte que a veces, se funden en un solo gran poeta que se llama "el
Temor". La muerte estar presente en la obra del poeta griego Sfocles (495 a.C-406 a.C), en
Shakespeare (1564-1616) o en Bertolt Brecht (1898-1956).
La muerte estar presente en:
Csar Vallejo (1892-1938) cuando decide morirse porque si. Por las experiencias del
dolor cotidiano que es la muerte por cuotas; la visin de un mundo como un lugar
penitencial sin certeza de salvacin.
Gustavo Adolfo Bcquer (1836-1870) consternado por la soledad en que se quedan los
muertos. "Antes que tu me morir: escondido".
Miguel de Unamuno (1864-1936) "De la muerte de hoy surge el maana".
Federico Garca Lorca (1998-1936) y sus Bodas de Sangre, en donde la muerte aparece
como mendiga.
Francisco Quevedo (1580-1645) quien desea, para descansar, el morir: mejor vida es
morir que vivir muerto.
Antero Quental (1842-1891). Quien consideraba el mutismo de la muerte ms resonante
que el clamoroso mar.
Joaqun Teixeira de Pascoaes (1877-1952). Que deseaba morirse como la luz, como el
paisaje, a la dulce hora del crepsculo.
Gabriela Mistral (1889-1957) quien descubrir la muerte como destino.
Edgar Allan Poe (1809-1849) con la muerte imagin sus Narraciones Extraordinarias.
Juan Rulfo (1918-1986) con "Diles que no me maten!".
Arthur Rimboud (1854-1891) y Charles Baudelaire (1821-1867) la hicieron navegar por
mares de letras y smbolos.
Octavio Paz (1914-1998) la combati e hizo trascender a la vida por el amor eterno.
Con Jos Napolen Oropesa: "La muerte se mueve con la tierra encima".
Faver Pez para quien la muerte debe pesar mil noches juntas.
Tenesse Williams (1811-1983) nos deca que: los funerales son hermosos comparados con las
muertes. Son silenciosos, pero las muertes no siempre lo son. Ernesto Sbato, nos gua sobre
"Hroes y tumbas". Miguel Otero Silva (1908-1985) nos lleva a visitar sus "Casas Muertas" y
denuncia "La muerte de Honorio". Gabriel Garca Mrquez, nos anuncia una "Crnica de una
muerte anunciada" y en "Ojos de Perro Azul", se enfrenta cara a cara con esa presencia inevitable
que es la muerte, descubrindola como una parte gemela de nuestro cotidiano vivir. La muerte
conocida desde la vida y en la vida misma. La muerte vislumbrada en los sueos y luego
conocida como experiencia total: del alma y del cuerpo. La muerte como una constante inminen-
cia que nos revela hasta qu punto nuestro propio ser est formado por aspectos distintos y nunca
imaginados. En la "Tercera Resignacin" nos dice el Gabo: "En el polvillo bblico de la muerte".
Acaso sienta entonces una ligera nostalgia; nostalgia de no ser un cadver imaginario, abstracto
armado nicamente en el recuerdo borroso de sus parientes. Sabrs entonces que va a subir por
los vasos capilares de un manzano y a despertarse mordido por el hambre de un nio en una
maana otoal. Sabr entonces - y eso le entristeca - que ha perdido su unidad; que ya no es -
siquiera- un muerto ordinario, un cadver comn.
La dicotoma del thanos y el eros aunque parezca dos elementos distintos se convierte en uno
solo, Vargas Vila (18601933) la resalta en su Ibis en una sola unidad: "Teme al amor como a la
muerte, que es la muerte misma". Entre los poetas y escritores latinoamericanos que tratan la
muerte de manera especial y sus incertidumbres constantes del deceso, se encuentra en Rubn
Daro (1867-1916):
A lo Fatal: Dichoso es el rbol que apenas es sensitivo / y ms la piedra porque esa ya no siente /
No hay mayor dolor que el dolor de estar vivo / Ni mayor pesadumbre que una vida consciente /
ser y no saber nada y ser su recurso cierto / y el temor de haber sido y en futuro tierra / y el
espanto seguro de estar maana muerto y sufrir por la carne y por la tierra / y por lo apenas
sospechado e imaginarnos / sin saber siquiera a donde vamos / ni donde venimos.
En la poesa venezolana, el tema de la muerte es frecuente en Lazo Mart (1869-1909) en su
"Silva Criolla" la resalta con su "es tiempo de que vuelva, es tiempo de que tornes y la lluvia con
sus esteras verticales, trae la muerte". Prez Bonalde (18461936) en su "Vuelta a la Patria",
engolfa a su madre y su muerte: Madre aqu estoy / de mi destino vengo / a recibir en tu glacial
regazo / la triste para que el pecho tengo / y darte cubierta de la ausencia ma.
Escritores y poetas han vivido rodeados de muerte, ejemplo de ello lo tenemos en: Horacio
Quiroga (1878-1937) siendo nio ve el suicidio de su padre, la esposa tambin se suicid, l
accidentalmente manipulando una pistola mat al poeta Federico Ferrando, sus dos hijos Rubn
y Haide tambin fallecieron por suicidio y l tambin se mat. Todos los cuentos de Quiroga
tratan sobre la muerte. El primero, por ejemplo, se llam "Cuentos de amor, de locura y de
muerte".
El segundo ejemplo lo tenemos en Ernest Hemingway (1899-1961) y su juego con la muerte; en
su conciencia, en su pasado, en su recuerdo y en su futura descendencia: su abuelo, su padre, l,
su hija y su nieta decidieron acabar con su vida y encontrarse con la muerte en el momento
cuando ella, ellos o el destino lo consideraron oportuno. Su obra precipita hacia la fatalidad todas
las verdades de la vida, con la presencia de la muerte (Rousseaux, 1960). La muerte en toda su
expresin la encontramos en todos los libros de Hemingway, especialmente en "Adis a las
armas", "Muerte en la tarde" y "Por quin doblan las campanas". En su obra se desprende que: el
hombre es, en la creacin, el nico ser que sabe de antemano que ha de morir, y que tiene la
facultad de pensar en ello en los momentos en que la alegra y el orgullo de vivir podran
embriagarle ms. De igual modo que sta es la idea fundamental de la obra de Andr Malraux
(1901-1976) en ella cohabitan una accin fontica y un pensamiento angustiado, en las "Voces
del Silencio", Malraux, da todas sus resonancias a la palabra destino para librar al hombre de su
fatalidad mortal: "sabemos muy bien - escribi- que esta palabra cobra su verdadero sentido por
el hecho de expresar la parte mortal de todo lo que ha de morir"; es tambin lo que constituye
toda la soberana del hombre a los ojos de Hemingway. Esta soberana aparece tanto ms clara
por cuanto surge de la tremenda lucha que sostienen la vida y la muerte en el seno de la
naturaleza. El realismo de Hemingway pinta esta lucha con tan vivos colores, que es capaz de
evocar todas las opulencias de la vida. Vase, por ejemplo, en "Tener o no tener", la pgina en
que nos muestra el bullicio de unos pececillos pegados a un barco a la deriva sobre el cual
agoniza un hombre mortalmente herido: los peces se sacian con la sangre que se desliza por el
flanco de la embarcacin y se diluye en hilillos viscosos en el mar. As la vida fluye hacia la
muerte, por medio de una rica amalgama de movimientos inconscientes. Solo cuando el hombre
aparece en esta repugnante aventura, es con ciencia y conciencia de su destino. Vive como el
resto de la naturaleza, en un caos anlogo de absurdos y de violencia. Pero sabe que tiene una
cita con la muerte, y cuanto ms se lanza a una vida arriesgada, tanto ms tiene fijos los ojos en
la muerte. Todas las distinciones que hace Hemingway entre los hombres se basan el en valor
que poseen para sostener esta mirada. l visit muchos pueblos. Su predileccin ira, entre todos,
hacia el que, dijo "se interesa por la muerte", hacia el pueblo espaol. Escribira en "Muerte en la
tarde": "Cuando un hombre se rebela contra la muerte, siente placer al asumir por si mismo uno
de los atributos divinos, el de darla". Pero en "Por quin doblan las campanas" su hroe afirma:
"hay que matar porque es necesario, pero no hay que creer que sea un derecho. Si se cree esto,
todo se corrompe". Es una de las supremas bellezas del libro, esta depuracin de la idea de la
muerte ms all de una vida en la que la muerte est constantemente presente en accin y en
imgenes vividas. En la obra de Hemingway encontramos tambin otra fuente de emocin,
consiste en la inminencia de la muerte dentro de la vida ardiente del amor. Pero l siempre
decidir cuando llegar la muerte.
Pintores ha habido que han hecho de la muerte tema obligado de sus composiciones, como el
italiano Orcagna (1308-1368) autor de los frescos del cementerio de Pisa (serie de frescos que
tratan "El tiempo de la muerte", "El juicio final" y el "Infierno") y el espaol Valds Leal (1622-
1690) en su obra dedicada a representar de forma alegrica la fugacidad de los bienes terrenales
y la inevitabilidad de la muerte.
Se puede apreciar que la pintura flamenca tiene en Jan Brughel de Velours (1568-1625), el autor
de "El triunfo de la muerte", un alucinante cultivador de asuntos macabros.
El Renacimiento dej, entre otras obras similares, con la "Alegora de la vanidad", de Hans
Baldung Grien (1484-1545), que representa a una joven desnuda mirndose al espejo, teniendo a
la muerte, semidescarnada, a sus espaldas, la ms terrible advertencia sobre lo efmero de la vida
y lo quebradizo de las ilusiones. El escultor francs Ligier Richier (1500-1567) grab en el
sepulcro del conde Ren de Chalons existente en la iglesia de Saint Pierre, de Barle-Duc, un
esqueleto, con desgarros de piel adherida a los huesos y manto de armio, representacin
caricaturesca del poder humano.
El soplo helado de la muerte insufla su aliento inspirador en multitud de obras maestras, tales
como el "Entierro del conde de Orgaz de El Greco (1541-1614); la "Muerte de San Bruno" de
Eustache Le Suer; el sepulcro del cardenal Tavera de Pedro Berruguete (1450-1504); la "Muerte
de San Buenaventura", de Francisco de Zurbaran (1598-1664), entre otros.
Todo cuanto la muerte tiene de repulsivo, traducible a forma y color, se encuentra en la obra
desconcertante del artista espaol Jos Gutirrez Solana (1886-1945) quien se recrea en el tema
de la fruicin casi escatolgica. Basta contemplar sus cuadros "El fin del mundo", "Osario" y "La
procesin de la muerte", para sentir escalofro, repugnancia y olor a carne podrida. La muerte de
Gutirrez Solana se define con todo su horror fsico, sin posibilidades de resurreccin.
La muerte ha vivido, vive y vivir en la literatura y en el arte, porque no es lo que ha dicho sino
lo que deja de decir.
II. La muerte en la filosofa
3.1. Heidegger
BIBLIOGRAFA