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Orellana - Nueva Narrativa o Narrativa Chilena Actual

Este documento discute la denominada "Nueva Narrativa Chilena" y plantea varias interrogantes sobre su definición y criterios de inclusión. Menciona que la denominación fue acuñada por el editor Jaime Collyer en 1992 aunque el fenómeno venía discutiéndose desde los años 80. Tras el fin de la dictadura en 1990 surgieron nuevos narradores como Alberto Fuguet que marcaron el inicio de una nueva etapa en la narrativa chilena luego de 16 años de producción limitada bajo la censura militar.
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Orellana - Nueva Narrativa o Narrativa Chilena Actual

Este documento discute la denominada "Nueva Narrativa Chilena" y plantea varias interrogantes sobre su definición y criterios de inclusión. Menciona que la denominación fue acuñada por el editor Jaime Collyer en 1992 aunque el fenómeno venía discutiéndose desde los años 80. Tras el fin de la dictadura en 1990 surgieron nuevos narradores como Alberto Fuguet que marcaron el inicio de una nueva etapa en la narrativa chilena luego de 16 años de producción limitada bajo la censura militar.
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Nueva narrativa o narrativa chilena actual?

Carlos Orellana - 1997

La ambigedad, la falta de precisin y la confusin de criterios con respecto a cmo se configura este fenmeno de
la llamada Nueva Narrativa Chilena, queda desde el principio de manifiesto aun antes de haber comenzado la
discusin. En la convocatoria de los organizadores del Seminario se anticipa una suerte de proposicin, no
explcita aunque s evidente: toda la publicidad previa ha sido acompaada con un montaje fotogrfico donde
figuran diecinueve rostros de escritores, y en el suplemento de Literatura y Libros de La poca, del domingo
inmediatamente anterior a la inauguracin del torneo, se publican entrevistas justamente a esos mismos
diecinueve escritores. Sea que se diga o no de modo expreso, es evidente que tras esta insistencia hay claramente
una opcin.

La nmina es difcil de aceptar de buenas a primeras. No figuran en ella Diamela Eltit, Ana Mara del Ro, Marcela
Serrano, Alejandra Rojas. A primera vista, alguien podra atribuir estas inexplicables omisiones a un simple
fenmeno de misoginia. Porque la exclusin de Alejandra Rojas podra atribuirse a lo reciente de su aparicin en la
escena literaria, y la de Marcela Serrano a las dudas que muchos tienen sobre sus verdaderos mritos literarios (a
ms de alguien-por lo general novelistas, es decir, competidores- se le ha escuchado alguna vez decir: "Marcela
Serrano? Por favor! Estamos hablando de escritores!"), pero olvidar a Diamela ltit y a Ana Mara del Ro es casi
inexcusable.

Pero, claro, tambin hay varones entre los ausentes. Carlos Cerda, Hernn Rivera Letelier, Rafael Gumucio. Del
primero se supone -aunque no se ha dicho- que el problema es que ya super la barrera de los 50 aos. Pero y
en cuanto al segundo? Es tal vez el problema de la temtica de sus libros? Acaso esta solitaria incursin en las
historias del universo obrero se considera ajena a los sustratos narrativos de la "nueva novelstica"? Sera bueno
escuchar las razones. Y Gumucio? Acaso por ser demasiado joven? Tiene la misma edad que Andrea Maturana
y, como ella, ha publicado hasta la fecha slo un libro de cuentos.

La discriminacin por un problema de edad, en el primer ejemplo, podra entonces hacer pensar que el criterio con
que se ha configurado el plantel de los elegidos se apoya en una tesis generacional. Tampoco es el caso, sin
embargo. Basta comparar las edades y advertir, por ejemplo, que algunos autores como Daro Oses, Arturo
Fontaine o Marco Antonio de la Parra bien podran ser -por diferencia de edad- padres de Andrea Maturana.

La confusin no se despeja sino que se acenta leyendo las respuestas de los 19 de la fama. Van desde las muy
elaboradas y concienzudas de Roberto Ampuero hasta las irnicas y mnimas de Gonzalo Contreras, para quien,
"con suerte", existe apenas "una narrativa", cuya caracterstica sobresaliente es escribir "de corrido". Algunos,
como Andrea Maturana, piensan que tal Nueva Narrativa "no existe", y que el hablar de ella corresponde al "afn
de la gente, esa especie de necesidad de ponerle nombre a todo para ordenarlo". Ren Arcos piensa, por su parte,
de modo categrico, que "la Nueva Narrativa es ms un fenmeno editorial que un movimiento literario".

No le falta razn a Arcos. Porque la verdad estricta es que, aunque la denominacin flotaba en el ambiente literario
desde mediados de la dcada de los 80, quien la acu de modo explcito y la puso oficialmente en circulacin, fue
Jaime Collyer, en 1992, en un artculo publicado en la revista Apsi. El era, en ese entonces, editor de la editorial
Planeta, y su desafiante anuncio de la llegada de este nuevo movimiento literario se apoyaba, no slo en la
realidad creadora de quienes l presuma que lo integraban, sino en las presuntas posibilidades editoriales que se
haban abierto para estos nuevos narradores.

Collyer logr as algo que no era nuevo en la historia literaria, y no debe por lo tanto ni sorprender ni escandalizar a
nadie. Todos saben, por ejemplo, que la denominacin Generacin del 50 fue una invencin de Enrique
Lafourcade, y que en una cierta medida la buena nueva de su existencia se propag y arraig gracias al apoyo de
la entonces poderosa e influyente Editorial Zig-Zag. La nocin, por otra parte, de boom de la narrativa
latinoamericana fue un eslogan puesto en circulacin y explotado a fondo por la editorial barcelonesa Seix Barral.
Incluso algo de tanta aparente solvencia intelectual como el llamado movimiento de los Nuevos Filsofos en
Francia, fue en tanto denominacin el invento de una editora de Gallimard, la prestigiosa editorial parisina.

Ahora bien, productos o no del ingenio y la inventiva de alguien, lo cierto es que tras el eslogan siempre hubo una
realidad concreta: escritores que hacan lo suyo y que lo llevaban a cabo de un modo que suscitaba la curiosidad y
el inters pblicos.
En Chile, en efecto, cuando Collyer public sus artculos, algunos escritores estaban produciendo y llamando la
atencin de los lectores. Una narrativa -nueva o no- se haba puesto en marcha causando un no desdeable
impacto pblico.
El fenmeno llam de inmediato la atencin porque mostr que, junto con el cambio poltico -el fin de la dictadura-
en la narrativa estaban tambin ocurriendo cosas nuevas. Se sala de un largo perodo de sequa de la vida
cultural chilena y, en particular, de la creacin literaria.
El rgimen de Pinochet, como se sabe, removi el sistema hasta sus races y fund, de hecho, un Chile
radicalmente distinto del anterior. Sus escritores resintieron la magnitud de la hecatombe de los comienzos y la
profundidad de las transformaciones que vinieron a continuacin. En la actividad creadora se produjo una suerte
de embotamiento inicial, de mudez voluntaria o forzada, y durante largos aos la literatura exhibi algo cercano a
la afona. Salvo los poetas, que se las arreglaban de alguna manera y que mostraban incluso una cierta
locuacidad, de los narradores se supo poco. Entre los de ms edad una buena parte emigr; tambin no pocos
jvenes, y entre stos, muchos de los que se quedaron han declarado alguna vez que sintieron, adems, una
suerte de huerfanidad ante la ausencia de sus mayores, particularmente los de la generacin inmediatamente
anterior. Les cost, en estas condiciones, reunir las fuerzas necesarias para decidirse a reaccionar, sacudir el
morbo que los mantena aletargados y salir a buscar los caminos posibles de la creacin.

Como quiera que sea, el resultado es que en esos diecisis aos se publicaron muy pocas novelas y libros de
cuentos. La censura influy, desde luego, as como la jibarizacin de la actividad editorial, ms el completo
desinters de los escasos enclaves que sobrevivieron en este campo por publicar libros chilenos. Pero no fue lo
nico y quizs ni siquiera lo ms importante, porque -para aludir de paso a un tema que merece un examen
separado, que no es materia de estas notas- los escritores del exilio, por ejemplo, que no sufrieron esta situacin
de restriccin y asfixia, tampoco mostraron excesiva vitalidad en la produccin narrativa.

La dificultad de los novelistas para superar la mudez puede interpretarse como un fenmeno de trauma espiritual,
una semiparlisis del impulso creador. Los sentimientos que seguramente dominaban a los narradores,
particularmente al joven, parece que se definan por una confusa mezcla de desorientacin, rabia, miedo, estupor,
fastidio, desconcierto e indiferencia, y nada de eso sirvi en ese instante para producir una obra valedera. Se
necesitaba tiempo para que las piezas del puzzle cultural desordenadas por la situacin cataclsmica que haba
vivido el pas, se recompusieran de alguna manera, permitiendo un nuevo modo de aprehender la labor artstica e
intelectual.
La verdad es que la mayor parte de los diecisis aos de dictadura aparecen como un interregno mezquino,
dominado en lo que a la novela chilena se refiere, por la mediocridad o la afasia. Se publicaron ciertamente
algunos ttulos rescatables, poqusimos, y como siempre, golondrinas solitarias que no podan convertir en verano
un invierno tan aciago como fue el del gobierno militar.

Aunque, como sabemos, entre los procesos polticos y los fenmenos culturales no hay necesariamente una
rigurosa sincrona, lo cierto es que el fin de la dictadura fue marcado, casi de inmediato, por signos nuevos en la
produccin literaria. Pocos meses despus de la reinstalacin de las autoridades democrticas, se publica, en
agosto de 1990, Sobredosis, de Alberto Fuguet, que entonces tena slo 26 aos.

Este breve volumen de cuentos apareci, de algn modo, como el heraldo de un tiempo inaugural de la narrativa.
Es cierto que el ao anterior se haban publicado dos novelas de autores tambin nuevos: El infiltrado, de Jaime
Collyer y Santiago cero, de Carlos Franz. Y tambin es verdad que la Editorial Planeta, en la que el editor
argentino Ricardo Sabanes y el crtico chileno Mariano Aguirre haban fundado tres aos antes la Biblioteca del
Sur, mostraba un cierto dinamismo publicando a autores como Fernando Jerez, Marco Antonio de la Parra, Agata
Gligo y rescatando parte de la obra narrativa de algunos escritores que haban vivido o vivan todava en el exilio,
como Ariel Dorfman, Antonio Skrmeta, Poli Dlano, Fernando Alegra. Pero con el libro de Fuguet surga un
fenmeno enteramente nuevo: el eco en el pblico. Sobredosis, que recibi muchos elogios (aunque tambin fue
cidamente atacado por la crtica ms influyente), tuvo una clamorosa acogida entre los lectores. Se agotaron con
rapidez sorprendente varias ediciones, y su autor pas de golpe y porrazo a convertirse en una suerte de
celebridad literaria; ms que eso, en algo as como el escritor fetiche de la joven generacin. Con su libro, fuera de
la indudable apertura temtica y de las innovaciones formales que pudiera o no pudiera aportar, lo verdaderamente
novedoso resida en la recepcin pblica. Tras los largos aos de agotamiento literario, que haba levantado una
barrera entre escritores y lectores nacionales, nuestros narrradores lograban otra vez conectarse con sus
interlocutores naturales. Durante aos, nadie lea libros chilenos; la situacin, ahora, comenzaba a revertirse. (*)
Al ao siguiente la Biblioteca del Sur defini con ms claridad su lnea, incluso desde el punto de vista grfico, y
public las novelas Vaca sagrada, de Diamela Eltit y Cuerpos prohibidos, de Marco Antonio de la Parra, que
afirmaron la presencia de estos narradores. Pero sobre todo logr un gran impacto con la publicacin del segundo
libro de Fuguet: la novela Mala onda, que se convirti en un gran acontecimiento literario y editorial, por el notable
impacto entre los lectores y la virulencia de ciertos sectores de la crtica. No fue la nica obra exitosa: una
sorprendente difusin alcanz tambin la novela Nosotras que nos queremos tanto, con la que debutaba Marcela
Serrano; y al margen del atractivo asentado en una temtica propuesta como seuelo, una antologa de cuentos
erticos tuvo la virtud de mostrar la creciente madurez de un grupo de cuentistas de la nueva hornada: Andrea
Maturana, Daro Oses, Ana Mara del Ro, Carlos Cerda, Pa Barros, entre otros de trayectoria ya probada.
Dos novelas aparecidas en los meses siguientes terminaron por consolidar la imagen de que en la narrativa
nacional estaban pasando cosas nuevas. Con La ciudad anterior, de Gonzalo Contreras, y Or su voz, de Arturo
Fontaine, se afirm el fenmeno que mostraba de modo ms elocuente las diferencias con los tristes aos de la
dictadura: el lector chileno estaba descubriendo las letras nacionales y se mostraba no slo receptivo sino hasta
entusiasta, comprando sus libros y leyndolos.
Fue en ese momento que Collyer public en su columna de Apsi su desafiante anuncio de que una Nueva
Narrativa haba nacido y estaba pasando aceleradamente a la ofensiva, y lo que estaba ocurriendo pareca darle la
razn.

Lo que vino despus, sin embargo, cambi la naturaleza del cuadro, porque aquellos a quienes nos toc en
Planeta asumir la responsabilidad editorial tenamos una idea un tanto diferente. Era evidente, es cierto, que en
ese instante un pequeo grupo de escritores apareca como una suerte de vanguardia, presidiendo esta especie
de mini-boom. Pero los signos que pudieran haber configurado una Nueva Narrativa con caractersticas de
movimiento, de conglomerado con rasgos vlidos para legitimar el esfuerzo de agruparlos, se desvanecieron muy
rpidamente. Nosotros tomamos en cuenta, por una parte, una realidad desdeada localmente por quienes no lo
haban vivido: la de los escritores del exilio -algunos de los cuales haban hecho la opcin de no regresar-, y la de
quienes por su edad difcilmente podan ser aceptados como integrantes de una Nueva Narrativa, compuesta
supuestamente slo por jvenes (hecho que por cierto estaba lejos de ser evidente). Fue, en consonancia con esta
apertura que ese ao, 1992, Planeta public -aparte de los libros de cuentos de Jaime Collyer y Sergio Gmez y la
novela Machos tristes de Daro Oses- Cobro revertido, novela de Jos Leandro Urbina, residente entonces y
todava hoy en Canad; al ao siguiente Morir en Berln, de Carlos Cerda, y luego El correo de Bagdad, de Jos
Miguel Varas y Crculo vicioso, de Germn Marn. Sin dejar por eso de continuar publicando a Gonzalo Contreras y
Alberto Fuguet, y a escritores como Ana Mara del Ro o Ramn Daz Eterovic, o autores nuevos, como Sonia
Gonzlez, Alejandra Rojas, Mauricio Electoral, Ren Arcos, Radomiro Spotorno, Rafael Gumucio y muchos ms.
La Biblioteca del Sur de Planeta sufri, de este modo, un viraje profundo. Dej de ser la coleccin reservada a los
jvenes de lo que crea entenderse como Nueva Narrativa, lo que hizo arrugar muchos ceos, originando disgustos
y recriminaciones. Un escritor habl de que la Biblioteca se haba chacreado abriendo sus puertas a los
advenedizos. Al parecer, a diferencia de Collyer, cuya nmina de nombres en la Nueva Narrativa Chilena era larga
y generosa, aquel intolerante novelista se parapetaba tras la idea de una coleccin cerrada, un coto reservado a
media docena de elegidos.

Con el tiempo creo que qued claro que aquel cambio no fue ni casual ni caprichoso. Correspondi a una opcin
que se apoyaba en una visin meditada de nuestra realidad cultural. Tena en cuenta el dato nada trivial de los casi
diecisiete aos de dictadura que vivi Chile, que haban cambiado profundamente no slo el perfil poltico al pas,
como ya hemos visto, sino tambin su fisonoma cultural.

Lo cierto es que hay hoy en Chile una ms o menos extensa narrativa nacional, amplia y de caractersticas no
siempre fciles de discernir. Crticos y profesores de literatura han aportado sus anlisis; como editor, he hecho mi
propio examen.

Me atrevo a sealar que la narrativa de la dcada final del siglo muestra, entre otros, los siguientes rasgos: hay
muchos escritores de edades, temperamentos y estilos muy diferentes entre s, escribiendo y produciendo obra de
calidad. Cultivan temas nuevos y muy variados, rechazando en una suerte de consenso tcito las historias que
puedan sugerir intenciones de redencin social ("En su diversidad -dice Ren Arcos, a propsito de estos
escritores- lo que me parece comn es la ausencia de una pica"); los dominan el escepticismo y el desencanto y
carecen de todo propsito programtico: su nico programa es, en verdad, ser escritores. Los ms jvenes
escriben sus primeras obras mostrando una destreza narrativa mayor que las que tenan los escritores de otras
generaciones cuando comenzaban; son, adems, individualistas, rechazan instintivamente todo lo que huela a
agremiacin y los nexos solidarios entre unos y otros son extremadamente dbiles: no son colegas, son
competidores. Componen sus historias con materiales del presente o del futuro inmediato; el otro Chile, el anterior
a septiembre de 1973, no lo conocieron y tampoco tienen inters en l. En este sentido, los aventajan los
novelistas y cuentistas que ya van en la cuarentena: tienen un pie en el pas del pasado y otro en el presente. En
cuanto a los mayores, los de cincuenta aos o ms, tienen vigencia aquellos que son capaces de escribir novelas y
cuentos con temas de los "dos Chiles", pero manejando las tcnicas actuales y adoptando la ptica y la
sensibilidad de un escritor de hoy.

La llegada de la democracia y la reinstalacin de condiciones socialmente favorables a la actividad creadora,


encuentra a este extenso conglomerado de escritores ansiosos por hacer lo suyo. Todos ellos son los que forman,
quizs no la Nueva Narrativa, pero s la Narrativa Actual, que es lo que cuenta. La que tiene vigencia, validez
literaria, y que es capaz de hacer del lector su cmplice necesario. Son esas novelas, esos libros de cuentos los
que pudieran ofrecerse a quien intente desentraar, por esta va, algunas de las claves espirituales del pas.
Es en relacin con esto ltimo que propongo una suerte de canon, estrictamente personal, de las quince novelas
que en mi opinin estn plenamente calificadas para servir para entender nuestro pas, a quien pueda necesitarlo,
ms all de sus apariencias y virtualidades. Tal vez no sean en todos los casos las mejores, pero s las ms
significativas conforme al propsito sealado. Las enumero por estricto en orden alfabtico de autores:
1. Morir en Berln (Carlos Cerda)
2. Cien pjaros volando (Jaime Collyer)
3. La ciudad anterior (Gonzalo Contreras)
4. Los siete das de la Sra. K (Ana Mara del Ro)
5. Los vigilantes (Diamela Eltit)
6. Or su voz (Arturo Fontaine)
7. El lugar donde estuvo el paraso (Carlos Franz)
8. Mala onda (Alberto Fuguet)
9. Ay, mama Ins (Jorge Guzmn)
10. Las cien guilas (Germn Marn)
11. El viaducto (Daro Oses)
12. La reina Isabel cantaba rancheras (Hernn Rivera Letelier)
13. El beneficio de la duda (Alejandra Rojas)
14. Nosotras que nos queremos tanto (Marcela Serrano)
15. La novela de Galvarino y Elena (Jos Miguel Varas)

Las ms significativas, en efecto; no necesariamente las mejores. Por favor, rebobinar, por ejemplo, es superior
literariamente a Mala onda, pero sta la supera por su carcter emblemtico, de obra "de culto" para sectores muy
amplios de la juventud chilena. Siete das de la seora K no es la mejor novela de Ana Mara del Ro, pero ms
que ninguna de las otras suyas, seala un hito en la narrativa femenina chilena, por el salto adelante que
representa su tratamiento del erotismo en la mujer. Est, en fin, el caso de Jos Miguel Varas, cuya Novela de
Galvarino y Elena no alcanza el nivel de El correo de Bagdad. Aqulla, sin embargo, tiene el doble mrito de
abordar una temtica popular apartndose de la vieja ptica de la novela social tradicional, y de estar trabajada
como novela-testimonio, que es un gnero de grandes posibilidades que tiene poqusimos precedentes entre
nosotros.
En este canon se han dejado fuera autores que tienen una lnea de trabajo continua e importante, como Ramn
Daz Eterovic, Roberto Ampuero, Adolfo Couve y otros, por la sola razn de no descubrir nosotros en su obra -cuya
calidad es indudable- una novela que pudiera perfilarse copio logro sobresaliente conforme a la idea que sustenta
nuestra seleccin.

Tampoco se ha tomado en cuenta la obra de aquellos novelistas que, hacia el trmino de la dictadura, haban ya
publicado la mayor parte de sus novelas y, entre ellas, las de mayor calificacin. Es el caso de Jos Donoso, Jorge
Edwards y Enrique Lafourcade, entre otros.

Finalmente, no hemos considerado la produccin, cada da ms relevante, de los chilenos que han hecho su
carrera literaria en el extranjero, como Isabel Allende, Luis Seplveda, Ariel Dorfman o -el ms reciente de todos-
Roberto Bolao. No todos aceptan la idea de integrar con plenitud de pergaminos esta literatura al tronco madre, la
narrativa que se produce y se publica en el interior de Chile. No es nuestro nimo introducirnos en el tema.
Sealemos nicamente-slo para invitar a la reflexin- que una novela como La casa de los espritus, o an Paula,
ha llevado el aura de "lo chileno", la percepcin de esa nocin inefable que es la identidad nacional, a ms lectores
en el mundo que todas las novelas chilenas juntas aparecidas en el siglo XX.
Narrativa Actual, en suma, denominacin que en apariencia no dice nada, aunque en verdad lo define todo. Todo
lo necesario, al menos, para mostrar la riqueza y variedad de una novelstica que cierra la centuria sin desmerecer
las calidades que a lo largo de sta mostraron sus predecesores. Termina bien el siglo y se anuncia bien el que
viene.
() A ttulo de curiosidad, sealemos que el mismo mes en que apareci Sobredosis, la diminuta editorial Emisin -apndice de la revista
Anlisis- publicaba la novela de Luis Seplveda El viejo que lea novelas de amor, sin que tuviera el menor eco pblico. Dos aos
despus, en 1992, se public con el mismo sello editorial Mundo del fin del mundo, que tuvo idntica mala fortuna. Fue slo en 1993,
cuando las ediciones alemanas y francesas del autor lo catapultaron a la fama, que el lector chileno se dio por aludido. Las dos ediciones
chilenas mencionadas son hoy, ciertamente, rarezas bibliogrficas.

Carlos Orellana es editor en la filial chilena de editorial Planeta

Carlos Orellana - in Nueva Narrativa Chilena, de Carlos Olivarez, LOM ediciones. 1997

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