Job
Job
JOB
CRISOL DE LA FE
Qu es el hombre para que te acuerdes de l?
Salmo 8,5
CONTENIDO
PROLOGO: 1,1-2,13
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1. UN HOMBRE LLAMADO JOB: 1,1 7
a) Haba una vez un hombre 7
b) Itinerario de la fe 8
c) Me basta tu gracia 10
2. DIOS, JOB Y SATANAS: 1,1-12 11
a) La apuesta de Dios y Satans: 1,1-9 11
b) Acaso Job cree en Dios de balde?: 1,10-12 12
3. DE LA FELICIDAD AL SUFRIMIENTO: 1,12-2,12 15
a) Del vientre materno al seno de la tierra: 1,12-19 15
b) Bendito sea el nombre del Seor!: 1,20-22 16
c) Piel por piel!: 2,1-7 17
d) La mujer, aliada de Satn: 2,7-10 19
e) Una semana de silencio: 2,11-13 20
DIALOGOS DE JOB Y LOS AMIGOS
1. JOB ROMPE EL SILENCIO: 3,1-26 25
a) El grito del dolor: 3,1 25
b) Perezca el da en que nac!: 3,2-10 26
c) Nacer y morir: las dos puertas de la vida: 3,11-19 27
d) Entre el nacer y el morir est el camino de la vida: 3,20-27 29
2. ESCANDALO DE LOS AMIGOS: 4,1-5,27 31
a) Se cosecha lo que se siembra: 4,1 31
b) Los amigos, aliados de Satn: 4,2-11 32
c) Experiencia y revelacin: 4,12-5-16 33
e) El sufrimiento purificador: 5,17-27 34
3. JOB HABLA DESDE LA ANGUSTIA DE SU ESPIRITU: 6,1-7,21 37
a) El lcido desvaro de Job: 6,2-30 37
b) Los ncubos de la noche: 7,1-19 39
d) Donde est la hesed de Dios?: 7,20-21 40
4. EL PAPIRO, LA TELARAA Y LA PLANTA TREPADORA: 8,1-22
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a) Dios no cambia las reglas del juego: 8,1-4 43
b) Los dos rboles: el malo y el bueno: 8,5-19 44
c) Hechos o teora?: 8,20-22 45
5. LA AUSENCIA DE DIOS: 9,1-11,20 47
a) La noche de la fe: 9,147
b) Si hablo, l calla; si l habla, me deja mudo: 9,2-20 48
c) Hay un mediador que ponga su mano entre los dos?: 9,21-10,7 49
d) Es razonable este vivir muriendo?: 10,8-22 50
e) Sofar echa agua en vaso lleno 52
6. POR QUE ME OCULTAS TU ROSTRO?: 12,1-15,35 55
a) Dios ha quebrantado la justicia: 12,1 55
b) Abogados de Dios y fiscales del hombre: 12,2-13,5 56
c) Dios no necesita abogados: 13,6-22 58
d) La doxologa de Job: 13,23-27 59
e) El hombre: leo carcomido: 13,28-14,22 61
f) Corazn, ojos y boca contra Dios?: 15,1-35 63
7. DIOS: JUEZ, ACUSADO, TESTIGO Y DEFENSOR: 16,1-18,21 65
a) Brecha sobre brecha: 16,1-1765
b) Tierra, no cubras mi sangre!: 16,18-17,21 66
c) Dios defensor de Job contra Dios: 17,3 68
d) El malvado cae en sus mismas redes: 18,1-21 69
8. MI DEFENSOR ESTA VIVO: 19,1-20,29 71
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a) Descuaja como un rbol mi esperanza: 19,1-22 71
b) Mis ojos le vern: 19,23-29 72
c) Dilogo de sordos: 20,1-29 74
9. POR QUE NO HE DE SER IMPACIENTE?: 21,1-22,30 77
a) La vara de Dios no pesa sobre el malvado: 21,1-16 77
b) Se apaga la lmpara del malvado?: 21,17-34 78
c) Acepta Dios sobornos?:22,1-30 79
10. PODER Y SABIDURIA DE DIOS: 23,1-27,2383
a) Presencia y ausencia de Dios: 23,1-7 83
b) Job, descentrado: 23,8-24,25 84
c) Dios, Seor del cosmos: 25,1-6; 26,5-14 87
d) Vive Dios, el que rehsa mi justicia!: 26,1-4;27,1-12 88
e) Final del ciclo de dilogos 27,13-23; 24,18-24 90
INTERLUDIO: HIMNO A LA SABIDURIA: 28,1-28 92
EL ENFRENTAMIENTO DE JOB Y DIOS
1. LA GRAN APELACION DE JOB: 29,1-31,40 99
a) Las aguas de la historia: 29,199
b) Memorial del pasado: 29,2-20 100
c) La cruz del presente: 30,1-31 102
d) La esperanza del futuro: 31,1-40 104
2. VINO QUE REVIENTA LOS ODRES: 32,1-37,24 107
a) La cua del discurso de Elih: 32,1-33,7 107
b) El sueo y el ngel: 33,8-26 108
c) La fuerza, principio de justicia o de misericordia?: 33,27-34,37 110
e) La pedagoga de Dios: 35,1-37,24 111
f) Adis a Elih 113
3. DESDE EL SENO DE LA TORMENTA: 38,1-39,30 117
a) Quin es el que oscurece mis designios?: 38,2-3 117
b) Desde la tormenta: 38,1 118
c) Viaje csmico: 38,4-39,30 121
3. AHORA TE HAN VISTO MIS OJOS: 40,1-42,6 127
a) Me tapar la boca con la mano: 40,1-5 127
b) Creacin e historia: 40,6-41,26 128
c) Yo te conoca slo de odas: 42,1-5 131
d) Job ha visto a Dios y eso le basta: 42,6 134
EPILOGO: ITINERARIO DE LA FE: 42,7-17 139
a) El amor es la ltima palabra de Dios 139
b) Y la fe es la nica palabra del hombre 141
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PROLOGO
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a) Haba una vez un hombre
Haba una vez un hombre llamado Job (1,1). Job es un hombre, un hombre
cualquiera. Es Adn. Es Cristo, el nuevo Adn, que se hizo en todo semejante al
hombre (Flp 2,7). Job es contemporneo nuestro, porque vive lo que vivimos nosotros,
se hace las mismas preguntas que nos hacemos nosotros. Job pone en nuestros labios la
pregunta acuciante: Por qu? Por qu el inocente, por qu yo, que soy inocente, tengo
que sufrir?
Ni Job ni los tres amigos son israelitas. Las preguntas y problemas del libro de
Job son preguntas y problemas de todos los pueblos, de todo hombre. El hombre de
todos los tiempos ha intentado penetrar, con la filosofa o la religin, en el misterio del
mal. A golpes de razonamientos ha abierto diversas brechas en el castillo inexpugnable.
Pero el sufrimiento sigue siendo un misterio. Lo sigue siendo tambin para Job al final
de su historia. El mal es un misterio, fuente de desesperacin y de muerte, que puede
transformarse en fuente de redencin y de vida.
Todo creyente se puede ver en Job. Job se atreve a decir en voz alta lo que todo
hombre siente en la hora de la prueba. El choque del sufrimiento hace vacilar las
evidencias, las certezas fciles y tranquilizantes de la religin. El sufrimiento coloca al
hombre ante Dios, para negarle o para entregarse a l en la fe. Este combate de la fe,
que Job vive y nos ayuda a vivir, es el combate de todo creyente, que necesariamente
pasa por el momento de la prueba, por el momento del silencio de Dios. La ausencia de
Dios es el borrador de todas las falsas imgenes de Dios, que el hombre ha dibujado en
su mente. Job, con su testimonio, arrastra al creyente hasta los mrgenes oscuros de la
fe, en donde se juegan las relaciones del hombre con Dios. El camino de la fe abierto
por Job pasa por la noche de la muerte, de la renuncia de s mismo ante Dios, que slo
responde al alba, como en la maana de Pascua.
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en el alba de la resurreccin.
b) Itinerario de la fe
Job, hombre perfecto, recto, que tema a Dios y se apartaba del mal (1,1),
recibe el ttulo honorfico de siervo de Dios(1,8). Dios le llama mi siervo lo mismo
que a los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob (Dt 9,2-7), a Moiss (Nm 12,7; Dt 34,5; Jos
1,1-2), a Josu (Jos 24,29; Ju 2,8), a David (2Sam 7,5.8) y al Siervo de Yahveh. Con
este ttulo Job es un anillo en la cadena de quienes Dios ha elegido para llevar a cabo la
historia de la salvacin. Job, como palabra misteriosa de Dios, se coloca en la lnea de
los testigos de Dios. En Job tenemos una etapa fundamental de la revelacin de Dios a
los hombres y de la bsqueda de Dios por parte del hombre.
Mirad cmo proclamamos felices a los que sufrieron con paciencia. Habis
odo la paciencia de Job en el sufrimiento y sabis el final que el Seor le dio; porque el
Seor es compasivo y misericordioso (St 5,8). Esta visin de la paciencia de Job,
transmitida por el apstol Santiago, es la nica idea que muchos tienen de Job. Pero, en
realidad, slo responde al comienzo y al final de la historia. La impaciencia y protesta
de Job ante el sufrimiento ocupan la mayor parte del libro.
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En el libro de Job hay lamentos, gritos, sufrimientos, pero sobre todo hay una
lucha con Dios. Job, arriesgando su vida, se enfrenta con Dios. Apela, acusa y desafa a
Dios hasta obligarlo a responder a las preguntas que la experiencia del mal suscita en el
hombre. Job no tiene miedo de las palabras atrevidas, sospechosas, inaceptables; llama
a las cosas por su nombre, poniendo en crisis todas las certezas de la sabidura humana,
de la tradicin sapiencial de la Escritura. Job se mide con Dios, sin abandonar nunca su
relacin con l. Mientras le acusa de cerrar todos los caminos al hombre, le reclama:
Manifistate! Acusa a Dios de que no se puede hablar con l porque, al final, siempre
tiene razn, pero Job sigue hablando a Dios y le dice todo lo que tiene que decirle. Con
crticas y desafos provoca a Dios a salir de su escondite y de su silencio, a manifestarse
y a hablar. La palabras parecen negar la fe, pero los hechos le muestran caminando en
la fe hasta la confesin final: Ahora te han visto mis ojos.
c) Me basta tu gracia
El libro de Job es un drama con muy poca accin y con mucha pasin. Es la
pasin de Job que opone a la teora tradicional de la retribucin su persona, que la
contradice. Su grito de inocente aplastado por el sufrimiento brota desde lo hondo de
su ser en busca del misterio de Dios. El dolor provoca el santo desvaro de sus
palabras (6,3). En el desvaro de la pasin de Job se estrellan, una tras otra, las olas de
las razones aprendidas y repetidas de los tres amigos. La debilidad de Job, su
sufrimiento aplastante, su angustia lacerante desarman las razones y argumentos de
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arcilla (13,13) de los amigos.
Los amigos defienden la justicia de Dios como juez imparcial que premia a los
buenos y castiga a los malos. A Job le revuelve la bilis esa justicia de Dios, que
desmiente su experiencia personal. Por ello, rechazando a los amigos, apela a Dios
mismo. Entabla un pleito con Dios para probar su inocencia, arriesgando en l su
misma vida. Es el largo y lento dilogo del libro. Al final Dios, como instancia
suprema, zanja la disputa entre Job y los amigos. La aparicin de Dios, con sus
interrogantes, condena a los amigos, sin dar la razn a Job. A Job, al hombre, a
nosotros, nos encamina a romper las imgenes falsas, que todos hemos fabricado de l,
mostrndonos su autntico rostro.
Un libro sobre Job, sobre el dolor del hombre, es siempre peligroso. Merecer
el reproche de Dios? Sern mis palabras ms acertadas que las de los amigos de Job?
Para comprender el sufrimiento, de qu parte colocarse?, con Dios o con Job?,
acusar a Dios o acusar al hombre? defender a Dios contra las quejas del hombre o
defender al hombre de las flechas de Dios, que coloca al hombre como blanco de su
juego? Ser posible colocarse simultneamente de la parte de Dios y de la del
hombre? No es acaso esa la respuesta al mal que da Cristo, Dios y hombre?
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a) La apuesta de Dios y Satans
Job aparece como un hombre justo y feliz, como Adn al salir de las manos de
Dios, bendecido por Dios con una esposa, siete hijos y tres hijas. Feliz, se siente en paz
en el paraso de sus riquezas: Job era un hombre justo y recto, que tema a Dios y se
apartaba del mal. Tena siete hijos y tres hijas. Tena tambin 7.000 ovejas, 3.000
camellos, 500 yuntas de bueyes, 500 asnas y una servidumbre muy numerosa. Era,
pues, el ms rico de todos los hijos de Oriente. Sus hijos solan celebrar banquetes en
casa de cada uno de ellos, por turno, e invitaban tambin a sus tres hermanas a comer y
beber con ellos. Al terminar los das de estos convites, Job les mandaba a llamar para
purificarlos; se levantaba de madrugada y ofreca holocaustos por cada uno de ellos.
Porque se deca: Acaso mis hijos hayan pecado y maldecido a Dios en su corazn. As
haca Job cada vez (1,1-5).
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adversario, el Diablo, ronda como len rugiente, buscando a quin devorar (1P 5,8).
Satn pone en duda la bondad de la obra de Dios. Se muestra cnico, con una
irona fra y malvola; es envidioso y adversario del hombre (Nm 22,22.32). Dudando
del hombre, le gustara que Dios compartiera sus dudas. Alejado de Dios, puesto que
sospecha de su obra, no puede atacar a Dios ms que buscando el mal del hombre
inocente. Por ello, a los elogios de Dios sobre Job, Satn lanza la baba de su sospecha:
Acaso Job cree en Dios de balde? (1,9). Satn suscita la duda, siembra la sospecha.
Ms que acusar abiertamente, insina la sospecha con alusiones veladas: Quizs t no
conoces realmente a Job. Dios ha proclamado a Job como hombre recto, ajeno al mal,
pero Satans lo pone en duda con sus insinuaciones. Esa es su tarea: dar vueltas por la
tierra expiando al hombre para presentarse entre los hijos de Dios con sus
acusaciones e insinuaciones malignas.
Dios, que conoce a fondo el corazn del hombre con toda su fragilidad, no duda
del hombre. Su confianza en la obra de sus manos le permite aceptar el desafo del
Satn: No has levantado t una valla en torno a l, a su casa y a todas sus posesiones?
Has bendecido la obra de sus manos y sus rebaos hormiguean por el pas. Pero
extiende tu mano y toca todos sus bienes, vers si no te maldice en la cara! (1,10-11).
No, Dios no cae en la trampa de tocar a Job con sus manos, pero permite a Satn que lo
haga: Ah tienes todos sus bienes en tus manos. Cuida slo de no poner tu mano en l
(1,12). Dios acepta el riesgo de poner su honor en manos del hombre libre, como l le
ha creado.
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Dios acepta que Satn intervenga alterando la situacin de bienestar de Job para
ver si su piedad es fe en Dios o religin interesada. Comienza la prueba de Job. La
prueba tiene la misin de poner al desnudo el corazn de Job, ver lo que hay en l (Dt
8). En el Deuteronomio se habla de humillacin, de colocar al hombre en la verdad de
su relacin con Dios, que es una relacin de total dependencia. En el desierto, como en
la privacin de todos los bienes, el corazn del hombre y sus intenciones quedan al
descubierto. En el desierto el hombre experimenta la humillacin de la prueba, de la
impotencia, al no poder hacer nada por s mismo y depender totalmente de Dios. En el
desierto el hombre no puede cultivar el campo, no puede tejer sus vestidos, no puede
proporcionarse el alimento ni el vestido, no puede asegurarse la vida. En esa situacin
el hombre descubre que todo depende de Dios. Es bello y cmodo recibir todo de Dios,
pero es una humillacin para el hombre, obligado a aceptar esta dependencia radical.
En el desierto el hombre es obligado a vivir slo de la fe, de cuanto sale de la boca de
Dios. La fe es la prueba radical del hombre, la prueba de Job.
En toda tentacin Satn pretende dos cosas: separar al hombre de Dios y obligar
a Dios a rechazar al hombre, porque el tentador ha descubierto su pecado. La tentacin
de Job es el prototipo de toda tentacin. Satn quita al hombre absolutamente todo,
dejndolo desnudo e inerte. Pobreza, enfermedad, desprecio, rechazo de los hombres
llevan a Job al fondo de las tinieblas. Satans le quita todo lo que, como prncipe de
este mundo, puede quitar a un hombre. Lo empuja a la soledad, donde no le queda ms
que Dios. Y ah es donde tiene que demostrar que teme, ama, sirve a Dios por nada, de
balde, que ama a Dios no por s mismo, sino por Dios. El misterio de la cruz, del
silencio y del abandono de Dios, es la piedra de escndalo, el lugar del rechazo de Dios
o del abandono total en sus manos.
Por otra parte, Satans intenta probar que Job ni teme ni ama a Dios por encima
de todas las cosas ni se confa plenamente a l. De este modo, al desvelar el pecado del
hombre, Satn pretende obligar a Dios a juzgar y condenar al hombre pecador. La
serpiente antigua no descansa, se arrastra por la tierra, dando vueltas por el mundo,
acechando la ocasin de morder el taln del hombre. Siembra en el hombre la sospecha
sobre el amor de Dios y acusa al hombre ante Dios. Su nombre ya le define como el
acusador. Satans insina que si Job ama a Dios, lo hace slo por inters, no por fe en
l. Si Dios cambiase en relacin a l, Job dejara de amarlo. No existe el amor gratuito.
Satans quiere sembrar la duda en Dios acerca de Job. El sabe que si Dios dudase de
Job, la duda brotara tambin en el corazn de Job en relacin a l. En medio de la
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relacin amorosa entre Dios y el hombre, Satn se interpone, intentando separarles con
el muro de la duda, de la desconfianza mutua. Pero, en realidad, Satans est bajo el
dominio de Dios. Dios no se deja vencer por las astucias del maligno y sigue amando,
confiando en el hombre. Acepta poner a prueba la fe del hombre, pues confa en l. Y,
con la prueba, la fe se purifica de toda escoria de intereses egostas hasta llevar al
hombre a aceptar a Dios slo porque es Dios: Aunque la higuera no echa yemas y las
vias no tienen fruto, aunque el olivo olvida su aceituna y los campos no dan cosechas,
aunque se acaban las ovejas del redil y no quedan vacas en el establo, yo exultar con
el Seor, me gloriar en Dios mi salvador (Ha 3,16-19). Aunque Dios lleve a Cristo a
la muerte en Cruz, Cristo entra en ella sabiendo que el Padre no le dejar en la tumba.
Y, al final, al acusador se opondr el Parclito, el abogado defensor: Cuando l venga,
convencer al mundo de pecado, poniendo de manifiesto la justicia de Cristo y
condenando al prncipe de este mundo (Cf Jn 16,7-11).
San Gregorio dice que el diablo no desafa a Job, sino a Dios; y la puesta de la
pelea es Job. Si decimos que Job pec en medio de los azotes, cosa impensable,
decimos que Dios perdi la apuesta. Si Dios no supiera que Job mantendra su
inocencia, no apostara por l. Satn siempre desconfa del hombre, gozando por
adelantado con su cada en las trampas que l le tiende. Dios, en cambio, permite la
tentacin, confiando en el hombre, esperando preocupado el desenlace. As Satn tienta
a Dios en el hombre. Dios acepta la tentacin del hombre, porque confa en l. Pero
Dios no juega a la tentacin. No siempre sale victorioso en la prueba. Dios deja al
hombre en la libertad, que l mismo le ha concedido. La libertad es el riesgo que Dios
ha aceptado al crear al hombre. Para Dios la tentacin del hombre es siempre una
prueba de amor. Dios se juega el hombre de su amor en la apuesta con Satans. Es el
misterio de la libertad del hombre lo que est en juego. Dios confa en el hombre y le
deja en su libertad, pero no es indiferente al dolor del hombre. Entra en l con el
hombre. Sufre por el hombre. Sufre en lugar del hombre. Dios no es aptico, sino
simptico. Ama al hombre con pasin.
3. DE LA FELICIDAD AL SUFRIMIENTO
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a) Del vientre materno al seno de la tierra
La muerte entr en el mundo por envidia del diablo (Sb 2,24). Adn, el
hombre, sucumbi ante la prueba. Abraham, raz del pueblo de Dios, experimenta la
oscuridad de la prueba (Gn 22) y, al salir victorioso, se convierte en padre de los
creyentes porque en la prueba fue hallado fiel (Si 44,20). El pueblo de Israel
atraviesa la prueba del desierto (Dt 8,2) y llega a la tierra prometida. Ahora es el
momento de Job, smbolo, como Adn, de todo hombre. Satn entra en escena con sus
armas: la duda que inocula, el sufrimiento, la mujer del hombre, los amigos que le
exacerban...
Pobre Job, que no sabe nada de la apuesta de Dios por l en contra de Satans!
Dice el salmo: Dios, que est en el cielo, re. El Talmud, comentando este versculo,
se pregunta casi escandalizado: Cmo? Es posible que quien est en el cielo se ra
de sus criaturas?. La respuesta es: no. Dios no se re de sus criaturas. Dios re con
sus criaturas, les acompaa, est junto a ellas: Yo era todos los das su delicia, jugando
en su presencia en todo tiempo; jugando con la bola del orbe, me deleitaba con los
hombres (Pr 8,30). Y si Dios re con sus criaturas, tambin est con el que sufre,
sufriendo con l. Dios sufre la prueba al lado del hombre. Dios est con Job, pero el
drama es que Job no lo sabe. Hasta el final de la historia no lo sabr. Esta ser la
angustia de Job, su verdadera prueba. Satn se la plantea a Dios: Extiende tu mano y
toca todos sus bienes; vers si no te maldice en la cara! (1,11). Dios acepta las
condiciones de Satn: Ah tienes todos sus bienes en tus manos. Cuida slo de no
poner tu mano en l. Y Satn sali de la presencia de Yahveh (1,12).
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cuando recibi la tnica ensangrentada de su hijo Jos (Gn 37,34), y se rapa la cabeza.
Es el signo visible del desgarrn interior que experimenta. Desde el fondo del corazn
brota su lamento- bendicin: Desnudo sal del seno de mi madre, desnudo all
retornar. Yahveh dio, Yahveh quit: Sea bendito el nombre de Yahveh! (1,21).
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En la primera prueba la fe de Job se mantiene firme: En todo esto no pec Job,
ni profiri la menor insensatez contra Dios (1,22). Satn haba pronosticado que Job,
sin los bienes con que Dios le haba bendecido, le maldecira. En vez de maldicin, de
la boca de Job brota la bendicin. Es la bendicin, con la que Job acepta el designio
misterioso de Dios, como har el piadoso salmista: Ha sido un bien para m el ser
humillado, para que aprenda a obedecerte... Yo s, Yahveh, que son justos tus juicios,
que con lealtad me humillas t (Sal 119,71.75). La fe de Job no es interesada como
auspiciaba Satn.
Desnudo sal del seno de mi madre.... Desnudo, Job vuelve a ser lo que el da
de su nacimiento: frgil, amenazado, ante un porvenir incierto. Sin embargo, se vuelve
a encontrar independiente; vulnerable, pero ms autnticamente hombre que nunca, ya
que se ha liberado de todo. Pierde el bienestar, pero le queda la fe. Sigue el creyente,
igual a s mismo y gozando de una libertad nunca antes alcanzada. Todo lo que tena no
era ms que un vestido intil y Job experimenta que la vida es ms que el vestido (Mt
6,25). Job no discute, no duda, no acusa. Ms an, bendice a Dios en vez de maldecirlo.
Job supera la primera prueba. Dios y Satn se encuentran de nuevo. Dios puede
burlarse de Satn: Me has incitado contra Job por nada para perderle. El se ha
mantenido firme en su entereza (2,3). Job, despojado de todo sigue siendo mi siervo.
La confianza de Dios en el hombre, en la prueba se ha revelado fundada. En medio de
la tempestad se ha mantenido ntegro y recto, sin perder el temor de Dios, ajeno al mal.
La prueba ha sido sin motivo, pero no en balde. Job ha edificado su vida sobre la roca
de la fidelidad. Satans, vencido realmente, saca la ltima carta de la manga. No slo
tienta al hombre, sino que incita a Dios contra el hombre. Est empeado en romper la
comunin Dios-hombre. Satn aparece con todo su aspecto diablico, enemigo
implacable del hombre. Dios quiere convencer a Satans de que sus sospechas son
infundadas. Pero Satans no se da por vencido. Responde duramente: Piel por piel!
Todo lo que el hombre posee lo da por su vida! Pero extiende tu mano y toca sus
huesos y su carne; vers si no te maldice a la cara (2,4-5).
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salud! No es la fe sino el egosmo lo que lleva a Job a resignarse!
Job postrado por tierra no es ms que la expresin de quien teme por su vida e
implora que le sea conservada. Ante tal mezquindad, para exaltar al hombre, Dios
permite a Satans que le toque en los huesos y en la carne, pero respetando su vida.
Satn propone a Dios que sea l mismo quien golpee a Job, que extienda su mano un
poco y le golpee en su integridad fsica. Dios se niega a ello y, para los golpes, deja a
Job en manos de Satans. Ante la provocacin de Satans a Dios: Hirele t!, Dios le
confa a Satans una misin imposible. Segn el Talmud, rab Jisjad deca: La pena
infligida a Satans es peor que la infligida a Job. Es como un siervo a quien su patrn
dijese: rompe la tinaja, pero conserva el vino. Golpea a Job en los huesos y en la
carne, pero respeta su vida.
Dios que, en su amor al hombre, todo lo cree, todo lo espera (1Co 13,7),
acepta el reto: Ah le tienes en tus manos, pero respeta su vida (2,6). Mucho le
cuesta al Seor la muerte de los que le aman (Sal 116,15). Al instante, Satn sale de la
presencia de Dios para herir a Job con una llaga maligna desde la planta de los pies
hasta la coronilla de la cabeza. Se trata de la enfermedad que excluye al enfermo de la
comunidad de Israel (Lv 13,18ss). No se trata slo del dolor fsico, sino tambin del
aislamiento comunitario. Es la muerte moral de la persona.
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coronilla y sentado en medio de la ceniza, entre la basura de la ciudad. En un instante
Job baja al fondo de la miseria humana.
Job ha perdido todas sus posesiones y todos sus hijos. Su esposa, en cambio, ha
sobrevivido. Satn, en su astucia, ha respetado su vida, esperando encontrar en ella un
cmplice, como lo haba encontrado en Eva para hacer sucumbir a Adn. Y, como para
Adn, tambin para Job la mujer es el primer instrumento de la prueba de la fe. Como
Eva, no es la ayuda adecuada para l, pues en vez de consolarlo, ayudndole a superar
la prueba, la mujer lo incita a blasfemar de Dios y morir: Maldice a Dios y murete
(2,9). Ella, ante el dolor, ya ha rechazado a Dios y se ala con Satans para arrastrar tras
ella al esposo. La mujer de Job entra en la cadena de mujeres seductoras: Eva con
Adn, la mujer de Putifar con Jos, Dalila con Sansn, las mujeres de Salomn y la
mujer de Tobas, que le dice: Y dnde estn tus limosnas?, dnde tus obras de
caridad? Ya ves lo que te pasa (Tb 2,22) .
Para Job la desgracia viene de Dios lo mismo que la dicha. Y viniendo de Dios,
al hombre slo le queda aceptar la una y la otra. Job, en su confesin de fe, afirma la
libertad de Dios y la gratuidad de sus dones. El hombre no tiene ningn derecho a
exigir la felicidad o a pretender que no le alcance la desgracia. Job se entrega en las
manos de Dios. Aunque se est pudriendo su carne, recibida de Dios, Job bendice su
nombre santo.
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constancia de su injusticia. Job, en un primer momento, rechaza a su mujer. Le contesta
con firmeza lo que recoge Isaas: Yo soy el Seor y no hay otro: artfice de la luz,
creador de las tinieblas, autor de la paz, creador de la desgracia. Yo, el Seor, hago todo
esto (Is 45,6-7). San Jernimo comenta: Como esta vida cambia cada da con varios
sucesos, el justo debe preparar el nimo para lo prspero y para lo adverso. Pida a Dios
misericordia para soportar con firmeza cuanto suceda. Pues el que teme a Dios ni se
exalta en la prosperidad ni se abate en la adversidad.
19
El amigo fiel no tiene precio, no hay peso que mida su valor. El amigo fiel es remedio
de vida, los que temen al Seor le encontrarn. El que teme al Seor endereza su
amistad, pues como l es, ser su compaero. Hay otros amigos que acompaan a la
mesa y no aparecen a la hora de la desgracia; cuando te va bien, estn contigo; cuando
te va mal, huyen de ti (Si 6,14-17).
Job tiene amigos que se enteran de los males que han cado sobre l y se
presentan ante l para consolarlo: Tres amigos de Job se enteraron de todos estos
males que le haban sobrevenido, y vinieron cada uno de su pas: Elifaz de Temn,
Bildad de Saj y Sofar de Naamat. Y juntos decidieron ir a condolerse y consolarle
(2,11). Pero, son amigos fieles? Al llegar cerca de Job no le reconocen: Desde lejos
alzaron sus ojos y no le reconocieron. Entonces rompieron a llorar a gritos. Rasgaron
sus mantos y se echaron polvo sobre su cabeza (2,12). Ha cambiado Job o cambian
ellos a la vista del nuevo estado de Job? Es cierto que lloran a gritos, se rasgan sus
vestidos y se echan polvo sobre la cabeza. Todos estos gestos, son expresin de su
condolencia o es el cumplimiento de un rito?
Al tumulto de gritos y llanto sigue el silencio. Los amigos, que llegan a consolar
a Job con su sabidura, se quedan mudos, sin palabra, como si su silencio dijera que la
sabidura no tiene nada que decir ante el sufrimiento y la muerte. No hay consolacin
para quien se halla al lmite de la vida. La nica actitud sabia es callar: Luego se
sentaron en el suelo junto a l, durante siete das y siete noches. Y ninguno le dijo una
palabra, porque vean que el dolor era muy grande (2,13). Ante la cada de Jerusaln,
en tierra estn sentados, en silencio, los ancianos de la hija de Sin; se han echado
polvo en su cabeza, se han ceido de sayal. Inclinan su cabeza hasta la tierra las
vrgenes de Jerusaln (Lm 2,10). Bueno es esperar en silencio la salvacin de
Yahveh... Que el hombre se siente solitario y silencioso, cuando el Seor se lo impone,
que ponga su boca en el polvo: quizs haya esperanza (Lm 3,26.28).
20
hombre. Dios no se defiende. En el silencio de Cristo, que carga con todo el dolor
humano, Dios penetra en el misterio del sufrimiento y lo redime.
Este silencio espeso slo ser roto por el grito de Job, que recoge el grito de
todos los sufrientes del mundo. Se trata de una larga semana en que la mirada silenciosa
y espantada se nubla y oprime el corazn, haciendo el silencio insoportable. La
contemplacin muda llega a la profundidad del hombre y de ella brota el grito
alucinado de Job, que provoca a los amigos an ms que su desgracia. Llegar el
momento en que Job desee volver a encontrar este silencio de los amigos (13,5).
21
DIALOGOS DE JOB Y LOS AMIGOS
22
a) El grito del dolor
En los siete das de silencio por la mente de Job han pasado muchos
pensamientos y se han ahondado sentimientos y sensaciones. Job rompe el silencio con
un grito que le brota desde lo hondo de su ser (Sal 130,1). En su grito desgarrador
resuena el eco de nuestro dolor, del sufrimiento de todo hombre, sobre el que pesa la
mano de Dios. Job grita a Dios el desconcierto y la angustia de la humanidad doliente.
El dolor de Job se hace palabra, splica, plegaria: Perezca el da en que nac, y la
noche que dijo: Un varn ha sido concebido! El da aquel hgase tinieblas, no lo
requiera Dios desde lo alto, ni brille sobre l la luz. Lo reclamen tinieblas y sombras, un
nublado se cierna sobre l, lo estremezca un eclipse. S, la oscuridad se apodere de l,
no se aada a los das del ao, ni entre en la cuenta de los meses. Y aquella noche
hgase inerte, impenetrable a los clamores de alegra. Maldganla los que maldicen el
da, los dispuestos a despertar a Leviatn. Sean tinieblas las estrellas de su aurora, la luz
espere en vano, y no vea los prpados del alba. Porque no me cerr las puertas del
vientre donde estaba, ni ocult a mis ojos el dolor (3,3-10). El lago tranquilo de la
bendicin y del silencio se rompe con una maldicin: Perezca el da en que nac, y la
noche que dijo: Un varn ha sido concebido!. Job, remontndose a su concepcin,
desea abolir la raz de toda su existencia
Job recoge el grito de Rebeca: Si esto es as, para qu vivir? (Gn 25,22;
27,46), el grito de Elas, postrado bajo la retama, en su huida de Jezabel: Basta ya,
Yahveh! Toma mi vida, porque no soy mejor que mis padres (1R 19,4) y el grito de
Jons bajo el ricino: Y ahora, Yahveh, te suplico que me quites la vida, porque mejor
me es la muerte que la vida(Jon 4,3). Es el grito de la confesin angustiosa de
Jeremas (Jr 20,14-18), deseando no haber nacido. Es el deseo de que el seno materno,
fuente de vida, se transforme en el atad de un aborto.
23
el fondo del dolor con sinceridad y constancia. Dios, en su silencio, recoge este grito
sin escandalizarse ni tapar la boca al orante. Es la historia de Job hecha plegaria, la
historia de Jeremas hecha confesin de fe ante Dios, es la experiencia misma de
Cristo que, en la agona y sudando sangre, pide al Padre que aleje de l el cliz del
sufrimiento. Es la historia del creyente que ora a Dios desde su angustia.
Satans provoca a Job con el dolor para que maldiga a Dios en su cara y vencer
as su apuesta. Job, aplastado por el sufrimiento, no maldice a Dios. Maldice su
existencia desde su nacimiento, ms an, desde su concepcin. Su maldicin es como
el deseo de lo imposible: hacer que no sea lo que fue. El da de su nacimiento y la
noche de su concepcin se mezclan. Del da pasa a la noche en su deseo de que las
tinieblas se traguen la luz y la noche no conozca el parpadear del alba. Es el deseo de
invertir el orden de la creacin, que en l se ha hecho hostil. Dios sinti algo similar en
el momento del diluvio, pero el arco iris brillando en las nubes del cielo le recuerda su
alianza con la creacin de sus manos. Una vez recreada, jams la destruir. La
recreacin ha restablecido de nuevo las separaciones con sus ritmos: No faltar
siembra y cosechas, fro y calor, verano e invierno, da y noche (Gn 8,22). Job quiere
volver al momento anterior a la creacin, cuando todo era caos, sin orden ni separacin,
un caos envuelto en tiniebla, una noche sin da. Job implora un diluvio de tiniebla que
borre y arrastre en su vorgine su miserable existencia. Es el grito opuesto al canto de
Isaas (Is 60), de Zacaras (Za 14,7) y del Apocalipsis: La ciudad no necesita ni de sol
ni de luna que la alumbren, porque la ilumina la gloria de Dios, y su lmpara es el
Cordero. Las naciones caminarn a su luz, y los reyes de la tierra irn a llevarle su
esplendor. Sus puertas no se cerrarn con el da, porque all no habr noche (Ap 21,23-
25). Noche ya no habr; no tienen necesidad de luz de lmpara ni de luz del sol,
porque el Seor Dios los alumbrar y reinarn por los siglos de los siglos (22,5)..
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En la maldicin del da de su nacimiento y de la noche de su concepcin hay
una progresin hacia atrs. Job no se conforma con maldecir su nacimiento, sino que
retrocede hasta el momento de su concepcin y maldice aquella noche, que vio y
anunci su concepcin. La noche es personificada, es el nico testigo del acto de amor
que ha permitido la concepcin, el nico testigo de cuanto aconteci en el tlamo
nupcial. Job desea que esa noche quede en las tinieblas, no la siga el da, no entre en el
calendario, no entre en la cuenta de los das del ao o de los meses. La noche, que ha
asistido a su concepcin, sea una noche estril, sin jbilo, que las estrellas de la aurora
se oscurezcan y la noche, que espera el alba, siga siendo noche, que la aurora no abra
sus prpados. Que la noche quede frustrada en su espera del da
Job, desde lo hondo de su dolor, reniega del da, de la luz, del dar a luz, y
reniega de la noche fecunda del amor: Yo tambin soy un hombre mortal como todos,
un descendiente del primero que fue formado de la tierra. En el seno de una madre fui
hecho carne; durante diez meses fui modelado en su sangre, de una semilla de hombre
y del placer que acompaa al sueo (Sb 7,1-2). Esa noche de amor y placer, en que
Job fue concebido, Job la reniega, deseando que quede estril, privada de la bendicin
de la fecundidad. Ese da de su nacimiento y esa noche de su concepcin se merecen la
maldicin, por no haber sido guardianes fieles, cerrando las puertas del vientre
materno, para no entrar en l con la concepcin o para no salir de l con el nacimiento.
Debieron cerrar la puerta de su existencia.
La noche evoca el seno frtil de la concepcin y contra esa noche impreca Job.
La noche nupcial de los esposos con su jbilo de amor y fecundidad hubiera debido ser
signo de tiniebla, esterilidad y nada. La noche hubiera debido ser lo que significa, vaco
y oscuridad sin vida. La aurora no hubiera debido abrir nunca sus prpados para ver el
da. Maldita aquella noche negligente que no cerr las puertas del seno materno,
permitiendo que l, Job, atravesase el umbral del parto y saliera de la nada a la vida!
Desde el origen Job salta al final, al deseo de la muerte. Nacer y morir son las
dos puertas extremas de la vida. No haber nacido y estar muerto son los extremos que
se tocan: Por qu no mor cuando sal del seno, o no expir al salir del vientre? Por
qu me acogieron dos rodillas? por qu hubo dos pechos que me dieron de mamar?
Ahora descansara tranquilo, dormira ya en paz, con los reyes y los notables de la
tierra, que se construyen mausoleos; o con los prncipes que poseen oro y llenan de
plata sus moradas. No habra existido, sera como aborto enterrado, como los fetos que
no vieron la luz. All acaba la agitacin de los malvados, all descansan los exhaustos.
Tambin estn tranquilos los cautivos, sin or ms la voz del capataz. Chicos y grandes
son all lo mismo, y el esclavo se ve libre de su dueo (3,11-19). Si no es posible
abolir el nacimiento y cegar la fuente de la vida, por qu no invocar el final de la vida,
la muerte? El por qu? de los salmos llenan la boca de Job.
25
boca y explota. Ante el dolor presente desea borrar todo el pasado. Sin esperanza, no
slo muere el futuro, sino que se anula el pasado. Ante el sufrimiento, la vida le parece
insoportable.
Sin embargo, en el colmo del dolor, Job no olvida nada; recuerda la noche en
que fue concebido, el da de su nacimiento, la nodriza que le acoge sobre sus rodillas,
los pechos que le amamantan (3,11-12). Un nio, al nacer, no es dejado solo. Dios
mismo le acoge como confiesa el salmo: Fuiste T quien me sac del vientre, me
tenas confiado en los pechos de mi madre; desde el seno pas a tus manos, desde el
vientre materno t eres mi Dios (Sal 22,10-11). Es la evocacin de la ternura de Dios
cuando, en vez de sus manos, aparecen las fauces del len abiertas para devorar al
hombre. De la solicitud de Dios se pasa a la angustia, al miedo, a la muerte. Qu
sentido tiene la experiencia inicial de ternura si luego la vida comporta soledad total,
sufrimiento, angustia y muerte? Este es el lamento de Job, sentado en el muladar, solo,
rodeado de amigos mudos, que no tienen para l una palabra.
26
fidelidad. El que vive, el que vive, se te alaba, como yo ahora. El padre ensea a los
hijos tu fidelidad. Yahveh, slvame, y mis canciones cantaremos todos los das de
nuestra vida junto a la Casa de Yahveh (Is 38,18-20).
Es la esperanza de Isaas, que ve el seno de la tierra no como tumba, sino como fuente
de resurreccin: Como mujer encinta, cuando est prxima al parto, sufre y se queja
en su trance, as ramos nosotros en tu presencia, Seor: concebimos, nos retorcimos y
dimos a luz viento; no trajimos salvacin a la tierra, no le nacieron habitantes al
mundo. Revivirn tus muertos, tus cadveres resurgirn, despertarn y darn gritos de
jbilo los moradores del polvo! Porque tu roco es roco de luz, y la tierra echar de su
seno las sombras (Is 26,17-19).
Entre el principio y el fin, el nacer y el morir, estn Dios, como Creador, y Job
como criatura con todos sus porqus. Las palabras de maldicin se transforman en
splica a Dios para que le explique el sentido de la vida: Por qu Dios nos pone en la
vida sin contar con nosotros? Por qu da la vida a quien no la quiere y slo desea la
muerte?: Para qu dar la luz a un desdichado, la vida a los que tienen amargada el
alma, a los que ansan la muerte que no llega y excavan en su bsqueda ms que por un
tesoro, a los que se alegran ante el tmulo y exultan cuando alcanzan la tumba, a un
hombre que ve cerrado su camino, y a quien Dios tiene cercado? (3,20-23). Por qu
dar la vida al hombre si su vivir es desear no haber nacido o morir? Mejor hubiera sido
que el seno materno se hubiera convertido en tumba para siempre (Jr 20,17).
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de Job atestiguan la inmediatez de la clera divina. Y slo para el inocente esta clera
es pura y simplemente clera. Para el culpable es justicia. Para el inocente es terror,
razn para dudar de la justicia divina. Sin comprender, preguntando y conjurando, el
hombre est ante Dios, cuyos rasgos no logra reconocer en esa clera incomprensible.
El misterio del sufrimiento, que deja al hombre a las puertas de la muerte, arranca a Job
el torrente de maldiciones e interrogantes: Por qu el hombre vive para morir? Por
qu experimenta, ya mientras vive, la realidad de la muerte? Job se enfrenta a Dios y le
desafa, arriesgando su vida, y no la piel de los dems como hace Satn. Job, el hombre,
necesita una respuesta de Dios al misterio de la muerte.
Job, en sus intervenciones, muestra su sufrimiento y su fe, sabe que lo que est
pasando proviene de Dios, aunque no comprenda su significado. Dios, de cuya
presencia no duda, le resulta incomprensible. Y, como creyente, se enfrenta a l y se
debate contra su actuar. Cmo el Dios bueno puede complacerse en aplastar a su
siervo inocente? La obediencia de la fe se mantiene en fidelidad a Dios. Lo que est en
crisis, fruto del cambio en el actuar de Dios, es la imagen anterior de Dios. La nueva
forma de presencia de Dios en la vida de Job le resulta incomprensible. Job, que no
desea perder a Dios, le reclama que acte como antes o le d una explicacin de su
nueva forma de actuar. Dios, en cambio, desea que Job acepte libremente la obediencia
de la fe en l en su nueva y desconcertante actuacin: fe libre, amor gratuito, por
nada, creer en Dios porque es Dios.
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La maldicin de Job es maldicin radical de la existencia. La existencia, en el
comienzo de la Escritura, aparece expresada en el Que sea la luz y la luz fue. Job
dice lo contrario: Que sea la tiniebla y no sea la luz. Es el deseo de la des-creacin, la
anulacin de la obra de Dios. Es la maldicin de la noche a ser siempre noche porque
no cerr las puertas del seno materno a la concepcin y al alumbramiento de un
hombre destinado al afn y a la muerte (3,10-11). Es la negacin total, el deseo
imposible. Los amigos estn en torno a Job, en silencio, en luto como si Job hubiera
muerto, y l, que an est vivo, habla para decir que deseara estar muerto, no haber
nacido o, mejor an, no haber sido concebido. Salir del seno materno o entrar en l en
el momento de la concepcin significa comenzar una historia de afn, de sufrimiento,
de angustia, porque es entrar en la contradiccin que es la vida del hombre, un ser
viviente que se encamina a la muerte.
En lugar de Dios responden los tres amigos. En forma diversa, pero muy
similar, los tres amigos responden con la teora de la retribucin: a la culpa corresponde
la pena; a la justicia, el premio. Elifaz, el ms anciano, habla el primero. Presenta la
teora con ms modestia que los dems, afirmando la universalidad de la
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pecaminosidad humana: todos son pecadores (4,17-21), todos causan infelicidad (5,5-
7), todos deben agradecer a Dios la prueba-purificacin (5,17-26). Se cosecha lo que
se siembra (4,8). Quien ama el mal, recibir lo que ama. Quien siembra el bien,
cosechar bienes. Job no es una excepcin.
Son diferentes las palabras y los hechos. Si tus palabras convencan antes a
otros, que te convenzan ahora a ti, ya que antes parecas convencido de ellas. Teora y
vida estn en contradiccin. Job podra retorcerle el argumento: Si estuvieras en mi
situacin, hablaras as?. Elifaz se ha acercado al sufrimiento de Job sin participar de
l. Habla desde fuera, a cierta distancia. Para saber decir al abatido una palabra de
aliento (Is 50,4), el Siervo de Yahveh carga sobre s con los dolores de los dems. Y
Cristo habiendo sido probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que se ven
probados (Hb 2,18)
Elifaz se maravilla de que Job, sabio y justo, se sienta tan abatido y transtornado
por el dolor. El, que ha enseado y confortado a otros en el sufrimiento, ahora se
deprime hasta llamar a la muerte. El, que ha sido ojos para el ciego, pies para el cojo,
padre para los pobres (30,25), ahora no se sostiene a s mismo, cuando la enfermedad
no hiere a otro sino a l. En la evocacin del pasado feliz de Job, Elifaz alude a la fe y
rectitud moral de Job, que constituan su confianza y esperanza en Dios: Tu piedad
no era tu confianza, y la integridad de conducta, tu esperanza? (4,6). Si tuvieras fe
realmente, tu fe sera tu esperanza. Si ests sin esperanza, es porque tu fe no es
autntica. La fe se muestra en la prueba, brilla en la cruz. La fe da la garanta de la
victoria sobre la muerte. Creer en Dios es saber que no dejar a su justo corromperse en
la tumba. La fe es la garanta de lo que esperamos (Hb 11,1).
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brama la leona, mas los dientes de los leoncillos quedan rotos. Perece el len falto de
presa, y los cachorros de la leona se dispersan (4,7-11). Oseas se sirve de parecidas
imgenes para llamar a conversin al pueblo: Pues que siembran viento, segarn
tempestad: tallo que no tendr espiga, que no dar harina; y si la da, extranjeros la
tragarn... Sembrad simiente de justicia, recoged cosecha de amor, desbarbechad lo
que es barbecho; ya es tiempo de buscar a Yahveh, hasta que venga a lloveros justicia.
Habis arado maldad, injusticia habis segado, habis comido fruto de mentira (Os
8,7; 10,12-13). Pero lo que es vlido en general, no lo es en particular. No siempre el
sufrimiento nace de una culpa personal (Jn 9).
c) Experiencia y revelacin
Con dos imgenes, espacial una y temporal la otra, Elifaz describe la fragilidad
del hombre terreno: Habitan en casas de arcilla, cimentadas en el polvo! Se les aplasta
como a una polilla; de la noche a la maana se desmoronan. Sin advertirlo nadie,
perecen para siempre; les arrancan las cuerdas de su tienda y mueren privados de
sabidura (4,19-21). En realidad la revelacin no le ha enseado nada nuevo, sino que
le ha confirmado su experiencia: Es justo ante Dios algn mortal? Ante su Creador
es puro el hombre? (4,17). Esta palabra, que Elifaz presenta con tanto misterio, la
proclaman tambin Bildad (25,4-6) y el mismo Job (9,2). La fragilidad del hombre
como criatura nunca le permitir presentarse como inocente ante Dios, su Creador.
Ningn hombre puede sostener su inocencia ante Dios, pues ningn viviente es justo
ante ti (Sal 143,2). Job, pobre hombre, manchado de llagas, asediado por sus lmites
de criatura, no puede pretender en ningn modo presentarse ante Dios sin reconocerse
pecador. Si ni siquiera en sus santos tiene Dios confianza y ni los cielos son puros a
sus ojos, cunto menos un ser abominale y corrompido, el hombre, que bebe la
iniquidad como agua! (15,15-16).
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quita de los dientes, y los sedientos absorben su fortuna. No, no brota la iniquidad del
polvo, ni germina del suelo la afliccin. Es el hombre quien engendra la afliccin,
como levantan el vuelo los hijos del relmpago (5,1-7).
e) El sufrimiento purificador
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El hombre, por su condicin, es dbil e ignorante, muere sin aprender (4,20-21). La
prueba del dolor sirve para curarlo y ensearlo. El sufrimiento es una leccin; Dios
hiere para curar (5, 17-18). Es un don ms que un castigo. Aceptado, restablece las
relaciones con Dios y abre paso a sus dones (5,19-26). Es la leccin de Elifaz a la que
Job en su interior puede responder: y por qu an no ha sucedido as? Segn el
Levtico (13,21-23), las llagas exigen siete das de aislamiento, tras los cuales el
enfermo es inspeccionado de nuevo para diagnosticar si est curado. Han pasado los
siete das, en que Job ha aceptado todo en silencio, y no ha habido curacin. Si a Job no
le convence la doctrina de Elifaz, tampoco le sirven de ayuda sus consejos.
Segn Elifaz la experiencia ensea que ningn inocente ha perecido jams, pues
slo recogen afanes quienes los han sembrado. Y esto se lo dice a un inocente que est
sufriendo afanes sin haberlos sembrado antes. Su respuesta no responde en absoluto a
las preguntas de Job. Job, slo con su presencia, niega la respuesta de Elifaz. La niega
la historia desde el comienzo. La historia, segn la Escritura, est llena de inocentes
que han perecido. Los dos hijos de Adn y Eva abren esta cadena. No perece el
culpable Can, sino el inocente Abel. Israel, condenado a muerte por el Faran, era
culpable? Israel lleg a Egipto porque Jos, inocente, fue vendido por sus hermanos.
Toda la historia de Israel, y de la humanidad, contradice a todas horas el principio de
Elifaz. Los dbiles sufren constantemente la violencia de los fuertes.
El juicio final de Dios sobre los discursos de los amigos es radical: sus
palabras han sido mentirosas, han negado la verdad de Dios. Son tachados de ateos. Se
han permitido suplantar a Dios o, al menos, igualarse a Dios. Han pretendido juzgar a
Job en nombre de Dios, pero en realidad han juzgado a Dios, encasillndole en sus
esquemas teolgicos. El Dios de los amigos es un dolo, bien circunscrito, sin libertad
en su actuacin. Su transcendencia es reducida a una ciega forma iluminista de actuar.
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Job responde a Elifaz elevando un conmovido lamento, acusando a los amigos
que no comprenden que acta y habla con sinceridad, buscando la verdad al declararse
inocente. A un cierto momento se repliega sobre s mismo y lamenta su situacin. Y,
finalmente, se enfrenta con Dios, que insensatamente asusta al hombre. Job se sita
frente a Dios con el problema del hombre desde su situacin real de hombre ante la
muerte: No cerrar mi boca. Hablar desde la angustia de mi espritu! (7,11)
34
de Job, en el eplogo Dios alaba sus palabras (42,7-8).
Job no pide que paguen su rescate, sino que acepten su inocencia. Deja de lado
el consuelo, que los amigos no saben darle, y pasa a defender su inocencia. Ya no est
en juego su vida o su bienestar; est en juego la justicia y su inocencia. Job la defender
aunque se quede slo, sin amigos: He dicho acaso: Dadme algo, haced regalos por m
de vuestros bienes; arrancadme de la mano de un rival, rescatadme de la mano de
tiranos? Instruidme, que yo me callar; hacedme ver en qu me he equivocado. Qu
dulces son las razones ecunimes!, pero, qu es lo que critican vuestras crticas?
Intentis criticar slo palabras, dichos desesperados que se lleva el viento? Vosotros
echis a suerte al mismo hurfano, especulis con vuestro propio amigo! (6,22-27).
Los amigos, aunque estn presentes, lo han abandonado. Llegados a l para consolarlo
se han situado contra l. Con desesperacin les pide comprensin de su desgracia. Los
amigos no saben drsela porque no han pasado por su dolor (Cf. Hb 4,15). No saben
que: el que retira la compasin al prjimo abandona el temor de Sadday (6,14), pues
como dice San Gregorio el amor de Dios engendra el del prjimo y el amor del
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prjimo nutre el de Dios, aadiendo en relacin a los amigos: Cuando uno est en la
prosperidad, no se sabe si los otros aman su prosperidad o su persona. La desgracia es
la prueba del amor.
Job se siente juzgado y rechazado sin que sus amigos hayan comprendido el
sentido de su lamento. El dilogo ha perdido el calor de una discusin fraterna y ha
asumido la forma glacial de la imparcialidad de un juicio formal. Sin embargo, Job no
se resigna a esta situacin e implora la ayuda de los amigos: Ahora, por favor, volveos
a m, que no os mentir en la cara. Tornad, pues, a m pero sin maldad! Tornad, que
est en juego mi justicia! Hay maldad en mis labios? no distingue mi paladar las
cosas malas? (6,28-30). Job no est para discusiones teolgicas o legales, slo desea
que acepten su persona en el estado en que se encuentra. Desea confundir la sabidura
de los sabios con la fuerza de su dolor.
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puertas del seol se me asigna un lugar para el resto de mis aos (Is 38,10). La vida es
un ir y venir inquieto de lanzadera, aadiendo cada vez una lnea a la tela de la
existencia hasta completar el tapiz. Pero Job no tiene esperanza de completar el dibujo,
pues le cortarn la trama antes de tiempo. Job, elevando su voz a Dios, le pide que no
olvide que es l quien ha diseado su vida: Recurdalo!. Los lugares de nuestra vida
se acostumbran a nuestra presencia y nos echan de menos cuando morimos. Dios
mismo mirar al pas de Job y preguntar: has visto a mi siervo Job? (1,8). Y, por
mucho que pregunte, no le encontrar. En sus odos resonarn las negaciones: no
existe, baj y no subir, no volver.
Desde este retrato interior de s mismo se encara con Dios, con humildad
primero y despiadado despus: Recuerda que mi vida es un soplo, que mis ojos no
volvern a ver la dicha. El ojo que me miraba ya no me ver, pondrs en m tus ojos y
ya no existir. Una nube se disipa y pasa, as el que baja al seol no sube ms. No
regresa otra vez a su casa, no vuelve a verle su lugar (7,7-10). Pero antes de irse para
no volver, Job habla y reclama. La vida es corta y llena de aflicciones, pero es la nica
vida. La angustia de la existencia marca el tono de las palabras de Job: Por eso yo no
he de contener mi boca, hablar en la angustia de mi espritu, me quejar en la
amargura de mi alma (7,11). En su atropello, Job mezcla el deseo de morir y el deseo
de vivir. El ansia de vivir se abre paso en su desesperacin y, enfrentndose con el
deseo de morir, lacera y descoyunta la conciencia de Job: Preferira mi alma el
estrangulamiento, la muerte ms que mis dolores! Ya me disuelvo, no he de vivir por
siempre; djame ya; slo un soplo son mis das! Qu es el hombre para que tanto de
l te ocupes, para que pongas en l tu corazn, para que le escrutes todas las maanas y
a cada instante le escudries? Cundo retirars tu mirada de m? no me dejars ni el
tiempo de tragar saliva? (7,15-19).
Al final, encarndose con Dios, en vez de la muerte, Job se conforma con que
Dios le de un momento de respiro, se olvide por un momento de l, dejndole en paz.
Dios, a quien el salmista contempla ocupndose del hombre para engrandecerle (Sal
8,5;144,3), Job le ve ocupndose del hombre para expiarle y aplastarle. Job retuerce el
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salmo: Dios es grande y cuida del hombre en todo momento, para vigilarlo, espiarlo
en todas sus acciones. Dios es el guardin del hombre, que no le deja pasar una! Qu
es el hombre, esta nada, para que le tomes como punto de mira a todas horas?: Qu
es el hombre para que tanto de l te ocupes, para que pongas en l tu corazn, para que
le escrutes todas las maanas y a cada instante le escudries? Cundo retirars tu
mirada de m? no me dejars ni el tiempo de tragar saliva? (7,17-19). De Dios
proceden las flechas envenenadas y los sueos que le espantan. Su mirada es obsesiva,
vigilancia opresora. Es cierto que Dios es custodio y guardin del hombre, pero para
ponerle trabas. Job est a punto de ceder y confesarse culpable con tal de que Dios le
deje en paz, le de un tiempo de respiro. Mas tarde arriesgar todo con tal de que se
reconozca su inocencia. Pero ahora, en su enfrentamiento con Dios, Job llega a algo
sumamente grave. Para decirle que no puede ms, Job acusa a Dios de torturador. Est
a punto de confesar, bajo tortura, incluso lo que no ha hecho. Est a punto de renunciar
a su dignidad: Por qu no cancelas mi pecado y olvidas mi iniquidad? Con tal de que
me dejes en paz estoy dispuesto a admitir todo lo que quieras! : Si he pecado, qu te
he hecho a ti, oh guardin de los hombres? Por qu me has hecho blanco tuyo? Por
qu te sirvo de cuidado? Y por qu no toleras mi delito y dejas pasar mi falta? Pues
ahora me acostar en el polvo, me buscars y ya no existir (7,20-21). Llegar el
momento en que Dios busque a Job y ser tarde, pues habr pasado del sueo cotidiano
al sueo definitivo y no existir: Ya me disuelvo, no he de vivir por siempre; djame
ya; slo un soplo son mis das!.
En el retrato del hombre, que Job nos ofrece mediante esplndidas imgenes, el
hombre aparece en toda su fragilidad y fugacidad. Como flor, que brota y se marchita,
huye como la sombra sin detenerse (13,28-14,2). Habita en casas de arcilla, que
ahondan su fundamento en el polvo (4,19; 10,9). Si ni la luna tiene brillo, cuanto
menos el hombre, ese gusano de la tierra! (25,6). A los gusanos llama: Mi madre y
mis hermanos! (17,14). Este ser frgil y caduco puede ser justo ante Dios, inocente
ante su Creador? (4,17). Quin puede sacar lo puro de lo inmundo? (14,4). Sin
embargo, este retrato, penetrado por la luz de la fe, se ilumina. Job es siempre un
creyente, un siervo de Dios, que nunca reniega de su adhesin y amor. Desde el
abismo de su desolacin Job habla o grita siempre desde la fe. Es siempre consciente de
que el hombre no tiene el origen en s mismo y, por ello, no tiene la vida entre sus
manos. Si lo pretendiera se le escapara de ellas. Slo Dios tiene en su mano la vida de
todo viviente y el soplo de toda carne humana... Si l destruye no se puede edificar; si a
uno encierra, no se le puede abrir; si retiene las aguas, viene la sequa; si las suelta,
devastan la tierra (12,10.14-15).
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entablar con l una intimidad maravillosa, que es lo nico que puede llevar la vida
humana a su plenitud. De esta conviccin nace el contraste estridente de la situacin
actual de Job. Su problema es cmo conciliar la benevolencia de Dios con el
sufrimiento de su carne y de su espritu, que tiene el sabor del abandono, del desprecio
y del odio. Puede Dios entablar primero una relacin de hesed, para luego romperlo o
cambiarlo en una relacin de persecucin? Job, convencido de que Dios es justo, ms
an, es el fundamento de la justicia, siente la necesidad de aclararse y hasta de cambiar
su concepcin de la justicia para adecuarlo a la concepcin de Dios. Por ello no puede
aceptar los razonamientos de sus amigos. El, igual que los amigos, sabe que es criatura
y que ante el Creador la criatura se encuentra siempre con las manos vacas, y que ante
la santidad de Dios el hombre es siempre culpable. Dios se eleva sobre toda criatura en
una distancia insalvable. Ni los ngeles, que estn a su servicio, son tan puros que
puedan merecer la confianza plena de Dios.
Job est en pleito (rib) con Dios. Job es la parte lesionada, porque es quien est
sufriendo, es quien aparentemente est siendo golpeado injustamente por Dios. Por eso
se presenta a Dios para entablar el pleito. Lo convoca a juicio y lo acusa, pone ante l el
mal que padece, para que Dios lo reconozca y cese de maltratarlo. Pero no podemos
olvidar que el pleito (rib) busca siempre la reconciliacin de las partes. Por tanto,
mientras lanza a Dios sus palabras dursimas, mientras parece que est rompiendo sus
relaciones con Dios, Job est buscando la reconciliacin con Dios. Job desea que se
restablezcan las relaciones amables que antes tena con Dios. Est intentando
convencer a Dios de su injusticia para con l, pero lo hace para que vuelva a ser el Dios
bueno, amigo del hombre. Mientras le acusa de malvado, Job busca la bondad de
Dios, que se restablezca la amistad entre los dos.
Job sabe que Dios est presente en su sufrimiento, l es su autor. Por eso se
encara con l y le pregunta por qu?. Pero Job, rechazando la teora de la
retribucin, apela a la misericordia: Por qu no toleras mi delito y dejas pasar mi
falta? Pues ahora me acostar en el polvo, me buscars y ya no existir (7,21).
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San Gregorio, con una comparacin original, nos invita a no olvidar el principio
y el final de la historia, mientras asistimos al debate apasionado de Job: Cuando la
mente del lector es agitada por las olas de los discursos de Job, debe ponderar su peso
atendiendo al comienzo y al final de la historia. Pues el Juez eterno no pudo alabar al
que iba a caer ni preferir al que haba cado. Por tanto si, sorprendidos por la ambigua
tempestad, consideramos el comienzo y el fin de la historia, la nave de nuestra mente
queda sujeta a proa y a popa con las cuerdas de su consideracin y no tropieza en
escollos. No naufragaremos en la tormenta de nuestra ignorancia si nos refugiamos en
el puerto tranquilo del juicio celeste. Job dice cosas que provocan preguntas graves,
pero quin no se atrever a declarar recto lo que suena recto en los odos de Dios?.
Los tres amigos han llegado, tras un largo camino, para compartir la pena de
Job y consolarlo (2,11), pero sobrecogidos de espanto, se asustan. Perciben que el
abismo de la angustia de Job es demasiado vertiginoso como para que, al intentar
rescatarlo de la pendiente por la que se precipita, no corran ellos el riesgo de
precipitarse en el abismo con l. Job les implora: piedad, piedad de m, amigos
mos! (19,21) y su grito no tiene eco. Los amigos no estn dispuestos a aliviarlo, sino
que se distancian de l. El hedor del aliento de Job es tan repugnante que hasta su mujer
retrocede ante l.
Desde sus principios aprendidos, Bildad desciende al caso particular de Job: sus
hijos han muerto por su infidelidad a la alianza. Con justicia ha infligido el castigo final
a tus hijos: Si tus hijos pecaron contra l, ya los entreg en poder de sus delitos (8,4).
A ti, en cambio, te ha castigado dejndote un tiempo para pedir perdn y convertirte. La
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fuerza del principio de Bildad revela la debilidad de su razonamiento. Con el principio
quiere explicar los hechos, pero los hechos cuestionan el principio. Para defender la
justicia de Dios, Bildad pronuncia un juicio injusto contra los hijos y contra Job.
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del corazn (8,8-10). Bildad ilustra la tesis sacada de la tradicin con tres bellas
comparaciones vegetales: el papiro, la tela de araa y la planta trepadora. Tanto el
papiro, fuerte, como el junco, dbil, imgenes del malvado, mueren irremediablemente:
Brota acaso el papiro sin marismas? Crece sin agua el junco? An en su verdor, sin
ser cortado, se marchita antes que toda otra hierba. Tal es el fin de los que olvidan a
Dios, as fenece la esperanza del impo. Su confianza es un hilo solamente, su
seguridad una tela de araa. Se apoya en su morada, y no le aguanta, se agarra a ella y
no resiste. Bien regado ante la faz del sol, por encima de su huerto salan sus renuevos.
Sobre un majano entrelazadas sus races, viva en una casa de piedra. Mas cuando se le
arranca de su sitio, ste le niega: No te he visto jams! Y vedle ya cmo se pudre en el
camino, mientras que del suelo brotan otros (8,11-19).
Sin el fluir continuo del agua del cenagal el papiro no puede crecer; sin agua se
vuelve amarillento y se seca. As se seca el pecador, sin la linfa del temor de Dios que
lo alimentaba. La casa del impo se derrumba con la misma facilidad de una tela de
araa. Es la casa construida sobre arena, frondosa como la planta trepadora, pero que se
seca al querer transplantarla a otro sitio. El pecador desarraigado de Dios no haya
donde echar races. Su vida se desploma.
c) Hechos o teora?
Job, por un instante, se volver a sus tres amigos para buscar en ellos la
simpata que Dios parece negarle: Piedad, piedad de m, vosotros mis amigos, que es
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la mano de Dios la que me ha herido! (19,21). Pero es difcil llegar al hombre y
consolarle. Se pronuncian palabras, pero al final el dolor sigue ah. Los amigos
empiezan sentndose en tierra con l, en silencio. Pero despus se pondrn a discutir
con l y cuanto ms hablan ms se distancian. Su palabra llega a los odos de Job desde
lejos. Llegan con sus evidencias y sus certezas, con los argumentos de quienes saben de
antemano la respuesta a todo y proponen su consuelo sin haber escuchado las quejas.
Para ellos, el sufrimiento de Job se reduce a un caso particular del principio general y
no debe escapar a la conocida teora de la retribucin. Si Job sufre es que ha pecado. Si
es probado es porque ha sido reprobado. Que se convierta y todo volver a estar en
orden!
Los tres amigos, en vez de ponerse ante Dios al lado de Job para entrar en el
sufrimiento como l lo vive, se sitan de antemano al lado de Dios y se arrogan el
derecho de hablar en su nombre. Mximas de ceniza son vuestras sentencias,
respuestas de barro!, les replica Job, no hacis ms que enjalbegar con mentiras,
matasanos! Ojal os callarais todos y demostrarais as que sois sabios (13,12.4-5).
Caminar con Job hasta el borde de la rebelda, aceptar mirar con l la angustia cara a
cara, sera para los tres amigos arriesgar su fe cmoda, que poseen con demasiado
orgullo. Job tendr que renunciar al espejismo de la amistad: Me han defraudado lo
mismo que el lecho de torrentes turbios de aguas de hielo, sobre los que se disuelve la
nieve, pero que en tiempo de estiaje se evaporan. En ellos esperan las caravanas del
desierto. Pero se ve defraudada su confianza; al llegar quedan confundidos. As sois
ahora vosotros para m: veis algo horrible y os asustis (6,15-21).
5. LA AUSENCIA DE DIOS
a) La noche de la fe
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en su carne, toca profundamente su espritu. El dolor arranca el grito de sus
interrogantes: Dnde est Dios? Est Dios en mi vida? Por qu calla ante el triunfo
del mal? Es el Dios bueno y potente? Es el Dios justo, que protege a los buenos y
castiga a los malvados? El drama, que atormenta a Job es que se le desmoronan todas
las imgenes de Dios, que ha levantado pacficamente en su mente. El ingenuo intento
de los amigos por reconstruirlas le enoja y exaspera. Sus palabras no se dirigen a los
amigos, si no a Dios: Quien me diera saber encontrarle, poder encontrar su morada!
Expondra ante l mi causa y tendra mis labios llenos de razones (33,3-4). La prueba
de Job es su fe en Dios y slo quiere exponerla ante Dios. El es el nico que puede dar
razn de s mismo y de su actuar.
Dios est detrs de cada palabra a lo largo de todo el libro, como el esperado, el
interpelado, como el interlocutor deseado, aunque ausente y en silencio. Slo la
teofana final y los discursos de Dios restablecern la fe de Job, aunque siga sin
entender el significado de su sufrimiento. No es el sufrimiento su problema, sino la
existencia o ausencia de Dios en su vida. Los gritos de Job son una provocacin
continua a Dios para que se manifieste y rompa su silencio. Dios no alaba o condena las
explicaciones del misterio del dolor, sino el haber dicho o no cosas rectas de l
(42,7). Desde el comienzo del libro la pregunta es: Es que Job teme a Dios de
balde?. Se trata de verificar la existencia en Job de la fe pura, gratuita, y no la
religiosa, interesada. Satans pone en duda esta gratuidad. Dios, en cambio, apuesta por
el hombre, convencido de hallar en l el amor y la gratuidad de la fe.
Job toma la palabra por tercera vez y, sin tener en cuenta a los amigos, se
enfrenta con Dios. Job ha cado en la apata y en la desesperacin. En su primera
intervencin reniega de la vida; despus, tras el discurso de Elifaz, se siente
abandonado de sus amigos e invoca con todas sus fuerzas la muerte. Ahora,
desalentado, confiesa que no sirve de nada hablar, pues Dios permanece en silencio, sin
responder a sus gritos. Toda discusin es imposible. Job quisiera procesar a Dios, pero
Dios no se presenta al juicio. Y, entre rebelin e irona, Job reconoce que ante el
tribunal de Dios toda defensa es intil, slo cabe implorar misericordia. Jeremas vive
esta misma experiencia: T llevas la razn, Yahveh, cuando discuto contigo; no
obstante, voy a tratar contigo un punto de justicia: Por qu tienen suerte todos los
malos y son felices los malvados? (Jr 12,1).
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clera (9,13) y ataca por un cabello, multiplicando sus heridas sin razn (9,17), se
muestra indiferente ante el desconsuelo de los inocentes (9,22-23). Identifica el
derecho con su fuerza! (9,24). Dios no es un ser humano y nadie posee armas para
discutir con l (9,3). No es posible citarlo a juicio, porque nadie dispone de l (9,32). Y
no existe un mediador entre Dios y el hombre: Si hubiera entre nosotros un rbitro
que pusiera su mano sobre nosotros dos! (9,33).
Disgustado con la actitud de Bildad que, en vez de defenderlo, se ala con Dios,
Job retuerce sus argumentos. Acepta la grandeza intocable de Dios, pero slo para
aplastarlo. Dios siempre tiene razn y no es posible contestarle. Si el hombre combate,
como Jacob, con l, siempre sale con el muslo dislocado y con otro nombre, es decir,
trasformado en otro: Bien s yo, en verdad, que es as: cmo puede un hombre ser
justo ante Dios? A quien pretenda litigar con l, no le responder ni una vez entre mil.
Entre los ms sabios, entre los ms fuertes, quin le hizo frente y sali bien librado?
(9,2-4).
Dios tiene fuerza y destreza, como ha afirmado Bildad. Job se lo acepta, pero se
lo retuerce. Es cierto que Dios siempre tiene razn, reconoce Job. Pero eso es lo que le
irrita. Es intil discutir, argir, enfrentarse con l. Siempre vence l. Si Dios domina el
cielo, el mar y la tierra, cmo no dominar al hombre en su pequeez? Como discutir
con alguien que ni siquiera ves cuando te pasa delante? Si cruza junto a m, no lo veo,
pasa rozndome y no lo siento(9,11). Extraa cercana de Dios, palpable e
imperceptible, prximo e invisible, que deja como estela las huellas de su ausencia.
Slo deja ver su espalda, cuando ya ha pasado; slo se le ve desaparecer (Ex 33,23).
Dios, que en otro tiempo era un ntimo de su tienda (19,4), ahora slo se le muestra
en el roce misterioso del dolor que deja su paso. A pesar de todo Job, como Jacob (Gen
24), desea encontrarlo de frente, pelear cuerpo a cuerpo con Dios, aunque de la pelea
salga cojeando.
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Dios no distingue entre buenos y malos cuando enva calamidades sobre la tierra, ni
cuando enva la bendicin de la lluvia (Mt 5,45). Job se aproxima, aunque no llega a la
afirmacin de Cristo, como tampoco llega el Eclesiasts: He visto que los justos y los
sabios y sus obras estn en manos de Dios. Y ni de amor ni de odio saben los hombres
nada: todo les resulta absurdo. Como el que haya un destino comn para todos, para el
justo y para el malvado, el puro y el manchado, el que hace sacrificios y el que no los
hace, as el bueno como el pecador, el que jura como el que se recata de jurar. Eso es lo
peor de todo cuanto pasa bajo el sol: que haya un destino comn para todos (Qo 9,1-
3).
Slo con imaginar la fuerza de Dios, a la que nadie puede resistir, Job se siente
intimidado. Si piensa en el saber de Dios, se ve sin respuesta posible, pues su saber es
insondable. En el juicio contra l, Job comprende que de nada le servir su inocencia.
Est realmente confundido. Ya no sabe si es inocente o culpable. Le da igual: Si me
creo justo, su boca me condena, si intachable, me declara perverso. Soy intachable?
Ni yo mismo me conozco, y desprecio mi vida! Pero todo da igual, y por eso digo: l
extermina al inocente y al malvado (9,20-22). Si me declaro inocente, mis palabras me
condenan, pues quin puede declararse inocente frente a Dios a quien no se puede
preguntar qu est haciendo? Decir que soy inocente es decir que soy ms que Dios.
Solo el proclamarse inocente es causa de condena por el orgullo que implica.
Confesarse culpable es igualmente autocondenarse. La conclusin es desoladora: Ser
inocente o culpable es la misma cosa. Dios condena al uno y al otro. Y no hay una
instancia superior a la que recurrir: Que l no es un hombre como yo, para que le
responda, para comparecer juntos en juicio. No hay entre nosotros rbitro que ponga su
mano entre los dos, y que aparte de m su vara para que no me espante su terror (9,32-
34). No es, pues, posible el pleito ni la apelacin a un juicio superior.
Job busca una salida imposible, un intermediario entre l y Dios, que ponga su
mano entre los dos. Job desea un intermediario cercano al hombre y que
pueda dialogar con Dios. (9,33-35). Es el grito que Dios escucha y
cumple mandando al mediador perfecto: Cristo el Seor, Dios y
hombre. En Cristo Dios responde al deseo imposible de Job, pues
nada es imposible para l. Msits (mediador) es la palabra que el Nuevo
Testamento emplea para Cristo mediador entre Dios y los hombres (1Tm 2,5; Hb 8,6;
46
9,15; 12,24).
Job pone ante Dios el sinsentido de su actuar. Nadie puede librarle de las manos
de Dios, de esas manos que con cario y ternura le formaron. Job apela a los
sentimientos de Dios, evocando su origen: Tus manos me formaron, me plasmaron, y
luego, en un arrebato, quieres destruirme! Recuerda que me hiciste como se amasa el
barro y me vas a devolver al polvo? No me vertiste como leche y me cuajaste como
queso? No me vestiste de piel y carne? No me tejiste de huesos y de nervios? No me
agraciaste con la vida y con tu solicitud cuidaste mi aliento? (10,8-12). Job pone a
Dios ante s mismo, ante su actuar y, de este modo, est testimoniando que Dios es
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Dios, el Creador, el Dios de bondad, aunque ahora se olvide de ser lo que es. Job,
conciencia de Dios, est recordando a Dios el amor de la creacin de sus manos. Est
pidiendo a Dios que sea Dios. El polvo no ha nacido del polvo, sino de las manos
plasmadoras de Dios. A esas manos inolvidables, que imprimen a cuanto tocan la
nostalgia de su contacto, apela Job, a ellas desea volver: Acurdate que me modelaste
como el barro, y vas a volverme al polvo?.
Con complacencia Job canta la maravilla del hombre, plasmado por las manos
de Dios. La gnesis del hombre del barro de la tierra (Gn 2) o la formacin del hombre
en el seno materno es un prodigio de sabidura y delicadeza (Sal 139,13; 2M 7,22; Sab
7,1-2). Job se extasa ante el prodigio de su formacin. Pero tiene sentido destruir una
obra tan maravillosa, deshacerla antes de concluirla? Su carne destrozada, su piel rota
en mil llagas, este vivir muriendo (fray Luis de Len), no es irracional e injusto?
Tanta grandeza para acabar en un momento de arrebato!
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muerte (7,8-21).
El don de la vida, que Dios ha concedido al hombre, es un regalo ridculo. Dios
sabe y quiere los sufrimientos de Job. Este encarnecimiento de Dios revela lo que
oculta desde siempre su corazn. Su designio creador es pura falsedad, ya que su
intencin primera y ltima es llevar a la muerte (30,23). En el plan de Dios sobre el
hombre, la muerte no es slo el trmino, sino el comienzo de la vida. La fe en el Dios
santo vacila ante su abandono del hombre ante la muerte. En el umbral de la muerte
llega al cielo el grito desgarrador: Dios mo, Dios mo, por qu me has
abandonado?.
Si Dios tena en su libro escritos todos los das de Job, sin faltar uno (Sal
139,16), entonces hubiera sido mejor no haber nacido, que Dios hubiera deshecho su
obra antes de comenzarla: Para qu me sacaste del seno? Habra muerto sin que me
viera ningn ojo; sera como si no hubiera existido, se me habra llevado desde el
vientre a la tumba (10,18-19). De todos modos, ya que eso no ocurri, Job suplica a
Dios que le conceda una tregua, un momento de respiro, que se aparte un momento de
l y le deje en paz: No son bien poco los das de mi existencia? Aprtate de m para
gozar de un poco de consuelo, antes que me vaya, para ya no volver, a la tierra de
tinieblas y de sombra, tierra de oscuridad y de desorden, donde la misma claridad es
sombra (10,20-22). La muerte, lejos de ser el final de la angustia, aparece como lo ms
angustioso. La muerte duplica, multiplica la angustia, la lleva al extremo y la eterniza.
Job, una nada, se resiste como la roca a desaparecer. El mal fuerza a Job a pegarse a su
piel, para no caer en la muerte. El mismo dolor, que acabara con la muerte, despierta
en Job el deseo de la vida, le impulsa a mantenerse vivo incluso a pesar suyo.
Job termina su discurso sin que Satn pueda cantar victoria. Santn apostaba
que la fe de Job era interesada. Job, enfrentando a Dios, establece una relacin con l
completamente desinterasada, hasta poner en juego la vida. No deca Satn que el
hombre con tal de salvar la vida es capaz de todo? Las palabras de Job suenan como
blasfemias, pero no son ms que el grito que brota de su sed justicia. Justicia que Job
busca, bajo apariencias de rebelin, slo en Dios.
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ignorancia del hombre, que ni comprende a Dios ni se conoce a s mismo. Esta
distancia infranqueable denuncia la presuncin de Job e invalida su pretensin de
pleitear con Dios. Si Dios no responde a Job no es porque le falten respuestas, sino
porque le sobran. A Job no le queda otra salida que la confesin de su culpa y la
conversin si quiere que cambie su situacin: Pero si t arreglas tu corazn y tiendes
tus palmas hacia l, si alejas la iniquidad que hay en tu mano y no dejas que more en
tus tiendas la injusticia, entonces alzars tu frente limpia, te sentirs firme y sin temor.
Dejars tu infortunio en el olvido, lo recordars como agua pasada. Y ms radiante que
el medioda surgir tu existencia, como la maana ser la oscuridad. Vivirs seguro
porque habr esperanza; aun despus de confundido te acostars tranquilo. Cuando
descanses, nadie te turbar, y muchos adularn tu rostro (11,13-19).
Los amigos hablan a Job, pero ignorndolo. En realidad hablan de Dios sin
tener en cuenta a Job. Job se dirige aparentemente a los amigos, pero en realidad habla
a Dios. Esta es la diferencia fundamental. No es lo mismo hablar de Dios que hablar a
Dios. Job no cesa de encararse con Dios por ms incomprensible que le resulte. En
realidad Dios, en silencio, escondido detrs del escenario del drama, est dirigiendo la
trama, est llevando a Job a colocarse ante el misterio desnudo de Dios y de su actuar
libre. Impulsado aparentemente por los amigos, Job, bajo la batuta oculta de Dios, est
derribando todas las falsas imgenes de Dios, abriendo el camino al encuentro de los
dos cara a cara en medio de la tormenta.
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El cuadro que Job traza de la vida del hombre pone en cuestin la bondad, la
santidad y la sabidura de Dios. En esta constatacin se basa su crtica de la justicia de
Dios. La existencia humana se muestra efmera. El hombre no goza ni de la estabilidad
de los cielos ni de la plenitud inagotable del mar. Sin races en el mundo, el hombre ni
siquiera tiene la esperanza vegetal de sobrevivir por medio de sus retoos, pues en
ninguna parte siente el agua que le hara revivir (14,7-12). Flor que en un da se
marchita, hoja llevada por el viento, paja seca arrastrada por el ms pequeo torbellino
de la vida (14,1-6), no tiene ms consistencia que la de una sombra que huye. Su vida
es slo viento (7,7), sus das se le escapan y deslizan como planchas de papiro (9,25-
26), ya que la permanencia es patrimonio exclusivo de Dios.
La justicia (sedeq), en todas sus formas, tiene la raz sdq, que evoca la
conformidad de un ser con lo que cabe esperar de l. Si se trata de seres humanos, la
justicia implica una relacin entre ellos y significa la fidelidad a un vnculo de persona
a persona, vivido en las diversas circunstancias de la vida. Este carcter personal
explica que se pueda hablar de justicia a propsito de Dios. Dios es justo con el
hombre, no porque se pliegue a ciertas normas, sino porque permanece fiel en la
relacin que ha querido establecer con su pueblo y con todo creyente. Su justicia, por
tanto, es siempre salvfica. Incluso cuando Dios castiga a su pueblo, su justicia se
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ordena a la salvacin. Y si Dios se muestra justo con el hombre, ste puede vivir
justamente ante l, correspondiendo a lo que el Dios de la alianza espera de l. La
justicia del hombre es siempre una justicia-respuesta: vivir como justo, para el hombre,
es ajustarse a Dios. Como dir San Pablo, no hay justicia delante de Dios que no sea
justicia que viene de Dios. En forma de protesta lo confiesa tambin Job. El mal
padecido no guarda ninguna proporcin con la culpa; tampoco la inocencia guarda
proporcin con la felicidad que se aguarda: Aunque yo fuera justo, de qu me valdra
replicar? Tendra que suplicar a mi acusador(9,15). S muy bien que es as: el hombre
no puede justificarse ante Dios (9,2). La justicia del hombre es siempre insuficiente
ante Dios: lo s, no me consideras inocente (9,28).
El drama, que vive Job, consiste en que Dios ha roto su justicia. Cmo
reanudar con Dios los vnculos que l mismo ha roto? Job no se resigna al sinsentido, a
la ausencia de Dios. Desde el fondo de su ser anhela, implora, suea con reanudar el
dilogo con Dios. Espera que Dios, que se ha alejado de l, haga el camino de vuelta, se
convierta a l de nuevo (13,20-22). Si es verdad lo que le gritan los amigos que el
sufrimiento es consecuencia de una culpa, esa culpa slo se debe imputar a Dios. Ya
que ha sido Dios quien ha roto el pacto, que sea l quien busque al hombre! Job, desde
su inocencia, acusa a Dios: Es l el culpable, que se convierta! En Cristo Dios
desciende a buscar al hombre, carga con el pecado, se hace pecado, sufre la maldicin
del pecado, entra en la muerte y, con su resurreccin, restablece la alianza de Dios con
los hombres.
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Job ha sido acusado de palabrera por sus largos discursos, pero no le importa.
Ahora responde con un nuevo discurso an ms largo, de tres captulos. Los amigos
cada vez le interesan menos y les tiene menos en cuenta. Job sintetiza toda la actividad
sapiencial en tres palabras: experiencia, tradicin y reflexin. Lo que ve el sabio lo
recibe por experiencia personal. Lo que oye lo aprende de sus maestros. Con la
reflexin asimila y elabora lo uno y lo otro. A los sabios les falta la ltima. Y sin la
reflexin, los otros dos canales de sabidura resultan ineficaces. Son un mirar sin ver y
un escuchar sin or: Moiss convoc a todo Israel y les dijo: Vosotros visteis todo lo
que Yahveh hizo a vuestros propios ojos en Egipto con Faran, sus siervos y todo su
pas: las grandes pruebas que tus mismos ojos vieron, aquellas seales, aquellos
grandes prodigios. Pero hasta el da de hoy no os haba dado Yahveh corazn para
entender, ojos para ver, ni odos para or (Dt 29,1-3).
Por ello Job, con temor, desea plantear su causa ante Dios, entablar el pleito con
l. Job necesita comparecer ante Dios y no que otros le hablen de Dios: Pero yo quiero
dirigirme al Todopoderoso, deseo discutir con Dios, mientras vosotros no sois ms que
charlatanes, curanderos de quimeras (13,3-4). Job no cree que su problema se resuelva
con un debate sapiencial, como proponen los amigos. Job lo descarta, pues seguir ese
camino slo sirve para diferir el pleito con Dios. Est en juego su persona. No acepta
ser reducido a objeto de discusin. Job no cae en la trampa de ofrecerse como rival y
enemigo de quienes se han colocado de antemano de la parte de Dios, como sus
defensores. Abogados de Dios y fiscales del hombre, qu lugar le dejan a Job en la
discusin? Slo el de reo. No est dispuesto a ello, pues l es inocente. Pero, antes de
dirigirse a Dios, necesita desembarazarse de los amigos.
Job se sabe de memoria, tan bien como ellos, la teora de la retribucin. No hace
falta ser muy inteligente para saber que el mal hace mal y el bien hace bien: El justo se
re de la desgracia y de la pena, invoca a Dios y l le escucha, se burla de la calamidad,
est tranquilo en la adversidad, se mantiene firme cuando los pasos vacilan, sus tiendas
estn en paz ante los asaltantes y tienen confianza ante los terrores de Dios. Pero los
hechos contradicen la teora: los inocentes sufren y los malvados gozan de sus bienes
injustos. Al infortunio, el desprecio! - opinan los dichosos -; un golpe ms a quien
vacila! Mientras viven en paz las tiendas de los salteadores, en plena seguridad los que
irritan a Dios, los que meten a Dios en su puo! (12,5-6).
Job no se cree menos que los amigos, aunque se burlen de l, por la desgracia
53
que le ha cado encima. El Eclesistico tambin constatar: El rico que vacila es
sostenido por sus amigos; al humilde que cae sus amigos le rechazan. Cuando el rico
resbala, muchos le toman en sus brazos; dice estupideces, y le justifican; resbala el
humilde, y se le hacen reproches, dice cosas sensatas, y no se le hace caso. Habla el
rico, y todos se callan y exaltan su palabra hasta las nubes. Habla el pobre y dicen:
Quin es ste?, y si se equivoca, se le echa por tierra (Si 13,21-23). Es lo que hacen
los tres amigos. Se burlan de Job, le desprecian por su desgracia y hasta, cado, le
empujan para que se hunda ms en la tierra. Los satisfechos no logran comprender al
que sufre. Lo dice el piadoso salmista: Estamos saciados del sarcasmo de los
satisfechos, del desprecio de los orgullosos (Sal 123,4).
Job supera a los amigos tambin como cantor de Dios. Job canta su fuerza y su
saber, su poder y su destreza. Job conoce el poder de Dios, slo que lo ve, bajo el
prisma de su estado actual, como poder destructor. Con amarga irona advierte adems
a los amigos que ese poder se puede volver contra ellos. Es mejor el silencio que
defender a Dios con falsedad. Es injusto condenar al hombre para defender a Dios con
mentiras, aunque sean bien intencionadas. En realidad no defienden a Dios, sino su
teora. Esta defensa de Dios no es ms que egosmo. Defendis a Dios porque os
encontris de la parte de los privilegiados de la fortuna. Por eso os mostris
obsequiosos y parciales con quien os puede dar o quitar la felicidad. No os dais cuenta
que Dios ve la podredumbre que hay bajo un sepulcro blanqueado por fuera? Quien
dice mentiras no durar en su presencia (Sal 101,7): En defensa de Dios decs falsa,
y por su causa, razones mentirosas? No equivale eso a tomar su Nombre en vano?
As luchis en su favor y os hacis abogados de Dios? No convendra que l os
sondease? Jugaris con l como se juega con un hombre? El os dar una severa
correccin, si en secreto hacis favor a alguno. Su majestad no os sobrecoge, no os
impone su terror? Mximas de ceniza son vuestras sentencias, vuestras rplicas son
rplicas de arcilla. Dejad de hablarme, porque voy a hablar yo, venga lo que viniere!
(13,7-13). Los amigos creen que estn defendiendo a Dios, pero en realidad le estn
negando. Si Dios, para ser defendido, necesita de la mentira y de la acusacin falsa del
hombre, no es Dios. Ms les valdra a los amigos callar que hablar de Dios como lo
hacen: Ojal os callarais del todo! Eso s que sera sabidura (13,5; Si 20,5). Job no
va a hablar de Dios, sino a Dios.
Desenmascarados los amigos, Job les pide que guarden silencio y le escuchen.
El, desde su miseria, ha decidido hablar abiertamente a Dios, arriesgando todo. Por ello
interroga, ms que a los amigos, a Dios mismo. En la fe siempre cabe la protesta.
Abraham se lamenta con Dios. Lo mismo y con ms fuerza hace Jeremas. Ahora Job,
dejando en silencio a los amigos, eleva a Dios su requisitoria: Es a Sadday a quien yo
hablo, a Dios quiero hacer mis rplicas. Vosotros no sois ms que charlatanes,
curanderos todos de quimeras. Oh, si os callarais la boca! sera eso vuestra sabidura.
Od mis descargos, os lo ruego, atended a la defensa de mis labios (13,6). A Job no le
importan las consecuencias de su gesto. Con tal de hacer su defensa ante Dios est
dispuesto a arriesgar la vida: Tomo mi carne entre mis dientes, pongo mi alma entre
mis manos. El me puede matar: no tengo otra esperanza que defender mi conducta ante
su faz. Y esto mismo ser mi salvacin, pues un impo no comparece en su presencia
(13,14-16). El coraje de presentarse ante el rostro de Dios es la garanta de la inocencia
de Job, pues el rostro de Dios pulveriza con su mirada a quien se atreve a acercarse a l
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con hipocresa. Job, siervo sufriente, eleva el grito del Siervo de Dios: Cerca est el
que me justifica: quin disputar conmigo? Presentmonos juntos: quin es mi
demandante? que se llegue a m! He aqu que el Seor Yahveh me ayuda: quin me
condenar? Pues todos ellos como un vestido se gastarn, la polilla se los comer (Is
50,8-9).
Que los amigos callen, que abandonen su papel de abogados de Dios, que no
necesita defensores, y escuchen la defensa de Job, que se lo va a jugar todo frente a
Dios, porque ha llegado el momento en que hablar para l vale ms que la vida. Slo
hablando se puede salvar. Hablar a Dios es peligroso, es el riesgo total, porque es
enfrentarse con Dios, el Seor terrible, de majestad sublime (Is 2,10-19). Nadie, ni
Dios ni Satn, podr tachar su discurso de interesado, de adulador, para conseguir
bienes del Seor, riqueza, salud, prosperidad y vida dichosa. Slo desea defender su
inocencia. Renunciar a los dems bienes y jugarse la vida es una garanta de su
autenticidad. Y ser admitido a la presencia de Dios, aunque slo sea para defenderse, ya
es salvacin. Decidido a exponer a Dios todos sus agravios, Job est dispuesto a jugarse
la vida en un cara a cara con l. Sabe perfectamente que ningn hombre puede tener
razn contra Dios; sin embargo, le queda una secreta esperanza de tener razn con l en
contra de las sentencias de ceniza de los amigos. Pero Job pone dos condiciones:
Slo dos cosas te pido que me ahorres, y no me esconder de tu presencia: que retires
tu mano que pesa sobre m, y no me espante tu terror (13,20-21). Job quiere hablar a
Dios con absoluta libertad.
Job, torturado por Dios, ha perdido todo, los hijos, los amigos, la confianza en
el hombre y siente que est casi a punto de perder la fe. Job se rebela, se enfrenta con
Dios, que parece rerse del dolor humano. Pero, por otro lado, Job habla con Dios. Si no
creyera en l, no hablara con l, no se le enfrentara. Job implica a Dios en su
situacin, le reconoce presente en su sufrimiento. Pidiendo a Dios explicaciones sobre
su estado cree en l. Quizs es la forma ms autntica de fe. Al final del libro Dios
confirmar que Job se ha mantenido fiel. En medio de su confusin, Job grita a Dios:
Ven, hblame. Pero, luego, le grita igualmente: Vete, no te ocupes de m. Sin
embargo se corrige; no quiere que Dios se aleje de l, sino que se ocupe de l de otra
manera: Aleja de m tu mano, que pesa sobre m, y no me espante tu terror (13,21).
Job necesita que Dios retire un poco su mano de l para poderle ver. Si la mano de Dios
le cubre el rostro con su peso, no puede ver a Dios, demasiado cercano. Job necesita un
poco de distancia entre l y Dios para no sentir el espanto y el terror. Slo as no se
esconder de su presencia.
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amado por l: ser tratado como enemigo. Tambin el enemigo se siente visto, pero no
con los ojos del amor, sino que se siente observado, vigilado (13,25ss).
d) La doxologa de Job
Job presenta sus cargos con vehemencia. Si Dios acusa, que pruebe sus
acusaciones, pues parece complacerse en llevar cuenta de los pecados. Vigila
atentamente, va apuntando y archivando delitos, no perdona nada ni concede el
atenuante de la juventud o la prescripcin del tiempo. Y si no puede probar, por qu le
es tan hostil? Da pies al hombre y le pone lazos para que caiga en ellos; lo hace frgil y
dbil y se encarniza con l. Por qu se ha vuelto su perseguidor? Es digna de Dios
esa actitud? Es justo?: Cuntas son mis faltas y pecados? Mi delito, mi pecado,
hzmelos saber! Por qu tu rostro ocultas y me tienes por enemigo tuyo? Quieres
asustar a una hoja que se lleva el viento, perseguir una paja seca? Pues escribes contra
m amargos fallos, me imputas las faltas de mi juventud; pones mis pies en cepos,
vigilas todos mis pasos y mides la huella de mis pies (13,23-27).
En los himnos del salterio se alaba a Dios por su misericordia y por su majestad
en la creacin y en la historia. Job y los amigos dirigen sus doxologas a Dios creador y
seor de la historia, aunque no evocan los acontecimientos de la historia de la
salvacin, sino la intervencin de Dios en la existencia cotidiana del hombre. Para Job,
como para los otros tres cantores de la gloria de Dios, el rasgo ms saliente de la
majestad de Dios, cuando se revela en la historia concreta de la existencia humana, es
la sorpresa de su intervencin (5,9). Dios se manifiesta como el totalmente otro, como
aquel cuyo misterio ntimo jams lograr escudriar el hombre, como aquel a quien es
imposible asignar un lugar dentro de los lmites de la creacin (22,12;26,5-14). Dios
transciende toda imaginacin espacial (11,7-19), no deja ver al hombre ms que la orla
de sus obras (26,14). Se sita siempre en otro sitio y se acerca al hombre por caminos
insospechados para l (25,3). Este carcter imprevisible de la accin de Dios tiene un
significado diferente para Job y para los amigos. Los amigos insisten en los cambios de
situacin realizados por Dios (5,11.18; 11,10-12), que a sus ojos verifican
infaliblemente la tesis de la felicidad de los justos y la desgracia de los malvados. Job,
en cambio, prefiere subrayar la predileccin de Dios por el cambio de los valores, con
lo que encuentra al hombre siempre desprevenido (12,16-25).
Las doxologas de Job siguen una direccin contraria. Exalta el poder de Dios,
pero sigue adelante en su queja contra l (7,12.17.20;9,5-10;12,7-25). Job reviste sus
agravios con imgenes hmnicas para hacerlos ms incisivos (9,11-13), para oponer con
mayor eficacia la fuerza de Dios a su designio sobre la creacin (10,8-12). De esta
manera el himno sirve de resonancia a su lamento. El Magnficat de Job, exaltando la
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grandeza de Dios, cojea, pues le falta un pie. Dios humilla y exalta, derriba y edifica,
reprime y salva. Si se enfrenta con unos es para salvar a otros: Dios de sabidura es
Yahveh, suyo es juzgar las acciones. Se quiebra el arco de los fuertes mientras que los
que tambalean se cien de fuerza. Los hartos se contratan por un pan mientras que los
hambrientos se hartan. La estril da a luz siete veces mientras la de muchos hijos se
marchita. Yahveh da muerte y vida, hace bajar al Seol y retornar. Yahveh enriquece y
despoja, abate y ensalza. Levanta del polvo al humilde, alza del muladar al indigente
para hacerle sentar junto a los nobles, y darle en heredad un trono de gloria, pues de
Yahveh son los pilares de la tierra y sobre ellos ha sentado el universo (1Sm 2,3-7). El
Dios, cuya grandeza exalta Job, parece que slo se complace en destruir. Incluso la
lluvia, seal de benevolencia divina, aqu pierde todo rastro de bondad: si no llueve,
acarrea sequa; y si llueve, provoca inundaciones. Hasta el sacar a la luz lo escondido
en las tinieblas cobra un tinte perverso: es la accin de un inquisidor. Estas extraas
doxologas de Job presentan a Dios sus dudas y su desconcierto, pero se encuentran
dentro de un dilogo y por ello son plegarias autnticas. La vehemencia forma parte del
lenguaje del amor.
Dios aceptar presentarse e interrogar a Job (38,3). Pero ahora es Job quien hace
su requisitoria llena de interrogantes plenos de pasin y sufrimiento: Cuntas son mis
faltas y pecados? Por qu me ocultas tu rostro y me tienes por enemigo tuyo? Quieres
asustar a una hoja que se lleva el viento, perseguir una paja seca? (Cf 13,23-28). Que
el hombre enjuicie a Dios vale la pena. Dios es grande, potente, tiene en sus manos el
destino del mundo. Pero que Dios enjuicie al hombre, vale la pena? Qu puede
responderle el hombre, un ser frgil y mortal? Quin es desmedido, el hombre
interrogando a Dios o Dios acosando al hombre? Los amigos piensan: Quin es el
hombre para contender con Dios? Job replica: Quin es el hombre para que Dios
contienda con l?
Enfrentado con Dios, Job descubre una vez ms, con inmensa tristeza, los
lmites de la existencia humana, su corrupcin, impureza y brevedad. Dejando aparte
por un momento su caso particular, Job hace la elega de la miseria de la condicin
humana universal. Precariedad e inquietud llenan la vida del hombre: El hombre,
nacido de mujer, corto de das y harto de tormentos, es como la flor, brota y se
marchita, y huye como la sombra sin pararse (14,1-2). Job se ve a s mismo, dbil y
frgil, en la flor que apenas brota se marchita. Atrapado por esa imagen, por un
momento se calma su fuego interior. La mirada de rboles y flores, ros y lagos, montes
y rocas le introduce en la contemplacin de la mutacin de los seres, semejante a la
mutacin de su vida, bella pero efmera. Su vida es como la sombra que se alarga para
desaparecer. El rbol, renovndose desde sus races, l... no. Su suerte es ms infeliz
que la del rbol. Su vida es como la de los ros y los lagos, cuyas aguas pasan o se
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agotan. Montaas que caen, rocas que se desgatan igual que su esperanza. La vida no es
ms que un proceso de desintegracin, que se inicia desde el nacimiento. Es indigno de
Dios encarnizarse sobre una larva tan frgil y efmera: Y sobre un ser tal abres t los
ojos, le citas a juicio frente a ti! (14,3). Bajo esta forma pattica late el rescoldo de la
plegaria a Dios, el deseo de intimidad, de comunicacin personal y directa con Dios, su
nico confidente. Es casi un sueo fugaz que cruza por la mente de Job, como una
plegaria imperceptible: Oh Dios, t que oyes el temblor de alas de la mosca en el cliz
de la flor, escucha el desplazamiento del aire que hace mi plegaria. Al despertar y
chocar con su dolor, se asusta y pide a Dios un momento de paz.
Job ve su vida como agua que se evapora, como un ro que se seca (14,11), pero
su corazn no se resigna a morir del todo, busca smbolos de sobrevivencia, como el
rbol que puede ser arrancado de raz y ser transplantado, o cortado y de su tronco brota
de nuevo un retoo en cuanto siente el agua. Cualquier vegetal tiene ms motivos de
esperanza que el hombre: Una esperanza guarda el rbol: si es cortado, an puede
retoar, y no dejar de echar renuevos. Incluso con races en tierra envejecidas, con un
tronco que se muere en el polvo, en cuanto siente el agua, reflorece y echa ramaje como
una planta joven. Pero el hombre que muere queda inerte; cuando un humano expira,
dnde est? (14,7-10). Mientras el rbol recibe nueva vida de la tierra, el hombre,
una vez enterrado, se deshace en la tierra. Teniendo ms libertad, tiene menos vida. Job
contempla el milagro vegetal -vejez, muerte y vida renovada- en contraste con su
caducidad, como el anhelo de su ser. Isaas ante la misma contemplacin de la
primavera ve renovarse en l la esperanza: Saldr un vstago del tronco de Jes, y un
retoo de sus races brotar (Is 11,1). Ah si el hombre que muere pudiese resucitar!
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Me llamaras y yo te respondera, reclamaras la obra de tus manos (14,15). Job
expresa el deseo ntimo de su corazn de no ser olvidado por Dios. Job espera que Dios
se acuerde de l con amor, ms an, que Dios le desee, sienta nostalgia de la obra de
sus manos. Es la maravilla del amor de Dios, que siente que el hombre le hace falta, por
lo que le aora, le busca, le llama cuando se esconde: Adn!, dnde ests? (Gn
3,9). El hombre en su libertad puede huir de Dios y Dios, en Cristo, desciende a
buscarle, pues ama la obra de sus manos.
Ante el rbol seco que retoa Job da voz al deseo imposible que anida en lo
hondo del ser del hombre, el deseo de que la muerte no sea muerte, sino tiempo de
gracia. Sueo imposible y real. Real porque Dios siente nostalgia de su criatura, obra
de sus manos, y su amor es ms fuerte que la muerte. Dios puede llamar de nuevo a la
vida, puede vencer la muerte. La memoria de Dios es su misericordia y su fidelidad:
En lugar de contar mi pasos, como ahora, no te cuidaras ms de mis pecados; dentro
de un saco se sellara mi delito, y blanquearas mi falta (14,16-18). Job anhela el
perdn de Dios, ansa vivir con Dios. Pero la realidad presente se le impone y toda
esperanza cae por los suelos: Ay, como el monte acabar por derrumbarse, la roca
cambiar de sitio, las aguas desgastarn las piedras, inundar una llena los terrenos, as
aniquilas t la esperanza del hombre. Le aplastas para siempre, y se va, desfiguras su
rostro y le despides. Que sean honrados sus hijos, no lo sabe; que sean despreciados, no
se entera. Tan solo por l sufre su carne, slo por l se lamenta su alma (14,18-22). La
certeza de la muerte desgasta y erosiona la esperanza del hombre, aunque sea ms
estable que una montaa, ms dura que la roca, ms firme que la tierra. Los muertos
no viven, las sombras no se alzan (Is 26,14), se acabaron sus amores, odios y
pasiones, y jams tomarn parte en lo que se hace bajo el sol (Qo 9,10).
Con esta evocacin de la miseria del hombre, Job merece ms compasin que
rigor. Dios no queda insensible a los gritos de su siervo. En una religiosidad de pura
retribucin, el hombre se porta bien para alcanzar bienes de Dios, y cuando los alcanza
bendice a Dios por ellos. De ah deduce Satn, en su apuesta con Dios, lo contrario: Si
el hombre recibe males, maldice a Dios. Dios se fa de su siervo Job, no piensa que su
fe sea interesada, por eso acepta la apuesta, sabiendo que Job, aunque reciba males, le
bendecir. Los amigos introducen una tercera posibilidad, cercana a la de Satn: si el
hombre recibe males, confesar su pecado, pedir gracia y la obtendr. Job, al momento
presente, no ha maldecido a Dios, ms bien ha cantado un himno a la sabidura y poder
de Dios, aunque pida explicaciones sobre su justicia. Tampoco ha pedido perdn y
gracia, sino que pide audiencia y justicia.
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atestiguan contra ti (15,5-6). Tu orgullo te lleva a querer corregir los planes de Dios:
Cmo te arrebata el corazn, qu aviesos son tus ojos, cuando revuelves contra Dios
tu furia y echas palabras por la boca! (15,12-13). Corazn, ojos y boca en ti se han
aliado contra Dios!
A este punto a Elifaz le parece intil exhortar al amigo con promesas y slo le
brotan amenazas, poniendo ante la vista de Job la suerte terrible del malvado. Job ha
despreciado la sabidura de los maestros, ha denunciado su pretensin de ser abogados
de Dios, les ha intimado al silencio para enfrentarse en pleito con Dios. Elifaz no lo
soporta y pasa al ataque. Puede drselas Job de sabio? Ni el tono ni el contenido de su
discurso son dignos de un sabio. Ni es el hombre primordial, dotado de la sabidura
original (Ez 28,12), ni es ms anciano, portador de una larga tradicin ni tiene la
exclusiva de la sabidura. Slo habla inspirado por la pasin, con argumentos capciosos
e irreverentes. Tampoco tiene por qu gloriarse de sus relaciones con Dios, pues su afn
de pleitear con Dios le cierra el acceso humilde de la splica. Ms bien su pasin le
enemista ms con Dios. Sus palabras estn delatando el pecado de su corazn. El
corazn de Job no est lleno de sabidura, sino de viento solano. Slo el viento de la
pasin hincha sus vanas palabras. De nada le valdr su astucia perversa, pues Dios la
sabe retorcer (Sal 18,26). En realidad su misma boca lo delata. Hablando se condena a
s mismo y demuestra que merece el castigo que sufre. El malvado escucha en su
interior el orculo del pecado, pues no existe temor de Dios ante sus ojos; las palabras
de su boca son iniquidad y engao(Sal 36,2-3). En vez de pleitear con Dios, mejor es
que calle y escuche.
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barrida por el viento. No se fe de su elevada talla, pues vanidad es su follaje. Se
amustiar antes de tiempo y sus ramas no reverdecern. Sacudir como la via sus
agraces, como el olivo dejar caer su flor. S, es estril la ralea del impo, el fuego
devora la tienda del soborno. Quien concibe dolor, engendra desgracia, su vientre
incuba decepcin (15,30-35). El salmista tambin recoge el proverbio: Mirad:
concibi el crimen, est preado de maldad, da a luz un fraude (Sal 7,15). Santiago da
su versin: El deseo concibe y da a luz pecado, y el pecado, consumado, engendra la
muerte (St 1,15).
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Job, decepcionado de los amigos, cuyos razonamientos no tocan lo ms mnimo
su corazn amargado por el sufrimiento, responde atacndoles una vez ms. Job se
indigna contra el falso pietismo de los amigos. Sus sofismas no son consolaciones de
Dios, sino que le dan nuseas y fastidio: He odo muchas cosas como sas!
Consoladores funestos sois todos vosotros!No acabarn esas palabras de aire?
Tambin yo podra hablar como vosotros, si estuvierais en mi lugar; contra vosotros
ordenara discursos, meneando por vosotros mi cabeza; os confortara con mi boca, y
no dejara de mover los labios. Mas si hablo, no cede mi dolor, y si callo, acaso me
perdona? (16,2-6). Job est cansado de or lo que dicen los amigos. Por su tono,
contenido y repeticin se han vuelto consoladores importunos. Job se lamenta como
el salmista: Espero compasin y no la hay, consoladores y no los encuentro (Sal
69,21). Si se invirtieran los papeles, tambin l podra hablar como ellos. Por qu no
intentan ponerse en su lugar, para comprenderlo y sentir algo de compasin por l? La
compasin se expresa mejor con el silencio que con palabras vacas.
Job se repliega sobre s mismo, sobre su dolor y frustracin hasta sentir que ha
perdido la esperanza. Dios reduce al silencio el testimonio de Job. El dolor es la nica
realidad permanente, indiferente al silencio y al hablar. El hablar no calma el dolor ni el
callar lo espanta. Dios lo ha instalado en su carne hasta rendirlo. La dolencia se alza
como testigo contra Job y le acusa pblicamente. Todos me estiman herido de Dios y
leproso (Is 53,4). Cruelmente se burlan de m rechinando los dientes de odio (Sal
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35,16). Lo grave es que Job dirige estos reproches a Dios, su enemigo declarado. Lo
que en los salmos es motivo de splica, aqu es causa de acusacin a Dios, que dirige el
acoso de los malvados contra l. Acosado, es el blanco inocente de todas las flechas.
Condenado a muerte, Job hace duelo por s mismo. Ve su fin inexorable, impotente para
anular su lenta ejecucin. Sus ojos se velan por la sombra que le va cubriendo. Lo
ltimo que contempla es su inocencia y le brota el grito que pide justicia.
Como Dios desbarata su testimonio, Job impreca a la tierra, esperando que sea
su aliada contra Dios. Vindose a las puertas de la muerte, Job desea que la tierra se
niegue a cubrir su sangre de modo que sta siga gritando el escndalo de su dolor. La
sangre de Job se eleva al cielo como un grito de angustia, pidiendo un intermediario,
que frene y aplaque la ira de Dios: Tierra, no cubras t mi sangre, y no quede en
secreto mi clamor! Ahora todava est en los cielos mi testigo, all en lo alto est mi
defensor, que interpreta ante Dios mis pensamientos; ante l fluyen mis ojos: Oh, si l
juzgara entre un hombre y Dios, como entre un mortal y otro mortal! (16,18-21). Job,
aplastado contra el polvo, ve correr su sangre inocente como la de Abel y espera que
grite al cielo desde la tierra (Gn 4,10). La tierra, dice Isaas, descubrir la sangre
derramada y no ocultar ms sus muertos (Is 26,21). Job retuerce los textos e invoca a
la tierra para que ella clame contra Dios, su adversario. Pero a quin gritar la tierra si
Dios es el culpable? A Dios mismo. Job, en su inspiracin proftica, pide a Dios que
sea, no slo juez, sino testigo y defensor del hombre contra l mismo. De Dios slo nos
puede defender Dios.
Cuando el sumo inocente muera, su sangre clamar mejor que la de Abel (Hb
12,24) y el Padre lo resucitar venciendo la muerte. Cristo no suprime el grito de Job,
del hombre, le da una respuesta. Cristo es la fianza del Padre, puesta junto a l, en favor
de todos los hombres. A la voz de la sangre derramada en tierra responde en el cielo un
mediador que conoce el dolor del hombre y su inocencia. Hay un arbitro entre
nosotros y Dios que puede poner la mano sobre ambos (9,33): Ahora todava est en
los cielos mi testigo, all en lo alto est mi defensor, que interpreta ante Dios mis
pensamientos; a l se dirigen mis ojos (16,19-21).
Job no sabe lo que dice, pero un da Cristo defender al hombre porque no sabe
lo que hace. La situacin de Job exige una respuesta urgente. Est al borde de
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emprender el viaje sin retorno. Lo ha empeado todo, hasta el aliento, y el plazo llega a
su fin. Slo Dios puede salir fiador por l: Pues mis aos futuros son contados, y voy a
emprender el camino sin retorno. Mi aliento se agota, mis das se apagan, slo me
queda el cementerio (16,22-17,1). Job, deudor de la vida ante Dios, no le queda
tiempo para pagar la deuda. No le queda ya ni la respiracin. A dnde volverse ms
que a Dios, que sigue callado? Slo a Dios puede volver su mirada y su splica:
Depn entonces una fianza por m ante ti mismo. Quin si no chocara mi mano?
(17,3). Puesto que nadie quiere salir fiador de Job, Dios mismo realiza ese gesto (Is
38,14; Sal 119,122). Dios ser el garante de su siervo, sustituyendo a Job, asumiendo
sobre s la responsabilidad en litigio. Dios ser a la vez el que da y el que recibe la
fianza. En ausencia de todo fiador humano, pide a Dios que haga de mediador entre los
dos. La tradicin proftica ya lo haba anticipado, al repetir que la vuelta a Dios se
hara por medio de Dios (Lam 5,21; Jr 31,18). Dios mismo crear las condiciones del
retorno a l; se comprometer por el hombre chocando su mano con l. Su splica,
aparentemente absurda, es que Dios salga fiador ante el acreedor, que es Dios mismo.
Es el misterio de Dios, a quien Job desdobla paradjicamente. Job invoca a Dios contra
Dios, confa en Dios contra Dios. En la alianza de Dios con Abraham, entre los
animales partidos, slo pasa Dios. Dios es garante de la alianza por parte suya y por
parte del hombre. Dios no falla, pero si falla el hombre es Dios quien paga. Cristo, Dios
hecho hombre, paga las deudas del hombre, muriendo como las vctimas del pacto.
Job se calma tras su desahogo y vuelve a caer sobre s mismo. Los das pasan
con las faenas cotidianas. Con planes y deseos, el hombre anticipa su tiempo y le
imprime una direccin. Al fracasar sus planes, la vida pierde su sentido. Entonces al
hombre le brota la angustia, el deseo de prolongar su vida, para realizar sus proyectos o
simplemente para seguir viviendo. Casi siempre la vida alargada se vuelve un ir
tirando, un seguir viviendo, un ver pasar los das. Job se rebela contra ello. Quiere
arrancar la luz de las tinieblas, como renovada creacin. Desea romper la noche, que el
da cante victoria sobre ella. En el crepsculo de su vida aora la aurora. Pero le falla el
pulso y exclama: Nada espero! Lo acogedor, su familia, ahora es la muerte y el
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sepulcro. Son los nicos que no le abandonan. Con el salmista se dice: Tengo mi cama
entre los muertos, como las vctimas que yacen en el sepulcro (Sal 88,6). Su
esperanza son los gusanos (Si 7,17): Mis das han pasado con mis planes, se han
deshecho los deseos de mi corazn. Algunos hacen de la noche da: se acercara la luz
que ahuyenta las tinieblas. Mas qu espero? Mi casa es el Seol, en las tinieblas extend
mi lecho. Y grito a la fosa: T mi padre!, a los gusanos: Mi madre y mis hermanos!
(17,11-14).
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el absurdo de la fe. El juez es llamado a ser el fiador, el defensor del hombre.
Dios, en ltimo trmino, se alzar como defensor de Job contra Dios acusador.
Job, victorioso, exclama: A partir de ahora, tengo en los cielos un testigo y en la altura
mi defensor, el que interpreta mis pensamientos ante Dios, y ante quien se derraman
mis lgrimas. Que l juzgue entre hombre y Dios, como se juzga un pleito entre
hombres (16,19-21). El defensor es lo suficientemente humano como para comprender
el significado de las lgrimas. Puede comprender al hombre porque conoce todos sus
sufrimientos. Y es talmente Dios que puede pleitear con Dios a la par, siendo igual que
l. Dios y hombre verdadero es el Mediador entre Dios y los hombres: Teniendo, pues,
tal Sumo Sacerdote que penetr los cielos -Jess, el Hijo de Dios- mantengamos firmes
la fe que profesamos. Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse
de nuestras flaquezas, habiendo sido probado en todo igual que nosotros (Hb 4,14-15).
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voz vibrante a los sentimientos de su corazn. Desahoga la angustia interior que le
provoca el sufrimiento. No es el necio que tiene la mente en sus labios, sino el sabio
que tiene los labios en la mente (Si 21,26).
Bildad, complacido de s mismo, traza los rasgos oscuros del cuadro con las
desgracias de Job: el hogar abandonado, la enfermedad, los terrores mensajeros de la
muerte, los hijos perdidos. Por todas partes le estremecen terrores, y le persiguen paso
a paso. El hambre es su cortejo, la desgracia se adhiere a su costado. La enfermedad
devora su piel, el Primognito de la Muerte roe sus miembros. Se le arranca de la paz
de su tienda, para llevarlo donde el Rey de los terrores. Se ocupa su tienda, ya no suya,
se esparce azufre en su morada. Por abajo se secan sus races, por arriba se marchita su
ramaje. Su recuerdo desaparece de la tierra, no le queda nombre en la comarca. Se le
arroja de la luz a las tinieblas, expulsado del mundo. Ni prole ni posteridad tiene en su
pueblo, ningn superviviente en sus moradas. De su fin se estremece el Occidente, y el
Oriente queda horrorizado (18,11-20). Bildad se detiene a respirar y concluye: Tal es
la morada del malvado, el lugar del que no reconoce a Dios (18,21).
67
8. MI DEFENSOR ESTA VIVO
68
Job comienza, de nuevo, polemizando con los amigos. Bastante tiene con sus
penas, sus yerros, con la hostilidad de Dios, para que encima los amigos le opriman con
sus palabras. El afn de discutir es humillante e insoportable. Su triunfo fcil es slo
aparente, pues la victoria no es de ellos, sino de Dios. Dios no le ha herido para probar
la doctrina de la retribucin, sino, al contrario, hiriendo al inocente, la ha desbaratado:
Hasta cundo afligiris mi alma y con palabras me acribillaris? Ya me habis
insultado por diez veces, me habis zarandeado sin reparo. Aunque de hecho hubiese
errado, en m solo quedara mi yerro (19,2-4). Las palabras despiadadas trituran y
machacan. La lengua falsa hiere en lo vivo (Pr 15,4). Los amigos llegaron para
consolar a Job, pero se dedican a afligirlo. Comenta fray Luis de Len: Dios nos libre
de un necio tocado de religioso y con celo imprudente, pues no hay enemigo peor!.
Los amigos lo humillan, hacindolo pasar por culpable y negndole la razn, sin que
admitan ningn error en s mismos. Job est dispuesto a reconocer sus yerros, pero eso
es asunto suyo y no les toca a los otros rebuscar y condenar. Los yerros son fciles de
disculpar o perdonar y no merecen un castigo como el que l est sufriendo. Por eso si
llamis error a mis palabras me quedo con mi error. No cambio nada de lo dicho hasta
ahora. Slo cuando Job se enfrente con Dios reconocer realmente su ignorancia y sus
errores.
Job suplica a los amigos que se callen, pues estn agotando su paciencia. El, en
lamento slmico, muestra que Dios es la fuente de todo su mal. Es Dios quien le est
demoliendo, arrancndole las races de la esperanza: Si es que an queris triunfar de
m y mi oprobio reprocharme, sabed ya que es Dios quien me ha transtornado,
envolvindome en sus redes. Si grito: Violencia!, no obtengo respuesta; por ms que
apelo, no hay justicia. El ha vallado mi ruta para que yo no pase, ha cubierto mis
senderos de tinieblas. Me ha despojado de mi gloria, ha arrancado la corona de mi
frente. Por todas partes me mina y desaparezco, arranca como un rbol mi esperanza
(19,5-10). Dios golpea y los amigos se aprovechan de ello!
69
(16,9). Job ve la tienda de su persona como una ciudad amurallada que Dios asalta,
como los sitiadores asaltaron Jerusaln. Como un enemigo tendi el arco, aplic la
diestra y dio muerte, enemistado, a la flor de la juventud. El Seor se port como
enemigo destruyendo a Israel (Lm 2,4-5): Enciende su ira contra m, me considera su
enemigo. En masa sus huestes han llegado, su marcha de asalto han abierto contra m,
han puesto cerco a mi tienda (19,11-12). No me queda salida. Su cerco me oprime.
Desde lo hondo de su abandono le brota a Job una palabra que atraviesa los
cielos y el tiempo. Una palabra que llega hasta Dios y hasta nosotros. Es una palabra
incrustada con plomo en la roca, imperecedera, escrita para la generacin futura (Sal
102,19). Ser la ltima apelacin y conviccin de Job: Ojal se escribieran mis
palabras, ojal se grabaran en cobre, y con punzn de hierro y plomo se esculpieran
para siempre en la roca! (19,23-24). La confesin triunfal de Job merece ser grabada
para siempre en la memoria de Dios, como esperanza para todos los hombres: Yo s
que mi Defensor est vivo, y que l, el ltimo, se levantar sobre el polvo. Tras mi
despertar me alzar junto a l, y con mi propia carne ver a Dios. Yo, s, yo mismo le
70
ver, mis propios ojos le vern. Dentro de m languidecen mis entraas! (19,25-27).
A Job slo le queda la esperanza de que el goel divino se levante y le defienda
de la muerte, justificndole ante todos. En el continuo lamento de Job permanece
siempre un hilo de esperanza ligado a la memoria de su pasado de fe e intimidad con
Dios. Es la esperanza pura de Dios, sin ningn lazo con bienes terrenos. Job no quedar
defraudado. Con gozo podr confesar: Ahora te han visto mis ojos (42,5). Dios no
abandona la obra de sus manos, sino que, siendo justo, mantiene su fidelidad al
hombre. Dios ser el ltimo en hablar en el proceso y har justicia a su siervo, que
sufre el sarcasmo de los satisfechos. Cuando se manifieste, Job mismo descubrir el
sentido de su sufrimiento y de toda su vida. Jesucristo es la respuesta viva al hondo
deseo de Job: Ahora bien, sabemos que cuanto dice la ley lo dice para los que estn
bajo la ley, para que toda boca enmudezca y el mundo entero se reconozca reo ante
Dios, ya que nadie ser justificado ante l por las obras de la ley, pues la ley no da sino
el conocimiento del pecado. Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de
Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, justicia de Dios por la fe
en Jesucristo, para todos los que creen - pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y
estn privados de la gloria de Dios - y son justificados por el don de su gracia, en virtud
de la redencin realizada en Cristo Jess, a quien exhibi Dios como instrumento de
propiciacin por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia, habiendo
pasado por alto los pecados cometidos anteriormente, en el tiempo de la paciencia de
Dios; en orden a mostrar su justicia en el tiempo presente, para ser l justo y
justificador del que cree en Jess (Rm 3,19-26). Dios ha constituido a Cristo sabidura,
justicia, santificacin y redencin nuestra (1Co 1,30). Redimido, Job, el hombre, podr
ser recibido favorablemente por Dios y ver su rostro. Lo ver, ya no como enemigo o
extrao, sino como familiar, como amigo o cercano. Sus ojos se saciarn de su
semblante. Lo contemplar con sus ojos y no con los ojos o por el testimonio de otros,
como hasta ahora, que le conoce slo de odas (42,5). Esta profesin de fe le conmueve
las entraas, con ansias de ver cumplida su esperanza.
71
un salvador, al Dios goel de la tradicin proftica y slmica.
Job concluye advirtiendo a los amigos, aliados con Dios contra l, que estn
atentos y vigilen sus palabras contra l, pues hay un juez que al final intervendr: Y
si vosotros decs: Cmo atraparle, qu pretexto hallaremos contra l?, temed la espada
por vosotros mismos, pues la ira se encender contra las culpas y sabris que hay un
juicio (19,28-29). Dios ahora me persigue y se ensaa conmigo, tratndome como
enemigo, vosotros me persegus con vuestras acusaciones, creyendo estar de la parte de
Dios. No os hagis ilusiones. Dios dejar de actuar como enemigo de Job y no ser para
l como un extrao. Reconciliado con l, entablar un juicio contra quienes han
perseguido injustamente al inocente. Job les anticipa el final, en donde l se mostrar
como verdadero amigo, intercediendo por los que ahora le acosan con sus acusaciones.
c) Dilogo de sordos
72
principio original, universal y perenne. No cabe discusin alguna sobre l: No sabes
t que desde siempre, desde que el hombre en la tierra fue puesto, es breve la alegra
del malvado, y de un instante el gozo del impo? Aunque su talla se alzara hasta los
cielos y su cabeza tocara las nubes, como un fantasma desaparece para siempre, los que
le vean dicen: Dnde est? Se vuela como un sueo inaprensible, se le ahuyenta igual
que a una visin nocturna. El ojo que le observaba ya no le ve ms, ni le divisa el lugar
donde estaba (20,4-9). Sofar puede pensar en los hombres que, dejando el oriente,
pretendieron instalarse en Senear, dicindose: Vamos a construir una torre que alcance
el cielo (Gn 11,4) y fueron dispersados por toda la tierra. O en la arrogancia de quien
se dice: Escalar los cielos, encima de los astros divinos pondr mi trono (Is 14,13).
Tambin Jeremas dir al faran, que se ha erguido como un cedro: Por haber
empinado su talla y haber erguido su cima hasta las nubes y haberse engredo por su
altura... Yahveh lo ha rechazado (Ez 31,10). Los casos son innumerables, pero tambin
lo son los casos contrarios.
Para Sofar, de todos modos, la felicidad del impo es solo aparente, lista para
desaparecer como un sueo dorado que se desvanece en un amargo despertar, presagio
de la muerte: Si el mal era dulce a su boca, si bajo su lengua lo albergaba, si all lo
guardaba tenazmente y en medio del paladar lo retena, su alimento en sus entraas se
corrompe, en su interior se le hace hiel de spid. Vomita las riquezas que engull, Dios
se las arranca de su vientre. Veneno de spides chupaba: lengua de vbora le mata. Ya
no ver los arroyos de aceite, los torrentes de miel y de cuajada. Devuelve su ganancia
sin tragarla, no saborea el fruto de su negocio (20,12-18). El salmista constata lo
mismo: Vi a un malvado que se jactaba, que prosperaba como cedro frondoso; volv a
pasar y ya no estaba, lo busqu y no lo encontr (Sal 73,35-36).
Sofar habla de los vicios del malvado: ambicin, que pretende escalar el cielo;
codicia, mezclada de gula, y explotacin del pobre. El castigo, reduciendo la justicia de
Dios a la ley del talin, le obligar a devolver lo que rob, los hombres se vengarn de
l, cielo y tierra le acusarn y Dios descargar su ira sobre su cabeza. La ira de Dios se
encender como un fuego abrasador, que en vez de alumbrar sumir al malvado en las
tinieblas, inundndolo en las aguas de la muerte. Incendio e inundacin caern
simultneamente, como lluvia de fuego, sobre el malvado: Har llover sobre los
culpables ascuas y azufre, les tocar en suerte un viento huracanado (Sal 11,6). Job se
ha quejado de la ira de Dios (16,9), que arde en sus entraas, Sofar le restriega la
herida.
73
estrechez le sorprende, la desgracia, en tromba, cae sobre l. En el momento de llenar
su vientre, suelta Dios contra l el ardor de su clera y lanza sobre su carne una lluvia
de saetas (20,19-23) . La suerte del malvado es un sueo que se desvanece: Como
suea el ambriento que come y se despierta con el estmago vaco, como suea el
sediento que bebe y se despierta con la garganta reseca (Is 29,8). El malvado no tiene
escapatoria. Si escapa del arma de hierro, lo atraviesa la flecha de bronce, el tiro le sale
por la culata. Huye del len y se topa con el oso (Am 5,19): Si logra huir del arma
de hierro, le traspasa el arco de bronce. La flecha le sale por la espalda, y brilla la punta
saliendo de su hgado. Los terrores se abaten sobre l, total tiniebla aguarda a sus
tesoros. Un fuego que nadie atiza le devora, y consume lo que en su tienda an queda
(20,24-26).
Job haba invocado a la tierra y al cielo (16,18-19) para que el crimen cometido
contra l no quedara encubierto ni impune. Sofar apela al cielo y a la tierra como
testigos contra el malvado, en realidad contra Job. Pero Sofar deja a Job que saque sus
consecuencias, aplicndose a s los razonamientos expuestos: Tal es la suerte que Dios
reserva al malvado, la herencia de Dios para el maldito (20,29). Por supuesto, en la
mente de Sofar, Job pertenece a la categora de los malvados. La pena que est
sufriendo es ya el comienzo del castigo, en el que se est manifestando la justicia de
Dios. Para Sofar los sufrimientos de Job son una teofana de Dios. Sobre la compasin
prevalece en l la integridad doctrinal. Est esperando el desenlace desastroso de su
amigo, que selle la teora de la retribucin. Se acerca el da de la ira.
74
Durante la segunda rueda del dilogo los tres amigos se han turnado para
describir la desgracia del malvado. Ha sido un cerco triangular cerrado en torno a Job, a
quien ven como un inconsciente que no cae en la cuenta de su situacin. Tocado ya y
herido gravemente, no se convence de que el desastre se le viene encima. La desgracia
final pende sobre su cabeza. Job, con su paciencia proverbial, acepta seguir el dilogo
con los amigos, entrando en sus esquemas sapienciales. Con cortesa les invita a
escucharle: Escuchad, escuchad mis razones, dadme siquiera este consuelo. Tened
paciencia mientras hablo yo, cuando haya hablado, os podris burlar (21,2-3) . Los
amigos no han sabido escuchar a Job, ni han querido. Si han escuchado ha sido
nicamente para cogerlo en las palabras, para refutar sus razones, para encontrar en sus
discursos la razn de sus sufrimientos. Job les pide que le escuchen una vez y se ver si
pueden burlarse de l. Llegaron para consolarle y le han ofrecido para ello la doctrina
de la retribucin: gran consuelo para uno que se retuerce en el dolor decirle que se lo
tiene merecido! A Job le suenan sus palabras como una burla cruel. Mejor consuelo
sera el que callaran de una vez y escucharan sus desahogos.
Job se lanza a refutar directamente a los tres amigos. Toma sus temas e
imgenes y las deshace invirtiendo la perspectiva. En vez de describir la desgracia de
los malvados, canta su bienestar escandaloso, que los amigos intentan negar: Por qu
siguen viviendo los malvados, envejecen y an crecen en poder? Su descendencia ante
ellos se afianza, sus vstagos se afirman a su vista. En paz sus casas, nada temen, la
vara de Dios no cae sobre ellos. Su toro fecunda sin marrar, sin abortar su vaca pare.
Dejan correr a sus nios como ovejas, sus hijos brincan como ciervos. Cantan con arpa
y ctara, al son de la flauta se divierten. Acaban su vida en la ventura, en paz
descienden al Seol (21,7-13). Con irona les devuelve la pelota: Si es posible gozar de
los dones de Dios sin buscar su amistad, por qu rechazar el camino de los impos que
lleva a una felicidad tan barata? Es la conclusin que ya los malvados han sacado desde
hace mucho tiempo: Y con todo, decan a Dios: Lejos de nosotros, no queremos
conocer tus caminos! Qu es Sadday para que le sirvamos, qu podemos ganar con
aplacarle? (21,14-15). Los amigos repiten el principio que les parece calmar todas las
dudas: la muerte del impo ser necesariamente cruel. Pero Job sarcsticamente les
replica: Cuntas veces se apaga la lmpara de los malos, irrumpe sobre ellos la
desgracia? Cuntas veces les hace morir por su clera? (21,17).
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Dios es absurdo para la sabidura humana y escandaloso para los hombres religiosos.
Es el misterio que inquieta y desconcierta a Jeremas al comienzo de su ministerio: Tu
llevas la razn, Yahveh, cuando discuto contigo, no obstante, voy a tratar contigo un
punto de justicia. Por qu prosperan los malvados, y son felices los traidores? Los
plantas, y enseguida arraigan, van a ms y dan fruto. Cerca ests t de sus bocas, pero
lejos de sus riones (Jr 12,1-2). Job, como Jeremas, contraponen el idilio de su vida
anterior, serena y llena de bendiciones, con la vida actual en la enfermedad, la
debilidad, el desprecio, sin hijos, sin fiestas ni alegra alguna. Y lo escandaloso es ver
que el malvado goza de las bendiciones de que ellos han sido privados.
Job anticipa a Pablo que, asombrado pero con gozo, canta el misterio de la cruz,
de la muerte del inocente por los malvados: Porque no me envi Cristo a bautizar, sino
a predicar el Evangelio. Y no con palabras sabias, para no desvirtuar la cruz de Cristo.
Pues la predicacin de la cruz es una necedad para los que se pierden; mas para los que
se salvan - para nosotros - es fuerza de Dios. Porque dice la Escritura: Destruir la
sabidura de los sabios, e inutilizar la inteligencia de los inteligentes. Dnde est el
sabio? Dnde el docto? Dnde el sofista de este mundo? Acaso no entonteci Dios
la sabidura del mundo? De hecho, como el mundo mediante su propia sabidura no
conoci a Dios en su divina sabidura, quiso Dios salvar a los creyentes mediante la
necedad de la predicacin. As, mientras los judos piden seales y los griegos buscan
sabidura, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escndalo para los judos,
necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judos que griegos, un
Cristo, fuerza de Dios y sabidura de Dios. Porque la necedad divina es ms sabia que
la sabidura de los hombres, y la debilidad divina, ms fuerte que la fuerza de los
hombres (1Co 1,17-25).
76
an crecen en poder?.
Job no acepta como vlida la solucin de una dilacin del castigo, afirmando
que Dios le hace caer sobre sus hijos. Eso es una injusticia. Que pague el culpable
mismo: Va a guardar Dios para sus hijos su castigo? que le castigue a l, para que
sepa! Vea su ruina con sus propios ojos, beba de la furia de Sadday! Qu le importa la
suerte de su casa, despus de l, cuando se haya cortado la cuenta de sus meses?
(21,19-21).
Y tampoco es vlido decir que la muerte es su castigo, pues la muerte del impo
no es una gran desgracia, dado que ya ha gozado de todas las alegras y placeres de la
vida, mientras el desgraciado no disfruta de nada. La muerte igualadora de ricos y
pobres, dichosos y desgraciados, desmiente la doctrina de la retribucin: Hay quien
muere en su pleno vigor, en el colmo de la dicha y de la paz, repletos de grasa sus
ijares, bien empapada la mdula de sus huesos. Y hay quien muere lleno de amargura,
sin haber gustado la ventura. Los dos se acuestan juntos en el polvo, cubiertos de
gusanos (21,23-26). Lo confirma tambin el Eclesiasts: El sabio tiene sus ojos
abiertos, mas el necio en las tinieblas camina. Pero tambin yo s que la misma suerte
alcanza a ambos (Qo 2,14). Una misma suerte toca a todos, al inocente y al malvado,
al puro y al impuro, al que ofrece sacrificios y al que no los ofrece, al justo y al
pecador, al que jura como el que se recata de jurar (Qo 9,2). Vuestros consuelos, puede
concluir Job, son pura impostura. Dejando el tono moderado, acusa a los amigos de
estar fuera de la dolorosa realidad existencial: Oh, s muy bien lo que pensis, las
malas ideas que os formis sobre m! Y me queris consolar con vaciedades? Pura
falacia son vuestras respuestas! (21,27.34).
Los discursos de los amigos y las rplicas de Job se repiten, como se asemeja el
dolor de un da al del da anterior, el de una semana al de la semana pasada, pero
endurecindose cada vez ms. Elifaz, en su ltima intervencin, insiste en sus
principios. Busca la conversin y salvacin de Job. Concede que Job tiene razn al
77
afirmar que Dios no necesita del hombre: Acaso puede serle til a Dios un hombre?
Slo a s mismo es til el sensato! Tiene algn inters Sadday por tu justicia? Gana
algo con que seas intachable? (22,2-3). Para la Escritura no es importante el
conocimiento que el hombre tiene de Dios, sino el conocimiento y la solicitud que Dios
tiene del hombre. Este es el gran misterio: por qu Dios, creador del cielo y de la
tierra, se debe ocupar del hombre? Por qu los actos de este pequeo ser son tan
importantes para Dios?
Este desinters de Dios, que no gana nada del hombre, es para Elifaz la garanta
de su imparcialidad, de su justicia: Acaso por tu piedad l te corrige y entra en juicio
contigo? No ser ms bien por tu mucha maldad, por tus culpas sin lmite? (22,4-5).
Elifaz, queriendo defender a Dios, en realidad coloca en el centro al hombre. Su fe es
interesada. El hombre encuentra en su virtud los bienes y en sus culpas los males. Dios
es desinteresado pero el hombre es interesado. El hombre es religioso por conveniencia,
porque ha sacado provecho y porque espera seguir sacndolo. El culto, en el que el
hombre intenta aprovecharse de Dios, es intento de soborno, contra lo que previene el
Eclesistico: No lo sobornes, porque no lo acepta, no confes en sacrificios injustos
(Si 35,1). Es vana la pretensin del hombre de hacer favores a Dios, para obligar a Dios
a recompensarlos. Pero, no era ste el desafo de Satans?
78
hombres perversos? Antes de tiempo fueron aventados, cuando un ro arras sus
cimientos. Los que decan a Dios: Aprtate de nosotros! Qu puede hacernos
Sadday? (22,12-17).
Dios, que est en lo ms alto de los cielos ve los acontecimientos ms humildes
de la tierra. Rige las estrellas y atiende a lo ms mnimo del mundo. Est presente y no
se deja ver; no se deja ver y sus juicios atestiguan su presencia. Slo el impo dice en
su corazn: Dios se olvida, tiene tapado el rostro, no ha de ver jams (Sal 10,11). Slo
el malvado se pregunta: Cmo va a saber Dios? Se va a enterar el Altsimo? (Sal
73,11), el Seor no lo ve, el Dios de Jacob no se entera (Sal 94,7). En m no se fijar
ni har caso de mi conducta; si peco en secreto nadie me ver, si miento a escondidas,
quin se enterar? Quin le informa de las obras de la justicia? qu puedo esperar de
cumplir mi deber? Pues la alianza est lejos! Esto piensa el ruin de corazn; el
estpido, el perdido, que slo piensa necedades (Si 16,20-23; Cf 23,18). La nube vela
y manifiesta la presencia de Dios, pero nunca enturbia su mirada. Job no lo duda. Pero
Elifaz se saca esta acusacin de la manga.
Job, segn Elifaz, se ha unido a los impos y, por ello, la ira de Dios ha cado
sobre l: Y era l el que colmaba sus casas de bienes, aunque seguan lejos de l. Al
verlo los justos se recrean, y de ellos hace burla el inocente:Cmo acab nuestro
adversario! el fuego ha devorado su opulencia! (22,18-20). Elifaz supera a Satn
respecto a Job. Satn admita que Job daba gracias a Dios cuando de l reciba bienes.
Elifaz, en cambio, al unir a Job con los malvados, da a entender que no ha sabido
agradecer a Dios los beneficios recibidos de su mano y por eso los ha perdido. La
justicia de Dios ha triunfado y con ella su teora. Como justo se alegra de la desgracia
de Job y se burla de su adversario.
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exhorta a pasar de bando. A Job le queda una salida, reconciliarse con Dios mediante
una conversin existencial. No ha terminado todo para Job, an hay una esperanza.
Dios, que lo ha castigado con justicia, le puede perdonar con misericordia. Elifaz se lo
anuncia como mensajero suyo: Reconcliate con l y haz la paz: as tu dicha te ser
devuelta. Recibe de su boca la enseanza, pon sus palabras en tu corazn. Si vuelves a
Sadday con humildad, si alejas de tu tienda la injusticia, si tiras al polvo el oro, el Ofir a
los guijarros del torrente, Sadday se te har lingotes de oro y plata a montones para ti.
Tendrs entonces en Sadday tus delicias y hacia Dios levantars tu rostro. El escuchar
cuando le invoques, y podrs cumplir tus votos. Todo lo que emprendas saldr bien, y
por tus caminos brillar la luz. Porque l abate el orgullo de los grandes, y salva al que
baja los ojos. El libra al inocente; si son tus manos puras, sers salvo (22, 21-30). De
la reconciliacin con Dios se seguirn todos los bienes; la conversin le conducir a la
restauracin de su situacin anterior, con su cambio de conducta se ganar a Dios y
disfrutar de su amistad.
Los tres amigos proponen a Job la misma va para recobrar la felicidad: volver a
Dios. A ello Job no se cansa de responder que nunca ha abandonado a Dios, a quien
ellos le muestran tan alejado de l. Adems, por qu una conversin momentnea va a
traerle la felicidad si toda una vida de honradez no ha bastado para garantizarla? Su
problema no es aceptar la conversin a Dios, sino saber qu es lo que Dios le reprocha.
Lo que aflige a Job es el silencio de Dios.
La fe de Elifaz sigue siendo utilitarista hasta el final: Haz las paces con Dios y,
de este modo, tus rentas sern buenas (22,21). Los bienes que promete estn ligados a
unas condiciones de conducta. La conversin ser la fuente de la felicidad, que Dios se
sentir obligado a dar a Job. Job, con su atormentada fe, busca, en cambio, la felicidad
no en s mismo, sino en el corazn de Dios. Es lo que Pablo, embajador de Dios muy
distinto de Elifaz, anuncia: Por tanto, el que est en Cristo, es una nueva creacin;
pas lo viejo, todo es nuevo. Y todo proviene de Dios, que nos reconcili consigo por
Cristo y nos confi el ministerio de la reconciliacin. Porque en Cristo estaba Dios
reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los
hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliacin. Somos, pues,
embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de
Cristo os suplicamos: reconciliaos con Dios! A quien no conoci pecado, le hizo
pecado por nosotros, para que vinisemos a ser justicia de Dios en l. Y como
cooperadores suyos que somos, os exhortamos a que no recibis en vano la gracia de
Dios. Pues dice l: En el tiempo favorable te escuch y en el da de salvacin te ayud.
Mirad ahora el momento favorable; mirad ahora el da de salvacin (2Co 5,17-6,2).
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Job ha expresado el deseo de entablar un juicio a Dios. Elifaz le ha ofrecido un
juicio penitencial, dando por supuesta la culpa de Job. Por la confesin y la enmienda,
Elifaz, en nombre de Dios, le ofrece un perdn generoso. Pero, con estas condiciones,
Job no acepta el juicio, porque no se reconoce culpable. El busca el juicio para probar
su inocencia frente a Dios. Sus penas no prueban su culpa, sino la culpa de Dios. La
alternativa de Elifaz, o te arrepientes y alcanzars todos los bienes o, de lo contrario, te
alcanzar el castigo definitivo, a Job le suena a intimidacin ms que a oferta generosa.
La exhortacin de Elifaz, en vez de convencer a Job, le excita y le empuja a oponerse a
esa idea de justicia y de Dios. Job rechaza al intermediario y busca el encuentro
personal con Dios.
Con su deseo de encontrarse con Dios, que se muestra inaccesible, Job siente
que la mano de Dios, aunque est ausente, sin aceptar el dilogo que l anhela, pesa
sobre l. Quisiera exponer a Dios sus razones o, al menos, comprender las razones de
Dios, saber qu responde a sus reclamaciones (Ha 2,1): Todava mi queja es una
rebelin; su mano pesa sobre mi gemido. Quin me diera saber encontrarle, poder
llegar a su morada! Un proceso abrira delante de l, llenara mi boca de argumentos.
Sabra las palabras de su rplica, comprendera lo que me dijera. Precisara gran fuerza
para disputar conmigo? No, tan slo tendra que prestarme atencin (23,2-6). La
actitud de Job es de queja sentida, de splica y lamentacin, pero tambin de rebelin
interna, pues no comprende el sentido del sufrimiento, que se agrava cada da. Ms que
el dolor fsico le agobia el misterio incomprensible de sufrir a manos de Dios siendo
inocente. Job desea escuchar la voz de Dios, pero, ante la imposibilidad, se conforma
con que Dios escuche la defensa de su inocencia: Reconocera en su adversario a un
hombre recto, y yo me librara de mi juez para siempre (23,7).
81
mi corazn, visitndolo de noche, aunque me pruebes al crisol, no hallars malicia en
m; mi boca no miente como hacen los hombres. He guardado la palabra de tus labios,
he ajutado mis pasos a tus sendas, por tus senderos no vacilan mis pies. Yo te llamo, t,
oh Dios, respndeme, tiende hacia m tu odo, escucha mis palabras, haz gala de tus
gracias, t que salvas a los que buscan a tu diestra refugio contra los que atacan.
Gurdame como la pupila de los ojos, escndeme a la sombra de tus alas de esos
impos que me acosan, enemigos ensaados que me cercan. Estn ellos cerrados en su
grasa, hablan, la arrogancia est en su boca. Avanzan contra m, ya me cercan, me
clavan sus ojos para tirarme al suelo. Son como el len vido de presa, o el leoncillo
agazapado en su guarida. Levntate, Yahveh, hazle frente, derrbale; libra con tu
espada mi alma del impo, de los mortales, con tu mano, Yahveh, de los mortales de
este mundo, cuyo lote es esta vida! De tus reservas llnales el vientre, que sus hijos se
sacien, y dejen las sobras para sus pequeos! Mas yo, al despertar, contemplar tu
rostro, me saciar de tu semblante (Sal 17).
Job no apela a la fuerza y poder de Dios, a las que recurren los amigos, y ante la
cual Job se siente anonadado (9, 19-20;7,13-20; 13,21). Tampoco apela a su
misericordia, como hace el salmista. Job apela a la justicia y equidad de Dios, que nada
pueden contra la verdad y la justicia, contra su inocencia. Job est seguro de que, si
Dios acepta el debate, l gana la causa. El juicio de los hombres no le interesa, pues
slo ven las apariencias. Job quiere que Dios, que todo lo ve y sabe, pues excruta el
corazn del hombre, declare pblicamente su inocencia. Slo Dios conoce el dolor y
angustia de donde brotan sus lamentos. Los hombres slo oyen las quejas, pero no
penetran en el manantial de ellas, no pueden entenderlas, se equivocan en su juicio.
Slo se fijan en el exterior y se equivocan como El, que juzg borracha a Ana (1Sm
1,13) por sus gestos externos, mientras que ella, por la amargura de su alma, se
desahogaba ante el Seor con rostro, gestos y boca turbados.
b) Job, descentrado
82
torno a m un ceidor, ni la misma tiniebla es tenebrosa para ti, y la noche es luminosa
como el da. Porque t mis riones has formado, me has tejido en el vientre de mi
madre. Yo te doy gracias por tantas maravillas: soy un prodigio, prodigios son tus
obras. Mi alma conocas cabalmente, y mis huesos no se te ocultaban, cuando era
formado en lo secreto, tejido en las honduras de la tierra. Mi embrin vean tus ojos; en
tu libro estn inscritos todos los das que me han sido sealados, an antes de que
existiera uno solo de ellos (Sal 139).
83
Dios seala en la historia das en que juzga restableciendo la justicia y el
derecho. Pero cuando se difieren, el hombre se impacienta. Quisiera asistir a ellos para
gozar con la victoria de la justicia. Quisiera que las intervenciones de Dios fueran
peridicas, anunciadas. De esta manera sus fieles se serenaran, mantendran la
esperanza en l. Pero Dios no tiene prisa, pues para l un da es como mil aos y mil
aos como un da, y deja madurar la historia por encima de toda paciencia: As me ha
dicho Yahveh: Desde mi morada yo contemplo sereno, como el calor ardiente al brillar
la luz, como nube de roco en el bochorno de la siega. Pues antes de la vendimia, al
acabar la floracin, cuando su fruto en cierne comience a madurar, cortar los
sarmientos con la podadera y arrancar y arrojar los pmpanos viciosos (Is 18,4-5).
Job, desde la urgencia de su situacin, quisiera acelerar el da de la intervencin de
Dios, pues tiene la sensacin de que Dios no se ocupa de los asuntos de los hombres o
lo hace demasiado tarde y a destiempo. Por sus dilaciones, el lobo se come el cordero,
el malvado al justo, el rico al pobre (Si 13,17-19). Despojados de sus derechos, los
pobres tienen que huir al descampado, vivir como animales salvajes, lo mismo que
Ismael: Ser un potro salvaje. El contra todos y todos contra l. Vivir separado de sus
hermanos (Gn 16,12) o Esa: En tierra estril, sin roco del cielo, tendrs tu morada
(Gn 27,39), o Can (Gn 4,14-16). Por ello, de quienes pusieron su confianza en Dios,
unos fueron torturados, rehusando la liberacin por conseguir una resurreccin mejor;
otros soportaron burlas y azotes, y hasta cadenas y prisiones; apedreados, torturados,
aserrados, muertos a espada; anduvieron errantes cubiertos de pieles de oveja y de
cabras; faltos de todo; oprimidos y maltratados, hombres de los que no era digno el
mundo!, errantes por desiertos y montaas, por cavernas y antros de la tierra. Y todos
ellos, aunque alabados por su fe, no consiguieron el objeto de las promesas. Dios tena
ya dispuesto algo mejor para nosotros, de modo que no llegaran ellos sin nosotros a la
perfeccin (Hb 11,35-40).
El grito de los pobres se eleva hasta el cielo que permanece sordo a sus splicas:
Pasan la noche desnudos, sin vestido, sin cobertor contra el fro. Calados por el
turbin de las montaas, faltos de abrigo, se pegan a la roca. Al hurfano se le arranca
del pecho, se toma en prenda al nio del pobre. Desnudos andan, sin vestido;
hambrientos, llevan las gavillas. Pasan el medioda entre dos paredes, pisan los lagares
y no quitan la sed. Desde la ciudad gimen los que mueren, el herido de muerte pide
auxilio, y Dios sigue sordo a la oracin! Otros hay rebeldes a la luz: no reconocen sus
caminos ni frecuentan sus senderos. An no es de da cuando el asesino se levanta para
matar al pobre y al menesteroso. Por la noche merodea el ladrn. El ojo del adltero
espa el crepsculo: Ningn ojo - dice - me divisa, y cubre su rostro con un velo. Las
casas perfora en las tinieblas. Durante el da se ocultan los que no quieren conocer la
luz. Para todos ellos la maana es sombra, acostumbrados a los miedos de las tinieblas
(24,7-17).
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licencia plena para perpetrar sus crmenes. Aunque slo dispongan del territorio de las
tinieblas, ese territorio les pertenece y dominan en l con absoluta libertad. Partiendo de
su experiencia personal absurda, Job se hace voz de todos los pobres de la tierra, y
lanza su desafo a Dios y a los amigos: No es as? quin me puede desmentir y
reducir a nada mi palabra? (24,25).
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columnas del cielo o la luna llena, Dios hace temblar a las primeras y oscurece y hace
menguar a la otra.
Job rebate con dura irona, casi sarcstica, el discurso de Bildad. Su teologa no
ofrece ninguna consolacin, ningn consejo vlido. Es pura exhibicin de sabidura sin
ninguna relacin con su estado de sufrimiento: Qu bien has sostenido al dbil y
socorrido al brazo invlido! Qu bien has aconsejado al ignorante, qu hbil talento
has demostrado! A quin has dirigido tus discursos, y de quin es el espritu que ha
salido de ti? (26,2-4)
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mientras siga en m mi espritu y el aliento de Dios en mis narices, mis labios no dirn
falsedad, ni mi lengua proferir mentira! Lejos de m daros la razn: hasta mi ltimo
suspiro mantendr mi inocencia. Me he aferrado a mi justicia, y no la soltar, mi
corazn no se avergenza de mis das. Que mi enemigo resulte culpable e injusto mi
rival (27,2-7). El juramento redobla el peso de su declaracin de inocencia.
Los hombres, por muy religiosos que sean, no aceptan la libertad de Dios.
Siempre le ponen lmites. No toleran la libertad de Dios. Debe actuar segn la
definicin que ellos dan de Dios. As pretenden encerrar a Dios en la jaula de su idea de
Dios. Su deseo de certezas o su necesidad de seguridades les lleva a imaginar un Dios
inmvil, que reacciona siempre igual, un Dios sin misterio. Pero la realidad niega esta
concepcin de Dios. El creyente, que no cierra los ojos a la historia, debe confesar
irremediablemente: Verdaderamente t eres un Dios escondido (Is 45,15). La justicia
divina, como la dibujan los tres amigos, responde a una idea, pero la vida la niega. La
misericordia de Dios constantemente hace saltar esa idea. Dios es padre y tiene
corazn. Ante el pecado de Israel decreta un castigo, pero su corazn le hace gritar:
Cmo voy a dejarte, Efram, cmo entregarte, Israel? Voy a dejarte como a Adm, y
hacerte semejante a Seboyim? Mi corazn est en m trastornado, y a la vez se
estremecen mis entraas. No dar curso al ardor de mi clera, no volver a destruir a
Efram, porque soy Dios, no hombre; en medio de ti yo soy el Santo, y no vendr con
ira (Os 11,8-9). El es Dios y se salta la justicia, tiene misericordia con quien quiere,
como le dice a Moiss: Yo har pasar ante tu vista toda mi bondad y pronunciar
delante de ti el nombre de Yahveh; pues hago gracia a quien hago gracia y tengo
misericordia con quien tengo misericordia (Ex 33,19).
Job apela a este Dios, que acta con libertad y que no cabe en la mente de los
tres amigos. Dios, con Job, rompe la jaula de los sabios y reivindica su transcendencia,
su libertad. Por eso, las palabras de Job, que a los odos de los sabios suenan como
blasfemias, no son ms que la expresin de la fe en Dios. Es la fe que acepta a Dios
como Creador y Seor de la historia. Es la fe que ve a Dios presente en los
acontecimientos de la vida, incluso en los ms desconcertantes como el sufrimiento del
inocente. A este Dios causa de su sufrimiento injustificado se dirige Job. Job, sintiendo
su ausencia, ve a Dios presente en su historia, autor de ella: Estaba yo tranquilo
cuando l me golpe, me agarr por la nuca para despedazarme. Me ha hecho blanco
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suyo: me cerca con sus tiros, traspasa mis entraas sin piedad y derrama por tierra mi
hiel. Abre en m brecha sobre brecha, irrumpe contra m como un guerrero (16,12-14).
Con todo el desgarramiento de su carne, la fe le lleva a gritarle que salga de su
ocultamiento, que se muestre y le hable. La ausencia de Dios le resulta insoportable.
Hasta el final seguir enfrentndose con Dios sin atenerse a ningn formalismo.
Y hasta el final seguir proclamndose inocente, sin culpa, manteniendo sus tres
recriminaciones: la injusticia de Dios, -los buenos sufren y los malos disfrutan-, su
hostilidad contra l y su silencio. Es su protesta ante Dios: Cmo puedes castigar a un
justo?
Al final del triple ciclo de dilogos, podemos preguntar: Los tres amigos, que se
han presentado como sabios, son realmente sabios? Sabio es quien busca una clave de
lectura de la realidad. Se enfrenta a los hechos, les interroga, busca su sentido, una
razn para vivir. El sabio no se contenta con adquirir sabidura para s, sino que
transmite su saber a los dems, para ayudarle a entender la realidad y a vivir con
sentido la vida. Sabio no es quien repite una leccin aprendida. El sabio vive,
reflexiona sobre lo que vive, observa los hechos, descubre las constantes de la historia,
que iluminan el hilo conductor del andar del cosmos y de la historia. As encuentra las
leyes que gobiernan la existencia; de ellas extrae las consecuencias y, de este modo,
descubre la propia va de comportamiento y accin. El sabio no se expresa en trminos
de leyes determinantes, sino que busca convencer, suscitando preguntas, de modo que
el discpulo, ayudado por los interrogantes del maestro, descubra la va de la verdad y
de la vida, la haga suya desde dentro y no como impuesta desde fuera. Para el sabio no
tienen valor las imposiciones, sino las convicciones interiores. Por ello el sabio no
ensea comportamientos prefabricados, sino que ayuda, ms bien, a hacerse las
preguntas justas para hallar las respuestas justas. La sabidura es apelacin y no ley. El
sabio no determina el actuar del otro, sino que le ayuda a colocarse en la perspectiva
justa para ver el sentido profundo de las cosas y de los hechos para vivirlos en plenitud,
en armona con Dios y con la creacin. Salomn es considerado como el sabio ideal.
Salomn es el juez que pone al desnudo los corazones, interviniendo a tiempo y
justamente. Conoce la realidad con sabidura. Ve la realidad con verdad, no se aleja de
ella, sino que en ella descubre el designio de Dios. Han hecho esto Elifaz, Bildad y
Sofar? Esperemos el juicio de Dios.
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pecados. Y Cristo mismo dir: Si yo diera testimonio de m mismo, mi testimonio no
sera vlido. Otro es el que da testimonio de m y yo s que es vlido el testimonio que
da de m... El Padre, que me ha enviado, es el que ha dado testimonio de m (Jn 5,31-
32.37). Igualmente Pablo, fiel discpulo de Cristo, confiesa: Yo no me juzgo a m
mismo. Pues aunque mi conciencia no me remuerde de nada, no por eso me creo
justificado. Mi juez es el Seor! (1Co 4, 3-4).
INTERLUDIO
HIMNO A LA SABIDURIA
Ha terminado el dilogo de Job con los amigos. Los amigos no vuelven a abrir
la boca. Una voz desconocida canta la sabidura de Dios. Con audacia relativiza las
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discusiones anteriores y todo el saber humano. El hombre no conoce el camino de la
sabidura, pues la sabidura no se encuentra en la tierra de los vivientes. El lmpido
himno a la sabidura de Dios, inaccesible para el hombre, ofrece un juicio sobre las
discusiones precedentes y es, al mismo tiempo, un preludio de los discursos de Dios. El
misterio de Dios y el misterio del hombre se unen en la fe. Dios inaccesible en su
sabidura conduce el mundo y al hombre por vas misteriosas, no lo deja a la deriva,
sino que lo lleva a su plenitud.
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Eclesistico (c. 1) Dios crea la Sabidura, la emplea para realizar la creacin, la difunde
en sus obras y se la comunica al hombre. El Sircida afirma tambin que lo oculto es
del Seor, nuestro Dios; lo revelado es nuestro y de nuestros hijos para siempre (Si
29,28).
Plata y oro son los metales ms apreciados por el hombre, mientras que el hierro
y el bronce son los ms tiles. El canto a la tierra prometida menciona el hierro y el
bronce como los metales usados para herramientas y para armas: tierra que lleva
hierro en sus rocas y de cuyos montes sacars bronce (Dt 8,7-10). El hombre, con su
ciencia y su tcnica, logra descubrir sus yacimientos, extraer los metales y refinarlos.
Con su luz el hombre consigue penetrar en el reino subterrneo de las tinieblas. Esta
victoria sobre las tinieblas, arrancndolas sus tesoros, es un triunfo increble del
hombre. Como es una hazaa el que el hombre pueda descender ms abajo de donde
llegan sus pies, descolgndose con cuerdas, hasta el fondo de los pozos de las minas.
De este modo, la tierra que cultivaba el labrador y se vesta de mieses (Sal 65,14),
con los picos de los mineros, la revuelven de abajo arriba, como si el fuego de un
volcn la estremeciera, sacando a relucir zafiros y piedras de oro. Lo invisible al buitre
y al halcn, inaccesible a las fieras, el hombre lo hace visible y accesible.
Y las montaas inconmovibles, que slo Dios puede sacudir y desplazar (Sal
65,7;104,8), el hombre, con el pedernal de su mano, las descuaja de raz, hendiendo las
rocas. As, explorador de las fuentes de los ros, saca lo oculto a la luz. El gozo de su
descubrimiento es el premio del esfuerzo del hombre. Pero el gozo de su hallazgo slo
sirve como contraste de su gran decepcin, pues le estn cerrados los veneros de la
Sabidura, que vale incomparablemente ms que el oro y la plata (Sb 8,10-11.19...). La
Sabidura, incomparablemente ms preciosa que todos los tesoros, es patrimonio
exclusivo de Dios. Ni en la tierra ni en el mar se encuentra su yacimiento. El hombre
recorre todos los caminos en su bsqueda. Todo le habla de la sabidura de Dios, pero
el hombre ignora su sendero, no se le encuentra en la tierra de los vivos. El Abismo
dice: no est en m, y el Mar: no est conmigo (28,13-14). La bsqueda del hombre
resulta siempre infructuosa. No sabe de dnde viene la Sabidura ni dnde est su
yacimiento (28,20).
Todo, por escondido que est, se puede hallar, pero el saber de Dios, si l no lo
da, ni se halla ni se compra. Su valor excede todo precio. El mero intento de comprarla
es prueba de insensatez: Si uno quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su
casa, se hara despreciable (Ct 8,7). Todo lo que el hombre conquista se devala en
comparacin de la sabidura. No se puede dar por ella oro fino, ni comprarla a precio
de plata, ni evaluarla con el oro de Ofir, el gata preciosa o el zafiro. No la igualan el
oro ni el vidrio, ni se puede cambiar por vaso de oro puro. Corales y cristal ni
mencionarlos, mejor es pescar Sabidura que perlas. No la iguala el topacio de Kus, ni
con oro puro puede evaluarse (28,15-19).
La sabidura se oculta a las aves que tienen una vista privilegiada y a las fieras
que se aventuran en la espesura del bosque donde el hombre no se atreve a penetrar:
Se oculta a los ojos de todo ser viviente, se esconde a las bestias y a los pjaros del
cielo. Muerte y Abismo dicen: Slo de odas conocemos su fama. Slo Dios distingue
su camino, slo l conoce su sendero, slo l conoce su yacimiento (28,21-23).
Slo Dios conoce el designio total del mundo y de la historia. Slo de Dios le
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puede llegar al hombre la sabidura, como un don gratuito. Dios la conoce y posee,
como Creador del mundo. Slo l puede hacer al hombre partcipe de ella,
revelndosela. Por ello, slo la fe abre al hombre las puertas del misterio, superando
todas las barreras con que ha tropezado su razn: Slo Dios conoce su camino, slo l
conoce su yacimiento. Porque l otea hasta los confines de la tierra, y ve cuanto hay
bajo los cielos. Cuando dio peso al viento y afor las aguas con un mdulo, cuando a la
lluvia impuso ley y un camino a los giros de los truenos, entonces la vio y le puso
precio, la estableci y la escudri. Y dijo al hombre: Mira, el temor del Seor es la
Sabidura, huir del mal, la Inteligencia (28,23-28).
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EL ENFRENTAMIENTO DE JOB Y DIOS
93
El dilogo de Job y los amigos se ha concluido sin llegar a ninguna solucin. El
canto lrico a la sabidura de Dios es el epitafio de la sabidura humana. Job hace
tiempo que busca un nuevo interlocutor, con quien entablar un dilogo nuevo, de otro
orden. Es el dilogo con Dios. Job ha experimentado una profunda soledad en presencia
de los amigos. Esa soledad se ha ido ahondando cada vez ms en la medida en que los
amigos con sus discursos se alejaban de l. Las palabas de los amigos, que llegaron con
la intencin de consolarle, han discurrido al margen de su experiencia. Si han servido
de algo ha sido slo para provocar y exacerbar su reaccin, para obligarlo a aclararse a
s mismo. Ahora, a solas consigo, sin olvidar a su oculto interlocutor, deja brotar de su
corazn las aguas dulces y amargas de toda su vida, los gozos y tristezas que llenan su
existencia hasta desbordarse por sus labios.
Dejando, pues, de lado a los amigos, Job queda solo en el escenario. Dios an
no aparece. La ausencia y el silencio de Dios se hacen tan densos, que le hacen
presente, aunque invisible. Ante el Dios ausente y en silencio, Job abre sus labios en un
largo monlogo, en el que desgrana sus recuerdos, penas y protestas de inocencia. Al
final, Dios sale de su ocultamiento, irrumpe desde lo alto, en una magnfica teofana,
aceptando discutir con Job. Job, asombrado, se queda con la boca cerrada y slo la abre
para confesar su derrota y su triunfo. Confiesa su nada ante Dios y su alegra de haber
hecho hablar a Dios. Ha odo su voz y le ha visto. Esa es su victoria. Victoria retardada
por la irrupcin inoportuna de Elih, que alarga la espera de la respuesta de Dios. De
momento es Job quien se desahoga en su amplio lamento.
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con sus vacos y reas mudas, llenas de corrientes y meandros oscuros y tambin con
sus fulgores sorprendentes.
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libraba al pobre que clamaba, y al hurfano que no tena valedor. La bendicin del
moribundo suba hacia m, el corazn de la viuda yo alegraba. Me haba puesto la
justicia, y ella me revesta, como manto y turbante, mi derecho. Era yo los ojos del
ciego y del cojo los pies. Era el padre de los pobres, examinaba la causa del
desconocido. Quebraba los colmillos del inicuo, arrancaba su presa de entre sus
dientes (29,12-17). La honradez de Job, reconocida por Dios en el prlogo, se
manifestaba en sus obras de misericordia a favor de todos los indigentes.
Lo que Job reciba de Dios, luz y camino, lo ofreca a los necesitados, por lo
que reciba un ttulo perteneciente a Dios: padre de hurfanos y defensor de viudas
(Sal 68,6), que aconseja a sus fieles seguir sus huellas: No rechaces al suplicante
atribulado, ni apartes tu rostro del pobre. No apartes del mendigo tus ojos, ni des a
nadie ocasin de maldecirte. Pues si maldice en la amargura de su alma, su Hacedor
escuchar su imprecacin. Hazte querer de la asamblea, ante un grande baja tu cabeza.
Inclina al pobre tus odos, responde a su saludo de paz con dulzura. Arranca al
oprimido de manos del opresor, y a la hora de juzgar no seas pusilnime. S para los
hurfanos un padre, haz con su madre lo que hizo su marido. Y sers como un hijo del
Altsimo; l te amar ms que tu madre (Si 4,4-10).
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centro del mundo. Job es el objeto privilegiado de las atenciones de Dios, es la fuente
de todo bien para los dems. Job se reviste a s mismo de generosidad, de poder, de
influencia y de prestigio. Aunque no olvide atribuir a Dios sus mritos, todo gira en
torno a la gloria de Job. Dios mismo est a su servicio. Enumerando sus mritos ha
revelado tambin su secreto orgullo. El justo nunca se sita ante Dios como
irreprochable. Herido en su orgullo le resulta ms insoportable la prueba del momento
presente. Sintindose justo reclama el derecho a una recompensa que se le niega:
Esperaba la felicidad y ha venido la desgracia; aguardaba la luz y ha venido la
tiniebla (30,26).
Job, antes honrado por hombres nobles, que lo reconocan como jefe
indiscutible, y por los pobres, que lo bendecan como bienhechor, ahora se encuentra
despreciado por hombres viles, que merodean por las afueras de la ciudad, donde Job,
golpeado por la enfermedad ha ido a parar. Muchachos y chiquillos se burlan de l, le
desprecian e insultan. En los odos de Job resuenan las palabras de desprecio que
Nabal, el necio, como indica su nombre, dirige a David: Quin es David y quin es el
hijo de Jes? Abundan hoy en da los siervos que huyen de sus seores. Voy a tomar
acaso mi pan y mi vino y las reses que he sacrificado para los esquiladores y se las voy
a dar a unos hombres que no s de dnde son? (1Sm 25,10-11). Dios ha aflojado la
cuerda que sostena la tienda de Job y nadie le respeta. Sin pudor alguno le insultan y
atacan. Todos se aprovechan de su debilidad: Porque l ha soltado mi cuerda y me
maltrata, ya tiran todo freno ante m. Una ralea se alza a mi derecha, exploran si me
encuentro tranquilo, y abren hacia m sus caminos siniestros. Mi sendero han destruido,
para perderme se ayudan, y nada les detiene; como por ancha brecha irrumpen, se han
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escurrido bajo los escombros (30,11-14).
Con Dios a su derecha, antes, Job no vacilaba (Sal 16,8). Pero Dios ha dejado
inerme a su aliado y ha dado la seal de asalto al enemigo. Job se siente aterrorizado
ante el enemigo, que le persigue sin tregua y en forma misteriosa. En el fondo de su ser
se ve consumido, como un cadver. Su mente se siente invadida de terrores, sin que
pueda librarse de ellos. La felicidad se ha evaporado como una nube. La noche no es
reposo, sino presagio de la muerte: Los terrores se vuelven contra m, como el viento
mi dignidad es arrastrada; como una nube ha pasado mi ventura. Y ahora en m se
derrama mi alma, me atenazan das de afliccin. De noche traspasa el mal mis huesos,
y no duermen las llagas que me roen. Con violencia agarra l mi vestido, me aferra
como el cuello de mi tnica. Me ha tirado en el fango, soy como el polvo y la ceniza
(30,15-19). El dolor le atenaza, da y noche le tortura. Sobre todo de noche, cuando el
dolor le envuelve y le penetra, como asaltado por el enjambre de animales roedores que
la noche cobija. En la soledad y el silencio de la noche la sensacin del dolor se
exacerba. La noche se hace presagio de la muerte que ya ha hecho presa de su cuerpo
para no soltarlo. Fango, polvo y ceniza son ya los precursores de la muerte.
Y lo peor de todo es que Dios, antes tan cercano y familiar, se ha vuelto contra
l, est detrs de las burlas y desprecio, mueve la persecucin contra l, es el causante
de sus penas y dolores. La hostilidad de Dios es la causa de todas sus desgracias. Dios
se ha aliado con todas las fuerzas del cosmos para destruirle. No escucha ni sus splicas
ni sus protestas. Est mudo e indiferente ante su sufrimiento. Dios se ha convertido en
su adversario. Job, encarndose con Dios, le interpela directamente, como responsable
de la situacin actual: Grito hacia ti y t no me respondes, me presento y no me haces
caso. Te has vuelto cruel para conmigo, tu mano vigorosa se ceba en m. Me llevas a
caballo sobre el viento, me zarandeas con la tempestad. Pues bien s que me conduces a
la muerte, al lugar de cita de todo ser viviente (30,20-23). A caballo, en alto, Dios
expone a Job a toda la furia del huracn. Expuesto a la vehemencia de Dios, el hombre
es sacudido, derribado a tierra con la violencia de la tormenta. Terrible cercana de
Dios, que hace cabalgar al hombre sobre el viento, el carro con que Dios se desplaza!
Dios ha querido ser el guardin del hombre (7,20) para salvarlo y no para espiar
sus actos y gestos, pues ha hecho a Job objeto de su gracia (hesed) (10,12). Dios no
puede destruir lo que ha amado. De qu le servira al hombre verse amado por Dios, si
no es para siempre? Sera divino el hesed si fuera slo provisional, mientras la muerte
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es definitiva? (30,23). El grito de Job es el grito de todo hombre, que interpela a Dios
desde el dolor: Por qu, oh Dios, me has abandonado? Hasta cundo, Dios mo?
Por qu retraes tu mano izquierda? (Sal 74,1.10-11). El grito de Job llega hasta el grito
de Cristo en la cruz: Dios mo, Dios mo, por qu me has abandonado? (Mt 27,46).
Job apela a Dios contra Dios. Jura ante Dios que ve los caminos y cuenta los
pasos. Ante Dios examina su conducta y no encuentra falta alguna. Bajo juramento se
declara inocente. El juramento ante Dios, cuya sublimidad teme y respeta, es la
prueba de su sinceridad. El ni siquiera ha puesto sus ojos sobre una virgen: Haba
hecho yo un pacto con mis ojos, y no miraba a ninguna doncella. Y cul es el reparto
que hace Dios desde arriba, cul la suerte que manda Sadday desde la altura? No es
acaso desgracia para el inicuo, tribulacin para los malhechores? No ve l mis
caminos, no cuenta todos mis pasos? (31,1-4). Job, para asegurar la paz interior, de
donde brotan todas las maldades, ha sometido los sentidos a las exigencias morales.
Dominando los ojos ha evitado dejarse arrastrar por el deseo: No te quedes mirando a
doncella, para no quedar preso en sus redes. No te enredes con prostituta, para no
perder tu herencia. No andes fisgando por los calles de la ciudad, ni divagues por sus
sitios solitarios. Aparta tu ojo de mujer hermosa, no te quedes mirando la belleza ajena.
Por la belleza de la mujer se perdieron muchos, junto a ella el deseo se inflama como
fuego (Si 9,5-8). Job no es como los que se comen con los ojos a las mujeres (2Pe
2,14). Pues todo el que mira a una mujer con deseo ya ha adulterado en su corazn
(Mt 5,28). Y los deseos de los ojos no se reducen al campo sexual, sino que abarcan
cuanto excita la codicia: De cuanto me pedan mis ojos, nada les negu ni rehus a mi
corazn ninguna alegra (Qo 2,10). Tras los ojos se van las manos, como le sucedi a
Acn: Vi entre el botn un hermoso manto de Senaar, doscientos siclos de plata y un
lingote de oro de cincuenta siclos de peso, se me fueron tras ellos los ojos y los tom
(Jos 7,21).
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no ha adulterado (31,9-11), no ha cometido injusticia alguna contra los esclavos (31,13-
15) ni contra los pobres (31,16-23). No ha entregado su corazn a las riquezas (31,24-
25) ni a la idolatra (31,26-28). No se ha dejado llevar por el odio (31,29-30) ni ha
violado las leyes de la hopitalidad (31,31-32). No ha cado en la hipocresa, sino que ha
confesado pblicamente sus culpas (31,33-34) ni se ha aprovechado de nadie (31,38-
40).
Esto es lo que dicen sus palabras. Pero bajo ellas late oculta una secreta
esperanza. Job, antes de poner punto final a sus palabras, provoca una vez ms a Dios
para acercarse a l, para obligarle a salir de su ocultamiento y de su silencio. En el
mismo momento en que reafirma orgullosamente su propia justicia y parece poner toda
su confianza en s mismo, se pone en marcha hacia Dios, el nico que tiene en sus
manos el juicio. No le basta su justicia, necesita la justicia que viene de Dios. Es lo que
proclama Pablo: A m lo que menos me importa es ser juzgado por vosotros o por un
tribunal humano. Ni siquiera me juzgo a m mismo! Cierto que mi conciencia nada me
reprocha; mas no por eso quedo justificado. Mi juez es el Seor. As que, no juzguis
nada antes de tiempo hasta que venga el Seor. El iluminar los secretos de las tinieblas
y pondr de manifiesto los designios de los corazones. Entonces recibir cada cual del
Seor la alabanza que le corresponda (1Co 4,3-5).
100
sacndolo de la nada a la existencia, Dios es el defensor, el garante de su vida. No
puede permitir que se la arrebate la muerte, devolvindola a la nada. Tras el combate de
toda la noche, como para Jacob, despunta el alba. La noche es el camino del da.
Renunciando a su vida, sin doblegarse al Dios interesado que le presentan los amigos,
la salva. La fe mueve montaas, hace caminar sobre las aguas del mar, vence la muerte.
Dios es un ser personal; nada tiene que ver con una ley fija, inflexible,
impersonal. Los celos de Dios, su ternura, su impotencia ante la inconstancia de su
amada Israel marcan las relaciones increbles de Dios y su pueblo. Su potencia y la
debilidad de su amor son una misma realidad. Dios, como ser personal, es imprevisible,
rico en perdones. Entrar en comunin con l es abrirse a lo sorprendente, a lo nuevo, a
lo inesperado. La fe en Dios engendra la esperanza. Y fe y esperanza son fruto del amor
desbordante, que une a Dios con el hombre. El ateo dice: si Dios existiera, no permitira
el mal. El creyente, desde su experiencia existencial, puede decir: sin el mal, Dios no
existira. Es el sufrimiento el que nos abre el camino para el encuentro con Dios. El
camino tortuoso y atormentado ha llevado a Job a los umbrales de Dios. El mal,
escndalo para los religiosos y necedad para los sabios, es sabidura y fuerza de Dios
para los creyentes (1Cor 1,24). La religin interesada de los amigos sigue los
razonamientos de Satn y no los de Dios (Mt 16,23). Especialistas en el poder de Dios,
los sabios no han visto al Dios del poder. Los atributos de Dios les han ocultado a Dios
mismo. La ley no salva. Slo la gracia rompe los lmites del hombre y le abre al don de
Dios, que supera todo lo que el hombre imagina o espera.
Aqu terminan las palabras de Job (31,40). Job calla y espera la respuesta de
Dios.
101
escena Elih, sin que nadie le haya invitado ni presentado, pronuncia un largo discurso
y desaparece. Ni en el prlogo ni en el eplogo se le menciona. El mismo se distancia
de los amigos, indignado contra ellos (32,3). Elih responde, criticando, a los amigos
y a Job sin que nadie le conteste a l. Quizs todos, incluidos nosotros, slo
lamentamos la interrupcin, la cua voluminosa entre el desafo de Job y la respuesta
de Dios. Elih seguramente es un sabio joven, posterior a los tres amigos de Job.
Insatisfecho y ofendido por el papel de sus compaeros, se siente irritado, provocado
por la debilidad de su argumentacin, y escandalizado con la palabras de Job, que ha
ofendido a Dios. Elih piensa que falta algo importante y lo aade a la obra. De lector
se convierte en autor. Su largo discurso se ha convertido en palabra inspirada, como
parte del libro de Job. El primer comentario se ha hecho parte de la obra. Pero, dado el
lugar en que se inserta, no es Elih quien tiene la ltima palabra. Tambin l queda
sometido al juicio que Dios da sobre los interlocutores de Job. Elih dice que Job ha
hablado mal, Dios dir que Job ha hablado bien. Como los otros tres amigos se
equivoca en su condena de Job. Job debera interceder tambin por l. De todos modos,
sus palabras se salvan gracias a Job.
As, pues, despus de todos los esfuerzos de los amigos por convencer a Job, l
ha respondido con un solemne juramento de inocencia. Es intil seguir discutiendo.
Ante este silencio de los amigos, que ya no responden a Job, dejndole en su
conviccin de inocencia, se alza el joven Elih, como ardiente abogado de Dios,
haciendo alarde de su nombre, que significa El es mi Dios. Lleva el mismo nombre
del profeta Elas, a quien tambin le consuma el celo por el Seor, Dios de los
ejrcitos (1R 19,10) . Con el fuego de Elas irrumpe en la escena Elih: Aquellos tres
hombres dejaron de replicar a Job, porque se tena por justo. Entonces mont en clera
Elih, hijo de Barakel el buzita, de la familia de Ram. Su clera se inflam contra Job,
porque pretenda tener razn frente a Dios; y tambin contra sus tres amigos, porque no
haban hallado ya nada que replicar y de esa manera haban dejado mal a Dios.
Mientras hablaban ellos con Job, Elih se haba mantenido a la expectativa, porque
eran ms viejos que l. Pero cuando vio que en la boca de los tres hombres ya no
quedaba respuesta, mont en clera. Tom, pues, la palabra Elih y dijo: Soy pequeo
en edad, y vosotros sois viejos; por eso tena miedo, me asustaba el declararos mi
saber(32,1-6) .
Elih, aunque joven, sin la sabidura que dan las canas, se siente investido por el
espritu de Dios: Soy pequeo en edad, y vosotros sois viejos; por eso tena miedo, me
asustaba el declararos mi saber. Me deca: Hablar la edad, los muchos aos ensearn
sabidura. Pero en verdad, es un soplo en el hombre, el espritu de Sadday el que da
inteligencia. No son sabios los que estn llenos de aos, ni los viejos quienes
comprenden lo que es justo. Por eso he dicho: Escuchadme, voy a declarar tambin yo
mi saber (32,6-10). Como don de Dios, la edad no cuenta: Yo derramar mi Espritu
en toda carne. Vuestros hijos y vuestras hijas profetizarn, vuestros ancianos soarn
sueos, y vuestros jvenes vern visiones. Hasta en los siervos y las siervas derramar
mi Espritu en aquellos das (Jl 3,1-2).
102
palabras, me urge un soplo desde dentro. Es, en mi seno, como vino sin escape, que
hace reventar los odres nuevos. Hablar para desahogarme, abrir los labios y replicar.
No tomar partido por ninguno, a nadie adular. Pues yo no s adular: bien pronto me
aventara mi Hacedor (32,15-22).
b) El sueo y el ngel
103
hablar, con los que busca la salvacin del hombre. Dios habla al hombre en el sueo, en
la enfermedad y en el sufrimiento. Pero el hombre no siempre comprende la voz de
Dios. Dichoso el hombre que en el dolor tiene a su lado un ngel que le interprete la
palabra de Dios, invitndole a la conversin. Entonces su carne se volver ms fresca
que en la juventud, invocar a Dios y le otorgar su favor, mostrndole su rostro
jubiloso, le devolver su justicia y l proclamar ante los dems su salvacin, diciendo:
Haba pecado y violado la justicia, pero Dios no me ha dado mi merecido. Ha librado
mi alma de la fosa y mi vida vuelve a contemplar la luz (33,23-28). En el sueo y en
las visiones, Dios amonesta y corrige al hombre. Cuando la noche cierra los odos
exteriores, Dios abre los interiores. As Dios se comunica en el silencio, cuando el
hombre no opone resistencia. Job, en vez de tanto hablar y gritar, dando vueltas en el
lecho hasta el alba (7,4), exigiendo una respuesta de Dios, ms bien debera recogerse,
rendirse al sueo y abrirse al mensaje de Dios.
En vez de quejarse de que Dios le hace sufrir y no responde a sus quejas, Job
debe entender que la enfermedad es precisamente la respuesta de Dios. Es la palabra
que Dios le da para su salvacin. El hiere y venda la herida, golpea y cura con su
mano (5,27-28). Dios es solcito con los hombres, como un padre con su hijo o un
maestro con el discpulo (Dt 8,5), siempre atento a educarles y corregir su inclinacin
al mal: Ruego a los lectores de este libro que no se desconcierten por estas desgracias;
piensen antes bien que estos castigos buscan no la destruccin, sino la educacin de
nuestra raza; pues el no tolerar por mucho tiempo a los impos, de modo que pronto
caigan en castigos, es seal de gran benevolencia. Pues con las dems naciones el
104
Soberano, para castigarlas, aguarda pacientemente a que lleguen a colmar la medida de
sus pecados; pero con nosotros ha decidido no proceder as, para que no tenga luego
que castigarnos, al llegar nuestros pecados a la medida colmada. Por eso mismo nunca
retira de nosotros su misericordia: cuando corrige con la desgracia, no est
abandonando a su propio pueblo (2Mc 6,12-16):
Elih aplica a Job este itinerario general. La alegra, que renacer en el corazn
de Job, le llevar a proclamar el amor de Dios entre los hombres: Yo haba pecado y
torcido el derecho, mas Dios no me ha dado el merecido. Ha librado mi alma de pasar
por la fosa, y mi vida contempla la luz. He aqu todo lo que hace Dios, dos y tres veces
con el hombre, para recobrar su alma de la fosa, para que sea alumbrado con la luz de
la vida (33,27-30). Lo experimenta as el orante del salmo: Yahveh le guarda, le
depara vida y dicha en la tierra y no le abandona a la saa de sus enemigos. Yahveh le
sostiene en su lecho de dolor, calma los dolores de su enfermedad. Yo dije: Yahveh, ten
misericordia, sana mi alma, pues he pecado contra ti (Sal 41,3-4). Cuando el hombre
reconoce su pecado, se cumple el plan divino, que busca al hombre con la enfermedad.
Esa es la sabidura de Dios: Por eso corriges poco a poco a los que caen; les amonestas
recordndoles su pecado para que, apartndose del mal, crean en ti, Seor (Sb 12,2).
Para defender la justicia de Dios, Elih la une al poder soberano de Dios. En los
hombres pueden separarse y hasta contraponerse, abusando del poder. En Dios no. Algo
semejante dir el libro de la Sabidura: Como eres justo, administras con justicia el
universo y consideras incompatible con tu poder condenar a quien no merece ser
castigado. Tu fuerza es el principio de tu justicia y tu seoro sobre todos los seres te
hace indulgente con ellos... Dueo de tu fuerza, juzgas con moderacin y nos gobiernas
con mucha indulgencia porque, con slo quererlo, lo puedes todo. Obrando as
enseaste a tu pueblo que el justo debe ser amigo del hombre, y diste a tus hijos la
buena esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento (Sb 12,15-19).
Elih defiende a Dios como juez bien informado e imparcial, al mismo tiempo
que condena a Job, al acusarle de razonar como los malvados (34,5-9). Es lo que Job
niega y pide a Dios que lo pruebe. Dios, como parte ofendida, en la liturgia penitencial,
entabla un pleito con los hombres, a los que acusa, para convencerles de pecado y
ofrecerles el perdn (Sal 50-51; Is 1,10-20). La audacia de Job consiste en tomar la
iniciativa y, como parte ofendida, acusar a Dios. Es lo que hace el piadoso salmista
cuando considera injustificado su sufrimiento: Todo el da est ante m mi ignominia,
la vergenza cubre mi semblante, bajo los gritos de insulto y de blasfemia, ante la faz
del odio y la venganza. Y todo esto nos lleg sin haberte olvidado, sin haber traicionado
tu alianza. No se haban vuelto atrs nuestros corazones, ni haban dejado nuestros
pasos tu sendero, para que t nos aplastaras en morada de chacales, y nos cubrieras con
la sombra de la muerte! Si hubisemos olvidado el nombre de nuestro Dios o alzado
nuestras manos hacia un dios extranjero, no se habra dado cuenta Dios, l, que conoce
los secretos del corazn? Pero por ti se nos mata cada da, se nos trata como ovejas
llevadas al matadero. Despierta ya! Por qu duermes, Seor? Levntate, no nos
rechaces para siempre! Por qu ocultas tu rostro, olvidas nuestra opresin y miseria?
Pues nuestra alma est hundida en el polvo, pegado a la tierra nuestro vientre. Alzate,
ven en nuestra ayuda, resctanos por tu amor! (Sal 44,22).
Elih afirma de Dios (34,10) lo mismo que Job implora, como hizo tambin
105
Abraham: Lejos de ti hacer tal cosa! Matar al inocente con el culpable, confundiendo
al uno con el otro. Lejos de ti! El juez de toda la tierra no har justicia? (Gn 18,25).
Para Elih Dios es justo porque tiene el poder originario sobre todas las cosas. El, que
ha dado la vida a los seres, no les hace ninguna injusticia cuando se la retira, pues
puede poner lmites al don: Lejos de Dios el mal, de Sadday la injusticia! Dios paga
al hombre sus obras, le retribuye segn su conducta. En verdad, Dios no hace el mal,
Sadday no tuerce el derecho. Quin le confi a l la tierra, quin le encomend el
universo? Si l retirara su espritu, si hacia s recogiera su soplo, expirara toda carne y
el hombre volvera al polvo (34,10-15). Job, contemplando su vida, creacin de las
manos de Dios, razonaba de otra manera: Tus manos me formaron... y ahora me
aniquilas? (10,8). Al dar la vida al hombre, Dios se hace garante de esa vida.
Dios es imparcial, porque sus ojos miran las sendas del hombre y vigilan todos
sus pasos. No hay sombra que les encubran (34,17-22). Dios tiene sus plazos y sus das,
que para el hombre son siempre inminentes. Tiene plazos de penitencia, como en la
historia de Jons, y tiempos de gracia: As dice Yahveh: En tiempo favorable te
escuchar, y en da nefasto te asistir (Is 49,8). No toca al hombre sealar el plazo
para comparecer a juicio con Dios, como pretende Job (34,23). Dios puede aniquilar un
ejrcito en una noche, por ello puede diferir su intervencin y dar al hombre un tiempo
de espera. Quin puede acusarlo porque esconda por un tiempo su rostro? El sigue
velando sobre el mundo (34,30). Dios, sin necesidad de indagar, castiga el crimen y el
abuso del poder sobre los dbiles e indefensos. Y Dios escucha las reclamaciones de los
oprimidos y les hace justicia (34,26-28): Dios no olvida los gritos de lo oprimidos
(Sal 9,13), cuando uno clama, el Seor le escucha (Sal 34,18).
e) La pedagoga de Dios
106
que nada se saca de la honradez, Elih se lo retuerce preguntando qu saca Dios de
nuestra honradez: ni le favorece nuestra bondad ni le perjudica nuestra injusticia:
Crees que es razonable lo que dices, pensando ser ms justo que Dios? Y aades: De
qu me ha servido, que he ganado con no haber pecado? Yo te dar respuesta a ti y a tus
amigos. Mira a los cielos y observa cmo las nubes son mas altas que t! Si pecas,
qu le causas? Si se multiplican tus ofensas, qu le haces? Qu le das, si eres justo,
o qu recibe l de tu mano? (35,2-7). La distancia del cielo con las nubes subraya la
trascendencia incolmable de Dios. El hombre con las flechas de su maldad y con su
honradez no logra alcanzarlo directamente. Las acciones del hombre slo pesan sobre
los hombres: A un hombre igual que t afecta tu maldad, a un hijo de hombre tu
justicia (35,8). Dios no castiga para vengarse de una ofensa recibida ni premia para
agradecer un favor. Como juez resuelve los litigios que turban la paz de los hombres.
Por ms que insista Job, Dios no se dejar intimidar ni lisonjear. Su inocencia o
culpabilidad se refieren a otros hombres, es intil que pleitee contra Dios, acusndolo
de maltratarle sin razn e injustamente. De nuevo Elih contradice a Dios, que confes
en el dilogo con Satn que haba herido a Job sin razn (2,3). Job abre la boca y echa
viento ensartando palabras sin sentido (35,16). Job o Elih? Sin embargo Elih,
subrayando la transcendencia de Dios, acierta al impedir la reduccin de Dios a los
esquemas de la lgica humana de los amigos (Cf 33,12; 34,12; 36,22-25).
107
Elih no aplica directamente a Job sus palabras. No le nombra. Pero Job
tambin sufre. Sufre como oprimido?, como inocente? como malvado? Elih ya le
ha situado antes entre los malvados. El sufrimiento para l es una amonestacin para
que se convierta y no vuelva a la maldad. Para Job slo hay esperanza por el camino de
la penitencia. Por ello su sufrimiento est justificado y tiene sentido. Convertirse es
volverse al Seor y no slo apartarse del mal. Isaas habla de la conversin que Dios
busca con el escarmiento del sufrimiento y rehusada por el pueblo: Pero el pueblo no
se volvi hacia el que le castigaba, no buscaron a Yahveh Sebaot (Is 9,12). Dios ha
probado a Job en el crisol de la afliccin (36,21; Is 48,10) para que se vuelva de la
maldad a l y celebre sus acciones: No vuelvas a inclinarte hacia la iniquidad, pues
por ella te ha probado la afliccin. Mira, Dios es sublime en su poder, quin es
maestro como l? Quin le seala el camino a seguir? quin puede decirle: has hecho
mal? Acurdate ms bien de celebrar sus obras, que han cantado los hombres. Todos las
contemplan, los hombres las miran desde lejos. S, Dios es grande y no le
comprendemos, el nmero de sus aos es incalculable. El atrae las gotas de agua,
pulveriza la lluvia en vapor, que luego derraman las nubes, la destilan sobre la turba
humana. Quin adems comprender el despliegue de la nube, la altura de su tienda?
En torno a s despliega la niebla por encima de las cumbres de los montes. Con la lluvia
sustenta a los pueblos, les da alimento en abundancia. En sus manos levanta el rayo y le
ordena que alcance su destino. Su trueno lo anuncia y su ira se inflama contra la
iniquidad (36,21-33).
108
Dios controla los fenmenos de la creacin y les asigna una funcin. El poder
de Dios est al servicio de la justicia. Y lo que acontece con los fenmenos
atmosfricos sucede tambin en las dems incidencias de la vida humana. Ben Sir lo
dice desde otro ngulo: Las obras de Dios son todas buenas y cumplen su funcin a su
tiempo. Cada cosa tiene asignada su funcin, cada cosa vale para su momento. Hay
vientos creados para el castigo. Todo ello fue creado para su funcin y est almacenado
hasta el momento oportuno (Si 39,16-30): Del sur llega el huracn; y el fro, de los
vientos del norte. Al soplo de Dios se forma el hielo, se cuaja la superficie de las aguas.
El carga a la nube de un rayo y el nublado esparce su fulgor, que, gira girando, circula
conforme a sus designios. As ejecutan todas sus rdenes sobre la haz de su orbe
terrqueo. El los enva como castigo para los pueblos de la tierra o como gracia (37,9-
13).
Con el himno a la grandeza de Dios, Elih desea tapar la boca a Job. No tiene
derecho a reclamar, sino que debe convertirse en contemplador maravillado del actuar
de Dios: Presta, Job, odo a esto, tente y observa los prodigios de Dios (37,14). Para
llevar a Job a la contemplacin, le interpela y acosa con preguntas: Sabes acaso cmo
Dios los rige, y cmo su nube hace brillar el rayo? Sabes t cmo las nubes cuelgan en
equilibrio, maravilla de una ciencia consumada? T, cuyos vestidos queman cuando
est quieta la tierra bajo el viento del sur, puedes extender con l la bveda del cielo,
slida como espejo de metal fundido? (37,15-18). Elih une la oscuridad de la nube
con el fulgor del relmpago, smbolo del poder de Dios, capaz de hacer brotar la luz de
la oscuridad. El equilibrio de las nubes, que, cargadas de agua pesada, se remontan y
vuelan por la altura, muestra que lo pesado, bajo la accin de Dios, puede elevarse. Job
es invitado a aprender la leccin de las paradojas.
f) Adis a Elih
109
las revelaciones de los profetas (32,18-20; 33,3). Por esto mismo concede gran
importancia a los sueos y a las visiones nocturnas (33,15-16), fisuras del ser
humano por donde Dios puede soplar el espanto y triunfar del orgullo. De ah
igualmente la llamada que hace a la mediacin de un ngel (33,23-24). Pero ese recurso
al ngel es un signo sospechoso, pues lo propio del ngel mediador sera sentir
compasin del hombre e interceder por l ante Dios, en vez de llevar la cuenta de los
fallos humanos. Este ngel de Elih se asemeja demasiado al Satn del prlogo.
Enfrentado, como los tres amigos, con el misterio del sufrimiento del justo,
Elih da por sentada la culpabilidad de Job. El misterio del dolor humano sigue
reducido a las dos ecuaciones tradicionales: accin buena igual a felicidad y desgracia
igual a culpabilidad. Ciertamente, para Elih, esta retribucin no se lleva a cabo de una
forma totalmente impersonal, ya que est subordinada a la justicia y al poder de Dios.
Elih muestra muy bien que los fenmenos atmosfricos, por ejemplo, no actan para
el premio o el castigo del hombre sin un mandato concreto del creador (37,12-13). Pero
esto mismo vuelve a plantear la cuestin: si el cosmos no es ms que un instrumento en
las manos de un Dios justo, cmo puede encarnizarse con un inocente?
Paradjicamente, al subrayar el carcter personal del gobierno divino, Elih hace ms
injustificable la teora de la retribucin.
110
Sin embargo, hay algunos rasgos que salvan a Elih de intromisin intil al
retardar la respuesta esperada de Dios. En primer lugar, Elih subraya con acierto la
transcendencia divina. Para Elih en Dios las perfecciones se complementan
mutuamente: la omnipotencia garantiza la justicia, y la omnisciencia exalta el derecho.
Por ello, la santidad y la sabidura de Dios constituyen un punto inatacable para el
hombre. Esto le permite rebatir indefectiblemente las quejas de Job contra Dios: En
esto no tienes razn, porque Dios es ms grande que el hombre (33,12). El es sublime
en su fuerza, quin ensea como l?, quin le impondr su camino? (36,22-23). El
hombre no puede contemplar ms que de lejos la obra de Dios (36,24-25); su obrar,
pues, escapa siempre a toda concepcin que el hombre se haga de l. Estas
afirmaciones claras, que doblegan al hombre bajo la obediencia de la fe, estn presentes
en la tradicin proftica (Is 29,16; 40,13; 45,9; Jr 18,6; 23,18; Sb 12,12; 15,7) y las
recoger tambin San Pablo cuando emprenda la defensa de Dios contra las
acusaciones de injusticia o de infidelidad (Rm 9,20-21; 11,33-36).
La transcendencia, sin embargo, no aleja a Dios del mundo y del hombre, pues
su providencia est activa en la vida de los hombres (34,18-20; 36,5-16) y en el
universo entero (36,24-37,13). Elih se rebela contra la acusacin de Job de que Dios
no responde ni acta. Para refutarle Elih despliega ante Job un gran fresco de la
actuacin de Dios en el cosmos. Elih intenta convencer a Job de que, a travs de la
armona del mundo, Dios busca la realizacin del hombre, pues no deja de interpelarlo
y de revelrsele por medio de las maravillas que le hace contemplar (37,14). Pero Job
nunca debe olvidar que Dios sigue siendo soberanamente libre de utilizar el cosmos
para sus fines pedaggicos, bien para el castigo (shebet), bien para la misericordia
(hesed) (37,13).
111
humano dentro del eje de la pedagoga de Dios. El sufrimiento permitido por Dios se
presenta ante todo como un medio de purificacin. As lo expresan los profetas y
muchos salmos con la imagen del crisol (Is 1,25; 48,10; Za 13,9; Dn 11,35; 12,10; Sal
17,3; 26,2; 66,10). El dolor revela y elimina las impurezas del corazn como el fuego
las escorias del metal (Si 2,2-5; Jr 6,29-30; Sal 105,19). Esta purificacin mediante la
prueba es necesaria (Si 2,1.17; Tb 12,13 Vulg) y, por tanto, bienhechora (Lm 3,26-30).
Junto a este valor purificador, el AT asigna con frecuencia al sufrimiento un papel de
instruccin. Revela los designios de Dios (Dt 8,2; Sal 94,12; 119,71; Si 4,17-18). Como
una gracia de luz, la prueba es una llamada a la conversin (Sal 119,67; Sb 12,2). La
fidelidad de Dios a sus designios garantiza el valor salvfico de las pruebas que
atraviesan sus fieles (Lm 3,31-33; Sal 119,75). Es el mismo Dios quien hiere y cura la
herida (Dt 32,39; Jb 5,18; Os 6,1). El sufrimiento de los siervos de Dios tiene adems
un valor de intercesin y de rescate (Ex 32,30-33). Es la misin del Siervo de Yahveh
(Is 52,13-53). El castigo que desfigura al hombre de dolores (52,14; 53,3-4) oculta en
realidad el xito del designio de Dios (53,10), la revelacin de su brazo (53,1). El
inocente se confunde con los pecadores e intercede por ellos (53,12), ofreciendo su vida
en expiacin (53,10).
112
as barre los dos reproches fundamentales que le ha dirigido tantas veces: t ests lejos
y nunca respondes. Dios acepta el desafo de Job: Responda el Todopoderoso (31,35)
terminaba diciendo Job al final de su alegato. Ahora se dice: Respondi Yahveh desde
el seno de la tempestad (38,1). Dios desciende a presentar su defensa en el proceso a
que le ha citado el hombre. La acusacin de lejana, de silencio e indiferencia, lanzada
por Job, cae por tierra. La respuesta de Dios es ante todo un acontecimiento que Job
vive y que le conduce a una experiencia nueva de la presencia y del actuar de Dios. En
cierto sentido, toda la respuesta de Dios est ya dada en el encuentro que Dios le
concede, con el que reafirma la permanencia de su amor. Slo, para que Job no se
engae sobre el sentido de la venida de Dios, como se engaaba al interpretar su
ausencia y su silencio, Dios abre su boca y habla. Con su palabra desvela el significado
del acontecimiento.
113
Dios defiende su plan. El designio de Dios es amplio y concreto, abarca el
universo y se cie a los mnimos detalles. El actuar de Dios es expresin de su
providencia universal, abarca la naturaleza y la historia. Job, con toda su singularidad,
no queda fuera de ese designio. Dios lleva al hombre, con su actuar admirable y
misterioso, a la confesin: me guas segn tus planes, me llevas a un destino glorioso
(Sal 73,24). Frente a las palabras insensatas del hombre, que juzga lo que no entiende y
le supera, Dios hace resplandecer con su palabra su plan providencial.
Dios pone a Job ante los misterios del mundo con una buena dosis de irona:
As, pues, cie tus lomos como un hombre, te voy a preguntar para que me hagas
saber (38,3). Pero esta irona es desde el principio hasta el final una irona benvola y
paternal. Dios no intenta disminuir ni degradar al hombre, le concede el honor de
hacerle su interlocutor, aunque le lleva a la humildad, a apearse de sus pretensiones
falsas. De cuestionador, Dios convierte a Job en cuestionado. El mundo, que Dios ha
dado al hombre, es suyo, pero Job apenas le conoce. El mundo est lleno de secretos
inaccesibles al hombre. Dios con sus preguntas le hace levantar los ojos, sacndole del
repliegue sobre s mismo, de la concentracin en su problema, para abrirle la mirada a
otros problemas ms grandes e insolubles para l. Colocndole ante los misterios del
mundo, Dios ayuda a Job a encontrar su lugar en el mundo. El mundo es creacin de
Dios y no de Job. Es un mundo bueno, bello, maravilloso, muy por encima de la mente
del hombre. La maravilla de la creacin con sus misterios desdramatiza la angustia
obsesiva del hombre, que hace un mundo de sus pequeos problemas.
Despus de haber enfrentado a Job con sus propios lmites, Dios se pone a
desmenuzar despacio su primera respuesta para llevar a Job a arrodillarse ante l. Job
reclamaba un proceso judicial. Dios le ofrece, en cambio, un torneo sapiencial. Este
desplazamiento del eje del dilogo muestra la intencin pedaggica de la intervencin
de Dios. No se presenta como juez, segn la imagen que Job y los amigos esperaban,
sino como maestro o padre que educa a su discpulo o hijo, abrindole los ojos a la
realidad de la creacin. Dios, con su sabidura, ve hondo y lejos, se pasea por los
espacios desconocidos, suscitando en Job, no slo el conocimiento, sino el asombro y
la admiracin. Y Dios, que se mueve con libertad en medio de los seres infinitamente
grandes, se muestra tambin como el Dios de las ms delicadas atenciones para cada
una de sus criaturas. En ese gran fresco de la creacin Dios se mueve con dominio y
libertad, traza el camino, el sendero o el surco de cada cosa, se complace igualmente en
cuidar de lo superfluo y hasta lo aparentemente nocivo. Su providencia es gratuita y
sobreabundante.
b) Desde la tormenta
Dios no responde a Job con una teora, sino revelndose a l. Dios deja or su
voz en la tempestad. En lo incomprensible para el hombre Dios se muestra como Dios.
Dios no pretende explicar a Job el enigma del dolor, sino llevarle a la fe. Mientras el
hombre pretende medir el bien y el mal, ser conocedor del bien y del mal (Gn 3,5),
est a merced de Satans, fuera de Dios. El hombre que pretende ser juez de Dios y le
presenta la lista de sus mritos se queda encerrado en s mismo, en su mundo cerrado,
sin abrirse a la accin gratuita y bondadosa de Dios. Limitado a su visin miope, el
hombre no alcanza a vislumbrar la sabidura y bondad de Dios. Slo la renuncia a toda
autojustificacin abre al hombre el camino hacia Dios. Abierto a la confianza total en
114
Dios, el hombre no sabr explicarse el misterio del sufrimiento, pero lo puede vivir
como misterio de amor. Si el hombre se siente el centro del universo y pretende medir a
Dios, a s mismo y al mundo con el corto metro de su yo, no slo el dolor, sino todo
cuanto ocurre ante sus ojos le es incomprensible e inaceptable. Vuelve al caos y a la
nada.
Dios responde a Job directamente. De este modo le concede el mismo favor que
a los patriarcas (Ex 12,1; 15,1, etc), a Moiss (Ex 19,16) y a los profetas (Ez 1,4). El
encuentro se da en medio de la tormenta. La voz le llega a Job desde el viento
desencadenado, desde el torbellino que se levanta cuando el trueno estremece la
tierra (Si 43,17). Se trata de la searah que rapt a Elas a la presencia de Dios (2R
2,1.11), del carro de fuego de la aparicin de Dios a Ezequiel (Ez 1,4), del torbellino
salvador que acompaa la teofana salvadora que contempla Zacaras (Za 9,14). En
estos casos, como en el de Job, se trata de una intervencin extraordinaria de Dios.
Desde la tormenta, Dios se pasea con Job por la creacin, mostrndole sus
obras. Job queda sorprendido y maravillado por los misterios de los que l slo
vislumbra una microscpica parte, mientras Dios les recorre con su soberana absoluta.
Dios, ha quien Job ha interrogado insistentemente, responde interrogando a Job. Ahora
se invierten los papeles: el interrogado es Job. Job es interpelado por Dios en un plano
completamente diverso del que l haba sealado: Dnde estabas t cuando la tierra
fue fundada? es la primera pregunta que Dios hace a Job. Job, que se ha atrevido a
citar a Dios a juicio, ahora se encuentra con el interrogatorio que Dios le hace a l: T,
quien eres? Eres t acaso el Creador? Del misterio de la creacin Job es conducido al
misterio de Dios y, por l, a la fe en Dios en cuanto Dios.
Dios se muestra como el arquitecto del universo. El solo ha diseado los planos
del mundo. El es el principio y, por tanto, l es el fin. Slo l conoce el significado de
cada cosa, ordenada al fin que se ha propuesto en el principio. Slo l tiene la visin
del conjunto. Qu valor puede tener un juicio sobre un cuadro de Van Gogh antes de
estar terminado? Dios cre al hombre el sexto da para que nunca se creyera socio de
Dios en la creacin del mundo. Dnde estabas cuando yo pona los fundamentos de
la tierra?. Slo quien conoce el principio conoce el fin y el significado de cada cosa,
incluido el sufrimiento, dado en vistas a lograr el fin del diseo. El designio de Dios
supera la capacidad del hombre, pues en el principio cre Dios los cielos y la tierra
(Gn 1,1).
115
entera. Los astros de la maana elevan el canto entusiasta de alabanza. El hombre,
Adn o Job, no pudo asistir a aquel momento solemne ni unirse al coro celeste. Slo lo
har ms tarde al colocar la primera piedra del templo: En cuanto los albailes
echaron los cimientos del santuario de Yahveh, se presentaron los sacerdotes, revestidos
de lino fino, con trompetas, y los levitas, hijos de Asaf, con cmbalos, para alabar a
Yahveh segn las prescripciones de David, rey de Israel. Cantaron alabando y dando
gracias a Yahveh: Porque es bueno, porque es eterno su amor para Israel. Y el pueblo
entero prorrumpa en grandes clamores, alabando a Yahveh, porque la Casa de Yahveh
tena ya sus cimientos (Esd 3,10-11). Mientras Dios transporta a Job al momento de la
creacin de la tierra, le hace escuchar la sinfona de voces de las criaturas. El silencio
se rompe con el canto de las estrellas de la maana, que marcan el ritmo del tiempo,
para que los hombres unan sus voces al canto coral de alegra y adoracin de los
ngeles. Job es invitado a unir su voz entre el clamor a coro de las estrellas del alba y
las aclamaciones de todos los Hijos de Dios (38,7). La tierra es el templo de la
presencia de Dios, donde resuenan los cantos de todos los seres, como en el templo de
Jerusaln cantan los hijos de su pueblo.
116
Ningn ojo - dice - me divisa, y cubre su rostro con un velo. Las casas perfora en las
tinieblas. Durante el da se ocultan los que no quieren conocer la luz. Para todos ellos la
maana es sombra, porque sufren entonces sus terrores (24,13-17). Ahora Dios le
presenta el esplendor de la aurora que sacude la tierra, como si fuera una alfombra, para
que caigan de ella todos los parsitos: Has mandado, una vez en tu vida, a la maana,
has asignado a la aurora su lugar, para que agarre a la tierra por los bordes y de ella
sacuda a los malvados? Ella se trueca en arcilla de sello, se tie lo mismo que un
vestido. Se quita entonces su luz a los malvados, y queda roto el brazo que se alzaba
(38,12-15). Como la arena frena el mpetu del mar, as la luz de la maana reprime la
actividad de los malvados. Las tinieblas son el reino de la injusticia y de la violencia; la
luz es el reino de la justicia. La aurora agarra el manto de la tierra por las cuatro puntas
y lo sacude para expulsar a los malvados. Cuando sale el sol se retiran las fieras y se
tumban en sus guaridas y el hombre sale a sus faenas (Sal 104,22). Despejado el
campo de amenazas por la luz, el hombre puede salir a sus quehaceres. Es el actuar
diario de Dios: Cada maana har callar a los hombres malvados para alejar de la
ciudad del Seor a todos los malhechores (Sal 101,8). Los hijos de Dios son hijos de
la luz, poseen la vida; los hijos de las tinieblas estn en la muerte. Esta luz est en Dios
y lo manifiesta en el rostro de su Hijo Jesucristo: Quien le sigue no camina en
tinieblas (Jn 8,12).
Dios sabe muy bien que Job no estaba presente en el principio de la creacin y
que es totalmente incapaz de hacer surgir la aurora. El saber de Job es sumamente
limitado, no penetra ni discierne la razn ltima de las cosas. Se le oculta el principio y
se le escapa la finalidad de los seres que le circundan. Naci despus de ellos y le
sobreviven casi todos. No proceden del hombre los criterios de lo bello, de lo til, de lo
bueno o verdadero, sino que brotan de Dios, de su libertad creadora. Y, en la medida en
que se despliegan ante los ojos de Job la fuerza y habilidad del Creador, en esa medida
se va estrechando el campo de su poder y pretensiones y se va ampliando su sensacin
de impotencia. Su palabra de hombre no crea nada, no puede por tanto dar rdenes a la
maana, ni al guila (38,12; 39,27). Los polluelos del cuervo, si tienen hambre, no
chillan hacia Job, sino hacia Dios (38,41). Sabra Job cuidar de los seres de la creacin
con la solicitud de Dios?
c) viaje csmico
117
palabras. Job es el hombre, viajero por un inmenso reino de maravillas, de la mano de
Dios. Lo maravilloso atrae y desborda. Dios va sealando con el dedo y la palabra cada
cosa. La palabra, siempre potica, transfigura los seres, creando casi su presencia. As
el hombre va descubriendo el universo en que vive, los animales que desde el principio
le fueron sometidos. Con pasmo y sorpresa va descubriendo su propia ignorancia, su
limitado poder. Ser hombre y sufrir es una triste tragedia, pero qu maravilla ser
hombre y poder descubrir el mundo creado por Dios para l!2 Quin les da la
rapacidad?: 39,26-30.
De la tierra Dios conduce a Job a contemplar los orgenes del mar y le hace
asistir a su nacimiento del seno materno. Una fuerza interior empuja al agua desde el
seno de la tierra. La tierra se abre y el caudal de agua irrumpe entre sus piedras. El agua
nace de la tierra como una criatura que fuerza su paso desde el seno materno. Nacida la
criatura, se la envuelve en paales y mantillas. Al mar recin nacido Dios lo envuelve
118
en paales de nubes y mantillas de nieblas: Quin encerr el mar con doble puerta,
cuando del seno materno sala borbotando; cuando le puse una nube por vestido e hice
del nubarrn sus paales (38,8-9). Estas vendas, con que Dios envuelve el mar, son el
signo de la delicadeza y ternura de Dios para con sus criaturas, pero son tambin el
signo de su potencia. A un nio tan implacable y violento como el mar nadie sino Dios
lo puede controlar: No me temeris a m que puse la arena por trmino al mar, lmite
eterno, que no traspasar? Se agitar, mas no lo lograr; mugirn sus olas, pero no
pasarn (Jr 5,22). La creacin no est abandonada a los mecanismos ciegos de sus
impulsos, sino sometida a su Creador que la domina y regula con poder y bondad. Y si
Dios se ocupa del mar con la delicadeza de una madre, cmo puede Job, el hombre,
poner en duda que cuide de l?
Y si nubes y nieblas cubren por encima el mar, por los extremos est encerrado
como una ciudad amurallada por las arenas de la playa (38,10). As es domeado el
mar borrascoso que no sabe calmarse (Is 57,20). San Juan Crisstomo comenta: El
agua marina, agitada, azotada, hinchada desde dentro, al no poder propasar sus lmites,
proclama el poder de Dios. Y cuando Dios habla de los lmites y fronteras que pone al
mar, es como si le susurrase a Job: Debes saber que en la creacin hay cosas secretas;
la creacin tiene sus misterios. Aunque no los descubras, contntate con saber que
existen.
Job, con sus palabras, ha querido hacer de un da noche (c. 3), oscureciendo el
designio luminoso de Dios. Sabe l acaso por dnde se va a la morada de la luz o a la
de las tinieblas? Como el sol pasa la noche en su tlamo (Sal 19,6), as la luz y las
tinieblas se recogen cada una en su morada cuando se retiran de la tierra, para volver a
aparecer en su giro diario. Hay unas puertas de la aurora y del ocaso (Sal 65,9). Luz y
tinieblas necesitan un gua que conozca su respectiva morada y el camino asignado
desde el principio a cada uno. Job no puede explicar lo que le sucede, porque no puede
abarcar el tiempo que le desborda por delante y por detrs. Le falta perspectiva para
conocer el designio original y el final de la historia. Frente a los das contados de Job se
119
alza el tiempo de Dios, para quien mil aos son un ayer que pas (Sal 90,4) y es
Dios desde siempre y por siempre (Sal 90,2).
Dios sigue mostrando a Job los tesoros que tiene en reserva para el hombre:
agua, nieve y roco para sus necesidades, y granizo como arma para su liberacin de los
enemigos. Slo Dios les controla y dirige segn la oportunidad del momento (38,22-
30). Dios ensancha los confines de la tierra habitable, derramando la lluvia en regiones
no habitadas, en un derroche que parece intil y es providente. Con la lluvia generosa y
continua Dios defiende la tierra cultivada de la amenaza de la sequa y el bochorno,
fuerzas que intentan devolverla al caos amorfo y estril. Puede Job mandar la lluvia en
el momento oportuno? La pregunta delata de nuevo la ignorancia de Job y muestra la
sabidura escondida de Dios. La lluvia, en forma de agua, nieve, escarcha o granizo, el
rayo y el trueno esconden un sentido, benfico siempre, incluso como instrumentos de
castigo, que Job no comprende; tienen un poder, que Job no controla. El Creador tiene
un designio preciso incluso cuando derrocha la lluvia donde no se espera ni hace falta.
Su designio es ms amplio de cuanto el hombre puede imaginar. Slo Dios gua los
astros (38, 31-34), que ocupan su puesto a una orden de Dios (Si 43,10). Job no tiene
ningn poder sobre ellos, ha de contentarse con contemplarlos admirado, como el
cantor del salmo 8. Slo Dios ha establecido las leyes del cielo y de la tierra (Jr
33,25). Desde el principio Dios ha encomendado al sol regir el da y la noche, separar
la luz de las tinieblas (Gn 1,18) y a la luna determinar las fiestas y las fechas (Si
43,7). La tierra est subordinada al cielo y el cielo obedece a Dios. En el Padrenuestro
el creyente desea e implora que se haga la voluntad de Dios en la tierra como en el
cielo (Mt 6,10). Job no tiene una voz tan potente que alcance las nubes ni tan
perentoria que las haga obedecer. Igualmente, los rayos cumplen velocsimos las
rdenes de Dios y se presentan a l a dar cuenta de su cumplimiento y a recibir nuevos
encargos (38,35). Slo Dios tiene dominio sobre el rayo: enva el rayo y l va, lo llama
y le obedece temblando (Ba 3,33). Slo Dios desencadena los aguaceros y huracanes
(38,37-38).
Del mundo mineral Dios pasa al mundo animal: leona y cuervo, gamuza y
cierva, onagro y bfalo, avestruz y caballo, halcn y buitre. Los diez animales
pertenecen al mundo del desierto, mundo catico, ajeno u hostil al hombre. Son
animales nocivos o, al menos, sin utilidad para el hombre, no se dejan domesticar. Son
presas de caza que, al mximo, como el caballo, sirven slo para la guerra. Pues bien,
Dios los ha creado y no los destruye, sino que los alimenta y cuida, aunque les
mantiene a raya. Dios no elimina los poderes hostiles, pero los controla. As responde a
las quejas de Job sobre la impunidad de los malvados y el desorden del mundo. Los
dones de Dios a cada animal muestran su atenta solicitud por los seres de su creacin: a
todos da su sustento, asistencia en el parto, libertad al asno salvaje, robustez al bfalo,
velocidad a falta de inteligencia al avestruz, ensea a saltar al caballo, a volar al halcn,
da casa inaccesible y vista de largo alcance al buitre. Dios se complace en la
contemplacin de la obra de sus manos. El len es valeroso, amable la cierva, libre el
onagro y fuerte al bfalo; el caballo es bello e intrpido, velocsimo el avestruz, seguro
en el vuelo el halcn, de ojos penetrantes el buitre.3
El reino de los seres vivos, con sus instintos que les impulsan a la conservacin de la
vida, es un prodigio: Cazas t acaso la presa a la leona? calmas el hambre de los
leoncillos, cuando en sus guaridas estn acurrucados, o en los matorrales al acecho?
3 Otras listas de animales encontramos en Isaas: 11,6-8; 13;34;
120
Quin prepara su provisin al cuervo, cuando sus cras gritan hacia Dios, cuando se
estiran faltos de comida? (38,39-41), La descripcin empieza por el len, el ms
valiente de los animales, que no retrocede ante nadie (Pr 30,30). Dios le procura el
sustento para sus cras: Los cachorros rugen por la presa reclamando a Dios su
comida. Todos ellos esperan que les des a su tiempo su alimento; t se lo das y ellos lo
toman, abres tu mano y se sacian de bienes (Sal 104,21.27-28). Al len sigue el
cuervo, que se alimenta de carroa, de los despojos que dejan para ellos la leona y sus
cachorros.
Dios se recrea paseando a Job por el zoolgico natural de la estepa, donde los
ms variados animales se mueven en libertad: Quin dej al onagro en libertad y
solt las amarras del asno salvaje? Yo le he dado la estepa por morada, por mansin la
tierra salitrosa. Se re del tumulto de las ciudades, no oye los gritos del arriero; explora
las montaas, pasto suyo, en busca de toda hierba verde (39,5-8). Dios ha fijado la
habitacin propia para cada animal. La maleza o montaa para la leona, el campo
abierto para gamuzas o ciervas, la llanura salada para el asno salvaje, lejos del establo
el bfalo, la arena para el avestruz, el viento para el halcn, un picacho para el buitre.
Son regiones no habitadas por el hombre. La creacin es la alegra de un artista que ve
en su obra la bondad y la belleza de movimientos y colores: Querr acaso servirte el
bfalo, pasar la noche junto a tu pesebre? Atars a su cuello la coyunda? rastrillar
los surcos tras de ti? Puedes fiarte de l por su gran fuerza? le confiars tu menester?
Ests seguro de que vuelva, de que en tu era allegue el grano? (39,9-12).
121
infunde su relincho altanero! Piafa de jbilo en el valle, con bro se lanza al encuentro
de las armas. Se re del miedo y de nada se asusta, no retrocede ante la espada. Va
resonando sobre l la aljaba, la llama de la lanza y el dardo. Hirviendo de impaciencia
devora la tierra, no se contiene cuando suena la trompeta. A cada toque de trompeta
responde con un relincho, olfatea de lejos el combate, las voces de mando y los
clamores (39,19-25).
Y del caballo veloz, Job es invitado a levantar la vista a las aves rapaces, para
contemplar la agudeza de su vista y la rapidez de su vuelo: Acaso por orden tuya el
halcn emprende el vuelo, despliega sus alas hacia el sur? Por orden tuya se remonta
el guila y coloca su nido en las alturas? Pone en la roca su mansin nocturna, su
fortaleza en un picacho. Desde all acecha a su presa, desde lejos la divisan sus ojos.
Sus cras lamen sangre; donde hay muertos, all est (39,26-30). Desde su altura
vertiginosa, gracias a su vista agudsima, puede observar y descubrir la presa y sobre
ella se lanza con velocidad incontenible.
Job peda una tregua en su sufrimiento, antes de morir, y peda que cesasen las
hostilidades de Dios para con l para tener un instante de alegra (10,20). El paseo
csmico de la mano de Dios es una tregua en el dolor ms bien que un instante de
alegra. El tono entre irnico y condescendiente de Dios muestra que no hay hostilidad.
Job se siente reconciliado con Dios, aunque no tenga respuesta para sus preguntas. Y la
tregua ser inicio de una etapa nueva de felicidad duplicada.
Al desvelarle a Job sus lmites, Dios, ms que condenarle, le abre los ojos para
que se site en la realidad. Dios hojea ante la mirada de Job el lbum del universo,
sealando su presencia en cada fotografa, para que Job tambin la descubra. En
realidad, Dios da la palabra a sus obras para que ellas conduzcan al hombre desde su
122
pequeo misterio al misterio de Dios. La creacin recobra todo su esplendor y misin:
lejos de ser la aliada de Dios en sus designios contra el hombre, como le acusaba Job,
se convierte en la aliada del hombre para llegar al misterio del amor de Dios. La
creacin se convierte en el lenguaje de Dios que interpela al hombre y le lleva a pasar
de ella al Creador. Los seres le marcan las pistas para volver a acercarse a Dios. As, sin
violencia, la palabra de la creacin entra en el nimo de Job, se hace suya y despierta en
l la alabanza del corazn y de los labios. La indigencia congnita del saber humano se
convierte paradjicamente en pedagoga que abre al hombre el acceso a la sabidura de
Dios.
Dios, tras mostrar las obras de su creacin, con la irona del amor, invita a Job a
responder: El adversario de Sadday quiere seguir el proceso? El censor de Dios va a
replicar an? (40,2). Job, con sus interpelaciones, ha conseguido una victoria de la que
puede estar satisfecho: Dios le ha respondido. Entre el silencio de Dios y la fulminacin
de Job, Dios ha hablado y Job resta con vida. Ahora Dios interpela a Job, que se siente
desbordado por la respuesta de Dios. La cascada de preguntas, seguidas de las
descripciones fascinadoras de los seres de la creacin, han dejado a Job estupefacto:
tus torrentes y tus olas me han arrollado (Sal 42,8), podra decir Job.
Dios no est airado contra Job, sino contra los amigos. Sin embargo, Job se
siente culpable ante Dios. El sufrimiento de Job no es debido a su culpa, sino a su
justicia. Esta es la paradoja del actuar gratuito de Dios, que hace saltar todos los
esquemas humanos. Job ha sido probado con el dolor precisamente por su fe y justicia.
Job tena razn en rebelarse contra el sufrimiento como fruto de su culpa, como le
repetan los amigos. Pero esta razn acaba cuando no se halla ante los hombres, sino
ante Dios. Ante Dios se reconoce culpable. El gran sufriente se convierte en el gran
creyente: Job ha encontrado el verdadero rostro de Dios.
123
Dios. El silencio era la ltima palabra del hombre como confesin de su fracaso tras el
largo camino de reflexin sapiencial. Aqu el silencio de Job se presenta como fruto de
la palabra de Dios. Al reclamar un duelo con Dios, Job se haba puesto a s mismo en
una situacin lmite y desde entonces la percepcin de su indigencia le fue llevando a
una soledad y desesperacin cada vez mayor. En la presente teofana, en cambio, es
Dios quien conduce a Job hasta los lmites de su poder de hombre, para que cese de
chocar con ellos y se reconcilie con su misma limitacin. Job comprende que toda la
obra de Dios es potencia y cario y que su amor a la vida garantiza su designio de
salvacin.
Ante Job, que ha citado tantas veces a juicio a Dios, ahora se abren dos
posibilidades: replicar a Dios o callar para escuchar a Dios en la fe. Job, balbuciendo,
acepta la segunda. Dios no considera blasfema la primera alternativa. Dios ha aceptado
la rplica de Moiss en Rafidim por la falta de agua (Ex 17,1-7) y luego la spera
rplica por la falta de carne (Dt 1,37;3,26). Ha aceptado las amargas confesiones de
Jeremas (Jr 12,1-6;15,10-12;20,7-13), la de Habacuc (Hb 1,12-2,5). Pero, ahora, Job
ha encontrado a Dios y seguir la discusin no tiene sentido. Job retira todos los cargos.
Job, que haba amenazado a los amigos: no os sobrecoge su majestad?, hace l
mismo esa experiencia. Y como haba aconsejado a los amigos que callarse es lo
mejor (13,5), retira sus cargos y decide retirarse. Pero Dios no acepta la retirada. Job
haba propuesto: pregunta t y yo te responder (13,22). Dios ha preguntado y
preguntado, pero Job no tiene nada que responder. Se excusa: qu replicar?. Dios
apela a su hombra: si eres hombre, cete los lomos. A Dios le queda an algo
importante que decir.
b) Creacin e historia
124
a los malvados! Hndelos juntos en el suelo, cierra sus rostros en el calabozo! Y yo
mismo te rendir homenaje, por la victoria que te da tu diestra! (40,10-14). Dios, con
benvola irona, le invita a demostrar su poder. Que Dios ceda su honor y alabe al
hombre es la distorsin de toda la piedad de Israel, que en todos sus cantos alaba la
diestra de Dios como la nica que puede salvar. Dios, dando la vuelta al lenguaje
bblico, muestra el desatino de la audacia de Job. Si Job no es capaz de salvarse por su
propia mano, no ser lo ms razonable y sabio la aceptacin de su finitud y la acogida
filial de la sabidura de Dios? La negacin de su justicia ante Dios le abrir el acceso a
la justicia de Dios.
125
Dios las controla. A Job no lo puede salvar su diestra, Dios s puede y quiere salvarlo.
Jeremas, en una de sus confesiones, pide cuentas a Dios por no destruir a los
malvados: no me dejes perecer por tu paciencia. Jeremas ha sido fiel a la misin que
Dios le ha confiado, pero le parece que Dios no lo es con l, pues tratando con
indulgencia a sus perseguidores le hace sufrir injustamente, siendo l inocente. Acabar
con los malvados cuanto antes es la splica tambin del salmista para liberar a la
Ciudad del Seor de todos los pecadores (Sal 101,8). El hombre, en su pequeez,
incapaz de librarse de las pequeas serpientes del desierto (Nm 21,4-9), se cree siempre
ms inteligente que Dios y desea darle lecciones. En el fondo no soporta la libertad;
queriendo eliminar el mal, lo nico que suprime es la libertad. San Agustn,
comentando el salmo 122, dice: El hombre se siente justo frente a Dios. Es rico, tiene
el pecho lleno de justicia. Le parece que Dios obra mal y piensa ser justo. Y si le
encargaras de timonear la nave, naufragara con ella. Quiere desbancar a Dios del
gobierno del mundo y tomar l el timn de la creacin, repartiendo a todos dolores y
gozos, castigos y premios. Pobre alma!. La justicia de Dios siempre es sorprendente.
Siempre sorprende su bondad gratuita: Es que va a ser tu ojo malo porque yo soy
bueno? (Mt 20,15). El hombre se parece siempre al profeta Jons. Cuando, al final de
126
proclamar sus amenazas contra Nnive, espera con regusto la aniquilacin de la ciudad
enemiga, no soporta que Dios no cumpla su palabra, protesta contra la misericordia de
Dios. Con irona Dios debe darle la leccin del ricino (Jon 4).
Job y los amigos hablan, pero no se hablan. Ninguno escucha al otro. Dios y Job
se hablan. Dios habla a Job, Job le escucha y le responde. Dios, ante los reproches de
Job, se presenta ante l: Quien es ste que empaa el consejo con razones sin
sentido? (38,2). Job, ante la revelacin de Dios, queda sin palabra, se tapa la boca con
la mano (40,3-4). Pero Dios, con su palabra, suscita en Job una palabra de respuesta
autntica. Job comienza por confesar: Era yo quien empaaba el consejo con razones
sin sentido (42,3). Dios acepta y suscita el dilogo con el hombre contrito y humillado.
Job puede presentarse ante Dios reconociendo su nada y su pecado: S, he hablado de
grandezas que no entiendo, de maravillas que me transcienden. Ahora s que eres
todopoderoso y ningn plan te es irrealizable (42,1-3). Job se abre a la fe de Abraham:
Hay algo imposible para el Seor? (Gn 18,14), a la fe de Mara, que experimenta que
ninguna cosa es imposible para Dios (L.c. 1,37). Y Job re como Abraham, ve la
gloria de Dios, recibe el hijo de la fe: Yo te conoca de odas, pero ahora te han visto
mis ojos (42,5).
Job confiesa su ignorancia. Y su ignorancia le abre los ojos para ver a Dios
como creador amoroso y como salvador: Yo te conoca slo de odas, mas ahora te han
visto mis ojos. Por eso me retracto y me arrepiento en el polvo y la ceniza (42,5-6).
Ahora, sin las escamas de lo que haba odo de Dios, Job ve a Dios con los ojos
iluminados del corazn (Ef 1,18), entrando en comunin de amor con l. La
127
experiencia personal de Dios borra todos sus interrogantes.
Slo esta palabra de Dios logra disolver la angustia de Job. El justo doliente se
ve invitado a inclinarse ante la mano potente y protectora de Dios y a dejarse llevar por
ella en el dilogo de la fe. Dios condesciende con la debilidad de Job. Se equivoc al
exigir la manifestacin de Dios, pero acert al seguir esperando y aguardando que Dios
hablara. Dios ha hablado y le ha revelado no slo quin es Dios, sino tambin quien es
Job. Ahora Dios puede callarse de nuevo. Job lo ha visto y esto le basta. Ahora puede
callarse tambin Job; su silencio es el mejor lenguaje de su fe.
128
Job haba pedido encontrar a Dios para defenderse en su presencia; eso sera ya
mi salvacin, pues el impo no comparece ante l (13,15-16). Desde lo hondo de su
angustia haba suspirado: Ojala supiera cmo encontrarlo, cmo llegar a l (23,3).
Dios se lo ha concedido, manifestndose en la tormenta, y Job lo reconoce: te han
visto mis ojos. Y no se trata slo de visin, sino de encuentro y compaa. Job hace la
experiencia del orante del salmo 73, en el que se enfrentan la prosperidad de los
malvados y el sufrimiento del orante, que conoce y confiesa su inocencia. La realidad
le ha puesto en peligro de flaquear en su fe, ha querido comprender y resolver el
enigma a fuerza de reflexin, hasta que confiesa su fracaso. En ese momento Dios lo
invita a subir a su punto de vista elevado, para divisar el destino de los malvados. Y lo
invita sobre todo a experimentar la incomparable e inefable compaa de Dios. Como
Job, puede proclamar: para m lo bueno es estar junto a Dios. Job, lo mismo que
Jacob, sale cojeando de la lucha con Dios, pero contento porque he visto a Dios y he
quedado con vida (Gn 32,31). En la aparicin de Dios, Job acepta el puesto de
hombre, acogiendo a Dios como Dios, entregndose a su designio, aunque diste de sus
pensamientos como el cielo de la tierra. Job puede confesar con el salmista: en esto
reconozco que me amas (Sal 41,2), reconozco que con razn me hiciste sufrir (Sal
119,75), yo s que el Seor es grande (Sal 135,5).
129
creyente que deja a Dios actuar en su vida. La accin de Dios oculta maravillas, que
desbordan no slo las fuerzas del hombre, sino incluso lo que el hombre puede
imaginar. Dios puede llevar a cabo un plan rico de sentido, sin que el hombre, en su
limitacin, descubra en l ms que enigmas: Cuanto ms grande seas, ms debes
humillarte, y ante el Seor hallars gracia. Pues grande es el podero del Seor, y por
los humildes es glorificado. No busques lo que te sobrepasa, ni trates de escrutar lo que
excede tus fuerzas. Lo que se te encomienda, eso medita, que no te es menester lo que
est oculto. En lo que excede a tus obras no te fatigues, pues ms de lo que alcanza la
inteligencia humana se te ha mostrado ya. Que a muchos descaminaron sus prejuicios,
una falsa ilusin extravi sus pensamientos (Si 3,18-24). Job ahora puede proclamar
con el salmista: Yahveh, no es ambicioso mi corazn, ni mis ojos altaneros. No
pretendo grandezas ni prodigios que me vienen anchos, sino que acallo y modero mis
deseos, como nio amamantado en el regazo de su madre. Como nio amamantado
est mi alma en m! (Sal 131). El sufrimiento, por muy incompresible que resulte para
el hombre, siempre tiene un sentido oculto en Dios: Ciencia misteriosa es para m,
demasiado alta, no puedo alcanzarla (Sal 139,6).
El grito de Job, que invoca un defensor, un redentor, es escuchado por Dios, que
se encarna en Cristo y carga con el dolor el hombre: Venid a m los que estis
cansados y agobiados y yo os aliviar (Mt 11,28). Job no se resigna ante el mal y el
sufrimiento de su vida, sino que se abandona existencialmente en Dios: Yo s que mi
Redentor vive (19,29). Job, como Cristo, llega a la perfeccin por el sufrimiento (Cf
Hb 2,10;5,9).Ahora te han visto mis ojos. Dios se muestra en Cristo. El dolor y la vida
se comprenden viendo a Dios en el dolor: contemplando a Cristo traspasado.
130
(31,37). Ahora, con la humildad de la verdad, le acoge postrado sobre el polvo y la
ceniza: Ahora te han visto mis ojos, por eso me retracto y me arrepiento sobre el polvo
y la ceniza (42,6). La visin de Dios, la experiencia de su presencia y de su fidelidad,
es lo que lleva a Job al arrepentimiento. De qu se arrepiente? No de pecados que
hubiera cometido antes de la prueba, de los que Dios nunca le ha acusado. Pero acaba
de tomar conciencia, frente al Dios vivo y operante, del orgullo que se le ha subido al
corazn al mismo tiempo que el sufrimiento. Es un pecado nuevo que acaba de nacer
ante sus ojos a la luz de Dios. Un pecado ms radical que todos los pecados de que le
han acusado los amigos, ya que consiste en haber querido ocupar el lugar de Dios como
norma del mundo y de la historia. Job se ha acercado al rbol prohibido (Gn 3,6),
arrogndose el derecho de criticar la sabidura de Dios y deseando ser l quien
decidiera el bien y el mal. Dios le ha abierto los ojos y Job se ha visto desnudo. Pero
Dios le ha mostrado su pecado con el humor suficiente para borrar la angustia del
corazn.
131
como muerto, incapaz de darse la vida. Dios, en su fidelidad misericordiosa, inicia de
nuevo con l la historia de salvacin.
132
EPILOGO
ITINERARIO DE LA FE
El eplogo del libro, tras el largo discurrir de discursos, enlaza con el prlogo.
El bien es ms fuerte que el mal. El sufrimiento no es el destino ltimo del hombre, la
esperanza siempre puede florecer, el amor de Dios es siempre la ltima, la verdadera
palabra de Dios. La carta de Santiago canta este triunfo de la paciencia: Mirad cmo
133
proclamamos felices a los que sufrieron con paciencia. Habis odo la paciencia de Job
en el sufrimiento y sabis el final que el Seor le dio; porque el Seor es compasivo y
misericordioso (St 5,11) .
El libro de Job se cierra con un final feliz. Despus de que Job hace su
confesin de fe pura, se vuelve al plano de la felicidad tangible. El cambio interior de
Job se muestra en su vida exterior. Este final muestra que Dios no quiere los
sufrimientos por s mismos. Una vez alcanzado su objetivo y ganada la apuesta
mediante la fe de Job, Dios pone fin a la prueba. Reafirmada su libertad, Dios puede
desplegar su bondad sin riesgo de ser tergiversada por la religin utilitarista de los
amigos. Cumplido el deseo de ver a Dios, renunciando a todo, Job puede recibir
gratuitamente lo que no ha pedido, lo mismo que Salomn: Porque, en vez de pedir
para ti larga vida, riquezas, has pedido discernimiento para saber juzgar, cumplo tu
ruego y te doy un corazn sabio e inteligente como no lo hubo antes de ti ni lo habr
despus. Tambin te concedo lo que no has pedido, riquezas y gloria, como no tuvo
nadie entre los reyes (1R 3,11-13).
Los amigos no podrn cantar victoria pensando que Job ha recobrado sus
riquezas porque se ha convertido y que Dios les da la razn a ellos. Dios critica el
tesmo fundamentalmente ateo de los amigos, rechaza la visin utilitarista de la
salvacin, en la que no hay cabida para la gracia y en la que el amor de Dios es
sustituido por la necesidad de garanta y seguridad personal. Es la negacin de Satans
que sospecha que toda fe en Dios es interesada. Dios condena formalmente los
discursos de los amigos. Dirigendose a Elifaz, el ms anciano, les dice: Mi ira se ha
encendido contra ti y contra tus dos amigos, porque no habis hablado con verdad de
m, como mi siervo Job (42,7). En su bsqueda angustiada del rostro de Dios, Job se
haba enfrentado duramente a los amigos: Vosotros no sois ms que charlatanes... En
defensa de Dios decs razones mentirosas? As luchis en su favor y os hacis
abogados de Dios? No convendra que l os sondease? Jugaris con l como se juega
con un hombre? El os dar una severa correccin (13,4.7-10). Ahora Dios le da la
razn. El profeta Zacaras nos ha descrito la replica final de la asamblea celeste del
prlogo, aunque Job ahora se llame Josu: Yahveh me hizo ver despus al sumo
sacerdote Josu, que estaba ante el ngel de Yahveh; a su derecha estaba Satn para
acusarle. Dijo el ngel de Yahveh a Satn: Yahveh te reprima, Satn, te reprima
Yahveh, el que ha elegido a Jerusaln! No es ste un tizn sacado del fuego? Estaba
Josu vestido de ropas sucias, en pie delante del ngel. Tom ste la palabra y habl as
a los que estaban delante de l: Quitadle esas ropas sucias y ponedle vestiduras de
fiesta. Y colocad en su cabeza una tiara limpia! Se le visti de vestiduras de fiesta y se
le coloc en la cabeza la tiara limpia (Za 3,1-5).
Satn y los amigos se han equivocado en su juicio sobre Job. Dios es siempre
sorprendente. Los amigos se han quedado sin palabra desde el captulo 27. Suponiendo
que han asistido al debate final, podemos imaginar que, al escuchar las palabras de
Dios y las respuestas de Job, piensan satisfechos: hemos vencido, Dios nos ha dado
razn. Pero, una vez ms, se equivocan. Dios zanja el debate condenando a los amigos,
que no han hablado rectamente de m, como lo ha hecho mi siervo Job. Comenta San
Gregorio: Odos los discursos de Job y conocidas las respuestas de los amigos, es hora
de dirigir nuestra atencin a la sentencia del juez interior y decirle: Seor, hemos odo a
las dos partes discutir en tu presencia; sabemos que en el debate Job ha repasado sus
acciones virtuosas y los amigos han defendido el honor de tu justicia. Sabes lo que
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pensamos de ello, que no podemos reprender las razones de los que se han dedicado a
defenderte. Estn presentes las partes, esperando tu sentencia. Siguiendo una regla
invisible, Seor, pronuncia el examen penetrante de tu discernimiento, muestra quien
ha hablado mejor en este debate... Oh Seor, tu sentencia revela qu lejos est nuestra
ceguera de la luz de tu rectitud. Vemos que declaras vencedor a Job, el que pensbamos
que te haba ofendido con sus palabras.
Esta intercesin de Job por los amigos, expresin de su fe, es bendecida por
Dios con las bendiciones de los patriarcas: bienes, fecundidad y vejez. Para Job retorna
el esplendor del pasado duplicado por la nueva abundancia, que Dios derrama sobre l.
Termina la soledad: Vinieron, pues, donde l todos sus hermanos y todas sus
hermanas, as como todos sus conocidos de antao; y mientras celebraban con l un
banquete en su casa, le compadecieron y le consolaron por todo el infortunio que
Yahveh haba trado sobre l. Y cada uno de ellos le hizo el obsequio de una cantidad de
plata y de un anillo de oro (42,11). La comunin es restablecida y la alegra se hace
banquete donde todos se complacen en llenar de dones a Job, el bendecido del Seor.
Es vlida la esperanza de que el bien puede ms que el mal, que el sufrimiento no es el
destino final del hombre, que el amor bondadoso de Dios es la ltima realidad. Dios
cumple con Job lo que implora el salmista: Scianos de tu amor a la maana, que
exultemos y cantemos toda nuestra vida. Devulvenos en gozo los das que nos
afligiste, los aos en que sufrimos desdichas. Que se vea tu obra con tus siervos, y tu
esplendor sobre sus hijos! La dulzura del Seor sea con nosotros! Confirma t la
accin de nuestras manos! (Sal 90,14-17).
Dios manifiesta su gloria en Job duplicando sus alegras y sus bienes. Yahveh
bendijo la nueva situacin de Job ms an que la antigua: lleg a poseer 14.000
ovejas, 6.000 camellos, 1000 yuntas de bueyes y 1000 asnas. Tuvo adems 7 hijos y 3
hijas. A la primera le puso el nombre de Paloma, a la segunda el de Canela y a la tercera
el de Azabache. No haba en todo el pas mujeres tan bellas como las hijas de Job. Y su
padre les dio parte en la herencia entre sus hermanos. Despus de esto, vivi Job
todava 140 aos, y vio a sus hijos y a los hijos de sus hijos, cuatro generaciones.
Despus Job muri anciano y colmado de das (42,10-17).
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b) Y la fe es la nica palabra del hombre
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conciencia ante la deslumbrante manifestacin de Dios, Job encuentra su verdad.
Perdindose, se encuentra en Dios. San Pablo no se cansar de repetir que, en el
planteamiento judicial, el hombre saldr siempre perdiendo, pues el hombre nunca lleva
razn contra Dios, y porque sus razones y mritos se basan en el cumplimiento de
leyes. San Pablo, con toda su fuerza de fariseo alcanzado gratuitamente por Cristo,
inculca que la gracia y la fe son el nico camino de la justificacin y salvacin. Job
reanuda la vida colmada, feliz, pues ese es el designio de Dios. Pero, si Dios decide
callarse de nuevo, su silencio en adelante estar cargado de significado. Habr que
aguardar ciertamente la nueva alianza, Getseman, la cruz y la gloria de la resurreccin
para que los creyentes descubran la apuesta maravillosa que Dios ha hecho desde
siempre por el hombre, pero ya Job supo vislumbrar una de las mayores paradojas de la
salvacin. Comprendi que la herida abierta en nosotros por el silencio de Dios no es
ms que la esperanza de la comunin con l.
-Quin me consolar?
-Si eres mujer, habla conmigo; pero, si eres espritu, qutate de mi presencia.
-No me conoces? -le respondi- Yo soy aquella madre que tena siete hijos. Se
fue su padre allende el mar y, mientras estaba llorando por l, vinieron a decirme: Se
ha derrumbado tu casa sobre tus siete hijos y han muerto. Y ahora no s por quin
llorar ni por quin arrancar mis cabellos.
-No eres t mejor que la madre de Sin, que se ha convertido en pasto para las
bestias del campo.
-Yo soy la madre de Sin! De m est escrito: Desgraciada la que diera a luz
siete hijos! (Jr 15,9).
-Se parece tu herida a la de Job -le replic Jeremas, expresando por su boca las
palabras de Dios-: A Job le quitaron los hijos y las hijas, como a ti te han quitado hijos
e hijas. A Job le quit su plata y su oro, como a ti te he quitado plata y oro. A Job le
arroj en la inmundicia, como t te has convertido en un estercolero. Pero de la misma
forma en que volv y me compadec de Job, as tambin volver a compadecerme de ti.
A Job le multipliqu sus hijos y sus hijas, lo mismo har contigo: te multiplicar tus
hijos y tus hijas. A Job le dobl su plata y su oro, y lo mismo har contigo. A Job le
sacud de la inmundicia, y sobre ti est escrito: Sacdete el polvo y levntate, cautiva
Jerusaln (Is 52,2). Los hombres te construyeron, los hombres te han derruido, pero en
el futuro Yo te reconstruir, pues est escrito: El Seor reconstruye Jerusaln,
congrega a los dispersos de Israel (Sal 147,2).
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de Dios, que Job esperaba. Jess ha descendido a la tierra del hombre para entablar un
duelo a muerte con Satans. Desde el comienzo de su ministerio inicia su combate
contra l y no cesa en su lucha hasta vencerlo en la cruz. Jess, tomando la carne de
Job, del hombre, bebe hasta las heces el cliz amargo del sufrimiento. No slo sufre la
indecible tortura corporal, sino que padece el fracaso de su misin, el
entenebrecimiento de su identidad personal, el eclipse de Dios, la negacin y el
abandono de sus amigos, el descrdito de su persona, el escarnio pblico... Hace suya la
historia de Job. En Getseman grita a Dios y busca el consuelo de los discpulos. Dios
calla y los amigos duermen. En la soledad de su agona se abandona a la voluntad de
Dios, entregando su vida por los hombres; se entrega por los que no pueden dar nada a
cambio del amor que se les ofrece gratuitamente. Jess cree en Dios, no a pesar del
mal, sino desde la experiencia del mal. Confa en Dios, a quien en medio del
sufrimiento, invoca como Padre. Cristo vence el mal asumindolo y transformndolo en
semilla de resurreccin. Creer desde la cruz es creer desde la esperanza de la
resurreccin. Jess, en lugar de buscar el porqu del sufrimiento busca el para qu. Su
sufrimiento se hace redentor, salvfico. El amor es la respuesta al misterio del
sufrimiento. Y el amor es ms fuerte que la muerte. Por ello Jess puede entregarse a la
muerte, sabiendo que el Padre, que le ama, no le dejar en la muerte. Su amor es eterno
y vivificador.
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