La Curacion Cuantica
La Curacion Cuantica
CUÁNTICA
Las fronteras
de la medicina mente-cuerpo
Por
DEEPAK CHOPRA, M.D.
INDICE
UNA INTRODUCCIÓN PERSONAL ............................................................................................................ 1
Yo estaba sentado del otro lado del despacho y asentí con la cabeza. Era un día de
finales de octubre de 1987, en Tokio. Había ido a visitar a un especialista en cáncer
japonés que tal vez pudiera ayudarme a demostrar la validez de una nueva teoría
médica. Pretendía despejar una de las mayores incógnitas de la medicina, el proceso
de curación. En 1987, no había dado aún con el término «curación cuántica», pero,
de hecho, llevábamos una hora tratando del tema.
Nos levantamos a la vez y nos dirigimos hacia los pabellones. De camino, iba
admirando unos jardines Zen que adornaban exquisitamente los entornos del hospital.
A esa hora los niños estaban durmiendo; caminamos en silencio. Cuando llegamos a
las habitaciones individuales, nos detuvimos; mi colega japonés encontró la puerta
que buscaba, la abrió y me dejó pasar primero.
Los tres teníamos algo en común. Éramos orientales y habíamos renunciado a vivir en
nuestra tierra para educarnos en el campo de la medicina occidental. Sumando las
experiencias de los tres, eran más de cincuenta años dedicados a la práctica de
nuestras respectivas especializaciones. Pero el hombre tumbado en aquella cama era
el único que moriría en menos de un mes. Cardiólogo de Taiwán, le habían
diagnosticado un año atrás un cáncer de nasofaringe. Tenía el rostro casi totalmente
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vendado. Sólo se le veían los ojos. No fue fácil para mí. Entré en la habitación
saludando y dirigiendo la mirada al doctor Liang, pero él apartó la suya.
—Hemos venido para charlar un rato —dijo en voz baja el doctor japonés—, pero
quizás esté muy cansado...
El enfermo tuvo un gesto amable; acercamos unas sillas y nos sentamos a su lado.
Traté entonces de definir las ideas que ya había expuesto a mi anfitrión. Expliqué que
la curación no es en esencia un proceso físico, sino un proceso mental. Como
médicos, cuando observamos la curación de un hueso fracturado o la remisión de un
tumor maligno, sólo nos paramos a analizar el mecanismo físico. Pero el mecanismo
físico es una pantalla. Detrás, hay algo mucho más abstracto, una forma de sabiduría
que no puede verse ni tocarse.
En los años que llevo ejerciendo, he conocido a diversos enfermos de cáncer que se
han recuperado por completo tras un diagnóstico terminal, personas que a priori
tenían unos pocos meses de vida por delante. No creo que fueran casos milagrosos; a
mi entender, estos fenómenos demuestran que la mente puede ir más allá, más hondo,
y cambiar los esquemas fundamentales que diseñan el cuerpo. Puede borrar los
errores del programa, por decirlo de alguna forma, y acabar con cualquier
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enfermedad, ya sea cáncer, diabetes, enfermedades coronarias, etc., o cualquier
trastorno que haya desordenado el esquema general.
Tal vez mis palabras no impactaran en aquel momento como hubiera deseado; había
vivido unas semanas antes la experiencia más importante de mi vida profesional, pero
aún no la había asimilado. De regreso a la India, uno de los mayores sabios vivos me
había impartido algunas enseñanzas, todas ellas ideadas miles de años atrás y
encaminadas a restablecer las habilidades curativas de la mente. El sabio es
Maharishi Mahesh Yogi, y es conocido en Occidente por ser el fundador de la
Meditación Trascendental, o MT. Llevo más de ocho años practicando la MT y suelo
recetarla a mis pacientes. (Curiosamente, no aprendí a meditar con un indio en la
India, sino con un norteamericano en Boston.)
Pasé una tarde con Maharishi en un poblado nuevo llamado Maharishi Nagar, a
unos 50 km al oeste de Nueva Delhi. Estábamos solos en una casa humilde, la suya,
cerca de una escuela y de un hospital en construcción. Éste es sin duda uno de los
pocos lugares que pueden considerarse genuinamente indios. La cultura india, antigua
y poderosa, guarda en ese lugar su dignidad y eterna sabiduría. La mera presencia
de Maharishi trae el recuerdo y la existencia de los sabios védicos de la antigüedad,
salvando los miles de años que nos separan. De hecho, Maharishi Nagar está situado
cerca del paraje donde Krishna dedicó una noche en instruir al guerrero Arjuna en los
secretos de la iluminación, según el poema épico de la Bhaga-vad Gita.
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Me dijo sencillamente:
—He aguardado mucho tiempo antes de poder expresar y difundir una serie de
técnicas muy específicas. Creo que pronto se convertirán en una medicina para
tiempos venideros. Se aplicaron antaño, pero luego se perdieron en la confusión del
tiempo; quisiera instruir a los demás sobre estas técnicas y, a la vez, me gustaría que
tú las explicaras con claridad y ciencia; o sea, quiero que describas su
funcionamiento.
Acto seguido y durante unas horas, me enseñó una serie de técnicas mentales,
incluyendo el método de «sonidos primordiales». Se emplean junto con la meditación,
pero ayudan en la lucha contra enfermedades específicas, como el cáncer y otras
dolencias que en Occidente suelen considerarse terminales. Maharishi me explicó que
eran las terapias curativas más avanzadas del Ayurveda, la tradición antigua de la
medicina india. Sus enseñanzas fueron sencillas y claras; entendí con rapidez cuál
sería mi labor cuando regresara a casa y volviese a ver a mis pacientes. Era
consciente también de que había de ir más allá de mi acostumbrada función de
médico y dejar a un lado la praxis occidental.
Cuando dio por terminada la lección, vi que había tomado varias páginas de
apuntes. Maharishi me sonrió con esa suavidad penetrante y esa composición que
siempre recuerdo cuando pienso en él.
—Estas enseñanzas son poderosas —reiteró—. Las drogas y la cirugía que sueles
utilizar son brutales. Creo que llevará su tiempo, pero la gente acabará entendiendo.
Como si cualquier cosa, se despidió de mí para recibir a otros visitantes; hacían cola
para hablar con él acerca de la inscripción de sus hijos en la escuela de Maharishi
Nagar.
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cuya existencia no se han percatado los occidentales. ¿Quién iba a pensar que en
ese lugar olvidado pudiera iniciarse uno de los cambios más radicales en el
pensamiento médico? Conozco, por supuesto, a muchos médicos e investigadores, y
me dio por sonreír pensando en su posible reacción. La base física de la ciencia es
muy sólida, y, para un médico, sumamente convincente. En cambio, el poder de la
mente es harto sospechoso.
Debía, en primera instancia, demostrar que se trataba de una ciencia. ¿Pero, cómo?
Lo sabría en su momento. El pensamiento indio parte de la convicción que Satya, la
verdad, triunfa sola, de por sí.
—La verdad es sencilla —me dijo Maharishi para animarme—. Entrégala con
claridad; deja que se imponga por su propio peso, y no te pierdas y enredes en
inútiles conjeturas.
La palabra Ayurveda nace miles de años atrás. En sánscrito, significa «la ciencia de
la vida». Criarse en la India, como me ha pasado a mí, no implica que se tengan
muchos datos acerca de estas ciencias antiguas. Cuando era niño, mi abuela solía
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frotar con cúrcuma nuestras picaduras de insectos, y nos insistía en que no
comiéramos fruta acida si habíamos bebido leche. Eso era el Ayurveda en mi
recuerdo. En líneas generales, el Ayurveda ha sido derrocado por la medicina
científica occidental, sustituido por el progreso en su propio lugar de nacimiento.
Salvo en culturas como en la India, el Tibet, Nepal y Sri Lanka, el Ayurveda es una
palabra casi desconocida, aunque haya dejado una marca imperecedera. Los
sistemas tradicionales de medicina oriental que han logrado plantar semillas en
occidente, como la acupuntura china, parten de principios ayurvédicos, inventados
hace miles de años.
Muchas técnicas ayurvédicas han desaparecido para siempre; es una lástima, pues
todas ellas eran prácticas aplicables a la medicina moderna. Los antiguos médicos de
la India también fueron hombres sabios; pensaban que el cuerpo es una creación de
la conciencia. Un yogui o swami piensa de igual modo. Por lo tanto, practicaron una
medicina basada en la conciencia, trascendiendo el aspecto corporal de la materia,
camino del corazón de la mente. Si examinas los gráficos anatómicos del Ayurveda,
no distinguirás los órganos que aparecen en el manual de anatomía según Gray, sino
un diagrama de cómo la mente fluye en su generación del cuerpo. Ese fluir es
precisamente el campo de investigación del Ayurveda; debería decir «era». Antes de
conocer a Maharishi, creía que el Ayurveda era medicina folclórica, pues cuanto
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había visto hasta entonces eran métodos folclóricos, hierbas, dietas, ejercicios y otros
muchos hábitos increíblemente complejos que, desde toda la vida, normalizan los
quehaceres cotidianos de quienes nacen y se crían en la India.
Pero aquel día estaba tratando de exponerlas a una persona que agonizaba en una
cama de hospital, a miles de kilómetros de su lugar de origen, consciente de haberse
desvinculado de su pasado espiritual. Mis palabras no tenían poder ni fuerza en
aquella habitación tranquila y sombreada. El doctor Liang parecía estar ahora muy
cansado. No había dicho una palabra, pero en el momento de salir de su habitación,
me tocó el brazo y dijo:
Al abandonar los pabellones, volví a echar una mirada por la ventana hacia los
jardines Zen. Guarecidos en nichos del tamaño de una habitación de hospital, todos
estaban cuidados con esmero y amor. Los tejos, unas coníferas, podadas con gran
precisión, me parecieron extraordinariamente hermosas, envueltos en la luz cálida del
otoño. Caminamos hacia el estacionamiento y, cuando llegamos a mi coche, nos
dimos la mano, agradeciéndonos lo que habíamos compartido. Dije entonces que
trataría ante todo de poner a prueba estas técnicas nuevas en Estados Unidos, pero
que no dejaría de informarle de todos los pasos del proceso. De regreso al hotel,
pensé en transcribirle unas palabras que, en su día, me dijo Maharishi acerca de la
vida de vaidya, o médico ayurvédico:
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muerte. Un vaidya es hacedor de vida y la Naturaleza le ampara.
Todos los días recuerdo la importancia del viaje interior. De momento, sólo he dado
unos pasos preliminares, pero deseo volver a darlos en este libro, para otras
personas. El ejercicio de la medicina vuelve a ser para mí una fuente de esperanza.
No necesitaba de la sabiduría ayurvédica, para averiguar que los médicos luchan
contra la muerte. Pero sí necesitaba saber con toda seguridad que acabarán
venciendo.
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PARTE I
LA FISIOLOGÍA ESCONDIDA
En una realidad más profunda más allá del espacio y del tiempo, puede que todos
seamos miembros de un solo cuerpo.
—Sir James Jeans
Unos meses atrás, Chitra había notado un bulto en su seno izquierdo, pequeño, pero
notable. Cuando la operaron, el cirujano comprobó que el bulto era maligno.
Explorando más a fondo, detectó que el cáncer se había extendido hasta los
pulmones.
Al extirpar el seno enfermo y una buena parte del tejido que lo rodeaba, el médico de
Chitra le aplicó unas primeras dosis de rayos y la puso en quimioterapia intensiva. Es
el tratamiento habitual para el cáncer de mama; ha salvado ya muchas vidas. Pero el
cáncer de pulmón iba a resultar harto más difícil de tratar; a todas luces, Chitra
estaba entonces en una situación muy precaria.
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—La muerte no me importa, pero sé que mi marido se quedará muy solo. No logro
conciliar el sueño; me quedo sentada en la cama y no dejo de pensar en él. Sé que
Raman me ama, pero cuando me haya ido empezará a verse con chicas americanas.
No soporto la idea de que se quede con una chica americana.
Se quedó un rato en silencio y me miró con unos ojos que sólo transmitían dolor.
—Ya sé que no debería decir cosas así, pero usted «ya me entiende».
Nunca se acostumbra uno a presenciar el dolor provocado por el cáncer, pero sentí
entonces una tristeza aún mayor; sabía que el tiempo era el peor enemigo de Chitra.
De momento, continuaba siendo una persona de aspecto saludable. Incluso había
logrado ocultar su enfermedad a todos sus parientes, temiendo que la gente se fijara
en ella y la viese desmejorada. Sabíamos los dos que lo iba a pasar muy mal.
Nadie puede pretender conocer un método para tratar y curar un cáncer de mama
avanzado. La terapia convencional ya había hecho todo lo posible por salvar a
Chitra.
Y, puesto que el cáncer se había extendido a otro órgano, las estadísticas le daban
menos de un 10% de probabilidades de sobrevivir más allá de cinco años, aunque la
quimioterapia le fuese administrada correctamente.
Le pedí, por tanto, que se sometiera a una nueva serie de tratamientos, aplicando
métodos ayurvédicos.
Chitra se había criado en la India, como yo. Pero no sabía gran cosa del Ayurveda.
Supongo que la generación de sus abuelos debió de ser la última en creer en ello. El
indio moderno, que reside en una gran ciudad, prefiere la medicina occidental,
siempre y cuando la pueda pagar. Para explicar a Chitra por qué pretendía que
diera la espalda al progreso, le dije que el cáncer no sólo era un trastorno físico, sino
la enfermedad de un mundo mayor que el cuerpo. Toda su fisiología sabía que había
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desarrollado un cáncer y lo estaba padeciendo; una muestra de tejido de sus
pulmones demostraría que las células malignas habían viajado hasta allí; en cambio,
una muestra de su hígado sería negativa. Sin embargo, la sangre circulaba por su
hígado e iba recogiendo, por tanto, las señales de enfermedad procedentes de los
pulmones. Y ello, a su vez, afectaba las funciones del hígado...
De hecho, cuando sentía dolor en el pecho o había de sentarse para que no le faltara
la respiración, diversas señales circulaban por su cuerpo, generadas por el cerebro o
mandadas hacia él. Al sentir dolor, su cerebro había de responder de alguna
manera. El cansancio que sentía, junto con su depresión y ansiedad, eran una
respuesta del cerebro con repercusiones físicas. Por lo tanto, era una equivocación
suponer que su cáncer pudiera ser únicamente un tumor aislado que bastaría con
destruir. Se trataba de una enfermedad holística, y requería una medicina holística.
La palabra «holístico», que suele ofender a los médicos más clásicos, significa
sencillamente que el enfoque del problema incluye la mente y el cuerpo. Creo que el
Ayurveda cumple con este requisito mejor que cualquier otra medicina, aunque quizá
no resulte tan obvio a simple vista. De hecho, otras afamadas técnicas de medicina
mente-cuerpo, como son la hipnosis y el biofeedback, son mucho más llamativas que
el Ayurveda. Si Chitra hubiera enfermado en Bombay, tal vez su abuela le hubiese
preparado unos platos especiales y hubiese llevado a casa unas hierbas medicinales
en una bolsita de papel pardo compradas en una farmacia ayurvédica, insistiéndo-le
a su nieta, cómo no, que guardara cama. En la India, suelen recetarse purgantes y
masajes de aceite para limpiar el cuerpo de las toxinas generadas por el cáncer. Si
en su familia se siguieran aplicando los rituales de la tradición espiritual hindú,
probablemente se hubiese ya iniciado en la meditación. En esencia, yo iba a hacer
con ella esas mismas cosas, aunque tal vez añadiéramos algo nuevo. Hoy, la ciencia
no se explica el éxito de estos métodos, pero de hecho funcionan. El Ayurveda ha
dado, creo yo, con algo profundamente ligado a la naturaleza del ser humano. El
origen de este conocimiento no es la tecnología, sino la sabiduría; se trata, diría yo,
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de una ciencia del organismo humano, investigada durante siglos; podemos confiar
en ella.
—Me gustaría que fuera a una clínica especial en las afueras de Boston, y
permaneciera allí una o dos semanas —le dije a Chitra—. Algunas de las vivencias
que experimentará en ese lugar no le resultarán muy familiares. Usted se ha hecho a
la idea de que, en un hospital, todo son respiradores, tubos intravenosos,
transfusiones y quimioterapia. Haciendo una comparación, lo que vamos a realizar
con usted en esa clínica le parecerá muy poca cosa. Básicamente, lo que pretendo es
que su cuerpo viva en estado de paz y reposo.
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persona asiente su existencia, mantenga un estado de ánimo sereno y gane tiempo y
fuerza para levantar los cimientos de su curación. Según el Ayurveda, la relajación
honda y plena es el requisito ineludible si se pretende sanar un trastorno físico. El
concepto básico es sumamente sencillo: el cuerpo sabe mantenerse en equilibrio en
cualquier circunstancia, salvo si se ve agredido por la enfermedad; por lo tanto, si
uno desea restablecer la capacidad de curación propia del cuerpo, cualquier intento
para devolverle su equilibrio será favorable. La idea es sencilla, pero sus
consecuencias impactan en lo más hondo.
Chitra fue instruida en técnicas mentales pensadas para atacar el cáncer. (Me
explayaré más adelante sobre este punto.) Aplicó escrupulosamente su programa de
mantenimiento; venía a verme cada seis semanas. Asimismo, seguía sometiéndose al
proceso quimioterapéutico prescrito por su médico de Nueva York. A veces
hablábamos de su otro tratamiento:
—Si pudiera con toda seguridad pedirle que sólo se atuviera al Ayurveda, lo haría;
frenaríamos sin duda el deterioro de su estado físico. Pero cuando vino a verme,
estaba ya muy enferma; está claro que el enfoque de la quimioterapia es exterior.
Procuremos, por tanto, combinar lo que viene de fuera y lo que lleva dentro, y
haremos que todo ello participe en una curación definitiva.
Seguí los progresos de Chitra durante casi un año. Siempre me escuchó con una
actitud de total confianza; sin embargo, su estado no mejoraba. Las radiografías de
sus pulmones no eran esperanzadoras y sus dificultades para respirar crecían con el
tiempo; además, a medida que avanzaba la enfermedad, se iba sintiendo débil y
desconsolada. En su voz asomaba el pánico. Finalmente, Chitra no apareció por mi
despacho el día en que teníamos concertada la cita. Esperé durante una semana y la
llamé a casa.
Las noticias eran bastante malas. Raman me dijo que Chitra había desarrollado una
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fiebre muy alta de la noche a la mañana y tuvo que ser ingresada. Durante un
tiempo, sus pulmones habían perdido fluido, y éste se extendió por la cavidad pleural
circundante; su médico pensaba que alguna infección debía haberse introducido en el
cuerpo. Con un diagnóstico tan terrible, quizá no la volvieran a dar de alta.
Pero sucedió algo fuera de lo común. Tras un día o dos de antibióticos, la fiebre de
Chitra pasó de 40 grados a su temperatura normal, lo cual desconcertó sobremanera
a su médico de cabecera. No deja de ser admirable que una fiebre tan elevada
pueda remitir tan de prisa cuando el origen de la misma es una infección en un
paciente de diagnóstico terminal. Quizá la causa no fuera la infección... El médico
decidió entonces radiografiar el pecho de Chitra; Raman me llamó al día siguiente; su
voz transmitía desconcierto y euforia.
Jamás había imaginado que pudiera curarse con tanta rapidez, tras someterse a un
tratamiento, ya fuera convencional o ayurvédico. Retrospectivamente, me da por
pensar que su elevada fiebre había de ser consecuencia de una inflamación
provocada por un tumor maligno; es un fenómeno conocido y que se llama necrosis
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tumoral. Pero el mecanismo elemental de su curación no tiene explicación. Si
existieran curaciones milagrosas, ésta sería una de ellas.
—Usted lleva ya dos meses sin cáncer —le dije—. ¿Acaso su médico ha encontrado
nuevas células cancerosas?
Sin embargo, tampoco tenía motivos para prohibirle que siguiera adelante con la
quimioterapia. Al fin y al cabo, podía sufrir una recaída en menos de seis meses y
morirse...
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—De acuerdo, siga con la quimioterapia —le dije—. Pero a la vez, le pido que no
descuide su programa de mantenimiento. ¿De acuerdo?
Durante unos meses, Chitra vivió libre de la enfermedad, pero se sentía insegura y
nerviosa. El cáncer de Chitra había sido más fácil de derrotar que el miedo siniestro
que, paulatinamente, se apoderaba de su vida, desafiándola.
Para que volviera a sentirse cómoda, necesitaba que le dieran una explicación. ¿Qué
le había sucedido? ¿Fue un milagro como se pensó en su momento? ¿O era tan sólo
un respiro momentáneo en su caminar imparable hacia la muerte? Creo que daremos
con la respuesta investigando en lo más hondo de las conexiones mente-cuerpo.
En ese momento, los pacientes están dando un salto hacia un nivel de conciencia que
prohibe la existencia del cáncer. Entonces, las células cancerosas desaparecen sin
dejar rastro; a veces sólo se estabilizan, pero dejan de gangrenar el cuerpo.
Este salto de una conciencia a otra parece ser el momento decisivo. Sin embargo, no
se produce necesariamente en un abrir y cerrar de ojos. Chitra lo estaba cultivando
deliberadamente, valiéndose de técnicas ayurvédicas. Por lo tanto, su capacidad para
permanecer en un nivel de conciencia más elevado estaba ligado a su enfermedad.
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Podía estimular en ella la ausencia de cáncer pero, a la vez, podía recaer en
cualquier momento. (Me viene la imagen de una cuerda de violín cuyo sonido oscila a
medida que se desliza el dedo por el mástil del instrumento.) Al poseer una formación
científica, la palabra quantum es la que me viene a la mente cuando pienso en este
tipo de cambios. Esta palabra designa un salto discreto de un nivel de funcionamiento
hacia un nivel superior; es el llamado salto cuántico.
El quantum es asimismo una palabra técnica que, en su día, sólo conocían los físicos,
pero con el tiempo el término se ha introducido en el habla popular.
«Formalmente, un quantum es una unidad indivisible donde las ondas pueden ser
emitidas o atraídas», así lo define el eminente físico británico Stephen Hawking. Para
los legos, el quantum es un bloque de materia. La luz se genera por la presencia de
fotones; la electricidad nace de la carga de un electrón y la gravedad de la carga de
un graviten (un quantum hipotético que aún no hemos observado en la Naturaleza), y
así para cualquier otra forma de energía, ya que todas se originan en el quantum y
no pueden dividirse en unidades de menor tamaño.
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cuántico, en el transcurrir del proceso de curación.
El proceso de curación es, sin lugar a dudas, complejo, demasiado enmarañado para
que la medicina sepa utilizarlo; abarca un número incontrolable de procesos
perfectamente sincronizados; la medicina sólo conoce unos pocos y no del todo bien.
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Este fenómeno puede comprobarse en las muy dispares reacciones ante una misma
enfermedad. Una reducida fracción de la población, menos del 1% de todos los
pacientes que contraen una enfermedad terminal, logra curarse. Una fracción algo
mayor, pero inferior al 5%, vive más allá de lo previsto por las estadísticas; este dato
queda confirmado en ese 2% de afectados del SIDA que siguen sobreviviendo tras
ocho años de enfermedad, mientras la inmensa mayoría de los afectados no
sobrevive más allá de dos años. Estos datos no sólo corresponden a enfermedades
terminales. Diversos estudios han demostrado que tan sólo el 20% de los pacientes
con trastornos serios pero tratables se recuperan con total éxito. Por lo tanto, queda
un 80% de personas que no se curan o tan sólo se recuperan parcialmente. ¿Por qué
motivo siguen siendo mayoría las curaciones fracasadas? ¿Qué elemento distingue a
un superviviente de un no superviviente?
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margen de los métodos exteriores y de alta tecnología, y dedica su atención al
mismísimo núcleo del sistema mente-cuerpo. En ese punto se inicia el proceso de la
curación. Para alcanzar ese núcleo y aprender a estimular una respuesta de mejora
física, debemos traspasar todos los niveles más elementales del cuerpo, ya sean
células, tejidos, órganos y demás sistemas, hasta alcanzar el punto de encaje entre la
mente y la materia, ese lugar donde la conciencia logra impactar eficazmente.
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investigar en un campo desordenado y desconcertante que se ha venido llamando
«medicina mente-cuerpo». Este avance se ha impuesto naturalmente; no había otra
salida; ya no sentimos como antaño una confianza ciega en el cuerpo físico.
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proporción exacta.
Hace poco, pasé una velada con un destacado oncólogo, o especialista en cáncer,
un médico del Mid-West que trata a miles de pacientes al cabo del año. Le pregunté
acerca de las posibles remisiones espontáneas. Se encogió de hombros y dijo:
—Me molesta algo esa terminología. He visto que, a veces, los tumores desaparecen
por completo. Ocurre en contadas ocasiones. Pero de hecho ocurre.
¿Podían desaparecer solos esos tumores? Admitió que a veces así era. Se quedó un
rato pensando y añadió que algunos tipos de melanomas, un cáncer de la piel en
extremo mortífero, desaparecen por las buenas. No entendía cómo podía ser.
—No puedo pararme a pensar en estos fenómenos. Tratar el cáncer es, en parte, un
asunto estadístico; nos atenemos a las cifras. Casi todos los pacientes responden a
determinados tratamientos, y apenas tenemos tiempo para averiguar cómo funciona
esa minoría infinitesimal que supera el cáncer por razones desconocidas. Además, mi
experiencia me dice que algunas de estas remisiones sólo son momentáneas.
¿Pensaba él también que las curaciones espontáneas eran menos de una por millón?
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malignidad de crecimiento rápido; es mortífera. Le dije a mi paciente que había de
ser intervenido inmediatamente para liberar la presión generada por su tumor; luego
habría de seguir un tratamiento de rayos y quimioterapia. Pero se negó en rotundo;
no le convencían los tratamientos. Luego le perdí de vista. Al cabo de ocho años, vino
a verme un hombre con un nodo dilatado de la linfa en el cuello. Le tomé una biopsia
y resultó ser un cáncer de células pequeñas. Me di cuenta entonces que era el mismo
hombre. Hicimos una nueva radiografía de su pecho; no presentaba rasgo alguno de
cáncer de pulmón. Normalmente, el 99,99% de los pacientes no tratados hubieran
fallecido en menos de seis meses. Al menos el 90% hubiera muerto en menos de cinco
años, aunque se les administrara la mejor terapia posible. Le pregunté qué había
hecho con su primer cáncer y me respondió que no había emprendido ninguna
terapia, sólo había decidido no dejarse morir de cáncer. Y añadió que,
probablemente, se negaría a otro tratamiento con este segundo tumor.
Por definición, la medicina científica trata con resultados visibles. Sin embargo,
cuando aparecen remisiones espontáneas, su comportamiento es completamente
impredecible. Pueden ocurrir sin que haya habido terapia alguna o tras la aplicación
de un tratamiento convencional del cáncer. Los múltiples enfoques y alternativas
disponibles en Estados Unidos para tratar el cáncer tienen todos sus ventajas e
inconvenientes, pero ninguno ha demostrado favorecer las remisiones espontáneas
mejor que los rayos y la quimioterapia y, en definitiva, no destaca ninguno. No
importa de qué manera se desarrolla el cáncer. Tanto los tumores benignos como las
malignidades muy avanzadas pueden desaparecer sin dejar rastro. Por su escasez, y
precisamente porque suceden por arte de magia, las remisiones espontáneas, hasta
ahora, no nos indican cuál es el origen del cáncer, ni qué métodos son buenos para
curar cánceres terminales. Parece razonable suponer que el cuerpo está
continuamente luchando contra el cáncer y que las más de las veces acaba ganando
la batalla.
Muchos cánceres pueden ser provocados, ya sea en tubos de ensayo o con animales
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de laboratorio, empleando sustancias cancerígenas, dietas grasas, rayos, altas dosis
de estrés, virus, entre otras posibilidades. Si consideramos que el ser humano está
sometido continuamente a este tipo de agresiones, probablemente estas circunstancias
estén dañando y perjudicando el interior del cuerpo humano. Sabemos que el ADN
se debilita bajo el efecto de estos elementos exteriores; habitualmente, no obstante, el
ADN sabe cómo repararse a sí mismo o cómo detectar el material dañado y
deshacerse de él.
Esto significa que las primeras apariciones del cáncer suelen ser detectadas
rápidamente y vencidas. Si observamos detenidamente este proceso y logramos
intensificarlo, conseguiremos curaciones espontáneas y «milagrosas». Pero, por
supuesto, no se trata de un milagro; es, sin duda, un proceso natural, hasta ahora no
explicado, al igual que podríamos tachar de milagrosa la curación de una neumonía
con el uso de la penicilina si no supiéramos explicar estas curaciones por la teoría
bacterial de la enfermedad. El dato esencial es que el mecanismo oculto tras estas
curaciones «milagrosas» no es místico o aleatorio; sencillamente, queda por
investigar.
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inevitablemente, envejecer acarrea pérdida de memoria, menor capacidad de
raciocinio, pérdida de inteligencia y demás síntomas relacionados con la
degeneración mental.
Tal vez eso de «juventud divino tesoro» pueda extenderse en el tiempo. El secreto,
como en otros declives «naturales» debidos a la edad, depende de los hábitos de la
mente y no sólo de los circuitos del sistema nervioso. Mientras una persona se
mantenga mentalmente activa seguirá siendo tan inteligente como en su juventud y su
madurez. Los seres humanos perdemos más de 1.000 millones de neuronas a lo largo
de nuestra vida, según un promedio de 18 millones al año, pero esta pérdida es
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compensada por otra estructura, los filamentos de forma arborescente llamados
«dendritas», que conectan las células nerviosas unas con otras.
Una célula nerviosa tiende a ser altamente individual en su estructura exterior, pero
suele tener una sección central bulbosa de donde salen unas ramas, como brazos de
un pulpo. Estos brazos o axones, concluyen en un remolino de diminutos filamentos;
los primeros anatomistas los compararon con las ramas de un árbol y los llamaron
dendritas, del griego «dendron» (árbol). Las dendritas, cuyo número puede oscilar
entre una decena y más de 1.000 por célula, son puntos de contacto que facilitan a
la neurona la transmisión de señales a sus vecinas. Al crecer las nuevas dendritas,
una neurona puede abrir nuevos canales de comunicación hacia cualquier dirección,
como una centralita donde fueran instalándose nuevos canales de transmisión.
Seguimos sin saber de qué modo se forma un pensamiento en las células del cerebro,
ni de qué manera se interrelacionan el número ingente y alucinante de conexiones; las
dendritas acuden por millones a unirse en puntos de intersección del cuerpo, como
son el plexo solar, sin mencionar los millones de millones que se generan en el
cerebro. Unos experimentos recientes han revelado que pueden generarse nuevas
dendritas a lo largo de la vida, hasta edades muy avanzadas. De acuerdo con la
visión clásica de la medicina, el crecimiento en un ser joven proporciona la estructura
física necesaria para unas funciones cerebrales indemnes. En un cerebro saludable, la
senilidad no es físicamente normal. Con la edad, la multiplicación intensificada de
dendritas es la norma lógica, ya que la sabiduría va en aumento con el tiempo; la
madurez es un período de la vida en que el mundo es percibido en su totalidad, es
decir que se establecen en la percepción individual del mundo las interconexiones
inherentes a la vida, al igual que se establecen interconexiones entre las células
nerviosas con la aparición de nuevas dendritas.
Este ejemplo ilustra hasta qué punto puede estar equivocada la medicina moderna si
se empeña en presuponer que la materia es superior a la mente. Decir que una célula
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nerviosa genera pensamientos puede que sea cierto, pero también es verdad que el
pensamiento genera nuevas células nerviosas. En el caso de las dendritas nuevas, son
los hábitos del pensamiento, del recuerdo y la actividad mental los que generan
nuevos tejidos. Y éste no es un descubrimiento aislado. En cuanto la medicina aceptó
la noción de una «nueva vejez», empezó a cambiar el enfoque del proceso de
degeneración.
En todos los frentes de la medicina, la salud del cuerpo está resultando más robusta y
adaptable de lo que se pensaba. Mientras las escuelas de medicina siguen
enseñando que la bacteria A provoca la enfermedad B y se trata mediante la
medicina C, la Naturaleza tiende a pensar que ésa sólo es una opción entre otras
muchas. Por ejemplo, un enfoque mental para tratar el cáncer se hubiera considerado
una barbaridad hace diez años. Pero los enfermos parecen capaces de participar en
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su tratamiento contra el cáncer e incluso de controlar la evolución de la enfermedad
con la ayuda de sus pensamientos. En 1971, el doctor O. Carl Simonton, un
radiólogo de la Universidad de Texas, estuvo tratando a un hombre de sesenta y un
años con cáncer de garganta. La enfermedad había progresado de forma peligrosa;
el paciente tragaba con dificultad y había perdido peso de forma alarmante.
El hombre dijo que, al representarse sus células inmunitarias, veía una fuerte ventisca
de partículas blancas que cubrían el tumor como nieve que recubre una roca negra. El
doctor Simonton le mandó a casa y le pidió que repitiera estas visualizaciones a
diario. El hombre siguió sus instrucciones y pronto su tumor comenzó a disminuir. Al
cabo de unas semanas, el tumor se había reducido a casi nada y la respuesta del
paciente a la radiación no tenía prácticamente efectos secundarios; dos meses
después, el tumor había desaparecido por completo.
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desconocido. De hecho, dada la diabólica complejidad del sistema inmunológico y el
sistema nervioso (involucrados los dos en casos como éste), el mecanismo es
impredecible. El paciente aceptó su curación sin dar marcha atrás. Le comentó incluso
al doctor Simonton que la artritis que padecía en las piernas no le dejaba dedicarse a
la pesca en torrentes de montaña como solía hacerlo antes. Si había vencido su
cáncer visualizándolo, no se perdía nada intentando lo mismo con la artritis. Al cabo
de unas semanas, el método volvió a mostrarse muy eficaz. Aquel hombre se
desembarazó de un cáncer y una artritis durante un periodo de seis años.
Aunque el paciente del doctor Simonton fuese un caso aislado, revela un fenómeno
extraordinario, y pone en tela de juicio el concepto curativo clásico del cuerpo, ya
que, en esta ocasión, la Naturaleza halla un camino nuevo para combatir la muerte,
29
un método hasta ahora nunca probado por la medicina; se puede llegar a pensar,
ante tales observaciones, que la medicina tradicional no pone su empeño en ayudar a
la Naturaleza, sino en reprimirla.
Los médicos más atrevidos han dado en experimentar en los años ochenta con
métodos innovadores en el campo de la mente y el cuerpo, como son el biofeedback,
el hipnotismo, las visualizaciones y modificaciones del comportamiento. Los resultados
no son muy esperanzadores; de todos modos, son difíciles de interpretar. Un
psicólogo, el doctor Michael Lerner, dedicó tres años a un estudio en profundidad
sobre cuarenta clínicas que proponían tratamientos alternativos del cáncer, cuyos
métodos variaban entre el empleo de hierbas y productos macrobióticos y la
visualización de imágenes mentales positivas. Averiguó que estos centros,
«complementarios de tratamiento del cáncer», eran los que buscaban algunos
pacientes con una buena educación y dinero sobrado; y comprobó que los médicos
que llevaban esas clínicas solían ser personas serias y de buenas intenciones, pero
que hasta la fecha no se habían presenciado verdaderas curaciones del cáncer.
Al entrevistar a los pacientes de dichos centros, resultó que una buena proporción (el
40%) había experimentado, al menos, una mejora momentánea de su calidad de
vida. Otro 40% decía haber experimentado alguna mejora física, y ésta oscilaba
entre unos días y algunos años. Un 10%, a cada extremo del espectro, decía no
haber notado mejoría alguna tras el tratamiento, o haberse recuperado parcial o
totalmente de su enfermedad. Por lo general, los resultados de estos centros alter-
nativos indican que se consigue cierto alivio y una mayor confianza por parte del
paciente; pero, por desgracia, los índices de remisiones son radicalmente inferiores a
los ofrecidos por terapias clásicas.
30
manera que la mente influye en el cuerpo, ya sea para su salud o su enfermedad. A
todas luces, las personas enfermas, y las personas que disfrutan de una buena salud,
viven estados mentales diferentes, pero la conexión causal continúa siendo
escurridiza. En 1985, se realizó un estudio exhaustivo del cáncer de mama en la
Universidad de Pennsylvania, y éste no pudo hallar correlación alguna entre la actitud
mental de los pacientes y sus posibilidades de supervivencia más allá de dos años. En
el editorial que acompañaba el estudio, publicado en el prestigioso New England
Journal of Medecine, se denunciaba la creencia equivocada en la relación entre el
cáncer y el mundo de las emociones. «Nuestra creencia en una relación directa entre
los estados mentales y la enfermedad es puro folclor.»
Llovieron protestas sobre el periódico, casi todas de médicos que censuraban con
energía las conclusiones del editorial. Indiscutiblemente, no parece razonable
descartar las actitudes mentales como factor de la enfermedad y no parece razonable
valorar la idea como folclórica. Todos los médicos sabemos que el deseo del paciente
por recuperarse desempeña una función vital en su tratamiento. Los médicos suelen
ser defensores de una medicina «dura», pero, sin embargo, el cuerpo médico en su
conjunto no discute la participación de la fe, la actitud y las emociones en la curación
del cáncer. Hipócrates ya decía, en el alba de la medicina occidental, que «un
paciente mortalmente enfermo puede recuperarse confiando en la calidad de su
médico».
Muchos estudios modernos corroboran esta idea, demostrando que las personas que
confían en su médico y se rinden ante sus cuidados tienen más posibilidades de
curación que el paciente que huye de la medicina, desconfiado, temeroso o con una
actitud antagónica.
31
dieron resultados totalmente dispares. En uno, las mujeres que mostraban actitudes
positivas sobrevivían más tiempo que las mujeres con actitud negativa, fuera cual
fuera el avance de la enfermedad; parece ser que las emociones positivas
participaron en la remisión de cánceres muy avanzados e incluso terminales, cuando
los pacientes con emociones negativas morían derrotados por tumores pequeños
diagnosticados en la primera etapa de su desarrollo.
Sin embargo, el segundo estudio demostraba que cualquier actitud firme, siempre y
cuando fuera exteriorizada y no reprimida, ayuda a vencer cualquier enfermedad
terminal. El primer estudio cuadraba con el sentido común (lo positivo es mejor que lo
negativo), y el segundo defendía una idea similar, pero enfocada desde otro punto de
vista: conviene combatir antes que rendirse. Así es como vino a desarrollarse el
concepto de una personalidad nacida del cáncer capaz de contener y reprimir las
emociones hasta generar malignidad en el mundo celular. El polo opuesto es el de las
personas «con deseo voraz de supervivencia»; y esta categoría de pacientes incluye
casos positivos y otros negativos.
Todas estas conclusiones tienen su lógica, todas salvo el estudio publicado en el New
England Journal of Medicine, corroborado por otros estudios según los cuales no
existe correlación alguna entre un esquema emocional y la supervivencia al cáncer de
mama más allá de dos años. Aunque estuviera en auge, dispuesto a convertirse en
una de las innovaciones más espectaculares desde la vacuna de Salk, el concepto de
medicina mente-cuerpo se estaba tambaleando. Asistimos últimamente a la
reincidencia de un sempiterno esquema: aparecen nuevos métodos; el público es
informado de algunos avances espectaculares, seguidos de resultados clínicos
desastrosos que sólo se dan a conocer en círculos médicos.
32
A era supuestamente una persona de carácter fuerte, un trabajador empedernido,
personas retadoras y capaces de producir hormonas de estrés en profusión, todo lo
contrario de la personalidad más relajada, tolerante y equilibrada de tipo B. El tipo A
solía sufrir de la llamada «enfermedad de ir con prisas»; por lo tanto, parece lógico
que en estos casos el corazón se rebele, provocando una enfermedad coronaria.
Por desgracia, unos estudios confirmados han señalado que esta división, hoy
ampliamente aceptada, no es tan nítida. Todo apunta a que la mayor parte de las
personas corresponden un poco al tipo A y otro poco al tipo B. Y esa tolerancia ante
el estrés varía mucho de una persona a otra; algunos pacientes afirman incluso que su
salud mejora con la ayuda del estrés. Finalmente, un estudio de 1988 vino a
demostrar que cuando un hombre sufre un infarto, sobrevivirá mejor si es del tipo A
que si es del tipo B. Su impulso y deseo por tener éxito en la vida quizá sea un punto
a favor a la hora de afrontar un problema coronario.
33
le comuniqué el diagnóstico de cáncer de pulmón, fue presa del pánico. Al cabo de
un mes, empezó a toser y escupir sangre; murió tres meses más tarde. Si es cierto que
su estado mental contribuyó a precipitar los acontecimientos, debió de actuar muy
rápido. Este paciente podía superar su tumor, no su diagnóstico.
En los años sesenta se llevó a cabo un estudio en la Universidad de Ohio sobre las
enfermedades del corazón, nutriendo unos conejos con productos altamente tóxicos y
de alto contenido en colesterol con vistas a bloquear sus arterias, duplicando así el
efecto que estas dietas suelen tener sobre las arterias humanas. Los resultados fueron
patentes en todos los grupos de conejos excepto en uno, el cual curiosamente
presentaba un 60% menos de síntomas nefastos. No había ningún elemento en la
fisiología de los conejos que pudiese explicar una mayor tolerancia a una dieta
tóxica, hasta que se descubrió por casualidad que el estudiante encargado de darles
de comer solía mimarlos; los hablaba y acariciaba. Los tenía en sus manos, y era
cariñoso con ellos durante unos minutos antes de darles de comer; parece inverosímil,
pero esta sencilla diferencia respecto de los demás conejos les permitió sobrellevar
mejor la dieta tóxica. Este tipo de experimentos se ha vuelto a repetir: unos conejos
eran tratados de modo neutro, mientras a los demás se les trataba con cariño, y los
resultados fueron idénticos. Una vez más, en mecanismo oculto en esta clase de
inmunidad es misterioso; parece mentira que la evolución haya construido en la mente
del conejo una respuesta inmunizadora que precisa del cariño humano.
Existe otra posibilidad más, y supongo que algunos médicos la defenderían; consiste
en pensar que la mente es una ficción. Cuando pensamos que está enferma, en
34
realidad el afectado es el cerebro. Siguiendo esta lógica, los trastornos mentales
clásicos como son la depresión, la esquizofrenia y la psicosis son sencillamente
trastornos cerebrales. Esta lógica, por supuesto, plantea un problema insalvable:
pensar que no hay mente es como decir que en un accidente de tráfico, la culpa es
del coche. Pero ya que el cerebro es un órgano físico medible y disecable, la
medicina prefiere tratar con él antes que con la mente, pues ésta ha demostrado ser
difícil de definir, a pesar de los muchos siglos de introspección y análisis. Los médicos
prefieren no tener que vérselas con la filosofía pura.
35
En 1984, esta hipótesis pudo ser demostrada cuando un psiquiatra de la Universidad
de lowa, el profesor Rafiq Waziri, hizo un repaso de lo que se había venido
llamando química cerebral de los esquizofrénicos, y logró concentrar el defecto hasta
convertirlo en una diminuta molécula llamada serina, un aminoácido común de los
alimentos proteínicos. La serina es supuestamente el enlace primigenio necesario para
la secreción de dopamina. Incapaz de metabolizar correctamente la serina, el cerebro
de los esquizofrénicos parece producir dopamina en cantidades anormales para
compensar esta carencia; pero seguimos sin saber cuál es el proceso exacto. Quizá
la esquizofrenia aguda, considerada el trastorno más extraño y complejo de la mente,
dependa de cómo se digiere la comida. Unas primeras investigaciones realizadas en
el Instituto de Tecnología de Massachusetts (M.I.T.), han confirmado ya que la química
básica del cerebro es tan sumamente variable que puede modificarse con la ingestión
de un solo alimento.
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aminoácidos de los alimentos parten directamente hacia el cerebro y se convierten en
sustancias químicas que generan comportamientos positivos o negativos. La leche, el
pollo, los plátanos y las verduras son alimentos felices ya que estimulan la dopamina
y otras dos sustancias cerebrales «positivas». En cambio, el azúcar y los alimentos
grasos son típicamente alimentos tristes, ya que estimulan la acetilcolina, una
sustancia química «negativa». La crítica ha señalado, legítimamente, que las
sustancias químicas del cerebro no son tan sencillas. ¿Puede considerarse positiva la
cantidad adicional de dopamina en el cerebro de un esquizofrénico? Además, no
parece que una ingestión mayor o menor de aminoácidos provoque directamente al
efecto deseado en la química del cerebro, al igual que la cantidad de colesterol de
una dieta no está ligada directamente a la cantidad en la sangre que circula por el
cuerpo.
37
veo a pacientes que muestran síntomas mentales ligados a defectos en su equilibrio
hormonal: el pensamiento trastornado de un diabético que sufre una reacción de
insuficiencia de azúcar en la sangre, los cambios en el ciclo menstrual e incluso, una
depresión característica, señal de alarma para determinados tipos de cáncer (un
tumor en el páncreas, por ejemplo, puede ser demasiado pequeño para detectarse y
sin embargo libera cortisona y otras hormonas del estrés en la sangre que provocan
depresión).
38
entonces han tratado de rellenar ese espacio con el cerebro, alegando que las
funciones cerebrales consisten en ordenar y controlar todas las funciones de la
fisiología; pero esta respuesta supone una nueva contradicción ya que el cerebro no
deja de ser igualmente una máquina. El conductor sigue sin aparecer. Soy de la
opinión que ahí está el conductor, pero que se trata de algo mucho más abstracto que
un homúnculo o incluso un cerebro del que nace el poder de la inteligencia que nos
anima a vivir, a movernos y a pensar.
39
tejido de hígado humano, parece idéntico al de un ternero; es sumamente difícil
distinguir si es o no específicamente humano. Un experto geneticista sólo detectaría un
2% de diferencia entre nuestro ADN y el de un gorila. Tampoco distinguiríamos las
muchas funciones de una célula de hígado, más de quinientas según unos recuentos
recientes.
En la ingente formación del cuerpo humano, las funciones de una célula cualquiera,
por ejemplo los cometidos de una de las quince mil millones de neuronas del cerebro,
llenarían una enciclopedia médica. Los libros dedicados a cualquier sistema del
cuerpo, como son el sistema inmunológico o el sistema nervioso, ocupan varias
estanterías en una biblioteca médica.
40
proporciona una respuesta única. Cualquiera de los procesos involucrados en la
curación de un corte superficial, en la coagulación de la sangre por ejemplo, es
increíblemente complejo, hasta tal punto que si el mecanismo falla, como sucede con
los hemofílicos, la medicina más puntera no es capaz de explicar el deterioro de la
función afectada. Un médico puede prescribir drogas que sustituyan el factor
coagulador de la sangre, pero actúan momentánea y artificialmente; además,
suponen unos efectos secundarios indeseables. La sincronización perfecta del cuerpo
desaparece, al igual que la magnífica coordinación de la docena de procesos ligados
a la coagulación. Por establecer una comparación, una droga hecha por el hombre
es un cuerpo extraño en un territorio donde todos los pobladores son hermanos de
sangre. Jamás podrá participar del conocimiento que todos ellos poseen de modo
innato.
El cuerpo, así hemos de admitirlo, tiene una mente propia. Si entendiéramos el lado
misterioso de nuestra naturaleza básica, desaparecería el carácter milagroso de una
curación espontánea del cáncer. Todos los organismos humanos saben cómo curar un
corte, pero pocas personas tienen cuerpos capaces de curar un cáncer.
41
conocimiento expuesto en textos médicos no atañe a la vida, sino a la muerte. Al
realizar autopsias, al examinar los tejidos bajo un microscopio y al analizar la
sangre, la orina, y otros subproductos aislados del cuerpo, la Humanidad ha ido
inventando la mayor parte de su conocimiento médico. También es verdad que los
pacientes suelen ser examinados estando vivos y son sometidos a diversas pruebas
sobre funciones aisladas de su cuerpo. Pero el conocimiento que adquirimos de esta
forma es rudimentario en comparación con los ingentes volúmenes de datos
supersofisticados dedicados a la muerte. El poeta Wordsworth escribió este verso
antológico:
«Asesinamos para disecar.» Me parece una fórmula muy acertada; ilustra con
agudeza las limitaciones de la investigación médica.
Una parte de esa inteligencia se dedica a curar y es muy poderosa. Todas las
enfermedades terminales tienen supervivientes misteriosos. No sólo el cáncer. Aunque
no conozca ninguna curación espontánea del SIDA, existen casos de personas que
han sobrevivido al síndrome durante más de cinco años, personas cuyo sistema
inmunológico posee de una manera u otra la capacidad de defenderse contra una
enfermedad supuestamente devastadora. Los investigadores tienden a enfocar estas
42
fisiologías extraordinarias como monstruos bioquímicos de la Naturaleza. Al tomar
muestras de su sangre y aislar cualquier componente habitual que haya podido
detectarse en las células inmunizadoras, los biólogos moleculares esperan descubrir el
ingrediente desconocido que protege a este grupo de personas. Si se lograse algún
resultado (se trata de una labor laberíntica, dada la complejidad del sistema
inmunológico), al cabo de unos años de pruebas, siempre y cuando se dediquen a
esa labor unos cuantos millones de dólares, saldrá al mercado una nueva droga que
proteja a toda la población.
43
cabida. Parece ser que las moléculas saben escoger entre varios emplazamientos
distintos; es asombroso seguir sus pasos bajo un microscopio electrónico, ya que
salen disparadas hacia el lugar donde son necesarias. Además, el cuerpo puede
liberar centenares de sustancias químicas diferentes a la vez y dirigir el movimiento de
todas ellas por separado, orquestando el movimiento del conjunto.
44
las zonas del cuerpo. Este fenómeno en su conjunto es casi tristemente sencillo, y sin
embargo si tratamos de duplicar este fenómeno con una droga, los resultados no
serán ni tan precisos ni ordenados, ni tan hermosamente orquestados. En realidad,
serán caóticos. Inyectar por separado adrenalina, insulina o glucosa supone un shock
tremendo para el organismo. Las sustancias químicas ahogan inmediatamente todos
los receptores, sin coordinación alguna por parte del cerebro. En lugar de ayudar al
cuerpo, lo están asaltando con insistencia impertérrita. Aunque la sustancia química
imitadora de la adrenalina sea idéntica (no importa de qué es derivada), el
ingrediente primordial de la inteligencia ha de estar presente; de no ser así, los
efectos de la droga son una parodia del fenómeno natural.
45
parte de su juicio y llegar a olvidarse de beber el agua que necesitan y olvidarse así
mismo de ingerir los alimentos que precisan. Este fenómeno puede provocar
desnutrición combinada con una severa deshidratación. Según algunos
endocrinólogos, la deshidratación inducida por diuréticos en presencia de alcohol o
calmantes, es la causa fundamental de la muerte en la población estadounidense de
edad avanzada.
Todas estas consecuencias, ya sean nefastas o casi inocuas, son efectos secundarios
indeseables inducidos por los diuréticos; pero el empleo de este término «efecto
secundario» no es del todo afortunado. Se trata sencillamente de sus efectos; lo bueno
y lo malo viene en un mismo paquete. Un diurético trabaja básicamente agarrándose
a átomos de sodio, facilitando al cuerpo la eliminación de su exceso de sal, y esto, a
la vez, reduce indirectamente el nivel de agua en los tejidos, ya que el agua se
combina con las sales del cuerpo al igual que el agua de mar. Los diuréticos no
pueden ser de gran ayuda si existe una proporción excesiva de sal donde el cuerpo
sigue necesitado de agua. Partiendo de la idea que el potasio es un elemento
parecido al sodio en su estructura atómica, los diuréticos también agotan el cuerpo, y
provocan debilidad, fatiga y agujetas. (Han podido comprobarse otros efectos menos
nocivos al observar la pérdida de elementos fundamentales como pueden ser el zinc y
el magnesio.) Además de estas señales de deficiencia de potasio, también pueden
aparecer otras complicaciones; la digitalina, es decir, una droga que suele
administrarse a pacientes cardiovasculares para fortalecer el bombeo del corazón, se
vuelve más tóxica si el cuerpo carece de potasio. Irónicamente, se viene sospechando
que una deficiencia de potasio puede ser el enlace causal de una alta presión
sanguínea, lo cual significa que el diurético puede estar estimulando la enfermedad
que pretende curar.
La mayor frustración, al menos para los investigadores, es que no hay mejor farmacia
que el organismo vivo. Produce diuréticos, analgésicos, calmantes, píldoras para
dormir, antibióticos y, por supuesto, cualquiera de las sustancias fabricadas por
46
compañías farmacéuticas; y todos sus productos son de mayor calidad. La
dosificación de la droga siempre es la correcta y siempre se administra cuando hace
falta; los efectos secundarios son mínimos o nulos; y las instrucciones de uso de estas
drogas están inscritas en la mismísima droga; son parte de su inteligencia estructural.
Contemplar estos fenómenos me hace llegar a tres conclusiones. En primer lugar, que
la inteligencia está presente en cualquier parte dentro de nuestro cuerpo. En segundo
lugar, que nuestra inteligencia interior es muy superior a la que tratamos de sustituir
por elementos exteriores. Y, por último, que la inteligencia, es mucho más importante
que la materia del cuerpo, ya que, sin ella, sólo hay materia sin forma, fluyendo sin
rumbo; caos. La inteligencia hace la diferencia entre una casa diseñada y un montón
de ladrillos.
La inteligencia propia del cuerpo es tan en extremo poderosa que cuando algo sale
torcido, el médico tiene que hacer frente a un antagonista descomunal. Todas las
células del cuerpo están programadas por el ADN, por ejemplo, para dividirse a
cierta velocidad, produciendo dos nuevas células cuando la célula madre se parte en
dos; como sucede con cualquier proceso gobernado por nuestra inteligencia, éste no
es meramente mecánico. Una célula se divide para responder a su propia necesidad
interior, en combinación con las señales generadas por las células de su entorno o el
cerebro, o, incluso los órganos más alejados que puedan estar «comunicando» con
ella por medio de mensajes químicos. Una división celular es una toma de decisión
muy meditada, salvo en casos de cáncer.
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control, sin haber recibido la orden de nadie, salvo, parece ser, de un ADN que se
ha vuelto loco. ¿Cómo es posible? No se sabe con exactitud. Pero pode- mos
extrapolar que el cuerpo sabe de qué manera invertir el proceso, aunque, por algún
motivo desconocido, no siempre consigue hacerlo. Es sólo una cuestión de tiempo;
cuando el proceso ha sido iniciado, las células cancerosas minaban un órgano vital, y
logran expulsar las células normales y provocar la muerte. Cuando la crisis alcanza su
punto álgido, las células cancerosas perecen con el resto del cuerpo, condenadas por
su ingobernable apetito de expansión.
Hasta ahora la medicina no ha logrado dar con el método perfecto para mandar a
tiempo un mensaje a las células cancerosas y evitar así el destino trágico que han
puesto en marcha. Las sustancias químicas que pueda recomendar un médico para
luchar contra el cáncer no son efectivas en el plano de la inteligencia. El cáncer está
dotado de mal genio y, en cambio, las drogas son simples de espíritu. Por lo tanto, el
oncólogo ha de enfrentarse a un asalto mucho más brutal, pues el cáncer es una
forma de envenenamiento. La droga anticancerosa administrada en estos casos suele
ser tóxica para el conjunto del cuerpo, pero considerando que las células normales,
ingieren mayor cantidad de veneno y mueren en primer lugar. La estrategia consiste
en un riesgo calculado. El paciente deberá tener suerte; su médico deberá ser un
experto en materia de dosificación y sincronización de la quimioterapia, ya que
ambos aspectos son vitales. Si todo sale bien, el cáncer será vencido y habremos
proporcionado al paciente unos cuantos años de vida útil.
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paciente. Además, estadísticamente, a veces no resulta posible acabar con todas las
células cancerosas. Si la quimioterapia es efectiva en un 99,99%, seguirán existiendo
un millón de células cancerosas supervivientes, número más que suficiente para que el
cáncer vuelva a emprender su expansión.
Por si fuera poco, las células cancerosas no nacen todas iguales; algunas son más
resistentes que otras y por tanto más difíciles de matar. Puede también que al destruir
las células más débiles, obtengamos una selección natural de tipo darviniano,
dejando que sólo sobrevivan las más capacitadas. En este supuesto, la quimioterapia
estimularía una enfermedad más virulenta que la que se ha logrado vencer (asimismo,
las infecciones persistentes de estafilococo, que suelen llevar al paciente al quirófano,
son a menudo muy resistentes a los antibióticos, porque tan sólo la bacteria más
viciosa puede vivir en el entorno estéril de un quirófano y soportar el bombardeo
continuo de inyecciones de penicilina). Por tanto, es fácil imaginarse que el origen de
un «supercáncer» esté en la presencia de una o dos células malignas capaces de
resistir como ninguna a un tratamiento.
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máquina, pero, de hecho, la idea no ha cambiado mucho. Porque vemos y tocamos
nuestros cuerpos, y llevamos con nosotros todo su peso y nos damos con las puertas si
no andamos con cuidado, la realidad de nuestro cuerpo aparece principalmente
material; ésta es al menos la tendencia actual de nuestro mundo.
Si pudiéramos vernos tal como somos en realidad, jamás veríamos dos veces el mismo
cuerpo. El 90% de los átomos del cuerpo no estaban allí un año atrás. El esqueleto,
aparentemente tan sólido, tampoco estaba hace tres meses. La configuración de las
células óseas permanece más o menos constante, pero todo tipo de átomos atraviesan
la capa de la célula, entrando por un lado y saliendo por otro, y así es como
adquirimos un nuevo esqueleto cada tres meses.
La piel es nueva al cabo de un mes; tenemos un nuevo estómago cada cuatro días, y
las células que entran en contacto con los alimentos cambian cada cinco minutos. Las
células del hígado se sustituyen muy lentamente, pero siguen fluyendo por ellas nuevos
átomos, como el agua de un río, renovando el hígado cada seis semanas. Incluso en
el interior del cerebro, cuyas células no son sustituidas al morir, el contenido de
carbono, nitrógeno, oxígeno y demás elementos es totalmente distinto hoy de lo que
fue hace un año.
Es como si viviéramos en un edificio cuyos ladrillos son sustituidos año tras año. Si
mantenemos el mismo diseño, el edificio seguirá pareciendo igual. Sin embargo, no
50
será el mismo. De un día para otro, el cuerpo humano no parece haber cambiado
demasiado; pero a través del proceso de la respiración, la digestión y la eliminación,
entra en contacto con el mundo, intercambiando elementos.
Aunque los cambios puedan realizarse a mayor o menor velocidad, el cambio existe.
Lo que yo llamo «inteligencia» asume la supervisión de estos cambios de manera que
no acabe todo en un amontonamiento inútil de ladrillos. Éste es uno de los
acontecimientos más obvios del mundo fisiológico, pero la inteligencia es tan
cambiante y viva que la literatura médica no le dedica prácticamente ningún
apartado.
Para hacernos una idea de las limitaciones de nuestro saber médico, consideremos,
por ejemplo, la estructura de una neurona. Las neuronas que componen el cerebro y
el sistema nervioso central comunican entre sí por medio de unos espacios llamados
sinapsis. Estos espacios separan los filamentos arborescentes, las dendritas, que
crecen a ambos lados de cada célula nerviosa. Cada uno viene dotado de miles de
millones de células distribuidas entre el cerebro y el sistema nervioso central, y como
ya vimos anteriormente, todos son capaces de generar docenas e incluso cientos de
51
dendritas (la estimación total es de cien millones), lo cual implica que en cualquier
momento, las posibles combinaciones de señales que cruzan las sinapsis del cerebro
superan el número de átomos del universo conocido. Las señales también comunican
entre sí a la velocidad de un relámpago. Para leer esta frase, tu cerebro necesita unas
milésimas de segundo para organizar un esquema preciso de millones de señales, y
luego volver a disolverlo todo, sin que esta comunicación vuelva a repetirse jamás del
mismo modo.
52
remisión espontánea de un cáncer, la medicina no se detiene a analizar el
acontecimiento, alucinada al comprobar que la vida no se comporta con la
extraordinaria sencillez de los modelos de laboratorio.
Los tres síntomas del Parkinson se agudizan con el tiempo, hasta que el paciente
queda totalmente incapacitado. El dramaturgo Eugene O'Neill contrajo la enfermedad
de Parkinson al llegar a los cincuenta años. Le costaba mucho esfuerzo escribir, pues
los temblores se volvían insufribles. Pero tenía pensado escribir un ciclo de cuatro
obras de teatro que serían su obra maestra; la enfermedad desbarató sus proyectos:
es triste ver los últimos manuscritos de O'Neill. Demostrando una fuerza de voluntad
53
heroica, consiguió plasmar su obra sobre el papel, pero nadie ha sabido descifrarla.
El paciente mexicano de Madrazo, aunque algo más joven que la mayor parte de las
víctimas de Parkinson, estaba confinado en su cama de hospital, sufriendo temblores
constantes y rítmicos que no le dejaban andar. Después de la operación, volvió a
caminar, a correr, a comer sin que nadie le ayudara, a trabajar en su jardín, y como
ha podido verse en un vídeo, a tener a su niño entre los brazos.
Madrazo realizó él mismo unas veinte, todas con éxito. (Otros intentos previos de esa
misma cirugía habían fracasado, como también fracasaron otros muchos después.
Madrazo piensa que su éxito se debe a la localización exacta de sus injertos.) Las
consecuencias a largo plazo de estas operaciones aparecen hoy con mayor claridad.
De momento, no se le ha dado mucha publicidad al tema, pero de hecho los
neuroinvestigadores están pensando muy seriamente en una posibilidad de ciencia-
ficción: los «trasplantes de cerebro».
54
de cerdo.
Uno tras otro, los dogmas básicos de la fisiología cerebral están cayendo o siendo
reconsiderados y modificados drásticamente. No obstante, estos avances continúan
siendo revolucionarios: otro equipo sueco ha demostrado que las células nerviosas
pueden implantarse en la retina de un ojo, cuya superficie es sencillamente una
extensión y un desarrollo del nervio óptico. Tras el implante, las células construyen
nuevas ramificaciones, confirmando así que la regeneración en el cerebro es muy
posible y muy normal. Una vez más, esta investigación requiere animales de
laboratorio y no sujetos humanos, pero las aplicaciones en el tratamiento de la
ceguera son evidentes. Asimismo, otros injertos podrán beneficiar a las víctimas de
heridas cerebrales traumáticas, ataques y otros trastornos cerebrales.
Querría hacer hincapié en que ninguno de estos avances sería posible si la ciencia no
estuviera dispuesta a reconsiderar radicalmente sus conceptos básicos. Es curioso
pensar que los médicos que hoy, en 1991, hablan de posibles curaciones del
cerebro, se negaban a creer en ellas hace tan sólo cuatro años. El origen de los
injertos cerebrales se remonta a muchos años atrás, hasta 1912, cuando Elisabeth
Tunn, una investigadora del Instituto Rockefeller, injertó células nerviosas en un
55
cerebro de ratón, con éxito. Sus investigaciones fueron acogidas con total
indiferencia. (Podemos recordar aquí que la acción de los cultivos de penicillium, que
causaban la muerte de las bacterias había sido observada más de 140 veces y
publicada en la bibliografía médica de entonces, antes de que Alexander Fleming
«descubriera» el proceso. Hasta el descubrimiento de Fleming, los demás
investigadores habían sido frenados en su labor porque sus cultivos en laboratorio,
atentamente cuidados, habían sido invadidos por un moho verde. El propio Fleming
se deshizo de todos sus cultivos contaminados, pero comprendió más adelante que
tenía entre manos un medicamento extraordinario.) Otro investigador pionero en el
campo de los trasplantes cerebrales, Don M. Gash, hoy profesor en la Universidad de
Rochester, fue llamado un día al despacho de uno de los decanos de la Facultad de
Medicina cuando empezaba su carrera, y éste le dijo:
—Doctor Gash, es usted un hombre joven con una carrera médica prometedora. No
ande perdiendo el tiempo con una idea absurda que jamás podrá demostrar.
Tal vez estos descubrimientos no nos estén animando a seguir con las investigaciones
sobre trasplantes quirúrgicos, sino a indagar en nuevas posibilidades dentro del
cerebro, enfocándolo como un órgano vivo y dinámico. Aunque la medicina moderna
lo haya glorificado, el cerebro ha sido siempre la parte más inmóvil de un modelo
escultural del cuerpo humano de por sí inmóvil, ya que es el único órgano que no
56
sabe curarse solo. Pero esta afirmación es muy sospechosa. Todas las células de
nuestro cuerpo, tanto un folículo capilar, o una neurona, como una célula del corazón
se generaron en el momento de la concepción gracias a una doble estructura del
ADN. Cuanto podemos realizar, ya sea pensar, hablar, correr, tocar el violín o
administrar un país, se cimienta en una capacidad programada en esa molécula
original. Por lo tanto, decir que una neurona no puede curarse a sí misma es lo mismo
que decir que el ADN no funciona. ¿Acaso puede estropearse? Lo cierto es que el
ADN ha decidido convertirse en una célula del cerebro y no en una célula del
corazón y que, por esta razón, expresa ciertas partes de su potencial y no otras.
Pero esto no significa que una capacidad del ADN se haya perdido. Nada se pierde
en el ADN. Cada célula del cuerpo contiene todas las posibilidades infinitas del ADN
a la vez, desde el momento de su concepción hasta el día de su muerte y así puede
comprobarse en el procedimiento llamado clonación: teóricamente, uno puede
extirpar una célula del interior de la mejilla y, si se dan las condiciones adecuadas,
producir una copia idéntica de uno mismo, o producir un millón de copias iguales. La
Naturaleza demostró su ingenio al no producir un millón de clones idénticos; por
supuesto, tan sólo los organismos más lentos se componen de células idénticas; suelen
ser de una sola célula, como la ameba. Sin embargo, la diferencia entre una ameba y
un ser humano deja de existir en el plano del ADN; de la forma siguiente: todo lo que
es la ameba viene incluido en su paquetito de ADN, y todo lo que somos nosotros
viene en el nuestro. Por lo tanto, no debería sorprendernos que una neurona pueda
(según unas circunstancias que no acabamos de entender del todo) decidir renunciar
a sus propias ordenanzas y no repararse a sí misma y, repentinamente, decidir
repararse. Su ADN no está estropeado.
Estos esquemas son verdaderamente útiles, pero ninguno es perfecto. Siempre quedan
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datos por añadir al modelo. Para entender las funciones cerebrales o cualquier otra
función del cuerpo sin modelos, deberíamos enfocarlas como entes abstractos y
aparentemente contradictorios, como permanencias preservadas de las alteraciones
dinámicas del mundo.
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4. MENSAJEROS DEL ESPACIO INTERIOR
Ascender hasta Machu Picchu, la ciudad fortificada de los incas, es toda una proeza.
Primero hay que caminar por un pasadizo de 2 km en medio de los Andes; el
oxígeno es escaso; te puedes marear. Pero por fin aparece la ciudad, entre nubes,
majestuosa. Pero antes de llegar hasta sus paredes habrás de subir por una escalinata
de 3.000 peldaños. Ése fue el último baluarte que no llegara a conquistar Pizarro en
Perú en 1532. Es asombroso pensar que unos corredores a pie conectaban el Machu
Picchu con cualquier otro pueblo del Imperio, algunos a más de 3.000 km. Eran
mensajeros veloces con una capacidad de resistencia, por así decirlo, inhumana.
Corrían descalzos, cubriendo a diario distancias impresionantes; a veces el
equivalente de dos o tres maratones olímpicos. Algunas de sus pistas partían de unas
cumbres tan altas como el pico más elevado de las Montañas Rocosas, camino arriba
durante unos kilómetros más.
Estos mensajeros debieron de ser la vista y el oído del emperador Atahualpa, que
pudo de este modo informar y preparar a su gente ante la inminente invasión
española. Pero Pizarro se salió con la suya y cobró una fortuna por el rescate de
Atahualpa (luego lo mató). Es de esperar que las leyendas fueran ciertas y que los
incas lograran poner a salvo su oro. (Pizarro, un hombre extraordinariamente
codicioso, además de conquistador, fue a su vez asesinado por unos rivales
envidiosos en 1541.)
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siglo XVI, los primeros anatomistas vieron y analizaron estos nervios mayores, pero el
sistema nervioso seguía guardando sus secretos. ¿Quiénes eran los mensajeros que
llevaban mensajes desde y hacia el cerebro?
Se ha venido difundiendo una hipótesis, equivocada, según la cual los nervios operan
eléctricamente, como un sistema telegráfico; hasta hace quince años ésa era la visión
que nos ofrecía la bibliografía médica. En los años sesenta, se realizaron unos
descubrimientos fundamentales centrados en una nueva clase de sustancias químicas
infinitesimales llamadas neurotransmisores. El término hace hincapié en que son, ante
todo, unas sustancias químicas que transmiten impulsos nerviosos; actúan en el cuerpo
como «moléculas comunicadoras» permitiendo así a las neuronas del cerebro
comunicarse con el resto del cuerpo.
Los neurotransmisores son mensajeros que parten del cerebro y regresan hacia él,
comunicando a cada órgano del interior del cuerpo cuáles son nuestras emociones,
nuestros deseos, memorias, intuiciones y sueños. Ninguno de estos acontecimientos
queda confinado en el universo cerebral. Asimismo, ninguno es estrictamente mental,
ya que pueden codificarse en mensajes químicos. Los neurotransmisores influyen en la
vida de cualquier célula. Cuando un pensamiento desea partir, estas sustancias
químicas han de ponerse en movimiento, pues si no fuera por ellas no existirían tales
pensamientos. Pensar supone desencadenar nuevas reacciones químicas cerebrales
que provocan una cascada de respuestas en el organismo. Ya vimos anteriormente
que la inteligencia, o sea la «destreza», controla la fisiología; los neurotransmisores le
proporcionan la base material que le es necesaria.
60
vuelve a parecerse más a un río y menos a una escultura. Además, estos mensajeros
permiten llenar el vacío que separa la mente y el cuerpo, y acabar así con uno de los
misterios más enigmáticos del ser humano desde que éste se plantea y considera
seriamente su propia existencia.
Luego, a medida que los biólogos moleculares del mundo entero seguían
investigando, fueron apareciendo nuevos y numerosos neurotransmisores, cada uno
de estructura molecular distinta y, al parecer, mensajeros de noticias diferentes.
Estructuralmente casi todos eran parecidos, elaborados como péptidos, cadenas
complejas de aminoácidos del mismo tipo que las observadas en las proteínas que
construyen cada célula, incluyendo las células cerebrales.
61
despertador.
En el caso del ser humano, donde operan esos mismos mecanismos químicos, el
cuerpo se despierta por la mañana no sólo por una alarma interior brutal, sino
también por una serie de señales sincronizadas, en un principio suaves y luego más
fuertes, que nos sustraen del sueño paso a paso. El proceso entero supone una
transición gradual de, al menos, cuatro o cinco oleadas, pasando de la bioquímica
del sueño a la bioquímica del despertar. Si se interrumpe el proceso, no estaremos tan
despiertos como deberíamos; las bioquímicas de dos fases distintas se habrán
cruzado. Así es como los padres de los recién nacidos que dan guerra por la noche
tienen mal cuerpo durante el día. Los despertadores también nos sobresaltan,
alterando los mecanismos naturales del despertar, provocando en el cuerpo una
sensación de aturdimiento que, a veces, arrastrarnos a lo largo del día, en espera de
que la siguiente tanda de sueño y despertar reajuste la química cuerpo-mente.
Pondré un ejemplo. Todos los camellos presentan una tolerancia fenomenal ante el
dolor; pueden estar rumiando tranquilamente y, a la vez, sufrir los latigazos de un
violento conductor de camellos. A unos investigadores les entró la curiosidad y
examinaron las células cerebrales de los camellos; comprobaron que los camellos
producían enormes cantidades de una sustancia bioquímica específica, que induce en
cualquier animal esa indiferencia ante el dolor. El sueño y la tolerancia al dolor de-
penden por tanto de cuáles son los mensajeros químicos producidos en el cerebro.
Una tras otra, las funciones que antiguamente tenían lugar «en el cerebro» se han ido
asociando a neurotransmisores específicos. Los esquizofrénicos que padecen
alucinaciones y pensamientos psicóticos suelen mejorar radicalmente cuando se les
aplica un aparato de diálisis del riñon que filtre las impurezas de la sangre. Como ya
vimos anteriormente las investigaciones en el cerebro han establecido que un
neurotransmisor llamado dopamina es producido en cantidades anormales en el
cerebro de los esquizofrénicos. El tratamiento químico habitual de estos trastornos
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consiste en la administración de drogas psicoactivas que suprimen la generación de
dopamina; tal vez sea éste igualmente el caso de la diálisis, ya que directamente o
por medio de un subproducto, tal vez elimine la dopamina de la sangre.
A mediados de los años ochenta, cuando no habían transcurrido diez años desde
estos descubrimientos, ya se habían identificado más de cincuenta neurotransmisores
y neuropéptidos. Todos ellos pueden fabricarse en un lado de las sinapsis entre
neuronas y cuando cruzan estas sinapsis, todos tienen su sitio en los receptores
ubicados al otro lado de la sinapsis. Este fenómeno supone una perfecta flexibilidad
en la comunicación entre dos células. La neurona individual se considera por tanto
como un generador de mensajes que no sólo dice si y no como un ordenador. El
léxico del cerebro es mucho más amplio; incluye miles de combinaciones de señales
separadas, y puede incluso que sean infinitas ya que siguen descubriéndose nuevos
neurotransmisores.
¿Qué tipos de mensajes intercambian las células nerviosas? No es fácil contestar esta
pregunta, pues si bien es cierto que algunos segmentos de nuestro vocabulario
químico parecen ser tan específicos y claros como lo es nuestro propio vocabulario,
otros en cambio son sumamente ambiguos. Nuestra resistencia ante el dolor, al igual
que la del camello, depende de unas sustancias bioquímicas descubiertas en los años
setenta, las endorfinas y enquefalinas, que actúan como analgésicos naturales del
cuerpo. La palabra endorfina significa «morfina interior» y enquefalina significa
«dentro del cerebro». Y esto es lo que son: versiones de la morfina producidas en el
interior de la cabeza.
Esta capacidad hasta entonces desconocida del cuerpo para producir narcóticos
internos ha sido un nuevo y entusiasmante aliciente para la investigación. Ya
sospechábamos antes que el cuerpo había de ser capaz de regular la sensación de
dolor. Aunque fuera insistente, el dolor no sólo es registrado por nuestro
entendimiento; las emociones fuertes pueden provocar señales de dolor en el cuerpo,
63
por ejemplo, en el caso de una madre que se precipita en una casa en llamas para
sal- var a su niño, o cuando un soldado herido sigue luchando, olvidándose de las
heridas. Incluso en circunstancias normales, todos nosotros, hasta cierto punto,
podemos apartar la atención de un dolor menor; no notamos una garganta dolorida
si estamos hablando con alguien poniendo mucho interés en ello.
Ningún mecanismo conocido justifica esa vivencia tan natural que consiste en
desplazar el umbral del dolor. Hoy, la medicina podría explicarlo a través del empleo
de analgésicos interiores, es decir, endorfina y enquefalina, sustancias que cada
neurona del cuerpo es capaz de producir a su antojo. Con suma rapidez se supo y
difundió que el cerebro genera narcóticos hasta doscientas veces más potentes que
cualquier producto vendido en la farmacia, con una ventaja añadida: nuestros
analgésicos interiores no generan adicción. Puede que algún día los médicos sepan
anestesiar a sus pacientes estimulando alguna región de sus cerebros, dándole así a
la medicina occidental algún rasgo de acupuntura china.
Tanto la morfina como la endorfina son capaces de bloquear el dolor, llenando algún
receptor de la neurona, e impidiendo que otras sustancias químicas lleven el mensaje
de dolor hacia la zona afectada. Estando presentes estas sustancias químicas, no
puede haber sensación de dolor, sea cual sea la provocación física. Empleando este
modelo, una molécula de endorfina es como una palabra específica de nuestro
vocabulario, en este caso la palabra «analgésico». No es mucho suponer que en el
momento en que el término «dolor» llega a la mente, ésta puede mandar un
analgésico a modo de respuesta. Por desgracia, este panorama brillante y
esperanzador se ha ido nublando al publicarse los resultados de investigaciones más
recientes.
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fase de sufrimiento físico puede sentirse aliviado al recibir un placebo, por ejemplo,
una píldora cubierta de azúcar que le ha sido administrada diciéndole que se trataba
de un poderoso analgésico. No todos los pacientes responden a este tipo de
procedimiento, pero por lo general, entre el 30 y el 60% reconoce que su dolor ha
desaparecido. Este resultado, el llamado efecto placebo, es conocido desde hace
siglos, pero continúa siendo muy imprevisible. El médico no puede decir con toda
seguridad, y por adelantado, qué pacientes se beneficiarán y hasta qué punto.
¿Cómo explicar que una píldora de azúcar, sin poderes de ninguna clase, acabe con
la sensación de dolor, e incluso con el dolor punzante de una úlcera o de una
operación quirúrgica traumática? Las endorfinas, según pudo descubrirse hace poco,
tienen la respuesta. Una droga llamada naloxona actúa como sustancia química de la
morfina; esto significa que sabe extirpar las moléculas de morfina de su receptor.
Cuando se administra naloxona en combinación con un analgésico, la sensación de
dolor reaparece. Todo apunta a que este mismo fenómeno tiene lugar con la
administración de un placebo. La mayor parte de los pacientes, cuyo dolor
desapareció al ingerir una píldora de azúcar, dicen que el dolor vuelve al ingerir
naloxona. Esto supone que las endorfinas y la morfina han de ser básicamente la
misma droga; la diferencia estriba en que una es fabricada por el cuerpo y la otra
por las adormideras.
Pero, una vez más, tan sólo unos pacientes demostraron la validez de este resultado.
La naloxona provocó en ciertos pacientes un retorno del dolor con toda su fuerza; en
cambio, otros siguieron beneficiándose del efecto placebo; y otros, por último, sólo
volvieron a sentir algo de dolor. Los investigadores se toparon entonces con un nuevo
enigma, que por cierto siguen sin resolver. Las endorfinas son, sin lugar a dudas, unos
analgésicos internos. Pero el descubrimiento de estas nuevas moléculas no resuelve
todas las preguntas pendientes.
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idéntica a la endorfina, y asimismo que la endorfina actúa según un mecanismo
mucho más complejo que las drogas narcóticas y, por último, que cualquier forma de
tratamiento en busca de remisión del dolor, ya sea morfina, endorfina, acupuntura o
hipnosis es muy variable en su efectividad. También se ha descubierto que las
endorfinas no pueden convertirse en productos farmacéuticos de confianza: nuestros
analgésicos interiores producen hábito, al igual que la heroína si se administran por
medio de una jeringuilla.
Con gran rapidez, esas mismas complicaciones y frustraciones que sufrieron los
científicos con las endorfinas y enquefalinas, se extendieron a los demás
neurotransmisores. Resultó que una neurona no se conforma con recibir una señal de
una célula nerviosa vecina y comunicarla, sin cambios, a la sinapsis siguiente. Ésa es
una entre otras muchas opciones. Aunque nadie haya establecido con precisión de
qué manera las neuronas captan sus mensajes químicos, ni cómo los transportan
camino abajo hacia sus propios axones, sí sabemos que el proceso ha de ser muy
flexible. La célula nerviosa puede cambiar el mensaje en camino, transformando la
sustancia química que recibió en el punto A en una sustancia química distinta en el
punto B.
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De hecho, en la actualidad resulta que la estructura molecular de cualquier
neurotransmisor es irrelevante ante la capacidad del cerebro para emplearla.
Sin preocuparse por inventar una nueva categoría de sustancias químicas, el ADN ha
conseguido emplear de otro modo sus materias primas, los aminoácidos y péptidos.
Una vez más, lo esencial para el ADN es mantener esa capacidad para generar
productos diferentes. Lo importante no son las moléculas, aunque su descubrimiento
por el biólogo molecular pueda tener mucha importancia para la ciencia.
¿De dónde nace, por tanto, esa capacidad para generar neurotransmisores? Tal vez
debiéramos fijar nuestra atención en la contribución de la mente. Al fin y al cabo, la
molécula de adrenalina no es el único factor que provoca la carrera de una madre
hacia un edificio en llamas para salvar a su niño, ni es la molécula de endorfina la
que la protege de la sensación de dolor provocada por el fuego. El amor la mueve,
una determinación simple de espíritu la protege del dolor. Estos atributos de su mente
han encontrado una senda química de manera que el cerebro pueda seguir
comunicando con el cuerpo.
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entre ellas es tan íntima que la mente no puede proyectarse en el cuerpo sin utilizar
estas sustancias químicas. Y, sin embargo, estas sustancias no pueden ser la mente.
¿O acaso lo son?
—Si uno pretende ser testigo de una verdadera experiencia de psicoquinesis — dijo
John Eccles a su auditorio— basta con admirar las hazañas de la mente sobre la
materia del interior del cerebro. No deja de ser muy sorprendente que, para cada
pensamiento, la mente consiga mover átomos de hidrógeno, carbono, oxígeno y otras
partículas de las células cerebrales. Nos daríamos cuenta que nada es tan diferente
como un pensamiento insustancial y la materia gris y sólida del cerebro. Todo sucede
sin que, aparentemente, haya enlace alguno entre una cosa y otra.
El misterio del poder de la mente sobre la materia no tiene explicación para los
biólogos, quienes prefieren seguir indagando en estructuras químicas más y más
complejas, capaces de operar en niveles más y más sutiles de la fisiología. Casi es
obvio hoy que jamás daremos con una partícula, por pequeña que sea, que la
Naturaleza haya etiquetado «inteligencia». Y así lo intuimos al considerar que todo lo
que es materia en nuestros cuerpos, ya sea pequeño o grande, ha sido diseñado con
inteligencia a modo de elemento constitutivo. El ADN en sí, aun siendo el maestro de
obras químico del cuerpo, está constituido, esencialmente, por los mismos ladrillos
básicos que los neurotransmisores que él mismo genera y gobierna. El ADN es como
una fábrica de ladrillos a su vez hecha de ladrillos. (El gran matemático húngaro,
John van Neumann, además de ser uno de los inventores del ordenador moderno,
estuvo siempre interesadísimo por la robótica, y llegó a inventar, al menos en teoría,
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una máquina verdaderamente ingeniosa, un robot capaz de construir otros robots
idénticos a sí mismo, es decir una máquina capaz de reproducirse. Nuestro ADN
desempeña esta misma labor, pero a gran escala, ya que en el cuerpo humano todo
son variantes del ADN realizadas por el propio ADN.)
Podríamos llegar a la conclusión de que el ADN, con sus miles de millones de «bytes»
genéticos, es una molécula inteligente; ciertamente ha de ser más inteligente que una
molécula sencilla como el azúcar. ¿Hasta qué punto puede ser inteligente el azúcar?
Pero, al fin y al cabo, el ADN sólo son cadenas de azúcar, aminas y otros
componentes sencillos. Si éstos no son «inteligentes» entonces el ADN no sabría
volverse listo por el mero hecho de unirlos unos a otros. Según este razonamiento,
¿por qué no son inteligentes los átomos de carbono o de nitrógeno del azúcar? Quizá
lo sean. Como ya veremos más adelante, si de hecho la inteligencia está presente en
el cuerpo, se supone que viene de alguna parte, y ese «alguna parte» puede que esté
en cualquier sitio. Si continuamos con el paso siguiente de la historia de los
neurotransmisores, volvemos a dar un salto cuántico de complejidad, pero,
curiosamente, la relación entre la mente y la materia empieza a esclarecerse. Las
zonas del cerebro que rigen las emociones, es decir, la amígdala y el hipotálamo,
conocido como el «cerebro del cerebro», resultaron estar especialmente dotadas de
sustancias del grupo neurotransmisor. Esto implica que donde abundan los procesos
de pensamiento (lo cual significa que muchas neuronas se han reunido en una misma
zona), también encontraremos las sustancias químicas asociadas al pensamiento.
Pero, al formularse estas conclusiones, seguía manteniéndose una clara división entre
sustancias químicas capaces de dar el salto entre las células del cerebro y aquellas
que viajan desde el cerebro, camino abajo, por medio de la sangre. (En mi campo, la
endocrinología, una de las cualidades que definen la hormona es su capacidad para
flotar por la sangre, en un proceso habitualmente mucho más lento que el fluir de una
célula nerviosa, cuya velocidad se ha cronometrado en unos 360 km/hora; una señal
mandada desde la cabeza hacia un dedo del pie tarda menos de 1/50 de segundo.)
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Precisamente cuando la ciencia creyó ser capaz de aislar las sustancias químicas del
cerebro y clasificar sus emplazamientos, el cuerpo volvió a mostrarse más complejo
de lo que pensaba. Los investigadores del «National Institute of Mental Health»
encontraron receptores en cantidades iguales a ambos lados del cerebro. Otras
investigaciones iniciadas en los años ochenta facilitaron el descubrimiento de otros
muchos receptores de neurotransmisores y neuropéptidos en células del sistema
inmunológico, llamados monocitos. ¿Acaso pueden existir receptores del cerebro en
las células blancas de la sangre? Se trata, a mi entender, de un descubrimiento
importantísimo. Antiguamente, la medicina suponía que el sistema nervioso central
transmitía, a solas, mensajes hacia el cuerpo, como un sistema telefónico complejo
que enlazara el cerebro con todos los órganos con los que desease conectar. Según
este esquema, las neuronas funcionan como líneas de teléfono transportadoras de
señales cerebrales, siendo ésta su única función, una tarea que no comparte con
ningún otro sistema de la fisiología humana.
Ahora sabemos que el cerebro no sólo manda impulsos que viajan por líneas rectas
rumbo a los axones de las neuronas; también proyecta inteligencia en circulación a
través del espacio global del cuerpo. A la inversa de lo que sucede con las neuronas
fijadas a lo largo del sistema nervioso, los monocitos del sistema inmunológico viajan
por la sangre, proporcionando un acceso libre a cualquier otra célula del cuerpo.
Dotado de un vocabulario que refleja la complejidad del sistema nervioso, el sistema
inmunológico parece capaz de mandar y recibir mensajes que son igualmente
disparatados. En realidad, si uno está contento, triste, pensativo, excitado, etc.,
necesitará de la generación de neuropéptidos y neurotransmisores en las células del
cerebro, y a continuación las células inmunizado-ras habrán de contagiarse de esa
felicidad, tristeza, estado meditabundo o excitado; de hecho, tendrán que ser
capaces de expresar todo el léxico de «palabras» inventadas por las neuronas. Los
monocitos pueden considerarse, por sus efectos, neuronas en movimiento.
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de realidad de pleno derecho. La ciencia ya había localizado una inteligencia,
aquella que demostraba el ADN en cada célula. Desde que Watson y Crick
diseñaron la estructura del ADN, a principios de los años cincuenta, la investigación
ha demostrado que esta molécula formidable, casi infinitamente compleja, codificaba
todas las informaciones necesarias para crear y mantener la vida humana. Pero la
inteligencia de los genes se consideraba entonces algo fijo, ya que el ADN de por sí
es la sustancia química más estable del cuerpo, y gracias a esta permanencia, todos
nosotros somos capaces de heredar rasgos genéticos de nuestros padres, ya sean
ojos azules, un pelo rojo, rasgos faciales, etc., y preservarlos intactos para
comunicarlos a nuestros hijos.
Todos nos damos cuenta que la mente está poblada de impresiones remotas que no
sabríamos describir con claridad. Para definirlas correctamente, reducimos el campo
de la psicología hasta obtener una terminología borrosa, tan confusa como la trivial
«corriente de la conciencia». Hoy, como si todo consistiera en llenar de agua esa
corriente, un agua que pudiéramos ver y tocar, los investigadores del cerebro han ido
descubriendo en el cerebro cantidades ingentes de nuevas sustancias químicas. Pero,
a la inversa de lo que sucede con una corriente, estas cascadas no tienen ribera;
fluyen hacia cualquier parte y por donde sea. Jamás cesan de fluir, ni una décima de
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segundo. El científico del cerebro procura detener el tiempo para examinar los
componentes de la cascada. Las sustancias químicas que desea encontrar son
extremadamente diminutas; se necesitaron 300.000 cerebros de oveja para producir
un mísero miligramo de la molécula que el cerebro emplea para estimular la tiroides.
Tampoco los receptores de las células son fáciles de captar. Bailan constantemente en
la superficie de la célula y cambian de forma para recibir nuevos mensajes; cualquier
célula puede contener centenares e incluso miles de receptores, pero tan sólo uno o
dos pueden ser analizados a la vez. La ciencia aprendió mucho más de la química
cerebral en los últimos quince años que en el resto de la Historia humana, pero
continuamos siendo unos forasteros que pretenden aprender un idioma recogiendo
octavillas por el suelo.
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el cerebro genera pensamiento, los científicos comprobaron que todos los fenómenos
del universo de la mente, como la sensación de dolor o una emoción intensa, trazan
un nuevo esquema químico en el cerebro, no en un receptor único, sino en varios a la
vez. La imagen cambia cuando cambia el pensamiento; si pudiéramos ampliar el
retrato hasta obtener una imagen de cuerpo entero, no cabe duda que el cuerpo en
su conjunto cambiaría en un instante, alterado por las cascadas de neurotransmisores
y moléculas mensajeras asociadas.
Así es como nuestro cuerpo es el retrato físico en tres dimensiones de lo que estamos
pensando. Por razones diversas, este fenómeno, admirable, no está al alcance de la
percepción. En primer lugar, porque la apariencia exterior física del cuerpo no se
altera drásticamente con la generación de cada pensamiento. Sin embargo, está claro
que el cuerpo se halla proyectando sus pensamientos. De hecho, nos leemos las
mentes al intercambiar expresiones faciales; asimismo, estamos registrando de
continuo millares de gestos del lenguaje corporal, señales del comportamiento y de
las intenciones de los demás para con nosotros. Las películas que se han realizado en
laboratorios que investigan el sueño muestran que cambiamos de posición docenas
de veces durante la noche, obedeciendo a mandatos del cerebro de los que no somos
conscientes.
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estas consideraciones, más allá del sistema nervioso y el sistema inmunológico,
descubrieron los mismos péptidos y neurorreceptores en otros órganos, como los
intestinos, los riñones, el estómago y el corazón. Se ha llegado a pensar que también
podrían encontrarse en otros parajes. Esto significa que nuestros riñones «piensan» en
la medida en que saben producir los mismos neuropéptidos que el cerebro. Los
emplazamientos receptores no son sencillamente etiquetas adhesivas. Son preguntas
que aguardan respuestas, formuladas en el idioma que se habla en el universo
químico. Es de suponer que si tuviéramos a nuestra disposición el glosario completo,
no sólo alguna que otra palabra, comprobaríamos que cada célula habla tan fluida-
mente como nosotros mismos.
En nuestro interior, las preguntas y las respuestas van y vienen en un flujo que no
cesa. Una sencilla glándula como la tiroides tiene mucho que comunicar al cerebro, a
sus glándulas endocrinas vecinas, y con ellas al cuerpo entero; tanto es así que su
labia influye en decenas de funciones vitales, como son el crecimiento, el
metabolismo, etc. La velocidad en que uno piensa, la estatura o el tamaño de los ojos,
por ejemplo, dependen, en parte, de los consejos dados por la tiroides. Por tanto, la
mente no está confinada en el cerebro; creímos que sí porque resultaba más cómodo.
Pero, en realidad, la mente se proyecta hacia todos los rincones de nuestro espacio
interior, Uno de los investigadores más dotados y con mayores perspectivas de éxito
en el campo de la química cerebral, el doctor Candace Pert, director de la división
bioquímica del cerebro en el «Nacional Institute of Mental Health», ha apuntado que
sería muy arbitrario suponer que un producto bioquímico como el ADN, o un
neurotransmisor, pertenece al cuerpo más que a la mente. El cuerpo es materia y, a la
vez, puro conocimiento. El doctor Pert se refiere al sistema cuerpo-mente en su
totalidad, como si se tratara de una «red de información», haciendo hincapié en el
nivel más sutil del conocimiento en detrimento del nivel más grosero de la materia.
En realidad, no hay motivos para separar el cuerpo y la mente. En sus escritos, Pert
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prefiere emplear un término que abarca a los dos, el cuerpo-mente (bodymind). Si la
palabra acaba cuajando, será una señal clara de que habremos salvado un
obstáculo importante. Por supuesto, Pert no está respaldado por todos sus colegas.
Pero ya se han producido algunos cambios. Paso a paso, se va imponiendo la idea
de un cuerpo y una mente asombrosamente parecidos. La insulina, una hormona que
siempre habíamos identificado con el páncreas, es también producida por el cerebro,
al igual que las sustancias químicas del cerebro; el estómago a su vez produce
transferón y CCK.
Esto demuestra que la división categórica del cuerpo en sistema nervioso, sistema
endocrino, sistema digestivo es sólo parcialmente cierta y puede pasar de moda con
rapidez. Se ha demostrado que las mismas sustancias neuroquímidas influyen el
bodymind en su integralidad. Todo está interconectado en el plano del neuropéptido;
por lo tanto, separar estas áreas es construir una ciencia equivocada.
Un cuerpo capaz de «pensar» no es el cuerpo del que trata la medicina; por una
sencilla razón: el organismo sabe lo que le está sucediendo, no sólo en el cerebro,
sino en cualquier parte donde haya un receptor de moléculas mensajeras, o sea, en
cada célula. Este fenómeno da mucho que pensar acerca de las drogas y sus efectos
secundarios. Si consultamos con nuestros libros de referencia médica, y éstos
lógicamente dan una relación de las medicaciones que pueden recetarse en cada
caso, encontraremos varias páginas dedicadas a los «corticosteroides». El
corticosteroide (o «esteroide») habitual es la cortisona, pero la familia completa de los
esteroides puede recetarse para curar quemaduras, alergias, artritis, inflamaciones
postoperatorias y otras decenas de trastornos.
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a notarse cansada y depresiva. Unos depósitos grasos anormales empezarán a
aparecer bajo su piel y sus vasos sanguíneos se volverán tan frágiles que empezará a
desarrollar unas contusiones muy grandes difíciles de curar.
Las polillas son criaturas diminutas y el número de feromonas que puedan mandar en
el aire es infinitesimal en comparación con el volumen total del aire y su inmensa
carga de polen, polvo, agua y demás feromonas generados por animales de todo
tipo, incluyendo el ser humano. Por tanto, parece mentira que dos polillas puedan
comunicar desde distancias tan grandes.
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Pero cuando una molécula de feromona sencilla aterriza en la antena de un macho,
éste altera su comportamiento. El macho establecerá su residencia en casa de la
hembra, iniciando un ritual aéreo de apareamiento, hasta conseguir el acoplamiento.
Biológicamente, la causa única de este comportamiento complejo es una sola
molécula.
Si juntamos todos estos detalles, comprobamos que los esteroides pueden provocar
fenómenos de todo tipo. Serán ellos la causa inmediata del trastorno o al menos la
primera pieza de dominó; pero esta distinción tiene muy poquita importancia para el
paciente. Para él, no hay diferencia entre la osteoporosis provocada por los
esteroides y la «verdadera razón». Y esto también es de aplicación para la
depresión, la diabetes o la muerte. Un solo mensajero ha sido la causa de todo. En
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verdad, no existen mensajeros que vayan por libre; cada uno es un elemento más en
la telaraña de la inteligencia del cuerpo. Cuando se activa un solo elemento, tiembla
toda la telaraña.
Entiendo que, al formular estas aserciones, las dogas parecerán mucho más
peligrosas de lo que suele pensarse, aunque esté de moda últimamente hacer el
inventario de todos los desastres médicos. Por costumbre, le restamos importancia al
efecto secundario; es como la espina en una rosa, o la resaca después de una feliz
borrachera. No es así: un efecto secundario puede provocar de todo. Actualmente,
estamos protegidos contra las enfermedades más serias porque el cuerpo reacciona
inmediata y enérgicamente contra la agresión. Un paciente que toma una aspirina
puede sufrir una hemorragia en el estómago, pero no un ataque al corazón. Sin
embargo, cada célula del cuerpo posee una amplia gama de posibilidades a la hora
de actuar; es un ser consciente que capta el mundo de su entorno. Los efectos
secundarios, según mis libros de medicina, no existen si todavía no han sido
observados.
Leí hace poco una historia curiosa. Se trataba de un internista que no supo qué hacer
con uno de sus pacientes, un hombre de casi ochenta años. Este hombre empezó un
día a comportarse de modo paranoico. Sufría una obsesión. Pensaba que unos
ladrones iban a irrumpir en su casa, y se había comprado una pistola para tenerla
debajo de la almohada. Una noche, le dio un susto de muerte a su mujer cuando saltó
de la cama a las tres de la madrugada, corriendo escaleras abajo, alzando su
pistola, en busca frenética de unos intrusos que creía ver detrás de cada mueble.
Viendo que estaba alucinando peligrosamente, la mujer se fue directamente a ver al
internista. El paciente no tenía ningún antecedente de enfermedad mental y no se le
había recetado medicación salvo digitalina, una droga que solía tomar para regular
su ritmo cardíaco. Teniendo en cuenta la edad del paciente, todo apuntaba a un
diagnóstico de Alzheimer.
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No obstante, el internista consultó con un neurólogo para que se le hiciera una
exploración. No aparecieron datos anormales, pero el neurólogo dijo:
Este caso puntual demuestra que no hay manera de averiguar qué está pensando el
cuerpo ni dónde lo está haciendo. Es muy posible que el corazón de ese hombre
estuviera enfermo, ya que al caer la primera pieza de dominó se desencadenó un
proceso que desembocaría en una paranoia. El cerebro y el corazón comparten
muchos emplazamientos receptores; y, ante todo, comparten el mismo ADN, lo cual
supone que una célula del corazón puede comportarse del mismo modo que una
célula del hígado o como cualquier otro tipo de célula. Tras una operación de
corazón abierto, algunos pacientes sufren ataques psicóticos y empiezan a tener
alucinaciones. Incapaces de incorporarse, aturdidos por la falta de oxígeno en el
cerebro y presos de la tétrica esterilidad de una unidad de cuidados intensivos,
empiezan a pensar que unos hombrecitos van y vienen por las sábanas; ésta es al
menos la explicación que suele darse para este tipo de episodios psicóticos. ¿Pero no
cabe pensar acaso que es
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ha de transmitir al cerebro.
5. FANTASMAS DE LA MEMORIA
Una mujer de unos treinta años, modelo, vino a verme hace poco a mi consultorio de
Boston. Había estado ocultando durante muchos años unos problemas digestivos
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serios, pero su familia logró convencerla de que debía curarse. Desde la adolescencia
estaba obsesionada por su silueta y, con el tiempo, esta preocupación había
alcanzado proporciones anormales, hasta provocar una doble enfermedad, anorexia
nerviosa y bulimia.
Aun teniendo en frente a una mujer joven, brillante y atractiva, a todas luces normal,
no caí en la trampa de quitarle importancia a su problema. A pesar de las
investigaciones intensivas y la publicidad que se les ha dado en estos últimos años,
tanto la anorexia como la bulimia siguen siendo altamente desconcertantes. ¿Cómo es
posible que unas mujeres jóvenes, educadas y de buena familia, sigan nutriendo una
obsesión incontrolable por su dieta y su peso? Las personas anoréxicas le tienen
miedo a la comida. Encerradas en un esquema ritualizado y rígido de
comportamiento que mantiene en ellas un apetito voluntario y constante, niegan que
estén excesivamente delgadas, dispuestas incluso a dejarse morir.
50.000 calorías diarias (cuando 2.000 calorías son suficientes para mantener un
cuerpo fuerte de 70 kg). El exceso de alimentos suele ser vomitado, y esto supone un
estrés tremendo para el sistema digestivo y, por supuesto, para el cuerpo entero.
81
estructura física. En el caso de esta chica, sin embargo, la imagen no le exigía:
82
ha considerado una flaqueza espiritual, característica de personas con poco carácter;
de hecho, la religión le puso el apodo pecaminoso de gula. De este modo, una
persona gorda, pero fuerte y disciplinada, sabría volverse delgada como los demás, y
bastaba para ello que comiera menos.
Hoy, sabemos que, para las personas crónicamente obesas, el cambio de dieta no
soluciona el problema (al igual que en el caso opuesto, dar mucho de comer a una
persona anoréxica tampoco resuelve su trastorno), porque el cerebro de una persona
gorda está mandando señales todopoderosas que exigen alimento. ¿De qué manera
se disparan estos mensajes y cómo lograr que den media vuelta? La ciencia no
contesta. Si no obtenemos cierto control en un plano sutil, los obesos pueden estarse
toda la vida manteniendo una dieta severa, es decir aplicando una técnica derrotista
que sólo intensifica el trastorno mental. La pérdida de cinco kilos es registrada en sus
cerebros como una hambrona y cuando vuelven a ingerir alimentos, el cerebro no se
detendrá a analizar la situación hasta que el cuerpo haya recuperado siete kilos al
menos, añadiendo de esta forma dos kilos más como margen de seguridad para
afrontar el hambre siguiente. Ya se ha observado que los obesos ganan peso al
probar con dietas que sólo ofrecen las calorías imprescindibles para el sustento
básico del metabolismo. La explicación estriba en que el cerebro puede alterar el
metabolismo de manera que las calorías sean almacenadas como grasa en lugar de
ser quemadas como combustible.
Nadie sabe por qué el intelecto se vuelve tan indefenso a la hora de desviar estas
imágenes de uno mismo. El fantasma crece y es más temible aún cuanto más se lucha
contra él. Aunque las personas anoréxicas nieguen impertérritas que tienen un
problema, cuando un médico trata de atacar su mecanismo de defensa mental,
parece evidente que ha habido un desajuste en el funcionamiento cuerpo-mente, ya
que una parte del sistema corporal lucha por mantener la cordura, mientras otra está
mandando impulsos irracionales.
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Recuerdo haber charlado con otra mujer anoréxica de unos treinta años, que pesaba
unos cuarenta kilos, y cuyo deterioro físico iba en crescendo (un 10% de los
anoréxicos se mueren de hambre o de causas relacionadas con la desnutrición). Su
caso era especialmente curioso pues no había nada en el mundo que amara tanto
como volver a casa por la noche y dar de comer a una familia italiana numerosa,
preparando pastas y platos aceitosos para una docena de hermanos, hermanas,
primos, tíos y tías.
Nuestra conversación había sido muy razonable y apetecible, hasta que de repente
ella saltó con esto:
—¿Cuánta gente ha logrado curar del tabaco hablando? Todos saben que la nicotina
es un peligro y provoca cáncer de pulmón y todo tipo de trastornos. Pero no sirve de
nada hablarles del tema, y a mí tampoco creo que me esté haciendo un gran favor
diciéndome estas cosas.
—Ya veo que la verdadera cuestión no está en si puedo ayudarla o no, ¿verdad? Le
pedí que procurara tranquilizarse.
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—¿Sabe usted?, a mí no me duele que no coma. Usted no está haciéndole daño a
nadie. Únicamente a una persona que sólo es una imagen. Está en su interior, y eso
es lo más duro, tanto para usted como ser humano, como para mí como médico.
Esto último debe considerarse al pie de la letra. ¿Qué está pasando cuando vemos
una serpiente y nos apartamos dando un brinco? El pensamiento asustado de «¡Dios,
una serpiente!» viene a la mente en el momento preciso en que sale disparada la
adrenalina. Habitualmente, el pensamiento y la acción aparecen tan unidos que el
pensamiento consciente apenas tiene tiempo para pronunciar unas palabras; sólo da
tiempo para ver la serpiente y pegar un brinco. Por lo tanto, no hay espacio donde
uno pueda detenerse entre ambos momentos. En el caso de una persona con
anorexia, la mera visión de los alimentos provoca una ola de repulsión. Tal vez la
visión y el olor de un pedazo de pan provoque este pensamiento «¡Cielos, esto es
imposible que me lo coma!» y, a la vez, el estómago se cierra, las glándulas salivales
se bloquean y el sistema digestivo en su conjunto es informado de que no ha de
ponerse en funcionamiento para nada.
85
una moneda de dos caras. Cuando el impulso es emitido, no hay forma de dar
marcha atrás. El pensamiento es la molécula; la molécula es el pensamiento. Cuando
irrumpen, ese nuevo impulso de inteligencia será la realidad íntegra del paciente.
Cuando una persona anoréxica se siente disgustada por la comida, su reacción es lo
único real que le está sucediendo (al menos durante un instante); es su enfermedad en
ese momento preciso. Y así es igualmente cuando una persona obesa trata de
resistirse a la comida o cuando un fumador procura no encenderse un pitillo más, etc.
La toma de conciencia que tanto teme el anoréxico «Soy mi enfermedad» puede ser
cierta, pero no es la verdad última. Si el anoréxico pudiera trascender sus impulsos y
pensar en ellos sin sentirse involucrado, la enfermedad remitiría inmediatamente.
Sin tener conciencia de ello, contamos con que nuestros pensamientos pondrán en
activo las sustancias químicas necesarias en nuestro cuerpo. La mente y sus moléculas
mensajeras se coordinan automática y perfectamente. Pero este proceso puede sufrir
86
un fallo que supone una confusión comparable a la de un ordenador que funcione
con dos programas a la vez. Cuando la información recibida es confusa, no es de
extrañar que lo impreso en la materia, en el cuerpo, esté desvirtuado. Por dar
ejemplo, observemos cómo obra el Valium, una de las drogas más ambiguas. El
Valium pertenece a un tipo de sustancias químicas llamado benzodiacepinas, y se
emplea, a la vez como calmante y como somnífero. El descubrimiento de estas
sustancias despertó entusiasmo y esperanza. Sus antecesores, los barbitúricos,
presentaban demasiados inconvenientes: provocaban una inevitable adicción;
dificultaban el sueño, ya que bloquean el REM, o fase de sueño en estado durmiente.
Además, las sobredosis eran mortales. El Valium y sus derivados, además, facilitaban
un sueño más apetecible, con menor resaca y menor probabilidad de sobredosis y,
por último, no parecían producir hábito. En el momento álgido de su popularidad, el
Valium representaba un cuarto de todas las recetas redactadas en Estados Unidos.
Hoy sabemos que el Valium genera adicción, induce irregularidades del sueño muy
peculiares (interfiriendo en las etapas tres y cuatro del sueño profundo), además de
implicar serios síntomas de abandono generalizado tras un uso prolongado. Si uno
mira en el plano de los receptores de cada pared celular, estos resultados no son de
extrañar, ya que el Valium actúa, rivalizando con las propias sustancias
neuroquímicas del cuerpo, venciéndolas y quitándoles sus emplazamientos receptores.
Este tipo de interferencia podría ser beneficioso si el Valium compitiese únicamente
con los neuropéptidos responsables de las sensaciones de ansiedad (son los llamados
octodecaneuropéptidos). Pero la influencia calmante de la droga no es su único
efecto; el Valium confunde el sistema nervioso en su conjunto. Es más, hemos
descubierto recientemente que los monocitos del sistema inmunológico también se
sienten atraídos por el Valium. Por lo tanto, cuando un médico está dando lo que él
cree ser una píldora para dormir o un calmante, está afectando el sistema
inmunológico, añadiendo confusión en el plano de los receptores.
No se sabe cuál es el alcance de los posibles daños del Valium, en parte porque la
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investigación sobre inmunología es reciente. Pero al parecer, descubriremos que la
Naturaleza ya proporciona a nuestros cuerpos un producto interno análogo al
Valium, lo cual significa que estamos reproduciendo torpemente algo que ya existe en
un estado perfecto. Cuando me planteo si me parece bien administrar una misma
sustancia química a mis células inmunizadoras, a diario, del modo indiscriminado en
que el Valium ha sido administrado a millones de pacientes (sobre todo mujeres)
durante treinta años, la respuesta es obvia.
Las células inmunizadoras tienen un objetivo definido para cada receptor. Los
emplean para pensar, actuar, percibir y responder de determinados modos. Una
persona emplea un mismo sentido de la vista para observar el mundo; una célula, sin
embargo, posee ojos distintos para cada cosa que necesita ver. Dicho de otro modo,
cuando un receptor deja de recibir una misma sustancia, la célula pierde de vista el
elemento en concreto. En una época en que los índices estadísticos de muchos
cánceres, como el cáncer de mama, siguen creciendo, es muy arriesgado mandar
mensajes desconocidos hacia el sistema inmunológico.
Pero hoy está teniendo lugar una «revolución química» en el mundo de la enfermedad
mental, y parece tan milagrosa como lo fue la revolución del Valium hace treinta
años. Los médicos suelen dar con profusión a sus pacientes mentales drogas
alteradoras de la mente o psicotrópicas, para despejar los síntomas más aparatosos
de sus enfermedades, principalmente la depresión, la manía y las alucinaciones. Los
síntomas suelen remitir, a veces muy drástica y repentinamente, aunque muchos
pacientes no puedan tolerar la obcecación mental y el cansancio, efectos secundarios
habituales en estos casos (aunque no se trate de efectos secundarios sencillos: algunos
antidepresivos pueden agravar la depresión del paciente durante las primeras
semanas o darle la vuelta a la tendencia psíquica, y degenerar en manía salvaje.)
Los detractores de las terapias por drogas emplean palabras como «lobotomías
químicas», añadiendo que estos procedimientos restan al paciente su dignidad de ser
88
humano. De hecho, se cometen muchos abusos, especialmente en hospitales
psiquiátricos excesivamente grandes y carentes de personal. Es preciso tomar grandes
precauciones para garantizar una dosificación correcta de cualquier medicamento
psicotrópico y, de hecho, se conocen muchas historias sobrecogedoras de pacientes
con depresión que reaccionaron tan mal a su medicación que acabaron
suicidándose. De todos modos, los éxitos logrados en este campo hacen pensar que
estos medicamentos se emplearán para tratar la esquizofrenia y la depresión; si no de
inmediato, al menos en un porvenir cercano.
Semejante flexibilidad es casi milagrosa, pero es a la vez una maldición, pues levanta
una frontera prácticamente imposible de salvar. Ninguna droga inventada por el
hombre puede duplicar esta flexibilidad, ni ahora ni nunca. Ninguna droga puede
equipararse a un pensamiento. Basta con mirar la estructura del receptor. Los
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receptores no son fijos: han sido comparados, acertadamente, con nenúfares que
emergen de las profundidades de las células. Al igual que los nenúfares, sus raíces se
sumergen, alcanzando el núcleo de la célula donde permanece el ADN. El ADN trata
con muchos tipos de mensajes, potencialmente con un número infinito de ellos. Por lo
tanto, genera nuevos receptores y los hace flotar, encaminándolos hacia la pared
celular de modo constante. No existe un número fijo de receptores; los
emplazamientos en una pared celular no están predefinidos, y probablemente no
haya límite alguno en la manera de captar estos receptores. Una pared celular puede
estar
Tal vez, sencillamente, una persona deprimida lo esté en todas partes; tiene un
cerebro triste, una piel triste, un hígado triste, etc. (Asimismo, los investigadores han
examinado a pacientes aquejados de los nervios, descubriendo en sus cerebros y
glándulas suprarrenales niveles anormalmente elevados de dos sustancias, la
epinefrina y la norepinefrina. No obstante, también encontraron altas concentraciones
de estas sustancias en plaquetas de la sangre; también tenían «células de la sangre
nerviosas».)
Es un tanto frustrante para los médicos darse cuenta de lo complejo que se está
volviendo el negocio. Las esperanzas de una curación rápida de la depresión, la
esquizofrenia, el alcoholismo, la drogodependencia y otros trastornos disminuyeron
90
notablemente a mediados de los años setenta, tan sólo unos años después del primer
aislamiento de la endomorfina, realizado en 1973. Ahora, las barreras químicas son
más fuertes que en aquellos años, pues intuimos hasta qué punto son flexibles las
moléculas mensajeras.
Dándole vueltas al asunto, me planteo una cuestión fundamental: ¿puede una droga
exorcizar el fantasma de la memoria? Si me atengo a mi experiencia médica, diría
que no; he visto a muchos pacientes con depresión «curados» por el efecto de las
drogas; todos seguían irradiando una sensación general de enfermedad sin remedio.
En lugar de confiar en las drogas, necesitamos descubrir de qué manera la memoria
enferma del paciente se introdujo en el sistema químico. Sabemos con toda seguridad
que la memoria no material está en ese lugar. Es posible que una molécula sea su
vehículo, pero su vida no depende de su medio de transporte. El caso siguiente
serviría de ejemplo.
Walter creció en las calles de Boston a finales de los años sesenta; sintió en carne
viva el odio que sufren las personas de raza negra que se mueven por ese vecindario.
Huyendo de esa triste realidad y esa pobreza, Walter se enroló en la Armada con
dieciocho años. Seis meses más tarde estaba combatiendo en Vietnam. Sobrevivió,
pero volvió a las andanzas callejeras dos años más tarde, enganchándose a la
heroína, cosa muy común entre los soldados, ya que la consumían en Vietnam para
que la guerra fuera más llevadera. A la inversa de lo que sucedió con otros soldados,
al regresar a casa, Walter no tenía apegos que le quitaran las ganas de drogarse. Un
día, le pillaron in fraganti y, por orden judicial, vino a ser tratado en el Hospital de
Veteranos para que le curásemos de su adicción. Nuestro único objetivo era
desintoxicar a Walter. En el mejor de los casos, estaría algún tiempo en el centro y
volvería a la vida callejera. Mientras estuvo en el hospital, iba a visitarle
periódicamente. Era un chico extraordinario. Pese a estar desesperado, no parecía
carcomido por ninguna violencia interior. Además, hacía todo lo posible por
desintoxicarse. Walter y yo nos hicimos buenos amigos. Desde un punto de vista
91
médico, tuvo una progresión muy buena; un año tras el tratamiento de
desintoxicación, seguía teniendo un buen puesto de trabajo y hablaba con entusiasmo
de las cosas y la gente que amaba, y de sus ambiciones.
Pero sucedió algo curioso. Un día, el coche de Walter le dejó tirado, obligándole a
tomar el Metro para ir a trabajar, cosa que no había hecho en los últimos meses. Se
subió en la estación de Dorchester, una línea ferroviaria antigua de carriles
chirriantes. Le molestaba el ruido y no lograba ignorarlo. Era el mes de julio y la
ventilación estaba estropeada. Al cabo de unos minutos, sintiéndose presa del calor
en un compartimiento agobiante, dio en pensar que no soportaba estar encerrado en
ese maldito vagón. Pasó de sentirse a disgusto, a notarse muy agitado y en extremo
nervioso y, al cabo de un rato, se dio cuenta de que se estaba volviendo loco,
salvaje, entrando en un estado del todo irracional. Nada de cuanto estuviera en su
poder en ese momento calmaba su agitación. Cuando le vi, dos días más tarde,
Walter estaba de nuevo enganchado a la heroína, y esta vez la recuperación
resultaría aún más difícil.
¿Qué le pasó? No basta con una explicación química del incidente ferroviario. Lo
recuerdo muy bien con su elegante traje de responsable hombre de negocios,
confiando en lo que le depararía la vida, hasta que un día tuviera que subirse a un
tren olvidado, rescatado de tiempos de enganche y confusión. Por alguna mala
jugada de la memoria, el pasado regresó a él y con él sus ansias y su dolor. Es
curioso, de todos modos, que esas angustias desaparecieran durante un año y
regresaran en un instante. Siguiendo un proceso que la medicina está empezando a
investigar, la memoria de la célula es capaz de sobrevivir a la célula propiamente
dicha.
92
hidrógeno y nitrógeno bailan alrededor del ADN, como aves migratorias que se
detienen un rato antes de seguir su migración, la materia cambia, aunque haya
siempre una misma estructura que aguarda los átomos siguientes. En realidad, el
ADN jamás se altera más allá de una milésima de milímetro en su estructura precisa,
ya que los genomas, los bytes de información del ADN, recuerdan dónde va cada
cosa, dónde van esos tres mil millones de bytes. Este fenómeno nos da a entender que
la memoria ha de ser más permanente que la materia. En cuyo caso, ¿en qué consiste
una célula? Por así decirlo, se trata de una memoria que ha construido algo de
materia a su alrededor, formando un esquema específico; y el cuerpo es sencillamente
el hogar de la memoria.
Esta conclusión es difícil de argumentar dado lo que sabemos acerca de las formas de
inteligencia química, pero la medicina se sigue resistiendo, obstinadamente, a admitir
esta idea. Por ejemplo, se suele creer que las personas adictas al alcohol, al tabaco,
a las drogas, sufren de una «adicción química», lo cual significa que sus células están
enganchadas a la nicotina, el alcohol, la heroína, etc. Pero, ateniéndonos al plano de
la química del cuerpo, comprobamos que la heroína o la nicotina se ajustan en unos
receptores de las paredes celulares que son idénticos en todos nosotros. Un
drogodependiente no presenta receptores con deseos anormales.
93
supone que algún organismo empezó a reaccionar ante el sonido.)
—Ya ves, cuando yo era un quinceañero en Bogotá —me dijo— solíamos fumar en el
pasillo entre una película y otra. Lo único que hice en ese momento, fue volver a pisar
esa misma escena, y la necesidad apremiante de fumar volvió como un destello. Me
encontré de repente frente a una máquina expendedora de tabaco y no hacía más
que repetir en mis adentros: «Esto es una locura, tú eres cardiólogo.» De hecho, no
caí en la tentación.
De todos modos, salió por pies. Sigue sin saber cómo acaba la película.
Lo más espantoso de la adicción es que los receptores del cerebro están siempre
deseando actuar de acuerdo con las instrucciones de la mente. Basta con recordar la
reacción de estrés que tenemos cuando oímos la bocina de un coche, cuando se
dispara la adrenalina en la sangre. Se ha observado, como parte de la reacción
general, que el estómago y los intestinos dejan de digerir. Si la reacción de estrés es
momentánea, esta manifestación del organismo no pasa a mayores y se resuelve
automáticamente.
94
conflicto, ya que la reacción de estrés seguirá diciendo «no» al estómago, mientras
otra parte del cerebro (probablemente, el hipotálamo) estará diciendo que «sí». La
consiguiente confusión revuelve el estómago y agarrota los intestinos. Estos órganos
empiezan a perder su ritmo natural, y si no se les da los medios para recobrarlo,
serán víctimas de una memoria equivocada, como en el caso de la
drogodependencia. El estómago empieza a producir jugos gástricos cuando no debe,
el colon tiene espasmos y la coordinación perfecta del conjunto del sistema
gastrointestinal se viene abajo. De ahí las úlceras y el colon crónicamente irritado que
experimentan las personas sometidas a demasiada presión.
Lo que tiene ante él es obra de una memoria reencarnada una y otra vez en un mismo
tumor. El cáncer no es una célula alocada y salvaje, sino la distorsión del esquema de
95
la célula, la aparición de instrucciones equivocadas que alteran el comportamiento
celular hasta desembocar en manía suicida y cancerosa. Si hay suerte, el cuerpo trata
con esta situación en cuanto nace. El ADN siente una desviación de la memoria
capaz de desarrollar un tumor incipiente, y pronto lo elimina.
Hoy por hoy, no sabemos cómo eliminar las memorias cancerosas en un plano
celular, ya que no podemos penetrar la pared celular para hablar con el ADN.
Pese a esta dificultad, los investigadores han extraído últimamente grandes cantidades
de interleuquina-2 (IL-2), inyectándola a 450 pacientes con cánceres avanzados de la
piel y del riñón (el precio es aproximadamente de 80.000 dólares por tratamiento).
Unos pacientes, entre un 5 y un 10%, han experimentado remisiones radicales de su
tumor, aunque tuvieran que pagar un alto coste en efectos secundarios; algunos han
muerto. La cuestión planteada por las consecuencias a largo plazo de las IL-2 en el
resto del cuerpo aún no tiene respuesta.
A pesar de sus pésimos efectos secundarios, las interleuquinas son la gran promesa
de curación del cáncer, como en los años setenta lo fue el interferón, una sustancia
química de la misma familia. De hecho, unos equipos de ingeniería genética están
tratando de reproducir interleuquinas a escala comercial. Pero es triste pensar que
volvemos a poner nuestras esperanzas en un método equivocado. ¿Por qué creo yo
96
que nunca cumpliremos con esta promesa? La medicina tiene datos a cientos acerca
de las interleuquinas, por ejemplo, que «las cadenas alfa y beta de la interleuquina-1
son sólo homologas en un 26% en el plano aminoácido de sus genes»; también
sabemos que ambas cadenas van ligadas a receptores «con una alta afinidad en la
escala molar 10 elevado a diez». Quienes entienden esta jerga saben que no son
hechos insignificantes.
Si me paro a pensarlo, creo que ésa es la razón por la que no tengo mucha fe en un
«arma mágica». La penicilina era un arma eficaz, porque, en este caso, no hacía
falta tener mucha puntería. Cuando un antibiótico fluye en la sangre, ataca
automáticamente las paredes celulares de la bacteria y las destruye. Asimismo, las
primeras quimioterapias eran un arma devastadora, como las armas químicas que se
emplearon durante la Primera Guerra Mundial. (De hecho, las drogas más tóxicas
empleadas para luchar contra el cáncer, llamadas agentes alquilantes, son derivadas
del nitrógeno mostaza, el gas mostaza que tantos estragos hizo entre los soldados de
aquella guerra.) Los procedimientos más recientes de quimioterapia, basados en el
uso de diversas hormonas suprarrenales y estrógeno, son derivados directos del
cuerpo, y están dotados por tanto de una puntería mucho más certera. Pero nos
estamos dando cuenta últimamente que quizá sea el canto del cisne de la teoría del
«arma mágica».
97
En cierto modo, las sustancias químicas que pretendemos emplear son tan precisas
que su acción sólo es efectiva dentro de unos límites muy estrechos. Si uno apunta
hacia una hormona, habrá de dar con el receptor, y no sólo con las amplias avenidas
por donde circula la sangre y donde circula, por ejemplo, la penicilina. Si el receptor
que pretendemos apuntar participa en un proceso complejo, como las interleuquinas,
entonces no hay manera de dar en el blanco, ya que la vida y la muerte de la célula
suponen una coordinación perfecta de cada sustancia química involucrada.
Asimismo, si una sola cuerda de un piano está desentonada, todo el piano está
destemplado; si falla una nota, la sonata en su conjunto es incorrecta.
No quiero ser alarmista. Millones de pacientes han sido tratados mediante drogas
contra el cáncer. La toxicidad de la quimioterapia ha sido reducida, y en muchos
casos los temibles efectos secundarios, que le han dado su mala fama, son bastante
más suaves, especialmente si se considera el riesgo de dejar un cáncer sin tratar. Pero
también es verdad que, si la detección no es precoz, el cáncer es incurable. Y si un
paciente acude a mí con un cáncer de pulmón, de nada servirá una detección precoz.
Puedo prescribir sesiones de rayos y llamarlo terapia pero, en el 95 % de los casos,
tan sólo proporciona un alivio efímero; tal vez él y yo sólo pretendemos burlar la
desesperación de no probar tratamiento alguno. Otros cánceres comunes, como las
melanomas, pertenecen a esta categoría.
Una célula blanca que engulle a un invasor, por ejemplo una bacteria o una célula
cancerosa, es engañosamente sencilla si se mira en un microscopio. En realidad, es el
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proceso más complejo del interior del cuerpo humano. Una interleuquina aparece en
escena en un momento muy preciso y tras una maniobra perfecta. Podríamos llamar
este efecto «la caza del cáncer», pero la mayor parte del proceso inmunizador es
altamente abstracto. Es dirigido casi totalmente por un inter- cambio de información.
Dar con la diana es sólo uno de los aspectos de la campaña.
La única diferencia entre una célula inmunizadora y una célula del cerebro es que su
ADN ha decidido poner el énfasis en ciertos aspectos de su conocimiento total,
99
olvidándose de otros. La interleuquina presenta una estructura muy parecida a la de
un neuropéptido (la bibliografía de investigación médica los llama «polipéptidos con
aspecto de hormona»). De este modo, cuando nuestras emociones coinciden con
nuestras moléculas, como un jinete y su caballo, las monturas que eligen son casi
idénticas a la interleuquina. Desde cualquier perspectiva, sentirse feliz y luchar contra
el cáncer viene a ser lo mismo en un plano molecular. Ambos podrían denominarse
mensajes curativos. En cambio, sería equivocado dividir las células en emisoras y
receptoras de tales mensajes, pues aunque ciertas células inmunizadoras segreguen
interleuquinas como parte de su función específica, virtualmente cualquier célula del
cuerpo puede recibirlas, lo cual supone que también pueden reproducirlas. Quizá sea
esta habilidad «silenciosa» la que esté activada en casos de remisión espontánea.
¿O tal vez existan niveles de pensamiento que luchan contra los fantasmas de la
memoria, mano a mano, y tal vez las moléculas físicas que vemos sean los proyectiles
usados, esparcidos por el campo de batalla? Para que esa última hipótesis sea cierta,
la mente ha de comprender de modo directo que una memoria cancerosa está
poniendo en peligro el cuerpo. Posiblemente el toxicómano y el anoréxico sepan que
allí está el fantasma. Ya he mencionado antes que ciertos tumores, como el tumor de
páncreas, se manifiestan deprimiendo al paciente mucho antes de que el médico
detecte físicamente la malignidad. Estos primeros avisos dependen, no obstante, de la
presencia efectiva de una célula cancerosa. Sin embargo, esto no excluye la
posibilidad de una señal anterior a la señal previa.
100
pueden.
101
proporcionalmente tan vacía como el espacio intergaláctico.
Parece mentira que tan ingentes espacios de vacío dotados en intervalos gigantescos
de algunos destellos de materia se vuelvan seres humanos. ¿Cómo entender este
fenómeno si no es desde la perspectiva cuántica? Si ponemos nuestra atención en el
quantum, nos adentramos en una realidad de dimensiones mayores, salvando
distancias entre quarks y galaxias. De todos modos, el comportamiento de la realidad
cuántica no es familiar, ya que la frontera entre el cuerpo del ser humano y el cuerpo
cósmico es una línea apenas perceptible.
A es la causa y B el efecto. Están unidos por una línea recta, que expresa la causa y
el efecto en una conexión lógica perteneciente a un mundo conocido, el de los
sentidos. Si A y B son dos bolas de billar, lograr que una dé con la otra es un
acontecimiento predecible. No obstante, si A es un pensamiento y B un neuropéptido,
entonces el diagrama no sirve.
102
No existe una conexión en la línea recta entre un pensamiento no material y un objeto
material, aunque se trate de un elementó tan diminuto como una molécula de péptido.
Esta vez, habrá que trazar un diagrama que incluya una desviación:
La forma U indica que un proceso está teniendo lugar, pero no por encima de la
línea, como pensaba el racional y rectilíneo Newton. Aparece una transformación
oculta que transforma el pensamiento en molécula. Esta transformación no ocurre en
cualquier momento ni en cualquier sitio; tiene lugar por la mera presencia de un
impulso del sistema nervioso. Cuando uno piensa en la palabra «rosa», un número
importante de células cerebrales deben dispararse (nadie sabe cuántas, digamos un
millón, aunque parezca una cifra ridícula), pero estas células no entran en contacto
unas con otras, transmitiendo el mensaje desde A a B y luego a C, etc., hasta que
todas las células (un millón) reciban el mensaje. Sencillamente, el pensamiento
aparece, de manera repentina localizado en el espacio y el tiempo, y con él, todas
las células del cerebro cambian de modo sincronizado. La coordinación perfecta de
este acontecimiento del pensar y el millón de células cerebrales que generan
neurotransmisores transcurre por debajo de la línea.
Toda la zona situada por debajo de la línea no es una región que podamos visitar en
el espacio y en el tiempo; se trata del lugar donde transformamos los pensamientos en
moléculas. También podríamos decir que este emplazamiento es la sala de control
que relaciona cualquier impulso mental con el cuerpo. En cualquier instante, los
quince mil millones de neuronas del sistema nervioso se organizan y coordinan por
debajo de la línea horizontal con impecable precisión.
103
Los grandes cambios introducidos en el pensamiento científico con la noción de una
desviación en forma de U coincidieron con el nacimiento de la física cuántica.
Aunque al principio pensáramos que en la Naturaleza todo había de moverse en
línea recta, de acuerdo con la teoría clásica newtoniana (está claro que los físicos
prefieren dejar los acontecimientos de la mente fuera de esta visión), algunos
acontecimientos sólo pueden explicarse añadiendo una desviación. El ejemplo más
obvio es el de la luz. La luz puede comportarse como A, una onda, o B, una
partícula. Estos dos elementos son por completo distintos según la física newtoniana,
ya que las ondas no son materia y las partículas sí lo son. Pero la luz, en cierto
sentido, puede actuar como un elemento u otro, según las circunstancias; por lo tanto,
debe haber en este caso una desviación que pase por debajo de la línea horizontal:
Partícula Onda
Comprender que la luz es una onda, o vibración, es relativamente sencillo. Por medio
de un prisma la luz blanca viste los colores del arco iris; y así es, lógicamente, ya que
la luz blanca se compone de ondas luminosas de diversas longitudes, un hecho
patente cuando son separadas en un espectro. La luz de una bombilla posee su
propio espectro de longitudes de onda, generado cuando la electricidad pasa a
través del filamento de tungsteno. Pero si reducimos la luz con un regulador de
voltaje, hasta conseguir la cantidad mínima de luz, ésta no cobrará la forma de una
onda de luz, sino la forma de una partícula. (Ningún regulador de voltaje es lo
bastante preciso, pero los físicos han conseguido difundir la luz hasta obtener una
exposición de su «grano». La Naturaleza también ha equipado nuestros ojos de
manera que respondan de una forma física ante la luz en su nivel cuántico; cuando un
sencillo fotón tropieza con la retina, se transmite un destello a lo largo del nervio
104
óptico. El cerebro sin embargo no sólo procesa un destello.)
La palabra quantum, del latín «cuánto», describe la unidad más reducida que pueda
considerarse del tipo partícula. Un fotón es un quantum de luz porque no hay manera
de partirlo en partículas más reducidas. El fotón se manifiesta cuando un flujo de
electrones se topa con un átomo de tungsteno; los electrones en movimiento en la
electricidad colisionan con electrones arremolinados en su órbita, alrededor del átomo
de tungsteno, y de esta colisión nace el fotón, un quantum de luz. El quantum es una
partícula muy curiosa, ya que no posee masa, pero lo más importante es que se
necesite una desviación por debajo de la línea horizontal para que una onda de luz
se convierta en fotón. La transformación tiene lugar en un reino desconocido que las
leyes de Newton no tuvieron en cuenta.
105
Al igual que el pensamiento y el neuropéptido, la luz no puede ser onda y fotón a la
vez; es o una cosa o la otra. Sin embargo, también es evidente que si reducimos la
intensidad de una bombilla de tungsteno no pasará de una realidad a otra. En cierto
sentido, la Naturaleza establece sus leyes de manera que la luz pueda ser A o B, y
ambos elementos permanecen dentro de los límites de una misma realidad, por la
presencia de un punto de transformación. (Solemos pensar que Einstein desbancó a
Newton cuando, en realidad, salvó las creencias de Newton en una Naturaleza
perfectamente ordenada expendiendo esas nociones.) Desde la perspectiva cuántica,
obtenemos un diagrama muy claro de la mente y el cuerpo:
106
La mente y el cuerpo se encuentran ambos por encima de la línea horizontal. A es un
acontecimiento mental o pensamiento, las demás letras son procesos físicos que tienen
lugar a continuación de A. Si uno está asustado (A), las demás letras (B, C, D, etc.)
serán las señales necesarias para las glándulas suprarrenales, para la producción de
adrenalina, el latido del corazón, la presión sanguínea elevada, etc. Todos los
cambios físicos ocasionados en el cuerpo pueden conectarse unos a otros en una
cadena lógica de causas y efectos, salvo en el espacio que sigue la letra A. Éste es el
punto en que tiene lugar la transformación de un pensamiento en materia; y es preciso
que tenga lugar pues los demás acontecimientos dependen de ello.
Hace varios años, un bombero de Boston de unos cuarenta años acudió de noche a
107
una unidad de vigilancia intensiva de un hospital de las afueras, quejándose de
dolores muy fuertes en el pecho. El internista de guardia lo examinó y no pudo
encontrar rastro alguno de disfunción del corazón. El paciente se marchó un poco a
disgusto, y pronto tuvo que volver con esos mismos síntomas. Me lo mandaron a mí,
pero tampoco pude hallar ninguna irregularidad coronaria.
A pesar de ser examinado una y otra vez, el bombero tuvo que volver en repetidas
ocasiones, siempre a altas horas de la noche. Siempre me decía lo mismo: estaba
convencido de que tenía un problema de corazón; pero no aparecía por ninguna
parte; ni siquiera los ecocardiogramas y otros análisis sofisticados pudieron detectar
el menor defecto. Finalmente, viendo que la ansiedad de este hombre iba creciendo,
recomendé que le dieran de baja por motivos psicológicos. El departamento de
exámenes médicos de la brigada de bomberos se negó, alegando que no disponía
de pruebas físicas convincentes. Dos meses más tarde, el hombre tuvo que ingresar
por última vez en una unidad de cuidados intensivos y, en este caso, como víctima de
un infarto. A los diez minutos del ataque coronario, que destruyó el 50% del músculo
del corazón, murió, pero le quedaban fuerzas suficientes para susurrarme:
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Si programo el concepto «infarto» en un ordenador, sabré exactamente lo que acabo
de hacer. Si deseo retirar el programa, los circuitos pueden activarse de manera que
el programa aparezca en pantalla, y cuando haya aparecido, podré valerme de mi
software y manipularlo. Pero el pensamiento «infarto» no actuó de este modo en el
caso de mi paciente. No sabía de dónde procedía el pensamiento; cuando vino,
estaba indefenso y no pudo escapar. Y en lugar de mantenerse en un solo territorio,
el pensamiento invadió el cuerpo, y lo arruinó.
Ocho meses más tarde quedé estupefacto al ver aparecer a esa misma mujer en mi
despacho. Había vuelto al hospital para que le hicieran una serie de exámenes y
éstos no revelaron ictericia, ni trastorno, ni señal alguna de cáncer. Un año más tarde,
me confesó algo muy curioso. Dijo:
—Doctor, estaba tan convencida hace dos años de que tenía cáncer que cuando
resultó que sólo eran cálculos renales, pensé que no volvería a estar enferma ni un
solo día más.
109
Esta mujer no empleó ninguna técnica; se puso bien, parece ser, gracias a una
resolución personal, y con eso bastaba. Este ejemplo también pertenece al campo de
lo cuántico, ya que la transformación fundamental que tuvo lugar en los órganos,
tejidos, células e incluso en el ADN, se dirigió directamente hacia la fuente de la
existencia del cuerpo, en el tiempo y el espacio. Ambos pacientes, uno con
pensamientos positivos y el otro con ideas negativas, lograron sumirse en el reino ? y
desde allí dirigir su propia realidad.
Por muy misteriosos que sean ambos casos, queda por descubrir si son o no
acontecimientos cuánticos. Un físico podría objetar que en este campo todo es pura
poesía, que el mundo oculto de las partículas elementales y de las fuerzas funda-
mentales, explorado por la física cuántica, es muy diferente del mundo oculto de la
mente. No obstante, podemos argüir que esta región inconcebible de donde sacamos
el pensamiento de una rosa es esa misma región de donde emergen los fotones o el
cosmos. La inteligencia, como veremos a continuación, posee numerosas propiedades
cuánticas. Para que quede claro, examinemos el esquema tradicional que ordena el
cuerpo verticalmente según una jerarquía de sistemas, órganos, tejidos y células:
En este esquema, cada nivel del cuerpo está relacionado lógicamente con el
siguiente; mientras permanezcamos por encima de la línea, los procesos de la vida
tendrán lugar según una secuencia definida. El embrión en el útero constituye un claro
exponente del fenómeno: la existencia del bebé parte de un destello de ADN en
medio de una célula fertilizada; pasa algún tiempo y la célula se multiplica hasta
formar una bola de células lo bastante ancha como para fabricar tejidos y, más
adelante, órganos como el corazón, el estómago, la columna vertebral, etc. Entonces
emergen el sistema nervioso, el sistema digestivo, el sistema respiratorio; finalmente,
cuando nace el niño, los trillones de células del recién nacido se coordinan con
110
impecable precisión para cubrir las necesidades inmediatas del organismo, sin la
ayuda de la madre.
Pero si el ADN es el primer peldaño de esta escalera, ¿cómo es posible que el ADN
se desdoble al principio? ¿Cómo es posible que se divida una primera vez, en el
segundo día, y empiece a formar un sistema nervioso al cabo de dieciocho días? Al
igual que en un acontecimiento cuántico, algo inexplicable está sucediendo por
debajo de la superficie, algo capaz de producir la inteligencia universal del ADN.
Tampoco es como para pensar que el ADN es incomprensible por ser una molécula
genial; pero sí es misterioso que el ADN nazca a la vida en el punto preciso de
transformación, como un quantum. Dedica toda su vida a generar vida, fenómeno
que hemos definido como «inteligencia envuelta en sustancias químicas». El ADN está
constantemente mandando mensajes desde el mundo cuántico hacia el nuestro,
atando nuevos cabos de inteligencia a nuevos cabos de materia.
Centrado en medio de cada célula, entre bastidores, el ADN se las arregla para
dirigir todo lo que se mueve en escena. Puede dedicar parte de sí mismo a viajar por
la sangre, valiéndose de los neuropéptidos, las hormonas y las enzimas, y a la vez
atar otros cabos de sí mismo a las paredes celulares receptoras, montando antenas
para escuchar todas las respuestas a una marea de preguntas. ¿Pero, cómo hará el
ADN para ser a la vez la pregunta, la respuesta y el observador silencioso de todo el
proceso?
111
La contestación no está en el plano de la materia. Los biólogos moleculares, hace
tiempo, partieron el ADN en componentes menores, pero esta operación en su
conjunto sigue estando por encima de la línea trazada según la visión newtoniana del
mundo:
112
Aunque lo miremos desde muy cerca, el suelo donde reposa la escalera no es muy
firme. Si investigamos más allá del átomo y subdividimos el ADN en electrones,
protones y partículas menores, provocaremos un acontecimiento cuántico. De no ser
así, nos encontraríamos con una dificultad embarazosa: habríamos de proclamar
entonces que la vida nace de la nada, de un espacio vacío de materia y energía; y
eso es precisamente lo que hay cuando dividimos las partículas sólidas más allá de un
determinado umbral.
No existe pedazo de materia en un espacio definido que tenga esa palabra a nuestra
disposición; surge, camino de la vida, desde una región que sencillamente sabe cómo
organizar la materia y la inteligencia, la mente y la forma. Los átomos del cerebro van
y vienen, pero la palabra «rosa» no desaparece. A estas alturas del razonamiento,
113
damos con una idea muy interesante. La singularidad es hoy un campo que puede ser
explorado: no existe un antes del Big Bang, ya que está fuera del espacio y el tiempo;
por lo tanto, ha de estar aquí y ahora; de hecho, está en cualquier parte y no sufre de
las fronteras del pasado, el presente o el futuro. La física cuántica se vale de
aceleradores de partículas descomunales y otros equipamientos secretos para
arrebatar a la zona ? algún dato, por insignificante que sea, de ese mundo
misterioso. El rastreo de una nueva partícula elemental que pasa zumbando en una
millonésima de segundo es un gran hallazgo, ya que significa que la zona
desconocida ha sido alcanzada y que una parcela de su realidad nos es transmitida.
¿Será posible que nosotros estemos haciendo lo mismo cuando pensamos, soñamos o
sentimos deseos y emociones?
¿Qué aspecto puede tener el nivel cuántico en nuestro interior? Puede que sea,
sencillamente, la extensión lógica de algo que ya conocemos bastante bien: el
neuropéptido. La gran habilidad del neuropéptido es que sabe obedecer los manda-
mientos de la mente a la velocidad de la luz. Consigue hacerlo, creo yo,
estableciéndose entre los límites de la zona cuántica. La ciencia ha descubierto ya
centenares de neuropéptidos y sabe también que se generan en todas las partes del
cuerpo. Sólo daríamos un paso más al averiguar que cada una de nuestras células
puede producir cualquiera de estas sustancias. Si fuera cierto, el cuerpo en su
conjunto sería «cuerpo pensante», la creación y expresión de la inteligencia. Este
diagrama también resume bastante bien la situación:
114
Sabemos que la inteligencia puede adoptar la forma de un pensamiento o de una
molécula, y así consta en el diagrama, ya que la mente y el cuerpo son dos
elecciones posibles para la inteligencia. Van unidas entre sí, aunque parezcan estar
separadas. Para coordinarlas, he introducido un nivel cuántico, denominado «la
mecánica cuántica del cuerpo». No se trata de un artefacto físico, sino de una capa
de inteligencia, la superficie donde el cuerpo en su conjunto es organizado e
interrelacionado. Y éste es el punto donde la «destreza» hace que las moléculas sean
«inteligentes» en lugar de ser inertes.
Conviene descartar la idea según la cual los pensamientos se transforman, uno por
uno, en sustancias químicas mensajeras. Sabemos que, en múltiples ocasiones, los
miles de millones de bytes del ADN de nuestros sistemas actúan como una gran
molécula de ADN, como, por ejemplo, en el desarrollo de un embrión en las entrañas
maternas, desde el primer día hasta el noveno mes; el ADN de un niño sin nacer se
comporta como un solo ser. Y lo mismo sucede hoy con nosotros.
115
inteligencia. La ciencia se vuelve escéptica cuando uno afirma que la inteligencia
trabaja en colaboración con la Naturaleza (y ésta no deja de ser una anomalía
histórica curiosa, ya que todas las generaciones antes de la nuestra aceptaban sin
más planteamientos un ordenamiento general y perfecto del universo). No obstante, si
no existe nada fuera de la realidad ordinaria para mantener y unir juntos los
acontecimientos y las cosas, entonces nos enfrentamos a una serie de obstáculos
infranqueables.
Esto supone que la idea de sentido común de una realidad local es cierta únicamente
en un plano específico. La realidad en su conjunto, tal como viene explicado por la
física cuántica, se sitúa en un plano más hondo. La afamada fórmula matemática
conocida como teorema de Bell (el nombre de su autor, John Bell, físico irlandés),
mantiene que esta realidad del universo debe ser no local; dicho de otro modo, todos
los objetos y acontecimientos del cosmos están interrelacionados unos con otros y
responden a los cambios de estado de unos y otros. El teorema de Bell fue formulado
en 1964, pero, unas décadas antes, el gran astrónomo Sir Arthur Eddington, anticipó
116
algunas interconexiones diciendo:
Los físicos aceptan ahora la interconexión como una norma fundamental junto con
otras muchas formas de simetría que se extienden por el universo; por ejemplo, se ha
emitido una teoría según la cual todos los agujeros negros pueden coincidir en algún
lugar con su correspondiente «agujero blanco», aunque hasta ahora no hayamos
descubierto ninguno.
¿Qué tipo de explicación podía satisfacer la necesidad de Bell de una realidad por
completo interrelacionada y no local? Tendrá que ser una explicación cuántica, pues
si la gravedad está presente en todas partes a la vez, y si los agujeros negros saben
lo que están haciendo los agujeros blancos, y si un cambio de un espín en una
partícula provoca al instante un cambio igual pero opuesto en su contrapartida en
alguna parte del espacio exterior, parece obvio que la información que viaja de un
lugar a otro está moviéndose a una velocidad mayor que la de la luz. Esto no es
posible en una realidad ordinaria, ya sea la de Newton o la de Einstein.
Las teorías contemporáneas, como las del físico británico David Bohm, quien ha
trabajado intensamente sobre las implicaciones del teorema de Bell, han tenido que
partir de la idea de que existe un «campo invisible» que mantiene unida toda la
realidad, un campo que posea la propiedad de saber lo que está pasando en
cualquier parte en un momento determinado. (La palabra «invisible» significa en este
caso no sólo invisible para la vista, sino fuera del alcance de cualquier instrumento de
medición.) Sin adentrarnos en este tipo de especulaciones, vemos que el campo
invisible suena como a inteligencia latente en el ADN, y tanto la inteligencia como el
ADN tienen un comportamiento parecido al de la mente. La mente posee la
propiedad de mantener todas nuestras ideas en su sitio, en un depósito silencioso, por
llamarlo de alguna forma, donde se organizan de manera precisa en conceptos y
categorías.
117
Sin que tengamos que llamar este fenómeno «pensar», puede que estemos viendo
cómo piensa la Naturaleza por medio de muchos canales distintos, de los cuales
nuestra mente es uno de los más privilegiados, pues ella sabe crear su realidad
cuántica y experimentarla al mismo tiempo. Ser testigo de un acontecimiento cuántico
en el campo de las ondas de luz puede parecer un fenómeno plenamente objetivo,
pero, ¿qué sucedería si la realidad cuántica estuviera igualmente presente en nuestros
propios pensamientos, emociones y deseos? Eddington, en su día, afirmó
rotundamente su creencia como físico en que «la materia del mundo es materia
mental». Por lo tanto, la mecánica cuántica del cuerpo, como formación de
inteligencia, tiene su morada en la realidad no local.
118
Toda nuestra fisiología puede transformarse con tanta rapidez como un neuropéptido,
el cual forma parte de la mecánica cuántica del organismo. Precisamente porque
podemos cambiar en un santiamén, la fluidez de la vida nos parece muy natural. El
cuerpo material es un río de átomos, la mente es un río de pensamientos, y los une un
río de inteligencia.
Puede parecer que la mecánica cuántica del cuerpo sólo es solicitada en casos de
vida o muerte, pero no es así. Vivimos en ella, sin pensarlo, como vivimos en un
cuerpo humano. Una paciente lo vio un día con claridad estando sentada en la
hierba, comiendo pan francés y escuchando a Mozart. Había sido un caso frustrante
durante dos años. Padecía una combinación de síntomas persistentes, incluyendo
irritabilidad intestinal, cansancio, insomnio y depresión, y no había manera de
curarla. Ninguna de sus dolencias era mortal, pero su vida se había convertido en
algo muy miserable. Los tratamientos convencionales mediante antidepresivos y
calmantes no habían servido de nada; tampoco tuve yo mayor éxito con el Ayurveda.
Pero esta vez se dio cuenta. Vino a verme, eufórica, con un fajo de tiradas de revistas
de medicina que trataban del síndrome SAD. Las iniciales corresponden a «Desorden
Afectivo de Temporada» (Seasonal Affective Desorder), y esta expresión hace
referencia a un problema que sufren algunos pacientes al llegar el invierno sin que
haya razones aparentes para ello. Hoy, sabemos que el origen del síndrome está en
119
la órgano pineal, en el interior de la estructura craneal; esta pequeña glándula, lisa y
ovalada, aun estando rodeada de materia cerebral, responde ante cambios de luz,
siendo ella la fuente del «tercer ojo», el ojo predilecto del New Age (algunos
animales inferiores como la lamprea poseen, literalmente, un tercer ojo). En
determinadas personas, la exposición insuficiente al Sol durante el invierno acaba con
las secreciones pineales. La glándula empieza a sobreproducir una hormona llamada
melatonina, el elemento causante de la depresión.
—Mire usted —dijo—, tengo el síndrome SAD y cuando me siento al Sol, vuelvo a
tener una glándula pineal sana.
—Lo siento —repliqué—, el trastorno del que me está hablando sólo ocurre en
invierno.
—De todos modos, acaba de dar con algo muy importante. Ahora, por fin tenemos
una deficiencia que podernos tratar.
120
contemplar un riachuelo de aguas cristalinas, habré dado con la medicina. Aliviará
mis heridas como de pequeño cuando me acurrucaba en el regazo de mi madre,
pues la Tierra también es madre y la pradera, en cierto modo, su regazo. Tú, lector, y
yo somos extraños el uno para el otro, pero el ritmo interno de nuestros cuerpos está a
la escucha de las mismas corrientes oceánicas que vienen meciendo a la Humanidad
desde tiempos inmemoriales.
El descubrimiento del reino cuántico abrió un camino para seguir la influencia del Sol,
de la Luna y el mar hasta los niveles más hondos de nuestro ser. Si escribo esto es con
la esperanza de que haya en estos elementos una capacidad de curación aún mayor
de lo que pensamos. Sabemos que un embrión humano se desarrolla recordando e
imitando las formas del pez, de los anfibios y de los primeros mamíferos. Los
descubrimientos cuánticos nos permitieron ahondar en el átomo y recordar el universo
primigenio. Unos cuantos miles de millones de años atrás, la luz y el calor nacieron
en el universo con la intención de durar 20.000 millones de años; sin embargo, cada
ser humano vuelve a encender esa chispa primigenia, dando vida al fuego que da la
vida. En la India védica, el fuego sagrado del hogar compartía el nombre de agni
con el fuego digestivo del vientre y el fuego solar del cielo.
Sir Arthur Eddington afirmó que existen dos realidades que debíamos reconocer
según una terminología propia a cada una, siendo una de ellas trivial y la otra
fundamental. La trivial es la realidad mecanística investigada por la ciencia; pero la
121
más importante es la realidad humana de la experiencia. Según la realidad científica,
decía Eddington, la Tierra es un granito de materia dando vueltas alrededor de una
estrella mediocre, siendo ambos lanzados a la deriva en un universo con otros miles
de millones de objetos estelares de dimensiones mayores. Pero según la realidad
humana, la Tierra sigue siendo el centro del universo, ya que la vida que alberga es
lo único que sí tiene importancia, al menos para nosotros.
La expresión más emocionante de esta idea la viví al conocer a una de mis pacientes;
era una chica que vino a verme con problemas de salud importantes, entre ellos un
cáncer. Para mantener la calma, escribía algunas de las experiencias más importantes
de su pasado. Una de ellas tuvo lugar cuando tenía dieciséis años; la tituló: «¿Pero
cómo es posible que yo sea la Luna? Edad dieciséis»:
122
«Durante casi dos horas, paseando a solas por la playa, he estado con Dios. Yo era
la espuma, las olas rompientes, su sonido y su fuerza. Era la arena cálida, vibrante,
viva. También era la brisa, suave y libre. Fui el cielo, sin límites y puro. Sólo sentía
amor. Era algo más que mi cuerpo y en ese momento lo sabía. Aquel momento fue
purificador y bello.»
Este párrafo plasma una hipótesis en la que yo creo como médico. El mecanismo
curativo del interior del ser coincide perfectamente con el mecanismo exterior. El
cuerpo humano no parece una pradera verde, pero sus brisas, sus alegres aguas, la
luz del Sol y la Tierra se han transformado en nuestro interior; de hecho, jamás se
sumirán en el olvido. (Las medicinas antiguas tenían buenas razones para decir que el
hombre está formado por la tierra, el aire, el fuego y el agua.) Porque el cuerpo es
inteligente, él entiende esta realidad y, cuando regresa hacia su hogar, la
Naturaleza, vuelve a sentirse libre. Con una alegría desbordante reconoce a su
madre. Esa sensación de alegría es vital; permite el enlace de las naturalezas de
dentro y de fuera. Esta realidad también es válida en el marco de la mecánica
cuántica del cuerpo; es sencillamente el camino de vuelta hacia la Naturaleza. No es
necesario darle una explicación, pero sí conviene recordar un hecho tal vez algo
triste: a veces, el intelecto, al enfrentarse con la Naturaleza, lo hace tan limpiamente
que acaba cerrándose la puerta del camino de vuelta.
Quedan muchas cosas por decir acerca de la mecánica cuántica del cuerpo. Si
pretendemos investigar en lo esencial, creo que no hay tema que compita con éste.
Hoy, la medicina está deseando dar un salto y salvar los dilemas presentes, pero el
deseo se ha convertido en espera. Un compañero mío, de cuando era estudiante en
Nueva Delhi, ha tenido una brillantísima carrera como físico en Estados Unidos. Ha
sido nombrado profesor en la Facultad de Medicina de Harvard antes de cumplir los
cuarenta y cinco años. Hace poco, nos sentamos los dos a charlar después de cenar
en un restaurante de Boston; estuvimos hablando de perspectivas futuras.
123
—Todos los investigadores se dan cita en Washington
—dijo con un deje de tristeza en la voz—, y todos hemos coincidido en que, para el
año 2010, no sabremos curar ningún cáncer y no habremos dado con ninguna
solución para comprender el SIDA.
Este tipo de pronóstico aterrador debe evitarse a toda costa. Puede que sea propio de
una ciencia impecable, pero no tiene sentido desde la perspectiva cuántica.
Un observador genial del siglo XIV hubiera podido conjeturar que las ratas en una
casa anunciaban peligro de peste bubónica (en aquel entonces, las ratas eran tan
comunes que nadie hubiera relacionado una cosa con la otra); si observamos la
evolución de una pulga sobre la piel de una rata, pronto descubriremos el origen de
la plaga, pero sólo cuando se analiza la sangre de la rata bajo un microscopio y se
124
descubre la bacteria Pasteurella pestis puede resolverse el enigma de la Muerte
Negra, uno de los castigos más antiguos de la Humanidad del que se ha dicho que
acabó con el Ejército persa cuando marchaba contra Grecia en el siglo v a. de C.
Sin un microscopio, ¿qué sería la bacteria? Algo tan invisible para la vista y a la vez
tan grande como el mundo, ya que alcanza cualquier paraje de la Tierra, llegando
hasta los polos. Va y viene como el humo, penetrando por puertas y ventanas
cerradas herméticamente; si sólo diéramos crédito a nuestros sentidos, la capacidad
de un organismo de este tipo para estar en todas partes y en ninguna a la vez sería
fantástica. En esencia, el mundo cuántico es un paso en la escala de lo invisible. A la
inversa de lo que sucede con las bacterias o los virus más pequeños, un fotón, un
electrón o cualquier objeto del mundo cuántico jamás empleará una dimensión al
alcance de la vista o el tacto humano. Están verdaderamente en todas partes y en
ninguna.
Este fenómeno apenas afectó la medicina hasta muy recientemente, ya que el virus
más pequeño sigue siendo varios millones de veces mayor que una partícula
elemental. Además, los gérmenes son muy estables en el tiempo y el espacio; en
cambio los objetos cuánticos aparecen y desaparecen en el escenario de la existencia
de modo imprevisible. Si la Pasteurella pestis ronda en tu sangre, allí está, absoluta y
definitiva; no es como sucede en el caso de los mesones fantasmales, que dejan
rastros remotos en una placa fotográfica durante unas millonésimas de segundo, para
luego desvanecerse y abandonar la existencia material, ni como el neutrino que pasa
inadvertido por la Tierra entera como si jamás se topara con nada en el camino.
125
presencia de determinadas células blancas de la sangre llamadas basófilos. Es sabido
que cuando estos dos elementos interactúan, el anticuerpo IgE se agarra firmemente a
sus receptores y aguanta. Luego se queda esperando la invasión de una molécula
flotante en la sangre que él habrá de repeler. En este caso, el invasor no es un
germen, sino un antigén, una sustancia que provoca alergia.
Estos fenómenos son los que ponen en escena el extraordinario experimento del
doctor Benveniste. Tomó un suero de sangre humana lleno de células blancas y de
anticuerpos IgE, y lo mezcló con una solución preparada a base de sangre de cabra,
partiendo de la idea que ésta liberaría histamina. Esta segunda solución contenía un
anticuerpo anti-IgE, lo cual viene a ser veneno de abeja, polen o cualquier antigén.
Cuando el IgE y el anti-IgE colisionaron, la reacción en el tubo de ensayo se
desarrolló exactamente como en el cuerpo de una persona con una alergia grave y en
ese instante se generaron grandes cantidades de histamina.
126
curioso, ya que había sobrepasado notablemente el límite en que la solución había de
ser activa químicamente. Decidió proseguir con la dilución del anti-IgE, volviéndolo un
centenar de veces más débil a cada intento, hasta convencerse de que ya no
quedaba nada del anti-IgE. Esta última dilución contenía una parte de anticuerpo para
10 elevado a la potencia 120 partes de agua; si tuviéramos que transcribirla, esta
cifra se expresaría con un diez seguido de 120 ceros. Valiéndose de una constante
llamada el número de Avogadro, confirmó matemáticamente que era imposible que el
agua pudiera contener una sola molécula de anticuerpo. Cuando añadió esta
«solución», que se había convertido en agua destilada sin más, la reacción de
histamina tuvo lugar con la misma potencia que anteriormente. (En la película clásica
de Humphrey Bogart Tener y no tener recuerdo esta réplica: «¿Te ha picado alguna
vez una abeja muerta?» En este caso, la abeja también es invisible.)
Aunque este resultado fuera absurdo, Benveniste lo duplicó setenta veces y pidió a
otros equipos de investigación que repitieran estos experimentos en Israel, Canadá e
Italia, y todos obtuvieron los mismos resultados. Todos descubrieron que podemos
activar el sistema inmunológico con un anticuerpo que no se encuentra en él. Según
mi terminología, Benveniste había sacado a la luz a un fantasma de la memoria. El
propio Benveniste llegó a especular que el agua contenía el fantasma impreso de la
molécula que en su día estuvo flotando en ella. Pese a las dificultades, su trabajo se
publicó en junio de 1988 en la prestigiosa revista inglesa Nature. Sus editores
insistieron en su desconcierto ante los resultados, afirmando con razón que «no hay
fundamento físico» para explicarlo. Las células blancas del ser humano habían sido
activadas como si un anti-IgE estuviera atacándolas procedentes de todas partes
cuando en realidad no había ni uno.
1
En julio de 1988, un mes después de la publicación de estos descubrimientos, Nature mandó a un equipo de
127
defendiendo con su experimento los métodos homeopáticos, un sistema médico
inventado unos 200 años antes por un físico alemán, Samuel Hahnemann, cuyo
método tuvo muchísimo éxito en toda Europa. El término «homeopatía» viene del
griego y significa «una misma dolencia». La etimología de la palabra recuerda los
principios homeopáticos fundamentales y por ejemplo aquel famoso de «Vencer a la
enfermedad por la enfermedad». La homeopatía enfoca cada enfermedad empleando
el método de Benveniste; unas reducidas cantidades de sustancias antagonistas son
suministradas al paciente para que éste construya su propia inmunología o se
deshaga de la enfermedad si ya está presente.
Cuando la medicina convencional administra una vacuna contra la viruela, resulta que
la lógica homeopática está manos a la obra; el virus muerto de la vacuna estimula los
anticuerpos antiviruela del cuerpo. (Este método para luchar contra la viruela se
remonta a la antigua China, donde los médicos extraían postillas de las llagas de las
víctimas y las aplicaban luego sobre heriditas realizadas en los brazos para proteger
contra la enfermedad.) Sin embargo, a la inversa de lo que ocurre con la vacuna, la
homeopatía se basa en los síntomas y no en los organismos que, de hecho, están
provocando la enfermedad.
investigadores a Francia para comprobar el experimento de Benveniste y desentrañar estos misterios. Por desgracia, no
fue capaz de duplicar correctamente aquellos resultados en su presencia. Algunos intentos funcionaban y otros no. A
continuación, la revista Nature repudió su trabajo diciendo que los resultados habían sido un «engaño». Se levantó
entonces una apasionada controversia que hoy sigue sin resolverse. Benveniste sigue defendiendo su trabajo (el
documento original fue firmado por otros doce investigadores de cuatro países distintos). Ya que la capacidad del agua
para acordarse no tiene explicación, su capacidad para olvidar no sirve de argumento en contra. Es posible que sean
las dos caras de una misma moneda.
128
experimento de Benveniste, en realidad, no implicaba una lógica homeopática en su
conjunto, sino un aspecto de la homeopatía, ya que demostraba que el cuerpo puede
reaccionar a una microdosis de sustancia extraña. Los demás efectos de la
homeopatía permanecen ambiguos. (El Ayurveda no niega el principio homeopático,
pues incluso atribuye a cada parte del cuerpo determinadas hierbas, minerales e
incluso colores y sonidos, y todos pueden ser utilizados para curar el cuerpo. Sin
embargo, el Ayurveda no coincide con la lógica homeopática en la medida en que,
según ella, el cuerpo debería enfermar para luego sanar.)
129
Cuando volvemos a recrear aquella vivencia en la memoria, viendo el coche y
sintiendo el volante entre las manos, estamos desencadenando reacciones moleculares
que no tienen inicio en «ninguna parte», ya que las células del cerebro contienen ya
aquellas sustancias antiguas, como sucedía con el agua de Benveniste.
Una de ellas sufre urticaria si bebe zumo de naranja. «La urticaria aparecerá —
escribe Goleman— en cuanto sale a relucir esa personalidad; si Timmy tiene zumo de
naranja en el estómago, aunque lo haya ingerido asumiendo otra personalidad.
Además, si Timmy recobra su verdadera personalidad mientras sufre una crisis de
alergia, la comezón provocada por la urticaria desaparece al instante y las ampollas
llenas de agua empezarán a remitir.»
¡Qué contento me puse cuando leí este relato! Los textos médicos no dicen que las
reacciones alérgicas puedan aparecer y desaparecer a voluntad. ¿Cómo podrían?
130
Las células blancas del sistema inmunológico, envueltas en anticuerpos como el IgE,
apenas esperan el contacto de un antigén. Cuando tiene lugar ese contacto, son
estimuladas de inmediato para la reacción. Sin embargo, en el cuerpo de Timmy
hemos de comprender que primero se acercan las moléculas de naranja a la célula
blanca y luego el cuerpo toma la decisión de reaccionar o no. Esto supone que la
célula de por sí es inteligente, cosa que trato de demostrar. Además, su inteligencia
afecta cada molécula y no se limita a moléculas especiales como el ADN, ya que el
anticuerpo y el zumo de naranja se topan con átomos muy comunes de carbono,
hidrógeno y oxígeno.
Decir que las moléculas toman decisiones desafía la ciencia física tradicional; es
como decir que la sal puede sentirse a veces salada y otras no. Pero pasar de un
acontecimiento en el cuerpo-mente a otro consiste siempre en una proyección de
inteligencia; lo más sorprendente en el caso de Timmy es su nivel de alteración y de
intensidad. Cuando comprendemos que él mismo opta por volverse alérgico (ya que
de otro modo no podría activar y desactivar su urticaria), nos enfrentamos a la
posibilidad de que nosotros igualmente seamos capaces de optar por nuestras
enfermedades. No estamos al tanto de esta elección porque tiene lugar por debajo
del nivel de nuestros pensamientos conscientes. Pero si de hecho existe esa elección,
deberíamos ser capaces de modificarla.
Mi padre era cardiólogo en la India. Durante años, fue médico del Ejército, lo cual
exigía de la familia que nos trasladáramos a menudo de un cuartel a otro, de un lado
131
a otro de la India. Tenía yo muy pocos años cuando nos mandaron a Jammu, en el
Estado de Cachemira, al norte de la India. No recuerdo nada de nuestra estancia en
aquel lugar, pero durante años oí hablar de las terribles alergias que sufrió mi madre
en Jammu. Su torturador era el polen de una flor nativa que cubría el suelo cuando
llegaba la primavera. Provocaba en ella unos ataques de asma muy dolorosos; su
cuerpo se hinchaba y le brotaban hinchazones aparatosas y rojas, como ampollas.
(Su problema era conocido como edema angioneurótico.)
Pero una primavera, debido a unas lluvias torrenciales, la carretera tuvo que ser
cortada y mi padre decidió que tomarían el avión para regresar a casa. Subieron al
avión y al cabo de una hora aterrizaban. Puso su mano sobre el brazo de mi madre
para tranquilizarla, pero vio aparecer en ese momento unas manchas rojas sobre su
piel, y se asustó un poco pues vio también que le costaba respirar. La alergia de mi
madre era tan grave y aparatosa que la azafata vino corriendo para preguntar si
podía hacer algo.
—No creo que pueda ayudarnos —dijo mi padre—; es cosa del polen de Jammu.
—¿Jammu?
Mi padre no entendía lo que estaba pasando. Cuando miró a mi madre, vio que sus
jadeos amainaban y sus dolores desaparecieron sin dejar rastro. Mi padre solía
132
comentar:
Cuando le conté el experimento IgE, le quité un peso de encima. Ahora tenía al fin
una respuesta científica, o algo por el estilo, para entender el gran misterio de la
familia. Mi madre sólo tiene una personalidad, pero su alteración física, a la vez,
extrema y muy rápida.
La memoria no es el término que emplean los físicos y, sin embargo, parece fácil
133
deducir que en el mundo cuántico sí existe; las partículas separadas por inmensas
distancias de espacio-tiempo saben qué están haciendo unas y otras. Cuando un
electrón salta hacia una nueva órbita en el exterior del átomo, el antielectrón (o
positrón) asociado a él debe reaccionar esté donde esté. En realidad, el universo
entero está conformado en base a estas redes de la memoria.
Para comprender cómo funciona esta memoria, hemos de adquirir más datos acerca
de la naturaleza del plano cuántico. Su peculiaridad, muy diferente de otros estados
de la materia y energía, es su vacío. Ya vimos anteriormente que, en su corazón, los
átomos están casi completamente vacíos, siendo proporcionalmente tan carentes de
materia como el espacio intergaláctico. Este fenómeno debe poder aplicarse
igualmente al ser humano, ya que, obviamente, estamos formados por átomos. Esto
significa que estamos formados de vacío; más que cualquier otro elemento ésa es
nuestra materia prima.
En lugar de considerar el espacio entre las estrellas como algo sin vida, tétrico y frío,
deberíamos verlo con los ojos de un físico y observar que viene empaquetado con
energía invisible, aguardando la fusión con átomos. Cada centímetro cúbico de
134
espacio rebosa de energía, en cantidades prácticamente infinitas, aunque buena
parte de esta energía tenga sólo una forma «virtual», lo cual supone que está
encerrada y no desempeña una labor activa en la realidad material. (Según un verso
de las antiguas Upanishad indias, «el poder que penetra el universo es mucho mayor
que cuanto pueda brillar a través de él». Volviendo a la terminología de los objetos
cuánticos, de los cuales casi todos quedan encerrados en una forma virtual, este verso
viene a ser literalmente objetivo.)
Nuestros sentidos no están preparados para ver el vacío como posibles entrañas de la
realidad, ya que se han formado para captar niveles más aparatosos de la
Naturaleza, poblados de flores, piedras, árboles y familias. Se suele comentar que el
ojo humano puede distinguir hasta dos millones de colores y que cada uno ocupa una
estrecha banda de energía luminosa; pero, sin embargo, nuestro mecanismo óptico
no registra estas vibraciones de energía como tales vibraciones. Tampoco registramos
como vibración una lápida de mármol aunque al fin y al cabo, ésa es su esencia, al
igual que un color.
Cuando la luz cambia de un color a otro, cada gradación por pequeña que sea
ejerce una poderosa influencia. La luz visible, por ejemplo, proporciona al mundo la
forma y la definición que percibimos con la vista. Si pasamos, incluso tenuemente,
hacia la banda infrarroja, el ojo humano sentirá calor, pero la luz la cegará; si
pasamos a la banda de rayos-X, el ojo será destruido. Cada gradación cuántica es
poca cosa, pero implica una realidad nueva en el nivel más grosero y elemental de
moléculas y seres vivos. El espectro de luz es como una cuerda que vibra más
lentamente en un punto y con mayor rapidez en otro. Nuestro hogar reside en una
parte ínfima del espectro, pero requiere la longitud total del mismo para que
existamos. Iniciándose en la vibración cero, los temblores de la cuerda son
responsables de la luz, el calor, el magnetismo y otras muchas formas de energías
discretas que llenan el universo. Son tan sólo unos pocos escalones de la escalera de
la creación los que han de subirse desde el espacio vacío hacia el polvo
135
intergaláctico, de allí al Sol, hasta desembocar en un planeta vivo, la Tierra. Esta
gradación demuestra que el vacío, el punto de vibración cero, no ha sido llenado por
nada salvo por el punto de partida necesario para que todo exista. Y ese punto de
partida está siempre en contacto con cualquier otro punto; no hay interrupciones en la
continuidad.
En el preciso instante en que uno piensa «soy feliz» un mensajero químico traduce esa
emoción, la cual no tiene existencia sólida, sea cual sea el mundo material en que
podamos pensar, es un pedazo de materia tan perfectamente sincronizado con el
deseo correspondiente que cada célula del cuerpo aprende, literalmente, de esa
felicidad y se una a ella. El hecho que uno pueda instantáneamente hablar con 50
billones de células en su propio idioma es tan inexplicable como ese momento en que
la Naturaleza creó el primer fotón partiendo del espacio vacío.
Estas sustancias químicas del cerebro son tan diminutas que la ciencia ha tardado
varios siglos en identificarlas. Sin embargo, si consideramos las moléculas mensajeras
como las expresiones materiales más sutiles de la inteligencia que puedan generarse
en el cerebro, hemos de admitir que tampoco son lo bastante sutiles como para
levantar un puente seguro entre la mente y el cuerpo. En realidad, nada puede ser lo
bastante sutil, ya que una de las riberas de donde parte el puente, la mente, no es
pequeña bajo ningún concepto físico; sería absurdo pensar que el pensamiento
136
pueda tener una dimensión. La mente no está colgada en el espacio ocupando cierto
volumen, aunque fuera el espacio infinitesimal ocupado por un electrón. Era tan
obviamente absurdo colocar la mente en una caja que la ciencia optó por separar la
mente y la materia al iniciar sus investigaciones, ya que la materia sí puede caber en
una caja. Por fortuna, la física cuántica presta su ayuda al constructor del puente.
Nació para explorar esas regiones aparentemente sin sentido de las periferias del
espacio-tiempo.
La física cuántica ha asumido la responsabilidad de medir las cosas más diminutas del
universo. El átomo, por muy pequeño que sea, resultó llevar en su interior un núcleo, y
cuando éste pudo rescatarse, su unidad más pequeña pareció ser el protón, hasta que
la investigación nuclear lograra partir la materia otro poco, acercándose más y más
al origen de la existencia. Así fue como pudieron descubrirse, más adelante, las
partículas llamadas quarks. Más allá del quark, sin embargo, parece ser que no existe
nada más diminuto.
Podríamos pensar que ha de haber algo material allá fuera capaz de construir el
quark. Curiosamente no parece que sea así. En la Grecia antigua, el filósofo
Demócrito propuso por primera vez que el mundo material estaba compuesto de partí-
culas diminutas invisibles que él mismo llamó átomos, de la palabra griega para
designar lo «no divisible». Cuando Platón oyó esa teoría (la cual por supuesto no
pudo en su día demostrarse experimentalmente), levantó una objeción que anunciaba
la física cuántica. Si el átomo es un objeto, decía Platón, entonces debe ocupar algún
espacio; por lo tanto, puede ser a su vez cortado en dos partes para ocupar un
espacio menor. Cualquier elemento que puede dividirse en dos no es el constituyente
más diminuto del mundo material.
137
aunque hoy no seamos capaces de ello; es un cuento de no acabar. Sea lo que sea lo
que construye el mundo, ha de ser tan diminuto que no ocupa espacio. Platón
propuso que el mundo nacía de lo invisible, de formas perfectas parecidas a las
formas geométricas. A su vez, la física moderna ha propuesto alternativas algo más
tangibles, como la materia invisible llamada partículas «virtuales», igual que la noción
de campos de la energía. La famosa ecuación de Einstein E=mc2 dejó claro que la
energía podía transformarse en materia, y esto permitió a la física traspasar el límite
de lo que es más «pequeño que lo pequeño».
Nadie puede decir con toda seguridad qué es lo que construye el quark, pero sí
sabemos que no se trata de un elemento de materia de forma sólida; el quark ya está
fuera del límite de lo que podemos «ver» o «tocar», incluso valiéndonos de los
métodos más avanzados de expansión de nuestros sentidos; el elemento constructor
puede ser sencillamente una vibración con el potencial suficiente para transformarlo
en materia. Por lo tanto, es más pequeño que lo pequeño. Para un físico, cualquier
dimensión se detiene en un número específico, 10 elevado a 33 cm3, una dimensión
inconcebible que puede escribirse con una fracción 1/10 seguido de 32 ceros. Éste
es el llamado límite de Planck, como un cero absoluto del espacio, al igual que hay
un cero absoluto para la temperatura.
Pero, ¿qué sucede más allá de ese límite? Al llegar a este punto, la ciencia física se
queda sin voz. Me fascina comprobar que todos los fundadores de la física cuántica
eran básicamente platónicos. Esto significa que creían que el mundo de las cosas es
una proyección borrosa de una realidad mucho mayor e invisible, una realidad no
material. Algunos como Einstein, quedaron maravillados ante el perfecto
ordenamiento de la Naturaleza sin atreverse a otorgarle inteligencia. Otros, como
Eddington, declararon atrevidamente que la materia prima de todo el universo es
«materia mental». Eddington defiende esta postura con un argumento lógico tan
genial como el de Platón. Nuestra visión del mundo, según él, es básicamente una
formación de impulsos cerebrales. Esta formación se genera por la intervención de
138
impulsos que viajan por los nervios camino arriba y camino abajo. Éstos a su vez,
proceden de vibraciones de energía en los extremos de los nervios. Como base de la
energía está el vacío, el vacío cuántico. ¿Cuál de las dos partes es real? No lo es
ninguna, pues cada etapa en el camino, desde las vibraciones de energía hasta los
impulsos nerviosos que parten rumbo a la formación cerebral, es únicamente un
código.
Poco importa desde dónde lo miremos: el universo visible es en esencia una serie de
señales. Sin embargo, estas señales van todas unidas unas a otras, transformándose
las vibraciones sin sentido en experiencias completas con un significado para el ser
humano. El amor entre el hombre y la mujer puede definirse con datos básicos físicos,
pero proceder de este modo significa perder la realidad de los hechos.
Consecuentemente, según Eddington, todos estos códigos han de ser algo más real,
que exista en alguna zona más allá de nuestros sentidos. A la vez, ese algo nos es
muy íntimo, ya que todos sabemos descifrar ese código, volviendo las vibraciones
aleatorias cuánticas en una realidad ordenada.
Para ser como el quantum, el cuerpo no necesita repudiar sus moléculas mandándolas
hacia otra dimensión; sólo necesita aprender a reconstruirlas según esquemas
químicos nuevos; estos esquemas son los que dan el salto hacia y desde la existencia,
recordándonos lo que sucedía en los tubos de ensayo del experimento de Benveniste.
Si me imagino que caigo por un barranco y el corazón me empieza a latir
fuertemente, habré estimulado la adrenalina empleando un estímulo tan invisible como
139
el anti-IgE del experimento. Asimismo, una de las personalidades de Timmy recuerda
cómo ser alérgico al zumo de naranja, aunque esa personalidad pueda ocultarse en
algún reino invisible durante días y días. En cuanto retorna, el cuerpo ha de obedecer
sus mandatos.
En julio, unos dos meses más tarde, mi paciente me escribió una carta afirmando que
sus ataques habían desaparecido al aplicar esas instrucciones y jamás habían vuelto.
Se siente a gusto trabajando; la mayor parte de los pacientes de angina suelen
sentirse en extremo ansiosos a la hora de hacer cualquier esfuerzo, por pequeño que
sea. De motu proprio, había dejado de tomar los medicamentos prescritos, y
140
últimamente se ha inscrito en una Universidad del Estado. Creo que se sentía muy
orgullosa al darme estas noticias; es una mujer de ochenta y ocho años...
Un médico escéptico objetaría que la angina suele tener dos causas. Una es el
espasmo de las arterias coronarias, los vasos sanguíneos que nutren de oxígeno el
corazón. Si éstas padecen algún espasmo y se cierran, entonces el músculo del
corazón, carente de oxígeno, dará a conocer su angustioso dolor. Mi paciente
probablemente haya sufrido ese tipo de angina, diría un escéptico. El otro tipo de
angina es provocado por bloqueos grasos en las arterias coronarias y no puede
curarse por medio de una técnica mental. Argüiré entonces que ambos ejemplos
involucran a la memoria. Los bloqueos grasos no son tan sustanciales como parecen.
Si llevamos a cabo un injerto en el tubo del corazón y sustituimos las arterias
obstruidas por arterias abiertas, los nuevos injertos se obstruirán frecuentemente al
cabo de pocos meses. Los vasos habrán cambiado pero los fantasmas de la memoria
no se habrán inmutado; seguirán deseando cargar las arterias con placas grasas.
141
sentirá mejor; este fenómeno también es posible bajo anestesia. Podemos cogerle la
mano a un paciente en un momento difícil durante la operación y comprobar en los
monitores que la presión sanguínea y el latido del corazón registran un efecto
calmante. El corazón y el cerebro, parece ser, están conectados en un plano mucho
más hondo que el de la conexión entre moléculas. Y así lo comprobamos cuando un
niño está mecido en los brazos de su madre. Al cabo de unos minutos, los dos
respiran acompasadamente, aunque el bebé esté dormido, y los latidos de su corazón
pronto estarán sincronizados (no coincidirán latido por latido, ya que el ritmo
cardíaco del bebé es mucho mayor que el de la madre). Esta conexión cuerpo-mente
es invisible, pero ¿quién se atrevería a decir que no es real? La conexión ha sido
transmitida silenciosamente de una generación a otra. Tal vez siga estando dominada
por lazos de simpatía. Salvando las distancias que separan los seres unos de otros,
atrapados todos en sus propias preocupaciones, ayuda a generar y moldear una
especie humana.
142
8. TESTIGO SILENCIOSO
La necesidad apremiante de una medicina cuántica puede ilustrarse con el caso de
estudio que describiré a continuación.
—Me siento perfectamente bien, pero mi doctor me ha dado noventa días de vida.
Me han examinado y las pruebas dan a entender que tengo un trastorno de la sangre
incurable; esto sucedía hace 23 días.
Procurando controlar sus emociones, me contó una historia que había pasado por
episodios muy extraños. Su diagnóstico apareció de forma accidental. Debido a una
antigua lesión que se hizo jugando al fútbol, tenía el septo desviado, y por tanto
respiraba con dificultad. Estuvo viendo a un cirujano de Chicago que logró reparar su
nariz; Aarón se había trasladado a los Estados Unidos unos años antes para seguir
un curso en una escuela de ciencias empresariales; el cirujano le pidió que se
sometiera a un examen rutinario de sangre.
Cuando tuvieron los resultados del laboratorio, el doctor parecía estar muy
preocupado. Los análisis demostraban que Aarón estaba seriamente anémico. Sus
índices de hemoglobina habían caído de 14 a 6 (una cifra de doce es considerada
anemia límite). La hemoglobina es el componente químico de la sangre que transporta
el oxígeno a través del cuerpo. Su hematócrito había caído en picado hasta 16; esto
significa que cuando su sangre daba vueltas en una centrifugadora para separar las
células rojas del plasma, éstas ocupaban sólo el 16% del volumen total. En una
sangre normal, este índice debe alcanzar el 40%.
143
—No —contestó Aarón.
—¿Tal vez se levanta durante la noche sintiéndose algo sofocado?
—No.
—¿Ha tenido alguna inflamación en los tobillos?
—No.
El hematólogo le miró poniendo cara de preocupación.
144
Nadie sabe con seguridad cuánto tiempo vive una célula roja de la sangre —explicó
el doctor—. Se supone que unos 120 días, pero tal vez sea menos de un mes. Puesto
que usted no está sustituyendo sus células rojas, mucho me temo que no pueda vivir
más de noventa días.
Aarón seguía escuchando al médico sin atreverse a decir nada, y éste comentó que la
medicina ya había intentado cuanto estaba en su poder; el tratamiento que él sugería
era un trasplante de médula ósea, una operación difícil a la que podría no sobrevivir
y que, probablemente, no le salvaría. Otra posibilidad sería hacerle una transfusión
de sangre para elevar su índice de glóbulos rojos, pero la intrusión súbita de sangre
ajena alteraría otro poco más el funcionamiento de la médula ósea; además, cuando
la médula detectara que el índice de sangre había vuelto a subir, podía interpretarlo
como una señal para disminuir de nuevo su actividad.
—Lo más esperanzador —le dije— es que se sentía bien antes de descubrir que algo
145
no funcionaba. Propongo que partamos de la idea de que sabe dominar ese trastorno
y está haciéndolo todo para que su cuerpo encuentre un camino de curación.
Sin saber cuál era la causa de la enfermedad, pude averiguar hablando con él que
quedaban en su historial diversos puntos por esclarecer. El primero era el diagnóstico
espantoso en sí, que por supuesto le daba pánico. En estas circunstancias, no es fácil
ver de qué manera podría el cuerpo-mente tratar de buscar un camino de curación.
Por añadidura, Aarón parecía ser una persona nerviosa y tensa. Estando en la
universidad llevaba paralelamente cuatro trabajos distintos, obligándose a sí mismo
más allá de sus límites, para poder comprarse un coche y saldar sus deudas con la
facultad. La propia presión que ejercía la universidad era enorme. Solía tomar
grandes cantidades de vitaminas además de una medicación contra la úlcera para
calmar sus dolores de estómago crónicos. Unos meses antes, había sufrido una
tendinitis jugando al tenis con excesivo ímpetu y, para evitar la inflamación, había
tomado un agente antiinflamatorio; estas drogas tienen como efecto secundario
disminuir el funcionamiento de la médula ósea. Le pedí que renunciara a todas estas
medicinas.
Estuvo dos semanas en la clínica y, por primera vez en mucho tiempo, había estado
viviendo en un entorno libre de estrés. Siguió meditando, se adaptó a una dieta
vegetariana sencilla pensada para su tipo de fisiología, y recibió clases de masajes
ayurvédicos ideados para purificar la fisiología en su conjunto. También le instruí en
la técnica del sonido primordial, idónea en un caso como el suyo. Una noche, una
enfermera le sorprendió caminando por el pasillo con el pelo mojado y confesó
avergonzado que se acababa de saltar por las buenas la prohibición de ir a nadar.
Oyendo su aventura, me sentí aliviado: si otro paciente que no fuera Aarón hubiera
intentado lo mismo, ya estaríamos dándole oxígeno y transfusiones de sangre. Estas
señales eran muy esperanzadoras.
146
sangre durante al menos dos semanas Una muestra de sangre que tomamos en
Lancaster había revelado que su suministro de glóbulos rojos inmaduros, llamados
reticulocitos, era cuatro veces mayor que el día en que entró en la clínica. Ya que son
células que luego maduran en corpúsculos rojos, pensé que su trastorno estaba
remitiendo. Mientras escribo estas líneas, Aarón acaba de sobrevivir a su primer
diagnóstico. Sigue siendo una persona gravemente anémica, pero también es verdad
que no ha sufrido el declive esperado en el caso de una persona cuyo índice de
sangre está cayendo hacia cero. De hecho, su anemia ha mejorado ligeramente.
Soy de la opinión de que Aarón permanece en la línea divisoria entre dos tipos de
medicina. El primero es la medicina científica estándar, cuyos métodos han quedado
firmemente arraigados en mi ejercicio médico, pero en los cuales no puedo seguir
creyendo ciegamente. No creo que la medicina clásica haya fracasado. Los médicos
de Aarón, identificaron con pericia su enfermedad en cada nivel del cuerpo, desde
los tejidos y las células hasta las moléculas; en el caso de Aarón el tejido era la
médula ósea, las células los corpúsculos rojos de la sangre, y la molécula era
hemoglobina. Para un médico instruido en medicina convencional, éste es el final del
trayecto, un camino trazado en doscientos años de investigación tradicional y
engorrosa. Cuando sabemos lo que no funciona en las moléculas de una persona,
¿qué más podemos desear conocer?
Esta lógica es ciencia impecable, pero está muy peligrosamente alejada de las
realidades ordinarias de la vida. Cuando escribo «realidades ordinarias», me estoy
refiriendo a lo que una persona come, de qué manera duerme, qué pensamientos
pasan por su cabeza y todas las visiones, olores y sonidos que penetran en él por
medio de sus sentidos. Podemos afirmar que el cuerpo está hecho de moléculas, pero
también podemos decir que está formado de experiencias. Esta definición
corresponde con nuestra imagen de nosotros mismos, y ésta no es científica, sino
fluida, cambiante y viva. La segunda medicina, la cuántica, echa sus raíces en las
experiencias ordinarias.
147
A veces pienso que la vida cotidiana es demasiado sencilla y común como para que
la ciencia se ocupe de ella. En realidad, es demasiado compleja. Aunque una
molécula de hemoglobina se estructure partiendo de diez mil átomos separados,
puede ser aislada y dibujada; es una hazaña que en su día valió varios premios
Nobel. Sin embargo, descubrir qué está haciendo la hemoglobina cuando respiramos
no es posible, ya que cada glóbulo rojo contiene doscientos millones de moléculas de
hemoglobina y todas ellas recogen ocho átomos de oxígeno. Si consideramos que los
pulmones exponen una cuarta parte de la sangre al aire por cada respiración, y esta
cuarta parte contiene cinco trillones de glóbulos rojos, el número total de intercambios
químicos es astronómico. El proceso en su conjunto se desintegra en rapidez en un
caos de actividades sin rumbo.
Eric Cassell, un profesor de fisiología de Cornell, apunta, creo que con toda la razón,
que cuando un médico hace preguntas a su paciente, no está tratando de averiguar
qué funciona mal en él; procura dar con los síntomas que coincidan con una
enfermedad conocida, clasificada. Creo que ésta es una distinción sutil, pero muy
importante. Nos recuerda que el conjunto de órganos, tejidos, etc., ha sido
reorganizado intelectualmente de manera que el cuerpo pueda clasificarse con
148
facilidad. Deben existir otros enfoques acordes con la naturaleza, basados en la
experiencia, desafiando el desorden exterior de la naturaleza de modo que captemos
su verdadero significado.
El caos es sólo apariencia, una máscara y, con una visión renovada, se transforma en
ordenamiento perfecto. Cuando ignorábamos lo que significaba el baile de una
abeja, todo parecía caos, una serie de movimientos aleatorios, de vueltas y más
vueltas. Hoy, sabemos que se trata de un conjunto preciso de señales y direcciones
que permiten a las demás abejas de la colmena entender dónde se encuentra la
fuente de néctar. Esto no significa que el baile haya pasado del caos al orden, sólo
supone que su apariencia ha cambiado respecto de nuestra interpretación. Asimismo,
si leemos en diversos momentos del día la presión sanguínea del corazón de un
mismo paciente, probablemente no estamos leyendo una misma presión, pero si lo
estamos examinando constantemente, saldrá un esquema uniforme y definido, con
altibajos que se repiten de un día para otro. Este fenómeno, descubierto
recientemente, ha permitido a los cardiólogos detectar la hipertensión en pacientes
que presentan una presión curiosamente normal cuando se espera que estén
enfermos, precisamente porque los altibajos, en ciertos pacientes, sólo ocurren de
noche. Aparentemente, estamos presenciando una suerte de oscilación maremotriz,
pero nadie sabe, de momento, cuál es su significado. La máscara del caos se ha
agrietado hace escaso tiempo.
Ambas medicinas no han de ser forzosamente antagónicas, pero de momento las dos
apuntan hacia direcciones opuestas. Para un hematólogo, poco importa que Aarón
esté tenso, nervioso y tenga el cuerpo plagado de sustancias dudosas y, además,
sienta pánico por la muerte. Para un médico ayurvédico, éstos son datos esenciales
para comprender su enfermedad; han penetrado en el nivel cuántico, el plano donde
Aarón ha dado el cambio hasta convertirse en la persona que es. El hematólogo no es
una persona desalmada; puede que esté muy preocupado por la salud de Aarón,
pero no establece conexión alguna entre el trastorno de la médula ósea y el
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pluriempleo inhumano y agotador que ha sobrellevado este chico. Éste es el límite que
la noción newtoniana de las causas y los efectos, es decir, la base de la medicina
científica tradicional, no logra traspasar.
Ya sé que este razonamiento puede parecer chocante, ya que sin una causa no
parece que haya forma humana de encontrar un camino de curación. Pero todas las
causas físicas son, en el mejor de los casos, parciales. Si tratamos por ejemplo de
inocular un resfriado en un ser humano, se necesitará algo más que un virus. Los
experimentadores han incubado virus de catarro, colocándolos directamente en la
línea mucosa de la nariz y se han encontrado con que los sujetos sólo presentaban
síntomas de catarro en un 12% de los casos. Tampoco había forma de aumentar esta
cifra exponiendo estas personas a corrientes de aire, dejando sus pies en barreños de
agua fría, provocando así escalofríos o buscando otros métodos meramente físicos. La
experiencia ordinaria, un intercambio complejo de fuerzas interiores y exteriores,
desafía las reglas de la casualidad que se obran en el caso de una mesa de billar.
150
La medicina convencional ha reconocido ya que la experiencia ordinaria puede
desempeñar un papel complejo e importante en la enfermedad. Por ejemplo, las
estadísticas demuestran que las personas solteras o viudas que viven solas tienen más
probabilidades de padecer un cáncer que las personas casadas. Su soledad es
considerada un factor de riesgo; incluso podríamos llegar a llamarlo un factor
cancerígeno. Por lo tanto, es curioso que el curar la soledad no pueda considerarse
una curación posible del cáncer. Puede que lo sea, pero en una medicina muy
diferente de la que hoy estamos llevando a cabo. Un médico ayurvédico se interesa
más por el paciente que por su enfermedad. Reconoce el conjunto de fenómenos que
conforman la persona, es decir, su experiencia: sus penas, sus alegrías, sus segundos
fugaces de trauma, las largas horas en que no pasa nada, los minutos de vida
acumulados silenciosamente como granos de arena depositados por el río; los
minutos pueden apilarse hasta convertirse en una formación oculta que emerge hacia
la superficie cobrando la forma de una enfermedad.
Los datos y fenómenos que me penetran son constantes, y por mi participación los
convierto en su forma definitiva. La ciencia jamás será capaz de medir este proceso,
ya que no puede disponer de mis sentidos y de mis emociones en una escala.
¿Qué cantidad de soledad hace falta para que ésta se transforme en cáncer? Es una
pregunta sin respuesta. El fenómeno cancerígeno es invisible. Recuerdo una noche en
que estaba yo de guardia en un hospital de las afueras de la ciudad, tratando de
atender a demasiados pacientes a la vez. Un tren de cercanías había descarrilado, y
151
con otro médico tuve que quedarme toda la noche trabajando casi frenéticamente,
viendo pasar a docenas de pasajeros, algunos en estado de shock, procurando
vendar esas heridas, calmar los nervios, remendar huesos, y realizando operaciones
quirúrgicas menores. El trabajo parecía no tener fin, pero al cabo de cinco horas,
acabamos por resolver los problemas más aparentes y nos sentíamos como héroes.
—Os traigo a un bebé de dos meses, es niña y está inconsciente. Creo que no respira
ni tiene pulsaciones y, además, se está poniendo azul.
Al rato nos pareció que podíamos decentemente retirar el aparato y cerrar los ojos
del bebé. Salí de la sala para hablar con los padres, unos jóvenes de buen parecer;
estaban destrozados. En aquel momento, sólo se me ocurrió hablarles de una
asociación de padres que han vivido esa misma tragedia. Se fueron del hospital en
estado de shock y no volví a verlos jamás. ¿Quién puede medir lo que me pasó a mí
en aquel momento? No recuerdo la cara de ninguna de las víctimas de aquella
catástrofe ferroviaria, personas con cuyos cuerpos trabajé durante horas. Pero aquel
cabello rubio y los ojos azules de ese bebé siguen tan vivos en mi memoria como
cuando los vi por primera vez. Aquella niña había entrado en mí. No sé en qué lugar
152
vive dentro de mí; tal vez en algún trocito de materia gris de mi córtex. Pero creo que
es ridículo tratar de localizar el paraje. Lo importante es que mi ser en su totalidad
está conformado por experiencias de este tipo. He metabolizado a lo largo de mi
vida miles y miles de fenómenos de este tipo, a diario, y si quieres verlos a todos en
detalle, no tienes más que mirarme a la cara.
Mientras uno esté rodeado y penetrado por datos de la vida misma, es inútil tratar de
detener el caudal de acontecimientos que nos conforman. Por otra parte, mi
naturaleza puede que vaya más allá de las cosas que veo y oigo. Quizás haya un
punto cero dentro de mí, algo así como la vibración cero que genera el espectro de la
luz.
153
La sensación de tener sed es estimulada por el hipotálamo, un pedazo del cerebro del
tamaño de una uña, el cual, a su vez, es conectado por nervios y mensajeros
químicos con los riñones. Los riñones están constantemente controlando la necesidad
de agua del cuerpo al «escuchar» las señales mandadas desde la sangre. Las señales
son químicas. Sucedía lo mismo en el caso de los neuropéptidos, pero, en este caso,
las moléculas involucradas son sales, proteínas y azúcares de la sangre, y además,
una serie de mensajeros específicos. La sangre, a su vez, recoge estas señales
emitidas desde cada célula del cuerpo, sabiendo todas ellas cuál es, en cualquier
momento, su necesidad de agua. Dicho de otro modo, cuando uno tiene sed, no sólo
está obedeciendo un impulso sencillo mandado desde el cerebro, sino también
escuchando una petición emitida por cada célula. Si bebemos un pequeño vaso de
agua, sustituimos tan sólo 1/400 del fluido corporal total, aunque esto satisfaga las
necesidades exactas de 50 billones de células diferentes. Esta supervisión tan precisa
se ha atribuido generalmente a los riñones, pero como acabamos de ver, los riñones
jamás toman estas decisiones a solas; trabajan en colaboración constante con la
mecánica cuántica del cuerpo; es decir, con el campo de la inteligencia en su
totalidad. La uniformidad de la inteligencia más aparente, desde la estructura física de
las células. Coexiste con la extremada especialización del cuerpo. La neurona
equipada en su pared celular con un millón de bombas de sodio y potasio no se
parece en absoluto a una célula del corazón o a una célula del estómago. No
obstante, la integridad del mensaje «Es hora de tomar agua» es constante en
cualquier lugar.
Para la física, un campo es lo que propaga una influencia sobre una extensión de
espacio amplia o incluso infinita. Un imán genera un campo magnético; los pequeños
imanes tienen un campo débil que se extiende sólo en unos centímetros, mientras los
polos magnéticos de la Tierra son lo bastante poderosos como para cubrir el globo en
su totalidad. Todo lo que interviene en el marco de este campo siente esos efectos; y
ésa es la razón por la que la aguja magnética de una brújula se alinea
154
automáticamente con la polaridad magnética de la Tierra. Asentada en el campo de
inteligencia del cuerpo, cada célula se alinea con el cerebro, el cual representa para
el cuerpo lo que el polo Norte magnético para el planeta.
155
Puede que uno se olvide conscientemente de su preocupación, pero cuando la
sensación vuelve a surgir en la memoria, parece que se apodera del cuerpo entero.
Ninguno de estos dos fenómenos podría sobrevivir a un cambio. Las moléculas que
conforman nuestro cerebro el día en que por primera vez pronunciamos la palabra
«rosa» ya no están ahí, y, sin embargo, el concepto sí lo está. Por otra parte,
tampoco es necesario estar pensando constantemente en millones de otras cosas sin
tener que referirnos a esta palabra. Cuando queramos recuperarla, allí estará, libre
de toda confusión. Ha mantenido su integridad a través de lo espeso y lo sutil porque
el impulso de inteligencia contiene mente, materia y el silencio que lo une todo.
156
realizando un experimento muy sencillo con ratas de laboratorio. Les enseñó a
recorrer un laberinto, una hazaña recordada y almacenada en el cerebro de la rata,
al igual que nosotros llevamos a cabo el proceso de aprendizaje. A continuación,
extraía sistemáticamente un trocito de tejido cerebral. Lashley supuso que si las ratas
seguían recordando cómo recorrer el laberinto (según una medición previa de su
velocidad y facilidad), entonces el centro de la memoria del cerebro debía de
permanecer intacta.
Poco a poco, extirpó mayor y mayor cantidad de materia cerebral, pero las ratas
curiosamente seguían recordando el camino del laberinto. Finalmente, cuando hubo
extirpado el 90% del córtex, dejando tan sólo una pequeña cantidad de tejido
cerebral, las ratas siguieron recordando el camino, aunque sí se les notara cierta
pérdida de agilidad y rapidez.
Este experimento, como otros, sugirió una idea revolucionaria: cada célula del
cerebro debe almacenar el cerebro en su conjunto y, a la vez, ser capaz de
almacenar una tarea que le es específica. Y esto es lo que Lashley vino a demostrar
con claridad: cada impulso de inteligencia es igualmente inteligente, abriendo
proyecciones posibles y sin límites de la mente hacia el cuerpo.
Sin embargo, uno de los pacientes de Lorber era un alumno muy dotado,
principalmente en matemáticas, con un cociente intelectual de 130. Su médico de
cabecera le presentó a Lorber, pensando que su paciente debía tener una cabeza
excesivamente grande. Tras una exploración del cerebro, resultó que sólo tenía un
milímetro de espesor, cuando el grosor habitual es de 4,5 cm. Dicho de otro modo, el
fluido había sustituido cerca de un 89% de las neuronas necesarias para el
157
pensamiento, la memoria y las demás funciones mayores centradas en el córtex
cerebral. Con un 2% de córtex normal, este ser humano se encontraba en la misma
condición fisiológica que las ratas de Lashley, y, sin embargo, era una persona muy
capaz. En realidad, no sólo era normal, sino un ser muy por encima a la media en
todos los aspectos.
158
pensando o soñando (nadie sabe lo que se hace mentalmente en el mundo del sueño
profundo cuando no se sueña), entonces la realidad de la mente ha de ser
sencillamente un fluir continuo de pensamientos y sueños. James era un observador
agudo; debió de serlo si se considera que dio las bases fundamentales del campo de
la psicología partiendo de los datos que él mismo percibió en su cerebro (al igual que
lo hizo Freud, expandiendo esos datos al campo de los sueños y de las motivaciones
inconscientes). Pero James perdió de vista un aspecto tal vez insignificante de la
mente que puede resultar a todas luces trivial. Y es que el río de la conciencia no sólo
se compone de objetos que flotan río abajo; entre pensamiento y pensamiento, existe
un efímero espacio de silencio.
Puede que sea muy poca cosa y pase prácticamente inadvertido, pero allí está el
vacío y es imprescindible. Si no, pensaríamos de esta manera:
«Megustamuchoestacomidaycreoquevoyatomarunpostreperotambiénesverdadquesico
modemasiadoluegoperonosédóndehedejadomimaleta…» etc. El vacío silencioso entre
pensamientos es intangible y por lo tanto no participa en el campo de la psicología
moderna, el cual se orienta completamente hacia los contenidos de la mente o la
mecánica elemental del cerebro. Sin embargo, el vacío resulta ser el protagonista si
llegamos a interesarnos por lo que pueda haber más allá del pensamiento. Durante
cada fracción de segundo tenemos la oportunidad de echar una mirada hacia otro
mundo, una mirada que procede del interior del ser y que, no obstante, permanece
curiosa y tristemente fuera de nuestro alcance. Un verso de los antiguos Upanishad
indios describe bellamente este mismo fenómeno: «Un hombre es como dos palomas
posadas sobre un cerezo. Una de las aves está comiéndose la fruta, mientras la otra
paloma contempla silenciosa lo que hace la primera.» El ave, testigo silencioso, viene
a ser el silencio del ser humano; parece irrelevante, pero es el origen de la
inteligencia.
Lo fascinante de la inteligencia es que se comporta como una flecha que parte hacia
159
una sola dirección y jamás se detiene ni cambia de rumbo: podemos emplear la
inteligencia por conformar una molécula, pero si miramos hacia la molécula no
conseguiremos separarla de su inteligencia. Cuando el poeta Keats escribía su
hermoso soneto «Dormir» (To Sleep) lo inició con esta frase encantadora: «Un
embalsamador silencioso de la noche serena.» Si hubiésemos entonces conectado a
Keats a un electroencefalograma mientras escribía este verso, la lectura de sus
ondulaciones cerebrales sólo hubiera conformado una configuración, aunque ninguna
parcela del examen de estas ondulaciones cerebrales hubiera podido revelar o
producir una línea de poesía.
El ADN sabe exactamente qué información ha de rescatar y cómo va todo unido para
cada cosa con la que desea «comunicar» químicamente. Además de construirse a sí
mismo, el ADN sabe de qué manera construir el ARN, o ácido ribonucleico, en cierto
160
modo su gemelo y contrapartida activa. La misión del ARN consiste en viajar desde el
ADN para producir las proteínas, más de dos millones, que construyen y reparan el
cuerpo. El ARN es conocimiento activo si se compara con la inteligencia silenciosa del
ADN.
161
y seres humanos.
Podríamos suponer que cuanto más complejo es el organismo más comparte su ADN,
pero, en realidad, una lila contiene cerca de un centenar de veces más de ADN que
un ser humano. Censar el número de genes entre el ADN humano y el de un
chimpancé o un gorila es de un 1,1%. Ésta parece una divergencia asombrosamente
pequeña y por tanto algo sospechosa. ¿Acaso pueden todas las diferencias
estructurales entre un simio de la selva y el Homo sapiens clasificarse en base a una
diferencia tan insignificante? Los evolucionistas, habiendo heredado la fe en el
materialismo de Darwin, no dan su brazo a torcer. Esta idea se vuelve obsoleta
cuando nos damos cuenta, una vez más, que la cantidad de genes no es muy
significativa; dos tipos diferentes de moscas de la fruta (drosofila) son harto más
parecidas entre sí que el hombre y el chimpancé, aunque su ADN difiere
notablemente más.
Otra manera de demostrar que nuestro silencio interior está vivo y es inteligente,
consiste en compararlo con el de una máquina. Cuando un ordenador trata un
problema, emplea impulsos eléctricos que han de separarse unos de otros mediante
espacios, formando así una serie compleja de datos codificados en base al empleo
del uno y del cero. Este proceso permite al ordenador manipular, tratar y atender
cualquier problema, siempre y cuando pueda dividirse en información, ya que todas
las informaciones pueden codificarse en uno y en cero, al igual que cualquier
mensaje en un idioma dado puede resumirse en los puntos y las rayas del código
Morse. El cerebro humano también puede aprovecharse de la información codificada
mecánicamente, pero los espacios de separación a modo de intervalos no sólo son
vacíos; también son los pivotes que permiten a la mente partir hacia un rumbo u otro.
Dicho con otras palabras, un ordenador presenta vacíos infinitos conformados de
vacío; y nosotros poseemos espacios infinitos llenos de inteligencia.
Podemos sacar lo que deseamos del espacio que hace de intervalo. Mozart rescató
162
de estos espacios algunas sinfonías, sin tener que definir una nota y luego otra, sino,
como él mismo nos cuenta, teniendo cada línea musical compuesta y orquestada
automáticamente. Las matemáticas, al igual que la música, guardan misterios tan
inconcebibles como éste. Una mujer india, Shakuntala Devi, multiplicó dos números de
13 cifras mentalmente logrando así una respuesta de 23 cifras, en 26 segundos (leer
estos números en voz alta requiere más de 26 segundos: 7.686.369.774.870 x
2.465.099.745.779 = 18.947.668.177.995.426.773.730).
Si le pedimos a un ordenador que haga la suma de dos más dos, dará con una
respuesta correcta o incorrecta. Si le preguntamos a un niño de 5 años que haga lo
mismo, puede que nos dé una respuesta aritmética, pero puede que nos responda:
«Por favor, dame un helado de chocolate.» Y su respuesta nos haría pensar, por
ejemplo, que se está aburriendo; tal vez esté demasiado cansado para recibir una
lección de aritmética. Por lo tanto, no es correcto decir que su respuesta es un error de
ordenador. Sencillamente, su mente no está bajo nuestro control; somos incapaces de
inventar un programa que abarque todas las reacciones posibles de un ser humano
cuando éste interactúa con el mundo.
Sin embargo, dentro de esta limitación física, el cerebro del individuo es único, tanto
163
por su estructura como por su contenido. No existen dos personas con las mismas
conexiones neuronales; cada ser humano genera nuevas conexiones constantemente,
desde su nacimiento hasta el final, dando a luz a todas las memorias que conforman
el ser y nos hacen a todos diferentes unos de otros (una conexión no debe
forzosamente ser física; las señales veloces que recorren el cerebro generan
continuamente esquemas y vuelven a formarlos componiendo nuevos esquemas).
Edelman afirma que nadie repite literalmente una memoria. Cuando uno recuerda una
cara familiar, algo en ella aparecerá diferente, si no es la cara en sí, tal vez sea el
contexto que haya provocado el recuerdo, y éste puede que sea triste hoy y feliz ayer.
Por lo tanto, la memoria es un acto de creación. Crea nuevas imágenes y un nuevo
cerebro a la vez. Edelman mantiene una teoría según la cual cada experiencia que
uno tiene en su vida altera la anatomía del cerebro. Consecuentemente, no es del
todo cierto afirmar que el hipocampo es el asiento de la memoria, ya que cada
memoria (por ejemplo, el día en que uno vio por primera vez un campo de narcisos),
irradia y da vueltas cruzando el córtex en su recorrido completo, topándose con otras
memorias en su camino, pasando por nuevas interpretaciones y habiendo de
recrearla en todos aquellos momentos en que ha de recordarse. A la inversa de lo
que ocurre con el ordenador, nosotros recordamos, reconsideramos, cambiamos
nuestras mentes. El universo fue creado una vez, pero nosotros nos re-creamos al
formular cada pensamiento.
164
Ésa es la etapa siguiente, rastrear y trazar ese silencio interior y conocer sus lugares
secretos.
—Creo que tendré que examinarlo —dije yo y ella se quedó un rato dudando.
—Hay algo que debo decirle —dijo— y es que muchos médicos se han asustado
bastante al ver el tumor, por culpa de su tamaño. Por lo general, no dejo que ningún
médico me toque, ya que el miedo que veo en sus ojos me asusta muchísimo. Si me
dejan en paz, no tengo miedo. Puede que no me crea, pero no siento que mi vida
esté amenazada. En cambio, los médicos sí me dan un susto de muerte cuando veo su
espanto. Incluso han llegado a decirme cosas como: «¿Cómo puede usted ser tan
cruel con su marido, no se da cuenta que debería operarse?»
«Pensé que tal vez un médico mujer podría comprenderme mejor, pero estuve con una
y se horrorizó aún más que los hombres. Me preguntó: «No entiendo que venga a
verme si no se va a dejar operar y extirpar esa cosa.» Y entonces le dije:
165
mitad de las mujeres diagnosticadas con cáncer de mama tienen tumores localizados
en el pecho. El tratamiento convencional consiste en extirpar la mama o en extraer la
protuberancia y aplicar radiaciones en la zona afectada. En ambos casos, cuando no
existen más tratamientos posibles para seguir luchando contra el cáncer, el 70% de
los pacientes no tienen recaídas en los tres años que siguen al tratamiento. Con
alguna clase de quimioterapia, ya sea suave o drástica, la proporción de
supervivientes a largo plazo puede elevarse hasta el 90%. Esta mujer, sin embargo,
había decidido desafiar las estadísticas que en su caso estaban a su favor, y de
hecho, no obstante, no iba a ser la primera en ignorar la opinión de los médicos y en
sobrevivir a pesar de todo.
Cuando se tumbó sobre la mesa de examen y vi el tumor, entendí entonces por qué
sus médicos anteriores se habían sentido molestos; el tumor se había apoderado de
una amplia porción del pecho. Controlé mi primera reacción, esperando que mis ojos
no revelaran temor alguno. Me senté y le cogí la mano, me quedé pensando. Al rato
le dije:
—Mire, no creo que no haya peligro aquí. Además, usted misma me ha dicho que no
siente el peligro, y eso a mí me basta. Pero este tumor es un fastidio. Usted se está
negando a una vida más bonita teniendo que estar pendiente de este asunto. ¿Por
qué no se dirige a un cirujano y se lo quitan por las buenas?
Aparentemente, acababa de decir algo nuevo para ella. Estuvo de acuerdo conmigo
en que no sacaba nada en limpio manteniendo el tumor y pude por tanto darle la
dirección de un cirujano.
—No me identifico con este tumor —me dijo serenamente—. Sé que soy mucho más
que él. Él va y viene como el resto de mi persona, pero, en el interior, no creo que me
afecte para nada.
166
Al salir de mi despacho parecía una mujer feliz.
Sentí que esta mujer tenía parte de razón. El miedo que uno ve en la mirada de un
médico es una terrible condena, y yo en su lugar no hubiera tenido mucha fe en mis
posibilidades de recuperación. Los impulsos de mi cerebro no me hubieran estado
diciendo: «Estoy convencido de que me recuperaré, sino que me están diciendo que
probablemente me recupere», lo cual viene a ser algo muy distinto.
Cuando un doctor mira a su paciente y dice «Usted tiene un cáncer de mama pero se
va a poner bien», ¿qué es lo que está diciendo realmente? No es fácil entender cómo
se interpretan estas palabras. Por una parte, son tranquilizadoras; si uno se las cree,
pueden ser suficientes para darle confianza al paciente. Pero, por otro lado, si el
médico no lo dice convencido, algo en su voz le delataría, sumiendo al paciente en
una confusión destructiva.
167
Este caso me recuerda que siempre existen dos centros de acción dentro del ser
humano, la cabeza y el corazón. Las estadísticas médicas apelan a la cabeza, pero
el corazón sigue guardando sus secretos y dirigiendo la parte que le corresponde. En
estos últimos años, la medicina alternativa ha logrado alcanzar su fama devolviéndole
su importancia al corazón, valiéndose del amor y del cariño para curar. Sin estos
ingredientes, el efecto nocebo puede llegar a ser excesivo, ya que en los hospitales
modernos se suele inyectar una dosis muy fuerte de nocebos. Los episodios psicóticos
que a veces estallan en las unidades de cuidados intensivos demuestran la
insalubridad en la que se ven sumidos los pacientes en espacios estériles y
confinados. (Cuando era un niño pequeño, mi hijo demostraba una misma
fascinación por los hospitales y las cárceles; ambos lugares le atemorizaban. Cuando
veía a cualquiera de las dos instituciones desde el coche, solía preguntar: «Papá,
¿hay gente muriéndose ahí dentro?»)
Lo más importante es que «cualquier cosa» puede suponer tanto un efecto nocebo
como un efecto placebo. Lo beneficioso o nocivo en un hospital no es ni la sustancia
inactiva, ni el comportamiento del médico respecto de su paciente, ni el olor
168
antiséptico del hospital, sino la interpretación de todo ello por parte del enfermo.
Consecuentemente, la verdadera guerra no tiene lugar entre el corazón y la cabeza.
Hay algo más profundo en el reino del silencio que genera nuestra visión de la
realidad.
169
Por encima de la línea se encuentra el flujo de los pensamientos que nunca se agota,
al menos cuando estamos despiertos. Los pensamientos van ligados unos a otros hasta
el infinito. Nuestra experiencia normal se encuentra en su totalidad dentro de estos
acontecimientos sucesivos, los cuales pueden expandirse hasta el infinito en
un eje horizontal, pero éstos jamás descienden muy allá sobre el eje vertical. Podemos
pasar una vida entera dejando que ese flujo siga su camino desde la mente sin que
jamás vuelva a tomar la senda de su fuente. Sin embargo, volver hacia la fuente
siempre supone que sepamos de qué manera la mente genera estas estructuras de
inteligencia. En un principio, estas estructuras sólo son esquemas directores, pero lo
que contienen, todo ello, jamás desaparece; forjan las ideas y las convicciones que
nos inspira la realidad.
170
manda, capaz de acabar con sus síntomas. Al día siguiente, volvieron los dolores. Me
llamó por teléfono, desamparada, y le pedí que regresara inmediatamente a Boston.
Sin que tuviera intención de perjudicar a su paciente (estoy convencido de que sólo
pretendía mostrarse realista), este médico se equivocó gravemente. Supuso que lo que
estaba sucediendo en su cabeza no era real o, al menos, menos real que el cáncer.
Educado según métodos científicos, conocía la evolución previsible de las diversas
formas del cáncer y, frente a un resultado imprevisible, había tratado de encarrilarlo
de nuevo en el campo de lo previsible. Los médicos suelen preparar a sus pacientes
de cara a resultados previsibles, ya que su formación médica les hace considerar
únicamente el eje horizontal de nuestro esquema.
171
El grosor y el emplazamiento del tumor no permitían una intervención quirúrgica. Los
médicos, por tanto, recetaron radiaciones y quimioterapia, ya que sin estas
intervenciones su esperanza de vida no sobrepasaría seis meses. Le anunciaron que el
tratamiento tendría efectos secundarios muy graves, casi tan graves como los síntomas
actuales. Algunos de estos síntomas, como las náuseas, las jaquecas y las irritaciones
cutáneas, sólo serían molestos; otros síntomas, como el debilitamiento de su sistema
inmunológico, podrían ser fatales en la medida en que su cuerpo se convertiría en un
terreno favorable para otras formas de cáncer. Se arriesgaba, asimismo, a sentir
angustias y depresiones. Incluso sometiéndose al tratamiento más intensivo, la
probabilidad de una curación total era muy remota, aunque no fuese nula.
Los médicos declararon entonces que no se había curado de un cáncer, ya que jamás
habían oído hablar de semejante posibilidad. Afirmaron que el primer escáner no era
el suyo, sino el de otro paciente. Lamentaban su error, pero desde aquel día negaron
haber tratado jamás a ese paciente. Este hombre, se sentía aliviado como nunca,
habiendo logrado deshacerse de los síntomas. Seguía estando convencido que el
primer escáner sí era el suyo, ya que el informe llevaba su nombre y su número de la
seguridad social. Cuando llamé al hospital para obtener aquel informe, me
172
contestaron que ese hombre jamás había sido tratado en su hospital y que debía
haberlo confundido con otro paciente.
De todo ello, sólo deduzco que, a pesar de las radiografías y la biopsia, estos
médicos no podían aceptar el hecho de una curación espontánea, por la sencilla
razón que su experiencia médica confirmaba que no era posible. El poder del
adoctrina- miento es grande. La enseñanza médica es altamente técnica,
especializada y rigurosa, pero es fruto de experiencias como cualquier actividad
humana. Y estas experiencias sirven para forjar explicaciones y estructuras. Estas
estructuras, a su vez, sirven para adoctrinar a los fundadores de estructuras y,
consiguientemente, el adoctrinamiento es ley.
Sea cual sea la explicación, la clave parece ser la espontaneidad. No basta con
canalizar las energías positivas a base de voluntad. No se consigue nada válido si se
procede de esta forma. Las energías positivas no parecen dirigirse hacia lo más
173
hondo. La conciencia es más sutil de lo que cree la medicina. Incluso cuando lo
ignoramos, el campo silencioso de la inteligencia sabe lo que está ocurriendo. Al fin y
al cabo, es inteligente. Su saber salva todas las fronteras.
Daré un ejemplo: durante décadas, los cirujanos han estado convencidos de que los
pacientes anestesiados estaban inconscientes y, por tanto, no sentían lo que estaba
pasando en el quirófano. Luego hemos descubierto, hipnotizando a pacientes que
acaban de ser operados, que en realidad su mente «inconsciente» había grabado
cada una de las palabras pronunciadas durante la intervención. Cuando los cirujanos
declaraban que el caso era más grave de lo previsto, o que la curación era muy
improbable, los pacientes tenían una tendencia a confirmar estas previsiones
pesimistas dejando de curarse. Tras estos descubrimientos que confirmaban la noción
del nocebo, tomamos la costumbre de no formular frases negativas durante una
operación. En realidad, cuanto más positivo se muestra el cirujano, mayores son las
posibilidades de curación del enfermo.
174
presionados por nuestra propia cultura. A veces, se nos impone una nueva realidad, y
ésta puede cambiar el curso de los acontecimientos. Aparecen nuevas formas de
inteligencia; puede entonces tener lugar una transformación profunda, pero ésta no
será en esencia distinta de las modificaciones del cuerpo-mente que ya comentamos
anteriormente.
La vida real y cotidiana es como un encantamiento; no nos queda más remedio que
vivir de acuerdo con unos hábitos, una rutina y unos códigos que nos parecen todos
muy naturales. El problema surge cuando no podemos liberarnos del encantamiento.
Si pudiéramos despedirnos a voluntad, de modo mágico, de esa personalidad y
alcanzar la fuente, experimentaríamos probablemente un fenómeno extraordinario. El
psicólogo Abraham Maslow, un pionero en el estudio de los aspectos positivos de la
personalidad, dio una descripción clara de la vivencia del ser profundo:
—Aquellos momentos eran instantes de pura felicidad, momentos en que las dudas,
los miedos, las inhibiciones, las tensiones y las debilidades se sumían en el olvido. La
conciencia de sí mismo dejaba de existir. Cuanto nos separaba de ella y nos alejaba
del universo se había desvanecido...
Aunque estas experiencias sean escasas (por eso Maslow las llamó «experiencias
extremas»), y muy breves (sólo duran unos días o unas horas), poseen un poder de
curación duradero. Maslow nos cuenta que dos de sus pacientes, un persona que
sufría graves crisis de angustia, se curaron, inmediatamente y de manera duradera,
tras haber vivido una experiencia como la que él mismo describe. (En ambos casos,
sólo vivieron esa experiencia una vez.)
Maslow explica también de qué manera esas personas se reconciliaron con la vida al
experimentar esos instantes de felicidad:
—Sintieron que sólo formaban un ser único con el universo, que se fundían en él, que
le pertenecían enteramente en lugar de ser meros espectadores.
175
(Por ejemplo, uno de los pacientes dijo: «Sentí que formaba parte de una gran familia
y que ya no era huérfano.»)
Cualquier revelación repentina de una realidad más honda libera una gran cantidad
de energía; una sola experiencia de esta índole hace que la vida sea innegablemente
más interesante. Los pacientes de Maslow sintieron que esta energía se salía de la
experiencia ordinaria. Pero, en realidad, no se trata ni de energía ni de fuerza, ni de
ingenio, ni de conocimiento. Va mucho más allá. Se trata del poder de la vida en su
forma más pura. La visión vanguardista de Maslow no prosperó en el momento
oportuno. Jamás logró activar esa experiencia en sus pacientes; pero Maslow estaba
fascinado por aquellos acontecimientos capaces de trascender la vida normal.
En 1961, tras haber reflexionado y escrito sobre el tema durante decenios, llegó a la
conclusión que lo que había observado no vinculaba ninguna idea mística:
«Lo poco que he leído sobre las experiencias místicas siempre iba ligado a la religión
y a visiones de lo sobrenatural. Y al igual que otros muchos científicos, sólo sentía
indiferencia por este tipo de experiencias, considerando que eran absurdas y el
resultado probable de fenómenos alucinógenos, tal vez histéricos, y, en todo caso
patológico. Pero las personas que me han contado estas experiencias no eran
enfermos, sino personas muy sanas, tal vez las más sanas.»
Incluso si consiguiéramos tomar conciencia del intervalo de silencio que surge entre
pensamiento y pensamiento, su fugacidad nos impide permanecer en él. El cuerpo
176
cuántico no está separado de nosotros, es nosotros; pero sencillamente no somos
conscientes de ello, al menos de momento. Y aquí estamos todos, pensando, leyendo,
hablando, respirando, digiriendo, etc., realizando acciones de todo tipo situadas
todas por encima de la línea.
Esta comparación es mucho más importante de lo que parece. Sin la hoja que separa
ambos elementos, el hierro y el imán no podrían reaccionar de manera ordenada,
movidos por la presencia del otro. Si dispusiéramos las láminas de hierro
directamente sobre el imán, las láminas se apiñarían sencillamente en su superficie, en
lugar de formar líneas espaciadas ordenadamente. Gracias a la presencia del papel,
no sólo obtenemos una imagen del campo magnético, sino que, al hacer pivotar el
imán vemos que las láminas se desplazan, reflejando el nuevo campo que acaba de
generarse. Si ignoráramos la presencia del imán, nos parecería que el hierro está
vivo, ya que parece moverse de manera autónoma. En realidad, el movimiento es
177
engendrado por el campo oculto, y éste, de hecho, provoca la sensación de vida.
No hay caos; el experimento demuestra que existe siempre una organización oculta.
La inteligencia transforma el caos en estructuras muy definidas. Podríamos suponer
que el tratamiento incesante de miles y miles de mensajes químicos genera un caos
indescriptible. En realidad, la complejidad del sistema cuerpo-mente es engañosa: son
imágenes coherentes las que surgen de nuestro cerebro, al igual que en un periódico
lo que aparece es una imagen coherente, formada de miles y miles de puntos
diseminados en una hoja. La materia que compone nuestro organismo jamás se
desintegra en una masa sin forma y sin inteligencia, hasta llegar a la muerte. Si
formulamos esta pregunta: «¿Dónde se encuentra la mecánica cuántica del cuerpo?»,
podemos contestar que, en un intervalo vacío, el cual por desgracia no puede
describirse, ya que es silencioso, no tiene espesor, y existe en todas partes a la vez.
Para penetrar el campo de la inteligencia, basta con ir más allá del espacio vacío.
Pero aunque este intervalo no presente grosor, sí constituye un obstáculo difícil de
superar. Podemos simplificar nuestro diagrama tratando de hacer hincapié en la
dificultad que supone este viaje:
178
Creo que confirmamos de esta forma que la diferencia es real. El ADN puede ser
activo o silencioso; nuestros pensamientos pueden expresarse o almacenarse en
compartimentos de silencio; podemos estar dormidos o en estado de vigilia. Todos
estos cambios requieren un viaje más allá del vacío, pero no es un viaje consciente.
Para estudiar el sueño deberíamos permanecer despiertos y esto no es factible. Si
deseáramos ver la diferencia entre el ADN activo y el ADN inactivo, no hallaríamos
enlaces químicos, ya que ambos ADN son físicamente idénticos. Y así es como
funcionan todas las transformaciones del cuerpo y la mente.
Este problema recuerda la dificultad planteada por la física: un fotón es una forma de
luz, pero también es una onda luminosa, y, sin embargo, ambos surgen de un campo
oculto. En la superficie de la realidad, no vemos ni los fotones ni las ondas luminosas.
Ambos fenómenos existen en el marco de una misma realidad, ya que preexisten bajo
la forma de posibilidades sencillas en el campo cuántico. ¿Acaso hemos sabido en
algún momento de la historia fotografiar una posibilidad? Sin embargo, eso es
precisamente de lo que se compone el universo cuántico. Si decimos una palabra o si
fabricamos una molécula, optamos por la acción. Una pequeña onda se transforma
en la superficie del océano; se trata de un incidente en el espacio- tiempo. El océano
en su conjunto permanece fuera de la acción, como un depósito ingente y silencioso
de posibilidades, de ondas aún sin nacer.
Bailando sobre la superficie del papel, las láminas de hierro podrían mirarse unas a
otras y decir: «Pues bien, así es la vida, vamos a tratar de comprender sus misterios.»
Al tomar esta decisión, se lanzarían a una aventura del pensamiento, lo que venimos
llamando ciencia. Por muy atrevidos que sean, los pensamientos jamás podrán
superar el vacío. El pensamiento sólo puede atravesar el intervalo vacío en un solo
sentido. Y ése es el verdadero misterio.
En cierto modo, la idea de representarse al ser humano como una aspereza surgida
de un campo infinito e invisible parece ridícula. El cuerpo es una masa de carne y
179
huesos que ocupan algunos metros cúbicos en el espacio; la mente es un mecanismo
finito, y aunque sea increíblemente complejo se compone de un número de conceptos
claramente definidos. La sociedad humana es una organización notablemente
imperfecta ligada a un pasado hecho de ignorancia y de conflictos.
El propio Einstein vivió esa realidad. Describió aquellos momentos en que «uno se
siente liberado de los límites inherentes de la Humanidad»; «En esos momentos, uno
se imagina en alguna parte de algún pequeño planeta, contemplando estupefacto la
belleza fría, y sin embargo profundamente conmovedora, de lo atemporal, de lo
ingente. La vida y la muerte se funden, y no existe ni evolución ni destino; sólo existe
el Ser.»
Aunque esto tenga las apariencias de una visión espiritual (y Einstein decía de sí
mismo que era un ser profundamente espiritual), se trata en realidad de una incursión
en una región de nuestra propia conciencia que podemos reconocer y explorar. Sin
que podamos controlar para nada esta toma de conciencia, ni proporcionar una
explicación convincente del fenómeno, algunos tienen el presentimiento de que el
silencio insondable no está formado únicamente por vacío. Los grandes principios
filosóficos han sido inventados casi siempre por uno o varios individuos capaces de
comprender el universo por medio de su propia conciencia. Para resolver el misterio
del vacío cuántico, hemos de consultar con aquellos que lo han superado; si han
dado con un mundo real, serán entonces los nuevos maestros del pensamiento, en
180
cierto modo los Einstein de la conciencia.
181
PARTE II
EL CUERPO DE LA FELICIDAD
Cuando vuelvo a casa, miro por la ventanilla del avión y veo bueyes arando al lado
de la pista de aterrizaje. En las ciudades, he visto a hombres de negocios luciendo
impecables trajes de lana, como en Inglaterra, acercarse a los sadhus, hombres
sagrados, sentados y quietos en medio de la acera, luciendo un taparrabos o una
toga naranja. Estas escenas cotidianas son como excavaciones arqueológicas cuyos
estratos se han mezclado y confundido, o mejor aún, como si los estratos más hondos
hubieran ascendido hacia la superficie cobrando una vida nueva.
Pero, de hecho, cada excavación posee una capa primigenia. En este caso, la de los
sadhus. La estirpe de los seres sagrados de la India apareció unos tres mil años antes
del nacimiento de Cristo. Sus palabras fueron guardadas y plasmadas en el sánscrito
182
original, posiblemente el primer idioma del ser humano. Los Himalayas siguen siendo
su tierra, y ahí regresan para permanecer sentados en samadhi, o meditación
profunda, durante días o semanas, sin inmutarse. Muy de vez en cuando, les da por
peregrinar. Llevando con ellos su cuenco de mendigo, parten hacia el Sur, confiando
en la Naturaleza para su cobijo y sustento. Incluso hoy, pueden montarse en cualquier
tren o autobús sin llevar billete.
Cuando era niño, lo único que sabía acerca de los sadhus era lo que me había
contado uno de mis tíos, el hermano primogénito de mi padre, un viajante que
recorría toda la India promocionando equipos de deporte. Le llamábamos Tío Bara, o
sea «tío grande», un apodo que le confería la relevancia que se había ganado en
nuestra familia. Cuando venía a casa, siempre nos traía unos palos de jockey sobre
hierba (tal vez el único deporte en que la India suele vencer a sus rivales), y también
balones de fútbol, o raquetas de bádminton. Y, cómo no, estábamos deseando que
pasara por casa.
Tío Bara era un hombre afable y ameno. Nos contaba historias fabulosas sobre las
maravillas que había visto en el camino. Recuerdo mejor que ningún otro el relato de
sus aventuras en Calcuta. Un buen día, abriéndose paso entre la muchedumbre, Tío
Bara tropezó y por poco se cae de bruces sobre un viejo sadhu sentado al borde de
la calzada. Tío Bara estaría pensando en sus cosas, pero en un movimiento reflejo
metió la mano en el bolsillo y encontró dos annas (unos dos centavos); los dejó en el
cuenco del sadhu. El hombre sagrado miró hacia él y le dijo.
183
segundos; pero al sadhu le dio tiempo a levantarse y a perderse entre la gente. Mi tío
no lo volvió a ver. De todos modos, estaban en paz, ya que dos armas era más o
menos el precio de dos pedacitos de burfi. Sin embargo, cuando mi tío contaba este
episodio de su vida, siempre acababa lamentándose:
—Hoy aún sigo dándole vueltas e imaginando las cosas que debí pedirle. Cuando
era niño me creía a pies juntillas las historias de Tío Bara, pero en la India
contemporánea, cuando se ve a un sadhu por la calle, la gente se pregunta escéptica
si existe de verdad. En los años veinte, viajaron hasta la lejana India algunos
científicos de Europa y Estados Unidos con el objeto de observar a los diversos
suamis, yoguis y sadhus. Los más dotados habían alcanzado grados fenomenales de
control de sus cuerpos; podían, por ejemplo, dejar de respirar durante varios minutos,
o reducir sus pulsaciones cardíacas hasta muy cerca de cero. El procedimiento más
tópico consistía en introducir en una caja y enterrar bajo dos metros de tierra a uno
de estos hombres «santos», o sagrados, como se dice en la India. Se suponía que
eran experimentos científicos, aunque sin duda fueran algo salvajes. Cuando
transcurrían unos días, se desenterraba la caja, y se observaban los resultados. El
efecto anhelado era la supervivencia del hombre santo. A todas luces, estos primeros
estudios fisiológicos eran algo limitados en su enfoque, y muchos reflejaban una
curiosa combinación de ciencia y tradición.
Pero el control de un sadhu sobre su cuerpo es un fenómeno físico y poco tiene que
ver con la verdadera meta de su existencia. Estos seres aparecen en la escena del
mundo para romper la máscara de las apariencias físicas; de acuerdo con mi
terminología, desean abandonar el mundo situado por encima de la línea horizontal,
para hallar lo que se encuentra por debajo de la misma. El estilo de vida que se lleva
en la India favorece este tipo de búsqueda. Cuando un hombre ha recibido una
buena educación, y ha logrado a su vez crear un hogar, disfrutando así de las
recompensas de la existencia material, se espera de él que tome la senda del
sanyasa, lo cual supone renunciar a su vida hogareña y cómoda, llevarse consigo un
184
cuenco de mendigo y salir en busca de algo distinto. Podríamos pensar que ha
partido tras las huellas de Dios, de la verdad, de la realidad, o para buscarse a sí
mismo, y siempre tendríamos razón, pues la esencia de su búsqueda es que la meta
es la incógnita. Ha tomado el camino que te llevará hacia un mundo que no hay
forma de imaginarse desde éste. Volviendo a la terminología propia de este libro,
diría que está cruzando el espacio vacío.
185
nadie podría transformar el uno en el otro. El mundo natural de los sentidos podría
resumirse en este sencillo diagrama:
186
proporcionando de este modo una explicación del universo en su totalidad. En lugar
de cuatro compartimientos, sólo habría uno.
«Unir» en el sentido en que lo emplean los físicos, significa demostrar que dos cosas,
aparentemente diferentes, pueden transformarse la una en la otra en un plano más
profundo de la Naturaleza. El fotón y la onda de luz son ejemplos clásicos de esta
posibilidad: parece que no tienen nada que ver el uno con el otro y, sin embargo, en
un nivel infinitesimal de la Naturaleza (llamado la escala de Planck), un nivel 10
billones de veces más reducido que el átomo más diminuto, el fotón y la onda de luz
pueden unirse. Nadie ha logrado resolver matemáticamente la teoría del campo
unificado. Resultaría tan difícil, como desentrañar todos los misterios de la región que
hemos denominado zona ?. (No obstante, tal vez una hipótesis reciente llamada
teoría de las «supercuerdas» logre resolver el problema definitivamente, treinta años
después de la muerte de Einstein.)
Si preguntáramos a un indio qué es el Veda, nos hablaría de los textos que recogen
las palabras de los rishis, pero en realidad el Veda es el contenido de la conciencia
de los rishis, y ella sigue viva. Un rishi ha indagado tan hondamente en la naturaleza
de las cosas que incluso Dios viene a su encuentro para aprender de él; así sucede en
el Yoga Vasishta cuando el joven Rama, una encarnación de la divinidad, pide al
sabio Vasishta que le instruya.
187
saber. Hasta épocas recientes de la historia humana, todas las culturas fundían
libremente la religión, la psicología, la filosofía y el arte en un todo homogéneo. Pero
cada enfoque podía tratarse con independencia de los demás; en este caso, estoy
interesado por lo que comunicaron los rishis acerca de la naturaleza fundamental de
la realidad (en el Yoga Vasishta, el propio Dios muestra mucho interés por esta
perspectiva). Los rishis sabían cómo nosotros dividir la Naturaleza en espacio,
tiempo, materia y energía, pero descartaron esta forma de considerar la vida, el
enfoque de la realidad que ha dominado nuestra visión del mundo y nuestro
pensamiento.
Este diagrama es tan válido como el de la página 185, pero enfoca el mundo desde
una perspectiva meramente subjetiva. En lugar de ver el tiempo, el espacio, la materia
y la energía «allá fuera», los rishis dieron con esa misma realidad «aquí dentro» por
medio de la comprensión consciente. Pensaron que, en cualquier momento dado, el
ser humano había de encontrarse en uno de los tres estados de conciencia subjetiva,
despierto, durmiendo o soñando. Lo que percibe en cada uno de ellos constituye su
188
realidad. Los antiguos pensaron, por tanto, que la realidad era variable según el
estado de conciencia; un tigre en el mundo de los sueños no es el mismo tigre que el
que percibimos estando despiertos. Obedece leyes distintas y, asimismo, las leyes del
sueño profundo, aunque sean desconocidas para la mente consciente, han de ser
diferentes de las que se imponen cuando uno está despierto o soñando.
Ahondando en sus exploraciones, detectaron que entre cada uno de estos estados
existe un espacio vacío que actúa como un pivote cuando se pasa de un estado a
otro. Por ejemplo, en el momento de dormirse, la mente abandona paulatinamente la
vida consciente renunciando a los sentidos, dando por finalizado el período de
vigilia, pero, al llegar al punto de enlace en que la mente de hecho entra en el sueño,
un breve espacio queda abierto, idéntico al que aparece y desaparece entre un
pensamiento y otro: es como una ventanita que diera al campo de acción situado más
allá de la vigilia y el dormir. Esta comprensión ofrecía la posibilidad de traspasar las
fronteras normales de los cinco sentidos si se optaba por penetrar en el espacio
abierto entre un estado de conciencia y otro.
189
Desde el punto de vista subjetivo de los rishis, el campo unificado sólo puede ser un
estado de conciencia más. Lo llamaron, sencillamente, turiya, o sea el cuarto, para
distinguirlo claramente de los otros tres estados de conciencia. También se hace
referencia a para, o más allá, lo cual indica que el cuarto estado trasciende la
experiencia habitual de la vida. ¿Pero cómo era posible que existiese un cuarto
estado de conciencia? La respuesta era doble. En primer lugar, los clarividentes rishis
establecieron que el cuarto estado existe en todas partes, pero es ocultado por los
otros tres como si éstos fueran una pantalla. (Algunos textos antiguos afirman que el
cuarto estado se ha fundido con los otros tres, como leche vertida en un recipiente de
agua y, por tanto, encontrar el cuarto estado resulta tan difícil como separar la leche
del agua.) En segundo lugar, dejaron escrito que el cuarto estado sólo puede vivirse
directamente cuando la mente ha logrado trascender su actividad normal, lo cual
requiere la asimilación de una técnica especial de meditación.
190
Por más que lo intentara, la ciencia occidental no pudo probar la existencia de un
cuarto estado. Y ya que no se disponía de la técnica adecuada para demostrar su
veracidad, la comunidad científica optó por ignorar el turiya. De hecho, muchos
científicos lo consideran irrelevante o amenazador. El mero concepto de «unión»
proyecta en la mente imágenes indeseables: disolverse en la nada, o perder su propia
identidad como una gota de agua que cae en el océano. Pese a las muestras
repentinas de entusiasmo por las ideas importadas de Oriente, el progreso del
conocimiento en Occidente se ha cimentado casi exclusivamente en la observación
del mundo exterior, olvidándose del otro mundo.
Pero, si existe un estado que trasciende los estados habituales, parece probable que
llegue a manifestarse de vez en cuando, aunque sólo sea por casualidad. Por
ejemplo, Charles Lindberg dejó por escrito una de sus experiencias de 1927, el
momento más crítico de su existencia. Nos cuenta que en el segundo día de su
travesía aérea y en solitario del océano Atlántico, llegó un momento en que se sintió
más allá de los límites del agotamiento físico. Temió que pudiese perder el control del
avión, pero consiguió evitar el desastre, echando alguna cabezada y confiando en
que mantendría el rumbo. Al cabo de unas horas, según nos cuenta en su
autobiografía, experimentó una formidable alteración de su estado de conciencia:
«Una y otra vez, durante el segundo día de vuelo, volvía a recuperar el estado mental
alerta necesario para comprender que estaba volando, sin estar del todo despierto, ni
del todo dormido. Tenía los ojos abiertos. Seguía las instrucciones de los instrumentos
de a bordo, manteniendo el rumbo de mi brújula, aunque como hubiera perdido la
noción del tiempo y de las circunstancias. Durante largos períodos de tiempo, creía
haberme expandido más allá de mi cuerpo y mi avión, libre de las consideraciones
mundanas, receptivo a bellezas, formas y colores que no dependían de mi vista.»
191
episodio en el Atlántico Norte fue otro poco más allá. El propio Lindberg llegó a esta
conclusión: «Era una experiencia en que tanto el intelecto como los sentidos eran
sustituidos por algo que podríamos definir como conocimiento desprovisto de contacto
con la materia... Comprendía entonces que la visión y la realidad se intercambiaban
el puesto, como la energía y la materia».
Aunque otros maestros indios hayan viajado por Occidente, Maharishi fue el primero
en salvar barreras culturales a gran escala. Cuando empezó a impartir sus
enseñanzas, la mayor parte de los occidentales no habían oído hablar prácticamente
de la palabra «meditación»; muchos desconfiaban de ella. En cierta medida, la
confusión nace de la mismísima terminología. Se suele decir «voy a meditarlo» para
dar a enten- der que se va a reflexionar sobre un tema determinado; para algunos, la
2
Porque sigue siendo el método de meditación más fiable de cuantos tenemos a disposición, sólo
trataré de la Meditación Trascendental y de sus orígenes védicos. Otras tradiciones de la
meditación, el Zen, la meditación tibetana o china, presentan aplicaciones médicas de interés y gran
significado espiritual, pero no estoy cualificado para hablar de ello, aunque sin duda se merezcan
todo nuestro respeto.
192
meditación es sinónimo de contemplación, incluso de oración. No es difícil
comprender que, para un rishi, la meditación es sencillamente thyan (en sánscrito,
«llevar la mente hasta su reposo en silencio del cuarto estado». Thyan es el origen de
otras palabras parecidas en todo el continente asiático, como el zen japonés). Para
que esta distinción quedara clara, Maharishi añadió el adjetivo trascendental,
insistiendo así en que la mente puede ir más allá de sus límites habituales, es decir,
trascenderlos para alcanzar el turiya.
En aquella época, Maharishi ya había sentido el choque de las dos culturas. En una
primera visita a los Estados Unidos, en 1959, un periódico de San Francisco había
cualificado la Meditación Trascendental de «calmante no médico», alabando sus
propiedades contra el insomnio. Ya que el artículo era el primero en hablar de la
llegada de Maharishi, sus huéspedes norteamericanos fueron a contárselo
inmediatamente.
193
Le leyeron el artículo en voz alta esperando su reacción. Maharishi permaneció
silencioso y sólo murmuró:
—Cruel.
—Estoy por volverme a casa corriendo —dijo Maharishi con un deje de tristeza en la
voz. Este país me parece curioso, los valores son distintos.
Tardó algún tiempo en tomarse con filosofía el hecho de que los estadounidenses
quisieran dormir cuando él pretendía despertarlos. Hoy, seguimos interrogándonos
sobre la reacción inicial de Maharishi, ya que la palabra «meditación» evoca la
relajación y sus efectos benéficos entre ellos un sueño más apacible. Los médicos con
quienes he tratado de meditación me suelen asegurar, tanto si «creen» como si no
creen en sus virtudes, que la meditación sirve para la relajación.
Tan sólo si miramos esta cuestión a la luz del Veda, entenderemos hasta qué punto
esta apreciación es poco acertada.
El Veda es una expansión de la mente humana. Para describirlo con acierto puede
compararse con lo que podríamos llamar «contenido total del ordenador cósmico».
Todos los datos cósmicos han sido introducidos en él, y de él nacen a la vida los
fenómenos de la Naturaleza. El control de este ordenador, tiene su sede en el cerebro
humano, cuyos miles de millones de conexiones neuronales le proporcionan una
complejidad suficiente como para reflejar la ordenación del universo entero. El
cerebro no es importante como objeto, según los rishis. Es importante porque nuestra
subjetividad se refleja en él; cuando nuestro cerebro nos enseña el mundo, en
realidad nos está mostrando a nosotros mismos. Por analogía, cuando una imagen se
refleja en un espejo, se produce una fusión. El espejo es el reflejo, el reflejo es el
espejo. Asimismo, la única realidad que podemos conocer es la que viene reflejada
por el cerebro; todo cuanto existe se encuentra por tanto encerrado en nuestra
194
subjetividad. Un físico rechazaría probablemente esta afirmación, ya que prefiere el
método objetivo y considera la subjetividad como un verdadero enemigo. Un físico
diría «He aquí un protón», y no «Ésta es la sensación que yo tengo de lo que es un
protón». En realidad, el Veda no está desprovisto de saber objetivo; ha dado
conocimiento a ciencias como la botánica, la fisiología, la astronomía, la medicina,
etc.; pero los rishis pensaban que la objetividad no era el mejor camino para conocer
las cosas, especialmente cuando tratamos de buscar más allá de la superficie de la
Naturaleza. En verdad, según ellos, la subjetividad puede ser tan estrecha como
extensa. La naturaleza es como una frecuencia de radio. Cuando ponemos nuestra
atención en un solo objeto, una roca, una estrella o una galaxia, estamos
seleccionando una emisora de la cinta. Evidentemente, el resto de la cinta debe
excluirse; pero únicamente para ese nivel de conciencia.
Tal vez otros niveles de conciencia reciban otras cintas, o varias cintas a la vez. Hoy,
los físicos consideran que nuestros sentidos seleccionan menos de una
1/1.000.000.000 de las ondas y partículas de energía que nos rodean. Vivimos en
un «magma de energía», increíblemente más extenso que el mundo visible. El universo
visible se interpreta como una ínfima parte de la creación original. Es lo que queda de
una realidad mucho más amplia, desaparecida en algún lugar, antes de iniciarse el
transcurrir del tiempo, reduciendo las diez dimensiones que existían en el punto de
partida hasta llegar a las cuatro dimensiones actuales. (Pido perdón por emplear la
ex- presión «antes de iniciarse el transcurrir del tiempo», ya que constituye una
paradoja flagrante, pero no se me ocurre otra manera de describir los
acontecimientos que precedieron el Big Bang). Asimismo, parece ser que en el
momento de la creación, nuestro universo estaba lleno de energía, un millar de
millones de veces superior a lo que nuestros radiotelescopios pueden observar en la
actualidad. La energía restante ha sido absorbida en un campo oculto que contiene
también las seis dimensiones que faltan.
Los rishis afirmaban que, desde una conciencia expandida, incluso esta realidad
195
perdida e inconcebible está a nuestro alcance. La física teórica admite que las
dimensiones perdidas y los campos de energía invisibles no se han volatilizado;
sencillamente han regresado a su «estado de sueño» en el campo primigenio.
Asimismo, el nivel trascendental de la conciencia está presente en todas partes; es
inútil tomar un camino determinado para ir en su busca. Debe despertarse de una
manera u otra. William James se expresó con esta idea en una parrafada célebre:
Si de hecho nos rodea una realidad tan amplia, ¿por qué no podemos tocarla? Los
investigadores han aportado una respuesta algo curiosa, realizando experimentos en
gatos recién nacidos. Los gatos nacen con los ojos cerrados y sus nervios ópticos no
están desarrollados. Cuando abren los ojos, el sistema óptico alcanza entonces su
madurez; los dos acontecimientos se producen siempre simultáneamente. Sin
embargo, se ha descubierto, a mediados de los años setenta, que si vendamos los
ojos de un gato durante los dos primeros días después de haberlos abierto por
primera vez, será ciego toda su vida. Durante ese período breve y crucial, es la
experiencia de la visión la que establece las conexiones interneuronales responsables
de la visión.
Este descubrimiento fue capital, ya que los biólogos siguen polemizando acerca del
papel que desempeña lo innato y lo adquirido a través del comportamiento.
196
como la «educación» son esenciales; la vista está programada en el cerebro del gato,
pero tiene que estar viendo para que el proceso se desarrolle con normalidad. Este
proceso tiene una consecuencia profunda. Tal vez nuestros cerebros estén limitados
exactamente de la misma manera. Muchos elementos «exteriores» no existen para
nosotros, no porque sean irreales, sino porque en el «interior» no hemos preparado el
cerebro para percibirlos. Somos como receptores de radio dotados de todos los
canales necesarios, pero sólo utilizamos tres, es decir el estado de vigilia, el sueño y
el estado durmiente.
197
lento de la sabiduría india ha llevado a una interpretación equivocada según la cual
no hay camino hacia el turiya sin la renuncia y el desprendimiento:
«La vida es la base del desprendimiento. Pero ésa es una distorsión total de la
filosofía india. Esta idea ha obstaculizado el caminar hacia la conciencia y asimismo,
ha confundido a las personas en busca de la Verdad. En realidad, les ha robado
cualquier posibilidad de alcanzar esa meta.»
Maharishi sigue pensando que todo ha sido un lamentable error. La verdad es que la
mente desea encontrar un cuarto estado, y si la dejamos ir hacia su inclinación
natural, lo buscará. La meditación, por tanto, sólo es un soporte (Maharishi la llama
un «esfuerzo sin esfuerzo») que permite a la mente tomar el camino correcto. Prueba
de ello es el intervalo de silencio que separa naturalmente cada pensamiento.
Encontramos en el Veda una noción análoga: los pensamientos son como olas en el
océano. Sólo ven su propio movimiento de flujo y reflujo. Y piensan: «Soy una ola»,
pero la verdad fundamental, y ésa no la perciben, es: «Soy el océano.» La ola y el
océano son lo mismo, sea cual sea el pensamiento de la ola. Cuando cae la ola, se
da cuenta, instantáneamente, de que su fuente es el océano, infinito, silencioso e
inmutable; siempre estuvo allí. Y así es para la mente. Cuando piensa, está activada;
cuando deja de pensar, regresa hacia su fuente, el silencio. Tan sólo habremos
198
localizado la verdadera fuente del Veda cuando la mente haya alcanzado la
conciencia plena. Y así es como la experiencia del Veda no es ni antigua ni india. Es
universal y el mundo entero puede vivirla en cualquier momento. Basta con
abandonar el eje horizontal que representa el desarrollo normal de la conciencia y
dejarse bajar verticalmente. Esta caída vertical es la trascendencia, la meditación, el
thyan, el «más allá»; es decir, todas las manifestaciones de una mente que deja de
identificarse con las olas, para identificarse con el océano.
Tal vez sea ésta la explicación del porqué la medicina cuerpo-mente se ha vuelto tan
contradictoria. Creemos que una persona que sobrevive a un cáncer, o puede curarse
sola de una enfermedad mortal, emplea los mismos procesos mentales que cualquier
otra. Pero no es así: los procesos mentales pueden ser profundos o superficiales.
Dirigirse hacia las profundidades significa tocar el esquema director oculto de la
inteligencia para modificarlo; ésa es la única forma de que la visualización de la
lucha contra el cáncer, por ejemplo, la mayor parte de los seres humanos no saben
hacerlo; la potencia de nuestro pensamiento es demasiado débil para desencadenar
los mecanismos apropiados.
199
sobre el cuarto estado del ser, fue un fisiólogo norteamericano, Robert Keith Wallace,
demostrando su existencia. En 1967, Wallace era estudiante en UCLA y, en el marco
de su doctorado, estudió los cambios fisiológicos que intervienen en una sesión de
Meditación Trascendental. Empleó métodos modernos de investigación bioquímica
sobre adeptos de la MT durante varios años. Conectó estas personas con aparatos
(evitándoles cualquier molestia), tratando de medir sus ondas cerebrales, su tensión
arterial, ritmo cardíaco, así como otros parámetros fisiológicos. El experimento
duraba veinte minutos, y los sujetos empleaban todos la misma técnica de Meditación
Trascendental.
200
completamente despiertos en el interior de su ser, viviendo incluso una sensación de
conciencia acrecentada. Wallace llegó a la conclusión que la meditación era un
estado de «vigilia hipometabólica». Dado que sus mediciones variaban de las
observadas en estado de vigilia, de sueño o durmiente, concluyó que acababa de
demostrar la existencia de un estado de conciencia totalmente nuevo, el estado
número cuatro.
Algunos sujetos habían vivido estados físicos cuyos índices superaban la media.
Como en yoguis observados en la India y en el Himalaya, su respiración parecía
interrumpirse durante largos lapsos de tiempo. En el plano subjetivo, estos estados
más profundos se traducían por un silencio interior total, un sentimiento de amplia
expansión y de conocimiento profundo. La mente se vaciaba de cualquier
pensamiento, pero mantenía una conciencia clara que decía: «Lo sé todo.» Nadie
podía explicarse estas vivencias, ya que los instrumentos científicos son demasiado
elaborados e incapaces de detectarlos, y menos aún de analizarlos.
Sin embargo, para cualquier persona ducha en literatura védica, es evidente que
estos sujetos estaban experimentando en un plano sutil una toma de conciencia
trascendental. El Yoga Vasishta, una de las mejores referencias sobre la experiencia
directa de lo trascendente, recogía esta noción acerca del cuarto estado: «Cuando la
interrupción de la respiración se obtiene sin esfuerzo, el estado supremo ha sido
alcanzado. Es el Yo. Es la conciencia pura e infinita. El que alcanza ese estado no
vuelve a conocer la desgracia.» Sería difícil encontrar una definición más acertada de
lo que los fisiólogos estaban observando. Wallace comparó los resultados obtenidos
con experiencias similares realizadas en adeptos del Zen, en Japón, y pudo
comprobar un parecido evidente; sin embargo, era curioso observar que sus sujetos,
los norteamericanos, casi todos jóvenes, pertenecían a la generación posthippie y se
iniciaban en la meditación en ese momento, consiguiendo un estado parecido al de
adeptos del Zen que llevaban más de diez años de práctica de la meditación.
201
Si se enfoca de otra manera, la experiencia de Wallace legitima la relación cuerpo-
mente. Hoy hemos reconocido que el organismo de una persona reacciona de modo
espontáneo a su estado de conciencia, como pretendían los rishis. La paradoja es que
hemos de aprender a sumirnos en el interior de nosotros mismos. La meditación nos
enseña a controlar un proceso que nos influye a diario, tanto si somos o no somos
conscientes de ello.
He estado tratando últimamente a una señora de Boston de unos sesenta años, que
llevaba años sufriendo cardiomiopatía, una degeneración lenta del músculo cardíaco.
Existen varias formas de cardiomiopatía; la suya era idiopática, es decir que no
había causas que pudieran explicar su aparición. En el momento del diagnóstico, su
síntoma principal era una dificultad respiratoria tras el menor esfuerzo; sufría
insuficiencia cardíaca debida a la hipertrofia del corazón. La medicina no puede
hacer prácticamente nada contra esta enfermedad, y eso la atormentaba. Durante su
última visita a un cardiólogo, dos meses antes, éste le había sugerido que ingresara
en el hospital para que le realizaran una angiografía.
—Traigo buenas noticias —le dijo—; sus vasos están limpios; usted no tiene
enfermedad coronaria. En lo que a mí se refiere, no veo necesidad para una
operación quirúrgica. —Y añadió—: Si su enfermedad no remite, lo único que
podríamos intentar es un trasplante de corazón.
Jamás se le había comentado nada por el estilo y, en pocos días, empezó a perder el
aliento, no sólo al hacer un esfuerzo, sino también al tumbarse. Incapaz de dormirse,
y viendo crecer su ansiedad, acudió de nuevo a su cardiólogo, y éste no pudo
202
explicarse el empeoramiento de sus síntomas. Pero le hizo algunas preguntas, y ella le
confesó que sentía pánico ante la idea de un trasplante de corazón. Le garantizó que
sus temores no tenían fundamento; su estado no era lo suficientemente grave como
para requerir una operación. A partir de ese momento, sus nuevos síntomas
desaparecieron.
Una vez más, comprobamos que la realidad subjetiva y la realidad objetiva están
estrechamente vinculadas. Cuando la mente se modifica, el cuerpo se modifica a su
vez; no sabe hacer otra cosa. La realidad objetiva parece evidentemente más estable
que nuestros humores subjetivos, nuestros deseos fugaces y nuestras variaciones
emocionales. Sin embargo, puede que no lo sea; podría compararse con una cuerda
de violín que toca una nota determinada, y es capaz, sin embargo, de cambiar de
nota cuando el dedo se desliza a lo largo de la cuerda; esta imagen me ha sido
inspirada por el caso de Chitra relatado al inicio de este libro, pero es válida para
todos nosotros.
203
en un plano más elevado o más bajo. Esto explica en parte, el por qué la meditación
no es sencillamente una forma de pensamiento o de introspección, equivocación muy
común en Occidente. Es en realidad, un medio de deslizarse hacia una nueva «nota».
El proceso de trascendencia que consiste en ir «más allá» libera la mente y le permite
existir en libertad. Sencillamente, penetra en el silencio, en el cual no existen
pensamientos, emociones, tensiones, deseos ni temores. Más adelante, cuando la
mente vuelve hacia sí misma, hacia «su nivel de conciencia», adquiere cierta libertad
de movimiento.
Desde el punto de vista médico, una enfermedad puede representar una cuerda de
violín mal regulada. Por algún motivo, el cuerpo-mente no logra sintonizar su
instrumento dejándose llevar. En un caso como éste, la meditación puede ser un
instrumento terapéutico poderoso, ya que permite al cuerpo liberarse de su
enfermedad. Los investigadores se percataron de este potencial a finales de los años
sesenta, cuando descubrieron que muchos estudiantes en escuelas renunciaban al
alcohol, los cigarrillos y las drogas ligeras tras unos pocos meses de meditación.
Podemos describir este fenómeno como una liberación respecto de un nivel de
conciencia que depende de la droga: en el plano de los neuropéptídos, puede que la
meditación haya liberado ciertos parajes receptores, uniendo moléculas más
satisfacientes que el alcohol, la nicotina o la marihuana.
En 1978, tras observar durante diez años los efectos del cuerpo-mente en adeptos de
la meditación transcendental, Robert Keith Wallace decidió seguir una nueva pista.
Empezó estudiando un campo holístico más complejo, el envejecimiento.
204
un inmejorable estado de salud, como la mayor parte de los jóvenes de veinte años.
Wallace descubrió que los adeptos de la meditación, en general, tenían una edad
biológica inferior a su edad cronológica. La diferencia era notable; la mujer que
obtuvo los mejores resultados tenía 20 años menos que su edad cronológica.
Curiosamente, la juventud biológica de una persona estaba estrechamente vinculada
a la duración de la práctica meditativa. Wallace pudo establecer una distinción muy
nítida entre quienes meditaban desde hacía menos de 5 años y quienes hubieran
empezado a meditar en los últimos cinco años. El primer grupo ganaba cinco años
biológicos, el segundo 12. Un estudio realizado más tarde en el Reino Unido
205
confirmó estos datos, demostrando que cada año de meditación regular equivale a un
año menos.
Otro punto destacable en este estudio, es que los sujetos «no ponían su empeño» en
envejecer más despacio. Sencillamente, habían salvado una barrera invisible, lo cual
permitía el desarrollo natural de unos cambios físicos deseables. La eterna juventud de
los adeptos de la meditación parece ser general; un estudio realizado en 1986 por
una compañía de seguros sobre 2.000 sujetos demostró que los adeptos de la MT
estaban en una posición favorable respecto de la población norteamericana en su
conjunto frente a las 17 categorías principales de enfermedades graves, tanto
mentales como físicas. La diferencia era muy significativa; por ejemplo, el grupo de
sujetos que practicaba la meditación no ingresaba tan a menudo en hospitales según
una proporción del 87% para trastornos cardíacos, y de un 50% para todo tipo de
tumores. También se notaba una disminución impresionante de trastornos del sistema
respiratorio y del tubo digestivo, de la depresión y otras dolencias más. Aunque el
estudio se hubiera limitado a un solo grupo, eran resultados muy esperanzadores
para quienes desearan seguir un programa holístico preventivo.
Puede que «el cuarto estado» desempeñe una función más importante en el futuro. En
la fuente de la conciencia se encuentra un plano de conciencia supranormal; sin
embargo, se vuelve normal en cuanto nos hemos acostumbrado a explorarlo. Si el
turiya es la cuna de la mente, no hay motivo para que la mente no decida establecer
en él su residencia. Es una zona virgen donde hay campo por explorar,
preguntándonos si la Naturaleza está unificada o no, no sólo en el modelo hipotético
de Einstein, sino en nuestro interior.
206
11. NACIMIENTO DE UNA ENFERMEDAD
Los rishis mantuvieron una postura muy sencilla en la temática cuerpo-mente. Según
ellos, todo surge de la mente. Ésta proyecta el mundo como un proyector de cine.
Nuestro organismo forma parte de la película, al igual que todo lo que se encamina
hacia él. Lo más asombroso para los rishis no era que fuéramos capaces de enfermar
o mantener un cuerpo saludable, sino que no fuésemos capaces de ver cómo lo
hacemos. Si pudiéramos observarnos en silencio, veríamos eso y mucho más. El cielo,
el océano, las montañas y las estrellas penetrarían en nuestro cerebro; todo ello
formaría parte de la película. Si el razonamiento de los rishis es correcto, estamos
muy equivocados cuando confiamos ciegamente en la realidad objetiva. Y, sin
embargo, nuestro marco de referencia no parece equivocado. En esencia nos
conviene; el cielo y las estrellas parecen existir «allá fuera», plenamente
independientes de nosotros. Tal vez nos esté engañando nuestra propia proyección.
Unos minutos más tarde, el avión logró aterrizar dando tumbos en la pista; tres
207
camiones antiincendios se arrimaron al avión; oímos entonces unas sirenas
estruendosas y no pasó nada más. No nos dieron explicación alguna. La mitad de los
pasajeros decidió quedarse en tierra. Los demás fuimos trasladados rápidamente
hacia otro avión. No me sentía entonces excesivamente perturbado, y volví a tomar
un aparato. Unos diez días más tarde, tuve que tomar otro vuelo y no se me ocurrió
recordar la semicatástrofe de unos días atrás. Sin embargo, cuando el indicador «No
smoking/Fasten seat belts» se encendió, acompañado del ruidillo habitual, mi
corazón empezó a latir con rapidez. Al principio, no establecí la conexión con aquel
acontecimiento; luego, comprendí que había sido un reflejo condicionado. Al igual
que el perro de Pavlov salivaba al oír la campana, los latidos de mi corazón se
habían acelerado. Comprobé más adelante que al dar con esta explicación, mi
corazón volvió a latir con toda normalidad. Durante unos segundos, había asistido al
nacimiento de un impulso que había forjado mi realidad. Es muy posible que yo haya
creado mi ser inconscientemente, acumulando millones de impulsos por el estilo. Pero
son demasiado rápidos y desordenados para el análisis; sería como pedir a una
cascada que analizara todas sus gotas de agua; los impulsos de este tipo son
demasiado abstractos. Para los rishis, el universo entero se ha formado paso a paso
partiendo de una pura abstracción. Si un western de John Wayne nos parece real, es
porque nos sumimos voluntariamente en el mundo del sueño, aunque sepamos que
sólo son haces luminosos que rebotan sobre una superficie blanca y plana. Un sueño
sólo son impulsos neuronales que surgen en el cerebro, pero mientras uno
permanezca en el reino del sueño estamos convencidos de que todo es real. (Todos
hemos vivido en algún momento esa pequeña desilusión al comprobar que el sueño
deja de ser convincente. Tras una breve lucha, reintegramos el mundo del estado de
vigilia.)
208
Todos estos campos son abstractos, y no obstante, el tacto resulta concreto. No
ponemos en duda que exista esa sensación. Los rishis concedían una gran
importancia al poder de la convicción sobre nosotros mismos. Shankara, el mayor
filósofo según la tradición védica, formuló una parábola para ilustrar el fenómeno:
«Un hombre camina por un sendero y se encuentra con una gran serpiente envuelta
en el polvo. Aterrorizado, huye y reúne al pueblo entero gritando: «¡Una serpiente,
una serpiente!» La población está atemorizada; las mujeres y los niños se niegan a
salir de casa, y la vida cotidiana del pueblo se nubla, envuelta en el miedo a la
serpiente. Entonces, un hombre valeroso decide ir en busca del animal. Le pide al
hombre que la vio que le lleve al lugar exacto, y cuando llegan, se dan cuenta que no
hay serpiente, sino una cuerda en medio del camino.»
Todos nuestros miedos, dice Shankara, se forman a partir de una ilusión similar. En
realidad, no distinguimos lo real de lo que nosotros creemos ser real. Este tipo de
razonamiento no es típicamente indio; pero puede adaptarse fácilmente a un marco
de referencia moderna. Basta con recordar lo que sucede cuando se acercan los
polos norte de dos imanes; el campo magnético provoca un rechazo mutuo. Si se
tratara de imanes dotados de pensamiento «sentirían» algo muy sólido entre ellos.
Crearían un contacto por abstracción, al igual que nosotros.
La razón por la cual un objeto parece suave, duro, rugoso, liso, etc., no es sino una
interpretación realizada por el cerebro. En realidad, los cinco sentidos solos son
instrumentos. El tacto sólo es el cerebro, pero se proyecta en el mundo, utilizando las
células nerviosas especializadas para grabar una información determinada. Ésta,
recordémoslo, es una banda muy estrecha diferente de lo que una serpiente «toca»
cuando su lengua silba en el aire. Asimismo, las terminaciones nerviosas que cubren
la retina son extensiones del cerebro. Estructuralmente, la retina es un depósito de
terminaciones nerviosas que se ramifican como el extremo de una cuerda. En ella, en
este caso en el nervio óptico, quedan reunidas un millón de fibras nerviosas en una
209
misma cuerda. Aunque estén situadas más allá de las terminaciones nerviosas bajo la
piel, las células sensoriales del ojo pueden también «palpar» el mundo exterior. No
existe diferencia intrínseca entre el campo de la luz captada por el ojo y el campo de
energía que tocamos con los dedos. La verdadera diferencia entre la vista y el tacto se
realiza en el cerebro. Y así es para cualquiera de los sentidos del cuerpo: el oído, el
olfato y el gusto hacen intervenir células especializadas que envían impulsos al
cerebro para que éste los interprete. Sin esta interpretación no existiría nada.
En esta vida, todo está ligado a los sentidos, y nuestros sentidos ligados al cerebro. La
noción «esta silla es dura» es engañosa salvo si se añade: «Esta silla es dura porque
mi cerebro la percibe dura.» (La silla no es muy sólida para un rayo cósmico; pues la
atravesaría de parte a parte. Un neutrino atraviesa el globo terráqueo con esa misma
facilidad.) Los rishis llevaron este razonamiento hasta sus límites. Se dieron cuenta que
no era útil tocar físicamente un objeto para conocer su textura. Si nos planteamos esta
pregunta: «¿Qué es más suave, una tela almidonada o un pétalo de rosa?», podemos
responder fácilmente, empleando una imagen mental del tacto sin tener que recurrir a
los objetos reales, la tela y la rosa.
Damos por descontado que sabemos hacerlo porque hemos alcanzado un nivel muy
sutil de sensación en el tacto. Asimismo, existen sonidos, escenas, olores y gustos más
sutiles. No obstante, este nivel de la mente no es el último; meditando, podemos
remontar otro poco más allá de los cinco sentidos sutiles (llamados según el Ayurveda
«Tanmatras»), hasta alcanzar la conciencia en su estado unificado. Los textos védicos
comparan este estado al trayecto a lo largo de los cinco dedos hasta el punto donde
coinciden con la palma de la mano. Subjetivamente, la imagen visual de una rosa se
vuelve más y más débil en la pantalla de la mente hasta que sólo queda la pantalla.
Nos encontramos entonces con el origen verdadero de los sentidos, el campo de la
inteligencia. Y es así, según razonaban los rishis, como el universo entero de la
realidad física viene al mundo.
210
Puede parecer pura filosofía, pero en realidad, cada nivel del tacto, de la vista, del
oído, del olfato y del gusto influencia nuestra vida cotidiana. Si te gustan las ostras y
yo las aborrezco, la diferencia no se encuentra en las ostras ni en las papilas
gustativas. El contacto entre las moléculas de la ostra y los receptores gustativos de la
boca es el mismo para todos. Sin embargo, a ti te invade una sensación de placer, y
a mí sólo me da asco. Todos los datos brutos de la experiencia deben pasar por el
filtro de la inteligencia. No existen dos personas que estimen exactamente la ostra de
una misma manera.
Cuando algo parece cambiar en el universo, decían los rishis, en realidad somos
nosotros quienes cambiamos. Uno de mis amigos indios, un cirujano, se ha ganado
una fama de gurmet; las tortillas son su especialidad, y cuanto más exóticas más las
aprecia. Sin embargo, la última vez que nos vimos para un brunch dominical, no
pidió tortilla. Extrañado, le pregunté y él me contestó entonces: «Ya no soporto el
sabor de la tortilla.» Su inclinación había desaparecido unos días antes de manera
súbita.
211
sensación, y al igual, no existen límites en las maneras de reaccionar ante la
sensación.
Los rishis decían que la vida se construye por medio de nosotros. Nada es bueno o
malo, duro o suave, doloroso o agradable. Todo está en la manera en que nosotros
lo vivimos. Y esto es aplicable a la patología. Una enfermedad no es el contacto
molecular entre un organismo extraño y las moléculas de nuestro cuerpo. (Como ya
vimos anteriormente, incluso si inyectamos el virus del catarro en la nariz de una
persona, la probabilidad de que pille un catarro no es superior a una contra ocho).
Ni es el flujo de toxinas en nuestra sangre, ni la acción de células fugitivas. Según los
rishis, una enfermedad es una sucesión de momentos por los que pasamos durante los
cuales apreciamos todos los ingentes datos que fluyen desde todos los rincones del
universo, incluido nuestro cuerpo.
212
existe nada por el estilo; ni texturas, ni estructuras, ni belleza ni perfumes...
A veces, los pacientes querrían saber cuáles son los tratamientos específicamente
ayurvédicos. Si existen nuevas píldoras que puedan probar, ejercicios, regímenes o
terapias orientales aún más misteriosas. Suelo contestar que sí a todo ello, pero debo
añadir, un poco molesto, que dedico una gran parte del tiempo a hablar para tratar
sencillamente de obtener del paciente que pierda la convicción en la realidad de su
enfermedad. En el Ayurveda, éste es el primer paso, el más importante del proceso de
curación. Mientras el paciente está convencido de la existencia de sus síntomas, está
preso de una realidad en que «estar enfermo» es el dato esencial. La razón por la
cual la meditación es tan importante en el Ayurveda, es porque ésta lleva la mente
hacia una «zona libre» no tocada por la enfermedad. Mientras no entendamos que
existe un lugar como ése, la enfermedad dará la sensación de ser más poderosa que
uno mismo. Ésa es la principal ilusión que debemos vencer.
Creamos todos unos guiones que acaban convenciéndonos hasta el nivel más hondo
de nuestras células. Una chica de Boston, estudiante en Vermont, llegó a mi despacho
acompañada por sus padres. Estaban muy asustados porque volvió a casa a
mediados del segundo trimestre escolar sufriendo unos dolores agudos en el pecho.
Esta dolencia le vino cuando se recuperaba de un catarro, y al cabo de una semana
213
los dolores se habían agudizado de modo alarmante. Una noche, la joven tuvo una
crisis violenta, jadeaba y sufría palpitaciones y vértigos, mostrándose tan asustada
que sus padres la llevaron a la unidad de cuidados intensivos del hospital más
cercano.
Llevarla al hospital fue angustioso para todos. El médico de guardia detectó un leve
soplo cardíaco y decidió efectuar un electrocardiograma. Éste mostró que los latidos
adicionales se producían fuera del ritmo cardíaco. Luego se le hizo una cardiografía
que permitió al médico distinguir una insuficiencia cardíaca real.
—Tiene un prolapso en la válvula mitral —les dijo—. Esto significa que cuando una
de las válvulas del corazón se cierra, se hincha hacia el interior en dirección del
alvéolo. Prefiero que pase la noche aquí, en la unidad de cuidados intensivos —
añadió.
Al cabo de una hora, la joven fue sometida a un gota a gota de morfina para calmar
el dolor, y alimentada de oxígeno por medio de tubitos metidos en la nariz. A su
alrededor, estaban otras víctimas de accidentes cardiovasculares, algunas en estado
muy grave. La joven se sintió en extremo angustiada y empezó entonces a tener
alucinaciones causadas por la morfina, mientras, afortunadamente, se fue sumiendo
en un sueño profundo.
214
Cambiaron su tratamiento, pero sólo lograron aumentar el número de síntomas,
provocando nuevos efectos secundarios. El nuevo tratamiento estaba pensado para
dilatar sus vasos sanguíneos, pero provocaba hipertensión, la cual desembocaba en
molestias y náuseas; a veces, perdía el conocimiento. Logró superar estos efectos
secundarios, ya que ponía todo su empeño en permanecer en la Universidad. Cada
vez que trataba de disminuir las dosis, incluso levemente, el dolor en el pecho volvía
tan fuerte como antaño, acompañado de otros síntomas. Regresó a su casa durante
las vacaciones de verano y una noche espantó sobremanera a sus padres,
cogiéndose el pecho y gimiendo. Estaba sufriendo una hiperventilación tan grave que
su madre buscó alocadamente una bolsa de papel en la que pudiera respirar. Al
cabo de unos minutos, sintió palpitaciones violentas, vomitó y perdió el conocimiento.
Sus padres estuvieron vigilándola toda la noche y también durante todas las noches
de aquellas malditas vacaciones.
Ya que los médicos no sabían qué podían hacer por ella, su familia se puso en busca
de otros métodos. Leyeron en un periódico un artículo sobre el Ayurveda y así es
como un día de julio, los tres, el padre, la madre y la hija, se presentaron en la
clínica de Lancaster. Anoté con todo detalle los antecedentes de la chica y eché un
vistazo a su electrocardiograma; era asombroso.
—Su dolor no es cosa del corazón —le dije, y para demostrárselo, presioné con
fuerza sobre su esternón. Se sobresaltó—. Sigue muy sensible porque todo comenzó
con una inflamación en esta parte del cuerpo, en la zona en que el cartílago costal y
el esternón se juntan. Esta enfermedad, la condritis costal, puede surgir tras un catarro
o cualquier infección viral.
215
diagnosticaron, el prolapso de la válvula mitral, se trata de un trastorno que viven al
menos un 10% de las chicas con una constitución tan esbelta como la suya. Nadie
conoce la causa, y tampoco existe explicación médica para el dolor que provoca en
algunos pacientes. Asimismo, el soplo cardíaco no parecía peligroso. Su pericarditis
era un error de lectura del electrocardiograma; la violencia de la crisis había
probablemente trastornado la capacidad de reacción del médico, y éste había
acabado por encontrar algo anormal. Los demás síntomas, náuseas, vómitos,
palpitaciones, vértigos, desvanecimientos, jadeos e hiperventilación eran debidos a
los medicamentos, que le recetaron, o sencillamente eran provocados por ella misma.
—He tratado de remontar hasta el momento en que surgió la enfermedad —le dije—
para demostrarle cómo se fue elaborando. Hoy, su enfermedad es sólo un reflejo
mantenido por su propia actitud y su forma de estar siempre en pie de guerra.
Los padres de la joven parecían estar ofendidos. Podía imaginarme aquellas noches
en que la estuvieron velando, dándole vueltas a la cabeza y temiendo que la vida de
su hija estuviera en peligro. Para que vieran que no pretendía meterme con nadie, les
conté mi experiencia en el avión cuando el indicador «No smoking» provocó en mi
corazón una aceleración súbita. Si en aquel momento el pánico es un poquito mayor
de lo que fue, tal vez hubiera provocado una enfermedad cardíaca tan convincente
como la de su hija.
No parecía que mis palabras les tranquilizaran mucho. Habían pensado hasta
entonces que los sufrimientos de su hija eran debidos a una enfermedad. Si lo que les
estaba diciendo era verdad, se la estaba provocando ella misma. La aparición de la
medicina mente-cuerpo aísla este problema y lo hace en extremo doloroso. La vida
era mucho más sencilla antiguamente, cuando considerábamos que una enfermedad
sin microbios era cosa «de la cabeza». Los microbios han perdido terreno, pero, en
lugar de desaparecer con ellos, la enfermedad se ha convertido en algo mucho más
enigmático.
216
¿Qué hago: esperar que me derrote el cáncer, o es mi personalidad la que lo genera?
El caso de esta joven supone un claro exponente de este fenómeno. Un cardiólogo
puede atribuir la causa de su dolor a una insuficiencia cardíaca; un psiquiatra dirá tal
vez que la insuficiencia cardíaca no tenía nada que ver: la joven sencillamente sintió
pánico. Los medicamentos que estuviera tomando provocarían los vómitos, pero éstos
siguieron presentes tras el tratamiento. Su baja tensión podía provocar
desvanecimientos, pero también ansiedad. La medicina moderna no ha dejado de
debatir incesantemente estas cuestiones.
—Usted me dice que estoy enfermo, pero en realidad yo soy el responsable de lo que
me está pasando.
—No, pero usted ha participado, eso es seguro. Pero puede dejar de participar en
ello. Estoy convencido de que las cosas cambiarían.
217
—Si lo logra —añadí—, su enfermedad desaparecerá con tanta rapidez como
apareció.
Escuchó y me dio las gracias. No volví a tener noticias suyas durante dos semanas.
Tal vez diera con un punto demasiado sensible de su personalidad. Había
transformado su enfermedad en un problema personal cuando la familia esperaba
con amor que fuera impersonal. La medicina tradicional se esfuerza por clasificar
todas las enfermedades en compartimentos, eliminando así el elemento personal.
Había comprobado, mientras la interrogaba, que la joven le daba mucha importancia
al diagnóstico. Cada una de sus descripciones era precedida por «cuando me viene
un prolapso de la válvula mitral...», como si esas palabras lo explicaran todo. Se
valía de una red de protección para reunir y ligar todos los síntomas. Cuando se lo
hice ver, tuvo una actitud pensativa. Había invertido tanto en las palabras «prolapso
de la válvula mitral» que tenían sobre ella un efecto de fórmula mágica. Era esencial
que rompiera el encantamiento, pues puede llegar a ser sumamente violento.
218
la persona puede llegar a pensar que «ellos» se apoderan de esos sentimientos por
medio del Diablo. («Ellos» puede designar marcianos, comunistas o vecinos). Sigmund
Freud las calificaba de emociones "inquietantes". Freud dedicó varios años a la
observación de estos fenómenos en enfermos neuróticos y psicóticos.
Creo, en cambio, que la extrañeza siempre está presente. La Naturaleza puede así
velar nuestros temores más ocultos.
Este velo nos esconde un dolor interior hasta el momento en que éste traspasa una
barrera invisible y se expande. Entonces surge este pensamiento: «¿Me estará
pasando a mí o lo estaré haciendo yo mismo?» Poco importa que el resultado final
sea una enfermedad o sencillamente una sensación de molestia extrema. Lo
importante es evitar que el paciente sea preso de sus dudas; de ahí la parálisis total.
—Pero, por Dios, usted sabe que tiene que dejar de fumar, piense en los riesgos...
219
Muchos de estos pacientes eran antiguos combatientes que veía en el Hospital Militar
de Boston. Tras escucharme, subían al piso de arriba donde se vendían cigarrillos a
un precio muy razonable. (Yo mismo compraba esos cigarrillos, ya que había
empezado a fumar durante las noches de guardia.)
Sigmund Freud trató durante veinte años de dejar de fumar cuando su médico le dijo
que veinte cigarrillos al día, el consumo habitual de Freud, eran un desastre para su
corazón. Dejó de fumar durante siete semanas, pero tuvo palpitaciones mucho más
violentas que con anterioridad. Se volvió insoportablemente depresivo y tuvo que
recurrir a los cigarrillos. Cuando no fumaba, contaba Freud a su biógrafo, «la tortura
superaba la resistencia humana». He visto a pacientes con un cáncer avanzado de
pulmón, esperando su sesión de rayos, fumándose un cigarrillo; puede que la
prevención sea imposible, ya que debería empezar antes de que se haya fumado el
primer pitillo.
220
frecuentes entre los alcohólicos es la pancreatitis, o inflamación del páncreas. Todos
los enfermos que llegaban con una pancreatitis, debían ser tratados con sumo
cuidado. No podían comer ni digerir, ya que el hecho de solicitar un esfuerzo al
páncreas lo inflamaba más y era muy doloroso. Los enfermos vomitaban si trataban
de comer, aunque sólo fuera un bocado. Debíamos alimentarlos con cuentagotas,
introducir un tubo en el estómago para evacuar los jugos gástricos que seguían
inflamando el páncreas y administrar antibióticos para combatir la infección que solía
desarrollarse. Era lo único que podíamos hacer entonces para sustraer a esos
hombres de la muerte. Pero cuando les habíamos salvado y salían del hospital,
asistíamos a menudo a un mismo ritual. Por la ventana del segundo piso se veía una
taberna del otro lado de la calle. Nuestros pacientes salían del hospital, cruzaban la
calle con dificultad y entraban en el bar. Su primer trago lo tomaban al cabo de diez
minutos después de curarse. La compasión en casos como éstos tiene sus límites.
Podemos llegar a pensar incluso:
—Si usted quiere dejar de fumar o beber, y si no hace ejercicio y sigue comiendo
alimentos demasiado ricos, entonces peor para usted.
221
escena se reproduce tres veces. Finalmente, acaba preguntando: "¿Por qué se deja
picar?" El sadhu contesta: "¿Qué le voy a hacer? Está escrito en la naturaleza del
escorpión que debe picarme y es mi naturaleza tratar de salvarlo".»
La sociedad ha creado una medicina para garantizar la permanencia del instinto que
nos anima a salvarnos unos a otros. Es ese mismo instinto el que nos anima a no
culparnos unos a otros por nuestra debilidad. Tomamos a nuestro cargo problemas
que no son los nuestros directamente. Si al entrar en un hospital tuviera un día que
comprobar que la chispa de la compasión se ha apagado, podría predecir el final de
la medicina; las fuerzas de las tinieblas habrían vencido.
La medicina, por tanto, vuelve a recuperar esta noción, la más antigua en materia de
métodos de curación. Sin embargo, noto que una atmósfera de impersonalidad sigue
rondando. Estamos creando un objeto concreto, el sistema inmunológico, y fundando
en él todas nuestras esperanzas. La idea original, tal y como la expresaron los
griegos y el Ayurveda, era mucho más orgánica. El paciente no sólo era un conjunto
222
de células receptoras. Era alguien que comía, bebía, pensaba y actuaba. Si un
médico quería cambiar los doshas o el physis de una persona, había de alterar sus
costumbres. De este modo, no se andaba por las ramas, dando con el punto en que
el paciente se conecta con el mundo. Existen muchas ciencias médicas en el mundo
entero y entran en conflicto unas con otras. ¿Cómo pueden curar a las personas y ser
tan dispares? Lo que tal vez sea veneno para mí es un tratamiento para un
homeópata. Creo que la respuesta está en que cualquier medicina consigue
resultados ayudando al enfermo a pasar por su enfermedad, hasta que el equilibrio
pasa de la enfermedad a la curación. No sabría ser más claro, pues esto no se
produce en libros, sino en seres vivos. Algunas personas se han curado del cáncer
bebiendo zumo de uva. Si conseguimos restablecer el equilibrio del cuerpo-mente, el
sistema inmunológico del enfermo reacciona. Las células inmunológicas no reparan en
saber si el médico cree en la medicina tradicional, en la homeopatía o el Ayurveda.
En la medida en que puede cambiar nuestra participación en la enfermedad, cada
método es capaz de funcionar. Creo, sin embargo, que la Ayurveda acabará siendo
un método de gran difusión, ya que reconoce la necesidad de curar a los pacientes,
sanando ante todo su realidad.
223
para la leucemia; sólo le prometieron que los tratamientos experimentales
aumentarían su esperanza de vida. Tras reflexionar, se negó a recibir un tratamiento,
y se puso a leer con avidez cuanto se hubiera escrito sobre remiciones espontáneas. Y
así fue como dio con uno de mis libros. Vino a verme. Descubrí al hilo de la
conversación un detalle puntual que en su caso hacía la vez de piedra de toque.
—Deseo creer que puedo curarme —me dijo—, pero hay algo que me preocupa. He
leído que se han dado muchos casos de remisiones espontáneas de cánceres, pero no
he leído nada acerca de remisiones espontáneas para la leucemia.
—Mire —le dije—, está obsesionado por las estadísticas. No piense en ellas. Lo que
desea es desmentirlas, ¿verdad?
—Sí, claro, claro —dijo distraído. Pero no he encontrado una remisión espontánea en
toda la bibliografía. Quizá podría llegar yo a ser el primero, pero...
—¿Por qué no da en pensar que lo suyo es otra forma de cáncer? —le sugerí—, en
cuyo caso, al menos, tendría alguna esperanza de curación.
224
asociados le habían demandado, sus hijos adultos no le dirigían la palabra y había
de mantener dos casas y tres coches. El diagnóstico le fue comunicado en medio de
su divorcio, por casualidad, y ahora su mujer insistía en permanecer con él. La razón
que invocaba era el pánico que tenía a la soledad después de su muerte.
—Acabo de leer que el estrés está ligado a la leucemia en el niño —le dije. Pareció
estar encantado, ya que el científico en él establecía el enlace de causa a efecto entre
el estrés, la activación de «hormonas del estrés» como la hidrocortisona y, finalmente,
la destrucción del sistema inmunológico. ¿Tal vez fuera eso? El estrés y su enfermedad
iban juntos; ahora tenía un clavo ardiente al que agarrarse.
Si los resultados no indican mejora alguna —le expliqué— se sentirá un poco más
deprimido y aún más angustiado. Si, realmente ha habido una mejoría, de todos
modos, se sentirá mejor. ¿Por qué no posponer el examen hasta que sienta síntomas
de mejora?
La última vez que le he visto, fue la semana pasada. Me dijo que creer en un cáncer y
no en la leucemia da buenos resultados.
—¿Sabe usted? —le dije—, yo creo que es un engorro seguir llamándolo cáncer. Tal
vez debería pensar que lo suyo es una enfermedad crónica que no tiene nombre, y si
no tiene nombre, no tiene que preocuparse por las estadísticas. Los humanos vivimos
muchísimo tiempo con enfermedades misteriosas.
225
Ayurveda. Hasta entonces lo único que había hecho para aquel hombre era cambiar
la etiqueta de su enfermedad, pero, a partir de ese momento, modificó su apreciación
de la enfermedad en su conjunto. Ahora, puede que acabe curándose.
—Supongo que no debe salir muy a menudo de aquí, pero me encantaría enseñarle
Londres.
Los relatos de los rishis suelen ser muy atractivos para la mente. Uno de los más
célebres es el de Svetaketu, mandado lejos de su hogar para estudiar el Veda. En la
India antigua, esta iniciación consistía en vivir con unos monjes y en aprenderse
largos extractos de los textos sagrados. Svetaketu permaneció doce años fuera de su
casa. Cuando regresó, estaba henchido de orgullo, y su padre, entre desengañado y
divertido, decidió darle una lección. Éste es un extracto del diálogo que hubo entre
3
El sánscrito dice, literalmente, «soy Brahmán». Brahmán es un término que todo lo abarca y, por tanto, no
tiene traducción; significa todas las cosas de la creación: físicas, mentales y espirituales, así como su fuente
no creada.
226
los dos:
—La esencia más sutil de esta fruta no representa nada para ti, hijo mío. Pero yo creo
que de esa nada ha nacido la majestuosa higuera.
Y el padre añadió:
—Este ser, la esencia más sutil de cada cosa, la realidad suprema, el Yo de todo lo
que hay, eres tú Svetaketu.
Este relato es algo así como una narración cuántica. El universo, como la higuera, se
desarrolla a partir de una semilla que no contiene nada. Sin una metáfora como la de
la semilla y el árbol, nuestra mente no puede captar lo que es la nada, ya que es más
pequeño que pequeño y anterior al Big-Bang. El verdadero misterio es que el propio
Svetaketu está compuesto de esa misma esencia intangible y penetrante.
Para entender las palabras del padre de Svetaketu, debemos explorar la conciencia
expandida, el centro del saber de los rishis.
«Soy cada cosa» supone una facultad de trascender el transcurrir normal del tiempo y
los límites habituales del espacio. A pesar de su inteligencia intuitiva, Einstein no logró
liberarse del tiempo, salvo mentalmente. Hablaba de sus experiencias de
autoexpansión, durante las cuales no había ni evolución ni destino, sino sólo el Ser,
227
pero estos episodios no tuvieron repercusión inmediata sobre su trabajo científico. Al
igual que todos los físicos, era gobernado por un método objetivo y no hacía
intervenir su propia conciencia a la hora de transmitir teorías. Su investigación del
campo unificado del tiempo y el espacio era una empresa estrictamente matemática.
Para los rishis, este enfoque le resta capacidad a la física.
Y, sin embargo, siempre hay un efecto. Maharishi escribió en su libro Ciencia del ser
y arte de vivir:
228
Durante miles de años, los rishis han transmitido esta tradición: el hombre se mueve,
vive y respira en un cuerpo cósmico. Y si es así, la Naturaleza también está viva en
nosotros; la distinción entre interior y exterior es equivocada, como si las células del
corazón ignoraran las células de la piel, porque éstas no se encuentran en el interior
del cuerpo.
«Los límites de la vida individual no quedan restringidos en las fronteras del cuerpo —
seguía escribiendo Maharishi—, ni siquiera las de la familia o del hogar; se
expanden mucho más allá, hacia el infinito de la vida cósmica.»
229
difícil aprender arquitectura. La medicina se ha vuelto tan increíblemente compleja
que si un médico declara «Este paciente puede curarse con un flujo de inteligencia»,
suscitará apasionamiento e incredulidad.
(He oído contar que en Inglaterra un agorafóbico se había vuelto una persona tan
atormentada y avergonzada de su fobia, que quiso acabar con su vida. Decidió
conducir su coche sobre una distancia de tres kilómetros, un intento que le parecía por
encima de sus capacidades. Viendo que había fracasado, pues sobrevivió, se sintió al
principio muy preocupado, y luego se dio cuenta que su fobia había disminuido.
Había descubierto por casualidad el tratamiento llamado, «inundación», empleado a
veces por los psiquiatras para arrancar a los fóbicos muy trastornados por su
irrealidad.)
Los límites generados en el silencio interior son los más difíciles de franquear. Los que
no hayan jamás oído hablar del Veda, conocen, generalmente, la palabra «maya» o
ilusión, en sánscrito, «lo que no es». Maya se ha interpretado equivocadamente; los
230
rishis llamaban Maya al mundo para decir que no existe o para sugerir que es un
espejismo.
La realidad cuántica surge de las páginas de Vashista, porque halló esa perspectiva
en que cada átomo abarca un mundo dentro de otro. Cuando un individuo logra
traspasar esos límites, no hace desaparecer el mundo relativo; le agrega una
dimensión de realidad y ésta es iluminada. Liberado de sus lazos, el mundo puede
apagarse. Y eso, según los rishis, hace la diferencia entre un mundo que podría ser
paraíso y el que se convierte en infierno.
Podemos emplear el mecanismo que desencadena las fobias para obtener el efecto
inverso, para derrumbar una pared en lugar de levantarla. Podríamos hablar, por
ejemplo, de las personas que superan sus miedos. Los obreros que han levantado los
rascacielos de Nueva York eran casi todos indios mohawk, educados sin tener miedo
al vértigo. Podemos encontrar en nosotros mismos ese mismo valor si nos entrenamos,
por ejemplo, sobre una cuerda floja.
231
frutas y las verduras.
232
inteligencia puede generar un cuerpo habitado por la voluntad de curación, pero
también puede albergar lo inverso. Si fuéramos «concebidos electrónicamente», al
igual que un ordenador, todos nuestros actos físicos posibles serían previsibles; en
realidad, no lo es ninguno. La inteligencia crea nuevas conexiones a voluntad; y esto
hace de cada persona un ser único. Cada experiencia de vida modifica la anatomía
del cerebro. Las nuevas dendritas que se generan en las células cerebrales en
personas mayores saludables, son un ejemplo más.
233
que el sistema inmunológico era capaz de aprender, reaccionando directamente a
unos estímulos exteriores.
En un sentido más amplio, estas experiencias nos demuestran que el cuerpo no se rige
por unas respuestas previsibles. La inteligencia de una célula es creadora. El
mecanismo imprevisible que reacciona positivamente al poli-I:C y negativamente a la
ciclofosfamida puede transformarse y reaccionar ante cualquier cosa. Además, puede
invertirse. El olor de alcanfor podía asociarse a cualquiera de las dos sustancias.
Los antiguos rishis lo entendieron muy bien, como puede observarse en este verso del
Veda: «Nos convertimos en lo que vemos.» Con otras palabras, la simple percepción
del mundo hace de nosotros lo que somos. Y así es, literalmente cómo se desarrolla la
vida. De esta manera, unos niños educados sin amor pueden desarrollar una gran
variedad de síntomas, volviéndose desgraciados, neuróticos, esquizofrénicos,
enfermizos, agresivos, etc. Una de las enfermedades más extrañas, es la llamada
«enanismo psicosocial». Estos niños no crecen. Provoca en ellos una deficiencia de la
hormona del crecimiento producida por la hipófisis y, por tanto, seguirán siendo
pequeños con un cuerpo inmaduro.
234
reciben cariño, su estado puede invertirse de manera espontánea. Recuperan
entonces con rapidez el tamaño de los niños de su edad.
Como todos los aldeanos que llegaban al hospital, el señor Govindass estaba muy
asustado y se sentía perdido. Los internistas trataban bastante bien su cirrosis de
hígado, pero no perdían tiempo en establecer un contacto humano con él. Llegué a
conocerle porque siendo estudiante, tenía mucho tiempo libre. Entonces, tenía por
costumbre acompañar al enfermero que distribuía el curry de la tarde, lo cual me
235
permitía charlar con los pacientes.
Establecí una fuerte amistad con Laxman Govindass. Me sentaba en la cama con él e
intercambiábamos a veces algunas palabras. Generalmente, nos bastaba con mirar
los dos por la ventana. Pero iba perdiendo sus fuerzas y nadie le pronosticaba más
de una o dos semanas de vida; yo tampoco. Ya que pronto iba a dejar la ciudad
para ejercer en un hospital de pueblo, ubicado a 90 km, fui a visitarle para
despedirme. No quería darle demasiada importancia a mi partida; le dije que
volvería al cabo de un mes.
—Ahora que se va usted, no tengo motivo para seguir viviendo; me moriré. Sin
pensar, le dije entonces:
—«No sea tonto, usted no se puede morir hasta que yo no haya vuelto.»
Govindass estaba tan enjuto y desmejorado (pesaba menos de 40 kg), que sus
médicos no salían de su asombro al verle aún con vida.
—Ha vuelto —dijo en un susurro—. Usted dijo que no podía morirme mientras no le
hubiera vuelto a ver; ya está, ya le he visto.
Ya he contado más de una vez este episodio, tal vez uno de los más importantes de
236
mi vida. En aquel momento, había vivido un doble sentimiento; un remoto sentimiento
de culpabilidad por haber prolongado los sufrimientos de aquel hombre y un respeto
profundo por la asociación cuerpo-mente que le había mantenido con vida. Hoy, me
doy cuenta que veía la verdad de lo que es sin límites, la capacidad de nuestros
impulsos de inteligencia para actuar a su voluntad, a pesar de todos los obstáculos
que han de superarse. El amor era el impulso que compartía con Laxman Govindass.
Aunque se hubiera despertado en un cuerpo sin carnes, su amor tenía el poder
inherente al amor, el de dar una nueva vida. Miraba hacia la mayor de su cuerpo y
desafiaba la muerte. Por muy sutil que sea el impulso puede cimentarse una nueva
medicina.
La posibilidad de que cada persona sea un ser infinito se está confirmando. Dotados
de un sistema nervioso en extremo flexible, tenemos todos la elección de levantar
paredes o destruirlas. Nadie cesa jamás de generar pensamientos, recuerdos, deseos,
etc. Estos impulsos se propagan por el océano de la conciencia y se convierten en
nuestra realidad. Si supiéramos cómo dominar la creación de los impulsos de
inteligencia seríamos capaces no sólo de desarrollar nuevas dendritas, sino cualquier
otra cosa.
Considerando que los gatitos habían vivido en ese entorno durante los días en que el
sentido de la vista se iba elaborando, su cerebro estaba condicionado para esa vida.
Los anímales que se habían desarrollado en un «mundo» constituido de rayas
237
horizontales no podían ver correctamente ningún objeto vertical; se daban golpes
contra las patas de las sillas cuya verticalidad no tenía para ellos ninguna o casi
ninguna realidad. La camada que había vivido en la caja rayada verticalmente
presentaba exactamente el problema inverso; eran incapaces de percibir las rayas
horizontales. Los gatos cuyo entorno había sido exclusivamente blanco sufrían una
desorientación aún mayor, y no reconocían ningún tipo de objeto.
238
En cada apertura, incluso sencilla de la conciencia y por pequeña que sea, hay
espacio para un desfase de la realidad. La meditación, abriendo aún más las vías de
la conciencia hacia un nivel más profundo, provoca un cambio mayor. No se trata de
un ligero desplazamiento respecto de otro nivel de conciencia normal. Construir
límites será siempre un defecto del hombre. Los rishis han logrado por las buenas dar
cierta libertad a esta actividad, elevándola hasta un nivel que trasciende los
pensamientos y los deseos insignificantes de un ego aislado. Habitualmente, el ego no
tiene elección y ha de pasar su vida levantando desesperadamente barreras y más
barreras. Lo hace por la misma razón que los habitantes de las ciudades medievales
levantaban murallas para protegerse.
El ego considera el mundo peligroso y hostil porque todo lo que existe está separado
del «yo». Este sentimiento se llama dualidad y constituye una poderosa fuente de
temor; el Veda lo llama la única fuente de temor. Mirando «fuera», vemos todo tipo
de amenazas potenciales, todos los traumatismos y el dolor que puede infligirnos la
vida. La defensa lógica del ego consiste en arrinconarse en un entorno más sonriente;
la familia, los placeres, los recuerdos felices, parajes y actividades familiares. Los
rishis no proponían suprimir esas barreras de defensa aunque muchos creyeran que
ésa era su intención.
Tanto en Oriente como en Occidente, la idea según la cual los sabios indios
condenaban la «ilusión de la vida» está muy arraigada. Sin embargo, como dijo
Maharishi, la realidad védica no se fundamenta en semejante absurdidad:
239
Dos polaridades contrarias se fundamentan en un solo conjunto; este principio sitúa el
campo silencioso y el campo activo de la vida en una perspectiva correcta.
Todos los rishis han dado con la unidad, el campo silencioso de la inteligencia, y han
encontrado el otro polo que hace que la vida sea un conjunto. Los textos antiguos
explican este fenómeno por turnam adah, tumam idam, «esto está lleno, aquello está
lleno». Maharishi siguió dando explicaciones acerca de esas «dos plenitudes» que se
complementan:
Nadie nos ha impuesto límites sobre las estructuras inteligentes que podemos fabricar,
modificar, mezclar, expander y habitar. La vida es un campo de posibilidades
ilimitadas. La flexibilidad del sistema nervioso humano es total.
Este último punto es esencial. Significa que para resolver cualquier problema podemos
ir sin rodeos hacia la meta, sin pararnos a elegir entre varios caminos como solemos
hacerlo. Esta afirmación parte de la idea según la cual la Naturaleza ya ha
240
seleccionado la solución en nuestra conciencia. Los problemas son del campo de la
diversidad, la solución está en el campo de la unidad. El hecho de penetrar el campo
de la unidad hace aparecer inmediatamente la solución, traducida a continuación por
el sistema cuerpo-mente; ése ha sido siempre el atajo de los rishis.
Los estudios de Robert Keith Wallace sobre el envejecimiento son un ejemplo claro
para comprender este atajo. El saber científico actual considera que el envejecimiento
es un proceso complejo y mal entendido. La gerontología, el estudio del
envejecimiento, se ha convertido en una especialización desde los años cincuenta. En
aquel entonces, los descubrimientos sobre el ADN permitieron imaginarse la
existencia de ciertos genes específicos del envejecimiento (hasta hoy no se ha
descubierto ninguno, aunque sepamos que algunos mecanismos del envejecimiento
están codificados genéticamente en animales inferiores). Hoy, la gerontología ha
adquirido una buena reputación y está invadida de teorías contradictorias,
sustentadas por enormes bancos de datos elaborados en el marco de investigaciones
programadas para los decenios venideros.
241
Los trabajos de Wallace, sin embargo, partían de la hipótesis que los seres humanos
no envejecen órgano tras órgano, sino en su conjunto. Consecuentemente, el
envejecimiento conlleva un elemento importante de elección. Si las personas mayores
pueden conservar sus facultades mentales intactas empleándolas continuamente, la
práctica de la meditación, que abre por completo la conciencia, debería obtener
resultados aún mejores. El descubrimiento fundamental de Wallace, que ya
mencionamos anteriormente, era que las personas que practicaban la meditación
desde hacía tiempo veían su edad biológica disminuir entre 5 y 12 años. (Se han
descubierto igualmente unos índices elevados de una hormona aún poco conocida
llamada DHEA- dehídro-epiadrosterona, y se sugirió una hipótesis según la cual el
DHEA contribuye en cierta medida a retrasar el envejecimiento y, tal vez, a inhibir la
aparición y el desarrollo del cáncer.)
242
rishis dirían que la ciencia no ha logrado alcanzar el nivel de conciencia que permite
vencer el envejecimiento. En 1980, un joven psicólogo de Harvard, Charles
Alexander, visitó tres hogares para ancianos cerca de Boston. Impartió clases a unos
60 pensionistas, todos mayores de 80 años, enseñándoles tres técnicas del cuerpo-
mente: una técnica de relajación corriente (la que suele emplearse contra el estrés), la
Meditación Trascendental y un conjunto de juegos de palabras creativas, practicando
a diario para mantener la mente alerta.
Cada uno aprendió únicamente una técnica, y los pensionistas pudieron practicar y
aplicar estas técnicas sin vigilancia alguna. Cuando los tres grupos fueron sometidos
más adelante a unas pruebas de control, los que practicaban la meditación
obtuvieron los mejores resultados en cuanto a facultad de aprendizaje, así como en el
plano de la presión arterial y de la salud mental, elementos que deberían entrar en
fase de declive con la edad. Estas personas se sentían más felices y rejuvenecidas.
Pero el resultado más sorprendente sólo apareció al cabo de tres años. Cuando
Alexander volvió a visitar esos hogares de ancianos, un tercio aproximadamente
había muerto desde entonces, entre los cuales un 24% de los participantes que no
habían aprendido técnica alguna de meditación. En el grupo que sí lo hizo, sin
embargo, el índice de mortalidad era nulo.
Estas personas habían alcanzado una edad media de 84 años. Es una historia muy
bonita, pues aquí el experimento científico es hacedor de vida. Aunque sea de
alcance limitado, este resultado es uno de los más esperanzadores en el campo del
envejecimiento y una victoria para el «atajo» de los rishis. Nos enseña que basta con
expander la conciencia para vivir más tiempo. ¿Cuál será la esperanza de vida de
aquellas personas que empezaron a meditar cuando tenían 20 años en lugar de 80?
El tiempo lo dirá.
Lo que hace la vida insoportable es sentir que somos presos de nuestro cuerpo. El
cuerpo parece funcionar de manera mecánica. Uno de los mecanismos mejor
243
estudiados es el bucle de retroalimentación homeostática, un regulador análogo al de
los termostatos. Se le da a un termostato un valor de control, por ejemplo 20° (el
equivalente de un organismo sería la temperatura normal del cuerpo). El aparato es
sensible a una variación de temperatura de unos pocos grados. Encendiendo o
apagando la calefacción o el aire acondicionado, mantiene una temperatura más o
menos constante. La habilidad de un termostato es muy limitada; podríamos decir que
es algo así como un conmutador inteligente pero que no tiene ideas en la cabeza. En
cambio, los mecanismos de feedhack del cuerpo logran equilibrar no sólo la
temperatura del cuerpo, sino también su tensión arterial, la cantidad de agua de las
células, el metabolismo de la glucosa, las concentraciones de oxígeno y de gas
carbónico, y otras actividades, sin olvidar los millares de sustancias químicas
producidas con extrema precisión en el organismo entero.
Uno de los mayores fisiólogos del siglo XIX, Claude Bernard, tuvo esta frase célebre:
La «normal» es sencillamente la zona en que nos gusta vivir. No es una regla, sino
una preferencia. Los indios tarahu-mara, probablemente porque son descendientes de
los mensajeros del Imperio de los incas, recorrían los Andes de un lado a otro
244
ajustándose a una normalidad distinta de la nuestra, más ajustada a su estilo de vida.
A pesar de su régimen alimenticio, la voluntad de sus antepasados de correr 70 km
diarios era más fuerte que sus limitaciones corporales. Su organismo se adaptó a la
inteligencia, sin lugar a dudas, y no a lo contrario. El acostumbrarse a cierto estilo de
vida hace que nos sea difícil a veces adaptarnos instantáneamente, cuando la mente
desea cambiar algo (las personas obesas no pueden decidir participar en un
maratón), pero el poder de adaptación no puede sacrificarse plenamente. A pesar de
nuestra configuración interna y de los mecanismos homeostáticos de nuestro
organismo, nos es imposible cambiar nuestras aptitudes, olvidarlas y adquirir otras
nuevas, etc. Se trata de la gloria más plena del ser humano y no puede alcanzarse sin
una libertad total.
—Dígame, doctor, ¿no cree usted que ya ha venido por aquí? Estaba tan sorprendido
que le dije en el acto:
245
sentido de estas palabras se ha desvirtuado. He tratado de demostrar que el saber
védico es sistemático y sano; que su alcance es como el de nuestras cien- cias más
punteras. Podemos enfocar muchísimas cosas si las deseamos y entre ellas una vida
sin enfermedades y sin un envejecimiento a modo de hándicap, valiéndonos del
sistema de comprensión inherente a la existencia humana.
Este relato puede interpretarse de manera distinta por cada uno de nosotros. Sólo
deseo haber propuesto una base lo bastante sólida como para que esta narración
pueda entenderse tal como quiso expresarse, no como una ilusión, sino como un
verdadero encuentro silencioso con la inteligencia. Hemos visto anteriormente que el
cuerpo en su naturaleza es a la vez inmutable y está perpetuamente cambiando. Este
246
fenómeno se debe a que la Naturaleza en su conjunto se sitúa en dos estados
paradójicos y, sin embargo, complementarios. Con la expansión de la conciencia
descubrimos el enorme campo del cambio, así como el campo no menos enorme de
la estabilidad. El texto del poeta chino Shu Hsu nos da algún dato más:
La primera ola se retira, la segunda ola llega veloz. Son tantas las capas del tiempo,
son tantas las vidas.
Quien desee de verdad penetrar en la sabiduría védica debe admitir que existen
estados tan inconcebibles como el infinito, la eternidad, la trascendencia. Estas
palabras no pertenecen al registro del estado de vigilia, pero tampoco están tan
alejadas de él. Todos poseemos el poder de construir la realidad. ¿Por qué habíamos
de concebirla dentro de unos límites cuando el infinito está tan al alcance de la
mano?
247
13. UN CUERPO FELIZ
No hay experiencia que compita con la de un universo expandiéndose más allá de
sus límites habituales; allí es donde la realidad cobra todo su valor. El Veda llama esa
experiencia ananda o felicidad; lo describe como una cualidad inherente de la mente
cubierta por capas de conciencia. La «felicidad» es una palabra molesta para los
occidentales; debe desmitificarse al igual que la palabra «iluminación».
«Junto con un físico amigo mío, abandoné Katmandú, la capital, para acercarme al
Himalaya. Topamos con un lago de montaña maravilloso, lugar de reposo veraniego
de los príncipes nepaleses. Por menos de un dólar, alquilamos una barca y nos
dejamos llevar por el agua. Era un día de vientos, de cielo despejado, un día ideal
para hacer volar cometas. Había comprado una en el bazar, pintada de un rojo
agresivo y diseñada para un empleo acrobático. Se me escapó de las manos mientras
la dejaba flotar al viento.
»La cometa, minúscula, se iba elevando en el aire. Permanecí de pie mirando las altas
montañas que nos rodeaban. Aunque disimularan sus cumbres entre las nubes,
desprendían un aura de grandeza y de paz. Mientras las contemplaba, se levantaron
de repente unas nubes enormes. ¡Sentí un miedo respetuoso. Lo que había tomado
por montañas eran murallas! Por encima, como dioses de la Antigüedad se erigían las
cimas del Himalaya, increíblemente majestuosas y poderosas.
248
plenitud de vida.
Para explicar cómo obra este tipo de curación, quisiera establecer un paralelismo con
la hipnosis. Uno de los descubrimientos más sorprendentes en este campo es que las
personas hipnotizadas pueden tener las manos calientes o frías, hacer surgir
erupciones cutáneas e incluso ampollas en pocos minutos tras una sugestión hipnótica.
No es verdaderamente una peculiaridad del trance hipnótico; unos sujetos conectados
con aparatos de retroalimentación pueden hacer lo mismo en un estado normal de
conciencia. Estos fenómenos demuestran que la concentración tiene el poder de
modificar el cuerpo. El Ayurveda se vale de este principio desde hace miles de años.
De hecho, ya que el principio de base del conocimiento védico es que la conciencia
genera el cuerpo, es muy natural que tales técnicas de concentración hayan podido
descubrirse.
Esta experiencia fue como una revelación. Los que han sentido esa felicidad notan
que se exponen de repente a la vida tal como es realmente. Su visión ordinaria,
apagada y deformada, desaparece como si hasta entonces se hubieran conformado
con una imagen en lugar de vivir la realidad. Vivir esta experiencia de la felicidad en
cada momento del día sería una señal de total iluminación; sin embargo, incluso un
encuentro breve es significativo; permite sentir verdaderamente las olas de la
conciencia cuando emergen del campo del silencio, traspasando el vacío y
extendiéndose a cada célula. El organismo se despierta en esos momentos. En el
4
Adaptado del libro de Wallace, La fisiología védica (en preparación).
249
Ayurveda, la felicidad es la base de tres técnicas de curación muy eficaces. La
primera es la meditación, de la que ya hemos hablado. Lleva la mente hasta más allá
de sus límites y la expone a un estado ilimitado de conciencia. Las otras dos técnicas
que me ha enseñado Maharishi, entre 1986 y 1987, son más específicas. La primera
es la técnica psicofisiológica ayurvédica; el término psicofisiológico significa,
sencillamente, «cuerpo-mente» (solemos emplear un término más genérico, la «técnica
dé la felicidad»). La segunda técnica de curación es la llamada «sonido primordial»;
he evocado su origen en la introducción de este libro.
Debemos ser conscientes del hecho de que nuestra mano está caliente, es decir, de un
fenómeno de conciencia pasiva. Pero la hipnosis lo demuestra: podemos también
lograr que nuestra mano se caliente, lo cual es cosa de una conciencia activa o de
concentración. Cuando nos concentramos en una cosa, pasamos de la conciencia
pasiva a la conciencia activa. La atención ejerce un control mucho mayor de lo que
pensamos. Solemos ser víctimas de la conciencia pasiva. Cuando una persona sufre
una enfermedad, tiene conciencia de su dolor, pero no sabe que puede aumentar ese
dolor, disminuirlo, hacerlo aparecer y desaparecer. Sin embargo, todo ello es cierto.
(Algunas personas pueden, por ejemplo, caminar sobre brasas, porque controlan su
dolor; es más, pueden controlar si sus pies están quemados o no; eso también está
bajo el control de la atención.)
En el Ayurveda, todos los síntomas, desde una tortícolis hasta el cáncer más
avanzado, se sitúan bajo el control de la atención. Sin embargo, entre nosotros y el
síntoma, se encuentran unas barreras (los velos llamados maya) que nos impiden
ejercer nuestra atención con un propósito terapéutico. Toda la medicina mente-cuerpo
trata de abolir estos obstáculos de manera que la curación pueda realizarse. Fuera
del Ayurveda, la palabra «maya» no se ha empleado, pero cualquier término que
signifique lo mismo es de aplicación. He empleado otras palabras, como la de
250
«barreras en el silencio», «fantasmas de la memoria» y «máscara de la materia». En
el entorno social actual, en el que la medicina mente-cuerpo está demostrando sus
habilidades y en una época en que ha de protegerse del campo de la ciencia, las
técnicas empleadas para traspasar el mundo del maya son rudimentarias. Felizmente,
la Naturaleza está hecha de manera que facilita numerosos métodos de curación. La
risa, al igual que el zumo de uva, puede vencer una enfermedad mortal, si uno cree
en ello con la voluntad necesaria.
El Ayurveda nos da a todos los medios de llevar a cabo estas hazañas. El enfoque
ayurvédico consiste en hacer suyo un proceso que ya está funcionando en el
251
organismo y estimular su desarrollo natural sin esfuerzo. Cualquier dolor o
enfermedad es como una isla de incomodidades rodeada por un océano de aguas
mansas, pues en comparación con la enfermedad, la conciencia sana es tan extensa
como el océano. Si uno posee una constitución fisiológica normal, nada paraliza la
con-ciencia en su afán por curar la enfermedad. (La vejez, o ciertas enfermedades
crónicas, pueden agotar nuestras capacidades internas; por tanto, el Ayurveda no
puede garantizar la curación, ya que a veces ésta no se encuentra inscrita en el
sistema de la Naturaleza.)
252
dos años. Ya han pasado tres años, sigue con vida y parece estar perfectamente
bien; las radiografías revelan que su tumor no ha disminuido, pero que su progresión,
si puede llamarse «progresión», es mínima. Laura, por tanto, sigue estando en
peligro, pero su estado actual representa una gran victoria.
253
Laura sintió muy pronto los efectos benéficos de estas técnicas. Los sonidos
primordiales iban directamente hacia el cáncer de mama, según me decía ella. A
veces, eran un alivio, como una sensación de calor; por lo general, sin embargo,
empezaba sintiendo un dolor que desaparecía bajo el efecto del sonido primordial.
Subjetivamente, los resultados más espectaculares fueron los que consiguió por medio
de la técnica de la felicidad. Le pedí a Laura que me describiera sus experiencias, ya
fueran felices, dolorosas o neutras y aceptó mi petición.
«Lo que siento ahora con esta técnica no es tan profundo como cuando empecé con
ella hace un año y medio. En aquel entonces, el temor y la tristeza estaban tan
profundamente arraigados en mí, sentía tal sensación de impotencia y ansiedad que
el contraste fue emocionante cuando descubrí esa alegría y esa felicidad.
Raras veces siento miedo, tal vez una especie de malestar general que puedo
controlar si estoy un poco atenta.»
Otras mujeres han desmejorado mucho con sus tratamientos y siguen estando
profundamente marcadas, física y mentalmente. Es curiosísimo que Laura, aun estando
entre la vida y la muerte pueda concluir su carta de esta manera:
254
Laura hace hincapié en el fluir de su conciencia. Para ella existe una enorme
diferencia, vista desde el interior, entre estar enferma y curarse. Las técnicas que
emplea no apelan a la visualización, pero dice que ve el tumor crecer cuando se
siente ansiosa o triste. Esta imagen representa, creo yo, un enlace directo entre su
conciencia y la progresión del cáncer.
¿Cuál será el resultado final? Ella y yo estamos de acuerdo en decir que el proceso en
sí es el resultado; cada día es un todo; no una etapa hacia la curación anhelada, sino
un fin en sí que ha de vivirse en su plenitud como si la enfermedad no existiera.
Porque mi experiencia de médico en el campo del cáncer me influye mucho más que
a Laura, pienso a menudo que ha ido mucho más allá que yo en la confianza y la
felicidad.
La felicidad es, a la vez, objetiva y subjetiva. Podemos sentirla como una emoción,
pero produce igualmente un cambio cuantificable. Puede cambiar el ritmo cardíaco,
la tensión arterial, las secreciones hormonales y otros parámetros fisiológicos de la
misma índole. La felicidad puede por tanto convertirse en un instrumento terapéutico.
El paciente emplea las técnicas ayurvédicas «en su cabeza», pero la felicidad que
siente modifica también su organismo. El cuerpo recibe una señal de su esquema
interior, el cual no es un esquema material, sino los planos que existen en su
conciencia, Este esquema director, por ser invisible, debe encontrar un medio de
hallar una existencia material. Para ello, la Naturaleza emplea la felicidad. Se trata
de una vibración que enlaza el espíritu con la materia, permitiendo a cada elemento
del organismo estar ligado a un elemento de inteligencia:
255
Este diagrama muestra que la relación cuerpo-mente es como una radiodifusión: la
mente manda impulsos de inteligencia, el ADN los recibe y la felicidad es la señal
mensajera. Sobre papel, estos tres elementos deben separarse, pero en realidad se
funden unos en otros. El mensaje, el mensajero y el receptor sólo son uno. Por
supuesto, ya hemos considerado la asociación cuerpo-mente decenas de veces, pero
nos faltaba el enlace que permite a la mente y el cuerpo volver a encontrarse en la
felicidad.
Solemos considerar el ADN como un esquema material y director sencillo, que sería
también el «esquema de la vida». Sin embargo, el ADN no es tan elástico. Lo vi
desarrollarse de modo acelerado de manera que la vida humana entera, desde el
momento de la concepción hasta la muerte, cabía en el espacio de unos minutos.
256
arranca, circula y es capaz de sustituir sus propias piezas defectuosas. El plano,
entonces, sería igual al ADN. También le haría falta una propiedad muy
sorprendente: cualquier parte del coche, el carburador, los neumáticos o la pintura de
la puerta, deberían ser capaces de transformarse en un coche completo.
Lo que hace del ADN algo tan dinámico no aparece en su constitución material; las
moléculas en sí son partícipes pasivos en el tiempo. Pueden cambiar como el oxígeno
y el hidrógeno cuando se combinan para formar agua. El ADN construye activamente
el transcurrir del tiempo. Es un aspecto de tal importancia que debería explicarlo
largo y tendido; el milagro del ADN no es un tema cualquiera.
257
gruta donde no puede percibir el Sol y donde no se le permite mirar un reloj, duerme
y se despierta según un ciclo regular que no es de 24 horas, sino generalmente de
25. Esto parece ser el ritmo diario o circadiano que el ADN ha construido en
nosotros. Asimismo, la drosófíla no se preocupa del momento en que sale el Sol o se
pone; cuando su canto cambia, su día cambia. Esto significa que su percepción del
tiempo viene de dentro activada por el gen de periodicidad.
Esta conclusión va mucho más allá que lo establecido por conceptos tradicionales. Los
últimos avances de la ciencia señalan que el ADN controla un ritmo en el interior de
la célula. Por mi parte, diría que controla el tiempo en sí. El gen «per» es el enlace
entre el tiempo «fuera» y el ADN «dentro»; genera literalmente el tiempo tal como lo
conoce la drosófila. Einstein demostró que no existe una medida fija para el tiempo
en el mundo relativo; un cosmonauta pensaría que el reloj de su nave espacial
funciona normalmente al igual que lo hace sobre la Tierra, pero si alcanzara una
velocidad cercana a la velocidad de la luz, el reloj marcaría el paso del tiempo más
lentamente que los relojes terrestres. Y no sería una ilusión; todo el proceso biológico,
incluyendo el envejecimiento del cosmonauta, se ralentizaría. Estas drosófílas son
parecidas, en cierto modo, a los cosmonautas de Einstein. Sienten el tiempo más lento
o más rápido, y no lo hacen viajando a una velocidad cercana a la de la luz, sino,
sencillamente, basándose en sus propias señales internas.
258
día es más largo o más corto. Unos genes y unas proteínas similares han sido
descubiertas en los ratones, el pollo y el ser humano. Empezamos a entender de qué
manera el ADN toma la realidad. Transforma las moléculas en ritmos o en vibraciones
que descodificamos en forma de tiempo. Otras vibraciones son descifradas en forma
de luz, sonidos, texturas, olores, etc. Sir Arthur Eddington las llama «visiones de la
mente», ya que, esencialmente, nuestras percepciones sensoriales no son sino señales
transmitidas por vía del ADN; vibraciones puras y abstractas que transformamos en
acontecimientos «reales» en el tiempo y el espacio. Si un gen puede actuar sobre el
tiempo, está entonces muy capacitado para actuar igualmente en el espacio. Y no hay
diferencia entre el tiempo y el espacio desde un punto de vista objetivo, salvo en el
lugar que nosotros ocupamos en él. Como la drosófila, medimos la hora por medio de
un reloj, y el reloj está en nosotros.
Y llegamos así a una encrucijada. Los biólogos se dan cuenta que si las proteínas
controlan los ritmos de la célula, algo más debe controlar estas proteínas. ¿Y qué es?
Uno de los enfoques posibles nos llevaría hacia una explicación materialista.
Naturalmente, es la vía que ha tomado la ciencia. Ciertos biólogos creen que las
sustancias químicas atraviesan la membrana celular a cierta velocidad, lo cual
constituye nuestra medición del tiempo, nuestro reloj molecular. Otros dicen que el
reloj es en realidad un código químico impreso en el ADN que se lee en secuencias
desde la concepción hasta la muerte. Ninguna de estas explicaciones puede
demostrarse satisfactoriamente. Si los rishis llevan razón, jamás lo serán. La respuesta
no está en el plano de las moléculas.
Obviamente, los rishis han tomado un camino muy distinto. Según ellos la inteligencia
es nuestro reloj interior. El gen «per» no es un componente mecánico, un hilo eléctrico
o una bombilla en una radio del ADN. El tiempo se expresa a través de él, al igual
que una emoción se expresa por medio de un neuropéptido. El tiempo «cabalga»
sobre una molécula y una vez más, el caballero no es caballo. El tiempo, el espacio,
el movimiento, las texturas, los olores, las visiones y las demás señales provienen de
259
la inteligencia silenciosa. Ahí es donde vivimos realmente y el milagro del ADN
consiste en su capacidad para transformar tantísimos mensajes, todos abstractos, en
la vida misma.
Una abeja que se acerca a una flor ve néctar y delimita el contorno de los pétalos; en
el ojo de la abeja..., eso es lo que hay. Para nosotros, mirar un imán significa que
vemos nítidamente su forma sin ver el campo magnético que lo rodea. Por lo tanto, en
lo que se refiere a la vista, lo que existe es hierro. Añadimos todos nuestros sentidos y
260
obtenemos el mundo tal como lo generamos. Ha sido construido en 600 millones de
años por el ADN. En el absoluto, sin embargo, este mundo ex- presa nuestra
inteligencia interior con un seguidor, el ADN. El ADN cubre nuestras necesidades, al
igual que el ADN de otras muchas criaturas.
ADN
Cuerpo-Mente • Felicidad
Podríamos llamar este dibujo el círculo de la vida. Vemos en él que la felicidad es una
señal continua, un bucle que enlaza la mente, el cuerpo y el ADN en una
conversación que dura toda la vida. Los tres partícipes comparten ese mismo saber, lo
que sabe la mente, el cuerpo y el ADN lo saben también. Nuestras experiencias
261
repercuten en tres niveles. No podemos ser felices o tristes, estar enfermos o
saludables, despiertos o dormidos sin mandar ese mensaje a todo nuestro espacio
interior.
Aunque no creemos posible «hablar» con el ADN (es un prejuicio que nos viene
naturalmente porque reducimos el ADN a un simple esquema director material), le
estamos hablando permanentemente. Las sustancias químicas fugaces que se
precipitan en cuanto se formula un pensamiento, los receptores fijados en la pared
celular que aguardan sus mensajes, así como los demás átomos de vida, son
formados por el ADN. (Me estoy dando cuenta que acabo de tomar un atajo algo
engañoso. El ADN sólo fabrica directamente el material genético, pero, empleando
un gemelo activo el ARN, da a luz a todos las proteínas, células y tejidos.) El
pensamiento se produce en el nivel del ADN, ya que sin la célula cerebral que manda
un neuropéptido u otro mensaje, no puede haber pensamiento.
262
teoría según la cual todas estas partículas eran variaciones no de una partícula más
pequeña, sino de una onda subyacente.
Para clarificar la noción de supercuerda, el físico Michio Kaku establece una analogía
con la música: un violín queda encerrado en una caja, fuera del alcance de nuestra
vista. Las cuerdas del violín, al vibrar, producen acordes, sucesiones de notas y
timbres diferentes. Una persona que jamás hubiera oído música pensaría que todos
esos sonidos son distintos unos de otros; la nota «do» podría ser un átomo de
hidrógeno, y el «si bemol» un fotón. Sólo al abrir la caja y viendo que en realidad
todos los sonidos provienen del mismo violín podríamos convencernos de su fuente
unificada.
Por tanto, la física cuántica posee ahora su primer candidato válido de la teoría de un
263
campo unificado, justificando la fe que sentía Einstein en el ordenamiento del cosmos.
Hace falta más de un sonido para fabricar el universo. Sin embargo los rishis
disponían al principio de un solo sonido, una vibración llamada Om, que apareció en
la época de lo que hemos venido llamando Big Bang. Om es una sílaba sin
significado; corresponde sencillamente a la primera onda que rompió el silencio
cósmico. Dividiéndose en numerosas ondas más reducidas, Om se descompuso en
diversas subfrecuencias que constituyeron la materia y la energía del universo.
Si esta imagen representa algo para nosotros, tampoco es sorprendente que las
estrellas, las galaxias y los seres humanos puedan ser creados desde el Om y no
desde una supercuerda. Ambos son abstractos. Volviendo al violín oculto, Kaku
escribió:
«Las notas generadas por la cuerda en vibración como el do o el si bemol no son más
fundamentales en sí que cualquier otra nota. Lo que sí es fundamental, sin embargo,
es el hecho que un solo concepto, la vibración de las cuerdas, pueda explicar las
leyes de la armonía.» O en el caso del universo, las leyes de la Naturaleza.
Om puede representarse por una línea recta que alcanza el infinito como la más
«super» de las supercuerdas. Sólo es una casualidad si la sílaba Om se parece a la
264
palabra inglesa hum (zumbido); pero cuando los rishis captaron el sonido del universo
lo captaron realmente como un zumbido cósmico. Si alcanzáramos la iluminación,
seríamos capaces de oír esa vibración, nuestra propia firma; por ejemplo, podríamos
«oír» nuestro ADN en forma de frecuencia que vibra en nuestra conciencia. Asimismo,
cada neuropéptido nacería a su vez de un sonido, como lo haría cualquier otra
sustancia química.
Por supuesto, me ha llevado bastante tiempo entender este proceso. Cuando empecé
a aplicar los programas ayurvédicos sobre enfermos admitidos en la clínica de
Lancaster, mantuve un pie firme en mi gabinete privado de endocrinología; aunque ya
estuviera convencido por la teoría ayurvédica, seguía algo preocupado por los
resultados. Me pasaba la semana yendo y viniendo de la clínica y vi que uno de los
pacientes cancerosos, un hombre de mediana edad, estaba sentado tranquilamente
en un rincón, tomando su comida, acompañado de su mujer. Tenía un cáncer de
páncreas, enfermedad mortal que suele ser en extremo dolorosa. Cuando se presentó,
cinco días antes, su cara era grisácea y estaba surcada por meses de sufrimiento. Me
dirigí hacia él para decirle algunas palabras. Cuando me acerqué dio la casualidad
que dirigió su mirada hacia mí. Fue un momento emocionante. Su rostro parecía
apacible y relajado; sus ojos, sin lugar a dudas irradiaban felicidad. Le pregunté
cómo se sentía. Me dijo que ya no sufría; al cabo de cuatro días de tratamiento
ayurvédico había dejado de tomar sus medicamentos contra el dolor. Unos días más
tarde le dimos de baja en la clínica, y hasta el momento de su muerte casi no tomó
medicamentos.
265
Por supuesto, no se trata de una curación, sino de un paso gigantesco hacia ella. La
conciencia curaría a los enfermos (estoy convencido de ello), si el diagnóstico de la
enfermedad no se realizara tan tarde, al cabo de años de estrés en que la fisiología
se ha endurecido y hace muy difícil el acceso a la felicidad. La puerta permanece
siempre abierta, pero apenas está entreabierta. Todas las técnicas de curación
ayurvédica parten del principio que se ha de tratar ante todo al paciente y luego la
enfermedad.
266
a la clínica para que le enseñaran la técnica de la felicidad. No lo volví a ver hasta
dos años más tarde cuando volvió para aprender el sonido primordial. Le pregunté
cómo estaba y me contestó que tenía algo importante que contarme: tenía el SIDA.
El diagnóstico había sido establecido 4 años antes, al salir de una neumonía. No era
una neumonía habitual, provocada por un neumococo, sino una neumonía debida a
un protozoo, el Pneumocystis carinii; esta enfermedad es una de las más frecuentes
entre los trastornos que afectan a los enfermos del SIDA cuando su sistema
inmunológico se derrumba. Se repuso del shock y decidió cambiar su vida. Se inició a
la meditación y por vez primera en su vida, renunció a sus costumbres: salidas
nocturnas, alcohol, bebidas, medicamentos, tabaco y promiscuidad, todas ellas
andanzas fomentadas por su carrera profesional. (Es interesante leer la encuesta
realizada sobre supervivientes a largo plazo del SIDA; demuestra que todos han
tomado este tipo de determinación de «responsabilización» frente a la enfermedad. La
medicina no puede explicar por qué esta decisión contribuye a salvar la vida de estos
enfermos, pero así es.)
Cuando aprendió la técnica de la felicidad, dos años más tarde, su salud había
mejorado notablemente; parecía una persona muy normal. La técnica de la felicidad
se vuelve un elemento fundamental en la determinación para vencer el SIDA.
Empezó a sentir toda una gama de emociones mucho más positivas; me dijo no haber
sospechado jamás que podría un día vivir feliz. Hoy, cuatro años después del primer
diagnóstico, parece tener un cuerpo con buena salud. Quitando un cansancio algo
anormal, vive como si no tuviera el SIDA.
El simposio anual sobre el SIDA se muestra más y más pesimista en cuanto a una
267
posible victoria sobre la enfermedad. El SIDA está causado por el virus HIV y virus
asociados, y son todos una verdadera pesadilla para un investigador. De hecho,
estos virus pertenecen a una clase de organismos especialmente desconcertantes y
escurridizos llamados «retrovirus». Incluso un virus «normal» como el del catarro
posee la capacidad de eludir el sistema inmunológico del organismo.
El virus del catarro o de la gripe, se conforma con dejar que el ADN fabrique
proteínas para él, pero el retrovirus HIV realiza una labor aún más extraordinaria. Se
mezcla con los componentes químicos del ADN haciéndose pasar por el material
genético del anfitrión. Ahí duerme hasta el día, tal vez años más tarde, en que el
ADN es solicitado para combatir otra enfermedad. El retrovirus se despierta entonces
y empieza a reproducirse en cantidades ingentes, utilizando la célula anfitriona como
incubadora, y provocando finalmente su muerte. La célula explota dejando escapar
en la sangre una hueste de virus mortales. Cada etapa del ciclo es tan misteriosa y
compleja que el virus del SIDA ha sido rápidamente considerado como el organismo
portador de la enfermedad más compleja que jamás hayamos descubierto. Ningún
medicamento es capaz de tratarlo; el AZT que permite retrasar la fase activa provoca
una multitud de efectos secundarios graves, y, además, no puede administrarse a
determinados pacientes.
268
la inteligencia podría representar un paso adelante hacia un nivel más profundo de
comprensión, y consecuentemente, de su posible tratamiento.
El cáncer y el SIDA parecen ser dos casos en que la cadena adecuada de sutras se
desintegra en el plano más hondo. Dicho de otro modo, son fracasos de la
inteligencia, como agujeros negros hacia donde la felicidad se desvía, dejando atrás
los esquemas normales. Si ambas enfermedades son tan rebeldes es porque la
distorsión se produce en un nivel muy profundo; queda encerrada en el interior de la
mismísima estructura del ADN. Esto conduce al mecanismo de autodefensa de la
célula a un derrumbamiento o a una situación en que se combate a sí misma. En el
caso del cáncer, el ADN parece realmente desear suicidarse, dejando de utilizar su
conocimiento para dividir correctamente las células. En ambas enfermedades, la
distorsión penetra hasta una zona tan alejada como los mismísimos campos de fuerza
que mantienen la unidad del ADN. (La física celular es un campo complejo, pero se
piensa que una célula percibe los virus e interactúa con ellos detectando ante todo su
resonancia química y electromagnética; al ser interpretadas estas señales por el ADN
pueden a todas luces engañarlo.)
Si adaptamos la teoría de los sutras y de los sonidos védicos, debe haber una
distorsión en la cadena de la inteligencia cuando ésta se despliega en el mundo
relativo. Al «oír» el virus en su vecindario, el ADN lo interpreta como un sonido
amistoso, o al menos compatible, como los navegantes griegos oyendo el canto fatal
de las sirenas. Es una explicación pausible, siempre y cuando tomemos conciencia de
que el ADN explotado por el virus es igualmente un haz de vibraciones.
269
reencontrar su unidad. Este tratamiento sutil, y moderado en sus efectos, tiene no
obstante resultados preliminares muy espectaculares. Cuando se ha restablecido la
secuencia del sonido, la formidable rigidez estructural del ADN debería de nuevo
protegerlo contra otros estallidos futuros.
El cuerpo manda señales para dar a entender que hay conflicto. Una joven
francocanadiense vino a verme. Padecía la enfermedad de Crohn, la cual se traduce
270
por graves trastornos intestinales caracterizados por una diarrea crónica e
incontrolable, acompañada de una dolorosa inflamación. Aunque no conozcamos la
causa de la enfermedad de Crohn, ésta afecta sobre todo a personas jóvenes y está
probablemente ligada a una insuficiencia del sistema inmunológico. Lo que sí
sabemos con toda seguridad es que el sistema digestivo es especialmente sensible a
los estados emocionales; esta chica vivía jornadas laborales muy largas y estaba
sometida a una tensión extrema en la agencia de publicidad donde trabajaba, en el
centro de Boston. Charlando con ella descubrí que se había iniciado a la meditación
unos años antes. Le pregunté si seguía practicándola.
—Mire —le dije— está sufriendo una enfermedad muy grave. Si esta inflamación
sigue adelante, puede que tengamos que proceder a una ablación parcial del
intestino. ¿Qué piensa hacer?
Era muy consciente de su estado y no hacía falta que le dijera que pronto iba a tener
que enfrentarse a una elección penosa. Esta intervención es una terrible mutilación, ya
que consiste en colocar un tubo fuera del abdomen que permita eliminar los
excrementos. Incluso con él la enfermedad no desaparece y suele reincidir en otras
partes del intestino.
—Por eso estoy aquí —me contestó—. Quisiera conocer una técnica mental que me
ayudé a seguir llevando una vida normal.
271
Veía en sus palabras el resultado de lo que los rishis llaman pragya aparadh, el error
del intelecto. El cuerpo de esta mujer pedía curación y se lo estaba comunicando en
cuanto sufría una crisis. Apenas podía cerrar los ojos para meditar sin que su cuerpo
buscara con desesperación algún alivio sumiéndose en el sueño. No obstante, su
mente interpretaba estos llamamientos como algo inadaptado o engorroso. Insistía en
«llevar una vida normal» aunque siguiera sometida a una tensión extrema y su sistema
nervioso no fuera capaz de soportarlo.
—Es inútil tratar de combatir esta enfermedad —le comenté—. Usted es su propio
enemigo.
Le expliqué que eran sus propios neuropéptidos los que registraban el estrés en su
cerebro y que se generaban en los intestinos. El temor, la frustración y la angustia que
sentía surgían de igual modo en su abdomen.
—En un caso como el suyo —le dije—, dispone de la mejor de las terapias: su propia
atención. En este preciso momento, está agarrotada por el miedo y el estrés, lo cual
explica que su estado no mejore. Pero en cuanto su conciencia se haya apaciguado,
su organismo se restablecerá; todo es cosa suya.
Me escuchó atentamente, pero noté que estaba algo disgustada por mis palabras. El
error del intelecto es insidioso. Éste se niega a creer que todo sucede en el interior de
una misma realidad cuerpo-mente; se cree que el organismo enfermo vive en
272
cualquier otra realidad salvo en la suya.
Los virus, por ejemplo, son capaces de mutar con mucha rapidez. Así es como una
273
vacuna que nos inmuniza contra la gripe durante un año deja de ser eficaz para la
mayor parte del mundo cobrando la forma de una cepa totalmente diferente. (Hemos
dado entre otros muchos dones propios del virus del SIDA con su capacidad de mutar
100 veces más de prisa que el virus de la gripe.) Unos investigadores han emitido
últimamente una hipótesis según la cual el motivo de un cambio tan rápido de los virus
radica en que funcionan a la par con otras nuevas variantes de bacterias. Informarían
por tanto todas las partes del globo terráqueo acerca de la transformación de la vida.
Pillar una gripe, por lo tanto, es como estar recibiendo noticias del día. Nuestro ADN
se entera de los cambios en el ADN del universo, lo cual para él constituye un
desafío. Nuestro ADN se encara con ese desafío no de modo pasivo, sino
activamente. Debe demostrar que sabe sobrevivir al virus. El sistema inmunológico
acude entonces para enfrentarse al invasor y declara una batalla de molécula contra
molécula. Toda la operación está cronometrada con extrema precisión y no deja
cabida al error. Los macrófagos se precipitan para descubrir sus debilidades y
movilizar entonces el material genético de su ADN para neutralizar las moléculas del
virus, consiguiendo que se vuelvan inofensivas.
Y al mismo tiempo, las células inmunológicas destruyen igualmente todas las células
que han dado cobijo al invasor. Estas células anfitrionas infectadas aún no han sido
destruidas por la gripe. Están repletas de virus vivos que representan la próxima
amenaza, cuando las células inmunológicas hayan acabado con el virus en la sangre.
Para destruir una célula anfitriona infectada, algunas células inmunológicas (las célu-
las -T-asesinas) se agarran a la pared celular y la perforan. Como una rueda que se
deshincha, la célula anfitriona se vacía de su contenido y muere.
274
de la primera. La única diferencia es que la segunda parte del ADN en la célula
anfitriona ha cometido el error de cooperar con el virus de la gripe. Nadie sabría
explicarlo. Como ya vimos en el capítulo anterior, nuestras células se dejan
misteriosamente matar desde dentro cuando los virus las atacan. Físicamente, el virus
que es millares de veces más pequeño y menos complejo que la célula, no debería
poder rivalizar con ella. Un autor científico ha comparado este fenómeno con un
balón de baloncesto que al botar contra un rascacielos conseguiría derribarlo.
¿Por qué el ADN llevaría una máscara para sucumbir ante el virus de la gripe y se
pondría otra para acudir y destruirlo? Nadie ha contestado esta pregunta
fundamental, pero debe tener su lógica en el esquema global de la vida, la obra de
teatro interpretada en la escena del universo. Soy de la opinión que el ADN
enriquece la vida añadiendo tantas variedades como puede haber en un planeta.
275
y se agregan a la inmensa cantidad de información que el ADN acumula desde el
comienzo de la vida. Así es como el ADN nos inscribe en un proceso universal. Si
miro por la ventana, veo una autopista de varias vías por la que circulan coches. A
veces, un avión pasa por encima estremeciendo a todos los pájaros que vuelan por la
zona. Las gaviotas planean en el cielo, a 50 kilómetros tierra adentro, y en el aire
flota un olor característico de océano, evocador de vida marina. Toda esta vida,
incluyendo la mía, es obra del ADN surgido de una molécula cuya función consiste en
dar a luz una nueva vida sin comprometer jamás la existencia de la que ya vive.
Se ha estimado que el conjunto del ADN de todos los seres que hayan vivido sobre la
Tierra podría caber fácilmente en una cucharita de café. Sin embargo, si el ADN
encerrado en el núcleo de una sola célula pudiera desenrollarse y sus fragmentos
colocarse uno junto a otro, se extenderían sobre una longitud de un metro y medio.
Esto significa que las cadenas de ADN mantenidas en los 50 mil millones de células
de un ser humano miden juntas 75.000 millones de kilómetros, o sea 200.000 veces
la distancia de la Tierra a la Luna. El Veda propone que la inteligencia del universo se
extiende desde «lo más pequeño que lo más pequeño hasta lo más grande que lo
más grande», y el ADN es la prueba material de este fenómeno.
Por lo tanto, sería un error pensar que el conflicto es norma. Generalmente, la paz
reina entre nuestro ADN y el otro ADN, «allá fuera». Para cada caso de enfermedad,
hay decenas, e incluso centenares de veces en que nuestro organismo ha neutralizado
la dolencia antes de que pudiera declararse. Sólo cuando sufrimos un conflicto
interior pierde el sistema inmunológico sus capacidades de defensa, de curación y de
memorias silenciosas
Nos olvidamos con facilidad que la paz es norma. Los psiquiatras y los sociólogos
parten de la base que el hombre moderno está profundamente dividido en su psique.
La aparición de trastornos ligados al estrés, la depresión, la ansiedad, el cansancio
crónico y la «enfermedad de ir con prisas» es característica de estos tiempos. El ritmo
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frenético del trabajo y de la vida en general nos ha acostumbrado a la confusión.
Hoy, la gente está profundamente convencida de que cierto grado de conflicto interno
es normal. Parece ser que somos nosotros quienes hemos declarado la guerra, y ésta
reclama su tributo de una manera tan aterradora que al fin y al cabo todo nos parece
muy normal.
Todo esto querría habérselo dicho a Chitra, la joven con un cáncer de mama con
cuyo relato he iniciado este libro. Tuvo bastante suerte al vivir una curación casi
milagrosa, pero cuando escribía estos últimos capítulos su historia fue desarrollándose
de modo muy distinto. Las células cancerosas habían sido vencidas, pero no su
memoria. Ya que Chitra estaba muy asustada al ver reaparecer su cáncer, ella y yo
estuvimos de acuerdo en que debía seguir adelante con su tratamiento médico. A la
vez, me prometió seguir practicando la meditación y la técnica de la felicidad que le
había enseñado. No volví a saber de ella durante un mes, pero me llamó para darme
malas noticias: sus médicos habían detectado una decena de manchas en su escáner,
y eran interpretadas como un cáncer de cerebro. Presa de una terrible angustia,
empezó un tratamiento intensivo de radioterapia, acompañado esta vez de
quimioterapia experimental.
Fragilizada por su cáncer de mama, Chitra fue víctima de graves efectos secundarios,
entre los cuales una depresión. Abandonó la meditación y todo tratamiento
ayurvédico. El índice de sus plaquetas cayó peligrosamente; las plaquetas son células
sanguíneas que desempeñan una función decisiva en la coagulación; y esto
significaba que era muy peligroso seguir con la quimioterapia. Los médicos de Chitra
establecieron que su médula ósea producía anticuerpos que atacaban sus propias
plaquetas (probablemente reaccionando así a las numerosas transfusiones a las que
se había sometido). Los médicos pensaron entonces en un transplante de médula
ósea, pero intentaron primero una transfusión de plasma sanguíneo. Durante la
intervención Chitra sufrió una apoplejía y desarrolló con rapidez una grave anemia,
así como infecciones diversas.
277
Habiendo llegado a este estado, el caso de Chitra era desesperado. Se negó a una
nueva transfusión de sangre, horrorizada con la idea de contagio del SIDA. Para
calmar su agitación, tuvieron que administrarle morfina y Valium con un cuentagotas
intravenoso. Sus funciones cerebrales se alteraron más y más y se fue sumiendo en un
estado de coma debido probablemente a un estado de shock seguido por un
principio de neumonía. Los médicos informaron a su marido de que, probablemente,
no volvería a restablecerse y, al día siguiente, Chitra murió sin recobrar el
conocimiento. Fue víctima no de su cáncer, sino de su tratamiento, y no dejo de
pensar que la muerte por cáncer hubiera sido probablemente más «humana».
Vivir con un miedo constante, incluso sin tener cáncer, no es una señal de buena
salud. La guerra no ha terminado; en lugar de combatir a la luz del día, el enemigo
está agazapado, en posición de acecho.
La filosofía del tratamiento del cáncer es que la mente debe permanecer pasiva
mientras los médicos entran a saco. Dicho de otro modo, se está estimulando un
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conflicto abierto en el sistema cuerpo-mente. ¿Cómo es posible que lo llamemos
curación? En un conflicto entre la mente y el cuerpo, el paciente está combatiendo en
dos frentes; pero sólo hay un cuerpo y una mente. ¿No es evidente, por tanto, que si
hay un perdedor, habrá de ser él, el paciente?
No se trata de saber cómo ganar la guerra, sino cómo mantener la paz. El Occidente
no ha entendido que la manifestación física de una enfermedad sólo es un fantasma.
Las células cancerosas que aterran al paciente y que los médicos combaten son
también unos fantasmas; van y vienen, suscitando esperanza y desesperación,
mientras el verdadero culpable, la memoria inquebrantable que genera la célula
cancerosa, permanece agazapada en la sombra. El Ayurveda nos permite alcanzar
un nivel de conciencia que exorciza este demonio de la memoria. Recordando el caso
de Chitra, me pregunto cuánto tiempo necesitaremos para expander nuestra visión.
Exigimos que los enfermos demuestren heroísmo en un momento en que precisamente
no están capacitados para ello, o jugamos con las cifras, transformando sus
posibilidades de supervivencia en estadísticas. El Ayurveda nos dice que hemos de
buscar la causa de la enfermedad en un nivel más profundo de la conciencia donde
poder hallar la vía de curación.
Una persona con cáncer pasa naturalmente por diversos estados emocionales; la
voluntad de sobrevivir se somete a variaciones que van de un extremo a otro; no
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existe motivo para pensar que una personalidad «proclive al cáncer» sea más fuerte
que otra. (Las primeras investigaciones que supuestamente confirmaron la existencia
de una «personalidad proclive al cáncer» habían estudiado pequeños grupos no
significativos de pacientes, de 25 sujetos, todos afectados por un mismo tipo de
cáncer, el cáncer de mama.) ¿Por qué razón las personas que están psicológicamente
sanas y por tanto ya muy privilegiadas serían los únicos casos con esperanzas?
—No creo que todos estos médicos sepan de qué están hablando. En 1947,
diagnosticaron a mi madre un cáncer de mama, le extrajeron el tumor y volvió a casa
para ocuparse de sus cuatro niños. Mi padre le suplicó que fueran a Boston para que
la sometieran a una mastectomía. Entonces le contestó que ella no tenía tiempo para ir
hasta un hospital y ponerse enferma. Siguió viviendo con toda normalidad. Al cabo
de un tiempo, mi padre acabó convenciéndola y, finalmente, le hicieron la
mastectomía, pero a continuación no se sometió ni a rayos ni a quimioterapia.
—Nada. Siguió viviendo otros 12 años y tenía entonces más de setenta cuando pilló
una neumonía. Toda la familia se reunió alrededor de su lecho y nos dijo adiós a
todos y tres días más tarde murió.
Al oír esa historia, entendí de repente, entre sorprendido y triste, de qué se estaba
tratando; la paradoja está en la normalidad. Es muy natural estar demasiado
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ocupado para estar enfermo. Y eso es lo que permite al sistema inmunológico vivir de
manera inteligente con su entorno. Cuando se es sencillamente uno mismo y no una
«persona con cáncer», la reacción en cadena de la respuesta inmunológica con sus
centenares de operaciones precisamente cronometradas, se dispara entonces
firmemente decidida a ganar la batalla.
Pero, a partir del momento en que uno se deja invadir por un sentimiento de
impotencia y miedo, esta cadena se rompe. Los neuropéptidos asociados a las
emociones negativas se propagan, se fijan a las células inmunológicas y la respuesta
inmunológica pierde su eficacia. (Nadie podría explicarlo, pero el déficit inmunitario
de los enfermos depresivos es harto famoso.) En este punto nace la paradoja: si no
diéramos tanta importancia al cáncer y reaccionáramos ante él como ante algo tan
normal como la gripe, tendríamos más posibilidades de restablecer la salud. Sin
embargo, el diagnóstico del cáncer hace que el paciente se sienta muy anormal. El
diagnóstico en sí es el punto de partida del círculo vicioso, como una serpiente que se
muerde la cola hasta acabar consigo.
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organismo portador de la enfermedad desempeña un papel, así como la resistencia
inmunitaria de un enfermo, la edad, la alimentación, las costumbres, la época del
año, etc. Todo ello contribuye al resultado clínico final. La medicina occidental ha
establecido con claridad que el estilo de vida de una persona y su vida emocional
influyen en su estado de salud. Sin embargo, no disponemos de la omniscencia
necesaria para evaluar estos factores. Una persona con cáncer tiene toda su vida a
sus espaldas, poblada de pensamientos, acciones, emociones que sólo ella conoce.
El hecho de que sus emociones se sitúen en un plano tan hondo no significa que los
enfermos de cáncer no puedan modificarlas. Pueden dominar su sentimiento de
impotencia y desesperación yendo hacia un nivel aún más profundo. Poco importa
que una persona se halla sumido en la desgracia y el tormento psíquico o tenga una
confianza en sí mismo desmesurada. Ambas podrían no ser más que fantasmas. Así
es como el Ayurveda concede muchísima menos importancia a las emociones
superficiales que la medicina actual mente-cuerpo. La eficacia de un tratamiento del
cáncer (o del SIDA) por medio del sonido primordial y la técnica de la felicidad se
debe a que son las únicas técnicas que permiten alcanzar el nivel de conciencia
común a todos los hombres, sean débiles o fuertes.
El caso que expondré a continuación constituye el mayor éxito que hayamos obtenido
hasta entonces por medio de estas técnicas. La paciente, de unos 40 años, se llama
Eleonor. En 1983, vivía en Colorado y trabajaba para una sociedad de in- formática.
Le diagnosticaron un cáncer muy avanzado de mama cuyas metástasis alcanzaban
los ganglios linfáticos bajo el brazo. Fue sometida a una primera mastectomía y luego
a otra; después, la sometieron a quimioterapia, y ésta provocó efectos secundarios
intolerables. Decidió entonces abandonar su tratamiento a pesar de los consejos
médicos, según los cuales su cáncer se había extendido entonces hasta los huesos. Los
pacientes que presentan este tipo de metástasis suelen tener una posibilidad de cien
de supervivencia.
282
Su médico de cabecera le recomendó que se iniciara en la meditación en 1986,
cuando ya llevaba tres años de enfermedad. Por medio de la Meditación
Trascendental, Eleonor oyó comentar algo acerca del Ayurveda. Fue hospitalizada y
le enseñé la técnica de sonido primordial destinada a curar el cáncer. Los resultados
fueron asombrosos. El dolor agudo en los huesos desapareció (este episodio ha sido
mencionado en el capítulo 7) y cuando volvía a su ciudad para que le hicieran una
radiografía, su radiólogo daba periódicamente con menos y menos bolsas de cáncer
en los huesos. Era ya demasiado tarde para que la mejora de su estado pudiera
atribuirse al tratamiento anterior. Por lo general, un tumor bombardeado de
radiaciones y quimioterapia remite con rapidez. Si Eleonor sobrevivía otros dos años
entraba en la categoría privilegiada de enfermos que han desmentido todas las
estadísticas. Pero lo que deseo hacer resaltar aquí es el cambio global que operó en
ella. Le pedí que escribiera la historia de su enfermedad tal como la percibió desde
dentro. Lo que me entregó entonces es un documento admirable. Empieza en el
momento más estremecedor de su vida, cuando está a punto de entrar en el quirófano
para someterse a la ablación del seno:
«Perfectamente consciente, estoy tumbada en una sala de espera cerca de las puertas
del quirófano. Pasa una enfermera; lleva un enorme seno en una bolsa de plástico
transparente. Mis senos parecen pequeños, sin defensa e inocentes. Cuando daba de
mamar a mis hijos me sentía en armonía con mis senos; eran femeninos, suaves,
bonitos; confiaba en ellos. Ahora estoy tumbada aquí, esperando que me quiten uno
de los dos.
»Tengo miedo y tiemblo. Cada nervio de mi cuerpo parece estar tenso hacia algo,
deseando escapar antes de que sea demasiado tarde. Me llevan hacia la sala de
operaciones. Tengo la sensación de estar traicionando mi cuerpo, permitiendo que lo
mutilen. Tengo 35 años y todo me parece muy injusto.
283
no me gusta mi cuerpo. No quiero que los médicos me vean, tampoco mi marido. Me
siento desnuda. He perdido toda mi feminidad, mutilada para siempre, conectada a
unos tubos cosidos en mi cuerpo. El ruido de los tubos de vidrio con anillos rojos me
acompaña siempre cuando trato de caminar.»
«Ahora verdaderamente quiero huir. Durante meses me han dicho que tenía cáncer, y
luego que no lo tenía, más tarde que lo volvía a tener. Estoy tan harta de estas
operaciones y de esta incertidumbre. Estoy enferma de la fiebre, de los horribles
sudores nocturnos, de la humillación, de las dudas sobre mi cuerpo, mi mente, mi
sexo, la vida. Toda la confianza que tenía en mí me ha abandonado.
«Este embarazo era para mí un símbolo de plenitud y fusión con la Naturaleza. Era
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un milagro y yo entonces era feliz. Cuando mis médicos me dijeron que había de
abortar para salvar mi propia vida, fue todo una pesadilla. Mientras el embarazo
seguía adelante, me puse más enferma aún. Me dijeron que mis exámenes mostraban
ahora que mi cáncer presentaba receptores estrógenos positivos y que mis
posibilidades de supervivencia eran escasas. Me rebelé contra estos datos y seguí
adelante con mi embarazo, una decisión que he vivido con total serenidad.»
Tras un parto normal, de un niño, Eleonor descubrió que el cáncer había reaparecido,
esta vez en sus huesos:
«Ya vuelve el cáncer y el ciclo infernal se impone de nuevo. Los médicos me afirmaron
que viviría tal vez 6 meses, probablemente no más de 2 años. Esto era hace 14
meses. Mi cáncer de los huesos había progresado mucho (la radiografía descubría
una decena de puntos cancerosos, principalmente en las costillas y las vértebras), y
me sentía muy enferma, literalmente hasta los huesos. El tratamiento consistía en una
quimioterapia intensiva hasta el último día. Esto significaba que ya no me quedaba
mucho por vivir.»
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mañana, una paloma salvaje se introdujo en el almacén de la sociedad, y no quería
salir de él. Cuando llegué, dos horas más tarde, el ave me siguió hasta el primer piso,
a través de los pasillos que conducían hacia mi despacho. Se posó tranquilamente
frente a mí. Lo cogí en la mano; estaba emocionada; estábamos comunicados.
«Luego tuvimos que dejar libre al pájaro. Unos meses más tarde, en septiembre, me
informaron que mis radiografías no eran buenas, pero tampoco malas. La
quimioterapia me causaba bastantes molestias. Yo no tenía verdaderamente ninguna
intención de abandonar, pero mis índices sanguíneos eran sistemáticamente malos.
Esto significaba que iba a tener que renunciar momentáneamente a la quimioterapia.
Me sentí inmediatamente mejor y me di cuenta que renunciaría definitivamente a la
quimioterapia aunque tuviera que morir en el intento.
»El radiólogo me sonrió y me dijo que no sabía cómo podía haber sucedido sin
quimioterapia. Me abrazó y en el momento de irme me dijo:
»Mi médico de cabecera llamó al radiólogo para tener más datos; al colgar me dijo
que casi estaba curada.
»Al oír estas noticias, no pude aguantarme las lágrimas. Me preguntaba entonces
cómo había sido capaz de dudar del resultado. Tocada por el amor y la perfección
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de la Naturaleza, sólo tenía un deseo, tranquilo, y sereno, el de ir a sentarme junto a
la tierra, rodeada de paz para celebrar las flores de la primavera y apreciar todo
cuanto había pasado y todo cuanto soy.
»Antes de concluir, quisiera añadir que soy una persona realista. Entiendo el enfoque
occidental del cáncer. Sé igualmente que hay en él grandes posibilidades. Todas las
adquisiciones de mi experiencia convergen en cierto modo hacia una verdad única,
pero cuando creo haberla alcanzado, se me escapa. De ello me viene un sentimiento
de humildad y me siento lo bastante tonta como para tratar de analizar la plenitud.
Pero ahora me noto apacible y serena, habiendo recibido ya bastantes veces la
garantía de que la plenitud es perfección.»
Ya no tengo miedo por su salud, aunque ella tuviera que volver a la lucha. Eleonor
está por encima de las batallas; irradia esa serenidad que ella misma describe. Pasar
un momento con ella me hace feliz y confiado; además, creo saber que su serenidad
es un bien preciado y escaso. Partiendo de la desesperación de la enfermedad, ha
descubierto la alegría. Cuando la memoria de su salud ha vuelto, le ha
proporcionado fuerza para toda la vida.
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