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30 MIGUEL [Link]
moderno, Turin, 1966 (trad. parcial en castellano: A.
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Menwrcke, F: La idea de a razén de Estado en la Edad Moder-
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Fortuna histérica de Maquiavelo
Machiavellismo e antimachiavellici nel Cinquecento. Atti
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Ellenguaje de Maquiavelo
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Studi sul linguaggio del M., Florencia, 1952.
1udi sul linguaggio del M., Florencia, 1969,
ElPrincipe
N, Naguina
Nadnd «
i. Krepe *,
ot peep
thants Edvzpad
1
(198Nicolds Maquiavelo al Magnifico Lorenzo de Medici*
Quienes desean conquistar el favor de un principe suelen
salirle al encuentro, las més de las veces, con aquellas co-
sas alas que confieren mas valor o ante las cuales le ven
deleitarse en mayor medida. Por eso vemnos muchas veces
que les son presentados caballos, armas, vestimentas do-
radas, piedras preciosas y adornos semejantes dignos de
su eminente posicién, Deseando yo, por tanto, ofrecerme
a Vuestra Magnificencia con algiin testimonio de mi afec-
to y obligacién hacia Vos, no he encontrado entre mis
pertenencias cosa alguna que considere més valiosa 0 es-
time tanto como el conocimiento de las acciones de los
grandes hombres, adquirido por mi mediante una larga
experiencia de las cosas modernas yuna continua lectura
delas antiguas': tras haberlas estudiado y examinado du-
rante largo tiempo con gran diligencia, las envio ahora
+ En el original en latin: Nicolaus Maclavellus/ad Magnificumn Lavren~
tun Medicem,
[UNIVERSIDAD DIEGO PORTALES|
FACULTAD DE COMUNICACION
«~~ - BIBLIOTESA Ln 07,4 oeaquiave.
~compendiadasen un pequefio volumen~ a Vuestra Mag-
nificen
Y aunque juzgo que esta obra no merece ser presenta-
da ante Vos, sin embargo, tengo plena confianza en que
vuestra magnanimidad la aceptard, teniendo en cuenta
que no puedo hacerle mejor ofrenda que darle la facultad
de poder en brevisimo plazo de tiempo aprender todo
aquello que yo he conocido y aprendido alo largo de tan.
j28afiosy con tantas privaciones y peligros, Esta obra no
|2he adomnado ni hinchado con amplios perfodes o con
palabras ampulosas y solemnes, [Link] cualquier otro ne,
buscamiento u ornamento superfluo, recursos con los
due muchos suelen describir y adornar sus obras, Yo, por
Ini parte, he querido o que nadall distinga o que tan slo
Ia haga grata la singularidad de la materia ylaimportan-
ia del tema, Tampoco quisiera que se tuviera por pre-
Sunci6n el que un Hombre de baja e infima condicidn se
atreva a examinar y reglamentar el gobierno de los. prin
cipes, porque ast como quienes dibujan el Paisaje se si-
tan en el punto més bajo de la llanura pare estadsa, la
naturaleza de las montaiias y de los lugares elevados, y
Para estudiar la de las bajas planicies ascienden al punto
mis elevado de los montes, de la misma forma, Para co-
nocer bien la naturaleza de los pueblos, es necesario ser
Principe y para conocer bien la de los principes es nece-
sario formar parte del pueblo.
Acoja, pues, Vuestra Magnificencia esta Pequefia
Sfrenda con el mismo dnimo con que yo sela envio, pues
sihace de ella un estudio y lectura diligente, reconocerd
en suinterior un profundo anhelo mio: que alcaneéioess
Brandeza que la fortuna y las restantes cualidades vues.
ras 08 prometen. Y si Vuestra Magnificencia, desde el
pice de su elevado sitial, posa en alguna ocasién lee ojos
35
EL PRINCIPE
sobre estos bajos lugares, reconocerd cudn inmerecida-
mente soporto una enorme y continua malignidad de la
fortuna’.Delos principados
1. Cudntos son los géneros de principados
‘y por qué modos se adquieren*
‘Todos los Estados; todos los'dominios\que han tenido y
tienen soberania sobre los hombres, han sido y son rept-
blicas o principados}.os principados son a hereditarios)
en aquellos casos en los que impera desde hace largo
tiempo el linaje de su sefior, o bien nuevos.’ Los nuevos, 0
son;completamente nuevos?~como lo fue Milan para
Francesco Sforza- 0 son a miodo de'miembros afiadidos
al Estado hereditario del principe quelos adquiere,como
esl caso del reino de Népoles con respecto al rey de Es-
pafia, Los dominios asf adquiridos, o estan acostumbra-
dos a vivir bajo un'principe,o acostumbraban a set li-
bres) y se adquieren [Link] armas de otro o con las
propias, graciasa lq fortuna 9 por medio de la virtud.
* De principatibus. Quot sint genera principatuum et quibus modis ac-
4quirantur, Todos los eapitulos estén encabezados por un titulo latino,
herencia sin duda del lenguaje cancilleresco.
738 Maat
UL, Delosprincipados hereditarios*
Dejaré a un lado la cuestién de las reptiblicas por haber
razonado extensamente sobre ellas en otro lugar. Atende-
résolamente al principado y, siguiendo el hilo de las dis-
tinciones anteriores, discutiré las formas en que estos
principados se pueden gobernary conservar.
Digo, pues, que en los Estados hereditarios y acostum-
brados al linaje de su principe la dificultad de conservar-
loses bastante menor que en el caso de los nuevos, puesto
ue es suficiente con respetar el orden de sus antepasados
Ys por, lo demas, adaptarse a los acontecimientos; de esta
forma, siel principe en cuestién es de una habilidad nor-
mal, conservaré siempre su Estado, a no ser que una fuer-
za extraordinaria y excesiva le prive de él, Incluso si es
Privado de él, lo recuperard a la minima adversidad que
sobrevenga al usurpador.
Italia nos proporciona un ejemplo de lo que digo: el
duque de Ferrara no ha podido resistir los asaltos de los
venecianos en 1484, como tampoco los del papa Julio
€n 1510, pero por causas distintas a la antigiiedad de su
autoridad. El principe natural tiene motivos y menos ne-
cesidad de causar agravios, de donde resulta que es mas
amado por sus stibditos, y, de no mediar vicios extraor.
dinarios que lo hagan aborrecer, es légico que sea acep-
tado y respetado de manera natural. Pues en la antigiie-
dad y en la continuidad de su autoridad se olvidan los
recuerdos y las causas de las innovaciones, en tanto que
tuna mutacién deja siempre puesta la base para la edifica-
ciéndeotra.
* Deprincipatibushereditaris.
{
39
IIL, De los principados mixtos*
Las dificultades se encuentran, sin embargo, en el princi-
pado nuevo. Y, primeramente, cuando no es totalmente
nuevo, sino un miembro afiadido a un Estado anterior; lo
cual origina un principado que podrfamos denominar
mixto. Los problemas que plantea emanan, en principio,
de una dificultad natural presente en todos los principa-
dos nuevos y consistente en que los hombres cambian de
buen grado de sefior con la esperanza de mejorar: esta es-
peranza les hace tomar las armas contra su sefior, pero se
engafian, pues después la experiencia les hace ver que
han salido perdiendo. Ahora bien, todo esto viene deter-
minado por otra necesidad, natural y ordinaria, la cual
obliga inevitablemente a agraviar a los nuevos stibditos
tanto por medio de tropas como por las otras muchas
violaciones de derechos que trae consigo la nueva adqui-
sicién. Asi te encuentras con que son enemigos tuyos to-
dos aquellos a quienes has lesionado al ocupar aquel
principado, mientras no puedes conservar como amigos
aaquellos que te introdujeron en él, por no poderles dar
satisfaccién en la medida en que se habjan imaginado y
porque las obligaciones que con ellos has contrafdo te
impiden usar en su contra medicinas fuertes, ya que para
entrar en un pais siempre se tiene necesidad, por mas
fuertes que sean los ejércitos propios, del favor de los ha-
bitantes. Por estas razones perdié Luis XII de Francia Mi
Kan con la misma [Link] quelo habia ocupado; bast6
para arrebatarselo en esta primera ocasién la sola fuerza
de Ludovico, pues aquellos mismos pueblos que le ha-
bfan abierto las puertas, sintiéndose engafiados en sus
© Deprincipatibus mixts.40 MaquiavElo
planteamientos y en aquel bien futuro que se habfan ima-
ginado, no podfan soportar los inconvenientes del nuevo
principe.
Es cierto, sin duda, que si se consiguen recuperar por
segunda vez, los paises rebelados se pierden con mds difi-
cultad, puesto que el sefior, aprovechando la oportuni
dad de la rebelién, tiene menos miramientos a la hora de
asentar su dominacién, y asi castiga a los que delinquie~
ron, saca a la luz piblica los sospechosos y se afirma en
las partes més débiles. Por todo ello, si para que Francia
perdiera Milén basté la primera vez un duque Ludovico
hostigando en las fronteras, para arrebatarselo por se-
gunda vez fue necesario que tuviera en contra el mundo
entero y que sus ejércitos fueran destrozados 0 expulsa-
dos de Italia, lo cual tuvo su causa en las razones anterior-
mente dichas.
No obstante, en ambos casos perdié Mildn, Ya se han
expuesto las razones generales de la primera pérdida; de-
bemos decir ahora cudles fueron las de la segunda y ver
qué remedios tenia Luis XII su disposici6n y cudles pue-
de tener alguien que esté en su misma situacién para con-
servar la adquisicién mejor de lo que lo hizo Francia.
Digo, por tanto, que estos Estados que al adquirirlos se
afiaden a un Estado antiguo del que los adquiere, o son
del mismo pais y de la misma lengua o no lo son. En el
primer caso es muy facil conservarlos, sobre todo sino
tienen la costumbre de vivir libres*: para poseerlos con
toda seguridad basta con haber extinguido el linaje del
principe anterior, pues en todo lo demés, al no haber di-
ferencia de costumbres, los hombres viven tranquilos si
se les mantiene en las viejas formas de vida. Es lo que ha
ocurrido en Borgofia, Bretafia, Gascusia y Normandia,
unidasa Francia durante tanto tiempo, pues aunque haya
eLpRmncn 4a
algunas diferencias en el lenguaje, sin embargo las cos-
tumbres son semejantes y pueden adaptarse facilmente
unas a otras. El que adquiere territorios nuevos de estas
caracteristicas debe respetar dos principios si quiere con
servarlos: el primero consiste en extinguir la familia del
antiguo principe; el segundo en no alterar ni sus leyes ni
sus tributos. El resultado sera que el nuevo territorio for-
maré en brevisimo tiempo un solo cuerpo con suantiguo
principado.
‘Abora bien, las dificultades aparecen cuando se ad-
quieren Estados en un pafs de lengua, costumbres e insti
tuciones diferentes. En este caso es necesario tener gran
fortunay mucha habilidad para conservarlos. Uno de los
remedios mayores y mas eficaces serfa que quien los ad-
quiere pasara a residir alli; esto haria mds segura y més
duradera su posesién. Es lo qué ha hecho el Turco con
respecto a Grecia: nunca la hubiera conservado, a pesar
de todas las restantes disposiciones observadas al efecto,
sino hubiera establecido alli su residencias pues estando
all{ se ven nacer los desérdenes y se les puede buscar re-
medio rapido, pero estando lejos se oyen cuando son
grandes y yano hay remedio. En este caso, ademés, el pais
deja de ser expoliado por tus servidores y los stibditos es-
+t4n satisfechos con el facil recurso al principe. Por todo
ello tienen més motivo para amarlo si quieren ser bue-
nos, y, siquieren ser de otra manera, de temerlo, Los ex-
tranjeros que quieran asaltar dicho Estado tendrén més
miramientos. En suma: si reside en el nuevo Estado, el
principe solamente lo podré perder con grandisima difi-
cultad.
Bl otro gran remedio consiste en establecer en uno 0
dos lugares colonias* que unan férreamentea ti dicho te-
rritorio, porque es necesario, o hacer esto, o mantenerlo- Maquuaveco
ocupado militarmente con amplios contingentes de ca-
balleria e infanterfa, Con las colonias no se gasta mucho
ysin gastos 0 con pocos se las enviay mantiene en el nue-
Vo territorio; ademas, solamente perjudican a aquellos a
quienes arrebatan los campos y las casas para entregar-
los a los nuevos habitantes, los cuales solamente consti-
tuyen, por otro lado, una minima parte de la poblacién
del Estado. Ademés, aquellos a quienes ha perjudicado,
al quedar dispersos y empobrecidos, no le pueden nun-
a ocasionar dafio alguno; todos los demés permanecen,
por un lado, no perjudicados, con lo cual deberan estar
quietos, y, por otro, con miedo a equivocarse, temerosos
de que les suceda a ellos igual que a los expoliados. Con-
cluyo, pues, que estas colonias no cuestan dinero, son
més fieles y ocasionan menos perjuicios al nuevo Estado,
mientras los agraviados no pueden ocasionar dafio algu-
no al quedar, como hemos dicho, pobres y dispersos.
Todo esto nos ha de hacer tener en cuenta quealoshom-
bres se les ha de mimar o aplastar®, pues se vengan de las
ofensas ligeras, ya que de las graves no pueden: la afrenta
que se hace a un hombre debe ser, por tanto, tal que no
haya ocasi6n de temer su venganza. En cambio, si en lu-
gar de mantener colonias, se ocupa el territorio militar-
mente, los gastos son mayores, pues las tropas consumen
todas las rentas obtenidas en el nuevo Estado. De esta
manera se pierde lo ganado y los agravios causados son
mucho mayores, ya que con los desplazamientos del
ejército los dafios se amplian a toda la poblacién. Todo
el mundo entonces siente las molestias y cada uno se
convierte en su enemigo, y son enemigos que le pueden
hacer dato, porque permanecen, vencidos, en su casa.
La ocupacién militar es, pues, inttil en tantos sentidos
como son titiles las colonias.
Lpninc “a
Quien, como se ha dicho, se encuentra en un pais dife-
rente, debe, ademés, convertirse en jefe y defensor de los
vecinos menos poderosos, ingenidrselas para debilitar a
los poderosos y guardarse de que, por cualquier contin-
gencia, entre en dicho pais un extranjero tan poderoso
como él, pues ocurrird siempre que lo llamarén aquellos
que estan descontentos o por demasiada ambicién o por
miedo, Ya se vio cémo los etolios llamaron alos romanos
a Grecia y cémo en todos los paises en que entraron lo hi-
cieron dela mano de sus habitantes, El orden delas cosas
es que tan pronto como un extranjero poderoso entra en
un pais, los menos poderosos see adhieren, llevados por
Ja envidia que tienen a aquel que es més poderoso que
ellos; hasta tal punto es esto, que con respecto alos menos
poderosos no tiene que hacer ningiin esfuerzo para ga-
narlos, ya que répidamente forman todos juntos una pifia
con el Estado que alli ha adquirido. Solamente tiene que
procurar que no adquieran demasiadas fuerzas y dema-
siada autoridad; hecho esto, puede facilmente, con las
fuerzas propias y con el favor de aquéllos, aplastar alos
poderosos y permanecer en todo el drbitro de aquel pais.
Y quien no maneje bien estas reglas perderé pronto lo
que haya adquirido, y, mientras lo conserve, se veré en-
frentado a infinitas dificultades y problemas.
Los romanos observaron correctamente estos princi-
pios en los paises que conquistaron: enviaron colonias,
conservaron los principes menos poderosos sin aumen-
tar su poder, aplastaron a los poderosos y no consintie-
ron que adquirieran reputacién los principes extranjeros
poderosos. Quiero que me baste s6lo con el caso de Gre-
cia a titulo de ejemplo: los romanos apoyaron a etolios y
aqueos, aplastaron el reino de Macedonia y expulsaron a
Antioco; los méritos contraidos por etolios y aqueos ja-“4 agutavero
més les indujeron a consentir que aumentaran su poder;
Jas lisonjas de Filipo no fueron capaces de ganarse su
amistad sin mantenerlo siempre débil, y el poder de An-
tioco jams pudo persuadirles a consentir que tuviera en
aquel pafs territorio alguno. Los romanos hicieron, por
tanto, en estos casos, lo que todos los principes sabios de-
ben hacer, los cuales no solamente han de preocuparse de
los problemas presentes, sino también de los futuros, tra-
tando de superarlos con todos los recursos de su habili-
dad; previstos con antelacién, se les puede encontrar
facil remedio, pero si se espera a tenerlos encima, la me-
dicina nunca esté a tiempo al haberse convertido la enfer-
medad en incurable. Ocurre aqui lo que dicen los médi-
os dela tisis: en un principio es ficil de curar y dificil de
reconocer, pero con el curso del tiempo, si no se la ha
identificado en los comienzos ni aplicado la medicina
conveniente, pasa a ser facil de reconocer y dificil de cu-
rar. Lo mismo ocurte en los asuntos de Estado; porque
Jos males que nacen en él se curan pronto si se les recono-
ce con antelacién (Jo cual no es dado sino a una persona
prudente); pero cuando por no haberlos reconocido se
les deja crecer de forma que llegan a ser de dominio pi-
blico, ya no hay remedio posible®.
Por eso los romanos, previendo con tiempo los incon-
venientes, encontraron siempre remedio y no les dejaron
nunca continuar su curso para eludir una guerra, ya que
sabfan que la guerra no se evita, sino que se retrasa para
ventaja del enemigo. Por el contrario, decidieron hacer la
guerra en Grecia contra Filipo y Antioco para evitar tener.
que hacérsela en Italia; en aquel momento hubieran po-
dido eludir la una y la otra, pero no quisieron. Tampoco
fue nunca de suagrado aquello de gozar del beneficio del
tiempo, que todo el dfa estamos oyendo sin cesar de la
BL princtPe 7
boca de los sabios de nuestra época; escuchaban, por el
contrario, los dictados de su virtud y de su prudencia,
pues el tiempo arrastra todo consigo en su curso y puede
comportar tanto lo bueno como lo malo, pero igualmen-
te tanto lo malo comolo bueno.
Pero volvamos a Francia y examinemos si hizo algo
deo que hemos dicho; no hablaré del rey Carlos, sino de
Luis, ya que las acciones de este tiltimo estén mas claras,
por haber conservado durante més tiempo sus posesio-
nes italianas. ‘Tendréis ocasién de ver hasta qué punto
hizo lo contrario de lo que debfa hacer para conservar un
Estado en un pais diferente.
Al rey Luis lo trajo a Italia la ambicién de los venecia-
nos, que querfan obtener con la entrada de Francia la mi-
tad del Estado de Lombardfa. No pretendo censurar esta
decision del rey, puesto que, si queria comenzar a poner
un pie en Italia, se vefa obligado a aceptar las alianzas que
podia, al carecer de aliados en este pais e incluso al tener
todas sus puertas cerradas como consecuencia del com-
portamiento anterior del rey Carlos. Y la decisién adop-
tada hubiera sido correcta de no haber cometido error
alguno en las demés operaciones. Conseguida, pues, la
Lombardfa, el rey recuperé répidamente la reputacién
que le habia arrebatado Carlos: Génova capitulé y los flo-
rentinos se hicieron aliados suyos; el marqués de Mantua,
el duque de Ferrara, los Bentivoglio, la sefiora de Forli
los seftores de Paenza, de Pesaro, de Rimini, de Cameri-
no, de Piombino, Luca, Pisa, Siena, todos le salieron al
encuentro para convertirse en aliados suyos. Y entonces
pudieron tomar conciencia los venecianos de la temeri-
dad de su decision: para conseguir dos pedazos de tierra
en Lombardia hicieron al rey senor de dos tercios de
Italia,- maquiavete
Considere ahora cada cual con qué poca dificultad po-
dia el rey conservar su reputacién en Italia, si hubiera ob-
servado las reglas anteriormente dichas y conservado se~
guros y defendidos a todos aquellos aliados suyos, los
cuales, por otra parte -siendo muchos, débiles y temero-
50s los unos de la Iglesia, los otros de Venecia~, estaban
obligados a permanecer siempre a su lado; con su apoyo,
ademés, podia mantenerse seguro facilmente ante quie-
nes todavia conservaban su poder en la peninsula, Sin
embargo, tan pronto como ocupé Milin, hizo justamente
Jo contrario, al dar su apoyo al papa Alejandro para que
‘ocupase la Romafia. No se percaté de que con esta deci-
sign se debilitaba a si mismo (pues se privaba de sus pro-
Pios aliados y de aquellos que se le habfan arrojado alos
pies) y engrandecia a Ja Iglesia, a la cual venta a afiadir
tanto poder temporal a aquel poder espiritual que le con-
fiere tanta autoridad. Pues bien, cometido un primer
error, se vio forzado a cometer otros, y para poner fin ala
ambicién de Alejandro impidiendo que se apoderara de
‘Toscana, tuvo que venir a Italia. No satisfecho con haber
engrandecido a la Iglesia y perdido a sus aliados, sus pre-
tensiones al reino de Naples o llevarona dividirlo conel
rey de Espafia. De esta forma donde él era, antes, érbitro
de Italia, se habia trafdo ahora un socio, al que podian re-
currirlos ambiciosos del pais y aquellos. quienes él mis-
mo habfa puesto en su contra, y cuando podia haber de-
jado en aquel reino un rey tributario, lo sacs para poner
auno que estaba en condiciones de echarlo a él mismo.
Verdaderamente es algo muy natural y ordinario el de-
seo de adquitir, y cuando lo hacen hombres que pueden,
siempre serén alabados y nunca censurados; pero cuan-
do no pueden y quieren hacerlo de cualquier manera,
aqui esté el error y las justas razones de censura. Por tan-
EL PRONCIPE, IE a
to, si Francia podia asaltar Napoles con sus propias fuer-
zas, debia hacerlo; sino podia, no debia dividirlo. Si se re-
partié Lombardia con Venecia, estaba excusada, pues
con ello habfa conseguido poner el pie en Italia; sin em-
bargo, el reparto de Népoles con Espafia merece ser cen-
surado por no estar ya presente aquella necesidad.
El rey Luis cometié, por tanto, los siguientes cinco
errores: destruyé alos menos poderosos; aumenté el po-
der de quien de por si era ya poderoso; trajo a Italia a un
extranjero poderosisimo; no fijé aqui su residencia y no
envié colonias. No obstante, estos errores no Je hubieran
sido muy perjudiciales de haber vivido més, sino hubiera
cometido el sexto: quitar sus territorios alos venecianos;
pues, si no hubiera aumentado el poder de la Iglesia ni
traido los espafioles Italia, el aplastara Venecia era muy
razonable e incluso necesario; pero, habiendo adoptado
esas dos primeras decisiones, jamds debia permitir su
ruina, puesto que una Venecia poderosa era una gerantia
contra las pretensiones de sus enemigos hacia la Lombar-
dia, Y de esto no cabe duda alguna, ya que Venecia jamas
Jo bubiera consentido sin convertirse ella en sefiora, ya
que los otros no habrian querido artebatarla a Francia
para entregarla a los venecianos y porque no habrian te-
nido valor para quitérscla alas dos. Y sialguno dijera que
el rey Luis cedié la Romafia a Alejandro y el reino de Na-
poles a Espafia para evitar una guerra, le respondo con
las razones dichas anteriormente: no se debe jamas per-
mitir que contintie un problema para evitar una guerra
porque no se la evita, sino que se la retrasa con desventaja
tuya. ¥ sialgunos otros alegaran la promesa que el rey ha-
bia hecho al papa, por la cual accedia a la conquista de la
Romaiia a cambio de la disolucién de su matrimonio y
del capelo cardenalicio para el obispo de Rouen, respon-48 MAQUIAYELO
do con lo que diré més tarde acerca de la palabra de los
principes y cémo es preciso guardarla, El rey Luis perdi,
por tanto, la Lombardia por no haber observado ningu-
no de los principios observados por otros que han con-
quistado paises con el propésito de conservarlos. No hay
nada de milagroso en todo esto, sino, por el contrario,
algo ordinario y razonable. ‘Tuve ocasién de hablar de
esta cuestién con el cardenal de Rouen en Nantes’, cuan-
do el Valentino ~asi era llamado vulgarmente César Bor-
gia, hijo del papa Alejandro— iba ocupando la Romaiia.
Diciéndome el cardenal de Rouen que los italianos no en-
tendian de la guerra, yo le respondi que los franceses no
entendian de las cuestiones de Estado, porque si enten-
dieran jamés hubieran permitido quela Iglesia alcanzara
tanto poder, y la experiencia ha mostrado queen Italia su
poder, y el de Espaita, les ha sido dado por Francia, y la
ruina de ésta a su vez causada por aquéllas. De todo ello
se extrae una regla general que nunca, 0 a Jo sumo rara-
mente, falla: quien propicia el poder de otro, labra su pro-
pia ruina, puesto que dicho poder lo construye 0 con la
astucia o con la fuerza y tanto la una como la otra resul-
tan sospechosas al que ha llegadoa ser poderoso.
IV. Porquérazénelreino de Dario, que
haba sido ocupado por Alejandro, no se rebelé
trasla muerte de éste contra sus sucesores*
Examinadas las dificultades a que se ha de hacer frente en
un Estado recién adquirido a la hora de conservarlo, po-
* Cur Darii regnum quod Alexander occupaverat a suecessoribus suis
ost Alexandrimortem non defect.
siniciPe,1V oo
dria alguien preguntarse asombrado cémo fue que Ale-
jandro Magno llegé a ser dueito de Asia en pocos aftos y
~muerto al poco de ocuparla, cuando parecia razonable
que todo el reino se alzara en rebelidn--, sin embargo, sus
sucesores lo conservaron sin ninguna otra dificultad que
laque surgia entre ellos mismos como consecuencia dela
ambicién de cada cual. A esto respondo que los principa-
dos de los que tenemos memoria se encuentran goberna-
dos de dos maneras distintas: 0 por un principe yalgunos
siervos que, convertidos en ministros por gracia y conce-
sidn suya, le ayudan en el gobierno del reino, o por un__-
principe y por nobles, los cuales poseen dicho grado rio
porla gracia del seftor, sino por herencia familiar. Dichos
nobles tienen Estados y stibditos propios que les recong-
cen como su principe y les profesan el natural afecto,{En
los Estados gobernados por un principe y por siervos el
principe goza de una autoridad mayor, ya que en todo su
territorio nadie reconoce otro superior que ély si obede-
cen aalgiin otro lo hacen en tanto que ministro y funcio-
nario del principe, sin que haya de por medio un afecto
especial.)
En nuestro tiempo los ejemplos de estas dos clases de
gobierno son la monarquifa turca y el rey de Francia. La
primera esté gobernada por un seffor al que asisten sus
siervos: dividido su reino en provincias, envia a ellas di-
ferentes administradores alos que cambia y permuta se-
giin le parece. El rey de Francia, por el contrario, se en-
cuentra colocado en medio de una antigua multitud de
sefiores, cuya situacién es reconocida por sus stibditos y
que, a su ver, son amados por éstos. Tales seilores tienen
sus privilegios, que el rey no les puede arrebatar sin co-
rer serio peligro. Quien reflexione, pues, sobre un Esta,
doy otro, encontrard dificilla conquista deTESTado tuirco,50 Mauiavevo.
pero una vez conseguido, encontrard su conservacién ex-
traordinariamente facil’,
Las causas que hacen dificil poder ocupar el reino tur-
coson elhecho deno poder ser llamado por principes de
dicho reino ni esperar que su empresa se vea facilitada
Por la rebelién de los que se hallan al lado del rey, o cual
viene dado por las razones anteriormente dichasfpies,
siendo todos esclavos y estando ligados a él por vinculos
delealtad, solamente se pueden corromper con mas difi-
cultad, y aun en el caso de que se corrompan, la utilidad
que se puede sacar de ellos es escasa, al ser incapaces de
arrastrar consigo la poblacién por las razones ya consig-
nadasPor todo ello, quien se decida a atacar al Turco,
debe pensar que se lo encontraré unido y le conviene
confiar més en las propias fuerzas que en la descomposi-
cién del contrariofBero siconsigue vencerlo y deshacer
sus ejércitos de manera irremesible, solamente ha de te-
mer ala familia del principe; silogra destruirla, ya no hay
motivo alguno de temor, pues los otros carecen del favor
Popular. Asi, de la misma forma que antes de la victoria
no podia esperar nada de ellos, después de ella tampoco
debe temer nada de su parte]
En los reinos gobernados como el de Francia ocurrelo
contrariofpuedes entrar en ellos con facilidad site ganas
algiin noble del reino, ya que siempre es posible encon-
trar descontentos y partidarios de os cambios. Estos, por
las razones ya dichasfte pueden abrirlas puertas de aquel
Estado y facilitarte la victori,)a cual, sin embargo, si pre-
tendes mantenerte, trae después consigo infinitas dificul-
tades, tanto por parte de aquellos que te han ayudado
como por parte de los que has oprimido. Aqui ya no te
basta con extinguir la familia del principe, puesto que
siempre quedan aquellos seftores, los cuales se etigen en
sLpwincrns, 51
cabezas de nuevas insurrecciones. Dado que no puedes ni
contentarlos ni destruirlos, perderds aquel Estado a la
minima oportunidad que se les presenté
Ahora bien, si considerdis el tipo de gobierno del reino
de Darfo, lo encontraréis semejante al de la monarquia
‘turca; por eso Alejandro estaba obligado primeramente a
asaltarlo por entero y hacerse duefio del territorio; tras la
victoria, muerto Dario, aquel Estado se hallaba comple
tamente seguro en manos de Alejandro por las razones
expuestas anteriormente. Y sus sucesores, de haberse
mantenido unidos, hubieran podido gozar de él sin es-
fuerzo alguno, pues en aquel reino no nacieron otros tu-
multos que los que ellos mismos suscitaron. Sin embargo,
noes posible conservar con la misma tranquilidad los Es-
tados organizados politicamente como Francia; de ahilas
frecuentes rebeliones a la dominacién romana de Espa-
fa, Francia y Grecia, originadas en los numerosos princi-
pados existentes en aquellos Estados; de ahi que los ro-
manos jamés estuvieran seguros de aquella posesién
mientras duré la memoria de los mismos. Ahora bien,
borrado su recuerdo, pasaron a ser duefios seguros gra-
cias a su fuerza y a la larga duracién de su gobierno. Pu-
dieron incluso, enfrentados después entre sf, atraerse
cada uno una parte de aquellas provincias en funcién de
laautoridad que en ellas hubiera llegado a adquirir, pues
tales provincias ~extinguida la estirpe de su antiguo se-
fior- solamente reconocfan yaa los romanos. Considera-
das, por tanto, todas estas cosas, que nadie se asombre de
Ia facilidad con que Alejandro conservé Asia ni de las di-
ficultades experimentadas por otros a la hora de mante-
ner lo adquirido, como fue el caso de Pirro y muchos
otros. Todo ello no viene dado por la mucha o poca vir-
tud del vencedor, sino por la diversidad dela materia.32 Maquiaveio
V. De qué modo se han de gobernar las ciudades
o principados que antes de su adquisicién se regian
con sus propias leyes*
[Couando, como decimos, se adquieren Estados que estén
acostumbrados a vivir con sus propias leyes y en libertad,
el que quiera conservarlos dispone de tres recursos: el
primero, destruir dichas ciudades; el segundo, ir a vivir
alli personalmente; el tercero, dejarlas vivir con sus leyes,
imponiéndoles un tributo e implantando en ellas un go-
bierno minoritario que te las conserve fielesLo ultimo
no presenta excesivas dificultades, ya que, al haber sido
creado dicho gobierno por aquel principe, sabe que no
puede mantenerse sin su apoyo y su poder, por lo cual
hard todo lo que esté en su mano para conservar su auto-
ridad. Mas facilmente se conserva una ciudad acostum-
brada a vivir libre a través de sus propios ciudadanos que
de cualquier otra manera, siempre que no se la quiera
destruir. Nos proporcionan ejemplos los espartanos y los
romanos. Los primeros conservaron Atenas y Tebas por
medio de una oligarqufa; no obstante, al final las perdie-
ron. Los romanos, para conservar Capua, Cartago y Nu-
mancia, las demolieron, y no las perdieron. Quisieron
conservar Grecia de manera parecida a los espartanos,
haciéndola libre y dejéndole sus leyes, pero no lo consi-
guieron; de modo que se vieron forzados a destruir mu-
chas ciudades de aquel pais a fin de conservarlo, Pues, en
verdad, no hay otro modo seguro de poseer tales Estados
que destruyéndolos. Y quien pasa a ser sefior de una ciu-
dad acostumbrada a vivir libre y no la destruye, que espe-
* Quomodo administrandae sunt civitates vel principatus, qui antequam
occuparentur, suis legibus vivebant,
ELPRINCIPE, vi 53
re ser destruido por ella, pues en la rebelién siempre en-
contraré refugio y justificacién en el nombre de la liber-
tad y en sus antiguas instituciones, cosas que jamds se ol-
vidan a pesar del paso del tiempo y de la generosidad del
nuevo seitor. Por mucho que se haga y por muchas previ-
siones que se tomen, si no se disgrega y dispersa a susha-
bitantes, jams olvidan aquel nombre ni aquellas institu-
ciones, ¢ inesperadamente, ante cualquier imprevisto,
recurren a ellos. Es lo que hizo Pisa al cabo de cien aftos
de estar sometida a los florentinos.
En cambio, cuando las ciudades o los paises estan acos-
tumbrados a vivir bajo el dominio de un principe, sila fa-
milia de éste queda extinguida, dado que por un lado es-
tén acostumbrados a obedecer y por otro ya no tienen a
su viejo principe, para elegir uno entre ellos no se ponen
de acuerdo y vivir libres no saben; de forma que siempre
son mas lentos a la hora de tomar las armas y con tanta
més facilidad se los puede un principe ganar y guardarse
de ellos{Pero en las reptiblicas hay mayor vida, mayor
odio, mas deseo de venganza; no les abandona ni muere
jamés la memoria de la antigua libertad, de forma que el
procedimiento mas seguro es destruirlas o vivir en ellas2?
VL Delos principados nuevos adquiridos con las armas
propias y con virtud*
Que nadie se sorprenda si en la exposicién que voy @ ha-
cer de los principados completamente nuevos, tanto por
su principe como por su organizacién politica, traigo a
colacién ejemplos nobilisimos. La raz6n no es otra que,
* Deprincipatibus novis qui armis propriis et virtute acquiruntur.aa MaquiavELo
caminando casi siempre los hombres. porlas vias holladas
por otros y procediendo en sus acciones por imitacién,
aunque no se pueda seguir con estricta fidelidad los pa.
sos de los demés ni sea tampoco posible alcanzar la vir-
tud de aquellos a quienes imitas, sin embargo, un hombre
prudente debe discurrir siempre por las vias trazadas por
Jos grandes hombres e imitar a aquellos que han sobresa-
lido extraordinariamente por encima de los demds, con
el fin de que, aunque no se alcance su virtud, algo nos
quede, sin embargo, de su aroma. Se debe hacer como los
arqueros prudentes, los cuales ~conscientes de que el lu-
gar que desean alcanzar se encuentra demasiado lejos y
conociendo al mismo tiempo los limites de la capacidad
desu arco- ponen la miraa bastante més altura que el ob-
jetivo deseado, no para alcanzar con su flecha a tanta al-
‘ura, sino para poder, con la ayuda de tan alta mira, llegar
al lugar que se han propuesto. Sostengo, pues, que en los
principados completamente nuevos, en los que el prin-
cipe es asimismo nuevo, se encuentran més 0 menos di-
ficultades para conservarlos segiin sea més o menos
virtuoso el que los adquiere. Y dado que el hecho de con-
vertirse de particular en principe es fruto de la virtud 0
dela fortuna, parece, en principio, que la unao la otra de
estas dos cosas mitigue en parte muchas de las dificulta-
des; sin embargo, el que se ha abandonado menosala for-
tuna se ha mantenido mejor. Constituye también un mo-
tivo de facilidad el hecho de que el principe se vea
obligado, por no tener otros Estados, a ira residir alli per-
sonalmente.
Pasando ya a aquellos que llegaron a ser principes por
su propia virtud y no por fortuna, afirmo que los mas no-
tables son Moisés, Ciro, Rémulo, Teseo y semejantes, Y
aunque sobre Moisés no sea licito razonar, por haber sido
ELPRINCIOE, 55
mero ejecutor de las érdenes de Dios, sin embargo, debe
ser admirado, aunque sélo sea por aquella gracia que lo
hacia digno de hablar con Dios. Pero consideremos a
Ciro ya los otros que adquirieron o fundaron reinos: los.
encontraréis a todos dignos de admiracién, y si se exami-
nan sus acciones y las instituciones creadas por cada uno
de ellos, se encontrar que no son diferentes de las de un
‘Moisés que tuvo tan alto preceptor. Considerando sus ac-
cionesy su vida, se ve que no eran deudores dela fortuna,
sino dela oportunidad, la cual les proporcioné la materia
en la que poder introducir la forma que les parecié més
conveniente. Sin esa oportunidad Ja virtud de su 4nimo
se habria perdido, y sin dicha virtud la oportunidad ha-
bria venido en vano. Era, por tanto, necesario para Moi-
sés encontrar al pueblo de Israel, en Egipto, esclavo y
oprimido porlos egipcios, afin de que ellos, para salir de
la esclavitud, se dispusieran a seguirlo. Era conveniente
que Rémulo no tuviera espacio suficiente en Alba, que
fuera abandonado al nacer, si se queria que llegase a ser
rey de Roma y fundador de aquella patria. Era necesario
que Ciro encontrara a los persas descontentos con el go-
bierno delos medos, yalos medos, blandosy afeminados
porlalarga paz. Teseo no podia demostrar su virtud sino
encontraba a los atenienses dispersos. Estas oportunida-
des hicieron, por tanto, la dicha y Ia fortuna de estos
hombres, y su virtud fuera de lo comtin les hizo recono-
cer la oportunidad que se les brindaba. El resultado fue
que su patria se vio ennoblecida y su prosperidad llevada
alasmésaltas cotas.
‘Aquellos que, de manera semejante a ellos, alcanzan el
principado por vias que exigen virtud, llegan a dicha si-
tuacién con dificultad, pero se mantienen con facilidad.
Las dificultades que encuentran en la adquisicién del56 Maquiaveio.
principado nacen en parte de las nuevas instituciones y
modos que se ven forzados a introducir para fundamen-
tar su Estado y su seguridad. Y a este respecto se debe
tener en cuenta hasta qué punto no hay cosa més dificil
de tratar, ni mas dudosa de conseguir, ni més peligrosa de
conducir, que hacerse promotor de la implantacién de
nuevas instituciones. La causa de tamafia dificultad resi-
de en que el promotor tiene por enemigos a todos aque-
los que sacaban provecho del viejo orden y encuentra
unos defensores timidos en todos los que se verian bene-
ficiados por el nuevo. Esta timidez nace en parte del te~
mor alos adversarios, que tienen la ley a su lado, y en par-
te también de la incredulidad de los hombres, quienes
~en realidad~ nunca creen en lo nuevo hasta que adquie-
ren una firme experiencia de ello. De ahi nace que, siem-
pre que los enemigos encuentran la ocasién de atacar, lo
hacen con dnimo faccioso, mientras los demés sélo pro-
ceden a la defensa con tibieza, de lo cual resulta un serio
peligro para el principe y para ellos. Es necesario, por
tanto, si se quiere comprender bien esta parte, examinar
siestos innovadores se valen por si mismoso si dependen
deotros, es decis, si para llevar adelante su obra necesitan
predicar o, por el contrario, pueden recurrir ala fuerza".
Enelprimer caso siempre acaban mal y no llevan adelan-
te cosa algunayjpero cuando dependen de si mismos y
pueden recurrir ala fuerza, entonces sélo corren peligro
en escasas ocasiones. Esta ¢s la causa de que todos los
profetas armados hayan vencido y los desarmados pere-
cidé,|Pues, ademas de lo ya dicho, la naturaleza de los
pueblos es inconstante: resulta facil convencerles de una
cosa, pero es dificil mantenerlos convencidos. Por eso
conviene estar preparado, de manera que cuando dejen
de creer se les pueda hacer creer por la fuerza. Moisés,
EL pRINH
“vt 57
Ciro, Teseo y Romulo no hubieran podido hacer observar
asus pueblos durante mucho tiempo sus instituciones de
haber estado desarmados. Esto fue lo que ocurrié en
nuestra época a fray Jeronimo Savonarola, el cual cay6
junto con sus nuevas instituciones tan pronto como la
multitud empezé a perder su confianza en él, pues care-
cia de medios para conservar firmes a su lado a los que
habfan crefdo y para hacer creer alos incréduilos". Estos
hombres experimentan en su actuacién grandes dificul-
tades y su camino est sembrado de peligros a los que
deben hacer frente y superar con la ayuda de la virtud.
(Bhora bien, una vez los han superado y comienzan a ser
respetados, al haber destruido a quienes tenfan envidia
desu situacién, permanecen ya poderosos, seguros, hon-
radosy dichosoe]
‘A ejemplos tan sublimes quiero aftadir uno de menor
rango que, sin embargo, guardaria cierta proporcién con
aquéllos y que pretendo me baste para todos los casos se-
mejantes. Se trata de Hierén de Siracusa. De simple par-
ticular se convirtié en principe de aquella ciudad y tam-
poco conocié de la fortuna otro don que la oportunidad:
halléndose los siracusanos en una dificil situaci6n, lo eli-
gieron capitén y de ahi se gan6 que por méritos propios
Megaran a hacerlo principe. Su virtud era tal, incluso en
sus asuntos privados, que quien nos habla de él nos dice
el Quod nihil illi deerat ad regnandum practer regnum™.
Hierén disolvi6 el viejo ejército, formé uno nuevo; aban-
doné las viejas alianzas y contrajo otras nuevas. Como
tenia entonces aliados y soldados que eran realmente su-
yos, estaba en condiciones de edificar sobre tal funda-
mento cualquier edificio, hasta tal punto que lo que le
costé bastante esfuerzo conseguir lo pudo conservar con
poco.58 MaguravELo
VII. De los principados nuevos adquiridos con armas
ajenasy porla fortuna*
Quienes de simples particulares se convierten en princi-
pes con la sola ayuda de la fortuna alcanzan dicho estado
con pocos esfuerzos, pero deben realizar muchos para
mantenerse, En su camino al principado no encontraron
ninguna dificultad, pues mds bien volaban; todas las difi-
cultades aparecen cuando se encuentran allt. En esta si-
tuaci6n se hallan aquellos a quienes es otorgado un Esta-
do o por dinero o por la voluntad de otra persona. Es lo
que ocurrié a muchos en Grecia, en las ciudades de Jonia
y del Helesponto, donde fueron hechos principes por Da-
rio a fin de que las ocuparan para su propia seguridad y
gloria; ésta era también la condicién de aquellos empera-
dores que de particulares accedian al trono corrompien-
do a los soldados. Estos individuos dependen sencilla-
mente de la voluntad y de la fortuna de quien les ha
concedido el Estado, dos cosas volubilisimas ¢ inestables.
Y no saben ni pueden conservar su puesto: no saben,
porque, deno ser un hombre de gran ingenioy virtud, no
es razonable que -habiendo vivido siempre en una con-
dicién puramente privada- sepan mandar; no pueden,
porque no disponen de fuerzas que les puedan ser amigas
yfieles. Ademés, al igual que todas las otras cosas de la
naturaleza que nacen y crecen répidamente, tampoco los
Estados que surgen stibitamente pueden tener las raices y
sus ramificaciones firmes y asentadas, con lo cual la pri-
mera circunstancia adversa los destruye, a no ser que
quienes tan repentinamente han pasado a ser principes
Posean -como se ha dicho- tanta virtud que sepan pre-
* Deprincipatibus novis qui alienis armiset fortuna acquiruntur
ELprivci
var 59
pararse répidamente a conservar lo que Ja fortuna ha
puesto en sus manos y sean capaces de asentar después
los cimientos que los otros pusieron antes de convertirse
en principes.
Quiero aducir dos ejemplos quea nuestra propia época
nos ha proporcionado a propésito de las dos maneras de
Megar al principado, o sea, por la virtud y por la fortuna.
Se trata de Francesco Sforza y César Borgia. El primero
pas6 de particular a duque de Mildn por los medios ade-
cuados y gracias su gran virtud, deforma que conservé
con poco trabajo lo que habia conquistado con mil es-
fuerzos. Por otra parte, César Borgia -llamado vulgar-
mente duque Valentino- adquirié el Estado gracias a la
fortuna de su padre, y con el irse de ella lo perdi6, a pesar
de haber recurrido a todo tipo de medios y haber hecho
todas aquellas cosas que un hombre prudente y virtuoso
debia hacer para poner sus raices en aquellos Estados que
Jas armas y la fortuna de otros le habfan proporcionado.
Pues, como he dejado dicho més arriba, quien no pone
los cimientos primero los podr poner después si es ca-
paz de actuar con mucha virtud, aunque se haga con mo-
lestias para el arquitecto y con peligro parael edificio. Ast
pues, si se estudia atentamente todas las acciones del du-
que, se podré ver que se habia procurado fundamentos
sélidos para su futuro poder. Estimo que no es superfluo
examinat dichas acciones, puesto que yo mismo no sa-
bria dara un principe nuevo otros preceptos mejores que
el ejemplo de su conducta. Pues si sus disposiciones no
le rindieron fruto en iltima instancia, no fue por culpa
suya, sino de una extraordinaria y extrema malignidad
dela fortuna.
Los propésitos de Alejandro VI de querer hacer gran-
dea su hijo el duque se enfrentaban a numerosas dificul-60 MaQUIAVELO
tades presentes y futuras. En primer lugar, no veié el ca~
‘mino para hacerlo seftor de algtin Estado que no pertene-
cieraala Iglesia, e incluso en el caso de que decidiera pro-
curarle un Estado eclesidstico sabia que el duque de
Milan y los venecianos no se lo permitirian. Porque Faen-
zay Rimini estaban desde hacia tiempo bajo la protec-
cin de Venecia. Vefa, por otra parte, que los ejércitos de
Italia y especialmente aquellos de que se hubiera podido
servir estaban en manos de quienes debian temer el for-
talecimiento del papa; en consecuencia, no podia fiarse
de tales tropas, dado que todas ellas estaban al mando de
Jos Orsini, los Colonna y sus aliados. Era, por tanto, nece-
sario trastocar aquel orden de cosas ¢ introducir el desor-
den en sus Estados para poderse hacer duefio sin riesgos
de parte de ellos. Le result6 facil; porque encontré alos
venecianos, que ~movidos por otras razones- se habian
decidido a traer de nuevo a Italia a los franceses. Alejan-
dro no tan sdlo no se opuso, sino que incluso lo hizo mas
facil con la disolucién del matrimonio del rey Luis. Pas6,
por tanto, el rey a Italia con la ayuda de Venecia y el con-
sentimiento de Alejandro. Tan pronto como el rey estuvo
en Mildn, obtuvo de él el papa tropas con las que acome-
ter la toma de la Romafia, empresa que le fue permitida
por el prestigio del rey. Habiendo conseguido asf el duque
la Romaiia y derrotados los Colonna, se enfrentaba a dos
obstaculos si queria conservar lo adquirido y seguir
avanzando: el primero, que sus tropas no le parecian fie-
les; el segundo, la voluntad de Francia, es decir, el peligro
de que las armas de los Orsini (aquellas precisamente de
que se habja valido) lo dejaran colgado en el aire y no so-
Jamente le impidieran ampliar lo adquirido, sino que in-
cluso se lo arrebataran, y que el rey se decidiera a hacer lo
mismo. Los Orsini, ademas, ya le habian dado una mues-
EL PRINCIPE, vi
6
tra cuando, tras la toma de Faenza, pasé a atacar Bolonia
y comprobé que se comportaban con escaso ardor; con
respecto al rey, conocia ya su estado de animo cuando,
una vez tomado el ducado de Urbino, procedié al asalto
de la Toscana y el rey le oblige a desistir de la empresa.
Por todo ello, el duque decidié que en lo sucesivo no de-
bia depender mas de las armas y de la fortuna de otros.
Asi, lo primero que hizo fue debilitar los partidos de
los Orsiniy los Colonna en Roma: a todos los partidarios
que tenfa entre la nobleza se los gané para si haciéndo-
les nobles suyos y otorgdndoles grandes recompensas;
los distinguié con cargos militares y de gobierno segin
las cualidades de cada uno, de forma que al cabo de pocos
meses el énimo de todos ellos se olvid6 de las vinculacio-
nes de partido para volcarse enteramente en el duque.
Tras esto, esper6 la oportunidad de destruir alos Orsini,
deshecho ya el partido de los Colonna. Dicha oportuni-
dad le vino a punto y la aproveché mejor, pues advirtien-
do los Orsini -tarde ya~ que el engrandecimiento del
duque y de la Iglesia representaba su propia ruina, cele-
braron una reunién en Magione, en la regidn de Periasa.
De aqui nacieron la rebelién de Urbino y los desérdenes
dela Romafia, y graves peligros para el duque, que consi-
guid superar con la ayuda de los franceses. Recobrado su
prestigio, desconfiando tanto de Francia como de cuales-
quiera otras fuerzas ajenas , para no tener que ponerlas
a prueba, recurrié al engafio: supo disimular tan bien sus
verdaderas intenciones que los Orsini se reconciliaron
con él por mediacién del sefior Paulo. El duque desplegé
todo tipo de cortesfas para ganar su confianza, regalin-
dole dinero, vestidos y caballos, hasta el punto que su in-
genuidad los condujo a Sinigaglia, a sus propias manos.
Exterminados, pues, estos cabecillas y convertidos sus2 maquiavene
partidarios en aliados suyos, el duque habfa conseguido
poner unos cimientos bastante sélidos para su poder,
pues dominaba toda la Romafia y el ducado de Urbino y,
sobre todo, crefa haberse ganado la adhesién dela Roma-
fia y todos aquellos pueblos, que ahora comenzaban a
gustar de bienestar.
Y, dado que este tiltimo punto es digno de noticia y de
ser imitado por otros, no quiero dejarlo sin alguna men-
cién: conquistada la Romafia y encontréndola goberna-
da por sefiores incapaces, mas dispuestos a despojar a sus
stibditos que a llamarlos al orden ~con lo cual les daban
motivo de desunién y no de unién, basta el punto de que
todo el territorio estaba sembrado de ladrones, banderias
y toda clase de rebeldias-, determiné que era necesario
darle un buen gobierno si queria reducirla al orden y ha-
cerla obediente al poder soberano, Por eso puso al frente
del pais a Ramiro de Orco, hombre cruel y expeditivo, al
cual dio plenos poderes. Al cabo de poco tiempo su mi-
nistro consiguié pacificar el territorio y reducirlo a la
unidad, todo lo cual trajo consigo la extraordinaria repu-
tacién del duque. Pero mas tarde juzgé el duque que ya
no era necesaria tan gran autoridad, pues se corria el peli-
gro de que resultara odiosa, e implanté un tribunal civil
enel centro del tertitorio, presidido por un hombre exce-
lentisimo y en el que cada ciudad tenfa su propio aboga-
do. ¥ como sabfa que los rigores pasados le habian ge-
nerado algiin odio, para curar los énimos de aquellos
pueblos y gandrselos plenamente decidié mostrar que, si
alguna crueldad se habia ejercido, no haba provenido de
i, sino de la acerba naturaleza de su ministro. Asi que,
cuando tuvo ocasién, lo hizo llevar una mafianaa la plaza
de Cesena partido en dos mitades con un pedazo de ma-
deray un cuchillo ensangrentado al lado. La ferocidad del
BLeninctee,
68
espectéculo hizo que aquellos pueblos permanecieran
durante un tiempo satisfechosy estupefactos'.
Pero volviendo al punto en que nos habfamos queda-
do, digo que al duque (bastante poderoso ya y seguro en
parte ante los peligros presentes por haberse armado asu
manera y por haber en buena parte destruido aquellas
armas que, por cercanas a él, hubieran podido hacerle
dato) le quedaba todavia, si queria ampliar sus conquis-
tas, el temor al rey de Francia. Pues era consciente de que
el rey, que aunque tarde, se habia percatado de su error,
no se lo habria permitido, Por eso comenz6 a buscar nue.
vosaliados y a mostrarse vacilante con respecto a Francia
cuando las tropas de ésta descendieron a Napolesen con-
tra de los espaftoles que asediaban Gaeta. Su objetivo era
asegurarse frente a ellos, y lo habria conseguido de seguir
viviendo Alejandro.
Estas fueron sus directrices en cuanto a los problemas
presentes. Por lo que a los futuros se refiere, debfa temer
sobre todo que el nuevo papa le fuera hostil y tratara de
arrebatarle lo que le habja dado Alejandro. Traté de evi-
tar esa posibilidad por cuatro procedimientos: en primer
lugar exterminando las familias de todos aquellos a los
que habfa despojado, a fin de quitar al papa la oportuni-
dad; en segundo lugar, como se ha dicho, gandndose a to-
dos los nobles de Roma para tener asf al papa inmoviliza-
dos en tercer lugar; hacer al Colegio Cardenalicio lo mas
suyo que pudiera; en cuarto lugar, adquirir el maximo de
poder antes de que muriera su padre para estar en condi-
ciones de resistir por s{mismo a un primer ataque. Dees-
tas cuatro cosas haba conseguidoa la muerte desu padre
tres; la cuarta la daba casi por hecha: de los nobles despo-
jados maté a cuantos pudo atrapar y poquisimos se sal-
varon; a los nobles romanos se los habia ganado y en elsercameam, |
TUE EEE
64 Maguraveto.
Colegio tenfa una faccidn numerosisima. En cuanto alas
nuevas adquisiciones, habfa planeado aduefiarse de Tos-
cana y poseia desde hacfa tiempo Perusa y Piombino, ha-
biendo tomado a Pisa bajo su proteccién. ¥, dado que no
debia tener miedo a Francia (que no debia tenérselo més,
al haber sido despojados los franceses del reino de Népo-
les por los espafioles, lo cual obligaba a ambos comprar
su amistad), se veia ya saltando sobre Pisa. Tras ello, Luc-
cay Siena cederian répidamente, en parte, por envidia de
Jos florentinos y, en parte, por miedo; los florentinos por
su parte no tenian escape posible. Si hubiese conseguido
todo esto (y lo iba a conseguir el afio mismo en que mu-
1i6 Alejandro), alcanzarfa tanta fuerza y tanta reputacion
que se hubiera puesto a salvo por sus propios medios y ya
no hubiera dependido jamés dela fortuna y de as fuerzas
de otro, sino de su propio poder y de su propia virtud.
Pero Alejandro murié sélo cinco afios después de que él
hubiera empezado a desenvainar la espada; lo abandoné
cuando solamente habia podido consolidar su Estado de
la Romatia: todos los demés estaban en el aire y él mismo
situado entre dos poderosisimos ejércitos enemigos y en-
fermo de muerte. Sin embargo, su 4nimo era tan indémi-
toy su capacidad y energia tan grandes, sabia tan bien
que alos hombres o se les gana o selles pierde, tan sélidos
eran los cimientos que en poco tiempo se habia construi-
do, que sino hubiera tenido aquellos ejércitos encima oél
hubiera estado sano, habrfa vencido todas las dificulta-
des. Y que sus cimientos eran buenos lo mostré la expe-
riencia, pues la Romafia lo esperd mas de un mes, en
Roma estaba seguro a pesar de estar medio muerto, y
aunque los Ballioni, los Vitelli y los Orsini vinieron a
Roma, no encontraron aliados para atacarlo sino podia
hacer papa a quien querfa, podfa conseguir al menos que
sLPaINcIE,
6
no lo fuera quien no queria, Pero de no haber estado en-
fermo ala muerte de Alejandro, todo le hubiera resultado
facil. El mismo me dijo personalmente, en los dias en que
fue elegido papa Julio II, que habia pensado en lo que pu-
diera suceder a la muerte de su padre, encontrando el re-
medio conveniente a cada cosa, pero que no habia pen-
sado jamés que en aquella ocasién también él mismo
estuviera a punto de morir.
Recogidas, pues, todas las acciones del duque, no sabria
censurarlo. Creo mas bien, como he dicho, que sele ha de
proponer como modelo a imitara todos aquellos que, por
Ja fortuna y con las armas ajenas, ascienden al poder. Por-
que él, hombre deseoso de dominio y de altas miras, no
podfa conducirse de otra manera; s6lo se opuso a sus pro-
pésitos la muerte de Alejandro y su propia enfermedad.
En consecuenicia, quien juzgue necesario para su princi-
pado nuevo asegurarse frente a los enemigos, ganarse
amigos, vencer 0 con Ja fuerza 0 con el engaiio, hacerse
amar y temer por los pueblos, seguir y respetar por los
soldados, destruir a quienes te pueden o deben hacer
dafio, renovar con nuevos modos el viejo orden de cosas,
ser severo y apreciado, magndnimo y liberal, disolver la
milicia infiel, crear otra nueva, conservar la amistad de re-
yesy principes de forma que te recompensen con cortesia
solicita o se lo piensen antes de hacerte daio”®, no podré
encontrar ejemplos més vivos que las acciones del duque.
Solamente se le puede reprender en la nominacién del
papa Julio, donde la decisién por él adoptada fue contra-
producente: no pudiendo, como hemos dicho, hacer un
papa a su gusto, podia, sin embargo, conseguir que al-
guien no lo fuera, y no debia permitir jamés que legaran,
al papado aquellos cardenales a quienes él habia hecho
daito o que, una vez papas, hubieran de sentir miedo de dl.66 Maguiaveto.
Porque los hombres hacen dao 0 por miedo o por odio,
Aquellos a quienes él habia hecho daio eran, entre otros,
el de San Pietro in Vincoli, el cardenal Colonna, el de San
Giorgio y el cardenal Ascanio, Todos los demés tenfan
motivos para temerlo si llegaban al papado, excepto el
cardenal de Rouen y los espafioles, los ultimos por vineu-
laciones y obligaciones mutuas y el francés por razones de
poder, ya que tenfa a sus espaldas el reino de Francia. El
duque, por tanto, debfa por encima de todas las cosas con-
seguir un papa espaiiol y, de no poderlo, debia permitir
que fuera el cardenal de Rouen y nunca el de San Pietro in
Vincoli. Quien cree que nuevas recompensas hacen olvi-
daralos grandes hombres|as viejas injusticias de quehan
sido victimas, se engafia. Se equivocé, por tanto, el duque
enesta elecci6n y fue la causa de su ruina final”
VUL. Delos que llegaron al principado por medio
decrimenes*
Pero, ya que un simple particular puede alcanzar el prin-
cipado por medio de otros dos procedimientos que no
se pueden identificar completamente con Ia fortuna ola
virtud, me parece inadecuado no dejar constancia de
ellos, a pesar de que tenga abierta la posibilidad de exa-
minar mds detenidamente uno de dichos procedimien-
tos al tratar de las reptiblicas. Estas dos nuevas vias se
Presentan cuando se asciende al principado por medio
deacciones criminales y contrarias a toda ley humanay di
vina,o bien cuando un ciudadano particular se convierte
en principe de su patria con él favor de sus conciuda~
* Dehisqui per sceleraad principatum pervenere.
ELPRINCIPE,
o
danos. Y el primer procedimiento se ilustraré con dos
ejemplos, uno antiguo y otro de nuestros dias, sin entrar
en consideraciones ulteriores acerca de su bondad, pues
juzgo que basta, a quien se encuentre necesitado, con
imitarlos.
El siciliano Agatocles llegé a rey de Siracusa no sdlo a
partir de una condicién privada, sino incluso infima y
despreciable. Hijo de un ollero, llevé durante toda su vida
una conducta criminal; sin embargo, combiné sus mal-
dades con tanta virtud de énimo y de cuerpo que, dedica-
doala carrera de las armas, alcanzé el puesto de pretor de
Siracusa pasando por todos los grados. Consolidado en
este puesto y habiendo decidido convertirse en principe
y conservar por la violencia y sin obligaciones hacia los
demas aquello que de comin acuerdo le habia sido con-
cedido -tras ponerse en connivencia con el cartaginés
Amilcar, que por aquel tiempo se encontraba con sus
¢jércitos en Sicilia, convocé una mafiana al pueblo y al
Senado de Siracusa, como situvieran que deliberar asun-
tos concernientes a la reptiblica, y a la sefial convenida
hizo que sus soldados mataran a todos los senadores ya
Jos ms ricos de la poblacién. Muertos éstos, ocups y
conservé el principado de aquella ciudad sin ningiin tipo
de oposicién interna. ¥ aunque fue derrotado dos veces
por los cartagineses e incluso asediado, no sélo pudo de-
fender su ciudad, sino que -habiendo dejado parte de su
gente a la defensa frente al asedio— pas6 con el resto a
Africa y en poco tiempo liberé Siracusa del asedio y puso
a Cartago en tal peligro que se vieron obligados a pactar
con él, limitandose a sus posesiones de Africa y dejando
Siciliaa Agatocles.
Por tanto, quien examine sus acciones y su virtud no
verd cosas, 0 pocas, que se puedan atribuira la fortuna;1a68 MAQuiAvELO
¥az6n, como yahemos dicho, es que no llegé al principa-
do por los favores de nadie, sino a través de los grados
militares, ganados ademas con mil molestias y peligros.
Y alcanzado su objetivo, se mantuvo gracias a sus muchas
decisiones animosas y arriesgadas. Sin embargo, no es
posible llamar virtud a exterminar a sus ciudadanos, trai-
cionar alos amigos, carecer de palabra, de respeto, de re-
ligion. Tales medios pueden hacen conseguir poder, pero
_no gloria,!Porque, si se considera la virtud de Agatocles
para arrostrar y vencer los peligros y la grandeza de su
4nimo en soportar y superar las adversidades, no se ve
motivo alguno por el cual tenga que ser juzgado inferior a
cualquier otro nobilisimo capitan. Sin embargo, a pesar
de todo} su feroz crueldad e inhumanidad, sus infinitas
maldadés, 16 permiten que sea celebrado entre los hom-
bres mas nobles y eminentes}No es posible, en conclu-
sién, atribuir ala fortuna 61a virtud lo que fue consegui-
dopor élsinlaunay sin la otra.
En nuestros dias, durante el papado de Alejandro VI,
Oliverotto da Fermo -huérfano de padre desde muy
nifio- fue criado por un tio materno llamado Giovanni
Fogliani, quien desde los primeros afios de su juventud lo
puso a combatir alas érdenes de Paolo Vitelli, con el pro-
pésito de que, una vez experto en el arte militar, alcanza-
ra un grado elevado en el seno de la milicia. A la muerte
de Paolo pasé a militar con Vitellozzo Vitelli, su herma-
no, y en poquisimo tiempo se convirtié, por su ingenio,
su fortaleza fisica y su valentia de dnimo, en el primer
hombre de su tropa. Sin embargo, juzgando cosa servil el
estar a las érdenes de otro, pens6 ~con la ayuda de algu-
nos ciudadanas de Fermo que estimaban més la esclavi-
tud que la libertad de su patria y con el favor vitellesco—
ocupar Fetmo. Asi, escribié a Giovanni Fogliani, hacién-
sNerre,v 69
dole ver que, tras estar muchos aftos fuera de casa, querfa
verloa él ya su ciudad, asi como reconocer en alguna me-
dida su patrimonio, y, dado que todas sus fatigas sélo ha-
bian ido encaminadas a conquistar honor, queria regre-
sar ~para que sus conciudadanos vieran que no habfa
empleado el tiempo en vano- con todos los honores y
acompatiado de cien soldados a caballo, amigos y servi-
dores suyos. Le rogaba, ademés, que fuera de su agrado
disponer que los habitantes de Fermo lo recibieran con
honor, lo cual no solamente era honroso para él, Olive-
rotto, sino para sf mismo, pues no en vano era suahijado.
No falté, pues, Giovanni para con su sobrino a ninguno
de los deberes de la hospitalidad; hizo que Fermo lo reci-
biera honrosamente, lo alojé en su propia casa. Al cabo
de algunos dias, dispuesto a poner en ejecucién lo que
exigia su futura maldad, organiz6 un banquete solemn{-
simo al que invité a Giovanni Fogliani y a todos los ciu-
dadanos mas eminentes de Fermo. Acabadas las viandas
ydemés entretenimientos usuales en este tipo de banque-
tes, suscit, a propésito, algunos temas graves de discu-
sion, hablando de la grandeza del papa Alejandro y desu
hijo César, asi como de sus empresas. Como Giovanni y
los demas respondieran a sus palabras, se levanté de re-
pente y dijo que aquellas cosas se habian de discutiren un
lugar mas secreto: se retiré a un cuarto seguido de Gio-
vanniy todos los demas ciudadanos. Tan pronto como se
hubieron sentado, salieron de diferentes lugares secretos
del cuarto soldados que asesinaron a Giovanni y a todos
Jos demas. Tras esta accién, Oliverotto subié a caballo, se
apoderé dela ciudad por la fuerza y asedié el palacio del
magistrado supremo, de modo que el miedo les obligé a
obedecerle ya formar un gobierno del cual Oliverotto se
hizo principe. Asi, muertos todos aquellos que, por razon70 MaQuIAVELO
de su descontento, podian hacerle daiio, se hizo fuerte
con nuevas instituciones civiles y militares, de forma que
en el curso del afio que conservé el principado no sdlo es-
taba seguro en la ciudad de Fermo, sino que habia con-
quistado el temor de todos los vecinos, Su expulsién hu-
biera resultado dificil, como en el caso de Agatocles, sino
se hubiera dejado engafiar por César Borgia en Sinigaglia
junto con los Orsini y Vitelli: tomado prisionero también
lun afio después de cometido el parricidio, fue estran-
gulado en compafifa de Vitellozzo, su maestro en virtud
yenmaldades.
Podria alguno preguntarse la raz6n de que Agatocles y
algtin otro de la misma especie, tras infinitas traiciones
y crueldades, pudieran vivir seguros en su patria durante
tan largo tiempoy defenderse de los enemigos exteriores,
sin que jamés tuvieran que enfrentarse a una conspira-
cién interna promovida por los mismos ciudadanos; por
el contrario, otros muchos no han podido mediante la
crueldad conservar el Estado ni siquiera en tiempos paci-
ficos, por no hablar ya de los dudosos y arriesgados tiem-
pos de guerra. Creo que esto es debido al mal uso 0 al
buen uso de la crueldad'*/ Bien usadas se pueden llamar
aquellas crueldades (si del iitatés licito decir bien) que se
hacen de una sola vez y de golpe, por la necesidad de ase-
gurarse, y luego ya no se insiste més en ellas, sino que se ,
convierten en lo més utiles posibles para los sibditos. j
| Mal usadas son aquellas que, pocas en principio, van au:
‘ientando, sin embargo, con el curso del tiempo en lugar
de disminuir) Quienes observan el primer modo pueden
encontrar algtin apoyo a su situacién con la ayuda de
Dios y de los hombres, como en el caso de Agatocles; los
demas es imposible que se mantengan. Por todo ello, jel
que ocupa un Estado debe tener en cuenta la necesidd_
zonnvewe, te n
de examinar todos los castigos que ha de llevar a cabo y
realizarlos todos de una sola ver, para no tenerlos que re-
novar cada dia y para poder -al no renovarlos- tranquili-
zar alos stibditosy ganarselos con favores} Quien proce-
de de otra manera, ya sea por debilidad o por perversidad
de dnimo, se verd siempre obligado a tener el cuchillo en
Ta mano} jamas se podré apoyar en sus propios stibdit6s]
puesjlas injisticias ~frescas y renovadas- impedirarque’
se siefitan seguros con él, Porque las injusticias se deben
ha »das a la véz a fin de que, por gustarlas menos, ha-
gan menos dafio, mientras que los favores se deben hacer
Poco a poco con el objetivo de que se saboreen mejor. Y
un principe debe, sobre todo, proceder con sus stibditos
de forma que ninguna eventualidad, favorable o desfa-
vorable, le obligue a cambiar su conducta, puesto que
=cuando con los tiempos adversos llega la necesidad- ya
no ests en condiciones de hacer el mal, mientras que el
bien que haces ya no te sirve de nada, porque todos lo es-
timan forzadoy no te proporciona ninguna clase de agra-
decimiento.
IX. Del principado civil*
Pero, legando ya al segundo procedimiento, es decir,
cuando un ciudadano privado se convierte en principe
de su patria no por medio de crimenes y otras violencias
intolerables, sino con el favor de sus ciudadanos, surge ast
un principado al que podriamos lamar civil (para llegar
al cual no es necesario basarse exclusivamente en la vir-
tud o exclusivamente en la fortuna, sino masbien en una
* Deprincipatu civil.3
°
i
&
72 MacqutAvELO
astucia afortunada), digo que se asciende a dicho princi-
pado o con el favor del pueblo o con el favor de los gran-
des. Porque en cualquier ciudad se encuentran estos dos
tipos de humores™: por un lado, el pueblo no desea ser
dominado ni oprimido por los grandes, y, por otto, los
grandes desean dominary oprimiral pueblo; de estos dos
contrapuestos apetitos nace en la ciudad uno de los tres
efectos siguientes: oel principado, ola libertad, o el iber-
tingje.
El principado es promovido o por el pueblo o por los.
grandes, segiin sea una parte u otra la que encuentre la
oportunidad; porque los grandes, viendo que no pueden
resistir al pueblo, comienzan a aumentarla reputacion de
uno de ellos yo hacen principe para poder a su sombra
desfogar su apetito. El pueblo, por su parte, viendo que
no puede defenderse ante los grandes, aumenta la repu-
tacién de alguien ylo hace principe a fin de que su autori-
dad lo mantenga defendido. El que llega al principado
con la ayuda de los grandes se mantiene con més dificul-
tad que el que lo hace con la ayuda del pueblo, porque se
encuentra -aun siendo principe-con muchas personas a
sualrededor que se creen igualesa ély a las cuales no pue-
deni mandar ni manejar a su manera.
Sin embargo, el que llega al principado con el favor po-
pular se encuentra solo en su puesto y a su alrededor hay
muy pocos o ninguno que no estén dispuestos a obede-
cer. Ademas de esto, no se puede ~con honestidad y sin
causar injusticias a otros- dar satisfacci6n a los grandes,
pero sial pueblo, porque el fin del pueblo es mas honesto
que el de Jos grandes, ya que éstos quieren oprimir y
aquél no ser oprimido. Ademds, si el pueblo le es enemi-
go, jamés puede un principe asegurarse ante él, por ser
demasiados; de los grandes s{ que puede, pues son pocos.
EL PRINCIPE: IX 3
Lo peor que puede esperar un principe delpueblo enemi-
go es verse abandonado por él, pero si sus enemigos son
Jos grandes, no solamente ha de temer quelo abandonen,
sino incluso que se vuelvan en su contra, porque ~ha-
biendo en ellos mayor capacidad de previsiony mas astu-
cia—no pierden el tiempo si se trata de salvarse y tratan de
conseguir los favores del que presumen ser vencedor. El
principe, ademas, esté forzado a vivir siempre conel mis-
mo pueblo, pero puede pasarse sin los mismisimos gran-
des, pues esté en condiciones de hacerlos y deshacerlos
cada diay de darles o quitarles renombre segtin su propia
conveniencia.
Para clarificar mejor estos puntos digo quelos grandes
adoptan con respecto a un principe nuevo dos actitudes
fundamentales: o bien se vinculan completamente a tu
suerte ono. En el primer caso es preciso -siempre que no
sean aves rapaces- amarlos y recompensarlos; en el se-
gundo caso hay que examinarlos de dos maneras: o ha-
cen eso por pusilanimidad y falta natural de énimo, y en-
tonces deberds servirte especialmente de aquellos que
son competentes en alguna disciplina, a fin de que en la
prosperidad te honres en ellos yen la adversidad en nada
les tengas que temer. Pero cuando no se te unen a prop6-
sito y por causa de su propia ambicién, es sefial de que
piensan més en ellos mismos que en ti. El principe se de-
berd guardar de ellos y temerlos como si fueran enemigos
declarados, porque en los momentos de adversidad con-
tribuirén siempreasuruina.
Quien alcanza el principado mediante el favor del pue-
blo debe, por tanto, conservarselo amigo, lo cual resulta
fécil, pues aquél solamente pide no ser oprimido. Pero
aquel que, contra el pueblo, legue al principado con el fa-
vor de los grandes debe por encima de cualquier otra74 NeaquiaveLo.
cosa tratar de ganarselo, cosa también fécil sise convierte
ensu protector. Y dado que los hombres, cuando reciben
el bien de quien esperaban iba a causarles mal, se sienten
més obligados con quien ha resultado ser su benefactor,
el pueblo le cobra asi un afecto mayor que si hubiera sido
conducido al principado con su apoyo. El principe se
puede ganar al pueblo de muchas maneras, de las cuales,
no es posible dar una regla segura, al depender de la si:
tuacién, Por eso las dejaremos a un lado, pero concluiré
tan sdlo diciendo que es necesario al principe tener al
pueblo de su lado. Delo contrario no tendré remedio al-
gunoenlaadversidad.
Nabis, principe de los espartanos, sostuvo el asedio de
toda Grecia y de un ejército romano victoriosisimo, con-
siguiendo defender contra todos ellos su patria y su Esta~
do; solamente necesit6, cuando le vino encima el peligro,
defenderse de unos pocos, cosa que le hubiera resultado
insuficiente si el pueblo hubiera sido enemigo suyo. Y que
nadie rechace esta opinién mfa con aquel proverbio tan
trillado de que quien construye sobre el pueblo, construye
enel barro, porque esto es verdad cuando quien se funda
enel pueblo es un ciudadano privado que se imagina que
elpueblo lo salvar cuando se encuentre acechado por los
enemigos o por los magistrados. En este caso se podré
encontrar engafiado a menudo, como ocurrié en Romaa
Jos Graco y en Florencia a messer Giorgio Scali. Pero si
quien se apoya en el pueblo es un principe capaz de man-
dary valeroso, queno se arredra ante las adversidades, ni
omite las otras formas convenientes de defensa, que con
su dnimo y sus instituciones mantiene a toda la pobla-
cién ansiosa de actuar, tal principe jamés se encontraré
engaiiado por él y comprobaré que ha construido sdlidos
fundamentos para su mantenimiento.
Nore 95
Estos principados suelen correr peligro cuando van a
pasar del gobierno fundado en el favor de los ciudadanos
al gobierno absoluto. La causa es que estos principes o
gobiernan por si mismos o por medio de magistrados.
En el ultimo caso su asentamiento es mas débil y corre
mayor peligro, puesto que descansan totalmente en la
voluntad de aquellos ciudadanos situadosal frente de las
magistraturas, los cuales ~sobre todo en los momentos
de adversidad- pueden arrebatarle el Estado con facili-
dad, ya sea actuando en su contra, ya sea no obedecién-
dole. ¥ en los momentos de peligro el principe ya no esta
atiempo de asumir la autoridad absoluta, pues los ciuda-
danos y los stibditos, acostumbrados a recibir las érde-
nes delos magistrados, ya no estén, en momento de tem-
pestad, para obedecer las suyas, por lo que siempre
carecer cuando la situacién sea incierta de personas en
Jas que pueda poner su confianza. Un principe que se en-
cuentte en esa situacién no puede apoyarse, por tanto,
eno que ve en los momentos de calma, cuando los ciu-
dadanos tienen. necesidad del Estado, pues entonces
todo el mundo corre, todo el mundo prometey cada uno
quiere morir por él, entonces que la muerte esté lejos;
pero en los tiemposadversos, cuando el Estado tiene ne-
cesidad de los ciudadanos, entonces encuentra pocos
que se presenten con esa disposicion. La experiencia de
pasar de un gobierno civil a otro absoluto es, ademas,
tanto mds peligrosa cuanto que solamente se la puede
realizar una vez. Por eso un principe prudente debe pen-
sar en un procedimiento por el cual sus ciudadanos
tengan necesidad del Estado y de él siempre y ante cual-
quier tipo de circunstancias; entonces siempre le perma-
neceran fieles,76 MaQUIAyELO
X. Cémose han de medir las fuerzas de todos
los principados*
‘Alexaminar las caracteristicas de estos principados con-
viene efectuar otra consideracién, a saber: si un principe
tiene tanto Estado que pueda, en caso de necesidad, sos-
tenerse por simismo, o bien si esté siempre obligado a re~
cabar la ayuda de otrosLY para aclarar mejor este punto
diré que estimo se pueden sostener por si mismoslos que
pueden -0 por abundancia de hombres o de dinero- or-
ganizar un ejército adecuado y entablar combate abierto
con cualquiera que venga a asaltarlog/Se la misma ma-
nera estimo que tienen siempre necesidad de los demas
quienes no pueden hacer frente al enemigo en el campo
abierto, sino que estén obligados a refugiarse dentro de
Jas murallas ya proceder ala defensa de éstas)
El primer caso ya lo hemos estudiado y més adelante
tendremos de nuevo ocasién de referirnos a é1, Por lo
que respecta al segundo, no se puede decir otra cosa que
exhortara los principes para que fortifiquen y defiendan
su ciudad sin preocuparse del resto del territorio. Todo
aquel que tenga bien fortificada su ciudad y en los restan-
tes expedientes de gobierno se haya comportado con sus
stibditos como ya hemos dicho y como més adelante se
dird", no sera atacado sino con grandes precauciones,
puesto que los hombres se apartan siempre de las empre-
sas en las que aprecian dificultad, y ninguna facilidad
puede verse en asaltar aalguien cuya ciudad est bien de-
fendiday que ademés no es odiado porel pueblo.
Las ciudades de Alemania”? son muy libres, tienen
poco territorio a su alrededor y obedecen al emperador
* Quomodo omnium principatuum vires perpendi debeant,
LPRINCIPE, x o
cuando quieren; no temen nia él nia ningun otro sehor
poderoso que tengan a su alrededor, porque estén fortifi-
cadas hasta el punto que todos piensan que su asedio ha
de ser largo y dificil. Todas tienen fosos y murallas apro-
piados, artillerfa suficiente, y en los almacenes ptiblicos
comida, bebida y lefia suficiente para un aio. Ademas de
todo esto, para poder mantener a la plebe alimentada sin
peligro del tesoro puiblico, tienen siempre un fondo co-
miin con el que poder darle trabajo durante un afio en
aquellas ocupaciones que vienen a ser el nervio y la vida
de aquella ciudad y de las industrias de las que la plebe
vive. Ademés, Jos ejercicios militares gozan en ellas de
gran reputaci6n y en este sentido tienen muchas disposi-
ciones que los mantienen y regulan.
Por tantofin principe que tenga una ciudad fortifica-
day que no se haga odiar no podré ser asaltado, y si lo
fuera, su asaltante se veria obligado a levantar el cerco
abochornado, porque las cosas del mundo son tan varia-
bles que es imposible que nadie pueda emplear un afio
completamente ocioso con sus ejércitos en un asedio JY
quien replique que si el pueblo tiene sus posesiones fiiera
y las ve arder, perderé la paciencia, y el largo asedio y la
caridad propia® le hardn olvidarse del principe, le res-
pondo que un principe poderoso y animoso superara
siempre todas estas dificultades: ahora dard esperanza a
sus stibditos de que el mal no duraré mucho, ahora les
inoculard el temor a la crueldad del enemigo, ahora se
asegurard con habilidad de aquellos que see manifiesten
demasiado atrevidos. Ademés de todo esto, el enemigo
debe légicamente quemar y devastar el territorio nada
més legar, precisamente cuando los 4nimos de los hom-
bres estan inflamados y dispuestos para la defensa. Por
eso el principe debe abrigar menos temor, puesto que aloo
oo
8 MaQuiaveLo
cabo de algunos dias, cuando los dnimosse han enfriado,,
los dafios ya estén hechos y ya no hay remedio alguno. Y
entonces los stibditos todavia se unen mds su principe,
estimando que él ha contraido una obligacién con ellosal
haber quedado incendiadas sus casas y devastadas sus
posesiones en defensa suya. Pues la naturaleza de los
hombres es contraer obligaciones entre s{ tanto por los
favores que se hacen como por los que se reciben. Por
todo ello, si se consideran correctamente todos los pun-
tos, no resultaré dificil a un principe prudente durante un
asedio tener a su favor en un primer momento el énimo
de sus ciudadanos y después mantenerlos firmes, siem-
pre que no les falten los medios de subsistencia y de
defensa.
XI. Delosprincipados eclesidsticos*
Solamente nos quedan ya por examinar los principados
eclesidsticos, con respecto a los cuales las dificultades
surgen antes de entrar en posesién de los mismos, pues se
adquieren o con virtud o por la fortuna, y se conservan
sin la una y sin la otra, ya que se sustentan en las antiguas
leyes de la religién, las cuales son tan poderosas y de tan-
to arraigo que mantienen a sus principes al frente del Es-
tado, sea cual sea su forma de actuacién y de vida. Estos
principes son los tinicos que tienen Estados y no los de-
fienden, stibditos y no los gobiernan: los Estados, aun in-
defensos, no les son arrebatados y los siibditos, aun no
siendo gobernados, no se preocupan dello yno piensan
ni pueden sustraerse a su dominio. Estos principados
* Deprincipatibus ecclesiasticis
ELPRINGIPE, xt _
son, pues, los tinicos seguros y felices, Sin embargo, dado
que estan sostenidos por una raz6n superior que la mente
humana no alcanza, no voy a hablar de ellos, puesto que
~siendo sus principes exaltados y conservados pot Dios—
seria un ejercicio propio de un hombre presuntuoso y te-
merario analizarlos. No obstante, si a pesar de todo al-
guien me preguntara cusl es la causa de que la Iglesia
haya alcanzado, en lo temporal, tanto poder cuando an-
tes de Alejandro las potencias italianas ~y no solo las
que se llamabana si mismas potencias, sino cualquier ba-
rénysefior por muy pequefio que fuese- le concedian es-
casa importancia en cuanto a Jo temporal, mientras que
ahora un rey de Francia tiembla ante ella y la misma Igle-
sia ha podido expulsarlo de Italia y hundir a los venecia-
nos: me parece que no es superfluo traer de nuevo ala
memoria estos hechos, aunque sélo sea en parte, y a pe-
sar de que sean conocidos de todos.
‘Antes de que el rey Carlos de Francia vinieraa Italia?®,
este pais estaba bajo el poder del papa, de los venecianos,
del rey de Napoles, del duque de Milén y delos florenti-
nos. Estas potencias debjan tener necesariamente dos
preocupaciones fundamentales: la primera, que ningtin
extranjero entrara en Italia con sus ejércitos; la segunda,
que ninguna de ellas ampliara sus territorios. Quienes
ofrecian mayores motivos de preocupacién eran el papa
y Venecia. Para contener en sus limites a la tiltima era ne-
cesaria la unién de todos, como ocurrié en la defensa de
Ferrara, y para someter al papa se servian de los nobles
romanos, quienes ~divididos en las dos facciones de los
Orsini y los Colonna~ siempre tenian motivos para pro-
mover desérdenes piiblicos. De esta forma, con sus ar-
mas desenvainadas ante los mismos ojos del pontifice,
mantenjan al pontificado débil y sin fuerzas. Y aunque deei magusrsve
que en los tiempos de paz solamente pensaba en los mo-
dos de hacerla guerra, y cuando deambulaba con sus ami-
gos por el campo, solfa pararse y discutir con ellos: «Silos
enemigos estuvieran en aquella colina y nosotros nos en-
contréramos aqui con nuestro ejército, jquién de noso-
tros llevaria ventaja? ;Cémo podriamos salir a su encuen-
tro conservando el orden? ;Qué tendriamos que hacer si
quisiéramos retirarnos? Si fueran ellos quienes se retira-
ran, scémo deberiamos perseguirlos?» De esta forma les
proponia sobre la marcha todos los casos que pueden pre-
sentarse a un ejército, escuchaba su opinién, pronunciaba
Ja suya corroboréndola con las razones apropiadas. Gra-
cias aestas continuas reflexiones, no podia surgir cuando
se hallaba al frente de sus ejércitos ningtin caso particular
para el cual no tuviese el xemedio adecuado.
Por lo que hace referencia al adiestramiento dela men-
te, el principe debe leerlas obras de los historiadores, yen
ellas examinar las acciones de los hombres eminentes,
viendo cémo se han conducido en a guerra, estudiando
las razones de sus victorias y de sus derrotas a fin de que
esté en condiciones de evitar las iltimas e imitar las pri-
meras. Y, sobre todo, debe hacer lo que, por otra parte,
siempre hicieron los hombres eminentes: tomar como,
modelo a alguien que con anterioridad haya sido alabado
y celebrado, conservando siempre ante los ojos sus acti-
tudes y sus acciones* asi se dice que Alejandro Magno
imitaba a Aquiles, César a Alejandro, Escipién a Ciro.
Quienquiera que lea la vida de Ciro escrita por Jenofonte
reconocerd después, si examina la vida de Escipién,
cunta gloria proporcion6 a éste la imitacién de aquél y
en qué gran medida se ajustaba el general romano en su
honestidad, afabilidad, humanidad y liberalidad a todo
lo que de Ciro nos ha escrito Jenofonte. Un principe sa~
CIP, %
bio debe observar reglas semejantes: jamds permanecera
ocioso en tiempo de paz, sino que haciendo de ellas capi-
tal se preparara para poderse valer por si mismo en la ad-
versidad, de forma que cuando cambie la fortuna lo en-
cuentre en condiciones de hacerle frente.
XV. De aquellas cosas porlas que los hombres y sobre
todo los principes son alabados o censurados*
‘Nos queda ahora por ver cudl debe ser el comportamiento
y el gobierno de un principe con respecto a stibditos y
amigos. Y porque sé que muchos han escrito de esto, temo
~al escribir ahora yo- ser considerado presuntuoso, tanto
més cuanto que me aparto -sobre todo en el tratamiento
del tema que ahora nos ocupa~ de los métodos seguidos
porlos demés. Pero, siendo mi propésito escribir algo util
para quien lo lea, me ha parecido més conveniente ir di-
rectamente a la verdad real de la cosa que ala representa-
cién imaginaria de la misma. Muchos se han imaginado
reptiblicas y principados que nadie ha visto jamés ni se ha
sabido que existieran realmente; porque hay tanta distan-
cia de cémo se vive a cémo se deberfa vivir, que quien deja
aun lado lo que se hace por lo que se deberfa hacer apren-
de antes su ruina que su preservacién: porque un hombre
que quiera hacer en todos los puntos profesién de bueno
labraré necesariamente su ruina entre tantos que no lo
son [Por todo ello es necesario a un principe, si se quiere
mantener, que aprenda a poder ser no bueno ya usar ono
usar de esta capacidad en funcién dela necesidad,}
* De his rebus quibus homines et praesertim principes laudantur aut vi-
tuperantur,96 MaciUtAVELO
Dejando, pues, a un lado las cosas imaginadas a prop6-
sito de un principe, y discurriendo acerca de las que son
verdaderas, sostengo que todos los hombres cuando se
habla de ellos ~y especialmente los principes, por estar
puestos en un lugar més elevado- son designados con al-
guno de los rasgos siguientes que les acarrean 0 censura
oalabanza: uno es tenido por liberal, otro por tacafio (me
sirvo en este caso de una palabra toscana, porque en
nuestra lengua avaro es aquel que por rapiita desea acu-
mular, mientras llamamos tacafio a aquel que se abstiene
en demasia de usar lo que tiene)*5; uno es considerado
generoso, otro rapaz; uno cruel, otro clemente; uno des-
Jeal, otro fiel; uno afeminado y pusilénime, otro fiero y
valeroso; el uno humano, el otro soberbio; el uno lascivo,
el otro casto; el uno integro, el otro astuto; el uno rigi-
do, el otro flexible; el uno ponderado, el otro frivolo; el
‘uno devote, el otro incrédulo, y asi sucesivamente*. Yo
sé que todo el mundo reconoceré que seria algo digno de
los mayores clogios el que un principe estuviera en pose-
sién, de entre los rasgos enumerados, de aquellos que son
tenidos por buenos. Pero, puesto que no se pueden tener
ni observar enteramente, ya que las condiciones huma-
nas no Jo permiten, le es necesario ser tan prudente que
sepa evitar el ser tachado de aquellos vicios que le arreba-
tarian el Estado y mantenerse a salvo de los que no se lo
quitarian, si le es posible; pero si no lo es, puede incurrir
en ellos con menos miramientos. Y todavia mds: que no
se preocupe de caer en la fama de aquellos vicios sin los,
cuales dificilmente podra salvar su Estado, porque, si se
considera todo como es debido, se encontraré alguna
cosa que parecera virtud, pero si se la sigue traeria consi-
go su ruina, y alguna otra que pareceré vicio y si se la si-
gue garantiza la seguridad y el bienestar suyo”.
je
st rntwcir. x1 97
XVI. Delaliberalidad yla parsimonia*
Empezando, pues, por el primero de los rasgos mencio-
nados, reconozco que seria bueno ser considerado libe-
ral. No obstante, la liberalidad, usada de manera que seas
tenido por tal, te perjudica porque -si se la usa con mode-
racién y como es debido- no se deja ver yno te evitard ser
tachado de la cualidad opuesta: Ademés, si se pretende
Conservar entre los hombres el titulo de liberal, es nece~
sario no privarse de ninguno de los componentes dela
suntuosidad, de manera que un principe de tal hechura
consumiré siempre en actos de ese tipo toda su riqueza;
al final se vera obligado ~si desea seguir conservando la
fama de liberal~ a gravara su pueblo més alld de toda me-
dida y a hacerse enojoso, poniendo en practica todos
aquellos recursos que se pueden utilizar para sacar dine-
10. Todo ello comenzaré a hacerlo odioso ante sus suibdi-
tos y poco apreciado por todos, cayendo al final en la po-
breza con el resultado de que -al haber perjudicado su
liberalidad a muchos y favorecido a pocos- se resentiré al
primer inconveniente y correrd serio peligro ala menor
ocasiGn de riesgo que se presente, Sise da cuenta deello y
pretende retractarse, se ganaré inmediatamente la fama
detacaiio*,
Un principe, por tanto ~dado que no puede recurrir a
esta virtud de la liberalidad sin perjuicio suyo cuando se
hace manifiesta-, debe, si es prudente, no preocuparse de
ser tachado de tacafto, porque con el tiempo siempre sera
‘considerado més liberal al ver sus stbditos que gracias a
su parsimonia sus rentas le bastan, puede defenderse de
quien lehace la guerra, puede acometer empresas sin gra-
* De iberalitate et parsimonia.98 Maquiavato
var a sus pueblos, De esta forma, al final, viene a ser libe-
ral con todos aquellos a quienes no quita nada ~que son
muchisimos- y tacafio con todos aquellos a quienes no
da, que son pocos*®, En nuestra propia época hemos vis-
to que solamente han hecho grandes cosas quienes han.
llevado fama de tacafios; Jos demas se han gastado. El
papa Julio II se sirvié, es cierto, de su fama de liberal para
artibar al papado, pero a partir de entonces ya no pensé
en conservarla a fin de estat en condiciones de hacer la
guerra, El actual rey de Francia ha hecho tantas guerras
sin imponer un solo impuesto de més a sus stibditos gra-
cias a que su larga parsimonia ha sabido compensar los
gastos superfluos. El actual rey de Espaiia, si hubiera te-
nido fama de liberal, no habria acometido ni superado
tantas empresas.
En consecuencia: un principe debe conceder poca im-
portancia a que lo tachen de tacaiio si con ello no se ve
obligado a despojar a sus stibditos, puede defenderse, no
se ve reducido a la pobreza y al desprecio y no se ve for-
zado a convertirse en rapaz. Porque éste es uno de aque-
los vicios que lo hacen reinar. Y si alguno dijera que Cé-
sar se hizo duefio del Estado gracias a su liberalidad, y
que otros muchos, precisamente por haber sido liberales
y ser tenidos por tales, han alcanzado puestos eminenti-
simos, respondo lo siguiente: o has llegado ya al princi-
pado oestéds en vias de conseguirlo. En el primer caso esa
liberalidad es perjudicial; en el segundo es efectivamente
necesario ser tenido por tal. Y César era uno de aquellos
que querian llegar al principado en Roma; pero si una
ver llegé alli hubiera sobrevivido y no hubiera modera-
do sus dispendios, habria destruido ese poder. ¥ si algu-
no replicase que han sido muchos los principes que con
sus ejércitos han hecho grandes cosas, a pesar de tener la
|
99
fama de liberalisimos, te respondo: 0 el principe gasta lo
suyo ylo de sus stibditos, o lo de otros. Enel primer caso
debe ser parcos el segundo no debe descuidar ninguno
delos preceptos dela liberalidad. El principe que esta en
‘campafia con sus ejércitos, que se nutre de botines, de sa-
queos, de impuestos extraordinarios, maneja lo de los
demis y le es necesario usar de esta liberalidad, pues de
lo contrario sus soldados no le seguirian. Y con aquello
que no es tuyo ni de tus siibditos se puede ser considera-
blemente mas generoso. Asi hicieron Ciro, César y Ale-
jandro, porque el gastar lo de otros no te quita conside-
raci6n, antes te la aumenta. Solamente el gastar lo tuyo te
perjudica, y no hay cosa que gaste a uno mds que la libe-
ralidad, pues mientras la usas pierdes la capacidad de
usarla%, y te haces o pobre y digno de desprecio 0, por
huir de la pobreza, rapaz y odioso. Y entre todas las co-
sas de las que un principe debe guardarse se encuentran
‘el ser digno de desprecio y odioso. Ahora bien, la libera-
lidad te lleva alo uno y alo otro. Por tanto, es més sabio
‘ganarsela fama de tacaiio, que engendra un reproche sin
odio, que por mor de la fama de liberal verse obligado a
incurrir en la fama de rapaz, que engendra un reproche
al que va unido el odio.
XVIL. Dela crueldady de la clemencia,y sies mejor
seramado que temido o viceversa*
Descendiendo a los otros rasgos mencionados, digo que
(Rodo principe debe desear ser tenido por clemente y no
por cruel, pero, no obstante, debe estar atento a no hacer
* Decrudelitate et clementic
etan sit melius amari timer, vel e contra100 maquiaveno
mal uso de esta clemencia]César Borgia era considerado
cruel y, sin embargo, su cfueldad restablecié el orden en
la Romafia, restauré la unidad y la redujo ala paz yala
leaitad al soberano. Si se examina correctamente todo
ello, se verd que el duque habia sido mucho més clemente
que el pueblo florentino, que por evitar la fama de cruel
permitid, en viltima instancia, la destruccién de Pistoya.
Debe, por tanto{un principe no preocuparse de la fama_
de cruel sia cambio mantiene a sus stibditos unidos ylea-
les. Porque, con poqufsimos castigos ejemplares, seré
mis clemente que aquellos otros que, por excesiva cle-
mencia, permiten que los desérdenes contintien, dé lo
cual surgen siempre asesinatos y rapitias; pues bien, estas
dltimas suelen perjudicar a toda la comunidad, mientras
lasejecuciones ordenadas por el principe perjudican sélo
aun particular. Y de entre todos los principes, al principe
nuevo le resulta imposible evitar la fama de cruel por es-
tarlos Estados nuevos llenos de peligros. Ya Virgilio nos
dice por baca de Dido:
Res dura, et regni novitas me talia cogunt
moliri, et late fines custode tueri™.
No obstante, debe ser ponderado en sus reflexiones
yen sus movimientos, sin crearse temores imaginarios y
actuando mesuradamente, con prudencia y humanidad,
para que la excesiva confianza no lo haga incauto ni la ex-
cesiva desconfianzalo vuelva intolerable.
Nace de aqui una cuestién ampliamente debatida®: si
es mejor ser amado que temido o viceversa. Se responde
que seria menester sero uno ylo otro; pero puesto que
resulta dificil combinar ambas cosas, s mucho més se-
guro ser temido que amado cuando se haya de renunciar
EL PRINCIPE, x
: 101
Joshombres lo siguiente: son ingratos, volubles, simulan
Jo que no son y disimulan lo que son, huyen del peligio,,
estén vidos de ganancia, y mientras les haces favores~
son todo tuyos, te ofrecen la sangre, los bienes, la vida,
los hijos ~como anteriormente dije- cuando la necesi-
dad esta lejos; pero cuando se te viene encima vuelve la
cara. Y aquel principe que se ha apoyado enteramente
en sus promesas, encontréndose desnudo y desprovisto
de otros preparativos, se hunde: porque las amistades
que se adquieren a costa de recompensas y no con gran-
dezay nobleza de énimo, se compran, pero nose tienen,
yen los momentos de necesidad no se puede disponer
de ellas. Ademas{los hombres vacilan menos en hacer
dafio a quien se hace amar que a quien se hace temer,
pues el amor emana de una vinculacién basada en la
obligacién, la cual (por la maldad humana) queda rota
siempre que la propia utilidad da motivo para ello,
mientras que el temor emana del miedo al castigo, el
cual jams te abandonaP*. Debe, no obstante, fl principe
hacerse temer de manera que si le es imposible ganarse
‘efamor, consiga evitar el odio, porque puede combii jar
se perfectamente el ser temido y el no ser odi ‘on-
seguird esto siempre que se abstenga dé tocar los bienes
de sus ciudadanos y de sus stibditos, y sus mujeres}Y sia
pesar de todo le resulta necesario proceder a ejecutar
aalguien, debe hacerlo cuando haya justificacién opor-
tuna y causa manifiesta. Pero[por encima de todas las
cosas, debe abstenerse siempre de los bienes ajenos,
porque los hombres olvidan con mayor rapidez la muer-
te desu padre que la pérdida de su patrimoniof Ademés,
motivos para arrebatar los bienes no faltan nunca y el
que comienza a vivir con rapifia encontrar siempre ra-102 Maquiaveto.
zones para apropiarse de lo que pertenece a otros; por el
contrario, motivos para ejecutar a alguien son més raros
ypasan con més rapidez.
Perdéuando el principe se encuentra con los ejércitos
y tien sus drdenes multitud de soldados, entonces es
absolutamente necesario que no se preocupe dé la faina
de cruel, porque, de lo contrario, nunca mantendré al
ejército unido ni dispuesto a acometer empresa alguna]
Entre las admirables acciones de Anibal se enuimera pre-
cisamente ésta: con un ejército inmenso, formado por in-
finitas clases de hombres, levado a combatir a un pais ex-
tranjero, jamés surgié en ese ejército disensién alguna ni
en su seno ni contra el principe, tanto en los momentos
de mala como de buena fortuna. La causa no era otra que
su inhumana crueldad, la cual, junto con sus otras mu-
chas cualidades, lo mantuvo siempre ante los ojos de sus,
soldados temido y respetado; sin ella no hubieran basta-
do sus otras cualidades para conseguir aquel resultado.
Los historiadores poco reflexivos alaban, por un lado,
este logro suyo, y, por otro, condenan la causa principal
del mismo. Y que es cierto que sus otras cualidades no
hubieran bastado se puede comprobar en Escipin, hom-
bre singularisimo no sélo en su tiempo, sino en todas las
épocas de las que tenemos memoria. A Escipién se le re-
belaron los ejércitos en Espaiia y la causa no fue otra que
su excesiva clemencia, que introdujo entre sus soldados
més licencia de lo que convenfa a la disciplina militar.
Ello hizo que Fabio Méximo lo recriminara en el Senado,
Naméndolo corruptor de las tropas romanas. Por otra
parte, destruidos los locrios por un legado suyo, ni repa~
16 el agravio ni corrigié la insubordinacién de aquel lega-
do, todo lo cual venia dado por aquella naturaleza suya
blanda y flexible hasta tal punto que alguien pretendié
BL PRINCIPE, x¥ 103
excusarlo en el Senado diciendo que habfa muchos hom-
bres que sabfan mejor no errar que corregir los errores.
Esta naturaleza suya habria manchado con el tiempo su
famay su gloria de haber seguido perseverando enellaen
el ejercicio del mando; pero, actuando bajo las érdenes
del Senado, esta peculiaridad suya perjudicial no sélo
qued6 oculta, sino quele reports gloria.
Concluyo, por tanto, volviendo a lo relative a ser ama-
do y temido, que ~como los hombres aman segiin su vo-
luntad y temen segiin la voluntad del principe- un prin-
cipe prudente debe apoyarse en aquello que es suyo y no
en lo que es de otros. Debe tan sdlo ingenidrselas, como
hemos dicho, para evitar ser odiado.
XVII. Dequé modo han de guardar los principes
la palabra dada*
Cun loablees en un principe mantener la palabra dada y
comportarse con integridad y no con astucia, todo el
mundo lo sabe. Sin embargo, la experiencia muestra en
nuestro tiempo que quienes han hecho [Link]
sido los principes que han tenido pocos miramientos ha-
cia sus propias promesas y que han sabido burlar con as-
tucia el ingenio de los hombres, Al final han superado a
{quienes se han fundado en lalealtad.
Debéis, pues, saber quefexisten dos formas de comba-
tir: a una con las leyes, la otra con la fuerza. La primera
‘es propia del hombre; la segunda, de las bestias; pero
como la primera muchas veces no basta, conviene recu-
rrirala segundajPor tanto, es necesario aun principe sa-
* Quomodo fides a pri
ipibussitservanda,104 aQuiaveto
ber utilizar correctamente la bestia y el hombre. Este
punto fue ensefiado veladamente a los principés por los
antiguos autores, los cuales escriben como Aquiles y
otros muchos de aquellos principes antiguos fueron en-
tregados al centauro Quirén para que los educara bajo su
disciplina, Esto de tener por preceptor a alguien medio
bestiay medio hombre no quiere decir otra cosa sino que
esnecesario a un principe saber usar una y otranaturale-
zay que la una no durasin la otra.
Estando, por tanto, un principe obligadoa saber utili-
zar correctamente la bestia, debe elegir entre ellas Ia z0-
rray el leén, porqiie él leén no se protege de las trampas
nila zorra de los lobos{Es necesario, por tanto, ser Zorra
para conocer las trampas y leon para amedrentar alos lo-
bos}Los que solamente hacen de leén no saben lo que se
evan entre manos*, No puede, por tanto, un sefior pru-
dente -ni debe- guardar fidelidad a su palabra cuando tal
fidelidad se vuelve en contra suya y han desaparecido los
motivos que determinaron su promesa. Silos hombres
fueran todos buenos, este precepto no Seria correcto,
pero ~puesto que son malos y no te guardarian ati su pa-
labra- tui tampoco tienes por qué guardarles|a tuya. Ade-
més, jamés faltaron a un principe razones legitimas con
las que disfrazar la violacién de sus promesas. Se podria
dar de esto infinitos ejemplos modernos y mostrar cuén-
tas paces, cudntas promesas han permanecido sin ratifi-
car y estériles por la infidelidad de los principes, y quien
ha sabido hacer mejor la zorra ha salido mejor librado,
Pero es necesario saber colorear bien esta naturalezay ser
un gran simulador y disimulador: y los hombres son tan
simples y se someten hasta tal punto a las necesidades
presentes, que el que engafia encontrar siempre quien se
deje engaiar.
7 105
No quiero callarme uno de los ejemplos més frescos:
Alejandro VI no hizo jamés otra cosa, no pensé jamés en
otra cosa que en engafiar alos hombres y siempre encon-
16 con quien poderlo hacer. No hubo jamds hombre que
asegurara con mayor rotundidad y con mayores jura-
mentosafirmase una cosay que, sin embargo, la observa-
se menos. Pero, a pesar de todo, siempre le salieron los
engafios a la medida de sus deseos, porque conocia bien
esta cara del mundo’.
No ¢s, por tanto, necesario a un principe poseer todas
Jas cualidades anteriormente mencionadas, pero es muy
necesario que parezca ténerlas. E incluso me atreveré a
decir que si se las tiene y se las observa, siempre son per-
judiciales, pero si aparenta tenerlas, son ttiles; por ejem-
plo, parecer clemente, leal, humano, integro, devoto, y
serlo, pero tener el énimo predispuesto de tal manera
ue, si es necesario no serlo, puedas y sepas adoptar la
cualidad contraria. Y se ha de tener en cuenta que un
principe -y especialmente un principe nuevo- no puede
observar todas aquellas cosas por las cuales los hombres
son tenidos por buenos, pues a menudo se ve obligado,
para conservar su Estado, a actuar contra la fe, contra la
caridad, contra la humanidad, contra la religion. Por eso
necesita tener un énimo dispuesto a moverse seguin le
exigen los vientos y las variaciones de la fortuna’, y,
como ya dije anteriormente, ano alejarse del bien, si pue-
de, pero a saber entrar en el mal sise ve obligado.
Debe, por tanto, un principe tener gran cuidado deque
no le salga jamds de la boca cosa alguna que no esté lena
de las cinco cualidades que acabamos de sefialar y ha de
parecer, al que lo mira y escucha, todo clemencia, todo fe,
todo integridad, todo religién. ¥ no hay cosa mas nece-
saria de aparentar que se tiene que esta tiltima cualidad,106 MAQUIAVELO
pues los hombres en general juzgan mas por los ojos que
por las manos, ya que a todos es dado ver, pero palpar a
pocos: cada uno ve lo que pareces, pero pocos palpan lo
que eres y estos pocos no se atreven a enfrentarse ala opi-
nién de muchos, que tienen ademds la autoridad del Esta-
do para defenderlos. Ademas, en las acciones de todos los
hombres, y especialmente de los principes, donde no hay
tribunal al que recurrir, se atiende al fin. Trate, pues, un
principe de vencer y conservar su Estado, y los medios
siempre serén juzgados honrosos y ensalzados por todos,
pues el vulgo se deja seducir por las apariencias y por el
resultado final delas cosas, yen el mundo no hay més que
‘vulgo. Los pocos no tienen sitio cuando la mayoria tiene
donde apoyarse*?. Un principe de nuestros dias, al cual no
es correcto nombrar aqui, no predica jamds otra cosa que
paz ylealtad, pero de la una y dela otfaeshostilisimoene-
~“migo, y de haber observado la una y la otra, hubiera per-
dido en mas de una ocasi6n o la reputacién o el Estado.
XIX. Dequé modo se hadeevitar ser despreciado
yodiado*
Como ya he hablado de las més importantes de aquellas
cualidades mencionadas anteriormente, voy a examinar
* Descontemptu et odio fugiendo. Este es, con mucho, el capitulo mas
large del Principe En ficrlla ‘Maquiavelo su principio central de
‘quel principe debe evitar el desprecioy el odio del pueblo, pues tal fal-
‘adkbtlitasupesicién de poder ytraealfnal necsarament ruin,
Frente a ello, el principe debe tratar por todos los medios de ganar el
consentimiento popular a su dominacién, La extensiGn del capitulo vie~
ne determinada por su preocupacidn polémica y por la necesidad de
persuadir y movilizar ideolbgicamente.
HLentvcing, 2% 107
Jas demas brevemente a partir del siguiente principio ge-
neral: el principe ha de pensar ~como en parte hemos di-
cho ya més arriba- en evitar todo aquello que lo pueda
hacer odioso o despreciado, Silo consigue, habré cum-
plido con la parte que le corresponde y no encontraré en
Jos otros reproches peligro alguno. Odioso lo hace sobre
todo -como ya he dicho- el ser rapaz y usirpar los bié-
nes ylas mujeres de sus stibditos, De todo ello debe abs-
tenerse y siempre que al conjunto de los hombres no se
les arrebata ni bienes ni honor, viven contentos y sélo
se ha de luchar con la ambicién de unos pocos, la cual
puede set refrenada de muchas maneras y con facilidad.
Despreciable lo hace el ser considerado voluble, frivolo,
afeminado, pusildnime, irresoluto. Un principe debe
guardarse de estos reproches como de un escollo e inge-
nidrselas para que en sus acciones se vea grandeza de
Animo, valor, firmeza y fortaleza. Ante los manéjos pri-
vados de los stibditos ha de sostener su dictamen de ma-
nera irrevocable, dando siempre de si una opinion tal
quenadie piense ni en engafarlo nien burlarlo.
El principe que da de sfesta imagen adquiere una repu-
tacién suficiente, y si alguien tiene buena reputacién, di-
ficilmente se conjura® contra él, dificilmente se le asalta,
siseve que es excelente y temido por los suyos. Porque un
principe debe tener dos temores: uno hacia dentro, ante
sus stibditos; otro hacia fuera, ante los extranjetos pode-
‘rosos. De los tiltimos se defiende con las buenas armas y
con los buenos aliados, y siempre que tenga buenas ar-
mas tendré buenosaliados. Ademés, los asuntos internos
siempre estardn seguros si también lo estan los de fuera, a
no ser que se vean perturbados por alguna conjura. Y
aunque los asuntos de fuera se perturben, si él se ha orga-
nizado y actuado como he dicho, sostendré cualquier108 Maquiaveto
ataque siempre que no se descorazone, al igual que hizo
como ya he sefialado el espartano Nabis. Pero cuando la
situacién exterior no sealtera, se ha de temer con respec
to alos stibditos que maquinen secretamente una conju-
ra, delo cual puede guardarse con seguridad si evita el ser
odiado y despreciado, y conserva al pueblo satisfecho de
él. Estos puntos ~como ya he expuesto anteriormente con
gran extensién— son absolutamente necesarios. Uno de.
los més poderosos remedios de que dispone un principe
contra las conjuras es no ser odiado por el conjunto del
pueblo, porque el que conjura confia siempre en [Link]-
tisfaccién al pueblo con la muerte del principe; pero
cuando cree actuar en su contra nunca se encuentra con
fuerza suficiente para tomar tal decisi6n, porque las difi-
cultades con que entonces se enfrentan los conjurados
son infinitas. ¥ la experiencia muestra que han sido mu-
chas las conjuras, pero pocas las que han conseguido
triunfar. Pues quien conjura no puede estar solo ni puede
procurarse otra compaiifa que la de aquellos a quienes
cree descontentos, y tan pronto como descubres tus in-
tenciones a un descontento, le das motivo para contentar-
se, ya que, si denuncia la maquinacién, puede esperar
todo tipo de recompensas, De esta manera, viendo la ga-
nancia segura por este lado y por el lado dela conjura du-
dosay llena de peligros, se necesitaria para permanecer
fielo bien un amigo fuera de lo comin o bien un enemigo
absolutamente irreconciliable del principe. En fin, redu-
ciendo el asunto a breves términos: por parte del conju-
rado no hay sino miedo, sospechas, temor al castigo, lo
cual acobarda; pero de la parte del principe esta la autori-
dad del principade, las leyes, el apoyo de los amigos y del
Estado que actian en su defensa. De esta manera, si a
‘todo ello se aftade el favor popular, es imposible que haya
ELPRMCIPE, xx 109
nadie tan temerario que conjure, puesto que side ordina-
rio el conjurado ha de guardar temor antes de la ejecu-
cién de su delito, en este caso (cuando el pueblo esta en
contra suya) debe temer ademas lo que vaya a suceder
después de cometido el asesinato, pues no puede esperar
refugio alguno.
Sobre este punto se podria dar infinitos ejemplos, pero
voy a limitarme a uno solo, acaecido en época de nues-
tros padres: messer Anfbal Bentivoglio, principe de Bolo-
nia y abuelo del actual messer Anibal, fue asesinado por
Jos Canneschi tras la conjura que contra él habjan trama-
do, sin dejar otro descendiente que messer Giovanni, un
nifio todavia de paiiales, Sin embargo, el pueblo se levan-
t6 después del asesinato y maté a todos los Canneschi,
debido al favor popular de que en aquellos tiempos goza-
ba la casa de los Bentivoglio. Este favor llegaba hasta el
punto que, no quedando de aquella familia nadie en Bo-
lonia que pudiera gobernar el Estado a la muerte de Ani-
bal y Ilegando noticia de que en Florencia habja un des-
cendiente de los Bentivoglio considerado hasta entonces
hijo de un herrero, lo vinieron a buscar desde Bolonia yle
entregaron el gobierno de la ciudad, que fue gobernada
por él hasta que messer Giovanni lleg6 ala edad adecua-
dapara hacerlo.
[eonelsyo, por tanto, diciendo que un principe debe te-
nér poco temor a las conjuras cuando goza del favor del
pueblo; pero si éste es enemigo suyo y lo odia, debe temer
de cualquier cosa y a todos. Los Estados bien ordenados
ylos principes sabios han buscado con todasu diligencia
los medios para no reducir a la desesperaciéna los nobles
y para dar satisfacci6n al pueblo y tenerlo contento, por-
que ésta es una de las materias y cuestiones més impor-
tantes para un principe]120 MAQUIAVELO
Entre los reinos bien ordenados y gobernados en nues-
tra época se halla el de Francia. Hay en élinfinitas insti-
tuciones buenas de las que depende la libertad y seguri-
dad del rey. La primera de ellas es el parlamento y su
autoridad, porque quien establecié la forma de gobierno
de aquel reino juzgé -conociendo la ambicién y la inso-
lencia de los poderosos~ que habfa necesidad de una
rienda capaz de contenerlos: conociendo, por otro lado,
el odio -basado en el miedo~ que el conjunto del pueblo
experimentaba hacia los nobles y deseando garantizarsi
segiiridad, no quiso, sin embargo, que ello fuera preocu-
pacién particular del rey, a fin de evitarle el peso odioso
que podria sobrevenirle si favorecia al pueblo en contra
de los nobles 0 a lo’ nobles en contra del pueblo. Por eso
institay6 un tercer juez para que, sin carga alguna del rey,
castigara a los nobles y favoreciera a os inferiores. Esta
ordenacién no podia ser mejor ni mds prudente, ni capaz
de dar una mayor seguridad al rey y al reino. De ella se
puede extraer, ademés, otro principio importante: los
principes deben ejecutar a través de otros las medidas
que puedan acarrearle odio y ejecutar porsi mismo aque-
las que le reportan el favor de los stibditos. Concluyo,
pues, de nuevo que un principe debe estimar alos nobles,
pero no hacerse odiar del pueblo.
Podrfa quizé parecer a muchos que el examen de la
vida y la muerte de algtin emperador romano propor-
cionase ejemplos que contradicen mi opinién, por en-
contrarse alguno que -a pesar de haberse comportado
siempre ilustremente y de haber mostrado gran capaci-
dad de énimo- perdié, sin embargo, el imperio e incluso
fue asesinado por aquellos stibditos suyos que habjan
conjurado contra él. Para dar respuesta a estas objeciones
examinaré las cualidades de algunos emperadores y mos-
ELPRINCIPE, xD mi
trar€ que las causas de su ruina no son diferentes de las
que he aducido. Al mismo tiempo pondré en considera-
cidn lo queha de tener en cuenta quien lea las acciones de
aquellos tiempos. Quiero que me baste con atender a to-
dos aquellos emperadores que se sucedieron desde Mar-
co Aurelio, el filésofo, a Maximino, es decir: Marco Aure-
lio, su hijo Comodo, Pertinax, Juliano, Septimio Severo,
suhijo Caracalla, Macrino, Heliogabalo, Alejandro Seve-
roy Maximino. Se ha de tener en cuenta, en primer lugar,
que mientras en los otros principados sélo se ha de luchar
con la ambicién de Ios grandes y la insubordinacién del.
pueblo, los emperadores romanos se enfrentaban a una
tercera dificultad: tener que soportar Ja crueldad y la ava-
ticia de los soldados, lo cual era tan dificil que motivé lt
ruina de muchos, pues era dificil satisfacer alos soldados
alos pueblos, porque éstos amaban la paz y por ello
amaban alos principes moderados, mientras que los sol-
dados querian un principe de animo militar, agresivo,
cruel y rapaz, que pusiera en practica estas cualidades
contra los pueblos para poder tener asi doble sueldo y
desfogar su avaricia y crueldad, Esta situaci6n hizo que
aquellos emperadores que, por su naturaleza particular 0
por falta de experiencia politica, carecfan de la repu-
tacién suficiente para contener tanto alos unos como a
Tos otros, se venian siempre abajo. La mayoria de ellos,
por otra parte, y especialmente aquellos que habian al-
canzado el principado como hombres nuevos, se volvian
~conociendo la dificultad de estos dos diversos humo-
res~a dar satisfaccién alos soldados, concediendo escasa
importancia al hecho de agraviaral pueblo. Esta decision
era necesaria, porque, al no poder los principes impedir
que alguno no los odie, se deben esforzar, en primer Iu-
gar, en no ser odiados por la comunidad, y, sino pueden12 maaquiaveno
conseguir esto, deben poner en juego toda su habilidad
para conseguir evitar el odio del colectivo mas poderoso.
Por eso aquellos emperadores que, por su cardcter de
nuevos, tenfan necesidad de favores extraordinarios se
ponfan del lado de los soldados antes que de los pueblos,
Jo cual, sin embargo, les resultaba titil o no segiin que el
principe en cuestién supiera mantener su reputacion
ante ellos. Estas razones que hemos enumerado fueron la
causa de que Marco Aurelio, Pertinaxy Alejandro Severo
~todos ellos de vida modesta, amantes della justicia, ene-
migos de la crueldad, humanos y afables- encontraran,
con excepcidn del primero, un triste final. Solamente
Marco Aurelio vivi6 y murié respetadisimo, porque ac-
cedié al grado de emperador iure hereditario y no debia
reconocimiento por ello nia los soldados ni a los pue-
bios; ademés ~adornado de muchas virtudes que lo ha-
cfan respetable~ mantuvo durante toda su vida a los dos
grupos dentro de sus justos términos y jamés se vio ni
‘odiado ni despreciado, Pero Pertinax fue hecho empera-
dor contra la voluntad de los soldados, los cuales -acos-
tumbrados a vivir licenciosamente bajo Cémodo- no
pudieron soportar aquella vida honesta a que Pertinax
los queria reducir. Por eso, habiéndose granjeado su odio
yalunirse a este odio el desprecio por causa de su avan-
zada edad, se hundié yaen os primeros momentos desu
reinado.
Y aqui se debe sefialar que et odio se conquista tanto
mediante las buenas obras como mediante las malas; por
eso, como ya he dicho con anterioridad, un principe que
quiera conservar el Estado se ve forzado a menudo ano
ser bueno, porque cuando aquella colectividad -sea el
pueblo o los soldados, o los grandes- de la que estimas
verte necesitado para mantenerte, esta corrompida, te
13
conviene seguir su humor para satisfacerla y entonces las
buenas obras te son enemigas. Pero vengamos a Alejan-
dro Severo, quien fue tan bondadoso que entre las otras
alabanzas que le son hechas figura la de que en catorce
afios que conservé el imperio nadie fue jam4s muerto
por él sin proceso regular. No obstante, tenido por un
hombre afeminado y sometido al gobierno de su madre,
cayé en desprecio y el ejército conspiré contra él y lo
asesin6,
Examinando ahora en contraposicién el cardcter de
‘Cémodo, de Septimio Severo, Antonino Caracalla y Ma-
ximino, los encontraréis extremadisimamente crueles y
rapaces: para dar satisfaccién a los soldados, no omitie-
ron ningtin tipo de injusticia que se pudiera cometer con-
tra el pueblo, y todos, excepto Septimio Severs, tuvieron
un final desgraciado. Porque en éste hubo tanta virtud
que conservando a su lado a los soldados pudo reinar
siempre sin perturbaciones, a pesar de oprimir alos pue-
blos. Sus cualidades lo hacian a los ojos de los soldados y
delos pueblos tan admirable que estos tiltimos permane-
cfan dealguna manera atonitos y estupefactos, ylos otros
reverentes y satisfechos. Como sus acciones fueron gran-
des en un principe nuevo, quiero mostrar brevemente lo
bien que supo usar Ja zorra y el leén, cuyas naturalezas
debe imitar un principe como ya anteriormente dije. Co-
nociendo Severo la desidia del emperador Juliano, per-
suadié a su ejército por aquel entonces acampado en Es-
lavonia— de la conveniencia de marchar a Roma para
vengar la muerte de Pertinax, asesinado por soldados
pretorianos. Bajo este disfraz, sin mostrar que aspiraba al
imperio, condujo su ejército contra Roma y Ilegé a Italia
antes de que se tuviera noticia de su puesta en marcha.
‘Llegé a Roma, fue elegido, por temor, emperador por el14 MAQUIAvELO
Senado y Juliano muerto. Tras este comienzo quedaban a
Severo dos dificultades si queria apoderarse de todo el
Estado: la primera en Asia, donde Nigro —jefe de los ejér-
citos asidticos- se habia hecho aclamar emperador, y la
segunda en Poniente, donde se encontraba Albino, otro
aspirante al titulo. Juzgando peligroso manifestarse ene-
migo ala vez de los dos, pens6 atacar a Nigro y engafiara
Albino: escribié a este tiltimo diciéndole que, habiendo
sido elegido emperador por el Senado, querfa compartir
con él aquella dignidad; le envis el titulo de César, y por
resolucién del Senado se lo unié como colega. Albino
toms tales cosas por verdaderas, pero cuando Severo
hubo derrotado y matado a Nigro, y pacificado la region
oriental del imperio, volvié a Roma, se quejé en el Senado
de que Albino, poco agradecido por los beneficios que de
Alhabja recibido, habia tratado de asesinarlo por medio
de engafios y que, en consecuencia, se veta obligado acas-
tigar su ingratitud. A continuacién pasé a buscarlo a
Francia yle arrebaté el Estado y la vida.
Quien examine, pues, atentamente sus acciones, lo ha-
llaré un ferocisimo leén y una astutisima zorra, verd que
fue temido ¥ ¥espetado por todos y que los ejércitos no lo
odiaron. Asi, no se extrafiaré si, aunque hombre nuevo,
pudo conservar un imperio tan dilatado, pues su enorme
reputacién lo mantuvo siempre defendido del odio que
los pueblos hubieran podido concebir en su contra por
sus rapifias. Antonino Caracalla, su hijo, fue también uit
hombre de cualidades excelentes que lo hacian maravi-
Toso alos ojos de los pueblos y grato a los soldados: era
un militar capaz de soportar cualquier fatiga y desdefioso
de todo alimento delicado y de toda otra forma de moli-
ie, con Jo cual se ganaba el aprecio de todos los ejércitos.
Sin embargo, su ferocidad y su crueldad fue tan grande y
EL PRINCIPE, xix ns
tan inaudita (sumando infinitas ejecuciones particulares
Hegé a matar gran parte del pueblo de Roma y todo el de
Alejandria) que se hizo odiosisimo a todo el mundo y co-
menz6 a ser temido incluso por los que tenia a su alrede-
dor, de forma que fue asesinado por un centurién en me-
dio de su ejército. Se ha de sefialar a este respecto que
asesinatos de este tipo, que se ejecutan por resolucién de
un dnimo obstinado, son inevitables por los principes,
porque todo aquel a quien no le preocupe morir le puede
atacar, pero se les ha de tener menos miedo, porque sola-
mente ocurren rarisimas veces. Solamente debe preocu-
parse de no cometer una grave injusticia contra alguien
dé los que se sitve y de los que tiene a su alrededor al ser-
‘Vicio desu principado. Antonino cometié este error, pues
“habfa matado sin culpa manifiesta a un hermano de
aquel centurién y amenazaba a este tiltimo cada dia. Sin
‘embargo, lo conservaba entre los encargados de velar su
seguridad: actitud temeraria que podia costarle la vida,
comoasfocurrié.
+» Pero vengamos a Comodo, para quien resultaba enor-
‘memente facil conservar el imperio por haberlo recibido
iure hereditario de su padre Marco Aurelio, Sélo tenfa que
seguir las huellas de su padre y con ello habria tenido sa-
tisfechos a los soldados y a los pueblos, pero su énimo
cruel y bestial lo indujo, para poder someter a los pueblos
asu rapacidad, a seducir alos ejércitos haciéndolos licen-
ciosos. Por otro lado, desprecié su propia dignidad al
descender a menudo en los teatros a combatir con los gla-
diadores y al cometer otras acciones vilisimas y poco dig-
nas de la autoridad imperial. Por todo ello se hizo despre-
ciable ante los ojos de los soldados; odiado por unos y
despreciado por otros, fue victima de una conspiracién
yasesinado.116 seaquiaveto,
Nos queda por narrar las cualidades de Maximino.
Fue un hombre belicosisimo, elegido emperador tras la
muerte de Alejandro Severo por unos ejércitos hastiados
de la molicie de su antecesor, del que ya he hablado. Ma-
ximino no conservé el titulo mucho tiempo, porque dos
cosas lo hicieron odioso y despreciable: una, su infimo
origen, pues habia guardado rebafios de ovejas en Tracia
(cosaconocidisima de todosy que leacarreaba el despre-
cio de todo el mundo); la otra, porque habiendo retrasa-
dol comienzo de su principado el marchar a Roma para
entrar en posesidn dela sede imperial, sus prefectos ejer-
cieron muchas crueldades tanto en Roma como en los
restantes lugares del imperio y se habfa labrado fama de
hombre muy cruel, de tal forma que, movido todo el
mundo por el desdén a causa de su bajo origen y por
elodio emanado de su ferocidad, se rebel6, en primer lu-
gat: Africa, lnego el Senado con todo el pueblo de Romay
toda Italia conspiré contra él, A ellos se afiadié su propio
ejército, que mientras asediaba Aquileya al precio de
grandes dificultades, cansado de su crueldad y temiéndo-
Jo menosal ver que tenia tantos enemigos, lo mat6.
No quiero razonar ni sobre Heliogabalo, ni sobre Ma-
ctino, ni sobre Juliano, los cuales por ser absolutamente
despreciables desaparecieron enseguida. Procederé, por
el contrario, a la conclusién de este examen afirman-
do que los principes de nuestros dias experimentan con
menos intensidad en su gobierno esta dificultad de dar
satisfacci6n por procedimientos extraordinarios a los
soldados, pues aunque deban tener hacia ellos alguna
consideracién, el problema se resuelve, sin embargo, ré-
pidamente, ya que ninguno de estos principes tiene ejér-
citos que se hayan enraizado en el gobierno y administra
cién de las provincias, como era el caso de los ejércitos en
7
el Imperio Romano. Por eso era necesario entonces satis-
facer mas a los soldados que a los pueblos, ya que los pri-
meros tenfan mds poder que los segundos; ahora, en
cambio, es necesario a todos los principes -con excep-
cién del Turco y del Sultan- dar més satisfaccién a los
pueblos que a los soldados, porque los primeros tienen
més poder que los segundos. Hago excepcién del Turco,
porque siempre tiene a su alrededor doce mil infantes y
‘quince mil caballeros de los que depende la seguridad yla
fuerza de su reino, y es necesario que el rey se los conser-
ve amigos por encima de cualquier otra consideracién.
De la misma manera, dado que el reino del Sultan est4
totalmente en manos de los soldados, es necesario que
también él selos conserve amigos sin ningiin tipo de con-
sideraciones hacia los pueblos. Y debéis de tener en cuen-
ta que el Estado del Sultan tiene una forma diferente de
todos los otros principados: es semejante al pontificado
cristiano, que no puede llamarse ni principado heredita-
rio ni principado nuevo. No son los hijos del principe vie-
jo quienes heredan y permanecen soberanos, sino el que
es elevado a dicho grado por los que tienen autoridad.
Dado que esta organizacién es antigua, no sele puede Ila-
mar principado nuevo, porque en él estén ausentes algu-
nas de las dificultades que aparecen en los principados
nuevos, pues aunque el principe sea nuevo, las institucio-
nes de aquel Estado son viejas y dispuestas para recibirlo
como si fuera su sefior hereditario.
Pero volvamos a nuestro tema. Sostengo que quien
atienda al examen desarrollado hasta aqui, veré que la
causa de la ruina de los emperadores anteriormente cita-
dos fue 0 el odio o el desprecio, y se percatard también de
dénde viene que -actuando algunos de ellos de una ma-
nera y los demas de modo contrario-, sin embargo, en18 MaguiaviEto
cada caso, uno de ellos se mantuvo felizmente y los demas,
encontraron un final desgraciado. A Pertinax y Alejan-
dro, principes nuevos, les resultaba inttil y perjudicial
imitar a Marco Aurelio, que era principe iure hereditario;
de la misma forma resulté fatal a Caracalla, Cémodo y
Maximino imitar a Septimio Severo, por carecer dela vir~
tud necesaria para seguir sus huellas. Por tanto, un prin-
cipe nuevo en un principado nuevo no puede imitar las,
acciones de Marco Aurelio ni debe imitar necesariamente
las de Septimio Severo, sino que débe tomar deéste aque-
os puntos necesarios para cimentar su Estado y de aquél
Jos puntos convenientes y gloriosos para conservar un
Estado que ya se encuentra establecido y afirmado.
XX. Silasfortalezasy otras muchas cosas que los
principes realizan cada dfa son ttiles o intitiles*
Algunos principes han desarmado a sus stibditos para
‘conservar su Estado sin riesgos; otros han maritenido di-
vididas las ciudades conquistadas; otros han alimentado
alguna oposicién contra si mismos; otros se han dedica-
doa ganarse a quienes les resultaban sospechosos al co-
mienzo de su principados unos han construido fortale-
zas, otros, en fin, las han demolido y destruido. Y aunque
de todas estas cosas no sea posible dar una regla fija, ano
ser que se descienda a los particulares de aquellos Esta-
dos en los que una decisién de ese tipo se ha de adoptar,
sin embargo, hablaré de todo ello con la generalidad que
lamateria por simisma permite.
* Anarceset multa alia quae cotidiea principibus fiunt uilia an inutitia
sint,
BL PRINCIPE, xX re
Jamas un principe nuevo desarmé a sus tibditos. An-
tes bien, silos hallé desarmados, los armé siempre, por-
que al armarlo aquellas armas se hacen tuyas, los que te
son sospechosos se vuelven fieles y los que ya te eran fie-
leslo siguen siendo. De esta manera de stibditos se vuel-
ven partidarios tuyos; Y como es imposible armar a to-
dos los stibditos, al hacer un beneficio a todos los que
armas puedes actuar con los otros con mayor seguridad
ademés, reconociendo en si mismos esta distinta forma
tuya de proceder, contraen una obligacién hacia ti. Los
otros, por su parte, te disculpan, pues juzgan necesario
que quien soporta mayores peligtos y obligaciones goce
de un mérito mayor. Por el contrario, si los desarmas,
empiezas a ofenderlos, pues muestras que desconfias de
ellos o por cobardfao por poca fe, y tanto la una como la
otra de estas opiniones hacia ti teacarrea su odio. En ese
caso, ademas, como no puedes permanecer desarmado,
te ves obligado a recurrir alas tropas mercenarias, cuyo
valor es el que antes hemos expuesto. Y aunque estas
tropas fueran buenas, sin embargo, no pueden serlo
hasta el punto de que te defiendan de los enemigos po-
derososy de los stibditos sospechosos, Por eso, como ya
he dicho, un principe nuevo en un principado nuevo
siempre recluté las tropas entre sus stibditos. Las histo-
Tiaé estén llenas de ejemplos de esta clase. Sin embargo,
cuando un principe adquiere un Estado nuevo que se
afiade al suyo anterior en calidad de miembro, entonces
es necesario desarmar aquel Estado, con excepcién de
aquellos que en el momento de la conquista eran parti
darios tuyos; ¢ incluso es necesario con el tiempo apro-
vechar todas las oportunidades para hacer a éstos blan-
dos y afeminados, de manera que todas las armas de tu
Estado se hallen en manos de aquellos soldados propia-
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