Simen y Ana: dos ancianos modlicos
Angel Aparicio - Lunes, 3 de noviembre de 2008
La historia bblica destaca el protagonismo de personas mayores. Tienen
la sabidura. Son testigos de la memoria del pueblo. Transmiten las
promesas y las esperanzas a las nuevas generaciones. Nos hemos fijado
en dos de estas figuras de ancianos.
El antiguo testamento inicia su andadura (libro del Gnesis) de la mano de
dos personas jvenes, un hombre y una mujer recin aparecidos en la
tierra. Dios exterioriza su jbilo al verlos. Es muy bello, dijo Dios (Gen
1,32); y se apresura a coronar lo creado con la diadema del da sptimo,
con su presencia sacrosanta que convierte al mundo en templo de su
gloria (cf Gen 2,1-4a). Se dira que Dios exulta ante la belleza de la
juventud. A continuacin desfila la historia de la fealdad, de la decadencia
y de la muerte. A Dios le pesa la creacin (cf Gen 6,6). Retira su mirada
para no ver. Se habr precipitado al afirmar que todo era muy bello? O
bien se las ingeniar para trocar la fealdad en belleza y la decrepitud en
juventud perenne? Si as fuera cundo y cmo suceder?
Otras parejas, tambin ancianas, estn apostadas en el prtico del nuevo
testamento. Me refiero a Zacaras y a Isabel, pero sobre todo a Simen y a
Ana. El horizonte vital de Simen es muy limitado. Lleva a la espalda sus
muchos aos y, es de suponer, sus no pocos recuerdos. La tradicin nos
habla de l con artculo: es el anciano Simen. Prototipo de toda
ancianidad. Docto con la sabidura que dan los aos -soy ms docto que
todos mis maestros (Sal 119,99)- y por la oculta enseanza que le brinda
la voz secreta del Espritu: le haba revelado que no vera la muerte
hasta haber visto al Mesas del Seor (Lc 2,26). El anciano Simen est
atado al pasado por el vnculo de los recuerdos. La esperanza, sin
embargo, le mantiene en vida. l sabe que cualquier da puede ser el
ltimo de su existencia, si ese da es atendida su esperanza. Su mismo
nombre -que significa Dios ha visto- es un constante memorial ante sus
ojos. Un da u otro, en cualquier momento, Dios escuchar,
efectivamente, el anhelo de ser consolado que an grita en la vieja carne
de Simen, representante de todos aquellos que esperan el consuelo de
Israel (Lc 2,25) Cundo ser? Cuando Dios quiera. Cuando as suceda,
habr retornado a la tierra la belleza que huy con la complicidad de la
primera pareja humana? De momento Simen se mantiene agarrado a la
vida. Le sostiene la esperanza.
ANA, LA PROFETISA
Ana es un resumen de la historia.
Sus siete aos de casada representan un tiempo muy breve comparados
con los ochenta y cuatro que lleva viviendo como viuda. Aquellos siete
aos pudieron proporcionarle el gozo descrito por Jeremas: la voz del
novio y la voz de la novia, el ruido familiar de la rueda molinera y la luz de
la candela, el alegre canto de los nios y de los mozos ... Una bella
estampa de la vida. Pero ha sido tan breve el tiempo de la dicha, que
pertenece al remoto pasado. Durante el tiempo de su viudedad no ha sido
agraciada (Ana significa Gracia, Favorita) como aquella otra Ana del
antiguo testamento, cuya esterilidad fue anulada con la concepcin de un
hijo. La Ana que se asoma al nuevo testamento ha soportado ochenta y
cuatro aos de soledad estril. Si en su condicin de viuda encarna a un
pueblo viejo, paga un tiempo completo (siete) por cada una de las tribus
de ese pueblo (por doce, arroja un total de ochenta y cuatro). Ana, mujer-
pueblo, tambin se niega a morir. Sostenida igualmente por la esperanza,
suspira por el da en que llegue el consuelo, la liberacin de Israel (Lc
2,38). La esperanza corre por las venas de esta venerable anciana, como
lo proclaman sus apellidos. Es hija de Fanuel (es decir del rostro-de-
Dios) y pertenece a la tribu de Aser (es decir, a la tribu afortunada).
Cundo le mostrar Dios su rostro, de modo que imprima en ella la
belleza que reclama el nombre de Ana?
He aqu, pues, una paradoja hiriente: una joven pareja, que suscita la
admiracin divina, inaugura el antiguo testamento. El nuevo testamento,
por el contrario, se abre con dos ancianos, hombre y mujer, cargados de
aos y de soledades. Pero la joven pareja envejeci, adentrada en la
oscuridad del pecado y de la muerte. Los ancianos Simen y Ana llegan al
nuevo testamento trayendo consigo toda una historia de soledad -la
propia de su pueblo y aun de toda la humanidad-, pero se niega a morir
hasta que sus manos toquen lo que su corazn esper durante tanto
tiempo: el consuelo de Israel. Cuando sus ojos cansados vean al Salvador,
entonarn la cancin de despedida, no sin antes habar hablado de Aqul
que se ha puesto al alcance de sus manos (cf Lc 2,28. 34-35. 38).
Colmada su esperanza, habrn hallado estos dos ancianos la belleza que
rubric la primera creacin? As lo insinan sus nombres. Podremos decir
que los jvenes envejecen y los viejos rejuvenecen?
Los jvenes ancianos presentados por Lucas atraen nuestra atencin
sobre algunos rasgos caractersticos de la ancianidad. Sea el primero
evocar el re-
cuerdo del pasado. Valga, como segundo, la descripcin de la realidad
presente. El tercero nos permite asomarnos al futuro, orientados por la
esperanza.
EL MOMENTO DE LOS RECUERDOS
Simen aguardaba el consuelo de Israel (Lc 2,25). Ana forma coro con
cuantos esperaban la liberacin de Israel (Lc 2,38). Ambos estn
pendientes del Consolador -es el nombre que la tradicin rabnica daba
al Mesas-, porque encarnan la memoria de su pueblo. Se le dirigi a ste
una palabra de consuelo que an est por cumplirse. Se le deba decir con
lenguaje quedo, dirigido al corazn, consolad, consolad a mi pueblo, dice
el Seor (ls 40,1 J. Se constata, incluso, cmo el Seor consuela a su
pueblo, rescata a Jerusaln (Is 52,7). Pero hasta que llegue el heraldo
que anuncia la paz (Is 52,7), el consuelo dirige su rostro hacia el futuro:
En Jerusaln seris consolados (Is 66,13). Curiosamente el heraldo es
un personaje masculino, como Si men (cf Is 41,27: 52,7), y tambin
femenino, como Ana (cf Is 40,9).
Si el recuerdo colectivo se encarna en esta pareja encanecida, acaso se
deba a que uno es honrado y piadoso (Lc 2,25) y la otra es profetisa (Lc
2,36). Es decir, Si men acata sin reservas la voluntad divina manifestada
en la Ley y adopta una actitud reverencial ante la presencia del Seor. La
funcin de Ana como profetisa es permitir que Dios hable por su boca y,
posteriormente, difundir a los cuatro vientos la palabra que ha conocido.
Esta caracterizacin acerca a los dos ancianos a otros grupos de ancianos
que pertenecen al pasado. En ella suena el recuerdo.
ANTEPASADOS
Efectivamente, los antepasados de la profetisa Ana pueden ser <dos
ancianos de Israel, representantes del conjunto del pueblo. Ellos, como
Ana, son los primeros testigos oculares y auditivos que presencian los
acontecimientos en representacin de los dems. A ellos debe comunicar
Moiss la decisin divina de sacar a su pueblo de Egipto, y deben ser
testigos de la interpelacin de Moiss en la corte del Faran (cf Ex
3,16.18; 4,29). A ellos se les propone la alianza en el Sina (cf Ex 19,7), y
contemplan el milagro del agua en el Horeb (cf Ex 17,5). Ellos toman parte
en el banquete con Jetr (Ex 18,12), etc. Estn silenciosamente presentes
en los acontecimientos salvficos. Tambin Ana permanece silenciosa. Ve
al nio. Escucha el cntico de despedida de Simen. An tendr tiempo,
antes de morir, para hablar del nio a todos los que esperaban la
liberacin de Jerusaln. Ana es testigo ocular y auditivo de la llega del
Salvador. Su mera presencia la convierte en un recuerdo viviente de los
ancianos de Israel.
En Ana converge un nuevo recuerdo que tiene ecos histricos: el de los
setenta ancianos. Han sido elegidos de entre los ancianos de Israel.
Participan del espritu de Moiss. Han de ser los jueces de Israel. Lo
peculiar de este grupo no es ni su nombramiento ni su funcin judicial,
sino que el espritu se posa sobre ellos y comienzan a profetizan. Josu
teme que terminen por desplazar a Moiss, el profeta por antonomasia. Le
pide que les prohba profetizar. Moiss responde: (Ojal que todo el
pueblo del Seor fuera profeta y recibiera el espritu del Seor! (Num
11,30). El deseo de Moiss atraviesa el tiempo y encuentra eco en un
profeta posterior que anuncia cmo, en el futuro, Dios derramar su
espritu sobre los ancianos que soarn sueos (cf JI3,1s). El Espritu
transforma al anciano en profeta.
As como Simen pasa por ser el anciano, Ana es llamada la profetisa,
como si en ella se condensara toda la profeca. El deseo de Moiss
continu resonando en el recuerdo histrico a travs de los siglos. El
futuro previsto por Joel acelera su paso para llegar a ser presente. La voz
expectante de todos los profetas suena armnicamente en la profetisa.
Ana ve lo que tantos desearon ver y no vieron, oye lo que tantos desearon
or y no oyeron (Lc 10,24). Ella, hija del rostro-de-Dios, ve a Dios;
descendiente de la tribu afortunada, oye la voz que anuncia la llegada
del Salvador. El recuerdo que nutre sus ochenta y cuatro aos de
viudedad se ha convertido en esperanza y sta ha transformado a Ana en
profetisa. El recuerdo la ha acercado al venturoso da de la salvacin.
TESTIGOS OCULARES
Ana escucha lo que el anciano Simen proclama: ((Mis ojos han visto tu
salvacin (Lc 2,30). Tambin el anciano es un rosario de recuerdos. La
salvacin que ahora ve es la anunciada por Isaas: Se revelar la gloria
del Seor y la vern todos los hombres juntos (ls 40,5). Desde los
tiempos en que estas palabras sonaron por vez primera, y no antes, el
anuncio de la salvacin esperada fue transmitindose de generacin en
generacin. El anciano, exonerado de sus antiguas responsabilidades
polticas (cf Dt 21,2), no convierte en tutor no slo de las normas legales
(cf Dt 31,9), sino, sobre todo, del espritu de la ley: de la intervencin
divina en la historia que es el alma de la ley. As se precepta en el libro del
xodo: Cuando maana tu hijo te pregunte: Qu significa esto?, le
responders ... A continuacin se narra el recuerdo de la intervencin
divina, a costa de los primognitos de Egipto, que justifica la ofrenda de
los primognitos de Israel (Ex 13,14-16). As lo celebra el salmo 78: Lo
que omos y aprendimos, lo que nuestros padres nos contaron, no lo
ocultaremos a sus hijos ... Que los descendientes se lo cuenten a sus hijos
para que pongan en Dios su confianza (Sal 78, 3.6b-7a). Acatamiento de
la voluntad divina, cristalizada en la ley, y reverencia ante el Dios
presente -confiar en Dios- se dan la mano. El anciano Si men encarna
todo esto, que es el espritu de la senectud, porque es justo y piadoso,
como dijimos.
En los ancianos Si men y Ana adquiere corporeidad la historia de su
pueblo. Se asoman al prtico del nuevo testamento cargados de
recuerdos, a los que no renuncian, y rejuvenecidos por la esperanza. Por
sus labios habla la sabidura del pasado y la frescura del presente. An no
han sido transformados por la belleza perdida. Tal vez cuando grane su
esperanza retornen al paraso, y Dios pueda decir nuevamente es muy
bello. De momento pueden ser maestros de nuestros mayores. Tambin
stos tienen mucho que decir si dejan aflorar sus recuerdos. stos
rezumarn aroma nuevo si son tocados.