El alacrn de Fray Gmez
Ricardo Palma
Principio, principiando;
principiar quiero
por ver si principiando
principiar puedo.
I
Este era un lego contemporneo de don Juan de la Pipirindica, el de
la valiente pica, y de San Francisco Solano; el cual
lego desempeaba en Lima, en el convento de los padres serficos, las
funciones de refitolero en la enfermera u hospital de los devotos frailes.
El pueblo lo llamaba fray Gmez, y fray Gmez lo llaman
las crnicas conventuales, y la tradicin lo conoce por fray Gmez. Creo
que hasta en el expediente que para su beatificacin y canonizacin
existe en Roma no se le da otro nombre. Fray Gmez hizo en mi tierra
milagros a mantas, sin darse cuenta de ellos y como quien no quiere la
cosa. Era de suyo milagroso, como aquel que hablaba en prosa sin
sospecharlo.
Sucedi que un da iba el lego por el puente, cuando un
caballo desbocado arroj sobre las losas al jinete. El
infeliz qued patitieso, con la cabeza hecha una criba y arrojando
sangre por boca y narices.
-Se descalabr, se descalabr!
-gritaba la gente-. Que vayan a San
Lzaro por el santo leo!
Y todo era bullicio y alharaca. Fray
Gmez acercse pausadamente al
que yaca en la tierra, psole sobre la
boca el cordn de su hbito, echle
tres bendiciones, y sin ms mdico ni
ms botica el descalabrado se levant
tan fresco, como si golpe no hubiera
recibido.
-Milagro, milagro! Viva fray Gmez!
-exclamaron los infinitos
espectadores.
Y en su entusiasmo intentaron llevar
en triunfo al lego. Este,
para substraerse a la popular ovacin, ech a correr camino de su
convento y se encerr en su celda.
La crnica franciscana cuenta esto ltimo de manera distinta. Dice
que fray Gmez, para escapar de sus aplaudidores, se elev en los aires
y vol desde el puente hasta la torre de su convento. Yo ni lo niego ni lo
afirmo. Puede que s y puede que no. Tratndose de maravillas, no
gasto tinta en defenderlas ni en refutarlas.
Aquel da estaba fray Gmez en vena de hacer milagros, pues cuando
sali de su celda se encamin a la enfermera, donde encontr a San
Francisco Solano acostado sobre una tarima, vctima de una
furiosa jaqueca. Pulslo el lego y le dijo: -Su paternidad est muy dbil,
y hara bien en tomar algn alimento.
-Hermano -contest el santo-, no tengo apetito.
-Haga un esfuerzo, reverendo padre, y pase siquiera un bocado.
Y tanto insisti el refitolero, que el enfermo, por librarse de exigencias
que picaban ya en majadera, ide pedirle lo que hasta para
el virrey habra sido imposible conseguir, por no ser la
estacin propicia para satisfacer el antojo.
-Pues mire, hermanito, slo comera con gusto un par de pejerreyes.
Fray Gmez meti la mano derecha dentro de la manga izquierda, y
sac un par de pejerreyes tan fresquitos que parecan acabados de salir
del mar.
-Aqu los tiene su paternidad, y que en salud se le conviertan. Voy
a guisarlos.
Y ello es que con los benditos pejerreyes qued San
Francisco curado como por ensalmo. Me parece que estos dos
milagritos de que incidentalmente me he ocupado no son paja picada.
Dejo en mi tintero otros muchos de nuestro lego, porque no me he
propuesto relatar su vida y milagros.
Sin embargo, apuntar, para satisfacer curiosidades exigentes, que
sobre la puerta de la primera celda del pequeo claustro, que hasta hoy
sirve de enfermera, hay un lienzo pintado al leo representando estos
dos milagros, con la siguiente inscripcin:
"El Venerable Fray Gmez.- Naci en Extremadura en 1560. Visti el
hbito en Chuquisaca en 1580. Vino a Lima en 1587.- Enfermero fue
cuarenta aos, Ejercitando todas las virtudes, dotado de favores
y dones celestiales. Fue su vida un continuado milagro. Falleci en 2 de
mayo de 1631, con fama de santidad. En el ao siguiente se coloc el
cadver en la capilla de Aranzaz, y en 13 de octubre de 1810 se pas
debajo del altar mayor, a la bveda donde son sepultados los padres
del convento. Presenci la traslacin de los restos el Seor doctor don
Bartolom Mara de las Heras. Se restaur este venerable retrato en 30
noviembre de 1882, por M. Zamudio".
II
Estaba una maana fray Gmez en su celda entregado a la
meditacin, cuando dieron a la puerta unos discretos golpecitos, y una
voz de quejumbroso timbre dijo:
-Deo gratias... alabado sea el Seor!
-Por siempre jams, amn. Entre, hermanito -contest fray Gmez.
Y penetr en la humildsima celda un individuo algo desarrapado, vera
efigie del hambre a quien acongojan pobrezas, pero en cuyo rostro se
dejaba adivinar la proverbial honradez del castellano viejo.
Todo el mobiliario de la celda se compaa de
cuatro sillones de vaqueta, una mesa mugrienta, y una tarima
sin colchn, sbanas ni abrigo, y con una piedra por cabezal o
almohada.
-Tome asiento, hermano, y dgame sin rodeos lo que por ac le trae
-dijo fray Gmez.
-Es el caso, padre, que yo soy hombre de bien a carta cabal...
-Se le conoce y que persevere deseo, que as merecer en esta
vida terrena la paz de la conciencia, y en la otra la bienaventuranza.
-Y es el caso que soy buhonero, que vivo cargado de familia y que mi
comercio no cunde por falta de medios, que no
por holgazanera y escasez de industria en m.
-Me alegro, hermano, que a quien honradamente trabaja Dios le
acude.
-Pero es el caso, padre, que hasta ahora Dios se me hace el sordo, y
en acorrerme tarda...
-No desespere, hermano, no desespere.
-Pues es el caso que a muchas puertas he llegado en demanda
de habilitacin por quinientos duros, y todas las he encontrado
con cerrojo y cerrojillo. Y es el caso que anoche, en mis cavilaciones,
yo mismo me dije a m mismo:
-Ea!, Jernimo, buen nimo y vete a pedirle el dinero a fray Gmez,
que si l lo quiere, mendicante y pobre como es, medio
encontrar para sacarte del apuro. Y es el caso que aqu estoy porque
he venido, y a su paternidad le pido y ruego que me preste esa
puchurela por seis meses, seguro que no ser por m quien se diga:
En el mundo hay devotos de ciertos santos; la gratitud les dura lo que
el milagro;
que un beneficio da siempre vida a ingratos desconocidos.
-Cmo ha podido imaginarse, hijo, que en esta triste celda
encontrara ese caudal?
-Es el caso, padre, que no acertara a responderle; pero tengo fe en
que no me dejar ir desconsolado.
-La fe lo salvar, hermano. Espere un momento.
Y paseando los ojos por las desnudas y blanqueadas paredes de la
celda, vio un alacrn que caminaba tranquilamente sobre el marco de
la ventana. Fray Gmez arranc una pgina de un libro viejo, dirigise
a la ventana, cogi con delicadeza a la sabandija, la envolvi en el
papel, y tornndose hacia el castellano viejo le dijo:
-Tome, buen hombre, y empee esta alhajita; no olvide,
s devolvrmela dentro de seis meses.
El buhonero se deshizo en frases de agradecimiento, se despidi de
fray Gmez y ms que de prisa se encamin a la tienda de un usurero.
La joya era esplndida, verdadera alhaja de reina morisca, por decir lo
menos. Era un prendedor figurando un alacrn. El cuerpo lo formaba
una magnfica esmeralda engarzada sobre oro, y la cabeza
un grueso brillante con dos rubes por ojos.
El usurero, que era hombre conocedor, vio la alhaja con codicia, y
ofreci al necesitado adelantarle dos mil duros por ella; pero nuestro
espaol se empe en no aceptar otro prstamo que el de quinientos
duros por seis meses, y con un inters judaico, se entiende.
Extendironse y firmronse los documentos o papeletas de
estilo, acariciando el agiotista la esperanza de que a la postre el dueo
de la prenda acudira por ms dinero, que con el recargo de intereses lo
convertira en propietario de joya tan valiosa por su mrito intrnseco y
artstico.
Y con este capitalito le fue tan prsperamente en su comercio, que a
la terminacin del plazo pudo desempear la prenda, y, envuelta en el
mismo papel en que la recibiera, se la devolvi a fray Gmez.
ste tom el alacrn, lo puso sobre el alfizar de la ventana, le ech
una bendicin y dijo:
-Animalito de Dios, sigue tu camino.
Y el alacrn ech a andar libremente por las paredes de la celda.
Y vieja, pelleja,
aqu dio fin la conseja.
Los gallinazos sin plumas
Julio Ramn Ribeyro
A las seis de la maana la ciudad se levanta de puntillas y comienza a
dar sus primeros pasos. Una fina niebla disuelve el perfil de los objetos
y crea como una atmsfera encantada. Las personas que recorren la
ciudad a esta hora parece que estn hechas de otra sustancia, que
pertenecen a un orden de vida fantasmal. Las beatas se arrastran
penosamente hasta desaparecer en los prticos de las iglesias. Los
noctmbulos, macerados por la noche, regresan a sus casas envueltos
en sus bufandas y en su melancola. Los basureros inician por la
avenida Pardo su paseo siniestro, armados de escobas y de carretas. A
esta hora se ve tambin obreros caminando hacia el tranva, policas
bostezando contra los rboles, canillitas morados de fro, sirvientas
sacando los cubos de basura. A esta hora, por ltimo, como a una
especie de misteriosa consigna, aparecen los gallinazos sin plumas.
A esta hora el viejo don Santos se pone la pierna de palo y sentndose
en el colchn comienza a berrear:
-A levantarse! Efran, Enrique! Ya es hora!
Los dos muchachos corren a la acequia del corraln frotndose los ojos
legaosos. Con la tranquilidad de la noche el agua se ha remansado y
en su fondo transparente se ven crecer yerbas y deslizarse giles
infusorios. Luego de enjuagarse la cara, coge cada cual su lata y se
lanzan a la calle. Don Santos, mientras tanto, se aproxima al chiquero y
con su larga vara golpea el lomo de su cerdo que se revuelca entre los
desperdicios.
-Todava te falta un poco, marrano! Pero aguarda no ms, que ya
llegar tu turno.
Efran y Enrique se demoran en el camino, trepndose a los rboles
para arrancar moras o recogiendo piedras, de aquellas filudas que
cortan el aire y hieren por la espalda. Siendo an la hora celeste llegan
a su dominio, una larga calle ornada de casas elegantes que
desemboca en el malecn. Ellos no son los nicos. En otros corralones,
en otros suburbios alguien ha dado la voz de alarma y muchos se han
levantado. Unos portan latas, otros cajas de cartn, a veces slo basta
un peridico viejo. Sin conocerse forman una especie de organizacin
clandestina que tiene repartida toda la ciudad. Los hay que merodean
por los edificios pblicos, otros han elegido los parques o los muladares.
Hasta los perros han adquirido sus hbitos, sus itinerarios, sabiamente
aleccionados por la miseria.
Efran y Enrique, despus de un breve descanso, empiezan su trabajo.
Cada uno escoge una acera de la calle. Los cubos de basura estn
alineados delante de las puertas. Hay que vaciarlos ntegramente y
luego comenzar la exploracin. Un cubo de basura es siempre una caja
de sorpresas. Se encuentran latas de sardinas, zapatos viejos, pedazos
de pan, pericotes muertos, algodones inmundos. A ellos slo les
interesan los restos de comida. En el fondo del chiquero, Pascual recibe
cualquier cosa y tiene predileccin por las verduras ligeramente
descompuestas. La pequea lata de cada uno se va llenando de
tomates podridos, pedazos de sebo, extraas salsas que no figuran en
ningn manual de cocina. No es raro, sin embargo, hacer un hallazgo
valioso. Un da Efran encontr unos tirantes con los que fabric una
honda. Otra vez una pera casi buena que devor en el acto. Enrique, en
cambio, tiene suerte para las cajitas de remedios, los pomos brillantes,
las escobillas de dientes usadas y otras cosas semejantes que
colecciona con avidez.
Despus de una rigurosa seleccin regresan la basura al cubo y se
lanzan sobre el prximo. No conviene demorarse mucho porque el
enemigo siempre est al acecho. A veces son sorprendidos por las
sirvientas y tienen que huir dejando regado su botn. Pero, con ms
frecuencia, es el carro de la Baja Polica el que aparece y entonces la
jornada est perdida. Cuando el sol asoma sobre las lomas, la hora
celeste llega a su fin. La niebla se ha disuelto, las beatas estn sumidas
en xtasis, los noctmbulos duermen, los canillitas han repartido los
diarios, los obreros trepan a los andamios. La luz desvanece el mundo
mgico del alba. Los gallinazos sin plumas han regresado a su nido.
Don Santos los esperaba con el caf preparado.
-A ver, qu cosa me han trado?
Husmeaba entre las latas y si la provisin estaba buena haca siempre
el mismo comentario: -Pascual tendr banquete hoy da.
Pero la mayora de las veces estallaba:
-Idiotas! Qu han hecho hoy da? Se han puesto a jugar
seguramente! Pascual se morir de hambre!
Ellos huan hacia el emparrado, con las orejas ardientes de los
pescozones, mientras el viejo se arrastraba hasta el chiquero. Desde el
fondo de su reducto el cerdo empezaba a gruir. Don Santos le
aventaba la comida.
-Mi pobre Pascual! Hoy da te quedars con hambre por culpa de estos
zamarros. Ellos no te engren como yo. Habr que zurrarlos para que
aprendan!
Al comenzar el invierno el cerdo estaba convertido en una especie de
monstruo insaciable. Todo le pareca poco y don Santos se vengaba en
sus nietos del hambre del animal. Los obligaba a levantarse ms
temprano, a invadir los terrenos ajenos en busca de ms desperdicios.
Por ltimo los forz a que se dirigieran hasta el muladar que estaba al
borde del mar.
-All encontrarn ms cosas. Ser ms fcil adems porque todo est
junto.
Un domingo, Efran y Enrique llegaron al barranco. Los carros de la Baja
Polica, siguiendo una huella de tierra, descargaban la basura sobre una
pendiente de piedras. Visto desde el malecn, el muladar formaba una
especie de acantilado oscuro y humeante, donde los gallinazos y los
perros se desplazaban como hormigas. Desde lejos los muchachos
arrojaron piedras para espantar a sus enemigos. El perro se retir
aullando. Cuando estuvieron cerca sintieron un olor nauseabundo que
penetr hasta sus pulmones. Los pies se les hundan en un alto de
plumas, de excrementos, de materias descompuestas o quemadas.
Enterrando las manos comenzaron la exploracin. A veces, bajo un
peridico amarillento, descubran una carroa devorada a medios. En
los acantilados prximos los gallinazos espiaban impacientes y algunos
se acercaban saltando de piedra en piedra, como si quisieran
acorralarlos. Efran gritaba para intimidarlos y sus gritos resonaban en
el desfiladero y hacan desprenderse guijarros que rodaban haca el
mar. Despus de una hora de trabajo regresaron al corraln con los
cubos llenos.
-Bravo! -exclam don Santos-. Habr que repetir esto dos o tres veces
por semana.
Desde entonces, los mircoles y los domingos, Efran y Enrique hacan
el trote hasta el muladar. Pronto formaron parte de la extraa fauna de
esos lugares y los gallinazos, acostumbrados a su presencia, laboraban
a su lado, graznando, aleteando, escarbando con sus picos amarillos,
como ayudndoles a descubrir la pista de la preciosa suciedad.
Fue al regresar de una de esas excursiones que Efran sinti un dolor en
la planta del pie. Un vidrio le haba causado una pequea herida. Al da
siguiente tena el pie hinchado, no obstante lo cual prosigui su trabajo.
Cuando regresaron no poda casi caminar, pero don Santos no se
percat de ello, pues tena visita. Acompaado de un hombre gordo que
tena las manos manchadas de sangre, observaba el chiquero.
-Dentro de veinte o treinta das vendr por ac -deca el hombre-. Para
esa fecha creo que podr estar a punto.
Cuando parti, don Santos echaba fuego por los ojos.
-A trabajar! A trabajar! De ahora en adelante habr que aumentar la
racin de Pascual! El negocio anda sobre rieles.
A la maana siguiente, sin embargo, cuando don Santos despert a sus
nietos, Efran no se pudo levantar.
-Tiene una herida en el pie -explic Enrique-. Ayer se cort con un vidrio.
Don Santos examin el pie de su nieto. La infeccin haba comenzado.
-Esas son patraas! Que se lave el pie en la acequia y que se envuelva
con un trapo.
-Pero si le duele! -intervino Enrique-. No puede caminar bien.
Don Santos medit un momento. Desde el chiquero llegaban los
gruidos de Pascual.
-Y a m? -pregunt dndose un palmazo en la pierna de palo-. Acaso
no me duele la pierna? Y yo tengo setenta aos y yo trabajo Hay que
dejarse de maas!
Efran sali a la calle con su lata, apoyado en el hombro de su hermano.
Media hora despus regresaron con los cubos casi vacos.
-No poda ms! -dijo Enrique al abuelo-. Efran est medio cojo.
Don Santos observ a sus dos nietos como si meditara una sentencia.
-Bien, bien -dijo rascndose la barba rala y cogiendo a Efran del
pescuezo lo arre hacia el cuarto-. Los enfermos a la cama! A podrirse
sobre el colchn! Y t hars la tarea de tu hermano. Vete ahora mismo
al muladar!
Cerca de medioda Enrique regres con los cubos repletos. Lo segua un
extrao visitante: un perro esculido y medio sarnoso.
-Lo encontr en el muladar -explic Enrique -y me ha venido siguiendo.
Don Santos cogi la vara.
-Una boca ms en el corraln!
Enrique levant al perro contra su pecho y huy hacia la puerta.
-No le hagas nada, abuelito! Le dar yo de mi comida.
Don Santos se acerc, hundiendo su pierna de palo en el lodo.
-Nada de perros aqu! Ya tengo bastante con ustedes!
Enrique abri la puerta de la calle.
-Si se va l, me voy yo tambin.
El abuelo se detuvo. Enrique aprovech para insistir:
-No come casi nada, mira lo flaco que est. Adems, desde que Efran
est enfermo, me ayudar. Conoce bien el muladar y tiene buena nariz
para la basura.
Don Santos reflexion, mirando el cielo donde se condensaba la gara.
Sin decir nada, solt la vara, cogi los cubos y se fue rengueando hasta
el chiquero.
Enrique sonri de alegra y con su amigo aferrado al corazn corri
donde su hermano.
-Pascual, Pascual Pascualito! -cantaba el abuelo.
-T te llamars Pedro -dijo Enrique acariciando la cabeza de su perro e
ingres donde Efran.
Su alegra se esfum: Efran inundado de sudor se revolcaba de dolor
sobre el colchn. Tena el pie hinchado, como si fuera de jebe y
estuviera lleno de aire. Los dedos haban perdido casi su forma.
-Te he trado este regalo, mira -dijo mostrando al perro-. Se llama Pedro,
es para ti, para que te acompae Cuando yo me vaya al muladar te lo
dejar y los dos jugarn todo el da. Le ensears a que te traiga
piedras en la boca.
Y el abuelo? -pregunt Efran extendiendo su mano hacia el animal.
-El abuelo no dice nada -suspir Enrique.
Ambos miraron hacia la puerta. La gara haba empezado a caer. La voz
del abuelo llegaba:
-Pascual, Pascual Pascualito!
Esa misma noche sali luna llena. Ambos nietos se inquietaron, porque
en esta poca el abuelo se pona intratable. Desde el atardecer lo
vieron rondando por el corraln, hablando solo, dando de varillazos al
emparrado. Por momentos se aproximaba al cuarto, echaba una mirada
a su interior y al ver a sus nietos silenciosos, lanzaba un salivazo
cargado de rencor. Pedro le tena miedo y cada vez que lo vea se
acurrucaba y quedaba inmvil como una piedra.
-Mugre, nada ms que mugre! -repiti toda la noche el abuelo, mirando
la luna.
A la maana siguiente Enrique amaneci resfriado. El viejo, que lo sinti
estornudar en la madrugada, no dijo nada. En el fondo, sin embargo,
presenta una catstrofe. Si Enrique enfermaba, quin se ocupara de
Pascual? La voracidad del cerdo creca con su gordura. Grua por las
tardes con el hocico enterrado en el fango. Del corraln de Nemesio,
que viva a una cuadra, se haban venido a quejar.
Al segundo da sucedi lo inevitable: Enrique no se pudo levantar. Haba
tosido toda la noche y la maana lo sorprendi temblando, quemado
por la fiebre.
-T tambin? -pregunt el abuelo.
Enrique seal su pecho, que roncaba. El abuelo sali furioso del
cuarto. Cinco minutos despus regres.
-Est muy mal engaarme de esta manera! -plaa-. Abusan de m
porque no puedo caminar. Saben bien que soy viejo, que soy cojo. De
otra manera los mandara al diablo y me ocupara yo solo de Pascual!
Efran se despert quejndose y Enrique comenz a toser.
-Pero no importa! Yo me encargar de l. Ustedes son basura, nada
ms que basura! Unos pobres gallinazos sin plumas! Ya vern cmo les
saco ventaja. El abuelo est fuerte todava. Pero eso s, hoy da no
habr comida para ustedes! No habr comida hasta que no puedan
levantarse y trabajar!
A travs del umbral lo vieron levantar las latas en vilo y volcarse en la
calle. Media hora despus regres aplastado. Sin la ligereza de sus
nietos el carro de la Baja Polica lo haba ganado. Los perros, adems,
haban querido morderlo.
-Pedazos de mugre! Ya saben, se quedarn sin comida hasta que no
trabajen!
Al da siguiente trat de repetir la operacin pero tuvo que renunciar. Su
pierna de palo haba perdido la costumbre de las pistas de asfalto, de
las duras aceras y cada paso que daba era como un lanzazo en la ingle.
A la hora celeste del tercer da qued desplomado en su colchn, sin
otro nimo que para el insulto.
-Si se muere de hambre -gritaba -ser por culpa de ustedes!
Desde entonces empezaron unos das angustiosos, interminables. Los
tres pasaban el da encerrados en el cuarto, sin hablar, sufriendo una
especie de reclusin forzosa. Efran se revolcaba sin tregua, Enrique
tosa. Pedro se levantaba y despus de hacer un recorrido por el
corraln, regresaba con una piedra en la boca, que depositaba en las
manos de sus amos. Don Santos, a medio acostar, jugaba con su pierna
de palo y les lanzaba miradas feroces. A medioda se arrastraba hasta
la esquina del terreno donde crecan verduras y preparaba su almuerzo,
que devoraba en secreto. A veces aventaba a la cama de sus nietos
alguna lechuga o una zanahoria cruda, con el propsito de excitar su
apetito creyendo as hacer ms refinado su castigo.
Efran ya no tena fuerzas para quejarse. Solamente Enrique senta
crecer en su corazn un miedo extrao y al mirar a los ojos del abuelo
crea desconocerlo, como si ellos hubieran perdido su expresin
humana. Por las noches, cuando la luna se levantaba, coga a Pedro
entre sus brazos y lo aplastaba tiernamente hasta hacerlo gemir. A esa
hora el cerdo comenzaba a gruir y el abuelo se quejaba como si lo
estuvieran ahorcando. A veces se cea la pierna de palo y sala al
corraln. A la luz de la luna Enrique lo vea ir diez veces del chiquero a
la huerta, levantando los puos, atropellando lo que encontraba en su
camino. Por ltimo reingresaba en su cuarto y se quedaba mirndolos
fijamente, como si quisiera hacerlos responsables del hambre de
Pascual.
La ltima noche de luna llena nadie pudo dormir. Pascual lanzaba
verdaderos rugidos. Enrique haba odo decir que los cerdos, cuando
tenan hambre, se volvan locos como los hombres. El abuelo
permaneci en vela, sin apagar siquiera el farol. Esta vez no sali al
corraln ni maldijo entre dientes. Hundido en su colchn miraba
fijamente la puerta. Pareca amasar dentro de s una clera muy vieja,
jugar con ella, aprestarse a dispararla. Cuando el cielo comenz a
desteirse sobre las lomas, abri la boca, mantuvo su oscura oquedad
vuelta hacia sus nietos y lanz un rugido:
Arriba, arriba, arriba! -los golpes comenzaron a llover-. A levantarse
haraganes! Hasta cundo vamos a estar as? Esto se acab! De pie!
Efran se ech a llorar, Enrique se levant, aplastndose contra la
pared. Los ojos del abuelo parecan fascinarlo hasta volverlo insensible
a los golpes. Vea la vara alzarse y abatirse sobre su cabeza como si
fuera una vara de cartn. Al fin pudo reaccionar.
-A Efran no! l no tiene la culpa! Djame a m solo, yo saldr, yo ir
al muladar!
El abuelo se contuvo jadeante. Tard mucho en recuperar el aliento.
-Ahora mismo al muladar lleva los dos cubos, cuatro cubos
Enrique se apart, cogi los cubos y se alej a la carrera. La fatiga del
hambre y de la convalecencia lo hacan trastabillar. Cuando abri la
puerta del corraln, Pedro quiso seguirlo.
-T no. Qudate aqu cuidando a Efran.
Y se lanz a la calle respirando a pleno pulmn el aire de la maana. En
el camino comi yerbas, estuvo a punto de mascar la tierra. Todo lo
vea a travs de una niebla mgica. La debilidad lo haca ligero, etreo:
volaba casi como un pjaro. En el muladar se sinti un gallinazo ms
entre los gallinazos. Cuando los cubos estuvieron rebosantes emprendi
el regreso. Las beatas, los noctmbulos, los canillitas descalzos, todas
las secreciones del alba comenzaban a dispersarse por la ciudad.
Enrique, devuelto a su mundo, caminaba feliz entre ellos, en su mundo
de perros y fantasmas, tocado por la hora celeste.
Al entrar al corraln sinti un aire opresor, resistente, que lo oblig a
detenerse. Era como si all, en el dintel, terminara un mundo y
comenzara otro fabricado de barro, de rugidos, de absurdas
penitencias. Lo sorprendente era, sin embargo, que esta vez reinaba en
el corraln una calma cargada de malos presagios, como si toda la
violencia estuviera en equilibrio, a punto de desplomarse. El abuelo,
parado al borde del chiquero, miraba hacia el fondo. Pareca un rbol
creciendo desde su pierna de palo. Enrique hizo ruido pero el abuelo no
se movi.
-Aqu estn los cubos!
Don Santos le volvi la espalda y qued inmvil. Enrique solt los cubos
y corri intrigado hasta el cuarto. Efran apenas lo vio, comenz a
gemir:
-Pedro Pedro
-Qu pasa?
-Pedro ha mordido al abuelo el abuelo cogi la vara despus lo sent
aullar.
Enrique sali del cuarto.
-Pedro, ven aqu! Dnde ests, Pedro?
Nadie le respondi. El abuelo segua inmvil, con la mirada en la pared.
Enrique tuvo un mal presentimiento. De un salto se acerc al viejo.
-Dnde est Pedro?
Su mirada descendi al chiquero. Pascual devoraba algo en medio del
lodo. An quedaban las piernas y el rabo del perro.
-No! -grit Enrique tapndose los ojos-. No, no! -y a travs de las
lgrimas busc la mirada del abuelo. Este la rehuy, girando
torpemente sobre su pierna de palo. Enrique comenz a danzar en
torno suyo, prendindose de su camisa, gritando, pataleando, tratando
de mirar sus ojos, de encontrar una respuesta.
-Por qu has hecho eso? Por qu?
El abuelo no responda. Por ltimo, impaciente, dio un manotn a su
nieto que lo hizo rodar por tierra. Desde all Enrique observ al viejo
que, erguido como un gigante, miraba obstinadamente el festn de
Pascual. Estirando la mano encontr la vara que tena el extremo
manchado de sangre. Con ella se levant de puntillas y se acerc al
viejo.
-Voltea! -grit-. Voltea!
Cuando don Santos se volvi, divis la vara que cortaba el aire y se
estrellaba contra su pmulo.
-Toma! -chill Enrique y levant nuevamente la mano. Pero
sbitamente se detuvo, temeroso de lo que estaba haciendo y,
lanzando la vara a su alrededor, mir al abuelo casi arrepentido. El
viejo, cogindose el rostro, retrocedi un paso, su pierna de palo toc
tierra hmeda, resbal, y dando un alarido se precipit de espaldas al
chiquero.
Enrique retrocedi unos pasos. Primero aguz el odo pero no se
escuchaba ningn ruido. Poco a poco se fue aproximando. El abuelo,
con la pata de palo quebrada, estaba de espaldas en el fango. Tena la
boca abierta y sus ojos buscaban a Pascual, que se haba refugiado en
un ngulo y husmeaba sospechosamente el lodo. Enrique se fue
retirando, con el mismo sigilo con que se haba aproximado.
Probablemente el abuelo alcanz a divisarlo pues mientras corra hacia
el cuarto le pareci que lo llamaba por su nombre, con un tono de
ternura que l nunca haba escuchado.
A m, Enrique, a m!
-Pronto! -exclam Enrique, precipitndose sobre su hermano -Pronto,
Efran! El viejo se ha cado al chiquero! Debemos irnos de ac!
-Adnde? -pregunt Efran.
-Adonde sea, al muladar, donde podamos comer algo, donde los
gallinazos!
-No me puedo parar!
Enrique cogi a su hermano con ambas manos y lo estrech contra su
pecho. Abrazados hasta formar una sola persona cruzaron lentamente
el corraln. Cuando abrieron el portn de la calle se dieron cuenta que
la hora celeste haba terminado y que la ciudad, despierta y viva, abra
ante ellos su gigantesca mandbula.
Desde el chiquero llegaba el rumor de una batalla.
El Vuelo de los Cndores
Abraham Baldelomar
I
Aquel da demor en la calle y no saba qu decir al volver a casa. A las
cuatro sal de la escuela, detenindome en el muelle, donde un grupo
de curiosos rodeaba a unas cuantas personas. Metido entre ellos supe
que haba desembarcado un circo.
se es el barrista decan unos sealando a un hombre de mediana
estatura, cara angulosa y grave, que discuta con los empleados de la
aduana.
Aqul es el domador.
Y sealaban a un sujeto hosco, de cnica patilla, con gorrita, polainas,
foete y cierto desenfado en el andar. Le acompaaba una bella mujer
con flotante velo lila en el sombrero; llevaba un perrillo atado a una
cadena y una maleta.
ste es el payaso, dijo alguien.
El buen hombre volvi la cara vivamente.
Qu serio! As son en la calle.
Era ste un joven alto, de movibles ojos, respingada nariz y giles
manos. Pasaron luego algunos artistas ms; y cogida de la mano de un
hombre viejo y muy grave, una nia blanca, muy blanca, sonriente, de
rubios cabellos, linda y morenos ojos. Pasaron todos. Segu entre la
multitud aquel desfile y los acompa hasta que tomaron el cochecito,
partiendo entre la curiosidad bullanguera de las gentes.
Yo estaba dichoso por haberlos visto. Al da siguiente contara en la
escuela quines eran, cmo eran y qu decan. Pero encaminndome a
casa, me di cuenta de que ya estaba oscureciendo. Era muy tarde. Ya
habran comido. Qu decir? Sacme de mis cavilaciones una mano
posndose en mi hombro.
Cmo! Dnde has estado? Era mi hermano Anfiloquio. Yo no saba
qu responder. Nada apunt con despreocupacin forzada que
salimos tarde del colegio...
No puede ser, porque Alfredito lleg a su casa a las cuatro y cuarto...
Me perd. Alfredito era hijo de don Enrique, el vecino; le haban
preguntado por m y haba respondido que salimos juntos de la escuela.
No haba ms. Llegamos a casa. Todos estaban serios. Mis hermanos no
se atrevan a decir palabra. Felizmente, mi padre no estaba y cuando fui
a dar el beso a mam, sta sin darle la importancia de otros das, me
dijo framente:
Cmo, jovencito, stas son horas de venir?... Yo no respond nada.
Mi madre agreg: Est bien!... Metme en mi cuarto y me sent en la
cama con la cabeza inclinada. Nunca haba llegado tarde a mi casa. O
un manso ruido: levant los ojos. Era mi hermanita. Se acerc a m
tmidamente.
Oye me dijo tirndome del brazo y sin mirarme de frente anda a
comer... Su gesto me alent un poco. Era mi buena confidenta, mi
abnegada compaerita, la que se ocupaba de m con tanto inters
como de ella misma.
Ya comieron todos?, le interrogu.
Hace mucho tiempo. Si ya vamos a acostarnos! Ya van a bajar el
farol...
Oye, le dije, y qu han dicho?
Nada; mam no ha querido comer... Yo no quise ir a la mesa.
Mi hermana sali y volvi al punto trayndome a escondidas un pan, un
pltano y unas galletas que le haban regalado en la tarde.
Anda, come, no seas zonzo. No te van a hacer nada... Pero eso s, no lo
vuelvas a hacer. No, no quiero. Pero oye, dnde fuiste?...
Me acord del circo. Entusiasmado pens en aquel admirable circo que
haba llegado, olvid a media mi preocupacin, empec a contarle las
maravillas que haba visto. Eso era un circo! Cuntos volatineros hay
le deca, un barrista con unos brazos muy fuertes; un domador muy
feo, debe de ser muy valiente porque estaba muy serio. Y el oso! En
su jaula de barrotes, husmeando entre las rendijas! Y el payaso!...
pero qu serio es el payaso! Y unos hombres, un montn de
volatineros, el caballo blanco, el mono, con su saquito rojo, atado a una
cadena. Ah!, es un circo esplndido!
Y cundo dan funcin? El sbado.... E iba a continuar, cuando
apareci la criada:
Niita. A acostarse! Sali mi hermana. O en la otra habitacin la voz
de mi madre que la llamaba y volv a quedarme solo, pensando en el
circo, en lo que haba visto y en el castigo que me esperaba.
Todos se haban acostado ya. Apareci mi madre, entse a mi lado y me
dijo que haba hecho muy mal. Me ri blandamente, y entonces tuve
claro concepto de mi falta. Me acord de que mi madre no haba
comido por m; me dijo que no se lo dira a pap, porque no se
molestase conmigo. Que yo la haca sufrir, que yo no la quera... Cun
dulces eran las palabras de mi pobrecita madre! Qu mirada tan
pesarosa con sus benditas manos cruzadas en el regazo! Dos lgrimas
cayeron juntas de sus ojos, y yo, que hasta ese instante me haba
contenido, no pude ms y sollozando le bes las manos. Ella me dio un
beso en la frente. Ah, cun feliz era, qu buena era mi madre, que sin
castigarme me haba perdonado! Me dio despus muchos consejos, me
hizo rezar "el bendito", me ofreci la mejilla, que bes, y me dej
acostado. Sent ruido al poco rato. Era mi hermanita. Se haba escapado
de su cama descalza; ech algo sobre la ma, y me dijo volvindose a la
carrera y de puntitas como haba entrado:
Oye, los dos centavos para ti, y el trompo tambin te lo regalo...
II
So con el circo. Claramente aparecieron en mi sueo todos los
personajes. Vi desfilar a todos los animales. El payaso, el oso, el mono,
el caballo, y, en medio de ellos, la nia rubia, delgada, de ojos negros,
que me miraba sonriente. Qu buena deba de ser aquella criatura tan
callada y delgaducha!
Todos los artistas se agrupaban, bailaba el oso, pirueteaba el payaso,
giraba en la barra el hombre fuerte, en su caballo blanco daba vueltas
al circo una bella mujer, y todo se iba borrando en mi sueo, quedando
slo la imagen de la desconocida nia con su triste y dulce mirada
lnguida.
Lleg el sbado. Durante el almuerzo, en mi casa, mis hermanos
hablaron del circo. Exaltaban la agilidad del barrista, el mono era un
prodigio, jams haba llegado un payaso ms gracioso que "Confitito";
qu oso tan inteligente! y luego... todos los jvenes de Pisco iban a ir
aquella noche al circo...
Pap sonrea aparentando seriedad. Al concluir el almuerzo sac
pausadamente un sobre.
Entradas! cuchichearon mis hermanos.
S, entradas! Espera!... Entradas! insista el otro.
El sobre fue a poder de mi madre. Levantse pap y con l la
solemnidad de la mesa; y todos saltando de nuestros asientos,
rodeamos a mi madre.
Qu es? Qu es?...
Estarse quietos o... no hay nada! Volvimos a nuestros puestos.
Abrise el sobre y oh, papelillos morados! Eran las entradas para el
circo; vena dentro un programa. Qu programa! Con letras enormes y
con los artistas pintados!
Mi hermano mayor ley. Qu admirable maravilla! El afamado barrista
Kendall, el hombre de goma; el clebre domador Mster Glandys; la
bellsima amazona Miss Blutner con su caballo blanco, el caballo
matemtico; el graciossimo payaso "Confitito", rey de los payasos del
Pacfico, y su mono; y el extraordinario y emocionante espectculo "El
vuelo de los cndores", ejecutado por la pequesima artista Miss
Orqudea. Me dio una corazonada. La nia no poda ser otra...
Miss Orqudea. Y esa nia frgil y delicada iba a realizar aquel
prodigio? Celebraron alborozados mis hermanos el circo, y yo,
pensando, me fui al jardn, despus a la escuela, y aquella tarde no
atraves palabra con ninguno de mis camaradas.
III
A las cuatro sal del colegio, y me encamin a casa. Dejaba los libros
cuando sent ruido y las carreras atropelladas de mis hermanos.
El convite! El convite!... Abraham, Abraham!, gritaba mi
hermanita. Los volatineros! Salimos todos a la puerta.
Por el fondo de la calle vena un grupo enorme de gente que unos
cuantos msicos precedan. Avanzaron. Vimos pasar la banda de
msicos con sus bronces ensortijados y sonoros, el bombo iba delante
dando atronadores compases, despus, en un caballo blanco, la artista
Miss Blutner, con su ceido talle, sus rosadas piernas, sus brazos
desnudos y redondos. Precioso atavo llevaba el caballo, que un hombre
con casaca roja y un penacho en la cabeza, llena de cordones, portaba
de la brida; despus iba Mister Kendall, en traje de oficio, mostrando
sus musculosos brazos en otro caballo. Montaba el tercero Miss
Orqudea, la bellsima criatura, que sonrea tristemente; en seguida el
mono, muy engalanado, caballero en un asno pequeo, y luego
"Confitito", rodeado de muchedumbre de chiquillos que palmoteaban a
su lado llevando el comps de la msica.
En la esquina se detuvieron y "Confitito" enton al son de la msica
esta copla: Los jvenes de este tiempo usan flor en el ojal y dentro de
los bolsillos no se les encuentra un real...
Una algazara estruendosa core las ltimas palabras del payaso.
Agit ste su cnico sombrero, dejando al descubierto su pelada
cabeza. Rompi el bombo la marcha y todos se perdieron por el fin de la
plazoleta hacia los rieles del ferrocarril para encaminarse al pueblo.
Una nube de polvo los segua y nosotros entramos a casa nuevamente,
en tanto que la caravana multicolor y sonora se esfumaba detrs de los
touces, en el salitroso camino.
IV
Mis hermanos apenas comieron. No veamos la hora de llegar al circo.
Vestmonos todos, y listos, nos despedimos de mam.
Mi padre llevaba su "Carlos Alberto". Salimos, atravesamos la plazuela,
subimos la calle del tren, que tena al final una baranda de hierro, y
llegamos al cochecito, que agitaba su campana. Subimos al carro, son
el pitear de partida; una trepidacin; soltse el breque, chasque el
ltigo, y las mulas halaron.
Llegamos por fin al pueblo y poco despus al circo. Estaba ste en una
estrecha calle. Un grupo de gentes se estacionaban en la puerta que
iluminaban dos grandes aparatos de bencina de cinco luces.
A la entrada, en la acera, haba mesitas, con pequeos toldos, donde en
floreados vasos con las armas de la patria estaba la espumosa y blanca
chicha de man, la amarilla de garbanzos y la dulce de "bonito", las
butifarras, que eran panes en cuya boca abierta el aj y la lechuga
ocultaban la carne; los platos con cebollas picadas en vinagre, la fuente
de "escabeche" con sus yacentes pescados, la "causa", sobre cuya
blanda masa reposaban graciosamente el rojo de los camarones, el
morado de las aceitunas, los pedazos de queso, los repollos verdes y el
"pisco" oloroso, alabado por las vendedoras...
Entramos por un estrecho callejoncito de adobes, pasamos un espacio
pequeo donde charlaban gentes, y al fondo, en un inmenso corraln,
levantbase la carpa. Una gran carpa, de la que salan gritos, llamadas,
piteos, risas. Nos instalamos. Son una campanada.
Segunda! gritaron todos, aplaudiendo.
El circo estaba rebosante. La escalonada muchedumbre formaba un
gran crculo, y delante de los bajos escalones, separada por un zcalo
de lona, la platea, y entre sta y los palcos que ocupbamos nosotros,
un pasadizo. Ante los palcos estaba la pista, la arena donde iban a
realizarse las maravillas de aquella noche. Son largamente otro
campanillazo..
Tercera! Bravo! Bravo! La msica comenz con el programa:
Obertura por la banda. Presentacin de la compaa. Salieron los
artistas en doble fila. Llegaron al centro de la pista y saludaron a todas
partes con una actitud uniforme, graciosa y peculiar; en el centro, Miss
Orqudea con su admirable cuerpecito, vestido de punto, con zapatillas
rojas, sonrea. Sali el barrista, gallardo, musculoso, con sus negros,
espesos y retorcidos bigotes.
Qu bien peinado! Salud. Ya estaba lista la barra. Sac un pauelo de
un bolsillo secreto en el pecho, colgse, gir retorcido
vertiginosamente, parse en la barra, pendi de corvas, de vientre; hizo
rehiletes y, por fin, dio un gran salto mortal y cay en la alfombra, en el
centro del circo.
Gran aclamacin. Agradeci.
Despus todos los nmeros del programa. Pas Miss Blutner corriendo
en su caballo; cont ste con la pata desde uno hasta diez; a una
pregunta que le hizo su ama de si dos y dos eran cinco, contest
negativamente con la cabeza, en convencido ademn. Sali Mster
Glandys con su oso; bail ste acompasado y socarrn, piruete el
mono, se golpe varias veces el payaso y, por fin, el pblico exclam al
terminar el segundo entreacto:
El vuelo de los cndores!
V
Un estremecimiento recorri todos mis nervios. Dos hombres de casaca
roja pusieron en el circo, uno frente a otro, unos estrados altos,
altsimos, que llegaban hasta tocar la carpa. Dos trapecios colgados del
centro mismo de sta oscilaban. Son la tercera campanada y apareci
entre los artistas Miss Orqudea, con su apacible sonrisa; lleg al centro,
salud graciosamente, colgse de una cuerda y la ascendieron al
estrado. Parse en l delicadamente, como una golondrina en un alero
breve.
La prueba consista en que la nia tomase el trapecio, que pendiendo
del centro le acercaban con unas cuerdas a la mano, y, colgada de l,
atravesara el espacio, donde otro trapecio la esperaba, debiendo en la
gran altura cambiar de trapecio y detenerse nuevamente en el estrado
opuesto.
Se dieron las voces, se solt el trapecio opuesto, y en el suyo la nia se
lanz mientras el bombo detenida la msica produca un ruido
siniestro y montono.
Qu miedo, qu dolorosa ansiedad! Cunto habra dado yo porque
aquella nia rubia y triste no volase! Serenamente realiz la peligrosa
hazaa.
El pblico silencioso y casi inmvil la contemplaba, y cuando la nia se
instal nuevamente en el estrado y salud segura de su triunfo, el
pblico la aclam con vehemencia. La aclam mucho.
La nia baj, el pblico segua aplaudiendo. Ella, para agradecer hizo
unas pruebas difciles en la alfombra, se curv, su cuerpecito se retorca
como un aro, y enroscada, giraba, giraba como un extrao monstruo, el
cabello despeinado, el color encendido.
El pblico aplauda ms, ms.
El hombre que la traa en el muelle de la mano habl algunas palabras
con los otros. La prueba iba a repetirse. Nuevas aclamaciones. La pobre
nia obedeci al hombre adusto casi inconscientemente. Subi.
Se dieron las voces. El pblico enmudeci, el silencio se hizo en el circo
y yo haca votos, con los ojos fijos en ella, porque saliese bien de la
prueba. Son una palmada y Miss Orqudea se lanz...
Qu le pas a la pobre nia? Nadie lo saba. Cogi mal el trapecio, se
solt a destiempo, titube un poco, dio un grito profundo, horrible,
pavoroso y cay como una avecilla herida en el vuelo, sobre la red del
circo, que la salv de la muerte. Rebot en ella varias veces. El golpe
fue sordo. La recogieron, escupi y vi mancharse de sangre su pauelo,
perdida en brazos de esos hombres y en medio del clamor de la
multitud.
Pap nos hizo salir, cruzamos las calles, tomamos el cochecito y yo,
mudo y triste, oyendo los comentarios, no s qu cosas pensaba contra
esa gente.
Por primera vez comprend entonces que haba hombres muy malos...
VI
Pasaron algunos das. Yo recordaba siempre con tristeza a la pobre nia;
la vea entrar al circo, vestida de punto, sonriente, plida; la vea
despus cada, escupiendo sangre en el pauelo, dnde estara? El
circo segua funcionando.
Mi padre no quiso que furamos ms. Pero ya no daban el Vuelo de los
Cndores. Los artistas haban querido explotar la piedad del pblico
haciendo palpable la ausencia de Miss Orqudea.
El sbado siguiente, cuando haba vuelto de la escuela, y jugaba en el
jardn con mi hermana, omos msica.
El convite! Los volatineros!...
Salimos en carrera loca. Vendra Miss Orqudea?... Con qu ansias vi
acercarse el desfile! Pas el bombo sordo con sus golpes definitivos, los
msicos con sus bronces ensortijados, los platillos estridentes, los
acrbatas, y, despus, el caballo de Miss Orqudea, solo, con un listn
negro en la cabeza...
Luego el resto de la farndula, el mono impasible haciendo sus eternas
muecas sin sentido... Dnde estaba Miss Orqudea?...
No quise ver ms; entr en mi cuarto y por primera vez, sin saber por
qu, llor a escondidas la ausencia de la pobrecita artista.
VII
Algunos das ms tarde, al ir, despus del almuerzo, a la escuela, por la
orilla del mar, al pie de las casitas que llegan hasta la ribera y cuyas
escalas mojan las olas a ratos, salpicando las terrazas de madera,
sentme a descansar, contemplando el mar tranquilo y el muelle, que a
la izquierda quedaba.
Volv la cara al or unas palabras en la terraza que tena a mi espalda y
vi algo que me inmoviliz.
Vi una nia muy plida, muy delgada, sentada, mirando desde all el
mar. No me equivocaba: era Miss Orqudea, en un gran silln de brazos,
envuelta en una manta verde, inmvil.
Me qued mirndola largo rato. La nia levant hacia m los ojos y me
mir dulcemente.
Cun enferma deba de estar!
Segu a la escuela y por la tarde volv a pasar por la casa. All estaba la
enfermita, sola. La mir cariosamente desde la orilla; esta vez la
enferma sonri, sonri. Ah quin pudiera ir a su lado a consolarla!
Volv al otro da, y al otro, y as durante ocho das. ramos como
amigos.
Yo me acercaba a la baranda de la terraza, pero no hablbamos.
Siempre nos sonreamos mudos y yo estaba mucho tiempo a su lado. Al
noveno da me acerqu a la casa. Miss Orqudea no estaba.
Entonces tuve una sospecha: haba odo decir que el circo se iba pronto.
Aquel da sala vapor.
Eran las once, cruc la calle y atraves el jirn de la Aduana.
En el muelle vi a algunos de los artistas con maletas y los, pero la nia
no estaba. Me encamin a la punta del muelle y esper en el
embarcadero. Pronto llegaron los artistas en medio de gran cantidad de
pueblo y de granujas que rodeaban al mono y al payaso. Y entre Miss
Blutner y Kendall, cogida de los brazos, caminando despacio, tosiendo,
tosiendo, la bella criatura.
Metme entre las gentes para verla bajar al bote desde el embarcadero.
La nia busc algo con los ojos, me vio, sonri muy dulcemente
conmigo y me dijo al pasar junto a m:
Adis... Adis...
Mis ojos la vieron bajar en brazos de Kendall al botecillo inestable; la
vieron alejarse de los mohosos barrotes del muelle; y ella me miraba
triste con los ojos hmedos; sac su pauelo y lo agit mirndome; yo
la saludaba con la mano, y as se fue esfumando, hasta que slo se
distingua el pauelo como una ala rota, como una paloma agonizante,
y por fin, no se vio ms que el bote pequeo que se perda tras el
vapor...
Volv a mi casa, y a las cinco, cuando sal de la escuela, sentado en la
terraza de la casa vaca, en el mismo sitio que ocupara la dulce amiga,
vi perderse a lo lejos en la extensin marina el vapor, que manchaba
con su cabellera de humo el cielo sangriento del crepsculo.
Yacumama
Ventura Garca Caldern
Jenaro Valdivin y su hijo Jenarito de siete aos, vivan en su choza a
orillas del sonoro Ucayali. Jenaro vio que el alimento y las balas se
estaban terminando, entonces se alist para salir, pero no quera
alejarse mucho de la choza, como siempre lo haca cuando sala por dos
o tres das de excursin por la misteriosa selva y regresaba trayendo
orqudeas sangrientas y mariposas deslumbradoras para su hijo.
Sali a la orilla del ro y silbo lago rato en vano, en el centro del agua un
remolino de burbujas pareci responderle. Pero la empecinada Boa no
quiso moverse, estaba ah seguramente durmiendo y digiriendo, en fin,
Jenaro cogi el machete y la carabina y encerr en la choza a Jenarito,
aunque hizo su berrinche, para consuelo del muchacho le dio una vela y
un cartucho de hormigas tostadas, que son golosinas de los nios
salvajes.
Al zanjar un rbol de caucho le pareci advertir que el tigre lo estaba
espiando entre la espesura del bosque, Jenaro bien conoca los hbitos
del felino, que sigue por das a su presa. En noches pasadas, fumando
su cachimba bajo la luna, vio dos luces rojas entre la espesa noche, un
disparo los dispersa por un momento. Esto le tena muy preocupado a
Jenaro, subindose a su canoa ro abajo se dirigi a su misterioso y
admirable telgrafo: el manguar (un recio tronco horadado con tan
extrao arte, que al golpear sus nudos redondos, la selva toda resuena
a cinco leguas con un rugido). Tal vez algn indio amigo escuchara su
mensaje distante; o Gutirrez el cauchero ms rico de los contornos, le
despachara vveres y otras cosas ms que se usan en la selva.
En la choza el nio se comi la vela de esperma y las hormigas
tostadas, luego tuvo sed y quiso baarse en el ro, sacudi la puerta,
pero no la pudo abrir, Jenaro Valdivin haba asegurado la cancela de
caas con la caparazn de una inmensa tortuga muerta. El nio
comenz a gritar en lenguaje conivo Yacu-Mama! Yacu-Mama!, del
ro emergi una Boa, al parecer de unos cinco metros. La bestia vino
retozando como un perro domstico, y de un coletazo la boa dispar la
concha de la puerta, y entr. Jenarito grit riendo upa!
La boa enrosc con la cola a Jenarito y lo levant hasta el techo de la
choza; Pero de pronto volvi la cabeza hacia la selva, como percibiendo
algo, entre tanto en el bosque los monos chillaban, el tigre de la selva
entr de un salto, la boa con cuidado descendi al nio a un rincn
polvoriento de la choza. La batalla empez, como un combate de indios,
el tigre salto hacia su adversario, pero qued envuelto en la red de la
boa, una garra haba destrozado la lengua de la boa, las costillas del
tigre crujieron, luego la boa hizo otro enlazado. Y esto termin matando
al tigre, pero la sangre de ambos combatientes estaba regado en el
suelo. Luego de seis horas regres Jenaro y comprendi con una mirada
lo ocurrido, abrazo al muchacho y en seguida, acaricio con la mano las
fauces muertas de su boa, murmuraba y gema con extraa
ternura Yacu-Mama! Yacu-Mama!
Panki y el guerrero
Ciro Alegra
All lejos, en esa laguna de aguas negras que no tiene cao de entrada
ni de salida y est rodeada de alto bosque, viva en tiempos viejos una
enorme panki. Da miedo tal laguna sombra y sola, cuya oscuridad
apenas refleja los rboles, pero ms temor infunda cuando aquella
panki, tan descomunal como otra no se ha visto, aguaitaba desde all.
Claro que los aguarunas enfrentamos debidamente a las boas de agua,
llamadas por los blancos ledos anacondas. Sabemos disparar la lanza y
clavarla en media frente. Si hay que trabarse en lucha, resistiendo la
presin de unos anillos que amasan carnes y huesos, las mordemos
como tigres o las cegamos como hombres, hundindoles los dedos en
los ojos. Las boas huyen al sentir los dientes en la piel o caer
aterradamente en la sombra. Con cerbatana, les metemos virotes
envenenados y quedan tiesas. El arpn es arma igualmente buena. De
muchos modos ms, los aguarunas solemos vencer a las pankis.
Pero en aquella laguna de aguas negras, misteriosa hasta hoy, apareci
una panki que tena realmente amedrentando al pueblo aguaruna. Era
inmensa y dicen que casi llenaba la laguna, con medio cuerpo
recostado en el fondo legamoso y el resto erguido, hasta lograr que
asomara la cabeza. Sobre el perfil del agua, en la manchada cabeza
gris, los ojos brillaban como dos pedruscos pulidos. Si cerrada, la boca
oval semejaba la concha de una tortuga gigantesca; si abierta, se
ahondaba negreando. Cuando la tal panki resoplaba, oase el rumor a
gran distancia. Al moverse, agitaba las aguas como un ro sbito.
Reptando por el bosque, era como si avanzara una tormenta. Los
asustados animales osaban ni moverse y la panki los engulla a
montones. Pareca pez del aire.
Al principio, los hombres imaginaron defenderse. Los virotes
envenenados con curare, las lanzas y arpones fuertemente arrojados,
de nada servan. La piel reluciente de la panki era tambin gruesa y los
dardos valan como el isango, esa nigua mnima del bosque, y las
lanzas y arpones quedaban como menudas espinas en la abultada
bestia. Ni pensar en lucha cuerpo a cuerpo. La maldita panki era
demasiado poderosa y engulla a los hombres tan fcilmente como a los
animales. As fue que los aguarunas no podan siquiera pelear. Los solos
ojos fijos de panki paralizaban a una aldea y era aparentemente
invencible. Despus de sus correras, tornaba a la laguna y all
estbase, durante das, sin que nadie osara ir apenas a columbrarla. Era
una amenaza escondida en esa laguna escondida. Todo el bosque tema
el abrazo de la panki.
Habiendo asolado una ancha porcin de selva, deba llegar de seguro a
cierta aldea aguaruna donde viva un guerrero llamado Yacuma. Este
memorable hombre del bosque era tan fuerte y valiente como astuto.
Diestro en el manejo de todas las armas, ni hombres ni animales lo
haban vencido nunca. Siempre luca la cabeza de un enemigo, reducida
segn los ritos, colgando sobre su altivo pecho. El guerrero Yacuma
resolvi ir al encuentro de la serpiente, pero no de simple manera.
Coci una especie de olla, en la que meti la cabeza y parte del cuerpo,
y dos cubos ms pequeos en los que introdujo los brazos. La arcilla
haba sido mezclada con ceniza de rbol para que adquiriera una
dureza mayor. Con una de las manos sujetaba un cuchillo forrado en
cuero. Protegido, disfrazado y armado as, Yacuma avanz entre el
bosque a orillas de la laguna. Resueltamente entr al agua mientras, no
muy lejos, en la chata cabezota acechante, brillaban los ojos vidos de
la fiera panki. La serpiente no habra de vacilar. Sea porque le
molestara que alguien llegase a turbar su tranquilidad, porque tuviese
ya hambre o por natural costumbre, estirse hasta Yacuma y abriendo
las fauces, lo engull. La proteccin ideada hizo que, una vez devorado,
Yacuma llegara sin sufrir mayor dao hasta donde palpitaba el corazn
de la serpiente. Entonces, quitse las ollas de greda y ceniza, desnud
su cuchillo y comenz a dar recios tajos al batiente corazn. Era tan
grande y sonoro como un maguar.
Mientras tanto, le panki se revolva de dolor, contorsionndose y dando
tremendos coletazos. La laguna pareca un hervor de anillos. Aunque el
turbin de sangre y entraas revueltas lo tena casi ahogado, Yacuma
acuchill hasta destrozar el corazn de la sauda panki. La serpiente
cedi, no sin trabajo porque las pankis mueren lentamente y ms sa.
Sintindola ya inerte, Yacuma abri un boquete por entre las costillas,
sali como una flecha sangrienta y alcanz la orilla a nado.
No pudo sobrevivir muchos das. Los lquidos de la boa de agua le
rajaron las carnes y acab desangrado. Y as fue como muri la ms
grande y feroz panki y el mejor guerrero aguaruna tambin muri, pero
despus de haberla vencido.
Todo esto ocurri hace mucho tiempo, nadie sabe cunto. Las lunas no
son suficientes para medir la antigedad de tal historia. Tampoco las
crecientes de los ros ni la memoria de los viejos que conocieron a otros
ms viejos.
Cuando algn aguaruna llega al borde de la laguna sombra, si quiere
da voces, tira arpones y observa. Las prietas aguas siguen quietas. Una
panki como la muerta por el guerrero Yacuma, no ha surgido ms.
Las lgrimas de la virgen
Esther M. Allison
Se cuenta que, una vez, a la Virgen de Huata (pueblo ancashino) se le
perdi el Nio.
Jess se ech a correr hacia el campo. Mara pens que no se alejara
demasiado...
Pero, cuando lleg la noche, no pudo ms con su inquietud y sali a
buscarlo.
Al mirarla, se encendieron gozosas las lucirnagas.
-No habis visto a Jess? -les pregunt.
Pero las lucirnagas no supieron contestarle.
Anhelante interrog a la acequia, que ya se adormilaba como un
corderito de espuma.
-Agita, agita! No jug contigo mi nio?
-S! -Contest el arroyo, cabeceando por el sueo. Estuvimos jugando
juntos, pero l se qued rezagadito...
La Virgen continu andando, turbada. Les pregunt a los sauces:
-No se trep Jess a sus ramas, arbolitos verdes?
-S -le respondieron. Se meci en nuestras hojas. Pero se fue hacia el
alfalfar.
La Virgen, ms y ms oprimida por la congoja se deshizo en lgrimas.
-Vaya se dijeron los vecinos, escuchndolas caer blandamente sobre la
tierra-, qu modo de llover tan suave!
La Virgen pregunt por su hijo a la alfalfa. sta le contest:
-S, pas por mi lado, y al rozarme, me dejo cubierta de trocitos de
cielo... Pero sigui de largo.
La desazn le morda a Mara el corazn. Y, sollozando, se preguntaba:
Adnde ir? A quin preguntarle?
De pronto, en la oscuridad, divis un resplandor inslito. Camin
presurosa hasta all y, entre los trigos maduros, hall a Jess
profundamente dormido.
La Virgen lo alz hasta su pecho. El trigal qued misteriosa-mente
iluminado. Entretanto, sus lgrimas, al rodar por la hierba, se haban
convertido en sus liliales estrellitas, tersas y cndidas como la propia
nieve.
-Vaya! -dijeron los vecinos al advertirlas. Qu preciosas flores, qu
puras, qu frescas!... Si parecen lgrimas de la Virgen! Y de all les
viene el lindo nombre.
La huachua y el zorro
Del folklore peruano
Un zorro muy hermoso, de poblada cola y afiladas uas, con ms
astucia que un gaviln, hurt quinua y trigo de un tendal, con el que
arm una buena trampa, en cuyas redes cayeron innumerables
avecillas. Introdujo a todas dentro de un costal de jerga y se las llev
vivitas a su prole, para adiestrarla en el arte de la cacera.
Caminaba taciturno y encorvado por tanto peso, hasta que no pudiendo
ms, a media jornada, resolvi dejar la carga en casa de su comadre
espiritual, una seora alta y bien parecida, de plumaje blanco y pata
colorada, moradora a orillas de una gran laguna.
Entablse entonces el siguiente dilogo:
Comadre huachua, te dejo esta carga para que me hagas el favor de
guardrmela hasta mi regreso; pero sin tocarla; ser un favor que te lo
agradecer en el alma.
Compadre zorro, no tengo inconveniente en servir a un tan apuesto e
inteligente caballero.
Dio las gracias el zorro y parti alegre, dejando el saco. Sola la huachua,
curiosa como buena mujer, desata el nudo que aseguraba el saco y
zas...!
Oh, sorpresa! Empluman un gran frailesco, gaviotas, zorzales y
gorriones, y toman vuelo.
Desaforada la huachua, a aletazos pretenda impedir la fuga; pero fue
en vano, porque ninguna qued. Jams huachua alguna se vio en
trance tan amargo. Daba graznidos lastimeros y extendiendo sus
pesadas alas corra desalentada de un sitio a otro, lamentando su
desgracia y pensando a la vez en la venganza que tomara el astuto de
su compadre.
Pasado su aturdimiento le vino una feliz inspiracin y se decidi a
ponerla en prctica, llenando el saco de espinas, que cuidadosamente
cubri con yerbas y otras malezas.
Al crepsculo, cuando el Sol majestuosamente comenzaba su descenso
tras las colinas, regres el zorro, y como no estuviera presente la
comadre, se echa a cuestas su carga, y marcha en direccin a su cueva.
Mas, siente sumamente pesado el saco y sobre todo que le pinchan los
lomos; pero soporta impasible los hincones, con la ilusin de que poco
le falta para llegar a la casa, donde tomar sucu-lenta cena en unin de
la seora y sus cachorritos.
Caminaba corcoveando con su carga y exclamando: Ay!, cmo me
hincan las uas de los pajaritos. Ay!, cmo me punzan las patas de los
pajaritos. Impaciente por su tardanza, le esperaban en el dintel de la
cueva la zorra y sus hijuelos, que al verle, locos de contento saltan,
brincan, se aparragan, se revuelcan y la muy seorona muellemente
recostada lama y relama llena de satisfaccin su afilado hocico.
El fatigado zorro siempre gruendo exclamaba: Ay!, cmo me punzan
las patas de los pajaritos. Lleg a la feliz morada, y cual una avalancha
se precipitan sobre el magnfico presente, madre e hijos, para aligerar
tamaa carga; pero retroceden cariacontecidos al contacto de las uas
de los pajaritos.
El zorro ensangrentado y muerto de cansancio arroj su carga al suelo
ordenando antes se coloquen en acecho en la entrada para evitar la
fuga de las palomitas y gorriones, y se abalanzan a su voz de mando.
Vaca el saco y a la voz de orden se lanzan sobre la yerba que lo cubra,
pero oh, dolor!, qu chasco!, no haba tales zorzales ni palomitas, slo
enormes matas de espinas llevan prendidas en el hocico y manos.
Quedaron desconcertados, dando aullidos lastimosos y enternecedores.
Pasaron la noche, hambrientos, doloridos y heridos, relamindose el
hocico, lamentndose de su mala fortuna y de su negra suerte.
Caviloso el zorro, pens en vengarse; mas no regresa en el momento
temeroso de no poder dar caza a la comadre para castigar tan inicua
broma sino que, pasados dos das, se present en las cercanas de la
casa de la comadre, jurando interiormente comrsela en unin del
ahijado. Pero sta no bien distingue al compadre, de un vuelo se
precipita a la laguna, en la que, tal era su miedo, no se crea todava
segura y dando zambullones se internaba hacia adentro.
El muy resabido del compadre le deca a gritos que haba regresado con
otro encargo para suplicarle se lo guardase y le juraba, por el santo
bautismo de su hijo, no le guardaba rencor ni tomara venganza por la
broma que le haba jugado.
La huachua, que en ms de una ocasin haba escapado con vida de las
caricias apetitosas del compadre, no dio crdito al tono hipcrita de su
socarronazo compadre, sino que segua nadando y zambullndose, y
cada vez ms adentro.
Desconcertado y violento el zorro, se propuso desaguar la laguna y dio
comienzo a su tarea: con patas y hocico rasguaba el suelo, resuelto a
abrir una zanja; pero pronto hubo de renunciar a su temerario empeo
porque se le gastaron las uas y le acometi el cansancio.
Piensa en otro medio, y como la clera lo ciega, resuelve beberse toda
el agua de la laguna, y bebe; pero bien pronto se convence que el agua
se le sala del mismo modo que entraba, as que se decide a taparse el
ano, para lo que coge una coronta y se tapona. Obstruido el canal de
salida, loco de furia, con ms ardor bebe y bebe el agua, sin meditar
que esta nueva zorrada le va a ocasionar la muerte, porque inflndosele
el vientre revienta como una vejiga llena de aire.
En sus agonas prorrumpa en lastimeros ayes y tiernas imprecaciones,
que el eco repeta: Huachua, huachua de pata colorada!, todava me
hincan las uitas de los pajaritos, ay, ay!, me punzan las patas de los
pajaritos!
Pedro Pablo Atusparia ngeles
El historiador huaracino Santiago Maguia seala que, Atusparia naci
en la localidad de Marin, provincia de Huaraz, de padre desconocido,
fue hijo de Mara Mallqui, una empleada del hogar que trabajaba en el
local comercial de la familia Znder Taboada en el Jirn Sucre 201. La
seora Emperatriz Znder decidi encargar la crianza del pequeo a
Mara ngeles, ama de leche de la casa y natural del casero de
Tuquipayoc, esta era esposa de Cayetano Atusparia, del pueblo de
Marin, quienes terminaran por adoptarlo legtimamente.
Pedro Pablo Atusparia fue un campesino analfabeto, como lo era todo
campesino de mediados del siglo XIX. Sobre su infancia y juventud se
sabe muy poco. El historiador Augusto Alba Herrera seala que
probablemente la pas entre los campos de Marin y Huaraz.
Aprendi a firmar cuando estaba convaleciente luego de la revolucin.
Fue alcalde pedneo del centro poblado de Marin, al este de la
ciudad de Huaraz. A inicios de 1885, como delegado y en compaa de
39 alcaldes enviados por los campesinos de diferentes centros poblados
del Callejn de Huaylas, deciden presentar un memorial al prefecto de
Huaraz, Francisco Noriega, pidindole que se les exonere de la
Contribucin Personal Indgena y del Impuesto de la Repblica, a la
vez denuncian el mal trato por parte de los gamonales que les haban
arrebatado sus tierras y que los bajos salarios no compensaban el alto
costo de vida originado por la crisis econmica que atravesaba
el Per luego de la Guerra del Pacfico. No obstante sus quejas no son
escuchadas y el prefecto ordena su detencin y posterior tortura. Ante
estos hechos, los alcaldes acompaantes solicitan que se libere a su
lder y se enfrentan al prefecto encargado en ese momento, Javier
Collazos, quien ordena liberarlo, no sin antes cortar sus trenzas y las de
todos sus seguidores. Esto constitua una afrenta al smbolo ancestral
de nobleza y autoridad.
El 1 de marzo de 1885 los indgenas deciden rebelarse, liderados por
Atusparia y Pedro Cochachin toman Huaraz luego de dos das de
enfrentamiento contra la gendarmera armados con piedras, machetes
y picas. Jos Collazos (teniente gobernador) conociendo que la
desproporcin del nmero de hombres era descomunal y lo
desfavoreca huyo amparado por la noche. Pedro Pablo Atusparia trato
de controlar a sus hombres, y evit que se saquearan las propiedades,
pero no pudo evitar que los indios saquearan los comercios de los
chinos. Ya por la noche cercaron la ciudad con campamentos en los
cerros contiguos. El 4 de marzo Atusparia estaba al mando de 8 mil
indios, con trescientos fusiles y toda la plvora del cuartel de Huaraz.
La rebelin se extendi a todos los pueblos del Callejn de Huaylas. En
Yungay, los alzados liderados por Pedro Cochachin lograron robar 40
cajas de dinamita de una empresa minera y amenazaron con detonar
Huaraz y Yungay si este ltimo no se renda (los pobladores de Yungay:
croatas, ingleses, espaoles, criollos y mestizos defendieron la ciudad
durante casi un mes) la guardia urbana rechaz dos veces el ataque
indgena pero el siguiente se cobr la vida de cientos de ciudadanos,
siendo Yungay finalmente tomada. Posteriormente tomaron Caraz y
esta situacin duro meses hasta que desde Lima se envi la expedicin
del coronel Jos Iraola.
La expedicin fue en un principio derrotada por Pedro Cochachin,
presunto minero y lugarteniente de Atusparia. Sin embargo,
reorganizada avanz nuevamente desconcertando a los rebeldes e
Iraola captur Yungay. Luego las tropas de Iraola fueron dominando a
los rebeldes hasta tomar Huaraz.
Atusparia fue reconocido como lder hasta que fue herido y apresado.
Tuvo una entrevista en Lima con Andrs Avelino Cceres. No obstante,
de regreso a Marin, Atusparia muri el 25 de agosto de 1887, la
leyenda habla de que fue envenenado, pero historiadores serios y
probos como Manuel Reina Loli y Augusto Alba Herrera sealan que la
causa de su muerte fue el tifus, pues una epidemia de este mal asol
Unchus y Marin en ese ao.
Fue envenenado durante un agasajo que le ofrecieron los mismos
alcaldes de indios. Los ms radicales, comandados por Uchcu Pedro
continuaron la rebelin. Este slo acept en sus filas a indios que
hablaran quechua como nica lengua, reclam el retorno de los Incas y
rechaz todo lo occidental utilizando un discurso milenarista hasta que
fue capturado y ejecutado en setiembre de 1885.
LA ACHIQU: El origen de la cordillera
Mito andino
En las afueras de un pueblo pequeo viva una viuda enferma con sus
dos hijitos. Pero el trabajo y los sufrimientos llevaron pronto a la tumba
a la desdichada madre y los huerfanitos quedaron en el abandono, sin
techo ni pan. Un da, mientras la nia y su hermanito caminaban
acosados por el hambre, vieron un gorrin que volaba con una flor de la
papa en el pico y pensaron que si lo seguan llegaran donde haba
papas, producto muy preciado, y decidieron seguirlo.
En ese pueblo tambin
viva la Achiqu, una
vieja harapienta muy
mala, quien al saber que
los nios haban
quedado solos decidi
darles muerte.
Entonces, los atrajo a su
choza con engaos,
dicindoles que les
dara de comer. As,
mientras la nia parta
lea para cocinar, la
vieja cogi a su
hermanito para darle
muerte. Pero como el
nio comenz a llorar, la
chica entr corriendo y, lanzando tierra a los ojos de la Achiqu, carg a
su hermanito sobre su espalda con la lliclla que tena puesta, y huy del
lugar lo ms pronto que pudo. La vieja no tard en seguirlos y ya iba a
alcanzarlos, cuando llegaron junto a un cndor, la nia le pidi: To
cndor, escndenos bajo tus alas, a los que el ave accedi.
Apenas se haban escondido cuando la vieja lleg y pregunt: To
cndor, no has visto pasar una muchacha con un bulto en la
espalda?. El ave, conociendo las intenciones de la bruja, por toda
respuesta le dio un aletazo hacindola rodar. La nia aprovech para
huir, no sin antes agradecer al to cndor y decirle: Tendrs buena
vista y nunca te faltara comida. Por eso el cndor tiene una mirada tan
penetrante que descubre su presa desde gran altura.
Nuevamente la Achiqu iba a alcanzarlos cuando encontraron un puma,
que los defendi dndole un zarpazo tremendo a la Achiqu, hacindola
caer La nia, agradeciendo al felino, le dijo: To puma, sers el ms
valiente delos animales; y sigui escapando con su hermanito a
cuestas. Luego, llegaron donde el zorrillo, y la nia le pidi ayuda. Pero
este se neg, y ella, enojada, le dijo que por eso tendra un olor
repugnante y sera descubierto fcilmente por los cazadores.
Justamente por el horrible olor la Achiqu se fue por otro lado, y los
nios lograron llegar a una pampa sin ningn lugar donde esconderse.
En medio de la pampa divisaron un corderito y le pidieron que los
ayudara. El corderito hizo caer del cielo una cuerda y cuando los nios
subieron por ella encontraron el lugar que buscaban: la chacra de
papas, donde vivieron felices desde entonces.
La Achiqu logr ver a los nios mientras suban por la cuerda y
tambin pidi al corderito que la hiciera subir. El corderito le permiti
subir. Mientras lo haca, la vieja se dio cuenta de que haba un pericote
que estaba royendo la soga.
La Achiqu, al ver que iba a caer sobre una roca, lanz su maldicin:
Que mi cuerpo se desparrame, que mis huesos se incrusten en la tierra
y que mi sangre seque las plantas y hierbas.
Ese fue el origen de la cordillera de los Andes, por eso tiene rocas con
caras horrendas, y cuando uno grita el eco devuelve la voz de la bruja.
Por eso, tambin, son ridos los valles y las faldas de los cerros de la
Costa, donde cay la sangre de la Achiqu.
Tomado de: Voces de mi tierra. Biblioteca de aula entregada por
Ministerio de Educacin.
LA LEYENDA DEL HUANDOY Y EL HUASCARN
Leyenda andina
Esta es la historia de Wandy, la bella usta hija del cacique de los
Huaylas. Ella se enamor perdidamente de quien tal vez no debi
hacerlo nunca: de Huscar, un apuesto soldado del ejrcito de su padre.
Por qu decimos esto? Porque a raz de ese amor la preciosa doncella
sufri mucho.
Wandy sala todas las maanas a observar los ejercicios que hacan los
soldados detrs del palacio. Eran fuertes y aguerridos y ella los
admiraba. Decan que eran muy bravos en los combates.
Y entre ellos, Huscar se ganaba la simpata de la joven desde tiempo
atrs. Sin embargo, muy pocas veces se haban dirigido la palabra.
Cuando el joven volva al palacio, luego de sus ejercicios rutinarios, el
corazn de Wandy se alborotaba, se alegraba, y ms an cuando
Huscar, al pasar al pie de su ventana, la saludaba sonriente.
Un da, luego de sus prcticas marciales, Huscar decididamente se
acerc a ella y le busc conversacin. Hablaron largamente. Y durante
los das siguientes continuaron vindose. Entonces corri el rumor de
que entre Wandy y Huscar haba nacido un gran amor.
El rumor llego a odos del padre de Wandy, a quien no le gust la
noticia, pues tena entre sus planes casarla con el curaca de un pueblo
vecino que le haba manifestado su inters por la doncella.
El padre hizo venir a Wandy ante su presencia y, tras una spera
conversacin, le prohibi verse en adelante con Huscar y amenaz con
expulsar al soldado de su ejrcito si continuaban hacindolo.
Wandy, temiendo verse apartada para siempre de su amado, apenas
abandon el recinto, lo busc y le pidi huir los dos.
Esa misma noche, burlando la vigilancia de la guardia, escaparon.
Un soldado, que retornaba al palacio despus de cumplir una misin en
lejanas tierra, los vio huyendo por un cerro e inform inmediatamente
al cacique, que mand a sus soldados a capturarlos a como diera de
lugar.
Los jvenes, al darse cuenta de que haban sido descubiertos y que los
perseguidores estaban cerca, se separaron un poco para confundirlos.
Sin embargo, fueron apresados; y como se resistan a regresar, los
soldados los ataron a sendos postes de piedra y retornaron al reino a
dar aviso a su seor.
Al enterarse de que haban sido capturados, el padre de Wandy orden
a sus guerreros dejarlos atados all por unos das como castigo, que ya
l dara la orden para que los trajeran de vuelta.
Los dioses andinos, vindolos padecer hambre y fro, y conmovidos por
las splicas de los amantes para que no permitieran que los llevaran de
vuelta ante la presencia del curaca, decidieron atenderlos.
Y, para eso, los convirtieron en el acto en dos enormes e imponentes
nevados de la cordillera, los que situados frente a frente, seran
conocidos como el Huandoy, en recuerdo de Wandy, la bella princesa, y
el Huascarn, el pico ms alto del Per, en memoria del valiente
Huscar.
Se dice que de las lgrimas de Wandy se originara, pasados los
aos esa hermosa laguna de aguas azuladas y verde esmeralda,
rodeada de verde vegetacin, conocida por todos con el nombre de la
laguna de Llanganuco.
EL VENADO ENCANTADO DE CARCAS
(LEYENDA ANCASHINA)
Marcos Yauri Montero
En Carcas, pequeo poblado del distrito de Chiquin en la provincia de
Bolognesi, hay un cerro llamado Huanya. En su interior duerme un
fabuloso tesoro que los incas ocultaron a la codicia de los espaoles. El
Dios Sol decret que un venado corpulento, de hermosa piel y cuernos
relucientes, deba tener la eterna misin de cuidarlo.
Desde entonces, el bello animal ronda por los parajes de ese lugar, no
permitiendo que nadie llegue a descubrir la entrada de la caverna. Pero
el demonio una vez estuvo a punto de dar con ella. Y por eso, el fiero
venado, emprendi contra l una lucha feroz y sin cuartel.
En las crudas pocas del invierno, cuando la tierra se cubre de una
melanclica neblina, y el roco cae tristemente de las hojas, la lucha se
torna ms encarnizada. Durante las noches lbregas y heladas, el cerro
se estremece ante el fragor de la pelea cruenta, fragor que apaga el
estrpito de las torrentosas aguas de los tres arroyuelos que surcan el
lugar.
Pese a la ferocidad del demonio, el bizarro guardin de piel brillante y
astas erguidas, logra derrotarlo, y el enemigo vencido aumenta el
caudal de uno de los arroyuelos.
Una vez, dos cazadores haban seguido los rastros de un venado.
Despus de una fatigosa caminata, haban llegado a la boca de una
cueva a cuyo interior se dirigan las huellas. Entraron alumbrndose con
una antorcha y a su luz vieron esqueletos humanos, potes y otros
objetos de alfarera.
Temerosos abandonaron la tenebrosa caverna. En el interior, al
emprender el regreso a sus chozas, uno de ellos resbal y al
incorporarse apoyndose con las manos en el suelo remojado por las
lluvias, descubri una galera subterrnea. Al hurgar en ella, advirtieron
que estaba llena de alhajas de oro y piedras preciosas. Quisieron cargar
con la riqueza, en eso, al divisar por el campo, vieron a un venado de
singular gallarda, pero ni se les ocurri cazarlo. Anduvieron por los
alrededores en busca de un burro para cargar a sus casas la fortuna,
pero con mala suerte. Entonces, fueron al sitio donde haban
encontrado la galera, con la intencin de llenar sus alforjas con las
joyas, mas no pudieron dar con ella.
En la bsqueda desesperada se perdieron, y nadie supo de ellos. El
venado que haban divisado anteriormente, y que no era sino el celoso
guardin de la gigantesca riqueza, los haba convertido en dos
arroyuelos que empezaron a correr junto al que ya exista, el cual se
haba formado por la transformacin de los demonios a quienes el
bizarro animal, haba vencido en anteriores jornadas.
EL LEON, EL ZORRO Y LA WACHWA
Compilado por Marcos Yauri Montero
Este cuento fue recogido en la comunidad de Santa Cruz de Pichiu el 6
de julio de 2001. Nos encontrbamos con las autoridades y algunos
comuneros del sector de Pichiu y esperbamos la llegada de otros
comuneros para iniciar un taller que finalmente no pudo llevarse a cabo
ese da. Se trata de uno de los tantos cuentos que tiene como
protagonista al zorro que, pretendiendo ser muy astuto, termina
siempre siendo la victima de su torpeza e ingenuidad. En el siguiente
relato, es probable que el len se refiera al puma andino. En la
ingenuidad del len es proverbial a diferencia de otros cuentos en los
que el felino tiene un papel asociado a la prdida de ovejas y a la
ferocidad.
Actualmente en la zona no se habla de la presencia de pumas, pero si
existen zorros. Por su presencia, los campesinos valoran mucho a los
tres o cuatro perros que tienen en sus propiedades y que sirven de
aviso de la presencia de ladrones.
El zorro y el len apuestan a quien es el mejor cazador y acuerdan a
que el que gane se queda con la mujer del otro. Entre ambos cazan una
oveja y empiezan a discutir por quien tiene derecho a la carne. El len
se molesta tanto que empieza a pegar al zorro. Entonces el zorro le dice
"Mejor subimos al cerro. Entonces, en vez de que te canses
persiguindome, mejor me avientas a un abismo". Al len le parece una
buena idea. Suben al cerro y el zorro se par al borde de un abismo y le
dijo al len "Aqu te espero, toma vuelo para empujarme". El len se
aleja un poco para tomar impulso y empujar al zorro. En el momento
preciso en que el len va a empujar al zorro, ste se hace a un lado y el
len cae en el abismo.
El len desesperado grita pidiendo ayuda. Rpidamente el zorro agarra
una gran roca y la tira encima del len dicindole "To len, agrrate,
agrrate de esta piedra". As el len encontr la muerte en el fondo del
abismo y aplastado por una roca.
Entonces el zorro se va donde la leona. Le cuenta la trgica noticia y le
dice que sea su esposa. Triste por la muerte del len y preocupada por
tener que criar sola a sus cachorros, le dice al zorro "Pero yo tengo
varios hijos. Cmo los vas a mantener?" Entonces el zorro le dijo que
no se preocupe, que le espere.
Y se fue al campo y se dedic a cazar muchos pajaritos que los fue
metiendo en un costal. Ya de regreso le encarg por un momento su
costal a la wachwa.
El zorro se tardaba en regresar, entonces la wachwa no pudo con su
curiosidad y abri el costal escapndose todos los pajaritos. No
sabiendo qu hacer al ver que ya regresaba el zorro, rellen el costal
con piedras y espinas. El zorro le agradeci a la wachwa por la molestia
y se fue contento con su costal relleno. Llegando a la casa de la leona,
les dijo a los leoncitos que cierren las puertas y todos los huecos.
Cuando todo ya estaba asegurado, ech el contenido del costal en el
centro de la cueva. Al ver que slo hay all piedras y espinas, la leona
enfurecida agarra al zorro !. le pega hasta casi matarlo.
El zorro logra escapar maltrecho. Muy molesto va a buscar a la wachwa,
quien ver al zorro enfurecido, se va nadando al centro de la laguna. El
zorro la llama, pero la wachwa no le hace caso. Entonces, amenaza con
acabar con el agua de la laguna para atraparla y empieza a tomar y
tomar agua. Pero haba tomado tanta agua que sta comenz a salirse
por su trasero. Entonces el zorro decidido a terminar con todo el agua
de la laguna, se tap el trasero con una coronta y sigui tomando y
tomando agua. Tanta agua tom que su barriga ya no dio ms y el zorro
revent.
EL SUEO DEL PONGO
Jos Mara Arguedas
Un hombrecito se encamin a la casa-hacienda de su patrn. Como era
siervo iba a cumplir el turno de pongo, de sirviente, en la gran residencia.
Era pequeo de cuerpo, miserable de nimo, dbil, todo lamentable; sus
ropas viejas.
El gran seor, patrn de la hacienda, no pudo contener la risa cuando el
hombrecito lo salud en el corredor de la residencia.
-Eres gente u otra cosa -le pregunt delante de todos los hombres y
mujeres que estaban de servicio. Humillndose, el pongo no contest.
Atemorizado, con los ojos helados, se qued de pie.
-A ver! -dijo el patrn- por lo menos sabr lavar ollas, siquiera podr
manejar la escoba, con esas sus manos que parecen que no son nada.
-Llvate esta inmundicia! -orden el mandn de la hacienda.
Arrodillndose, el pongo bes las manos al patrn y, todo agachado, sigui
al mandn hasta la cocina. El hombrecito tena el cuerpo pequeo, sus
fuerzas eran sin embargo como las de un hombre comn. Todo cuanto le
ordenaban hacer, lo haca bien. Pero haba un poco como de espanto en su
rostro; algunos siervos se rean de verlo as, otros lo compadecan.
"Hurfano de hurfanos; hijo del viento, de la luna, debe ser el fro de sus
ojos, el corazn, pura tristeza", haba dicho la mestiza cocinera, vindolo.
El hombrecito no hablaba con nadie, trabajaba, callado coma. "S,
papacito; s, mamacita", era cuanto sola decir. Quiz a causa de tener una
cierta expresin de espanto y por su ropa tan haraposa y acaso, tambin,
porque no quera hablar; el patrn sinti un especial desprecio por el
hombrecito.
Al anochecer cuando los siervos se reunan para rezar el Ave Mara, en el
corredor de la casa-hacienda, a esa hora, el patrn martirizaba siempre al
pongo, delante de toda la servidumbre; lo sacuda como a un trozo de
pellejo.
Lo empujaba de la cabeza y lo obligaba a que se arrodillara y, as, cuando
ya estaba hincado, le daba golpes suaves en la cara.
-Creo que eres perro. Ladra! -le deca.
El hombrecito no poda ladrar.
-Ponte en cuatro patas -le ordenaba entonces.
El pongo obedeca, y daba unos pasos en cuatro pies.
-Trota de costado, como perro -segua ordenndole el hacendado.
El hombrecito saba correr imitando a los perros pequeos de la puna.
El patrn rea de muy buena gana; la risa le sacuda todo el cuerpo.
-Regresa! -le gritaba cuando el sirviente alcanzaba trotando el extremo
del gran corredor.
El pongo volva, corriendo de costadito. Llegaba fatigado. Algunos de sus
semejantes, siervos, rezaban mientras tanto el Ave Mara, despacio, como
viento interior en el corazn.
-Alza las orejas ahora, vizcacha!
-Vizcacha eres! -mandaba el seor al cansado hombrecito.
-Sintate en dos patas; empalma las manos.
Como si en el vientre de su madre hubiera sufrido la influencia modelante
de alguna vizcacha, el pongo imitaba exactamente la figura de uno de
estos animalitos, cuando permanecen quietos como orando sobre las
rocas. Pero no poda alzar las orejas.
Golpendolo con la bota, sin patearlo fuerte, el patrn derribaba al
hombrecito sobre el piso de ladrillo del corredor.
-Recemos el Padrenuestro -deca luego el patrn a sus indios, que
esperaban en fila.
El pongo se levantaba a pocos, y no poda rezar porque no estaba en el
lugar que le corresponda ni ese lugar corresponda a nadie.
Al oscurecer, los siervos bajaban del corredor al patio y se dirigan al
casero de la hacienda.
-Vete, pancita! -sola ordenar, despus, el patrn al pongo.
Y as, todos los das, el patrn haca revolcarse a su nuevo pongo, delante
de la servidumbre. Lo obligaba a rerse, a fingir llanto. Lo entreg a la mofa
de sus iguales, los colonos.
Pero... una tarde a la hora del Ave Mara, cuando el corredor estaba
colmado de toda la gente de la hacienda, cuando el patrn empez a mirar
al pongo con sus densos ojos, ese, ese hombrecito, habl muy claramente.
Su rostro segua un poco espantado.
-Gran seor, dame tu licencia, padrecito mo, quiero hablarte- dijo.
El patrn no oy lo que oa.
-Qu? T eres quien ha hablado u otro?- pregunt.
-Es a ti a quin quiero hablarte -repiti el pongo.
-Habla... si puedes -contest el hacendado.
-Padre mo, seor mo, corazn mo -empez a hablar el hombrecito-, so
anoche que habamos muerto los dos, juntos; juntos habamos muerto.
-Conmigo? T? Cuenta todo, indio -le dijo el gran patrn.
-Como ramos hombres muertos, seor mo, aparecimos desnudos los dos
juntos, desnudos ante nuestro gran padre San Francisco.
-Y despus? Habla! -orden el patrn, entre enojado e inquieto por la
curiosidad.
Vindonos muertos, desnudos, juntos, nuestro Gran Padre San Francisco
nos examin con sus ojos que alcanzan y miden no sabemos hasta qu
distancia. A ti y a m nos examinaba, pesando, creo, el corazn de cada
uno y lo que ramos y lo que somos. Como hombre rico y grande, t
enfrentabas esos ojos, padre mo.
-Y t?
-No puedo saber cmo estuve, gran seor. Yo no puedo saber lo que valgo.
-Bueno sigue contando.
-Entonces, despus nuestro padre dijo con su boca: "De todos los ngeles
el ms hermoso que venga. A ese incomparable que lo acompae otro
pequeo que sea tambin el ms hermoso. Que el ngel pequeo traiga
una copa de oro, y la copa de oro llena de la miel de la chancaca ms
transparente.
-Y entonces? -pregunto el patrn. Los indios siervos oan, oan al pongo,
con atencin sin cuenta pero temerosos.
-Dueo mo, apenas nuestro gran Padre San Francisco dio la orden,
apareci un ngel brillante, alto como el sol; vino hasta llegar delante de
nuestro Padre caminando despacio. Detrs del ngel mayor marchaba otro
pequeo, bello, de luz suave, como el resplandor de las flores. Traa en las
manos una copa de oro.
-Y entonces? -repiti, el patrn.
-"ngel mayor: cubre a este caballero con la miel que est en la copa de
oro; que tus manos sean como plumas cuando pasen sobre el cuerpo del
hombre", diciendo, orden nuestro gran Padre.
Y as, el ngel excelso, levantando la miel con sus manos, enluci tu
cuerpecito todo, desde la cabeza hasta las uas de los pies. Y te erguiste,
solo; en el resplandor del cielo, la luz de tu cuerpo sobresala, como si
estuviera hecho de oro, transparente.
-As tena que ser- dijo el patrn, y luego pregunt:
-Ya ti?
-Cuando t brillabas en el cielo, nuestro Gran Padre San Francisco volvi a
ordenar.
- "Que de todos los ngeles del cielo venga el que menos vale, el ms
ordinario. Que ese ngel traiga en un tarro de gasolina excremento
humano"
-Y entonces?
-Un ngel que ya no vala, viejo, de patas escamosas, al que no le
alcanzaban las fuerzas para mantener las alas en su sitio, lleg ante
nuestro Gran Padre; lleg bien cansado, con las alas chorreadas, trayendo
en las manos un tarro grande.
- "Oye viejo -orden nuestro gran Padre a ese pobre ngel- embadurna el
cuerpo de este hombrecito con el excremento que hay en esa lata que has
trado; todo el cuerpo, de cualquier manera; cbrelo como puedas.
Rpido!".
-Entonces con sus manos nudosas, el ngel viejo, sacando el excremento
de la lata me cubri desigual, el cuerpo, as como se echa barro en la
pared de una casa ordinaria, sin cuidado, Y apareca avergonzado, en la luz
del cielo, apestando.
-As mismo tena que ser -afirm el patrn- Contina! O todo concluye
all?...
-No, padrecito mo, seor mo. Cuando nuevamente, aunque ya de otro
modo, nos vimos juntos, los dos, ante nuestro Gran Padre San Francisco, l
volvi a mirarnos, tambin nuevamente, ya a ti ya a m, largo rato. Con sus
ojos que colmaban el cielo, no s hasta qu honduras nos alcanz,
juntando la noche con el da, el olvido con la memoria, y luego dijo: "Todo
cuanto los ngeles deban hacer con ustedes ya est hecho. Ahora
lmanse el uno al otro! Despacio, por mucho tiempo". El viejo ngel
rejuveneci a esa misma hora; sus alas recuperaron su color negro, su gran
fuerza. Nuestro Padre le encomend vigilar que su voluntad se cumpliera.