Alejandro Grimson, Siglo XXI editores, Buenos Aires, 2011, 272 pginas.
Las preguntas que el antroplogo argentino Alejandro Grimson se propone responder en su reciente libro son
sustantivas y estn en el corazn de la preocupacin de la antropologa, en especial latinoamericana. La cita
de Edward Said que inaugura el eplogo de esta obra resume e inspira magistralmente la propuesta central
del autor. Dice Said: Mi objetivo [] no es tanto disipar la propia diferencia (ya que no se puede negar el
papel de lo nacional ni de las diferencias culturales en las relaciones entre los seres humanos) sino poner en
tela de juicio la nocin de que toda diferencia implica hostilidad, un conjunto objetivado y congelado de
esencias opuestas, y un completo conocimiento antagnico basado en todo ello (Said, Orientalismo, 1995).
Buen punto de partida y buen punto de cierre para pensar y afirmar la antropologa desde sus
principios disciplinares. Es desde aqu que el autor nos interpela y advierte que una antropologa es
antropologa cuando ella no hace el quite al sentido de lo poltico, a los movimientos sociales, a la
construccin de la alteridad, a la xenofobia, al racismo o los fundamentalismos que se arrastran
como anquilosada herencia del colonialismo. Pero Grimson no est por militancias fciles. Fiel a la
historia de la antropologa, en su caso de lo que se trata es de trabajar la diferencia, de entender y
explicar la diversidad, porque comprender a los otros sigue siendo condicin necesaria para
comprender la sociedad en que vivimos. Es el ejercicio del perspectivismo, de la puesta a distancia y
del viaje a otras culturas, para as poder pasar de los clsicos estudios circunscritos a las
comunidades y sociedades tradicionales, a la cuestin de la Nacin y su integracin o
desintegracin.
LA AUTONOMA CULTURAL
Grimson nos advierte desde el inicio de su libro que en contextos de profunda transformacin e
interculturalidad, las crisis culturales, tanto como las econmicas y polticas, suspenden el sentido
comn y el imaginario acerca de quines somos. Para los que hemos ledo los recientes Informes de
Desarrollo Humano sobre Chile (de 1998 en adelante), nada puede ser ms cierto. Pero las crisis
culturales no son solo un ejercicio especulativo y reflexivo, de profundo trabajo existencial de la
identidad, como dira Guy Bajoit. Grimson va ms all. Nos advierte que cuando ello ocurre, cuando
la identidad se tambalea, la autonoma cultural y poltica tambin corre riesgos: porque cuando
introducimos los problemas de la identidad, la cuestin crucial y determinante pasa por la autonoma
de los actores, o por su falta de autonoma, para abordar la continuidad y los cambios.
Qu significa autonoma? Significa que el problema de un grupo, de una nacin o de una regin
no es la disyuntiva entre la conservacin de una diversidad o el cambio. El problema, ms bien, es
quines sern esos sujetos capaces de incidir y tomar en sus manos esa decisin; quines sern los
llamados a hacer de la identidad un relato que se proyecte en el tiempo. La pregunta por la
autonoma nos conduce a la nocin de soberana que Bataille define en su texto La Parte Maldita
II: El rechazo a aceptar los lmites que el miedo a la muerte aconseja respetar para asegurar, en la
paz laboriosa y subordinada, la vida de los individuos [] porque, dejando de ser til o subordinado,
el individuo se hace soberano. O, lo que es lo mismo, soberana como la ruptura de los principios de
la servidumbre voluntaria que La Boetie nos advirtiese desde fines del siglo XVI. La cuestin de
fondo en la pregunta por la autonoma, la soberana y la servidumbre o sumisin radica, finalmente,
en la cuestin de la legitimidad de cualquier autoridad sobre un pueblo. Es entonces que los
problemas de la identidad y de la cultura, los problemas de la Antropologa habra que decir con
fuerza se transforman en problemas de la ms alta poltica. La lucha por la autonoma, concepto
tan caro a nuestros pueblos originarios, desde la Polinesia a los bordes de nuestra tierra austral, es
una lucha tambin por el derecho a la identidad y la soberana, en su sentido ms profundo y
existencial.
HEGEMONA Y CONFIGURACIONES CULTURALES
En el ejercicio de la autonoma cultural, la nocin de configuracin cultural viene a abrirnos una
mirada sobre las tramas simblicas compartidas y sus horizontes de posibilidades, marcadas por la
historicidad y los contextos de profunda desigualdad. La nocin de configuracin cultural que nos
propone Grimson nos remite, en parte, a Ruth Benedict y Franz Boas en su apuesta por comprender
la cultura en sus propiedades de totalidad histricamente situada; pero se diferencia en tanto
incorpora de manera explcita el poder, la hegemona y las condicionantes estructurales de la
desigualdad. Con ello se resguarda, al igual que Boas, de quedar atrapado en la idea objetivista de
que hay culturas esenciales o que las culturas son fragmentos que solo los investigadores imaginan
como totalidades. La nocin de configuracin cultural que se nos propone enfatiza tanto su
heterogeneidad como el hecho de que esta se encuentra, en cada contexto, articulada y situada de
un modo especfico. Es por ello que no existe la cultura como una esfera separada de la economa,
as como la economa no existe sin la cultura. Tal como lo sealara Bourdieu en Las estructuras
sociales de la economa, no hay prctica econmica que no sea prctica de significacin a la vez.
Y aunque la nocin de cultura est imbricada en el sentido comn, los hbitos, las creencias y los
rituales, la propuesta es atreverse a pensar tambin en las desigualdades, la historia y el poder
dentro de cada cultura y entre las culturas. La nocin de configuracin cultural implica, entonces, que
all donde las partes se articulan hay un proceso de constitucin hegemnica. Y, en estos trminos,
una hegemona no es la anulacin del conflicto o la celebracin del consenso y la fijacin de las
fronteras, sino ms bien un campo de posibilidades para celebrar el conflicto y disputa en torno a la
supremaca de uno sobre otro.
En los trminos de Bourdieu, diramos que la nocin de configuracin cultural y la situacionalidad
radical que ella presupone, obliga a introducir la historicidad y su contexto de produccin, pero
tambin a objetivar la participacin del antroplogo y de su propio contexto de produccin intelectual
en dicha nocin. Objetivar la propia participacin, nos deca Bourdieu, no es explorar la experiencia
vivida del sujeto cognoscente, sino las condiciones sociales de posibilidad (los efectos y los lmites)
de esta experiencia y, ms precisamente, del acto de objetivacin. Bourdieu, como Grimson, no nos
da tregua; la antropologa es poltica, pero no cualquiera.
EL RIESGO DE LAS IDENTIDADES Y SUS FRONTERAS
Un ltimo aspecto a comentar refiere a las identidades. Varias veces, a lo largo de su texto,
Alejandro vuelve a la siguiente paradoja: Cmo se explica que, habiendo aumentado los
intercambios entre culturas, los fundamentalismos se acrecienten? Porque las culturas son ms
hibridas que las identidades, se responde Grimson. En otros trminos, las fronteras culturales son
las fronteras de significados y las fronteras identitarias, las fronteras de sentimientos de pertenencia.
Para quienes hemos observado y escuchado los relatos de migrantes, es claro que las prcticas
culturales cruzan fronteras que las identificaciones reproducen y refuerzan; y tambin es cierto que
compartir algunos aspectos de la cultura no necesariamente implica tener una identidad comn. La
frontera ya no es material sino simblica, no es la aduana sino el lmite de la identidad cultural, nos
dice Grimson. En los trminos de Frederick Barth as como el vnculo no implica ausencia de
conflicto, la comunicacin entre dos grupos puede ser el proceso que les permita distinguirse uno
del otro. De all la invitacin que Grimson nos hace de ir a las fronteras para mostrar la contingencia
y la historicidad del lmite, pero no solo para enfatizar su porosidad y sus cruces, sino tambin las
luchas de poder, los estigmas persistentes y las nuevas formas de nacionalismo. Porque el secreto
radica en la frontera ya que, cuando esta no es cuestionada, la poltica cultural revela sus propios
lmites. Quitarle calidad de esencial a la diversidad, recuperarla como proceso abierto y como
proceso poltico en un pas desigual, segregado y temeroso al conflicto, como es el nuestro, es una
apuesta necesaria si lo que se quiere es sincerar las reafirmaciones de la diferencia con la ilusin de
la igualdad, seala Grimson.
El extranjero est entre nosotros. Eso molesta, eso duele, porque hace ruido. Y, como bien lo seala
Ulrich Beck en su texto Cmo los vecinos se convierten en judos, la construccin poltica del extrao
en una era de modernidad reflexiva y sociedades movedizas no cesa, se agrava. Al punto que los
mismos investigadores y antroplogos, con sus deseos e intereses, obstruyen la comprensin de los
sentidos ms profundos que tienen las identificaciones para los sujetos que decimos estudiar. Lo
cierto es que los antroplogos tambin podemos transformarnos en enemigos internos cuando
olvidamos o nos negamos a discutir las caractersticas histricas, cambiantes y complejas de los
lmites y, por sobre todo, cuando nos negamos a debatir los sentidos ticos y polticos que los
poderes globales y locales, los movimientos sociales y los intelectuales pretendemos adjudicarles a
dichos lmites.