Con El Corazon en Ascuas - Henri J. M. Nouwen
Con El Corazon en Ascuas - Henri J. M. Nouwen
Henri J. M. Nouwen
El ya consagrado autor espiritual contemporneo HENRI J. M. NOUWEN nos
ofrece una profunda y hermosa reflexin sobre el significado de la Eucarista para
nosotros y nuestras comunidades. Mientras que las fuentes originales relatan una
dimensin de la experiencia cristiana, Nouwen descubre que el conocimiento derivado
de reflexiones posteriores ya no basta en un mundo como el nuestro, que cambia tan
rpidamente. Lo que necesitamos es establecer la conexin entre celebrar la Eucarista y
vivir una vida eucarstica.
Con el corazn en ascuas trata de conseguir una comprensin ms amplia de la
Eucarista a travs de la historia de los discpulos que iban a Emas desde Jerusaln tras
la crucifixin (Lc 24,13-35). No saban que viajaban con Cristo resucitado hasta que lo
reconocieron en la fraccin del pan. Maravillados, se dijeron unos a otros: No ardan
nuestros corazones mientras nos hablaba?. Esta historia refleja el orden de la
celebracin eucarstica: acudir juntos con nuestros quebrantos ante Dios, escuchar la
Palabra, profesar nuestra fe, ofrecer el alimento e ir a renovar la faz de la Tierra como
Jess les orden.
Henri J. M. Nouwen nos muestra cmo el acontecimiento de la Eucarista es
intensamente humano y revela lo ms profundo de la experiencia humana: la prdida y
la tristeza, la atencin y la invitacin, la intimidad y el compromiso.
Para Michael Harank y para todos cuantos viven
y trabajan en la Bethany House of Hospitality,
un hogar de la Catholic Worker en Oakland,
California, para personas sin hogar enfermas de sida.
Agradecimientos
Todos los das celebro la Eucarista. Unas veces en mi parroquia, ante cientos de
personas; otras en la capilla del Amanecer, con los miembros de mi comunidad;
ocasionalmente, en una habitacin de hotel con unos cuantos amigos; y otras veces en el
saln de la casa de mi padre, solos l y yo. Muy pocos das pasan sin que yo diga:
Seor, ten piedad; sin mis lecturas diarias y las correspondientes reflexiones; sin
pronunciar la profesin de fe; sin compartir el cuerpo y la sangre de Cristo; sin una
oracin para que el da sea fructfero y propicio
Sin embargo, no dejo de preguntarme: S lo que estoy haciendo? Saben en qu
estn participando los que se encuentran conmigo alrededor de la mesa? Sucede
realmente algo que influya en nuestra vida diaria, aunque nos resulte tan familiar? Y
qu decir de los que no estn all con nosotros? Saben lo que es la Eucarista, la desean
o, al menos, piensan alguna vez en ella? Qu relacin guarda esta celebracin diaria
con la vida cotidiana de los hombres y mujeres normales y corrientes, estn presentes o
no? Es algo ms que una hermosa ceremonia, un rito consolador o una cmoda rutina?
Y, finalmente, proporciona la Eucarista esa vida que tiene el poder de vencer a la
muerte?
Todas estas preguntas son muy reales para m, y siento una constante necesidad
de responderlas. Y naturalmente que lo he hecho, aunque las respuestas no parecen
tener demasiada consistencia en este mundo en constante cambio. La Eucarista da
sentido a mi existencia en el mundo; pero, a medida que el mundo cambia, sigue la
Eucarista dndole sentido? He ledo sobre la Eucarista muchos libros escritos hace
diez, veinte, treinta y hasta cuarenta aos. Y, aunque todos ellos contienen ideas muy
profundas, ya no me ayudan a experimentar la Eucarista como el centro de mi vida. Las
preguntas de siempre vuelven una y otra vez: cmo puede ser eucarstica toda mi vida
y cmo puede la celebracin diaria de la Eucarista ayudarme a conseguirlo? Tengo que
dar con mi propia respuesta, sin la cual la Eucarista puede no ser ms que una bella
tradicin.
Estas pginas intentan hablarme a m mismo y a mis amigos de la Eucarista y
urdir una red de conexiones entre la celebracin diaria de la Eucarista y nuestra
experiencia diaria como seres humanos. Comenzamos cada celebracin con el corazn
contrito y rezando el Kyrie Eleison. Escuchamos la Palabra las lecturas bblicas y la
homila, profesamos nuestra fe, ofrecemos a Dios los frutos de la tierra y del trabajo
de los hombres y recibimos de Dios el cuerpo y la sangre de Jess, y finalmente somos
enviados al mundo con la tarea de renovar la faz de la tierra. El acontecimiento
eucarstico revela las ms profundas experiencias humanas, como la tristeza, la atencin
a los dems, la invitacin, la intimidad y el compromiso. Resume la vida que estamos
llamados a vivir en el Nombre de Dios. Slo cuando reconocemos la riqusima red de
conexiones entre la Eucarista y nuestra vida en el mundo, puede aqulla ser
mundana, y nuestra vida eucarstica.
Como base de mis reflexiones sobre la Eucarista y la vida eucarstica utilizar la
historia de los dos discpulos que iban camino de Emas y regresaron a Jerusaln. Al ser
una historia que habla de prdida, de presencia, de invitacin, de comunin y de misin,
contiene los cinco principales aspectos de la celebracin eucarstica.
Los cinco aspectos mencionados constituyen en su conjunto una dinmica: la
que consiste en pasar del resentimiento a la gratitud, es decir, de un corazn endurecido
a un corazn agradecido. Mientras que la Eucarista expresa esta dinmica espiritual de
un modo muy sucinto, la vida eucarstica nos invita a experimentarla y afirmarla en
cada instante de nuestra existencia diaria. En estas pginas espero desarrollar los cinco
pasos que van del resentimiento a la gratitud, de tal manera que quede claro que lo que
celebramos y lo que estamos llamados a vivir son, en esencia, una misma cosa.
El camino de Emas
AQUEL mismo da, iban dos de ellos a un pueblo llamado Emas, que distaba
unos once kilmetros de Jerusaln, y conversaban entre s sobre todo lo que haba
pasado. Mientras ellos conversaban y discutan, Jess los alcanz y se puso a caminar
con ellos. Pero estaban incapacitados para reconocerlo. Jess les pregunt: De qu
vais conversando por el camino?.
Ellos se detuvieron con semblante afligido, y uno de ellos, llamado Cleofs, le
dijo: Eres t el nico forastero en Jerusaln que no se ha enterado de lo acaecido
all estos das?. l les pregunt: De qu?. Y le contestaron: De lo de Jess
Nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el
pueblo; de cmo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo
condenaran a muerte, y de cmo lo crucificaron. Y nosotros que esperbamos que iba
a ser l el liberador de Israel! Pero, encima, hoy es el tercer da desde que sucedi.
Es verdad que unas mujeres de nuestro grupo nos han alarmado, porque, yendo de
madrugada al sepulcro, y al no encontrar su cadver, volvieron diciendo que haban
tenido una visin de ngeles que les haban dicho que l estaba vivo. Tambin algunos
de los nuestros fueron al sepulcro y lo encontraron como haban contado las mujeres;
pero a l no lo vieron.
Entonces Jess les dijo: Qu necios y torpes para creer lo que anunciaron los
profetas! No tena el Mesas que padecer todo eso para entrar en su gloria?. Y
comenzando por Moiss y siguiendo por todos los profetas, les explic todo lo que se
refera a l en la Escritura.
Cerca ya de la aldea adonde se dirigan, l hizo ademn de seguir adelante;
pero ellos le insistieron diciendo: Qudate con nosotros, que se hace tarde y el da va
ya de cada. Y l entr para quedarse.
Y mientras estaba a la mesa con ellos, tom el pan, pronunci la bendicin, lo
parti y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero l
desapareci de su vista. Y ellos comentaron: No estaba nuestro corazn en ascuas
mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?.
Y, levantndose al momento, se volvieron a Jerusaln, donde encontraron
reunidos a los once con los dems compaeros, que decan: Era verdad: el Seor ha
resucitado y se ha aparecido a Simn!. Ellos, por su parte, contaron lo que les haba
pasado por el camino y cmo lo haban reconocido al partir el pan.
(Lucas 24,13-35)
1. Lamentar la prdida
Dos personas caminan juntas. Por su manera de andar, se puede ver que no son
felices: la cabeza gacha, los hombros hundidos, el paso cansino Ni siquiera se miran
el uno al otro. De vez en cuando, uno de ellos dice algo, pero sus palabras no van
dirigidas a nadie y se desvanecen en el aire como sonidos intiles. Aunque siguen un
camino ya trazado, no parecen tener ninguna meta. Regresan a su hogar; pero el hogar
ya no es tal hogar. Sencillamente, no tienen otro sitio adonde ir. El hogar se ha
convertido en vaco, desilusin, desesperacin
Apenas pueden imaginar que slo unos aos atrs haban conocido a alguien que
haba cambiado sus vidas; alguien que haba interrumpido radicalmente su rutina diaria
y haba dado una nueva vitalidad a cada parcela de su existencia. Ellos haban
abandonado su aldea para seguir a aquel extrao y a sus amigos, y haban descubierto
toda una nueva realidad oculta tras el velo de sus actividades cotidianas; una realidad en
la que el perdn, la reconciliacin y el amor ya no eran meras palabras, sino fuerzas que
tocaban el centro mismo de su humanidad. El extrao de Nazaret lo haba hecho todo
nuevo: les haba convertido en personas para las que el mundo ya no era una carga, sino
un desafo; ya no era un campo de minas, sino un lugar de infinitas posibilidades. Haba
trado paz y alegra a su experiencia cotidiana. Haba convertido su vida en una danza!
Pero ahora haba muerto. Su cuerpo, que irradiaba luz, haba sido destrozado por
las manos de sus torturadores. Sus miembros haban sido descoyuntados por los
instrumentos de la violencia y el odio, sus ojos se haban convertido en cuencas vacas,
sus manos haban perdido la fuerza, y sus pies la firmeza. Se haba convertido en un
don nadie de tantos. Todo haba quedado en nada Le haban perdido; pero no slo
a l, sino que, juntamente con l, se haban perdido a s mismos. La energa que haba
llenado sus das y sus noches les haba abandonado por completo. Se haban convertido
en dos seres humanos perdidos que caminaban hacia su hogar sin tener hogar, que
regresaban hacia lo que se haba transformado en un triste y oscuro recuerdo.
En muchos aspectos, nosotros somos como ellos. Y lo comprendemos cuando
nos atrevemos a mirar en el centro mismo de nuestro ser y descubrimos nuestro
extravo: no estamos tambin nosotros perdidos?
Si hay una palabra que resuma nuestro dolor, es la palabra prdida. Hemos
perdido tanto! A veces parece incluso que la vida no es ms que una interminable
serie de prdidas. Cuando nacemos, perdemos la segura proteccin del seno materno;
cuando empezamos a ir a la escuela, perdemos la tranquila seguridad de la vida familiar;
cuando conseguimos nuestro primer trabajo, perdemos la libertad de la juventud;
cuando contraemos el matrimonio o las rdenes sagradas, perdemos otra serie de
posibilidades y opciones; y cuando envejecemos, perdemos nuestra buen aspecto, a
nuestros viejos amigos y nuestro prestigio profesional. Cuando enfermamos o nos
debilitamos, perdemos nuestra independencia fsica; y cuando morimos lo perdemos
todo! Y estas prdidas forman parte de nuestra vida ordinaria! Pero quin tiene una
vida ordinaria? De hecho, las prdidas que se instalan profundamente en nuestros
corazones y en nuestras mentes son la prdida de la intimidad por culpa de la
separacin; la prdida de la seguridad por culpa de la violencia; la prdida de la
inocencia por culpa del abuso; la prdida de la amistad por culpa de la traicin; la
prdida del amor por culpa del abandono; la prdida del hogar por culpa de la guerra; la
prdida del bienestar por culpa del hambre, el calor o el fro; la prdida de los hijos por
culpa de una enfermedad o un accidente; la prdida del pas por culpa de una revuelta
poltica; la prdida de la vida por culpa de un terremoto, una inundacin, un accidente
areo, un acto terrorista o una enfermedad
Quiz muchas de estas prdidas nos parezcan lejanas a la mayora de nosotros,
que tal vez nos enteramos de ellas a travs de la prensa y la televisin; pero nadie puede
escapar a las angustiosas prdidas que forman parte de nuestra existencia diaria: la
prdida de nuestros sueos. Durante mucho tiempo nos habamos credo personas
afortunadas, apreciadas y profundamente queridas; habamos aspirado a vivir una vida
de generosidad, servicio y abnegacin; nos habamos propuesto ser compasivos, atentos
y benvolos; habamos soado con ser personas conciliadoras y pacificadoras Pero de
algn modo ni siquiera estamos seguros de cmo ocurri perdimos estos sueos
y resultamos ser personas preocupadas, angustiadas, aferradas a lo poco que tenamos e
incapaces de hablar con los dems de otra cosa que no fueran los escndalos polticos,
sociales y eclesiales de cada da. Esta prdida de espritu es muchas veces la prdida
ms difcil de reconocer y de confesar.
Pero, por encima de cualesquiera otras prdidas, est la prdida de la fe: la
prdida del convencimiento de que nuestra vida tiene sentido. Durante un tiempo
fuimos capaces de sobrellevar nuestras prdidas e incluso de afrontarlas con entereza y
perseverancia, porque las experimentbamos como prdidas que acabaran
acercndonos a Dios. El dolor y el sufrimiento eran soportables porque los
considerbamos como un medio de poner a prueba nuestra fuerza de voluntad y hacer
ms profunda nuestra conviccin.
Pero, a medida que envejecemos, descubrimos que lo que nos sirvi de apoyo
durante tantos aos la oracin, el culto, los sacramentos, la vida comunitaria y la clara
conciencia de ser guiados por el amor de Dios ha perdido su utilidad para nosotros.
Las ideas acariciadas durante tanto tiempo, las mortificaciones pacientemente
practicadas y las formas tradicionalmente reconocidas de celebrar la vida ya no
calientan nuestro espritu, y ya no comprendemos cmo ni por qu nos sentamos tan
motivados. Recordamos los tiempos en los que Jess era tan real para nosotros que ni
siquiera nos cuestionbamos su presencia en nuestras vidas. l era nuestro ms ntimo
amigo, nuestro consejero y nuestro gua; l nos proporcionaba consuelo, valor y
confianza. Podamos hasta sentirlo, gustarlo y tocarlo Y ahora? Ahora ya no
pensamos demasiado en l; ya no estamos deseosos de pasar largas horas en su
presencia; ya no experimentamos ese sentimiento especial hacia l. Incluso nos
preguntamos si ser algo ms que un personaje de un libro de cuentos. Muchos de
nuestros amigos se ren de l, se burlan de su nombre o, simplemente, le ignoran. Poco a
poco, hemos llegado a la conclusin de que tambin para nosotros se ha convertido en
un extrao De algn modo, lo hemos perdido.
No pretendo sugerir que todas estas prdidas nos afecten a todos y cada uno de
nosotros. Pero, a medida que caminamos juntos y nos escuchamos unos a otros, no
tardamos en descubrir que muchas de ellas, si no la mayora, forman parte del camino,
el nuestro o el de nuestros compaeros.
Qu hacemos con nuestras prdidas? (sta es la primera pregunta que hemos de
afrontar): tratamos de ignorarlas?; seguimos viviendo como si no fueran reales?; se
las ocultamos a quienes nos acompaan en el camino?; tratamos de convencer a los
dems o a nosotros mismos de que nuestras prdidas son poca cosa en comparacin con
nuestras ganancias?; culpamos a alguien de ellas? La verdad es que algo de eso
hacemos casi siempre, aunque tenemos otra posibilidad: lamentarlo. S, debemos
lamentar nuestras prdidas. No podemos impedirlas por ms que hagamos o hablemos,
pero s podemos verter lgrimas y afligirnos por ellas. Una afliccin que consiste en
permitir que nuestras prdidas nos arrebaten la sensacin de proteccin y seguridad y
nos conduzcan a la dolorosa verdad de nuestra imperfeccin. La afliccin nos hace
experimentar el abismo de nuestra propia vida, en la que nada est establecido ni hay
nada claro y evidente, sino que todo est movindose y cambiando constantemente.
Y al sentir el dolor de nuestras prdidas, nuestros corazones afligidos nos hacen
abrir los ojos interiores a un mundo en el que se sufren prdidas que exceden con
mucho nuestro reducido mundo de la familia, los amigos y los colegas. Es el mundo de
los presos, los refugiados, los enfermos de sida, los nios que mueren de hambre y los
innumerables seres humanos que viven atenazados por el miedo. Entonces el dolor de
nuestros gimoteantes corazones nos conecta con el llanto y los gemidos de una
humanidad que sufre. Y nuestro lamento se hace an mayor que nosotros mismos.
Pero en medio de todo ese dolor se alza una voz realmente extraa, llamativa y
sorprendente. Es la voz del que dice: Dichosos los que lloran, porque ellos sern
consolados. sta es la inesperada noticia: nuestra afliccin encierra una bendicin
oculta. No son objeto de bendicin los que consuelan, sino los que sufren! De algn
modo, a pesar de nuestras lgrimas, hay un regalo escondido. De algn modo, a pesar de
nuestros lamentos, se dan los primeros pasos de la danza. De algn modo, el dolor que
nos ocasionan nuestras prdidas es parte de nuestros cantos de agradecimiento.
Llegamos a la Eucarista con el corazn roto por muchas prdidas, las nuestras y
las del mundo. Como los dos discpulos que caminaban de regreso a su aldea, decimos:
Nosotros esperbamos, pero hemos perdido la esperanza, y en su lugar han
sobrevenido la tortura y la muerte. Nuestras cabezas ya no pueden mantenerse erguidas
y mirando al frente, sino abatidas por el desnimo e inclinadas hacia el suelo.
As es como se inicia el viaje. La cuestin es si nuestras prdidas dan lugar en
nosotros al resentimiento o al agradecimiento. Y lo cierto es que muchos optan por lo
primero. Cuando uno se ve sacudido por una prdida tras otra, es muy fcil convertirse
en una persona desilusionada, airada, amargada y cada vez ms resentida. Cuanto ms
viejos nos hacemos, tanto ms fuerte es la tentacin de decir: La vida me ha engaado;
ya no hay para m futuro ni motivo alguno de esperanza; lo nico que me queda es
defender lo poco que tengo, para no perderlo todo.
El resentimiento es una de las fuerzas ms destructivas que hay en la vida. Es
una fra ira que se instala en el centro mismo de nuestro ser y endurece nuestros
corazones, pudiendo llegar a convertirse en una forma de vida que impregne de tal
modo nuestras palabras y nuestras obras que ya no lo reconozcamos como tal.
Muchas veces me pregunto cmo sera mi vida si no hubiera ningn
resentimiento en mi corazn. Estoy tan acostumbrado a hablar de las personas que no
me gustan, a recordar cosas que me han hecho dao y a actuar con recelo y con temor,
que ya no s cmo sera mi vida si no hubiera en ella nada de lo que quejarme ni nadie a
quien culpar. Mi corazn tiene an muchos rincones que esconden mis resentimientos, y
me pregunto si de veras querra vivir sin ellos. Qu hara yo sin esos resentimientos?
Por otra parte, hay muchos momentos en la vida en los que tengo la oportunidad de
alimentarlos: antes incluso de desayunar, ya me he visto asaltado por sentimientos de
sospecha y de envidia y por pensamientos sobre personas a las que prefiero evitar, y ya
he hecho pequeos planes para vivir ese da a la defensiva.
Me pregunto si hay alguien que no albergue algn tipo de resentimientos. Y es
que el resentimiento es una reaccin tan obvia ante muchas de nuestras prdidas Lo
malo, no obstante, es la presencia, en el interior mismo de la Iglesia, de muchos
resentimientos, que constituyen uno de los aspectos ms paralizadores de la comunidad
cristiana.
Sin embargo, la Eucarista presenta otra alternativa: la posibilidad de optar, no
por el resentimiento, sino por el agradecimiento. Lamentar nuestras prdidas es el
primer paso para pasar del resentimiento al agradecimiento. Las lgrimas producidas
por nuestra afliccin pueden ablandar nuestros endurecidos corazones y abrirnos a la
posibilidad de dar gracias.
La palabra Eucarista significa, literalmente, accin de gracias. Celebrar la
Eucarista y vivir una vida eucarstica tiene muchsimo que ver con el agradecimiento.
Vivir eucarsticamente es vivir la vida como un don, como un regalo por el que uno est
agradecido. Pero el agradecimiento no es la respuesta ms obvia a la vida, sobre todo
cuando experimentamos sta como una serie de prdidas. Sin embargo, l gran misterio
que celebramos en la Eucarista y que vivimos en una vida eucarstica consiste
precisamente en que, a travs del dolor por nuestras prdidas, llegamos a experimentar
la vida como un don. La belleza y el valor inmenso de la vida estn ntimamente
relacionados con su fragilidad y su caducidad, como podemos experimentar cada da al
tomar una flor en nuestras manos, al contemplar el vuelo de una mariposa o al acariciar
a un beb: su fragilidad y su precariedad son evidentes, y nuestro gozo guarda relacin
con ambas.
Comenzamos cada una de nuestras eucaristas suplicando la misericordia de
Dios. Probablemente, no hay en la historia del cristianismo otra oracin tan frecuente e
ntimamente repetida como la splica: Seor, ten piedad, con la que no slo se inician
las liturgias eucarsticas de Occidente, sino que resuena tambin constantemente en las
liturgias orientales. Seor, ten piedad, Kyrie Eleison, Gospody Pomiloe Es el
grito del pueblo de Dios, el clamor de todos los contritos de corazn.
Pero slo es posible articular este grito cuando estamos dispuestos a confesar
que de algn modo nosotros mismos tenemos algo que ver con nuestras prdidas. Pedir
misericordia significa reconocer que el culpar de nuestras prdidas a Dios, al mundo o a
los dems no responde plenamente a lo que de verdad somos. Por de pronto, estamos
dispuestos a asumir la responsabilidad incluso por el dolor que no hemos causado
nosotros directamente; la acusacin se convierte en reconocimiento del papel que
desempeamos en la imperfeccin humana. La peticin de la misericordia de Dios brota
de un corazn que sabe que esa imperfeccin humana no es una condicin fatal de la
que somos tristes vctimas, sino el fruto amargo de la decisin humana de decir no al
amor. Los discpulos que regresaban a Emas estaban tristes porque haban perdido a
aquel en quien haban puesto toda su esperanza, pero tambin eran plenamente
conscientes de que eran sus propios dirigentes quienes lo haban crucificado. De algn
modo, saban que su afliccin estaba relacionada con el mal; un mal que ellos podan
reconocer en sus propios corazones.
Celebrar la Eucarista exige de nosotros vivir en este mundo aceptando nuestra
corresponsabilidad por el mal que nos rodea y nos invade. Mientras sigamos empeados
en quejarnos de los difciles tiempos que nos ha tocado vivir, de las terribles situaciones
que tenemos que aguantar y del insoportable destino que hemos de afrontar, jams
podremos llegar a la contricin, que slo puede proceder de un corazn contrito.
Cuando nuestras prdidas son mero fruto del destino, nuestras ganancias son mero
producto de la suerte. El destino no conduce a la contricin, ni la suerte al
agradecimiento.
De hecho, tanto nuestros conflictos personales como los conflictos a escala
regional, nacional o mundial son nuestros conflictos, y slo podemos superarlos
reivindicando nuestra responsabilidad respecto de ellos y optando por una vida de
perdn, de paz y de amor.
El Kyrie Eleison Seor, ten piedad debe brotar de un corazn contrito. En
contraste con un corazn endurecido, un corazn contrito es un corazn que no acusa,
sino que reconoce su propia parte de culpa en el pecado del mundo y que, por eso
mismo, est preparado para recibir la misericordia de Dios.
Recuerdo que, en el transcurso de un programa religioso de la televisin
holandesa, el locutor, mientras verta agua sobre una porcin de tierra seca y rida,
deca: Fijaos cmo la tierra no puede recibir el agua y cmo no puede germinar semilla
alguna. Luego, tras desmenuzar la tierra con sus manos y volver a verter agua sobre
ella, dijo: Slo la tierra roturada puede recibir el agua y hacer germinar la semilla y dar
fruto.
Cuando vi aquello, comprend lo que significaba comenzar la Eucarista con un
corazn contrito, con un corazn roto y permeable al agua de la gracia de Dios.
Pero cmo es posible comenzar una celebracin de accin de gracias con un
corazn roto?; acaso no nos paraliza el reconocimiento de nuestra condicin pecadora
y la conciencia de nuestra corresponsabilidad en el mal del mundo?; no debilita
demasiado el confesar sinceramente los propios pecados? Por supuesto que s. Pero no
es posible afrontar pecado alguno sin algn conocimiento de la gracia. No podemos
lamentar ninguna prdida sin una cierta intuicin de que vamos a encontrar nueva vida.
Cuando los discpulos que regresaban a Emas contaron al desconocido la
historia de su inmensa prdida, tambin le refirieron la extraa historia de las mujeres
que haban encontrado la tumba vaca y haban visto a unos ngeles. Pero estaban
escpticos y llenos de dudas: no le haban crucificado unos das antes?; no haba
llegado todo al final?; no haba acabado triunfando el mal? A qu venan entonces
aquellas mujeres con el cuento de que estaba vivo?; quin poda tomarse en serio
semejante cosa? Pero de nuevo tuvieron que decir: Algunos de los nuestros fueron al
sepulcro y lo encontraron como haban contado las mujeres; pero a l no lo vieron.
As es como solemos acercarnos a la Eucarista: con una extraa mezcla de
desesperacin y de esperanza. Al fijarnos en nuestra propia vida y en la de quienes nos
rodean, una parte de nosotros deseara decir: Olvidmoslo.
Se acab. Por supuesto que anhelamos un mundo mejor, ansiamos una nueva
comunidad de amor y soamos con un tiempo en el que todos pudiramos vivir en paz y
armona Pero hemos de admitir la verdad: ahora sabemos que todo eso no es ms que
una ilusin. Nuestra incapacidad para cambiar de carcter y de costumbres, nuestras
envidias y resentimientos, nuestros accesos de ira y de venganza, nuestra violencia
incontrolable, las infinitas muestras de crueldad humana, los crmenes, la tortura, las
guerras, la explotacin: todo eso nos ha hecho ver la amarga verdad de que nuestra
ingenua y fresca esperanza ha sido crucificada.
Y, sin embargo, las otras historias estn y seguirn estando ah: historias de
personas que lo vieron de diferente manera; historias de gestos de perdn y
reconciliacin; historias de bondad, belleza y verdad Y cuando entramos de veras en
lo ms hondo de nuestro corazn, constatamos que, por debajo de nuestro escepticismo
y nuestro cinismo, hay un ansia de amor, de unidad y de comunin que no desaparece a
pesar de los innumerables argumentos para desecharla como una reminiscencia
sentimental de la infancia.
Seor, ten piedad; Seor, ten piedad; Seor ten piedad: he ah la oracin
que no deja de brotar de lo ms profundo de nuestro ser y atravesar el muro de nuestro
cinismo. S, somos pecadores, y pecadores sin remedio; todo est perdido, y ya no
queda nada de nuestros sueos y nuestras esperanzas. Sin embargo, se oye una voz:
Mi gracia te basta!; y de nuevo clamamos por la curacin de nuestros cnicos
corazones y nos atrevemos a creer que, en medio de nuestros lamentos, podemos
verdaderamente encontrar un don por el que estar agradecidos.
Pero para hacer este descubrimiento necesitamos un compaero muy especial
2. Discernir la Presencia
Es Palabra de Dios!
MIENTRAS los dos viajeros caminan hacia su casa lamentando lo que han
perdido, Jess se acerca y se pone a caminar junto a ellos; pero sus ojos son incapaces
de reconocerlo. De pronto, ya no hay dos, sino tres personas caminando, y todo resulta
diferente. Los dos amigos ya no miran al suelo, sino a los ojos del extrao que se les ha
unido y les pregunta: De qu vais conversando por el camino?. La sorpresa y hasta
la irritacin son inevitables: Eres t el nico forastero en Jerusaln que no se ha
enterado de lo acaecido all estos das?. A lo cual sigue el relato de una prdida, la
historia de la desconcertante noticia sobre una tumba vaca. Al menos hay alguien que
escucha, alguien deseoso de or sus palabras de desilusin, de tristeza y de absoluto
desconcierto. Nada parece tener sentido; pero es mejor contrselo a un extrao que
repetirse uno a otro los hechos por ambos conocidos.
Entonces ocurre algo nuevo: el desconocido empieza a hablar, y sus palabras
piden una especial atencin. l les ha escuchado a ellos; ahora son ellos los que le
escuchan a l, cuyas palabras son sumamente claras y directas. Habla de cosas que ellos
ya conocen, de su largo pasado y de todo lo acaecido durante siglos antes de que ellos
nacieran: la historia de Moiss, que condujo a su pueblo a la libertad, y la historia de los
profetas, que conminaron a su pueblo a no perder una libertad tan ardua y costosamente
obtenida. Era una historia absolutamente conocida, pero que les sonaba como si la
escucharan por primera vez.
La diferencia estriba en el narrador: un desconocido que surge de Dios sabe
dnde y que, sin embargo, relata la archisabida historia con una conviccin y una
autoridad inusitadas. La prdida, el dolor, la culpa, el miedo, las fugaces esperanzas y
las muchas preguntas sin respuesta que porfiaban por ganarse la atencin de sus
desasosegadas mentes: todo eso ha sido recogido por aquel desconocido e insertado
en el contexto de una historia mucho ms amplia que la de ellos. Lo que pareca tan
confuso ha empezado a ofrecer nuevos horizontes; lo que pareca tan opresivo ha
empezado a ser liberador; lo que pareca tan extremadamente triste ha empezado a
adoptar un carcter gozoso. A medida que l les habla, ellos van comprendiendo que sus
pequeas vidas no son tan pequeas como haban credo, sino que forman parte de un
gran misterio que no slo incluye a las innumerables generaciones pasadas, sino que
trasciende los lmites del tiempo y se extiende a la eternidad.
El desconocido no ha dicho que no hubiera razn para estar tristes, sino que su
tristeza formaba parte de una tristeza mayor, en la que se ocultaba la alegra. El
desconocido no ha dicho que la muerte que ellos lamentaban no fuera real, sino que era
una muerte que daba paso a una mayor vida, a una vida verdadera. El desconocido no ha
dicho que no hubieran perdido a un amigo que les haba dado un nuevo coraje y una
nueva esperanza, sino que esta prdida iba a hacer posible una relacin muy superior a
la de cualquier amistad de la que jams hubieran gozado. El desconocido nunca ha
negado lo que ellos le haban contado; al contrario, lo ha afirmado como parte de un
acontecimiento mucho ms amplio en el que se les ha permitido interpretar un papel
nico.
Aun as, no se ha tratado de una conversacin tranquilizadora. El desconocido se
ha mostrado enrgico, directo y nada sentimental. No ha tratado de ofrecer un consuelo
fcil. Incluso pareca tratar de reforzar sus lamentos con una verdad que quiz ellos
hubieran preferido no conocer. A fin de cuentas, lamentarse continuamente es ms fcil
que afrontar la realidad. Pero al desconocido no pareca preocuparle en lo ms mnimo
el echar abajo sus defensas e invitarles a superar su estrechez de mente y de corazn.
Qu necios y torpes para creer!, les dijo. Y estas palabras les debieron de
llegar al alma a los dos discpulos. Necio es una palabra dura, una palabra que nos
ofende y nos hace ponernos a la defensiva; pero es tambin una palabra capaz de
atravesar nuestra coraza de miedo y timidez y hacernos comprender de un modo
totalmente distinto lo que es ser humano. Es una llamada a despertar, a quitarnos la
venda de los ojos, a derribar nuestros intiles dispositivos protectores. Necios, es que
no veis, no os, no sabis? Habis estado contemplando un pequeo arbusto sin daros
cuenta de que estabais en lo alto de una montaa que os ofreca una visin panormica
del mundo. Habis estado fijndoos en un obstculo sin considerar que haba sido
puesto ah para ensearos el camino correcto. Habis estado lamentando vuestra prdida
sin daros cuenta de que sta no tena ms sentido que el de disponeros a recibir el regalo
de la vida.
El desconocido tuvo que llamarles necios para hacerles ver. Y de qu se
trataba? De confiar. Ellos no confiaban en que su experiencia fuera algo ms que la
experiencia de una prdida irremediable. No confiaban en que pudieran hacer algo ms
que regresar a casa y reiniciar de nuevo su antigua forma de vida. Qu necios y torpes
para creer!. Torpes para creer; torpes para confiar en que las cosas son algo ms que
su apariencia; torpes para elevarse por encima de sus interminables quejas y descubrir la
amplsima gama de nuevas posibilidades; torpes para ir ms all del dolor del momento
y verlo como parte de un proceso de curacin mucho ms amplio.
Esta torpeza no es una torpeza inocua, porque puede atraparnos en nuestras
intiles lamentaciones y en nuestra estrechez de mente. Es la torpeza que puede
impedirnos descubrir el paisaje en que vivimos. En este sentido, podemos
perfectamente llegar al final de nuestras vidas sin ni siquiera saber quines somos ni lo
que estamos llamados a ser. La vida es breve, y no podemos esperar que lo poco que
vemos, omos y experimentamos nos revele la totalidad de nuestra existencia. Somos
demasiado cortos de vista y duros de odo para ello. Alguien tiene que abrir nuestros
ojos y nuestros odos y ayudarnos a descubrir lo que est ms all de nuestra
percepcin. Alguien tiene que hacer arder nuestro corazn!
Jess se une a nosotros, mientras caminamos llenos de tristeza, y nos explica las
Escrituras. Pero no sabemos que es Jess. Pensamos que es un extrao que sabe menos
an que nosotros sobre lo que ocurre en nuestras vidas. Y, sin embargo, algo sabemos,
algo sentimos, algo intuimos: que nuestros corazones empiezan a arder. En el
momento mismo en que l est con nosotros, no entendemos del todo lo que est
ocurriendo ni podemos hablar de ello entre nosotros. Ms tarde, mucho ms tarde,
cuando todo ha terminado, quiz podamos decir: No estaba nuestro corazn en ascuas
mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?. Pero cuando l
camina con nosotros, todo resulta demasiado ntimo como para que podamos
reflexionar.
Es con esta misteriosa presencia con la que quiere ponernos en contacto el
servicio de la Palabra durante cada Eucarista, y es esta misma presencia misteriosa la
que se nos revela constantemente cuando vivimos nuestra vida eucarsticamente. Las
lecturas del Antiguo y del Nuevo Testamento y la consiguiente homila estn destinadas
a hacernos discernir su presencia mientras nos acompaa en nuestra tristeza. Cada da
hay diferentes lecturas; cada da hay una palabra diferente de explicacin o de
exhortacin; cada da nos acompaan unas palabras. No podemos vivir sin las palabras
que vienen de Dios, palabras que nos arrancan de nuestra tristeza y nos elevan a un
lugar desde el que podemos descubrir que estamos verdaderamente vivos.
Conviene saber que, aunque estas palabras, ledas o habladas, son para
informarnos, instruimos o inspiramos, su primera finalidad es hacemos presente a Jess.
A lo largo del camino, Jess nos explica aquellos pasajes que tratan de l. Tanto si
leemos el libro del xodo como si leemos los Salmos, los Profetas o los Evangelios,
todos ellos no tienen ms finalidad que hacer arder nuestros corazones. La presencia
eucarstica es, ante todo, una presencia a travs de la palabra. Sin esta presencia no
podremos reconocer la presencia de Jess en la fraccin del pan.
Vivimos en un mundo en el que las palabras apenas tienen valor. Las palabras
nos inundan: anuncios, vallas publicitarias y seales de trfico, octavillas, folletos,
libros, pizarras, proyectores, mapas, pantallas, noticiarios Las palabras se mueven,
fluyen, van de aqu para all, se hacen ms grandes, ms brillantes, ms gruesas Se
nos presentan en todos los tamaos y colores, pero al final decimos: Bueno, no son
ms que palabras. Han crecido en nmero, pero han decrecido en valor; un valor que
parece ser, ante todo, informativo: las palabras nos informan; necesitamos palabras para
saber qu hacer y cmo hacerlo, adonde ir y cmo llegar.
No es de extraar, por tanto, que las palabras de la Eucarista las escuchemos
fundamentalmente como palabras que nos informan, que nos cuentan una historia, nos
instruyen, nos advierten Y como la mayora de nosotros las hemos odo antes, esas
palabras rara vez nos impresionan. A menudo les prestamos muy poca atencin, porque
se han convertido en algo demasiado conocido. No esperamos que nos sorprendan o nos
afecten, y las escuchamos como si se tratara de la misma vieja historia de siempre, ya
se trate de una lectura o de una homila.
Lo malo es que la palabra pierde entonces su carcter sacramental. La Palabra de
Dios es sacramental; lo cual significa que es sagrada y que, como tal, hace presente lo
que expresa. Mientras Jess hablaba por el camino a los abatidos viajeros y les
explicaba las palabras que en las Escrituras se referan a l, ellos sintieron cmo sus
corazones comenzaban a arder, es decir, experimentaron su presencia. Al hablar sobre s
mismo, se hizo presente a ellos. Con sus palabras logr mucho ms que hacerles pensar
en l, instruirlos acerca de l o inspirarles con su recuerdo. A travs de sus palabras se
les hizo realmente presente. Esto es lo que queremos decir al hablar del carcter
sacramental de la palabra. La palabra crea lo que expresa. Y la Palabra de Dios es
siempre sacramental. En el libro del Gnesis se nos dice que Dios cre el mundo, pero
en la Carta a los Hebreos el trmino empleado para hablar y crear es el mismo.
Traducido literalmente, dice: Dios habl la luz, y la luz existi. Para Dios, hablar es
crear. Cuando decimos que la Palabra de Dios es sagrada, queremos decir que est llena
de su presencia. En el camino de Emas, Jess se hizo presente a travs de su palabra, y
fue esa presencia la que transform la tristeza en alegra, y el llanto en danza. Y eso
mismo sucede en cada Eucarista. La palabra leda y hablada pretende llevarnos a la
presencia de Dios y transformar nuestras mentes y nuestros corazones. Muchas veces
pensamos en la palabra como una exhortacin a salir de nosotros y a cambiar nuestras
vidas. Pero todo el poder de la palabra radica, no en cmo la apliquemos a nuestras
vidas despus de haberla odo, sino en su capacidad de transformacin, que realiza su
obra divina mientras escuchamos.
Los Evangelios estn llenos de ejemplos de la presencia de Dios en el mundo.
Personalmente, a m siempre me ha emocionado la historia de Jess en la sinagoga de
Nazaret, donde ley el siguiente texto de Isaas:
El Espritu del Seor est sobre m, porque me ha ungido.
Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva, a proclamar la
liberacin a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos, y
proclamar un ao de gracia del Seor.
(Lucas 4,18-19)
Despus de leer estas palabras, Jess dijo: Esta Escritura que acabis de or se
ha cumplido hoy. De pronto, queda perfectamente claro que los pobres, los cautivos,
los ciegos, y los oprimidos no son seres que anden por ah, fuera de la sinagoga, y que
algn da habrn de ser liberados, sino que son las personas que estn escuchando en ese
momento. Y es en esa escucha donde Dios se hace presente y sana.
La Palabra de Dios no es una palabra que debamos aplicar a nuestra vida diaria
algn lejano da; es una palabra que nos sana en y a travs de nuestra escucha, aqu y
ahora.
Lo que hemos de preguntarnos, por lo tanto, es: Cmo viene Dios a m mientras
escucho la palabra? Cmo puedo discernir que la mano sanadora de Dios llega a m a
travs de la palabra? Cmo se transforman en este preciso momento mi tristeza, mi
afliccin y mi llanto? Siento cmo el fuego del amor de Dios purifica mi corazn y me
da nueva vida? Estas preguntas me llevan al sacramento de la palabra, el lugar sagrado
de la presencia real de Dios.
A primera vista, puede que esto suene bastante novedoso para quien que vive en
una sociedad en la que el principal valor de la palabra es su aplicabilidad. Pero la
mayora de nosotros ya sabemos, generalmente de manera inconsciente, del poder
curativo y el poder destructor de la palabra hablada. Cuando alguien me dice: Te
quiero o te odio, no slo recibo una informacin til. Esas palabras hacen algo en
m. Hacen que mi sangre se altere, que mi corazn lata ms deprisa, que mi respiracin
se acelere Me hacen sentir y pensar de manera diferente. Me elevan a una nueva
forma de ser y me dan un nuevo conocimiento de m mismo. Estas palabras tienen el
poder de sanarme o de destruirme.
Cuando Jess se une a nosotros en el camino y nos explica las Escrituras,
debemos escucharle con todo nuestro ser, confiando en que la palabra que nos cre
tambin habr de sanarnos. Dios desea hacrsenos presente y, de ese modo, transformar
radicalmente nuestros medrosos corazones.
El carcter sacramental de la palabra hace a Dios presente, no slo como una
presencia personal e ntima, sino tambin como una presencia que nos asigna un lugar
en la gran historia de la salvacin. El Dios que se hace presente no es slo el Dios de
nuestro corazn, sino tambin el Dios de Abraham y Sara, de Isaac y de Rebeca, d
Jacob y de La; el Dios de Isaas y de Jeremas; el Dios de David y de Salomn; el Dios
de Pedro y de Pablo, de Francisco de Ass y de Dorothy Day: el Dios cuyo amor, que
abarca el mundo entero, se nos revela en Jess, nuestro compaero de viaje.
La palabra de la Eucarista nos convierte en parte de la gran historia de nuestra
salvacin. Nuestras pequeas historias son integradas en la gran historia de Dios, en la
que se les asigna un lugar nico. La palabra nos eleva por encima de nuestra
mediocridad y nos hace ver que nuestra vulgar vida diaria es, de hecho, una vida
sagrada que desempea un papel esencial en el cumplimiento de las promesas de Dios.
La palabra escrita y hablada de la Eucarista nos permite decir con Mara: l ha mirado
la humillacin de su sierva. Por eso, desde ahora todas las generaciones me llamarn
bienaventurada, porque el Todopoderoso ha hecho obras grandes por m acordndose
de su misericordia, segn lo que haba prometido a nuestros padres, a Abraham y a su
descendencia, para siempre.
Ahora vemos que la Eucarista, tal como la celebramos en la sagrada liturgia,
nos llama a una vida eucarstica, a una vida en la que seamos continuamente conscientes
de nuestro papel en la historia sagrada de la presencia redentora de Dios a travs de
todas las generaciones. La gran tentacin que nos acecha consiste en negar nuestro
papel de pueblo elegido, permitiendo quedar atrapados en las preocupaciones de la vida
diaria. Sin la palabra, que no deja de elevarnos a la categora de personas escogidas por
Dios, nos quedamos o nos convertimos en pequeas y pobres personas atrapadas en la
miserable y dolorosa lucha diaria por sobrevivir. Sin la palabra que hace arder nuestros
corazones, no podemos hacer mucho ms que regresar a casa, resignados ante el triste
hecho de que no hay nada nuevo bajo el sol. Sin la palabra, nuestra vida apenas tiene
sentido, vitalidad ni energa. Sin la palabra no pasamos de ser personas insignificantes
con inquietudes insignificantes, que viven una vida insignificante y mueren una muerte
no menos insignificante. Sin la palabra, tal vez lleguemos a ser objeto de inters
periodstico por un par de das, pero no habr generaciones que nos llamen
bienaventurados. Sin la palabra, nuestros espordicos dolores y tristezas pueden
extinguir el Espritu dentro de nosotros y hacernos vctimas de la amargura y del
resentimiento.
Necesitamos la palabra hablada y explicada por el que se une a nosotros en el
camino y nos hace conocer su presencia, una presencia discernida ante todo en nuestros
corazones en ascuas. Es esta presencia la que nos da el valor necesario para liberarnos
de nuestra dureza de corazn y ser agradecidos. Y como personas agradecidas,
podremos invitar a la intimidad de nuestro hogar a aquel que ha hecho arder nuestros
corazones.
3. Invitar al Desconocido
Yo creo
A medida que escuchan al desconocido, algo cambia en los dos tristes viajeros.
No slo sienten que una nueva esperanza y una nueva alegra invaden lo ms profundo
de su ser, sino que su caminar se ha hecho menos vacilante. El desconocido ha dado un
nuevo sentido a su marcha. Ir a casa ya no significa regresar al nico lugar posible.
La casa se ha convertido en algo ms que un refugio necesario, en algo ms que un
lugar en el que quedarse mientras no sepan qu otra cosa pueden hacer. El desconocido
ha dado a su viaje un nuevo significado. Su casa vaca se ha convertido en lugar de
acogida, en lugar donde recibir invitados, en lugar donde proseguir la conversacin que
tan inesperadamente haban iniciado.
Cuando no haces ms que sentir lo que has perdido, entonces todo a tu alrededor
habla de ello. Los rboles, las flores, las nubes, las colinas y los valles: todo refleja tu
tristeza; todo llora contigo. Cuando tu amigo ms querido ha muerto, toda la naturaleza
habla de l. El viento susurra su nombre; las ramas, cargadas de hojas, lloran por l; y
las dalias y los rododendros ofrecen sus ptalos para cubrir su cuerpo. Pero cuando
caminas con alguien a tu lado, abriendo tu corazn a la misteriosa verdad de que la
muerte de tu amigo no ha sido slo un final, sino tambin un nuevo comienzo; ni slo
una cruel broma del destino, sino el camino que hay que recorrer necesariamente para
acceder a la libertad; ni slo una horrenda y maldita destruccin, sino un sufrimiento
que conduce a la gloria, entonces puedes discernir, poco a poco, una nueva cancin
que resuena en toda la creacin, y el ir a casa responde al ms profundo deseo de tu
corazn.
De todas las palabras que dijo el desconocido, hay una que permanece en la
mente de los viajeros: Gloria. No tena el Mesas, haba dicho el desconocido,
que padecer todo eso para entrar en su gloria?. Sus corazones y sus mentes estaban
todava ocupados por las imgenes de muerte y destruccin. Y de pronto suena la
palabra Gloria, que no pareca encajar con todo lo ocurrido y que, sin embargo,
pronunciada por el desconocido, hizo arder sus corazones y les permiti contemplar lo
que hasta entonces no haban sido capaces de percibir. Era como si nicamente hubieran
visto el abono que cubre la tierra, pero no los frutos en los rboles que haban brotado
de ella. Gloria, luz, esplendor, belleza, verdad: qu irreal e inalcanzable pareca todo
eso! Pero ahora haba nuevos sonidos en el aire y nuevos colores en los campos. Ir a
casa se haba convertido en algo bueno. El hogar nos llama. El hogar es donde est la
mesa alrededor de la cual nos sentamos para comer y beber con los amigos.
Y el desconocido? No se ha convertido en un amigo? Ha hecho arder nuestros
corazones y ha abierto nuestros ojos y nuestros odos. Es nuestro compaero de viaje.
La casa se ha convertido en un buen lugar para que venga el amigo. Por eso le dicen:
Qudate con nosotros, que se hace tarde y el da va ya de cada. l no ha pedido ser
invitado; l no ha pedido un lugar donde quedarse. De hecho, acta como si quisiera
proseguir su viaje. Pero ellos insisten en que entre en la casa; incluso le presionan para
que se quede con ellos. Y l acepta. Entra en la casa y se queda con ellos.
Tal vez no estamos acostumbrados a pensar en la Eucarista como una invitacin
a Jess para que se quede con nosotros. Tendemos ms bien a pensar que es Jess quien
nos invita a su casa, a sentarnos a su mesa, a compartir su comida. Pero Jess quiere ser
invitado. De lo contrario, seguir su camino. Es muy importante comprender que Jess
nunca nos impone su presencia. A no ser que le invitemos, l seguir siendo un
desconocido, posiblemente un atractivo e inteligente desconocido con el que hemos
mantenido una interesante conversacin, pero un desconocido al fin y al cabo
Incluso despus de haber hecho desaparecer gran parte de nuestra tristeza y
habernos mostrado que nuestras vidas no son tan insignificantes y miserables como
suponamos, l puede seguir siendo aquel con quien nos encontramos en el camino, la
extraordinaria persona que se cruz en nuestro camino y nos habl durante un rato, el
personaje poco comn del que podemos hablar a nuestra familia y a nuestros amigos.
Guardo grandes recuerdos de los encuentros con aquellas personas que han
hecho arder mi corazn y a las que, sin embargo, nunca invit a mi casa. A veces el
encuentro tiene lugar durante un largo viaje en avin, otras veces en un tren o en una
fiesta. Despus les cuento a mis amigos: No vais a creerme, pero he conocido a una
persona absolutamente fascinante. Deca cosas tan extraordinarias que yo no daba
crdito a mis odos. Pareca como si me conociera ntimamente. De hecho, era capaz de
leer mis pensamientos y hablarme como si me conociera desde haca mucho tiempo.
Una persona verdaderamente especial, nica, asombrosa Ojal la hubierais
conocido! Pero se march, no s adonde.
Por muy interesantes, estimulantes y atractivos que puedan ser tales
desconocidos, si no les invito a mi casa, en realidad no ocurre nada. Puede que me haya
enriquecido con unas cuantas ideas nuevas, pero mi vida sigue siendo bsicamente la
misma. Sin una invitacin, que es la expresin del deseo de una relacin duradera, la
buena noticia que hemos odo no puede dar un fruto que permanezca. Seguir siendo
una noticia entre las muchas con que se nos bombardea cada da.
Una de las caractersticas de nuestra sociedad contempornea es que los
encuentros ocasionales, por muy buenos y agradables que sean, no acaban dando lugar a
relaciones profundas. Por eso nuestra vida est llena de buenos consejos, ideas tiles y
perspectivas maravillosas que, simplemente, se suman a otras muchas ideas y
perspectivas, sin provocar en nosotros ningn tipo de compromiso. En una sociedad con
tal exceso de informacin, incluso el ms significativo encuentro puede quedar reducido
a algo interesante entre otras muchas cosas igualmente interesantes.
Slo invitando al otro a venir y quedarse puede un encuentro interesante
convertirse en una relacin transformadora.
Uno de los momentos ms decisivos de la Eucarista (y de nuestra vida) es el
momento de la invitacin. Podemos decir: Ha sido maravilloso conocerte; muchas
gracias por tus ideas, tus consejos y tus nimos. Espero que te vaya muy bien. Adis!.
O bien podemos decir: Te he escuchado, y siento cmo mi corazn est cambiando
Por favor, ven a mi casa y mira dnde y cmo vivo. Esta invitacin a venir y ver es la
que marca la diferencia.
Jess es una persona muy interesante, y sus palabras estn llenas de sabidura.
Su presencia reconforta el nimo. Su delicadeza y su amabilidad son conmovedoras. Su
mensaje resulta ser un verdadero desafo. Pero le invitamos a nuestra casa? Queremos
que venga a conocemos entre las paredes de nuestra vida ms personal e ntima?
Deseamos presentrselo a todas las personas con las que vivimos? Permitimos que
nos vea tal como somos en nuestra vida diaria? Estamos dispuestos a dejarle tocar
nuestros puntos ms vulnerables? Le permitimos entrar en el sancta sanctorum de
nuestra casa, en ese lugar que nos esforzamos en mantener cerrado? Queremos
realmente que se quede con nosotros cuando anochece y el da toca a su fin?
La Eucarista requiere esta invitacin. Una vez que hemos escuchado su palabra,
debemos ser capaces de decir algo ms que: Qu interesante!. Tenemos que
atrevernos a decir: Confo en ti; me entrego a ti con todo mi ser, en cuerpo y alma. No
quiero tener secretos para ti. Puedes ver todo lo que hago y or todo cuanto digo. No
quiero que sigas siendo un desconocido. Quiero que seas mi ms ntimo amigo. Quiero
que me conozcas, no slo mientras camino y hablo con mis compaeros de viaje, sino
tambin cuando me encuentro a solas con mis sentimientos y pensamientos ms
ntimos. Y, sobre todo, quiero llegar a conocerte a ti, no slo como mi compaero de
viaje, sino como el compaero de mi alma.
Decir esto no es fcil, porque somos personas medrosas y nos cuesta entregarnos
de veras a los dems. Nuestro miedo a ser completamente abiertos y vulnerables es tan
grande como nuestro deseo de conocer y ser conocidos.
Incluso a nosotros mismos ocultamos alguna parte de nuestro propio ser! Hay
pensamientos, sentimientos y emociones que nos desasosiegan tanto que preferimos
vivir como si no existieran.
Si no confiamos en nosotros mismos, cmo vamos a confiar en alguien distinto
de nosotros? Sin embargo, nuestro ms profundo deseo es amar y ser amados, y ello
slo es posible si realmente queremos conocer y ser conocidos.
Jess se nos revela como el Buen Pastor que nos conoce ntimamente y nos ama.
Pero deseamos ser conocidos por l? Estamos dispuestos a dejarle moverse
libremente por cada una de las habitaciones de nuestra vida interior? Queremos
realmente que vea nuestro lado bueno y nuestro lado malo, nuestras luces y nuestras
sombras? O preferimos que prosiga su camino sin entrar en nuestra casa? Al final, la
pregunta es: Confiamos verdaderamente en l y estamos decididos a confiarle todas y
cada una de las partes de nuestro ser?.
Cuando, despus de las lecturas y de la homila, decimos: Creo en Dios, Padre,
Hijo y Espritu Santo, en la Iglesia Catlica, en la Comunin de los Santos, en el
perdn de los pecados, en la resurreccin de los muertos y en la vida eterna, de algn
modo estamos invitando a Jess a nuestra casa y siguiendo confiadamente su Camino.
Como un momento de la celebracin eucarstica, ms an, de nuestra vida
eucarstica, el Credo es mucho ms que un resumen de la doctrina de la Iglesia. Es una
profesin de fe. Y la fe, como se desprende de la palabra griega pistis, es un acto de
confianza. Es el gran S. Es decir S a aquel que nos ha explicado las Escrituras
como escrituras que tratan sobre l.
Y es este profundo S, no slo a las palabras que dice, sino tambin a quien las
dice, lo que nos lleva finalmente a la mesa. Si podemos decir: S, confiamos en ti y te
entregamos nuestras vidas, estamos haciendo algo ms que caminar en su presencia:
estamos atrevindonos a abrirnos a la comunin con l.
Efectivamente, los dos amigos invitan, ms an, presionan al desconocido para
que se quede con ellos. S nuestro invitado, le dicen. Quieren ser sus anfitriones.
Invitan al desconocido a dejar de serlo y a convertirse en amigo. sa es la verdadera
hospitalidad: ofrecer un lugar seguro donde el desconocido pueda convertirse en amigo.
Antes eran dos amigos y un desconocido; ahora son tres amigos que comparten una
misma mesa.
La mesa es el lugar de la intimidad. En tomo a la mesa nos descubrimos unos a
otros.
Es el lugar en el que oramos, por as decirlo. Es el lugar en el que preguntamos:
Qu tal da has tenido?. Es el lugar donde comemos y bebemos juntos y decimos:
Anmate, toma un poco ms!. Es el lugar donde se cuentan nuevas y viejas
historias. Es el lugar de las sonrisas y de las lgrimas. La mesa es tambin el lugar
donde la distancia se hace ms dolorosa. Es el lugar donde los hijos perciben la tensin
entre sus padres, donde los hermanos y hermanas expresan sus enfados y sus envidias,
donde se hacen acusaciones y donde los platos y los vasos se convierten en
instrumentos de violencia. En torno a la mesa sabemos si hay amistad y comunidad o si,
por el contrario, hay odio y divisin. Y precisamente por ser el lugar de la intimidad
para todos los miembros de la casa, la mesa es tambin el lugar donde la falta de esa
intimidad se revela ms dolorosamente.
Cuando, la noche antes de su muerte, Jess se reuni con sus discpulos en torno
a la mesa, revel a la vez intimidad y distancia. Comparti el pan y el cliz como signo
de amistad, pero tambin dijo: Os aseguro que uno de los que se sientan conmigo a
esta mesa me va a traicionar.
Cuando pienso en mi propia juventud, muchas veces recuerdo las comidas
familiares, especialmente las de los das de fiesta. Recuerdo los adornos navideos, las
tartas de cumpleaos, las velas de Pascua, los rostros sonrientes Pero recuerdo
tambin las palabras de enfado, las reacciones extemporneas, las lgrimas, las
tensiones y los silencios que parecan no tener fin.
Cuando ms vulnerables somos es cuando dormimos o comemos juntos. La
cama y la mesa son los dos lugares de la intimidad, pero son tambin los dos lugares de
mayor dolor. Y puede que de ambos lugares sea la mesa el ms importante, porque es el
lugar donde se renen todos los de la casa y donde pueden expresarse y hacerse reales la
familia, la comunidad, la amistad, la hospitalidad y la verdadera generosidad.
Jess acepta la invitacin a entrar en la casa de sus compaeros de viaje y se
sienta a la mesa con ellos, los cuales le ofrecen el puesto de honor. Jess est en el
centro, y ellos a ambos lados. Ellos le miran a l, y l a ellos. Hay intimidad, amistad,
comunidad Entonces sucede algo nuevo, algo apenas perceptible para el ojo no
habituado: Jess es el invitado de sus discpulos, pero, tan pronto como entra en su casa,
se convierte en su anfitrin! Y como anfitrin les invita a entrar en plena comunin con
l.
4. Entrar en comunin
Tomad y comed
Id y predicad