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Con El Corazon en Ascuas - Henri J. M. Nouwen

El ya consagrado autor espiritual contemporáneo HENRI J.M. NOUWEN nos ofrece una profunda y hermosa reflexión sobre el significado de la Eucaristía para nosotros y nuestras comunidades.
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Con El Corazon en Ascuas - Henri J. M. Nouwen

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Con el corazn en ascuas

Meditacin sobre la vida eucarstica

Henri J. M. Nouwen
El ya consagrado autor espiritual contemporneo HENRI J. M. NOUWEN nos
ofrece una profunda y hermosa reflexin sobre el significado de la Eucarista para
nosotros y nuestras comunidades. Mientras que las fuentes originales relatan una
dimensin de la experiencia cristiana, Nouwen descubre que el conocimiento derivado
de reflexiones posteriores ya no basta en un mundo como el nuestro, que cambia tan
rpidamente. Lo que necesitamos es establecer la conexin entre celebrar la Eucarista y
vivir una vida eucarstica.
Con el corazn en ascuas trata de conseguir una comprensin ms amplia de la
Eucarista a travs de la historia de los discpulos que iban a Emas desde Jerusaln tras
la crucifixin (Lc 24,13-35). No saban que viajaban con Cristo resucitado hasta que lo
reconocieron en la fraccin del pan. Maravillados, se dijeron unos a otros: No ardan
nuestros corazones mientras nos hablaba?. Esta historia refleja el orden de la
celebracin eucarstica: acudir juntos con nuestros quebrantos ante Dios, escuchar la
Palabra, profesar nuestra fe, ofrecer el alimento e ir a renovar la faz de la Tierra como
Jess les orden.
Henri J. M. Nouwen nos muestra cmo el acontecimiento de la Eucarista es
intensamente humano y revela lo ms profundo de la experiencia humana: la prdida y
la tristeza, la atencin y la invitacin, la intimidad y el compromiso.
Para Michael Harank y para todos cuantos viven
y trabajan en la Bethany House of Hospitality,
un hogar de la Catholic Worker en Oakland,
California, para personas sin hogar enfermas de sida.
Agradecimientos

Este libro fue escrito en Chobham, Inglaterra, y en Sacramento, California. Bart


y Patricia Gavigan me ofrecieron su preciosa casa de campo, prxima al centro de
conferencias de Brookplace, y Frank Hamilton me permiti usar su acogedora casa en
la Base de las Fuerzas Areas en Beale. Les estoy profundamente agradecido, no slo
por comprender mi necesidad de un lugar tranquilo, sino tambin, y sobre todo, por su
amistad y su apoyo.
Mi agradecimiento especial a Kathy Christie y Conrad Wieczorek por su
competente ayuda en la realizacin material de esta obra; a Sue Mosteller y Douglas
Wiebe por sus acertados comentarios sobre el primer borrador; y a mi editor, Robert
Ellsberg, por su apoyo personal, sus muchas e interesantes sugerencias y su entusiasmo,
que me ayudaron a llevar a trmino este pequeo libro.
Lo he escrito, simplemente, porque quera hacerlo. Aunque nadie me lo haba
pedido, senta desde haca mucho tiempo la necesidad de trasladar al papel
pensamientos y sentimientos sobre la Eucarista y la vida eucarstica que bullan en mi
mente y en mi corazn. Al ir dando a conocer tales pensamientos y sentimientos en
charlas y conferencias, sent el creciente deseo de plasmarlos por escrito para
ofrecrselos a todos cuantos buscan una espiritualidad arraigada en la Eucarista.
Espero que quienes lean estas pginas encuentren en ellas un nuevo refrigerio en
su camino hacia Dios.
Introduccin

Todos los das celebro la Eucarista. Unas veces en mi parroquia, ante cientos de
personas; otras en la capilla del Amanecer, con los miembros de mi comunidad;
ocasionalmente, en una habitacin de hotel con unos cuantos amigos; y otras veces en el
saln de la casa de mi padre, solos l y yo. Muy pocos das pasan sin que yo diga:
Seor, ten piedad; sin mis lecturas diarias y las correspondientes reflexiones; sin
pronunciar la profesin de fe; sin compartir el cuerpo y la sangre de Cristo; sin una
oracin para que el da sea fructfero y propicio
Sin embargo, no dejo de preguntarme: S lo que estoy haciendo? Saben en qu
estn participando los que se encuentran conmigo alrededor de la mesa? Sucede
realmente algo que influya en nuestra vida diaria, aunque nos resulte tan familiar? Y
qu decir de los que no estn all con nosotros? Saben lo que es la Eucarista, la desean
o, al menos, piensan alguna vez en ella? Qu relacin guarda esta celebracin diaria
con la vida cotidiana de los hombres y mujeres normales y corrientes, estn presentes o
no? Es algo ms que una hermosa ceremonia, un rito consolador o una cmoda rutina?
Y, finalmente, proporciona la Eucarista esa vida que tiene el poder de vencer a la
muerte?
Todas estas preguntas son muy reales para m, y siento una constante necesidad
de responderlas. Y naturalmente que lo he hecho, aunque las respuestas no parecen
tener demasiada consistencia en este mundo en constante cambio. La Eucarista da
sentido a mi existencia en el mundo; pero, a medida que el mundo cambia, sigue la
Eucarista dndole sentido? He ledo sobre la Eucarista muchos libros escritos hace
diez, veinte, treinta y hasta cuarenta aos. Y, aunque todos ellos contienen ideas muy
profundas, ya no me ayudan a experimentar la Eucarista como el centro de mi vida. Las
preguntas de siempre vuelven una y otra vez: cmo puede ser eucarstica toda mi vida
y cmo puede la celebracin diaria de la Eucarista ayudarme a conseguirlo? Tengo que
dar con mi propia respuesta, sin la cual la Eucarista puede no ser ms que una bella
tradicin.
Estas pginas intentan hablarme a m mismo y a mis amigos de la Eucarista y
urdir una red de conexiones entre la celebracin diaria de la Eucarista y nuestra
experiencia diaria como seres humanos. Comenzamos cada celebracin con el corazn
contrito y rezando el Kyrie Eleison. Escuchamos la Palabra las lecturas bblicas y la
homila, profesamos nuestra fe, ofrecemos a Dios los frutos de la tierra y del trabajo
de los hombres y recibimos de Dios el cuerpo y la sangre de Jess, y finalmente somos
enviados al mundo con la tarea de renovar la faz de la tierra. El acontecimiento
eucarstico revela las ms profundas experiencias humanas, como la tristeza, la atencin
a los dems, la invitacin, la intimidad y el compromiso. Resume la vida que estamos
llamados a vivir en el Nombre de Dios. Slo cuando reconocemos la riqusima red de
conexiones entre la Eucarista y nuestra vida en el mundo, puede aqulla ser
mundana, y nuestra vida eucarstica.
Como base de mis reflexiones sobre la Eucarista y la vida eucarstica utilizar la
historia de los dos discpulos que iban camino de Emas y regresaron a Jerusaln. Al ser
una historia que habla de prdida, de presencia, de invitacin, de comunin y de misin,
contiene los cinco principales aspectos de la celebracin eucarstica.
Los cinco aspectos mencionados constituyen en su conjunto una dinmica: la
que consiste en pasar del resentimiento a la gratitud, es decir, de un corazn endurecido
a un corazn agradecido. Mientras que la Eucarista expresa esta dinmica espiritual de
un modo muy sucinto, la vida eucarstica nos invita a experimentarla y afirmarla en
cada instante de nuestra existencia diaria. En estas pginas espero desarrollar los cinco
pasos que van del resentimiento a la gratitud, de tal manera que quede claro que lo que
celebramos y lo que estamos llamados a vivir son, en esencia, una misma cosa.
El camino de Emas

AQUEL mismo da, iban dos de ellos a un pueblo llamado Emas, que distaba
unos once kilmetros de Jerusaln, y conversaban entre s sobre todo lo que haba
pasado. Mientras ellos conversaban y discutan, Jess los alcanz y se puso a caminar
con ellos. Pero estaban incapacitados para reconocerlo. Jess les pregunt: De qu
vais conversando por el camino?.
Ellos se detuvieron con semblante afligido, y uno de ellos, llamado Cleofs, le
dijo: Eres t el nico forastero en Jerusaln que no se ha enterado de lo acaecido
all estos das?. l les pregunt: De qu?. Y le contestaron: De lo de Jess
Nazareno, que era un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el
pueblo; de cmo los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo
condenaran a muerte, y de cmo lo crucificaron. Y nosotros que esperbamos que iba
a ser l el liberador de Israel! Pero, encima, hoy es el tercer da desde que sucedi.
Es verdad que unas mujeres de nuestro grupo nos han alarmado, porque, yendo de
madrugada al sepulcro, y al no encontrar su cadver, volvieron diciendo que haban
tenido una visin de ngeles que les haban dicho que l estaba vivo. Tambin algunos
de los nuestros fueron al sepulcro y lo encontraron como haban contado las mujeres;
pero a l no lo vieron.
Entonces Jess les dijo: Qu necios y torpes para creer lo que anunciaron los
profetas! No tena el Mesas que padecer todo eso para entrar en su gloria?. Y
comenzando por Moiss y siguiendo por todos los profetas, les explic todo lo que se
refera a l en la Escritura.
Cerca ya de la aldea adonde se dirigan, l hizo ademn de seguir adelante;
pero ellos le insistieron diciendo: Qudate con nosotros, que se hace tarde y el da va
ya de cada. Y l entr para quedarse.
Y mientras estaba a la mesa con ellos, tom el pan, pronunci la bendicin, lo
parti y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero l
desapareci de su vista. Y ellos comentaron: No estaba nuestro corazn en ascuas
mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?.
Y, levantndose al momento, se volvieron a Jerusaln, donde encontraron
reunidos a los once con los dems compaeros, que decan: Era verdad: el Seor ha
resucitado y se ha aparecido a Simn!. Ellos, por su parte, contaron lo que les haba
pasado por el camino y cmo lo haban reconocido al partir el pan.

(Lucas 24,13-35)
1. Lamentar la prdida

Seor, ten piedad

Dos personas caminan juntas. Por su manera de andar, se puede ver que no son
felices: la cabeza gacha, los hombros hundidos, el paso cansino Ni siquiera se miran
el uno al otro. De vez en cuando, uno de ellos dice algo, pero sus palabras no van
dirigidas a nadie y se desvanecen en el aire como sonidos intiles. Aunque siguen un
camino ya trazado, no parecen tener ninguna meta. Regresan a su hogar; pero el hogar
ya no es tal hogar. Sencillamente, no tienen otro sitio adonde ir. El hogar se ha
convertido en vaco, desilusin, desesperacin
Apenas pueden imaginar que slo unos aos atrs haban conocido a alguien que
haba cambiado sus vidas; alguien que haba interrumpido radicalmente su rutina diaria
y haba dado una nueva vitalidad a cada parcela de su existencia. Ellos haban
abandonado su aldea para seguir a aquel extrao y a sus amigos, y haban descubierto
toda una nueva realidad oculta tras el velo de sus actividades cotidianas; una realidad en
la que el perdn, la reconciliacin y el amor ya no eran meras palabras, sino fuerzas que
tocaban el centro mismo de su humanidad. El extrao de Nazaret lo haba hecho todo
nuevo: les haba convertido en personas para las que el mundo ya no era una carga, sino
un desafo; ya no era un campo de minas, sino un lugar de infinitas posibilidades. Haba
trado paz y alegra a su experiencia cotidiana. Haba convertido su vida en una danza!
Pero ahora haba muerto. Su cuerpo, que irradiaba luz, haba sido destrozado por
las manos de sus torturadores. Sus miembros haban sido descoyuntados por los
instrumentos de la violencia y el odio, sus ojos se haban convertido en cuencas vacas,
sus manos haban perdido la fuerza, y sus pies la firmeza. Se haba convertido en un
don nadie de tantos. Todo haba quedado en nada Le haban perdido; pero no slo
a l, sino que, juntamente con l, se haban perdido a s mismos. La energa que haba
llenado sus das y sus noches les haba abandonado por completo. Se haban convertido
en dos seres humanos perdidos que caminaban hacia su hogar sin tener hogar, que
regresaban hacia lo que se haba transformado en un triste y oscuro recuerdo.
En muchos aspectos, nosotros somos como ellos. Y lo comprendemos cuando
nos atrevemos a mirar en el centro mismo de nuestro ser y descubrimos nuestro
extravo: no estamos tambin nosotros perdidos?
Si hay una palabra que resuma nuestro dolor, es la palabra prdida. Hemos
perdido tanto! A veces parece incluso que la vida no es ms que una interminable
serie de prdidas. Cuando nacemos, perdemos la segura proteccin del seno materno;
cuando empezamos a ir a la escuela, perdemos la tranquila seguridad de la vida familiar;
cuando conseguimos nuestro primer trabajo, perdemos la libertad de la juventud;
cuando contraemos el matrimonio o las rdenes sagradas, perdemos otra serie de
posibilidades y opciones; y cuando envejecemos, perdemos nuestra buen aspecto, a
nuestros viejos amigos y nuestro prestigio profesional. Cuando enfermamos o nos
debilitamos, perdemos nuestra independencia fsica; y cuando morimos lo perdemos
todo! Y estas prdidas forman parte de nuestra vida ordinaria! Pero quin tiene una
vida ordinaria? De hecho, las prdidas que se instalan profundamente en nuestros
corazones y en nuestras mentes son la prdida de la intimidad por culpa de la
separacin; la prdida de la seguridad por culpa de la violencia; la prdida de la
inocencia por culpa del abuso; la prdida de la amistad por culpa de la traicin; la
prdida del amor por culpa del abandono; la prdida del hogar por culpa de la guerra; la
prdida del bienestar por culpa del hambre, el calor o el fro; la prdida de los hijos por
culpa de una enfermedad o un accidente; la prdida del pas por culpa de una revuelta
poltica; la prdida de la vida por culpa de un terremoto, una inundacin, un accidente
areo, un acto terrorista o una enfermedad
Quiz muchas de estas prdidas nos parezcan lejanas a la mayora de nosotros,
que tal vez nos enteramos de ellas a travs de la prensa y la televisin; pero nadie puede
escapar a las angustiosas prdidas que forman parte de nuestra existencia diaria: la
prdida de nuestros sueos. Durante mucho tiempo nos habamos credo personas
afortunadas, apreciadas y profundamente queridas; habamos aspirado a vivir una vida
de generosidad, servicio y abnegacin; nos habamos propuesto ser compasivos, atentos
y benvolos; habamos soado con ser personas conciliadoras y pacificadoras Pero de
algn modo ni siquiera estamos seguros de cmo ocurri perdimos estos sueos
y resultamos ser personas preocupadas, angustiadas, aferradas a lo poco que tenamos e
incapaces de hablar con los dems de otra cosa que no fueran los escndalos polticos,
sociales y eclesiales de cada da. Esta prdida de espritu es muchas veces la prdida
ms difcil de reconocer y de confesar.
Pero, por encima de cualesquiera otras prdidas, est la prdida de la fe: la
prdida del convencimiento de que nuestra vida tiene sentido. Durante un tiempo
fuimos capaces de sobrellevar nuestras prdidas e incluso de afrontarlas con entereza y
perseverancia, porque las experimentbamos como prdidas que acabaran
acercndonos a Dios. El dolor y el sufrimiento eran soportables porque los
considerbamos como un medio de poner a prueba nuestra fuerza de voluntad y hacer
ms profunda nuestra conviccin.
Pero, a medida que envejecemos, descubrimos que lo que nos sirvi de apoyo
durante tantos aos la oracin, el culto, los sacramentos, la vida comunitaria y la clara
conciencia de ser guiados por el amor de Dios ha perdido su utilidad para nosotros.
Las ideas acariciadas durante tanto tiempo, las mortificaciones pacientemente
practicadas y las formas tradicionalmente reconocidas de celebrar la vida ya no
calientan nuestro espritu, y ya no comprendemos cmo ni por qu nos sentamos tan
motivados. Recordamos los tiempos en los que Jess era tan real para nosotros que ni
siquiera nos cuestionbamos su presencia en nuestras vidas. l era nuestro ms ntimo
amigo, nuestro consejero y nuestro gua; l nos proporcionaba consuelo, valor y
confianza. Podamos hasta sentirlo, gustarlo y tocarlo Y ahora? Ahora ya no
pensamos demasiado en l; ya no estamos deseosos de pasar largas horas en su
presencia; ya no experimentamos ese sentimiento especial hacia l. Incluso nos
preguntamos si ser algo ms que un personaje de un libro de cuentos. Muchos de
nuestros amigos se ren de l, se burlan de su nombre o, simplemente, le ignoran. Poco a
poco, hemos llegado a la conclusin de que tambin para nosotros se ha convertido en
un extrao De algn modo, lo hemos perdido.
No pretendo sugerir que todas estas prdidas nos afecten a todos y cada uno de
nosotros. Pero, a medida que caminamos juntos y nos escuchamos unos a otros, no
tardamos en descubrir que muchas de ellas, si no la mayora, forman parte del camino,
el nuestro o el de nuestros compaeros.
Qu hacemos con nuestras prdidas? (sta es la primera pregunta que hemos de
afrontar): tratamos de ignorarlas?; seguimos viviendo como si no fueran reales?; se
las ocultamos a quienes nos acompaan en el camino?; tratamos de convencer a los
dems o a nosotros mismos de que nuestras prdidas son poca cosa en comparacin con
nuestras ganancias?; culpamos a alguien de ellas? La verdad es que algo de eso
hacemos casi siempre, aunque tenemos otra posibilidad: lamentarlo. S, debemos
lamentar nuestras prdidas. No podemos impedirlas por ms que hagamos o hablemos,
pero s podemos verter lgrimas y afligirnos por ellas. Una afliccin que consiste en
permitir que nuestras prdidas nos arrebaten la sensacin de proteccin y seguridad y
nos conduzcan a la dolorosa verdad de nuestra imperfeccin. La afliccin nos hace
experimentar el abismo de nuestra propia vida, en la que nada est establecido ni hay
nada claro y evidente, sino que todo est movindose y cambiando constantemente.
Y al sentir el dolor de nuestras prdidas, nuestros corazones afligidos nos hacen
abrir los ojos interiores a un mundo en el que se sufren prdidas que exceden con
mucho nuestro reducido mundo de la familia, los amigos y los colegas. Es el mundo de
los presos, los refugiados, los enfermos de sida, los nios que mueren de hambre y los
innumerables seres humanos que viven atenazados por el miedo. Entonces el dolor de
nuestros gimoteantes corazones nos conecta con el llanto y los gemidos de una
humanidad que sufre. Y nuestro lamento se hace an mayor que nosotros mismos.
Pero en medio de todo ese dolor se alza una voz realmente extraa, llamativa y
sorprendente. Es la voz del que dice: Dichosos los que lloran, porque ellos sern
consolados. sta es la inesperada noticia: nuestra afliccin encierra una bendicin
oculta. No son objeto de bendicin los que consuelan, sino los que sufren! De algn
modo, a pesar de nuestras lgrimas, hay un regalo escondido. De algn modo, a pesar de
nuestros lamentos, se dan los primeros pasos de la danza. De algn modo, el dolor que
nos ocasionan nuestras prdidas es parte de nuestros cantos de agradecimiento.
Llegamos a la Eucarista con el corazn roto por muchas prdidas, las nuestras y
las del mundo. Como los dos discpulos que caminaban de regreso a su aldea, decimos:
Nosotros esperbamos, pero hemos perdido la esperanza, y en su lugar han
sobrevenido la tortura y la muerte. Nuestras cabezas ya no pueden mantenerse erguidas
y mirando al frente, sino abatidas por el desnimo e inclinadas hacia el suelo.
As es como se inicia el viaje. La cuestin es si nuestras prdidas dan lugar en
nosotros al resentimiento o al agradecimiento. Y lo cierto es que muchos optan por lo
primero. Cuando uno se ve sacudido por una prdida tras otra, es muy fcil convertirse
en una persona desilusionada, airada, amargada y cada vez ms resentida. Cuanto ms
viejos nos hacemos, tanto ms fuerte es la tentacin de decir: La vida me ha engaado;
ya no hay para m futuro ni motivo alguno de esperanza; lo nico que me queda es
defender lo poco que tengo, para no perderlo todo.
El resentimiento es una de las fuerzas ms destructivas que hay en la vida. Es
una fra ira que se instala en el centro mismo de nuestro ser y endurece nuestros
corazones, pudiendo llegar a convertirse en una forma de vida que impregne de tal
modo nuestras palabras y nuestras obras que ya no lo reconozcamos como tal.
Muchas veces me pregunto cmo sera mi vida si no hubiera ningn
resentimiento en mi corazn. Estoy tan acostumbrado a hablar de las personas que no
me gustan, a recordar cosas que me han hecho dao y a actuar con recelo y con temor,
que ya no s cmo sera mi vida si no hubiera en ella nada de lo que quejarme ni nadie a
quien culpar. Mi corazn tiene an muchos rincones que esconden mis resentimientos, y
me pregunto si de veras querra vivir sin ellos. Qu hara yo sin esos resentimientos?
Por otra parte, hay muchos momentos en la vida en los que tengo la oportunidad de
alimentarlos: antes incluso de desayunar, ya me he visto asaltado por sentimientos de
sospecha y de envidia y por pensamientos sobre personas a las que prefiero evitar, y ya
he hecho pequeos planes para vivir ese da a la defensiva.
Me pregunto si hay alguien que no albergue algn tipo de resentimientos. Y es
que el resentimiento es una reaccin tan obvia ante muchas de nuestras prdidas Lo
malo, no obstante, es la presencia, en el interior mismo de la Iglesia, de muchos
resentimientos, que constituyen uno de los aspectos ms paralizadores de la comunidad
cristiana.
Sin embargo, la Eucarista presenta otra alternativa: la posibilidad de optar, no
por el resentimiento, sino por el agradecimiento. Lamentar nuestras prdidas es el
primer paso para pasar del resentimiento al agradecimiento. Las lgrimas producidas
por nuestra afliccin pueden ablandar nuestros endurecidos corazones y abrirnos a la
posibilidad de dar gracias.
La palabra Eucarista significa, literalmente, accin de gracias. Celebrar la
Eucarista y vivir una vida eucarstica tiene muchsimo que ver con el agradecimiento.
Vivir eucarsticamente es vivir la vida como un don, como un regalo por el que uno est
agradecido. Pero el agradecimiento no es la respuesta ms obvia a la vida, sobre todo
cuando experimentamos sta como una serie de prdidas. Sin embargo, l gran misterio
que celebramos en la Eucarista y que vivimos en una vida eucarstica consiste
precisamente en que, a travs del dolor por nuestras prdidas, llegamos a experimentar
la vida como un don. La belleza y el valor inmenso de la vida estn ntimamente
relacionados con su fragilidad y su caducidad, como podemos experimentar cada da al
tomar una flor en nuestras manos, al contemplar el vuelo de una mariposa o al acariciar
a un beb: su fragilidad y su precariedad son evidentes, y nuestro gozo guarda relacin
con ambas.
Comenzamos cada una de nuestras eucaristas suplicando la misericordia de
Dios. Probablemente, no hay en la historia del cristianismo otra oracin tan frecuente e
ntimamente repetida como la splica: Seor, ten piedad, con la que no slo se inician
las liturgias eucarsticas de Occidente, sino que resuena tambin constantemente en las
liturgias orientales. Seor, ten piedad, Kyrie Eleison, Gospody Pomiloe Es el
grito del pueblo de Dios, el clamor de todos los contritos de corazn.
Pero slo es posible articular este grito cuando estamos dispuestos a confesar
que de algn modo nosotros mismos tenemos algo que ver con nuestras prdidas. Pedir
misericordia significa reconocer que el culpar de nuestras prdidas a Dios, al mundo o a
los dems no responde plenamente a lo que de verdad somos. Por de pronto, estamos
dispuestos a asumir la responsabilidad incluso por el dolor que no hemos causado
nosotros directamente; la acusacin se convierte en reconocimiento del papel que
desempeamos en la imperfeccin humana. La peticin de la misericordia de Dios brota
de un corazn que sabe que esa imperfeccin humana no es una condicin fatal de la
que somos tristes vctimas, sino el fruto amargo de la decisin humana de decir no al
amor. Los discpulos que regresaban a Emas estaban tristes porque haban perdido a
aquel en quien haban puesto toda su esperanza, pero tambin eran plenamente
conscientes de que eran sus propios dirigentes quienes lo haban crucificado. De algn
modo, saban que su afliccin estaba relacionada con el mal; un mal que ellos podan
reconocer en sus propios corazones.
Celebrar la Eucarista exige de nosotros vivir en este mundo aceptando nuestra
corresponsabilidad por el mal que nos rodea y nos invade. Mientras sigamos empeados
en quejarnos de los difciles tiempos que nos ha tocado vivir, de las terribles situaciones
que tenemos que aguantar y del insoportable destino que hemos de afrontar, jams
podremos llegar a la contricin, que slo puede proceder de un corazn contrito.
Cuando nuestras prdidas son mero fruto del destino, nuestras ganancias son mero
producto de la suerte. El destino no conduce a la contricin, ni la suerte al
agradecimiento.
De hecho, tanto nuestros conflictos personales como los conflictos a escala
regional, nacional o mundial son nuestros conflictos, y slo podemos superarlos
reivindicando nuestra responsabilidad respecto de ellos y optando por una vida de
perdn, de paz y de amor.
El Kyrie Eleison Seor, ten piedad debe brotar de un corazn contrito. En
contraste con un corazn endurecido, un corazn contrito es un corazn que no acusa,
sino que reconoce su propia parte de culpa en el pecado del mundo y que, por eso
mismo, est preparado para recibir la misericordia de Dios.
Recuerdo que, en el transcurso de un programa religioso de la televisin
holandesa, el locutor, mientras verta agua sobre una porcin de tierra seca y rida,
deca: Fijaos cmo la tierra no puede recibir el agua y cmo no puede germinar semilla
alguna. Luego, tras desmenuzar la tierra con sus manos y volver a verter agua sobre
ella, dijo: Slo la tierra roturada puede recibir el agua y hacer germinar la semilla y dar
fruto.
Cuando vi aquello, comprend lo que significaba comenzar la Eucarista con un
corazn contrito, con un corazn roto y permeable al agua de la gracia de Dios.
Pero cmo es posible comenzar una celebracin de accin de gracias con un
corazn roto?; acaso no nos paraliza el reconocimiento de nuestra condicin pecadora
y la conciencia de nuestra corresponsabilidad en el mal del mundo?; no debilita
demasiado el confesar sinceramente los propios pecados? Por supuesto que s. Pero no
es posible afrontar pecado alguno sin algn conocimiento de la gracia. No podemos
lamentar ninguna prdida sin una cierta intuicin de que vamos a encontrar nueva vida.
Cuando los discpulos que regresaban a Emas contaron al desconocido la
historia de su inmensa prdida, tambin le refirieron la extraa historia de las mujeres
que haban encontrado la tumba vaca y haban visto a unos ngeles. Pero estaban
escpticos y llenos de dudas: no le haban crucificado unos das antes?; no haba
llegado todo al final?; no haba acabado triunfando el mal? A qu venan entonces
aquellas mujeres con el cuento de que estaba vivo?; quin poda tomarse en serio
semejante cosa? Pero de nuevo tuvieron que decir: Algunos de los nuestros fueron al
sepulcro y lo encontraron como haban contado las mujeres; pero a l no lo vieron.
As es como solemos acercarnos a la Eucarista: con una extraa mezcla de
desesperacin y de esperanza. Al fijarnos en nuestra propia vida y en la de quienes nos
rodean, una parte de nosotros deseara decir: Olvidmoslo.
Se acab. Por supuesto que anhelamos un mundo mejor, ansiamos una nueva
comunidad de amor y soamos con un tiempo en el que todos pudiramos vivir en paz y
armona Pero hemos de admitir la verdad: ahora sabemos que todo eso no es ms que
una ilusin. Nuestra incapacidad para cambiar de carcter y de costumbres, nuestras
envidias y resentimientos, nuestros accesos de ira y de venganza, nuestra violencia
incontrolable, las infinitas muestras de crueldad humana, los crmenes, la tortura, las
guerras, la explotacin: todo eso nos ha hecho ver la amarga verdad de que nuestra
ingenua y fresca esperanza ha sido crucificada.
Y, sin embargo, las otras historias estn y seguirn estando ah: historias de
personas que lo vieron de diferente manera; historias de gestos de perdn y
reconciliacin; historias de bondad, belleza y verdad Y cuando entramos de veras en
lo ms hondo de nuestro corazn, constatamos que, por debajo de nuestro escepticismo
y nuestro cinismo, hay un ansia de amor, de unidad y de comunin que no desaparece a
pesar de los innumerables argumentos para desecharla como una reminiscencia
sentimental de la infancia.
Seor, ten piedad; Seor, ten piedad; Seor ten piedad: he ah la oracin
que no deja de brotar de lo ms profundo de nuestro ser y atravesar el muro de nuestro
cinismo. S, somos pecadores, y pecadores sin remedio; todo est perdido, y ya no
queda nada de nuestros sueos y nuestras esperanzas. Sin embargo, se oye una voz:
Mi gracia te basta!; y de nuevo clamamos por la curacin de nuestros cnicos
corazones y nos atrevemos a creer que, en medio de nuestros lamentos, podemos
verdaderamente encontrar un don por el que estar agradecidos.
Pero para hacer este descubrimiento necesitamos un compaero muy especial
2. Discernir la Presencia

Es Palabra de Dios!

MIENTRAS los dos viajeros caminan hacia su casa lamentando lo que han
perdido, Jess se acerca y se pone a caminar junto a ellos; pero sus ojos son incapaces
de reconocerlo. De pronto, ya no hay dos, sino tres personas caminando, y todo resulta
diferente. Los dos amigos ya no miran al suelo, sino a los ojos del extrao que se les ha
unido y les pregunta: De qu vais conversando por el camino?. La sorpresa y hasta
la irritacin son inevitables: Eres t el nico forastero en Jerusaln que no se ha
enterado de lo acaecido all estos das?. A lo cual sigue el relato de una prdida, la
historia de la desconcertante noticia sobre una tumba vaca. Al menos hay alguien que
escucha, alguien deseoso de or sus palabras de desilusin, de tristeza y de absoluto
desconcierto. Nada parece tener sentido; pero es mejor contrselo a un extrao que
repetirse uno a otro los hechos por ambos conocidos.
Entonces ocurre algo nuevo: el desconocido empieza a hablar, y sus palabras
piden una especial atencin. l les ha escuchado a ellos; ahora son ellos los que le
escuchan a l, cuyas palabras son sumamente claras y directas. Habla de cosas que ellos
ya conocen, de su largo pasado y de todo lo acaecido durante siglos antes de que ellos
nacieran: la historia de Moiss, que condujo a su pueblo a la libertad, y la historia de los
profetas, que conminaron a su pueblo a no perder una libertad tan ardua y costosamente
obtenida. Era una historia absolutamente conocida, pero que les sonaba como si la
escucharan por primera vez.
La diferencia estriba en el narrador: un desconocido que surge de Dios sabe
dnde y que, sin embargo, relata la archisabida historia con una conviccin y una
autoridad inusitadas. La prdida, el dolor, la culpa, el miedo, las fugaces esperanzas y
las muchas preguntas sin respuesta que porfiaban por ganarse la atencin de sus
desasosegadas mentes: todo eso ha sido recogido por aquel desconocido e insertado
en el contexto de una historia mucho ms amplia que la de ellos. Lo que pareca tan
confuso ha empezado a ofrecer nuevos horizontes; lo que pareca tan opresivo ha
empezado a ser liberador; lo que pareca tan extremadamente triste ha empezado a
adoptar un carcter gozoso. A medida que l les habla, ellos van comprendiendo que sus
pequeas vidas no son tan pequeas como haban credo, sino que forman parte de un
gran misterio que no slo incluye a las innumerables generaciones pasadas, sino que
trasciende los lmites del tiempo y se extiende a la eternidad.
El desconocido no ha dicho que no hubiera razn para estar tristes, sino que su
tristeza formaba parte de una tristeza mayor, en la que se ocultaba la alegra. El
desconocido no ha dicho que la muerte que ellos lamentaban no fuera real, sino que era
una muerte que daba paso a una mayor vida, a una vida verdadera. El desconocido no ha
dicho que no hubieran perdido a un amigo que les haba dado un nuevo coraje y una
nueva esperanza, sino que esta prdida iba a hacer posible una relacin muy superior a
la de cualquier amistad de la que jams hubieran gozado. El desconocido nunca ha
negado lo que ellos le haban contado; al contrario, lo ha afirmado como parte de un
acontecimiento mucho ms amplio en el que se les ha permitido interpretar un papel
nico.
Aun as, no se ha tratado de una conversacin tranquilizadora. El desconocido se
ha mostrado enrgico, directo y nada sentimental. No ha tratado de ofrecer un consuelo
fcil. Incluso pareca tratar de reforzar sus lamentos con una verdad que quiz ellos
hubieran preferido no conocer. A fin de cuentas, lamentarse continuamente es ms fcil
que afrontar la realidad. Pero al desconocido no pareca preocuparle en lo ms mnimo
el echar abajo sus defensas e invitarles a superar su estrechez de mente y de corazn.
Qu necios y torpes para creer!, les dijo. Y estas palabras les debieron de
llegar al alma a los dos discpulos. Necio es una palabra dura, una palabra que nos
ofende y nos hace ponernos a la defensiva; pero es tambin una palabra capaz de
atravesar nuestra coraza de miedo y timidez y hacernos comprender de un modo
totalmente distinto lo que es ser humano. Es una llamada a despertar, a quitarnos la
venda de los ojos, a derribar nuestros intiles dispositivos protectores. Necios, es que
no veis, no os, no sabis? Habis estado contemplando un pequeo arbusto sin daros
cuenta de que estabais en lo alto de una montaa que os ofreca una visin panormica
del mundo. Habis estado fijndoos en un obstculo sin considerar que haba sido
puesto ah para ensearos el camino correcto. Habis estado lamentando vuestra prdida
sin daros cuenta de que sta no tena ms sentido que el de disponeros a recibir el regalo
de la vida.
El desconocido tuvo que llamarles necios para hacerles ver. Y de qu se
trataba? De confiar. Ellos no confiaban en que su experiencia fuera algo ms que la
experiencia de una prdida irremediable. No confiaban en que pudieran hacer algo ms
que regresar a casa y reiniciar de nuevo su antigua forma de vida. Qu necios y torpes
para creer!. Torpes para creer; torpes para confiar en que las cosas son algo ms que
su apariencia; torpes para elevarse por encima de sus interminables quejas y descubrir la
amplsima gama de nuevas posibilidades; torpes para ir ms all del dolor del momento
y verlo como parte de un proceso de curacin mucho ms amplio.
Esta torpeza no es una torpeza inocua, porque puede atraparnos en nuestras
intiles lamentaciones y en nuestra estrechez de mente. Es la torpeza que puede
impedirnos descubrir el paisaje en que vivimos. En este sentido, podemos
perfectamente llegar al final de nuestras vidas sin ni siquiera saber quines somos ni lo
que estamos llamados a ser. La vida es breve, y no podemos esperar que lo poco que
vemos, omos y experimentamos nos revele la totalidad de nuestra existencia. Somos
demasiado cortos de vista y duros de odo para ello. Alguien tiene que abrir nuestros
ojos y nuestros odos y ayudarnos a descubrir lo que est ms all de nuestra
percepcin. Alguien tiene que hacer arder nuestro corazn!
Jess se une a nosotros, mientras caminamos llenos de tristeza, y nos explica las
Escrituras. Pero no sabemos que es Jess. Pensamos que es un extrao que sabe menos
an que nosotros sobre lo que ocurre en nuestras vidas. Y, sin embargo, algo sabemos,
algo sentimos, algo intuimos: que nuestros corazones empiezan a arder. En el
momento mismo en que l est con nosotros, no entendemos del todo lo que est
ocurriendo ni podemos hablar de ello entre nosotros. Ms tarde, mucho ms tarde,
cuando todo ha terminado, quiz podamos decir: No estaba nuestro corazn en ascuas
mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?. Pero cuando l
camina con nosotros, todo resulta demasiado ntimo como para que podamos
reflexionar.
Es con esta misteriosa presencia con la que quiere ponernos en contacto el
servicio de la Palabra durante cada Eucarista, y es esta misma presencia misteriosa la
que se nos revela constantemente cuando vivimos nuestra vida eucarsticamente. Las
lecturas del Antiguo y del Nuevo Testamento y la consiguiente homila estn destinadas
a hacernos discernir su presencia mientras nos acompaa en nuestra tristeza. Cada da
hay diferentes lecturas; cada da hay una palabra diferente de explicacin o de
exhortacin; cada da nos acompaan unas palabras. No podemos vivir sin las palabras
que vienen de Dios, palabras que nos arrancan de nuestra tristeza y nos elevan a un
lugar desde el que podemos descubrir que estamos verdaderamente vivos.
Conviene saber que, aunque estas palabras, ledas o habladas, son para
informarnos, instruimos o inspiramos, su primera finalidad es hacemos presente a Jess.
A lo largo del camino, Jess nos explica aquellos pasajes que tratan de l. Tanto si
leemos el libro del xodo como si leemos los Salmos, los Profetas o los Evangelios,
todos ellos no tienen ms finalidad que hacer arder nuestros corazones. La presencia
eucarstica es, ante todo, una presencia a travs de la palabra. Sin esta presencia no
podremos reconocer la presencia de Jess en la fraccin del pan.
Vivimos en un mundo en el que las palabras apenas tienen valor. Las palabras
nos inundan: anuncios, vallas publicitarias y seales de trfico, octavillas, folletos,
libros, pizarras, proyectores, mapas, pantallas, noticiarios Las palabras se mueven,
fluyen, van de aqu para all, se hacen ms grandes, ms brillantes, ms gruesas Se
nos presentan en todos los tamaos y colores, pero al final decimos: Bueno, no son
ms que palabras. Han crecido en nmero, pero han decrecido en valor; un valor que
parece ser, ante todo, informativo: las palabras nos informan; necesitamos palabras para
saber qu hacer y cmo hacerlo, adonde ir y cmo llegar.
No es de extraar, por tanto, que las palabras de la Eucarista las escuchemos
fundamentalmente como palabras que nos informan, que nos cuentan una historia, nos
instruyen, nos advierten Y como la mayora de nosotros las hemos odo antes, esas
palabras rara vez nos impresionan. A menudo les prestamos muy poca atencin, porque
se han convertido en algo demasiado conocido. No esperamos que nos sorprendan o nos
afecten, y las escuchamos como si se tratara de la misma vieja historia de siempre, ya
se trate de una lectura o de una homila.
Lo malo es que la palabra pierde entonces su carcter sacramental. La Palabra de
Dios es sacramental; lo cual significa que es sagrada y que, como tal, hace presente lo
que expresa. Mientras Jess hablaba por el camino a los abatidos viajeros y les
explicaba las palabras que en las Escrituras se referan a l, ellos sintieron cmo sus
corazones comenzaban a arder, es decir, experimentaron su presencia. Al hablar sobre s
mismo, se hizo presente a ellos. Con sus palabras logr mucho ms que hacerles pensar
en l, instruirlos acerca de l o inspirarles con su recuerdo. A travs de sus palabras se
les hizo realmente presente. Esto es lo que queremos decir al hablar del carcter
sacramental de la palabra. La palabra crea lo que expresa. Y la Palabra de Dios es
siempre sacramental. En el libro del Gnesis se nos dice que Dios cre el mundo, pero
en la Carta a los Hebreos el trmino empleado para hablar y crear es el mismo.
Traducido literalmente, dice: Dios habl la luz, y la luz existi. Para Dios, hablar es
crear. Cuando decimos que la Palabra de Dios es sagrada, queremos decir que est llena
de su presencia. En el camino de Emas, Jess se hizo presente a travs de su palabra, y
fue esa presencia la que transform la tristeza en alegra, y el llanto en danza. Y eso
mismo sucede en cada Eucarista. La palabra leda y hablada pretende llevarnos a la
presencia de Dios y transformar nuestras mentes y nuestros corazones. Muchas veces
pensamos en la palabra como una exhortacin a salir de nosotros y a cambiar nuestras
vidas. Pero todo el poder de la palabra radica, no en cmo la apliquemos a nuestras
vidas despus de haberla odo, sino en su capacidad de transformacin, que realiza su
obra divina mientras escuchamos.
Los Evangelios estn llenos de ejemplos de la presencia de Dios en el mundo.
Personalmente, a m siempre me ha emocionado la historia de Jess en la sinagoga de
Nazaret, donde ley el siguiente texto de Isaas:
El Espritu del Seor est sobre m, porque me ha ungido.
Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva, a proclamar la
liberacin a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos, y
proclamar un ao de gracia del Seor.

(Lucas 4,18-19)

Despus de leer estas palabras, Jess dijo: Esta Escritura que acabis de or se
ha cumplido hoy. De pronto, queda perfectamente claro que los pobres, los cautivos,
los ciegos, y los oprimidos no son seres que anden por ah, fuera de la sinagoga, y que
algn da habrn de ser liberados, sino que son las personas que estn escuchando en ese
momento. Y es en esa escucha donde Dios se hace presente y sana.
La Palabra de Dios no es una palabra que debamos aplicar a nuestra vida diaria
algn lejano da; es una palabra que nos sana en y a travs de nuestra escucha, aqu y
ahora.
Lo que hemos de preguntarnos, por lo tanto, es: Cmo viene Dios a m mientras
escucho la palabra? Cmo puedo discernir que la mano sanadora de Dios llega a m a
travs de la palabra? Cmo se transforman en este preciso momento mi tristeza, mi
afliccin y mi llanto? Siento cmo el fuego del amor de Dios purifica mi corazn y me
da nueva vida? Estas preguntas me llevan al sacramento de la palabra, el lugar sagrado
de la presencia real de Dios.
A primera vista, puede que esto suene bastante novedoso para quien que vive en
una sociedad en la que el principal valor de la palabra es su aplicabilidad. Pero la
mayora de nosotros ya sabemos, generalmente de manera inconsciente, del poder
curativo y el poder destructor de la palabra hablada. Cuando alguien me dice: Te
quiero o te odio, no slo recibo una informacin til. Esas palabras hacen algo en
m. Hacen que mi sangre se altere, que mi corazn lata ms deprisa, que mi respiracin
se acelere Me hacen sentir y pensar de manera diferente. Me elevan a una nueva
forma de ser y me dan un nuevo conocimiento de m mismo. Estas palabras tienen el
poder de sanarme o de destruirme.
Cuando Jess se une a nosotros en el camino y nos explica las Escrituras,
debemos escucharle con todo nuestro ser, confiando en que la palabra que nos cre
tambin habr de sanarnos. Dios desea hacrsenos presente y, de ese modo, transformar
radicalmente nuestros medrosos corazones.
El carcter sacramental de la palabra hace a Dios presente, no slo como una
presencia personal e ntima, sino tambin como una presencia que nos asigna un lugar
en la gran historia de la salvacin. El Dios que se hace presente no es slo el Dios de
nuestro corazn, sino tambin el Dios de Abraham y Sara, de Isaac y de Rebeca, d
Jacob y de La; el Dios de Isaas y de Jeremas; el Dios de David y de Salomn; el Dios
de Pedro y de Pablo, de Francisco de Ass y de Dorothy Day: el Dios cuyo amor, que
abarca el mundo entero, se nos revela en Jess, nuestro compaero de viaje.
La palabra de la Eucarista nos convierte en parte de la gran historia de nuestra
salvacin. Nuestras pequeas historias son integradas en la gran historia de Dios, en la
que se les asigna un lugar nico. La palabra nos eleva por encima de nuestra
mediocridad y nos hace ver que nuestra vulgar vida diaria es, de hecho, una vida
sagrada que desempea un papel esencial en el cumplimiento de las promesas de Dios.
La palabra escrita y hablada de la Eucarista nos permite decir con Mara: l ha mirado
la humillacin de su sierva. Por eso, desde ahora todas las generaciones me llamarn
bienaventurada, porque el Todopoderoso ha hecho obras grandes por m acordndose
de su misericordia, segn lo que haba prometido a nuestros padres, a Abraham y a su
descendencia, para siempre.
Ahora vemos que la Eucarista, tal como la celebramos en la sagrada liturgia,
nos llama a una vida eucarstica, a una vida en la que seamos continuamente conscientes
de nuestro papel en la historia sagrada de la presencia redentora de Dios a travs de
todas las generaciones. La gran tentacin que nos acecha consiste en negar nuestro
papel de pueblo elegido, permitiendo quedar atrapados en las preocupaciones de la vida
diaria. Sin la palabra, que no deja de elevarnos a la categora de personas escogidas por
Dios, nos quedamos o nos convertimos en pequeas y pobres personas atrapadas en la
miserable y dolorosa lucha diaria por sobrevivir. Sin la palabra que hace arder nuestros
corazones, no podemos hacer mucho ms que regresar a casa, resignados ante el triste
hecho de que no hay nada nuevo bajo el sol. Sin la palabra, nuestra vida apenas tiene
sentido, vitalidad ni energa. Sin la palabra no pasamos de ser personas insignificantes
con inquietudes insignificantes, que viven una vida insignificante y mueren una muerte
no menos insignificante. Sin la palabra, tal vez lleguemos a ser objeto de inters
periodstico por un par de das, pero no habr generaciones que nos llamen
bienaventurados. Sin la palabra, nuestros espordicos dolores y tristezas pueden
extinguir el Espritu dentro de nosotros y hacernos vctimas de la amargura y del
resentimiento.
Necesitamos la palabra hablada y explicada por el que se une a nosotros en el
camino y nos hace conocer su presencia, una presencia discernida ante todo en nuestros
corazones en ascuas. Es esta presencia la que nos da el valor necesario para liberarnos
de nuestra dureza de corazn y ser agradecidos. Y como personas agradecidas,
podremos invitar a la intimidad de nuestro hogar a aquel que ha hecho arder nuestros
corazones.
3. Invitar al Desconocido

Yo creo

A medida que escuchan al desconocido, algo cambia en los dos tristes viajeros.
No slo sienten que una nueva esperanza y una nueva alegra invaden lo ms profundo
de su ser, sino que su caminar se ha hecho menos vacilante. El desconocido ha dado un
nuevo sentido a su marcha. Ir a casa ya no significa regresar al nico lugar posible.
La casa se ha convertido en algo ms que un refugio necesario, en algo ms que un
lugar en el que quedarse mientras no sepan qu otra cosa pueden hacer. El desconocido
ha dado a su viaje un nuevo significado. Su casa vaca se ha convertido en lugar de
acogida, en lugar donde recibir invitados, en lugar donde proseguir la conversacin que
tan inesperadamente haban iniciado.
Cuando no haces ms que sentir lo que has perdido, entonces todo a tu alrededor
habla de ello. Los rboles, las flores, las nubes, las colinas y los valles: todo refleja tu
tristeza; todo llora contigo. Cuando tu amigo ms querido ha muerto, toda la naturaleza
habla de l. El viento susurra su nombre; las ramas, cargadas de hojas, lloran por l; y
las dalias y los rododendros ofrecen sus ptalos para cubrir su cuerpo. Pero cuando
caminas con alguien a tu lado, abriendo tu corazn a la misteriosa verdad de que la
muerte de tu amigo no ha sido slo un final, sino tambin un nuevo comienzo; ni slo
una cruel broma del destino, sino el camino que hay que recorrer necesariamente para
acceder a la libertad; ni slo una horrenda y maldita destruccin, sino un sufrimiento
que conduce a la gloria, entonces puedes discernir, poco a poco, una nueva cancin
que resuena en toda la creacin, y el ir a casa responde al ms profundo deseo de tu
corazn.
De todas las palabras que dijo el desconocido, hay una que permanece en la
mente de los viajeros: Gloria. No tena el Mesas, haba dicho el desconocido,
que padecer todo eso para entrar en su gloria?. Sus corazones y sus mentes estaban
todava ocupados por las imgenes de muerte y destruccin. Y de pronto suena la
palabra Gloria, que no pareca encajar con todo lo ocurrido y que, sin embargo,
pronunciada por el desconocido, hizo arder sus corazones y les permiti contemplar lo
que hasta entonces no haban sido capaces de percibir. Era como si nicamente hubieran
visto el abono que cubre la tierra, pero no los frutos en los rboles que haban brotado
de ella. Gloria, luz, esplendor, belleza, verdad: qu irreal e inalcanzable pareca todo
eso! Pero ahora haba nuevos sonidos en el aire y nuevos colores en los campos. Ir a
casa se haba convertido en algo bueno. El hogar nos llama. El hogar es donde est la
mesa alrededor de la cual nos sentamos para comer y beber con los amigos.
Y el desconocido? No se ha convertido en un amigo? Ha hecho arder nuestros
corazones y ha abierto nuestros ojos y nuestros odos. Es nuestro compaero de viaje.
La casa se ha convertido en un buen lugar para que venga el amigo. Por eso le dicen:
Qudate con nosotros, que se hace tarde y el da va ya de cada. l no ha pedido ser
invitado; l no ha pedido un lugar donde quedarse. De hecho, acta como si quisiera
proseguir su viaje. Pero ellos insisten en que entre en la casa; incluso le presionan para
que se quede con ellos. Y l acepta. Entra en la casa y se queda con ellos.
Tal vez no estamos acostumbrados a pensar en la Eucarista como una invitacin
a Jess para que se quede con nosotros. Tendemos ms bien a pensar que es Jess quien
nos invita a su casa, a sentarnos a su mesa, a compartir su comida. Pero Jess quiere ser
invitado. De lo contrario, seguir su camino. Es muy importante comprender que Jess
nunca nos impone su presencia. A no ser que le invitemos, l seguir siendo un
desconocido, posiblemente un atractivo e inteligente desconocido con el que hemos
mantenido una interesante conversacin, pero un desconocido al fin y al cabo
Incluso despus de haber hecho desaparecer gran parte de nuestra tristeza y
habernos mostrado que nuestras vidas no son tan insignificantes y miserables como
suponamos, l puede seguir siendo aquel con quien nos encontramos en el camino, la
extraordinaria persona que se cruz en nuestro camino y nos habl durante un rato, el
personaje poco comn del que podemos hablar a nuestra familia y a nuestros amigos.
Guardo grandes recuerdos de los encuentros con aquellas personas que han
hecho arder mi corazn y a las que, sin embargo, nunca invit a mi casa. A veces el
encuentro tiene lugar durante un largo viaje en avin, otras veces en un tren o en una
fiesta. Despus les cuento a mis amigos: No vais a creerme, pero he conocido a una
persona absolutamente fascinante. Deca cosas tan extraordinarias que yo no daba
crdito a mis odos. Pareca como si me conociera ntimamente. De hecho, era capaz de
leer mis pensamientos y hablarme como si me conociera desde haca mucho tiempo.
Una persona verdaderamente especial, nica, asombrosa Ojal la hubierais
conocido! Pero se march, no s adonde.
Por muy interesantes, estimulantes y atractivos que puedan ser tales
desconocidos, si no les invito a mi casa, en realidad no ocurre nada. Puede que me haya
enriquecido con unas cuantas ideas nuevas, pero mi vida sigue siendo bsicamente la
misma. Sin una invitacin, que es la expresin del deseo de una relacin duradera, la
buena noticia que hemos odo no puede dar un fruto que permanezca. Seguir siendo
una noticia entre las muchas con que se nos bombardea cada da.
Una de las caractersticas de nuestra sociedad contempornea es que los
encuentros ocasionales, por muy buenos y agradables que sean, no acaban dando lugar a
relaciones profundas. Por eso nuestra vida est llena de buenos consejos, ideas tiles y
perspectivas maravillosas que, simplemente, se suman a otras muchas ideas y
perspectivas, sin provocar en nosotros ningn tipo de compromiso. En una sociedad con
tal exceso de informacin, incluso el ms significativo encuentro puede quedar reducido
a algo interesante entre otras muchas cosas igualmente interesantes.
Slo invitando al otro a venir y quedarse puede un encuentro interesante
convertirse en una relacin transformadora.
Uno de los momentos ms decisivos de la Eucarista (y de nuestra vida) es el
momento de la invitacin. Podemos decir: Ha sido maravilloso conocerte; muchas
gracias por tus ideas, tus consejos y tus nimos. Espero que te vaya muy bien. Adis!.
O bien podemos decir: Te he escuchado, y siento cmo mi corazn est cambiando
Por favor, ven a mi casa y mira dnde y cmo vivo. Esta invitacin a venir y ver es la
que marca la diferencia.
Jess es una persona muy interesante, y sus palabras estn llenas de sabidura.
Su presencia reconforta el nimo. Su delicadeza y su amabilidad son conmovedoras. Su
mensaje resulta ser un verdadero desafo. Pero le invitamos a nuestra casa? Queremos
que venga a conocemos entre las paredes de nuestra vida ms personal e ntima?
Deseamos presentrselo a todas las personas con las que vivimos? Permitimos que
nos vea tal como somos en nuestra vida diaria? Estamos dispuestos a dejarle tocar
nuestros puntos ms vulnerables? Le permitimos entrar en el sancta sanctorum de
nuestra casa, en ese lugar que nos esforzamos en mantener cerrado? Queremos
realmente que se quede con nosotros cuando anochece y el da toca a su fin?
La Eucarista requiere esta invitacin. Una vez que hemos escuchado su palabra,
debemos ser capaces de decir algo ms que: Qu interesante!. Tenemos que
atrevernos a decir: Confo en ti; me entrego a ti con todo mi ser, en cuerpo y alma. No
quiero tener secretos para ti. Puedes ver todo lo que hago y or todo cuanto digo. No
quiero que sigas siendo un desconocido. Quiero que seas mi ms ntimo amigo. Quiero
que me conozcas, no slo mientras camino y hablo con mis compaeros de viaje, sino
tambin cuando me encuentro a solas con mis sentimientos y pensamientos ms
ntimos. Y, sobre todo, quiero llegar a conocerte a ti, no slo como mi compaero de
viaje, sino como el compaero de mi alma.
Decir esto no es fcil, porque somos personas medrosas y nos cuesta entregarnos
de veras a los dems. Nuestro miedo a ser completamente abiertos y vulnerables es tan
grande como nuestro deseo de conocer y ser conocidos.
Incluso a nosotros mismos ocultamos alguna parte de nuestro propio ser! Hay
pensamientos, sentimientos y emociones que nos desasosiegan tanto que preferimos
vivir como si no existieran.
Si no confiamos en nosotros mismos, cmo vamos a confiar en alguien distinto
de nosotros? Sin embargo, nuestro ms profundo deseo es amar y ser amados, y ello
slo es posible si realmente queremos conocer y ser conocidos.
Jess se nos revela como el Buen Pastor que nos conoce ntimamente y nos ama.
Pero deseamos ser conocidos por l? Estamos dispuestos a dejarle moverse
libremente por cada una de las habitaciones de nuestra vida interior? Queremos
realmente que vea nuestro lado bueno y nuestro lado malo, nuestras luces y nuestras
sombras? O preferimos que prosiga su camino sin entrar en nuestra casa? Al final, la
pregunta es: Confiamos verdaderamente en l y estamos decididos a confiarle todas y
cada una de las partes de nuestro ser?.
Cuando, despus de las lecturas y de la homila, decimos: Creo en Dios, Padre,
Hijo y Espritu Santo, en la Iglesia Catlica, en la Comunin de los Santos, en el
perdn de los pecados, en la resurreccin de los muertos y en la vida eterna, de algn
modo estamos invitando a Jess a nuestra casa y siguiendo confiadamente su Camino.
Como un momento de la celebracin eucarstica, ms an, de nuestra vida
eucarstica, el Credo es mucho ms que un resumen de la doctrina de la Iglesia. Es una
profesin de fe. Y la fe, como se desprende de la palabra griega pistis, es un acto de
confianza. Es el gran S. Es decir S a aquel que nos ha explicado las Escrituras
como escrituras que tratan sobre l.
Y es este profundo S, no slo a las palabras que dice, sino tambin a quien las
dice, lo que nos lleva finalmente a la mesa. Si podemos decir: S, confiamos en ti y te
entregamos nuestras vidas, estamos haciendo algo ms que caminar en su presencia:
estamos atrevindonos a abrirnos a la comunin con l.
Efectivamente, los dos amigos invitan, ms an, presionan al desconocido para
que se quede con ellos. S nuestro invitado, le dicen. Quieren ser sus anfitriones.
Invitan al desconocido a dejar de serlo y a convertirse en amigo. sa es la verdadera
hospitalidad: ofrecer un lugar seguro donde el desconocido pueda convertirse en amigo.
Antes eran dos amigos y un desconocido; ahora son tres amigos que comparten una
misma mesa.
La mesa es el lugar de la intimidad. En tomo a la mesa nos descubrimos unos a
otros.
Es el lugar en el que oramos, por as decirlo. Es el lugar en el que preguntamos:
Qu tal da has tenido?. Es el lugar donde comemos y bebemos juntos y decimos:
Anmate, toma un poco ms!. Es el lugar donde se cuentan nuevas y viejas
historias. Es el lugar de las sonrisas y de las lgrimas. La mesa es tambin el lugar
donde la distancia se hace ms dolorosa. Es el lugar donde los hijos perciben la tensin
entre sus padres, donde los hermanos y hermanas expresan sus enfados y sus envidias,
donde se hacen acusaciones y donde los platos y los vasos se convierten en
instrumentos de violencia. En torno a la mesa sabemos si hay amistad y comunidad o si,
por el contrario, hay odio y divisin. Y precisamente por ser el lugar de la intimidad
para todos los miembros de la casa, la mesa es tambin el lugar donde la falta de esa
intimidad se revela ms dolorosamente.
Cuando, la noche antes de su muerte, Jess se reuni con sus discpulos en torno
a la mesa, revel a la vez intimidad y distancia. Comparti el pan y el cliz como signo
de amistad, pero tambin dijo: Os aseguro que uno de los que se sientan conmigo a
esta mesa me va a traicionar.
Cuando pienso en mi propia juventud, muchas veces recuerdo las comidas
familiares, especialmente las de los das de fiesta. Recuerdo los adornos navideos, las
tartas de cumpleaos, las velas de Pascua, los rostros sonrientes Pero recuerdo
tambin las palabras de enfado, las reacciones extemporneas, las lgrimas, las
tensiones y los silencios que parecan no tener fin.
Cuando ms vulnerables somos es cuando dormimos o comemos juntos. La
cama y la mesa son los dos lugares de la intimidad, pero son tambin los dos lugares de
mayor dolor. Y puede que de ambos lugares sea la mesa el ms importante, porque es el
lugar donde se renen todos los de la casa y donde pueden expresarse y hacerse reales la
familia, la comunidad, la amistad, la hospitalidad y la verdadera generosidad.
Jess acepta la invitacin a entrar en la casa de sus compaeros de viaje y se
sienta a la mesa con ellos, los cuales le ofrecen el puesto de honor. Jess est en el
centro, y ellos a ambos lados. Ellos le miran a l, y l a ellos. Hay intimidad, amistad,
comunidad Entonces sucede algo nuevo, algo apenas perceptible para el ojo no
habituado: Jess es el invitado de sus discpulos, pero, tan pronto como entra en su casa,
se convierte en su anfitrin! Y como anfitrin les invita a entrar en plena comunin con
l.
4. Entrar en comunin

Tomad y comed

CUANDO Jess entra en la casa de sus discpulos, sta se convierte en su casa.


El invitado se convierte en anfitrin. El que ha sido invitado es ahora el que invita. Los
dos discpulos que confiaron en el extrao hasta el punto de permitirle acceder a su
mundo ms ntimo son ahora conducidos a la intimidad de su anfitrin. Y mientras
estaba con ellos, tom el pan, pronunci la bendicin, lo parti y se lo dio. As de
simple, de cotidiano, de obvio y, sin embargo, as de diferente Qu otra cosa puedes
hacer cuando compartes el pan con tus amigos?: tomarlo, bendecirlo, partirlo y drselo.
Para eso es el pan: para tomarlo, bendecirlo, partirlo y darlo. Nada nuevo, nada
sorprendente; sucede a diario en todos los hogares; pertenece a la esencia de la vida.
Realmente, no podemos vivir sin ese pan que se toma, se bendice, se parte y se da. Sin
ese pan no hay comensalidad, no hay comunidad, no hay vnculo de amistad, no hay
paz, no hay amor, no hay esperanza Con ese pan, sin embargo, todo puede ser
nuevo!
Tal vez hemos olvidado que la Eucarista es un simple gesto humano. Las
vestiduras, las velas, los monaguillos, los libros, los brazos extendidos, el altar, los
cnticos, la gente: nada de ello resulta precisamente sencillo, cotidiano, obvio.
Muchas veces necesitaramos un folleto para seguir la ceremonia y comprender su
significado. Sin embargo, se supone que nada tendra que diferir de lo que acaeci en
aquella pequea aldea entre los tres amigos. Hay pan y vino en la mesa. El pan se toma,
se bendice, se parte y se da; el vino se toma, se bendice y se da Eso es lo que sucede
en torno a cada mesa que pretende ser una mesa de paz.
Cada vez que invitamos a Jess a nuestras casas, es decir, a nuestras vidas con
todas sus luces y sombras, y le ofrecemos el lugar de honor en nuestra mesa, l toma el
pan y el cliz y nos los ofrece diciendo: Tomad y comed, esto es mi cuerpo. Tomad y
bebed, sta es mi sangre. Haced esto en conmemoracin ma. Nos sorprendemos? La
verdad es que no. No estaba nuestro corazn en ascuas mientras nos hablaba por el
camino? No sabamos ya que no era un extrao para nosotros? No ramos ya
conscientes de que aquel a quien nuestros dirigentes haban crucificado estaba vivo y en
medio de nosotros? No habamos visto ya cmo tomaba el pan, lo bendeca, lo parta y
nos lo daba? Ya lo haba hecho ante la inmensa multitud que haba escuchado su
palabra durante horas; lo hizo tambin en el cenculo, antes de que Judas lo entregara; y
lo ha hecho en incontables ocasiones, cuando, despus de una larga jornada, se una a
nosotros en la mesa para comer.
La Eucarista es el gesto ms humano y ms divino que podamos imaginar. sta
es la verdad de Jess: tan humano y, sin embargo, tan divino; tan cercano y, sin
embargo, tan misterioso; tan sencillo y, sin embargo, tan inasible Pero sta es la
historia de Jess, que, a pesar de su condicin divina, no hizo alarde de su categora de
Dios; al contrario, se despoj de su rango y tom la condicin de esclavo, pasando por
uno de tantos; y as, actuando como un hombre cualquiera, se rebaj hasta someterse
incluso a la muerte, y una muerte de cruz (Flp 2,6-8). Es la historia de Dios, que quiere
acercarse tanto a nosotros que podamos verlo con nuestros propios ojos, orlo con
nuestros propios odos, tocarlo con nuestras propias manos; tan cerca que no haya entre
nosotros y l nada que nos separe, nos divida, nos distancie
Jess es Dios-para-nosotros, Dios-con-nosotros, Dios-dentro-de-nosotros. Jess
es Dios entregndose por completo, derrochando su vida por nosotros sin ningn tipo de
reserva. Jess no se guarda nada ni se aferra a lo que posee. Da todo lo que tiene a
manos llenas. Comed, bebed, esto es mi cuerpo, sta es mi sangre, ste soy
yo que me entrego a vosotros.
Todos conocemos ese deseo de damos a nosotros mismos en la mesa. Decimos:
Comed y bebed; lo he hecho para vosotros. Comed ms; es para que lo disfrutis, para
que cojis fuerzas, para que sintis cunto os quiero. Lo que deseamos no es slo
dar comida, sino darnos a nosotros mismos. S mi invitado, decimos. Y al animar a
un amigo a sentarse a nuestra mesa, estamos queriendo decir: S mi amigo, s mi
compaero, s mi amor, s parte de mi vida, quiero entregarme a ti.
En la Eucarista, Jess lo da todo. El pan no es un simple signo de su deseo de
ser nuestro alimento; el cliz no es slo un signo de su afn de ser nuestra bebida. El
pan y el vino se transforman en su cuerpo y sangre en la entrega. El pan, en efecto, es
su cuerpo entregado por nosotros; el vino es su sangre derramada por nosotros. As
como Dios se nos hace presente a travs de Jess, as tambin Jess se nos hace
presente en el pan y el vino en la Eucarista. Dios no slo se encarn por nosotros hace
muchos aos en un pas lejano, sino que tambin se hace alimento y bebida para
nosotros en este momento de la celebracin eucarstica, justamente donde estamos
reunidos en torno a la mesa. Dios no se guarda nada; Dios lo da todo. ste es el misterio
de la Encarnacin. Y ste es tambin el misterio de la Eucarista. La Encarnacin y la
Eucarista son las dos expresiones del amor inmensamente generoso de Dios. Por eso el
sacrificio de la cruz y el sacrificio de la mesa son un mismo sacrificio, una completa
autodonacin de Dios que llega a toda la humanidad en el tiempo y en el espacio.
La palabra que mejor expresa este misterio de la total autodonacin de Dios es
comunin. Es la palabra que contiene la verdad de que, en y a travs de Jess, Dios
quiere, no slo ensearnos, instruirnos o inspirarnos, sino hacerse uno con nosotros.
Dios desea estar completamente unido a nosotros para que todo su ser y el nuestro
puedan fundirse en un amor eterno. Toda la larga historia de la relacin de Dios con los
seres humanos es una historia de comunin cada vez ms profunda. No es simplemente
una historia de uniones, separaciones y reencuentros, sino una historia en la que Dios
busca modos siempre nuevos de unirse en ntima comunin con quienes han sido
creados a su imagen y semejanza.
Deca Agustn: Mi alma no descansar hasta que descanse en ti, oh Seor;
pero cuando considero la tortuosa historia de nuestra salvacin, no slo veo que
anhelamos pertenecer a Dios, sino que Dios tambin anhela pertenecernos. Es como si
Dios estuviera gritndonos: Mi corazn no descansar hasta que descanse en ti, mi
amada creacin. Desde Adn y Eva hasta Abraham y Sara, desde Abraham y Sara
hasta David y Betsab, y desde David y Betsab hasta Jess y para siempre, Dios grita
su deseo de ser recibido por los suyos. Yo os cre, os di todo mi amor, os guie, os
ofrec mi apoyo, os promet que se cumpliran los deseos de vuestros corazones:
dnde estis, dnde est vuestra respuesta, dnde est vuestro amor? Qu ms debo
hacer para que me amis? No pienso rendirme; he de seguir intentndolo. Algn da
descubriris cunto anhelo vuestro amor!.
Dios desea la comunin: una unidad que es vital y viva, una intimidad que
proviene de ambas partes, un lazo que es verdaderamente recproco. No se trata de algo
forzado o voluntarista, sino de una comunin libremente ofrecida y recibida. Dios llega
hasta donde sea necesario para hacer posible esta comunin. Dios se hace como un nio
que requiere atenciones, como un joven necesitado de ayuda; Dios se hace como un
maestro en busca de discpulos, como un profeta que trata de reclutar seguidores;
finalmente, Dios se convierte en un cadver traspasado por la lanza de un soldado y
depositado en un sepulcro. Al final de la historia, ah est l mirndonos,
preguntndonos con ojos expectantes: Me amis?; y de nuevo: me amis?; y una
tercera vez: me amis?.
Es este intenso deseo de Dios de entrar en una relacin ms ntima con nosotros
lo que constituye el centro de la celebracin y la vida eucarsticas. Dios no slo desea
entrar en la historia humana siendo una persona que vive en una poca y un lugar
determinados, sino que quiere ser nuestro alimento y nuestra bebida cotidianos en todo
momento y lugar.
Por eso Jess toma el pan, lo bendice y nos lo da. Y en ese momento, cuando
vemos el pan en nuestras manos y lo llevamos a nuestra boca para comerlo, entonces se
abren nuestros ojos y le reconocemos.
La Eucarista es reconocimiento. Es darse perfecta cuenta de que el que toma,
bendice, parte y da el pan y el vino es Aqul que, desde el principio de los tiempos, ha
deseado entrar en comunin con nosotros. La comunin es lo que tanto Dios como
nosotros deseamos. Es el grito ms profundo del corazn de Dios y del nuestro, porque
hemos sido creados con un corazn que slo puede ser satisfecho por aquel que lo ha
creado. Dios puso en nuestros corazones un deseo de comunin que nadie ms que Dios
puede y quiere satisfacer. Dios lo sabe, pero nosotros solemos ignorarlo, pues seguimos
buscando en cualquier otro lugar esa experiencia de pertenencia. Contemplamos el
esplendor de la naturaleza, la magnificencia de la historia y el atractivo de sus
personajes; pero parece bastante improbable que ese simple gesto de partir el pan, tan
normal y tan poco espectacular, nos permita encontrar esa comunin que tanto
anhelamos. Sin embargo, si hemos llorado nuestras prdidas, le hemos escuchado en el
camino y le hemos invitado a entrar en lo ms profundo de nosotros mismos, sabremos
que esa comunin que hemos estado esperando recibir es la misma que l ha estado
esperando poder dar.
Hay una frase en el relato de Emas que nos lleva directamente al misterio de la
comunin: lo reconocieron; pero l desapareci de su vista. En el mismo momento
en que los dos amigos le reconocen en la fraccin del pan, l ya no est con ellos.
Cuando l les da el pan para que lo coman, ellos ya no le ven sentado a la mesa. Cuando
ellos comen, l se ha vuelto invisible. Cuando ellos entran en la ms ntima comunin
con Jess, el desconocido, convertido ahora en amigo, ya no est con ellos.
Precisamente cuando se les hace ms presente, es cuando se hace ausente.
Aqu estamos tocando uno de los aspectos ms sagrados de la Eucarista: el
misterio de que la comunin ms profunda con Jess acaece en su ausencia. Los dos
discpulos que iban camino de Emas le haban escuchado durante muchas horas,
haban caminado con l de aldea en aldea, le haban ayudado a predicar, haban
descansado y comido con l. Durante un ao, l haba sido su maestro, su gua, su seor.
Todas sus esperanzas de un futuro nuevo y mejor estaban centradas en l. Sin
embargo, no haban conseguido conocerle ni comprenderle del todo. l les haba
dicho muchas veces: Ahora no comprendis; ya lo comprenderis ms tarde.
Realmente no saban lo que trataba de decirles. Ellos crean estar ms cerca de l que de
ninguna otra persona a la que hubieran conocido. Sin embargo, l no dejaba de decir:
Os digo esto ahora para que despus, cuando ya no est con vosotros, lo recordis y
comprendis. Un da haba dicho incluso que convena que l se fuera para que pudiera
venir su Espritu y guiarlos a una plena intimidad con l. Su Espritu abrira sus ojos y
les hara comprender perfectamente quin era l y por qu haba venido a estar con
ellos.
Durante todo aquel tiempo con los discpulos, no haba habido una plena
comunin. Por supuesto que ellos haban estado con l y se haban sentado a sus pies;
por supuesto que haban sido sus discpulos e incluso sus amigos. Pero no haban
entrado en plena comunin con l. Su cuerpo y su sangre el cuerpo y la sangre de l y
el cuerpo y la sangre de ellos no haban llegado a ser uno. En muchos aspectos, Jess
no haba dejado de ser para ellos otro, alguien que les preceda y les mostraba el
camino. Pero cuando comen el pan que l les da, y ellos le reconocen, comprenden en lo
ms hondo de su espritu que ahora l habita en lo ms profundo de su ser, que respira
en ellos, que habla en ellos, que vive realmente en ellos. Cuando comen el pan que l les
ofrece, sus vidas se transforman en la vida de l. Ya no son ellos quienes viven, sino
que es Jess, el Cristo, quien vive en ellos. Y precisamente en ese sagrado momento de
comunin, l desaparece de su vista.
Esto es lo que vivimos en la celebracin eucarstica y lo que vivimos tambin
cuando nuestra vida es eucarstica. Se trata de una comunin tan ntima, tan santa, tan
sagrada y tan espiritual que escapa a nuestros sentidos. Ya no podemos verle con
nuestros ojos mortales, orle con nuestros odos mortales ni tocarle con nuestros cuerpos
mortales. Ha venido a nosotros en ese lugar, dentro mismo de nosotros, adonde los
poderes de las tinieblas y del mal no pueden llegar, adonde la muerte no tiene acceso.
Cuando Jess extiende su mano, pone el pan en las nuestras y lleva el cliz a
nuestros labios, nos est pidiendo que dejemos a un lado esa fcil amistad que habamos
tenido con l hasta entonces, y que olvidemos los sentimientos, las emociones y hasta
los pensamientos relacionados con ella. Cuando comemos su cuerpo y bebemos su
sangre, aceptamos la soledad de no tenerlo ya en nuestra mesa como un compaero que
nos consuela con su conversacin y que nos ayuda a sobrellevar las prdidas de nuestra
vida diaria. Es la soledad de la vida espiritual, la soledad de saber que l est ms cerca
de nosotros de lo que jams conseguiremos estarlo nosotros mismos. Es la soledad de la
fe.
Por nuestra parte, podremos seguir gritando: Seor, ten piedad!; podremos
seguir escuchando e interpretando las Escrituras; podremos seguir diciendo: Creo,
Seor.
Pero la comunin con l va mucho ms all de todo eso: nos lleva al lugar donde
la luz ciega nuestros ojos y donde todo nuestro ser est sumido en la falta de visin. Es
en ese lugar de comunin donde gritamos: Dios mo, Dios mo!, por qu me has
abandonado?. Es tambin en ese lugar donde nuestro vaco nos hace orar: Padre, en
tus manos encomiendo mi espritu.
La comunin con Jess significa hacerse igual a l. Con l estamos clavados en
la cruz, con l yacemos en el sepulcro, con l resucitamos para acompaar a los
caminantes perdidos en su viaje. La comunin, el convertirnos en Cristo, nos lleva a un
nuevo mbito de existencia. Nos introduce en el Reino, donde las viejas distinciones
entre dicha y desdicha, entre xito y fracaso, entre bienaventuranza y condenacin, entre
salud y enfermedad, entre vida y muerte, ya no tienen sentido. All ya no
pertenecemos a un mundo empeado en dividir, juzgar, separar y valorar. All
pertenecemos a Cristo, y Cristo nos pertenece a nosotros, y tanto l como nosotros
pertenecemos a Dios. De pronto, los dos discpulos, que haban comido el pan y haban
reconocido a Jess, estn solos de nuevo. Pero no con la soledad con la que empezaron
su viaje. Estn solos en compaa, y saben que se ha creado un nuevo lazo entre ellos.
Ya no miran al suelo cabizbajos. Ahora se miran el uno al otro y dicen: No estaba
nuestro corazn en ascuas mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las
Escrituras?.
La comunin crea comunidad. Cristo, que viva en ellos, les hizo estar juntos de
una nueva manera. El Espritu de Cristo resucitado, que haba entrado en ellos al comer
el pan y beber el cliz, no slo les hizo reconocer al propio Cristo, sino tambin
reconocerse el uno al otro como miembros de una nueva comunidad de fe. La comunin
nos hace mirarnos y hablarnos unos a otros, no acerca de las ltimas noticias, sino
acerca de l, que camin junto a nosotros. Nos descubrimos unos a otros como personas
que se pertenecen mutuamente, porque cada uno de nosotros le pertenece a l. Estamos
solos, porque l desapareci de nuestra vista; pero estamos juntos, porque cada uno de
nosotros est en comunin con l y, por tanto, se ha hecho un solo cuerpo con l.
Hemos comido su cuerpo, hemos bebido su sangre; y, al hacerlo, todos los que
hemos comido del mismo pan y bebido de la misma copa nos hemos convertido en un
solo cuerpo. La comunin crea comunidad, porque el Dios que vive en nosotros nos
hace reconocer a Dios en nuestros semejantes. Nosotros no podemos ver a Dios en el
otro; slo Dios en nosotros puede ver a Dios en el otro. Esto es lo que queremos dar a
entender cuando decimos: El Espritu habla al Espritu, el corazn habla al corazn,
Dios habla a Dios. Nuestra participacin en la vida interior de Dios nos lleva a una
nueva forma de participar unos en la vida de otros.
Puede que esto suene un tanto irreal; pero cuando lo vivimos, se hace ms real
que la realidad del mundo. Como dice Pablo: El cliz de bendicin que bendecimos
no es acaso comunin con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos no es comunin
con el cuerpo de Cristo? Porque, aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo
somos, pues todos participamos de un solo pan (1 Cor 10,16-17).
Este nuevo cuerpo es un cuerpo espiritual, formado por el Espritu de amor, y se
manifiesta de maneras muy concretas: en el perdn, en la reconciliacin, en el apoyo
mutuo, en la ayuda a las personas necesitadas, en la solidaridad con los que sufren y en
una preocupacin creciente por la justicia y la paz. As pues, no slo es que la comunin
cree comunidad, sino que la comunidad siempre lleva a la misin.
5. Partir en misin

Id y predicad

TODO ha cambiado. Las prdidas ya no son experimentadas como algo que


debilite; la casa ya no es un lugar vaco. Los dos caminantes, que iniciaron su viaje con
los rostros abatidos por la tristeza, se miran ahora con ojos llenos de una nueva luz. El
extrao, que acab convirtindose en amigo, les ha entregado su espritu, el espritu
divino de alegra, paz, valor, esperanza y amor. Ya no hay duda: l est vivo!, pero no
como antes, no como el fascinante predicador y taumaturgo de antes, sino como un
nuevo aliento dentro de ellos. Cleofs y su amigo se han transformado en personas
nuevas. Se les ha dado un nuevo corazn y un nuevo espritu. Tambin ellos se han
hecho amigos el uno del otro de una nueva manera: ya no son personas que se ofrecen
consuelo y apoyo recprocos mientras lloran por lo que han perdido, sino personas con
una nueva misin y que tienen algo que decir en comn, algo importante, algo urgente,
algo que no puede permanecer oculto, algo que debe ser proclamado. Afortunadamente,
se tienen el uno al otro. Nadie creera a uno solo de ellos; pero el hecho de que hablen
juntos y al unsono hace que se les escuche con imparcialidad y atencin.
Los dems necesitan saber, porque tambin ellos haban puesto en l todas sus
esperanzas. Los dems son los once que haban cenado con l la noche antes de que
muriera; y son tambin los discpulos, hombres y mujeres, que haban estado con l
durante aos. Todos ellos necesitan saber qu es lo que les ha ocurrido. Necesitan saber
que no ha terminado todo. Necesitan saber que l est vivo y que los dos le han
reconocido cuando parti el pan y se lo dio. No hay, pues, tiempo que perder.
Apresurmonos, se dicen el uno al otro. E inmediatamente se calzan las sandalias, se
cubren con el manto, toman el cayado y emprenden sin tardanza el camino de vuelta
para reunirse de nuevo con sus amigos, para regresar junto a quienes quiz no sepan
todava que las mujeres tenan razn cuando dijeron haber odo a los ngeles que l
estaba vivo. El relato lo resume con muy pocas palabras: Y, levantndose al momento,
se volvieron a Jerusaln.
Qu diferencia entre el modo en que volvan a casa y su apresurado regreso a
Jerusaln! Es la diferencia entre la duda y la fe, entre la desesperacin y la esperanza,
entre el miedo y el amor. Es la diferencia entre dos seres humanos desalentados que
poco menos que se arrastraban por el camino y dos amigos que caminan a toda prisa,
incluso a veces corriendo, entusiasmados por la noticia que tienen que dar a sus amigos.
Volver a la ciudad no deja de ser peligroso. Tras la ejecucin de Jess, sus
discpulos estn paralizados por el miedo, sin saber lo que les espera. Pero, una vez que
han reconocido a su Seor, el miedo se esfuma, y ellos se sienten libres para dar
testimonio de la resurreccin sin reparar en lo que ello pueda acarrearles. Son
conscientes de que la misma gente que odiaba a Jess puede volver su odio contra ellos;
que la misma gente que mat a Jess puede decidir matarles a ellos. El regreso puede
llegar a costarles la vida. Es posible que tengan que dar testimonio, no slo con sus
palabras, sino tambin con su propia sangre. Pero ya no tienen miedo al martirio: el
Seor resucitado, presente en lo ms profundo de su ser, les ha llenado de un amor ms
fuerte que la muerte. Nada puede impedirles regresar al hogar, aun cuando el hogar ya
no sea un lugar seguro.
La Eucarista concluye con una misin: Id y contadlo. Las palabras latinas
Ite, Missa est, con las que el sacerdote sola concluir la Misa, significan literalmente:
Id, sta es vuestra misin.
El final no es la Comunin, sino la Misin. La Comunin, esa sagrada intimidad
con Dios, no es el momento final de la vida eucarstica.
Le hemos reconocido, s; pero el reconocimiento no es slo para saborearlo
nosotros solos ni para mantenerlo en secreto. Al igual que Mara Magdalena, tambin
los dos amigos han escuchado muy dentro de s las palabras Id y contadlo. sa es la
conclusin de la celebracin eucarstica; y se es tambin el llamamiento final de la vida
eucarstica: Id y contadlo. Lo que habis visto y odo no es para vosotros solos. Es para
los hermanos y hermanas y para todos quienes estn dispuestos a recibirlo. Id, no os
demoris, no esperis, no dudis; poneos en camino ahora mismo y regresad a los
lugares de los que vinisteis, y haced que aquellos a quienes dejasteis escondidos y llenos
de miedo sepan que no hay nada que temer, que l ha resucitado verdaderamente.
Es importante darse cuenta de que la misin es, ante todo, una misin referida a
quienes no nos son ajenos, a quienes nos conocen y, al igual que nosotros, han odo
hablar de Jess pero se han desanimado. Evidentemente, la misin es, ante todo, para
nosotros mismos, para nuestra familia, para nuestros amigos y para quienes son parte
importante de nuestras vidas. Comprender esto no es nada cmodo: siempre nos resulta
ms difcil hablar de Jess con quienes nos conocen ntimamente que con quienes no
conocen nuestra peculiar forma de ser o de vivir. Sin embargo, hay en todo ello un
gran desafo: de algn modo, la autenticidad de nuestra experiencia es puesta a prueba
por nuestros padres, nuestras esposas, nuestros hijos, nuestros hermanos y hermanas;
por todos aquellos que nos conocen bien.
Muchas veces oiremos: Vaya, ya est otra vez! Ya sabemos de qu va Ya
hemos visto ese entusiasmo otras veces Ya se le pasar, como siempre. Con
frecuencia, hay mucho de verdad en esto. Por qu van a confiar en nosotros cuando
corremos a casa llenos de excitacin? Por qu tienen que tomamos en serio? No somos
dignos de tal confianza; no somos diferentes del resto de nuestros familiares y amigos.
Adems, el mundo est lleno de historias, de rumores, de predicadores y de
evangelizadores. Existen buenas razones para un cierto escepticismo. Quienes no
acuden con nosotros a la Eucarista no son mejores ni peores que nosotros. Tambin
ellos han odo la historia de Jess y, por lo general, han sido bautizados; algunos incluso
han frecuentado la iglesia durante ms o menos tiempo. Pero luego, poco a poco, la
historia de Jess se ha convertido para ellos en una historia de tantas, la Iglesia en una
pesada carga, y la Eucarista en un simple rito. En un momento determinado, todo ello
se convirti en un recuerdo ms o menos dulce o amargo. En un momento determinado,
algo muri en ellos. Y por qu alguien que nos conoce bien debera creernos de pronto
cuando regresamos de la Eucarista?
sa es la razn por la que no es slo la Eucarista, sino la vida eucarstica, la que
marca la diferencia. Cada da, cada momento del da, junto al dolor por las diversas
prdidas, tenemos la oportunidad de escuchar una palabra que nos invita a vivir dichas
prdidas como un camino hacia la gloria. Cada da tenemos tambin la posibilidad de
invitar al desconocido a nuestra casa y permitirle partir para nosotros el pan. La
celebracin eucarstica ha resumido para nosotros en qu consiste nuestra vida de fe, y
tenemos que volver a casa para vivirla lo ms plenamente posible. Y esto es muy difcil,
porque todos en casa nos conocen demasiado bien: conocen nuestra impaciencia,
nuestras envidias, nuestros resentimientos, nuestras muchas artimaas Y luego estn
nuestras relaciones deshechas, nuestras promesas incumplidas, nuestros compromisos
rotos Podemos realmente decir que le hemos encontrado en el camino, que hemos
recibido su cuerpo y su sangre y que nos hemos convertido en cristos vivientes? Todo el
mundo en casa est dispuesto a verificar la validez de nuestra pretensin.
Pero hay algo ms. A los emocionados compaeros que, corriendo y ansiosos de
dar la noticia, llegaron al lugar donde estaban reunidos sus amigos, les aguarda una gran
sorpresa: Ya lo saben! La buena noticia que ellos traen ya no es nueva en absoluto.
Antes incluso de tener la oportunidad de contar su historia, los once y sus compaeros
dicen: Es verdad! El Seor ha resucitado y se ha aparecido a Simn!. La situacin
no deja de ser cmica: ellos llegan corriendo sin aliento, totalmente fuera de s, para
descubrir que quienes se haban quedado en la ciudad ya haban odo la noticia, aunque
no se hubieran encontrado con l en el camino ni se hubieran sentado con l a la mesa.
Jess se haba aparecido a Simn, y ste gozaba de ms credibilidad que aquellos dos
discpulos que no se haban quedado con ellos, sino que haban regresado a su casa
pensando que todo haba terminado. Por supuesto que estaban contentos y deseosos de
or su historia, pero sta no era sino una confirmacin de que en verdad l estaba vivo.
Jess tiene muchas maneras de aparecerse y de hacernos saber que est vivo. Lo
que celebramos en la Eucarista sucede de muchas ms formas de las que nosotros
podamos pensar. Jess, que ya nos haba dado el pan, haba tocado los corazones de
otros antes de encontrarse con nosotros en el camino. Haba llamado a Mara Magdalena
por su nombre, y sta supo que era l; haba mostrado sus heridas a otros, y stos
supieron que se trataba de l. Nosotros tenemos nuestra historia que contar, y es
importante que la contemos, pero no es la nica historia. Tenemos una misin que
cumplir, y es bueno que nos entusiasmemos con ella; pero primero tenemos que
escuchar lo que otros tienen que decir. Entonces podremos contar nuestra historia y
aportar nuestra alegra.
Todo esto apunta hacia la comunidad. Los dos amigos, que podan hablar entre
s del fuego que sentan en su corazn, estaban empezando a entrar en una nueva
relacin mutua, en una relacin basada en la comunin de lo que haban experimentado.
Su comunin con Jess fue, ciertamente, el principio de la comunidad; pero slo eso: el
principio.
Necesitaban encontrar a otros que tambin creyeran que l haba resucitado, que
tambin hubieran visto u odo que l estaba vivo. Necesitaban escuchar sus historias,
cada una diferente de las otras, y descubrir las muchas maneras en que Jess y su
Espritu actan en los suyos.
Es tan fcil reducir a Jess a nuestro Jess, a nuestra experiencia de su amor, a
nuestra forma de conocerlo! Pero Jess nos dej para enviarnos su Espritu, y ste
sopla donde quiere. La comunidad de fe es el lugar en el que se cuentan muchas
historias sobre el camino de Jess. Unas historias que pueden ser muy diferentes unas
de otras, que pueden incluso parecer contradictorias; pero si no dejamos de escuchar
atentamente al Espritu que se manifiesta a travs de muchas personas, tanto con la
palabra como con el silencio, tanto mediante la confrontacin como por medio de la
invitacin, tanto en la delicadeza como en la firmeza, tanto con lgrimas como con
sonrisas, poco a poco podremos discernir que formamos una unidad, un solo
cuerpo unido por el Espritu de Jess.
En la Eucarista se nos pide que abandonemos la mesa y que vayamos con
nuestros amigos a descubrir juntos que Jess est realmente vivo y nos llama a todos a
formar un nuevo pueblo: el pueblo de la resurreccin.
Aqu concluye la historia de Cleofs y su amigo. Concluye cuando ambos
cuentan su historia a los once y a los dems compaeros. Pero la misin no concluye
ah, sino que apenas acaba de empezar. La narracin de la historia de lo acaecido en el
camino y en torno a la mesa es el comienzo de una vida de misin que habr de
prolongarse durante todos los das de nuestra vida, hasta que le veamos a l cara a cara.
Formar una comunidad con la familia y con los amigos, construir un cuerpo de
amor, formar el nuevo pueblo de la resurreccin: todo eso no es nicamente para
vivir protegidos de las fuerzas del mal que dominan nuestro mundo, sino ms bien para
permitimos proclamar a todos, viejos y jvenes, blancos y negros, pobres y ricos, que la
muerte no tiene la ltima palabra, que la esperanza es real y que Dios est vivo.
La Eucarista es siempre una misin. La Eucarista, que nos ha liberado de
nuestra paralizadora sensacin de prdida y nos ha revelado que el Espritu de Jess
habita en nosotros, nos faculta para salir al mundo y llevar la buena noticia a los pobres,
devolver la vista a los ciegos y la libertad a los cautivos, y proclamar que Dios ha
mostrado nuevamente su parcialidad en favor de todos. Pero no se nos enva solos; se
nos enva con nuestros hermanos y hermanas, que tambin saben que Jess habita en
ellos.
La dinmica que brota de la Eucarista es la que va de la comunin a la
comunidad, y de sta al ministerio. Nuestra experiencia de comunin nos enva primero
a nuestros hermanos y hermanas para compartir con ellos nuestras historias y construir
con ellos un cuerpo de amor. Luego, como comunidad, podemos salir en todas las
direcciones y llegar a toda la gente.
Soy plenamente consciente de mi tendencia a pasar de la comunin al ministerio
sin formar comunidad. Mi individualismo y mi ansia de xito personal me tientan, una y
otra vez, a hacerlo solo y a reclamar para m la tarea del ministerio en exclusiva. Pero ni
siquiera Jess practica en soledad su ministerio apostlico y su actividad taumatrgica.
El evangelista Lucas nos cuenta cmo pasaba la noche en comunin con Dios, la
maana formando comunidad con los doce apstoles, y la tarde saliendo con ellos a
predicar a la gente. Jess nos llama a seguir la misma secuencia: de la comunin a la
comunidad, y de sta al ministerio. l no quiere que vayamos solos. Nos enva juntos,
de dos en dos, nunca en solitario, para que seamos testigos como personas que
pertenecen a un cuerpo de fe. Se nos enva a ensear, a curar, a animar y a dar esperanza
al mundo, no como el ejercicio de una habilidad excepcional por nuestra parte, sino
como la expresin de nuestra fe en que todo cuanto tenemos que dar proviene del que
nos ha reunido.
La vida vivida eucarsticamente es siempre una vida de misin. Vivimos en un
mundo que llora constantemente sus prdidas. Las guerras inmisericordes, que
destruyen a las personas y sus pases; el hambre y la inanicin, que diezman
poblaciones enteras; el crimen y la violencia, que tienen aterrorizados a millones de
hombres, mujeres y nios; el cncer, el sida, el clera, la malaria y otras muchas
enfermedades que devastan los cuerpos de innumerables personas; los terremotos, las
inundaciones y los accidentes de trfico: todo ello constituye la historia de la vida
cotidiana que llena las pginas de los peridicos y las pantallas de televisin. Es un
mundo de interminables prdidas, y son muchos, por no decir la mayora, los seres
humanos que caminan por la superficie de este planeta con los rostros abatidos y que, de
una u otra manera, se dicen unos a otros: Nosotros esperbamos que, pero hemos
perdido la esperanza.
ste es el mundo al que somos enviados a vivir eucarsticamente, es decir, con el
corazn en ascuas y con los ojos y los odos abiertos. Por supuesto que parece una tarea
imposible: qu puede hacer ese pequeo grupo de personas que se encontraron con l
en el camino, en el jardn o a la orilla del lago, en tan sombro y violento mundo? El
misterio del amor de Dios consiste en que nuestros corazones encendidos y nuestros
ojos y odos receptivos sean capaces de descubrir que Aqul con quien nos encontramos
en la intimidad de nuestros hogares se nos sigue revelando en los pobres, los enfermos,
los hambrientos, los prisioneros, los refugiados y todas las personas que viven
atemorizadas.
La misin, pues, no consiste nicamente en ir y hablar a los dems acerca del
Seor resucitado, sino tambin en recibir ese mismo testimonio de aquellos a quienes
hemos sido enviados. Muchas veces pensamos en la misin exclusivamente en trminos
de dar; pero la verdadera misin es tambin recibir. Si es verdad que el Espritu de
Jess sopla donde quiere, entonces no hay nadie que no pueda transmitir ese Espritu. A
la larga, la misin slo es posible cuando consiste tanto en recibir como en dar, tanto en
ser cuidado como en cuidar Hemos sido enviados a los enfermos, a los moribundos, a
los minusvlidos, a los prisioneros y a los refugiados para llevarles la buena noticia de
la resurreccin del Seor; pero no tardaremos en agotarnos si no somos capaces de
recibir el Espritu del Seor de aquellos a los que hemos sido enviados.
Ese Espritu, el Espritu de amor, se oculta en la pobreza, la angustia y el dolor
de todos ellos. Por eso dice Jess: Bienaventurados los pobres, los perseguidos y los
que lloran. Cada vez que nos acercamos a ellos, ellos, en compensacin consciente o
inconscientemente, nos bendicen con el Espritu de Jess y, de ese modo, se
convierten en nuestros ministros. Sin esta reciprocidad de dar y recibir, la misin y el
ministerio fcilmente acaban resultando manipuladores o violentos. Cuando es uno solo
el que da, y uno solo el que recibe, aqul no tarda en convertirse en opresor, y ste en
vctima. Pero cuando el que da recibe, y el que recibe da, el crculo de amor, que
comenz en la comunidad de los discpulos, puede llegar a ser tan grande como el
mundo.
Pertenece a la esencia misma de la vida eucarstica hacer crecer este crculo de
amor. Una vez que hemos entrado en comunin con Jess y hemos creado una
comunidad con quienes saben que l est vivo, podemos ir y unirnos a los numerosos
viajeros solitarios y ayudarles a descubrir que tambin ellos estn llamados a compartir
el regalo del amor. Ya no tememos su tristeza y su dolor, sino que podemos
preguntarles simplemente: De qu ibais conversando por el camino?. Y
escucharemos historias de inmensa soledad, de miedo, de rechazo, de abandono y de
tristeza. Debemos escuchar, y a menudo tendremos que hacerlo extensamente; pero
tambin se nos presentarn oportunidades para decir con palabras o con un simple
gesto: No sabes que eso de lo que te quejas puedes vivirlo como un camino hacia algo
nuevo? Tal vez te sea imposible evitar lo que te ha sucedido, pero eres libre para elegir
el modo de vivirlo.
No todos nos escucharn, y slo unos pocos nos invitarn a entrar en sus vidas y
a unirnos a ellos en torno a su mesa. Y slo muy raramente podremos ofrecer el pan que
da la vida y sanar verdaderamente un corazn roto. El mismo Jess no san a todo el
mundo ni cambi la vida de todos cuantos se acercaron a l. Son muchas las personas
que, sencillamente, no creen que sean posibles los cambios radicales, ni pueden confiar
en el primer desconocido que se cruza en su vida. Pero siempre que se produzca un
verdadero encuentro que lleve de la desesperacin a la esperanza, y de la amargura al
agradecimiento, veremos cmo se desvanece una parte de la oscuridad y cmo la vida,
una vez ms, se abre paso a travs de las fronteras de la muerte.
sta ha sido y sigue siendo la experiencia de quienes viven una vida eucarstica
y consideran que su misin consiste en desafiar constantemente a sus compaeros de
camino a elegir el agradecimiento en lugar del resentimiento, y la esperanza en lugar de
la desesperacin.
Y las pocas veces que este desafo es aceptado son suficientes para que la vida
merezca ser vivida. Ver cmo una sonrisa se abre paso a travs de las lgrimas es asistir
a un milagro: el milagro de la alegra.
Estadsticamente, nada de esto es demasiado significativo. Quienes preguntan:
En cuntas personas has influido? Cuntas conversiones has logrado? Cuntas
enfermedades has sanado? Cunta alegra has repartido?, siempre recibirn
respuestas un tanto decepcionantes. El propio Jess y sus discpulos no tuvieron
demasiado xito. El mundo sigue siendo un lugar sombro, lleno de violencia,
corrupcin, opresin y explotacin, y probablemente siempre ser as. La cuestin no
es: Cunto y en cunto tiempo?, sino Dnde y cundo?. Dnde se est
celebrando la Eucarista?; dnde estn las personas que se renen en torno a la mesa y
parten juntas el pan, y cundo sucede eso? El mundo est sometido al poder del mal. El
mundo no es, no ha sido ni ser nunca capaz de reconocer la luz que brilla en la
oscuridad. Pero s hay personas que, en medio de este mundo, viven sabiendo que l
est vivo y habita dentro de nosotros, que ha superado el poder de la muerte y nos ha
abierto el camino hacia la gloria.
Hay personas que, en memoria de l, se renen en torno a la mesa y hacen lo
que l hizo? Hay personas que siguen contndose unas a otras sus historias de
esperanza y salen juntas a ayudar a sus semejantes, sin la pretensin de resolver todos
los problemas, sino para llevar una sonrisa a un moribundo y un poco de esperanza a un
nio abandonado?
Por muy pequea, poco espectacular y oculta que pueda parecer esta vida
eucarstica, es como la levadura, como la semilla de mostaza, como la sonrisa en el
rostro de un nio. Es precisamente eso lo que mantiene vivas la fe, la esperanza y el
amor en un mundo que se halla constantemente al borde de la autodestruccin.
La Eucarista se celebra a veces con gran ceremonial, en esplndidas catedrales y
baslicas. Pero lo ms normal es que sea un pequeo acontecimiento del que muy
pocas personas tienen noticia. Se celebra en una sala de estar, en la celda de una crcel,
en un tico, fuera del mbito de las grandes corrientes que mueven el mundo. Se
celebra en secreto, sin lujosas vestiduras, sin velas y sin incienso. Se celebra con tal
sencillez que los que no asisten ni siquiera saben que est celebrndose. Pero, grande o
pequea, festiva o recndita, es el mismo acontecimiento, que revela que la vida es ms
fuerte que la muerte, y el amor ms consistente que el miedo.
Conclusin

La palabra Eucarista significa, literalmente, accin de gracias. Una vida


eucarstica ha de ser vivida con agradecimiento. La historia de los dos amigos que iban
a Emas, que es tambin nuestra propia historia, nos ha mostrado que el agradecimiento
no es una actitud obvia ante la vida. El agradecimiento necesita ser descubierto y vivido
con gran finura interior. Nuestras prdidas, nuestras experiencias de rechazo y abandono
y nuestros muchos momentos de desilusin no dejan de arrastrarnos a la ira, la amargura
y el resentimiento. Cuando nos limitamos a dejar que sean los hechos los que hablen,
siempre habr suficientes hechos para convencernos de que la vida, en definitiva,
conduce a la nada, y que toda pretensin de eludir ese destino no es ms que un signo de
profunda ingenuidad.
Jess nos dio la Eucarista para que pudiramos optar por el agradecimiento. Es
sta una opcin que nosotros mismos tenemos que tomar y que nadie puede tomar por
nosotros.
Pero la Eucarista nos incita a clamar a Dios en demanda de misericordia, a
escuchar las palabras de Jess, a invitarle a nuestra casa, a entrar en comunin con l y a
proclamar al mundo la buena noticia; la Eucarista nos permite liberarnos gradualmente
de nuestros muchos resentimientos y optar por ser agradecidos. La celebracin
eucarstica no deja de invitarnos a tener esa actitud. En nuestra vida diaria tenemos
incontables oportunidades de mostrarnos agradecidos, en lugar de resentidos, aunque al
principio podamos no reconocer tales oportunidades. Muchas veces, antes de
comprender algo en su justa medida, ya hemos dicho: Es demasiado para m No
tengo ms remedio que enfadarme y manifestar mi enojo. La vida no es justa, y yo no
puedo actuar como si lo fuera. Sin embargo, siempre est ah esa voz que, una y otra
vez, sugiere que estamos cegados por nuestra propia comprensin de las cosas y que, de
ese modo, nos arrastramos unos a otros al abismo. Es la voz que nos llama torpes, la
voz que nos pide que miremos nuestra vida de un modo totalmente nuevo: no desde
abajo, donde slo nos fijamos en nuestras prdidas, sino desde arriba, donde Dios nos
ofrece su gloria.
En ltimo trmino, la Eucarista accin de gracias viene de arriba. Es un
regalo que no podemos fabricar nosotros mismos, sino que tenemos que recibirlo. Un
regalo que se nos ofrece libremente y que pide ser libremente recibido. Ah es donde
est la eleccin!
Podemos elegir dejar al desconocido que prosiga su viaje y siga siendo un
extrao. Pero tambin podemos invitarlo a nuestra intimidad, dejarle que toque cada
partcula de nuestro ser y transforme nuestros resentimientos en agradecimiento. No
tenemos por qu hacerlo. De hecho, la mayora de la gente no lo hace. Pero siempre que
lo hacemos, todas las cosas, incluidas las ms triviales, se hacen nuevas. Nuestras
pequeas vidas se hacen grandes, y ello forma parte del misterioso trabajo de salvacin
de Dios. Una vez que tal cosa sucede, nada ser ya accidental, casual o ftil. Incluso el
ms insignificante acontecimiento habla el lenguaje de la fe, de la esperanza y, sobre
todo, del amor. Tal es la vida eucarstica, la vida en la que cualquier cosa que hagamos
es una manera de decir: Gracias a aquel que se uni a nosotros en el camino.
HENRI J. M. NOUWEN, escribi ms de treinta libros, entre los cuales se
destacan La compasin en la vida cotidiana, Diario desde el monasterio, Payasadas en
Roma, Un grito en busca de misericordia, Con las manos abiertas, El regreso del hijo
prdigo, Signos de vida, Caminar con Jess, Con el corazn en ascuas. Ense en la
Universidad de Notre Dame, Yale y en Harvard. Desde 1986 fue pastor de L'Arche
Daybreak, en Toronto, donde comparti su vida con personas discapacitadas, en una
experiencia que lo marc profundamente y se reflej en algunas de sus obras. Muri en
1996.

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