0 calificaciones0% encontró este documento útil (0 votos) 981 vistas84 páginasGruner - Las Formas de La Espada PDF
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ERs
Amparada en las
ilusiones (0 en
los intereses) de
la “democracia”
neoconservado-
ra, la Teoria Politica contempord-
nea ha abandonado la reflexién so-
bre Ia violencia. Sin embargo, la
més alta tradicién del realismo criti
co en este campo -de Platn a Hob-
bes, de Maquiavelo a Marx, de We-
ber a la Escuela de Frankfurt, de
Carl Schmitt a Foucault, de Hegel a
Sartre- se distinguié por no ocultar
nunea el cardcter const
simulado por el “equi
zas” del Contrato. Detras de la Ley,
estd siempre la Espada. Una Espa-
da “interna” tanto como externa: la
“legitimidad” puede explicarse
también por la subjetivizacion de la
violencia. En esta época, en la que
fundamentalismos, postmoderni-
dades y globalizaciones producen
el retorno de la violencia reprimida,
4no sera hora de hacer escuchar de
Ruevo la voz ronca, licida e impla-
cable de los clésicos?
ES eoiciones counue
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EDUARDO GRUNER
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EDUARDO GRUNER
LAS FORMAS
DELAESPADA
MISERIAS DE LA TEORIA POLITICA
DE LA VIOLENCIACartruto Cuatro
Delas (asillamadas) crisis de legi
Notas
Captruto Crvco
Depostmodernismos y neo-postfundamentalismos ...
Notas
Cartruto §
De (post)modernismos, (re)globalizaciones y
(neo)representaciones
Notas .ceccscseesnseee
oc
De nuestros miedos y nuestras ilusi
Notas err
nes
63
81
104
v5 |
144
145,
163PRoLoco
Delas pobrezas dela teoria
Notas.
; lv
DUCCION
| De sujetosy fantasmasen la cultura
politica de Occidente...
Nous...
| Cartruto Uo
Del cardcter constitutivo dela
ena politica ..
Cartruto Dos
Dela politica como (re)negacién
delaviolencia
Notas
‘ULO TRES
Dela (re)negacién subjetivada
Notas:
13,
31
38
39
49
oe SL
61dica del Estado moderno (explicitada a partir de Kane)
logra la hazafia de un despojamiento de la autono!
conereta —es decir, basada en su situacién histérica par-
ticular y en su relacién cooperativa o conflictiva con los
ottos—, apoydndose en su propia “libertad individual”.
Es esta forma de violencia subjetivizada —que no ex.
cluye el recurso iiltimo a la
legitima” coercién fisica
por el Estado— la que esté en el fundamento de la poli-
tica moderna y del Estado “representativo", cuyas ven-
tajas comparativas respecto de una dictadura sangrien-
ta son indudables, siempre que uno no se deje deslum-
brar por la admirable sutileza de esta otra forma de do-
minacién.
Qué hacer, con codo esto, hoy? La sugerencia —si
es que se puede llamar asi— insinuada en nuestro dlti-
‘mo capitulo (la de un mantenimiento, y una consecu-
én hasta sus iltimas consecuencias, de las tensiones y
paradojas presentes en los
las fallas del “sistemal
cersticios que denuncian
J postmoderno-giobalizade) no
puede tomarse, atin dentro de su “voluntarismo”, mis
que como una bourade vacilante e hipotética. A lo sumo,
como una modestisima apuesta pascaliana: no es cues-
de tomar los necesa-
rios recaudos. Y no es la menor de las paradojas de
stro contemporineo Dasein el que esos recaudos
—un concepto que pareceria aconsejar una sobria y
cautelosa moderacién— sean inimaginables si no estén
tién de creet ciegamente, pero
apoyados en la més extrema y apasionada disposicién al
combate de las ideas, a la lucha por el sentido. ;Cues-
tién de cardcter, ini
‘acién personal? Sea. Pero tengo
la sospecha de que, sin esa “personalidad”, estari todo
perdido. Es demasiado lo que estd en juego: se trata
nada menos que de devolverle su sragicidad al sujeto
cémico, ridiculo, en que nos hemos convertido. Y de
162
retener, atesorar, hacer producir, la memoria a la que
Iter Benjamin cuando nos advertfa: si
nos exhortaba
nemigo —y esta ganando— ni los muertos es-
gana el
tarin a salvo.
Notas
\ Adorno, Theodor W: Dialéetica Negativa, Madrid,
Taurus, 1978.
2 Castoriadis, Cornelius: Linstitution imaginaire de la sacieté,
Paris, Seuil, 1976.
3 Castoriadis, C.: “La invencién de la democracia’, en Vieel-
ta, N° 11, junio de 1987.
4 Castoriadis, C1 “Poder, politica, autonom
Erégena, N° 14, invierno 1993.
5 Arende, Hannah: Los origenes del Totalisarismo, Ta Anti-
semitismo, Madrid, Alianza, 1978.
6 Arends, Hannah: Eichmann in Jerusal
Harvest, 1967,
Benjamin, Walter: Angelus Novns, op. ct.
c en Zona
San Diego,
i, Barce-
8 Arende, Hannah: Hombres en tiempos de oscori
lona, Gedisa, 1990.
Arends, Hannah: The life the Mind, San Diego, Harvest,
197
Griiner, Eduardo: “Entre el dolor y la nada’, en Dox.
No 1, Buenos Aires, 1990.
Sarre, Jean-Paul: Critica de la razén dialéctica, Buenos
Aires, Losada, 1968.
163ningiin “estado de naturaleza”: es una forma histérica y
specifica de sociedad. La “serialidad” no es algo natural
y espontinco, un instinto primordial en el que se recae
ante el hundimiento de las sublimaciones: es una cons-
truccién del Poder. Por supuesto, eso no puede hacerse
por la pura fuerza, ni atin por el més legitimo decreto:
es menester que los sujetos lleguen a creer que ésa es
tinica manera de vivir con (contra) los otros, que no hay
‘alternativas’. Otea vez: que hagan del proyecto ajeno el
propio
Nadie ha definido esto mejor que Sartre: “A parti
de aqui nace en mi el pensamiento serial que no es mi
pensamiento propio, sino aquél del Otro que soy y aquel
de todos los Otros: puede Ilamarse pensamiento de im-
potencia, pues yo lo produaco en tanto que soy el Otro,
enemigo de mi mismo y de los Otros, y en tanto arras-
to por todas partes este Otro conmigo.”!! Es una ma-
nera de vivir “con” que no me pertenece, a pesar de que
30 Ie he producido, del mismo modo que no me perte-
nece el producto de mi trabajo: ral vez sea esta “subjeti-
vidad enajenada’ por la seri
izacién la que permita res-
ponder, al menos en parte, a la cuestién por la que se
intetroga hoy el progresismo: gcémo es que el mismo
trabajador que, junto a otros, enfrenta sin miedo la re-
presién policial, 0 levanta la mano a la luz del dia para
votar una huelga en la asamblea piiblica, sin embargo
en la soledad del cuarto oscuro —donde el Estado y el
Pattén no lo ven— coloca la papeleta de sus verdugos?
Lo hace, precisamente, porgue estd solo , y porque es allt
(en su condicién de “ciudadano” aislado, desligado de
los lazos solidarios que lo unen a su clase, a su grupo,
miembro impersonal de la cadena de montaje de la de-
mocracia “fordista”, incluso ella vuelta obsoleta en la
era de la produccién “postfordista”) donde se apodera
160
de él el “pensamiento serial”. Es alli donde el sujeto,
como diria el propio Sartre, no puede toalizar su expe-
riencia, reintegrar su “mundo de vida" disociado entre
lo “pablico” y lo “privado”. Es alli donde se deja vencer
por ese miedo interiorizado al Otro que es él mismo, y
que no sintié (0 que pudo dominar) ante la amenaza
externa y compartida de los bastones po
mente, no se trata de miedo, sino de angustia ante lo
desconocido de la soledad jurfdica que prescribe el Es-
tado contractualista “de derecho”, que justamente por-
que interpela a los sujetos en su individualidad monddlica
aborta en ellos el pensamiento de lo diferente: los ciu-
dadanos son todos “iguales”, es decir eguivalentes e inter-
cambiables, Ellos también estén sometidos (como los
argentinos) a la Ley de Convertibilidad. ;Quign dijo,
pues, que alli el Estado y el Pacrén no los ven? Es alli
donde puede vigilarlos mejor que nunca, con la eficacia
de esa “estrategia pastoral” que los controla uno por uno:
una expresién que Foucault toma de la Iglesia, (asimis-
‘on, Estado y Patton electrénico
mo aplicable a la tele
que replica la soledad del cuarto oscuro con la soledad
penumbrosa del living 0 el dormitorio), pero que en
cierto modo reaparece en los fundamentos mismos de
Ja moderna dominacién escacal: es la forma politica lai-
ca del “cuidado de si” por la cual los sujetos asumen
ellos mismos la tarea de autovigilancia de sus “Virtudes
” sexual (es
icas”, asi como la de su “normalizaciéi
notorio el paralelismo descubierto por Foucaule entre
subjetivacién politica y la erética). Asi, la libertad abs-
tracta de un individuo-ciudadano igualmente abstracto
—vale decir, despojado de todos sus condicionamientos
histéricos, culturales y de clase— se contituye por su
propia “voluntad” en la base del Estado “ideal” que “te-
presenta” sus intereses “universales’: la concepcidn juri-
161-. 2
embargo, en una de las primeras cartas de su epistolario,
una angustiada estudiante de 19 afios interroga a su
maestro Heidegger —uno puede casi percibir la inquie-
tud reflejada en sus ojos inteligentes y ligeramente ator-
mentados— sobre “la posibilidad de aprender algo de
la Historia’. Muchas décadas después, en La vide del
cspirita, Hannah Arend escribiria: “La necesidad de la
Razén no esté inspirada por la busqueda de la Verdad,
sino por la buisqueda del sentido.”” :Quién sabe? Quizé,
de estar todavia viva, hoy se preguntaria —con el mis.
mo horror que le despertaban aquellos “jueguitos” con
los signos en los campos de concentracign— qué sim-
bolos banales estin siendo cosidos en nuestros unifor-
mes. Qué nuevos miedos nos prepara la trivialidad de
la “democracia” postmoderna
Miedo ja qué? Miedo spor qué? ;Se puede tener miedo
en plena democracia? Claro que si: como hemos inten-
tado mostrar al inicio de este ensayo, cualquiera que
haya leido a Hobbes sabe que el contrato “democriti-
co” es, en cierto modo, un producto del miedo, que
entonces se transforma en una de sus condiciones (no
en la tinica, claro esté: no es lo mismo vivir bajo el
contrato, aunque este sea necesariamente asimeécrico en
tanto efecto de una relacién desigualitaria de las fuerzas
sociales, que vivir sin él, sometidos a la compleca arbi
tratiedad del Poder: pero ello no quita que el miedo es
también wn fundamento contractual). Las respuestas a
aquellas preguntas abundan en el periodismo sociolégi-
co al uso: miedo a la marginalidad, a la pérdida del
trabajo, a no poder pagar la cuota del electrodoméstico,
al “salto al vacio”. Més dificil —como siempre— es la
pregunta por el origen: por ejemplo, zpersiste, por de-
tras de ese miedo “econémico”, la memoria oscura del
terror politico-milicar repetidamente instrumentado por
158
el Poder a lo largo de la Historia? Es cierto: muchos
cuestionan la idea de explicar la situacién “quebrad!
de la sociedad actual por el terror, cuando es ese terror
mismo el que necesita ser explicado. Ello no obsta, sin
embargo, para que —en un cierto nivel, no excluyente
de otros— el terror siempre latente sea una explicaci
plausible para la ausencia de alternativas, para la impo-
tencia de concebitlas, O que ciertas formas de violen-
cia y de terror de origen religioso y sexual (como las
que insiste en sefiala, entre nosotros, Leén Rozitchner)
sean identificables con la consticucién histética misma
de la subjetividad occidental. Pero en lo que tespecta a
la sociedad “postmoderna” posterior a la caida de los
diversos muros, aquel cuestionamiento tiene mucha ra-
zén en un punto: el miedo no es la causa de la
serializacién’ individualisca y de la ruptura de los lazos
solidarios, es su efécto. La tranformacién del modelo de
acumulacién emprendida por el capitalismo @ nivel
mundial ha requerido una gigantesca transformacién de
la “subjecividad” para lograr que los sujetos asuman el
nuevo proyecto de dominacién como propio y no como
algo impuesto “desde afuera’ por el Poder. El problema
es extraordinariamente complejo, pero hay que empe-
zara tratar de discernirlo. Una primera, y decisiva, cues-
tidn, es esta: como solia repetir Foucault, el Poder no
sélo reprime, sino que produce: para nuestro caso, nO
se trata solamente de que el Poder ha desarticulado los
lazos sociales de solidaridad (a través de lo que en otto
lado llamabamos un gigantesco trabajo de “refundacién
cultural”§), sino que ha producido otras diferentes: la
competencia salvaje, el individualismo indiferente y la
percepcién del semejante como enemigo ¢s un laz0 so-
cial. Como ya lo veia bien Rousseau en su critica a
Hobbes, la guerra de todos contra todos no consticuye
159elegante erudicién de sus andlisis— podria ser tachada
de ingenua o de excesivamente optimista, si no fuera
por aquélla casi espontinea lucidez. Toda su obra esti
atravesada por una irreductible tensién entre, por un
lado, esa apuesta al “optimismo de la voluntad” y, por
otro, el “pesimismo de la inteligencia” que le indica
—que le hace sospechar— que la tiniebla de la barbarie
no retrocede tan ficilmente ante las luces de la Razén,
Pero, otra vez aparece la tensién. En su laudatorig
ensayo sobre Jaspers en Hombres en tiempos de oscw.
ridad— Arendt reconoce que “la humanidad no debe
su existencia a los suefios de los humanistas nial razo-
namiento de los filésofos, ni siquiera, al menos no or
ginalmente, a los hechos politicos, sino casi exclusiva-
mente al desarrollo técnico del mundo occidental”. He
alli las influencias no reconocidas, renegadas, de Hannah
Arendt: Marx, Heidegger, Weber, Frankfurt. La “meta-
fisica de lo tecnolégico”, el fetichismo de la méquina, el
instrumentalismo de la raz6n, constituyen ideoldgicamente
a la légica del poder en el siglo XX (aunque puedan
intuirse ya in nuce en Ia ilustracién o en el positivismo
de los siglos anceriores), que encuentra su expresién
paradigmatica —aunque no tinica— en la “banalidad’
nazi, cuya cobertura declamatoria de neorromanticismo
irracional oculta su cardicter —‘trégi
por sus resulta-
dos, no por su “esencia’— frlamente adminisirativo
Atribuiele al nazismo, como hacen muchos autoconven-
cidos “demécratas” (incluso entre nosotros: véanse si
no los dislates incalificables del libelo sobre la moderni-
dad pergefiado por el inefable J. J. Sebreli), alguna clase
de “grandiosidad wagneriana” es, casi, hacerle un ho-
menaje: es no ver que la puesta en escena farsesca con la
cual aturdié al mundo durante mds de una década
—+sa falsaria “estetizaci6n de la politica’ ala que aludia
156
Benjamin— no es més que la otta cara de la mediocri-
dad de su “pensamiento”, y que el genocidio, el Holo-
causto (como Jo saben muy bien, por otra parte, sus
victimas sobrevivientes) no tiene nada de la majes-
tuosidad literaria de un Apocalipsis, y mucho de la
miserabilidad de la carrera de ratas en que se ha trans-
formado ioda la tivalidad politica entre las clases domi-
nantes en nuestro siglo, slo que llevada a sus conse-
cuencias tiltimas. Esa es la auténtica utilidad del con-
cepto de la “banalidad del Mal” descubierto por Hannah
Arendt: sitve para desmontar toda posibilidad de fasci-
nacién ante el monumentalismo del Poder.
Pero deberia servir también para denunciar que es
una posibilidad permanentemente abierta en la légica
de la dominacién mundial de la modernidad (como ha
sido demostrado hasta el harcazgo incluso después de la
desapaticién del nazismo y del stalinismo). ;O acaso
—atin sin Hegar a las manifestaciones mis directamente
sangrientas— la trivializacién massmedidtica de la polt-
tica actual no puede ser pensada como una forma de la
“banalidad del Mal” que desplaza, con su estética de
videoclip parédico, la miserabilidad del suftimiento al
que sigue sometido la mayoria de la humanidad? Des-
pués de todo, tal vez el nazismo haya sido ya la primera
, hasta ahora, més espectacular exhibicidn de politica
“postmoderna’, Algo de eso sospechaban ya, entre otros,
cultores de un pensamiento critico insobornable como
Adorno y Horkheimer, cuando hablaban de una socie-
dad de “administracién total” (es decir: de una “banali-
dad” burocritica que tenia sélo una diferencia de gra-
do, no de naturaleza, con el Ministerio del Olvido de
1984). Pero ellos eran, claro, demasiado “mat
demasiado “escépticos”, para el idealismo humanista y
espitituoso de Hannah Arends y Karl Jaspers. Y sin
157es
reais
H
4
Eee
a
(ys quiz4, conseguir un buen ascenso). Arendt acufia Ia
expresién banalidad del Mal para dar cuenta de ese cq.
récter cotidiano, impersonal, desapasionado, con el que
dl Testor se ejerce maquinalmente, sin “conciencia”, Ey
una verdad simple y atroz—que, en verdad, en los tiem.
pos en que ella era una inquieta estudiante de filosofia,
ya habja sido intuida, de maneras muy distintas, poy
Franz Kafka 0 por Max Weber—: atroz, porque supone
Ia insoportable implicacién de que esa manifestacién
“extrema” de la inaudita violencia del Poder no consti-
tuye una Alteridad radical, no es un monstruo inconce-
bible con cuernos y cola, echando azufte por sus fauces,
Es una posibilidad, can cotidianamente plausible como
cualquier otra, de la racionalidad politica occidental. Y,
por lo tanto, es un impiadoso escupitajo al rostro de las
“almas bellas” que confiaban ciegamente en las virtudes
de la Razén y el Progreso de la humanidad. De una
“razén” y un “progreso” que habian tetminado por ha-
cer triunfar su costado puramente manipulador, domi-
nador, desaprensivamente instrumental —como lo lla-
marian, con precisién, los pensadores de la Escuela de
rankfurt, con quienes Arends tendria intermitentes vin-
culaciones, no exentas de ambivalencia, En los afios
treinta, en pleno imperio de la “banalidad del Mal”
nacionalsocialista, otro pensador favorito de Arendt
—el trdgico Walter Benjamin— sintetizaria esa desola-
da evidencia en un epigrama famoso: no hay documen-
to de civilizacién que no sea, simulténeamente, un do-
cumento de barbarie’,
Pero entonces, si “después de Auschwitz ya no se
puede escribir poesia”, como diria Adorno, ;queda so-
Jamente la desesperacién? Hannah Arendt no es marxis-
a
ni siquiera una marxista critica y agnéstica, como
el propio Adorno—: no entra en su horizonte de pensa-
154
miento la biisqueda de una racionalidad alcernativa que
se apoye en las tendencias estructurales de la historia y
la sociedad en su buisqueda de una explicacién dialécti-
ca para esa coexistencia conflictiva de civilizacién y
barbarie. Tampoco es una nietzscheana: desconfia del
aliento trégico de una “genealogia de In moral” cuyo
virulento relativismo pinta el mundo de los valores como
un campo de batalla entre las “voluntades de poder”
Ella cree, pura y exclusivamente, en las ideas. Y aunque
hay una casi espontinea lucidez en sus ideas sobre la
raiz en tiltima inscancia sangrienta de la légica de la
dominacién politica (y eso la inscribe, tal vez a su pesar,
en la tradicién “realista” de Maquiavelo, Hobbes,
Spinoza, los mismos Marx y Nietzsche, Weber, Schmit),
apuesta por los imperativos éticos de Kant antes que
por la “ascucia de la razén” hegeliana, en la que cree ver
demasiado poco margen para la libertad de eleccién
Apuesta por su maestro Karl Jaspers en contra de su
otro maestro, Heidegger (aunque a su muerte le dedica
uno de los mas conmovedores testimonios filoséficos
del siglo), cuando el rector de la Universidad de Friburgo,
en 1933, cede a la tentacién de la “banalidad del Mal” y
se transforma, por un tiempo, en “lo tinico que un filé-
sofo no puede ser jamés: un burécrata”. Apuesta
—como otros filésofos politicos de su generacién: Leo
Strauss, Eric Voegelin, Isaiah Berlin— por el universa-
lismo politico de la polis clasica en contra de los
particularismos nacionales ¢ ideolégicos —con los que
identifica, erréneamente, al socialismo. Apuesta, en
definitiva, por el rescate de lo que pueda haber de
rescarable en lo que Habermas Ilamaria el “proyecto
inconcluso” de la Modernidad, por sus ideales de auto-
noma del sujeto y liberrad individual. Y su apuesta
—sin menoscabo de la hondura de sus reflexiones, de la
yee—también se dice— el seno del Estado. Pero el Estado,
fen tanto encarnacién ju
ica de la Nacién, no existe,
en un cierto nivel, més que por su poder, delegado en
él por los propios sujetos, de arrogarse la representacién
de esa imago unificante y gozosa que “especula” con la
ilusién de una continuidad sin fisuras entre la Insticu-
cién y los ciudadafos que la invisten libidinalmente para
satisfacer cierto “narcisismo de pertenencia’, La “re-
presentacién” —por la cual se nos persuade de que 10-
dos somos el Estado— implica, a partir de la filosofia
contractualista por lo menos, la violencia de un fetichis-
mo por el cual una “parte” asume el valor del Todo: ese
es, lo hemos visto, el profundo significado de la eritica
marxiana al “Estado ético” de Hegel, que aparece reali-
zando la completud del Espiritu en la Historia. La pre-
gunta elidida aqui es, “;pero, es que acaso existe la
Historia? zNo seré que hay las historias, una conflictiva
pluralidad de tiempos e historicidades que desmienten
esa imago unificada, asi como los sintomas (anti)his-
t6ricos del inconsciente desmienten la imago unificada
de la biografia del sujeto? Basta, a veces, que un aconte-
cimiento inesperado estalle —como una bomba en la
calle Pasteur de Buenos Aires— para que ese sintoma
desmienta la ilusién de completud y de unidad de
(post)Historia, abriendo un agujero en el muro
discursive que la sostiene
Y, sin embargo, persistimos en no hacernos cargo
de ese agujero por el cual podrfamos aunque fuera es-
piar las maneras de sustraernos (0, al menos, de inte-
rrogat) esos nuevos muros dominantes, atin en su apa-
rente dispersién —que es la dispersién de las esquitlas
de una bomba: una violencia menos concentrada pero
mis indiscriminada, que alcanza a los més inocentes, a
los mas desprevenidos—. En los campos de concentra-
152
cién nazis —relata Hannah Arende en un pasaje de su
monumental obra sobre el totalitarismo®— se cosia a
Jos uniformes de los judios una estrella de David amari-
Ia. Un objetivo, y no el menor, de esa operacién de
reconocimiento, eta el de quebrat la solidaridad interna
del campo: los otros prisioneros sabian que ee era el
més “comprometido”, y que no les convenia asociarse a
4. En cambio, en los més refinados campos de concen-
tracién franceses del gobierno de Vichy, se cosfa a los
uniformes de los internados simbolos completamente
arbitrarios, que no significaban, estrictamente, nada: nin-
giin prisionero podfa tener la certeza de cual era su ver-
dadera situacién, ni la de sus compafieros. Si los “tos-
cos” alemanes habian logrado partir por la mitad Ia so-
lidaridad interna, los exquisitos franceses (con su
racionalismo cartesiano, con su aguda conciencia del
poder de los signos) habian logrado atomizarla, disper-
sarla, hacerla estallar en infimos fragmentos. Esto ¢s,
estrictamente, el Terror: la incertidumbre “paranoica
ar al enemigo, que no puede dis-
que no permite codi
cernir de dénde viene la amenaza.
Podrfa parecer que esta es una forma extrem:
cepcional, de la maldad del poder. Pero no. En realidad
—y ese es el verdadero espanto— se trata de una apli-
cacién, completamente érivial en su estremecedora sen-
cillez, de ciertas reglas de la més pura Iégica. En un
controvertido ensayo escrito después del juicio a
Eichmann, en 19614, Arendr constata con horror una
evidencia inapelable: ese personaje siniestro que ha en-
viado a millones de seres humanos a la cimara de gas
catece totalmente de toda “profundidad demoniaca’. Es,
apenas, un gris y mediocre burdcrata, sin un particular
odio personal 0 ideolégico hacia sus victimas, sin otra
motivacién que la de hacer bien su tarea administrativa
ex:
153Sanna
nae
caine
=
cir algunas conclusiones, el de Castoriadis:
cabe tambin# Arendt Habermas. erent
la imposibilidad de hacer encarnar la Idea cnhe na
riencia singular, irreductible, aunque no necesatiamn
te consciente, de los suetos. La teoria politica (avin anun
lla exenta de las ilusiones del empirismo, y todavia tre,
ocupada por sus propios fundamentos filosdfices), cr,
cesivamente atenta a su deseo de hacetse reconocer un
status” académico, se ha apresurado a abandonat, 5
descuidar, cierta forma de “existencialismo” —hoy go,
demos utilizar este téemino sin temor a quedar wenn
dos en su fechabilidad o en las grills files de la his.
ria de las ideas— que se dejen atravesar por la “dialée,
tica negativa” producida entre la abstraccién y la
concretud: esa forma que ya puede encontrarse en Marx,
Y que se contintia en el primer Lukics, en Sartre, en los
pensadores de Frankfurt. “
‘La euestién judi’ es un mado de decir que encon-
tré Marx (el inventor del concepto psicoanalitico de “s
toma’, Jo Ilamé alguna vez Lacan) en 1843 para hablar
de las aporias de un pensamiento politico pretendi-
damente universalist, pero que no puede resolver la
ecuacién imposible de una equivalencia ence libers-
cin “teligioa” y liberacién “humana” (o, en su versién
“laica” posterior a 1848, encre igualdad juridica y des-
igualdad social). Es cierto: en 1843 Mars todavia no ha
producido el concepto de “proletariado”, es deci, el de
un sintoma como resto (como “plus” de valor) que si-
multineamente niega la pretensin de totalidad del cx.
pitalismo, pero es la condicién misma de su funciona-
miento como totalidad imaginaria. Sintoma ideologico
—como lo sabremos después, a partir de El Capital—
a la manera del fetichismo de la mercancia: lo es no
porque no pueda funcionar como “respuesta” (el sinto-
150
sma funciona asi casi siempre) sino porque no se le han
formulado las pregunzas necesarias. Las preguntas —ig-
noradas 0 des/conocidas— ocupan alli el lugar de la
“causa ausente” spinoziana, solicitando lo que alguna
vez Althusser Ilamé tna leccura, justamente, sintomdtica.
De todas maneras, el “modo de decit” que en 1843
designa como sintoma al (‘problema’) judio (0 ahora
abe, chechenio, bosnio o lo que corresponda), no es
tun modo cualquiera: puesto que en 1996 lo puede se
quir designando tanto como antes de 1843, lo muestra
Como resto que niega la universalidad de la cultura oc-
cidental, de la cual sin embargo es, en cierta forma,
su origen. Lo cual plantea la cuestién de Ia igualmente
imposible ecuacién entre la semejanza y la diferencia
todos somos judios —bosnios, chechenios, ete—, des-
de ya, pero algunos (los que murieron en Auschwitz,
pongamos) lo son més. El deslizamiento en Ix persona
gramatical (del “somos” al “son’) sefiala la imposibili-
dad que hace sintoma en una inestabilidad del sujeto
para nada ajena al poético “Yo es otro”, pero quizé mis
afin, si no fuera por su cardcter tragico, al chiste
—judio, digno de figuracién en la Pricapatologia de la
vida cotidiana— de Marx (Groucho, no Karl): “—Es
extraordinario cémo se parece Ud. a Fulano”; “—Pero,
si yo soy Fulano”; “—jAh! No es raro, entonces, que se
parezca tanto a dl.”
Precipitarse voluuneariamente, por lo tanto, en Ia iden-
tificacién con las victimas —llimense “minorias” socia-
les, émnicas, culturales, sexuales o religiosas—, es hacer
el juego de la (sostenemas que el término sigue siendo
valioso) ideologia dominante que pretende, como se dice,
“disolver el sintoma’, aplanar las diferencias para resti-
tuit la sagrada familia de los semejantes, Ia unidad de
un “nosotros” hecho de equivalencias fusionadas en
151tor dominante de la formacién de las actitudes politi.
cas
Lo que los atenienses “inventaron’, entonces (y que
quizé recién ahora estemos en condiciones de compren-
der paradéjicamente, en una época en que la politica ha
y dela manera en que ella esté condicionada por aquella
dominacién, que les impide ser los instituyentes de la
polis.
Ese como si, esa ficcién (pero ya se sabe que “la
verdad tiene estructura de ficcién”, como en el suefio)
sido miserablemente reducida a esas méscaras
descascaradas que apenas pueden ocultar el juego de los
intereses), lo que “inventaron”, digo, no es tal 0 cual
politica, sino /o politico: es decir, “la sociedad en tanto
auto-cteacién y capacidad de auto-alteracién, obra del
imaginario radical como instituyente que se
autoconstituye como sociedad constituida e imaginatio
cs, pues, el presupuesto de lo auténticamente politico en
| su funcién de “imaginario” auto-creador. Esa es la con-
tribucién definitiva y fundadora —en el sentido de dada
de una ver para siempre, y luego prolijamente oculrada
durante toda la historia— de los atenienses (no de los
“griegos”) a la culeura occidental: porque los atenienses
(no los “griegos”) inventaron, si, la politica, la democra-
rt
eee
ate oR:
social cada vez particularizado”’. El alambicamiento de
la formulacién tal vez sea innecesario, pero la
farragosidad del lenguaje también da cuenta de una ldgi-
ax de la propia dificultad de constitucién del pensa-
miento original sobre lo politico: es la misma actividad
“autoinstituyente”, “autocreativa", que por definicién
no tiene un cierre ni una finalidad predeterminada
—no ¢s teleoldgica—, la que especifica una de las tres
tareas escrictamente imposibles que sefalaba Freud: en-
sefiar, psicoanalizar, hacer politica. “Imposibles”, por-
que justamente las eres deben suponer, para llevarse a
cabo, una autonomia del sujeto que todavia no existe. Las
tres deben ayudar a hacer emerger tn sujeto auténomo
en una sociedad heterénoma, dominada por “intereses
cia, la filosofia. Pero, sobre todo, inventaron la trage-
dia: 0 sea, segiin Castoriadis, la demostracién no
“discursiva’, no “argumentativa’, de que el Ser es Caos,
de que no solamente no somos duefios de las conse-
cuencias de nuestros actos, sino que ni siquiera domi-
namos su significacién. Y es por es0, por esa fala consti-
jutiva en nuestro ser de sujetos, que sélo nos queda (y
no es poca cosa) el imaginario auroinstituyente, nos
queda hacernos sujetos de nuestra propia falta, conquis-
tar nuestra propia autonomfa “imposiblemente”, en
contra de un Poder que pretende hacernos creer que ya
la tenemos: que sélo es digno de mencién lo “posible”,
lo que ya es, esa muerte de la tragedia en favor de una
comedia (humana, demasiado humana) por la que ya
articulares” que teriori re
pa tse ue 7 son in i izados, aleg: mente, por no somos capaces de reconocer la guetra interna, la
ios sujetos cuya plena auronomia requeriria su | distancia que mantenemos con nosotros mismos.
liberacién de ellos. Esa es la dimensién propiamente | Bi hi é ds “neouni
Se ee jen, pero zhasta qué punto puede este “neouni-
. pricticas “imposibles”. Y eso es lo versalismo” —intento de sintesis entre el pensamiento
mejor que tienen, esa necesidad de recuttir a un como tlisico y el postmoderno— daenos una auténtica res-
4
|
i
a
sr
Pyeisisiarsss
silos sujetos ya hubieran conquistado su autonomia, y
asi enfrentarlos con la verdad de su “sujetamiento”, pro-
ducitlos como sujeros eriticos de su propia subjetividad
148
puesta? O, al menos: ghasta qué punto nos ayuda a plan-
tear las auténticas preguntas? Los neouniversalismos
—hemos tomado a modo de paradigma, para introdu-
149mente, y es el niicleo mororizador de toda su escritu,
La preocupacién central de su teoria es, en este conteg
to, descubrit —por detrds de esa aparente inmovilidad
de las sociedades instituidas , decerminada por la “ide,
tidad” entre su “ser” y su “decir’—, el movimiento me
manente de una émaginacién insttyente, en el queke
imaginarios" sociales no cumplen tan slo un rol “ideo.
légico” conservador, sino una continua interrogacién »
re-construccién de los propios fundamentos inet)
tucionales de lo social, y asimismo de lo subjetivo (en
tanto la constitucién misma de la subjetividad esti atea.
vesada, y a veces fundada, por la imaginacién inst
tuyente). ° 4
_ De toda esa vasta produccién escrita de Castoriadis,
sin embargo, lo que prefiero —al menos de lo que co.
nozco— es un modesto articulo llamado “La creacién
de la democracia’?: alli, el pretexto académico de dis-
cutir los principios basicos de la “invencién democriti-
ca” (asi la Hamarfa su ex compatiero de Socialisme ou
Barbarie, Claude Lefort) realizada por los atenienses (no
por los “griegos”), le sirve a Castoriadis para “ensayar
—a propésito de un caso histérico que no es, claro
estd, cualquiera— una puesta en prdctica de sus ideas
sobre el poder autoinstituyente de las sociedades, y el
modo en que esa praxis interminable (que no permite
jams una cristalizacién, una “institucionalizacién” ple-
1a) produce, en su propia préctica, un swieto igualmen-
te “interminable” —teoria politica y teorfa psicoanalitica
aparecen aqui reformuladas como un solo y asimismo
inacabado cuerpo teérico que se “autoinstituye” en el
proceso mismo de su practicarse, Esta manera de pen-
sar la politica (manera “anarquista”, ha sido etiquetada
con exceso de amplicud, por su resistencia anti-
institucional) privilegia el movimiento fiundacional de lo
146
itico, entendiéndolo —al modo ateniense— como
pol
Pra suerte de “totalidad abierea’ —es decir: en perpe-
quo proceso de retotalizacién, divia Sartre— que reivin-
dca la soberania para el conjunto del demos, y que bus-
fez st absoluta autonomia respecto de los “intereses par-
siculares”
Pero “autonomia” es un concepto que hay que ma-
nejar con precauciént el ideal de una unidad del cuerpo
politico como “horizonte de expectativas’ regulador de
la prictica auroinsticuyente implica que no puede exis-
tie —como no existia en la concepcién ateniense de la
polis— una separaciOn, una “esquiaia’, encre lo politi
0, lo social, lo econémico. Esta separacién es, justa-
mente, una manipulacién ideoldgica que pretende (como
ya lo habia denunciado Marx, de quien Castoriadis re-
riega un tanto apresuradamence bajo el argumento poco
sostenible de que su “productivismo” seria el origen del
gutoritarismo staliniano) hacer de la auronomia de la
politica un fetiche por el cual se hace pasar la parte por
el todo: fa “igualdad” de una ciudadania meramente
juridica disfraza (al mismo tiempo que revela, si se la
sabe leer bien) la profunda desigualdad econémica y
social, que es la que obstaculiza el movimiento autoins-
tituyente del conjunto: “La politica’, dice Cascoriadis,
“es aniquilada cuando se convierte en una méscara para
la defensa y afirmacién de los intereses. Pues entonces
el espacio politico se halla desesperantemence fragmen-
tado. Pero si. la sociedad esté, en realidad, profunda-
mente dividida en funcién de intereses contradictorios
—como lo esti en la actualidad—, la insistencia en la
auconomia de lo politico se vuelve gracuita. La respues-
ta no consiste entonces en hacer abstraccién de lo so-
cial sino en cambiarlo, de manera tal que el conflicto de
intereses sociales (0 sia econémicos) deje de ser el fac
147ww
tedio, O, pata no andarse con eufernismos: seria el triun-
fo total y definitivo de la barbaric.
Notas
' Rorty, Richard: Contigencia, ironta y solidaridad, Barcelo-
Paidés, 1991
2 Lyotard, Jean-Frangois: “Defining the postmodern”, fea
Documents 4, 1985,
> Callinicos, Alex: Conera el postmodernismo, Bogoté, El
Ancora, 1993,
* Sloterdijk, Peter: Critica de la razén cinica, Madrid, Taurus,
1989.
5 Wallerstein, Immanuel: El moderno sistema mundial, Méxi-
co, Siglo XI, 1984.
© Balibar, Etienne: “The Nation form, history and ideology”
en Review N° 3, Vol. XIII, verano de 1990.
7 bid
§ Laclau, Ernesto: Emancipacién y diferencia, Buenos Aires,
1, 1996, pags. 7 y 8
° Marcuse, Herbert: El hombre unidimensional, México,
Mortiz, 1970.
"© Adomo, Theodor W: Teoria Extética, Madri
1979,
Taurus,
* Vidal-Naquet, Pierre: Los asesinos de la memoria, México,
Siglo XXI, 1994.
144
Epflogo
( DE NUESTROS MIEDOS Y
NUESTRAS ILUSIONES
En el firrago fragmentario (fragmentariedad segura-
iad” fetichizada
mente tan “falsa” como la “falsa tot
que denuncia Adorno!) del postmodernismo, hay quie~
nes, desde una comprensién ampliada de la teoria poli-
tica, se proponen reconstruir alguna forma de pensa-
miento universalista. La més reciente de esas recons-
trucciones, la de Castoriadis, puede quiza servirnos
como apélogo para empezar a concluir fo interminable.
Se podria decir, supongo, que el “opus magnum” de
Cornelius Castoriadis (La institucién imaginaria de la.
sociedad, 1975) es una inmensa —y a veces, tal vez,
excesivamente pretenciosa— empresa de refutacién de
Jo que él llama la “légica conjuntista-identitaria’, y que
puede resumirse con sus propias (y densas) palab
“Desde hace veinticinco siglos, el pensamiento greco-
occidental se constituye, se elabora, se amplifica y se
afina sobre esta tesis: ser, ¢s ser algo determinado; de-
cir, es decir algo determinado; y, por supuesto, decir |
verdad es determinar el decir y lo que se dice pot las
determinaciones del ser, 0 bien determinar el ser por
las determinaciones del decis, y finalmente constatar que
las unas y las otras son lo mismo"?. La fusién del ser y
del decir como Mismidad (el pensamiento como Razén
congelada) en una falsa totalidad de lo dado para siem-
pre es lo que Castoriadis se propone combatir politica-
145entre lo real y Ia ficcién fuera desplazado por utr estado
extremo de fusién, de completa identificacién, nunc,
mejor criticada que en la célebre anéedota en la cual un
grupo de curistas alemanes en el museo, reconociendo 3
Picasso, le sefialan el Guernica y le preguntan
admirativamence: “Usted hizo e302” “No”, responde el
pincor, “lo hicieron ustedes”. Relatada hoy, esta respuesta
adquiere el valor de un enunciado escandaloso por su
anacronismo, Como si dijera: sefioras y sefiores, enté-
rense de que lo real existe, y que sus crimenes no pue-
den ser tan ficilmente indultados por el juego inofensi-
vo de las representaciones. La Guerra del Golfo st ha
tenido lugas, y parece ser incluso —aunque monsicur
Baudrillard no lo crea— que alli se ha matado gente.
Desde luego, los multiplicados monsieur Baudrillard
que hoy hacen el agosto de los “mass media” no han
llegado al extremo —como si han Ilegado algunos de sus
colegas alemanes— de decir, por ejemplo, que tampo-
co Auschwitz ha tenido lugar, aunque no se entiende
muy bien por qué: no digo que esté en sus intenciones,
pero esté en su légica. Ellos quisieran, para sentirse to-
talmente cémodos y reconciliados con el mundo, que
también Auschwitz pasara a formar parte de esta reset-
va de imagenes deshistorizadas en que se ha transfor-
mado nuestra aldea videoelectrénica. ;Seré demasiado
injusto recordarles lo que decia Benjamin, a propésito
de que la estetizacién de la politica —y, por lo tanto, de
la muerte— es el ademan caracterfstico del fascismo?
Se me objetard, claro esté, apelando a la literalidad, que
precisamente decir que un acontecimiento no ha tenido
lugar es aludir criticamente a su no—localizacién sim-
bélica, a su ubicuidad indererminada por la imagen
massmedistica. Peto esto es tun juego de palabras que
no pone realmente la Palabra en juego: decir que algo
142
no ha tenido lugar es tambier decir que no lo tendrd,
que ya Ro podremos recuperarlo sino bajo la forma de
ese eterno presente de la imagen electrénica sin fisuras,
y que ese es el verdadero “fin de la historia’: no tanto de
|a historia pasada sino de la hiscoria futura, deseo intl
frente a una actualidad reconciliada consigo misma en
Ia pura representacién. Es la liquidacién, si, de la me-
moria histérica, pero mas codavia de la “memoria anti-
cipada” a la que aludfa Bloch.
En un libro reciente que significativamente habla
del exterminio en los campos de concentracién, y que
igual de significativamente se titula Los asesinos de la
memoria, Pierre Vidal-Naquet califica de inexistencia-
limo al rasgo central de la culcura contemporinea, que
consiste en postular ——apoyindose sobre la celebracién
de un triunfo de las imigenes— Ia desaparicién de las
realidades sociales, politicas, ideales, culturales o biolé-
gicas, y (cito) “remitir a la inexistencia las relaciones
sexuales, la dominacién, la opresién, la sumisién, la
historia, to real, el sujeto, la naturaleza, el Estado, el
proletariado, la ideologia, la politica, la locura y los ar-
boles”!?
Si. las imégenes ficcionales, cuya lucider critica —a
tenor de Adorno— era la de instalarse como diferencia
con esa realidad desgarrada de lo humano para hacerla
mds evidente ¢ inquietante, fueran ahora a sustituirla,
zno les quedaria como tnica aspiracién la de ser radi-
calmente inhumanas, la de afirmarse en su propia alie-
nacidn, la de disolverse en su propio fetichismo, la de
complacerse en su carcrer de mercancfa, borrando todo
deseo insatisfecho junto con el trabajo interrogador del
inconsciente? Ese triunfo de la comunicabilidad total
seria, entonces, el descanso tibio y final en el goce del
143=
medios de comunicacién— un objeto ideolégico por
excelencia: no hay acaso tambiéri; en el cine, la ilusign
de la representabilidad total, de la imagen sin “lado de
afuera’, cubriendo totalmente la pantalla y hacigndose
presente a los ojos como si fuera ef mundo mismo? Se
podrfa, incluso, ensayar la siguiente definicién extem-
porinea: el cine es el lugar de encuentro entre el fetichismy
de la mercancia y el proceso primario.
Pero, por supuesto, quien dice “lugar de encuentro”
dice también “lugar de conflicto”: el cine, en sus mejo-
res y mds auténomas formas, codavia permite que el
inconsciente funcione, que un deseo sin objeto
discernible instale su distancia critica, tensione s@ insa-
tisfaccién en los interrogantes dirigidos a una imagen
que nunca termina de coincidir su propia pretensién de
representarlo todo. En cierto modo, el recorrido de la
obra del tinico auténtico pensador critico que ha pro-
ducido el citie contemporineo —me refiero, natural-
mente, a Jean-Luc Godard— podria leerse como un
heroico esfuerzo consciente por devolverle al cine su
inconciente politico, por mostrar en sus propios films
una préctica que consiste no sélo en producir peliculas,
sino en producir significaciones sobre lo real, y més atin,
mostrando que lo real mismo es una significacién pro-
ducida, “desnaturalizando” lo real para que veamos en
él su cardcter no reconciliado, sus desgarramiencos
irvepresentables.
Al revés, la ideologia massmedidtica de la perfecta
comunicabilidad busca borrat, junto con el lugar de
encuentro, el lugar de conflicto entre el fetichismo de la
mercancia y el trabajo incontrolable del inconsciente.
Si todo es “obscenizable”, si todo es “representable” hasta
el limite en que la diferencia critica entre lo decible y lo
indecible pierde su razén de ser, entonces no hay
140
desgarramientos, no hay faltas ni agujeros en lo real que
puedan ser interrogables o criticables, y todo se vuelve
Eonfortablemente soportable en la “democracia’ de la
imagen clectrénica, Pero este triunfo de una racionali-
dad puramente instrumental que lograra poner a la fic-
cidn al servicio de un deseo alienado en su propia satis-
faccién tapando con imagenes la imperfeccién de lo real,
obligaria entonces a replantearse de manera radical el
estatuto “liberador” de la ficeién. Ya no parece tan evi-
dente que toda ficcién pueda producir la Verdad, ni
siquiera (y tal vez menos que nunca) apostando a un
supuesto “pluralismo” de las imagenes que no se inte-
troga por la légica de produccién global que trabaja
para esa apariencia de “dislocacién”. Las teorfas
postestructuraliscas, deconstruccionistas, postmoder-
nistas 0 como se las quiera llamar, corren aqui el peli-
gro de recaer en una ingenuidad (cuando no en un inte-
és culpable) simétricamente inversa a la del realismo
tradicional pero con efectos ideoldgicamente homélogos,
al suprimir la alteridad critica que la ficcién opone a
tuna realidad que —por la mera existencia de esa
alteridad— puede percibirse como cruelmente insufi-
ciente. La postulacién del mundo, de la sociedad o de la
subjetividad como pura dispersién fragmentada de imé-
genes sin referencia localizable, zno puede resultar con-
tradictoria con la idea del mismo Foucault —de quien
cantas de estas teorias se dicen tribucarias— de que es ef
Poder mismo el que pretende adquirir este cardcter en
apariencia caprichosamente circulatorio, de “asociacién
libre” desligada de todo objeto real, para mejor ocultar-
se en una “ficcionalizacién” que quiere mostrarse in-
ofensiva?
La ideologia de lo totalmente comunicable habria
alcanzado asi el punto de triunfo en que el conflicco
141=
‘Adorno, por ejemplo, ve éon lucidez que lo que a
llama “obra de arte auténoma’, a pesar —o quiz’, jus-
camente, a causa de— su elitismo consciente 0 incons-
cientemente impugnador del sentido comin, tiene la
posibilidad de instalar una “dialéctica negativa” en la
que no se trata solamente de una caprichosa sustraccién
© anulacién de lo real: la auronomia de la obra de arce
—como la del Estado que examindbamos més artiba—
es, para decirlo althusserianamente, autonomia relati-
va, lo cual significa, lo repetimos, que es una cierta
relacién de conflicco con lo real lo que produce su efec-
to de autonomia. La singularidad enigmacica de la obra
de arte, irreductible a la comunicabilidad del Concep-
to, esti por ello mismo en permanente tensién con la
“falsa cotalidad” de las representaciones dominantes de
Jo real!®, Como en el sueiio, las “asociaciones” libres de
la obra develan un trabajo del Inconsciente que produ-
ce una préctica transformadora y critica de las ilusiones
y las certezas de un Yo sobredaptado y subordinado a
las imagenes de la realidad. En tanto manifestacién de
una utopia del Deseo, la obra aut6noma muestra, por
contraste, la pobreza de una realidad en falta, no en el
sentido de esa falta constitutiva que Freud ubica en el
origen mismo del deseo, sino en el de un deseo secues-
trado por la fetichizacién capitalista. Ese “secuestro” del
deseo no es sino la promesa de una satisfaccién plena
de la necesidad de ficciones en lo totalmente
representable, paralela a la promesa de una satisfaccidn
plena de las necesidades materiales en la oferta del merca-
do. La ideologia massmedidtica de la comunicabilidad
cotal, con su aspiracién a la eliminacién del inconscien-
teen un mundo que fuera pura representacién, signifi-
carla, en este contexto, Ia liquidacién de esa distancia
critica entte lo real y una ficcién que sea “preapariencia’
138
o ‘memoria anticipada” (las expresiones son de Ernst
Bloch) de lo que podria ser el sujeto reconciliado con su
Deseo, si ese deseo no estuviera tan enajenadamente
reconciliado con las imagenes presentes y actuales del
mundo con que lo alimenta la Industria Cultural. Una
industria cultural que, en el limite, postula la posibili-
dad de que una ficcién no auténoma (pues, qué puede
querer decir “autonomia" para alguien que esti solo en
e| mundo?) sustituya a la realidad que se proponia po-
encialmente contradecir por su alteridad, por su dife-
rencia critica con ella
Es interesante, en este sentido, que Adorno (al igual
que Freud, aunque por distintas razones) tuviera una
cierta desconfianza en la nica forma de arte inventado
en el siglo XX, en la tinica forma de arte que (por lo
menos hasta el momento en que Adorno escribe) tiene
practicamente desde su nacimiento el “pecado original”
de set un producto paradigmatico de la industria culeu-
ral y una mercancfa ficilmente fetichizable por el mer-
cado global: estoy hablando, desde luego, del cine, que
ademés tiene el privilegio de ser la forma estérica que
con mayor analogia reproduce en su Iégica de construc
cién ficcional las operaciones del inconsciente. No hay
tiempo de demostrarlo aqui, pero bastaria ver cualquier
‘film bajo el protocolo de lectura del capitulo séprimo de
La interpretacién de los suefios de Freud y de los textos
sobre teoria del montaje de Eisenstein para encontrar
en la diégesis filmica todo lo que describe Freud como
trabajo subterrineo productor de las imagenes del sue-
fio: condensacién, desplazamiento, inversién en lo con-
tratio, articulacién de representacién de cosa y repre:
sentacién de palabra, lo que se quiera. Y es es0 lo que
hace a esta forma de arte —que tanto ha influido a todo
el arte del siglo XX, y por supuesto a la “estética’ de los
139
—Ytarea de interpretar el mundo, y por lo tanto de’trans.
formarlo, ya que toda préctica de la interpretacién, en
la medida en que problematiza la inmediatez de lo apa-
rente, introduce una diferencia en el mundo, lo vuelve
parcialmente opaco. Esa opacidad, esa inguietante ex.
trafeza ante la sensacién de que el mundo guarda secre-
tos no dichos y tal vez indecibles, no representados y tal
vez irtepresentables, no comunicados y tal vez
incomunicables, de que hay algo que se juega en alguna
otra escena que la de las representaciones inmediatas, es
lo que se llama —ya sea en términos ampliamente
epistemolégicos o estrictamente psicoanaliticos— lo
inconsciente
Ahora bien: las ideologias massmedidticas de la trans-
parencia y de la perfecta comunicabilidad, de un mun-
do sin secretos y donde por lo tanto toda interpretacién
y toda critica serfa superflua frente a la ubicuidad de lo
inmediatamente visible, estas ideologias parecen volver
obsoletas hasta las mas apocalipticas previsiones de la
Escuela de Frankfurt sobre los efectos de la Industria
Cultural: por ejemplo, las impugnaciones marcusianas
a la “desublimacién represiva” 0 a la “colonizacién de la
conciencia”?, puesto que de lo que se tratarfa aqui es de
mucho mds que eso: se trataria de la lisa y lana elimina
cién del inconsciente, y por consiguiente de la liquidacién
de la subjetividad critica. No habria ya “otra escen:
sobre la que pudiéramos ejercer la sana paranoia de
sospechar que en ella se tejen los hilos de una imagen
que aparece como sintoma de lo irtepresentable, sino
tuna pura presencia de lo representado, una pura obsce-
nidad, que no es otra cosa que la obscenidad del Poder
mostrindose al mismo tiempo que aparece disolverse
en la transparencia de las imagenes fetichizadas.
Pero la ideologia massmedidtica de la comunica-
136
bilidad tiene una segunda consecuencia, estrechamente
ligada a la anterior, en la que quiero detenerme un mo-
mento, y ¢s la de la disolucién de los limites entre k
realidad y la ficcién. Me doy cuenta de que esta es una
afirmacién extraordinariamente problematica, ya que
ni lo que llamamos “realidad” es una categoria de defi-
nicién tan evidente, ni lo que llamamos “ficcién’” es tam-
poco algo tan evidentemente opuesto alo que llamamos
“verdad”, cualquiera sea la definicién que queramos
darle a este tiltimo término. Justamente, las monumen-
tales narrativas tedricas de un Marx 0 un Freud estén
montadas sobre la idea de que las grandes producciones
ficcionales de las sociedades (llémense ideologia, reli
gién o fetichismo de la mercancfa) 0 de los individuos
(limense suefios, lapsus 0 alucinaciones) no son, en el
sentido vulgar del término, mentiras, sino regimenes de
produccién de ciertas verdades operativas, légicas de
construccién de la “realidad” que pueden ser desmonta-
das para mostrar los intereses particulares que tejen la
aparente universalidad de lo verdadero. Como diria el
propio Freud, la verdad tiene estructura de ficién, y por
Jo tanto la interpretacién solo puede producit la crit
a
de lo que pasa por verdadero a partir de esas ficciones
tomadas en su valor sintomético. Dicho lo cual, no sig-
nifica en absoluto que todas las construcciones
ficcionales tengan el mismo valor critico, sino solamente
aquéllas en las que pueda encontrarse la marca de un
conflicto con lo que se llama “realidad”, y que sean por
lo tanto capaces (atin, y sobre todo, si lo hacen de ma-
nera “inconsciente”) de devolverle su opacidad a la en-
de lo real, de escuchar en ella lo
gafiosa transparenci
no dicho entre sus lineas, lo no representado en los bor-
des de sus imagenes, lo no comunicado en el murmullo
homogéneo de la comunicacién.
137
ee!——~ ae
duccién y acumulacién de objetos para compravender
‘Como en estos tiempos “posmodernos” los objetos
de compraventa —esas mercancias-fetiches de triste
memoria— son fundamentalmente (cuando no exclusi.
vamente) imdgenes, y como la mayoria de las imagenes
tienen la fastidiosa costumbre de colocarse en el lugar
de los objetos para re-presentarlos, no sorprenderé a nae
dic que me atreva a afirmar: primero, que si todavia
existe hoy algo parecido a lo que en aquellos tiempos
pretéritos se Ilamaba “lucha ideolégica’, esta se da en el
campo de las representaciones antes que en el de los con-
ceptos: y segundo, que todo este galimatias que sin mu-
cho éxito estamos tratando de desentrafiar nos conduce
peligrosamente de regreso a la cuestién de los medios
de comunicacién de masas
O, para ser mas precisos, de eso que ya hemos men-
cionado repetidamente, eso que Adorno y Horkheimer
etiquetaron como Ia Industria Cultural: una industria
que tiene la muy peculiar caracteristica de producir,
directamente, repreientaciones, cuyo consumo indiscri.
minado y “democritico” (ya que la Ley que preside su
elaboracién, como corresponde a una constitucién re-
publicana, es igual para todos, aunque sean muy pocos
los aurorizados a elaborarla, y esos pocos se llaman, ca-
sualmente, representante), no se limita a satisfacer ne-
cesidades —reales o imaginarias— sino que conforma
subjetividades, en el sentido de que —puesto que por de-
finicién el vinculo del sujeto humano con su realidad esti
mediatizado por las representaciones simbélicas—, el
consumo de representaciones es un insumo para la fax
bricacién de los sujetos que corresponden a esas repre-
sentaciones.
Bastaria este razonamiento breve para entender la
134
enorme importancia politica —en el mas amplio senti-
do del eérmino— que tiene la Industria Cultural, ya que
una de las dos operaciones mas extremas y ambiciosas
a que puede aspirar el poder es justamente la de fabri-
car sujetos (la otra, por supuesto, es eliminarlos). Pero
podemos ir todavia més lejos. En efecto, esa fibrica de
sujetos universales que es la Industria Cultural
massmediitica —y que hoy, en la llamada “aldea glo-
bal”, ha realizado en forma parédica el suefio kantiano
del sujeto trascendental— postula a su vez su propio
suefio, su propia utopia “tecnotrénica”, si se quiere pen-
sarlo asi, que es la utopfa de la comunicabilidad toval, de
una transparencia absoluta en la que el universo de las
imagenes y los sonidos no representa ninguna otra cosa
més que a s{ mismo.
Se trata, cémo no verlo, del correlato exacto de la
idea de un mercado “transparente” en el que no existe
oro enigma que el calculo preciso de la ecuacién ofer-
ta/demanda, 0 de una democracia igualmente “transpa-
rente”, en la que un espacio publico universal establece
Ja equivalencia ¢ intercambiabilidad de los ciudadanos
—semejante a la de las mercancfas en el mercado 0 a la
de las imiigenes en el mundo de las comunicaciones—,
y donde la tinica “oscuridad” que existe (puramente
metaférica, claro estd) es Ia del cuarto idem donde el
ciudadano va a depositar su papeleca,
Pero esta idea de una comunicabilidad total, de un
mundo como pura voluntad de representacién —si se me
permite burlarme respecuosamente de un famoso titulo
de Schopenhauer— tiene, desde ya, varias consecuen-
cias. La primera (seguramente tranquilizadora para
muchos) es que de realizarse este stueiio massmedistico
de completa transparencia quedariamos inmediacamente
eximidos de, ademés de incapacitados para, la penosa
135— _ UU
nfa culeural totalizadora, sino que la fragmentacién del
mundo parece destinada a profundizarse més y més oy
la misma medida en. que se profundice la “globalizacie,
postmoderna”, Tal vez esta imposibilidad sea la expre.
sién de una crisis de hegemonfa sin precedentes en |g
hiscoria del capitalismo (de un capitalismo que, es bue.
no recordarlo, pese a las apariencias no ha cesado de
estar en crisis desde inicios de la década del 70): crisis
irénica si las hay, ya que hoy no hay nadie que le dispu-
te seriamente esa hegemonia. Ojalé nos equivoquemos,
pero de no ser asi, todos aquellos finales que nos pro-
mete triunfalmente la ideologia dominante podsfan muy
bien ser apenas el principio de una nueva era de caos y
barbarie.
Esta era, y aquellos finales, tienen tambign sus mo-
dos de representaciém como ya dijimos, el rol de los
medios de comunicacién y, mas ampliamente, de la
Industria Cultural, no es hoy meramente “instrumen-
tal”, sino el de una verdadera matriz de generacién de la
logica (la estética, la retérica) con la que tiende a ser
pensada y experimentada la cultura, y el de una verda-
dera metéfora de los nuevos modos de dominacién.
A riesgo de transformar en apariencia de provoca-
cién algo que no tiene la intencién de serlo, quiero in-
vocar, a propésito de los medios masivos de comunica-
cién, una categorfa que tiene un importantisimo estatu-
to te6rico en el pensamiento occidental: el concepto de
aburrimiento. O, si se quiere darle una dignidad filosé-
fica mayor, el concepto de tedio, que desde San Agustin
hasta Sartre sirve para designar una forma del goce por
Ja indiferencia, por el hundimiento en ese “sentimiento
eceinico”, como lo llamaba Freud, en el cual el sujeto
se libera de todo deseo y por lo tanto de todo conflicto
con su realidad, y por lo tanto de su propio dolor, pero
132
también de su propia existencia como sujeto.
Es imposible para nosotros, a su vez, no enmarcar
este concepto en la estricta dependencia que existe hoy
entre la idea que tenemos de los medios masivos de
comunicacién, y otras dos ideas que, si puedo decirlo
asi, dominan al discurso dominante en nuestra socie~
dad “postmoderna’: las ideas de mercado y de democra-
cia. La primera —no hace falta insistit en ello— cons-
tituye el operador ideolégico privilegiado y casi exclu-
yente del asf llamado “capitalismo tardio”, un operador
que si hasta no hace mucho tiempo tenfa que competir
con otros que reclamaban con cierta legitimidad ese
lugar privilegiado (por ejemplo, “Estado”, “sociedad”,
“cultura’, “lucha de clases”, etc.), hoy reina por si solo
hasta el punto que ha logrado subordinar a su propia
logica global a la otta idea, la de democracia, que como
sabemos en Ia actualidad designa principalmente (aun-
que no solamente) al supermercado “politico” al que
acudimos aproximadamente cada dos afios para reno-
var el “stock” de programas y dirigentes que consumire-
mos en los siguientes dos afios, sin que por supuesto
hayamos tenido mis intervencién en la elaboracién de
esos programas y la seleccién de esos candidatos, de la
que tenemos en el proceso de produccién y distribu-
cién de los productos que adquirimos en el shopping
En épocas muy pretéritas, en las que la gente todavia
lefa a ciertos autores del siglo XIX (autores hoy precipi-
tados en lo que un reciente ¢ ilustre visitante de nues-
tras pampas ha nombrado como “la era del vac
tales épocas esa fascinacién por las operaciones de com-
praventa se llamaba fetichismio de la mercancia, para de-
signar el proceso de indole religioso por el cual la idola-
tria del objeto impedfa al sujeto percibir la intrincada
—y a veces sangrienta— red de relaciones sociales de
133Posiblemente esta sea poco més que sina versién
sofisticada y “progresista” de la tesis del fin de las Ideg.
logias, lo cual seria consistente con las adscripciones
incelectuales de su autor (ya mencionamos que Laclay
es uno de los adalides de lateorfa del fin del Sujeto). Sin
embargo, no se puede negar que pone el dedo en un,
Haga, aunque no con la suficiente delicadeza. En real.
dad, una hipétesis central a todo lo largo del libro ¢¢
que hay en el mundo “globalizado” actual una suerte de
sensién permanente entre universalismo y particulatis.
mo, que todavia no parece estar en vias de resolucién, y
que quiz no pueda ser resuelta, ya que la de “universs,
lismo” es una categorfa sin duda necesaria pero imagi-
narie: “la categorfa de totalidad nos persigue a través de
los efectos que se siguen de su propia ausencia’, ya que
dicha categoria no es mis que la negacién de los
particularismos que se relacionan antagonisticamente
entre si, y que necesitan apelar a ella porque, por defi-
nicién, un particularismo sélo lo es porque se opone a
una “toralidad”, asi como a otros particularismos, Tados
los particularismos, entonces, lejos de ser pura “dife-
rencia’, tendrian en comiin su lugar negativo respecto
de una totalidad que intenta englobarlos u homoge
neizarlos, que intenta por asi decit “universalizarlos",
Paraddjicamente, pues (aunque es probable que el viejo
Hegel rendria algo que decir al respecto), los parti-
cularismos, al negar la universalidad, la realizan,
zA qué viene esta digresién un tanto abstrusa? Al
hecho de que, posiblemente, la novedad con la que nos
estemos enfrentando en este modelo de “globalizacién’”
sea la de una estricta imposibilidad de “tealizat” la uni-
versalidad que el modelo por su propia légica tiende a
buscar, que las tensiones y conflictos locales generados
por la globalizacién no puedan ser integradas en el
130
(neo)universalismo del capicalismo mundialmente he-
geménico, Como hemos intentado sefialar a lo largo de
este capitulo, en el pasado existid siempre una tensién
critica al interior mismo de los universalismos de cada
ecapa de la globalizacién capitalist. Sin embargo, en
cada etapa las estrategias hegeménicas (que, desde lue-
go, no son necesariamente intencionales) lograron “es-
tabilizar” las crisis internas de sus ideas universales: al
fin y al cabo, durante mucho tiempo se impusieron,
como componentes centrales del pensamiento “oficial”,
las nociones del progreso de la Historia, de los Grandes
Relatos, del Sujeto cartesiano o del Estado-nacién, la
ensién logré “resolverse” en favor de estas ideas
Pero este no es el caso actual: a la inver-
“otalizance
sa, las formas te6rico-ideolégicas hoy dominantes han
tenido que recurrir a la recusacién de toda idea
universalista. Por lo canto, es como si se hubieran
serruchado su propia base de sustentacién: tampoco la
hoy tan celebrada idea de la “globalizacién” puede ser
defendida con consistencia légica por aquéllos a cuyos
intereses sirve. Y, al contrario, puede ser recusada por
muchos incluso en nombre de alguna de las formas
“particularistas” de la ideologia dominante. Y, de he-
cho, asf esté ocurtiendo: y no sélo (ni, quiza, principal-
mente), como hemos visto, bajo el modo relativamente
pacifico de los “movimientos sociales” de los sectores
“minoritarios” excluidos, oprimidos o explotados por la
globalizacién, sino también bajo el modo saluaje de los
terrorismos fundamentalistas, los racismos violentos, los
etocidios descontrolados. En una palabra: la tensién
estructural entre los particularismos y un “
mo” expresado en un proceso de globalizacién profun-
damente injusto y desigualitario no sélo no parece estar
a punto de “superarse” mediante alguna nueva hegemo-
‘universalis-
31ca “reactiva’ 0 por lo menos a la defensiva. Si hoy se
replantea tan draméticamente esa crisis, probablemen.
re sea porque en el contexto de las condiciones actuale
de una economia-mundo completamente “globalizad
ese concepto esta perdiendo viabilidad atin como cong.
iruccién ideolégica y como “imaginario” cultural, még
i de las formalidades juridicas. En efecto: una forma,
cién social sélo puede reproducirse a si misma como
én” en tanto que los individuos que la componen
puedan ser constituidos, a través de los aparatos de s6-
cializacién, los dispositivos simbélicos o las pricticas
cotidianas, como homo nationalis, y no solamente como
homo economicus, Pero la brutal cransnacionalizacién del
capital, de la tecnologia y de las comunicaciones, asi
como de la fuerza de trabajo o la hibridacién cultural, la
explosién de los flujos migratorios o Is disolucién de las
‘dentidades locales” parecen hacer cada vex més pro-
blemiticas las formas tradicionales de interpelacién ideo-
légica —para decirlo althusserianamente— que consti-
tuyen a una mera poblacién en “pueblo” o “nacién”, No
es de extrafiarse, entonces, que aquellas formas
activas” de biisqueda de una unidad identitaria ad-
quieran una desesperacién cada vez més violenta, en
tanto atravesadas por una suerte de saber inconciente
sobre su propia imposibilidad, sobre su propia falta de
lugar en el universo simbélico de la economéa-mundo
globalizada. Como lo hemos dicho en un capfculo ante-
rior, si en el origen histérico de toda “identidad” nacio-
nal, émnica o religiosa hay una violencia constitutiva, el
fundamentalismo” actual es una forma de violencia firn-
dadora que no encuentra nada que fundar. de alli su re-
curso extremo a una aparente irracionalidad. Pero ya
sugerimos, también, que no se trata de ningiin anacro-
nismo, de inexplicable o de ninguna
inguna anom:
128
segresion’ histérica a la “premodernidad’, sino de un
producto perfectamente ligico de la globalizacién
“post moderna
Hasta aqui hemos intentado mostrar, muy sucinta-
mente, que algunos presupuestos ideolégicos bésicos,
comunes a las nociones de “postmodernismo” y de
ilobalizacién’” no son, estrictamente hablando, inédi-
cas novedades histéricas, aunque el contexto de este
modelo actual de globalizacién (que no es el primero de
|a historia) les confiere un valor de “novedad” caracte-
ristico, precisamente, de un estilo de interpretacién
“postmoderna” que menosprecia la densidad histérica
de las ideas. ;Significa esto, entonces, que no hay nada
nuevo bajo el sol un poco marchito de nuestra época?
No exactamente. En todo caso, significa que lo que haya
de “novedoso” no hay que buscarlo en las ideas mismas
—ni mucho menos en su interesada manipulacién—
sino en la peculiar relacién que se establece entre ellas.
En un texto reciente de Ernesto Laclau (en el que
tampoco, por otra parte, es dable encontrar grandes
novedades) se sefiala que “si quisi¢ramos caracterizar
en pocas lineas los rasgos distintivos de la primera mi
tad de los afios noventa, yo diria que ellos deben bus-
carse en la rebelién de los diversos particularismos
—étnicos, raciales, nacionales y sexuales— contra las
ideologias totalizantes que habfan dominado, en las dé-
cadas precedentes, el horizonte de la politica.(...) Es la
globalidad de estos proyectos lo que ha entrado en cri-
sis. Cualquiera haya de ser el signo de la nueva visibn
de la politica que esté emergiendo, esti claro que una
de sus dimensiones basicas habri de ser la redefinicién
de la relacién existente entre universalidad y particula-
ridad.”®
129entre otros, han insistido, en los iiltimos afios, en jy
hipétesis de que en los mismos orfgenes de la idea mo.
derna del Estado-nacién (por otra parte, un térming
compuesto por dos elementos que no necesariamenee
se recubren) hay un problema constitutivo, que es ¢|
viejo dilema del huevo y la gallina: es el problema del
vinculo de mutua implicacién légica entre la conforma.
cién de una ideologia estacal-nacional y la conformacién
de una realidad sistémica global de “economia-mun.
do”, como la ha llamado Wallerstein’?
La verdad es que, ya desde las postrimerias de Ia
Edad Media (es decir, incluso antes de la consolidacién
definitiva de los grandes Estados centralizados europeos)
se demostré la dificultad de una idea cuyo pretrequisito
es la divisién completa y sin “superposiciones” del terri-
torio, los recursos y la poblacién mundial entre entida-
des politicas, de manera que ninguna “propiedad” so-
cial —material o simbélica— pudiera escapar a la de-
terminacién “soberana’ del Estado nacional. Peto, como
dice Balibar, “fue a raiz de que una semejante y precisa
divisién era histéricamente imposible—en razén del en-
trecruzamiento de fronteras lingiiisticas, migraciones,
reclamos dindsticos, conflictos intercoloniales, revolu-
ciones, guerras de religién, y otros fendmenos caracte-
risticos de la economia-mundo en la primera moderni-
dad— que la forma genérica de la historia de los Esta-
dos nacionales ha sido la inestabilidad de las fronteras y
su constante redefinicién, con su impacto directo sobre
la percepcién interna y externa de la “identidad nacio-
nal”6,
Esta postura, como hemos mencionado, sigue estre-
chamente el punto de vista de Braudel y Wallerstein se-
giin el cual la constitucién de los modernos Estados-
naciones no esta tan estrechamente ligada (aunque sin
126
duda lo escé) a la abstraccién del mercado capicalista,
como a su manifestacién histérica concreta: la de una
“economia-mundo” organizada y jerarquizada por el
esquema centro/periferia, cada uno de los cuales desa-
rrolla diferentes mécodos de acumulacién y explotacién
de la fuerza de trabajo, y entre las cuales se establecen
relaciones de intercambio desigual y dominacién. Asi,
las “unidades” nacionales se han formado a partir de la
estructura global de la economia-mundo, como funcién
del rol que les cocé jugar en esa estructura en un perfo-
do determinado, Mas exactamente, los Estados nacio-
nales se consticuyeron sinos contra los otros como instru-
mentos de compecencia al servicio de la dominacién de
la periferia por el centro. Pero, ademés, lo que han
mostrado Braudel y Wallerstein ¢s que, en la historia
del capitalismo, han emergido otras formas “estatales” di-
forentes a la nacién y que durante cierto tiempo se man-
tuvieron en competencia con ella: por ejemplo, las for-
mas imperiales 0 (de mayor importancia atin) los “com-
plejos” politico-comerciales transnacionales centrados
en una o varias ciudades, como la Liga Hanseitica. Lo
cual demuestra, entre otras cosas, que no hay una sola
forma politica inherentemente “burguesa’ (la del Esta
do-nacién), sino varias alternativas posibles que se han
dado ya histéricamente. Citando de nuevo a Balibar, “si
las burguesias nacionales finalmence hegemonizaron el
proceso —atin al costo de compromisos y fusiones con
las otras clases dominantes, como ocurtié tipicamente
fue probablemente, entre otras razones,
en Inglaterra
porque necesicaron utilizar, tanto interna como exter-
namente, las fuerzas armadas de los estados existentes"”.
Quiere decir, entonces, a riesgo de parecer insisten-
tes, que el Estado-nacién fue siempre, en alguna medi-
da, un concepto en crisis, y una construccién ideoldgi-
127racién mds 0 menos foucaultiana. Algo semejante ocy.
rre en el campo del arte: la desaparicién del concepta
de “vanguardia’, y de su voluntad histérica de “empezar
de nuevo”, sometiendo a una critica radical la tradicign
estética anterior, parece haber significado la desapari.
cin, también, del conflicto entre las escuelas y las teo.
rfas, en favor de una fragmentacién y superposicisn
desjerarquizada de metas téenicas. A decir verdad, y
aunque pueda sonar un tanto apocaliptico, pareceria
que el arte esté a punto de ser sustituido por la comuni-
cacién: ¢s decir, por la ilusién de una suerte de transpa-
rencia de lo representacional, que ya no merece ser inte-
rrogado en su relacién conflictiva con la ‘realidad’, sea
cual fuere el modo en que se define este término pro-
blematico. Y en la era de la imagen digital, la comunic
cién esté estructurada por una légica del tipo estimulo/
respuesta que casi no requiere de mediaciones simbali-
cas complejas. Una vez més, atin en el campo de los
pensadores criticos (piénsese, por ejemplo, en un
Habermas) la antigua preocupacién por la simbolicidad
0 los enigmas de lo imaginario tiende a subordinarse
cada vez mds al estudio de la significativamente llamada
“pragmdtica comunicacional”. La antigua preocupacién
por las estructuras discursivas —que iba escrechamente
vinculada a la critica de las ideologias—, a su vez, cede
terreno a las técticas “deconstructivistas” que, incluso
en el mejor de los casos (pienso, por ejemplo, en un
Derrida) disuelven, nuevamente, el caricter problems-
tico, conflictivo y complejisimo de las relaciones entre
“realidad” y “ficcién’ en el textwalisme: una forma de
puro andlisis inmanente sin sintesis “superadora’, que
posiblemente constituya una ventaja frente a los abusos
reduccionistas del estructuralismo o el sociologismo, pero
que se desinteresa del horizonte global de ideas en el
124
qual los textos aparecen. Las nociones de una ausencia
ide origen macrocultutal de los discursos (paralela a la
del fin de los Grandes Relatos) 0 de una ausencia de
‘qutor (paralela a la del fin del Sujeto) en favor de un
desinceresado “ludismo” del lenguaje, nociones impor-
tadas un poco apresuradamente de Nietzsche, Heidegger,
Wiergenstein 0 Lacan, son en el fondo tributarias del
gentimiento de que ya no habrfa —por detris 0 por
debajo de los dispositivos discussivos del arte, la litera-
qura 0 incluso de las teorias politicas y econémicas—
sistemas ideolégicos que intentaran (conscientemente 0
no) dar cuenta de un estado del mundo.
Todo lo cual, cuando se reduce a sus tiltimas conse-
cuencias, significa una nueva forma de separacién en-
re el pensamiento y la prdctica, obviamente en decri-
mento del primero. El “fin de las ideologias”, en este
sentido, no es mas que una manera cliptica y un poco
artera de aludir (y a menudo de celebrar) la decadencia
del pensamiento tebrico, de la pasién simbolizadora, y de
la figura del intelectual critico, progresivamente despla-
zada por la del especialista, el tecnécrata asesor de los
organismos internacionales, cuando no directamente de
las empresas “globalizadas’, 0, en todo caso, del intelec-
ual masmedidtico mundial, que pasea su palabra —pero
sobre todo su imagen— celebratoria de la “sociedad del
especticulo” por la aldea global electrénica de McLuhan
Bien, esta es la “realidad” de hoy, y parece ser que por
el momento no queda més remedio que aceptarla, y
participar de ella aunque fuera a regafiadientes, Pero
nada nos obliga a festejarla.
5. Finalmente, la idea (esta si) “internacional” del fin
del Estado-nacién parece no hacerse cargo de la profun-
ch problematicidad que siempre amenazé al concepto
mismo de Estado-nacién. Braudel, Wallerstein o Balibar,
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