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Gruner - Las Formas de La Espada PDF

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ERs Amparada en las ilusiones (0 en los intereses) de la “democracia” neoconservado- ra, la Teoria Politica contempord- nea ha abandonado la reflexién so- bre Ia violencia. Sin embargo, la més alta tradicién del realismo criti co en este campo -de Platn a Hob- bes, de Maquiavelo a Marx, de We- ber a la Escuela de Frankfurt, de Carl Schmitt a Foucault, de Hegel a Sartre- se distinguié por no ocultar nunea el cardcter const simulado por el “equi zas” del Contrato. Detras de la Ley, estd siempre la Espada. Una Espa- da “interna” tanto como externa: la “legitimidad” puede explicarse también por la subjetivizacion de la violencia. En esta época, en la que fundamentalismos, postmoderni- dades y globalizaciones producen el retorno de la violencia reprimida, 4no sera hora de hacer escuchar de Ruevo la voz ronca, licida e impla- cable de los clésicos? ES eoiciones counue Poe CesT) re ee ee ae) Girone cs My Il EDUARDO GRUNER x 2 5 w < a w i) ® < = < S c Q < 4 Pu paladas EDUARDO GRUNER LAS FORMAS DELAESPADA MISERIAS DE LA TEORIA POLITICA DE LA VIOLENCIA Cartruto Cuatro Delas (asillamadas) crisis de legi Notas Captruto Crvco Depostmodernismos y neo-postfundamentalismos ... Notas Cartruto § De (post)modernismos, (re)globalizaciones y (neo)representaciones Notas .ceccscseesnseee oc De nuestros miedos y nuestras ilusi Notas err nes 63 81 104 v5 | 144 145, 163 PRoLoco Delas pobrezas dela teoria Notas. ; lv DUCCION | De sujetosy fantasmasen la cultura politica de Occidente... Nous... | Cartruto Uo Del cardcter constitutivo dela ena politica .. Cartruto Dos Dela politica como (re)negacién delaviolencia Notas ‘ULO TRES Dela (re)negacién subjetivada Notas: 13, 31 38 39 49 oe SL 61 dica del Estado moderno (explicitada a partir de Kane) logra la hazafia de un despojamiento de la autono! conereta —es decir, basada en su situacién histérica par- ticular y en su relacién cooperativa o conflictiva con los ottos—, apoydndose en su propia “libertad individual”. Es esta forma de violencia subjetivizada —que no ex. cluye el recurso iiltimo a la legitima” coercién fisica por el Estado— la que esté en el fundamento de la poli- tica moderna y del Estado “representativo", cuyas ven- tajas comparativas respecto de una dictadura sangrien- ta son indudables, siempre que uno no se deje deslum- brar por la admirable sutileza de esta otra forma de do- minacién. Qué hacer, con codo esto, hoy? La sugerencia —si es que se puede llamar asi— insinuada en nuestro dlti- ‘mo capitulo (la de un mantenimiento, y una consecu- én hasta sus iltimas consecuencias, de las tensiones y paradojas presentes en los las fallas del “sistemal cersticios que denuncian J postmoderno-giobalizade) no puede tomarse, atin dentro de su “voluntarismo”, mis que como una bourade vacilante e hipotética. A lo sumo, como una modestisima apuesta pascaliana: no es cues- de tomar los necesa- rios recaudos. Y no es la menor de las paradojas de stro contemporineo Dasein el que esos recaudos —un concepto que pareceria aconsejar una sobria y cautelosa moderacién— sean inimaginables si no estén tién de creet ciegamente, pero apoyados en la més extrema y apasionada disposicién al combate de las ideas, a la lucha por el sentido. ;Cues- tién de cardcter, ini ‘acién personal? Sea. Pero tengo la sospecha de que, sin esa “personalidad”, estari todo perdido. Es demasiado lo que estd en juego: se trata nada menos que de devolverle su sragicidad al sujeto cémico, ridiculo, en que nos hemos convertido. Y de 162 retener, atesorar, hacer producir, la memoria a la que Iter Benjamin cuando nos advertfa: si nos exhortaba nemigo —y esta ganando— ni los muertos es- gana el tarin a salvo. Notas \ Adorno, Theodor W: Dialéetica Negativa, Madrid, Taurus, 1978. 2 Castoriadis, Cornelius: Linstitution imaginaire de la sacieté, Paris, Seuil, 1976. 3 Castoriadis, C.: “La invencién de la democracia’, en Vieel- ta, N° 11, junio de 1987. 4 Castoriadis, C1 “Poder, politica, autonom Erégena, N° 14, invierno 1993. 5 Arende, Hannah: Los origenes del Totalisarismo, Ta Anti- semitismo, Madrid, Alianza, 1978. 6 Arends, Hannah: Eichmann in Jerusal Harvest, 1967, Benjamin, Walter: Angelus Novns, op. ct. c en Zona San Diego, i, Barce- 8 Arende, Hannah: Hombres en tiempos de oscori lona, Gedisa, 1990. Arends, Hannah: The life the Mind, San Diego, Harvest, 197 Griiner, Eduardo: “Entre el dolor y la nada’, en Dox. No 1, Buenos Aires, 1990. Sarre, Jean-Paul: Critica de la razén dialéctica, Buenos Aires, Losada, 1968. 163 ningiin “estado de naturaleza”: es una forma histérica y specifica de sociedad. La “serialidad” no es algo natural y espontinco, un instinto primordial en el que se recae ante el hundimiento de las sublimaciones: es una cons- truccién del Poder. Por supuesto, eso no puede hacerse por la pura fuerza, ni atin por el més legitimo decreto: es menester que los sujetos lleguen a creer que ésa es tinica manera de vivir con (contra) los otros, que no hay ‘alternativas’. Otea vez: que hagan del proyecto ajeno el propio Nadie ha definido esto mejor que Sartre: “A parti de aqui nace en mi el pensamiento serial que no es mi pensamiento propio, sino aquél del Otro que soy y aquel de todos los Otros: puede Ilamarse pensamiento de im- potencia, pues yo lo produaco en tanto que soy el Otro, enemigo de mi mismo y de los Otros, y en tanto arras- to por todas partes este Otro conmigo.”!! Es una ma- nera de vivir “con” que no me pertenece, a pesar de que 30 Ie he producido, del mismo modo que no me perte- nece el producto de mi trabajo: ral vez sea esta “subjeti- vidad enajenada’ por la seri izacién la que permita res- ponder, al menos en parte, a la cuestién por la que se intetroga hoy el progresismo: gcémo es que el mismo trabajador que, junto a otros, enfrenta sin miedo la re- presién policial, 0 levanta la mano a la luz del dia para votar una huelga en la asamblea piiblica, sin embargo en la soledad del cuarto oscuro —donde el Estado y el Pattén no lo ven— coloca la papeleta de sus verdugos? Lo hace, precisamente, porgue estd solo , y porque es allt (en su condicién de “ciudadano” aislado, desligado de los lazos solidarios que lo unen a su clase, a su grupo, miembro impersonal de la cadena de montaje de la de- mocracia “fordista”, incluso ella vuelta obsoleta en la era de la produccién “postfordista”) donde se apodera 160 de él el “pensamiento serial”. Es alli donde el sujeto, como diria el propio Sartre, no puede toalizar su expe- riencia, reintegrar su “mundo de vida" disociado entre lo “pablico” y lo “privado”. Es alli donde se deja vencer por ese miedo interiorizado al Otro que es él mismo, y que no sintié (0 que pudo dominar) ante la amenaza externa y compartida de los bastones po mente, no se trata de miedo, sino de angustia ante lo desconocido de la soledad jurfdica que prescribe el Es- tado contractualista “de derecho”, que justamente por- que interpela a los sujetos en su individualidad monddlica aborta en ellos el pensamiento de lo diferente: los ciu- dadanos son todos “iguales”, es decir eguivalentes e inter- cambiables, Ellos también estén sometidos (como los argentinos) a la Ley de Convertibilidad. ;Quign dijo, pues, que alli el Estado y el Pacrén no los ven? Es alli donde puede vigilarlos mejor que nunca, con la eficacia de esa “estrategia pastoral” que los controla uno por uno: una expresién que Foucault toma de la Iglesia, (asimis- ‘on, Estado y Patton electrénico mo aplicable a la tele que replica la soledad del cuarto oscuro con la soledad penumbrosa del living 0 el dormitorio), pero que en cierto modo reaparece en los fundamentos mismos de Ja moderna dominacién escacal: es la forma politica lai- ca del “cuidado de si” por la cual los sujetos asumen ellos mismos la tarea de autovigilancia de sus “Virtudes ” sexual (es icas”, asi como la de su “normalizaciéi notorio el paralelismo descubierto por Foucaule entre subjetivacién politica y la erética). Asi, la libertad abs- tracta de un individuo-ciudadano igualmente abstracto —vale decir, despojado de todos sus condicionamientos histéricos, culturales y de clase— se contituye por su propia “voluntad” en la base del Estado “ideal” que “te- presenta” sus intereses “universales’: la concepcidn juri- 161 -. 2 embargo, en una de las primeras cartas de su epistolario, una angustiada estudiante de 19 afios interroga a su maestro Heidegger —uno puede casi percibir la inquie- tud reflejada en sus ojos inteligentes y ligeramente ator- mentados— sobre “la posibilidad de aprender algo de la Historia’. Muchas décadas después, en La vide del cspirita, Hannah Arend escribiria: “La necesidad de la Razén no esté inspirada por la busqueda de la Verdad, sino por la buisqueda del sentido.”” :Quién sabe? Quizé, de estar todavia viva, hoy se preguntaria —con el mis. mo horror que le despertaban aquellos “jueguitos” con los signos en los campos de concentracign— qué sim- bolos banales estin siendo cosidos en nuestros unifor- mes. Qué nuevos miedos nos prepara la trivialidad de la “democracia” postmoderna Miedo ja qué? Miedo spor qué? ;Se puede tener miedo en plena democracia? Claro que si: como hemos inten- tado mostrar al inicio de este ensayo, cualquiera que haya leido a Hobbes sabe que el contrato “democriti- co” es, en cierto modo, un producto del miedo, que entonces se transforma en una de sus condiciones (no en la tinica, claro esté: no es lo mismo vivir bajo el contrato, aunque este sea necesariamente asimeécrico en tanto efecto de una relacién desigualitaria de las fuerzas sociales, que vivir sin él, sometidos a la compleca arbi tratiedad del Poder: pero ello no quita que el miedo es también wn fundamento contractual). Las respuestas a aquellas preguntas abundan en el periodismo sociolégi- co al uso: miedo a la marginalidad, a la pérdida del trabajo, a no poder pagar la cuota del electrodoméstico, al “salto al vacio”. Més dificil —como siempre— es la pregunta por el origen: por ejemplo, zpersiste, por de- tras de ese miedo “econémico”, la memoria oscura del terror politico-milicar repetidamente instrumentado por 158 el Poder a lo largo de la Historia? Es cierto: muchos cuestionan la idea de explicar la situacién “quebrad! de la sociedad actual por el terror, cuando es ese terror mismo el que necesita ser explicado. Ello no obsta, sin embargo, para que —en un cierto nivel, no excluyente de otros— el terror siempre latente sea una explicaci plausible para la ausencia de alternativas, para la impo- tencia de concebitlas, O que ciertas formas de violen- cia y de terror de origen religioso y sexual (como las que insiste en sefiala, entre nosotros, Leén Rozitchner) sean identificables con la consticucién histética misma de la subjetividad occidental. Pero en lo que tespecta a la sociedad “postmoderna” posterior a la caida de los diversos muros, aquel cuestionamiento tiene mucha ra- zén en un punto: el miedo no es la causa de la serializacién’ individualisca y de la ruptura de los lazos solidarios, es su efécto. La tranformacién del modelo de acumulacién emprendida por el capitalismo @ nivel mundial ha requerido una gigantesca transformacién de la “subjecividad” para lograr que los sujetos asuman el nuevo proyecto de dominacién como propio y no como algo impuesto “desde afuera’ por el Poder. El problema es extraordinariamente complejo, pero hay que empe- zara tratar de discernirlo. Una primera, y decisiva, cues- tidn, es esta: como solia repetir Foucault, el Poder no sélo reprime, sino que produce: para nuestro caso, nO se trata solamente de que el Poder ha desarticulado los lazos sociales de solidaridad (a través de lo que en otto lado llamabamos un gigantesco trabajo de “refundacién cultural”§), sino que ha producido otras diferentes: la competencia salvaje, el individualismo indiferente y la percepcién del semejante como enemigo ¢s un laz0 so- cial. Como ya lo veia bien Rousseau en su critica a Hobbes, la guerra de todos contra todos no consticuye 159 elegante erudicién de sus andlisis— podria ser tachada de ingenua o de excesivamente optimista, si no fuera por aquélla casi espontinea lucidez. Toda su obra esti atravesada por una irreductible tensién entre, por un lado, esa apuesta al “optimismo de la voluntad” y, por otro, el “pesimismo de la inteligencia” que le indica —que le hace sospechar— que la tiniebla de la barbarie no retrocede tan ficilmente ante las luces de la Razén, Pero, otra vez aparece la tensién. En su laudatorig ensayo sobre Jaspers en Hombres en tiempos de oscw. ridad— Arendt reconoce que “la humanidad no debe su existencia a los suefios de los humanistas nial razo- namiento de los filésofos, ni siquiera, al menos no or ginalmente, a los hechos politicos, sino casi exclusiva- mente al desarrollo técnico del mundo occidental”. He alli las influencias no reconocidas, renegadas, de Hannah Arendt: Marx, Heidegger, Weber, Frankfurt. La “meta- fisica de lo tecnolégico”, el fetichismo de la méquina, el instrumentalismo de la raz6n, constituyen ideoldgicamente a la légica del poder en el siglo XX (aunque puedan intuirse ya in nuce en Ia ilustracién o en el positivismo de los siglos anceriores), que encuentra su expresién paradigmatica —aunque no tinica— en la “banalidad’ nazi, cuya cobertura declamatoria de neorromanticismo irracional oculta su cardicter —‘trégi por sus resulta- dos, no por su “esencia’— frlamente adminisirativo Atribuiele al nazismo, como hacen muchos autoconven- cidos “demécratas” (incluso entre nosotros: véanse si no los dislates incalificables del libelo sobre la moderni- dad pergefiado por el inefable J. J. Sebreli), alguna clase de “grandiosidad wagneriana” es, casi, hacerle un ho- menaje: es no ver que la puesta en escena farsesca con la cual aturdié al mundo durante mds de una década —+sa falsaria “estetizaci6n de la politica’ ala que aludia 156 Benjamin— no es més que la otta cara de la mediocri- dad de su “pensamiento”, y que el genocidio, el Holo- causto (como Jo saben muy bien, por otra parte, sus victimas sobrevivientes) no tiene nada de la majes- tuosidad literaria de un Apocalipsis, y mucho de la miserabilidad de la carrera de ratas en que se ha trans- formado ioda la tivalidad politica entre las clases domi- nantes en nuestro siglo, slo que llevada a sus conse- cuencias tiltimas. Esa es la auténtica utilidad del con- cepto de la “banalidad del Mal” descubierto por Hannah Arendt: sitve para desmontar toda posibilidad de fasci- nacién ante el monumentalismo del Poder. Pero deberia servir también para denunciar que es una posibilidad permanentemente abierta en la légica de la dominacién mundial de la modernidad (como ha sido demostrado hasta el harcazgo incluso después de la desapaticién del nazismo y del stalinismo). ;O acaso —atin sin Hegar a las manifestaciones mis directamente sangrientas— la trivializacién massmedidtica de la polt- tica actual no puede ser pensada como una forma de la “banalidad del Mal” que desplaza, con su estética de videoclip parédico, la miserabilidad del suftimiento al que sigue sometido la mayoria de la humanidad? Des- pués de todo, tal vez el nazismo haya sido ya la primera , hasta ahora, més espectacular exhibicidn de politica “postmoderna’, Algo de eso sospechaban ya, entre otros, cultores de un pensamiento critico insobornable como Adorno y Horkheimer, cuando hablaban de una socie- dad de “administracién total” (es decir: de una “banali- dad” burocritica que tenia sélo una diferencia de gra- do, no de naturaleza, con el Ministerio del Olvido de 1984). Pero ellos eran, claro, demasiado “mat demasiado “escépticos”, para el idealismo humanista y espitituoso de Hannah Arends y Karl Jaspers. Y sin 157 es reais H 4 Eee a (ys quiz4, conseguir un buen ascenso). Arendt acufia Ia expresién banalidad del Mal para dar cuenta de ese cq. récter cotidiano, impersonal, desapasionado, con el que dl Testor se ejerce maquinalmente, sin “conciencia”, Ey una verdad simple y atroz—que, en verdad, en los tiem. pos en que ella era una inquieta estudiante de filosofia, ya habja sido intuida, de maneras muy distintas, poy Franz Kafka 0 por Max Weber—: atroz, porque supone Ia insoportable implicacién de que esa manifestacién “extrema” de la inaudita violencia del Poder no consti- tuye una Alteridad radical, no es un monstruo inconce- bible con cuernos y cola, echando azufte por sus fauces, Es una posibilidad, can cotidianamente plausible como cualquier otra, de la racionalidad politica occidental. Y, por lo tanto, es un impiadoso escupitajo al rostro de las “almas bellas” que confiaban ciegamente en las virtudes de la Razén y el Progreso de la humanidad. De una “razén” y un “progreso” que habian tetminado por ha- cer triunfar su costado puramente manipulador, domi- nador, desaprensivamente instrumental —como lo lla- marian, con precisién, los pensadores de la Escuela de rankfurt, con quienes Arends tendria intermitentes vin- culaciones, no exentas de ambivalencia, En los afios treinta, en pleno imperio de la “banalidad del Mal” nacionalsocialista, otro pensador favorito de Arendt —el trdgico Walter Benjamin— sintetizaria esa desola- da evidencia en un epigrama famoso: no hay documen- to de civilizacién que no sea, simulténeamente, un do- cumento de barbarie’, Pero entonces, si “después de Auschwitz ya no se puede escribir poesia”, como diria Adorno, ;queda so- Jamente la desesperacién? Hannah Arendt no es marxis- a ni siquiera una marxista critica y agnéstica, como el propio Adorno—: no entra en su horizonte de pensa- 154 miento la biisqueda de una racionalidad alcernativa que se apoye en las tendencias estructurales de la historia y la sociedad en su buisqueda de una explicacién dialécti- ca para esa coexistencia conflictiva de civilizacién y barbarie. Tampoco es una nietzscheana: desconfia del aliento trégico de una “genealogia de In moral” cuyo virulento relativismo pinta el mundo de los valores como un campo de batalla entre las “voluntades de poder” Ella cree, pura y exclusivamente, en las ideas. Y aunque hay una casi espontinea lucidez en sus ideas sobre la raiz en tiltima inscancia sangrienta de la légica de la dominacién politica (y eso la inscribe, tal vez a su pesar, en la tradicién “realista” de Maquiavelo, Hobbes, Spinoza, los mismos Marx y Nietzsche, Weber, Schmit), apuesta por los imperativos éticos de Kant antes que por la “ascucia de la razén” hegeliana, en la que cree ver demasiado poco margen para la libertad de eleccién Apuesta por su maestro Karl Jaspers en contra de su otro maestro, Heidegger (aunque a su muerte le dedica uno de los mas conmovedores testimonios filoséficos del siglo), cuando el rector de la Universidad de Friburgo, en 1933, cede a la tentacién de la “banalidad del Mal” y se transforma, por un tiempo, en “lo tinico que un filé- sofo no puede ser jamés: un burécrata”. Apuesta —como otros filésofos politicos de su generacién: Leo Strauss, Eric Voegelin, Isaiah Berlin— por el universa- lismo politico de la polis clasica en contra de los particularismos nacionales ¢ ideolégicos —con los que identifica, erréneamente, al socialismo. Apuesta, en definitiva, por el rescate de lo que pueda haber de rescarable en lo que Habermas Ilamaria el “proyecto inconcluso” de la Modernidad, por sus ideales de auto- noma del sujeto y liberrad individual. Y su apuesta —sin menoscabo de la hondura de sus reflexiones, de la yee —también se dice— el seno del Estado. Pero el Estado, fen tanto encarnacién ju ica de la Nacién, no existe, en un cierto nivel, més que por su poder, delegado en él por los propios sujetos, de arrogarse la representacién de esa imago unificante y gozosa que “especula” con la ilusién de una continuidad sin fisuras entre la Insticu- cién y los ciudadafos que la invisten libidinalmente para satisfacer cierto “narcisismo de pertenencia’, La “re- presentacién” —por la cual se nos persuade de que 10- dos somos el Estado— implica, a partir de la filosofia contractualista por lo menos, la violencia de un fetichis- mo por el cual una “parte” asume el valor del Todo: ese es, lo hemos visto, el profundo significado de la eritica marxiana al “Estado ético” de Hegel, que aparece reali- zando la completud del Espiritu en la Historia. La pre- gunta elidida aqui es, “;pero, es que acaso existe la Historia? zNo seré que hay las historias, una conflictiva pluralidad de tiempos e historicidades que desmienten esa imago unificada, asi como los sintomas (anti)his- t6ricos del inconsciente desmienten la imago unificada de la biografia del sujeto? Basta, a veces, que un aconte- cimiento inesperado estalle —como una bomba en la calle Pasteur de Buenos Aires— para que ese sintoma desmienta la ilusién de completud y de unidad de (post)Historia, abriendo un agujero en el muro discursive que la sostiene Y, sin embargo, persistimos en no hacernos cargo de ese agujero por el cual podrfamos aunque fuera es- piar las maneras de sustraernos (0, al menos, de inte- rrogat) esos nuevos muros dominantes, atin en su apa- rente dispersién —que es la dispersién de las esquitlas de una bomba: una violencia menos concentrada pero mis indiscriminada, que alcanza a los més inocentes, a los mas desprevenidos—. En los campos de concentra- 152 cién nazis —relata Hannah Arende en un pasaje de su monumental obra sobre el totalitarismo®— se cosia a Jos uniformes de los judios una estrella de David amari- Ia. Un objetivo, y no el menor, de esa operacién de reconocimiento, eta el de quebrat la solidaridad interna del campo: los otros prisioneros sabian que ee era el més “comprometido”, y que no les convenia asociarse a 4. En cambio, en los més refinados campos de concen- tracién franceses del gobierno de Vichy, se cosfa a los uniformes de los internados simbolos completamente arbitrarios, que no significaban, estrictamente, nada: nin- giin prisionero podfa tener la certeza de cual era su ver- dadera situacién, ni la de sus compafieros. Si los “tos- cos” alemanes habian logrado partir por la mitad Ia so- lidaridad interna, los exquisitos franceses (con su racionalismo cartesiano, con su aguda conciencia del poder de los signos) habian logrado atomizarla, disper- sarla, hacerla estallar en infimos fragmentos. Esto ¢s, estrictamente, el Terror: la incertidumbre “paranoica ar al enemigo, que no puede dis- que no permite codi cernir de dénde viene la amenaza. Podrfa parecer que esta es una forma extrem: cepcional, de la maldad del poder. Pero no. En realidad —y ese es el verdadero espanto— se trata de una apli- cacién, completamente érivial en su estremecedora sen- cillez, de ciertas reglas de la més pura Iégica. En un controvertido ensayo escrito después del juicio a Eichmann, en 19614, Arendr constata con horror una evidencia inapelable: ese personaje siniestro que ha en- viado a millones de seres humanos a la cimara de gas catece totalmente de toda “profundidad demoniaca’. Es, apenas, un gris y mediocre burdcrata, sin un particular odio personal 0 ideolégico hacia sus victimas, sin otra motivacién que la de hacer bien su tarea administrativa ex: 153 Sanna nae caine = cir algunas conclusiones, el de Castoriadis: cabe tambin# Arendt Habermas. erent la imposibilidad de hacer encarnar la Idea cnhe na riencia singular, irreductible, aunque no necesatiamn te consciente, de los suetos. La teoria politica (avin anun lla exenta de las ilusiones del empirismo, y todavia tre, ocupada por sus propios fundamentos filosdfices), cr, cesivamente atenta a su deseo de hacetse reconocer un status” académico, se ha apresurado a abandonat, 5 descuidar, cierta forma de “existencialismo” —hoy go, demos utilizar este téemino sin temor a quedar wenn dos en su fechabilidad o en las grills files de la his. ria de las ideas— que se dejen atravesar por la “dialée, tica negativa” producida entre la abstraccién y la concretud: esa forma que ya puede encontrarse en Marx, Y que se contintia en el primer Lukics, en Sartre, en los pensadores de Frankfurt. “ ‘La euestién judi’ es un mado de decir que encon- tré Marx (el inventor del concepto psicoanalitico de “s toma’, Jo Ilamé alguna vez Lacan) en 1843 para hablar de las aporias de un pensamiento politico pretendi- damente universalist, pero que no puede resolver la ecuacién imposible de una equivalencia ence libers- cin “teligioa” y liberacién “humana” (o, en su versién “laica” posterior a 1848, encre igualdad juridica y des- igualdad social). Es cierto: en 1843 Mars todavia no ha producido el concepto de “proletariado”, es deci, el de un sintoma como resto (como “plus” de valor) que si- multineamente niega la pretensin de totalidad del cx. pitalismo, pero es la condicién misma de su funciona- miento como totalidad imaginaria. Sintoma ideologico —como lo sabremos después, a partir de El Capital— a la manera del fetichismo de la mercancia: lo es no porque no pueda funcionar como “respuesta” (el sinto- 150 sma funciona asi casi siempre) sino porque no se le han formulado las pregunzas necesarias. Las preguntas —ig- noradas 0 des/conocidas— ocupan alli el lugar de la “causa ausente” spinoziana, solicitando lo que alguna vez Althusser Ilamé tna leccura, justamente, sintomdtica. De todas maneras, el “modo de decit” que en 1843 designa como sintoma al (‘problema’) judio (0 ahora abe, chechenio, bosnio o lo que corresponda), no es tun modo cualquiera: puesto que en 1996 lo puede se quir designando tanto como antes de 1843, lo muestra Como resto que niega la universalidad de la cultura oc- cidental, de la cual sin embargo es, en cierta forma, su origen. Lo cual plantea la cuestién de Ia igualmente imposible ecuacién entre la semejanza y la diferencia todos somos judios —bosnios, chechenios, ete—, des- de ya, pero algunos (los que murieron en Auschwitz, pongamos) lo son més. El deslizamiento en Ix persona gramatical (del “somos” al “son’) sefiala la imposibili- dad que hace sintoma en una inestabilidad del sujeto para nada ajena al poético “Yo es otro”, pero quizé mis afin, si no fuera por su cardcter tragico, al chiste —judio, digno de figuracién en la Pricapatologia de la vida cotidiana— de Marx (Groucho, no Karl): “—Es extraordinario cémo se parece Ud. a Fulano”; “—Pero, si yo soy Fulano”; “—jAh! No es raro, entonces, que se parezca tanto a dl.” Precipitarse voluuneariamente, por lo tanto, en Ia iden- tificacién con las victimas —llimense “minorias” socia- les, émnicas, culturales, sexuales o religiosas—, es hacer el juego de la (sostenemas que el término sigue siendo valioso) ideologia dominante que pretende, como se dice, “disolver el sintoma’, aplanar las diferencias para resti- tuit la sagrada familia de los semejantes, Ia unidad de un “nosotros” hecho de equivalencias fusionadas en 151 tor dominante de la formacién de las actitudes politi. cas Lo que los atenienses “inventaron’, entonces (y que quizé recién ahora estemos en condiciones de compren- der paradéjicamente, en una época en que la politica ha y dela manera en que ella esté condicionada por aquella dominacién, que les impide ser los instituyentes de la polis. Ese como si, esa ficcién (pero ya se sabe que “la verdad tiene estructura de ficcién”, como en el suefio) sido miserablemente reducida a esas méscaras descascaradas que apenas pueden ocultar el juego de los intereses), lo que “inventaron”, digo, no es tal 0 cual politica, sino /o politico: es decir, “la sociedad en tanto auto-cteacién y capacidad de auto-alteracién, obra del imaginario radical como instituyente que se autoconstituye como sociedad constituida e imaginatio cs, pues, el presupuesto de lo auténticamente politico en | su funcién de “imaginario” auto-creador. Esa es la con- tribucién definitiva y fundadora —en el sentido de dada de una ver para siempre, y luego prolijamente oculrada durante toda la historia— de los atenienses (no de los “griegos”) a la culeura occidental: porque los atenienses (no los “griegos”) inventaron, si, la politica, la democra- rt eee ate oR: social cada vez particularizado”’. El alambicamiento de la formulacién tal vez sea innecesario, pero la farragosidad del lenguaje también da cuenta de una ldgi- ax de la propia dificultad de constitucién del pensa- miento original sobre lo politico: es la misma actividad “autoinstituyente”, “autocreativa", que por definicién no tiene un cierre ni una finalidad predeterminada —no ¢s teleoldgica—, la que especifica una de las tres tareas escrictamente imposibles que sefalaba Freud: en- sefiar, psicoanalizar, hacer politica. “Imposibles”, por- que justamente las eres deben suponer, para llevarse a cabo, una autonomia del sujeto que todavia no existe. Las tres deben ayudar a hacer emerger tn sujeto auténomo en una sociedad heterénoma, dominada por “intereses cia, la filosofia. Pero, sobre todo, inventaron la trage- dia: 0 sea, segiin Castoriadis, la demostracién no “discursiva’, no “argumentativa’, de que el Ser es Caos, de que no solamente no somos duefios de las conse- cuencias de nuestros actos, sino que ni siquiera domi- namos su significacién. Y es por es0, por esa fala consti- jutiva en nuestro ser de sujetos, que sélo nos queda (y no es poca cosa) el imaginario auroinstituyente, nos queda hacernos sujetos de nuestra propia falta, conquis- tar nuestra propia autonomfa “imposiblemente”, en contra de un Poder que pretende hacernos creer que ya la tenemos: que sélo es digno de mencién lo “posible”, lo que ya es, esa muerte de la tragedia en favor de una comedia (humana, demasiado humana) por la que ya articulares” que teriori re pa tse ue 7 son in i izados, aleg: mente, por no somos capaces de reconocer la guetra interna, la ios sujetos cuya plena auronomia requeriria su | distancia que mantenemos con nosotros mismos. liberacién de ellos. Esa es la dimensién propiamente | Bi hi é ds “neouni Se ee jen, pero zhasta qué punto puede este “neouni- . pricticas “imposibles”. Y eso es lo versalismo” —intento de sintesis entre el pensamiento mejor que tienen, esa necesidad de recuttir a un como tlisico y el postmoderno— daenos una auténtica res- 4 | i a sr Pyeisisiarsss silos sujetos ya hubieran conquistado su autonomia, y asi enfrentarlos con la verdad de su “sujetamiento”, pro- ducitlos como sujeros eriticos de su propia subjetividad 148 puesta? O, al menos: ghasta qué punto nos ayuda a plan- tear las auténticas preguntas? Los neouniversalismos —hemos tomado a modo de paradigma, para introdu- 149 mente, y es el niicleo mororizador de toda su escritu, La preocupacién central de su teoria es, en este conteg to, descubrit —por detrds de esa aparente inmovilidad de las sociedades instituidas , decerminada por la “ide, tidad” entre su “ser” y su “decir’—, el movimiento me manente de una émaginacién insttyente, en el queke imaginarios" sociales no cumplen tan slo un rol “ideo. légico” conservador, sino una continua interrogacién » re-construccién de los propios fundamentos inet) tucionales de lo social, y asimismo de lo subjetivo (en tanto la constitucién misma de la subjetividad esti atea. vesada, y a veces fundada, por la imaginacién inst tuyente). ° 4 _ De toda esa vasta produccién escrita de Castoriadis, sin embargo, lo que prefiero —al menos de lo que co. nozco— es un modesto articulo llamado “La creacién de la democracia’?: alli, el pretexto académico de dis- cutir los principios basicos de la “invencién democriti- ca” (asi la Hamarfa su ex compatiero de Socialisme ou Barbarie, Claude Lefort) realizada por los atenienses (no por los “griegos”), le sirve a Castoriadis para “ensayar —a propésito de un caso histérico que no es, claro estd, cualquiera— una puesta en prdctica de sus ideas sobre el poder autoinstituyente de las sociedades, y el modo en que esa praxis interminable (que no permite jams una cristalizacién, una “institucionalizacién” ple- 1a) produce, en su propia préctica, un swieto igualmen- te “interminable” —teoria politica y teorfa psicoanalitica aparecen aqui reformuladas como un solo y asimismo inacabado cuerpo teérico que se “autoinstituye” en el proceso mismo de su practicarse, Esta manera de pen- sar la politica (manera “anarquista”, ha sido etiquetada con exceso de amplicud, por su resistencia anti- institucional) privilegia el movimiento fiundacional de lo 146 itico, entendiéndolo —al modo ateniense— como pol Pra suerte de “totalidad abierea’ —es decir: en perpe- quo proceso de retotalizacién, divia Sartre— que reivin- dca la soberania para el conjunto del demos, y que bus- fez st absoluta autonomia respecto de los “intereses par- siculares” Pero “autonomia” es un concepto que hay que ma- nejar con precauciént el ideal de una unidad del cuerpo politico como “horizonte de expectativas’ regulador de la prictica auroinsticuyente implica que no puede exis- tie —como no existia en la concepcién ateniense de la polis— una separaciOn, una “esquiaia’, encre lo politi 0, lo social, lo econémico. Esta separacién es, justa- mente, una manipulacién ideoldgica que pretende (como ya lo habia denunciado Marx, de quien Castoriadis re- riega un tanto apresuradamence bajo el argumento poco sostenible de que su “productivismo” seria el origen del gutoritarismo staliniano) hacer de la auronomia de la politica un fetiche por el cual se hace pasar la parte por el todo: fa “igualdad” de una ciudadania meramente juridica disfraza (al mismo tiempo que revela, si se la sabe leer bien) la profunda desigualdad econémica y social, que es la que obstaculiza el movimiento autoins- tituyente del conjunto: “La politica’, dice Cascoriadis, “es aniquilada cuando se convierte en una méscara para la defensa y afirmacién de los intereses. Pues entonces el espacio politico se halla desesperantemence fragmen- tado. Pero si. la sociedad esté, en realidad, profunda- mente dividida en funcién de intereses contradictorios —como lo esti en la actualidad—, la insistencia en la auconomia de lo politico se vuelve gracuita. La respues- ta no consiste entonces en hacer abstraccién de lo so- cial sino en cambiarlo, de manera tal que el conflicto de intereses sociales (0 sia econémicos) deje de ser el fac 147 ww tedio, O, pata no andarse con eufernismos: seria el triun- fo total y definitivo de la barbaric. Notas ' Rorty, Richard: Contigencia, ironta y solidaridad, Barcelo- Paidés, 1991 2 Lyotard, Jean-Frangois: “Defining the postmodern”, fea Documents 4, 1985, > Callinicos, Alex: Conera el postmodernismo, Bogoté, El Ancora, 1993, * Sloterdijk, Peter: Critica de la razén cinica, Madrid, Taurus, 1989. 5 Wallerstein, Immanuel: El moderno sistema mundial, Méxi- co, Siglo XI, 1984. © Balibar, Etienne: “The Nation form, history and ideology” en Review N° 3, Vol. XIII, verano de 1990. 7 bid § Laclau, Ernesto: Emancipacién y diferencia, Buenos Aires, 1, 1996, pags. 7 y 8 ° Marcuse, Herbert: El hombre unidimensional, México, Mortiz, 1970. "© Adomo, Theodor W: Teoria Extética, Madri 1979, Taurus, * Vidal-Naquet, Pierre: Los asesinos de la memoria, México, Siglo XXI, 1994. 144 Epflogo ( DE NUESTROS MIEDOS Y NUESTRAS ILUSIONES En el firrago fragmentario (fragmentariedad segura- iad” fetichizada mente tan “falsa” como la “falsa tot que denuncia Adorno!) del postmodernismo, hay quie~ nes, desde una comprensién ampliada de la teoria poli- tica, se proponen reconstruir alguna forma de pensa- miento universalista. La més reciente de esas recons- trucciones, la de Castoriadis, puede quiza servirnos como apélogo para empezar a concluir fo interminable. Se podria decir, supongo, que el “opus magnum” de Cornelius Castoriadis (La institucién imaginaria de la. sociedad, 1975) es una inmensa —y a veces, tal vez, excesivamente pretenciosa— empresa de refutacién de Jo que él llama la “légica conjuntista-identitaria’, y que puede resumirse con sus propias (y densas) palab “Desde hace veinticinco siglos, el pensamiento greco- occidental se constituye, se elabora, se amplifica y se afina sobre esta tesis: ser, ¢s ser algo determinado; de- cir, es decir algo determinado; y, por supuesto, decir | verdad es determinar el decir y lo que se dice pot las determinaciones del ser, 0 bien determinar el ser por las determinaciones del decis, y finalmente constatar que las unas y las otras son lo mismo"?. La fusién del ser y del decir como Mismidad (el pensamiento como Razén congelada) en una falsa totalidad de lo dado para siem- pre es lo que Castoriadis se propone combatir politica- 145 entre lo real y Ia ficcién fuera desplazado por utr estado extremo de fusién, de completa identificacién, nunc, mejor criticada que en la célebre anéedota en la cual un grupo de curistas alemanes en el museo, reconociendo 3 Picasso, le sefialan el Guernica y le preguntan admirativamence: “Usted hizo e302” “No”, responde el pincor, “lo hicieron ustedes”. Relatada hoy, esta respuesta adquiere el valor de un enunciado escandaloso por su anacronismo, Como si dijera: sefioras y sefiores, enté- rense de que lo real existe, y que sus crimenes no pue- den ser tan ficilmente indultados por el juego inofensi- vo de las representaciones. La Guerra del Golfo st ha tenido lugas, y parece ser incluso —aunque monsicur Baudrillard no lo crea— que alli se ha matado gente. Desde luego, los multiplicados monsieur Baudrillard que hoy hacen el agosto de los “mass media” no han llegado al extremo —como si han Ilegado algunos de sus colegas alemanes— de decir, por ejemplo, que tampo- co Auschwitz ha tenido lugar, aunque no se entiende muy bien por qué: no digo que esté en sus intenciones, pero esté en su légica. Ellos quisieran, para sentirse to- talmente cémodos y reconciliados con el mundo, que también Auschwitz pasara a formar parte de esta reset- va de imagenes deshistorizadas en que se ha transfor- mado nuestra aldea videoelectrénica. ;Seré demasiado injusto recordarles lo que decia Benjamin, a propésito de que la estetizacién de la politica —y, por lo tanto, de la muerte— es el ademan caracterfstico del fascismo? Se me objetard, claro esté, apelando a la literalidad, que precisamente decir que un acontecimiento no ha tenido lugar es aludir criticamente a su no—localizacién sim- bélica, a su ubicuidad indererminada por la imagen massmedistica. Peto esto es tun juego de palabras que no pone realmente la Palabra en juego: decir que algo 142 no ha tenido lugar es tambier decir que no lo tendrd, que ya Ro podremos recuperarlo sino bajo la forma de ese eterno presente de la imagen electrénica sin fisuras, y que ese es el verdadero “fin de la historia’: no tanto de |a historia pasada sino de la hiscoria futura, deseo intl frente a una actualidad reconciliada consigo misma en Ia pura representacién. Es la liquidacién, si, de la me- moria histérica, pero mas codavia de la “memoria anti- cipada” a la que aludfa Bloch. En un libro reciente que significativamente habla del exterminio en los campos de concentracién, y que igual de significativamente se titula Los asesinos de la memoria, Pierre Vidal-Naquet califica de inexistencia- limo al rasgo central de la culcura contemporinea, que consiste en postular ——apoyindose sobre la celebracién de un triunfo de las imigenes— Ia desaparicién de las realidades sociales, politicas, ideales, culturales o biolé- gicas, y (cito) “remitir a la inexistencia las relaciones sexuales, la dominacién, la opresién, la sumisién, la historia, to real, el sujeto, la naturaleza, el Estado, el proletariado, la ideologia, la politica, la locura y los ar- boles”!? Si. las imégenes ficcionales, cuya lucider critica —a tenor de Adorno— era la de instalarse como diferencia con esa realidad desgarrada de lo humano para hacerla mds evidente ¢ inquietante, fueran ahora a sustituirla, zno les quedaria como tnica aspiracién la de ser radi- calmente inhumanas, la de afirmarse en su propia alie- nacidn, la de disolverse en su propio fetichismo, la de complacerse en su carcrer de mercancfa, borrando todo deseo insatisfecho junto con el trabajo interrogador del inconsciente? Ese triunfo de la comunicabilidad total seria, entonces, el descanso tibio y final en el goce del 143 = medios de comunicacién— un objeto ideolégico por excelencia: no hay acaso tambiéri; en el cine, la ilusign de la representabilidad total, de la imagen sin “lado de afuera’, cubriendo totalmente la pantalla y hacigndose presente a los ojos como si fuera ef mundo mismo? Se podrfa, incluso, ensayar la siguiente definicién extem- porinea: el cine es el lugar de encuentro entre el fetichismy de la mercancia y el proceso primario. Pero, por supuesto, quien dice “lugar de encuentro” dice también “lugar de conflicto”: el cine, en sus mejo- res y mds auténomas formas, codavia permite que el inconsciente funcione, que un deseo sin objeto discernible instale su distancia critica, tensione s@ insa- tisfaccién en los interrogantes dirigidos a una imagen que nunca termina de coincidir su propia pretensién de representarlo todo. En cierto modo, el recorrido de la obra del tinico auténtico pensador critico que ha pro- ducido el citie contemporineo —me refiero, natural- mente, a Jean-Luc Godard— podria leerse como un heroico esfuerzo consciente por devolverle al cine su inconciente politico, por mostrar en sus propios films una préctica que consiste no sélo en producir peliculas, sino en producir significaciones sobre lo real, y més atin, mostrando que lo real mismo es una significacién pro- ducida, “desnaturalizando” lo real para que veamos en él su cardcter no reconciliado, sus desgarramiencos irvepresentables. Al revés, la ideologia massmedidtica de la perfecta comunicabilidad busca borrat, junto con el lugar de encuentro, el lugar de conflicto entre el fetichismo de la mercancia y el trabajo incontrolable del inconsciente. Si todo es “obscenizable”, si todo es “representable” hasta el limite en que la diferencia critica entre lo decible y lo indecible pierde su razén de ser, entonces no hay 140 desgarramientos, no hay faltas ni agujeros en lo real que puedan ser interrogables o criticables, y todo se vuelve Eonfortablemente soportable en la “democracia’ de la imagen clectrénica, Pero este triunfo de una racionali- dad puramente instrumental que lograra poner a la fic- cidn al servicio de un deseo alienado en su propia satis- faccién tapando con imagenes la imperfeccién de lo real, obligaria entonces a replantearse de manera radical el estatuto “liberador” de la ficeién. Ya no parece tan evi- dente que toda ficcién pueda producir la Verdad, ni siquiera (y tal vez menos que nunca) apostando a un supuesto “pluralismo” de las imagenes que no se inte- troga por la légica de produccién global que trabaja para esa apariencia de “dislocacién”. Las teorfas postestructuraliscas, deconstruccionistas, postmoder- nistas 0 como se las quiera llamar, corren aqui el peli- gro de recaer en una ingenuidad (cuando no en un inte- és culpable) simétricamente inversa a la del realismo tradicional pero con efectos ideoldgicamente homélogos, al suprimir la alteridad critica que la ficcién opone a tuna realidad que —por la mera existencia de esa alteridad— puede percibirse como cruelmente insufi- ciente. La postulacién del mundo, de la sociedad o de la subjetividad como pura dispersién fragmentada de imé- genes sin referencia localizable, zno puede resultar con- tradictoria con la idea del mismo Foucault —de quien cantas de estas teorias se dicen tribucarias— de que es ef Poder mismo el que pretende adquirir este cardcter en apariencia caprichosamente circulatorio, de “asociacién libre” desligada de todo objeto real, para mejor ocultar- se en una “ficcionalizacién” que quiere mostrarse in- ofensiva? La ideologia de lo totalmente comunicable habria alcanzado asi el punto de triunfo en que el conflicco 141 = ‘Adorno, por ejemplo, ve éon lucidez que lo que a llama “obra de arte auténoma’, a pesar —o quiz’, jus- camente, a causa de— su elitismo consciente 0 incons- cientemente impugnador del sentido comin, tiene la posibilidad de instalar una “dialéctica negativa” en la que no se trata solamente de una caprichosa sustraccién © anulacién de lo real: la auronomia de la obra de arce —como la del Estado que examindbamos més artiba— es, para decirlo althusserianamente, autonomia relati- va, lo cual significa, lo repetimos, que es una cierta relacién de conflicco con lo real lo que produce su efec- to de autonomia. La singularidad enigmacica de la obra de arte, irreductible a la comunicabilidad del Concep- to, esti por ello mismo en permanente tensién con la “falsa cotalidad” de las representaciones dominantes de Jo real!®, Como en el sueiio, las “asociaciones” libres de la obra develan un trabajo del Inconsciente que produ- ce una préctica transformadora y critica de las ilusiones y las certezas de un Yo sobredaptado y subordinado a las imagenes de la realidad. En tanto manifestacién de una utopia del Deseo, la obra aut6noma muestra, por contraste, la pobreza de una realidad en falta, no en el sentido de esa falta constitutiva que Freud ubica en el origen mismo del deseo, sino en el de un deseo secues- trado por la fetichizacién capitalista. Ese “secuestro” del deseo no es sino la promesa de una satisfaccién plena de la necesidad de ficciones en lo totalmente representable, paralela a la promesa de una satisfaccidn plena de las necesidades materiales en la oferta del merca- do. La ideologia massmedidtica de la comunicabilidad cotal, con su aspiracién a la eliminacién del inconscien- teen un mundo que fuera pura representacién, signifi- carla, en este contexto, Ia liquidacién de esa distancia critica entte lo real y una ficcién que sea “preapariencia’ 138 o ‘memoria anticipada” (las expresiones son de Ernst Bloch) de lo que podria ser el sujeto reconciliado con su Deseo, si ese deseo no estuviera tan enajenadamente reconciliado con las imagenes presentes y actuales del mundo con que lo alimenta la Industria Cultural. Una industria cultural que, en el limite, postula la posibili- dad de que una ficcién no auténoma (pues, qué puede querer decir “autonomia" para alguien que esti solo en e| mundo?) sustituya a la realidad que se proponia po- encialmente contradecir por su alteridad, por su dife- rencia critica con ella Es interesante, en este sentido, que Adorno (al igual que Freud, aunque por distintas razones) tuviera una cierta desconfianza en la nica forma de arte inventado en el siglo XX, en la tinica forma de arte que (por lo menos hasta el momento en que Adorno escribe) tiene practicamente desde su nacimiento el “pecado original” de set un producto paradigmatico de la industria culeu- ral y una mercancfa ficilmente fetichizable por el mer- cado global: estoy hablando, desde luego, del cine, que ademés tiene el privilegio de ser la forma estérica que con mayor analogia reproduce en su Iégica de construc cién ficcional las operaciones del inconsciente. No hay tiempo de demostrarlo aqui, pero bastaria ver cualquier ‘film bajo el protocolo de lectura del capitulo séprimo de La interpretacién de los suefios de Freud y de los textos sobre teoria del montaje de Eisenstein para encontrar en la diégesis filmica todo lo que describe Freud como trabajo subterrineo productor de las imagenes del sue- fio: condensacién, desplazamiento, inversién en lo con- tratio, articulacién de representacién de cosa y repre: sentacién de palabra, lo que se quiera. Y es es0 lo que hace a esta forma de arte —que tanto ha influido a todo el arte del siglo XX, y por supuesto a la “estética’ de los 139 —Y tarea de interpretar el mundo, y por lo tanto de’trans. formarlo, ya que toda préctica de la interpretacién, en la medida en que problematiza la inmediatez de lo apa- rente, introduce una diferencia en el mundo, lo vuelve parcialmente opaco. Esa opacidad, esa inguietante ex. trafeza ante la sensacién de que el mundo guarda secre- tos no dichos y tal vez indecibles, no representados y tal vez irtepresentables, no comunicados y tal vez incomunicables, de que hay algo que se juega en alguna otra escena que la de las representaciones inmediatas, es lo que se llama —ya sea en términos ampliamente epistemolégicos o estrictamente psicoanaliticos— lo inconsciente Ahora bien: las ideologias massmedidticas de la trans- parencia y de la perfecta comunicabilidad, de un mun- do sin secretos y donde por lo tanto toda interpretacién y toda critica serfa superflua frente a la ubicuidad de lo inmediatamente visible, estas ideologias parecen volver obsoletas hasta las mas apocalipticas previsiones de la Escuela de Frankfurt sobre los efectos de la Industria Cultural: por ejemplo, las impugnaciones marcusianas a la “desublimacién represiva” 0 a la “colonizacién de la conciencia”?, puesto que de lo que se tratarfa aqui es de mucho mds que eso: se trataria de la lisa y lana elimina cién del inconsciente, y por consiguiente de la liquidacién de la subjetividad critica. No habria ya “otra escen: sobre la que pudiéramos ejercer la sana paranoia de sospechar que en ella se tejen los hilos de una imagen que aparece como sintoma de lo irtepresentable, sino tuna pura presencia de lo representado, una pura obsce- nidad, que no es otra cosa que la obscenidad del Poder mostrindose al mismo tiempo que aparece disolverse en la transparencia de las imagenes fetichizadas. Pero la ideologia massmedidtica de la comunica- 136 bilidad tiene una segunda consecuencia, estrechamente ligada a la anterior, en la que quiero detenerme un mo- mento, y ¢s la de la disolucién de los limites entre k realidad y la ficcién. Me doy cuenta de que esta es una afirmacién extraordinariamente problematica, ya que ni lo que llamamos “realidad” es una categoria de defi- nicién tan evidente, ni lo que llamamos “ficcién’” es tam- poco algo tan evidentemente opuesto alo que llamamos “verdad”, cualquiera sea la definicién que queramos darle a este tiltimo término. Justamente, las monumen- tales narrativas tedricas de un Marx 0 un Freud estén montadas sobre la idea de que las grandes producciones ficcionales de las sociedades (llémense ideologia, reli gién o fetichismo de la mercancfa) 0 de los individuos (limense suefios, lapsus 0 alucinaciones) no son, en el sentido vulgar del término, mentiras, sino regimenes de produccién de ciertas verdades operativas, légicas de construccién de la “realidad” que pueden ser desmonta- das para mostrar los intereses particulares que tejen la aparente universalidad de lo verdadero. Como diria el propio Freud, la verdad tiene estructura de ficién, y por Jo tanto la interpretacién solo puede producit la crit a de lo que pasa por verdadero a partir de esas ficciones tomadas en su valor sintomético. Dicho lo cual, no sig- nifica en absoluto que todas las construcciones ficcionales tengan el mismo valor critico, sino solamente aquéllas en las que pueda encontrarse la marca de un conflicto con lo que se llama “realidad”, y que sean por lo tanto capaces (atin, y sobre todo, si lo hacen de ma- nera “inconsciente”) de devolverle su opacidad a la en- de lo real, de escuchar en ella lo gafiosa transparenci no dicho entre sus lineas, lo no representado en los bor- des de sus imagenes, lo no comunicado en el murmullo homogéneo de la comunicacién. 137 ee! ——~ ae duccién y acumulacién de objetos para compravender ‘Como en estos tiempos “posmodernos” los objetos de compraventa —esas mercancias-fetiches de triste memoria— son fundamentalmente (cuando no exclusi. vamente) imdgenes, y como la mayoria de las imagenes tienen la fastidiosa costumbre de colocarse en el lugar de los objetos para re-presentarlos, no sorprenderé a nae dic que me atreva a afirmar: primero, que si todavia existe hoy algo parecido a lo que en aquellos tiempos pretéritos se Ilamaba “lucha ideolégica’, esta se da en el campo de las representaciones antes que en el de los con- ceptos: y segundo, que todo este galimatias que sin mu- cho éxito estamos tratando de desentrafiar nos conduce peligrosamente de regreso a la cuestién de los medios de comunicacién de masas O, para ser mas precisos, de eso que ya hemos men- cionado repetidamente, eso que Adorno y Horkheimer etiquetaron como Ia Industria Cultural: una industria que tiene la muy peculiar caracteristica de producir, directamente, repreientaciones, cuyo consumo indiscri. minado y “democritico” (ya que la Ley que preside su elaboracién, como corresponde a una constitucién re- publicana, es igual para todos, aunque sean muy pocos los aurorizados a elaborarla, y esos pocos se llaman, ca- sualmente, representante), no se limita a satisfacer ne- cesidades —reales o imaginarias— sino que conforma subjetividades, en el sentido de que —puesto que por de- finicién el vinculo del sujeto humano con su realidad esti mediatizado por las representaciones simbélicas—, el consumo de representaciones es un insumo para la fax bricacién de los sujetos que corresponden a esas repre- sentaciones. Bastaria este razonamiento breve para entender la 134 enorme importancia politica —en el mas amplio senti- do del eérmino— que tiene la Industria Cultural, ya que una de las dos operaciones mas extremas y ambiciosas a que puede aspirar el poder es justamente la de fabri- car sujetos (la otra, por supuesto, es eliminarlos). Pero podemos ir todavia més lejos. En efecto, esa fibrica de sujetos universales que es la Industria Cultural massmediitica —y que hoy, en la llamada “aldea glo- bal”, ha realizado en forma parédica el suefio kantiano del sujeto trascendental— postula a su vez su propio suefio, su propia utopia “tecnotrénica”, si se quiere pen- sarlo asi, que es la utopfa de la comunicabilidad toval, de una transparencia absoluta en la que el universo de las imagenes y los sonidos no representa ninguna otra cosa més que a s{ mismo. Se trata, cémo no verlo, del correlato exacto de la idea de un mercado “transparente” en el que no existe oro enigma que el calculo preciso de la ecuacién ofer- ta/demanda, 0 de una democracia igualmente “transpa- rente”, en la que un espacio publico universal establece Ja equivalencia ¢ intercambiabilidad de los ciudadanos —semejante a la de las mercancfas en el mercado 0 a la de las imiigenes en el mundo de las comunicaciones—, y donde la tinica “oscuridad” que existe (puramente metaférica, claro estd) es Ia del cuarto idem donde el ciudadano va a depositar su papeleca, Pero esta idea de una comunicabilidad total, de un mundo como pura voluntad de representacién —si se me permite burlarme respecuosamente de un famoso titulo de Schopenhauer— tiene, desde ya, varias consecuen- cias. La primera (seguramente tranquilizadora para muchos) es que de realizarse este stueiio massmedistico de completa transparencia quedariamos inmediacamente eximidos de, ademés de incapacitados para, la penosa 135 — _ UU nfa culeural totalizadora, sino que la fragmentacién del mundo parece destinada a profundizarse més y més oy la misma medida en. que se profundice la “globalizacie, postmoderna”, Tal vez esta imposibilidad sea la expre. sién de una crisis de hegemonfa sin precedentes en |g hiscoria del capitalismo (de un capitalismo que, es bue. no recordarlo, pese a las apariencias no ha cesado de estar en crisis desde inicios de la década del 70): crisis irénica si las hay, ya que hoy no hay nadie que le dispu- te seriamente esa hegemonia. Ojalé nos equivoquemos, pero de no ser asi, todos aquellos finales que nos pro- mete triunfalmente la ideologia dominante podsfan muy bien ser apenas el principio de una nueva era de caos y barbarie. Esta era, y aquellos finales, tienen tambign sus mo- dos de representaciém como ya dijimos, el rol de los medios de comunicacién y, mas ampliamente, de la Industria Cultural, no es hoy meramente “instrumen- tal”, sino el de una verdadera matriz de generacién de la logica (la estética, la retérica) con la que tiende a ser pensada y experimentada la cultura, y el de una verda- dera metéfora de los nuevos modos de dominacién. A riesgo de transformar en apariencia de provoca- cién algo que no tiene la intencién de serlo, quiero in- vocar, a propésito de los medios masivos de comunica- cién, una categorfa que tiene un importantisimo estatu- to te6rico en el pensamiento occidental: el concepto de aburrimiento. O, si se quiere darle una dignidad filosé- fica mayor, el concepto de tedio, que desde San Agustin hasta Sartre sirve para designar una forma del goce por Ja indiferencia, por el hundimiento en ese “sentimiento eceinico”, como lo llamaba Freud, en el cual el sujeto se libera de todo deseo y por lo tanto de todo conflicto con su realidad, y por lo tanto de su propio dolor, pero 132 también de su propia existencia como sujeto. Es imposible para nosotros, a su vez, no enmarcar este concepto en la estricta dependencia que existe hoy entre la idea que tenemos de los medios masivos de comunicacién, y otras dos ideas que, si puedo decirlo asi, dominan al discurso dominante en nuestra socie~ dad “postmoderna’: las ideas de mercado y de democra- cia. La primera —no hace falta insistit en ello— cons- tituye el operador ideolégico privilegiado y casi exclu- yente del asf llamado “capitalismo tardio”, un operador que si hasta no hace mucho tiempo tenfa que competir con otros que reclamaban con cierta legitimidad ese lugar privilegiado (por ejemplo, “Estado”, “sociedad”, “cultura’, “lucha de clases”, etc.), hoy reina por si solo hasta el punto que ha logrado subordinar a su propia logica global a la otta idea, la de democracia, que como sabemos en Ia actualidad designa principalmente (aun- que no solamente) al supermercado “politico” al que acudimos aproximadamente cada dos afios para reno- var el “stock” de programas y dirigentes que consumire- mos en los siguientes dos afios, sin que por supuesto hayamos tenido mis intervencién en la elaboracién de esos programas y la seleccién de esos candidatos, de la que tenemos en el proceso de produccién y distribu- cién de los productos que adquirimos en el shopping En épocas muy pretéritas, en las que la gente todavia lefa a ciertos autores del siglo XIX (autores hoy precipi- tados en lo que un reciente ¢ ilustre visitante de nues- tras pampas ha nombrado como “la era del vac tales épocas esa fascinacién por las operaciones de com- praventa se llamaba fetichismio de la mercancia, para de- signar el proceso de indole religioso por el cual la idola- tria del objeto impedfa al sujeto percibir la intrincada —y a veces sangrienta— red de relaciones sociales de 133 Posiblemente esta sea poco més que sina versién sofisticada y “progresista” de la tesis del fin de las Ideg. logias, lo cual seria consistente con las adscripciones incelectuales de su autor (ya mencionamos que Laclay es uno de los adalides de lateorfa del fin del Sujeto). Sin embargo, no se puede negar que pone el dedo en un, Haga, aunque no con la suficiente delicadeza. En real. dad, una hipétesis central a todo lo largo del libro ¢¢ que hay en el mundo “globalizado” actual una suerte de sensién permanente entre universalismo y particulatis. mo, que todavia no parece estar en vias de resolucién, y que quiz no pueda ser resuelta, ya que la de “universs, lismo” es una categorfa sin duda necesaria pero imagi- narie: “la categorfa de totalidad nos persigue a través de los efectos que se siguen de su propia ausencia’, ya que dicha categoria no es mis que la negacién de los particularismos que se relacionan antagonisticamente entre si, y que necesitan apelar a ella porque, por defi- nicién, un particularismo sélo lo es porque se opone a una “toralidad”, asi como a otros particularismos, Tados los particularismos, entonces, lejos de ser pura “dife- rencia’, tendrian en comiin su lugar negativo respecto de una totalidad que intenta englobarlos u homoge neizarlos, que intenta por asi decit “universalizarlos", Paraddjicamente, pues (aunque es probable que el viejo Hegel rendria algo que decir al respecto), los parti- cularismos, al negar la universalidad, la realizan, zA qué viene esta digresién un tanto abstrusa? Al hecho de que, posiblemente, la novedad con la que nos estemos enfrentando en este modelo de “globalizacién’” sea la de una estricta imposibilidad de “tealizat” la uni- versalidad que el modelo por su propia légica tiende a buscar, que las tensiones y conflictos locales generados por la globalizacién no puedan ser integradas en el 130 (neo)universalismo del capicalismo mundialmente he- geménico, Como hemos intentado sefialar a lo largo de este capitulo, en el pasado existid siempre una tensién critica al interior mismo de los universalismos de cada ecapa de la globalizacién capitalist. Sin embargo, en cada etapa las estrategias hegeménicas (que, desde lue- go, no son necesariamente intencionales) lograron “es- tabilizar” las crisis internas de sus ideas universales: al fin y al cabo, durante mucho tiempo se impusieron, como componentes centrales del pensamiento “oficial”, las nociones del progreso de la Historia, de los Grandes Relatos, del Sujeto cartesiano o del Estado-nacién, la ensién logré “resolverse” en favor de estas ideas Pero este no es el caso actual: a la inver- “otalizance sa, las formas te6rico-ideolégicas hoy dominantes han tenido que recurrir a la recusacién de toda idea universalista. Por lo canto, es como si se hubieran serruchado su propia base de sustentacién: tampoco la hoy tan celebrada idea de la “globalizacién” puede ser defendida con consistencia légica por aquéllos a cuyos intereses sirve. Y, al contrario, puede ser recusada por muchos incluso en nombre de alguna de las formas “particularistas” de la ideologia dominante. Y, de he- cho, asf esté ocurtiendo: y no sélo (ni, quiza, principal- mente), como hemos visto, bajo el modo relativamente pacifico de los “movimientos sociales” de los sectores “minoritarios” excluidos, oprimidos o explotados por la globalizacién, sino también bajo el modo saluaje de los terrorismos fundamentalistas, los racismos violentos, los etocidios descontrolados. En una palabra: la tensién estructural entre los particularismos y un “ mo” expresado en un proceso de globalizacién profun- damente injusto y desigualitario no sélo no parece estar a punto de “superarse” mediante alguna nueva hegemo- ‘universalis- 31 ca “reactiva’ 0 por lo menos a la defensiva. Si hoy se replantea tan draméticamente esa crisis, probablemen. re sea porque en el contexto de las condiciones actuale de una economia-mundo completamente “globalizad ese concepto esta perdiendo viabilidad atin como cong. iruccién ideolégica y como “imaginario” cultural, még i de las formalidades juridicas. En efecto: una forma, cién social sélo puede reproducirse a si misma como én” en tanto que los individuos que la componen puedan ser constituidos, a través de los aparatos de s6- cializacién, los dispositivos simbélicos o las pricticas cotidianas, como homo nationalis, y no solamente como homo economicus, Pero la brutal cransnacionalizacién del capital, de la tecnologia y de las comunicaciones, asi como de la fuerza de trabajo o la hibridacién cultural, la explosién de los flujos migratorios o Is disolucién de las ‘dentidades locales” parecen hacer cada vex més pro- blemiticas las formas tradicionales de interpelacién ideo- légica —para decirlo althusserianamente— que consti- tuyen a una mera poblacién en “pueblo” o “nacién”, No es de extrafiarse, entonces, que aquellas formas activas” de biisqueda de una unidad identitaria ad- quieran una desesperacién cada vez més violenta, en tanto atravesadas por una suerte de saber inconciente sobre su propia imposibilidad, sobre su propia falta de lugar en el universo simbélico de la economéa-mundo globalizada. Como lo hemos dicho en un capfculo ante- rior, si en el origen histérico de toda “identidad” nacio- nal, émnica o religiosa hay una violencia constitutiva, el fundamentalismo” actual es una forma de violencia firn- dadora que no encuentra nada que fundar. de alli su re- curso extremo a una aparente irracionalidad. Pero ya sugerimos, también, que no se trata de ningiin anacro- nismo, de inexplicable o de ninguna inguna anom: 128 segresion’ histérica a la “premodernidad’, sino de un producto perfectamente ligico de la globalizacién “post moderna Hasta aqui hemos intentado mostrar, muy sucinta- mente, que algunos presupuestos ideolégicos bésicos, comunes a las nociones de “postmodernismo” y de ilobalizacién’” no son, estrictamente hablando, inédi- cas novedades histéricas, aunque el contexto de este modelo actual de globalizacién (que no es el primero de |a historia) les confiere un valor de “novedad” caracte- ristico, precisamente, de un estilo de interpretacién “postmoderna” que menosprecia la densidad histérica de las ideas. ;Significa esto, entonces, que no hay nada nuevo bajo el sol un poco marchito de nuestra época? No exactamente. En todo caso, significa que lo que haya de “novedoso” no hay que buscarlo en las ideas mismas —ni mucho menos en su interesada manipulacién— sino en la peculiar relacién que se establece entre ellas. En un texto reciente de Ernesto Laclau (en el que tampoco, por otra parte, es dable encontrar grandes novedades) se sefiala que “si quisi¢ramos caracterizar en pocas lineas los rasgos distintivos de la primera mi tad de los afios noventa, yo diria que ellos deben bus- carse en la rebelién de los diversos particularismos —étnicos, raciales, nacionales y sexuales— contra las ideologias totalizantes que habfan dominado, en las dé- cadas precedentes, el horizonte de la politica.(...) Es la globalidad de estos proyectos lo que ha entrado en cri- sis. Cualquiera haya de ser el signo de la nueva visibn de la politica que esté emergiendo, esti claro que una de sus dimensiones basicas habri de ser la redefinicién de la relacién existente entre universalidad y particula- ridad.”® 129 entre otros, han insistido, en los iiltimos afios, en jy hipétesis de que en los mismos orfgenes de la idea mo. derna del Estado-nacién (por otra parte, un térming compuesto por dos elementos que no necesariamenee se recubren) hay un problema constitutivo, que es ¢| viejo dilema del huevo y la gallina: es el problema del vinculo de mutua implicacién légica entre la conforma. cién de una ideologia estacal-nacional y la conformacién de una realidad sistémica global de “economia-mun. do”, como la ha llamado Wallerstein’? La verdad es que, ya desde las postrimerias de Ia Edad Media (es decir, incluso antes de la consolidacién definitiva de los grandes Estados centralizados europeos) se demostré la dificultad de una idea cuyo pretrequisito es la divisién completa y sin “superposiciones” del terri- torio, los recursos y la poblacién mundial entre entida- des politicas, de manera que ninguna “propiedad” so- cial —material o simbélica— pudiera escapar a la de- terminacién “soberana’ del Estado nacional. Peto, como dice Balibar, “fue a raiz de que una semejante y precisa divisién era histéricamente imposible—en razén del en- trecruzamiento de fronteras lingiiisticas, migraciones, reclamos dindsticos, conflictos intercoloniales, revolu- ciones, guerras de religién, y otros fendmenos caracte- risticos de la economia-mundo en la primera moderni- dad— que la forma genérica de la historia de los Esta- dos nacionales ha sido la inestabilidad de las fronteras y su constante redefinicién, con su impacto directo sobre la percepcién interna y externa de la “identidad nacio- nal”6, Esta postura, como hemos mencionado, sigue estre- chamente el punto de vista de Braudel y Wallerstein se- giin el cual la constitucién de los modernos Estados- naciones no esta tan estrechamente ligada (aunque sin 126 duda lo escé) a la abstraccién del mercado capicalista, como a su manifestacién histérica concreta: la de una “economia-mundo” organizada y jerarquizada por el esquema centro/periferia, cada uno de los cuales desa- rrolla diferentes mécodos de acumulacién y explotacién de la fuerza de trabajo, y entre las cuales se establecen relaciones de intercambio desigual y dominacién. Asi, las “unidades” nacionales se han formado a partir de la estructura global de la economia-mundo, como funcién del rol que les cocé jugar en esa estructura en un perfo- do determinado, Mas exactamente, los Estados nacio- nales se consticuyeron sinos contra los otros como instru- mentos de compecencia al servicio de la dominacién de la periferia por el centro. Pero, ademés, lo que han mostrado Braudel y Wallerstein ¢s que, en la historia del capitalismo, han emergido otras formas “estatales” di- forentes a la nacién y que durante cierto tiempo se man- tuvieron en competencia con ella: por ejemplo, las for- mas imperiales 0 (de mayor importancia atin) los “com- plejos” politico-comerciales transnacionales centrados en una o varias ciudades, como la Liga Hanseitica. Lo cual demuestra, entre otras cosas, que no hay una sola forma politica inherentemente “burguesa’ (la del Esta do-nacién), sino varias alternativas posibles que se han dado ya histéricamente. Citando de nuevo a Balibar, “si las burguesias nacionales finalmence hegemonizaron el proceso —atin al costo de compromisos y fusiones con las otras clases dominantes, como ocurtié tipicamente fue probablemente, entre otras razones, en Inglaterra porque necesicaron utilizar, tanto interna como exter- namente, las fuerzas armadas de los estados existentes"”. Quiere decir, entonces, a riesgo de parecer insisten- tes, que el Estado-nacién fue siempre, en alguna medi- da, un concepto en crisis, y una construccién ideoldgi- 127 racién mds 0 menos foucaultiana. Algo semejante ocy. rre en el campo del arte: la desaparicién del concepta de “vanguardia’, y de su voluntad histérica de “empezar de nuevo”, sometiendo a una critica radical la tradicign estética anterior, parece haber significado la desapari. cin, también, del conflicto entre las escuelas y las teo. rfas, en favor de una fragmentacién y superposicisn desjerarquizada de metas téenicas. A decir verdad, y aunque pueda sonar un tanto apocaliptico, pareceria que el arte esté a punto de ser sustituido por la comuni- cacién: ¢s decir, por la ilusién de una suerte de transpa- rencia de lo representacional, que ya no merece ser inte- rrogado en su relacién conflictiva con la ‘realidad’, sea cual fuere el modo en que se define este término pro- blematico. Y en la era de la imagen digital, la comunic cién esté estructurada por una légica del tipo estimulo/ respuesta que casi no requiere de mediaciones simbali- cas complejas. Una vez més, atin en el campo de los pensadores criticos (piénsese, por ejemplo, en un Habermas) la antigua preocupacién por la simbolicidad 0 los enigmas de lo imaginario tiende a subordinarse cada vez mds al estudio de la significativamente llamada “pragmdtica comunicacional”. La antigua preocupacién por las estructuras discursivas —que iba escrechamente vinculada a la critica de las ideologias—, a su vez, cede terreno a las técticas “deconstructivistas” que, incluso en el mejor de los casos (pienso, por ejemplo, en un Derrida) disuelven, nuevamente, el caricter problems- tico, conflictivo y complejisimo de las relaciones entre “realidad” y “ficcién’ en el textwalisme: una forma de puro andlisis inmanente sin sintesis “superadora’, que posiblemente constituya una ventaja frente a los abusos reduccionistas del estructuralismo o el sociologismo, pero que se desinteresa del horizonte global de ideas en el 124 qual los textos aparecen. Las nociones de una ausencia ide origen macrocultutal de los discursos (paralela a la del fin de los Grandes Relatos) 0 de una ausencia de ‘qutor (paralela a la del fin del Sujeto) en favor de un desinceresado “ludismo” del lenguaje, nociones impor- tadas un poco apresuradamente de Nietzsche, Heidegger, Wiergenstein 0 Lacan, son en el fondo tributarias del gentimiento de que ya no habrfa —por detris 0 por debajo de los dispositivos discussivos del arte, la litera- qura 0 incluso de las teorias politicas y econémicas— sistemas ideolégicos que intentaran (conscientemente 0 no) dar cuenta de un estado del mundo. Todo lo cual, cuando se reduce a sus tiltimas conse- cuencias, significa una nueva forma de separacién en- re el pensamiento y la prdctica, obviamente en decri- mento del primero. El “fin de las ideologias”, en este sentido, no es mas que una manera cliptica y un poco artera de aludir (y a menudo de celebrar) la decadencia del pensamiento tebrico, de la pasién simbolizadora, y de la figura del intelectual critico, progresivamente despla- zada por la del especialista, el tecnécrata asesor de los organismos internacionales, cuando no directamente de las empresas “globalizadas’, 0, en todo caso, del intelec- ual masmedidtico mundial, que pasea su palabra —pero sobre todo su imagen— celebratoria de la “sociedad del especticulo” por la aldea global electrénica de McLuhan Bien, esta es la “realidad” de hoy, y parece ser que por el momento no queda més remedio que aceptarla, y participar de ella aunque fuera a regafiadientes, Pero nada nos obliga a festejarla. 5. Finalmente, la idea (esta si) “internacional” del fin del Estado-nacién parece no hacerse cargo de la profun- ch problematicidad que siempre amenazé al concepto mismo de Estado-nacién. Braudel, Wallerstein o Balibar, 125

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