La Avenida Presidente Manuel Quintana
Denominada así en honor al que fue presidente de la República Argentina entre 19
04 y 1906, se extiende a lo largo de seis cuadras, atravesando los barrios de Re
tiro y Recoleta. Nace en Libertad al 1300. Antes del dictado -el 20 de mayo de 1
906- de la Resolución que la rebautizó, la calle se llamaba República.
Manuel Quintana
Nació en Buenos Aires el 16 de octubre de 1835. Era sobrino nieto de Hilarión de
la Quintana, el hombre que en 1806 le exigió -sin éxito- la rendición a William
Carr Beresford en la Primera Invasión Inglesa. A los veinte años de edad se rec
ibió de abogado en la Universidad de Buenos Aires y sólo dos años más tarde fue
designado al frente de la cátedra de Derecho Civil en esa misma casa de estudios
. Desde joven participó en política y a los 25 años, en 1860, fue electo diputad
o para la legislatura de la Provincia de Buenos Aires, representando al Partido
Liberal, que lideraba Bartolomé Mitre, pero cuando éste intentó convertir a Buen
os Aires en Capital de la República, Quintana se unió al Partido Autonomista de
Adolfo Alsina.
En 1864, cuando fue elegido diputado nacional por la provincia de Buenos Aires,
presentó un proyecto de ley nunca aprobado- que instituía a la Ciudad de Rosario
como Capital Federal.
En 1870 fue elegido como senador nacional. En 1871 el presidente Sarmiento -del
cual era un duro opositor- lo envió a Asunción para negociar el tratado de paz q
ue puso fin a la infame Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay. En 1873
Manuel Quintana se presentó como candidato a presidente en las elecciones para s
uceder a Sarmiento a partir de 1874, pero perdió con Nicolás Avellaneda. En el a
ño 1877 fue designado rector de la Universidad de Buenos Aires, cargo en el que
se mantuvo hasta el 1881.
Quintana conoce el amargo caviar del exilio
En 1876, Quintana era senador nacional y asesor legal del Banco de Londres en nu
estro país. En mayo de ese año, el gobernador de la provincia de Santa Fe, Serva
ndo Bayo, intervino la sucursal Rosario de la entidad y puso en prisión a su ger
ente, mister Behn, por haberse negado éste a a convertir al patrón oro las emisi
ones de papel moneda, tal como lo había ordenado el Congreso provincial.
Cabe informar que el banco pretendía mantener el monopolio de la emisión de pape
l moneda, pero como eso estaba en duda, con maniobras especulativas intentó debi
litar la posición del Banco de la Provincia de Santa Fe.
Inmediatamente de ocurrido el hecho, Quintana renunció a su cargo -el del banco-
, alegando "razones de salud". A continuación viajó a Londres para entrevistarse
con sus patrones, a los que les propuso que si la situación en Rosario no se mo
dificaba, la ciudad debía ser bombardeada por la flota inglesa.
Al regresar a Buenos Aires, el 24 de mayo el futuro presidente de los argentino
s se entrevistó, acompañado por el encargado de negocios de la embajada británic
a, Frederick Saint John, con el ministro de Relaciones Internacionales, Bernardo
de Yrigoyen, al que le comunicó que "el jefe de las fuerzas navales en el Río d
e la Plata ha ordenado que una cañonera se dirija a Rosario para recibir a su bo
rdo en depósito los caudales del Banco de Londres".
Asombrado, Yrigoyen se negó a continuar las gestiones amistosas y, dirigiéndose
a Saint John, le advirtió que si los ingleses llevaban a cabo su amenaza, su act
itud tendría "enojosas consecuencias". Luego le exigió a Quintana que se retirar
a inmediatamente de su despacho, dando por finalizadas las gestiones.
A raíz de esta desafortunada gestión, Quintana debió retirarse momentáneamente d
e la política y se radicó por dos años en Europa. De todos modos, durante ese ti
empo siguió tejiendo en el Reino Unido la madeja que lo llevaría, 28 años despué
s, a la Casa Rosada.
Quintana Presidente
Ejerció la primeria magistratura por un breve lapso, entre el 12 de octubre de 1
904 y el 25 de enero de 1906, cuando solicitó licencia por enfermedad. El 12 de
marzo de ese mismo año murió.
Quintana pasó los últimos años de su vida sumido en la depresión, acosado por un
a salud deteriorada, preso de sus fantasmas. A su estado contribuyeron en gran m
edida dos hechos: la revolución de los radicales y un atentado contra su vida, q
ue falló por muy poco.
Cuando los radicales luchaban
Un año antes de morir, el cuatro de febrero de 1905, una rebelión comandada por
Hipólito Yrigoyen jaqueó seriamente a su gobierno, hasta tal punto que el presid
ente argentino no ahorró represión para derrotar a los rebeldes. Los radicales
pugnaban por terminar con el escandaloso fraude electoral que coronaba a los pre
sidentes de entonces, que podían esgrimir casi como único mérito previo su perte
nencia a las compañías ferroviarias inglesas.
En Córdoba, los rebeldes hicieron prisionero al vicepresidente José Figueroa Alc
orta, que descansaba en Capilla del Monte, al que obligaron a sostener una confe
rencia telegráfica con Quintana. Los revolucionarios presionaban por una amnistí
a, ya que el levantamiento había sido sofocado ya en varias provincias y sólo en
Córdoba y Mendoza seguían los combates contra el ejército.
De todos modos, Quintana no cedió a las demandas de los sublevados, aún cuando é
stos amenazaban con matar a Figueroa Alcorta. Los maledicentes alegaron luego qu
e Quintana no cedía a las demandas de los revolucionarios a causa de su concienc
ia republicana, a la vez que disfrutaba de la situación, porque era un secreto a
voces que Figueroa Alcorta era un declarado enemigo suyo y que ejercía el verda
dero poder detrás de las bambalinas.
Finalmente, los radicales se rindieron sin matar a Figueroa Alcorta, que pasó a
la posteridad y hasta cuenta hoy con su propia avenida.
Al borde de la muerte
El viernes 11 de agosto de 1905 amaneció, según el diario La Nación, plomizo, frí
o y tormentoso . A las dos de la tarde, como todos los días, Manuel Quintana salió
de su casa en la calle Artes (hoy Carlos Pellegrini) 1245 y subió al carruaje q
ue lo llevaría a la Casa de Gobierno. El recorrido era también rutinario: doblab
an por Arenales, por ésta llegaban hasta Plaza San Martín, desde allí por Florid
a iban hasta Rivadavia, desde donde, girando a la izquierda, alcanzaban la Casa
Rosada.
Pero ese día, el joven tipógrafo anarquista catalán Salvador Enrique José Planas
y Virella lo esperó en la Plaza San Martín y, cuando vio el carruaje corrió a l
a par, desenfundó una pistola Smith & Wesson nueve milímetros y apretó dos veces
el gatillo, apuntando hacia la ventanilla, desde donde se divisaba claramente l
a cabeza del presidente. Para la suerte de Quintana, las dos balas se atascaron
en la pistola. Simultáneamente el edecán presidencial, el capitán de fragata Jos
é Donato Álvarez, primero lo cubrió con su cuerpo y luego saltó al pavimento par
a tratar de detener a Planas.
Detrás del vehículo presidencial iba un carruaje policial guiado por el agente A
ntonio Mallato, bajo el mando del subcomisario Felipe Pereyra. Álvarez. Los poli
cías se lanzaron sobre el tipógrafo que, frustrado, intentaba poner distancia co
n la ley y lo detuvieron. Éste pronto fue condenado y encerrado en la cárcel de
Las Heras, desde donde comenzó inmediatamente a planear una fuga que nunca pudo
concretar.