1
LA ESFil'JGE ROJA
Emilio Fru2"oni
o
BIBLIOTECA
LA
TIERRA
lvEMORIAL DE UN APRENDIZ DE
DIPLOMATICO EN LA UNION SOVIETICA
EL
HOMBRE
VOLUMEN
*
la
ct
A MOR
D IR E C T O R: A N TON I O Z
Oficinas: SAN JO S E 1621 al
1645
BUENOS AIRE
BUENOS AIRES
Primera edicin, setiembre de 1948
Serrunda edicin, octubre de 1948
IN DICE
LIBRO PRIWJ.ERO. --
EXPLORACIONES Y EXPERIENCIAS
I. Frente al enigma . . . . . .
13
II. lriolotov o el tiempo de la
III.
IV.
V.
VI.
VII.
VIII.
IX.
X.
XI.
XIL
Derechos Reservados
Impreso en la Argentina
Printed in Argentine
Hecho el depsito legal
Copyright by EDITORI.4.!:
CLARIDAD, S. A., in 1948
diplomacia . . . . . . . . . . 17
Figuras conocidas . . . . . . 20
La vida diplomtica en
Mosc . . . . . . . . . . . . . 26
Hbitos fastuosos . . . . . . 28
La visita de Churchi!l y
Eden . . . . . . . . . . . . . . 29
Lo que cuesta una diplomacia o una revolucin
inevtable . . . . . . . . . . 33
El boato y el despilfarro
como funcin oficial . . 35
Figuras en la tela . . . . . . 38
Con el general De Gaulle
y con Herriot . . . . . . . .
41
Aparece Herriot . . . . . . . 44
La ciudad en la mano . . 4 7
Las pequeas cosas del vivir consuetudinario .. . 47
En la va pblica ..... . 49
Aspectos edilicios y arquitectnicos ......... . 53
El problema de la edificacin ............. . 56
La lucha de estilos .... . 58
El estilo sovitico ..... 66
Observaciones de un transente ............. . 71
Se ven mendigos por las
calles de Mosc? . . . . 73
Recorriendo la urbe . . . . 77
Aspectos del paisaje humano . . . . . . . . . . . . . . 80
El sistema comercial . . . 86
El inflacionismo . . . . . . . 90
Una reforma monetaria
92
Medida drstica . . . . . . . 95
Lo que se procuraba y lo
que se ha obtenido . . 97
Pasan los nios y los viejos ................. 103
XIII.
XIV.
XV.
XVI.
::h'"VII.
XVIII.
XIX.
XX.
XXI.
XXII.
XXIII.
XXIV.
XXV.
Los nios . . . . . . . . . . .
Los viejos . . . . . . . .
La animacin y las tribulaciones de la urbe ..
Radiografa espiritual de
Mosc ..............
Cmo entierra Mosc a
sus muertos . . . . . . . . .
El Metro . . . . . . . . . . . . .
Resurreccin del Domingo
El ftbol en Mosc . . . .
Los parques . . . . . . . . . . .
La exposicin de los trofeos de guerra . . . . . .
Carreras y juego . . . . . . .
El canal Volga-IYioscova
Su seora la nieve . . . .
Patines y esques . . . . . .
Helado de invierno y cal
de verano ..........
La plaza Roja de .Mosc,
escenario de la nacin
La presencia de Lenin . .
Cmo celebr Mosc la
rendicin de Alemania
El manteo del Den de
Canterbury . . . . . . . . . .
Los grandes destiles de la
Plaza Roja . . . . . . . . . .
Los desfiles militares . .
Desfila el ejrcito ruso
celebrando la victoria
Tras el desfile militar, un
gran mitin en Mosc ..
El 19 de Mayo de 1946
en las calles de Mosc
En Rusia no se escuchaba
ya la dntemacionah
Los desiles de la muerte
La religin y las iglesias
Acercamiento y luna de
miel ...............
Grandes interrogantes
104
111
114
120
122
126
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134
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162
163
170
172
174
177
181
188
194
LIBRO SEGUNDO. -- EL MUNDO Y LA CULTURA
Libros y bibliotecas . . . .
Los museos . . . . . . . . . . .
El pueblo y los museos .
La historia mutilada ...
La prensa . . . . . . . . . .
203
209
212
215
218
Una .;t:Colaboracin; en
~Pravda:> . . . . . . . . . . . 221
<:Pravdaz.c public una extensa carta del doctor
Emilio Frugoni . . . . 225
La libertad de prensa . 226
~n episodio ilustrativo . 228
XX!X . .t:-scuelas Y universidades 231
Abogados y mdicos . . . 23 7
Los estudiantes . . . . . . . 239
XXX. El teatro, gran institucin
nacional . . . . . . . . . . . . 243
Los Ballets
245
La mise en s~~~~; ~:::: 2 48
Rasgos morales
250
Curiosidades int~~;e~~~i~
vas en el gnero lrico 251
El drama
254
El teatro y i;s ~~~~. : : ." : 256
Lucha de tendencias
260
COMO SE VIVE EN RUSIA
LIBRO TERCERO. --
XXXIII. La realidad cotidiana .. 311
El criterio distributivo .. 311
Diferencias sociales
315
XXXIV. La vivienda
. . . . 320
XX:h"V. Su majestad 1~ ;;zl~~.
32 7
Modales con el pueblo .. 328
Crceles
329
Los preces~~ . ~~~~ir~~
30 3
Colonias penales. __ Vio-i1_ancta
.
"
a 1os amigos
internacionales
336
La justicia ...... ." . . . . : 3 3 7
XXXVI. La vida en el campo . . . . 340
El koljs . . . . . . . . . . . . . 342
XXXVII. El derecho de propiedad 349
XXX"viii. Mir~-do vivir al obrero . 354
El sindicato
.3 5 6
Vivir para ~;;b~j~~,;
358
La inmovilidad en el oficio Y las ~normas . . 362
Salarios . . . . . . . . . . . . . . 364
Seguros sociales
3 65
Caractersticas d~ ia. ;r~
ganizacin industrial . . 367
Servicio militar
369
Pregunta final . :::::::: 370
::
...
: .
LIBRo CUARTO. -- LA
XLIV. Una sesin del Soviet ..
El rgano Y el manubrio
XLV. Las elecciones
Un discurso de S~~~ ...
XLVI. La estructura de rgim;~
poltico y su verdadero
sentido ......
El Partido dictador ...
Sociedad sin Estado 0
sociedad sin dictaduras?
Otros templos del drama 262
El teatro para nios 264
Los hbitos caractersticos 266
La capacidad de las salas 267
Los gastos . . . . . . . . . . 268
Grandeza y debilidad . . 269
El repertorio ......... 271
Por qu decae el genio
teatral ruso
2 73
Actores y pbli~~ .....
274
Las acotaciones al ~~~~~~
de la escena
27 7
:x::x:xi. Las artes plstic~~. 279
XXXII. La msica en Mosc.:::: 286
423
425
429
433
XXXIX. La inteligencia sobornada 37
2
Cernideras intelectuales . 375
La vida literaria . . . . . . 37 7
El orgullo de la literatura
sovitica
379
Algunos poe~~~ a~~~~ie~. : 380
~Sobre las obras de literatura sovitica premiadas ............... 381
Otras expresiones litera~ias ................ 382
<:Ltneas de amor . . . . . . 38 ?
XL. Familia, matrimonio, divorcio, herencia
387
Uniones conyuo-ales..... "! :::::.
..... . . 8 1
Filiacin . . . . . . . . .
389
Divorcio
.
La herenci~ ......... 391
394
La familia por d~~~~-::: 395
XLI. La mujer
La vida se~~l .... . ' 398
401
Las puertas c~r;a.das . . . .
405
XLII. Algunos e s p a 0 1 e ~ ~~
Mosc .............. 412
XLIII. Un resumen . . . . . . . . . .
418
VIDA POLITICA
435
438
XLVII. Una conversacin en el
Ministerio de Negocios
Extranejros ..... ~ .. ~ . 442
XLVIII. Etopeya e Stalin ... 448
XLIX. La opinin pblica . . . . 459
Rgimen inte1ectuaHsta
de monopolio doctrina-
440
tia ... 452
L. Recapitulando ~ .. " . . . . . 466
INTRODUCCION
Llecrar a IVIosc y luego demorarse; vivir, afanarse, internarse y
perderse ~n la intrincada ciudad donde Asa y Europa se abrazan y se
penetran, pero sin confundirse ni desprenderse de s mismas; cirular en
la densa co.rrente de su existencia caudalosa; familiarizarse con sus caractersticas y perfiles; sorprender sus secretos; palmearle las espaldas imponentes con la osada confianza de un nio. que se atreve a pasar su
mano por las ancas de un palafrn o de un elefante, es todava para un
ltinoamercano, en esta mitad del siglo XX, casi un acontecimiento
de novela.
Mientras l se acerca a la urbe famosa, tan rodeada de contradictorios
prestigios; a la capital enigmtica de la inquietante Unin Sovitica (que
es para algunos el "Misterio Sovitico"), millones de ojos le siguen desde
el otro lado de los mares y quedan aguardando las seales indicadoras
de que se ha perorado el misterio e interpretado el enigma; de que se
ha captado la realidad ntima e indescifrable de ese nuevo planeta social
y poltico aparecido hace treinta aos, en un sangriento y crdeno horizonte de la historia.
No es que sea, por cierto, el primero en navegar hacia esas playas
con el compromiso o el anhelo de esparcir a los cuatro vientos la noticia
de lo que viera. Puede, por el contrario, decirse que no llega a ellas nadie
capaz de empuar la pluma, que no se dedique a "descubrir" el mundo
celado de la Rusia Sovitica, con todos los aires de un navegante intrpido o de un Primer Adelantado de los tiempos de Felipe II.
Ni hay, en los das que corren, pas- ni sitio del mundo de que tanto
se escriba y hable, en reseas, crnicas, informes, artculos, telegramas,
conferencias y libros, que por millones parten de todas partes y especialmente de la enorme nacin, e inundan al mundo con sus ros y mares
de pginas de informacin, de estudio, de crtica o de propaganda.
Y de ello resulta que, como las tendencias polticas y sociales se
mezclan en el frrago, y casi nadie aborda el tema sin el propsito de
tomar posicin en el debate que por ellas viene entablado, imposible
es encontrar en esa pugna vocinglera la vo.z serena que inspire a todos
confianza y de la que pueda desprenderse para todos un testimonio irrecusable. En la esperanza de escucharla, son muchos los que permanecen
con el odo atento. Y el viajero que desciende a la mina profunda del
orbe sovitico y pasea sus revueltas galeras linterna en mano_, no olvida
que afuera le aguarda, para cuando salga a la superficie, la curiosidad
apremiante de cuantos quieren saber todava a estas horas, a ciencia cierta,
a pesar de todas las referencias o a causa de ellas mismas, qu es lo que
ha visto y qu ha aprehendido o aprendido en la exploracin y cateo
de esa enorme cantera mgica.
Y o soy de los que no podran eludir la respuesta, aun a costa de
incurrir en el inevitable libro de cuantos desembarcan en la estrella roja
pluma en ristre.
EMILIO FRUGONI
LA ESFINGE RoJA
Todos los que en mi pas me conocen y conocen en que circunstanCias y condiciones emprend la aventura interplanetaria, saben por qu.
Se me ha querido asignar el papel mitolgico de un Edipo en actitud
~e enfrentarse con la Esfinge, y nadie quiere admitir que deba volverme
de all envuelto en un manto de silencio prudente o de discreta reserva.
como si me hubiese estrellado fatalmente en la impenetrabilidad del enigma.
Yo he preferido apartarme, todo lo ms posible, de e~a tcnica.
Recurrir slo para lo indispensable a los nmeros. Es demasiado ~epe
tido que hay que saber abrirles la boca para emJ?learlos, y esto. m1sm,o
indica que ms de una vez se les puede hacer deClr lo que se qu~e,re. A
menudo son insustituibles para dar idea exacta de una proporoon, de
un tamao, de la importancia material de una obra, del volumen y ;;mn
del carcter de un fenmeno econmico. Pero lo que hace falta para conocer la realidad sovitica en su entraa viva no son nmeros, pues se
han echado a rodar por el mundo m~llone~ ~e pginas de nme~os de~de
las imprentas de la U.R.S.S., para drfundu mrormes sobre la V1da multiple de este pas gigantesco. Con ellos te~emos bastante. .
,
Y o no podra aadir cifras nuevas m ?I?onerles otras e1fras. Podre
tan slo. de vez en cuando, dar alcruna, prcfmendo hs que no se encuentren en as informaciones impresas~ y que en Ivosc pue?en obtenerse en
la simple informacin y contacto del pblico con las anstas vulgares de
la realidad cotidiana.
Voy simplemente a decir lo que he visto; lo q~e h..: vivido y sentido
en mis dos aos y tres meses largos de permanenoa en la capital de l_a
Repblica de los So.viets. Deslizar mis comentarios al margen ~e m1s
observaciones y experiencias personales. Y expo~dr con entera libertad
de espritu mis conclusiones sob!e lo que he podrd_o ~bservar. , .
He querido ser, en lo posible, como una maqu_ma fotografl~a _que
va captando la realidad con la imparcialidad mccnrca de su objetrvo;
como el eso e ;o que el escritor naturalista paseaba ante las cosas y los seres.
Ciert~ J-eso s-, que detrs de la mquina y del espejo estaba,
naturalmente, el_ hom~re, s decir, el espritu de quien los manepba ( q~e
no es neutral sm dejar de ser exacto y veraz), con todas sus facultades de raciocinio despiertas y sin renunciar al derecho de expresarlas
en la acotacin y el comentario ... Tanto es as, que p~ede pensars~ que
esto no es sino un diario en que me muestro a m mismo a traves de
.
.
li!Iosc, ms que a Mosc a travs de m mismo. _ ,
Como apenas me ha sido dado moverme de lVloscu. y como mi. cahdad de diplomtico se volva ms bien un obstcul_o ~ l~s exp~oracrones
de este mundo tan extrao para m, aparte de las hmrtan~mes mhe~entes
a mi desconocimiento del idioma, este libro est muy lejOS, por Clerto,
de ofrecer un estudio exhaustivo de lo que es esa nacin y de cmo
se vive en ella.
Es muy fragmentaria en comparacin con la totald~d del asunto,
la "verdad" que yo traje de la U.R.S.S. Pero. ella contiene elementos
de juicio que permiten fundamentar una opinin sobre los rasgos que
ms pueden interesarnos a los hombres de nuestro r:as.
.
As como un solo hueso basta a los naturahstas para reconstruir
grficamente el esqueleto de un animal, unas cuantas comprobaciones dt:
hecho, unas cuantas instituciones y unas cuantas costumbres suelen ba~
tar para calificar un sistema de vida, una organizacin sociaL un rgimen poltico.
.
.,
Este libro, donde reno impresiones recogidas en el ambiente so.vietico por mi sensibilidad de ciudadano uruguayo y mi mentalidad de so.calsta, pero con honestidad de observacin y despojado de toda predis-
* * *
.
Yo fu_ a la t;.I_Z.S.S. con el cargo de Enviado Extraordinario y Mimst~_o. ~lempotenClano_ del Urugua~, pero t_odo el mundo en m pas, me
connno otro cargo mas honroso e 1rrenunC1able: el de ser el hombre que
volviese con la verdad sobre la Unin Sovitica.
Como hice en toda mi vida pblica un culto de la verdad la crente
d;. mi pas, amigos, adversario~ e !1diferentes, no tardaron e~ po~erse
ta.citamente de acuerdo para endllg~rme ese tremendo compromiso. Unos,
dando~e c_on. ello una muestra mas de su confianza; otros, para someterme mm1sencordemente a una ardua prueba, en la esperanza de que
resultara supe,rior a mis fuerzas y me obligase a batirme en retirada. ig_unos, todav1a, con el anhelo de que debiese rectifcarme en mis conondc;s punto~, ?e vista y apreciaciones anteriores sobre el rgimen y la
reahda? sovietica, de los que todos pudimos hablar a travs de la controversia de conceptos y de la pugna de informaciones.
Si alguno queda conforme, probablemente ha de serlo slo en parte.
iConforme? Acaso sea mucho decir. Ya lo. haba declarado antes de
Irme: suele no conformarse a nadie cuando se dice estrictamente la verdad. A menudo decirla -me repito-, es el mejor medio para quedarse solo.
~o faltan, por cierto, libros sobre la U.R.S.S., de toda calidad e
.
mtennon. Los hay, incl_uso, ver_dicos a _carta cabal. Pero es muy difcil
~a_ll~r uno _que se sustraiga a la mfluenCla de los factores que desvan el
JUlCIO del JUsto centro y no le dejan dar en el blanco.
, Quiz, yo tampoco haya logrado sustraerme a estos influjos por
mucno que he procurado sobreponerme a todos ellos. Si la verdad se
me. escapa, no es porque no la busque ni porque trate de eludirla. El
ob]~t? de o~servacn se caracteriza por su complejidad casi endiablada,
Y Sl nay alb muchas cosas que se interponen entre l y nuestra visin,
pocas hay que nos ayuden realmente a penetrarlo.
. Toda la informacin grfica es all propaganda. Esto no quiere
deClr gue sea falsa siempre. Pero cuando no lo es, no deja por eso de
ser u_rulateral. Se encuentran en ~11a los datos favorables. Las cifras que
~eno,Lan pr?~greso; las comprobacwnes de los aspectos buenos de esa rea"reaa compHcada. Pero ella no nos ayuda a percibir los otros aspectos.
Hay, yor eso, algo de pueril en el encarnizamiento estadstico con
q_ue se es:nben algunos libros "serios" sobre la U.R.S.S. Nada ms fc~l, que anascar el material de propaganda que all circula en diversos penodr~os Y folletos o espul~ar en los informes que aparecen en libros, pron_unoados durante las seswnes de los soviets, para presentar una impreswnante montaa de datos numricos.
10
EMILIO FRUGONI
posicin en uno u otro sentido, ni a favor ni en contra, contiene JUIClO.S,
los mos, que pretenden ser sentencias justamente fundadas. Recordando
a Tcito me propuse escribirlo sine ira et studio1 -sin resentimiento ni
favor- que es, po.r lo dems, la norma de conducta del juez que quiere ser
justo. Puede no ser lo que algunos, acaso, esperaban de l. Mas lo escribo
no para colmar las esperanzas de nadie, sino para narrarle a mi pueblo -al
que me debo-, lo que he visto, vivido, pensado y discurrido en la
U.R.S.S., deseando comparta, para su propio bien, las conclusiones a
que arribo en estas pginas.
Ello forma parte, en cierto modo, de mi funcin pblica, en cuyo
jerccio me considero todava para con m pas, al dar a publicidad estas
lneas, aunque ya no desempee ms el cargo de diplomtico que slo
deba ser un parntesis de do.s aos y medio en mi dilatada existencia
de porfiado guerrillero de la poltica.
LIBRO PRil.YfERO
EXPLORACIONES Y EXPERIENCIAS
CAPTULO PRIMERO
FRENTE AL ENIGMA
El Cucaso me bes, hospitalario, el rostro con el a1re fresco de
una ambigua maana de principios de mayo, cuando asom al campo
en la escalerilla del avin.
Edipo no vibraba, sin duda, de ms intensa emocin cuando afront
a la Esfinge en los alrededo.res de Tebas.
Eso ocurri plcidamente bajo la tibia proteccin luminosa de un
sol de primavera, en el aerdromo de Bak.
Habamos volado algo ms de tres horas desde Tehern, y tombamos contacto con la tierra sovitica en los alrededores de la ciudad
que al borde del mar Caspio surge como heraldo de la mayor concentracin petrolfera de la U.R.S.S. Los clarines que anuncian al viajero
esa riqueza y la sealan en los aires co.mo un ndice elocuente, son las
innumerables torrecillas de hierro elevadas cada una sobre cada pozo de
mineral lquido. Tantas torrecillas, tantos pozos ... No todos, por cierto,
se hallan en produccin. Muchos se han agotado. o no han sido todava
suficientemente profundizados. No hace falta ms, sin embargo, para
leer en el espacio, en ese grfico estadstico sin nmeros, toda la importancia econmica de la regin como productora de petrleo.
Slo. tuvimos tiempo para descender al aerdromo, desde el cual se
divisa la techumbre de la poblacin a distancia de algunos kilmetros, y
hacer en el restaurante un almuerzo frugal, a base de huevos duros, carne
de cerdo y queso, en colaboracin con algunos vasos de t y tostadas con
mantequilla. Era un estimulante de nustro optimismo la buena impresin que recibamos de esa aco.gida, en forma de una colacin con buenos
productos koljosianos en un local confortable y limpio, bajo la amable
asistencia de una sonriente y no mal parecida administradora que, desde
su mostrador, nos indicaba las cosas de que podamos servirnos.
Ya he narrado en otro libro las impresiones de nuestra travesa desde
ese punto de recalada del avin hasta Mosc, con el aterrizaje en Stalingrado, la ciudad mrtir por antonomasia, entre las mil ciudades mrtire3
de la ltima guerra. Sintiendo todava en el alma la consternacin dz
aquel horrendo cuadro de exterminio (a cierta distancia, la ciudad parece
intacta pero <1l acercarnos descubrimos que slo quedan de ella las armazones de los edificios, como esqueletos mondos de to.da envoltura carnal) ,
arribamos a la capital sovitica al atardecer. Cerca de las seis y medi:t
eran ya y an estaba claro el da aunque un toldo de nubes cubra el
cielo. Nos aguardaban en el aerdromo el Jefe del Protoco.lo y otros
funcionarios de la misma reparticin acompaados de dos empleados del
Inturist (la oficina que tiene a su cargo el traslado, alojamiento y dems
necesidades de instalacin y residencia de los extranjeros) .
El primero. se dirigi a nosotros en un correctsimo francs, el se-
14
EMILIO FRUGONI
gundo en un corriente espaol, que tambin hablaba con bastante soltura
una de nuestras gentiles conductoras.
Atribuimos a la guerra los brillantes uniformes grises con botones
dorados de tipo militar que vestan los representantes del Comisariado
de Asunto.s Extranjeros; como todo el mundo estaba movilizado, era
de suponer que a los funcionarios del gobierno se les hubiesen atribudo
grados militares de acuerdo con su jerarqua administrativa, asimilndolos a los respectivos grados del ejrcifo, y se los hubiera uniformado
por consiguiente.
El hecho. es que la Cancillera se nos presentaba as personificada
en esos amables funcionarios, bajo un aspecto inusitado.
Y no sera el nico, por cierto.
A ella, en efecto, habra de corresponderle proporcionar los primeros atisbos de que entrbamos en un mundo desconcertante, por muchos conceptos, para nuestra mentalidad americana. j Qu diferencia, desde
luego, entre la sencillez de las costumbres oficiales en nuestro Uruguay,
a pesar del relativo arcasmo de las inevitables pragmticas protocolares,
y los hbitos que all se han adoptado a imitacin, no de los pases ms
republicanos y democrticos que conocemos, sino al estilo de las potencias monrquicas y tradicionalistas!
A los tres o cuatro das de nuestro. arribo hice la visita de prctica
a Molotov, el famoso comisario del pueblo para los asuntos extranjeros.
Acompaado del Jefe de Protocolo., me traslad en su auto al Kremlin,
cuyas murallas almenadas y cuyas cpulas y campanarios internos contemplaba todos los das desde las ventanas del hotel.
El Kremlin! No hay ciudadela ni castillo en el mundo que despliegue ante los ojos del alma un ms vasto pano.rama de historia, una
ms sugestiva evocacin de tiempos remotos convulsionado.s por los desbordes de la violencia en la lucha de los hombres por el poder, en las
trgicas disputas movidas por la ambicin. Su adusta fisonoma medieval de recinto amurallado, que muestra por encima de las almenas de
sus muro.s las innumerables ventanas de sus palacios y las torres de sus
iglesias, nos habla, con su expresin de fuerza sombra y de misterio
inquietante, un silencioso lenguaje de siglos, en que cada palabra es un
torren, una almena, una tronera, una portada, un puente, un foso, en
los cuales asoma el espectro de aquella fosca vida pretrita. Ella ha
dejado el sello de sus grandezas y miserias, de sus crmenes y de sus glorias, de sus co.ntradicciones misteriosas en todos los elementos, en todos
los detalles, en todas las piedras de la imponente construccin.
Una leyenda o conseja popular vinculada a su gnesis, refuerza en
los espritus ingenuos su prestigio formidable. Se cuenta que cuando se
comenz a construir la muralla de ladrillos, en tiempos de Ivn III, el
Bueno, all por el ao 1485, en sustitucin de la primitiva empalizada
de madera de encina que databa del siglo. XII y que el fuego redujo a
cenizas, cinco doncellas, nias an, quisieron hacer ofrenda de sus vidas
a la ciudad en un tremendo sacrificio auspiciase y se ofrecieron para ser
enterradas en los cimientos de la fortaleza. Fueron sepultadas vivas ba io
los cimientos de cada una de las cinco torres que hoy lucen sobre sus pi(es
la estrella roja, y ponen as en el firmamento de lYiosc una constelacin
LA ESFINGE ROJA
15
de cinco grandes estrellas de cinco puntas, iluminadas desde su interior y
encendidas en el purpreo resplandor de autnticos rubes.
Con ellos se depar al magnfico fuerte, por la virtud de aquellas
jvenes vidas inmo.ladas en tan terrible altar y sarcfago, una vida imperecedera.
Hubo un tiempo remoto en que Mosc estaba todo l concentrado
en esa colina que ahora ocupa el Kremln. Era una aldea que, a medados del siglo XII se rode, como hemos dicho., de una empalizada de
encina, la misma que los trtaros y mogoles co.nducidos por el Kan Bat
quemaron un da y con ella todo el casero de leo. La poblacin so~re
vviente al despiadado ataque de los invasores, la cual haba hudo haca
los bosques circundantes, no tard en retornar al solar devastado, y
poco a poco. renaci la aldea, que en el siglo XIV se erigi en capital de
un pequeo principado y a fines de ese siglo arriscaba desafiar ei podero
trtaro para sacudir el yugo de la Horda de Oro, que un siglo despus
se mostraba impotente para contener los audaces desianios de los dos
ltimos I van es.
o
La empalizada reconstruda lleg a ser el cerco de un reducto en
torno del cual la ciudad, creciendo, construa sus casas de madera, cuya
poblacin buscaba all refugio contra las invasiones trtaras, como asimismo en los monasterios amurallados, que al iaual del Kremlin asociaban
en un mismo destino el templo y la fortalez~.
El Kremlin pas a ser la "ciudad alta" de la ciudad naciente, la
cual al principio se cerr en su cerco defensivo, quedando contenida en
l, hasta que su desarrollo demogrfico la oblig a desbordarlo, extendindose lejos de sus muros, que se rodearon un da de profundos foso.s
a la manera de los castillos europeos.
En ese recinto, erigido sobre- una colina o meseta de cuarenta metros
de alto, en to.rno del cual se fueron agrupando poco a poco las otras
partes de la ciudad, se construyeron, a travs de ocho siglos, templos,
monasterios, campanarios, cuarteles, palacios, que hacen del Kremlin,
como suele decirse, una ciudad-museo, algo as como un Vaticano con
meno.s carcter religioso que laico y guerrero, donde la arquitectura rusa,
con el concurso y a favor del talento de arquitectos italianos y franceses,
ha logrado algunas de sus ms soberbias expresiones.
Sus muros, que describen un tringulo irregular, fueron construdos entre 1485 y 1495 por dos arquitectos italianos, Mario Friazine (as
se llamaba en la Edad Media a todos los italianos en Rusia), y Pietro
Solario, miden dos kilmetros de longitud y estn provistos de diecinueve
torres y torrecillas, las cuales sufrieron en el siglo XVII una transformacin recibiendo sus actuales techos decorativos en forma de tienda, pues
en ese siglo el Kremlin perdi ms que su carcter, sus funciones de fortaleza efectiva. Los zares y los altos dignatarios de la iglesia vivan en
l, hasta que Pedro El Grande traslad la corte a San Petersburgo.
Durante el siglo XVIII y parte del siglo XIX, el Kremlin pas por
una poca <;le abandono y olvido, funesta para muchos buenos monumentos de la arquitectura rusa de la Edad 1Vledia, que cayeron en ruinas.
Durante la revolucin bolchevique, en 1917, se transform en refugio de los defensores del gobierno, quienes utilizaron sus depsitos
16
EMILIO FRUGONI
de armas. Los bombardeos de la artillera revolucionaria le causaron deterioros, pero en aos posteriores se repararon los desperfectos, y hasta
se eliminaron en lo posible los rastros de las desgraciadas tentativas
de mejoramiento realizadas por los zares y los monjes durante el pasado
siglo, haciendo resurgir en su lugar los primitivos valores ocultos.
Es de recordar que el vandalismo artstico de los zares en detrimento del Kremlin, en el que invertan tan ingentes sumas de dinero,
no tuvo lmites. Uno de ellos hizo derribar una bella y artstica iglesia
porque le impeda ver desde su ventana un psimo edificio construdo
por orden suya bajo la direccin y los planos de un mal arquitecto alemn, que afe el Kremlin con varios pesados adefesios.
En el documento de mampostera y ladrillo de esos muros se relee
la historia de todo aquel rudo podero que desde los tiempos del prncipe
Dolgoruki, el fundador de Mosc, hasta los de Pedro El Grande, que lo
descapitaliz, tuvo su centro y sede en el corazn de la fortaleza moscovita, que todava a principios del siglo XIX habra de acrecer su fama
legendaria cuando entr en ella el imprudente invasor francs, para salir
a los treinta y cinco das corrido por las implacables lanzas de fuego del
incendio de la ciudad, no sin antes hacer saltar con plvora el palacio de
Catalina II, la Puerta del Salvador, la torre de Ivn El Grande, y resquebrajar en varias partes los gruesos muros de la cintura defensiva.
Restaadas las heridas de la muralla, todo el conjunto conserva como
antao el mismo aire de podero inquietante que sobrecoge un poco, todava ahora, al espectador recin llegado.
CAPTULO
II
MOLOTOV O EL TIEMPO DE LA DIPLOMACIA
.. ?asamos adelante y nos detuvimos ante una puerta del cuerpo de
ed1f1c10s donde se hallan los despachos. Ante el umbral, un caoitn que
me pareci de caballera, se cuadr frente a nosotros y me diri;i la palabra pronunciando unas cuantas frases del ceremonial obligado, que
entend apenas pero que comprendiendo eran de bienvenida, las agradec
mientras el Jefe del Protocolo me presentaba al caoitn, con quien nos
dimos un apretn de manos.
"
Precedidos PC?r el cal?itn, nos internamos por un corredor que desemboca e~ la ampha sala emular, donde se dejan el sombrero y los abrigos.
Estabamos en una de las modernas dependencias del Kremlin. Los
f!?mantes parque_t,s, l~s l.isas paredes empapela?as, los elevados techos pon~an una expreswn de msulsa contemporane1dad, que resultaba anacrmca en su contraste con aquellos torreones y aquellos muros seculares
por .entre los cual~s debamos pasar para encontrarnos de pronto en ese
amb1ente nuevo, sm carcter ni poesa.
jEra muy otra co.sa que el aspecto burocrtico de esas salas actuales,
lo que haba esperado encontrar all dentro!
P?co despus, acompaado slo del intrprete, fu introducido en
un salon muy largo, en cuyo extremo, tras un escritorio, se hallaba,
de traje civil, Molotov, quien se puso de pie y di algunos pasos hacia
nosotros.
lVIe ofreci asiento en un extremo de una larga mesa. rodeada de
numerosas sillas dispuestas como para las reuniones de un Consejo. El
~e se.nt a la cabecera, q.uedndose el intrprete a su derecha y yo a su
tzqmcrda. La conversactn se desarrollaba en francs. .Molotov es un
~ombre de mediana estatura. Su cabeza, algo canosa, sobre todo en las
s1enes, es redonda, de amplia frente con lbulos abultados. Usa lentes
de gruesos c.ristales.:. Su mirada de ojos claros es vivaz, pero su semblante
poco expres1vo. .Me produjo una impresin de frialdad deliberada con su
cortesa dosimtrica que mantena una distancia protocolar entre nosotros.
Confieso que en ocasiones sucesivas no recib la misma impresin.
Tuve, despus, alguna oportunidad de comprobar que no desconoce
el buen huJ?or,. y le gusta mantener una conversacin amable gastndose
sus mots d espnt, al estilo ruso. Conmigo mismo ri un poco la tarde
que, en una recepcin, como lo viera acompaado de su inseoarable intrprete, me le acerqu para decirle:
-Seor Molotov: tengo que formularle una reclamacin.
El intrprete le tradujo mi frase, que yo haba pronunciado en francs.
Una sorpresa como de alarma asom en sus ojos.
-Diga usted.
.
, -Veo que, tiene usted un intrprete para hablar en francs y en
mgles. Por que no en espaol?
18
EMILIO FRUGONI
-Admito la reclamacin -respondi riendo-. Pero vamos a ver
qu dice el intrprete.
-El se compromete a aprender el espaol en seis meses.
-Es verdad? - le pregunt al simptico joven que nos estab~
traduciendo.
Y como, ste asintiera, agreg volvindose a m:
-Dentro de seis meses, pues, no tendr el "gaspadin" ministro nada
que reclamar; y hablaremos usted en espaol y yo en ruso.
En ese tren de broma continuamos unos instantes ms, mostrndose
interesado por conocer mis impresiones so,bre la vida en Mosc, y especalmente mis "crticas".
Le promet hacrselas conocer cuando fuese oportuno.
En las recepciones que da el Cuerpo Diplomtico en el esplndido
palacio del tiempo de los zares dedicado a ese efecto, y que el pueblo
conoce con el nombre de "Palacio lVIolotov", se le ve amable y a menudo
jovial, recorriendo los salones, seguido de su intrprete y detenindose
a saludar a los jefes de misin uno. por uno, o formando rueda con ellos
para brindar por cada una de las naciones all representadas.
Continuando con nuestra primera entrevista, despus de preguntarme cmo, haba sido m viaje y de escuchar las buenas referencias que hice
a ese respecto, la conversacin recay sobre mi persona, vindome obligado a decirle:
-Yo no soy ms que un aprendiz de diplomtico que viene a hacer
en la U.R.S.S. sus primeras armas como tal.
-Sabemos -me dijo-, que es usted en su pas un poltico ...
-Un modesto poltico -respond desviando una lisonja suya-,
que slo trata de hacer lo que puede y cuanto puede.
-La diplomacia -dijo entonces-, es tambin poltica.
No pude menos de asentir, aadiendo de m parte algunas consideraciones.
La frase en sus labios me pareci luego, ms que una simple trivialidad ocasional, un programa de filosofa poltica que explica una actitud
y una tendencia: las que l representa, precisamente, en el mundo sovitico.
Molotov es el hombre que encarna en la U.R.S.S., por el cargo que
ocupa y las condiciones reveladas en su desempeo, toda una nueva postura del Estado sovitico con respecto, a la poltica externa.
Los acontecimientos histricos de los ltimos aos han acrecido para
la U.R.S.S. la importancia de sus tratos polticos con el mundo capitalista, y para este mundo la importancia de sus acuerdos y tratativas con
la U.R.S.S.
Las relaciones internacionales se han vuelto as un plano bsico en
el desarrollo de la poltica sovitica.
Y mientras, antes, esas relaciones giraban en un estrecho crculo que
les trazaba de antemano el Estado, hoy parecera que el desarrollo mismo
del Estado. girase en torno de esas relaciones, erigidas en una especie de
ncleo central de la vida de la nacin.
_ Eso explica y da la medida del volumen representativo que alcanza
Molotov en su situacin de Ministro de Negocios Extranjeros y vicepresidente del Consejo de Ministros, que preside Stalin.
LA ESFINGE Ro.J A
19
La guerra se conduca no slo en el terreno, sin duda capital, de
las operaciones blicas y de la preparacin, forja e intensificacin crecientes de la eficacia de las fuerzas armadas. Se la conduca asimismo en
ese otro plano de las relaciones exteriores con los pases aliados y con
los movimientos populares de los pases ocupados po.r el nazismo, vuelto
un campo de operaciones diplomticas al mismo tiempo que de operaciones de guerra.
Las armas rojas entraban all con el concurso de elementos populares, de guerrilleros, que se coordinaban con el ejrcito de liberacin del
cual pasaban prcticamente a depender, y desde ese instante, junto a la
accin militar, comenzaba a desplegarse una accin diplomtica cada da
ms intensa, que tenda a transformar esas fuerzas militares en una representacin orgnica del pas liberado, con la cual pudiera la U.R.S.S.
entablar relaciones ms estables que las impuestas entre ella y lo.s pueblos de esas regiones, para los fines y exigencias de la contienda.
Narkomindiel (el comisaado de Relaciones), proporcionaba los
agentes para esa accin diplomtica de enlace.
Las armas rojas aplastaban metdicamente a sus enemigos, y cada
triunfo abra el campo a toda una serie de actividades y manifestaciones
de la diplomacia, que pasaba a desempear su funcin -nunca tan clara-, de cuerpo poltico del Ejrcito Rojo en el exterior, asegurndole
los frutos de sus victorias.
Con el uniforme que Ystcn diariamente sus subo.rdinados o sin l,
era por sus servicios diplomticos en la guerra, un mariscal. Si se quiere,
un mariscal civil.
Hablamos de lo que suele hablarse en esas entrevistas, que son tan
slo un puro formulismo protocolar.
Cuando le dije, sin ninguna afectacin diplomtica, que el pueblo
sovitico, al batirse contra el ejrcito nazi, estaba luchando tambin por
la libertad de los pueblos de Amrica, me dijo:
-Nosotros luchamos por nuestro propio inters.
No alcanc a colegir si con ello quiso atenuar los motivos de agradecimiento que, segn mi concepto, todas las naciones libres deban a la
U.R.S.S. por sus sacrificios salvadores, o si quiso formular una afirmacin sin efugios, de realismo poltico, al mismo tiempo que desplegaba
en pocas palabras un aspecto. importante del programa de su actual poltica exterior: el de no ocuparse oficialmente de la suerte de las otras naciones, sino en la medida en que ello es necesario para la suerte de la propia.
Tras alguna frase de despedida se puso de pie y nos saludamos con
un apretn de manos.
Cuando volva, acompaado. por el Jefe del Protocolo, atravesando
en auto los jardines del Kremlin, cerca de la torre de Ivn El Grande,
pude ver depositada, sobre un zcalo de granito, la inmensa campana
de bronce que fu fundida en el ao 173 5 y suspendida bajo un alero.
Est rota en los bordes, hendida por un gran hueco, y junto. a ella se
ve el trozo de metal que le falta. Se la ha bautizado con el nombre de
"Czarina de las Campanas". Mide ocho metros de altura y se cree sea
la ms grande del mundo. Pesa la friolera de doscientos un mil novecientos veinticuatro kilos. Est ornada de bajorrelieves con figuras histri-
20
LA ESFINGE RoJA
EMILIO FR UGONI
cas. Durante el incendio de 173 7, se le desprendi el pedazo que se ve
ahora a su lado, y ella misma se precipit de la altura hundindose en el
suelo tan profundamente, que fu necesario realizar, cen aos despus,
serios trabajos dirigidos por el arquitecto Montfernaud, para extraerla Y
enderezarla en la superficie.
Casi frente a ella, en el atrio del arsenal del Kremln, dirigan hacia
nosotros sus redondas bocas inofensivas, los largos caones labrados, con
sus bonitas ruedas y primorosas cureas de bronce antiguo, que fuerop
regalados por un sultn de Turqua a Pedro El Grande y que son mas
piezas de adorno que de guerra.
FIGURAS CONOCIDAS.
El viernes 12 de mayo se efectu la p::esentacin. d~ mis credenc~l~s.
La ceremonia se desarroll con los m1smos prehmmares de la VlSlta
a Molotov.
Es de advertir que, por la circunstancia de haber tenido que llegar
a Mosc con muy poca ropa (en el avin no pudimos llevar desde El
Cairo sino veinticinco kilos de equipaje por persona), ped autorizacin,
que me fu concedida, para presentarme con traje de calle como mis acompaantes.
~
Se reprodujo a la entrada, la escena del capitn que nos di la bienvenida. Penetramos en una sala donde fuimos presentados a varios funcionarios del Comisariado de Negocios Extranjeros, con sus correspondientes uniformes, y de ah pasamos a una contigua, en la que a poco apareci Kalinin con dos o tres acompaantes. miembros del Presidium que
l presida, entre los cuales uno de traje civil oscuro, igual que Kalinin,
que vena vestido de americana negra.
Se hicieron las presentaciones correspondientes. Estbamos todos de
pie cuando yo puse en manos del Presidente del Presidium de, la U.R.S:S.
:mi carta credencial, pronunciando algunas palabras en frances que el 111trprete tradujo.
.
. .
Se me invit a pasar al escritorio de donde haba sahdo Kahmn,
quedando las dems personas, con excepcin de un alto, funcionario y
del intrprete, en la sala anterior.
.
. .
La entrevista se efectu, pues, hallndose presente el V 1eecom1sano
del Pueblo Dekanosov. La estancia no era grande. Tomamos asiento
en torno d~l escritorio de Kalinin. Este era un anciano simptico. de aire
bondadoso y de una extrema sencillez. Junto al uniforme
brillantes
botones del Vicecomisario, se acentuaba su decorosa modestla de obrero
calificado en da de fiesta.
La conversacin fu ms breve que con Molotov. No creo pasara
de quince minutos. Kalinin hablaba con lentitud; .bus~aba las palabras
sin apresuramiento. Permaneca doblado sobre el escntono, de codos sobre
la carpeta y fumando un cigarrillo, muy largo que le colgaba, como cayndosele de un ncrulo de la boca, entre la barba blanca.
Usaba, como ~e sabe por los retratos que lo hacan universalmente
conocido, una luenga perilla muy lacia, como el cabello. Era muy ceg~
tn y llevaba, l tambin, lentes de vidrios sumamente gruesos. No mr-
?e
21
raba alto., a la frente o a los ojos, con mirada fra y escrutadora como
Molotov; miraba ms bien haca el escritorio o hacia sus manos que mova, so.bre todo la derecha, encima de la mesa, acompaando. su discurso.
Cuando en el curso de la conversacin levantaba alguna vez la cabeza para
buscarnos la mirada, hallbamos en la suya una dulce expresin que invitaba a la cordialidad.
Dictaba sus co.rtas frases al intrprete sin mirarlo y casi sin mirarme,
por lo general; quedaba un instante sin responder a mis palabras, concitando las suyas. Y o aguardaba. Pronunciaba con calma unas frases cortas, que en la traduccin del intrprete parecan crecer en vocablo.s.
-El oso ruso -dijo-, es inoensivo s no se le ataca. Cuando se
le provoca demuestra que es fuerte y devuelve los golpes, diez por uno.
-Lo est demostrando, por cierto.
Me mir con sus ojllos miopes, sonriendo.
-Queremos mantener relaciones de amistad con los pases que desean la nuestra. Nosotros podremos ser muy buenos amigos.
Hablamos del intercambio comercial entre la U.R.S.S. y el Uruguay, cuyas posibilidades quedaban por fuerza aplazadas para despus de
terminada la guerra.
-Tanto como el intercambio comercial -le expres-, me interesa el cultural y poder hacer conocer a mi pas los adelantos realizados
por el suyo en todos los rdenes del saber y del progreso. - Agregu
que esperaba para ello el indispensable concurso de las autoridades soviticas.
-No le faltar.
-Yo deseara, asimismo, hacer conocer aqu algo de lo que el U ruguay ha hecho y lo que el Uruguay es, para que el pueblo de esta gran
nacin tenga una idea de nuestras cosas y de nuestra personalidad como
nacin.
-Ivie place. Y o quisiera que usted conociera bien a nuestro pueblo
para amarlo.
-Yo lo amo sin conocerlo.. Tratar de conocerlo para amarlo ms.
La conversacin se animaba. El viejecito ya no pareca encogido.
Rea al hablar y se le haba soltado la lengua.
-A los pueblos -me dijo--, hay que estudiarlos, pero no superficialmeme sino a fondo. Es muy peligroso, para juzgar a un pueblo,
detenerse en la superficie.
-Es una gran verdad y un excelente consejo - respond.
Pareci agradarle el elogio y me asegur que encontrara en su gobierno mucha buena voluntad para el desempeo de mis gestiones.
Se levant y, ya de pie, le dije que, empeado en conocer a su pueblo,
estaba estudiando el ruso, en prueba de lo cual poda decirle:
--Ochem :ras vas vidiet. (Muy contento de verle).
Ri y se manifest muy complacido de orme hablar en su lengua.
Nos encaminamos hacia la salida, y cuando reaparecimos en la otra sala,
todava l me hablaba animadamente en ruso, con no pequeo asombro.
de los que all estaban aguardndonos, entre ellos, un par de fotgrafos.
Tuve que hacerle notar que no poda entenderle- y que slo pocas
palabras me atreva a .pronunciar en su idioma.
22
EiviiLIO FR UGONI
El intrprete, que estaba detrs de nosotros, mientras nos colocbamos -yo a la izquierda de Kalinin-, para que nos retratasen, me
tradujo una frase de ste, segn la cual le agradaba mucho que nos fotografiramos juntos.
-Es para m, muy honroso - respond en francs.
Sal pensando que haba un contraste entre las dos maneras de
recibirme.
.f./lolotov y Kalnin, representaban, sin duda, dos estilos distintos
en las costumbres oficiales del Kremlin.
El primero, ha dado en rodear sus funciones de una exterioridad
aparatosa de corte monrquico, con los vistosos uniformes de los alto.s
fncionarios, que l mismo viste en sealadas ocasiones.
Parecera que, recibiendo las visitas en el fondo de un largo saln
burocrtico, procura con ello un efecto de cierta teatralidad que desconcierta un poco al visitante desprevenido.
Kalnin, en cambio, se complaca en la sencillez y la naturalidad
de las maneras. Las suyas encuadraban perfectamente en aqudfa su estancia de proporciones normales, casi domstica, donde su ausencia de todo
estiramiento y su popular figura de limpio artesano promova, con la
mayor espontaneidad, un inmediato acercamiento de espritus.
Dirase que perteneca a otra escuela; a la vieja escuela del militante
obrero del tiempo romntico, de los primeros aos de lucha por la causa
comunista. Y fiel a ella, no poda despojarse de su sencillez de hombre
de trabajo, ni siquiera entre los muros del Kremlin, donde daba la impresin de no sentirse a gusto en los menesteres ceremoniosos y protocolares de la representacin del Presidium, ante los jefes de las misiones
extranjeras.
Casi dos aos despus pidi ser relevado de su cargo a causa de
su enfermedad de la vista. El Supremo Soviet nombr en sustitucin
suya, como presidzntc cid Presidium, a ShYernik, que haba sido el ltimo
Presidente del Komintcrn.
* * *
El protocolo exigt: que un jefe de misin realice varias v1s1tas ms.
Se le proporciona la lista de los vicecomsarios o comisarios adjuntos
(hoy ministros), que debe ir a conocer a sus respectivos despachos. 'Son
los colaboradores directos de IVIolotov, con quienes estaremos ms frecuentemente en contacto que con l. Sus despachos no se hallan en el
Kremln, sino en el edificio de las oficinas del N arlwmindiel, adonde
tuve que trasladarme si~te veces en el espacio de una semana o poco ms,
en esa especie de jira protocolar de reconocimiento..
Tocme as conocer a Vishinski, el primer vice, cuyo nombre ya
haba adquirido repercusin mundial con motivo de los memorables y
enigmticos procesos de IVIosc, en los que actu de Fiscal, desempeando
un papel para unos admirable y execrable para otros, segn lo que unos
y otros ven en tales procesos. Es un hombre de alrededor de cincuenta
aos, de mediana estJtura, ms bien alto, que trata de disimular en vano
su calvicie, con la intil rejilla de unos pocos cabellos blancos, de ojos
LA' EsFINGE RoJA
23
daros y y_ivaces, sonriente y afable en el trato, y aparentemente dinmico
~n la ,accwn. Sus maneras son sueltas y su conversacin animada. Habla
rrances correctamente.
A poco de iniciarse, nuestra conversacwn, rod haca las previsiones
de ~a U.R.S.S. con re~acin a la guerra. Me dijo que ellos se haban
dedicado con preferenCia a la industria pesada, previendo que habran
de necesitar producir lo necesario para defenderse de una agresin.
Cuando ellos. consasraban casi t?dos sus recursos y los mayores
esfue~zos del trabaJO nacwnal a orgamzar, montar y desarrollar esa industna, aun c_uando, muchos conside.r~ban ya pasado del todo el tiempo
de la econom1a d.e guerra, se les cntlcaba porque no daban ms ancho
ma;gen a la fabnc~cn de calzado, ropas, tejidos, artculos de confort,
etc~ter~. P~ro graCias a eso haban podido hacer frente a la contienda y
sahr v1ctonosos.
(Para ellos fu verdad aquello de los dictadores fascistas, de que
eran ms necesarios los caones que la manteca.)
En Lozovsky -el que fuera amigo de Haya de la Torre-, hall
un hombre muy mteresado en conocer la situacin poltica de los diversos pases de Amrica.
Tuve que explicarle el problema poltico de casi todas las repblicas, una por una, del Co.ntinente americano, que conoca bastante. IVIe
retuvo, como es natural, largo rato.
Extensa fu, asimismo, la conversacin con el famoso Litvinof, con
quien .~abl tambii_J. sin intrprete, en franc.s. Departimos acerca de su
actuac1on en la Soe1edad de las Naciones y de sus esfuerzos en favor de
la paz indivisible.
Su situacin en el gobierno. haba quedado un tanto dsminuda
desde la concertacin del pacto nazi-sovitico, que marcaba el fracaso de
su po~tica de amistad con Inglaterra, Francia y Estados Unidos, lo que
le vah entonces, un eclipse de su importancia oficial.
La guerra con Alemania haba venido a reparar su prestigio, pero
no del to.do, y ya no volvi a ser la figura prominente de unos aos atrs.
Mientras las acciones de Litvinof bajaban, suban las de Maisky,
que }1aba :perma~e.cido en Inglaterra durante dicho pacto, sin que las
relaciOnes diplomaticas entre la U.R.S.S. y la Gran Bretaa se alterasen.
No deja de ser curioso que lo mismo que haba decretado el disfavor de
Litvinof favoreciese a .f./Iaisky: la amistd con Inglaterra. Bien es verdad
gr:e Litvinof haba fracasado. ante la debilidad de Chamberlain para con
Hitler, que no deparaba ninguna posibilidad de triunfo a los deseos del
embajador sovitico; mientras que .fviaisky triunfaba a favor de la cordura de Churchill y del Laborismo, coligados en la dura empresa de hacer
la guerra contra las armas del naziascismo.
Al concertarse el pacto de neutralidad con Hitler, Litvinof, el artesano del acercamiento de Inglaterra y Estados Unidos quedaba en situacin desairada. Ms adelante, al sobrevenir la agresi alemana, pudo
habrsele devuelto a su pedestal. Pero entonces su relegacin a una segunda lnea en el Comisariado, a cuyo frente quedaba Molotov, ya era
til a los efectos de demo.strar que no se le poda perdonar as como as
su impotencia para atraer a Gran Bretaa hacia un franco acercamiento
25
EMILIO FR UGONI
LA EsFINGE RoJA
con la U.R.S.S. para que se iniciase antes la poltica de amistad y colaboracin que haba surgido, en mitad de la guerra, por obra de la torpe
y suicida deslealtad de Hitler.
Para comprender el caso Ltvnof es imprescindible recordar que en
la U.R.S.S. no hay funcionario ni dirigente, por descollante que sea,
que despliegue una poltica propia.
Slo uno, sin duda, podra jactarse de gobernar a la U.R.S.S. con
su poltica propia, es decir, de acuerdo con sus propios conceptos e inspiraciones: Stalin, porque tiene el partido gobernante y nico en sus
manos. Pero l no se jacta de ello y, aunque su predominio absoluto
es cosa evidente, se complace en afirmar que l es el ms disciplinado de
los dirigentes del partido, pues todo lo consulta, segn se dice, y aparenta no hacer nada importante sin conocer y traducir la opinin d2
quienes lo rodean.
Y, como ningn hombre de gobierno se siente personal y exclusivamente responsable de la lnea poltica que aplica y nadie olvida su
dependencia prmanente a aquella voluntad ms alta, todos aceptan los
altibajos de su situacin en los cuadros gubernativos. S se les sanciona,
porque as conviene a cualquier efecto, o porque en realidad hubo alguna
falla en la aplicacin de la poltica que deban servir, "mala suerte!"
Esos hombres no se rebelan ante d cambio ni se alejan airados o
resentidos. No hay para ellos desdoro ni mortificacin en seguir sirviendo en el nuevo puesto ms oscuro o menos descollante que se les
confa, sobre todo s desde l pueden asimismo esperar rehabilitarse nuevamente. No son dueos de su suerte personal, y en eso reside sobre todo
el secreto de su disciplina poltica.
Cuando se les exonera de un cargo importante, un breve comunicado nos informa, desde un rincn de los diarios, que han sido liberados
de sus funciones en tal o cual organismo. As os enteramos un da
de que el mariscal Voroshilov haba sido aliviado de su carao como vicepresidente del Consejo de Defensa y se pudo creer que, p~se al enorme
prestigio de que vena gozando como uno de lo.s jefes militares de ms
larga foja y ms destacada actuacin en la guerra mundial y en las anteriores guerras sostenidas por el rgimen sovitico, haba cado en desgracia, aunque continuaba ocupando otros puestos no tan encumbrados.
Algunas semanas despus, se le vea participar de algunos actos oficiales.
Por otra parte, casi dos aos despus de mi llegada a Mosc, el
Soviet Supremo cambi la designacin de Comisario del Pueblo por la
de Ministro. Desde ese entonces, fviolotov comenz a titularse Ministro
de :Negocios Extranjeros, y los vicecomisarios o comisarios adjuntos pasaron a denominarse viceministros o ministros adjuntos. A raz de ese
cambio slo hubo cuatro ministros, que lo fueron Vishnski. Dekanosov,
Lozovski y Litvinof, quienes sustituian a Iviolotov, en su ausencia, vor
orden de colocacin en la lista.
"
Litvinof -ya bastante entrado en aos-, sin volver a ser la figura
saliente de los pasados das, era uno de los altos consejeros de la poltica exterior.
Pero en agosto de 1946 abandon su cargo, o fu lierado de l,
por motivos que ignoramos, aunque no falten quienes los relacionen
con los acontecimientos ms sensacionales de la poltica exterior de esos
momentos de gran tensin en las relaciones de la U.R.S.S. con Estados
Unidos, a causa del incidente de los aviones norteamericanos ametrallados por el ejrcito yugoeslavo. Ltvinof se distinguira por su tendencia
a transigir con sus aliados anglo-norteamericanos, la cual en esos instantes volva a experimentar una crisis, para continuar perdiendo terreno en
las relaciones de la U.R.S.S. con Estados Unidos.
Maisky, que en determinado momento haba tenido ms suerte que
Ltvino.f con respecto a Gran Bretaa, segua a ste en el escalafn de
Comisarios Adjuntos del Comsariado de Negocios Extranjeros.
Es .muy simptico con su ausencia de toda pose y su figura un tanto
vulgar de buen vecino casi campechano, bajo de estatura y naturalmente
amable. Se aproxima con sencillez y llaneza espontnea al interlocutor.
fvie llev a examinar juntos, en un mapa, la posicin exacta del U ruguay en el Continente Americano para comprender bien el lugar de la
accin naval de Punta del Este, de la que me habl. (El se hallaba por
ese entonces en Inglaterra).
Esa entrevista fu muy larga, y asimismo amena. no. obstante las
dificultades del interlocutor para expresarse en francs.
24
LA ESFINGE ROJA
CAPTULO
III
LA VIDA DIPLOMA TICA EN MOSCU
Las otras visitas al Comisariado no ofrecieron ningn motivo especial de mencin. Poco despus se cre el Departamento para las relaciones con Amrica, a cuyo frente se puso al ex embajador en Tehern,
Constantin Mihailov.
Se volva as ms fcil nuestro contacto con el Comisariado para
una infinidad de gestiones.
.
Podamos recurrir al nuevo Departamento con frecuencia para resolver los problemas propios de nuestra funcin, en sus relaciones con
la Cancillera y con otras dependencias del Estado, sin perjuicio de conseguir nosotro.s por nuestra parte, mediante la seccin de Protocolo, cuando el caso lo requera, audiencias con lVIolotov o alguno de sus vices.
Y, a propsito: contrastando con las facilidades que cualquiera puede
encontrar en pases como el nuestro., para llegar hasta un ministro. si
tiene algo de cierto inters que decirle. o aun sin tenerlo, en la U.R.S.S.
a los diplomticos les cuesta ponerse en contacto con el Canciller y hasta
con los viceministros.
Ciertamente, las puertas se abren siempre ante ellos pero no antes
de haber dado ellos con los nudillos todos los golpes reglamentarios, que
no son pocos ...
A Molotov, que suele recibir en el Kremlin, mientras los otros lo
hacen en los despachos del Ministerio, no se llega, naturalmente, sino en
casos espzciak.s y para cuestiones de mucha trascendencia.
Pasan as los meses y aun los aos sin que un jefe de misin - a
excepcin, claro est, de las grandes potencias aliadas-, tenga ocasin
de poner sus pies en el despacho del Canciller sovitico, a quien slo ve
en las recepciones dadas por l (casi nunca concurre a las que dan las legac~ones y embajada~), o en alguna ~eremonia o fiesta oficial, donde apenas
s1 cabe estrecharle 1a mano y cambiar con l pocas frases de cortesa.
Se nota as, como la existencia de un foso permanente que es necesario saltar, o ante el cual debe uno permanecer aguardando sin impa.cientarse, a que se baje el puente levadizo, lo que concluye por desalentar
a la larga a quienes deben allegarse al castillo ...
Las mltiples ,_. arduas tareas de un Canciller de la U.R.S.S. v de
sus principales colaboradores, probablemente justifican las precauciones
adoptadas para que un mundo diplomtico tan grande como el que en
};Iosc se agita o vegeta, no abrume con sus entrevistas a funcionarios
a quienes les sobran, preocupan y atarean los problemas de la complicadsima vida internacional de la Unin 'Sovitica.
Y, para atender a las misiones americanas se agreg esa seccin
que les est exclusivamente dedicada. Pero ella - a cuyo frente se ha
puesto a una persona de la que conservo agradables recuerdos-, no puede
resolver por s sola sino pequeos asuntos y dar trmite a los dems.
27
El ritmo de su trabajo es. como. el de todos los organismos con
que deben ponerse en permanente contacto las misiones (Burobin para
obtener casa y vehculos, cartas de racionamientos, tiles de oficina, etctera; \Vosk para relaciones culturales; Inturist para alojamiento en los
hoteles y pasajes en lo.s ferrocarriles, etctera), desesperadamente lento.
lenos mal cuando al frente de ellos se hallan funcionarios atentos
y corteses. que saben con cierta habilidad y elegancia calmar las impaciencias, lo que rara vez ocurre tratndose de Inturist -la Oficina que
administra los hoteles y atiende el transporte y alojamiento de los extranjeros- y cuyo. funcionamiento es sin duda el ms apropiado para desprestigiar, en ese aspecto, la administracin sovitica ante el exterior, pues
parecen haberse concentrado all todos los defectos clsicos del burocratismo tradicional.
Yo no soy de los que ms pueden quejarse de la tctica de la demora
que suelen ado.ptar dichos organismos para mantener un poco a raya a
los diplomtico.s demasiado activos, obligndo.los a dejar correr el tiempo
.sin acercarse con excesiva frecuencia al linisterio, en disposicin de plantear nuevas cuestiones o emprender nuevas gestiones.
Las notas al Ministerio no se contestan sino pasados muchos das.
Pero yo obtuve respuesta casi inmediata cada vez que hice notar la demora.
Y debo manifestar lealmente que se me atendi con bastante celeridad en infinidad de asuntos, destacndose en ese sentido \Vosk, el rgano para las relaciones culturales para el extranjero, de quien recib semillas de plantas para la Facultad de Agronoma, libros sobre fecundacin
artificial del ganado para la Facult2d de Veterinaria y otr2s muestras de
consideracin tan alt2mente honrosas para el Uruguay, como la de haberse asociado al acto que organiz la Biblioteca de Literaturas Extranjeras con motivo de una conferencia ma sobre Rod, donando una coleccin de libros uruguayos para enriquecer la exposicin con que se di
realce al acontecimiento.
Como un espcimen de los hbitos regl2mcntaristas y de los requisitos burocrticos de que se rodean las ms intrascendentes gestiones, recordar el siguiente episodio:
Un empleado de la Embajada de Estados Unidos haba conocido
en El Cairo a la esposa de un Vicccomisario de Relaciones Exteriores.
Y ella, una respetable m2trona, le haba ofrecido. gentilmente su
casa en Mosc, instndole a que la visitase en cuanto arribara a esta capital para incorporarse a su embajada .
El norteamericano, a poco de llegar, quiso cumplir su promesa de
r a presentar sus respetos a la honorable dama y pidi a la Oficn2 del
Comisario. la direccin del esposo. Se le dijo que la ignoraban. Y como
insistiera manifestando su extr2eza, se le respondi que para saberlo
deba presentarse por nota, indiCJndo el motivo de su pregunta.
LA EsFINGE RoJA
CAPTULO IV
HABITOS
FASTUOSOS
No hay en el mundo una Cancillera ms ceremoniosa y rgidamente
protocolar que sta, segn informes de viejos y andariegos veteranos de
la diplomacia.
La preocupacin de contar con un personal preparado e idneo,
no improvisado y en tren de aprendizaje, como suele ser el de muchos
pases, especialmente y por motivos obvios los pequeos, se revela en la
existencia de una escuela especial para la formacin de diplomticos, donde el alumno no slo aprende las materias tiles al ejercicio de la que
ha de ser su profesin, y refuerza los aspectos de su cultura aeneral ms
necesarios al efecto, sino los hbitos mundanos para alternar ~n los salones. All se ensea a los futuros diplomticos -a saludar, a ser corteses,
a danzar los bailes modernos de saln, a conocer y cuidar las formas
correctas de presentacin personal.
Hay mujeres en el alumnado de esa escuela? Sean mis informes
no las h~l; Las. ~ujeres no han. vuelto a pisar el esce~ario diplomtico
d~ la U:n;on Sov1et1ca, desde los t1er:npos de la Kollontay, la nica mujer
d1plomat1ca de la U.R.S.S., cuyo eJemplo queda como una brillante excepcin.
. Y J?1ientr~~ ~e. ~a~.tiene al cuerpo d~plomt~co en una especie de
confmamlCnto ding1do -EL GHETO d1plomt1co, que alguno dije.
ra-, se le colma de atenciones fastuosas, que me chocaron desagradablemente en los momentos ms crudos de la guerra, cuando era ms severo
y penoso el racionamiento de la poblacin.
De tanto en tanto se le invita a funciones teatrales y conciertos,
en cuyos entreactos se sirve un ambig bien provisto, que se renueva en
cada intervalo, si la funcin consta de ms de dos actos.
J; los pocos das de hallarme en Mosc se me invit al estreno de
una preza en tres actos y varios cuadros en el Teatro Dramtico, antes
llamado de la Revolucin.
Tenamos reservados los diplomticos unas tertulias altas, frente
al escenario; y al terminar el primer acto, uno de los funcionarios de
Negocios Extranjeros que por all andaba, recibindonos al entrar e indicndonos nuestros asientos, nos invitaba a pasar a una sala cercana. All
estaba instalada la mesa, donde abundaban las frutas, los gateaux, los bombones, los bocadillos de ave, de pescado, de caviar, las botellas de vino
blanco, negro, rosado, las de cerveza, de refrescos, de vodka. En torno
de ella se agrupaban los invitados, dando buena cuenta de todas aquellas
golosinas, frutas y bebidas, que eran artculo de lujo fuera del alcance de
la inmensa mayora de la poblacin.
Declaro que me desagrad ese agasajo. Saba yo que aquel pblico
que llenaba el teatro, y sobre todo la poblacin de millones que a esas
horas restauraba en el sueo las fuerzas agotadas en largas jornadas de
29
labor, se vean privados, en su alimentacin cotidiana, de casi todos los
productos que all se nos ofreca con ostentosa abundancia.
Juzgu absurdo ese derroche en tales circunstancias, no precisamente
por sus proporci~nes . materiales, en real_idad diminutas, insi.~nificantes
para los recursos mcalculables de la U.R.S.S., y en comparacwn con lo
que le costaba cada minuto, cada segundo de su terrible guerra. Era abs-urdo por su significacin moral de molesto contraste con las privaciones
de aquel pueblo abnegado y sufrido que se mantena en su portentosa
actividad de trabajo, nutrindo.se apenas con pan negro, pescado fresco
y patatas.
Experimentaba verdadera desazn al verme all, ante esa mesa repleta de golosinas en las que tentadoras frutas de Crimea y del Cucaso
rutilaban bajo la luz de las araas de cristal con un brillo que se me
antojaba sarcstico en aquella reunin.
La extraeza emanada de mi sentimiento crtico la trasmit a un
atento funcionario del protocolo que hablaba correctamente el espaol, y
de quien guardo los mejores recuerdos personales por las amabilidades de
que me colmaba cada vez que nos encontrbamos.
Era un hombre joven en cuyo trato alternaban y se combinaban con
admirable equilibrio una cordialidad espontnea y sencilla de buen camarada con una impecable correccin de perfecto funcionario. Gastndome
una broma le pronostiqu un da, en momentos en que la Unin Sovitica se opona encarnizadamente a la entrada de la Argentina en las Naciones Unidas, que llegaramos a verlo de Embajada:: de la U.R.S.S. en
esa repblica.
-Cuando usted sea presidente del Uruguay -me dijo .
Debo confesar que su modestia encontr una manera muy elegante
de rehuir la aprobacin del pronstico.
LA VISITA DE CHURCHILL
EDEN.
A una fiesta de especiales proporciones di lugar la visita de Mstcr
Churchill y Mr. Eden, el 14 de octubre de 1944. Fu una funcin en
el Gran Teatro, que se llen con el personal de las misiones diplomticas
y de las diversas misiones militares; con altos funcionarios de la U.R.S.S ..
militares soviticos de alta graduacin, periodistas, escritores, acadmicos,
miembros dirigentes de los sindicatos y de las asociaciones. Ocuparon el
gran palco de honor, frente al escenario, primeramente ~r. Eden, Mo1otov, lo.s embajadores de Inglaterra y de los Estados Umdos y un crecido nmero de acompaantes.
Churchill y Stan aparecieron mediada la primera parte del espectculo, que lo constitua un acto del ballet "Griselda". Como la sala
permanece en la penumbra durante la representacin, el pblico no di
ninauna muestra de haberlo advertido. Al terminar el acto y encenderse
las luces de la sala, el pblico, de pie, mirando hacia el palco oficial.
aplaudi largamente a Mr. Churchill y Mr. Eden, pero no se oy un
solo vtor.
Stalin, que se haba retirado al fondo del palco, fu i~stado por
Churchill a presentarse en el primer trmino, y ante su presenna la salva
EI.IILIO FR UGONI
LA ESFINGE RoJ i\
de aplausos se intensific. En seguida se retir del todo, dejando que ei
homenaje fuese exclusivamente para los huspedes, La demostracin se
prolong por espacio de algunos minutos. Churchill, de pie, asomado
al antepecho del palco, agradeca con la cabeza, y de tanto en tanto levantaba el brazo derecho agitando la mano en seal de saludo, gesto a
que el pblico, corresponda redoblando los aplausos.
Por un instante pareci que Churchill deseaba hablar. pero el pblico aplauda sin proferir una sola exclamacin ni reclamarle la palabra, como hubiera ocurrido en una reunin anloga en nuestro pas, aunque se corriese el riesgo de que muy pocos lo entendieran.
Durante el entreacto, los ocupantes de ese palco se reunieron en
sala aparte, mientras los jefes de misin y sus seoras pasaban a otra. En
ambas se haba servido un ambig.
Volvieron a ocupar su sitio Churchill y Stalin cuando ya se haba
oscurecido la sala, para evitar una nueva demostracin, sin duda.
La segunda y ltima parte estuvo casi enteramente consagrada a
las canciones del conjunto. del Ejrcito Rojo, compuesto por un coro d.::
no menos de ciento ochenta voces, una orquesta de balalaikas, guitarras,
mandolinas y acordeones, y un equipo de cincuenta bailarines, en el cual
se destacaba la agradable presencia de una docena de jvenes mujeres.
Todos estaban uniformados militarmente. Son como. el cuerpo artstico
del Ejrcito Rojo. Su director musical era el popular compositor Alesandre, que muri dos aos despus. Fu un nmero sencillamente estupendo. El coro., bien disciplinado, luciendo una perfecta armonizacin
de voces frescas -con unos bajos portentosos-, desarroll un interesante repertorio de cantos populares. Y las danzas, intercaladas entre los
cantos, fueron el ms asombroso. exponente de lo que en materia de baile
son capaces estos cultores del folklore coreogrfico de Rusia.
Esos soldados eran mecanismos infatigables, que realizaban inconcebibles hazaas de agilidad, de acrobacia, de dinamismo, co.n una impecable adaptacin de los movimientos al ritmo musical.
Churchill observaba aquellas danzas de demonios enloquecidos, que
parecan obedecer a un automatismo de mquinas de acero, con la cara
apoyada en una mano, evidentemente interesado.
All apareca, en la frivolidad de ese juego, un indicio del secreto
del fracaso del invasor alemn. En esas danzas, que no eran sino un
perfeccionamiento y un desarrollo de los bailes populares del campesino
ruso, las generaciones realizan, espontneamente, un entrenamiento fsico
de gimnasia rtmica insuperable. Nada mejor para fortificar los msculos
de las piernas, de los brazos, del pecho y del cuerpo todo.
'Se explica uno, viendo danzar a esos hombres -que ms que en
una academia han aprendido a bailar en las fiestas aldeanas-, que sean
capaces de recorrer a pie distancias de muchas leguas, y que no haya para
ellos obstculos en su camino. que no logren salvar. i Qu fortaleza Y
qu agilidad corporales revelan esos ejercicios que arrancan de la escuela
primaria de las costumbres tradicionales del pueblo, en actitud de divertirse!
Al terminar el acto se reanud la manifestacin de simpata a los
huspedes, pero esta vez Stalin no se retir sino que l tambin aplauda
con rpidos y cortos aplausos de una sola mano, como si batiese un huevo
con ella en la palma de la otra, mientras desde el escenario, cantantes y
bailarines lanzaban estruendosos "i hurras!".
A muchas otras funciones deb concurrir despus, en condiciones anlogas, as como a numerosas recepciones fastuo.sas.
-Un recepcin, una fiesta diplomtica en Mosc -me deca un
distinguido embajador europeo-, se reduce siempre a un gran bufet.
A veces, como ocurre sobre todo en las que se dan en el Hotel Nacional, la recepcin gira to.da ella en torno de una larga mesa, que abarca
casi toda la extensin de la sala. Y la concurrencia se agolpa, de pie,
sosteniendo un plato en una mano y los cubiertos en la otra, haciendo
proezas de equilibrio y habilidad para servirse de las infinitas vituallas
all acumuladas, sin dejar caer el contenido de los platos y llevarse la
comida a la bo.ca, al mismo tiempo que se responde a un saludo, se insina una galantera, se da paso a una dama o se mantiene cortsmente una
conversacin.
Requiere todo un aprendizaje el arte difcil de servirse y comer a
pie firme, tenedor y cuchillo en ristre, en medio de la circulacin de un
pblico que se mueve en los menesteres de ubicarse convenientemente para
alcanzar el manjar apetecido o para descubrirlo desde un sitio estratgico.
Hay, en efecto, una estrategia del ambig en estas recepciones suculentas. Lo.s veteranos saben cmo acomodarse para llegar a tiempo al
centro de la mesa mejor provista, a la fuente ms apetitosa. Y para saborear, sin sofocones y plcidamente, los bocados elegidos con seguro conocimiento.
Yo me he divertido viendo cmo algn brillante embajador, resplandeciente en su uniforme constelado de medallas y cruzado por ancha
banda de seda roja o azul. o violeta, se las compona para llevar a su
interlocutor, mientras afectaba interesarse vivamente por una conversacin de temas trascendentales, a un sitio y colocacin que le permitan maniobrar hbilmente en la mesa, llenndose un gqn plato de mil cosas
buenas.
Y, una vez provisto, evolucionaba de tal manera que se escurra
ha~ia donde P:Udiera disfrutar_ de su carg~mento sin estorbos mayores.
deJando a su mgenuo acompanante en mitad de una frase concienzuda
y como un nufrago abandonado. en medio del mar por un barco pirata
que se aleja sin miramientos. . .
Los banquetes tpicos se caracterizan por las interminables series
de entremeses. No menos de una hora dura el desfile de bocadi11os de
las ms distinta~ especies, del nclito caviar a la ingenua empanada de
anchoa, que se s1rven en el mismo plato y que se comen con los mismos
cubiertos. Casi todos son a base de pescado o mariscos. Alrededor de
treinta H ors d' ceuvres suelen pasar uno tras otro. U na copita de vodka
con la que se hace el primer brindis, inicia el captulo de las bebidas. Y
mientras desfilan los platos fros, no se bebe sino vodka o agua. Slo
al entrar en la zona caliente del men, o sea, a la hora por lo menos de
hallarse los comensales sentados a la mesa, empieza la circulacin de
Jos VlilOS.
Ivleno.s exotismo hubo para nosotros en el banquete que en nuestro
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32
EMILIO FR UGONI
honor. se sirv~~ en el llamado Palacio Molotov (donde se celebran las
r~~epe1ones ?flClales de~ Ministerio de Negocios Extranjeros), a continuanon d~ )a fmr~~ .ad reterendum, del tratado comercial entre el Uruguay y
1~ Umon Sov1etica. En ese banquete con que el ministro. de Comercio
c:udadano Mkoyn, agasajaba al Ministro del Uruguay y del que part~
e1paron los otros componentes de nuestra Legacin, que lo eran en ese
momen~o el Encargado de Negocios, seor Virgilio Sampognaro, y el
secretano honorario seor Bernardo Elpern, se sirvieron esplndidamente
en una sala suntuosa varios platos, no muchos, como en uno de nuestros
banquetes modernos, todos ellos impecablemente elaborados, sobresaliend_o ~n esturi.n al champagne, que era manjar de una exquisitez inveroSlmll. ~1 vahc;so pescado -que produ:~ el clebre caviar, como si dijramos 1~ gallma de los huevos de oro - , ~e parece a la anguila, y su
carne rosacea recuerda por el color y la suavidad al salmn. Servido en
fuente de plata dorada, donde se le cortaba a trozos circulares, evo.caba
~no d~ los extico~ refinamientos culinarios de Jacinto, el personaje de
La Cm~ad y 1~ S1~r~a" de .E~a de Quers, en aquellas comidas con que
su comphcado sibant1smo flmsecular asombraba a sus escoadas amistad.es. Delico.s<:s vinos de. Crimea y del Cucaso alternaba; sus cl~ra
cwn.es de . rubi,. d~ topacio y de esmeralda en la transparencia area de
~ fma. c~1st~lena .Imperial, junto a las pequeas copas llenas de la enganosa dia1amdad mcolora del vodka, con que es de riaor dar comienzo
al yant~r y hacer el brindis inicial al ofrecer el agasajo~
~nnd con .ama~les frases el Iviinistro de Comercio, cuyas palabras
traduCla ;:n. funcwnano del ministerio, que haba actuado como intrprete soviet1co en la tramitacin verbal del Convenio y cuyo espaol era
t~n co.rrecto. y lo pronynciaba tan castizamente, que yo tuve a ese func:onano casi hasta el fmal de nuestras entrevistas, por nacido en Esoaa.
s1e~do ruso educado en Rusia, si bien haba aprendido nuestro. dio~a en
p:Ises ~e Centro J2.mrica. Yo. br~n-~ ~ mi yez, agradeciendo, y luego
r~spondiendo al senor Constantm ..Yllhallov, Jefe de la Seccin de Rela~Iones con Amrica.' quien se refiri a la importancia del Convenio como
mstr.umento de amistad entre. los dos pases y tuvo, asimismo, frases muy
cord1ales Y honrosas para m1 modesta persona y mi actuacin como representante del Uruguay.
Retribu esa brillante demostracin de co.rtesa en el Hotel Nacional.' cc:n un banquete para dieciocho personas, en el que reaparecieron
-1~ev1tablemente-, todas las caractersticas de la forma tradicional de
servulos, propia de la casa.
CAPTULO
LO QUE CUESTA LA DIPLOMACIA O UNA
REVOLUCION INEVITABLE
Hasta en las recepciones con baile, el bufet contina siendo la parte
central y principal del programa. Es siempre abundante, con mucho de
comer y de beber.
Las grandes fiestas de las embajadas y legacio,nes cuestan fortunas,
y no son menos costosas las que dan en el hotel las misiones sin casa
propia o con casas sin salones adecuados.
Por una de doscientas personas lleg a cobrarse la cantidad de setenta
mil rublos, que representaban para la misin del caso, al tipo de cambio
diplomtico, casi seis mil dlares. Y all no haba ms que el bufet. Ni
baile,, ni ;:nsi~a. Slo u~a larga sala ocupada por la mesa y no mucho
espaoo d1spomble para Clrcular en torno de ella. No duran ms de un
par de horas esas fiestas gastronmicas que devoran fortunas.
En el Hotel Metropole -donde no residen los jefes de misin ni
se halla instalada ninguna legacin-, se di, sin embarao, la ms brillante recepcin que he presenciado, utilizndose los enor~es salones, fericamente ilumi_nados por candelabros colosales y araas fantsticas, de
que es~ hotel ~1spone. Celebr all la Embajada de Yugoeslavia su primera fiesta nacwnal con un baile magnfico, al que" asistieron varios cientos de personas. Ignoro lo que cost esa fiesta, pero calculo que no menos
de doscientos mil rublos.
Haba, pues, sobrados motivos para que yo intentase, apenas llegado, una concertacin de voluntades entre todos los jefes de misin. en
el sentido de abstenernos, durante la guerra, de festejos que insu~an
tanto dinero y resultaban insultantes para las privaciones y la angustia
de un pueblo que se desangraba a raudales en el sacrificio espantoso de
la contienda.
Las embajadas de Gran Bretaa y Estados Unidos, pases en auerra, haban renunciado a abrir sus salones para tales agasajos mientras
sus pueblos, aliados con el sovitico, estuviesen realizando el titnico esuerzo heroico de sofrenar y abatir la monstruosa furia desencadenada.
Por qu no habran de imitar esa conducta las otras legaciones? No
era mil veces preferible ahorrarle a la poblacin el espectculo de ese intil derroche y destinar, en cambio, el importe de esas fiestas al fondo
de guerra sovitico? Esto fu lo que propuse a los ministros que me eran
ms allegados. No deseaba crearme, de entrada, antipatas en el medio
diplomtico lanzando una iniciativa que pareca involucrar un reproche
para quienes haban venido adoptando la prctica que se trataba de susP"nder. Y o quera que la idea hiciese camino y se impusiese como si a
todos se nos hubiera ocurrido al mismo tiempo. Debamos ponernos todos
de acuerdo.
A las primeras de cambio ech de ver que la unanimidad sera im-
34
EMILIO FRUGONI
LA ESFINGE ROJA
posible. Los primeros amigos a quienes expuse mi proposicin, se mostraron contrarios y me pidiero.n encarecidamente que no llevara adelante
m iniciativa. Se dira que les lastimaba particularmente.
.
No dej, sin embargo, de seguir explorando el terreno. En algunas
reuniones se habl del asunto y recuerdo, sobre todo, un almuerzo en la
Embajada de Checoeslovaquia, donde las opiniones aparecieron divididas dndose el caso de que las mujeres estaban todas de parte de mi propue'sta, mientras que entre los homb;es slo uno la acept~ba y la d;~en
da: el dueo de casa, una de las mas destacadas personalidades pohticas
de su pas, Ferlinger, que haba de. ser, algunos meses despus: de~ignado
primer ministro en el primer gobierno. de la Checoeslovaqma hberada.
-La verdad es -argumentaba-, que cada vez que tengo que diricrirme a Burovin solicitando productos para una fiesta en mi Embajada,
;xperimento una verdadera. desa~n, algo as como un remor,dimJento,
porque s que se me proporcwnarar: ~osas de que el pueblo. se ;re.ra pnvado.
Los adversarios alegaban que mamos en contra de la poht1ca del propio gobierno sovitico, que pareca deseoso d.e que la guerra no apa~ase el
esplendor habitual de nuestras grandes reupwne~,. y nos daba el ejemplo
organizando festejos fastuosos para los diplomaticos.
,
Y en cuanto a donar al tesoro de la U.R.S.S. lo que gastanamos
en cada recepcin mxima, advertan que habra de ser como aadir
gotas de agua a las olas del mar.
Pero el embajador Ferlinger, gran conocedor, sin duda, de la manera de pensar y sentir de las esferas ofi.ciales soviticas, no c?mparta l_a
suposicin de que les sentase mal esa actitud de cordura sugenda por nu.
Y para destruir el argumento de las gotas de agua, su seora, sumamente crentil e inteligentsima, haba encontrado la solucin de que se
formase u~ fondo para regalarle al Ejrcito Rojo, un tanque, o uno o dos
aviones, o un equipo sanitario, o se hiciese una donacin para cual~uier
otro fin concreto y limitado, a saber: auxilio a los hurfanos ocaslOnados por la guerra. La iniciativa no prosper. Cuando me lleg el turno
de celebrar nuestra fiesta nacional, el 25 de agosto, hice un donativo personal de seis mil rublos (quinientos dlares) al tesoro de guerra ?ovitico, acompaado de unas lneas dirigidas al presidente del Comit de
Defensa Nacional, Mariscal Stalin, donde le deca que lamentaba no poder contribuir sino con esa modesta suma a los gastos de guerra de la
U.R.S.S., porque, a mi juicio, la mejor manera de honrar el aniversario
de la independencia de un pas, era prestar nuestro. concurso a los esfuerzos heroicos que el Ejrcito Rojo estaba realizando en pro de la indepen dencia de todos los pueblos libres de la tierra.
Pero no me exim de dar en el Hotel Nacional la consabida recepcin.
Dificulto que en ningn otro. pas del mundo la diplomacia se traduzca en un derroche tan insensato de dinero. Las embajadas ocupan
palacios donde la expresin "lujo asitico" halla su aplicacin :perfect~.
Algunas son dueas de sus mansiones, porque como la de Fmlandia
y la de Suecia, las han construdo a sus expensas, o porque como las de
Irn y Afganistn, son obsequio de la U.R.S.S.
.,
Las otras son alquiladas a Burovin -el departamento o secoon que
provee a los diplomticos--, que las amuebla y decora; pero no hay nm-
gun;;: m!sin que pueda instalarse sin gastar una fortuna en reformas
alhajamiento de la casa, complemento del mobiliario y menaje.
'
Suelen ser palacios de mediados del siglo anterior, y an ms antiguos, con vastos salones de altos techos, decorados a la moda de esos tiempos, y con esplndidos par:quets.
Hay en ellos escalinatas con magnficas balaustradas o barandas
labradas, d~, mrmol o bronce, plafones con hermosas pinturas, cornisas
con profus10n de dorados, salones amplsimos, ambientes seoriales que
reqmeren las alfombras y tapices de Persia, de Uzbekistn, de Samarkanda, las. araas fericas de incontables caireles tallados y los muebles en
consonancia, que los llenan de esplendor y riqueza.
35
EL BOATO Y EL DESPILFARRO COMO FUNCIN OFICIAL.
Me. agrada e~pecialn:ente la casa de la Embajada de Francia, con su
alegre e mc.onfundlble estllo ~uso. El palacio de Francia se aparta en su asI?ecto exteno~ de to~a solemnidad pomposa y de t'oda serenidad clsica para
darnos una 1mpres1n de gracia animada por el brillo pintoresco de elementos _vernculos de origen eslavo y oriental, que lucen deliciosamente
en los lineamentos de su estructura y en la policroma de su decoracin
externa, con sus brillantes maylicas, sus maderas admirablemente talladas, Y sus techos de lminas metlicas imbricadas sus balcones caractersticos, sus riqusimas puertas de nogal y cedro. '
Adentro., slo el piso b~jo, abovedado, con una decoracin que rec~erda la de .las estanoas anttguas del Kremlin, mantiene el carcter vernaculo extenor. Las salas del piso alto, con mucha cargazn de pintura
Y rosetones de yeso en los cielos rasos, y columnas de estuco blanco. como
adorno de las puertas, estn decoradas y amuebladas a imitacin de alcrunas salas francesas del siglo. XVIII.
o
En ~lgunas, los nuevos ocupantes se han hecho arreglar con muebles
r?sos, trai~os de otro.~ pala~ios, salas ~e diversas pocas. Casi. todas han
sido manswnes de m11lonanos moscovitas, de grandes comercrantes o de
magnates de la nobleza.
. Algunas ~ienen su leyenda. Del palacio de la Embajada de Francia
se dice que fue mandado construir por un comerciante para obsequiar a
su e~posa, la cual: apenas condudo y alhajado, muri sin haberlo podido
habitar. El mando cerr sus puertas y no quiso que nadie lo ocupara.
La revolucin lo hall intacto. En sus stanos se encontraro todava, cuando lo ocup la primera representacin diplomtica de Francia,
bel~os cu~dros, copias del Tiziano, de Rubens, del Veronese, etctera,
valiosos jarrones de porcelana china y unos ricos tapices orientales. En
la casa haba, entre el mobiliario precioso, bien cubierto y resguardado,
a la esp~ra de ?O ~e sabe qu resurgimiento de la vida en aquellos salones
Y esta?~Ias sohtanas, un ~agn~ico armario para libros con las ms lujosas edlciones de las obras hteranas francesas de los siglos XVII y XVIII.
La E~bajada .China. o.cupa un extrao palacio que hizo construir
otro comerCiante mlllonano para su amante. La s;;la de fiestas es cuadrada Y enorme. 'Sus muros, recubiertos de maderas labradas. sostienen
a muchos metros de altura el techo decorado con un artesonad~ de caoba
36
EMILIO FR UGONI
con recuadros de bronce, del que penden inmensos artefactos de hierro.
Se dira la sala del trono de un antiguo palacio real en un pas de
gigantes, y uno no puede menos de qu~dars~ pasmado.. al deducir el gnero de vida que deba llevar aquella I1.spas1a moscov1ta en esa morada
de tan vastos y suntuosos salones, donde deba haber, por fuerza, un re.
.
. ,
gimiento de sirvientes.
La Embajada de Estados Umdos ocupa un palae1o co!l, prdm (lo
mismo que la britnica, la mexicana y actualmente la Le9ac10n del Uruguay) , donde hay una sala que, con su galera alta de marmol. parece la
nave de una catedral.
En una sala contigua se proyectan films norteamericanos los sbados
y los lunes para el Cuerpo Diplomtico. y el personal de todas }a.s legaciones y misiones militares. Pero Estados \)' m~?s posee para oflcmas de
su Embajada y de su Consulado y para hab1tacwn de algunos de su: empleados, un edificio propio construdo en el ao. .194,2, por un arqr:1,t~cto
ruso, en terreno que, como es naturaL le proporoono el Estado sovtetlCO,
contiguo al Hotel Nacional.
Realmente bella es la casa donde estuvo instalada durante la guerra
la misin militar britnica. Luca en su centro un patio pompeyano con
buenas esculturas de bronce. All, en las noches de fiesta, se beban, contra
un mostrador del bar, algunos cientos de litros de whisky, m~entr~s en
una vasta sala de baile, una pequea orquesta prodigaba la estndenCla de
sus platillos y el repiqueteo de su tambor.
.
.
,
La Embajada de Noruega ocupa un luJoso palac:o que fue co?strudo por una famosa cantante, en el cual pueden admuarse una esplendida escalinata de mrmol y una sala de fiestas de estilo rococ.
En un marco no menos bello y an ms suntuoso, se desarrollan
los agasajos en la llamada "Casa de Molotov:", el palac~o destinado a las
recepciones oficiales del Ministerio de Negocws ExtranJeros.
Fu la manl;in de un personaje de la corte del zar, y es acaso, con
sus salones tapizados de seda roja y sus escalinatas de, f~nas maderas sabiamente trabajadas, y sus vidrieras de alto valor art1st1co y ~ll; ~erra~a
sobre un bien cuidado jardn, la .que da en ~se c~r~am~n d_e mmflc~s nquezas, la nota saliente. El palacw es de estllo got1co mgles. Las flestas
que all se desarrol.lan suelen ser las 111:s e.nyetenidas, porque adems del
baile, que cuenta s1empre con la contnbucwn fundamental de una .buena
orquesta, dan comienzo con un programa de concierto en el que figuran
los msicos y cantantes ms notables.
All he odo. cantar, en dos ocasiones, al bajo Raisin, que es el ve~
dadero sucesor de Chaliapin, dueo de una voz caudalosa que man.eJa
con arte exquisito y de una figura soberbia de la que saca n;l:cho part1d~
para el juego expresivo y elegante de sus facultades dra~at1ca~; Lo~ Ol
cantar all, en forma inolvidable, una romanza de la opera SalvaLOr
Rosa", en italiano, que pronuncia impecablemente, y una cancin humorstica y sarcstica de Rimsky-Korsakov, que era uno de los c~ballc;s de
batalla de Chaliapin. Quien no le ha odo, no puede. tener 1dea Cle la
fuerza de su diccin, de la riqueza de matices y perecCln sonora y expresiva de su escuela de canto, valores realzados por los rasgos finos d.;
LA ESFINGE RoJA
37
su fisonoma, lo aventajado de su talla, la elocuencia de su gesto y la
sobria y desenvuelta acentuacin de sus ademanes.
Otro artista de excepcin, aunque en un plano distinto del arte, aparece con frecuencia en el programa de esos conciertos: Obrazof, el talentoso director del Teatro de Marionetas ( Kukolik Tea ter).
Coloca un biombo, tras el cual se oculta. Luego. hace asomar sobre
el borde de ese endeble escenario un mueco que empieza a cantar con
muy buena voz y perfecta entonacin, acompaado por el piano a cargo
de un excelente pianista. Luego surge otro mueco., y se entabla el dilogo con acompaamiento de piano o sin l. Voy a relatarles tres nmeros de los varios que tuve la suerte de presenciar y aplaudir. Uno
de ellos era la romanza "Ridi Pagliacco", cantada por Mussolini. La
marioneta que representaba al Duce era graciossima. Su actuacin y su
canto produjeron un efecto hilarante indescriptible. El otro nmero era
un dilogo mudo entablado por cuatro dedo.s ...
Sin ms elementos que un par de pequeas bochas adaptadas a los
extremos de sus dedos ndices, el original operador nos haca asistir a
un idilio sentimental, lrico, desesperado, trgico y con un final inefablemente venturoso. . . 1.VIantuvo pendiente al pblico, durante muchos
minutos, de la accin de sus personajes inverosmiles entre contnuas explosiones de hilaridad. Todo era all travieso y limpio. Ni la ms leve
insinuacin de procacidad ni la ms tenue do.ble intencin. El amor expresado pura e inocentemente, en una mmica digital que lo deca todo.
Ese era el breve dramita sin palabras y casi sin personajes. El otro nmero era la experiencia de un sabio zologo que vena a demostrar al
pblico, en el curso de una conferencia cientfica, cmo el tigre puede ser
curado. en absoluto de sus instintos carniceros. Varios experimentos realiza con xito, ante el asombro de los espectadores, pero llega el momento
en que el pblico no puede menos de convencerse que la experiencia ha
f~acasad?, al ver cmo el tigre, despus de haberse tragado al sabio intrpido e mgenuo, se pasa la lengua po.r los belfos, relamindose golosamente. . . Es difcil comprender, sin verlo, cmo con ese asunto pueden
un par de tteres de trapo arrancar tan espontneas y ruidosas carcajadas
a una concurrencia, no de nios, sino de personas mayores, sesudas en
gran parte, encabezada por Moloto.v y los vicecomisarios de Negocios
Extranjeros, que junto a los embajadores de las potencias aliadas se sientan en las primeras filas de sillas, en las que figuran no pocos mariscales
y generales, acadmicos, sabios y profesores, escritores, periodistas, artistas plsticos, actores y actrices famosos, estrellas del cine e dolos femeninos del ballet.
All estaba toda una parte del personal diplomtico extranjero:
jefes de misin, consejeros y primeros secretarios. El personal completo
no hubiera cabido, porque suman varios centenares los miembros de las
diversas representaciones.
Lo que cuesta a sus respectivos pases ese personal, pone los cabellos
de punta. Naciones misrrimas, cuyos pueblos desangrados y saqueados
por la guerra viven en las ms deplorables condiciones, mantienen embajadas con consejeros, varios secretarios, varios attachs y empleados de
EMILIO FR UGONI
LA ESFINGE RoJA
otras categoras, sin que logre adivinarse en qu clase de tareas tiles se
puede ocupar tanta gente.
Y los sueldos han de ser siempre muy superiores a los de cualquier
funcionario de equivalente categora en su propio pas, porque la vida
es cara y el decoro diplomtico resulta, por lo general, ms gravoso que
en otros lados.
Cunto invierten en sueldos y en gastos de representacin las embajadas que cuentan con un mundo de empleados y brindan con cierta
frecuencia exquisitos diners, o cocktails, o soupers a sus numerosas relaciones? El presupuesto de una embajada de los pases de Europa Central,
destrozados por la guerra, es de quinientos mil rublos por mes.
Los pueblos ignoran cmo corren los dineros por los canales de ese
buro.cratismo diplomtico, que cuesta tan caro, y que por lo general, sirve
para tan poco.
Una revolucin hace falta en todo el mundo, y ms que en ninguna
otra parte, en la U.R.S.S.: la que barra con esa diplomacia de pragmticas y convencionalismos tradicionales arcaicos, que slo sirven para justificar el empleo intil de tanta gente, para rodear de vanas formalidades
los actos ms simples y volver ms gravosa a los pases la funcin diplomtica.
religin del odio implacable, del rencor inextinguible contra el alemn,
reencarnado en la bestia del Apocalipsis.
Dos o tres veces vi, asimismo, a la que fuera hasta no hace muchos
a.?s embaja~ora en Sue~ia, la clebre Alejandra Kollontay. Una parhsts en las pternas la obhga a trasladarse en un silln rodante. As atraviesa los salones, mientras se acercan a saludarla sus numerosos amigos.
Es ya ~na ,andan~, .de blancos cabellos, que usa gruesos lentes y no conserva mngun vest1g10 de la elegancia que en sus buenos tmpos caracterizaba su porte y vestimenta. No creo que haya sido nunca bella. Pero
la agradable so,nrisa con que hoy ilumina su rostro inteligente, la expreston juvenil en el fugaz fruncimiento del ceo y las duras lneas de la
frente, son, sin duda, un encanto de su juventud que se mantiene vivo a
pesar de la inclemencia de los aos.
Muy a menudo encontraba en esas fiestas a una bailarina de moda,
la popularsima Simeonova, una de las "tres grandes" que se dividen la
opinin de la que podra llamar, con expresin taurfila, la "aficin" en
materia de baile.
Es la ms bonita de las tres, y sin duda, la preferida del mayor nmero, valindo,le gran parte de esa preferencia su actuacin en "El Lacro
de los Cisnes", el ms hermoso ballet de Tchaikovsky, y acaso. el ms
fino. y delicioso espectculo de ese gnero, donde ella se torna, con la
mag1a de su arte y la venusina fascinacin de su breve persona bien
contorneada, un cisne verdaderamente gentil, como en la romanza de
"Lohengrin" de \Vgner, incomparablemente adorable por la ondulante
gracia de su figura y el ritmo alado de sus movimientos. Sus brazos se
curvan como el cuello de un cisne y sus manos se juntan sobre su cabeza
formando un pico de oro, mientras su propio cuello de pursima albura
oscila en lnguidos compases y su cabecita rueda como una flor sujeta
por el tallo.
Todo el ballet -especialmente el segundo y el ltimo acto-, es
una cosa de ensueo, tan dulce y voluptuosa como. el ave protagonista.
Recordar, por ltimo, al pintor Konchaloski, que ha cumplido los setenta aos y contina en plena produccin.
Precisamente al cumplir e;a edad en todo su vigor fsico. realiz
una exposicin de sus cuadros en la sala de la Unin Cooperativa de
Artistas Plsticos, con doscientos cuadros, una parte nfima, numricamente, de su obra mltiple y variada. Cultiva todos los gneros de la
pintura de caballete: la composicin, el paisaje, la naturaleza muerta,
con bastante riqueza de colorido. y bonitos eectos de luz. Sus cuadros,
sobre todo unos bellos y decorativos estudios florales, son de factura
moderna, sin apartarse de los cnones realistas. Ha estado en Francia,
en Italia, en Espaa. Es amigo de muchos pintores europeos y posee una
gran cultura artstica. Habla espaol, y su hijo, tambin pintor, est
casado con una joven espaola. La abundancia y diversidad de su obra,
en la que aborda los gneros ms dispares, parecen haber sido obstculo
a la fo.rmacin completa de su prsonalidad desde el punto de vista tcnico, al menos en algunos de esos gneros. As, por ejemplo, no estuvo
feliz en las decoraciones y trajes de "Carmen", de Bizet, que volvi al
38
FIGURAS EN LA TELA.
En esas recepciones en la "Casa de Molo.tov" y en las m1s1ones diplomticas o militares, conoc algunas celebridades soviticas.
Suele frecuentarlas el famoso periodista Ilia Erenburg, con quien
he platicado ms de una vez a favor de su conocimiento del espaoi: que
no habla correctamente, pero que comprende sin ninguna dificultad, y
del francs, que habla con tanta mayor soltura cuanto que su esposa es
una distinguida pintora francesa. Ha estado en Espaa cuando la guerra
civil, como corresponsal de guerra, y le gusta or hablar en espaol y
pronunciar algunas frases en ese idioma, cuya literatura clsica no le es,
por cierto, desconocida.
Ha traducido versos de poetas espaoles. Su popularidad en la
U.R.S.S. es muy grande. Suele hacer lecturas pblicas de lo que escribe,
por lo general crnicas de actualidad y relatos de viaje, llenando el amplio auditorio del Museo Politcnico. Es un hombre melanclico, en
cuyos labios la sonrisa tiene una expresin ms bien de tristeza que de
alegra. Sus cabello.s grises, con el deso.rden de una cabellera de artista
bohemio., enmarcan un ro.stro. en que el tiempo ha labrado. finas arrugas,
sobre to.do en to.rno. a la co.misura de los ojo.s, unos ojos fatigados de
los que podra decirse --en un abuso de traslacin surrealista-, que
miran en "voz baja", porque su mirada, suave y tmida, es como un
murmullo de luz, una dulce palabra que apenas desflora el silencio.
Ese es, sin embargo, el hombre que ha hecho vibrar con ms vigor
y furia la cuerda del odio al enemigo en la prensa y en la literatura
soviticas.
Nadie ha predicado con tanta ira y con un tono tan avasallante la
39
40
EMILIO FRUGONI
cartel en el Gran Teatro despus de tres o cuatro aos de reces? .. E~ un
hombre alto, corpulento, de envidiable buen humor, que en la ~nt1m1dad
y en algunas fiestas de casa amiga, canta acoml?andose. al plano, con
mucha entonacin y gracejo, un bonito repertono de canelOnes francesas
y espaolas.
CAPTULO
VI
CON EL GENERAL DE GAULLE Y CON HERRIOT
Pero no slo con personalidades soviticas trab relacin en las fiestas diplomticas de lviosc. De mis encuentros con varas personalidades
extranjeras, dos dejaron en mi nimo inolvidable impresin. Uno de ellos
fu m conversacin con el general De Gaulle en la casa de Francia. Escrib mis impresiones a ese respecto. en esos das y aqu las reproduzco;
Lleg el 2 de diciembre de 1944. El da siguiente, Molotov d una
gran recepcin. En ella tuve ocasin de cambiar algunas palabras con el
general, recordndole que en Argel le haba solicitado, y l me haba concedido, una entrevista que deb dejar sin efecto por tener que ausentarme
esa maana.
-Pues ahora podemos celebrar esa entrevista- me dijo, sonriendo.
El momento no se prestaba, por cierto, para largas conversaciones,
asediado como estaba el visitante por las numerosas personas que se acercaban a saludarle.
Tampoco. se prest mucho para ello la recepcin nocturna en la Legacin Francesa. En cambio, en el almuerzo que se efectu al siguiente
da en la misma Legacin (todava no era Embajada), me fu posible
conversar largamente con l, tomando el caf juntos en un rincn de la
sala contigua al comedor.
Esa maana haba recibido unos telegramas de l'vlontevideo relacionados con el traslado de cierto representante diplomtico francs en el
Uruguay. Yo haba entregado ya los telegramas de los comits montevideanos que se interesaban por el mantenimiento de ese funcionario, al
seor Bidault, Canciller que acompaaba a De Gaulle. Habl despus
con ste del asunto.
La conversacin gir luego haca los problemas polticos de Francia.
-Ya hemos superado -me dijo-, las incidencias del desarme de
las fuerzas irregulares. Nos fu relativamente fcil resolver ese problema, porque el gobierno del Comit Nacional de Resistencia no es U.i.
extrao para los hombres que en Francia han luchado. por su liberacin. Las fuerzas populares que se batan en nuestro territorio eran organizadas por nuestro comit, reciban nuestra ayuda y estaban en contacto permanente con nosotros. El nuevo gobierno. se hizo presente en
Francia con fuerzas armadas regulares para reconquistar el territorio,
junto a las tropas de los pases aliados. Cuando el gobierno decret el
desarme de los guerrllero.s, se hallaba dotado de una autoridad popular
indiscutible para tomar esas medidas, tanto ms cuanto que el gobierno
no los desarmaba, sino que les daba oportunidad de pasar a formar parte
del ejrcito regular, que se bata contra los alemanes y en cuyas filas
podran ser ahora ms tiles a la causa de la liberacin militar de Francia,
que permaneciendo en las formacio.nes irregulares.
As lo comprendi la inmensa mayora de esos hombres, al punte
42
EMILIO FRUGONI
de que slo mil, ms o menos, se rehusaron a enrolarse en el ejrcito.
No fu, por tanto, difciL llegar a la completa tranquilizacin.
En otro, pasaje de sus reflexiones me dijo el general De Gaulle:
-Una de las cosas que ms ha contribudo a reforzar nuestra autoridad moral entre el pueblo es, que nunca 9-uisi_mos apoyarnos en la ~yuda
extranjera. Nunca permit que en las d1senswn~s entre france~es mt~r
vinieran como rbitros las influencias del extenor. He prefendo depr
que un conflicto se prolongase in~efinidamente ante~ que recurrir a buscar la colaboracin de otros gob1ernos, para solucwnarlo o vencer las
obstinadas resistencias, seguro de que a la larga, entre franceses de buena
fe, llegaramos siempre a entendernos. Y as no quedaron nunca subsistentes motivos de recelo oor parte de las masas populares contra el
crobierno que ahora desea r~construir una Francia grande.
o
El General De Gaulle crana mucho en simpata y aprecio cuando se
habla con l. Su apariencia"' es ms bien la de un hombre fro: tieso _Y
alao orcrulloso. Su aventajada estatura, su largo cuello, su perfil de paja;o,
mirada lejana que parece avizo.rar horizont,es por encima de la
cabeza de los dems, que suelen no llegarle al menton, mueven a creerle
un poco pagado de s mismo, y ms que un poco, flemtico y deliberadamente alejado de lo que tiene a su alrededor.
Pero eso es a la distancia. Cuando tras las primeras frmulas triviales de cortesa, se entabla un dilogo con l, se echa de ver en seguida
que es falsa y engaosa la impresin que nos ha inducido a dudar de c:rue
ese hombre pueda ser, realmente, el conductor de un gran pueblo latmo
en el trance ms duro y convulsionado de su historia.
No es, por cierto, el tipo. de genial agitador francs, que en las
horas de tormenta destaca sus rascros en la figura tribunicia de un Dantn, un Mirabeau, un GambettJ, ~n Jaurs; ni del general revolucionario
o del mariscal napolenico que parecen pisar siempre las tablas resonantes
de un palco escnico.
Es el hroe sobrio, concentrado., sereno, lacnico, de una poca en
que la fra lcrica de una locura despiadada desata por el mundo un frees de muert~. aplicando el hierro y la electricidad, bajo las ms perfectas frmulas qumicas y mecnicas, a una tarea maravillosamente matemtica de destruccin.
En su conversacin es llano, claro, oreciso. Carece de todo nfasis
e ignora en absoluto. el engolamiento. Se dira que _recoge. su estatura
fsica, como un chico recoge el hilo de su cometa, para 1mpreswna~ menos
a su interlocutor, y todo l se acomoda a una medida humana y amistosa
con la cual nos sentimos al punto familiarizados. No s q'l:l suerte le
deparar el futuro, ni cules sern de aqu en adelante los anertos o los
errores de su vida poltica. Lo que nadie podr negarle es que fu, en su
hora, el hombre del destino para la Francia abatida, que encontr en l
y en sus colaboradores quienes la detuvieran en el despeadero y la levantaran de la oo.stracin.
As se ~lo di a entender a raz de ese almuerzo en la Legacin, en
que al final hubo un sencillo brindis del general y un oportuno discurs_o
del Embajador de Noruega, en representacin del Decano del Cuerpo Dlplomtico, el Embajador de Afganistn, que no domina el francs. En
s;
LA ESFINGE ROJA
ese ambiente diplomtico hubiesen sin duda disonado, pero ech de menos
dos gritos: el de "j Viva Francia!" y el de "j Viva De Gaulle! ".
-Haga de cuenta que los ha habido -me dijo--. porque usted los
agrega ahora.
Tampoco hubo un solo vtor ni una sola exclamacin en la funcin del Gran Teatro a que concurri De Gaulle acompaado de Molotov
y su numeroso squito. El pblico se limitaba a pronunciarse en cerradas y prolongadas salvas de aplausos.
Cuando la visita de Churchill hubo, al menos, los formidables hurras en que, al final del espectculo, prorrumpieron desde el escenario
lo.s coristas y danzantes de los equipos de artistas del Ejrcito Rojo.
Es verdad que entonces, junto a Cburchill, se hallaba Stalin. Mientras que esta vez -parece que por razones de protocolo-, Stalin no
estaba.
Permtaseme, a propsito de esta visita, intercalar una resea de
cierto episodio de alta poltica internacional que muestra akunas costumbres caractersticas de la vida oficial en los interiores del Kremlin. Casi
al partir, el general De Gaulle y sus acompaantes, se pudo dar por concluda en el Kremlin la concertacin del tratado entre Francia y la U.R.S.S.
Fu en una ltima reunin, despus de varas conferencias mantenidas ese
da Y el anterior. Se dice que cinco veces se dieron por cortadas las tentativas y otras tantas se reanudaron. Al final, en la madrugada, habindose retirado el Embajador de Estados Unidos, Mr. Harriman, y el
Encargado de Negocios de Gran Bretaa -en ausencia del Embajador
Clak-, Mr. Balfour, se logr el acuerdo.
Parece que entre lo.s militares se llegaba con facilidad al avenimiento, pero no as entre los diplomticos. Se atribuye a Stalin, en tren de
broma, la siguiente reflexin en uno de los intervalos de las accidentadas
trata ti vas:
-Los diplomticos todo lo enredan. Habra que fusilarlos a todos.
En eso. apareci Molotov, y alguien pregunt entonces a Stalin:
-A ste tambin?
'Stalin hizo un gesto con la mano como diciendo: a ste no; es de
los nuestros ...
Este dilogo se desarrollaba en una sala contigua a la de Molotov,
donde se haban reunido lo;; diplomticos. No faltaban las bien servidas mesas para agasajar pantagrulicamente a la concurrencia, que estaba
constituda por el squito del general De Gaulle, los ministros de Franci:!,
de Gran Bretaa y de Estados U nidos; algunos militares franceses, algunos militares y funcionarios soviticos, entre los cuales -lo que no dei
de ser comentado-, el Mariscal Vorosbilov, que baca poco- haba sido
"liberado" de su cargo en el Comit de Defensa Nacional, vindose as
que continuaba gozando de la confianza y consideracin del gobierno.
Menudeaban los brindis, de los cuales llevaba la iniciativa el Mariscal Stalin, de quien se dice que no bebe sino vino del Cucaso, siendo
capaz de vaciar hasta una docena de botellas sin experimentar la ms mnima alteracin de su equilibrio fsico y mental.
45
EMILIO FR UGO:NI
LA EsFINGE RoJA
Una agradable sorpresa recib el primero de mayo de 1945, al ver
aparecer en el palco de la Plaza Roja, donde se instala a los diplomticos,
a Eduardo Herriot, el ex presidente del Consejo de Ministros y de la
Cma~a de Diputados de Francia. Vena acompaado del Embajador de
Franoa, general Catroux (un hombre de aspecto distinguido, de muy finas
maneras, con el aire tranquilo y la suave "bonhoma" de un profesor de
la Sorbona), quien no tard en ponerme en contacto con el ilustre viajero
haciendo las presentaciones de estilo.
'
Herriot haba llegado la tarde anterior, y all estaba sano y s 2 lvo,
despus de haber sufrido un cautiverio de treinta y dos meses bajo los
nazis. Rescatado por las armas soviticas, haba venido a acrradecer al
gobierno de la U.R.S.S. la salvadora intervencin del Ejrcit~ Rojo en
favor suyo y de su esposa.
Es ';In hombre corpulento, que haba perdido algunos kilos de su
peso habitual, pero que era an bastante voluminoso. con su estatura
ms bien alta y su gruesa cabeza cuadrada, que parece tallada en madera,
a grandes planos, como los de una estatua cubista. Sus cabellos, abundantes pe.ro c?rtos y recios, son de un color castao claro y conservan una
rara lummosidad. Se muestra fuerte y enrgico sin representar los setenta y tres aos vividos en la intensidad y la fertilidad extraordinaria de
su accin poltica e intelectual. Habla con una voz sonora, que sin esfuerzos se hace or a distancia, denotando unos excelentes pulmones.
Impresio~a muy favorablemente, de entrada, por su aplomo, su desenvoltura, su mmediato dominio del ambiente.
Poc~s. palabras pu?imos cambiar en ese sitio; pero dos das despus
tuve ocaswn de departir largamente con l, en el t dado en su honor
por la Embajada de su pas. All, en el rincn ms apropiado de una
sala adonde nos condujo la gentil duea de casa para que pudisemos
~onversar a_ ~usto, cmodamente sentados, puede decirse que intim con
el, acompanandole ?ur~nte casi toda .la .reunin, dndole "cuerda" para
9-ue relata.s: las per;pec1as de su cautiveno y se explayase en mil relatos
mteresantlsimos, mtentras en torno de nosotros se renovaba un crculo
de oyentes a quienes cautivaba con su verba llena de color y gracejo.
. ~os narr que se haba escapado por milagro. de ser ultimado en
el mfle.rno de .Berln. Se hallaba en una pequea localidad entre Potsdam
y Berlm, habitando con su seora en un alojamiento, bajo la asistencia
d.e un ~dco alemn, pues estaba enfermo. Un da, cuando el EjrCitO RoJO se apo.der de Po.tsdam y avanz hacia Berln, vi llegar, desde
su -:entana del p1so alto a la puerta de la casa, un auto de la Gestapo, que
vema en su busca para llevrselo a la caoital. adonde los alemanes trataban d;. conducir .en esos momentos a los~ prisioneros de ms importancia
que pua1eran reumr para usarlos como rehenes, y matarlos s no podan
sacar de ellos ningn provecho.
F~lizmente,. ;1 mdic.o alemn no era un hitleriano y era un hombre
de caracter. Salto a deClrle al chfer que l no permita se sacase sin
orden escrita al enfermo que se encontraba bajo su asistencia y responsabilidad.
ch.fe~ se dej ~mpresionar por .la ac~itud resuelta del mdico y
part10 a reobir nuevas ordenes, con la mtenon de retornar en secruida.
Pero en el nterin, el avance de las tropas soviticas se acentu con o arrolladora impetuosidad y las autoridades militares alemanas tomaron disposiciones para atajar el paso de los tanques, haciendo arrojar troncos de
.rboles a travs de las carreteras y caminos de acceso. Esto impidi al
auto de la Gestapo. acercarse nuevamente. Los que poco despus llegaban
y penetraban en la casa y en la propia habitacin ocupada por Herriot,
dndole a l y acompaante la voz de "Arriba las manos!", eran los
.soldados soviticos. Le preguntaron quin era, y con la ayuda del jardinero alemn, que hablaba un poco el ruso, pudo darse a conocer del
oficial que lo interrogaba, quien lo condujo ante su general, al que mostr
sus papeles.
Agradeca las atenciones que desde ese instante le prodigaron a l
y a su esposa los militares soviticos, como asimismo. se mostraba profundamente reconocido al mdico alemn, a quien, conducido oor los oficial.es de la U.R.S.S.; f~ luego con su seora a dar las gra"cias por su
vahente gesto. humanitano.
O de sus labios el relato de la entrevista entre Mandel y Petain,
cuando ste, a poco de hacerse cargo del gobierno, le mand llamar para
decirle que haba ordenado su detencin porque tena noticias de que oreparaba un atentado contra la vida de los gobernantes.
"
-En qu consisten esas noticias? - le pregunt Mandel.
-En cartas que be recibido.
-Y o. tambin he recibido cartas en que se me dice que el gobierno
abriga la intencin de matarme. - y sac del bolsillo un montn de
esas cartas.
Petain, entonces, le pidi disculpas por el arresto, expresndoselas
por escrito a requerimiento del propio Mandel.
No pas mucho tiempo sin que Iviandel, nuevamente arrestado, fuese
asesinado, segn noticias que el propio Laval, usando la misma palabra,
le comunicara a Herriot.
. . A ste se le arrest, y por especial deferencia. se le quiso enviar al
SltlO que se le reservaba para su residencia obligada, en el auto del prefecto de Laval, pero l dijo que hubiese ido en el auto de cualquier facineroso antes que en el de un prefecto de Laval.
'Se le pase como. cautivo por la zona de Vichy, por las de Francia
ocupada y luego por Alemania. Al llegar a la Francia ocupada se le quiso
arrancar una declaracin sobre la U.R.S.S. El pens que s hablaba bien
de la U.R.S.S., eso servira para que lo tratasen a l y a su esposa con
mayor rigor; y s hablaba mal. para emplear esa declaracin suya en la
propaganda alemana. Dijo entonces:
"'Un prisionero no tiene opinin. Djenme ustedes en libertad y
1
,
s;oran
como pienso.
Hizo vivas descripciones de la brutalidad de los elementos de la
Gestapo. Cmo haba pasado casi tres aos confinado. sin ooder comu11carse con nadie, sin leer sino ks informaciones nazis, sin~ poder ente-
44
APARECE HERRIOT.
.?1
J'
''
46
EMILIO FR UGONI
rarse de lo que ocurra en el mundo, daba la impres10n de un viajero
que pisa tierra firme despus de una travesa interminable por remotas
regiones aisladas del resto del planeta.
Dueo de una memoria pronta y clara y de una verba inagotable,
no dejaba nunca decaer la conversacin.
Casi al final de nuestra pltica, como se acercase a saludarle el Embajador de Blgica, reco,rd una graciosa anc~ota.
Era en el ltimo ao de la guerra antenor, cuando en una poblacin fronteriza de Francia con Italia se celebr un banquete en honor de
ciertas personalidades .belgas all ~':fugiada,;;. ?1 banquete lo presida el
Ministro Barthou, quien pronuncio un bnndis en el cual auguraba que
muy pronto Blgica se vera libre de la domina~in pru.siana. .
"
Se hallaba entre los comensales el compositor Arngo B01to que
usted conoce bien"-, dijo volvindose hacia m.
-El autor de "Mefistfeles" - respondle.
-Eso es; y de otra pHa, "Nern", que vena preparando desde
haca quince aos.
Boito, entusiasmado por el brindis de Barthou, exclam:
-Y o escribir una marcha triunfal ese da.
Y Barthou, sa,nriente, exclam a su vez:
-Esperemos que Blgica sea liberada antes de que el seor Boito
concluya su marcha.
Era ya hora de retirarnos, y un caluroso apretn de manos pus.o
fin a ese momento de amable expansin espiritual gozado en la hospitalaria casa de Francia, en Mosc, junto a uno. de los ms brillantes, ilustres y simpticos polticos de la Repblica Francesa.
CAPTULO
VII
LA CIUDAD EN LA MANO
LAS PEQUEAS COSAS DEL VIVIR CONSUETUDINARIO.
Cuando qued cumplida la primera etapa de las exigencias protocolares en los interiores del Comisariado de Negocios Extranjeros, di un suspiro de alivio.
Esa noche, ms tranquilo. que las anteriores, pues haba podido descargar en gran parte mi nerviosidad de novicio en las costumbres de la
diplomacia, pude dedicarme, como tomndome un desquite contra la
seriedad de la carga pblica que haba comenzado a sobrellevar, a algunos
detalles intrascendentes de las costumbres domsticas de la vida rusa, que
acaso ofrezcan algn inters para las amas de casa.
Las camas no. se arreglan ni atavan en Rusia como en los pases
que yo conoca. Las cubiertas del lecho, que slo luce durante el da
como decoro exterior una colcha de gruesa tela blanca (sa es al menos
la costumbre en el hotel donde habitaba y en las casas mejor puestas),
consisten en un acolchado que va introducido, como en un sobre que se
abre por el centro, en la sbana superior. Sobre la otra sbana, que queda
estirada sobre los colchones y sujeta por ellos, se dispone esa doble cubierta sin fijarla bajo el colchn, dejndola suelta so.bre ste, con los
bordes longitudinales doblados hacia adentro.
Como esos cobertores permanecen sin fijarse bajo los bordes del
colchn, es fcil hacerlos deslizar sobre la estirada sbana inferio.r hacia
el suelo en un movimiento del sueo, aunque ste sea poco agitado.
Pero no se tarda en aprender a utilizar ese mtodo para abrigarse,
y se le descubre entonces la ventaja de permitir ceirse bien al cuerpo por
ambos costados, la sbana de arriba --d gran sobre de hilo-, y su
"carta" de guata o algodn en rama recubierto de una tela resistente, de
tal manera que no le entra a uno el fro por ninguna parte.
En las casas de familia, sobre las dos grandes almohadas, generalmente tan anchas como largas, suele colocarse una pequea, del tamao
de un pauelo de bolsillo., que se llama dunka (diminutivo de pensamiento), en la cual apoyan la cabeza los durmientes.
No se me o.culta que ms de un sesudo lector ha de reprocharme esta
prolija descripcin de un pormenor tan balad como ste, al que dedico
casi una pgina, pero los pueblos no viven slo por sus grandes actos,
y a menudo mejor se les siente vivir en sus menudencias cotidianas, en
sus vulgares y obscuros modos habituales, en sus cosas pequeas pero
muy suyas, que s no. interesan al sabio ni al filsofo ni al poltico ni
al literato, interesan, como ya he dicho, a las amas de casa y a 'las camareras. Algo debe tener tambin para ellas todo libro que pretenda
reflejar la existencia de un pueblo.
Y ya que me estoy entreteniendo en referirle al paciente lector cmo
48
EMILIO FR UGONI
son las camas, voy a explicarle asimismo cmo son las ventanas, lo que
puede resultar interesante por lo menos a los constructores de casas.
En Mosc, naturalmente, no se conocen las persianas o celosas,
propias de los pases de mucho sol. Nada se pone, pues, ante los vidrios
de las ventanas o de las puertas que se abren a los balcones. Para atajar
la luz de afuera o substraer los interiores a las miradas indiscretas, slo
se emplean cortinas y visillos. No haba en esto nada de extraordinario
pua nuestra curiosidad de visitantes casi tropicales. Lo que nos llamaba
la atencin era el doble juego de hojas que cada una de esas ventanas
~xteriores invariablemente tiene.
El fro obliga a usar lo..s cristales y marcos por partida doble. Cada
ventana son dos, una detrs de la otra. Entre ambas se deja un breve
espacio. Sobre la parte superior va una pequea banderola, que no abarca
sino una hoja y se abre y se cierra desde adentro para ventilar la estancia, cuando el tiempo lo permite.
Tambin las puertas de calle son dobles, teniendo la de afuera un
agarrado.r de bronce o de madera, con el cual es necesario empujar con
fuerza para abrirla. No se ve nunca una puerta abierta de par en par,
como en nuestras casas. All las puertas slo se abren a medias. Es una
precaucin impuesta por el clima, sobre todo en invierno, para que el
:fro de la calle no se entre de rondn en las casas, malogrando con su
intruso contacto de nieve el clido abrigo. de las estufas. Un batiente
de la puerta exterior puede permanecer firme, si tiene dos, ya que a menudo son puertas que no se abren por el medio sino por un solo lado.
Hasta los grandes almacenes, las casas de venta, las oficinas abiertas al pblico, los teatros, los cines, emplean ese sistema.
El pesado batiente tiende a cerrarse solo, y el pblico que va saliendo o entrando debe encargarse de sostenerlo con la mano o el codo al
pasar, y a veces, cuando alguien ha pasado ya y otro llega desprevenido,
puede golpearse la frente en el madero.
La defensa contra el aire de afuera se vuelve inquietante en los almacenes y en las salas de espectculos pblicos muy frecuentadas, en las horas
de mayor afluencia de concurrentes.
Grandes halls de cines donde se aglomeran cientos de personas, slo
cuentan con una estrecha abertura de acceso, y cuando el edificio lo permite, se hace salir a la concurrencia por otro lado al terminar cada seccin. En uno de ellos, cercano al hotel, cierta tarde en que fu a presenciar un nuevo film, tuve ocasin de comprobar los inconvenientes
de esa escasez de entrada, pues los que haban- hallado agotada la boletcra, que eran cientos, deban volverse por donde haban entrado y all,
en el h-ueco de la doble puerta semicerrada, se produca un apretujamiento
tal y un forcejeo tan espantoso., que a punto estuve de arrojar mi ltimo
aliento en fuerza de babcr expelido ya, entre aquellas brbaras apreturas
de asixia, todo el aire de mis pulmones.
Entonces tuve para m que entrar en tales cines, a ciertas boras, vala
tanto en cuanto a arontar riesgos de muerte, como ir al propio frente
de guerra.
Y como. me asisti el coraje de desaiar ese peligro un par de veces,
LA EsFINGE RoJA
49
empec a sentirme maduro para que se me diese a m tambin, en ese pas
de las condecoraciones, una condecoracin.
La orden de "bro~ del cine" deba crearse, pens, para quienes como
yo se avenn~raban dehberad~mente a meterse, con reincidente intrepidez, en la tnturadora vespertma y nocturna de la nica puerta del lvi etropo l.
Hablando de las puertas de calle, una inevitable asociacin de ideas
me conduce a la calle misma.
EN LA VA PBLICA.
I;as calles de Mosc. . . Las hay para todos los gustos, en cuanfo a
extens1n y anchura, desde el estrecho viaducto medieval que se introduce
como con cierto aire de clandestinidad entre los costados y fondos de las
casas .. hasta la n:oderna avenida de setenta, cen y ciento veinte metros de
amphtud que cucunv~la el casco urbano o que sale a juntarse con las
carreteras rurales tend1das en rosarios de kilmetros haca otras ciudades
cercanas y remotas.
. , ~omo la ciudad ~ar~ce de un planteamiento regular, ms o menos
s1metnco, se han .mult1phc~do los vericuetos labernticos, los pasajes sinuo.sos que atrav1esan mae1zos de mampostera nara acortar distancias .
. Estn gener~lmente mal pavimentados y aun "'sin ms pavimento que
la t1erra endureoda por el trnsito. Ellos permiten trasladarse de un
punt.o a otro cercano sin dar los interminables rodeos a que obligan las
avemdas y calles normales en la irregularidad catica del amanzanamiento
o de la falta del mismo.
De trecho en trecho se encuentra, pues, en vez de la bocacalle de
ur:a va pblica con sus correspondientes aceras y calzadas, hacia las que
n:uan, como es natural, las puertas y ventanas principales de cada edifiClo, un portal o un espacio abierto por donde desemboca uno de esos
callej.ones auxiliares, a veces con capacidad para el trnsito de vehculos
en hllera, que penetran en lneas irregulares por entre las casas, y que
suelen no ser sino una continuidad de patios en torno de los cuales se
alza.? las paredes traseras o laterales de los edificios, agujereadas por pequenas ventanas.
A veces conducen, por un corto trayecto, y con facilidad, de una arteria a otra. Otras veces son largos y dan vueltas complicadas, de modo
tal que si uno se deja tentar por ellos y da en secruirlos sin ser baqueano,
se pierde irremisiblemente.
<=>
Hay callejuelas de esas que slo son una serie de veredas estrechas
que se internan a travs de patios o co.rrales, pasando entre portones y
grane:os o desvanes vacos, y realizan un recorrido tan imprevisto, que
al sahr a la calle o plaza buscada uno se ve desorientado v sin saber si
ha de tomar hacia la derecha o hacia la izquierda.
Una doble corriente ininterrumpida de transentes que andan con
2.tarcado paso uno tras otro, sirve de crua al novicio aue se aventura .1
probar suerte en esa curiosa travesa. Pero sos son como los arroyuelos
que afluyen a los ros. Los ros del trnsito urbano suelen rehuir tambin la lnea recta. Hay una nclita excepcin: la avenida Gorki.
50
EMILIO FRUGONI
La ms mo.derna arteria de Mosc es la avenida que lleva el nombre
del autor de "Los Vagabundos". Es una de las obras edilicias que el
rgimen sovitico exhibe con orgullo, como muestra de su capacidad de
realizacin.
Ella y la ampliacin de la antigua avenida Sadowa (de los J ardines), que es ahora una va de circunvalacin de un ancho no menor de
cien metros por lo. general y en algn sitio quiz de ms de ciento cin
cuenta, han cambiado la fisonoma de la urbe.
Muchos de los grandes y elegantes edificios que confieren a la avenida Gorki un austero decoro, han sido levantados en el espacio de pocos
meses. Se trabajaba da y noche, en equipos numerosos, y en forma que
se vea adelantar la obra por momentos. Eso era algn tiempo antes del
estallido de la guerra.
Esa avenida fu abierta como un enorme tajo en el ncleo ms compacto y cntrico de la vieja ciudad. Arranca de la Plaza de la Maesnaia
(nombre tradicional), teniendo en ese extremo, de un lado el Hotel Nacional y el moderno semirascacielo del Consejo de Ministros y sus oficinas, edificio de esbeltas lneas y atrayente estampa, cbn sus blancos muros de revestimiento de piedra, y sus doce pisos bien proporcionados.
Ella debe medir, de pared a pared, unos cincuenta metros. Su calzada es de asfalto. Por ella no circulan tranvas. Sus aceras, con los cordones de granito, son de asfalto tambin, porque la piedra es escasa en
Mosc, y en casi toda Rusia.
En algunos trechos se ven, entre los edificios que la flanquean, algunas casas vetustas de vastas proporciones en que se reconocen los gustos
arquitectnicos predominantes en los ltimos tiempos del zarismo., pero
la mayora de sus construcciones son de poca reciente, elevadas en los
dos ltimos aos anteriores a la conflagracin. Se destacan algunos edificios de siete u ocho. plantas airosas, de innegable elegancia, con sus
frentes ms bien severos y los gallardos arcos tendidos sobre los pasajes
de comunicacin con otras calles paralelas o ms o menos perpendiculares.
No son rascacielos. Como. abunda el espacio, los edificios no tienen
por qu calar mucho los aires. Ostentan una altura proporcionada y discreta que armoniza con la amplitud de la va, sin estirarse excesivamente
hacia arriba, como conviene a una ciudad cuyo cielo la mayor parte del
ao permanece bajo, como si quisiera poner a descansar en los techos de
las casas el plafond plomizo de sus nubes inmviles. Hay en ellos balcones volados y algunos sobrios adornos, y sobre el pretil del ms lujoso
de ellos, construdo co.n materiales de diversos matices, se ven estatuas
de obreros.
Los arquitectos han querido apartarse de los estilos anteriores y han
esquivado al mismo tiempo la aridez y la chatura esttica de alcrunas
modas internacionales novsimas.
o
La arquitectura de la avenida, desde el centro de la Plaza Pushkin
-un trecho de do.s kilmetros-, es una buena muestra de las tentativas
de crear un arte arquitectnico del gran edificio urbano para habitacin
y para comercio, pues la planta baja est dedicada a los amplios almacenes de venta y las otras plantas a viviendas.
En mi modestsima opinin, sus mejores edificios son majestuosos;
LA ESFINGE RoJA
51
suelen no care.ce.r de esb.eltez y armona de proporciones y de una interesante y nada anda sobnedad en su ornamentacin, pero carecen de fineza
~n los det~lles y no logr~n afirma~ -aunque lo intenten-, los valores
mconfundibles de un caracter propiO. Son una mezcla un tanto hbrida
de estilos. Se diran los borradores de un estilo futuro. Mezclan la forma
moderna, las lne~ .clsicas, los re~uerdos de la estructura bizantina y
los ornamentos asiaticos, pero con cierta timidez en su tendencia a orientali~ar un poco lo occidental. No quieren ser orientales sino en muy parca
do,sis. A veces parecera que aun as lo son sin quererlo.
Un ~estimonio <;!~.las hazaas de _que han sido ca_pces la ingeniera
y la arquitectura sovi.eticas, es el PalaciO del Gobernador de los tiempos
del zar. Se hallaba Situado de tal manera, que el trazado de la avenida
encon~raba en l un obstculo junto con otros edificios que la piqueta
demoh en pocas semanas. All se haba instalado el Soviet de Mosc
en Concejo Municipal, y se le respet movindosele de su sitio en u~
trecho de ms de cincuenta metros, echndolo hacia atrs.
Se le restaur reformndolo. Se le aument de altura acrrecrndole
dos o tres pisos,. se le revisti de un bello revoque ocrranate icr~at
al que
b
tuvo en sus pnmero,s aos, sobre el cual resaltan, con agradable efecto,
los recuadros blancos de las ventanas, los blancos cornisones, las columnas Y. las J?ilastras de blanca. piedra arenisca del cuerpo central y el clsico
frontis, asi como el. alt? zoc~lo, aparentemente de la misma piedra. Se
ha conser~ado su estilo Impenal y se ha dado. mayor elegancia a las lneas
y proporc~ones de todo el palacio. Queda all, como un brillante exponente, meJorado, del gusto de su poca.
Otro edificio fu arrastrado hacia atrs, en po.cos das, para librarlo
de la demolicin. Se entenda, sin duda, que hubiera desentonado por
varias razones en la lnea de grandes casas modernas de la nueva avenida,
pero se le ha conservado detrs de esa lnea, en una especie de patio o
p~azoleta a que. da acceso uno de aquellos pasadizos abiertos bajo grandiosas arcadas mtercaladas de tanto en tanto. Es una construccin de
mediados de~ ~iglo XIX, perteneciente a ese estilo que recoge algunos elemel!-tos t.radicionales de la arquitectura nacional y se distingue por su
pohcromia, el empleo del ladrillo sin revocar y la forma de sus arcadas
y de las rechonchas columnas de sus porches. No estoy muy convencido
de que haya valido la pena dejarlo en pie a costa de ese difcil aunque
relativamente rpido traslado.
A la avenida Gorki afluye toda la poblacin de la ciudad en los
das de fiesta, a ciertas horas, y en cualquier instante cuando el pueblo.
sale a la calle atrado por algn acontecimiento sensacional.
La Plaza Roja y ella atraen a todo Mosc en las celebraciones de
las fechas nacionales o en las horas de las salvas espectaculares en honor
de algn triunfo guerrero.
En las tardes y no.ches de la buena estacin, circula por sus aceras,
especialmente por una de ellas, una compacta muchedumbre de paseantes.
El trecho monumental termina en la plaza pblica, en cuya esquina
la estatua de una mujer con los brazos en alto saluda desde el torren
de una de esas nuevas casas soviticas, al viajero que llega desde lejos
dndole la alborozada bienvenida de su fraterno ademn inmvil.
1
52
EMILIO FR UGONI
Pero la avenida contina hacia afuera, un poco. me~~s aB~l1a ~ cr_uzando la plaza Maiakovski, llega a la plaza de la EstaclOn le 0 ~n~~;::
y luecro se proloncra en Boulevar, con arboleda en el centro, para e - ~
con 1~ carretera q~e conduce ~ Leningrado.
.
d todas
Tres realizaciones soviticas l~enan de orgullo, ,Por enCima e cr _
las dems, el espritu de los ~oscov1tas actuales: el Iv~etro, el canal Vol.,a
Moscova y la avenida Gc:r~L
.
..
Pero no es sta la mca calle digna de ser recornda con atenCion
curiosa por el visitante de la ciudad.
CAPTULO
VIII
ASPECTOS EDILICIOS Y ARQUITECTONICOS
En otros lados, y no muy lejos del centro, se ven barrios de casas
de madera, las tpicas casas de madera, de un solo piso generalmente y
a veces de dos, que no obstante su vejez suelen ser ms confortables en
este clima que las de otro material.
Con su fisonoma de casas de campo (el campo pamanece en ellas
presente en los troncos de rbol superpuestos que, cortados longitudinalrmnte, muestran al exterior la superficie curva); con sus chimeneas cuadradas, con sus escalerillas de leo para entrar -porque se las ha construdo sobre cimient'os altos o sobre pilares-, insinan una impresin
de gloga en los rincones de la urbe donde todava se agrupan. Un detalle bonito las adorna: el hermoso calado de la madera, de graciosos
recortes, pintados de azul y ro jo, que recubre los sobremarcos de las ventanas y le forma a cada una de stas como un primoroso frontn en
miniatura.
Las dachas (casas de campo), se construyen de ese modo, y entre
las antiguas, que abundan en los alrededores, las hay con atrios y columnas de madera, denunciando su categora de palacetes antiguos.
i Qu amables son esas ventanas -que el poeta espaol Hernndez
llam "tiernas"-, detrs de las cuales siempre asoman flores en verano
y hojas de verdor perenne en invierno, de plantas sustentadas en rojas
macetas de barro cocido!
Y an prescindindose de esos barrios aosos, puede advertirse que
la aldea ha quedado en Mosc como incrustada, apareciendo por mltiples parajes en esas habitaciones de leo, a po.cos pasos de elevados edificios de construccin moderna y entre vas de trnsito por donde circulan los ms perfeccionados medios de locomocin y transporte.
Asimismo, no slo el Kremlin y las iglesias antiguas, muchas de
ellas en ruinoso estado, sino las murallas de slidos ladrillos y la puerta y los castillejos pintados de blanco de la "ciudad china", -del siglo XIV-, a poca distancia del Kremlin, y los monasterios medievales
de los siglos XV, XVI y XVII, por lo general tambin amurallados,
hacen pervivir los tiempos pretritos en la urbe que se moderniza. No
carecen nunca de atractivos artsticos para la contemplacin ni de inters
para las evocaciones histricas esas numerosas reliquias arquitectnicas
que prestaban tanto carcter al Ivlosc de antao y que hoy hacen de
todo l un inmenso museo dentro del cual cada una de ellas suele ser un
museo a su vez.
Pero abundan asimismo viejas construcciones que s fueron interesantes cuando nuevas, no han logrado, sin ser muy vetustas, sobreponerse a los ultrajes del tiempo en grado suficiente para no quedar reducidas a la ms lamentable sombra de lo que fuero.
Calles enteras hay de casas en deplorable estado de deterioro, al
54
E.f..IILIO FRUGONI
menos en sus partes ornamentales, o refaccionadas como se ha po~ido
y sin ningn respeto por su primitivo carcter, si lo tenan en sus tlempos mejores. Los cornisones se han cado; los balaustres se han est~o
peado y muestran mutilacia,nes atroces; los techos se han reparado c1en
veces con remiendos y ya no guardan relacin por su aspecto con el resto
del edificio; los muros se han descascarado, y los hay que descubren el
enrejillado de alfajas que forman la vieja armazn de las paredes, cuyos
destrudos revoques pintados de rosa denotan en ellas el recuerdo de un
grato sentido de la decoracin.
Entre ellas suelen permanecer casi en ruinas, con las pilastras cercenadas, cortadoE arbitrariamente por aberturas que las nuevas necesidades de la comunicacin han hecho inevitable, cercos que lo fueron de
jardines y parqu..:s particulares de mansiones seoriales que ya han desaparecido, o si no desaparecieron an quedan casi irreconocibles bajo las
transformaciones a que las ha so.metido la falta de cuidado o el exceso de
desconsideracin a causa del rudo imperio de las circunstancias.
Esas casas y esos cercos deteriorados, corrodo.s e injuriados ms
que por la edad por los azares de su suerte en el seno de una ciudad que
no ha podido defenderlos, cuando an era tiempo, de los embates de los
elementos naturales -especialmente la nieve y la humedad co.rrosivas-,
que en ella conspiran implacablemente contra la conservacin de las construcciones, afean muchos trayectos urbanos:
Si fuesen ruinas tendran por lo menos el misterioso prestigio que
las acomoaa en todo instante. As no son sino como esas arrugas q.ue
destruye~ la belleza de un rostro sin imprimirle en compensacin un a1re
de noble austeridad.
La tragedia de l'viosc, desde ese punto de vista, consiste en que carece de piedra y mrmol y slo por muy costosa excepcin puede emplear
en sus construcciones los ms nobles materiales. Sus elementos de construccin son la madera, que las exigencias de las grandes ciudades relegan como material bsico a las casas de campo, y el ladrillo, con. el cual
se hacen obras de infinita duracin cuando se le trabaja y emplea con el
arte de los viejos albailes que levantaron los muros del Krcmlin y del
barrio chino.; pero que se presta demasiado, asimismo, a un gnero de
edificacin no muy resistente, al cual basta en ese clima unos pocos aiios,
no ms de cincuenta, de abandono o desidiosa conservacin, para troca:
un yresuntuoso frente clsico o barroco en una info.rme acumulacin de
suela argamasa.
Recorriendo a Mosc por la superficie, no por las hondu.ras de su
suelo, como puede hacerse viajando en el Metro: se rcc<?~e. s1empre la
impresin de una lucha titnica entre el o.rdenam1ento ed!l1Clo de ahora
contra el desorden urbano de antes, que en su inmovilidad de cal y canto
parece desafiar impvido, en muchas- partes, las inquietudes demoledoras
del progreso.
Por lo que respecta a su trazado, la ciudad se halla -como tambin por lo que respecta a su fisonoma arquitectnica-, en un mon:-ento
de transicin en que se enfrentan las pocas, y a menudo la cont1enda
permanece indecisa o momentneamente termina con 1;1na tregua, que
no es sino una retirada provisional del atacante, es deClr, del progreso.
LA ESFINGE RoJA
55
La guerr~ .. que detuvo e11: absoluto la edificacin, que paraliz la
mano, del albaml en los andamws y dej muchas construcciones a
d'
1
1 '1
.
me 10
1ace r o codn e u tt1mo p1so ~~1!- te.c~ur, interrumpi asimismo los trabajos
1
Y. P;nes
e apber du~ab y , rect1ncac10n de vas de trnsito; y Mosc sigue
s1e~ , o .'?na ur e 1a o11camente intrincada y difcil de recorrer. y segmra s1endolo por mucho tiempo.
Tardar~, sin duda, mucho menos en cambiar el aspecto aeneral de
sus construccwnes, que en. corregir la desaforada irregularidad de su trazado. Porque para correg1rlo se requiere echar abajo montaas de ladrillo ,Y cal Y tener prontas las nuevas casas para suplir la falta de las detrlildas. E.l proceso no puede ser breve toda vez que, por las necesidades d.e la v1da, se han elevado y se elevan y se continuarn elevando construcoones nuevas der;.tro de la vieja irregularidad, que es como ponerle
contr~fuertes al l.abe7mto para que se perpete.
. La modermz~C!n del trazado se ha de efectuar a base de nuevas
avemdas, qu.e amphe? la transformacin comenzada con la avenida Gork
con la avemda de Circunvalacin Sadowa, etctera.
'
. , Esas n:ueva;; ~rterias introdujeron en la metrpoli zonas de renovac!On arqm~ectomca, por
serie de edificios mo.dernos que se levantaron a sus margenes Y barneron con obstculos a la recrularizacin de las
calles, pero a su~ costados y por todas partes, queda la ciudad apelmazada en, un capnchoso agrupamiento de casas por entre las cuales andan,
.com<? v1boras que se meten P.or un lado y no se ve por dnde salen, esas
callejuelas .que no pueden reg1strarse en ningn plano, esos corredores que
parecen ab1ertos Y labrados por la casualidad entre los frentes o entre los
cost~d?s o e?tre los fondos de los edificios. Y sas son, por largo espacio,
las umcas v1as de acceso a millares de habitaciones.
No hace falta ~~correrla a pie -que es siempre la mejor manera de
penet,r~r una poblac10n-, para descubrir que es una ciudad desorbitada
Y caot1ca. ~arece de trazado propiamente dicho y est reida con el
an;ar:za_n:~~ento. \In buen conocedor ~e M<?sc, halla a pie ? en automovll, lll1lllltos atajos que acortan las d1stanC1as entre dos avemdas. Pero
el qu: no ~onoce. los atajos, que son verdaderos recursos del diablo en
un ?edalo mexphc~ble, apenas se aparta de una de las grandes arterias
se p1erde como, un Clego en un bosque. No hay, tal vez en el mundo ciudad donde sea tan fcil perderse.
'
Un simp.tico representante de Estados Unidos, Mr. Hamilton, actualmente ~1mstro e11: Finlandia, muy dado al footing, y muy avezado
a recorrer cmdades a p1c, anduvo perdido cierto da durante dos horas por
las calles de Mosc.
- Enormes c~serones de siete u ocho pisos - a veces de diez y doce-,
se levantan .e? angulo y er;. escuadra flanqueando vastos espacios libres
p~ra expanswn de los hab1tantes y por los cuales circula el pblico a
ple y son c?mo plazas s.ue ~: comunican entre s por angostos pasadizos.
Ese gen.er.o de ed1~1cac10n, que es tradicional y parece responder a
razo.nes de .h1g1ene pbhca, contribuye a extender la urbe, como se comprende, haCindole cubrir distancias inconmensurables.
Entre tanta confusin y falta de plan se trata de ir introduciendo
un orden a base de una idea orgnica de reimplantamiento de la urbe.
Ja
EMILIO FR UGONI
LA EsFINGE RoJA
Y obedeciendo a ese concepto se han abierto y se segmran abriendo de
aqu en adelante, con mayor celeridad, las avenidas amplsimas de circunvalacin o radiales, de que ya hemos hablado, y han surgido barrios con
amplias vas de comunicacin y con edificios de modernsima estampa,
muchos de los cuales quedaron sin concluir por culpa de la guerra.
ahora, cuando la construccin y la reconstruccin se imponen como la ms
urgente de las necesidades. Hoy hacen falta muchos miles de obreros de
la construccin, y en todas las obras se vean carteles demandando trabajadores del andamio, se retribua a los oficiales albailes con jornales
de veinticinco rublos y a los peones con jornales de quince, y se les otorgaba sealadas ventajas en las libretas de racionamiento.. Se estimulaba
de ese modo el acceso y la preparacin en esos oficios.
En abril de 1946, al comienzo del cuarto plan quinquenal, trabajaban mil trescientos jvenes comunistas en las construcciones de Mosc.
Se les reforz por esos das con mil konsomols que trabajaban en distintas instituciones de la capital. Se llev a cabo una reunin de esos jvenes constructores moscovitas en un teatro y el ingeniero principal de la
construccin de viviendas present un informe.
Ese ingeniero, despus de exponer la necesidad de mano de obra
para cumplir el programa de construcciones, anunci que se edificaran
viviendas especiales para los jvenes constructores.
Se trataba de multiplicar lo ms posible el nmero de trabajadores
de la construccin y se contaba con el ardor proselitista y el espritu de
disciplina de los konsomols, para aumentar rpidamente los cuadros de
esos trabajadores.
Se cre todava una red de cursos para impartir los conocimientos
tcnicos adecuados a los nuevos tipos de construccin.
Cuando se haya superado esa crisis va a ser, probablemente, notable
el impulso que se imprima a la transformacin de Mosc.
Palacios como el de los Soviets, coronado por una estatua de Lenin,
de cien metros de altura, y del que basta ahora slo han podido construirse los cimientos, se alzarn imponentes; y el plan de renovacin y
regulacin de la ciudad que las gentes llaman "Plan Stalin", se llevar
a cabo en pocos aos.
Calculo que en quince o veinte aos el aspecto de Ivlosc habr cambiado al punto de que slo por sus grandes y perdurables reliquias arquitectnicas -el Kremlin, la Catedral de San Basilio y otras de sus iglesias conservadas y restauradas. el Bolchoi Teatro, la Puerta China, la
Universidad de l'vlosc, algunos monasterios etctera-, podran reconocerlo los que no lo vieron desde los tiempos del ltimo Nicols.
Por ahora, en medio de un ocano de casas vetustas y de callejuelas:
labernticas, a veces con un empedrado terrible, hay zonas, como grandes islas de edicios y de bellos palacios antiguos, bien conserndas. Una
de esas zonas, la ms privilegiada sin duda, es la que encierra en su permetro de kilmetros el Krcmlin, la Catedral de San Basilio, la Puerta y
Murallas de la Ciudad China, el Gran Teatro, el Museo de Lenin, la
Biblioteca de Lenin con el Palaco Roumian tsev; la Universidad de Mosc
y la de Lenin; la Casa de los Sindicatos con la Sala de las Columnas;
las estaciones ms importantes del Metro; el reciente "rascacielo" de doce
pisos, estilo yanqui, aunque atenuado en su altura y de muy agradable
presencia (no as el horrendo monte de ladrillos revocado. del hotel Moscova, que rivaliza con l en altura y modernismo desde la acera de enfrente) y todava el gracioso parquecito Alejandro, que cierra por uno
de sus costados ese o.cano de asfalto que es la plaza o explanada de la
56
EL PROBLEMA DE LA EDIFICACIN.
Una de esas avenidas es, por ejemplo, la que se denomina Koluga,
donde se hallan el parque y el palacio, de la Academia de Ciencias, que fu
residencia de uno de los grandes duques, de la familia de los ltimos zares,
v donde se hallan asimismo numerosos institutos de enseanza como el de
Qumica, el de Metalurgia, el de Geologa con un vasto museo, el de Bacteriologa, etctera, y viviendas para estudiantes.
Y uno de los nuevo.s barrios es el que lleva por nombre Lenn, donde
sobre una avenida muy ancha de cmodas aceras que en seguida sale hacia
las afueras prolongada en una amplsima carretera estratgica de cemento,
se levantan monumentales casas de departamentos -de cinco o seis pisos,
no ms-, que sorprenden por las armoniosas proporciones y la ornamentacin adecuada. A propsito de las grandes casas de departamentos
para viviendas, cabe advertir, de paso, que an las construidas antes de
la revolucin se caracterizan por su desproporcin entre el frente y el
fondo. Por lo. general, en todo l'viosc, las casas se extienden sobre el
frente y no sobre el fondo como en nuestro pas. Se trata as de que todas
las piezas tengan ventanas hacia afuera. Se ve hasta en algunos antiguos
palacios seoriales de la calle Povarskaia, que ocupan una extensa rea
lineal sobre la va pblica y sin ms fondo. casi que el ancho de las salas
y habitaciones enfiladas a lo largo de la calle. Esa necesidad de captar
la luz exterior es, como se comprende, ms imperiosa para los edificios
de mltiples viviendas. No existen los patios interiores de los climas templados, y se prefiere dedicar el espacio que ellos habran de ocupar, a una
plazuela o patio exterior del que participan diversas fachadas posteriores,
laterales o anteriores.
Vista de las alturas de un avin, la urbe ofrece, en muchos sitios,
el aspecto de una sucesin de muros que hubieran quedado en pie tras
un bombardeo. Fu una de sus ventajas defensivas, que redujo la eficacia de los ataques areo.s alemanes, cosa con que. no haba contado Hitler.
Algunos de aquellos edificios del barrio Lenn no estn terminados.
Los trabajos de renovacin edilicia, sobre todo en lo que atae a la construccin de casas, no haban podido intensificarse, an muchos meses despus de concluda la guerra, porque se luchaba con una pronunciada crisis de mano de obra en las industrias correspondientes. Faltaban albailes, frentistas, carpinteros, plomeros, electricistas, etctera. Las fbricas haban absorbido durante la contienda, cuando no. el ejrcito mismo,
a los jvenes que iban entrando en la rbita de la produccin y todos
los hombres tiles a ella dedicados. Las industrias de la construccin
paralizadas no podan retener a los novicios necesarios en los cuadros
del aprendizaje. Las escuelas de albailera y carpintera existentes no
preparaban sino un reducido porcentaje de los brazos que se requieren
57
58
EMILIO FR UGONI
JJ enagerie, baca ,la que mira con su insulsa fachada el Hotel Nacional y
la mastodntica Yellow House de la Embajada Norteamericana.
El antiguo hacinamiento de sus construcciones forma en algunos
sitios toda una apretada serrana de argamasa y de ladrillo, desde hace
pocos lustros atravesada y an circundada por avenidas amplsimas y
tambin desventrada por boulevares arbolados, pero sobre todo, cruzada
por el Moscowa y su afluente el Iauski, que le dan motivos para aderezarse con puentes soberbios y le conceden encantadoras perspectivas fluviales.
Con las colinas y bosques de sus alrededores y esos dos ros que se
internan en su corazn como espadas sinuosas, tiene Mosc bastante que
agradecer a la colaboracin edilicia de la naturaleza.
Pero, pese al partido que ha sacado de esos ornamento.s naturales,
especialmente por el lado del Kremlin, en cuanto a los segundos, y por
lo.s dominios del parque Gorki en cuanto a los primeros, y pese a la
audacia y magnitud de sus esfuerzos para modernizarse conservando y
realzando los tesoros arquitectnicos, no pocos de ellos invalorables, legados a su prosapia metropolitana por el genio. de los pasados siglos,
no es todava, apreciado su conjunto, lo que se dice una bella ciudad,
aunque no pueda negrsele el ttulo de ciudad grandiosa e imponente.
LUCHA DE ESTILOS.
Ser cabalmente bella cuando se hayan cumplido sus planes de modernizacin? Indudablemente. Fuera cual fuere el gusto que predomine
en la arquitectura de las nuevas casas, que ofrecern siempre por lo menos
la majestad de las grandes lneas y de los vastos volmenes, sin incurrir
en el delirio de las alturas innecesarias - y es ms fcil que pequen de
sobrias o ridas en su decoracin que de recargadas o churriguerescas-,
IVosc, de aqu a veinte o treinta aos, ser integralmente hermoso.
Pero habr perdido. para siempre valores y encantos insuperables e
insustitubles si no acierta a salvar en el turbin de las solicitaciones
actuales la esencia de su propio genio, del genio artstico del pueblo
ruso en una armoniosa adecuacin de los rasgos tradicionales que perpetan la impronta de su espritu creador, a las exigencias de la vida
moderna.
Para ningn arte so.n stas ms imperiosas que para la arquitectura,
por ser ste un arte eminentemente utilitario, que no puede nunca prescindir del fin prctico de servir a las necesidades humanas, las ms numerosas, porque es el arte de la casa, que es la ciudad orgnica, el caracol del
hombre civilizado donde se refleja y de donde emana toda la vida del
hombre, en la familia, en el trabajo, en el recreo, en la accin pblica, en
el recogimiento religioso....
Todas las corrientes de modernizacin y de progreso tcnico, cientfico, artstico, se cruzan y concentran en el abierto radio de la arquitectura, que es a la vez soporte, espejo y sntesis de la civilizacin.
Las culturas tienen en ella su raz, su flor y su fruto ms representativo.. Ella hace con las piedras lo que la literatura con las palabras:
da expresin duradera al hombre, a travs de los aos y de las edades,
LA EsFINGE RoJA
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en las diversas actitudes de su alma y de su cuerpo ant~ la naturaleza y
la vida. Si la literatura es una arquitectura verbal. ella es una literatura
sin palabras, con elementos slidos y lneas y volmenes por vocablos.
Y con una tal hegemona en el concierto de todas las artes, que puede
servirse de todas ellas -as como to.das necesitan de ella- y acogerlas
en su rbita imponindoles un sentido determinado. Como es la casa,
puede reunirlas y brindar hospitalidad a todas.
Sin dejar de ser industriosa y de atender a las necesidades vitales
y prcticas en cuya cabal satisfaccin reside no slo su razn de ser
sino el secreto ntimo de sus valores estticos, de sus virtudes como arte,
depara al espritu el ms puro y desinteresado placer de lo bello. el goce
de contemplar formas geomtricas fascinadoras por el prestigio de la
armona y de la proporcin, o lneas y perfiles que graban en el aire
una inmvil trayectoria cuya gracia seduce, o sabios orn;:tos que concitan
en un frente y en una cornisa, en un capitel y en un plinto, en un arco
y en una voluta, en un tmpano y en un cimborio, los atractivos plsticos de la escultura y de la pintura, con la simple graficidad de sus palpables relieves.
Y bien: dejando de lado. estas ociosas divagaciones, es obvio que la
arquitectura sovitica debe surgir adaptada a necesidades que no tuvo
que contemplar la arquitectura rusa. Sera imposible adaptar algunas de
las formas tradicionales de sta a una de las grandes casas colectivas urbanas o a una enorme fbrica moderna cuya construccin, desde luego,
requiere, por razones econmicas unas veces, y por razones de seguridad
otras, si no unas y otras simultneamente, materiales extraos que no
son los que ms se prestan a las formas arcaicas donde vive la raz de su
arte arquitectnico en lo que tiene de autctono y original.
Pero sera un arte de imitacin, sin carcter propio, si se dedicase
a fabricar edificios standard siouiendo la moda de otros pases y no lograse imprimir a sus obras la }erarqua esttica de una fisono.m.~ inconfundible. Para esto, fuerza ha de serie reaccionar sobre el tlplClsmo de
las formas vulgares que todo lo invaden a impulsos de esa irresistible
tendencia del progreso a universalizar los estilos, a uniformar las costumbres, a internacionalizar las modas, a borrar fronteras en el campo
de las realizaciones del trabajo, del arte y de las ciencias. Nadie podra
reprochar a la economa sovitica que haya multiplicado tantas construcciones de tipo industrial iguales a cuantas con idntico destino se ven
-por todas partes del mundo, fabricadas sin ms preocupacin que la de
hacer pronto y con los materiales tiles ms a mano. N'? tod.o ha _de. ser
ni puede ser construdo con belleza. Lo ms responde a: ex1genC1as pract1cas
que apartan a codazos el prurito del arte. Y a nadie tamp?co se le oc.c;-rrira tomar esas construcciones como exponentes de la arqmtectura sovletica, ni para ensalzarla ni para deprimida.
De lo que se trata es, que se abra sitio (y no pequeo, sino, de ser
posible, preponderante) entre esa misma arquitectura de "1!-r.gen~ia". a
las manifestaciones de una inventiva artstica dotada de ongmahdad Y
buen gusto.
A veces basta para. conseguir una cierta individualizacin (que,. al
par que independiza del vasallaje estricto de la copia, acenta el sent1do
60
EMILIO FR UGONI
de la armonizacin con el paisaje y el clima, valor esttico de por s) "
la adaptacin de las mejores formas universales modernas a las condiciones del medio fsico, modificando aqullas en lo indispensable. Por
el contrario, resultan poco agradables los simples y escuetos trasplantes
de algn estilo en boga, como el del suizo Le Corbusier, que estuvo en
Mosc aos atrs y dej algunas discutibles huellas de su paso.
El observador halla en Mosc un muestrario completo de las expresiones arquitectnicas que sealan todo el proceso de la evolucin del
arte, con la diversidad de los estilos e influencias que vinieron sucedindose a travs de varios siglos en el desarrollo de la arquitectura rusa.
All puede estudiarse la historia de ese desarrollo, empezando por los
templos que acusan la influencia bizantina, como sus antecesores de Kiev
y Novgorod, las ciudades donde aparecieron las primeras co.nstrucciones
religiosas monumentales.
Las cpulas en formas de bulbo y a veces de casco de guerrero antiguo, con su policroma a base de oro y tonos yuxtapuestos; la planta
de los templos y las formas de las naves; la estructura de las bvedas, que
se propaga a los palacios civiles, ofrece muchas constancias de esa Influencia.
Pero ella es recibida en no pequea parte para ser adaptada a su vez
a ciertas caractersticas del genio artstico ruso, que no siempre desaparece
bajo ella en una actitud de absoluta sumisin, sino aue a menudo se
afirma con ella y la emplea como una adquisicin para s"u propio realce y
lucimiento.
Y adems, ella no excluye rasgos y elementos elaborados por la
iniciativa rusa y desconocidos por el arte de Bizancio.
A mediados dd siglo XIV, Violet le Duc, el famoso arquelogo y
arquitecto francs al que se debe la reconstruccin de los ms bellos castillos medievales de Francia, escribi un libro muy discutido por su exagerada tendencia eslavfila, donde sostiene que hubo. siempre en la arquitectura de Rusia y en sus artes decorativas, muchos elementos que no eran.
aportaciones de aquel clebre imperio.
As, por ejemplo, mientras en la arquitectura bizantina no hay ninguna apariencia de construccin de madera ni de tradiciones derivadas de
la carpintera, en la arquitectura rusa de los siglos XVI y XVII las
formas impuestas por la estructura de madera, que era el elemento natural de sus construcciones, surg!an conjuntamente con las proporcionadas por el empleo de la bveda, aun cuando en vez de la madera utilizasen el ladrillo.
Hay ms an: las construccion.es rusas anteriores al siglo XI nos
colocan ante un arte local ajeno a toda corriente llegada de Bizancio.
Esas construcciones eran de madera y no podan, en consecuencia, tener
por su estructura puntos de contacto con la arquitectura bizantina.
Y cuando, haca el siglo XI, los rusos comienzan a levantar templos
de albailera cuya estructura, y particularmente las bvedas, se inspiran
en el arte bizantino, ellos adaptaron a esta estructura, con el revestiniento
bizantina. bastante modificado, una ornamentacin que participa en proporciones variables de elementos asiticos, eslavos o medos y que es un
poducto naturalmente local.
LA ESFINGE RoJA
61
No es nada difcil descubrir los elementos decorativos y hasta estructurales que Rusia recibi del Extremo Oriente, de Persia, del Asia
1\!Ienor, sin necesidad de recurrir a la mediacin de Bizancio, que haba
creado un arte con el aporte de aquellas regiones asiticas y de Roma
.adems, sin descartar, como se comprende, el tronco griego originario,
del cual se separaba audazmente orientalzndose, en cierto sentido para
su bien y en otro sentido para su mal.
El arte bizantino era, pues, una combinacin de artes orientales con
influencias griegas y romanas. Los arquitectos de Bizancio tomaron la
bveda, como asimismo los arcos cabalgados que los romanos empleaban,
v les dieron nuevo desarrollo. Esos elementos los incorporaron al arte
;uso, que a su vez los trat con audacia renovadora.
El arte ruso marchaba por su va an bajo la influencia bizantina,
que no apagaba las cualidades nativas del genio eslavo.
Se han podido separar las diversas corrientes que vinieron a fundirse sobre el territorio ruso y que desde el siglo XII --como afirma el
famoso arquitecto francs citado- "constituyeron un arte original, susceptible de progreso, en relacin ntima con el arte bizantino pero sin
::onfundirse con l''.
En esa alianza de corrientes orientales y occidentales en que el instinto artstico eslavo se haba desenvuelto, y el genio de la raza, o para
mejor decirlo, del pueblo ruso haca valer su Personalidad destacndose
con valores propios, que tenan su raz en el ~edio y en la historia, la
arquitectura pronunciaba su originalidad.
Desde luego, se distingua en bloque de la bizantina, en la que tanto
se apoyaba, por el sentido de las proporciones. "Se nota siempre -dice
aquel autor- en los edificios rusos un sentimiento muy delicado de las
proporciones, pese a una ejecucin a menudo grosera. Esta cualidad es
evidente en los coronamientos, en la disposicin de los planos y de los
yacos, en la silueta general de la arquitectura".
Eso es lo que confiere a las iglesias rusas una esbeltez de lneas, una
elevacin armoniosa que en vano se buscaran en los templos ms famosos por la pureza de su estilo. bizantino.
Es una virtud que dota de elegancia y majestad a las construcciones, y ella basta, sin duda, para elevar a una jerarqua envidiable la escuela que sepa sacar partido de ella para su propia distincin.
En el siglo XVI aparecen en Nlosc formas originales que se inspiran
en la arquitectura nacional en madera, que es la popular y autctona
de un pas de bosques incomensurables, donde las primeras casas de Dios,
como se ha dicho, fueron simplemente "isbas" agrandadas y adaptadas a
las necesidades del culto. Hasta entonces la arquitectura rusa no haba
sido, salvo algunas variantes y fuesen cuales fueren los grados de su originalidad, sino una rama de la arquitectura bizantina, como en Kiev y
Novgorod, o armeniense, como en Vladimir, o italiana, como en el
Kremlin de Mosc, de los tiempos de I vn III, quien encarg al arquitecto Alevisio la construccin del muro erizado de almenas y torres de
acecho segn el modelo del Castello Sforzesco de Miln.
Con las iglesias en forma de pirmide sienta sus reales un arte arquitectnico ruso, si bien algunos arquelogos han querido ver en esas
62
EMILIO FRUGONI
coronaciones que sustituan a las cpulas bizantinas, un recuerdo de las
pagodas hindes o de las tiendas moglicas, cuando ms lgico es buscar
su explicacin en el simple hecho de que, para el pueblo ruso, la madera
de sus bosques era el material ms al alcance de la mano.
De todas esas iglesias, la ms clebre es la Catedral del Bienaventurado. Basilio, erigida entre 1555 y 1560, fuera de la cintura del Kremlin,
en un extremo de la Plaza Roja. Se la ha proclamado unnimemente una
joya de la arquitectura nacional. Es obra de dos arquitectos rusos: Barma
y Postnik, quienes la construyeron por encargo de Ivn el Terrible para
conmemorar su victoria de Kazn contra los mogoles.
Primitivamente construyeron un grupo de ocho santuarios. Una
pirmide central, de piedra, rodeada de siete capillas de madera. Despus
se integraron los siete santuarios en un solo. edificio, y ms adelante, en
el siglo XVII. se le agreg la compaa de un campanario.
Con la diversidad de sus formas realzada por la brillante policroma
de las maylicas y el balduque que recubren sus torres, se alza en el aire
de la Plaza Roja con el encanto de un prodigio de arte que alegra los
ojos y suspende el nimo, aliando en sus caprichosos lineamientos la
gracia botnica de las flores a la solidez mineral de la piedra. Se le ha
comparado a un ramillete de enormes tulipanes y se ha dicho que el equilibrio y la armona de ese conjunto abigarrado de cpulas y torres fuertemente balducadas y revestidas de baldosas de cermica, parece cosa
de milagro.
Culmina con ella la gran poca de la arquitectura nacional rusa
que pertenece al siglo XVII. Pero en ese mismo siglo se detiene el
desarrollo de esa tendencia, bajo los dos primeros zares de la dinasta
de los Romanov, Miguel y Alexis, y sobre todo por la obra de un patriarca opuesto a toda innovacin artstica, el jefe de la iglesia rusa, Nikon,
que impuso. la obligacin de atenerse al Canon tradicional de las cinco
cpulas.
Se da con ello un golpe de muerte al tipo popular y nacional o
autctono de las iglesias en forma de carpa, y las flechas en las lneas
de las pirmides slo se toleran para las construcciones anexas, capillas
o campanarios. Se vuelve a la tradicin bizantina.
Pero ocurri que mientras se apartaba de este modo a la arquitectura religiosa de las formas locales y populares, no poda impedirse que
la ola del barroco que llegaba de Occidente por las puertas de Polonia
y la Pequea Rusia, invadiese arrolladora el dominio de la arquitectura
y la pintura de iconos.
En Mosc numerosas iglesias, algunas bellsimas, sealan esa nueva
fase. Pero cuando se habla de la arquitectura moscovita, fuerza es considerar como principal centro de inters y casi como eje de su desenvovimiento, el Kremlin, y hasta podramos decir los Kremlins, porque
tambin juegan importante papel en el cuerpo. arquitectnico de la ciudad
los numerosos y gigantescos conventos que reunan funciones eclesisticas
y funciones guerreras, siendo como aqul villas amuralladas y fortificadas, con ciudadelas y torreones de guerra destinados a atajar el paso
a los invasores. Y a hablaremos de dos de ellos: el Monasterio del Don
y el Ivionasterio de Novo-Devitchy, a propsito de los cementerios que
LA EsFINGE RoJA
63
en ellos se encierran junto con las catedrales de cpulas de oro, las mansiones de los monjes y los cuarteles de los soldados.
Es en el Kremlin de Mosc (casi todas las ciudades rusas tienen
uno) , con su carcter de pequea ciudad fortificada, donde hace su entrada en Rusia el Renacimiento italiano.
Las tres, catedrales, las tor.res. de I vn el Grande (en homenaje de
San J u a~ Chmaco) , el Granovztaza Palata, la Muralla de ladrillos ro jos
y sus pnmeras Puertas y Torres, fueron obras de arquitectos italianos.
Ale_vis.io, Rufo, Solario, Fioravanti, pusieron all el sello del primer RenaClmiento.
Cuando I -yn III se propuso sustituir la primitiva empalizada, el
modesto Kren:Im de madera por uno de piedra, ech mano de arquitect~s mos~ov1tas. L?s .rusos, durante la prolongada dominacin trtara,
hab1a~ olv1.dado la tecmca de la construccin que aprendieron de sus maestro.s b1zantmos; y ya no saban asentar los fundamentos de un muro ni
alzarlo. No saban cocer los ladrillos ni servirse de ellos. No pudieron,
por tanto, complacer a I vn, llamado el Bueno. Los muros se derrumbaban apenas co.menzados. Fu, pues, necesario recurrir a los extranjeros.
Por, rec?mendac1n de su mujer, Sofa Palelogo, princesa bizantina que
hab1~ s1do educada en Roma, Iv~ ~'?ntrat arquitectos italianos. Estos,
no solo construyeron el cerco deflmtiVO, el Kremlin propiamente dicho,
con el gusto gt1co de moda, segn dira Voltaire, sino todo el conjunto
?e las. tres catedrales y los primeros palacios de albailera de esa sede
1mpenal Y. eclesistica,. administrativa, guerrera y religiosa, imprimind~le al conJunte;, a ped1do del propio prncipe, ese parecido con el Castello
S1 orzesco de Miln a que ya hube de referirme.
No se crea, sin embargo, que slo se trataba de importar los estilos
de ~oda _e~ Occide?-~e sin ningn miramiento para los valores de un arte
arqu1tectomco trad1c1onal. Por el contrario, cuando I vn III hizo venir
en 14 7 5 ~ Aristtele~ Fioravanti, de Bolonia, lo envi a Vladimir para
que cono.c1ese y estudiase los modelos de la antigua arquitectura relicriosa
rusa. El qu~r~ que el arquitecto se inspirase sobre todo en la cat~dral
de 1~ Anun~I~Cin, de Vladimir; y la verdad es que esos arquitectos extranJ~ros hlCleron templos de un color local innegable, en los cuale'>
adqmeren realce y categora los rasa-os ms caractersticos del arte tradicional rus~ armonizad?s ~on el gu~to y las adquisiciones del arte occidental, especialmente el Italiano, en su poca.
Pr~eba, de ell? fueron la Catedral del Arcngel, edificada en 1500
po.r e.l.mllanes Nov1, que se restaur en 1920-1921 de acuerdo con el plan
pnn;.ItlVO, y en la cual la doble cintura de arcos sobre los muros y los
motivos en forma de conchas gigantescas en lo alto del piso superior,
en v.e.z de las a~cadas tradicionales, significaban aportaciones de las que
s~ ~lJO. que abneron una nueva era en el desarrollo del arte arquitectomco ruso. Y la Catedral de la Asuncin, tambin del Kremln en
q~e Fioravanti inspirndose, como ya hemos dicho, en la catedral' del
m1;;mo no~_bre de la ciu?ad de Vladimir, del siglo XII, interpol en el
estilo trad1c10nal .magnficas i?-novaciones italianas que realzaron la be
lleza de la obra sm desnaturalizar su conjunto.
Fu ms adelante cuando se cort, casi de golpe, el desenvolvimiento
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EMILIO FR UGONI
natural de los estilos locales, apartndolos de su co.ntacto profundo con
influencias exticas occidentales.
Zares progresistas, que se empearon con xito en aumentar el
podero de la nacin y quisieron hacerla alternar con brillo entre las
potencias de Occidente, fueron los que ms descastaron el arte ruso. En el
afn de civilizarle o. de contrarrestar la reputacin de barbarie que pesaba
sobre Rusia, quisieron occidentalizarla en las ms visibles manifestaciones
de su vida y de su cultura. Pedro el Grande, que inici ese movimiento,
y Catalina II fueron sus ms altos e ilustres propulsores. Ellos contrataron obreros, constructores, arquitectos, artistas italianos, franceses, alemanes, ingleses y les dieron el encargo de europeizar el arte ruso, convencidos de que as marchaban de acuerdo con el progreso. San Petersburcro se ericri en una afirmacin gloriosa, y casi en una Meca, del barroc~. Un ~rauitccto de Gnova, Restrelli, levant numerosos palacios
de fascinadora" belleza, entre ellos el Palacio de Invierno y el Instituto
Smolsy. Se comenz a llamar a Petersburgo la Palmira del Norte.
La influencia bizantina cedi el paso a la italiana. francesa, holandesa, alemana. Los pocos arquitectos rusos, algunos de ellos geniales,
que brillan entre tantos maestros extranjeros, son en realidad discpulos
de las escuelas importadas.
El Kremlin de IYiosc exhibe muchas muestras de los efectos de esa
invasin occidental, que tampoco era all solamente italiana.
La torre del Reloj, de la Puerta del Salvador, es obra de Cristbal
Galloway, un arquitecto ingls del siglo XVII. La torre de la Puerta
S2.n Nicols es la cooa reducida del campanario de una iglesia de Pomerania, aue hizo construir Nicols I, yerno del rey de Prusia. En el
siglo XVIII, tras el ab:mdono en que la mantuvo Pedro el Grande, sufri
los agregados ms heterogneos, primeramente bajo Catalina II, qUe
haba planeado reconstruir nor completo. el Kremln de I vn III, e hizo
levantar edificios de estilo" clsico, como el Palacio de Catalina incendiado por los franceses; y despus, bajo el citado Nicols I, qr:e le aadi
el palacio para su residencia, especie de pesado cuartel de estllo pseudoruso, aplastante para las catedrales vecinas, constr1;1do por el alemn ThC?n.
En tiempo de Pedro el Grande y de Catahna II, el barroco graclOsamente animado de un policromismo orientalista, podram~s. decir bizantinizado, sustituy al estilo bizantino. Los elementos ongmales del
arte local fueron desapareciendo bajo la ola de la imitacin occidentalista.
Lo sustituy transitoriamente el estilo de La Mothe, V el ton y Rinaldi,
y luego el clasicismo de Guarenghi, Stasov y Bafinov.
As surgi un llamado arte Imperial, que ms adelante tra~ciende el
contagio de dos pocas de la arquitectura francesa: la del tlempo de
Luis XVI primero, y en seguida la del estilo imperial napolenico. Bajo
este ltimo influjo surgi el clasicismo "alejandrino." de los aos de Alejandro IL que cobr la importancia de todo un estilo nacional, por la
fuerza de naturalizacin en el espritu ruso .de que apareci animado, y
el sello de cualidades estticas prestigiosas que sin duda adquiri o reforz en las mayores ciudades del imperio de los zares. Se impuso en
el ambiente social y poltico del vasto imperio por .la majestad de ~us
lneas clsicas, que pudieron desarrollarse en la amphtud de los espacws
LA
ESFINGE ROJA
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y recursos disponibles y en la imponente presencia de las grandes proporciones.
As como es en Petersburgo donde el barroco ruso alcanza sus ms
triunfales expresiones, es, en cambio, en Mosc donde el clasicismo imperial florece con ms vitalidad y pujanza, invadindolo todo, sin siquiera excluir las casas de madera de las residencias campesinas ms lujosas, que se us adornar de un peristilo y un frontn de corte clsico.
Se abusaba, sin duda, de esos decoros greco-romanos.
No se le puede negar nobleza y belleza a ese estilo; pero adolece de
graves defectos cuando se le trasplanta a un pas como Rusia: no es apropiado al clima. Los templos con prticos, en pases fros, que la nieve
cubre gran parte del ao., pueden justificar aquella aguda crtica del marqus Decustine: "el contrasentido es lo. que hay de ms caracterstico en
la arquitectura de esta inmensa ciudad".
La decoracin Imperial suele mantenerse extraa al destino de los
edificios. El profesor Reau observa que las columnatas, prodigadas a
diestra y siniestra, son aplicadas sin discernimiento a los cuarteles como a
los palacio.s, a las casas privadas como a los edificios pblicos. Y concluye coincidiendo con Violet le Duc -aunque lo censura- en que por
brillante que baya sido el desarrollo de la arquitectura clsica en la Rusia
moderna, es preferible la arquitectura moscovita de los siglos XVI y XVII,
derivada de la nacional en madera, ms lgica y ms original a la vez.
A esa frecuente inadaptacin de la arquitectura Imperial a los fines
del edificio, que contrasta con la seriedad de sus rasgos y raya, con el
tono severo y a veces solemne de su frente, en ese abuso de lo que se
llamaba en el siglo XVIII la "columnizacn", debemos las infinitas sorpresas que recibe el inadvertido visitante de IYiosc en sus primeras excursiones por sus calles y plazas. Cree habrselas, a cada paso, con un
antiguo teatro o. auditorio, o con un palacio erigido ex profeso para
algunas funciones pblicas, y luego advierte que aquello no haba sido
nunca sino una residencia particular o un vulgar casern de renta o una
simple cochera, de volantas y caballos de alquiler, como. la gran M nac;erie lateral del Kremlin, construcciones domsticas o industriales dedi~adas actualmente, salvo. excepciones honrosas, a fines no mucho ms
ilustres.
Una reaccin se haba intentado bajo Nicols I contra el auge avasallador de ese estilo. Arquitectos alemanes que gozaban del favor del zar,
hicieron tentativas poco felices para implantar los estilos Neo-gtico y
Neo-renacimiento. No poda seducir a nadie esa sustitucin de una arquitectura de origen extranjero, pero en cierto modo aclimatada y nacionalizada en Rusia, por otra ms extica que no contaba con cultores de
calidad.
Sobre otras bases se quiso tambin librarle batalla al clasicismo.
Alejandrino, directamente de ascendencia francesa. Se proclam el anbelo
nacional y patritico de resucitar la arquitectura rusa antigua. Los paneslavistas desplegaron su estandarte de reconquista esttica. Nicols I tuvo
la desgraciada idea de lanzar la ofensiva inicial encargando la direccin
del combate a un prusiano, el arquitecto Constantino Thon, y eligiendo a
Mosc como campo de batalla. Y a hemos hablado del ms deplorable
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EMILIO FR UGONI
efecto de esa cruzada: el Palacio Imperial construdo por ese arquitecto
en el Kremlin.
Durante la segunda mitad del siglo XIX se persisti en los esfuerzos
para dar vida al estilo neo-ruso, que pas a la historia rusa del arte con
la denominacin consagrada de pseudo-ruso.
Sus ms destacados exponentes en Mosc son, adems del citado, la
Catedral votiva del Salvador, alzada por el mismo Thon en el Kremlin,
que reproduca como mala copia agrandada la iglesia de San Demetrio
de Vladimir, y el edificio del Museo Histrico, obra del ingls N. Sherwood, a la que un crtico le reprocha "la mezcla arbitraria de elementos
dispares" sacados de aqu y de all, aunque no puede negrsele cierta elegancia de silueta.
EL ESTILO SOVITICO.
En los aos ms proxrmos de la revolucin se haba abandonado
el estilo pseudo-ruso, volvindose al clasicismo de los discpulos de Paladio., que fu el preferido por Catalina II y que cultivaba con xito la
generacin eclctica de arquitectos que continu imperando en los primeros aos del nuevo rgimen, encabezada por Chetchoussky, quien concluy en ese tiempo la estacin de Kazn, agradable interpretacin del
viejo estilo ruso, para en seguida adoptar en Leningrado el estilo Imperio
en el propileo elevado para servir de acceso al instituto Smolny, donde se
instal el primer gobierno sovitico.
Ante ese estado de la arquitectura rusa se hall la Revolucin.
Esta no tard en proponerse revolucionar el arte de su tierra. Hizo
surgir un arte proletario, distinto, claro est, del arte burgus.
En arquitectura comenz a renovar apoyndose en las concepciones de Le Corbussier, y adems, pese a las consignas del arte proletario,
no escap a la influencia del rascacielos "yanqui", creacin del mundo
capitalista americano.
Esos modelos no podan bastarle para la creacin de una arquitectura propia, inconfundiblemente sovitica.
Los estilos arquitectnicos de la poca zarista deban quedar relegados en absoluto al pasado.
Ello significaba apartarse, desde luego, del clasicismo imperial y del
barroco y no recurrir a los estilos tradicionales de tipo ruso.
Deba crearse un estilo nuevo, sin tradicionalismos arcaicos y pintorescos ni reviviscencias demasiado alejadas de los gustos actuales, que
entre las arquitecturas de los pases ms adelantados irguiese los valores
universales de una arquitectura revolucionaria y audaz, con formas inditas, capaz de servir de modelo a los pueblos ms cultos del orbe y de
ejercer influencia sobre todo el arte arquitectnico de la naciente era de
la histora humana?
Es evidente que con este afn ambicioso naci la arquitectura sovitica. Toda ella es, desde luego, laica. Su primer rasgo distintivo es la
tendencia a lo grande. El destino de sus construcciones les impone dimensiones gigantescas. Es en ese arte donde tuvo su cuna, sus primeras
manifestaciones, la gigantomana que alcanz a todos los rdenes de la.
LA ESFINGE ROJA
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creacwn sovitica, como, por otra parte, parece corresponder al crenio
nacional de una nacin tan inmensa, de ciento noventa millones d; habitantes, duea de un territorio de veinticinco millones de kilmetros
cuadrados, donde hay dilatados mares internos, bosques extensos como
pases, cordilleras fabulosas y estepas infinitas. Se comprende que un
pueblo que cuenta las distancias por miles de kilmetros y las multitudes
por millones de hombres, proyecte y realice en grande. Sus necesidades
fsicas son gra;ndes, en consonancia con su volumen y su energa vital.
A ellas ha debido adaptar el tamao de las obras llamadas a satisfacerlas.
Las construcciones civiles, militares y religiosas de todas las pocas
han denunciado. esa caracterstica. Mosc est lleno de edificios de los
tiempos anteriores a la revolucin, que lucen dimensiones colosales, siendo
mr;chos de ellos simples residencias seoriales que hoy dan amplia cabida
a mteresantes museos, a oficinas multitudinarias, a academias militares
o. cientficas, a hospitales y sanatorios. Citemos, a vuela pluma, el palacio Razoumovski, transformado en museo por la revolucin; la casa
de Dmitrimanov, de fines del siglo XVII, donde hoy funciona una clnica oftlmica; el palacio Rouvtsov, construdo en 17 53 por Rastelli y
hoy bospital de nios; el palacio Maichionov, que data de los primeros
aos del siglo XIX y donde hoy se halla un sanatorio de tuberculosos .
., Y cor:;stru~ciones gi~antes de la poca son algunos hospitales, como el
Dosto1evsb, antes .. Maria", constru do en 18 9 3, de estilo clsico, y la
clnica Paulovskaia, de estilo imperial, constru da en los aos 18 02
a 1807. Aadamos, todava, para no prescindir de los ms conocidos,
:1_ <;Jran. Teatro, reconstrudo por Bovet, la Universidad de Mosc y la
Umvers1dad Nueva, construdas, respectivamente, a comienzos y mediados del siglo XIX por Gilardi; el bello. palacio clsico del ex museo
Roumiantsev, del siglo XVIII, de autor desconocido, que se cambi en
Biblioteca de Len in; el Museo de Bellas Artes, de estilo neo-greco, construdo de mrmol en 1912. La lvi naqerie o Escudera, construda por
Bovet en estilo Imperio, el hotel Metropol, etctera. Sin decir nada del
Kremiin ni de las catedrales e iglesias, entre las cuales abundan las de
imponentes lneas.
. Esa tendencia al agigantamiento deba, por fuerza, acentuarse en la
arqUitectura sovitica, destinada a encarar soluciones masivas y si no
haba en ella plaza para los edificios religiosos, que suelen ser en todas
partes los ms gigantescos, haba, en cambio, lugar para los grandes
monumentos arquitectnicos civiles de fines colectivos.
El Teatro del Ejrcito Rojo, la sala Tchaicovsky, algunos edificios
de la plaza Merejovsky, el estadio. Dnamo, los pabellones de la exposicin de agricultura, el Comisariado de la Construccin, el de la 1\tlarina,
el hotel Moscowa, las nuevas dependencias inconclusas de la Biblioteca
Lenin, casi todos los macizos de la avenida Gorki, son otras tantas verdicas denuncias de esa tendencia.
Pero ninguno de ello.s iguala en su carcter de irrecusable testimonio
de un gusto definido por la monumentalidad de extraordinarias proPC:~ciones al Palacio de los Soviets, proyectado por los arquitectos FelfeiJOn y Ofanov Shuco, que alcanzar una altura de 316 metros sin
contar la estatua de Lenin, de cien metros de alto, la cual surgir sobre
68
EMILIO FRUGONI
su terraza, coronndole; que har descansar sobre sus cimientos un peso
de dos mllones y medio de toneladas; que contar con una sala donde
podrn reunirse veintin mil personas y otra donde cabrn seis mil, en
ambas cmodamente sentadas; que medir una capacidad de siete millones de metros cbicos; que podr dar cabida en todas sus reparticiones
a cuarenta y cuatro mil personas; que ostentar cuarenta kilmetros de
bajorrelieves.
Vendr a ser, visto de afuera, un colosal monumento a Lenin, pues
todo. el edificio parece servir, ms que nada, con su aspecto de enorme
columna estriada, de basamento a la estatua mxima del hroe.
Se levantar en el mismo sitio donde se alzaba una catedral que
era, precisamente, ella tambin, en su tiempo, la ms rotunda afirmacin
de ese sentido local de lo grandioso, como que poda contener diez mil
visitantes, cuya construccin dur cuarenta y seis aos, cost catorce millones de rublos, estaba coronada por cinco cpulas doradas, la mayor
de las cuales meda ciento dos metro.s de altura (la ms alta de Mosc).
Se la sacrific, sin embargo, pese a que se hallaba casi flamante (hab.a
sido construda en el ao 18 8 3) .
Era otro de los inmensos adefecos del alemn Thon, quien suplant
en la empresa de alzar esa catedral conmemorativa de la guerra contra ,.
los franceses, al arquitecto Wittberg, que haba comenzado a levantarla
en el monte de los Monjes, y que fu deportado porque su obra no resultaba lo que se esperaba de ella.
El palacio que viene a reemplazarla no. carece, por cierto, de elegancia, a juzgar por la maqueta. Se le podr objetar que fuera de la
audacia dimensional. que no es tampoco un rasgo privativo de los arquitectos rusos, nada hay en l que no refleje la inventiva extranjera, y
cambindole la estatua, lo mismo podra haber sido hecho. en Nueva
York o en Pars que en Iviosc. Que es, en una ciudad con tanto carcter
propio por el espritu de sus gentes y las particularidades que imprime a
su vida y a su fisonoma el inesquivable designio de su naturaleza, el
defecto de muchos de sus palacios de las ltimas pocas de los zares y
de nuestros das.
Ivlayor preocupacin por recuperar un carcter nacional aliado a
los lineamientos que mejor responden a las estructuras exigidas por la
vida contempornea, en un medio como el ruso, dados los materiales de
que dispone y la manera de emplearlos ms de acuerdo con la naturaleza y el clima, he credo descubrir en algunos de esos gallardos edificios de la A venida Gorki (de los que ya he sealado sus defectos) , ds
las riberas del .Mosko.va y de la A venida Sadowa.
Algunos lucen agradables combinaciones de materiales de distinto
color, habindose revestido el ladrillo de lajas de piedra lustrada en unos
sitios o rstica en otros, y aplicado a los frentes, sobrios ornatos que
dejan reposar la vista en los planos majestuosos y al mismo tiempo la
alegran con sus lneas y sus tonalidades.
Por ah, en esa direccin, parece que debera desplegar sus posibilidades la arquitectura so.vitca s no quiere desorientalizar del todo a
una ciudad que necesita animarse bajo 1a griscea opacidad de sus cielos
invernales -durante ocho meses del ao- o sacar partido de sus das
LA EsFINGE RoJ _..,_
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de .veran? y prmaver.a -que la transfiguran en pocas horas con toques
cas1 tr?ptcales- acudtendo .a _la policroma d~ un~ arquitectura pintoresca
y gractosa, como se lo permtttan, entre los estilos Importados, el bizantino
y el barroco.
Hoy va ganando terreno en la U. R. 'S. S. una tendencia a renovarse sin. perder el nexo de continuidad con las formas rusas de los
pasados tlempos, tratndose de dar nacimiento a un arte que se distinga
po~ ,sus rasgos locale~ para que e? s~ evo.lucin se vea siempre una adaptacton a nuevas necestdades y aspuac10nes o a nuevos conceptos de la vida,
pe!o no, una negaci.~n iconoclast.a de ~os valores tradicionales, ya que slo
as1 pue;:te una nac10n, cuya extstencia se cuenta por siglos, ufanarse de
ser duena de un arte con fisonoma propia.
. U.t;~~ frase de Lenin se recuerda como frmula y consigna de la
onentacwn general:
;r=::1 e~,tilo sovitico debe ser nacional por la forma y socialista por
el espmtu.
Ahora slo fal~a .que los .artistas acierten con lo que es nacional
Y. con lo que es soctahsta y aCierten, adems, con la manera de armofl:I:z:ar perfect~~ente la forma y el espritu en toda su respectiva extenswn. Tambten eso puede ser cuestin de interpretaciones, como lo demuestra el hecho de que unos pretendieron haber dado nacimiento a un
arte ruso y otros sostuvieron que slo era pseudo-ruso.
Ms fcil, probab}e?Tiente,. h~ de ser ponerse de acuerdo sobre lo que
debe enteJ?-derse por espmtu soCiahsta en el arte arquitectnico.
V ~nas e~ades. Y., numerosos estilos se mezclan en la arquitectura
de la cmdad, Impnmiendole 1;1n aspecto. curiosamente abigarrado. A ese
caos en que se entrelazan los stglos y las tendencias artsticas, se han acrregado Y se agregan las obras de la era sovitica.
"
. Algunas han su_rg~do que afirman con audacia los rasgos de un
~ttlo nuevo que se distmguira por su sobriedad y su monumentalidad.
entre ellos se destacan tres obras de los hermanos Vesnine: el Palacio
del Tr.abajo, que es ~na eq~ilibrada torre rectangular de cemento armado;
el Insutu~o de Matenas Pnmas Minerales, cuya fachada de vidrios se impone senctllamente como una enrgica solucin, y el Palacio de la Cultura,
que es todo un modelo de severa y elegante grandiosidad.
. , . Se sealan tambin, como tpicos exponentes de la arquitectura soVtettca, el Gostorg --el Gran Almacn-, obra de V elikovski el edificio
de! diario Isvezta y la ~asa de Seguros, de Ginzburg, como a~imismo las
ma; ~e~Ient~s dependenctas yara obreros y empleados en la fbrica Stalin,
el 1\ilmtsteno de Construcc10nes, etctera.
. .se comprende que los arquitectos so.viticos no adhieran a estilos
nativtstas que retroceden hacia los elementos tradicionales del arte arqui~ectnicc; y decorati\:o ruso, porque si bien dan ellos origen a realizaCiones bnilantes, bomtas, llenas de gracia y color -coma. la estacin
de :zazn-, a veces tambi~n con vigoros.o carcter, no parecen por compleL'? adapt~bles a las neccstdades de la vtda contempornea ni al empleo
de ciertos e~ementos de la estructura -como. el armazn de hierro o de
cem:nto ar:nado-. g.~e se han .vuelto imprescindibles en las construcciones mdustnales y CIVIles de considerables proporciones.
70
EMILIO FRUGONI
Toda una ciudad as construda sera indudablemente un primor;
pero su color local hara demasiado. hincapi en el gusto oriental y asitico
para que pudiese armonizar con el destino de la capital de un mundo
poltico que suea con ponerse al frente del progreso y de la cultura contempornea, que son occidentales.
La arquitectura sovitica, que tampoco poda continuar reproduciendo ni desarrollando los otros estilos rusos de imitacin europea, tena
que lanzarse por rumbos muy distintos, desde luego modernos.
Algunos arquitectos nuevos acostumbran decir que ciertas maravillas de gusto arcaico mucho ms oriental que occidental, como la catedral
de San Basilio, ias dejan en pie para que sirvan de asombro y encanto
a los extranjeros ...
Asistimos a un momento de bsqueda. Los planos de transformacin de la ciudad ofrecen ancho campo al ansia creadora de los nuevos
arquitectos. Muchas casas, millones de casas habrn de edificarse en breve
tiempo. Ciudades enteras debern ser reconstrudas.
Con motivo del 19 de Mayo de 1946 se expusieron en los escaparates de la A venida Gorki los planos de las ms importantes construcciones que se llevarn a trmino en el curso del cuarto Plan Quinquenal. Se exhiban proyectos de admirable belleza. Edificios para oficinas, para teatros, para clubes, para bibliotecas, para hospitales, para
viviendas, casi todos de imponentes o graciosas proporciones. Casi todos
con un sentido de novsima monumentalidad. Algunos, estudiados como
elementos decorativos para embellecer determinados espacios de la poblacin. Eran particularmente encantadoras las fotografas y dibujos
de algunas pequeas aldeas de casas de madera, recientemente levantadc:s
o en proyecto, con sus formas del mejor gusto popular campesino y ante
las cuales se comprenda cun rico partido pueden extraer de esas deliciosas composiciones tradicionales para el embellecimiento del campo ruso,
arquitectos de fantasa y de buen sentido.
No s si seran aplicables a todos esos proyectos los distingos "de
clase" que parecen implcitos en el concepto de un arte "proletario u
obrero" opuesto a un arte burgus o capitalista. Sea como fuere, la arquitectura florecida en el pas sovitico sera siempre, por lo menos, sovitica.
CAPTULO
IX
OBSERVA ClONES DE UN TRANSEUNTE
Cuando arribamos a la U. R. S. S. an la primavera se mostraba
esquiva. Aunque el glido fro del invierno era slo un recuerdo casi
simblico en las precauciones de la gente ms precavida, la temperatura
no era todava, por cierto, del todo templada; y si bien haban desaparecido las pieles de la indumentaria de los transentes, persistan las
ropas de abrigo, las gruesas telas obscuras y hasta las botas de fieltro.
Predominaba en el pblicq de las calles el tipo del campesino, de
uno y otro sexo, pero sobre todo del femenino, pues las exigencias de la
guerra haban concentrado en Mosc varios cientos de miles, acaso millones, de campesinos, muchos de los cuales ocupaban, para los ms
diversos menesteres, el sitio de los hombres llamados bajo banderas.
No era raro toparse con grandes grupos de ellos -hombres de edad,
mujeres, nios- que acababan de llegar a Mosc y se encaminaban hacia
el sitio que se les tena destinado, cargando con sus hatillos, sus bolsas,
sus cajones a guisa de bales, y cubiertos por sus chaquetas acolchadas
rellenas de algodn; tocados con sus gorras de piel los hombres, y sus
paolones las mujeres; uno.s y otros, por lo general, calzados con gruesas
botas de cuero.
Se echaba de ver en seguida que todo el mundo iba atareado por
las calles.
Era lgico que se destacase, en todos lados, la presencia de innumerables militares. Los uniformes de todas las armas podan contemplarse en
pocos minutos de detencin en una esquina cntrica o ante la puerta de
nuestro ho.tel.
Soldados y oficiales de toda graduacin se cruzaban incesantemente,
sin dejar una sola vez de hacerse la venia. Ponan en ello especial cuidado, en una correspondencia perfecta, pues los ms elevados parecan ser
los ms atentos a la obligacin de cambiarse el saludo con los inferiores.
Muchsimos ostentaban medallas en el pecho. Haba quienes lucan
una constelacin de siete, ocho, diez, doce condecoraciones, en la derecha
y en la izquierda del trax y a veces todava alguna estrella en el
centro, a la altura del cuello.
Po.cos mostraban solamente la cinta de varios colores indicadora de
las recompensas recibidas. Tambin no pocos civiles exhiban alguna
medalla.
El gobierno sovitico ha infundido en el pueblo el culto y la fiebre
de las condecoraciones. Todo.s los mritos relevantes, en todos los rdenes
de la vida, se premian con una medalla. Anualmente se distribuyen por
millares los premios al mrito cientfico, artstico, literario, tcnico, administrativo, que consisten algunas veces en dinero, pero siempre en una
medalla. Las hay para los sabios, artistas, escritores, ingenieros, arquitectos, mdicos, funcionarios de todas las reparticiones, pero tambin
72
EMILIO FR UGONI
LA ESFINGE RoJA
para los trabajadores de las fbricas y de los campos; para los stajanovistas de los talleres y los ms esforzados productores de los koljoses;
para los educacionistas; para los empleados de todas las categoras, recompensando aptitudes sobresalientes o dejando constancia del correcto cumplimiento de su deber. Las hay para las madres de muchos hijos. De
los militares, ni qu decir. . . Para ellos, en tiempo de guerra, esos comprobantes de sus mritos no llegan a plazo f~jo sino q1;1e respon~en al
azar de las circunstancias y frecuentemente se JUntan vanos por diversos
hechos de armas.
Por lo. general la medalla trae aparejadas ventajas de orden material
que explican la constante exhibicin que de ellas hacen los agraciados.
Esas ventajas suelen consistir en rebajas de pasajes en el Metro, tranvas
o autobuses y ferrocarriles; en facilidades para entrar a los espectculos
pblicos, etctera, sin contar con que algunas de ellas se acuerdan acompaadas de una recompensa en dinero.
Agraciadas muchachas, ancianos y ancianas venerables, pasaban con
sus bolsas de red o sus grandes sacos de mano replet'os de comestibles:
pan, papas, alguna botella de leche ... Nadie se extraaba de ver personas
de toda condicin cargando algo. Las chicas estudiantes no tenan a
menos andar con tarros de leche en la mano.
Se revelaba de ese modo una de las ms pesadas molestias que gravitan sobre los pobladores de las ciudades soviticas, que se ven obligados
a proveerse de lo que necesitan para su sustento diario y a transportarlo
personalmente, ya que los almacenes no disponen de servicios de reparto,
co.sa que, por otra parte, sera incompatible con el sistema de racionamiento y la igualitaria imposicin de las colas, a las que se sustraen, sin
embargo, los militares de alta graduacin y ciertos funcionarios que tienen
facilidades para ser atendidos directamente por los administradores de
los establecimientos y servidos sin mayores dilaciones.
Tengo entendido que si bien la guerra, con el racionamiento que
trajo aparejado, agrav esa molestia, que se traduce para la poblacin en
una dura carga, tambin en los tiempos normales los servicios de distribucin y reparto funcionaban muy escasamente y por lo general el ciudadano de Iv1osc o de Leningrado, que no. poda delegar en otra persona
la funcin de acarrearle los productos indispensables, deba consagrar una
parte de su tiempo a la realizacin de ese transporte.
Por la calzada se vean desfilar con frecuencia mujeres de toda edad
empujando cajones o ::ecipientes de metal, que van sobre carritos o tablones con pequeas ruedas. A veces es toda una familia de campesinos:
el padre, la madre, los chicuelos, la que marcha consagrada a ese trabajoso acarreo, tirando unos de adelante con sogas y empujando de atrs
los otros.
Abundan los transentes que cargan al hombro bolsas o llevan pequeos bales o baldes en la mano; y por el tiempo en que hicimos nuestros primeros paseos por Mosc se vean muchsimas personas, a determinadas horas del da, portando herramientas agrcolas, envueltas en trapos o papeles: palas, azadas, rastrillos, no muy grandes pero de largo
mango por lo general.
Eran lo.s vecinos que iban a labrar la tierra para la siembra de papas
y leguiJ?-bres que el gobierno es~imula l?a.ra que no falten a la poblacin.
El Soviet del Pueblo o ConceJO Mume1pal entregaba a los vecinos pequeas parcelas de terreno, que se llaman "individuales", en los parques,
en los bordes de los caminos, en los sitios disponibles de los alrededores
de la ciudad, mediante un pequeo alquiler, a fin de que los cultivasen
dedicndolos a_ dicha siembra. Y se permita al pblico viajar en el
tranva y el Metro con las herramientas a condicin de llevarlas envueltas en trapos o papeles, de manera que no ensuciasen ni desaarrasen
o
la ropa de los pasajero.s.
De maana y de tarde se vea por los alrededores o en las cercanas
de los parques, o aun dentro de su permetro, multitudes de cultivadores
ms o menos improvisados, abundando las mujeres, como se comprende,
por hallarse muchos hombres en el frente. En lo.s das de las cosechas
de papa, a los costados de las carreteras pudimos ad'mirar el espectculo
~e esas much.edumbres de hombres, mujeres y nios inclinados sobre la
tterra, en. actttud de llenar bolsas y ms bolsas del nutritivo tubrculo.
Eran habttantes de la urbe que cumplan su indispensable misin agrcola.
73
SE VEN MENDIGOS POR LAS CALLES DE Mosc?
Yo. l.legaba con el ~ecuerdo desagradable de las formas que asume
la mendtctdad en El Catro y en Tehern, donde nubes de pordioseros
andan. por todos lados. Y no pude menos de advertir la diferencia: en
la capital de la U. R. S. S. los mendiaos no abundan en tanta profusin.
Pero haba mendigos.
o
.La. multitud que uno encontraba en las calles de esa urbe grandiosa
exteqonzaba, en sus vestidos al menos, una situacin distinta de la que
se trasunta en el aspecto. de los cargadores, vendedore~ ambulantes, felahesy pordioseros de El Cairo, o en los hombres y mujeres del pueblo bajo de
Tehern.
La gente ms modestamente vestida casi nunca vesta andrajos, sino
ropas radas, eso s, por el largo. uso, y de burda o imperfecta confeccin.
Y constituan, sin duda, excepcin las personas (siempre ancianos o invlidos) de quienes poda decirse que eran harapientos.
No se vea por ningn lado el exacto equivalente de aquellas mujeres mendicantes de Egipto que, con sus negros mantos v sus cros en los
braz_os os detienen a ca~a. instante en la calle u os siguen plaideras y
ob.stmadas hasta que deJis en sus manos alguna moneda. Ni aquellos
chicuelos desharrapados que como bandadas de sucios gorriones andan
to.do el da de un lado para otro en los parajes centrales pidiendo o merodeando en torno de los cafs o restaurantes, a la pesca de algunos centsimos o de alguna cosilla para comer.
Pero haba mendigos.
Algunas ancianas arrimadas a las paredes, en ciertas calles, tendan
la mano e invocaban la caridad del transente. Tambin algunos ancianos se acercaban a quien transitaba por las aceras de la A venida Gorki
y s?licitaban tmidamente una limosna. Una tarde vi una viejecita andraJ<?Sa acosar a las personas estacionadas formando cola, en espera de un
mmbus, que impetraba con una especie de oracin para m incompren-
74
LA EsFINGE RoJA
EMILIO FRUGONI
sible la conmiseracin de la gente y agradeca las limosnas con bendiciones
.
interminables y reverencias impresionante~. , .
Viajando en el Metro suelen verse ~nvahdos o pobres. muJer~s con
chiquillos lisiados que demandan ayuda dtscretamente., recogtendo stemp.re
abundante cosecha de rublos. Tambin en las estacwnes <;iel ferroca.r~ll,
como en nuestros pases de Amrica del Sud, se ven ane1an?s Y mnos
tender la mano a los pasajeros que se asoman ,a. las ventaml.las. Pero
donde ms se ven, formando grupos melodramatlCOS de pord.wseros de
edad indefinible que piden desem~?zadan:e~te, es en
atnos de ~as
iglesias cuando se celebran los of1e1os cot1d1anos. . Alh, por lo. ciernas,
cumplen una funcin religiosa, porque el m~n~1go es necesan~ ~ la
observancia del rito y a la prctica de la rehgwn. El buer;- cnsttano
requiere encontrar a la salida o entrada de~ templo, el ~~ndtgo que le
ofrezca la bondadosa o.casin de hacer candad y recon.Clllarse un . momento con su conciencia. Las iglesias necesitan del mendtgo, lo ~ulttvan,
y es probable que en sus atrios se or~~nice con la sa?~a toleranCla de los
prelados una industria, un.a espec~llae1on de la meJ?-dlCldad, que las autoridades, por su parte, deJan alh desenvolverse hbrem~nte. <;:=on todo,
debe, asimismo, pensarse que sa habra de ser . ~na mdus~na para la
que hacen falta, por lo men.os, actores con ~a phtstque ~u r~l~, Y Y~ h~
visto en esas falanaes de hmosneros los ejemplares mas t1p1cos d-. L,
miseria autntica y los ms genuinos invlidos.
No debe negarse que en cualquier rgimen social si~mpre ha de habt;r
personas de edad y sin parientes con recursos, . que debtendo hallarse astlados por sus aos y sus achaques, rehuyen, sm emb~rgo, esta forma de
asistencia social y prefieren vivir en alguna covacha, hbres de ~oda. reglamentacin, reclamando en su ayuda privadamente la beneflcenCla del
vblico.
.
~
En todo pas azotado por la guerra, as como S?I?an muc~os mlles
los nios que se han quedado solos, abundan los vteJOS desva!tdo~ que
no tienen hijos ni nietos ni parientes que los amparen. Y ~; mevttable
que cuando el Estado quiere extender hasta ellos su pro.teccwn. much~s
s-e nieguen al gnero de vida de los hospicios y se echen a buscar mendtgando los medios para sustentarse.
.,
..
.
Pero lo que me asombr fu ver . hombres JOVenes hs1~dos, e1egos
o mutilados, pidiendo o.stensiblemente hmosna en plena avemda, en una
plaza o en el Metro.
.
.
Recuerdo, sobre todo, un ciego hab1tualmente estactona.do en una
calle de las cercanas del Jardn Zoolgico que luca chaquettlla de soldado. Y otro que, conducido por un lazarillo, recurra a la generosidad
de los transentes frente a la caja del Gran Teatro.
Pero es que pueden quedar desamparados hast~ ese punto los hombres inutilizados para el trabajo y cast para la vtda en la defensa de
la patria?
Alcruien me explicaba que esos mutilados gozan de una penswn,
pero qu; no se les quiere impedir por la vi<?lenci~. que ,tr~ten de aumentar
sus entradas volvindose objeto de la conm1serac1on pubhca ...
Lo cierto es que la profesin de mendigo en Mosc debe ser fruc-
!os
75
tfera, porque la gente se muestra muy bien dispuesta a socorrer al
que pide.
Tambin existen los menores que merodean o piden, cuando pueden
hacerlo, a escondidas de las autoridades; pero no abundan, por cierto,
dado que si es por motivo de la guerra bastante grave el problema de
la niez vagabunda -que a raz de la conflagracin anterior y de la
revolucin, y a causa sobre todo de las guerras civiles, asumi proporciones aterradors- existe tambin una preocupacin alerta por substraer
los nios al vagabundajc, de modo tal que no. puede decirse que baya, al
menos en Mosc infancia desamparada, sino simplemente infancia abandonada que durante algn tiempo se sustrae o queda al margen de todo
amparo oficial.
Todas las maanas durante los meses de verano y primavera, a
primera hora, reco.rran la ciudad, en los aos de la guerra, por los sitios
ms indicados, camiones que recogan decenas de muchachos que haban
pasado la noche durmiendo bajo los puentes o en los rincones de las intrincadas callejas. Quiero creer que actualmente ya no haga falta realizar
ese cotidiano servicio de salvamento, pues es de esperar que los hurfanos
vagabundos hayan .. sido ya casi todos ellos sometidos a las medidas de
proteccin correspondiente, al menos en Mosc.
Pero nada llevaba, con tanta virtualidad de consternacin y amargura, a las calles de Mosc, el espectro escalofriante de la guerra, como
la presencia frecuente de infelices mutilados a quienes no poda mirrselcs sin que un agudo sentimiento de piedad nos estrujase el corazn.
A cada paso se cruzaban con nosotros hombres jvenes, casi siempre
uniformados, que andaban con muletas.
Que les faltase un pie era lo de menos; solan verse muchos sin una
pierna, y no pocos sin las dos.
U na maana vi, por una de las calles ms transitadas, una joven
que aparentaba no contar ms de veinticuatro o veinticinco aos, elegantemente vestida, esbelta y bien formada, bonita de cara, apoyndose
en un par de muletas y mostrando bajo el ruedo de la saya algo corta,
una sola pierna lindamente calzada y de perfectas lneas.
Su rostro no expresaba tristeza. Sus brillantes ojos y sus labios
sonrientes, realzados por un toque de rouge, estaban muy lejos de trasuntar melancola. Qu frescura y vigor de espritu revebba esa expresin
de optimismo en el semblante de esa grcil criatura que sobrellevaba su
desgracia con tan reconfortante conformidad!
Era una vctima de la guerra? Lo supongo, porque luca una me.
dalla. Supe, en cambio, que lo era otra joven mujer tampoco mal parecida. por cierto, a la cual le faltab<::n -horroriza decirlo- los dos brazos.
Estaba uniformada de militar y llevaba el pecho constelado de medallas.
Era una herona de la guerra. Qu impresin acongojante y desgarradora
se recibe cuando se advierte que una persona carece de los brazos. que son
las extremidades ms tiles del cuerpo humano!
La experiment con no menor intensidad viendo otro da por la
Avenida Gorki a un militar, tambin muy joven, con un bello rostro de
adolescente, pleno de simpata, que con las dos manos del redingot.: de
invierno metidas en los bolsillos no disimulaba sino que delataba la
76
EMILIO FRUGONI
espeluznante ausencia de los antebrazos y tal vez de los brazos hasta
cerca del hombro..
Se vea en los paseos grur;os de muchac?ot.es invlidos, con am~~
taciones atroces de las extrem1dades. Un d1a 1ba entre ellos uno utn
muletas ni los brazos en cabrestillo. Mova los suyos al caminar con
soltura normal, pareciendo el nico sano en esa reunin de lisiados. Al
pasar por m lado pude ver que le falta~an las dos -~anos. Unos muones envueltos en blancas vendas nos gntaban ~e sub~to, desde adentro
del puo de las mangas, el horror siniestro e 1mprev1sto de esa doblec
mutilacin.
CAPTULO
RECORRIENDO LA URBE
El novicio observador de las calles de la populosa urbe se sorprenda
de las aglomeraciones de gente en el centro de las calzadas, en las avenidas amplas, o en el cordn de las aceras en todas las vas pblicas, o
contra los muros y ante las puertas de algunas casas.
Al principio lleg a creer que se trataba de algn mitin o de alguna
reunin de curiosos ante un espectculo callejero. No tard en percatarse de que aquellos peatones detenidos en paciente espera estaban aguardando el tranva o el mnibus, o si no turno para entrar en el comercio
donde se expende la leche o el pan o la carne o cualquier artculo raonado de mucha demanda.
Tambin presenci colas largusimas ante kioskos en ciertos parajes,
do.nde permanentemente se venden revistas, tarjetas postales, algunos folletos y libros. A la hora de salida de los diarios se forman esas colas
para comprarlos, porque all no los venden, como en otras partes, los
que en el Ro de la Plata llamamos "canillitas", es decir, los turbulentos
vendedores de peridicos que vocean los ttulos en esquinas o corren
por las calles con sus montones de hojas impresas bajo el brazo y se
trepan giles a los tranvas y mnibus en plena marcha.
Existe una tupida red tranviaria, con co.ches de troley areo, que
se ha ido reduciendo en el centro de la ciudad, pero que an se extiende
por gran parte de ella.
Esos vehculos se cargaban ho.rriblemente. Eran fuertes vagones casi
ferroviarios de mucha capacidad, que solan marchar acoplados de a tres,
y batan el record en materia de carga. Y o crea haber presenciado en
Argel el sumum de los asaltos del pblico a los tranvas. Me hice lenguas
de lo que all haba visto. . . Pues no haba visto nada! Aquello de
Argel, comparado con lo de Mosc, era una insignificancia. Porque en
l\.1osc la gente no slo llenaba hasta el tope el interior de los vagones.
sino que desbordaba en las plataformas. y en los estribos, y todava
colgaba enracimada de los pescantes y de las ventanillas. Y hasta forraba
materialmente el coche por fuera, con una funda de cuerpos apiados
en la ms escalofriante aglomeracin. (En Roma habra de ver despus
algo semejante; y hasta en IYiontevideo he vuelto a ver cosa bastante
parecida).
Cada vez que el convoy se detena para que los que deban descender lo hiciesen por la plataforma delantera, suban por la de atrs.
en cada vagn, con mpetu de abord.aje, multitudes impacientes que uno
no se explicaba cmo podan embutirse en el vehculo. Y cuando ya las
plataformas no daban cabida a un alfiler ms, los viajeros quedaban apeuscados en los estribos y prendidos de los pescantes y de t'Jdos lados,
aun unos de la cintura o de los hombros de los otros; y siempre haba
quien lograba sumarse a la inverosmil aglomeracin. Y cuando el convoy
78
EMILIO FR UGONI
arrancaba, all iban hombres, mujeres y muchachos, de pe en los estribos, aferrados a las ventanillas de los costados, o a la parte trasera
de los pescantes, guardando el equilibrio a fuerza de una tensin atltica
de los msculos. No saltaban a la calle por milagro a cada sacudn de
la marcha. No rega, ni poda regir, ninguna ordenanza que limitase el
acceso a los vehculos. El pblico prefera viajar as a no viajar de ningn modo.
Porque el problema del transporte se haba vuelto espantosamente
insoluble-desde que la cifra de la poblacin saltaba, a causa de la guerra,
de los tres mllones y medio a los cinco millones largos.
Un viaje en tranva u mnibus resultaba para el forastero una dramtica aventura. Una vez adentro del vagn, despus de haber pasado
por el purgatorio de la plataforma (travesa en la que algunos pierden
la billetera, hbilmente sustrada por rateros del mismo estilo de los que
florecen con incmoda abundancia en el mundo burgus), el pasajero
deba ir abrindose camino para acercarse a la salida anterior por donde
deba descender, y deba entretanto hacerle llegar el importe del pasaje a
la boletera, que suele hallarse estacionada en un extremo del coche. Los
aue vienen detrs le utilizan como mensajero o intermediario, poniendo
;n sus manos el dinero para que l se sirva entregarlo a la boletera y
recabar de ella el boleto correspondiente, y todava el cambio, si cabe,
pudiendo hacer l lo mismo con quienes le preceden.
Es sa, indudablemente, una aplicacin prctica del espritu de solidaridad y del sentido socialista de la vida a las cotidianas necesidades
del transporte. El "todos para uno y uno para todos" de la moral
cooperativista se impone en ese momento, como en respuesta al "cada
uno para s y los dems que revienten", que pareca ser la mxima rectora
de esos mismos pasajeros cuando, minutos antes, asaltaban el coche para
entrar en l cmo y por dnde pudieran ..
Para los residentes de la ciudad, habituados a esas complicadas maniobras y conocedores del precio de los billetes, amn de entender y hablar
la lengua del pas, la cosa no es difcil; pero para quien empieza por
no poder habrselas con el idioma, aquello supera con mucho su capacidad de accin inmediata, y no le queda ms recurso que transformarse
en un estorbo general amparndose en el consabido ni panimaiu, que
quiere decir: i no entiendo!
La cosa no paraba ah, pues para descender donde deseaba, tena que
pedir que lo dejaran aproximarse a la plataforma de salida. Y a menudo
ocurra que cuando lograba abrirse camino hasta la puerta, el tranva ya
haba reemprendido la marcha. y no se poda descendcr donde necesitaba
sino en la parada prxima, o. en otra ms alejada an, a no menos de ur..
tercio o una mitad de kilmetro de la anterior. Y en invierno, cuando el
fro del aire exterior y de la nieve empaa los cristales hasta volverlos
absolutamente opacos, ni siquiera puede colegirse por dnde anda el
vehculo para saber dnde bajarse.
Los conductores y guardas de esos vehculos -tranvas, autobuses y
trolleybuses- son mujeres, jovencitas por lo general; y cuando el trolley
de un trolleybus se zafa, cosa demasiado frecuente, descienden ellas a la
calle a acomodar, tirando de largas cuerdas, los mstiles (son dos) en
LA ESFINGE ROJA
79
los cables areos. A ve~es necesitan treparse al techo por la parte de
afuera para
arreglar
. algun desperfecto del aparato ' mientras el p U'bl'lCO
aguar d a sm rmp.acrentarsc, q:re se lleve a cabo la operacin. Es siempre
mole.sta Y compllcad<3; .la mamo~ra: Resulta as, en realidad, poco prctico
ese srst:ma de traslacron, que sr bren ahorra nafta, tiene en cambio el inconver;.rente de las detenciones a cada instante producidas por las dcsconectacwnes del par, de pesados prtigos movibles. Ms prctico es el
trolley de los tranvras cor1: su forma en arco, que evita las interrupciones.
Los au(obu.ses son de bomto aspecto. Slo comenzaron a aparecer en nmerc: apre~rable al trmino de la guerra. Un buen da las calles se vieron mvadrdas por un?s elegantes coches flamantes, pintados de un lindo
colc:r azul, de do~ prsos alguno~, . ? sea co? una especie de "imperial"
cubr~r~o. Luego hlCleron su apancron colectivos descubiertos, donde puede vr':larse con bultos,. y son muy cmodos y aseados.
rue~on una "pr:c~os~, contribucin al alivio del problema del trnsito, o meJor, del trafrc.~ \ t~l como decimos en el ruguay agregndole
a _la palabra' u~a acepcron uttl que r;C: se contradice. con su etimologa y
expresa mu] ~ren, hasta por su fonetrca, la complep circulacin del pblico en una cmdad moderna).
,
t' La regul~cin del t.rnsito queda a cargo de milicianas, jovencitas
'es.rdas de umforme kakr o azul que son tambin las encargadas de hacer
observar las ordenanzas para el cruce de las calles por los peatones. Debe
atrave.sarse la calzada por las esquinas, y al que irinqe la ordenanza se
le aplica una multa de tres rublos.
~
. . l'vis de un v~z,. en los primeros das, ~os sorprendi una pitada polrcral que nos obligaba a detenernos en mrtad de la calle, mientras una
d.e, esas celadoras urb~nas nos abordaba, y al ver que ramos extranjeros recrer;, llegados, nos dejaban seguir aunque violsemos el reglamento. Continuaoamos.nuestro p~seo, y no tardbamos en advertir que si bien habamos
sortead? s;n .contratrempos. esa primera e imprevista acecbanza municipaL
otra. m a~ I?elrgrosa nos salia al cruce: la de las mangas de riego empuadas 111treprdamen~e por mujeres consagradas a lavar las aceras y las calzadas. con un ~hrnco y una inflexibilidad que se torna un azote lquido
para los transeuntes desprevenidos.
Son impertrritas. Ell~s tienen la orden de lavar las aceras y las call.es, Y la cumplen ~on la mas puntual y absoluta abstraccin de todo obstaculo bumano. Sr la gente debe pasar en ese mismo instante por el trozo
de acera o. de calzada donde les corresponde arrojar el refrescante chorro
de sus mangueras: ; pues que se fastidie la gente! El chorro caer all, inexorable Y cumplidor, aunque deba encontrar en su rgida trayectoria los
pantalones, las fa~das o la cabeza, con sombrero o sin l, de cuantos o
cuantas hay~n temdo la mala suerte de coincidir en ese sitio con el chorro.
Lo cunoso e.s qu~ .casi ni se oyen protestas. Todo el mundo acepta
aquello co~ la resrgnacron adecuada a los acontecimientos inevitables, ante
cuya fatalidad no queda sino inclinarse y tratar de remediar como se
pueda, sus desagradables consecuencias.
'
. ?sas mujeres cumplen u?- a funci~, y all todo el que cumple ur,a
funcron es respetado. Y nadre se consrdera habilitado para discutir con
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EMILIO FR UGONI
LA EsFil:\GE RoJA
esas implacables regadoras los procedimientos adoptados en el cumplnento de su deber, ni para reclamarles un poco ms de cuidado para con el
transente y de solidaridad para con sus pantalones.
la atencin por la gracia y elegancia de su tocado y de su figura en general.
Haba algo de conmovedor en la coquetera de esas mujeres soviticas que uno vea aderezadas con sombreritos inverosmiles, de modas muv
atrasadas, orgullosas de poder ostentar un adorno que muchas otras mu'jeres les envidiaban. Pero al lado de la que en su afn de ir vestida a la
moda extranjera incurra en el mamarracho ms o menos grotesco, pasaba
la que con un instinto seguro de la elegancia saba improvisarse un atavo encantador con los ms extraos materiales, con lo que poda, con lo
nico que tena a mano, apartndose de los figurines de todas las pocas,
para no regirse sino por lc.s inspiraciones de un buen gusto no aprendido
en ninguna parte.
Y yo he pensado que los artistas, los dibujantes y pintores rusos
podran encontrar en esas sencillas elegantes annimas las avanzadas
de una moda verncula, los puntos de partida de un arte sovitico
del vestir femenino, en este pas donde el pueblo tiene trajes tradicionales
tan hermosos, al lado de los cuales son desairados y feos los trajes de las
modas actuales. Sobre todo, la indumentaria femenina tradicional de las
diversas y !llltiples regiones rusas y nacionalidades soviticas es siempre
una marav1lla de color y suntuosidad. Antao las mismas mujeres del
pcceblo con sus vestimentas de fiesta, tal como se ven en las vitrinas y en
las muecas de cera del Museo de los Pueblos Soviticos, en Mosc, parecan damas de corte real, con sus corseletes de brillante brocado. sus ampl~as sayas y refajos de vivo color y sus diademas y tiaras o J(olosmikis
ASPECTOS DEL PAISAJE HUMANO.
El peatn echar de ver asimismo que las aceras de l\1osc no son
buenas. Todas son de asfalto o de cemento, muy desparejas, con baches
que en cuanto llueve un poco se llenan de agua; y los llena adems, en
verano, el frecuente riego a que acabo de referirme.
En primavera o al fin del invierno, es cuando se ponen peores, porque el derretirse de la nieve o el deshielo encharca las aceras y colma sus
hoyos y desniveles de un pegajoso lodo. casi lquido. Pero los peligros del
riego no acechan solamente a los peatones. Se emplean para regar las calzadas unas regaderas que son como tanques de guerra por lo pesadas y
agresivas. Arrojan el agua por los costados con una pronunciada inclinacin hacia arriba, de manera tal, que los chorros pasan por encima y
no por debajo de los vehculos cercanos.
Una templada tarde de verano iba yo en mi auto ministerial por
la amplia avenida de circunvalacin, que se llama Sadouaia, segn creo
haberlo dicho, cuando vi venir uno de esos grandes camiones en plena
maniobra irrigante. A pesar de la amplitud de la calzada, al cruzarse
los vehculos fu inevitable que el mo debiese pasar bajo el arco de espadas
de la copiosa lluvia artificial desprendida de los costados de aquella mquina de descargar aguaceros. Como el coche era cerrado y tuve tiempo
de levantar el cristal de la ventanilla, nada ocurri. Pero qued pensando cmo se las veran los que viajaban por ah en ese momento en otra
.clase de coches. Y no tuve que esforzar mucho la imaginacin en figurrmelo, porque por el otro -lado. del tanque regadera pasaba ya un camin descubierto cargado de mujeres, las cuales, sin poder resguardarse,
recibieron ntegra la andanada lquida de babor.
Algunos chillidos, risas y protestas que se perdieron de inmediato
en la distancia marginaron, con la fugacidad de una leve rfaga, el incidente. Y el tanque se alej impvido y desdeoso, vomitando a uno y a
otro lado sus chorros de agua lmpida que se erguan alzndose en el
2re claro y se curvaban al caer como las vibrantes varillas de lquido cristal de una doble fuente trashumante, cuyos surtido.res se tendan a derecha
e izquierda, en abanico, formndole al camin un par de lindas alas abiertas de vidrio transparente.
Estbamos en una poca del ao, de muy breve duracin, en que
la temperatura se mantiene cuando brilla el sol -lo que ocurre con ciertas intermitencias de nublado y lluvias-.- entre veinticinco y treinta gra.dos a la sombra.
La gente vesta, pues, con ropa liviana. Las mujeres lucan telas de
los ms diversos colores, de tonos vivos. Algunas pocas iban tocadas con
sombreritos veraniegos de paja o de telas claras, y aunque pertenecan a
distintas modas, algunas anticuadas, eran pocas las mujeres que ofrecan
con ello. un aspecto ridculo, habiendo, en cambio, algunas que llamaban
81
lUjOSOS.
Tod~va se conservan en algunas regiones para ciertas solemnidades,
esos ropaJes de tanta teatralidad y artstica apariencia, y actualmente se
puede admirar un vestigio de aquellas modas fastuosas y pintorescas en
los ms sencillos indumentos campesinos de todas partes y en la gracia
seductora de esas muchachas que bailan en los teatros de Mosc las danzas
aldeanas amadas de vistosas blusas, de bonitas manteletas y gayas coronas de flores, marcando enrgicamente el ritmo de la msica con sus
lindas botas de color, rojas, verdes, azules.
i Pobres mujeres mo.scovitas! Se desviven por lucir zapatos a la
americana, con sus tacones corridos como suela de coturno.- o con un
agujero en la punta para que asome irnicamente la extremid.ad del dedo
gordo del pie, ellas, que tradicionalmente y por imposicin de las exigcnc.ias naturales del medio, calzan en los meses de fro y de nieve esas
grae1osas botas de caa alta, como de amazona, de las que zapateros hbiles pueden hacer modelos de autntica elegancia, dando realce a las extremidades inferiores del bello sexo..
Fu en invierno cuando nos pareci ms entretenido observar los
trajes que se vean por las calles de fviosc. Como en verano, cada persona demostraba una absoluta independencia de toda regla o pragmtica de
la moda. La necesidad de ddenderse del fro daba a cada quisque el derecho de ponerse lo que pudiera, sin que a nadie se le ocurriese detenerse
en frvolos reparos de sastrera. Eso diversificaba al infinito las modas y
los modos de cubrirse el cuerpo.
All como en todas partes, las diferencias de situacin personal sue-
EMILIO FR UGONI
LA EsFINGE RoJA
len reflejarse en la ropa. Haba quienes se cubran las piernas con unos
tubos de fieltro; otros con unas botas cuyas anchas caas estn hechas
de peluda piel de cabra o de gardua, sin curtir. El ruso, cuando puede,
sale a la calle bien calzado, con fuertes botas altas por lo general, para
preservar sus pies del fro y de la humedad.
Haba quienes se cubran la cabeza con altos gorros de karakul o de
otras pieles, que les comunicaban un severo aspecto sacerdotal.
Los palts que se vean pertenecan a todas las pocas. Los militares
lucan confortables redingotes y capotes cuyas diferencias de calidad correspondan, como se comprende, a las diferencias de grados. Las mejores telas de abrigo eran, sin duda, para ellos. Llamaban particularmente la atencin los oficiales cosacos con sus capas de negra piel de karakul,
que suspendidas de unas hombreras descomunales les llegaban casi hasta
el suelo en forma de carpas de campaa, apropiadas para cubrir con ellas
las ancas del caballo.
Tratndose de las mujeres, la observacin adquira -claro est--especialsimo. inters.
Unas -las que ganaban buenos sueldos o estaban casadas con n:aridos de abundantes recursos- ostentaban tapados de pieles; y se los
vea de todas las especies, formas y calidades, de todos los cortes y colores. Otras ms modestas se resguardaban sin pieles, pero no, carecan
de sus abrigos de tela gruesa, y muchas parecan retobadas en sus chaquetas de cuero, y si eran campesinas, en sus chaquetas acolchadas de algodn,
semejantes a edredones enrollados en torno del cuerpo.
En materia de calzado, abundan en hombres y mujeres las botas de
fieltro, pero entre las mujeres tambin las de brillante hule negro sobre
los zapatos, pues deben quitrselas para entrar en las habitaciones de una
casa o en una sala de espectculos; y no pocas damiselas elegantes lucen
unas preciosas botitas de goma blanca que dan a sus pes una hermosa
apariencia de pequeos cascos de gacela.
Cierto que las personas que se vean por las calles y asimismo. las
que constituan el pblico de los teatros, aun el de las localidades ms
caras, no iban, sino por excepcin, tan bien vestidas como las personas
de las clases altas y medias de otros pases.
Pero a las mujeres se las notaba a menudo capaces de compensar, con
la gracia y el gusto para acomodarse las cosas, la mediana o inferior calidad de las mismas.
No escasean las figuras femeninas atrayentes con sus botas negras o
blancas, de charol o de hule, pero siempre graciosas bajo el ruedo del
abrigo pesado. Las tocas y gorras que defienden del fro las orejas, cuello
y mentn, suelen ser sentadoras a los rostros de ojos brillantes y tersa
tez muy blanca, que el invierno colora de "clido carmn", como alguien
dijera.
La llegada del verano decreta una transformacin gloriosa en el aspecto de las mujeres jvenes. Las telas que slo dejan expuesta a las miradas una parte del rostro, y dan predominio casi absoluto a los tonos
<?.scuro~ e_n la coloracin de las vestiduras urbanas, son ~ustt:adas por teJidos hv1anos de claros colores, empleados con la pars1m0111a correspondiente a la finalidad de vestir el cuerpo sin abrigarlo mayormente, lo cual
permite a las mujeres dejar al descubierto. los brazos, el cuello y las piernas hasta ms arriba de las rodillas. Esto mismo ocurre en todas las
ciudades del mundo, pero en Mosc el contraste resulta tan pronunciado,
que cuando se produce el cambio, se asiste a una especie de sbita eclosin
floral deslumbradora.
Un buen da, en que el cielo azul y el sol resplandeciente trompetean en los ojos desde las altas arcadas de la nueva estacin, sale uno a
la calle y se restrega los prpados para contemplar mejor el espectculo
que generosamente se le ofrece. Han desaparecido los ltimos vestigios de
las defensas del vestuario contra el fro., que se mantienen, por imprescindible precaucin, hasta muchos das despus de pasado el invierno y tambin el otoo, segn las indicaciones del calendario, y aparecen entonces
liberados de la crcel de los abrigos invernales, los encantos femeninos en
flor. Es como. si las muchachas desenvainasen de pronto la belleza de sus
formas basta entonces celadas para hacerlas cantar en el relampagueo de
su pasaje por la calle.
Son la primavera de la literatura que se anima, realmente encarnada
en esas jvenes mujeres que acaban de salir de la crislida de sus envolturas
invernales, y que se despliega de pronto ante nosotros en la inquietud
andariega de ~~os mltiples y verdaderos ejemplares vivos de la "musa de
carne y hueso ...
Ese espectculo no se prolonga mucho en el ao. La misma primavera suele anticipar, en intercalaciones de semanas enteras, las destemplanzas del invierno, que prcticamente dura seis o siete meses desde mediados
de octubre a principios de mayo. Esto se traduce en un recargo para la
economa domstica, con relacin a la necesidad de vestirse.
Debe tenerse en cuenta que el vestido. en I'viosc constituye, por las
particularidades de su clima, un conjunto de exigencias desconocidas para
gente de ciudades y pases en que no hacen falta los tejidos gruesos de
lana, ni las pieles (que son carsimas porque se reservan para el ejrcito,
y las que sobran se exportan para obtener divisas) , ni las botas de fieltro
y de goma, o de cuero, ni los pesados gabanes forrados de piel.
Donde ms se notaba la general modestia de los trajes era en los teatros, por ser sitios donde la gente suele acudir con lo mejor que tiene
para ponerse, sobre todo porque existe la costumbre de afluir durante
los entreactos a los fcyers, a las amplas salas de espera y paseo, de que
todos los teatros disponen, para circular en parejas dando vueltas interminables, como los vecinos de nuestras ciudades provincianas en las plazas
principales. En la misma platea y en los palcos bajos y balcones del Gran
Teatro, junto a las p2rsonas bastante bien puestas y hasta con lujo, se
ven mujeres y hombres con el aspecto de nuestros obreros en da de trabajo, aunque no. con las blusas de faena; viejas no mejor vestidas que
nuestras ms pobres sirvientas urbanas; muchachas con vestidos casi humildes, aunque notndose en todas la preocupacin de una limpia y decorosa exterioridad para hacer honor a la brillantez del ambiente.
Cmo extraarse de la modestia de las toilettes sabiendo que desde
el estallido. de la guerra, es decir, desde haca tres aos, se haba paralizado
por completo la fabricacin de artculos para vestir? Slo se confeccionaban y no se vendan sino a precios exorbitantes, algunos pocos trajes y
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EMILIO FRUGONI
vestidos; apenas se fabricaban sombreros para hombres. ni ms calzados
que los necesarios para el ejrcito y botas para el trabajo.
A las mujeres les estaban vedados, por lo general, los ms inocentes
recursos del arte de embellecerse. El rouge, el rimmel, los simples polvos
de arroz, sin hablar de otros ingredientes del maquilaje de las elegantes
a la moda europea o americana~ escaseaban y no eran de fcil adquisicin.
Los !'salones de belleza" se haban clausurado. La inmensa mavora de
las mujeres que uno vea en las calles y en los teatros mostraban s'u rostro
sin afeites y sin revoques. Eran mujeres al natural. Y las que nos parecan bellas lo eran i caramba! irrevocablemente ...
Por otra parte la vida que llevan casi todas las mujeres que uno ve
en la calle y el teatro -tan distinta de la de esas elegantes que en pases
como el nuestro. slo se preocupan de conservar y realzar su belleza- no
les permite entregarse a ese absorbente cuidado de la persona que requiere,
desde luego, un espritu frvolo incompatible con la manera de ser y de
vivir de las muchachas rusas, que viven de su trabajo y no suelen disponer
de mucho tiempo para embellecerse con artificios complicados.
Contemplemos el garbo con que una de esas chicas guardianas del
orden pblico, con su uniforme azuloscuro dirige el trnsito en una esquina; y la desenvuelta energa con que otras chicas de chaquetilla color
kaki, corto pollern oscuro, botas cuyas caas les llegan hasta media pantorrilla y gracioso, pol bajo el cual se derrama hacia los hombros un tumulto de bucles rubios o morenos, manejan el pico y la pala en unos trabajos de excavacin en plena calle, arreglando el suelo para colocar nuevos durmientes a los rieles del tranva.
Admiremos en un parque cntrico, a pocos metros del hotel donde
estoy alojado, el ardor con que remueven la tierra de los canteros, con
largas palas, y el curioso efecto que producen en uno de ellos los cinco
pares de botas de las muchachas que lo carpen, mientras las jvenes trabajan descalzas hundiendo sin reparo los blancos piececitos en la blanda tierra negra.
Estas no son miliciatas ni guardianas del orden pblco. Son civiles, como tantas otras que se vean trabajar en la demolicin o construccin de edificios o en los bosques cortando lea y apilndola para
ser transportada por los camiones. Eran mujeres que, al igual que los
hombres, cumplan con la obligacin de entregar al Estado, gratuitamente, una cantidad de horas de trabajo al ao en un servicio de general
necesidad, segn disposicin de la ley vigente.
Y a propsito de mujeres: ellas soportan all -hablo de las que
se encuentran corrientemente en los sitios pblicos, no de las que por su roce
social o por su contagio de las costumbres extranjeras han aprendido los
hbitos de afectacin y disimulo que pertenecen entre nosotros a las reglas de urbanidad- sin excitacin ni desagrado la mirada del hombre.
Se dejan mirar y miran con una naturalidad imperturbable, como si para
ellas el amor no se valiese, en sus primeras tratativc.s, de un reiterado intercambio de miradas. En nuestro pc.s las mujeres se creen obligadas a
desviar la vista si se las mira al pasar, y pasan ellas mirando a otra parte,
rehuyendo los ojos del hombre. Esto al menos es cierto p:ua las mujeres
que no se separan de los cnones de la llamada "correccin".
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En Rusia ellas miran con franqueza y sin descaro, y no apartan la
vista ni vuelven el rostro aunque se las mire con cierta insistencia. Aun
sin corresponder a lo que puede ser una insinuacin de amor o qe amoro,
dejan entender que no les disgusta ser admiradas o contempladas. Aceptan sin envanecimiento ese homenaje al que pueden no dar mayor importancia, pero ante el cual se sienten complacidas.
Y como suelen no poner en ello inters sentimental, nada les cuesta dejarse contemplar por un viejo, y mirarlo tranquilamente a su vez, para
que ste -si es un iluso incurable- pueda forjarse la ilusin de que no
es, a pesar de sus aos, del todo indiferente a una mujer hermosa; y si
es un hombre sensato se conforme con el inocente halago de unos ojos
bellos que miran piadosos, no precisamente para parecer ms bellos, como
los del madrigal clsico, sino tan slo para no ser desdeosamente esquivos.
Conviene -eso s- no atribuir a estas impresiones mas en un terrenO. tan escabroso donde mis experiencias personales han debido ser muy
limitadas, el carcter de comprobaciones irrefutables. Reconozco que no
me considero inmune a la tentacin de las generalizaciones precipitadas,
que suele dominar a los observadores y cronistas de las modalidades de
un pueblo, y es muy probable que ella me haya traicionado en esta observacin como en otras, pero dndola por exacta, ya que creo rendir con su
intrascendente consignacin un respetuoso homenafe de galantera a las
admirables mujeres soviticas, debe buscarse la explicacin de esa simptica
manera de ser femenina en una correlativa actitud del hombre ruso, el cual
no. a~olece casi nunca de un vicio que es muy comn en el hombre latino,
espee1almente en el criollo de la Amrica Latina: el donjuanismo. Este, a
menudo asume, entre jvenes y viejos, la forma de una enfermiza prop-2ns1on a importunar a cuanta mujer bonita encuentran. arrojndole, con
ms petulancia que habilidad, el anzuelo, que suponen irresistible, de sus
voraces m~radas. Eso hace que la mujer de Mosc, libre del desagrado y
la desconfianza que en nuestras mujeres honestas producen los asaltos visuales de los profesionales del donjuanismo a todas horas y en todos los
sitios, no sienta el disgusto de verse mirada ni la necesidad de evitar que
se la mire. La mirada del hombre, por s sola, nunca la ofende. En esa
mirada ella pone, con el derecho que le otorga su entereza moral, el sentido
que m~s agrada a su dignidad y a su sentimiento. Y sin ninguna inquietud
la sost1cne, no ballc.ndo en ella ms que lo. que ella con su propio pensamiento quiere poner.
-
LA ESFINGE ROJA
CAPTULO XI
EL SISTEMA COMERCIAL
Acaso lo que ms amargaba y abrumaba el nimo de casi toda esa
gente que circulaba por las calles, cargando siempre algo, era el drama de
las dificultades para proveerse.
La persona que, por su escasez de recursos, deba ceirse a su libreta
de racionamiento, quedaba condenada a realizar maniobras para obtener,
revendiendo discretamente algn artculo racionado de los que poda prescindir, dinero con que comprar en los almacenes libres o en el .mercado
negro algo que necesitaba. En una y otra operacin inverta horas enteras, porque deba hacer cola en todas partes, unas veces para entrar al establecimiento, otras para conseguir turno ante las cajas, donde se expendan los recibos coD:tra los cuales le entregaban lo que deseaba comprar.
En los almacenes ltbres, donde se vendan infinidad de cosas ms qu~
en los de racionamiento, las aglomeraciones de pblico eran imponentes.
Luego esa persona deba salir cargando con todo lo que hubiese
comprado, porque no haba repartidores ni mensajeros.
Estos detalles del vivir cotidiano nos internan en el cuadro de la
organizacin comercial de la U. R. S. S., que describir a grandes rasgos.
Lo que se puede colegir de la entraa misma de la organizacin comercial sobre la cual se desenvuelve todo el intercambio de mercancas
en la U. R. S. S., por la simple observacin de sus signos externos, que
son las actividades y caractersticas del trfico en la ciudad, en sus tiendas
y almacenes mercantiles o en sus mercados, es que all el Estado retiene
en sus manos todos los resortes de ese plano, como de los otros, de la
vida econmica.
Por eso cabe afirmar que, as como en los Estados Unidos de Amrica el ciudadano -segn lo adverta W. Wilson en su libro La Nueua
Libertad-, depende siempre, en cuanto consumidor o productor, y es
personalmente tributario, de grandes compaas capitalistas, en la U. R.
S. S. lo es del Estado. Y no tan slo de las formas industriales y comerciales que ste pueda adquirir (lo que ofrece sus ventajas de orden
social) o sea de sus agentes de gestin, sino tambin de sus agentes GC
autoridad, lo que suele ser antiptico y casi nunca se explica satisfactoriamente. En este ltimo aspecto de la organizacin sovitica nos detendremos ms adelante.
El Estado es el nico gran comerciante y, prcticamente, el nico comerciante, pues los pequesimos concurrentes libres son excepcin, y los
productores campesinos que venden sus productos libremente, no son comerciantes fundamentalmente, sino solamente comerciantes ad-hoc.
De ello resulta que la relacin entre la oferta y la demanda se rige
por normas distintas a las de otros pases.
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En efecto, mientras en el mundo capitalista la oferta por lo general
depende de la demanda, en el mundo sovitico la demanda suele depender
de la oferta. Porque el Estado almacena las mercaderas, y la demanda del
pblico debe atenerse a las decisiones estaduales por lo que respecta a su
venta, de tal suerte que slo cabe demandar al comercio lcito lo que el
Estado se halla dispuesto a ofrecer.
Las I?ercaderas se expendan en dos clases de establecmiento.s: los
de venta hl;>re (a veces se titulan cooperativas), donde reinaban los llama~os prect~s de com~rco, y los <;fe racionamiento, d<;mde el pblico ohtema los articulas racwnados mediante los correspondientes cupones y libretas, y al precio mnimo fijado para cada mercadera o precio de Estado.
Pe.ro, adems, existen no pocos almacenes de compra y venta en que
el J?bhco lleva a vender o a dejar en consignacin toda clase de cosas:
traJes, calzados, utensilios, alhajas, muebles, tapices, etctera. Algunos
grandes bazares renen en sus estantes o vitrinas los ms dispares objetos.' y en ellos pueden comprarse desde pianos de cola (que tambin se alqmlan) a cafeteras usadas, desde alfombras orientales a relojes de pulsera; desde platos de loza a estatuas de porcelana, de bronce, de mrmol ...
j\.lg_unos de esos. almacenes se especializan en ropa y calzado; otros
en maqll;mas fotogrficas; otros en utensilios de menaje o en herramientas
o mecamSJ?OS pa~a el uso. d?mstco. Hay asimismo los que venden sobre
t?do .alhaps y pi~dras preoosas sin engarzar, zafiros del Cucaso, lapslazuhs, topa~10s, a gatas y turquesas de los U rales; diamantes y carbncul.os del Asia. Los ~reoos no son mdicos ni las piedras de muy buena
cahdad porque las meJores se exportan para obtener divisas.
Hay establecimientos de venta que compran la labor de un artista o
a~tesano -cuadros, estatuas, cermicas, etctera-, y si le pagan, por
eJemplo, 300 rublos, lo venden por 600, que talle ocurri a quien me informaba.
C~a~do algui,en _lleva un objeto para vender, s no es de los que el
est~blecimiento .e~ta dispuesto a comprar pagndole de inmediato lo que
el. I_nteresado sollClta! 1<? puede dejar a consignacin bajo las siguientes con~lClones: el establecu:~uento, si acepta venderlo, le fija un precio, y sobre
el cobra el ~O por oento por ponerlo a la venta, y al venderlo retiene
un 25 I?or oento ms. Si no se vende, debe pagarse asimismo una suma
por el. tiempo que ha durado el depsito hasta el instante en que el dueno. retua su obJeto.
Es, como se ve, un Estado usurero, secrn me lo subrayaba indianado un habitante de Mosc que se haba vi~to obligado a recurrir alcr~
na vez a esos establecimientos. Eso hace que mucha crente aun ~x
ponindose a ser ~ancionada por "especulacin", venda en priva'do sus co.sas cuando necesita desprenderse de ellas para obtener algn dinero.
Pero hay todava comercios de simple trueque adonde el pblico lleva cosas de su uso o que ya no necesita, a cambio de las cuales puede o.bten~r algunas de las que le hacen falta, especialmente calzado o ropa de
abngo.
Lo que se descubra, a poco de vivir en Mosc, es que todo ef mundo,
por imperio ineludible de las circunstancias, poco o mcho "especulaba".
A las puertas de los almacenes en que se expenda el pan, o la leche, o
88
E:'.IILIO FR UGONI
cualquier otro artculo de primera necesidad racionado, se presenciaba el
comercio que realizaban hombres y mujeres, cuya indumentaria revelaba
su modesta condicin, vendiendo parte del pan, de la leche o del pescado
que acababan de comprar de acuerdo con la norma de su racionamiento,
por una suma de rublos que les permita adquirir mayor cantidad de
otro producto u otro artculo que necesitaban por encima de su norma correspondiente. Haba quienes venan a canjear por el producto que en ese
sitio se expenda, otro. del que tenan menos necesidad.
De tanto en tanto la polica intervena para poner fin a ese comercio
clandestino, y detena a alguno de esos pobres negociantes. Parece que
muchos de los que acudan a efectuar ese trfico no eran sino comisionistas o. emisarios -generalmente aas (viejas sirvientas)- de las personas mejor tratadas por el racionamiento, a quienes las "normas" les permitan revender excedentes de productos y obtener de ese modo buena
ganancia de rublos.
En el Gastronon, el gran magazin de comestibles (hay una meda
docena de ellos en toda la ciudad, siendo el ms grande y lujoso uno de
la avenida Gork, donde se encuentra de todo en las diversas secciones, frutera, confitera, fiambrera, carnicera, verdulera, pescadera, panadera,
etctera) pude comprobar cmo especulaban con sus libretas de racionamiento los militares.
En ese establecimiento suntuoso, vasto local de la ltima poca de
los zares, decorado en su interior con un gusto algo brbaro en la cargazn
de los ornamentos y el barroquismo de los cortinones dorados, las pesadas
columnas de capiteles recargados de frutas de yeso y artefactos desparramados en coruscantes caireles, llama la atencin la abundancia y variedad
con que se ven surtidas sus secciones, especialmente la pescadera, la fiambrera y la panadera, pero espantan los precios, por lo general, sobre
todo en las secciones de repostera, confitera y frutas.
Y bien; all se acercaban a uno militares, soldados y clases generalmente, para proponerle una asociacin ilcita: como ellos gozaban de
una rebaja del 30 por ciento, se ofrecan para comprar lo que uno necesitaba, y mediante una bonificacin descontada del 30 por ciento con que
se beneficiaba a los militares, le entregaban la factura adquirida. Algunas veces el precio consista en una parte de lo que el militar compraba
con el dinero que el interesado. le facilitaba.
Como se ve, las diferencias en el racionamiento -que resultaban des-,
concertantes si se advierte que las categoras favorecidas correspondan a los
mejores sueldos- daban lugar a esa fiebre esp-2culativa, as como la elevacin de precios de muchos artculos originaba y fomentaba el mercado
negro, cuyas proporciones asombraban al extranjero.
Un juez nos dijo que se castigaba la "especulacin" para que nadie
se eximiese de trabajar.
Pero all los que ms trabajaban a menudo deban vender sns cosas
a contramano de la ley, especulando.
Se trataba en gran parte de contingencias vinculadas a las transitori::~s
circunstancias que tenan su raz en b guerra, y que a excepcin del criterio con que se aplicaban los racionamientos, no podan atribuirse al r-
L\
ESFL'~GE RoJA
89
gimen poltico imperante. Pero puede, eso s, consignarse que ste no ha
logrado abolir la especulacin y el mercado negro.
La. que pertenece al rgimen social y poltico que car:1cteriza a la U. R.
S. S. es la absorcin de todo el comercio, interior y exterior, por el Estado.
Todos los establecimientos comerciales o industriales, salvo algunos
pequeos talleres de refaccin o limpieza de ropa, de compostura de botines, de relojes o de mecanismos domsticos, en que slo trabaja el dueo y
pagan patentes sumamente altas para que no puedan competir con los del
Estado y tiendan a desaparecer, son oficiales. Las peluqueras lo son en su
totalidad, al menos en las grandes ciudades.
Casi todos esos pequeos negocios privados son de una pobreza y sordidez lamentable, como el taller de un remendn de botines instalado cerca
del correo, que era ms una cueva prehistrica que una casa.
Todo el comercio callejero es asimismo estadual. Las mujeres que
venden helados, las que venden cigarrillos, cordones para zapatos, lpices,
etctera, en muchas esquinas centrales, administrando pequeas vitrinas
adosadas a las paredes, as como los lustrabotas, los afiladores y los ancianos que sirven vasos de una bebida sin alcohol, agua ligeramente gasificada con algunas gotas de esencia dulcificante, de color, elaborada
mecnicamente en unos carritos que se estacionan en las plazas y sitios
adecuados de las avenidas, son empleados de organizaciones pblicas destinadas a tales servicios.
Y si es cierto que, de pronto, se vean en algunos parajes de la
ciudad vendedores de baratijas, de peines, cepillos y de mueblecitos de
madera o de mimbre, fabricados en casa por viejos artesanos, aldeanos
por lo general, o se presenciaba en las cercanas de ciertas tiendas ese
trfico al aire libre de que ya he hablado, no menos cierto es que ese
comercio se efecta al margen de las ordenanzas, pues las p.:rsonas que
quieren vender las cosas de su uso o el producto de sus manos y de sus
huertas, deben hacerlo en los establecimientos correspondientes, especialmente en los mercados oficiales, mediante, claro est, un permiso pagado, algo as como. una tasa o derecho de piso por cada vez.
Las mismas industrias populares a domicilio, esos tradicionales oficios en que artesanos y artistas educados en una destreza secular, trasmitida de generacin en generacin, despliegan aptitudes interesantes con
que llenar sus horas en el refugio del hogar campesino, durante las lluvias tenaces y las interminables nevadas, industrias que a veces quedan
reservadas a ancianos o lisiados, 5'2 organizan oficialmente para la venta de los objetos as confeccionados -cajitas de laca pintada, juguetes, tapices, encajes, muebles tpicos, etctera-, y la distribucin del dinero obtenido. En algunos casos se forman cooperativas de produccin,
como unas de artesanos lisiados o ciegos, de diversas regiones, que envan sus muestras de cepillos, carritos, etctera, a una exposicin industrial abierta en un amplio local de Mosc a la conclusin de la guerra;
y esas cooperativas, oficialmente organizadas, venden por intermedio de
los loco.les del Estado, de sus especiales almacenes de venta. o de exposiciones y ferias que de tanto en tanto asimismo se organizan.
Lo que no puede menos de sorprender desagradablemente al fo.rastero que recorre la ciudad y se introduce curioso en sus lugares pblicos
EMILIO FR UGONI
LA ESFINGE RoJA
ms frecuentados, es la sordidez y falta de higiene del nico mercado popular autorizado, ese al que pueden llevar a vender sus productos los koljosianos y que es el equivalente de nuestros mercados del Puerto, Central
y de la Abundancia. (La comparacin con el Agrcola o el Modelo no
resulta de ningn modo aplicable).
No puede compararse ni tampoco desde muy lejos, a ninguno de
aquellos tres. Ocupa un predio como de media ?ectre~, rodeado. por
un cerco de tablas de dos metros de alto. Sus mstalaClones cons1sten
en un vasto pabelln central de madera, al que se accede por una escalinata, en el cual se hallan los puestos de carne, de. l~gumbres, de hortalizas, de frutas, con la factura pobremente acond1e1onada, sobre laro-os mostradores circulares, ante los cuales desfila una multitud nmen;a, entre una atmsfera cargada de agrios olores.
Rodean ese pabelln unos largos galpones donde se venden verduras, flores y algunos pocos artculos de mercera, ferretera y menaje,
todo de nfima calidad y dispuesto. en forma poco atrayente. Un gento
numeroso circula por los callejones y entre l andan vendedores ambulantes de chucheras, frutas o flores, y no faltan los que expenden vodka,
sirvindola en vasos de uso comn, de cuya higienizacin es mejor no
acordarse, como nadie se acuerda all.
En una larga plaza, a pocos metros del portn de ese mercado oficial se vean, a ciertas horas, grandes aglomeraciones: eran centenares de
vendedores y compradores que formaban apretados corros por entre los
cuales circulaban hombres, mujeres y nios que ofrecan comestibles, alan trozo de carne, embutidos de cerdo, legumbres, frutas, tabaco, ciga;rillos, vodka, piezas de ropa usada, tejidos de punto, herramientas viejas, utensilios, etctera.
En alan otro sitio de la ciudad era posible ver, todas las maanas,
una multt~d an ms numerosa, de varios miles, que comunicaba especial animacin a todo un largo trecho de la calle, y que ~onsttua ~na
especie de inmensa feria ambulante dedicada a ese comerc10 clandestmo
ante el cual las autoridades haban concludo por hacer "la vista gorda",
porque sola resultar inevitable que, cuando intervenan, reci)Jiesen alguna pualada annima los policanos ms celosamente cumphdores de su
obligacin.
El mismo pblico mostraba cierta complicidad con esos traficantes
sin autorizacin y dificultaba cuanto poda, en tales casos, los procedimientos policiales, amparando a esos infractores y ayudndolos a escabullirse, sin duda porque los que hoy haban venido a comprar, maana vendran a vender, y viceversa.
Para dispersar esas aglomeraciones y concluir con esas concentraciones del "mercado negro" habra que librar verdaderas batalas campales.
o libre (en estos ltimos se vende a lo que se llama precio del Estado) cobrando menos que los especuladores, que suelen no ser sino modestos negociantes ad hoc que, acuciados por la necesidad, sacan a vender
lo que pueden o se ingenian para nego.ciar con las necesidades ajenas.
Porque el Estado, en su condicin de nico gran comerciante, retiene los productos y mercancas, que adquiere a los Koljoses, a las fbricas, y a cuantos organismos se dedican a la extraccin o creacin de
riquezas, y los guarda o las lanza al mercado. a su arbitrio, abaratando
tales o cuales renglones, o encarecindolos, segn convenga a sus clculos.
El Estado maniobra con esa facultad y la emplea para provocar el
nflacionismo o reducirlo, pero no. siempre logra eludir el imperio de
leyes econmicas que pertenecen al rgimen del sistema mercantil y monetario tradicional, con el cual desenvuelve y maneja su economa oficialmente dirigida. As, cuando ve abundar y acumularse el dinero en
manos de los campesinos a causa de la valorizacin de los productos del
campo, aumenta el precio de las mercancas que el campesino necesita
adquirir, pero entonces sube la marea del "mercado negro", y para contrarrestarla no. hay ms remedio que rebajar los precios de los artculos
que subrepticia y ostensiblemente, lo alimentan.
Slo una produccin abundante en todos los rubros, que permitiese cubrir con holgura las necesidades generales, reducira y anulara la
inflacin, siempre, claro est, que no se emitiese moneda en cantidad
desproporcionada. La inflacin se dejaba sentir por virtud de la escasez de mer~ancas mientras el Estado se ingeniaba para extraerle al pueblo el dinero, ya que las emisiones de papel moneda deban continuar
en grande escala para colmar los emprstitos de guerra. Slo :muy pocas cosas podan proporcionarse con cierta abundancia a la poblacin -el
pescado, las papas, los pepinos- dadas las circunstancias que atravesaba el pas. La guerra absorba productos y bnzo.s y obstaculizaba en todas partes la produccin. Y adems obligaba a disponer de divisas para
cuya obtencin se exportaban productos de gran demanda en el extranjero, como el caviar, el famoso caviar del l\!Iar Caspio, y las pieles que en
Rusia se acumulan por millones de toneladas y so.n indispensables para
afrontar los rigores del invierno, pero que en ninguna parte del mundo
son tan caras.
Suele creerse que el caviar es en Rusia algo tan popular y tan al alcance de los bolsillos modestos como el gofio o el arroz entre nosotros.
Acaso hubo tiempos en que no faltaba en la mesa de ninguna familia medianamente acomodada ni de ningn ciudadano capaz de ganarse regularmente la vida en un trabajo manual bien remunerado. Hoy no es as,
por cierto. Cuando yo sal de la Unin Sovitica el kilo de caviar, del
de mejor calidad, desde luego, costaba en los almacenes "gastronmicos'
800 rublos, que equivalan a 70 dlares, al cambio diplomtico.
El de calidad inferior costaba unos pocos dlares menos.
Con las pleles se presenta el mismo fenmeno. U na boa dr zorro
plateado, usada, porque nuevas casi no las haba en v-enta, le costaba a
un diplomtico de 2.000 a 3.000 rublos, es decir, de 180 a 270 dlares. Un tapado de karakul, para seora, costaba alrrdedor de 20.000
rublos. Yo pagu por un sobretodo forrado de una piel vulgar, 1.300
90
EL INFLACIONISMO.
En manos del aobierno hubiera estado ponerles fin, sin la mnima
violencia, s hubiese"' podido proveer a la poblacin de todo lo que le
haca falta, en los establecimientos del comercio racionado y del comer-
91
92
E;..IILIO FRUGONI
dlares, equivalentes (segn cambio oficial para diplomticos) a 15.000
rublos, ms o menos, y pude ver en las tiendas de ropa usada que ninguna
fourrure como para m, de mediana calidad y en buen uso, costaba menos
de 25.000 rublos (ms de 2.000 dlares).
Es que se exportan casi todas las pieles pan conseguir divisas extranjeras, especialmente dlares.
De ah que la poblacin conserve las pieles de su uso como oro en
polvo. La inmensa mayora de los habitantes de la Unin Sovitica, en
las regiones fras, se abrigan con pieles muy ordinarias, con pieles de
oveja o de cabra, con trajes y vestidos forrados de guata. No faltan
mujeres soviticas que lucen buenas pieles de reciente adquisicin, pero
stas suelen ser tradas por sus esposos o amigos, generalmente militares,
de pases que antes las recibieron de la propia Rusi:1.
Hay fbricas para la exportacin, es decir, que slo producen para
exportar. Se hacen, por ejemplo, pauelos de seda, que en la U. R. S. S.
no pueden comprarse.
En nuestros datos comerciales figuraban sumas por concepto de hilo
de coser que la U. R. S. S. enviaba al Uruguay en momentos en que all
la gente haca largas colas para comprarlo.
Volviendo a la inflacin: terminada la guerra hubiera sido necesario,
para evitar la depreciacin del rublo en comparacin con los precios corrientes, internarse en una era de trabajo para las necesidades inmediatas y
de gastos pblicos verdaderamente reproductivos.
El Estado Sovitico ha entrado, en cambio, en otra era de planes
quinquenales, sobre todo para reforzar la capacidad defensioa de la nacin,
segn frase del informe con que fu recomendado el proyecto del present<O
plan quinquenal al Soviet, y dar impulso a la industria pesada y a b
fabricacin de armamentos.
El Estado emplear as gran parte de sus recursos en prepararse para
una posible contienda y vigorizar el mpetu cxpansionista que lo lleve a
rodearse de estados satlites en una incesante ampliacin de su zona de
seguridad, o sea, de absorbente influencia comunista.
UNA REFORMA MO~iETARIA.
Recientemente sobrevino, a ms de un ao de mi partida de la
U. R. S. S., una reforma en materia de valor dd rublo v de la venta de
productos que desat en toda la mcnsa mundial una ola de informes v
comentarios.
'
Recordemos que el rgimen monetario sovitico en nada difiere. en
s mismo, del que rige en todas las partes del mundo.
Cuando el bolcheviquismo se adue del poder hall una moneda
fiduciaria que haba venido deprecindose constntemcnte desde los ltimos aos del zarismo y aun durante el breve gobierno nrovisional rcvolu~iona~~~ de L?;v
de Kerenski, que se haba visto obligado a recurrir
a la pollt1ca em1s1omsta.
El gobierno bolchevique tambin recurri a las ennswnes, que alcanzaron cifras astronmicas, slo igualadas (segn un informe oficial so-
LA EsFINGE RoJA
93
vitico del ao 1928) en Alemania el ao 1923. Ellas ascendieron en 1922,
a la cifra de 300.000 millones de rublos.
"La restriccin de la circulacin de mercaderas, sobre todo en la
poca del comunismo de guerra -dice ese informe-, la prdida momentnea de grandes regiones, el cambio en especie reemplazando el comercio, redujeron el valor real de esta masa nominal a 60 millones de
:rublos de preguerra."
(Algunos economistas, de acuerdo con los ndices de los precws,
c:llcularon esa equivalencia en 50 millones).
Durante los aos 1912 y 1920 el papel moneda jugaba en el pas,
aade dicho. informe, un rol secundario. Los productos de la industria
del Estado no se vendan, sino que se distribuan a la poblacin. Las
nntas del Estado consistan, sobre todo, en contribuciones en especie (requisa de los excedentes de la produccin agrcola). Los salarios se pagaban igualmente en especie. El papel moneda tena curso solamente donde
el comercio privado se mantena y solamente en las ciudades. En el campo
la poblacin rehusaba en general aceptar un papel sin valor y hasta comenz a calcular el valor de los gastos en cereales o telas, en sal u otras
mercancas anlogas.
Algunos tericos del comunismo se felicitaban de ese cambio en las
costumbres. Juzgaban que convena despojar al dinero de todo poder de
compra para llegar a su completa anulacin y suprimirlo como instrumento de pago e intercambio. Creyeron llegada la hora de poner en prctica un orden colectivista sin moneda y no vean con malos ojos que el
dinero se volatilizase, creyendo fuese el caso de recurrir al refrn "no hay
mal que por bien no venga", pues de ese modo habra de poder implantarse, casi automticamente, sin mayores dificultades, un sistema de bonos
de trabajo como medio de regulacin del canje de mercancas.
Predomin el sentido prctico y se comprendi que no se podb
prescindir tan fcilmente de una moneda mercantil y que sta deba poseer
un poder adquisitivo estabilizado.
La Nueva Poltica Econmica restableci la circuiacin monetaria.
Esa Nueva Poltica tenda, como se sabe, a rc2.nudar las corrientes del
intercambio y el desarrollo de las operaciones de crdifo, y a la reorganizacin de las empresas sobre base comercial. Y todo ello quera una
divisa firme. Con el fin de obtenerla se adoptaron en 1922 dos monedas:
una estable y la otra depreciablc que circulaban simdtneamente. La
primera consisti en un billete emitido por el Banco del Estado y garantido uor oro.
~Por razones puramente fcnicas, para prevenir toda confusin -dice
aquel informe-, esos nuevos billetes de banco fueron denominados
1 chen.;onetz, refirindola a una antigua pieza de 1o rublos llamada vonetz. Los bilLetes, que constituyeron la base del sistema monetario, no eran
canjeables contra oro, pero posean frente a las monedas extranjeras una
estabilidad absoluta, que se mantena ante todo :;raCJ.s a la prudencia
emisora, reforzada por una poltica de acumulacin muy activa por parte
de la Banca del Estado y su stoch de valores extranjeros.
El informe oficial de dondc tomamos los prcscm;;s datos c::~presa
(el ao 1928): "El cambio de Tchetvonetz contra el oro ser resta-
94
E.:VIILIO FR UGONI
LA ESFINGE RoJA
blecdo tan pronto como la economa del pas sea suficientemente consolidada. Los billetes del Banco del Estado excluyeron poco a poco de
la circulacin el papel moneda; de ms en ms depreciado. ste qued
todava algn tiempo en circulacin como moneda divisionaria, puesto
que estos billetes tenan una equivalencia inferior a un Tchervonetz".
"Cuando en 1924 se pudieron equilibrar las entradas y los gastos
del Estado sin haber recurrido a la emisin, la reforma fu completada:
el papel moneda depreciado fu reemplazado. por una pequea moneda
estable en bonos de tesoro en metlico, que forman con el Tcheruonetz
una moneda homognea de valor estable. Aunque la suma en circulacin
en el pas (abril de 1926) alcanza a 1.200.000.000 de rublos, o sea
ms de veinte veces que en 19 21, ella no era entretanto sino los dos tercios
de la circulacin de preguerra."
Lo que parece haber ocurrido es que, cumplindose una vez ms la ley
de Gresham, segn la cual la mala moneda desaloja a la buena, los Tchervonetz desaparecan de la circulacin en parte retenidos por el pblico, que
se desprenda de los rublos, depreciados siempre ms a medida del aumento
de las emisiones forzadas por las necesidades de ms numaario creadas, en
parte, por el retraimiento de la moneda mejor, que lleg a valer menos de
un milsimo de la otra. Entonces fu cuando. se suprimi la circulacin
paralela de dos emisiones distintas, refundindose ambas mediante una
conversin en que se canjeaban 50.000 rubios de 1923 por cada 10 rublos
de oro nuevos (Tchervonetz), dndose a la nueva emisin de moned2.
fragmentaria del Tcheruonetz un respaldo legal en bonos de metlico.
Empez as a lograrse la unidad y la estabilidad de la circulacin.
Desde el punto de vista de las relaciones exteriores la moneda rusa no
difiere, por su cubertura, de un billete de banco ordinario de cualquier
otro pas del mundo, como observan los economistas. Y como el Estado
sovitico ejerce el monopolio del comercio externo e interno, en sus manos
est equilibrar los cambios con el extranjero y regular las compras estrictamente de acuerdo con las disponibilidades de oro, si no prefiere o
no puede canjear productos por productos.
Despus de la unificacin sobre los bonos del Tchervonetz se hicieron grandes emisiones. Sin embargo, el gobierno pareca haber renunciado a hacer de las emisiones de billetes un medio de obtener recursos.
Pero la guerra trajo como resultado una inflacin desmesurada. A
las emisiones autnticas que el Estado deba lanzar p:1ra atender a sus
gastos, directamente, y para proporcionar al pblico numerario con que
cubrir los emprstitos interno,s, se aadan las emisiones falsas de los alemanes desde los sitios que ocupaban en el territorio de la U. R. S. S.
Lo cual daba lugar a una situacin en que, maniobrando entre el
exceso de numerario sovitico y la escasez de mercaderas, la especulacin
en el mercado negro de productos y en el mercado negro de divisas, sobre
todo dlares, haca desaforadamente su agosto, como acabamos de consignarlo al pasar.
Los precios andaban por las nubes, sin que resultase excesiva esta.
vez la gastada metfo.ra. El rublo, que no se cotiza en el exterior, caa
muy abajo en los ndices de su capacidad adquisitiva en todo el pas.
Sin duda, puede decirse que se le "dejaba" caer, aunque se hubiere deseado
no deja_rl~ caer, ya que su valo: all, ms que en parte alguna, por las
caracte,n.stlcas. ~el Estado co~:rcial y produc.tor casi cer.rado, depende de
1~ poht.Ica oficial de produccion, que el gobrerno maneJa a su antojo, 0
sr se qmere, de acuerdo con razones polticas que l se dicta a s mismo.
. Esa inflacin. y n.ubes de especuladores que se enriquecen sin traba_Jar ponen, en. evrdencra grandes fallas de tipo capitalista en el ordenamiento economrco y monetario del Estado. sovitico .
. .Todava al dictarse la ltima reforma, los diarios de Mosc daban
notrcra del arresto de cierto nmero de personas que compraron galochas
Y botas de goma de precios reducidos por las nuevas rdenes auberna~~ntales y que las vendieron o intentaron vender a p!ecios de ~specula
~wn en el mercado negro. Esos diarios agregaban que la mayora de
los arrestados no trabajaba.
95
MEDIDA DRASTICA.
?ara combatir.la inf~acin, a mediados del mes de diciembre de 194 7,
se retiraron de. ~~ circulac~n los antiguos billetes y fueron canjeados por
una nueva emlsion a razon de un rublo nuevo por 1 O de los viejos. El
texto del decreto, con su exposicin de motivos, deca:
"En los actuales momentos los Estados soviticos tienen a su catcro
la tarea de efe~tuar reformas monetarias con el propsito de reforza;"'cl
car~b10 del rublo, as como proceder a la abolicin del sistema
\;alor
a.e raCionamiento y proceder a desarrollar el intercambio a precios u ni.
ficados por el Estado.
La gran guerra patritica de 1941-1945 demand que se exiaieran
esfuerzos al pueblo sovitico y se movilizaran todos los recursos ~atc
riales del pas. Durante esos aos de la guerra patritica los aastos efectuados por lo~ Estad?s s?yiti"cos para el mantenimiento del ~rcito y desarrollar la mdustna behca rueron sumamente crecidos. Esos enormes aast?s requirieron que se emitieran grandes cantidades de dinero. La ~an.
trd~d de diner? en circulacin cre~i? considerablemente, como sucedi en
too os los demas Estados que partiCiparon en la contienda."
?e
.
Es ~: sealar que actualmente las emisiones, dentro. del rgimen de
mconversion del papel que all se mantiene como en casi todos los pases
del ::Y.lundo, no se respaldan precisamente con esos porcentajes de oro que
se fiJan para que acten como freno, pues la moneda sovitica represen~a la fortuna de la nacin; detrs de ella est todo el conjunto de bienes
nac,wnales -suelo, subsr;elo, fbricas, construcciones, empresas, tesoros,
e\cet~r,a- Y el Banco emrte todo lo que el Estado necesita, en una supedrtacron absoluta de lo econmico y financiero a lo poltico.
"E.l Consejo ~e Ministros de la U. R. S. S. y el Comit Central de
los partidos comumstas de la Unin Sovitica -aade el comunicadohan resuelto, por tanto, llevar a trmino una reforma del circulante que
contempla la emisin para la circulacin de nuevo dinero de valor total
Y el retiro de la circulacin del dinero falso, as como del que no represen te un valor total.
96
EMILIO FRUGONI
LA ESFINGE ROJA
Esta reforma se llevar a efecto. sobre las siguientes bases: 1) Canje
::le dinero actualmente en circulacin y del efectivo (en po~er de las peJ
sanas fsicas y jurdicas) a razn de un rublo del nuevo dmero por caul.
diez del antiguo.
2) Los depsitos de dinero en los Bancos de ahorro y .del Estado
sern revalorados en trminos ms favorables que para el canje del efe_cti;o; as. los depsitos de hasta
rublos, sern rc,v~lorados a razon
de un rublo por un rublo. Esto sigmfica. que los deposito~ que pertenecen a la abrumadora mayora de los ahornstas, se mantendran en su valor
anterior.
.
3) La conversin de todos los e~:r:;rstitos em~t~~os antenormente
se realizar en forma completa con excepcwn ?el empreSLito de 1_9~8. L~3
emprstitos emitidos con anterioridad, se fus10nan en un empr~st~to umficido; su canje se efectuar a razn ~e .3 rubl.~;> de los emprest1fos anteriores, por un rublo del nuevo e0-prestito um11cado; ~sto es sc;>bre una
base tasa ms ventajosa que la d1spuest2 p2ra el canje del cimero en
efectivo.
desarrollo de la economa de la U. R. S. S. La gran guerra patrifica fuz
mucho ms dura que todas las guerras anteriores.
Ahora, al efectuar el canje de dinero antiguo por nuevo, no necesitamos recurrir a esas medidas extremas aplicadas a las reformas del circulante de 1920-19 24. La reforma del circulante de 194 7 est destinada
a liquidar las consecuencias de la segunda guerra mundial en la esfera del
dinero en circulacin, para restaurar el valor total del rublo sovitico y
facilifar la transicin al comercio a precios unificados, sin tarjetas de racionamiento.. La reforma del circulante aumentar la importancia de la
economa nacional, elevar los salarios reales de los obreros y empleados;
y aumentar fambin las entradas monetarias de la poblacin rural."
Con ese .retiro de numerario realizado a base de un cercenamiento del
90 por ciento del valor nominal del billete, se facilit la operacin de
suprimir el racionamiento y bajar el precio de los artculos de primera
necesidad.
3.ooq
.................
. . . .4) . j .tic!~~~ ~~1~ s~ r~~liza
la reforma del circul~nte, los sal2rio~ de
los obreros y empleados, as como las entradas que p~rcrben los camp~smo.s
vor sus entregas al Estado y otras entradas provementes del trabajO,. en
todos los sccto.res de la poblacin, no sern afectados por la refon~a, smo
que se pagarn en el nuevo dinero, de acuerdo con las escalas existentes.
.... N~. ~bsf;~e:
i~ r~;za~ d~ i~ r~fo~r~a d~l ~i~c.ui~~.t~. ~~i~e ~i~~t~~
sacrificios. El Estado asume la mayor parte de esos sacnflcws; p~ro es
tambin necesario que la pobla~i?- soporf~ .P.arte de ellos: sobre toao t:niendo en cuenta que ser el ultuno sacnfrc10. Y en v1sta ~e lo ant~:
dicho, las limitaciones para el canje del efectivo por el nuevo d1.ne:o, afectar a casi todos los sectores de la poblacin. Pero este procednmento de
canje afecta primero y muy principalmente, si~ embargo,. a los elementos
especuladores que han acumulado gran.des ca~~1dades de dmer~ Y lo guar:
dan en sus cajas. Por otra parte -sigue dlClendo el' comumc~do-,
P rdidas que por el canje sufrir la abrumadora mayona del pue,olo traba.
' de corta d uracron
' e lnSlgnLlcanLCS,
'f'
"
"h~olujador
seran
y se cornp~nsar-n
. _u
'" c.u.-,
tamente con la abolicin de los ms altos precios comercr~les Y la reducoon
de los precios de racionamiento existentes para el pan y los cereales.
1:,
. .~ ~s la. ~;/~e~~ v~~ ;~e e z:e~~~
..........
'
........... .
en nuestro pas una reforma del
circulante - explica el comunicado.
Despus de la primera guerra mundial, la guerr~ c.i\:il y l.a intervencin, el dinero se desvaloriz por completo y se perturbo e~ srst;ma .monetario en sus mismas bases. Era esencial una reforma rad1cal. ael ?rcubnte; la desvaluacin del dinero era tan grande que al efectuar la rerorm~
1
1
- era rgua
1 a ::>-o m11 ~u
b 10S
d~
del circulante un ru b lo a, e 1a nueva em1s10n
_"'~
antiguo dinero, emitido en 19 22. Como resultado. de la .rerorma d~1
circulante efectuada en el perodo de 1920-19 24, por mstr?ccw?es y, b~jO
la d.1rccc1on
' ac
' -Len1n:
se creo' un nUC\:O
-- ClJ.CU_
- la llL"". . OU"
-1
PD'rlo
1 . . con"-lbll'TO
LL.t.
1
ct
~.J..~
97
Lo QUE SE PROCURABA Y LO QUE SE HA OBTENIDO.
Todo el comercio. pas a ser libre, lo que constituy sin duda un
alivio para la poblacin desde el punto de vista de la incomodidad de
las colas, y aun de las aglomeraciones en los establecimiP:ntos de dicho co..mercio, porque al reducrsele a cada habitante su porcin de rublos (el
canje de 1 O viejos por uno nuevo equivale a un formidable impuesto confiscatorio) se le disminuy su correspondiente capacidad de compra, ya
que la rebaja de los precios no compensa por el momento, y quin sabe
por cunto tiempo, el cercenamiento de un 90 por ciento del valor nominal del rublo.
Precisamente eso es lo. que deja en manos del Est?do. como deudor
de la poblacin tenedora de rublos, y como nico o casi nico vendedor
de mercancas, un margen favorable de ganancia, llammosle as, ya que
la poblacin no podr con cada nuevo rublo adquirir tantas cosas como
antes con diez.
El Estado podr as, por un lado, reforzar sus stor;ks de mercancas,
es decir, de sus riquezas negociables, y por otro lado, reservar para s y
los gastos a que desea dar preferencia, una porcin de los rublos extrados
a uzn de 9 por cada 1 O.
Un Estado capitalista de Europa llev a efecto, peco despus de la
liberacin de su territorio por los ejrcitos de Estados U nidos y Gran Bretaa, una reforma fiduciaria semejante, aunque menos brutal. Blgica, que
haba sufrido la ocupacin alemana y haba quedado sun:ida en un verd~
dero y creciente cao.s inflacionista, bajo una invasin de moneda falsa emitida por los nazis, con toda su economa desquiciada y su produccin paralizada, retir sus viejas emisiones de francos y las sustituy por una nueva,
quitndole a cada tenedor de billetes una parte de los mismos, que quedaba prcticamente bloqueada, pues pasaba a transformarse en un crdito
para ser reintegrado a largo plazo.
De ese modo Blgica detuvo la inflacin, sane su moneda, ~cvalo
riz el franco y di seguridades financieras al esfuerzo reconstructivo de
98
E?\liLIO FR UGONI
la produccin, llegando a ser la nacin de Europa que .se restableci eco:
nmicamente antes que ninguna otra.
El Estado sovitico se lanz por un camino anlogo, pero cansecuente con los mtodos de radicalismo extremista y de expro;Jiacin sin indemnizacin a que retorna desde q1,1c falta Lenin y queriendo borrar todo
vestigio de la N. E. P., se limita a sacarle 9 rublos, por cada 10, del bolsillo
a cala ciudad?.no, dejnd~le un. nuevo. rublo con el que se le prome~e. :poder
comorar mercancas a mas baJO preoo, pero eso sr, con la cond1c1on de
"
r1
.
comprarlas
en menor nmero, pues de no. ser ;;sr' e1 E stauo
ven dec!or
no
podra proporcionarlas.
,
.
.,
, ...
Verdad es que se atenuo la conflscaoon contempbndo los depos1cos
bancarios con determimdas liberalidades. As. los depsitos hasta 3.000
rublos no sufrieron cambios en su valor nominal, o sea, fueron revaluados a razn de un rublo por un rublo. Los que alcancen a ms de 70.000
sern estimados en cuenta como sigue: los primeros 10.000 al canje men
cionado y el resto del depsito a razn de dos rub!o.s dd antiguo por un
rublo de dinero nuevo.
Pero eso mismo revela que el Estado reconoce que se inf!ere un perjuicio inmediato a quienes se aplica en alguna dosis ese reavalo extractivo. o esa extraccin revaluadora si as se prefiere decirlo.
Se ha puesto, por consiguiente, al margen de todo cambio nominal
los estinendios v salarios, que se continan pagando con el rublo modelo
de 1947. de acu~rdo a 1;:, escala vigente en el momento. de :m aplicacin.
Hubiera sido, en efecto, demasiado calvo que se confiscara el 90
por ciento de los rublos de cada remuneracin del trabajo en d momento
mismo de la actividad obrera que la ha producido.
Pareci bastante extraerle a un pas de trabajadores, donde no haba. segn los textos oficiales, sino una clase obrera y una clase campesina, tan identificadas en su inters que no forman realmente sino una sola
clase de producfores de la ciudad o del campo, todo el efectivo en ma_nos
de la poblacin, cooperativas del Estado, organizaciones, empresas .e ms~
tituciones pblicas, as como granjas colectivas", que qued somet1do al
canje de 1 O contra uno.
Como compensacin y justificacin de esa medida se resolvi abolir
el sistema de tarjetas de racionamiento para el abastecimiento de alimentos
y productos industriales, "unificndose los precios en e1 intercambio comercial: reduciendo el precio del pan y la harina en un promedio del 1Z
por ciento; los precios de los cereales y frutas en un promedio del 1 O por
ciento, mientras los de la carne, pescado, grasa, azcar, masas y confituras,
sal, papas y verduras se mantendran en el nivel de los actuales precios de
racionamiento".
"En cuanto concierne a la leche, huevos, t y frut2s -aade el deccto-, se abolirn los actuales altos precies comerciales y los precios de
racionamiento excesivamente bajos (quiere decir que a~gunos precios se
elevaron) de conformidad con el nivel de los actuales precios de racionamiento por los productos alimenticios esenciales.
"Los altos precios comerciales vigentes -continu2ba el decretopara tejidos, calzados, ropas y tejidos de lana, as como los precios de los
suministros nacionales llevados a pueblos y zonas obreos, se abolirn para
LA ESFINGE
RoJ _;_
99
establecer nueyos precios a un nivd de 3 a 2 veces inferior a los prec10s
comerciales.''
Hay all decbraciones poco tranquilizadoras, como aquella segn la
cua 1 se elevarn para ciertos artculos los p:ecios que reian para el racionamiento.
Advirtase, por otra parte, que segn datos ofici::les el precio de
los productos alimenticios en Rusia era en esos momentos 180 por ciento
ms alto que en 1946.
Pero yendo a la comprobacin de los hechos, ;e:1:mos cules fueron
los nuevos precios, decretados, segn las publicaciones ofi::ia!es trasmitidas
por una informacin telegrfica que no fu desmentid;;.. Son stos, por
kilo, los siguientes: pan negro, 3 rublos; pan blanco de segunda, 4.4;
pan blanco d;: primera, 7; harina integral, 4.8; harina de segunda, 6.2;
bari.na de primera, 8; fideos, 1 O; azcar en panes, 15; carne de primera, 3 O: pescado fresco, 12; arenques, 20; sal, L 6; avena. 2.5; manzanas, 16 a 25: caf, 75; caviar, 40; hel?.dos, 20; leche, 3 a 4 por litro:
huevos, 12 a 16 rublos la docena; t, 16 los 100 gracnos; cenTza, 7.5
por litro: vodka, 60 el medio litro. En ropas y tejidos Jos nuevos precios
son los siguientes: percal, 10.1 el metro; lana pura, 450; franela, 108;
seda . 13 7; vestidos de algodn, 77: de lana, 51 0-; traje de hombre mezcla
de lana, 4 3 O; de lana pura, 1.400; par;.talones, 25 O: zapatos de mujer, 250; galochas, 45; botas de fieltro, 195; pullover me:.ocla de lana, 190;
medias de algodn de seora, 7; medias para hombre de seda artificial, 17;
hi~c en carretel, 1.79; fsforos, 20; jabn para lav?.r rop:>, 5.20 por piezas
de 400 gramos; jabn de tocador, por una pieza de 100 gramos, 4; un
litro de kerosene, 2; cigar:illos, 6. 3 rublos por 25; peims para mujer, 4;
reloj de pulsera para hombre, 900 rublos; receptores de r:1dio, 600; cmaras fotogrficas, 1.1 OO. En lo que se refiere a la vigencia de estos
precios, el pas ha sido. dividido en zonas, de acuerdo con la disponibilidad
local de tales artculos.
"Generalm.ente, los precios de los alimentos en las zonas rurales son
del 1 O al 20 por ciento ms bajos que en las zonas urba::as, como, por
ejemplo, en f, 1Iosc, sucediendo todo lo contrario con los a::tculos manufactur;dos de consumo."
Para tener una idea de lo que esos precios significan como ndices dei
costo de la vida en la U. R. S. S. en relacin con el de otros pases, especialmente con el nuestro, rcduzcmoslos a precios en dlares y en moneda
uruguaya.
Un telegrama emitido desde l'vlosc nos inform de lo siguiente:
"El ministro de Relaciones Exteriores de los Soviets inform a las
E:nbajadas extranjeras acreditadas en esta capital que las cantidades de
rule los de ouc dispongan en efectiYo sern can ieadas al misrno tipo de cambios que e( otorg;do para la poblacin rusa,
decir que por cad; 1O rublos
de la Yieja emisin se entrcgu un rublo. de los nuevos; las cuentas bancar~as de las Embajadas extranjeras, en cambio, se canjearn a la par, es
decir, rublo por rublo, hasta un mximo que constituva el promedio de
gastos memualcs registrados durante el transcurso de 1947. El excedente
sed canjeado en la misma forma que el resto. de la poblacin, es decir, a la
e;
100
EMILIO FRUGONI
par para los primeros 3.000 rublos, 3 rublos viejos pcr cada 2 nuevos
hasta la suma de 7.000, y arriba de 10.000 ~11;blos 2 a. l.
El nuevo cambio diplomtico que regtra a parttr de la fecha es de
8 rublos por dlar."
Un dolomtco deber, pues, pagar ahora _por cad::. kilo de pan
blanco de s~gunda, casi medio dlar; y .si lo qmer~ dr pn~era, debcra
pagar medio dlar; y si lo p~efiere de pnmera espee1al, ten1ra que pagar
por l casi un dlar. Es decu, un peso ~ruguayo en e.1 p.-;mer caso, un
poco ms de un peso en el segu?do y cas1 2 pesos en el ter;:ero. Por un
kilo de fideos deber pacrar un dolar y cuarto; por uno c-12 azucar en panes,
casi 2 dlares; por un; ~e car?-e, casi. 4 dlares; P?r U !lO de manteca, 9
dlares; por uno de ca fe, cas1 1 O dolares, alrededor rle 2 O pesos uruguayos. . .
d
Si pasamos a la ropa, tene~os q_u~ para _comprarse Run ~etro e
percal deber pagar un dlar y 2-r centest;nos; s1 de. l:?.n a., ) 9 dolares; Sl
necesita medias de seora (aunque de algodon), pagara alrcacdor de 2 pesos
de nuestra moneda; si calcetines, ms de 4.50 en mo!leda uruguaya por
un par de seda artificial; si necesita un traje de. hombre de mezcla de
lana, pagar 83 dlares; si _de ~ura l?na, 170 _dolares (240 pesos uruguayos); si zapatos de mujer, .J 1 dolare_s. y ptco ~sesent3 y dos peso:
uruguayos). Por un par de botas de fteltro (19:::> rublos), unos 2-r
dlares.
.
Podra creerse que esos precios resultan _as rec~rga-:los para los dtJ:?lomticos por el tipo de cambio que se _les astgna, sten?o ~~e la verdadera
relacin, tratndose de las compras reahzadas por la pool.1c1on en ge_ner~l. es
necesario establecerla confrontando el rublo con el dolar en otra cot1zac1on.
Si nos atenemos a las cotizaciones lcitas sera lo contrario, pues el
cambio diplomtico se fija, precisamer;ttc, c.~mo una cor;c<?si~ ~ la amistad
internacional y para contemplar la sttu.aClon de los dplomattcos e?Ctranjeros que importan dlares. As, por eJemplo, en el. anCl 1946. el t1p? _de
cambio oficial del rublo con el dlar era del 1 O, rment:as el dtplomat~co
era del 12. Si ahora se ha rebajado este ltimo al 8. o sea en un terClo,
aqul ha de ser algo menos de 6. 6 7, es decir que por un dlar se entregarS.n 6 rublos con 67 centsimos. .
..
.. .
.
De acuerdo., pues, con ese cambto, la poblac10n sov1et1ca p~ga m~s.los
artculos en dlares (un dlar y 33 cts. ms) que los d1plomat1cos
extranjeros. Pero, claro est, esa cotizacin oficial se aleja mucho de la
real relacin entre la capacidad de compra del dlar y b de 1 rublo. En el
mercado necrro de cambios el dlar, el ao 1946, costab:> de 25 a 30 rublos.
Enton~es poda calcularse que el rublo equinla, por su capacidad
nor!Ilal en el comercio lcito, a 1 O centsimos de nuestra moneda, o alrededor de 5 centsimos de dlar.
Hoy se le habra valorizado por medio de esa opencin de reajuste
en una tercera parte, o sea en 3 cts. co.n 3 3 milsimos de :c.1.:estra moneda,
s su equivalencia hubiera continuado siendo la d~ ~ 946. Pero ya ~1emos
visto que a fines de 194 7, poca en que se reah:;;:o el nUEV,O mampuleo
monetario, los precios haban subido un 180 por ctento. Ser~a, pue~, mucho conceder que el nuevo rublo valiese ahora en su eqmvalenCla real
13 cts. con 3 3 milsimos de nuestro peso.
LA
ESFINGE ROJA
101
:Si no; atenemos al cambio ?~ncario sovitico, un rublo nuevo equivaldna, mas o menos, .a 30 centes1mos uruguayos, en r.mcros redondos.
De suerte que el ktlo de pan blanco costara S 1.20.
Los dems precios de la lista ya transcriptos acusan una relacin
en pesos uruguayos que lleva el costo de la vida a signos muv superiores a
los de nuestro pas.
~
Cul es, pues, la situacin de los trabajadores soviicos? El salario
medio anda por los 400 rublos.
Si el rublo equivaliese a los 3 O centsimos del cambi0 bancario no
diplomtico se tratara de un salario de 120 pesos, que resulta insianif~c;:r;te frente a un repertorio de precios en que el de S l. 20 correspo~de
a1 Y.tlo de pan y 26 pesos al de caf.
~ero si se P:t;e~ende que exageramos los precios aumentando la equivaler:c.ta, en centes1mos de pesos uruguayos, de cada mblo, habr que
adrmt1r forzosamente que los 400 rublos del salario medio no son 120
pesos, stno menos.
Sin dud~ sor; menos, porq~e. no pueden haber llegado los rublos, que
en 1946 eqmvaharl: a. 1 O centes1mos nuestros y en 184 7 equivalan a
IJ:u~ho p;.enos, a tnphca_r su v~lor, cuando el Estado al fijar el cambio
otp.o~at1co y el bancano cornente slo acusa una vJ.lorizacn del 33
por oento. Los 400 rublos no pueden equivaler a ms de 55 pesos
u.ruguayos.
No es, por cierto, un salario que permita un alto standard de vida.
Es indudable que se aprende mucho de las co.ndiciones de vida del
pueblo ruso d;.te_nindose a a~alizar las cifras que arrojan, en los mismos
documentos oncrales, las mau10bras monetarias del Estado sovitico.
Otro captulo interesante del ordenamiento financiero con que se ha
ccrr2do en la U. R. 'S. S. el ao 1947, es el del emprstito de conversin.
Se emiti el 13 de diciembre de 194 7, establecindose por el artculo 1 O
del Decreto que "simultneamente en la reforma del circular.te se efectuar
la conversin de todos los emprstitos del Estado anteriormente emitidos y
de 1_os cert~ficados de los bancos de ahorro para los depsito~ especiales ...
Scr:>n GlnJeados por bonos del emprstito con un inters drl 2 por ciento
~m;al, en 1948. Los bonos del nuevo emprstito de co':'versin sern canJacdos por bonos de los emprstitos anteriores a raz:1 de 3 rublos de
los emprstitos anteriores por un rublo de bonos cld emprstito de
conversin''.
~ Pero ,.tratnd~s;, del emprstito de lotera del E<>!:a.:'!o de 19~ 8 (se
lL;wa de la lotena. P?rque se sortean los bonos que han de salu preJmado.s con la am~rttzao?n, y a veces con premios en dinero o en especie)
el C:lnJe se _efectu~ra. a ra~on de 5 rublos de aquel emprstito (que perciban
el 2 por crento ae mtcres) por un rublo en bonos del er:J.n::stito interno
de lotera, que perciben un 3 por ciento de inters.
Los emp:stitos del Estado en la U.R.S.S. se cubren siempre con
un: pasmosa celeridad.
_As, por ejemplo, el 2 de mayo de 1946 el aobierno lanz un emprsttto, de la Reconstruccin y del desarrollo de o la economa nacional
por 20 mil millones de rublos.
'
El 25 de mayo quedaba suscripto por 20.44 7 milhnes de rublos.
102
EMILIO FR UGONI
El xito de estas emisior1es se explica en un pas :::,crr,o. e.l sovitico.
Lanzado un emprstito, se organiza -qna propaganc.a ~flClal, a cargo
sobre todo del Partido Comunista y los komsom~ls, <;Il1'; re~men en a~a,r_:1 a todo el nersonal de las fbricas, talleres, cstaolectn: 1~ntos com~rcLh<-S,
bl o2
- .
.
'
{
o
v SOCJC'Se>S. a
:nstitutos usinas univ-ersidades, escuelas, granJ~S, iZO JOS.s 1.
'
-.
~~dos cua~tos ga~an un salario o una rcmur;.eraon de cua~~7~:r espeete, Y
t
son c07!0<-lC!~-', cada 'b'uno
se 1_es exDorta
a suscn''ot'rs"- Como
- ' l:os
" const\JTlas
<Y
. ~
'
de
l
Oun
se
atrcvcra
a
neq:'e
o a suscd us-sao<.: cuanto se espera
- - ?
o
con menos de lo que le corresponde:
.
.
.
..
oblt'El emprstit; es, pues, siempre, obhgatono, meludwlc-mente
gatorio.
..
d
b
Luecro se nucde or en alguna conwrsacwn muy r::~ena 3, a o r~ros
0 enpleados q;e se quejan de l.as. cargas c?:1_.que se les re,~uc~n los" sa~anos;
y las suscripciones a los emprcstttos patrtOLlCOS suelen sa lds qu~:., l_,or su
mo::1to, ms dolorosas les resultan.
.
Y el observador debe por uerza per\atarse de que 11? son, por Cletto,
los producenvidiables las condiciones de vida de la mn:-ensa mayona
tort:s en un medio donde los precios de cas1 todos los ~rt1~ulos son tan
elevados, los salarios nominales son tan bajos, y bs obhzac1ones de toda
ndole imnuestas a la poblacin, tan implacables.
_
,
Un i1 ombre del pueblo, un obrero de bastante c~ali como par.a ha~er
conocido. y vivido los das borrascosos dd alu1J.1~.r~mt~r..to revo~~c~or::no,
me formul cierta VCZ, en pocas p;:Jabras COni1GensEJC3; lJ ;olilLCSl~ de
todo el problema monetario sovitico v~sto desde el angtLO de las tnbulacioncs dd oscuro ciudadano que trabapba para co:ner:
,
,.
-Suprimieron d dinero cuando la Revolucin promc~;;! que sm mne::::J tendramos cunto necesitbamos si trabajbamos Co~o eso no result cierto (nos moramos de hambre), restab~3Ceron ~l dmero. Pero es
tan escaso nara nosotro.s que no lo vemos smo en. l_z.~. r;1~no.s de los
dems. Antes de la Revolucin no estbamos tan aleja.:;o, ;.e; ~mero
Son palabras textuales, que reprodu::;:co c?n entcr?. 1:de.hdad para
que no pierdan nada de su -.;;alor como tcstnnor:-10. d? L qur p1ensan, con
t~n criterio elementalmente objetivo, algunos trabapc1e>res.
?e
CAPTULO
XII
PASAN LOS NIOS Y LOS VIEJOS
Qu es lo que trae en sus brazos aquella joYen mujer que va a
s-cnta;:se en un banco de la pequea plaza donde un grupo de nios juega
junto a una uente, sobre un cantero de arena? Es un bulto alargado,
en forma de gran cartucho, construido con un recio bombas! blanco que
en la parte superior se abre dejando asomar el volado primoroso de unas
alb2s puntillas.
La joven, que marchaba sosteniendo casi verticalmente ese cartucho
con una evidente expresin de orgullo, lo hace descansar ahora sobre sus
rodillas. y se inclina luego sobre el extremo adornado, que semeja el borde
doblado de una azucena.
Debemos acercarnos mucho para descubrir entre esos encajes, rodeada
por un blanqusimo marco de candorosas blondas. la carita de un beb.
Todo el cuerpo de la criatura, piernas y brazos inclusive. v;:; embutido en
el cucurucho, que se sujeta con cintas cruzadas; y slo se deja un pequcq
espacio abierto para que el nio respire y se le pueda ver el rostro.
Ese acondicionamiento de los cros tiene algo de caprichoso envase
de confitera. Podra tomrsele, a veces, no.r una bombor:era de colosales
proporciones. Ni siquiera en pleno verao las madres se atreven a sacar
a sus bebs en la edad de la lactancia sin esa envoltura, que hace de los
nenes graciosos "bichos de canasto" y que generalmente adquiere, al llegar
la poca de los ms crudos hos, el aspecto de un colchn enrollado o de
gruesa funda como de una rara especie de instrumento musical. Los chicos
Yan en realidad lindamente empaquetados.
No era raro ver por las calles hombres solos, a veces militares, que
iban cargando en brazos uno. de esos paquetes vivos, sustituyendo en tal
funcin a la madre, ocupada en otros menesteres o mpedidJ. por cualquier
causa, de salir ese da. Con la mayor naturalidad, sin sentirse encogidos,
sino ms bien orgullosos, esos hombres se abran paso por entre la muchedumbre con cierta arrogancia, y nadie se extraaba de verlos ejerciendo,
con uniorme y todo, de nieros.
Lo curioso es que el chico tan impenetrablemente envuelto es el mismo
que vemos, en das de intensa nevada, durmiendo dentro de una camita
de ruedas, bien cubierto, eso s, con las mantas del pzqueo lecho y resguardado. de la nieve por la capota del cochecito rodante, a pleno aire,
en algn espacio abierto, ante las puertas de una vivienda o en un balcn,
durante horas enteras.
As se les acostumbra al clima y se les oxigena y ortfica, al mismo
tiempo que se les preserva, con las tibias coberturas, de las inclemencias
del ambiente exterior.
Otros ms grandecitos pasan atados en los diminutos trineos que
bs madres arrastran, y all van tendidos boca arriba, semisent:tdos y fajados
de modo tal que parecen muecos de madera.
105
EMILIO FRUGONI
LA EsFINGE RoJA
No lejos de uno de esos bebs dormidos, que se creera olvidados e;n
sus cochecitos sobre la nieve, pues no se descubre cerca de ellos a nad1e
que especialmente los cuide, chicos de mayo.r edad se entregan a un deporte
que se les ve ejercitar apenas se cubren de nieve las calles, en todo_s los
rincones apropiados de la ciudad, en todas las plazas donde hay desm_veles
de terreno, en las mismas aceras de algunas calles: el del auto-tnneo,
que consiste en dejarse arrastrar sobre un pl.ano inclinado cubierto de hielo,
po.r un pequeo trineo sobre el cual el ch1co se coloca ~l?"unas veces s~n
tado, pero ms frecuentemente de bruces, y que se preop1t~: con el ch1co
encima, pendiente abajo en cuanto se le apllca un leve empuJan.
Cuando la capa de nieve se endurece ms, aparecen los muchachos patinadores, que invaden en numerosos s~tios acera.s y calzadas; y en los
parques y en las afueras donde hay pend1entes, colmas o barrancas, surgen
adems los esquiadores.
Aquellos pequeos trineos sirven tambin de medio de transporte.
No son -pocas las personas que los utilizan pa.ra colocar sobre ellos bols~s
y cajones, tirando de ellos por una soga, graoas a 1~ cual los hacen deshzarse sin mayores esfuerzos por las calles resbalad1zas.
Sobre ese vehculo vi transportar una tarde de invierno un pequeo
atad de color rosado, an vaco, que iba en busca de un nio muerto.
Del trineo tiraba un muchachuelo; una mujer caminaba junto al pequeo
fretro.
i Cunta tristeza en ese sencillo cuadro, tan sugestivo en su melanclica y tierna vulgaridad!
Nada ms humilde ni nad:1 ms conmovedor que ese fino rasgo trazado por la cotidiana realidad de la vida en el cuadro grandioso y solemne
de la ciudad a la vez antigua y moderna, por entre la cual pasaba yo a
esa hora vespertina como sobre un inmenso puente de hierro bajo cuyos
arcos de siglos corriesen eternas e inmutables las aguas del tiempo, reflejando cielos azules y nubes grises, primaveras e inviernos, las maanas que
nacen y las tardes que mueren ...
que parecan figuras animadas de un cuento de Anderson o de Perrault.
En todo el mundo civilizado el nio goza, en los tiempos que corren,
de una situacin preeminente en las preocupaciones del nimo pblico y de
la conciencia colectiva.
Con razn Ellen Key llam a este siglo El Siglo de los nios.
Ese que en los hogares es "el pequeo gran tirano", en la sociedad
es,un dolo de carne y hueso ante quien se doblan las frentes de los sabios
y de los poderosos, a quien se tributan cuidados y proteccin costosa
porque. en l descansa, como en las rodillas de los dioses antiguos, el
porvenu.
'Se le rodea de todas las solicitudes y atenciones porque es el futuro
sin ser to.dava el presente.
Porque es la Esperanza, el bien ms alto de la hum<1riidad.
En todos los pases adelantados se advierte, cada vez ms alerta, la
preocupacin por el nio.
Para los nios rigen en la U. R. S. S. precios especiales que rebajan
notablemente el costo de los artculos y productos que ellos necesitan.
Segn datos oficiales, que recog en uno de los informes ledos ante
el Soviet, las casas cunas y hogares infantiles, donde las madres dejan a
sus pequeuelos varias horas cada da durante su trabajo, al cuidado de
mujeres encargadas de alimentarlos y hacerlos descansar, dan cabida a un
milln ciento treinta mil infantes, y a la terminacin del presente Plan
Quinquenal (el ao 1"9 5O) acogern el doble, es decir, dos millones dosden tos sesenta mil. (Del discurso de la C. de Planes, N. A. Bosniesienski).
Las madres pagan por ese servicio de las casas cunas o guarderas
una remuneracin de un cuatro por ciento de sus entradas.
Las Casas del Nio son las que acogen a los hurfanos y a los
hijos de madres solas que los llevan all para que, por cuenta del Estado,
los cuiden y eduquen. Como una muestra del inters con que se estudia
el problema de la educacin de esos nios, inserto una nota periodstica
de las tantas que se refieren al asunto. Bajo el ttulo Cursillo para los
trabajadores d las Casas de Nios, un diario publicaba: 'Las autoridades de la regin de Rostov han organizado cursillos para los d~rigentcs
de las Casas de Nios. Hace poco se celebr un cursillo para los duectores.
de escuelas de las Casas de Nios de la regin. Los trabajadores cientficos del Instituto Pedaggico dieron varias charlas sobre los t'emas: Contenio y mtodo de los trabajos educativos e ir:structivos e las Casas de
Nios. La direccin educativa en las Casas de Nzos, etctera.
;,Los participantes en el cursillo visitaron la mejor Casa de Nios
de Rostov, asistieron a la reunin del Consejo Pedaggico y tomaron nota
sobre los trabajos educativos e instructivos.
"A fines de enero se celebraron los cursillos para los directores.
"Las ocupaciones prcticas de los participantes se efectuaron en la
Casa del Nio N 9 3."
104
Los NIOS.
He pasado momentos muy dulces en plazas y parques cntricos de
lVIosc viendo jugar a los nios rusos, tan bellos con sus rostros de mofletudos serafines, de ojos brillantes y sonrosada tez, rebosando salud y
alegra, acompaados por sus madres o sus aas.
Un nio moscovita, de los dos a los cinco o seis aos de edad, en
invierno, suele ser, por su vestimenta, un personaje liliputiense de la
ms graciosa catadura. Se ven algunos, de familias acomodadas, con sobretodos de piel blanca o marrn, con botas de goma o de fieltro, y
gorras de piel con grandes orejas, que parecen ositos.
Una maana vi una formacin de cerca de veinte pequeuelos, que
conducidos por una cuidadora (deban ser nios de algn asilo) desfilaban por una acera de la calle Go.rki, todos vestidos y tocados de piel
blanca, perfectamente calzados con botitas de goma tambin blancas. Se
hubiera dicho un batalloncito de muecos puesto en movimiento. La gente
se paraba formando filas para contemplar encantada ese conjunto de nios
La solicitud sistemtica por el nio se la palpa en la presencia de los
innumerables prvulos que se congregan en plazas y parques ( q~e son
ante todo para ellos), espontneamente reunidos o llevados por cmdadoras que a menudo acompaan largas columnas infantiles, de a dos en dos,
106
de los jardines de infantes o de los primeros aos escolares.
Se les ve a cada paso jugando en bandadas, congregados en los es-pacios vacos.
En cuanto llega el tiempo del patn y del trineo pueblan las calles
menos transitadas entregados a ese deporte.
Y cuando llega el verano son de ver los desfiles de escolares que en
formacin disciplinada, acompaados por maestros o maestras, y a veces
encabezados por bandas de msica, con banderas y estandartes, se dirigen
a las estacior:es de ferrocarril para trasladarse por unos das a los campos
de vacaciones.
Todos van con sus hatillos de ropa, y las madres de muchos de ellos
los acompaan desde las aceras, mirndolos arrobadas y felices de que
puedan sus chicos ir a gozar de unas semanas de alegra en plena naturaleza, aunque bajo las reglas de una disciplina a base de toques de corneta
y rgidos horarios.
El espectculo se repite, en sentido inverso, cuando van retornando,
por turno,- los diversos contingentes de escolares en vacaciones enviados al
campo.
Las bandas de msica intercalan en el ambiente adusto de la ciudad
un parntesis de fiesta sonora, mientras los muchachos pasan en ordenadas filas, entre las cuales se destacan los que, de uno y otro sexo, sosti:.:ncn con gallarda tiesura las banderas desplegJ.das al viento.
Es eYidente que d Estado. tiene inters en que la ciudad se entere de
que enva a los chicos de los primeros aos escolares a fortalecerse en los
campamentos de vacaciones.
' El hijo de un amigo mo, un chico de diez aos. volva de uno de
esos vivaques hastiado de los toques de clarn, que le haban amargado las
vacaciones. En stas todo se hace a toques de corneta, como en los campamentos militares.
Adems se tiende prolijamente a proporcionar al nio entretenimientos para el espritu en las ms variadas y adecuadas formas.
Un escritor ruso, L. Brausicovich, reYelaba, a raz de la guerra. ese
entraable inters que es all una predisposicin del nimo pblico; lamentndose de que la guerra hubiera disminudo el nmero de institucion?s. complementarias del trabajo con les nios y reclamando que s 2
hiciese en ese terreno ms de lo que se hace. ''Provisoriamente -escribahai: dejado de salir una serie de peridicos infantiles, semanarios de teatro
y eme, se han cerrado casas de educacin tcnica y artstica; ha disminudo
la aparicin de libros y films infantiles. Como resultado ha d~cado bastante la aficin de los nios por la lectura.
_
Se. ~a reducido el mundo que ro.dea al nio de imgenes artsticas.
La familia ocupada en un constante trabajo deja, inYoluntariamente, al
nio solo. Este ha perdido muchos rasgos de espontaneidad infantil, adquiri UI?-a falsa nocin de igualdad con los mayores, perdi en una u
otra medida el respeto a los mayores. ;
Ahora es necesario hacer mucho por los nios.
Pero la educacin
slo en la escuela es insuficiente. H2.y que rodear la vida del nio sovitico de medidas educativas, juegos, lecturas, entretenimientos. Es necesario atraer a los mejores escritores soviticos, pintores, artistas, profe-
LA Es FI~GE RoJ i\
107
sorcs, pedagogos hacia la creacin de interesantes tiles y principalmente
de entretenidos juegos que despierten la fantasa artstica.
l'-Tuestra tarea: rellenar lo ms rpidamente posible el mundo infantil
con libros, piez2s y films que emocionen el corazn del nio."
Eso es lo que se viene procurando, y ya antes de la guerra se haban
realizado en ese sentido esfuerzos de los cuales existen considerables constancias diariamente acrecidas por nuevas commobacioncs.
Hay para los nios un; literatura imp~rtantsima, de gr<mdes escritores rusos, muchos dc ellos contemporneos, editados en volmenes de
artstica presentacin, con deliciosas ilustrzcioncs. Hay libros para todas
las edades infantiles. Pero no slo se imprimen - y por muchos millares- obras de autores nacio:1alcs, sino tambin de autores extra:1jcros
famosos.
Todos los clsicos dd cuento para nios han sido CSE1cradamcntc
traducidos y encantador2mcnte impresos. Todos los fabulistas y escritores clebres de relatos para la niez y la juventud fig11ran con brillantes presentaciones, traducidos si son extranjeros, en ediciones de exquisito gusto.
En los prirneros meses de 1946 se efectu en Mosc una exposicin
de esa literatura, que ;;barcaba numerosos salones repletos de las ms scd'-lctoras muestras de libros para nios de bs ms divcrs::s edades, impresos en los ltimos aos.
~
Tambin est muy adclant2.da la fabricacin del juguete lindo y
gracioso, industria que cu:n ta con la colaboracin de verdaderos ?.rtistas.
Pero tratndose de cntrztcnino.ientos para el espritu infantil, merece
captu!o aparte y prominente el teatro p:ra nios. ~ En la Repblica Fed2ral Rusa funcionan 21 teatros para b juventud y 6 3 teatros de tteres.
Algunos de stos brindan, como -el Centnl de 1\Iosc, el rns importante
espectculo, de cuyo inters y encanto no puede nadie hacerse una idu
sin verlo.
Lo que ms me interesaba en ellos, por lo general, en la reaccin de
bs cciones escnic;;s en el nimo de los pequeos esp-2ctadorcs.
i Qu poderoso elemento de educacin es ese teatro tan graciosamente
expresivo que aparece como el pionero de la fantasa creadora en su conquista dc territorio virgen del alma inf;;ntii!
A su conjuro la alegra dd nio. brota y se expande bullanguera y
radiosa, y todas sus elementales emociones se expresan ngcrma y sencillainentet con exclamaciones cspontJ.ncasf y a 1nenudo ncspzradasr en salas
de espectculos repletas de un pblico especial.
A la cabeza de la literatura t2atral infantil que se ofrece a los nios
d.:: Mosc, d.::be ponerse "El pjz,ro azul" de Ivla::ter!inck. mara,-illosal"'.1ente
1eprescntado en el Teatro de Arte, el ms prestigioso teatro de toda
la U. R. S. S.
Dos teatros para jvenes rcpres:;ntan, no con nios, sino con artistas
avezados que fingen de un modo perfecto ser nios, cuar:do hace falta,
un repertorio en que se alternan piczc.s de clsicos rv.sos y mundiales con
piezas de auto.res soviticos del da.
Y sea cual fuere el sentido y la finalidad con que se haga, debe en-
108
EMILIO FRUGONI
cor;niarse e~ cu~dado que se pone en no dejar perder ninguna aptitud sobresaliente, mngun talento que despunte en el nio. Cuando se le descubre
una fac~ltad poco comn, aprovechable para el arte o la ciencia, se le
~r.oporciona~ lo~ medios especiales para desenvolver sus dones de excepoon. Se le mscnbe en una escuela de especializacin, en un conservatorio
etc., y a~ muchos hijos del pueblo quedan encaminados hacia la mejo;
capaotaon posible de sus dotes privilegiadas.
. A los efectos de una temprana captacin de las vocaciones mejor
prov:Istas para las artes del teatro, la msica, el canto, la danza, la comedia. ~tctera, se organizan todos los aos interesantes espectculos en el
Bolchoc Teater, a cargo de menores, a veces nios de no ms de seis 0
si~te aos, reclutados en las escuelas y los talleres. Del personal de aprendices. de las fbricas o de alumnos de los institutos, escuelas, etc., se
selecoonan los que se distinguen por alguna inclinacin artstica bien dotada, y se les prepara para esos certmenes, donde el pblico asiste a la
revelacin de nuevos valores incipientes.
L?.s c?nservatorios y las ~cademias teatrales harn el resto para la
f?rmaoon ;n~esante de esa. multitud de elementos que reclaman los espectaculos esc~~~cos y los reo~ales con que se procura amenizar la vida del
pueb!f ~ovietic_o: y propo.roonarle goces estti~?s medi~n.te una maquinaria
estat"'~ ae ~~oylSlon .artistica, como compensacwn y lemtivo de tantas aspe.
rezas, sacn11c10s y smsabores.
.El fa:oritismo interviene en esa tarea de entresacar de las multitudes mfant!les los ~graciados con la proteccin de los sindicatos, o de lo
que sea, -para el cultivo de sus facultades? Probablemente. El favoritismo
e~ endmico en la organizacin de la vida sovitica. No falta en los hospitales Y es husped permanente en las oficinas y talleres v hasta en las
escuelas. Es un producto natural, una como emanacin inevitable de la
poltica, de la instalacin constante del Partido. nico, que vigila y manda,
en todos los lugares y huecos de la existencia colectiva.
Por o~~a parte, como reverso de aquellos aspectos azradables de la
suer~e de~ .n.mo en. la U. R. S. S., debe consignarse la existencia de las academias militares mfantiles, en que se les instruye para las artes de la
guerra desde los nueve aos de edad.
S:elen verse en la calle y en los paseos nios de nueYe. diez v
~ nce, anos, vestidos con unifo.rme milit~r, que delatan su condicin d~
1
""un"no
de una de esas academias. La mas famosa de ellas es la que lleva
por nombre el del clebre general" de Pedro el Grande, Zuvorov.
. . Son internados donde permanecen nueve aos, de les nueve 2 los
d!ec10cl?~: recibiendo una educacin completa, aprendiendo, entre ot;as
cos~~, ww:n~s y m~i~a, p2ro principalmente orientada hacia la preparacwn y d1sc1phna mllitares.
A los :Jieciccho. a?s el alumno, preparado para la carrera militar,
pasa a l2s fllas del eJrcito a hacer prctica y ponerse en condiciones de
ascender al poco tiempo a suboficial.
!_ienen la ~re~erencia para la ~dmisin en esas academias los hijos
d.c mllitares proreswnales .. para qmenes hay tambin clubes especiales,
s1c:~do ~atable uno que d1spo~e ~e un bello parque en Mosc, que fu
residencia de un acaudalado pnnCipe, con un arroyo donde navegan nu-
LA EsFINGE RoJA
109
merosos bctes de remos, un gran pabelln de baile y un amplio estadio
con cancha de ftbol y cmodas gradas de material.
Todo ello parece propender a la formacin de una clase guerrera
rodeada de determinadas ventajas.
El problema del trabajo de los menores ofrece tambin mucho campo
para los comentarios. A los catorce aos el escolar pude encaminarse
hacia el estudio en una escuela profesional, donde le ensean un oficio y
trabaja como aprendiz gratuitamente, o hacia una fbrica con escuela de
:aprendizaje, donde tampoco gana nada. Permanece tres aos. A los
diecisiete aos va a trabajar al oficio. Y aqu comienza un:1 etapa oscura,
sobre la cual no pude recoger mayores informaciones directas, pero de la
q_ue he obtenido algunas referencias poco gratas.
A los diecisiete aos esos muchachos ya son trabaja0.ores que han
dejado atrs el aprendizaje y deben ir a los sitios y fbricas que se les
ndica. Pueden as ser trasladados segn las exigencias del Estado, separndoseles de sus familias, casi nios aun.
Algo o de los decretos de enrolamiento militar de varones y nias
de catorce a diecisiete aos para la enseanza industrial, cuando se les
moviliz bajo el apremio de la preparacin blica. De lo que ms o
hablar fu del envo de muchachos y muchachas durante temporadas de
varias semanas y hasta meses enteros a los "servicios soci2lcs" de cortar
lea para el invierno, de recoger cosechas, etctera, una o dos veces al
ao, reunidos en campamentos y sometidos a una disciplina de tipo milita;:,
'bajo la direccin de militares.
Podra ser se un modo plausible de robustecer el organismo fsico de
h juventud, y contrarrestar con trabajos al aire libre les efectos de la
permanencia en la ciudad, en las usinas y oficinas, o en las casas de
estudio si se trata de estudiantes, a cuyo intelectualismo no viene mal ese
wntacto activo con las tareas del msculo, si no fuese una imposicin
rudamente aplicada, con rigidez e implacables reglas de disciplina y exigencias que a menudo resultan agotadoras para organismos mal nutridos,
y no se les acompaase todava de la obsesiva preocupacin de proselitismo
y preparacin poltica a cargo de instructores, "agitadores" y delegados
del partido gobernante.
Pero ms desagradable es todava la incautacin que se hace del
espritu del nio para la empresa poltica de dominar a un pueblo, desde
los b:mcos de la escuela, casi desde que comienza a deletrear ...
Porque la escuela soYitica, como es sabido, no es neutral. Ella tiene
una orientacin poltica y est, como todo en la U.R.S.S., al servicio
del Estado y de la posicin doctrinaria del Estado, que es un Estado
filosfico a su modo. Es ms: sirve a los fines polticos del rgimen
2n cuanto gobierno y del partido. de gobierno, que es "nico".
As, en los libros donde el nio aprende las primeras letras, en el
primer libro escolar, el nio encuentra ya. en sus ltimas pginas, en
las lecciones para el chico que ya sabe leer de corrido, himnos a Stalin.
Y o he trado un ejemplar de uno de esos libros escolares, donde
l1ay un canto al general Voroshilov y otro a Stalin.
Al nio se le induce en la escuela a formar parte de una organi::zacin infantil para que sea, desde los siete aos "octubrista"; luego,
110
L'i.
E:,IILIO FR T..JGO~I
:vu10l 0 SfPn
.. "Lp V;J, a lOS C~~O
1e promueve a p10nero ; y pocos
-~~-; aL rce anos, s12
aos dcspu2s pasa a ser K.omsomo{, es decir, miembro de la Juventud
Comunista.
r
Desde la :primera etapa se le ensea a idolatrar al PJrtido y a sus
j~Ic~, Y se com1enza a prepararlo para la comprensin del "servicio soC!al ', que es. ,e~ trabajo pa:a fines colec~iYos que indica el Partido y
que . toa~ sov1et1co. debe realizar voluntanamente, aun en la escuela pri.
l!lana, al margen de sus deberes para con el establecimiento y la funcin
de alumno o de aprsndiz o de obrero u oficinista que inmediatamente le
incumbe.
Lo ms abominable es que se ha llegado, como en la Alemania nazi
y en b Italia fascista, a inculcar a los nios una espantosa moral de
fan_ticos en es~s agr;.:tp_acio_nes de preparacin po.ltica.- Jzguese por el
sentldo de Gl!1oones mtantrles como esa que se titula '"Pvel J\;orozov" _
que data de los aos en que se requisaba el grano a los campesinos, )~
en la que se dice:
Puel AI orozou
es nuestro mejor pionero
porque denunci a su padre
cuc:ndo escondi su trigo
en una cueua del granero.
'
r
""dd'
arec;.r'~
I':t _segun
rererenc1as
qu.z JUZgo r1
e 1gnas! que no se n1ponc a naa1e, ducctz:mcnte, la obligacin de ser ocmbrista, pionero, Koms?'!lol, y que_ hay quienes se sustraen a enrolarse en esas especies de mil:Clas prepart1danas, y aun se apJrtan de ellas despus de algn tiempo
sm sufrir por ello. especiales molestias. Pero el a-mbiente arrastra a la
inmensa__ n:ayor~a. y pocos son los que se resisten a sentar plaza de buenos sov1etcos figurando en las filas de tales organizaciones.
De cmo los "scrv~cios sociales" tienen reservado un importante
margen en las preocupacwnes de los escolares ilustra, entre otras, una
ancdota de cuya veracidad no me cabe duda:
. En una escuela de nios espaoles, en Iviosc, cierto maestro auiso
e~-~~Jr q;c la intercalacin del "trabajo social" se dejase sentir d~ma
Sl,':dC: soore la labor escolar de sus alumnos apartndolos del buen cumpm::mento "de sus dc~ercs como tales, y a men11;do los r2gaaba proteGtando conLra ese mot1vo o pretexto de malas lecciOnes y floja escobridad.
-Aqu
no
hay "trabajo social" que val era
nor
encima de la obl 1".
"
1
.,.
b
...
ganen ae estumar.
~er~. se _e_nter de ello_ el_ delegado del Partido, que no. falta en ninguna l~SL1tl7Clon o establec11mento, y como era su amigo lo llam aparte
para aavcrt1rle que no insistiese en esa prdica norque se vera obl(cr;;do
:1
a'".
r. ~ ~ 1
~ : - , .-' por ~conLranar
" .
.o ~
c.n u n~Lu1o
}"- 1e "P-Cdtlc.n
una sanoon
las constg:nas.
. , El maestro comprendi que no le quedaba ms remedio que 1~1etcr
vwlm en bolsa
. _P,.s se van forjar:.do, en escuelas regimentadas poltic2.mcnte y so:t::Jctldas a las normas del partido q~e se confun~e _coi?- el gobierno y con
el Estado mismo, dentro de los carnles de una dlSophna ms dep2ndier:.te
D~
.L
EsFI~GE RoJA
11 I
de las acti:idadcs partidaria que de las autoridJdes pedaggicas, el espritu v la mentalidad del nio sovitico.
no puede mcr:.os de llegar a suponer que todo ese afn del
Estado por ensear al nio a leer y escribir y por combatir el analfabetismo en todas las generaciones de la ciudad y del campo, obedece sobre
todo a una finalidad de sojuzgarrento poltico. Se ensea a leer al
pueblo para que lea la propaganda sovitica, y para que cultive su espritu a base tan slo de lo que el Estado permite leer. Se dira que no es
una preocupacin honesta, humanitaria y patritica de cultura la que
desata el esfuerzo oficial en pro de la enseanza y de la multiplicacin
de las escuelas, sino la preocupacin proselitista de hacer de cada ciud2.dano un receptculo apto para impregnarse de la ideologa bolchevique
y de la cultura ad usum comunismo. Hasta el alfabeto se torna as,
principalmente un medio de propaganda sovitica.
Uno
Los VIEJOS.
Pero no slo habran de llamarme la atenC!on los mnos de Mosc.
Tambin los viejos. Las viejecitas que se ven a menudo por las calles
de la capital sovitica!. . . Tambin parecen figuras de cuentos de hadas. . . No nos sorprendera que, de pronto, una de ellas, trocando
en un abrir y cerrar de ojos sus modestos vestidos por galas esplendoros;.!S, se nos revelase el hada buena de Cendrilln o de Alicia Cri
el Pas de las Maravillas. Son de mucha edad las que despertaban nuestro asombro enternecido, y a veces basta nuestra conmiseracin, al verlas
andar con sus cortos pasitos, sosteniendo en una mano el consabido
sJco, en procura de sus vituallas, a travs de las inconmensurables distancias de la ciudad populosa. Tantas arrugas suelen surcar el cutis de
sus rostros, que no se distinguen las facciones. La boca se pierde entre
las arrugas; los o jos son simples arrugas a su vez, por entre los cuales
la pupila apenas se desc-ubre. Empequeecidas por la edad, el pecho
enjuto, las espaldas estrechas y combadas bajo el peso de los aos, conservan, sin embargo, una Yitalidad inexhausta.
Y o no poda menos de quedarme mirando cmo caminaban con
sus pasos menudos pero firmes, apenas apoyadas en el brazo de ot:Zl
anciana semejante o en l}p bastn o sin apoyarse en nada, y todava
portando en una mano er infaltable bolso.
A su edZld, nuestras ancianas no salen a caminar por la calle en
das de invierno ni an en los das destemplados de cualquier otra estacin. Suele vrselas tan slo sentadas tras los cristales de una ventana
mirando cmo transitan los dems .. _ Cruzar, dos viejecitas -que entre
las dos suman no menos de siglo y medio-, una calle como la aver:.ida
Gorki, con seguro paso, sin arrastrar los pies, cogiditas del brazo, como
lo be presenciado muchas maanas; o internarse solas, sin acompaan te
alguno, entre la multitud trashumante de las aceras con su carga de productos en la diestra, y perderse de vista en la corriente de apresurados
viandantes, como con frecuencia me era dado obscncarlo, es cosa que
solamente en una ciudad rusa puede verse.
112
EMILIO FR UGONI
All estn, sin duda, las races recias y perdurables de ese :pueblo
que, desnutrido y diezmado por los efectos de muchas guerras lmpla.cables, sumados a los de un~ lucha permanente contra, l?s rigores de. la
naturaleza, puede, sin embargo, acumular e~ .los depos1tos. de su v1da
colectiva energas maravillosas que le pe.rmltleron constrmr, ,en ~~cos
aos, toda esa fbrica de progreso matenal y todo ese podeno bellc?;
que fueron para el mundo una rev~lacin ~asmosa cuando se le v1o
saltar como un tigre al cuello del mvasor 1mprudente para despedazarlo entre sus garras.
."'
d
Pero as como parece indudable que se r?dea al nmo sov1et:c<? :
los mayores cuidados compatibles con los m~d10s de qu.e .la colectrndae1
dispone, recib la impresin de que se descmda a ~os VlejO~, de 9ue no
se les ampara bastante en su decrepitud y se les dep d~J:?asta~o hb.r~dos
a sus propias fuerzas declinantes,. n:ando no .a s~ debthdad 1rr~m1stble,
s no hallan refugio en los sentnmentos sohdanos d: sus panentes o
.
.
amigos ms vlidos para sobrellevar las cargas de la v1da.
No slo los he visto andar por las calles atare.ados, recornendo dtsdstancas de kilmetros para proveerse de sus al.tmentos );'" trasladarse
de sus casas a sus empleos, o viceversa. Los he v1sto trabajando en las
fbricas 2 una edad en que ya hace mucho tiempo que ~uestros obreros
aozan de la jubilacin. Los he visto en los hoteles, servunos. a la m:_sa,
;raernos la comida a las habitaciones a pesar de sus setenta y ptco de anos
de edad.
Los he visto en los Koljoses participar de la faena de la cosecha.
En el que visit oficialmente y en el que se me mo?tr una. confo~table
y limpia sala-cuna con ms de treinta ~hicos acostadttos y bten cubtertos
en sus aseadas camitas, pude ver anClanos cuya edad andaba por los
setenta aos, tomando parte en la recoleccin de papas. Era un contraste. . .
.
All, los nios cobijados bajo la amorosa solicitud del Kol.Jo~;
aqu, los ancianos esforzndose en seguir viviendo porque. no eXIstta
para ellos la preocupacin sentimental de acordarles efectrvamente. el
derecho al ocio ganado de la senectud. Claro est que n<? ?ebe exclmrse
la circunstancia de la guerra, que sin duda obligaba a ex1~1r el c~ncurso
de cuanta persona estuviese todava en condici?nes. de reahzar. algun trabajo. Pero, tengo entendido, por referencias f~ded1gnas de q_r:tenes c<;mocan el medio sovitico desde haca muchos anos, que tambten en ttempos normales la situacin .de . muchos an~ianos no es,. en verda~, la ~e
personas que puedan prescmdtr del trabaJO para termmar sus d1as placida y cmodamente.
Del personal de los hoteles, sobre todo, conservo ~r;. recuerdo p~r
ticularmente penoso. Setenta aos contaba un pobre vtejo que atendia,
l solo, como "oficiante" (as se llama a los que n?sotros llamamos
"mozos"), las piezas del cuarto piso del Hotel Nat10naL , 1levan;.io a
alcrunas de ellas el desayuno, el almuerzo y la cena, y ademas servta en
el "'restaurante del primer piso. Cuando haba fiesta en el restaurante, le
tocaba permanecer atendiendo al pblico hasta la una y dos de la madrugada.
.
Cargaba el hombre todo el da grandes bandejas repletas de platos,
LA EsFINGE RoJA
113
fuentes, soperas y copas, recorriendo los pasillos de dicho piso del hotel,
y bajando. y subiendo las escaleras muchas veces al da. Se mantena en
pie gracias a la vodka que le daban a beber los clientes de las piezas, prefirindola a cualquier otra forma de propina. Era alto y delgado, de
cabeza completamente cana. Serva como poda -a su edad!- pero
era empeoso y afectivo. Deseo de todo corazn que haya podido encontrar el modo de emanciparse de esa fatigosa tarea para pasar sus ltimos aos de vida en una ocupacin menos dura, ya que acaso sera mucho pedir que tuviese asegurado un retiro econmicamente holgado como
tranquilo refugio de su ancianidad.
Otro anciano, de setenta y tres aos, que trabajaba en el restaurante, tuvo una suerte todava ms desafortunada. Un da, probablemente agotado por el prolongado trajn, excesivo para su edad, tropez
mientras llevaba una bandeja cargada de copas y botellas, con tanta
desgracia, que al caer di con el rostro sobre los cristales y se hiri malamente, debiendo ser hospitalizado y sometido a una largusima cura.
No. haba para ellos, por lo visto, ley ni sindicato que les deparasen el derecho de vivir holgadamente sin trabajar a sus aos.
Existen pensiones a la vejez. La ley acuerda dichas pensiones a
los trabajadores hombres a los sesenta aos de edad (en vez de los cincuenta y cinco de nuestras leyes) y con veinticinco aos de servicios,
como mnimum; para las mujeres se ha fijado la edad de cincuenta y
cinco aos con veinte de servicios. El porFentaje de la pensin que reciben como "retiro", es de un cincuenta a un sesenta por ciento del salario
normal, aproximadamente.
Con esas pensiones los viejos viven muy mal. Prefieren, pues, continuar trabajando todo el tiempo que sus fuerzas se lo permitan, si no
tienen la suerte de que algunos parientes mejor colocados los auxilien
de alguna manera.
Ms adelante relatar cmo. comprob, presenciando un juicio pblico, que una pobre anciana de ochenta aos haba estado trabajando
hasta haca poco tiempo en una fbrica de hilados de algodn.
LA ESFINc;E ROJA
CAPTULO
XIII
LA ANIMACION Y LAS TRIBULACIONES DE LA URBE
Mosc tena una animacin algo triste. Haba en sus calles un
trnsito caudaloso, sobre todo de peatones. Uno vea por las aceras de
numerosas arterias, multitudes en circulacin, ros de gente que pasaban
ocupadas, sin hablarse, sin detenerse a .mirar un ~scaparate, que sola no
haberlo; sin pararse a formar un cornllo de am1gos que se encuentran,
se saludan y se ponen a conversar un momento.
Todo el mundo tena el aire de no pensar sino en llegar a algn
punto. Casi nadie sala aqu, sino en los das de fiesta y cuando lo
permita el tiempo, a distraerse y divertirse en la calle, a pasear por la
calle, como entre noso.tros. All, la calle no es, sino para los chicos que
patinan en invierno, un sitio de recreo y esparcimiento. Es un lugar
ms de trabajo, donde la muchedumbre hace el trayecto necesario para
cumplir con sus deberes o para aprovisionarse trabajosamente, formando
cadenas y abrindo.se paso a codazos, en los almacenes.
En verano, la gente, al salir del trabajo, prefiere pasear en los parques, donde puede cultivar diversos deportes y consagrarse a juegos tan
dispares como el de billar al aire libre, el del sapo y el del ajedrez -para
el cual no falta en ningn parque un pabelln con numerosas mesitas y
otros tantos tableros-; o entretenerse sentada escuchando. los conciertos
de las bandas militares, o presenciando la actuacin de los artistas que
desfilan por los escenarios casi a la intemperie, o experimentando las
elementales sensaciones de todo ese ruidoso repertorio. que va desde las
tradicionales e inocentes calesitas hasta los espeluznantes aeroplanos cautivos, que hacen el looping, agregndose, como la ms llamat'iva atraccin del Parque Kultura (tambin Parque Gorki), la torre para aprender a arrojarse en paracadas.
Pero si bien los parques -que suman como media docena, de los
cuales tres son de vasta extensin-, se llenan en esa poca del ao, no
por eso en la ciudad se to.rnan ms pequeas las "colas" que aguardan
lo.s tranvas o se tienden ante las puertas de los almacenes de racionamiento, y que en los das fros, cuando la nieve ha desplegado su blanca
alfombra por el pavimento de toda la va pblica y ha colgado sus tapices de armio de todas las techumbres, adquieren una fisonoma de subrayado oscuro y triste bajo la melancola natural de las precoces noches
invernales. (A propsito: stas se tragan los crepsculos, como en saudo desquite de las escasas tardes veraniegas plcidamente demoradas
en detener las noches sobre los imprecisos lmites del cielo para que las
alcancen pronto las maanas. Y as, mientras en verano., a la hora 22
an es da y a la hora 2 el alba clarea los horizontes, en invierno, a la
hora 17 ya es oscuro y slo despus de la hora 7 aparece el da).
Y he ah que tales "colas" son las que ms contribuyen a infundir
a Mosc esa animacin algo melanclica de que hablo.
115
En las ciudades de los pases que no. han sufrido lo que sta con la
guerra terrible, y que no han debido someter a sus poblaciones a las recr]amentaciones propia~ de la situaci?n anormal, una aglomeracin de'pblico
ante la puerta de c1ertos comerc10s suele ser una seal de aleara y hasta
de holgorio.
"'
All se ':'ea una multitud aglomerada en ancho espacio y se acercaba uno, cu.noso, esperando hallar un sitio de especial atraccin; y si a
menudo, a c1ertas horas, se daba con la entrada de un teatro o un cine
n:s _frecuen~emente lo que se encontraba no era sino la resignada pa~
c1enc1a de c1entos de personas haciendo "coJa" ante el comercio donde
expendan el pan, la leche, la carne o el pescado; cuando no topaba uno
con el borbolln de los que entraban y salan, interminablemente de un
gran almacn "~astronmico"; o no descubra el apretujarse en remolino
de un mercado. Ilegal, en plena calle donde el trfico clandestino de productos,. de ropas usadas, utensilios, herramientas, artculos de tocador,
comest1bles, ~t~tera, se efectuaba no muy lejos de la vigilancia policial
pero en el d1s1mulo del hacinamiento y a base de rpidas trat'ativas de
toma y daca.
. Pud.e informarme que tambin antes de la guerra, aunque no haba
rae1onam1ento, se formaban "co.Ias" semejantes ante los establecimientos,
"coopera~ivas". C: almac.enes, donde se venda la leche, el pan u otros productos ahmentlClos de Imprescindible necesidad.
Esos son los nicos accidentes en el curso de la montona animacin de las calles mo.scovitas, que no ofrecen al caminante fuera de los
motivos de contemplacin de ss edificios, el alegre y acogedor semblante
de esos bulevares que se ven en otras partes con sus mesas en las aceras
(acaso incompatibles con el clima de Mosc), de esas avenidas seductoramente arboladas y de todas esas arterias que el comercio decora desde
un extremo. al otro, a ambos lados de las msmas, con la sucesin ferica
de los escal?arat'es deslumbradores, trabados en una competencia de esplendor, de luJO, de luminosidad, tambin de buen gusto, para detener los
pasos del transente y decidirlo a comprar.
Muc~as mujeres de los pases capitalistas no saben de mayor placer
que el de mspece1onar esos escaparates y extasiarse ante ellos. Si un da
les dijesen que no podrn volver a ver en las calles de su ciudad esas resplandecientes vitrinas que son los ojos y la boca insinuantes y tentadores
de ciertos establecimientos comerciales, ellas quedaran consternadas, lo
la~entaran como una desgracia atroz y no hallaran ya razn alguna para
salu a pasear por las aceras, privadas de tan irresistible encanto.
Es que las mujeres de una ciudad socialista deben desconocer esa
seduccin del mercantilismo capitalista que constituye en el mundo burgus le bonheur des dames?
No es necesario ser tan frvolo como una de esas damas cuya mayor
preocupacin en la vida es el vestido, el adorno y el lujo, para convenir
en que los escaparates de las tiendas de fo.da clase amenizan las caminatas
de los peatones urbanos y constituyen, tambin para los hombres, naturalmente, un atractivo a menudo til, porque ofrecen con oportunidad
una muestra, a veces hasta con precios, de los artculos en venta, para los
E:>viiLIO FR UGONI
LA EsFINGE RoJA
dos sexos y para todas las edades, as como para todas las capacidades econmicas.
Por qu no han de alegrarse las calles soviticas con el reclamo
nada pecaminoso de las vitrinas . ~e exhibicin, q~e. s.aldran al e~c~ent~o
del naseante llamndole la atene1on sobre sus pos1b1hdades de sat1s1aceno
de 1~ que necesita?
.
.
.
Los comercios de la avemda Gorkl y algunos otros Importantes de
las calles centrales lucen escaparates. Cuando son almacenes de comestible
exhiben en ellos las ms esplndidas frutas, los ms suculentos jamones,
los ms apetitosos salames, los ms sangunolcnt~s trozos de carne recin
cortada, los ms robustos pollos pelados, las mas frescas leg_umbres,. los
panes mejor tostados. . . Slo el tamao delata, a veces a s1mple v1sta,
por su deliberada exageracin, su naturaleza real de "naturaleza muerta",
en la jerga de los pintores.
.
Todo eso es de mastic pintado. Todo ello es cosa de utllera de teatro. Nada hay all que sea autntic?. Hbil;s artistas har: ~e~!izado p~r
fectas imitaciones, oue acaso los pnmcros d1as de su exh1b1c10n, algmen
se detena a contemplar pero que ya nadie mira. Y ni siquiera esos objetos son -.::eraces como anunciadores de lo que se vende en el local, pues en
ste suele no haber nada de lo que aparece-tan teatralmente imitado tras el
cristal de la vitrina.
Si se trata de los almacenes de vestidos o de sombreros de seora,
los que se exponen en el escaparate aparecen all displicentementc colgados, sin ninguna gracia, y son siempre de modas muy atrasadas, dando
adems, la impresin de haber er:vejecido en el si~io.
. .
No sera mil veces prefenble arreglar deb1damente las v1dneras. de
esos establecimientos, y colocar en ellas muestras reales de lo que. a~h se
vende, haciendo de cada escaparate un bonito e interesante entretennmento
de los ojos y un agradable adorno de la calle?
No debe creerse ni darse a creer que slo el gran comercio privado
en un r~gimen de libre concurrencia puede prod~cir ese mltiple y car:-1biante atractivo callejero de los escaparates rutllantes, cada pocos dras
renovados. Tambin la clientela obliaada de los almacenes del Estado
desea saber, sin necesidad de penetrar e;{ el local, qu cosas puede adqu~rir
all dentro y qu cosas hallar interesantes. Y, sobre tc;do, por el, bn_llo
de la ciudad y para distraccin de los qr:e por ella t.r.a~srtan, valdn.a. b1e::.
la nena de instaurar en Mosc y otras cmdades sov1et1cas la profes10n ac
"vidrierista" y cultivar el arte del escaparate. i Las cosas de ese gnero
que podran hacerse en los establecimientos comerci~les de la 1!~.S.S.,
con los recursos de que pueden disponer y con el sent1do escenograflco que
habran de encontrar hasta en el ms modesto de sus preparadores de
vitrinas!
Y si junto al gran comercio. mayorista y minorista .se p;rmitiera el
de los pequeos almacenes y pequeos talleres, estos contnbuman. con sus
instalaciones, por lo aeneral pintorescas en todas partes, a ammar las
aceras, dentro --claro "'est-, de las limitaciones que impone el clima y
la metereologa de la ciudad, donde son muchos los das en. el ao q17e
no permiten a los peatones entretenerse ante los escaparates m reparar 51quiera en ellos.
Por otra parte, la guerra ha matado la animacin de las calles ms
comerciales del centro. Donde antes haba comercios de toda cosa, muchos
con vidrieras iluminadas y provistas de artculos, hoy slo quedan locales
vacos o casi vacos, con los escaparates ciegos y mudos. No. tardarn,
sin duda, en reanimarse, pero aun as quedarn muy distantes, si no se
cambia de hbitos comerciales, de lo que se ve en cualquier mediana ciudad
del mundo capitalista, debiendo adems advertirse que se trata de un
pequeo radio, realmente insignificante para la extensin y la poblacin
de la metrpoli.
Tambin contribuyen a la impresin de aridez que se recibe ante
los grandes espacios de la parte nueva de la ciudad, que reaccionan contra el apretujamiento de casas en la parte vieja, las explanadas sin rboles,
que son como latifundios de asfalto, y la relativa escasez de plantas arboladas o de jardines en el casco urbano. Contra este defecto se vienen realizando esfuerzos edilicios apreciables desde tiempo atrs. La verdad es
que hay varias plazas de mucha extensin muy arboladas, y se han construdo ltimamente en plena guerra algunas plazas-jardines ms pequeas, que el invierno apaga y entristece inevitablemente con su blanca
rnortaja.
Slo por excepcin se ven rboles en algunos trechos urbanos. Por
lo general las calles de l\!Iosc carecen de todo arbolado y sus avenidas
cntricas se resienten de la ausencia de ese vivo adorno que constituye una
poblacin botnica llamada a dulcificar co.n su color y su movimiento la
dureza arquitectnica de los grandes edificios y el ambiente amargo, fro
y hostil de las grandes ciudades. Y lo asombroso es que Mosc fu una
ciudad de calles con rboles, y a este respecto cabe consignar una de las
tantas y tontas exageraciones a que suele dar lugar la estrechez de las men. taiidc.des fanticas. Se me ha referido que, en los prim2ros aos del gobierno de la ciudad por parte de los bolcheviques, predomin la idea de
algunos revolucionarios del paisaje edilicio y fanticos de la innovacin
que resolvieron cambiar la fisonoma de algunas arterias desarbolndolas
para que el follaje no impidiese contemplar los nuevos edificios que habran de surgir, dando nacimiento a la nueva arquitectura del proletariado, y sobre todo, para que no ocultase la perspectiva de los grandes
desfiles populares. Esto, al menos, me lo refera un hombre del rgimen
que no comparta tan peregrino criterio, felizmente descartado. en absoluto de las directivas edilicias actuales, que se orientan hacia la reposicin de los rboles en todas aquellas vas donde resultan acogedores o
amenos y contribuyen as al embellecimiento de la ciudad, volvindola ms
amable y sensitiva.
Otra caracterstica de Mosc, del Mosc sovitico, es la abundancia
edilicia de monumentos a Lenin y a Stalin. En las plazas, en los parques,
en las estaciones del 1\!Ietro, en los foyers de los teatros surgen de todos
los tamaos, pero por lo general de proporciones que sobrepasan las naturales, estatuas de ambos prceres, a veces reproducidos en pareja, en
actitud de departir amablemente. Suelen ser estatuas de mrmoL de granito o de yc>so que dispersan por toda la ciudad una poblacin silenciosa
e inmvil bajo cuyos gestos perennes se desarrolla la vida de la otra poblacin rumorosa e inquieta, para 1a cual nada hay de extrao en la pre-
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EMILIO FRUGO:N'I
LA EsFINGE RoJA
sencia mltiple de esos monumentos evocativos que ya no son "en memoria" sino "en honor" de personajes vivientes, que no necesitan morir
para ser perpetuados en la estatuaria municipal. Tres o cuatro. modelos
reproducidos en infinidad de copias son los padres prolficos de toda aquella muchedumbre de piedra. Dos o tres Lenines sentados y alguno de pie
en actitud de orador; dos o tres S talines en distintas poses, siendo. el ms
difundido uno de imponente apostura, que sujeta al desgaire con una
mano, a guisa de una capa romntica, un pesado capote de guerra, se repiten en las plazas y jardines urbanos, en los paseos y parques, y a menudo
en los diversos caminos y rincones de un mismo parque.
A cada paso se halla uno de esos moradores histricos de la urbe y
a veces en los sitios ms apartados, donde nos sorprenden como viandantes extraviados ea la soledad circundante, y dan ganas de acercrseles a
indicarles el camino del centro, tan convincente aire de personas vivas y
pacficos forasteros suelen tener en el estricto realismo de algunas de esas
composiciones escultricas.
Es Mosc, sin duda alguna, la ciudad de la U.R.S.S. en que la iconografa poltica con originales vivientes (millares de estatuas y retratos
al leo de Stalin; algunos cientos de retratos de los Mariscales, de Molotov y algn otro hombre destacado del gobierno) , florece con demasa
de Lenin o Stalin.
En Leningrado, por lo menos, no se ha incurrido en tanto exceso.
Se ha tenido all el buen gusto de dejar en pie los monumentos a los
zares, sin enfablar con ellos una competencia revolucionaria de estatuas
de Lenin o Stalin.
Si se piensa que, aparte de las estatuas que pueblan la ciudad y sus
paseos, no hay establecimiento pblico, oCna, escuela, banco., hospital,
fbrica, comercio, sala de diversiones, biblioteca etctera, donde el retrato
de Stalin, solo o acompaado por el de Lenin o por el de otras figuras
soviticas, no figure en los sitios ms visibles, se echa de ver que esa iconografa cobra proporciones fantsticas. Es un fenmeno digno de estudio
el de esa profusin de retratos que, con respecto a Stalin -la figura central de ese sistema grfico de exaltacin poltica-, alcanza grados tales
de endiosamiento, que uno. se extraa de no ver su imagen en las iglesias, nicos locales pblicos en Rusia donde no aparece la efigie del prcer mximo.
Cabe preguntarse si Stalin se siente halagado por esa manera de cultivarle la popularidad; si en realidad ve con ntima complacencia esos
signos incontables de una glorificacin en vida que se cumple extensamente, con la regularidad de una norma en un captulo de los planes
quinquenales.
A m no me cabe duda que Stalin es indiferente a esa glorificacin.
El sabe que emana de su poder. Sabe cmo. y por qu se administra. Y
quines la administran. La utiliza como un instrumento para su poltica.
l'Vejor dicho, la deja utilizar, porque l, probablemente, no se ocupa de
eso, sino su partido, que es el encargado de emplear los medios de propaganda. Si quisiera opo.nerse a tanto abuso de evocaciones grficas, debera
vencer la resistencia del Partido, que no. desea en lo mnimo renunciar a
ese procedimiento de sugestin colectiva.
Todo ello no contribuye ni en un adarme a darle a Stalin la conciencia de su propio valor ni acrece en un pice el sentimiento que pueda
tener de su propia importancia. No es hombre para llenarse de nfulas
por demostraciones u honores de esa u otra naturaleza.
El da que le pareciesen nocivos al mejor cumplimiento de sus propsitos polticos, los suprimira de una plumada y vera sin pestaar cmo
todas sus estatuas hechas polvo. pasaban a reforzar, bajo las aplanadoras,
el pavimento de los necesarios caminos.
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LA ESFINGE ROJA
CAPTULO XIV
RADIOGRAFIA ESPIRITUAL DE MOSCU
"La aldea ha quedado en la urbe", dijimos antes, refirindonos a los
numerosos barrios donde se conserva en la presencia campesina de las casas
de leo, de las dachas y hast'a de las isbas tpicas.
A veces esos resabios de la aldea son realmente la aldea incorporada
a la ciudad por el crecimiento tentacular de sta, que como todas las ciudades progresivas, avanza arrolladora sobre los aledaos. Otras veces no
son sino obra de la ciudad misma que crece y sigue su camino hacia adelante, echando de s esos brotes donde perduran las pretritas formas.
Pero en Mosc la aldea queda por otros motivos y no solamente
porque haya casas aldeanas en sus barrios de la periferia o porque muchas de sus viviendas centrales parezcan casas de campo.
Queda, sobre todo, porque en ellas se mantiene - y se es un fenmeno de esencia puramente demogrfica-, un carcter aldeano inmarcesible que brilla en la corteza de su vida cotidiana como la savia de los
rboles en la superficie de su tronco, en el verdor de sus hojas y en la
aromada pulpa de sus frutos.
Ese carcter es el que aparece en sus hbitos, en las expresiones comunes del nimo de su poblacin, en su modo de pronunciarse y de comportarse cuando transita, cuando habla, y sobre todo en sus maneras de
divertirse y de exteriorizar sus sentimientos ntimos.
Capital de un pas eminentemente agrcola, era en la poca de los
zares, por su espritu ms que por su fisonoma, la ms grande aldea rusa,
una aldea hipertrfica.
La ind~str~alizacin de Rusia empez, como es sabido, por San Petersburgo. La cmdad fundada por Pedro el Grande, era ya un centro industrial
importante
-donde se producan las primeras "'crrandes huelaas.
M
o
,
m1entras l osc comenzaba recin a completar, con el aditamento de las
i~dustrias fabriles, su poderosa economa mercantil ntimamente compagmada con la primitiva produccin agrcola de la servidumbre.
Despus de 1~ Revolucin, trasladada la capital a Mosc, hubo factores o e1rcunstane1as que se encargaron de contrarrestar, en el sentido de
hacerle perder su alma campesina, el influjo, desde ese punto: de vista renova~or, de la burocracia gubernativa y de la nueva jerarqua oficial que le
traJeron costumbres, necesidades e inquietudes de metrpoli moderna.
Las aldeas que rodean a la metrpoli, los mismos koljoses cercanos,
le hacen llegar constantemente una corriente de poblacin flotante campesina que por lo general viene a proveerse.
_
Y Mosc va recibiendo as el aporte de la gente del campo que 9e
mcorpora a su caudal demogrfico para conservarle el carcter tradicional
donde pervive el eco apagado, pzro inconfundible, de las modalidades
aldeanas.
Esto se nota, sobre todo, en las fiestas populares, en cualquier aglo-
meracin festiva del pueblo. Cuando se celebra algn acontecimiento feliz
o. alguna fe~ha gloriosa: el acorden campesino hace su aparicin inmediata, el balle se orgamza en plena calle, en la plaza pblica, de da o
de noche, y si el holgorio alcanza puntos muy altos, aparece asimismo el
''manteo" sin manta, la sobresaltada forma de homenajear o de aaasajar
""
a los ms entraables amigos.
Recurre con facilidad al canto cuando se rene, dispuesto a olvidar
por unos momentos sus penas o a adormecerlas acunndolas con el ritmo
de sus canciones, que generalmente exhalan ternur:1s, melancola y dolor,
o de sus danzas impetuosas en las que participa todo el cuerpo, arrastrado
por vendavales melodiosos.
.
Tpica de esa aptitud para volcar en cantos las tristezas de una
v1da d~ .rudos ~~abajas, de inhumana esclavitud y desgarradoras penurias,
es la. Vl~Ja canc10n de los "Barqu~ros del Volga", compuesta sobre el jadeo
mus1cahzado ~e los parias condenados a tirar de las sirgas con que arrastraban desde nerra las pesadas barcazas.
. . Hoy ya no existen esos doloridos barqueros, pero las canciones tradlclOnales del. pueblo. ruso siguen teniendo en la garganta de los que las
entonan el m1smr deJO de amargura y el mismo taido de drama ntimo,
que se traduce e melodas de una vigorosa elocuencia sentimental.
El canto ...d menos por su msica, sicrue siendo el desahogo 'T en
ciert.o se~td~ .L .confesin pblica de la multitud, en aquel pas donde se
rcspua a1re CL caree! y el corazn del hombre vive recelando. exnectanti:
Y encogido dentro del puo de poderes tan celosos e inexorables ~omo el
Destino.
Es una poblacin ingenua en sus expansiones de buen humor v en
sus aficiones y gustos.
En tales momentos se descubre en su espritu la frescura botnica
de los bosques cercanos, cuyas hojas parecen haberle trasmitido el verdor
jugoso de su primavera.
Po.r l!na natural salud de alma se mantiene fiel, a pesar de todo, a
los s~nt1m1entos. que fueron siempre rasgo y acento de su vigorosa personahdad ~olect1va, que an siente y ejerce la hospitalidad a la manera
de los ant1guos rusos, es decir, brindando al visitante cuanto hava de.
comer y de beber en la casa; y si en ciertos momentos ese pueblo parece
brusco y en otros impasible, tiene, en cambio, un sentido de la seriedad
de la vida que ya quisieran para s pueblos de costumbres ms refinadas
y de gustos menos sencillos.
Hasta en la participacin que concede al alcohol, especialmente a la
vo~ka en, sus manifestaciones de alegra, se ve la incontinencia del campesmo roousto. que se halla bajo la piel de todo moscovita. por urbano e
metropolitano que sea.
. -
LA ESFINGE RoJA
C\PTULO
XV
COMO ENTIERRA MOSCU A SUS MUERTOS
Cada pueblo suele tener una manera propia de despedir a los que
mueren y de mantener encendido el culto de su recuerdo.
En las costumbres corrientes de la poblacin de Mosc, un cortejo
mortuorio es casi siempre tan sencillo como la vida misma del pueblo
que trabaja.
.Por toda carroza fnebre un camin envuelto en una franja. de tela
roja, 0 un auto~s, donde viajan, ~~nto c~n el fretro, los panentes y
amigos que lo s1guen basta la mans10n posLrera.
..
No hay all coches especiales pa.ra lo.s muertos. Un cam10n,. un
autobs, es el vehculo que se proporoona a los deudos para ~onduC1r a
los que mueren, hasta la ltima morada. Esta desnuda sobne9ad, esta
sencillez absoluta en la conduccin de los restos mortales del cmdadano
<:omn, la sienten como pagana y reida con sus sentimientos religiosos
o demasiado alejada de las tradiciones cristianas, ortodoxas o no, los que
siauen siendo fieles a las viejas creencias del pueblo ruso; y s de la
d;sazn que produce, asimismo, a los judos, la imposibilidad de valerse
de un coche especialmente funerario para transpo.rtar a sus muertos.
Lo que ms se presta a alguna amarga ~cflexin es el contraste de
esas despedidas comunes tan modestas y despopdas de t~da va?~ pompa,
con el ceremonial, el boato y la teatralidad de los sepehos oflClales, que
describo en otro sitio..
La mayor parte de los cadveres so? incinerados en un h<;JrnO cr:
matorio situado cerca del centro de la cmdad, en un cementeno donae
slo se ven unos pequeos tmulos y nichos murales en los que, tras. un
cristal, se colocan las urnas o. copas de metal que guardan las cemzas
de los difuntos, cuyos retratos ocupan siempre un lugar visible en esos
sencillos sarcfagos.
Junto a ese cementerio, obra de la Revolucin, slo separada por
un muro se halla una antigua necrpolis que formaba parte de un viejo
monasterio, el monasterio del Don, del cual se conservan las murallas
almenadas, con sus torreones en los ngulos, para defenderse y defender
a la ciudad de las invasiones de los trtaros. Se llama as porque fu
levantado en homenaje a la virgen del Don, que segn una leyenda se
haba aparecido al obispo Basilio mientras ste oraba en un huerto emplazado all mismo. Hay en ese sitio una iglesia, ms bien pe.q?ea, muy
deteriorada por fuera, que fu construda como panten famll1ar por un
noble, dentro de la cual se hallan numerosos sepulcros con sus corresoondientes monumentos funerarios, de mrmol y de bronce, obras de
~rtistas extranjeros, que debieron costar mucho dinero, dados el tamao
y la calidad de su factura. por lo general excelente dentro de los gustos
de la poca. En otro edificio se exhibe. una coleccin de f~escos extra.dos
con el respectivo trozo de muro, de d1versos templos antlguos derrmdos
123
o en ruinas. Todos ellos denotan en su figura de santos, de vrgenes o
de Jess, la influencia de la pintura bizantina.
En los jardines se han dispersado las estatuas monumentales d~
bronce, pertenecientes a un arco de triunfo que adornaba a 1\!Iosc, por
1a altura de la que es hoy la estacin de Rusia Blanca, y que el gobierno
sovitico retir al abrirse la avenida Gorki. Se haba alzado en recuerdo
de la victoria sobre Napolen. Era de un detestable gusto seudoclsico.
Estn all sobre zcalos de piedra dos enormes guerreros romanos, de
c:1sco y escudo. Se ven los restos de un gran carro guiado por la Victoria
y arrastrado por seis alfanas.
Tambin se encuentran en ese recinto amurallado otras dos iglesias.
Una de ellas muy tpica con su techo en oleaje de sectores de cpula
superpuestos y su torre central coronada por casquetes en forma de granada, en cuya cspide se engarza el largo mstil de una doble cruz.
En una de sus paredes exteriores, una pintura muy desvanecida
muestra a Basilio orando cuando se le aparece la visin.
Hay otra iglesia del llamado "estilo seudoruso", que en la poca
del zarismo se intent poner de moda. En la primera puede admirarse
una coleccin de maquetas, planos, dibujos y fotografas de las obras
arquitectnicas antiguas de toda la Unin Sovitica, entre ricos muebles
y objetos domsticos de la poca de los zares, pertenecientes a suntuosos
palacios de aquellos tiempos.
Adems de las iglesias se conservan, muy daados por la accin del
tiempo, los grandes edificios que servan de habitacin a los monjes
y que hoy habitan numerosas familias.
Y en esos jardines se mantienen en pie las tumbas de un cementerio cristiano, muchas de ellas con sus cruces patriarcales de cuatro
brazos. All he visto el ms curioso epitafio que sea dable imaginar. En
una gran lpida vertical de mrmol negro, de un sepulcro bastante nuevo,
como que data de 1930, se lee en vivas letras grabadas y pintadas de oro:
"Aqu yace la seora (un nombre) que muri el da tantos del ao tal,
a causa de una operacin realizada por el doctor" (y segua el nombre
del infortunado facultativo).
Todo un drama de venganza y de rencor el tal epitafio!
El mdico era uno de los ms famosos cirujanos de Iviosc. El esposo de la muerta no encontr mejor manera de hacerle purgar lo que
1Jaba sido para l una imperdonable torpeza profesional, que esculpiendo
para la eternidad esa sangrienta acusacin.
No s qu hizo el mdico. ante una publicidad funeraria tan evidentemente dirigida a demolerlo en su reputacin de cirujano.
Lo que puedo asegurar es que nadie sac de all ese baldn de ignominia, y all est, en esa necrpolis cristiana de Mosc, vengndose ms
all de la muerte, con una letra cuyo espritu no creo pueda clasificarse
precisamente de cristiano ...
No es se el nico cementerio semejante a lo.s nuestros. Junto a
otro monasterio, el de Novodieviechi, hay uno moderno.
Este monasterio data de 1524. Es, como poco ms o menos todos
los monasterios de Rusia, un arcn repleto de historia. All vivi Boris
Go.dunov antes de ser llamado al trono. All tom el velo de monja
124
EMILIO FRUGONI
LA EsFINGE RoJ .\
la mujer del zar Fedor a la muerte de su esposo. All fu recluda por
Pedro el Grande su hermana Sofa, que siendo la regente de Rusia haba
intrigado contra l; y ante la ventana de su celda monacal fueron colgados los cadveres de trescientos strilitz, que se haban insurreccionado y
que fueron ejecutados en la Plaza Roja.
Antes, en 161 O, haba resistido a los asaltos de los polacos y
en 1812 fu saqueado por las tropas de Napolen.
Sus muros y torreones, bastante bien conservados, son de u~ agradable estilo barroco, como asimismo una iglesia y un campanano, que
pasa por ser uno de los ms notables de Rusia, construdo a fines del
siglo XVII por Restell.
All est la catedral semibizantina de la virgen de Smolenko, que
data de comienzos del siglo XVI. Cinco preciosas cpulas de diverso
tamao, recubiertas de lminas de hierro enchapadas de oro, elevan un
ramillete de grandes tubrculos culminados por bruidas cruces de cobre,
de cuyos brazos penden cadenas doradas sobresaliendo sobre un tumulto
de sectores de cpula que rematan las slidas paredes del templo.
Esta iglesia es tambin un museo. Se paga dos o tres rublos de
entrada, como en todos los museos y grandes parques de l.VIosc. Los
frescos de sus muros y del altar son de los mejores pintores de los siglos XVI y XVII de la escuela moscovita. La coleccin de iconos de
gran tamao que cubre el iconosts (el muro de madera labrada al cual
se adaptan los iconos delante del altar) representa una riqueza incalculable.
Se eleva desde el suelo al techo altsimo y ostenta la ms asombrosa
coleccin de cuadros religiosos.
Por una puerta que corta ese muro se pasa al altar, un recinto
(donde en los das del culto la religin prohiba entrar a las mujeres)
en cuyo centro se alza el trono del patriarca. All se exponen en grandes
vitrinas las capas pluviales, las dalmticas, las estolas y ropajes de los
sacerdotes para el oficio, recamados con fantstica prodigalidad de oro y
de plata. Y los enormes libros sagrados con tapas de peluche y cerrajes
de plata y oro. En la sala mayor estn las tumbas de la primera mujer
de P2dro el Grande y de la hermana Sofa.
En el centro de la iglesia, bajo la ms alta cpula, se eleva un gran
tazn de hierro de vivos colores que se llenaba de agua bendita para qu2
all recibiesen el bautismo, por inmersin total, los conversos.
En el cementerio contiguo se hallan el sepulcro de Chejov, el de
Kropotkin, el de Chicherin y de muchos otros que gozaron de celebridad.
Algunas de esas tumbas, como la de Kropotkin, resultan conmovedoras
por su extrema modestia. Una de las que ms atraen la atencin del
Yisitante es la que encierra los resfos de la primera esposa de Stalin, Ah:luya de Stalin. Ese monumento, de pzqueas proporciones, es de una
elegancia y sencillez exquisitas. 'Se reduce a un monolito de mrmol
blanco sobre cuya parte supzror surgen, labradas en la misma piedra,
la cabeza de la muerta y una mano en la que se apoya el mentn. La
factura de esa pieza de museo es de una delicadeza tal que enternece. La
autora de esa maravilla de ternura y so.briedad es la famosa escultora
Mujnha.
No lejos de ella nos detiene un bloque de granito oscuro, sin pulir,
del cual se desprende en alto relieve la figura de un hombre vestido de
clown con el gorro caracterstico en una mano: es la imagen del popular
cirquista Durov, muerto. el ao 1937.
Sobre el muro del cementerio se han construdo tumbas. Una de
ellas, con una simple urna de mrmol negro de la cual pende una
sbana de mrmol blanco, que se destaca sobre el fondo de una gran
lpida cuadrada de piedra oscura, es de un hermano de Lenin.
Ofra es la de las vctimas del siniestro del primer aeroplano d
seis motores construdo por los rusos. La figura del aeroplano hace
pendant con la de un dirigible que seala a continuacin otra tumba
colectiva.
Pero el ms bello monumento est dedicado al famoso tenor Svinov,
contemporneo del no menos famoso. bajo Cbaliapin. Un cisne de
mrmol blanco, cado sobre un largo escao del mismo material, representa la muerte del ilustre cantante. Eso es todo. Pero i cunta elegancia en ese sobrio comentario marmreo y qu fina emocin se desprende de esa nica figura y del sencillo adorno de la tumba: un cuadrado espacio de tierra cercado por rectos y bajos pretiles de mrmol
como marco de aquel escaln sobre el cual dobla su cuello y Dliega sus
alas el cisne abatido por la muerte!
~
~
El ruso gusta de visitar los cementerios, naturalmente que en verano o primavera, cuando no los cubre la nieve y los rboles lucen en
ellos sus verdes hojas atenuando un poco la funrca melancola de los
sepulcros.
Pero ya es tiempo de que aparte al lector de las ttricas regiones de
la muerte.
LA ESFINGE ROJA
CAPTULO
EL
XVI
METRO
No se conoce a Mosc, el nuevo Mosc, el surgido hace diez o
doce aos, si no se viaja en el l\1etro, que, sin embargo, nos hurta, mientras viajamos, la visin de sus calles, _de su~ plazas: _d~ toda su ilimitada
superficie, y hasta nos escamotea sus d1mens10nes ed1hC1as urbanas, porque
lo cruza rectamente por debajo de todo ello, atravesndolo de parte a
parte por el subsuelo gredoso, a muchos metros de proundidad.
El Metro es co.mo un sistema gigantesco de kilomtricos tubos de
telescopio que hundindose bajo tierra acercan las lejanas y las traen
hacia nosotros, rectamente, cabalgando en el doble rayo de luz que corre
por el binomio de los rieles de acero.
El constituye ms que un servicio, to.do un aspecto de la ciudad vista
en el dinamismo subterrneo de esos trenes que transportan millones de
viajeros y en la magnfica grandiosidad de esas estaciones, con sus estupendas escaleras rodantes, y sus lujosas naves abovedadas en que el
mrmol y el bronce han sido puestos prdigamente a contribucin, casi
siempre bajo. los designios y prestigios del buen gusto y del arte.
Cada estacin es como una grut'a encantada a la que se desciende
por asombrosas escalinatas movibles; y no verlas y no pasar de una a
las otras por el camino andante que las une con rpidos collares de
vagones, es ignorar la mayor maravilla moderna que la ciudad encierra.
Por eso, apenas llegado, quise conocer el 1\!Ietro, amiliarizarme con
l para trasladarme a los parques y a los suburbios y aun para ms cortas
distancias.
Ello me era, por otra parte, tanto ms necesario cuanto que no haba
taxmetros (luego los hubo., colectivos e individuales, pero stos todava
en pequeo nmero) y al principio_ slo me era dado usar cuando estaba
disponible, el nico auto que lntunst poda proporcionar por horas a los
jdes de misin residentes en el Ho.tel Nacional. Fu primeramente acompaado, pero no tard en aventurarme solo, tratando de recordar bs
experiencias anteriores y guindome, hasta donde me era posible, por
algunos letreros que ya haba aprendido a leer, y por las flechas e indicaciones grficas inscriptas en las paredes de los tneles.
Pero nada tan cil como extraviarse en el complicadsimo ddalo
de las lneas que se cruzan y de las que se bifurcan o se ramifican hacia
mltiples direcciones en alguna estacin.
As me toc andar perdido horas enteras viajando de un lado para
otro y volviendo hasta dos veces al mismo sitio sin conseguir dar con
la estacin de la esquina frente al hotel.
De poco me haba valido dirigirme en una de las estaciones a una
miliciata -jovencita de las que hacen guardia en esos sitios, pues cuando
le dirig la palabra interrogndola con una estrafalaria mezcla de ruso y
espaol ech a rer de tan buena gana, en vez de contestarme. que no
127
esper a que se le pasase su acceso de hilaridad y volv a meterme en un
convoy que ya parta y que me pase largo rato por regiones desconocidas.
Logr al in orientarme y llegar a una estacin cercana de mi residencia, jurando, eso s, no intentar nuevas exploraciones sin baqueano.
En mis viajes conoc todas o casi todas las estaciones del Metro. No
hay dos iguales. Cada una responde a los planos de un arquitecto distinto. Hay algunas de soberbia monumentalidad. Esplndidamente decoradas, con bajos relieves en arenisca o en mrmol, con ricos zcalos y
columnas de granito pulido, con bancos artsticamente tallados, con
grandes y hermosos candelabros de bronce, con bvedas labradas en piedra,
con pisos de mosaico, con estatuas de obreros, de campesinos o de soldados. Las hay que se comunican entre s a travs de largas distancias
por amplios y limpios corredores y galeras. de modo que bajando a una
de ellas se puede pasar a tomar el tren en la ot'ra con mucho ahorro de
tiempo y camino..
Las escaleras rodantes miden longitudes que dan vrtigos. Los vagones nuevos, flamantes, lucen una pulcritud absoluta.
Todo es limpio y resplandeciente, pese a las multitudes que por all
circulan en un tremendo Hujo y reHujo incesante.
No es, sin embargo, agradable el viaje en el Metro a ciertas horas.
La afluencia de pasajeros llega a ser sencillamente espantosa. Y es entonces cuando se adquiere una nueva nocin de las acultades Hsicas de
comprensin de nuestro volumen corpreo y de la adaptabilidad de nuestra persona carnal y sea a las inHexibles exigencias del _espacio.
El ejemplo evanglico de enhebrar un camello por el ojo de una
aguja pierde su sentido en esas apreturas del Metro, donde se realiza cien
veces en un minuto. la experiencia todava ms milagrosa de filtrar los
cuerpos humanos por cualquier intersticio y hacer pasar por una puerta
de un metro y medio de ancho, cincuenta, sesenta, cien personas de todo
tamao y desplazamiento.
Nunca me hubiera podido imaginar que se lograse introducirme
ntegro, sin cortarme antes a trozos, en el envase rodante de uno de los
vagones donde me encajaba de un empujn la avalancha humana para
incrustarme como una cua, comprimida hasta la extrema resistencia del
esqueleto, en una masa de pasajeros que previamente llenaban en absoluto todo el espacio disponible del coche.
Cuando en sitios donde slo hay capacidad para cien personas se
hacinan trescientas o cuatrocientas, no pueden menos de saltar hechas
pedazos todas las reglas de la sica, de la mecnica y de la siologa. Y
al ver cmo uno logra respirar y vivir muchos minutos apretado, undido,
aplastado, adherido. como una estampilla a otra persona, que a su vez
se adhiere a uno aplanada como una oblea, sin poder hacer nada para
ampliar nuestros respectivos espacios vitales, pues nos rodea, nos abraza,
nos cie, nos estrecha y tritura un cerco rgido de cuerpos humanos en
tensin de to.dos sus msculos para no dejarse oprimir ms, se comprende
que estamos dotados de una imprevista virtud de a.delgazamiento para
adaptarnos, cuando no hay otro remedio, a las fuerzas despticas de las
circunstancias.
En tal situacin uno no es ms que un tomo, una partcul inni-
128
EMILIO FRUGONI
tesimal de una masa coherente y compacta, de la cual dependemos como
la gota depende de la ola del mar, y cuyos movimientos, ajenos a nuestra
decisin, nos mueven como el oleaje marino a las algas que se ven flotando sobre el ocano desde la bo.rda de un barco.
Cuando uno viaja por el l\tletro a esas horas -de una a tres y de
cinco a siete- debe empezar por someterse al tremendo masaje de la corriente impetuosa que asalta las escalas rodantes, a las cuales se llega embretndose entre unas barandas de hierro niqueladas. Uno se mete entre la
multitud que se dirige hacia ese pasadizo, y si as lo quiere, no necesita
hacer el ms insignificante esfuerzo de su parte. Le bastar dejarse llevar,
arrastrar, arrebatar hacia adelante por la oleada, para encontrarse al
trmino de algunos instantes sobre los escaos que automticamente ascienden o descienden.
Lo levantarn a uno en vilo y no precisar apoyar los pies en el
suelo para avanzar. No se librar -claro que no- de los encontronazos
de algunos zgresivos bultos, bolsas o valijas, o lo que sea, de campesinos
o ciudadanos que se abren paso sin el mnimo miramiento, sin pedir
permiso ni dar excusas, as lo hayan deslomado al pasar o le hayan desgarrado de arriba a abajo, la ropa.
Ni dejar de percibir todas las furias del apretujamiento en el vrtigo de la rapidez de la marcha, pasando, en un abrir y cerrar de ojos,
de la amena adaptacin relmpago a las curvas de una viajera apetitosa,
a la concomitancia intolerable con las rudas espaldas de algn jastial
que forzosamente se ha interpuesto. Porque dentro de esa masa incoercible de gente que av::mza con mpetu irrefrenable hacia su objetivo, todo;;
pugnan por aventajarse entre s.
Al llegar a la escalera se experimenta un alivio. All la asfixiante
aglomeracin concluye. En cada peldao slo hay sitio para dos personas, y se debe dejar libre un pasadizo, a la izquierda, para que transiten los que desean o necesitan adelantar escalones. All se respira.
Contemplamos con inters una de esas escaleras que asciende hacia
la gran arcada remota tras la cual asoma una claridad intensa, en la que
se sumerge un segundo y desaparecen los viajeros que arriban a la cspide,
mientras que a su lado otra escalera igual desciende con su carga de
pasajeros de pie sobre los escalones y mirando sin curiosidad a los que
por la otra suben. Parecera que el automatismo de la marcha se contagia a las personas, y los pasajeros, subiendo. o bajando inmviles,
tienen algo de muecos. Instalados en la escala que desciende, pues
vamos decididos a embarcarnos en un tren, gozamos de la holgura que
nos depara ese cmodo transporte.
Pero se llega a la plataforma. All el pblico aguarda a lo largo
de cada andn, el arribo del convoy de vagones. Y en cuanto ste se
detiene y las puertas de los coches se abren, se renueva el drama.
Los de adentro salen en borbolln, como expelidos por una gran
mano invisible que desde el interio.r los arrojase al andn. Se dira una
voluminosa bala de can formada por personas, que sale disparada de la
ancha boca de una extraa pieza de artillera, para penetrar en la estacin.
Los que aguardan el momento de entrar deben disponerse en dos
LA EsFINGE RoJA
129
alas para dar paso a esa irrupcin que se lleva por delante cuanto se le
interpone.
Y ~~ que se debe salir rpidamente, antes que suene la seal de
reanudacwn de. la marcha y las puertas automticas se cierren. Tambin
hay que dar ttempo a que entren los que aguardan afuera. Al que se
demo.ra en el breve trayecto, se le arrastra como el viento a una brizna
de paja o se le arroja brutalmente a un costado.
. Lo mismo ocurre con los que entran. Hay una desesperacin por
sahr y otra po,r entrar. El que no ha logrado salir a tiempo, junto con
todo.s los .cierna~, formando con ellos parte integrante de la bala, a cuyo
paso los 1.mpacten}es por entrar deben necesariamente apartarse, que no
mtente sahr despues. . . Se le rechazar hacia atrs en el umbral del coche
Y correr, el riesgo de sufrir magulladuras oponindose a la corriente:
mucho mas poderosa que l.
, Y le t?car verse devuelto, de espaldas, al vagn, como una mercaden~ .extravtada que rudas manos de cargadores arrojan nuevamente a su
depostto: En~retanto, los que penetran son, a su vez, un escuadrn de
cosacos mvadtendo, a caballo, una posicin enemiga. Yo mismo he forma~o parte de ese escuadrn de co.sacos. De tanto en tanto me enrolaba
en el. Y actuaba, fatalmente, como un cosaco ms.
. La operacin de trasponer las puertas del vagn es impresionante.
Sl le toca ~ uno 9-uedar en un extremo lateral, para deslizarse sobre el
marco, pehgra dejar un brazo hacia afuera mientras todo el resto del
cu.erpo ha entrado, ya calzado, en el espacio libre, por aquel impetuoso
calzador que es la avalancha frentica de los pasajeros. Y sus esfuerzos
para traer el brazo consigo suelen verse impedidos por otros pasajeros
que entran ~etrs y no se pueden mantener ni apartar.
Por mtlagro conservo todava mi brazo derecho despus de uno de
esos asaltos de caballera de a pie a los vagones del Metro.
E! P?bli~o soportaba bien estas molestias y se adaptaba a ellas, pues
las sabta mevttable.s co~o efecto. de la su~rpoblacin ocasionada por la
gue~ra y el fatal 1mpen<? del ntmo de vtda que all debe llevar cada
habttan.te para llegar a t1empo de trabajar, de comer, de descansar, de
concurnr a los teatros, donde las puertas se cierran inexorablemente al comenzar la funcin.
Nadie se quejaba de ser empujado, arrastrado, derribado, ni nadie
pro.testa~a contra los ms groseros descomedimientos, que solan ser inyolun~anos, y de los ~uales n.o era nunca responsable directo el agente
lnmedtato. T~nto hub1era vahdo protestar contra el manotn del viento
que nos despojaba del sombrero al doblar una esquina.
Y o. he visto fo~nidos militares empujados por esas marejadas, arro ..
~lados por esa mu~t1tud y hasta apartados de un indeliberado codazo
msolente por. un ':1andante ansioso de no quedarse rezagado, soportarlo
todo con la frlosofla del caso, poniendo al mal tiempo buena cara.
. En J?-r:estro ~a~, ?on?e no hemos aprendido a dominarnos bajo
las tmpos1c10nes d1se1plmanas de la necesidad, hubiera habido tiros y
pualadas.
.
A m me han apartado como. un estorbo, por lo aeneral sin decirme
''agua va", y otras veces dicindome paylusta (que quiere decir "por
130
EMILIO FRUGONI
LA ESFINGE ROJA
favor! y disculpe") y pasando de largo, sin virar siquiera la cabeza el
empujador decidido.
. .
.
No se le ocurra a uno, s no habla muy claro el r~so, sol1e1tar mformes de los pasajeros. Le dicen: Da,. da .CSL s)_, sm duda P.orque
no le entienden; y si se resuelve por la afumattva, deJandose conduor por
esa respuesta monosilbica, est uno fresco . . . En ,el Metro l_le pregu?
tado a ms de uno si tal tren, el que llegaba, conducta a la Mawkouskaw,
por ejemplo, y me han dicho da, da! Y el tren me ha llevado al parque
Soklniko, que se halla en direccin opuesta, ,al otro. extremo de la urbe.
;Jarach! me han hecho exclamar esos benevolos mformantes, por no
poder decir en ruso nada que ms se parezca fonticamente a un terno
hispanoamericano ...
Nada de ello obsta para que el pueblo comprenda el inmenso servicio que le presta el Metro, y el exfranjero ~eba ':al?rarlo como .una de
las obras edilicias ms admirables de que la mgemena y la arqUltectura
moderna han dotado a una ciudad en los tiempos presentes.
Nadie crnora que no es Mosc la nica ciudad del mundo que cuenta
con los servi~ios de trenes elctricos para el transporte urbano. Antes que
l lo tuvieron Pars, Londres, Nueva York, Chicago, Madrid, Barcelona,
Buenos Aires ...
Pero puede asegurarse que el Ivietro de Mosc supera a todos en brillo
y belleza.
, .
.
, .
Cada estacin es un portento de tecmca arqUltectomca y de suntuosidad decorativa.
Su construccin fu resuelta en junio del ao 1931. El 15 de mayo
de 19 3 5 se inaugur. Se haba co.nstrudo una lnea de once kilmetros.
En secruida comenz la construccin de una segunda lnea, con una extensi~ de quince kilmetros y medio, c~n nueve estaciones., Esta segunda lnea se inaugur en marzo de 19 31. _El Metro alcanzo er;.to?c;s
una extensin de veintiseis kilmetros y mcd10 y contaba con vemttdos
estaciones.
Un ao despus se iniciaba la construccin de la tercera lnea. E:an
ya las postrimeras del ao. 1938, y al ao estallaba la guerra mundtal.
Pero los trabajos no se interrumpieron. De fanto en tanto, se entre~ab~
al servicio pblico una parte concluda de la lnea. Y as1 se contmuo
en los aos de la invasin y de la incursin de los alemanes.
.
En los momentos ms trgicos y angustiosos para la cmdad de
Mosc, cuando el ejrcito alemn se hallaba a las puertas de l_a. urbe y
pareca prximo a aduearse de ella, el Comit de Defensa pres1d1do por
Stalin trasladaba su sede a una estacin del l\ietro, "Lakirov", por ser
la ms profunda, y all organizaba la resistencia.
.
.
All Stalin reuni una de las noches ms alarmadas a mlles de cmdadanos, miembros del Gobierno y del Partido Comunista, para dar de
viva voz la consigna de no desmayar en la resistencia y trasmitirles la electrizante conviccin de que Mosc no caera.
Las vas arteriales de esa lnea se extienden a travs de los lugares
ms populosos de la capital, hacia las grandes f~bricas, la~ mayores es~a
ciones de ferrocarril y los parques. Nuevas estaaon~s del ~etro se .abneron en plena guerra. Una de las ms hermo.sas se mauguro a com1enzos
del ao 194 5. El ao 1946, al comenzarse la construccin de la cuarta
lnea, cubra cuarenta kilmetros, teniendo en su red a esa fecha veintinueve estaciones. El trnsito alcanzaba la cifra de un milln setecientas
mil personas por da.
Los trenes, segn lo revela en las estaciones un marcador luminoso,
pasan cada dos minutos y medio con una puntualidad perfecta.
. La cuarta .lnea, cuyas obras comenzaron a principios del ao 1946,
es orcular y stgue el trazado de la avenida Sadowa de circunvalacin,
que rodea la parte central de la urbe. De ese modo se po.ne en comunicacin con las otras lneas y ramales y el pasajero podr trasladarse a
todos los puntos de la capital combinando los trayectos. En algn sitio
deber pasar bajo el ro.
Para ab.rir los tneles se calculaba que sera necesario extraer dos millones y med10 de metros cbicos de tierra. El material metlico empleado
en la construccin se calculaba en quinientas mil toneladas.
Con la cuarta lnea el l\1Ietro cubrir sesenta kilmetros, con va
dob~e,; y cuarent~ y u_na. estaciones estarn entonces al servicio de la poblaoon. Conducua dtanamente la nueva lnea un milln de pasajeros.
Sumarn, pues, cerca de tres millones las personas transoortadas por el
Metro cada da.
"
Hoy por hoy las colas que se extienden ante la estacin del Moscowa
Hotel, y que yo contemplaba diariamente desde mi ventana desde las
cinco a las siete de la tarde los das hbiles y desde las tres a las cinco
los domingos, son las ms imponentes que sea dable ver en Mosc. Es
como un mitin de ms de cen metros de largo con filas tan anchas como
toda la acera de diez ? _doce metros. muy juntas, que doblan la esquina
Y se van sepultando mmterrumpidamente en una puerta de la estacin
durante dos largas horas.
Corresponde recordar las co.ndiciones en aue se llevaron a trmino
las obras iniciales del Metro; los trabajos de su "primera lnea.
La crnica oficial (all no existe otra, al menos escrita) afirma
que se debe a Stalin la iniciativa de dotar a Mosc de ese tren elctrico
subterrneo; y aade que l imparti las rdenes y estuvo al frente de la
empresa de su realizacin, cuidando a veces hasta de sus menores detalles.
De 1? cual . resulta que el Ivietro, que como toda obra pblica de
.
unportanoa se Cita como uno de los ms elocuentes testimonios de la
capacidad realizadora del rgimen gubernamental, es sobre todo uno de
los p~destales tangibles del prestigio personal de Stalin, lo cual no deja
por ocrto de subrayarse con las inevitables estatuas que lo hacen presente
en numerosas estac10nes, aunque se deje tambin algn sitio en la consagr~cn pb_lica a los tcnicos que tuvieron parte desfacada en los trabaJOS, especialmente a Kaganovich, el increniero que estaba entonces al
frente del Comisariado de Transportes.
b
Un a:tculo que apareci en Prauda firmado por J. Goeirieze, en
que se nos mformaba, entre otras cosas, que las nuevas estaciones -las de
la c~arta lnea ;n construccin- seran ms amplias que las otras, y su
arq_mtectura sena en forma de monumentos clsicos; y que habra all
t~emta Y: cyatro pares de trenes en movimiento por hora, con una velondad max1ma de sesenta a setenta kilmetros, dice:
131
132
EMILIO FRUGONI
". 't'tco ~o t~>nan
ninauna
L,os co.nstructores del pnmer
.tv1.etr<?
sov1e
- .
"' _
experiencia de los trabajos de vas bsu~terrlneas. ~~~~o d~f~~i:~ ~~sis~~a
vas tcnicas en el desarrollo del tra aJO . . .a .segun
.f
aestro
en ue esta gran construccin pod~a _dmgula nues.tro. )e e Y m
Stalfn. Los constructores sentan dtanamente su atenc!On personal. su
ayuda y preocupacin.
d
d'
El colectivo de trabajador~~ del Met:o,. s1g,1;nen o sus m tcae1ones,
rpidamente domin la explotac!On de la tecmca.
El p t'd
1 Comunista moviliz al principio a los ko'mso;nols (los
.,
) ar ~ue se prestasen a trabajar gratuitamente los sabados, es
JOV~nes ~ara
scanso de la semana de seis, en las obras del 1\tietro, y
decu los dtas de de
'd d
'bl de hombres y mujeres tiles a
arrastrasen a la mayor cant1 a post e
1
' t d
seauir su ejemplo.
o
E
elaboracin aratuita no tard en adqumr e carac er e. una
obliaaci~ne ineludible p~ra muchos trabajadores, d~da .la d~pendenCla en
ue "'all todo el mundo vive de las constgnas parttdanas, sm contar con
~ue muchos equipos perman~ntes se ~armaron con penados de los que
descuentan su pena co.n trabaJO correcc10nal.
.
En las lneas construdas durante la g~erra Y: m1entr~s y,o e~tuve e_n
la U. R. S. 'S. no se emplearon "sbados m dom~~gos rOJOS m se uttlizaron penados pero s algunos centenares de pns10neros d~ guerra alemanes, como en' muchas otras obras y~licas, I no. pocas muJeres. en cumplimiento de la obligacin de contnbmr con LrabaJO a las necestdades de
orden social, sobre todo en caso de guerra.
CAPTULO
XVII
RESURRECCION DEL DOMINGO
Domingo -de dominicus dies, da del 'Seor- en ruso. se dice
Boscrecenie, que se traduce por Resurreccin.
Pues bien, en la Unin Sovitica, Boscrecenie, el da de la Resurreccin, ha resucitado. Porque hubo un tiempo, en los aos del infantilismo comunista, en que se le haba borrado del calendario. En realidad se haban be.rrado los nombres de todos los das de la semana,
y ya no haba ms lunes, martes, mircoles, etctera, pues se les sustituy
por nmeros, como en el Brasil. Pero la abolicin del domingo fu
completa, porque la semana se redujo a seis das, y el de descanso fu el
sexto, el sbado, quedando de ese modo excludo. el descanso dominical
con el domingo mismo. Se crearon los sbados roios. Eran aquellos en
que se exhortaba al pueblo a enfregar al Estado gratuitamente su da
de descanso, participando. en lo que se llama "el trabajo social". Muchos
de esos sbados rojos se sumaron, como acabamos de recordarlo, en
el collar de laboriosas jornadas consagradas a la construccin del Metro.
Despus de ese da sexto vena un da de trabaje., en que por serlo, no se
vea ms el domingo a travs de la distincin numrica del da uno, sino
el lunes. Por eso la proscripcin del domingo fu ms radical. Pero no
dur mucho la reforma. Un da, tras algn tiempo de semana .rotativa,
se restableci la semana tradicional y con ella el domingo. Y no tan slo
el domingo en su denominacin, sino asimismo en su viejo carcter cristiano de da consagrado al reposo.
Cierto que no se quiso con ello adherir, ni se adhiri por cierto de
hecho, al sentido religioso de esa consagracin, sino como en casi todos
los pases modernos al hbito civil que resulta cmodo adoptar laicamente.
Se volvi a preferir como da de descanso el primero de la semana.
Con lo cuaL eso s, se satisfizo a los cristianos de la Unin Sovitica, que
pudieron observar el descanso semanal de los preceptos de su religin.
Y hoy las oficinas, las tiendas, exceptuadas las de comestibles, las
escuelas, los institutos, las universidades, las fbricas que no son de industria continua, los talleres en generaL cierran sus puertas los domingos,
al menos para sus tareas habituales.
Y el domingo ha vuelto a ser as el da de las excursiones, de las
matines teatrales, y tambin -pero esto por un conjunto de motivos
que explicar ms adelante- el de las ms concurridas y solemnes funciones de la iglesia ortodoxa, que es aqu casi toda, y prcticamente toda
la iglesia. Ese da se co.ncentran en l'vlosc cientos de miles de personas
provenientes de todas las villas circundantes y de muchas regiones que se
hallan a doscientos y ms kilmetros de la metrpoli, en trenes elctricos
y en camiones.
Todos los aledaos de la urbe envan igualmente gran parte de sus
moradores al centro, en mnibus, tranvas y sobre todo en el Nietro,
134
EMILIO FRUGONI
LA ESFINGE RoJA
cuyas estaciones se vuelven monstruosas bocas de ogro que se tragan en
espacio de pocas horas largusimas procesiones de viajeros, rpidamente
digeridos por las escaleras rodantes y los convoyes relmpagos y expedidos en todos los andenes de llegada para dispersarse hacia diversJ.s reccones desde las galeras y corredores internos, y al final desde L:.s
puertas exteriores de salida.
Casi toda esa gente viene de maana a comprar en el mercado negro
y las tiendas de comestibles lo que no puede adquirir en los das de trabajo
ni en sus barrios o aldeas.
Aunque en das de trabajo general tambin suele haber, cuando d
tiempo lo permite, certmenes deportivos diurnos, las reuniones ms importantes d-e esa naturaleza tienen lugar los domingos.
La primera maana de nuestra estada en Mosc dimos, por casualidad, al salir de una estacin' del Metro, ante la entrada del Parque Gorki,
con una carrera de postas en la calle, entre mujeres, en un trecho donde
se haba desviado el trnsito. La maana era relativamente templada y
la agradable visin de aquellas deportistas en traje de bao nos tr;.:a
una dulce evocacin reticente de playas montevideanas.
:stos equipos soviticos, que pocos meses despus de haberlos yo visto
JUgar en fo~ma q_ue no me deslD;mbr pero que me di la evidencia de
u_na fuerza mvene1ble hecha especialmente de capacidad de resistencia, batwron en Inglaterra a los famosos teams britnicos, que son los padres
del ftbol.
~o~ ~oles en contra del club. moscovita dejaban al pblico mohno
al pr!;lClplO; _pero luego se. entusiasm, y entonces aplauda (silbando
tambien. en: ?enal de ~probact:r; como el pblico yanqui) algunas jugadas
y combmac10nes fehces, o re1a bonachonamente ante alaunos fracasos.
Cada gol de los visitantes era recibido con varias exclamaciones aplausos
y silbidos.
'
Cada gol de los locales provo.caba delirantes ovaciones ...
. En todas :t:ar~es del mundo, a pesar de las diferencias del clima, las
rea~c10nes del pubhco de los deportes suelen ser iguales. Pero en Mosc,
Y s~n ?uda en to~a la U. R. S. S., parece no existir la fobia rioplatense
al. arbttro. Las ordenes del juez del partido son acatadas sin la mmma contrariedad .. Y el pblico, en presencia de ciertos fallos que no
cree acerta,dos, no mc~rre nunca en demostraciones de protesta, por9ue despues d; todo t1ene. confianza en la imparcialidad y rectitud del
JUez y aun mas que eso, tiene muy desarrollado el sentido del respeto a
la autoridad.
Est acostumb!ado a. acatar las decisio.nes superiores sin discutirlas.
J:?e pasada, qmero depr constancia de que en Mosc, en los crculos
deportivos, s.e. conoce al Uru~uay por sus triunfos en el ftbol, y se
recu~rda la VISita de los futbohstas uruguayos en el ao 19 28. De ellos,
:premamente, me habl el directo.r administrativo de Dnamo, una manana er; que me mo~traba cortsmente las canchas de su dependencia.
Pero mas me sorprendt el administrador de "El Circo" cuando, habiendo
yo un da enc~rgado localidades para una de sus funciones, me hizo
saber que te:r:dna mucho gusto en reservarlas para el ministro de un pas
cuyo~ fu~bohstas ~ran los mejores del mundo. Confieso que experiment
una mevitable satisfaccin patritica. . . S bien me quedaban la duda y
el temor de que el homenaje correspondiese a esas horas a una halaaadora
reputacin fenecida.
o
Se.a co~o fuere, algo bueno se conoca del Uruguay en Rusia. Eso
era meJOr, mdudablemente, que la reputacin risuea de que habamos
quedado rodeados los uruguayos cuando los peridicos humorst'icos comentaron el ao 193 5 la incidencia de la ruptura de relaciones con la
U: ~ S~ 'S.,. tom~ndo por su cuenta el asunto de los quesos con que
Litvmo1f h1zo re1r un buen rato a la Asamblea de la difunta Liga de las
Naciones.
Uno de esos peridicos publicaba una caricatura en que una chica le
deca a su galn:
-Si no. quieres mi queso (y le alcanzaba un trozo de queso en un
plato) , no te doy un beso.
La chica era el Uruguay.
.
Otro I?_inuto de celebridad en la U. R. S. S., con proyecciones grficas, 1~, vaho al Uruguay -durante mi permanencia- la mocin de la
delegac10n uruguaya ant'e el Consejo de las Naciones Unidas, proponiendo
EL FTBOL EN Mosc.
En verano he podido presenciar algn partido de ftbol en Dinamo,
que as se llama el estadio. Este es de reciente y elegante construcci.:1.
Dnamo viene a ser en realidad no solamente un estadio, sino toda una
organizacin de canchas para diversos juegos. Porque adems de la de
ftbol. hay all dentro de una vastsima rea cercada por rejas de hierro
y slidas empalizadas, una media docena de canchas de tenis bajo techo,
en un local de techo curvo, con algo de estacin de ferroc2.rril, que s:
ilumina con r>Ot~Zntes reflectores. Y una de basketbol v otra de hcke>:,
deporte inver"nal del que se organizan interesantes cmpetencJs ent~e
equipos locales y equipos noruegos, suecos, finlandeses y americanos.
Los partidos de ftbol comenzaban a las seis de la tarde. Atraan
multitudes, y era incalculable el nmero de automviles qu.:: s;; congregaban en las cercanas del Dinamo. Como los que yo Yi eran p:::rtidos
sensacionales -sobre todo uno en que los de Mosc jugaban contra los
de Georgia-, el estadio se colmaba de pblico. Tal vez se juntaban en
l ochenta mil personas. Su capacidad normal es de setenta mil espectadores sentados; pero se dejaba entrar mucha ms gente, que se quedaba
de pie en los pasillos y en todas partes.
No soy un entendido en ftbol, pero me pareci el juego un peco
lento, a base de pases largos y seguros, con algunas buenas jugadas. Los
jugadores se caan a veces por efecto. de alguna zancadilla o de un pcchazo
voluntario o involuntario, pero se levantaban siempre, de inmediato, sin
protestar, y continuaban jugando. No vi un solo acalambrado. Ni un
"mecnico", como llamamos en el Ro de la Plata a los practicantes
que, conduciendo su maletita con el botiqun, corren a auxiliar al cado
en plena cancha y a darle masajes, mientr?.s el juego se interrumpe. Eso
revela un entrenc.miento perfecto y un estado de primer orden en los
jugadores. Ese - y no otro.- es, a mi ver, el secreto de la pujanza de
135
136
LA
EMILIO FRUGONI
ESFINGE ROJA
137
que no se aplicase la pena capital a ninguno de los pro.cesados en
Nurhemberg.
Pero de esto hablar en otro sitio.
dismo entretanto, unos tras otros, en incesante precipitacin, muchachos
y muchachas sostenidos por un cautivo paracadas de ensayo, hallbase
la zona ocupada por la exposicin de trofeos arrebatados a los alemanes.
Los PARQUES.
LA
Los domingos son tambin, y sobre todo, propicios a los parques.
Se les ve ms concurridos, a todas horas, que en los dems das de la
semana. Y corresponde visitarlos, recorrerlos y frecuentarlos, porque
aun los menos interesantes son acogedores y amenos, claro est que en
la buena estacin, cuando los rboles se cubren de hojas y el csped
tiende a los costados de los caminos su mullida alfombra, y en los can~
teros cantan con su color las flores. Porque en los otros meses, los r~
boles se vuelven esqueletos en los cuales cuelga el fro jirones de blancos
sudarios, y canteros y cspedes quedan sepultos bajo. la nieve; y hasta los
caminos se esconden en ella a las miradas y a los pies del visitante.
Algunos se cierran al llegar las primeras nevadas del otoo. Los
que permanecen abiertos, como el Gorki y el Sokolnik, sirven para las
distraccio.nes deportivas que el hielo permite, los ejercicios del patn y
del esqu; pero se paralizan sus diversiones mecnicas (sus ruedas giratorias, sus aeroplanos cautivos, sus aviones en looping, etctera) y dejan,
naturalmente, de funcionar sus canchas de tenis y de basketbol, sus juegos
del sapo y del billar al aire libre. Hasta se clausuran sus salas de lectura
y de ajedrez, que ponen una plcida nota de recogimiento en medio de la
animada y bullanguera circulacin que en ciertas horas predo.mina.
Hay en todos ellos pabellones para la msica, donde las bandas m~
litares dan conciertos ante vastas plateas, y escenarios en que se desarrollan breves programas de variedades y asimismo teatros a los que se
trasladan las compaas de algunos coliseos de la ciudad ~n uno del
parque O.D.K. (el del Ejrcito Rojo.) vi representar "Nora", de Ibsen, por
la compaa del teatro Komsomol- cuando no estn abiertos todo el
ao, como en el parque Ermitage, que se halla en plena ciudad, el
teatro Moscoviet.
Un gran coliseo al aire libre, en forma de anfiteatro, con un dla~
tado escenario, hay tambin en algunos parques. En el de Gork, antes
de la guerra, se representaban ballets con una escenografa en la que se
haca colaborar como elemento principal a la naturaleza con todo su
poderoso. prestigio. All se pona en escena, por ejemplo, "El prisionero
del Cucaso", sobre un poema de Pushkn, y las majadas de ovejas cru~
zaban la escena mientras, al fondo, el cerro y el bosque autnticos de la
topografa y la flora del parque proporcionaban al espectador la suges~
tiva visin de las montaas verdaderas.
En o.tro ballet se haca pasar al galope un escuadrn de jinetes, smu~
landa una carga de caballei:.
Esos espectculos reapareceran probablemente el prximo verano,
pero la guerra, que los desaloj por un tiempo, frajo al mismo parque
atractivos de otra ndole. A pocos metros de la to.rre de los paraca~
distas, de cuya plataforma superior a treinta o cuarenta metros del suelo,
se arrojaban, para entretenimiento pero tambin para aprender paraca~
EXPOSICIN DE LOS TROFEOS DE GUERRA.
Extenso espacio ocupaban los caones antitanques, las ametralladoras, las piezas de artillera de todo tipo y tamao, los aviones de caza
y bombarderos, los obuses y morteros colosales, los mastodnticos ca~
ones de sitio con que se bombardeaba a Leningrado, de un alcance de
d_iecinueve, veinti~s, veinticinco y veintinueve kilmetros, con proyec~
tlles de sesenta ktlos por lo menos; los tanques, desde unos pequeos y
endebles de tipo francs -fabricados en Francia- hasta unas fortalezas
rodantes con ruedas de oruga y erizadas de caones; los tracto.res mpre~
sonantes con caones descomunales, etctera.
El parque s~ ~xtiende al borde del ro Moscova y al margen del em~
barcadero se exhiban las lanchas de desembarco y de transporte de arti~
llera, los bofes de goma, las balsas para construir puentes, los puentes,
l~s motores. Ms all, los vehculos con patines para andar sobre el
hielo, los autobuses con dormitorio y cocinas para los jefes, las casamatas
de hierro de la lnea Mannehrhem de Finlandia, que tenan forma de
escafandra y eran como altos caparazones de tortuga dentro de los cuales
se emplazaban los fusiles automticos y las ametralladoras, que disparan
desde las troneras.
En grandes pabellones se haban dispuesto las armas de infantera,
las armas cortas, las instalaciones de rado, las defensas contra gases, todo
en gran parte de fabricacin italiana, pertenecientes a las divisiones fascistas que llegaron al Don.
Y all estaban, adems, las bombas de todo peso y magnitud, vn~
dose una de dos mil quinientos kilogramos, que puesta de pe, con sus
cuatro o. cinco metros de altura, pareca un monumento.
Cerca de ella llamaban no menos la atencin las bombas "atades",
dentro de cada una de las cuales hallbanse acondicionadas cincuenta
bombas incendiarias, y que en determinado momento se abran en las
alturas para dejar caer esos cincuenta vstagos, que con el roce del aire
se inflamaban en la cada y eran como otros tantos blidos de fuego.
Viendo ese fabuloso armamento, esa aviacin pavorosa, esa art~
llera desmesurada, esos tanques megat'rcos, esos formidables tractores
blindados, esas bombas inconcebibles, todo dispuesto en forma de poder
trasladarse rpidamente sobre ruedas a travs de cualquier dificultad del
camino, cruzando ros y montaas, se comprende que los gobernantes nazis
hayan podido forjarse la ilusin de conquistar el territorio sovitico.
Cmo resistir a ese alud de hierro y dinamita que avanzaba por el
cielo y por el aire? Esos caones, esos aviones, esos tanques reducidos
a la impotencia eran como terribles testigos y exponentes del orgullo
militar y guerrero de esos hombres que embriagados por el podero de
sus armas, las creyeron factores invencibles, ncontrarrestables, de su ambicioso sueo de dominio.
138
E.\liLIO FR UGONI
Y, sin embargo, all estaban, domadas e intiles, con su aspecto
aterrador de infernales mquinas de destruccin y de muerte.
Haban cado vencidas por fuerzas materiales y morales que el nazismo ignoraba, ms por incomprensin de la naturaleza humana y d.z
las potencias espirituales de los pueblos, que por errores tcticos de sus
generales o por fallas de su servicio de informacin y de espionaje.
Sobre aquel podero blico destrudo, esa exposicin pona un epitafio en junio de 1944 -un ao antes del completo aplastamiento de
Alemania- con un lacnico cartel que deca:
"Los alemanes en tres aos de guerra en la U. R. S. S. perdieron
siete millones quinientos mil hombres (entre muertos, heridos y prisioneros), setenta .mil tanques y sesenta mil aeroplanos."
Esa exposicin haba elaborado, por lo dems, una interesante experiencia de psicologa colectiva.
Antes de exhibir esos trofeos se discuti mucho en las esferas oficiales, pues no faltaban quienes opinaban que la muestra de todo ese
podero blico alemn, en momentos en que an las fuerzas invasoras
ocupaban gran parte del pas y no se haban alejado bastante de Mosc.
poda producir en el nimo pblico un efecto deprimente e infundirle el
temor de que resultase imposible librarse de las garras de fuerzas tan espantosamente provistas. Otros opinaron, en cambio, que la vista de todos
esos elementos mortferos arrebatados al enemigo derrotado, inflamara el
entusiasmo blico del pueblo y lo alentara para continuar y redoblar el
esfuerzo y los sacrificios en la seguridad de la victoria total y definitiva.
Estos tuvieron razn.
Apartndonos de esa zona -para entrar en la cual se paga un
rublo- penetramos en otra extensin del parque pagando otro rublo
(aqu las personas mayores pagan por entrar a los parques), donde
mucha gente acude a descansar o leer en cmodos sillones de tijera -que
se alquilan por pocos kopecs- a la sombra de los rboles, entre las flores.
En esa parte se hallan las distracciones permanentes, y dentro de ellas
queda el sitio del ro donde en verano se baan los muchachos.
Hay otro parque muy interesante, donde, como en el C. D. K.. puede
uno pasearse en bote, porque lo adorna un amplo lago circular. pero
cuyo mayor atractivo es el bosque de rboles aosos, la selva indgena
de Rusia, en que puede orse de noche, en los rincones solitarios, a la luz
de la luna, en la placidez del verano, cantar sobre las ramas de un abeto
o de un tilo el romntico ruiseor.
La verdad es que esos bellos parques moscovitas se prestan para que
la fantasa escuche el canto inefable de pjaros maravillosos, porque en
ellos el amor halla en cierto.s alucinantes remansos de soledad y misterio
su patria de xtasis y de encanto, y sabido es que los enamorados oyen a
menudo con el corazn lo que no siempre es dado or con los odos.
Los parques ms cercanos son el C. D. K., donde se halla el Club
del Ejrcito, y el Ermitage, donde funcionan cuatro teatros, uno de
ellos. que da hacia el exterior, abierto todo el ao.
Pero hay todava otros lugares para esparcimiento de la poblacin
en sus das de asueto.
LA ESFINGE ROJA
139
CARRERAS Y JUEGO.
Uno. de esos lugares es el hipdromo. Este se halla en las afueras
de la ciudad, pero no muy lejos de su casco, un poco ms all del Estadio.
El palco y las dependencias destinadas al pblico nos dicen con el
carcter arquitectnico de su suntuosa construccin barroca y las seales
dejadas en ellas por el tiempo, que el hipdromo es el mismo donde se
llevaban a efecto las reuniones hpicas en la poca de los zares.
Un pblico no muy grande relativamente, aunque no menor de tres
a cuatro mil personas, suele presenciar las carreras, que son de sulki y
de jinetes, corrindose en la misma pista unas y otras.
Hay apuestas. Boletos de treinta, cincuenta y cen rublos pueden
comprarse en las ventanillas de un sport y los dividendos se anuncian en
las correspondientes pizarras, como en todos los hipdromos del mundo
capitalista.
Los jugadores abundan. Casi nadie va por presenciar el espectculo
solamente. Aqulla es una concurrencia de jugadores. Los billetes circubn por sumas considerables entre una y otra carrera.
Para los ganadores hay, claro que s, premios en dinero.
Los jockeys y los conductores de sulki visten, como en todas partes,
blusas y gorras de vistosos colores.
No se hace la presentacin de los corceles con los espectaculares desles de otros hipdromos, ni hay entre el pblico damas lujosamente
;:cta-;adas ni sportmen de reluciente cilindro.
Faltan el dueo del stud y el compositor, que son siempre, en otros
pases, personajes casi pblicos vinculados al caballo que corre, hasL1
el punto de que cuando gana -si la carrera es de importancia- lo
pasean ante el palco llevndolo por las riendas, y los fotgrafos de los
diarios y revistas deportivas los hac2n posar p;:ra la notoriedad del mo:nento. junto al victorioso "discpulo" de su stud.
Ni hay un palco especial, cmodo y lujoso, para los miembros
dd Jockey Club y para "la gente del gran mundo", y otro u otros
palcos incmodos, porque no dan nunca bastante cabida a la concurrencia
que en ellos se hacina, para el resto del pblico. All todos son iguales,
salvo en la capacidad para comprar boletos, pues mientras unos sacan
de sus bolsillos ante las ventanillas de sport puados de grandes billetes,
otros sacan. parsimonosamcnte los necesarios para adquirir el boleto de
menos preCIO ...
He ah, pues. el turf sovitico, sin .la ostentacin del lujo y el vicio
que es la tnica dominante del mundo turfstico en los hipdromos dd
opif'alismo europeo y americano; pero turf, con apuestas y todo, con
juego de azar por dinero, con la tentacin de la ganancia fcil en ur;.a
poco honorable complicidad con la suc:rte.
Dicho sea de paso. no. es sa 12 nica manifestacin pblica cficial
del juego en la U. R. S. 'S. Tambin se juega a la lotera, que es la
forma ms difundida de lo que alguien denominara "la prostitucin de
la esperanza", porque es la esperanza de ganar comprada por dinero.
Un recurso del Estado sovitico es u ::la lotera de dinero y ob jztos.
que se juega de tanto en tanto.
140
LA ESFJ;)LGE RoJA
EMILIO FR UGONI
As, por ejemplo, el 25 de octubre de 1944 se autoriz la cuarta
lotera de esa especie. La suma de la lotera alcanz a cinco mil millones
de rublos. Por esta suma se emitieron billetes de lotera de veinticinco
y de cincuenta rublos. La lotera comenz a jugarse a partir del 15 de
marzo del ao 1945. Los premios ascendan a la suma de mil millones.
Entre ellos hay premios en dinero desde cien a cincuenta mil rublos (una
fortunita de cinco mil dlares al cambio oficial, y de cuatro mil al cambio
diplomtico, aunque equivalga a mucho menos por su valor adquisitivo).
y en objetos, como.: abrigos para mujeres y hombres, cortes de trajes,
trajes, relojes de oro, alfombras, calzados, etctera.
EL CANAL VOLGA-MOSCOVA.
Si queremos aprovechar la tregua del domingo alejndonos un poco
de la ciudad, bien haremos en ir a conocer, si es en la tibia estacin,
j tan breve!, y en uno de los das ms templados o aun calurosos del
tornadizo verano, la playa lVIosc sobre el canal Valga-Moscova. No es
grande, por cierto. Su arena es gruesa y oscura. No es tampoco de fcil
acceso para el gran pblico, porque el mejor medio de comunicacin -el
Metro- no acerca bastante, y los mnibus y los trolebs no dan abasto
para transportar a cuantos desean llegar a ese sitio. Sin embargo, en los
das calurosos (el termmetro asciende a veces a treinta y cinco grados
centgrados) acuden a ese paraje muchos miles de baistas.
Hay una playa popular, en la que se arroja arena trada del ro,
y otra del Club Dnamo, con gradera para presenciar los torneos de natacin que se celebran en una amplia drsena, con trampolines y plataformas para saltos ornamentales.
Una excelente carretera de asfalto nos permite trasladarnos desde
all en automvil al Uamado "Puerto de Mosc", que oficialmente se
denomina "Puerto de Cinco Mares". Es ste el ms mportant'e lugar
de embarque y desembarque del canal~
Este somete las aguas del lYioscova a una regularizacin de su cauce
hasta la desembocadura en el Valga, para que el agua del gran ro ruso
penetre en aqulla y acreciente su caudal elevndolo varios metros.
Comenz a construirse en el ao 19 3 3 y se termin en el ao 19 3 7.
lYide ciento veintiocho kilmetros, a lo largo de los cuales se cuentan
once represas, ocho estaciones hidrulicas, siete puentes ferroviarios, cinco
estaciones de succin, doce puentes de carreteras, una estacin fluvial o
puerto en Xinki. Requiri la extraccin de doscientos dos miiones de
metros cbicos de tierra.
Bajo una de las represas se construy un tnel. La importancia de
la obra se calcula cuando se la compara -como. hace un folleto oficial explicativo- con los canales de Sucz y de Panam.
El de Suez mide 171 kilmetros de extensin. Para construirlo se
extrajeron cinco millones de metros cbicos de tierra.
El canal de Panam mide 18 O kilmetros, con seis represas y un
dque. Requiri la extraccin de 160 millones de metros cbicos.
T;:mto el de Suez co.::no el de Panam insumieron decenas de aos
"~n
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su construccin, mienas que el sovitico, segn lo hace constar el
folleto de propaganda aludido, no alcanz a absorber meda docena.
Cabe, s, tener en cuenta que en tanto esos dos canales se abran
a travs de los respectivos istmos, cortando, al menos tratndose del
Panam, capas geolgicas de piedra y altas cordilleras, que incluso daban
lugar a frecuentes derrumbes, el canal sovitico no era sino la ampliacin
y profundizacin del cauce arenoso o gredoso de un ro.
La trascendencia de la obra para la suerte de lYiosc se deduce de
slo estos cuatro datos:
En un ao el Mosco.va recibe 1.200.000 metros cbicos de agua
limpia y pura del Valga.
Pasan por l 1.200.000 pasajeros.
Pasan tambin 900.000 toneladas de carga.
Los barcos cruzan, en ese mismo tiempo, 200.000 veces la represa.
Qued as resuelto el arduo problema de proveer de agua potable
a la poblacin.
En el viejo Mosc, de 1.500.000 habitantes slo 800.000 fenan
posibilidades de utilizar el agua recibindola por acueductos o caeras.
El resto tomaba el agua de alcantarillas o acequias o la llevaba a su casa
en barriles, como en la poca de Ivn el Terrible.
En 19 3 2 tres millones de habitantes utilizaban las caeras y a cada
habitante correspondale tres bc:ldes de agua. En 1939, cuatro millones
de habitantes (casi toda la poblacin) disponan de agua en abundancia.
Desde 1940 corresponden ms de cuarenta baldes por da a cada habitante.
Si un londinense necesita trece baldes por da, Mosc ofrece a sus
moradores un supervit de agua que ninguna otra ciudad del mundo, a
ser cierto lo que afirman las estadsticas soviticas, puede igualar.
Lo que hace falta es que todos los componentes de la poblacin
puedan emplear esa riqueza hidrulica con la abundancia que les corresponde. Para ello no se prestan las condiciones en que les foca vivir,
sobre todo. mientras no se resuelve el problema de la vivienda, como veremos ms adelante. Pero justo es consignar que si muchos miles de
moscovitas carecen de la posibilidad de emplear en su habitacin, para
su aseo personal, una nfima porcin en el prorrateo per capita del tesoro
lquido distribudo, encuentran en cambio. algunas casas de baos, eso
s modestas, esparcidas por los distintos barrios en nmero que me pareci apreciable.
En ellas, por pocos kopecs, pueden higenizarse empleando una
palangana y un jabn, que les proporciona el establecimiento, y dejando
correr copiosa el agua de una canilla caliente o fra, para concluir ponindose bajo una ducha, en un ambiente convenientemente calefaccionado
en invierno. Estn bien organizadas esas casas, que prestan un sealado
servicio a la poblacin de una ciudad donde la higienizacin p2rsonal en
el propio domicilio no suele ser cosa fcil, sobre todo si se la pretende
integral y prolija.
En las obras del canal trabajaron miles de presos, condenados a trabajos correccionales. U na ley del ao 19 3 8 lo recordaba, aco.rdando la
retiracin de los respectivos procesos a todos aquellos antiguos presos de
los campos penales de concentracin para el trabajo -las co1onias pe-
142
EMILIO FR UGONI
nales de la U. R. S. S.- que despus de terminada su condena tomaran
parte en las obras del canal.
En el puerto hay amplios embarcaderos, una rambla de varios kilmetros de longitud, un parque de 4 7 kilmetros cuadrados, y elevndosepor encima de todo ello como para indicar, desde lejos, la ubicacin del
puerto a los navegantes fluviales, un grcil edificio de tres plantas rodeado
de arcadas y balaustradas y coronado por una torre central que sostiene
armnicamente un largo mstil en cuya punta se_ ha engarzado una
estrella.
En ese edificio hay magnficas salas de espera y de fiesta, restaurantes,
oficinas para el expendio de pasajes, etctera.
Numerosas embarcaciones navegan por el canal, siendo la mayor
parte de transporte de pasajeros. Tienen, v:istas a la distancia, un aspecto
de grandes torpederos grises, pero sus cub1ertas, de popa y de proa, techadas, llenas de asientos, largos bancos con respaldos para los pasajeros,
nos descubren en cuanto se acercan, su ndole pacfica y domstica. Siempre hay algunos de ellos arrimados a los escaos del embarcadero, aguar
dando el momento de la partida. Se cargan de gente que va a las poblaciones de la otra margen del canal, que es a esa altura de un ancho de
varios kilmetros, o a las diversas localidades de la misma margen asomadas de tanto en tanto todo a lo largo de ese andante y apacible camino
lquido.
En los das agradables de verano o primavera nada tan encantador
como una excursin por el canal en uno de esos barcos que van haciendo
mltiples escalas, descargando y cargando pasajeros.
El canal ha dado origen a los barcos tranvas, que son embarcaciones con capacidad para ms de cen pasajeros, las cuales realizan un
servicio urbano y suburbano de transporte sumamente til.
Algunas embarcaciones ms grandes se internan por el Volga.
Un viaje por el nclito ro es siempre una dulce evasin del alma en
brazos de las sugestiones ms plcidas de la naturaleza.
CAPTULO
XVIII
SU SEORIA LA NIEVE
Alcanza proporciones de abrumadora epopeya la lucha que Mosc
sostiene, como Rusia toda, con la naturaleza, "la madrasta de Rusia",
como dijo Solovef.
La nieve, tan blanca y tan blanda, que parece un dulce adorno de
las caiies, de los rboles y de los edificios, y que es en los campos un
hada benfica cuyo manto cobija las simientes y humedeciendo el suelo
auspicia las cosechas, es asimismo un azote de la ciudad.
La ventisca es un castigo para las gentes que se ven obligadas a
transitar por las calles de Mosc. El viento helado arroja sobre los
rostros las innmeras flechas de la nieve que cae en una apretada lluvia
de desbaratados plumones de cisne.
Ella les blanquea las gorras, los cueiios y las espaldas de los abrigos, en los que deposita puados de ese hmedo polvo de los caminos, no de la tierra sino de los cielos. Es en el suelo como azcar
molida. Se amontona en las calzadas, en las aceras, en los techos de
los vehculos, en las cornisas y en las techumbres de las casas.
Al derretirse lo moja todo. Las ropas se impregnan de agua. Los
frentes de las casas, y sobre todo los techos donde se acumulan muchos
kilogramos y de los cuales hay que desalojada de tanto en tanto durante
el curso del invierno, se deterioran por la accin de esa humedad persistente.
Cuando comienza el deshielo deben adoptarse especiales precauciones
para evitar que se desprendan de los altos camisones trozos de compacta
nieve que pueden lastimar a los transentes. La polica inspecciona los
techos de los edificios mayores y organiza su limpieza a fin de que no
ocurran desgracias.
La ciudad adquiere bajo sus pinceles un aspecto encantador. Sobre
el tapiz blanco con que cubre toda la extensin de avenidas, plazas e
inconmensurables espacios libres, resalta el punto oscuro de los transentes
abrigados en sus telas negruzcas. Las aglomeraciones sobre ese fondo de
armio parecen grandes manchas negras, como de pequeos rboles vistos
a la distancia. La muchedumbre humana toma apariencia de bosque, y
desde m ventana veo moverse a las personas como seres extraos, pesados,
con algo de animales silvestres exlados de la selva frondosa.
Cuando brilla el sol sobre esa quieta inundacin nvea, el cuadro se
torna esplendoroso. El azcar molido brilla con millones de corpsculos
cristalinos, que simulan chispas de diamante. Los rboles de hoja perenne, cedros y pinos, que acompaan en la Plaza Roja el mausoleo
de Lenn, festoneados por los gruesos flecos algodonosos que les cuelga
la nieve, se transfiguran en rboles de Navidad, y cuando el sol vuelve
joyantes sus atavos invernales, tienen algo de enormes pero graciosas confituras. Pero el mismo elemento que as juega con las cosas y las decora
144
EMILIO FRUGONI
LA ESFINGE ROJA
para deleite de los ojos, es ms un enemigo que un amigo de la ciudad.
Lo ms imperdonable es que ahoga la primavera de Mosc en las
inmundas charcas de sus calles. El cuidado edilicio logra mantener limpios y secos, cuando no cae nieve, los puntos ms cntricos; pero todo el
resto de Mo.sc se vuelve casi intransitable, con lagunas en las calzadas
y barriales horrorosos en las aceras.
El deshielo, que es en los campos de Rusia una fiesta de los sentidos.
porque anuncia el final del invierno con la cancin de los ros, arroyos
y torrentes libertados de su crcel de hielo. que resurgen bulliciosos arrastrando pequeos tmpanos, Horecidos de espumas, es en la urbe una
incomodidad, un fastidio rabioso, que enloda prolijamente las aceras y
las calzadas, que arroja chorros de agua de todos los balcones y cornisas,
de todos los innmeros canjilones que desagotan los techos sobre la cabeza
de los transentes, y que todava dejan caer algunos afilados carmbanos
desde el declive de las mansardas o. el pretil de las azoteas.
Andar por las calles cntricas en esos das es una aventura desesperante. Tcale al descuidado viandante atravesar a pie firme lagos de un
agua espesa y oscura, empujado por los otros peatones y los vehculos,
recibiendo salpicaduras de abajo y torrentes de los canjilones y canaletas de arriba.
La primavera de Mosc, en sus primeras apariciones, llega enzarzada
en una lucha cuerpo a cuerpo con la nieve, y en el remolino de la pelea
c.mbas se revuelcan por los suelos salpicando de barro hasta los ojos a
los que transitan indefensos.
La nieve queda por el momento derrotada y desecha en un mar ...
de lgrimas; pero vuelve por el desquite, y esa misma noche asalta nuevamente a la ciudad extendindose sobre toda ella con la complicidad
de las nubes renuentes que la ayudan a descolgarse entre las sombras.
De modo que la primavera encuentra a la maana todos los espacios y
superficies de la ciudad ocupados por su terca enemiga y tiene que luchar
otra vez con ella a brazo partido. Y as por muchos das, tocndole a
menudo la peor parte a la primavera, que debe retirarse derrotada, ensombrecida por el barro y lamentablemente lacrimosa, a las pocas horas de
haber penetrado en la ciudad, sin haber logrado aposentarse.
Mosc tambin, para defenderse de ella, debe librar una constante
y costosa batalla, empleando co.mo soldados miles de personas -por lo
general mujeres-, que armadas de largos palos y picos limpian a todas
horas las vas de trnsito. Los porteros tienen la obligacin de hacer
transitable el trecho de acera correspondiente a su casa, y cuando cae
copiosa la nevada y amontona demasiada harina de hielo en las calles,
se les ve barrerla con grandes escobillones. Y si el viento sopla en su
direccin, el trabajo de esos esforzados barrenderos se vuelve un trabajo
de Ssifo, pues ellos no logran quitarla de un sitio cuando ya forma colchones mullidos -verdaderos tembladerales- en el sitio contiguo. Cuando ha cesado de caer la nieve, y el fro se intensifica y aqulla se endurece
en costras tenaces, que apenas sube la temperatura se humedecen para
tornarse vidriosas, espejantes como tmpanos, en vez del escoblln debe
emplearse una barreta con la cual se parte esa dura superficie a costa de
pacientes esfuerzos.
Pero no son, por cierto, nicamente lo.s porteros quienes se ocupan
en la tarea de defender las vas de trnsito. Legiones de mujeres, y no
pocos hombres, andan, todos los das y a todas horas, esgrimiendo larcras
palas y picos, entregados a la funcin de amo.ntonar la nieve a los bordes
de las calzadas para. que lueso vengan unos camiones especiales a cargarla
y transportarla haCia una nbera del canal, al cual la arrojan desde unas
bocas de tormenta abiertas en el pavimento.
Esos cam.iones y unas espectaculares mquinas rodantes que rompen
y barren la meve de las calzadas, echndola a ambos lados de la calle,
as cc:mo, uno.~ _vagones especiales que limpian los rieles del tranva, son
la artlllena utrhzada para la tal batalla, que exige adems el esparcimiento
de arena por aceras y cruces de las calles ms concurridas, en los das en
que se ~roduce _el deshielo y el piso se pone arteramente resbaladizo como
sr estuv~ese, er:.Jabonado. i A propsito! Voy a extraer de una correspondencia. 1ntr;:na nn relato que hice de un percance que me depar, en
uno de m1s pnmeros contactos con ella, el traicionero candor de la artera
er:emiga. (J?n realidad el candoroso fu yo ... ) . El da antes haba
vrsfo por pnmera vez la faz de esa plida diosa frcrida; el cendal de esa
lluvia de mariposas inanimadas que los cielos det' invierno descuelcran
sobre la t~erra de estas latitudes. Delante del hotel, sobre la explan~da
que se extiende hasta las entradas de la Plaza Roja, se admiraba una alfombra de armio con arabescos oscuros, las estras que dibujaba el asfalto no del todo cubierto. Pareca un extrao moar.
.
El parque del costado _del Kremlin -el jardn de Alejandro-, mostr~b.a. blanq~eados sus ca.m m os y las ramas sin hojas de sus rboles. El
cdrhcro del Museo de Hrstoria apareca embellecido por una encantadora
d_ecoracin: la techumbre de oscuro plomo luca en la base de sus torrccr1las y mansardas esplndidos toques de albayalde, que eran como una
espuma all depositada por las invisibles olas del viento. Las cornisas,
las salientes de los balcones, todos los adornos del frente, pintados por
el caprichoso pincel del aire, resultaban, como esmaltados, sobre el fondo
de lisos ladrillos de un rojo oscuro.
La naturaleza viene as a dar un motivo esttico, una justificacin
de belleza, a esos palacios de rojo ladrillo sin retocar.
Esos palacios, tocados y decorados por las brillantes pinceladas de
la nieve, quedan bellsimos.
Pero vayamos al prometido relato, que yo titul al escribirlo.: "Filosofa de un porrazo en la nieve".
Era el segundo da de nevada en Mosc.
Ms copiosa que el da anterior, la blanca llovizna haba desplegado sus sbanas sobre las calles y los techos, y por momentos dirase
que toda la ciudad haba sido emplumada por multitudes de cisnes blancos dedicados a despojarse sobre ella de sus albos plumones.
Quise salir a pasearme entre tanta blancura. Cubierto con mi fourru~e y n:i gorro de Karakul, con el ms genuino aspecto de un viejo moscovrta, bree un paseo urbano en el que slo sent, a cierta altura, la impresin demasiado fra del aire en la cara y especialmente en las orejas,
lo que me oblig a levantarme el cue11o del gbn. Me result canfor-
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E.\IILIO FRUGONI
LA ESFINGE RoJA
table esa precaucwn. El fro seco estimulaba los resortes del organismo
e invitaba a la accin, al movimiento de la marcha.
Lo mismo que en das anteriores, fros pero sin nieve y sin viento,
yo me senta a gusto en el clima de esas calles, sufcientement~ defendido por abrigos an no tan pesados como. _este sobretodc: de p1eles co_n
el cual desafiaba ahora una temperatura de s1ete grados baJO cero, prop1a
como para irme acostumbrando po~C: a poco, por "g~ados" precisamente,
a las famosas temperaturas de vemt1cmco y tremta baJO cero ...
Me senta crozoso de poder pasearme aclimatado ya hasta a las rfacras de aire helado, cortantes como navajas, que me afeitaban la piel del
;ostro, pero que ya no lograban producirme en la_s c;>r~jas, ocultas bajo
el cuello, aquel alarmante escozor como de una mClplente quemadura,
que me molestaba al principio.
Observaba con inters cmo algunas mujeres munidas de rastrillos y
pequeas palas de largos cabos, quitaban la nieve de las aceras y la juntaban en mo.ntculos al borde de las calzadas, que luego cargaban a su vez en
recipientes rodantes algunos viejos barrenderos.
No pude menos de inclinarme a recoger un puado de esa nieve as
amontonada, para gozar por primera vez en mi vida; con el contacto ~e
ese algodn helado cado de las nubes, que entre m1s dedos se deshac1a
lentamente en agua cuando lo amasaba para formar una bola que me
hubiera gustado lanzar, a guisa de una inofensiva granada de mano, a
la cabeza de algn transente.
Tambin observaba con curiosidad la infinita variedad de trajes y
calzados que se ven por las calles de Iviosc al llegar el invierno.
Iba yo muy entretenido admirando el pintoresco pasaje de las gentes con sus vestimentas invernales, tan extraas para mis ojos de americano del sud. Pero iba cuidndome al mismo tiempo de que mis pies
no se escurriesen en el asfalto, alisado y humedecido por el blanqueo todava un tanto licuoso de las primeras nieves, cuando en una de esas, al
poner el pie izquierdo sobre una placa de hierro de la acera inocentemente camouflada por la nvea cubertura, resbal con tan irrevocable
prdida de mi centro de gravedad, que no pude detenerme sino. en el suelo,
donde qued extendido cuan largo era, levantando todava un poco las
piernas, mientras mis espaldas medan el pavimento y mi gorro de karakul
saltaba disparando a un par de metros de distancia.
Debo al espesor de mi gabn de pieles el no haber sentido el golpe
sino como un sbito e inesperado derrumbamiento de mi dignidad personal, sin consecuencias materiales ...
El hecho ocurri en un sitio muy cntrico, muy transitado. Por
mi lado pasaron, mientras yo realizaba el espectacular aterrizaje forzoso,
muchas docenas de personas, de uno y otro sexo..
Unos muchachos desfilaron por mi derecha mirando con el ms
vivo inters, sin detenerse, cmo toda mi personalidad se estiraba horizontalmente en la acera, cmo giraba un tanto sobre la cadera izquierda,
cmo se esforzaba en incorporarse, despus de haber logrado que los pies
descendiesen hasta acordarse al nivel de la cabeza, en ese instante yacente,
y cmo una vez incorporado, no sin algn trabajo por lo resbaladizo del
campo de operaciones, deba inclinarme a recoger del suelo el gorro fugitivo.
Todo aquello llev algn tiempo, que me permiti reflexionar largamente sobre la delicadeza de sentimientos de este piadoso pblico de
Mosc. Nadie cometi la imprudencia de acercarse a prestarme una ayuda
humillante, que me hubiera- avergonzado con la comprobacin de que
mi cada haba servido de irrisorio esoectculo a los caminantes. Todo el
mundo respet mi desgracia y no h~bo un solo indiscreto que me ocasionase la mortificacin dE' saberme observado en ese inoportuno deslizamiento corporal que me hizo descender tanto a mis propios ojos.
Slo un observador a la distancia, cuando yo reanudaba la marcha
sacudindome la nieve adherida al gabn, me pregunt, en ruso, na tu
ralmente: "Se hizo usted dao?"
- j N iet! le respond sin detenerme.
No creo que tampoco l, de estar ms cerca, hubiese hecho nada
por tenderme imprudentemente una mano.
Esta gente tiene, sin duda, un sentido muy fino de las consideraciones que se deben al decoro de cada uno. Gracias a su misericordiosa
indiferencia pude abrigar la esperanza de que nadie haya dado la menor
importancia a ese accidente que hizo rodar por los suelos, en pleno Mosc,
al representante diplomtico del Uruguay.
Como. la nieve no es igual al polvo, aunque lo parece, no mancha,
Y. a J?OCO andar no quedaba en mis ropas ningn rastro visible de la pcnpeCla.
Qued, pues, a salvo, junto con la limpieza del traje, el decoro de
la investidura.
Eso se lo debo, probablemente, a los efectos de la guerra sobre la
mentalidad de este pueblo, que no. est para perder su tiempo en recoger
del suelo paseantes distrados, cuando tantos muertos y heridos, carne
de su carne, se recogen da a da en los campos de batalla.
En nuestro pas se forma, en torno de un paseante que se cae en la
calle, un corrillo molesto de desocupados que le prestan auxilio, y uno
le da la mano, otro le limpia la ropa (alguno tambin el bolsillo, entre
tanto), otro le alcanza el sombrero.
Aqu, mientras no ven que el cado se ha fracturado algo, lo dejan
que se levante por s solo para su mayor satisfaccin.
Y de ese modo aprende, adems, a no caer cuando. camina.
Eso lo escriba yo en tiempos en que me imaginaba que un porrazo
como el mo era cosa poco vista en I'viosc. Luego me convenc de que
all, la gente no repara en tales accidentes porque, pese a la destreza _que
concede la costumbre para caminar aun sin suelas de goma sobre la meve
endurecida, son frecuentes los resbalones y las cadas, y nadie, ni la misma vctima, se alarma por tan poca cosa.
Mi pequeo infortunio no daba, por consiguiente, para mayores
filosofas.- Entraba as, "de golpe y porrazo", en la estacin de los gran,des
fros, y no tard en conocer esa magnfica curiosidad que era p~ra m1 el
espectculo de los deportes de invierno en los vastos parques pblicos.
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EMILIO FR UGONI
PATINES Y ESQUES.
El Parque de la Cultura o Parque Gorki, es el que congrega mayor
nmero, de patinadores.
.
..
Los anchos caminos y las espac10sas. explanad~s, prohjamente cubiertas por la nieve, ofrecen una nmen~a pista de patmaJe.
. .
Tres mil quinientos metros de hielo. Por esa ?lanca superflCle ~e
deslizan sobre afilados patines de acero, muchos mlllares, tal vez miUones d~ personas, de todas las edades, en_ una mar;a. sin fin, en una circulacin casi silenciosa que suele acampanar la musica de alguna banda
instalada en su alto kiosco, y que al llegar la noche adquiere un aspecto
de fantasmagora a la luz de los focos elctricos encendidos sobre elevados soportes.
En un espacio circular, ante apretado corro de espectadores, lucen
sus habilidades patinadores expertos, acrbatas del patn, artistas y maestros del elegante deporte, que hacen maravillas de destreza. Giran como
trompos, saltan como pjaros, corren sobre un pie, se persiguen, se atrapan, se sueltan. Algunas mujeres, con sus cortos pollerines sobre las mallas rosas, azules, blancas o negras, parecen flores agitadas por el viento
y el ritmo de una danza impetuosa.
Una banda sentada en su kiosco, suele envolver en acompasados acordes el animado cuadro de espontnea coreografa. Pero a veces, en su
ausencia, irrumpe una banda circulatoria, cuyos msicos avanzan patinando al comps de su propia msica.
En un vasto pabelln, cientos de personas, sin cesar renovadas, se
colocan sentadas en largos bancos, los avos de patinar. Junto a ese pabelln hay una pista para los principiantes, a la q':e. se lleg_a por entre
unas paralelas fijas de ma?era que preservan al. novic~o de nes?os, y en
las que unos sillones de hierro con ruedas permiten guar a:p<;>yandose en
su respaldo, por toda la plaza, sin peligr.o de caers~ y adqumendo entretanto, pericia bastante para mover los p1es convementemente.
Hay sitios reservados para solaz de los menores; carrousels de madera cuyos pintorescos animales -osos,, pinginos, lobos, f?cas, perros:
gatos, etctera, de madera pintada-, guan sobre el suelo. hso, como st
patinasen; toboganes para los pequeos trineos . por donde los muchachos
se despean, de vientre o de espalda, por espaciO de muchos metros.
Y a de noche a la luz de los altos faroles y de los focos con reflectores, el cuadro se' vuelve ms bello y ferico en su extraa grar;,diosidad.
i\ travs de los rboles de ramas sin hojas, abrillantados por hilachas de
~ieve donde la luz se detiene un instante para fingir lentejuel~s d; cr~stal,
se ve desfilar una multitud inmensa entregada a una fuga ntmi~a !~ce
sante. Las figuras de hombres y mujeres pasan ~omo sombras, mclmadas un poco hacia adelante, algo curvadas en el hgero esfuerzo de ech.ar
un pie hacia atrs para dar impulso al cuerpo, que adelan~a sobre el otro ple.
Y sicruen Herrando cientos, miles de personas, casi ca~a una con su
par de patines en "ias manos, aunque tambin pued~n alqmlarse en .aquel
pabelln. Jvenes de uno y otro sexo; es toda la JUVentud de }a cm dad
que viene a gozar de este magnfico deporte, en el cual se combman graciosamente la acrobacia y la danza.
LA ESFINGE ROJA
149
En otros parques, o en otros sitios de este mismo, all por las altas
barrancas de la colina de Mosc, el paraje donde la historia dice que se
detuvo Napolen a co.ntemplar el panorama de la ciudad, patinan los
esques.
Hay all montes de nieve; escarpados ribazos helados, por los que
se deslizan arriscadamente, los esquiadores y donde hay espacios para los
novicios y espacios para expertos.
A los chicos se les ensea desde las escuelas a esquiar, y conducidos
por sus maestros se les ve adiestrarse a menudo.
Puede decirse que es un pueblo de patinadores y esquiadores.
El depsito de esques en el Parque parece el arsenal de un ejrcito:
miles de pares de esos aparatos y de bastones correspondientes al equipo se
ven all acondicionados como lanzas y fusiles. No sobran. El pblico se los
arrebata. Muchas personas van tambin co.n su equipo propio y la vestimenta deportiva.
LA EsFINGE RoJA
CAPTULO
XIX
HELADOS DE INVIERNO Y CAFE DE VERANO
En los parques llamme particularmente la atencin el consumo de
helados -s, seores; de helados!- en das cuya temperatura no pasaba
de los treinta a veinticinco grados bajo cero.
Pero ese consumo no se presencia solamente en los parques. En plena noche, por las calles ms cntricas, apostadas en sitios estratgicos,
se ven mujeres vendiendo helados de crema blanca, envueltos en transparente papel, o en vasos de cartn, que conducen en unos cajoncitos en
torno de los cuales se amontonan los clientes.
En v'erano no me haba sorprendido ver ese comercio callejero, para
el cual existen, adems, establecimientos importantes. Hay en la avenida
Gorki una llamada "Casa de los Helados", donde se los sirve deliciosos y
donde la gente se apretuja en su interior, de pie, aguardando un sitio
libre en las mesas para hacer su consumicin.
No era por cierto, un consumo barato. Un helado costaba cmcuenta rublos (al cambio dipiomtico, cuatro dlares; al cambio oficial -nacional-, cerca de diez dlares) .
Por la calle se vendan a treinta rublos. Haba de menos precio,
pero no bajaban de quince. Y uno se maravillaba de ver a personas, sobre
~odo jovenzuelas, que no haban podido comprarse un par de zapatos, a
JUZgar por el estado de los que llevaban, gastndose en un helado el importe de ms de un jornal.
Es que zapatos a precios oficiales, accesibles, no hallaban; y vara
comprarlos a precios de comercio, en los almacenes de reventa, o au~ en
el comercio negro, necesitaban varios cientos de rublos. Entretanto, comiendo helados, entretenan el apetito, y adems, se alimentaban un poco
con la leche y el azcar de la buena crema con que se les confecciona ( todos los artculos de alimentacin que expende el Estado son genuinos, y
esos helados, pezzi tduri, en forma de panecillos cuadrados, mantecosos,
con mucha azcar, equivalen a dos vasos de caf con leche).
. En los ltimos tiempos, en invierno, se vendan ya por seis rublos,
mientras la leche costaba veinticinco rublos. En invierno es cuando pueden venderse ms baratos porque para su confeccin existe en abundancia
el bielo natural.
Ese comercio en verano se realiza simultneamente con otro callevJ coloreada licrejero muy difundido: el de un refresco de acrua craseosa
o
ramente dulce, que suministran unos carritos especiales, estacionados en
las esquinas o bajo los portales, y ante los cuales el pblico hace cola.
Un vaso de esa agua cuesta pocos kopccs.
No existan, ni existen probablemente an, grandes cerveceras o
cafs del estilo de los que abundan en otras ciudades. sin c::~cluir, por
cierto, Iviontcvideo. En to.do Iv'losc slo s de una cervecera ms o me~
1-C
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nos comparable a las que pueden encontrarse en cualquier ciudad de cierta
importancia en el mundo occidental.
Es un local amplio con numerosas pequeas mesas redondas d<>
mrm<?l y slidos sillones de roble, situado en una esquina de la Plaz~
?usl:k~n (en la cual una .estatua iza, desde lo.s tiempos del zarismo, su
mmov~l y eterno llamam1ento al alma del pueblo, para que reverencie
en la figura del poeta la gloriosa majestad sin imperio del genio creador).
Haba sido reabierta el ao de mi arribo, tercero de la guerra. El
local luca paredes y columnas estucadas y grandes araas de bronce dorado, p~ro no. daba esa impresin de limpieza absoluta que nos seduce
en l?s aueados establecimientos similares de otras partes, sin duda porque
el p1so era de parquet oscuro y los ventanales no se abran debido al tiempo que no lo permite, sobre todo por los das en que lo. visit, ya entrado
el otoo.
Precisamente la estacin oblicraba a detenerse, antes de penetrar en
el saln, en un guardarropa dond~ se dejaban el gabn, el sombrero y
los chanclos.
Algo haba all del ambiente de nuestros establecimientos del mismo
g~nero: conyer~aciones en voz alta; ir y venir de mozos y mozas sirVlendo al pubhco chops y algn pescado seco para estimular la sed: disp_osicin en los consumidores para permanecer sentado.s durante largo
tiempo, charlando y discutiendo.
Algunas parroquianas llevaban frascos de uodka, alternando algunos tragos de ella con la cerveza.
El servicio era atento y reciba propinas, como. es costumbre en todos los restaurantes, cafs, casas de t, etctera.
Estas ltimas, las casas de t, se reabrieron a comienzos del ao
1946. Se expende en ellas, con preferencia, t caliente; pero algunas son
verd.adero~ restaurantes donde se sirve un extenso men de platos cuyo
preoo osola de los 1O a los 3 O rublos, en mesas cubiertas de hule, asea~
das .. atendidas por un personal muy presentable, en el que haba algunas
muJeres.
En materia de bebidas no es slo t lo que se sirve. Tambin uodka.
Como en la cervecera, entre la concurrencia, predominan los uniformes
y se ven algunas mujeres.
Pudimos creer, cuando se abrieron estos establecimientos -en nmero de doce mil (segn datos oficiales) en toda la Repblica Federada,
que se les bara cumplir una funcin de tcita campaa contra el alcoholismo, suministrando t, a bajo precio, al pueblo, y acostumbrndolo o
tratando as de acostumbrarlo, a prescindir de bebidas alcohlicas.
Pero, si bien existe un concepto oficial de severa sancin moral contra el que ~e e?lborracha y no cumple yo~ ello sus deberes o pierde el
control de ~I m1s~'D:o en desmedro de su d1gmdad personal, (hasta el punto
de .que n~die aux1ha al borracbo que cae en la calle, a menos que se lastime
scnamente), no se puede decir que el Estado Sovitico sea un Estado
antialcoholista. Al contrario, cab afirmar que fomenta (no tanto como
d nuestro, la verdad sea dicha) el alcobolismo.
La fabricacin y venta de bebidas alcohlicas, especialmente uodka,
constituye una de las grandes fuentes de entradas para el tesoro pblico,
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EMILIO FR UGONI
LA ESFINGE RoJA
(como entre nosot!:os sustituyendo la vodka por la caa), para el Anca p.
En vsperas de las mayores fechas nacionales -el aniversario de la
Revolucin; el de la Constitucin de Stalin; el 19 de Mayo, etctera-,
se rebaja el precio de las bebidas para que el pblico pueda solemnizar
esas efemrides alcoho.lizndose.
El uso de b vodka se halla tanto ms arraigado cuanto que se le
considera impuesto por las exigencias del clima. El ruso la bebe de un
trago, sin tomarle el gusto, a veces apretndose las narices, para no sentirla sino caer como un so.rbo de fuego lquido en el esfago. As infunde
calor a su organismo, y no puede prescindir de ella para ret'emplar sus
msculos y sus nervios en las faenas de la usina, del taller y del campo.
No inicia la labor cotidima sin ingerir unos cuantos gramos de ese
lquido cristalino, que semeja agua pura.
Lo.s militares tienen su racin de vodka, reglamentaria cuando se
hallan en servicio.
No se bebe con tanta abundancia como en Inglaterra y Estados Unidos el whisky, porque es de ms alta graduacin alcohlica; pero es infaltable en las comidas, sobre todo en las de camaradera o agasajo, y
todos los banquet'es se inician con una copa, eso s, ms bien pequea, d~
ese fuerte licor ardiente, sin perjuicio de algunas copitas ms, que se apuran "hasta el fondo" (segn la frase de ritual) en cada brindis, que
tambin se hace con vino.
Hay, con todo, muy pocas tabern:1s. Cun lejos est Mosc, y todas
las ciudades soviticas, de nuestras ciudades latinas en que la cantina, el
despacho de bebidas, el bar, efctera, se hallan a cada paso, en cada esquina, a razn de tres o cuatro por cuadra!
Vi cmo se hacinaban los bebedores en un oscuro sucucho, donde
en pocos metros cuadrados permanecan en pie, apretujndose contra un
mostrador desde donde se les alcanzaba la bebida, vodka o cerveza, que
beban tambin de pie, apartndose un poco. del despacho para permitir
a o.tros acercarse. Todo ello en silencio.. Sin orse ms voces que las necesarias para pedir la bebida y cambiar alguna palabra co.n el que la
expende.
Cerca de esa taberna haba un care. Era un local de aspecto agradable, sin ser de lujo. Unos cuantos ruso.s sentado.s a las mesas, todas
ocupadas. Parece uno de nuestros cafs pequeos de la ciudad vieja. El
sitio es confortable y el ambiente simptico. All no. se hace mayor co.nsumo de bebidas alcohlicas, a juzgar por el aspecto. de las mesas donde
slo se vea circular el caf o el t.
En uno de estos cafs quisieron formar su pea los emigrantes espao.les residentes en l'viosc, deseo.sos de trasladar hasta all ese hbito,
tan latino, de instalarse durante horas en torno a una mesa, ante un pocillo de pseudo mo.ka o un vaso de cualquier otra bebida, discurriendo
interminablemente y debatiendo to.dos lo.s problemas del mundo.
Apenas haba comenzado a cuajar la iniciativa, a "cristalizarse" en
la presencia habitual de un grupo espao.l, que haca o.r de un extremo
al ofro. de la sala el silbido de sus eses o sus zetas y el estrpito de sus
erres y sus jo.tas, cuando el local cerr sus puertas.
Buenos estaban los dirigentes o. los funcionarios de la U.R.S.S. para
permitir que invadiese a su pueblo el co.ntagio de esa costumbre de disipacin del tiempo y de crtica a gritos que se ejercitaba en lo.s cafs espao.les de antes de la dictadura de Franco., en lo.s cuales muchos de esos
emigrados hicero.n sus primeras armas de militantes polt'icos!
Pasada la guerra, y poco antes de emprender mi retorno., algunos
espaoles haban credo encontrar ms favorable ambiente para la aclimatacin de esa costumbre, y ya se preparaban a ocupar un caf que se
instalara a propsito.
La verdad es que no. solamente haba cambiado la actitud de las autoridades para con el hbito espao.l del caf, sino que los espaoles mismos haban cambiado mucho en su manera de ser y de comportarse, ofreciendo as una garanta segura de que su pea no sera una agrupacin
de haraganes ni de ruido.sos discutidores ms o menos desaforados ...
No en vano han vivido ocho aos en la disciplina de la vida sovitica!
Ellos ya no ignoran que en la U.R.S.S. no cabe la expresin abierta
y sin trabas de la opinin poltica por parte de un simple ciudadano., en
la libre controversia espontnea y audible en el mbito de un local pblico.
Eso constituye un escndalo, o un mo.tivo de escndalo, que difcilmente se to.lera.
Su caf, si lo abren, no ser "a la espaola". Ser cuando mucho
"a la espaola ... sovietizada". Y carecerf por ello de carcter, de color
y de calor... Kaesno! (ciertamente!), como dicen a cada instante
los rusos.
En una terraza del hotel Moscowa -destinado sobre todo a alojar
a los miembros de los Soviets que vienen de diversas regiones y a los
altos funcio.narios de otras localidades de paso por Mosc-, funciona en
Yerano un caf de lujo, donde hay conciertos y baile, y se expenden helados y bebidas de todas clases.
En ese mismo hotel funciona un restaurante dancing do.nde una cena
cuesta 500 rublos.
Otros restaurantes del mismo estilo, pero menos caros, hay en diversos sitios; y ltimamente se haban abierto unos a precios ms al alcance
de lo.s bolsillo.s modestos, atendidos por muchachas; pero donde una
comida, a base de t, y un solo plato, no sala a menos de 25 a 30 rublos
( fres o cuatro peso.s) .
Eran, con todo., sumamente concurrido.s, porque las casas de comida;
en relacin al volumen demogrfico de la ciudad, escasean muchsimo.
LA ESFINGE RoJA
CAPTULO
XX
LA PLAZA ROJA DE MOSCU, ESCENARIO
DE LA NACION
Pero es tiempo ya de que en esta excursin por la superficie de
Mosc, penetremos en la Plaza Roja.
Puede creerse que fueron los bolcheviques quienes bautizaron con
ese nombre esta plaza. Su nombre, sin embargo, le viene de muchos siglos atrs. En la antigua lengua rusa Krasnaia Plochtchaiti (Plaza Roja)
significa "Plaza Principal o Plaza de Armas".
Esa ntima alianza del pasado con el presente, ese maridaje sorprendente de la antigedad y la frdicin con la modernidad y el espritu .revolucionario, que es rasgo caracterstico de todo Mosc, se acenta
en esta famo.sa plaza.
El Kremlin arroja sobre ella una constante olead;: de recuerdos y
evocaciones histricas. Sus muros almenados y sus tv:res avizoras se
ciernen sobre ella imponindole una expresin de alma prccrita, ca.mo un
fruncimiento de cejas que ensombrece y subraya de torc:a adustez un
semblante.
En su centro se contempla el redondel -el Lobnoie M esto, de la
palabra Lob: crneo-, la especie de picadero circular donde se ejecutaba a los condenados a la horca o decapitacin. All fu arrojado en
1606 el cadver destrozado del falso Dimitri; all, en 1671, fu ejecutado con casi todos sus secuaces 'Stenka Razinin, jefe de los cosacos
insurreccionados y hroe de numerosas leyendas populares; all fueron
ejecutada.s en masa, por orden de Pedro el Grande,- los rebeldes stelitz
(arqueros), en una horrenda hecatombe en que el propio Zar ofici tambin de verdugo, empuando el hacha fulminadora para dar el ejemplo.
En esa plaza corrieron torrentes de sangre. Durante toda la Edad
Meda se libraron all sangrientas batallas entre rusos y trtaros o polacos, as como entre los bandos contrarios que se formaban en torno del
poder y cuyos choques se traducan frecuentemente en combates por la
posesin del Kremlin.
Ese cadalso, que a menudo serva tambin de estrado para heraldos
que comunicaban al pueblo los decretos del Zar, o para que el Zar mismo
se mostrase a sus sbditos y los arengase, como en tiempos de I vn Grosni, se dira un aro irrompible que sujeta vigorosamente el pasado a los
adoquines modernos del pavimento.
Y frente a l, destacndose entre las almenas de los muros del Kremln, aquella torrecilla desde donde la.s zares contemplaban las ejecuciones
ordenadas por ellos, se mantiene impertrrita como el otro extremo de un
dilogo mudo que se ha entablado hace siglos entre dos amargos interlocutores.
Por su parte, tambin la incomparable Catedral de San Basilio, con
la vistosa policroma del magnfico ramillete de sus torres y de sus c-
155
pulas, en forma de cebollas retorcidas, agrega tonos de remembranza secular al paisaje de ese espacio de la ciudad donde se qued aposentado
lo que ella tiene de ms anciano y vernculo, para rodear como con una
aureola de inmortalidad el Mausoleo de Lenin, cofre de mrmol y granito, donde se guarda religiosamente la reliquia sagrada de los restos embalsamados del padre de la Revolucin.
Y todava los palacios y los templos, que desde el interior del Kremlin se asoman en lo alto, vuelcan en la plaza -cuyo nombre tan antiguo
es tambin tan contempornea.-, bocanadas de recuerdos, rfagas del
viento de los siglos que tienden sobre las piedras de las calles actuales,
en invisibles tendales a todas horas renovados, las hojas secas de los
aos remotos, que crujen bajo los presurosos pies de los paseantes de
hoy en da.
Atravesndola se siente y se compulsa todo el peso de la tradicin
en el seno de esa vida nueva aue libra con ella un combate cotidiano
pero que, al mismo tiempo, co~fraterniza con ella cotidianamente. Ah
se descubre el lazo profundo que une el presente revolucionario al pasado
que se haba querido barrer para siempre del camino y del destino de
la nacin.
El Krcmlin, que en los tiempos soviticos ha vuelto a cerrarse celosamente al pblico curioso (para visitarlo se necesita solicitar especial
autorizacin), ha recuperado en cierto sentido el carcter de que los modernos zares, a contar de Pedro el Grande, le haban despojado.
Y es lstima que no se mantengan abiertos sus amplios portales para
que el pueblo pueda visitar sin mayores trabas sus jardines, sus templos y sus palacios, con los riqusimos tesoros de obras de arte, muebles
y joyas que all se conservan.
Desde all parecen velar, resurgidas a nueva gloria, la sombra de
aquellos rudos zares que plantaron, entre mares de sangre, los cimientos
de la grandeza mz:teral de Rusia, extendiendo su territorio, base secular
y activa de su creciente podero.
En cuanto al Mausoleo, se hallaba tambin clausurado durante la
guerra. El cadver del prcer haba sido trasladado lejos de la capital.
Permaneca, pues, solitario, sin guardias, el imponente panten con
sus severas formas de alto sarcfago y la tonalidad rojiza y negra de sus
granitos y prfidos; con sus pesadas puertas de mrmol y bronce; con
todo su inmutable carcter funerario, alzndose ante el muro del Krcmlin
y destacndose de la compaa de unos verdes pinos y argentados cedros
que le forman un adecuado fondo forestal y que en invierno agitan entre
sus ramas flecos y festones de nieve.
LA PRESE:\"CIA DE LENIN.
A fines de setiembre del ao 1946, el Panten se reabri a la
reverente y emocionada peregrinacin de su pueblo. Resurgi entonces
el espectculo tantas veces descrito de esa interminable cola de personas
que de a dos en dos van acercndose a la puerta de entrada del Ivlausoleo,
y que dura en su constante renovacin, cuatro o cinco horas, todo el
tiempo en que permanece abierto el sepulcro. Los das de fiesta, la cola
156
EMILIO FRUGONI
cubre ms de un kilmetro. Y ese espectculo, con mayor o menor n
mero de peregrinos, segn los das y las condiciones del tiempo, se reproduce diariamente. Siempre hay fieles o curiosos que acuden a formar
esa cadena.
Para ver el cadver de Lenin se desciende por una escalinata de mrmol oscuro, en un recinto cuyas paredes y bvedas igualmente de mrmol
color plomo, impresionan el nimo y lo preparan para la solemnidad y
el recogimiento. Se llega en silencio hasta el fondo. de la tumba. En el
centro se levanta, dentro de un fanal imperceptible, el catafalco sobre el
cual, tendido en su fretro, rodeado por una baranda en cuyo torno desfilan los visitantes, descansa Lenin, con la cabeza un poco alzada sobre
un almohadn de seda, cubierto el cuerpo por una tela roja y con los
brazos fuera, mostrando las manos que parecen de cera plida, separadas
a los costados del cuerpo como. si estuviese por apoyarse en ellas para
incorporarse.
Una luz, que no se sabe de dnde viene, ilumina su figura en
medio de la penumbra opaca del Panten, especialmente el rostro, de una
blancura marfilea, la frescura de cuya tez parece cosa de milagro. Los
rasgos de su rostro se mantienen intactos. Su amplia frente abovedada;
su gran cabeza calva estn all como bajo la accin del sueo, en la inmovilidad de una vida en reposo. Es un Lenin ms pequeo an que el que
conocemos por los retratos de sus das de plenitud. Sin duda la enfermedad que lo llev a la tumba, haba achicado. su fsico.
Es un minuto de honda emocin el que se experiment'a ante la presencia de ese muerto que, a travs de los aos preside, como si lo presenciase, el callado homenaje de un pueblo de millones de almas.
Cuando se sale al aire de la Plaza Roja, nuestro espritu de occidentales siente todo el carcter de ceremonia oriental y asitica que distingue a ese culto cotidiano de un pueblo a su hroe poltico, instalado
en medio de su vida civil, en su plaza ms cntrica, no en la forma de
una estatua de bronce o de piedra (que muchas de ellas hay en todos los
sitios pblicos de la U.R.S.S.), sino. con su propia presencia corprea de
cune y hueso, e inalterable por un milagro de la ciencia, en la envoltura
misma de la muerte.
La plaza abarca un rea no menor, probablemente, de cen mil metros cuadrados. Se extiende entre el Museo Histrico, que forma uno de
sus lados, y el puente Ivl oskaua-Reca, que se halla en el extremo opuesto.
El Kremlin y los edificios de la acera contraria, la flanquean longitudinalmente. Es ms larga que ancha. Su pavimento es de adoquines y no
la surcan rieles de tranva. Dentro de ella, que es toda una llanura de
piedra, se yerguen en un extremo, cerca del puente, la catedral de San Basilio, uno de los monumentos arquitectnicos ms caractersticos y bellos
del arte ruso, mandado construir por I vn el Terrible; y en un costado,
e0rca de una de las puertas del Kremlin, el Panten de Lenin, con una
terraza a la que ascienden los hombres del gobierno para presidir desde
all los desfiles militares o las demo.stracones populares en las solemnidades nacionales.
CAPTULO
XXI
COMO CELEBRO MOSCU LA RENDICION
DE ALEMANIA
A la Plaza Roja acuden las muchedumbres ciudadanas en las festividades pblicas y en ocasin de los grandes acontecimientos. que oficialmente se subrayan con salvas de artillera antiarea o con difusiones especiales de radio. Es el punto de reunin para las mayores concentraciones
del pueblo en sus expansiones colectivas.
Cuando, durante el curso de la guerra, se anunciaba por la radio
un triunfo militar de importancia, que sera saludado por una de esas
atronadoras y refulgentes salvas, el pueblo comenzaba a acudir al acercarse la hora del crepsculo; y la ferica iluminacin de las luces de bengala proyectadas hacia el firmamento desde cien puntos del horizonte a
la vez -en colosales ramilletes de gneas flores, rojas, anaranjadas, azules,
de oro y de plata flidos que se remontaban hasta las nubes y se curvaban en lo alto para descender lentamente, deshechos en una lluvia fantstica de estrellas fugaces-, aclaraba el apeuscamiento imponente de una
multitud de cientos de miles en to.do el permetro de la plaza y sus adyacencias. Mientras los fuegos de artificio rayaban el cielo, se escuchaba
all abajo, junto al ro, el trueno de las bateras que bombardeaban con
plvora y luces de bengala el espacio.
En los ms grandes. festejos el espectculo adquiere mayor magnificencia. Entonces se utilizan los reflectores de la defensa contra la
aviacin, que arrojan desde el suelo grandes chorros de luz hacia el cnit
y recorren todo el firmamento con sus ramalazos esclarecedores, y se entremezclaban all arriba, y sacaban de la sombra banderas soviticas y retrato.s de Lenin y de Stalin cernindcse en las alturas. El secreto de ese
"milagro" de ilusio.nismo ferico es el siguiente: se remontan a mucha
altura globos de la defensa area, que permanecen sujetos al suelo por
un prolongadsimo cable. A ste se ata, muy arriba, una bandera o un
pao con el retrato de Lenn o de Stalin. En la oscuridad del cielo parecen estampados sobre el fondo azul del firmamento o en la voluble circulacin de las nubes.
El da de la rendicin de Alemania, el pueblo se ech a las calles
(se haba decretado fiesta) desde tempranas horas; y en todas partes se
formaban grupos que enarbolaban banderas y se encaminaban hacia la
Plaza Roja. Todo el da hubo all una muchedumbre que se mova en
una masa compacta, juntndose y desplazndose al impulso de las columnas de manifestantes que venan de los diversos barrios, recorriendo por lo
general la Avenida Gorki, entre vivas al Ejrcito, a Stalin, a la Unin
Sovitica, etctera, y entonando canciones. En los sitios donde se escuchaban los altoparlantes que solan esparcir los acordes de msicas bailables modernas y cosmopolitas, se organizaban dentro de vastas ruedas
de espectadores animados bailes en que tomaban parte numerosas parejas.
158
El\IILIO FR UGONI
Ac, una apeuscada multitud de curio.sos contemplaba a un hombre que tocaba el acorden y a otro que bailaba y se mova como atarantado, intentando formar pareja con algunas chicas de aspecto ca:J1pesno que se haban acercado probablemente atradas por un ritmo que
les era familiar.
All, desfilaba otra multitud de mocetones Y muchachas perseguida
por una nube de chiquillos y guiada por tres .o cuatro aleteantes banderas
soviticas. De pronto se formaba un remolino de gente y el corro de
los que rodeaban a los bailarines, casi se deshaca en una marejada de
cabezas que se agrupaban. e.n torno de otro centr.o de inters. Era que en
eso pasaba por all un vieJO general, con su umforme y sus medallas, y
todos cuantos le vean comenzaban a rodearle y seguirle, aplaudiendo algunos, y los ms limitndose a acompaarle en apretada hueste.
A poco, otro remolino ms en diferente sitio, por causa semejante.
Se oan voces de "Viva el Ejrcito Rojo!". Cuanto oficial de alta graduacin apareca era aplaudido y rodeado, formndose, a veces, por la
simple agregacin de curiosos que queran saber de qu se trataba, imponentes aglomeraciones.
EL "MANTEO" DEL DEN DE CANTERBURY.
Fu entonces cuando tuve o.:asin de presenciar una de las ms tradicionales y curiosas costumbres del pueblo ruso. Una de esas columnas,
encabezada por dos o tres militares, parti de la plaza en direccin al
Hotel Nacional. Iba en busca de uno de los huspedes ms ilustres en ese
momento: Mr. He\vlett Johnson, el clebre den de Canterbury, autor de
un famoso libro sobre la U.R.S.S. Es un hombre de ms de setenta aos,
alto, delgado, con inmensa calva y cabellos algo largos muy blancos, de
una blancura de algodn. Su tez es rojiza como de hombre curtido por
el sol. Vesta una especie de levita o jacquet negro, ribeteado de seda,
y usaba pantalones co.rtos sobre unas largas polainas de cuero. El chaleco
suba abotonado hasta el cuello, y el blanco de la camisa llevaba la abertura vuelta hacia atrs. como es corriente en los eclesisticos cristianos
cuando usan trajes civiles. Se tocaba con un sombrero. negro, partido al
medio. Su figura de abate del siglo XVIII era de una severa elegancia.
Pareca arrancado de una estampa inglesa de los tiempos de Jorge III.
Vi, desde el balcn del hotel, cmo entraron en ste los dos o tres
militares que encabezaban la columna y cmo no tardaron en salir acompaando al Den, cuya presencia fu saludada co.n aclamaciones, en tanto
que una multitud, compuesta sobre todo de mujeres jvenes y muchachones, abundando por cierto los chicuelos, se cea en torno de l estrujndolo verdaderamente.
Lo vi saludar con el sombrero a la muchedumbre desde la puerta
del hotel, hacia donde retrocedi subiendo sus escalones; y luego avanzar
nuevamente cruzando la calle para caminar por la explanada en direccin
incierta. La aglomeracin del pblico era tan compacta, que el pobre
hombre no iba hacia donde quera sino. hacia donde lo arrastraban.
Lo apretaban, inevitable-mente, porque los de ms lejos empujaban
a los de ms cerca, y stos se apretujaban de tal suerte unos con otros y
LA ESFINGE RoJA
159
todos con el homenajeado, que ste, pese a lo.s esfuerzos de algunos militares y policanos que lo rodeaban y trataban de defenderlo de aquellas
apreturas indeliberadamente brutales, se sofocaba al punto de tener que
quitarse el sombrero, que luego volvi a ponerse para no. andar con la
mano en alto sostenindolo all arriba a fin de que no se lo apabullasen.
No menos de tres o cuatro mil personas se apiaban en ese aruvo
de admrado.res del Den, cuya popularidad en ese momento era tal
debida ms que a ser el autor del difundido libro "El Poder Sovitico"
y organizador de colectas por muchos miles de libras para levantar y sostener hospitales en Stalingrado, a ser un sacerdote inals de tan caracterstica pinta, y que por aadidura, mereca del gobiern~ lo.s honores reservados a los mejores amigos de la U.R.S.S.
Esto es lo que, fuera de toda duda, esos miles de entusisticos admiradores saban.
Las molestias de esas clidas demostraciones de afecto y entusiasmo
fueron tales, que el Den resolvi sustraerse a ellas a toda costa, y girando
con mucho trabajo realiz un movimiento de vuelta al punto de partida,
pero en cuanto quiso cruzar otra vez la calzada para diricrirse al hotel,
hall una hilera de tres tranvas acoplados interpuesta.
"'
El hombre, entonces, dando pruebas de una agilidad y fortaleza
raras para sus aos, se trep a lo.s hierros que separan un vagn de otro,
y pasando dos veces las piernas por esa especie de doble baranda movible, a riesgo de matarse s los tranvas hubiesen empezado a andar en ese
instante, logr saltar al otro lado.
Pero poco le vali salvar tan arriesgadamente el obstculo. Porque, cuando se volvi para saludar con el sombrero a sus frenticos acompaantes, que haban quedado de la otra parte de los tranvas, stos ya
marchaban, y el pblico volvi a juntarse en un santiamn con el objeto
de hacer sus demostraciones al que tena ya ms trazas de fugitivo que de
homenajeado. Y se torna;ron an ms inquietantes las pruebas de cario
de los admiradores, pues a unos fuertes mocetones, acaso para librarlo mejor de los vaivenes de aquel oleaje indmito, se les ocurri- alzarlo en hombros, y pese a su evidente resistencia, se le vi surgir conducido en andas
algunos metros.
Y lo que es peor todava: se le vi saltar, encogido, sobre los hombros de quienes lo sujetaban y "exaltaban" zarandendolo hacia arriba.
como si lo. manteasen.
Tentado estuve de gritarles: "No sean brbaros!", pero no me hubiesen odo, y de orme, no me hubiesen entendido. Parecme aquello
una peligrosa irreverencia para el Reverendsimo Den.
No lo era, sin embargo, porque sa no es ms que una manera con
que el pueblo ruso aplaude y aclama o expresa su fervorosa adhesin espiritual a sus dolos de carne y hueso., cuando consigue echarles mano.
Verdad es que en la Plaza Roja vi enormes crculos de espectadores
que presenciaban ese juego de manteo a brazo pelado y sin manta, entre
robustos y jaranistas mocetones, que incluso, buscaban voluntarios entre
la concurrencia, no. siendo pocos los que se prestaban a dejarse soliviantar
entre risotadas y aplausos.
Pero tambin, en serio, a no pocos militares soviticos de mediana
,:ez
160
EMILIO FRUGONI
graduacin u oficiales y soldados americanos e ingleses, se les someta a
esas manifestaciones de cordialidad popular, llegndose a sacarlos de los
autos descubiertos en que alcrunos de ellos paseaban.
Ese agasajo en forma d; ma~teo es el modo ms ~aroso de aclamar
que se estila entre los rusos. Nad1e puede ofenderse m alarmarse, porque
tan caracterstico homenaje se realiza, sin ning~ ri~sgo para 1~ integridad
personal del "paciente" y a pesar de las apanenctas, como mnegable y
hasta delicada prueba de respeto ...
CAPTULO
XXII
LOS GRANDES DESFILES EN LA PLAZA ROJA
Ese mismo da, 8 de mayo de 1945, a la hora veinte y treinta, hubo
un saludo" en honor del Cuerpo de Ejrcito que tom la ciudad de
Praga, y se anunci para las veintids un discurso de Stalin por radio
para toda la U.R.S.S. Al acercarse la ho.ra, el gento, que para escuchar
los altoparlantes se concentr en la explanada del hotel -en uno de cuyos
extremos se haba armado un escenario al aire libre, ante el cual se hallaban estaCionados no menos de cinco mil espectadores-, asumi proporciones de inundacin.
Por la avenida Gorki se vea afluir un ro humano que abarcaba
todo el ancho de la avenida, de pared a pared, el cual no cesaba de volcarse en ese vasto espacio, donde lleg un momento en que poda calcularse se aglomeraban ms de trescientas mil personas. La Plaza Roja
all, en el fondo, percibindose en parte por sus calles de acceso, estaba
ocupada por una multitud todava mayor. A las diez en punto Stalin
pronunci una breve alocucin, escuchada con el ms profundo silencio
por aquel inmenso auditorio. Se detuvo por un instante la circulacin de
vehculos; y eran millones de cabezas las que aguardaban inmviles y atentas en toda la extensin que podan abarcar nuestros ojos a la luz de los
elevados faroles.
U na aclamacin salud al final del discurso, en el cual se tributaba
un homenaje al Ejrcito Rojo por sus brillantes hazaas y al pueblo todo
por su contribucin abnegada al esfuerzo inenarrable de la guerra. Al
silencio con que fu escuchada la alocucin, sigui el rumor de aquel mar
contenido que volvi a ponerse en movimiento, a dar voces, a cantar e improvisar, dominado por un jbilo desbordante, bailes con msica o sin
ella, en medio de grandes corros, hasta que se anunci la salva de mil caones para saludar la victoria definitiva y total.
Una exclamacin de admirativo estupor brot de todos aquellos pechos ante el cuadro ofrecido por reflectores que de mil puntos distintos
arrojaban a un tiempo. al cielo sus chorros de luz. Estos, semejando anchas cintas, formaban como una tienda colosal sostenida en su centro por
una columna cnica, que no era sino la proyeccin anaranjada, ms gruesa que las otras, de un reflector colocado. debajo mismo de nuestro balcn,
en la calle.
Eran los mismos reflectores, que trazando con sus errantes pinceladas
ese bellsimo cuadro, haban defendido a la ciudad contra los aviones alemanes imposibilitando sus ataques nocturnos o condenndolos al fracaso.
Con ese espectculo de prodigiosa escenografa, que as deleitaba al
pueblo en el minuto ms memorable de sus mayores expansiones de alegra, por la paz y el triunfo, se haba salvado Mosc.
En las exclamaciones populares, al admirarlo., se mezclaba un sentimiento de gratitud con el asombro embelesado.
162
E.\ELIO FRUGONI
Y lueao baJ o esa carpa fantstica constru da en el aire con soportes
o '
'
d
de luz y de tela de firmamento, se vi de pronto brotar la. fantasmag?na e
todo aquel jardn de encanto desparramado en flores ardientes, de divers~s
colores, que flotaban en lo azul y trenzaban una deslumbradora Y ehmera cor.na de estrellas a la ciudad, mientras se escuchaba el retumbar de
los mil caones antiareos enfilados junto al ro.
Era sin duda un hbil escengrafo el que haba organizado esa escena
de ensueo para rodear de tan estupendo marco la accin y la emocin
de aquella innumerable n;.ultit;:td clamorosa,.
.
Lueao cruzaron el ocio aecenas de av10nes que en un simulacro d.::
combate fingan foguearse, baados y envueltos por el ~esplandor plateado
de los rectos caminos luminosos trazados en el espac10 nocturno por el
pantallazo de los reflectores.
En tanto, en las calles y plazas, millones de co.raz.ones, muchos ~e
ellos sangrantes y acongojados, p~lp~taban e.n. una actitud que pareoa
tener, por momentos, algo de recog1m1,en~o rehgwso. ~n un c?l,osal temple
cristiano, y por momentos, algo de ferv1da expanswn .diC?111Siaca.. , .
As termin esa celebracin del magno acontecimiento h1stonco.
Cuantos presenciamos ese espectculo tuvimos la conciencia de haber vivido uno de esos minutos que pasan en el tiempo, pero quedan prendidos como clavos o como estrellas en nuestra frente.
Los DESFILES MILITARES.
Es tambin la Plaza Roja el campo donde se cectan las paradas
militares en ocasin de las grandes fechas nacionales o de algn acontecimiento histrico que se juzgue indicado para celebrarlo con una aparatosa demostracin de fuerza.
Y o presenci varios de esos desfiles. Su prep~racin era co.sa que d~
mandaba largo tiempo. Desde muchas semanas antes comenzaban l~s Unidades que tomaran parte, a ejercitarse en _las evoluciones para reahzar~~s
a la perfeccin. Ivlilcs de hombres, de las dtVers~s armas, llenaban a media
noche los espacios contiguos a la plaza, evo.lucwnando ,er:. ellos yara er;trar y salir de la misma con pzrfecta regulandad m2.temat1ca y sm el mas
mnimo contratiempo.
.
Los tanques de todo tamao se aglomeraban en .la explanada del
Hotel Nacional, y sus movimientos, al llegar, al ~stac10narse, al e?"olucionar hacia la plaza, al retornar, producan un rmdo sordo y co~t~nuo,
que se prolongaba un par de horas, ~mpidindome alguna vez conohar el
sueo en mi Kmnata del segundo p1so.
. .
..
El da del desfile, que comenzaba a la ho,ra once, las umdades militares llegaban a las siete a ocupar su sitio, unas, las de infantera, en el
interior de la Plaza Roja, y o.tras -las de artillera, tanques, caballera-,
en las calles adyacentes.
_
.
_
Numerosas fuerzas policiales tendan ya sus cordo~es .para evitar el
acceso del pblico a los sitios reservados y ordenar el transito de acuerdo
co.n las disposiciones del Estado Mayor ?el Ejrcito. ,
_
El Ivietro no funcionaba y sus estacwnes permaneoan cerradas. Los
mnibus no se acercaban al centro. Los autos no podan circular sino
LA EsFINGE RoJA
163
con una aurorizacwn especial y slo por ciertas calles. Se adoptaban precauciones que nos parecieron excesivas. No se dejaba llegar al Hotel Nacional a nadie que no viviese en l. Y se deban mantener cerrados los
balcones para que nadie pudiese asomarse a ellos durante el pasaje de las
tropas o la realizacin de las evoluciones militares.
Hasta para el desfile de la Victoria rigieron esas medidas antipticas. La verdad es que grandes masas del pueblo quedan alejadas del
espectculo para que no impidan su cmoda. desarrollo en el espacio dentro del cual se efectan las ms brillantes evoluciones. Los gruesos y rgidos cordones policiales formaban murallas inflexibles tras las cuales se
rnantenan las aglomeraciones del gran pblico deseoso de ver alga., y al
cual se apartaba con pocos miramientos si haca falta dejar libre mayor
espacio, o si rebasaba el lmite fijado para su permanencia.
A la Plaza Roja slo poda penetrarse con la tarjeta correspondiente.
Y no sin antes cruzar cordones de guardias, que slo se abran para dar
paso despus de observar el pasaporte y la invitacin de cada uno.
Ni los mismos embajadores extranjeros inconfundiblcmente uniformados con elsticos de plumas, se libraron de esa inspeccin de los papeles, si bien -justo es consignarlo-, se abreviaba para ellos y para todos
los diplomticos en general, la operacin tres o cuatro veces repetida.
A algn ministro vistosamente ataviado, con sombrero de plumas
y todo, le toc volverse sin poder entrar por haberse olvidado esos documentos. Con ellos, pasaban a ocupar las gradas de cemento tendidas
a los costados del Mausoleo de Lenin y las aceras de ambos costados de
la plaza, varios miles de espectadores seleccionado.s: diplomticos, funcionarios, periodistas, militares extranjeros y soviticos, miembros dest2.cados del Partido Comunista, etctera. Pero las grandes masas populares aguardaban all lejos, en la avenida Gorki, o ms cerca en la
Plaza de la Revolucin, el retorno de los regimientos y el instante de
poder, a su vez, volcarse en avalancha sobre la Plaza Roja para no ver
ya sino la escena sin los actores.
Los desfiles son de una magnfica espectacularidad.
Las unidades de infantera, como he dicho, formadas en numerosas
filas "en posicin de firmes", ocupan toda Ia plaza, salvo una franja libre
por donde han de desfilar las tropas, y las aceras y la extensin de csped
donde se alzan las gradas que flanquean el Mausoleo.
Poco antes de comenzar el desfile suben a instalarse en la terraz.:t
del Mausoleo los principales hombres de gobierno y alguno; mariscales.
Stalin, Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas y Presidente del Consejo
de Comisarios (hoy Consejo de Ministros), preside por lo general el acto,
desde aquella elevada tribuna.
DESFILA EL EJRCITO RUSO CELEBR2'u"\JDO LA VICTORIA.
Una alocucin con saludos al ejrcito y a los diversos sectores de la
poblacin sovitica se lee y se perifonea previamente al comienzo del acto.
Luego asume sus funciones el General en Jefe de las fuerzas de la parada,
montando en un caballo que le traen sus ayudantes. Y partiendo con stos
a galope se dirige hacia la unidad colocada en primer punto de la lnea,
164
EMILIO FR UGO:-H
LA EsFINGE RoJA
ante la cual se detiene y pronuncia los "vivas!" de prctica. Soldados y
oficiales responden con "hurras!" que suenan como cerradas descargas
de artillera.
Reco.rre toda la lnea, detenindose ante cada batalln para repetir
esa ceremonia. Cuando sta concluye, se lleva a cabo la concentracin
de las bandas de msica de todos los regimientos, que se juntan en el
centro de la plaza formando una sola banda de mil doscientos o ms msicos. Delante de esa banda monstruo, de pe sobre un soporte instalado
al efecto, se destaca un viejo general, el Director General de msica
castrense.
Aparece en seguida una brigada de largos clarines, adornados. a la
manera medieval, que hacen or un toque de ordenanza. Y a contmuacn, la banda rompe a difundir los acordes de una marcha militar de
Tchaicowsky, que acompaan infinitamente reiterados, el desfile de to.da
la infantera.
Abren la marcha unas cuantas filas de nios de las escuelas militares
infantiles. Se recibe una impresin triste y desagradable. Pequeos soldados de doce a catorce aos van all con tiesura de veteranos, marcando
rgidamente el paso de parada, que es una simple atenuacin del famoso
paso de ganso de los ejrcitos prusianos. Suelen no faltar los adolescentes
alumnos de la Academia Suvorov, con sus levitones azules y sus gorras
de karakul negro, en formacin impecable. Siguen batallones de oficiales,
con las espadas al hombro. La simultaneidad perfecta de los movimientos, la rigidez de lo.s cuerpos, la agilidad de la marcha, la inverosmil rectitud de las lneas de formacin, dejan al observador estupefacto.
Luego pasa una compaa de mujeres de la defensa antiarea, todas
jvenes, naturalmente, graciosamente ataviadas con sus palies, sus chaquetas claras, sus pollerines obscuros y sus botas de cuero.
Sigue un regimiento de guardias de frontera, acompaados por perros
de larga piel. En seguida tropas policiales de I.N.K.V.D. (Comisariad0
del Pueblo de Asuntos Interiores), con los fusiles tendidos en forma de
carga a la bayoneta, que produce un avasallador efecto de enrgica marcialidad.
Todos cuantos desfilan. al acercarse al Mausoleo ponen en tensin
todos los msculos del cuerp~. doblan el rostro hacia la-derecha y estiran
las piernas con rigidez de autmatas, marcando reciamente el paso de
parada. Las botas golpean el suelo como pesados martillos y producen
un ruido seco de pertinaz isocrona.
Despus, columnas de ciclistas, de motociclistas, de infantera de
marina, y finalmente la enorme Banda unificada, que se tiende en hileras
y cubre casi todo el ancho de la calzada.
Las tropas van saliendo, por el extremo de la plaza donde se alza
la iglesia de San Basilio.
Toca el turno a la caballera. Suelen pasar dos o tres regimientos
esplndidamente montados en caballos zainos, alazanes y oscuros, salvo
algn destacamento de resplandecientes caballos blancos.
Despus aparecen los tanques, empezando, por los ms pequeos y
concluyendo con las colosales fortalezas rodantes que se desplazan amenazadoras sobre sus rodajes y cadenas de oruga.
Tras ellos, la artillera ligera, en la que se destacan como nota bellamente decorativa unos largos y elegantes caones de acero bruido
arrastrado por cudrigas de robustos caballos blancos, que semejan esculturas de mrmol, y que sacudiendo sus esplndidas crines albas trotan
gallardamente, aportando al cuadro marcial una evocacin imprevista de
espectculo de circo romano.
Parecen carros del Coliseo esos caones, sobre cuyas cureas van,.
guiando los esculturales trotones, unos soldados que, al empuar las
largas bridas blancas del vistoso atalaje, se diran aurigas de carrera hpica
en una fiesta de lo.s tiempos de Augusto.
Tras los caones antitanques y los de montaa pasan los de sitio,
mastodnticos; los interminables caones de largo alcance sobre inmensas plataformas con rodajes de oruga.
Tras ellos, los paracaidistas, con sus paracadas a la espalda y sus
pistolas automticas; los caones antiareos; los grandes reflectores para
alumbrar el espacio en busca y localizacin de aviones enemigos y los
aparatos detectores, cazadores de sonidos para rastrear los aeroplanos piratas en el aire.
En la parada del 1"' de Mayo de 1945 hubo una memorable sorpresa: el arma secreta sovitica de la ltima guerra, la Katiushka, que nunca
se haba mostrado en pblico. Cuando alguna vez cruzaba por las calles
de la ciudad, iba completamente oculta bajo. una cubierta. Haba en el
desfile Katiushkas de muchos tamaos. Son como rejas formadas por ocho
rieles, que van inclinados sobre camiones especiales y que disparan por el
extremo superior de cada riel una infinita sucesin de bombas po.r minuto, las cuales estallan hasta por tres veces, saltando hacia adelante, destruyendo, arrasando y calcinando todo cuanto encuentran a su alcance.
Descargan desde sus mismos camiones, que se hacan arribar en los
momentos precisos a lo.s lugares indicados, y que una vez cumplida su
misin se alejaban a toda prisa del combate, pues tenan sus hombres orden
de hacerlos explotar y saltar por los aires en aicos con la Katiushka, si
haba algn riesgo de ser atrapados por el enemigo. La Katiushka era el
esperado husped de las batallas. Llegaba en el instante necesario, y apenas llenada su funcin, casi siempre decisiva, se retiraba como un duende.
El enemigo no la pudo tener nunca en sus manos; pero ya no exista
razn para continuar rodendola de tanto secreto. Para la prxima guerra
se habrn inventado elementos mortferos que relegarn est'a arma a los
museos de antigedades. . . Y a est relegada, en realidad, por la bomba
atmica y otros hallazgos no menos aterradores.
La humanidad, que no acierta a salir de los trgicos dominios de
la fuerza armada, no. puede apartarse del camino de los progresos blicos,
y stos marchan an ms rpidamente que los otros progresos.
As terminaba, el o de Mayo de 1945, la exhibicin de fuerzas blicas. Fu realizada con un marcado sentido espectacular, con verdadera teatralidad, hasta el punto de haberse transormado la Plaza Roja en un vastsimo escenario donde evolucionaban magistralmente miles de hombres, de
caballos y mquinas de guerra, como si se desarrollase all la ms sorprendente funcin coreogrfica que sea dado admirar en ese pas, donde se
presencian los ballets ms deslumbrantes del mundo.
165
166
E.tvllLIO FRUGONI
Lo que pona en toda esa teatralidad de hierro y msculo, impecablemente organizada, un acento solemne, era el pensamiento de que no se
t'~ataba de un ejrcito de parada brillantemente presentado para impreSIOnar al espectador extranjero, sino de un ejrcito heroicamente aguerrido
que haba soportado. las ms terribles pruebas de fuego. Y que si haba
podido presentarse ante nuestros ojos con sus uniformes flamantes y resplandecientes, era porque antes se haba despojado de las ropas empapadas,
sin metfora, en la sangre y el lodo de cien combates.
Era un ejrcito victorioso., que en ese mismo momento asestaba los
golpes finales a la acorralada fiera del nazismo y abata sus ltimas resistencias, en las calles de Berln, donde se estaban librando los postreros
encuentros de la guerra europea.
Fu tambin imponente la parada militar del da de la victoria. Se
llam el desfile "de las banderas", porque pasaron, a veces custodiadas tan
slo. por un piquete, las de numerosos cuerpos y regimientos de todas las
armas; enormes banderas rojas, por cierto, pues eran las nacionales de la
hoz y el martillo, sin ms excepcin que la bandera de la marina, que es
azul y blanca.
Pero ms que ellas atrajeron la atencin del pblico las incontables
enseas nazis, los pendones con la cruz gamada, arrancados como trofeos
al ejrcito alemn.
Soldados de infantera sostenan esas banderas abatidas, barriendo el
suelo con sus flecos dorados, en largas filas, mientras pasaban las otras,
las victo.riosas.
__ Al terminar el desfile de stas, aquellos soldados se movieron hacia
el Mausoleo, y frente a l arrojaron al pavimento esos trofeo~, partiendo
las astas coronadas por guilas de oro, y luego pisotearon rudamente, con
sus fuertes botas, la tela oscura y amarilla de las siniestras enseas.
Los DESFILES ATLTICOS.
<?tro. ballet, el ms hermoso de los que tienen por escenario la
preemmente Plaza Roja, es el de la Fiesta de la Cultura Fsica.
Suele efectuarse en el mes de agosto. La belleza plstica de esos certmenes gimnsticos impresiona como el ms portentoso alarde colectivo
de. dinamismo armnico, de fuerza adiestrada y gusto artstico, en la disciplina perfecta de los movimientos y actitudes, de rtmicos desplazamientos
de masa de todo el conjunto y en la crloriosa combinacin del color v la
lnea adaptados vivamente a un efect~ unnime de gracia, de esple:O:dor
y de arte.
Los participantes en estas paradas atlticas -que son los gimnastas de cada regin de toda la Unin Sovitica- comienzan a prepararse
cor: tres o ~r:atro meses de anticipacin. Se les selecciona en los institutos,
talleres, oflcmas, y se les somete a un entrenamiento adecuado, v hasta
se les mantiene concentrados en ciertos establecimientos, bajo una disciplina
Y un ~~gimen _d.e vida especiales, por lo menos durante el ltimo mes.
Tamb1en se ut1hzan los navos de guerra para dar alojamiento en ellos a
algunos equipos llegados a Mosc de diversas regiones.
En los grandes parques suelen verse, por ese tiempo, los pelotones de
LA
ESFINGE ROJA
167
jvenes de ambos sexos, redizando ejercicios colectivos al a1re libre bajo
la direccin de maestros entrenadores. Recuerdo, sobre todo, una escuadra de muchachas vestidas a la oriental con pantalones de delgada t'eb,
tocadas con los caractersticos gorros de Uzbekistan, que pasaban en formacin cantando por la calle Sadowa, estupendamente garridas.
Slo en .fvlosc se seleccionan diez o doce miL
El da del desfile general de la representacin sovitica de toda la
U. R. S. S., de cada repblica y de cada ciudad importante pasan por la
Plaza Roja varios cientos y a veces miles de atletas por cada una de ellas,
sumando alrededor de veinte o veinticinco mil.
El cine ha divulgado por todo el mundo, en films magistralmente
realizados, esas exhibiciones compuestas con un admirable sentido coreogrfico y decorativo. Para gozar de toda la mltiple y original belleza
de ese espectculo hay que verlo desde arriba, desde lo alto de las tribunas
reservadas o desde la terraza del Mausoleo.
La entrada de cada seccin en la plaza y su airoso avance al comps
de las msicas correspondientes, trae una nota propia a ese magno concierto de todas las artes en accin, y su sola aparicin en el vasto permetro,
dentro de aquel estupendo margen que le forman el Kremlin, la catedral
de San Basilio y los dems edificios tendidos en los ofros costados de la
plaza, desata la onda rumorosa de una nueva expectativa en el nimo de la
multitud. Y cuando cada una de esas secciones empieza a desplegarse en el
rtmico. cumplimiento de su repertorio de sorprendente dest-reza, el ambiente
mismo parece sentirse asociado a las proezas del msculo y a la levedad
de los cuerpos, pues se ve colaborar al aire fino de la tarde, con su d~atani
dad vibrtil, en todas las prodigalidades del esfuerzo y de la agl11dad.
Algunos de esos brillantes equipos llevan consigo dilatados taJ?ices
de vivos colores que tienden sobre el pavimento, y sobre ellos reahzan
ejercicios acrobticos y bailes regionales, deteniendo por algunos instantes
el curso del desfile. Y entonces la plaza se torna un desmesurado saln
de fiestas, todo l animado por el brioso prestigio de las danzas populares
y de las evoluciones gimnsticas.
Enormes ruedas de gimnastas forman gigantescas coronas de flores
que se abren y se cierran sobre s mismas, cambiando de color cada vez
que los ptalos se agitan unnimemente en un sentido o en otro, como
si el viento soplase sobre ellos y los apartara o los juntara.
Otras veces los brazos de cientos de mujeres se entrelazan y mueven
de tal modo, que se presencia el oleaje de un mar agitado en torno de un
bajel inquieto; y luego aparecen legiones arrojando grandes globos de
goma al aire, que recogen antes de llegar al suelo, o que blanden lanzas y
esoadas, o conducen arcos de flores. mecindolos sobre sus cabezas al ritmo
la marcha.
.
Bacanales, batallas, incendios se simulan con la magia de un arte
naravilloso; y el paso de los acorazados con tripulaciones en la cubierta
y en las jarcias, o de las inconmensurables ruedas giratorias y de l~s
torres ambulantes, invit'a a levantar los ojos al cielo, mientras una caligrafa de letras humanas que escribe frases y el nombre de Stalin sobre el
pavimento de la plaza, obliga a bajarlos a la tierra para asombrarse de
la disciplina dinmica con que evolucionan y accionan esas multitudes de
168
EMILIO FRUGONI
hombres y de mujeres. No basta, sin embargo, presenciar esa fiesta atltica
de Mosc para darse cabal idea del grado de difusin alcanzado por la
cuJtura fsica en toda la Unin Sovitica. Debe tenerse en cuenta que ese
m1smo da, s es posible, se celebra esta fiesta, tambin con vistosos certmenes, en las ciudades ms importantes de la U. R. S. S. As, por
ejemplo, en Leningrado hubo un espectculo semejante al de Mosc en
celebracin de la Victoria, que tuvo por teatro la plaza Ouritski, frente
al Palacio de Invierno.
Yo. tuve oportunidad de ver en esa ciudad una reproduccin de ese
concurso en el estadio Dinamo de Leningrado, con capacidad para muchos
miles de espectadores, aunque no tantos como los que caben en el de
Mosc ni en el de Montevideo. Tomaro.n parte en los ejercicios nada
menos que dieciocho mil personas.
act~ comenz con una alegora de carcter coreogrfico a cargo
de mnos. Figuraba el despertar de la naturaleza al amanecer el da.
Un gran sol de cartn pintado se alzaba por el extremo del campo,
con una escenografa un tanto ingenua, mientras un bosque andante formaba marco a la escena y verdes sapos saltaban sobre el csped y una
mirada de insectos de variados colores haca irrupcin.
Las evoluciones de las pintadas mariposas se acordaban con los sones
de la msica de conocidos ballets, y todo el cuadro resultaba una bellsima estampa coreogrfica en la que cientos de criaturas danzaban con
perfecta precisin sobre aquel vasto escenario. rstico, a cielo abierto.
La combinacin de los colores, la gracia de las figuras, la encantadora novedad de aquella vibracin rtmica de una adiestrada multitud
infanti~. c:mstituan un verdadero regalo para los sentidos.
S1gU1eron no pocos nmeros de atletismo, acrobatismo y aimnasia,
todos con un pronunciado carcter coreogrfico, actuando. en equipos de
tres, cuatro y hasta cinco mil personas.
Casi todos esos equipos estaban compuestos de hombres y mujeres.
Uno de esos cuadros, en que las mujeres evolucionaban con aros de metal
de. varios metros de dimetro, formando en torno de ellos graciosas figuras,
m1entras los hombres realizaban ejercicios gimnsticos combinados con
esas. evoluciones, se desarrollaba ante un fondo musical de composiciones
escr~~a_s ex profeso, _entre ellas una de Shostakovich, el famoso compositor
sovlet1co, que es onundo de Leningrado.
Llam mucho la atencin, asimismo, un cuadro. militar de soldados armados de fusiles que realizaban con el arma movimientos rtmicos difciles.
en un verdadero alarde de precisin, destreza, agilidad y energa fsica:
_T<;>do el espectculo. se desarrollaba a base de grandes masas, lo que
mult1~~Icaba _el efecto de las evoluciones y combinaciones atlticas y coreogra:Icas: Siendo desde ese punto. de vista un exponente impresionante
el desfde fmal de todo ese mundo gimnasta ante las tribunas, tras las enormes banderas de cada seccin.
Era particularn;;.ent; ~ello y sugestivo. el pasaje de jvenes mujeres
marcando el paso g1mnast1co de parada, con una tensa actitud de todo
el cuerpo para realce de su soberbia anatoma. Lo era tambin el avance
de aquellos .soldados que marchaban con los fusiles de bayoneta calada
echados haCla adelante, aparentemente so.bre el hombro del soldado que los
.:?1
LA EsFINGE RoJA
169
preceda, haciendo temer que el simple descuido de ~n compaero, .o una
ligera perturbacin del ritmo de la marcha, les ocasionase una henda en
el rostro.
Poco antes de salir de Mosc para no volver, tuve tambin la inolvidable oportunidad de presenciar la parada a~lti~a del ao _1945, que no
se efectu como otros aos en la Plaza Roja, smo excluslVamente en el
Dinamo.
Tomaron parte en ella quince mil quinientos atletas_., Se cubri toda
la inmensa cancha con una alfombra rosada, que se tend10 sobre el verde
csped. Eran muchos miles de metros de tapiz, cuyo costo debi ser considerable.
Fu particularmente encantador el nmero a cargo de nios de corta
edad, y pudieron apreciarse all mejor que en parte alguna las. sorprendentes combinaciones de colores obtenidas con los trajes de los gimnastas,
que solan ser de un tono en el pecho y de otro en la espalda, y de otro
ms de la cintura para abajo, especialmente en las muchachas, que en
determinado instante soltaban un pollern de tinte imprevisto sobre el
color de carne de los muslos tostados por el soL Cientos, miles de cuerpos humanos -haba grupos de dos y tres mil componentes-, ~ando
el frente a las tribunas oficiales en una perfecta uniformidad de act1tudes, .
ofrecan un aspecto y una coloracin que se tornaban rpidament.e en otros
distintos, con slo volverse de espaldas. Y cuando quedaban ergUldos u_nos,
mientras o.tros se curvaban o se arrodillaban, era como si un enorme pmcel
de luz pasase por encima de aquella muchedumbre simtrica, pintndo~a,
a trechos, de rojo y, a trechos, de azul o de gualda o de verde, en franjas
o listones de diversos matices.
En esa jubilosa fiesta del color corresponda excelente papel a la
abundante contribucin de las banderas, de amplios y elegantes formatos,
que con los ms variados tonos aparecan en_cabezan~c; numerosas y gallardc.s los equipos, desplegndose con extrano prest1g10 en torrentes de
tela al ser paseadas por forzudos atletas que hacan gala de ~a?tener denodadamente verticales a veces con una sola mano, los altos mastlles.
Es indudable ~ue existe all un sentido especial del embanderamiento
y del empleo de los estandartes, de cuyo valor decorativo se saca en estos
espectculos un partido insospechado.
Al final, se enroll la inco.nmensurable alfombra rosa y aparecto en
toda su verde frescura el csped de la cancha de ftbol, en que se llev a
.
efecto un encuentro entre el team del Dinamo y el del Ejrcito Rojo.
Esos certmenes, que suelen exhibirse varias veces en el estadto,
desde luego, con extrao.rdinario xito de boletera, cuestan sumas fantsticas. Se dijo aue el de 1945 cost cincuenta millones de rublos.
Numeross clubes atlticos contribuyen a su esplendor. La difusin
de la cultura fsica se realiza en gran parte por medio de tales clubes, que
congregan, como el Dnamo, Espartaco, etctera, muchos miles de jvenes.
Los chicos de catorce y quince aos figuran por millares en los clubes de
K.omsomols, donde el ejercicio gimnstico es siempre captulo impo.rtante
de sus actividades.
Todo ello para la mejor salud del cuerpo y la mayor capacidad de
accin y disciplina militar de las nuevas generaciones.
170
EMILIO FR UGo:-..;r
LA EsFINGE RoJA
Entr~t~nto, esas fiestas abren al sol su vibrante sentido pagano, y
parece reviVIr en ellas la Hlade glo.riosa con su culto de la destreza fsica
y la agilidad corporaL
Pero cuando se advierte que toda esa disciplina del cuerpo, a la que
no falta un tono, a veces demasiado marcado, de militarizacin, tiende a
satisfacer una preocupacin constante de capacitacin para el empleo de
la fuerza ms que para la exaltacin y el florecimiento de la belleza, se
piensa ms en Esparta que en Atenas.
Un recuerdo de Esparta, en efecto, con sus certmenes atlticos de
efebos desnudos, alefea en el cuadro grandioso de esas exhibiciones d 2 la
fuerza y la gracia, de esa esforzada sinfona del msculo, dentro de un
marco armoniosamente labrado por todas las artes.
Por el trayecto se les oye entonar cwtos populares. Grandes grupos
de mujeres pasan luciendo -lucen en realidad con el brillo de sus vivos
y variados colores- trajes regionales de Ucrania y de las aldeas rusas.
Cuando las columnas que se adelantan simultneamente por diversas
calles, y a veces paralelamente, como en las plazas y explanadas cercanas,
se detienen para ceder el paso a otras o para aguardar el turno de penstrar en el histrico recinto descubierto, se fo.rman parejas de bailarines
que danzan al comps de algn acorden, trado al efecto, o de alguna
banda de msica, o de los aires difundidos por los altoparlantes.
Reina la animacin en esa multitud a quien no rinde el cansancio.
-pese a la larga caminata. Dirase una romera, con cantos y bailes, ms
que una procesin poltica y patritica.
Desde muy temprano estn en pie esos romeros. Todos se han munido de gruesos emparedados que les han suministrado por algunos kopecs en los puntos de reunin, y que comen durante las detenciones de
su columna, dejando. el pavimento de la va pblica alfombrado del papel
de las envolturas.
Millones de emparedados deben prepararse para cada desfile de esos.
A pie han ido esos manifestantes, de sus casas al lugar de la concentracin,
a veces nada cercano, porque no hay medios de locomocin a esas horas,
y desde ese punto han debido. atravesar las inconmensurables distancias de
Ivosc para llegar hasta el centro. Y menos mal si al disolverse la formacin pueden retornar en el I\iiefro, el tranva o el autobs, aunque sea
a costa de apreturas indescriptibles!
No por eso pierden el buen humor, los jvenes al menos. Yo. los
he visto desolados el da de la Victoria cuando, formados ya en columnas,
se resolvi deja'r sin efecto la parada popular, a causa de la lluvia copiosa. Qu les importaba la lluvia? Al fin y al cabo, el sacrificio de
levantarse todava de noche y de recorrer leguas a pie y de mojarse .asimismo, ya lo haban hecho. Y su alegra, que el agua no apagaba rulentras crean poder realizar el programa del cortejo, se apag, en cambio,
de golpe, cuando oyeron a los altavo.ces anunciar la suspensin del espectculo.
Cuntas personas, hombres, mujeres y nios, se alineaban en aquellas
largas formaciones de cuatro o cinco en fondo, que iban desembocando
como ros afluentes, desde las ms diYersas procedencias, en el vasto lago
de la Plaza Roja, donde se transformaban, juntndose, en un imponente
mar humano?
Pude ver desde una altura al costado del Kremln el aspecto que
ofreca la ancha avenida Gorki y la explanada del Hotel Nacional, en el
espacio tendido entre la Plaza Roja -por donde ya haban pasado muchos
miles de manifestantes, y que a mis espaldas se mantena abarrotada de
pblico- y la plaza Pushkin (ms de quince cuadras de las nuestras.:,
cubiertas por esa corriente incesante sobre la cual el rojo de las banderas
y de los cartdes encenda como la claridad de una dusa aureola.
Y o no haba visto, nunca tanta gente reunida. Y esto no era sino
uno de los canales que desembocaban en la Meca de esa peregrinacin civiL
Despus se d la cifra de un milln de manifestante~. No fu ex::gcrada. El desfile dur desde las doce y media hasta las cuatro.
TRAS EL DESFILE MILITAR, UN GRAl\ lviiTIN EN MOSC.
Una concentracin de otro gnero, que es tambin un inolvidable espectculo de masas en su carcter de formidable manifestacin de vida
udadana, tiene igualmente por escenario y eje a la Plaza Roja: el mitin
o desfile popular.
Los mitnes callejeros no son frecuentes en la U. R. S. S. En tiempos
normales, slo uno o dos grandes despliegues de fuerzas ciudadanas por
ao., en celebracin de 19 de Mayo o en el aniversario de la Revolucin.
recorren las calles en tren de afirmacin poltica.
Durante la guerra, los primeros de mayo y los aniversarios de la
Revolucin se celebraron sin desfiles, ni militares ni cvicos.
Terminada la guerra, hubo a continuacin de la parada militar, una
de esas demostraciones cvicas, el 7 de noviembre de 1945.
Debi haberse efectuado el 19 de Mayo de dicho ao, nero el tiemno
impidi su realizacin y qued aplazado para otra gran fiesta nacional.
Concluda la parada militar, a las doce y meda, aparecieron por
las entradas de la Plaza Roja, a los costados del Museo Histrico, las
columnas populares, que venan agitando un bosque de banderas encarnadas y haciendo avanzar todo un oleaje de carteles con expresivas leyendas, estandartes, guirnaldas de flores, retratos monumentals de Lenn
y Stalin.
A poco de iniciada la irrupcin de las columnas civiles en la plaza,
sta qued colmada, pese a su inmensa extensin, de una multitud constituda por varias columnas que marchaban paralelamente y que haban
desembocado por cuatro o cinco bocacalles a la vez.
Porque estos mitnes de Mosc son muchos mtines en uno.
Son infinidad de columnas, organizadas en los diversos barrios, que
s_nrgen de numerosas zonas, constitudas con el personal de cada fbrica,
de ~ada empresa u oxganizaci-?-, de cada establecimiento grande o pequena, de cada sector del trabaJO manual, del estudio, de la cultura. Y
vienen andando kilmetros y ms kilmetros desde los cuatro puntos
cardin~les de la periferia urbana y de los alrededores, a lo largo de calles
y avemda~, para .enhebrarse e!l el amplio polgono de la Plaza Roja y salir
luego de el, hab1endo cumphdo con ese rito laico de pasar ante b tumba
de Lenin y aclamar a Stalin.
171
LA EsFINGE RoJA
CAPTULO
XXIII
EL 19 DE MAYO DE 1946 EN LAS CALLES DE MOSCU
Pero haba de caerme en suerte presenciar otro mitin del mismo ca-rcter, todava ms numeroso. Fu el del J9 de Mayo de 1946. Su
irrupcin en la Plaza Roja repro.dujo aquel efecto de lenta avalancha
lquida que vena hacia nosotros en una especie de incontenido desborde,
como si el mpetu de sus aguas y su poderoso avance fuese regido por una
voluntad csmica. Y a de entrada, era ms imponente que el otro. Haba
tambin ms fervor. Los "vivas" con profusas dedicatorias, que un incansable animador de garganta de hierro lanzaba desde un micrfono, eran
contestados con ms energas y entusiasmo.
Haba mayor animacin de brazos y manos agitndose durante el
pasaje ante los hombres del gobierno que presenciaban el desfile desde la
terraza del Mausoleo.
Sin duda la presencia de Stalin -que la o.tra vez se hallaba ausente-encenda ms los nimos en ese instante. Era por l que muchos hombres
Y. mujeres, al pasar por all, levan~aban nios en sus brazos para que le
VIesen y le aclamaran con sus vocecitas.
Cuando dej la Plaza Roja, despus de una hora de haber llecrado a
e!la la cabeza del mitin, volv a contemplar el espectculo de la; mltiples columnas que simultneamente venan desplazndose hacia all. La
multitud cubra ~odas las calles visibles en toda la extensin que abarcaban nuestros OJOS. Luego, desde los balcones del hotel pude ver bien
que no slo eran ms las procesiones y ms nutridas sus filas, sino que
haba muchsima ms profusin de estandartes, flmulas, alegoras, retratos. De stos, los haba de Marx, de Engels, de Lenin, de Stalin y
tod?s los personajes del gobierno, de todos los mariscales, de algunos
sabiOs, de algunos stajanovistas, siendo de los ms diversos tamaos,
pero sobresaliendo siempre, por sus proporciones, los de Stalin.
Entretanto, la Plaza Roja quedaba enteramente ocupada por una
multitud circulante, constituda por el co.ncurso de ocho o diez columnas
que entraban al mismo tiempo por las diversas vas de acceso y salan por
el puente.
Cuando desfilaron ante el lVIausoleo de Lenin los ltimos manifestantes, eran las seis de la tarde. El desfile haba durado seis horas. Se
dijo que no menos de un milln y medio. de personas tomaron parte en
esa demostracin.
Qu vigor fsico y qu empeo esforzado en el cumplimiento del
deber (para unos devocin y para otros obligacin) revelaba en tan disciplinada multitud la celebracin de esa agotadora jrnada pblica!
Y o. pe?saba que en nuestro pas no se encontrara ni siquiera una
docena de cmdadanos dispuestos a realizar semejantes sacrificios para manifestar, con una demostracin de esa ndole, un sentimiento civil~ Ni aun
a la fuerza ...
173
Predominaba all una animacin de holgorio, en los momentos y
en los trechos en que la pesadumbre de la marcha, despus de todo. abrumadora, no se dejaba sentir demasiado sobre el nimo de las columnas
detenidas en las inevitables esperas provocadas por las dificultades del
lento desenvolvimiento de la procesin desmesurada. Y faltaba, sin duda,
el fervor poltico., como me pareci, asimismo, que en los momentos de
mayor exaltacin demostrativa, cuando la multitud pasaba bajo las tribunas de la Plaza Roja, se notaba cierta carencia de espontaneidad en
los dtores, pues la muchedumbre aguardaba que les fuesen dictados desde
los altoparlantes para prorrumpir en el hurr correspondiente.
Ese 19 de Iviayo fuero.n tambin ms vistosos los adornos y la iluminacin de la ciudad, que en ninguna de las fiestas anteriores desde el
comienzo de la guerra.
'Son siempre de muy buen gusto los adornos de las fachadas de los
ms importantes edificios, a base de guirnaldas de luces elctricas y telas
:rojas, sin que falten nunca los retratos, de los cuales se hace uso y abuso
en la esceno.grafa edilicia de toda fiesta callejera.
El Gran Teatro se engalana con unos enormes retratos de Marx,
Engcls, Lenin y Stalin, que cubren las columnas del peristilo, y unas
banderas rojas artsticamente dispuestas en el frontn.
En los muros brotan ramilletes de rojos pendones. En las cornisas
y pretiles de las azoteas suelen enfilarse unas banderas angostas, cuya fina
tela acompaa todo el largo del asta, y gracias a lo cual flamea realmente,
pues al agitarlas el viento adquieren un cabal aspecto de flmulas ondulantes y vibradoras.
Son el oriflama autntico. Vista a cierta distancia, una hilera de estos
banderines da la perfecta impresin de una hoguera roja, de una cabellera
-de llamas despeinada all arriba por las rfagas incesantes.
En el desle tambin se conducen muchos de esos banderines, que
alegran la marcha.
Algunos edificios se iluminan de tal modo, con blancas lamparillas,
que se transforman en palacios encantados de mrmol luminoso.
La fiesta se prolonga durante dos das; pero se construyen en las
plazas tablados para las representaciones al aire libre, y se organizan ferias
con bellsimos kioskos, que sirven para muchos das ms. En la plaza
Pushkin se construy toda una pequea aldea de graciosas construcciones
de madera, que eran como otras tantas casit'as de muecas, sumamente
pintorescas y primorosas, en las que se explayaba la imaginacin de los
ilustradores rusos de cuentos infantiles.
Una enorme multitud concurra, sobre todo. de noche, en que apareca
fericamente iluminada, a esa aldea de casas liliputienses, todas distintas,
que ostentaban en sus decoraciones y adornos la ndole de sus mercaderas.
lVIs grande y ms hermosa an, con mayor fascinacin en las torres
de las entradas y en las figuras de guerreros antiguos a caballo, que con
sus lanzas guardaban la puerta principal, era la feria construda por el
mismo estilo fantstico, de un gusto genuinamente ruso, en el vasto sitio
vaco que haba quedado en las cercanas del puente Moskov-Rek, a pocas
cuadras del Kremlin, de resultas de un bombardeo areo.
All haba calecitas, hamacas y ot'ros elementos de diversin para los
174
LA ESFINGE ROJA
EMILIO FR UGO~I
I>Jenorcs_:. y . el cpmercio de cuanto all se venda asuma proporcioms
cxtraoramanas. Durante los das de fiesta se formaban en las plazas, al
son de danzas ejecutadas por bandas de msica instaladas en camiones,
colosales ruedas pblicas en cuyos centros bailaban decenas de parejas.
. El 2 de mayo llovi, y era de ver cmo, bajo la lluvia bastante
cop10sa, continuaba el baile, as como las representaciones de los tabl.ados, siendo relativamente pocos los espectadores que se alejaban corndo.s por el agua.
i Hasta en ese momento y ese detalle se pona de manifiesto la extraa
resistencia de ese pueblo aguerrido que soporta impasible y tenaz tanto los
azotes del tiempo como las contrariedades dG la vida!
E.N RUSIA NO SE ESCUCHABA Y:\ "LA INTERNACIO)JAL".
Algo haba yo echado de menos en todos los actos celebratorios del
19 de l'vlayo y durante las fiestas consagradas a ese Da Internacional. No
me extraaba. que los desfiles militares comenzasen con el Himno Sovitico
y hasta pude explicarme que ni siquiera al final de esos desfiks las bandas
bici~~e~ or los acordes de Le. Intemaconal, que fu el himno de la Unin
SC?~1~t1ca hasta el ao 19 4 3, en que se cambi por el actual himno patnotlco.
P.cro s me extra no escuchar en ninguna parte, en ninan moment~ desde que llegu hasta que part, el himno de los prolet~rios del
lllUnQO.
. Cuando. yo arrib~ _a la U~.~ S. S. ~a Jntt;mac!or:~l estaba ya proscnta de todas las audrcwnes one1ales. No hab1a asisnao a un solo acto
~fcial ~r; que ~e la hic.iese compartir con el himno patritico los honores
ae cancion nacional, m la haba odo. una sola vez siquiera, en las interminilbles trasmisiones de rado con que se despierta a -la poblacin desde
los altoparlantes pblicos y se la arrulla hasta altas horas de la nocbc.
en l~s vsperas de cada fiesta y durante todo el curso de la misma. Per~
pod1a cree.rse que al menos el 19 de l'vlayo se le dara participacin en las
de~~stracwnes populares, por tratarse del Da Internacional de los TrabaJac1ores.
.
Pues nj aun el 19 de Mayo se oy en ningn sitio ni en ninan
~nst~nte La internacional. En todo el desfile popular, que duraba horas,"' no
nab1a una sola voz que la entonase.
En la U. R. S. S. no la tocan va las orouestas de los teatros n;
d d
'
'
"
o
las oan as e reg1m1cntos, ni las de las fbricas, ni la cantan los coros
de lo.s ?brer.o~. Se ~ir.a que ha pasado a ser, como la vieja romanza de
l osti, la mustca protbzta.
.
La intensif_icacin del patriotismo y del nacionalismo sovitico coinCide con un destierro absoluto de La Internacional.
Este es el himno de la revolucin en marcha: "de pe los esclavos
del ~~~do':. . . En la U. R. s,. 'S. s~. ~u hecho. una Revolucin que se
con.so11a_~ soore 1~ base. de la patna sov1etrca, que tiene un espritu nacional,
meJor drcho nacwnahs~a, y se afi.rma como, nacin uerte y preponderante entre las otras naciOnes de As1a y Europa.
'
"L
175
. La Int~macionaln? fu. nunca inco~patble con la patria de los trabaJadores 111 con el nacronahsmo entendrdo como un legtimo inters y
amor por la nacin, concebida como una realidad histrica que no se
O_POn~ a las otras naciones ni quiere ser superior a ellas y dominarlas.
s:no 1gu.alarla~ a todas en derechos, respetando el derecho de todas y sintiendo srmpafla humana por el pueblo de todas ellas.
.J"!o c~nozco n~nguna explicacin oficial de esa proscripcin unnime.
El VIeJO h1mno .fue ~elegado automticamente al olvido, al suplantrsele
por el nuevo. N1 nad1e se acuerda ms de l en pblico.
Tratndose de un pas en que ciertas manifestaciones o actitudes no
se p:oduc~n sin una deliberada intervencin de las esferas gubernamentales,
pued.e de~rrse que no es casual sino sistemtica esa especie de conspiracin
del srlencro de que se ha hecho vctima a La Internacional en la U. R. S. S.
Puede creerse que se haba querido, de ese modo, acentuar ante las
potencias aliadas el sentido de una nueva poltica internacional de alianzas
con el imp~ria.l~smo capi~alist'a, a los que se trataba de dar la impresin
de q~e la Umon Sovietica, conc:etada a sus fines nacionales, haba renunCiado por completo a internacionalizar sus esfuerzos e inquietar desde
adentro, por medio de sus agentes, a las o.tras naciones.
As como se haba disuelto el. Comintern, clausurndose aparentemente la era de la 1 erccra Internacwnal, se haba retirado el himno internacional.
La U. R. S. S. ~e deseinternacionalizaba en sus atributos y formas
cx.t,er.nas. Se colocaba mternamentc en un plano nacional de exaltacin patnotica, en que cada vez sera menos advertida la ausencia de La Internacional.
Quizs los gobernantes de las potencias capitalistas se tranquilizaron, creyendo que la Unin Sovitica dejara realmente de influir en las
corrientes de ooinin de sus pueblos y en las expresiones fundamentales
de su vida cole2tiva.
Ella no necesitaba del Comintern, que era ya cadver cuando lo
mat, para su nueva poltica de penetracin internacional.
Pero nada justifica el destierro de la cancin internacional de un
:pas qu_e .l;a erigido, a .Marx )~ J?ngels como nmenes ideolgicos, y se
titula Umon de Repubhcas 'Soc1ahstas.
Se celebra el 19 de Mayo como fiesta de todos los trabajadores del
mundo y en la Plaza Roja se coloca, sobre el frente de uno de los arandcs
edificios que dan la cara al Kremlin, y como motivo central de un~ decorac~n de circunstancias, un letrero. que en letras blancas sobre fondo ro io
repite la famosa frase del Manifiesto Comunista: ";Obreros del mund;,
unos!"
'
Sin duda ello quiere decir: "Unos en torno de la U. R. S. S.". O
sea: Unos en torno de la adhesin a una nacin soci:1lista, de un socialismo de estado autoritario, que no es por cierto un socialismo de Estado
democrtico y polticamente liberal, un totalitarismo sin democracia poltica, que actualmente navega en las aguas de un nacionalismo tradicionalista, en cuya virtud se organiza la glorificacin de I vn el Terrible y
de Pe?ro el Gra~de,. porque hicieron la grandeza territorial y el podero
matenal de Rusia, con la sangre y el dolor de un pueblo esclavo, para
176
EMILIO FRUGONI
que sirviesen de bases histricas de la grandeza y el podero actuales de
la patria sovitica.
.
.
.
La Internacional slo estorba a las nacwnes que qmeren encer~ar~e
en un nacionalismo estrecho y agresivo. que hace hincapi en la supenondad nacional enfrentada a los otros pueblos con un gesto de permanente
desconfianza y de mal disimulada aversin.
Pudo -cuando mucho- habrsele relegado a u!!- se_gundo plano en
las celebraciones o.ficiales durante la guerra, porque era md1spensable, sobre
todo, enardecer el patriotismo del pueblo .Y apelar al concurso caudaloso
de un sentimiento nacional unnime y ard1ente. .
.
Pero no hubo razn para sumirla en el olv1do, y menos para contlnuar mantenindola proscrita, despus de la ~uerra, en momentos e~ _que
se empieza a comprender que la paz no queda_ra asentada .s?~Jre .b~ses s~hdas
y definitivas si las grandes nae1ones. no co~ngen su pos1c10n lilL~tnaC1_onal
girando. sobre s mismas, en el sent1do de 1r am~nguand~ ~1 naClOJ?-~hsmo
egocntrico y fantico a que se entregaron baJO la tragtca pres10n del
destino blico.
.
.
Para ello el espritu de La Intemacwnal. es necesano.
, .
El nacionalismo aaudo de las grandes nacwnes durante la guerra, uttl
para aanarla deriva h~ca un nacionalismo ambicioso cuando. la guerra
se ha"' ganad~. Eso es lo que puede estar agitando submarinamente, de
continuo, las aguas de la paz. J Cunta falf~ ha~e, por tanto; que los
pueblos, a su vez, agiten en el v1ento de la h1stona c_ont7mporanea nuevamente pero. con ms fuerza que nunca, las alas sm 1ronteras de La
]ntemacional!
CAPTULO
XXIV
LOS DESFILES DE LA MUER TE
Pero adems de esas manifestadones de la vida ciudadana en momentos de exultacin colectiva, tienen tambin su teatro en la Plaza Roja
ceremonias fnebres oficiales, debido a la circunstancia de haberse consagrado un lugar de los muros del Kremlin al emplazamiento de nichos
do.nde se depositan las cenizas de los muertos que merecieron bien de
la patria.
Se ha 9-uerido ponerlos cerca del panten de Lenn, formndose as
un cementeno de prceres.
El primer entierro de esa categora que presenci fu el de la vieja
1uchadora comunista I vano va Nicolaievoi. Era miembro del Comit
del Partido y del Soviet' de la Unin.
Sus cenizas fueron veladas en el amplo anfiteatro de una monumeJ?-tal mansin cuyo frente da a la Plaza Roja. El cliz que contena las
cemzas y un gran retrato de la extinta, se alzaban en el centro del anfiteatro sobre una pirmide de flores. El pblico circulaba en torno de ese
catafalco con recogimiento, entrando por una puerta y saliendo. por otra.
Una orquesta subrayaba la solemnidad del momento, con los acordes de la
marcha fnebre de Chopin.
Llegado el instante del sepelio, se organiz una comitiva para transportar la urna, que se coloc sobre una plataforma en la cual descansaba
un templete de cuatro columnas, cubierto de flores, y dentro del cual ib:~
la copa funeraria.
La plataorma eran unas angarillas, que conducan, sostenindolas
a la ,altura de sus hombros, personajes oficiales y amigos de la extinta.
Segman en el cortejo los acompaantes, que llevaban sobre almohadones
r?jo~ las condecoraciones que en vida le fueron otorgadas. Y tras ellos, el
sequtto de los deudos, sus amigos, los admiradores, los correligionarios
ms importantes. Despus las coronas, conducidas a brazo entre dos
personas.
Esa columna fnebre, con paso sumamente lento, atraves la plaza y
lleg hasfa el sitio donde haban de ser encerradas las cenizas. Se detuvo
ante el muro del Kremlin. A ella se haban incorporado las diversas
columnas venidas desde diversos puntos de la ciudad, de organizaciones
y centros partidarios, con retratos de la extinta, banderas rojas y carteles.
Varios regimientos de infantera y una banda militar que acompasaba con sus tristes sones el paso del cortejo, rendan los honores militares.
Cordones de soldados de la polica, sin armas, circundaban la plaza.
Para escuchar los discursos necrolgicos se haba formado en torno
de los restos mortales un mitin en el cual se agolpaban muchos millares
de personas. Tal vez no menos de quince mil. Varios oradores tejieron el
panegrico de la finada. Cuando terminaron, se coloc el copn de hierro
EMILIO FR UGONI
LA EsFINGE RoJA
en un hueco del muro, que se cierra con una lpida de mrmol donde se
ha inscrito el nombre.
Otros ceremoniales fnebres an ms aparatosos he presenciado
despus.
Recuerdo el sepelio del mariscal Kapochankov, que era jefe de la
Academia Superior de Guerra. Haba sido general del zar. Al organizarse
el Ejrcito Rojo fu el primer militar zarista que se present. Era un gran
estratego. Sus cenizas se velaron en la Sala de las Columnas de la Casa
de los Sindicatos, a poca distancia de nuestro ho.tel.
A este militar le acompa hasta su ltima morada toda una divisin
del ejrcito, con regimientos de varias armas y algunas bateras de pequeos caones. Mientras las tropas aguardaban en formacin, en la calle,
el momento de la partida del cortejo. mortuorio, acudan a la Plaza Roja
procesiones civiles, de hombres y mujeres, con banderas rojas y retratos
del extinto. Eran los personales de numerosos organismos y oficinas relacionados con el ejrcito.
El pblico, en general, se agolpaba en las esquinas de las calles de
acceso a la plaza, cerradas por cordones policiales que slo dejaban pasar,
por turno, a los grupos organizados y a los regimientos, los cuales llegaban hasta la plaza, evolucionaban y luego se tendan en parada. Se
formaron as dos filas paralelas de soldados desde el muro del Kremln
donde se colocaran las cenizas, hasta la Casa de los Sindicatos, que queda
a ms de medio kilmetro. Por esa calle de guardias pas el cortejo, al
que se incorpor en la plaza, saliendo del Kremlin para encabezado durante
un corto trecho, el propio Stalin.
En alguna de estas ocasiones pude comprobar el espritu de sacrificio
o de obediencia con que acuden a cumplir estos piadosos deberes, los hombres, mujeres y nios de ese pueblo. Bajo lluvias implacables los he visto
concurrir en esas columnas, de a tres o cuatro en fondo, y permanecer en
mitad de la calle o. de la plaza, sin dispersarse para guarecerse bajo las
arcadas cercanas. Sus ropas se empapaban, y para muchos de ellos eran
acaso las nicas que podan ponerse. Pero soportaban el aguacero con
una paciencia en verdad conmovedora. Sin duda haban recibido una
orden y permanecan all cumplindola estrictamente.
El ms impresionante de los sepelios que presenci fu el de Kalinin.
El fallecimiento de este viejo dirigente sovitico, ocurrido el 3 de junio
de 1946, produjo una autntica impresin colectiva de pesar. Era el ms
querido por el hombre medio de la U. R. 'S. S. entre las personalidades que
venan figurando en el escenario poltico.
Haba conservado su fisonoma de sencillo hombre del pueblo, con
una espontnea modestia y un don de simpata personal que llevaba
escritos en los rasgos de su cara, donde la blanca barba puntiaguda colgada del mentn agregaba ingenuidad y ternura de abuelo a la inteligente
expresin del semblante.
Las masas vean en l a uno de los suvos, abstraccin hecha de su
ideologa y de sus actos como colaborador de la primera hora en la empresa de la Revolucin, porque no. perdi nunca, a travs de largos aos
de su figuracin espectable, como presidente simblico de la U. R. S. S.
a los efectos de las relaciones diplomticas, y su presidencia efectiva del
Presidium, su aire de obrero ruso, su sencillez de trabajador inmune a todo
contagio de artificiales estiramientos en el ambiente de las funciones oficiales, donde su persona pareca siempre un llamamiento al recuerdo de los
modestos orgenes.
As me pareci al menos, cuando tuve ocasin de conocerle y de
hablar con l en una de las oficinas modernas del Kremlin, en el marco
de un ceremonial diplomtico de circunstancias. Se libr de la debilidad
por el uniforme, que sin duda padecen muchos diriaentes del Esfado sovitico;
con
.
,y . as como en aquella ocasin vesta una ~mericana neara,
o
un Simpatico aspecto de o.brero endomingado, en los actos pblicos sola
vrsele aparecer -si no haca mucho fro- con su corriente palt de
faena y la caracterstica gorra de visera de los hombres delnueblo.
Tena fama de bondadoso y accesible a los requeri~ientos que para
la favorable solucin de determinados asuntos personales le dirigan millares de postulantes.
Su muerte apen a la muchedumbre. A rendir el ltimo tributo a su
cadver, expuesto en la Sala de las Columnas, acudieron cientos de miles
de hombres y mujeres de todas las edades, siendo sobre todo conmovedor
el homenaje de los ancianos, que en gran nmero venan desde lejanos
lugares a derramar lgrimas ante sus restos, debiendo formar colas inmensas y retornar a sus hogares ya de madrugada.
Aunque ya no actuaba, pues haca pocos meses la enfermedad le
haba obligado a pedir relevo de su cargo de presidente del Presidium del
Soviet Supremo, se le consideraba personaje oficial, y en tal carcter se le
tributaron los mximos honores fnebres.
Vale la pena bosquejar en rpidos trazos la impresionante ceremonia
con que se condujeron sus restos a la ltima morada, un nicho abierto
en la muralla del Kremlin, sobre un costado de la Plaza Roja, tras el
Mausoleo de Lenin.
No deja de prestarse a reflexiones la funeraria pompa y el exuberante
simbolismo de las demostraciones solemnes con que este rgimen, que
vive adscripto a una filosofa gentica de materialismo y de incredulidad
religiosa, entierra a sus muertos. El no necesita smbolos religiosos, ni
sacerdotes de ninguna religin para rodear de imponente majestad y de
tocantes alegoras el ltimo trnsito de sus muertos sobre la tierra. y nada
iguala en aparatosidad a los cortejos que organiza para acompaarlos al
sepulcro. Nada tienen que ver su actitud reverencial ni su hbito de las
colosales manifestaciones funreas, con el culto sistemtico de las religiones que entre rezos y cantos litrgicos confan el muerto al ms all.
Aqu slo se trata de perpetuar lo ms posible entre los vivos el recuerdo
de los que se van y de grabarles bien hondo la sensacin de lo que han
perdido. Pero. en el plano de las ceremonias -naturalmente sin crucesla tradicin local de los sentimientos populares no deja de hacerse presente.
Los entierros de personalidades que haba presenciado en Mosc eran
de cenizas mortales encerradas en una urna. La ms espectacular ceremonia
se realizaba despus de haberse conducido el cadver al-horno crematorio, y
eran sus cenizas las que se velaban en una sala pblica, en un catafalco
que era siempre una montaa de flores, ante la circulacin silenciosa del
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EMILIO FR UGONI
pueblo. De all se las sacaba ponindose la urna sobre unas angarillas,
segn ya lo he relatado.
El cortejo, a lento pasQ, avanzaba entre filas de soldados, y la previa
afluencia de columnas civiles, con banderas rojas, estandartes y retratos
enmarcados de flores, que llegaban a la Plaza Roja de todas direcciones
hasta colmarla, constituan un espectculo grandioso, que las marchas fnebres de las bandas militares subrayaban de solemne tristeza.
Pero las exequias de Kalinin aportaban a esos panoramas funerarios
nuevos espigones de emocin.
Los jefes de misin habamos sido invitados a presenciar el mitin necro.Iuico y la inhumacin de los mortales despojos en la Plaza Roja,
desde"' las gradas de cemento que se extienden prximas al Mausoleo de
Lenin. Y o no pude concurrir por hallarme enfermo, en cama. Pero desde
las ventanas de m cuarto me fu dado ver, tras los cristales, el movimiento y la disposicin de las fuerzas militares; el desfile de las columnas
de ciudadanos y ciudadanas; los inconmensurables cordones policiales marcando el itinerario del sepelio. Y, finalmente, el paso de la lgubre procesin. A la cabeza, hacia un costado, se vea avanzar sobre los hombros
de dos personas, la tapa roja, con un listn horizontal negro, del atad.
En el centro, alineados de a dos en dos, venan los hombres que, sobre
almohadones de terciopelo prpura, llevaban las condecoraciones del extinto. Luego, todo un jardn andante: centenares de coronas de flores
naturales y artificiales portadas a brazo por parejas de cargadores, que
cubran un espacio de mucha.s metros, irradiando en el ambiente claro y
apacible de la tarde su dulce armona de colores vivos.
Y tras ese bosque florecido en marcha, pasaba sobre la curea de
un can, tendido en su sarcfago abierto, mostrando el rostro alargado
po.r la tierna barba de nieve, Mijael Kalinin, recibiendo por ltima vez
en la frente el ancho beso de un cielo imperturbable de junio.
Una vieja tradicin rusa reapareca con esa inolvidable aparicin en
las prcticas mortuorias oficiales de la Unin Sovitica. Kalinin, el hombre
que se haba mantenido por su manera de ser en el ambiente de las isbas
rurales -en cuyo interior, ante un samovar, entre viejos amigos y vestido con la camisa verncula sujetada por un cinturn, nos los mostraba
un grabado periodstico exhumado esos das-, volva al seno de la
tierra con el mismo gesto y la misma postura que las generaciones de sus
padres y de sus abuelos.
CAPiTULO
XXV
LA RELIGION Y LAS IGLESIAS
. . Una viva .curi?sidad por saber cmo el sentimiento religioso y la
actiVIdad de la Iglesia convi.ven con el rgimen sovi~tico, me llev a penetrar en los templos no solo para ver lo que hubiese en ellos de inter~sante desde ~1 puntp. de vista artstico, o para enterarme de las modahdad~s de su ptual, .~m? para pulsar entretanto la existencia de la religin
y su m~l~enc~a ec~esiasttca en el espritu del pueblo.
v.lSltar Iglesias en Mos~ e~, por otra parte, un peregrinaje de arte
que se Impone co:no una o~hgaCIn a_ ~odo espritu culto. Al inters que
ofre~e ge?-eralmen,e su arquitectura, anadese el espectculo sorprendente de
sus mt~nores co.n algo de gruta maravillosa en la que se acumulan fabulosas nquezas.
No todas son en la actualidad deslumbradoras entre las que se hallan
consag:r_adas al cu~to, que no son tampoco muchas, dada la poblacin y
c;x:tens10n de la ~lUdad_ y, sobre todo, en comparacin con las que funCI.o?aban ?ace trnnta anos. Pero hay unas cuantas de ellas, y yo he podido
VISitar mas de una docena, que nos dan una idea acabada de lo que llegaron a ser los templos de la iglesia griega cristiana, comQ concentracin
de verdaderos tesoros y depsitos de fortunas invertidas en obras de arte
Y en objet~s preciosos,. que el tiempo ha valorizado. Son exposiciones,
museo~ de. Iconos, de pmturas murales al fresco o al leo y en tela o made~a, de lamparas vottvas de plata y de oro, de araas de plat'a y bronce
pnmorosamente labradas y cinceladas, de candelabros, de retablos, de
altares, de puertas labradas y pintadas, de soportes y pedestales en que la
plat~ _Y el bronce alternan como materia prima de trabajos finsimos, que
se dm~ de gn<?mo~ de cu~n~os de hadas, ms que flores perdurables de la
maestna y paCiencia de habtles artesanos.
La iglesia griega rivaliza con la catlica romana en esplendor s
bien no alcanza a acumular los valores de arte que atesoran las catedr~les
gticas y los templos de la Roma papal. Suele ser en los templos ortodoxos
un abrumador derroche de esfuerzos artsticos el decorado interno de los
muros, que se cubren enteramente desde los zcalos al bside de las cpulas, de frescos o pinturas al leo. Pero falfan en ellos los vitrales,
que e? l.as iglesias gticas francesas y aun en las barrocas italianas, suelen
c<?nstitmr elementos de belleza y de sugestin esttica, al par que religiOsa, de una verdadera excelsitud. Y tambin se echan de menos las
esculturas, que la tradicin bizantina excluy por completo.
No.r:or e~o dejan de aparecrsenos como materialmente anegados bajo
la magmfrcenCia de los artefactos de luz, de los candelabros, de las lmparas pendientes, de los iconots y de los altares, de los mil objetos del
culto en que la plata y el oro abundan y bajo la inundacin de formas
Y colores que animan con diversa calidad de arte los paos de sus paredes
182
LA EsFINGE RoJA
EMILIO FRUGONI
y las tablas de sus iconos, generalmente vestidos de plata y de finsimos
esmaltes.
Por todos lados conos, la mayor parte con fondo dor;:;:do, pero los
hay de fondo blanco (los ms preciados, los primitivos) y abundan los
de to.no ro.jizo. Las imgenes en mucho.s de ellos aparecen recubiertas por
mantos de plata, a veces dorado.s o tejidos de pequeas cuentas o de perlitas
blancas o negras, y muestran el rostro rodeado de una aureola tambin de
plata namente cincelada.
En todas las iglesias dedicadas al culto se ve una cantidad incalculable de co.nos de todas las pocas y de las diversas escuelas. Algunos
son valiosos por su factura como obras pictricas caractersticas, otros lo
son por la plata o los esmaltes y los mosaicos con que estn adornados,
y asimismo por el paciente y primoroso trabajo de orfebrera que representan.
Hay vrgene