88%(8)88% encontró este documento útil (8 votos) 2K vistas38 páginasEl Idioma de Los Niños (Luciano Lutereau) PDF
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Luciano Lutereau
Elidioma
de los ninos
Lo infantil en nuestra €poca
Letina
textes [undamentales del psicoanalisisLutereau, Luciano
El idioma de los nifios : Lo infantil en nuestra época
~ 1* ed. — Buenos Aires : Letra Viva, 2014
77p.;20x13 cm.
ISBN 978-950-649-550-3
1. Psicoandlisis. I. Titulo
CDD 150.195
© 2014, Letra Viva, Libreria y Editorial
Av. Coronel Diaz 1837, (1425) C. A. de Buenos Aires, Argentina
info@[Link]
© 2014, Luciano Lutereau
llutereau@[Link]
Direccién editorial: LEANDRO SALGADO
Primera edicién: Septiembre de 2014
Queda hecho el depésito que marca la Ley 11.723
Impreso en la Argentina - Printed in Argentina
Queda prohibida, bajo las sanciones que marcan las leyes, la reproduc-
cién total o parcial de esta obra bajo cualquier método de impresién
incluidos la reprografia, la fotocopia y el tratamiento digital, sin previa
autorizacion escrita de los titulares del copyright.
Indice
El idioma.
de los nifos.
Lo infantil en nuestra época ...
Prefacio.
gCémo conversar con un nifio? .. .
El] juego de la ficcibn. ... 2.0.2...
Los cuentos dehadas.........
Cuando los nifios se accidentan?.
El “egoismo” de losnifos .......
Los (malos) hébitos ..........
Los (video) juegos
Ninos sin limites?.........2..
El diagnostico escolar... .
Infancia triste.............
éQuéesunnifio?.........022.
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<“La infancia goza de una oscuridad
que sélo iluminan los actos libres.”
Mikel DufrennePrefacio
El titulo de este libro padece de cierta ironia.
Por un lado, remite al ensayo “El idioma de los
argentinos” (1927) —por el cual Jorge Luis Borges
obtendria en 1929 el Segundo Premio Muni-
cipal-; por otro lado, al mas reciente El idioma de
los lacanianos (1995) de Jorge Banos Orellana.
Tanto por una via, como por la otra, se apunta a
lo mismo: lo infantil es un modo de hablar, y es
a partir de la relacién que el nifio mantiene con
el lenguaje que pueden reconocerse esos modos
de vivir y de ser que llamamos “infancia”.
Los ensayos breves aqui reunidos tienen
una procedencia especifica. La mayoria de ellos
fueron publicados como notas periodisticas en
diferentes medios graficos (Pagina 12, Clarin,
El Litoral) con el formato de articulos de divul-
gacion, que debian responder a cuestiones
concretas y cotidianas. Desde hace algun tiempo
mi interés principal, en la ensefianza del psicoa-
nalisis, radica en el intento de transmitir los
11
5
}
{Luciano LUTEREAU
conceptos mas arduos sin apelar a tecnicismos.
Hoy en dia, considero mas importante el retorno
a la experiencia analitica antes que el esclareci-
miento de obras particulares. Por eso, al redactar
y revisar estas paginas siempre tuve en mente
los esfuerzos de F. Dolto y D. W. Winnicott por
llegar al publico amplio sin concesiones a partir
de sus comunicaciones publicas (para “padres”)
y conversaciones radiales. La rigurosidad no
puede estar en los términos utilizados, sino en
las encrucijadas clinicas delimitadas.
Asimismo, en el conjunto de estos textos se
destacan dos complementos. Los capitulos “Los
cuentos de hadas” y “;Qué es un nino?” fueron
escritos como prélogos para dos libros de Liora
Stavchansky: Los nivios y la literatura infantil y
Bordes de lo infantil, ambos publicados por Letra
Viva. Es a esta autora —y a Alejandra Taboada
Lobato— a quien quisiera agradecer, no solo por
la invitacié6n a presentar sus libros, sino por la
ocasion de dictar un seminario, con el titulo “El
idioma de los nifios”, en el Colegio de Psicoana-
lisis Lacaniano (México), los dias 2 y 3 de octubre
de 2014. Esta circunstancia fue una preciada
prueba de fuego para exponer que las intui-
ciones compiladas en este libro pueden llevar el
tono de la divulgacién sin implicar vulgaridad.
Muchas veces esta ultima se encuentra mas en
los escritos que aparentan academicismo 0 se
esconden detras de una jerga especializada.
12
EL IDIOMA DE LOS NINOS
Para concluir, un ultimo agradecimiento a
Enrique Butti, editor de El Litoral, por la promo-
cién de la seccién “Espacio para el psicoanalisis”
en dicho periddico, donde a través del inter-
cambio con lectores se gest6 la idea de este libro.
Luciano Lutereau
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Como conversar con un nino?
En términos generales, podria decirse que la
infancia es un modo de hablar. Mas alla de cual-
quier precision cronolégica, la posicion infantil se
caracteriza por un modo particular de relacion
con el adulto: la pregunta. Asi lo afirm6 el psicoa-
nalista Jacques Lacan en diferentes ocasiones,
por ejemplo en el seminario Los cuatro conceptos
fundamentales del psicoandlisis (1964):
“Todos los por qué del nifio no surgen de una
avidez por la raz6n de las cosas —m4s bien cons-
tituwyen una puesta a prueba del adulto, un jpor
qué me dices eso? resucitado siempre de lo mas
hondo —que es el enigma del deseo del adulto.”
En efecto, en absoluto se trata de que estas
preguntas se dirijan de modo concreto (en tanto
dichos), sino que el decir tenga la forma de una
inclinacién por el deseo del adulto. Este ultimo
15iota tee (a OE A a Reda Lear
Luciano LUTEREAU
aspecto se verifica en lo dificil que es desdecirse
con un nifio —ellos mismos suelen inquietarse
al respecto: “Pero vos me prometiste...”, esto
es, el decir toma incluso el estatuto de un acto,
como en la promesa—, pero mucho mas en una
situacién que casi todos hemos vivido alguna
vez: encontramos a un nifo en la calle, entu-
siasmado con algun juguete, y nos acercamos,
le tocamos la cabeza y preguntamos: “,Como te
llamas? 3A qué estas jugando?”. Imaginemos por
un momento que alguien se acercara a nosotros
en un viaje en transporte publico, nos tocara
y preguntara: “;Qué estas leyendo?”. Nuestra
respuesta seria seguramente la de un rechazo
radical. Sin embargo, los nifios no rechazan a
los otros, sino que de forma mas 0 menos inme-
diata se instalan en una conversacién animada
~y, de hecho, cuando un nifio es retraido o timido
produce algun tipo de preocupacién—. En ultima
instancia, es a los nifios a quienes se dice “jNo
hables con extrafios!”.
Ahora bien, esta ultima indicacién permite
ubicar una primera forma de responder al
modo de hablar de los nifos. Curiosamente, esta
actitud dista mucho de la del educador. Pienso,
por ejemplo, en el caso de un nifio que, luego de
que le propusiera dejar de jugar por ese dia para
concluir la sesién, me dijera: “Pelotudo”. Frente
a mi sorpresa ante el insulto, él agrego: “Es la
primera vez que digo una mala palabra”. kn
16
EL IDIOMA DE LOS NINOS
este punto, el insulto valia como don 0 regalo a]
analista. Un educador, o bien cualquier figura
adulta que hiciera consistir un saber Propio,
habria reprendido al nino: “Decir malas palabras
no es correcto”. Sin embargo, desde la posicig,
analitica es notable ubicar una primera cond}.
cion para conversar con un nifo, esto es, no
sancionar moralmente los dichos del nino, sing
advertir su referencia al decir.
A partir de lo anterior, pueden ubicarse do,
consideraciones. Por un lado, la posicién gg]
analista en la clinica con nifios implica un,
suerte de suposicién de saber invertida, esto es,
es el nifio quien suele ensefar al adulto aquello
que mas le interesa. Esta cuestion es de part;-
cular importancia, y suele acarrear cierto Alivio,
a la hora de entrever que el analista con Nifios
no necesita ser un especialista en Juegos infan_
tiles ni en series animadas, sino que debe ung
completa atencién a las posiciones subjetivas dg}
nifio, cuyo saber se concentra en lo que Freyg
llamaba “teorias sexuales infantiles”.
Por otro lado, la clinica con nifios no es una
clinica de la divisién subjetiva en el sentido qe
las formaciones del inconsciente. En el caso de
un adulto, la puesta en marcha del tratamient,
consiste en instaurar esa forma de divisiOn entre
lo dicho y el decir, entre lo dicho y aquello que
se quiso decir, que suelve resolverse del mod,
siguiente: “Qué quiere decir este fendmeno?”. y
17Luciano LUTEREAU
asi, desde un lapsus, hasta un suefio, y el sintoma
mismo, quedan interrogados por su sentido,
mientras seria ridiculo esperar que un nifo se
pregunte qué quiso decir... en el momento de -
jugar. En efecto, el juego es la formacion del
inconsciente privilegiada en la infancia, pero
su textura es de otro orden, ya que no interpela
respecto de su sentido e invita menos a un desci-
framiento que a una puesta en acto. Este aspecto
es particularmente relevante a la hora de pensar
las intervenciones en la infancia.
Esta ultima circunstancia implica que la posi- .
cién del analista ante el sintoma en la infancia
no se dirime en una mera consolacién ni, mucho
menos, en una especie de competidor de lo que
los padres ignoran del padecimiento de su hijo.
Un analista no ensefia a ser mejores padres.
En todo caso, puede colaborar para que estos
puedan tener una relacién menos sufriente con
la respuesta sintomatica de sus hijos.
Justamente, suele ocurrir que sean los nifos
quienes puedan interpelar a sus progenitores. No
pocas veces en el tratamiento de adultos suele
ocurrir que los mejores interpretadores sean los
hijos. Después de todo, desde la Antigtiedad es
sabido que los nifios y los locos son quienes dicen
la verdad...
Por ultimo, si a través del juego un analista
soporta ser el interlocutor de un nino, desti-
tuido de saber, dejandose ensefiar, en desmedro
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B
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EL IDIOMA DE LOS NINOS
de imponer una autoridad impostada, es posible
que el padecimiento se oriente en una direccién
saludable. En definitiva, no hay posicién menos
sufriente para un nifio que la de no tener con
quien hablar.
19El juego de la ficcién
El juego nunca es lo que parece. Al menos, hay
cierto aspecto del juego que desafia la intuicién.
Por lo general, cuando creemos —cuando se nos
presenta como evidente— que un nifio juega, ahi
no esta pasando gran cosa. Y, por el contrario, es
en ciertos margenes casi imperceptibles donde
cobra mayor relevancia la actividad lidica.
Podria ilustrar esta cuestién con una breve
anécdota personal. Tengo un vecino de alrededor
de nueve anos que suele jugar en la terraza de
su casa, sobre un techo que tiene vista al living
de la mia. Hace un tiempo, mientras me prepa-
raba para salir y me peinaba frente al espejo,
iniclamos una conversacion:
—i Qué estas haciendo?
~—Me estoy peinando.
—Ay, jqué coqueto!
—Bueno, cada uno tiene lo suyo.
21LUCIANO LUTEREAU
—{Por qué no te rapas?
—Me gusta usar el pelo largo.
—jQué coqueto!
_Es cierto, cuando sea mds grande ya se me >
va a pasar.
Después de este breve intercambio, mi vecino
volvié a entretenerse con la rama de un Arbol en
la terraza de su casa.
Nuestro encuentro fue un claro ejemplo de
lo que llamaria “secuencia lidica”. En primer
lugar, porque el juego implica una actividad
que pone en cuestién el ser de los participantes.
Esto es algo que puede notarse en la curiosidad
que motiva las preguntas surgidas; a partir
de ese momento, estamos dispuestos a que no
sea evidente quienes somos, sino que es mucho
mas importante interrogarnos en lo mas nimio
y trivial (por ejemplo, el pelo). Llamaria a esta
condicion el “rechazo del ser” de los ninos. En
efecto, no hay injuria mds dolorosa en la infancia
que quedar fijado en un ser especifico —“el que lo
dice lo es”, suelen decir— sin interesar tanto de
qué se trate como del hecho de serlo. Esta misma
puesta entre paréntesis del ser puede compro-
barse en las preguntas del “por qué” infantil,
donde no se trata tanto de una inquietud epis-
témica como de interrogar quién cree que es
aquella persona que habla.
Este modo de relacion (con el ser) que implica
el juego lleva a una segunda consideracion: Sl
22 -
FESR RE TR RN Tear
EL IDIOMA DE LOS NINOS
no se trata del ser, es porque en la experiencia
lidica vale mas hacerse. He aqui un aspecto del
que suelen quejarse los padres: “se hace el tonto”,
“melo hace a proposito”, etc. En ultima instancia,
estos reproches parentales indican un prejuicio
habitual, la confusién del fingimiento infantil
con la mentira. Los primeros juegos (hacerse
el dormido, el distraido, etc.) siempre apuntan
a comprobar que el adulto no sabe tanto como
podria creerse. La ficcién no es el engafio, y es
un error rebajar el goce de la simulacién —que
_ tanto fascina a los nifos—a una actitud taimada.
. En todo caso, cabria preguntarse mejor por qué
los adultos tienen tantos pruritos para dejarse
capturar por el mimetismo que tanto divierte
a los nifios, al punto de sancionarlo con una
condena moral.
Estos aspectos son notorios en la secuencia
presentada. Cuando mi vecino pregunta qué
estoy haciendo, me invita a suponer que estoy
haciendo algo mas que peinarme frente al espejo;
incluso se burla un poco de mi, al espetarme
clerta “coqueteria”, pero antes que un agravio
en sus dichos insiste algo que no se dice: he aqui
el motivo de su “por qué”, donde la pregunta por
la causa habla mas de él que de mi. Después de
todo, es él quien lleva el pelo rapado, debido a
las veces que contrajo piojos —y hasta lo pude oir
correr algunas veces para esconderse y no ir a
peluqueria—. Por cierto, podria haberle respon-
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5
a
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A
4
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Luciano LUTEREAU
dido: “Cuando vos seas grande, hacé con tu pelo
lo que te plazca”; sin embargo, los nifios no estan
dispuestos a este tipo de atribucién yoica. El “yo”
siempre pone en cortocircuito la capacidad de
jugar —en el caso de los adultos, hasta produce
agresividad que se nos interpele de ese modo-.
En la secuencia, en cambio, aunque hablo de mi
le estoy hablando a él. Yo (mi “yo”) no soy mas
que una excusa para continuar con su juego.
{Qué le estoy diciendo? jVaya uno a saber! jQué
importa! jNuestro juego no es mas que la parodia
de una conversacién! No obstante, eso no le quita
seriedad.
A partir de lo anterior, pueden concluirse
algunas observaciones en torno a la ficcidn en
la infancia. Por un lado, la ficcién instaura un
mundo de irrealidad. Lo “irreal” no debe ser
entendido como “no real”, sino como un comple-
tamiento de lo real a través de zonas donde lo
que es puede ser puesto en suspenso, por ejemplo,
en vistas del disfrute estético o el aprendizaje.
Por otro lado, una segunda acepcion de lo ficticio
remite al fingir y el goce de la simulacion, que
permite reconocer el juego mas alla de la diver-
sién y el entretenimiento. Por ultimo, la ficcién
también indica una fijeza, la de aquello que mas
preocupa a un nifio y que sélo puede compartir
con alguien si éste esta dispuesto a dejarse
enganar. |
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5 BNE DGS RRR RT pg ih POEM
Los cuentos de hadas
La Infancia es un territorio en el que ocurren
cosas. Sin embargo, estos eventos no tienen la
estructura causal que encontramos en nuestro
mundo cotidiano. La ley de determinacion de los
fenémenos, su articulacién en términos de causa
y efecto, es un aspecto propio de la vida entre
adultos. Por eso la infancia no es un mundo. sino
mas bien pn compas de suspensi6n. :
ntre la cau ino i
duce una hiancia, {Como len olan ado?"
duce yo al mundo?
éDénde queda el cielo?”, “Falta mucho para
llegar?”, etc. En cierta ocasién —recuerdo— una
sobrina me pregunto respecto de mi esposa:
Ella es lamamé de Joaquin?”. “Si” le respond:
a lo cual agreg6: “;Por qué?”.
Cualquiera que haya estado del otro lado
frente a estas preguntas sabe que no hay
respuesta posible para satisfacer al nifio que se
Proponga en funcién de establecer una relacién
20LuciANo LUTEREAU
de determinacién. Siempre se estara hablando de
otra cosa. La infancia es Ofra cosa. Con los‘nifios,
inmediatamente corroboramos la distancia entre
lo que pensamos y lo que decimos, entre lo que
queremos decir y lo que dijimos, entre lo que
hemos dicho y lo que se entendio, etc.
La infancia es esa distancia. Un territorio.
He aqui el hueco en que “algo” puede ocurrir.
“Algo”, gqué? {Quien sabe? Los psicélogos evolu-
tivos acostumbraban a llamar “animismo”
_vinculdndolo con la mentalidad de sociedades
llamadas “primitivas’— a este modo de proceder.
Sin embargo, en lo fundamental esta designa-
cién no es del todo precisa: el encantamiento del
mundo en que consiste la infancia no consiste
sélo en dotar de magia y vida —la magia de la
vida misma— a aquello que pareciera no tenerlo,
sino que lo encontramos en un modo de relacio-
narse con las palabras y el lenguaje.
En ultima instancia, la infancia es un modo de
hablar. Un tiempo atrés una nina me hablaba de
una actriz que yo no conocia. Le pregunté en qué
pelicula habia trabaj ado. Frente a mi desconoci-
miento, ella pregunto: “zNo viste Harry Potter?
‘No tuviste infancia!”. En efecto, yo no tuve
infancia. Dicho de otro modo, la infancia no es
algo que se tiene, aunque si se la puede perder
(como la inocencia); en todo caso, la infancia
siempre se tiene en pasado, pero en un tiempo
pretérito que nunca ocurri6.
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EL IDIOMA DE LOS NINOS
‘No tuviste infancia”, un reproche bastante
habitual —y no sélo entre los nifios—, remite a algo
diferente que una edad cronolégica. Asimismo
“No tuviste infancia” no es lo mismo que decir
“No fuiste nifio”; porque, por cierto, son cada
vez mas hoy en dia los nifios sin infancia, que
dilapidan la posibilidad de jugar a expensas del
aburrimiento y el afan de estar entretenidos
cuando no tienen que salir a trabajar y lidiar
- con un mundo que solo evita expulsarlos a condi-
cién someterlos.
La etimologia de esta tltima palabra lo indica:
infans es el que no habla... pero, {no querra eso
decir que es quien no habla... como los adultos?
No tuviste infancia”, en el caso de esta nifa
?
es decir otra cosa, algo diferente a la indica-
cién de un pufiado de ajios. Pero, {qué es lo que
dice? jImposible saberlo! Aunque sea total-
mente cierto, porque también es un saber sobre
lo imposible. “No tuviste infancia” podria ser un
equivalente a “Con vos no se puede hablar, no
te das cuenta de que no importa ver una peli-
cula para que podamos hablar, sélo los adultos
tienen que estar seguros de lo que dicen y nece-
sitan verificar sus dichos”, o bien “;Por qué me
hacés explicarte lo que quiere decir lo que digo?
jParecés mi mamé o un profesor!”. En cualquier
caso, u otro posible, se trataria de una rectifica-
cion del Otro, porque —en definitiva— se estaria
tratando de una rectificacién de esa Otra cosa.
27Luciano LUTEREAU
La infancia radica en el acontecimiento de
Otra cosa. Esto es algo que se comprueba en
la actitud corriente de los nifios ante las histo-
rias que les contamos. ““¥ qué paso después?”,
“Qué mas?”, nos preguntan, como Si la formula
“Colorin, colorado, este cuento se ha terminado”
(o la promesa de felicidad en el futuro) fuera mas
una clausula para que los adultos detengan ese
poder de alteridad que caracteriza a los nifios
que un verdadero interés de estos ultimos.
Por lo demas, esta dimension de la Otra cosa,
esta inquietante inminencia —este “compas de
suspensién”— en que transcurre la infancia,
también se aprecia en el sintoma fundamental
de los nifios: el miedo. La estructura del miedo
se resume en la frase: “Algo va a pasar”, y las
diversas respuestas, los diversos miedos que
cada nifio puede tener son una forma de inter-
pretar esa estructura sintomatica fundamental.
“] caballo me va a morder”, “el lobo me va a
comer”, etc., son maneras de ilustrar que lo
monstruoso esta siempre en el corazén de las
historias que atrapan a los ninos.
Los llamados “cuentos de hadas” no son un
tipo especifico de literatura 6 un género. En
muchos casos, ni siquiera incluyen hadas como
personajes, sino que son una forma particular
de narracion. En el libro célebre de B. Bettel-
heim sobre el tema —cuyo titulo original es “Los
usos del encantamiento”, publicado en 1976—
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PEPER TNE NE. Sag eR RT Foe EE
EL IDIOMA DE LOS NINOS
se reflejan de modo preciso los conflictos que
los cuentos de hadas implican para que el nifio
pueda proyectarse y, segun sus ingquietudes
crecer. Cada uno de estos cuentos, el interés que
por ellos se tenga, habla mas de cada nifio que
del cuento. Por eso, no hay estética de los cuentos
de hadas que no sea un estudio de las formas del
sujeto que promueven. Como bien nos recuerda
J. L. Borges, la literatura infantil es literatura
sin mas, porque el modo en que usan los nifios
el lenguaje es lo propio de la literatura cuando
ue resiste a ser una simple comunicacion 0 un mero
~ intercambio de informacion.
. He aqui diversas figuras para cernir esa
dimension de la Otra cosa que alienta en el terri-
_ torio de la infancia; al igual que en el andlisis
del suefio, esa Otra cosa suele encontrar algun
- punto de figuracion: el “Hombre la bolsa” -o,
en su clasica versién freudiana, el “Hombre de
arena”. La “bolsa” indica esa distancia, ese mds
alla lindante que, en otras circunstancias, se
ubica debajo de la cama o en algun otro lugar
(la vereda de enfrente, un jardin del fondo, etc.)
La literatura infantil delimita espacios para
ese territorio cuyos acontecimientos estan fuera
del tiempo, en una tierra de Nunca jamds, en el
compds pausado del “Erase una vez”.
4
29|
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p
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E
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E
,Cuando los ninos se
accidentan?
Es un lugar comtin —incluso entre profesio-
nales—afirmar que los nifios que se caen, golpean
o lastiman con cierta frecuencia requieren limites.
Noes mi interés sostener lo contrario, sino indicar
que se trata de una afirmacién cuya verdad es
parcial y que supone mas de lo que explica.
Por un lado, quienes suelen realizar esta
interpretacién de los accidentes infantiles se
refieren, por lo general, a la “torpeza” de los nifios.
Estamos hablando de nijios que “rebotan”, “viven
con chichones” o también se han realizado cortes
profundos sin darse cuenta del dafio sufrido.
Asi, es que suele ser un adulto quien advierta
la circunstancia y se acerque a preguntar: “i; Qué
te pas6 ahi?”.
Esta coyuntura permite apreciar una primera
vertiente para pensar los accidentes en los ninos;
me refiero a los casos en que estos no regis-
tran el dolor, es decir, la vivencia de situaciones
31LuclaNo LUTEREAU
penosas no imprime un compas de espera en sus
actividades. Porque el dolor no es una sensacioén
objetiva, sino un factor variable en las diferentes
personas —Y, en particular, en los ninos— relacio-
nado con el tiempo: el dolor implica un momento
de recogimiento en que reflexivamente volvemos
sobre nosotros mismos para pensar nuestros
actos. De ahi que lo que se encuentra danado en
este tipo de nifios es mucho mas que la imagen
corporal o el calculo de las distancias al moverse.
Estos aspectos, en realidad, dependen de uno
mucho mas importante, que es la capacidad
simbélica en sus origenes (que permite distin-
guir el tiempo para cada cosa).
Por eso, frente a estos nifios es importante
no culpabilizarlos (o bien intentar que acusen
recibo de las consecuencias de lo que hacen
a través de reproches u otras medidas mas o
menos punitorias), sino invitarlos a detenerse
por un momento, introducir la importancia de
la pausa. Un nifio no empieza a pensar si antes
no aprendié a descansar; y uno de los prejuicios
més corrientes en nuestros dias es considerar
que estos habitos son instintivos o naturales.
Por esta via, entonces, este tipo de accidentes se
explica por cuestiones relativas a los cuidados
tempranos, vinculados principalmente con el
uso del tiempo.
Sin embargo, éste no es el tinico tipo de acci-
dente que encontramos en los nifios. Fn muchas
32
3
:
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:
speaggrnite
gene
‘eee Anarene a Rae
EL IDIOMA DE LOS NINOS
otras circunstancias también es frecuente que los
padres inmediatamente queden anoticiados por
el grito o llanto del nino; y, en particular, noten
que el accidente se produce en algin momento
“oportuno”, sea cuando aquellos estan por salir
o bien al dar alguna indicacién que propone una
distancia con ese nifio. Se trata de esos casos que
podriamos resumir del modo siguiente: ninos a
los que no se les puede quitar la mirada, porque
si eso ocurre... algo pasa.
En estas situaciones, los padres sienten que
~ los accidentes les estan “dirigidos”, en ocasiones
hasta pueden anticiparlos (pero una vez ya
ie ocurridos: “Sabia que esto iba a pasar”); y este
ee sentimiento singular es el que permite expli-
carlos. Antes que una dificultad con el tiempo,
- podriamos decir —con un juego de palabras— que
son nifios que les han tomado el tiempo a sus
padres. Sin embargo, no es cuestién de suponer
una mala voluntad 0 capricho en estos nifios, sino
la expresién dramatica de un dolor que no pueden
manifestar mas que llamando la atenci6n.
Lamentablemente, en casos como estos
Ultimos no puede ofrecerse una consigna tera-
péutica que permita orientar a los padres de
antemano, ya que en cada caso seria necesario
detenerse a pensar las coordenadas familiares
de este sintoma.
En resumidas cuentas, es importante destacar
que los limites que puede buscar un nifio cuando
33Luctano LUTEREAU
se accidenta no tienen que ver con la imposicién
de conductas rigidas o reprensiones. No es cues-
tin de flexibilidad o falta de reglas. La situacién
es mas compleja, en cualquiera de los dos tipos
de casos que hemos presentado en estas lineas,
donde hemos demostrado, en principio, que los
accidentes no son algo univoco.
34
SELLS PRT et STE TES _ esearch ee
ie
*
Se TR
El “egoismo” de los ninos
En su novela El mapa y el territorio (Premio
~ Goncourt 2010), Michel Houellebecq se refiere a
_. losnifios ymenciona “su egoismo natural y siste-
-_. matico, su desconocimiento original de la ley, su
-- inmoralidad absoluta que obliga a una educa-
~ cién agotadora y casi siempre infructuosa”. En
~ cierto sentido, su diagnéstico es convergente con
el del psicoandlisis freudiano en varios aspectos.
Veamoslo.
Por un lado, la “inmoralidad” de los nifios
~como también destacara el autor de Tres
ensayos de teoria sexual (1905)— radica en
su capacidad para transgredir el pudor y la
vergiienza. Por eso Freud nombraba al nino
como un “perverso polimorfo”. La infancia
es ese momento de la vida en que la sancién
moral de nuestra conducta es vivida de manera
extrafa. Sélo cdén el tiempo es que notamos
que la mirada de los demds —al punto de que
llegamos a pensarnos a nosotros mismos desde
35LucIANO LUTEREAU
esa mirada ajena— comienza a condicionar
nuestra forma de vivir. La adultez comienza con
esa capacidad para estar fuera de uno mismo
que llamamos “hacer caso” o “cumplir”.
Por otro lado, es en este ultimo sentido que
puede considerarse en los nifios una actitud que,
por definicion, seria transgresora. Sin embargo,
este desconocimiento de la ley no quiere decir
que estén al margen de la misma. No es que
los nifios no la conozcan, sino que no “cumplen”
con ella. En todo nifio campea el interés por
mostrarnos como se hacen las cosas. Ellos insti-
tuyen su propia legalidad. Los adultos tenemos
la costumbre de denominar este rasgo con el
término “capricho”. Sin embargo, eso no hace mas
que denotar la profunda incomprension desde la
cual atendemos a lo infantil, el prejuicio adapta-
tivo con que escuchamos a los ninos.
En ultima instancia, es el primer rasgo
mencionado en la referencia anterior, el egoismo,
el que permite esclarecer los otros dos (la inmora-
lidad y la trasgresi6n) y, esta vez, hacerlo desde
un punto de vista positivo. Kn su articulo “Intro-
duccion del narcisismo” (1914), Freud se referia
a esta particular coordenada de la vida psiquica
infantil con las siguientes palabras:
« wna sobrestimacion del poder de sus deseos
y de sus actos psiquicos, la ‘omnipotencia de los
pensamientos’, una fe en la virtud ensalmadora
36
ANE EE TE NEEM Re MEE I Be TURE MET aE a)
Soa ee
pei cacy ETT ie en eames
EL IDIOMA DE LOS NINOS
de las palabras y una técnica dirigida al mundo
exterior, la ‘magia’...”
En cierta medida, la descripcién freudiana
retoma puntos semejantes a los indicados por
Houellebecq. A decir verdad, el inventor del
psicoanalisis fue quiza el primero en insistir en
que educar es una tarea imposible —tal como lo
dice en su libro El malestar en la cultura (1930).
Sin embargo, no se trata de extraer de esta
circunstancia una conclusion pesimista 0 apoca-
liptica. En todo caso, la cuestion radica en cernir
-.- elalcance del narcisismo en la infancia a partir
2 de sus modos de manifestaci6n; en primer lugar,
- para no tildar de “egoista” cualquier conducta
que no se adapte a nuestras expectativas; en
_ segundo lugar, para ubicar las condiciones en
~ que es posible el didlogo con un nifo (especial-
_ mente, para que la conversaci6n no sea una mera
_instancia de reconocimiento temeroso de la auto-
ridad del adulto).
Por lo general, los adultos suelen hablar con
los nifios como si estos tuvieran una capacidad
menor a la que realmente poseen. No me refiero
solamente a que imposten la voz o afecten la
gestualidad; incluso en los casos mas atentos
puede notarse que siempre se presupone que
el nifio no sabe: “;Sabés cémo hacer X (lavarse
los dientes, ordenar la cama, etc.)? Dejame que
yo te muestro”. He aqui otro aspecto singular:
37Luciano LUTEREAU
los adultos acostumbramos asumir una actitud
mostrativa frente a los nifios, olvidando el peso
que, para ellos, tiene la palabra. En la descripcién
presentada por Freud, el valor de esta ultima se
expone casi en términos religiosos (“fe”, “virtud
ensalmadora” —al estilo de “Una palabra tuya
bastard para sanarme”—). En eso consiste la
magia —y no en imaginar cosas que contravienen
el sentido comun-; por lo tanto, el egoismo de los
nifios muchas veces es el efecto refractario ante
el uso instrumental que los adultos hacemos de
la palabra (dar 6rdenes, formular pedidos, etc.).
En otras ocasiones, los “caprichos” no son mas
que lo que obtenemos cuando hablamos con
un nifio como si fuera una mascota que espera
indicaciones. Todo nifo quiere que se le hable
en serio, en eso consiste lo infantil; de ahi que
muchas veces nos devuelvan nuestro mensaje
invertido, cuando ellos mismos comienzan a
preguntarnos “{Sabias qué habia en el zool6-
gico hoy?”, “jSabias que se me cayo un diente?”,
etc. Por esta via, en el timido cambio del tiempo
verbal (del “sabés” al “sabias”), nos destituyen
de esa presuncién de conocimiento que caracte-
riza al mundo del adulto.
Sin embargo, de un modo u otro, hay un hecho
fundamental que se desprende de lo anterior:
para los nifios el mundo esta estructurado en
torno al saber. En ese aspecto los adultos no
estamos del todo equivocados, asi como en todo
38
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EL IDIOMA DE LOS NINOS
error hay algo de verdad: el idioma de los nifios
se habla seguin lo que puede aprenderse, lo que
puede hacerse y quién lo permite (0 lo prohibe),
lo que puede perderse (y ser recuperado). In
definitiva, este idioma interroga posibilidades.
La curiosidad infantil —su interés en el saber—
apunta mds a conocer cémo funcionan las cosas
que a pensar si estan bien 0 mal.
Asimismo, como Ultimo punto, cabe destacar
lo que podria llamarse un “narcisismo del deseo”
en la infancia. Esta observacién también se
encuentra en la referencia de Freud cuando
- habla de una “sobrestimacién del poder del
deseo”. La primera forma de este ultimo, en los
_ nifios, se basa en el apoderamiento. Querer algo,
_. para un nifio, es querer hacerlo propio. De este
modo, el deseo es posesion. Que esta actitud
esta destinada al fracaso no sdlo se observa en
que la vida con otros implica cierto margen de
~renuncia —en efecto, lo primero que se aprende
en un jardin de infantes (cuando no hay otros
hermanos en casa) es “a compartir”—, sino en la
metamorfosis que el deseo experimenta cuando
empieza ser vivido en funcién de los demas.
Después de aprender a compartir, lo segundo
que aprendemos es que queremos lo que el otro
desea y, en otras oportunidades, que queremos
desear junto con él.
Esta consideracién es central, para no recaer
en la idea —algo vulgar— de que es preciso frus-
39Luciano LUTEREAU
trar a los ninos para que crezcan —en lo cual, a
veces, puede notarse una proyeccién sadica de los
educadores—, como si la realidad misma no fuese
frustrante; cuando, a decir verdad, el auténtico
desarrollo infantil consiste en asumir nuevas
formas de desear. Un deseo reducido a la pose-
sién, por si mismo lleva al desenganio, mientras
que la posibilidad de tentarse, de asumir vias
novedosas de desear con otros, a partir de los
demas, es el destino fundamental de la infancia.
40
i
i
Los (malos) habitos
La infancia es un momento de constituci6n
-. de habitos. Es cuando somos nifios que apren-
os demos las cosas mas importantes de la vida.
.Y, por cierto, es a través del juego que nuestra
_-. costumbre se organiza. Esta relacién entre los
_- habitos y el juego es algo que ha destacado el
_. filésofo W. Benjamin —en su ensayo “Juguetes y
~ Juego” (1928)— en los siguientes términos:
“El juego, y ninguna otra cosa, es la partera de
todo habito. Comer, dormir, vestirse, lavarse,
tienen que inculcarse al pequefio en forma
de juego, con versitos que marcan el ritmo. El
habito entra en la vida como juego; en él, aun
en sus formas mas rigidas, perdura una pizca
de juego hasta el final.”
A partir de esta observacién, puede pensarse en
el modo en que —por lo general— un nifio se inicia
en las primeras comidas (por ejemplo, a través
4]sea ay Te inte S Sante th aE SATA
OA. ESSE
Luciano LUTEREAU
del juego del avioncito); o incluso podriamos notar
cémo una actividad que considerariamos instin-
tiva, como el dormir, requiere también de que sea
ensenada. Sin duda un nino se cansa, 0 bien tiene
suefio, pero el dormir es un habito que, muchas
veces, requiere que sea el adulto quien lo intro-
duzca (para el caso, a través de bajar las luces de
la casa, disminuir las voces y los sonidos, preparar
la habitacion, etc.). Por ultimo, lo interesante en el
comentario de Benjamin es que esa iniciacién se
realice a través del juego entendido como ritmo,
como forma de organizacién temporal. He aqui
el sentido de por qué el mundo de los ninos esta
envuelto con canciones y, practicamente, el tiempo
de la infancia sea profundamente musical.
Ahora bien, jqué ha pasado en los ultimos
afios, cuando nos encontramos con que muchas
veces se nos consulta —a los psicoanalistas— por
los malos habitos de los nifios? En términos gene-
rales, cuando se habla de “malos habitos”, suele
hablarse en realidad de la falta ellos. Asi, los
padres que consultan nos confian que no saben
como hacer para que su hijo se siente a la mesa,
o bien para que se bafie, etc. Se trata de un hecho
curioso, en funcién del cual me pregunté con
frecuencia: “{Qué podria decirle un psicoanalista
aun padre respecto de la situacion de que su hijo
no cumpla con las pautas mfnimas de convivencia
en un hogar?”. En efecto, la mayor parte de las
veces consideré que no se trataba de un sintoma
42
OTT SET
EL IDIOMA DE LOS NINOS
del nifio, sino de un aspecto de la relacién con —
los padres y de la posicion de estos Ultimos. En
estos dias, en suficientes casos suelo corroborar la
actitud de padres destituidos de su funcidén antes
que de nifios ingobernables. En cierta ocasi6n, por
ejemplo, recuerdo que una madre me dijo, con
cierto aire de broma: “Es increible cémo se porta
con vos, Zno querés venirte a casa unos dias?”, a lo
que respondi con seriedad (especialmente porque
me interesaba que escuchara el significado de su
- inquietud): “;De veras usted preferiria que yo me
- ocupe de la crianza de su hijo?”.
Dicho de otro modo, el sentido latente de la
_. denuncia de la falta de habitos en los nifos remite
~ anuestro “modo habitual” de relacionarnos con
ellos. Qué tiempo dedicamos a compartir expe-
oe riencias con nuestros hijos? De acuerdo con los
_ términos de Benjamin, jcuantas veces abando-
- namos la libertad de aprender jugando, al pedir
que el nifio realice nuestros deseos como por arte
_ de magia? Pedimos a los nifios que se adapten
a nuestro cansancio, a nuestra demanda de que
‘se dejen alimentar de manera prolija y orde-
nada, que se bafien sin rodeos; en definitiva,
esperamos que realicen de manera eficiente las
mas diversas actividades, cuando el mundo de
la infancia avanza en sentido contrario al de la
utilidad y la ganancia de tiempo.
En resumidas cuentas, dirfa que si la mayoria
de las veces los nifios no se incluyen en el uso
43LUCIANO LUTEREAU
habitual del tiempo, es porque antes no los hemos
invitado a incluirse en este aspecto de la vida
cotidiana. Recuerdo el caso de una mujer que
me contara una situacion ilustrativa con su hiya,
refractaria a los tiempos de la mesa, a la que le
pregunté: “;Usted cocina con su hija, 0 prepara
rapido la comida y luego espera que ella venga y
coma?”. Muchas veces creemos que tenemos que
hacer todo rapido —como cuando estamos en el
trabajo, como Si vivir en familia fuera un trabajo
mas-, y pensamos que el Juego de los nifios es algo
que ellos hacen por su cuenta, que deban dejar a
un lado para venir a encontrarse con los adultos.
En otra ocasion, un padre me contaba que
su hijo no aceptaba dormirse a la hora en que lo
enviaban ala cama. Mientras hacia el relato dela
cuestién, chequeaba algo en su celular; entonces,
le pregunté: “Y, ustedes, gqué hacen cuando lo
acuestan?”. En efecto, era muy dificil que el
nifo se durmiese si esperaban que lo hiciera sin
atender a que inicialmente se trata de dormirse
con él, acompafiarlo a ese estado de pesadez que
es la duermevela y la entrada en el suefio. Este
mismo nino, en otra oportunidad, le habia dicho
a su padre —que lo enviaba a jugar mientras él se
ocupaba de cortar el pasto—: “Lo que pasa es que
vos no querés compartir”. ;Cuan apropiado este
diagnostico! Por lo demas, desde muy temprano
sabemos que el primer Juego que se aprende en el
jardin de infantes es el de prestar lo propio.
44 ~-
EL IDIOMA DE LOS NINOS
Para concluir, entonces, una Ultima reflexion
sobre el juego: mucho antes de estar preparado
neurologicamente, incluso de decir una palabra,
el ser humano se dispone al juego. Esta capa-
cidad es la que lo diferencia de los animales.
Estos ultimos, a decir verdad, no juegan. El gato
que corre detras de un ovillo, repetird de modo
constante ese reflejo innato. El perro que busca
un palo a la distancia, despliega una forma elabo-
rada y timida del instinto de persecucidn. Sin
: embargo, jamas veremos a un animal jugar a
Le esconder algo; sin duda, los animales esconden
- objetos, pero no juegan a hacerlo, por el mero
_ placer de volver a encontrarlos. En el caso de
un nino, todos los primeros juegos consisten
» enel arte de manifestar la alternancia entre lo
‘s que aparece y desaparece (la sabanita, la propia
_.~- cara entre las manos, la escondida, el juego del
a _ paquete, la busqueda del tesoro, el veo-veo, etc.).
--.. Con eso que se esconde, se pone entre parén-
_ tesis nuestra vida utilitaria, para que el tnico
tiempo que importe sea el de la complicidad de
la busqueda. En ultima instancia, todo habito
nace en la complicidad del juego; y este ultimo
proviene de la capacidad que el adulto tenga de
imprimirle un ritmo distinto al ajetreo cotidiano.
Adquirir habitos no es coleccionar destrezas
—un perfeccionamiento adaptativo— sino un
aprendizaje de los tiempos que los otros han
compartido con nosotros.
45sgn iret aria Miilinnatieh atin
Los (video) Juegos
En cierta ocasién un nifio llegé a mi consul-
-. torio con un nuevo videojuego. “;De qué trata?”,
Je pregunté. “De sobrevivir, Luciano, como la
-. vida real”, me respondié. Con cierta regularidad
nos preguntamos si los nifios pueden (o deben)
jugar a tal o cual videojuego. Para un psicoana-
lista de nifios esta pregunta es el pan de cada
dia. No obstante, no es un aspecto sobre el cual
el psicoandlisis pueda decir demasiado, no mas
de lo que ya han dicho Platén o Aristoteles.
E] argumento que suele presentarse, desde la
perspectiva de quienes nos consultan (padres,
maestros, etc.), hace hincapié en la violencia
que se pone de manifiesto en dichos juegos.
Juegos en los que se dispara, se mata, se roba,
etc. El temor explicito es que los nifios aprendan
conductas inmorales, que se apresten para vivir
en una sociedad sin limites y sean antisociales en
potencia. Sin embargo, el verdadero interrogante
AT: .
LucIANo LUTEREAU
que se plantea apunta a otra cuestién, radica en
el alcance de la ficcién: {por qué un nino imitaria
sin condiciones aquella clase de juegos? {Acaso
eso no implicaria suponer que la frontera entre
el juego y la realidad es fragil y quebradiza?
Estas dos preguntas no son novedosas. Estan
directamente formuladas en la Republica de
Platén y en la Poética de Aristételes. Mientras
que para el primero la Polis debia excluir a los
poetas, dado que no ensefiaban modelos de virtud
a los jovenes —piénsese que, en ese entonces, los
expulsados eran Homero y los tragicos (es decir,
aquellos que hoy mds quisiéramos que nuestros
nifios lean)-, para el segundo la ficcién permitia
la recuperacién de un goce estético inofen-
sivo, con cierto valor de purificacién del alma.
Respecto de la importancia de la imitacion en la
infancia, Aristételes decia lo siguiente:
“La imitaci6n es connatural para los hombres
desde la infancia y precisamente en esto
consiste una de las ventajas de los hombres
sobre los demas animales, pues los hombres son
los mas capaces de imitar y aprender por imita-
cién. Ademas, es natural que todos disfruten
* con las obras de imitacién.”
Dicho de otro modo, el debate que pareciera
estar implicito en las preguntas anteriormente
formuladas no tiene que ver tanto con los tipos
de juegos (y sus temas) como con el modo en
48 .
EL IDIOMA DE LOS NINOS
que entendamos lo que un nino hace al jugar.
Asimismo, una primera conclusi6n que podria
sacarse de esta disquisicién sobre la filosofia
antigua es que, al jugar, los nifos aprenden.
Pero, {qué “aprenden” los nifios al jugar si la
cuesti6n no pareciera vincularse con el conte-
nido del juego (si es de mufiecas o de autos, de
amor o de guerra, etc.)? Para responder a esta
pregunta si es preciso realizar un rodeo por lo
que el psicoandlisis puede decir acerca del juego.
En primer lugar, el juego podria delimitarse
por oposicion a la practica utilitaria. En la vida
cotidiana, nuestros actos estan coordinados en
funcién de fines, definidos por las metas a que
llevan, mientras que el juego es lo inttil por si
mismo: no se juega m4s que para jugar. Al mismo
tiempo, la experiencia ludica implica una discon-
tinuidad con el mundo del dia a dia; siempre es
preciso resguardarse un poco para jugar, esto
es algo que los nifios se ocupan de cuidar con
esmero. Por ultimo, una tercera nota distintiva
del juego es el tiempo en que acontece, dado
que la discontinuidad anterior requiere de un
segundo momento que la inscriba como tal. Dicho
de otro modo, el juego invita al testimonio. Esto
es algo evidente en los nifios, cuando después de
jugar —en el encuentro con un adulto— rapida-
mente buscan dar cuenta de lo que han hecho
cuando jugaban. “Hoy jugamos a...”, suele’ser lo
primero que dicen los nifios a sus padres cuando
49LuciaNo LUTEREAU
salen del consultorio. Esta necesidad del testi-
monio es un aspecto fundamental, en la medida
en que le da al juego su estatuto temporal: el
juego se construye como una memoria —esto es lo
que los psicoanalistas llamamos “inconsciente”—;
slo habra sujeto del juego una vez que éste haya
entrado en la narracion. De ahi que la clausula
inicial del juego pueda resumirse en una especie
de “Dale que yo era...”, como si para jugar fuese
necesario dejar a un lado lo que uno sabe de si
mismo, para ganar un efecto novedoso, el del
acontecimiento, la experiencia y el aprendizaje.
Aprendemos porque tenemos memoria; 0,
mejor dicho, el aprendizaje —que nada tiene que
ver con una funcion cognitiva— es la capacidad
de generar experiencias en las que poder encon-
trarse a posteriori. En ningun momento crecen
tanto los nifios como cuando tienen la posibi-
lidad de tener experiencias. En otros tiempos, el
lugar privilegiado de la experiencia infantil eran
las vacaciones, donde se construfan los relatos y
recuerdos que acompafarian a un nifo durante
todo un afo. Esa experiencia decantaba en todo
tipo de objetos, que motivan hasta nuestros dias
la industria del “souvenir”: trenzas, pulseras,
caracoles, etc. Esos objetos maravillosos del
verano son los indices de que se ha vivido ludi-
camente durante un lapso de tiempo. Asimismo,
llevemos esta reflexién a otro fenémeno minimo y
casi invisible: las bolsitas de cumpleafios, {quien
50
EL IDIOMA DE LOS NINOS
no ha visto a nifios llorar porque no pueden
llevarse un recuerdo de una fiesta? Antes que
un bien egoista, esos recuerdos que valen menos
por lo que esconden en su interior, son la huella
que permite apropiarse de esa experiencia de
juego que es cumplir afios con otros. Todo juego,
en Ultima instancia, es también una celebracion
con otros.
Por eso, de regreso a nuestra pregunta inicial,
respecto de los juegos que podria jugar un nino,
la pregunta no es si juega a tal o cual cosa, sino
el modo en que lo hace. Eso que hace el nino,
gle genera una experiencia? {Tiene el Animo de
compartir lo que ocurre cuando pasé un deter-
minado nivel? ;De golpe no siente uno que es
el nifio quien nos esta ensefiando algo? Si esto
ocurre, jes porque antes debié haber estado
aprendiendo! Valga aqui el juego de palabras,
“aprender” es “aprehender”. jCuantas veces no
- pasa que, en realidad, somos los adultos los que
por un prejuicio moral no estamos dispuestos a
escuchar lo que un nifio tiene para decir!
E] juego ocupa en la infancia el mismo lugar
que el enamoramiento en la vida de un adoles-
cente (y algunos adultos). Sdlo a través del
amor y el erotismo conservamos la capacidad
de jugar. De la misma manera que nuestros
vinculos amorosos-hacen soportable los dolores
de la vida, el juego sirve al nifio para poder
sobreponerse a la adversidad de un mundo sin
514
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i
y
4
LuciaANo LUTEREAU
fantasia. Un nifio sin juego es un nifo expuesto
a la tristeza, aunque —después de la delimita-
cién del juego que aqui propusimos— también
podriamos pensar que no todo lo que habitual-
mente se llama “juego” implica jugar. Por lo tanto,
el juego es mucho més (0 algo muy distinto) que
la diversién, es una cosa bien seria. La pregunta
no deberia ser si un nifio puede jugar videojuegos
violentos, sino que nosotros deberiamos pregun-
tarnos por qué la industria del entretenimiento
no les da otra posibilidad de vivir el tiempo que
no sea “pasar el rato”, pasar de una cosa a otra
sin solucién de continuidad. Un nino no juega
para no aburrirse —este es otro prejuicio de los
adultos—; en el juego, un nino crece y se apropla
del tiempo, con un caballo de juguete, un tablero
o un joystick.
52
HER EE ee Ee a EL ee I eS Ee a Ee mM LIE TO PTI CSPI MOEN ES PY TE
ZNinos sin limites?
Es corriente en nuestros dias la expresién de
que hay nifios que no tienen limites. También
es comun que muchos padres (y sus sustitutos:
maestros, profesores, etc.) se pregunten cémo
hacer para lidiar con el cardcter imperativo que
asume el deseo infantil. Si bien este tltimo es
degradado como “capricho”, “manipulacién” y
otras valoraciones de repudio —por parte del
adulto—, lo cierto es que seria vano pretender
que un nifio modifique su modo de relacién con
el mundo; pero, jen qué consiste este modo de
relacionarse con las cosas y los otros?
kl deseo en los nifios asume una forma parti-
cular. Podria decirlo de este modo: no asume
tiempos de espera. En un principio, el deseo
se comporta sin miramientos por la realidad,
como si fuera una alucinacién. No tanto. porque
implique la irrealidad, sino porque se presenta
con certeza y autorreferencia. Dos son las pala-
53he
Luciano LuTEREAU
bras cuya adquisicién importa inicialmente
en la constitucién de un nifio: “No” y “Mio”.
Respecto de la primera, sirve a los fines de poner
un limite a la intrusién de la demanda de lo
demas. La primera individuacién, para el nifo,
es por la negativa. Se afirma negdndose —como
lo demuestran tantos sintomas vinculados con
la alimentacién, que exponen que la comida es
mucho mas que alimento—. A propésito de la
segunda, suele comprobarse que enfatizar la
posesién es una conducta mas temprana que
atestiguar la identidad del yo (en el reconoci-
miento intersubjetivo). En resumidas cuentas,
se desea antes de saber quién desea.
A partir de estas dos indicaciones, puede
notarse que el deseo mismo es un limite en la
infancia. Un limite a la captura bioldgica y a la
fusién con los demas. El deseo humaniza y, para
desdramatizar un poco mas su condena moral, no
hay mas que pensar en el caracter de imposicién
con que se suele presentar para los nifios mismos,
cuando dicen “Tengo que...”—0 bien “Necesito...”—
mucho antes de decir “Quiero...”. Ellos son los
primeros en dar cuenta de esa intimidad ajena.
Dicho de otra manera, el deseo infantil se
realiza como en la obligacién de cumplir una
promesa. Aunque no se trata tanto de la promesa
de eso o esto, sino del acto mismo de quedar
comprometido. Sélo los adultos nos encontramos
con la situaci6n de discutir lo que dijimos, revisar
54
arrieaeeds
EL IDIOMA DE LOS NINOS
nuestras opiniones, o bien —la mayoria de las
veces— justificarlas. Esto se debe a que lo que
decimos no tiene peso, hablamos un lenguaje al
que le falta asidero. Quienquiera que converse
con un nino sabe lo vano que es pedirle que
explique por qué hace lo que hace o por qué
piensa lo que piensa. {Cudntos encierros, inttiles
idas a. pensar al bani, u otros llamados impunes
a la reflexion, nos ahorrariamos con estas breves
disquisiciones? Jamas estos castigos han produ-
cido otra cosa mds que miedo.
Hechas estas observaciones sobre el deseo
en la infancia, volvamos a la cuesti6n de los
limites. De modo recurrente suelo encontrarme
con padres que acusan que sus hijos no admiten
ninguna reconvencion, cuando lo que se termina
verificando es que no saben cémo sostener su
palabra. Este es un aspecto central de las entre-
vistas regulares que un psicoanalista debe tener
con los padres de un nifio. En muchos casos, lo
que se descubre es una suerte de complicidad
entre este ultimo y los puntos débiles del discurso
de aquellos. Por ejemplo, recuerdo la situacién
de una madre que, luego de retar a su hijo, era
ella misma la que retrocedia en la sanci6n al
notar la aflicciédn del nifio. De este modo, en la
denuncia de que se trataba del caso de un mani-
pulador que no obedecia limites se develaba la
impotencia en que caia la madre por no poder
resistir la culpa que le generaba frustrar a su
55LucIANo LUTEREAU
hijo. En esta coyuntura particular, la incapacidad
de introducir frustraciones se debia al temor, en
la madre, de dejar de ser amada. Por cierto, si
una madre no atraviesa esta fantasia elemental
dificilmente logrard encarnar una figura de
autoridad para su hijo. En efecto, lo nifios esto
lo saben y hasta eventualmente lo escenifican
con sus particulares: “Ya no te quiero mas”, “Sos
mala”, etc. En ultima instancia, se trata de situa-
ciones penosas en las que un nifio refuerza la
culpabilidad espontanea de la madre.
Por otro lado, también cabria pensar el lugar
que al padre le cabe en los limites. En cierta
medida, pareciera que a esta figura (y sus susti-
tutos: cualquier persona de la que decimos: “Mira
que se va a enojar”) le esta especialmente atri-
buido el lugar de autoridad. No obstante, de un
tiempo a esta parte no dejamos de leer libros,
ensayos y actas de Congresos en los que se habla
de su puesta en crisis. Por mi parte, prefiero no
hacerme eco de lo que considero una queja pesi-
mista. Desde mi punto de vista, que es también
el de los casos que he analizado (muchos de ellos,
llamados de “violencia escolar”), destaco una
conclusioén diversa: la autoridad’ hoy en dia no
esta vinculada con el saber que un nifio puede
suponer que el adulto posee. En efecto, los nifios
ya no creen que los adultos sepan gran cosa, como
tampoco temen que se enojen. Porque son ellos
quienes ensefian a sus padres como se resuelven
56
EL IDIOMA DE LOS NINOS
los problemas —en este aspecto, la tecnologia
ha desempefiado un motor fundamental del
cambio— de la misma manera que los alumnos
ya no se avergtienzan por no saber.
Sin embargo, esto no quiere decir que la auto-
ridad haya desaparecido y, por lo tanto, que
falten limites. En todo caso, los limites hoy en dia
ya no pueden imponerse de la misma manera que
antes. Esta apreciacién no es un giro de condes-
cendencia, como el que muchas veces lleva a los
padres a ponerse a negociar con sus hijos cual-
quier cosa —hasta lo que no se negocia-. Por el
contrario, lo que esta época nos ensefia es la
importancia de conocer el modo en que desea
un nino, para poder responder a ese deseo en
términos ajustados: en primer lugar, recuperando
el papel de la palabra (no como explicacién, sino
como compromiso);* en segundo lugar, a partir
de no impostar el lugar desde el que hablamos
(“Porque si...”, “Porque soy tu padre.. .”, ete.); por
1. En cierta ocasién, unos padres me comentaban el tiempo
que les tomaba conseguir que su hijo aceptara ir a bafiarse,
llegando a soluciones de compromiso (como comprarle
cosas) o bien a desplazar (“Cinco minutos més”) el
momento del bafio hasta la hora de la cena, que terminaba
modificdndose cada dia. La intervencién fue concreta;
alcanz6 con decirle: “Para la hora de la cena tenés que estar
bafiado, sino no comés”. Antes que una maniobra punitiva,
dado que era el caso de un nifio de 11 afios, el efecto fue
el de advertir que bafiarse a determinada edad no puede
Ser ya una demanda parental, sino un habito que el nifio
debe asumir como propio.
57LuciANo LUTEREAU
ultimo, reconociendo que no podemos esperar
de un nifo nada que no se aplique también a
los adultos. Es una actitud hipécrita la que se
refugia detras de rodeos del estilo: “Yo sf porque
soy grande”. En ultima instancia, notese que en
todas las ultimas referencias se traté de sostener
la propia posicién a través de una justificacion
(“Porque...”), mientras que la palabra que vale
es la que no tiene por qué. Nos ocupamos de
nuestra posicién cuando no estamos seguros de
lo que decimos, {quién podria tener autoridad si
primero renuncié a tener palabra?
Para concluir, una ultima reflexién: antes
de hablar de nifos desbordados y violentos, es
preciso esclarecer con cierto detalle las condi-
ciones por las cuales quiz producimos aquello
que nos acosa. Por lo demas, que para ciertas
circunstancias no haya limites, no quiere decir
que falten. Esa diferencia abre el juego para
inventarlos de otra manera.
58
El diagnostico escolar
Uno de los grandes problemas de nuestro
tiempo es el afan clasificatorio. En el mundo “psi”
.- esta orientaci6n se expresa en la propuesta cada
vez mas elaborada de diagnosticos. Esta observa-
cién concierne tanto a las teorfas conductuales,
0 que se quieren descriptivas (como el DSM),
como al psicoandlisis, que, en ciertos casos, se
reduce a una mera psicopatologia. Y, por cierto,
no es cuestion de invalidar el recurso a catego-
rias diagnésticas, siempre que tengan un valor
para la direccién de un tratamiento, sino el uso
indiscriminado y fuera de contexto. Dicho de otro
modo, uno de los grandes males de nuestra época
es la utilizacién de tipos clinicos para decir algo
sobre aquello mas intimo de la persona, como un
predicado sobre el “ser” del sujeto.
Esta ultima referencia contempordnea puede
notarse en el titulo de divertidas producciones
culturales (novelas, obras de teatro, etc.) —ya que
no sdlo los pacientes llegan a los consultorios
o9i
u
1
a
LucIANO LUTEREAU
“auto-diagnosticados’” (“Soy bipolar”, “Soy TOC”,
etc.)—, sino que donde mas gravemente se hace
sentir, y ya no causa tanta gracia, es en el Ambito
educativo, a partir de la demanda creciente
de psicodiagnésticos en el espacio escolar. A
comienzos de este afio, en cinco oportunidades
me han pedido informes psicolégicos de nifios
como condicién para el ingreso a... jun jardin
de infantes! En el ultimo de ellos, no pude dejar
de responder con un dejo de ironia: “Espero que
ustedes no sean la causa de que esta nifa encan-
tadora requiera un tratamiento en el futuro”.
Hechos como el anterior me han invitado a
reflexionar sobre estos temas, antes que asumir
una actitud defensiva frente a los maestros y
educadores. En efecto, en un libro reciente,'pude
notar que esta demanda creciente de las escuelas
tiene un fundamento. Hoy en dia los nifios no
suelen llegar a una consulta por los “viejos”
motivos de inhibicién del saber o fracaso escolar
(en el sentido cognitivo), sino por vias mas
complejas: trastornos de la conducta, desbordes
emocionales, desafios a la autoridad, etc. Sin ir
mas lejos, por algo la nueva versién del DSM
incluye también en su espectro la“rebeldia” como
una forma de patologia.
Sin embargo, el DSM-V también incluye el
duelo como una situacién patoldgica... En este
1. Iuale, L.; Lutereau, L.; Thompson, 5., Posiciones perversas
en la infancia, Buenos Aires, Letra Viva, 2012.
60
EL IDIOMA DE LOS NINOS
punto, gno deberiamos preguntarnos si esta
proliferacién de diagnésticos prét-d-porter no
responde mas al imperativo de salud de una
época (que restringe cada vez mAs la posibi-
lidad de “salirse un poquito del sistema”) que a
un interés por la subjetividad? Hasta hace unos
anos, una publicidad de analgésicos promocio-
naba la efectividad para erradicar el dolor de
cabeza, hoy en dia otra publicidad de un producto
semejante nos invita a no parar ni un minuto, a
vivir una vida de produccién constante, en la que
_ cualquier detencién es patolégica porque implica
“perder el tiempo”. No obstante, cabria pregun-
tarnos: {no perdemos mucho mds tiempo cuando
no queremos perder nada (de tiempo)?
Por esta via, entonces, la presencia de salud
se vuelve ausencia crénica de malestar, la reali-
zacién personal es una produccién constante y
exponencial. En definitiva, se nos ha quitado
la posibilidad de crecer a través del conflicto.
éQuién habla hoy por hoy de las “crisis vitales” a
través de las cuales se torna necesario descubrir
ciertos limites personales, volver a preguntarse
por los intereses propios y los objetivos de nues-
tras elecciones mds significativas?
Para dar cuenta del cardcter problematico
de este aspecto, quisiera exponer una situacion
paradigmatica —recurrente en los motivos de
consulta en mi consultorio—: unos padres vienen
a verme porque su hijo, de 14 afios, se pelea con
61Luciano LUTEREAU
sus compamieros en la escuela y, por lo tanto, la
profesora a cargo del curso indica la necesidad de
una terapia. Frente a este pedido, no pude menos
que proponer a esta pareja que yo me ocuparia
de evaluar a su hijo y determinar la pertinencia,
o no, de un tratamiento.
En el curso de unas pocas entrevistas con el
joven pude notar que se trataba de un muchacho
sano, que hablaba de sus conflictos con sus
compagieros y que, en funcién de algunos breves
consejos de mi parte, pudo resolver algunos
problemas puntuales. Por lo tanto, me comuniqué
con la profesora en cuestidn para esclarecer qué
es lo que ella habfa notado y que, quiza, yo no
advertia. En este punto, se me indicé que el joven
“no toleraba la frustraci6n” y que por eso se ponia
agresivo en el aula.
Por cierto, desde hace tiempo que vengo
pensando en esta curiosa expresién que invade
los mas diversos articulos y manuales de psico-
logia. Suelo preguntarme: {cémo tolerar la
frustracién? {No es evidente que si la frustra-
cin fuese tolerable no seria “frustrante”? A
decir verdad, creo que el gran inconveniente de
este giro habitual, y para todo uso, es que invi-
sibiliza una situacién mas concreta, dado que
la frustraci6n se produce menos en relacién con
una tarea que a partir de un vinculo con otra
persona. Nunca nos frustramos solos, sino ante la
mirada de alguien; y en el caso del joven en cues-
62
EL IDIOMA DE LOS NINOS
ti6n esto ocurria en relacién con personas muy
puntuales. A partir de las entrevistas siguientes
pudo verse que sus enojos (y angustias) surgian
en relacion con figuras que encarnaban una posi-
cidn de autoridad.
No obstante, {por qué seria patolégico atra-
vesar la adolescencia de modo conflictivo?
Adolescente conflictivo” no deberia ser un
oximoron? {No es a través del conflicto que, en
estos casos, se forjan los valores y se tientan
las primeras vias de eleccién responsable (a
partir de cernir las consecuencias de los actos)?
En este sentido es que D. W. Winnicott -en su
libro Realidad y juego (1971)— sostuvo que el
compromiso de los adultos con los adolescentes
implica la aptitud de “resistir” 0, dicho en otros
terminos mas llanos, tener paciencia. ¢Cuando
entonces, es que los adultos hemos dejado de
tener paciencia a los jévenes y comenzamos a
tildarlos de “intolerantes” cuando no se adaptan
a nuestras expectativas?
En ultima instancia, aquello que Freud
llamaba “Complejo de Edipo” es menos el enamo-
ramiento respecto de la madre (y el temor al
padre) que la tensidén asociada al surgimiento
del deseo a través de una situacién conflictiva
que implica la puesta a prueba de las propias
Capacidades. En el caso del joven en cuestién. era
Notoria su actitud de tener que demostrar ‘que
estaba a la altura de los desafios que se le impo-
63LUCIANO LUTEREAU
nian al medir fuerzas con la autoridad. Después
de todo, asi es que se constituye la figura del “otro
var6on” —con el que se juega siempre la fantasia
de feminizacion-; jpor eso es que los adolescentes
se festejan los logros unos a otros (“se gozan”)
mientras que los nifos mas pequefnios no encuen-
tran satisfaccién en esta destreza! Dicho de otra
manera, para convertirse en varon, a través del
conflicto con la autoridad, un joven debe demos-
trar que “no es una niha”. He aqui por qué el
hostigamiento habitual entre los jévenes suele
recaer en el término “maricén”.
En conclusioén, luego de algunas entrevistas
con los padres, y de evaluar que el joven contaba
con recursos para afrontar la situacién por su
propia cuenta, decidi decirle a aquellos que
preferia no iniciar un tratamiento y quedar ala
espera de que hablasemos en otro momento si
llegaba a ser necesario. Como decia al comienzo,
uno de los grandes males de nuestro tiempo
es la distribucién indiscriminada de diagnés-
ticos... que suele redundar en la pérdida del ojo
clinico que sittie las coordenadas para comenzar
un tratamiento. Lo primero que evaluo cuando
me encuentro con un nifio 0 un‘joven es si esta
creciendo, no si tiene “problemas” a los que yo me
encargaria de ponerles un nombre. Un psicoana-
lista debe intervenir cuando la vida misma no
puede ofrecer la chance de elaborar las situa-
ciones conflictivas intrinsecas a la vida misma.
64
EL IDIOMA DE LOS NINOS
Cada vez que hoy en dia me encuentro con un
adolescente, y mucho m4s cuando me lo envian
a pedido de una escuela, recuerdo unas pala-
bras que Freud pronunciara en 1910: “La escuela
nunca debe olvidar que trata con individuos
[...] alos cuales no se puede negar el derecho de
detenerse en determinadas fases evolutivas, por
ingratas que éstas sean”.
65Infancia triste
En su novela El Tilo (2003), César Aira se
refiere a “la melancolfa vaga y sin objeto de la
infancia”. No seria la primera vez —ya lo decia
Freud en “El creador literario y el fantaseo”
(1905)— que un escritor resumiera en una frase
los hechos clinicos que interesan al psicoanalista.
En este caso, se trata de la particular incidencia
que tiene la tristeza en la vida infantil.
Por cierto, entre los afectos que suelen vivir
los nifios, la tristeza se destaca por su presencia
constante. Desde el punto de vista del sentido
comun, la infancia es concebida como un periodo
de felicidad y alegria intensa. En efecto, tenemos
la expectativa —reforzada por el consumismo de
nuestra época, para el cual la mayor satisfac-
cidn equivale a comprar algo nuevo— de que los
nifios estén contentos todo el tiempo posible. Sin
embargo, por esta via sélo conseguimos achatar
la existencia, empezamos a temer el aburri-
miento como el mas urgente de todos los males
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Luciano LUTEREAU
y, en el caso de los nifios, nos termina preocu-
pando mucho mas que tengan algo para hacer
que pensar en la plenitud de lo que hacen.
Vivimos en una época de nifios entretenidos,
porque tampoco es facil tolerar su tristeza;
pero, {qué es un nifio triste? En primer lugar,
cabria subrayar —de acuerdo con una observa-
cion de J.-J. Rousseau— que “la infancia tiene sus
propias maneras de ver, pensar y sentir; nada
hay mds insensato que pretender sustituirlas
por las nuestras”. Dicho de otro modo, la tristeza
en los nifios es muy distinta a la de los adultos.
Para estos, la tristeza esta vinculada princi-
palmente con las frustraciones que la realidad
imprime a sus proyectos. Un adulto entristece
cuando siente que no puede expandir su deseo
en alguna direccién —incluso a costa de realizar
ese deseo, ya que la mayoria de las personas sélo
necesita imaginar lo que va a hacer, en lugar de
hacerlo—. Sin embargo, los nifios no tienen esta
relacion con la capacidad de desear. Sus expec-
tativas nunca suponen un “largo plazo”; en todo
caso, ellos viven el futuro como una extension
actual del presente. El horizonte temporal, con
su fugacidad irrecuperable, que hace del pasado
un tiempo que ya no existe, es algo propio del
mundo de los adultos. Esta herida que’el tiempo
introduce en la infancia fue comentada por otro
escritor, G. Greene, en los siguientes términos:
“Siempre hay un momento en la infancia en el
68
EL IDIOMA DE LOS NINOS
que se abre una puerta y deja entrar al futuro”.
Por eso es tan corriente que la mejor represen-
tacién del nifio eterno (ese que llamamos “Peter
Pan”) sea la de alguien que no quiere crecer.
Por lo tanto, no es a través del golpe que el
tiempo imprime al deseo! que cabe pensar la
causa de la tristeza en los nifios. Tampoco a
partir de las mas diversas privaciones. En todo
caso, esta ultimas suelen producir enojo —aquello
que llamamos “berrinches’”— mAs no tristeza. A
decir verdad, si bien ésta indica un afecto mas
© menos constante en la infancia, lo cierto es
que también implica una especie de limite, ese
punto en el que un nifio puede aparecer bajo
otro Angulo: como forzado a una madurez preci-
pitada. Sin embargo, antes de continuar, {qué es
la tristeza infantil?
La tristeza en los nifios no se da cuando las
cosas no salen como se esperaba —eso que en los
adultos empuja a la realizacién de un duelo-,
sino que se produce cuando el nifio deja de contar
con algo con lo que contaba. En ambos casos se
trata una pérdida, pero son pérdidas diferentes.
Es corriente ver que los nifos salgan indemnes
ante la noticia de la muerte de un abuelo (u otro
1. Nuestra vida contempordnea consiste en querer evitar ese
golpe de forma crénica: vivimos tratando de ganar tiempo,
bajo el aviso de que es “ahora o nunca”; con el imperativo
de que nada puede perderse, hasta la ocasi6n mds nimia
se convierte en la ultima oportunidad, la que no merece
que la dejemos pasar.
69Luciano LurereAu
familiar), incluso respecto de la separacion de
los padres, etc., mientras que, por ejemplo, el]
extravio de una mascota puede sumirlos en el
mas profundo pesar. No se trata de la pérdida
de un objeto cotidiano, también podria tratarse
de una modificacién del lugar de vacaciones —
con lo cual puede verse que tampoco se trata de
un objeto “concreto”—. La tristeza de un nino se
produce cuando se altera esa circunstancia en
la cual apoyaba su capacidad para jugar. Ya no
se trata de que aparezcan sintomas ruidosos 0
grandes quejas, porque incluso hasta el nifio
aburrido tiene recursos como para denunciarlo
a viva voz, sino que el nifo triste queda sumido
en un ensimismamiento que, como tal, es ajeno
a la infancia. Lo primero que pierde un nifio
triste es la curiosidad.
En este punto, la tristeza se aproxima al
sentimiento de soledad. En cierta ocasion, el
escritor Jean Cocteau dijo: “Toda mi obra gira
en torno al drama de la soledad y de las tenta-
tivas del hombre por vencerla”. No hay mas
que leer La gran separacion para corroborarlo,
0 bien repasar algunos datos biograficos del
autor de Los nifios terribles —como el suicidio
de su padre, cuando Cocteau tenia nueve anos—
para comprobar también el alcance que ciertas
perdidas pueden producir en un niiio hasta
hundirlo en el desdnimo, el desinterés 0, incluso,
en una rebeldia desesperada.
70
EL IDIOMA DE LOS NINOS
Interesarnos por el modo particular en que
se manifiesta el deseo en la infancia -ese modo
particular de desear que llamamos “infancia”—,
es la mejor manera de delimitar sus puntos de
detencién —que aqui llamamos “tristeza”—. En
ultima instancia, aquello que mds entristece a un
nino es la falta de un espacio luidico, ese mundo
que lo salvaguarda del impacto irreversible del
tiempo, del dolor de existir y vivir una vida que
se define por la finitud. En el mundo del juego
todo es posible, el nifio cuenta con eso, pero la
experiencia luidica también tiene sus condiciones.
Muchas veces los adultos nos preocupamos de no
generar grandes traumas a los nifios —como sila
infancia fuera mds endeble que la adultez— con
noticias que para ellos son prescindibles; mien-
tras que una pequefia modificacién en algun
habito cotidiano puede resultar insoportable.
En otro tiempo, los adultos tenfan la costumbre
de observar a los nifios jugar. En la Grecia
Antigua, el juego de los nifios tenia incluso una
funcién adivinatoria. Hoy en dia, perdimos esa
disposicién virtuosa, mucho mas atentos a que
estén entretenidos o bien pasen de una actividad
a la siguiente (danza, inglés, computaci6n, etc.).
Pocos padres conocen realmente a qué les gusta
jugar a sus hijos; muchos menos se dejan tentar
por ingresar a ese territorio en que el tiempo se
pierde. Sin embargo, {no perdemos mucho mas
cuando queremos evitar perder el tiempo? La
71Luciano LUTEREAU
tristeza de los nifios habla de esa pérdida difici]
de asimilar, que no se vincula con ningtin objeto
(como muy bien dice Aira) sino con una pérdida
de la infancia misma.
72
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Qué es un nino?
La infancia no se define en funcién de la crono-
logia. Un nifio es una determinada posici6n, la de
aquel que plantea la pregunta por su ser a partir
del amor —en tanto ser amado~ y a expensas de
su ser-para-el-sexo. Desde el punto de vista del
psicoanAlisis, los nifios se encuentran a salvo de
la incidencia real de la pregunta por el sexo —lo
cual no quiere decir que no se encuentren tran-
sidos de sexualidad-; dicho de otro modo, un nino
no solo se pregunta por la diferencia sexuada,
sino que responde a dicho interrogante a través
de alguna elaboracién de saber.
De este modo, corresponderia hablar de una
“incidencia epistémica’” del sexo para la infancia.
En la teoria freudiana, esta relacién con el saber
se establece a partir de “teorias sexuales infan-
tiles” y es lo que da lugar a ciertos juegos de los
nifios; por ejemplo, el tipico de juego de’ estar
casados:
73Luciano LuTEREAU
“Casi siempre [los nifios] buscan la solucién
del secreto en alguna relacion de comunidad
proporcionada por las funciones de la miccién
0 la defecaci6n.”
De acuerdo con estas palabras de F reud
podria concluirse que los nifios json los tinicos
para quienes el matrimonio es posible! Porque si
hay algo de que pueden dar cuenta los adultos
es de que no alcanza con tener cosas en comtin
para formar una pareja. Lo comprobamos coti-
lanamente. “Me gusta todo de u
usted”, decia un viejo chiste de Grouche Marx.
A partir de lo anterior, entonces, puede decirse
que la infancia se delimita en funcién de un
tiempo extrano al de la sucesién (lineal y obje-
tiva). En efecto, sabemos que de muchos de los
que habitualmente llamamos “adultos”, debe-
riamos decir que no son sino nifios. Y, por lo
demas, no faltan pequefos de seis 0 siete anos
que ya plensan como adultos. Por lo tanto, antes
que una etapa o un periodo de la vida, considero
que corresponderia decir que la infancia es una
especie de “borde”.
Un borde es un limite que marca la divisién
entre dos espacios. Por ejemplo, el borde de un
vaso delimita el adentro del afuera; incluso, el
borde es lo que hace del vaso una suerte de objeto
bipolar, un objeto en el que vive otro objeto para-
Sitario: el agujero.
74
4
q
j
EL IDIOMA DE LOS NINOS
Los agujeros no pueden existir mas que en
otros objetos. Ocurre con ellos lo mismo que
con las sombras. No hay sombra que no sea
sombra de algo. No obstante, la sombra es algo
también. Lo mismo ocurre con la infancia. Por
eso lainfancia es mucho mas un acontecimiento,
antes que un momento de la vida 0 un efecto de
la biologia. Sin embargo, {qué motiva que un
ser vivo —cachorro (de) humano-— se convierta en
nino? ¢Cémo sobreviene esta particular posicién?
Interrogar el origen de la infancia no es
preguntar por su génesis. Esto nos devolveria
al anhelo cronoldgico. En todo caso, se trata de
especificar sus aristas, de bordear sus deste-
llos. Mas arriba nos referimos a la relacién del
nino con el amor y el sexo, mediados a través del
saber. Agreguemos un segundo punto: el interés
por la repeticion.
La infancia se caracteriza por cierta insis-
tencia. Los nifios piden una y otra vez que se les
cuenten los mismos cuentos. En mi caso, reco-
nozco un fragmento infantil en mi capacidad
para escuchar una misma canci6n sin cansancio
—dado que existe la opcidn “repeat” en los disposi-
tivos electrénicos, me consuela pensar que no soy
el Gnico—. Para un nino, la repetici6n no implica
pérdida, no hay gasto de energia psiquica en
el acto; o, dicho de otro, no hay acto en sentido
estricto —en el sentido de confrontacién con la
castracién; es decir, como produccién de un nuevo
75Luciano LuTEREAU
sujeto—. Somos nifios siempre que somos los
mismos, idénticos a nosotros en lo que nos gusta
y preferimos. Esta posibilidad de la identidad es
lo que hace de la infancia algo tenebroso. En Ja
tierra de los nifios nunca se envejece. Sélo a los
adultos nos preocupa ese destino. Para los ninios,
la muerte es simplemente “otro lugar”.
Por lo tanto, cabe la pregunta: équé hecho es
el que inscribe muerte y sexualidad en el incons-
ciente, al punto de introducir una bisagra en el
ser infantil?
Si hay un momento capital en la vida de los
nifios, de acuerdo con G. Agamben, es aquel
en que se realiza el descubrimiento de que los
adultos no pueden hacer magia. Es notorio el
presupuesto en cuesti6n: los nifios creen en el
Otro. Por eso es corriente que piensen que los
adultos pueden conocer sus pensamientos; y en
el andlisis de todo nifio es posible reconstruir
algun episodio en el que se verifica que el “Otro
no sabe”. Es curiosa también esta inflexién:
nuevamente es a través del saber que se mide
la vara de lo infantil. Incluso un nino puede
denunciar la impotencia del Otro —porque es
simplemente la otra cara de su omnipotencia-;
o su mala voluntad —que el “Otro no quiere”—,
pero la instancia crucial radica en la confronta-
ci6n con este agujero en el saber.
Esta coordenada es irreversible. Localizado
este encuentro, la repeticién produce pérdida, y
76
EL IDIOMA DE LOS NINOS
de la experiencia sélo quedara un resto, aquello
que llamamos “recuerdo”. El fin de la infancia
implica la constitucién de una memoria. Esto
explica los limites de la amnesia infantil, su
condicién estructural, y el motivo de que un
afecto central de la infancia sea la tri steza pero
jamas la nostalgia. Para los nifios, todo tiempo
pasado es futuro. La infancia concluye cuando
la contingencia inscribe su marca y ya se conso-
lidé alguna huella que quedo por fuera de las
posibilidades del mundo.
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