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Carcopino Jerome La Vida Cotidiana en Roma PDF

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JEROME CADCOPINO

LA VIDA
COTIDIANA
EN ROMA

HACHETTE

N este libro, el distinguido Director de la cole Fran


aise de Roma, resucita a la capital del mundo

antiguo y a sus habitantes, tales como eran en el siglo


II a. de J. C. Jrme Carcoplno, arquelogo eminente y
escritor de nota, ha recurrido a todas las fuentes que se
le ofrecan, desde los ms antiguos documentos hasta
los recientes descubrimientos hechos entre las ruinas de
la vieja urbe.
El lector ve as surgir ante su vista a Roma, con todos
sus esplendores y miserias, sabe cmo vivan sus po
bladores, qu y de qu modo coman, cules eran sus
fuentes de recursos, cmo se divertan y se vestan,
cm o eran sus escuelas, cmo adoraban a sus dioses;
en suma, cul era la vida domstica, social, religiosa e
intelectual de los romanos.
La presente edicin ha sido enriquecida con 235
ilustraciones, seleccionadas por el traductor Profesor
Ricardo A. Caminos, quien ha agregado numerosas
notas a las ya abundantes del original francs. Un ex
tenso Indice General de Temas, realizado especial
mente para esta edicin por el Profesor Luis A. Arocena,
permite al estudioso hallar inmediatamente cualquier
tpico que le interese.

J R M E

C A R C O P1N O

D IR E C T O R D E L A E S C U E L A F R A N C E S A D E R O M A - M E M B R O D E L IN S T IT U T O D E F R A N C IA

LA VIDA COTIDIANA
EN ROMA
EN EL APOGEO DEL IMPERIO

HACHETTE

Im p . C sa r N e rv a T ra ia n u s A u g u stu s

(M useo d e la s T erm as R om a)

(98 - 117 d. C.)

Version espaola: Ricardo A. Caminos

(c) LIBRERIA HACHETTE S.A.


Rivadavia 739 Buenos Aires
I o Edicin: Marzo de 1942
2o Edicin: Abril de 1944
3o Edicin: Noviembre de 1984
I.S.B.N.: 950-506-092-0
Hecho el depsito que marca la ley 11.723
IMPRESO EN ARGENTINA - PRINTED IN A R G E N T IN A

A L

PROFESOR EMILIO SERGENT,


a l maestro de mi hijo J n to n io ,
a l mdico y a l amigo.

PROLOGO

P R O L O G O

' I no se quiere que la vida del romano se pierda en anacronismos o se inmovilice en la abstraccin, es menester comenzar por
estudiarla dentro del crculo concreto de un perodo estrictamente
definido. N ada cambia tan presto como los hbitos de los hombres. Sin
hablar de la revolucin con que los recientes descubrimientos de la
ciencia el vapor, la electricidad, el ferrocarril, el automvil y el avi n han transformado el mundo actual, es evidente que, aun en pocas de
tcnicas menos perfeccionadas y de mayor estabilidad, las formas elemen
tales de la existencia cotidiana jams han cesado de variar rpidamente.
N o ha mucho, en el siglo X V II, entraron en uso el caf, el tabaco y
el champaa; la patata empez a ser consumida a fines del siglo XVIII;
y slo a principios del X X la banana comenz a figurar corrientemente
en nuestros postrs. La antigedad romana ha experimentado en forma
anloga esta ley del cambio, y ya era una trivialidad de su retrica opo
ner al lujo y a los refinamientos de los siglos imperiales la ruda sen
cillez de la Repblica, cuando un Curio Dentato recoga sus mez
quinas hortalizas y l mismo las aderezaba en su pequeo caldero 1.
Nada hay de comn entre edades tan diferentes, ni en la alimentacin,
ni en la vivienda, ni en el moblaje:
Tales ergo cibi qualis domus atque supellex; 2
y, ya que es preciso elegir, atendrme deliberadamente a la genera
cin que, nacida a fines del gobierno de Claudio o al comenzar el
reinado de Nern, hacia la mitad del primer siglo despus de Jesu
cristo, ha podido alcanzar los [Link] Trajano (98-117) y de Adriano
(117-138). Esa generacin ha visto el apogeo del podero y de la
prosperidad romanas; ha asistido a las ltimas conquistas cumplidas
por los Csares : de la Dacia (106), que volc sobre el Imperio el Pactolo
de las aurferas minas transilvanas; la de Arabia,( 109), que, completada
i

J u v e n a l , X I, 78-79.

Ibid., X I, 99.

12

LA

VIDA

C O T ID IA N A

EN

ROMA

por los xitos de la campaa parta (115), hizo afluir, hajo la proteccin
de- los legionarios de Siria y de sus aliados del desierto, las riquezas
de India y del Lejano Oriente. En el orden material, ella se ha
elevado al grado mximo de las antiguas civilizaciones. Y al mismo
tiempo, por tina coincidencia tanto ms feliz cuanto que la literatura
latina va a agotarse no muchos aos ms tarde, dicha generacin es
aquella de la que los documentos concurren a ofrecernos el retrato ms
acabado. U n inmenso material arqueolgico nos llega del foro de Tra
jano, en la propia Roma; de las. ruinas de Pompeya y Herculano, las
dos ciudades de recreo sepultadas en plena actividad por la erupcin
de 79; y asimismo de las de Ostia, que excavaciones recientes nos han
proporcionado, y que, en general, datan de la realizacin, en esa gran
ciudad mercantil, de los planes urbanistas del emperador Adriano. A lo
que se agregan, para nuestra ilustracin, los testimonios vivos y pinto- '
rescos, precisos y sabrosos que profusamente nos dispensan los Epigra
mas de Marcial, la novela de Petronio, las Silvas de Estado, las Cartas
de Plinio el Joven y las Stiras de Juvenal. Aqu, a fe, la suerte ha
favorecido al pintor, pues le ha facilitado a la vez el derecho y el revs
de su cuadro.
ste, en efecto, nicamente ser verdico y fiel, con condicin de
hallarse vinculado en forma indisoluble al paisaje que no slo le rodea,
sino que tambin le determina. A un clavada en un punto fijo de la
historia, la vida del romano carecera de consistencia y de base, si fu
semos incapaces de ubicarla en el espacio: ya en el campo, ya en la
ciudad. Hogao, la multiplicidad de las comunicaciones, la difusin de
los peridicos, la electrificacin de las ms minsculas aldeas y la ins
talacin de aparatos radiotelefnicos en los ms humildes ranchos llevan
hasta los campos solitarios un poco del ruido, del pensamiento y de los
placeres de las capitales: y sin embargo, subsiste en lo presente una
distancia colosal entre la monotona de las existencias paisanas y la
fiebre deslumbrante de los centros urbanos. En la antigedad, esa dis
tancia separaba todava ms brutalmente a los ciudadanos de los cam
pesinos, creando entre ellos una desigualdad tan irritante, que, segn
el sabio historiador Rostovtseff, lanz a unos contra otros en una lucha
sorda y encarnizada, en la que se quebr, con la complicidad de los
parias; el dique opuesto por los privilegiados contra el torrente barb
rico. A los unos, en verdad, todos los bienes de la tierra y todas las
facilidades. A los otros, una dura labor sin fin ni provecho y la pri
vacin perpetua de las satisfacciones que en las ciudades reconfortaban
el corazn de los miserables: los regocijos de la palestra, el calor de las
termas, la alegra de los banquetes de las corporaciones, la abundancia
de las esprtulas, el brillo de los espectculos. N o es posible mezclar
colores tan dispares, y, una vez ms, hay que optar: las jornadas del

PR O L O G O

13

romano, sbdito de los -primeros Antoninos, cuyos momentos sucesivos


nos proponemos, seguir, transcurrirn exclusivamente en la ciudad, o,
mejor dicho, en la Ciudad por excelencia: la Urbe, Roma, centro y cs
pide del Universo, orgullosa y colmada retna de un mundo que a la
sazn ella parece haber pacificado definitivamente.
Empero, no podramos captar en su realidad esa existencia si no
tratsemos de formarnos, previamente y fuera de las convenciones que
muy a menudo la desfiguran, un concepto sumario, pero correcto, de
os medios en cuyo seno esa vida se ha desarrollado y de los cuales
forzosamente toma sus colores: el medio fsico de la enorme ciudad
donde se inserta; el medio social de las diferentes clases a cuya jerar
qua est sometida; el medio moral de las ideas y sentimientos que ex
plican tanto sus virtudes como sus defectos. Razn que nos mueve a
no abordar el empleo del tiempo de ese romano de Roma, sino despus
de haber trazado las lneas generales del escenario en el que l ha ac
tuado y fuera del cual su vida cotidiana resultara par nosotros casi
ininteligible.
. C.
La Fert - sur - Aube, l 9 de septiembre de 1938

PRIMERA PARTE

EL ESCENARIO DE
LA VIDA ROMANA

TRIMERA PAETE

EL

ESCENARIO

DE

LA

VIDA

ROMANA

SEC CIO N PM IM EBA

EL

MEDIO

FISICO:

LA C IUDA D, SUS ED IFICIO S Y SU POLICIA

O N TR A D IC C IO N ES mltiples y aparentemente irreductibles ca


racterizan la fisonoma material de Roma en el apogeo del imperio.
Por una parte, la elevada cifra de su poblacin, la magnitud ar
quitectnica de sus edificios pblicos y la marmrea belleza de sus mo
numentos la emparentan con las grandes metrpolis del Occidente con
temporneo. Por la otra, el hacinamiento a que estaban condenadas
sus ftawltitudes comprimidas en un terreno escabroso y limitado por la
naturaleza y por los hombres, la estrechez de sus enredadas callejas,
la deficiencia de sus servicios sanitarios y la peligrosa congestin del
trnsito urbano la vinculan a esas ciudades medievales descriptas por
los cronistas, y de las cuales ciertas poblaciones musulmanas han con
servado hasta nosotros los pintorescos ambientes alternativamente seduc
tores y srdidos, las deformidades imprevistas y el hervidero anrquico.
T al es el contraste esencial que ante todo importa poner en evi
dencia.

CAPITULO 1

ESPLENDOR, EX TEN SIO N Y POBLACION DE LA URBS


1.

E s p le n d o r de l a

Urbs:

el

F o ro de T ra ja n o

O
insistir mucho acerca del esplendor que brillaba en la Ciud
a principios del siglo n de nuestra era. Las ruinas que le refle
jan son de una riqueza incomparable; pero enumerarlas, y con
mayor razn describirlas una por una, resultara fastidioso. Me bastar
con detenerme un instante sobre el grupo de aquellas a las que el nom
bre de Trajano est vinculado y en las que culmina el genio de su siglo.1
En Roma las ruinas conservan dondequiera, en la clida luz que las
envuelve, el armonioso vigor de los monumentos antiguos; de los cuales,
sin embargo, ellas casi siempre nos ofrecen slo la armazn desnuda.
Perd quiz en ninguna parte como en el foro de Trajano que una,
en el centro de la Urbs, el foro de Csar a l'd e Augusto, las ruinas
romanas nos inspiran una idea ms noble y, al propio tiempo, ms sa
tisfactoria para nosotros, de la civilizacin cuya riqueza muestran, de la
sociedad cuya disciplina evocan y de los hombres, nuestros antepasados
y nuestros semejantes, de los cuales traducen el mrito intelectual y la
maestra artstica.
All, en efecto, entre 109 y 113, Trajano supo realizar una obra
que no slo provoca nuestra admiracin, sino que tambin responde a
nuestras tendencias. Por la grandeza de su creacin, por la flexible com
plejidad y la generosa utilizacin de las partes que le integran, por la
suntuosidad de sus materiales, por la osada y el glibo de sus lneas,
por la acabada disposicin de su decorado, ese conjunto, tal como gra
cias a las recientes excavaciones de Corrado Ricci podemos resucitarle
en su perfeccin primera, rivalizara fcilmente con las ms ambiciosas
creaciones de los arquitectos modernos, y no ha cesado, en su ruina, de
' P ara la descripcin del foro de Trajano, consultar la excelente m ono
grafa q u e C o e ra d o R i c c i public en 1934 sobre los F oros Imperiales, cuya
lectura no exime la del notabilsim o captulo, anterior a las recientes ex
cavaciones, que R o b e r t o P a r i b e n i insertara en el tom o I I de su Optimus
Princeps.

20

LA

VIDA

C O TID IA N A

EN

ROM A

suministrar a stos lecciones y modelos. Expresin magnfica y fiel de


su tiempo, dirase que va, por aadidura y ante nuestros ojos, a apro
ximar su poca a la nuestra.
Pese a las dificultades que los accidentes del suelo y la molesta
vecindad de construcciones anteriores haban opuesto a su trazado, ese
conjunto agrupaba, en la reunin ms coherente y mejor acordada,
una plaza pblica o foro, una baslica judicial, dos bibliotecas, la fa
mosa columna que entre ambas se eriga y un inmenso mercado cu
bierto. Ignoramos la fecha en que este ltimo fu terminado, pero se

guramente se construy antes que la columna, cuyo altor, como vere


mos, dependa de la altura del mercado. El foro y la baslica fueron
inaugurados por Trajano el 1" de enero de 112; la columna fulo a
su vez el 13 de mayo de 113. El todo se resuelve en una sucesin
de maravillas y de magnificencias.
En primer lugar, comenzando por el sud, la majestuosa senci
llez del Forum propiamente dicho: una vasta explanada enlosada de
116 metros de largo por 95 metros de ancho, a la que circundaba un
prtico sostenido por una simple hilera de columnas en el lado de
la entrada, al medioda, y por una doble columnata en los otros tres
costados, en uno de los cuales, al este, el muro de fondo, de peperino
guarnido de chapas de mrmol, encorvbase en el medio formando

E S P L E N D O R , E X T E N S IO N Y P O B L A C I N D E LA

Urbs

21

un hemiciclo de 45 metros de profundidad. En el centro de la plaza


se elevaba, en bronce dorado, la estatua ecuestre del emperador, for
mndole cortejo, en los intercolumnios del contorno, estatuas ms mo
destas de ilustres varones que haban servido al imperio con la espada
o con el consejo.
Desde all se llegaba, subiendo tres escalones de mrmol ama
rillo, a la entrada de la baslica Ulpia, as llamada por el nombre de la
familia de Trajano: Ulpio. Larga de 159 metros de este a oeste, ancha
de 55 metros de norte a sud, sobrealzada un metro sobre el nivel del
Foro, la baslica aun superaba a ste en opulencia. Era un inmenso
edificio hipstilo, con evidente influencia oriental en su arquitectura,
al que se penetraba por uno de sus costados mayores, el que miraba
hacia el levante. Cuatro columnatas interiores, de 96 columnas en
total, le dividan en cinco naves de 130 metros de longitud, de las
cuales la del centro meda 25 metros de anchura. Solado en toda su
extensin con mrmoles de Luna y cubierto de tejas de bronce, este
recinto estaba circunscripto por un prtico cuyos vanos se hallaban
ocupados con esculturas. Bajos relieves notables ya por la delicadeza de
su modelado, ya por la fuerza de su realizacin, decoraban el tico.
Por ltimo, el entablamento superior repeta varias veces, sobre cada
frente, la breve y arrogante inscripcin: e manuhiis: erigido con el
botn [tomado a los dacios de Decebalo].
Al otro lado, elevndose sobre el nivel inferior de la baslica una
altura igual a la que ste se levantaba sobre el del Foro, se alineaban,
paralelamente a aqulla, los rectngulos de las dos bibliotecas Ulpianas, intituladas, como la baslica, con el gentilicio de su comn
fundador: la una para los volmenes griegos, la otra para las obras
latinas y los archivos imperiales; decoradas ambas, encima de los plutei
o armarios que contenan los manuscritos, con una serie de bustos re
presentando los escritores que haban adquirido ms grande renombre
en las dos lenguas del Imperio.
Las bibliotecas estaban separadas una de otra por u n estrecho
cuadriltero, de 24 metros por 16, en medio del cual se levantaba y
se levanta todava, casi intacta, la maravilla de tales maravillas: la co
lumna Trajana. Forma su pedestal un cubo de piedra casi perfecto, de
5m50 de elevacin. En su cara sud se abre una puerta de bronce, y
encima de sta se lee la inscripcin dedicatoria. Los cuatro costados
del pedestal estn decorados con trofeos militares y orlados de mol
duras enlazadas por laureles. El fuste, ntegramente de mrmol, mide
3m70 de dimetro y 100 pies (29m77) de altura; encierra una esca
lera de caracol, en mrmol blanco, que arranca de la cmara del pe
destal y cuenta 185 escalones; y sostiene u n monumental capitel drico,
al que coronaba primero un guila explayada de bronce, substituida

22

LA

VIDA

C O TID IA N A

3
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I

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]

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I

F ig, 2. La C o lu m n a

T r a ja n a

EN

ROMA

luego, tras la muerte de Trajano, con una estatua de este emperador, del mismo metal, pro
bablemente arrancada y fundida
en la tormenta de las invasio
nes, y reemplazada en 1588
con la de San Pedro, que hov
en da le sirve de remate. La
elevacin total era y sigue siendo de poco ms o menos los 38
metros equivalentes a los 128
pies y medio indicados en los
documentos antiguos. Pero por
grandiosas q u e en s mismas !
sean las proporciones de la columna T r a ja n a , la impresin
que su vista produce se halla
acrecida por la disposicin ex
terna de los bloques que la com- t
ponen. Ella d e s e n v u e lv e , en
efecto, sobre 17 colosales tam
bores de mrmol, los 23 pane
les de una espiral que, exten
dida en ln e a re c ta , medira
cerca de 200 metros, y a lo lar
go de la cual se suceden, como
se sucedieron en la historia, desde el comienzo de la primera
campaa hasta el trmino de la
segunda, las principales escenas
de las dos guerras dacias. Adems, esos bajos relieves han sido ejecutados con bastante habilidad como para disimular a
la vista las 43 ventanas practicadas en ellos con el objeto de
iluminar la e s c a le ra interior.
All se han registrado 2.500 fi
guras que, tornadas hoy, por las
injurias de la intemperie, a los
tonos brillantes, pero uniformes,
del Paros en que estn cince
ladas, resplandecan antao con

P ig t 3, D e talle de Ia C o lu m n a T r a ja n a .

(F o to g ra fa A lin a ri).

24

LA

VIDA

C O TID IA N A

EN

BOM A

las pinturas de vivos colores que por completo las cubran. Esas figu
ras proclaman el triunfo de los escultores romanos en ese gnero de
relieve historiado, en el que se revelaron maestros sin par.
Sabido es que Trajano falleci al improviso en los primeros das
del mes de agosto de 117, cuando, despus de haber confiado a Adriano
el mando del ejrcito que l mismo haba movilizado contra los partos,
se encontraba ya en camino de retorno a Italia. Tras de su muerte, su?
cenizas fueron llevadas de Asia a Roma, guardadas en una urna de
oro y depositadas en la cmara del pedestal de la columna. Dando a
Trajano esta sepultura, dentro de la lnea del pomerium, en cuyo
interior las leyes prohiban enterrar a los simples mortales, Adriano

F i . 4. Listado a c tu a l d e l M ercado

de T rajan o

y el Senado declaraban al unsono que el difunto estaba fuera de la


condicin comn; mas adoptaban una medida que Trajano no haba
deseado ni previsto. La columna Trajana slo con posterioridad a su
construccin se convirti en la tumba de su autor, quien haba decre
tado su ereccin slo con dos fines conmemorativos: eternizar mediante
las figuras que la cubren las victorias por l obtenidas sobre el ene
migo extranjero, e inmortalizar, por las inslitas dimensiones del mo
numento, el sobrehumano esfuerzo realizado para vencer a la natu
raleza en pro del embellecimiento y de la prosperidad de Roma. Sobre

E S P L E N D O R , E X T E N S I N

PO B L A C I N D E

LA

Urbs

25

este particular, las dos ltimas lneas de la inscripcin en la que hoy


faltan algunas letras, pero que en el siglo vn pudo copiar ntegramente
el desconocido visitante que llamamos Annimo de Einsiedln enun
cian su intencin con una Frmula cuyo sentido es ahora evidente: ad
declarandum quant altitudinis mons et locus tantis oferibus sit eges
tus. Como en latn el verbo egerere posee las dos acepciones contradic
torias de vaciar' y de erigir, resulta palmario, si se interpreta lite
ralmente esta frase orgullosa, que el objeto de la columna era mostrar,
por su propia elevacin, hasta qu altura y a costa de qu ingentes
trabajos haba sido desgastado el espoln (vions) que desde la colna del
Quirinal avanza
ba h a c ia la del
C a p ito lio , para
poder e je c u ta r
luego, so b re el
mismo lugar (lo
cus), las gigan
te s c a s construc
ciones q u e com
pletaban, al este, BKIKItIKKKm
la obra cuyo pa
norama y acceso
rn B m m
q u e d a r o n p or
fin expeditos en
1932, merced a
m t e m
la fe cientfica de
C o r r a d o Ricci.
Trtase evidente
m e n t e d e l ma WII
pte?* ***
- s ^ ->
,,
jestuoso h e m i c i
clo de l a d r i l l o
que r od ea, del
lado del Q u i r i
nal y de Subura,
el f o r o de Tra
jano propiamen
te d i c h o , soste F jg, 5. F r e n te del M ercad o de T r a ja n o sobre la V a B ib e r tic a
niendo con sobe
rana soltura los cinco pisos que albergaban los 150 puestos o tabern
de un mercado. brense en la planta baja, al mismo nivel del foro,
piezas poco profundas que probablemente servan para el despacho de
flores y de frutos. En el primer piso se alineaban, bajo una galera de
amplias arcadas, largas salas de abovedado techo en las que se alma

26

LA

VIDA

C O TID IA N A

EN

ROMA

cenaban el vino y el aceite. Vendanse en el segundo y en el tercero


los ms heterclitos productos, principalmente pimienta y especias ve
nidas del Lejano Oriente pipera, cuyo recuerdo se perpeta, du
rante la edad medieval, en el nombre de la calle en declive y envol
vente que haban utilizado los mercaderes antes de ser ocupada por
los sbditos de los papas: la via Biberatica. En el cuarto piso se ubi
caba la pomposa sala donde se distribuan los congiarios, y en la cual
funcionaron permanentemente, a partir del fin del siglo n, las ofi
cinas imperiales de asistencia social: stationes arcariorum Csarianorum. En el quinto y ltimo haban sido instalados los viveros de las
pescaderas: unos reciban, mediante oportunos canales, el agua dulce
que conducan los acueductos; otros, en cambio, se colmaban de agua
del mar trada de Ostia. El espectador, hogao, al abarcar desde all
la inmensidad de las obras del sucesor de Nerva, y al advertir que se
encuentra exactamente al nivel del nimbo del San Pedro que remata
la columna Trajana, penetra el significado de la inscripcin que ya
nunca podr ser controvertida y descubre la grandeza sin igual de los
trabajos que cumpliera, por orden del ms eminente de los Csares,
el arquitecto Apolodoro de Damasco. La fbrica trepa y cubre las la
deras del Quirinal, a las cuales fu adosada, laderas que previamente,
y sin el auxilio de los explosivos de que disponen nuestros ingenieros,
haban sido allanadas para recibir la construccin. Las proporciones
encuntranse all tan felizmente combinadas, que el observador olvida
la pesadez para no percibir nada ms que el equilibrio. Es una legtima
obra maestra que ha cruzado los siglos sin cesar de conmoverlos. An
tao los romanos se percataban de que su ciudad y el mundo no ofre
can nada ms bello a la admiracin de los hombres. Cuenta Amiano
Marcelino que el emperador Constancio, cuando efectu, en 356, su
solemne entrada en Roma, al hollar por vez primera las losas del foro
de Trajano, en compaa del embajador persa Hormisdas, no pudo
contener la expresin de su asombro ni su punzante disgusto al pen
sar que jams l tendra una estatua ecuestre comparable a la de su
predecesor. En vano te quejas respondile el legado del Rey de los
Reyes, pues luego seras incapaz de dar a tu caballo una caballeriza
como la que aqu vemos. Los hombres del bajo imperio sentanse im
potentes ante el monumental conjunto que reflejaba el genio de sus
antepasados en el apogeo de su existencia. Y aunque tamao sea el
orgullo que de nuestras obras tengamos, es indudable que nada hay
en la antigua Roma que pueda placernos ms. En el Coliseo, no obs
tante la perfeccin de su prodigiosa elipse, sentmonos sobrecogidos por
un malestar ineludible al recordar las matanzas tremendas de que fu
teatro. Las termas de Caracalla tienen algo de excesivo y de vertigi
noso que presagia la. decadencia. Por el contrario, nada turba la pureza

E S P L E N D O R , E X T E N S I N

Y PO B L A C I N D E LA

Urbs

27

de nuestras sensaciones en presencia del foro y del mercado de T ra


jano. Se nos imponen sin aplastarnos. Aligeran sus descomunales pro
porciones por la elegante flexin de sus curvas. iYlarcan u n a de esas
cumbres del arte donde coinciden los constructores de las mejores po
cas, convirtiendo en discpulos fervientes o en dciles imitadores tanto
a Miguel ngel, que transport algo de ese orden sobrio y vigoroso
a la fachada del Palacio Farnesio, como a los arquitectos de Napolen I,
que fundieron, con el bronce de los caones de Jena, la columna de
la Vendme. Es
el sublime espe
jo en que se mi
ra el rostro de la
ms g r a n d e Ro
ma; y sta se nos
aparece en l co
mo una c i u d a d
ecumnica, h e r
mana de las nues
tras, que, subvi
niendo a necesi
dades a las nues
t r as semejantes,
es movida ya por
los mismos senti
mientos que ho
nor h a c e n a l a
flor de las socie
dades contempo
rneas.
Es notable, en
efecto, que Tra
jano h a y a v i s i
blem ente procu
rado all no slo
F ig. G . N ave c e n tra l d e .M ercado de T ra ja n o
c o n m e m o r a r la
victoria que aca
baba de restablecer de un golpe la hacienda de los Csares y de la
cual procedan todas esas riquezas, sino tambin justificar su campa
a por la superioridad de la cultura que sus soldados proporcionaban
a los vencidos. En las estatuas de sus prticos haba constantemente
hermanado las glorias de la inteligencia con las glorias de las armas.
Al pie del mercado donde el pueblo adquira sus vituallas, en los flan
cos del foro donde los cnsules concedan sus audiencias y los em-

Fig. 7. E n se e t sty lo
Simblico relieve de la Columna Trajana.

E S P L E N D O R , E X T E N S I N

Y PO B L A C IO N

DE LA

Urbs

29

peradores pronunciaban sus arengas, ya sea como Adriano para anun


ciar la remisin de los impuestos, ya como Marco Aurelio para volcar
sobre el Tesoro pblico sus bienes personales, se redondeaba el hemi
ciclo donde, como lo ha demostrado Marrou, los maestros de la literatura
continuaban, an en el siglo iv, reuniendo a sus alumnos e impar
tiendo sus enseanzas.
La propia baslica, con su deslumbrante lujo, estaba subordinada
por tres gradas a las dos bibliotecas vecinas; y la columna historiada
que entre stas se interpona cuya posteridad es posible enumerar;
la columna aureliana en la misma Roma y las columnas de Teodosio
y de Arcadio en Constantinopla, para no citar ms que los ejemplos
antiguos; pero cuyo modelo nadie, hasta lo presente, ha logrado des
cubrir debe sin duda ser entendida, segn la interpretacin recien
temente vuelta a destacar por Parben, como una originalsima idea
del emperador llevada a la prctica por el arquitecto Apolodoro de Da
masco: erigindola en medio de la ciudad de los libros, Trajano habra
querido desarrollar, en las espirales que la revisten, los dos volumina
que refieren sobre el mrmol sus hazaas guerreras y exaltan hacia el
cielo su fuerza y su clemencia. Por otra parte, un relieve tres veces
ms grande que los otros separa las dos series de registros y nos revela
el sentido del monumento: representa una Victoria escribiendo sobre
su escudo. Ense et stylo, por la espada y por la pluma, podrase
glosar. Ese relieve, smbolo luminoso del fin pacificador y civilizador
que Trajano sinceramente asignaba a sus conquistas, aclara el pensa
miento que ha presidido sus designios, y en virtud del cual el impe
rialismo romano, esforzndose por abjurar la injusticia y la violencia,
persigue a toda costa su legitimacin espiritual.
Mas en el sitio mismo donde vemos resplandecer el ideal del nue
vo imperio, sentimos tambin palpitar el corazn de la capital cuyas
sucesivas ampliaciones haban corrido parejas con los acrecentamien
tos territoriales del Estado, hasta concluir por igualar en importancia
numrica a las ms poderosas de nuestra poca. Con la inauguracin
de su foro, en efecto, Trajano acababa la renovacin que haba em
prendido de la ciudad, para hacer a sta digna de su hegemona y
para aliviar a la poblacin abrumada bajo el peso de la creciente cifra
de sus habitantes. Ya con anterioridad y con idntico propsito, haba
ampliado el gran circo, abierto una naumaquia, canalizado el Tiber,
derivado nuevos acueductos, construido las ms amplas termas p
blicas hasta entonces vistas en Roma y sometido a prvisora y rigorosa
reglamentacin las iniciativas privadas en materia de edificacin. Esta
vez, el emperador coron su obra: al hender el Quirinal, franque al
trnsito nuevas vas; al aadir una vasta plaza pblica a aquellas me
diante las cuales sus predecesores Csar, Augusto, los Flavios y Ner-

30

LA

VIDA

C O TID IA N A

EN

ROMA

va haban procurado, uno tras otro, remediar la obstruccin del Foro


propiamente dicho, descongestion el centro de la metrpoli; al rodear
esa plaza de exedras, bibliotecas y una baslica, ennobleci los espar
cimientos del concurso que a diario all acuda; al prolongar su ex
tensin por las recovas del mercado recovas verdaderamente compa
rables, por la magnitud de sus dimensiones y por lo ingenioso de su
distribucin, a aquellas con las que Pars slo fu dotado en el si
glo XIX, facilit el abastecimiento de las muchedumbres. Por cierto,
esos trabajos ejecutados por Trajano seran incomprensibles sin la enor
me masa humana cuya suerte mejoraron y cuya antigua presencia
adivinamos en medio de las hoy ruinas desiertas. stas ia suponen, y
bastaran para demostrar su existencia, si pruebas irrecusables no la
hubiesen evidenciado desde hace largo tiempo.
2.

Los

R e c in t o s

urados

de

R oma

su

V er d a d e r a E x t e n s i n

N inguna cuestin ha sido ms frecuentemente debatida que la


de la poblacin de la capital del Imperio romano 2. Tampoco hay otra
cuya solucin sea ms urgente para el historiador, si es cierto, como
lo sostena ya el socilogo bereber Abenjaldn, que el crecimiento de
las ciudades, necesaria consecuencia del desarrollo de las sociedades
humanas, mide en cierto modo el nivel de su civilizacin. Pero, ay!,
no existe problema que haya suscitado mayores polmicas y contradic
ciones. Desde el Renacimiento, los eruditos que le han abordado no
han cesado de alistarse en dos bandos adversos. Los unos, como fas
cinados por el objeto de sus estudios, se apresuran a atribuir a la an
tigedad que acarician como un recuerdo de los siglos doradosla envergadura y el vuelo que los progresos de la ciencia han brindado
al mundo moderno; Justo Lipsio calcula tranquilamente en cuatro mi
llones los habitantes de la Roma imperial. Los otros, al contrario, per
suadidos de la inferioridad de las pasadas generaciones, les niegan a
priori los adelantos que reservan slo para su tiempo: Dureau de la
Mall, que entre nosotros fu el primero en tratar seriamente sobre
demografa antigua, rebaja a cerca de 261.000 almas la cifra ms alta
que a su juicio la verosimilitud concede a la ciudad de los Csares.
Pero Dureau de la Malle y Justo Lipsio tenan, por as decirlo, for
mada de antemano su opinion; y entre estas exageraciones extremas,
P a r a la p o b la ci n de R om a, lim it m e a en viar a la obra c l s ic a de
B eloch , Die Bevokerung der GriecMsch-Bomischen TFelt, y a la s p g in a s
p ertin en tes de F e r d i n a n d L ot en su herm oso lib ro L a fin du Monde Antige,
que b rin d a una b ib lio g r a fa com p leta h a sta 1925. E n la p resen te e x p o sic i n
he ten id o en cu en ta la s con clu sion es a que h e arrib ad o en lo s a rtcu lo s, ac
tu a lm en te en trad os en p ren sa, escritos p ara la rev ista S o m a ( 1 9 3 8 ), lo s M
langes Martroye y los Mlanges Dussaud.

E S P L E N D O R , E X T E N S I N Y

P O B L A C I N D E L A

Urbs

31

una crtica sin prejuicios puede llegar a una verdad muy suficiente
mente aproximada.
Los sostenedores de lo que yo llamara la pequea Roma son casi
siempre estadistas que rehsan obcecadamente detenerse en el examen
de los testimonios. Descartan a priori las noticias muchas veces expl
citas de los autores antiguos y fundan sus conclusiones en la consi
deracin del terreno. N o conservan nada ms q u e una sola base de
clculo: la que resulta de la relacin entre la superficie conocida y la
poblacin posible. En consecuencia, resuelven motu proprio que la Ro
ma imperial, cuya rea les parece exactamente limitada por el muro
de Aureliano y coincidir, poco ms o menos, con la superficie sobre la
cual se extiende la Roma por ellos visitada, no puede haber abrigado
una poblacin superior a la de sta. A primera vista, el argumento
parece decisivo. Si se reflexiona, se advierte que reposa sobre una ilu
sin, como es creer que se conoce la capacidad territorial de la antigua
Roma, y sobre el errneo postulado que consiste en transferir arbitra
riamente a esa hipottica superficie el coeficiente demogrfico extrado
de las ltimas estadsticas.
Este mtodo tiene, de comienzo, la sinrazn de no tomar en cuenta
la elasticidad del terreno, o, por mejor decir, la compresibilidad de la
materia humana. Dureau de la Malle obtuvo sus cifras trasladando al
interior de la muralla de Aureliano la densidad del Pars de Luis Fe
lipe, o sea 150 habitantes por hectrea. Si este autor hubiese escrito
setenta y cinco aos ms tarde, cuando esa densidad se elev, como
en 1914, a 400 habitantes por hectrea, hubiera llegado a u n resultado
tres veces mayor. Ferdinand Lot ha cometido la misma peticin de
principio al atribuir de ligero a la Roma de Aureliano la densidad de
la Roma de 1901, poblada por 538.000 almas. Desde entonces, el te
rritorio de Roma no ha sido ni lejanamente duplicado por las construc
ciones de post-guerra, y, sin embargo, el censo de enero de 1939 le
reconoca a la ciudad ms del doble de habitantes, o sea 1.284.600. En
ambos casos, el espacio atribuido a la Roma antigua es relacionado no,
como se imagina, con la poblacin que ha contenido antao, sino con
la que podra contener en la fecha en que el estadista se documenta;
de modo que esa relacin aritmtica es por entero arbitraria. Aun sobre
un suelo inmutable, las condiciones de habitabilidad cambian de una
poca a otra; y es claro que cualquiera relacin que se establezca entre
una superficie que se cree conocer y una poblacin que se ignora,
tiene que resultar forzosamente ua incgnita.
Y
yo agregara: una incgnita cuya bsqueda est de antemano
condenada a error si, como pienso, la antigua Roma no se mantuvo
dentro del permetro que corrientemente se afirma que la haba cir
cunscripto. El muro de Aureliano al cual se la limita no ha encerrado

32

LA

VIDA

C O T ID IA N A

EN

ROM A

la Roma imperial, lo mismo que el pomerium o muro falsamente atri


buido a Servio Tulio no haba antes bastado para circuir la Roma re
publicana. Mas esto exige algunas explicaciones retrospectivas.
La antigua Roma, como todas las ciudades de la antigedad grecolatna, estuvo siempre compuesta, desde los comienzos de su leyenda
hasta el fin de su historia, de dos elementos inseparables: un ncleo
urbano rigorosamente definido, Urbs Roma, y el territorio rural ad
yacente, Ager Romanus. ste se detena en la frontera de las ciudades
limtrofes, cuya individualidad municipal subsista no obstante su ane
xin poltica a la Urbe: Lanuvium, Ostia, Fregenas, Veyes, Fidenas,
Ficulea, Gabies, Tibur y Bovilla. Si para medirla se aplican los datos
que nos ha transmitido el bizantino Zacaras, debe representarse una
elipse cuyos ejes, respectivamente iguales a 17 km 650 y 19 km 100,
engendran, dentro de ms o menos 57 km de permetro, una super
ficie que se aproxima a 25.000 hectreas. Naturalmente, carecemos de
medios para precisar sus contornos o para reducir a cifras la poblacin
dispersa dentro de ella. Sus ciudadanos eran romanos de Roma, lo
mismo que los cives que residan en el centro aglomerado. Mas estos
ltimos eran los nicos que formaban la plebe urbana en el interior
de la lnea que con carcter oficial cea el espacio ocupado por la
Urbs o Ciudad propiamente dicha.
All se levantaban los santuarios, moradas de los dioses, all resi
dan el rey y, ms tarde, los magistrados herederos de su poder des
membrado, como tambin el Senado y los Comicios que primero con
aqul, despus con stos, gobernaron el Estado que formaba la ciudad.
As, en el origen, la Ciudad representaba algo muy diferente v mucho
mejor que un simple agregado ms o menos compacto de viviendas:
era un templo fundado conforme a las normas de la ciencia agorera,
y como tal estrictamente limitado por el surco que el fundador latino,
fiel a las prescripciones de un ritual originario de Etruria, haba ca
vado en derredor con un arado arrastrado por un toro y una vaca de
deslumbrante blancura, levantando la reja en los trechos donde luego
quiz se abriran las puertas y cuidando asimismo de arrojar las glebas
dentro del recinto. De esta rbita sagrada tendida delante de las fu
turas trincheras y murallas, de las que bosquejaba una suerte de an
ticipada imagen, y por tal motivo llamada pomerium (pone muros), la
Urbs ha derivado su nombre, su definicin primitiva y su defensa so
brenatural, asegurada por las interdicciones que de su suelo alejaban
la corrupcin de los cultos extranjeros, la amenaza de los alzamientos
en armas y la mancilla de las sepulturas.
Mas el pomerium que, por otra parte, habase ido trasladando
simultneamente con los sucesivos sinecismos de los que surgi la
Roma de la historia, aunque en la poca clsica conserv su signifi-

La

muralia

falsam ente

atribuida

a Servio

T ulio.

Restos

frente

a la

estacin

ferroviaria

de

R om a.

34

L A VIDA C O TID IA N A EN R O M A

cacin religiosa y continu amparando la libertad poltica de los ciu


dadanos con la prohibicin de acantonar legiones en su interior, dej
entonces de limitar la ciudad. Relegado al plano de los smbolos, fu
substituido, en esta funcin prctica, con una realidad concreta: la
muralla atribuida por falsa tradicin al rey Servio Tulio y construida,
por orden del. Senado republicano, entre 378 y 352 antes de Cristo,
con bloques de toba tan- slidamente aparejados, que lienzos enteros
emergen an en la Roma del siglo xx, especialmente en la Via delle
Finanze, en los jardines del palacio Colonna, y en la Piazza del
Cinquecento, frente a la estacin del ferrocarril: la abundancia de
sus vestigios ha permitido su reconstitucin. A partir del siglo n i antes
de nuestra era, ya no es ms el pomerium lo que determina el rea
urbana de Roma, sino la muralla cuyas poderosas hiladas desviaron la
agresin de Anbal, y que no se confunde con aqul. La muralla, lo
mismo que el pomerium, deja fuera de su mbito el llano denominado
Campo de Marte, sito entre el Tiber y las colinas y reservado para
los ejercicios militares y el servicio de los dioses; pero es ms extensa
que el pomerium e incluye territorios que ste no comprenda: la arx
y el monte Capitolino, la extremidad nordeste del Esquilmo, el Velabro
y, sobre todo, las dos mamblas del Aventino: la del norte, desde, la
fundacin del muro, y la del sud, que ste cubri cuando los cnsules
de 87 le prolongaron hasta all para mejor resistir el ataque de Cinna.
Con tal disposicin, se ha calculado que la muralla abrazaba 426 hec
treas. Poco es con relacin a las 7.000 de nuestro Pars. Es mucho
comparativamente a las 120 hectreas del mbito murado de la anti
gua Capua, a las 117 del de Cere o las 32 hectreas con que entonces
se contentaba el de Preneste. Pero, a qu tantas comparaciones? El
clculo de esta superficie de la Urbs no implica el de su poblacin.
En efecto, desde que los romanos, conquistando el Universo, dejaron
de temer a sus enemigos, los muros con los que se haban rodeado al
siguiente da del terror glico perdieron su utilidad militar, y los h a
bitantes de la Urbs comenzaron a desbordar la muralla, as como sta,
en poca precedente, haba desbordado el pomerium. En 81 antes de
Jesucristo, Sila, en nombre del derecho d los imperatores que haban
ampliado las fronteras del Estado, y con el objeto de descongestionar la
plebe urbana, habilit para la poblacin civil, entre el Capitolio y el
Tiber, una porcin del Campo de M arte cuyas dimensiones, es de
lamentar, nos son. desconocidas. La Urbs, por ese sitio, traspas oficial
mente su circuito amurallado, como ya prcticamente habale excedido
en otros puntos. Csar no hizo ms que legalizar una situacin de he
cho, que se remontaba sin duda al siglo n antes de nuestra era, cuan
do transport hasta la primera milla (1.478 metros) fuera de las mu

E S P L E N D O R , E X T E N S I N

PO B L A C I N D E

LA

Urhs

35

rallas los lmites que a Roma asignan las disposiciones de la ley postuma
que nos ha conservado la tabla de Heraclea.
Y
Augusto, a su vez, no hizo otra cosa sino volver a tomar, aumen
tndola, la iniciativa de su padre adoptivo, al concluir, en 8 antes de
Cristo, de identificar la Urhs con las catorce regiones entre las cua
les reparti los barrios antiguos y nuevos: trece regiones sobre la mar
gen izquierda del Tiber y la dcimocuarta en la orilla derecha, allende
el ro, regio Transtiberina, cuyo recuerdo sobrevive en el Trastevere
de hoy.
Augusto, que se gloriaba de haber pacificado el mundo, y que
clausur solemnemente el templo de Jano, no vacil en dejar de uti
lizar la vieja fortificacin republicana. Libre por su gloria y por sus
anexiones del cuidado de su seguridad, Roma, a la sazn, reventla
por doquier. Si cinco de las catorce regiones de Augusto continuaron
en el interior del recinto murado, cinco se desplegaron a uno y otro
lado de su trazo, y cuatro completamente fuera : las regiones V (E s
quilmo), VII (Va Lata), IX (Circo Flaminio) y XIV (Transtiberino);
y como para mejor subrayar la intencin del emperador, el uso po
pular di pronto a la primera de ellas el nombre de Puerta Capena,
la cual, despus de haber sealado la periferia, ocup el, centro en lo
sucesivo 3.
Las catorce regiones de Augusto han durado tanto .como el Im
perio: dentro de su marco debemos ubicar la Roma de los primeros
Antoninos, pues son sus lmites los que la han circunscripto. Pero esas
regiones no son susceptibles de una exacta mensura, y, en todo caso,
sera torpe error querer asimilarlas a aquellas que nos seala la m u
ralla de ladrillo con que Aureliano, al aproximarse los brbaros, quiso
proteger la capitl del imperio, y que, a partir de 274 despus de Je
sucristo, constituy simultneamente el reparo y el pomerium de ' Ro
ma. Todava en lo presente, con sus cortinas ruinosas y la descabalada
sucesin de sus torres, esta obra admirable, cuya fbrica se abrasa glo
riosamente al ardor del sol declinante, comunica al ms aptico t u
rista la inmediata visin de la majestad con que Roma se adornaba
an en su decadencia. Mas abstengmonos de reducir a ese lmite la
brillante imagen que Roma nos brinda en su poca de oro.
Aunque su camino de ronda se alarga sobre 18 km 837 de longi3

Sobre la Boma de las catorce regiones, cf. los dos volmenes de C l e

m e n t i , Boma, 1933; sobre el pomerium, la llamada m uralla serviana y el mu


ro de Aureliano, cf. los artculos del Dictionnaire topographique de P l a t n e r , A s h b y , que debern com pletarse: para el pomerium, con el artculo de M i c h e l
L a b r o u s s e en los Mlanges d Arahologie et d S i s t o i r e publicados por la E s

cuela francesa de Boma, volumen de 1937 ; para la denominada muralla ser


viana, con el admirable libro de G. S a e f l u n d , L e Mura di S o m a repubblicana,
Lund, 1932 ; y para la muralla de Aureliano, con la m onografa de K ic h m o n d ,
The City Wall of Imperial S o m e , Oxford, 1930.

E S P L E N D O R , E X T E N S I N

Y PO B L A C I N D E LA

Urbs

37

tud, circuyendo una superficie de 1.386 hectreas 67 reas 50 centireas, la muralla de Aureliano no ha sido ejecutada de diferente ma
nera que los muros evidentemente contemporneos con los que se
eriz Galia al choque de las hordas germnicas, y que en forma acabada
ha estudiado entre nosotros el seor Adrien Blanchet. De igual modo
que stos nunca protegieron por completo la ciudad, sino slo sus
partes vitales, como la coraza el pecho del combatiente, el muro aureliano no ha resguardado la totalidad de la Roma de las catorce regio
nes; y ms que por abrazar la ciudad entera, los ingenieros de Aure
liano se preocuparon por unir los principales puntos estratgicos y, a
la vez, por utilizar, con el menor gasto posible, las construcciones pre
existentes ms o menos fciles de incorporar en su sistema, como por
ejemplo los acueductos. Desde el Pincio hasta la puerta Salaria, en
la sptima regin, hanse descubierto cipos fronterizos a un centenar de
metros fuera del muro. De la puerta Prenestina a la puerta Asinaria,
la quinta regin se extenda 300 metros ms all de la muralla de
Aureliano, pues a esa distancia se levanta el obelisco de Antinoo, eri
gido, segn reza su inscripcin jeroglfica, en el lmite de la ciudad.
Anlogamente, la primera regin la exceda 600 metros trmino m e
dio, como resulta palmario si se tiene en cuenta que la cortina corre en
este sector a una milla (1.478 m ) al sud de la puerta Capena y que
la citada regin comprenda la des Martis, distante una milla y me
dia, y llegaba hasta el ro Almo (hoy Acquataccio), que se desliza
800 metros ms lejos. En fin, con mayor facilidad aun podra demos
trarse que la regin decimocuarta, cuyo permetro haca cruzar la m u
ralla al otro lado del Tiber, desbordaba a sta 1.800 metros al norte
y 1.300 metros al sud.
En estas condiciones, no es lcito reducir las catorce regiones de
la Roma imperial a los terrenos encerrados dentro de la muralla de
Aureliano; y, por otra parte, tampoco es permisible restringir su su
perficie a las 2.000 hectreas, ms o menos, que cea el mvil cor
dn de sus puestos de acceso: en efecto, desde la poca de Augusto,
los juristas haban en principio establecido que la Roma de las catorce,
regiones no estaba limitada por un cinturn inmutable, sino que cons
titua, de hecho y de derecho, algo as como una creacin perpetua
e incesante, automticamente extendida por las nuevas viviendas que,
a medida que se iban construyendo, iban prolongando sin interrupcin,
en una u otra regin, las manzanas de los antiguos edificios; y esto
hasta una milla (1.478 m ) de la ltima de aqullas: Roma continen
tibus aedificiis finitur, mille -passus a continentibus dificiis num e
randi sunt i . Esta nocin jurdica, esencialmente realista, no slo basta
D ig ., L , 16, 2, 87

( A lfe n o ) ;

ef. b i4 .

38

LA

para arruinar de
poblacin romana
superficie de las
aquellos que han
ciudad imperial.
3.

V ID A

C O T ID IA N A

EN

BOM A

antemano todo intento de establecer la cifra de


sobre base tan incierta y tornadiza como lo es
catorce regiones, sino que confirma la opinin
expresado su fe en un crecimiento indefinido de

El A c r e c e n ta m ie n to

de

la

P o b la c i n

la
la
de
la

R om ana

Por lo dems, este crecimiento surge elocuentemente de docu


mentos que a mano tenemos. Progresivo desde la poca de Sila hasta
el principado, acelerse todava ms bajo el feliz gobierno de los Antoninos. Para cerciorarse de ello, basta comparar una con otra las dos
estadsticas, separadas por un intervalo de tres siglos y llegadas hasta
nosotros por azar, de los v id de Roma, esto es, de los barrios deter
minados por las calles que los circunscriban en el interior de las ca
torce regiones, cada uno de los cuales, a partir de Augusto, estuvo
dotado de una administracin especial, bajo la autoridad de sus alcal
des, los vicomagistri, y la tutela de los Lares de las encrucijadas. En
primer lugar, Plinio el Antiguo nos informa que cuando se realiz el
lustrum de 73 despus de Cristo, al que presidieron, como censores,
Vespasiano y Tito, Roma estaba dividida en 165 vid. Y en segundo
trmino, los Regionarios preciosa coleccin del siglo iv, que Lanciani
llamaba el Gotha de la antigedad, y que ana bastante bien, en efec
to, un compendio del Bottin con un sumario de la Joanne arrojan
un total de 307 vid. De este modo, entre 73 despus de Cristo y, si
se quiere, 345 de nuestra era, que es la fecha intermedia entre el ao
334, a partir del cual fu compilado el ms antiguo de los Regiona
rios, la Notitia, y el ao 357, al que desciende la composicin del ms
reciente, el Curiosum; entre 73 y 345 de nuestra era, repetimos, el
nmero de los v id ha aumentado en 46 unidades, lo que representa
para Roma un acrecimiento territorial de 15,4 por ciento. Al propio
tiempo se comprueba, desde la poca de Csar hasta la de Septimio
Severo, un aumento demogrfico que no est directamente atestado,
pero que con toda evidencia se desprende del aumento de los gastos de
asistencia pblica a favor de la plebe romana. En tiempo de Csar y
de Augusto, la Anona mantena a 150.000 indigentes, que de ella re
ciban trigo gratuito. A principios del reinado de Septimio Severo, en
ocasin del congiario de 203, cuva munificencia nos elogia Din Casio,
el nmero de los socorridos ascenda a 175.000, lo que revela u n au
mento de 16,6 por ciento. El cotejo de estos porcentajes es doblemente
instructivo. Ante todo demuestra, como a priori ya poda presumirse,
que la extensin material de la Roma de las catorce regiones ha dejado
impresa sobre el terreno la prueba de su crecimiento demogrfico. In-

E S P L E N D O R , E X T E N S I N

V PO B L A C IO N DE LA

Urbs

39

dica despus, como tambin deba inferirse de la consolidacin de la


paz romana durante la primera mitad del siglo n, que el punto culmi
nante del aumento testificado por los legionarios en el siglo iv, pero
que ya se haba puesto en evidencia con anterioridad a las prodigali
dades de 203, debe haberse producido alrededor de los aos 100 a
150 de la era cristiana. De donde, para nosotros y para nuestro tema,
esta feliz consecuencia: es preciso estimar la poblacin de Roma bajo
los primeros Antoninos es decir, en un perodo de brillante pros
peridad en que, por infeliz suerte, las estadsticas nos faltan de manera
absoluta en una cifra superior a aquellas que poseemos para las
pocas inmediatamente precedentes, pero cercana a las que nos su
gieren los tardos datos de los Regionarios.
Empero, desde el comienzo del primer siglo antes de nuestra era
hasta promediar el siglo primero despus de Jesucristo, podemos se
guir el movimiento irresistible que no ces de engrosar la poblacin
de la Urbs, y que, ampliado ms tarde, condujo a Roma hasta un
punto ms all del cual hubirase quebrantado su cohesin y com
prometido su abastecimiento. Como en otra parte lo he demostrado,
la explosin de la guerra de les aliados, en 91 antes de Jesucristo, al
volcar sobre Roma, en una confusin terrencial, a todos los italianos
que, rehusando seguir a los insurgentes, buscaron en la ciudad pro
teccin contra sus represalias, provoc un salto de la poblacin an
logo al que hace quince aos ha promovido a Atenas, refugio de
los griegos de Asia Menor, a la categora de las grandes capitales euro
peas. Frente a una Italia y a provincias divididas entre el gobierno
democrtico de Roma y los ejrcitos que la nobleza senatorial haba
movilizado contra l, los censores de 86 tuvieron que renunciar al
censo universal de los ciudadanos del Imperio y procedieron, en com
pensacin, al empadronamiento de todos los rdenes de habitantes que
en la ciudad vivan. San Jernimo ha registrado en su Crnica el
resultado de esa operacin efectuada sin distincin de sexo, de edad,
de condicin o de nacionalidad; en total, 463.000 seres humanos :
descrbtione Rom facta inventa sunt hominum C C C C L X lll milia.
Treinta aos ms tarde, la cifra habase redondeado notablemente, si
es cierto, como lo afirma el escoliasta de Lucano, que Pompeyo, que
haba asumido en septiembre de 57 antes de Cristo la direccin de la
Anona, supo organizar la provisin del trigo indispensable para el sus
tento de por lo menos 486.000 bocas.
Despus del triunfo de Julio Csar, en 45 antes de Cristo, prodjose un nuevo salto adelante. No sabramos, por falta de cifras, me
dir su alcance; mas su sentido no es dudoso, porque en lugar de los
40 50.000 beneficiarios frumenticios a los que Cicern, en 71 antes
de nuestra era, hace alusin en las Veninas, Csar admite, en 44

40

LA

V ID A

C O TID IA N A

EN

ROMA

antes de Cristo, a 150.000 personas con derecho al trigo gratuito. C


sar, adems, en su carcter de prefecto de las costumbres, generaliz
la prctica accidental de los censores de 86 antes de Jesucristo y or
den completar el album tradicional de los ciudadanos del Imperio
mediante una estadstica completa de los habitantes de la Urbs, esta
dstica que sera en lo sucesivo levantada, calle por calle e inmueble
por inmueble, sobre la declaracin y bajo la responsabilidad de los
propietarios.
El avance ha proseguido bajo el principado de Augusto, durante
el cual ndices concordantes nos obligan a fijar el nmero de los ha
bitantes de Roma muy cerca del milln.
Ante todo, la cantidad de trigo que, en el curso de ese reinado,
la Anona debi almacenar cada ao para su subsistencia: 20 millones
de modii (1 milln 750.000 hectolitros) suministrados por Egipto, nos
dice Aurelio Vctor, y el doble proporcionado pox frica, nos ensea
Josefo: en total, 60 millones de modii (5 millones 250.000 hectoli
tros), cantidad que, a razn de un consumo medio de 60 modii (5
hectolitros 25) por cabeza y por ao, dara u n milln de consumidores.
Tenemos despus la declaracin de Augusto en sus Res Gest.
Augusto, investido por vigsima segunda vez del poder tribunicio y
por duodcima vez del consulado, o sea en 5 antes de Jesucristo, ha
dado 60 denarios a cada uno de los 320.000 ciudadanos que a la
sazn componan la plebe urbana. Ahora bien, de acuerdo con los
trminos empleados ex profeso por el emperador, esa distribucin slo
se efectu entre varones adultos: viritim, especifica el texto latino;
, traduce el ejemplar griego. De modo que fueron excluidas
las mujeres y los menores de once aos, que con aqullos formaban
parte de la plebe de la Urbs. Sguese de all aunque para es
te clculo se utilizan las proporciones que en lo presente han esta
blecido los actuarios entre los hombres, las mujeres y los nios que
el total de la poblacin romana de la Ciudad, en 5 antes de Cristo,
se ha elevado por lo menos a 675.000 cives. A este nmero es preciso
aadir los diez mil hombres que formaban la guarnicin de la ciu
dad y vivan en Roma, pero que no participaron del congiario. Y asi
mismo hay que agregar la muchedumbre de extranjeros avecindados
y la mar de esclavos, infinitamente ms importante todava. De suerte
que el propio Augusto nos lleva a suputar la poblacin total de Roma
bajo su reinado en un nmero que se aproxima al milln, si no le supera.
Por ltimo, las estadsticas incluidas en los Regionarios del siglo iv
de nuestra era 5 nos constrien a aumentar an ms esa cifra para el
5 Sobre el Curiosum y la N o titia , publicados en L. U r l i c h s , Codex Ur
bis S o m a e Topographicus, 1-27, cf. el reciente estudio de A r v a s t N o r t h ,
Prolegomena till den Bomerska Begionskatalogen, Lund, 1932.

E S P L E N D O R , E X T E N S IO N Y P O B L A C I N D E L A

Urbs

41

perodo del siglo n en que hemos dejado dicho que la poblacin de


Roma alcanz su ms alto vuelo. Mientras que adicionando, regin por
regin, las viviendas de la Urbs empadronadas en el Curiosum, se lle
ga a un doble total de 1.782 domus y 46.290 insul, la recapitulacin
del breviarium que encabeza la Notitia da de una vez 1.797 domus
y 46.202 insul. La diferencia entre ambos documentos procede se
guramente de la torpeza del copista del Curiosum, a quien a la larga
adormecan las fastidiosas enumeraciones que deba transcribir. El co
pista, en el curso de su desagradable trabajo, ha estropeado u omitido
algunos de los datos que a la vista tena, cuando no los ha repetido
mediante reiteraciones anlogas a las que ha cometido atribuyendo
consecutivamente igual nmero de domus a las regiones dcima y
undcima, o el mismo nmero de insul tanto a la tercera y a la
cuarta como a la duodcima y a la dcimotercera. Intil sera buscar
entre el Curiosum y la Notitia una conciliacin superflua. Es prefe
rible, entre los dos Regionarios, elegir aquel cuyo contenido ofrece la
menor posibilidad de error. En otros trminos, es lcito tener en cuenta
slo el resumen de la Notitia; y de la cifra que sta nos proporciona
de las viviendas de Roma debe deducirse el nmero que la Notitia
no nos da, pero que de ella se desprende de los habitantes que po
blaban las 1.797 domus y las 46.602 insul de su enumeracin.
Es evidente que el resultado slo puede ser aproximativo. Por otra
parte, los exagerados escrpulos de la crtica contempornea parecen
haberse complacido en complicar los requisitos del clculo. En Fran
cia, especialmente, Edouard Cuq y Ferdinand Lot piensan que en la
Notitia el plural domus engloba todos los inmuebles de la Urbs, y
que el plural insul es sinnimo de cenacula y significa los departa
mentos que integraban esos inmuebles. Consideran, en consecuencia,
que los dos datos encajan el uno en el otro y, adoptando un trmino
medio de cinco habitantes por departamento, le aplican por su propia
autoridad a las 46.602 insul de la Notitia, obteniendo as un total
de 233.010 habitantes. Mas sus operaciones estn viciadas desde el
principio por la evidente falsedad de sus interpretaciones verbales. Para
un latinista, la domus vocablo cuya etimologa evoca la idea de do
minio hereditario es la casa particular en la que vive, nica y exclu
sivamente, la familia de su propietario; y la insida construccin ais
lada, como su nombre lo indica es la casa de renta, el edificio di
vidido en una serie de cenacula o departamentos,
cada uno de los
cuales abriga ya un solo locatario, ya una familia de locatarios. Po
dranse acumular infinitos ejemplos: Suetonio, que recuerda la orden
de Csar disponiendo que las cdulas del censo fueran llenadas por los
propietarios de las insuls per dominos insularum; Tcito, que se de
clara vencido ante la dificultad de calcular con exactitud los templos,

42

LA

VIDA

C O TID IA N A

EN

ROMA

las domus y las insid desplomadas a raz del incendio de 64 despus


de Jesucristo; el bigrafo de la Historia Augusta, que relata que en
una sola jornada, durante el reinado de Antonino Po, las llamas de
voraron en Roma 340 viviendas inmuebles de renta o casas particu
lares incendium trecentas quadraginta insulas vel domus absumpsit.
En todos esos textos, la insula figura siempre como edificio autnomo.
Es unidad arquitectnica, no unidad locativa; y la^prueba de que ella
es designada con esta acepcin en el sumario de 1^' Notitia resulta, sin
duda alguna, de la detallada descripcin que este mismo documento
hace entre otros monumentos dignos de atraer, en la regin novena,
la curiosidad de los turistas de la insula Felides; esto es, del edificio
de Felicula, cuyas extraordinarias dimensiones destacaremos ms ade
lante. Por consiguiente, esnos vedado hacer entrar las 46.602 insul
en las 1.797 domus de la estadstica. Las insul, al contrario, deben
sumarse a las domus, y, para medir su contenido humano, por fuerza
tenemos que multiplicar el nmero de insul no slo por el trmino
medio de habitantes por cenaculum, sino tambin, y en seguida, por
la cifra media de los cenacula o departamentos que cada una de ellas
necesariamente comportaba.
Tanto ms cuanto que la suma de 233.010 habitantes a la que
llegan los calculadores que han comenzado por imponer a la nocin
de nsula esta reduccin deformatoria, seala una inferioridad inadmi
sible con el total de los ciudadanos adultos beneficiados en la Urbs con
las generosidades de Augusto; insuficiencia tan manifiestamente irri
soria, que condena por s sola el contrasentido que le da origen. Lo que
no significa que, por reaccin contra semejante sistema, sea preciso su
poner a cada insula los 21 22 cenacula que resultaran; en la Notitia,
de la relacin entre las 1.797 domus definidas como otras tantas insul
y las 46.602 insul definidas como otros tantos cenacula. Esto sera
caer en un exceso tan vituperable como el dficit anterior. Cuando
estudiemos, en el siguiente captulo, la casa tpica de Roma, nos con
venceremos rpidamente de que, trmino medio, la insula deba com
prender de cinco a seis cenacula o departamentos, en cada uno de los
cuales moraban, por lo menos, de cinco a seis ocupantes.
En virtud de estas consideraciones, del testimonio de los. Regiona
rios sobre el siglo iv debe por fuerz deducirse que en el siglo xi po
ca en que probablemente Roma ya ha concluido su crecimiento o, en
todo caso, en que le ha dado un vigoroso impulso, la Ciudad, adems
de los cincuenta mil ciudadanos, libertos y esclavos repartidos en un
millar de domus, posea, diseminada en los departamentos de sus 46.602
inmuebles de renta, una poblacin que ha debido oscilar entre 1.165.050
y 1.677.672 almas. Aun si se adhiere a la menor de estas dos estima
ciones, aun si se limita a las proximidades de 1.200.000 habitantes la

E S P L E N D O R , E X T E N S I N

Y P O B L A C I N D E

LA

Urbs

43

poblacin de la Urbs bajo los An toninosG, resulta patente que ese


conglomerado humano se acerca a los de nuestra poca, sin haber go
zado de las tcnicas y de los medios de comunicacin que en las ciu
dades modernas facilitan la aglomeracin y la subsistencia de las masas.
De esta manera, no puede ocultarse que la capital del Imperio tu
vo entonces que padecer ls inconvenientes de una superpoblacin
peor que la que aflige a las nuestras. Si la Urbs alcanz en su tiempo
un desarrollo tan enorme, guardando las distancias, como Nueva York
en el nuestro; si Roma, reina del orbe antiguo,
Terrarum dea gentium que, Roma,
Cui fa r est nihil et nihil secundum 7
Diosa de los continentes y de las naciones, oh, Roma!, a quien
nada iguala ni nada se aproxima, convirtise, en la poca de T ra
jano, eh la tentacular y colosal ciudad cuya grandeza de estupor
colmaba a extranjeros y provincianos, como la metrpoli americana pas
ma a la Europa de hoy, es muy probable que haya pagado ns caro
todava el gigantismo que, al llevarla a ejercer la dominacin univer
sal, termin por agobiarla.

O a t e s , en Classical Philology, 1934, pp. l l-1 1 6 , lia abordado, con p os


terioridad a Ferdinand Lot, el problema de la poblacin de Roma, llegando,
para el alto imperio, a la cifra urbana de 1.250.000 almas.
7 M a r c i a l , Ep., X I I, 8, 1 - 2 .

CAPITULO 11

LAS CASAS Y LAS CALLES


GRANDEZAS Y MISERIAS DE LA A N TIG ED A D
U N si se concede que tuviera arriba de 2.000 hectreas, el pe
rmetro de la Urbs imperial resultaba tanto ms estrecho para
contener holgadamente sus 1.200.000 habitantes cuanto que to
das sus porciones no eran utilizadas y ni siquiera utilizables. En efecto,
dbense restar parcialmente las numerosas zonas en las que los edificios
pblicos, santuarios, baslicas, depsitos, termas, circos y teatros, por dis
posicin de las autoridades, slo servan de morada a un puado de ocu
pantes, tales como porteros, depositarios, amanuenses, ujieres, esclavos
pblicos o miembros de ciertas corporaciones privilegiadas; y, sobre todo,
es menester excluir por completo de la superficie de la ciudad el lecho
caprichoso del Tiber y los poco ms o menos cuarenta parques o jar
dines que principalmente se extendan sobre el Esquilino, en el Pincio
y a lo largo de ambas orillas del ro; luego, el barrio del Palatino, cuyo
goce exclusivo estaba reservado al emperador; y, por ltimo, el Campo
de Marte, en el que los templos, prticos, palestras, ustrina y tumbas
cubran ms de 200 hectreas, y donde, por respeto a los dioses, las
viviendas de los hombres hallbanse proscriptas. Si adems se considera
que los antiguos no disponan del margen casi ilimitado que el pro
greso de las comunicaciones terrestres o subterrneas ofrece en Lon
dres, en Nueva York, en Pars al desenvolvimiento de las metrpolis
contemporneas, surge al instante que los romanos estaban condenados
por la indigencia de sus medios de transporte a no pasar jams ciertos
trminos territoriales, los mismos, sin duda, que Augusto y sus suce
sores haban sealado a la Urbs y ms all de los cuales su vida se
hubiera disgregado rompiendo su unidad. Incapaces de ampliar su te
rritorio al ritmo de su acrecimiento numrico, los romanos debieron re
signarse, sobre un suelo que les estaba estrictamente medido por el
estancamiento de sus tcnicas, a recuperar el espacio perdido mediante
recursos que no eran sino expedientes contradictorios: calles estrechas
y viviendas elevadas.

46

LA

VIDA

C O TID IA N A

EN

ROMA

As, la Roma imperial, constantemente y dondequiera, ha yuxta


puesto a sus esplendores monumentales la incoherencia de las vivien
das a la vez incmodas y fastuosas, desmesuradas y frgiles, que entre
s enlazaban angostas y sombras callejuelas. Y cuando nos esforzamos
por descubrir los rasgos de su autntica fisonoma, sentmonos descon
certados por los contrastes que en nuestra mente provocan sus imgenes
de grandeza moderna y de simplicidad medieval, y donde, bruscamente,
un brillante anticipo de arquitectura a la americana se detiene ante una
visin confusa de laberinto oriental.
1.

A specto s M

odernos

de

la

C a sa R o m a n a

Ante todo, el estudioso no puede menos de quedar sorprendido


por el aspecto actual de lo que otrora fu el tipo corriente de las
viviendas romanas. La publicacin que en 1910 emprend del barrio
de los muelles de Ostia; las excavaciones que a partir de 1907 han
sido reanudadas en el sitio de esa colonia arrabal y, en pequeo, fiel
espejo de Roma, y de las cuales, diez aos despus, Guido Calza de
dujo con verdadero talento las conclusiones necesarias; la resurreccin,
en la propia Roma, de los edificios que bordeaban la calle de la Pi
mienta, via Biheratica, en el mercado de Trajano; la extraccin de los
restos subsistentes bajo la escalera de la Ara Cli y, en fin, el estudio
de las construcciones que se levantaban en las laderas del Palatino, va
dei Cerchi, y bajo la galera de la plaza Colonna, nos han permitido
conocer sus dimensiones, sus plantas y su estructura verdadera1.
Cuando, treinta aos hace, se queran representar las casas roma
nas, transportbanse con la imaginacin a las mrgenes del Tiber los
diferentes modelos de edificios desenterrados de la lava o de los lapilli
del Vesubio, y se alardeaba de dibujar la imagen de la Urbs a imita
cin de las que haban suministrado las ciudades de Herculano y de
Pompeya. En cambio, hoy da no existe un solo arquelogo advertido
que pretenda aplicar este mtodo sumario adems y por completo ilu
sorio. Verdad es que la llamada casa de Livia, en el Palatino', as como
en Ostia la de los Gamalas, que luego pas a un tal Apuleyo, se ase
mejan a los edificios campanenses, y que, en rigor, pudese admitir
que los hoteles particulares d los ricos, los dominios o domus, a los
que se hace referencia en los Regionarios, haban casi siempre copiado
las formas de aqullos. Pero los Regionarios dan en la Urbs u n total
1 Ver, en ltim o trmino, la valiosa disertacin d e G. L u g l i , A s p e t ti
urbanistici di Boma antica, en los Bendiconti della P ontificia Accademi-a di
archeologia romana, X I I I , 1937, pp. 73-98. Sobre los orgenes de la insula,
c f. A .g n es K . L a k e , The origin of the roman house, en A m . Journal of
Archaeology, 1937, pp. 597-601. Su verdadera naturaleza ha sido establecida
por G. C a l z a en su clsica memoria de los Bendiconti dei Lincei, de 1917.

LAS CASAS Y LAS C A LLES

47

de slo 1.790 domus contra 46.602 insul, lo que equivale a decir que
en la capital se contaba un solo hotel particular por cada veintisis casas
de renta; y, de acuerdo con el testimonio de los textos y con la inter
pretacin objetiva de los fragmentos del catastro de la Urbs que Sep
timio Severo volvi a exponer en el Foro de la Paz, las ltimas inves
tigaciones han demostrado que la inmensa mayora de las insul dis
tan tanto de las excepciones de las domus como u n palacio romano de
un villino costanero, o como las suntuosas residencias de la calle de Ri
voli y de las grandes avenidas parisienses distan de las rsticas vivien
das de la Costa Esmeralda. En realidad, y por paradjica que a primera
vista parezca esta afirmacin, existe ciertamente ms grande analoga
entre la insula de la Roma imperial y las case populares de la Roma
contempornea, que entre aqulla y la domus de tipo pompeyano.
Esta ltima no ofrece a la calle ms que un paramento ciego y
macizo: todos sus- vanos dan a los espacios interiores. La insula, en
cambio, abre siempre sobre el exterior y, a veces, cuando est dis
puesta en torno a un patio central, hacia fuera y hacia dentro sus
puertas, sus ventanas y sus escaleras.
Compnese la domus de salas cuyas proporciones han sido calcu
ladas una vez para siempre, su uso hase fijado de antemano y se ali
nean las unas tras las otras segn un orden invariable: fauces, atrium,
al, triclinium, tablinum y peristilo. La insula comprende, reunidas
en cenacula, esto es, en viviendas separadas y distintas como nuestros
departamentos, piezas que no han recibido ningn destino previo y
que, intercambiables entre s dentro de un mismo piso, se suceden,
rigorosamente superpuestas, de arriba abajo del edificio.
La domus, salida en lnea directa de la arquitectura helenstica,
se extiende en sentido horizontal. Al contrario, la insula nacida, pro
bablemente durante el siglo iv antes de nuestra era, de la necesidad
de albergar, detrs de los llamados muros servanos, una poblacin en
constante progresin se desenvuelve en sentido vertical. A la inversa
de la domus de Pompeya, la insula romana ha crecido en altura v ha
terminado, bajo el imperio, alcanzando dimensiones, vertiginosas. Tal
es su carcter predominante; y es por ste que, despus de haber ma
ravillado a los antiguos, contina asombrando al hombre de nuestro
tiempo: tan notable es su semejanza con las viviendas urbanas ms
recientes y atrevidas.
En el siglo m antes de nuestra era, las instd de tres pisos ( tablata, contabulationes, contignationes') habanse hecho tan numerosas,
que ya no llamaban la atencin; y Tito Livio 2, enumerando los pro
digios que en el invierno de 218-217 antes de Jesucristo anunciaron
1

T ito L ivio , X X I, 62.

48

LA

VIDA

C O T ID IA N A

EN

ROMA

la ofensiva de Anbal, menciona, sin volver a insistir en ello, esa insula,


contigua al forum boarium, en la cual un buey, huido del mercado,
trep las escaleras hasta el tercer piso para luego precipitarse en el va
co entre los gritos y el espanto de los inquilinos. Al fin de la Rep
blica, el trmino medio que incidentemente supone esta ancdota ha
sido sobrepujado. La Roma de Cicern est como suspendida en el aire
sobre el escalonamiento de sus departamentos: Roman cenaculis subla
tam at que suspensam3. La Roma de Augusto irguese ms alto toda
va. Entonces, como escribe Vitruvio, la majestad de la Ciudad y el
considerable aumento de sus habitantes exigieron una ampliacin ex
traordinaria de las moradas, y los mismos hechos obligaron a buscar
un remedio en la altura de los edificios 4. Remedio, por lo dems, pe
ligrossimo: como la exagerada elevacin de los edificios entraara ries
gos para la seguridad de los ciudadanos y fuera causa de no pocos
derrumbamientos, el emperador prohibi a los particulares levantar cons
trucciones mayores de 70 pes (20 metros)5. Mas, a continuacin, pro
pietarios y alarifes rivalizaron en avaricia y en temeridad para explotar
a fondo los mrgenes de tolerancia que aun les dejaba aquella interdic
cin. Durante todo el transcurso del alto imperio, abundan las pruebas
de esta ascensin apenas creble para la poca. Estrabn, describiendo el
Tiro de los comienzos de nuestra era, observa con sorpresa que las casas
de este ilustre puerto levantino son casi ms elevadas que las de la
Roma im perialG. Cien aos despus, mofase Juvenal de esa Roma area
que descansa en viguetas delgadas y largas como flautas 7. Cincuenta
aos ms tarde, Aulo Gelio se queja de las viviendas de mltiples y
empinados pisos : multis arduisque tabulatis8; y el rtor Elio Aristides
piensa seriamente que si las casas de la Urbs fuesen de un golpe redu
cidas todas al nivel del piso bajo, se extenderan hasta Adria, sobre el
M ar Superior9.
Trajano renov y aun agrav las restricciones de Augusto10, fijando
en 60 pies (18 metros) la altura mxima de los edificios privados; pero
en vano lo hizo: la necesidad fu ms fuerte que la ley. Todava se mos
traba, en el siglo iv, entre las curiosidades de la Ciudad, al lado del
Panten y de la columna Aureliana, una casa gigantesca cuya prodi
3
4

Cicern , De leg. agr., I I ,


V itruvio , II , 3, 63-65.

96.

5 Sobre la reglam entacin de Augusto, cf. E stra b n , V, 3, 7 ; X V I, 2,


23; T cito , Hist., 2, 71; A ulo G elio , X V , 1, 2; M arcial , Ep.. I,
117, 7.
E st r a b n , X V I, 2, 23.
1 J u v e n a l , Sat., I l l , 190 y sig u ien tes.
6 A ulo Gelio , XV , 1, 9.
0 B lio A r s t id e s , Or., X IV , 1, p. 323 D in d o rf.
10 Sobre la reglam entacin de Trajano, cf. A urelio
V ctor , Epitome,
13, 13. Statuens ne domorum altitudo exsuperaret pedes Ix. Gf. Dig., X X X IX ,
I, 1, 17 y Cdigo Just., V I I I , 10, 1.

LAS CASAS Y LAS C A LLES

49

giosa talla mereca siempre la atencin del visitante: la insula Felicies,


el edificio de Felicula. Haba sido construido doscientos aos antes,
pues, al comenzar el principado de Septimio Severo (193-211), su fama
haba ya cruzado los mares: cuando Tertuliano quiere convencer a sus
compatriotas africanos de lo absurdo de las invenciones con las que los
Valentinianos pretenden colmar el infinito que separa la creacin del
Creador, no encuentra comparacin ms instructiva: brlase sin piedad
de esos herejes, embarazados con todas las construcciones y artificios
que ha engendrado su delirio, por haber transformado el Universo en
una suerte de inmensa casa de huspedes en cuyo desvn colocan a
Dios, bajo el tejado ad summas tegulas; casa de huspedes que le
vanta hacia el cielo tantos pisos como en Roma tiene el edificio'de
Felicula
Seguramente, no obstante los edictos de Augusto y de
Trajano, los arquitectos haban redoblado su audacia, y la nsula Felicles se ergua como un rascacielos sobre la Roma de los Antoninos.
Aunque la citada insula haya sido una excepcin singularsima,
una suerte de fenmeno casi monstruoso, probado est que los inmue
bles de cinco a seis pisos no eran raros en torno a ella. En el que
habit Marcial, sobre el>Quirinal, calle del Peral, el poeta deba subir
slo hasta el piso tercero para llegar a su departamento; mas l no era
el peor alojado. Ya sea en su misma nsula, ya en las insul vecinas,
haba locatarios muy menos favorecidos, puesto que estaban encara
mados a mucha mayor elevacin; y, en el cruel cuadro que de un in
cendio romano nos ha pintado Juvenal, simula ste dirigirse al despre
venido inquilino que mora, como el dios de los Valentinianos, en el
desvn de la posada:
Ya el tercer piso humea
y t lo ignoras. Mas si el fuego prende
en el piso ms bajo, al desdichado
que en el desvn habita,
donde la teja sola le defiende
de la lluvia, y el huevo deposita
la encelada paloma, qu le aguarda?
tan slo ser el ltimo que arda.12

Estas imponentes construcciones, que parecan no tener fin, y


de las cuales el transente deba alejarse para lograr entrever el re
mate, dividanse en dos categoras:
a)
Las ms suntuosas, en las que el piso bajo, constituyendo
un todo puesto a disposicin de un solo y nico inquilino, adquira
T e r t u l i a n o , A dv. Val., 7.
12 J u v e n a l , S oi., I I I , 199-202. H aba cinco pisos en la Biberatica y en
la Scala de la A ra Caeli.
11

50

LA

V ID A

C O TID IA N A

EN

ROMA

el prestigio y las ventajas de una casa particular ubicada en la base


de la insula. De all el nombre de domus que con frecuencia se le da,
en oposicin a los departamentos o cenacula de los niveles superiores.
b)
Las ms comunes, cuya planta baja haba sido dividida en
una serie de almacenes y tiendas, las tabern, que los textos mencio
nan a menudo y que son tanto ms fciles de figurar cuanto que el
esqueleto de numerosas de ellas, sobre la via Biberatica y en Ostia,
ha subsistido hasta nuestros das.
Slo los graves personajes de bien herrada bolsa podan permi
tirse el lujo de la do-mus que brindaban las primeras; y sabemos, por
ejemplo, que ya Celio pagaba por la suya, en tiempo de Csar, un al
quiler anual de 30.000 sestercios = 30.000 francos Poincar = 6.000
francos anteriores a la guerra 13.
Al contrario, una humilde poblacin vegetaba bajo la bveda de
las tabern. Cada una de stas abrase sobre la calle por una amplia
puerta de arqueado dintel, ancha como casi todo l ancho del local,
y cuyas hojas de madera, al tardecer, eran bajadas o corridas sobre
el umbral y cuidadosamente aseguradas con cerrojos o con aldabas. La
taberna no comprenda nada ms que la tienda de u n comerciante,
el taller de un artesano o el mostrador o el tabanco de un revendedor;
mas casi siempre haba lugar en uno de sus ngulos para cuatro o
cinco' peldaos de ladrillo o de piedra, sobre los que apoyaba una
escalera .porttil de madera. Por sta se llegaba a un zaquizam direc
tamente iluminado por una ventana oblonga y nica, que encima y
en medio de la puerta caa. El tugurio serva de habitacin privada
a los amos de la tienda, a los dependientes del almacn o a los obre
ros del taller. En todos los casos, trabajadores libreso domsticos ser
viles, los usuarios de una taberna,
para s y para lossuyos,no tenan
nunca ms de una pieza a su disposicin: all trabajaban, cocinaban,
coman y dorman en una promiscuidad por lo menos igual a la que
veremos entre los locatarios de los ltimos pisos. Pero quiz, y en
general, aqullos llevaban una vida ms msera que stos. Al menos
parece que los ocupantes de las tabern, casi siempre, veanse en tre
mendos aprietos para pagar sus alquileres. Al decir de los textos an
tiguos, el propietario, para apremiar a sus deudores morosos, se limi
taba a retirar la escala de madera que conduca al aposento de stos,
y as, cortndoles los vveres, los compela a capitular. Mas la grfica
expresin percludere inquilinum, sitiar al inquilino, no se hubiera
convertido, entre los jurisconsultos, en sinnimo de obligar al loca
tario al pago, si la operacin que ella evoca, y que slo es inteligible
en el humilde escenario de la taberna, no hubiese sido corrientemente
practicada en la Roma imperial.
13

C f. C ic e r n , Pro Caelio, V II, 17.

LAS CASAS Y LAS C A LLE S

51

En resolucin, diferencias apreciables existan entre las dos cate


goras de casas de renta a las cuales cabe el nombre de nsula; pero,
procediendo casi exclusivamente de la disparidad entre la domus y
las tabern de la planta baja, esas diferencias no impedan que unas
y otras insul estuvieran contiguas en el terreno y obedecieran a ias
mismas reglas en la distribucin interna y en el aspecto exterior de
sus pisos.
Consideremos la Roma actual: es muy cierto que sta, durante
los ltimos sesenta aos, y sobre todo despus del fraccionamiento de
la villa Ludovisi, ha conocido la unidad aislada de los barrios aris
tocrticos. Mas, con anterioridad, un soplo igualitario siempre haba
acercado all las ms nobles residencias a las casas ms vulgares; y,
aun hoy, suele'la sorpresa coger al forastero que bruscamente ve sur
gir, en la desembocadura de calles que colma el populacho, la majes
tad de un Palacio Farnesio. Es por este rasgo fraternal que la Roma
de los vivos ha resucitado a la de los Csares, donde las altas clases
y la plebe tocbanse doquier sin chocar en parte alguna. El orgulloso
Pompeyo no haba credo venir a menos permaneciendo fiel a las
Carenas. Antes de emigrar, por razones polticas y religiosas, a las de
pendencias de la Regia, el ms refinado de los patricios, Julio Csar,
resida en Subura. Ms tarde, Mecenas instal sus jardines en la parte
peor reputada del Esquilino. Hacia la misma poca, el riqusimo Asi
nio Polin -escogi para su morada la plebeya colina del Aventino, que
elegir tambin como domicilio Licinio Sura, el vice-emperador del rei
no de Trajano. A fines del siglo i de la era cristiana, el sobrino del
emperador Vespasiano y un poeta parsito como Marcial habitaron, no
lejos uno de otro, sobre las faldas del Quirinal; y, en las postrimeras
del siglo siguiente, Cmodo ser asesinado en el retiro que se haba
hecho construir en medio del democrtico Celio.
Con seguridad, a cada incendio que los devora, los diferentes ba
rrios de la Ciudad renacen de sus cenizas ms slidos y magnficos; sin
embargo, la vecindad de los contrarios, que en nuestra poca se repite,
subsiste, apenas atenuada, despus de cada una de esas renovaciones
forzosas. Por ello, toda tentativa para especializar las catorce regiones
de la Urbs est condenada a fracaso. A lo sumo puede convenirse en
que los delicados deseosos de evitar la multitud vironse obligados a
alejarse cada vez ms, a refugiarse a la vera del campo, en los pina
res del Pincio y del Janiculo, donde se extendan los parques de sus
villas suburbanas u ; mientras que, desalojada del centro por la presen
cia de la corte y la profusin de los edificios pblicos, a la vez que
Sobre las hermosas villas suburbanas, cf. M arctat,, I, 108, 2-4; V II,
61, 1-6. Que sus propietarios no hayan logrado siempre aislarse so desprende,
por otra parte, del encantador epigrama X , 79.

52

LA

VIDA

C O TID IA N A

EN

empujada hacia l por los negocios que en el mismo se traan, la gente


del pueblo afluyo de preferencia a las zonas intermedias entre los foros
y los arrabales, en las regiones exteriores y tangentes a la muralla re
publicana, que la reforma de Augusto haba de un golpe incorporado
a la Urbs.

JaMB

F ig . 1 0 . R u in a s d e la C asa de D ia n a, en O stia.

En efecto, si se consultan los Regionarios y se examinan en ellos,


regin por regin, los nmeros all consignados de las insul, esto es,
de las casas de renta, y de los vici, o sea de las arterias que sirven a las
insul; y si se suman dichos nmeros en dos grupos distintos respec
tivamente formados por las ocho regiones de la Ciudad vieja y por las

LAS CASAS Y LAS C A LLES

53

seis regiones de la Ciudad nueva, el trmino medio extrado de este


clculo es, para cada una de las primeras, de 2.965 insul y 17 vid,
y, para cada una de las segundas, de 3.429 insul y 28 vid. De esta
manera, a igualdad de regiones, es en la Ciudad nueva donde se api
aba el mayor nmero de inmuebles; y, a igualdad de vid , no es en
la vieja Ciudad (all haba 174 insul por vicus'), sino en la nueva
(en sta existan solamente 123 insul por vicus') donde las viviendas
alcanzaron su ms amplio desarrollo. Adems, los Regionarios han lo-

F ig . 11. L a C asa de D ia n a, en O stia. (R e co n stru c c i n p o r el A rq s I. G sm o n d i).

calizado la insula gigante, el rascacielo de Felicula, en la novena re


gin, llamada Circo Flaminio, en pleno centro de la Ciudad nueva.
Sondeos aislados llevan a la misma conclusin que las estadsticas glo
bales: los eficaces resultados del urbanismo imperial han engrandecido
desmesuradamente, en todo sentido y a la moderna, los vastos inm ue
bles de la Roma antigua.
Defuera, todas esas insul-. monumentales ofrecan notable pare
cido, volviendo hacia la calle fachadas casi uniformes. En cada una

.54

LA

VIDA

C O T ID IA N A

EN

ROIVIA

de ellas, los diveisos pisos superponan simtricamente sus cenacula de


capces vanos, y la escalera de piedra, conduciendo directamente desde
la calle hasta los departamentos superiores, cortaba con sus escalones
primeros la hilera de tabern o los muros de la donms. Reducido a sus
elementos esenciales, resltanos su esquema familiar: dirase que son
casas urbanas construidas ayer u hoy.
Ruinas bien conservadas han permitido a competentsimos exper
tos reconstruir sobre el papel el aspecto de esos edificios, y las recons
trucciones ofrecen tan grandes analogas con los inmuebles que hogao
habitamos, que nuestro primer impulso es desconfiar de ellas. Empero,
un examen ms atento prueba que han sido ejecutadas a conciencia y
con la ms absoluta fidelidad. Boethius, por ejemplo, confrontando so
bre una misma placa fotogrfica tal seccin del mercado de Trajano o
tal edificio de Ostia con
algunas m o d e r n a s casas
de la via dei Cappellari, en Roma, o de la va
dei Tribunali, en Npoles, ha mostrado, en esas
formas separadas por si
glos, contactos sorprenden
tes que, a veces, tocan en
identidad 15. Sin duda, si
resucitasen d e e n t r e los
muertos, los sbditos de
Trajano y de A d r i a n o
creeran entrar en sus ca
sas al cruzar el umbral de
esos ca so n i contempor
neos, y hasta lamentaran
con toda razn que, a lo
F ig, 12. C asa en u n a e sq u in a d e la V a d e la
F o r tu n a , en O stia. (R e c o n s tru c c i n p o r e l a r q u ite c to i. G is m o n d i).

menOS extei'ioi'mente, SUS


habitaciones hayan antes
perdido que ganado con

el correr del tiempo.


Comparada superficialmente con su heredera de la tercera Italia,
la insula de la Roma imperial testimonia un gusto ms delicado y
una ms elegante perfeccin. Y a fe que es la casa antigua la que
nos proporciona la impresin ms moderna. Sus paramentos aqu
de madera y de casquijo, all de ladrillos discretamente aparejados
15 Sobre estas comparaciones entre la poca antigua y la poca actual,
ver el interesante artculo de B o e t h i u s en los Sc ritti in onore di B. Nogara,
Boma, 1937.

LAS CASAS Y LAS C A LLES

55

disponanse con un arte cuya calidad no hemos vuelto a ver despus


de'los hoteles normandos y los castillos de Luis XIII. Sus puertas y
ventanas eran asimismo numerosas y con frecuencia ms amplias que
las actuales. La fila de sus tiendas estaba de ordinario protegida y di
simulada por la lnea de un prtico. En sus diferentes pisos se sus
pendan, sobre el frente principal, ya galeras (pergul) que descan
saban en el prtico, ya balcones (mnianci) de pintoresca variedad:
unos de madera, de los cuales se han hallado, encajadas en el muro,
las vigas de sostn; otros de ladrillo, ora apoyados sobre pechinas, ora
fundados en una serie de bvedas cilindricas rectas, a las cjue apun
talaban grandes mnsulas de travertino fuertemente encastradas en la

Fig.

13

, Frente y patio interiores de la Casa dei D ipinti, en Ostia.


(R econstruccin por el arquitecto I. G ism ond i).

fbrica sobre la prolongacin de los muros laterales. En las pilastras


de las galeras y en el antepecho de los balcones enroscbanse plantas
trepadoras. La mayora de las ventanas estaba adornada de macetas
con flores, formando esos jardines en miniatura de los que nos habla
Plinio el Antiguo; jardines que, en los rincones ms sofocantes de la
gran ciudad, mitigaban un tanto, entre los humildes pobladores de la
Urbs salidos de un largo linaje de paisanos, la nostalgia del campo16.
10

F ltn io

N. B., X IX , 5 9 ; e f . M a r c i a l , X I, 1 8 .

56

LA

VIDA

C O TID IA N A

EN

ROMA

Sabemos que en Ostia, a fines del siglo iv, los modestos alber
gues, como aquel donde San Agustn ha ubicado su sublime y apa
cible pltica con Santa Mnica, estaban siempre rodeados, a indica
cin de sus administradores, de follaje y verde sombra. La Casa dei
Dipnti, sensiblemente ms antigua, parece haberse hallado festonea
da y florecida en todos sus frentes y de pies a cabeza: la fidelsima
reconstruccin que Calza y Gismondi de ella han publicado, sugiere
la idea de una ciudad-jardn por entero semejante a las ms atrayen
tes de las que ahora construyen, para los obreros y para la pequea
burguesa de nuestros grandes centros, las sociedades inmobiliarias de
mayor prestigio y las asociaciones filantrpicas ms liberales y gene
rosas. Contemplando esa imagen singular y apenas mejorada, estamos
a punto de negar el progreso y de envidiar a los hombres que antao,
en tiempo de Trajano o bajo Adriano y Antonino Po, conocieron las
delicias de la realidad que ante nuestros ojos aqulla dibuja.

F ig . 14. F a c h a d a d e la C asa d e i D ip in ti , en O stia.


a rq u ite c to L a w re n c e ).

(R e co n stru c c i n p o r e l

Desgraciadamente para esta nsula, la ms lujosa de cuantas hasta


lo presente nos haya hecho conocer la ciencia arqueolgica, sus co
modidades no respondan a su presencia en modo alguno. Los arqui
tectos, por cierto, nada haban omitido para embellecerla. Habanla
solado con u n pavimento de baldosas y con mosaicos cuyas compli
cadas recetas hanos transmitido Vitruvio; y asimismo la haban re
vestido, con arreglo a los largos y costosos procedimientos que el mis
mo autor analiza, de colores hoy borrados en gran parte, pero antigua
mente tan vivos y animados como los frescos de Pompeya. A la cual
policroma debe la nsula el nombre con que la han bautizado los
sabios italianos: Casa dei Dipinti, casa de las pinturas. N o osara yo,
claro est!, ornarla de los laqueara cubiertos con chapas movibles de
tuya o de labrado marfil, con los que los advenedizos como Trimalcin
entapizaban la mquina que, colocada arriba del comedor, serva para

57

LAS CASAS Y LAS C A LLES

hacer descender una lluvia de flores, de perfumes o de menudos y


preciosos regalos sobre los satisfechos y sorprendidos convidados. Pero,
no estaran las piezas decoradas con aquellos cielos rasos de estuco
dorado que ya placan al caprichoso gusto de la mayora de los con
temporneos tie Plinio el Antiguo?
Sea lo que fuere, esa suntuosidad tena su reverso, y las ms opu
lentas insul pecaban a la vez por la fragilidad de su fbrica, por
la mezquindad de su moblaje y por la deficiencia de su iluminacin,
de su calefaccin y de su higiene.
2.

A specto s

A r c a ic o s

de

la

a sa

R omana

Estos altivos edificios eran de muy menguada planta. Mientras


las domus de Pompeya se extienden fcilmente sobre 800 y 900 me
tros cuadrados, ya las insul de Ostia, no obstante haber sido edifl
cadas con arreglo al plan de conjunto que Adriano impusiera a sus
arquitectos, slo rara vez cubren una superficie tan amplia; y en cuan
to a las insulse de Roma, las reas que resultan de los fragmentos del
catastro de Septimio Severo, donde ellas estn consignadas, varan de
ordinario entre 300 y 400 metros cuadrados. Aun suponiendo, lo que
sera poco razonable, que no hayan existido all otras ms reducidas,
para siempre jams sepultadas en las ruinas del terreno, las tales
cifras son desconcertantes: 300 metros cuadrados de extensin hori
zontal para un desenvolvimiento vertical de 18 y 20 metros, bien
poco es, sobre todo si se tiene en cuenta el espesor de los entrepisos;
y basta cotejar estos dos datos' para advertir al punto el peligro que
su desproporcin entraaba. Las fincas de Roma carecan de la base
correspondiente a su empuje ascencional, y sus derrumbamientos eran
tanto ms de temer cuanto que, seducidos por el cebo del lucro, los
alarifes haban economizado todava ms en la solidez de la mani
postera y en la calidad de los materiales.
La ley dice Vitruvio no autorizaba a dar ms de un pie y
medio (0 m 45) de espesor a los muros exteriores, y las paredes in
ternas, para que hubiera menos terreno perdido, no deban ser ms
gruesas. Aade Vitruvio que, a lo menos a partir de Augusto, se
obviaba esta delgadez obligatoriaipente excesiva mediante cadenas de
ladrillos que sostenan el casquijo, y comprueba con afable filosofa
que esta combinacin de sillares, cadenas de ladrillos e hileras de can
tos rodados ha permitido a los edificios alcanzar sin inconvenientes
ponderables alturas y al pueblo romano crearse con facilidad hermosas
habitaciones: populus romanus egregias habet sine impeditione habi
tationes 17.
17

V it r u v io , I I , 8 , 1 7 .

58

LA VIDA C O TID IA N A E N B O M A

Veinte aos ms tarde, Vitruvio hubiera cambiado de. tono. La


elegancia y la facilidad de las que l se felicita haban sido adqui
ridas con detrimento de la solidez. Aun cuando en el siglo n el apa
rejo de ladrillos comienza a prevalecer, esto es, aunque se adopt el
uso de revestir de ladrillos la totalidad de los paramentos, los hun
dimientos de las viviendas y sus demoliciones preventivas no cesaron
de colmar con su estruendo la Ciudad; y los locatarios de una insula
estaban constantemente expuestos a que sta cayera sobre sus cabe
zas. Conocido es el mordaz y atribulado pasaje de Juvenal:
Quin teme, o temi nunca la rina
en la helada Preneste o en Volsena,
que en selvosas gargantas se reclina,
o en Gabia tosca, en T bur montuosa?
Mas nosotros expuestos a mil males
vivimos sin temor una ruinosa
ciudad, que con puntales
frgiles en gran p arte. se sostiene;
pues con ellos el vlico contiene
techo ruinoso y muros,
y tapando las grietas, luego exclama
cuando el riesgo es mayor: Dormid seguros!

Y
no se piense que el satrico ha recargado las tintas, pues muchos
casos judiciales, previstos en el Digesto, confirman la precaria situa
cin que mova su enojo.
Suponiendo, por ejemplo, que el propietario de una instila la
haya alquilado toda por 30.000 sestercios (30.000 francos Poincar =
6.000 francos anteriores a la guerra) un locatario principal que, sub
arrendando los cenacula, obtiene una renta de 40.000 sestercios, y que
luego aqul resuelve demolerla so pretexto de que el edificio amenaza
caer, una accin por daos y perjuicios ser admisible de parte del
locatario principal. Si verdaderamente el inmueble ha sido demolido
por necesidad, el demandante tendr derecho a recibir una suma igual
a su propio alquiler, y nada ms. En cambio, si la finca ha sido de
molida para facilitar al propietario una reconstruccin mejor y ulterior
mente ms remunerativa, ste, adems, deber abonar al arrendatario
al cual su iniciativa haya causado' la eviccin de los subarrendatarios, la
suma de que este xodo haya privado al locatario principal. 18
Este texto es sugestivo en s mismo y por lo que permite adivinar.
Los trminos de su pedestre redaccin no dejan ninguna duda sobre
la frecuencia de las prcticas a que hace referencia; y stas demuestran
* Dig., X I X , 2, 30.

LAS CASAS Y LAS C A LLES

59

que las casas de la Roma imperial, tanto o ms endebles que las an


tiguas casas americanas, se derrumbaban o se demolan como no ha
mucho tiempo las de Nueva York.
Adems, se incendiaban tan frecuentemente como las de Estam
bul en la poca de los Sultanes. Porque eran inconsistentes. Porque la
pesada contextura de sus entrepisos exiga gruesas vigas de madera. Por
que los riesgos de la combustin pasebanse all de bracero con las estu
fas porttiles de la calefaccin, con los candiles, las lmparas fumosas
y los hachones para el alumbrado nocturno. En fin, porque, como ve
remos, el agua era avariciosamente medida a los pisos altos. Consecuen
cias: el crecido nmero de incendios y la rapidez de su propagacin.
Cabe recordar aqu el arbitrio que, en el postrero siglo de la Re
pblica, el plutcrata Craso haba ideado para explotar los incendios y
acrecer, con sus estragos, su desaforada fortuna. Sabedor de un siniestro,
acuda al lugar donde ste se haba producido, prodigaba sus consuelos
al propietario desesperado por la sbita destruccin de su bien y, acto
continuo, le compraba a ruin precio, muy por debajo del valor real,
el terreno sobre el que slo yaca un informe montn de escombros.
Tras lo cual, con uno de sus equipos de albailes a los que l mismo
haba adiestrado, reedificaba en el propio lugar una nsula flamante,
cuya renta no tardaba en reintegrarle con creces el capital invertido.
Y ms tarde, bajo el Imperio, despus de la creacin, por Augus
to, de un cuerpo de bomberos o vigilantes, la prctica de Craso no hu
biera dado inferiores resultados. Hasta en tiempo de Trajano, tan ce
loso de la polica de la Urbs, era el incendio moneda corriente en la
existencia de los romanos. Tiembla el rico por su morada y, en su an
gustia, hace velar por una cohorte de esclavos sus vasos de precioso m
bar, sus bronces, sus columnas de mrmol frigio y sus incrustaciones de
concha o de marfil. El pobre es sorprendido durmiendo en su desvn
por las llamas invasoras y piensa ser asado vivo. En todos es tan pode
rosa la obsesin, que Juvenal, para substraerse a ella, est dispuesto a
desertar de Roma:
Yo vivir quiero do la llama
del incendio, ni el miedo me despierte
de noche . . . 1,0
Y a fe que el poeta no exagera. Los juristas son el eco de sus
stiras: ensanos Ulpiano que en la Roma imperial no pasaba un solo
da sin varios incendios : plurimis tino die incendiis exortis. 20
Del mal, el menos: la penuria de muebles disminua la magnitud
19

J u v e n a l , X IV , 305 y

I I I , 196.

U l p i a n o , en Dig., I, 15, 2.

60

LA

VIDA

C O T ID IA N A

E > ' riO M A

de cada una de esas catstrofes. Con condcxon de haber sido precavi


dos a tiempo, los pobres diablos de los cenacula, como el imaginario
Ucalegn que Juvenal, por irona, ha bautizado burlonamente con el
pico nombre de un troyano de la Eneida, presto estaban en disposi
cin de poner a salvo sus modestos chirimbolos 21. Los ricos, en la
ocurrencia, tenan ms que perder y no hubieran podido, como aqul,
salvar todo su haber en un paquete. Sin embargo, tambin ellos slo
posean, con sus estatuas de mrmol o de bronce, un mobiliario muy
reducido, cuya opulencia dependa menos del nmero y del tamao de
sus piezas que de las materias preciosas y de las formas peregrinas que
para ellas haban exigido.
En el pasaje de Juvenal que he citado ms arriba, si el millona
rio puesto en escena ha tomado tantas precauciones contra el fuego, es
para preservar no lo que hoy llamaramos los muebles, sino solamente
los objetos de arte y las cos
tosas chucheras. En las ca
sas de todos los romanos,
el m o b l a j e consista esen
cialmente en las camas so
bre las cuales dorman du
rante la noche y a la siesta,
y en las que coman, reci
ban, l e a n y escriban el
resto de la jornada. La gen
te pobre se contentaba con
camastros de mampostera
adosados a los muros y cu
biertos con jergones de pa
ja. Los ricos gastaban tanto
mayor nmero de lechos y
F ig . 15. - M e s a de b ro n ce. (M useo d e ap les)

ta n t0

m s

v j st0 SOS C u a n to

mejor acomodaba a su gus


to y antojo. Tenan lechos pequeos de una plaza, y stos eran ma
yora: lectuli. Asimismo haba camas de dos plazas para matrimonio:
lectus genialis; camas de tres plazas en los comedores : triclinia; y
en casa de aquellos que buscaban publicar su fortuna y deslumbrar
al prjimo, veanse camas de seis plazas. Habalas vaciadas en bron
ce, y otras, en mucho las ms numerosas, que slo estaban talladas
en madera de encina, de arce, deterebinto o de tuya, o en esas ma
derasexticas de lneas ondulantes y tornasolados reflejos que les
prestaban mil colores a un tiempo como el plumaje del pavo real:
a

Sobre el modestsimo ajuar d los popes, cf. M a k c ia l., X I I , 32.

LA S CASAS Y LAS C A LLE S

61

lecti pavonini. Y tambin haba las que combinaban la madera de


sus cujas con el bronce de sus pies, cuando no el marfil de sus pies
con el bronce de sus cujas; unas en las que la madera tena incrus
taciones de carey, y otras en las que el bronce estaba nielado con
plata y aun con oro ~. Y, en fin, camas haba de plata maciza, como
la en que se echaba Trimalcin. Sea lo que fuere, el lecho era el
mueble por excelencia tanto de la domus seorial como de la instila
proletaria, y poco faltaba para que en sta y en aqulla la cama di-

Fig. 16. A g rip in a a rre lla n a d a en u n a cath ed ra ,

(M useo C ap ito lin o , R om a).

suadiera a los romanos de procurar y utilizar cualquier otro elemento


del moblaje.
Sus mesas en nada se parecan a las nuestras. Slo muy tarde
y a travs del culto cristiano se convirtieron en las mesas macizas de
cuatro patas que en lo presente utilizamos. Durante el alto imperio,
22 Sobre este lujo, c f. Cu io n t , g y p te des Astrologues, Bruselas, 1937,
p. 100, n. 6.

62

LA

VIDA

C O TID IA N A

EN

las mens eran ya aparadores de mrmol montados sobre un pie y


destinados a exponer a la admiracin de los visitantes los ms pre
ciosos objetos de la casa (cartibula), ya veladores de madera o de bron
ce provistos de tres o cuatro trapezophora movibles, ya simples trpo
des cuyas patas metlicas y plegadizas terminaban por lo comn en
garras de len.
En cuanto a los asientos, sus restos se encuentran ms raramente
en las excavaciones que los de las mesas, y con razn. Como los hom
bres coman y trabajaban acostados, aqullos ninguna funcin tenan
que cumplir. En efecto, el silln o thronus, con brazos y espaldar,
estaba reservado a la divinidad; la silla de respaldo ms o menos in
clinado, la cathedra, casi no se utilizaba en la vida privada: slo al
gunas damas copetudas
c uya m o l i c i e , po r
ot ra p a r t e , c e n s u r a
J u v e n a l t e n a n el
hbito de r e c o s t a r s e
m e l i n d r o s a m e n t e en
ellas; y los textos nos
las muestran nada ms
que en dos casas: en
la sala de recepcin
del palacio de Augus
to el Toma asiento,
Cinna de nuestro vie
jo Corneille p r o c e d e
en lnea directa del re
lato de Sneca y en
F ig. 17. Silla de tije ra , (M useo d e a p les >
el c u b c u l o (cubicu
lum) d o n d e Pnio el
Joven reuna a sus amigos para hacer tertulia. Fuera de all, las cathedr slo aparecen como atributo del maestro que ensea en su schola,
o del sacerdote que oficia en su templo: el hermano arval de la
religin oficial, el jefe de ciertas sectas esotricas del paganismo y,
ms tarde, el presbtero cristiano. Explcase, pues, que de su nombre
de cathedr hayamos derivado el nombre de nuestras ctedras. Para
el uso corriente, los romanos se contentaban con bancos (scamna) o
con escabeles (subsellia) o con sell, sin brazos ni espaldar, que lle
vaban consigo cuando salan de sus casas, y que, aun siendo curu
les y de marfil, como las de los magistrados, o de oro como la de
Julio Csar, no dejaban de ser simples sillas de tijera.
Despus de las camas, lo esencial del mobiliario consista en fun
das, alfombras, colchas y cojines que se extendan o colocaban sobre

LAS CASAS Y LAS C A LLE S

63

los lechos, al pie de las mesas, sobre los escabeles y sobre las sell, y
consista, por fin, en los ornamentos varios y en la vajilla.
La vajilla de plata era de uso tan comn, que Marcial ridiculiza
y tiene por tacaos a los amos que, como aguinaldo de las Saturnales,
no g r a t i f i c a n a sus
clientes por lo menos
con cinco libras (poco
ms de un kilogramo
y medio) en objetos
de plata23. La vajilla
no era de barro nada
ms que entre los mi
serables. Entre los ri
cos, estaba cincelada
por maestros, c e n t e
lleante de oro24 y con
piedras preciosas en
gastadas. Al leer cier
tas descripciones anti
g u a s se experimenta
u n deslumbramiento
de cuento de las MU
y Una Noches, pues
se penetra en un am
b i e n t e semejante al
en que el Islam no
h a c e s a d o de vivir,
con amplios a p o s e n
tos desnudos d o n d e
la r i q u e z a se mide
por la profusin y la
profundidad de los
divanes, p o r el viso
de los damascos y por
el b r i l l o de la orfe
brera y de los cobres
ataujiados, m i e n t r a s
Fig. l f l . V aso de p la ta del te so ro de B e rn a y .
e s t n totalmente au
(G a b in e te d e F r a n c ia ).
s e n t e s las comodida
des que en la actualidad conoce el mundo occidental.
2S Sobr la vajilla, cf. M a k c i a l , V i l , 53.
M Sobre la riqueza de los muebles romanos, cf. M a r c i a l , V I, 94 ;
X I, 66; J u v e n a l , X I, 120, etc.

XI,

64

LA

VIDA

C O T ID IA N A

EN

ROMA

La iluminacin, de igual modo, era en extremo deficiente hasta


en lascasasromanas msnotables: no es que los amplios vanos que
horadaban sus muros no hayan
sido capaces, a ciertas horas, de inun
darlas del aire y de la luz que ahora
nosotros con a v i d e z deseamos; sino
que, en determinados momentos del
da, o bien no dejaban penetrar all
ni el uno ni la otra, o bien las ilumi
naban y las ventilaban ms de la
cuenta. Va un ejemplo: ni en la via
Biberatica, en el mercado de Trajano, ni en la Casa dei D ifinti, en Os
tia, se han hallado fragmentos de mica
o vestigios de vidrio junto a las ven
tanas, prueba de que esas habitacio
nes no haban sido guarnecidas de las
sutiles y transparentes planchas de
lafis specularis con las que, en tiem
po del Imperio, entre las familias aco
modadas, solan obturarse, a veces, las
alcobas, los cuartos de bao, los in
vernculos y hasta las sillas de ma
nos; ni guarnecidas de vidrios gruesos
y opacos anlogos a los que todava
se ven en los tragaluces de las termas
de Pompeya y Herculano, donde es
te hermtico cierre contribua a man
tener el calor sin crear all completa
obscuridad25. Por tanto, las habitacio
nes deban protegerse o
muy mal, mediante lien
zos o pieles que el vien
to a g i t a b a y b a t a el
chaparrn o demasiado
bien, mediante ventanas
25
en las
44, ii.
desde

Los referidos vidrios, extremadamente raros en Italia, eran corrientes


villae de Galia ( c f . C m o n t, Comment la Belgique f u t romanise, p.
3 ). Sobre las copas de vidrio pintado, importadas de Siria a Roma
el siglo primero de nuestra era, of. en ltim o trm ino el artculo de
S i l v e s t m n i , L a ooppa vitrea greco-lessandrina di Looarno, en Bull, d Arte,
1938, pp. 490-493, que rem ite a la b ib liografa anterior y principalm ente a
l a nota fundam ental de E t . M io h o n , en el Bulletin de Ja Socit des A n t i
quaires de 1913.

65

LA S CASAS Y LAS C A LLE S

madera que no detenan el fro, la lluvia, la cancula o la tramon


tana, sino interceptando al mismo tiempo y por completo la luz. En
una finca de tal naturaleza, el ocupante fuera ste un ex cnsul 3'
se llamara Plinio el Joven estaba condenado a temblar de fro como
un azogado o a tener que resguardarse de la tormenta tras una cortina de tan profundas tinieblas, que ni el fulgor de los relmpagos
lograba atravesar 26.
La puerta, reza el proverbio, o abierta o cerrada debe estar. Al
contrario, en la insula romana hubiera sido preciso, para el bienestar

F ig. 20. L m p a ra de
b r o n c e . {M useo de
H e rc u la n o ).

Fig.

21. L a m p a ra

de

b ro n c e .

(Museo

de

aples).

de sus locatarios, que las ventanas jams estuvieran ni completamente


abiertas ni por entero cerradas; y es seguro que, a despecho de su
nmero y de su tamao, stas no prestaron los servicios ni ofrecieron
las comodidades que brindan las nuestras en la vivienda de hogao.
Igualmente, las condiciones de la calefaccin eran, en la insula,
por dems defectuosas. Como la insula haba abolido el atrium y como
sus cenacula se cubran unos a otros, rale vedado utilizar el hogar
que los campesinos encendan en el centro de sus cabaas, y cuyas
chispas y humo escapaban por el agujero de propsito abierto en la
techumbre. Por otra parte, sera grave yerro creer que alguna vez la
M P l i o t o e l J o v e n , Ep., II, 17, 16 y 22; cf. V II, 21, 2 y IX , 36, 1; y
A p u l e y o , Met., II , 23.

66

LA

VIDA

C O T ID IA N A

EN

ROMA

instila goz de los beneficios de la calefaccin central, de los cuales


se la ha dotado slo por un equvoco y falso sentido dado a las pa
labras y por un error de hecho. Las instalaciones calorficas romanas,
de las que se conservan vestigios en no pocas ruinas, jams han desem
peado esa funcin. Recordemos en qu consistan:
a) En primer lugar, un aparato de calefaccin la hypocausis
(estufa) compuesto de uno o dos hornos alimentados, segn la in
tensidad y la duracin de la llama a mantener, con lea, carbn ve
getal, hacecillos de ramas o hierbas secas, y de un conducto emisor

F ig. 22, C o rte e sq u e m tic o de la in s ta la c i n c alo rfic a de la lla m a d a C asa d e


la s V estales, en el F o ro ro m a n o . a, re s p ira d e ro , b, h y p o c a u s tu m ; c, p ila ;
d, h y p o c au sis.

por donde las caloras, el holln y el humo penetraban a un tiempo


en el hypocaustum adyacente.
h) El hypocaustum, cmara de calor caracterizada por las hile
ras paralelas de pequeas pilas de ladrillos, por entre las cuales circu
laban las llamas, el humo y el calor producidos por la estufa o hypo
causis.
c)
Por ltimo, las salas caldeadas sitas, o mejor dicho, suspen
didas arriba del hypocaustum y, por tal circunstancia, llamadas sus
pensuras. En realidad, y estuvieran stas unidas o no por los vacos
de sus paredes, las suspensurse estaban separadas del hypocaustum por

Fig. 23.

H o rn o y c h im e n e a de u n a p a n a d e ra de P o m p e y a .

(F o to g ra fa A lin a ri).

68

LA

VIDA

C O T ID IA N A

EN

ROMA

un entrepiso formado por un lecho de ladrillos, una capa de greda y


un pavimento de piedra o de mrmol. La fuerte compactibilidad del
entrepiso serva para impedir la penetracin de gases importunos y
nocivos en el interior de las suspensur, al mismo tiempo que atem
peraba su caldeamiento.
Comprubase en la referida instalacin que la superficie caldea
da de las suspensur no exceda nunca la superficie de los hypo
causta, y que su funcionamiento requera a lo menos una hypocausis
por cada hypocaustum Por consiguiente, el sistema no era una cale
faccin central y en modo alguno poda ser empleado en las casas
de varios pisos. En la antigua Italia, el mecanismo en cuestin ha ser
vido a un edificio entero slo cuando ste formaba una pieza aislada
y nica, como la letrina escombrada en Roma, en 1929, entre el Gran
Foro y el foro de Csar. Por otra parte, nunca ocupa nada ms que
un pequeo sector de los edificios donde aun subsiste: el cuarto de
bao de las villas mejor acondicionadas de Pompeya o el caldarium
de las termas pblicas. Adems, este sistema calorfico no ha dejado
rastros en ninguna de las insul por nosotros conocidas.
Mas esto no es lo peor: la insula remana no ha posedo chime
neas ni calorferos. En Pompeya, slo en algunas panaderas el horno
ha sido completado por u n tubo parecido a los caones de nuestras
chimeneas. Sin embargo, no podramos afirmar que aqul es identificable con stos: de los dos ejemplos que se pueden aducir, uno est
truncado, de modo que ignoramos dnde iba a desembocar, y el otro
no termina arriba del techo, sino en una estufa situada en el piso pri
mero. Anlogas tomas de aire no se han descubierto ni en las villas
de Pompeya, ni en las de Herculano, ni, con mayor razn, en las casas
de Ostia, las cuales reproducen punto por punto el tipo de la insula
romana. Por tanto, forzosamente debemos concluir que, en los inmue
bles de la Urbs, si el pan y las galletas se cocan a la lumbre que el
homo encerraba, los otros alimentos cocinbanse a fuego lento sobre
pequeos hogares, y que, para luchar ' contra el fro, los romanos no
estaban armados sino de braseros. Muchos de estos utensilios eran
porttiles o rodantes. Algunos estaban trabajados en cobre o bronce
con habilidad y fantasa encantadoras. Pero la elegante nobleza de
este arte industrial no compensaba la inferioridad de su tcnica ni el
corto alcance de sus medios de accin. Las altivas viviendas de la
Ciudad no disfrutaban de la dulce tibieza que en su derredor esparcen
los radiadores de nuestros aposentos, ni de la alegra que crepita y
chispea en la llama del hogar. Adems, estaban amenazadas a veces
por el traicionero ataque de gases perniciosos y, a menudo, por la in
vasin del humo, que no siempre evitaban la desecacin prolongada
y ni siquiera la previa carbonizacin de los combustibles utilizados

LAS CASAS Y LA S C A LLES

69

(ligna coctilia, acapna). Para calentar sus ateridos miembros en el ri


gor, felizmente no excepcional, de su mala estacin, los habitantes de
la antigua Roma no tuvieron otra cosa, sino las brasas de sus re
juelas 27.
Por lo dems, la insula no estaba mejor provista de agua. Reco
nozco que este aserto contradice la opinin general. Pero se olvida de
que el transporte de agua a expensas del Estado haba sido concebido
por los romanos como un servicio exclusivamente pblico, del cual el
inters privado haba sido excluido desde los orgenes; servicio que
continu funcionando bajo el Im p e rio ad ti sum populi, como dice
Frontino, esto es, en beneficio de la colectividad y sin consideraciones
hacia el bien de los particulares. Pinsase en los catorce acueductos
que a Roma conducan la frescura de los manantiales del Apenino, y

que, segn los clculos de Lanciani, vertan diariamente mil millones


de litros en las 247 arcas de agua, castella, donde se operaba la decan
tacin. Pinsase en las fuentes que antao, como hoy, llenaban la
Ciudad con la meloda de sus chorros y los haces de su luz, o en esos
gruesos caos de plomo que llevaban a las casas particulares el agua
suministrada por los acueductos y substrada a las fuentes de la mon
taa. En fin, hllase placer en imaginar que las casas romanas goza
ban, como las nuestras, de las ventajas del agua corriente.
Mas no hay nada de ello. En primer trmino, ha sido preciso es
perar el principado de Trajano y la inauguracin, el 24 de junio de
109 2S, del acueducto intitulado con el nombre de ese emperador aqua
27 Aun .en Galia, donde los sistem as de calefaccin haban sido perfec
cionados, la asfixia por el xido de carbono de los braseros era de temer.
Juliano, en Lutecia, estuvo a punto de morir asfixiado (M isopogon, 341 D ).
28 Sobre la aqua Traiana, ver el texto de O stia que he comentado en
los C. B. Ae. Insc., 1932, p. 378 : aquam suo nomine to ta Urbe salientem,
dedicavit ( T raian u s).

70

LA

VIDA

C O T ID IA N A

EN

ROMA

Traiana para que el agua manantial fuera conducida hasta los ba


rrios de la margen derecha del Tiber, los cuales, hasta ese momento,
haban tenido que componrselas con sus pozos. En segundo lugar, aun
sobre la ribera izquierda, las ramificaciones derivadas, con permiso del
prncipe, de los castella de sus acueductos, eran otorgadas, mediante el
pago de una suerte de censo de agua, a ttulo estrictamente personal y
slo a los propietarios de bienes races; adems, y por lo menos hasta
principios del siglo n, esas onerosas concesiones eran revocables y bru
talmente suprimidas por la administracin la misma tarde de la muerte
de los concesionarios. Por ltimo razn principal, parece que esos
conductos privados estuvieron en todas partes limitados al piso bajo,
donde preferentemente elegan su domicilio los acaudalados que mora
ban en las casas de renta. As, en la colonia de Ostia, no obstante
poseer sta, a imitacin de la vecina Roma, un acueducto, caeras
municipales y conductos particulares, ninguna construccin ha reve
lado todava los caones ascendentes que hubieran permitido subir el
agua manantial a los pisos altos; y, cualquiera sea la poca de su re
daccin, los textos antiguos dan testimonio en contra de la posibilidad
de su presencia. Ya en las comedias de Plauto, el amo de casa cuida
de que sus domsticos llenen cada da las ocho o nueve tinajas (dola)
de bronce o de barro, que nunca deja de tener de reserva 20. Bajo el
Imperio, el poeta Marcial lamenta verse compelido a utilizar la bomba
de encorvado mango que adorna el patio de su casa 30. En las Stiras
de Juvenal, los aguadores (aquarii) son considerados los ms nfimos
de los esclavos 31. Segn los jurisconsultos de la primera mitad del si
glo ni, los aguateros son tan imprescindibles para la vida colectiva de
cada nsula, que ellos, por as decirlo, forman parte de sta y pasan,
junto con sus porteros (ostiarii) y camareros (zelarii), a ser propiedad
del heredero a quien se le ha legado el inmueble
32.
Paulo,
del Pretorio, no ha olvidado, en sus instrucciones al prefecto de los
Vigilantes, de recordarle a este jefe de los bomberos romanos que in
cumbe a su cargo advertir a los locatarios que tengan siempre pronta,
en sus departamentos, el agua necesaria para extinguir cualquier prin
cipio de incendio: u t aquam unusquisque inquilinus in cenaculo ha
beat kibetur admonere 33.
Es evidente que si a los romanos de la poca imperial les hubiese
bastado, como a nuestros contemporneos, abrir un grifo para ver el
P l a u t o , Cas., I , 30 y p s sim .
M a r c i a l , IX , 19 (debe asimismo advertirse que M arcial slo tiene
bomba en su casa de cam po). P l i n i o e l J o v e n (., II, 17, 2 5 ), en su
villa,
tiene nicamente pozos.
J u v e n a l , V I, 332.
P a u l o , en Dig., I I I , 6, 58; cf. F a p i n i a n o , en Dig., X X X I I I , 7, 12,
42.
33 P a u l o , en Dig., I, 15, 3, 3-5.
20

LAS CASAS Y LAS C A LLES

71

agua correr a mares sobre el vertedero, tal recomendacin hubiera sido


superflua. El solo hecho de que Paulo la haya formulado nos mustra que, fuera de algunas excepciones por otra parte, aun no sea
ladas, el agua de los acueductos llegaba nicamente a la planta ba
ja de las insul. Los ocupantes de los cenacula superiores deban ir
a buscarla a la fuente vecina; y esta obligacin, tanto ms penosa cuan
to a mayor altura se hallara el cenacultm, complicaba las operacio
nes de la limpieza cuyas dificultades crecan a medida que las habi
taciones se aproximaban al tejado y estorbaba los lavados que hu
bieran requerido, harto ms que los otros, para sus tabiques y sus
pisos, los aposentos populares de las ltimas contignationes. En reso
lucin, menester es declarar que, por falta de fregados con agua abun

dante, muchos departamentos de las insul romanas estuvieron con


denados a ser cubiertos por la roa, y fu fatal que terminaran sucum
biendo por ausencia de un sistema de aguas corrientes, que nunca ha
existido sino en la imaginacin de arquelogos demasiado optimistas.
Lejos de m la idea de menoscabar la admiracin que merece la
red de cloacas que acarreaba al Tiber las inmundicias de la Ciudad. Co
menzada en el siglo vi antes de nuestra era, constantemente extendida
y mejorada bajo la Repblica y el Imperio, fu proyectada, realizada
y mantenida en tan grandiosa escala, que convoyes de heno circula
ban cmodamente por algunos de sus sectores, y Agripa que fu
quiz el que ms contribuy a acrecentar el rendimiento de las cloa
cas y la higiene de la Urbs haciendo verter en aqullas, por siete ca-

72

LA

VIDA

C O T ID IA N A

EN

ROMA

nalizaciones a la vez, el sobrante de los acueductos pudo recorrerla


ntegra, en barc^, con entera facilidad. Su aparejo era de extraordina
ria solidez: el ms espacioso y tambin el ms antiguo de sus sumi
deros, esa cloaca maxima que desde el Foro hasta el pie del Aventino
desempeaba la funcin de colector general, subsiste y desemboca to
dava en el ro, a la altura del Ponte rotto, redondeando an hoy,
como en tiempo de los reyes a los que se atribuye la obra, el arco de
medio punto, de cinco metros de dimetro, cuyas dovelas de toba,
obscurecidas, mas no decentadas por los siglos, se mantienen en per
fecto estado desde hace dos mil quinientos aos. Es una colosal obra
maestra en la que colaboraron, con la dilatada experiencia acumulada
por los etruscos en el avenamiento de sus marismas, la osada y la
paciencia del pueblo romano; y, tal como ha llegado hasta nuestros
das, honra a la antigedad. Mas no puede negarse que los antiguos,
sobrado audaces para emprenderla, harto pacientes para cumplirla, no
fueron bastante hbiles para aprovecharla como nosotros lo hubira
mos hecho en su lugar, ni de ella sacaron el partido que les ofreca
para la limpieza de su ciudad y para la salud y el decoro de sus ha
bitantes.
Si bien esa obra sirviles para recoger los excrementos de los pi
sos bajos, al mismo tiempo que los de las letrinas pblicas instaladas
directamente sobre su trayecto, resulta palmario que los romanos no
se preocuparon por ponerla en comunicacin con los retretes privados
de los cenacula. Solamente en un reducido nmero de villas pompeyanas, las letrinas del piso alto podan enviar sus inmundicias al albaal,
sea por el conducto que las una a los excusados de la planta baja,
sea por una tubera especial. En 1910 cre notar, en dos o tres salas
del barrio de los muelles de Ostia, caos de descenso 34. Pero reconozco
la suma endeblez de la interpretacin que entonces di a esos cilin
dros, cuyo casquijo demasiado grosero prueba que datan de una poca
tarda; cilindros que, arrinconados en un ngulo de la taberna, se unen
al suelo por un dado de mampostera tambin mediocremente cons
truido. Como no se ha excavado el subsuelo, no podra afirmarse si
penetran o no en l. Como la parte superior del edificio al que per
tenecen se ha desmoronado, tampoco estamos seguros de que se hayan
elevado ms arriba del zaquizam de la taherna. Y, finalmente, como
cilindros anlogos faltan tanto en las insul ms importantes de Ostia
como en las ruinas hasta lo presente exploradas en Roma, debemos ne31 Acerca de los caos de descenso, cf. m i artculo sobre L e Quartier
des d o c k s- Ostie, en los Mlanges d Archologie et d H istoire de 1910. Por
otra parte, las atarjeas son recientes en las casas de nuestras modernas ca
pitales. B ajo el segundo Im perio, en Francia, todava se arrendaban el v a
ciado y la lim pieza de las letrinas.

Fig.

26. Letrina

pblica

en

O stia

74

LA

VIDA

C O TID IA N A

EN

ROMA

cesariamente atenernos al juicio del abate Thdenant, quien, treinta y


cinco aos ha, sostena sin ambages que las cloacas de la Urbs nunca
tuvieron comunicacin alguna con los departamentos de las insulte. Las
atarjeas de la casa romana no son otra cosa, sino un mito engendrado '
por la complaciente imaginacin de los modernos; y, de todas las mi
serias que sobre la Ciudad pesaban, es esa, sin duda, la que con ms
repugnancia rechazara la poblacin de hoy.
. Los ms ricos, ciertamente, escapaban de ella. Si vivan en su ho
tel particular, bastbales hacer construir en la planta baja una letrina.
El agua de los acueductos llegaba hasta el retrete, y, en el peor de los
casos, si ste quedaba muy alejado del ramal de una cloaca para poder
arrojar en l las inmundicias, stas caan en un hoyo subyacente. El
foso como ocurre en el comn exhumado en 1892 cerca de San Pie-

Fig. 27. R etretes pblicos en Tim gad, A rgelia.

tro in Vincoli pecaba siempre de falta de profundidad y de desage.


Seguramente durante el gobierno de Vespasiano, los comerciantes en
abonos adquirieron el derecho de vaciar esas sentinas. Si los privilegia
dos de la fortuna moraban en una insula, podan tomar en arrenda
miento el piso bajo, que les brindaba iguales ventajas, y, por ese hecho,
denominbase tambin domus.
Pero los pobres tenan ms camino que recorrer, pues, sin excep
cin algna, estaban constreidos a salir de sus casas. Si no carecan
de recursos para sufragar este menudo gasto, entraban, pagando, en uno
de los retretes pblicos administrados por asentistas fiscales: los con
ductores foricarum. La propia multiplicidad de tales establecimientos,
que los inventarios de los Regionarios consignan, es un ndice de la
importancia de sus clientelas. En la Roma de Trajano, como todava

LAS CASAS Y LAS C A LLES

75

en algunas de nuestras aldeas rezagadas, la inmensa mayora de los


particulares slo tena a su disposicin letrinas pblicas. Mas la seme
janza entre lo antiguo y lo moderno no pasa de all. Por poco que se
recuerden los ejemplos de Pompeya, de Timgad, de Ostia y, en Roma
mismo, el ejemplo que nos ha proporcionado la forica situada en la in
terseccin del Foro v del forum Itilium, caldeada en invierno por un
hypocaustum, y a la cual ya he hecho referencia, los antiguos retretes
romanos nos resultan doblemente desconcertantes. Son letrinas pbli
cas, en toda la extensin de la palabra, como las enramadas de la tropa
en campaa. Dejando a un lado todo escrpulo, ah los amigos se dan
cita, ah hay palique, ah el gorrn va en busca de conocidos que le
inviten a comer 35. Y, al propio tiempo, estn dotadas de superfluida
des de las que nosotros las eximimos y decoradas con una prodigalidad
que no estamos habituados a desplegar en sitios tales. Alrededor del
hemiciclo o del rectngulo que con graciosa elegancia dibujaban, el
agua corra de continuo por regueras delante de las cuales hallbanse
dispuestos hasta veinte asientos, de mrmol fabricados. En cada uno de
stos, la tabla perforada estaba encuadrada por mnsulas esculpidas en
forma de delfines, que servan a la vez de apoyo y de separacin. No
era raro ver, encima de ellos, nichos conteniendo estatuas heroicas y
divinas, como en el Palatino, o un altar de la Fortuna, la diosa que
dispensa salud y felicidad, como en Ostia 3; y tambin era frecuente,
como en Timgad, que la sala estuviera alegrada por la cancin de un
juego de aguas.
Confesmoslo: somos desconcertados por tan estupefaciente mez
cla de delicadeza y grosera, somos desorientados por la solemnidad y
la gracia de la decoracin, as como por la alarmante familiaridad de
los actores. Mal que me pese, vuela mi mente a las madrasas del siglo
XV que he visitado en Fez, cuyas letrinas, arregladas, tambin ellas, para
recibir a un tiempo un mar de gente, estn revestidas de estucos exqui
X I, 77, 1-3 :
I n omnibus Vacerra quod conclavibus
Consumit horas et die toto sedet
Cenaturit Vacerra non cacaturit.
E li el siglo X V III , Felipe V e Isabel Farnesio tenan el hbito de en
cerrarse juntos en la letrina; y se me hace saber que excusados con dos
asientos existan an en Ypres en 1914.
311 Sobre la diosa portadora de la felicidad, ver mi artculo en el Journal
des Savants, 1911, p. 456, y compararla con la
de las termas de Dura (C f. Excavations at Dura, Report V I, New-Haven,
1936, p. 10 5 ). E n la visita que acabo de haeer a las ruinas de Tripolitania,
el profesor Caputo ha tenido a bien sealarme la presencia de una estatua
de Esculapio en las letrinas de Leptis M agna y de una estatua de Baco en
los retretes contiguos a los baos de Sabratha. Sobre los siete sabios de Gre
cia y las letrinas, ver las excavaciones de 1937, todava inditas, efectuadas
por Calza en Ostia.
35

M a rc ia l,

76

LA

VID A

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EN

ROMA

sitamente traviesos y cubiertas por un lujoso cielo raso de cedro calado.


Y, de pronto, experimentamos el sentimiento de que Roma donde
hasta las secretas del palacio imperial, adornadas y majestuosas como
un santuario bajo, su cpula, comprendan tres asientos uno al lado de
otro, de que esa Roma mstica y terrena, artista y sensual, va a re
unirse, lejos de nosotros, desenfadadamente y sin rubor, con el exo
tico Maghreb de la poca de los Mernidas.
Pero los retretes pblicos no eran frecuentados ni por los avaros
ni por los miserables. stos nada queran saber de dejar ni siquiera un
as a los asentistas de las foric. Preferan exonerarse en los cntaros
de intento desbocados, que el batanero de la esquina, mediante el pa
go de un impuesto, haba adquirido de Vespasiano el permiso 'de c o
locar delante de su taller para que los transentes los llenaran gratui
tamente de la orina necesaria para su industria. O bien bajaban de
sus altos aposentos para vaciar sus orinales (lasana) y sus sillicos (sell
pertus) en la cuba o el dolium colocados bajo la caja de la esca
lera 37. O bien aun, si este recurso habales sido rehusado por el amo
de la insula, se trasladaban al estercolero ms prximo. Pues, en la
Roma de los Csares, lo mismo que en cualquier desharrapado lugarejo, ms de una calle estaba apestada por uno de esos hoyos de in
mundicias (lacus) que, durante su censura, Catn el Antiguo haba
ordenado cubrir y empedrar, al propio tiempo que haca limpiar las
cloacas y construir otras nuevas bajo el Aventino. En el siglo de Ci
cern y de Csar, esos pestilentes vaciaderos no haban desaparecido:
Lucrecio los menciona en su poema De nattira rerum. Doscientos aos
ms tarde, bajo Trajano, continuaban infestando a Roma; y en tan
inmundos parajes podan verse a hembras sin entraas que, resueltas
a desembarazarse de su prole, al amparo de una ley brbara, iban a
exponer all a sus recin nacidos; y veanse tambin a seoronas ma
chorras apresurndose a recoger disimuladamente los falsos hijos con
que satisfacan, engandole, el anhelo de paternidad clavado en el
corazn de sus crdulos esposos3S. Por ltimo, no faltaban bolonios
y peleles que estimaban esos muladares muy alejados de sus empina
dos cochitriles, y que, para ahorrarse la fatiga del viaje, arrojaban por
la ventana, en la calle, el contenido de sus escupideras Guav de los
transentes que se hallaran a tiro de esas pestferas descargas! M an
chados y hasta estropeados, como en la stira de Juvenal39, no tenan
ms remedio que entablar demanda contra desconocidos; y, en mu87 Acerca del dolium bajo la escalera, especialmente en la insuda Ser
toriana, cf. C. I. L., Y I, 2 9 .7 9 1 .
38 Sobre los lacus, ver T ito L ivio , X X X IV , 44, 5; L ucrecio , V I , 1.22;
J u v e n a l , "VI, 602 ; y el artculo que publiqu en las Mmoires de la Socit
des Antiquaires, de 1928 (C f. Cu m o n t , g y p te des Astrologues, p. 187, n. 1 ).
30

J uvenal, III,

271.

LAS CASAS Y LAS C A LLE S

77

chos pasajes del Digesto, los jurisconsultos clsicos no desdean carac


terizar esos delitos, someter esas causas a los jueces, tratar de descu
brir a los infractores y fijar la tabla de las indemnizaciones debidas a
las vctimas. Ulpiano dispone en serie las hiptesis para poder sea
lar con mayor precisin a los culpables, y dice:
Si muchos habitasen en un departamento (cenaculum), tenin
dolo entre ellos dividido, no habr accin nada ms que contra aqul
que reside en la parte de donde se derram el lquido. Si el locatario,
a su vez, subarrienda aposentos (cenaculariam exercens), pero conser
va para s el uso de la mayor parte de su departamento, l solo ser
considerado responsable. Si, al contrario, el locatario que subarrienda
aposentos conserva para su propio uso nada ms que un reducido es
pacio, l y sus subarrendatarios sern declarados solidariamente res
ponsables. Y lo mismo ser si lo que se arroj o derram hubiese par
tido de un balcn.
Pero, ms adelante, Ulpiano no excluye las responsabilidades in
dividuales que el sumario pueda llegar a revelar, e invita al pretor
a que, juzgando con equidad, supute sus sanciones segn la gravedad
de los perjuicios ocasionados. Por ejemplo, cuando, a raz de la cada
de uno de esos proyectiles arrojados o derramados desde una casa, el
cuerpo de un hombre libre haya sufrido una lesin, el juez deber
conceder a la vctima, amn del reembolso de los honorarios pagados
al mdico y de los otros gastos efectuados en la curacin, el valor del
salario de que estuvo privado, o de que haya de estar privado porque
qued intil a consecuencia del accidente.40
Discretas disposiciones, en las que podra creerse que se inspira
la moderna legislacin de accidentes; aun cuando en realidad sta no
las ha seguido hasta el fin, pues -Ulpiano concluye en una restriccin
que, de ser admitida por nuestros tribunales, acabara rpidamente con
la clientela de las clnicas de ciruga esttica; restriccin en la que el
jurista ha traducido, con el laconismo de su lenguaje impasible, el
generoso sentimiento de la dignidad humana que mueve su nimo:
En cuanto a las cicatrices y deformaciones que pudieran resultar del
accidente, no se har estimacin alguna, porque el cuerpo de un hom
bre libre no tiene precio.
Este ltimo rasgo, de rara elevacin moral, se alza como una flor
en medio de una cinaga y agrava la confusin en que nos sume el
espectculo que vislumbramos a travs de los mltiples y sutiles an
lisis de los juristas. Tambin nuestras grandes ciudades estn ensom
brecidas por la miseria, mancilladas por el desaseo de sus conventillos,
deshonradas por los vicios que stos engendran. Mas la lepra que las
10
U lp ia n o , en D i g . , I X , 3, o y 7. A n lo g a ju risp ru d en cia
de los An to n in o s: G a y o , en D i g ., L I Y , 7, 5, 18.

en tiem p o

78

LA

VIDA

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EN

ROMA

roe est localizada y no va ms all, por lo comn, de sus barrios


malditos. En cambio, tinese la impresin de que Babitt y Soho se
extendan a todas las regiones de la Roma imperial. En la Urbs, casi
siempre, la insula perteneca a un propietario que, deseando eludir
las molestias de una gerencia directa, arrendaba por cinco aos los
departamentos de los pisos altos a un agente que haca de la explo
tacin de los cenacula una verdadera industria. Este locatario princi
pal, que deba pagar al propietario un alquiler por lo menos igual al
de la domus de la planta baja, no ejerca un oficio muy descansado.
Tena que velar por la conservacin de los locales, buscar inquilinos

Fife'. 28. A viso d e a lq u ile r. En la h e re d a d d e J u lia F e lix , h ija d e E s p u rio


Felipe, se a lq u ila , d e sd e e l 19 a l 6 d e lo s id u s d e A u g u sto , p o r cin co a o s c o n se c u
tiv o s, u n b a o d e lo s lla m a d o s d e V e n u s p a r a la c lase d is tin g u id a (? ), tabern
y cenacula. N o se a lq u ila r a los q u e e je rz a n u n a p ro fe s i n in fa m a n te .
(Cf. C. I . L ., IV ., p. 66).

y ubicarlos debidamente en la nsula, mantener la paz en ese peque


o mundo y, arrendador por ao, cobrar los vencimientos trimestra
les. Pero al fin se canta la gloria: exagerados beneficios compensaban
el trfago y cubran los riesgos del negocio.
El encarecimiento de los alquileres es tema de eternas lamenta
ciones en la literatura romana. Ya eran tan exorbitantes en 153 antes
de Cristo, que un rey proscripto, para no ser desalojado por moroso,
debi compartir su departamento con un artista pintor. En tiempo de
Csar, los ms humildes ascendan a 2.000 sestercios = 2.000 francos
Poincar = 400 francos de antes de la guerra. En los das de Domi
ciano y de Trajano, con lo que costaba el alquiler de un ao se poda
adquirir, y aun sobraba, la plena propiedad de un sonriente y fresco
cortijo en Sora o en Frosinone41. De suerte que, aplastados por ese
1;

41 Sobre los alquileres, of. Dig., X I X , 2, 30 y 58; D io d o r o , X X X I, 18,


Caes., 38; J u v e n a l , I I I , 223.

S u e to n io ,

79

LA S CASAS Y LAS C A LLES

peso intolerable, los inquilinos del locatario principal estaban casi siem
pre obligados, para hacerse de una ayuda de costa, a subarrendar, a
su vez, todas aquellas piezas de su cenaculum que no les eran abso
lutamente necesarias; y, a raz de ello, en cualquier lado de la ciudad,
ms se ascenda dentro de un inmueble, ms el hacinamiento se ha
ca irrespirable y ms innoble se tornaba la promiscuidad. Si el piso
bajo se divida en varias tabern, estaban stas colmadas de artesanos,
revendedores y figoneros como el deversitor de la insula descripta por
Petronio42. Si, en cambio, haba sido reservado para habitacin de
un solo posesor privilegiado, el piso bajo hallbase ocupado por los
familiares y servidores del amo de la domus. Mas, de cualquier ma
nera, arriba estaban los departamentos que, poco a poco, se atestaban
de gente, y de gente non sancta. All se apiaban familias enteras, all
progresivamente se acumulaban suciedades, detritos y basuras, y all,
en fin, retozaban las chinches que uno de los picaros del Satiricon,
escondido bajo su camastro, vese obligado a besar sobre los muros
plagados de infinitos parsitos. Y en casi todas partes, ya se trate de
elegantes domus o de plebeyas insul caravasares cuya poblacin,
horriblemente mezclada, requera para el mantenimiento del orden
un ejrcito de esclavos y ,de porteros al mando de un intendente ser
vil, las viviendas de la Urbs, rara vez alineadas a lo largo de una
avenida, se atropellaban en un ddalo de subidas, bajadas, calles y
callejas ms o menos estrechas, tortuosas y obscuras, donde el mrmol
de los palacios brillaba entre las sombras de los ms tenebrosos
antros.
3.

L as C a l l e s

de

R oma y

la

ir c u l a c i n

Al toque de la varilla de virtudes, las \'as de Roma 43 que Ves


pasiano y Tito contaran y midieran durante su censura de 74 despus
de Jesucristo salen del infernal enredo en que estn confundidas y,
desenmaraadas y compuestas, se alinean sobre una recta que cubre
60.000 pasos, es decir, 85 kilmetros poco ms o menos. Plinio el M a
yor, trmulo de orgullo por el espectculo que ofrece tan tremendo
desarrollo, aade a esto la altura de los edificios levantados a la vera
de la interminable lnea, para proclamar en seguida que no hay, en
el mundo antiguo, una ciudad cuya grandeza compararse pueda a la
de Roma 44.
" Sobre l a insula a d m in is tr a d a por el procurator B argates, c f . F e t r o n i o ,
Hat., 95.

Consultar los excelentes artculos via y vicus escritos, respectivam ente,


por B e s n i e r y A. G r e n i e r del Dictionnaire des A n tiq u its de S a g li o y
P o t t i e r (esta obra se citar en lo sucesivo: D. A .) .
P l i n i o , . H., I I I , 66.

80

LA

VIDA

C O TID IA N A

EN

Mas, en verdad, no se trata sino de una grandeza cuantitativa y


los elementos de los que sta ha surgido vas y viviendas se resis
ten a ser asociados, desde el momento que, en lugar de ordenarse sobie la imaginaria recta que Plinio ha trazado en su pergamino, la red
vial romana formaba en el terreno un apretado e inextricable labe
rinto, cuyos males estaban agravados por la misma enormidad de los
inmuebles que el ddalo envolva.
Precisamente, es a la anarqua de esos caminos angostos, sinuo
sos, errantes y como a la ventura, trazados por entre la masa de las
gigantescas insul, que Tcito atribuye la facilidad y la rapidez con
que se propag en Roma el pavoroso incendio de 64 despus de Je
sucristo iS; y aun cuando Nern, para quien esa leccin no fu in
til, propsose reconstruir las destruidas manzanas con arreglo a un
plan ms racional, con demarcaciones ms correctas y con espacios
abiertos ms capaces, no puede negarse que el emperador, en defini
tiva, marr el tiro.
En general, y hasta el fin del imperio, las calles de Roma cons
tituyeron una inorgnica maraa antes que un sistema francamente
utilizable. Siempre se resintieron de sus lejanos orgenes y de las vie
jas distinciones propias de la primitiva fundacin de tipo rural
entre las vas slo accesibles a los peatones, los itinera, aquellas que
no daban paso nada ms que a un carro por vez, los actus, y, en fin,
aquellas en las que dos carros podan cruzarse o marchar a la par, las
vi propiamente dichas.
Del conjunto innumerable de las calles de Roma, solamente dos
tenan derecho, en el interior de la antigua muralla republicana, a
llevar el nombre de via: la via Sacra y la via Nova, que atravesaban
o bordeaban el Foro y cuya insignificancia nos sorprende grandemente.
Entre las puertas del recinto murado y la periferia de las catorce regio
nes, unas veinte calles merecan la misma denominacin: los caminos
que de Roma conducan a las diversas comarcas de Italia, o sea la va
Apia, la va Latina, la va de Ostia, la va Labicana y otras ms. Osci
laba su ancho entre 4 m 80 y 6 m 50, prueba de que no haban ga
nado mucho terreno desde la poca en que las Doce Tablas les asig
naran 16 pies 4 m 80 de latitud mxim. Casi todas las dems, las
verdaderas calles, es decir, los vid, apenas alcanzaban esta ltima ci
fra; y muchos vid , aun sensiblemente ms estrechos, eran simples pa
sajes (angiportus) o senderos (semit) que, por reglamento, deban tener
una anchura mnima de 10 pies = 2 m 90 para que a los propietarios
de las fincas adyacentes les fuera permitido construir, en los pisos al
tos, balcones saledizos46. Su estrechez era tanto ms molesta cuanto
<5

*'

T c i t o , Ann., X V , 38 y 43.
Sobre el ancho exigido para los maeniana, cf. Cod. Just., V I II, 10, 12.

LAS CASAS Y LAS C A LLES

81

que las calles no slo describan meandros numerosos, sino que, sobre
las. siete colinas, tenan que trepar o descender empinadas pendien
tes, y de all el nombre de rampas (clivi) que a muchas se les da:
clivus Capitolinus, clivus Argentarius y dems. Y por remate debe
agregarse que, cotidianamente obturadas con las basuras de las casas
vecinas47, las calles nunca estaban tan catlicas como Csar lo haba
prescripto en su ley postuma, ni siempre se encontraban provistas de
las aceras y del empedrado que el dictador, por la misma ley, haba
tomado la iniciativa de imponerles.
Relase ese famoso texto grabado en el bronce de la tabla de
Heraclea. Con tono conminativo, Csar impone a los propietarios de
los edificios que flanquean una va pblica la obligacin de limpiarla
delante de sus respectivas fincas. Caso de [Link], el edil a quien
incumba el cuidado del barrio pertinente har ejecutar la limpieza por
un contratista designado de acuerdo a las normas corrientes en las li
citaciones oficiales, y a un precio, convenido con anterioridad a la
adjudicacin, que el transgresor deber abonar a toca teja, con un
aumento de 50 por ciento a la menor mora en el pago. El mandato
es imperativo; la sancin, implacable.
Empero, por ms ingeniosamente que estuviera montado el me
canismo, todo ese procedim'iento entraaba demoras diez das a lo
menos que debieron, la mayora de las veces, hacerle ineficaz; y se
convendr en que fuertes equipos de barrenderos y basureros, direc
tamente reclutados y dirigidos por los ediles, hubieran solucionado el
problema en forma ms rpida y cabal. Mas no tenemos ningn indi
cio de su existencia, y la idea de que el Estado hubiera debido, en
ese caso, substituir su autoridad y su responsabilidad a las de los par
ticulares no poda ocurrrsele a un romano, aunque estuviera dotado
del genio de Julio Csar. As, por falta de servicios adecuados, los ma
gistrados jams fueron capaces, no obstante su diligencia y su celo,
de asegurar a las calles de la Roma imperial la higiene de las nuestras.
Tampoco, a mi juicio, lograron extender a toda la Ciudad las
aceras (margines, crepidines), y ni siquiera el empedrado (sternend
vise) con que Csar, aos antes, haba querido guarnecer las calles.
Los arquelogos que piensan lo contrario alegan seriamente los
grandes adoquines de los caminos italianos, sin recordar que la co
locacin de los de la Via Appia, en 312 antes de Cristo, precedi se
senta y cinco aos a su introduccin, sobre el Clivus Publicius, en el
interior del mbito amurallado republicano4S. O bien se apovan, una
vez ms, en el ejemplo de Pompeya, olvidando cun engaoso es el
41 L a costum bre de arrojar la s b asu ras d ela n te de ia p u erta ha su b sis
tid o en B om a h a sta 1870.
49 V arrn , X. i . , Y , 158.

82

LA

VIDA

C O T ID IA N A

EN

ROMA

parangn. En realidad, el ejemplo pompeyano no puede valer ms para


[Link] que para las insul de la Urhs. Si las calles de la Roma impe
rial hubiesen gozado largamente del pavimento ltico que se les atri
buye, el pretor de los Flavios citado por Marcial no hubiera tenido,
al recorrerlas, que marchar en mitad del lodo 40; y tampoco se hu
biera embarrado Juvenal. En cuanto a las aceras, es de todo punto
imposible que hayan flanqueado las calles de Roma; aquellas estrechas
calles que, a no mediar el oportuno edicto de Domiciano que elogia
el epigrama, hubieran sido ahogadas por la creciente invasin de es
caparates y mostradores:
D toda Roma ya se apoderaba
el audaz mercader, y con su tienda
la entrada de las casas obstrua.
T mandaste ensanchar todas las calles
asaz estrechas, y hoy es va hermosa
lo que antes era senda. Ya no existen
pilares circundados de botellas
encadenadas; ya en mitad del lodo
a marchar el pretor no est obligado.
Ya el barbero no afeita a la ventura
en medio de apiada muchedumbre,
y las negras tabernas ya no hinchen
ni interceptan el curso de las calles.
Barberos, cocineros, taberneros
y carniceros quedan en su casa.
Y Roma, que era ayer bazar ingente,
hoy es por ti, cual debe, Roma esplndida.50
Tuvo el edicto de marras un efecto duradero? Es permisible
dudarlo. Sea lo que fuere, el retiro de los tabancos callejeros y de
los mercachifles ambulantes, que la voluntad de un emperador des
ptico no pudo lograr quiz durante el da, se cumpla natural y ne
cesariamente al anochecer. Este es, en efecto, uno de los caracteres
por los cuales la Roma imperial difiere ms de las capitales contem
porneas: sus calles, cuando no alumbraba la luna, estaban sumer
gidas en la ms profunda obscuridad. No haba reverberos a aceite
o a vela clavados a los m uros51; tampoco haba faroles suspendidos
de los dinteles de las puertas: el imperio de las tinieblas slo era
muy de tarde en tarde interrumpido por alguna de esas iluminacio
nes excepcionales con las que Roma resplandeca sbitamente para

"

M arcial , V I I , 61.
M a r c i a l , i bi d.
S lo en 1765 com enz P a r s a ilu m in arse con reverberos a a c eite.

LAS CASAS Y LAS C A LLE S

83

celebrar una fiesta imprevista, en seal de alegra colectiva, como la


que se apoder de la Urbs el da que Cicern la libr de la peste
catiliniana.
En tiempo normal, la noche cae sobre la Ciudad como la sombra
de un peligro viscoso, solapado, tremebundo. Torna el romano a su
morada, donde, cauteloso, se encierra y se atrinchera. Casas particu
lares y comercios enmudecen, las cadenas de seguridad se tienden tras
las puertas, los postigos de los departamentos cirranse su vez y las
floridas macetas son retiradas de las ventanas que han adornado duran
te el da 52.
Los ricos, si tienen que salir, se hacen acompaar deesclavos que
portan hachones para iluminar y proteger el camino. Los que andan
sin escolta no confan mucho en las rondas nocturnas (sebaciaria) que,
esgrimiendo antorchas, ejecutan las patrullas de serenos en el sector,
demasiado vasto para ser eficazmente vigilado, de las dos regiones cuya
polica incumbe a cada una de las siete cohortes. Aventranse a salir
con vaga aprensin y evidente repugnancia. A juicio de Juvenal, es ex
ponerse a ser tachado de negligente acudir a un banquete en horas de
la noche sin haber hecho testamento:
Si t intestado acudes a la cena
merecers la pena
de ser llamado incautp e indiscreto,
pues a miles peligros vas sujeto.
Quiz el satrico incurra en alguna exageracin al pretender que
la Roma de su tiempo es menos segura que laselva Gallinaria
y las
marismas Pontinas 53; pero basta hojearel Digesto y reparar en los n u
merosos pasajes que recomiendan al Prefecto de los Vigilantes el cas
tigo de los asesinos (sicarii), ladrones (effractores), asaltantes (raptores)
y delincuentes de toda ndole que pululan en la Ciudad, para convenir
en que en sus tenebrosos v id donde, en la poca de Sila, Roscio de
Ameria, volviendo de almorzar fuera de su casa, haba hallado la muer
te muchas desventuras eran de temer. N o todas eran trgicas, aun
cuando el transente nocturno se expona a perder la vida, o por lo me
nos a recibir una nauseabunda rociadura cuantas veces se abrieran arri
ba de l las ventanas tras las cuales no se dorma an. Y la menos
grave era aquella de los tristes hroes de la novela de Petronio que,
abandonando, achispados y bien alta la noche, la mesa de Trimalcin,
se extravan en el camino, faltos de linternas, y, en ese laberinto de
52

J uvenal,

63

J uvenal,

I I I , 240.
I I I , 271 y sig u ien tes.

84

LA

VIDA

C O TID IA N A

EN

ROMA

calles sin letrerosindicadores, sin nmeros y sin luces, estn a punto


de no dar con su moradaantes del amanecer 54.
La circulacin est dominada por ese contraste del da y de la
noche. Durante el da, animacin intensa, desordenado atropello, estr
pito infernal. Lastabern, preadas de parroquianos desde temprana
hora, seprolongan con sus mesasy mostradores hasta el centro de la
calzada. All, en la calle, vense a barberos en plena labor y, ms all,
a buhoneros del Transtiberino que truecan sus cajas de cerillas azufra
das por bujeras de vidrio. En
otro lado, los figoneros, enron
quecidos a fu e r z a de querer
despertar a gritos el apetito de
una clientela presunta, e x h i
ben chorizos y salchichas en
humeantes cacerolas. Los maes
tros de escuela y sus rapaces se
desgaifan al aire libre. En un
costado, un cambista hace so
nar sobre roosa mesa su pro
visin de monedas con la efi
gie de Nern; en el otro, el
mazo brillante de un batihoja
machaca ruidosamente la l
mina de oro que apoya en la
gastada piedra que oficia de
yunque; en la encrucijada, un
corro de papanatas rompe en
exclamaciones ante los malabarismos'de un encantador de
serpientes. Dondequiera resue
na el martillear de los caldere
F ig. 29,- - F ig n a l a ire lib re. (P in tu ra
ros, y el vocear de los merca
m u ra l d e P o m p e y a ).
chifles, y el t a r t a je a r de los
mendigos que, en nombre de Belona o bien en recuerdo de sus aza
rosos infortunios, se afanan por enternecer a los inconmovibles pa
seantes. Fluyen stos en una ola ininterrumpida, que los obstculos
que encuentra no impiden que pronto se haga torrencial. Por ca
llejas indignas de una aldea ambula todo un mundo que, a la som
bra o bajo el sol, va, viene, corre, se para, grita, se aprieta y empuja55.
P e t r o n i o , Sat., 79.
55 Sobre el trfago diurno de Roma, cf. S n e c a , De elem., I , 6; M a r c i a l ,
I, 41 y X I I, 57.

LAS CASAS Y LAS C A LLES

85

Quince siglos antes de las molestias de Pars, que inflamaran el estro


de Boileau, las molestias de la antigua Roma han despertado la inspi
racin de Juvenal.
Podra creerse que al llegar la noche el estruendoso frrago va
a hundirse en una sima de silenci temeroso y en una paz sepulcral.
Nada de ello, sino una simple substitucin. Al desfile de los hom
bres, ahora refugiados en sus casas, sucdese, por voluntad de Csar,
el de las acmilas, carretas y convoyes. El dictador, en efecto, haba
comprendido que en calles tan quebradas, estrechas y transitadas co
mo eran los v id de Roma, la circulacin de los vehculos, requerida
por las necesidades de cientos de miles de habitantes, hubiera llevado,
de da, a una inmediata obstruccin, con el peligro consiguiente. De
ah la medida radical que Csar ha tomado y que nos traduce su ley

postuma. Desde la salida del sol hasta las cercanas del crepsculo,
queda absolutamente prohibido el movimiento de carros en el inte
rior de la Urbs. Aquellos que entren durante la noche en la Ciudad
y sean en sta sorprendidos por el alba, debern permanecer estacio
nados y vacos hasta la noche siguiente. Slo ciiatro excepciones sern
admitidas a esta regla en lo sucesivo inflexible. Ante todo, tres ex
cepciones temporneas, respectivamente consentidas: los das de ce
remonias solemnes, a los carros de las Vestales, del Rey de los Sacri
ficios y de los Flmines; los das de triunfo, a los carros indispensables
para la procesin de la victoria; y los das de juegos pblicos, a los
carros que exige esta celebracin oficial. Por ltimo, una excepcin
perpetua otorgada todos los das del ao a los carros de los contratistas
y alarifes que tengan que demoler una insula para reedificarla ms
sana y ms hermosa. Fuera de estos cuatro casos con toda precisin
determinados, no circulan, en la vieja Roma, durante el da, nada ms
que los peatones, los caballeros y los poseedores de literas y de sillas
de manos; y ya se trate de modestsimas exequias realizadas a la cada
de la tarde, o de majestuosos funerales desplegados en pleno da, ya

86

LA

VIDA

C O T ID IA N A

EN

ROMA

avance el luctuoso cortejo precedido o no de flautas y de cuernos, se


guido o no seguido de larga teora de parientes, amigos y lloronas pro
fesionales (preficas), los muertos, encerrados- en un atad (capulum) o
depositados en un fretro de alquiler (sandapala), marcharn a la pira
de su incineracin o a la tumba de su entierro sobre una simple pari
huela llevada a mano por los vespillonesr6.

En cambio, al acercarse la noche comenzar el autorizado cancn


de los carros de toda laya, que hartarn la ciudad con su ensordece
dora batahola.
Pues de ningn modo debe pensarse que la legislacin de Csar
muri con l o le sobrevivi poco tiempo, o que los particulares, tarde
o temprano, hicieron saltar aquellas draconianas disposiciones bajo la
presin de sus caprichos y de sus conveniencias. La mano de hierro
del dictador dobleg los siglos, y los emperadores, sus herederos, jams
libraron a los romanos de las sujeciones a las cuales, en el inters vital
de la colectividad, aqul los haba duramente sometido. Los emperadores,
uno tras Otro, las consagraron y reforzaron. Claudio las extender de
la Urbs a los municipios italianos; Marco Aurelio, a todas las ciuda
des del imperio, sin tener para nada en cuenta sus estatutos munici
pales; en el nterin, Adriano limitar los atelajes y las cargas de los
volquetes autorizados para entrar en la Ciudad 57; y, ya sea al fin del
siglo primero, ya sea en el segundo de nuestra era, los escritores nunca
nos muestran otra cosa, sino la imagen de una Roma definitivamente
ordenada y reglamentada por Julio Csar.
Por ejemplo, segn Marcial, durante la noche los carruajes es" Consultar el artculo funus de ED. CTTQ en el D. A . ; ver el bajo
relieve de Preturo, en Aquila.

S u e t o n i o , Claud., 25, 2; H . A., Anton. P li i l, 23, 8; Hadr. 22, 6.

LAS CASAS Y LAS C A LLES

87

tremecen las insul con el chirrido de sus ruedas, y en el Tiber re


percute el jadeo de los estibadores y d los miserables que tiran de las
sirgas5S. En Juvenal, ste trnsito incesante y el runrn de los rui
dos que le rodean condenan sin remisin a los romanos al insomnio:
iY cunto, cunto enfermo aqu no mata
el insomnio! Manjar mal digerido
y en el ardiente estmago estancado,
caus la enfermedad. Mas hay quien pueda
dormir de las industrias el ruido?
De aqu el mal viene. Para el rico slo
gozar del sueo queda.
De tanto carro la estruendosa rueda
por las angostas tortuosas calles,
los gritos del mulero, s se opuso
al trnsito otio carro, hasta a las focas
pudieran despertar y al mismo Druso.

Y
a continuacin, el poeta brama contra la insoportable muche
dumbre que inunda las calles durante el da. De comienzo alcanzamos
a distinguir, entre la baranda de los peatones, el balanceo de una lu
josa litera :
Si algn negocio llmale,, el potente,
arrollando a la turba en su litera
corre llevado por liburno ingente:
Y l entretanto escribe, lee, dormita,
que litera cerrada al sueo invita.
El tropel en el cual el poeta es arrastrado avanza penosamente
a pie, confundido en una ruda refriega cada vez ms ardorosa. La
m ultitud que precede a Juvenal pone barreras a su prisa, y la que
le sigue le sube los riones a la boca. ste le aporrea brutalmente
con el codo, aqul con un tabln, y un tercero le descalabra la testa
con una metreta, nfor capaz de treinta y nueve litros. Mientras un
zapatazo descomunal le allana un pie, el clavo de una bota castrense
queda engastado entre sus dedos, y, por atender la herida, all va he
cha jirones su tnica recin comprada. Pnico sbito. H a aparecido
un carrq sobre el que oscila amenazante larga viga; tras l, otro que
transporta un abeto entero; y todava otro ms, agobiado de mrmo
les ligurios.
Mas si ese carro que hasta Roma trae
mrmol del Apenino,
sbito, roto el eje, al suelo cae,
ss

M a r c ja t,, IV , 64.

88

LA

VIDA

C O TID IA N A

EN

ROM A

y sobre el pueblo un monte se desploma,


qu resta de los cuerpos? Piernas, brazos
o huesos quin encuentra? As perece
el plebeyo infeliz, y hecho pedazos
su cadver, cual soplo desparece.59
De este modo, bajo los Flavios y bajo Trajano, como un siglo y
medio antes, en seguida de la publicacin de la ordenanza de Julio
Csar, los nicos vehculos que de da circulan en Roma son los
carros de los contratistas y alarifes. La
ley del gran desaparecido est siem
pre viva, y esta persistencia acrece la
originalidad que garantiza a la Roma
imperial un lugar sin segundo entre
todas las ciudades de la geografa y
de la historia. La Urbs armoniza sin
esfuerzo los ms contradictorios as
pectos. Adptase con la mayor natu
ralidad a las formas ms varias de lo
pasado y de lo presente; pero pres
tndose, en apariencia, a ser objeto de
comparaciones opuestas, Roma perma
Fig. 32. Sella gestatoria lle
nece, en el fondo, incomparable. P
vada por dos esclavos. (Museo
ginas atrs hemos visto a sus arrogan
de N poles).
tes y a la vez endebles edificios alzar,
hasta un nivel que los nuestros no superan mucho, las sutilezas mo
dernas de un lujo extravagante junto con las rudezas medievales de
una increble incomodidad. Y ahora, para terminar, son sus calles
las que nos desconciertan. stas parecen haber copiado las escenas que
se desarrollan en un zocomarroqu o en algn bazar de Oriente. H en
chidas estn de multitudes estrepitosas, bullentes y abigarradas, tales
como las que podemos ver hogao en la plaza Yema Elfna de Marrakex; y estn perturbadas por un confuso desorden que se nos antoja
incompatible con la idea misma de civilizacin. Mas he aqu que brus
camente surge, para transformarlas en un volver de ojos, un orden
imperioso y lgico decretado de un golpe y mantenido durante gene
raciones, como smbolo de esa disciplina social que supli entre los
romanos las deficiencias de su tcnica, y que el Occidente contempo
rneo, oprimido por el creciente nmero de sus invenciones y por la
complejidad de sus progresos, procura, tambin l, practicar para su
salvacin.
69 J u v e n a l , I I I , 232 y s ig u ie n te s .

SECCION SEGUNDA

MEDIO MORAL

SECCION S E G U N D A

EL

MEDIO

MORAL

O mismo que la Urbs, la sociedad que la puebla durante el siglo


ii
est llena de sorprendentes contrastes. Su estructura, a la ve
que reconoce una rigorosa divisin en jerarquas, es francamente
igualitaria, interponiendo una incolora clase media entre la aristocracia
henchida de multimillonarios y las masas annimas del proletariado
indigente. La evolucin de sus familias ha pasado de una estricta su
misin a una extremada libertad. Su espritu, persuadido de la digni
dad de la cultura, pero privado del apoyo de una verdadera ciencia,
traqueteado entre los imperativos de doctrinas ascticas y las deprava
ciones de una desaforada amoralidad, oscila desde las negaciones de
un escepticismo egosta hasta la efusin y las vehemencias de las
msticas ms eufricas; y sus clases privilegiadas, al propio tiempo que
exaltadas por la prctica de las ms nobles virtudes, estn pervertidas
por la degradacin de los vicios ms infames.
Como el dios Jano nos . muestra la oposicin de sus dos rostros,
as la Roma de Trajano nos ofrece, desde el punto de vista moral, tanto
el aspecto de la sentina de corrupciones donde la antigedad comien
za a hundirse, como el del sublime asilo gracias al cual pudo salvarse
y cumplirse el santo ideal que deba regenerar a la humanidad.

CAPITULO I

LA SOCIEDAD: SUS CASTAS CENSATARIAS


Y EL
i.

PODER DEL D IN ERO

J e r a r q u a I g u a l it a r ia

o s m o p o l it is m o

primera vista, la sociedad romana parece hallarse dividida por


barreras y m u ro s infranqueables. En p r in c ip io , los hombres
nacidos libres, los ingenuos, ya sean ciudadanos de Roma o
de otros lados, estn radicalmente separados, por la superioridad de
su origen, de la masa de los esclavos ganado con aspecto humano,
sin derechos, sin garantas, sin personalidad, entregada como un reba
o al arbitrio del amo y, como un rebao tambin, asimilada ms a
una coleccin de cosas que a un grupo de seres vivos: res mancipi.
Despus, entre los hombres libres, preciso es establecer una diferencia
profunda entre los ciudadanos romanos a los que protege la ley y los
otros a los cuales sta sujeta. En fin, los mismos ciudadanos romanos
se ordenan a lo largo de una escala de valores sociales determinados
paso a paso por los niveles de sus fortunas.
En el ms nfimo grado estn los humildes, los humiliores, la
plebe de los menesterosos carentes de todo capital, a los que Plinio
el Joven considera lgico, en la Bitinia que administra en calidad de
legado de Trajano, descartar de los honores municipales, y que en
Roma, a la menor contravencin, son penables de azotes, siendo con
denados, por el ms insignificante delito, a trabajos forzados en las
minas (ad metalla), a ser pasto de las fieras en los afiteat/OS, o a la
crucifixin.
Arriba de ellos encuntrase la gente acomodada, los honestiores
los burgueses de la poca de que tratamos, cuya honorabilidad
cifra en la posesin de por lo menos 5.000 sestercios (5.000 francos
Poincar = 1.000 francos anteriores a la guerra); cantidad que les
asegura, en caso de falta grave, represiones ms suaves y menos infa
mantes: destierro, relegacin o confiscacin.
Los honestiores, a su vez, se subdividen en varias categoras: la
ms baja, que tambin es en mucho la ms numerosa, no puede pre-

94

LA

VIDA

C O T ID IA N A

EN

BOMA

tender servir al Estado, esto es, tomar y ejercer la menor parcela de


poder pblico, y, por consiguiente, no merece lucir el hermoso nom
bre de clase : ordo. La nocin de ordo aparece en un grado mas alto.
Ante todo, en la base, con la orden ecuestre, cuyos miembros poseen
400.000 sestercios como mnimo y reciben del emperador, cuando se
han hecho acreedores a su confianza, los comandos de sus tropas auxi
liares, as como cierto nmero de funciones civiles que les estn re
servadas: las procuraduras dominicales y fiscales, los gobiernos de las
provincias secundarias, como las de los Alpes y las Mauritanias, las
jefaturas, desde Adriano, de diversas oficinas del gabinete imperial,
y, a partir de Augusto, todas las prefecturas, excepto la de la Ciudad.
Y a continuacin, en la cspide, con la orden senatorial, cuyos miem
bros, poseedores de a lo menos un milln de sestercios, llegan a ser,
si el emperador as lo consiente, los jefes de sus legiones, los legados
y los procnsules de las provincias ms considerables, los administra
dores de los principales servicios de la ciudad de Roma y los sacerdotes
de los ms famosos cultos.
Entre esas diferentes especies de privilegiados, un discreto esca
lafn ordena jerrquicamente a los individuos, y, para que las demar
caciones sean ms visibles, Adriano conferir a cada uno de ellos un
ttulo de nobleza privativo de cada categora: la denominacin de va
rn egregio (vir egregius) para los simples procuradores; la de varn
perfectsimo (vir perfectissimus) para los prefectos, a excepcin de los
del Pretorio, cuyo nombre de varn eminentsimo (vir eminentissimus) ser ms tarde restaurado, a favor de los cardenales, por la Igle
sia romana; en fin, la de varn ilustrsimo (vir clarissimus) para los
senadores y sus hijos.
Este sistema rgido y preciso, cuyas ingeniosas combinaciones son
precursoras del complejo mecanismo del tchin imaginado por Pedro
el Grande y de las equivalencias de los grados en el ejrcito y en la
Legin de Honor decretadas por Napolen, levanta en Roma, de donde
salen y a donde vuelven oficiales y funcionarios, una suerte de pir
mide escalonada en cuyo vrtice se destaca, entre el cielo y la tierra,
la incomparable dignidad del prncipe,
En un sentido, y como su nombre lo indica, el prncipe no es
nada ms que el primero Princeps del Senado y del Pueblo. Mas,
en otro aspecto, esta primaca implica, entre su persona y el resto de
la humanidad, una diferencia no de grad, sino de naturaleza; pues
el emperador, encarnacin de la ley y depositario de los auspicios, se
aproxima ms a los dioses de los que se vanagloria de haber salido,
y hacia los cuales, proclamado divus en ocasin oportuna, l tornar
despus de su muerte en una apoteosis que a la condicin de los
simples mortales, de la cual le substrae, desde el da de su adveni-

LA

SO C IED A D :

SU S

CASTAS

C E N S ATARIA S

95

miento, su carcter sagrado de Augusto. Si bien Trajano ha rechazado


con desdn las pretensiones que sostuviera Domiciano de ser saludado
con el doble ttulo de Seor y de Dios (dominus et deus), el sucesor
de Nerva no ha podido repudiar el culto de que era objeto el genio
imperial en su persona, y que serva de vnculo a la heterognea fe
deracin de las ciudades que en Levante y Occidente componan el
Imperio universal (orbis romanas), y ha debido tolerar que sus deci
siones fueran calificadas pblicamente de celestes por aquellos cu
yos anhelos stas colmaban.
En resolucin, Roma se muestra, a simple vista, como u n mundo
fijado, bajo la frula de una autocracia teocrtica, en los innumerables
compartimientos de una inflexible organizacin.
Empero, si mejor se mira, se advierte que las barreras y los muros
que la dividen no son hermticos en modo alguno, y se comprueba que
poderosas comentes igualitarias no cesan de recorrerla, agitando y re
novando sin descanso los elementos de una sociedad que aquellas je
rarquas ordenan, pero no aslan. N i siquiera la casa imperial perma
nece impermeable a esas corrientes. Al extinguirse con Nern la fami
lia de los Julios, el Principado deja de ser el patrimonio de un clan
predestinado. Al fulgor de las espadas que entrechocan en la guerra
civil de 69, revlanse los arcanos del imperio, que dice Tcito. Ya no
es ms la sangre de Csar y de Augusto lo que le confiere, sino la
adhesin de las legiones. Vespasiano, legado en Oriente, y Trajano, le
gado en Germania, han sido exaltados al poder supremo, el primero
por aclamacin de sus tropas; el segundo a causa del temor que infun
da su ejrcito y de la confianza que l personalmente inspiraba. Uno
y otro han cobrado carcter divino porque con anterioridad haban asu
mido el comando de las legiones que aseguraban el imperio, en lugar,
como Caligula, Claudio o Nern, de alcanzar el imperio en nombre
de la divinidad de su dinasta. Los legionarios que proclamaron a Ves
pasiano, los senadores que obligaron a Nerva a adoptar a Trajano, ge
neral de las fronteras renanas, realizaron una verdadera revolucin; y
tras ella, as como de todo cabo del Gran Ejrcito se dir que lleva en
su cartuchera un bastn de mariscal, se presiente en Roma que todo
jefe castrense est en potencia propincua de ser emperador merced a
una suprema promocin otorgada al mejor de los militares romanos.
Por tanto, resulta natural y lgico que esta nocin de mrito y de
progreso jerrquico, al mismo tiempo que se aplica por vez primera a
la soberana imperial, penetre en el cuerpo entero del imperio y circule
por l para animarle y rejuvenecerle. Gracias a ella establcense don
dequiera comunicaciones entre las naciones y las clases sociales; y estos
contactos las ventilan, acercan y fusionan. A medida que el ius gen
tium, es decir, el derecho de las naciones extranjeras, se modela sobre

96

LA

VIDA

C O TID IA N A

EN

ROMA

el ius civile, esto es, sobre el derecho de los ciudadanos romanos; y


a medida que el ius civile, bajo la influencia de la filosofa, tiende a
conformar con el derecho natural, ius naturale, abrviase la distancia
entre el romano y el extranjero, entre el ciudadano y el peregrino; y
a cada instante, sea por franquicias y favores individuales, sea por na
turalizaciones en masa que se conceden de un golpe a toda una clase
de auxiliares licenciados, o a una colectividad municipal convertida en
colonia honoraria, nuevos aflujos de peregrinos entran en la ciudad
romana. Hasta este momento, nunca ha sido ms acusado el carcter
cosmopolita de la Urbs. En todos los planos sociales los romanos propia
mente dichos son sumergidos no ya slo por el raudal de la inmigra
cin itlica, sino tambin por la copia de provincianos procedentes de
las ms varias regiones, que llevan a la Ciudad sus idiomas, usos, cos
tumbres y supersticiones particulares.
Sublvase entonces Juvenal contra ese fango que a mares vierte el
Orontes en el Tiber. Pero los sirios que el poeta execra se han colocado,
en cuanto han podido hacerlo, la mscara de un estado civil romano;
y los mismos que vomitan xenofobia son ms o menos extranjeros en
la Ciudad que pretenden defender contra nuevas intrusiones. Juvenal
no es sino un campans o un hrnico avecindado en la Urbs. En su
casa de la calle del Peral, en el Quirinal, suspira Marcial por Bilbilis,
su pequeo y distante terruo aragons. Plinio el Joven, tanto en Ro
ma como en su villa laurentina o en su propiedad de Toscana, per
manece fiel a su Cisalpina natal, a ese Como lejano, siempre presente
en su corazn, al que embellece con sus liberalidades. La Curia rene
ahora senadores venidos de Galia, Espaa, Africa y Asia. Los empe
radores romanos salen de ciudades o aldeas, naturalizadas no ha muchc
tiempo, situadas allende los montes y los mares. Trajano y Adriano
son originarios de Itlica, en Btica. Antonino Po, que les sucede,
pertenece a la burguesa de Nimes, en Narbonense; y en las postri
meras del siglo i i se ver partir el imperio entre el Csar Clodio Al
bino, de Adrumeto (Susa africana), y el Augusto Septimio Severo,
de Leptis Magna (Tripolitania), el cual, cuenta su bigrafo, jams
logr despojar su discurso del acento semtico que le vena de su as
cendencia pnica.
As, la Urbs de los Antoninos es la encrucijada en que se en
cuentran con el romano los pueblos inferiores a los cuales las antiguas
leyes latinas parecan oponer inexpugnables murallas tnicas; o ms
bien es el crisol donde, no obstante las disposiciones legales, nuevas
formas de asimilacin amalgaman constantemente a esos pueblos entre
si. O, si se prefiere, es una Babel; pero una Babel donde todo el m un
do, velis nolis, aprende a hablar y a pensar en latn.

LA
2.

SO C IE D A D :

La

SU S

E s c l a v it u d

CASTAS
y

las

C EN SA T A R IA S

97

M a n u m is io n e s

Todo el mundo, inclusive los esclavos, quienes, en el siglo n, lle


van un gnero de vidacasi comparable a la de los ingenuos, y a
los cuales una legislacincada vez ms
benvola ha ido progresiva
mente aligerando las cadenas y favoreciendo la liberacin. El sentido
prctico de los romanos, como asimismo un fondo humanitario muy
propio de su idiosincrasia de hombres de campo, habales alejado de
la crueldad hacia sussiervos, servi. Siempre los haban tratado con
miramientos, cuidndolos como Catn a sus bueyes de labor; y tan
lejos como se remonta en el pasado, se les ve, para estimular los es
fuerzos de sus esclavos, recompensar a stos con primas y salarios que,
acumulados por los interesados, forma
ban el peculio que proporcionaba, de or
dinario, el rescate de la servidumbre. La
cual, salvo excepciones, jams ha sido en
Roma ni intolerable ni eterna; pero hay
que confesar que quiz nunca fu ms
llevadera ni ms fcil de romper que du
rante el gobierno de los Antoninos.
Desde el ltimo siglo de la Repblica,
al esclavo se le haba reconocido un al
ma, y los ciudadanos libres habanle ad
mitido en la prctica, en comn, de sus
cultos p r e fe rid o s . E n Minturnes, por
ejemplo, d e s d e 70
a n te s de Jesucris
to, el santuario de S pes, la diosa de
la Esperanza, estaba servido por tantos
magistri esclavos como magistri libertos
e ingenuos juntamente. Ms tarde, con
el enriquecimiento espiritual de la cul
tura y la creciente influencia de las fiPig. 3 3 . Esclavo trabajando en losofas filantrpicas, la situacin de los
cadenacto.
(Segn una piedra
i
i

i
, i
/
/
i
grabada).
esclavos ha mejorado todava mas en el
hogar de los dioses. En el siglo primero
de nuestra era, los epitafios serviles comienzan a honrar abiertamente
a los manes de los difuntos; y, en el segundo, los colegios funerarios y
msticos tal como el constituido en 133 de nuestra era, en Lanu
vium, bajo la doble advocacin de Diana y de Antinoo agrupan,
fraternalmente asociados, a ingenuos, libertos y esclavos. Estos ltimos,
en el caso particular de Lanuvium, se comprometen a obsequiar con
una nfora de vino a los miembros de su cofrada el da que lleguen
a ser manumitidos.

98

LA

VIDA

C O TID IA N A

EN

ROMA

La ley, por supuesto, ha seguido la evolucin de las ideas. A prin


cipios del imperio, cierta lex Petronia haba prohibido al amo entregar
su esclavo a las fieras sin juicio previo. Hacia mediados del siglo pri
mero, un edicto del emperador Claudio decidi la manumisin de ofi
cio de los siervos enfermos o achacosos abandonados por sus amos; y,
poco despus, un edicto de Nern, qui
z redactado a instigacin de Sneca,
que haba reivindicado afanosamente la
calidad de hombre para los esclavos, en
comend al Prefecto de la Ciudad la
misin de recibir las denuncias que hi
cieran stos por injusticias de sus amos,
para instruir, acto continuo, los proce
sos pertinentes. En 83, un senadoconsulto expedido durante el gobierno de
F ig . 34. F lag ru m p a ra a z o ta r
esclavos. (S eg n u n m o d elo h a lla
Domiciano prohibi la castracin de
d a e n H e rc u la n o ).
los siervos, castigando al amo transgresor con laconfiscacin dela mitad de sus bienes. Adriano, en el siglo
segundo,duplicar lapena de ese delito, por l declarado capital,
y dictar al Senado dos decretos animados de idntica generosidad: uno
impide a los amos vender sus escla
vos al leno o al lanista, es decir, res
pectivamente, al alcahuete o al em
presario de combates de gladiadores;
el otro subordina la ejecucin de las
condenas pronunciadas por los amos
contra sus esclavos al consentimien
to del Prefecto de los Vigilantes. Es
ta evolucin humanitaria llega a su
trmino a mediados del mismo siglo,
cuando Antonino Po condena como
homicidio toda ejecucin de un es
clavo por la sola orden de su amo.
En esta poca, por otra parte, la
legislacin refleja, ms bien que im
F ig . 3 5 . E sclavo a zo tad o . {Segn
pone, la benevolencia introducida en
u n g ra b a d o d e u n a v a s ija d e b ro n c e
h a lla d a e n P o m p e y a ).
las costumbres. Juvenal fustiga con
el ltigo de sus stiras al avaro que
escatima el pan a sus esclavos, al jugador que quema una fortuna
en un golpe de dados mientras sus siervos perecen de fro bajo sus
tnicas andrajosas, a la coqueta que, por una pequesima demora
de sus mandaderos, por la ms insignificante torpeza de sus donce
llas, se irrita, blasfema v maneja, con infernal iracundia, los doloro

LA

s o c ie d a d

sus

castas

C N SA T A R IA S

99

sos azotes y el insolente vergajo. La indignacin del poeta coincide


aqu con la opinin pblica, y sta retrocede con igual horror que l
ante el ejemplo de Rutilio, cuya abominable ferocidad condena el
satrico :
Ensear Rutilio, por ventura,
nimo blando y con las faltas leves
benignidad? Podr mostrar al hijo
que igual el cuerpo del esclavo al nuestro
e iguales son las almas, l, que goza,
duro y cruel, con escuchar el ruido
spero del azote, y no hay sirena
que con su canto ms le alegre el alma?
El, Antfates fiero, Polifemo
del aterrado hogar, contento slo
cuando al esclavo que rob un pauelo,
la faz con hierro enrojecido marca
por mano del verdugo? Qu consejo
dar al joven, si toda su delicia
est en el estridor de las cadenas,
en el cerrado ergstulo y la crcel
do tras dura labor duermen los siervos? 1
En su tiempo, la mayora de los amos, si no renuncian a punir
las faltas de sus esclavos con castigos corporales, se contentan con
aplicar a los infractores los azotes que Marcial, sin remordimientos, in
flige a su cocinero por una comida mal aderezada:
Muy cruel y delicado
hallas, Rustico, que soy,
pues por la comida de hoy
al cocinero he zurrado.
Si para azotes ligero
el motivo te parece,
pregunto: Por qu merece
azotes un cocinero? 2
1
2

J u v e n a l , X IV , 126; I, 92; V I, 475; X IV , 17.


M a r c i a l , V I I I , 23. Versin de D. Juan de Iriarte. De este epigrama

hay tam bin una im itacin de Quevedo, que, por ser muy poco conocida, re
produzco a continuacin :
b e llamn. - A l Ldo. Poyo
P arzcote muy severo
y goloso demasiado,
porque, por lo mal guisado,
castigo a . mi cocinero,
o i ste es descuido ligero

a tu modo de juzgar,
Poyo, para aporrear
a cocinero llam n,
dime t, por qu ocasin
le tengo de castigar?
( N o t a del traductor).

LA

100

VIDA

C O T ID IA N A

EN

Lo cual no les impide cuidarlos, estimarlos y hasta llorar sus in


fortunios y su muerte 3; y en las grandes casas donde numerosos es
clavos son hbiles especialistas, donde algunos, el pedagogo, el me
dico, el lector, conocen y cultivan las artes liberales, los siervos son
considerados lisa y llanamente como hombres libres. Con qu meticu
losidad desea Plinio el Joven que su sobrino Paterno los escoja para
l en el mercado! Cun exa
gerado empeo pone en velar
por su salud, llegando, para
restablecerla, hasta sufragar los
gastos de largos y onerosos via
jes que les hace hacer a Egip
to o a la llanura provenzal de
Frejs! C o n q u afabilidad
accede a sus legtimos deseos,
satisfaciendo sus pedidos, dice,
como si fueran rdenes! Y si
un pariente o amigo llega de
visita a su casa, cunto ms
confa en la devocin de sus
siervos que en la severidad de
sus propias indicaciones a fin
de agasajar cumplidamente al
husped, s e g u ro , escribe Pli
nio, de que aqullos se han de
esforzar por ser agradables a
Fig. 36. Cipo tu m b al de un esclavo. (Museo
i
j
dei L ouvre).
su amo en la persona de sus
invitados!
Por lo dems, en casa de sus amigos, los esclavos son tratados con
igual afectuosa familiaridad. Cuando el anciano senador Corelio Rufo
es postrado en cama por la enfermedad, gusta que sus servidores pre
feridos le hagan compaa en su aposento, y s se resigna a despedir
los un instante para escuchar una confidencia, su mujer sale con ellos,
Plinio el Joven, que aplaude esta lene conducta, no desdea conver
sar con los suyos y, cuando reside en el campo, invita a los ms ins
truidos de sus esclavos a intervenir en las doctas discusiones que ma
tizan, por la tarde, su habitual paseo despus del yantar. A su vez,
los esclavos se muestran singularmente obsequiosos hacia tan amables
dueos. El estupor con que Plinio el Joven recibe la noticia del aten
tado cometido contra el senador Larcio Macedo por una parte de sus
domsticos 4, es, un ndice de la rareza de esos crmenes inauditos; as
J

Ver en M arcial , I, 102 el tierno epitafio de Demetrio.


P l in io el J ov e n , I, 21, 2; V I I I , 16; I , 4, 3; 1, 2; V, 19; I, 12, 7;
IX , 36, 4; I I I , 14, 3.
1

LA

SO C IE D A D :

SU S

CASTAS

C N SA TA R IA S

101

como los cuidados, ay! intiles, que prodigan a la vctima los servi
dores que le han permanecido fieles, prueban que en las casas donde los
esclavos eran rudamente manejados, los siervos trataban al amo como
el amo trataba a los siervos: como hombres. De igual modo, un griego
que vivi en Roma a mediados del siglo segundo qued sorprendidsimo de la forma en que se haban acercado los esclavos a los hombres

Fig. 37. Esclavo

letrad o

haciendo clculos que


Capitolino, R om a).

le

dicta

su

amo.

(Museo

libres, acercamiento que se manifestaba, con gran asombro suyo, hasta


en la semejanza de la vestimenta: en Roma, observa Apiano, que es
criba en tiempo de Antonino Po, el esclavo no se distingue ni siquie
ra exteriormente del hombre libre, y, salvo el caso de que el amo
deba ceir la toga pretexta, insignia de la magistratura, todos visten
de anloga manera; y a rengln seguido formula Apiano esta otra
observacin que le suspende aun ms que la primera: una vez manu
mitido, el ex esclavo vive en condiciones de perfecta igualdad con los
ciudadanos3.
Sola, en efecto, en el mundo antiguo, la Ciudad romana tiene el
honor de haber redimido a sus parias abrindoles sus puertas. Sin
duda, el esclavo liberado (libertus) no adquira al punto el derecho de
ejercer todos los oficios y magistraturas. Seguramente permaneca al
gn tiempo sujeto a su ex amo, a quien llamaba su 'patrono (patronis),
5

A p ia n o , B . C., I I , 120.

102

LA

VIDA

C O TID IA N A

EN

ROMA

mediante prestaciones personales o mediante el pago de censos y, siem


pre, por los deberes de un respeto casi filial: el obsequium. Mas des
pus que su manumisin (manumissio) haba sido formalmente pro
nunciada, sea delante del pretor en un proceso ficticio de reivindicacin
(per vindictam), sea por inscripcin, el da de la lustratio, en los re
gistros de los censores (censu), sea, ms comnmente, en virtud de una
clusula testamentaria (testamento), el liberto obtena, por gracia de
su amo vivo o muerto, los nombres y el carcter de un ciudadano ro
mano. A la tercera generacin, su
descendencia poda ejercer la pleni
tud de los derechos polticos y no se
distingua absolutamente en nada de
la de los ingenuos. Con el tiempo,
por otra parte, las formalidades de
las liberaciones fueron cada vez me
nos e s tric ta s ; y el u so , no la ley,
substituy los viejos procedimientos
de manumisin con otros ms expe
ditivos y sencillos: una simple carta
emanada del patrono o, a veces, una
declaracin puramente verbal emiti
da, por ejemplo, durante un ban
quete, cuyos comensales eran toma
dos por testigos. La moda concluy
por mezclarse en este asunto, y las
manumisiones menudearon en forma
tal, que hubiera podido creerse que
el punto de honra de los amos ci
Fig. 38. Manumissio vindicta.
fraba en multiplicar indefinidamen
Uno de los esclavos est arrodillado
delante del lictor, que lo toca con la
te los libertos.
vara de la em ancipacin ( v i n d i c t a ) .
El otro, ya m anum itido, estrecha la
Augusto, preocupado por tan ex
m ano del m agistrado o de su ex
amo ( p a tr o n u s ) . Ambos esclavos lle
traa
conducta, hubo de ingeniarse
van el simblico pileua o b onete d
la libertad. (Fragm ento de bajo re
para r e f r e n a r el abuso. Estableci
lieve de la coleccin W arocqu, Maque el manumisor deba tener una
riem ont, Blgica).
edad mnima de dieciocho aos y
prohibi la liberacin d los esclavos menores de treinta. Someti las
manumisiones testamentarias que eran, y en mucho, las ms corrien
tes de las liberaciones legales a una tabla que, segn los casos, pro
porcionaba el nmero de los manumisos al de los esclavos posedos por
el amo respectivo; pero en ninguna circunstancia ese nmero poda
ser superior a 100. Por ltimo, imagin una categora inferior de
semi-ciudadanos, los llamados latinos-junianos, a los que les concedi
slo en forma parcial el derecho latino, el ius Latii, gravndolos ade

LA

s o c ie d a d

sus

ca sta s

c e n s a t a r i s

103

ms con incapacidad testamentaria activa y pasiva. A esa categora


fueron relegados los siervos a quienes sus amos haban manumitido
transgrediendo tanto las nuevas reglas dictadas por Augusto como las
n o rm a s le g a le s ya
existentes.
P e ro las costum
bres, ms fuertes que
la v o lu n ta d de Au
gusto, burlaron su le
gislacin. l m ism o ,
para contener el des
censo de la natalidad,
descarg a los latinos
jntanos p a d r e s de
familia de las incapa
cidades co n q u e los
haba g ra v a d o . Ms
tarde, para fomentar
los a listam ien to s en
sus cohortes, Tiberio
otorg ig u a l benefi
cio a los ex vigilan
tes. En seguida, para
aliviar o e s tim u la r
la economa, Claudio
extendi esa franqui
cia a los lib e r to s de
ambos sexos que em
plearan sus capitales
en e q u ip a r buques
mercantes; N e r n , a
aquellos q u e los i n
virtieran en la cons
truccin de edificios;
"
'/'" ]
y Trajano, a los que,
\'^sC
con su dinero, instalaran p a n a d e ra s . En
Fig' 39- Ni csc,v<vilIa Borghese).
resolucin, los emperadores todos, por indulgencia para con sus pro
pios liberti y los liberti de sus amigos, se empearon, sea concedin
doles la ingenuidad ficticia de la natalium restitutio, sea hasta colo
cando en sus anulares las ureas sortijas de los caballeros, en borrar
los ltimos rastros de su condicin servil y en promoverlos de un
golpe al segundo orden del Estado. As, en la poca que nos he-

104

LA

V ID A

C O TID IA N A

EN

ROMA

mos colocado, las manumisiones, ms frecuentes que nunca, llevan


a los libertos a una situacin de completa paridad con los otros ciu
dadanos, les procuran, a porfa, acomodos y fortunas, y les permiten
tal es el caso de Trimalcin hacerse, a su vez, dueos de verda
deros ejrcitos de esclavos.

Fig. 4 0 . B a tilo , lib e rto d e A u g u sto . (Museo Capitolino, Rom a).

De anloga manera, el epigrafista que realiza un rpido paseo a


travs de las ruinas romanas recoge la impresin de que, en la so
ciedad de la poca imperial, los esclavos y libertos prevalecan amplia
mente, pues comprueba cmo de cada cuatro inscripciones de esa
poca, tres mencionan a siervos y manumisos sobre los muros donde
se leen todava. En un artculo notable por la profusin y la exactitud
de sus estadsticas, fcil le ha sido a Tenney Frank convencernos de
que si en la mayora de los casos los esclavos de la Urbs denotaban,
en las desinencias de sus nombres, sus orgenes greco-orientales, a lo
menos el ochenta por ciento de la poblacin de Roma provena, a tra
vs de manumisiones lejanas o recientes, de una servidumbre ms o
menos antigua 6. De comienzo, el estudioso queda seducido por el vi
gor que esta ascencin constante parece infundir tanto a la sociedad
romana, a la cual proporciona sin tregua nuevos elementos, como a la
patria romana cuyo campo aquel ascenso aumenta al infinito; y siente
0
Sobre estas cifras, cf. T e n n e y F e a n k , Haces mixtures in the Som an
Empire, en Am erican Historical Review, X X I, 1916, pp. 689-708.

LA

SO C IED A D :

SU S

CASTAS

105

C E X S ATARI AS

tentacin de atribuir a la Ro
ma de los Antoninos las in
comparables ventajas y el li
bre juego de una democracia
perfecta.
3.

C o n f u s i n d e lo s
V a l o r e s S o c ia l e s

Desgraciadamente, ya son
harto v is ib le s las sombras
que comienzan a obscurecer
el cuadro de la aludida socie
dad. Sin duda, en la Urbs
donde, d e s d e el principado
de Nerva, no resta nada ms
que la mitad de las familias
s e n a to r ia le s empadronadas
treinta y cinco aos ha, en
65, y donde, seis lustros ms
tarde, slo quedar una de
las cuarenta y cinco familias
patricias restauradas por Ju
lio C s a r c ie n to setenta y
cinco aos antes, es de im
portancia capital que un per
petuo aflujo de sangre fres
ca pueda elevarse constante
mente de las capas ms h u
mildes de la poblacin para
nutrir y fortalecer, como sa
via vigorizadora, a las clases
superiores. P e ro , tomndola
casi exclusivamente del fon
do de las masas serviles, la
sociedad y la patria romanas
se exponen para lo futuro a
graves peligros y, en lo pre
sente, a una inevitable con
taminacin.
Es preciso, en efecto, para
que la servidumbre p u e d a
llenar incesantemente los. va
cos de las clases superiores,

Fig.

41. D acio

p risio n e ro .
a p le s ).

(M usco

de

106

LA

VIDA

C O TID IA N A

EN

ROMA

que ella misma sea a cada instante reforzada por nuevos aportes. Pero
las guerras de Trajano, especialmente su segunda campaa dacia en
la cual, segn el testimonio de su mdico Critn, el emperador obtuvo
50.000 prisioneros muy pronto vendidos en pblica almoneda 7--, son
las ltimas en las que el imperio triunfa sin dificultades ni tropiezos.
Despus de los dos principados, gloriosamente apacibles, de sus suce
sores Adriano y Antonino Po, sobrevendrn, con Marco Aurelio, las
trasnochadas victorias adquiridas a elevadsimo precio, las resistencias
agotadoras y, finalmente, las invasiones y los reveses que van a secar
la gran fuente del abastecimiento servil; y se puede ya prever el mo
mento en que la esclavitud, condenada por la disminucin de las pre
sas blicas a recogerse sobre s misma, no estar ms en condiciones
de sostener la columna
ascendente sobre la cual
reposaba, en pocas an
teriores, la economa ro
mana. Y cuando llegue
el te m id o m o m e n to ,
Roma verse en la obli
gacin de c o lo c a r al
mundo, para seguirle ri
giendo, esa desesperante
camisa de fu e r z a q u e
fu, en el bajo imperio,
la inmutabilidad heredi
taria de las condiciones
humanas.
Seguramente, bajo los
Flavios y los Antoninos
Fig. 42. T seras fru m en tarias o bonos de pan.
este peligro aun no se
dibuja. Empero, hay otros, ms inmediatos, cuya amenaza pesa ya
sobre la aparente prosperidad de sus reinados. Antes de ser lento en
demasa, el empuje servil ha sido sobrado rpido y desordenado; las
etapas a las que los primeros Csares haban querido sujetarle han si
do prestamente recorridas o salvadas de un salto; y los defectos inhe
rentes a un rgimen a un tiempo autocrtico y censatario han per
turbado la evolucin y viciado la esencia de las transmutaciones sociales.
Como los Csares poseen y ejercen, bajo la mscara de ficciones
que ya no engaan a nadie, una autoridad absoluta, sus esclavos y
sus libertos se han puesto a la cabeza de la Ciudad. En teora, slo
son cosas o, en el mejor de los casos, ciudadanos incompletos. En la

.1 I L

7 Sobre el valor del testim onio de Critn, ver mis Poin ts de vue sur
l imprialisme romain, cap. IT.

LA

SO C IE D A D :

SU S

CASTAS

C E N S A TA R I AS

107

prctica, y del hecho de que ellos se aproximan da a da a la persona


sagrada del amo, de que gozan de su confianza, de que ste les delega
ciegamente una parte de sus enormes atribuciones, esclavos y libertos
mandan, sin escrpulos, a plebeyos y notables romanos. Hasta Clau
dio, el gabinete del emperador al que afluan las splicas del Uni
verso entero y del cual emanaban las instrucciones tanto a los gober
nadores de las provincias como a los magistrados de la Ciudad, siendo
asimismo el taller donde se elaboraba la jurisprudencia de todos los
tribunales, sin exceptuar la Alta Corte senatorial estuvo compuesto
casi exclusivamente de siervos. A partir de Claudio, hasta Trajano in
clusive, los miembros del gabinete se reclutaron entre los libertos, y,
as como los nobles del siglo xvn tascarn el freno bajo la dominacin
de la vil burguesa, de los ministros y de sus subalternos, los sena
dores del alto imperio han debido inclinarse, rumiando en silencio la
ira contenida, ante el poder de los ex esclavos que, encaramados de
un salto a las gradas del trono, hartos de bienes y de honores, como
Narciso o Pallas, por su labor oculta y soberana, disponan, en nom
bre del prncipe, de las promociones civiles y militares, de los bienes
y de la vida de los sbditos.
Mas esto no es todo. Si el emperador escoga fuera de ellos, en
las dos grandes rdenes del Estado, confidentes y amigos, como stos
posean igualmente esclavos y libertos a los cuales haban contrado
el hbito de abandonar la fatiga y la direccin de sus negocios, la
aristocracia que pareca reinar debajo del princeps gobernaba, en rea
lidad, lo mismo que ste, por interposicin de sus domsticos. De este
modo, a los esclavos y a los libertos del prncipe se aadan, para re
gir la Ciudad y el mundo, los esclavos y libertos de su Corte. Cabal
mente se apreci el alcance de sus colusiones y de su poder, cuando
aquellos a quienes el despotismo sombro y la insaciable avidez de
Domiciano haban dejado vivir en la Curia, resolvieron, para salvar el
pellejo, acabar con l. La muerte del tirano, deseada e inspirada por
los senadores, fu urdida en la antecmara de su palacio y consumada
por su gente y por la gente que a su lado serva: un nio del
coro de su larario (puer a sacrario), su ayuda de cmara (prpositus
a cubiculo), el griego Partenio y uno de los mayordomos de su her
mana Domitila, el griego Estefano. Sin duda, despus del atentado,
el nombre de la Libertad (Libertas restituta) fu acuado sobre las mo
nedas, y los Padres conscriptos pensaron resucitar la Repblica con
cediendo el imperio a uno de sus ms obscuros colegas, el sexagenario
y tmido Nerva, Mas resulta evidente que todo eso no era sino papa
rruchas y falsas apariencias. La Repblica, que es el bien comn de
los ciudadanos, la libertad, que de ellos exige un fiero aprendizaje,
no podan renacer de una conjuracin maquinada por peregrinos y

108

LA

VIDA

C O TID IA N A

EN

ROM A

siervos; y los emperadores, a la postre, llegaron a temer que esas viles


emergencias en la cspide del Estado dieran al traste con la estabili
dad del rgimen. Adriano tom la iniciativa, que deban respetar sus
sucesores, de reservar a la orden ecuestre las jefaturas de su gabinete.
Sin embargo, para que esa reforma fuese realmente profunda y efi
caz, debi haberse extendido hasta los puestos subalternos. Pero, para
estar seguros de ser obedecidos, para precaverse de malversaciones que
no hubieran podido reprimir incontinenti, los emperadores y los gran
des prefirieron, como en lo pasado, colmar la administracin de un
personal extranjero y servil de -procuratores y de institores, al que cre
yeron dominar en absoluto; aunque en la prctica ocurri lo contrario,
pues con la extensin de las fronteras y los progresos del fisco, la auto
noma y la resistencia del personal administrativo aumentaron sin ce
sar. N o puede negarse que haba entre esos servi deseosos de obtener
a fuerza de celo su manumissio, entre esos liberti a los cuales su libe
racin inspiraba an ms gratitud cuanto que sta no les impona obli
gaciones, numerosos empleados puntuales, intendentes probos y agentes
sumisos y aplicados; y si la mquina imperial dej de rechinar durante
el siglo i i , ello fu, quiz, menos por la vigilancia de los jefes supe
riores que por la conciencia y la habilidad profesionales de los mo
destos empleados. Mas el rebao era demasiado grande para no con
tener elementos peligrosos: vilici excesivamente duros en sus exigen
cias y en la recaudacin de los impuestos, ujieres harto sensibles a la
ganancia de comisiones y propinas, procuradores insolentes, crueles y
prevaricadores; y a fe que era paradoja funesta la que ofreca ese go
bierno que, con el loable propsito de mejorar el rendimiento de las
funciones, encomendaba su -direccin a hombres nacidos en las cade
nas y, por ende, slo aptos para servir como esclavos. En lugar de asis
tir a una evolucin gradual que, amn de ser lgica, hubiera puesto en
evidencia los beneficios de las instituciones imperiales, los romanos de
ban, a cada instante, padecer la degradacin cvica de esas arbitrarias
transposiciones, de esas brutales inversiones de las clases y de los pa
peles. En la Ciudad como en el campo estaban los romanos tan desmo
ralizados como confundidos; y a las quejas que elevaron, bajo Cmodo,
los ciudadanos libres que cultivaban en calidad de colonos voluntarios
el dominio africano de Suk-el-Jmis, y a quienes azotaba injusta y des
piadadamente, en nombre del prncipe, el gerente servil de su Saltus
Burunitanus8, ha respondido por adelantado, desde el comienzo del
siglo, la iracundia de Juvenal, que monta en clera al ver, en la Roma
de Trajano, a hijos de hombres libres arrastrados por inters y bajeza
a cortejar adulonamente a los esclavos de los ricos:
s

C. I. L., V I II,

10.070

y 14.464.

LA

SO C IE D A D :

SU S

CASTAS

CEN SA TA IU A S

109

Divitis hic servo claudit latus ingenuorum


Filius. . ,8
Desde la poca de Juvenal, en efecto, parece que vale ms, para
la humana felicidad, ser esclavo de un rico que ser ciudadano libre
pobre Y esto solo, claro est!, basta v sobra para perturbar toda la
mquina imperial; adems, ese pernicioso desequilibrio hllase desde
ahora agravado, puesto que en una sociedad cuya jerarqua se adapta
a la riqueza, sta, en lugar de circular entre las familias laboriosas y ce
fructificar por el trabajo y la economa, se concentra, por el favor del
prncipe y por la especulacin, en un nmero cada vez ms restringido
de muy poderosos privilegiados Mientras en las provincias, y aun en
Italia, subsiste todava, robusta y frondosa, la burguesa que prvee los
cargos municipales, las filas se ralean en la Ciudad entre los plutcratas
que gravitan alrededor de la Corte y la masa de una plebe en lo suce
sivo demasiado indigente para poder vivir sin las liberalidades del em
perador y los regalos de los grandes, y sobrado holgazana para no
tener necesidad de los espectculos que, cada dos das, en tiempo de
Trajano, entretienen sus ocios.
4.

L as F o r m a s

de

V id a

la

P l u t o c r a c ia

Cierto es que nos faltan cifras exactas, pero algunas oportunas


consideraciones permitirn suplirlas mas o menos cumplidamente. Fie
mos visto en el captulo primero que el nmero de los socorridos en
los congiarios se elev, durante el siglo ir, de 1 5 0 .0 0 0 a 1 7 5 :0 0 0 bene
ficiarios. Podemos deducir de. estas cifras, sin temor a equivocarnos, que
aproximadamente 1 3 0 .0 0 0 familias, representadas en las distribuciones
por sus jefes, estaban alimentadas por el Estado. Si se calcula con M ar
cial un trmino medio de cinco bocas por familia10, el total obtenido
oscila entre 6 0 0 .0 0 0 y 7 0 0 .0 0 0 asistidos. Si no se cuentan nada ms
que tres, el total se acerca entonces a 4 0 0 .0 0 0 . Directa o indirecta
mente, un tercio a lo menos, o quiz la mitad de la poblacin de la
Urbs viva de la caridad pblica. Mas no sera razonable inferir de all
que las dos terceras partes o la mitad de los ciudadanos Tmanos pa
saban sin ella, pues, en la cifra total de la poblacin, y fuera de las
distribuciones, estn comprendidos los soldados de la guarnicin unos
diez mil homares, cuando menos, los peregrinos de paso en Roma,
cuyo nmero nos escapa, aunque no deba ser importante con las fre
cuentes naturalizaciones que resultaban de las manumissiones, y, por
ltimo, los esclavos, cuya proporcin, referida los hombres libres, de
ba por lo menos alcanzar el tercio que, hacia la misma poca alcanzaba
JfVEXAL, II I, 131-132.
10 M arcial , X I I I , 12.

LA

110

VIDA

C O T ID IA N A

EN

ROMA

en Prgamo 11. Por tanto, si atribuimos 1.200.000 almas a la Roma de


Trajano, debemos substraer de esa cifra 400.000 esclavos, lo que reduce
a menos de 150.000 el nmero de los jefes de familia romanos a quie
nes sus bienes eximan de llamar a las puertas de la Anona.
De suyo lamentable, esta inferioridad numrica de los afortunados
en comparacin con la muchedumbre de indigentes trnase por cierto
pavorosa si se tiene en cuenta la desigualdad de las riquezas en el seno
de la minora. La mayor parte de las que hoy llamaramos clases me
dias vegetaba f r e n t e
a la inverosmil opu
le n c ia q u e ostenta
ban a lg u n o s m ile s
de m ultim illonarios.
Pues en la Urbs, en
los das de Trajano,
los 5.000 s e s te rc io s
cu y a posesin distin
gua, en los munici
pios, al honestior de
la plebe, no hubieran
sacado de la miseria
a n in g n ro m a n o .
20.000
sea 20.000 fra n c o s
Poincar o 4.000 fran
cos de a n te s de la
guerra, y no d e c a
pital, sin o de renta,
constituan el mni
43. Un congiario. (De u n a m edalla de N erva).
mum v ita l del pe
queo burgus roma
no. Ese es el rdito que anhela en su vejez un vividor arruinado que
presenta Juvenal en una de sus stiras1L>; y en otra, el poeta, hablando
por su cuenta, limita a una fortuna de 400.000 sestercios los deseos
del discreto; mas al ver que su imaginario interlocutor hace un ges
to de desdn al escuchar esa cantidad que estima demasiado baja,
le dice Juvenal:
Si esto repugnas y las cejas frunces,
y el labio mueves con desdn, duplica
esa renta, triplcala. No basta?
31

En Prgam o haba un esclavo por cada dos hombres libres segn G a l e n o


K uh n), que vivi entre 136 y 202.

12

J u v e n a l , X , 140.

(V ,

LA

SO C IED A D :

SU S

CASTAS

C EN SA T A R IA S

111

Quieres ms? Pues entonces, ni de Creso


el oro, ni los prsicos dominios,
ni de Narciso mismo la riqueza,
a cuyo imperio Claudio, siempre dcil,
hasta el matar su esposa decretara,
calmar pudieran tu voraz codicia. 13
Evidente es que, para Juvenal, el discreto debe contentarse con
un buen pasar; pero tambin resulta palmario que la existencia ms
modesta supone el capital, requerido para los caballeros, de 400.000
sestercios. Y ambos testimonios se confirman y completan mutuamente,
porque sabemos y de ello no cabe duda alguna despus de los estu
dios de Billeter que en la poca en que escriba el satrico el inters

Fig. 44. A ctividad bancaria.

(Museo de T rveris).

normal del dinero era de 5 por ciento. Consiguientemente, en Roma,


en el siglo de Trajano, las clases medias slo comenzaban con el censo
ecuestre, y era preciso estar en condiciones de gastar a lo menos los
20.000 sestercios que l anualmente produca para poder llevar la ms
modesta vida burguesa, debajo de la cual hallbase' la indigencia de
las masas proletarias. Y, en realidad, los pequeos burgueses estaban
mucho ms cerca de estas ltimas que de los riqusimos capitalistas en
cuyas filas se alistaban slo por ficciones legales.
Pues, naturalmente, qu podan pesar sus 400.000 sestercios fren
te a los millones, a las decenas de 'millones en que nadaban los verda
deros magnates de la Ciudad: esos senadores venidos de lejanas pro
vincias donde se extendan los dominios y prosperaban los negocios
que les haban valido su entrada en la orden esplndida de los ilustrsimos y, ulteriormente, un asiento en la Curia no slo para cum13

u v en a l,

X IV , 322-329.

112

LA

VIDA

C O T ID IA N A

EN

ROMA

plir con los deberes de sus cargos y vigilar las tierras que obligatoria
mente haban comprado en Italia, pero tambin, y sobre todo, para
afamar su nombre y su pas de origen por la suntuosidad de su casa
romana y por el brillo del prestigio que alcanzaban en la Urbs; esos
caballeros llegados a los ms altos cargos de su clase y enriquecidos
por las sucesivas estadas en las administraciones de rentas y de abas
tecimientos; esos libertos, en fin, que haban amasado fortunas colosa
les ayudando al prncipe o a los grandes a formar las suyas!
As, Roma, ama del mundo, atraa hacia su seno las riquezas del
orbe; y yo creo sin olvidar la diferencia de los tiempos y de los me
dios que la concentracin de capitales, a partir del principado de
Trajano, no ha sido menor, en la Urbs, que en nuestro siglo xx entre
los hombres de negocios de la City o los banqueros de W all Street.
Como los lores de Londres, los romanos posean a la sazn barrios en
teros; y contra uno de ellos, Mximo, dispara Marcial este epigrama:
Tienes casa en las Esquilias
y otra casa en la colina
de Dana, y tambin otra,
do vive gente patricia.
De la una ves el templo,
de Cibeles que est viuda;
desde la otra el de Vesta;
de la tercera divisas
el antiguo Capitolio
y el nuevo. Dnde podra,
dime, Mximo, buscarte?
En qu lugar te hallara?
Porque el que doquiera se halla,
en parte ninguna habita.
Lo mismo que los financieros de Nueva York, los romanos hacan
fructificar sus capitales concediendo fuertes y numerosos prstamos;
como un tal Afro, a quien, en otro epigrama, omos repetir para su
propio placer los nombres de sus prestatarios y las cifras de sus deudas:
Corano me debe cien
mil sestercios, y Mamino
el doble; trescientos mil
tambin me adeuda a m Ticio;
Albino dos veces ms,
y diez veces ms Sabino,
y Serrano veinte veces.
Mis casas y mis dominios
tres millones de' sestercios

la

s o c ie d a d :

su s

ca sta s

c e n s a t a r ia s

113

me dan de producto lquido;


seiscientos mil los rebaos
de [Link] esto mismo,
Afro, me ests t diciendo,
y ya me es ms conocido
que mi nombre. Por lo tanto,
si quieres t que sumiso
te escuche yo todo aquesto,
afloja un poco el bolsillo.
Dame, dame algn dinero
y disipa por ti mismo
las nuseas que t me causas
todos los das; odos
yo no prestar de balde
a tu ostentacin de rico.
Tanto Afro como el antedicho Mximo puede que slo sean per
sonajes imaginarios; pero no son los personajes ms tpicos de la plu
tocracia que entonces haca estragos en Roma. En su crculo estrecho
y rutilante de oro y de bienes inmuebles, abundaban seguramente los
poseedores, como el Africano que en otro pasaje cita Marcial, de
100 millones de sestercios 14; y,, sin duda, slo se le calificaba de rico
al que tena arriba de 20 millones. Ex cnsul, el ms grande abogado,
quiz, de su tiempo, Plinio el Joven, a pesar de que su testamento
no est lejos de dejar adivinar tamaa suma 1S, sostiene, en forma evi
dentemente sincera, que l no es rico; y le vemos escribir con la
mayor seriedad del mundo a Calvina, cuyo padre le deba 100.000
sestercios, y a quien l acababa de regalrselos, que sus recursos son
modestos modic facultates, que sus rentas, en razn de la forma
en que se explotan sus pequeas tierras, son tan mdicas como irre
gulares, y que l se ve obligado a compensar la mezquindad de sus
ingresos con la frugalidad de su existencia 16. De hecho, un liberto
como Trirnalcin, cuya sucesin estima Petronio en 30 millones, era
ms rico que l ir; y tres veces ms lo era ese desconocido Afro que
Marcial ha caricaturizado y cuyas solas rentas inmobiliarias se ele
vaban a 3.600.000 sestercios. Pero, por lo menos, el haber de Plinio
entraba en la jerarqua superior a que pertenecan las fortunas de Trimalcin y de Afro, mientras que entre la suya, que contena cincuenta
veces el censo ecuestre, y la de las clases medias ya no haba, por
cierto, ningn punto de comparacin. Los pequeos burgueses estaban
M arcial , V II, 73; IV , 37; X I I . 10.
15 Liberalidades testam entarias de P linio el Joven en C. I. L., V, 5.262.
10 P l in io el J oven , Ep., I I , 4, .3.

11

17

P e t r o n io ,

Sat.,

71.

114

LA

VIDA

C O TID IA N A

EN

ROMA

literalmente aplastados por los grandes, y el nico consuelo que en su


pobreza les quedaba era comprobar la insignificancia de las ms fa
bulosas fortunas ante la inconmensurable riqueza del prncipe.
ste, en efecto, no se limitaba a sumar a los haberes de su fami
lia una bue
na parte de
los de sus
p re d e e e s o
res, a here
d ar a q u y
a ll , esp ec ia lm e n te
en frica y
en Asia, in
mensos la ti
fundia, a
recoger don
dequiera lo
mejor de las
confiscacio
nes to ta le s
o p a rc ia le s
q u e senten
c ia b a n sus
ju e c e s; el
princeps po
da, adems,
c o n fu n d i r
con su teso
ro privado el
fisco al que
confluan los
productos de
los impues
tos percibi
dos p a r a el
sostenimien
Fig, 45. - -E l rico banquero pompeyano Cecilio Jocundo. (Museo
de Npoles),
to de los sol
d a d o s, sin
que nadie osara, sobre el particular, exigirle cuentas, y sin que l tuviera,
en ese caso, que rendrselas a nadie; era dueo de disponer a su antojo de
las rentas de Egipto, posesin personal de la corona, y de beberse hasta
las heces sus botines de guerra. En particular, el emperador Trajano

LA

SO C IED A D :

SU S

CASTAS

C EN SA T A R IA S

115

que, en 106 1S, echa mano al tesoro de Decebalo y se preocupa por or


ganizar en su beneficio la explotacin de los filones de su reciente con
quista 3, se convierte en un autntico multimillonario, cuya autoridad
hllase en lo sucesivo fundada menos quiz en la obediencia que le
han jurado sus legiones que en los ilimitados medios de accin que le
asegura una fortuna sin rival, sin fiscalizacin y sin trmino. Del em
perador a los plutcratas de Roma se extiende una distancia casi tan

Fig. 46. T ableta con anotaciones de deuda hallada en Pom peya,


en la casa dei banquero Cecilio Jocundo.

vasta como la que separa a stos de las clases medias, y esas distan
cias se revelan en el nmero de esclavos que sirven a los seores de las
diferentes jerarquas.
Al comenzar el siglo u antes de Jesucristo, raras eran todava, en
la Ciudad, las casas que posean ms de un esclavo, como lo prueba
una onomstica casi siempre reducida a u n nombre compuesto de la
palabra -puer, significando servidor, y del genitivo del prenombre del
18 Sobre el fin de la segunda guerra dacia, cf. el artculo de D e g r a s s i
en los Sendiconti dell Accademia pontificia, de 1937.
Sobre los tesoros de Deeebalo, valuados en 500 millones, cf. mis
Points de vue sur l imprialisme romain, cap. I I . Ver, en igual sentido, la
m onografa publicada en el repertorio de la Universidad del Cairo, por P .
G r a i n h o r , bajo el ttulo: Un milliardaire antique: B ro d c Atticus.

116

LA

VID A

C O T ID IA N A

EN

ROMA

amo: Lucipor, esclavo de Lucio, Marcipor, esclavo de Marco. A


la inversa, en el siglo il de nuestra era puede decirse que ya no hay
dueos que tengan slo un esclavo; amos tan insuficientemente servi
dos deban entonces contarse con los dedos, pues con el dedo se los
sealaba: tal iba el msero Cota, del que se ha burlado donosamente
M arcial20. O no se compraba ningn siervo porque, como escribe
Juvenal, costaba muy caro colmar su andorga o se compraban y man
tenan muchos a la vez; y es por esto que el satrico, en el verso pre
citado, emplea la palabra vientre
en plural:
. . . magno
servorum ventres! 21
Dos esclavos es lo mnimo con
que en rigor se contentara, para
ser conducido al Circo, el viejo
arrinado cuya m o d e ra c i n he
mos apreciado ms a rrib a . P e ro
el trmino medio es cuatro o cin
co veces superior. Los ms mo
destos propietarios deben mostrarse
a la cabeza de ocho servi, so pena
de quebrar su crdito. En Marcial,
Fig. 4 7 . B anquero rom ano. (Fondo
hasta el rooso Umbro se las arre
de vaso p in tado; cf. D. A . , fig. 495).
gla, en las Saturnales, para hacer
llevar por ocho sirios el minsculo bagaje de sus irrisorios obsequios22,
y, en Juvenal, un litigante creera perdido su pleito si se lo confiase
a un abogado incapaz de acudir al tribunal sin una escolta servil que
reuniera ese n m ero23. T al es el cortejo que basta, de ordinario, a
los pequeos burgueses. Los grandes, en cambio, comandan un bata
lln, cuando no un ejrcito de esclavos. Para reconocerlos en medio
de esa multitud, dividen su personal segn le empleen en la Ciudad o
en el campo; a su vez, a los siervos urbanos los subdividen segn los
utilicen en la casa (servi atrienses) o fuera de ella como mandaderos
(cursores, viatores); y, finalmente, fraccionan cada uno de esos n
cleos compactos en grupos de a diez, llamados decurias, cada uno de
los cuales lleva un nmero de orden. Mas las precauciones resultan
intiles. Amos y esclavos llegan a ignorarse mutuamente. Trirnalcin,
en pleno festn, ya no sabe con exactitud a cul de sus servidores vo
mita sus rdenes:
30 M a r c i a l , X I I, 8 8 .
21 - J u v e n a l , I I I , 167.

22

M arcial , V II, 53.

23

J u v e n a l,

V II, 141.

LA

SO C IE D A D :

SU S

CASTAS

C EN SA T A R IA S

117

De qu decuria eres?, pregunta a su cocinero.


De la cuadragsima, responde el interpelado.
Eres nacido en mi casa, o comprado?
N i lo uno ni lo otro. Me heredaste de Pansa.
Bueno; pues anda y a ver cmo te luces. Si no, te relego a la
decuria de los mandaderos.24
Y
leyendo este dilogo se piensa que el anfitrin, entre la mar
de sus esclavos, apenas deba conocer uno cada diez. De acuerdo al
paso citado, los siervos de Trimalcin eran cuando menos 400; pero
como nada autoriza a afirmar que la cuadragsima decuria, que es
la nica a la cual la novela de Petronio hace alusin, haya sido la
ltima, lcito es suponer que aqullos eran muchos ms. De cualquier
modo, Plinio el Joven, a quien, segn hemos visto, le faltaban alre
dedor de 10 millones de sestercios para igualar a Trimalcin, posea
para su uso particular no menos de 500 esclavos, pues el famoso epistolgrafo manumiti 100 por testamento, y conforme a los trminos
de la ley Fufi a Caninia, promulgada verosmilmente en 8 antes de
nuestra era y aun en vigor en el siglo n despus de Jesucristo 25, era
en forma expresa permitido a los propietarios de 100 a 500 esclavos
manumitir la quinta parte e implcitamente prohibido a los que po
seyeran arriba de 500 emancipar ms de 100. Gallar no podemos nues
tro asombro ante esas exorbitantes cifras; y, sin embargo, es seguro
que durante el siglo fueron frecuentemente superadas. La suerte de
sorpresa que experimenta el jurisconsulto Gayo al comprobar, un si
glo y medio despus de la ley Fufia Caninia, que sta no haba lle
vado su tabla de manumissiones testamentarias ms all de 100 libe
raciones cada 500 esclavos, es un ndice patente de que dicha ley ha
ba cesado, por su propio silencio, de adaptarse a las nuevas realida
des; y si, bajo los Flavios, la cantidad de 4.116 esclavos que haba
tenido, hacia fines del siglo i antes de Cristo, el liberto C. Celio Isi
doro, segua siendo, en cuanto a particulares se refiere, una excepcin
bastante notable para que Plinio el Antiguo, tiempo despus, la juz
gara digna de ser sealada se, no cabe duda de que el millar de cabe
zas deba ser alcanzado por los famili serviles de los grandes capita
listas romanos, y que, infinitamente ms rico que el ms rico de todos
ellos, el emperador ha debido contar fcilmente una veintena de mi
les en la suya.
Ese es el dato mximo que encontramos en Ateneo 27, y que, en
razn de su misma enormidad, no puede, en efecto, referirse sino al
M P etkonio , Sat., 47 y 37.

2 Sobre la ley F ufia Caninia, cf. G ayo, I, 47.


P l in io , N . S . , X X X II I, 135.
" l ENEO, V I, 104.

118

LA VIDA

C O TID IA N A

EN

ROMA

prncipe. Sin duda, es preciso restar de este ingente ejrcito los pelo
tones de esclavos que la domus divina de los Csares posea dispersos
por el mundo para la percepcin de sus pechos, para la vigilancia de
sus granjas y alqueras, dadas en arrendamiento, para la explotacin de
sus inmensos dominios rurales, de sus minas metlicas y de sus cante
ras de mrmol y de prfido; pero aun en Roma, en el Palatino, donde
los modernos han descubierto, con los graffiti del -paedagogium los ras
tros de sus locales disciplinarios, los escla\?os imperiales deban ser
legin, pues lo menos una legin se necesitaba slo para llenar la in
creble variedad de las tareas que les incumban y que nos ha revelado
la epigrafa de sus epitafios.
Quien los lea sin prevenirse quedar confundido de la especia
lizacin extremada que ellos testimonian, del lujo insensato y de la
etiqueta minuciosa que haban hecho imprescindible tamaa mar de
servidores. Para ordenar y cuidar su guardarropa, el emperador dispone
de tantas categoras de esclavos cuantas clases de vestidos posee: para
sus tnicas de palacio, los a veste privata, y para sus togas de la C iu
dad, los a veste forensi; para sus uniformes militares ordinarios, los a ves
te castrensi, y para sus lujosos uniformes de gala, los a veste triumphali;
para los hbitos que lleva al teatro, los a veste scsenica; para aquellos
que cie cuando va al anfiteatro, los a veste gladiatoria. Su vajilla es
bruida por tantos equipos cuantas especies comporta: la vajilla en
que come, aquella en que bebe; la vajilla de plata, la de oro, la de
cristal de roca y la vajilla incrustada de piedras preciosas. Sus alhajas
son confiadas a una nube de servi o liberti ah ornamentis, entre los
cuales se destacan, entre otros, los encargados de los alfileres (los a
fibulis) y los de las perlas (los a margaritis'). los cuidados de su
arreglo personal concurren baeros (balneatores), masajistas (aliptse),
peinadores (ornatores) y barberos (tonsores). Varias clases de ujieres se
ocupan en el ceremonial de sus recepciones: los velarii, que corren las
cortinas a la entrada de los visitantes; los ab admissione, que los in
troducen en la cmara del emperador; los nomenclatores, que pronun
cian sus nombres. Para aderezar sus alimentos, poner su mesa y servirla,
muvese un heteroclito enjambre que va desde los fogoneros (forni
carii) y desde los simples cocineros (coci) hasta los panaderos (pistores), pasteleros (libarii) y confiteros (dulciarii), comprendiendo, adems
de los maestresalas, responsables de la ordenacin de sus comidas (struc
tores), y de los mozos de comedor (triclinarii), los servidores que traen
ios platos (ministratores), los domsticos que los retiran (analectse), los
coperas que le ofrecen de beber y que difieren en importancia segn
sostengan el frasco (los a lagona) o presenten la copa (los a cyatho)
y, en fin, los encargados de hacer la salva (prgtistatores) qu mal

LA

s o c ie d a d

SU S

CASTAS

C EN SA TA R IA S

119

la hicieron los de Claudio y los de Britnico!, que deben verificar


en s mismos la perfecta inocuidad de las bebidas y de los alimentos
del emperador. ste, por ltimo, para distraerse no tiene ms que to
marse el trabajo de elegir entre los cantos de sus coristas {symphoniaci},
las melodas de su orquesta, las danzas de sus bailarinas (saltatrices) o
las chanzas de sus enanos (nanni), de sus graciosos (fatui) y de sus
bufones (moriones).
Aun en el caso de que, como Trajano, el emperador fuera de
costumbres sencillas, evitara la tiesura y huyera del aparato fastuoso,
el princeps no poda, a los ojos de sus sbditos, separar el cumplimiento
de su sagrado mandato de los deslumbrantes esplendores que en Roma
circundaban su- figura. Toda esa pompa colocaba la actividad oficial
del emperador en medio de una decoracin casi mitolgica, de la que
el rey de los reyes no poda ser privado; y me parece, para recurrir
a comparaciones claras, aunque no muy cabales, que la corte de los
Valois hubiera envidiado la suntuosidad de ese escenario magnfico,
as como la de Versalles su brillante grandeza y su fasto solemne. Antes
del Rey Sol, el Csar de Roma hubiera podido adoptar por divisa el
nec pluribus impar de Luis XIV. Sin duda, las casas de los magnates
romanos se esforzaban en imitar la suya. Mas ni siquiera se le acer
caban y, por vastas que fuesen, por compleja que adivinemos su orga
nizacin entre las lneas d los elogios fnebres de sus libertos y es
clavos, no ofrecan nunca sino un plido reflejo, una imagen lejana y
reducida de aqulla. El Csar abrumaba an a los ms poderosos de
sus sbditos, y el sentimiertto que todos stos grandes y pequeosexperimentaban de la sin igual superioridad del princeps ayudaba a los
ms humildes a resignarse con lo que su penosa condicin, en relacin
al lujo desaforado de las clases dominantes, tena de srdido y mezquino.
Por lo dems, la transicin de la plebe a la burguesa media era
an relativamente fcil. La prosperidad que haba seguido a las feli
ces campaas de Trajano, el desarrollo de un comercio al que las vic
torias de ste y la diplomacia de Adriano haban abierto los caminos
de Extremo Oriente, el liberalismo econmico de que los primeros Antoninos haban dado ejemplo, y que conjuraba los inconvenientes de
la acumulacin de tierras en las mismas manos mediante la creacin
al margen de los hacendados, y si era preciso, pese a ellos de un
derecho de usufructo hereditario a favor de aquellos que hubieran ro
turado y explotado sus campos, todo esto favoreca la marcha de los
negocios y multiplicaba p a ra los h o m b re s industriosos y enrgicos,
arrendatarios o colonos aparceros de los grandes dominios, armadores
y banqueros, mercaderes de grueso y pequeos comerciantes, las oca
siones de adquirir honradamente una decorosa posicin. Por otra parte,
el correctivo que soberanos por fin dignos de su soberana haban im

120

LA

VIDA

C O T ID IA N A

EN

ROMA

puesto a todas las ramas de la administracin, el restablecimiento de


una sencilla y vigorosa disciplina en el ejrcito, el cuidado con que
eran escogidos y promovidos los jefes civiles y militares, coincidiendo
con los fuertes estipendios y las crecidas soldadas que retribuan sus
servicios y aseguraban su desinters, constituan otras tantas circuns
tancias o medidas favorables a la formacin o al incremento de una
burguesa media en el seno de las nuevas
capas sociales. N ingn procurador percibe
entonces menos de 60.000 sestercios por ao.
N ingn centurin, ningn primipilus ga
na menos de 20.000 v 40.0002S. Los pri
meros estaban en condiciones de doblar o
triplicar el censo ecuestre que ya posean;
y los otros de adquirirlo, como de ello dan
fe no pocas inscripciones del siglo segundo.
El hombre que mejor encarna en esta po
ca el espritu de la clase media, el poeta
Juvenal, es precisamente uno de esos ex
oficiales que han hecho su agosto, asegu
rndose un retiro discreto en el seno de la
pequea burguesa romana.
Cierto es que Juvenal suspira por la vi
da ajena de cuidados que sus modestos re
cursos le hubieran permitido llevar en el
campo y que llevar no puede en la gran
Urbs. Mas con esto, justamente, el poeta
acaba de ser representativo de su tiempo
v de su casta. En efecto, era en las ciudades de Italia y de provincias donde la
clase media a la cual l perteneca encontra
ba su adecuado clima. En Roma, desde lue
go, hallbaseahogada y oprimida por las fabulosas riquezas en las
que no tomabaparticipacin alguna, y, si una misma cadena pareca
atarla por un lado a la plebe, donde ella reclutaba su clientela, y por
el otro a los magnates, cuya clientela ella constitua, la clase media
senta el grave ms que el sostn, y la esperanza de arrojar el lastre
se le desvaneca junto con la de elevarse hasta los plutcratas. Las
ingentes fortunas, flotando en un plano como extrao al suyo, au
mentaban ya espontneamente por el acrecentamiento de su propia
B

Sobre los estipendios y soldadas, ver las clsicas memorias de Y o n


der K a ise rze it, en N ene H eidelberg la h rb .
de 1900 y, sobre todo, V ie Eangordnung im romischen H eere, en Bonner la h rb .
de 1908 (especialm ente pp. I l l , 118 y 139).

D o m a s z e w s k i, V e r T ruppensold

LA

SO C IED A D :

SU S

CASTAS C E N S A TA R I AS

121

substancia, ya como resultado de un cmulo de factores de que slo


los poderosos podan gozar: por el ejercicio de los cargos superiores,
que ellos monopolizaban y algunos, por ejemplo los proconsulados,
producan un milln de sestercios cada ao; por las arbitrarias pre
dilecciones del prncipe, que poda delegar indefinidamente sus facul
tades sobre los mismos favoritos; o por los milagros de una especuacin
tanto ms desenfrenada cuanto que en Roma, banca del Universo, ella
constitua el nervio de una economa donde la produccin perda te
rreno da a da y el mercantilismo estaba en camino de invadirlo todo.
Adems, el trabajo generador de bienes ya no bastaba para proporcio
nar las fortunas que distribua el azar de los favores imperiales y de las
operaciones burstiles. Los intermediarios y los embaucadores, esas dos
plagas eternamente pegadas al flanco de las muchedumbres, eran los
nicos que se alzaban con los millones. Trina Marcial v se exaspera ai
ver abogados percibiendo sus honorarios en especie - y a las ms nobles
dotes del espritu cultivadas sin provecho alguno:
Lupo, desde hace ya tiempo
que t buscas con afn
y preguntas qu maestro
t pudieras encontrar
para ensear a tu hijo.
Por mi consejo, evitar
debes todos los gramticos
y retricos: jams
de Virgilio y Cicern
las obras debe estudiar,
y a Rutilio en su renombre
que no pretenda emular.
Si hace versos, deshereda
al poeta; mas si afn
muestra por aquellas artes
que dinero puedan dar,
dale tal educacin,
y ejerctese en tocar
o la ctara, o la flauta,
mas si fuere un mazorral,
a arquitecto o pregonero
le debes t dedicar. 10
21

M arcial , IV , 46.
M arcial , V , 56.

122

LA

VIDA

C O T ID IA N A

EN

ROMA

Y en otro epigrama 31, dice as :


Dos jueces, cuatro tribunos,
siete agentes, diez poetas,
sobre unas bodas secretas
eran a un viejo importunos.
Y haciendo de ellos desprecio,
di la hija a un pregonero.
Lo que pregunto, Severo,
es si anduvo el padre necio. 32
En verdad, en verdad, si la pequea burguesa que prosperaba
en provincias tena an razones para creer en los beneficios del tra
bajo, la misma, en Roma, haba perdido por completo la confianza en l.
Releamos del poeta parsito, que viene de perlas, ese encantador
epigrama que yo cabalmente llamara el soneto de Plantin de la lite
ratura latina, y que con seguridad le ha servido de modelo 33 :
Carsimo lector, escucha atento
lo que discurre el dulce pensamiento:
Que ha de tener la vida descansada,
para llamarse bienaventurada;
hacienda suficiente
heredada del padre o del pariente,
que del propio sudor es muy costosa;
frtil tierra abundante y provechosa,
fuego alegre y perenne,
da libre de pleitos, y si tiene
algn oficio urbano, no procure
que mucho tiempo dure.
Quieta la mente, la salud entera,
prudente candidez y verdadera;
iguales los amigos,
y que nunca se vuelvan enemigos.
Ordinario el manjar, mesa sin arte,
sin ceremonia el gusto se reparte;
noche no violenta,
sino de afn y de cuidado exenta.
Blando lecho y honesto,
ni triste, ni tampoco descompuesto;
31 M arcial , V I, 8.

33 Versin annima publicada por D . V ctor Surez Capalleja.


del traductor).
33 M arcial , X ,

47.

( N o ta

LA

s o c ie d a d :

s iis

ca sta s

c e n s a t a r ia s

123

que se mida el deseo


con la hacienda, los gustos y el empleo,
sin que otra cosa ms apeteciere
de aquello que tuviere;
y por ltimo, al fin, precisa suerte
el no temer ni desear la muerte.34
Esta poesa no lanza un grito de felicidad, sino un suspiro en el
que la resignacin se une al contento. No expresa ningn anhelo
hacia un progreso que se dira imposible. Cifra la felicidad en la ne
gacin de una labor cuya inutilidad sobrentiende. Encima de ese
collado ideal pasan las nubes de la realidad y se desliza la fatiga de
un mundo que envejece. Las clases sociales, por lo menos en Roma,
comienzan a anquilosarse. Su jerarqua, todava mvil en los grados
intermedios, se fija en los extremos. Los aflujos regulares, que deban
restaurarla sin cesar, ceden harto a menudo a los impulsos incoheren
tes y a los choques imprevistos. Desviadas, contenidas, precipitadas,
las corrientes igualitarias, lejos de cumplir su misin, exageran las des
igualdades esenciales. Doblgase el orden democrtico bajo el doble
peso de las masas a las cuales una economa desarreglada impide un
cambio normal de su suerte, y de una burocracia abusiva que mani
pula los fabulosos tesoros y traduce en actos la omnipotente voluntad
del monarca, cuyo absolutismo no hace sino agravar la situacin. As,
el esplendor que brilla en la U r b s en el siglo n de nuestra era se en
vuelve en sombras que el bajo imperio extender al resto del mundo;
y la Ciudad ya no tiene valor para alejar de s los siniestros nuba
rrones. Para luchar con xito contra sus males, los pueblos necesitan
creer en su porvenir. Pero, defraudada en sus esperanzas de justos y
progresivos adelantos, inquieta ora por su excesivo marasmo, ora por
susobrada inestabilidad, la sociedad romana comienza a dudar de s
misma en momentos en que, al quebranto de la solidez de sus fami
lias, se aade la ruptura de su unidad espiritual.

** Versin de D. Manuel de Salinas y Lizana. lili gran poeta sevillano


D. Juan de Juregui, superando el original, ha im itado este epigrama en su
Elegia de la felicidad de la vida. (N o ta del trad uctor).

CAPITULO

II

EL M A TR IM O N IO , LA M U JER Y LA FAM ILIA


VIRTUD ES Y VICIOS
1.

e b il it a c i n

del

P oder P a t e r n o

N el siglo segundo de nuestra era, el derecho gentilicio de las


pasadas edades ha cado en desuso: totum gentilicium ius in
desuetudinem a b iitx, y de los principios en que se fundaba la
familia patriarcal de la vieja Roma, el parentesco agnaticio y el poder
ilimitado del -pater familias, slo subsisten reminiscencias, por as de
cirlo, arqueolgicas.

Mientras antao nicamente la descendencia masculina (agnatio)


era generadora de parentescos legtimos, stos ahora comprenden tam
bin la cognatio o parentesco por las hembras y desbordan el dominio
de las iust n u f d .
Desde el fin de la Repblica, a la madre se le haban ido reco
nociendo derechos explcitos con respecto a sus hijos, hasta colocrsela
en igualdad de condiciones con el padre. Las frmulas del pretor ha
banle concedido el derecho de guardia de su prole tanto en el caso
de tutela como en el de mala conducta de su marido. Bajo Adriano,
promotor del senadoconsulto Tertuliano, la madre, cuando tena pol
lo menos tres hijos, y cuando el difunto careca de posteridad y de
hermanos consanguneos, fu llamada a la sucesin ah intestato de
cada uno de ellos, aunque stos hubieran nacido fuera del matrimonio.
Finalmente, bajo Marco Aurelio, el senadoconsulto Orficiano, dado
en 178, llam expresamente a los hijos a la sucesin de su madre, cual
quiera que fuera la naturaleza de la unin de la cual ellos hubieran
salido y antes que a los agnados del muerto. Por all acaba la evolu
cin que haba ido minando el antiguo sistema de las sucesiones ci
viles y que, a la postre, al arruinar los principios bsicos de la familia
romana, consagr el derecho de la sangre en el sentido en que la
1 Gayo, In stitu tas, I I I , 17. Sobre la patria potesta s y el patronato, cf.,
en ltim o trmino, las memorias de K a s e r , en la Z eitsc h rift der Savigny
Stiftu ng, Horn. A U . , 1938, pp. 67-87 y 88-135.

126

LA

VIDA

C O TID IA N A

EN

ROM A

sociedad moderna le ha hecho prevalecer. En Roma, la familia hllase


en lo sucesivo fundada en la coniunctio sanguinis, puesto que, segn
la hermosa anticipacin de Cicern en el De Officiis, esa comunidad
natural era la ms propia para encadenar los seres humanos por la be
nevolencia recproca y .por la caridad (et benevolentia devincit homines
et caritate) 2.
En la misma poca, los dos rasgos esenciales de la patria potestas
autoridad absoluta del padre sobre sus hijos y autoridad absoluta del
marido sobre la esposa colocada en su mano (in manu), como si fuese
una de sus hijas (loco fili) se haban esfumado gradualmente. Debe
convenirse en que esos dos postulados, en el siglo segundo despus de
Jesucristo, han desaparecido. En lo que a sus hijos concierne, el pater
familias est ahora desposedo del derecho de vida o de muerte que las
Doce Tablas y las leyes sagradas pretendidas reales habanle otorgado.
Sin duda, tiene an la terrible facultad, que le ser retirada, bajo la
benvola influencia del cristianismo, en 374 de nuestra era, de expo
ner a sus hijos recin nacidos en los muladares pblicos donde perecen
de hambre y de fro 3, cuando la piedad de un pasante, mensajero e
instrumento del favor divino, no viene a recogerlos y salvarlos a tiempo;
seguramente, cuando el padre es pobre, recurre de tan buena gana como
en lo pasado a esa forma aleatoria de infanticidio legal, y, no obstante
las protestas aisladas de algunos predicadores estoicos como Musonio
Rufo, contina abandonando sin remordimientos sobre todo a sus bas
tardos y a sus hijas, como se infiere de ciertas inscripciones del reinado
de Trajano que registran, entre los alimentistas menores de edad, en
una misma ciudad y para un mismo ao, nada ms que dos espurios
(spurii) contra 179 hijos legtimos, y, de este ltimo total, slo 34 nias
contra 145 varones; siendo evidente que la nica forma en que puede
explicarse esta desigualdad, es por una relacin inversa en las expo
siciones, o sea que bastardos y nias eran las vctimas ms frecuentes
de esas dolorosas prcticas4.
Pero si el pater familias no abandonaba a los hijos en el momento
de nacer, ya no poda desembarazarse de ellos con posterioridad, ni por
la venta o mancipatio que, antiguamente, los converta en esclavos, y
que no era ms tolerada sino a ttulo de ficcin legal para fines contra
rios de adopcin o de emancipacin, ni por una ejecucin capital que,

Cicern , De Off. , I, 1 7 / 54.


1
O devorados por los perros errantes, cf. C u iiO N T , g y pte des A strolo
gues, 187, n.
4
Sobre estas estadsticas, cf. mi art^ulo en la M. E.. A., 1921, p. 299.
Sobre la d i a t r i b a de M tjs o n io B u f o , el ',
cf. aliora el Pap. Harr., 1, publicado por J . E n o c h P o w e t,. Archiv. f. P a
pyrus, ferscliung, 1937, pp. 175-178.
2

EL

M A T R IM O N IO ,

LA

M U JE R

LA

F A M IL IA

127

admitida an en el siglo primero antes de Jesucristo, como lo demues


tra la suerte de un cmplice de Catilina, Aulo Fulvio, habase conver
tido, en el nterin, en un crimen punible de muerte. Antes que Cons
tantino hubiera equiparado al parricidio la muerte de un hi o por su
padre, Adriano haba castigado con deportacin a una isla a un padre
que durante una partida de caza haba matado a su hijo, y a pesar de
que ste era culpable de haber deshonrado las segundas nupcias del
autor de sus das 5; y el emperador Trajano haba forzado a otro, que
simplemente maltratara al suyo, a emanciparle sin la menor dilacin y
a renunciar, para lo futuro, a su herencia eventualn.
De anloga manera, desde el fin de la Repblica la emancipacin
del hijo haba mudado por completo de alcance y de sentido. En lugar
de serle aplicada como una penalidad que, aunque ms blanda que la
muerte y que la esclavitud, no dejaba, sin embargo, de ser muy grave
todava, pues la ruptura de los lazos que unan al joven con los suyos
significaba para l una exclusin familiar que necesariamente deba
conducir a su desheredacin, la emancipatio estbale ahora reservada co
mo un beneficio; y gracias a la jurisprudencia pretoriana de la hono
rum possessio, establecida a principios del imperio, el hijo emancipado
era capaz de adquirir y de administrar bienes sin quedar por ello bo
rrado de la sucesin paterna. En tanto que la emancipacin tuvo ca
rcter de castigo, los jefes de familia repugnaron emplearla. Al contrario,
cuando ella se convirti para los hijos en una ventaja que en cierto
modo perjudicaba a los padres, stos comenzaron a practicarla corrien
temente. U na vez ms, las leyes se modelaron conforme a los senti
mientos; y la opinin pblica, repudiando las atroces severidades de lo
pasad, slo exigi de la potestad paterna, en tiempo de Trajano y de
Adriano, la piadosa ternura con la cual un jurisconsulto del siglo terce
ro terminar por identificarla: patria potestas in pietate dbet, non atro
citate consistere 7.
Nada ms era menester para 'renovar la atmsfera de la familia ro
mana y para matizar las relaciones entre padres e hijos con una dul
zura afectiva tan alejada de la sequedad y del rigorismo disciplinario
que Catn haba mostrado en su hogar, cuanto cercana est de la afable
amistad que florece hogao en los nuestros. Recrrase la literatura de
la poca: mltiples son los ejemplos de padres cuya autoridad slo se
traduce en indulgencia y de hijos que, en presencia de aqullos, viven
a sus anchas como si ellos fuesen sus propios dueos. Plinio el Joven,
cuyos matrimonios fueron estriles, solicita para, los hijos de sus amigos
5 Ejem plo de Adriano, en Dig:, X L Y III, 9, 5.
0 Ejem plo de Trajano, en Dig., X X X V II, 12, 5.
1 M a r c i a n o , bajo A l e j a n d r o S e v e r o , en Dig., X L Y III. 9, 5.

LA

128

VIDA

COTIDIANA

V.S

ROMA

una educacin independiente y librrima que l no hubiera rehusado


a los suvos, porque estaba de moda y le sentaba bien a la gente em
pingorotada. Un hombre escribe Plino reprenda a su hijo porque
gastaba frvolamente su dinero.
Habiendo salido el h ijo , pre
gunt al p r o g e n ito r : Dime,
acaso no hiciste nunca nada
que mereciese u n a amonesta
cin de tu padre?8
Por cierto, Plnio el Joven
no haca mal en predicar una
benevolencia o, si se quiere,
un liberalismo q u e h o v nos
agrada. Mas ocurri que los
romanos no supieron guardar
el justo lmite. No se contenta
ron con morigerar su severi^lll^jlps dad. Cedieron a los imprudenP l
tes impulsos de una tolerancia
IjjJjllJi extremada. Renunciando dirimM gir a sus hijos, se dejaron gosffflfm
bernar por ellos y alardearon
||jJlj de cumplir su deber sudando
IJJjJIjfjj el quilo para costear las fantaJ i f J l i l sas de su prole. Con' ello no
consiguieron s i n o .c r i a r a su
|J j l |j J |j sombra holgazanes y derrocha
dores p a re c id o s al Filomuso
( jjjljj cuya desventura nos c u e n ta
wjjgj^ Marcial; linda pieza que, des
pus de haber recibido toda
junta la paterna herencia, ha
llse repentinamente ms des
provisto que e n la p o c a en
que su prudente padre le daFig. 49. Muchacho rom ano. (M useo d e i
ba en diarias raciones la gene
L o u v re).
rosa mensualidad que le haba
sealado :
Filomuso, te asignara
tu padre todos los meses
dos mil sestercios de renta

erili

P lin io

el

Jo v en ,

E p .,

I X , 12, 1.

EL

M A T R IM O N IO ,

LA

M U JE R

LA

F A M IL IA

129

que te daba diligente


da por da; si no,
se vera sucederse
a tus orgisticos gastos
la miseria: l, muy prudente,
alimentaba tus vicios
por un da solamente.
Hoy acaba de morir,
y te dej cuanto tiene.
Imagino, Filomuso,
que te ha dejado sin bienes. 0
Desgraciadamente, los patrimonios no eran los nicos que pade
can las consecuencias del individualismo que a la sazn triunfaba. Des
de el segundo siglo de nuestra era, ste haba embotado en Roma el
temple de los hombres; y mientras se desarrugaba el fruncido ceo del
pater familias tradicional, multiplicbase la ridicula figura del seo
rito, sempiterno botarate mimado de las sociedades, que ha adquirido
el hbito del lujo, perdiendo el de la disciplina. Peor aun: ya se insi
na la figura siniestra del padre que, por afn de lucro, no trepida
en fallir las esperanzas de su raza, corrompiendo metdicamente a los
adolescentes a quienes tiene el deber de educar. T al fu el caso del
eminente abogado Rgulo, enemigo y rival de Plinio el Joven. Rgulo
haba consentido todos los caprichos de su hijo. Habale montado una
pajarera esplndida, donde silbaban, cantaban y tartajeaban mirlos,
ruiseores y cotorras. Le haba comprado perros de todas razas, as
como jacas glicas para sus atelajes y para equitacin. E inmediata
mente despus que muri su esposa, cuya inmensa riqueza haba su
fragado todos aquellos regalos, se apresur a emanciparle a fin de que
el joven pudiera tomar posesin de la fortuna materna; la cual per
miti al mozo lanzarse a un torbellino de tan desenfrenados plareres,
que presto dieron con l en la huesa y con sus crecidos bienes en las
arcas del padre, que esto y no otra cosa haba estado aguardando
Probablemente, se trata de un caso excepcional y monstruoso del
que Plinio, con razn, se ha escandalizado. Empero, ya es mucho que
se haya producido, y el hecho no hubiera sido posible si las mujeres
no se hubiesen emancipado, tanto y ms que los hijos, de la frrea
disciplina que antao haba impuesto a las familias romanas el ejer
cicio de la patria potestad, y que se desvaneci,junto con sta.
M a r c ia l , I I I , 10.
1:1 P l i n i o e l J o v e n , ., IV , 2, 3.

130

LA

2.

Los

VID A

C O TID IA N A

E spo n sa les

EN
el

ROMA
a t r im o n io

En efecto, al propio tiempo que la fatria potestas del padre sobre


sus hijos fu debilitndose cada vez ms, ces tambin de fortificar la
posicin del marido con respecto a la mujer. En pocas anteriores, tres
formas de matrimonio romano haban colocado a la hembra bajo la
mamts de su hombre: la confarreatio, u ofrenda solemne por los des
posados de un pan de espelta a Jpiter Capitolino, en presencia del
gran pontfice y del oficiante del dios supremo, el flamen dialis; la
coemptio, venta ficticia por la que el padre plebeyo enajenaba su hija
al marido; y, en fin, el usus, capaz, por cohabitacin ininterrumpida
de un ao, de producir entre plebeyo y patricia los mismos efectos
legales. Pero ninguna de esas formas dur, sin duda, hasta el siglo 11
de nuestra era. El usus fu abandonado primero, y es probable que las
leyes de Augusto le abolieran formalmente. La laudatio Turi, coe
tnea a las proscripciones del segundo triunvirato, es el ltimo de los
ejemplos en que la coemptio hllase claramente atestiguada. En cuanto
a la confarreatio, estaba tan generalmente olvidada a principios del
imperio, que nada fcil result, bajo Tiberio, encontrar en la Ciudad
tres patricios salidos de uniones por ella consagradas. Estas tres moda
lidades de las que Gayo, por otra parte, no habla ms que en pa
sado, y que va no servan sino para nutrir los comentarios retrospecti
vos de los jurisconsultos haban sido reemplazadas con un matrimo
nio que, en su aspecto exterior como en su espritu, semeja tan singu
larmente al nuestro, que es lcito pensar que ste haya derivado de
aqul.
Ante todo, estaba precedido de esponsales que, sin comportar ver
daderas obligaciones, se rvumplan con tanta frecuencia en Roma, que
Plinio los cuenta entre
mil menudencias que lastraban intilmente
los das de sus contemporneos
Consistan en un compromiso rec
proco ajustado entre los novios con el asentimiento de sus respectivos
padres y ante un cierto nmero de parientes y amigos, de los cuales
unos intervenan como testigos y otros se limitaban a celebrar el suceso
en el banquete al que haban sido invitados y que cerraba la fiesta. El
quid de la cual era la entrega, por el novio a la prometida, de regalos
ms o menos costosos 12 y de una simblica sortija, supervivencia pro
bable de las arras previas 13 a la coemptio primitiva. Ya fuera de. hierro
chapada de oro, ya totalmente de oro como nuestros anillos de boda,
la novia la reciba y, acto continuo, la colocaba en el mismo dedo que
11 P l i n i o e l J o v e n , ., I, 9, 1-2.
12 Sobre los regalos en los esponsales, ef. U l p i a n o , en Dig., X V I , 3,
25 pr.
13 Sobre la relacin de la sortija con las arras, cf. F l i n i o , N . B .
X X X II I, 28.

EL

M A T R IM O N IO ,

LA

M U JE R

LA

F A M IL IA

131

todava cien, de ordinario, nuestros anillos de boda, es decir, en el


de la mano izquierda inmediato al meique li; dedo que, por esta cir
cunstancia, hoy llamamos anular, vocablo derivado de ammlarius,
que es palabra del bajo latn, sin acordarnos, por cierto, de la razn por
la cual los romanos ie haban elegido. Pero ah est Aulo Gelio, que

Fig, 5 0 . M atrim o n io

ro m a n o .

(Museo, d e L o u v re ).

nos la explica con laborioso rodeo: Cuando se abre el cuerpo humano,


como hacen los egipcios, y se p ra c tic a e n l la diseccin,
como dicen los griegos, se descubre un nervio muy fino que va desde
el anular hasta el corazn. Se cree conveniente otorgar el honor de
llevar la sortija a ese dedo, con preferencia a todos los dems, a causa
de esa estrecha conexin, de esa especie de lazo que le une al rgano
11
T e rtu lia n o ,

E n J u v e n a l , V I, 25 y siguientes, slo la novia recibe el anillo. Cf.

Apol.,

6.

LA

VIDA

C O TID IA N A

EN

ROMA

ms noble del hombre. 15 Por esa relacin directa, establecida en nom


bre de una ciencia imaginaria, entre el corazn y el anillo de boda,
Aulo Gelio seguramente ha querido destacar la seriedad de los espon
sales, la solemnidad del compromiso que stos consagraban y, sobre
todo, la profundidad del sentimiento de recproco afecto que les atri
buan sus contemporneos y cuya expresin voluntaria y pblica for
maba entonces lo esencial no solamente de la ceremonia, sino tambin
de la realidad jurdica del matrimonio romano.
De ste ltimo, numerosas alusiones literarias nos han transmitido
hasta los ms insignificantes detalles. En el da sealado para su cele
bracin, la futura, cuya cabellera ha sido, la noche anterior, aprisionada
con una redecilla bermeja, viste el hbito requerido por la costumbre:
alrededor del cuerpo, una tnica sin dobladillo tunica recta, ajus
tada por un cinturn de lana de doble nudo, el cingulum herculeum,
y, encima, un manto o -palla color azafrn; en los pies, sandalias del
mismo tono; en la garganta, un collar de metal; sobre la cabeza, cuyo
cabello est protegido por los seis rodetes postizos separados por nfulas,
o sent crines, que las Vestales llevan durante toda la duracin de su
ministerio, un velo anaranjado y reluciente de aqu su nombre de
flameum que oculta pdicamente la parte superior del rostro y sobre
el cual apoya una corona, sencillo trenzado de mejorana y verbena, en
los das de Csar y de Augusto, y, ms tarde, de arrayanes y azahares.
Concluido su arreglo personal, recibe, rodeada de los suyos, a su pro
metido, a la familia y a los amigos de ste. Todos, entonces, se trasla
dan, bien a un santuario vecino, bien al atrium de la casa, para ofrecer
all un sacrificio a los dioses. Inmolada la bestia escogida a veces una
oveja, raras un buey, las ms un cerdo, intervienen el auspex y los
testigos. stos, probablemente reclutados en nmero de diez entre el
cortejo de los nuevos cnyuges, se reducen, sin decir palabra, a estam
par sus sellos sobre el contrato de matrimonio, cuya redaccin, por lo
dems, no es obligatoria. Aqul, cuyo ttulo intraducibie designa una
funcin de augur familiar y privado, desempea, sin investidura sacer
dotal y sin delegacin oficial, un papel indispensable. Despus de ha
ber examinado las entraas de la vctima, se constituye en fiador de
la benignidad de los auspicios, sin cuyo requisito el matrimonio, repro
bado por los dioses, no sera valedero; y tan pronto como ha pronun
ciado, en medio de respetuoso silencio, las palabras que proclaman el
favor divino, los esposos intercambian en su presencia sus mutuos con
sentimientos, con una frmula en la que parecen confundirse sus vidas
y sus voluntades: Uhi tu Gaius, ego Gata. Entonces el rito misterioso
est cumplido, y los asistentes rompen en aclamaciones de buen augu
15

A ulo G elio , X , 10.

EL

M A T R IM O N IO ,

LA

M U JE R

LA

F A M IL IA

133

rio: Feliciter! Qu la felicidad sea con vosotros! El general regocijo se


prolonga en un festn que slo cesa al caer la noche, cuando llega el
momento de arrancar a la desposada de los brazos de su madre para
llevarla a la casa de su flamante marido. Dos flautistas, seguidos de
cinco portadores de antorchas, abren la marcha. Durante el camino
entnanse alegres y picantes canciones. Acuden al bullicio los rapaces
del lugar, sobre los cuales' el squito, cuando est por alcanzar su des
tino, descarga una granizada de nueces; esas nueces con que el esposo
jugaba en su niez y cuyo africado sonido sobre las losas de la calle
presagia gozosamente hoy la fecunda felicidad que le reserva el ma
ana. Ahora se adelantan tres amigos del marido. U no' el paraninfo
por excelencia, el pronobus, nosotros diramos el padrino de la boda,
esgrime la antorcha nupcial hecha de ramas de oxiacanta amorosamente
entrelazadas. T ras l, los otros dos toman a la esposa, la levantan en
brazos y le hacen cruzar, sin que sus pies toquen el suelo, el umbral
de su nuevo hogar, empavesado de verdes ramos y blancas colgaduras.
Tres compaeras siguen a la ruborizada nova nupta : dos de ellas' lle
van, una su rueca, otra su huso, emblemas evidentes de su laboriosi
dad y virtudes domsticas. Despus que el esposo le ha ofrecido el agua
y el fuego, la tercera, que en dignidad se halla ser la primera, la
prnuba, la conduce hasta el lecho conyugal, donde el impaciente ma
rido la invita a recostarse, le quita la palla y se apresura, ya ciego, a
desatar el nodus herculeus de su cinto, mientras la concurrencia toda
se retira con la prisa y discrecin que la costumbre y el pudor acon
sejan 16.
Dejemos a un lado el sacrificio sangriento, olvidemos tambin el bri
llo fulgurante del velo de la novia: no parece, acaso, que este cere
monial ha sobrevivido al imperio romano y contina, con muy ligeros
cambios, reglando el protocolo de los casamientos contemporneos? Mon
seor Duchesne observbalo no hace mucho tiempo con una clarividen
cia que, por ser nica, es tanto ms loable: Salvo la aruspicina, todo el
ritual de las bodas romanas ha sido conservado, en ' el uso cristiano.
Hasta las coronas han hallado cabida en este ltimo . . . Esencialmente
conservadora, la Iglesia slo modificaba en estas cosas lo que era in
compatible con sus creencias. Reducido, en efecto, a su nocin fun
damental, el matrimonio cristiano consiste en la libre entrega de dos
almas una a otra. Independiente de la fiesta que le sigue y aun del
oficio religioso que habitualmente ,le acompaa, el sacramento resulta
Sobre estos detalles, c f. C a t u lo , 61 ; F e s t o , p. 63, M .; O vid io, M et.,
X , 1 ; P l i n i o , N . ., V I II, 194; X V , 86 ; X X V II I, 63; P l u t . , Qu. Bom ., X X X
y X X X I ; J u v e n a l , V I, 227 y X , 3 3 0 ; C la u d ia n o , X I I I , 1; X X X I, 96 ;
X X X V , 328. Sobre el rito del umbral, c f. R o s e , %lie R om an questions o f
Plutarch., 1924, p p . 101 y siguientes.

134

LA

V ID A

C O TID IA N A

EN

ROM A

de la afirmacin de ntima unin que pronuncian los cnyuges en pre


sencia del sacerdote, que all est slo para registrarla ante Dios 17. Aho
ra bien, una definicin semejante puede aplicarse al matrimonio ro
mano de la poca clsica. En efecto, ste quedaba instituido en el
momento en que, seguros de la adhesin de la divinidad, comprobada
por el auspex, Gayo y Gaya declaraban juntos su voluntad de unirse
recprocamente, y debe agregarse: en virtud de esa declaracin misma.
El resto o era sino una serie de ringorrangos adventicios y de adiciones
superfluas. Cuando ya en las postrimeras de la Repblica, Catn de
Urica cas en segundas nupcias con Marcia, tanto l como ella resol
vieron renunciar a esos flpreos. Sin vanas pompas, ambos se presta
ron mutuo juramento. Omitieron los testigos. No reunieron a sus alle
gados. Bastles unirse en silencio, al amparo de los auspicios consulta
dos por Bruto:
Pignora nulla domus; nulli coiere propinqui
lunguntur taciti contentique auspice Bruto ls.
Hay una innegable nobleza en ese acuerdo de corazones que basta
para fundar el dulce yugo; y no es dudoso que los progresos de la
filosofa, en especial del estoicismo, que, ya entonces, iluminaba la
ruta de Catn y Porcia, han contribuido a imponer al derecho romano
ese concepto verdaderamente moderno que, extrao a sus desenvolvi
mientos primitivos, termin por trastornar la mquina matrimonesca.
Para los antiguos de que habla Gayo como de figuras desapareci
das, la mujer h ab a, sido condenada por su ingnita fragilidad a vivir
en perpetua m enora19. En el matrimonio cum manu, la mujer no
escapaba de la manus de sus ascendientes o de sus agnados sino para
caer en la de su marido. En el matrimonio sine manu, quedaba colo
cada bajo la autoridad del llamado tutor legtimo 20, que le era obli
gatoriamente escogido entre sus agnados a la muerte del ltimo de sus
ascendientes. Pero en la poca en que el matrimonio sine manu su
plant al otro por completo, la tutela legtima, que haba sido insepa
rable de l, perdi toda importancia. Desde el fin de la Repblica, era
suficiente que una pupila se quejara de una ausencia, por breve que
sta fuese, de su tutor, para obtener otro de la complaciente designa
cin del magistrado; y cuando, al comenzar el imperio, fueron sancio
nadas las leyes a las que est vinculado el nombre de Augusto, los
17
18

D u c h e s n e , Origines du culte
L u c a n o , Phars., I I , 370-371.

chrtien, p. 45I>.

Sobre el antiguo estado de menora de la mujer, cf. G a y o , I, 144:


Veteres enim voluerunt feminas etiamsi perfectae aetatis sint p ropte r animi
levitatem in tutela esse. Ver tam bin C i c e r n , Pro Mur., X I I, 27: MuMeres
omnes prop ter infirm itatem consilio maiores intutorum potestate esse v o
luerunt.
M Sobre los tutores legitim os, hechos amovibles primero, in tiles des
pus, cf. G a y o , I, 173-174 y 115, 145. y 157.

EL

M A T R IM O N IO ,

LA

M U JE R

LA

F A M IL IA

135

tutores legtimos se vieron sacrificados al deseo del prncipe de facilitar


las uniones prolficas: no solamente esas leyes eximan de tutela a las
esposas que hubiesen tenido tres hijos, sino que asimismo disponan la
revocacin de oficio del tutor a quien su pupila hubiese acusado de
vacilaciones en aprobar sus proyectos matrimoniales o en pagar su dote.
En tiempo de Adriano, las mujeres casadas ya ni siquiera tienen ne
cesidad de tutor para redactar testamento; y los padres no fuerzan a
sus hijas a casarse contra su voluntad, como tampoco piensan impedir,
sin tener graves motivos, el matrimonio al cual ellas se muestran in
clinadas, pues, como lo declara el gran jurisconsulto del reinado, Salvio
Juliano, las nupcias se contraen no por obligacin, sino por el consen
timiento de los desposados, siendo indispensable para su realizacin la
libre aquiescencia de la joven: nuptiae consensu contrahentium fiunt;
nuptiis filiam familias consentire oportet21.
3.

E m a n c ip a c i n

e r o s m o

de

la

u je r

R omana

Por supuesto, esta nueva definicin del matrimonio romano acab


por transformar su naturaleza. En esta materia, hay causas que siem
pre, invariablemente, generan iguales consecuencias. En nuestros das,
en Francia, hemos visto al legislador disminuir, luego eliminar todos
los obstculos ante la triunfante voluntad de los esposos; y lo que an
poda subsistir de la autoridad de los padres ha desaparecido al mismo
tiempo que su derecho de oponerse a las nupcias deseadas por sus hi
jos. Lo propio ocurri en el Imperio romano. Ya substrada de la auto
ridad de su marido por el predominio exclusivo de los matrimonios sine
manu, la mujer fu emancipada de sus tutelas por la independencia
de eleccin que requera la coyunda de los nuevos tiempos; y, entrada
libre en su matrimonio, la esposa vivi en l en paridad de situacin
con su marido.
Pues, contrariamente a la opinin vulgar, que calca las condicio
nes de la poca imperial sobre las formas, a la sazn agotadas, de los
primeros siglos republicanos, es seguro que la hembra romana ha go
zado, en la poca que de intento hemos escogido para nuestro estudio,
de una dignidad y de una autonoma equivalentes o superiores a las
que el feminismo contemporneo ha reivindicado para las nuestras;
dignidad y autonoma que ya ms de un teorizador del feminismo an
tiguo, Musonio Rufo, verbigracia, haba reclamado sistemticamente, ba
jo los Flavios, en nombre de la igualdad intelectual y moral de uno
y otro sexo
21 A e s ta c i t a d e J u l ia n o , en Dig., X X III , 1, 11, a a d i r U l p ia n o , en
Dig., h , 17, 30 : N u p tia s non concubitus sed consensus facit.
22 Of. Ch. F a v e z , Un fm iniste romain: C. Musonius Bufus, en el Bull.
Soc. t. des L ettres de Lausanne, octubre 1933, pp. 1-9.

136

LA

V ID A

C O T ID IA N A

EN

ROMA

Al expirar el siglo primero, al iniciarse el segundo, abundan egre


gias figuras femeninas que patentizan firmeza de nimo y reclaman
imperiosamente veneracin. Sucdense entonces en el trono empera
trices verdaderamente dignas de ostentar, al lado de sus maridos, ese
ttulo sagrado de Augusta que Livia slo recibi a la muerte del suyo.
Plotina comparte la gloria y las responsabilidades de Trajano, acomp
ale durante toda la ardua campaa contra Parta, y, en los postreros
instantes del optimus princeps, la admirable mujer, con singular dis
crecin, sabe interpretar o suplir la voluntad suprema de su esposo; y
as, gracias a ella, Adriano recibe, en paz y concierto, la herencia so
berana que el difunto slo secretamente haba dispuesto a su favor. No
le alcanza a Sabina el cieno que le arrojan los redactores de la Historia
Augusta, cuyos torpes chismes estn desmentidos por la muchedumbre
de inscripciones devotas que recuerdan sus beneficios y por las num e
rosas estatuas que, en vida, habanla divinizado. Por otra parte, Adria
no, que pasa por haberse llevado mal con ella, deseaba, en realidad,
verla siempre rodeada de tantas consideraciones y deferencias, que, por
haberla faltado, el ab epistulis Suetonio incurri, de la noche a la ma
ana, en la prdida de su ministerio de la pluma. A su vez, las
grandes damas de la aristocracia evocan noblemente, como otros tan
tos inmortales modelos, esas heronas de los reinados despticos y tur
bulentos que, confidentes de sus esposos, asociadas a sus funciones y
a su poltica, nada quisieron saber de separarse de ellos en la proxi
midad del peligro, prefiriendo rendir la vida antes que abandonarlos,
solos, a los golpes de los tiranos.
Bajo Tiberio, ni Sextia haba querido sobrevivir a Emilio Escamo,
ni Paxea a Pomponio L abeo23. Cuando Nern transmiti a Sneca
la orden homicida, la joven esposa del filsofo, Paulina, abrise las
venas al propio tiempo que su marido; y si ella no sucumbi de la
hemorragia, fu porque Nern, informado de su sacrificio, dispuso
impedirlo a-toda costa, y la valiente mujer fu obligada a dejarse ven
dar los brazos y cerrar las heridas. La narracin que de esta pattica
escena se lee en los Anales, el retrato que stos trazan del rostro exan
ge y dolorido con que la viuda de Sneca continu llevando las mar
cas de la tragedia durante los aos en que se prolong su vida en este
valle de lgrim as24, evidencian la honda emocin con que los romanos
del tiempo de Trajano recordaban ese drama de amor conyugal, no
obstante haber ste ocurrido medio siglo haca. Tcito tributa a la
fidelidad de Paulina la misma veneracin admirativa que su amigo
23 Sobre Sextia y P axea, cf. T c it o , Ann., V I, 29.
M Sobre Paulina, cf. T c it o , Ann., X V , 62 y J. C a r c o p in o , Chose et
gens du p ays d Arles, en la Revue du Lyonnais, 1922; y P oin ts de vue stir
l imprialisme romain, pp. 247-248.

EL

M A T R IM O N IO ,

LA

M U JE R

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F A M IL IA

137

Plinio el Joven a la energa fiera y serena que, bajo Claudio, haba


desplegado Arria la mayor, y que el epistolgrafo ha inmortalizado en
la ms hermosa de las cartas que integran su coleccin 25.
U na vez ms, excusme de aprovechar largamente el contenido
de esas clebres pginas. Arria la mayor estaba casada con el senador
Cecina Peto. En una circunstancia dolorosa, mostr de qu estoica ab
negacin era capaz su amor a l. Encontrbanse su esposo y su hijo
atacados a la vez de una enfermedad que pareca mortal. El hijo fa
lleci. Era joven dotado de singular belleza y de una elevacin mora)
no menos peregrina, siendo ms querido de sus padres por sus vir
tudes que por su calidad de hijo. Arria dispuso las exequias y condujo
el cortejo fnebre con tanta discrecin, que el padre de nada se en
ter; y hasta siempre que entraba en el aposento de su esposo, le daba
a entender que el joven se hallaba mejor. Como Peto le preguntara
con frecuencia por su estado, responda: Ha dormido bien, ha co
mido con bastante apetito. Tras lo cual, conociendo que no poda
ya contener las lgrimas, se retiraba, se entregaba a su dolor y, cuando
lo haba desahogado, volva con los ojos secos y el rostro tranquilo,
como si hubiera dejado en la puerta su afliccin. Por lo menos, mer
ced a este sobrehumano esfuerzo, Arria logr salvar a su marido de
la enfermedad que les haba arrancado el hijo. Mas no pudo, final
mente, substraerlo de la venganza imperial, cuando Peto, en 42 des
pus de Jesucristo, habiendo tomado parte en la abortada rebelin de
Escriboniano, fu cogido preso en Iliria, a vista de su mujer, que hasta
all le haba acompaado. Embrcanle para llevarle a Roma; Arria
ruega a los soldados que le custodian que la reciban en la nave. No
podis les dice negar a un varn consular algunas esclavas que le
sirvan la mesa, que le vistan y calcen. Yo sola le prestar todos esos
servicios. Los soldados fueron inexorables; Arria flet una' barca de
pescadores y, en tan frgil embarcacin, sigui hasta Italia a la nave
que a Peto conduca. Todo en vano. En Roma, Claudio se mostr
implacable. Entonces Arria declar que morira con su marido. Un
da, su yerno Hiraseas, que le rogaba para que abandonase su resolu
cin de morir, le dijo: Acaso quieres que si me obligan a quitarme
la vida, tu hija se la quite conmigo? A lo que contest sin conmo
verse: S, lo quiero, cuando haya vivido contigo tanto tiempo y en
tan perfecta unin como yo con Peto. Esta respuesta redobl la in
quietud y atencin de toda su familia, que sigui vigilndola con mu
cho ms. cuidado. Advirtilo Arria, y dijo: Estis perdiendo el tiem
po. Podis hacer que yo perezca de muerte mucho ms dolorosa, pero
no podis impedir que muera. Apenas hubo pronunciado estas pa
labras, levantse precipitadamente de su silla, choc con violencia de
23 Sobre A rria la mayor, o f. F l i n i o e l J o v e n , ., I I I , 16.

138

LA

v id a

c o t id ia n a

en

rom a

cabeza contra la pared y cay exmine. Cuando recobr el sentido:


Ya os haba avisado dijo que sabra encontrar los caminos ms
difciles para la muerte, si me cerris los ms llanos. Y cuando a Peto
le lleg la hora suprema, sac Arria un pual de entre sus ropas, cla
vle en su propio pecho, arrancle, ensangrentado, de su seno y con
la misma mano cfreciselo a su marido, con estas inmortales y casi di
vinas palabras: Peto, no duele!
Si insisto sobre estos episodios
famosos es porque nos muestran,
en cierto tipo de mujer de la po
ca imperial, una de las-ms subli
mes encarnaciones de la grandeza
terrena. Gracias a esas criaturas
libres y heroicas como Arria la
mayor, Roma antigua, en los mis
mos aos en que iba a recibir el
bautismo de sangre de los pri
meros mrtires del cristianismo,
ha alcanzado una de las cumbres
morales de la humanidad; y en
el siglo de nuestra era no slo
su memoria era objeto de verda
dero culto, sino que adems su
ejemplo, de vez en cuando, con
tinuaba s u s c ita n d o imitadoras.
Por cierto, la equidad de los em
peradores ahorraba ahora a las
matronas los sacrificios a que las
haba a r ra s tra d o la c le ra de
Claudio o la ferocidad de Nern
y que el rigor de Vespasiano es
tuvo a punto de hacer padecer a
F g. si, u n a m a tro n a . 'B ro n c e h a lla d o Arria la menor 2e. Pero las difie n R esina en 1745, h o y e n e l M u seo d e
,
,
i
i
N p o ies).
cultades y asperezas que la vida
siempre lleva consigo brindaban
todava no pocas ocasiones para que se pusiera en evidencia que, a
lo menos en las clases elevadas, aun haba almas femeninas capaces
de rayar con los ms nobles ejemplos del pasado.
Plinio el Joven seala en su poca mujeres que llevaban el amor
a sus maridos hasta el punto de morir voluntariamente con ellos.
Hace poco escribe paseaba por el lago de Como en compaa de
;li Sobre Arria la menor, cf. T cito , Ann., X V I, 34.

EL

M A T R IM O N IO ,

LA

M U JE R

LA

F A M IL IA

139

un anciano mi amigo. Enseme su casa y tambin un pabelln que


avanza sobre el lago.
Desde all, me dijo, una compatriota nuestra se arroj en las
aguas con su esposo.
Pregunt el motivo.
Haca mucho tiempo que a su marido una lcera le roa las
vergenzas. Pidile su mujer que le dejase examinar el mal, ase
gurndole que nadie le dira con ms sinceridad que ella si poda
esperar curacin. Pero en cuanto le vi, perdi toda esperanza. Ex
hortle a darse la muerte y le ofreci acompaarle en el trance fa
tal; mostrle el camino y el ejemplo y le puso en la necesidad de
seguirla, porque despus de haberse abrazado estrechamente a l, se
dej caer en el lago. 27
Sin duda estas son excepciones o, si se prefiere, casos extremos
en los que el arrojo, furiosamente, se exaspera, y la virtud comienza
a pecar de exceso de dureza. Mas, al lado de ellos, qu de matri
monios tiernamente unidos! cuntas esposas sencillamente nobles y
puras! Hasta en Marcial se recorre una galera de cumplidas mujeres.
Claudia Rufina, aunque desciende de los tatuados bretones, posee
en verdad temple latino. No tuvo necesidad Nigrina, como Evadne
o como Alceste, de quitarse la vida para dar testimonio del amor que
profesaba a su esposo:
Afortunada por tu excelso pecho,
y feliz por tu esposo, t, Nigrina,
honor de las mujeres en el Lacio,
haces los bienes de tu patria herencia .
comunes con tu esposo, y es tu anhelo
unirle a tu fortuna y darle parte.
Que Evadne al arrojarse a ardiente pira
de su marido, qumese; que el mismo
afecto eleve al firmamento el nombre
de Alceste; mas tu gloria es ms ilustre.
Que al dar en tanto que de vida gozas
de tu desinters tamaas pruebas,
has merecido, al despedir la vida,
testimonio no dar de tu cario.
El alma lmpida de la poetisa Sulpicia se transparenta en sus
composiciones literarias: no refieren stas los erticos furores de la he
chicera de Clquida, tampoco cuentan el horroroso festn de Tiestes;
no, Sulpicia slo ensea castos amores en versos muy adocenados, es
cierto, pero candorosos. Elogala Marcial:
"

P lin io

e l J o v e n , E p ., V I , 2 4 .

140

LA

VID A

C O T ID IA N A

EN

Muchachas que codiciis


l amor de un solo esposo,
leed, leed a Sulpicia.
Leedla tambin vosotros,
maridos que a una mujer
profesis amor tan slo.
No describe de Medea
la furia, ni el horroroso
banquete de Tiestes, ni
presta crdito tampoco
a cuentos de Escila y Biblis;
mas ensea pudorosos,
. santos amores, y pinta
sus juegos, sus dulces gozos
y sus bromas. Todo el hombre,
que aprecie en su valer propio
sus versos, confesar
que no ha habido ningn otro
poeta ms reservado,
ni ms maligno tampoco.
Tales creo que habrn sido,
de N um a en el antro acuoso
los ratos que ninfa Egeria
pasara ms deleitosos.
Si ella fuera tu maestra,
o condiscipula slo,
ms saber tendras, Safo,
y ms pudor y decoro;
y si a las dos a la vez
viera Fan vigoroso,
de seguro por Sulpicia
de amor se volviera loco.
Pero en vano; pues si pierde
a Caleno, su tesoro,
no podr sobrevivirle,
aun cuando Jove su esposo
le ofreciera ser, o amante
del mismo Baco, o Apolo.28
Anlogamente, la sociedad femenina que gira en torno a Plinio
el Joven respira honestidad, abnegacin, decoro. As, la esposa de su
viejo amigo Macrino hubiera sido digna de ser puesta como ejemplo
Cf. M a r c ia l , X I, 53 (sobre Claudia R u fin a) ; IV ,
grina).; X , 35 y tam bin X , 38 (sobre Su lpicia).

75

(sobre

N i

EL

M A T R IM O N IO ,

LA

M U JE R

LA

F A M IL IA

141

aun en tiempo de nuestros abuelos. Treinta y nueve aos han vivido


juntos sin quebranto de la paz, sin un enojo, en una unin sin nubes
y de recproco respeto.29 El propio Plinio parece haber gozado de aca
bada felicidad en su matrimonio con Calpurnia, su tercera mujer. Al
hacer referencia a ella en una de sus cartas, con qu amoroso fervor
pondera la inteligencia, la discrecin y la fina sensibilidad de su es
posa! Tiene mucho talento, mucha prudencia, y me profesa hondo
cario, que es prenda segura de su virtud. Es adems aficionada a las
letras, habindose ella misma despertado esta inclinacin en su afn de
agradarme. Continuamente tiene entre manos mis obras, y no slo las
lee, sino que las aprende de memoria. Cmo se inquieta y desvela al
saber, que debo pronunciar algn discurso! Y no puedes imaginar su sa
tisfaccin cuando lo he pronunciado. Siempre encarga a alguien que
venga apresuradamente a contarle los aplausos que he recibido y el re
sultado de la causa. Si tengo que leer algn trabajo en pblico, procura
reservarse un pUesto detrs de la cortina, desde donde escucha vida
mente laS felicitaciones que me dirigen. Si escribo versos, Calpurnia
compone para ellos melodas y los recita acompandose con l lira, sin
haber jams tomado lecciones de ningn artista, sino del amor, que es
el maestro ms excelente.30
De esta suerte, Calpurnia representa para nosotros, al lado de su
consorte, hombre de letras, el tipo modernq de la mujer que es a un
tiempo esposa y asociada., Su colaboracin, desprovista de todo pe
dantismo y aadida a los encantos de que su juventud est adornada,
aviva, en lugar de marchitar, la frescura de los sentimientos que ella
experimenta hacia su marido, y que ste le retribuye rendida y tierna
mente. Al uno y a la otra, la ms breve de las separaciones parece oca
sionarles amargo tormento. Cuando Plinio, por deberes de su profesin,
vese obligado a alejarse, Calpurnia le busca entre sus libros, a los cua
les acaricia y coloca en los lugares donde sola ver a su esposo. Y Plinio,
por su parte, cuando su amada se halla ausente, lee y relee las cartas
de Calpumia como si acabase de recibirlas. A la noche, sin dar vado
ni tregua a sus suspiros, entretiene su dolor pensando en ella; y durante
el da, a las horas en que acostumbraba verla, sus pies, como decirse
suele, le llevan por s mismos a su aposento, y, al'encontrarle vaco,
regresa con el corazn oprimido como si le hubiesen cerrado la puerta.31
Al recorrer esos billetes llenos de dulces quejas, siente el lector
tentacin de sublevarse contra el pesimismo de La Rochefoucauld y
de renegar de la mxima que niega la existencia de matrimonios deli
ciosos. Despus, si mejor se piensa, se advierte el convencionalismo que

"

Sobre la mujer de Macrino, cf. P l in io e l J oven , Ep., V I I I , 5.


E logio de Calpurnia en P l in io e l J o ven , Ep., IV , J>.
Cf. P l in io el J oven , Ep., V I, 4 y V I I, 5.

142

LA

VIDA

C O TID IA N A

EN

ROMA

entra en esas efusiones un tanto afectadas y librescas. En el mundo


de Plinio, los matrimonios se concertaban por el atractivo de las con
veniencias ms que por la fuerza de los sentimientos. l mismo, se
guramente, escogi a su mujer con el propio criterio con que acepta
buscar una para su amigo Minucio Aciliano, esto es, teniendo en cuenta
no slo las ventajas fsicas y morales de la elegida, sino tambin la
posicin social de su familia y, por qu no?, su situacin econmica;
pues, confiesa Plinio, yo creo que es muy importante no olvidar este
punto: ne id quidem frietereundum esse videtur. 32 Lo que l parece
haber amado ms en Calpurnia, es la admiracin que sta tributaba
a sus escritos; y pronto se tiene la impresin, aunque el epistolgrafo
sostenga lo contrario, de que Plinio se consolaba fcilmente de las tempo
rneas separaciones de su esposa con el placer de pulir las cartas donde,
con innegable belleza literaria, llora su dolor de ausencia. En realidad,
aun cuando los inseparables esposos vivan bajo el mismo techo, no es
taban ntima y verdaderamente unidos. Plinio y Calpurnia, como hoy
decimos, hacan rancho aparte. Hasta en la paz de su villa de Toscana, Plinio el Joven buscaba, sobre todo, la soledad propicia a sus
meditaciones; y es a su secretario (notarius), no a su Calpurnia, a
quien vemos, desde el alba, que Plinio llama a su dormitorio para
que recoja su dictado33. Para l, el amor conyugal, reglado por el
cdigo de la ars vivendi, era ante todo materia de cortesa mundana;
y, analizndolo bien, por fuerza debemos convenir en que ese matri
monio era terriblemente falto de calor y de intimidad.
Consultemos, para comprobarlo, esas embarazosas cartas que Pli
nio envi al abuelo y a la ta de Calpurnia para comunicarles, junto
con sus anhelos de paternidad, que su mujer hubiera debido colmar,
el triste suceso que haba tronchado brutalmente sus esperanzas 34. Es
cribe a Calpurnio Fabato: Como tanto deseas te demos biznietos,
mucho te entristecer saber que tu nieta ha malparido. La ignorancia
propia de las jvenes la ha puesto en este trance, por haber descuidado
las precauciones que las mujeres deben tomar durante su preez, y
por haber hecho lo que deba evitar. Pero ha expiado su negligencia
de una manera que le servir de leccin, pues se ha encontrado a
las puertas de la muerte. Para Calpurnia Hspula cambia la forma,
no el fondo, de sus curiosas explicaciones: Calpurnia h corrido gra
vsimo peligro, y no es posible estar peor que ella lo ha estado. No por
culpa suya, sino por culpa de su edad. De sta ha procedido su aborto
y el triste desenlace de una preez cuyas consecuencias desconoca.
33
33
31
V III,

Sobre los matrimonios ventajosos, cf. P l in io e l J o v en , ., I, 14.


Gf. P l in io e l J o v en , ., IX , 36.
Sobre el aborto de Calpurnia, cf. P l in io e l J o v en , Mp., V I I I , 10 y
11.

EL

M A T R IM O N IO ,

LA

M U JE R

LA

F A M IL IA

143

As, pues, aunque no hayas tenido la satisfaccin de ver dulcificada la


prdida de tu hermano con un nuevo sobrino o sobrina, recuerda que
esta felicidad slo est aplazada y no perdida, puesto que conservamos
a aqulla de quien podemos esperarla. Excsame con tu padre por esta
desgracia que vosotras, las mujeres, podis comprender ms fcil
mente . . .
En realidad, somos nosotros los que no comprendemos, a menos
que comprendamos harto bien hasta qu punto Plinio, tan cuidadoso

Fiy. 52. E scen a d e p a rto . U n a e n fe rm e ra so stie n e a la e sp a rr a n c a d a p a rtu rie n ta


p o r d e b a jo d e la s a x ila s. L a c o m a d ro n a
(obstetrix),
s e n ta d a e n u n p e a u e o
e sc a b el, a la rg a su b ra z o p a ra re c o g e r a l n a c ie n te . (R eliev e, n ic o e n su g n ero ,
h a lla d o p o r C alza e n O stia).

de la formacin intelectual de su joven esposa, se desentendi del resto


de su educacin. Ese es un testimonio irrefutable de una frialdad que
nos confunde, de una despreocupacin que nos resulta contranatural.
Es el triste resultado de una libertad que se torna indiferencia y de
una igualdad excesiva de los esposos en el matrimonio; libertad e igual
dad que, a veces, lejos de aproximar a los consortes, conducen a los
mejores de stos a una especie de egosta aislamiento, cuando no aca
ban por arrojar a los otros en las extravagancias y en la perversin.
F e m in is m o

e s m o r a l iz a c i n

A las sublimes heronas, a las hembras irreprochables y a las


matronas venerandas que la aristocracia imperial conserva todava en

144

L A V ID A

C O T ID IA N A

EN

ROMA

su seno, fcil sera, en efecto, oponer las esposas emancipadas, o,


mejor dicho, desenfrenadas, cuyas diferentes especies se han mul
tiplicado merced a las nuevas condiciones del matrimonio romano :
aquellas que, para no obstaculizar sus liviandades, eluden los debe
res de la maternidad; aquellas que se proponen no ceder a sus esposos
[Link] terreno, y rivalizan con stos hasta en las pruebas de fuerza
que pareceran vedadas a su sexo; y aquellas, en fin, que, no contentas
con vivir su vida al lado de sus maridos, se las arreglan, en caso
necesario, para vivirla sin ellos a costa de infidelidades o abandonos de
los que ni siquiera se toman el trabajo de abochornarse.
Sea por restriccin voluntaria de los nacimientos, sea a causa de
una declinacin racial, las uniones romanas, a fines del siglo i y a
principios del n de nuestra era, resultaban muy frecuentemente est
riles. El ejemplo, por otra parte, vena de arriba. A Nerva, emperador
clibe y quiz escogido por su celibato, le sucedieron Trajano pri
mero y Adriano despus: casados los dos, y los dos sin hijos legtimos.
Todo un varn consular como Plinio el Joven no pudo hacer fructi
ficar ninguno de sus tres sucesivos tlamos, y, no habiendo descen
dencia, su fortuna, tras su muerte, repartise entre sus fundaciones
piadosas y sus domsticos. Sin duda, no era ms castiza la pequea
burguesa. En todo caso, nos ha dejado miles de epitafios en los que
el difunto es llorado por sus libertos, a falta de prole que le tribute
algn piadoso recuerdo. Marcial, muy seriamente, considera digna de
admiracin a Claudia Rufina, porque tuvo tres hijos; y nos recuerda
que una matrona de su amistad fu dos veces honrada en los juegos
seculares de 47 y 88 despus de Jesucristo, por haber tenido cinco hi
jos y cinco hijas de su marido; en virtud de lo cual el poeta, en digno
homenaje, le dedica especialmente este epigrama para que le sirva de
epitafio :
Pasajero, esta inscripcin
atento lee, y aunque se halle
grabada en mrmol modesto,
vale tanto como valen,
ya la tumba de Mausolo,
ya las clebres Pirmides.
Dos veces he presenciado
yo los juegos seculares,
y hasta mi muerte he podido
siempre dichosa llamarme.
Juno me ha dado cinco hijos,
y cinco hijas muy amables,
que han cerrado mis pupilas.
Por privilegio notable

EL

M A T R IM O N IO ,

LA

M U JE R

LA

F A M IL IA

145

que rara vez se concede


a otros lechos conyugales,
a un solo hombre han conocido
mis rganos genitales."5
De este modo, una fecundidad que hoy, en Francia, no merecera
una triste mencin ni recompensas especiales, pasaba, en la Roma de
entonces, por conejuna y digna de las ms brillantes distinciones.
Las romanas repugnan cumplir ahora su misin materna, pero,
en cambio, se entregan con un ardor que llega al desafo a todas las
ocupaciones que, en tiempo de la Repblica, los hombres haban mo-,
nopolizado celosamente; y Juvenal ha podido pintar en su stira sexta,
con gran regocijo de sus lectores, una serie de retratos, que apenas
rayan en la caricatura, donde las mujeres, dejando la aguja, la lectu
ra, el canto o la lira, se esfuerzan con viril entusiasmo por parecerse
a los hombres, cuando no por superarlos en todos los dominios. Entre
esas viragos, hay la que se sumerge voluptuosamente en los expedien
tes judiciales o la que se apasiona por la poltica, curiosa de noveda
des del mundo entero, sedienta de chismes de la Ciudad y de intrigas
de la Corte, y que, sabiendo al dedillo lo que ocurre en Tracia y lo
que no pasa en China, calcula la gravedad de los riesgos que pesan
sobre el rey de Armenia y de los males que afligen al de Parta, para
luego exponer, con grande impudencia y ruidoso desparpajo, al viejo
general que sobre los hombros lleva el solemne paludamentum, y en
presencia del avergonzado marido, que no ve la hora de que le trague
la tierra, sus teoras polticas, sus combinaciones diplomticas y sus
planes estratgicos. Flay la que prefiere, a los tejemanejes de la diplo
macia y a los peligros de la guerra, el brillo sereno del renombre lite
rario: ah anda, inagotable y casquivana, afectando un casticismo ri
dculo en griego y en latn, y, hasta en la mesa, asombrando a sus
interlocutores por la erudicin de sus citas y por la olmpica seguridad
de sus juicios; y con afirmar que cul herona de epopeya famosa hizo
bien en no hacer lo que no hizo, y que cul otra merece ttulo de varia
y deshonesta porque hizo lo que hizo, y que se poeta no le llega a
aqul, y que ste es peor que tal otro, quin duda, sino que ha de
quedar corrido tanto el ms pintado gramtico como el rtor ms elo
cuente?
Con razn dice Juvenal:
Pero aun ms me molesta la doctora
aue no bien a la mesa comparece,
de Virgilio los versos te decora,

M arcial , X I , 33

(so b re C lau d ia K u fin a ) ; X , 63

( e p it a f io ) .

146

LA

VIDA

C O TID IA N A

EN

ROM A

y a Elisa moribunda compadece.


A los vates compara; en la balanza
pone a Marn de un lado, de otro a Homero,
y luego el fallo decisivo lanza.
Los gramticos ceden al discurso;
los retricos callan, y admirado,
tambin calla el concurso.
No intente el pregonero, el abogado,
mujer alguna hablar. Tantos raudales
de frases ella suelta en un momento!
Dijeras que a la vez hieren el viento
platillos y campanas y atabales. !1G
Plinio el Joven, seguramente, hubiera saboreado gustoso el encanto
de su erudicin, por poco que se recuerden no slo los elogios que de
dica a Calpurnia, sino tambin el entusiasmo que en l despiertan la
cultura y el tacto de la esposa de Pompeyo Saturnino, as como las
cartas de sta, tan primorosamente redactadas, que, al leerlas, se cree
ra estar leyendo a Plauto o a Terencio en prosa. 37 Por el contrario,
Juvenal, cuya filosofa iba a ser adoptada siglos ms tarde por el bueno
de C hrysale3S, confiesa paladinamente que le p u d r e n las marisabi
dillas. Compara su cacareo a la bulla de platillos, campanas y atabales
y detesta a la culta latiniparla que sabe de coro los preceptos de
Palemn Gramtico, y que habla sin infringir ni por el forro las reglas
de la lengua. A la inversa, el satrico elogia y recomienda- sin ambages
a la mujer llanota y poco leda:
No afecte tu mujer gala oratoria,
ni en conciso lenguaje
vibre el cortado y rpido entimema:
no sepa mucha historia,
y en los libros no entienda algn pasaje.
Me empacha la doctora que conserva
de Palemn el arte en la memoria,
y fiel las reglas del decir observa;
me apesta la anticuara que me apura,
con versos nunca odos, la paciencia,
y de la amiga rstica censura
30

J u v e n a l,

P lin io

V I, 243-247;

398-412; 434-456.

e l J o v e n , E p . , I, 16, 6.

38
Chrysale es el i o n bourgeois de la comedia de M oliere titulada Les
femm es savantes. (N o ta del Traductor).

EL

M A T R IM O N IO ,

LA

M U JE R

LA

F A M IL IA

147

la frase que repite,


aunque no sea castiza, el hombre mismo.
No es lcito al esposo un solecismo? 39
Dejemos a las intelectuales y pasemos a las deportistas, que
tienen el privilegio de hacer tronar al satrico an ms que las lite
ratas. En nuestros das, casi con absoluta seguridad, Juvenal hubiera
execrado a las automovilistas y a las aviadoras. No escatima sus
sarcasmos ni a aquellas de sus contemporneas que intervienen en las
partidas de caza de los hombres y, como Mevia, chuzo en mano y al
aire la pechuga, derriban a los jabales de Etruria, ni a las que asis
ten, con ropa masculina, a las carreras de carros, ni, sobre todo, a las
que se apasionan por la esgrima y por la lucha. Re burlonamente y
con desprecio al enumerar las piezas que componen el arns de esas
varonas: endrmidas, brazales, quijotes, tahales y cimeras; al evocar
el ceroma con que ungen sus cuerpos y al describir los violentos ejer
cicios en los que agotan sus fuerzas:
Gran honor, si las ropas de tu esposa
sacranse a subasta! Fueran cosa
de ver! Manoplas, cingulos, cimeras,
la armadura de hierro que defiende
la pierna izquierda, y si ella ha concurrido
a otros juegos, vers, feliz marido,
que sus ferradas botas tambin vende.
Pues quin ignora el femenino ungento 40,
y el manto en tirio mrice teido?
Quin no vio el palo por su mano herido,
y cul le retan del escudo armadas,
segn el arte gladiatorio ordena?
J u v e n a l , V I, 448-456.
40
Don Francisco D az Carmona, en su versin espaola de Juvenal, p o
ne a estos versos una breve nota, que juzgo conveniente reproducir para f a
cilitar la inteligencia del pasaje: Los atletas solan ungirse el cuerpo para
los ejercicios del circo, despus de los cuales se cubran con un m anto (endrom yden) para enjugarse el sudor. Tambin los soldados, para adquirir a g ili
dad en los movimientos, se ejercitaban en atacar un. palo hincado en el suelo.
Las damas romanas, im itando a unos y otros, se ocupaban en estos trabajos
del circo y de la vida m ilitar, olvidndose de su decoro y de la debilidad
propia del sexo. E l sentido es, por lo tanto: Quin ignora ya que las m u
jeres descienden al circo como los atletas, y usan los ungentos y el manto
de stos o se ocupan en ejercicios gim nsticos como los m ilitares?. E n cuanto
a la expresin la floral trompeta, que se lee ms adelante, el erudito gra
nadino la explica diciendo que se refiere a los juegos instituid os por cierta
mujer pblica en honor de Flora, a los cuales concurran las de mala vida,
convocadas al son de trompeta, y donde se entregaban a danzas indecentes
y a toda clase de liviandades. ( N o ta del traductor).

148

LA

VIDA

C O TID IA N A

EN

ROMA

As, tales matronas a la arena


por la floral trompeta convocadas
debieran ser, si ya a ms sealadas
empresas en su ardor no se disponen
y luchar en el circo se proponen.
sta es quien suda con la seda, sta
la que ni aun sufre gasa tenue y fina!
Mira el anhelo con que el golpe asesta
que le ense el maestro, cul se inclina
bajo el peso del casco y se sostiene
en las rodillas, cun densa es la faja
que la cie, y despus la risa ataja
cuando, depuestas armas varoniles,
asedanla flaquezas femeniles.
Quiz algunos de los que hoy admiran tantos notables records
femeninos se encogern de hombros y tacharn a Juvenal de espritu
timorato y pusilnime. Pero, como en seguida veremos, hay que reco
nocer que la crnica escandalosa de su tiempo justifica plenamente los
temores que el poeta insina al formular esta grave interrogacin:
Mas qu pudor esperas
en mujer que usa casco, que aborrece
su sexo, y en gimnsticas carreras
y luchas slo disfrutar parece?
El feminismo triunfante en la poca imperial brind a la mujer
ventajas y privilegios que con anterioridad no haba posedo; y fu
fatal que, al imitar a los hombres con demasiada prolijidad, la ro
mana terminara por contraer sus vicios, puesto que naturaleza no
le permita adquirir su fuerza
Hace ya tres siglos que las matronas comen con sus esposos en
los festines. Pero, desde que las mujeres compiten con los hombres en
la palestra, ellas se someten, lgicamente, a sus dietas atlticas y les
hacen frente en la mesa con igual ardor con que les disputan las pal
mas de la arena. Y aquellas que no tienen la excusa del deporte, han
hecho del comer y del beber un vicio consuetudinario. As, Petronio
nos muestra a Fortunata, la obesa consorte de Trirnalcin, harta de co
mida y de vino, la lengua pastosa, los recuerdos confundidos y la mi
rada prdida en la embriaguez. Las grandes damas, o mejor, las repu

J u v e n a l , V I , 246-264.

EL

M A T R IM O N IO ,

LA

M U JE R

LA

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149

tadas por tales a causa de su dinero, y a las que zurran de lo lindo


las stiras de Juvenal, exhiben sin rubor una-gula abominable. Una
de ellas prolonga sus libaciones hasta media noche y, hecha una uva,
embaula sin cesar:
No distingue su pie de su cabeza
cuando media la noche, ella consume,
devora ostras enormes, y espumea
el Falerno mezclado con perfume;
cuando la copa apura y ya voltea
casa y mesa en redor, y luces dobles
ve por doquiera. ..
Otra, todava ms hundida en la abyeccin, llega con retraso a
la cena, el rostro inflamado y ardoroso:
...Al fin, sonrosadilla
llega, y sedienta de agotar el vaso
de enforo a sus plantas colocado.
Dos veces antes de comer lo apura
para exitar el hambre, y lo devuelve,
y el suelo mancha la materia impura.
Turbios arroyos sobre el mrmol fluyen,
o bien en amplia fuente
ya ftido el Falemo deposita,
pues cual larga serpiente,
cada en un tonel, bebe y vomita.
Nuseas y asco su marido siente,
y cerrando los ojos,
contener logra apenas sus enojos. 42
Sin duda, esas slo eran repugnantes excepciones. Pero ya es de
por s muy significativo que el satrico haya estado autorizado para
pintar casos que sus lectores podan ver reproducidos en la realidad;
y, por lo dems, es evidente que la independencia de que entonces
gozaban las mujeres romanas condjolas a menudo a una vida li
cenciosa, y, naturalmente, el libertinaje femenino llev al rompimien
to de los lazos familiares. Comenzaban por vivir como simples veci
nas de sus maridos:
Vivit tamquam vicina m aritii3.
En seguida no tardaban en faltar a la fe que hubieran debido
prometer a sus sposos, y que muchas, al casarse, haban tenido el ci

J
J

uvenal,
uvenal,

V I, 301-305 y 426-433.
V I, 509.

150

LA

VIDA

C O TID IA N A

EN

ROMA

nismo de rehusar jurarles. Vivir la vida es una frmula que ya ha


ban puesto de moda las mujeres del siglo de nuestra era. Habla a
su marido una de estas emancipadas :
. . . Pacto fu nuestro,
dic.e ella, tiempo hace,
hacer los dos aquello que nos place.
Clama, y el cielo con el mar confunde!
Igual es al del hombre mi derecho!
U t faceres tu quod velles nec non ego possem
Indulgere mihi. Clames licet et mare clo
Confundas! Homo sum ! 44
Pero el adulterio no aparece a cada paso nicamente en los Epi
gramas de Marcial y en las Stiras de Juvenal. En la casta correspon
dencia de Plinio el Joven, toda una casta est destinada a narrarnos
las alternativas del proceso fallado por Trajano, en su carcter de
jefe supremo del ejrcito, contra un centurin convicto de haber go
zado a la mujer de uno de sus superiores, tribuno militar de la misma
legin en que el burlador serva. Y lo que Plinio ve en este episodio
de curioso y peregrino no es, seguramente, el adulterio en s, sino ms
bien el cmulo de singulares circunstancias que rodean a ste: el caso
de imperdonable indisciplina que haba constituido y que al punto con
dujo a la degradacin del centurin; las hesitaciones del tribuno, que
vacilaba exigir, para lavar la afrenta, el castigo que mereca su mujer,
castigo que el propio emperador, en cierto modo, debi pronunciar de
oficio45. Evidentemente, los infortunios conyugales eran moneda co
rriente en la ciudad donde Juvenal, con la mayor naturalidad del m un
do, insta a un su amigo, a quien ha convidado a cenar, que olvide
en la mesa los cuidados que le embargan durante el da y, en especial,
el recelo que le inspira la sospechosa conducta de su esposa, habituada
a salir de su casa al alba para volver ya entrada la noche, los cabellos
en desorden, los ojos y el aliento inflamados. 46
En vano Augusto, cien aos antes, haba intentado reprimir seve
ramente los amores culpables, sancionando una ley que deportaba a los
adlteros, los privaba de la mitad de sus bienes y les prohiba, para
siempre, casarse entre s. Sin duda, desde nuestro moderno punto de
vista, esta ley augustal seal un progreso incontestable sobre el anti
guo derecho. En tiempo de Catn Censorino, por ejemplo, los romanos
todava asimilaban el desliz de la mujer a un crimen que el marido
"
15
4

J u v e n a l , V I, 282-284.
P l i n i o e l J o v e n , E p . , V I, 31.
J u v e n a l , X I, 183.

EL

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LA

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151

afrentado poda castigar cOn la muerte, mientras reputaban la falta del


esposo por una nadera no merecedora de pena alguna. La legislacin
imperial era ms humanitaria, pues quitaba al marido el derecho de
administrar tan rigorosa justicia, y a la vez ms equitativa, pues infliga
sus sanciones a uno y otro sexo. Pero el hecho de que hubiera impuesto
penas correccionales, como hoy diramos, al adulterio, es un ndice
de lafrecuencia con que ste se cometa; y es palmario,por otra parte,
que la ley casi ni siquiera logr restringirle 47. A fines del siglo primero
despus de Jesucristo, la lex lulia de adulteriis yaca en el olvido. Para
aplicarla, debi Domiciano renovar solemnemente sus disposiciones. Por
cierto, Marcial no sabe qu genuflexiones, qu lisonjas cortesanas in
ventar para ensalzar la resolucin tomada por ese emperador, a quien
llama Censor maxime, principumque princeps. Segn el poeta, Roma
debe a Domiciano ms por ese solo edicto que por todos los esplendores
que le ha proporcionado, porque con l ha devuelto el pudor a la
Ciudad (Plus debet tihi Roma quod pudica est) 48 :
Censor sumo, y de prncipes monarca,
debindote ya Roma
tantos triunfos lucidos,
tantos templos de nuevo establecidos,
tantos reedificados,
con tantos espectculos sagrados,
tambin tantas deidades,
tantas y tan magnficas ciudades;
Roma, que a compensrtelo no basta,
te debe ms, porque la hiciste casta. 49
Pero parece que, muerto Domiciano, su edicto fu a dormir con
la lex lulia entre el polvo de los archivos y la indiferencia de los
jueces. Aos ms tarde, Juvenal se atreve, y con razn, a hacer escar
nio de su autor. En efecto, mientras Domiciano volva a poner en
vigencia la ley contra los desrdenes conyugales, seversima ley capaz
de meter miedo a los divinos adlteros Marte y Venus, l mismo an
daba en incestuoso comercio con su sobrina Julia, a quien, por hacerla
abortar, le provoc la muerte. Dice el satrico:
As la ley que el adulterio enfrena,
y a M arte y Venus mismos espantara
C a t n , en A u io G e lio , X , 23; cf. Q u i n t i l i a n o , V, 10, 104. Sobre
la lex I v lia de adulteriis, ef. P a u l o , Sent., I I , 26, 4 y 14; M o d e s t in o , en
Dig., X X I I I , 2, 26; U l p i a n o , en Dig., X X V , 7, 1, 2; Collatio IV , 12, 3
y 7 ; M a r c i a l , I I , 39 y J u v e n a l , , 70.
M a r c i , ., V I, 4.
* Versin del P . Joseph Morell. ( N ota de trad uctor).

152

LA

V ID A

C O T ID IA N A

EN

ROMA

por su severidad, restableca


adltero cruel que se manchara
con torpe unin, mientras qe Julia impa
en su seno, con filtro abominable,
la incestuosa prole disolva.50
Y
dos generaciones despus de Juvenal, la famosa ley haba cad
en tan grande descrdito, que Septimio Severo tuvo que rehacer toda
la labor de Dom iciano51, as como Domiciano haba tenido que reha
cer la de Augusto. A decir verdad, si el nmero de adulterios dismi
nuy en el siglo n, no fu a raz de la severidad con que procedi
contra ellos una legislacin intermitente, sino, al contrario, porque la
facilitacin del divorcio, en cierto modo, habalos legitimado de an
temano.
5.

Los

D iv o r c io s

la

In e s ta b ilid ad

de

la

F a m ilia

Jams el matrimonio romano fu indisoluble, ni siquiera en las


pocas legendarias a las que la Roma clsica gustaba trasladarse con
el pensamiento, para tratar de encontrar all una imgen suya ms
prxima al ideal que ahora se forjaba de s misma, pero del cual la
realidad la alejaba da a da.
En el matrimonio cum m anu de los primeros siglos de la Urbs,
si la repulsa del marido por la m ujer colocada bajo su autoridad era
absolutamente imposible, en compensacin, el repudio de la mujer
por el marido era un derecho inherente al poder de que ste estaba
investido sobre aqulla. Slo la prctica, sin duda para favorecer la
estabilidad de las familias, moder un tanto la apliccin del prin
cipio; y hasta el siglo m antes de Jesucristo, como lo vemos por casos
concretos que la tradicin nos ha conservado, el repudio permaneci
sujeto, en efecto, a una falta imputable a la mujer, la cual era con
denada en consejo celebrado por la familia del marido. Probablemente
las Doce Tablas nos han transmitido un extracto de la frmula J e esa
sentencia colectiva, que permita al marido exigir de su consorte las
llaves de la casa que hasta ese momento haba regido como duea, y
de las cuales se la despojaba sin apelacin : claves admenit, exegit52.
En 307 antes de Cristo, los censores privaron a un senador de su dig
nidad por haber despedido a su mujer sin consultar previamente el
juicio de su tribunal domsticoB3; y, un siglo despus, en 235 antes
de la era, el senador Spurio Carvilio Ruga escandalizaba an a sus

60

J u v e n a l , Sat., I I , 29-33.
Sobre Septim io Severo, cf. D i n C a s io , L X X V I, 16, 4:
'co , . S x r a X i o r t ^ .
Sobre el texto de las X I I Tablas, cf. C ic e r n , P h i l , I I , 28, 69.
M Sobre Antonio, excluido del album senatorial por los censores de
307. cf. V a l. MXx., I I , 9, 2.

EL

M A T R IM O N IO ,

LA

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153

colegas repudiando a su compaera, a la cual ninguna falta poda re


procharle, por la sencilla razn de que no le daba hijos54.
Mas pronto sus semejantes escaparon de las crticas y amonesta
ciones que haban llovido sobre Carvilio; y, en las generaciones si
guientes, sin que nadie se indignara ni lo condenara acerbadamente, los
romanos comenzaron a desembarazarse de sus mujeres, aun cuando no
mediara ni la sombra de un motivo serio: de sta, porque haba salido
con el rostro descubierto; de aqulla, porque se haba detenido en la
calle a cambiar dos palabras con un liberto de dudosa fama; de esa
otra, en fin, por haber asistido sin venia de su esposo a una represen
tacin de juegos pblicos 55. Ms vala omitir que invocar tan mezqui
nos pretextos; y, en las postrimeras de la Repblica, mientras los ma
ridos usaban a trochemoche de la facultad de anular a su antojo las
uniones por ellos celebradas, sucedi que, simultneamente, el matri
monio sine manu otorg ese derecho a la mujer. Si sta haba contra
do enlace bajo la autoridad de sus ascendientes o de sus parientes ag
nados, bastbales a stos decir una palabra, para romper sus lazos y
colocarla nuevamente bajo su potestad ( ahducere uxorem). Si, por haber
perdido sus parientes, ella dependa de s misma y no obedeca sino
a su propia ley sui juris, bastaba que la mujer expresara su deseo
de divorciarse, y era h echo5e. Llegse a tal punto por este camino,
que, en la poca de Cicern, el divorcio por consentimiento de los
dos consortes o por voluntad de uno solo de ellos hzose cosa corriente
en las relaciones familiares. Sila, ya viejo, haba casado n quintas
nupcias con una joven divorciada, Valeria, cormana del orador Hor
tensio 57. Pompeyo, dos veces viudo, de Emilia y de Julia, habase,
antes de aqulla y despus de sta, divorciado otras tantas: de Antistia, cuya mano haba pedido para ganarse el apoyo del pretor de quien
dependa que se le diera posesin de su inmensa fortuna paterna y
sabido es que este matrimonio estuvo a pique de trabar para siempre
su carrera poltica; y de Mucia, que aprovech la prolongada ausen
cia de Pompeyo, ocupado en sus campaas de ultramar, para llevar
en Roma una conducta harto ligera58. Viudo de Cornelia, Csar re'*

Sobre Spurio Carvilio Ruga, cf. V alerio M x im o , II , 1, 4 y A u lo

G elio , X , 15.

55 Ver el texto de V alerio M x im o , V I, 3, 10-12. D e los nombres que


ste cita, uno es completamente desconocido (Q. A n tistio V e to ); los otros dos
podran designar personajes de la segunda m itad del siglo I I I antes de
Jesucristo (entre 293 y 2 1 8 ), si es cierto que Valerio M ximo tom sus ejem
plos de la segunda dcada de T ito Livio, que no ha llegado hasta nosotros.
00
E n el matrimonio cum manu, la m ujer haba llegado a la misma s i
tuacin: cf; G ayo , I, 137 A.
Sobre el quinto matrimonio de Sila, ver mi libro Sylla ou la monarchie
manquee, p. 217.
M Sobre los divorcios de Pompeyo, cf. ibid., pp. 190-191 y P lutarco ,
Pompeyo, I V y X .

154

LA

VIDA

C O T ID IA N A

EN

ROMA

pudi a Pompeya, con la que se haba casado a la muerte de la hija


de Cinna, por la sencilla razn de que, aunque inocente, la mujer de
Csar no deba
ni siquiera dar lugar a una sospecha59. El virtuoso
Catn el Joven, despus de haberse separado de Marcia, no tuvo es
crpulo alguno en volver a tomarla por esposa cuando, a la fortuna
que ella posea en propiedad, se aadieron las riquezas de Hortensio,
casado con Marcia y muerto, dejando a sta heredera, durante el in
tervalo 60. Y muy campante, Cicern, a los cincuenta y siete aos de
edad, no vacil,para restablecer su hacienda con la dote de la joven
y rica Publilia, en repudiar, despus de treinta aos de vida conyugal, a
la madre de sus hijos, Terencia; a la cual, por otra parte, parece que
no le parti el alma esta desgracia, pues volvi a casarse dos veces ms,
primero con Salustio, despus con Msala Corvino, para morir ms
que centenaria 61.
Cunde entonces, a lo menos en la aristocracia que emerge de
nuestros documentos, una epidemia de separaciones conyugales; y, no
obstante las leyes de Augusto, o ms bien, a causa de ellas, el mal,
bajo el imperio, tiende a hacerse endmico. No es difcil sealar las
razones. Augusto, por su lex de ordinibus maritandis, slo se propuso
acabar con el descenso de la natalidad en las clases altas; y si casti
gando con incapacidades a los refractarios al matrimonio ejerci pre
sin sobre los divorciados para compelerlos a volverse a casar, el prn
cipe de ninguna manera trat de impedir los divorcios, merced a los
cuales los matrimonios mal avenidos podan deshacerse para ser casi
inmediatamente substituidos con uniones mejor acordadas y ms fe
cundas. Prohibi el rompimiento de los esponsales, porque comprendi
que una larga serie de stos, rotos a placer uno tras otro, era el medio
de que los clibes incorregibles se servan para aplazar indefinidamente
bodas que siempre anunciaban sin celebrarlas nunca, burlando, de
esta suerte, tanto sus rdenes como las sanciones con que penaba a
los recalcitrantes62. Sin duda, Augusto no pudo ni quis estorbar los
divorcios. Conformse con regularizarlos. Ante todo, admiti que la
voluntad de uno de los cnyuges bastara, como antes, para disolver
el matrimonio, y exigi solamente que esa voluntad fuera manifestada
en presencia de siete testigos y notificada al otro consorte por un men-

89
60

Sobre
Sobre

el
el

divorcio de Csar, cf. mi Csar, p. 667.


divorcio de Catn de U tica, cf. P lutarco , Cato min.

Lii.

Sobre el divorcio de Cicern, cf. los textos reunidos por W e i n s t o c k


en P. W., V, c. 714-716.
Sobre el rompimiento de l o s . esponsales, cf. S ueto n io , Aug., S i ; so
bre las leyes de Augusto, cf. P a u l o , en Dig., X X IV , 29; y sobre todo, Gay o ,
II, 62 y 63.
Sobre las
consecuencias de las leyes Julias, adopto, e
neral, la sagaz interpretacin de douard Cu q , Institutions, p. 182.

EL

M A T R IM O N IO ,

LA

M U JE R

LA

F A M IL IA

155

saje que, casi siempre, un liberto de la casa se encargaba de llevar.


Despus resolvi permitir a la mujer repudiada, mediante una accin
civil llamada actio rei uxori, reivindicar su dote, aun cuando por ne
gligencia o exceso de confianza ella o sus parientes no hubiesen tomado
la precaucin de prever en el contrato matrimonial la restitucin en
caso de ruptura; y esta devolucin, en lo sucesivo, fule asegurada a
la mujer, excepcin hecha de los bienes dotales cuya retencin poda
el juez conceder al marido, sea a ttulo de ayuda para el mantenimiento
de los hijos que quedaran a su cargo (propter liberos), sea en calidad
de indemnizacin por los perjuicios que la esposa le hubiera ocasionado
con sus despilfarras (propter impensas) o con sus hurtos (propter res
amotas) o con su mala conducta (propter m ores)63. Legislando as, Au
gusto haba obedecido al mismo propsito que le hiciera substraer a la
administracin del marido la porcin de la dote invertida en tierra it
lica. En uno y otro caso, lo que el emperador buscaba proteger en la
dote de la hembra, eterno anzuelo de pretendientes, era la posibilidad
de un nuevo himeneo. Mas result que sus intenciones, de todo punto
conformes con su poltica demogrfica y, por lo dems, socialmente irre
prochables, aceleraron, por una consecuencia que hubiera debido pre
ver, la ruina del espritu- familia entre los romanos. Pues si el temor
de perder una dote deba incitar al marido a conservar la esposa que
haba tomado slo movido por el deseo de beneficiarse con aqulla, es
evidente que nada catlico poda esperarse de tan judo proceder. El
cual, de tarde en tarde, originaba ese avasallamiento del marido a la
esposa opulenta de que habla Horacio:
. . . dotata regit virum
coniux64.
Adems, ese temor, amenguando siempre la dignidad del matri
monio, slo lograba mantener la unin de los esposos hasta el momento
en que el hombre, hastiado de su mujer, adquira la certeza de hallar
en breve suma otra ms abundantemente dotada; y, en semejantes con
diciones, de las cuales una legislacin elogiada en demasa debe cargar
con parte de las responsabilidades, no es extrao que, durante los dos
primeros siglos del Imperio, los textos latinos slo nos muestren matri
monios o provisionalmente fundados en el dinero, o disueltos unas ve
ces a pesar del dinero, otras a causa de l.
Duea entonces, gracias a su estatuto sine manu, de sus propios
bienes, segura, merced a las leyes julias, de que se le ha de restituir,
0,1 Sobre las retenciones dotales, cuya aparicin se remonta al f in de
la Eepblica, cf. Dig., X X I I I , 3, 73; I, 1, 8; X X IV , 3, 47; X X V , 2, 3, 3;
5, 18; U l p ia n o , Seg., V I, 9-12 y V II, 1 y siguientes, etc. Sobre su aplica
cin en el siglo I de nuestra era, cf. P l in io , N, H., X IV ,
14.
H oracio , 0 d I I I , 24, 19

156

LA

VIDA

C O T ID IA N A

EN

ROMA

al divorciarse, si no la integridad, por lo menos la mayor parte de una


dote que su esposo ya no puede ni administrar en Italia sin su consen
timiento, ni aun hipotecar en lo ms mnimo, aunque para esto tenga
su autorizacin 5, la casada romana se parece a esas americanas de la
Q uinta Avenida que imponen a sus pobres' maridos la tirana de sus
dlares. Debidamente aconsejada por el secrtario que la asiste con sus
consejos y la colina de rendidas atenciones ese empalagoso procurator,
de rizada cabellera y blancas carnes, que, en tiempo de Domiciano, no
se despegaba de las faldas de la esposa de M ariano66, ella negocia,
ata, desata y manda. Como lo muestra Juvenal, el niarido es un pelele:
Nada podrs ya dar si ella se opone,
ni vender ni comprar, si ella no asiente;
mandar en tus afectos; al amigo
viejo, a quien vi tu puerta adolescente,
ella echar de casa. El vil lanista,
el gladiador, hasta el rufin postrero,
libres son de testar. Derechos tales
t no ejerces jams; el heredero
designado ser entre tus rivales.
Crucifica ese siervo!
Por qu crimen?
lo merece? hay testigos? quin delata?
Espera; nunca es larga la demora,
siempre que a un hombre de matar se trata.
Necio! U n esclavo, es hombre? Nada dijo,
nada hizo; el matarlo ser injusto;
pero as yo lo quiero, yo lo exijo,
y por toda razn, baste mi gusto. 67

Y
mientras el satrico niega que haya algo en el mundo que sea
ms cargante que una mujer rica:
Intolerabilius nihil est quam femina dives 8,
Marcial declara, por su parte, que jams se agenciara una hembra adi
nerada, porque no quiere vivir ahogado por el velo nupcial:
Uxorem quare locupletem ducere nolim
quaeritis? Uxori nubere nolo m e eo.
Sobre las trabas de la gestin m arital fu era de Italia, cf. P a u l o ,
Sent., I I , 21b, 2, y J u s t i n i a n o , Inst., I I , 8 (comparar eon el pasaje de Gayo
precedentemente c ita d o ).
M Sobre el procurator, cf. M a r c i a l , Y , 61.
" J uvenal , V I, 212 y sig.
"* J u v e n a l , V I, 460.
M a r c i a l , V I II, 12, 1-2.

EL

M A T R IM O N IO ,

LA

M U JE R

LA

F A M IL IA

157

Mas, prisioneros de la dote, no de su cario, los hombres, cuando


lio eran despedidos por sus soberanas, se evadan tarde o temprano
de su dorada ja u la . . . para meterse en otra; y, en la Ciudad como
en la Corte, los efmeros matrimonios de l Roma imperial se cele
braban y en seguida se deshacan, o, si se prefiere, se deshacan para
luego volver a celebrarse, y as de continuo, hasta la vejez y la muerte.
Entonces s que ech los hgados el liberto a quien la ley de Augus
to encomendara transmitir al consorte repudiado la orden de sepa
racin! Juvenal no deja de esbozar la atareada silueta del mensajero,
en pleno ejercicio de su delicado ministerio:
Por qu a Sertorio su Bibula inflama?
T piensas que la ama?
Pues no; slo su rostro le cautiva.
Que la expresin de la mirada viva
o la tersura de la tez le falte,
quedando el cutis rido y marchito,
que pierda de sus dientes el esmalte:
Sal! le dir el liberto favorito.
T u maleta dispon y vete presto,
pues verte moquear nos es molesto,
y adems otra viene
con las narices secas a tu puesto. 70
En semejante caso, la esposa repudiada no tena ms remedio
que obedecer la orden, cuya frmula, modificada ligeramente por el
poeta, Gayo nos ha conservado en su exacto tenor jurdico: titas res
tibi agito, llvate tus cosas; pero, claro est!, teniendo buen cuida
do de que. no se alzara con nada de lo que perteneca en propiedad al
marido, y cuya posesin ella le reconoca al partir: tuas res tibi habeto,
ten para ti tus cosas. 71
Por otra parte, no debe creerse que la iniciativa del divorcio corres
ponda siempre al hombre. La mujer, a su vez, repudiaba a su marido,
y, despus de haberle dado la ley sin miramiento alguno, le abandonaba
sin el menor escrpulo, como esa tornadiza esposa a que Juvenal alude
en una de sus stiras, la cual se haba despachado nada menos que
ocho maridos en el espacio de cinco primaveras 72, o como cierta Telesina, denunciada por Marcial, que, treinta das despus de haber Do
miciano restablecido las leyes julias, haba celebrado su dcimo m a
trimonio 73.
70
71
73
71

J uv en a l , V I , 142 y sig .
G a y o , en D i g . , X X IV , 2, 2, 1.
J u v e n a l , V I, 225-228.
M arcial , V I , 7.

158

LA

VIDA

C O TID IA N A

EN

ROMA

En vano los Csares ofrecen ahora a sus sbditos el ejemplo de


su monogamia. Los romanos, lejos de imitar a Trajano y Plotina, a
Adriano y Sabina, a Antonino y Faustina, ligados uno a otra hasta la
muerte, preferan remedar a los emperadores precedentes que, todos,
inclusive Augusto, se haban divorciado una o varias veces. T an fre
cuente era la operacin, que a menudo, como lo advierten los juris
consultos de la poca, esos sorprendentes divorcios en serie volvan
a la bella y su dote, despus de muchas estaciones intermedias, a su
tlamo primero 74. Llasta las razones que hogao ataran ms que nunca
a una hembra de regulares entraas a la suerte de su hombre la
vejez, la enfermedad, la ida a la guerra, eran cnicamente alegadas
por las romanas para hacer abandono del hogar 75; y, sntoma an ms
grave de desmoralizacin, la conducta de esas mujeres ya no provocaba
ninguna reaccin en la indiferente y corrompida opinin pblica. As,
en la Roma de los Antoninos que. en este sentido, se parece a la
famosa Reno del Estado de Nevada, la palabra de Sneca segua re
sonando cruelmente verdica: Ninguna mujer puede avergonzarse de
romper su matrimonio, porque las ms ilustres damas han adquirido el
hbito de contar sus aos no por los nombres de los cnsules, sino por
los de su maridos. Se divorcian para casarse. Se casan para divor
ciarse: exeunt matrimonii causa, nubunt repudii. 76
Cun lejos nos hallamos del edificante espectculo que brindaba
la familia romana en los heroicos tiempos de la Repblica! Ese bloque
colosal y sin fisuras, ahora se ha agrietado y se desmorona irremedia
blemente. La mujer estaba antao estrictamente sometida a la autori
dad de su seor y dueo; ahora le iguala y compite con l, cuando no
le domina 77. Estaba colocada bajo el rgimen de la comunidad de bie
nes; ahora vive casi bajo el de la completa separacin de los mismos.
Se enorgulleca de su fecundidad; ahora le teme y le repugna. Era fiel;
ahora es fcil y ligera 7S. Los divorcios eran raros; ahora se suceden
con rapidsimo ritmo: recurrir a ellos con tan olmpica desenvoltura es,
verdaderamente, como dice el epigramista, cometer adulterio legal:
Qu nubit totiens, non nubit, adultera lege e s t70.

u
,s
'

J a v o le n o , en Dig., X X I V , 3, 66.
G a to , en Dig., X X I V , 1, 61.
S n e c a , De henef., I l l , 16, 2.

" Sobre la dominacin de la mujer, cf. J u v e n a l , V I, 224: im perat ergo


viro y 341: Vidua est locuples quae nupsit avaro.
Sobre la fam ilia romana en la poca de la Repblica, cf. la excelente
m onografa de E. P a k i b e n i , L a fa m ig lia romana, Eoma, 1929.
n M a r c i a l , V I, 7, 5.

CAPITULO III

LA E D U C A C IO N , LA C U LTU R A , LAS CREENCIAS.


SOMBRAS Y LUCES
1.

S n t o m a s

de

D e s c o m p o s ic i n

TRAS causas, amn de las leyes, precipitaron esa decadencia,


o, ms bien, provocaron esa inversin de los valores familiares.
Haba econmicas, derivadas del nocivo poder de las riquezas
mal ganadas y peor repartidas, que pginas atrs hemos sealado. H a
ba tambin sociales, debidas al pernicioso virus que inocula en los
pueblos libres el contacto de la esclavitud. Por ltimo, y sobre todo,
haba causas morales, que resultaban del mare mgnum espiritual de
una Cosmpolis donde la ms glacial indiferencia o las supersticiones
ms groseras estorbaban el lmpido vuelo de las msticas nuevas.

En el primer cuarto del siglo n de nuestra era. al que ilustraron


las victorias de Trajano, cautivos y cautivas, afluyendo por miles desde
Dacia, desde Arabia y de las lejanas riberas del Eufrates y Tigris, inun
daron los mercados y las casas de la Urbs. Consiguientemente se agra
varon en Roma los trastornos correlativos al incremento de la servidum
bre. La esclavitud, en todos los tiempos y pases donde cobra ancho
desarrollo, rebaja y corrompe el matrimonio, cuando no le suprime:
ley primaria a cuyo imperio no pudo substraerse la sociedad imperial.
Aun no siendo libertinos, los ricos romanos, a quienes amilanaba la
perspectiva de una vida en la que diariamente tendran que luchar o,
a lo menos, contar con la voluntad de una esposa legtima, preferan
a las iust miptise el muelle concubinato, al que Augusto haba decla
rado unin inferior, pero lcita1; adems, ya nadie le miraba, en ab
soluto, de mala manera: pronto se refugiar en l, despus de enviudar,
el sabio coronado, Marco Aurelio em perador2. El romano de dineros
1 Sobre el concubinato, consultar) en ltim o trm ino, la tesis de dere
cho de P l a ssa k d , L e concubinat romain sous le S a u t Em pire, Tolosa, 1921.
3 Sobre el concubinato de M arco A urelio , cf. D i n C asio , L X X I , 29, 1 ;
H . Aug., Anton. Phil., 29, 10. Vespasiano haba precedido al emperador f i
lsofo tomando, despus de la muerte de su esposa, a la liberta Cenis por
concubina, cf. S ueto n io , Vesp., 3.

160

LA

VIDA

C O TID IA N A

EN

ROMA

sola manumitir a su esclava dilecta para hacerla su concubina, persua


dido de que, en virtud del obsequium debido por el liberto al patrono,
ella le sera eternamente dcil y fiel, y sabiendo, adems, que si le
nacan hijos del trat carnal con su liberta y manceba, con slo adop
tarlos quedaba borrada de aqullos la bastarda. Aunque quiz era
frecuente que dejara de llenar un requisito cuyos efectos podan dis
m inuir su autoridad. La muchedumbre de epitafios en que un marido
y su mujer, que es al propio tiempo su liberta, reservan el acceso de
su tumba no a su prole, sino a sus libertos, permite suponer que en
ciertos casos, cuando la esterilidad de la unin no era la causa, esas
coyundas de segunda categora prefirieron, a una adrogatio en regla
de sus retoos, una simple manumissio ulteriormente completada por
donaciones testamentarias. De esta suerte, infiltrronse espordicamente,
en las mejores familias de la Ciudad, verdaderos mestizos que, as como
en tiempo no lejano al nuestro han contaminado a los pueblos escla
vistas, por fuerza acentuaron los fenmenos de descomposicin naci
nal y social que haba producido, aqu y all, la profusin de las ma
numisiones romanas.
A lo menos, en esta forma, los ciudadanos lograban salvar las
apariencias, conservando un mnimo de recato exterior. Pero muchos
de ellos, y no los de menor jerarqua, estimaban an demasiado rgidas
y pesadas las cadenas, sin embargo harto ligeras, de ese concubinato
regular. nicamente preocupados por sus placeres y comodidades, tan
indiferentes para con los deberes de su condicin como para con la
dignidad requerida por los honores de que gozaban, juzgaban ms agra
dable reinar como sultanes sobre los harenes serviles que sus fortunas
les permitan mantener. Cuando el colega senatorial de Plinio el Jo
ven, el ex pretor Larcio Macedo, fu asesinado por u n grupo de sus
esclavos malcontentos, corri a recoger al moribundo, gritando y aullan
do de dolor, la corte de sus odaliscas : concubin cum ululatu et
clamore concurrunt3. Hasta en los matrimonios legtimos la presencia
de esclavos no tard en introducir graves factores de conflictos y dis
cordias. Cuntas pullas dispara Marcial contra los adulterios a domi
cilio! Aqu se burla de un amo que rescata a su ex sirvienta, sin la
cual no puede vivir, para convertirla en barragana. All menciona, con
medias palabras, a una dama muy principal que, enamorada de un
esclavo barbero, habale manumitido y luego regalado los bienes ne
cesarios para entrar en la orden ecuestre. Y, en otro epigrama, atribuye
los numerosos hijos de Marula no a Cinna, su marido, sino al cocinero,
al favorito, al panadero, al flautista y hasta a un luchador y a un bufn:
s

P l i n i o e l J o v e n , . , I I I , 14, 3.

E D U C A C I N ,

.C U L T U R A

C R E E N C IA S

Cnna, tu mujer Maruia


siete veces padre te hizo
no de hijos libres; que ni uno
es tuyo, ni de un amigo,
ni vecino; porque todos,
todos fueron concebidos
en pobres lchos y esteras,
y sus rostros son indicio
de las culpas de su madre.
Aquel del cabello rizo,
y que a un moro se parece
claro demuestra ser hijo
de Santra, tu cocinero.
El segundo, de crecidos
labios y nariz muy roma,
es todo un retrato vivo
de Pannico, el luchador.
Q uien conozca y haya visto
a Damas, el legaoso,
no dudar que tu hijo
tercero un engendro sea
de ese panadero msero.
El cuarto, de tez blanquizca,
y de sien de libertino,
es el fruto del comercio
de tu concubino Ligdo.
Si as quieres, no me opongo,
a que goces a ese hijo;
que no hay mal alguno en esto.
En cuanto al otro chiquillo
de puntiaguda cabeza,
y orejas cual de borrico,
tan largas y tan movibles,
quin gar que es un hijo
del bufn Cirra? Las dos
hermanas, de colorido
negro la una, la otra rojo,
por Croto el flautista han sido
engendradas y por Carpo
el colono. En fin, dominio
t pudieras ejercer
en multitud de mestizos,

162

LA

VIDA

C O TID IA N A

EN

ROMA

si castrados no se hallasen
tu Coreso y tu Dindvmo.
Sin duda, esos epigramas se refieren a los ms escandalosos adul
terios de la Ciudad. Pero el tema hubiera sido menos abundante
mente tratado si los desarreglos conyugales hubiesen sido ms raros,
y la lectura de los poetas de ese tiempo hace creer que a la sazn,
en muchas casas romanas, los esposos sostenan con extremada fre
cuencia el dilogo de invectivas que supone el dstico:
Ancillariolum tua te vocat uxor et i f sa
Lecticariola e s t. . .
Tu mujer te llama perseguidor de sirvientas, y ella, por su par*
te, persigue a los portadores de literas... .
Es evidente que los males de la servidumbre ocasionaron u n re
lajamiento de la moralidad hasta en las familias privilegiadas donde
los amores serviles estaban desterrados. Ms que la nefanda prosti
tucin de las lobas que al anochecer recorran las calles de los
arrabales detrs de los sepulcros5, la proximidad de los concubinatos
que haban invadido las mejores casas y la atmsfera de abandono y de
impudicia que creaban tantas uniones serviles, haban degradado el
matrimonio, al que los esposos, a su vez, slo consideraban como una
experiencia anodina y pasajera. Adems, para resistir al deshonroso
contagio, los romanos hubieran necesitado la fuerza de un ideal que,
excepcin hecha de algunas personalidades vigorosas, de ciertas escuelas
filosficas y de las sectas de legtimos creyentes, su inteligencia, debi
litada por una cultura por dems elemental, superficial y ramplona, ya
no era capaz de concebir, as como su fe desfalleciente tampoco estaba
en situacin de realizar.
2.

L a E s c u e l a P r im a r ia

El cuidado de los hijos, esa salvaguardia de la mujer, escapaba de


la matrona desde la salida de aqullos de su primera infancia. Cornelia,
madre de los Gracos, permanece solitaria en su gloria. En los siglos
austeros de la Repblica, Catn Censorino reivindicaba para s solo la
formacin de su hijo, y se enorgulleca de haberle enseado a leer,
escribir, luchar y nadar. Bajo el Imperio, preciso fu aguardar el reinado
de Antonino Po para que, .apremiados por las pruebas de la indigni
dad de un padre, los jueces, aunque sin llegar a pronunciar la caduci
M a r c ia l , V I, 71; V II, 64, 1-2 ; V I, 39 y X I I, 58.
5 Sobre las lobas, c.f. J u v e n a l , I I I , 65-66 ; M a r c ia l , I, 35, 8. *

E D U C A C I N ,

CULTURA

C R E E N C IA S

163

dad de la patria potestas, tuviesen el derecho de confiar a la madre la


guarda de su p ro le6.
Por lo dems, en todos los casos, la madre se descargaba natural
mente del cuidado de la educacin de los hijos tan pronto como stos
salan de la infancia. La mujer rica ponalos en manos de algn pedagodo de marca, elegido con las debidas precauciones y comprado a
precio de oro; con esto y con dictar al ayo un rosario de oportunos con
sejos, la madre ya daba por cumplidos todos sus deberes 7. Las pobres,
en cambio, se reducan a enviar a sus hijos a una de esas escuelas
privadas que, abiertas en la Ciudad a fines del siglo antes de Jesu
cristo por algunos profesionales, abundaban en Roma en la poca ob
jeto de nuestro estudio.
Naturalmente, semejantes hbitos eran raz de graves males que
a todos alcanzaban. Para las mujeres, ante todo, esa ociosidad profunda,
como dice Plinio el Joven, habase tornado funesta. Unas, las peores,
hallaban en su holganza un incentivo o una excusa para sus lascivas
liviandades. Otras, ms honestas, trataban de sacudir su ocio mediante
esas extravagancias facticias que han quedado puntualizadas en el ca
ptulo anterior, o le distraan mediante la agitacin frvola y el vano
parloteo de los clubs que formaban entre ellass, cuando no se re
signaban a criar carnes en el conventual sopor del gineceo, como la
vieja Num idia Cuadratila, la cual, hasta su muerte, ocurrida a los ochen
ta aos de edad, haba empleado los das que no le era posible ir a
presenciar los juegos pblicos, ya jugando a los dados, ya recrendose
con la gracia de los pantomimos con que haba colmado su casa 9.
Para los nios, las consecuencias de esta suerte de abandono ma
terno eran todava de mayor gravedad. En efecto, fuesen ellos de fami
lias ricas o de familias pobres, los que se encargaban de educarlos, esto
es, de dirigirlos, doctrinarlos, formar su espritu y fomentar sus voca
ciones, eran siempre sus inferiores: esclavos o, en -la hiptesis ms fa
vorable, libertos; y esta irritante paradoja deba necesariamente condu
cir a resultados desastrosos. Si el educando perteneca a una familia
adinerada, relegaba al pretendido maestro, aunque fuese preceptor, al
lugar subalterno de un domstico. Ya Plauto, en sus Bacchides, haba
presentado un precoz adolescente, Pistoclero, a quien le haba bastado,

Sobre Catn, cf. P lutarco , Cato Maior, X X ; Dig., X L , 30, 3, 5:


decretis divi P ii optinuit mater u t sine deminutione patriae potestatis apud
eam filius moraretur.
1
Sobre la eleccin de un pedagogo por Corelia, cf. P l in io el J oven ,
Bp., I l l , 3, 3 y siguientes. Sobre la educacin servil de la primera infancia,
ef. T cjto , Dial, de Or., 29.
8 Sobre los clubs fem eninos cuya existencia est comprobada en
Roma desde el siglo primero ( S u etonio , Galha, 5) hasta el s ig lo quinto de
nuestra era ( S a n J e r n im o , -Ep., 43, 3 ) , cf. C. I. L., V I, 997 y X IV , 2.120.
* Sobre N um idia Cuadratila, cf. P l in io el J o ven , Ep., V I I, 24.

164

LA

VIDA

C O TID IA N A

EN

ROMA

para arrastrar a su pedagogo Lido a casa de su querida, recordar a


ste la humildad de su condicin servil. Y bien, le interrog, soy yo
esclavo tuyo o t eres esclavo mo? 10. La pregunta no admita rplica,,
y, como sutilmente lo advierte Gaston Boissier, ms de un magister de
Roma ha, debido escuchar de sus discpulos el argumento de Pistoclero.
Tratbase de nios de modesta cuna? Pues ningn respeto gurdaban
al maestro de villana extraccin a cuya escuela concurran. El cual
maestro, retribuido con un salario irrisorio de 8 asses por cabeza y por
mes, obligado a buscar una ayuda de costa en nfimas labores de escri
biente u , no tena otra autoridad sobre los muchachos, sino la que le
conferan el vergajo y la frula que tan rigorosamente aplicaron, en
tiempo de Marcial y Juvenal, los sucesores del azotador Orbilio que hi
ciera temblar a Horacio 12. ;
La profesin estaba notoriamente desprestigiada. Los analistas de
principios del siglo primero antes de Jesucristo, baj la evidente impre
sin de antipata que aqulla les inspiraba, haban inventado para el
magister de Faleria, el ms antiguo maestro de escuela de l historia
romana, un negro papel de traidor de teatro13. Bajo el Imperio, los
pedagogos no gozaban de mejor reputacin, y la gente discreta no
estaba lejos de mirarlos como la escoria de la sociedad 14. Fcilmente
se adivinan las razones que contribuan encanallarlos: la indiferencia
del !Estado, que se desentenda por completo de ellos y que slo se
dign remunerar directamente sus funciones en 425 de nuestra era, en
Bizancio, quince aos despus del saco de Roma por Alarico 15; las de
fectuosas condiciones en que acostumbraban impartir su enseanza, si
multneamente a nios y nias reunidos en un mismo aposento exiguo
e incmodo, sin distincin de edad ni sexo, las mujeres de siete a trece
aos, los varones de siete a quince; y la brutalidad de la disciplina que
exiga ese heteroclito concurso y que, por el abuso de los castigos cor
porales, provocando siempre la hipocresa y el envilecimiento de los
alumnos, despertaba a veces el sadismo del maestro: Aadamos a
esto declara tristemente Quintiliano que el acto de azotar hace h a
cer a los nios, a causa del dolor y del miedo, muchas cosas que no
pueden decirse sin ofensa a la honestidad y que despus de dichas
10

P lauto , Sacchides, I, 2 ; of, B o issie r , Fin du Paganisme, t. I, p . 149.


Sobre la remuneracin de los pedagogos, cf. H oracio ,S ai., I, 6, 75;

O vid io , Fasti,

I I I , 829; C, I . L . , X , 3.969.
el Plagosus Orhilius, cf. H oracio , Ep., II , 1, 70. Sobre sus
J ijv e n a l , I, 15; M a r c ia l , X , 62, 10; X I I , 80.
: Sobre : el m a estro de escu ela de P a le r a , c f., L ivio , V , 27, 1, cuyo

12 Sobre
sucesores, cf.

. :
rela to es ev id en tem en te in v en ta d o y f a ls o

( c f. D iod ., X I V , 95, 6 ) .

Sobre la educacin romana, consultar en especial la obra de A. G w t n n ,


Som an Education f r o m Cicero t o Quintilian, Oxford, 1926.
.
13 , La primera escuela del E stado fu fundada por Teodosio^ I I , cf. Cod.
'I'hffd., V I , 1. 1,

E D U C A C I N ,

CULTURA

C R E E N C IA S

165

avergenzan. Adems, si se cuida poco de escoger ayos y maestros de


buenas costumbres* pobres muchachos! No me atrevo-,a contar...las in
famias qu cometen esos hombres abominables abusando del, derecho
que tienen de castigar a sus alumnos; tampoco quiero referir los torpes
atentados que perpetran aprovechando el temor que infunden ; a los
nios. N o me detendr mucho en esto* demasiado es lo que,.dejo,en
trever: ,-nimimn .est quod intellegitur . , 16
, As, el ludus litterarius, la escuela: primaria romana,, no educaba

F ig . 53, i Escolar castigado

por su m aestro.

(P in tu r a m u r a l p o m p e y a n a ).

a los adolescentes; antes los corompa; siendo muy raro que les hiciera
verdaderamente sentir la belleza del saber.
Reducase la escuela a un aula, improvisada bajo el alero tic una
tienda y apenas separada de la calle por una cortina de tela. Mucho
mido callejero; pocos y pobres muebles : una silla para el maestro, ban
cos o escabeles para los alumnos, un encerado, tabletas y varios bacs.
Iniciadas al alba y proseguidas sin1descanso hasta el medioda, las cla
ses funcionaban, sin otras interrupciones que las nunin, las quinquatrus y la vacaciones de veran, todos los das del ao, con deses
perante monotona. La ambicin del maestro no ib m s:all de ense
ar mecnicamente sus lumns a ler, esribir y contar; y, dispo
niendo de varios aos para satisfacerla, no se preocupaba en absoluto
Q u in t il ia n o , I, 3, 16-17.

166

LA

VIDA

C O TID IA N A

EN

por perfeccionar sus insuficientes mtodos, o, ms bien, por rejuvenecer


sus lamentables rutinas. De esta manera, por un procedimiento que con
dena Quintiliano, enseaba a su auditorio los nombres y el orden de
las letras antes de mostrarles la forma; y cuando tras penosos esfuerzos
los alumnos haban llegado a distinguir los signos alfabticos por su
figura, aun tenan, a costa de un nuevo sacrificio, que aprender a
agruparlos en slabas y en palabras17. La tarea de los estudiantes pa
reca estar intencionalmente obstaculizada, pues cuando pasaban a la
escritura chocaban con los mismos mtodos irracionales y retardata
rios. De buenas a primeras eran colocados en presencia de un modelo;
y, como nada les haba preparado para re
producirlo, era preciso que sus dedos fuesen
sostenidos por los del maestro y llevados
por ajena mano para poder seguir los con
tornos de la muestra; de suerte que innu
merables sesiones se sucedan antes que
poseyesen la habilidad necesaria para eje
cutar por s solos el sencillsimo modelo 18.
Por ltimo, el estudio de la aritmtica no
les exiga mayor reflexin ni les resultaba
ms entretenido. H o ra s e n te r a s pasaban
aprendiendo a contar las unidades con ayu
da de los dedos, uno y dos sobre la mano
derecha, tres y cuatro sobre la izquierda,
tras lo cual se adiestraban en el clculo de
las decenas, centenas y millares haciendo
correr pequeos guijarros sobre las lneas
Correspondientes de los bacOS 1!l,
Fig. 54. T abla de calcular
1
( a b a c u s ). (M useo K e rc h e Es cosa averiguada, a u n q u e slo fueriano Roma)
ra por la in s c r ip c i n de A lju s tr e l, que
los prncipes del siglo segundo de nuestra era, Adriano en particu
lar, miraron con buenos ojos difundirse las escuelas primarias hasta
en las provincias ms remotas del imperio y alentaron a los peda
gogos de buena voluntad, concedindoles inmunidades fiscales, a ins
talarse en aldeas perdidas e ignoradas, como por ejemplo en el fondo
del distrito minero de Vipasca, en Lusitania 20. Asimismo, es probable
"

Sobro los mtodos delectura, cf. Qu in t il ia n o , I, 1,

Sobre los mtodos de escritura, cf. S nec a , Ep., 9 4 , 51.


Sobre los abacos, cf. el artculo pertinente del D. A.

24-26.

C. I. L., I I , 5.181 1. 57 : ludi magistros a p r o c [ w a t o r e ] metallorum


im mues es [se placet]. D ebe notarse que la importancia del privilegio h
llase disminuida por el hecho de que el. maestro aparece mencionado despus
del pregonero, de los zapateros, del barbero, etc.

E D U C A C I N ,

CULTURA

C R E EN C IA S

167

que las crticas de Quintiliano fueran de tarde en tarde escuchadas, y


que resultara ms o menos contagioso el ejemplo de ciertos pedago
gos de ilustres familias, especialmente el que Herodes tico haba pro
porcionado a su hijo. Este preceptor, para instruir ms presto a su
alumno, amenizando al propio tiempo la enseanza, ide no solamente
darle un alfabeto de marfil o de pasta, sino tambin hacerle desfilar
y maniobrar a su vista esclavos llevando sendos cartelones en Ja es
palda, y en cada uno de stos dibujadas, en gentil tamao, cada una
de las veinticuatro letras latinas 21. Pero, por un maestro que afanaba
por salir de la trillada senda, cuntos quedaban aferrados a ella! Y
en la mar de ludi litterarii que surgieron en el siglo segundo despus
de Jesucristo, cuntos desvirtuaron la educacin que hubieran debido
suministrar a los hijos de los ciudadanos! En general, forzoso es reco
nocer que, aun en l ms brillante poca del Imperio, sus numerosas
escuelas no cumplieron la misin que hoy asignamos a las,nuestras.
Menguaban la moral en lugar de acrecerla. N o fortalecan el cuerpo;
antes le debilitaban. Algo conseguan agregar al espritu, pero eran
incapaces de embellecerle. Sus alumnos las abandonaban con u n ba
gaje, penosamente adquirido, de un reducidsimo nmero de nocio
nes prcticas y pedestres; y sin embargo tan ligero, que Vegecio, en
el siglo IV , se doler de la cantidad de analfabetos que se incorporan
a las legiones, intiles hasta para llevar la contabilidad de sus respec
tivos cuerpos22. Y, a falta de risueas imgenes, de ideas serias y nu
tricias, o de una de esas curiosidades intelectuales de las que la vida
saca las vocaciones, los egrsados no se llevaban de la escuela nada
ms que el doloroso recuerdo de aos perdidos en machaqueos est
riles y en balbuceos infecundos, salpicados de crueles puniciones.
En cifra, la educacin popular fracas en la Ciudad; y si hubo
una pedagoga romana, no es por cierto entre los pedagogos donde
conviene buscarla, sino entre los gramticos y rtores, los cuales, guar
dando las debidas distancias, ofrecieron a la aristocracia y a la burgue
sa imperiales el equivalente de nuestras enseanzas segunda y superior.
3.

La

E n se a n za

F o r m a l is t a

del

G r a m t ic o

Si crdito se presta a los adeptos de aquella pedagoga, engredos


de su saber y de su facundia, slo un pelo hubiera faltado para que
ella realizara el ideal de la perfecta educacin y para que condujera
por sus pasos contados al soberano bien. En un banquete dir sen
tenciosamente uno de esos grrulos, Apuleyo de Madaura, que vivi
21 Sobre loa alfabetos de m arfil y de pasta, cf. Q u ix t il ia x o . I, 1, 23.
Acerca d el pedagogo contratado por Herodes Atico, F i lo st rato , Vit. Soph.,
I I , 1, 10.
22 V eg ecio , De re mil., II , 19.

168

LA

VIDA

C O TID IA N A

EN

a fines del siglo n , la primera copa es para la sed, la segunda para


la alegra, la tercera para la voluptuosidad, la cuarta para la locura. Al
contrario, en los festines de las Musas, ms se nos sirve de beber,
ms gana nuestra alma en sabidura y en discrecin. La primera copa,
que la escancia el maestro (litterator), comienza a pulir la rudeza de
nuestro, espritu. La segunda copa srvela el gramtico (gramniqticus),
y nos adorna de conocimientos varios. Al cabo, viene, el rtor. (rhetor),
que pone en nuestras manos la tizona de la elocuencia.23 Nadie pue
de estar ms satisfecho de s mismo que este buen hombre; pero, ay!
esas copas estaban muy ;lejos de los labiosy y la realidad no justificaba
i n modo, alguno el lirismo de Apuleyo.
Ante todo, gramticos rtores slo comunicaban su ciencia a
un pblico restringido; y, todava en el siglo segundo de nuestra era,
su enseanza conservaba el carcter de seleccin que en su comienzo
le; haban inculcado;las desconfianzas de la oligarqua dirigente. Cuan
do, durante el transcurso del siglo segundo antes di Je l i c isto, los Padres
conscriptos, cuyas armas y diplomacia estaban a la sazn vueltas contra
los griegos, sintieron,la;necesidad;de: no dejar; a sus hijos en zaga ele
los sbditos y vasallos a ; quienes iran , a gobei nai en lo ; sucesivo, fa
vorecieron la fundacin, en liorna, de escuelas de tipo helenstico, na
cidas sy .competidoras de las que; florecan en Oriente, en Atenas, Pergamo y Rodas; y,desearon que en ellas se enseara, a; la manera, helnica,
todo lo que saban Qos griegos; ms instruidos. Pero al mismo tiempo
se dieron cuenta del poder electoral que virtualmente, comportaba esta
instruccin superior; y, resueltos a no ceder un punto de su monopolio
poltico* ingenironse para; reservar a su casta las ventajas de la cul
tura. Los primeros profesores de gramtica y de retrica que, con su
permiso, se instalaron en Roma, fueron refugiados procedentes de Asia
o; de Egipto, vctimas ,de Aristnico y , de Ptolomeo Fiscon, que hallaron
en la Urbs asilo y. proteccin; y todos ellqs .ensearon en griego. Ms
tarde, : cuando los itlicos los reemplazaron en. sus, cargos docentes, es
tos; ltimos adoptaron sus mtodos y su lengua: en griego y en latn
continuaron dando sus lecciones en las clases de gramtica, y exclusi
vamente en griego en las clases de; retrica. Hubo, s, algunas tenta
tivas para romper esa sujecin que era aislamiento y privilegio. Al
ocurnr la revolucin democrtica a la que est unido el nombre de
Mario, un cliente de ste, el rtor Plocio Galo, tuvo la osada de hablar
en latn a sus discpulos; y varios aos despus se publicaba la ret
rica a Flerennio, que, atestada tie ejemplos tomados de la historia
ms reciente, llena de referencias a los temas entonces debatidos en
los comicios, proceda, evidentemente del mismo movimiento liberal,
concreto y vulgarizados Mas la oligarqua velaba por sus intereses.
33 A p u l e y o , Florida,

20.

E D U C A C I N ,

CULTURA

C R E E N C IA S

169

Nada quera saber de dejarse despojar de su gobierno hereditario:; ya


que la elocuencia era.; el arma que dominaba a las asambleas que cada
ao renovaban sus poderes, quiso que nicamente sus hijos poseyeran
el secreto del: Verbo, y persiguila los temerarios novadores, La ret
rica a Herennio no prosper, y nosotros ignoramos ;e ignoraremos por
siempre jams el nombre de su autor. En cuanto a Lucio Ploci Galo,
debi interrumpir sus lecciones por orden de los censores que, en 93
antes de : Jesucristo, opinaron que era necesario tornar a los ; mtodos
de los antepasados, pues stas novedades, ; contrarias a las costumbres
y usos de los antiguos, no, nos agradan, ni nos parecen buenas. 21
Para que las escuelas de. elocuencia se reabran en..Roma,, ser preciso
esperar la dictadura de Csar, servida, por los. tratados de; C icern2r,
y el rgimen imperial que,- bajo los; Flavis, subvencionar con sus libe
ralidades, en la persona de .Quintiliano*: l m.s ilustre [Link] maestros.
Pero el hbito ya est adquirido y no se abandonar jams: la ense
anza de la retrica, aunque ahora se dispense tanto en griego como
en- latn, : sigue siendo: patrimonio de una : mino m escogida; : y, para
seleccionar el auditorio,1 la: clase: de gramtica, que solo constituye el
primer grado, permanecer bilinge hasta el trmino: del alto imperio.
Adems, la elocuencia, a cuyo conocimiento dirigen sucesivamente
sus esfuerzos la gramtica y la retrica, hllase ahora vaca de todo
contenido substancial. La poltica haba huido de ella al desertar del
Foro ante la proximidad de los prtorianos. Las controversias del dere
cho,; da a da ms confinadas en ls crculos de los especialistas, deja
ron de-alimentarla cuando el :imperio hubo comenzado, con Augusto.
V concluido, con1Adriano, por absorber la jurisprudencia en Sus [Link] Pui ltimo, la filosofa y las ciencias matemticas y naturales; que
en la mtigedad griega haban estado ligadas a la elocuencia,: slo go
zaban en sus pases de origen, especialmente en el Museo de Alejandra
y en Atenas, de las generosidades de Trajano y de Adriano. En Roma,
d dnde Vespasiano desterr a los filsofos^ a quienes en: todo el imperio
excluy de los privilegios con que rtores y gramticos fueron por l
mismo recompensados 28, los estudios filosficos nunca haban podido
librarse de la vieja interdiccin contra ellos decretada por el Senado en
161 antes de nuestra era, y que la Alta Asamblea renov en 153 antes
de Jesucristo, expulsando juritamnte al acadmico Carneades, al estoico
Digenes y al peripattico Critolao, sin hacer caso de las inmunidades
-

A u u ) C e 1,10, X V , .!!.

25 Consultar m i Csar, p. 974, y


los tratados de Cicern.
:
Sobre la poltica intelectual
:de Vespasiano, : cfv la :inscripcin de
Prgam o, publicada por H ertzoo en Sitzwigsberiehte der Preussisclln Akadebite, phil. his. K lasse X X X I I (1 9 3 5 ), pp. 967-1910, y comentada por
A t t il io L e v i en Romana, 1937, pp. 361-367.

170

LA

VIDA

C O TID IA N A

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ROMA

diplomticas que a stos protegan 27. La filosofa jams dej de pro


vocar en la Urbs suspicaces y burlonas prevenciones 2S; y, para dedi
carse a ella en otra forma que no fuera la conversacin amistosa, las
conferencias ocasionales y privadas o las meditaciones solitarias en torre
de marfil, el ciudadano, de ordinario, no tena ms remedio que elegir
entre dos partidos: o disponer de una fortuna suficiente para mantener
a su costa un maestro en su casa, o expatriarse a una de esas ciudades
lejanas donde los filsofos estaban autorizados para exponer sus especu
laciones al aire libre. Los sistemas fsicos y metafsicos ya no eran mate
ria de cursos pblicos y regulares, como no lo eran la poltica y la his
toria, De esta suerte, la elocuencia, privada del pensamiento y de la
ciencia puras, estando asimismo alejada de la accin, caa en un crculo
agotador e infecundo de ejercicios literarios y de tcnica verbal. As, a
pesar del favor que los estudios preparatorios de gramtica y retrica
hallaban en la juventud acomodada, no obstante la proteccin que les
brindaban los emperadores, a despecho del sitio de honor que ocupaban
en la Ciudad, donde Csar les haba sealado las tabern de su Foro
y Trajano un hemiciclo del suyo 20, los aludidos estudios fueron este
rilizados por el formalismo incurable al que la propia elocuencia haba
sido reducida.
Comenzaban los jvenes a recibir las lecciones del gramtico a
una edad que, por supuesto, variaba segn sus aptitudes y la condicin
de sus familias; la cual edad, como lo testimonian diversas inscripciones
funerarias de los primeros siglos de nuestra era, sola rebajarse consi
derablemente a raz de la inquietante precocidad de los nios prodi
gios 30. Con l iban a iniciarse en la literatura, o, mejor dicho, en las
dos literaturas que el grammaticus enseaba; en las clases de ste, en
efecto, la literatura griega marchaba a la par con la latina, cuando no
le sobrepujaba. En un libro reciente, sin duda muy laudable, sobre
San Agustn y el fin de la cultura antigua, el seor Marrou ha credo
observar, a partir de Quintiliano, indicios de debilitacin del helenismo
en la cultura romana 31; pero tengo la certeza de que el autor ha sido
vctima del punto de vista en que su tema, que gira en torno a la per
sonalidad del Santo Doctor, le ha necesariamente colocado; y mucho
* S u e t o n io , D e gramm., 1, 2; y lihet., 1.
23
U n buen ejemplo del ridculo a que se exponan frecuentem ente los
filsofos lo constituye la parodia scatolgica de la enseanza de los Siete
Sabios, que aparece en las pinturas de las termas recientemente escombra
das en O stia (c f. supra, p. 70, . 36 ).
C f. m i Csar, p p . 974-975, y el artcu lo de M arkou en lo s Mlanges
de Home, ao 1933.
30 Sobre los nios prodigios de la Eoma imperial, cf. M a rrou ,
, P ars, 1937, pp. 196-207.
31 M aruou, Sain t-Agu stn et la f i n de la culture antique, F'ars, 3937,
captulo II.

E D U C A C I N ,

CULTURA

C R E E N C IA S

171

me temo que Marrou haya extendido indebidamente a Italia conclusio


nes slo valederas para el frica de Agustn, nacido en Tagaste, edu
cado en Madaura y en Cartago y muerto obispo de Hipona. En contra
de su opinin, fcil es invocar toda una serie de hechos que la des
mienten en la Roma del siglo segundo de nuestra era: la afectada incli
nacin al griego de las bellas ridiculizadas por Juvenal y M arcial32;
los xitos logrados durante todo el curso del referido siglo, tanto en Ga*
lia como en Italia, por los rtores griegos ambulantes, de los que Luciano
constituye el tipo ms original33; la publicacin, en lengua griega, d
tratados compuestos por diferentes filsofos, desde Musonio Rufo
hasta Favorino de Arles; los epigramas griegos del emperador Adriano
y los Pensamientos de Marco Aurelio; en fin, y sobre todo, la persis
tencia del griego en la liturgia y en la apologtica de los cristianos de
Roma, cuya Iglesia slo adopt el latn despus de la formidable con
mocin que hacia mediados del siglo m disoci el Imperio e hizova
cilar los fundamentos de la civilizacin antigua34. Extrao sera que
el griego hubiera decado en Roma en poca que, para darle cabida
en todos los gneros, se eclipsaba en Italia la literatura latina. Adems,
las propias inscripciones dan fe de su activo empleo en la enseanza,
desde el epitafio del joven Quinto Sulpicio Mximo, fallecido a los
once aos, tras de haber ganado, contra cincuenta y dos competidores,
el premio de poesa griega en los juegos captolnos de 94 despus de
Jesucristo35, hasta el del hijo de Delmacio, que, habiendo muerto a
la tierna edad de siete aos, no haba tenido tiempo de seguir el curso
de griego y slo haba podido aprender las letras latin as36. Los gra
mticos romanos, pues, parece que nunca dejaron de basar su ense
anza de la literatura latina sobre la enseanza de la helnica; casi

32 Sobre las helenizantes (le siglo II, cf. M a r c ia l , X , 08; J u v e n a i .,


I, 185-196.
33 Sobre Luciano y sus andanzas como conferenciante, cf. la famosa
tesis, antigua, pero no envejecida, de M a u r ic e C k o is e t , E ssa i sur la vie et
les oeuvres de Lucien.
3i
Sobre la introduccin del latn en la iglesia de Roma, en reemplaz
del griego, cf. P . M on ceau x, Histoire de la littrature chrtienne, p. 42;
P u e ch , H isto ire de la littrature grecque chrtienne, t. I I , p. 8. Sobre Sa
.Edad Media de mediados del siglo tercero despus da Jesucristo, cf. las
hermosas pginas iniciales del manual de Critique verbale de L o u is H avet .
Contrariamente a lo que ocurra en Roma, el frica romana slo estaba lelenizada en form a muy superficial: cf. el libro de T h i Ei .in o , J)cr Hellenismus
in Kleinafrik a, Leipzig-Berln, 1911. Por otra parte, f cil sera demos
trar que en la litu rgia de los judos de Roma, a si como en la de los dionisacos de Terra N ova, se usaba la lengua griega (ver para los primeros
e.l liecueil de E r e y , y para los segundos V o h u a x o
y C c m o n t , American J o u r
nal of Arch., 1933, pp. 215 y siguientes).
35 Sobre Quinto Sulpicio Mximo, cf. I. G., X IV , 2 .0 1 2 .
19 Sobre el hijo de Delmacio, cf. C. 1. L., V I, 33.929. Otro ejemplo:
C, I. L., X I, 6.435.

172

V ID A

C O TID IA N A

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ROMA

de igual manera que, en nuestros colegios del Antigo Rgimen, el


estudi del francs siempre estuvo fundado en el del latn.
Gon tal sistema de enseanza, es evidente que lo que las leccio
nes del gramtico perdan en actualidad palpitante, hubieran podido

Fig. 55. Estela sepulcral del nio Q uinto Sulpicio Mximo. (Palacio de los
Conservadores, Roma).

ganarlo en variedad. En efecto, mientras en el ludus litterarius el sa


ber del magister se contena en un solo libro, un ejemplar de las Doce
Tablas donde los alumnos deletreaban las palabras antes de ensayarse
a copiarlas, el grammaticus dispona de una doble biblioteca. En sta,
empero, los: volmenes estaban muy desigualmente distribuidos, con
un sensible predominio de las obras extranjeras y una preeminencia

E D U C A C I N ,

CULTURA

C R E E N C IA S

173

aplastante otorgada a la antigedad. Si Homero, ios trgicos, los c


micos, sobre todo Menandro, los lricos y Esopo le proporcionaban
abundante copia de textos griegos, durante largo tiempo el gramtico
limit su selec