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El Último Templario de Barcelona

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El Último Templario de Barcelona

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Eymeric de Usall, el último templario.

EYMERIC DE USALL,
el último templario

JOSÉ MARíA REYES VIDAL

página 1
Eymeric de Usall, el último templario.

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Eymeric de Usall, el último templario.

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Eymeric de Usall, el último templario.

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Eymeric de Usall, el último templario.

JOSÉ MARÍA REYES VIDAL

EYMERIC DE USALL,
el último templario.

página 5
Eymeric de Usall, el último templario.

Título original: Eymeric de Usall, el último templario.


Copy right: José María Reyes Vidal.
ISBN:
Banyoles, 2009.
Reservados todos los derechos.
Prohibida cualquier clase de copia.

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Eymeric de Usall, el último templario.

Fig. 1 Localización de los escenarios de Barcelona: Convento de


los Franciscanos (A), Palacio de los Usall (B), Palacio del Temple
(C), talleres,casas y bancos de los Usall (D).

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Eymeric de Usall, el último templario.

INTRODUCCIÓN: “REX BELLATOR”.


La oblicua luz del miércoles quince de agosto de mil doscientos
noventa y uno alargaba las sombras de las gaviotas que
planeaban sobre la fresca brisa matutina, atentas a los menores
movimientos de la superficie de las aguas encalmadas, y las
proyectaba por encima de las doradas arenas de la playa de
Barcelona, hasta tamizar fugazmente con sus suaves manchas el
resplandor rojizo de la pared oriental de la Iglesia de San Nicolás,
que por aquellos años se estaba acabando de construir en
culminación del convento de los franciscanos.
Las calles adyacentes al convento se iban poblando a esa
temprana hora de criados, artesanos, soldados, mercaderes,
campesinos y toda clase de viandantes, apresurados los unos y
relajados los demás, dos temas monopolizaban las
conversaciones. Por una parte, no se acababan todavía de
acallar las lamentaciones por la caída de la ciudad de San Juan
de Acre en manos del sultán egipcio al-Ashraf Khalil, conocida
unos meses atrás, con la que desaparecía el bisecular Reino de
Jerusalén, construido de manera inestable sobre mares de
sangre de sarracenos y cristianos. Por otra, se había añadido una
desgracia nueva y más próxima: la muerte del rey don Alfonso,
llamado el Franco, que abría un período de incertidumbre en el
futuro de la Casa de Barcelona, envuelta como estaba en guerras
interminables por el dominio de Sicilia en contra de Francia, del
Papa y de la Casa de Anjou, la de los reyes de Nápoles, que
anteriormente habían poseído la isla mediterránea. Su cuerpo,
desnudo de toda pompa, estaba ahora depositado entre los
frailes menores.
En el interior del cenobio franciscano, la Sala Capitular aparecía
iluminada y perfumada por el aroma de la cera que liberaban, con
un parsimonioso fluir, una multitud de gruesos cirios amarillos.
Desde hacía semanas, en esa amplia sala ténuemente
alumbrada se alzaba un catafalco que mostraba a la piedad de
los apenados barceloneses el cuerpo sin vida del efímero rey don
Alfonso, y ahora que había llegado por fin quien había de
substituirle, pronto llegaría a su término ese espectáculo de dolor.
El túmulo ocupaba el centro de la sala octogonal, en cuya pared

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Eymeric de Usall, el último templario.

norte se situaba una puerta abierta a la inacabada nave mayor de


la iglesia que en esos momentos vibraba acompasada con los
graves cánticos fúnebres de los monjes, sucediéndose sin pausa
desde el alba a la caída del sol.
El Guardián del convento, fray Pedro de Puigfort, se había
atrevido a vestir el cuerpo yacente con el hábito gris de los frailes
y a realizar las ceremonias fúnebres, desafiando con ello la bula
de excomunión y el riguroso interdicto fulminado contra el
fallecido monarca por el Papa Nicolás IV, que, por casualidad o
ironía del destino, precisamente en esos momentos, agonizaba
en Roma. De pie en el templo, ante la puerta entrecerrada que
daba a la sala capitular, pendiente por si se requería su
presencia, Puigfort evitaba turbar la meditación y la soledad del
nuevo rey que acompañaba al cadáver en esas dolorosas horas.
Junto al difunto, arrodillado con semblante oscurecido por la
angustia, más que por el dolor, velaba, pues, largamente a su
hermano menor, el nuevo soberano, don Jaime, que
posteriormente sería llamado “el Justo”. Aún era un muchacho
casi imberbe, pero reinaba en Sicilia desde hacía seis largos
años, durante los que no había disfrutado de un sólo día de
verdadera paz. Había defendido fieramente y con éxito su trono
de las acometidas combinadas del Papa Nicolás y de los fran-
ceses.
Ahora, sin embargo, al recaer sobre él de forma tan imprevista las
otras coronas de la Casa de Barcelona, don Jaime había tomado,
durante esos tres días de silencio y meditación, una decisión
sorprendente y terrible, que si hubiera sido conocida por sus
enemigos o aún por sus propios súbditos, le habría acarreado la
pérdida inmediata de la corona y, seguramente, de la vida.
Para prevenir una nueva invasión de Catalunya como la sufrida
seis años atrás1, iba a pedir un tratado de alianza militar al sultán
mameluco2 de Egipto, el mismo que acababa de destruir el Reino

1
en 1285 el Papa declaró depuesto al rey de Aragón, Pedro el
Grande, nombrando en su lugar al hermano del rey de Francia,
Carlos de Valois, y convocó una Cruzada contra las tierras catalanas,
que fue rechazada con éxito, aunque dificultosamente.
2
los mamelucos eran esclavos especializados en la guerra; llegaron a

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Eymeric de Usall, el último templario.

de Jerusalén, el terrible al-Ashraf Khalil, pacto dirigido contra


todos los reinos de la Cristiandad, incluido el Papado y las
Órdenes Militares, y con el que traicionaba siglos de tradición y
los más profundos sentimientos de sus vasallos...
Ese mismo día, la decadente ciudad de Roma recibía los
verticales rayos del sol de mediodía, que parecían estrellarse y
rebotar sobre las doradas cúpulas del Vaticano, en una de cuyas
salas los prestigiosos médicos del Papa Nicolás prodigaban al
moribundo inútiles cuidados en su sudoroso lecho.
Desde la ventana de la habitación donde moría el Papa, si se
hubiese podido incorporar, habría distinguido en la lejanía el
convento de los franciscanos, del que él mismo provenía. En ese
humilde edificio, tan diferente del Palacio pontifical, la luz del sol
no conseguía desvanecer la sombría expresión del semblante del
anciano fray Ramón Llull.
El sabio monje, encorvado sobre una desvencijada mesa de su
pobre celda, con el alma lacerada por la reciente pérdida de San
Juan de Acre, tras semanas de largas meditaciones y ayunos, no
conseguía encontrar una salida viable al laberinto en que se
hallaba su pensamiento. A pesar de ello, no quería permanecer
silencioso sobre la caída de San Juan de Acre, y dudaba sobre
cuál iba a ser su mensaje a la cristiandad.
Comenzó a escribir con letras aún firmes su respuesta al desastre
acaecido: “Quomodo Terra Sancta recuperari potest”...De qué
manera Tierra Santa puede ser recuperada...con lo que
iniciaba el primero de sus tres proyectos sucesivos para la
reconquista del Reino perdido.
Pero ese primer plan, que ya incluía la unión de todas las órdenes
militares bajo el liderazgo de un príncipe era, tal como su autor
sabía, necesariamente imperfecto y sin aplicación posible, pues
la guerra abierta entre las Casas de Barcelona y de Anjou
impedía su realización.
Sería necesaria la paz entre los dos poderosos reinos para que

escalar posiciones importantes en el Egipto del siglo XII, y, al final,


ocuparon el poder supremo como sultanes.

página 10
Eymeric de Usall, el último templario.

su segunda obra, publicada catorce años después, su “Libro del


Fin”, fuera finalmente tenida en cuenta, para bien y para mal, por
todos los soberanos de la Cristiandad. Consistiría su segundo
proyecto, nada más y nada menos, que en situar a un príncipe de
la Casa de Barcelona como brazo armado de toda la cristiandad
(Rex Bellator) y jefe supremo de todas las órdenes militares, con
la del Temple y la del Hospital a su cabeza, para llevar a término
una guerra a muerte contra el imperio de los mamelucos,
partiendo de Almería hasta alcanzar Egipto. ¡Qué ironía, teniendo
en cuenta los planes que preparaba el rey don Jaime para una
alianza con el sultán contra el Papado, justo cuando Ramón Llull
comenzaba a preparar su primer proyecto sobre un Rex
Bellator...!
Aún habría un tercer libro del sabio mallorquín, posterior a la
destrucción de la Orden del Temple, aparecido en 1309, el “Libro
sobre la adquisición de Tierra Santa”, cargado de una
venenosa insidia contra Felipe de Francia, que pretendía vengar
la destrucción de los Caballeros de Cristo y con ella, el fracaso de
su anterior proyecto...
El declinante sol de ese largo día de verano llevaba a confundirse
una sombra junto con otras muchas en un friso móvil sobre la
pared occidental del convento de los franciscanos de Barcelona.
Esa oscuro contorno pertenecía a la insignificante silueta encor-
vada de un joven que esperaba pacientemente su turno para
poder rendir su último homenaje al difunto rey don Alfonso,
mientras dejaba vagar la imaginación por los posibles destinos
que le esperaban, ahora que había dejado atrás los muros del
monasterio de Vilabertrán en el que había pasado los últimos
dieciséis años de su vida.
Aunque nadie lo sabía aún, ese muchacho era quien había de
intentar conciliar y hacer posibles los dos planes, tan
contradictorios, que ese mismo día pergeñaban el rey don Jaime,
que velaba a pocos metros de él el regio cadáver, y el beato
Ramón Llull, en la lejana Roma. Se llamaba Eymeric de Usall y
era, tan sólo, un joven muy delgado, de baja estatura, huérfano y
cojo, que desde los ocho años hasta quince días atrás no había
traspasado para nada las pesadas puertas de aquel recinto
monacal, regido por los canónigos agustinos.

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Eymeric de Usall, el último templario.

Estaba bien lejos de sospechar que la sofisticada educación


recibida durante todos esos años en la canónica de Santa María
de Vilabertrán sería puesta a prueba para intentar llevar a cabo la
operación “Rex Bellator”, la más ambiciosa que emprendió la
Corona de Aragón a lo largo de sus mil años de historia, y con
más razón, el amargo resultado final que habría de tener tal
aventura.
Pues, de manera inesperada, vino a interferir en la vital misión
una insignificante disputa entre el abad del monasterio de San
Esteban de Banyoles, Bernardo de Vallespiráns, y sus súbditos,
los habitantes de la ciudad del lago, condicionando de manera
irreversible los acontecimientos.
Muchos años después, Eymeric de Usall, en el crepúsculo de su
vida, dejó por escrito el relato de todos aquellos hechos en un
libro destinado a no salir jamás a la luz, que soterró en un
escondite secreto de su casa natal.
Pero la inescrutable voluntad del burlón destino acabó por decidir
otra cosa, permitiendo que la casa de Eymeric de Usall, donde se
encerró a esperar la muerte, fuera adquirida por un historiador
que terminó por descubrir la escalera de caracol perfectamente
disimulada que daba acceso al libro enterrado hacía exactamente
seiscientos setenta y cuatro años y, con él, la más valiosa reliquia
del Temple, único fruto tangible que permaneció de la Operación
Rex Bellator, que de haber triunfado, habría situado a
Catalunya-Aragón en el liderazgo del mundo...

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Eymeric de Usall, el último templario.

PERSONAJES PRINCIPALES:
Eymeric de Usall (1267-1335), agente secreto de Jaime II el
Justo de Aragón y de la orden del Temple, de la que
era cofrade. Fue el principal actor del proyecto Rex
Bellator. Arbitró entre el abad del monasterio de San
Esteban de Banyoles y la naciente municipalidad. Al
final de su vida, se convirtió en el señor feudal de
Mata, cerca de la ciudad del famoso lago.
Juan de Usall (1267-1302), hermano gemelo de Eymeric,
sargento templario, muerto en el sitio y caída de la
fortaleza de Arwad. Mandó allí a los turcoples3 y
con ellos fue ejecutado.
Pedro, Simón y Berenguer de Usall, hermanos de los ante-
riores, participaron también en las embajadas a
Egipto.
Francisco de Usall, padre de Eymeric, comerciante y
agente secreto del Temple y la corona, muerto en el
combate naval de la Islas Formigues (1285).
Bartolomé de Usall, abuelo de Eymeric, retirado del mundo
en los últimos días de su vida, a imitación de su
admirado San Francisco de Asís.
Eymeric de Usall “el Joven”, hijo de Eymeric, educado en la
corte de Jaime II bajo la supervisión espiritual
de Arnau de Vilanova, heredero del señorío de
Mata, que acabó por vender al monasterio de
Banyoles.
Estefanía de Pratboí, primera esposa de Eymeric de Usall,
repudiada en dos esponsales anteriores por su
supuesta ascendencia judía, muerta de parto. De ella,
Eymeric heredó un vasto patrimonio en el barrio de
San Félix de Girona.

3
Tropas auxiliares templarias, generalmente de caballería ligera y
ballesteros.

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Eymeric de Usall, el último templario.

Juana de Porqueras, segunda esposa de Eymeric de


Usall y madre de sus hijos: Eymeric el Joven,
Guillermo y Brunissenda. Era descendiente de
los señores de Porqueres-Santa Pau.
Guillermo-Pedro de Usall “el Viejo”, primo de Eymeric,
“ciudadano honrado” (patricio) de Barcelona,
banquero, armador, comerciante, propietario de
inmuebles y molinos. Casó con María de Marquet,
hermana del Almirante de Cataluña, dueño del mar
en los decenios finales del siglo XIII.
Guillermo-Pedro de Usall “el Joven”, hijo del anterior,
Consejero de Barcelona en cuatro ocasiones,
banquero, comerciante, armador.
Barceló de Usall, hijo de Guillermo-Pedro “el Viejo”, armador,
banquero. Presente en la caida de San Juan de Acre.
Cofrade y agente secreto del Temple.
Arnau de Usall, hermano de los anteriores, Consejero de
Barcelona en cuatro ocasiones, primo de Eymeric de
Usall. Sus esposas eran hermanas. También era
cofrade del Temple y agente suyo.
Pedro de Usall, tío de Eymeric y tutor suyo a la muerte de
Francisco, su padre. Le impuso dos matrimonios
sucesivos. Murió sin heredero, dejando a Eymeric sus
bienes.
Fray Ramón de Usall, antepasado de Eymeric, primer
cofrade del Temple de su familia, abad del monasterio
de Santa Maria de Vilabertrán, obispo de Girona.
Asistió al Concilio de Letrán y concedió la primera
Carta Municipal de la historia de Cataluña, y una de
las primeras de Europa, a Girona. Protegido por los
potentísimos señores de Solsona, los Torroja, en cuya
familia hubo un arzobispo de Tarragona, un obispo de
Zaragoza y un Gran Maestre del Temple, simultánea-
mente.
Amín de Beirut, instructor de Eymeric de Usall en el
monasterio de Vilabertrán.

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Eymeric de Usall, el último templario.

Fray Arnau de Darnius, abad del monasterio deVilabertrán en


los primeros años de estancia de Eymeric de Usall.
Fray Dalmau de Fortià, abad de Vilabertran en substitución
del anterior.
Fray Juan de Peratallada, preceptor de Eymeric de Usall en
Vilabertrán.
Fray Berenguer de Cardona, maestre del Temple en
Cataluña, recibió como cofrade y agente secreto a
Eymeric de Usall, encargándole una serie de
arriesgadas misiones.
Fray Berenguer de Palmerola, Guardián del convento de
San Francisco de Barcelona, donde Eymeric de Usall
espió a los tres cautivos príncipes de la Casa de
Anjou.
San Luís de Anjou, Roberto de Anjou y Berenguer de Anjou.
Tres príncipes cautivos, primero en el castillo de
Siurana y finalmente en el convento de los
Franciscanos de Barcelona. El primero renunció a la
corona y profesó como franciscano, el segundo, rey
de Nápoles, acabó por aceptar la pérdida de Sicília en
la paz de Caltabellota.
Fray Arnau de Oliver, preceptor de Eymeric de Usall en el
convento de San Francisco de Barcelona.
Pertenecía a la corriente Espiritualista. Amigo de Ar-
nau de Vilanova
Arnau de Vilanova, uno de los grandes sabios medievales
universales, médico de Papas y reyes, alquimista,
filósofo, teólogo, profeta, Espiritualista, consejero
espiritual de las cortes de Barcelona y Palermo, amigo
de Fray Arnau de Oliver y de Eymeric de Usall. Inspiró,
junto a Ramón Llull la política de Jaime II referida a la
Cruzada.
Fray Ramón Llull, otro de los sabios de todos los tiempos,
autor de centenares de obras, predicador, teólogo, in-

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Eymeric de Usall, el último templario.

ventor de un método “racional” de conversión de


los infieles, tratadista obsesionado por el proyecto
“Rex Bellator” para recuperar Tierra Santa, plan que
intentó llevar a cabo Jaime II por mediación de
Eymeric de Usall.
Jaime II “el Justo”, rey de la Corona de Aragón. Confió la
principal misión de su reinado, el proyecto “Rex
Bellator”, a Eymeric de Usall, y, a pesar de su fracaso,
le premió con su confianza y le nombró señor de Mata.
Le encargó el arbitraje entre Banyoles y su señor
feudal, el abad del monasterio de San Esteban.
Alfonso IV “el Benigno”, hijo y sucesor del anterior, tras la
renuncia del primogénito Jaime, injustamente llama-
do “el Loco”; enemigo de Eymeric de Usall, le
desterró y protegió a su enemigo, el Abad
Vallespiráns del monasterio de San Esteban de
Banyoles.
Fray Jaime “el Loco”, hijo de Jaime II y heredero a la
corona de Aragón, a la que renunció para ser Caba-
llero de Montesa. Predestinado a ser “Rex Bellator”,
espada de la cristiandad que había de recuperar Tierra
Santa.
Federico III de Sicília, hermano de Jaime II, acogió
favorablemente a Eymeric de Usall a su regreso de la
segunda embajada a Egipto. Implantó en su reino las
políticas espirituales recomendadas por Arnau de
Vilanova.
Elisenda de Montcada, esposa y viuda de Jaime II, se
retiró al monasterio de Pedralbes tras la muerte de
éste.
Bernardo de Sarriá, consejero real, capitán General de las
tropas catalanas, enemigo de Eymeric de Usall,
consejero de Bernat de Vallespiráns.
Salomón ben Adret, discípulo de Moisés ben Nahmán, el más
sabio y respetado rabino de finales del siglo XIII;
enviado en rescate de Eymeric de Usall en el primer

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Eymeric de Usall, el último templario.

viaje a Egipto.
Fray Bernardo de Vallespiráns, abad del monasterio de
San Esteban de Banyoles. Hubo de permitir el
arbitraje de Eymeric de Usall en el conflicto que
mantenía con el municipio que de él dependía.
Apoyado por el nuevo rey, Alfonso IV “el Benigno”,
intentó violar los derechos concedidos a sus
sometidos y vengarse de Eymeric.
An-Nasir Muhammad, sultán mameluco de Egipto, acabó
con la última posesión territorial de los cruzados
en Palestina (Arwad, 1302) y con la amenaza de
los mongoles (batalla de Marj as-Suffer, 1303).
Negoció con Eymeric de Usall el rescate de Fray
Dalmau de Rocabertí, pieza clave en el proyecto
“Rex Bellator”, y la entrega de la Vera Cruz y del
Santo Grial.
Fakhr al-Dihn Utmán al-Nasirí, “ustadar” (jefe supremo de la
administración civil de Egipto y tercero en la jerarquía
mameluca después del Neib y del sultán). Negoció
durante tres años con Eymeric de Usall.
Responsable del fracaso de la misión del emisario
catalán. Le hizo valiosos regalos y su relación
con el, muy ambigua, propone muchas preguntas
sobre la naturaleza humana.
Fray Pedro de Burgés, sargento templario renegado,
“esclavo” y consejero de Eymeric de Usall.
Fray Ramón de Saguardia, substituyó a fray Berenguer de
Cardona como patrón de Eymeric de Usall en los
asuntos secretos del Temple. Encabezó la defensa
de Miravet, uno de los últimos reductos de los
templarios en la hora de su destrucción.
Estorí ha-Parhí, médico judío, amigo del sobrino de Arnau
de Vilanova, enviado como apoyo de Eymeric de
Usall en el segundo viaje a Egipto.
Bernardo Marquet, naviero, pariente de los Usall, cofrade
del Temple, enviado por Jaime II para rescatar (si el

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Eymeric de Usall, el último templario.

caso lo requería) a Eymeric en su primera


embajada a Egipto. Con él iba Salomón ben Adret.
Pedro de Mitjavila, vecino, amigo y socio de los Usall.
También efectuó diversos viajes a Egipto, Chipre y
Siria.
Fray Pedro de Castelló de Empuries. Maestro de Eymeric
en Vilabertrán. Murió en Aiguaviva hacia 1325. Fue
Tesorero del Temple.

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Eymeric de Usall, el último templario.

CAPÍTULO PRIMERO:
"Bienaventurado quien persevere y llegue a
mil trescientos treinta y cinco días"4

Eymeric abrió los ojos con dificultad y se sorprendió, como cada


día, de la obscuridad absoluta y del silencio sobrecogedor que
reinaba en el húmedo subterráneo. Mordió con fuerza su labio
inferior hasta hacerlo sangrar, y el agudo dolor, al despejarlo, le
hizo sentir el gran alivio de poner fin a las pesadillas que todas
las noches, sin excepción, llegaban para atormentarle en el
momento en que le vencía el sueño.
Su envejecido cuerpo pugnó por incorporarse, vacilante y
dolorido, del jergón de paja que le separaba de la substancia
blanquecina que cubría aquella profunda cámara subterránea.
Tras un par de intentos fallidos, apoyó la mano izquierda en el
lodo y basculó el brazo derecho, al mismo tiempo que su dolorida
columna vertebral colaboraba en el impulso. Quedó sentado a
duras penas en el camastro donde le acometían las pesadillas.
Se detuvo inmóvil unos minutos para superar la sensación
intensa de mareo y sus manos, aún firmes, buscaron a tientas la
yesca y el pedernal para alumbrar la lámpara de aceite que yacía
previsoramente a su lado.
Con un gesto mecánico, pero efectivo, completó la necesaria
tarea y contempló, a la titubeante luz de la llama lo que emergía
de las tinieblas y se mostraba a su vista: una estancia de unos
cuarenta y cinco metros cuadrados, de forma circular, rematada
con una bóveda baja, apoyada en un pilar central.
Las paredes, talladas directamente en la piedra porosa que tanto
abunda en las cercanías del lago de Banyoles, rezumaban
humedad que se deslizaba por efecto de la gravedad y
embarraba de manera permanente el suelo; para combatirla, una
gruesa capa de heno se extendía por todo el espacio de la cripta.
Frente al jergón se situaba una mesa pequeña de madera de
4
Es el versículo 12 del capítulo 12 del libro de Daniel.

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Eymeric de Usall, el último templario.

roble, con una banqueta del mismo material.


Sobre ella había dos montones de papeles, uno, más alto, de
hojas en blanco dispuestas para su uso, y el segundo, con
algunas páginas ya emborronadas con una letra apretada y
nerviosa; más allá, una jarra de barro cocido, una escudilla de
madera, útiles de escritura y una pequeña caja de madera noble,
incrustada de nácar, abierta para mostrar su contenido, que se
detuvo a mirar con respeto mientras murmuraba una oración.
Eymeric hubiera asustado a cualquiera que le observara sin estar
prevenido: cabello hirsuto, una túnica que había sido blanca, pero
que ahora tenía un color indefinible, el pronunciado encorva-
miento de la espalda, ojos y pómulos salientes en una cara
angulosa, barba descuidada que bajaba hasta la altura de su
ombligo, una delgadez cadavérica y una lamentable falta de
higiene corporal acumulada durante muchas semanas.
Parecía tener más años que la propia muerte, sin que fuera
posible aventurar su edad verdadera. Un olor profundamente
desagradable, mezcla de toda clase de desechos corporales,
humedad y podredumbre, invadía la estancia, sin que lo notase
ya su único habitante, con los sentidos embotados por el
abandono en que se agotaban sus últimos días. La falta de
oxígeno le producía un penetrante dolor de cabeza y una
persistente torpeza.
Se aseó someramente con el agua turbia tomada de una barrica
abierta y compuso la ropa que le cubría, intentando dar un
aspecto más normal a su figura fantasmal.
Tras ingerir un pedazo de pan mohoso y unos pocos higos secos,
se remangó la túnica que vestía para no mancharla en el húmedo
barro y se arrodilló para invocar a Santa María, a Jesucristo y a la
Santísima Trinidad, rezando silenciosamente; mientras, sus
dedos apretaban el cilicio que castigaba su carne y su mirada se
deslizaba por la mesa hacia la cajita nacarada, que dejaba ver un
pequeño objeto rectangular en su interior, de color blanco
amarillento.
Llevada a cabo la penitencia cotidiana con la que se preparaba
para la jornada, llegó el momento de sentarse a la mesa y
comenzó a escribir con dedos aún entumecidos, pero con trazos

página 20
Eymeric de Usall, el último templario.

precisos e incluso elegantes que denotaban la larga familiaridad


del anciano con las letras:
“En el nombre de la Santísima Trinidad, que judíos y
sarracenos desprecian para gran perjuicio de sus
culpables almas, y bajo el signo de la Cruz, que,
bañada un día en la preciosa sangre del Salvador,
hoy profanan manos paganas.
El término del tiempo fijado desde el principio de los
siglos por su Autor, ha vencido, y clarea ya el día en
que hay que ajustar cuentas.
Pronto mis huesos doloridos se confundirán con el
barro que ahora ensucia mis pies, y concluirá para mí
la espera del día postrero.
O, tal vez, llegado el término fijado en el Libro de los
Siete Sellos para todos los hijos de Adán, la
profundidad de mi refugio me ahorre la visión de lo
que aterrorizará los ojos de los demás mortales en
los primeros días de la terrible quincena final.
Entonces, vestido con este mismo hábito que
santificó el sufrimiento de fray Dalmau de Roca-
bertí en las lejanas tierras del sultán, me alzaré
para presentarme “in conspectu domini”5 y todo el
mundo verá quién se equivocaba y quién obraba con
rectitud, y nada quedará ya escondido.”
Se detuvo por un momento mientras intentaba ajustar unos
versos no muy airosos, en el catalán con dejes occitanos con que
las personas cultas de su tiempo intentaban mostrar sus
conocimientos mundanos. Lo cierto es que la poesía no era una
de sus habilidades principales, a pesar de haber formado parte
importante de su esmerada educación, desarrollada durante
tantos años:

5
“A la vista de Dios”. Es una frase que se repite hasta en sesenta y
seis lugares distintos de la Biblia y que parece ser especialmente
significativa para el autor, que la utiliza repetidamente.

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Eymeric de Usall, el último templario.

“¿E com m'he de presentar


en front Vos, sant Esperit,
que no me dets en oblit
ne romàs sens conhortar?
Així com lo mon fineix
e arriba jutjament
d'hom tost moren los delits
car tribunal apareix
per punir l'enfolliment
de peccadors maleïts
e de los chrestians traïts
per missatger d'Antichrist
portats a dany mai vist
sens alleujament cobrar.
Ma vida es passada,
null heretament rebut
de morada eternal,
prou d'hora manllevada,
d'engany fort ben decebut,
sens haver guany divinal,
sols hereu de planys e mal,
de fe poc justificat,
e de nulls feyts guardonat
quan lo Criador cal trobar.
Ni templers vaig rescatar,
ni mal soldà vaig nuisir,
ni guarí lo príncep meu,
car en convent va restar
e morir sens defallir
deixat lluny l'honor seu,
corona tolta per Déu,
erm lo regne ha romàs
e cap conhort o solaç
no pot haver, ne captar.
E morts son espiritals
apostolis e beguins
els ha fals Papa ferit
per obra dels infernals
e del paradís son dins

página 22
Eymeric de Usall, el último templario.

companys del Fill preferit,


e la Bestia ha colpit
los bons cristians del ramat
de moltes pestes armat
volent lo món ofegar.
Jerusalem en oblit
per nostre aital peccat
lo Sant Sepulcre damnat
en temps final de jutjar.”6

6
La traducción podría ser:

“¿Y cómo me he de presentar


ante Vos, Santo Espíritu
para que no me olvidéis
ni quede sin consolar?

Así como el mundo acaba


y llega el Juicio
mueren de pronto los placeres humanos
pues el tribunal aparece
para castigar la locura
de los pecadores malditos
y de los cristianos traicionados
por el mensajero del Anticristo,
llevados a daño nunca visto,
que no ha de cobrar alivio.

Mi vida ha pasado,
ninguna legado recibido
de morada eterna,
basta de hora prestada,
bien engañado de mentiras,
sin ganancia divina,
solo heredero de quejas y de mal
de fe poco justificado,
y de ninguna hazaña galardonado
cuando hay que encontrar el Creador.

Ni templarios rescaté
mi perjudiqué al sultán,
ni curé a mi príncipe,

página 23
Eymeric de Usall, el último templario.

Reflexionó, mientras dejaba que la negra tinta se secase, sobre


la excesiva duración de la vida, y, al mismo tiempo, en su
brevedad. Más de sesenta y cinco años hacía que arrastraba sus
recuerdos desgarradores, los sentidos que se iban apagando, y
las pasiones que se resistían a desaparecer, la última, el orgullo y
la vanidad, puesto que el ansia de riquezas y la lujuria de la
carne, el tiempo las desdibuja y debilita.
La soledad, el silencio de la casa donde nació, no le bastaban y
mandó excavar a sus criados, muchos metros por debajo de ella,
un lugar recóndito, prefigurando el sepulcro que había de
albergar sus despojos hasta la resurrección que consideraba tan
próxima, o bien le protegería de los terribles prodigios de los
últimos días y así podría presentarse penitenciado a la presencia
terrible, el Día de la Ira.
Despedidos los sirvientes que solía tener, alejados los amigos y

que en su convento quedó


y murió sin desfallecer,
dejado su Reino atrás,
corona abandonada por Dios;
yermo el reino ha quedado
y ningún consuelo ni alegría
puede tener ni conseguir.

Y muertos son los Espirituales,


los Apostólicos y los Beguinos,
el mal Papa les ha herido
por obra de los infernales,
y están en el paraíso,
compañeros del Hijo preferido;
y la Bestia ha golpeado
a los buenos cristianos del rebaño,
de muchas pestes armado,
queriendo al mundo ahogar.

Jerusalén en olvido,
por ese nuestro pecado
el Santo Sepulcro perdido
en tiempo final de Juzgar.”

página 24
Eymeric de Usall, el último templario.

familiares, había vestido la querida túnica, llevada por el último


comandante templario de Tierra Santa, su amigo fray Dalmau de
Rocabertí en las prisiones del sultán, con la roja cruz recortada
de su hábito de Caballero de Cristo.
De él la había recibido en su encuentro postrero en el monasterio
de Santa María de Vilabertran, pocos días antes de su
fallecimiento, y la amargura que parecían encerrar las fibras de
ese hábito, extrañamente le confortaba, además de protegerle de
la húmeda tierra.
Interrumpió su divagación el ruido procedente del exterior que le
anunciaba la llegada de su hijo, que, como cada domingo, le
aportaba unos exiguos alimentos: pan e higos secos, aceitunas y
castañas, así como agua y aceite para la lámpara. Su aparición
por la puerta abierta al pasadizo que permitía el acceso desde la
escalera de caracol, era el único vínculo con el mundo exterior y
la medida del paso de las semanas y los meses que se iban
sucediendo.
Nadie más conocía el secreto escondite de la casa; los lugareños
del altozano situado a unos sesenta metros por encima del lago
de Banyoles, dominando la ciudad y el monasterio, daban por
deshabitada la masía, como tantas otras desde el inicio de la
terrible hambruna que había segado la vida de buena parte de la
población de Cataluña durante los dos últimos años.
La epidemia de hambre se prolongaba desde que empezara la
terrible guerra con Génova, la República marinera, que, en
represalia por la ocupación de la isla de Cerdeña por los reyes
catalanes, había bloqueado el comercio exterior de un reino cada
vez más dependiente de las importaciones de cereales que
llegaban de todos los rincones de sus territorios ultramarinos.
No muy lejos, su hijo Eymeric el Joven aquella misma mañana se
había alzado, indiferente al esplendor de la naciente primavera
que llenaba de verdes de mil tonos los campos y bosques, para
preparar la visita a su padre penitente. Recogió todo cuanto
aseguraba su parca supervivencia y lo cargó en unas alforjas que
cargó al caballo.
Su esposa, Blanca de Mata, con un gesto de fingido interés, le
ayudó a cargarlo todo, le recomendó mil cuidados para el anciano

página 25
Eymeric de Usall, el último templario.

y luego le despidió, mientras en silencio maldecía a su suegro


con toda la inquina de que era capaz su corazón.
Tras haber ensillado su caballo y recorridos los seis kilómetros
que separaban su pequeño castillo de Mata de la casa natal de
Mas Usall, se acercó silencioso a la gran puerta del caserón
aparentemente abandonado.

Fig. 2 El Mas Usall, lugar de nacimiento y última morada de


Eymeric de Usall, a un kilómetro escaso del lago de Banyoles
Introduciendo la llave, la abrió con un leve crujido y volvió a cerrar
de inmediato para evitar indiscretas miradas ajenas; subió la
amplia escalinata de piedra que, partiendo del lado izquierdo de
la planta baja, desembocaba en la planta noble, y apartó
cuidadosamente la paja que ocultaba una trampilla de madera de
roble por la que se accedía a la invisible escalera de caracol de
48 peldaños que, encajada en un prisma de piedra, serpenteaba
hasta terminar en un pasadizo de techo bajo.
Abrió la trampilla que le daba acceso y apartó su rostro del tóxico
rebufo de aire viciado que ascendía de las profundidades. Los
gases procedentes de la lamparilla de aceite, de la respiración de
su padre y de la descomposición de todo tipo de materiales
orgánicos, se acumulaban en el recorrido de la escalera, por lo
que Eymeric el joven dejaba siempre abierta la puertecilla
durante sus visita para asegurar la renovación de la atmósfera;
ello permitía que, en la cripta, el aire, aunque a duras penas,
siguiera siendo minimamente respirable.

página 26
Eymeric de Usall, el último templario.

Descendió, paso a paso, con la precaución obligada: la escalera


era extremadamente estrecha y empinada, y por ello, los
escalones apenas permitían poner el pie en su parte central; eso
y la humedad y la propia naturaleza de la piedra los convertían en
muy resbaladizos. Terminado el descenso, se detuvo un
momento ante la puerta cerrada, la abrió y accedió al pasadizo.
Siguiéndolo hasta el final, tras otra sólida puerta, se llegaba al
nicho ocupado por el extraño penitente.
Eymeric, cada vez que llegaba, observaba con preocupación
creciente los cambios que se iban produciendo en la apariencia
física de su anciano padre, que se deterioraba aún más deprisa
que el hediondo lugar donde se mortificaba: su delgadez
extrema, el encogimiento progresivo de la espalda, el cojeo que
se acrecentaba, y, sobre todo, la alarmante expresión de sus
ojos, día a día más ardientes y enloquecidos. Después de
besarse y de comentar brevemente las nuevas del mundo
exterior, Eymeric devolvía a su padre a la soledad y la penitencia
y regresaba, cabizbajo, a los quehaceres de este mundo que, tal
vez, según afirmaba rotundamente su padre, llegaba ya a su
término, pensando si la próxima visita serviría tan sólo para
descubrir un cadáver. Subió, pues, las escaleras lentamente,
cerrando y disimulando la trampilla tras de sí, salió
silenciosamente al exterior, mirando en derredor por si alguien
estaba cerca, y suspirando con tristeza, subió de nuevo a su
caballo para volver al lado de su familia.
De nuevo a solas con sus sufrimientos, el anciano recluido en
vida meditaba en aquella existencia que tan larga se le hacía, y
que, sin embargo, percibía a veces como un simple instante,
comparada con la eternidad que había de seguirla, al despertar a
la otra, la que ha de durar tiempo más allá del tiempo.
Eternidad de tormentos sin fin para quienes hayan errado el
camino, y de gozo sin tedio, ni deseos insatisfechos, sin odio ni
envidia para los afortunados que hayan encontrado la vía
enzarzada de los Hijos del Espíritu y la hayan seguido sin parar
atención a las heridas de las espinas que a cada paso les
hieren...
Y al momento volvía a cambiar de opinión, y veía la vida humana
demasiado larga como para poder resistir las acometidas del

página 27
Eymeric de Usall, el último templario.

maligno, que siempre halla el momento en que las armas


espirituales están embotadas, bien por concupiscencia, por
avaricia, por envidia, por codicia, ira o miedo.
En su caso, el peso que atenazaba su conciencia desde hacía
tantos años era el temor de no haber acertado en una terrible
decisión, tomada en su juventud, y que había condicionado a
continuación su vida entera: había puesto en juego su alma,
arriesgándola por conseguir lo que, para él, conduciría a la
salvación de toda la cristiandad y, visto con la perspectiva de los
muchos años, no estaba seguro, en absoluto, de haber acertado.
Lo que entonces había escogido le obligaba ahora a mortificarse
con la fiel relación de todos sus fracasos, de todas las
debilidades a las que había sucumbido, y de todo el bien que
daba por perdido por esta causa, en un libro que, tal vez, le
serviría de algo en presencia del Supremo Juez.
Intuía que, antes de llegar al fin del relato y de sus días, había de
encontrar algún consuelo que le liberara de la confusión que le
anonadaba.
Volvió a rasgar nerviosamente el papel con su cálamo:
“El tiempo ha acabado, llegada es la hora de la que
nos alertó san Juan Evangelista en su Apocalip-
sis. Ésta es la generación cuadragésimo segunda
después de la crucifixión de Cristo, y será la última.
Habrá una fe y un solo Dios y las otras desaparece-
rán, y los hijos de Jerusalén serán liberados de la
cautividad. Habrá gente que nacerá sin cabeza, y al
final de los días, el clero y la nave de Pedro serán
arrojados al abismo por las grandes olas, y domi-
nados.
En el mundo habrá muchas luchas y matanzas,
hambres, mortaldad, mudanzas en los reinos; se
convertirán las tierras de los bárbaros; las órdenes
mendicantes serán perseguidas; la bestia oriental y
el león occidental subyugarán todo el mundo a su
imperio, y entonces habrá paz en todo el orbe, y

página 28
Eymeric de Usall, el último templario.

abundancia de frutos. Entonces, el Pasaje7 será


corriente para todos los fieles, más allá de las aguas,
y la ciudad de Jerusalén será glorificada, y el
Sepulcro del Señor será honrado por todos, y en
medio de esta felicidad, llegará la noticia del
Anticristo. Vigilad.”
Recordó las vívidas descripciones de los sueños que el maestro
Arnau de Vilanova confió a su preceptor, en las visitas que le
prodigó en el convento de San Francisco de Barcelona en los
lejanos años de su juventud, en los que veía anticipadamente el
fin del tiempo que ahora habrían de contempla todos con los ojos
desorbitados.
El famoso médico, más apreciado aún como teólogo y profeta por
la corte del rey Jaime II, había experimentado visiones sobre el
Apocalipsis, el Anticristo y el Juicio Final, y nada podía refrenarle
a la hora de explicarlas a poderosos y humildes.
Los quince días finales serían anunciados, cada uno con el
atronador son de la trompeta tañida por un ángel:
“El primer día sonará por vez primera la trompeta y
las aguas de la tierra subirán quince codos por
encima de la más alta montaña, flotando como
nubes compactas, y las ballenas y otras bestias
marinas se ahogarán retorciéndose en la tierra
seca, y en el refugio que ocupo, bajo la tierra,
percibiré el bramido de las olas, tan claro como
ahora oigo mi respiración agitada por el espanto.
Y al siguiente, el tumulto del agua atraída por el
abismo, ha de resonar en las profundidades entre
mis gritos, porque fue dicho del segundo día:
Oiremos un nuevo son de trompeta y las aguas,
caídas del cielo, tornarán a su lugar, pasando por
fisuras desconocidas a las profundidades de la tierra,
dejando tras de sí el suelo tan seco como las arenas
del desierto de Egipto.”
7
Passagium es la denominación medieval de la peregrinación, armada
o pacífica, a Tierra Santa.

página 29
Eymeric de Usall, el último templario.

La última palabra que acababa de confiar al papel despertó en él


un torbellino de recuerdos que pugnó por apartar de su
imaginación: la esperanza que le embargaba cuando viajó por
vez primera, pensando en que podría conseguir la libertad de su
hermano Juan; la misión tan importante que le encargaba su rey;
las calles de El Cairo, la ciudad más grande que pudiera
imaginarse; el palacio del emir Fakhr al-Dihn...; más adelante
llegaría la ocasión de referirse a loa años pasados en Egipto,
ahora no era el momento.
“Entonces sentiré el frío, suavizado por la natural
tibieza de la tierra, que incluso en el crudo invierno
conserva la vida hasta la llegada de la prima-
vera, porque el tercer toque será la señal para que se
hielen las aguas, tornadas a su emplazamiento
original, que hasta los ejércitos podrían atravesar en
su marcha.
Y el día que ha de seguir a ese, los animales de los
cielos enloquecerán y volverán locos a quienes
contemplen su conducta desaforada, pues volarán
sin pararse ni para comer ni para beber.
Tras el quinto toque, quedará la tierra aplanada y con
ella el orgullo de los que piensan que su poder en la
tierra no ha de tener final: se han de hundir los
montes e igualarse con los valles.”
Calculó mentalmente si era ya llegado el momento de volver a
comer el triste pan de su penitencia y las humildes frutas que lo
acompañaban. No tenía hambre todavía y dejó para más
adelante el rito de ingerir la escasa comida que le mantenía vivo,
sin evitar por ello que le rondara la muerte al acecho. Continuó
con la penosa tarea:
“De nuevo será el flagelo de las aguas, ahora las
dulces, el que se abatirá sobre el mundo, pues ríos
de poderosas ondas caerán del cielo desde el alba
hasta la caída del sol y arruinarán todo edificio
hecho por mano del hombre. Y eso será el sexto día.
Y el séptimo se escuchará gran estrépito del cielo y

página 30
Eymeric de Usall, el último templario.

relámpagos y truenos, y una nube roja se alzará de la


parte del mediodía del cielo y se extenderá por la
tierra toda y lloverá sangre de las nubes, y las llamas
que saldrán de ellas encenderán fuegos terribles por
las cuatro partes del mundo, y olas gigantes
superarán las más altas murallas de las orgu-
llosas ciudades.”
Eymeric recreó la imagen de la opulenta ciudad de El Cairo,
protegida por las infinitas arenas que la circundaban, y se
imaginó las olas, salidas de ninguna parte, atravesando de un
sólo embate las murallas de reluciente mármol blanco que tan
bien conocía, y torció una amarga sonrisa. Pensó: “¡Estarán ese
día más seguros los ermitaños en la cueva de Enoch, donde
profetizó la Síbila, que el orgulloso sultán mameluco en su
majestuoso palacio!”
Pero aún ha de transcurrir una segunda semana, antes de que la
misericordia del Altísimo descienda sobre los hijos de Adán para
poner fin al cataclismo, y lo que ha de acontecer esa segunda
semana, le helaba la sangre en las venas.
“El octavo día, el temblor de la tierra será tan
descomunal que hará caer de rodillas a todas las
criaturas del mundo, y quedarán mudos de espanto
quienes aún conserven la vida.
Y el noveno, cada piedra se partirá en cuatro partes,
y cada una se pondrá a conversar con la otra, y tan
sólo Dios sabe qué se dirán; y los árboles se
desenraizarán y corrientes ardientes de fuego sulfu-
roso saldrán de los costados de la tierra.
Llegado el décimo amanecer, las piedras y los
árboles manarán sangre, y los humanos que sean
arrastrados al abismo que se ha de abrir serán los
más afortunados, puesto que los supervivientes
han de vivir cosas peores al atardecer, cuando
caerán del cielo trescientas sesenta y cinco estrellas.
El onceavo día, los cuatro elementos menguarán,
con gran confusión de las cuatro luminarias de

página 31
Eymeric de Usall, el último templario.

Ariel, Telihed, Khasán y Korab8, y se separarán y


mudarán de naturaleza, y las restantes tres mil
trescientas sesenta y cinco estrellas del cielo
caerán de su escabel, quedando el oscuro cielo sin
su luz; y la luna se volverá de sangre y
ensordecerán los chillidos de los pájaros, cuyas
plumas se incendiarán, mientras se extinguirán las
cuatro luminarias.”
Recordó el destino presagiado para el doceavo día. Si aún no
había perecido en los anteriores, ése era el momento de reunirse
con la multitud de los difuntos que se habrán de alzar de los
sepulcros, con los miembros sorprendidos por la muerte y la
podredumbre, y el de buscar en las vacías cuencas de las
calaveras algo que le permita reconocer a su hermano gemelo,
tan amado, y a su ahogado padre:
“Al toque de Samael9, las tumbas se abrirán y los
muertos volverán entre los vivos y no habrá casas
para recibirlos a todos, aunque sea por un sólo
día, pues al siguiente, todo ser nacido de mujer
perecerá, y, abiertas las puertas del Palacio
Celestial, aparecerá el Creador con sus Ángeles, que
volarán por los siete cielos, prestos al Juicio
Final, y suplicarán al Altísimo para que amanse el
furor del fuego, para evitar ser ellos mismos
calcinados, pues habéis de saber que hay cuatro
clases de fuego, y cada uno es siete veces más
ardiente que el anterior: el fuego natural de la tierra,
el del relámpago, el fuego del Día del Juicio y el
fuego del infierno. Y entonces, los Ángeles y las
almas de los santos y los justos serán preservadas
del calor como si fuesen peces en agua fría.
Y el día catorceavo, aunque ningún ojo humano lo
haya de contemplar ya, se completará la obra de la
segunda semana, con la muerte de todo ser viviente,
8
Estos son los nombres de los ángeles que regían los cuatro
elementos según la tradición judía.

9
Samael es el ángel de la muerte en el Libro de Enoch.

página 32
Eymeric de Usall, el último templario.

por obra del calor que fundirá el oro y la plata y los


metales de las minas bajo los montes, y hará correr
ríos subterráneos de metal fundido.”
Y por fin, el Fin:
“Ese lunes, el Rey de Gloria, Hijo del Eterno, flan-
queado por una multitud infinita de arcángeles, que-
rubines, serafines, tronos, potestades, dominacio-
nes, principados y virtudes, que todos juntos son los
nueve órdenes de Ángeles, se instalará en el Monte
de Sión para juzgar los hechos de los hijos de Adán,
que, milagrosamente, volverán con sus cuerpos re-
compuestos.”
Levantó la vista de los papeles que iba llenando con sus temores
y la cantidad consumida del aceite que alimentaba la titubeante
llama de la lámpara le recordó que había pasado gran parte del
día y que, si quería evitar morir de inanición antes de completar
su penoso deber, tenía que comer algo.
Lo hizo en silencio, apresuradamente, con la cabeza aún
ocupada por la visión de los Arcángeles Miguel, Rafael, Sariel y
Gabriel, encabezando la procesión de los apóstoles, los profetas,
los confesores, los mártires, los santos, los justos, las vírgenes,
los penitentes, los bautizados, y, finalmente, los infieles. Todos
con treinta años de edad, la de Cristo en ser bautizado y la de
Adán en ser creado, tanto si al morir eran recién nacidos como si
eran ancianos de gastado cuerpo.
Se figuró a Cristo, flanqueado por el ángel que portará los
instrumentos de Su pasión, desnudo, como San Francisco en la
cueva de Porciúncula, mostrando sus heridas a los judíos, para
que, demasiado tarde, crean y proclamen su ceguera y sean
confundidos10. E imaginó que cerca del Crucificado le miraba con
complicidad su propio hermano gemelo, el mártir de la batalla de
Arwad. La visión fue desvaneciéndose paulatinamente, aunque
tras desaparecer los demás personajes quedó aún la figura casi

10
Es para que se cumpla esta profecía que la Iglesia siempre permitió
la supervivencia de judíos sin convertir, a pesar de las frecuentes
matanzas y la presión para las conversiones.

página 33
Eymeric de Usall, el último templario.

transparente de su querido hermano Juan, observándole en


silencio con sus vacíos ojos.
Se incorporó dolorido. Había olvidado durante demasiadas horas
moverse y dar unos pasos, y el dolor que le causaba su pierna
derecha se extendía en amplias oleadas por la espalda y los
hombros. En silencio, se concentró en esa sensación, intentando
percibirla en toda su extensión e intensidad, y agradeció a Dios
que le permitiera obtener, a través de ella, algún mérito más
antes de que acabara todo.
Miró instintivamente unas piedras finamente talladas que
descansaban en el suelo, arrimadas a la pared al otro lado de la
estancia. Eran fragmentos de una ventana desmontada, a la cual
el viejo penitente achacaba parte de la responsabilidad de todo
cuanto pasó después.
Comenzó a caminar lentamente dejando a su izquierda el pilar
que sostenía la bóveda de la estancia y fue recorriendo con
pasos cortos una vuelta tras otra. Las contó utilizando la mesa en
la que escribía como referencia, y al llegar a las cincuenta, se
detuvo jadeando. Con ello había andado casi un kilómetro y
medio.
Las molestias se fueron atenuando con la circulación de la
sangre por todas las regiones de su cuerpo, y Eymeric notó cómo
respondían favorablemente sus miembros por lo que, tras
sentarse, continuó su relato.
“Y entonces los humanos serán reunidos en cuatro
asambleas, los unos a la vista de los otros: la de los
buenos y la de los muy buenos, la de los malos y la
de los muy malos, cada una ante el Arcángel que les
ha de guiar a la paz eterna, o al suplicio infinito.
A un lado, empujados por la espada flamígera del
Arcángel Miguel, se apelotonarán los condenados
encabezados por Judas, y tras él, Juan de Capella11,

11
Juan de Capella fue uno de los seguidores iniciales de Francisco de
Asís, que traicionó al maestro y propició la anulación papal del
Testamento del santo. En el paisaje mítico de los franciscanos
espirituales y de sus simpatizantes, era el equivalente modernizado

página 34
Eymeric de Usall, el último templario.

el falso Papa Clemente12, degollador de los Templa-


rios, y su indigno sucesor, el Papa Juan, el hereje 13, y
los demás envidiosos, hipócritas, mentirosos, sober-
bios, lujuriosos, sodomitas, homicidas, ladrones,
vanidosos, nigromantes, adúlteros, heréticos, traido-
res, glotones, falsarios, y otros malhechores...con los
que meunen las cadenas de mis abundantes
pecados: las mentiras dichas, las violencias perpetra-
das, los sobornos con dinero, el pirateo, el abuso del
templo del alma, que es el cuerpo, en mil formas
prohibidas,la fingida admiración por Mahoma, el
engaño a un Santo y la vanidad derramada a mi
alrededor.
Llorando y aullando, acicateados por ejércitos de
demonios, pasarán por las amplias fauces del
averno, donde han de permanecer por los siglos de
los siglos, perdida por siempre la gracia de la
presencia del Altísimo.”
Eymeric, en la cámara subterránea en la que se esforzaba en su
peculiar tarea, no podía percibir el declinar del día, pero aunque
hubiera sido consciente de cómo avanzaba la noche, el miedo a
las pesadillas que le perseguirían en su sueño era suficiente para
disuadirle a dar por terminada la tarea y buscar reposo, hasta que
el agotamiento le venciera. Especialmente, si se considera lo que
tenía en su mente precisamente en esos momentos, la
descripción de los tormentos eternos que temía tanto.
“A los malditos, les serán herradas las cadenas para
siempre y serán llevados a presencia del rey del mal,
y de sus acólitos: Shemihaza, Arakiba, Ramael,
Kokabel, Tamiel, Ramadiel, Daniel, Ezequiel, Baraqel,

de Judas.
12
Bertrán de Goth, 1264-1314, Clemente V, el papa que permitió la
persecución de los templarios por el rey Felipe IV de Francia y que
suprimió la orden.
13
Juan XXII, Jean Dueze, papa de 1316 al 1334, perseguidor de los
franciscanos espirituales.

página 35
Eymeric de Usall, el último templario.

Asael, Armaros, Batariel, Ananel, Zaquiel, Satorel,


Shamsiel, Sathariel, Samiel, Tamiel, Iomiel y Tu-
riel14en la mansión de los eternos tormentos, en la
oscuridad sin esperanza de luz...”
El anciano se estremeció levemente al referirse a la oscuridad,
que le recordó la que le envolvía desde hacía ya más de un mes.
¿Podría distinguir el pasaje de la vida a la muerte en la
oscuridad? ¿Le auxiliaría en ese trance la silenciosa figura
fosforescente de su hermano, que se recortaba frente al muro?
¿Cuánto se prolongaría, ese angustioso momento, en la más
completa soledad, antes de pasar a la presencia del Juez? ¿Y
cuál sería la acogida de Éste?
“...con el corazón helado a pesar del fuego que jamás
se extinguirá, aunque le fuera arrojada toda el agua
de los mares y ríos que corren por la superficie de la
tierra; los dientes apretados y los ojos desorbita-
dos, recibiendo el justo castigo a manos de
monstruos de muchas cabezas y con garras en cada
una de sus patas. Entre los tormentos, no será el
menor que las serpientes inmundas, nacidas del fue-
go, les arranquen sin cesar pedazos de su pecadora
carne que se regenerará al instante para hacer
posible la infinitud del suplicio. Y los demonios
les herirán sin fin, compitiendo entre ellos para ver
cuál es el que causa más tormento, y sus carcajadas
crueles serán la sola compañía de los alaridos de los
condenados; y el retumbar de los bastones de fuego
con que les golpeen, marcará el compás que
presidirá la monótona danza del sufrimiento.
A la contemplación de los pecados de los otros, se
añadirá la vergüenza de que los otros eternamente
contemplen patentes los propios. Y la renovación
de los suplicios, de los que los diablos encontrarán a
cada momento novedades más crueles, les impedi-
rá incluso acostumbrarse al sufrimiento y encontrar
en su constancia algún consuelo. Y además, el azote
del hambre y la sed que no han de acabar ni con la

14
Estos son los demonios que aparecen en el Libro de Enoch.

página 36
Eymeric de Usall, el último templario.

muerte ni con el alivio del alimento o la bebida, por


todos los tiempos de la infinitud.”
Su mano dejó caer sin fuerzas la pluma, mientras se esforzaba
por imaginarse a sí mismo admitido en la otra asamblea, la que
guiada por el Arcángel Gabriel y presidida por San Francisco de
Asís, Santa Clara, San Juan el Bautista y Santa María
Magdalena, conduciría a los afortunados a una inmensa mesa
donde gozarían, según el mérito de sus obras, de manjares
deliciosos, servidos en griales de rubíes, sentados en tronos de
oro, con cuerpos ya relucientes y sutiles, en un Palacio
resplandeciente, en presencia de Dios, por toda la eternidad, sin
enfermedad, muerte, deseo, tentación, miedo ni dolor.
Recordó, como señal inequívoca de la inminencia de tales
prodigios, que pocos días antes de descender a la cámara
secreta se vio la luna teñida de sangre, formando como una cruz
en su superficie, justo antes de su eclipse15 definitivo, tal y como
los profetas lo habían anunciado.
Y que la extraña apariencia persistía cuando, seis semanas atrás,
dejó, para siempre, de ver el estrellado cielo; de manera que el
próximo cambio que se había de producir en la blanca superficie
del astro nocturno consistiría, sin duda, en la caída sobre el
suelo.
Se fue adormilando, sin que su voluntad accediera a ello, y los
sueños que tanto le atormentaban le devolvieron a aquella aciaga
entrevista con el maestre del Temple de Barcelona en que quedó
sellado su destino. El humo de las esencias aromáticas
quemadas, la severa armonía de las piedras talladas, el resonar
remoto, pero audible, de los cánticos religiosos, su henchido
pecho estallando de satisfacción y orgullo...y al cabo de unos
minutos, la confusión, el deshonor, la culpa.
Así terminó el domingo 22 de mayo de mil trescientos treinta y
cinco, sumergido en sus terribles pesadillas cotidianas.
Aún recostado en el jergón, sudando copiosamente, luchó por

15
Según la NASA, el día 8 de abril de 1335 se produjo el eclipse lunar
más largo de todo el siglo XIV.

página 37
Eymeric de Usall, el último templario.

apartar de sí la imagen tan repetida que no podía decidir si le


causaba horror y asco o fascinación y deseo. El rostro que
acompañaba al cuerpo fantasmal fluctuaba: a veces era el del
Maestre del Temple de Catalunya, fray Berenguer de Cardona,
pero a menudo se transformaba en el del Gran Maestre Jacques
de Molay; otras, se trataba de Amin de Beirut, su instructor del
monasterio de Vilabertrán; también, a veces, se dibujaban en el
rostro oscuro los rasgos del Emir Fakhr al-Dihn, su enemigo; pero
la situación difícilmente cambiaba en lo esencial. Eran
variaciones insubstanciales de un mismo paisaje: el momento en
que tomó la decisión de su vida, pensando realizar una apuesta
ganadora, cuando las consecuencias acabaron por mostrar que
quien había ganado la baza era el Maligno.
Repitió la rutina de alumbrar la lámpara, alzarse y refrescar su
rostro con el agua del barril, y mordisqueó nerviosamente un
pedazo de pan. A continuación se sentó a la mesa y se forzó a
seguir con su relato:
“Ahora que llega la hora de comparecer ante el Se-
ñor, ¿cómo me justificaré? ¿Cómo podré des-
cargarme del peso de cuanto debí hacer y no hice y
de lo que tenía que evitar y cometí? Mortificarme con
el recuerdo de todo cuanto llevé a cabo contribuirá a
aminorar, tal vez, mis culpas, y a preparar las res-
puestas que convendrá dar al Juez terrible.”
Y recomenzó su historia, que quería exacta y minuciosa, pero
que iba a tomar la forma maleable que la falible memoria le
presentaría en su tan avanzada vejez, cambiando el aspecto de
las cosas demasiado hirientes y volviéndolas más dulces.
“He aquí que yo, Eymeric de Usall, después de reco-
rrer más años de los que acostumbran a vivir el co-
mún de los mortales, he de emprender el último viaje;
el más largo, pues nos lleva a otro mundo, y el más
corto, pues dura un sólo instante, y en el momento
supremo quiero manifestar mis pecados llevándolos
colgados ante mí, como aquel que muestra su herida
al médico que la ha de cauterizar.
Me preparo para recibir a la muerte en el mismo
lugar donde comenzó mi vida, pero en un mundo

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Eymeric de Usall, el último templario.

distinto. En aquel donde nací, la luz que había


aportado con su ejemplo el Santo de Asís,
iluminaba de su ternura el frío de los corazones y los
hacía revivir como la primavera reanima las semillas
tras su parálisis invernal. El que contemplará mi
muerte, es un mundo alumbrado por las hogueras
donde arden los verdaderos franciscanos, si no se
pudren en las celdas de los conventos por donde se
pavonean hipócritas usurpadores, llamados “conven-
tuales”.
En aquel mundo, los príncipes y caballeros, junto al
pueblo menudo, competían en celo para marchar a
Tierra Santa y ganar allí la palma del martirio o la
corona del triunfo por recobrar el Sepulcro, y las
órdenes militares eran respetadas por todos como
adalides de la cristiandad. En éste, el ruido de las
bacanales que festejan el último crimen de los
príncipes y los papas, apurando hasta las heces la
copa llena de la sangre de sus propios súbditos,
acalla la voz del Nazareno.
Las guerras de entonces eran para recuperar las
tierras de los sarracenos, y en ellas, los cruzados
sólo arriesgaban la vida terrenal; ahora se disputan
coronas y reinos de otros cristianos, y la pugna cruel
pone en juego no sólo la vida de los inocentes, sino
las almas de los que han de matar y morir sin una
causa justa.
Los débiles se alzan contra las violencias insufri-
bles de quienes les tendrían que proteger; la dura
tierra ya no da el fruto que merece el trabajo de los
labradores; el dinero no vale lo que acostumbraba,
pero con él todo se puede comprar; los reyes
engañan a sus súbditos con la falsa moneda y los
Papas sacrifican en el altar del Anticristo a las ovejas
del rebaño puesto a su cargo.
Todos los signos están en su lugar y sé que, así
como nací en un mundo vivo, ahora muero en un
sepulcro situado en otro mayor, de manera que,
hablando con rigor, mi cuna ya contenía la mortaja.

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Eymeric de Usall, el último templario.

Llegué al mundo que ya no existe el día de San


José del mismo año en que nació el rey don Jaime,16
de quien lloro la memoria, veintitrés años antes del
nacimiento del Anticristo.
Mi nacimiento y el de mi hermano gemelo querido,
Juan, que lleva ya tantos años en el cielo espe-
rándome e intercediendo por mi salvación...”
Escribir el nombre tan querido le provocó una oleada de cálidas
lágrimas, recordando los momentos pasados junto a él: los
juegos infantiles, chapoteando en la laguna próxima a su casa,
en la que pescaban peces de escamas oscuras; las batallas en
los robles de los alrededores de la masía, que en sus fantasías
se metamorfoseaban en fortalezas de Ultramar: Safeta, Castillo
Peregrino, Vado de Jacob...; el día en que ingresaron juntos, con
el corazón saltando de agitadas emociones por la nueva vida que
les aguardaba, en el monasterio de Vilabertrán, y, sobre todo,
aquél día en que Juan marchó, ya con el hábito marrón de los
sargentos del Temple guardado en una bolsa colgada a los
flancos del caballo, para profesar en la casa de la Orden en
Castelló d'Empuries. Ése fue el último día en que se vieron con
los ojos materiales, pues su fantasía llevaba dos dias
presentándole su faz, tan parecida a él, salvo que él la veía
juvenil.
“...aportaron la desgracia a nuestra familia, pues
causaron el fin de la vida de nuestra madre, Clara de
Miánigues, que enfermó de fiebres y murió antes de
pasados diez días, poniendo fin a un matrimonio que
tan sólo duró un año. Muchos juzgaron nuestra
supervivencia como un milagro, siendo su parto el
primero, pero a nuestro padre le hundió en el dolor la
pérdida de su esposa y el mortal peligro en que
quedábamos nosotros.
Nuestro padre, de nombre Francisco, era hijo de Bar-
tolomé...”

16
Jaime II el Justo nació en 1267.

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Eymeric de Usall, el último templario.

Dudó si sería útil al propósito del texto que escribía completar la


genealogía familiar con los nombres de sus antepasados: el
bisabuelo Guillermo, el tatarabuelo Bartolomé, el padre de éste,
Pedro y el suyo, Guillermo, este último padre, también, del que
llegó a ser Abad del monasterio de Vilabertrán y obispo de
Girona, Ramón. Como el único propósito de ello hubiera sido la
vanidad, que encajaba muy mal con el ánimo que le movía a su
obra, decidió que no era conveniente y continuó:
“...y ayudaba a su hermano mayor, mi tío Pedro, en el
negocio de las pieles, con el que servíamos desde
hacía ya generaciones a la Orden del Temple. Para
ello, contábamos con los rebaños de cabras y
vacas de las gentes de los alrededores, y con el
derecho exclusivo de usar el roldor17 de la comarca, y
las pieles procesadas servían para las sillas de los
caballeros de Cristo, y de sus sargentos y turcoples,
y para sus arneses, los correajes, guantes, capotes,
bolsas, corazas, y demás.
Triturábamos el roldor, remojábamos las pieles, las
calcinábamos, las pelábamos, las sumergíamos en
alumbre (que traíamos de Egipto en nuestras naves);
las pasábamos por la mesa, el refuerzo, la colga, el
secado, y el estirado; las engrasábamos y aplaná-
bamos y llevábamos en fardos a Barcelona para el
repujado. El canal que alivia el lago de Banyoles y
bordea el monasterio por la parte posterior nos sirve
para las balsas que necesitamos,¡y bien que paga-
mos al abad para usarlo!, dineros que alimentan sus
caprichos y lujurias.
Nuestros primos de Barcelona también habían
recibido del Temple (que lo tenía por concesión de
reyes antiguos) el derecho exclusivo del roldor y de
uno de los canales de Barcelona, y allí trabajaban
las pieles que dejaban los animales que consumían

17
El roldor, “coriaria myrthifolia”, es una planta que se usa para el
curado de las pieles. La familia Usall adquirió este monopolio de
manos del abad del monasterio de Banyoles en 1253, en
circunstancias que más adelante se explican.

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Eymeric de Usall, el último templario.

los habitantes de la ciudad.”


Se sonrió con amargura pensando en cómo, tantos años después
de la disolución de la Orden del Temple, habían todos pugnado
por olvidar a los caballeros de Cristo, y cómo las mismas familias
que los habían servido por generaciones con dinero, con reclutas
y a través de contactos e influencias, ahora fingían que tal
condición de cofrades nunca había existido.
Mentalmente repasó el artículo 52 de la regla de los Templarios:
“Si los hombres casados piden ser cofrades y el beneficio y
las oraciones de la Casa, nosotros mandamos que los
recibáis de manera que después de su muerte os dejen sus
bienes. Ellos han de llevar una vida honorable y esforzarse
en hacer bien a los freires, pero no podrán vestir el manto
blanco, ni parece justo que los cofrades habiten la casa
donde viven los frailes que han prometido castidad a Dios”.
Y, por primera vez en mucho tiempo, una expresión satisfecha
alumbró su semblante, al pensar en cómo su familia había
cumplido hasta más allá de lo imaginable los deberes que se
autoimpuso al entrar a ser cofrades del Temple, tratando sus
bienes materiales de la misma manera que un esclavo cuidaría la
bolsa de su señor, sabiendo que a otro pertenecían. Y, de igual
manera, pensó en las muestras de aprecio y las gracias de todo
tipo que la Orden les había reservado: el principal, la concesión
por mano del Gran Maestre del Temple, fray Pedro de Montagut,
a los miembros de la familia en Barcelona del rango de caballeros
y un escudo de armas a semejanza del que tuvo su antecesor
fray Guillermo de Chartres18.
18
El escudo muestra tres barbos en palo, mirando hacia la izquierda.

Fig. 3 Escudo de armas de la familia de Usall

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Eymeric de Usall, el último templario.

Se enorgullecían de su servicio a la Casa del Temple con sus


pieles, sus naves, sus consejos y esfuerzo, la fortuna y la sangre,
cuando era necesario, de la misma manera que los caballeros la
servían con espadas y lanzas, cabalgando por los desiertos o
guarneciendo las murallas, protegidos por las corazas de su
familia, sus sillas de montar, sus riendas, las cotas de malla, los
borceguíes, las mantas de piel, los escudos, los quijotes y
albardas, que ellos se afanaban por producir en defensa de
Tierra Santa...
En realidad, en sus cavilaciones, Eymeric apenas exageraba la
importancia del trabajo de la piel que su familia llevaba a cabo
para la actividad militar de los monjes soldados. Una sola cota de
mallas llevaba cosidas treinta mil pequeñas anillas metálicas a la
piel, costaba seis meses de trabajo especializado, y era vital para
sobrevivir a las flechas que lanzaban tanto los jinetes como los
infantes mamelucos, de manera que, tras muchos combates, los
caballeros parecían verdaderos erizos, con todas las saetas
interceptadas por la cota enhiestas como espinas.
Quien dirigía el negocio de las pieles en Banyoles, mientras vivió,
fue el abuelo Bartolomé, del cual Eymeric recordaba pocas
cosas, pues tenía tan sólo seis años de edad cuando falleció. Era
un cristiano sincero, inflamado interiormente por el ejemplo de
San Francisco de Asís, del que imitó el retiro en los últimos años
de su vida, pasados en una cueva de Serinyá, en soledad, entre
rezos y penitencias, preparando su muerte, que llegó dejando,
según dicen, estigmas en su piel...tal era la fama de santidad que
alcanzó entre quienes le vieron con su basto hábito, ceñido por
una cuerda, mortificando su cuerpo con fuertes penitencias, y
predicando arrepentimiento a quienes le escuchaban, con el
flagelo a modo de recordatorio de los padecimientos inevitables
preparados a quienes quieren gozar sin medida de los placeres
terrenales.
Su cuerpo, cuando le encontraron muerto una mañana, despedía
un olor agradable, y fue llevado en un carro, seguido de una
espontánea procesión de amigos y vecinos, a sepultar bajo las
losas del claustro del monasterio de Santa María de Vilabertrán,
donde su nieto Eymeric pudo contemplarlas durante sus largos
años de estudios y ejercicios.

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Eymeric de Usall, el último templario.

“Mi abuelo Bartolomé insistió, al retirarse del siglo,


en que mi tío Pedro y mi padre Francisco com-
partiesen la riqueza y el trabajo, y así lo hicieron, sal-
vo que a mi padre le tocó menos de aquella y más de
éste, pues el corazón de mi tío estaba más incli-
nado a las vanidades de este mundo que a ganar mé-
ritos para el otro, mientras que mi padre despreciaba
las falsas apariencias materiales
Después de enviudar, pensando que los cuidados de
una nodriza no bastarían para asegurar nuestra
supervivencia, mi padre volvió a tomar esposa, más
por nuestro bien que por la búsqueda de placeres, y
casó con Dulce de Serinyá, sin esperar el tiempo que
se acostumbraría en otras circunstancias.
Bien pronto, la que no pudo substituir de ninguna
manera a nuestra madre, quedó embarazada y dio a
luz a mi querido hermano Pedro; un año después a
Simón; y al cabo de tres años, a Berenguer. Y aún,
diez años más tarde, a Blanca, aunque entre ambos
nos visitó brevemente un ángel del cielo, Sibila, que
no estuvo entre nosotros más tiempo del necesario
para bautizarla. Y póstumamente, mi madrastra
viuda aún dio a luz a Bernardo 19, cuando ya nadie lo
esperaba.”
Eymeric fue repasando mentalmente el recuerdo del rostro de
cada uno de ellos: el de Pedro, su compañero incansable en
todas las navegaciones y peligros; sincero y de buen carácter; el
de Simón, vivaz y ambicioso, que cuando le enviaron como
embajador para recuperar la paz no pudo evitar la continuación
de la guerra con Génova que desangraría la Corona de Aragón y
desencadenaría la hambruna que pareció preludiar el fin del
mundo; el de Berenguer, serio y concentrado en su deber, que
terminó como comendador de la Orden de San Juan del Hospital;
y también en el de Blanca y el de Bernardo, clérigo.
“Nuestra casona era lo bastante amplia para acoger-

19
Las fechas nos sitúan en 1269, 1270, 1273, 1280 y 1285, para los
supervivientes.

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Eymeric de Usall, el último templario.

nos con comodidad. Justamente en vida de nuestro


abuelo se había completado su reforma, así que, de
barro y madera como la habían construido sus fun-
dadores en antiguos tiempos, había pasado a sólida
piedra trabajada, con porches y ventanas adornadas
de las que los potentes usan para mostrar su riqueza.
¡Maldita sea por siempre una de ellas! La he desmon-
tado y trasladado a la oscuridad de mi sepulcro para
recordar siempre la causa por la cual mi destino no
ha corrido parejo al de mi querido hermano, hasta al-
canzar la radiante corona del martirio, preludio del
paraíso.”
De nuevo dirigió Eymeric una enojada mirada furtiva a los dos
capiteles y al resto de elementos que yacían arrumbados a la
pared de su voluntaria celda, con un resentimiento que el paso de
sesenta años no acababa de mitigar.

Fig. 4 La ventada desmontada de la cámara subterránea.

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Eymeric de Usall, el último templario.

“En Barcelona, mi padre era quien gestionaba el ne-


gocio de las pieles, puesto que nuestros primos esta-
ban mucho más absorbidos por su Casa de Cambios,
por los navíos que armaban, los molinos que adqui-
rían, y sus actividades políticas, pues estaban ya
presentes en el Consejo de la Ciudad.
Pero además, mi padre embarcaba a menudo con
las naves de la familia, o en las de nuestros socios, y
además de comerciar con pieles en Tremcen,
Constantina o Damasco, con los viajes a San Juan de
Acre, Trípoli y Tortosa, adquirió práctica en la
navegación, hasta poder mandar una nave, pericia
que acabó por causarle la muerte, en circunstancias
gloriosas, sí, pero nada propicias a la salvación de su
alma.
La fragilidad de las pieles, que se podían dañar
gravemente con la humedad y la sal, obligaba a algún
miembro de la familia, dotado de la suficiente
autoridad, a acompañarlas cuando viajaban en una
nave ajena, y ahí estaba mi padre Francisco, que así
encubría mejor los propósitos ocultos de muchos de
los viajes efectuados por la mar, que más tendían a
servir al Temple y al rey, que a los beneficios
materiales de la venta de cordobanes.
Cuando estaba mi padre fuera, ocupado en esos que-
haceres, quedábamos todos sometidos a la dura
autoridad de mi tío Pedro, que nos empezó a tratar
casi como si fuesemos sus hijos, desde que su
esposa Guillamona, se mostrara incapaz de volver a
ser madre y de que su único hijo, Jaime, muriera sin
haber llegado a la pubertad.
Pero ese pequeño universo infantil, marcado por los
juegos, pronto había de acabar. Un día nos empujá-
bamos mi hermano Juan y yo, asomados a la
ventana, y caí al vacío y se quebró mi pierna, además
de recibir dolorosas heridas en la cabeza y las
costillas. Aunque unos meses después volví a
andar, mi pierna derecha me impuso una cojera
permanente, y dolores continuados en la espalda, y

página 46
Eymeric de Usall, el último templario.

me quitó para siempre la posibilidad de combatir con


la suficiente habilidad que se ha de exigir a un
freire Templario.”
Eymeric se incorporó del banco con la espalda dolorida, y
recordó la escena, tan vívida en la memoria, de aquel día, a los
siete años de edad, que marcó su porvenir: las dos repisas, a
lado y lado de la ventana a las que se subieron; la columnilla
central, los alegres empujones con su hermano Juan, siempre
decidido a ser más fuerte que Eymeric y a pasar por delante
como primogénito, dados y recibidos para prolongar el adiós a su
padre que se alejaba a caballo levantando la mano en señal de
despedida, acabaron por ocasionar su caída al vacío.
Tras recoger su cuerpo inerte, su madrastra consiguió devolverle
a la consciencia con un poco de agua fría, mientras Juan lloraba
desconsolado por el inesperado percance que sin quererlo había
causado. Su tío consiguió los cuidados del hospital del
monasterio de San Esteban de Banyoles, y el monje que se los
proporcionó consiguió unos resultados quizá inmejorables,
atendiendo a las posibilidades del lugar y el momento.
Eymeric no quedó impedido; su pierna derecha quedó por
siempre un poco más corta que la otra, aunque la cojera y el
dolor de espalda nunca le impidió caminar a un paso moderado.
Aquel percance puso fin a los combates en los robles y a las
batallas figuradas de cruzados contra sarracenos, y le dificultó la
natación por la pequeña laguna en la que pescaban. Marcó así el
fin de su infancia y el paso a una nueva etapa de su vida.
“Apenas había recuperado la capacidad de andar, y
ya fuimos llevados mi hermano y yo al monasterio de
Santa María de Vilabertrán para recibir letras huma-
nas y divinas y para ejercitar nuestro cuerpo para
que pudiésemos servir al Temple.”
Rescató de su memoria el recuerdo del día señalado para tal
viaje. Llegó, montado en una acémila, su tío Bernardo, procu-
rador del monasterio de las monjas de San Daniel, revestido de
sus mejores ropas, a media mañana.
Tras haber conferenciado a solas con su tío Pedro, Bernardo
comió con toda la familia, y anunció, solemnemente, a los niños

página 47
Eymeric de Usall, el último templario.

gemelos que había llegado el día de hacerse oblatos de la


Canónica de Santa María de Vilabertrán, de donde saldrían, en
su momento, para servir al Temple, ya fuera en el combate, como
sargentos, o mezclados con la demás gente del siglo como
cofrades. Tal vez, aclaró, si la Orden no juzgaba valiosos sus
servicios, quedarían en Vilabertrán como canónigos, en la
honrosa manera en que su antepasado fray Ramón lo hizo,
llegando a ser Abad y, más adelante, Obispo de Girona, que por
sus virtudes llenó de honor a la familia.
A pesar de tener tan sólo 8 años, aquellas palabras les dejaron
bien claro que llegaba a su fin el pequeño mundo en el que
habían vivido hasta el momento, para pasar a otras responsa-
bilidades nuevas.
Así que, a la mañana siguiente, vestidos con sus mejores ropas,
subieron a lomos de sendos pollinos y emprendieron el fatigoso
viaje hasta Vilabertrán. El camino serpenteaba por Esponellá,
Orfes, Báscara, Pontós, Santa Llogaia y Vilabertrán, así que, tras
más de seis horas de rítmico caminar, dejaron a la derecha el
Palacio de los vizcondes de Peralada, y contemplaron la muralla
exterior del monasterio.
“Recuerdo todavía el miedo mezclado con curiosidad
que sentí al llegar a la explanada de la Canónica,
generosamente sombreada por árboles frondosos y
regada por las fuentes de aguas vivas que hizo brotar
milagrosamente el Abad Pedro Rigau, en el yermo
seco que antes existía.”
Para el pequeño Eymeric, la puerta que abría sus dobles
batientes ante él, no era tal: era el tránsito a un mundo dorado,
de héroes gloriosos y batallas grandiosas, de relucientes
armaduras y milagrosas victorias; era abandonar el universo
diminuto de la infancia para acceder al Paraiso soñado.
Renqueando, con su pierna acortada, la excitación no le permitía
percibir ni el dolor de su cuerpo, ni la ridícula apariencia del
cortejo que se acercaba a la Abadía.
“El monasterio mostraba la fachada de su iglesia,
flanqueada por dos torres, la de la izquierda con tres
pisos con arcadas de medio punto, y la otra, a medio
terminar, que de momento crecía almenada y

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Eymeric de Usall, el último templario.

amenazadora, aunque tal vez menos bella a los ojos


del Altísimo.
A nuestra llegada, el monje portero nos franqueó
completamente la puerta y nos acompañó a la
iglesia donde, alineados en la nave mayor, doce
canónigos nos abrieron un pasadizo para recibirnos,
en un extraño honor que aún no comprendíamos.
Mientras avanzábamos por entre los monjes que can-
taban hermosos salmos, alzábamos la vista a las
bóvedas de piedra, que parecían flotar ingrávidas
sobre nuestras diminutas cabezas.”
Cerrando los ojos, Eymeric absorbió la sensación que todavía era
capaz de recrear. Oía, con los oídos de la memoria, las palabras
de aquellos cánticos que parecían mezclarse en su fantasía con
las voces de los Ángeles del Señor:
Non nobis, Domine, non nobis
sed nomini tuo da gloriam
super misericordia tua et veritate tua.
Quare dicunt gentes:
"Ubi est Deus eorum?"
Deus autem noster in caelo;
omnia, quaecumque voluit, fecit.
Simulacra gentium argentum et aurum
opera manuum hominum.
Os habent et non loquentur,
oculos habent et non videbunt.
Aures habent et non audient,
nares habent et non odorabunt.
Manus habent et non palpabunt,
pedes habent et non ambulabunt;
non clamabunt in gutture suo.
Similes illis erunt, qui faciunt ea,
et omnes, qui confidunt in eis.20
20
No nos des a nosotros, Señor, no a nosotros
sino a Tu nombre dale gloria
sobre tu misericordia y tu verdad.

Por eso dicen las gentes:


"Dónde está su Dios?"

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Eymeric de Usall, el último templario.

Era la primera vez que los dos gemelos oían cantar aquel Salmo,
que servía de divisa a los Caballeros Templarios.
“Al final del pasadizo que abrían los canónigos
agustinos nos esperaba, de pie, el Abad, fray
Arnau de Darnius, revestido de toda dignidad, con su
dalmática, la cruz pectoral, tiara, báculo y anillo,
aunque su persona imponía más respeto que sus
insignias.”
Una lágrima asomó furtivamente a sus ojos, recordando aquel
hombre tan digno de respeto, que tanto había hecho para
proporcionarle la mejor preparación posible, mucho más allá de lo
que podía serle exigido o pagado con la oblación que su familia
aportó a la abadía. Tenía unos cincuenta años, era alto y de
espalda recta, manos delicadas y hablar pausado y cálido.
Fray Arnau, al ver llegar a los dos niños no pudo dejar de pensar
con una contenida irritación en la inutilidad de la labor que
habitualmente llevaban a cabo en su abadía con los jóvenes
aspirantes a templarios. Algunos futuros caballeros o sargentos
Pero nuestro Dios está en el cielo;
todas las cosas que quiere hacer, las hace.

Las estatues de las gentes, de plata y oro


son obra de las manos de los hombres.
Tienen boca y no hablan,
ojos tienen y no ven.

Tienen orejas y no oyen,


narices y no huelen.
Tienen manos y no palpan,
tienen pies y no caminan;
no gritan con su garganta.

Parecidos a ellos serán quienes esto hacen,


y todos cuantos confían en ellos.

Era el Salmo 115, de especial significado para los cofrades, para la


canónica de Vilabertrán, y para toda la Orden del Temple.

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Eymeric de Usall, el último templario.

recibían de él y de sus monjes el tipo de preparación idónea para


aquellas labores que menos entusiasmo suscitaban a esa edad.
Todos llegaban con la idea de sobresalir en el manejo de la
espada, de la lanza, en el arte de la equitación, el tiro con arco o
ballesta y mil aptitudes bélicas más; en prepararse para morir
heróicamente...mas, ¿cuál de ellos llegaba dispuesto a hacer
cualquier cosa, por repugnante que pareciese, para asegurar la
victoria?
Porque la verdadera finalidad de su estancia en Vilabertrán, para
algunos escogidos, no era lo que podían aprender en cualquiera
de las encomiendas, que siempre albergaban algún caballero de
edad demasiado avanzada para seguir resistiendo los fragores
del combate, y dotado de la formación óptima en las artes de la
guerra, unida a la prudencia de tan gran valor para atemperar la
loca acometividad de los jóvenes...No, no; en Vilabertrán se
preparaba a una élite de templarios en el arte de la diplomacia,
los idiomas, la estrategia, la política; y también se les convertía
en una especie de enlaces de los reyes de la Corona de Aragón
dentro de la poderosa orden del Temple.
El Abad pronto se dio cuenta de que, de los tres jóvenes que se
educaban en la canónica, el más dotado para el combate era
Dalmau, el hijo del vizconde de Rocabertí, señor de Peralada;
pero el más dotado para el espionaje, la diplomacia y la política
era el chico cojo de humilde familia, que, seguramente, jamás
llevaría el manto blanco o marrón de los templarios.
“Nos arrodillamos ante él y besamos el anillo y el
poder espiritual que representaba, y nuestros tíos,
que venían tras de nosotros, dieron la oblación
pactada al Abad. Tras cambiar breves palabras, se
retiró mi tío Pedro, al que se unió nuestra madrastra
Dulce, que había quedado a la entrada.
A continuación, nuestro tío Bernardo mantuvo una
entrevista más larga, en voz baja, con el Abad,
acabada la cual, nos dio un beso a cada uno, y un
bofetón, para simbolizar, de manera gráfica, que a
partir de ahora pasábamos a una autoridad más
exigente y poderosa, y para fijar en nuestra memoria
la solemnidad del momento. Marcharon y quedamos
solos en el monasterio.

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Eymeric de Usall, el último templario.

El Abad llamó a nuestro lado al que sería nuestro


preceptor, fray Juan de Peratallada, y junto a él co-
menzó a enseñarnos, personalmente, todas las
dependencias de la Abadía, mientras comenzaba a
explicarnos muchas cosas que sólo el tiempo nos
haría comprender más cabalmente.”
El Abad fray Arnau de Darnius franqueó con sus nuevos pupilos
la puerta que daba paso al claustro, y comenzó a explicar
tranquilamente todo cuanto la curiosidad infantil urgía conocer,
mientras paseaban a paso lento.
Tras varias vueltas, pasaron a visitar los dormitorios, la sala
capitular, el refectorio, la bodega, la cocina, el patio de ejercicios,
el hospital, el scriptorium y el palacio abacial...Los dos
muchachos miraron con ojos asombrados las enormes barricas
de la bodega donde maduraban los caldos potentes y afrutados
de la comarca, los estanques donde se criaban varios tipos de
peces de exquisitos sabores, las largas mesas preparadas para
la comida de los canónigos. Pero donde la mirada de Juan se
volvió centelleante fue en la explanada abierta a la salida del
refectorio, donde se ejercitaban en los ejercicios militares los
templarios destacados en el monasterio en la instrucción de
Dalmau de Rocabertí, al que pronto se unirían ambos recién
llegados. Por el contrario, fue la acumulación de volúmenes en
las estanterías del scriptorium la que capturó la volátil atención de
Eymeric, que se juró a sí mismo leer todo cuanto pudiera, al
mismo tiempo que preparaba su cuerpo para el combate.
La canónica de Santa María de Vilabertrán se diferenciaba
bastante del resto de monasterios que poblaban valles y páramos
y que señoreaban nacientes ciudades. Un monasterio es una
agrupación de laicos que se juramentan para vivir juntos su vida
espiritual, bajo una regla, sometidos a la autoridad de un abad
escogido por todos, cumpliendo tres votos principales: castidad,
obediencia y pobreza. Posteriormente, algunos de ellos pueden
estudiar y convertirse en sacerdotes, o no. Por el contrario, una
canónica es una asociación de sacerdotes que deciden vivir
juntos como si fueran monjes, con una regla y un abad: es decir,
un monasterio de sacerdotes.
Esa canónica seguía la regla de San Agustín, la misma que

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Eymeric de Usall, el último templario.

habían recibido los Templarios del Patriarca de Jerusalén, y


desde muy pronto (antes incluso de la Primera Cruzada), se
había especializado en facilitar la peregrinación a Tierra Santa,
larga y peligrosa, y que se acometía, tras redactar testamento,
casi siempre como expiación de pecados terribles o como
muestra de una religiosidad extrema: Santa María de Vilabertrán
recibía donaciones, servía de hostería y hospital, prestaba dinero
y, como a menudo recibían propiedades en garantía del retorno
del préstamo, gestionaba las haciendas abandonadas por los
peregrinos, hasta su vuelta, o quedaba como propietaria de los
bienes entregados como prenda de los préstamos que concedía
a los peregrinos fallecidos en el viaje.
A mediados del siglo XII, bajo el gobierno del abad Pedro de
Torroja, de la familia de los señores de Solsona, la canónica se
convirtió en el centro de un grupo de algunas de las más
poderosas familias nobles del norte de Catalunya para ayudar, y
no solo económicamente, a la Orden del Temple: los condes de
Empuries, los vizcondes de Peralada, los señores de Vilademuls
y los señores de Montagut. Entre otros servicios, la canónica
preparaba a jóvenes nobles o a hijos de cofrades para poder
postular con ciertas garantías el manto blanco o marrón del
Temple, y les proporcionaba el tipo de habilidades que
diferencian a un verdadero jefe militar de un simple guerrero.
Fue en ese marco monástico donde uno de los antepasados de
Eymeric de Usall llegó a convertirse en notorio y cimentó la
posterior prosperidad de la familia: cuando el abad Pedro de
Torroja fue consagrado, a instancias de sus hermanos
Guillermo21 y Arnau22, como obispo de Zaragoza, el escogido
para substituirle en Vilabertrán fue su hombre de confianza,
Ramón de Usall, quien de esta manera se convirtió en abad entre
1152 y 1178.
Aunque después abandonó la canónica para convertirse en
Obispo de Girona, ni él ni las sucesivas generaciones de la
familia Usall olvidaron Vilabertrán: mantuvieron su generoso
patrocinio y escogían normalmente para su sepultura las
desnudas y gráciles galerías del claustro.

21
primero obispo de Barcelona y después arzobispo de Tarragona.

página 53
Eymeric de Usall, el último templario.

El recuerdo de aquel ilustre antepasado era la causa de la


excepcional acogida, tan favorable, de los dos gemelos por el
abad Darnius.
Mientras deambulaban por las dependencias de la abadía, los
gemelos iban conociendo a todos los personajes de aquel
pequeño mundo, compuesto por una treintena de personas en
total: canónigos, novicios, templarios, criados y el otro joven
discípulo, Dalmau de Rocabertí.
“El abad Arnau nos presentó a quien también se
educaba en la canónica, y compartiría nuestros
ejercicios y estudios: el hijo del vizconde de Peralada
y señor de Rocabertí, llamado Dalmau como su padre
del cual la voluntad del Altísimo hizo mi compañero a
lo largo de toda mi vida, aunque entonces estaba
lejos de adivinarlo. Era ya un joven de unos veinti-

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Eymeric de Usall, el último templario.

cuatro años23, que había estado casado, y al morir su


joven esposa, cambió el tálamo de una mujer por el
servicio de Cristo. El vizconde, su padre, pensó que
era el impulso del dolor el que guiaba su decisión y,
en lugar de enviarlo a profesar directamente a
una de las encomiendas templarias, lo retuvo justo al
lado de su palacio de Peralada, donde podría aún
influirle para retractarse de su decisión; cosa que no
sucedió, pues el fuego interior que le guiaba al
servicio de la Cruz, no hacía más que crecer e inten-
sificarse, abrasando todo su ser”.
El inmenso respeto que inspiraba a Eymeric su antiguo
compañero de armas le devolvió una punzada de dolor, al
recordar las terribles pruebas y trabajos por los que hubo de
atravesar, hasta llegar a un oscuro final el que estaba llamado
para substituir a fray Jaime de Molay como Gran Maestre del
Temple, y cómo su propia intervención para socorrerle había
tenido tan escaso éxito. Las lagrimas le nublaron la vista y tuvo
que limpiarlas con su manga.

“Dalmau fue el ejemplo que inflamaba cada día


nuestro deseo de marchar a Tierra Santa, cabalgar
con la armadura ajustada a los miembros, combatir
contra los infieles con la espada en la mano, el sol a
laespalda, y recuperar la Cruz Verdadera, el Santo
Sepulcro del Salvador, el Monte de los Olivos, la
Cueva de Belén...o bien recibir la palma del martirio
intentándolo, para pasar, a continuación, a presencia
del Altísimo justificados, limpios de corazón y puros
de espíritu, y disfrutar de la bendición eterna. Pero
tan sólo mi hermano había de lograr el martirio, de
una manera dolorosa y bien alejada de la gloria vana
del mundo.
La canónica destinaba gran parte de su espacio a los
ejercicios militares y al aprendizaje de las letras de
quienes habían de combatir por Jerusalén con las
armas corporales o las espirituales, y también al
cuidado de los peregrinos. ”
Con los ojos entornados, recompuso en su memoria las
dependencias que se abrían al gran patio, más allá del refectorio

página 55
Eymeric de Usall, el último templario.

y del claustro: el hospital, que ayudaba a recomponer la salud de


los peregrinos que iban o venían de Tierra Santa, con ayuda de
los monjes y de dos esclavos sarracenos, diestros en medicina;
la escuela, donde los jóvenes candidatos a canónigos o a
Templarios se ejercitaban en el Trivium y el Quadrivium y
especialmente en todas las sutilezas de la Teología, el palacio
del abad, lujoso como el de un conde; el escritorio, donde frailes
y estudiantes se afanaban en copiar los manuscritos que
alimentaban la vida intelectual y espiritual de la canónica, y la
biblioteca, que custodiaba como un valioso tesoro el resultado de
esos trabajos y desvelos.
En el patio se desarrollaba el entrenamiento para el combate:
equitación, tiro a la diana con arco y ballesta, a pie y a caballo,
combate con espada, lanza, maza, hacha y daga, bajo la atenta
mirada de Fray Pedro de Castelló de Empuries, que el Temple
tenía destacado para dirigir el entrenamiento de los retoños de
las grandes familias del Empordá: Dalmau de Rocabertí, hijo del
vizconde y Hugo de Empuries, hijo del conde.

Fig. 5. Canónica de Santa María de Vilabertrán. Se observa el


patio a la izquierda del conjunto donde se entrenaron
Eymeric y su hermano Juan

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Eymeric de Usall, el último templario.

Fray Pedro de Castelló había sido un gran guerrero que arriesgó


su vida en tantas ocasiones que su memoria ya no le permitía un
recuento, en los terribles combates que los templarios, como los
demás latinos de Oriente, lidiasron contra las aguerridas tropas
del sultán Baybars. Por su valor fue escogido, incluso, para
sostener en combate el “baussent”, el estandarte blanquinegro
del Temple, tan cargado de simbolismo, a la vista del cual ningún
templario podía retroceder. No veía ya bien con un ojo y se
fatigaba leyendo, lo que no impidió que, al terminar la educación
de sus pupilos, la orden le encomendase todavía la tesorería del
Temple, una responsabilidad de enorme importancia en unos
años cruciales en que el aumento de los gastos de la Orden por
los últimos intentos de reconquista iba acompañado de un
descenso de la generosidad y la fe los cristianos de Occidente.
Fray Pedro de Castelló había combatido en la inexpugnable
fortaleza de Castel Blanc, también llamada Safita, cuando la sitió
el sultán mameluco. La impresionante fortaleza, que aún se
mantiene en pie hoy en día, protegía la ruta de Tartous y Trípoli y
era, junto con el Castillo Peregrino y el reducto de San Juan de
Acre, la más importante de las fortificaciones templarias. Su
torreón principal, de forma rectangular, tenía muros de cinco
metros de espesor, veintisiete metros de altura, veinte de ancho y
treinta de largo, y presidía dos cinturones concéntricos de
murallas que se encaramaban a la cúspide de un abrupto monte.
El sultán mameluco, Baybars al-Bunduqdarí, la circundó con toda
clase de máquinas de guerra y un gigantesco ejército, de manera
que, aunque la toma directa de la fortaleza era problemática, la
posibilidad de una salida de los defensores era impensable.
Quedaron así presos quinientos templarios, sin posibilidad alguna
de sostenerse a largo plazo, a no ser que les llegase poderoso
auxilio desde el exterior.
Transcurrieron dos meses de un asedio que se tornaba día a día
más y más angustioso para quien tenía la responsabilidad de la
defensa, el maestre fray Guillermo.
El anciano caballero llamó un día a la capilla que ocupaba la
planta baja del torreón al valiente y veterano guerrero catalán y le
encargó una peligrosa y desesperada misión.

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Eymeric de Usall, el último templario.

- Amado hermano Pedro. Bien sabéis el mortal peligro en que


nos hallamos y la pertinacia del sultán, que no dejará el
campo, si no le obligamos a ello, hasta que haya conquistado
nuestra fortaleza y adornado sus caballos con nuestras
cabezas. Nuestras fuerzas no bastan a desafiarle en campo
abierto, y considero que nadie hay más capacitado que vos
para intentar conseguir ayuda de nuestro Maestre, aun
cuando la misión que os voy a encomendar tiene peligros
sobrados.
- Señor, mandad y obedeceré- repuso con el rostro tenso por la
preocupación.
- Habréis de descolgaros por la parte menos vigilada de la
muralla en la hora de la noche más oscura, arrastraros en
silencio por entre las avanzadillas de los egipcios, esquivar
sus patrullas, marchar atravesando sus lineas hasta lo más
alejado de su campamento, y obtener allí una montura que os
permita galopar hasta la capital, San Juan de Acre, a
presencia de nuestro Gran Maestre, Tomás de Berard, para
suplicarle socorro inmediato o permiso para capitular la
fortaleza en condiciones honrosas, si la situación llega al
extremo.
- Pero, ¡Señor! ¿Rendir tan poderosa fortificación de nuestra
orden, por la que tantos esfuerzos y gastos se han llevado a
cabo, y que tan vital resulta para la defensa de la costa?
- Fray Pedro, fray Pedro...¿Qué utilidad obtendrá la Orden de
quinientos cadáveres? o ¿cómo defenderemos la costa con
las cabezas separadas de nuestros cuerpos? Pensad en lo
vacías que están quedando nuestras filas en los largos años
que duran ya las ofensivas del sultán Baybars. La Orden no
puede soportar pérdidas como ésta, sin utilidad alguna,
mientras que el sultán puede reclutar decenas, si no
centenares, de miles de guerreros, de manera que las
pérdidas que le impongamos no le perjudican en nada.
Aguantaremos hasta el extremo, mas no hasta el inútil
suicidio por hambre y sed.
-Se hará como ordenáis, señor.
Y así lo intentó, con todo su corazón valiente, fray Pedro de

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Eymeric de Usall, el último templario.

Castelló. Mas no tuvo éxito en su misión, pues aunque consiguió


salir del castillo, esquivar los guardias mamelucos, matar un
guerrero y capturar su caballo, llegando por fin a presencia del
Maestre, Tomás de Berard, éste no se atrevió a desafiar al
ejército de Baybars en campo abierto. Estando aún en Acre,
deliberando alguna posible ayuda para Safita, llegó allí la terrible
noticia de la caída de la fortaleza sitiada: el maestre que la
defendía había creído en las promesas del sultán, y una vez
rendida la guarnición, todos habían sido decapitados, con lo que
la catástrofe temida se hizo negra realidad para el Temple.
El cruel sultán había mentido sobre sus condiciones, prometiendo
la vida y la libertad a los templarios si abandonaban la fortaleza, a
través de un renegado, que salvó con su traición su vida
despreciable.
Fray Pedro, por tanto, era el único superviviente de la derrota.
Esta victoria de Baybars se añadía a las demás: la toma de la
fortaleza hospitalaria del Crack de los Caballeros, y la de
Antioquía, lo que dejaba en situación extremadamente precaria al
residuo del reino de Jerusalén: Acre, Trípoli, Tartous, el castillo
hospitalario de Marqab y el templario Castillo Peregrino, entre
otras escasas ciudades y fortalezas.
Fray Pedro, en atención a su avanzada edad, había sido enviado
de nuevo a su tierra natal para la importante misión de supervisar
la formación como caballeros templarios de los hijos del conde
Poncio de Empuries y del vizconde Dalmau de Rocabertí, los
jóvenes Hugo y Dalmau, llamados a tener un importante papel en
la Orden.
“En esos ejercicios teníamos como maestro a Fray
Pedro de Castelló, casi anciano, pero vigoroso y con
una experiencia de las guerras de Ultramar incom-
parable. Fray Pedro nos aseguraba que cada día que
pasaba, el enemigo mameluco era más fuerte y peli-
groso, con ejércitos potentes, bien entrenados y
bien mandados. Si los príncipes de la cristiandad no
se unían a las Ordenes, lo poco que quedaba del
Reino de Jerusalén podía darse por perdido.
Junto al experimentado caballero, compartía sus

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Eymeric de Usall, el último templario.

habilidades con nosotros un turcople24 libanés,


Amín de Beirut, que había luchado a sus órdenes.
Unía a sus habilidades como jinete y arquero ex-
cepcional, capaz de dirigir el caballo al galope con
las rodillas, mientras armaba el arco y lo disparaba
con ambas manos, el dominio del árabe, que nos
enseñó, y de la astrología. Amín tenía ojos y cabellos
negros como la noche, era alto y delgado, bello de
cuerpo, ágil y se movía tan silenciosamente como el
vuelo nocturno de una lechuza, penetrando con sus
ojos cualquier movimiento por leve que fuese. Sus
reflejos eran insuperables”.
Una mezcla contradictoria de sentimientos embargó al anciano
Eymeric al rememorar a su antiguo preceptor libanés. Cuando
había tomado parte en su educación estaba en la plenitud de la
trentena, y tenía una energía explosiva, que dominaba con un
autocontrol impecable, especialmente cuando hablaba con su
jefe, fray Pedro de Castelló, y una dulzura de trato que encandi-
laba a los jóvenes aspirantes a templarios, especialmente a
Eymeric de Usall, quien llegó a experimentar unos sentimientos
imposibles de transmitir con palabras, y que, desde luego,no
tenía propósito alguno de confiar al papel...
Visiblemente, a juzgar por su expresión, alguna parte no era
totalmente agradable en el recuerdo, aunque lo que sus manos
escribían no permitiese captarlo a sus lectores.
“Había perdido sus posesiones familiares cerca de
Beirut en la ofensiva de Baybars, y le mandaron, con
su familia, a la encomienda templaria del Mas Deu,
acompañando a fray Pedro de Castelló, y él mismo
fue añadido al pequeño destacamento que se trasla-
dó a Vilabertrán para velar por la formación de los
hijos del conde y del vizconde.
Era agudo y callado, aunque desde el primer momen-
to me trató con el afecto propio de un hermano
mayor. Era cristiano, aunque algunas de sus prác-
ticas religiosas hacían que mi preceptor, fray Pera-
tallada, desconfiara de la posibilidad de que nos
fueran transmitidas. Había entrado al servicio del
Temple siendo muy joven, aunque con dilatados es-

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Eymeric de Usall, el último templario.

tudios.
Nos introdujo en el uso del astrolabio y de las tablas
de declinación de las estrellas del cielo, que tanto
importan en la navegación; y nos enseñó el cálculo
de la deriva de una nave con la ayuda de un texto
muy secreto que los sarracenos tienen de los

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Eymeric de Usall, el último templario.

griegos, y que llaman “El libro más grande”25, obra

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Eymeric de Usall, el último templario.

del faraón Tolomeo26, pues en él se aprende cómo,


según la altura de los astros sobre el horizonte,
podemos saber las leguas de distancia de los puer-
tos principales del Mediterráneo, de manera que es
seguro navegar apartado de la costa.
Aunque me parece que esa copia que tenía el monas-
terio de Santa María no debía ser tan buena como era
menester, no sé si por error del copista o por mala fe
de los mahometanos que hubiesen hecho copias
corrompidas para engañar a los cristianos y dificul-
tarnos la navegación, pues los cielos no pueden
mudar sin permiso del Creador, y si estaban bien las
tablas en la época de los faraones, ahora habrían de
seguir guiando correctamente a los navegantes.”
Desde luego, la copia existente en la Biblioteca Vilabertrán se
basaba en la traducción de Gerardo de Crémona de la Geografía
de Ptolomeo, la única disponible en la Europa cristiana medieval,
que era tan correcta como lo permitía el original árabe sobre el
que trabajó. Pero el movimiento del eje de la Tierra implicaba una
desviación creciente para las observaciones de estrellas
efectuadas más de mil años atrás. La mentalidad cristiana
medieval, sin embargo, excluía creer en la posibilidad de cambios
en el cielo, que había de ser tan inmutable como la propia
voluntad de Dios, y la creencia en la infalible ciencia de los
antiguos griegos, dejaba como únicas posibilidades plausibles el
error del copista o el engaño...
“Amín nos enseñaba la situación de los reinos de
Ultramar, que, desde luego, era mucho más
complicada de lo que nos figurábamos. Yo creía que
allí había el Reino cristiano de Jerusalén en guerra
perpetua con los sarracenos, pero resulta que no
había un sólo reino latino, sino varios: el llamado
reino de Jerusalén que, en realidad, tenía ya como
capital a San Juan de Acre, desde la caída de la
Ciudad Santa en época de Saladino; el principado de
Trípoli y los desaparecidos principados de Antioquía
y Edesa. Ni siquiera estaba claro quién había de
ceñir la corona, que se disputaban Carlos de Anjou,
quien había adquirido sus derechos a una princesa
latina, y los señores de Chipre, los Lusiñán.

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Eymeric de Usall, el último templario.

Al norte, los armenios eran, al parecer, tan cristianos


como nosotros, aunque no obedecían al Papa, sino a
un Patriarca llamado Katolikós, y constituían un reino
tan potente que sin él poco podía hacer cualquier
príncipado latino que quisiera mantenerse en Tierra
Santa.
Por otra parte, la mayoría de los pobladores del reino
de Jerusalén no eran francos, sino musulmanes,
beduinos, cristianos sirios jacobitas, ismaelitas,
nasoreos, armenios, nestorianos, cristianos orienta-
les o drusos. Y quienes con sus naves aprovisiona-
ban las ciudades de Ultramar y mantenían alejadas
las galeras del sultán, prolongando así la vida del
Reino, eran italianos y enemigos mortales unos de
otros: genoveses y venecianos; pisanos y amalfi-
tanos.
Todavía peor: los templarios, los teutónicos y los

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Eymeric de Usall, el último templario.

hospitalarios27 no eran uña y carne como parecería


lógico atendiendo a su misma misión, sino que, para
escándalo de la cristiandad, defendían bandosi-
dades diferentes, se aliaban con emires rivales e
incluso, ¡oh vergüenza! combatían unos contra otros,
por interés de sus aliados...
Tampoco los infieles obedecían una misma ley: unos
reconocían un califa que se atribuía la autoridad de
Mahoma, y otros le tachaban de usurpador, y
esperaban un Mahdí, que, escondido durante siglos,
reaparecería y restauraría la casa del profeta de los
sarracenos; unos vivían en castillos fortificados,
como nuestros templarios, en perpétua lucha, y otros
predicaban la paz universal, danzando en círculos
con los ojos cerrados, y reproduciendo así la ar-
monía de las esferas celestiales, al son frenético de
tambores...”
Eymeric escribía todo esto sin reflexionar demasiado,
simplemente como parte de un recuerdo aún bastante vivo. Pero
al plasmarlo sobre el papel, comenzó a pensar en este sencillo
hecho: la desaparición de un califa que guiaba la práctica
religiosa de los sarracenos no había acabado con esa religión,
antes bien, parecía más y más dinámica a cada año que pasaba,
guiada su práctica por los sultanes y los imames de las
mezquitas. ¿Porqué era tan importante, entonces, que un sólo
pontífice guiase el rebaño de los cristianos? Pues las diferencias
religiosas de los sufíes, de los malikitas, de sunníes, chiitas y
derviches, les parecían bien tolerables a los sultanes, que tan
sólo esperaban que sus súbditos obedeciesen los decretos de
ellos emanados...En cambio, por nimios detalles teológicos, se
habían derramado mares de sangre entre los cristianos; por el
capricho de los Papas se libraban guerras interminables y aún
más, los fieles al Evangelio se destruían sin razón alguna, tan
sólo sobre la interpretación que cabía dar a sutiles expresiones
gramaticales en un libro escrito muchos siglos atrás.
“Y pueblos antes idólatras se estaban convirtiendo a
la falsa secta de Mahoma, como los turcos, los
kurdos y los tártaros. Según nos decía Amín, ahí
había uno de los grandes peligros para la cristiandad
si algún día se aliaban el sultán de Egipto y el Gran

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Eymeric de Usall, el último templario.

Khan. Porque los tártaros no eran ni enviados de


Satanás, ni los heraldos del fin del mundo, ni eran las

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Eymeric de Usall, el último templario.

avanzadillas del reino del Preste Juan,28 sino, tan sólo


un pueblo de terribles guerreros y grandes jinetes,
venidos de las tierras remotas, más allá de la India,
que montan unos caballos distintos a los nuestros,
de un andar tan armonioso que no sólo pueden
disparar con comodidad sus arcos desde ellos, sino
aún dormir cabalgando.”
Cerró sus ojos fatigados para evocar con más fidelidad la dulce
expresión de Amín cuando intentaba disuadirle de profesar en el
Temple. Amín consideraba que no tenía futuro el reino de
Jerusalén, y que una vida ordenada, en la paz del hogar, rodeado
de mujer e hijos, temeroso de Dios, y ejercitándose en la caridad
y el servicio a los demás conllevaba mérito suficiente para el Día
Postrero, en lugar de pasar fatigas, peligros, calor y
enfermedades en tierras extrañas, y respondía con razones
ponderadas a las dudas que Eymeric planteaba: ¿Porqué Dios
permite las querellas entre las órdenes que Le habrían de servir?
¿Cómo es que los períodos de paz o tregua con los musulmanes
permitían mejor la supervivencia de sus principados, que las
batallas con los sarracenos? ¿De qué manera las falsas razones
de los mahometanos pesaban más en las almas extraviadas de
los idólatras que las mejores prédicas de los franciscanos y
dominicanos? ¿Y los sarracenos, que él había considerado
ciegos, malvados e ignorantes, resultaban ser mejores médicos,
astrónomos y cartógrafos que los sabios iluminados con la
ciencia del Dios verdadero?
Cuando expresaba tales dudas, Amín sonreía y le rogaba
paciencia para ver con sus propios ojos la verdad de las cosas, si
quería usarlos para mirar más allá de las apariencias; y
perseverancia para hacerse justo las preguntas que tan
incómodas resultaban a los demás preceptores de Eymeric.
Fray Peratallada, su preceptor, por ejemplo, castigaba con
dureza la expresión de las dudas de Eymeric, pues según él, el
pecado de orgullo se oculta tras la vana pretensión de querer
comprender los designios del Altísimo con nuestro pobre
entendimiento, y distinguir la verdad de la mentira con nuestros
débiles sentidos y no con el ojo infalible de la fe. Eymeric, ahora
que veía su pasada vida con otra perspectiva, comprendía que
fray Juan actuaba así porque compartía con él el tormento de sus
dudas y no quería fomentar ese sufrimiento interior en su pupilo.

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Eymeric de Usall, el último templario.

Dejando a un lado esas reflexiones, el doliente anciano comió


unos bocados en la misma mesa que le servía de escritorio,
aquejado de los dolores de espalda que jamás le abandonaban
por completo, y se dispuso, con las acostumbradas oraciones, a
pasar por la dura prueba de cada noche, pues la fatiga no le
permitía ya seguir escribiendo con sus dedos agarrotados.
Se tendió en el jergón y comenzó a recitar sus oraciones.
Mientras aún se movían sus labios siseantes, suavemente, se
produjo la transición de la oscuridad completa de la cámara
subterránea a la luz indefinible de una irreal escena que su
enfermiza fantasía le evocaba.
De entre las sombras de una estancia inmensa, que reconocía
como la sala del capítulo del Temple de la encomienda de
Barcelona, a pesar del tamaño exagerado que alcanzaba en el
sueño, emergía como arrastrada por una corriente de aire
inaprensible que la hiciera flotar a dos palmos del suelo una alta
figura revestida de un manto, blanco como la nieve. Eymeric,
completamente solo, aguardaba arrodillado en devota actitud,
con la cabeza baja y las manos unidas en una sibilante plegaria,
esperando con íntima alegría su iniciación como cofrade del
Temple, objeto de la ceremonia.
Su mirada ascendía del suelo acariciando con respeto la figura
del Maestre, comenzando por unas botas de cuero repujado,
hasta llegar a la orla del manto, sin percibir aún el rostro del
majestuoso personaje. De pronto, de manera inexplicable, del
blanco hábito, más abajo del ombligo, emergía amenazador un
miembro lleno de nudosas venas, enhiesto y palpitante, que se
acercaba a su rostro, exigiendo un homenaje indigno de
mención...Con labios al principio torpes, y con un ritmo
crecientemente febril, llevaba a cabo el servicio requerido por un
espacio de tiempo que le parecía eterno, embargado de rabia y
excitación, y al terminar, con la humillación amarga y dulzona que
rezumaba en su interior, levantaba la vista y más arriba del
cinturón y de la cruz roja que ornaba el hombro izquierdo del
personaje, emergía claro y distinto, el rojo rostro cornudo de
Satanás, que entre grandes risotadas celebraba el engaño que
acababa de infligir al joven cofrade del Temple y la victoria
obtenida con la inevitable condenación de su alma...

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Eymeric de Usall, el último templario.

Despertose sudando, con la parte menos amada de su cuerpo


excitada y también húmeda por la fantástica imagen que su
cerebro acababa de formar y presentarle, sin que la dormida
voluntad pudiese impedirlo. La figura severa de su padre le
contemplaba con gesto hosco desde un rincón de la estancia,
iluminado por una luz espectral que atravesaba la bóveda de
piedra.
Eymeric protestó de su inocencia al fantasma de su padre con
palabras balbucientes y sin significado alguno, intentando
demostrar que su sueño no representaba la realidad de lo
acaecido tantos años atrás. Francisco de Usall, evitando cruzar
su mirada con la del enloquecido anciano, comenzó a filtrarse por
los minúsculos poros de la amarilla piedra, al mismo tiempo que
la intensidad de la luz, que sólo podían percibir los ojos
enloquecidos de su hijo, disminuía hasta volver a la absoluta
oscuridad y al silencio.
Como tantas otras noches, impotente ante los actos burlones de
su inconsciente, imploró misericordia al Dios que le abandonaba,
tomó el flagelo que yacía a su lado y castigó con saña salvaje el
miedo y la culpa que le embargaban.
La sangre que se deslizaba copiosa espalda abajo distrajo su
imaginación de la acometida del deseo y de la memoria, y
encontró de nuevo la paz, o el agotamiento, para conciliar el
enfermizo sueño, sin que la nueva imagen entrevista en la
renovada pesadilla, el tranquilo claustro de Santa María de
Vilabertrán fuera suficiente para mortificarle. En la inconexa
pesadilla vio salir del brocal del pozo situado en el centro del
jardín una extraña procesión: una cohorte de esqueletos
espectrales vistiendo, unos, el manto marrón, y otros, el blanco
de la orden del Temple, entonando, con voces apenas audibles
de resonancias metálicas y profundas, el salmo “Non nobis,
domine”, mientras deambulaban lentamente por las galerías del
claustro, en el sentido de las manecillas del reloj.
Habiendo pasado otra noche tan espantosa como las anteriores,
se despertó de nuevo, entumecido, con la humedad de la sangre
ya seca en su espalda, y se forzó a acabar rápidamente: realizó
sus sumarias abluciones, encendió la luz y prosiguió su tarea.
“Amín nos encarecía también la importancia del reino

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Eymeric de Usall, el último templario.

de Chipre, tan cercano a las costas de Acre y Trípoli,


y base valiosísima para nuestras naves, perdida ya la
ruta terrestre de Anatolia con la formación de los

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Eymeric de Usall, el último templario.

sultanatos selyúcidas29 de Iconium y Cesarea, que


cortaban irremisiblemente la comunicación del
Imperio Bizantino con el reino de Armenia.
Chipre, que la orden del Temple había recibido tiempo
atrás de Ricardo Corazón de León y no había sabido
conservar, era ahora el último cordón umbilical de
Ultramar con la cristiandad.
Otras veces, Amín parecía perder de vista la casa de
Vilabertrán y contemplar con otros ojos su tierra, y
embargado por la nostalgia, nos describía las
nevadas montañas, desde donde se veía un mar
siempre azul; las arenas ardientes bajo el viento
del desierto, que enloquece a los viajeros; el calor
sofocante que quema la piel de los caballeros bajo
las armaduras metálicas; las fortalezas de murallas
tan imponentes que resultan imposibles de tomar por
la fuerza de las armas; las fuentes de aguas
deliciosas; el olor de mil especias esparcidas en un
orden misterioso de efecto embriagador en los
mercados de las opulentas ciudades...”
Amín a duras penas podía contener sus lágrimas cuando
evocaba la pérdida de su tierra. No era la suya una descripción
científica y desapasionada de Ultramar; estaba teñida de la pena
y la melancolía de quien ha de abandonar aquello que le es
familiar y buscar de la generosidad de los extranjeros un lugar en
la vida. En realidad, pocas veces nevaba en los montes del
Líbano; las aguas a menudo eran charcas putrefactas, más que
puras fuentes cristalinas; la lepra devoraba las carnes de los
caballeros bajo las armaduras relucientes; y las máquinas de
guerra, cada vez más eficientes, reducían a escombros y polvo
las murallas y, con ellas, los mercados repletos de especias. Pero
aunque hubiese sido capaz de transmitir fielmente toda la dureza
de la vida en Palestina, no hubiese sido escuchado por los
impacientes corazones de los jóvenes aspirantes a templarios,
para los que Ultramar era la antesala del paraíso.
“A sus queridas lecciones y recuerdos, se añadían
las clases de fray Pedro de Vilamolaca, sobre
maneras ocultas de escribir mensajes, geometría,
francés y occitano. Admiraba las poesías de Peyre

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Eymeric de Usall, el último templario.

Cardenal, tan llenas de fe las unas, y tan ferozmente


enemigas de los ocultos vicios de los clérigos, las
otras. Fray Pedro murió durante mi estancia, y ruego
a Dios que le haya perdonado su poco ordenada
búsqueda de placeres, no sólo intelectuales.
Al menos una vez en cada estación recibíamos la
visita de alguno de los comendadores de las Casas
del Temple existentes en las cercanías: Castelló de
Empuries, Aiguaviva o el Mas Deu. En alguna
ocasión, se encontraban dos e, incluso, una vez los
tres, con el Maestre del Temple de nuestra
provincia que era, entonces, fray Pedro de Montca-
da.”
Recordó ese día tan especial. El objeto del encuentro era evaluar
definitivamente las aptitudes del joven hijo del vizconde, Dalmau,
del cual la Orden del Temple, y el rey don Pedro el Grande de
Aragón, esperaban grandes cosas, lo mismo que años antes de
Hugo, el hijo del conde. Dalmau era astuto, sutil, amable,
valiente, fuerte, ágil y poderoso de cuerpo. Su habilidad con las
armas le llevó a superar incluso a fray Pedro en el combate, y
dejó altamente satisfechos a los altos dignatarios congregados en
Vilabertrán. Terminado el plazo que su padre el vizconde exigía
para convertir en irrevocable su decisión de profesar como
Templario, fue trasladado para convertirse en Caballero a la
encomienda del Mas Deu.
En esa jornada, su padre, el vizconde, mostró tanto su pena por
ver alejarse para siempre a su hijo, como su generosidad para
con los compañeros que compartían su formación: regaló
primorosas espadas tanto a Juan de Usall como a Eymeric.
Fray Dalmau de Rocabertí jamás olvidó los años de camaradería
con los dos hermanos gemelos, y, en el futuro, terminó por pedir
a la dirección de la orden permiso para que fray Juan de Usall, ya
sargento templario, mandase el cuerpo de mercenarios turcoples
en la poderosa guarnición de la isla de Arwad. Allí les había de
atrapar su desigual destino.
“Mientras mi querido hermano progresaba cada día
más en el entrenamiento que se endurecía sin cesar,
mis propios ejercicios se adaptaban a las

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Eymeric de Usall, el último templario.

aptitudes que mostraba. La pierna y los dolores de


espalda que me producía me impedían manejar con
la suficiente habilidad la espada y el escudo, de
manera que mis maestros me proponían cada vez
más estudios de teología, de árabe, de latín y de
astronomía, que, si bien no me iban a permitir
convertirme en sargento, acabarían por hacer de mí
un agente útil para tareas secretas y reservadas,
tanto al servicio del Temple como al de la corona.
Ello me proporcionaba mayores descansos del
ejercicio físico que aprovechaba para pasear por el
claustro, al que se abren el resto de dependencias.
Tenía capiteles muy sencillos, sin las fantasías de
monstruos y escenas que distraen y confunden a los
jóvenes monjes; al centro del jardín, sombreado por
cuatro grandes árboles, se abría el brocal de un
profundo pozo. Flanqueándolo, cuatro galerías donde
descansaban los cuerpos de muchos de los abades,
comenzando por la losa sepulcral de su fundador,
Pedro Rigau, y los de los miembros de las poderosas
familias protectoras del monasterio, así como los
osarios de los canónigos. El abad fray Arnau me
acompañaba a menudo en los paseos y acostum-
braba a contar las historias de los ocupantes de esas
sepulturas: el vizconde de Peralada, Gausfredo, que
había participado en la gloriosa batalla de las Navas
de Tolosa, dejando su vida en aras de la victoria; el
vizconde Dalmau, muerto en la conquista del reino
musulmán de Mallorca; la de mi abuelo Bartolomé,
que el abad tenía por santo, y la de su padre, mi
bisabuelo Pedro.”
Eymeric deseaba oírlo todo sobre las historias que se referían a
su antepasado Ramón, abad de Vilabertrán y obispo de Girona.
Fray Arnau, contento de poder fomentar en Eymeric los valores
que estimaba adecuados para su futuro, le explicaba que sus
capacidades debieron deslumbrar a su antecesor, el abad fray
Pedro de Torroja, pues le confió bien pronto la capellanía, que
era el lugar más influyente en la comunidad tras el suyo propio, a
pesar de que la familia de los Usall no contara, por aquel
entonces, entre las más influyentes y consideradas de la clientela

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Eymeric de Usall, el último templario.

de la canónica, y de que la dotación material con que entró como


novicio no era tan rica como sus méritos.
Cuando el abad Pedro fue consagrado como obispo de Zarago-
za, dirigió la mirada de sus canónigos hacia la persona de fray
Ramón de Usall, proponiéndolo para substituirle.
“Fray Arnau decía que la dirección de fray Ramón
como abad fue tan efectiva que atrajo no sólo
donaciones y ayudas, sino la atención del propio rey,
el casto don Alfonso, y tal vez la del propio Papa
durante el concilio de Letrán. El mismo rey, cuando la
muerte le llevó a la presencia de Aquel que le dio la
vida, no encontró lugar más digno para esperar el
Juicio que la nave mayor de nuestra Iglesia, donde
aún podemos ver su lápida.
Fray Arnau me confió dos tradiciones que corrían,
legendarias o no, sobre la santidad de fray Ramón:
una noche, en sueños, el propio Cristo le pidió
festejar el nacimiento de aquel llamado a reparar las
grietas del edificio de la cristiandad, que amenazaba
ruina, y que, echando a los enemigos que lo
usurpaban, lo devolvería a los que más necesitados

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Eymeric de Usall, el último templario.

de él estaban. El ya obispo Ramón30 mandó despertar


a todos los canónigos de la catedral y les explicó el
sueño, y al día siguiente celebraron solemnemente
aquella profecía, como si fuera Navidad. Anotado el
día del suceso, resultó ser el del nacimiento del
glorioso San Francisco de Asís.
El segundo milagro que se le atribuía era mucho
menos lisonjero, pues se trataba de otro sueño en
que veía ardiendo la Santa Cruz y por los suelos los
estandartes cruzados, lo que le hizo despertar sudo-
roso y angustiado, pidiendo a gritos caballos y armas
para liberar Jerusalén. Después se supo que era el
día de la batalla de Hattin, en que el malvado Sala-
dino destruyó el ejército de los cruzados y quedó

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Eymeric de Usall, el último templario.

inerme la ciudad santa31.”


Aparte de los supuestos milagros, la obra de Ramón de Usall
giró, mientras fue abad de Vilabertrán, en torno a la gestión
económica y la acumulación de recursos que dedicar a quienes
querían peregrinar a Tierra Santa y a las órdenes militares,
especialmente al Temple.
Pero cuando fue escogido obispo de Girona (elección que no se
explicaría sin la vigorosa presión de los tres hermanos de la
familia de los Torroja, el obispo de Zaragoza; el arzobispo de
Tarragona, y el Gran Maestre de la Orden del Temple), el papel
de Ramón se acrecentó: ayudó al Papa Alejandro III contra sus
enemigos, el Emperador y el antipapa; fue a Roma al concilio de

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Eymeric de Usall, el último templario.

Letrán32, que se celebraba para luchar contra los cátaros y para


socorrer la Tierra Santa; otorgó a sus súbditos gerundenses la
primera carta de libertades municipales de la Corona de Aragón,
anterior, incluso, a la de Barcelona; impulsó una Asamblea de
Paz y Tregua para dirigir hacia las cruzadas las turbulencias de la
nobleza catalana.
“Según el buen Abad, el obispo Ramón fue a Roma
con dos criados y seis asnos por toda comitiva, y, al
llegar a la Ciudad Santa, le confundieron con un
mercachifle, y en lugar alguno le quisieron hospedar,
con los albergues repletos de príncipes de la Iglesia,
de manera que tuvo que ir a la Casa del Temple, a
solicitar alojamiento.
Allí fue donde coincidió con el Arzobispo de Tiro,
Guillermo, el más sabio de los prelados de su
tiempo, cuyos gritos de alerta sobre el peligro que
acechaba al reino de Jerusalén habían de caer en
oídos sordos.
A mi antepasado, a decir de fray Arnau, le molestó
del Concilio el tono cada vez más agrio de las
amenazas con que se despachaban las inquietudes

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Eymeric de Usall, el último templario.

espirituales de los “buenos cristianos33”, en sus críti-


cas a la corrupción de la Iglesia. Preveía que se había
de pasar fatalmente de las palabras a los hechos,
como así ocurrió para desgracia de nuestro rey don

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Eymeric de Usall, el último templario.

Pedro34, y que llegaría a amputarse un miembro de la


cristiandad que aún era posible curar.
Vuelto a Girona, el obispo Ramón convocó, junto con

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Eymeric de Usall, el último templario.

su vecino35 el arzobispo de Tarragona Berenguer de


Vilademuls, al rey y a los barones para exigirles la
proclamación de la Paz y la Tregua de Dios en nues-
tro reino: la prohibición de justas y torneos, la del
comercio con los sarracenos en madera, hierro y
armas...Bien caro lo había de pagar el arzobispo Vila-
demuls, asesinado a los pocos meses por Guiller-
mo-Ramón de Montcada, senescal de Cataluña, que,
en compensación fue castigado al pagó de la edifica-
ción del monasterio de Santes Creus.
Mi antepasado también concedió a los ciudadanos de

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Eymeric de Usall, el último templario.

Girona36 el derecho a escoger cónsules y magistra-


dos, y ellos fueron los primeros de todas las villas y
ciudades del reino en gozar de tal fuero...”
Eymeric se detuvo sobresaltado. Le pareció percibir sonidos
escaleras arriba y prestó atención. Percibía claramente no sólo
unos pasos cada vez más próximos.. También oía cánticos como
los que le acompañaron durante los veinte años vividos como
monje...Justo en el momento en que el sonido era más claro y tan
sólo faltaba que se abriera la puerta de su escondite para poder
ver a quienes habían bajado hasta él, cesaron los cánticos y
pasos de golpe, quedando sólo el silencio absoluto que le estaba
enloqueciendo.
Mentalmente repasó las veces que se había repetido el tormento
de las pesadillas desde la última vez que su amado hijo le
aprovisionó con los parcos alimentos que consumía, y decidió
que era imposible que ya fuera domingo. Se inquietó, no tanto
por la posibilidad de que hubiesen asaltado la casa los ladrones,
pues su escondite estaba suficientemente bien oculto como para
no temer que pusieran punto y final prematuro al libro que estaba
escribiendo; más bien se trataba de la posibilidad de alguna
desgracia que obligara al joven Eymeric a romper sus
instrucciones de venir tan sólo una vez semanal...aunque no
tenía sentido alguno que su hijo se hiciera acompañar por un
coro de frailes cantando, si no es que él ya estaba muerto, y no
se había dado cuenta de que iban a trasladar su propio cadáver
acompañándose de cánticos...
Ansioso, refrenó su respiración hasta hacerla inaudible y así
poder absorber mejor cualquier sonido, pero el silencio era total y
decidió que su imaginación le traicionaba con vanos extravíos
ocasionados por su senilidad, la debilidad de su cuerpo y la falta
de contacto con otras personas con las cuales hablar.
Se sentía muy fatigado y, excepcionalmente, después de beber
un buen trago de agua y de comer la misma comida de cada día,
cantó en voz baja los salmos aprendidos en su juventud,
intentando reproducir el ductus exacto que los monjes usaban en
la tranquila paz de la canónica. Recobró con ello una sensación
de tranquilidad apacible y se animó a continuar su relato:
“Fray Arnau me refirió a menudo la gran importancia

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Eymeric de Usall, el último templario.

que tenía para él la orden del Temple, pues juzgaba


imposible que los reyes y príncipes de la cristiandad
dejasen sus esposas, sus estados y riquezas para
arrostrar incomodidades y trabajos sin fin en esas
tierras de ultramar, de manera que su defensa había
de ser garantizada por caballeros que no abando-
nasen nada tras de sí, y que tan sólo estuviesen ani-
mados con el premio futuro a sus acciones.”
Esa era la razón, seguramente, del solemne pacto que Ramón de
Usall estableció por sí y por todos y cada uno de los miembros de
su familia, por todos los tiempos venideros, con la Orden del
Temple. Todos ellos servirían como cofrades, caballeros o
sargentos, y la Orden les protegería como a valiosos familiares
suyos.
Así, pues, algunos de los sobrinos de fray Ramón fueron a

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Eymeric de Usall, el último templario.

Barcelona37, donde los templarios les ayudaron a establecerse


junto al matadero que funcionaba fuera de las murallas de la
ciudad, para evitar las molestias a los ciudadanos, y les fue
reconocido el monopolio sobre todas las pieles de los animales
que se mataban en la urbe; también obtuvieron el derecho
exclusivo a la compra, venta y uso del roldor, esa materia prima
de origen vegetal casi imprescindible como astringente de las
pieles, gracias a su contenido en taninos, que los caballeros
templarios habían adquirido del rey Jaime el Conquistador, y se
les garantizó el uso del agua del Rec Comtal
Los Usall, pronto en posesión de naves con las que viajaban a
Egipto para adquirir alumbre, suministraban las pieles que
necesitaba el esfuerzo militar del Temple. Como las naves
transportaban otras mercancías y otros mercaderes, las
ganancias obtenidas por el comercio y el préstamo y la compra
de molinos y tierras sobrepasó a lo que ganaban con la ayuda de
los caballeros de blancos mantos en el negocio del cuero.
Su importancia como ciudadanos honrados pronto les hizo
acreedores a la condición de caballeros, que ponía de manifiesto
un escudo nobiliario compuesto de tres barbos vueltos hacia la
izquierda en palo (cada uno encima del otro); y su riqueza les
hizo cambiar su residencia en la calle de los Cambios de la Mar,
por un palacio en la puerta de Regomir, que había sido cuerpo de
guardia de la muralla romana de la ciudad, y les permitió
controlar las entradas y salidas de Barcelona, responsabilidad
que asumieron, junto con otras familias también protegidas por
los templarios, al asegurar la vigilancia y defensa de ese portal.
Así, por mediación de los Usall, el Temple tenía barcos (de
manera oculta, pues, legalmente, no les pertenecían), dinero,
propiedades, podía prestar con interés, controlaba una de las
entradas de la ciudad, estaba representado en el Consejo de
Barcelona...
“Y de esta manera, las altas virtudes de fray Ramón
siguieron iluminando a quienes le rodeaban con su
ejemplo hasta ser llamado a la más alta presencia,
dejando su cuerpo no en un suntuoso sepulcro, sino

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Eymeric de Usall, el último templario.

en el osario común de los obispos de Girona38, que a


tanto alcanzaba su humildad.
¡Cómo deseaba mostrarme digno de su memoria!
Mas, no sólo esa gloria no me estaba garantizada,
sino ni siquiera la posibilidad de profesar como
sargento templario.
Pues a medida que se acercaba la fecha en que mi
querido hermano había de profesar en la Orden,
me iba conquistando la inquietud por mi propio
futuro. Aunque el vizconde de Peralada me honró con
el regalo de una espada igual a la de Juan y a la de su
propio hijo el día que Dalmau marchó para
convertirse en caballero del Temple, estaba cada vez
más claro que mi futuro más inmediato seguiría
siendo pasear, estudiar, orar y desesperarme de
impotencia entre las paredes de Vilabertrán, sin
saber qué me esperaba después:¿sería canónigo,
como mi antepasado Ramón?¿habría de casar y
afanarme en los negocios de las pieles? ¿confiaría en
mis capacidades la Orden para más altos asuntos?
Pero la vida de monje no estaba hecha para mí.
Alzarme con el cielo aún oscuro para maitines, los
estudios de letras, la misa conventual, ejercicios
físicos (que pronto habían de cesar, cuando quedase
como único muchacho en la abadía), la comida
comunitaria escuchando en silencio lecturas edifi-
cantes, estudios de todo lo relacionado con el
Temple, teología, cenar, completas...todo ello era
exasperantemente modesto al lado del supremo
sacrificio en el que quería inmolar mi vida.
Mas eso era lo que tenía ante mí, y mi preceptor fray
Juan de Peratallada se entusiasmaba con mis
aptitudes. Fray Juan era un hombrecillo rechoncho,
de barriga inconsistente con la frugalidad que
reinaba en el refectorio de la abadía, donde era más
rica la lectura de textos sagrados que la abundancia
y variedad de las viandas. Espiándolo con la inge-
nuidad de mis pocos años, descubrí sus furtivas visi-
tas a los dominios del cillerero, a menudo terminadas

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Eymeric de Usall, el último templario.

en gritos enfurecidos, que eran obra alternativa del


maestro y del despensero, y siseos furtivos, la razón
de todo lo cual entonces se me escapaba y ahora ya
a nadie importa.
Cantaba fray Juan con una voz grave, y pronunciaba
las frases latinas con una armoniosa musicalidad,
como si construyese en su cabeza directamente los
versos antes de que las palabras le llegasen a la
boca.
Su cara era maliciosa, con ojillos que parecían
cerrarse por momentos cuando la discusión de las
cuestiones que proponía se salían del marco de lo
que se esperaba en la controversia de un estudiante
con su preceptor, como si mi indisciplina intelectual,
materializada en argumentos heterodoxos, le divir-
tiera en lugar de juzgarla como pecadora presunción.
Le obsesionaba más de lo habitual la inminente
venida del Anticristo y las señales que nos habían de
permitir distinguirlo del Mesías que había de venir a
combatirlo. Yo, aún ahora lo recuerdo, le objetaba la
infinita misericordia de Dios. ¿Cuál era el propósito
de los inauditos sufrimientos que nos esperaban a la
llegada de la Bestia, habiendo ya Cristo comprado
con su preciosa sangre nuestra salvación? ¿No
había de ser el último más el Día del Perdón que el de
la Ira, para los verdaderos cristianos?
Pero él citaba y recitaba los pasajes de todas las
profecías de la Biblia que se refieren a la Bestia y a
su reinado, y aún aquellas tradiciones que, sin
ser doctrina de la Iglesia, han gozado de confianza a
lo largo de los siglos. Era evidente como la luz del sol
que vendría el Anticristo, hijo súcubo de Satanás y
de monja exclaustrada, que engañaría con falsos
prodigios a potentados y simples, recobraría Jerusa-
lén y sería coronado en la Ciudad, proclamándose el
Hijo de Dios retornado. Y la Iglesia será engañada y
se le someterá, y todos los cristianos serian conde-
nados, si no fuera que la misericordia divina nos ha
de mandar a Enoch y Elías, aunque ellos también

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Eymeric de Usall, el último templario.

morirán derrotados por el Maligno, cuyo reino se


prolongará aún tres años y medio.
Y el retorno de Cristo, finalmente apiadado de los
hijos de Adán, pondrá fin a su vida y su reinado, en la
batalla final, en el monte de los Olivos.
Pues ya lo dijo Honorio de Autún: ”El reino de Dios
se ha acabado y el del Anticristo ha comenzado; un
nuevo derecho ha reemplazado al antiguo; la
teología escolástica ha salido del fondo del infierno
para ahogar la religión; en fin, ya no hay más moral, ni
dogma, ni culto, y he aquí que llegan los últimos
tiempos anunciados en el Apocalipsis”
Eymeric no soportaba que su preceptor escogiera los temas, las
lecturas, los autores. Contemplaba con avidez y envidia la fruta
prohibida ante su boca anhelante, pues había en la biblioteca un
armario atestado de libros condenados, que nunca podían ver ni
consultar, tras una gruesa puerta cerrada con llave. Pero entre
las habilidades que adquiría el joven aprendiz de espía, también
estaba la de forzar los cierres de todo tipo.
Sin decírselo ni siquiera a su hermano, pues la extrema rectitud
de éste hacía seguro que, caso de ser descubierta la falta de
alguno de los volúmenes, le habría de delatar ante la amenaza
de castigos espirituales, imaginó y llevó a cabo un plan.
A la hora en que el más pesado sueño se apoderaba de
canónigos y novicios, Eymeric se deslizó conteniendo la respira-
ción hasta la cama de fray Peratallada, que dormía con el manojo
de llaves correspondiente a sus funciones colgado del cuello, se
las sustrajo poniendo un dedo entre cada dos llaves para evitar
su tintineo, y realizó un molde con un pedazo de sebo, sustraído
en la cocina, de las tres llaves necesarias: la que daba paso del
claustro al patio, la de ingreso a la biblioteca y la del armario de
los libros malditos. Volvió con el mismo sigilo, sin ser notado por
ninguno de los durmientes, y, con el corazón aún agitado, no
pudo conciliar el sueño pensando en las maravillas que acababa
de conquistar.
A continuación, los próximos días, dedicó furtivas sesiones a la
talla en un tarugo de madera de roble de un duplicado de cada

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Eymeric de Usall, el último templario.

una de las llaves.


Cuando estuvo terminada su clandestina tarea, escapó de nuevo
del dormitorio comunal, se descolgó con todo el cuidado de que
fue capaz para evitar el menor ruido por una de las ventanas que
daba a la terraza que coronaba una de las galerías del claustro
que permitía que los monjes imposibilitados asistir más
cómodamente a misa desde una abertura practicada en la pared
del templo.
Jadeando por la excitante aventura y por el miedo a un fracaso
en su final, ató una cuerda que dejó llegar hasta el suelo. Había
descartado un salto pues su pierna deforme no le daba seguridad
suficiente y no quería contratiempos. Se descolgó hasta poco
más de un metro de altura, pero le fallaron las fuerzas y cayó de
bruces. El impacto fue considerable, a pesar de la hierba del
jardín central, y mientras rodaba por la tierra tuvo que morderse
el labio inferior para evitar gritar de dolor.
A continuación abrió con la primera llave la puerta que daba
acceso al patio de los ejercicios militares, que atravesó con paso
renqueante, y se detuvo ante la puerta que cerraba la biblioteca.
Buscó la segunda llave, la encajó en la cerradura y la hizo girar
hasta oír un leve crujido, tras el que la puerta cedió a su suave
empujón. Tan solo quedaba un último obstáculo, que tampoco se
le resistió: la tercera llave, finalmente, le dejó acceder a la fuente
de su tentación, el interior del pesado armario de los libros
prohibidos. Solo entonces se atrevió a encender lumbre con la
yesca y el pedernal que llevaba en su hábito y con ella, una vela
para poder escoger entre los volúmenes malditos.
Paseó su mirada acariciadora sobre los pergaminos y los libros
encuadernados en rígida piel que iluminaba de forma tenue con
la vela que sostenía su mano temblorosa por la emoción. Ojeó
con el corazón acelerado un volumen con las poesías
anticlericales de Peyre Cardenal, un juglar muerto hacía algunos
años, prolífico y provocador; una obra de Gerardo del Borgo San
Donino, la Introducción al “Evangelio Eterno”; varias obras de
Joaquín de Fiore: la “Exposición del Apocalipsis”, el “Psalterio de
las diez cuerdas”, el libro “De los siete sellos”, el “Enquiridion
sobre el Apocalipsis”; el “Symbolum Valdensium”; los “Oráculos
sibilinos”...

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Eymeric de Usall, el último templario.

Ardiendo por el deseo de devorarlos todos, tomó solamente uno,


para evitar que fray Peratallada percibiese la falta: las poesías de
Peyre Cardenal, que contenían versos tan memorables como
poco edificantes para un joven aprendiz de monje con más
vocación de guerrero que de teólogo.
Eymeric cerró cuidadosamente el armario y rehizo su camino en
dirección inversa. Ya en el claustro, escondió tras uno de los
sepulcros el precioso botín de su aventura y se dirigió a la cuerda
que había dejado colgada, que escaló como pudo entre jadeos
ahogados.
Tras un descanso para que su corazón y su respiración volviesen
a la normalidad, penetró de nuevo en el dormitorio, no sin antes
haber escuchado en silencio si algún revuelo demostraba que se
había descubierto su falta.
Los días siguientes los dedicó a leer furtivamente el libro
prohibido, de cuyo contenido puede dar una idea la poesía
siguiente:
Mas jo non crezon clergue que fan la falcetat,
Que son larc d'aver penre et escas de bontat,
E son bel per la cara et ore de peccat,
E veden als autres d'aço que fan ells d'amagat,
E en loc de matinas an us ordes trobat
Que jeuen ab putanas tro-l solelhs es levat,
Enans canton baladas e prozels trasgitat:
Abans conquerran Dieu Cayfas o Pilat.
Monge sol estar dins los mostiers serrat
On adoren Dieu denan la Majestat,
E can son en las vilas on an lur potestat,
Si avetz bela femna o es homs molherat,
El seran cobertor, si-eus peza o de bon grat;
E can el son desus e-l cons es sagelat
Ab las bolas redonas que pendon al matrat,
Can las letras son clausas e lo traucs es serrat,
D'aquí eyson l'iretge e li essabatat
Que juron e renegon e a tres datz fan porfiat:
Aiso fan monge negre en loc de caritat.

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Eymeric de Usall, el último templario.

Mon estribat fenisc, que es tot compassat,


C'ai trag de gramatica e de divinitat;
E si mal o ai dit, que-m sia perdonat,
Que yeu o dic per Dieu, qu'en sia pus amat,

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Eymeric de Usall, el último templario.

E per mal estribat ... Clergues39


El joven Eymeric experimentó ante esas lecturas una excitación
que, comprensiblemente, sobrepasaba lo intelectual y se
adentraba en la ignota complejidad de las reacciones
hormonales..Casualidad o no, lo cierto es que esa misma
semana, fray Peratallada les propuso como objeto de devoción la
poesía de Cardenal, y las miradas inquisitivas dirigidas al
culpable por su agudo preceptor desencadenaron un torbellino de
sentimientos de culpa en el pupilo. Claro está que los versos
propuestos por el maestro eran muy distintos de los obtenidos de
manera furtiva por Eymeric.
Se trataba de un poema dedicado a la Cruz, que terminó por
hacerse muy famoso y convertirse en un modelo para la
inspiración de poetas durante varios siglos.
Es sorprendente la diversidad de la obra de Cardenal, cuya vida
duró casi un siglo y murió finalmente en Montpellier, protegido por
los reyes catalanes.
Sabiéndose descubierto por su preceptor, Eymeric lloró en
silencio de remordimiento por la culpa de haber ensuciado con su
insolencia la pureza de la intención del poeta, y de rabia al saber
su falta conocida, pero fray Peratallada nada le dijo.
Simplemente, a partir de aquel momento, se introdujeron
paulatinamente los libros prohibidos en el plan de estudios, y el
armario condenado hasta entonces quedó abierto bajo el discreto
control del fraile.
Así, pues, por primera vez se le permitió leer a Joaquín de Flor, y
discutir sobre las tres épocas de la historia de la humanidad: la
del Padre, que transcurrió entre Abraham y Cristo, época de la
Ley, en la que se inspiró el Antiguo Testamento y en que los
hombres vivieron de acuerdo con la carne; la del Hijo, que se
extiende entre la Encarnación y el año de 1260 (42 generaciones
después), época de la gracia, inspiradora del Nuevo Testamento,
en que los humanos vivieron en un estado intermedio entre la
carne y el espíritu; y la del Espíritu Santo, tiempo del Amor, en
que había de revelarse el auténtico significado de las Escrituras,
y no serían ya necesarios los pastores por haberse emancipado
los corderos. Unos hombres espirituales redimirán la cristiandad
con un orden de los justos, tras haberse disuelto el Papado,

página 90
Eymeric de Usall, el último templario.

caído en manos del Anticristo.


No es que fray Peratallada viese con buenos ojos estas
enseñanzas, pero tal vez pensó que intentar prohibirlas les daba
un halo de importancia inmerecida; quizá coincidía con una de las
divisas de Joaquín: “electus est ad libertatem contemplationis,

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Eymeric de Usall, el último templario.

scriptura attestante, qui ait: ubi spiritus, ibi libertas”40.


Eymeric, con un hondo suspiro prosiguió su tarea, apartando de
sí aquellos recuerdos demasiado dulces; urgía llegar pronto a la
hiel que había de limpiar su espíritu de las inmundicias de una
edad posterior, alejada de la inocencia del tiempo que ocupaba el
hilo de su relato.
“Fray Juan admiraba profundamente a Santa Hilde-

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Eymeric de Usall, el último templario.

garda de Bingen41, que se escribió con cuatro Papas


y dos Emperadores; de ella teníamos multitud de
libros, aunque el respetado maestro hacía su
propia selección; bien que nos ordenaba el estudio

página 93
Eymeric de Usall, el último templario.

de su “Speculum futurorum temporum”42 y del “Scito

página 94
Eymeric de Usall, el último templario.

vias Domini”43, y nos forzaba a pensar en la senectud


del mundo y el advenimiento del Juicio, que la
abadesa veía tan claro en sus sueños como despierta
contemplaba los muros de su convento, con sus
vívidas descripciones de la angustiosa bestia del
infierno...
Aunque tengo por cierto que disfrutaba más
sinceramente de los libros culinarios de la Santa, y
no dejaba de citarla, cuando hablaba con otros
monjes más morigerados, cuando dice: “en una
persona que oprime su cuerpo con un ayuno exce-
sivo, el disgusto aumenta y un descontento tal se ve
acompañado por errores mayores que si hubiera con-
cedido a su cuerpo el alimento adecuado”.
Su debilidad por los manjares le forzaba a frecuentar
los dominios del cillerero, fray Bernardo, un anciano
desagradable y desdentado, que con cualquier pre-
texto intentaba atraerme a sus dominios, según él
para que le aliviase del peso de sus duros trabajos,
excesivos para su edad. No entendía entonces la
razón por la cual estas atenciones, acompañadas de
promesas de alguna vianda selecta, desencadena-
ban un vendaval de severas reprimendas y castigos
por parte de fray Juan, que parecía espiarme para
evitarlas.”
Fray Peratallada vivía angustiado con la imposible convivencia
que generaban, compartiendo el espacio reducido al interior de
los muros del monasterio, unos muchachos en la flor de la edad
con hombres maduros privados del contacto con mujeres. No es
que le fuese fácil controlar sus propias pulsiones, pero, desde
luego, estaba seguro que si una cosa era intolerable era volcarlas
hacia jóvenes poco preparados para decidir por si mismos sobre
temas tan delicados.
Por ello, el peligro supremo que percibía para las almas de sus
educandos no era la herejía que pudiesen suscitar las lecturas
del armario condenado de la biblioteca (llamado en broma el
“infierno”), o que se les impusiera una vida religiosa al margen de
su auténtica vocación; no, lo peor era su ingenuidad que
provocaba una respuesta perversa en algunos monjes.

página 95
Eymeric de Usall, el último templario.

“Dichos castigos resultaban siempre mucho más


suaves para mí que para el cocinero, que en una
ocasión pasó una semana a pan y agua en la
prisión del abad, y no cejó mi preceptor hasta
conseguir el traslado del anciano fraile al monasterio
de Santa María de Lladó, que dependía del nuestro,
en una montaña alejada. El nuevo cillerero, fray
Mateo de Figueres, ni me tentó con exquisiteces, ni
despertó ningún interés en fray Peratallada, aunque
no disminuyó el suyo por la cocina, con el pretexto
de poner a prueba las deliciosas recetas de la abade-
sa. Decía que si Dios había criado unos animales y
plantas tan exquisitos, sin duda no era para tentar a
los golosos y arrastrarlos a las profundidades del
averno. También justificaba el trasiego de los buenos
vinos con el argumento irrefutable de que el propio
Maestro había consumado el milagro de nuestra
salvación en una mesa poblada de buenos caldos, y
no adornada de agua insípida, pura y cristalina; y que
su primer milagro, había sido trocar agua en vino, y
no al revés.
Santa Hildegarda nos servía también de guía en los
usos de las plantas, de las que en sus libros
describía más de 200 clases; para convertirlas en
medicinas y tríacas, la abadía tenía dos esclavos
sarracenos, regalados por un caballero que así
cumplió su voto al retornar con vida de Tierra Santa.
Dichos esclavos se llamaban Ibrahim y Abdallah;
también ellos contribuían a nuestra formación con
curas para las heridas y para la diarrea y otras
afecciones abundantes en Ultramar.
Estas hierbas se usaban en el hospital y se vendían a
los peregrinos que quisieran adquirirlas. También
nos las compraba una mujer viuda de la vecina
Peralada, llamada Mercadera, corpulenta y fuerte
como un roble, que traía una vez por semana
animales volátiles, y nos compraba los remedios. Era
escandalosa y grosera, y a muchos espantaba, de
manera que ningún hombre la quería como esposa.
Ella decía que su nave no estaba hecha para

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Eymeric de Usall, el último templario.

marineros pusilánimes y que un marido le hacía tanta


falta como las llagas a los leprosos. Aseguraba, entre
grandes risotadas, que ni siquiera su marido le había
hecho falta alguna para engendrar sus seis hijos. Su
brazo valía más que el de un almogávar, y bien lo
había de demostrar en su momento.”
Eymeric era incapaz de recordar si había comido alguna cosa, ni
cuántas horas llevaba trabajando, de manera que mordió un
mendrugo de pan, se forzó a tragar un par de higos y se tendió,
temeroso de lo que la noche le reservaría, tan fatigado que el
sueño le capturó casi de inmediato.
Su fantasía le llevó a las galerías del claustro de Santa María de
Vilabertrán donde caminaba lentamente con un libro en sus
manos. Interrumpiendo su paseo y la apacible lectura, un sonido
sordo parecido a la fricción de una superficie rugosa contra la
piedra desnuda que parecía provenir del brocal del pozo. Se
derramaba una incierta viscosidad en todas direcciones como
una sombra que se extendía, y Eymeric echaba a correr hasta el
dormitorio colectivo de los monjes, donde se tendía junto a su
hermano Juan, para protegerse del miedo. Pero el mismo ruido
del claustro parecía perseguirle a la amplia sala, en la que
adivinó sutiles movimientos entre las camas de los monjes,
seguidos de unos quejidos ahogados, de manera que se tapaba
los oídos y rezaba en voz cada vez más alta para no tener que
escuchar el inquietante sonido.
Angustiado, se revolvió en su jergón y el sueño le trasladó al
aposento del palacio real de Federico III de Sicilia, donde el gran
médico Arnau de Vilanova, sentado al lado de su amplia cama, le
reprendía por haber sucumbido a los pecados de la carne y le
sugería un régimen especial para vencer las tentaciones.
Eymeric lloraba de alegría ante tal ayuda; luego acudía a
despedir la nave en la que el gran sabio se alejaba para
convencer al Papa de que había de convertirse y alejarse del
poder del Anticristo. De manera incongruente, se encontraba
entonces en el puente de la nave junto a Vilanova y junto a
Ramón Llull, que gesticulaba enfrascado en una discusión con
las nubes sobre la forma que debían adoptar para conformarse a
la lógica de su Arte. Mientras Eymeric observaba si los
nubarrones mudaban su aspecto, le pareció ver entre ellos al

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Eymeric de Usall, el último templario.

mismísimo Dios repartiendo trompetas a los ángeles que habían


de tocarlas para señalar el fin del reinado del Anticristo, mientras

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Eymeric de Usall, el último templario.

ondeaban la bandera blanca y negra44 de los templarios.


Entonces, la soñada nave comenzaba a agitarse y Eymeric
alzaba su voz con estentóreos gritos de “¡fluctuabit sed non

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Eymeric de Usall, el último templario.

demergetur45!”, y de manera mágica, parecía calmarse la


tempestad, entre las alegres exclamaciones y aplausos del resto
de pasajeros, entre los cuales estaba el propio Francisco, el
padre de Eymeric, con los cabellos llenos de algas y un pez
asomando de su boca, que movía la cabeza como aprobando el
proceder de Eymeric. La visión de su padre ahogado le
sobresaltó y dio un fuerte alarido que apartó de él la pesadilla.
Eymeric, ya despierto, recordó la última vez que vio a su padre
con vida, antes de su naufragio. Acababa de volver de Sicilia
después de dos años de combates que se enconaban por decidir
quién había de ceñir esa sangrienta corona, adornado de la gloria
mundana de un héroe, conquistada sobre los malvados soldados
del usurpador Carlos de Anjou, y aprovechó para visitar a los dos
gemelos, que ya tenían dieciocho años.
Fue recibido por el abad y, tras llevarle una generosa donación y
nuevas de la marcha de la guerra y de las repetidas victorias,
pudo encontrarse con Eymeric y Juan. Le contemplaron con ojos
admirados: su porte distinguido, las ropas de excelente factura, el
caballo de color de azabache que había montado hasta el
monasterio...todo les parecía parte de una mágica aventura que
ellos podrían también experimentar: batallas, victorias, gloria,
honor.
Todo lo que Francisco de Usall les contó de la lejana contienda
les sorprendió y espantó, concentrados como estaban en
prepararse para otro tipo de guerra, la cruzada en Ultramar: fuera
de los muros de Vilabertrán, los catalanes luchaban contra el
Papa y contra Carlos de Anjou, piadoso soberano que luchó en
las dos cruzadas de San Luís, y los que morían eran cristianos.
En la guerra que llamaba a las puertas de Catalunya todo era
sórdido y confuso, y no poco les angustiaba la excomunión que el
Papa había fulminado contra el rey don Pedro, partidario como
era de los intereses franceses.
Animado por la perspectiva de la victoria en la guerra de Sicilia,
su padre Francisco se marchó y jamás le volvieron a ver,
quedando su cuerpo abrazado por las criaturas marinas y privado
de cristiana sepultura.
Eymeric suspiró y se alzó otra vez. Creía que ese día era
domingo, pero se le hacía realmente difícil llevar el cómputo del

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Eymeric de Usall, el último templario.

tiempo, de manera que llevó a cabo las tareas cotidianas, con un


poco más de atención a posibles pasos provenientes de la
escalera que le unía al mundo de los vivos. Como consecuencia
de su impaciencia, el tiempo se le hizo mucho más largo mientras
reanudaba el relato. Decidió que, a partir de ese día, marcaría
cada comida efectuada, para poder computar el paso del tiempo.
“Un papel especial lo tenía, en nuestras lecturas,
fray Ramón Llull. Leíamos juntos su “Libro contra el
Anticristo”, en alta voz, y en él, el gran sabio nos
enseñaba cómo distinguir los prodigios del maligno
de los verdaderos milagros del Salvador: “Segons
que son les tres species de miracles porà hom
rependre Antichrist en los falçes miracles que farà
segons la falça entenció que haurà en fer miracles
contra los comandaments e contra los VII sagra-
ments; e cor no porà fer d'aquells miracles qui son
pus luny a ordre de natura, per lo qual no ha poder
significarà si mateix ésser no-Déu, la llunyea
dels quals miracles a obre natural es per ço cor son
invisibles e insensibles en les coses sensuals segons
que.ls uns miracles son en pus alt grau virtut que els
altres, cor aquells miracles son en major virtut hon
pus son prop a les coses intellectuals e pus luny a les

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Eymeric de Usall, el último templario.

coses sensuals”46.
Y en su “Libro del orden de la caballería” nos
mostraba la razón de existir del Temple: sólo uno de
cada mil o dos mil hombres tiene la fuerza y el valor
de hacer triunfar la justicia en la tierra y de castigar la
iniquidad; y ello le da derecho a recibir el trabajo de
quienes le alimentan, crían los caballos que usa,
forjan sus armas; manteniendo con su fuerte brazo
expedito el camino de la salvación, como mantienen
el camino del Santo Sepulcro a los peregrinos, son
los valedores de la Iglesia. Son, así, la unión de los
mayores oficios del mundo: el de clérigo y el de
caballero.”
Ahora la expresión del anciano se tornó grave mientras cambiaba
el tono de su relato, que de referirse a los recuerdos infantiles de
dos jóvenes huérfanos, entraba a tratar de asuntos terribles, que
causaron innumerables muertes.
“Mientras nos edificaban tan santas lecturas, el
monstruo de la guerra estallada por Sicilia amena-
zaba con engullirnos. Ahora, contemplado desde la
distancia que marca el tiempo, cuesta comprender la
razón de cuanto pasó en aquellos años.
Tal vez todo ocurrió por la avidez de poder del Papa

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Eymeric de Usall, el último templario.

Inocencio47, que injustamente excomulgó al señor


Emperador Federico, el que había devuelto Jerusalén

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Eymeric de Usall, el último templario.

a la cristiandad48.”
El conflicto entre el Papa y el emperador Federico II, aunque
aparentemente se reducía a los retrasos del alemán en
emprender la cruzada a la que se había comprometido, en
realidad era un episodio más de la pugna por el poder entre
Papado e Imperio Germánico, llamada también “Querella de las
Investiduras”.
Federico II tenía pretensiones de monarca universal; era culto,
tolerante; aprendió árabe para comprender mejor a sus súbditos
sicilianos y napolitanos, que gobernaba tras haber heredado las
coronas de los reyes normandos.
Muchos de esos súbditos eran todavía musulmanes, y, además,
Federico quería poder disfrutar del conocimiento de los clásicos
tan sólo disponible en su integridad en la lengua de Mahoma.
Pero su pretensión de tomar en sus manos el dominio efectivo de
toda Italia había de chocar frontalmente contra los interes
políticos del Papado. Como parte del enfrentamiento, Inocencio
excomulgó al germano, y sus sucesores en el trono de Pedro
aprovecharon esta situación para destronar a los descendientes
del emperador, nombrado en su lugar al hermano del rey de
Francia, Carlos de Anjou.
“Contra toda razón, otro Papa, Clemente, con la
excusa de que la excomunión había privado a la casa
del Emperador del derecho a la corona de Sicilia,
entregó su estandarte al conde de Anjou, Carlos,
hermano del rey de Francia, San Luís, y le encargó
desposeer y matar al buen rey Manfredo, que dejó su

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Eymeric de Usall, el último templario.

vida, pero no su honor, en la batalla de Benevento49.


Y tras matar, incendiar y saquear a sus nuevos
súbditos, el de Anjou aún acabó con la vida de
Conradino y Enrique, quedando desierta la estirpe
imperial...¿Qué digo, desierta? Una de las nietas del
Emperador, hija del rey Manfredo, la más alta y
honrada de las mujeres de este mundo, Constanza,
casó con nuestro rey don Pedro que había de acabar
siendo llamado “el Grande” con más merecimientos
que ningún otro, y con este matrimonio le aportó, a
falta de otros parientes, la dignidad de las coronas de
Sicilia y de Jerusalén, junto con el mortal peligro que
conllevaba intentar alcanzar su disfrute.”
Este matrimonio le aportaba a la Casa de Barcelona una
oportunidad, cargada de todo tipo de peligros. Los condes
catalanes tradicionalmente habían mirado al otro lado de los
Pirineos como lugar natural de efectuar matrimonios, guerras y
tratados. Aquella tendencia quedó imposibilitada con la derrota
de Pedro el Católico en Muret, donde dejó la vida, y como
respuesta, el rey Jaime el Conquistador lanzó todo el potencial de
la Corona de Aragón hacia el Mediterráneo, llevando la guerra a
Baleares y Valencia.
Ahora, los derechos de Constanza a la corona siciliana, daban
pie a abalanzarse sobre un reino que, en esa época, era uno de
los más importantes de Europa: Palermo era cinco veces mayor
que Barcelona. Eso, si Pedro el Grande se atrevía a desafiar al
Papa, a los Anjou y a Francia simultáneamente...
“Y la Casa de Barcelona se vio obligada, por punto
de honor, a socorrer a una dama privada de su
patrimonio por la injusta fuerza del Papa, de la Casa
de Anjou y de la de Francia, aunque hubiera de ha-
cerse con la guerra más cruel y sangrienta que
jamás haya visto el mundo.”
Lo cierto es que Carlos de Anjou no sólo había usurpado el trono
de Sicilia y Nápoles: compró también los derechos de María de
Antioquía al trono de Jerusalén, derechos que le venían de su
abuelo Conradino, de la casa del emperador Federico, y
pretendía infructuosamente la corona del Imperio Bizantino contra

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Eymeric de Usall, el último templario.

Andrónico Paleólogo.
“Pero el señor rey don Pedro pronto había de cortar
las alas a tales buitres, aún a costa de guerras que
habían de desangrar nuestras tierras. Preparó una

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Eymeric de Usall, el último templario.

flota para ir a Túnez, donde una guerra civil

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Eymeric de Usall, el último templario.

fratricida50 le ofrecía la posibilidad de obtener la bella


y fuerte ciudad de Constantina; aunque de reojo,
nuestro rey miraba las tierras que tendría frente a sí,
cuando desembarcase en Túnez: la herencia de su
amada esposa, Sicilia.
Mi padre, pues, aparejó su palafrén y marchó a
cumplir como buen súbdito, embarcándose en Port

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Eymeric de Usall, el último templario.

Fangós, frente a Tortosa, a primeros de mayo51, para


pasar a Túnez, junto a valencianos, aragoneses,
mallorquines, gentes de Murcia y catalanes de todos
los condados; todos recibieron sus soldadas y mi
padre recibió, en atención a sus conocimientos de la
mar, el segundo mando de una galera, en calidad de
cómitre.
Tras detenerse en Menorca, donde aún vivían
musulmanes sometidos a tributo, la flota llegó a
vislumbrar las costas de Túnez el día de San Pedro.
Allí los sarracenos se negaron a entregarle la ciudad
prometida y el señor rey empezó a correrles la tierra
a sangre y fuego, mientras mandaba como embajador
a la isla de Sicilia a Pedro de Queralt, para sondear si
era posible que los naturales de ella aceptasen como
señor a quien bien les amaba y cuyo derecho era
innegable, antes que al cruel usurpador que les
oprimía.”
Eymeric se detuvo. ¿Cómo iba a resumir en pocas palabras
todas las maniobras que condujeron a la rebelión de los sicilianos
y a la proclamación del rey don Pedro como señor de la isla?
¿Las embajadas repetidas, unas para pulsar la decisión de los
descontentos súbditos de Carlos, otras para retar al rey enemigo,
tal y como un rey tan pagado de su honor como Pedro el Grande
no se privó de hacer?¿El heroísmo de los sicilianos que
mantuvieron durante meses su isla en armas hasta la feliz
llegada de su nuevo rey?
En todo caso, el anciano penitente no podía dejar de pensar,
lleno de orgullo, en lo que le contaron sobre el papel de su padre
en estas mensajerías.
“Con esas embajadas iba mi padre que así presenció
cuando el cobarde Carlos, mordiendo de rabia el
cetro obtenido con engaños y violencias, gritó que
Sicilia no era ni suya ni del rey don Pedro, sino de la
Santa Sede Romana, y que él sabría defenderla para
el señor Papa.
De manera que la guerra fue inevitable y el rey
embarcó su ejército y lo dirigió a Messina, que se

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Eymeric de Usall, el último templario.

había alzado en armas contra los franceses y


había sabido defenderse sola frente a ellos por más
de dos meses. Cuando desembarcó don Pedro, la
alegría que inundó las calles era embriagadora, tanto
que parece que pensara en ello Isaías cuando
escribió “inebriamini et non a vino, movemini et non a

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Eymeric de Usall, el último templario.

ebrietate! 52”; pues el yugo de Carlos para ellos había


sido más pesado que el poder de Satanás.
Días después, frente a Reggio, los nuestros tomaron
22 galeras a los franceses, una de las cuales acabó
mandando mi padre, que así pasó de cómitre a

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Eymeric de Usall, el último templario.

capitán, y la llamó “Porciúncula53” en honor de San


Francisco y de la devoción que su padre Bartolomé
profesaba al santo de Asís.
El negocio ocurrió de la siguiente manera: el capitán
de la galera en la que servía mi padre prometió mil
sueldos barceloneses al primer hombre que subiera a
la galera de los de Nápoles, una vez los garfios de
abordaje la hubieran inmovilizado. Enardecidos por
su valor y espoleados por la ganancia, muchos de los
nuestros cayeron luchando sobre los tablones
dispuestos para el asalto, mientras volaban las
cuerdas y las escalas desde la banda de babor de
nuestra nave a la suya de estribor, entre una nube de
flechas. Viendo lo cara que estaba costando en
sangre la victoria, y lo atareados que estaban los
enemigos repeliendo ese ataque, mi padre y dos de
sus hombres, saltaron al mar y, rodeando la nave
enemiga por la popa, la escalaron por la parte de
babor, que nadie guardaba. Habiendo saltado a
cubierta por sobre la amura, mataron su piloto y
cortaron las cuerdas del gobernalle, dejando la nave
sin capacidad de maniobra. Así ganó la galera y
eterna honra.”
Eymeric se detuvo para poder imaginar la gloriosa escena: su
padre con la espada sangrienta en la mano, exultante, al grito de
“¡¡Por San Jorge y el rey don Pedro!!”, apuntando al cuello del
capitán enemigo que, atemorizado, se rindió, y con él, la
tripulación enemiga, que así, al menos, salvó la vida, pues
Francisco pudo contener a los catalanes que ya invadían la
cubierta enardecidos y con ánimo de matarlos a todos.
Tan grande se juzgó la valentía del padre de Eymric que le
concedieron, para mandarla, la galera enemiga capturada, muy
marinera, de cuarenta remos, 100 codos de manga y 15 de
eslora, y 250 tripulantes, que quedaron encadenados a los
remos.
Sacudiendo lentamente la cabeza para alejar de su imaginación
la grata escena, Eymeric se esforzó por volver a su relato, que en
absoluto pretendía le hubiese de procurar placer.

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Eymeric de Usall, el último templario.

“Poco después, el Papa Martín, francés como el de


Anjou, excomulgaba a nuestro soberano y ponía
todos sus reinos en entredicho, gran pecado que
ponía en riesgo muchas almas de buenos cristianos,
aunque ninguna en tanto como la del propio mal
pastor, tan fatuo como para pretender que su
voluntad podía encadenar la del Altísimo...
Nuestro rey respondió a tales insidias con la digni-

22
Gran Maestre del Temple.
23
Dalmau de Rocabertí era hijo del vizconde del mismo nombre y de su
tercera mujer, Guilleuma de Cervelló; hermano del que acabaría
siendo obispo de Girona, Pedro de Rocabertí, y del futuro Arzobispo
de Tarragona, Guillermo de Rocabertí (este hermano de padre y
madre) y del heredero del vizcondado, Jofre IV de Rocabertí.

24
Turcoples eran los expertos mercenarios cristianos al servicio del
Temple, generalmente como ballesteros o como caballería auxiliar.
25
“Al-qitab al-Magisti”, llamado Almagesto por la cristiandad medieval.

26
En realidad, el autor era el geógrafo Claudio Ptolomeo, del siglo II d.
C., tomado erróneamente en la Edad Media por un faraón de la
dinastía de los Ptolomeos.
27
Los caballeros teutónicos, o de Santa María de los Alemanes, habían
sido fundados tardíamente por los emperadores germánicos
siguiendo el modelo de los templarios. Los hospitalarios, los más
antiguos, habían cambiado sus objetivos principales de la asistencia
a los peregrinos al combate militar.

28
Los cristianos de esa época estaban obsesionados con encontrar un
aliado que les permitiese tomarentre dos fuegos a los musulmanes, y
tendieron a idealizar y magnificar el potencial bélico de los etíopes, a
cuyo rey cristiano llamaban “Preste Juan”
29
Los selyúcidas eran pueblos turcos llegados en el siglo XI a la región;
pusieron en aprietos a los bizantinos durante siglos, lo que precipitó
la decadencia de ese imperio, y crearon sus propios imperios en la
península de Anatolia. Finalmente, nuevos grupos turcos, los
otomanos, fueron quienes, ya en el siglo XV, conquistaron el antiguo

página 113
Eymeric de Usall, el último templario.

dad de un caballero: desafió a combate singular, en


Juicio de Dios, a Carlos, el usurpador, de manera que
ningún hombre más hubiese de morir por su causa,
ni se colocasen almas de buenos cristianos en
peligro. Y el felón respondió con nuevas traiciones:
aceptó de palabras el reto, pero exigió celebrar la
justa en Burdeos, en tierras del rey de Inglaterra,
pero rodeadas de las de su sobrino Felipe de Francia,
de manera que por los caminos que conducían a la
ciudad pululaban más de mil caballeros, e infinitos
infantes armados con órdenes de capturar y matar a
nuestro rey, pues antes se hubiera enfrentado Carlos
desnudo a un león que armado en igualdad de
condiciones con don Pedro.
Nuestro rey decidió que el honor exigía comparecer,
pero la precaución demandaba hacerlo de la manera

Imperio Romano de Oriente.

30
Desde el 21 de junio de 1178.
31
La batalla de Hattin se libró en 1187.
32
Tercer Concilio de Letrán, días 5 a 15 de marzo de 1179.

33
Los buenos cristianos es la denominación más popular de los cátaros
en los territorios del conde de Tolosa y del vizconde de Carcasona.
34
Pedro el Católico, muerto en la batalla de Muret, defendiendo a sus
súbditos y aliados cátaros.
35
Vilademuls está a poca distancia de Usall.

36
Hacia 1182. Font i Rius, Jose Maria: “Orígenes del Régimen
Municipal de Catalunya”, CSIC p. 353.
37
La mención más antigua de ellos en Barcelona es de 1209.

38
Desde su muerte el día 28 de abril de 1196.

39
Pero yo no creo en clérigos que hacen la falsedad

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Eymeric de Usall, el último templario.

más secreta para impedir ser preso o asesinado. Por


ello, volvió a Catalunya con sólo tres galeras de
escolta, entre las cuales la “Porciúncula” de mi
padre, y atravesó veloz sus tierras hacia Poniente,
acompañado por Conrado Lanza, Gilabert de Cruïlles,
Berenguer de Peratallada54, pariente de mi maestro
Juan el canónigo, y mi padre; y al llegar al reino de
Aragón a ellos se unió Blasco de Alagón y unos
guías que les condujeron por caminos ignotos,
disfrazados todos como mercaderes de caballos. Y si
alguien dudase del gran honor que se hacía a mi
padre, al permitirle jugarse la vida junto a su rey, le
que son largos en tomar dineros y escasos de bondad
son bellos de aspecto y horribles por sus pecados

y prohíben a los otros aquello que ellos hacen a escondidas


En lugar de maitines han encontrado un nuevo oficio:
que yacen con putas hasta que sale el sol
entonces cantan baladas y prosas de juglar.
Antes conquistarán a Dios Pilatos o Caifás.

El monje suele estar en el monasterio encerrado


donde adora Dios delante de la Majestad:
pero cuando están en las ciudades donde tienen poder,
si tenéis una hermosa esposa o sois hombre casado,
ellos serán su manta, tanto si os pesa o de buen grado.
Y cuando están encima y el coño esta sellado
con las bolas redondas que cuelgan de la verga
cuando la carta esta bien cerrada y el orificio cerrado;
de allí salen los herejes y los jugadores,
que juegan y reniegan y apuestan a tres dados.

Eso hacen los monjes negros en lugar de caridad.


Acabo mi estirabote, que es muy compasado
que lo saqué de gramática y teología,
y si mal lo he dicho, que me sea perdonado,
pues lo digo por Dios, para que sea más amado,
y para aquellos desenfrenados de CLÉRIGOS!

Los monjes negros son los cluniacenses.


40
“Ha sido escogido a la libertad de la contemplación, como lo

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Eymeric de Usall, el último templario.

recordaré que otro parecido se nos hizo al pedirnos


don Pedro, cuando aún era príncipe, que le
adelantásemos fondos para poder traer dígnamente
de Sicilia a su nueva esposa doña Constanza55.
Iban, pues, y venían, picando los caballos, bien ensu-
ciados de ceniza y barro para ocultar su calidad,
como para probarlos, y así protegían el avance de
don Pedro, hasta llegar a la plaza de Burdeos. Allí,

demuestra la Escritura que dice: donde está el Espíritu, allá está la


libertad”

41
Hildegarda de Bingen, 1098 a 1179, profetisa, mística, teóloga,
doctora, música, abadesa de Rupertsburg. Una de las personas más
relevantes de la Edad Media. No ha sido canonizada oficialmente por
la Iglesia, pero ha gozado siempre de fama de santa.
42
"Espejo de los tiempos futuros".
43
"Conoce los caminos del Señor".

44
Tal estandarte es el baussent.
45
Se agitará, pero no se hundirá.
46
“Según son los tres tipos de milagros se podrá identificar el
Anticristo por los falsos milagros que hará según la malvada
intención que tendrá en milagros contra los mandamientos y contra
los siete sacramentos; y no podrá hacer aquellos milagros más
lejanos al orden natural, porque su impotencia le identifica como
no-Dios, el alejamiento de cuyos milagros del orden natural
proviene de su obrar en obras invisibles e insensibles y no en las
cosas sensuales, pues los milagros de más alta virtud son los que
se acercan a las cosas intelectuales y se alejan de las sensuales.”
47
Inocencio IV, Sinibaldo Fieschi, papa de 1243 a 1254. Excomulgó al
Emperador Federico II en julio de 1245.

48
Federico recobró en 1228 la Ciudad Santa gracias a un tratado con el
sultán al-Kamil, negociado con Fakhr al-Dihn, abuelo del emir que
trató con Eymeric de Usall.

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Eymeric de Usall, el último templario.

como quien valora el caballo que ha de comprar,


nuestro rey dio tres vueltas por el campo donde se
hubiese habido de celebrar el juicio de Dios, si Carlos
hubiese tenido honor, y al acabar la última, Blasco de
Alagón se dirigió al notario del senescal de Burdeos,
llamado Juan de Grailli, y le hizo notar que ese cuya
prestancia escondía bajo una humilde ropa era el rey
de Aragón que acababa de dejar en ridículo y
deshonrado a Carlos de Anjou. Admirado, el senescal
mantuvo su silencio hasta asegurarse de que sus
palabras no habían de costar la vida a nuestro rey,
que pudo llegar así sano y salvo a Aragón.”
Después de participar, aunque fuera de manera discreta, en el
episodio tan celebrado de la Justa de Burdeos, Francisco, el
padre de Eymeric, todavía tuvo tiempo de volver a Sicilia, donde
celebró al llegar la victoria que el almirante Roger de Lauria
acababa de obtener en Nísida sobre los franceses. Cautivos
quedaron los hijos de Carlos de Anjou, el príncipe Carlos el Cojo

49
En 1266.
50
Los dos hermanos enfrentados eran Abu Isaq Ibrahim I, emir de
Ifriqaya de 1279 a 1283 y Abu Hafs Omar I al-Mustansir, califa de
Ifriqaya de 1284 a 1295.
51
De 1282.

52
“embriagaos y no de vino, conmoveos y no por embriaguez”. Isaias,
29-9.

53
Éste es el nombre de la primera iglesia construida en la cueva donde
vivía san Francisco con sus discípulos.
54
La crónica de Bernardo Desclot le llama Bernardo de Peratallada.

55
Este detalle no está debidamente documentado, pero sí lo está una
operación similar del siglo XV en que Guillermo Pedro de Usall prestó
dinero para poder hacer venir a la reina Blanca de Navarra a
Barcelona.

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Eymeric de Usall, el último templario.

y sus dos hermanos, el príncipe de Salerno y el duque de


Calabria, y no recobraría el heredero del trono de Nápoles la
libertad hasta que entregó tres de sus hijos en rehenes para
substituirle.
“Y ahora llegó lo peor. El Papa Honorio 56 congregó
media Europa contra nosotros. Para ayudar al rey de
Francia y a su hermano, Carlos de Valois, al cual el
pontífice había prometido la corona de Aragón y
Cataluña, y a Carlos de Anjou, además de los
franceses, se reunieron borgoñones, flamencos,
alemanes, ingleses, lombardos, pisanos y genoveses
con sus naves, e incluso los mallorquines, súbditos
del hermano de don Pedro, nuestro rey; todos ellos
se encontraron en Tolosa por la Pascua, y estaban
por mayo en el Rosellón, dispuestos a pasar a fuego
y sangre toda nuestra tierra. Era el año en que mi
primo Guillermo Pedro el Joven volvía a ser, por
segunda vez, Consejero de Barcelona57.
Bien pronto aparecieron ante Peralada, al lado mismo
de mi tranquila abadía, donde se hallaba el rey don
Pedro para detener a aquellos perros rabiosos. El
ejército invasor estaba formado por veinte mil
caballeros y doscientos mil peones, y nuestro rey
tenía con él menos de cinco mil almogávares y un
puñado de caballeros. La hueste enemiga era tan
numerosa que su retaguardia llegaba hasta los
muros de nuestra Abadía, en Vilabertrán. Desde la
torre podíamos ver pavoneándose al rey de Francia y
al que el Papa consideraba nuestro nuevo rey, Carlos
de Valois, mientras deliberaban qué hacer de los
catalanes. Mas cuando los defensores de la plaza,
mandados por el infante Alfonso ensayaron una
salida en número de 500, ante ellos se deshicieron
los batallones de los franceses como la mantequilla
bajo un cuchillo al rojo.

56
Jacopo Savelli, Honorio IV, de 1285 a 1288.
57
Todo esto tuvo lugar en 1285.

página 118
Eymeric de Usall, el último templario.

Aunque para retratar fielmente a quien lo necesitare


la grandeza del valor de unos y la miserable cobardía
de los otros, no le contaré las hazañas de los
príncipes ni de los capitanes, sino lo que aconteció
con aquella verdulera deslenguada, la viuda Merca-
dera. Había salido armada con un cuchillo y una corta
lanza a su huerto para recoger algunas viandas y en
él se encontró armado de punta en blanco un
orgulloso caballero francés en lo alto de su corcel,
pateando sus coles, al cual derribó como un rayo
hiende un podrido árbol, y, a rastras, atado al arzón
de su propio caballo, se lo llevó a su casa, hazaña
bien digna de la mismísima reina Tomiris,58 si las
antiguas historias no mienten sobre su valor.
200 florines de oro y su honor hubo de ceder el fatuo
caballero para recobrar su libertad, aunque sus
armas quedaron en poder de la fiera aldeana.
¡¡Cuántas veces después celebramos su hazaña
ofreciéndole comprarle, no las coles o los patos
acostumbrados, sino la coraza y el escudo del
cobarde caballero, para practicar nuestro tiro de
ballesta!! Bien claramente comprendimos mi
hermano Juan y yo que las bravatas de ella sobre
que ningún hombre era lo bastante bueno para ser su
marido eran tan certeras como el Evangelio. Ningún
hombre se atrevió a pedir su mano, a pesar de
haberse convertido en la mujer más adinerada de la
comarca.”
Sin poder evitarlo, su cara se iluminó por el recuerdo tan
agradable, aunque por poco tiempo, pues en su relato llegaba,
paso a paso, a un momento terrible.
“Entonces ocurrieron tres grandes desgracias. La
primera, que al salir el señor don Pedro de Peralada
para reunir un ejército mayor, los almogávares a
quienes se encargó su custodia, temerosos de caer
en manos de los enemigos, prefirieron prender fuego

58
Según las santiguas crónicas, Tomiris, reina de los Masagetas, mató
con su propia mano a Ciro el Grande.

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Eymeric de Usall, el último templario.

a la ciudad, ya noble y antigua en los días de


Carlomagno; y aunque faltasen tres días para el de
San Juan, parecía una hoguera de gigantes locos la
que la enviaba al cielo en un torbellino de cenizas y
centellas. Desde nuestra torre no sólo veíamos el
incendio, sino el estupor del rey de Francia al ver
cómo los catalanes preferían quemar sus ciudades
antes que entregárselas. Así pereció la villa natal de
nuestro compañero de fatigas, Dalmau de Rocabertí.
Tres días después llegó la segunda: las tropas
francesas aparecieron ante la canónica exigiendo
todo cuanto hubiese en ella de valor. Nuestro abad,
fray Arnau, revestido con todos los ornamentos
sagrados, la mitra y el báculo, desde la ventana de su
palacio se negó a tal pretensión, amenazando a los
soldados con la perdición de sus almas, si ejercían
violencia alguna contra la Santa Casa. En vano, pues
un ballestero le acalló con una saeta que se clavó en
su brazo alzado. Habiendo volado el rumor de lo
acaecido, llegó enseguida el hermano del rey de
Francia, Carlos, a quien el Papa quería como rey
nuestro.
Pidió perdón al capítulo por la afrenta de sus
hombres, pero exigió el cumplimiento de las bulas
papales que mandaban a obispos y abades el
sometimiento a él como rey y aún darle el auxilio
necesario. Prometió quemar hasta los cimientos la
Abadía si le resistíamos, y que no habría ningún daño
más si nos plegábamos a su voluntad y le alojába-
mos y socorríamos.
Con nuestro Abad herido en un camastro, se reunió
el capítulo para deliberar sobre qué cabía hacer ante
tales amenazas. El Abad fray Arnau había tenido la
precaución de pedir del Arzobispo de Tarragona 59la

59
El Abad Arnau de Darnius estuvo en junio de 1283, en una reunión
de obispos y abades que solicitó del Arzobispo de Tarragona
protección contra una eventual destitución por no atender la bula de
excomunión de los que siguieran reconociendo como rey a Pedro el
Grande.

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Eymeric de Usall, el último templario.

protección ante las represalias que pudieran caer


sobre la canónica en caso de no aceptar las bulas
papales y seguir obedeciendo a nuestro soberano.
Dijo que no pensaba tirar por la borda los veintisiete
años de servicio a Vilabertrán aceptando entregar
sus fondos a un usurpador. Mas los canónigos, no sé
si por miedo o por no poner en peligro sus almas,
terminaron por ceder a la amenaza, y el usurpador se
estableció durante dos semanas en nuestra casa, y
para nuestra vergüenza, aquello que los cristianos
habían donado para la defensa del Santo Sepulcro,
acabó pagando el vino y las prostitutas de los
bárbaros invasores.
La injusticia de las cosas del mundo culminó cuando,
terminada la guerra, en castigo a la flaqueza de los
canónigos, el rey don Pedro destituyó a fray Arnau y
le desterró. Murió de dolor en el camino a Castelló de
Empuries, donde los templarios le habían ofrecido
refugio.
Con el consuelo de haber apartado la amenaza de
males peores al convento y la realidad oscura de la
continuación de la guerra, procedimos a sepultar a
nuestro querido abad en un hermoso sepulcro de
piedra adosado a la pared oeste del claustro.
Mientras transportábamos su féretro, todos cantába-
mos, entre lágrimas:
Non mortui laudabunt te, Domine
neque omnes qui descendunt in infernum
sed nos, qui vivimus, benedicimus Domino
ex hoc nunc et usque in saeculum.60
Y también el salmo siguiente:

60
No te alabarán los muertos, Señor
ni todos los que descienden al infierno
sino nosotros, que vivimos, bendecimos al Señor
y eso ahora y hasta el fin de los siglos.

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Eymeric de Usall, el último templario.

Convertere, anima mea, in requiem tuam,


quia Dominus benefecit tibi;
quia eripuit animam meam de morte,
oculos meos a lacrimis,
pedes meos a lapsu.
Ambulabo coram Domino
in regione vivorum.61
Los canónigos le substituyeron, si ello hubiese sido
posible, por el capellán, fray Dalmau de Fortiá,
hombre ya anciano, pero a quien el Altísimo concedió
aún muchos años de vida, de manera que a mi
partida seis años después, aún gobernaba la Santa
Casa.
En el momento de tomar posesión prometió for-
talecer la muralla que circundaba el monasterio
para hacerla digna del más fuerte castillo y evitar otra
verguenza como la padecida; promesa refrendada
por todo el capítulo, y que ha de quedar incumplida
con el fin de los tiempos que ahora llega.
Y la tercera desgracia: llegó, inexorable, el mes de
Agosto, y con él, la flota en que navegaba mi padre.
Se situaron al acecho cerca de las islas Formigues
para interceptar la flota de genoveses y franceses
que abastecía el ejército que sitiaba entonces Girona.
El escuadrón estaba mandado por Ramón Marquet,
cuñado de mi primo Guillermo Pedro. El plan
61
Dirígete, alma mía, a tu descanso
que Dios te hará bien;
pues sacará mi alma de la muerte,
mis ojos de lagrimas,
mis pies de caída.

Caminaré delante del Señor


por la región de los vivos.

Se trata de nuevo de los salmos 115 y 116.

página 122
Eymeric de Usall, el último templario.

funcionó a la perfección, pues desbarataron y


hundieron las naves que no se entregaron, dejando
nuestras costas limpias, y el ejército francés perdido.
Pero ese es poco consuelo para mí, pues mi padre y
todos los que iban en su galera se ahogaron al
encallar en unas rocas que apenas si cubre el agua, a
pocos metros de la costa, cerca de Palamós.
Así ocurrieron los hechos, tal y como me los contó el
propio Almirante Marquet años después: la batalla se
trabó ya de noche, en medio de la obscuridad y la
confusión; la “Porciúncula”, después de destruir una
nave genovesa, empezó a perseguir una galera de
Marsella de menor calado que la suya; ésta pasó
tocando casi unos bajos y la nave de mi padre
encalló en ellos. Aún no tenía 45 años de edad.

Fig. 6 Lugar exacto del hundimiento de la “Porciúncula”.


El farallón, puesto por la mala mano del maligno a tan
sólo doscientas brazas de Cala Estreta, se pasó a
llamar desde aquel día Furió dels Negats o de'n Usall.

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Eymeric de Usall, el último templario.

Desaparecido su cuerpo en las oscuras aguas hasta


el día del Juicio Final, no podrá ser acogido en la
sagrada tierra de Vilabertran, donde los canónigos
hubieron de cantar sus exequias ante un ataud vacío.
Antes de un mes, el rey de Francia estaba muerto y
los enemigos de nuestro rey, expulsados; mas
también nuestro rey don Pedro subió al cielo en
seguida, desde donde nos protege, si a Dios place,
dejando como señor de Sicilia al rey Jaime62 y como
señor natural de catalanes y aragoneses a don
Alfonso63.”
Nada cambió en el monasterio de Vilabertrán en los años
siguientes; solamente Eymeric fue quedando más solo: primero
marchó Dalmau de Rocabertí para profesar como caballero y
escalar posiciones en la Orden; luego fue su hermano Juan, que
partió para convertirse en sargento y preparó, con ello, sin
saberlo, su martirio; sin jóvenes pupilos que entrenar, con él
marchó también Amín de Beirut; y el anciano Pedro de Castelló,
que marchó a ultramar a desempeñar altos cargos como tesorero
de la Orden.
Pero nada se aclaraba del futuro de Eymeric. Su tío seguía
soportando el coste de su educación, sin por ello forzarle a
profesar como canónigo; los monjes le aceptaban como uno más
de la comunidad, sin apresurarle una decisión. Tan sólo estaba
clara una cosa: quedaba descartado su ingreso al Temple como
sargento a causa de su cojera.
El paso de los meses y los años empezó a atormentar al joven
Eymeric, que no comprendía la razón de tanto latín y árabe, tanta
geografía y astronomía, si es que iba a ser tan sólo un canónigo
en Vilabertrán el resto de su vida.

62
Jaime I de Sicilia (1285-96) y II de Catalunya (1291-1327), llamado el
Justo.
63
Alfonso II (III de Aragón) el Franco o el Liberal, 1265-1291

página 124
Eymeric de Usall, el último templario.

“Rezos y cánticos y estudios consumieron los años


que pasaron; llegó el día de la marcha de mi querido
hermano para profesar como templario, un día
luminoso de la primavera de mil doscientos ochenta
y cinco.
Luego sucedió la caída de Trípoli donde alcanzaron
el martirio fray Pedro de Moncada, entonces
Comendador de Ultramar y fray Guillermo de
Cardona, tío del maestre de Catalunya en esas
mismas fechas y cayó preso fray Hugo de Empuries,
que también había recibido su entrenamiento en
Vilabertrán antes de llegar nosotros.
Pero el peor golpe fue al año siguiente, la caída de
San Juan de Acre y todo lo que quedaba del reino de
Ultramar, que con todo detalle me había de contar
quien la presenció, mi primo Barceló que había
conducido uno de nuestros navíos con socorros.”
Pero se equivocaba del todo; su futuro no había de quedar
encerrado en los venerables muros de la abadía. Un día de
primavera de 1291, dos caballeros templarios llegaron con visible
nerviosismo para hablar con el abad reservadamente. Cuando
marcharon, el lúgubre semblante de fray Dalmau de Fortiá dejaba
ver claramente que había sucedido una terrible desgracia.

Fray Dalmau de Fortiá reunió el capítulo de los doce canónigos,


al cual fue admitido Eymeric, y les anunció que decretaba quince
días de ayuno y abstinencia, pues había caído en manos del
sultán Khalil la ciudad de San Juan de Acre, cabeza del reino de
Jerusalén y último bastión de Tierra Santa, y que en la derrota
habían perdido la vida cientos de caballeros del Temple, incluido
el Gran Maestre Guillermo de Beaujeu.
El Gran Maestre había muerto heroica, pero inútilmente, cuando
intentaba rechazar a los mamelucos en las calles de Acre,
después de la caída de la Torre Maldita, llave de la defensa de
las murallas.
La caída de la ciudad había arrastrado la del resto de puertos y
fortalezas, privadas de defensores: Tartous, Castillo Peregrino,
Tiro, Sidón, Beirut...; todo estaba perdido. La Orden del Temple

página 125
Eymeric de Usall, el último templario.

se replegó a Chipre, estableciendo su sede en Famagusta y


Limasol.
¡Quién podría describir el dolor y el desconsuelo de los frailes!
Todo el trabajo y el esfuerzo de generaciones estaba destruido.
Nada, ni la caída de la Vera Cruz y de Jerusalén hacía ya un
siglo era comparable, pues ahora parecía no haber esperanzas
de recuperación posible.
Mientras tanto, a cientos de kilómetros del monasterio donde se
formaba Eymeric para un desconocido futuro, un anciano de
barba rizada y espalda encorvada, recibía en su desnuda celda
del convento franciscano de Roma, sólo repleta de manuscritos,
la terrible noticia de la caída de San Juan de Acre. Lloró de dolor
y, tras hacer duras penitencias, luchando por recuperar su fuerza
interior, ya legendaria, tomó su pluma en sus dedos aún firmes y
comenzó a meditar la propuesta de recuperación de Tierra Santa,
que pensaba enviar al Papa y a sus cardenales, y a los reyes y
príncipes de la cristiandad.
Escribió en letras grandes “Quomodo Terra Sancta recuperari
potest”... Mientras lo hacía, pensaba en el candidato ideal para
convertirse en Rex Bellator y encabezar las órdenes religiosas
unidas que habían de impulsar la reconquista del reino de
Jerusalén...”Dios, en Su virtud , muestra aquí de qué modo
Tierra Santa puede ser recuperada”.
El fraile terciario64 fue pergeñando un plan: impedir el comercio de
los cristianos con los musulmanes; implicar las riquezas de la
Iglesia en la cruzada; crear un ejército de misioneros para
convertir a los tártaros y otros paganos e intentar, también,
convertir a judíos y sarracenos; obligar a los bizantinos en una
campaña del ejército cruzado con las órdenes, el Papa en
persona y un sólo rey, a someterse al poder del Papa y participar
en la lucha por Jerusalén; repartir entonces las órdenes religiosas
en sectores distintos, pero unificarlas en una única regla y un
único nombre, atacando en dos frentes a los egipcios...

64
La orden religiosa de los franciscanos incluye penitentes que siguen
solos las rigurosas reglas del santo de Asís. Uno de ellos era Ramón
Llull.

página 126
Eymeric de Usall, el último templario.

Pero, ¿quién podría ser ese rey guerrero que fuese aceptado
por todos los demás como el campeón de la cristiandad? ¿Qué
ejército estaría en condiciones de liderar la potente fuerza que
había de derrumbar el poderoso imperio de los mamelucos? ¿Y
qué flota podría cerrar el Mediterráneo a los navíos musulmanes,
desde Marruecos hasta Icónium, en Anatolia?¿Qué Papa sería
capaz de poner todas las riquezas y su propia vida en juego para
recuperar el Santo Sepulcro? ¿Aceptarían los altivos templarios y
los no menos orgullosos hospitalarios situarse bajo el poder de
ese único “rex bellator”? ¿Qué papel jugarían los reyes de la
Casa de Barcelona, enemistados en ese momento con los Anjou
y excomulgados por los Papas; conflicto que impedía el paso por
Sicilia de una nueva cruzada?
Entre angustias y suspiros fue componiendo ese libro con un plan
que sabía estaba condenado a no poder ser llevado a término.
Cuando terminó su obra, esperó a que se escogiera un nuevo
pontífice, pues Nicolás IV había dejado vacante la sede con su
muerte; pero, habiéndose eternizado el cónclave sucesorio, la
envió finalmente a los cardenales el día de Navidad de 1292.
Era su primera obra sobre la reconquista de Tierra Santa, pero no
sería la última. Sus ideas fueron madurando, de manera que el
proyecto, en su segunda versión, estuvo mucho más cerca de
poder ser llevado a cabo...cuando ya supo qué príncipe había de
ser ese “rex bellator”...y cómo conseguir que los templarios
aceptaran participar en ese proyecto...con la participación activa
de Eymeric de Usall.
Cuarenta y cuatro años más tarde, en su fría y oscura cripta,
quien se encargó de ese proyecto, Eymeric, se detuvo
extenuado; su cansancio le forzó a volver al camastro, tan temido
para él como si fuera el potro de torturas. Además, razonó
consigo mismo, si no descansaba como debía, no alcanzaría a
culminar el libro que quizá le ayudaría a alcanzar el perdón
último.
Se relajó rezando lentamente un padrenuestro tras otro.
Sus párpados cayeron sin remedio y el sueño le capturó. Lo que
en él veía, sin embargo, era muy parecido a lo que sus ojos
contemplaban diariamente en la realidad del espacio subterráneo

página 127
Eymeric de Usall, el último templario.

que ocupaba. Un espacio obscuro, húmedo, silencioso, pero


mucho más amplio que la cripta en la que se encerraba a sí
mismo. Lo reconocía, pero no estaba seguro de dónde o cuando
lo había visto antes. En un rincón vio un anciano con unas barbas
que delataban decenas de año de abandono; la ropa se le caía a
jirones y llagas de todo tipo cubrían la superficie de su cuerpo. Se
dirigió a él para preguntarle quién era y en qué lugar estaban, y al
hacerlo sobresaltó al penitente.
Se volvió hacia él y levantó espantado un crucifijo de madera
desbastada, gritando “Apártate, Satanás, no turbes mis
oraciones!”. Eymeric se disculpaba, persignándose y,
finalmente, recordaba ese lugar: era la cueva de Enoch, en
Egipto, y dio por hecho que él era el anciano que se le encaraba.
Eymeric le preguntó qué hacía todavía en ese lugar, pues las
Escrituras claramente decían de él que no murió sino que fue
llevado directamente al cielo en vida.
El anciano le dijo que ya había vuelto a la tierra, y que de la
cueva saldría para combatir al Anticristo, en el preludio del fin de
los tiempos. Eymeric le preguntaba qué armas espirituales o
materiales usaría en esa batalla decisiva, y Enoch le dijo que la
Vera Cruz. Pero al intentar mostrársela, no la encontró, y el
anciano rompió a llorar. Entonces aparecía una joven que le
consolaba con caricias cada vez menos inocentes, a la cual, por
ignota razón Eymeric identificó como la Sibila Egipcíaca, profetisa
de cuya inspiración nadie dudaba en su época.
Eymeric desvió la mirada por evitar la escena que por momentos
devenía más y más inconveniente, y, retrocediendo hacia la
entrada de la cueva, tropezó y cayó hacia atrás. Entonces, en
lugar de rodar por la abrupta ladera, se elevó sin aparente
esfuerzo, y con la sensación de disgusto por haber olvidado
durante tantos años su facultad de volar.
Planeando por encima del desierto, contempló la amarilla
superficie arenosa, cortada por el majestuoso discurrir del río
Nilo, que parecía un pequeño mar azul circunscrito por las dunas.
A su lado vio un ave Fénix, con la que intentó competir en
acrobacias y cabriolas, ya que no en la belleza de sus plumas
tornasoladas, y en un momento dado, el fuego prendió en sus
alas y el intenso calor de las llamas que le alcanzaban le

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Eymeric de Usall, el último templario.

despertó.

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Eymeric de Usall, el último templario.

CAPÍTULO SEGUNDO:
“Somos hombres honrados; tus siervos
nunca fueron espías”65.
Comenzaba, aunque él no lo sabía, el jueves veintiséis de mayo
de mil trescientos treinta y cinco, y nada diferenciaba ese día de
los anteriores. Notó una debilidad extrema y, sin poder moverse
del camastro, le angustió la posibilidad de morir sin haber
completado la labor de cuya utilidad espiritual tan convencido
estaba.
Tomó una decisión: cuidaría un poco más de su salud y vigor
para prolongar su vida un poco más. Así, pues, se levantó como
pudo y llevó a cabo una limpieza corporal más detallada que
habitualmente. Comió una cantidad mayor de higos secos, bebió
agua a sorbos lentos, y practicó algunos de los ejercicios
aprendidos en su juventud, cuando se preparaba en Vilabertrán
como aspirante a Templario.
Caminó alrededor del pilar que sostenía la bóveda de la cripta,
flexionó brazos y piernas, y poco a poco se notó mejor. Sin
embargo, le asaltó un nuevo temor; él había comprobado en
muchas ocasiones cómo hombres que llegaban a edades tan
avanzadas como la suya, perdían la memoria de todas las cosas
o la capacidad de actuar racionalmente. Ése había sido, también,
el destino de su segunda esposa. ¿No le ocurriría lo mismo a él?
Pensó que la única cosa que podía hacer al respecto era acelerar
el proceso cuando su mente aún coordinaba los recuerdos y las
ideas.
Había, pues, de recuperar el dominio de sí mismo y centrar el
resto de sus energías para completar su obra. Y a ello se dedicó,
tras decidir qué útiles pediría a su hijo para mejorar su estado
físico.
“Aún no habían pasado dos meses de la noticia de la
caída de Acre que una noche apacible hasta enton-
ces se agitó con unos fuertes golpes dados con
65
Génesis, 42,11.

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Eymeric de Usall, el último templario.

el pomo de una espada en el portal del Palacio del


Abad que despertaron a los canónigos de sueño más
ligero, y a mí, que en ese momento era el único
discípulo de la canónica desde la marcha de mi
querido hermano. Los golpes nos provocaron un
encogimiento del corazón, sobre todo teniendo en
cuenta el terrible cariz que habían tenido las noticias
llegadas del mundo exterior unas semanas atrás. Y lo
cierto es que lo que llegaba con el torbellino de polvo
de dos caballos y un jinete era un cambio total en mi
vida.
Unos minutos más tarde oí los pasos discretos pero
apresurados de mi maestro Juan de Peratallada y del
Abad Dalmau que venían a buscarme, pues me
reclamaba mi primo Arnau de Usall de Barcelona, y
había de partir sin dilación esa misma noche.
Arnau era hijo de mi primo Guillermo Pedro. Era
cambista y mercader, y estaba casado con Catalina
de Porqueras, mujer a la que conocíamos bien desde
antes de entrar en Vilabertrán, pues pertenecía a una
familia a la que nos unían todo tipo de vínculos. Aún
no sabía que, años después, había de acabar casado
con su hermana.”
Arnau había sido enviado por su padre, Guillermo Pedro de Usall,
para sacar de su reclusión a Eymeric, pues había transcurrido ya
el tiempo necesario y había ganado la formación adecuada para
hacer de él un competente agente secreto. Tenía algo más de
cuarenta y cinco años de edad, y él, junto con su hermano
Barceló llevaban los aspectos peligrosos del trabajo de la familia
Usall: la navegación, las intrigas diplomáticas, los combates...
Era sagaz y sabía adivinar las intenciones de sus interlocutores
sin necesidad de grandes palabras, aunque no había estudiado
tanto como Eymeric.
“Dí y recibí besos y buenos deseos de los canónigos
sinceramente conmovidos por mi marcha, y preparé
el escaso equipaje que cargué a un caballo. Además
de ropa, dichas propiedades se reducían a tres libros
que yo mismo había copiado antes de poseer la

página 131
Eymeric de Usall, el último templario.

habilidad bastante como para que el resultado fuera


juzgado digno de integrar la Biblioteca, y una espada,
regalo generoso del vizconde de Peralada cuando
vino a despedir a su hijo Dalmau que profesaba en
una de las encomiendas del Temple. Estas sencillas
operaciones no pude dejar de hacerlas embargado de
angustia, desasosiego, excitación y sorpresa.
Mientras tanto, Arnau conversaba de manera
reservada con el Abad, al cual daba y del que recibía,
papeles sellados y lacrados.
Habiendo recibido la solemne bendición del abad
Dalmau, me alejé de la canónica donde había entrado
a los ocho años y de donde me marchaba dieciséis
después.
Dejaba finalmente atrás Vilabertrán cuando ya pensa-
ba que el resto de mi vida iba a transcurrir
irremediablemente entre sus piedras venerables y
silenciosas, y que su claustro, tras haber albergado
mis pasos durante tantos años, finalmente acogería
mis despojos en la tierra, protegida del maligno
por los cantos piadosos de los monjes. Traspasé la
pesada puerta y, con el sol a mi espalda, dirigí mis
pensamientos al puerto desconocido al que me
llevarían el viento y la marea.
Arnau había viajado solo, con dos caballos, y en ellos
empezamos el camino en dirección a Banyoles,
primera etapa del camino que ante mí se abría.
Tras darme novedades de la salud de todos mis
parientes de Barcelona, me explicó que la familia
había decidido que mi formación había avanzado
tanto que ya podía comenzar a tomar en mis manos
las mismas operaciones que en vida ejerció mi pa-
dre, tanto en el servicio de la Orden del Temple,
como en el del rey.
El momento era especialmente delicado, pues no so-
lamente se había perdido Ultramar, sino que, posible-
mente a causa de la pena que le produjo la noticia,

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Eymeric de Usall, el último templario.

acababa de morir el rey Alfonso66, y no se podía


descartar una nueva cruzada papal y francesa contra
nuestro reino, aprovechando el peligroso vacío de
poder.
Jaime, el joven rey de Sicilia, hermano del difunto,
ahora nos había de gobernar, y a ese propósito se
dirigía velozmente a Barcelona con una sola nave
armada, y sus nuevos súbditos le iban a rendir
homenaje y jurarlo por señor natural67.
Por otra parte, Arnau me comunicó que mi tío Pedro
había decidido mi matrimonio para asegurar la
continuidad de la familia, pues su esposa había sido
incapaz de darle otro hijo desde la muerte de su
primogénito.”
Pedro de Usall ajustó dos matrimonios sucesivos para Eymeric,
y, aunque el segundo podía ofrecer alguna ventaja a su sobrino,
el primero estaba dictado por el más puro cálculo de ganancias
materiales.
“¡Así, pues, no sería canónigo, sino peletero! Poco
intuía la importancia de las tareas que iban a cargar
sobre mis hombros con un peso suficiente para
aplastar incluso a hombres de más valor y prepa-
ración que los míos...
Llegamos de nuevo a la casa natal, donde mis
hermanos me dieron la más cálida de las
bienvenidas, y allí mi tío Pedro me confirmó que,
habiéndose desengañado de la posibilidad de
dejar un heredero, me quería dejar como tal, con la
66
Esta muerte se produjo el 17 de junio de 1291. Fue sepultado, por
voluntad expresa, en el convento de los Franciscanos de Barcelona,
a pesar de la excomunión e interdicto fulminados por el Papa.
67
Efectivamente, Arnau de Usall, entre otros patricios barceloneses,
juró por rey a Jaime II el miercoles dia 20 de agosto de 1291. Lo
podemos comprobar en el Memorial Histórico Español. Real
Academia de la Historia tomo III. 1852, Madrid.

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Eymeric de Usall, el último templario.

condición de que casase con una mujer que convi-


niera a los negocios de la familia. Le respondí que,
faltando mi padre, su palabra era ley para mí, aunque
yo siempre había abrigado la esperanza de servir a
Cristo como hermano templario, y ya me había
resignado a pasar el resto de mi vida en el venerable
recinto de Santa María de Vilabertrán, como un
canónigo más; por otra parte, con la bendición divina
no le habían de faltar herederos con la descendencia
de algún otro de mis hermanos.
Con voz autoritaria, cortó mi discurso diciendo que
no había de ser como yo decía por nada del mundo, y
que mejor me olvidase de mis fantasías y pensase en
los asuntos de nuestra casa, que había de ser bien
servida con lo que había aprendido en Vilabertrán.
Pronto me comunicaría quién había de ser mi esposa
y cuándo se habían de celebrar los esponsales, a lo
que asentí con resignación más que con humildad.”
Eymeric se detuvo. Le asaltaba el recuerdo de ese día en que
volvió a ver la casa natal. Todo era igual, y sin embargo sus ojos
lo veían bien distinto; más pequeño, tanto árboles, como
dependencias, la pequeña laguna donde tanto había jugado con
su hermano. Evocar a su hermano le hizo sentir, de nuevo, su
falta lacerante...
Su madrastra viuda le saludó, retraída e insignificante, obligada a
sentirse parte no esencial de la familia de su cuñado, y
concentrada en el cuidado de sus propios hijos.
Un substancioso manjar esperaba a Eymeric en la mesa de la
gran casona, que le pareció exagerado, en comparación con la
frugalidad del refectorio de la canónica de Vilabertrán.
En el momento de ser apartado de la vida monástica de
Vilabertrán, se sintió enormemente irritado por haber de
subordinar su voluntad a la de su tío, un individuo carnal y
obsesionado por las riquezas materiales, y que siempre había
despreciado a su hermano como a un inútil soñador.
En su lóbrega cripta, ya en la vejez, se forzó, con la perspectiva
de los muchos años vividos, a rezar por el alma de quien tan

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Eymeric de Usall, el último templario.

poco había apreciado en vida, para no resultar cruel e


inmisericorde después de su muerte.
“Después de descansar un par de días, me despedí
de todos ellos y partimos hacia Barcelona donde me
esperaba el primer servicio al señor rey y al Temple.
Mientras íbamos progresando por el camino, Arnau
me explicó la parte oculta de la vida de mi padre,
pues no sólo había navegado para procurar riquezas
entiempos de paz y honor en la guerra, sino llevado a
cabo valiosos servicios de los cuales nadie había de
saber nada, y por ello, nadie me los había contado
hasta entonces.
Como ya bien sabía, desde la época de nuestro
antepasado el obispo Ramón, eramos cofrades del
Temple; por ello, servíamos a la Orden, con dinero,
con nuestro cuerpo, con toda clase de servicios. Y la
Orden nos correspondía generosamente: por su
intervención, teníamos el derecho de usar el canal
del Rec Comtal, las pieles de las carnicerías, el
roldor; y más adelante recibimos la orden de
caballería, naves, Mesa de Cambio y, finalmente, el
Palacio de la calle Regomir, y con él, el control de la
antigua fortaleza romana que vigilaba el acceso
desde la playa a la ciudad. Así, nosotros y los
caballeros podíamos entrar y salir discretamente e
introducir o sacar cualquier clase de mercancía. Una
vez en nuestro Palacio, un pasadizo permitía acceder
al del Temple68.

Artículo de la Vanguardia explicando el hallazgo en el antiguo Palacio


68

de los Usall en Regomir 6.(Luis Permanyer,21 de marzo de 2004)


"Regomir revela secretos ocultos.
En el corazón de Ciutat Vella y en los límites de la urbe romana se
trabaja desde hace tiempo en la exhumación de unos restos que
documentan periodos muy dispares de nuestra historia(...). Y es
que el actual número 6 de la calle Regomir,(...)había pertenecido
desde fines del siglo XIII hasta 1999 a la muy principal familia
Dusay; la casa que ha llegado a nuestros días es fruto de la
rehabilitación radical proyectada en 1855(...). Importa recordar que
hará cosa de un decenio, al calor de la reforma profunda del Pati
Llimona dirigida por el malogrado arquitecto Ignasi de Solá-

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Eymeric de Usall, el último templario.

Todo cuanto teníamos estaba a su servicio, salvada


la fidelidad al rey, y los freires usaban de todo a su
entero gusto.
Fiel a estos lazos indestructibles, mi padre puso su
vida en juego hasta perderla, luchando excomulgado
en una cruzada convocada por un Papa enemigo de
los verdaderos cristianos, y deseoso de servir a sus
amos franceses. Este pensamiento me torturaba de
forma imposible de suavizar.
Morales, ya se dio con la puerta pretoria. Ésta y las trazas de
diversas estructuras edilicias vecinas de la ciudad anterior a la
colonia Julia Augusta Paterna Faventia Barcino eran las que por
orden del César Augusto habían sido derribadas con el fin de poner
en pie el citado portal en la base de un castellum; esta construcción
fortificada sobresalia de la línea amurallada y gracias a su posición
avanzada tenía la misión trascendente de vigilar mejor el puerto y el
frente marítimo. El castellum era de base cuadrangular y medía 129
metros de perímetro. Pues bien, ahora se echa de ver que ha
permanecido casi intacto el flanco externo de una de las torres
defensivas del castellum, que alcanza veinte metros de altura y
tiene seis de lado, y planta rectangular con un frente saliente de
cuatro metros por siete.(...)

En 2001-2002, Constanza Corredor Arias,(...)una de los diversos


copropietarios de la gran finca de Regomir, 6, descubrió la
existencia de lo que se confirma como importantes restos
arqueológicos(...). En su casa, en la planta principal, al eliminar el
remozado de una pared, surgió (y también en el tercer piso) el
costado NE de la torre del castellum con una altura de 18 metros,
que conserva una extraordinaria ventana con arco de medio punto.
(...). Además, ha liberado parte de un lienzo de cinco metros de
largo por diez de alto del paramento interior de la muralla adosada
a la torre mencionada(...).Y en el sótano de Regomir, 6, el
descubrimiento es de otro orden: las dos naves abovedadas que
reposan sobre gruesas pilastras (...)son obra atribuible a la orden
del Temple, que entre 1134 y 1314 poseía parte del anteriormente
mencionado castellum; quizá lo había utilizado como capilla hasta
1248, fecha en que construyeron otra y de una sola nave en Ataülf,
4, debidamente restaurada. Bajo el patio de Regomir, 6, apareció
intacta una sólida y perfecta escalera de caracol, probablemente
del siglo XII, y Corredor cree que pudo ser obrada por los

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Eymeric de Usall, el último templario.

Muerto mi padre, después de leer atentamente los


informes del abad de Vilabertrán, habían decidido
que mi preparación ya sobraba para continuar con su
labor, si es que mi ánimo bastaba a tan ardua
empresa.
Recuerdo la emoción y el orgullo que me embargó al
descubrir que mi padre no era un simple mercader a
las órdenes de sus primos adinerados, sino un
templarios; se inicia con una caja cuadrada de diez escalones y
continúa con una caja cilindrica anillada de la que salen 29
escalones más que, a nueve metros bajo el nivel de la plazuela
Ataülf, permiten acceder a una cripta subterránea de impecable
círculo abovedado, con nueve concavidades simétricas, excavado
todo ello en arcilla dura; es probable que enlace con una mina. Un
conjunto de un asombroso rigor matemático y geométrico. (...)

Fig. 7 El subsuelo del Palacio de los Usall en Regomir,6

página 137
Eymeric de Usall, el último templario.

hombre que se había ganado a pulso, no sólo en du-


ros tiempos de guerra con su valor, sino en la paz
con su consejo y prudencia, la confianza de quienes
tan dignamente defienden la Cristiandad.
Esta novedad la fui madurando mientras hacíamos el
camino a Barcelona. Depositaba una pesada y desco-
nocida responsabilidad sobre mí, que tantos años
llevaba dedicado nada más que al estudio y la
oración.”
Siguieron por el camino real, amplio y transitado, pasando por
Girona y Hostalric. Se detuvieron tan sólo cuando era
estrictamente necesario, pues el contacto con otros viajeros más
bien estorbaba las muchas conversaciones que necesitaban el ya
maduro mercader y su joven primo. De manera que un camino
que habitualmente se hacía en cinco días, lo recorrieron en tan
sólo tres.
“Llegamos, por fin, a la gran ciudad que, desborda-
das las murallas que había mandado construir el rey
don Jaime el Conquistador, parecía querer engullir
toda la llanura situada entre las montañas y el mar
azul con más y más construcciones. No menos de
siete iglesias se estaban edificando simultánea-
mente, sin contar con las capillas menores y los hos-
pitales y palacios y otros edificios más corrientes...
Como las murallas ya no podían contener tal
abundancia de población que venía de todas las
comarcas del imperio que estaban construyendo los
últimos reyes de Catalunya y Aragón, casas y calles
se sucedían a lo largo de los caminos que
atravesaban cada una de las puertas y ponían en
contacto la ciudad y los campos y villas, como las
venas van del corazón al último rincón del cuerpo.”
Se acercaron a la ciudad que, para lo que había visto Eymeric de
Usall hasta entonces, era enorme, con sus treinta mil habitantes,
y no hacía mal papel entre urbes europeas como Londres o
Roma. Tan solo París, Palermo y Nápoles superaban
holgadamente ese tamaño, aunque bien lejos de las megalópolis
del Mediterráneo Oriental: Alejandría. El Cairo o Constantinopla.

página 138
Eymeric de Usall, el último templario.

Hay que tener en cuenta que Barcelona era una capital joven,
que dejaba atrás una modestia de ciudad provinciana de segundo
orden en época romana, que había crecido con la ruina de
Tarragona y con las conquistas del conde Berenguer Ramón IV y
del rey Jaime el Conquistador.
El fruto más visible de la nueva prosperidad y del dominio de
nuevos territorios lo constituía el barrio de Santa María del Mar,
donde se congregaron los enriquecidos con el comercio y la
banca, dejando la parte más antigua de la ciudad, controlada por
la Iglesia y los nobles. Tan solo el ennoblecimiento y el acceso a
la oligarquía que decidía por la ciudad permitía ocasionalmente
que una familia saltase las murallas y pudiera instalarse en el
interior del recinto romano. Pero si este salto venía acompañado
de la obtención de un enorme palacio y del control de una de las
puertas de la muralla, del puerto y de un sector de las
fortificaciones, entonces se trataba de una familia muy especial,
con protectores muy poderosos...La familia de los Usall era, en
este sentido, excepcional.
Eymeric y su primo entraron a Barcelona por la puerta de San
Daniel, en el sector aún inacabado de la muralla, justo al lado del
convento de las monjas clarisas.
“Aún no estaba acabado el lienzo de muralla de la
parte del convento de Santa Clara y ya estaba claro
que cuando se cerrase, buena parte de los nuevos
edificios quedarían fuera de ellas, bullendo de
mercaderes y artesanos y de los que huyen de los
duros trabajos de la tierra para buscar libertad y
rápida fortuna, pues tal es la fama que tienen las
ciudades para las gentes ignorantes sometidas al
poder de los señores.
Entramos, pues, por la puerta de San Daniel y
pasamos al lado del convento de Santa Clara; en la
plaza adyacente, se amontonaba la multitud llevada
por sus quehaceres, tan distintos a los que se pre-
sentaban ante mí.
Frente a nosotros se alzaba la capilla de Santa Marta,
y tras atravesar el canal Condal, que permitía con sus
aguas la frenética actividad de una serie de molinos

página 139
Eymeric de Usall, el último templario.

de forja, de trapos y harineros, además de permi-


tirnos el lavado de las pieles, llegamos a la expla-
nada de Llull, la dejamos atrás y enfilamos la calle
Bonaire, al final de la cual estaba, antes de llegar a
las pescaderías, la antigua casa de mi familia.
Así era en aquel entonces el barrio de Santa María de
las Arenas, que después se llamó de Santa María del
Mar. Allí me instalé, pues no convenía a nuestros
propósitos que se me viera demasiado por las
cercanías del Palacio del Temple y de nuestro nuevo
Palacio, que se alzaba en la calle Regomir.
Me dejaba boquiabierto el paisaje de la ciudad: alti-
vos palacios, ricas iglesias y hospitales, murallas
imponentes;cientos de viandantes atareados, que a
nadie conocen ni miran, igualados por la indiferencia;
gentes de calidad con ropas de un precio que
bastaría a socorrer las necesidades de una aldea en
un año de mala cosecha, y si añadíamos el valor de
las joyas y perfumes de sus mujeres, aún sobraría
para emprender una cruzada; soldados armados,
atentos a los desórdenes de la turbulenta muche-
dumbre y a las mañas de los ladrones; judíos y
musulmanes, clérigos, aldeanos de ojos curiosos
conduciendo sus animales a vender para saciar el
hambre del infinito vientre de la ciudad...
Nuestros caballos nos permitían no tener que compe-
tir con los empujones y codazos de la multitud, y
facilitaban la contemplación de todos los detalles que
sorprendían mi atenta mirada.
Por fin en nuestra casa, me tendí en la blanda cama,
esperando dormirme profundamente por el cansan-
cio para preparar las sorpresas del día siguiente;
pero la excitación me lo impidió. Mas de todas
formas llegó a su hora la mañana y, con ella, mi
nuevo futuro, sorprendente y excitante. Tras desayu-
nar, mi primo Arnau me llevó discretamente al Pala-
cio de Regomir, confundido entre un grupo de des-
cargadores que transportaban fardos de alumbre
desembarcados de una de nuestras naves varadas en
la arena de la playa cercana que servía de puerto a la

página 140
Eymeric de Usall, el último templario.

ciudad.
Allí vivían mi primo Guillermo Pedro con todos sus
hijos, las esposas de éstos y sus descendientes, en
la torre que ya desde la época de los romanos
defendía la ciudad, y que había visto el venturoso
paso del hijo de Carlomagno al ser recuperada
Barcelona de las garras de los sarracenos.
Llegué, pues al portal, de formas cilíndricas, cons-
truido con grandes sillares que sólo con enormes
dificultades podrían mover los hombres de hoy en
día, y a pocos pasos, entré por el portal al gran patio,
donde se abrían almacenes y oficinas para los
negocios. Dejé el fardo que transportaba para
esconder mi identidad junto a los de los demás
descargadores y subí por la amplia escalinata a la
sala donde me esperaba reunida la familia entera,
para darme la solemne bienvenida, comenzando con
el anciano y venerable primo Guillermo Pedro, y su
mujer, la honradísima María de Marquet, hermana del
poderoso almirante de Cataluña, el héroe de la guerra
de Sicilia y defensor de nuestra tierra en la inicua
cruzada que el Papa había desatado contra nosotros,
bajo cuyas órdenes había combatido y perdido la
vida mi padre, patroneando la “Porciúncula”. Los
Marquet eran, como nosotros, cofrades del Temple.”
Evocó con los ojos entrecerrados la escena que le había
esperado en el gran salón del Palacio de los Usall: una sólida e
interminable mesa de roble, repleta de todo tipo de viandas,
sitiales y bancos, alfombras en el suelo y tapices colgando de las
paredes, ventanas cerradas con placas traslúcidas de alabastro...
Todos los miembros de su familia le miraban con afable
curiosidad. Eran más de treinta personas las que se reunían en
aquella amplia dependencia y la presión de tantos ojos le había
dejado bloqueado y temeroso de hacer el ridículo, a él que
ninguna experiencia tenía en las cortesías de las familias de
calidad. Pero pronto pudo comprobar que todos le trataban como
a uno más de ellos y que veían en él al continuador de las
hazañas de su padre. La atmósfera era solemne, y no sólo los
criados, sino incluso los niños parecían ser conscientes de la

página 141
Eymeric de Usall, el último templario.

importancia del momento.


“Aunque era primo de mi padre y siempre se dirigió a
mí como a su querido sobrino, Guillermo Pedro por
su edad tan avanzada podría haber sido mi abuelo, y
su hijo, Guillermo Pedro el Joven, también me llama-
ba sobrino.
El anciano patriarca de la familia había nacido en
época del rey Jaime el Conquistador, y se había
criado en el barrio de la Mar que por aquel
entonces se poblaba. Era él quien había pasado del
negocio de las pieles a mercadear con naves y
prestar capitales, siempre al servicio de la Orden.
Debía de tener setenta años, y aún viviría bastantes
más, dirigiendo con su sabia mano los destinos de
todos nosotros.
Su hijo primogénito, llamado como él y destinado a
dirigir la familia cuando llegase el momento, tenía
como esposa a Elisenda Ricard, de una de las
grandes familias de Barcelona. Guillermo Pedro el
Joven había estudiado y con él, nuestra familia
empezó a ser tenida en cuenta en el gobierno de la
ciudad. Ya entonces eran dos las ocasiones en que
había formado parte del Consejo69.
Dios le había bendecido con varios hijos: Barceló,
que había casado con Guilleuma Durfort y heredó el
patrimonio de esa potentísima familia, Jaime, Bernat,
Berenguer y dos hijas, casadas con miembros de la
familia de su esposa.
Hijo del patriarca y hermano de Guillermo Pedro el
Joven era Arnau, quien me había recogido y
acompañado a Barcelona, casado con Catalina de
Porqueres. Tenía dos hijos: Arnau el Joven y Simón.
Arnau sucedía a mi padre en los negocios del
Temple, de cuyo ejercicio yo ahora iba a tomar pose-
sión.
69
Los años 1283 y 1285.

página 142
Eymeric de Usall, el último templario.

Y el otro hermano era Barceló, que todavía navegaba


con las naves de la familia a Ultramar, pero esperaba
retirarse pronto de tales trabajos, pues su salud se
resentía de tantas singladuras. Había estado presente
en la caída de San Juan de Acre, por primavera, y en
atención a mi curiosidad infinita, repitió la historia ya
mil veces contada...”
Barceló de Usall era, pues, hermano de Arnau, que acababa de
recoger a Eymeric de Usall en Vilabertrán. Ambos eran los
miembros de la familia especializados en la relación con el
Temple y actuaban a sus órdenes en aquellos temas que
requerían a personas de calidad para ser llevados a cabo. Ellos
dirigían, también, las actividades más secretas que llevaban a
cabo miembros secundarios de la familia, como Francisco de
Usall hasta su muerte, y ahora, Eymeric; siempre al servicio del
Temple, del rey y del propio linaje de los Usall.
Barceló había presenciado el momento supremo de la caída de la
capital del reino de Jerusalén y, aunque ya había explicado hasta
el último detalle a todos sus parientes de Barcelona, la llegada de
Eymeric, que forzosamente debería estar enterado de los detalles
de la relación de los Usall con los Caballeros de Cristo, fue
ocasión para volver a exponer los dolorosos acontecimientos que
sus ojos habían contemplado.
“Había zarpado de Barcelona a finales de marzo70
para llevar a San Juan de Acre un cargamento de
cueros, ropa y caballos. Tras hacer una escala en
Chipre, continuó el viaje a la capital del reino de
Ultramar donde llegó a finales de abril, encontró la
ciudad sitiada completamente por el Sultán, que
había estrechado un anillo sin fisuras del que nadie
podía entrar ni salir.
¡Qué espectáculo terrible! Desde la proa de la nave
que enfilaba la bocana del puerto se podía ver el
terrible espectáculo del enorme ejército mameluco:
las máquinas de guerra, altas como torres, prote-
70
De 1291.

página 143
Eymeric de Usall, el último templario.

gidas por contingentes de arqueros, que producían


una serie de crujidos que encogían el alma mientras
tensaban sus cordajes para proyectar su mortífera
carga; los miles de tiendas redondas de todos los
colores, según si provenían de Damasco o de Alepo,
de Alejandría o de Homs o de tantos otros lugares
sometidos al poder del temido emperador egipcio;
los escuadrones de jinetes tanteando las defensas de
las murallas; el atronador retumbar de los tambores
marcando el ritmo para las descargas de máquinas y
arqueros; el silbido siniestro de las saetas surcando
el aire sofocante, que ocasionalmente terminaban su
vuelo incrustadas en los cuerpos de los desdichados
defensores; el impacto sincronizado de los grandes
pedruscos contra las talladas piedras de los
imponentes muros que, sin embargo, poco a poco, se
iban agrietando y desmenuzando; el polvo cegador
levantado por tantos miles de pies moviéndose a un
tiempo; los salvajes cánticos que pretendían enarde-
cer aún más a los fieros guerreros; el hedor de los
cadáveres que se descomponían en la vacía franja
existente entre las murallas y el fin del alcance de las
ballestas de los defensores; los miles de fogatas que
se comenzaban a encender para iluminar la noche y
evitar una salida suicida de los defensores; y,
presidiéndolo todo, la rica tienda del sultán Khalil,
ostentando la bandera verde con la espada bordada
simbolizando la de Saladino, con la que destruyó
nuestra resistencia en la ciudad de Jerusalén...”
Al-Ashraf Khalil había tomado la dirección de la ofensiva definitiva
contra los cruzados después de la muerte de Qalawun, que la
había organizado. Para él constituía algo así como un deber
religioso y un homenaje a su predecesor. Por ello, se había
negado a aceptar una generosa cantidad de dinero ofrecida por
los desesperados defensores para que abandonase el ataque y
retornase a Egipto, dejando la tarea inacabada.
“Y en el campo de la ciudad sitiada, la desesperación
en los rostros de soldados y civiles; el llanto de los
niños; el crepitar de los fuegos destruyendo los
tejados, provocados por grandes jarras llenas de
fuego griego que, lanzadas con catapultas de todo

página 144
Eymeric de Usall, el último templario.

tipo, seestrellaban liberando su mortífera carga; los


cadáveres atestando las calles; las naves cargando
en desorden a los fugitivos enloquecidos que arras-
traban como podían sus últimas y más valiosas
posesiones, sólo para tener que entregarlas a las
ávidas tripulaciones; las Iglesias llenas de quienes ya
no conservaban esperanza alguna que no viniera del
Altísimo, y con cánticos frenéticos a Él suplicaban
misericordia; los cada vez menores escuadrones de
refresco apresurándose a socorrer los sectores
amenazados, que paulatinamente se multiplicaban.
Era una ciudad mayor que Barcelona, y las podero-
sas murallas, anchas como la manga de una nave, se
movían con el embate de los manganeles y las
catapultas como si las fuertes olas del mar las embis-
tieran en el fragor de la tormenta, y como si en lugar
de haber de proporcionar segura defensa, su función
fuera acabar con las vidas de sus moradores, en-
terrándolos bajo sus escombros polvorientos.
Barceló, con el corazón encogido por la tremenda
visión, accedió al puerto interior de la ciudad, a pesar
de las desesperadas advertencias de los marineros
de las naves que huían, que le indicaban que diese
media vuelta y huyera de aquel infierno, y fue a
ancorar a la parte del muelle reservado a las naves
del Temple, custodiado por un pequeño grupo de
caballeros y sargentos, y así evitó el asalto de la
muchedumbre desesperada que pugnaba por subir a
bordo de cualquier artefacto que flotase sobre las
aguas para salvarse de la furia del sultán.
Bajó a tierra a bordo de una barca para explicar quién
era y cuál era su cargamento, y a las claras se
manifestó el desánimo de los templarios al saber la
escasa utilidad de su carga para la situación de
peligro supremo que amenazaba la ciudad.
Escoltado por dos de los sargentos, Barceló fue
conducido a la Torre del Temple, justo al lado del mar
y bien lejos de los lugares de mayor peligro. El
cuartel general de la Orden desde la caída de Jerusa-

página 145
Eymeric de Usall, el último templario.

lén, era de dimensiones colosales; tenía no menos de


cuarenta palmos de grosor y trescientos de altura. Ya
en la entrada, fue anunciada su presencia y el Gran
Maestre, Guillermo de Beaujeu, le concedió audien-
cia.
Ascendió por la escalera de caracol que serpenteaba
encajada en el grosor de los muros hasta el tercer
piso, donde se hallaban los alojamientos privados del
Gran Maestre.
Fray Guillermo, acompañado por tres o cuatro de los
caballeros de su mayor confianza, le confesó a
Barceló que Acre y el Reino estaban perdidos, si no
es que un milagro llevaba a un inesperado príncipe
cristiano con un ejército poderoso a sus muelles. El
sultán tenía el doble de guerreros que habitantes
llenaban la ciudad y estaba plenamente decidido a no
abandonar su presa mientras le quedase a ésta un
aliento de vida. Pero el honor del Temple y la
continuidad de la Orden, amenazada por las críticas y
la falta de reclutas, exigían su muerte y la de todos
los templarios que había en la ciudad condenada, en
cumplimiento heroico y glorioso de su deber.
Contó a Barceló el origen de la ofensiva: los nobles
francos habían roto de manera irreflexiva las treguas
vigentes que detenían al sultán Qalawun y le
refrenaban de completar la destructiva obra del
pérfido Baybars, el gran conquistador mameluco.
Fray Guillermo le dio las instrucciones necesarias en
aquella hora suprema, que consistían, por una parte,
en cargar a bordo y poner a salvo cuantas mujeres y
niños cupiesen en su nave; y por otra, en llevar tan
rápido como le fuera posible la noticia de la inmi-
nente catástrofe a la corte del rey don Jaime de
Sicilia y, a continuación, a la de su hermano don
Alfonso en Barcelona.
Además, le ordenó ponerse a disposición del almi-
rante del Temple, fray Roger de Brindisi (también
llamado Roger de Flor), para cumplir otras órdenes

página 146
Eymeric de Usall, el último templario.

reservadas, que él mismo le comunicaría cuando le


viese.”
Aquí el relato de Barceló fue interrumpido con un sonoro
murmullo. A todos había llegado el rumor de la traición del
almirante templario fray Roger de Flor, que habría huido con la
nave que el Temple le había confiado, según algunos, robando el
tesoro de la Orden, y según otros, aceptando el dinero de ricas
damas para salvarlas. Nadie le consideraba ya como un
templario, sino más bien como un pirata de la peor especie, en
absoluto digno de confianza. A pesar de ello, la Casa de los
reyes de Barcelona y Sicilia siempre le siguió manteniendo el
tratamiento de “frater” templario y primero el rey Jaime y luego el
rey Federico utilizaron sus innegables capacidades militares para
sus luchas, primero contra los Anjou y luego contra los turcos
Selyúcidas.
Barceló impuso silencio con una mirada a los ojos de cada
comensal, y continuó con su relato.
“Barceló consiguió dar cabida en su nave a más de
quinientos fugitivos, humildes y potentes, prelados y
damas, y niños, y llegó a Chipre, con la ayuda de
Dios, a pesar de la excesiva carga que dificultaba su
navegación.
Fue a encontrar a fray Roger de Brindisi para
coordinar las acciones de ambos. Se hallaba en un
albergue y no en la casa del Temple de Limassol,
pues quería evitar tener que dar cuentas prematura-
mente a los caballeros de la misión secreta que le
encargaba el Gran Maestre Beaujeu.
Roger había recibido un doble encargo:convencer a
los reyes de la Casa de Barcelona, Jaime de Sicilia y
Alfonso de Aragón-Catalunya de la necesidad
imperiosa de llegar a algún tipo de acuerdo con el
Papa, Francia y los Anjou, para que tomasen en sus
fuertes manos el peso de la lucha en Ultramar. Era
bastante evidente que tras los desastres sufridos por
el rey francés San Luis en sus dos cruzadas, ningún
rey de la casa de Francia volvería a intentarlo;
mientras que Jaime y Alfonso tenían el control del

página 147
Eymeric de Usall, el último templario.

paso del Mediterráneo Occidental al Oriental, con la


posesión de Sicilia y Malta, la flota más poderosa del
mundo, que había ridiculizado a la francesa, a la
genovesa y también a la napolitana; y las tropas de
infantería más aguerridas de la cristiandad.
Por otra parte, Roger había de custodiar parte del
tesoro de la Orden, que no podía ser guardado en un
Castillo Peregrino vacío de defensores, y habría de
ser escondido hasta asegurarse de que el próximo
Gran Maestre no sería un títere del rey de Francia.
El almirante pensaba que era más fácil la empresa de
convencer a don Jaime, y pidió que, sin detenerse
siquiera en Sicilia, llevase Barceló su mensaje a don
Alfonso, directamente a Barcelona.
La situación preocupaba mucho a fray Roger de Flor:
el Gran Maestre Beaujeu, que ya se daba por muerto
con la caída inminente de Acre, no podría dar tes-
timonio sobre la misión que le había encargado a
él.
Además, la sucesión del Gran Maestre se podía
complicar y a él le sería muy difícil demostrar al
capítulo de la Orden la corrección de su comporta-
miento, pues, aparentemente, acababa de huir de la
ciudad en peligro, abandonando la defensa y no se
ponía a las órdenes incondicionales de las autorida-
des que habían de ser escogidas, e incluso parecía
haber robado parte del tesoro, todo ello de acuerdo
con órdenes verbales que no podía demostrar haber
recibido.
Pidió antes de separarse de Barceló que confiase al
rey don Alfonso de Aragón todos los detalles del
asunto y que, si moría sin poder entrevistarse con
Jaime de Sicilia, completase él la misión. Así, pues,
se hicieron ambos a la mar, cada cual con su misión
y ambos con el corazón encogido por la desgracia
que había de llegar al cabo de poco, de manera
inevitable, con la caída de San Juan de Acre.

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Eymeric de Usall, el último templario.

Barceló zarpó de Limassol y dando trapo al viento


llegó a Barcelona el día 12 de junio, y se presentó al
rey don Alfonso, al que contó todo cuanto nos estaba
refiriendo en el comedor del Palacio familiar ante
nuestro silencio sobrecogido. El golpe hundió al rey
en una terrible tristeza de la que lo sacó tan sólo la
muerte, que le llegó antes de quince días.
Don Alfonso ordenó que se le trasladase al convento
de los franciscanos de Barcelona para aguardar en la
mejor compañía posible el paso a la Justicia divina y
aún tuvo tiempo de llamar a Barceló y, entre lágrimas
amargas que más lamentaban la pérdida del Reino de
Jerusalén que la de su propia vida, le pidió que, en
cuanto su hermano don Jaime llegase a Barcelona a
tomar posesión de la corona, le rogase encarecida-
mente en nombre suyo que, tal y como él ya inten-
taba desde hacía meses, mirase de llegar a una paz
con el de Anjou y con el Papa, pues interesaba más a
la salvación de su alma la salud de la cristiandad a
través del Pasaje a Tierra Santa, que el buen gobier-
no de una isla, regada ya con excesiva sangre.
Y ahora que el rey había traspasado el umbral de este
mundo hacia el otro, Barceló había de esperar la
llegada del nuevo soberano en Barcelona, para dar
acabado cumplimiento a las órdenes, tanto de fray
Guillermo de Beaujeu como del fallecido don Alfon-
so.”
Acabado su relato, quedó sin palabras Barceló de Usall, con el
rostro surcado por las lágrimas; silencio que los que le habían
escuchado atentamente no encontraban el momento de romper
con comentarios intrascendentes. Así que, cuando se reanudó la
conversación, siguió refiriéndose a qué hacer para recuperar el
reino perdido de Jerusalén.
“Estuvimos deliberando sobre los hechos descritos
por Barceló, y todo indicaba que la reconquista de
Tierra Santa parecía imposible, ante la potencia
invencible del Imperio de los mamelucos, a no ser
que toda la cristiandad unida, bajo un mismo coman-
dante, le presentase batalla y mantuviera el esfuerzo

página 149
Eymeric de Usall, el último templario.

durante generaciones.”
La realidad era que la frecuencia con la que los reyes se
embarcaban para la cruzada había descendido drásticamente a
partir del mortal fracaso de San Luis en Túnez. Y no sólo eso: las
donaciones voluntarias prácticamente habían desaparecido,
substituidas por distintas triquiñuelas papales para recaudar
diezmos y bulas; y eso, por no hablar de las nuevas vocaciones
de reclutas para el Temple o el Hospital. Poco a poco, el gusto
por la vida, la cultura y la riqueza iba suplantando el ansia por
asaltar los cielos a paso de carga, aunque fuera dejando la vida
en el empeño.
“Después me pusieron al corriente de las compras
hechas por la familia en los últimos años: molinos en
Sant Boi y Molins, casas, talleres, Mesas de Cambio y
tierras, naves..., y de con qué familias pensaban
trabar alianzas matrimoniales, y cómo, con todo esto,
iba aumentando el papel que el rey les permitía jugar
en el gobierno de la ciudad. Una parte de ello, ahora
iba a descansar sobre mis hombros, y no había de
defraudar todo el esfuerzo y el dinero que mis estu-
dios habían costado a mi familia.
A continuación, me anunciaron que próximamente
me recibiría el Maestre delTemple de Barcelona y que
allí juraría fidelidad a la Orden como cofrade, con lo
que se fueron despidiendo todos de mi y se dio por
terminada la solemne jornada.
Vuelto a mi aposento en Cambios Nuevos, me dedi-
qué a meditar qué habilidades de las adquiridas has-
ta aquel momento había aún de potenciar para el me-
jor resultado de las misiones que se me encomen-
darían, de las que, en realidad, nada sabía todavía.”
Pero antes de que Eymeric fuera recibido en el seno de la Orden
en una ceremonia que tendría motivos para no olvidar jamás,
todavía sucedió otra novedad: llego el nuevo rey en substitución
del difunto.
“A los pocos días llegó don Jaime procedente de
Sicilia para tomar posesión de sus reinos. Los pro-

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Eymeric de Usall, el último templario.

hombres de la ciudad se congregaron en la playa,


vestidos de duelo, en honor al finado don Alfonso,
para darle la bienvenida al nuevo monarca.
Don Jaime vestía sencillamente, también de negro, y
al desembarcar quiso saludar uno por uno a todos
los congregados que contaban algo en la cosa
pública; mientras, el pueblo menudo se desgañitaba
con vítores, apiñado un poco más allá.
Allí mismo, a voz en grito, prometió don Jaime ser
tan buen rey para los catalanes como lo había sido ya
de los sicilianos, y mantener y acrecentar los buenos
usos de sus antecesores.
De la playa fue directamente al convento de los frai-
les menores, que no dista ni un tiro de flecha,
donde estaba depositado el cuerpo de su hermano, y
quiso estar los tres días siguientes meditando en los
graves asuntos que había de emprender. Allí mismo
accedió a recibir a Barceló, que le transmitió lo que el
difunto rey le había encargado, junto con los
mensajes de Guillermo de Beaujeu, aunque éstos los
conocía ya por boca de fray Roger de Brindisi, que se
los había explicado en su palacio de Palermo.”
Barceló se sorprendió al entrar en la sala capitular del convento
de los hermanos menores, donde estaba depositado el féretro del
difunto don Alfonso. Su joven hermano71, el nuevo monarca,
estaba solo, en silencio, arrodillado sobre un cojín al lado del
cuerpo sin vida, con las manos juntas y los ojos cerrados.
Respetuoso, Barceló, sin hacer ruido alguno, también se arrodilló
en las duras losas junto a él, y esperó el permiso de su rey para
informarle; cuando recibió la venia para hablar, le dio cuenta
detallada de cuanto había visto en Acre, del problema de la
sucesión de fray Guillermo, del Tesoro del Temple y la custodia
encomendada a Roger de Brindisi, y, sobre todo, de lo que le dijo
don Alfonso antes de morir: la necesidad de reconciliarse con los

71
Jaime el Justo tenía veinticuatro años, los mismos que Eymeric de
Usall.

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Eymeric de Usall, el último templario.

Anjou y con el pontífice para poder emprender una nueva


cruzada, esta dirigida por los reyes de la Casa de Barcelona...
Don Jaime lo oyó todo pacientemente sin interrumpirle y luego le
dio las gracias por sus servicios y prometió mantenerle a él y a su
familia en la misma situación que sus antecesores, si no es que
podía aumentarla.
El mercader agachó su cabeza en señal de reverencia y besó el
anillo de la mano que le tendía don Jaime. Salió retrocediendo
con la mirada fija en los dos reyes, el muerto y el vivo, conmovido
por la pena.
Don Jaime quedó de nuevo solo con sus pensamientos, que, al
contrario de lo que imaginaba Barceló, no se referían a su
hermano o a pensamientos devotos y trascendentes. Tenía una
preocupación mucho más grave en su cabeza, y de naturaleza
bien distinta: cómo evitar una nueva invasión de Catalunya por
parte de los franceses, de los Anjou y del Papa Nicolás IV, para
la cual el reino no estaba preparado.
Desde los dieciocho años, edad en la que había ceñido la corona
de Sicilia a la muerte de su padre, el rey don Pedro, no había
podido descansar ni una sola noche sin el temor de ver aparecer
de improviso una nueva flota genovesa o francesa, o los
mensajeros anunciando el desembarco de contingentes
franceses o napolitanos.
Don Jaime era plenamente consciente del incómodo papel que le
había tocado jugar hasta entonces, siempre con un pie en el
abismo: su corona era prescindible; dependía para sobrevivir de
la ayuda de los reinos de su hermano Alfonso, sin la cual no se
habría podido mantener ni un sólo día en el trono; y si se llegaba
a una paz negociada, una condición obvia para ella seguramente
sería su renuncia a la corona de los Hohenstaufen. Pero ahora, el
destino había cambiado las cosas por completo: era él quien
había de defender el núcleo de los reinos de la Casa de
Barcelona, y su hermano menor, Federico, sería el peón que se
puede sacrificar según cómo fuera evolucionando la partida.
En los últimos nueve años, las tropas y las flotas catalanas,
movidas magistralmente de una parte a otra, llegando siempre
justo a tiempo de desbaratar a los enemigos, habían ya vencido
en una docena de feroces batallas a los angevinos, pero los

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Eymeric de Usall, el último templario.

incansables enemigos volvían a la carga con más y más


recursos, mientras que una sola derrota de Jaime sería definitiva
y significaría la pérdida de la corona y, seguramente, la
ocupación de Cataluña, como ocurrió con la cruzada de
Inocencio contra los cátaros: la sola batalla de Muret había
propiciado la destrucción de la brillante civilización occitana; tres
siglos volatilizados en un combate de dos horas. Allí había
muerto su bisabuelo y aquello no debía repetirse.
Era necesario asegurarse un período de paz, o aliados potentes,
o un Papa amigo...Necesitaba imperiosamente tener información
y capacidad de influencia dentro del propio campo angevino...
Tras una angustiosa duda que le torturó durante dos días de
reflexión, al tercero encontró una solución que hubiera
sorprendido a sus súbditos tanto como a los príncipes cristianos,
y que hubiera causado su deposición inmediata, o su ejecución,
de ser conocida: una alianza militar en toda regla con el sultán
mameluco, al-Ashraf Khalil, el enemigo de los cruzados, el
conquistador de San Juan de Acre, el responsable de la muerte
de cuarenta mil habitantes de la desdichada ciudad, incluida la
plana mayor del Temple.
Junto con esa alianza, una serie de otras piezas esenciales de un
mecanismo complejo: la neutralidad, al menos, de Castilla a
través de un matrimonio consanguineo con una de sus princesas,
su prima; la introducción de un espía que estuviese en
condiciones de influir en los acontecimientos y decisiones de la
Casa de Anjou; una ofensiva por Andalucía hacia el Norte de
África; la creación de una fuerza militar que, independiente del
apoyo de la Casa de Barcelona, permitiera resistir a su hermano
Federico la presión del rey de Nápoles...
Aunque Eymeric de Usall nunca llegó a saber de estos
pormenores, bien pronto empezaría a ser el pequeño peón que,
moviéndose en el amplio tablero, puede decidir la partida
participando en un gambito que pudiera dar jaque mate a los
adversarios de su rey y cambiar de paso la faz del mundo. Ahora,
sin embargo, era tan sólo un insignificante muchacho cojo que
hacía cola para rendir, él también, el último homenaje al fallecido
rey en el convento de San Francisco, cuando declinaba la tarde
del quince de agosto de mil doscientos noventa y uno.

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Eymeric de Usall, el último templario.

“A continuación, don Jaime recibió el juramento de


fidelidad de los catalanes, después de jurar nuestros
usos, y pronto marchó a Zaragoza para tener Cortes
allí. Hizo las paces con el rey de Castilla, su primo
Sancho, y desposó a la princesa Isabel, aún niña72 y
se repartieron Berbería sobre el papel, si Dios se la
concedía algún día.”
Eymeric dejó que se deslizase la pluma de su mano dolorida y se
levantó lentamente. Comenzó a aplicarse a los movimientos
aprendidos en otras circunstancias que mejoraban su bienestar.
Mientras, meditaba sobre la forma en que iba a encarar la parte
más difícil de su relato. ¿Había de escribir lo que pensaba,
interpretaba y veía en el momento de sucederle todo? ¿O tenía
que describirlo tal y como la experiencia le había demostrado los
hechos desde una lejana perspectiva?
Por una parte el pudor, incluso la vergüenza, le arrastraban a
celar muchas cosas que la expiación que deseaba querría ver
patentes.
Decidió dejar que sus dedos escribieran aquello que el corazón le
dictase en cada momento, sin detenerse a pensar si era o no
inconveniente.
Acabada la pausa, continuó escribiendo atropelladamente, con el
ardiente deseo de terminar cuanto antes con ese pasaje.
“ Finalmente, Arnau me anunció que había llegado el
momento de profesar en la orden. Nos dirigimos al
Palacio de la familia y subimos al primer piso. Alli,
Arnau retiró una pesada tapa de madera de roble,
perfectamente disimulada con briznas de paja y
virutas de serrín, y bajamos unas escaleras de
caracol muy estrechas, bajo la luz titubeante de
nuestras antorchas.
Perdí la cuenta del número de peldaños que descen-
dimos, y cuando la humedad ya era notable, chapo-

72
Este matrimonio acabó anulado por el Papa por consanguineo. Ello
anuló las paces concertadas con Castilla.

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Eymeric de Usall, el último templario.

teando en el barro, penetramos en un angosto pasa-


dizo, a mitad del cual una puerta de un enorme
grosor, revestida con planchas de bronce, impedía el
paso. Arnau sacó una llave y la giró en la cerradura y
tras esperar en silencio unos momentos, se oyó al
otro lado el mismo sonido metálico en una cerradura
similar. Se abrió chirriando y nos franqueó el paso un
sargento templario con su manto marrón, inclinán-
dose levemente a nuestro paso.
Seguimos unos metros más y de nuevo encontramos
otra escalera de caracol por la que ascendimos un
buen trecho. Al final, una nueva puerta abierta nos
dio paso directamente a la parte posterior de unos
cortinajes que disimulaban el pasaje secreto.
La estancia era la sala del capítulo del Temple de
Barcelona, el magnífico edificio sólo un poco menor
que el propio palacio real, que había substituido la
antigua casa de Palau Solitá.”
Efectivamente, la primera Casa del Temple que encabezaba la
provincia de Catalunya había estado situada a algunos kilómetros
de Barcelona, en Palau Solitá, hasta que una generosa donación
de un rico mercader había permitido trasladar la comandancia a
las proximidades del Palacio de los Condes de Barcelona, casi
tocando la muralla que cerraba por el sureste, frente al mar, el
recinto romano.
“Allí nos esperaba un pasillo formado por seis caba-
lleros con sus blancos mantos y seis sargentos
ataviados de marrón, con espadas desenvainadas
apuntando al suelo.
Al final del pasadizo nos aguardaba, con expresión
solemne, revestido con su inmaculado manto blanco
que mostraba una cruz roja, el Maestre de la
Provincia de Cataluña, fray Berenguer de Cardona, de
la casa de los vizcondes, que había substituido
recientemente a fray Berenguer de Sant Just, que a
su vez, había relevado a fray Pedro de Montcada, de
la familia de los senescales de Catalunya cuando
éste fue nombrado Comendador de Ultramar, para

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Eymeric de Usall, el último templario.

morir como mártir defendiendo Trípoli. Cada vez más,


las grandes familias de Catalunya entraban en la
Orden del Temple, que ya había tenido tres Grandes
Maestres de nuestras tierras.
Junto a fray Berenguer había dos caballeros, dos
sargentos y un capellán. Nos arrodillamos Arnau y yo
ante ellos y besamos su anillo, y el Maestre ordenó
salir a los doce templarios que nos habían recibido
con honores.
Aún arrodillados, fray Berenguer me dijo que tenía
cumplido conocimiento de las habilidades adquiridas
en la canónica de Vilabertrán, de acuerdo con los
informes de todos mis preceptores, que los juzgaban
muy a propósito de la misión que se esperaba de mí.
Fray Berenguer me pregunto, antes de pasar
adelante con la ceremonia, si estaba plenamente
seguro de querer servir al Temple y con él, al mismo
Cristo, fuera cual fuera el precio a pagar; que si tan
sólo me movía el deseo de agradar a mi familia o a
cualesquiera otra persona o tal vez la esperanza de
conquistar gloria u honor, él me conminaba a dejar
en buena hora la casa del Temple y olvidar todo
cuanto sabía sobre la Orden.
Afirmé con toda la convicción que pude que no había
cosa en el mundo que me pudiese apartar del deseo
de servir a la Santa Caballería de Cristo, hasta el día
venturoso de mi muerte, que si era en tal empeño, me
proporcionaría el paso al paraíso.
Fray Berenguer, serio el semblante, me dijo que,
pues era así, debía continuar adelante con la
ceremonia y que deseaba mostrase tanta fidelidad e
idénticas virtudes a las de mi padre, que tan bien
había cumplido con las órdenes del Temple. Me
volvió a advertir que con ello iba a poner en riesgo no
sólo mi vida y salud o fama, sino las de todos los
míos.
A continuación, siempre arrodillados ante él, nos
reveló que la Orden era mucho más que lo que se

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Eymeric de Usall, el último templario.

veía desde fuera, un ejército de caballeros con casti-


llos y flotas. A su lado, en la sombra, hay muchas
personas que a los ojos del mundo le son ajenas,
pero que la sirven calladamente hasta la muerte. Los
cofrades, privados del orgullo de mostrar a todos la
cruz bermeja, sufren idénticos trabajos y penalidades
que los freires, sin la protección de las murallas y los
escudos y sin poder gritar en alta voz “ ¡A mi el
Temple!” para obtener la ayuda de los demás freires
de la Orden a la vista consoladora del “baussent”, el
glorioso estandarte blanquinegro que personificaba a
la Caballería de Cristo.
Solos, desconocidos de los demás, han de tomar
decisiones arriesgadas que tan sólo meses después,
si acaso, saben aprobadas por la Orden.
Por otra parte, también en el interior de la orden hay
caballeros y aún sargentos que desempeñan unas
responsabilidades que no tienen nada que ver con su
rango aparente, y velan por el futuro de la orden en
estos tiempos de tribulación. Mi propio hermano, me
dijo, a pesar de ser sólo un sargento 73a los ojos de
todos, también estaba llamado a soportar pesadas
responsabilidades en la orden, como también yo
podría comprobar en el futuro.
Al oír tales palabras, un placentero cosquilleo de peli-
groso orgullo caracoleó en mi piel desde la cabeza
hasta los pies.”
¡Cuán fácilmente nos engañan nuestros impulsos! Con razón dice
el proverbio “desconfía de tus deseos”. He aquí que el joven
Eymeric se encontraba ante la decisión más terrible de su vida, y
se le presentaba con una claridad diáfana, sin ser consciente de
qué podía pasar como consecuencia de ella. Cuanto más se
empantanaba su futuro, más radiante pensaba que sería su

73
los sargentos del Temple eran freires de origen no noble, o bien hijos
ilegítimos de nobles. Tenían importantes atribuciones; por ejemplo, el
Almirante de la flota templaria era, tradicionalmente, un sargento; y
también participaban en la elección del Gran Maestre.

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Eymeric de Usall, el último templario.

horizonte.
“Fray Berenguer reiteró que nadie me podía exigir
que aceptase los riesgos y trabajos que ante mí tenía,
sólo me podía asegurar por su conciencia que el
mérito que contraería a los ojos del Altísimo sería
incluso mayor que el que ganan los caballeros que
juegan y pierden su vida en las batallas ante los
turcos. Insistí en la firmeza de mi determinación de
soportar la cruz que se me proponía, hasta dejar mi
vida en su servicio. Poco podía imaginar que no
ponía sólo en riesgo mi vida, sino sobre todo mi
alma...
El Maestre me dijo que, siendo así, daría comienzo la
ceremonia que constaba de tres juramentos muy
especiales y solemnes. El primero de ellos lo presté
aún en presencia de los caballeros y de Arnau, y
consistía en guardar el más absoluto secreto de todo
cuanto llegase a saber en el servicio de la Orden, y
de servirla con lealtad absoluta, incondicional y sin
atender a mis propios intereses, a mi debilidad o a
mis deseos.
Repetí la fórmula del juramento y, complacido, el
Maestre ordenó salir de la estancia a los cuatro
templarios y a mi primo Arnau y pasó al segundo
juramento, más terrible y secreto, por lo que me
repitió la posibilidad de evitar prestarlo, si no estaba
del todo decidido.
Acepté y en presencia del capellán, fray Berenguer
me propuso tres votos muy singulares, sobre reli-
quias sagradas que custodiaba la orden. Eran tres
votos formulados de forma muy distinta a como los
efectúan los frailes: juré, en nombre del Dios vivo,
que me mantendría casto de espíritu aunque hubiese
de usar del pecado de la carne si el servicio de la
Orden lo requería; que había de obedecer en todo a la
Caballería de Cristo, por delante de los manda-
mientos de cualquier prelado o señor terrenal
(y al decir cualquier prelado, recalcó con la
entonación la idea, dejando claro que ello incluía

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Eymeric de Usall, el último templario.

también al Papa o a los obispos); finalmente, que


habría de usar las riquezas materiales con el único
propósito de servir a Cristo y a sus leales servidores.
Parecía que mis palabras expresaban lo contrario de
los votos de los monjes, aunque, tal vez, era decir lo
mismo con otro punto de vista, quizás más elevado.
Juré. Sí...juré.
Fray Berenguer ordenó al capellán absolverme por
anticipado de todo pecado que pudiese cometer al
cumplir mis votos, cosa que hizo, haciendo la señal
de la cruz con óleos santos en mi frente, mientras el
Maestre imponía su mano sobre mi cabeza.
Todo esto me confundió sobremanera. ¿Cómo un
simple sacerdote podía absolverme de todo ligamen
que proviniera de quienes estaban por encima de él
en la jerarquía de la Iglesia? ¿Es que había dos
caminos para la Gracia divina, uno manifiesto y otro
de cauce secreto, apartado de la vista de los hom-
bres comunes?
Terminado el segundo juramento, salió el capellán y
quedé a solas con el Maestre. Clavó sus ojos grises
en mí por largo espacio de tiempo, en silencio, como
intentando adivinar cómo reaccionaría a continua-
ción. Entonces, me dijo que un aspecto fundamen-
tal de mi tarea era poder pasar por musulmán o por
idólatra en caso necesario. En prenda de ello hube de
pasar por una ceremonia más secreta todavía, que
ofendería al Altísimo, si no se hiciera en Su servicio,
y cuyo contenido me será recordado, con toda
certeza, el día ya próximo del Juicio. Entonces habla-
ré de ella y recibiré por fin la confirmación de que
todo se hizo en Su nombre y en beneficio de mi alma;
o bien la noticia de haber vivido engañado todos los
días de mi vida.”
La terrible escena, reprimida por siempre más, quedó reinando
indisputada en el reino de sus sueños que fueron, a partir de
aquel momento, la única válvula de escape de un secreto que

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Eymeric de Usall, el último templario.

amenazaba con reventar su corazón y con enloquecerle. ¿Cómo


olvidar aquellos instantes en que el tiempo se detuvo y lo que
más respetaba en el mundo, de golpe, parecía transmutado en
algo aborrecible?
“Todavía temblando de espanto y con el corazón
batiendo con violencia como para salir de mi pecho,
enrojecido, humillado y confuso, fui alzado por el
Maestre. El último juramento concluía con el
compromiso de no revelar a nadie del mundo, bajo
ninguna circunstancia, el contenido de esa
ceremonia, y por no convertirme en perjuro, me
limitaré a decir que en ella hube de demostrar que
podía pasar por musulmán o por apóstata, o por
hombre impío, en caso de que mi misión lo
demandase.
Estando todo consumado, fray Berenguer me besó
en los labios como para sellarlos y en señal de
amistad y aceptación, y fui cofrade del Temple.
Entonces abrió las puertas de nuevo y llamó en alta
voz a los otros caballeros y a Arnau, y en su
presencia, me impuso un cinturón de cuerda que
porté siempre más bajo mis ropas, como recordatorio
de la humildad, la castidad, la obediencia y la
pobreza con que habría de controlar mis instintos.
Ahora lo noto bien apretado a mi carne, armado con
las espinas que le he añadido.
Me colocó en el dedo un anillo que en caso de
necesidad me identificaría como cofrade del temple
digno de crédito ante cualquier comendador de la
Orden. Mostraba unas letras griegas flanqueando una
figura humana con cabeza de gallo o águila, parecido
a los camafeos antiguos que vi en Egipto, uno de los
cuales estuvo encastado en la Vera Cruz.
Y quedó establecido que, por el momento, recibiría
sus órdenes a través de Arnau.”
Ya estaba hecho. Había conseguido superar uno de los grandes
escollos que dificultaban la redacción de su libro. Aunque, a decir
verdad, no había sido demasiado capaz de poner su alma sobre

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Eymeric de Usall, el último templario.

el papel. ¿Pecado escondido está medio perdonado?...Sus


sueños se encargaban de mostrar lo que no podía evitar
esconder despierto...
Fatigado, comió sin ganas algunos higos y pan y se tendió de
nuevo a dormir, sin demasiadas esperanzas de poder eludir las
duras pesadillas.
Y así fue, pues la oscuridad le devolvió a una escena demasiado
conocida, en la que emergía de unas largas escaleras de caracol
en las que parecía haber estado girando durante días y semanas.
Con pasos fatigados asomaba por fin al gran salón del capítulo,
escenario de las ceremonias del Palacio del Temple de la
Provincia de Cataluña, donde le esperaba el Maestre fray
Berenguer de Cardona.
Fray Berenguer de Cardona, vestido con el majestuoso manto
blanco que adornaba la cruz roja sobre el hombro izquierdo,
hablaba lisonjeras palabras que en el sueño se le volvían
incomprensibles, sobre las virtudes que esperaba de él la Orden,
si es que seguía los valientes pasos de su padre.
Súbitamente, la cara barbada del Maestre oscilaba como por
efecto de las llamas, y dejaba entrever la de Jaime de Molay, tal y
como, atado en la hoguera que le devoraba, Eymeric le
contempló en las calles de París en el momento en que culminó
la afrenta criminal contra el Temple. Eymeric intentaba gritar,
pero las palabras no salían de su boca, sino gusanos, y las risas
y burlas de la multitud acallaban sus vanos esfuerzos para
protestar contra la injusticia que se estaba cometiendo. Sin
ninguna transición, los gritos e improperios se dirigían a la figura
atada al madero que, de golpe, se había metamorfoseado en la
de su primera esposa, Estefanía, que aparecía con las grotescas
ropas que se obligaba a vestir a los hebreos, y con colas de zorra
pegadas en la espalda. Eymeric intentaba disuadir a la multitud
proclamando en alta voz que su esposa no era judía, que era tan
sólo una vil calumnia que la perseguía de manera injustificada,
pero nadie le escuchaba. La mujer ardía y las llamas se
convertían en plumas, y los brazos liberados, en alas poderosas
que movía enérgicamente de manera que se elevaba volando.
Eymeric corría siguiéndola, hasta que se perdía en un laberinto
de callejuelas que desembocaban en las arenas del desierto, en

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Eymeric de Usall, el último templario.

medio del cual aparecía una gran cruz de madera semienterrada.


Andaba hacia ella, pero cada paso que daba tenía el doble efecto
de hundirle más profundamente en la arena y de alejar la cruz.
Detrás de sí, una voz femenina le susurraba: “carga con tu cruz
y sígueme”. Iba a protestar diciendo que no podía alcanzar el
madero, pero no veía a la mujer, y al volver la vista en la
dirección anterior, no había tampoco la cruz, sino sólo la
moviente arena del desierto.
Eymeric se despertó, sin tener la más remota idea del tiempo que
había durado su sueño. Decidió que, a partir de ese día, anotaría
en uno de los papeles cada vez que se tendía a dormir, y
comprobaría cada vez que viniera su hijo que, efectivamente,
había siete anotaciones desde la visita anterior. ¿O ya lo había
decidido y había olvidado llevarlo a cabo?
A pesar de sus dudas, repitió la rutina de cada mañana y
reemprendió la narración donde la había interrumpido.
“Salimos de la Sala Capitular por el mismo camino
por el que habíamos entrado y, de nuevo en la casa
familiar, sentado a la mesa rodeado de mis primos en
respetuoso silencio, estaba sin saber qué decir ni
qué pensar después de la terrible ceremonia.
Comimos en silencio y luego, volvió la conversación
con normalidad, al menos en apariencia.
Arnau me esclareció los pormenores de las
operaciones que hacíamos por cuenta de la Orden.
Entre ellas, era una sorpresa para mí saber que la
orden nos proporcionaba dinero para adquirir toda
clase de bienes inmuebles, que a los ojos de todos
aparecían como nuestros, aunque teníamos que
firmar documentos que establecían la verdadera
propiedad de la Orden.
Todavía me produjo mayor impresión saber que
también recibíamos dinero que entregábamos a
prestamistas judíos para que lo prestasen a un
interés prohibido a los cristianos que previamente lo
habían pedido al Temple; así, pues, ¿los judíos no

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Eymeric de Usall, el último templario.

eran frutos podridos del mal árbol que da mal fruto,


sino que la Orden les consideraba valiosos auxiliares
para llevar a término negocios vedados a todos los
cristianos, para servicio del mismo Cristo?...
Yo nada entendía de estas cosas del mundo con el
pobre bagaje de un fraile criado en un monasterio;
pero más adelante se me aparecería la razón cuando,
por órdenes del rey de Francia, los judíos fueron
expulsados de su reino y al intentar saquear sus
riquezas, nada pudo obtener; y lo mismo cuando
ordenó la detención de los Templarios para obtener
su tesoro, que se volvió humo en sus narices.
Con estas riquezas, con la ayuda del Temple, las
alianzas con los Marquet, los Durfort y los Ricard; la
participación en el Consejo de la Ciudad y la entrega
a su servicio por parte de mi padre, de Barceló y
Arnau, ahora gozábamos de la confianza del rey don
Alfonso, y después de la de don Jaime, tanto que
fuimos alzados a la categoría de familiares suyos. Mi
primera misión sería en su servicio.”
Eymeric estaba bien lejos de anticipar cuál era su primera misión,
que el rey encargó a su primo Arnau, convocándolo a las
dependencias del Palacio Real.
El rey le iba a encargar una de las piezas maestras de la política
que había diseñado en el convento de los franciscanos, durante
los tres días de meditación, mientras velaba el cuerpo muerto de
su hermano.
Arnau acudió como tantas otras veces y le informó a su soberano
que Eymeric estaba ya listo para suceder a su padre fallecido en
los servicios que aquél acostumbraba a llevar a cabo,
perfectamente entrenado por el Temple y habiendo jurado como
cofrade de la Orden.
El rey se interesó, en primer lugar, por conocer detalles sobre el
padre de Eymeric:
-Arnau, tened la amabilidad de ponerme al corriente de los
servicios llevados a cabo por el padre de este muchacho,

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Eymeric de Usall, el último templario.

Francisco de Usall en beneficio de mis antecesores, pues


como sabéis, mis ocupaciones como rey de Sicilia no me
permitieron conocer todos los detalles de la política de mi
querido y llorado hermano Alfonso.
- Majestad, Francisco, mi estimado primo falleció en combate
con ocasión de la cruzada contra nuestros reinos, en el
reñido combate de las Ilas Formigues que desbarató el
ataque enemigo y nos dio la victoria; así que no llegó a servir
a vuestro amado hermano. Sirvió toda su vida al rey don
Pedro, trabajando en Sicilia para conseguir el alzamiento que
le reclamó como rey, e incluso estuvo con él en la Justa de
Burdeos...ved de qué confianza gozó de parte de vuestro
padre. ¡Ah, tampoco es cosa baladí el haber tomado casi
solo una galera en la batalla de Reggio!
-Muy altas virtudes, sin duda...mas pensad que la misión que
ahora preparamos para ese muchacho, Eymeric, es más sutil
y difícil, pues habrá de convivir durante años con aquellos a
los que tendrá que espiar en nuestro servicio. ¿Estará
preparado para ello?
-Señor, el muchacho tan sólo vive para su misión; es callado
y reflexivo, y su físico, de apariencia un tanto insignificante,
aparta la desconfianza de él, a quien difícilmente se tomaría
como un adversario de cuidado. Según todos los informes
de sus preceptores, ha aprendido todo cuanto se proponía,
sin dificultades.
- Muy bien, pues. Será nuestro hombre en el corazón del
campo de la Casa de Anjou...y vosotros respondéis de su
valía.
Así quedó Arnau encargado de actuar de enlace de Eymeric con
el rey.
Eymeric quedó muy sorprendido al conocer su misión, tan alejada
de los combates y las caballerías...
“¡Tenía que continuar mis estudios en el convento de
los franciscanos, que se estaba acabando de
construir cerca del mar, al lado del llano de los
astilleros!

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Eymeric de Usall, el último templario.

Pero, ¿volver a encerrarme en un convento? ¿Ésa era


la peligrosa misión que se me encomendaba para
salvar al Temple y servir al rey?
Protesté indignado a Arnau: ¿acaso no había ya
aprendido todo lo necesario en Vilabertrán? ¿Es que
los agustinos no eran tan buenos como los
franciscanos? ¿No bastaba quizás la ciencia de fray
Juan de Peratallada? ¡Tal vez se trataba de hacer de
mí un teólogo, pues a los veinticuatro años aún había
de seguir estudiando filosofías!
Mi primo, sonriendo, me dijo que no dudaban de la
bondad de mis maestros anteriores, a los que la
familia había hecho un gran donativo en
agradecimiento por su magnífica tarea. Se trataba de
otro asunto: aunque no lo sabía nadie todavía, en el
convento de los franciscanos se iba a confinar en
breve a los tres jóvenes hijos de Carlos el Cojo, rey
de Nápoles, entregados en rehenes cuando recobró
su libertad74 después de haber sido capturado por
nuestra flota.
El rey don Jaime había decidido suavizar su encierro
(pues estaban a buen recaudo en el castillo de Siura-
na, arriba de un escarpado monte, donde nadie podía
verles sin que el gobernador lo permitiera), pues
quería reemprender las negociaciones con el Papa,
Francia y los Anjou que ya había iniciado don Alfon-
so antes de fallecer. Pero, además, la estancia en el
convento de San Francisco hacía menos sospechosa
la presencia y convivencia de los príncipes con
jóvenes estudiantes de Barcelona, uno de los cuales
iba a ser yo, con la misión de ganarme su confianza:
ojos, oídos y labios de nuestro rey.
Mi tapadera era que, miembro secundario de una
potente familia, iba a aprender árabe para facilitar los
negocios en tierras de sarracenos; a cambio
74
Eso ocurrió en 1288.

página 165
Eymeric de Usall, el último templario.

daríamos una donación de cuantía suficiente.


Preferían que estuviera interno, pues era un tanto
turbulento y perseguidor de hembras de costumbres
demasiado fáciles.
El mayor de los príncipes era el hijo segundo de
Carlos el Cojo, y podía llegar a reinar si faltaba algún
día el primogénito Carlos Martel75; reclamaría enton-
ces la corona siciliana y sería nuestro enemigo.
Se llamaba Luis76 y tenía diecisiete años.
Con él, sus dos hermanos: Roberto, de catorce77 y
Ramón Berenguer de once78, que no era previsible,
en aquel momento, que tuviesen un futuro tan
importante.”
En el castillo de Siurana se educaban atendidos por monjes
franciscanos, de manera que no habían de notar gran cosa del
cambio, salvo la comodidad de tener la ciudad fuera de los muros
que les albergarían, y no un abismo solitario, rodeado por el
planeo de las águilas.
“El rey don Jaime quería saber, mientras se discutía
su libertad, qué pensaban, qué leían, a quién veían; y
quería poder influir en ellos cuando llegasen a ceñir
coronas. Además, así contrarrestaba el influjo de sus
maestros, escogidos por su padre, que pertenecían a
75
Se trata del hijo de Carlos II, nacido en 1271 y muerto en 1295.
76
San Luis de Anjou, nacido el 9 de febrero de 1274, renunció a la
corona el 1295 en favor de su hermano Roberto, para profesar como
franciscano. Obispo de Tolosa en 1296, consagró la Iglesia de San
Nicolás en el convento franciscano de Barcelona y murió en agosto
de 1297. Fue coronado santo el 1317.

77
Roberto I de Anjou, nació el 1278 y murió el 1343, rey de Nápoles
per renuncia de su hermano. Casó con Yolanda de Aragón, hermana
de Jaime II, matrimonio que facilitó la paz que, precariamente, se
estableció entre la casa de Anjou y la de Barcelona.

78
Murió a los veintiséis años, sin ocupar principado de importancia.

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Eymeric de Usall, el último templario.

la corriente conventual, y eran fieles al Papa Nico-


lás79, que era también franciscano.”
Una parte importante del engaño consistía en hacer creer al
Guardián del convento que Eymeric era más joven de lo que era
en realidad. Declararon que tenía veinte años, a lo que ayudó su
estatura que era bastante inferior a la normal, y su delgadez y
encorvamiento, que le hacía aparecer menudo e insignificante.
“Tenía, una vez admitido y cuando llegasen los
príncipes, que hacerme tan amigo suyo como me
fuera posible, saber qué se decían entre ellos, qué
ideas iban tomando cuerpo en sus jóvenes espíritus,
y, si me era posible, estar en condiciones de influir-
los en la manera que se me indicaría. Había de
observar si algún monje intentaba aproximarse
demasiado a ellos, si había alguna visita sospechosa
por parte de adultos, pues aunque habría una
guardia permanente de una docena de soldados,
siempre podría escabullirse un visitante vestido de
fraile entre los monjes que entraban y salían para sus
limosnas y prédicas, o entre los estudiantes que los
prohombres de Barcelona enviaban a recibir letras.”
¡Qué cambio tan inesperado en la vida de Eymeric! Iba a contraer
matrimonio, a cambiar una canónica por un convento franciscano,
trocar el campo por la ciudad, y, sobre todo, iba a espiar a tres
jóvenes cautivos desde años atrás, en tierras extrañas...
Por otra parte, tendría que entender y esquivar las disputas entre
franciscanos espirituales y conventuales, que se iban enconando
día a día, a propósito del voto de pobreza absoluta contenido en
el Testamento de san Francisco, visto con gran recelo por los
pontífices y que por ello intentaban eliminar de la práctica
franciscana. Esta polémica acabaría por generar prisiones,
torturas y ejecuciones en el bando de los partidarios de mantener
la fidelidad al legado del santo de Asís. Un convento lleno de
esas intrigas y con las que giraban alrededor de los rehenes
podía ser un lugar muy peligroso.

79
Nicolás IV (Girolamo Masci, 1288-1292)

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Eymeric de Usall, el último templario.

“Antes de ingresar en el convento, sin embargo, me


llegó el aviso de mi tío para celebrar los esponsales,
en un matrimonio que aportaba riquezas a la familia,
pero poco, si es que alguno, honor.
Mi futura esposa sería Estefanía de Pratboí, hija y
heredera de Pedro Guillermo de Pratboí. Éste había
casado en segundas nupcias con Astruga Amat,
antes judía, al decir de muchos, y su hija se convirtió
en la acaudalada heredera de las casonas, huertos y
talleres que había alrededor de San Félix de Girona.
Al morir, dejó todas sus propiedades a la pequeña
Estefanía, privado de otros hijos, y a ella, la situó
bajo la tutela de su hermano, tío de la joven,
Berenguer, el cual la ahijó.
Aún era una niña cuando la prometieron a Guillermo
de Galligants para cuando tuviese edad de casar;
pero se rompió el compromiso cuando descubrieron
que su verdadera madre había sido judía, y que no
era hijo de la primera esposa cristiana, como ellos
pretendían hacer creer.
Llevaron el caso al Arzobispo de Tarragona, exigien-
do la anulación del contrato por falsedad manifiesta,
y mezclaban a los rumores mentiras, como que
Astruga siguió siendo judía después del matrimonio
y que podía haber contaminado con su fe a la joven
Estefanía, y acusaban de perjuros a los testigos del
contrato. Quedó así anulado su futuro casamiento
por primera vez, pero la historia aún se había de
repetir.
Pedro Burgués pretendió a la rica heredera, o mejor,
su patrimonio, pero su oscuro origen dio pie a tantas
maledicencias que también ellos anularon el compro-
miso.
Como amigo y socio de las dos familias, mi tío Pedro
se afanó a reconciliarlas y, de pasada, a sacar tajada
del asunto, proporcionando un marido a la ya
madura novia frustrada, asegurando la sucesión a
nuestra propia familia, y se hizo con la rica herencia

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Eymeric de Usall, el último templario.

de la madura mujer.
Así, hube de asumir ese casamiento al cual nada me
atraía, con una mujer mucho mayor que yo,
rechazada ya por dos hombres, adornada por el
dinero y no por acrisoladas virtudes u honroso linaje,
hija de una judía. Nada obtuvimos, salvo dinero, de
ese casamiento que seguramente Dios no aprobaba,
pues mi mujer murió al parir su primer hijo muerto.
Así fue la consumación de un matrimonio, que en
lugar de fundar una familia, llenó dos sepulcros. Pero
no nos adelantemos: aún vivía y yo acababa de
firmar las capitulaciones para cuando pudiésemos
contraer el matrimonio.”
Llevó su recuerdo a Estefanía, sin siquiera saber que, en su
juventud, había sido una mujer verdaderamente hermosa, alta, de
anchas caderas y una sonrisa de miel. Los años, las
decepciones, la avidez de su tío y sus hermanastros, la hostilidad
de muchos que la juzgaban por hechos que sucedieron antes de
su nacimiento, el consuelo que buscó en la comida, terminaron
por deformar su cuerpo y convertirla en una mujer absolutamente
desgraciada. Eymeric jamás la vio en sus años de esplendor...y
no es seguro que, de haberlo hecho, hubiese sabido apreciarlo.
“Como futuro esposo de esa mujer, pacté las
compensaciones en la herencia de su padre que
habían de corresponder a sus primos, o herma-
nastros, Berenguer y Pedro Guillermo, que habían
ido con el señor rey a combatir en tierras de Murcia y
ahora vivían en Orihuela. Terminadas estas gestio-
nes, retorné a Barcelona para servir al rey y a mi
familia.
Resuelto todo ello, Arnau me acompañó al convento
de San Francisco para postular que se me aceptase
como pupilo interno.”

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Eymeric de Usall, el último templario.

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Eymeric de Usall, el último templario.

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Eymeric de Usall, el último templario.

Fig. 8. Sentencia de 21 de julio de 1265 de anulación del contrato


de matrimonio de Estefania de Pratboí con Guillermo de
Galligants. Documento inédito del Archivo de la ciudad de Girona

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Eymeric de Usall, el último templario.

Eymeric, acompañado de su primo Arnau, salió hacia su destino


caminando en silencio entre los atareados ciudadanos.
Recorrieron el breve trecho por la calle de Regomir, pasaron por
el cuerpo de guardia del gran portal de la muralla, y, a
continuación, un giro a la derecha, dejando a un lado las
gigantescas piedras. La calle, repentinamente, se ensanchaba y,
mientras que a la izquierda mostraba la playa, enfrente daba a
los andamios de madera que estaban a punto de coronar la
fachada del gran convento.
Al joven muchacho le sorprendió la forma en que se sustentaba
el empuje de las cubiertas, pues en lugar de arcos de medio
punto y anchos muros, lo que había eran ligeros arcos
apuntados, nervios de fina labra y contrafuertes escalonados,
separados por amplios ventanales.

Fig. 9 Eymeric actúa en nombre de su primera esposa


Estefanía de Pratboí en las diferencias con sus hermanastros,
sobre el Testamento del padre de la joven.1292
Era el primer edificio gótico que contemplaba prácticamente

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Eymeric de Usall, el último templario.

terminado, pues aunque otros muchos se iniciaban, su


construcción no había de culminar hasta muchos años después.
“El edificio era enorme, y llevaba sesenta años
construyéndose80, de manera que, habiéndose
volcado en él la generosidad de muchas familias,
estaba casi totalmente acabado en el estilo nuevo
que se estaba difundiendo en aquellos conventos.
Se construyó sobre el antiguo Hospital de San Nico-
lás de Bari, que había hospedado al propio San
Francisco81 cuando peregrinó a Santiago de
Compostela, en tiempos del primer guardián del
convento, fray Bernardo de Quintavall. Gracias a la
generosidad del rey Jaime el Conquistador, aquel
modesto edificio se había convertido en un vasto
conjunto de grandes edificaciones que albergaban a
muchos ciudadanos que se veían tocados por la
milagrosa influencia de San Francisco.
Lo había ya visitado cuando llegó el rey don Jaime y
quiso velar el cuerpo muerto de su hermano Alfonso;
también yo quise rezar a los pies de su ataúd, como
tantos otros ciudadanos de Barcelona, por lo que lo
pude contemplar con los ojos llorosos.”
En el convento oraban y llevaban a cabo penitencias una
treintena de monjes, además de los novicios, los legos, los
estudiantes y criados. Lamentablemente, el edificio, que ocupaba
completamente la actual Plaza del Duque de Medinaceli, fue
destruido durante el siglo XIX, a raíz de la desamortización
eclesiástica.
Fue el referente de la vida espiritual de la baja edad media de
Barcelona, junto con los conventos de las clarisas, sus hermanas
espirituales.

80
Había comenzado a construirse en 1229.
81
Según la tradición franciscana, aquesta estancia del fundador de la
orden se produjo el 1214.

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Eymeric de Usall, el último templario.

También se perdieron la inmensa mayoría de sus archivos,


aunque el actual bibliotecario suple con un amor infinito a la
historia de su orden la falta de medios materiales para recuperar
este fragmento de nuestro pasado colectivo. Sería injusto omitir
su nombre: Agustí Boadas.

“Todas las dependencias estaban en perfecto estado


y eran severas, pero grandiosas: el refectorio, los
dormitorios con celdas, la sala capitular, el claustro,
la biblioteca dotada de más de mil libros, regalo de
los poderosos y fruto del trabajo de monjes y
estudiantes.

Seguía en obras todavía la gran fachada de la Iglesia


de San Nicolás, donde yacían los restos del buen rey
don Alfonso, con el humilde hábito que quiso vestir
en la hora suprema.
El tesoro principal de los franciscanos de Barcelona
era el bastón que conservaban del santo fundador,
con el que se ayudaba en sus cansinos pasos,
debilitados por el ayuno y las llagas que el mismo
Jesucristo le concedió como glorioso galardón
imborrable de su predilección.
Cuando prosiguió su camino, de la seca y muerta
madera del bastón dejado en el convento nacieron,
dicen, brotes verdes. Viendo tal prodigio los monjes
alborozados salieron al camino corriendo tras
el santo, alabando a grandes voces el milagro y a su
autor. Mas al alcanzarlo, San Francisco les prohibió
terminantemente hablar ni una sola palabra, bajo
pena de condenación de sus almas.
Tal reliquia está ahora en la cripta situada bajo el
altar mayor, y, si bien yo no lo he visto, algunos de
los frailes juran que del bastón salen frutos
deliciosos que alimentaban el cuerpo y sanan los
pecados del espíritu; incluso hablaban de un fraile
muerto tras una falta que le volvía indigno de
salvación y que revivió tras tocarlo con la madera, el
tiempo justo para confesar su pecado y ganar el
paraíso. Esos milagros muchas veces he visto que

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Eymeric de Usall, el último templario.

vienen más de la credulidad de los ignorantes que de


la mano todopoderosa del Altísimo.
Admitidos al interior, se nos condujo al despacho del
actual Guardián, fray Berenguer de Palmerola, que
había substituido hacía poco tiempo al anterior
guardián, Pedro de Puigfort.”
Eymeric no pudo evitar notar la diferencia entre la modesta
estancia que utilizaba fray Berenguer para despachar el gobierno
del convento y el palacio abacial de Vilabertrán, más propio de un
gran señor.
La atmósfera general del complejo monástico era de orden,
laboriosidad y respeto, incluso en las zonas que utilizaban los
jóvenes que recibían letras o postulaban como futuros
franciscanos,
“Arnau habló con él con respeto pero con cierta
altivez, dada la posición de la familia que toda la
ciudad conocía. Leí en la mirada del fraile un cierto
recelo por las supuestas razones que impulsaban a
los Usall a pedir la entrada de un joven huérfano tan
mayor en el convento, aunque él todavía no sabía
nada de la futura presencia de los príncipes de
Anjou.
No es que faltase interés entre las familias patricias
de Barcelona por las enseñanzas que impartían los
franciscanos; bien al contrario, había corrido la
fama por la bondad de los ejemplos y la erudición de
los frailes de la orden. Pero la gran mayoría de los
jóvenes eran llevados a más temprana edad y, o bien
quedaban en el convento y profesaban allí como
frailes menores, o bien a la misma edad, hacia los
dieciséis años, eran retirados del convento con la
formación ya completada. Pero yo llegaba visible-
mente mayor, sin pedir profesar como fraile, y
poseyendo ya una formación excelente, cuando lo
normal hubiese sido tomar órdenes menores y
marchar a Montpellier o París.

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