“Yo no soy nadie:
un hombre con un grito de estopa en la garganta y una
gota de asfalto en la retina,”
(Tal vez me lame Jonés)
Le6n FelipePROLOGO
Decir “I no spik English” en Estados Unidos es ofen-
der al espiritu de una naci6n de inmigrantes que dijeron
Jo mismo al legar, cuestionar la pronunciacién del nuevo
projimo, revelar los nexos que lo unen a usted a unos
vinculos culturales extrafios. Su mala pronunciacién de esa
i que en la frase correcta de “I don’t speak English” debe
ser aguda, no gruesa, haré que le endilguen, como hispa-
nohablante, el término peyorativo de spik. En la region
oriental de la nacién se nos aplica el mote particularmen-
te a los puertorriquefios, en la regién occidental a los de
origen mexicano.
La graffa del término varia: puede ser spik, spic 0
spick. Hasta 1915 se emple6 de modo distinto, spig, para
designar a los inmigrantes italianos, por causa de su afi-
cién hacia el spiggoty (tratamiento burlén de spaghetti) y
de su competencia para el trabajo con inmigrantes ya es
tablecidos.
Preferi la grafia spik para mi libro de puertorriquefios
en Nueva York no por capricho, sino por su concisién
particular que remata con & soldadesca, policial. Frente al
mote coloqué parte de la colectividad puertorriquefia que
reside en Nueva York: seres abrumados por la tecnologia,
el aislamiento y 1a correspondiente inseguridad de los ex-
9PEDRO JUAN SOTO
ploradores en cualquier selva. También pretendi sumar
otros atisbos a la visién que de Nueva York nos habfa
dado en 1948 José Luis Gonzélez con los cuentos de EZ
hombre en Ia calle,
Qué cosas me indujeron a escribir el libro? La pre-
gunta me persigue desde hace mucho en encuentros con
lectores. Procuro resumir razones al comienzo de cada
cuento en esta nueva edicién de Spiks. Recuerdo vaga-
mente las emociones que ‘también intervinieron en cada
caso porque, como es natural, cada narracién me sirvié
para exorcizar las emociones que entonces me torturaban.
Listima, impotencia, ira, asco, dolor, eran algunas de
ellas. Tales sentimientos se hallan colgando como murcié-
lagos, creo, de los renglones de uno y otro relato.
{Qué opinién me merecen los cuentos y vifletas de
Spiks, a diecisiete afios de su publicacion inicial? Me gus-
tan varias cosas, detesto otras. Entre las que detesto figu-
ra la influencia del inglés: desde vocablos anglicados que
afin no se han convertido en préstamos lingiiisticos, hasta
el repetido abuso del gerundio. He preferido dejar en paz
tales errores y emplear lo aprendido para la redaccién de
otras obras.
Alguien ha observado que Spiks est4 concebido mis
como novela que como libro de cuentos. Para hacer valer
su punto de vista, el amigo alude a la relacién estrecha
que existe entre los cuentos y las vifietas, a la organiza-
cion temética, al ambiente urbano y anonimante, al hecho
de que todos los personajes bien pueden haber viajado en
el mismo avién de la protagonista del primer cuento...
Tal vez tenga razén ese critico que no ha hecho piblica
su critica.
10
SPIKS
Por Io visto, para él un libro de cuentos es el acopio
de narraciones escritas y publicadas aisladamente, entre
obras de mayor integracion, a la espera siempre de que
haya suficientes de ellas para merecer dos tapas. No es asf
para mf. Creo que un libro de cuentos debe ser obra
integral y, a la vez, obra desarmable. Si bien puede existir
por sf sola cualquiera de las narraciones, juntas podrén
decir mucho més. Por eso abordo la redaccién de un libro
de cuentos con sentido de integracién, pensando en las
partes tanto como en el conjunto, ideando las acciones
con frialdad y disimulo.
Otros amigos han comentado que las vifietas 0 “mi-
niaturas” son esboz0s, bosquejos, semillas de cuentos que
nunca he escrito. Discrepo de esto. Mi intencién nunca ha
sido lanzar cosas que puedan confundirse con desperdi-
cios. Mi intencién fue tratar de hacer valer las “miniatu-
ras” como cuentos minimos. Surgieron éstas después que
ube redactado todos los cuentos del libro, en 1956.
Quise propinarme a mf mismo una bofetada por la garru-
lerfa, la verborrea, que cada cuento me parecfa contener.
De ahi mi asombro ante la critica elogiosa vertida sobre
tales conceptos como poder de sintesis, economia de
expresién, y otras consideraciones similares acerca de
Spiks.
Enero de 1973
uLA CAUTIVA
Este es un cuento de pura invencién, al cual Uegué
con cierto rigor matemético, No contiene, a diferencia de
otras partes de la coleccién de cuentos, elementos auto-
biogrificos. Aunque inicia el libro, fue el iiltimo euento
que redacté para Spiks.
Entendia yo que para conducir al lector al mundo de
los puertorriquefios de Nueva York, precisaba un punto
de partida semejante al de los preparativos de un viaje,
Tal cosa deberta dejar ver algunas penumbras procedentes
de las vidas tratadas en las narraciones siguientes. El cuen-
fo deberia contener, asimismo, algunos de los temas que
reciben tratamiento més detallado sucesivamente: desam-
aro, soledad, osadia, amargura... Decid, pues, intentar
lograrlo todo ubicando ta accién en el umbral de viajeros
que era el recién inaugurado Aeropuerto Internacional de
Isla Verde.
Redacté diversos episodios a lo largo de varios meses,
hasta contentarme con la trama de “La cautiva". Todavia
me parece buen resumen de lo que acontece en Nueva
York a los demés protagonistas. Hallo también en este
‘cuento un factor —el de ta sensualidad— que se retoma en
el cuento final y se resuelve en una actitud desafiante,
testaruda, mada abocada a la derrota Hay, pues, un ele-
BPEDRO JUAN soto
mento de circularidad entre el comienzo y el final del
libro, ademas de una decision de parte de la protagonista
de “Dios en Harlem”, de resistir y vencer,
“La cautiva” es un titulo literal Y editorializante, El
autor, a la vez que se afana por mostrarse frio y objetivo,
no logra abstenerse de comentar entre Itneas. Porque si
bien Fernanda es una cautiva del amor 0 del deseo carnal
que le inspira su cuftado, no resulta menos cautiva, ya en
el avién, de un futuro deplorable en todos los éndenes:
Nueva York,
Distinguié a lo lejos la capota roja del taxi, lo enfocd
¥ persiguié luego en la curva donde el verde hiimedo de
los jardines resplandecfa al sol, emplaz6 entonces su mi-
rada en el parachoques delantero y lo atrajo hasta la en-
trada del edificio. Se abrié la portezuela de la izquier-
da... y no era él. Un cuerpo repulsive —tan pequefto,
tan escudlido, tan distinto al de él- cruz6 la entrada
cargando una maleta y subié el empinado pasadizo que
conducfa a la sala de espera.
No vendrd, pens6, Le bast6 con un simple apretén de
manos en el porche, siempre pendiente de los ojos de Inés
y mamé. Canalla. Cobarde, No... Probablemente Inés, sin
siquiera darse cuenta, lo mantiene a raya con sus encam
gos: Nene, necesito ajos, Tomates, nene. Nene... Y se
guramente ese renacuajo también lo hace pensar. Aunque
‘me quiera —jy me quiere! -, no querré dejarlo, Cobarde.
Yo puedo darle hijos de mds, un buen hogar, hacerle
Felicidad, maldita Inés, estar contentos en una etema luna
de miel, es mio Inés; yo puedo y si en verdad me quiere
—iv me quiere, me quiere! .
4
sPiKs
En la pared de cristal vio el reo i a oe Ce
da bajo el ridiculo sombrerito de fieltro, los oj
oa y Ta boca fruncide (obre los labios habia trazado
‘unas curvas gruesas que ahora formaban un mindsculo
coraz6n), y sintié deseos de derribatla a cabezazos.
—Femnanda, yo ehtoy cans4 y quiero sentarme.
—Pueh siéntate. Yo no te tengo aguanté —dijo ella,
volviendo airada Ja cabeza hacia la anciana pelitenida e
incémodamente enhiesta dentro de su cefiido traje flo-
reado.
Ay, virgen, que ti... Fernanda te dicho que no
lores més, La gente se va dar cuenta.
Déjame quieta —musit6 ella, secdndose el ojo dere-
cho con los dedos.
Rugié el sistema de altoparlantes:
Su atencién, por favor. Llamada telefonica para
Anfbal Montero. Sefior Anfbal Montero, favor de acudir
al mostrador de la Pan American...
Se dio vuelta porque ya no querfa seguir a caza de
taxis. Necesitaba olvidarse de él y del tiempo que tan
Jentamente transcurria.
A uno y otro lado de la sala, los pasajeros pasedbanse
alrededor de los bancos -sin animarse a tomar asiento,
por no arrugar el’ uniforme de la excitacién que lucfan
sobre sus vestidos de vigje—, se entretenfan recogiendo
hojas y folletos de propaganda comercial, se sentaban den-
tro de la caseta junto al portal de la sala para posar por
las cuatro instanténeas de a veinticinco centavos, © leva-
ban a los ninos a montar los caballos que por diez centa-
vos no mordfan ni coceaban ni relinchaban pero s{ hacian
1sPEDRO JUAN soTo
chirriar sus piezas oxidadas cada vez que giraban en los
tubos palmisudados.
Todos se hallaban empeftados en la matanza de un
enjambre de minutos como quienes se han impuesto la
tarea de papar moscas en una pescaderfa.
Sin dnimo de imitarlos, volvi6 a darles ta espalda. De-
tuyo otro taxi y tampoco de éste lo vio descender.
—Femanda, t'estoy viendo —dijo la anciana rascéndose
disimuladamente la espalda con la pared—. No lo sigas
ehperando, que no viene. Ya se lo dije anoche, que si se
presenta voy se lo cuento to a Inés.
Su mirada giré hacia la izquierda y embistio como
luna antorcha contra el semblante afiejo, desolado y grie-
toso.
Pero jqué ti te creeh? —resistié la anciana—, Lo
qui has hecho eh terrible y ya Dios te cahtigard. No le
dicho na Inés porque lo botaré de la casa y se quedard
sola y amargé. No eh por él que me priocupo. El no
vale na.
~Ehté bien -dijo ella reaniméndose—. Ponle punto
final, por ahora. Pero tengo esperanzah
—{TA me quiereh decir que si te busca... ?
Yo no sé.
—El es un sirvengtenza, Fernanda, Deja que Inés lo
coja con otra.
-EI no tuvo la culpa.
Ponte a defenderlo ahora —cuchicheé la anciana,
mirando de soslayo al hombre que pasaba silbando-. Si él
fuera persona decente... El no rehpet6 ni la casa donde
toh estébanoh unidos, ni rehpet6 mis canas, ni a Inés, ni
16
sPIKs
a ti, La mujer en el hospital, dando a luz, y él en tu
cuarto, Fernanda .
=Yo los ofa de noche —dijo ella, persiguiendo otro
taxi-. Aunque mi acohtaba temprano, me quedaba en
vela pa oitlos...
— {Oirlos?
pero en los iltimoh meses ella no querfa y yo
entonceh .
—Dios mio, Fernanda. Y siendo tu hermana...
Sin mirar a a anciana, ella sacé el pafuelo de su
bolso y, limpiando el marco de resignacién que colocaba
alrededor de sus ojos, dijo:
—Yo me voy, ;no?
Fue entonces cuando lo vio descender del taxi, pagar
al chofer, y entrar pausadamente al edificio. No supo qué
hacer. Si mamd Io ve..., pens6. Eché a andar mas hacia
el fondo de Ia sala. Que no se enfrente ahora a maméd.
Que espere.
—{Pa donde ta vas? dijo la anciana yendo tras ella.
{Ti no queriah sentarte? Yo también ehtoy cansé.
Pero si aqui hay un banco, Feranda.
muld no haber ofdo. Sin pedir excusas, rompi6 el
corro de los cuatro hombres: cuatro caras festivas, cuatro
pares de pantalones abombachados, algo sobre “la dulce
vida de los sébadoh”, y una mano distrafda que hacia
girar una leontina en el aire bullicioso.
Dejindose caer en el banco vacio, de espaldas al por
tal, se quité los zapatos. Alégjalo un poquito, San Alejo,
hasta que mamd me deje sola.
— {Qué te pasa?
"v7sPiKS
~Aqui no hay tanta gente y me puedo quedar en
mediah.
Eso no se ve na de bien —dijo la anciana senténdose
a su lado.
Na de lo que yo hago se ve bien,
Me habré visto?, pens6. Estaré plantado en la en-
trada buscindome, Calzdse de nuevo, se incorpord, se dio
vuelta, se levé una mano a Ia frente y cerré los ojos. El
la miraba desde lejos, muy tieso, luego se viraba y salia.
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