Los siete dones del Espritu Santo pertenecen en plenitud a Cristo, Hijo de
David. Completan y llevan a su perfeccin las virtudes de quienes los reciben.
Hacen a los fieles dciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones
divinas.
Don de sabidura
Nos hace comprender la maravilla insondable de Dios y nos impulsa a buscarle
sobre todas las cosas, en medio de nuestro trabajo y de nuestras obligaciones.
La sabidura "es la luz que se recibe de lo alto: es una participacin especial en ese
conocimiento misterioso y sumo, que es propio de Dios... Esta sabidura superior es
la raz de un conocimiento nuevo, un conocimiento impregnado por la
caridad, gracias al cual el alma adquiere familiaridad, por as decirlo, con las
cosas divinas y prueba gusto en ellas. ... "Un cierto sabor de Dios" (Sto
Toms), por lo que el verdadero sabio no es simplemente el que sabe las cosas de
Dios, sino el que las experimenta y las vive "
Adems, el conocimiento sapiencial nos da una capacidad especial para juzgar las
cosas humanas segn la medida de Dios, a la luz de Dios. Iluminado por este
don, el cristiano sabe ver interiormente las realidades del mundo: nadie mejor
que l es capaz de apreciar los valores autnticos de la creacin, mirndolos con los
mismos ojos de Dios.
Don de inteligencia
Nos descubre con mayor claridad las riquezas de la fe.
La fe es adhesin a Dios en el claroscuro del misterio; sin embargo es
tambin bsquedacon el deseo de conocer ms y mejor la verdad revelada. Ahora
bien, este impulso interior nos viene del Espritu, que juntamente con ella concede
precisamente este don especial de inteligencia y casi de intuicin de la verdad
divina.
La palabra "inteligencia" deriva del latn intus legere, que significa "leer dentro",
penetrar, comprender a fondo. Mediante este don el Espritu Santo, que "escruta
las profundidades de Dios" (1 Cor 2,10), comunica al creyente una chispa de
capacidad penetrante que le abre el corazn a la gozosa percepcin del designio
amoroso de [Link] renueva entonces la experiencia de los discpulos de Emas,
los cuales, tras haber reconocido al Resucitado en la fraccin del pan, se decan uno
a otro: "No arda nuestro corazn mientras hablaba con nosotros en el camino,
explicndonos las Escrituras?" (Lc 24:32)
Don de consejo
Nos seala los caminos de la santidad, el querer de Dios en nuestra vida diaria,
nos anima a seguir la solucin que ms concuerda con la gloria de Dios y el
bien de los dems.
2. Continuando la reflexin sobre los dones del Espritu Santo, hoy tomamos en
consideracin el don de consejo. Se da al cristiano para iluminar la conciencia en las
opciones que la vida diaria le impone.
Una necesidad que se siente mucho en nuestro tiempo, turbado por no pocos
motivos de crisis y por una incertidumbre difundida acerca de los verdaderos
valores, es la que se denomina reconstruccin de las conciencias. Es decir,
se advierte la necesidad de neutralizar algunos factores destructivos que fcilmente
se insinan en el espritu humano, cuando est agitado por las pasiones, y la de
introducir en ellas elementos sanos y positivos.
En este empeo de recuperacin moral la Iglesia debe estar y est en primera
lnea: de aqu la invocacin que brota del corazn de sus miembros -de todos
nosotros para obtener ante todo la ayuda de una luz de lo Alto. El Espritu de Dios
sale al encuentro de esta splica mediante el don de consejo, con el
cual enriquece y perfecciona la virtud de la prudencia y gua al alma desde
dentro, iluminndola sobre lo que debe hacer, especialmente cuando se
trata de opciones importantes (por ejemplo, de dar respuesta a la
vocacin), o de un camino que recorrer entre dificultades y obstculos. Y
en realidad la experiencia confirma que los pensamientos de los mortales son
tmidos e inseguras nuestras ideas, como dice el Libro de la Sabidura (9, 14).
Don de fortaleza
Nos alienta continuamente y nos ayuda a superar las dificultades que sin duda
encontramos en nuestro caminar hacia Dios.
En nuestro tiempo muchos ensalzan la fuerza fsica, llegando incluso a
aprobar las manifestaciones extremas de la violencia. En realidad, el
hombre cada da experimenta la propia debilidad, especialmente en el
campo espiritual y moral, cediendo a los impulsos de las pasiones internas y
a las presiones que sobre el ejerce el ambiente circundante.
Precisamente para resistir a estas mltiples instigaciones es necesaria la
virtud de la fortaleza, que es una de las cuatro virtudes cardinales
sobre las que se apoya todo el edificio de la vida moral: la fortaleza
es la virtud de quien no se aviene a componendas en el
cumplimiento
del
propio
deber.
Esta virtud encuentra poco espacio en una sociedad en la que est difundida
la prctica tanto del ceder y del acomodarse como la del atropello y la
dureza en las relaciones econmicas, sociales y polticas. La timidez y la
agresividad son dos formas de falta de fortaleza que, a menudo, se
encuentran en el comportamiento humano, con la consiguiente repeticin
del entristecedor espectculo de quien es dbil y vil con los poderosos,
petulante y prepotente con los indefensos.
Don de ciencia
Nos lleva a juzgar con rectitud las cosas creadas y a mantener nuestro corazn
en Dios y en lo creado en la medida en que nos lleve a l.
1. La reflexin sobre los dones del Espritu Santo, que hemos comenzado en los
domingos anteriores, nos lleva hoy a hablar de otro don: el de ciencia, gracias al
cual se nos da a conocer el verdadero valor de las criaturas en su relacin
con el Creador.
Sabemos que el hombre contemporneo, precisamente en virtud del desarrollo de
las ciencias, est expuesto particularmente a la tentacin de dar una interpretacin
naturalista del mundo; ante la multiforme riqueza de las cosas, de su complejidad,
variedad y belleza, corre el riesgo de absolutizarlas y casi de divinizarlas hasta
hacer de ellas el fin supremo de su misma vida. Esto ocurre sobre todo cuando se
trata de las riquezas, del placer, del poder que precisamente se pueden derivar de
las cosas materiales. Estos son los dolos principales, ante los que el mundo se
postra demasiado a menudo.
Don de piedad
Nos mueve a tratar a Dios con la confianza con la que un hijo trata a su Padre.
1. La reflexin sobre los dones del Espritu Santo nos lleva, hoy, a hablar de otro
insigne don: la piedad. Mediante este, el Espritu sana nuestro corazn de todo
tipo de dureza y lo abre a la ternura para con Dios y para con los
hermanos.
La ternura, como actitud sinceramente filial para con Dios, se expresa en la
oracin. La experiencia de la propia pobreza existencial, del vaci que las cosas
terrenas dejan en el alma, suscita en el hombre la necesidad de recurrir a Dios para
obtener gracia, ayuda y perdn. El don de la piedad orienta y alimenta dicha
exigencia, enriquecindola con sentimientos de profunda confianza para con
Dios, experimentado como Padre providente y bueno. En este sentido escriba San
Pablo: Envi Dios a su Hijo..., para que recibiramos la filiacin adoptiva. La
prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espritu de
su Hijo que clama: Abb, Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo...
(Gal 4, 4-7; cfr Rom 8, 15).
Don de temor de Dios
Nos induce a huir de las ocasiones de pecar, a no ceder a la tentacin, a evitar
todo mal que pueda contristar al Espritu Santo, a temer radicalmente
separarnos de Aquel a quien amamos y constituye nuestra razn de ser y de
vivir.
1. Hoy deseo completar con vosotros la reflexin sobre los dones del Espritu Santo.
El Ultimo, en el orden de enumeracin de estos dones, es el don de temor de Dios.
La Sagrada Escritura afirma que "Principio del saber, es el temor de Yahveh" (Sal
110/111, 10; Pr 1, 7). Pero de que temor se trata? No ciertamente de ese
miedo de Dios que impulsa a evitar pensar o acordarse de El, como de
algo que turba e inquieta. Ese fue el estado de nimo que, segn la Biblia,
impuls a nuestros progenitores, despus del pecado, a ocultarse de la vista de
Yahveh Dios por entre los rboles del jardn (Gen 3, 8); este fue tambin el
sentimiento del siervo infiel y malvado de la parbola evanglica, que escondi bajo
tierra el talento recibido (cfr Mt 25, 18. 26).