RAMA DESNUDA
ANDRS TRAPIELLO
(Tusquets, 2001)
A Miriam
SOLO LO NUEVO
Otra vez somos pocos
y lo viejo es lo nuevo.
Mirad quien est solo:
se es el verdadero.
Lo nuevo no son olas.
Agua de oscuro pozo
se ofrece a quien se asoma:
a ninguno y a todos.
EN UN ESPEJO
Me mir en el espejo. No me reconoc
ms que por deducciones, y apenado
llen de agua mis manos e inclin la cabeza
con la vaga esperanza de que el agua
borrara de mi cara lo que en ella
me resultaba extrao. Fuera, en nuestro jardn,
para s y para nadie vaticinaba un mirlo
sostenido en el aire suavemente el futuro.
Sigue siendo real, y ya no existe.
Tambin querra yo, cuando me vaya,
que de comer le echis unas migajas,
y agradeceros eso desde el sueo
contra toda evidencia, si pudiera.
EL PASADO
Hay cosas slo mas, una tarde
con mi padre en Carrizo y sus trasmallos
furtivos en el rbigo
y una maana en Vegas del Condado,
junto al viejo molino en cuya cueva
se combinaba un estraperlo candido.
Das irrepetibles en Pedrn,
en Matueca, en Nocedo y en El Pramo,
y no slo en la infancia, en la posguerra.
en la indefinicin de aquellos aos,
sino en estos de ahora. Ella me dijo
un da que me amaba. Aquel abrazo
aunque no lo recuerde ni siquiera,
es mo inexplicablemente. Y cuanto
fue dndome la vida generosa
para luego quitrmelo,
no menos generosa, como propio
lo tengo. Este feliz fosco collado
de olivos y lagares entre ortigas,
el ladrido del perro tan lejano
y el silencio de ayer y este silencio.
Mi alma hace recuento.
No cabe en una vida su pasado.
LIRIOS
Junto a la vieja casa estis
abrazados y sueltos contra el muro
igual que cuando van las parejas de jvenes
de gira por el campo,
que se ren por todo y se persiguen,
y caen sobre la hierba y se levantan
cogidas de la mano
As son vuestros tallos,
dibujo arrebatado de una danza.
De un da para otro florecisteis
como un juego de magia,
con un azul tan puro y decantado
que hasta los mismos buques
podran navegar por vuestros ptalos.
Se explica que los reyes lo escogieran
para significar una eterna ventura.
En verdad sois hermosos,
mas sin querer vens a recordarle
sus viejas travesas y sus fiestas,
abrazados y sueltos, igual que t a tu vida,
slo que en ti pasado, porvenir y presente
ya van a la deriva.
UNA NOCHE DE AGOSTO
Cuntas veces habrs visto esta noche
estrellada de agosto
sentado en esta silla de loneta,
que est vieja tambin y aculatada,
frente a los negros huertos y jardines
de olivos, de mimosas, de cipreses,
y a los lagares muertos con su manto
de zarzas extendido.
Cuntas veces habrs visto esta noche...
Aqu mismo en silencio,
dejndote mecer por aquel grillo
que finamente talla en su fanal
figuritas de vidrio que se lleva
a lomos la lucirnaga
o mirando la rana que aprovecha
el fresco de la noche y cuya nica
preocupacin es no caerse ahora
de la pequea hoja a que subi
no se sabe por qu, quiz tambin
por fantasa humana
de atalayarlo todo sin objeto.
Se parece a ti mismo, silenciosa,
con ese aspecto triste de las ranas
que estn fuera del agua.
Fuera de dnde ests? Mrate bien.
Qu has podido aprender en este tiempo,
qu nuevas conjunciones has probado
que te expliquen por qu
vienes a este rincn para quedarte
en un presente elemental y frgil
como de rana o grillo?
A veces en la noche te distrae
el paso de un avin, siempre a la misma hora,
de Lisboa a Madrid, de Madrid a Las Palmas,
los puntos suspensivos de sus luces
te pasan por encima hasta perderse
entre las mil estrellas que recorren
otra ruta mayor que desconoces.
Y es eso un gran alivio
porque piensas que all van otras vidas
que estarn deseando
deseos realizables, llegar a un aeropuerto,
caer en un abrazo, repararse del sueo
en una cama limpia, vidas reales
de gentes que no piensan que aqu abajo
alguien sigue su luminosa sirga
y se pregunta cmo, monstruosa quimera,
la belleza del mundo no nos hace felices
y despierta en nosotros el deseo terrible
de que llegue la muerte cuanto antes
para poder partir
como el grillo, la rana y la lucirnaga,
como aviones lejanos, como estrellas,
que se apagan y nacen
cada noche en silencio
despus de haber dejado una vez ms
preguntas sin respuesta
y respuestas sin voz,
igual que esta inefable brisa nace
y se extingue en s misma.
FLORES, GALAS.
T quedars entre esas flores rojas,
con la blusa del aire y la mirada
brillante de un deseo
todava en semilla, y t, galn,
con ese traje nuevo que te hizo
sin duda, al menos las primeras veces,
presumir de apostura, a imitacin
de algn actor engominado y serio.
Mujer, qu flores cortas?
Son rosas? Dalias? La posteridad
tambin las ha alcanzado. En cuanto a ti.
dejaste ya asistido el ganado en la cuadra,
picada la guadaa y recogida
la hierba por correr hasta tu traje
con la ilusin de un mozo?
La del vestido que es a un tiempo prado
y la brisa que en l ablanda el heno,
no podras al menos sonrernos
a los que aqu quedamos?
No piensas que tus labios
sern eternamente limpios, jvenes,
como granos de uva y con olor a lpulo?
Y t, tan orgulloso de tan blanca
camisa y de ese nudo, nada dices?
Llvatela de aqu al planto, al soto
umbro de los chopos, junto al ro
que es vuestro gozo y a la vez secreto
y smbolo de todo lo que pasa
y ya no vuelve... S, y ya no vuelve.
Esa ser vuestra posteridad.
La ma, estos cuarenta y cinco aos
que se han quedado atrs.
La vuestra, estas dos fotos que ahora miro
con los ojos nublados por las lgrimas
sin ver ni comprender cmo de un tiempo
de flores y de galas ha podido
la muerte levantarse, justamente
contra vosotros dos, invulnerables
hasta ayer mismo, que erais padre y madre.
Slo dos viejas fotos que esperan a su vez
un reparto entre hijos, un olvido
de nietos y una nada, flores, galas.
PRIMERAS RIMAS DEL OTOO
Junto a m me he sentado,
yo conmigo,
por or vuestra voz, la ma acaso,
en lo ms hondo,
y ver, si me asomara,
mi corazn en su profundo pozo,
Rimas de dentro,
os siento hoy como en el alto cielo
se dan cita los pjaros
cuando forman sus ramos en otoo.
Sois tambin hojas secas,
las primeras que el viento
levanta dulcemente
del agostado suelo
con un rumor secreto y una msica
inimitable siempre,
y sois las uvas
no maduras del todo
granndose de negro.
He venido a sentarme
al lado mismo mo.
vuelto hacia m como la hoz se curva,
por or el latido,
y cosecharlo,
de un silencio tan grande
y volverme hacia el alma
para segarme en haz, para ofrendarme.
Rimas hechas de nada,
reunid en un acorde el infinito
de lo an no nacido,
soado o proyectable
y todo cuanto muere
despus de breve vida.
Mis silenciosas rimas,
ovejas de majada
en una larga noche
sincopada de estrellas y de esquilas
y desiguales sones desacordes
de olvido y de esperanzas.
ODA A UN RUISEOR
Insomne ruiseor del olmo muerto,
tambin t rememoras al cantar
las otras primaveras con nostalgia,
todas las frondas donde hiciste el nido,
los dulces aos para ti pasados?
Significa ese canto que el amor
cuanto ms limpio brota y ms sereno
es ms desconsolado y ms oscuro?
Cuando era muchacho y no quera
sumarme a tanta fiesta y me guardaba
sin sosiego en mi cuarto por hacer
tanta inquietud ms breve, me asomaba
a la ventana que se abra sobre
un mundo que tambin yo supe estrecho,
y miraba la luna y la envidiaba
en su infinita errancia. Con qu fuerza
deseaba ser hombre por entonces
y cuan lejos me pareca el da,
y acaso inalcanzable, en que llegara
a serlo, aunque jams pens que fuesen
a suceder las cosas de este modo.
Ahora, sin embargo, el hombre piensa
en el joven que fue, y ese recuerdo
le resulta tan cruel, que ha de apartarlo
como el triste presagio de la muerte.
Todo lo que era entonces luz, promesa,
hoy apenas es sombra, y son finales.
Te sucede lo mismo, ruiseor?
Tienes tambin puesto el acento en otro
lugar lejano, como a m me ocurre
que de joven quera ser un hombre
y no hay da que pase que no piense
en el joven que fui? Si estoy aqu,
en este lagar viejo, solitario
y misntropo, pienso en mi Madrid
y siento la belleza de sus calles,
de las cuestas del Rastro y las riberas
secas del Manzanares, de su cielo,
que huele a cautiverio y que recuerda
cualquiera de esas fieras del zoolgico
que dan vueltas y vueltas en la jaula,
y siento ese Madrid como sonmbulo
con qu rara nostalgia, casi hiriente,
Y s tambin que all recordar
este viejo jardn y esta terraza
y la calleja que podra darme,
si la siguiese un da, cada punto
imantado del tiempo y de la brjula,
y en ti, secreto ruiseor, que haces
pasar el ecuador de dicha y canto
por el olmo ya seco, pensar,
y s que tal recuerdo, demasiado
penoso, impedir que pueda yo
tener, como la tienen todos, una
vida satisfactoria, aun incompleta.
Y no es el recordar acaso como
botar un buque, barrenado el casco?
Tambin t rememoras al cantar
las otras primaveras con nostalgia,
las diferentes frondas donde hiciste
nido, los dulces aos ya pasados?
Eres como yo mismo, alguien que vive
para perder aquello que ms ama?
se es todo el misterio? Adis, ya llego.
SI HAY UN RINCON
Si hay un rincn, es mo, y qu fortuna.
En pleno campo abierto, incluso donde
el aire nomadea, all le encuentro
al alma una pensin para ella sola,
la cama recin hecha, limpias sbanas
y dentro del rincn otro rincn
todava ms ntimo. En las calles
de mi vieja ciudad o en cualquier otra
de las muchas del mundo, entre las aguas
del mar o en un pausado giro, mi alma
sabe dnde buscar y no se pierde,
que el alma de mi alma es peregrina.
En la noche estrellada de verano
donde no hay corazn que no se abisme
asombrado, tambin, y no s cmo,
el corazn se esconde en su medida
no de estrella brillante, s lejana...
Si hay un rincn, es este vasto mundo.
QU DULCE ES ESTA BRISA
Qu dulce fue esa brisa rodeando
a los verdes doncella la cintura
y cmo en el tumulto se alegraron
cientos de margaritas que bordaban el prado,
triunfantes como en justas de amarillos
cuarteles y estandartes.
Yo mismo me alegr
tendido bajo el rbol como estaba,
las manos en la nuca y un lechoso
tallo de hierba dulce entre los dientes.
No s cmo he podido sostener en mi frente
el cielo y cada vuelo y lo que el aire
hace visible y lo que el sol oculta,
abismos insondables, luna, estrellas.
Tampoco s cmo no he muerto,
tan cerca como estuve de la tierra,
hundindoseme el pecho de silencios
que tejan las hojas y los trinos,
sino muy al contraro, all tumbado
not que todo aquello,
el peso del azul, las aves que volaban,
el aire perfumndose de tomillo y de miel
me elevaban por encima de m,
ms incluso que pjaro y que cielo,
ms que cosa ninguna de las altas,
hasta sentirme fuerte,
tan fuerte incluso que pudiera ser
que hubiese muerto,
pues nadie ms que yo fue ms feliz
de lo que yo lo fui
con los ojos cerrados, bajo el rbol,
sintiendo sobre m el dulce sudario.
RAMA DESNUDA
Qu es este engao, di, rama dcsnuda7
Yo mismo te cort este invierno. Sola,
despojada de cielo, te quedaste
en la tierra, cada como el cuerpo
exange de un extrao. All seguiste
bajo los fros soles y las ciegas
estrellas, en inerme y retrado
abandono, a merced de los temperos
ms aciagos y extremos. No eras ms
que un trozo de madera cada vez
menos visible en la materia activa
de la naturaleza. Para el ciclo,
para cerrarlo al fin, slo esperabas
acabar algn da como fuego
en nuestra chimenea y ser ceniza
y ennoblecido smbolo del tiempo.
Pero algo ha pasado: has florecido.
Desoyendo la lgica del mundo
y de tu propia historia, te has llenado
de brotes y de flores, desdichada.
No sern fruto ni sern promesa,
pero suean tal vez con nueva vida
esperando quiz que a ese reclamo
acuda el ruiseor y en ti construya
su nido como antao, reviviendo
tus viejas primaveras y las noches
de venturosa y perfumada brisa,
mi pobre rama, soadora y muerta.
Qu burla es sta, di, rama podada?
Y t, mi viejo corazn, no aprendes?
EL LTIMO TREN
Apacibles y verdes riberas de la infancia
viendo correr el agua de coloquiales ros
qu lejos el presente, qu cerca la distancia
de los recuerdos que dejaron de ser mos!
Ya todo se sumerge en las brumas pasadas,
ya slo son sirenas bronquticas mis aos
en medio de la noche, ya todas mis veladas
son una fuente seca de innumerables caos.
Dnde estn las maanas inconscientes de ayer?
Qu fue de aquellos cines donde siempre triunfaba
no slo la verdad, sino los happy end?
Las msicas de antao han vuelto a enmudecer
y se extingui su eco. Aquello que esperaba
ha pasado hace tiempo en el ltimo tren.
EL CURSO DE LA HISTORIA
Enfrente de Correos
orillados del trfico y al margen
de apresuradas vidas que se cruzan
ignorndose en todo,
estn esos magnolios centenarios
oscuros, silenciosos.
Ms que abrirse sus flores, se han posado
como blancas garcillas un instante,
reposando su vuelo...
Han visto sucederse
repblicas, monarcas, dictadores,
desfiles militares...
Slo esperas que puedan sobrevivir tambin
a nuestra democracia, porque piensas
en quien dentro de un siglo
se tropiece con ellos, florecidos
como lo estn ahora. Ms que reyes,
tiranos o demcratas
le ayudarn sus flores a llegar a su casa,
a subir la escalera, a abrir la puerta
y encontrarse a la Historia
-una cama mal hecha, la nevera vacaque no ha necesitado nunca de l.
PLAZA DE PARS
Entran, salen las gentes preocupadas
de la Audiencia, del Tribunal Supremo
con el semblante serio y sus fnebres trajes.
El cielo de Madrid, tambin togado,
amenaza tormenta y la Justicia
de los hombres se acerca o se distancia
conforme a leyes que ellos en el yunque
de su inters someten como blandos metales.
No obstante, enfrente,
en las ramas desnudas de los rboles
una tropa de pjaros trabaja
con ley an ms antigua
en nuestra primavera. No hace fro
y el aire se anticipa perfumado.
Slo el invierno y yo, apartados unos
metros de all, miramos esa escena,
y tanto el corazn muestra su jbilo
que imposible le hubiera resultado
discernir en sus lgrimas
cules fueron de adis, cules de bienvenida.
LUNA EN EL RASTRO
Luna traspapelada de la noche,
como una oblea frgil, transparente,
adonde quieres irte?
En un instante fuiste troquel de todo un siglo
y ms duraste en slo dos segundos.
La cochambre en el suelo y t all arriba
celeste sumidero que derrama
como el cuerno de la abundancia dones
siempre inditos: el silln barbero,
un zapato sin par, el trozo del peridico
amarillento, la mueca manca,
el libro en que aprendimos a leer
y la misma pelota que perdimos
de nios... Iluminas slo lo que es real.
para eso resistes antes de disolverte
en el lmpido azul de la maana:
este afn de buscar en los despojos
nuestras futuras huellas
y esta dulce nostalgia de la vida
cuando ya hayamos muerto.
VERDES riberas,
quin hubiese podido
quedarse en ellos.
En los chopos del ro
juega la idea
de un rumor infinito.
El hombre se hizo nio:
puente de piedra
y el agua que se ha ido.
Quin hubiese podido
quedarse en ellas
DESPEDIDA
Para Francisco Brines
Cuanto tiempo he vivido a vuestro lado
sin saber que viva, sin sentir
que erais mi misma piel hasta esta hora
que ni es hora tampoco, sino el breve
minuto que precede a un largo adis.
Cuando voy a perderos, me doy cuenta:
os reconozco demasiado tarde,
a ti, jardn abandonado, hundido,
a vosotros, rosales, tan leosos
y viejos como yo, pero rosales
al fin, a la hojarasca de los tilos,
a ti, pared torcida, desconchn
y ara sagrada donde ofician luces
pstumas de la tarde. Dnde estuve
que fue ms importante que el fortn
levantado en las piedras por los lquenes?
No hay humana palabra que valiera
lo que un silencio as, de medioda
invernal... Slo tienes un minuto.
Oyes la suave brisa entre las ramas
desnudas de los rboles, el roce
del gorrin en la nube, aquel aleo
del mnimo naufragio de un insecto?
Sientes entre tus dedos este sol
engastado en el fro aire de enero?
No hay calibre que pueda mensurarlo,
ni tampoco este olor, a lea, a hierba,
a corteza podrida, dibujado
en hebras sueltas para ser tejidas
como cualquier tapiz. Slo un minuto...
No habra sido mejor un alejarse
apenas sensitivo? Qu he de hacer
ahora con vosotros, desgajaros,
separaros del todo y reduciros
a la pobre funcin de los recuerdos?
Pero, cmo olvidaros? Para m,
lo s, seris a un tiempo herida y savia,
por la misma razn que paraso
y prdida van juntos, y van juntos
angustia y alegra, sueo y muerte.
REENCUENTRO CON EL OTOO
En este casern; en los olivos viejos;
en la noche templada con la niebla que baja
pisando el blando musgo con un olor a paja
mojada; en el silencio que se oye a lo lejos,
tan terco su latido como pulso de vena,
de ansiedad y de sueo; en el sordo zumbido
de la mosca postrera; en el oscuro nido
que vaci el olvido; en la hierba que estrena
su corpio de virgen; en el fuego discreto
que esparce por la estancia recuerdos inefables;
en todos los sonidos sombros y admirables
donde se cifra un smbolo y se cela un secreto;
en todo lo que, muerto, cobra de nuevo vida;
en las viejas palabras gastadas como tramos
de la secreta escala y en los fnebres ramos
de este octubre en Las Vias; en la llama encendida
y en la suma de cosas que vuelven cada ao
sin variacin a hacer otoos de la nada;
en la repeticin y en la costumbre amada
se descubre el temblor del ms hondo y extrao
sentimiento del alma: el tiempo nos devuelve
a un lugar slo nuestro, sin ayer, sin futuro,
donde por un instante el hombre se hace puro
y acepta la verdad en todo lo que vuelve.
SBADO POR LA TARDE
Silencio de la casa,
sbado por la tarde.
Silencio de poesa
y una voz en la calle.
Una voz muy lejana
que remota se abre
igual que se oye inmvil
la corneja en el aire.
Gravitacin, presagios,
Un tic tac. Es la nave
cuya afilada quilla
divide este romance.
El silencio es un ro
entre apacibles valles.
Djame en esta orilla
aprendiendo a ser nadie.
DESPERTAR EN LAS VIAS
La niebla baja del monte
entre olivos emboscada
sobre el silencio de un gallo
que en el confn rompe y rasga
Me doy la vuelta entre sueos,
quizs en sueos me abrazas
y quiz como la niebla
los sueos se deshilachan.
Por el tragaluz asoma
la aurora. Por la ventana
huye la noche. Secretos
de la realidad sonmbula.
LA TORMENTA
Fue ayer, de madrugada, en pleno sueo.
Vino primero el aire y en los rboles
la noticia eundi y en cada hoja,
nerviosas como novias. Slo ellas
hablaban con el viento, toda vez
que callaron los perros y los grillos
y los negros confines se cerraron.
Despus fue el viento mismo quien dej
de orse, aunque siguiera all, parado
detrs de cada olivo, en cada encina,
como otra sombra ms que da la noche.
Bien se vea que esperaban todos,
cada cual en su sitio, algo importante,
ser llamados quiz, ser redimidos,
pues nada se mova en todo el campo.
Al fin cay una gota y despert
de la tierra agostada y polvorienta
algo ms que ese olor indescriptible
y dulce de la lluvia. Los balcones
abiertos lo pasaron todava
vestido de su gracia, pero encima
de una silla dej toda su ropa
bordada por el fino olor del heno.
Fue tmido al principio entre los dos.
Fue ayer, de madrugada, en pleno sueo.
ANTE UN MANUSCRITO DE L.P.
Por su mano copiados y zurcidos,
en papeles mal doblados y viejos,
voy leyendo de un poema melanclico
los balbucientes versos.
El azar, que no existe, hace diez aos
los puso en mi camino, y ahora el viento
piadoso de la vida levant
la llama que hay en ellos.
Con qu voz vacilante va el poeta
recordando las sombras de un paseo
por la grave Baeza, tras las huellas
de don Antonio el bueno.
Las callejas sombras, los huraos
portales, el templete, los vencejos,
el acre olor de bestias y alpechines,
los negros limoneros.
Yo mismo estoy ahora en esa plaza
en medio de la noche y del silencio
bajo la luna llena. Os mis pasos
sobre las piedras huecos?
Mis manos van pasando estas cuartillas
que una noche Panero, en duro lecho
de sbanas heladas, tembloroso
de vida, fue escribiendo.
Entonces no saba que la muerte
cuatro meses despus ira a verlo
sin aviso a Castrillo de las Piedras,
frente al hosco Teleno.
El azar, que no existe, hasta mi mesa
ha trado las huellas de aquel sueo.
Cunto tiempo me queda? Es corto o largo
todava mi trecho?
Y el paso provinciano se detiene
en un dolor que aqu busca consuelo;
soportales, campanas, olivares
... y su misterio.
EN la lumbre ech una rama
de olivo verde.
Con qu dolor se quejaba
tan consecuente.
Barquillas eran las hojas
del verde olivo
lanzndose entre las llamas
contra el olvido.
En los fuegos siempre hay algo
triste y oscuro
cuando mueven las sombras
sobre los muros.
En la lumbre ech una rama
de olivo verde,
cmo lloraba la pobre
su vida breve.
EL VOLADOR DE COMETAS
Si slo del dolor, como es probado,
un poco de verdad nos nace
y un poco de alegra,
qu es esa escena
en que est Rafael con su cometa
tensando y destensando treinta metros
de nuevo corazn
que amarra al hondo cielo?
Cmo puede verdad
manar tan sin esfuerzo y fcil?
En la clave del cielo,
sin otro viento que el azul de agosto
compacto e inamovible,
mira cmo gobierna su ilusin,
la mecnica ingrvida que se reparte
con el milano inmvil
el espacio infinito
de estas oscuras sierras y lagares.
Con qu silencio eleva a lo ms alto
su mirada,
con cuanto mimo van sus largos dedos
ya de hombre
recogiendo o soltando
la nave de los sueos.
Ya no es un nio,
ni siquiera un muchacho, y sin embargo
ha vuelto a serlo.
Vedle tan serio interrogando al aire
que de pura quietud casi ni existe,
mientras nos sube a todos,
desde la misma entraa,
alegra y congoja al comprender
que realidad es siempre ms
que eso que vemos.
Algo muy verdadero duerme en esa industria
que sostiene el milagro
como una llama viva,
en esas huecas caas, en el hilo
que a veces se le enreda
entre las ramas negras de un olivo.
Quiz no vuelva nunca a volar su cometa.
Es lo que pienso,
Para l han pasado
los aos ms felices de su vida
sin que lo sepa an
y yo alcanzo a saber lo que hace un rato
cre que no saba,
que slo de dolor puede nacer,
de lo que tiene ya de olvido y de pasado,
tan perdurable escena, mientras viva
cualquiera de nosotros.
AL LEER A LEOPARDI
Al leer a Leopardi,
te escondes de la vida o es tu vida,
el dolor de tu vida, lo que a l
te conduce? El sufrir puedes nombrarlo,
la infinita tristeza de las cosas,
los lmites del mundo tan lejanos
y tus pequeos males.
No el arte de hacer versos: el consuelo,
el ntimo consuelo que nunca proporcionan
ni la literatura ni los libros.
Y tus pequeos males, tan pequeos...
No ms que una palabra aqu, o un gesto
que inamistoso crees ver en alguien,
ese malentendido, aquel infundio
a veces fortuito,
tildes todas menudas que tal vez,
siendo objetivos, no son nada,
pero que a un hombre lo reducen
a una sombra de s.
Y nos sentimos solos
en total desamparo, y ni siquiera
las cosas, los paisajes y recuerdos
felices de otros tiempos te confortan
sino que todo es un vasto yermo
sin la pugnaz retama y sin los pjaros,
en esta habitacin, sobre esta mesa
mirando en tu ventana tantos aos
esa fachada gris que lleva ah
desde el final de un siglo.
Y ves as tu vida: como casa
tambin no menos vieja que t mismo,
dado a pensar en horas
de una insania total que tus amigos
slo los vas a hallar entre los muertos
y, esperanzado an, quiz en aquellos
que nacern dentro de ochenta aos,
que deca Stendhal.
Es as como alguien como t
lee a Leopardi,
para escuchar los ruidos, esos ruidos
del final de la tarde, las gallinas
escarbando en el suelo,
el roce de la mano, mientras cose la joven
una pieza de lino blanca y nueva
o armnicas campanas que te hacen
levantar la mirada y ver los montes
Sibilinos, azules, a lo lejos
en el vano infinito...
Es eso lo que buscas,
cuando los ruidos que hay en toda vida
no puedes escucharlos,
que hasta las mismas hojas muertas
si las pisas no suenan
y tu infinito es nada en ese Gredos
que borraron las nubes.
Al leer a Leopardi buscas eso:
celebracin y tregua en la inmensa derrota
que en ti viene cumplindose.
EL ALBAIL
Brot de golpe, entero, como yema de rbol,
cual botn de un almendro luminoso
que no teme la helada ni las nieves
ni los das sombros de febrero.
As fue este recuerdo imprevisible
naciendo del pasado.
Ni siquiera pensaba que exista
y me estall por dentro en cabeza y entraa,
en sentimiento puro y en idea.
Vino carnal con tanta fuerza y luz
que me asust al principio,
como un pastor, supongo, en cuyo tedio
una visin irrumpe,
pero al pronto, nacindome artesiana,
una alegra inmensa se apoder de todo,
de ver que tiempo y muerte
nada han podido obrar contra la vida
plena de aquellos aos.
No s por qu ni quin me lo ha devuelto
precisamente ahora,
pero s que es un don que he de conservar
y para ello dejo en estas I incas,
por si un da el olvido
quisiera arrebatrmelo de nuevo,
constancia de aquel da en que, jugando
en los campos de trigo y de cebada
que existan an a las afueras
de mi viejo Len,
vimos una ambulancia detenerse
al lado de casitas de una planta
que tenan percales en las puertas
hinchados por la brisa cual balandros,
y al mismo tiempo vimos
nacer de la pobreza premonicin y angustia,
Y los gritos despus de las mujeres,
y un hilo muy delgado
uniendo aquellos plantos primitivos
y el infinito virgen de los juegos
perfumados de polen entre los trigos verdes.
Cierro los ojos
y veo igual que entonces esa escena,
el cuerpo ya sin vida de aquel hombre
cado del andamio
y en el azul del cielo los vencejos
como alegres crespones del esto.
Cierro los ojos
y han pasado los aos velozmente
y si miro hacia abajo, desde aqu,
hacindose mi casa todava,
parece que los mismos arrabales
de alegra y dolor
me estuviesen llamando.
A LOS VIEJOS POETAS HARDY, YEATS Y JAMMES
Ni siquiera hace fro y la llovizna
teje un olor de mansedumbre y heno,
Ven a sentarte aqu, junto a estas lneas
y bebe vino rojo. Es tu comienzo.
Las nieves estn lejos y el verano
no se ha ido del todo. El jazminero
tiene flores an, y nuestra casa
se ha vestido con su caftn ms nuevo.
Bebe, mi amor. No pienses. Todo vuelve
cosido a este tenaz olor de leos
y de flavos membrillos. Todo vuelve.
Que te mezan las olas del eterno
retorno. El mismo fuego. Las palabras
que los viejos poetas recogieron
de otros viejos poetas. No las cambies.
Slo tienes presente, como el fuego.
ROSAS DE SAN SILVESTRE
Hace sesenta aos, tal da como hoy,
mora en Salamanca don Miguel de Unamuno.
Fue, dicen, un invierno de inhumanos rigores,
aunque no tanto como el del ao siguiente
(Teruel, mal pertrechados, a veinte bajo cero
nos contaba mi padre, evacuado en un tren
a Zaragoza, comido por las chinches),
o el que vino despus, febrero vil
del ao 39, invierno registrado
por la cmara muda y espantada
entre gentes que buscaban con desesperacin,
descalzas, destruidas, un final
que slo fue principio de un ms atroz sufrir.
Hace un rato tan slo, sesenta aos despus
de aquella muerte que ignorabas,
trajiste del jardn un puado de rosas,
si as pueden llamarse,
pequeas flores hechas de porcelana,
de plido color, casi en capullo,
sin desarrollo apenas de su forma.
Va muriendo la tarde que se azulo
como niebla en los ojos de un lactante,
como visin de un muerto
cuyos ojos son ya un estanque helado.
Un hilo conductor te trae
desde aquel 36, desde Unamuno,
a estas pequeas flores. Un camino secreto
que pasa por tu padre, por la guerra,
por la nieve y ventisca del ao 39,
por la nieve que ahora se posa en el jardn
sin llegar a cuajar, no menos cruel ni fra,
por la mano de nieve que quiso hacer de tales rosas
mnima celebracin de cuanto espera.
Un camino secreto que es como t mismo,
por donde llegas hoy, tarde de San Silvestre,
hasta esta misma casa, preguntando por ti
habindote de cosas ya pasadas,
de muertos, de presagios, de fulgores
sin ilacin alguna,
para sentir tal vez tu vida como un copo de nieve
que aun antes de posarse se ha deshecho.
LAS MERCEDES
Acurrucada duermes,
como duerme el pinzn sobre la rama,
la cabeza apoyada sobre el brazo
de ese viejo silln, los piernas encogidas,
en el rojo escabel los pies de lado
y una ligera manta por encima
que arropa ms que cuerpo, la conciencia
del tiempo que ha pasado por nosotros
hacindonos a veces tan extraos.
Yo mismo en estos meses
llegu a pensarme muerto
tambin para el amor,
el tuyo, el mo, el de las cosas todas,
el que hace en nosotros ms que un cauce,
el que nos vuelve barco y vela y viento,
y qu asustado estuve y qu perdido
y tan a mano de ese sordo dolor.
Ahora que duermes te lo digo,
me lo digo a m mismo, en realidad,
parte tambin de la conciencia ma
y parte al fin del sueo.
Libre te miro, cual pintor que estudia
en la sorda escayola o en el mudo
bodegn de manzanas. Como ahora,
estara mirndote mil aos
mientras duermes urdimbres de t misma,
sueo de mrmol, msica de fruto,
A tu rostro ha vuelto la muchacha
que fuiste y que ha dormido
contigo en este tiempo,
la misma, con el pelo tan negro
y la expresin tan nia
que un suave respirar pone a mi alcance.
Detrs est el balcn y una ventana
y en la ventana
esta tarde de marzo
que al fin se ha merecido ella a s misma
tras larga lucha
con el cielo de jaspe
y sus vetas de oro y de tormenta
que nos dej en la orilla,
siguiendo su camino.
Es esa luz la que se ha puesto en tus mejillas,
la que pulsa en la sien vago latido,
la que sella tus prpados cerrados,
y es ms que luz, un alma
que estuviera tejida con las hebras
ms finas y sedosas
para arroparte el sueo.
Justo encima de l, como saliendo
de ti, se ven los dos almendros blancos
a travs del balcn y la palmera
y los desnudos rboles, y al fondo,
detrs de su celaje, Las Mercedes.
Qu hermosa es esa casa tan derrotada y vieja
en estos das ltimos de invierno,
como guardada toda
tras una celosa de ramajes sin hojas,
de rosales silvestres y de lilos
que embridan en sus brotes
tambin la primavera
Es mucho ms hermosa todava
que oculta por la fronda
que pronto vestir el viejo jardn.
Mira en sueos sus muros, son de oro,
y el tejado manchado por el musgo
y las ruinosas cuadras
y el paseo de rboles...
Todo nace de ti, es como una senda,
onda y prolongacin del propio pelo
que te sirve de almohada.
Ests aqu dormida,
pero ese paisaje parece que es tu sueo
nimbando tu cabeza,
el sueo que ahora sueas,
el que puso en tu boca hace ya un rato
sonrer inconsciente,
el que volvi a tu rosero
la muchacha que fuiste de piel suave
como flor de ese almendro.
Han florecido en ti tambin sus ramas,
se han vestido de blanco.
Aqu casi es de noche
pero all la tarde
todava resiste y de qu modo,
y una brisa templada las menea,
que as juntas parecen mariposas
doblndose cual barcos, velas, vientos.
Todo porque t sueas,
todo porque t duermes.
Y acaso eres tambin la que me suea ahora
que hiciste que buscara este papel
labrado con la misma muda industria
que el adis de un pauelo
para que yo encontrara,
igual que la tormenta, mi camino
y escribiera estos versos,
que t dictas.
No despiertes jams, sigue vivindome,
haz que los cielos
se vayan sucediendo,
que florezcan las rosas y los lilos,
que el otoo les despoje de todo,
que jams me levante de este sitio,
desde el cual te contemplo.
Anochece tambin en ese sueo?
Poco a poco las luces de la tarde
murieron temblorosas,
se perdieron contornos, se apagaron
las formas como sombras
de ramos ya marchitos.
Slo una masa negra al fondo,
Las Mercedes, parece resistir
entre el boscaje umbro,
y yo mismo tambin al lado tuyo,
sondote a mi vez como la yedra joven
que crece entre las ruinas e ilumina la luna
desde su propio sueo.
A UNOS LIRIOS
Yo mismo los compr lo semana pasada
al gitano que viene los domingos
y se pone en la plaza al lado del quiosco.
Tenais, de verdad, que haberlos visto
en su caldero verde, tan temprano,
en el fro de enero.
Entraron en mi casa como jvenes cadetes,
orgullosos de su uniforme nuevo,
el terciopelo azul, el terciopelo blanco
y toda la labor de pasamanera
bordndoles el pecho.
Pasaba cada rato por delante de ellos,
como si fuese una muchacha,
slo por verlos
y contagiarme acaso de toda su alegra.
Pensaba incluso hacerles un poema,
festejar su belleza de algn modo,
pero no encontr tiempo,
incluso, me parece,
un poco me olvid, tan inconstantes somos.
Hoy vi que ya no estaban
y me asust de pronto.
No s dnde buscarlos,
quizs en mi extraeza y en mis remordimientos.
Aunque mirad lo que de una y de los otros ha quedado:
como soldados viejos vuelven a casa
penosamente a pie, la mirada perdida,
derrotados, enfermos, sin esperanza alguna
No hablan ya con nadie, como a extrao me miran
y es posible que slo esperen ya la muerte.
Eso es posible, desde luego, pero conmigo
los tengo en este instante, lirios al fin de nuevo
ALMENDRO
La mitad ha florecido,
la otra mitad est seca.
Hay flores sobre las ramas
ms blancas cuanto ms negras.
Mi viejo almendro, son muchas
todas nuestras primaveras
sumadas. Tu media vida
con mi media se completa.
Sobre la casa tu sombra,
en tu corazn mi espera.
Cuntas primaveras ms
para secarnos nos quedan.
La mitad ha florecido,
la otra mitad est seca,
y el viento que no distingue,
oh muerte tan verdadera,
las dos mitades del rbol
y de mi vida varea.
UNA HORA DE OTOO
Has cerrado los ojos
y dejado tu pulso libre de todo afn
en esta hora.
Oyes, como los oigo yo,
la ausencia de los pjaros y los nidos vacos?
Sientes como yo las amarillas hojas,
su doncellez an en el martirio
tan dulce de la hierba que ya nace?
Bajo los prpados
las callejas serpean mucho ms
siendo las mismas
si vienen hacia aqu que si se alejan.
Es esta hora, la estacin. El Pago.
Ningn vino sabra,
por maduro y corpreo,
mejor que este parado viento
ni fbrica ninguna ha perdurado tanto
en pie como el nocturno aviso de las aves
que ahora empiezan su braille.
Hora dulce de otoo,
de qu siglo has venido, de espaldas a qu guerras.
burlando cunta historia, Yo no s
si te querra eterna. Me basta que hayas sido,
y si despierto y muero,
qu delicia sumarse a estos pequeos ruidos,
saberme un semitono, un aleo invisible
en el tramonto.
GRANO DE ARENA
En la muerte de C.R.
Sent, junto a mi pena,
ligera sacudida; el engranaje
dentado de los astros rechin desacorde
y aqu los manantiales y los ros
lo acusaron secndose de pronto
o naciendo de nuevo en otras partes.
Incluso la inocencia, aves y bestias,
vino a sumarse al duelo:
la alondra con silencio y el caballo
atiesando la oreja. Apenas fue
un granito de arena
en las ruedas de las constelaciones.
el minsculo cuarzo que de golpe
las detuvo un instante, dcimas de un segundo,
algo que en realidad
slo pudo notarse en las entraas,
en la frente y al pie del corazn,
vsceras todas que en amor entienden.
No fue que el tiempo se frenara en seco,
cayendo de su red el equipaje,
menos an que sacudida fue: una advertencia.
Imagin un abrazo y dos amantes,
la conducta del mar,
el laboreo azul de los vencejos
al bajar al estanque para saciar la sed en una gota
toda la sed del mundo en un grano de agua!,
y el tiempo que esa uva de cristal necesita
para vestirse en nieve o desnudarse estrella.
Todo eso la odiosa lo meti
en su hatillo, como un vulgar ladrn,
para salir huyendo, como siempre,
por oscuras callejas solitarias,
Luego continu la fiesta, el baile,
y cmo, con qu ganas. Acaso no es sabido
que la mujer y el hombre buscan aparearse
despus de un funeral?
Entre todos hicimos completa la verbena
y cubrimos la culpa, la manzana de Adn
de rojo caramelo. Cmo, si no,
podramos vivir tan a diario?
Nadie hable de muerte.
Es el da de fiesta lo que es breve.
Arranca!, tiovivo.
Mecanismos, en marcha!
Y t, tristeza, suma nuevos giros
mientras suena esta msica!
RIMAS INGENUAS PARA UNA NOCHE DE VERANO
En el horizonte humilla
la estrella su llama turbia
con un temblor de bombilla
pueblerina y polvorienta.
Al poco rato se apaga
y al lado se le revienta
a un astro su pura llaga.
Ladran los perros. Camina
un avin hacia la luna
troquelada en aspirina.
Al mismo tiempo los grillos
repican sobre la fragua
con sonidos cuyos brillos
copian acentos del agua.
De vez en cuando la brisa
mueve las hojas de un modo
que parece tener prisa.
Qu fcil es
en la noche de verano
rimarnos t y yo, mujer,
notas de un mismo piano.
CUANDO ERAS JOVEN
Quiero pensar en ti cuando eras joven,
cuando lo era yo,
en tu pelo tan negro que dejaba
anunciada la noche,
en cmo al sonrer lo hacas
a un tiempo con los ojos, las manos y la boca
en gestos slo tuyos, que jams
ni antes ni despus he visto en nadie,
y tambin en tu espalda
que tanto disfrutaba quedndose desnuda...
Pienso en aquel tiempo, mucho antes
que a tus manos vinieran a posarse,
como en troncos y hojas, las manchas del otoo,
y en todas las ciudades descubiertas,
y en los utos probados por primera
vez contigo, que juventud es eso,
una primera vez en tantas cosas
y en cmo el corazn me abras
como si fuese cofre
y en el amor, que luego, en la pureza,
al cerrarlo ponas
igual que aos despus pondras al salir
para no despertarlos, del dormir de tus hijos;
pienso en aquel tiempo, y sin embargo
al acabar la tarde, la que nace
debajo de mis parpados, soada,
es la misma que est sentada junto a m.
Una o dos canas a su pelo bajan, y silencio
en sus ojos asoma, cuando ausente
parece meditar en aquel tiempo
en que el hombre que tiene junto a s
fue joven, y le brota quiz de tal recuerdo
esa sonrisa que no he visto en nadie,
ni antes ni despus, no siendo en sueo.
LLUVIA DE MARZO
De no haber estado aqu, tan oscura la noche,
no habras escuchado el ruido lnguido
de la lluvia montona y el grillo
cantando sin desmayo. Lluvia y grillo,
un invierno ya muerto y el verano
an en su crislida velan juntos.
El sonido del agua entre las tejas
como paciente rueca
y los litros puros de ese insecto
que desafa al mundo con su jarcha
primitiva.
Y en un rincn yo mismo y t, la ausente,
testigo de ese encuentro, milagroso
como el mismo dolor de no estar juntos.
VEINTE PENIQUES
De todos los regalos que has trado
de la pequea Irlanda
-unas jarras de guinness en verdad ominosas,
ideadas sin duda por una mente enferma
para ponerlas juntas (son pareja, de hecho)
en esa boiserie que no tenemos,
o ese bate de hurley arrancado
al corazn de un olmo,
o el frasco de perfume que al final
te avergonz comprar en la free shop
del aeropuerto-,
de todos los regalos, te deca,
ninguno igualar jams a esta moneda.
Cada vez que la mire
me acordar de ti,
de aquel da en que fuisteis t y tu amigo
paseando aburridos a la va del tren,
junto a Landsdown Road,
y encima de un ral la colocaste,
por ver lo que quedaba.
Ya lo has visto t mismo:
el perfil de un caballo y el de un arpa
laminados y suaves a los dedos,
una cara que es cruz y una cruz que es ya msica
de catorce silencios.
Podra parecer un sol sin brillo
o el metal melanclico de un lago,
o el oro que cay desde poniente
o el final de tu infancia,
y en su oval superficie de algn modo
estn las chucheras que con ella
pudiste haber comprado y no compraste.
Por eso es mucho ms que la moneda
que en realidad dej de ser entonces,
cuando curiosidad y tedio juntos,
y un poco de renuncia,
a las ruedas de hierro la entregaron.
Ya no tiene valor, eso es verdad,
el valor que los hombres un da le asignaran,
pero podr comprar con ella todo
lo que no tiene precio;
tiempo en primer lugar, pues cada vez
que mis dedos la rocen, me acordar de hoy,
que me la diste, y de ti mismo,
de tu viaje a Irlanda, y de tu edad
trenzada todava de sueos y de asombro,
de donde nace siempre plenitud y belleza.
Acordarme podra incluso de m mismo
de los das lejanos en que tambin pona
sobre la va monedas de diez cntimos
(un caballo al galope y un ibero
que portaba una lanza)
en idnticas tardes aburridas
y en iguales ejidos desconchados.
Mas no slo recuerdos podr comprar con ella,
no slo el tiempo ido
sino esta alegra que jams morir,
la de tu vuelta a casa,
la de abrir tus maletas e ir sacando
para todos nosotros los regalos,
esas jarras de guinness y la pala de hurley
mientras ibas contando
inspirado sin duda por Irlanda,
que jams abandona a sus poetas,
tus ingenuas andanzas en Dubln,
como esa de poner, sobre las vas,
en la estacin de Landsdown Road,
en unas horas de infinito vaco
estos veinte peniques inservibles
unidos para siempre ya a la vida.
IMAGINO...
El aula de una escuela en un pueblo remoto
y quince o veinte nios. Una estufa de lea,
una esfera del mundo, un esqueleto roto
y una sorda pizarra, polvorienta y pequea.
Detrs de los cristales el eterno paisaje
de unos olmos y un patio desangelado y siervo,
una ruin carretera invitando al viaje
y en la verja del patio, de cancerbero, un cuervo.
La maestra ha empezado a leer en voz baja.
Es vieja y es soltera: El aula de una escuela...,
En el cristal se oyen la lluvia de febrero
y todos los silencios que la lluvia amortaja
tan machadianamente.. Pienso en la novela
que sern estos versos cruzado ya el lindero,
y me quedo abstrado, en insondable ausencia,
nostlgico imposible de una muerta inocencia.
DE UN 7 A UN 8 DE DICIEMBRE
A mitad de la noche los omos
correr por el tejado. En realidad
por el espacio que hay entre las tejas
y el caizo del techo.
Han vuelto. No s cmo.
Yo mismo arm las maulas,
pusimos estricnina y trigo envenenado
debajo de los muebles, y mis manos
amasaron un pienso de yeso y requesn.
Eso al comerlo les da sed y luego
en su estmago fragua
y acaban por morir, y aunque jams
vimos muerta a ninguna,
no volvimos a orlas en un tiempo.
Las noches fueron otras, los abrazos,
nuestros besos tambin, hace ya tanto!
Han regresado. Ayer volv a sentirlas.
Recorran inquietas su guarida
y oscuras laboraban sin descanso
araando las vigas,
encima de nosotros, justo encima
de donde est la cama. Si rompieran
un da ese caizo, ellas tambin
seran una solucin. Mas siguen
ah, se es su reino, con la noche,
Dormas y volvieron, amor mo,
en la hora nocturna en que los campos
se apelmazan de niebla y de un perfume
de decadentes nardos. Y algo ms:
no puedo ya cerrar los ojos. Siento,
si lo hago, en mis sueos pisadas,
el encaje siniestro de sus pasos,
pues tambin en los sueos
se aclimatan las ratas.
ELEGA
Para Miriam
Recuerdas aquel tiempo en que oler una rosa,
una rosa tan slo, ni siquiera perfecta
te arrancaba las lgrimas? Te acercabas despacio
al rosal preferido y, a resguardo del mundo,
como quien lleva dentro el tesoro ms hondo
podas estar horas a su lado esperando
sin atreverte apenas a confesar tu dicha,
sabedor de que nadie te igualaba en fortuna.
Ibas buscando vido los temblores simblicos,
la estrella que caa de lo negro en lo negro,
o sus ojos oscuros o el ruido que en la noche
trenzaban los insectos en el astro bombilla
mientras de la majada volvan los acordes
truncos de las esquilas a su caja de msica,
todo lo que temblando naca o se acostaba.
Mientras atardeci ibais por las callejas.
Recuerdas el olor del hinojo y la menta?
Recuerdas que decas como pual lo noto
que me abrasara aqu, y el vientre sealabas?
Apenas si podais articular palabra
por temor a estropear aquellos sentimientos
nombrndolos en alto, y habrais escogido
disolveros entonces en el aire anisado,
conscientes de que nunca estarais tan cerca.
Cuando pienso que yo de joven cultivaba
momentos melanclicos cual gusanos de seda,
qu lejos me encontraba de sospechar que alguno
nacera deforme y me devorara
justo cuando aorase la alegra de entonces,
la juventud perdida, aquel sutil talento
para hablar de la muerte al tiempo que llenaba
de caricias un cuerpo ceido por la gracia.
Quin poda decirte que aquellas que trenzabas
guirnaldas primitivas se te marchitaran
tan pronto entre las manos. Hablabas de finales,
de viejos caserones y de ruinosas casas,
de sonidos oscuros y nidos de otro tiempo,
de calles provinciales y sonatas de Czerny,
pero eran entonces palabras solamente,
la muerte y la desdicha palabras nada ms
como lo fueran sombra, ruiseor o ciprs.
Han pasado los aos y ya nada es igual.
A tu rosal el tiempo le dio un tronco leoso.
pero sus rosas siempre en cada primavera
vuelven a florecer. Slo t te haces viejo
de veras, slo t has odo hace un rato
delante de esa rosa un silencio inhumano
hasta sentir el miedo, y te has puesto a llorar,
no lgrimas estticas como aquellas antiguas,
sino un lloro daino, pues todo cuanto entonces
pensabas que sera como ruina armoniosa,
con su bonita yedra y su viejo jardn,
no es ms que un trozo informe de mineral silencio,
el dolor de ser piedra suelta por un camino.
ROMANCILLO DEL ESTRECHO
Te acuerdas de aquellos das
azules frente al Estrecho,
y la playa solitaria
y los barcos a lo lejos?
Adonde irn?, sealabas
sentada sobre la arena,
y el cielo se ensombreca
con las lejanas sirenas.
Mientras, el viento salobre
iba envolviendo la tarde
y desgranadas las luces
se descolgaban de Tnger.
Te acuerdas, mi amor, de aquellas
madrugadas junto al mar?
Por qu han venido los sueos
como barcos a cruzar,
por qu pasarn de largo
y por qu no volvern?
EL PJARO EXTRAO
Por las maanas canta un pjaro distinto
a todos los dems. Resulta un canto triste,
montono y agudo. Es un pjaro pinto.
No s cmo se llama, aunque sin nombre existe.
A mi ventana viene apenas se levantan
las sombras de la noche. Es l quien me despierta,
que puede distinguirse de todos los que cantan
por slo como dice su cancin inexperta.
Al principio tema que fuese un mal agero
y sin embargo ahora lo encuentro melodioso,
pues que lo s brotar del ms negro agujero
de una pena insondable. Incluso me recuerda
su canto, que es el mo, la polea de un pozo
que doliente chirriara al tirar de la cuerda
para mostrarle al mundo el agua pura y clara,
inesperada acaso junto a cancin tan rara.
ENTRE LA NIEBLA
El mirlo escarba en las hojas
que escudan a las violetas,
al tiempo que la campana
de la iglesia
te recuerda que es domingo,
la infancia de tu conciencia...
Sube el humo de esas hojas
que estn muertas
con trabajo entre la niebla.
La campana? Otra leyenda.
Mirlo, violetas, campana.
Dios mo, qu larga espera
y qu vieja esta maana
que era nueva.
NOCHE DE REYES
Despus de haber nevado todo el da
miras el campo, ya en reposo,
mas no uniforme ni cubierto,
sino lleno de harapos,
las ramas dibujadas en relieve
contra el buril del aire helado,
la palmera, el naranjo cuajado de naranjas
extraas de sus tocas,
la nieve en el brocal del pozo,
en el montn de lea,
con la cabeza en alto como ardilla.
la nieve del sendero, pisoteada y sucia,
el cielo color peltre
lo miras casi incrdulo,
y esta nieve de ahora te lleva hasta las nieves
remotas de la infancia.
Reproduces la luz, la sordidez del pueblo,
aquella cabalgata en la que a pie,
desconcertada y rota,
iba una caravana de fnebres bengalas
por las calles del centro, medio vacas todas,
y aquellos tres tractores, uno por cada rey,
llenos de barro y sus remolques sucios
de llevar remolachas a la fbrica,
y el msero trencito de hojalata
de enfermo corazn,
y el olor de los lpices de cedro
y las leyendas siempre
de Vidas Ejemplares, Y recuerdas,
sobre todo, aquel fro casi pjaro
en las manos del nio,
y aquella luz tambin apenas suficiente,
temblorosa de restriccin o miedo,
y la nieve en los pies como sucia bandera
de la escasez de todo,
nieve sobre el asfalto...
Fue entonces, al sentir aquel negro fulgor
como quizs has vuelto de las nieves de antao
a stas de ahora.
Qu grande es el pas que llamamos recuerdo
por donde vagan siempre
unos como correos, que lo olvidaron todo,
el seor a quien sirven y el destino
que salieron buscando.
Imaginas entonces a uno de ellos
que lleva en su cartera, jinete sin sosiego,
estas mismas palabras,
las mismas que ahora escribo.
Tal vez no las recibas nunca,
pero si acaso un da las encuentras,
te hago saber que fueron la guirnalda
de este cinco de enero,
y que fueron escritas
pensando en que quiz pudieras canjearlas
por desaliento o por dolor o miedo
un da como hoy, dentro de muchos aos,
cuando de nuevo vuelva a nevar en tu vida
y se cubran de muerte
estos mismos instantes, para ti ya lejanos.
CINCO DE ENERO
Todo el da han volado
sobre el tejado
copos de nieve,
alas de mariposa.
En el jardn hay una
pequea rosa,
lejana y breve,
color de luna
que entre hielos resiste.
Dnde qued aquel nio,
dime, que fuiste?
No vendrn este ao,
ya no hay engao,
los tres magos de Oriente.
Dejaste de ser nio,
eres ya gente.
Todo el da ha nevado,
cinco de enero,
copos de nieve triste.
Dnde qued el que fuiste
tan verdadero?
CALLEJA DE LOS OLMOS
Solitaria y sombra entre paredes
de piedra y olivares apartados
de la humana asamblea, intransitada
a cualquier hora, siempre, a medioda,
cuando el sol la emblanquece polvorienta
o en las oscuras noches que se pierde
como otra sombra ms de lo que es sombra,
mi apartada calleja que transcurre
entre lagares viejos y arruinados
cortijos que no pueden ni siquiera
cobijar al mendigo vagabundo
o a ese loco infeliz que hay extraviado
como un perro de nadie en los caminos,
mi tranquila calleja, mi segmento
de universales sueos, mi cordel
de un simblico arco que se tensa
mirndolo, mi pobre ro seco
lleno de piedras secas y aristadas
que levant no el paso jornalero
ni las caballeras, sino ciegos
torrentes en invierno y los rigores
de abrasivos veranos, mi calleja
que hace siglos llamaron de los olmos
porque los hombres antes acertaban
a nombrar con fortuna cada cosa,
caprichosa de curvas y andadera,
sombreadas de olmos sus orillas
que tendan sus brazos una a otra
haciendo de ella un tnel donde el sol
no entraba nunca, un paraso, ms,
mucho ms que un palacio con sus torres,
No eran torres los olmos? No temblaban
acaso, no tenan ballesteros
tambin, que eran los pjaros, flechndonos
con dulcsimos cantos todo el ao,
turnndose en sus guardias da y noche?
Al llegar el otoo y caerse las hojas
su desnudo ramaje se elevaba
igual que las columnas de ese templo
al que se hundi la bveda, y entonces
era el momento, al fin, y el sol poda
bajar a nuestro lado y enterrar
los pies como nosotros en tesoros
de un oro rumoroso, la infinita
corriente en que botbamos la culpa,
que de s se alejaba piedra abajo
hacindose regates y borneos.
Hasta el alma flotaba por el aire
como araa comn sujeta a un hilo
invisible, sin fin y sin principio,
igual que la calleja.. Era de pura
alegra de verse conducida
a la gloria por tan estrecho cauce,
y pedregoso y sin prestigio alguno.
Nada haba de mstica en aquello,
nada sublime ni de portentoso,
nada que no pudieran expresar
unas pocas palabras, al revs,
se senta uno rbol, piedra y ave,
eterno como ellos, bendecido
por el paso del tiempo, cada ao
ms firme en esta tierra y parte de ella
en todos los papeles de la obra,
lombriz y mariposa, rey, mendigo...
Hasta que hoy, ahora, es un decir
pues fue largo el proceso, se secaron
los olmos, uno a uno. Han muerto todos.
Podridas y sin vida van quebrndose
todas sus ramas y la yedra trepa
devorando su tronco. La calleja
desnuda de sus galas, desertores
los pjaros, abandonada a todo,
qued irreconocible, como un cuerpo
que acaba de expirar. Vemos en l
slo una forma. S. Es la calleja.
Todo lo que tenamos de dioses
de pronto se ha hecho barro, y estas piedras
ya no son ms que piedras y esos pjaros
ya no son ms que ruido y estas manos,
ya no son ms que manos de un escriba
que obediente trabaja sin motivo.
DE Portugal han venido
las nubes negras
y todo este silencio
de la tormenta.
Nunca, nunca te alejes,
olor de lluvia,
ni t, viento en las hojas,
colmada msica.
Este momento espera
cuanto sonaba,
caracolas marinas
en cada rama.
De Portugal llegaron
nubes violetas.
Y cmo es que es alegre
tanta tristeza?
DIVISA
MUCHO ms que t mismo durarn tus palabras.
Ningn derecho tienes, por siglo o por carcter.
a hacerlas ms sombras, ofuscadas o tristes
con abrasiva sed y con ficticias hambres.
Es un error pensar que tu vida se acaba
porque mueras un da. Mil siglos o un instante,
qu diferencia existe? Sin presente no hay vida.
Que tu divisa sea: no hay ni un despus ni un antes
EL POETA PIENSA EN TODOS LOS POETAS QUE NO HA SIDO
Aquel de traje gris, que despus de un trabajo
burocrtico, busca, perdido en la ciudad,
dolorosos tugurios, por la pendiente abajo
de un deseo sin culpa ebrio de realidad.
El que, orgulloso, mira su coleccin de das,
las pintas mariposas cautivas en la red
de sus sueos, y sufre cmo engendran sus cras,
apenas unas sombras chinas en la pared.
El que es capaz de unir por la rima pases
antagnicos, la mano y el escorpin,
la espada y la ceguera, y con los tonos grises
fabricar arcos iris de extrema afinacin.
Tambin el ms extrao, a quien patria y poltica
arrancan un buen da majestuoso alud
y vuelve a su pasado como Odiseo a Mtica
para esperar la muerte lleno de gratitud,
Y el ms puro de todos, herido por la brisa
y en armas por la rosa, el vulnerable ser
que acaricia a su amada con la suave sonrisa
del que al quererlo todo, todo lo va a perder.
Quien te hiciera un poema mejor de lo que uno
en todos estos aos ha podido escribir,
el jardn recoleto ms bello que ninguno,
el mago laberinto del que ya no salir.
Un clsico que teje guirnaldas en el ro
de lirios y jacintos a muchachas en flor,
y el vanguardista que dinamita el sombro
calendario con la mecha de su dolor.
Y de todos, yo mismo; el mismo que ahora vive
este instante y contempla los hombres que no fue
con nostalgia infinita. El mismo que ahora escribe
y no sabe quin es.
UN HUERTO Y UNA CASA
Pienso a menudo: un huerto y una casa,
algunos pocos surcos, los frutales
en pasillo hasta el pozo,
el laurel, los naranjos y el viejo casern
al fondo... ste es mi sueo, elemental y grvido.
Ya lo tuvieron tantos, que no puede
casi llamarse sueo. A donde quiera
que voy pienso en mi huerto y en mi casa,
arcaica como un cntaro,
e incluso cuando, pobre, no tengo pensamientos,
me saben esperar con su pobreza
y hacerme compaa. Ni siquiera la muerte
que me da tanto miedo, me acobarda..
Al contraro. Donde se encuentre un mnimo
huerto y la casa en medio de los campos,
quedar algo de m que no habr muerto,
y esto elemental, a m,
todo menos elemental, me ayuda
y me hace col y cntaro, el simple de los simples,
y pozo y agua y tierra de esta tierra
en que pondr los pies mi sueo,
con su carne y sus huesos arraigados
abonando la hierba y saludando al aire.
LA INEVITABLE INFELICIDAD DE LA VIDA. RECANATI.
Al final de la tarde,
en la hora tranquila en que el ardor
remite y aparecen
unas pocas estrellas cuya luz de plata
sobre el azul del cielo alienta apenas;
en la glorieta del jardn pueblerino
municipio de setos polvorientos
de boj octogonal y unos rosales
casi desvergonzados
y el surtidor y el busto de Beniamino Gigli
y unas jvenes madres
que hablan entre s, mas sin perder de vista
a sus ruidosas cras;
en un lugar como ste, provinciano,
con la pea de jvenes que ren
abrazndose ellas y rondando
ellos alrededor como vencejos
que bajaran oscuros
a rozar con sus alas tales labios
sin culpa;
en esta hora
que es terreno de nadie
subiendo a lo ms alto
por el aire almenado de los montes
azules Sibilinos,
venos aqu, llegados desde la yerma Espaa
a la yerma colina de tu burgo,
colle dell'infinito.
Es justo y es injusto que tu clara conciencia
de que a su fin la vida o demasiado
de prisa llega o demasiado pronto,
nos consuele de nuestro propio fin,
sin aorar siquiera cuando fuimos vencejos
o labios que abiertos esperaban
toda la primavera.
No es paradjico? Por tu desdicha
se hizo clebre el pueblo, pero a l
nos trajo la alegra de conocer tu patria.
Puede decirse que ramos felices
hasta hace un momento;
el palacio paterno que encontrabas odioso,
ms hermoso que nunca se levanta,
y canta todava el pjaro solitario
sobre la misma torre... Qu haremos con tal fuente
de dolor y de gozo y con un agua
que vuelve el conocimiento sediento e insaciable?
EXTRAA MANO
Imagino o recuerdo
-se mezclan ambas cosasla vieja carretera de Len a Matueca
en los primeros das del verano
estrechada de verdes y sombra...
Los primitivos carros levantados de heno
y la visin de un puente
de piedra sobre un ro, en l las truchas
con ligero ondularse de bandera...
Imagino y recuerdo
echndonos a un lado por dejar
que pasasen los sustanciosos bueyes,
y el olor que traan y dejaban,
olor a establo, a madre,
en las tortas de estircol del camino...
Ha pasado y no ha muerto,
ha muerto y no ha pasado
aquel tiempo lejano que ahora es esa carta
que va de un sitio a otro,
del pasado al presente, y a la inversa
con un desconocido en esta direccin
eslampado en el sobre
por una extraa mano.
LOS DOS ESPEJOS
Como en un sueo de ayer
so que soando estaba.
Eras t, que me veas
y era yo, que te miraba.
De ese sueo despert
a un sueo mucho ms hondo.
Eras t, tambin dormida
y era yo, bajo tus ojos.
EL FIN DE LA TORMENTA
Primero fue aquel ruido
de la rama ms alta
del limonero
movida por el aire y que araaba
el canaln de zinc.
Me despen en la noche.
No fue un sueo ni tampoco era un smbolo
sino su humana voz que repeta
un nombre, y era el mo,
en silencio sembrado.
Era casi un gemido que creca
igual que criatura, pero al rato
vino la lluvia y las primeras gotas
percutiendo en las tejas
y envuelto con el agua de la lluvia
mi nombre acab por perderse. Esta maana
todo de nuevo est tranquilo y despejado,
la atmsfera cargada del perfume
del glicino y de todos los espinos
en flor y de los rboles cuajados
es balsmica y tpida
como un tapiz de seda,
y apenas hay indicios de la lluvia
y el viento de esta noche.
Cantan los pjaros y las copiosas
abejas laborean ciendo los perales.
Qu ha quedado de ayer?
Dejadme aqu sentado bajo el rbol
con el beso del sol sobre los prpados.
Si de mi nombre hubiese
podido quedar algo,
lo estn picoteando los gorriones
en la arena, inconstantes,
a la par que celebran el fin de la tormenta
con saltos de alegra
y con cantos tan bien desconcertados.
NOSTALGIA DE LA POESA
Un da y otro da le consagra al momento
de sus ntimos versos el segmento ms puro
de la tarde que acaba, pero al igual que el viento,
si llega, la poesa le abandona inseguro,
acobardado y torpe, sin ninguna palabra
para decir del mundo lo que el mundo precisa:
este sol de noviembre que con sus ascuas labra
como labra en las rosas la pasajera brisa.
Y tiembla de pensar que un da eso se acabe,
que no pueda nombrar elementales cosas,
la realidad del alma, tan clara y tan oscura,
que a la deriva ir, como fantasma nave
condenado a derrotas de sombras silenciosas
y amortajado acaso en su propia locura.
AL DICTADO
A la casa volvieron
la carcoma y la araa.
Despus de algunos das
de palabras, palabras y palabras
que antes de madurar
igual que uvas enfermas se secaban,
volvi la casa a entrar en su propio carmelo.
Y se hicieron audibles las hazaas
del pjaro carpintero en el olivo
y la cancin de gesta que el roco
destil de la rosa en su maana.
Ha terminado el da, el sol se ha puesto y en el cielo
un moribundo azul es lo que queda,
De nuevo se adivinan
ciertas voces que llegan
y ha dejado de orse
el agua tras la adelfa.
Apenas soy capaz de distinguir
estas otras palabras.
Tan de noche se ha hecho que me refugio en ellas
igual que bajo piedra hace la araa
o esas otras carcomas que llamamos estrellas,
que ahora resplandecen y el infinito horadan.
PARA ti nada ms era el milagro:
que se pusiera el sol tan suavemente
como cordn de aceite sobre el pan
y que en las rosas ltimas de otoo
an resistiera intacto su perfume.
Y extraordinario fue sin duda el hecho
de regresar a casa mientras ibas
con amor desbordado por el mundo
y por saberte vivo, tan de gratis.
Y ni los vinos del Duero ni el Rioja
te supieron mejor que el agua fresca
que te aplac la sed, otro milagro
rescatado de pronto de la infancia.
Ahora para ti solo, Andrs Trapiello,
tienes al clave a Mozart en tu cuarto,
y slo para ti interpreta msicas
ms firmes en la noche que las Osas
con su luz no envidiosa de otras luces,
armonas y sones acordados
como jams el corazn de un hombre
haya sentido y como nunca t,
de cuna tan humilde, imaginaste.
Cuntos reyes pudieron en su vida
vivir tantos prodigios, si es que acaso
pudieron descubrirlos en la corte
o en medio de batallas ya olvidadas?
Feliz aquel a quien con mano parca
el dios le concedi lo suficiente.
Y a quien le diera ms, le sea leve
la tierra donde acabe, y ms la vida,