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La Tradicion Oculta Del Alma - Patrick Harpur

Si El fuego secreto de los filósofos es una guía completa de la Imaginación, entendida como potencia esencial del psiquismo y fuente de conocimiento interior, La tradición oculta del alma —acaso su obra más importante— es un libro iniciático que nos adentra en los meandros de una tema tan difícil como necesario: el alma. Harpur hace un completo recorrido por la cultura occidental a través de la filosofía, la mitología, la alquimia, la poesía, la psicología y la antropología, para mostrarnos los lugares secretos en los que nuestra tradición espiritual halló un sentido profundo de la vida, hoy totalmente olvidado. Como es usual en este autor, la senda que nos abre su investigación contempla la realidad del alma desde una multiplicidad de perspectivas: el mito, el cuerpo, el Alma del Mundo, los dáimones, lo inconsciente, el espíritu, el ego, la muerte y el otro mundo. Tal es el propósito de este libro iluminador.
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La Tradicion Oculta Del Alma - Patrick Harpur

Si El fuego secreto de los filósofos es una guía completa de la Imaginación, entendida como potencia esencial del psiquismo y fuente de conocimiento interior, La tradición oculta del alma —acaso su obra más importante— es un libro iniciático que nos adentra en los meandros de una tema tan difícil como necesario: el alma. Harpur hace un completo recorrido por la cultura occidental a través de la filosofía, la mitología, la alquimia, la poesía, la psicología y la antropología, para mostrarnos los lugares secretos en los que nuestra tradición espiritual halló un sentido profundo de la vida, hoy totalmente olvidado. Como es usual en este autor, la senda que nos abre su investigación contempla la realidad del alma desde una multiplicidad de perspectivas: el mito, el cuerpo, el Alma del Mundo, los dáimones, lo inconsciente, el espíritu, el ego, la muerte y el otro mundo. Tal es el propósito de este libro iluminador.
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Si El fuego secreto de los filsofos es una gua completa de la Imaginacin, entendida

como potencia esencial del psiquismo y fuente de conocimiento interior, La tradicin


oculta del alma acaso su obra ms importante es un libro inicitico que nos
adentra en los meandros de una tema tan difcil como necesario: el alma. Harpur hace
un completo recorrido por la cultura occidental a travs de la filosofa, la mitologa, la
alquimia, la poesa, la psicologa y la antropologa, para mostrarnos los lugares
secretos en los que nuestra tradicin espiritual hall un sentido profundo de la vida,
hoy totalmente olvidado. Como es usual en este autor, la senda que nos abre su
investigacin contempla la realidad del alma desde una multiplicidad de perspectivas:
el mito, el cuerpo, el Alma del Mundo, los dimones, lo inconsciente, el espritu, el ego,
la muerte y el otro mundo. Tal es el propsito de este libro iluminador.

Patrick Harpur

La tradicin oculta del alma


Ttulo original: A Complete Guide to the Soul
Patrick Harpur, 2010
Traduccin: Isabel Margel
Ilustracin de cubierta: Cdice Splendor Solis, f. 18 (detalle), 1582

Para mis tas, Cicely y Boobela

Introduccin
Ya se sabe lo difcil que es hablar del alma. Si creemos tenerla, solemos representarla
vagamente como una especie de esencia de nosotros mismos, de ncleo del ser que
constituye nuestro verdadero yo o yo ms elevado. Aunque no seamos
especficamente religiosos, en todos nosotros se hace eco la nocin de que hay cierta
parte nuestra que no debe venderse, ni traicionar ni perder a ningn precio.
Entendemos la idea de que se puede perder el alma y continuar viviendo, de la
misma manera que se puede perder la vida pero conservar el alma. Todava usamos la
palabra alma para referirnos a algo real o autntico. Cuando decimos que la msica,
la danza, la arquitectura o la comida tienen alma, nos referimos a que son genuinas, a
que entran en contacto con lo ms profundo de nosotros mismos; no son una realidad
tangible, por supuesto, pero las consideramos ms reales que la vida corriente. As
pues, el primer atributo del alma es que simboliza lo profundo y lo autntico. All donde
aparece, aviva nuestra sensacin de que en este mundo hay algo ms all de lo que
vemos, de los hechos prosaicos, algo que trasciende lo humano. En otras palabras, el
alma aviva un sentimiento religioso, con independencia de cualquier confesin
religiosa.
El concepto de alma tambin se orienta hacia la muerte. Si creemos que cierta
parte de nosotros sigue viviendo despus de la muerte, esa parte es el alma. Pese a lo
que afirman los materialistas modernos que nicamente somos nuestro cuerpo,
seguimos teniendo la sensacin de que en realidad habitamos en nuestro cuerpo.
Continuamos teniendo la sensacin de que los momentos ms reales de nuestra vida
se producen cuando nosotros o tal vez nuestra alma abandonamos el cuerpo
temporalmente, ya sea por felicidad o por una pasin atormentada. Por ejemplo, nos
olvidamos de nosotros mismos cuando un paisaje o un amante nos absorben
profundamente, o cuando nos extraviamos en una obra musical o un espectculo de
danza. Si, por el contrario, nos hallamos en un estado de rabia o temor exacerbados,
espontneamente exclamamos: No era yo!, Estaba fuera de m!. La raz griega
de la palabra xtasis significa estar fuera (de uno mismo). Tales sensaciones nos
permiten experimentar la realidad de aquello que la mayora de las culturas, si no
todas, siempre han afirmado: que cuando salimos de nosotros mismos por ltima vez,
en la muerte, el cuerpo se descompone pero esta parte esencial y escindible de
nosotros, nuestra alma, persiste.
Y si el alma est obviamente relacionada con nuestro sentido de la profundidad, la
religin y la muerte, tambin lo est con la cuestin de la vida y del propsito de sta.
Dnde estoy? Quin soy? Cmo llegu aqu?, se preguntaba el filsofo y padre
del existencialismo Sren Kierkegaard. Cmo entr en el mundo? Por qu no se
me consult? [] Y si me veo obligado a tomar parte en l, dnde est el encargado?
Me gustara verle.[1] Todos hemos reproducido en ciertos momentos la indignacin de
Kierkegaard mediante nuestras propias preguntas al encargado: cul es mi propsito
en la vida?, para qu estoy aqu?, adnde vamos al morir?
Quien haya tenido la suerte de encontrar su propsito en la Tierra sabe que lo ha
hecho porque se siente realizado. Puede que haya encontrado ese propsito en un

trabajo o en una persona un alma gemela, pero el caso es que tiene la conviccin
de que estaba destinado a ello. Su vida no est necesariamente libre de sufrimiento,
pero s est llena de significado. Aquellos que no somos tan afortunados sentimos, no
obstante, que deberamos buscar un propsito, algo as como nuestra propia alma. Y
es posible que nuestro propsito sea la bsqueda en s.
Cuando el poeta John Keats se plante a su vez estas preguntas, afirm que,
aunque las personas contengan chispas de la divinidad en su interior, no sern
almas hasta que adquieran una identidad hasta que cada cual sea
personalmente l mismo. Llamad al mundo, si os apetece, el valle hacedor de
almas, escribi en una carta a sus hermanos. Entonces averiguaris para qu sirve
el mundo.[2] La cuestin de nuestra condicin paradjica hemos nacido con alma
pero a la vez, en otro sentido, tenemos tambin que hacerla est en el centro de
este libro acerca del alma, su naturaleza y su destino.
Por ello, este volumen est dirigido a aquellos que se preguntan en qu consistimos
cul es nuestra naturaleza esencial y qu nos ocurre al morir; a aquellos que se
muestran escpticos respecto a las afirmaciones materialistas de que no somos ms
que un cuerpo, as como respecto a las afirmaciones racionalistas de que la nica
realidad es la que se somete a minuciosas definiciones empricas. Tambin se dirige a
aquellas personas desengaadas con las principales religiones y en especial con el
cristianismo por enfrascarse en discordias sobre la liturgia, temas sexuales y dems,
descuidando lo nico en lo que se basa la religin: el conocimiento del alma individual
y su relacin con Dios; a aquellas personas conducidas por sus ansias de lo
sobrenatural hacia Oriente al budismo y el taosmo, por ejemplo, y que son
desalentadas por la dificultad que supone penetrar sin reservas en una cultura y un
lenguaje ajenos. Es asimismo un libro indicado para aquellos que se sienten atrados
por la espiritualidad del tipo New Age pero que la encuentran, en el mejor de los
casos, abstracta y dispersa, y en el peor, confusa y bochornosa. En resumen, nuestra
alma anhela un significado y una creencia tanto como siempre lo ha hecho, pero la
filosofa y la ciencia modernas no le ofrecen ningn alimento duradero. Somos como
personas desnutridas a las que se les dan libros de cocina en vez de comida.
Por suerte, la ayuda y el sustento estn al alcance de la mano, y no proceden de un
sistema de creencias extravagante ni de una tierra extranjera, sino de una tradicin
secreta que se encuentra en el interior de nuestra propia cultura. Es una especie de
filosofa perenne que mantiene su veracidad por muy radicalmente que cambien los
tiempos. Y si es as, por qu no la adopta hoy todo el mundo? Porque es dificultosa y
exigente. Sin embargo, su dificultad no se debe a que, por ejemplo, est en alemn o
en jerga acadmica. Radica en que es sutil y esquiva; ms que un sistema de
pensamiento, es una visin imaginativa de cmo son las cosas.
No es tampoco exigente porque requiera un esfuerzo, una fuerza de voluntad y un
trabajo enormes sino porque trastoca nuestra visin del universo y nos impide recurrir
a aquellas ideologas, ya sean dogmas religiosos o literalidad cientificista, que
utilizarnos de forma simplista para tratar de resolver la cuestin de la realidad de una
vez y para siempre.
Estamos hablando de una tradicin de pensamiento o, mejor dicho, de visin, pues
requiere que veamos a travs de nuestras propias suposiciones sobre el mundo, que

disolvamos nuestras certezas, que leamos el universo como si ste fuese un gran
poema, con distintos niveles de lectura; y que, al cambiar nuestra percepcin,
transformemos nuestras vidas.
Aunque esa tradicin es un secreto que en los ltimos mil ochocientos aos ha
fluido por la cultura occidental como una corriente subterrnea, de vez en cuando,
durante pocas de crisis o transicin, aflora en lo establecido; pocas, de hecho, como
la nuestra. Ya document en El fuego secreto de los filsofos las corrientes
extraordinarias y frtiles que inauguraron tan notable florecer de la cultura entre los
magos del Renacimiento, los poetas romnticos y los psiclogos analticos. Ahora
quiero describir las implicaciones personales de esta tradicin secreta para nosotros
como seres individuales. Es ms, quiero iniciar al lector en esta visin brillante y
creativa del universo haciendo uso de un lenguaje que no sea alqumico y crptico, sino
lo ms sencillo posible. Pues todos tenemos que redescubrir las antiguas verdades y
reelaborar los viejos mitos de un modo elocuente para nuestra propia generacin.
Por ms que su forma cambie constantemente para adaptarse a cada poca, los
principios fundamentales de la tradicin se creta permanecen inamovibles. Como, por
ejemplo, que la psych, el alma, constituye el verdadero tejido de la realidad; que la
imaginacin, y no la razn, es la principal facultad del alma aunque no me refiero a
la plida imitacin de la imaginacin que conocemos; que existe otro mundo, de
donde procede el alma cuando nacemos y adonde regresa cuando morimos; y que la
idea de la gnosis, de una experiencia de la divinidad personal y transformadora, es
bsica.
sta es la clase de conceptos que espero desentraar a lo largo del presente libro.
Todos ellos forman una visin del universo muy distinta de la cultura occidental del
siglo XXI a la que estamos habituados. Se trata de una perspectiva sagrada, por as
decirlo, rica en significado pero que no es dogmtica ni agnstica. Tampoco se opone a
otros sistemas de pensamiento como la ciencia; sino que simplemente nos da las
herramientas perceptivas necesarias para mirar a travs de las suposiciones de la
ciencia y remitir sus hiptesis a los orgenes mticos de stas. Tampoco se opone a la
religin. Tan slo nos capacita para disolver las ideologas anquilosadas que han
endurecido el corazn de la religin, para permitirle as volver a latir. Y, sobre todo, no
exige unas ideas o una jerga modernas, sino que intenta aplicar una nueva
comprensin a ideas antiguas, con el fin de volver a presentarlas desde cero.
Con esta intencin, empezar analizando cmo entienden el alma culturas tribales
muy diferentes de la nuestra. Contrastar sus ideas con el sofisticado concepto de
alma desarrollado por los fundadores griegos de nuestra cultura, y en especial con su
culminacin entre los neoplatnicos. Ellos fueron quienes mejor expusieron la visin
tradicional de que el alma es la base de la realidad, subyace en nosotros y en el
mundo y establece un vnculo entre ambos; vnculo que el dualismo moderno ha
cometido el error de cortar. Al introducir nuevamente el alma en el mundo, volvemos a
hechizar el entorno y a conectar con nuestras propias experiencias de lo divino, las
cuales nos hemos visto empujados a ignorar u olvidar, de la misma manera que la
cultura occidental ha sufrido una prdida colectiva de memoria respecto al alma.
Tambin volver a presentar al tradicional portavoz del alma ese gua, ngel de la
guarda, musa o daimon al que Scrates se refiri con tanta elocuencia y mostrar

cmo transforma la casualidad en destino y ste en una Providencia segn la cual todo
aquello que ocurre, sea lo que fuere, se considera escrito desde siempre.
Describir los puntos fuertes de nuestra conciencia, histricamente reciente y
culturalmente nica, centrada en un ego indomable; as como sus defectos, entre los
que se cuenta nuestra orgullosa creencia en que es la forma de conciencia ms
elevada que existe. En esta deconstruccin, la iniciacin desempear un papel crucial
para desmontar nuestra tendencia al exceso de conciencia, de racionalidad y de
literalidad. Y subrayar la necesidad de restablecer esos ritos de iniciacin que,
aunque perdidos, todava se representan de manera informal e inconsciente, sobre
todo entre los adolescentes, en un intento desesperado por mantener el contacto con
el alma, con nuestro autntico yo y el mundo en general.
Por ltimo, describir qu le ocurre al alma cuando abandona el cuerpo, tanto en
vida como despus de la muerte. Parte del estimulo que me llev a escribir este libro
cabe atribuirlo a un ilustre novelista ingls que, en su resea de Elega, obra del
conocido escritor norteamericano Philip Roth, alababa la visin que ste ofrece de la
muerte como un intercambio de nuestra plenitud con esa nada infinita. Felicitaba en
ella igualmente a Roth por proyectar una mirada tan fra y cristalina sobre la injusticia
de la muerte, y por concluir que no hay respuestas; slo el terror a la nada que todos
compartimos.[3] Sin embargo, no todos coincidimos con una visin tan pobre, y estos
novelistas, como exponentes de la imaginacin, deberan saberlo y ser ms sabios.
Cualquiera con un mnimo de experiencia inicitica sabe que la muerte es una
puerta a una realidad mayor, que ya en este mundo se puede vislumbrar como
experiencia imaginativa del Otro Mundo. Por mucho que sea el dolor fsico que puedan
sufrir los miembros de las culturas tradicionales, no padecen sin embargo la angustia
mental de nuestros ms ilustres novelistas modernos, puesto que saben que pasarn a
otra vida en la que, tras reunirse con ancestros que los acogern con los brazos
abiertos, vivirn para siempre en una versin ideal de su amada Tierra, libres de
enfermedades y deseos. Muchas, o incluso la mayora, de las personas pertenecientes
a la cultura occidental sobre todo aquellas que no se han contaminado del nihilismo
cientificista y existencial creen algo muy parecido. Tal como afirmaban los griegos, la
muerte no es lo opuesto a la vida, sino al nacimiento. La vida es un reino continuo en
el que nacemos; un reino (como dice Platn) que podemos recordar difusamente
durante nuestra existencia y al que regresamos al morir; retornando a una totalidad de
vida que, comparada con la existencia mortal, parece el fragmento de un sueo.
Al mismo tiempo, no cabe duda de que, en el peor de los casos, la otra vida puede
parecer infernal, o como mucho un reino como el Hades, poblado por unas sombras
que, segn las viejas elegas irlandesas, por ejemplo, palidecen en comparacin con la
riqueza y el color de la vida en este mundo. En otras palabras, la otra vida es
paradjica; y voy a explicar cmo tiende a reflejar nuestra propia alma, de modo que
todos obtenemos la otra vida que nos merecemos, aquella que en cierto sentido ya
habitamos sin ser conscientes de ello.
Asegurar que no podemos saber nada de la vida tras la muerte es una presuncin
exclusivamente moderna. Significa ignorar los relatos de msticos, poetas, mdiums,
curanderos, chamanes, profetas y de todas aquellas personas que han tenido una
experiencia cercana a la muerte, por no mencionar a quienes han cruzado el angosto

puente de la espada en el transcurso del amor o del arrebato, en estados intensos


causados por una enfermedad o la ingestin de drogas, o en visiones y sueos.
Aunque apenas duren unos minutos, tales experiencias pueden ser ms importantes
que aos de rutinaria existencia. Por extrao que pueda parecer, escribi en 1519
Erasmo, el ms famoso humanista, entre nosotros hay hombres que, como Epicuro,
piensan que el alma muere con el cuerpo. Los humanos son unos grandes necios que
creen cualquier cosa.

1
ALMA Y CUERPO
Todas las culturas, salvo segmentos de la nuestra, coinciden en que los seres humanos
estn formados de un cuerpo y un alma. Para los cristianos, la singularidad del alma y
su equivalencia en cada uno de nosotros garantizan nuestra individualidad y unos
derechos igualitarios, los dos principios bsicos del liberalismo moderno. Adems,
estamos acostumbrados a pensar en cuerpo y alma como algo dividido, siendo el uno
mortal y la otra inmortal. ste fue un desarrollo occidental, cultivado por los antiguos
griegos y adoptado por la cristiandad: Platn ejerci una decisiva influencia en la
teologa de san Agustn, mientras que el pensamiento de Aristteles domina en el de
santo Toms de Aquino, el telogo ms destacado del catolicismo romano. Sin
embargo, la divisin entre alma y cuerpo no es en absoluto universal, como no lo es la
singularidad del alma. Las culturas tribales preliterarias a las que llamar
tradicionales suelen reconocer ms de un alma, y todas coinciden en que, aunque
sta se diferencie del cuerpo, conserva una cierta identidad con l.
En frica, por ejemplo, los basutos se muestran precavidos a la hora de caminar
junto a la orilla de un ro porque, si su sombra se cayera al agua, podra ser atrapada
por un cocodrilo, y entonces el propietario de la sombra morira. [1] Uno de los primeros
antroplogos de la historia, E. B. Tylor, observ que numerosas culturas tribales, desde
Tasmania hasta Norteamrica, desde Malasia hasta frica, utilizan la palabra sombra
o alguna similar, como reflejo, imagen, eco, doble o cuerpo-ilusin
para referirse a la parte de un ser humano capaz de escindirse del cuerpo,
particularmente en el momento de la muerte. [2] As pues, era natural que los
antroplogos que cristianos o no, siempre proceden de una cultura cimentada en el
cristianismo denominaran alma a esta sombra y comenzaran a reflexionar sobre el
asunto.
Tylor descubri que en las culturas tribales no slo se crea que la sombra
sobreviva a la muerte corporal, sino tambin que se apareca a los dems
separadamente del cuerpo. Poda guardarse en otro sitio, oculta en un lugar secreto,
pues era vulnerable al ataque y hasta poda ser devorada. Adems, esa sombra o alma
se ubicaba en distintas partes del cuerpo, o se identificaba con stas: para los caribes
de Sudamrica y para los tongas, esa parte es el corazn; para los aborgenes
australianos de Victoria, la grasa del rin; para otros, la sangre o el hgado. [3] El
aliento tambin es un sinnimo habitual de la sombra o el cuerpo-aliento, ya sea en
Australia Occidental o en Groenlandia. Esto mismo ocurra al comienzo de la cultura
occidental: aliento es el significado original de la palabra griega pneuma, espritu,
y una de las acepciones de psych, alma. Que el alma abandona el cuerpo con el
ltimo aliento del moribundo era una creencia romana las palabras latinas animus y
spiritus connotan, ambas, aliento que persisti hasta ms all de la poca
isabelina. Pero, como hace ya mucho tiempo que en nuestra cultura el alma dej de
estar ligada a nada en concreto nos asombra lo materialistas que parecen ser las ideas
espirituales de las culturas tradicionales.

Para resolver el rompecabezas del alma, a menudo las culturas tradicionales


afirman que tenemos ms de una. Por ejemplo, podemos tener una mortal y otra
inmortal. E incluso una tercera, que en realidad es el alma de un ancestro muerto que
se ha unido a nosotros para convertirse en nuestro gua. En Norte-amrica, los
algonquinos creen que una de las dos almas puede abandonar el cuerpo dejando atrs
a la otra: al morir, la primera parte hacia la tierra de los muertos, mientras que a la
segunda se la colma de ofrendas de alimentos. Y los dakotas creen que existen cuatro
almas: una permanece con el cadver, otra se queda en el poblado, otra se eleva en el
aire y otra se marcha a la tierra de los espritus. [4]

Hombres-leopardo
Por si esto no hubiera bastado para confundir a los antroplogos occidentales, en
muchos pueblos africanos encontraron la idea de que los humanos tienen un mima
menor en forma de anlogo animal. Se trata de un tema omnipresente: los malayos
korichi de Sumatra, por ejemplo, describen la matanza de un tigre que al final result
ser un hombre-tigre, pues comprobaron que tena el mismo diente de oro que su
anlogo humano.[5] La misma idea aflora en el pueblo naga de la India nororiental,
donde, como nos cuenta J. H. Hutton, a un hombre llamado Sakhuto le apareci
repentinamente de la nada una herida en la espalda. Le haban disparado, dijo, cuando
tena forma de leopardo.[6]
De hecho, creencias similares fueron habituales en Europa hasta pocas recientes.
En la Inglaterra isabelina existan numerosas variantes del cuento de la liebre
perseguida: una liebre reciba un disparo que le hera una pata, y los cazadores
seguan su rastro de sangre hasta una remota casita, en cuyo interior hallaban a una
mujer vieja con una herida en la pierna. La mujer era, por supuesto, una bruja; a las
brujas siempre se les ha atribuido el poder de cambiar de forma y de adoptar el
aspecto de animales como la liebre o el gato. Isobel Gowdie, acusada de brujera en la
Escocia del siglo XVI, confes el siguiente hechizo como su recurso para transmutar en
una liebre: En liebre me convertir, / con suspiros, afliccin y cuidados; / y a casa
regresar / en el nombre del Diablo. [7]
Los nagas no limitaban estas transformaciones a hechiceros o a brujos: la
existencia de hombres-leopardo era comn entre individuos corrientes, como en el
caso de Sakhuto, que cuando tenan forma de leopardo sufran dolores en las
articulaciones y se movan convulsivamente mientras dorman. Si eran perseguidos
(bajo forma de leopardo), se retorcan en su empeo por escapar. Sin embargo, los
nagas no afirman convertirse en leopardos; dicen que su alma (ahonga, sombra) se
adentra en el leopardo, que puede reconocerse como humano porque tiene cinco uas
en cada garra.[8] Cuando el animal muere, su anlogo humano no permanece durante
mucho ms tiempo en este mundo; Sakhuto, de hecho, muri diecinueve das despus
de que mataran a su leopardo.
Si en algunas sociedades las personas corrientes pueden tener almas menores,
la capacidad de transformarse es atribuida tpica y universalmente a los chamanes de
la tribu, a los hechiceros y a los curanderos. Sin embargo, se distinguen una serie de
sutiles diferencias en su modo de hacerlo. Como hemos visto, pueden hacer que su

alma se adentre en un animal, como un cocodrilo o un tigre, [9] pero tambin que su
cuupo adopte la forma de dicho animal. No obstante, entre los dowayos del Camern
un brujo se convierte en leopardo por la noche volvindose del revs, es decir, de da
tiene piel de hombre y por la noche de leopardo. [10]
El chamn adopta de otra manera la identidad de un animal sagrado: se pone su
piel o sus plumas. As lo vemos en el mito escandinavo de Sigmund, quien encuentra
una piel de lobo y se convierte en ese animal al ponrsela, permaneciendo bajo esta
forma durante nueve das. Recordemos igualmente la extendida leyenda de las costas
escocesas e irlandesas acerca de la mujer-foca: una foca que, a la inversa, se despoja
de su piel y se convierte en una hermosa doncella.
En otras palabras, las culturas tradicionales son imprecisas respecto a los medios
por los que un hombre se transforma en un animal, o bien sostienen teoras diferentes.
Defienden una dualidad de alma y cuerpo, pero niegan el dualismo propio de nuestra
teologa. Insisten en que-d alma y el cuerpo pueden separarse en la muerte, por
ejemplo, pero niegan que estn separados. El antroplogo Lucien Lvy-Bruhl va
todava ms lejos al afirmar que incluso el trmino dualidad es engaoso, porque en
el caso de los hombres-leopardo, hombres-cocodrilo, etctera, se trata en realidad de
una bipresencia:[11] el hechicero es hombre y leopardo al mismo tiempo, slo que en
lugares distintos.[12]
Los inuits del estrecho de Bering nos proporcionan una sorprendente imagen de la
existencia dual: creen que en el principio todos los seres animados podan adoptar la
forma de los otros a voluntad. Si un animal deseaba convertirse en hombre, slo tena
que subirse el hocico o el pico como si fuese una mscara para convertirse en inua,
como un hombre, la parte pensante de la criatura y, al morir, en su espritu. Los
chamanes tenan la capacidad de ver el inua a travs de esas mscaras. [13] De forma
similar, si un hombre luce la mscara de un animal se convierte en la criatura que sta
representa.
Por lo que parece, los humanos estn convencidos de su naturaleza dual, de su
duplicidad, ya se exprese como alma/cuerpo, mente/cerebro, energa/materia o
humano/animal. Las diversas formas en que describimos nuestra duplicidad ponen de
manifiesto la intensidad con la que tratamos de imaginar nuestra naturaleza
paradjica. El hecho de que a las culturas tradicionales no les afecten las
contradicciones tal vez sugiera que nuestros constantes intentos de resolverlas de un
modo u otro son simplemente el resultado de nuestra perspectiva moderna, y que
quiz no sean deseables, ni siquiera posibles.

Almas cautivas
Existe un consenso casi universal respecto a que el alma puede separarse del
cuerpo. Logra deambular por su cuenta, por ejemplo, durante el sueo. A veces se
pierde y no encuentra el camino de regreso hasta su propietario, y debe ser rescatada
por un chamn: ste vuela hasta el Otro Mundo de los sueos y la trae de vuelta. Otras
veces, el alma es retenida en el Otro Mundo por espritus del mal a los que el chamn
debe vencer o persuadir para que la liberen. En otras ocasiones, el alma no se ha
perdido sino que ha sido robada por brujas, animales sobrenaturales o los muertos. En

tales casos, el cuerpo que se deja no es ms que un caparazn que va consumindose,


y muere a veces si su alma no le es devuelta.
En el folclore irlands, por ejemplo, se dice que cuando a un hombre o una mujer
joven se lo llevan las hadas, deja tras de s un leo, o bien la apariencia de su
cuerpo o un cuerpo con su apariencia. [14] Es decir, que lo que queda no es un ser
humano, sino una especie de muerto viviente, como se dice de los haitianos, cuyas
almas pueden ser encerradas en tarros por los brujos mientras sus restos corpreos
son abducidos, bajo forma de zombis, para que les sirvan como esclavos. [15] Se advierte
siempre esta resistencia a que el cuerpo se vuelva demasiado material y el alma
demasiado espiritual. Cada uno permanece ligado al otro y es portador de sus
atributos. Tales ideas nos invitan a imaginarnos el cuerpo como algo fluido, insustancial
y propenso a cambiar de forma, as como el alma es concreta, sustancial y tendente a
permanecer fija en el cuerpo. Lo que le sucede a uno le sucede al otro, por mucho que
se hayan distanciado. Entre el cuerpo y el alma hay una membrana muy leve, que la
leyenda de la mujer-foca describe como una piel ms suave al tacto que la bruma. [16]
Incluso en la muerte, cuando cabra pensar que el alma se ha separado finalmente
de su cuerpo, continan cerca. Como dicen muchos africanos, los muertos todava
estn vivos.[17] As pues, quien quiera arremeter contra un muerto cuya sombra es
remota e invisible, no tiene ms que actuar sobre sus restos corpreos. Los aborgenes
australianos de la zona de Brisbane eran conocidos por mutilar los genitales de los
muertos para evitar que mantuvieran relaciones sexuales con los vivos, mientras que
los de la zona de Victoria les ataban los pies para que no cami naran. Por el mismo
motivo, en el frica occidental los ogous solan romperle todos los huesos a un
cadver y colgarlo de un rbol dentro de una bolsa. En The People of the North, Knut
Rasmussen describa un comportamiento similar entre los inuits que haban cometido
un asesinato: despedazaban el cuerpo de la vctima, se coman su corazn y cubran
los restos con piedras o los arrojaban al mar, todo ello para que el muerto fuese
incapaz de consumar una venganza post mortem.[18]
A menudo, si suceden desgracias tras una muerte, se exhuma el cuerpo del
fallecido. En ocasiones aparece intacto, con las mejillas an sonrosadas y aspecto de
estar dormido ms que muerto, claro signo de que la persona en cuestin fue en vida
un brujo o hechicero encubierto. [19] Tal creencia no slo se encuentra en lugares tan
lejanos como Nigeria o Birmania, sino tambin en Europa, donde, sin embargo, se
suele manifestar a la inversa: el cadver intacto se considera el de un santo y no el de
un hechicero. Cuando, por ejemplo, se abri el atad de san Cutberto unos
cuatrocientos aos despus de su muerte, acaecida en 687, su cuerpo apareci sin
cambios ni signos de descomposicin. Estas seales de santidad tambin pueden
interpretarse en el sentido contrario: en la Europa del Este, los cadveres con un
aspecto anormalmente saludable, volvan a enterrarse con una preventiva estaca
clavada en el corazn.
Al parecer, a la raza humana siempre le han inquietado los poderes de los muertos,
ya sean benvolos o perversos. En la medida en que un individuo muerto es su
cadver, podemos tratar de neutralizarlo enterrndolo, descuartizndolo o
mutilndolo. Pero si los fallecidos pueden estar aparentemente en dos sitios a la vez,

igual que el hombre-tigre, tambin pueden regresar como espritus conflictivos o


fantasmas hambrientos, tal como dicen los chinos, para atormentarnos.

Hecho y ficcin
En la cultura occidental nos desconciertan especialmente los enfoques tradicionales
sobre la relacin entre cuerpo y alma, y pienso que esto se debe a dos razones:
En primer lugar, las creencias tradicionales sobre el cuerpo y el alma nos plantean
las mismas dificultades que lo literal y lo metafrico. Vivimos en una sociedad
extremadamente literal, donde todo es o bien un hecho o bien una ficcin, verdadero o
falso; en consecuencia, creemos que las sociedades tradicionales son iguales y que se
toman literalmente sus (para nosotros) absurdas creencias sobre el alma y el cuerpo
cuando lo cierto es que sus creencias se acercan ms a lo que denominamos
metforas. No creen que los hombres y los leopardos sean intercambiables, tal visin
no es sino una metfora de nuestra naturaleza doble. Aunque en el mismo momento
de decir esto, he de contradecirme a m mismo, pues en gran medida todas las
creencias tradicionales se sostienen de un modo literal. La cuestin es que los pueblos
tradicionales no hacen las mismas distinciones que nosotros. Su pensamiento precede
a cualquier divisin entre lo literal y lo metafrico. No se preocupan por sus aparentes
contradicciones. La sombra es un fenmeno ptico y al mismo tiempo un alma. El
hechicero en su choza y el leopardo en el bosque son un mismo ser con formas
diferentes. Su realidad es exactamente esa combinacin de hecho y ficcin que se
denomina mito, palabra que, desgraciadamente, identificamos con algo falso. Sin
embargo, es una realidad en la que el alma existe como una manifestacin diferente
del cuerpo, y viceversa. Tambin nosotros podemos entrar en esta realidad si
pensamos de una forma tradicional. Salvo que para nosotros no se trata tanto de
pensar como de imaginar.
En segundo lugar, hemos tendido a polarizar cuerpo y alma hasta tal punto que,
como tal vez dira algn miembro de una tribu, hemos permitido que nuestra alma se
aleje tanto de nuestro cuerpo que corremos el peligro de perderla por completo.
Nuestros cuerpos permanecen por eso vagando por la Tierra como zombis,
repitindose a s mismos que el alma es algo que nunca existi; que simplemente hay
que aceptar nuestra condicin inanimada, poner buena cara y cargar con ello.

2
ALMA Y PSYCH
Las races de nuestro pensamiento occidental sobre el alma se hunden en la cultura de
la Antigedad griega. Es difcil imaginar cmo se vean los griegos a s mismos en
tiempos de Hornero (hacia 800 a. C.). Como las culturas tribales a las que hemos
aludido, no tenan la sensacin moderna de ser idnticos a nuestro cuerpo. Mientras
que nosotros sentimos que tenemos una personalidad, una esencia un alma que
de algn modo se encuentra en el interior del cuerpo, o que ste transporta, ellos
sentan que su alma estaba diseminada por todo el organismo, o bien que cada parte
expresaba una funcin distinta de su alma. Carecan de una palabra para designarlo, al
que solan referirse como miembros.[1] La palabra soma (cuerpo) se refera a un
cadver. Gradualmente la idea del alma se repleg de las partes del cuerpo a un punto
central y poco a poco, ste punto fue escindido permanentemente del cuerpo.
Los griegos homricos pensaban que tenamos dos almas: la psych y el thyms. Al
principio, los estudiosos modernos asociaron la psych con el aliento y el thyms con
la sangre. Pero en su libro The Origins of European Thought, R. B. Onians muestra que
el alma-aliento se ajusta ms, de hecho, al thyms, del que se dice que siente y
piensa y que est activo en el pecho y los pulmones (phrenes), as como en el corazn.
[2]
La psych, por su parte, se asociaba con la cabeza y actuaba como una especie de
principio vital, como la fuerza que nos mantiene vivos. [3] Cuando morimos, la psych
abandona el cuerpo y contina viviendo en el Hades, el inframundo de la muerte. El
thyms tambin abandona el cuerpo cuando morimos, pero no contina viviendo.
Los pensadores griegos posteriores discrepaban sobre la ubicacin del alma en el
cuerpo tanto como nuestras culturas tribales. Epicuro la situaba en el pecho,
Aristteles en el corazn y Platn en la cabeza. [4] Pero la psych fue adquiriendo cada
vez ms preponderancia sobre el thyms, de modo que hacia el siglo V a. C. lleg a
incluir a ste, que an segua vagamente localizado en el pecho pero ya no era
identificado con el alma-aliento. Al mismo tiempo, se pensaba en la psych como en
algo ms difuso, asociado sobre todo pero ya no exclusivamente con la cabeza. [5]
Empezamos as a entrever que definir precisamente el alma es tan difcil porque est
en su naturaleza el presentrsenos con distintas imgenes de s misma.
Tampoco haba consenso en relacin al destino de la psych despus de la muerte.
Algunos decan que era un aliento que se dispersaba por el aire al morir el cuerpo,
mientras que otros daban la razn a Empdocles: crean que el alma era un daimon
que renaca en otras personas. [6] Sin embargo, la mayora pensaba que el alma iba al
Hades, donde revoloteaba en forma de idolon, una sombra o imagen, la
apariencia visible pero intangible del que estuvo vivo. [7]
Ni siquiera en tiempos de Hornero se crea que la psych fuese responsable en
ningn sentido, como lo era el thyms, del pensar y el sentir. Eso significa que la
conciencia no le concerna, ni en la vida ni en la muerte. Al menos, tal como
entendemos la conciencia diurna y ordinaria. La psych tiene su propia conciencia, no
la conciencia vital del thyms, imbuida de calidez y sentimiento, sino otra ms fra e
impersonal, ua conciencia de la muerte. El hogar de la psych es el Hades, cuyo

soberano (llamado tambin Hades, dios de los muertos) posea un clebre casco: quien
se cubra con l la cabeza es decir, la psych,[8] se volva invisible. Estamos ante
una metfora de cmo el alma invisible esconde una conciencia de la muerte en el
interior de la vida. La psych es la perspectiva de la muerte que radica en todos los
seres vivos, donde la muerte no es la extincin sino otro tipo de vida ms profunda.
Segn Herclito (535-475 a. C.), podemos llevar esta consideracin un paso ms
all: todo lo que el thyms desea, lo adquiere a costa de la psych.[9] Existe una
relacin recproca, e incluso antagnica, entre nuestra vida consciente, clida,
despierta y deseosa, y la vida de la psych, que aflora en la oscuridad, mientras
dormimos, durante el sueo, despus de la vida. Y as como nuestros deseos
conscientes minan la vitalidad de la psych inconsciente y le cuestan muy caros al
alma, la psych, a la inversa, quiere arrastrar nuestra vida consciente hacia abajo,
hacia la perspectiva ms honda del Hades. De hecho, Herclito fue el primero en
llamar la atencin sobre el rasgo caracterstico del alma que ms nos importa aqu: la
profundidad.
No encontraras los lmites del alma, escribi, ni aunque recorrieras todos los
caminos, tan profunda es su medida [logos].[10]
La revolucionaria idea de que el alma est de algn modo enfrentada al cuerpo, o
que incluso se opone a l, fue atribuida a los seguidores de la legendaria figura de
Orfeo. Ningn miembro de una tribu ningn griego homrico habra separado por
completo el alma del cuerpo. Incluso despus de la muerte mantienen un tenue
vnculo. Pero los rficos sostenan que el alma poda escindirse del cuerpo y existir de
forma completamente independiente. Pero de dnde sacaron tal idea?

Chamanes y egipcios
En Los griegos y lo irracional, el profesor E. R. Dodds consideraba muy probable que
tomaran la idea de los escitas, que vivan al oeste del mar Negro, y de los tracios, que
poblaban el este de la pennsula balcnica. Estas tribus recibieron a su vez la influencia
de las culturas del caballo de Asia central y, an ms al norte, de las culturas del reno
de Siberia. En otras palabras, recibieron la influencia de unas culturas chamnicas
cuyo rasgo ms llamativo es que el chamn entra en estado de trance y vuela al
Otro Mundo, a menudo transportado por el espritu de un caballo o un reno, a la
manera de Pegaso.[11] Ya no es un simple dolon o imagen sombra, sino su verdadero
yo. Orfeo, tradicionalmente vinculado con Tracia, viaj hasta el inframundo del Hades
armado tan slo con una lira y sus canciones. stas, como los cantos sagrados del
chamn, eran capaces de hechizar a los peligrosos moradores del inframundo y
persuadirlos para que liberasen almas que hubieran apresado. Orfeo quera liberar a
Eurdice, su esposa, muerta por una mordedura de serpiente. Ella simboliza el alma de
Orfeo, que ste rescata del Hades, aunque la pierde en el ltimo instante al mirar
fatalmente hacia atrs queriendo asegurarse de que lo segua. (Sin embargo, las
versiones ms tempranas de este mito cuentan que s logra rescatarla de la muerte.) [12]
Orfeo fue el primer chamn occidental. Y el orfismo ejerci una profunda influencia
en Pitgoras, a quien Dodds tambin considera el equivalente griego de un chamn.
Sus prcticas y enseanzas fueron dotadas a su vez de expresin filosfica por parte

de Platn, que combin asila tradicin de la razn y la lgica con ideas mgicas y
religiosas que, fundamentalmente, procedan de Asia central y Siberia. Tan real era la
experiencia del alma cuando sala del cuerpo que los rficos y los pitagricos llegaron
a considerar el efmero y corruptible cuerpo como un hogar-prisin, o incluso una
tumba, del alma inmortal.[13] sta se convertira en una de las doctrinas clave de
Platn. Al mismo tiempo, el inframundo fue dejando de ser un sepulcro sombro de
idola para volverse un reino ms real que el mundo cotidiano.
No obstante, el distinguido egiptlogo Jeremy Naydler ofrece una visin distinta de
cmo llegaron los griegos a esta doctrina del alma. Reconoce la deuda de Platn hacia
los pitagricos, pero nos recuerda que no es en absoluto verdico que Pitgoras
recibiera la influencia de culturas chamnicas septentrionales. No hay constancia
alguna de que las visitara, por eje